Historia de Roma desde su fundación

Tito Livio

Ab vrbe condita Titvs Livivs

Originales de Antonio Diego Duarte Sánchez, en >> Enlace

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Libro 21 , Libro 22 , Libro 23, Libro 24 , Libro 25 , Libro 26: , Libro 27: , Libro 28: , Libro 29 , Libro 30: ,

Libro 31, Libro 32, Libro 33, Libro 34, Libro 35, Libro 36, Libro 37, Libro 38, Libro 39, Libro 40, Libro 41, Libro 42, Libro 43, Libro 44, Libro 45,

 

Libro 1: Las leyendas más antiguas de Roma

PREFACIO

[1.Prefacio] Puede que la tarea que me he impuesto de escribir una historia completa del pueblo romano desde el comienzo mismo de su existencia me recompense por el trabajo invertido en ella, no lo sé con certeza, ni creo que pueda aventurarlo. Porque veo que esta es una práctica común y antiguamente establecida, cada nuevo escritor está siempre persuadido de que ni lograrán mayor certidumbre en las materias de su narración, ni superarán la rudeza de la antigüedad en la excelencia de su estilo. Aunque esto sea así, seguirá siendo una gran satisfacción para mí haber tenido mi parte también en investigar, hasta el máximo de mis capacidades, los anales de la nación más importante del mundo, con un interés más profundo; y si en tal conjunto de escritores mi propia reputación resulta ocultada, me consuelo con la fama y la grandeza de aquellos que eclipsen mi fama. El asunto, además, es uno que exige un inmenso trabajo. Se remonta a más de 700 años atrás y, después de un comienzo modesto y humilde, ha crecido a tal magnitud que empieza a ser abrumador por su grandeza. No me cabe duda, tampoco, que para la mayoría de mis lectores los primeros tiempos y los inmediatamente siguientes, tienen poco atractivo; Se apresurarán a estos tiempos modernos en los que el poderío de una nación principal es desgastado por el deterioro interno. Yo, en cambio, buscaré una mayor recompensa a mis trabajos en poder cerrar los ojos ante los males de que nuestra generación ha sido testigo durante tantos años; tanto tiempo, al menos, como estoy dedicando todo mi pensamiento a reproducir los claros registros, libre de toda la ansiedad que pueden perturbar el historiador de su época, aunque no le puedan deformar la verdad.

La tradición de lo que ocurrió antes de la fundación de la ciudad o mientras se estaba construyendo, están más próximas a adornar las creaciones del poeta que las actas auténticas del historiador, y no tengo ninguna intención de establecer su verdad o su falsedad. Esta licencia se concede tanto a los antiguos, que al mezclarse las acciones humanas con la voluntad divina se confiere una mayor y augusta dignidad a los orígenes de los Estados. Ahora bien, si a alguna nación se le debe permitir reclamar un origen sagrado y apuntar a una paternidad divina, ésa nación es Roma. Porque tal es su fama en la guerra que cuando se elige para representar a Marte como su propio padre y su fundador, las naciones del mundo aceptan tal declaración con la misma ecuanimidad con que aceptan su dominio. Pero cualesquiera opiniones o críticas a estas y otras tradiciones, las considero como de poca importancia. Los temas a los que les pido a cada uno de mis lectores que dediquen su atención son estas -la vida y costumbres de la comunidad, los hombres y las cualidades por las que a través de la política interna y la guerra exterior se ganó y amplió su dominio. Entonces, conforme se degradan las costumbres, se sigue la decadencia del carácter nacional, observando cómo al principio lentamente se hunde, y luego se desliza hacia abajo más rápidamente, y finalmente comienza a sumirse en una prolongada ruina, hasta que llega a estos días, en los que podemos no soportar nuestras enfermedades ni sus remedios.

Existe una excepcionalmente benéfica y fructífera ventaja derivada del estudio del pasado, como se ve, al poner a la clara luz de la verdad histórica, ejemplos de cada posible índole. A partir de éstos, podrá seleccionar para uno y su país lo que imitar y también lo que, por ser malicioso en sus inicios y desastroso en sus términos, se debe evitar. A menos que, sin embargo, me engañe por el efecto de mi empresa, no ha existido ningún Estado con mayor potencia, con una moral más pura, o más fértil en buenos ejemplos; o cualquier otro en el que la avaricia y el lujo hayan tardado más en avanzar, o la pobreza y la frugalidad hayan sido tan alta y continuamente honradas, mostrando así claramente que cuanta menor riqueza poseen los hombres, menos codician. En estos últimos años la riqueza ha llevado a la avaricia, y el deseo ilimitada de placer ha creado en los hombres una pasión por arruinarse a sí mismos y todo lo demás a través de la auto-indulgencia y el libertinaje. Pero las críticas que serán mal acogidas, aun cuando tal vez fuesen necesarias, no deben aparecer en al principio de todos los eventos de esta extensa obra. Preferiremos empezar con presagios favorables, y si pudiésemos adoptar la costumbre de los poetas, habría sido mucho más agradable comenzar con las oraciones y súplicas a los dioses y diosas que garantizarían un resultado favorable y éxito a la gran tarea tenemos ante nosotros.

Libro 1: Las primeras leyendas

[1,1] Para empezar, se admite generalmente que después de la toma de Troya, mientras que el resto de los troyanos fueron masacrados, en contra de dos de ellos -Eneas y Antenor -los aqueos se negaron a ejercer el derecho de la guerra, en parte debido a los antiguos lazos de la hospitalidad, y en parte porque estos hombres habían estado siempre a favor de hacer la paz y entregar a Helena. Sus fortunas posteriores fueron distintas. Antenor navegó hasta la parte más alejada del Adriático, acompañado de cierto número de los de Eneas que habían sido expulsados de Paflagonia por una revolución, y que tras perder a su rey Pylamenes ante Troya estaban buscando un lugar donde asentarse y un jefe. La fuerza combinada de los de Eneas y los troyanos derrotaron a los Euganos, que habitaban entre el mar y los Alpes, y ocuparon sus tierras. El lugar donde desembarcaron fue llamado Troya, y el nombre se extendió a los alrededores, la nación entera fue llamada vénetos. Desgracias similares llevaron a Eneas a convertirse en un vagabundo, pero los hados estaban preparando un destino más alto para él. Visitó en primer lugar Macedonia, a continuación se llegó a Sicilia en busca de un lugar donde asentarse; de Sicilia, dirigió su rumbo hacia el territorio Laurentiano. Aquí también se encuentra el nombre de Troya, y aquí desembarcaron los troyanos, y como sus viajes casi infinitos no les habían dejado más que sus armas y sus naves, comenzaron a saquear la zona. Los aborígenes, que ocupaban el país, con su rey Latino a la cabeza, llegaron apresuradamente desde la ciudad y los distritos rurales a fin de repeler las incursiones de los extranjeros por la fuerza de las armas.

Desde este punto hay una doble tradición. Según el uno, Latino fue derrotado en la batalla, e hizo la paz con Eneas, y, posteriormente, una alianza familiar. Según la otra, mientras que los dos ejércitos se encontraban dispuestos a enfrentarse y a la espera de la señal, Latino avanzó desde sus líneas e invitó al líder de los extranjeros a conferenciar. Él le preguntó qué clase de hombres eran, de dónde venían, lo que había ocurrido para hacerles abandonar sus hogares, qué buscaban cuando llegaron al territorio de Latino. Cuando se enteró de que los hombres eran troyanos, que su jefe era Eneas, hijo de Anquises y Venus, que su ciudad había sido quemada, y que los exiliados sin hogar estaban buscando un lugar para asentarse y construir una ciudad, quedó tan impresionado con el porte noble de los hombres y su jefe, y su disposición a aceptar tanto la paz como la guerra, que ofreció su mano derecha como compromiso solemne de amistad para el futuro. Un tratado formal se realizó entre los dirigentes y se intercambiaron saludos entre los ejércitos. Latino recibió a Eneas como invitado en su casa, y allí, en presencia de sus deidades tutelares, completó la alianza política con otra doméstica y dio a su hija en matrimonio a Eneas. Este incidente confirmó a los troyanos en la esperanza de que habían llegado al término de sus viajes y ganado un hogar permanente. Construyeron una ciudad, que Eneas llamó Lavinia por su esposa. En poco tiempo nació un niño del nuevo matrimonio, a quien sus padres le dieron el nombre de Ascanio.

[1,2] En un corto período de tiempo los aborígenes y troyanos se vieron envueltos en una guerra con, el rey de los rútulos. Lavinia había sido prometida al rey antes de la llegada de Eneas, y, furioso porque un extraño fuera preferido a él, declaró la guerra contra ambos, Latino y Eneas. Ninguna de las partes pudo felicitarse por el resultado de la batalla: los rútulos fueron derrotados, pero los victoriosos aborígenes los y troyanos perdieron a su jefe Latino. Sintiendo la necesidad de aliados, Turno y los rútulos hubieron de recurrir a la fuerza célebre de los etruscos y Mecencio, su rey, que reinaba en Caere, una ciudad rica en aquellos días. Desde el principio, no sintió más que placer por el crecimiento de la nueva ciudad, pero ahora consideraba el crecimiento del Estado de Troya como demasiado rápido para la seguridad de sus vecinos, por lo que acogió con satisfacción la propuesta de unir fuerzas con los rútulos. Para mantener a los aborígenes con él frente a esta poderosa coalición y asegurarse de que estaban no sólo bajo las mismas leyes, sino bajo el mismo mando, Eneas denominó a ambas naciones con el nombre de Latinos. A partir de ese momento los aborígenes no estuvieron por detrás de los troyanos en su leal devoción a Eneas. Tan grande era el poder de Etruria que la fama de su pueblo había llegado no sólo a las partes interiores de Italia, sino también los distritos costeros a lo largo de las tierra desde los Alpes hasta el estrecho de Mesina. Eneas, no obstante, confiando en la lealtad de las dos naciones que fueron creciendo día a día como una sola, condujo a sus fuerzas al campo de batalla, en lugar de esperar al enemigo detrás de sus muros. La batalla terminó a favor de los latinos, pero fue el último acto mortal de Eneas. Su tumba -si así se le puede considerar -está situada en la orilla del Numicius. Se le llama "Júpiter Indigetes".

[1,3] Su hijo, Ascanio, no tenía la edad suficiente para asumir el gobierno, pero su trono permaneció seguro durante su minoría. En ese intervalo -tal era la fuerza de carácter de Lavinia -aunque una mujer fuese la regente, el Estado Latino, y el reino de su padre y su abuelo, se preservaron intactos para su hijo. No voy a discutir la cuestión (¿pues quién pudiera hablar con decisión sobre una cuestión de tan extrema antigüedad?) de si el hombre que quien la casa Julia proclama, bajo el nombre de Julo, ser su fundador, fue este Ascanio o uno más antiguo que él, nacido de Creusa, mientras Ilión aún estaba intacta, y después de la caída compartió la fortuna de su padre. Esta Ascanio, donde haya nacido, o cuál sea su madre (aunque se acepta generalmente que era el hijo de Eneas) dejó a su madre (o a su madrastra) la ciudad de Lavinio, que era por aquellos días una próspera y rica ciudad, con una población superabundante, y construyó una nueva ciudad, al pie de las colinas Albanas, que desde su posición, que se extiende a lo largo de la ladera de la colina, fue llamada "Alba Longa". Transcurrió un intervalo de treinta años entre la fundación de Lavinio y la colonización de Alba Longa. Tal había sido el crecimiento del poder latino, principalmente a través de la derrota de los etruscos, que ni a la muerte de Eneas, ni durante la regencia de Lavinia, ni durante los años inmaduros [minoría de edad.-N. del T.] del reinado de Ascanio, ni Mecencio, ni los etruscos o cualquier otro de sus vecinos se aventuró a atacarlos. Cuando se determinaron los términos de la paz, el río Albula, ahora llamado Tíber, se fijó como la frontera entre los etruscos y los latinos.

Ascanio fue sucedido por su hijo Silvio, que por casualidad había nacido en el bosque. Se convirtió en el padre de Eneas Silvio, quien a su vez tuvo un hijo, Latino Silvio. Él fundó varias colonias: los colonos fueron llamados prisci Latini. El sobrenombre de Silvio era común a todos los reyes de Alba restantes, cada uno de los cuales sucedió a su padre. Sus nombres son: Alba, Atis, Capis, Capeto, Tiberino, que fue ahogado en el cruce del Albula, y se dio su nombre al río, que en adelante se convirtió en el famoso Tíber. Luego vino su hijo, Agrippa, tras él su hijo Rómulo Silvio. Fue golpeado por un rayo y dejó la corona a su hijo Aventino, cuyo santuario estaba en la colina que lleva su nombre y ahora es parte de la ciudad de Roma. Fue sucedido por Proca, quien tuvo dos hijos, Numitor y Amulio. A Numitor, el mayor, le legó el antiguo trono de la casa Silvia. La violencia, sin embargo, resultó más fuerte que la voluntad paterna o que el respeto debido a la antigüedad de su hermano, pues su hermano Amulio le expulsó y se apoderó de la corona. Adñadiendo crimen sobre crimen, asesinó a los hijos de su hermano y convirtió a la hija, Rea Silvia, en virgen vestal; así, con apariencia de honrarla, la privó de toda esperanza de resurgir.

[1,4] Sin embargo, las Parcas habían, creo, ya decretado el origen de esta gran ciudad y de la fundación del más poderoso imperio bajo el cielo. La vestal fue violada por la fuerza y dio a luz gemelos. Declaró a Marte como su padre, ya sea porque realmente lo creía, o porque la falta pudiera parecer menos grave si una deidad fue la causa de la misma. Pero ni los dioses ni los hombres la protegieron a ella o sus niños de la crueldad del rey; la sacerdotisa fue enviada a prisión y se ordenó que los niños fuesen arrojados al río. Por un enviado del cielo, ocurrió que el Tiber desbordó sus orillas, y las franjas de agua estancada impidieron que se aproximaran al curso principal. Los que estaban llevando a los niños esperaban que esta agua estancada fuera suficiente para ahogarlos, por lo que con la impresión de estar llevando a cabo las órdenes del rey, expusieron los niños en el punto más cercano de la inundación, donde ahora se halla la higuera Ruminal (se dice que había sido anteriormente llamada Romular). El lugar era entonces un páramo salvaje.

La tradición continúa diciendo que, después que la cuna flotante, en la que los niños habían sido abandonados, hubiera sido dejada en tierra firme por las aguas que se retiraban, una loba sedienta de las colinas circundantes, atraída por el llanto de los niños, se acercó a ellos , les dio a chupar sus tetas y fue tan amable con ellos que el mayoral del rey la encontró lamiendo a los niños con su lengua. Según la historia, su nombre era Fáustulo. Se llevó a los niños a su choza y los dio a su esposa Larentia para que los criara. Algunos autores piensan que a Larentia, por su vida impura, se le había puesto el apodo de "Loba", entre los pastores, y que este fue el origen de la historia maravillosa. Tan pronto como los niños, así nacidos y criados, llegaron a ser hombres jóvenes que no descuidaban sus deberes pastoriles, pero su auténtico placer era recorrer los bosques en expediciones de caza. Como su fuerza y valor fueronse así desarrollando, solían no sólo acechar a los feroces animales de presa, sino que incluso atacaban a los bandidos cuando cargaban con el botín. Distribuían lo que llevaron entre los pastores con quienes, rodeados de un grupo cada vez mayor de jóvenes, se asociaron tanto en sus empresas serias como en sus deportes y pasatiempos.

[1,5] Se dice que la fiesta de la Lupercalia, que se sigue observando, ya se celebraba en aquellos días en la colina del Palatino. Este cerro se llamó originalmente Pallantium de una ciudad del mismo nombre, en Arcadia; el nombre fue cambiado posteriormente a Palatium. Evandro, un arcadio, había poseído aquel territorio muchos años antes, y había introducido un festival anual de Arcadia en el que los jóvenes corrían desnudos por deporte y desenfreno, en honor de a Pan Liceo, a quien los romanos más tarde llamaron Inuus. La existencia de este festival fue ampliamente reconocida, y fue mientras los dos hermanos se participaban en él cuando los bandidos, enfurecidos por la pérdida de su botín, los emboscaron. Rómulo se defendió con éxito, pero Remo fue hecho prisionero y llevado ante Amulio, sus captores lo acusaron descaradamente de sus propios crímenes. La acusación principal contra ellos fue la de invadir las tierras de Numitor con un cuerpo de jóvenes que habían reunido, y llevarlos a saquear como en la guerra regular. Remo, en consecuencia, fue entregado a Numitor para que lo castigara. Fáustulo había sospechado desde el principio que los que había criado eran de descendencia real, porque era consciente de que los niños habían sido expuestos por orden del rey y el tiempo en que los había tomado correspondía exactamente con el de su exposición. Había, sin embargo, rechazado divulgar el asunto antes de tiempo, hasta que se produjera una oportunidad adecuada o la necesidad exigiera su divulgación.

La necesidad se produjo antes. Alarmado por la seguridad de Remo, reveló el estado del caso a Rómulo. Sucedió además que Numitor, que tenía a Remo bajo su custodia, al enterarse de que él y su hermano eran gemelos y al comparar su edad y el carácter y porte tan diferentes a los de una condición servil, comenzó a recordar la memoria de sus nietos, y otras investigaciones lo llevaron a la misma conclusión que Fáustulo, nada más faltaba para el reconocimiento de Remo. Así el rey Amulio estaba acechado por todos los lados de propósitos hostiles. Rómulo rechazó un ataque directo con su cuerpo de pastores, porque no era rival para el rey en lucha abierta. Les instruyó para acercarse al palacio por diferentes vías y encontrarse allí en un momento dado, mientras que desde la casa de Numitor Remo les ayudaba con una segunda banda que había reunido. El ataque tuvo éxito y el rey fue asesinado.

[1,6] En el comienzo de la contienda, Numitor gritó que un enemigo había entrado en la ciudad y estaba atacando el palacio, para distraer a la soldadesca Albana a la ciudadela, para defenderles [a los atacantes.-N. del T.]. Cuando vio a los jóvenes que venían a felicitarle después del asesinato, convocó un consejo de su pueblo y explicó la infame conducta de su hermano hacia él, la historia de sus nietos, sus padres y su crianza y cómo él los reconoció. Luego procedió a informarles de la muerte del tirano y su responsabilidad en ella. Los jóvenes marcharon en formación por mitad de la asamblea y saludaron a su abuelo como rey; su acción fue aprobada por toda la población, que con una sola voz ratificaron el título y la soberanía del rey. Después de que el gobierno de Alba fuera así transferido a Numitor, Rómulo y Remo fueron poseidos del deseo de construir una ciudad en el lugar donde habían sido abandonados. A la población sobrante de los Albanos y los pueblos latinos se unieron los pastores: Fue natural esperar que con todos ellos, Alba y Lavinio serían más pequeñas en comparación con la ciudad que se iba a fundar. Estas buenas espectativas fueron desechas por anticipaciones agradable fueron perturbados por la maldición ancestral (la ambición) que condujo a una lamentable disputa sobre lo que al principio era un asunto trivial. Como eran gemelos y ninguno podía pretender tener prioridad basada en la edad, decidieron consultar a las deidades tutelares del lugar para que por medio de un augurio decidieran quién daría su nombre a la nueva ciudad y quién habría de regirla después de haber sido fundada. Rómulo, en consecuencia, seleccionó el Palatino como su lugar de observación, Remo el Aventino.

753 a.C.

[1,7] Se dijo que Remo había sido el primero en recibir un presagio: seis buitres se le aparecieron. Justo tras producirse el augurio, a Rómulo se le apareció el doble. Cada uno fue saludado como rey por su propio partido. Los unos basaron su aclamación en la prioridad de la aparición, los otros en el número de aves. Luego se siguió un violento altercado; el calor de la pasión condujo al derramamiento de sangre y, en el tumulto, Remo fue asesinado. La creencia más común es que Remo saltó con desprecio sobre las recién levantadas murallas y fue de inmediato asesinado por un Rómulo enfurecido, que exclamó: "Así será de ahora en adelante con cada uno que salte por encima de mis muros." Rómulo se convirtió así en gobernante único, y la ciudad fue nombrada tras él, su fundador. Su primer trabajo fue fortificar la colina Palatina, donde se había criado. El culto de las otras deidades se llevó a cabo de acuerdo con el uso de Alba, pero el de Hércules lo fue de conformidad con los ritos griegos, tal y como habían sido instituidos por Evandro. Fue en este barrio, según la tradición, donde Hércules, después de haber matado a Gerión, llevó a sus bueyes, que eran de una belleza maravillosa. Nadó a través del Tíber, llevando los bueyes delante de él y, cansado del camino, se acostó en un lugar cubierto de hierba, cerca del río, para descansar él y los bueyes, que disfrutaban de los ricos pastos. Cuando el sueño se había apoderado de él, al ser pesado por la comida y el vino, un pastor que vivía cerca, llamado Caco, abusando de su fuerza y cautivado por la belleza de los bueyes, decidió hacerse con ellos. Si se los llevaba delante de él dentro de la cueva, sus cascos habrían conducido a su propietario en su búsqueda en la misma dirección, de modo que arrastró a la mejor de ellas hacia atrás, por la cola, hacia su cueva. Con las primeras luces del alba, Hércules despertó y al inspeccionar su rebaño vió que algunos habían desaparecido. Él se dirigió hacia la cueva más cercana, para ver si alguna pista apuntaba en esa dirección, pero se encontró con que todos los cascos venían de la cueva y ninguno hacia ella. Perplejo y atónito, comenzó a conducir el rebaño lejos de barrio tan peligroso. Algunos de los animales, echando de menos a los que quedaron atrás, mugieron como solían y un mujido en respuesta sonó desde la cueva. Hércules se volvió en esa dirección, y como Caco trató de impedirle por la fuerza la entrada en la cueva, fue muerto por un golpe del garrote de Hércules, después de pedir en vano ayuda a sus compañeros

El rey del país en ese momento era Evandro, un refugiado del Peloponeso, que gobernó más por ascendiente personal que por el ejercicio del poder. Se le respetaba por su conocimiento de las letras (una cosa nueva y maravillosa para los hombres incivilizados) pero fue aún más reverenciado a causa de su madre Carmenta, de quien se creía que era un ser divino y a quien se consideraba, con asombro de todos, intérprete del destino, en los días anteriores a la llegada de la Sibila a Italia. Este Evandro, alarmado por una multitud de excitados pastores que rodeaban a un extranjero, a quien acusaban de asesinato, averiguó por ellos la naturaleza del hecho y qué le llevó a cometerlo. Como observara que el porte y la estatura del hombre eran más que humanas en grandeza y augusta dignidad, le preguntó quién era. Cuando oyó su nombre y supo quién era su padre y cuál su país, dijo, "Hércules, hijo de Júpiter, salve! Mi madre, que dice la verdad en nombre de los dioses, ha profetizado que has de unirte a la compañía de los dioses, y que aquí te será dedicado un santuario, que en los siglos venideros la más poderosa nación del mundo la llamará su Ara Maxima y la honrará con un culto de brillo especial. " Hércules tomó la mano derecha de Evandro y dijo que él cumpliría el presagio por sí mismo y completaría la profecía construyendo y consagrando el altar. Entonces, se tomó del rebaño una vaca de evidente belleza, y se ofreció el primer sacrificio. Los Potitios y Pinarios, las dos principales familias de aquellos lugares, fueron invitados por Hércules a ayudar en el sacrificio y en la fiesta que siguió. Sucedió que los Potitios llegaron en el momento señalado y se colocaron ante ellos las entrañas, Los Pinarios llegaron después que fueran consumidos y se quedaron para el resto del banquete. Se convirtió en una costumbre permanente, desde ese momento, que mientras la familia de los Pinarios perviviera no comerían de las entrañas de las víctimas. Los Potitios, tras ser instruidos por Evandro, presidieron el rito durante muchos siglos, hasta que que se entregó esta ocupación sacerdotal a funcionarios públicos; tras lo cual toda la raza de los Potitios se extinguió. Este, de todos los ritos extranjeros, fue el único que Rómulo adoptó, como si sintiera que la inmortalidad ganada a través del coraje, que áquel celebraba, sería un día su propia recompensa.

[1,8] Después que se hubieran cumplido las los deberes de la religión, Rómulo llamó a su gente a un concilio. Como nada podía unirlos en un solo cuerpo político, sino la observancia de las leyes y costumbres comunes, les dio un cuerpo de leyes, que pensaba que sólo serían respetadas por una raza de hombres incivilizados y rudos si les inspiraba temor al asumir los símbolos externos del poder. Se rodeó de los mayores signos de mando, y, en particular, llamó a su servicio doce lictores. Algunos piensan que fijó este número por la cantidad de aves que predijeron su soberanía, pero me inclino a estar de acuerdo con aquellos que piensan que como esta clase de funcionarios públicos fue tomada del mismo pueblo del que se adoptó la "silla curis" y la "toga pretexta" (sus vecinos, los etruscos) por lo que el número en sí también se tomó de ellos. Su uso entre los etruscos se remonta a la costumbre de las doce ciudades soberanas de Etruria, cuando conjuntamente elegían un rey, y le proporcionaban cada una un lictor. Mientras tanto, la ciudad fue creciendo y extendiendo sus murallas en varias direcciones; un aumento debido más a la previsión de su futuro crecimiento que a su población actual. Su siguiente medida fue para asegurar que un aumento de población al tamaño de la ciudad no resultase en fuente de debilidad. Había sido una antigua política de los fundadores de ciudades el reunir multitud de personas de origen oscuro y baja extracción y luego extender la ficción de que ellos eran originarios del terreno. De acuerdo con esta política, Rómulo abrió un lugar de refugio en el lugar donde, según se desciende desde el Capitolio, hay un espacio encerrado entre dos arboledas. Una multitud indiscriminada de hombres libres y esclavos, ansiosos de cambio, huyeron de los estados vecinos. Este fue el primer incremento de fortaleza a la naciente grandeza de la ciudad. Cuando estuvo satisfecho de su fortaleza, su siguiente paso fue para que tal fortaleza fuera dirigida sabiamente. Creó cien senadores, fuese porque ese número era el adecuado o porque sólo había un centenar de jefes [de gens]. En cualquier caso, se les llamó "Patres" en virtud de su rango, y sus descendientes fueron llamados "patricios".

[1,9] El Estado romano se había vuelto tan fuerte que era un buen partido para cualquiera de sus vecinos en la guerra, pero su grandeza amenazaba con durar sólo una generación, ya que por la ausencia de mujeres no había ninguna esperanza de descendencia, y no tenían derecho a matrimonios con sus vecinos. Siguiendo el consejo del Senado, Rómulo envió mensajeros entre las naciones vecinas para buscar una alianza y el derecho al matrimonio mixto en nombre de su nueva comunidad. Ciudades que, como las otras, surgieron de los más humildes comienzos y que, ayudadas por su propio valor y del favor del cielo, ganaron por sí mismos gran poder y gran renombre. En cuanto al origen de Roma, es bien sabido que, si bien había recibido la ayuda divina, el coraje y la confianza en sí misma no faltaron. No debió, por tanto, existir rechazo de los hombres a mezclar su sangre con sus semejantes. En ninguna parte recibieron los enviados una recepción favorable. Aunque sus propuestas fueron rechazadas, hubo al mismo tiempo una sensación general de alarma por el poder que tan rápidamente crecía entre ellos. Por lo general, se les despedía con la cuestión: "Si hubiérais abierto un asilo para las mujeres, ahora no tendríais que buscar matrimonios en igualdad de condiciones". La juventud romana mal podía soportar tales insultos, y la única solución empezó parecer el recurso a la fuerza. Para asegurar un lugar y momento propicios para tal intento, Rómulo, disimulando su resentimiento, hizo preparativos para la celebración de unos juegos en honor de "Neptuno Ecuestre", a los que llamó "los Consualia". Ordenó que se diera anuncio de la celebración entre las ciudades vecinas, y su pueblo lo apoyó para hacer la celebración tan espléndida como les permitiesen sus conocimientos y recursos, de modo que se produjo gran expectación. Se reunión una gran multitud; la gente estaba ansiosa por ver la nueva ciudad, todos sus vecinos más cercanos (los pueblos de Caenina, Antemnae y Crustumerium) estaban allí, y vino toda la población Sabina, con sus esposas y familias. Se les invitó a aceptar la hospitalidad en distintas casas, y tras examinar la situación de la ciudad, sus murallas y el gran número de casas de que incluía, se asombraron por la rapidez con que había crecido el Estado romano.

Cuando llegó la hora de celebrar los juegos, y sus ojos y mentes estaban fijos en el espectáculo ante ellos, se dió la señal convenida y los jóvenes romanos corrieron desde todas las direcciones para llevarse a las doncellas que estaban presentes. La mayor parte fue llevada de manera indiscriminada; pero algunas, especialmente hermosas, que habían sido elegidas para los patricios principales, fueron llevadas a sus casas por plebeyos a quienes se les encomendó dicha tarea. Una, notable entre todas por su gracia y su belleza, se dice que fue raptada por un grupo mandado por un Talassio determinados, y a las múltiples preguntas de a quién estaba destinada, siempre le contestaban: "Para Talassio. " De aquí el empleo de esta palabra en los ritos del matrimonio. La alarma y la consternación interrumpieron los juegos y los padres de las jóvenes huyeron, aturdidos por el dolor, lanzando amargos reproches a los infractores de las leyes de la hospitalidad y apelando al dios por cuyos solemnes juegos habían acudido, sólo para ser víctimas de pérfida impiedad. Las muchachas secuestradas estaban tan desesperadas como indignadas. Rómulo, sin embargo, se les dirigió en persona, y les señaló que todo era debido al orgullo de sus padres por negar el matrimonio a sus vecinos. Vivirían en honroso matrimonio y compartirían todos sus bienes y derechos civiles, y (lo más querido de todo a la naturaleza humana) serían madres de hombres libres. Él les rogó que dejasen a un lado sus sentimientos de resentimiento y dieran su afecto a los que la fortuna había hecho dueños de sus personas. Una ofensa había llevado a menudo a la reconciliación y el amor, encontrarían a sus maridos mucho más afectuosos, porque cada uno haría todo lo posible, por lo que a él tocaba, para compensarlas por la pérdida de padres y país. Estos argumentos fueron reforzados por la ternura de sus maridos, quienes excusaron su conducta invocando la fuerza irresistible de su pasión (una declaración más efectiva que las demás, al apelar a la naturaleza femenina).

[1.10] Los sentimientos de las muchachas secuestradas quedaron así totalmente serenados, pero no así los de sus padres. Vistieron de luto, e intentaron con sus denuncias llenas de lágrimas llevar a sus compatriotas a la acción. Tampoco limitaron sus protestas a sus propias ciudades, sino que acudían de todas partes a Tito Tacio, el rey de los sabinos, y le enviaron delegados, pues era el nombre más influyente en esas regiones. Los pueblos de Caenina, Crustumerium y Antemnae fueron los que más sufrieron; pensaban que Tacio y sus Sabinos actuaban muy lentamente, por lo que estas tres ciudades se prepararon para hacer la guerra conjuntamente. Tales, sin embargo, fueron la impaciencia y la ira de los Caeninensianos que hasta les parecía que ni los Crustuminianos ni los Antemnatios mostraban la suficiente energía, por lo que los hombres de Caenina realizaron un ataque sobre territorio romano por su propia cuenta. Mientras estaban diseminados por todas partes, saqueando y destruyendo, Rómulo vino sobre ellos con un ejército y después de un breve encuentro les enseñó que la ira es inútil sin la fuerza. Les puso en precipitada fuga, y persiguiéndoles, mató a su rey y despojó su cuerpo; Luego, tras matar a su jefe, tomó la ciudad en el primer asalto. Él no estaba menos ansioso por mostrar sus victorias que por sus magníficos hechos, así que, tras llevar a casa el ejército victorioso, subió al Capitolio con los despojos de su enemigo muerto llevados delante de él en un armazón construido a tal efecto. Los tendió allí sobre un roble, que los pastores consideraban como un árbol sagrado, y al mismo tiempo marcó el lugar para el templo de Júpiter, y dirigiéndose al dios por un nuevo título, pronunció la siguiente invocación: "¡Júpiter Feretrio! estas armas tomadas de un rey, yo, Rómulo rey y conquistador, te traigo, y en este dominio, cuyos límites he trazado por mi voluntad propósito, dedico un templo para recibir el 'spolia opima' [mejor despojo.-N. del T.] que la posteridad, siguiendo mi ejemplo, traerá aquí, tomado de los reyes y los generales de nuestros enemigos muertos en batalla ". Tal fue el origen del primer templo dedicado en Roma. Y los dioses decretaron que aunque su fundador no pronunció vanas palabras al declarar que la posteridad llevaría allí sus botines, el esplendor de tal ofrenda no debiera ser atenuada por aquellos que rivalizaban con sus logros. Porque después de haber transcurrido tantos años y haberse librado tantas guerras, sólo dos veces ha sido ofrendada la "spolia opima". Pues rara vez ha concedido la Fortuna tal gloria a los hombres.

[1.11] Mientras que los romanos estaban así ocupados, el ejército de la Antemnates aprovechó que su territorio no había sido ocupado y lanzó un ataque contra la frontera romana. Rómulo condujo a toda prisa su legión contra este nuevo enemigo y los sorprendió al estar dispersos por los campos. Al primer impulso y gritos del ejército, el enemigo fue derrotado y su ciudad capturada. Mientras Rómulo estaba exultante por esta doble victoria, su esposa, Hersilia, movida por los ruegos de las doncellas secuestradas, le imploró que perdonase a sus padres y les concediese la ciudadanía, porque así se lograría la concordia. Él rápidamente accedió a su petición. Avanzó luego contra los Crustuminianos, que habían dado comienzo a la guerra, pero su ímpetun había quedado disminuido por las sucesivas derrotas de sus vecinos, y no ofrecieron sino una ligera resistencia. Se fundaron colonias en ambos lugares; debido a la fertilidad de los suelos de la región Crustumina, la mayoría se ofreció para ocupar esa colonia. Por otra parte, hubo numerosas migraciones a Roma, en su mayoría de los padres y familiares de las doncellas secuestradas. La última de esas guerras fue iniciada por los sabinos y demostró ser la más grave de todas, porque nada se hizo con pasión o impaciencia; ocultaron sus planes hasta que la guerra empezó efectivamente. A sus designios añadieron el engaño, como muestra el siguiente incidente. Espurio Tarpeio estaba al mando de la ciudadela romana. Mientras su hija había salido de las fortificaciones a buscar agua para algunas ceremonias religiosas, Tacio la sobornó para que introdujera sus tropas dentro de la ciudadela. Una vez dentro, la mataron aplastándola bajo sus escudos, o para que la ciudadela paraciera haber sido tomada por asalto, o para que su ejemplo quedase como advertencia de que ninguna confianza debe guardarse con los traidores. Una historia más antigua dice que los Sabinos tenían costumbre de llevar pesados brazaletes de oro en sus brazos izquierdos, así como anillos con piedras preciosas, y que la muchacha les hizo prometer que le darían "lo que llevaban en sus brazos izquierdos"; por lo tanto, ellos le arrojaron los escudos que portaban en lugar de sus dorados adornos. Algunos dicen que en la negociación de lo que llevaban en su mano izquierda, ella pidió expresamente sus escudos, y ante la sospecha de ser traicionarlos, la hicieron víctima de sus propias palabras.

[1.12] Como quiera que fuese, los Sabinos se apoderaron de la ciudadela. Y no bajabron de ella al día siguiente, aunque el ejército romano estaba desplegado en orden de batalla sobre todo el terreno entre el Palatino y el Capitolio, hasta que, exasperados por la pérdida de su ciudadela, y decididos a recuperarla , los romanos pasaron al ataque. Avanzando antes que los demás, Mecio Curcio, del bando de los Sabinos, y Hostio Hostilio, por parte romana, se enfrentaron en combate singular. Hostio, luchando en un terreno desfavorable, sostuvo la fortuna de Roma por su valor intrépido, pero al final cayó; se rompió la línea romana y huyeron a lo que entonces era la puerta del Palatino. Incluso Rómulo fue arrastrado por la multitud de fugitivos, y alzando sus manos al cielo, exclamó: "Júpiter, fue por tu presagio que te obedecí al poner aquí, en el Palatino, los primeros cimientos de la ciudad. Ahora los Sabinos poseen la ciudadela, habiéndola alcanzado mediante el soborno, y de allí se han apoderado del valle y están presionando acá, en batalla. ¡Tú, padre de los dioses y los hombres, lleva de aquí a nuestros enemigos, destierra el terror de los corazones de romanos y haz que desaparezca nuestra verguenza! Aquí hago voto de un templo dedicado a ti, "Júpiter Stator", como recuerdo para las generaciones venideras de que es por tu ayuda presente que la Ciudad se ha salvado ". Luego, como si se hubiera dado cuenta de que su oración había sido escuchada, exclamó, "¡Volved, romanos! Júpiter Óptimo Máximus os ordena resistir y renovar el combate". Se detuvieron como si les mandase una voz divina (Rómulo recorrió la primera línea, así como Mecio Curtio había corrido hacia abajo desde la ciudadela al frente de los Sabinos y empujaron a los romanos en huida sobre la totalidad del suelo que ahora ocupa el Foro. Estaba no muy lejos de la puerta del Palatino y gritaba: "Hemos conquistado a nuestros infieles anfitriones, a nuestros cobardes enemigos; ahora saben que secuestrar doncellas en muy distinta cosa de combatir con hombres." En medio de tales jactancias, Rómulo, con un grupo compacto de valientes soldados, cargó sobre él. Mecio estaba a caballo, por lo que fue el que más fácilmente retrocedió; los romanos le persiguieron y, inspirados por el coraje de su rey, el resto del ejército romano derrotó a los sabinos. Mecio, incapaz de controlar su caballo, enloquecido por el ruido de sus perseguidores, cayó en un pantano. El peligro de su general distrajo la atención de los Sabinos por un momento de la batalla; gritaron e hicieron señales para alentarle, y así, animado a realizar un nuevo esfuerzo, logró salir con bien. Entonces los romanos y sabinos renovaron los combates en el centro del valle, pero la fortuna de Roma fue superior.

[1.13] Fue entonces cuando las Sabinas, cuyos secuestro había llevado a la guerra, despojándose de todo temor mujeril en su aflicción, se atrevieron en medio de los proyectiles con el pelo revuelto y las ropas desgarradas. Corriendo a través del espacio entre los dos ejércitos, trataron de impedir la lucha y calmar las pasiones excitadas apelando a sus padres en uno de los ejércitos y asus maridos en el otro, para que no incurriesen en una maldición por manchar sus manos con la sangre de un suegro o de un yerno, ni para legar a la posteridad la mancha del parricidio. "Si", gritaron, "están hastiados de estos lazos de parentesco, de estas uniones matrimoniales, vuelquen su ira sobre nosotras; somos nosotras la causa de la guerra, somos nosotras las que han herido y matado a nuestros maridos y padres. Mejor será para nosotras morir antes que vivir sin el uno o el otro, como viudas o huérfanas ". Ambos ejércitos y sus líderes fueron igualmente conmovidos por esta súplica. Hubo un repentino silencio y apaciguamiento. Entonces los generales avanzaron para disponer los términos de un tratado. No sólo resultó que se hizo la paz; ambas naciones se unieron en un único Estado, el poder efectivo se compartió entre ellos y la sede del gobierno de ambas naciones fue Roma. Después duplicar así la Ciudad, se hizo concesión a los Sabinos de la nueva denominación de Quirites, por su antigua capital de Curas [esta etimología es errónea; el término quirites proviene de quiris, lanza, y hace así referencia a la condición que como soldado tiene el ciudadano. Se solía emplear al dirigirse a los romanos en la Ciudad; fuera de ella empleaban el término de romanos.- N. del T.]. En conmemoración de la batalla, el lugar donde Curtio consiguió sacar su caballo de la profunca ciénaga a terreno más seguro se llamó el lago Curtio. La paz gozosa, que puso un final repentino a tan deplorable guerra, hizo a las Sabinas aún más caras a sus maridos y padres, y sobre todo a al propio Rómulo. En consecuencia, cuando se efectuó la distribución de la población en las treinta curias, le pusieron su nombre a las curias. Sin duda hubo muchas más de treinta mujeres, y la tradición no dice nada sobre si las personas cuyos nombres fueron dados a las acurias se eligieron en razón de la edad o por la distinción personal (fuera propia o de sus maridos) o simplemente por sorteo. El alistamiento de las tres centurias de caballeron tuvo lugar al mismo tiempo; Los Ramnenses fueron llamados así por Rómulo y los Titienses lo fueron por Tito Tacio. El nombre de los Luceres es de origen incierto. A partir de entonces los dos reyes ejercieron su soberanía conjunta en perfecta armonía.

[1.14] Algunos años más tarde los parientes del rey Tacio maltrataron a los embajadores de los Laurentinos. Vinieron a pedir reparación por ello, de conformidad con el derecho internacional, pero la influencia y poder de sus amigos pesaron más sobre Tacio que las peticiones de los laurentinos. La consecuencia fue que atrajo sobre sí el castigo que le correspondía a ellos, pues cuando fue al sacrificio anual en Lavinio, hubo un tumulto en el que fue asesinado. Se dice que Rómulo se afligió menos por este incidente de lo que exigía su posición; fuera por la infidelidad inherente a la soberanía compartida o porque pensara que había merecido su suerte. Él se negó, por lo tanto, a ir a la guerra, y pues ya que el daño hecho a los embajadores pudiera considerase expiado por el asesinato del rey, el tratado entre Roma y Lavinio se renovó. Si bien en este frente se garantizó una paz inesperada, la guerra estalló en un lugar mucho más cercano, de hecho, casi a las puertas de Roma. El pueblo de Fidenas consideró que el poder [de Roma.-N. del T.] estaba creciendo demasiado cerca de ellos, de modo que, tanto para acabar con su fuerza presente como con la futura, tomó la iniciativa de hacerle la guerra. Jóvenes armados invadieron y devastaron la región que se extiende entre la Ciudad y Fidenas. Desde allí se dirigieron a la izquierda (pues el Tíber impedia su avance a la derecha), saqueando y destruyendo, con gran alarma de las gentes del campo. El primer indicio de lo que estaba sucediendo fue un tumulto repentino que llegó desde el campo. Una guerra tan cerca de sus puertas no admitía demora, y Rómulo condujo a toda prisa su ejército y acamparon a cerca de una milla de Fidenas [1480 metros.-N. del T.]. Dejando a un pequeño destacamento de guardia en el campamento, siguió adelante con todas sus fuerzas; y mientras que a una parte se le ordenó que se emboscara en un lugar cubierto de densos matorrales, él avanzó con la mayor parte [de la infantería.-N. del T.] y toda la caballería hacia la ciudad , y cabalgando de modo provocativo y desordenado hasta las mismas puertas, consiguió atraer al enemigo. La caballería siguió esta táctica simulando que huían y, para que pareciese menos sospechoso, a su aparente vacilación entre luchar o huir se sumó la retirada de la infantería; el enemigo salió repentinamente de las puertas atestadas de gente, rompieron la línea romana y la presionaron ansiosamente hasta que fueron conducidos donde estaba dispuesta la emboscada. Entonces los romanos se levantaron repentinamente y atacaron al enemigo de flanco; su pánico [de los fidentinos.-N. del T.] fue aumentado por las tropas del campamento, que cayeron sobre ellos. Aterrorizados por los ataques que les amenazaban por todos lados, los fidentinos dieron la vuelta y huyeron apenas antes de que Rómulo y sus hombres volvieran de su huida simulada. Regresaron a su ciudad mucho más rápidamente de lo que poco antes habían salido a perseguir a quienes fingían huir, aunque su huida era ahora genuina. No obstante, no pudieron librarse de la persecución; tenían a los romanos pisándoles los talones y, antes de que las puertas pudieran estar cerradas, irrumpió el enemigo mezclado con ellos.

[1.15] El contagio del espíritu de la guerra en Fidenas infectó a los Veyentinos.

Este pueblo estaba unido por lazos de sangre con los Fidentinos, que también eran etruscos, y un incentivo adicional venía dado porque, dada la mera cercanía del lugar, Roma volvería sus armas contra todos sus vecinos. Hicieron una incursión en territorio romano, no tanto como por el botín sino como un acto de guerra regular. Después de obtener su botín regresaron con él a Veyes, sin fortificar su posición ni esperar al enemigo. Los romanos, por otra parte, al no encontrar al enemigo en su propio territorio, cruzaron el Tíber, preparados y decididos a librar una batalla decisiva. Al enterarse de que se habían fortificado y se preparaban para avanzar sobre su ciudad, los veyentinos salieron contra ellos, prefiriendo un combate en campo abierto a ser sitiados y tener que luchar desde las casas y las murallas. Rómulo obtuvo la victoria, no a través de artimañas, sino por la capacidad de su veterano ejército. Rechazó al enemigo a sus murallas, pero en vista de la fuerte posición y las fortificaciones de la ciudad, se abstuvo de asaltarla. En su marcha hacia su país devastó sus campos, más por venganza que por el beneficio del pillaje. La pérdida así sufrida, tamto como la derrota anterior, rompió el espíritu de los veyentinos y enviaron mensajeros a Roma para pedir la paz. Con la condición de una cesión de territorio, se les concedió una tregua durante cien años. Estos fueron los principales acontecimientos en el país y en la región que marcaron el reinado de Rómulo. De principio a fin (si tenemos en cuenta el valor que demostró en la recuperación de su trono ancestral, o la sabiduría exhibió al fundar la Ciudad e incrementar su fortaleza, por igual, mediante la guerra y la paz), no hallamos nada incompatible con la creencia en su origen divino y su acceso a la divina inmortalidad divina tras morir. Fue, de hecho, por la fortaleza que le proporcionó, que la ciudad fue lo bastante fuerte como para disfrutar de una paz segura durante cuarenta años después de su partida. Fue, sin embargo, más aceptado por el pueblo que por los patricios; pero, sobre todo, era el ídolo de sus soldados. Mantuvo un cuerpo de guardaespaldas de trescientos hombres en torno a él, tanto en la paz como en la guerra. Les llamó los "Celeres."

717 a.C.

[1.16] Su elevación a la inmortalidad se produjo cuando Rómulo pasaba revista a su ejército en el "Caprae Palus" [poste de la cabra.-N. del T.] en el Campo de Marte. Una violenta tormenta se levantó de pronto y envolvió al rey en una nube tan densa que le hizo casi invisible a la Asamblea. Desde ese momento ya no se volvió a ver a Rómulo sobre la Tierra. Cuando los temores de los jóvenes romanos se vieron aliviados por el regreso de un sol brillante y de la calma tras un tiempo tan temible, vieron que el asiento real estaba vacío. Creyendo plenamente la afirmación de los senadores, que habían estado situados cerca de él, de que había sido arrebatado al cielo en un torbellino, todavía quedaron, por el miedo y el dolor, algún tiempo sin habla como hombres repentinamente desconsolados. Por fin, después que algunos tomasen la iniciativa, todos los presentes aclamaron a Rómulo como "un dios, el hijo de un dios, el rey y Padre de la Ciudad de Roma". Suplicaron por su gracia y favor, y rezaron para que fuera propicio a sus hijos y les guardase y protegiese. Creo, sin embargo, que aun entonces hubo algunos que secretamente dieron a entender que había sido descuartizado por los senadores (una tradición en este sentido, aunque ciertamente muy tenue, ha llegado a nosotros). La otra, que yo sigo, ha prevalecido debido, sin duda, a la admiracón sentida por los hombre y la aprensión causada por su desaparición. Esta creencia generalmente aceptada fue reforzada por la disposición inteligente de un hombre. La tradición cuenta que Próculo Julio, un hombre cuya autoridad tenía peso en los asuntos de la mayor importante, viendo cuán profundamente sentía la plebe la pérdida del rey y lo indignados que estaban contra los senadores, se adelantó en la asamblea y dijo: "¡Quirites! al rayar el alba, hoy, el Padre de esta Ciudad de repente bajó del cielo y se me apareció. Mientras que, emocionado de asombro, quedé absorto ante él en la más profunda reverencia, rogando ser perdonado por mirarle, me dijo: "Ve y di a los romanos que es la voluntad del cielo que mi Roma debe ser la cabeza de todo el mundo". Que en adelante cultiven las artes de la guerra, y hazles saber con seguridad, y que transmitan este conocimiento a la posteridad, que ningún humano podrá resistir las armas romanas". Es prodigioso el crédido que se dio a la historia de este hombre [de Próculo Julio.- N. del T.], y cómo el dolor del pueblo y del ejército se calmó con el convencimiento que él creó sobre la inmortalidad de Rómulo.

[1.17] Surgieron disputas entre los senadores sobre el trono vacante. No era la envidia de los ciudadanos concretos, pues ninguno era lo suficientemente importante en un Estado tan joven, sino las rivalidades de las facciones en el Estado, las que llevaron a este conflicto. Las familias Sabinas temían perder su participación equitativa en el poder soberano, porque después de la muerte de Tacio no habían tenido representante en el trono; anhelaban, por lo tanto, que el rey se eligiese de entre ellas. Los antiguos romanos mal podían tolerar un rey extranjero; pero en medio de esta diversidad de puntos de vista políticos, todos deseaban la monarquía, pues aún no habían probado las mieles de la libertad. Los senadores empezaron a temer algún acto de agresión por parte de los Estados vecinos, ahora que la ciudad carecía de una autoridad central y el ejército de un general. Decidieron que debía haber algún jefe de Estado, pero nadie se decidía a reconocer tal dignidad a cualquier otra persona. El asunto fue resuelto por los cien senadores dividiéndose en diez decurias, y se eleigió a uno de cada decuria para ejercer el poder supremo. Diez, por lo tanto, ejercían el cargo, pero sólo uno a la vez tenía la insignia de la autoridad y los lictores. Su autoridad individual se limitó a cinco días y la ejercieron por rotación. Este lapso en la monarquía duró un año, y fue llamado por el nombre que aún hoy tiene: el de "interregno". Después de un tiempo la plebe empezó a murmurar que se multiplicaba su esclavitud, porque había un centenar de amos en lugar de uno sólo. Era evidente que insistirían en que fuese elegido un rey y que lo fuera por ellos. Cuando los senadores se dieron cuenta de esta determinación cada vez mayor, pensaron que sería mejor ofrecer de forma espontánea lo que estaban obligados a aceptar, por lo que, como un acto de gracia, entregaron el poder supremo en manos de la gente, pero de tal manera que no perdieran ningún privilegio de los que tenían. Para ello aprobaron un decreto por el cual, cuando el pueblo hubiera elegido un rey, su elección sólo sería válida después que el Senado la ratificara con su autoridad. El mismo procedimiento existe hoy en la aprobación de leyes y la elección de los magistrados, pero el poder de rechazo ha sido retirado; el Senado da su ratificación antes que el pueblo proceda a la votación, mientras que el resultado de la elección es todavía incierto. En ese momento el "interrex" convocaba a la asamblea y se le dirigía de la siguiente manera: "¡Quirites, elegid vuestro rey, y que el cielo bendiga vuestros afanes! Si elegís uno considerado digno de suceder a Rómulo, el Senado ratificará vuestra elección". Tan safisfecho quedó el pueblo ante tal propuesta que, para no parecer menos generosos, aprobaron una resolución para que fuera el Senado quien decretara quien debía reinar en Roma.

[1.18] Vivía, en esos días, en Cures, una ciudad sabina, un hombre de renombrada justicia y piedad: Numa Pompilio. Estaba tan versado como cualquier otro en esa época pudiera estarlo en todas las leyes divinas y humanas. Según la tradición, su maestro fue Pitágoras de Samos. Pero esto es erróneo, pues es generalmente aceptado que fue más de un siglo después, en el reinado de Servio Tulio, cuando Pitágoras reunió a su alrededor una multitud de estudiantes ansiosos, en la parte más distante de Italia, en la región de Metaponto, Heraclea, y Crotona. Ahora bien, incluso si hubiera sido contemporáneo de Numa, ¿cómo podría haber llegado a su reputación a los Sabinos? ¿De qué lugares, y en qué lengua común podría haber inducido a nadie a convertirse en su discípulo? ¿Quién podría haber garantizado la seguridad de un individuo solitario viajando a través de tantos países diferentes en el habla y el carácter? Yo creo más bien que las virtudes de Numa fueron el resultado de su carácter y auto-formación, moldeados no tanto por las influencias extranjeras como por el rigor y disciplina austera de los antiguos sabinos, que eran los más puros de los que existían en la antigüedad. Cuando se mencionaba el nombre de Numa, aunque los senadores romanos vieron que el equilibrio de poder estaría en el lado de los sabinos si el rey era elegido de entre ellos, nadie se atrevía a proponer un candidato propio, o a cualquier senador o ciudadano en vez de él. En consecuencia, por unanimidad acordaron que la corona debía ser ofrecida a Numa Pompilio. Fue invitado a Roma y siguiendo el precedente establecido por Rómulo, cuando obtuvo la corona por el augurio que sancionó la fundación de la ciudad, Numa ordenó que en su caso también los dioses debían ser consultados. Fue solemnemente llevado por un augur, que después fue honrado al convertirse en funcionario del Estado de por vida, a la Ciudadela, y se sentó sobre una piedra mirando al sur. El augur se sentó a su izquierda, con la cabeza cubierta, y sosteniendo en su mano derecha un bastón curvo, sin nudos, que se llama "Lituus". Después de examinar la perspectiva de la ciudad y los alrededores, ofreció oraciones y marcó las regiones celestes con una línea imaginaria de este a oeste, la del sur fue llamanada "la mano derecha", la del norte como "la mano izquierda". A continuación se concentró sobre un objeto, el más lejano de los que podía ver, como una marca de referencia, y pasando el lituus a su mano izquierda, colocó su mano derecha sobre la cabeza de Numa y ofreció esta oración: "Padre Júpiter, si es voluntad del cielo que este Numa Pompilio, cuya cabeza agarro, deba ser rey de Roma, signifícanoslo por signos seguros dentro de esos límites que he trazado ". Luego recitó del modo habitual el augurio que deseaba que le fuera enviado. Fueron enviados [los augurios.-N. del T.], y quedando revelado por ellos que Numa sería rey, bajaron del "santuario".

[1.19] Habiendo en esta forma obtenido la corona, Numa se dispuso a fundar, por decirlo así, de nuevo, por las leyes y las costumbres, la Ciudad que tan recientemente había sido fundada por la fuerza de las armas. Vio que esto sería imposible mientras estuviesen en guerra, pues la guerra embrutece a los hombres. Pensando que la ferocidad de sus súbditos podría ser mitigada por el desuso de las armas, construyó el templo de Jano, al pie del Aventino, como índice de la paz y la guerra, significando cuando estaba abierto que el Estado estaba bajo los brazos y las en que fue cerrada que todas las naciones circundantes estaban en paz. Dos veces desde su reinado ha sido cerrada, una vez después de la primera guerra púnica en el consulado de T. Manlio, la segunda vez, que el cielo ha permitido que nuestra generación sea de ella testigo, fue después de la batalla de Accio, cuando se obtuvo la paz en la tierra y el mar por el emperador César Augusto. Después de la ffirma de los tratados de alianza con todos sus vecinos y el cierre del templo de Jano, Numa dirigió su atención a los asuntos domésticos. La ausencia de todo peligro exterior podría inducir a sus súbditos a regodearse en la pereza, ya que dejaría de reprimirse por el temor de un enemigo o por la disciplina militar. Para evitar esto, se esforzó por inculcar en sus mentes el temor de los dioses, considerando ésta como la influencia más poderosa que podría actuar sobre un incivilizado y, en aquellos tiempos, bárbaro pueblo. Pero, ya que esto no produciría una profunda impresión sin cierta pretensión de sabiduría sobrenatural, fingió que había tenido conversaciones nocturnas con la ninfa Egeria: Y que fue por su consejo que estaba estableciendo el ritual más aceptables a los dioses y nombrando para cada deidad sus propios sacerdotes específicos. En primer lugar, dividió el año en doce meses, correspondientes a las revoluciones de la Luna. Pero como la Luna no completa treinta días de cada mes, y así hay menos días en el año lunar que en los medidos por el curso del sol, interpoló meses intercalares y los dispuso de modo que cada vigésimo año los días deberían coincidir con la misma posición del sol al empezar, quedando así completos los veinte años. También estableció una distinción entre los días en que se podrían efectuar los negocios jurídicos y aquellos en los que no se podía, porque a veces sería aconsejable que el pueblo no efectuase transacciones.

[1.20] A continuación, volvió su atención a la designación de los sacerdotes. Él mismo, sin embargo, llevó a cabo muchos servicios religiosos, especialmente los que pertenecen al flamen de Júpiter. Pero él pensó que en un estado tan belicoso habría más reyes del tipo de Rómulo que del de Numa, y que se encargaría del asunto en persona. Para protegerse, por lo tanto, de que los ritos sacrificiales que el rey realizaba fuesen interrumpidos, designó a un Flamen como sacerdote perpetuo de Júpiter, y ordenó que debía llevar un vestido distintivo y sentarse en la silla curul real. Nombró a dos flamines adicionales, una para Marte, y el otro para Quirino, y además escogió a vírgenes como sacerdotisas de Vesta. Este orden de sacerdotisas existió originalmente en Alba y estaba relacionado con el linaje de su fundador. Se les asignó un sueldo público para que pudieran dedicar todo su tiempo al templo, e hizo sus personas sagradas e inviolables, mediante un voto de castidad y otras sanciones religiosas. Del mismo modo eligió a doce "Salii" para Marte Gradivus, y se les asignó el vestido distintivo de una túnica bordada y sobre ella una coraza de bronce. Se les instruyó para marchar en procesión solemne por la ciudad, llevando los doce escudos llamado "Ancilia", y cantar himnos mientras bailaban una danza solemne en tiempo triple. El siguiente puesto a cubrir fue el de Pontifex Maximus (Pontífice Máximo). Numa nombró al hijo de Marco, uno de los senadores -Numa Marcio -y todos los reglamentos concernientes a la religión, escritos y sellados, se pusieron a su cargo. Aquí se estableció qué víctimas, en qué días y a qué los templos, debían ser ofrecidos los diversos sacrificios, y de qué fuentes se sufragarían los gastos relacionados con ellos. Puso todas las demás funciones sagradas, tanto públicas como privadas, bajo la supervisión del Pontífice (Máximo), con el fin de que pudiera haber una autoridad a la que el pueblo consultara, y así evitar todos los problemas y confusiones derivados de adoptar ritos extranjeros y de evitar el abandono de sus suyos ancestrales. Tampoco se limitó sus funciones a la dirección de la adoración de los dioses celestiales, sino a instruir al pueblo sobre cómo llevar a cabo los funerales y apaciguar a los espíritus de los difuntos, y cómo interpretar los prodigios enviados por un rayo o de cualquier otra manera, y también cómo debían ser atendidos y expiados. Para obtener estas señales de la voluntad divina, dedicó un altar a Júpiter Elicius en el Aventino, y consultó al dios a través de augurios, en cuanto a qué prodigios debían recibir atención.

[1.21] Las deliberaciones y acuerdos relativas a estos asuntos desvió a la gente de los pensamientos belicosos y les proporcionó amplia ocupación. La supervisión atenta de los dioses, que se manifiesta en la guía providencial de los asuntos humanos, había despertado en todos los corazones un tal sentimiento de piedad que el carácter sagrado de las promesas y la santidad de los juramentos fueron una fuerza de control para la comunidad no menos eficaz que el temor inspirado por las leyes y las sanciones. Y a pesar de sus súbditos moldeaban sus caracteres sobre el único ejemplo de su rey, las naciones vecinas, que hasta entonces habían creído que (Roma) era un campamento fortificado, y no una ciudad que fue puesta entre ellos para molestar la paz de todos, fueron ahora inducidos a respetarles tan altamente que pensaban que sería un pecado injuriar a un Estado tan enteramente dedicado al servicio de los dioses. Había un bosque en medio de un arroyo que fluía perenne, brotando de una cueva oscura. Aquí se retiraba frecuentemente Numa, en soledad, como si se fuera a encontrar con la diosa, y consagró el bosque a la Camaenae, porque fue allí donde tuvieron lugar sus encuentros con su esposa Egeria. También instituyó un sacrificio anual a la diosa Fides y ordenó que los flamines debían viajar a su templo en un carro cubierto, y debe realizar el servicio con sus manos cubiertas hasta los dedos, para significar que la fe debe ser protegido y que su asiento es santo, aún cuando esté en las manos derechas de los hombres. Hubo muchos otros sacrificios señalados por él y lugares designados para su ejecución por los pontífices llamados Argei. La mayor de todas sus obras fue la preservación de la paz y la seguridad de su reino a todo lo largo de su reinado. Así, por dos sucesivos reyes se acrecentó la grandeza del Estado, cada uno de una manera diferente: por la guerra, el primero; a través de la paz, el segundo. Rómulo reinó treinta y siete años, Numa cuarenta y tres años. El Estado era fuerte y disciplinado por las lecciones de la guerra y las artes de la paz.

674 a.C.

[1.22] La muerte de Numa fue seguida por un segundo interregno. Luego, fue elegido rey por el pueblo Tulio Hostilio, nieto del Hostilio que había luchado tan brillantemente a los pies de la ciudadela contra los sabinos, y su elección fue confirmada por el Senado. No sólo era diferente al último rey, sino que era un hombre de espíritu más guerrero incluso que Rómulo y su ambición se encendió por su propia energía juvenil y por los gloriosos logros de su abuelo. Convencido de que el vigor del Estado se estaba debilitando por la inacción, buscaba un pretexto para tener una guerra. Sucedió, pues, que los campesinos romanos tenían en esos tiempos el hábito de saquear el territorio Albano y los Albanos de saquear el territorio romano. Cayo Cluilio gobernaba por entonces en Alba. Ambas partes enviaron Legados casi al mismo tiempo a obtener reparación [por los saqueos mutuos. N. del T]. Tulio había dicho a sus embajadores que no perdieran tiempo en llevar a cabo sus instrucciones; estaba plenamente al tanto de que los Albanos negarían la satisfacción y así existiría una causa justa para declarar la guerra. Los Legados de Alba procedieron de una manera más pausada. Tulio les recibió con toda cortesía y los entretuvo con esplendidez. Mientras tanto, los romanos habían presentado sus demandas, y tras la negativa del gobernador Albano, habían declarado que la guerra comenzaría en treinta días. Cuando se informó de esto a Tulio, concedió a los Albanos una audiencia en la que iban a declarar el objeto de su visita. Ignorantes de todo lo que había sucedido, perdían el tiempo en explicar que era con gran reluctancia que debían decir algo que podría desagradar a Tulio, pero estaban obligados por sus instrucciones; que habían venido a demandar el resarcimiento y, que si les fuera negado, se les ordenaba declarar la guerra. "Dile a tu rey", respondió Tulio, "que el rey de Roma pide a los dioses que sean testigos de que cualquier nación que sea la primera en despedir con ignominia a los embajadores que llegaron para buscar reparación, verá todos los sufrimientos de la guerra ".

[1.23] Los Albanos informaron de esto su ciudad. Ambas partes hicieron preparativos extraordinarios para la guerra, que se parecía mucho a una guerra civil entre padres e hijos, porque ambos eran descendientes de Troyanos, pues Lavinium era vástaga de Troya, y Alba de Lavinium, y los romanos habían surgido del linaje de los reyes de Alba. El resultado de la guerra, sin embargo, hizo el conflicto menos deplorable, ya que no hubo ninguna batalla campal, y aunque una de las dos ciudades fue destruida, los dos países se mezclaron en uno solo. Los Albanos fueron los primeros en moverse, e invadieron el territorio romano con un ejército inmenso. Fijaron su campamento a cinco millas [7400 metros.- N. del T.] de la ciudad y lo rodearon con un foso, lo que se llamó durante siglos el "foso Cluiliano"por el nombre del general Albano, hasta que por el transcurso del tiempo el nombre y la cosa en sí desaparecieron. Mientras estaban acampados, Cluilio, el rey de Alba, murió, y los Albanos nombraron dictador a Mecio Fufecio. La muerte del rey hizo a Tulio más optimista que nunca sobre el éxito. Proclamó que la ira del cielo que había caído en primer lugar sobre la cabeza de la nación, lo haría sobre toda la raza de Alba como justo castigo por su impía guerra. Dejando atrás el campamento enemigo mediante una marcha nocturna, avanzó sobre el territorio de Alba. Esto sacó a Mecio de sus trincheras. Marchó tan cerca de su enemigo como pudo, y luego envió a un oficial para decir a Tulio que antes del enfrentamiento era necesario que conferenciasen. Si le satisfacía concediéndole una entrevista, estaba convencido de que los asuntos tratados serían tan del interés de Roma como de Alba. Tulio no rechazó la propuesta, pero por si la conferencia resultase vana, sacó a sus hombres en orden de batalla. Los Albanos hicieron lo mismo. Después de haberse detenido frente a frente, los dos comandantes, con una pequeña escolta de oficiales superiores, avanzaron entre las líneas. El general albano, frente a Tulio, dijo: "Creo haber escuchado decir a nuestro rey Cluilio que los actos de robo y la no restitución de los bienes sustraídos, en violación de los tratados existentes, fueron la causa de esta guerra, y no tengo dudas de que tú, Tulio, alegas la misma razón. Pero si hemos de decir lo que es verdadero, en lugar de lo que es plausible, debemos admitir que es el deseo del imperio lo que ha hecho a dos pueblos hermanos y vecinos tomar las armas. Sea con razón o sin ella, tal no juzgo; dejemos a quienes comenzaron la guerra ajustar ese asunto; yo sólo soy el que los Albanos han puesto al mando para conducir la guerra. Pero quiero advertirte algo, Tulio. Sabes, tú que en particular estás más cerca de ellos, de la grandeza del Estado Etrusco, que nos cerca a ambos y de su inmensa fuerza por tierra y aún más por mar. Recuerda ahora, una vez que hayas dado la señal para iniciar el combate, que nuestros dos ejércitos lucharán bajo su mirada, de modo que cuando estemos cansados y agotados podrán atacarnos a ambos, vencedores y vencidos. Si entonces, no contentos con la segura libertad que disfrutamos, nos determinamos a arriesgarnos a un juego de azar, donde las apuestas son la supremacía o la esclavitud, déjanos, en nombre del cielo, elegir algún método por el que, sin gran sufrimiento o derramamiento de sangre de ambas partes, se pueda decidir qué nación ha de ser dueña de la otra." Aunque, por temperamento natural y por la seguridad que sentía de la victoria, Tulio estaba ansioso por pelear, no desaprobaba la propuesta. Después de mucha consideración en ambos lados, se adoptó un método por el que la propia Fortuna proporcionó los medios necesarios.

[1.24] Resultó existir en cada uno de los ejércitos un triplete de los hermanos, bastante igualados en años y fortaleza. Hay acuerdo general en que fueron llamados Horacios y Curiacios. Pocos incidentes en la antigüedad han sido más ampliamente celebrados, pero a pesar de su celebridad hay una discrepancia en los registros sobre a qué nación pertenecía cada uno. Hay autoridades de ambos lados, pero me parece que la mayoría dan el nombre de Horacios a los romanos, y mis simpatías me llevan a seguirlos. Los reyes les propusieron que cada uno debía luchar en nombre de su país, y que donde cayese la victoria debía quedar la soberanía. No pusieron objeción, de modo que se fijó el momento y el lugar. Pero antes de que se enfrentasen se firmó un tratado entre Romanos y Albanos, determinando que la nación cuyos representantes quedasen victoriosos debían recibir la pacífica sumisión de la otra. Esta es el más antiguo tratado firmado, y como en todos los tratados, pese a las distintas condiciones que puedan contener, se concluye con las mismas fórmulas. Voy a describir las formas con las que éste se concluyó, como dictadas por la tradición. El Fecial ( Especie de Notario Mayor que estaba al frente del colegio de los Feciales, entre cuyas otras atribuciones se incluía ser garantes de la fe pública) plantea la cuestión formal a Tulio: "¿Me ordenas, rey, hacer un tratado con los Pater Patratus de la nación Albana?" A la respuesta afirmativa del rey, el Fecial dijo: "Exijo de ti, rey, algunos manojos de hierba." El rey respondió: "Toma ésas,pues son puras". El Fecial trajo hierba pura de la Ciudadela. Luego preguntó al rey: "¿Me constituyes en el plenipotenciario del pueblo de Roma, los Quirites, consagrando así mismo las vasijas y a mis compañeros?" A lo que el rey respondió: "Por cuanto puedo, sin dañarme a mí mismo y al pueblo de Roma, los Quirites, lo hago." El Fecial era M. Valerio. Designó a Espurio Furio como Pater Patratus tocándole en su cabeza y pelo con la hierba. Entonces el Pater Patratus, que es designando con el propósito de dar a los tratados la sanción religiosa de un juramento, lo hizo mediante una larga fórmula en verso que no vale la pena citar. Después de recitar las condiciones exclamó: "Oye, Júpiter, Oye tú, Pater Patratus de la gente de Alba! Oíd, también, pueblo de Alba! Pues estas condiciones han sido públicamente repasadas de la primera a la última de estas tablillas, en perfecta buena fe, y en la medida en que han sido aquí y ahora más claramente entendidas, que por tales condiciones el pueblo de Roma no será el primero de devolverlas [Las tablillas.-N. del T.]. Si ellos [Los romanos.-N. del T.], en su consejo nacional, con falsedad y malicia intentaran ser los primeros en devolverlas, entonces tú, Júpiter, en ese día, hieras al pueblo Roma, así como yo aquí y ahora heriré este puerco, y los herirás tanto más fuerte, cuanto mayor es tu poder y tu fuerza". Con estas palabras, golpeó al cerdo con una piedra. Con parecida sabiduría los Albanos recitaron sus juramentos y fórmulas a través de su propio dictador y sus sacerdotes.

[1.25] Tras la conclusión del tratado, los seis combatientes se armaron. Fueron recibidos con gritos de ánimo de sus compañeros, quienes les recordaron que los dioses de sus padres, su patria, sus padres, cada ciudadano, cada camarada, estaban ahora mirando sus armas y las manos que las empuñaban. Ansiosos por el combate y animados por el griterío en torno a ellos, avanzaron hacia el espacio abierto entre las líneas. Los dos ejércitos estaban situados delante de sus respectivos campamentos, libres de peligro personal pero no de la ansiedad, ya que de la suerte y el coraje del pequeño grupo pendía la cuestión del dominio. Atentos y nerviosos, contemplaban con febril intensidad un espectáculo en modo alguno divertido. La señal fue dada, y con las espadas en alto los seis jóvenes cargaron como en una línea de batalla con el coraje de un poderoso ejército. Ninguno de ellos pensó en su propio peligro, su único pensamiento era para su país, tanto si resultaban vencedores o vencidos, su única preocupación era que estaban decidiendo su suerte futura. Cuando, en el primer encuentro, las espadas alcanzaron los escudos de sus enemigos, un profundo escalofrío recorrió a los espectadores, y luego siguió un silencio absoluto, pues ninguno de ellos parecía estar obteniendo ventaja. Pronto, sin embargo, vieron algo más que los rápidos movimientos de las extremidades y el juego veloz de espadas y escudos: la sangre se hizo visible, fluyendo de las heridas abiertas. Dos de los romanos cayeron uno sobre el otro, danto el último aliento, resultando mientras heridos los tres Albanos. La caída de los romanos fue recibida con un estallido de júbilo del ejército Albano, mientras que las legiones romanas, que habían perdido toda esperanza, pero no la ansiedad, temblaban por su solitario campeón rodeado por los tres Curiacios. Dio la casualidad de que estaba intacto, y aunque no en igualdad con los tres juntos, confiaba en la victoria contra cada uno por separado. Por lo tanto, para poder enfrentarse a cada uno individualmente, echó a correr suponiendo que le seguirían tanto como se lo permitiesen sus heridas. Había corrido a cierta distancia del lugar donde comenzó la lucha, cuando, al mirar atrás, les vió siguiéndole con grandes intervalos entre sí, el primero no lejos de él. Se volvió y lanzó un ataque desesperado contra él, y mientras el ejército Albano gritaba a los otros Curiacios para que fuesen en ayuda de su hermano, el Horacio ya había matado a su enemigo e, invicto, estaba esperando el segundo encuentro. Entonces los romanos aclamaron a su campeón con un grito, como el de hombres en los que la esperanza sigue a la desesperación, y él se apresuró a llevar la lucha a su fin. Antes de que el tercero, que no estaba lejos, pudiera llegar, despachó al segundo Curiacio. Los supervivientes estaban igualados en número, pero lejos de la paridad tanto en confianza como en fortaleza. El uno, ileso después de su doble victoria, estaba ansioso por enfrentar el tercer combate, y el otro, arrastrándose penosamente, agotado por sus heridas y por la carrera, desmoralizado por la anterior masacre de sus hermanos, fue una conquista fácil para su victorioso enemigo. No hubo, en realidad, combate. El romano gritó exultante: "Dos he sacrificado para apaciguar las sombras [almas.-N. del T.] de mis hermanos, al tercero lo ofreceré por el motivo de esta lucha: para que los romanos puedan gobernar a los Albanos". Hendió la espada en el cuello de su oponente, que ya no podía levantar su escudo, y luego le despojó mientras yacía. Horacio fue bienvenido por los romanos con gritos de triunfo, aún más felices por los temores que habían sentido. Ambas partes se centraron en enterrar a sus campeones muertos, pero con sentimientos muy diferentes; los unos con la alegría por su ampliado dominio, los otros privados de su libertad y bajo el dominio extranjero. Las tumbas están en los sitios donde cayeron cada uno; las de los romanos, muy juntas, en la dirección de Alba; las tres tumbas de los Albanos, a intervalos en dirección a Roma.

[1.26] Antes de que se separasen los ejércitos, Mecio preguntó qué órdenes iba a recibir de conformidad con los términos del tratado. Tulio le ordenó mantener a los soldados de Alba en armas, ya que requeriría de sus servicios si hubiera guerra con los Veientinos. Ambos ejércitos se retiraron a sus hogares. Horacio marchaba a la cabeza del ejército romano, llevando ante él su triple botín. Su hermana, que había sido prometida a uno de los Curiacios, se reunió con él fuera de la puerta Capene. Reconoció, en los hombros de su hermano, el manto de su novio, que había hecho con sus propias manos y rompiendo en llanto se arrancó el pelo y llamó a su amante muerto por su nombre. El soldado triunfante se enfureció tanto por el estallido de dolor de su hermana, en medio de su propio triunfo y del regocijo del público, que sacó su espada y apuñaló a la chica. "¡Ve!", exclamó, en tono de reproche amargo, "ve con tu novio con tu amor a destiempo, olvidando a tus hermanos muertos, al que aún vive, y a tu patria! Así perezca cada mujer romana que llore por un enemigo!". El hecho horrorizó a patricios y plebeyos por igual, pero sus recientes servicios fueron una compensación a los mismos. Fue llevado ante el rey para enjuiciarle. Para evitar la responsabilidad de aprobar una dura condena, que sería repugnante para la población, y luego llevarlo a la ejecución, el rey convocó a una asamblea del pueblo y dijo: "nombrar a dos duumviros para juzgar la traición de Horacio conforme a la ley ". El lenguaje terrible de la ley era: "Los duumviros juzgarán los casos de traición a la patria, si el acusado apela contra los duumviros, la apelación será escuchada, si se confirma su sentencia, el lictor lo colgará de una cuerda en el árbol fatal, y se le flagelará ya sea dentro o fuera del pomerio [El límite sagrado de la ciudad, que se trazaba con un arado en la ceremonia fundacional.-N. del T.]. Los duumviros, nombrados de conformidad con esta ley, no creían que sus disposiciones tuvieran el poder de absolver incluso una persona inocente. En consecuencia se le condenó, y luego uno de ellos dijo: "Publio Horacio, te declaro culpable de traición. Lictor, ata sus manos." El lictor se había acercado y sujetando la cuerda, cuando Horacio, a propuesta de Tulio, que tenía una interpretación misericordiosa de la ley, dijo, "Apelo". El recurso se interpuso ante el pueblo.

Su decisión fue influenciada principalmente por Publio Horacio, el padre, quien declaró que su hija había sido justamente muerta; de no haber sido así, hubiera ejercido su autoridad como padre en castigar a su hijo. Entonces imploró que no despojaran de todos sus hijos al hombre que hasta tan poco antes había estado rodeado con tan noble descendencia. Mientras decía esto, abrazó a su hijo y, a continuación, señalando a los despojos de los Curiacios suspendida sobre el terreno que ahora se llama la Pila Horacia, dijo: "¿Podéis vosotros, Quirites, soportar el ver atado, azotado y arrastrado hasta la horca el hombre a quien habéis visto, recientemente, venir en triunfo adornado con el despojo de los enemigos? Pues así ni los mismos albanos podían soportar la vista de tan horrible espectáculo. Ve, lictor, ata tales manos que cuando estaban armadas, aún por breve tiempo, obtuvieron el poder para el pueblo romano. Ve, cubre la cabeza del Libertador de esta ciudad! Cuélgalo en el árbol fatal, azótalo en el pomerio, aunque sólo sea entre los trofeos de sus enemigos, o entre las tumbas de los Curiacios! ¿A qué lugar podréis llevar a esta juventud, donde los monumentos de sus espléndidas hazañas no los vindiquen con tan vergonzosos castigos? " Las lágrimas del padre y la valerosa disposición a correr cualquier peligro del joven soldado, fueron demasiado para el pueblo. Se lo absolvió porque admiraban su valor y no porque considerasen de justicia su comportamiento. Pero como un asesinato a plena luz del día exigía alguna expiación, se le mandó al padre hacer una expiación por su hijo a costa del Estado. Después de ofrecer ciertos sacrificios expiatorios erigió una viga a través de la calle e hizo que el joven pasara por debajo, como bajo un yugo, con la cabeza cubierta. Esta viga existe hoy en día, y siempre ha sido reparada a costa del Estado: se llama "La viga de la hermana." Se construyó una tumba de piedra labrada para Horatia en el lugar donde fue asesinada.

[1.27] Pero la paz con Alba no fue duradera. El dictador Albano había incurrido en el odio general por haber confiado la suerte del Estado a tres soldados, y esto tuvo un efecto malévolo en su carácter débil. Como sencillos consejos habían resultado tan desafortunados, trató de recuperar el favor popular, recurriendo a los corruptos, y como antes había hecho de la paz su objetivo en la guerra, ahora buscaba la ocasión de la guerra en la paz. Reconocía que su Estado tenía más coraje que fuerza, por lo tanto incitó a otros países a declarar la guerra abierta y formalmente, mientras mantuvo para su propio pueblo proclive a la traición, bajo la máscara de una alianza. El pueblo de Fidenas, donde existía una colonia romana, fue inducido a ir a la guerra por un pacto con los Albanos para desertar de ellos; los veyentinos fueron incluidos en el complot. Cuando Fidenas se declaró en abierta revuelta, Tulio convocó a Mecio y su ejército de Alba y marchó contra el enemigo. Tras cruzar el Anio acampó en el cruce de ese río con el Tíber. El ejército de los veyentinos había cruzado el río Tíber, en un lugar entre su campamento y Fidenas. En la batalla, formaron el ala derecha cerca del río mientras los fidenenses estaban a la izquierda más cerca de las montañas. Tulio formó sus tropas frente a los veyentinos y colocó los albanos contra la legión de los fidenenses. El general Albano mostró tan poco valor como fidelidad, tanto para mantener su terreno como para desertar abiertamente, y se retiró poco a poco hacia las montañas. Cuando le pareció que se había retirado lo suficiente, detuvo todo su ejército, y aún indeciso, empezó a formar a sus hombres para atacar, a modo de ganar tiempo, con la intención de lanzar su fuerza en el lado ganador. Los romanos, que habían sido estacionados junto a los albanos, quedaron asombrados cuando un jinete llegó a toda velocidad e informó al rey que los albanos abandonaban el campo y al ver que sus aliados se retiraban y dejaban sus flancos al descubierto. En esta situación crítica, Tulio hizo voto de fundar un colegio de doce Salios y construir templos al Miedo y al Pavor [Pallor et Pavor en el original: equivalentes a los Phobos y Deimos griegos.-N. del T.]. Luego, reprendió a los caballeros lo bastante alto como para que el enemigo lo escuchase y les ordenó unirse a la línea de combate, agregando que no había motivo de alarma, pues era por sus órdenes que el ejército albano estaba dando un rodeo para caer por la retaguardia desprotegida de los fidenenses. Al mismo tiempo ordenó a la caballeros que alzasen sus lanzas; esta acción ocultó al ejército albano en retirada de una gran parte de la infantería romana. Los que lo habían visto, pensando que lo que el rey había dicho era realmente la verdad, lucharon aún más esforzadamente. Ahora era el turno de los enemigos para alarmarse; habían oído con claridad las palabras del rey y, además, una gran parte de los fidenenses que anteriormente se habían unido los colonos romanos entendían latín. Ante el temor de ser separados de su ciudad por una carga repentina de los albanos de las colinas, se retiraron. Tulio se lanzó al ataque y, después de expulsar a los fidenenses, atacó a los veyentinos con mayor confianza pues ya estaban desmoralizados por el pánico de sus aliados. No esperon la carga sino que huyeron río arriba, contracorriente. Cuando llegaron al río, algunos, arrojando sus armas, se lanzaron a ciegas en el agua; otros, dudando si luchar o huir, fueron alcanzados y muertos. Nunca habían combatido los romanos en una batalla tan sangrienta.

[1.28] Luego, el ejército Albano, que había estado observando la lucha, descendió a la llanura. Mecio felicitó a Tulio por su victoria, Tulio respondió en tono amistoso, y como señal de buena voluntad, ordenó a los albanos que instalaran su campamento junto a los romanos e hizo los preparativos para un "sacrificio lustral" a la mañana siguiente. Tan pronto como vino el nuevo día e hicieron todos los preparativos, dio a ambos ejércitos la orden habitual para formar. Los heraldos comenzaron en el extremo del campamento, donde estaban los albanos, y los llamó en primer lugar; ellos, atraídos por la novedad de escuchar a los romanos dirigiendo a sus tropas, tomaron posiciones y quedaron rodeados por el ejército romano. Se había dado instrucciones secretas a los centuriones para que la legión romana estuviera bien armada detrás de ellos y que estuviesen preparados para ejecutar de inmediato las órdenes que recibieran. Tulio comenzó como sigue: "¡Romanos! Si en alguna guerra en que hayáis combatido ha habido motivo para agradecer, en primer lugar, a los dioses inmortales, y luego avuestro propio valor, ése fue la batalla de ayer. Porque además de enfrentaros con un enemigo franco, hubo un conflicto aún más grave y peligroso contra la traición y la perfidia de vuestros aliados. Pues he de desengañaros: no fue por mis órdenes que los albanos se retiraron a las montañas. Lo que oyeron no era una orden real, sino una fingida, que utilicé como un artificio para evitar que supiéseis que os abandonaban y descorazonárais en la batalla, y también para poner en el enemigo la alarma y el deseo de huir haciéndoles pensar que estaban siendo rodeados. La culpa que estoy denunciando no involucra a todos los albanos, sino sólo a su general, tal y como lo habría hecho yo de querer llevar mi ejército fuera del campo de batalla. Es Mecio quien guió esta marcha, Mecio quien pergeñó esta guerra, Mecio quien rompió el tratado entre Roma y Alba. Otros pueden aventurarse a prácticas similares, si no hago doy con este hombre una señal a todo el mundo." Los centuriones armados cercanos rodearon a Mecio, y el rey continuó: "Voy a tomar un decisión que traerá buena fortuna y felicidad al pueblo romano, a mí mismo y a vosotros, albanos; es mi intención de transferir toda la población de Alba a Roma, dar derecho de ciudadanía a los plebeyos y registrar los nobles en el Senado, y hacer una única ciudad, un único Estado. Pues antes el Estado Albano se dividió en dos naciones, así ahora volveremos a ser una sóla." Los soldados albanos escucharon estas palabras con sentimientos contradictorios, pero como estaban desarmados y rodeados por hombres armados, un miedo común los mantuvo en silencio. Luego, Tulio dijo: "¡Mecio Fufecio! Si pudieses aprender cómo mantener tu palabra y respetar los tratados, te lo enseñaría y respetaría la vida; pero pues tu carácter es incurable, enseña por lo menos con tu castigo a mantener sagradas las cosas que has ultrajado. Como ayer, en que tu interés estaba dividido entre los fidenenses y los romanos, hoy tu cuerpo será dividido y desmembrado. " Entonces se aparejaron dos cuádrigas y Metio fue atado a ellas. Los caballos tiraron en direcciones opuestas, llevándose las partes del cuerpo en cada carro donde los miembros habían sido asegurados por cuerdas. Todos los presentes apartaron los ojos del horrible espectáculo. Esta es la primera y última vez que se dió entre los romanos un castigo tan exento de humanidad. Entre otras motivos que componen la gloria de Roma, es también que ninguna nación se ha contentado nunca con penas más leves.

[1.29] Mientras tanto, la caballería había sido enviada de antemano para guiar a la población [de Alba.- N. del T.] a Roma; le siguieron las legiones, que fueron llevados allí para destruir la ciudad [de Alba.- N. del T.]. Cuando pasaron las puertas, no hubo más del ruido y el pánico que se encuentran generalmente en las ciudades conquistadas, donde, tras las puertas destrozadas o las paredes forzadas por el ariete o la ciudadela asaltada, los gritos del enemigo y el rumor de los soldados a través de las calles ponen todo en universal confusión con el fuego y la espada. Aquí, por el contrario, el silencio triste y un dolor más allá de las palabras petrificó las mentes de todos, que, olvidando en su terror lo que debían dejar atrás, lo que debían llevar con ellos, incapaces de pensar por sí mismos y pidiéndose unos a otros consejo, a ratos permanecían de pie en los umbrales o vagaban sin rumbo por sus casas, que veían por última vez. Pero ora eran despertados por los gritos de los jinetas que ordenaban su salida inmediata, ora por la caída de las casas en proceso de demolición, que se escuchaba en los más recónditos lugares de la ciudad, o por el polvo que aumentaba en varios lugares y lo cubría todo como una nube . Tomando apresuradamente lo que podían cargar, salieron de la ciudad, y dejaron atrás sus lares y penates [entidades sobrenaturales los lares y divinas los penates, tutelares del hogar.-N. del T.] y los hogares en los que habían nacido y crecido. Pronto una línea ininterrumpida de emigrantes llenó las calles, y conforme reconocían los unos en los otros su común miseria, se produjo un nuevo estallido de lágrimas. Gritos de dolor, especialmente de las mujeres, comenzaron a hacerse oír, al pasar delante de los templos venerados y verlos ocupados por las tropas, y sentían que se iban, dejando a sus dioses como prisioneros en manos del enemigo. Cuando los albanos hubieron dejado su ciudad, los romanos arrasaron todos los edificios privados y públicos, en todas direcciones; y en una simple hora quedaron destruidos cuatrocientos años de existencia de Alba. Los templos de los dioses, sin embargo, se salvaron, de conformidad con el edicto del rey.

[1.30] La caída de Alba llevó al crecimiento de Roma. El número de los ciudadanos se duplicó, el Celio se incluyó en la ciudad y, para que pudiera estar más poblada, Tulio lo eligió para edificar su palacio y luego vivió allí. Nombró nobles albanos para el Senado, de modo que este orden del Estado también pudo ser aumentado. Entre ellos estaban los Tulios, los Servilios, los Quinctios, los Geganios, los Curiacios, y los Cloelios. Para proporcionar un edificio consagrado, dado el aumento del número de senadores, construyó la Curia, que hasta el tiempo de nuestros padres fue conocida como Curia Hostilia. Con la nueva población aumentó la fuerza militar, formó diez turmas [fuerza de caballería de 30 hombres al mando de un decurión.-N. del T.] de los caballeros de Alba; y con la misma procedencia restituyó las antiguas legiones a su número completo y alistó otras nuevas. Impulsado por la confianza en su fuerza, que estas medidas inspiraron, Tulio declaró la guerra contra los sabinos, una nación en ese momento la siguiente sólo a los etruscos en número y fuerza militar. Cada lado había causado lesiones en la otra y rechazaban cualquier reparación. Tulio se quejó de que los comerciantes romanos habían sido arrestados en el mercado abierto en el santuario de Feronia; las quejas de los sabinos eran que algunos de sus habitantes habían buscado refugio en el Asylum [santuario sito donde hoy está la plaza del Campidoglio, y donde se ofrecía refugio a los perseguidos.-N. del T.] y Roma los protegía. Estos fueron los motivos aparentes de la guerra. Los sabinos estaban lejos de olvidar que una parte de sus fuerzas había sido trasladado a Roma por Tacio, y que el Estado romano había sido últimamente engrandecido por la inclusión de la población de Alba; por lo tanto, ellos por su parte empezaron a buscar ayuda exterior. Su vecino más cercano era Etruria, y, de los etruscos, los más cercanos a ellos eran los veyentinos. Sus pasadas derrotas todavía estaban en sus memorias, y los sabinos, instándolos a la rebelión, atrajeron a muchos voluntarios; otros, de las clases más pobres y sin hogar, fueron pagados para unirse a ellos. No se les proporcionó ayuda por el Estado. Con los veyentinos -no es tan sorprendente que las otras ciudades no prestaran ninguna ninguna ayuda -la tregua con Roma se consideraba aún en vigor. Aunque los preparativos se estaban realizando en ambos lados con la mayor energía, y parecía que el éxito dependería de qué lado fuera el primero en tomar la ofensiva, Tulio inició la campaña invadiendo el territorio sabino. Un fuerte combate se libró en Selva Maliciosa. Aunque que los romanos eran potentes en infantería, su fortaleza principal estuvo en su recientemente aumentada caballería. Una carga repentina de caballería sembró la confusión en las filas sabinas, que ni pudieron ofrecer una resistencia eficaz ni pudieron huir sin sufrir grandes pérdidas.

[1.31] La derrota de los sabinos aumentó la gloria del reinado de Tulio y de todo el Estado, y contribuyó considerablemente a su fortaleza. En ese momento se informó al rey y al Senado de que había habido una lluvia de piedras en el Monte de Alba. Como la cosa parecía poco creíble, se enviaron hombres a inspeccionar el prodigio; Mientras procedían a la inspección, una fuerte lluvia de piedras cayó del cielo, como granizo amontonadas por el viento. Creyeron, también, haber oído una voz muy fuerte desde la cumbre, ofrendando los albanos sus ritos sagrados a la manera de sus padres. Habían dado al olvido estas solemnidades, como si hubieran abandonado sus dioses al abandonar su país y adoptar tanto los ritos romanos que, como sucede a veces, amargados ante su suerte, habían abandonado el servicio de los dioses. Como consecuencia de este prodigio, los romanos establecieron la celebración pública de los novendiale [nueve días.-N. del T.], fuera -como afirma la tradición -a causa de la voz desde el Monte de Alba, o debido a la advertencia de los arúspices. En cualquier caso, sin embargo, quedó establecido de forma permanente que cada vez que se informara el mismo prodigio, se observaría la misma celebración pública. No mucho después, una peste causó gran angustia y los hombres quedaron imposibilitados para la dureza del servicio militar. El rey guerrero, sin embargo, no permitía descanso a los brazos; pensó, además, que sería más saludable para los soldados el campo que su hogar. Al fin él mismo fue postrado por una larga enfermedad, y ese espíritu feroz y agitado quedó tan roto por la debilidad del cuerpo que quien había creido que no había nada menos apropiado para un rey que la devoción a cuestiones sagradas, se vió repentinamente convertido en víctima de toda clase de terroes religiosos y llenó la Ciudad de observancias religiosas. Había un deseo general de recuperar la condición de las cosas como existían bajo Numa, pues los hombres sentían que la única ayuda que quedaba contra la enfermedad era obtener el perdón de los dioses y estar en paz con el cielo. La tradición conserva que el rey, mientras examinaba los comentarios de Numa, encontró allí una descripción de ciertos ritos secretos de sacrificio a Júpiter Elicius: se retiró a la privacidad, mientras se ocupaba con estos ritos, pero su ejecución fue defectuosa por omisiones o errores. No sólo no había, para él, señales del cielo, sino que despertó la ira de Júpiter por el falso culto que se le prestaba y quemó al rey y su casa con un rayo. Tulio había alcanzado gran renombre en la guerra y reinó durante treinta y dos años.

641 a.C.

[1.32] A la muerte de Tulio, el gobierno, de conformidad con la Constitución original, volvió al Senado. Se nombró a un interrex para llevar a cabo la elección. El pueblo eligió como rey a Anco Marcio, el Senado confirmó la elección. Su madre era la hija de Numa. Al principio de su reinado (recordando lo que hizo su glorioso abuelo, y reconociendo que el último reinado, tan espléndido en otros aspectos, había sido muy lamentable por el abandono de la religión o la mala ejecución de los ritos) estaba decidido a volver a los modos más antiguos de culto y a dirigir los asuntos oficiales de la religión como fueron organizados por Numa. Instruyó al Pontífice para que copiara los comentarios [de Numa.-N. del T.] y los expusiera en público. Los Estados vecinos y su propio pueblo, que anhelaban de paz, tuvieron la esperanza de que el rey seguiría a su abuelo en talante y política. En este estado de cosas, los latinos, con los que se había hecho un tratado en el reinado de Tulio, recuperaron la confianza y efectuaron una incursión en territorio romano. Al solicitar los romanos reparación, la rechazaron arrogantemente, pensando que el rey de Roma iba a pasar su reinado entre capillas y altares. En el temperamento de Anco había un poco de Rómulo, además de Numa. Se dio cuenta de que la gran necesidad del reinado de Numa fue la paz, especialmente para una nación joven y agresiva; pero vio, también, que sería difícil para él mantener la paz sin disminuirse. Su paciencia fue puesta a prueba, y no sólo puesta a prueba, sino despreciada; los tiempos exigían un Tulio en lugar de un Numa. Numa había instituido la práctica religiosa para tiempos de paz, él dictaría las ceremonias apropiadas para el estado de guerra. Para que, así pues, tales guerras fueran no sólo dirigidas sino proclamadas con cierta formalidad, dictó la ley, tomada de la antigua nación de los equícolos, con la que los Feciales se conducen hasta hoy cuando requieren la reparación por daños. El procedimiento es el siguiente: -

El embajador venda su cabeza con una orla de lana. Cuando se ha llegado a las fronteras de la nación de la que exige satisfacción, dice, "¡Oye, Júpiter! ¡Oìd, límites "(nombrando la nación que fuere de los que allí son)"¡Oye, Justicia! Soy el heraldo público del pueblo romano. Con razón y debidamente autorizado vengo; sea dada fe a mis palabras ". Luego recita los términos de la demanda, y pone a Júpiter por testigo: "Si exijo la entrega de tales hombres o tales bienes en contra al contrario de la justicia y la religión, no me permitas disfrutar nunca más de mi tierra natal". Él repite estas palabras a medida que cruza la frontera, las repite a quien fuere la primera persona que encuentra, las repite conforme atraviesa las puertas y después al entrar en el foro, con algunos ligeros cambios en la redacción de la fórmula. Si lo que demanda no es satisfecho al término de de treinta y tres días (que es el plazo de gracia fijado), se declara la guerra en los siguientes términos: «¡Escucha, Júpiter, y tú Jano Quirino, y todos vosotros dioses celestiales, y vosotros, dioses de la tierra y del mundo inferior, Oídme! Os pongo por testigos de que este pueblo" (mencionan su nombre) "es injusto y no cumple con sus obligaciones sagradas. Pero sobre estas cuestiones, debemos consultar a los ancianos en nuestra propia tierra sobre en qué manera podemos obtener nuestros derechos".

Con estas palabras el embajador vuelve a Roma para consultar. El rey inmediatamente consultaba al Senado con palabras del siguiente tenor: "En cuanto a los asuntos, demandas y causas, de los cuales los Pater Patratus del pueblo romano y Quirites se han quejado a los Pater Patratus y pueblo de los latinos priscos, que estaban obligados solidariamente a entregar, descargar y reparar, sin haber hecho ninguna de estas cosas, ¿cuál es tu opinión?". Aquel cuya opinión se preguntaba en primer lugar, respondía: "Yo soy de la opinión de que deben ser recuperados por una guerra justa y legal, por tanto, yo doy mi consentimiento y voto por ello". Luego se preguntaba a los otros por orden, y cuando la mayoría de los presentes se declaraban de la misma opinión, se acordaba la guerra. Era costumbre que el Fecial llevara a las fronteras enemigas una lanza con punta de hierro o quemada al extremo y manchada de sangre; y, en presencia de al menos tres adultos, proclamar: "En la medida en que los pueblos de los latinos priscos han sido considerados culpables de injusticia contra el pueblo de Roma y los Quirites;, y dado que el pueblo de Roma y la Quirites han ordenado que haya guerra con los latinos priscos, y el Senado del pueblo de Roma y los Quirites han determinado y decretado que habrá guerra con los latinos priscos, por lo tanto yo y el pueblo de Roma, declaramos y hacemos la guerra a los pueblos de los latinos priscos." Dichas estas palabras, arroja su lanza en su territorio. Esta fue la forma en que en tales tiempos fue exigida satisfacción a los latinos y se declaró la guerra, y la posteridad adoptó tal costumbre.

[1.33] Tras encargar el cuidado de los diversos ritos sacrificiales a los Flamines y otros sacerdotes, y alistar un nuevo ejército, Anco avanzó contra Politorio, una ciudad perteneciente a los latinos. La tomó al asalto, y siguiendo la costumbre de los primeros reyes que habían ampliado el Estado mediante la recepción de sus enemigos a la ciudadanía romana, transfirió la totalidad de la población a Roma. El Palatino había sido ocupado por los primeros romanos; los sabinos habían ocupado la colina del Capitolio, con la Ciudadela, en un lado del Palatino, y los albanos el Celio, en el otro, por lo que el Aventino fue asignado a los recién llegados. No mucho tiempo después hubo un incremento adicional del número de ciudadanos tras la captura de Telenas y Ficana. Politorio, después de su evacuación, fue capturada por los latinos y volvió a recuperarse; y ésta fue la razón por la que los romanos arrasaron la ciudad, para evitar que fuese un refugio permanente para el enemigo. Al final, toda la guerra se concentró alrededor de Medullia, y la lucha continuó durante cierto tiempo con resultado incierto. La Ciudad fue fortificada y su fuerza se incrementó con la presencia de una numerosa guarnición. El ejército latino se hallaba acampado en campo abierto y había tenido varios encuentros con los romanos. Al fin, Anco hizo un esfuerzo supremo con toda su fuerza y ganó una batalla campal, tras lo cual regresó con un inmenso botín a Roma, y muchos miles de latinos fueron admitidos a la ciudadanía. Con el fin de conectar el Aventino con el Palatino, se les asignó el distrito alrededor del altar de Venus Murcia. El Janículo fue también incorporado a los límites de la ciudad, no porque se necesitase el espacio sino para evitar que una posición tan fuerte fuese ocupado por un enemigo. Se decidió contactar esta colina con la Ciudad, no sólo llevando la muralla de la Ciudad en su alrededor, sino también por un puente, para la comodidad del tráfico. Este fue el primer puente construido sobre el Tíber, y fue conocido como el Puente Sublicio. La Fosa de los Quirites también fue obra del rey Anco, y ofrecía una protección considerable a las más bajas y por lo tanto más accesibles partes de la Ciudad. En medio de esta vasta población, ahora que el Estado se había visto tan grandemente aumentado, el sentido del bien y del mal se oscureció y se cometieron muchos crímenes en secreto. Para intimidar a la creciente anarquía, fue construida una prisión en el corazón de la ciudad, con vistas al Foro. Las adiciones hechas por este rey no se limitan a la Ciudad. El Bosque Mesio fue tomado a los vetentinos, y el dominio Romano se extendió hasta el mar; en la desembocadura del río Tíber se fundó la ciudad de Ostia; se construyeron salinas a ambos lados del río, y el templo de Júpiter Feretrius se amplió a consecuencia de los brillantes éxitos en la guerra.

[1.34] Durante el reinado de Anco un hombre rico y ambicioso llamado Lucumo se trasladó a Roma, principalmente con la esperanza y el deseo de ganar alta distinción, para lo que no existía oportunidad en Tarquinia, pues era de estirpe extranjera. Era el hijo de Demarato el Corintio, quien había sido expulsado de su hogar por una revolución y que pasó a establecerse en Tarquinia. Allí se casó y tuvo dos hijos, sus nombres eran Lucumo y Arruncio. Arruncio murió antes que su padre, dejando a su mujer embarazada; Lucumo sobrevivió a su padre y heredó todos sus bienes. Pero Demarato murió poco después de Arruncio, no sabiendo del estado de su nuera, y nada había dispuesto en su testamento respecto de su nieto. El niño, así excluido de cualquier parte de la herencia de su abuelo, fue llamado, por su pobreza, Egerio. Lucumo, por otra parte, heredero de todos los bienes, jubiloso por su riqueza, vio aumentada su ambición por su matrimonio con Tanaquil. Esta mujer era descendiente de una de las principales familias del Estado, y no podía soportar la idea de su posición al haberse casado con alguien de menor dignidad que ella por nacimiento. Los etruscos menospreciaban a Lucumo como hijo de un refugiado extranjero; ella no podía soportar esta indignidad, y olvidando todos los lazos del patriotismo, para que su marido pudiera alcanzar mayor honor, decidieron emigrar de Tarquinia. Roma parecía el lugar más adecuado para su propósito. Ella creía que entre una joven nación donde toda la nobleza era cosa de reciente creación y ganada por el mérito personal, habría lugar para un hombre de valor y energía. Recordó que el sabio Tacio había reinado allí, que Numa había sido llamado desde Cures para ocupar el trono, que Anco mismo había nacido de madre sabina y no podría remontar su nobleza más allá de Numa. La ambición de su marido y el hecho de que Tarquinia era su país de origen sólo por el lado materno, le hizo atender atentamente a sus propuestas. En consecuencia, empacaron sus bienes y se trasladaron a Roma.

Habían llegado hasta el Janículo cuando un águila vino volando suavemente hacia abajo, estando sentado junto a su mujer en el carrueje, y le quitó el sombrero; a continuación, giró alrededor del vehículo con fuertes gritos, como si los cielos le hubieran encomendado esa tarea, y volvió a ponerlo sobre su cabeza, elevándose en la distancia. Se dice que Tanaquil, que, como la mayoría de los etruscos, era una experta en la interpretación de los prodigios celestes, estaba encantada con el presagio. Se abrazó a su marido y le dijo que se le ofrecía un destino alto y majestuoso, que tal era la interpretación de la aparición del águila, de la parte concreta del cielo desde la que apareció, y de la deidad que la envió. El presagio se dirigió a la coronación y encumbramiento de su persona, el pájaro había levantado a lo alto un adorno puesto por manos humanas, para reemplazarlo como el regalo del cielo. Lleno de estas esperanzas y conjeturas entraron en la ciudad, y después de procurarse un domicilio, se anunció como Lucio Tarquinio Prisco. El hecho de ser un extranjero, y uno rico, le ganó notoriedad, y aumentó la suerte que la fortuna le proporcionó por su conducta cortés, su pródiga hospitalidad y los muchos actos de bondad mediante los que se ganó a todos los que podía, hasta que su fama llegó a Palacio. Una vez presentado en Palacio, pronto ganó la confianza del rey y se hizo tan familiar que era consultado tanto en asuntos de Estado como en asuntos privados, de paz como de guerra. Por fin, después de pasar todas las pruebas de carácter y capacidad, fue nombrado por el rey tutor de sus hijos.

616 a.C.

[1.35]
Anco reinó veinticuatro años, no superado por ninguno de sus predecesores en capacidad y reputación, ni en la guerra o la paz. Sus hijos casi habían llegado a la edad adulta. Tarquinio estaba muy ansioso por que la elección del nuevo rey se celebrara tan pronto como fuera posible. En el momento señalado para ello envió a los chicos fuera, en una expedición de caza. Se dice que fue el primero que se propuso para la corona y que pronunció un discurso para asegurarse el interés de la plebe. En él afirmó que no estaba haciendo una petición insólita, no era el primer extranjero que aspiraba al trono romano; si así fuera, cualquiera podría sentir sorpresa e indignación. Sino que era el tercero. Tacio no sólo era un extranjero, sino que fue hecho rey después de haber sido su enemigo; Numa, un completo desconocido de la Ciudad, había sido llamado al trono sin buscarlo por su parte. En cuanto a él, en cuanto fue dueño de sí mismo se había trasladado a Roma con su esposa y toda su fortuna; había vivido en Roma más tiempo que en su propia patria, desempeñando sus funciones de ciudadano, había aprendido las leyes de Roma, los ritos ceremoniales de Roma, tanto civiles como militares, bajo las órdenes de Anco, un maestro muy eficiente; que había sido insuperable en los deberes y servicios al rey, y que no había sido menos que el mismo rey en el trato generoso a los demás. Mientras estaba señalando estos hechos, que eran sin duda ciertos, el pueblo romano con entusiasta unanimidad lo eligió rey. Aunque en todos los demás aspectos un hombre excelente, su ambición, que lo impulsó a buscar la corona, le siguió en el trono; con el propósito de reforzarse él mismo tanto como de aumentar el Estado, nombró un centenar de nuevos senadores. Estos procedían de las tribus menores [minorum gentium en el original.-N. del T.] y formaron un cuerpo de incondicionales partidarios del rey, por cuyo favor habían entrado en el Senado. La primera guerra que tuvo fue con los latinos. Tomó la ciudad de Apiolas al asalto, y se llevaron mayor cantidad de botín de lo que hubiera podido esperarse del escaso interés mostrado en la guerra. Después de esto se llevado en carros a Roma, celebró los Juegos con mayor esplendor y en una escala mayor que sus predecesores. Entonces, por primera vez, se señaló un lugar en lo que es ahora el Circo Máximo. Se asignaron lugares a los patricios y caballeros donde cada uno de ellos pudiese construir sus tribunas, que fueron llamados "foros" [fori en el original.-

N.
del T.], desde las que pudieran contemplar los Juegos. Estas tribunas se plantaron sobre puntales de madera, elevádose a lo alto hasta cuatro metros [12 pies en el original. 1 pie romano = 29,62 cm.-N. del T.] de altura. Las competiciones fueron carreras de caballos y boxeo, los caballos y los boxeadores en su mayoría traídos de Etruria. Al principio se celebraban [los juegos] en ocasiones de especial solemnidad; luego se convirtieron en anuales y fueron llamados indistintamente los

"Romanos" o los "Grandes Juegos". Este rey también dividió el terreno alrededor del Foro para la construcción de sitios, portales y tiendas que allí se instalaron.

[1.36] Él también estaba haciendo los preparativos para rodear la ciudad con un muro de piedra cuando sus designios fueron interrumpidos por la guerra con los sabinos. Tan repentino fue el ataque que el enemigo estaba cruzando el Anio antes de que el ejército romano pudiera reunirse y detenerlos. Hubo gran alarma en Roma. La primera batalla no fue decisiva y hubo gran mortandad por ambos lados. La vuelta de los enemigos a su campamento dió tiempo a los romanos para hacer los preparativos de una nueva campaña. Tarquinio pensó que su ejército era más débil en caballería y decidió duplicar las centurias, que Rómulo había formado, de los ramnes, titienses y luceres, y distinguirlas por su propio nombre. Ahora bien, como Rómulo había actuado bajo la sanción de los auspicios, Atto Navio, un famoso augur de aquellos días, insistió en que ningún cambio podría hacerse, nada nuevo ser introducido, a menos que las aves dieran un augurio favorable. La ira del rey se despertó y, en burla de las habilidades del augur se dice que dijo: "Ven, adivino, averigua por tu augurio lo que ahora estoy pensando hacer". Atto, previa consulta a los augurios, declaró que sí podía. "Bueno", dijio el rey: "Pensaba que deberías cortar una piedra de afilar con una navaja. Tome éstas, y realiza la hazaña que tus aves presagian que se puede hacer ". Se dice que sin la menor vacilación, puedo efectuar el corte. Solía haber una estatua de Atto, representándole con la cabeza cubierta, en el Comitium, en los peldaños a la izquierda del Senado, donde ocurrió el incidente. La piedra de afilar, según quedó registrado, también se colocó allí para que recordase el milagro a las generaciones futuras. En todo caso, los augurios y el colegio de los augures ganaron tanto prestigio que nada se hacía en paz o guerra sin su sanción; la Asamblea de las Curias, la Asamblea de las Centurias, los asuntos de la mayor importancia, se suspendían o interrumpían si el presagio de los pájaros era desfavorable. Incluso en esa ocasión Tarquinio se abstuvo de hacer cambios en los nombres o los números de las centurias de los caballeros, sólo duplicó el número de hombres en cada una, de modo que las tres centurias alcanzaron mil ochocientos hombres. Aquellos que fueron agregados a las centurias llevaron su mismo nombre, sólo que se llamaron "los segundos" y las centurias así dobladas se llaman ahora "las seis centurias".

[1.37] Después de que con esta división la fuerzas fuese aumentada, hubo un segundo combate con los sabinos en la que la incrementada fortaleza del ejército romano fue ayudada por un artificio. Se enviaron hombres a prender fuego a una gran cantidad de troncos depositados en las márgenes del Anio, y la mandaron flotando río abajo en balsas. El viento avivó las llamas, y conforme los troncos eran llevados contra los pilones y aderidos a ellos, prendieron fuego al puente. Este incidente, al producirse durante la batalla, creó el pánico entre los sabinos y condujo a su derrota, y al mismo tiempo evitó su fuga; muchos, después de escapar del enemigo, muerieron en el río. Sus escudos flotaron en el río Tíber hasta la Ciudad, y siendo reconocidos [como sabinos.-N. del T.], dejaron claro que había sido una victoria casi antes de que se pudiera anunciar. En esa batalla, la caballería se distinguió especialmente. Fueron situados en cada ala, y cuando la infantería en el centro estaba siendo obligada a retroceder, se dice que hicieron tan desesperada carga por ambos lados que no sólo detuvieron a las legiones sabinas que estaban presionando a los romanos en retirada, sino que las pusieron inmediatamente en fuga. Los sabinos, en el desorden, huyeron hacia las colinas, alcanzándolas muchos y, como se ha señalado anteriormente, fueron expulsados por la caballería hacia el río. Tarquinio decidió perseguirlos antes de que pudieran recuperarse de su pánico.

Él envió a los prisioneros y el botín a Roma; los despojos del enemigo fueron ofrecidos a Vulcano, amontonados en consecuencia en una enorme pila y quemados; luego procedió de inmediato a llevar el ejército al territorio sabino. A pesar de su reciente derrota y la desesperar de recuperarse, los sabinos se le enfrentaron con un ejército alistado a toda prisa, ya que no había tiempo para pergeñar un plan de operaciones. De nuevo fueron derrotados, y como llevaron al borde de la ruina, buscaron la paz.

[1,38] Collatia y todo el territorio de este lado [del Anio.-N. del T.] fue tomado a los sabinos; Egerio, sobrino del rey, quedó para mantenerlo. El procedimiento para la entrega de Collatia fue el siguiente: El rey preguntó: "¿Habéis sido enviados como embajadores y legados por el pueblo de Collatia para hacer entrega de vosotros mismos y del pueblo de Collatia? "Sí". "Y es el pueblo de Collatia un pueblo independiente?" "Lo es." "¿Os entregáis en mi poder y el del pueblo de Roma a vosotros mismos y al pueblo de Collatia, su ciudad, tierras, agua, fronteras, templos, vasos sagrados y todas las cosas divinas y humanas?" "Las entregamos." "Así pues, las acepto." Después concluir la guerra con los sabinosa Tarquinio volvió en triunfo a Roma. Después hizo la guerra a los latinos priscos. No hubo batalla campal, atacó cada uno de sus pueblos sucesivamente y sometió toda la nación. Las ciudades de Cornículo, Ficulea Vieja, Cameria, Crustumerio, Ameriola, Medullia y Normento fueron conquistadas a los latinos priscos o a los que se habían pasado a ellos. Luego se hizo la paz. Las obras de la paz fueron ahora empezadas con mayor energía incluso de la mostrada en la guerra, de modo que la gente no disfrutó de mayor quietud en casa de la que tuvo en el campo de batalla. Hizo los preparativos para completar las obras, que habían sido interrumpidas por la guerra con los sabinos, y encerrar la ciudad en aquellos lugares donde no existían aún fortificaciones, con un muro de piedra. Las partes bajas de la Ciudad, alrededor del Foro, y los otros valles entre las colinas, donde el agua no podía escapar, fueron drenados por cloacas que desembocaban en el río Tíber. Construyó con mampostería un espacio nivelado sobre el Capitolio como lugar para el templo de Júpiter que había ofrecido durante la guerra Sabina, y la magnitud de la obra reveló su anticipación profética de la futura grandeza del lugar.

[1.39] En ese momento se produjo un incidente tan maravilloso en su apariencia como se demostró en el resultado. Se dice que mientras que un niño llamado Servio Tulio dormía, su cabeza fue envuelta en llamas, ante los ojos de muchos de los que estaban presentes. El grito que estalló a la vista de tal maravilla despertó a la familia real, y cuando uno de los criados traía agua para apagar las llamas la Reina lo detuvo, y después de calmar la emoción le prohibió que molestasen al niño hasta que despertó por sí mismo. Al hacerlo, desaparecieron las llamas. Luego Tanaquil apartió a su esposo a un lado y le dijo: "¿Ves a este niño, al que estamos criando de un modo tan humilde? Puedes estar seguro de que algún día será una luz para nosotros en los problemas y la incertidumbre, y una protección para nuestra casa tambaleante. Así pues, porcedamos con todo cuidado e indulgencia de quien será fuente de gloria inconmensurable para el Estado y para nosotros mismos." Desde este momento el niño empezó a ser tratado como su hijo y entrenado en las cosas por las que los caracteres son estimulados a buscar un gran destino. La tarea fue fácil, ya que estaban llevando a cabo la voluntad de los dioses. El joven resultó tener una verdadera disposición Real, y cuando se buscó un yerno para Tarquinio ninguno de los jóvenes romanos se pudo comparar con él en ningún aspecto, por lo que el rey prometió a su hija con él. El otorgamiento de este gran honor, cualquiera que fuese la razón para ello, nos impide creer que era hijo de un esclavo, y, en su infancia, un esclavo él mismo. Me inclino más a la opinión de aquellos que dicen que en la captura de Cornículo, Servio Tulio, el gobernante de esa ciudad, fue asesinado, y su esposa, que estaba a punto de ser madre, fue reconocida entre las mujeres cautivas y, a consecuencia de su alto rango fue eximida de la servidumbre por la reina romana, y dio a luz a un hijo en la casa de Tarquinio Prisco. Este tipo de tratamiento reforzó la intimidad entre la mujer y el niño que, habiendo sido criado desde la infancia en la casa real, fue criado con afecto y honor. Fue este destino de su madre, quien cayó en manos del enemigo cuando su ciudad natal fue conquistada, lo que hizo que la gente pensase que era hijo de un esclavo.

[1.40] Cuando Tarquinio llevaba treinta y ocho años en el trono, Servio Tulio era estimado, con mucho, por encima de cualquier otro, no sólo por el rey, sino también por los patricios y la plebe. Los dos hijos de Anco siempre habían sentido intensamente haber sido privados del trono de su padre por la traición de su tutor; su ocupación [del trono.-N. del T.] por un extranjero que ni siquiera era de origen italiano, y mucho menos descendiente de romano, aumentaba su indignación; cuando vieron que ni incluso después de la muerte de Tarquinio volvería a ellos la corona, sino que descendería sobre un esclavo: ¡La corona que Rómulo, el hijo de un dios y él mismo un dios, había llevado mientras estaba en la tierra, ahora sería poseída por alguien nacido esclavo cien años más tarde! Pensaban que sería una desgracia para todo el pueblo romano, y especialmente para su casa, si, mientras que la descendencia masculina de Anco todavía estaba viva, la soberanía de Roma pudiera estar abierta no sólo a los extranjeros, sino incluso a los esclavos. Se determinaron, por lo tanto, a rechazar tal insulto por la espada. Pero fue sobre Tarquinio más que en Servio en quien buscaban vengar sus agravios: si el rey quedase con vida sería capaz de tomar una venganza más sumaria que un ciudadano común; y en caso de que Servio fuese asesinado, el rey sin duda elegiría a otro como yerno para que heredase la corona. Estas consideraciones les decidieron a tramar un un complot contra la vida del rey. Dos feroces pastores fueron seleccionados para la acción. Aparecieron en el vestíbulo del palacio, cada uno con sus herramientas habituales, y fingiendo una violenta y escandalosa pelea atrajeron la atención de todos los guardias reales. Luego, cuando ambos comenzaron a apelar al rey, y su clamor había penetrado en el palacio, fueron convocados ante el rey. Al principio trataron, gritándose el uno al otro, ver quién podía hacer más ruido, hasta que, después de ser reprimidos por el lictor, se les ordenó hablar por turno; se tranquilizaron y comenzaron a exponer su caso. Mientras la atención del rey estaba puesta en uno, el otro blandió su hacha y la clavó en la cabeza del rey, y dejando el arma en la herida ambos salieron corriendo del palacio.

578 a.C.

[1.41] Mientras los espectadores recogían al moribundo Tarquinio en sus brazos, los lictores capturaron a los fugitivos. Los gritos atrajeron a una multitud, preguntándose qué había sucedido. En medio de la confusión, Tanaquil ordenó que el palacio fuera despejado y las puertas cerradas, curó con cuidado la herida, pues tenía esperanza de salvar la vida del rey; al mismo tiempo, decidió tomar otras precauciones, por si el caso resultase sin esperanza, y convocó a toda prisa a Servio. Le mostró a su marido en la agonía de la muerte, y tomando su mano, le imploró que no dejara sin venganza la muerte de su suegro, ni permitiera que su suegra se convirtiese en entretenimiento de sus enemigos. "El trono es tuyo, Servio", dijo, "si eres un hombre; no pertenece a aquellos que han, por las manos de otros, cometido és que es el peor de los crímenes. ¡Arriba! ¡sigue la orientación de los dioses que presagiaron la exaltación de tal cabeza que fue una vez rodeada con el fuego divino! Deja que te inspiren las llamas enviadas por el cielo. ¡Aprestate con esta señal! Nosotros también, aunque extranjeros, hemos reinado. Sé consciente tú mismo no de dónde surgiste, sino de lo que eres. Si en esta situación de urgencia no te puedes decidir, sigue entonces mis consejos." Como el clamor y la impaciencia del pueblo no se podía contener, Tanaquil se acercó a una ventana en la parte superior del palacio que da a la Via Nova (el rey solía vivir en el templo de Júpiter Estator) y se dirigió al pueblo. Les rogó que se animasen, el rey había sido sorprendido por un golpe repentino, pero el arma no había penetrado a mucha profundidad, ya había recobrado el conocimiento, la sangre había sido lavada y examinada la herida, todos los síntomas eran favorables , estaba segura de que pronto volverían a verlo, mientras tanto, dio la orden que el pueblo debía reconocer la autoridad de Servio Tulio, quien se encargaría de administrar justicia y cumplir las demás funciones de la realeza. Servio apareció con su trabea [especie de toga, aunque más corta y estrecha que ésta.-N. del T.] y asistido por los lictores, y después de tomar asiento en la silla real decidió en algunos casos e interrumpió la presentación de otros con la excusa de consultar al rey. Así, durante varios días después de la muerte de Tarquinio, Servio continuó fortaleciendo su posición ejerciendo una autoridad delegada. Al fin, los gritos de duelos se oyeron en palacio y se divulgó el hecho de la muerte del rey. Protegido por un fuerte cuerpo de guardia, Servio fue el primero que ascendió al trono sin ser elegido por el pueblo, aunque sin la oposición del Senado. Cuando los hijos de Anco oyeron que los instrumentos de su crimen habían sido detenidos, que el rey estaba todavía vivo, y que Servio era tan poderoso, se exiliaron en Suessa Pomecia.

[1.42] Servio consolidó su poder tanto por sus favores privados como por sus decisiones públicas. Para protegerse contra los hijos de Tarquinio, tratándolos como Tarquinio había tratado a los de Anco, casó sus dos hijas con los descendientes de la casa real, Lucio y Arruncio Tarquinio. Los consejos humanos no podrían detener el curso inevitable del destino, ni tampoco Servio evitar que los celos que causó su ascenso al trono provocaran en su familia la infidelidad y el odio. La tregua con los veyentinos había expirado y la reanudación de la guerra contra ellos y otras ciudades etruscas llegó muy oportunamente para ayudar a mantener la tranquilidad en el interior. En esta guerra, el coraje y la buena fortuna de Tulio fueron evidentes, y regresó a Roma, después de derrotar a una inmensa fuerza del enemigo, sintiéndose bastante afirmado en el trono y seguro de la buena voluntad de los patricios y la plebe. Entonces se dedicó a la mayor de todas las obras en tiempos de paz. Del mismo modo que Numa había sido el autor de las leyes religiosas y las instituciones, así la posteridad ensalza a Servio como fundador de las divisiones y clases del Estado que supusieron una clara distinción entre los distintos grados de dignidad y fortuna. Él instituyó el censo, una institución de lo más beneficiosa en lo que iba a ser un gran imperio, para que por su medio se definieran los distintos deberes que se debáin asignar así en paz como en guerra, no como hasta entonces, de manera indiscriminada, sino en proporción a la cantidad de propiedades que cada uno poseía. De aquéllas designó las clases y las centurias y la siguiente distribución de las mismas, adaptadas para la paz o la guerra.

[1.43]
Aquellos cuyas propiedades alcanzaban o superaban las 100.000 libras de peso [1 libra romana = 327,45 gr. Por lo tanto cien mil libras eran unos 32.745 kilos.-

N.
del T.] en cobre fueron encuadrados en ochenta centurias, cuarenta de jóvenes y cuarenta de mayores [se piensa que originalmente esta división en iuniores y seniores reflejaba la edad respectiva de los componentes de cada centuria.-N. del

T.). Estos fueron llamados la Primera Clase. Los mayores estaban para defender la Ciudad, los más jóvenes para servir en campaña. La armadura de que debían proveerse constaba de casco, escudo redondo, grebas, y armadura [lorica en el original latino. Aunque se podría haber traducido como loriga, en castellano hace referencia a la armadura de escamas y para la época de que se habla era más normal el disco pectoral y espaldar o la coraza musculada, que la de escamas; así el término armadura engloba a varias de ellas por ser más general.-N. del T.], todo de bronce, para proteger sus personas. Sus armas ofensivas eran la lanza y la espada. A esta clase se les unió dos centurias de carpinteros, cuyo deber era hacer y mantener las máquinas de guerra, y carecían de armas. La segunda clase consistió en las personas cuyos bienes ascendían a entre 75.000 y 100.000 libras de peso de cobre, que fueron formados, mayores y jóvenes, en veinte centurias. Su armamento era el mismo que los de la Primera Clase, excepto que tenían un escudo oblongo de madera en lugar del redondo de bronce y armadura. La Tercera Clase se formó de aquellos cuya propiedad cayó a un mínimo de 50.000 libras, los cuales también formaron veinte centurias, divididas igualmente en mayores y jóvenes. La única diferencia en la armadura era que no llevaban grebas. En la Cuarta Clase se integraron aquellos cuyas propiedades estaban por debajo de 25.000 libras. También formaron veinte centurias; sus únicas armas eran una lanza y una jabalina. La Quinta Clase era la mayor y estaba formada por treinta centurias. Llevaban hondas y piedras, e incluían los supernumerarios, cornícines [tocadores del cuerno, instrumento de alarma.-N. del T.] y los trompetistas, que formaron tres centurias. Esta Quinta Clase se evaluó en 11.000 libras. El resto de la población cuya propiedad cayó por debajo de ésta última cantidad formó una centuria y estaba exenta del servicio militar.

Después de regular así el equipamiento y distribución de la infantería, reorganizó la caballería. Alistó de entre los principales hombres del Estado a doce centurias. De la misma manera creó otras seis centurias (aunque Rómulo sólo había alistado tres) bajo los mismos nombres con que habían sido creadas las primeras. Para la adquisición de los caballos, se destinaron 10.000 libras del tesoro público; mientras que para su mantenimiento se determinó que ciertas viudas pagarían 2.000 libras al año, cada una. La carga de todos estos gastos se trasladó de los pobres a los ricos. Luego fueron otorgados otros privilegios. Los antiguos reyes habían mantenido la Constitución como fue dictada por Rómulo, a saber: Sufragio universal en el que todos los votos por igual tenían el mismo peso y los mismos derechos. Servio introdujo una graduación; de modo que, si bien ninguno fue aparentemente privado de su voto, todo el poder del sufragio quedó en manos de los hombres principales del Estado. Los caballeros eran los primeros convocados para emitir su voto, después las ochenta centurias de la infantería de la Primera Clase; si sus votos estaban divididos, lo que rara vez ha sucedido, se dispuso que se citase a la Segunda Clase; en muy pocas ocasiones se extendió el voto a las clases más bajas. No debería sorprender a nadie que ahora, tras el establecimiento definitivo de treinta y cinco tribus y el doble de centurias de jóvenes y mayores, no coincidan con las que hizo Servio Tulio. Porque, después de dividir la Ciudad con sus distritos y las colinas que estaban habitadas en cuatro partes, llamó a estas divisiones "tribus", creo que a causa del tributo que pagaban, pues también introdujo la práctica de recaudar aplicando la misma tasa a cada valoración. Estas tribus no tenían nada que ver con la distribución y el número de las centurias.

[1.44] Los trabajos del censo se vieron acelerados por una ley en la que Servio disponía el encarcelamiento e incluso la pena capital contra los que evadieran la valoración [de sus bienes.-N. del T.]. Al terminarlo emitió una orden para que todos los ciudadanos de Roma, caballeros e infantería por igual, debían concurrir en el Campo de Marte, cada uno en sus centurias. Después de todo el ejército se hubiera concentrado allí, él lo purificó mediante una suovetaurilia [el sacrificio triple de un cerdo, una oveja y un buey.-N. del T.]. Esto se llamaba un sacrificio cerrado [conditum lustrum en el original latino.-N. del T.], porque con él el censo quedó concluido. Ochenta mil ciudadanos [no se contaban mujeres ni niños.-N. del T.] se dice que fueron incluidos en el censo. Fabio Pictor, el más antiguo de nuestros historiadores, afirma que este era el número de los que podían portar armas. Para contener esa población era evidente que la Ciudad tendría que ser ampliada. Añadió las dos colinas (el Quirinal y el Viminal) y luego hizo una adición posterior, incluyendo el Esquilino, y para darle más importancia vivió él mismo allí. Rodeó la ciudad con de tierra y fosos y la muralla, de esta manera amplió el pomerio [límite sagrado de la ciudad, dentro del que se efectuaban ciertos ritos y había que cumplir ciertas reglas: por ejemplo, no podía ser pisado por ejércitos en armas.-N. del T.] . Mirando sólo a la etimología de la palabra, se explica "pomoerium" como "postmoerium" [pasado el muro.-N. del T.]; aunque se trata, más bien, de una "circamoerium" [circundado por el muro.-N. del T.]. Así dicho por el espacio que los etruscos de la antigüedad, al fundar sus ciudades, consagraban de acuerdo con augurios y marcaban con mojones a intervalos por cada lado, como la parte donde el muro iba a ser construido, se mantenía vacío para que los edificios no pudieran estar en contacto con la pared interior (aunque ahora, por lo general, lo tocan), y en el exterior algo de terreno debía permanecer como tierra virgen para el cultivo. Este espacio, en el que estaba prohibido construir o arar, y que no podía decirse que detrás de la pared del muro hubiera ningún otro muro era lo que los romanos llamaban el pomerio. Según crecía la Ciudad, estos mojones sagrados siempre se avanzaron conforme se adelantaban las murallas.

[1.45] Después de que el Estado fuese ampliado con la expansión de la Ciudad y adoptados todos los acuerdos domésticos referentes a las necesidades tanto de paz como de guerra, Servio trató de extender su dominio mediante las obras públicas, en lugar de engrandecerla por las armas, y al mismo tiempo hizo una adición al embellecimiento de la Ciudad. El templo de Diana de Éfeso era famoso en ese momento, y se dice que fue construido con la cooperación de los Estados de Asia. Servio había tomado la precaución de formar lazos de hospitalidad y amistad con los jefes de la nación Latina, y solía hablar con los mayores elogios de esta cooperación y el reconocimiento común de la misma deidad. A fuerza de insistir en este tema, finalmente indujo a las tribus latinas para unirse al pueblo de Roma en la construcción de un templo de Diana, en Roma. Hacerlo así era una admisión de la preponderancia de Roma, una cuestión que tantas veces había sido cuestionada por las armas. Aunque los latinos, después de sus muchas experiencias desafortunadas en la guerra, habían dejado de lado como nación todo pensamiento de éxito, había entre los sabinos un hombre que pensabe que se le presentaba una oportunidad para recuperar la supremacía a través de su propia astucia. La historia cuenta que un padre de familia pertenecientes a esa nación tenía una vaca de gran tamaño y maravillosa belleza. La maravilla quedó atestiguada para tiempos posteriores mediante sus cuernos, que fueron fijados en el vestíbulo del templo de Diana. La criatura se veía como (y realmente lo fue) un prodigio, y los adivinos predijeron que, quien quiera que fuese que lo sacrificara a Diana, el Estado del que él fuese ciudadano debe sería sede de Imperio. Esta profecía había llegado a los oídos del magistrado a cargo del templo de Diana. Al llegar el primer día adecuado para poder ofrecer sacrificios, el sabino llevó la vaca a Roma, la condujo al templo y la colocó frente al altar. El magistrado en ejercicio era un romano e, impresionado por el tamaño de la víctima, cuya fama ya conocía, recordó la profecía y dirigiéndose al sabino, le dijo: "¿Por qué estás, extranjero, preparándote para hacer un sacrificio contaminado a Diana? Ve y báñate primero en agua corriente. El Tíber baja por allí, en el fondo del valle." Lleno de dudas, y ansioso por que todo se hiciese correctamente para que la predicción se cumpliera, el extranjero bajó rápidamente hasta el Tíber. Mientras tanto, los romanos sacrificaron la vaca a Diana. Esto fue motivo de gran satisfacción para el rey y su pueblo.

[1,46] Servio estaba ahora afirmado en el trono tras su larga posesión. Había, sin embargo, llegado a sus oídos que el joven Tarquinio estaba diciendo que reinaba sin el consentimiento del pueblo. Se aseguró, en primer lugar, la benevolencia de la plebe asignando a cada cabeza de familia una parcela de la tierra que había sido tomada al enemigo. Luego les propuso la cuestión de si era su voluntad y decisión que reinase. Fue aclamado rey por un tan voto unánime como ningún rey antes que él obtuvo. Esta acción no disminuyó en absoluto las esperanzas de Tarquinio de hacerse con el trono, antes al contrario. Era un joven audaz y ambicioso, y su esposa Tulia estimulaba su inquieta ambición. Supo que la concesión de tierras al pueblo se oponía a la opinión del Senado, y aprovechó la oportunidad que se le brindaba para difamar a Servio y el fortalecer su propia facción en esa Asamblea [el Senado. N. del T.]. Así sucedió que el palacio romano proporcionó un ejemplo del crimen que los poetas trágicos han descrito, con el resultado de que el odio sentido por los reyes aceleró el advenimiento de la libertad, y la corona ganada por la maldad fue la última en serlo.

Este Lucio Tarquinio (no está claro que fuese hijo o el nieto del rey Tarquinio Prisco; de seguir a los Autores antiguos, era su hijo) tenía un hermano, Arruncio Tarquinio, un joven de carácter dulce. Los dos Tulias, las hijas del rey, habían casado, como ya he dicho, con estos dos hermanos, y el carácter de cada una era el opuesto al de sus maridos. Fue, creo yo, la buena fortuna de Roma la que intervino para evitar que dos naturalezas violentas se unieran en matrimonio, y para que el reinado de Servio Tulio pudiera durar lo bastante como permitir al Estado asentarse en su nueva constitución. El feroz espíritu de una de las dos Tullias estaba desazonado porque nada había en su marido que pudiera llenar su codicia o ambición. Todos sus afectos se cambiaron al otro Tarquinio; él era a quien admiraba; él, dijo, era un hombre, él era verdaderamente de sangre real. Despreciaba a su hermana, pues teniendo a un hombre por su marido, éste no estaba animado por el espíritu de una mujer. Tal semejanza de carácter pronto les unió, pues lo malo suele buscar lo malo. Pero fue la mujer la iniciadora de las maldades. Constantemente mantenía entrevistas secretas con el marido de su hermana, a quien incansablemente vilipendiaba [a su hermana.-N. del T.] tanto como a su propio marido, afirmando que habría sido mejor para ella haber permanecido soltera y él soltero, que haber sido tan desigualmente desposados y llevados a la ociosidad por la cobardía de sus cónyuges. Si el cielo le hubiese dado el marido que merecía, pronto habría visto establecida en su propia casa la soberanía que su padre ejerció. Rápidamente infectó al joven con su propia imprudencia. Lucio Tarquino y Tulia la joven, con un doble asesinato, limpiaron en sus casas los obstáculos a un nuevo matrimonio; su boda fue celebrada con la aquiescencia tácita si no con la aprobación de Servio.

[1.47] Desde ese momento la vejez de Tulio se hizo más amarga, su reinado más infeliz. La mujer importunaba noche y día, sin dar reposo a su marido, por miedo a que los últimos asesinatos resultasen infructuosos. Lo que ella quería, dijo, no era un hombre que sólo fuese su marido en el nombre, o con quien fuera a vivir en resignada servidumbre; el hombre que necesitaba era alguien que se considerase digno de un trono, que recordase que era el hijo de Tarquinio Prisco, quien prefirió llevar una corona en lugar de vivir con la esperanza de ella. "Si eres el hombre con quien yo pensaba que estaba casada, entonces te llamo mi marido y mi rey; pero si no, he cambiado mi condición para peor, ya que no sólo eres un cobarde, sino un criminal. ¿Por qué no te dispones a actuar? No eres, como tu padre, natural de Corinto o de Tarquinia, ni es una corona extranjera la que tienes que ganar. Los penates de tu padre, la imagen de tus antepasados, el palacio real, el trono real dentro de él, el propio nombre Tarquinio, te declaran rey. Si no tienes el valor suficiente para ello, ¿por qué despiertas falsas esperanzas en el Estado? ¿Por qué te permites que te consideren miembro de la realeza? Vuelve a Tarquinia o a Corinto, vuelve a la posición desde la que surgísteis; tienes más la naturaleza de tu hermano que la de tu padre." Con frases como estas ella lo acosaba. Ella, también, estaba constantemente obsesionada con la idea de que mientras Tanaquil, una mujer de origen extranjero, había demostrado tal espíritu como para dar la corona a su marido y a su yerno después, bien que ella misma, aunque de ascendencia real, no tenía ningún poder para darla o quitarla. Incitado por las palabras furiosas de su mujer, Tarquinio empezó tantear y entrevistarse con los nobles y plebeyos; les recordó el favor que su padre les había mostrado, y les pidió que demostrasen su gratitud; se ganó a los más más jóvenes con regalos . Haciendo promesas tan magníficas en cuanto a lo que haría, y haciendo denuncias contra el rey, su causa se hizo más fuerte entre todos los órdenes.

Al final, cuando él pensó que había llegado el momento de actuar, apareció de repente en el foro con un grupo de hombres armados. Se produjo un pánico general, durante el cual se sentó en la silla real del Senado y ordenó que los los padres debían ser convocados por el pregonero "en presencia del rey Tarquinio." Ellos se reunieron a toda prisa, algunos ya preparados para lo que se avecinaba y otros, temerosos de que su ausencia pudiera despertar sospechas, y consternados por la extraordinaria naturaleza del incidente, estaban convencidos de que el destino de Servio estaba sellado. Tarquino recordó el linaje del rey, protestó diciendo que era un esclavo e hijo de un esclavo, y que después que su (del orador) padre fuera sido vilmente asesinado, tomó el trono, como regalo de una mujer, sin que fuese nombrado ningún interrex como hasta entonces lo había sido, sin haberse convocado ningún tipo de asamblea, sin que se emitiera ningún tipo de voto por el pueblo para adoptarlo ni confirmación alguna por el Senado. Sus simpatías estaban con la escoria de la sociedad de la que había surgido, y celoso de la nobleza a la que no pertenecía, había tomado la tierra de los hombres principales del Estado y la repartió entre los más viles; había descargado en ellos la totalidad de las cargas que antes habína sido sufragadas en común por todos; había instituido el censo para que el conocimiento de las fortunas de los ricos pudieran mover a envidia, y qeu fuesen una fuente de fácil acceso para repartir prebendas, cuando quisiera, a los más necesitados.

535 a.C.

[1,48] Servio había sido citado por un mensajero sin aliento, y llegó a la escena, mientras que Tarquinio estaba hablando. Tan pronto como llegó al vestíbulo, exclamó en voz alta: "¿Qué significa esto, Tarquinio? ¿Cómo te atreves, con tanta insolencia, a convocar al Senado o sentarte en esa silla mientras estoy vivo? " Tarquinio respondió violentamente que ocupaba el asiento de su padre, que el hijo de un rey era mucho más legítimo heredero al trono que un esclavo, y que él, Servio, en su juego imprudente, había insultado a sus amos el tiempo suficiente. Se oyeron gritos de sus partidarios respectivos, el pueblo se precipió en el Senado, y fue evidente que el quien ganase la lucha reinaría. Entonces Tarquinio, forzados por la apremiante necesidad a llegar al último extremo, agarró a Servio por la cintura, y siendo un hombre mucho más joven y fuerte, le sacó del Senado y lo arrojó escaleras abajo, hacia el Foro. Luego volvió a llamar al Senado al orden. Los magistrados y asistentes del rey habían huido. El mismo rey, medio muerto por la agresión, fue condenado a muerte por aquellos a quienes Tarquinio había enviado tras él. Se cree actualmente que esto se hizo por sugerencia de Tulia, pues estaba muy en consonancia con su maldad. En todo caso, hay acuerdo general en que conducía por el Foro en un carro de dos ruedas, y desvergonzada por la presencia de la multitud, llamó a su esposo fuera del Senado y fue la primera en saludarlo como rey. Le dijo que se saliera del tumulto, y cuando a su regreso había llegado tan lejos como a la parte superior de la Vicus Cyprius, donde estaba últimamente el templo de Diana, y doblaba a la derecha hacia el Clivus Urbius, para llegar al Esquilino, el conductor paró horrorizado y se detuvo, señalando a su señora el cadáver de Servio, asesinado. Entonces, cuenta la tradición, se cometió un crimen abominable y antinatural, el recuerdo del lugar aún conserva y por eso lo llaman el Vicus Sceleratus [execrable.-N. del T.]. Se dice que Tulia, incitada a la locura por los espíritus vengadores de su hermana y su marido, pasó el carro justo sobre el cuerpo de su padre, y llevó de vuelta un poco de la sangre de su padre en el carro y sobre ella misma, contaminada por si y por los penates de su marido, a través de cuya ira un reinado que comenzó con la maldad pronto fue llevado a su fin por una causa similar. Servio Tulio reinó cuarenta y cuatro años, e incluso un sucesor sabio y bueno habría tenido dificultades para ocupar el trono como él lo había hecho. La gloria de su reinado fue aún mayor porque con él pereció toda justa y legítima monarquía en Roma. Suave y moderado como fue su dominio, había sin embargo, según algunas autoridades, creado la tentación de declinarlo, pues se había concentrado [el poder.-

N. del T.] en una sóla persona, pero este propósito de devolver la libertad al Estado se vio interrumpido por este crimen doméstico.

[1.49] Lucio Tarquinio empezó ahora su reinado. Su conducta le procuró el apodo de "Soberbio", pues privó a su suegro de sepultura, con la excusa de que Rómulo no fue sepultado, y mató a los principales nobles de quienes sospechaba fuesen partidarios de Servio. Consciente de que el precedente que había establecido, al trono por la violencia, podría ser utilizado en su contra, se rodeó de un guardia armada. Pues él no tenía nada por lo que hacer valer sus derechos a la corona, excepto la violencia actual; estaba reinando sin haber sido elegido por el pueblo, o confirmado por el Senado. Como, por otra parte, no tenía ninguna esperanza de ganarse el afecto de los ciudadanos, tuvo que mantener su dominio mediante el miedo. Para hacerse más temido, llevó a cabo los juicios en casos de pena capital, sin asesores, y bajo su presidencia fue capaz de condenar a muerte, desterrar, o multar no sólo a aquellos de los que sospechaba o le resultaban antipáticos, sino también a aquellos de quienes sólo pretendía obtener su dinero. Su objetivo principal era reducir así el número de senadores, negándose a cubrir las vacantes, para que la dignidad del propio orden disminuyera junto con su número. Fue el primero de los reyes en romper la tradicional costumbre de consultar al Senado sobre todas las cuestiones, el primero en gobernar con el asesoramiento de sus favoritos de palacio. La guerra, la paz, los tratados, las alianzas se hicieron o rompieron por su voluntad, tal como a él le pareciera bien, sin autorización alguna del pueblo o del Senado. Hizo hincapié en asegurarse el apoyo de la nación Latina, para que a través de su poder y su influencia en el extranjero pudiera sentirse más seguro entre sus súbditos en el país; no sólo formalizó lazos de hospitalidad con sus hombres principales sino que estableció los lazos familiares. Dio a su hija en matrimonio a Octavio Mamilio de Tusculo, que era el hombre más importante de la raza latina, descendiente, si hemos de creer a las tradiciones, de Ulises y Circe la diosa; a través de esa relación se ganó muchos de los amigos y conocidos de su yerno.

[1,50] Tarquinio había adquirido una considerable influencia entre la nobleza de los latinos y les envió un mensaje para reunirse en una fecha fijada en el lugar llamado Ferentina, pues había asuntos de interés común sobre los que desea consultarles. Se reunieron en número considerable al amanecer; Tarquinio mantuvo su cita, es cierto, pero no llegó hasta poco antes del atardecer. El Consejo dedicó todo el día discutiendo de muchos asuntos. Turno Herdonio, de Aricia, hizo un feroz ataque contra el ausente Tarquinio. No es de extrañar, dijo, que en Roma se le hubiera atribuído el epíteto de "tirano" (pues esto era lo que le llamaba habitualmente el pueblo, aunque sólo en voz baja), ¿Podía algo mostrar mejor que era un tirano que el modo en que jugaba con toda la nación Latina? Después de convocar a los jefes desde sus distantes hogares, el hombre que había pedido el Consejo no estaba presente. En realidad estaba tratando de saber cuán lejos podía llegar, de modo que si se sometían al yugo él podría aplastarlos. ¿Quién no vería que estaba trazando su camino a la soberanía sobre los latinos? Aun suponiendo que sus propios compatriotas hicieran bien en confiarle el poder supremo (en el supuesto de que se lo hubieran otorgado, en vez de haberlo ganado con un parricidio), los latinos no debían, incluso en tal caso, ponerlo [el poder.-N. del T.] en manos de un extranjero. Pero si su propio pueblo se entristecía amargamente con su dominio, viendo cómo estaban siendo asesinados, enviados al exilio, despojados de todos sus bienes, ¿podían los latinos esperar mejor destino? Si hubieran seguido el consejo del orador, se habrían vuelto a sus casas y habrían hecho tanto caso de la citación al Consejo como lo había hecho quien lo convocó. Justo mientras estos y otros sentimientos eran expuestos por el hombre que había ganado su influencia en Aricia por la traición y el crimen, Tarquinio apareció en la escena. Esto puso fin a su discurso, y todos dieron la espalda al orador para saludar al rey. Cuando se restableció el silencio, Tarquinio fue aconsejado por los que estaban cerca para que explicase por qué había llegado tan tarde. Dijo que, habiendo sido elegido mediador entre un padre y un hijo, se había retrasado por sus esfuerzos por reconciliarlos, y como el asunto le había había tomado todo el día, presentaría al día siguiente las medidas que había decidido. Se dice que, pese a esta explicación, Turno no dejó de comentar: ningún caso, argumentó, podría ocupar menos tiempo que el de uno entre un padre y un hijo, que podría ser resuelto con pocas palabras; si el hijo no cumplía los deseos del padre, se metía en problemas.

[1.51] Con estas censuras sobre el rey romano dejó el consejo. Tarquinio se tomó el asunto más en serio de lo que aparentó y enseguida comenzó a planear la muerte de Turno, a fin de que aterrorizase a los latinos con el mismo terror con el cual había sojuzgado los espíritus de sus súbditos. Como no tenía poder para condenarle abiertamente a la muerte, ideó su destrucción mediante una falsa acusación. A través de algunos de los aricinos que se oponían a Turno, sobornó a un esclavo suyo para permitir que llevasen en secreto a sus cuarteles una gran cantidad de espadas. Este plan fue ejecutado en una noche. Poco antes del amanecer, Tarquinio convocó a los jefes de los latinosa su presencia, como si algo sucedido le hubiera producido gran alarma. Les dijo que su demora el día anterior había sido provocada por alguna providencia divina, pues había demostrado ser la salvación, tanto de ellos suya propia. Había sido informado de que Turno estaba planeando su asesinato y el de los hombres más importantes en las diferentes ciudades, para tener el poder absoluto sobre los latinos. Lo habría intentado el día anterior en el Consejo, pero el intento fue aplazado debido a la ausencia del convocante del Consejo, el principal objeto de su ataque. Por lo tanto las críticas formuladas contra él en su ausencia, pues debido a su retraso se habían frustrado sus esperanzas de éxito. Si las informaciones que le habían llegado eran cierta, no tenía ninguna duda de que, al inicio del Consejo al amanecer, Turno vendría armado y con muchos de los conspiradores. Se afirmó que se le había llevado un gran número de espadas. Si se trataba o no de un rumor podría comprobarse muy pronto y les pidió que lo acompañaran a ver a Turno. El carácter inquieto y ambicioso de Turno, su discurso del día anterior, y el retraso de Tarquinio, que explicaba fácilmente el aplazamiento de su asesinato, todo alimentaba sus sospechas. Fueron proclives a aceptar la declaración de Tarquinio, pero también a considerar toda la historia como carente de fundamento si las espadas no fuesen descubiertas. Cuando llegaron, Turno fue despertado y puesto bajo vigilancia, y los esclavos que por afecto a su amo se estaban preparando para su defensa fueron prendidos. Luego, cuando las espadas ocultas aparecieron por todos los rincones de su alojamiento, el asunto pareció demasiado cierto y Turno fue puesto en cadenas. En medio de gran tumulto se convocó en seguida un consejo de los latinos. La vista de las espadas, puestas en medio, despertó tan furioso resentimiento que fue condenado, sin ser oído en su defensa, a un modo de morir sin precedentes. Fue arrojado a la fuente Ferentina y ahogado poniendo sobre él una valla cargada con piedras.

[1.52] Después que los latinos volvieron a reunirse en el Consejo y que Tarquinio les hubiese agradecido el castigo infligido a Turno, acorde con sus designios parricidas [como los asesinables eran los Padres de los latinos, el crimen pergeñado merecía así el calificativo de parricidio. N. del T.], Tarquinio se dirigió a ellos de la siguiente manera: Fue en su mano ejercer un derecho de larga data pues , ya que todos los latinos remontaban su origen a Alba, estaban incluidos en el tratado hecho por Tulio por el cual el conjunto del Estado Albano con sus colonias pasaron bajo la soberanía de Roma. Pensaba, sin embargo, que sería más ventajoso para todas las partes si se renovaba ese tratado, a fin de que los latinos pudieran disfrutar de la prosperidad del pueblo romano, en lugar temer siempre al extranjero, o sufrir como ahora, la demolición de sus ciudades y la devastación de sus campos, como sucedió en el reinado de Anco y después, mientras su padre estaba en el trono. Los latinos fueron persuadidos sin mucha dificultad, aunque por el tratado Roma era el estado predominante, ya que vieron que los jefes de la Liga Latina daban su adhesión al rey, y Turno ofreceió un ejemplo del peligro en que incurría cualquiera que se opusiera a los deseos del rey. Así se renovó el tratado, y se emitieron órdenes de los jóvenes entre los latinos se reunieran bajo las armas, de conformidad con el Tratado, un día determinado en el lugar de Ferentina. Cumpliendo la orden, se juntaron los contingentes de los treinta pueblos, y con el fin de privarlos de su propio general, de un mando separado, o de sus propios estandartes, unió una centuria latina y una romana dentro de un mismo manípulo, componiéndose el manípulo de ambas unidades y doblando su fuerza total, y puso a un centurión al mando de cada centuria.

[1,53] Aunque tiránico en su gobierno interior, el rey no era un general despreciable; en habilidad militar habría rivalizado con cualquiera de sus predecesores si la degeneración de su carácter en otros sentidos no le hubiese impedido alcanzar distinción también en este terreno. Fue el primero en provocar la guerra con los volscos (una guerra que duró más de doscientos años tras él) y les tomó las ciudades de Pontino y Suessa. El botín fue vendido y se ingresaron cuarenta talentos [1 talento= 100 libras de 327,45 gr; o sea: 32,745 kg.-N. del T.] de plata. A continuación, concibió ampliar el templo de Júpiter, que por su tamaño debía ser digno del rey de los dioses y los hombres, digno del Imperio Romano y digno de la majestad de la Ciudad misma. Dispuso de la suma antes mencionada para su construcción. La siguiente guerra le ocupó más de lo esperado. No pudiendo tomar la vecina ciudad de los gabios por asalto y resultar inútil tratar de asediarla, luego de ser derrotado bajo sus muros, empleó contra ella métodos que no tenían nada de romanos, es decir, el fraude y el engaño. Fingió haber renunciado a todo pensamiento de guerra y que se dedicaba devotamente a poner los cimientos de su templo [de Júpiter.-N. del T.] y otros trabajos en la Ciudad. Mientras tanto, acordó que Sexto, el menor de sus tres hijos, se llegase a Gabii haciéndose pasar por refugiado, quejándose amargamente de la crueldad insoportable de su padre y declarando que había cambiado a su propia familia por la tiranía sobre los demás, e incluso consideró la presencia de sus hijos como una carga y que se preparaba a devastar a su propia familia tal como había devastado el Senado, de modo que no dejaría ningún descendiente, ni un solo heredero a la Corona. Había, dijo, escapado de la violencia asesina de su padre, y sentía que ningún lugar era seguro para él excepto entre los enemigos de Lucio Tarquinio. Que no se engañasen a sí mismos, la guerra que aparentemente había abandonado se ciernía sobre ellos, y a la primera oportunidad les atacaría cuando menos lo esperasen. Si entre ellos no hubiese lugar para los suplicantes, vagaría por el Lacio, suplicaría a los volscos, a los ecuos, a los hernios, hasta encontrar a los que supiesen proteger a los hijos contra la persecución cruel y antinatural de sus padres. Tal vez hallaría pueblos con espíritu suficiente para tomar las armas contra un tirano despiadado respaldado por un pueblo guerrero. Como parecía probable que lo hiciese si no le prestaban atención, por su mal humor, el pueblo de Gabii le recibió con benignidad. Le dijeron que no se sorprendiese si su padre trataba a sus hijos como había tratado a sus propios súbditos y aliados; habiendo acabado con los demás también podría terminar asesinándolo a él. Ellos mostraron satisfacción por su llegada y expresaron su convicción de que con su ayuda a la guerra cambiaría de las puertas de Gabii a las murallas de Roma.

[1.54] Fue admitido en las reuniones del Consejo Nacional. Si bien expresó su acuerdo con los ancianos de Gabii sobre otros temas, de los que estaban mejor informados, les instaba constantemente a la guerra, y afirmó hablar con autoridad especial, porque estaba familiarizado con la fuerza de cada nación, y sabía que la tiranía del rey, que incluso sus propios hijos habían encontrado insoportable, era ciertamente odiada por sus súbditos. Así que después de inducir gradualmente a los dirigentes de los gabios a la revuelta, fue personalmente con algunos de los más entusiastas de entre los jóvenes en expediciones de saqueo. Al actuar hipócritamente, tanto en sus palabras como en sus acciones, se ganó cada vez más su engañada confianza y, por fin, fue elegido como comandante en la guerra. Mientras que la masa de la población ignoraba lo que pretendía, tuvieron lugar los combates entre Roma y Gabii con ventaja, en general, para éstos, hasta que todos los gabios, desde el más alto hasta el más bajo creyeron firmemente que Sexto Tarquinio había sido enviado por el cielo para dirigirlos. En cuanto a los soldados, por compartir todos sus trabajos y peligros fue muy apreciado, y por la distribución abundante del botín, se convirtió tan poderoso en Gabii como el anciano Tarquinio lo era en Roma.

Cuando se creyó lo suficientemente fuerte como para tener éxito en cualquier cosa intentase, envió a uno de sus amigos a su padre en Roma para preguntarle qué deseaba que hiciese ahora que los dioses le habían concedido el poder absoluto en Gabii. A este mensajero no se le dio respuesta verbal, porque, creo, desconfiaba de él. El rey entró en el jardín de palacio, sumido en sus pensamientos, seguido del mensajero de su hijo. Mientras caminaba en silencio, se dice que golpeó el más alto de los capullos de adormidera con su bastón. Cansado de pedir y esperar una respuesta, y sintiendo que su misión era un fracaso, el mensajero regresó a Gabii e informó de lo que había dicho y visto, y agregó que el rey, fuese por temperamento, por aversión personal o por su arrogancia natural, no había pronunciado una sola palabra. Cuando se hizo evidente a Sextus lo que su padre deseaba de él por lo que hizo durante su misterioso silencio, procedió a deshacerse de todos los hombres del Estado difamando a algunos entre el pueblo, mientras que otros caían víctimas de su propia impopularidad. Muchos fueron ejecutados, algunos contra los que no habían cargos plausible fueron secretamente asesinados. A algunos se les permitió buscar la seguridad al huir o fueron enviados al exilio; sus propiedades, así como las de otros que fueron condenados a muerte, se repartieron en regalos y sobornos. La satisfacción que sintió cada receptor embotó su percepción sobre la agitación pública que se estaba forjando hasta que, privado de todo consejo y ayuda, el Estado de Gabii fue entregado al rey romano sin una sola batalla.

[1.55] Después de la toma de Gabii, Tarquinio hizo la paz con los ecuos y renovó el tratado con los etruscos. Luego volvió su atención a los asuntos de la Ciudad. Lo primero era el templo de Júpiter en el monte Tarpeyo, que estaba ansioso por legar como recuerdo de su reinado y de su nombre; todos los Tarquinios estaban interesados en su finalización, el padre lo había prometido, el hijo lo terminó. Para que el conjunto de la zona que el templo de Júpiter iba a ocupar pudiera ser enteramente dedicado a esa deidad, decidió desacralizar las capillas y sus terrenos circundantes, algunos de los cuales habían sido originalmente dedicados por el rey Tacio en la crisis de su batalla contra Rómulo y, posteriormente, consagrados e inaugurados. Dice la tradición que, al comienzo de estas obras, los dioses mandaron señales divinas sobre la grandeza futura del imperio, pues mientras que los presagios fueron favorables para la desacralización de todos los demás santuarios, resultaron desfavorables para la del templo de Terminus [dios protector de los límites.-N. del T.]. Esto fue interpretado en el sentido de que, como la morada de Terminus no fue movida y sólo a él, de entre todos los dioses, le dejaron sus límites consagrados, las fronteras del futuro imperio serían firmes e inconmovibles. Este augurio de largo dominio fue seguido por un prodigio que presagiaba la grandeza del imperio. Se dice que mientras se estaba excavando los cimientos del templo, salió a la luz una cabeza humana con la cara íntegra; esta aparición presagiaba inequívocamente que el lugar sería la cabeza del imperio. Esta fue la interpretación dada tanto por los adivinos en la ciudad como por los que habían sido llamados desde Etruria. Los augurios incitaron el ánimo del rey; de tal manera que su porción del botín de Pomecia, que había sido apartada para completar la obra, a duras penas podía ahora sufragar el costo de los cimientos. Esto hace que me incline a confiar en Fabio (que, además, es la autoridad más antigua) cuando dice que la cantidad fue de sólo cuarenta talentos, en lugar de en Pisón, quien afirma que se apartaron con este fin cuarenta mil libras de plata [1 talento = 100 libras; por tanto 40.000 libras serían 400 talentos.-N. del T.]. Porque no sólo es una suma mayor de la esperable del botín de una ciudad única en ese momento, sino que sería más que suficiente para los cimientos del edificio más suntuoso de la actualidad.

[1,56] Decidido a terminar el templo, mandó llamar obreros de todas partes de Etruria, y no sólo empleó el erario público para sufragar los gastos, sino que también obligó a los plebeyos a tomar parte en la obra. Este fue además de su servicio militar, y para nada resultó una carga ligera. Todavía se sufrían menos de una dificultad como construir los templos de los dioses con sus propias manos, como lo hicieron después, cuando fueron destinados a otras tareas menos imponentes pero de mayor fatiga (la construcción de plazas junto al Circo y la de la Cloaca Máxima, un túnel subterráneo para recibir todas las aguas residuales de la Ciudad). La magnificencia de estas dos obras difícilmente podría ser igualada por ninguna de la actualidad. Cuando los plebeyos ya no eran necesarios para estas obras, consideró que tal multitud de desempleados resultarían en una carga para el Estado, y como deseaba colonizar con más intensidad las fronteras del imperio, envió colonos a Signia y Circeii para que sirvieran de protección a la Ciudad por tierra y mar. Mientras estaba llevando a cabo estas empresas, ocurrió un presagio terrible: una serpiente salió de una columna de madera, provocando confusión y pánico en palacio. El propio rey no estaba tan aterrado como lleno de ansiosos presentimientos. Los adivinos etruscos eran empleados sólo para interpretar prodigios que afectasen al Estado; pero éste le incumbía a él personalmente y a su casa, por lo que decidió enviar a consultar al más famoso oráculo del mundo, en Delfos. Temeroso de confiar la respuesta del oráculo a cualquier otra persona, envió a dos de sus hijos a Grecia, a través de tierras desconocidas en ese tiempo y de mares mucho menos conocidos. Tito y Arruncio comenzaron su viaje. Tenían como un compañero de viaje a L. Junio Bruto, el hijo de la hermana del rey, Tarquinia, un joven de un carácter muy diferente del que fingía tener. Cuando se enteró de la masacre de los principales ciudadanos, entre ellos su propio hermano, por órdenes de su tío, determinó que su inteligencia debía dar el rey motivo de alarma, ni su fortuna provocar su avaricia, y que, ya que las leyes no le ofrecían protección, buscaría la seguridad en la oscuridad y el abandono. En consecuencia, cuidó tener el aspecto y el comportamiento de un idiota, dejando al rey hacer lo que quisiera con su persona y bienes, y ni siquiera protestar contra su apodo de "Brutus"; pues bajo la protección de ese apodo esperaba el espíritu que estaba destinado a liberar un día a Roma. La historia cuenta que cuando fue llevado a Delfos por los Tarquinios, más como un bufón para su diversión que como un compañero, llevaba un bastón de oro encerrado en el hueco de otro de madera y lo ofreció a Apolo como un emblema místico de su propio carácter. Después de cumplir el encargo de su padre, los jóvenes estaban deseosos de averiguar cuál de ellos heredaría el reino de Roma. Se oyó una voz desde lo más profundo de la caverna: "Quien de vosotros, jóvenes, sea el primero en besar a su madre, tendrá el poder supremo en Roma." Sexto se había quedado en Roma, y para mantenerlo en la ignorancia de este oráculo y así privarle de la oportunidad de llegar al trono, los dos Tarquinios insistió en mantener un silencio absoluto sobre el tema. Echaron a suertes cuál de ellos sería el primero en besar a su madre a su regreso a Roma. Bruto, pensando que la voz del oráculo tenía otro significado, fingió tropezar, y al caer besó el suelo, pues la tierra es, por supuesto, nuestra madre común. Luego regresó a Roma, donde se estaban haciendo enérgicos preparativos para una guerra con los rútulos.

[1.57] Este pueblo, que estaba en ese momento en posesión de Ardea, fue, considerando la naturaleza de su país y la época en que vivían, excepcionalmente rico. Esta circunstancia fue el motivo real de la guerra, porque el rey romano estaba deseoso de reparar su propia fortuna, que se había agotado por la escala de sus magníficas obras públicas, y también para conciliarse con sus súbditos mediante la distribución del botín de guerra. Su tiranía ya había producido descontento, pero lo que se trasladó el especial resentimiento fue la forma en el rey les había mantenido tanto tiempo en labores manuales e incluso en trabajos serviles. Se hizo un intento de tomar por asalto Ardea; al no poder, recurrió a asediar la ciuda para matar de hambre al enemigo. Cuando las tropas están quietas, como es el caso de los asedios, en vez de en campaña activa, es fácil de conceder permisos de salida, más a los oficiales, sin embargo, que a los soldados. Los príncipes reales a veces pasaban sus horas de ocio en fiestas y diversiones, y en una fiesta dada por Sexto Tarquinio Colatino en la que el hijo de Egerius estuvo presente, la conversación pasó a girar sobre sus esposas, y cada uno comenzó a hablar de la suya propia con extraordinarias palabras de alabanza. Encendidos con la discusión, Colatino dijo que no había necesidad de palabras, en pocas horas se podría comprobar hasta qué punto su Lucrecia era superior a las demás. "¿Por qué no", exclamó, "si tenemos algún vigor juvenil, montamos a caballo y hacemos a nuestras esposas una visita y veremos su condición según lo que estén haciendo? Como sea su comportamiento ante la llegada inesperada de su marido, así será la prueba más segura". Ellos se habían calentado con el vino, y todos gritaron: "¡Bien! ¡Vamos!" Espoleando a los caballos galoparon a Roma, a donde llegaron cuando la oscuridad comenzaba a cerrar. Desde allí fueron a Colacia, donde encontraron a Lucrecia empleada de manera muy diferente a como estaban las nueras del rey, a quienes habían visto pasar el tiempo entre fiestas y lujo, con sus conocidos. Ella [Lucrecia.-N. del T.] estaba sentada hilando la lana y rodeada de sus en medio de sus criadas. La palma en este concurso sobre la virtud de las esposas se otorgó a Lucrecia. Acogió con satisfacción la llegada de su marido y los Tarquinios, mientras que su esposo victorioso cortésmente invitaba a los príncipes a permanecer en calidad de huéspedes. Sexto Tarquinio, inflamado por la belleza y la pureza ejemplar de Lucrecia, tuvo la vil intención de deshonrarla. Y con el pensamiento de esta travesura juvenil regresó al campamento.

[1.58] Pocos días después Sexto Tarquinio fue, sin saberlo Colatino, con un compañero a Colacia. Fue recibido amablemente en el hogar, sin ninguna sospecha, y después de la cena fue conducido a un dormitorio separado para huéspedes. Cuando todo le pareció seguro y todo el mundo dormía, fue con la agitación de su pasión armado con una espada donde dormía Lucrecia, y poniendo la mano izquierda sobre su pecho, le dijo: "¡Silencio, Lucrecia! Soy Sexto Tarquinio y tengo una espada en mi mano, si dices una palabra, morirás". La mujer, despertada con miedo, vio que no había ayuda cercana y que la muerte instantánea la amenazaba; Tarquino comenzó a confesar su pasión, rogó, amenazó y empleó todos los argumentos que pueden influir en un corazón femenino. Cuando vio que ella era inflexible y no cedía ni siquiera por miedo a morir, la amenazó con su desgracia, declarando que pondría el cuerpo muerto de un esclavo junto a su cadáver y diría que la había hallado en sórdido adulterio. Con esta terrible amenaza, su lujuria triunfó sobre la castidad inflexible de Lucrecia y Tarquino salió exultante tras haber atacado con éxito su honor. Lucrecia, abrumada por la pena y el espantoso ultraje, envió un mensajero a su padre en Roma y a su marido en Ardea, pidiéndoles que acudieran a ella, cada uno acompañado por un amigo fiel; era necesario actuar, y actuar con prontitud , pues algo horrible había sucedido. Espurio Lucrecio llegó con Publio Valerio, el hijo de Voleso; Colatino, con Lucio Junio Bruto, a quien encontró regresando a Roma cuando estaba con el mensajero de su esposa. Encontraron a Lucrecia, sentada en su habitación y postrada por el dolor. Al entrar ellos, estalló en lágrimas, y al preguntarle su marido si todo estaba bien, respondió: "¡No! ¿Qué puede estar bien para una mujer cuando se ha perdido su honor? Las huellas de un extraño, Colatino, están en tu cama. Pero es sólo el cuerpo lo que ha sido violado, el alma es puro; la muerte será testigo de ello. Pero dame tu solemne palabra de que el adúltero no quedará impune. Fue Sexto Tarquino quien, viniendo como enemigo en vez de como invitado, me violó la noche pasada con una violencia brutal y un placer fatal para mí y, si sois hombres, fatal para él". Todos ellos, sucesivamente, dieron su palabra y trataron de consolar el triste ánimo de la mujer, cambiando la culpa de la víctima al ultraje del autor e insistiéndole en que es la mente la que peca, no el cuerpo, y que donde no ha habido consentimiento no hay culpa. "Es por ti", dijo ella, "el ver que él consigue su deseo, aunque a mí me absuelva del pecado, no me librará de la pena; ninguna mujer sin castidad alegará el ejemplo de Lucrecia". Ella tenía un cuchillo escondido en su vestido, lo hundió en su corazón, y cayó muerta en el suelo. Su padre y su marido se lamentaron de la muerte.

[1,59] Mientras estaban encogidos en el dolor, Bruto sacó el cuchillo de la herida de Lucrecia, y sujetándolo goteando sangre frente a él, dijo: "Por esta sangre (la más pura antes del indignante ultraje hecho por el hijo del rey) yo juro, y a vosotros, oh dioses, pongo por testigos de que expulsaré a Lucio Tarquinio el Soberbio, junto con su maldita esposa y toda su prole, con fuego y espada y por todos los medios a mi alcance, y no sufriré que ellos o cualquier otro vuelvan a reinar en Roma." Luego le entregó el cuchillo a Colatino y luego a Lucrecio y Valerio, que quedaron sorprendidos de su comportamiento, preguntándose dónde había adquirido Bruto ese nuevo carácter. Juraron como se les pidió; todo su dolor cambiado en ira, y siguieron el ejemplo de Bruto, quien les convocó a abolir inmediatamente la monarquía. Llevaron el cuerpo de Lucrecia de su casa hasta el Foro, donde a causa de lo inaudito de la atrocidad del crimen, reunieron una multitud. Cada uno tenía su propia queja sobre la maldad y la violencia de la casa real. Aunque todos fueron movidos por la profunda angustia del padre, Bruto les ordenó detener sus lágrimas y ociosos lamentos, y les instó a actuar como hombres y romanos, y tomar las armas contra sus insolentes enemigos. Esto animó a los hombres más jóvenes se presentaron armados, como voluntarios, el resto siguió su ejemplo. Una parte de este cuerpo fue dejado para guardar Colacia, y los guardias estaban apostados en las puertas para evitar que las noticias del movimiento alcanzaran al rey; el resto marchó armado a Roma con Bruto al mando. A su llegada, la visión de tantos hombres armados esparció el pánico y la confusión donde quiera que llegasen, pero al ver de nuevo el pueblo que los más importantes hombres del Estado guiaban la revuelta, se dieron cuenta de que el mo era de la mayor gravaedad. El terrible suceso [la violación y suicidio de Lucrecia.-N. del T.] no produjo menos indignación en Roma de la que había producido en Colacia; de todos los barrios de la Ciudad acudían gentes hacia el Foro. Cuando se hubieron reunido allí, el heraldo los convocó a atender al Tribuno de los Celeres [jefe de caballería..., ¿Cómo podían haber designado los romanos a un imbécil para que dirigiese su caballería en combate? -N. del T.]; que era la magistratura que Bruto detentaba por entonces. Hizo un discurso muy distinto del esperado al que, hasta ese día, se suponía a su carácter y temperamento. Insistió en la brutalidad y el desenfreno de Sexto Tarquinio, el infame atentado contra Lucrecia y su muerte lamentable, la pérdida sufrida por su padre, Tricipitino, a quien el motivo de la muerte de su hija era más vergonzoso y doloroso que la muerte por sí misma. Luego hizo hincapié en la tiranía del rey, los trabajos y sufrimientos de los plebeyos mantenenidos bajo tierra y limpiando zanjas y alcantarillas; ¡romanos, conquistadores de todas las naciones circundantes, vueltos de guerreros en artesanos y albañiles! Les recordó el asesinato vergonzoso de Servio Tulio y su hija conduciendo en su maldito carro sobre el cuerpo de su padre, y solemnemente invocó a los dioses como los vengadores de los padres asesinados. Al enumerar estos y, creo, otros incidentes aún más atroces que su agudo sentido de la injusticia actual le sugerían, pero que no es fácil explicar con detalle, incitó a la multitud indignada a despojar al rey de su soberanía y pronunciar un pena de expulsión contra Tarquinio con su esposa e hijos. Con un cuerpo selecto de los iuniores, que se ofreció a seguirlo, se fue al campamento de Ardea para incitar el ejército contra el rey, dejando el mando en la Ciudad a Lucrecio, que había sido prefecto de la Ciudad bajo el rey. Durante la conmoción Tulia huyó del palacio en medio de las maldiciones de todos los que la reconocían, hombres y mujeres por igual invocando contra ella el espíritu vengador de su padre.

509 a.C.

[1,60] Cuando la noticia de estos sucesos llegó al campamento, el rey, alarmado por el giro que tomaban los acontecimienots, se apresuró a volver Roma para sofocar el brote. Bruto, que estaba en el mismo camino, se había enterado de su aproximación y para evitar encontrarse con él tomó otro camino, de modo que él llegó a Ardea y Tarquinio a Roma casi al mismo tiempo, aunque de diferentes maneras. Tarquinio encontró las puertas cerradas y dictado un decreto de expulsión contra él; el Libertador de la Ciudad recibió una alegre bienvenida en el campamento y expulsaron de él a los hijos del rey. Dos de ellos siguieron a su padre en el exilio, en Caere, entre los etruscos. Sexto Tarquinio marchó a Gabii, que consideraba su reino, pero fue asesinado en venganza por las viejas rencillas que habían provocado su rapiña y asesinatos. Lucio Tarquinio el Soberbio reinó veinte y cinco años. La duración total de la monarquía desde la fundación de la Ciudad hasta su liberación fue de doscientos cuarenta y cuatro años. Fueron elegidos dos cónsules por la asamblea de las centurias, convocada por el prefecto de la Ciudad, de acuerdo con las normas de Servio Tulio. Eran Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino.

Fin del Libro 1.

Libro 2: Los primeros años de la República

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[2,1] Es de la Roma libre de la que de ahora en adelante voy a escribir la historia (su administración pública y el desarrollo de sus guerras, de sus magistrados elegidos anualmente, de la supremacía de la autoridad de sus leyes sobre todos sus ciudadanos. La tiranía del último rey hizo esta libertad aún más bienvenida, pues tal había sido el gobierno de los reyes anteriores que no sin merecimientos pueden ser considerados como los fundadores de las divisiones, en todo caso, de la Ciudad; pues las ampliaciones que se hicieron fueron necesarias para asentar la incrementada población que ellos mismos habían aumentado. No hay duda de que el Bruto que ganó tanta gloria a través de la expulsión del Soberbio hubiese causado la más grave lesión al Estado si se hubiese arrogado la soberanía de cualquier de los antiguos reyes con la excusa del deseo de una libertad para la que el pueblo no estaba maduro. ¿Cuál hubiera sido el resultado si esa horda de pastores e inmigrantes, fugitivos de sus propias ciudades, que habían conseguido la libertad, o la impunidad de sus acciones, al amparo de un asilo inviolable si, digo, hubieran sido liberados del poder restrictivo de los reyes y, agitados por los disturbios del tribuno, hubieran empezado a fomentar querellas con los patricios en una Ciudad donde antes habían sido extranjeros, antes de que pasado el tiempo suficiente para crear lazos familiares o un creciente amor por su territorio se hubiera efectuado la unión de sus corazones? El Estado naciente habría sido despedazado por las disensiones internas. Pero fue, sin embargo, la autoridad moderada y tranquilizante de los reyes la que había fomentado el modo en que por fin llegaron los frutos de la libertad justo en la madurez de su fuerza. Pero el origen de la libertad se puede determinar en este momento más bien por la limitación de la autoridad consular a un año que por el debilitamiento de la autoridad que los reyes habían detentado. Los primeros cónsules conservaron toda la antigua jurisdicción e insignias de la magistratura; uno por turno, sin embargo, tuvo las fasces [o haz de lictores: unión de 30 varas ,una por cada curia de la antigua Roma, atadas de manera ritual con una cinta de cuero rojo formando un cilindro y que sujetaba en un lado un hacha común o labrys. Acompañaban a los magistrados curules como símbolo de la autoridad de su imperium y su capacidad para ejercer la justicia.-N. del T.], para evitar el temor que podría haber inspirado la doble visión de ambos con tales símbolos de terror. Por concesión de su colega, Bruto las tenido primero, y no fue menos celoso en la guarda de la libertad pública de lo que lo había sido en su consecución. Su primer acto fue garantizar que el pueblo, que ahora estaban celoso de su recién recuperada libertad, no fuese influido por ruegos o sobornos del rey. Por lo tanto, les hizo jurar que no sufrirían que ningún hombre reinase en Roma. El Senado había disminuído por la crueldad asesina de Tarquinio, y la preocupación siguiente de Bruto fue la de fortalecer su influencia mediante la selección de algunos de los principales hombres del orden ecuestre para llenar las vacantes; por este medio lo restauró a su antiguo número de trescientos. Los nuevos miembros fueron conocidos como "conscripti" [agregados.-N. del T.], los antiguos conservaron su denominación de "patres". Esta medida tuvo un efecto maravilloso en la promoción de la armonía en el Estado al llevar a los patricios y los plebeyos juntos al Senado.

[2,2] Después volvió su atención a los asuntos de la religión. Determinadas funciones públicas habían sido ejecutadas hasta entonces por los reyes en persona; con objeto de sustituirlos, instituyó en su lugar un "rex sacrorum" [rey de los sacrificios.-N. del T.], y para que no pudiera convertirse en rey en nada más que el nombre, y que no amenazase esa libertad que era su principal preocupación, su magistratura estaba subordinada a la del Pontífice Máximo. Creo que llegaron a medidas poco razonables para garantizar su libertad en todos los aspectos, hasta en los más nimios. El segundo cónsul (L. Tarquinio Colatino) llevaba un nombre impopular (este era su único delito) y los ciudadanos decían que los Tarquinios ya habían estado demasiado tiempo en el poder. Empezaron con Prisco; luego reinó Servio Tulio y después Tarquinio el Soberbio, que incluso después de esta interrupción no había perdido de vista el trono que antes ocupase, recuperado mediante el crimen y la violencia como posesión hereditaria de su linaje. Y ahora que había sido expulsado, su poder estaba siendo ejercido por Colatino; los Tarquinios no sabían cómo vivir como ciudadanos privados, su sólo nombre era ya un peligro para la libertad. Cuáles fueran los primeros rumores en convertirse en la comidilla de la ciudad, como la gente se estaba volviendo suspicaz y se alarmase, Bruto convocó una asamblea. En primer lugar repasó el juramento del pueblo, de que no sufrirían que ningún hombre reinase o viviese en Roma por quien las libertades públicas fueran puestas en peligro. Esto se debía procurar con el máximo cuidado, sin parar en medios para ello. El respeto personal le hacía reacio a hablar, y no lo habría hecho de no sentirse obligado por su afecto a la Comunidad. El pueblo romano consideraba que su libertad no estaba aún plenamente ganada; la estirpe real, el nombre real, todavía estaba allí, no sólo entre los ciudadanos, sino en el gobierno; en tal hecho se apreciaba una injuria, un obstáculo a la plena libertad. Volviéndose a su colega, dijo: "Estos temores son por tí, L. Tarquinio, para que vayas al destierro por tu propia voluntad. No hemos olvidado, te lo aseguro, que expulsaste a la gens del rey; termina bien tu obra y expulsa su mismo nombre. Tus conciudadanos, bajo mi responsabilidad, no sólo no pondrán la mano sobre tus propiedades sino que si necesitas cualquier cosa se te añadirá con generosidad abundante. Ve, como amigo nuestro, y alivia a la Comunidad de un miedo, quizá, sin fundamento: los ciudadanos están convencidos de que sólo con la marcha de toda la gens, la tiranía de los Tarquinios terminará." Al principio el cónsul se quedó mudo de asombro ante esta extraordinaria petición; después, cuando quiso empezar a hablar, los hombres principales de la comunidad le rodearon y le rogaban repetidamente lo mismo, aunque con poco éxito. No fue hasta que Espurio Lucrecio, su superior en edad y grado, y también su suegro, comenzó a emplear todos los medios de súplica y persuasión, que se rindió a la voluntad unánime. El cónsul, temiendo que después que hubiese expirado su año de mandato y regresase a la vida privada, le exigiesen lo mismo junto con la pérdida de sus propiedades y la ignominia de la expulsión, abdicó del consulado, y después de trasladar todas sus cosas a Lanuvio, se retiró. Un decreto del Senado facultó a Bruto para proponer al pueblo el exilio de todos los miembros de la casa de Tarquinio. Llevó a cabo la elección de un nuevo cónsul, y las centurias eligieron como su colega a Publio Valerio, que había actuado con él en la expulsión de la gens real.

[2,3] Aunque nadie dudaba de que la guerra con los Tarquinios era inminente, no llegó tan pronto como todos esperaban. Lo que no se esperaba, sin embargo, era que mediante la intriga y la traición estuviese todo a punto de perderse. Había en Roma algunos hombres jóvenes de alta cuna que durante el último reina habían hecho cuanto querían y, habiendo sido compañeros de juergas de los jóvenes Tarquinios, estaban acostumbrados a llevar una vida principesca. Ahora que todos eran iguales ante la ley, perdieron su antigua licencia y se quejaban de que la libertad que otros disfrutaba les había esclavizado; pues mientras que hubo un rey, hubo una persona de la que podían conseguir lo que querían, lícito o no, había lugar para la influencia personal y la amabilidad, podía mostrar severidad o indulgencia, podía discriminar entre sus amigos y sus enemigos. Pero la ley era una cosa, sorda e inexorable, más favorable a los débiles que a los poderosos, sin ninguna indulgencia o perdón para los transgresores; era peligroso confiar al error humano la pervivencia de la inocencia. Habiendo llegado ellos mismos a tal estado de descontento, llegaron legados de la gens real con una demanda para la devolución de sus bienes sin ninguna alusión a su posible retorno. Se les concedió una audiencia por el Senado, y el asunto se discutió durante algunos días; se expresaron temores de que la no devolución sería tomada como un pretexto para la guerra, mientras que si los devolvían les proporcionarían los medios para hacerla. Los legados, mientras tanto, se dedicaron a otro asunto: mientras que aparentaban ostensiblemente estar buscando sólo la devolución de los bienes, se dedicaban en secreto a intrigar para recuperar la corona. Mientras tanteaban a los nobles jóvenes en favor de su objetivo aparente, les sondearon sobre sus otros propósitos y, encontrándoles con disposición favorable, les entregaron cartas que les dirigían los Tarquinios y discutieron planes para introducirlos, secretamente por la noche, en la Ciudad.

[2,4] El proyecto fue confiado, al principio, a los hermanos Vitelios y Aquilios. La hermana de los Vitelios estaba casada con el cónsul Bruto, y tuvo hijos de este matrimonio: Tito y Tiberio. Sus tíos les introdujeron en la conspiración; había otros más, cuyos nombres se han perdido. Mientras tanto, la opinión de que las propiedades debían ser devueltas resultó aprobada por la mayoría del Senado, lo que permitió a los legados prolongar su estancia, pues los cónsules les pidieron tiempo para proporcionar vehículos con los que transportar las mercancías. Se emplearon su tiempo en consultas con los conspiradores e insistían en obtener una carta que entregarían a los Tarquinios, pues sin esa garantía, argumentaban, ¿cómo podían estar seguros de que sus legados no habían traído promesas vacías en cuestión de importancia tan grande? En consecuencia, se les entregó una carta como prenda de buena fe, y esto era lo que condujo al descubrimiento de la trama. El día anterior a la salida de los legados, sucedió que fueron a cenar a casa de los Vitelios. Después de todos los que no estaban en el secreto se hubieron marchado, los conspiradores discutieron muchos detalles respeto a su prevista traición a la patria, que fueron escuchados por uno de los esclavos que había sospechado que algo se tramaba, pero que estaba esperando el momento en que la carta fuese entregada, ya que su captura sería una prueba completa del complot. Después que hubo sido entregada, reveló el asunto a los cónsules. De inmediato procedieron a detener a los legados y a los conspiradores, y abortaron la conjura sin suscitar alarma alguna. Su primer ciudado fue asegurar la carta antes de que fuese destruida. Los traidores fueron inmediatamente enviados a prisión, había algunas dudas sobre el trato que dar a los legados, y a pesar de que evidentemente habían sido culpables de un acto hostil, se les concedió el derecho de gentes.

[2,5] La cuestión de la devolución de los bienes volvió a ser tratada por el Senado, que cediendo a sus sentimientos de ira prohibió su devolución y prohibió que se llevaran al Tesoro; se entregó como botín a la plebe, para que su participación en el expolio destruyese para siempre toda perspectiva de relaciones pacíficas con los Tarquinos. La tierra de los Tarquinios, que se extendía entre la ciudad y el Tíber, fue en lo sucesivo consagrada a Marte y conocida como el Campo de Marte. Ocurrió, según se dice, que había un cultivo de farro [gramínea parecida al trigo. Del latín fars vine el castellano harina.-N. del T.] que estaba maduro para la cosecha y, como habría sido un sacrilegio consumir lo que había crecido en el campo, se envió una gran cantidad de hombres a segarlo. Lo llevaron todo, incluída la paja, en cestas hasta el Tíber y lo tiraron al río. Era a la altura del verano y la corriente venía baja, por consiguiente el farro quedó atrapado en las aguas poco profundas y montones quedaron cubiertos de barro; gradualmente, a medida que los desechos que el río arrastraba se amontonaban allí, se formó una isla. Creo que se aumentó posteriormente y se reforzó para que la superficie tuviese la suficiente altura sobre las aguas y la suficiente firmeza como para sostener templos y columnatas. Después que se dispuso de las propiedades reales, se condenó y ejecutó a los traidores. Su castigo produjo una gran sensación, debido al hecho de que la magistratura consular impuso a un padre el deber de castigar a sus propios hijos; y quien no deberia habelo contemplado estaba destinado a ser el vigilase que fuera efectivamente cumplido. Los jóvenes pertenecientes a las más nobles gens estaban de pie, atados al poste, pero todas las miradas se dirigieron a los hijos del cónsul, a los demás no les prestaban. Los hombres no lloraban tanto por el castigo como por el delito en que habían incurrido: que hubiesen concebido la idea, aquel año sobre todos, de traicionar por alguien que había sido un tirano cruel y ahora un exiliado y un enemigo, a una patria recién liberada, a su padre, que la había liberado, al consulado que se había originado en la casa Junia, al Senado, a la plebe, a todo lo que Roma tenía de humano o divino. Los cónsules tomaron asiento, se ordenó a los lictores que ejecutasen la pena, azotando sus espaldas desnudas con varas y luego decapitándolos. Durante todo el tiempo, el rostro del padre traicionó a sus sentimientos, pero la severa resolución del padre fue todavía más evidente a medida que supervisó la ejecución pública. Después que el culpable pagase su pena, un ejemplo notable de diferente naturaleza actuó como disuasión para la delincuencia, al informante se le entregó una suma de dinero del Tesoro Público, se le dio la libertad y los derechos de ciudadanía. Se dice que fue el primero en ser liberado por "vindicta". Algunos suponen que esta designación se derivó de su nombre, Vindicius. Después de él, fue norma que a aquellos que fuesen liberados de esta manera se les admitiese en la ciudadanía.

[2,6] Un informe detallado de estos hechos llegó a Tarquinio. No sólo estaba furioso por el fracaso de los planes de los que había esperado tanto, sino que estaba lleno de ira al encontrar bloqueado el camino de sus intrigas secretas; por consiguiente, determinó ir a la guerra abierta. Visitó las ciudades de Etruria y solicitó ayuda; en particular, imploró a los pueblos de Veyes y Tarquinia que no permitieran que ante sus ojos muriese uno de su propia sangre, y que de ser un poderoso monarca quedase ahora, junto a sus hijos, sin hogar y derrocado. Otros, dijo, habían sido invitados desde el extranjero para reinar en Roma; él, el rey, mientras extendía el gobierno de Roma mediante guerra victoriosa, había sido expulsado por la más infame conspiración de sus parientes más cercanos. No tenían una sola persona entre ellos a quien considerasen digno de reinar, así que se habían repartido la autoridad real entre ellos y habían dado sus propiedades como botín al pueblo, para que todos estuviesen involucrados en el crimen. Quería recuperar su patria y su trono, y castigar a sus súbditos ingratos. Los veyentinos debían ayudarlo y proveerlo de suministros, debían mirar por vengar sus propios agravios: sus legiones a menudo despedazadas o los territorios que les tomaron. Esta llamada decidió a los veyentinos; todos y cada uno gritaban reclamando que se borrarían sus humillaciones y se recuperarían sus pérdidas ahora que tenían un romano para para guiarlos. El pueblo de Tarquinia se movilizó por el nombre y la nacionalidad del exiliado, pues se sentían orgullosos de que un compatriota fuese rey de Roma. Así que dos ejércitos de estas ciudades se unieron a Tarquinio para recuperar la corona y castigar a los romanos. Cuando hubieron entrado en territorio romano, los cónsules avanzaron contra ellos; Valerio con la infantería en cuatro formaciones, Bruto efectuando reconocimientos por delante con la caballería. Del mismo modo, la caballería del enemigo se encontraba por delante del cuerpo principal del ejército con Aruncio Tarquinio, hijo del rey, al mando de aquélla; el propio rey le seguía con sus legiones. Aunque todavía había distancia entre ellos, Aruncio distinguió al cónsul por su escolta de lictores; conforme se aproximaban, pudo distinguir claramente a Bruto por sus facciones, y en un arrebato de ira exclamó: "¡Ese es el hombre que nos expulsó de nuestro país; miradle avanzar, llevando con orgullo nuestra insignia! ¡Dioses, vengadores de reyes, ayudadme! " Con estas palabras, clavó espuelas en su caballo y se dirigió directamente hacia el cónsul. Bruto vio que que venía hacia él. Era asunto de honor en esos días que los líderes entablaran combate singular, así que aceptó el reto con entusiasmo y se cargaron con tal furia, sin pensar ninguno en protegerse como si sólo ellos pudiesen herir a su enemigo, que ambos chocaron sus lanzas al mismo tiempo contra el escudo contrario, y cayeron mortalmente heridos de sus capallos, con las lanzas ensartándoles. El resto de las caballerías se enfrentaron a continuación y no mucho después llegaron las infanterías. La batalla se combatió con distinta fortuna, ambos ejércitos estaban igualados; el ala derecha de cada uno salió victoriosa, el ala izquierda de cada uno fue derrotada. Los veyentinos, acostumbrados a la derrota de manos romanas, huyeron dispersándose, pero los tarquinios, un enemigo nuevo, no sólo mantuvo su posición, sino que obligó a los romanos a ceder terreno.

[2,7] Después que la batalla se desarrollase así, un inmenso pánico, tan grande, se apoderó de los tarquinios y los etruscos que ambos ejércitos de veyentinos y tarquinios, al llegar la noche, desesperaron de vencer, abandonaron el campo de batalla y volvieron a sus casas. Además de para una batalla, hubo lugar para el milagro. En el silencio de la noche siguiente a la batalla, se dice que fue oída una poderosa voz que venía del bosque de Arsia, creyeron que era la voz de Silvano [dios de los bosques, campos y granjeros.-N. del T.], que habló así: "Los caídos de los Tuscos [otro apelativo romano para etruscos.-N. del T.] son uno más que los de su enemigo; los romanos han ganado la batalla". En todo caso, los romanos abandonaron el campo de batalla como vencedores; los etruscos también se consideraban victoriosos, pues cuando llegó la luz del día no apareció un solo enemigo a la vista. P. Valerio, el cónsul, recogió el botín y regresó en triunfo a Roma. Celebró los funerales por su colega con toda la pompa posible en esos días; pero mucho mayor honor fue el hecho al muerto por el luto general, que resultó especialmente notable por el hecho de que las matronas llevasen luto por él durante todo un año, porque había sido designado como vengador de la castidad violada. Después de esto el cónsul sobreviviente, que había gozado del favor de la multitud, se vio (tal es la inconstancia de la plebe) no sólo impopular, sino objeto de sospecha, y una de carácter muy grave. Se rumoreaba que aspiraba a la monarquía, porque no había celebrado elecciones para sustituir a Bruto, y que se estaba construyendo una casa en la parte superior de la Velia, una fortaleza inexpugnable en esa posición alta y fuerte. El cónsul se sintió ofendido al ver que tales rumores eran tan extensamente creídos y convocó al pueblo a una asamblea. Al llegar él, las fasces se abatieron, para gran alegría de la multitud, que comprendió que era ante ellos que se abatían como confesión abierta de que la dignidad y poder del pueblo eran mayores que las del cónsul. Entonces, después de obtener el silencio, empezó a elogiar la buena fortuna de su colega que había encontrado la muerte, como libertador de su país, y que poseía el más alto honor que puede obtenerse: morir luchando por la república y que su gloria permaneciera intacta frente a los celos y la desconfianza. En cambio él mismo no sobrevivía a su gloria y había caído en días de sospecha y oprobio; de ser un libertador de su patria se había hundido hasta el nivel de los Aquilios y Vitelios. "¿Nunca habéis considerado", les gritó, "tan seguros los méritos de un hombre que fuera imposible mancharlo con sospechas? ¿Teméis que yo, el más decidido enemigo de los reyes, quiera a mi vez reinar? Incluso si yo morase en la Ciudadela del Capitolio, ¿creería posible que fuese temido por mis conciudadanos? ¿Me ha sido tal reputación colgada de hilos tan débiles? ¿Reposa vuestra confianza sobre tan débiles cimientos que os importa más dónde estoy que quién soy? La casa de Publio Valerio no será freno a vuestra libertad, Quirites. Vuestra Velia no será edificada. No sólo edificaré mi casa a nivel del suelo, sino que se moverá a la parte inferior de la colina que podáis vivir por encima de los ciudadanos de quienes sospecháis. Que los moradores de la Velia sean estimados como más amigos de la Libertad de Publio Valerio." Todos los materiales de construcción fueron llevados inmediatamente abajo de la Velia y su casa se construyó en la parte más inferior de la colina, donde ahora se levanta el templo de Vica Pota [diosa romana de la victoria y la conquista.- N. del T.].

[2,8] Se aprobaron leyes que no sólo apartaron toda sospecha del cónsul, sino que produjeron la reacción de ganarse el afecto de la gente, de ahí su sobrenombre de Publícola [amigo del pueblo.-N. del T.]. Las más populares de tales leyes fueron las que concedían el derecho de apelar al pueblo contra la sentencia de un magistrado y la que permitía consagrar a los dioses la persona y los bienes de cualquiera que albergase proyectos de convertirse en rey. Valerio obtuvo la aprobación de estas leyes mientras que todavía era cónsul en solitario, para que el pueblo sólo se sintiese agradecido a él; después convocó las elecciones para la designación de un colega. El cónsul elegido fue Espurio Lucrecio. Pero éste no tenía, debido a su avanzada edad, la fuerza suficiente para desempeñar las funciones de su cargo y a los pocos días murió. Fue elegido en su lugar Marco Horacio Pulvilo. No he encontrado mención, en algunos autores antiguos, a Lucrecio, apareciendo Horacio nombrado inmediatamente después de Bruto; como no pudo hacer nada digno de mención durante su magistratura, supongo, se perdió su memoria. Aún no se había consagrado el templo de Júpiter en el Capitolio, y los cónsules echaron a suerte quién lo dedicaría. La suerte cayó en Horacio. Publícola partió para la guerra contra los veyentinos. Sus amigos se mostraron molestos porque la dedicación de tan ínclito templo correspondiese a Horacio, y trataron por todos los medios de impedirlo. Cuando todo lo demás falló, trataron de alarmar el cónsul, mientras él sujetaba la jamba de la puerta durante la oración dedicatoria, con el mensaje perverso de que su hijo había muerto y que no podía consagrar el templo al ser su gens funesta. No se decide la tradición a decidir si él no creyó a los mensajeros o si su conducta simplemente mostró un extraordinario autocontrol, y los registros no ponen fácil la decisión. Sólo permitió que el mensaje le interrumpiese lo justo para ordenar que el cuerpo fuese incinerado; luego, con su mano aún en el marco de la puerta, terminó la oración y consagró el templo. Estos fueron los principales hechos que tuvieron lugar en casa y en la milicia durante el primer año tras la expulsión de los reyes. Los cónsules electos para el siguiente año -508 a.C.-fueron Publio Valerio, por segunda vez, y Tito Lucrecio.

[2,9] Los Tarquinios se habían refugiado con Lars Porsena, rey de Clusium, a quien trató de influir con ruegos mezclados de advertencias. En cierta ocasión le suplicaron que no permitiera que hombres de raza etrusca, de su misma sangre, sufrieran tan penoso exilio; en otra le advertían que no dejase sin castigo la nueva moda de expulsar a los reyes. La libertad, le decían, poseía suficiente fascinación por sí misma; a menos que los reyes defendieran su autoridad con tanta energía como la que mostraban sus súbditos para alcanzar la libertad, todas las cosas se igualarían, no habría ninguna cosa preeminente o o superior a las otras en el estado; sería pronto el fin del poder real, que es la más bella cosa tanto entre los dioses como entre los hombres. Porsena consideró que la presencia de un etrusco en el trono romano sería un honor para su nación; en consecuencia, avanzó con un ejército contra Roma. Nunca antes había estado el Senado en tal estado de alarma, tan grande en ese momento era el poder de Clusium y la reputación de Porsena. Temían no sólo al enemigo, sino incluso a sus propios conciudadanos, que la plebe, vencida por sus temores, admitiera a los Tarquinios en la ciudad y aceptasen la paz aunque significase la esclavitud. Muchas concesiones fueron hechas en ese momento a la plebe por el Senado. Su primer cuidado fue establecer la provisión de grano [annonae, en el original latino.- N. del T.], y se enviaron comisionados entre los volscos y los de Cumas para adquirirlo. La venta de la sal, hasta entonces en manos de particulares que habían subido mucho los precios, fue totalmente transferida al Estado. La plebe quedó exenta del pago del portazgo y de las tasas de guerra, que caerían sobre los ricos, que podrían asumir la carga; los pobres ya pagaban lo suficiente al Estado criando a sus hijos. Esta acción generosa del Senado mantuvo tan absolutamente la armonía de la república durante el sitio que se produjo y el hambre posterior, que el aborrecimiento del nombre de rey no fue menor entre los Patres que entre el pueblo; y ningún demagogo tuvo luego tanto éxito en hacerse popular con malas artes como lo logró entonces el Senado con su generosa legislación.

[2.10] Al presentarse el enemigo, los campesinos huyeron a la Ciudad lo mejor que pudieron. Los puntos débiles en las defensas fueron ocupados por guarniciones militares; en las otras partes, las muralles y el Tíber se consideraron suficiente protección. El enemigo habría forzado el paso por el puente Sublicio de no haber sido por un hombre, Horacio Cocles. La buena fortuna de Roma le convirtió, ese día memorable, en su baluarte. Sucedió que estaba de guardia en el puente cuando vió que el Janículo era tomado por un asalto repentino y el enemigo descendía desde allí hacia el río mientras que sus propios hombres, presas del pánico, abandonaban sus puestos y arrojaban sus armas. Les reprochó, uno tras otro, por su cobardía; trató de detenerlos, les pidió en nombre del cielo que mantuviesen la posición, les dijo que era en vano buscar la seguridad en la huida mientras dejaban el puente abierto tras ellos; por él llegaría antes la mayor parte del enemigo al Palatino y el Capitolio de lo que habían tardado por el Janículo. Así que les incitó, gritando, a derribar el puente por la espada o el fuego, o por cualquier medio que pudieran, y él se enfrentaría al ataque enemigo tanto tiempo como pudiera mantenerlo a raya. Se acercó a la cabeza del puente. Entre los fugitivos, cuyas espaldas sólo eran visibles para el enemigo, él llamaba la atención al enfrentárseles armado y dispuesto a la lucha cuerpo a cuerpo. El enemigo se admiraba de su valor sobrenatural. Dos hombres se guardaron, por sentido de la vergüenza, de abandonarle: Spurio Lucrecio y Tito Herminio, ambos hombres de alta cuna y reconocido valor. Con ellos sostuvo el primer choque tempestuoso, salvaje y confuso, durante un breve intervalo. Entonces, mientras que sólo se mantenía en pie una pequeña porción del puente, los que lo cortaban les urgían a que se retirasen y él dijo a sus compañeros que se marchasen. Mirando a su alrededor con ojos turbios de amenaza a los jefes etruscos, les retó a un combate singular, y reprochó a todos ellos ser los esclavos de reyes tiranos, y que sin preocuparse de su propia libertad viniesen a atacar la de otros. Durante algún tiempo dudaron, cada uno mirando a los demás para decidirse a empezar. Al final la vergüenza les llevó al combate y elevando un grito lanzaron sus javalinas a la vez sobre su único enemigo. Las detuvo con su escudo rectangular, y con resolución inquebrantable mantuvo su lugar en el puente con los pies firmemente plantados. Estaban tratando de desalojarlo mediante una sóla carga cuando el fragor del puente al romperse y el grito de los romanos al ver cómo conseguían su propósito suspendió el ataque y les llenó de un pánico repentino. Entonces Cocles dijo, "Padre Tíber, te ruego recibas en tu corriente propicia estas armas y este guerrero tuyo". Así, completamente armado, se arrojó al Tíber y aunque muchos proyectiles cayeron sobre él, pudo cruzar nadando a la seguridad de los suyos: un acto de audacia más famoso que creído por la posteridad. El Estado mostró su agradecimiento por esa valentía; su estatua se colocó donde se reunían los Comicios y se le otorgó tanta tierra como pudiese arar en círculo en un día. Además de este honor público, los ciudadanos individualmente mostraron su aprecio; pues a pesar de la gran escasez, cada uno en proporción a sus medios sacrificó lo que pudo de sus propios bienes como regalo a Cocles.

[2.11] Rechazado en su primer intento, Porsena cambió sus planes del asalto al asedio. Después de colocar un destacamento para custodiar el Janículo, asentó su campamento en el valle entre esa colina y el Tíber, y mandó buscar naves por todas partes, en parte para interceptar cualquier intento de introducir grano en Roma y en parte para llevar sus tropas a diferentes puntos en busca de botín, si se les presentaba oportunidad. En poco tiempo hizo tan inseguro el territorio alrededor de Roma que no solo se abandonaron los cultivos, sino que incluso todo el ganado se llevó dentro de la Ciudad y nadie se aventuraba a salir más allá de las puertas. La impunidad con la que los etruscos cometían sus robos se debía a una estrategia por parte de los romanos, más que al miedo. Pues el cónsul Valerio, decidido a obtener una oportunidad para atacarles cuando estuviesen dispersos en gran cantidad por los campos, permitió que saliera ganado a forrajear mientras él se reservaba para un ataque mayor. Así que para atraer a los saqueadores, dio órdenes a un cuerpo considerable de sus hombres para conducir el ganado fuera de la puerta del Esquilino, que era la más alejada del enemigo, esperando que se enterarían de la salida a través de los esclavos que desertasen debido a la escasez producida por el bloqueo. La información fue debidamente transmitida y, en consecuencia, cruzaron el río en número mayor de lo habitual, con la esperanza de hacerse con todo el ganado. Publio Valerio ordenó a Tito Herminio que con un pequeño cuerpo de tropas se ocultase en cierta posición, a una distancia de dos millas [2960 metros.-N. del T.] en la Via Gabina; mientras, Spurio Larcio, con algunas tropas ligeras de infantería, se situaba en la puerta Colina hasta que el enemigo les sobrepasó y después interceptaron su retirada hacia el río. El otro cónsul, Tito Lucrecio, con unos cuantos manípulos hizo una salida por la puerta Nevia; Valerio mismo llevó algunos cohortes escogidas desde la colina Caelia, y éstas fueron las primeras en atraer la atención del enemigo. Cuando Herminio advirtió que había empezado el combate, salió de su emboscada y atrapó al enemigo, cuya retaguardia se estaba enfrentando con Valerio. Contestando a los gritos que se elevaban a derecha e izquierda, desde las puertas Colina y Nevia, los saqueadores, cercados, en lucha desigual y con todas sus vías de escape bloqueadas, fueron destrozados. Esto puso fin a las salidas de saqueo que efectuaban los etruscos.

[2.12] El bloqueo, sin embargo, continuó y con ello una creciente escasez de grano a precios de hambre. Porsena todavía acariciaba la esperanza de capturar la Ciudad manteniendo el asedio. Había un joven noble, Cayo Mucio, que consideraba una vergüenza que mientras que Roma, en los días de servidumbre bajo los reyes, nunca había sido asediada en ninguna guerra ni por ningún enemigo, debía ahora, en el día de su libertad, ser sitiada por aquellos etruscos cuyos ejércitos a menudo había derrotado. Pensando que esta desgracia debía ser vengada por algún acto de gran audacia, determinó en primera instancia penetrar en el campamento del enemigo, bajo su propia responsabilidad. Pensándolo mejor, sin embargo, temió que si actuaba sin órdenes de los cónsules, o sin saberlo nadie, y le detenían en los puestos de vigilancia romanos, le podrían tomar por un desertor, una acusación que la situación de la Ciudad en aquellos momentos haría creíble. Así que se fue al Senado. "Me gustaría", dijo, "Padres, atravesar el Tíber a nado y, si puedo, entrar en el campamento del enemigo, no como un saqueador sino para castigarles por sus pillajes. Estoy proponiéndoos, con la ayuda del cielo, una gran hazaña." El Senado dio su aprobación. Escondiendo una espada en su túnica, partió. Cuando llegó al campamento se puso en la parte más densa de la multitud, cerca del Tribunal Real.

Sucedió que era el día de la paga de los soldados, y un secretario, sentado junto al rey y vestido casi exactamente como él, estaba muy ocupado con los soldados que llegaban hasta él sin cesar. Temeroso de preguntar cuál de los dos era el rey, porque su ignorancia no le traicionase, Mucio eligó al azar su objetivo y, atacándolo, mató al secretario en lugar de al rey. Trató de forzar la huida blandiendo su puñal manchado de sangre ante la gente consternada, pero los gritos produjeron una gran excitación en el lugar; fue detenido y arrastrado por los guardaespaldas del rey ante el Tribunal Real. Aquí, solo y desamparado, y en el mayor de los peligros, todavía era capaz de inspirar más miedo del que él mismo sentía. "Soy un ciudadano de Roma", dijo, "los hombres me llaman Cayo Mucio. Como enemigo, quería matar a un enemigo, y tengo suficiente valor como para enfrentar la muerte con tal de lograrlo. Es la naturaleza romana actuar con valentía y sufrir con valentía. No soy el único en haber tomado esta resolución en tu contra; detrás de mí hay una larga lista de aspirantes a la misma distinción. Si es tu deseo, prepárate para una lucha en la que habrás de combatir cada hora por tu vida y encontrar un enemigo armado en el umbral de tu tienda. Esta es la clase de guerra que nosotros, los jóvenes romanos, te declaramos. No temerás las formaciones, no temerás la batalla, es sólo cosa entre tú y cada uno de nosotros". El rey, furioso e iracundo, y al mismo tiempo aterrorizado por el peligro desconocido, le amenazó con que si no explicaba inmediatamente la naturaleza de la conjura que tan veladamente le acechaba, le quemaría vivo. "Mira", gritó Mucio, "y aprende cuán ligeramente consideran sus cuerpos aquellos que aspiran a una gran gloria". Entonces metió la mano derecha en el fuego que ardía en el altar. Mientras la mantuvo allí, quemándose, fue como si estuviese desprovisto de toda sensación; el rey, asombrado por su conducta sobrenatural, saltó de su asiento y ordenó que le retirasen del altar. "Vete", dijo, "Has sido peor enemigo de tí mismo que mío. Invocaría la bendición de los dioses a tu valor si se hubiese mostrado en favor de mi patria; como sea, te envio de vuelta y exento de todos los derechos de la guerra, ileso, y a salvo". Entonces Mucio, en reciprocidad, por así decirlo, a este trato generoso, le dijo: "Ya que honras el valor, debes saber que lo que no pudiste obtener con amenazas lo obtendrás con la bondad. Trescientos de nosotros, los más importante entre los jóvenes romanos, han jurado que te atacarían de esta manera. La suerte cayó primero sobre mí; el resto, por el orden de su suerte, vendrá a su turno, hasta que la fortuna nos de una oportunidad favorable."

[2.13]
Despedido Mucio, recibió luego el sobrenombre de Escévola [scaevus: zurdo.-

N.
del T.], por la pérdida de su mano derecha. Le siguieron a Roma legados de Porsena. Librado el rey por poco del primero de muchos atentados, que falló solo por el error de su atacante, y con la perspectiva de tener que enfrentar tantos ataques como conspiradores había, hizo propuestas de paz a Roma. Presentó una propuesta para la restauración de los Tarquinios, más para que se dijera que fueron ellos quienes rechazaron la propuesta que porque tuviese alguna esperanza de que la aceptaran. La demanda de restitución de su territorio a los veyentinos y la entrega de rehenes como condición para la retirada del destacamento del Janículo, fueron consideradas por los romanos como inevitables, y tras ser aceptadas se concluyó la paz; Porsena retiró sus tropas del Janículo y abandonó el territorio romano. Como reconocimiento de su valor el Senado concedió a Cayo Mucio unos terrenos más allá del río, que después fueron conocido como los Prados Mucianos. Tal honra concedida al valor incitó incluso a las mujeres a ejecutar cosas gloriosas para el Estado. El campamento etrusco estaba situado no lejos del río, y la virge Clelia, una de los rehenes, se escapó sin ser vista, a través de los guardias y a la cabeza de sus hermanas rehenes nadó a través del río en medio de una lluvia de jabalinas, devolviéndolas a la seguridad de sus gens. Cuando le llegó aviso de este incidente, el rey se enojó mucho inicialmente y envió a pedir la devolución de Clelia; las demás

no le importaban. Pero después sus sentimientos cambiaron a la admiración; dijo que su proeza superó las de Cocles y Mucio, y anunció que, si bien por un lado debía considerar roto el tratado si no se la devolvían, por otra parte, si se la devolvían, la devolvería incólume con su gente. Ambas partes se comportaron en forma honorable; los romanos la devolvieron como prenda de lealtad a los términos del tratado; el rey etrusco demostró que, con él, no sólo era el valor seguro, sino honrado; y después de elogiar la conducta de la muchacha, dijo que le regalaría la mitad de los rehenes restantes, y que ella elegiría a quién liberar. Se dice que después que todos hubiesen comparecido ante ella, eligió a los niños de más tierna edad; una elección acorde con su modestia virginal, y que fue aprobada por los propios rehenes, ya que consideraban que los que por edad están más expuestos a los malos tratos deben tener preferencia para ser rescatados. Después que la paz fue así restablecida, los romanos recompensaron el valor sin precedentes mostrado por una mujer con un honor sin precedentes, a saber, una estatua ecuestre. En la parte más alta de la Vía Sacra se erigió una estatua que representa a la doncella montada a caballo.

[2.14] Bastante incompatible con esta retirada pacífica de la Ciudad por parte del rey etrusco es la costumbre que, con otras formalidades, se ha transmitido desde la antigüedad hasta nuestra época de "vender los bienes del rey Porsena". Esta costumbre puede que se instaurase durante la guerra y se mantuviese después, o pudo tener un origen menos belicoso del que implicaría la descripción de los productos vendidos como "tomados al enemigo". La tradición más probable es que Porsena, sabiendo que la Ciudad estaba sin alimentos por el largo asedio, hizo a los romanos un regalo desde su campamento en el Janículo, donde tenía las provisiones que se habían cosechado en los fértiles campos vecinos de Etruria. Después, para impedir que el pueblo se aprovechase indiscriminadamente de las provisiones, se vendieron regularmente conforme a la descripción de "los bienes de Porsena", una descripción que indicaba más bien la gratitud del pueblo que una subasta de los bienes personales del rey, que nunca estuvieron a disposición de los romanos. Para evitar que su expedición pareciese totalmente inútil, Porsena, tras concluir la guerra con Roma, envió a su hijo Aruncio, con parte de su ejército, para atacar a Aricia. Al principio, los aricios quedaron sorprendidos por el inesperado ataque, pero los socorros que, en respuesta a su solicitud, fueron enviados desde las ciudades latinas y desde Cumas les alentaron tanto que se atrevieron a presentar batalla. Al comienzo de la acción los etruscos atacaron con tal vigor que derrotaron a los aricios en la primera carga. Las cohortes cumanas hicieron un movimiento estratégico por el flanco, y cuando el enemigo presionaba hacia delante en una desordenada persecución, les rodearon y les atacaron por la retaguardia. Así, los etruscos, cuando ya se creían victoriosos, se vieron cercados y destruidos. Un pequeño resto, después de perder a su general, marchó a Roma, pues no había cerca lugar más seguro. Sin armas, y con apariencia de suplicantes, fueron amablemente recibidos y distribuidos entre las diferentes casas. Después de recuperarse de sus heridas, algunos se fueron a sus casas, para contar la clase de hospitalidad que habían recibido; muchos se quedaron, por afecto hacia sus anfitriones y la Ciudad. Se les asignó un distrito para que lo habitaran, que posteriormente llevó el nombre de Vicus Tusco [barrio etrusco.- N. del T.].

[2.15] Los nuevos cónsules fueron Espurio Larcio y Tito Herminio. Este año -506 a.C.-, Porsena hizo el último intento para restaurar a los Tarquinios. Los embajadores que había enviado a Roma con este objeto fueron informados de que el Senado iba a enviar una embajada al rey, y que el más honorable de los senadores sería enviado de inmediato. Declararon que la razón por la cual le habían enviado un selecto número de senadores, en vez de darle una respuesta a sus embajadores en Roma, no era porque no pudieran dar la breve respuesta de que nunca permitirían reyes en Roma, sino simplemente para decirle que resultaba superfluo hablar de ello; pues ya que tras el intercambio de tan benignos actos no debía haber causa de irritación si a él, Porsena, se le decía que aquello era algo que iba contra la libertad de Roma. Los romanos, si no deseaban apresurar su propia ruina, debían rechazar la solicitud de uno a quien no deseaban negar nada. Roma no era una monarquía, sino una Ciudad libre, y habían tomado la decisión de abrir sus puertas a un enemigo antes que a un rey. Era deseo universal que todo lo que pusiera fin a la libertad de la Ciudad pusiera fin también a la misma Ciudad. Se le pidió, si deseaba que Roma estuviese segura, que le permitiese ser libre. Tocado por un sentimiento de simpatía y respeto, el rey les dijo: "Puesto que ésta es vuestra firme e inalterable determinación, no os acosaré con propuestas infructuosas, ni engañaré a los Tarquinios dándoles esperanzas de una ayuda que no les puedo prestar. En todo caso, tanto si insistían en la guerra o si preferían vivir tranquilamente, deberían buscar otro lugar de exilio, distinto del actual, para evitar cualquier interrupción de la paz entre ustedes y yo." Siguió sus palabras con pruebas aún más fuertes de amistad, pues devolvió los rehenes restantes y restauró el territorio veyentino que había tomado bajo los términos del tratado. Al perder toda esperanza de restauración, Tarquinio marchó con su yerno, Mamilio Octavio, a Túsculo. Así permaneció intacta la paz entre Roma y Porsena.

[2.16] Los nuevos cónsules fueron Marco Valerio y Publio Postumio. Ese año -505 a.C.-, se libró un combate victorioso contra los sabinos; los cónsules celebraron un triunfo. Entonces, los sabinos se prepararon para la guerra a mayor escala. Para enfrentarse a ellos y, al mismo tiempo, precaverse contra el peligro que podía venir desde Túsculo (con quien la guerra, aunque no abiertamente declarada, estaba preparándose), fueron elegidos cónsules Publio Valerio por cuarta vez y Tito Lucrecio por segunda -504 a.C.-. Un conflicto entre sabinos partidarios de la paz y partidarios de la guerra, llevó a un aumento de la fortaleza de los romanos. Atio Clauso, que fue posteriormente conocido en Roma como Apio Claudio, era un defensor de la paz, pero, incapaz de mantenerse contra la facción contraria, que estaban provocando la guerra, huyó a Roma con una gran cantidad de sus clientes. Fueron admitidos a la ciudadanía y recibieron terrenos más allá del Anio. Fueron llamados tribu Claudia antigua, y a ellos se añadieron nuevos miembros procedentes de las tribus de aquellos campos. Después de su elección para el Senado, no pasó mucho tiempo antes de Apio obtuviese una posición prominente en ese órgano. Los cónsules marcharon contra territorio sabino, y por su devastación del país y las derrotas que le infligieron, dejaron al enemigo tan debilitado que durante mucho tiempo no hubo que temer la reanudación de la guerra. Los romanos regresaron triunfantes. Al año siguiente -503 a.C.-, en el consulado de Agripa Menenio y Publio Postumio, murió Publio Valerio Publícola. Fue universalmente considerado el primero tanto en las artes de la guerra como en las de la paz, pero aunque disfrutaba de una reputación tan inmensa, su fortuna personal era tan escasa que no podía sufragar los gastos de su funeral. Fueron sufragados por el Estado. Las matronas hicieron duelo por él como un segundo Bruto. En el mismo año, dos colonias latinas: Pomecia y Cora, se rebelaron y unieron a los auruncios. Empezó la guerra, y tras la derrota de un inmenso ejército que había tratado de oponerse al avance de los cónsules dentro de su territorio, todas las hostilidades se concentraron alrededor de Pomecia. No hubo tregua, tanto en el derramamiento de sangre posterior a la batalla como durante el combate murieron muchos más de los que fueron hechos prisioneros; éstos fueron masacrados por doquier, incluso los rehenes, trescientos de los cuales tenían en sus manos, cayeron víctimas de la furia sanguinaria del enemigo. Este año también triunfó Roma.

[2.17] Los cónsules que les sucedieron, Opiter Verginio y Espurio Casio -502 a.C.-, intentaron en un principio tomar Pomecia al asalto, pero luego hubieron de recurrir al asedio. Movidos más por un odio mortal que por cualquier esperanza o posibilidad de éxito, los auruncios hicieron una salida. La mayor parte estaban armados con antorchas encendidas y con ellas llevaron las llamas y la muerte a todas partes. Quemaron los manteletes [tableros gruesos forrados de planchas de metal y a veces aspillerados, que servían de resguardo contra los tiros del enemigo.-N. del T.] , gran número de asediadores resultó muerto o herido y casi mataron a uno de los cónsules (las fuentes no mencionan su nombre), herido de gravedad, después de haber caído de su caballo. Después de este desastre, los romanos volvieron a casa, con gran número de heridos, entre ellos el cónsul, cuyo estado era crítico. Tras un periodo lo bastante largo para que se recuperasen los heridos y se reemplazasen las bajas en las filas, se reanudaron las operaciones contra Pomecia con más fuerza y mayor furia. Se repararon los manteletes y se mejoraron el resto de máquinas de guerra, y cuando todo estaba dispuesto para que los soldados asaltasen las murallas, la plaza se rindió. Los auruncios, sin embargo, no fueron tratados con menos rigor por haber rendido la ciudad que si hubiese sido tomada por asalto; los hombres principales fueron decapitados y el resto del pueblo vendido como esclavos. La ciudad fue arrasada y las tierras se vendieron. Los cónsules celebraron un triunfo, más por la terrible venganza que se habían tomado que por la importancia de la guerra ya finalizada.

[2.18] El año siguiente -501 a.C.-tuvo como cónsules a Postumio Cominio y Tito Larcio. Durante este año se produjo un incidente que, aunque pequeño en sí mismo, amenazó con llevar a la reanudación de una guerra aún más temible que la Guerra Latina. Durante los juegos en Roma algunas cortesanas fueron raptadas por jóvenes sabinos llenos de lascivia. Se juntó una multitud y se produjo una disputa que se convirtió casi en una batalla campal. La alarma se incrementó al tener conocimiento cierto de que, a instancias de Octavio Mamilio, las treinta ciudades de latinas habían formado una Liga. El Estado se sintió tan atemorizado por situación de tanta gravedad que se sugirió por primera vez que se nombrase un dictador -500 a.C.-. No se puede asegurar, sin embargo, con certeza en qué año fue creada esta magistratura, o quiénes eran los cónsules que habían perdido la confianza del pueblo por su adhesión a los Tarquinios (esto, también, forma parte de la tradición),

o quién fue el primer dictador. En la mayoría de los autores antiguos encuentro que fue Tito Larcio y que Espurio Casio fue su jefe de caballería [magistrum equitum, en el original.-N. del T.]. Sólo hombres de rango consular eran elegibles según la ley que regulaba el nombramiento. Esto me inclina aún más a creer que Larcio, que era de rango consular, fue nombrado por encima de los cónsules para restringir su poder y dirigirles con preferencia a Manlio Valerio, el hijo de Marco y niego de Voleso. Además, si hubiesen deseado que el dictador fuese elegido de una gens concreta, antes habrían preferido al padre, Marco Valerio, un hombre de valor probado y también de rango consular. Cuando, por vez primera, se nombró un dictador en Roma, cayó gran temor en el pueblo al ver las hachas que portaban delante de él y pusieron en adelante más cuidado en obedecer sus órdenes. Porque no había, como en el caso de los cónsules, en que cada uno de ellos tenía la misma autoridad que el otro, ninguna posibilidad de obtener la ayuda de uno contra el otro, ni había derecho de apelación alguno, ni en lo inmediato había seguridad más que en la obediencia estricta. Los sabinos se alarmaron aún más con el nombramiento de un dictador que los romanos, pues estaban convencidos de que había sido por ellos que se había nombrado. Por consiguiente, enviaron legados con propuestas de paz. Pidieron perdón al dictador y al Senado por lo que calificaron como error de adolescentes, pero se les contestó que a adolescentes se les podría perdonar pero no así a hombres adultos que continuamente estaban provocando nuevas guerras. Continuaron, sin embargo, las negociaciones y la paz podría haberse sellado si los sabinos hubiesen asumido la demanda de afrontar los gastos de la guerra. Se declaró la guerra; durante un año se mantuvo, sin embargo, una tregua informal sin choques.

[2.19] Los cónsules siguientes fueron Servio Sulpicio y Manlio Tulio. Nada digno de recuerdo fue llevado a cabo. Los cónsules del año siguiente -499 a.C.-fueron Tito Ebucio y Cayo Vetusio. Durante su consulado Fidenas fue sitiada; Crustumeria capturada; Palestrina [Preneste, en el original.- N. del T.] se rebeló contra los latinos, a favor de Roma. La Guerra Latina, que había estado amenazando desde hacía algunos años, estalló finalmente. Nombraron dictador -498 a.C.-a Aulo Postumio y jefe de caballería a Tito Ebucio; avanzaron con un gran ejército de infantería y caballería al lago Regilo, en la comarca de Tusculo y se encontraron con el principal ejército del enemigo. Al enterarse de que los Tarquinios estaban en el ejército de los latinos, las ira de los romanos se encendió tanto que determinaron combatir enseguida. En la batalla que siguió se combatió con más obstinación y desesperación de lo que nunca se hizo en ninguna de las anteriores. Pues los jefes no sólo se dedicaron a dirigir el combate, sino que lucharon personalmente uno contra otro, y casi ninguno de los jefes de ambos ejércitos, con excepción del dictador romano, dejó el campo de batalla incólume. Tarquinio el Soberbio, aunque ahora debilitado por la edad, espoleó su caballo contra Postumio, que en vanguardia de las líneas dirigía y formaba a sus hombres; Fue herido en un costado y retirado por sus hombres a lugar seguro. Del mismo modo, en la otra ala, Ebucio, jefe de caballería, dirigió su ataque contra Octavio Mamilio; el jefe túsculo lo vio venir y se dirigió a él a toda velocidad. Tan terrible fue el choque que el brazo de Ebucio fue traspasado por la lanza túscula; Mamilio, también con lanza, fue atravesado por el pecho y retirado por los latinos a segunda línea. Ebucio, incapaz de sostener un arma con su brazo herido, se retiró de la lucha. El jefe latino, en modo alguno desalentado por su herida, infundió nueva energía en el combate pues, viendo a sus hombres vacilantes, llamó a la cohorte de romanos exiliados, que fueron encabezados por Lucio Tarquinio. La pérdida de su patria y su fortuna les hizo luchar aún más desesperadamente; durante un breve periodo reanudaron la batalla y los romanos que se les oponían empezaron a ceder terreno.

[2.20] Marco Valerio, el hermano de Publícola, viendo al fogoso joven Tarquino hacerse destacar en primera línea, picó espuelas a su caballo y se dirigió a él con la lanza baja, deseoso de aumentar la gloria de su linaje, pues que la gens que se jactaba de haber expulsado los Tarquinios podría tener la gloria de matarlos. Tarquinio eludió a su enemigo retirándose detrás de sus hombres. Valerio, introduciéndose entre las filas de los exiliados, fue atravesado por una lanza por la espalda. Esto no detuvo al caballo y el romano cayó, muriendo en el suelo y siendo despojado de sus armas. Cuando el dictador Postumio vio que uno de sus principales oficiales había caído, y que los exiliados se precipitaban furiosamente en una masa compacta mientras que sus hombres se desmoralizaban y cedían terreno, ordenó a su propia cohorte (una fueza escogida que formaba su guardia personal) que amenazasen a cualquiera de los suyos a quien viesen huyendo del enemigo. Amenazados a vanguardia y retaguardia, los romanos dieron la vuelta y enfrentaron al enemigo, cerrando sus filas. La cohorte del dictador, fresca física y anímicamente, entró ahora en acción y atacó a los agotados exiliados, haciéndoles gran masacre. Se produjo otro combate singular entre jefes; el general latino vio la cohorte de los exiliados casi cercada por el dictador romano y se lanzó al frente con algunos manípulos de las reservas. Tito Herminio los vio venir y reconoció a Mamilio por sus ropajes y armas. Atacó al general enemigo más fieramente de lo que antes lo hizo el jefe de caballería; tanto, de hecho, que le mató atravesándole de lado a lado con su lanza. Mientras despojaba el cuerpo, él mismo fue alcanzado por una jabalina y después de ser llevado de vuelta al campamento, expiró mientras vendaban su herida. Entonces, el dictador fue rápidamente donde la caballería y les ordenó que ayudasen a la infantería, agotada con la lucha, desmontando y combatiendo a pie. Obedecieron, descabalgaron, se pusieron en primera línea y protegiéndose con sus parmas [escudos ovalados, usualmente empleados por la caballería.-N. del T.] combatieron delante de los estandartes. La infantería recuperó a su vez el valor cuando vio a la flor de la nobleza combatiendo como ellos y compartiendo los mismos peligros que ellos. Por fin, los latinos fueron obligados a dar la vuelta, vacilaron y, finalmente, rompieron sus filas. Trajeron los caballos para que la caballería pudiese perseguirlos y la infantería les siguió. Se dice que el dictador, sin omitir nada que pudiera garantizar la ayuda divina o la humana, se comprometió, durante la batalla, a dedicar un templo a Castor y prometió recompensas a quienes fuesen el primero y segundo en asaltar el campamento enemigo. Tal fue el ardor que los romanos mostraron, que con la misma carga que desbarataron al enemigo, alcanzaron su campamento. Así fue la batalla en el lago Regilo. El dictador y el jefe de caballería volvieron triunfantes a la Ciudad.

[2.21] Durante los tres años siguientes no hubo ni guerra abierta ni paz concertada. Los cónsules fueron Quinto Cloelio y Tito Larcio -498 a.C.-. Les sucedieron Aulo Sempronio y Marco Minucio -497 a.C.-. Durante su consulado, se dedicó un templo a Saturno y fueron instituidas las Saturnales [Saturnalia en latín: fiestas en honor a Saturno, celebradas del 19 al 25 de diciembre (con un claro significado agrícola y astronómico), en que se daban raciones extras a los esclavos, se intercambiaban regalos y se celebraba el "renacimiento del sol" o Sol Invictus.-N. del T.] . Los siguientes cónsules fueron Aulo Postumio y Tito Verginio -496 a.C.-. He hallado que algunos autores fechan en este año la batalla del lago Regilo, y que Aulo Postumio renunció a su consulado por sospecharse de la fidelidad de su colega, designándose por este motivo un dictador. Esta es la causa de que se produzcan tantos errores en las fechas, debido a las variaciones en el orden de la sucesión de los cónsules, y que la lejanía en el tiempo tanto de los sucesos como de las autoridades hace imposible determinar qué cónsules sucedieron a cuáles o en qué año concreto sucedió algún hecho. Apio Claudio y Publio Servilio -495 a.C.-fueron los siguientes cónsules. Este año es memorable por la noticia de la muerte de Tarquinio. Su muerte tuvo lugar en Cumas, donde se había retirado, buscando la protección del tirano Aristodemo, tras la derrota de las fuerzas latinas. La noticia fue recibida con satisfacción tanto por el Senado como por la plebe. Pero la euforia de los patricios les llevó al exceso. Hasta ese momento habían tratado al pueblo con la mayor deferencia, pero ahora sus dirigentes comenzaron a cometer injusticias contra ellos. El mismo año fue enviada una nueva partida de colonos para completar el número de Signia, una colonia fundada por el rey Tarquinio. El número de tribus en Roma se elevó a veintiuna. El templo de Mercurio fue consagrado el 15 de mayo.

[2.22] Las relaciones con los volscos durante la Guerra Latina no fueron ni amistosas ni abiertamente hostiles. Los volscos habían reunido un ejército habrían enviado en ayuda de los latinos si no se les hubiese anticipado el dictador por la rapidez de sus movimientos; una velocidad debida a su ansiedad por evitar una batalla con ambos ejércitos combinados. Para castigarlos, los cónsules condujeron a las legiones contra el país de los volscos. Este movimiento inesperado paralizó a los volscos, que no esperaban una respuesta a lo que había sido sólo una intención. Incapaces de ofrecer resistencia, dieron como rehenes a trescientos niños pertenecientes a la nobleza, traidos desde Cora y Pomecia. Las legiones, en consecuencia, se marcharon de regreso sin luchar. Aliviados del peligro inmediato, los volscos pronto volvieron a su antigua política, y después de formar una alianza armada con los hernicios, se prepararon secretamente para la guerra. También enviaron legados a lo largo y ancho del Lacio para inducir a esa nación a unírseles. Pero, después de su derrota en el Lago Regilo, los latinos se indignaron tanto contra quienes abogaban por la reanudación de la guerra que no sólo rechazaron a los legados volscos, sino que los detuvieron y los condujeron a Roma. Allí fueron entregados a los cónsules y se aportaron pruebas que demostraban que volscos y hernicios se estaban preparando para la guerra con Roma. Cuando el asunto fue llevado ante el Senado, éste quedó tan complacido por la acción de los latinos que liberó a seis mil prisioneros de guerra y puso a la consideración de los nuevos magistrados el asunto de un tratado que hasta entonces se habían negado persistentemente a considerar. Los latinos se felicitaron por al actitud que habían adoptado y los autores de la paz recibieron grandes honores. Enviaron una corona de oro como regalo a Júpiter Capitolino. La delegación que trajo el regalo fue acompañada por gran número de los prisioneros liberados, quienes visitaron las casas en que trabajaron como esclavos para agradecer a sus antiguos amos la amabilidad y consideración que les mostraron en su infortunio, y establecieron lazos de hospitalidad con ellos. En ninguna época anterior estuvo la nación latina en mejores términos de amistad, tanto política como personalmente, con el gobierno romano.

[2.23] Pero la guerra con los volscos era inminente y el Estado se dividió con disensiones internas; los patricios y los plebeyos se eran amargamente hostiles, debido principalmente a la situación desesperada de los deudores. Se quejaban de que mientras combatían en el exterior por la libertad y el imperio, ellos eran oprimidos y esclavizados en sus propias casas por sus conciudadanos; su libertad estaba más segura en la guerra que en la paz, más segura entre los enemigos que entre su propio pueblo. El descontento, que crecía día tras día, se acrecentaba aún más por los signos de infortunio de un sólo individuo. Un anciano, mostrando pruebas visibles de todos los males que había sufrido, apareció de repente en el Foro. Su ropa estaba cubierta de suciedad, su apariencia personal era aún más repugnante por su hedor corporal y su palidez, la barba y pelo descuidados le hacían parecer un salvaje. A pesar de este desfiguramiento fue reconocido por los conmovidos testigos; dijeron que había sido centurión y mencionaron varias de sus condecoraciones militares. Se descubrió el pecho y mostró las cicatrices que atestiguaban las muchas luchas en que combatió honorablemente. La multitud había crecido hasta casi convertirse en una Asamblea del pueblo. Le preguntaron: "¿De dónde vienen esos vestidos y esa degradación?" Dijo que mientras servía en la Guerra Sabina, no sólo perdió el producto de sus tierras por las depredaciones del enemigo, sino que su granja había sido incendiada, toda su propiedad confiscada, sus ganados expoliados y los impuestos de guerra se llevaron cuanto fue capaz de pagar, quedando al fin como deudor. Esta deuda había aumentado considerablemente por la usura y le habían despojado, en primer lugar, de la granja de su padre y abuelo y después de sus otras propiedades, para por fin le atacara la peste. No sólo había sido esclavizado por su acreedor, sino puesto en un trabajo bajo tierra: una muerte en vida. Luego mostró su espalda escairada con las marcas recientes de los azotes.

Al ver y oír todo esto, se levantó un gran clamor; la emoción no se limitaba al Foro y se extendió por toda la ciudad. Los hombres que estaban esclavizados por deudas y los que habían sido puestos en libertad corrían por todos lados, en la vía pública, e invocaban "la protección de los Quirites." Todo el mundo se dirigía gritando al Foro. Aquellos senadores que estaban en el Foro y se encontraron con la multitud, vieron sus vidas en peligro. Se habría ejercido violencia abierta si los cónsules, Publio Servilio y Apio Claudio -495 a.C.-no hubiersen intervenido para quebrar el alboroto.

La multitud, a su alrededor, les mostró sus cadenas y otras marcas de la degradación. Éstos, dijeron, eran sus premios por haber servido a su país;recordaron sarcásticamente a los cónsules las campañas en las que habían combatido y les demandaban imperiosamente que se convocase al Senado. Entonces cercaron la Curia, decididos a ser ellos mismos los árbitros y directores de los asuntos públicos. Un número muy pequeño de senadores, que resultaron estar disponible, se unieron a los cónsules; los demás, que tenían miedo de ir hasta el Foro, aún más temían llegar al Senado. Ningún asunto podía tratarse, por no estar presentes el número mínimo de senadores. La gente empezó a pensar que jugaban con ellos y tratando quitárselos de encima; que los senadores ausentes no lo estaban por accidente o miedo, sino para impedir cualquier reparación de sus agravios y que los propios cónsules se regodeaban y reían de su miseria. La cuestión estaba llegando a un punto en que ni siquiera la majestad de los cónsules podría mantener a raya a la gente enfurecida; entonces llegaron los ausentes, indecisos por no saber el riesgo que corrían, y entraron finalmente al Senado. Ya había quórum, y se manifestó una división de opiniones no sólo entre los senadores, sino entre ambos cónsules. Apio, un hombre de temperamento apasionado, era de la opinión de que el asunto debía resolverse mediante una demostración de autoridad por parte de los cónsules; si se arrestaba a uno o dos de los amotinados, el resto se calmaría. Servilio, más inclinado a las medidas suaves, pensaba que cuando las pasiones de los hombres se excitaban, era más seguro y más fácil de doblegarlos que romperlos.

[2.24] En medio de estos disturbios, se produjo nueva alarma cuando llegaron jinetes latinos con la inquietante noticia de que un ejército volsco estaba en marcha para atacar la Ciudad. Esta noticia afectó a los patricios de modo muy distinto que a los plebeyos; hasta tal punto había dividido al Estado la discordia. Los plebeyos estaban exultantes: decían que los dioses se disponían a vengar la tiranía de los patricios; se animaban para evitar el alistamiento, pues les sería mejor morir unidos que perecer uno por uno. "Dejad que los patricios tomen las armas, que sirvan como soldados rasos, que los que se quedan con los despojos de la guerra sufran sus peligros." El Senado, por el contrario, temeroso tanto del pueblo como del enemigo, imploró al cónsul Servilio, con quien simpatizaba más la plebe, que liberase al Estado de los peligros que le acechaban por todas partes. Abandonó el Senado y se dirigió a la Asamblea de la plebe. Una vez allí les habló de cuán interesado estaba el Senado en procurar por los intereses de la plebe, pero sus deliberaciones respecto a ello fueron sólo una parte, si bien la más larga, de cuanto hablaron considerando la seguridad del Estado en su conjunto. El enemigo estaba casi a las puertas, y nada podía anteponerse a la guerra; pero, incluso si se aplazaba el ataque, no sería honorable por parte de los plebeyos negarse a tomar las armas para luchar por su país hasta ser recompensados por hacerlo, ni sería decoroso para el Senado que se dijese que había tomado ciertas medidas por miedo en vez de movido por su buena voluntad para con sus angustiados conciudadanos. Convenció a la Asamblea de su sinceridad mediante la emisión de un decreto por el que nadie podría coaccionar o encadenar a un ciudadano romano, impidiéndole prestar el servicio militar; nadie podría embargar o vender los bienes de un soldado mientras estuviese en campaña

o detener a sus hijos o nietos. Tras la promulgación de este decreto aquellos deudores que estaban presentes dieron en seguida sus nombres para alistarse, y una multitud de personas proveniente de todos los barrios de la Ciudad, desde los lugares donde estaban detenidos, corrieron a juntarse en el Foro y prestaron el juramento militar. Entre todos formaron una unidad de fuerza considerable, y ninguna fue más notable por su valor y sus acciones en la Guerra Volsca. El cónsul condujo sus tropas contra el enemigo y acamparon a corta distancia de ellos.

[2.25] La noche siguiente, los volscos, confiados por las disensiones entre los romanos, hicieron un intento de asalto en la oscuridad, confiando que se produjeran deserciones o que alguien traicionase al campamento. Los centinelas les detectaron, el ejército fue alertado y tomaron las armas al darse la alarma, de modo que el intento volsco fracasó; durante el resto de la noche ambas partes se mantuvieron tranquilas. El día siguiente, al amanecer, los volscos rellenaron las trincheras y atacaron el vallado [los campamentos romanos para una sóla noche se disponían en el interior de un espacio, generalmente rectangular, delimitado por un foso y un vallado de estacas elevado sobre la tierra extraída al hacer aquél.-N. del T.]. Ya estaba siendo derribado por todos los lados, pero el cónsul, a pesar de los gritos de todo el ejército (sobre todo de los deudores) que le pedían ordenar el ataque, lo retrasó durante un tiempo para poner a prueba el temple de su hombres. Cuando quedó satisfecho de su coraje y determinación, dió la señal de cargar y puso en marcha sus soldados, deseosos de enfrentarse al enemigo. Fueron derrotados al primer choque, los fugitivos fueron derribados a medida que la infantería les alcanzaba y después la caballería llevó la confusión a su campamento. Presas del pánico, lo abandonaron, las legiones llegaron al punto, lo rodearon, capturaron y saquearon. Al día siguiente, las legiones marcharon a Suesa Pomecia, donde el enemigo había huido, y en unos pocos días fue capturada y entregada para el saqueo por los soldados. Esto, en cierta medida, alivió la pobreza de los soldados. El cónsul, cubierto de gloria, regresó con su ejército victorioso a Roma. Mientras marchaban fue visitado por los legados de los volscos de Ecetra, que estaban preocupados por su propia seguridad tras la captura de Pomecia. Por un decreto del Senado, se les concedió la paz y se les tomó algún territorio.

[2,26] Inmediatamente después, una nueva alarma se produjo en Roma por culpa de los sabinos, pero se trató más de una correría que de guerra abierta. Llegaron noticias durante la noche de que un ejército sabino había llegado hasta el Anio en una expedición de saqueo y que las granjas de las cercanías habían sido expoliadas y quemadas. Aulo Postumio, que había sido el dictador durante la Guerra Latina, fue enviado enseguida con la totalidad de la caballería; el cónsul Servilio le siguió con un cuerpo selecto de infantería. La mayoría de los enemigos fueron rodeados por la caballería mientras estaban dispersos por los campos; la legión sabina no ofreció resistencia al avance de la infantería. Cansados tras la marcha y el saqueo nocturno (gran parte de ellos estaban en las granjas, saciados de comida y vino) apenas tenían fuerzas para huir. La Guerra Sabina fue declarada y concluída en una noche, y hubo grandes esperanzas de que la paz se hubiese alcanzado por todas partes. Al día siguiente, sin embargo, los legados de los auruncos llegaron para demandar la evacuación del territorio volsco o de lo contrario les declararían la guerra. El ejército de los auruncos había comenzado su avance al tiempo de la salida de los legados para su misión, y el informe de haberlo visto no lejos de Aricia creó tanto revuelo como confusión entre los romanos, ya que era imposible que el Senado tomase en consideración oficial el asunto, ni siquiera para dar respuesta favorable a aquellos que habían abierto las hostilidades, pues ellos mismos se estaban armando para rechazarlos. Marcharon contra Aricia; no lejos de allí se enfrentaron a los auruncos y con una batalla terminó la guerra.

[2.27] Después de la derrota de los Auruncos, los romanos, que en pocos días habían luchado con éxito en tantas guerras, esperaban el cumplimiento de las promesas que el cónsul les había hecho bajo la autoridad del Senado. Apio, en parte por su inclinación natural a la tiranía y en parte para socavar la confianza que tenían en su colega, dictó las penas más duras que pudo cuando los deudores se presentaron ante él. Uno tras otro, todos los que habían empeñado sus personas como fianza fueron entregados a manos de sus acreedores y se obligó a otros a prestar esa fianza Un soldado que se vió en esta situación apeló al colega de Apio. Una multitud se congregó en torno a Servilio, le recordaban sus promesas, le hacían ver los servicios que habían prestado y las heridas que habían recibido, y le pedían que obtuviese del Senado la aprobación de una ley o que, como cónsul, protegiera a su pueblo y como general a sus soldados. El cónsul simpatizaba con ellos, pero en aquellas circunstancias se veía obligado a contemporizar; no sólo su colega, sino también toda la nobleza se oponían imprudentemente a su política. Al tomar un camino intermedio, ni escapó al odio de la plebe ni se ganó el favor de los patricios. Estos lo consideraban débil y ambicioso, la plebe lo consideraba alguien falaz y pronto se hizo evidente que era tan detestado como Apio.

Había surgido una controversia entre los cónsules en cuanto a cuál de ellos debía dedicar el templo de Mercurio. El Senado trasladó la cuestión al pueblo, y ordenó que quien fuese elegido para efectuar la consagración presidiera la anona e instituyera un colegio de mercaderes y llevase a cabo ciertas solemnidades en sustitución del Pontífice Máximo. El pueblo designó para la dedicación del templo a Marco Letorio, centurión primipilo [oficial al mando de la 1ª centuria del 1er. manípulo de la 1ª cohorte de una legión; soldado, siempre de enorme experiencia, cuya opinión y presencia eran obligadas en los consejos de guerra previos a la batalla.-N. del T.] de la legión, elección hecha, obviamente, no tanto para honrar a aquel hombre confiriéndole una magistratura tan por encima de su condición, como para desacreditar a los cónsules. Uno de ellos, en todo caso, estaba enojado en exceso, al igual que el Senado; pero el valor de la plebe también se había levantado y adoptaron un método muy distinto del que emplearon en un principio. Al no esperar ninguna ayuda de los cónsules o del Senado, se ocuparon de sus propios intereses y siempre que veían un deudor ante el tribunal acudían allí desde todas partes y con gritos y protestas impedían que se escuchase la sentencia de los cónsules, y cuando la pronunciaban, nadie la obedecía. Recurrieron a la violencia, y todo el miedo y el peligro por la libertad personal pasó de los deudores a los acreedores, que fueron rudamente tratados ante los ojos del cónsul. Además de todo esto, crecían los temores de una guerra con los sabinos. Se decretó el alistamiento, pero nadie dió su nombre. Apio estaba furioso; acusó a su colega de procurar el favor del pueblo, lo denunció como traidor a la república por negarse a dictar sentencia cuando los deudores se presentaban ante él y además se negó a alistar tropas después que el Senado hubiera decretado una leva. Sin embargo, declaró, la nave del Estado no estaba totalmente abandonada ni la autoridad consular esparcida al viento; él, por su propia mano, justificaría su propia dignidad y la del Senado. Mientras la multitud diaria habitual le rodeaba, cada vez más audaces en sus excesos, ordenó que arrestasen a uno de los líderes visibles de los agitadores. Mientras era arrastrado por los lictores, apeló. No había ninguna duda acerca de qué sentencia obtendría del pueblo; estaba tan determinado a arrostrar el odio popular que se habría obstinado en impedir la apelación, pese al clamor de la plebe, de no haber sido por la prudencia y autoridad del Senado. Aumentaba el malestar día tras día, no sólo con protestas evidentes sino, lo que era aún más peligroso, a través de la secesión y encuentros secretos. Al fin, los cónsules, detestados como eran por la plebe, dejaron sus magistraturas: Servilio, odiado de ambos órdenes por igual y Apio con el favor agradecido de los patricios.

[2.28] Luego Aulo Verginio y Tito Vetusio asumieron el cargo -494 a.C.-. Como los plebeyos estaban indecisos sobre la tendencia de estos cónsules, y estaban ansiosos por evitar cualquier acción precipitada o errónea que se pudiera adoptar en el Foro, empezaron a reunirse por la noche, algunos en el Esquilino y otros en el Aventino. Los cónsules consideraron que este estado de cosas estaba lleno de peligros, como así era, y emitieron un informe oficial al Senado. Pero cualquier discusión ordenada de su informe estaba fuera de lugar debido a la exaltación y griterío con que los senadores lo recibieron, y a la indignación que sentían hacia los cónsules, a los que acusaban de echar sobre sus hombres la decisión sobre medidas que debían haber tomado ellos con su autoridad consular. "Seguramente", se decía, "si hubiera realmente magistrados a cargo del Estado, no habría habido ninguna reunión en Roma, más allá de la asamblea de la plebe; ahora el Estado está roto en mil senados y asambleas, unos reunidos en el Esquilino y otros en el Aventino. Un hombre fuerte, como Apio Claudio, que valía más que cualquier cónsul, habría dispersado esas discusiones en un momento." Cuando los cónsules, tras haber sido así censurados, les preguntarón qué deseaban que hiciesen, pues estaban preparados para actuar con toda la energía y determinación que decidiese el Senado, se les aprobó un decreto para que se efectuase la leva en el menor tiempo posible, pues el pueblo estaba cayendo más y más en la ociosidad. Tras abandonar el Senado, los cónsules subieron al tribunal y llamaron por su nombre a los más jóvenes. Ni un solo hombre respondió a su llamada. El pueblo, todo en pie como si estuviera en una asamblea oficial, declaró que nunca más obedecería la plebe ni obtendrían los cónsules un solo soldado hasta que se cumpliese la promesa efectuada en nombre del Estado. Antes de que los hombres empuñasen las armas se les debía restituir la libertad, para que pudiesen combatir por su patria y sus conciudadanos en vez de por amos tiránicos. Los cónsules eran bastante conscientes de las instrucciones que habían recibido del Senado, pero también eran conscientes de que ninguno de los que habían hablado con tanta valentía en el recinto del Senado estaban ahora presentes para compartir el odio en que estaban incurriendo. Parecía inevitable un conflicto desesperado con la plebe. Antes de tomar medidas extremas decidieron consultar nuevamente al Senado. Entonces, los senadores más jóvenes se levantaron de sus asientos y gritando alrededor de las sillas de los cónsules, les conminaron a dimitir de sus magistraturas y deponer una autoridad que no habían tenido el valor de sostener.

[2.29] Habiendo tenido bastante, por un lado, al tratar de coaccionar a la plebe, y por otro persuadir al Senado para que adoptase una política más suave, los cónsules dijeron finalmente: "Padres Conscriptos, para que no podáis decir que no se os ha prevenido, os advertimos que está a punto de suceder un serio disturbio. Exigimos que quienes más gritan acusándonos de cobardía nos apoyen mientras efectuamos la recluta. Vamos a actuar con toda la firmeza que proponéis, ya que ése es vuestro deseo." Volvieron al tribunal y deliberadamente llamaron por su nombre a uno de los presentes. Como permanecía en silencia, y cierot número de hombres le rodeaba para impedir que se lo llevasen, los cónsules enviaron un lictor contra él. El lictor fue apartado, y aquellos senadores que estaban con los cónsules proclamaron que aquello era un ultraje y bajaron corriendo del tribunal para ayudar al lictor. La hostilidad de la multitud se desvió desde el lictor, a quien simplemente habían impedido efectuar el arresto, hacia los senadores. La interposición de los cónsules finalmente calmó el conflicto. No se había, sin embargo, arrojado piedras o empleado armas; por ello resultó ser más el ruido y las palabras airadas que no lesiones personales. El Senado fue convocado y reunido en desorden; su proceder fue aún más desordenado. Aquellos que habían sido tratados con rudeza exigieron una investigación, y la totalidad de los senadores más violentos apoyaron la demanda tanto con sus gritos y protestas como con sus votos. Cuando, por fin, el entusiasmo se hubo calmado, los cónsules les reprocharon mostrar tan poca serenidad de juicio en el Senado como la que tuvieron en el Foro. Entonces, el debate se desarrolló en orden. Se defendieron tres clases de medidas. Publio Valerio no creía que se debiera plantear la cuestión de modo general; pensaba que solamente debían considerar el caso de aquellos que, de acuerdo con la promesa del cónsul Publio Servilio, hubieran servido en las Guerras Volsca, Auruncia y Sabina. Tito Larcio consideró que el tiempo de recompensar sólo a los que hubiesen servido en esas guerras había pasado; toda la plebe estaba abrumada por las deudas y el mal no se cortaría a menos que la medida tuviese carácter universal. Cualquier intento de hacer diferencias entre las diversas clases sólo avivaría la discordia en lugar de aliviarla. Apio Claudio, duro por naturaleza y ahora exasperado, de una parte, por el odio de la plebe, y de otro por las alabanzas del Senado, afirmó que estas reuniones sediciosas no eran el resultado de la miseria sino de la permisividad, la plebe estaba actuando más por libertinaje que por ira. Este era el daño que había surgido del derecho de apelación, pues los cónsules sólo podían amenazar sin capacidad para hacer cumplir sus amenazas, mientras los criminales pudiesen apelar a sus colegas. "Muy bien", dijo, "creemos un dictador contra el que no haya apelación y pronto se acabará esta locura que está incendiándolo todo. Veremos entonces si alguno ataca a un lictor, sabiendo que su libertad y hasta su vida misma están únicamente en manos del hombre cuya autoridad viola".

[2,30] Para muchos, los sentimientos que Apio mostraba les parecían crueles y monstruosos, y lo eran realmente. Por otra parte, las propuestas de Verginio y Larcio sentarían un peligroso precedente, la de Larcio sobre todo, pues destruiría toda confianza. El consejo dado por Verginio fue considerado como el más moderado, siendo una propuesta intermedia entre las otras dos. Pero por la fuerza de su partido y sus intereses personales, que siempre habían lesionado y siempre lesionarían el orden público, Apio resultó vencedor ese día. Estaba muy cerca de ser él mismo nombrado dictador, una designación que habría, más que cualquier otra cosa, distanciado a la plebe en el más inoportuno de los momentos, cuando los volscos, los ecuos y los sabinos se aliaron bajo las armas. Los cónsules y los patricios más ancianos, sin embargo, se encargaron de que una magistratura revestida de poderes tan grandes se confiase a un hombre de temperamento moderado. Nombraron a Marco Valerio, el hijo de Voleso, dictador. Aunque los plebeyos se dieron cuenta de que el dictador había sido nombrado en su contra, todavía, pues mantenían el derecho de apelación por la ley que había dictado su hermano, no temían tratos humillantes o tiránicos de esa gens. Sus esperanzas se vieron confirmadas por un decreto emitido por el dictador, muy similar al realizado por Servilio. Aquel edicto había sido ineficaz, pero ellos pensaban que podrían confiar más en la persona y poder del dictador por lo que, dejando toda oposición, dieron sus nombres para el alistamiento. Se formaron diez legiones, el mayor ejército que nunca se hubiese alistado. Tres de ellas fueron asignadas a cada uno de los cónsules, el dictador tomó el mando de cuatro.

La guerra ya no podía retrasarse. Los ecuos habían invadido el territorio latino. Los legados enviados por los latinos pidieron al Senado que les ayudase o les permitiese tomar las armas para defender sus fronteras. Consideraron más seguro defender a los latinos desarmados que permitirles volver a armarse. Se envió al cóncul Vetusio y ése fue el fin de las correrías. los ecuos se retiraron de las llanuras, y confiando más en la naturaleza del país que en sus armas, buscaron refugio en la espesura de las montañas. El otro cónsul avanzó contra los volscos, y para no perder tiempo, devastó sus campos para obligarlos a que acercasen su campamento y poder enfrentarlos. Los dos ejércitos estaban frente a frente, en el espacio abierto entre los campamentos. Los volscos tenían una ventaja numérica considerable, y por ellos se mostraron desordenados y despreciativos hacia sus enemigos. El cónsul romano mantuvo su ejército inmóvil, les prohibió contestar a sus provocaciones y les ordenó permanecer con sus lanzas quietas en el suelo, y cuando el enemigo se puso al alcance, mandó que hiciesen todo el uso posible de sus espadas. Los volscos, cansados por sus carreras y gritos, se abalanzaron sobre los romanos como si éstos fuesen hombres atemorizados, pero cuando notaron la fortaleza del contraataque y vieron las espadas blandidas ante ellos, retrocedieron confusamente como si hubiesen sido tomados en una emboscada, y debido a la velocidad con la que entraron en combate casi no les quedaron fuerzas para huir. Los romanos, por otra parte, que al comienzo de la batalla se habían mantenido en silencio de pie, estaban frescos y vigorosos y fácilmente superaron a los agotados volscos, corrieron hacia su campamento, los expulsaron y los persiguieron hasta Velitras, donde entraron, vencedores y vencidos, en desorden. Hubo allí mayor matanza que en la propia batalla; a unos pocos que tiraron sus armas y se rindieron se les dio cuartel.

[2.31] Mientras estos hechos ocurrían entre los volscos, el dictador, después de entrar en territorio sabino, donde se produjo la parte más grave de la guerra, derrotó y puso en fuga al enemigo y los expulsó de su campamento. Una carga de caballería había roto el centro del enemigo que, debido a la prolongación excesiva de las alas, se vio debilitado por una insuficiente profundidad de filas, y tras quedar así desordenados la infanteria les cargó. En la misma carga se capturó el campamento y se dio fin a la guerra. Desde la batalla del lago Regilo no se había efectuado una acción más brillante en aquellos años. El dictador entró en triunfo en la Ciudad. Además de las distinciones habituales, se le asignó un lugar en el Circo Máximo a él y a su descendencia, desde el que ver los Juegos, y se puso allí la silla curul [silla habitualmente construida en marfil, con patas curvadas formando una amplia X. No poseía respaldo, sus brazos eran bajos y se podía plegar. Era empleada por magistrados con imperium: dictador, magister equitum, cónsul, pretor, edil; y por el flamen dialis (sacerdote de Júpiter) aunque no lo poseyera.-N. del T.] Después de la subyugación de los volscos, el territorio de Velitras fue anexado y se enviaron ciudadanos romanos a colonizar la ciudad. Algún tiempo después, tuvo lugar un combate con los ecuos. El cónsul no quería luchar en un terreno que le era desfavorable, pero sus soldados lo obligaron a combatir. Lo acusaron de prolongar la guerra para que el mandato del dictador expirase antes de que ellos regresasen, en cuyo caso sus promesas ya no tendrían valor, como aquellas que antes había hecho. Le obligaron a hacer subir a su ejército a los peligros de la montaña; pero debido a la cobardía del enemigo esta maniobra imprudente terminó con éxito. Estaban tan asombrados por la audacia de los romanos que antes de que llegasen al alcance de sus armas abandonaron su campamento, que estaba en una posición muy fuerte, y se precipitaron hacia el valle por la parte de atrás. Así que los vencedores lograron una victoria con gran botín y sin derramamiento de sangre.

Si bien estas tres guerras fueron conducidas victoriosamente, el curso de los asuntos internos seguía siendo fuente de inquietud tanto para los patricios como para los plebeyos. Los prestamistas poseían tal influencia y habían tomado tan hábiles precauciones que engañaron, no sólo al pueblo, sino al propio dictador. Después que el cónsul Vetusio hubiera regresado, Valerio presentó, como el más importante asunto a considerar por el Senado, el tratamiento a dar a los hombres que habían conseguido la victoria, y propuso una resolución en cuanto a la decisión que debían tomar respecto a los deudores insolventes. Su moción fue denegada y, ante ello, les dijo, "No soy aceptable como defensor de la concordia. Confio en que muy pronto el pueblo tenga patrones tan fieles somo yo. En lo que a mí respecta, no voy a animar a mis conciudadanos con esperanzas vacías, ni voy a ser un dictador en vano. Los desórdenes internos y las guerras exteriores hicieron necesaria esta magistratura para la república; ahora se ha asegurado la paz exterior, pero la interior se ha hecho imposible. Prefiero verme involucrado en la sedición como un ciudadano privado que como dictador." Y diciendo esto, abandonó el edificio y renunció a su dictadura. Para el pueblo, la razón esta muy clara; había renunciado a la magistratura porque estaba indignado por la forma en que fueron tratados. El incumplimiento de su promesa no no fue por su culpa; consideraron que hizo cuanto pudo para mantener su palabra y lo siguieron con aplausos en su vuelta a casa.

[2.32] El Senado empezó a temer que, una vez abandonasen el ejército, los ciudadanos volviesen a las conspiraciones y las reuniones secretas. Aunque era el dictador quien había efectuado de hecho el alistamiento, los soldados habían jurado obediencia a los cónsules. Recordándoles que seguían bajo el juramento militar, el Senado ordenó a las legiones que marchasen fuera de la Ciudad con la excusa de que se había reanudado la guerra con los ecuos. Esta decisión precipitó la sedición. Se dice que la primera idea fue dar muerte a los cónsules, para desligarse de su juramento; pero, comprendiendo que que ninguna obligación religiosa podría disolverse mediante un crimen, decidieron, por instigación de un tal Sicinio, ignorar a los cónsules y retirarse al Monte Sacro, que está al otro lado del Anio, a tres millas [4440 metros.-N. del T.] de la Ciudad. Esta es una tradición aceptada más comúnmente que la defendida por Pisón y que dice que la separación se hizo en el Aventino. Allí, sin jefe alguno y en un campamento fortificado con valla y foso, se retiraron sin nada más que lo básico para vivir y se mantuvieron varios días, ni efectuar ni recibir ninguna provocación. Un gran pánico se apoderó de la Ciudad, la desconfianza mutua llevó a un estado de parálisis general. Los plebeyos que habían sido dejados por sus compañeros en la Ciudad temían la violencia de los patricios; los patricios temían a los plebeyos que aún permanecían en la ciudad, y no sabían decidir si preferían que se quedasen o que se marchasen. "¿Cuánto tiempo", se preguntaban, "permanecerá tranquila la multitud que se ha separado? ¿Qué pasaría si, entre tanto, estallase alguna guerra exterior?" Creían que todas sus esperanzas residían en la concordia entre los ciudadanos, y que esta debía ser restaurada a cualquier precio.

El Senado decidió, por tanto, enviar a Menenio Agripa como portavoz, un hombre elocuente y aceptable para la plebe, pués el mismo era de origen plebeyo. Fue admitido en el campamento, y se cuenta que él, simplemente, les contó la siguiente fábula en forma primitiva y tosca: "En los días en que todas las partes del cuerpo humano vivían, no juntas como ahora, sino cada miembro por su lado y hablando sólo de lo suyo, se indignaron todos contra el vientre y decían que todo lo que hacían era únicamente en beneficio suyo mientras éste estaba ocioso y no hacía más que disfrutar de todo. Y conspiraron contra él: las manos no llevarían comida a la boca, la boca no aceptaría la comida que se le ofreciese, los dientes no la masticarían. Mientras, en su resentimiento, estaban ansiosos por obligar al vientre mediante el hambre, ellos mismos se debilitaron y todo el cuerpo quedó al fin exhausto. Entonces se hizo evidente que el vientre no era un holgazán y que el alimento que recibía no era mayor que el que devolvía a todas las partes del cuerpo para que viviesen y se fortaleciesen, distribuyéndolo equitativamente entre las venas tras haberlo madurado con la digestión de los alimentos." Mediante esta comparación, y mostrando cómo las discordias internas entre las partes del cuerpo se parecían a la animosidad de los plebeyos contra los patricios, logró conquistar a su audiencia.

[2.33] Se empezó a negociar buscando la reconciliación. Se llegó al acuerdo de que la plebe debía tener sus propios magistrados, cuyas personas serían inviolables, y que tendrían derecho de auxilio contra los cónsules. Y, además, no se le permitiría a ningún patricio el ejercicio de dicho cargo. Se eligieron dos tribunos de la plebe, Cayo Licinio y Lucio Albino. Estos eligieron a tres colegas. En general se acepta que Sicinio, el instigador de la secesión, fue uno de ellos, pero no se sabe quiénes fueron los otros dos. Algunos dicen que sólo se nombreron dos tribunos en el Monte Sacro y que fue allí donde se aprobó la Lex Sacrata. Durante la secesión de la plebe Espurio Casio y Postumio Cominio -493 a.C.-tomaron posesión de su consulado. En su año de magistratura se firmó un tratado de paz con las ciudades latinas, permaneciendo en Roma uno de los cónsules con éste propósito. El otro fue enviado a la guerra contra los volscos. Derrotó un ejército volsco de Ancio, y los persiguió hasta Longula, de la que se apoderó. Luego avanzó hacia Polusca, que también pertenecía a los volscos, y la capturó; después atacó Corioli con gran fuerza.

Uno de los más destacados entre los jóvenes soldados del campamento era Cneo Marcio, un joven de buen juicio y simpre dispuesto a la acción, quien más tarde recibió el sobrenombre de Coriolano. Durante el transcurso del asedio, mientras el ejército romano dedicaba su atención a toda la gente del pueblo que estaba cercada dentro de sus murallas y no a la detección de posibles movimientos hostiles exteriores, fueron repentinamente atacados por las legiones volscas que habían marchado desde Anzio. Al mismo tiempo, hicieron una salida desde la ciudad. Marcio resultó estar de guardia, y con un cuerpo selecto de hombres no sólo rechazó la salida sino que hizo una incursión audaz por la puerta abierta, y tras hacer gran matanza en aquella parte de la ciudad, tomó un poco de fuego e incendió los edificios que lindaban con la muralla. Los gritos de los ciudadanos, que se mezclaban con los de las mujeres y los niños aterrorizados, envalentonaron a los romanos y desmoralizó a los volscos, que pensaron que la ciudad a la que habían venido a ayudar ya había sido capturada. Así, las tropas de Ancio fueron derrotados y Corioli capturada. La fama que ganó Marcio eclipsó tan completamente la del cónsul que, de no haber sido inscrito el tratado con los latinos (pues debido a la ausencia de su colega había sido firmado sólo por Espurio Casio) en una columna de bronce y así quedar permanentemente registrado, cualquier recuerdo de que fuera Postumio Cominio quién dirigió la guerra con los volscos habría perecido. En el mismo año murió Menenio Agripa, un hombre que durante toda su vida fue igualmente apreciado por los patricios y los plebeyos, y se hizo aún más querido de los plebeyos después de su secesión. Sin embargo, el negociador y árbitro de la reconciliación, el que actuó como el embajador de los patricios ante la plebe y devolvió a la Ciudad, no disponía de suficiente dinero para sufragar los gastos de su funeral. Fue enterrado por los plebeyos, cada uno aportando una sextante [moneda romana de cobre de dos onzas (54,56 gr) de peso (sexta parte de un as).-N. del T.]

a su costa.

[2.34] Los nuevos cónsules fueron Tito Geganio y Publio Minucio -492 a.C.-. En este año, mientras que en el extranjero todo estuvo tranquilo y en el interior las disensiones civiles se calmaron, la república fue atacada por otro mal mucho más grave: en primer lugar, carestía de alimentos, debido a los campos sin cultivar durante la secesión, y luego una hambruna como la que sufriría una ciudad sitiada. Esto, en todo caso, habría conllevado la desaparición de los esclavos, y probablemente también habrían muerto muchos plebeyos, de no haber hecho frente los cónsules a la emergencia enviando comisionados a varios lugares para comprar grano. Marcharon no sólo a lo largo de la costa a la derecha de Ostia, en Etruria, sino también a la izquierda, pasado el país de los volscos, hasta llegar a Cumas. Su búsqueda se extendió incluso hasta Sicilia; a tal punto la hostilidad de sus vecinos los obligó a buscar ayuda tan lejos. Cuando el grano hubo sido comprado en Cumas, los barcos fueron detenidos por el tirano Aristodemo a modo de embargo en compensación sobre las propiedades romanas de Tarquinio, de quien era heredero. Entre los volscos y en el distrito de Pontino fue incluso imposible negociar la compra de grano, los comerciantes estuvieron a punto de ser atacados por la población. Desde Etruria llegó un poco de grano por el Tiber; esto sirvió para auxilio de los plebeyos. Habían sido acosados por una guerra, doblemente inoportuna al resultar tan escasas las provisiones, si los volscos, que ya estaban en marcha, no hubieran sido azonados por una terrible pestilencia [en la época, cualquier enfermedad contagiosa, solía ser calificada como "peste" o "pestilencia".-N. del T.]. Este desastre intimidó al enemigo tan eficazmente que incluso cuando se hubo calmado su virulencia siguieron en cierta medida sobrecogidos; los romanos incrementaron el número de colonos en Velitras y establecieron una nueva colonia en Norba, en las montañas, para servir como bastión en el territorio de Pomptina.

Durante el consulado de Marco Minucio y Aulo Sempronio -491 a.C.-una gran cantidad de grano llegó desde Sicilia, la cuestión se debatió en el Senado: ¿a qué precio se le debía dar a la plebe? Muchos opinaban que había llegado el momento de ejercer presión sobre los plebeyos y recuperar los derechos que habían sido arrebatados al Senado mediante la secesión y la violencia que la acompañó. El principal de ellos fue Marcio Coriolano, un enemigo declarado de la potestad tribunicia. "Si", sostuvo, "quieren su grano al precio antiguo, que devuelvan al Senado sus antiguos poderes. ¿Por qué, entonces, debería, tras haber sido subyugado y rescatado como si estuviese entre bandidos, ver a los plebeyos detentar magistraturas, o contemplar a un Sicinio en el poder? ¿Voy a soportar estas humillaciones un instante más? ¿Yo, que no pude soportar a un Tarquinio como rey, soportaré a un Sicinio? ¡Dejad que se marchen ahora! ¡que llamen a sus plebeyos! ¡abiertas están las vías al Monte Sacro! ¡Dejad que se lleven el grado de nuestros campos como hicieron hace dos años; dejadles disfrutar de la escasez que con su locura han provocado! Me atrevo a decir que después de haber sido domesticados por estos sufrimientos, más preferirán trabajar como braceros en los campos que impedir que sean cultivadas por culpa de una secesión armada". Es más fácil decir lo que debía haberse hecho que creer que se podía haber llevado a cabo: que los senadores podrían haber logrado, bajando el precio del grano, la abrogación del poder tribunicio y de todas las restricciones legales que se les impuso contra su voluntad.

[2.35] El Senado consideró estas intenciones muy peligrosas y los plebeyos, en su exasperación, casi corrieron a por las armas. El hambre, dijeron, estaba siendo usada como arma contra ellos, como si fueran enemigos; estaban siendo engañados con los alimentos y el sustento; el grano extranjero, que la fortuna les había dado de forma inesperada como su único medio de sustento, les iba a ser arrancado de sus bocas a menos que sus tribunos fueron entregados encadenados a Cneo Marcio, a menos que pudiera hacer caer su voluntad sobre las espaldas de los plebeyos romanos. En él veían surgir un nuevo verdugo, que les ordenaría morir o vivir como esclavos. Habría sido atacado al salir de la curia si los tribunos, muy oportunamente, no hubiesen fijado un día para su procesamiento. Esta medida disipó la cólera; cada hombre se vio como juez con poder de vida y muerte sobre su enemigo. Al principio, Marcio trató las amenazas de los tribunos con desprecio; éstos tenían el poder de proteger, no de castigar: eran los tribunos de la plebe, no de los patricios. Pero la ira de los plebeyos había sido tan excitada que los patricios pensaron que sólo podrían salvarse a sí mismos castigando a uno de su clase. Se resistieron, sin embargo, a pesar del odio: trataron de ejercer todos los poderes que poseían, tanto colectiva como individualmente. Al principio trataron de impedir el procedimiento situando grupos de sus clientes para disuadir a los individuos de que acudieran a las asambleas y reuniones. Luego actuaron colectivamente (como si todos los patricios estuviesen procesados) y rogaban a los plebeyos que si se negaban a absolver a un hombre inocente, al menos se lo entregasen a los senadores como culpable. Como él no hizo acto de presencia el día de su juicio, su resentimiento siguió inalterado y fue condenado en ausencia. Marchó al exilio entre los volscos, profiriendo amenazas contra su patria y dominado por el odio contra ella. Los volscos le recibieron de buen grado y se hizo más popular conforme su resentimiento contra sus compatriotas se volvía más encarnizado, escuchándose cada vez con más frecuencia sus quejas y amenazas. Disfrutó de la hospitalidad de Atio Tulio, que era el hombre más importante en ese momento entre los volscos y enemigo de Roma durante toda su vida. Impulsados ambos por motivos parecidos: el uno por un antiguo odio y el otro por uno reciente, hicieron planes para hacer la guerra a Roma. Tenían la impresión de que no se podría inducir fácilmente al pueblo, tras tantas derrotas, a tomar las armas de nuevo y que, después de sus pérdidas en tantas guerras y las últimas por la pestilencia, estaban desmoralizados. Había pasado tiempo suficiente para que se calmase la hostilidad; era necesario, por tanto, tramar un engaño por el cual se volvieran a exacerbar los ánimos.

[2.36] Sucedió que se estaban haciendo preparativos para una repetición de los grandes juegos [Ludi Romani o Ludi maximi.-N. del T.]. La razón de su repetición era que por la mañana temprano, antes del comienzo de los Juegos, un padre de familia después de azotar a su esclavo le había arrastrado por en medio del Circo Máximo. Luego los Juegos empezaron, como si el incidente no tuvo importancia religiosa. No mucho después, Tito Latino, un miembro de la plebe, tuvo un sueño. Júpiter se le apareció y le dijo que el bailarín que inició los Juegos le resultó desagradable, y agregó que a menos que estos Juegos se repitieran con la debida magnificencia, el desastre caería sobre la Ciudad, y que él tenía que ir e informar a los cónsules. A pesar de que no estaba en absoluto libre de escrúpulos religiosos, temía también decírselo a los cónsules para que no le hicieran objeto de escarnio público. Esta vacilación le costó cara porque en pocos días perdió a su hijo. Para que no cupiese duda en cuanto a la causa de esta repentina calamidad, la misma forma se apareció nuevamente al afligido padre en su sueño y le dijo que si no creía haber sido suficientemente castigado por su negligencia al cumplir la voluntad divina, otra más terrible le esperaba si no iba inmediatamente a informar a los cónsules. Aunque el asunto se hacía cada vez más urgente, siguió retrasándose y, mientras así lo iba postergando, fue atacado por una enfermedad grave en forma de parálisis súbita. Ahora, la ira divina le alarmó, y fatigado por su pasada desgracia así como por la actual, llamó a sus amistades y les contó lo que había visto y oido; la repetida aparición de Júpiter en sus sueños y las amenazas y la caida de la ira del cielo sobre él por sus dudas. Con la firme recomendación de todos los presentes fue llevado en una litera ante los cónsules, en el Foro, y desde allí, por orden de los cónsules, al Senado. Después de repetir la misma historia a los senadores, para gran sorpresa de todos, se produjo otro milagro. La tradición cuenta que quien había sido llevado a la curia con todo su cuerpo paralizado, volvió a casa, después de cumplir con su deber, por sus propios pies.

[2.37] El Senado decretó que los Juegos debían celebrarse con el mayor esplendor. A sugerencia de Atio Tulio, un gran número de volscos acudió a ellos. De conformidad con un acuerdo previo con Marcio, Tulio se llegó a los cónsules, antes de que empezasen los juegos, y les dijo que había ciertos asuntos concernientes al Estado que deseaba discutir con ellos en privado. Cuando todos los demás se retiraron, comenzó: "No me gusta tener que hablar mal de mi pueblo. No vengo, sin embargo, para acusarlos de haber cometido realmente un delito, sino a tomar precauciones contra la comisión de uno. El carácter de nuestros ciudadanos es más voluble de lo que yo querría; lo hemos experimentado en muchas derrotas, por lo debemos nuestra actual seguridad no a nuestros méritos, sino a vuestra indulgencia. Aquí, en este momento, hay una gran multitud de volscos, los Juegos están en marcha y toda la Ciudad está pendiente del espectáculo. Recuerdo que un atentado fue cometido por los jóvenes sabinos en una ocasión similar y me estremezco al pensar que pudiera ocurrir algún incidente imprudente y temerario. Por nuestro bien y el vuestro, cónsules, pensé que lo correcto era advertirles. En lo que a mí respecta, tengo la intención de marcharme en seguida a mi casa no sea que, si me quedo, me vea envuelto en cualquier disturbio". Con estas palabras, se marchó. Estas alusiones vagas, pronunciadas al parecer de buena fuente, fueron trasladadas por los cónsules al Senado. Como generalmente sucede, la autoridad de la fuente, en lugar de los hechos efectivos, los indujo a tomar precauciones incluso excesivas. Se aprobó un decreto por el que los volscos debían abandonar la Ciudad; se enviaron pregoneros para que se les ordenase a todos ellos salir antes del anochecer. Su primer sentimiento fue de pánico a medida que iban a sus alojamientos respectivos para retirar sus pertenencias; pero cuando habían empezado a marcharse, se apoderó de ellos un sentimiento de indignación al ser expulsados de los Juegos, de un festival que era a modo de reunión entre los dioses y los hombres, como si estuviesen impuros o fuesen criminales.

[2,38] A medida que se iban en un flujo casi continuo, Tulio, que se había adelantado, los esperaba en la Fuente Ferentina. Abordando a sus hombres más importantes a medida que llegaban, con tono de queja e indignación los condujo, con la ira de sus propias palabras y sus propios sentimientos de enojo, hacia la llanura que se extendía por debajo de la carretera. Allí comenzó su discurso: "Aunque olvidáseis todos los males que Roma os ha causado y las derrotas que el pueblo volsco ha sufrido, aunque lo olvidáseis todo, ¿con qué carácter, quisiera saber, ¿sufriréis este insulto de ayer, cuando comienzan sus juegos haciéndonos esta ignominia? ¿No creéis que hoy han triunfado sobre nosotros? ¿Que al salir fuísteis un espectáculo para el pueblo, para los extranjeros, para todas las poblaciones vecinas; que vuestras esposas, vuestros hijos, fueron exhibidos como espectáculo ante los ojos de todos? ¿Qué creéis que pensaban aquellos que escucharon la voz de los pregoneros, los que nos miraban partir, los que se encontraron con esta cabalgata ignominiosa? ¿Qué pueden haber pensado, sino que había alguna culpa terrible en nosotros, que si hubiésemos estado presentes en los Juegos los habríamos profanado y hecho necesaria una expiación, y que esta es la razón por la que hemos sido expulsados de las casas de esta buena y religiosa gente y de toda relación y asociación con ellos? ¿No se os ocurre que debemos nuestras vidas a la premura con la que partimos, si es que podemos llamarlo partida y no huída? ¿Y os dáis cuenta de que esta Ciudad no es más que la Ciudad de vuestros enemigos donde, habiendo residido un sólo día, habéis estado a punto de morir? Os ha sido declarada la guerra, para gran mal de quienes os la han declarado si es que sois realmente hombres". Así que marcharon a sus hogares, con su resentimiento amargado por esta arenga. Ellos instigaron tanto los sentimientos de sus compatriotas, cada uno en su propia ciudad, que todo el pueblo volsco se sublevó.

[2.39] Por voto unánime de todos los generales, se confió la dirección de la guerra a Atio Tulio y a Cneo Marcio, el exiliado romano, en quien pusieron todas sus esperanzas. Él justificó totalmente sus expectativas, pues se hizo bastante evidente que la fuerza de Roma residía más en sus generales que en su ejército. Marchó en primer lugar contra Circeio, expulsó a los colonos romanos y se la entregó a los volscos como ciudad libre. Luego tomó Satrico, Longula, Polusca y Corioli, pueblos que los romanos habían capturado recientemente. Marchando a través del país por la Vía Latina, recuperó Lavinio y después, sucesivamente, Corbión, Vetelia, Trebio, Labico y Pedum [actual Gallicano.-N. del T.]. Por último, avanzó desde Pedum contra la Ciudad. Atrincheró su campamento en las fosas Cluilias, a unas cinco millas de distancia [7400 metros.-N. del T.], y desde allí asoló el territorio romano. Las incursiones fueron acompañadas por hombres cuya misión era asegurarse de que las tierras de los patricios no fueran afectadas; una medida tomada bien porque su ira se dirigiese principalmente contra los plebeyos, bien porque esperase que surgiesen disturbios entre ellos y los patricios. Estos sin duda se habrían producido (a tal punto estaban los tribunos excitando a la plebe contra los hombres más importantes del Estado) de no haber sido porque el temor al enemigo que estaba fuera (el más fuerte lazo de unión) les unió a pesar de sus mutuas sospechas y aversión. En un punto que no estaban de acuerdo; el Senado y los cónsules ponían sus esperanzas únicamente en las armas, los plebeyos preferían cualquier cosa a la guerra. Espurio Nautio y Sexto Furio -488 a.C.-eran ahora cónsules. Mientras estaban revistando las legiones, guarneciendo las muralles y posicionando tropas en varios lugares, se reunió una enorme multitud. Al principio alarmaron a los cónsules con gritos sediciosos, y al final les obligaron a convocar el Senado y presentar una moción para enviar embajadores a Cneo Marcio. Como el valor de la plebe estaba, evidentemente, cediendo, el Senado aceptó la moción, y se enviaron embajadores a Marcio con propuestas de paz. Regresaron con la respuesta: Si se devolvía el territorio capturado a los volscos podrían hablar de paz; pero si deseaban disfrutar del botín de guerra a su placer, él no se había olvidado de los daños infligidos por sus compatriotas ni de la amabilidad que habían mostrado quienes ahora eran sus anfitriones, y se esforzaría por dejar claro que su espíritu se había despertado, no roto, con el exilio. Los mismos legados fueron enviados por segunda vez, pero no se les permitió la entrada en el campamento. Según la tradición, los sacerdotes, envueltos con sus ropajes, fueron como suplicantes al campamento enemigo, pero no tuvieron más influencia con él que la delegación anterior.

[2.40] Después se juntaron las matronas y fueron ver a Veturia, la madre de Coriolano, y a su esposa Volumnia. No puedo asegurar si esto fue consecuencia de un decreto del Senado, o simplemente a causa del miedo de las mujeres, pero en todo caso tuvieron éxito convenciendo a Veturia para que fuese con Volumnia y sus dos hijos pequeños al campamento enemigos. Mientras que los hombres eran incapaces de proteger a la ciudad por las armas, las mujeres buscaron hacerlo con sus lágrimas y oraciones. A su llegada al campamento, se envió recado a Coriolano de que se había presentado una gran cantidad de mujeres. Había permanecido impasible ante la majestad del Estado en la persona de sus embajadores, ante el llamamiento que a sus ojos y ánimo hicieron los sacerdotes; aún más dura fue para con las lágrimas de las mujeres. Entonces, uno de sus amigos, que había reconocido a Veturia, de pie entre su nuera y sus nietos, y visible entre todos ellos por su gran dolor, le dijo: "Si no me engañan mis ojos, tu madre, tu esposa y tus hijos están aquí". Coriolano, casi como un loco, saltó de su asiento para abrazar a su madre. Ella, cambiando de tono de súplica a la ira, le dijo: "Antes de permitir tu abrazo, déjame saber he venido ante un hijo o ante un enemigo, si estoy en tu campamento como tu prisionera o como tu madre. Haber tenido una larga vida y una vejez infeliz me ha llevado a esto, ¿Que tenga que verte exiliado y convertido en enemigo? ¿Tendrás el corazón de arrasar este tierra en la que naciste y que te ha alimentado? ¿Cómo no cedió la ira hostil y amenazante con que llegaste al entrar en su territorio? ¿No te decías al posar tus ojos en Roma, 'Dentro de esas murallas está mi casa, mis dioses familiares, mi madre, mi esposa, mis hijos?'. Si yo no hubiese parido, ningún ataque habría recibido Roma; Si nunca hubiese tenido un hijo, habría terminado mis días como una mujer libre en un país libre. Pero no hay nada que yo pueda sufrir ahora que no te traiga a tí más desgracia de la que me has causado; cualquiera que sea la infelicidad que me espera, no será por mucho tiempo. Mira a éstos, a los cuales, si insistes en tus acciones actuales, les espera una muerte prematura o una larga vida de esclavitud". Cuando cesó, su esposa e hijos lo abrazaron, y todas las mujeres lloraban y se lamentaban de su destino y del de su país. Por fin, cedió y se compadeció. Abrazó a su familia, los despidió y levantó su campamento. Después de retirar sus legiones del territorio romano, se dice que cayó víctima del resentimiento que su acción despertó; pero en cuanto al momento y las circunstancias de su muerte, las tradiciones varían. Encuentro en Fabio, que es con mucho la mayor autoridad, que llegó a la ancianidad; dice de él que a menudo exclamaba en sus últimos años que un hombre no era viejo hasta que no sentía la completa miseria del exilio. Los maridos romanos no guardaron rencor a sus esposas por la gloria que habían ganado, tan absolutamente libres del espíritu de la envidia y la maledicencia estaban por aquellos días. Se construyó y consagró un templo a la Fortuna de las Mujeres que sirviera como recuerdo de su acción. Posteriormente, las fuerzas combinadas de los volscos y los ecuos volvieron a entrar en el territorio romano. Los ecuos, sin embargo, se negaron a aceptar por más tiempo el generalato de Atio Tulio, surgió una disputa en cuanto a qué nación debía proporcionar el comandante del ejército unido, y esto resultó en una sangrienta batalla. Aquí, la buena fortuna de Roma destruyó los dos ejércitos de sus enemigos en un conflicto tan ruinoso como obstinado. Los nuevos cónsules fueron Tito Sicinio y Cayo Aquilio -487 a.C.-. A Sicinio se le asignó la campaña contra los volscos, a Aquilio contra los hérnicos, pues también estaban en armas. En ese año fueron sometidos los hérnicos y la campaña contra los volscos terminó indecisa.

[2,41] Para el año siguiente -486 a.C.-, fueron elegidos cónsules Espurio Casio y Próculo Verginio. Se firmó un tratado con los hérnicos, se les quitó dos tercios de su territorio. De ésta, Casio destinó la mitad a los latinos y la otra mitad a la plebe romana. Contempló añadir a esas tierras otras que, alegó, aunque eran tierras del Estado, estaban ocupadas por particulares. Esto alarmó a muchos de los patricios, los ocupantes actuales, pues ponía en peligro la seguridad de sus bienes. Sobre los terrenos públicos, también se sentían inquietos, ya que consideraban que mediante esta generosidad el cónsul estaba creando un poder peligroso para la libertad. Entonces, por primera vez, se promulgó una ley agraria, y desde entonces hasta hoy nunca se ha sido debatida sin grandes conmociones. El otro cónsul se opuso a la propuesta. En esto fue apoyado por el Senado, mientras que la plebe estaba lejos de mostrarse unánime en favor de la ley. Estaban empezando a mirar con recelo que un don tan barato fuese compartido entre ciudadanos y aliados, y a menudo escuchaban decir al cónsul Verginio, en sus discursos públicos, que el regalo de su colega estaba lleno de malicia, que las tierras en cuestión traerían la esclavitud para quien las tomase y que estaba preparándose el camino para alcanzar el trono. ¿Por qué, preguntó, se había incluido a los aliados y a la Liga Latina? ¿Qué necesidad había de devolver una tercera parte del territorio de los hérnicos, tan recientemente nuestros enemigos, a menos que esas dos naciones quisieran tener como jefe a Casio, en lugar de Coriolano? El oponente de la Ley Agraria comenzó a ser popular. Entonces, ambos cónsules trataron de ir lo más lejos posible para complacer a la plebe. Verginio dijo que consentiría con la cesión de las tierras a condición de que se asignasen solamente a ciudadanos romanos. Casio había pretendido la popularidad entre los aliados mediante su inclusión en la distribución y por esto se hundió su estima entre sus conciudadanos. Para recuperar su favor, dio órdenes para que el dinero que habían recibido para el grano de Sicilia fuese devuelto al pueblo. La plebe consideró con desprecio esta oferta, como si fuese sólamente el precio del trono. Debido a su desconfianza innata de que estaba pretendiendo la monarquía, sus regalos fueron rechazados por completo, como si tuvieran abundancia de todo. En general, se afirma que inmediatamente después de dejar su magistratura fue condenado y ejecutado. Algunos afirman que su propio padre fue el autor de su castigo, que lo ejecutó en privado en su casa, y después de la flagelación le dio muerte y consagró sus propiedades privadas a Ceres [diosa de la agricultura, cosechas y fecundidad.-N. del T.]. Allí erigió una estatua de la diosa con la inscripción "Donada por la familia Casia." He visto que algunos autores dan un relato mucho más probable, es decir, que fue procesado por los cuestores Cesón Fabio y Lucio Valerio ante el pueblo y condenado por traición a la patria, dando orden de que su casa fuese demolida. Se encontraba (la casa) en el espacio abierto en frente del templo de Tellus. En cualquier caso, tanto si el juicio fue público o privado, su condena se llevó a cabo en el consulado de Servio Cornelio y Quinto Fabio -485 a.C.-.

[2.42] La ira popular contra Casio no duró mucho. La Ley Agraria resultó lo bastante atractiva, aunque fuera destituido de su autor, para despertar por sí misma el deseo de la plebe, y su avidez aumentó con la falta de escrúpulos del Senado, quien engañó a los soldados sobre su parte del botín que les correspondía sobre lo ganado ese año a los volscos y ecuos. Todo lo capturado al enemigo fue vendido por el cónsul Fabio y el importe se depositó en el Tesoro Público. A pesar del odio que esto produjo en la plebe contra todo el nombre Fabio, los patricios consiguieron que Cesón Fabio fuera elegido cónsul, para el año siguiente -484 a.C.-, junto con Lucio Emilio. Este disgustó aún más a la plege y los disturbios internos llevaron a una guerra exterior. Por el momento, se suspendieron las querellas civiles, los patricios y los plebeyos sólo tenían en la cabeza resistir a los ecuos y los volscos, y Emilio dirigió un combate que terminó en victoria. El enemigo sufrió más pérdidas durante la retirada que en la batalla, con tanto ardor fueron perseguidos por la caballería. En el mismo año, el 15 de julio, se consagró el templo de Cástor. Había sido prometido por el dictador Postumio durante la Guerra Latina; su hijo fue nombrado duunviro para consagrarlo. En este año, también, el atractivo de cuanto la Ley Agraria les prometía alteró al pueblo y los tribunos consiguieron hacer más apreciada por el pueblo su magistratura insistiendo constantemente en la aplicación de tan popular medida. Los patricios, creyendo que ya había más que suficientes alteraciones en la pleba, vieron con horror aquellos sobornos e incitaciones a la imprudencia. Los cónsules decidieron mostrar una resistencia más decidida, y el Senado ganó la partida. No fue sólo una victoria momentánea, pues eligieron como cónsules para el año siguiente -483 a.C.-a Marco Fabio , el hermano de Cesón, y a Lucio Valerio, que era objeto de un odio especial por parte de la plebe por su persecución de Espurio Casio. El enfrentamiento con los tribunos continuó durante todo el año; la Ley siguió siendo letra muerta y los tribunos, con sus promesas infructuosas, se convirtieron en holgazanes jactanciosos. La gens Fabia ganó una inmensa reputación tras los tres consulados sucesivos de miembros suyos, todos los cuales habían tenido, invariablemente, éxito en su resistencia a los tribunos. La magistratura permaneció durante un tiempo, como una inversión segura, oficina se mantuvo como una inversión segura, en la gens. Empezó una guerra con Veyes y resurgió la de los volscos. El pueblo contaba con fuerza más que suficiente para afrontar las guerras exteriores, pero la desperdiciaron en conflictos internos. La inquietud general se vio agravada por signos sobrenaturales que, casi a diario, se sucedían por igual en la Ciudad y en el campo. Los augures, que fueron consultados por el Estado y por particulares, declararon que la ira divina se debía sólo a la profanación de las funciones sagradas. Estos avisos dieron lugar al castigo de Oppia, una virgen vestal, que fue declarada culpable de fornicación.

[2.43] Los siguientes cónsules Quinto Fabio y Cayo Julio -482 a.C.-. Durante este año, las disensiones civiles siguieron tan vivas como siempre, y la guerra asumió un cariz más serio. Los ecuos se levantaron en armas, y los veyentinos hicieron estragos en el territorio romano. En medio de la creciente incertidumbre sobre estas guerras Cesón Fabio y Espurio Furio -481 a.C.-fueron nombrados cónsules. Los ecuos estaban atacando a Ortona, una ciudad latina; los veyentinos, cargados con el botín, amenazaban ahora con atacar la propia Roma. Esta condición alarmante de los asuntos debía haber limitado, aunque en realidad aumentó, la hostilidad de la plebe, y volvieron al viejo método de rechazar el servicio militar. Esta reacción no fue espontánea; Espurio Licinio, uno de sus tribunos, pensando que era un buen momento para forzar al Senado, por pura necesidad, para que se cumpliese la Ley Agraria, había asumido la tarea de obstruir el reclutamiento. Todo el odio, sin embargo, excitado por este mal uso del poder tribunicio recayó sobre el autor: sus propios colegas estaban tan en contra de él como de los cónsules; con su ayuda pudieron los cónsules completar el alistamiento. Se levantó un ejército para cubrir dos guerras al mismo tiempo: uno contra los veyentinos, bajo el mando de Fabio, y el otro contra los ecuos, bajo el mando de Furio. En esta última campaña no ocurrió nada digno de mención. Fabio, sin embargo, tuvo muchos más problemas con sus propios hombres que con el enemigo. Él, el cónsul, en solitario, sostuvo entonces la República mientras su ejército, con su odio al cónsul, hizo cuanto pudo por traicionarlo. Porque, aparte de sus demás habilidades como jefe militar, de las que había dado sobradas muestras en sus preparativos para la guerra y en la dirección de la misma, había dispuesto de tal manera a sus tropas que derrotó al enemigo con el sólo envío contra él de la caballería. La infantería se negó a iniciar la persecución; no sólo desoyeron los llamamientos de su odiado general sino que llevaron sobre ellos la pública desgracia y la infamia, y hasta el peligro que se hubiera podido producir si el enemigo hubiera dejado de correr o se hubiese reorganizado. Se retiraron desobedeciendo las órdenes y, con la mirada triste (se podría suponer que habían sido derrotados), volvieron al campamento, maldiciendo a su jefe por el trabajo que había hecho la caballería [hay que tener presente que la táctica de Fabio suponía una acción que invertía los términos habituales de las batallas de la época: habitualmente era la infantería la que rompía las líneas enemigas y la caballería la que efectuaba la persecución de los derrotados.-N. del T.] Contra este ejemplo de desmoralización general no pudo el general oponer ningún recurso; hasta tal punto pueden los hombres carecer de la capacidad de gobernar a su propio pueblo, aunque sepan vencer al enemigo. El cónsul regresó a Roma, pero no había acrecentado su reputación militar tanto como se había agravado y hecho más amargo el odio que sus soldados sentían por él. El Senado, sin embargo, logró mantener el consulado en la gens de los Fabios; nombraron cónsul a Marco Fabio y Cneo Manlio fue elegido como su colega -480 a.C.-.

[2.44] Este año también hubo un tribuno que abogó por la Ley Agraria. Era Tiberio Pontificio. Adoptó la misma actitud que Espurio Licinio y durante un corto espacio de tiempo impidió el alistamiento. El Senado se volvió a perturbar, pero Apio Claudio les dijo que el poder de los tribunos había sido vencido el año anterior y así seguía, de hecho, en ese momento, y el precedente así establecido regiría para el futuro, pues era evidente que se había quebrado su fortaleza. Pues nunca faltaría un tribuno deseoso de triunfar sobre su colega y asegurarse el favor del mejor partirdo para bien del Estado. Si se necesitaban más, había más dispuestos a acudir en ayuda de los cónsules, siendo incluso sólo uno suficiente, contra el resto. Los cónsules y los líderes del Senado sólo tenían que tomarse la molestia de asegurarse de que, si no todos, al menos alguno de los tribunos estaría al lado de la República y del Senado. Los senadores siguieron este consejo, y al mismo tiempo, todos a la vez, trataron a los tribunos con cortesía y amabilidad; los hombres de rango consular, en cada demanda privada que establecían lograron que, en parte por influencia personal, en parte por la autoridad que su rango les daba, los tribunos ejercieran su poner en beneficio del Estado. Cuatro de los tribunos se opusieron a quien constituía un obstáculo para el bien público; con su ayuda, los cónsules pudieron hacer el alistamiento.

Luego partieron a la campaña contra Veyes. Habían llegado socorros a esta ciudad desde todas las zonas de Etruria, no tanto por ayudar a los veyentinos como por las esperanzas que tenían en que se disolviera el estado romano por sus discordias intestinas. En las asambleas públicas de las ciudades de Etruria, los jefes proclamaban en voz alta que el poder romano sería eterno a menos que sus ciudadanos cayeran en la locura de luchar entre sí. Esto, decían, ha demostrado ser el único veneno, la única plaga de los Estados poderosos, que hizo morir a los grandes imperios. Tales males habían sido controlados durante largo tiempo, en parte por la sabia política del Senado, en parte por la paciencia de la plebe, pero ahora las cosas habían llegado al extremo. El Estado unido se había dividido en dos, cada uno con sus propios magistrados y con sus propias leyes. Al principio, los alistamientos produjeron reyertas, pero cuando ya se encontraban en el servicio los hombres obedecían a sus generales. Mientras la disciplina militar se mantuvo el mal pudo ser detenido, cualquiera que fuese el estado de cosas en la Ciudad, pero ahora la costumbre de desobedecer a los magistrados se estaba extendiendo entre los soldados romanos en campaña. Durante la última guerra, en la misma batalla, en el momento crucial, la victoria pasó a los ecuos vencidos por la actitud común de todo el ejército: abandonaron los estandartes, abandonaron a su general sobre el campo de batalla y las tropas volvieron al campamento en contra de sus órdenes. De hecho, si se forzaban las cosas, Roma podría ser vencida por medio de sus propios soldados; sólo se necesitaba una declaración de guerra, una demostración de actividad militar y el destino y los dioses harían el resto. Previsiones de tal índole habían dado nuevas fuerzas a los etruscos, tras sus muchas vicisitudes de victoria y derrota.

[2.45] Los cónsules romanos, también, nada temían más que a sus propias fuerzas y sus propias armas. El recuerdo del precedente funesto establecido en la última guerra les disuadía de cualquier acción, y en virtud de ello temían un ataque simultáneo de dos ejércitos. Se confinaron en sus campamentos, y ante el doble peligro evitaron el enfrentamiento, esperando que el tiempo y las circunstancias pudieran quizá calmar las pasiones exaltadas y calmar los ánimos. Los veyentinos y los etruscos trataron por todos los medios de forzar la batalla; se acercaban al campamento y desafiaban a los romanos para que luchasen. Al final, ya que no conseguían nada con burlas e insultos ni contra el ejército ni contra los cónsules, declararon que los cónsules estaban usando el pretexto de las discordias internas para encubrir la cobardía de sus hombres, que desconfiaban de su valor más que dudaban de su lealtad. El silencio y la inactividad entre los hombres alistados era un nuevo tipo de sedición. También les gritaban, con verdades y mentiras, cosas sobre el origen reciente de su estirpe. Gritaban todo esto cerca de las murallas y puertas del campamento. Los cónsules se lo tomarom con calma, pero los soldados rasos se indignaron y avergonzaron, apartando sus pensamientos de los problemas internos. No querían que el enemigo siguiese impune, tampoco estaban dispuestos a que los patricios y los cónsules se salieran con la suya; el odio contra el enemigo trataba de imponerse al odio hacia sus compatriotas. Por fin, prevaleció el primero, tan despectiva e insolente se volvieron las burlas del enemigo. Se reunieron en multitud alrededor de las tiendas de los generales, insistiendo en combatir y pidiendo que dieran la señal para la acción. Los cónsules acercaron sus cabezas, como si deliberasen, y permanecieron así algún tiempo. Estaban ansiosos por luchar, pero tenían que reprimir y ocultar su ansiedad de modo que el entusiasmo de los soldados, una vez despertado, aumentase con la oposición y el retraso. Les dijeron que las cosas no estaban maduras, que aún no era el momento adecuado para la batalla y que debían permanecer dentro del campamento. A continuación, dictaron la orden de que no debía lucharse, y que cualquier que luchase contra las órdenes emitidas sería tratado como un enemigo. Los soldados, despedidos con esta respuesta, ansiaban aún más combatir cuanto que pensaban que los cónsules no lo deseaban. El enemigo se volvió aún más atrevido cuando se supo que los cónsules habían decidido no combatir; se imaginaban que podrían insultarles ahora con impunidad, pues no confiaban en los soldados y las cosas podrían alcanzar el estado de motín, llegando a su fin el dominio de Roma. En esta confianza corrían hacia las puertas, les lanzaban epítetos oprobiosos y casi llegaron a asaltar el campamento. Naturalmente, los romanos no pudieron tolerar esos insultos más tiempo y fueron desde todas partes del campamento a ver a los cónsules; no hicieron sus peticiones a través de los centuriones principales, como antes, sino en medio de un gran griterío. Los ánimos estaban maduros, pero todavía los cónsules se retraían. Por fin, Cneo Manlio, temeroso de que la creciente agitación provocase un motín, cedió, y Fabio, después de ordenar que tocasen las trompetas para imponer silencio, se dirigió a su colega así: "Yo sé, Cneo Manlio, que estos hombres pueden vencer; y no es sino por su culpa que yo no supiese si deseaban hacerlo. Por tanto, se ha decidido y determinado no dar la señal para el combate a menos que juren que saldrán victoriosos de esta batalla. Un cónsul romano fue ya una vez fue engañado por sus soldados, pero no podrán engañar a los dioses". Entre los centuriones principales que habían pedido ser llevados a la batalla estaba Marco Flavoleyo. "Marco Fabio," dijo, "Volveré victorioso de la batalla." Invocó la ira del padre Júpiter, de Marte Gradivus [el que precede o guía al ejército en combate.-N. del T.] y de otros dioses si él rompía su juramento. Todo el ejército repitió el juramento, hombre por hombre, después de él. Cuando hubieron jurado, se dio la señal, tomaron sus armas y entraron en acción, furiosos de rabia y seguros de la victoria. Les dijeron a los etruscos que se atrevieran a seguir con sus insultos, a ver si estaban igual de dispuestos a enfrentarse a ellos con las armas como lo estaban para hacerlo con sus lenguas Todos, patricios y plebeyos por igual, demostraron un notable valor ese día, el nombre Fabio se cubrió especialmente de gloria. Habían decidido recuperar, en esta batalla, la estima del pueblo, que habían perdido tras muchas contiendas políticas.

[2.46] Se formó la línea de batalla; ni los veyentinos ni las legiones etruscas rechazaron el combate. Estaban casi seguros de que los romanos no serían más combativos que contra los ecuos, y aún pensaban que podría sucederles algo todavía más grave considerando el estado de irritación en que estaban y la doble oportunidad que ahora se les presentaba. Las cosas tomaron un rumbo muy diferente, pues en ninguna otra guerra anterior los romanos habían entrado en acción con determinación más severa, tan excitados estaban por los insultos del enemigo y las tácticas dilatorias de los cónsules. Los etruscos apenas habían tenido tiempo para formar sus filas cuando, tras que las jabalinas hubieran sido arrojadas desordenadamente en vez de con regularidad, los guerreros entraron al cuerpo a cuerpo con las espadas, la clase más desesperada de lucha. Entre los más destacados estuvieron los Fabios, que dieron un espléndido ejemplo a seguir a sus compatriotas. Quinto Fabio (el que había sido cónsul dos años antes) cargó, ajeno al peligro, contra la masa Veyentina, y mientras estaba combatiendo con un gran número de enemigos, un toscano de fuerza enorme y espléndidamente armado hundió su espada en el pecho, y al sacarla Fabio cayó sobre la herida. Ambos ejércitos acusaron la caída de este hombre, y los romanos comenzaron a ceder terreno, entonces Marco Fabio, el cónsul, saltando por encima del cuerpo caído y sosteniendo su escudo, les gritó, "¿Es esto lo que jurásteis, soldados, que volverías huyendo al campamento? ¿Teméis más a este enemigo cobarde que a Júpiter y Marte, por quienes jurásteis? Yo, que no he jurado, volveré victorioso, o caeré luchando por tí, Quinto Fabio. " Luego, Cesón Fabio, el cónsul del año anterior dijo al cónsul, "¿Con estas palabras, hermano, crees que les harás luchar? Los dioses, por los que juraron, lo harán; nuestro deber como jefes, si queremos ser dignos del nombre Fabio, es encender el coraje de nuestros soldados con el combate en lugar de con arengas". Así los dos Fabios se abalanzaron con sus lanzas en ristre y arrastraron con ellos a toda la línea.

[2.47] Mientras la batalla se recuperaba en un ala, el cónsul Cneo Manlio mostraba no menos de energía en la otra, donde la suerte del día dio un giro similar. Porque, como Quinto Fabio en el otro extremo, el cónsul Manlio estaba aquí conduciendo a sus hombres frente al enemigo cuando fue gravemente herido y se retiró del frente. Pensando que había muerto, cedieron terreno, y hubieran abandonado sus posiciones si el otro cónsul no llegase al galope tendido con algunas fuerzas de caballería, gritándoles que su colega estaba vivo y que él mismo había derrotado la otra ala enemiga, consiguiendo detener la retirada romana. Manlio también se mostró ante ellos, para reanimar a sus hombres. La conocidas voces de los dos cónsules dieron a los soldados nuevos ánimos. Al mismo tiempo, la línea enemiga estaba debilitada pues, confiados en su superioridad numérica, se habían desprendido de sus reservas y las habían enviado a asaltar el campamento. Éstas no encontraron sino una ligera resistencia y, mientras pensaban más en saquear que en combatir, los triarios romanos, que no habían podido resistir el primer ataque, enviaron mensajeros al cónsul para decirle cómo estaban las cosas y entonces, retirándose en orden al Pretorio [lugar del campamento donde se situaba la tienda del jefe de la fuerza.-N. del T.] y reiniciando la lucha sin esperar órdenes. El cónsul Manlio había vuelto al campamento, y envió tropas a todas las puertas para bloquear la huída del enemigo. La situación desesperada despertó en los etruscos la locura en vez del valor; se lanzaron en cada dirección donde les parecía haber esperanza, y durante algún tiempo sus esfuerzos fueron infructuosos.

Por fin, un cuerpo compacto de jóvenes soldados atacaron al propio cónsul, visible por sus armas. Las primeras armas fueron detenidas por los que estaban a su alrededor, pero no pudieron aguantar mucho tiempo la violencia de su ataque. El cónsul cayó mortalmente herido y quienes le rodeaban fueron dispersados. Los etruscos se envalentonaron, los romanos huyeron presa del pánico a lo largo del campamento y las cosas podrían haberse descontrolado completamente si los miembros de la guardia del cónsul no hubiesen recuperado rápidamente su cuerpo y hubieran abierto una vía a través del enemigo hasta una de las puertas. Irrumpieron los etruscos a través de ella y, en una confusa masa, se encontraron con el otro cónsul que había ganado la batalla; allí fueron nuevamente masacrados y dispersados en todas direcciones. Se ganó una victoria gloriosa aunque triste por la muerte de dos hombres ilustres. El Senado decretó un triunfo, pero el cónsul respondió que si el ejército podía celebrar un triunfo sin su comandante, con mucho gusto les permitía hacerlo a cambio de su espléndido servicio en la guerra. Pero como su gens estaba de luto por su hermano, Quinto Fabio, y el Estado había sufrido parcialmente por la pérdida de uno de sus cónsules, no podía aceptar laureles para sí mismo que eran ensombrecidos por el público y privado. Fue más celebrado por declinar el triunfo que si lo hubiese celebrado, pues a veces la gloria desdeñada vuelve aumentada con el tiempo. Después dirigió las exequias de su colega y su hermano, y pronunció la oración fúnebre de cada uno. En la mayor parte de los elogios que les concedía, tenía parte él mismo. No había perdido de vista el objetivo que se propuso al comienzo de su consulado, la reconciliación con la plebe. Para promoverlo, se distribuyó entre los patricios el cuidado de los heridos. Los Fabios se hicieron cargo de un gran número y en ningún lugar se les mostró mayor atención. A partir de este momento comenzó a ser popular; y su popularidad fue ganada por métodos que no eran incompatibles con el bienestar del Estado.

[2.48] Por lo tanto la elección de Cesón Fabio como cónsul, junto con Tito Verginio -479 a.C.-, fue bien recibida tanto por la plebe como por los patricios. Ahora que existía una perspectiva favorable de concordia, subordinó todos los proyectos militares a la tarea unir a patricios y plebeyos a la mayor brevedad. Al comienzo de su año de magistratura, propuso que antes de que cualquier tribuno llegase a abogar por la Ley Agraria, el Senado debería anticiparse, tomar bajo su control la empresa y distribuir las tierras capturadas en la guerra entre los plebeyos tan justamente como fuese posible. Era justo que éstos obtuviesen aquello que se habían ganado con su sangre y su sudor. Los patricios trataron la propuesta con desprecio, algunos incluso se quejaron de que la mente una vez enérgica de Cesón se estaba volviendo débil y extravagante por el exceso de gloria que había ganado. No hubo luchas partidistas en la Ciudad. Los latinos estaban siendo acosados por las incursiones de los ecuos. Cesón fue enviado allí con un ejército, cruzaron la frontera hacia territorio ecuo y lo asolaron. Los ecuos se retiraron a sus ciudades y se mantuvieron tras sus murallas. No hubo ninguna batalla de importancia. Pero la temeridad del otro cónsul costó una derrota a manos de los Veyentinos, y sólo la llegada de Cesón Fabio con refuerzos salvó al ejército de la destrucción. A partir de ese momento no hubo ni paz ni guerra con los veyentinos, cuyos métodos bélicos eran muy parecidos a los de los bandidos. Se retiraban a sus ciudades ante las legiones romanas; luego, al saber que se habían retirado, hacían correrías por los campos; evitaban la guerra manteniéndose tranquilos pero impidiendo con la guerra la tranquilidad. Así que el asunto ni se podía abandonar y se podía terminar. La guerra amenazaba también en otros lugares; alguna parecía inminente, como en el caso de los ecuos y los volscos, que permanecían tranquilos sólo hasta que pasasen los efectos de su reciente derrota, mientras era evidente que los sabinos, perpetuos enemigos de Roma, y toda la Etruria estarían pronto en movimiento. Sin embargo, los veyentinos, un enemigo tan persistente como formidable, producían más molestias que alarma porque nunca resultaba seguro ignorarles o prestar atención a otro lugar. En estas circunstancias, los Fabios acudieron al Senado y el cónsul, en nombre de su casa, habló así: "Como sabéis, senadores, la Guerra Veyentina requiere más de persistencia que de un gran ejército. Cuidad vosotros de las otras guerras y dejad que los Fabios hagan frente a los veyentinos. Os garantizamos que en esto quedará siempre salva la majestad de Roma. Nos proponemos llevar a cabo esa guerra como cosa privada y a nuestra costa. Que el Estado se ahorre dinero y hombres." Se aprobó un voto de agradecimiento muy cordial; el cónsul abandonó la Curia y regresó a su casa acompañado por todos los Fabios, que se encontraban en el vestíbulo esperando la decisión del Senado. Después de recibir instrucciones para encontrarse a la mañana siguiente, armados, ante la casa del cónsul, se separaron para ir a sus hogares.

[2,49] La noticia de lo sucedido se extendió por toda la Ciudad, se puso a los Fabios por las nubes; la gente decía "Una gens ha asumido la carga del Estado, la Guerra Veyentina se ha convertido en un asunto privado, una disputa privada. Si hubiera dos gens en la Ciudad con la misma fuerza, y una reclamase la cuestión veyentina como propia mientras la otra lo hacía con la cuestión ecua, entonces serían subyugados los estados vecinos mientras la propia Roma permanecía en profunda tranquilidad". Al día siguiente, los Fabios tomaron sus armas y se reunieron en el lugar designado. El cónsul, con su paludamentum [capa rectangular, roja o púrpura, distintiva de legados y cónsules en campaña.-N. del T.], salió al vestíbulo y vio a la totalidad de su gens, dispuesta en orden de marcha. Tomando su lugar en el centro, dio orden de avanzar. Nunca había desfilado por la Ciudad un ejército más pequeño ni con tan brillante reputación o más universalmente admirado. Trescientos seis soldados, todos patricios, todos miembros de una gens, ni uno solo de los cuales el Senado, incluso en sus más prósperos días, habría considerado inadecuado para el alto mando, avanzaron amenazando ruina a los veyentinos con la fuerza de una sola familia. Fueron seguidos por una multitud; compuesta en parte por sus propios familiares y amigos, que no estaban preocupados con la natural ansiedad y esperanza sino llenos de los mejores augurios, y en parte de los que compartían la inquietud general y no podían encontrar palabras para expresar su afecto y admiración. "Adelante", gritaban, "valientes, adelante, y ojalá seáis afortunados; que el resultado final iguale este comienzo y acudid luego a nosotros en busca de consulados, triunfos y toda clase de recompensas". Conforme pasaban por la Ciudadela, el Capitolio y otros templos, sus amigos rezaban a cada dios cuya estatua o santuario veían, de modo de encomendaban aquella fuerza con todos los presagios favorables para el éxito y pedían que les devolviesen salvos a su patria y sus familias. ¡En vano fueron hechas las oraciones! Continuaron su infortunado camino por la arcada derecha de la puerta Carmental, y alcanzaron las orillas del Crémera. Ésta les parecó un lugar adecuado para una posición fortificada. Lucio Emilio y Cayo Servilio fueron los siguientes cónsules -478 a.C.-. En la medida en que sólo se trataba de hacer incursiones y correrías, los Fabios eran lo bastante fuertes como para proteger su puesto fortificado y, además, efectuar patrullas a ambos lados de la frontera entre los romanos y los territorios etruscos, haciendo que todo el territorio resultase seguro para ellos mismos y peligroso para el enemigo. Cesaron brevemente estos ataques cuando los veyentinos, después de reunir un ejército de Etruria, asaltaron el puesto fortificado en el Crémera. Fueron enviadas las legiones romanas al mando de Lucio Emilio y combatieron en una batalla campal contra las fuerzas etruscas. Los veyentinos, sin embargo, no tuvieron tiempo de formar sus líneas, y durante la confusión, mientras los hombres formaban y las reservas se situaban, un ala [fuerza de caballería compuesta de 300 jinetes al mando de un tribuno y que se dividía en 10 turmas de 30 jinetes al mando de un decurión.-N. del T.] atacó por sorpresa el flanco y no les dió oportunidad de empezar la batalla o siguiera de tomar posiciones. Fueron rechazados hasta su campamento en Saxa Rubra y pidieron la paz. La obtuvieron, pero su inconstancia natural les hizo rechazarla antes de que la guarnición romana abandonara la Crémera.

[2.50] Los conflictos entre los Fabios y el Estado de Veyes se reanudaron sin que hubiesen aumentado los preparativos militares sobre los que ya había. No sólo se dieron incursiones y ataques por sorpresa sobre ambos territorios, sino que a veces alcanzaban el nivel de batallas campales y esta única gens romana a menudo obtuvo la victoria sobre la que era en ese momento la ciudad más poderosa de Etruria. Esta era una amarga mortificación para los veyentinos, y fueron obligados por las circunstancias a planear una emboscada en la que atrapar a su audaz enemigo; incluso se alegraron de que las numerosas victorias de los Fabios les hubiese hecho más confiados. En consecuencia, pusieron manadas de ganado, como por casualidad, en el camino de las partidas de saqueo, los campesinos abandonaron los campos y los destacamentos de tropas enviados a repeler a los incursores huyeron en desbandada más a menudo de lo que solía suceder. En ese momento los Fabios habían concebido tal desprecio por sus enemigos que estaban convencidos de que bajo ninguna circunstacia, ni en ninguna ocasión o lugar podrían resistir a sus armas invencibles. Este orgullo les llevó tan lejos que, viendo algunas cabezas de ganado al otro lado de la ancha llanura que se extendía desde el campamento, corrieron hacia abajo para capturarlas, aunque muy pocos de los enemigos eran visibles. No sospechando peligro y sin mantener el orden se introdujeron en la emboscada que habían montado a cada lado del camino; al dispersarse tratando de capturar el ganado, que en su espanto corría de un lado a otro, fueron repentinamente atacados por el enemigo que surgió de su escondite. Al principio se alarmaron por los gritos a su alrededor; después empezaron a llover jabalinas sobre ellos desde todas las direcciones. Como los etruscos les habían rodeado, se vieron estrechados en un círculo de combatientes; y cuanto más les presionaba el enemigo menos espacio les quedaba para formar sus estrechos cuadros. Esto hizo contrastar fuertemente su escaso número contra la cantidad de los etruscos, cuyas filas se multiplicaban conforme las suyas se reducían. Después de un tiempo, dejaron de dar frente en todas las direcciones y adoptaron un sólo frente en formación en cuña, para forzar el paso a base de espada y músculo. El camino seguía hasta una elevación, y aquí se detuvieron. Cuando el terreno más elevado les dio espacio para respirar libremente y recuperarse de la sensación de desesperación, rechazaron a quienes subieron al ataque; y gracias a la ventaja de la posición podrían haber empezado a ganar la victoria de no haber alcanzado la cumbre algunos veyentidos enviados a rodear la colina. Así que el enemigo tuvo de nuevo la ventaja. Los Fabios quedaron reducidos a un sólo hombre, y capturaron su fuerte. Hay acuerdo general en que perecieron trescientos seis hombres, y que uno sólo, un joven inmaduro, quedó como reserva de la gens Fabia para ser el mayor auxilio de Roma en sus momentos de peligro, tanto exterior como interior.

[2,51] Cuando sucedió este desastre eran cónsules Cayo Horacio y Tito Menenio -477 a.C.-. Menenio fue enviado enseguida contra los etruscos,era a la vez envió contra los toscanos, exultalntes por su reciente victoria. Se libró otro combate sin éxito y el enemigo se apoderó del Janículo. La Ciudad, que sufría por la escasez tanto como por la guerra, podría haber sido invadida (pues los etruscos habían cruzado el Tíber) si no hubiesen reclamado al cónsul Horacio de entre los volscos. Los enfrentamientos se acercaron tanto a las murallas que la primera batalla, de resultado indeciso, tuvo lugar cerca del templo de Spes [diosa de la esperanza.-N. del T.], y el segundo en la puerta Colina. En este último, aunque los romanos obtuvieron sólo una ligera ventaja, los soldados recuperaron algo de su antiguo valor y ganaron experiencia para futuras campañas. Los siguientes cónsules fueron Aulo Verginio y Espurio Servilio -476 a.C.-. Después de su derrota en la última batalla, los veyentinos rehusaron combatir y efectuaron incursiones. Desde el Janículo y desde la ciudadela hacían correrías por todo el territorio romano; en ninguna parte estuvo segura la gente ni el ganado. Finalmente cayeron en la misma estratagema en que cayeron los Fabios. Algunos animales fueron llevados a propósito en diferentes direcciones, como un señuelo; los veyentinos lo siguienron y cayeron en una emboscada; y al ser mayor su número, mayor fue la masacre. Su rabia por esta derrota fue la causa y el inicio de una más grave. Cruzaron el río Tíber por la noche y marcharon a atacar el campamento de Servilio, pero fueron derrotados con grandes pérdidas y con gran dificultad alcanzaron el Janículo. El propio cónsul cruzó inmediatamente el Tíber y se atrincheró a los pies del Janículo. La confianza inspirada por su victoria del día anterior, y todavía más la escasez de grano, le hizo adoptar una medida inmediata aunque precipitada. Condujo a su ejército al amanecer por el lado del Janículo hacia el campamento enemigo; pero fue rechazado de modo más desastroso que lo que él había hecho el día antes. Fue sólo por la intervención de su colega que se salvaron él y su ejército. Los etruscos, atrapados entre los dos ejércitos, y retirándose ante cada uno de ellos respectivamente, fueron aniquilados. Así la Guerra Veyentina fue terminada repentinamente gracias a un exitoso acto temerario.

[2,52] Junto con la paz, llegó el alimento a la Ciudad con mayor libertad. Se trajo grano de Campania, y como el miedo a la escasez inmediata había desaparecido, cada uno sacó lo que había acumulado. El resultado de la comodidad y la abundancia fue una nueva inquietud, y ya que habían desaparecido los antiguos males, los hombres comenzaron a buscarlos en casa. Los tribunos empezaron a envenenar la mente de los plebeyos con la Ley Agraria y les excitaron contra los senadores que se oponían a ella, no solo contra todo el Senado, sino contra cada uno de sus miembros individualmente. Quinto Considio y Tito Genucio, que abogaban por la Ley, establecieron un día para el juicio de Tito Menenio. El sentimiento popular se despertó en su contra por la pérdida de la fortaleza de Crémera ya que, como cónsul, tenía su campamento no muy lejos de ella. Esto lo quebrantó, aunque los senadores se esforzaron para él no menos de lo que lo habían hecho por Coriolano y la popularidad de su padre Agripa no se había desvanecido. Los tribunos se contentaron con una multa, aunque se le había acusado de un cargo capital y la cuantía se fijó en 2000 ases [as: moneda romana, de bronce, que inicialmente pesaba 327,5 gr. y se denominaba aes grave; su peso fue variando con el tiempo.-N. del T.]. Esto resultó ser una sentencia de muerte, porque dicen que, incapaz de soportar la vergüenza y el dolor, cayó enfermo de gravedad y falleció. Espurio Servilio fue el siguiente en ser procesado. Su acusación, conducida por los tribunos Lucio Cedicio y Tito Estacio, se produjo inmediatamente después de cesar en su magistratura, al comienzo del consulado de Cayo Naucio y Publio Valerio -475 a.C.-. Cuando llegó el día del juicio, el se enfrentó a las acusaciones de los tribunos, no como Menenio, haciendo llamamientos a su misericordia o a la de los senadores, sino confiando absolutamente en su inocencia y su influencia personal. Se le acusaba por su conducta en la batalla contra los etruscos, en el Janículo; pero el mismo valor que mostró entonces, cuando el Estado estaba en peligro, lo mostró ahora que era su propia vida la que peligraba. Enfrentando sus acusación con otras, hizo recaer sobre los tribunos y toda la plebe la culpa por la condena y muerte de Tito Menenio; el hijo, les recordó, del hombre por cuyos esfuerzos los plebeyos habían recuperado su posición en el Estado y disfrutaban ahora de aquellas magistraturas y leyes que les permitían mostrase crueles y vengativos. Con su audacia disipó el peligro, y su colega Verginio, que se presentó como testigo, le ayudó achacándole algunos de sus propios servicios al Estado. Lo que más le ayudó, sin embargo, fue la sentencia dictada contra Menenio que tan completamente había cambiado el sentimiento popular.

[2.53] Los conflictos internos llegaron a su fin; y empezó de nuevo la guerra con los veyentinos, con quien los Sabinos habían hecho una alianza militar. Se convocó a los auxiliares latinos y hérnicos y se envió al cónsul Publio Valerio, con un ejército, a Veyes. Él atacó inmediatamente el campamento sabino, que estaba situado en frente de las murallas de sus aliados, y creó tal confusión que, mientras pequeños grupos de defensores estaban haciendo salidas en varias direcciones para repeler el ataque, la puerta contra la que se hizo el primer asalto fue forzada, y una vez dentro de las murallas lo que se produjo fue una masacre, no una batalla. El ruido en el campamento llegó incluso hasta la ciudad, y los veyentinos corrieron a tomar las armas en un estado tal de alarma como si la propia Veyes fuese asaltada. Algunos acudieron en ayuda de los sabinos, otros atacaron a los romanos, que estaban totalmente ocupados en su asalto al campamento. Por unos momentos fueron rechazados y desordenados; luego, dando frente en todas direcciones, mantuvieron una firme resistencia mientras que el cónsul ordenaba a la caballería que cargase y derrotaba a los etruscos, poniéndolos en fuga. En la misma hora, dos ejércitos, los dos más poderosos de los estados vecinos, fueron vencidos. Mientras esto ocurría en Veyes, los volscos y ecuos habían acampado en el territorio latino y estaban causando estragos en sus fronteras. Los latinos, junto a los hérnicos, los obligaron a abandonar su campamento sin que hubiera de intervenir un general romano o tropas de Roma. Recuperaron sus propios bienes y obtuvieron además un inmenso botín. Sin embargo, el cónsul Cayo Naucio fue enviado desde Roma contra los volscos. No estaban de acuerdo, creo, con la costumbre de que los aliados fuesen a la guerra con sus propias fuerzas y sus propias formas de luchar, sin ningún general romano al mando o sin estar al lado de un ejército romano. No hubo insulto o injuria que dejase de lanzarse contra los volscos; sin embargo, rehusaron dar batalla.

[2.54] Lucio Furio y Cayo Manlio fueron los siguientes cónsules -474 a.C.-. Se le asignó a Manlio la provincia de Veyes. No obstante, no hubo guerra; por solicitud de ellos, se firmó una tregua de cuarenta años; se les ordenó entregar grano y pagar un tributo. A la paz en el exterior le siguió inmediatamente la discordia doméstica. Los tribunos se sirvieron de la Ley Agraria para incitar a la plebe hasta un estado de peligrosa excitación. Los cónsules, nada intimidados por la condena de Menenio o el peligro en que había estado Servilio, se resistieron con la mayor violencia. Al cesar en sus magistraturas, el tribuno Genucio les procesó. Fueron sucedidos por Lucio Emilio y Opiter Verginio -473 a.C.-. He visto en algunos anales que aparece Vopisco Julio en vez de Verginio. Cualquiera que fuese el cónsul, fue en este año cuando Furio y Manlio, que iban a ser juzgados ante el pueblo, aparecieron vestidos de luto entre los jóvenes patricios más que entre el pueblo. Les instaron a mantenerse alejados de los altos cargos del Estado y de la administración de la república, y a que considerasen las fasces consulares, la pretexta y la silla curul sólo como las pompas fúnebres, pues cuando fuesen revestidos con tales insignias estarían adornados como las víctimas de un sacrificio. Si el consulado les atraía tanto, debían comprender claramente que esa magistratura había sido dominada y quebrada por el poder tribunicio; el cónsul debía actuar en todo a la entera disposición del tribuno, como si fuese su ayudante. Si tomaban una línea activa, si mostraban cualquier respeto por los patricios, si pensaban que algo que no fuese la plebe formaba parte de la república, debían fijarse antes en la expulsión de Cneo Marcio y en la condena y muerte de Menenio. Inflamados por estas palabras, los senadores celebraban encuentros en privado, fuera de la Curia, con sólo unos pocos invitados. Como el único punto en el que estaban de acuerdo era que los dos que estaban procesados debían ser liberados, por métodos legales o ilegales, el plan más desesperado se convirtió en el más aceptable, habiendo hombres que abogaban por el crimen más audaz. En consecuencia, el día del juicio, mientras la plebe estaba en el Foro, impaciente de expectación, quedó sorprendida cuando el tribuno no compareció ante ellos. El creciente retraso les hizo sospechar; creyeron que había sido intimidado por los jefes del senado y se quejaban de que la causa del pueblo había sido abandonada y traicionada. Por fin algunos de los que habían estado esperando en el vestíbulo de la casa del tribuno mandaron recado de que había sido encontrado muerto en su casa. Cuando se propagó esta noticia por la asamblea, se dispersaron en todas direcciones, como un ejército derrotado que ha perdido a su general. Los tribunos estaban especialmente alarmados, pues quedaron advertidos, por la muerte de su colega, de lo absolutamente ineficaces que resultaban las leyes sagradas para su protección. Los patricios, en cambio, mostraron una satisfacción poco moderada; tan lejos estaba cualquiera de ellos de lamentar el crimen, que incluso aquellos que no habían tomado parte en él se dieron prisa en aparentar que sí lo habían hecho, y se aseguraba públicamente que el poder tribunicio debía ser castigado con la sumisión.

[2.55] Aunque la impresión producida por este ejemplo terrible de crimen impune estaba aún fresca, se dieron órdenes de proceder a un alistamiento; y como los tribunos estaban completamente intimidados, los cónsules lo llevaron a cabo sin impedimento alguno por su parte. Pero ahora los plebeyos estaban más enojados con el silencio de los tribunos que en el ejercicio de la autoridad por parte de los cónsules. Dijeron que se había puesto fin a su libertad, que habían vuelto al viejo estado de cosas y que el poder tribunicio estaba muerto y enterrado con Genucio. Debían pensar y aprobar otro sistema para resistir a los patricios, y el único posible era que el pueblo se defendiera a sí mismo, pues no tenían otra ayuda. Veinticuatro lictores auxiliaban a los cónsules, y todos estos hombres procedían de la plebe. Nada les resultaba más despreciable y frágil que ellos, si hubiese alguno que les pudiese tratar con desprecio, pero cada cual les imaginaba autores de cosas enormes y terribles. Tras haberse alentado los unos a los otros con estos discursos, Volero Publilio, un plebeyo, dijo que no debía servir como soldado raso después de haber servido como centurión. Los cónsules le enviaron un lictor. Volero apeló a los tribunos. Ninguno acudió en su ayuda, por lo que los cónsules ordenaron que le desnudaran mientras se preparaban las varas. "Apelo al pueblo,", dijo, "pues los tribunos prefieren antes ver a un ciudadano romano azotado ante sus ojos que ser asesinados en sus camas por vosotros." Cuanto más gritaba, más tiraba el lictor de su toga para desnudarlo. Entonces Volero, que de por sí era un hombre de fuerza inusual, ayudado por aquellos a los que apeló, empujó al lictor y, entre las protestas indignadas de sus partidarios, se retiró entre la multitud gritando "¡Apelo al pueblo en mi auxilio! ¡Ayuda, conciudadanos! ¡Ayuda, compañeros de armas! No podéis esperar nada de los tribunos; son ellos mismos los que necesitan vuestra ayuda". Los hombres, muy excitados, se dispusieron como para la batalla; y era una de lo más importante y amenazante, donde nadie mostraría el menor respeto por los derechos públicos o privados. Los cónsules trataron de retener la furia de la tormenta, pero pronto se dieron cuenta de que poca seguridad ofrecía la autoridad sin el auxilio de la fuerza. Los lictores fueron acosados, las fasces rotas, y los cónsules expulsados del Foro hasta la Curia, sin saber hasta qué punto llevaría Volero su victoria. Como el tumulto estaba cediendo convocaron al Senado, y cuando se reunió se quejaron del ultraje recibido, de la violencia de la plebe y de la audaz insolencia de Volero. Después de hacer muchos discursos violentos, prevaleció la opinión de los senadores de más edad; desaprobaban que a la intemperancia de la plebe se opusiese el resentimiento airado de los patricios.

[2,56] Volero tenía ahora el favor de la plebe, y en la siguiente elección le nombraron tribuno. Lucio Pinario y Publio Furio fueron los cónsules de ese año -472 a.C.-. Todo el mundo supuso que Volero emplearía todo el poder de su tribunado para hostigar a los cónsules del año anterior. Por el contrario, subordinó sus quejas privadas a los intereses del Estado, y sin decir una sola palabra de crítica a los cónsules, propuso al pueblo una ley para que los magistrados de la plebe fuesen elegidos por la Asamblea de las tribus. A primera vista, esta medida parecía ser inofensiva, pero privaría a los patricios de todo el poder de elegir a través de los votos de sus clientes a quienes deseaban como tribunos. Fue más bienvenida por los plebeyos, pero los patricios se resistieron cuanto pudieron. Fueron incapaces de garantizar el único medio eficaz de resistencia, es decir, induciendo a uno de los tribunos, por influencia de los cónsules o de los líderes de los patricios, a interponer su veto. El peso y la importancia de la cuestión hizo que la controversia se prolongase durante todo el año. La plebe reeligió a Volero. Los patricios, percibiendo que la cuestión se acercaba rápidamente a una crisis, nombraron a Apio Claudio -471 a.C.-, el hijo de Apio, quien, desde los conflictos que su padre tuvo con ellos, había sido odiado por ellos, y a cambio también les odiaba cordialmente. Desde el mismo comienzo del año, la Ley tuvo precedencia sobre todos los demás asuntos. Volero había sido el primero en presentarla, pero su colega Letorio, aunque más tarde, fue un partidario aún más enérgico de la misma. Se había ganado una reputación enorme en la guerra, porque nadie era mejor luchador, y esto lo convirtió en un fuerte adversario. Volero en sus discursos se limitó estrictamente a discutir la Ley y se abstuvo de todo abuso contra los cónsules. Pero Letorio comenzó acusando a Apio y a su familia de tiranía y crueldad ante la plebe; dijo que no habían elegido un cónsul, sino un verdugo para acosar y torturar a los plebeyos. La lengua sin entrenamiento del soldado no podía expresar la libertad de sus sentimientos; como le faltasen las palabras, dijo: "no puedo hablar con tanta facilidad como puedo probar la verdad de lo que he dicho; venid aquí mañana, pereceré ante vuestros ojos o sacaré adelante la Ley".

Al día siguiente los tribunos ocuparon en el templo, los cónsules y la nobleza estaban alrededor de la Asamblea para impedir la aprobación de la Ley. Letorio dio órdenes para que todos, a excepción de los votantes efectivos, se retirasen. Los jóvenes patricios se mantuvieron en sus lugares y no hicieron caso a las órdenes del tribuno; a continuación Letorio ordenó que arrestasen a algunos. Apio insistió en que los tribunos no tenían jurisdicción más que sobre los plebeyos, no eran magistrados de todo el pueblo, sino sólo de la plebe; ni siquiera él podría, de acuerdo con las costumbres de sus antepasados, molestar a ningún hombre en virtud de su autoridad, mediante la fórmula ejecutiva: "Si os parece bien, Quirites, ¡partid!" Al hacer comentarios despectivos sobre su jurisdicción, pudo fácilmente desconcertar a Letorio. El tribuno, encendido de furia, envió a su ayudante contra el cónsul, el cónsul envio un lictor contra el tribuno, gritando que él era un ciudadano privado sin ninguna autoridad su ordenador con el cónsul, el cónsul envió un lictor a la tribuna, gritando que era un ciudadano, no un magistrado, sin ningún tipo de autoridad. El tribuno habría sido tratado indignamente si no se hubiese alzado toda la Asambolea para defender al tribuno contra el cónsul, mientras que la gente corría en multitud desde todas partes de la Ciudad hacia el Foro. Apio desafió la tormenta con inflexible determinación, y el conflicto habría terminado con derramamiento de sangre si el otro cónsul, Quincio, encargase a los consulares la tarea de llevarse, por la fuerza si es necesario, a su colega del Foro. Rogó a los furiosos plebeyos que se calmasen, e imploró a los tribunos que disolviesen la Asamblea; debían dejar que se enfriasen los ánimos, el retraso no les privaría de su poder, sino que añadiría prudencia a su fortaleza; el Senado se sometería a la autoridad del pueblo y los cónsules a la del Senado.

[2.57] Con dificultad, Quincio logró calmar a los plebeyos; a los senadores le costó mucho más apaciguar a Apio. Por fin, la Asamblea fue disuelta y los cónsules celebraron una reunión con el Senado. Se expresaron muy distintas opiniones, según predominase el miedo o la ira, pero cuanto mas pasaba el tiempo desde la acción impulsiva a la deliberación tranquila, más contrarios se volvían a prolongar el conflicto; tanto fue así, de hecho, que aprobaron un voto de agradecimiento a Quincio por haber disipado con sus esfuerzos los disturbios. Apio fue llamado para que diese su consentimiento para que se limitase la autoridad consular para acomodarla a la armonía común. Se les urgió a los tribunos y los cónsules, pues mientras cada uno trataba de poner bajo su control su parte respectiva, no había base para la acción común; el Estado se rasgó en dos, y lo único que importaba era quién debería gobernarlo, no cómo se podría preservar su seguridad. Apio, por otro lado, puso a los dioses y los hombres por testigos de que el Estado estaba siendo traicionado y abandonado por miedo; no era el cónsul quien estaba fallando al Senado, sino el Senado el que estaba fallando al cónsul; las condiciones que ahora se dictaban eran peores que las que presentaron los que se retiraron al Monte Sacro. Sin embargo, fue vencido por el sentimiento unánime del Senado y así calló. La ley fue aprobada en silencio. Entonces, por primera vez, los tribunos fueron elegidos por la Asamblea de las Tribus. Según Pisón, se añadieron otros tres, pues antes sólo había habido dos. Dice que fueron Cneo Siccio, Lucio Numitorio, Marco Duelio, Espurio Icilio y Lucio Mecilio.

[2.58] Durante los disturbios en Roma, estalló nuevamente la guerra con los volscos y los ecuos. Habían asolado los campos, a fin de que si hubiera una secesión de la plebe pudieran encontrar refugio con ellos. Cuando se restableció la tranquilidad, movieron más lejos su campamento. Apio Claudio fue enviado contra los volscos, los ecuos se le encargaron a Quincio. Apio mostró en campaña el mismo temperamento salvaje que había mostrado en casa, sólo que aún más desenfrenado, pues no estaba encadenado por los tribunos. Odiaba a la plebe con un odio más intenso del que su padre había sentido, porque habían conseguido lo mejor de él y habían aprobado su ley a pesar de que fue elegido cónsul como el único hombre que podría frustrar el poder tribunicio (una ley, también, que los antiguos cónsules, de los que el Senado esperaba menos que de él, habían obstruido con menos problemas). La ira y la indignación ante todo esto incitaban a su naturaleza imperiosa para acosar a su ejército con una disciplina implacable. Ninguna medida violenta, sin embargo, podría someterlos, tal era el espíritu de oposición que les llenaba. Hacían todo de manera superficial, ociosa, descuidada y desafiante; no les retenía ningún sentimiento de vergüenza o miedo. Si quería que la columna se moviese más rápidamente, ellos machaban más lentamente; si venía a incitarles a apresurar sus trabajos, holgazaneaban cuando antes se habáin mostrado enérgicos por sí mismos; en su presencia miraban hacia abajo y cuando pasaba ante ellos le maldecían; así que el valor que no cedió ante el odio de la plebe fue a veces agitado. Después de usar vanamente duras medidas de todo tipo, se abstuvo de cualquier otra relación con sus soldados, dijo que el ejército había sido corrompido por los centuriones, y a veces los llamaba, en tono burlón, tribunos de la plebe y Voleros.

[2,59] Nada de esto escapó a la atención de los veyentinos, y presionaron con más fuerza en la esperanza de que el ejército romano mostraría el mismo espíritu de desafección hacia Apio que había manifestado hacia Fabio. Pero la desafección fue mucho más violenta con Apio de lo que había sido cib Fabio, pues los soldados no sólo no deseaban vencer, como el ejército de Fabio, sino que deseaban ser vencidos. Cuando se llevó al combate, rompieron filas en una vergonzosa fuga y se dirigieron al campamento, y no ofrecieron resistencia, de hecho, hasta que vieron a los volscos atacar sus trincheras y que en su retaguardia se producía una masacre. Entonces se vieron obligados a luchar, para poder desalojar al enemigo victorioso de su muralla;, resultó, sin embargo, bastante evidente que los soldados romanos sólo luchaban para impedir la captura de su campamente; de no ser así, se regocijaban con su ignominiosa derrota. La furiosa determinación de Apio no se debilitó por esto, pero cuando pensaba en adoptar medidas aún más severas y convocar una asamblea de sus tropas, sus legados y tribunos le rodeadon y le advirtieron que en ningún caso pusiera en juego su autoridad, pues ésta dependía enteramente del libre consentimiento de quienes debían obedecerle. Dijeron que los soldados, como un solo hombre, rechazaban acudir a la asamblea y por todas partes se escuchaba su petición de retirarse del territorio volsco; sólo un poco antes el enemigo victorioso había logrado casi entrar en el campamento. No eran sólo sospechas de un grave motín, la evidencia estaba ante ellos.

Apio cedió finalmente a sus protestas. Sabía que ellos no ganarían nada, más que un retraso en su castigo, y consintió en renunciar a la asamblea. Con las primeras luces se dió la orden de partida. Cuando el ejército había salido del campamento y estaba formando en orden de marcha, los volscos, como si obedeciesen la misma señal, cayeron sobre la retaguardia. La confusión así producida se extendió a las filas de vanguardia y produjo tal pánico en todo el ejército que fue imposible que se escuchasen las órdenes o que se formase una línea de batalla. Nadie pensaba en nada más que huir. Se abrieron paso sobre montones de cuerpos y armas con tan apresurado salvajismo que el enemigo cesó en la persecución antes de que los romanos dejasen de huir. Por fin, después de que el cónsul hubiese tratado en vano de seguir y reunir a sus hombres, las tropas dispersas se reunieron de nuevo y asentaron su campamento en un territorio no alterado por la guerra. Convocó los hombres a una asamblea, y tras lanzar invectivas, con perfecta justicia, contra un ejército que había faltado a la disciplina militar y abandonado sus estandartes [la pérdida del estandarte, y más si era por deserción, resultaba la mayor ignominia imaginable para un soldado o ciudadano romano. Lo siguiente en gravedad era la pérdida de las armas.-N. del T.], les preguntó por separado dónde estaban sus estandartes, dónde estaban sus armas. Ordenó que azotasen y decapitasen a los soldados que habían arrojado sus armas, a los portaestandartes que habían perdido sus insignias, y además de éstos a los centuriones y duplicarios [oficiales que recibían doble paga, solían ser los tenientes de los centuriones.-N. del T.] que habían desertado de sus filas. De cada diez hombres, se eligió uno por sorteo para recibir suplicio.

[2.60] Justo lo contrario sucedió con el ejército en campaña contra los ecuos, donde el cónsul y sus soldados competían entre sí en actos de bondad y compañerismo. Quincio era de naturaleza más suave, y la desafortunada severidad de su colega le hizo más proclive a seguir su inclinación afable. Los ecuos no se atrevieron a enfrentarse con un ejército en el que reinaba tal armonía entre el general y sus hombres; así permitieron que su enemigo devastase su territorio en todas direcciones. En ninguna guerra anterior se habían saqueado más territorios que en aquella. La totalidad de los mismos se entregó a los soldados, y con ellas las palabras de elogio que, no menos que las recompensas materiales, alegraron el ánimo de los soldados. El ejército volvió a casa en los mejores términos con su general, y a través de él con los patricios; dijeron que mientras el Senado les había dado un padre a ellos, al otro ejército les había dado un tirano. El año, que había trascurrido con los distintos azares de la guerra y con las furiosas disensiones, tanto en casa como en el extranjero, fue memorable sobre todo por la Asamblea de las Tribus, que fue más importante por la victoria en sí que por cualesquiera ventaja adquirida. Porque con la retirada de los patricios de su Consejo, la Asamblea perdió más en dignidad de cualquier fortaleza que la plebe hubiese ganado o perdido los patricios.

[2.61] Lucio Valerio y Tiberio Emilio fueron nombrados cónsules para el próximo año -470 a.C.-, que fue todavía más tormentoso debido, en primer lugar, a la lucha entre los dos órdenes a cuenta de la Ley Agraria, y en segundo lugar al enjuiciamiento de Apio Claudio. Fue acusado por los tribunos, Marco Duellio y Cneo Siccio, sobre la base de su decidida oposición a la Ley, y también porque se opuso a la ocupación de las tierras públicas, como si se tratara de un tercer cónsul. Nunca antes había sido nadie llevado a juicio ante el pueblo, a quien la plebe hubiese detestado tan profundamente, tanto por él mismo como por su padre. Pero a casi nadie se esforzaron más los propios patricios en salvar que a él, a quien consideraban el campeón del Senado y vindicador de su autoridad, el baluarte contra los tumultos de los tribunos o la plebe; y ahora le veían expuesto a la ira de los plebeyos, simplemente por haber ido demasiado lejos en la lucha. El mismo Apio Claudio, pese a los ruegos de todos los patricios, miró a los tribunos, a la plebe y a su propio juicio como si no le importasen. Ni las amenazas de los plebeyos ni las súplicas del Senado pudieron inclinarle (no digo ya a cambiar su atuendo y presentarse como un suplicante) a suavizar y dominar en cierta medida la acostumbrada aspereza de su lengua cuando tuvo que hacer su defensa ante el pueblo. Tenía la misma expresión, la misma mirada desafiante, el mismo tono orgulloso al expresarse; de modo que un gran número de los plebeyos quedó no menos atemorizado por Apio en su juicio de lo que lo estuvieron cuando fue cónsul. Él sólo habló una vez en su defensa, pero en el mismo tono agresivo que siempre había adoptado, y su firmeza dejó tan atónitos a los tribunos y a la plebe, que aplazaron el caso por su propia voluntad y lo dejaron dilatarse. No pasó mucho tiempo, sin embargo. Antes que llegase la fecha del nuevo juicio, murió de enfermedad. Los tribunos trataron de impedir que se pronunciase se oración fúnebre, pero los plebeyos no permitirían que se despojasen las exequias de un hombre tan grande de los honores acostumbrados. Escucharon el panegírico del muerto con tanta atención como habían escuchado las acusaciones contra el vivo, y una gran multitud le siguió hasta la tumba.

[2.62] En el mismo año, el cónsul Valerio avanzó con un ejército contra los ecuos, pero no pudiendo atraer al enemigo al combate, inició un ataque a su campamento. Una tormenta terrible de trueno y granizo, enviada por el Cielo, le impidió continuar el ataque. La sorpresa fue mayor cuando, tras ordenarse la retirada, volvió el clima tranquilo y luminoso. Pensó que sería un acto de impiedad atacar una segunda vez un campo defendido por algún poder divino. Volvió sus energías guerreras a la devastación del país. El otro cónsul, Emilio, llevó a cabo una campaña entre los sabinos. Allí, también, como el enemigo se mantuvo detrás de sus murallas, fueron devastados sus campos. La quema no sólo de granjas dispersas, sino también de pueblos con poblaciones numerosas llevó a los sabinos a la acción. Se encontraron con los que algareaban, se combatió en una batalla indecisa y después trasladadon su campamento a un lugar más seguro. El cónsul viendo que dejaba al enemigo como derrotado, consideró esto razón suficiente y regresó, abandonando la guerra.

[2.63] Tito Numicio Prisco y Aulo Verginio fueron los nuevos cónsules -469 a.C.-. Los disturbios interiores siguieron pese a estas guerras y los plebeyos ya no iban, evidentemente, a tolerar más retrasos respecto a la Ley Agraria, y se estaban preparando para tomar medidas extremas cuando el humo de granjas quemadas y la huída de la gente del campo anunció la aproximación de los volscos. Esto detuvo la revolución que ya estaba madura y a punto de estallar. El Senado fue convocado a toda prisa, y los cónsules condujeron a los hombres disponibles para el servicio activo a la batalla, quedando así el resto de la plebe con el ánimo apaciguado. El enemigo se retiró precipitadamente, sin haber hecho otra cosa más que llenar con grandes temores infundados a los romanos. Numicio avanzó contra los volscos en Anzio y Verginio contra los ecuos. Allí fue emboscado y escapó con dificultad de una grave derrota; el valor de los soldados cambió la suerte del día, que la negligencia del cónsul había hecho peligrar. Un generalato más hábil se mostró contra los volscos; el enemigo fue derrotado en el primer combate y puesto en fuga hacia Anzio que era, por aquellos días, una ciudad muy rica. El cónsul no se atrevió a atacarla, sin embargo tomó Cenon a los acíates, que en absoluto era un lugar tan rico. Mientras los ecuos y volscos mantenían los ejércitos romanos ocupados, los sabinos extendieron sus correrías hasta las puertas de la ciudad. En pocos días los cónsules invadieron su territorio, y, atacados con ferocidad por ambos ejércitos, sufrieron pérdidas mayores que las que habían infligido.

[2.64] Hacia el final del año hubo un breve intervalo de paz, pero, como de costumbre, estuvo marcado por la lucha entre los patricios y plebeyos. La plebe, en su desesperación, se negó a tomar parte en la elección de los cónsules, Tito Quincio y Quinto Servilio fueron elegidos cónsules por los patricios y sus clientes -468 a.C.-. Tuvieron un año similar al anterior: agitación durante la primera parte, y luego calma a causa de la guerra exterior. Los Sabinos rápidamente atravesaron las llanuras de Crustumerio, y pasaron a sangre y fuego la zona regada por el Anio, pero fueron rechazados cuando estaban casi alcanzaban la puerta Colina y las murallas de la Ciudad. Tuvieron éxito, sin embargo, en llevarse un inmenso botín, tanto de hombres como de ganado. El cónsul Servilio les persiguió con un ejército ansioso de venganza, y aunque no pudo enfrentarse con su fuerza principal en campo abierto, efectuó sus estragos a una escala tan amplia que no dejó parte intacta por la guerra y regresó con un botín muchas veces mayor que el que obtuvo el enemigo. Entre los volscos, además, la causa de Roma fue espléndidamente servida por los esfuerzos de generales y soldados por igual. Para empezar, se enfrentaron en campo abierto y tuvo lugar una batalla con inmensas pérdidas en ambos bandos, tanto en muertos como en heridos. Los romanos, cuya escasez numérica hacía más sensibles sus pérdidas, se hubieran retirado de no haberles dicho sus cónsules que el enemigo, al otro extremo, huía, y con esta oportuna mentira incitaron al ejército a un nuevo esfuerzo. Cargaron y convirtieron una victoria supuesta en una victoria real. El cónsul, temiendo si llevaba el ataque demasiado lejos se reanudase la lucha, dio señal de retirarse. Durante los siguientes días ambas partes se mantuvieron tranquilas, como si hubiera un acuerdo tácito. Durante este intervalo, un cuerpo inmenso de hombres de todas las ciudades volscas y ecuas llegó al campamento, esperando que cuando los romanos escuchasen de su llegada, harían una retirada nocturna. En consecuencia, sobre la tercera guardia marcharon a atacar el campamento. Después de aclararse la confusión causada por la súbita alarma, Quincio ordenó a los soldados que permanecieran en silencio en sus tiendas, envió una cohorte de hérnicos a los puestos de avanzada, subió a los cornetas y trompetas a caballo y les ordenó que hicieran sus toques de llamada y mantener al enemigo en estado de alerta hasta el amanecer. Durante el resto de la noche todo estuvo tan tranquilo en el campamento que los romanos pudieron incluso dormir a gusto. La vista de la infantería armada, que los volscos tomaron por romanos, y más numerosos de lo que eran en realidad, el ruido y el relinchar de los caballos, inquietos bajo sus jinetes inexpertos y excitados por el sonido de las trompetas, mantuvo al enemigo en el temor constante de un ataque.

[2.65] Al amanecer, los romanos, descansados tras su sueño continuado, fueron conducidos al combate, y en la primera carga quebraron a los volscos, en pie toda la noche y faltos de sueño. Fue, sin embargo, una retirada, más que una derrota; a su retaguardia había colinas a las que todos los que había detrás del frente se retiraron con seguridad. Cuando llegaron donde se elevaba el terreno, el cónsul detuvo su ejército. Los soldados fueron retenidos con dificultad, gritaban para que se les dejase perseguir al enemigo derrotado. La caballería insistía aún más, se amontonaban alrededor del general y en voz alta gritaban que irían por delante de la infantería. Mientras el cónsul, seguro del valor de sus hombres pero sin confiarse a causa de la naturaleza del terreno, aún vacilaba, gritaron que iban a continuar y a sus palabran hicieron seguir un avance. Hincando sus lanzas en el suelo, para poder subir más ligeros, echaron a correr. Los volscos lanzaron sus javalinas a la primera aproximación y luego les arrojaron las piedras que tenían dispuestas a sus pies, conforme el enemigo se acercaba. Muchos fueron alcanzados, y fue tal el desorden creado que fueron obligados a retirarse del terreno más elevado. De esta manera el ala izquierda romana estaba casi derrotada, pero el cónsul con sus palabras les reprochó su temeridad y también su cobardía, haciendo que el miedo diera paso a la vergüenza. Al principio se afianzaron y resistieron con firmeza; luego, cuando manteniendo el terreno lograron recuperar fuerzas, se aventuraron a avanzar. Con un grito renovado toda la línea fue hacia delante, y presionando con una segunda carga superaron las dificultades de la ascensión; estaban a punto de llegar a la cumbre cuando el enemigo se dio la vuelta y huyó. Con una carrera salvaje, perseguidores y perseguidos se precipitaron casi juntos en el campamento, que fue tomado. Los volscos que lograron escapar fueron hacia Anzio, allí se dirigió el ejército romano. Tras unos pocos días de asedio, la ciudad se rindió, no debido a algún esfuerzo inusual por parte de los asaltantes, sino simplemente porque después de la batalla perdida y la captura de su campamento el enemigo se había desmoralizado.

Fin del libro 2

Libro 3: El Decemvirato

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[3,1] Para el año siguiente a la captura de Anzio, Tiberio Emilio y Quincio Fabio fueron nombrados cónsules -467 a.C.-. Este era el Fabio que resultó único superviviente tras la extinción de su gens en el Crémera. Emilio, en su anterior consulado, ya había abogado por la concesión de tierras a la plebe. Como ya era cónsul por segunda vez, el Partido Agrario abrigaba esperanzas de que la Ley se cumpliría; los tribunos se ocuparon del asunto con la firme esperanza de que tras tantos intentos podrían tener éxito ahora que un cónsul estaba de su parte; el punto de vista del cónsul sobre el asunto no había cambiado. Quienes poseían las tierras (la mayoría de los patricios) se quejaron de que la jefatura del Estado estaba adoptando los métodos de los tribunos y ganando popularidad a base de regalar la propiedad ajena, y de esta manera cambiaron sus odios de los tribunos al cónsul. Se daban todos los indicios de que iba a producirse un serio conflicto, pero Fabio los ahuyentó con una sugerencia aceptable para ambas partes, a saber, que como había una considerable cantidad de tierras tomadas a los volscos el año anterior, bajo el feliz generalato de Tito Quincio, debía asentarse una colonia en Anzio, la cual, como ciudad portuaria, resultaba adecuada para tal propósito. Esto permitiría a los plebeyos poseer terrenos públicos sin injusticia para los que ya poseían, y así se restableció la armonía en el Estado. Se aprobó esta proposición. Nombró como delegados para la distribución de la tierra a Tito Quincio, Aulo Verginio y Publio Furio. Se ordenó que quienes deseasen recibir tierras diesen sus nombres. Como de costumbre, la abundancia produjo asco, y tan pocos dieron en sus nombres que se tuvo que completar el número de colonos añadiendo volscos. El resto del pueblo quería las tierras en Roma, no en otra parte. El ecuos solicitaron la paz a Quinto Fabio, que había marchado contra ellos, pero la rompieron con una repentina incursión en territorio latino.

[3,2] El año siguiente -466 a.C.-, Quinto Servilio (que era cónsul junto a Espurio Postumio) fue enviado contra los ecuos, y sentó su campamento en territorio latino. Su ejército fue atacado por una epidemia y obligado a permanecer inactivo. La guerra se prolongó hasta su tercer año, cuando Quinto Fabio y Tito Quincio fueron cónsules -465 a.C.-. Como Fabio, tras su victoria, había asegurado la paz con los ecuos, mediante un edicto especial le fue encargado este asunto. Partió con la firme convicción de que la fama de su nombre les dispondría a la paz; en consecuencia, envió emisarios a su Consejo Nacional que se encargaron de llevar un mensaje del cónsul Quinto Fabio en el sentido de que como él llevase la paz con los ecuos a Roma, ahora llevaba la guerra de Roma a los ecuos con la misma mano derecha, ahora armada, que les había dado antes como promesa de paz. Los dioses eran ahora testigos y pronto serían los vengadores de los responsables de aquella perfidia y aquel perjurio. En cualquier caso, sin embargo, él prefería que los ecuos se arrepintiesen por su propia voluntad a que sufriesen de manos del enemigo; si se arrepentían, con seguridad podrían encomendarse a su clemencia, que ya habían experimentado, pero si encontraban placer en perjudicarse a sí mismos, entonces más estarían siendo beligerantes contra los enojados dioses que contra sus enemigos terrenales.

Estas palabras, sin embargo, tuvieron tan poco efecto que los enviados escaparon ilesos por poco, y enviaron un ejército al Monte Álgido contra los romanos. Cuando se informó de esto en Roma, los sentimientos de indignación en lugar de los de aprehensión por el peligro urgieron al otro cónsul a salir de la Ciudad. Así que dos ejércitos bajo el mando de los cónsules avanzaron contra el enemigo en formación de batalla, para encarar un inmediato enfrentamiento. Pero sucedio que no quedaba mucha luz, y un soldado les increpó desde los puestos de avanzada de los enemigos: "Así, romanos, hacéis demostración de fuerza, sin combatir. Formáis vuestro frente cuando la noche está a punto de llegar; necesitamos más luz diurna para la batalla. Cuando mañana nazca el Sol, volved a formar. ¡No temáis, tendréis amplia oportunidad de combatir!" Picados por estas burlas, los soldados se marcharon de regreso en el campamento para esperar el día siguiente. Ellos pensaban que la noche que se avecina sería larga, pues se había retrasado la confrontación; tras volver al campamento se rehicieron con la comida y el sueño. Cuando amaneció, al día siguiente, la línea romana formó un poco antes que la del enemigo. Por fin, los ecuos avanzaron. La lucha fue feroz en ambos lados; los romanos lucharon con ira y odio; los ecuos, conscientes del peligro en que sus fechorías les había puesto, y sin esperanza de que se volviesen a fiar de ellos, se vieron obligados a hacer un último y desesperado esfuerzo. Sin embargo, no mantuvieron su posición contra el ejército romano, sino que fueron derrotados y obligados a retirarse dentro de sus fronteras. El ánimo de las tropas permanecía intacto y ni un ápice más inclinado a la paz. Criticaron a sus generales por jugárselo todo en una batalla campal, un modo de luchar en que sobresalían los romanos, mientras que los ecuos, dijeron, eran mejores en las incursiones destructivas y correrías; numerosos grupos, actuando en todas direcciones, tendrían más éxito que se amontonaban en un gran ejército.

[3,3] En consecuencia, dejando un destacamento para vigilar el campamento, salieron e hicieron tales correrías en el territorio romano que el terror que causaron se extendió incluso a la Ciudad. La alarma fue aún mayor debido a que en absoluto se esperaban esas tácticas. Para nada les parecía menos de temer, de un enemigo que había sido derrotado y casi rodeado en su campamento, que pensasen en dedicarse a incursiones de pillaje; mientras el pánico de los campesinos afectados, llegando a las puertas de la Ciudad y exagerándolo todo con su alarma salvaje, exclamaba que no eran simples correrías o pequeños grupos de saqueadores, sino ejércitos completos enemigos los que se acercaban, preparándose para abatirse con violencia sobre la Ciudad. Los que estaban más cerca trasladaban a otros lo que oían, y los vagos rumores se hicieron cada vez mayores y más falsos. Las carreras y gritos de los hombres gritando "¡A las armas!" causaron un pánico casi tan grande como si la Ciudad hubiese sido realmente tomada. Afortunadamente, el consul Quincio regresó a Roma desde Álgido. Esto alivió sus temores, y después de calmar la excitación y reprenderles por temer a un enemigo derrotado, estacionó tropas para proteger las puertas. El Senado fue convocado, y por su autoridad se proclamó la suspensión de todos los negocios; tras lo cual se dedicó a proteger la frontera, dejando a Quinto Servilio como prefecto de la ciudad. Sin embargo, no encontró al enemigo. El otro cónsul logró un éxito brillante. Se informó de cuáles rutas usaría el enemigo, les atacó mientras iban cargados con el botín (obstaculizados así sus movimientos) y convirtió sus correrías de saqueo en fatales para ellos. Pocos enemigos escaparon y se recuperó todo el botín. El regreso del cónsul puso fin a la suspensión de los negocios, que duró cuatro días. Entonces se hizo el censo y Quincio cerró el lustro. Los números del censo expuesto fueron de ciento cuatro mil setecientos catorce, con exclusión de viudas y huérfanos. Nada más de importancia ocurrió entre los ecuos. Se retiraron a sus ciudades y miraban pasivamente el saqueo y el incendio de sus hogares. Después de marchar en varias ocasiones a lo largo y ancho del territorio enemigo y llevar la destrucción por todas partes, el cónsul regresó a Roma con gran gloria e inmenso botín.

[3,4] Los siguientes cónsules fueron Aulo Postumio Albo y Espurio Furio Fuso -464 a.C.-. Algunos autores llaman a los Furios, Fusios. Digo esto por si acaso alguien supone erróneamente que nombres distintos denotan personas diferentes. En cualquier caso, uno de los cónsules continuó la guerra con los ecuos. Éstos enviaron a pedir ayuda a los volscos de Écetra. Tal era la rivalidad entre ellos en cuanto a quién debía mostrar la más inveterada enemistad con Roma, que la ayuda se concedio de buena gana y llevaron a cabo los preparativos para la guerra con la mayor energía. Los hérnicos se dieron cuenta de lo que estaba pasando y alertaron a los romanos de que Ecetra se había rebelado y unido a los ecuos. Se sospechó también de la colonia de Anzio, porque tras la captura de esa ciudad un gran número de sus habitantes [de los originarios.-N. del T.-] se había refugiado entre los ecuos, y fueron los soldados más eficaces en toda la guerra. Cuando los ecuos fueron devueltos a sus ciudades amuralladas, esta multitud fue disuelta y regresó a Anzio. Allí se encontraron a los colonos dispuestos de por sí a la traición y lograron separarlos completamente de Roma. Antes de que los asuntos estuviesen maduros, llegó al Senado la noticia de que se preparaba una revuelta, y se indicó a los cónsules que convocasen a Roma a los jefes de la colonia y se les preguntase qué estaba pasando. Vinieron sin vacilar, pero después de haber sido llevados al Senado por los cónsules, dieron respuestas tan insatisfactorias que dejaron aún mayores sospechas a su marcha que a su llegada. La guerra era segura. Espurio Furio, el cónsul a quien se encargó la dirección de la guerra, marchó contra los ecuos y los encontró efectuando correrías en territorio hérnico. Ignorante de su fuerza, porque no estaban a la vista todos a la vez, se lanzó temerariamente a la batalla con fuerzas inferiores. Fue rechazado en el primer choque y se retiró a su campamento, pero no quedó allí a salvo del peligro. Durante esa noche y el día siguiente, el campamento fue atacado con tal fuerza que ni siquiera pudo enviar un mensajero a Roma. La noticia del desafortunado combate y de la acción del cónsul y su ejército llegó a través de los hérnicos, produciendo tal alarma en el Senado que se emitió un decreto de una manera nunca usada hasta entonces, excepto en casos de extrema urgencia. Encargaron a Postumio que "mirara porque la repúbica no sufriese daño". Se pensaba que lo mejor era que el cónsul permaneciese en Roma para alistar a todo el que pudiese empuñar un arma, mientras que Tito Quincio era enviado como legado proconsular [En el original latino: pro consule T. Qvintivm; es decir, general de un ejército de tamaño consular (2 legiones) con los poderes militares o imperium de un cónsul pero que no podía tomar decisiones políticas que correspondiesen a los cónsules anuales, al Senado o al pueblo.-N. del T.] para liberar el campamento con un ejército suministrado por los aliados. Esta fuerza estaría integrada por los latinos y los hérnicos, mientras que la colonia en Anzio debía proporcionar subitarios (designación que se aplica a tropas alistadas apresuradamente).

[3,5] Numerosas maniobras y escaramuzas tuvieron lugar durante esos días, porque el enemigo con su superioridad numérica era capaz de atacar a los romanos desde muchos lugares y agotar sus fuerzas, pues no pudieron hallarlos juntos en ningún sitio. Mientras una parte de su ejército atacaba el campamento, otra fue enviado a devastar el territorio romano, y, si se presentaba una oportunidad favorable, intentarlo en la propia Ciudad. Lucio Valerio se quedó para proteger a la ciudad y se envió al cónsul Postumio a repeler las incursiones en la frontera. No se omitió ninguna precaución ni se ahorró ningún esfuerzo; se situaron destacamentos ante las puertas, los veteranos guarnecieron las murallas y, como medida necesaria en momentos de tal perturbación, se suspendieron los asuntos públicos durante algunos días. En el campamento, mientras tanto, el cónsul Furio, después de permanecer inactivo durante los primeros días del asedio, hizo una salida por la puerta decumana y sorprendió al enemigo, y aunque pudo haberlos perseguido, se abstuvo de hacerlo, temiendo que el campamento pudiera ser atacado desde el otro lado. Furio, general [legatum en el original latino: general de una legión y subordinado del cónsul, cuyo ejército consultar constaba de dos legiones.-N. del T.]

y hermano del cónsul, llegó demasiado lejos en la carga y no se dio cuenta, en la emoción de la persecución, de que sus hombres estaban regresando y que el enemigo venía sobre él desde atrás. Al ver cortada la retirada, tras muchos intentos infructuosos por abrirse camino hasta el campamento, cayó luchando desesperadamente. El cónsul, al oír que su hermano estaba rodeado, volvió a la lucha, fue herido al sumergirse en el fragor de la refriega y con dificultad pudo ser rescatado por quienes le rodeaban. Este incidente amortiguó el coraje de sus hombres y acrecentó el de los enemigos, que tomaron tanto ánimo por la muerte de un general y por herir a un cónsul que los romanos, que habían sido rechazados a su campamento y estaban nuevamente sitiados, no volvieron a ser enemigo para ellos, ni en moral ni en fortaleza. Fracasaron sus mayores esfuerzos para contener al enemigo, y habrían estado en extremo peligro si Tito Quincio no hubiera llegado en su ayuda con las tropas aliadas, un ejército integrado por contingentes latinos y hérnicos. Como los ecuos estaban dirigiendo toda su atención al campamento romano y mostraban exultantes la cabeza del general al que habían atacado por la espalda, a una señal del cónsul Tito Quincio se efectuó simultáneamente una salida desde el campamento y quedó rodeada una gran cantidad de enemigos.

Entre los ecuos que estaban en territorio romano hubo menos pérdidas en muertos y heridos, pero fueron puestos en fuga rápidamente. Mientras estaban dispersos por todo el país con su botín, Postumio los atacó en varios lugares donde había situado destacamentos. Su ejército [de los ecuos.-N. del T.] quedó así dividido en varios cuerpos de fugitivos y en su huida se encontraron con Quincio, que volvía de su victoria con el cónsul herido. El ejército del cónsul luchó en una brillante acción y vengó las heridas de los cónsules y la muerte del legado y sus cohortes. Durante esos días se infligieron y recibieron grandes pérdidas por ambas partes. En un asunto de tanta antigüedad, es difícil hacer una declaración exacta del número de los que lucharon o de los que cayeron. Valerio de Anzio, sin embargo, se atreve a dar los totales definitivos. Dice que los romanos caídos en territorio hérnico eran 5800, y los antiates muertos por Aulo Postumio mientras corrían el territorio romano fueron 2400. El resto, que se encontró con tiempo Quincio cuando se llevaban su botin, se dispersó con pérdidas más pequeñas; da el número exacto de sus muertos: 4230. Al regresar a Roma, se revocó la orden para el cese de todos los asuntos públicos. El cielo parecía estar todo encendido y también fueron vistos otros portentos, o la gente, en su miedo, imaginó que los veían. Para apartar estos presagios alarmantes, fueron ordenadas intercesiones públicas durante tres días, durante los cuales todos los templos se llenaron de multitud de hombres y mujeres, implorando la protección de los dioses. Después de esto las cohortes latinas y hérnicas recibieron el agradecimiento del Senado por sus servicios y fueron enviadas a sus hogares. Los mil soldados de Anzio, que habían llegado después de la batalla, demasiado tarde para ayudar, fueron enviados de vuelta casi con ignominia [un soldado al servicio de Roma podía recibir la "honesta missio" o licencia honrosa, la "causaria missio" o licencia médica, o la "ignominiosa missio" o licencia sin honor, que no le permitiría recibir ventajas políticas o fiscales (como obtener la ciudadanía en el caso de tropas auxiliares).- N. del T.].

[3.6] A continuación se celebraron las elecciones, Lucio Ebucio y Publio Servilio fueron elegidos cónsules -463 a.C.-; tomaron posesión de sus cargos el 1º de agosto, que era entonces el comienzo del año consular. Ese año fue notable por la gran pestilencia que asoló tanto la Ciudad como los distritos rurales y afectó a los ganados tanto como a los seres humanos. La virulencia de la epidemia fue agravada por el hacinamiento en la Ciudad de la gente del campo y su ganado, por el temor a las correrías enemigas. Esta colección promiscua de animales de todo tipo se hizo ofensiva para los ciudadanos, por el olor inusual, y la gente del campo, constreñida como estaba en las viviendas, se afligían con el calor opresivo que no les dejaba conciliar el sueño. El contacto continuo entre ellos contribuyó a propagar la enfermedad. Mientras apenas eran capaces de soportar la presión de esta calamidad, los enviados de los hérnicos anunciaron que los ecuos y los volscos habían unido sus fuerzas, habían atrincherado su campamento dentro de su territorio [de los hérnicos.-N. del T.] y devastaban su frontera con un ejército inmenso. Los aliados de Roma no sólo vieron en el poco concurrido Senado una indicación de los sufrimientos causados por la epidemia, sino que también hubieron de llevar la melancólica respuesta de que los hérnicos debían, junto a los latinos, defenderse por sí mismos. La ciudad de Roma estaba siendo devastada por la peste enviada por la ira de los dioses; pero si el mal daba algún respiro, entonces enviarían socorro a sus aliados como lo habían hecho el año antes y en anteriores ocasiones. Los aliados partieron, llevando a casa en respuesta a las tristes noticias de que habían traído una respuesta aún más triste, porque quedaba en sus propias fuerzas en la que apenas tendrían igualdad sin el apoyo del poder de Roma. El enemigo ya no se limitó al país de los hérnicos, fueron a destruir los campos de Roma, que ya estaban devastados sin haber sufrido los estragos de la guerra. No encontraron a nadie, ni siquiera un campesino desarmado, y tras recorrer el país lo abandonaron como ya lo había sido por sus defensores y dejado sin cultivar, alcanzando la tercera piedra miliar [casi 4,5 km.-N. del T.] desde Roma en la via Gabia. El cónsul Ebucio murió; su colega Servilio aún respiraba, pero con pocas esperanzas de recuperación; la mayoría de los hombres principales fueron afectados, también la mayoría de los senadores y casi todos los hombres en edad militar; de modo que no sólo era su fuerza menor que la necesaria para una expedición como la que requerían los acontecimientos, sino que difícilmente permitiría guarnecer la Ciudad para su defensa. Los deberes de centinela fueron encomendadas por los senadores a personas que por su edad y salud pudieran efectuarlas; los ediles de la plebe se encargaron de su inspección. En estos magistrados se había transferido la autoridad consular y el control supremo de todos los asuntos.

[3,7] Toda desierta, privada de su jefatura y de toda su fortaleza, fue salvada la Ciudad por sus dioses tutelares y por la Fortuna, que hicieron que los volscos y los ecuos pensasen más en el botín que en su enemigo. Pues nunca tuvieron esperanza siquiera de aproximarse a las murallas de Roma, y aún menos de capturarla. La visión lejana de sus casas y colinas, lejos de fascinarles, les repelió. Por todas partes de su campamento se levantaron furiosas protestas: "¿Por qué estaban perdiendo el tiempo sin hacer nada en una tierra desierta y devastada, en medio de hombres y bestias apestados, mientras había sitios libres de la epidemia y con grandes riquezas en territorio de Túsculo?". Tomaron rápidamente sus estandartes, y marchando a través de los campos de los labicanos alcanzaron las colinas de Túsculo. Toda la violencia y la devastación de la guerra marchó en esta dirección. Mientras tanto, los hérnicos y los latinos unieron a sus fuerzas y se dirigieron a Roma. Actuaron así no sólo por un sentimiento de piedad, sino también porque la desgracia caería sobre ellos si no ofrecían ninguna oposición a su enemigo común mientras éste avanzaba para atacar a Roma y no llevaban ningún auxilio a quienes fueron sus aliados. Al no encontrar al enemigo allí, siguieron la información que les proporcionaban sus huellas, y les encontraron cuando estaban bajando desde las colinas de Túsculo al valle de Alba. Aquí combatieron por su propio impulso, y su fidelidad a sus aliados encontró, por el momento, poco éxito. La mortandad en Roma, por la epidemia, no era menor a la de los aliados por la espada. El cónsul superviviente murió; entre otras víctimas ilustres, murieron Marco Valerio y Tito Verginio Rutilo, los augures, y Servio Sulpicio, el Curio Máximo

[antiguo sacerdote que supervisaba las Curias (o a los curios, jefes de éstas), agrupación de ciudadanos que, originalmente, pudieron haber sido las tribus.-N. del T.]. Entre el pueblo, la violencia de la epidemia hizo grandes estragos. El Senado, privado de toda ayuda humana, propuso al pueblo que se entregase a las oraciones; que ellos, con sus mujeres y niños, procesionasen como como suplicantes y rogasen misericordia a los dioses. Convocados por la autoridad pública para hacer lo que la miseria de cada cual le permitiese, abarrotaron todos los templos. Matronas postradas, barriendo con sus cabellos despeinados el suelo de los templos, iban por todas partes implorando el perdón de los ofendidos Cielos y rogando que por fin acabase la pestilencia.

[3,8] Fuera que los dioses respondieron graciosamente a los orantes o que hubiese pasado la estación insana, la gente poco a poco se recuperó de la epidemia y la salud pública se volvió más satisfactoria. La atención se volvió una vez más a los asuntos de Estado, y tras haber pasado uno o dos interregnos [periodo de cinco días durante los cuales se hacía cargo de la jefatura del Estado el "interrex", que era un magistrado temporal, y se procedía la elección del dictador, generalmente en el segundo periodo aunque hubo excepciones.-N. del T.], Publio Valerio Publícola, que había sido interrex durante dos días, llevó a cabo la elección de Lucrecio Tricipitino y Tito Veturio Gémino (o Vetusio) como cónsules -462 a.C-. Tomaron posesión el 11 de agosto, y el Estado fue entonces lo bastante fuerte, no sólo para defender sus fronteras, sino tomar la ofensiva. En consecuencia, cuando los hérnicos anunciaron que el enemigo había cruzado sus fronteras, se les envió ayuda inmediatamente. Dos ejércitos consulares fueron alistados. Veturio fue enviado a actuar contra los volscos, Tricipitino tenía que proteger al país de los aliados de las incursiones depredatorias y no avanzar más allá de la frontera hérnica. En la primera batalla Veturio venció y puso en fuga al enemigo. Aunque Lucrecio estaba acampado entre los hérnicos, un destacamento de saqueadores lo evitó marchando por las montañas de Preneste, y descendiendo hacia las llanuras devastaron los campos de los prenestinos y gabios, luego volvieron a las colinas de Túsculo. Se produjo una gran alarma en Roma, más por la sorprendente rapidez del movimiento que por falta de fortaleza para repeler cualquier ataque. Quinto Fabio era el prefecto de la Ciudad. Armando a los hombres más jóvenes y guarneciendo las defensas, devolvió la tranquilidad y la seguridad en todas partes. El enemigo no se atrevió a atacar la Ciudad, pero regresó dando un rodeo con el botín que había obtenido de la vecindad. Cuanto mayor era su distancia de la Ciudad, con mayor descuido marchaban; y en tal estado dieron con el cónsul Lucrecio, que había reconocido la ruta que habían tomado y estaba en formación de combate, ansioso por luchar. Como ya estaban alertados y dispuestos contra el enemigo, los romanos, aunque considerablemente menos en número, los derrotaron y masacraron a la gran hueste, a quien el inesperado ataque confundió, llevó a los profundos valles e impidió su fuga. La nación volsca casi desapareció allí. Encuentro en algunos anales que cayeron entre la batalla y la persecución 13.470 hombres y que 1.750 fueron tomados prisioneros, mientras que se capturaron veintisiete estandartes militares. Aunque puede haber cierta exageración, ciertamente se produjo una gran masacre. El cónsul, después de obtener enorme botín, regresó victorioso a su campamento. Los dos cónsules, después, unieron sus campamentos; los volscos y los ecuos también concentraron sus destrozadas fuerzas. Una tercera batalla tuvo lugar ese año; de nuevo la Fortuna dio la victoria a los romanos, los enemigos fueron derrotados y su campamento capturado.

[3,9] Los asuntos domésticos volvían a su antiguo estado; los éxitos en la guerra de inmediato provocaban trastornos en la Ciudad. Cayo Terentilio Harsa era ese año uno de los tribunos de la plebe. Pensando que la ausencia de los cónsules ofrecía una buena oportunidad para la agitación tribunicia, pasó varios días arengando a la plebe sobre la prepotente arrogancia de los patricios. En particular, arremetió contra la autoridad de los cónsules como excesiva e intolerable en un Estado libre, pues mientras que nominalmente era menos injusto, en realidad era casi más duro y opresivo de lo que lo había sido el de los reyes; pues ahora, decía, tenían dos amos en lugar de uno sólo, con poderes ilimitados e incontrolados que, sin nada que les frenase, dirigían todas las amenazas y sanciones de las leyes contra la plebe. Para evitar que esta tiranía sin límites se hiciese eterna, dijo que propondría una ley para que se nombrase una comisión de cinco personas para que escribiesen las leyes que regulaban el poder de los cónsules. Cualesquiera fuesen los poderes sobre ellos mismos que el pueblo diese al cónsul, sólo serían aquéllos los que podría ejercer; no podría imponer su propio gusto y capricho como ley. Cuando esta medida fue promulgada, los patricios temieron que, en ausencia de los cónsules, ellos hubieran de aceptar el yugo. Quinto Fabio, el prefecto de la Ciudad, convocó una reunión del Senado. Hizo un ataque tan violento contra la proposición de ley propuesta y su autor, que las amenazas y la intimidación contra el tribuno no podrían haber sido mayores incluso si ambos cónsules hubieran estado en la tribuno, amenazando su vida. Lo acusó de planear traición, de aprovechar un momento favorable para planear la ruina de la república. "Si los dioses", continuó, "nos hubiesen concedido un tribuno así el año pasado, durante la peste y la guerra, nada podría haberlo detenido. Tras la muerte de los dos cónsules, mientras el Estado estaba abatido, podría haber aprobado leyes, en medio de la confusión universal, para privar a la república del poder de los cónsules, habría llevado a los volscos y los ecuos a atacar la Ciudad. ¿Es que, si los cónsules se comportaban de manera tiránica o cruel contra cualquier ciudadano, no podía él señalar día para llevarlo a juicio ante tales jueces para ser acusados por aquellos contra los que se hubiera actuado con tal severidad? Su acción estaba haciendo que el poder tribunicio, y no la autoridad consular, se volviera odioso e intolerable, y que después de haber sido ejercido pacíficamente y en armonía con los patricios, tal poder volviese ahora a sus viejas malas prácticas". En cuanto a Terentilio, no se disuadió de seguir como empezó. En cuanto a vosotros", dijo Fabio," los demás tribunos, os rogamos que reflexionéis que en primera instancia vuestro poder os fue conferido para el auxilio de ciudadanos individuales, no para su ruina; habéis sido elegidos tribunos de la plebe, no enemigos de los patricios. Para nosotros es preocupante, para vosotros es una fuente de odio que la república sea así atacada mientras faltan sus jefes. No perjudicaréis vuestros derechos, sino que menguará el odio que se os tiene, si disponéis con vuestro colega que todo el asunto quede interrumpido hasta la llegada de los cónsules. Incluso los ecuos y los volscos, después que la epidemia se hubiese llevado a los cónsules el pasado año, no nos acosaron con guerra tan cruel y despiadada". Los tribunos llegaron a un entendimiento con Terentilio, el procedimiento aparentemente se suspendió aunque, de hecho, fue abandonado. Se hizo regresar inmediatamente a los cónsules.

[3.10] Lucrecio regresó con una inmensa cantidad de botín, y con una reputación aún más brillante. Él incrementó este prestigio a su llegada, exponiendo todo el botín en el Campo de Marte durante tres días y que cada persona pudiese reconocer y llevarse lo que fuese de su propiedad. El resto, para lo que no apareció propietario, fue vendido. Por asentimiento general se otorgó un triunfo al cónsul, pero se retrasó a causa del tribuno [Terentilio.-N. del T.], que estaba presionando para debatir su propuesta. El cónsul consideró que ésta era la cuestión más importante. Durante algunos días el tema fue debatido tanto en el Senado como en la asamblea popular. Por fin, el tribuno cedió a la autoridad superior del cónsul y abandonó su propuesta. Entonces, el cónsul y su ejército recibieron el honor que se merecían; a la cabeza de sus legiones victoriosas, celebró su triunfo sobre los volscos y ecuos. Al otro cónsul se le permitió entrar en la ciudad sin sus tropas y disfrutar de una ovación [forma inferior al triunfo, para honrar una victoria contra un enemigo menor,por ejemplo, o sin que hubiese guerra declarada.-N. del T.]. Al año siguiente -461 a.C.-, los nuevos cónsules, Publio Volumnio y Servio Sulpicio, se enfrentaron al proyecto de ley de Terentilio, que ahora fue presentado por todo el colegio de tribunos. Durante el año, el cielo parecía estar en llamas, hubo un gran terremoto, y se creyó que un buey había hablado (el año anterior no se dio crédito a este mismo rumor). Entre otros portentos, llovió carne, y se dice que gran número de aves se apoderó de ella mientras estaban volando; lo que cayó al suelo permaneció allí durante varios días sin producir mal olor. Los libros sibilinos fueron consultados por los duumviros

[duumviros en el original. Magistrados ordinarios anuales con diversos cometidos: convocar y presidir comicios, realizar censos y otros. En las ciudades bajo dominio romano eran el equivalente a los cónsules.-N. del T.] y se halló una predicción de los peligros que resultarían de una alianza de extranjeros, atentados a los puntos más altos de la Ciudad y el consiguiente derramamiento de sangre. Entre otras advertencias, hubo una para que se abstuviesen de sediciones. Los tribunos alegaron que esto se hizo para impedir la aprobación de la Ley y parecía inminente un conflicto desesperado.

Como para mostrar cómo las cosas se repetían año tras año, los hérnicos advirtieron que los volscos y los ecuos, a pesar de su agotamiento, estaban equipando nuevos ejércitos. Anzio era el centro del movimiento; los colonos de Anzio celebraron reuniones públicas en Écetra, la capital y principal potencia de la guerra. Cuando llegó esta información al Senado, se dieron órdenes para proceder a un alistamiento. Se repartieron las operaciones entre los cónsules; los volscos fueron la provincia de uno y los ecuos del otro. Los tribunos, incluso delante de los cónsules, llenaron el Foro con sus gritos de que la historia de una guerra contra los volscos era una comedia convenida y que los hérnicos se habían preparado de antemano para el papel que debían desempeñar; las libertades de los romanos no estaban siendo reprimidas por una oposición directa, sino que estaban tratando de engañarles. Era imposible convencerlos de que los volscos y los ecuos, después de haber sido casi exterminados, podían iniciar por sí mismos las hostilidades; por lo tanto, se estaba buscando un nuevo enemigo; a una colonia que había sido un vecino leal se estaba cubierto de infamia. Se declaró así la guerra contra el pueblo inofensivo de Anzio; pero fue contra la plebe romana, realmente, contra quien se libraba la batalla. Después de cargarles con las armas les llevarían a toda prisa fuera de la Ciudad, y se vengarían de los tribunos condenando a sus conciudadanos al destierro. De este modo (que puede ser bien cierto) la Ley sería derrotada; a menos que, mientras que la cuestión estuviese aún por decidir y ellos aún permanecieran en casa sin alistar, tomasen medidas para impedir que les expulsasen de la Ciudad y les forzasen al yugo de la esclavitud. Si mostraban coraje no precisarían ayuda, fue la opinión unánime de los tribunos. No había motivo de alarma, no había peligro en el exterior. Los dioses se había ocupado, el año anterior, de que sus libertades fuesen protegidas con seguridad.

[3.11] Esto por parte de los tribunos. Los cónsules, en el otro extremo del Foro, sin embargo, colocaron sus sillas a la vista de los tribunos y procedieron al alistamiento. Los tribunos corrieron hacia allí, llevando a la Asamblea con ellos. Unos pocos fueron citados, aparentemente como una tentativa, y de inmediato se produjo un tumulto. Tan pronto como alguien era prendido por orden de los cónsules, un tribuno ordenaba que fuese liberado. Ninguno de ellos se mantuvo dentro de los límites de sus derechos legales; confiando en su fortaleza querían conseguir a la fuerza lo que deseaban. Los métodos de los tribunos para impedir el alistamiento fueron seguidos por los patricios para obstruir la Ley, que fue presentada cada día que se reunió la Asamblea. El problema comenzó cuando los tribunos hubieron ordenado al pueblo que procediera a la votación y los patricios se negaron a retirarse. Los miembros más veteranos del orden estaban generalmente ausentes de los procedimientos que estaban seguros que no se controlarían mediante la razón, sino por la imprudencia y los excesos; los cónsules, también, se alejaron para que la dignidad de su magistratura no se viera expuesta a insultos. Ceso era un miembro de la gens Quincia, y su ascendencia noble, gran estatura y gran fuerza física le hacían un joven atrevido e intrépido. A estos dones de los dioses, agregaba brillantes cualidades militares y elocuencia como orador público, de modo que nadie en el Estado se preciaba de superarlo, fuera con la palabra o en la acción. Cuando asumió su puesto en medio de un grupo de patricios, visible entre todos ellos, llevando, por así decirlo, en su voz y en su fortaleza personal todas las dictaduras y consulados combinados, fue el único en resistir los ataques de los tribunos y las tormentas de indignación popular. Bajo su liderazgo, los tribunos fueron a menudo expulsados del Foro, los plebeyos derrotados y expulsados, cualquiera que se interpusiera en su camino era desnudado y golpeado. Se hizo evidente que si se dejaba seguir con este tipo de cosas, la Ley sería derrotada. Cuando los otros tribunos estaban casi desesperados, Aulo Verginio, uno de los colegiados, acusó a Ceso de un crimen capital. Este procedimiento inflamó, más que intimidó, a su carácter violento; se opuso a la Ley y hostigó a los plebeyos con más ferocidad que nunca, y declaró la guerra a los tribunos. Su acusador le dejó correr a su ruina y avivar la llama del odio popular, suministrando así nuevos cargos a las acusaciones que se le imputaban. Mientras tanto, continuó presentando la Ley, no tanto con la esperanza de aprobarla como para provocar que Ceso cometiese una mayor temeridad. Muchos discursos salvajes y excesos de los jóvenes patricios se achacaron a Ceso para reforzar las sospechas contra él. Sin embargo la oposición a la Ley se mantuvo. Aulo Verginio decía con frecuencia a los plebeyos: "¿Sois conscientes, Quirites, de que no podéis tener la ley que queréis y a Ceso, como ciudadano, juntos? Sin embargo, ¿por qué hablar de la Ley? Él es un enemigo de la libertad y supera a todos los Tarquinios en tiranía. Esperad a verlo, al hombre que ahora, en su condición privada, actúa con la audacia y violencia de un rey, esperad a verlo convertido en cónsul o dictador." Sus palabras fueron apoyadas por muchos, que se quejaron de haber sido golpeados, y se urgió a los tribunos para que tomasen una decisión sobre el asunto.

[3.12] El día del juicio estaba próximo, y era evidente que el pueblo creía que su libertad dependía de la condena de Ceso. Por último, para su gran indignación, se vio obligado a acercarse a los miembros individuales de la plebe; fue seguido por sus amigos, que estaban entre los hombres más importantes de todo el Estado. Tito Quincio Capitolino, que había sido tres veces cónsul, tras describir sus numerosas propias distinciones y las de su familia, afirmó que ni en la gens Quincia ni en el Estado romano existía tal ejemplo de mérito personal y valor juvenil. Él había sido el soldado más importante en su ejército; a menudo había combatido bajo sus propios ojos. Espurio Furio dijo que Ceso había sido enviado por Quincio Capitolino en su ayuda cuando estaba en dificultades, y que ninguna persona había hecho más para recuperar la fortuna de aquel día. Lucio Lucrecio, el cónsul del año anterior, en el esplendor de su recién conquistada gloria, asoció a Ceso con su propio derecho a la distinción, enumeró las acciones en las que había tomado parte, contó sus brillantes hazañas en la marcha y en el campo, y se esforzó por persuadirlos para que conservasen como conciudadano a un joven adornado con tantos dones como podía conceder la naturaleza y la fortuna, que sería un inmenso poder para cualquier estado del que se convirtiese en miembro, en vez de arrojarlo a un pueblo extranjero. En cuanto a lo que había dado lugar a tal delito (su temperamento y audacia), estas fallas menguaban continuamente; lo que le faltaba (prudencia) iba en aumento día a día. Pues sus faltas decrecían y sus virtudes maduraban, debían permitir que un hombre así viviese con ellos hasta la vejez. Entre los que hablaron en su favor estuvo su padre, Lucio Quincio Cincinato. No volvió a repasar todos sus méritos, por temor a agravar el odio contra él, pero les rogó indulgencia por los errores de la juventud; él mismo nunca había ofendido a nadie, ya sea de palabra o de obra, y por su propio bien, les imploró el perdón para su hijo. Algunos se negaron a escuchar sus ruegos, para no desagradar a sus amigos; otros se quejaron de los malos tratos que habían recibido, y por sus respuestas enojadas mostraron de antemano cuál sería su veredicto.

[3.13] Más allá de la exasperación general, un cargo en particular pesaba en su contra. Marco Volscio Fictor, que unos años antes había sido tribuno de la plebe, se había presentado a declarar que no mucho después de que la epidemia hubiera visitado la ciudad, había encontrado con unos jóvenes paseando por el Suburra. Se inició una lucha y su hermano mayor, todavía débil por la enfermedad, fue derribado por un puñetazo de Ceso, y llevado a casa en un estado crítico, murió después, según él, a consecuencia del golpe. Los cónsules no le habían permitido, durante los años transcurridos, obtener reparación judicial por el ultraje. Mientras Volscio estaba contando esta historia en un tono alto de voz, se produjo tal excitación que Ceso estuvo a punto de perder la vida a manos de la gente. Verginio ordenó que fuera detenido y llevado a la cárcel. Los patricios enfrentaron la violencia con la violencia. Tito Quincio reclamó que cuando se establecía la fecha del juicio para alguien acusado de un crimen capital y que estaba presente, no se podía limitar su libertad personal antes de que fuese oído el caso y emitida la sentencia. El tribuno respondió que no iba a infligir castigo a un hombre que no había sido hallado culpable; pero debía mantenerlo en prisión hasta el día del juicio, para que el pueblo romano pudiera estar en condiciones de sancionar a aquel que hubiese tomado la vida de un hombre. Se apeló a los demás tribunos, y éstos salvaron sus prerrogativas mediante un compromiso; impidieron que fuera llevado a prisión, y anunciaron que su decisión era que el acusado compareciese ante el tribuno, y que si no lo hacía, debía pagar una multa al pueblo. La pregunta era, ¿qué suma era justa? El asunto fue remitido al Senado y el acusado quedó detenido en la Asamblea, mientras los senadores deliberaban. Decidieron que debía prestar fianza, y tal fianza ascendía a 3000 ases. Se dejaba a los tribunos la decisión de cuántos serían los fiadores; fijaron el número en diez. El fiscal liberó al acusado bajo fianza. Ceso fue el primero que prestó fianza en un juicio público. Después de abandonar el Foro, marchó la noche siguiente al exilio entre los etruscos. Cuando llegó el día del juicio, se declaró en defensa de su no comparecencia que había cambiado su domicilio para ir al exilio. Verginio, sin embargo, continuó con el procedimiento, pero sus colegas, a quienes se apeló, disolvieron la Asamblea. Se exigió, sin piedad, el dinero a su padre, que tuvo que vender todos sus bienes y vivir durante algún tiempo como un hombre desterrado en una choza al lado del Tíber.

[3.14] Este juicio y los debates sobre la Ley mantuvieron ocupado al Estado; hubo un respiro con los problemas exteriores. Los patricios quedaron intimidados por el destierro de Ceso, y los tribunos, que, según pensaban, habían obtenido la victoria, consideraban que la ley había quedado prácticamente aprobada. En lo que se refiere a los senadores veteranos, abandonaron el control de los asuntos públicos, pero los miembros más jóvenes, sobre todo aquellos que habían sido íntimos Ceso, aumentaron su ira contra los plebeyos y no se desanimaron. Ganaron más al efectuar sus ataques de un modo metódico. La primera vez que la ley fue presentada tras la huida de Ceso, se organizaron con una excusa y cuando los tribunos les mandaron retirarse, les atacaron con un enorme ejército de clientes, de tal modo que a nadie en especial se pudo achacar acción especial de gloria u odiosa. Los plebeyos se quejaron de que por un Ceso habían surgido miles. Mientras que los tribunos no presentaban la Ley, nada era más tranquilo o pacífico que aquellos mismos hombres [los jóvenes patricios.-N. del T.]; trataban afablemente a los plebeyos, conversaban con ellos, les invitaban a sus casas y cuando estaban en el Foro siempre permitían a los tribunos tratar de cualquier otra cuestión sin interrumpirles. Nunca eran desagradables con nadie, fuese en público o en privado, excepto cuando se inició una discusión sobre la Ley; en todas las demás ocasiones eran amistosos con el pueblo. No sólo los tribunos trataron sus otros asuntos tranquilamente, sino que incluso pudieron ser reelegidos para el año siguiente sin que se hiciese ningún comentario ofensivo ni se ejerciese violencia alguna. Con su comportamiento amable suavizaron el trato con la plebe y con aquellos ardides evitaron durante todo el año la aprobación de la Ley.

[3.15] Los nuevos cónsules, Cayo Claudio, el hijo de Apio, y Publio Valerio Publícola, se hicieron cargo el Estado en una situación más tranquila que de costumbre -460 a.C.-. El nuevo año no trajo nada nuevo. El interés político se centraba en la discusión de la ley. Cuanto más se congraciaban los jóvenes senadores con la plebe, más feroz era la oposición de los tribunos. Éstos trataron de despertar sospechas en su contra, alegando que se había formado una conspiración; que Ceso estaba en Roma, que se había planeado asesinar a los tribunos y masacrar a los plebeyos; y además, que los senadores de alto rango habían encargado a los miembros más jóvenes del Senado la misión de abolir la autoridad tribunicia a fin de que las condiciones políticas volvieran a ser las mismas que antes de la ocupación del Monte Sacro. La guerra con los volscos y los ecuos se había convertido ya en algo habitual, de recurrencia casi anual, y se esperaba con aprensión. Una nueva desgracia sucedió cerca de casa. Los refugiados políticos y un número de esclavos, unos 2.500 en total, bajo la dirección de Apio Herdonio Sabino, se apoderaron de la Ciudadela y del Capitolio por la noche. Los que se negaron a unirse a los conspiradores fueron inmediatamente asesinados, otros en la confusión bajaron completamente aterrorizados hasta el Foro; se oyeron varios gritos de "¡A las armas!" "¡El enemigo está en la ciudad!". Los cónsules temían tanto armar a la plebe como dejarla desarmada. Inciertos en cuanto a la naturaleza del problema que se había apoderado de la ciudad, si era causado por ciudadanos o por extranjeros, por amargura de la plebe o por traición de los esclavos, intentaron calmar el tumulto y no consiguieron sino incrementarlo; en su estado de terror e inseguridad, no se pudo controlar al pueblo. Sin embargo, se distribuyeron armas, no indiscriminadamente, sino sólo, al tratarse de un enemigo desconocido, para garantizar la protección suficiente para cualquier emergencia. El resto de la noche la pasaron apostando hombres en todos los lugares convenientes de la Ciudad, mientras que su incertidumbre en cuanto a la naturaleza y el número de los enemigos les mantenían en suspenso. La luz del día, por fin, dio a conocer el enemigo y su jefe. Apio Herdonio estaba llamando desde el Capitolio a los esclavos para ganar su libertad, diciendo que él había abrazado la causa de todos los condenados a fin de restablecer los exiliados que habían sido injustamente expulsados y eliminar el pesado yugo de los cuellos de los esclavos. Él preferiría que esto se hiciera por ofrecimiento del pueblo romano, pero si eso fuese imposible, correría todos los riesgos y levantaría a los volscos y los ecuos.

[3.16] La situación se hizo más clara a los senadores y cónsules. Temían, sin embargo, que detrás de tales objetivos abiertamente declarados, hubiera alguna trampa de los veyentinos o los sabinos, y que mientras dentro de la Ciudad se mantenía esta fuerza hostil, las legiones etruscas y sabinas apareciesen, y luego los volscos y los ecuos, sus enemigos declarados, vinieran contra la misma Ciudad, que estaba ya parcialmente tomada, y no a rapiñar su territorio. Muchos y diversos eran sus temores. Lo que más temían era un levantamiento de esclavos, en el cual cada hombre tendría un enemigo en su propia casa y en el que sería igualmente peligroso confiar como no confiar, pues la pérdida de la confianza sería un enemigo aún mayor. Peligros tan amenazantes y abrumadores sólo se podrían superar mediante la unidad y la concordia, y ningún temor era mayor que el que tenían a los tribunos o a la plebe. Este miedo se vio mitigado, pues sólo desapareció cuando el resto de los males dieron un respiro, y se pensó que había disminuido por el temor a una agresión extranjera. Sin embargo, más que cualquier otra cosa, contribuyó a disminuir la suerte del Estado zozobrante. Pues tal locura se apoderó de los tribunos que sostenían que no había tal guerra, sino un simulacro, en el Capitolio para distraer los pensamientos del pueblo de la Ley. Aquellos amigos, decían, y clientes de los patricios saldrían más silenciosamente de lo que habían llegado, si se frustraba su ruidosa demostración con la aprobación de la ley. Luego convocaron al pueblo para que dejasen las armas y formase una Asamblea con el propósito de aprobar la Ley. Mientras tanto, los cónsules, más alarmados por la acción de los tribunos que por el enemigo nocturno, convocaron una reunión del Senado.

[3.17] Cuando se informó de que se habían dejado las armas y que los hombres estaban abandonando sus puestos, Publio Valerio dejó a su colega guardando el Senado y se dirigió apresuradamente a los tribunos, en el Templo. "¿Qué significa esto, tribunos?", preguntó, ¿Vais a derrocar el Estado, bajo la dirección de Apio Herdonio? ¿Ha tenido éxito ése hombre, cuya llamada no ha levantado un sólo esclavo, en corromperos? ¿Decidís deponer las armas y discutir las leyes cuando el enemigo está sobre nuestras cabezas?". Después, dirigiéndose a la Asamblea, dijo, "Si no os preocupáis, Quirites, por la Ciudad ni por vosotros mismos, ¡aún deberíais hacerlo por vuestros dioses, cautivos del enemigo! Júpiter Optimo Máximo, Juno Reina y Minerva, con otros dioses y diosas, están siendo asediados; un campamento de esclavos tiene en su poder a vuestros dioses tutelares. ¿Es esta la apariencia que creéis que debe tener un Estado en sus cabales? No sólo con una fuerza hostil dentro de las murallas, sino en la misma Ciudadela, sobre el Foro, sobre la Curia, mientras se celebra una Asamblea en el Foro y con el Senado reunido en la Curia, como si hubiese paz y tranquilidad, y los Quirites en la Asamblea procediendo a votar. ¿No sería más propio que cada hombre, patricios y plebeyos por igual, cónsules y tribunos, dioses y hombres, acudieran, todos y cada uno, con sus armas al rescate, a correr al Capitolio y restaurar la libertad y poner sosiego en la más que venerable morada de Júpiter Óptimo Máximo? ¡Oh, Padre Rómulo, concede a tus hijos ese espíritu con el que recuperaste de aquellos mismos sabinos la Ciudadela que había sido capturada mediante el oro! Hazles tomar el mismo camino por el que tu guiaste a tu ejército. Y yo, el cónsul, seré el primero en seguir tus pasos en tanto que un hombre pueda seguir a un dios." Terminó su discurso diciendo que tomaría las armas y exhortó a todos los Quirites para también se armasen. Si alguien trataba de impedírselo, ignoraría los límites de su autoridad consular, la autoridad de los tribunos y las leyes que les hacían inviolables, y a quien

o donde quiera que fuese, tanto en el Capitolio como en el Foro, los trataría como a enemigos públicos. Los tribunos tenían mejores armas para emplear contra Publio Valerio, el cónsul, pues les prohibían usarlas contra Apio Herdonio. Él se atrevería a hacer, con el asunto de los tribunos, lo que el primero de su familia [Se refiere al Publio Valerio Publícola que había acompañado a Lucio Junio Bruto y a los otros tres en el primer año del consulado.-N. del T.] había hecho en el de los reyes. Pareció que se iba a recurrir a la fuerza, y que el enemigo disfrutaría del espectáculo de un motín en Roma. Sin embargo, la Ley no pudo ser sometida a votación, ni el cónsul ir al Capitolio, pues la noche puso fin al peligroso conflicto. Como llegó la noche, los tribunos se retiraron, temerosos de las armas del cónsul. Cuando los autores de la alteración hubieron desaparecido, los senadores fueron entre los plebeyos y mezclándose con distintos grupos les señalaban la gravedad de la crisis; les invitaban a reflexionar sobre la peligrosa posición a la que estaban llevando al Estado. No era una lucha entre patricios y plebeyos; sino que patricios y plebeyos por igual, la Ciudadela, los templos de los dioses, las deidades guardianas del Estado y las de cada casa estaban siendo entregados al enemigo. Mientras se tomaban estas medidas para borrar del Foro el espíritu de discordia, los cónsules habían ido a inspeccionar las puertas y murallas, por si se producía cualquier movimiento por parte de los sabinos o los veyentinos.

[3.18] La misma noche, llegaron mensajeros a Túsculo con noticias de la captura de la Ciudadela y el Capitolio, y de los disturbios en la Ciudad. Lucio Mamilio era en ese momento el dictador de Túsculo. Después de convocar a toda prisa el Senado y presentar a los mensajeros, instó enérgicamente a los senadores para que no esperasen la llegada de los enviados de Roma pidiendo ayuda; la certeza del peligro y la gravedad de la crisis, los dioses que vigilaban las alianzas y la lealtad a los tratados, todo exigía una acción inmediata. Nunca más los dioses nos presentarían ocasión tan favorable para ganar la obligación de un Estado tan poderoso ni tan cercano. Decidieron que se enviaría ayuda, los hombres en edad militar fueron reclutados y se distribuyeron las armas. Conforme se acercaban a Roma, en la madrugada, parecían en la distancia como si fuesen enemigos; parecía como si viniesen los volscos o los ecuos. Cuando se aclaró esta alarma infundada, se les dejó entrar en la Ciudad y llegaron desfilando hasta el Foro donde Publio Valerio, que había dejado a su colega mandando las tropas que guarnecían las puertas, estaba disponiendo su ejército para la batalla. Era su autoridad la que había logrado este resultado; declaró que si, cuando el Capitolio fuese recuperado y la Ciudad pacificada, le permitían descubrirles la deshonestidad de la Ley que los tribunos les proponían, no se opondría a la celebración de la Asamblea del pueblo, pues él tenía presentes a sus antepasados y al nombre que llevaba, el cual hizo de la protección del pueblo, por así decir, una tarea hereditaria. Siguiendo su guía, en medio de las protestas inútiles de los tribunos, marcharon en orden de batalla a la colina del Capitolio, la legión de Túsculo marchaba con ellos. Los romanos y sus aliados compitieron por ver quién tendría la gloria de recuperar la Ciudadela. Cada uno de los jefes animaba a sus hombres. Entonces, el enemigo se desmoralizó, su confianza sólo se apoyaba en la fortaleza de su posición; mientras desfallecían así, los romanos y los aliados avanzaron para cargar. Ya habían forzado su entrada al vestíbulo del templo cuando Publio Valerio, que estaba en primera línea animando a sus hombres, fue muerto. Publio Volumnio, un hombre de rango consular, lo vio caer. Dirigió a sus hombres para proteger el cuerpo, corrió al frente y sustituyó al cónsul. En el calor de su carga, los soldados no se dieron cuenta de la pérdida que había sufrido; obtuvieron la victoria antes de saber que estaban luchando sin general. Muchos de los exiliados profanaron el templo con su sangre, muchos fueron hechos prisioneros y Herdonio fue muerto. Así se recuperó el Capitolio. Se castigó a los prisioneros de acuerdo a su condición, tanto esclavos como libres; se concedió un voto de agradecimiento a los tusculanos; el Capitolio fue limpiado y solemnemente purificado. Se afirma que los plebeyos lanzaron cuadrantes [moneda de bronce o cobre, valía un cuarto de as.-N. del T.] a la casa del cónsul para que pudiese tener un funeral aún más espléndido.

[3.19] No bien se había restaurado el orden y la tranquilidad, los tribunos comenzaron a presionar a los senadores con la necesidad de hacer honor a la promesa hecha por Publio Valerio; urgieron a Claudio para que liberase a los manes de su colega de penar por decepción, permitiendo que la Ley se votase. El cónsul se negó hasta que se hubiera asegurado la elección de un colega. La disputa siguió hasta que se llevó a cabo la elección. En el mes de diciembre, después de los mayores esfuerzos por parte de los patricios, Lucio Quincio Cincinato, el padre de Ceso, fue elegido cónsul, y de inmediato tomó posesión de su cargo. Los plebeyos se sintieron consternados ante la perspectiva de tener como cónsul a un hombre enfurecido contra ellos; y poderoso por el caluroso apoyo del Senado, por sus propios méritos personales y por los de sus tres hijos, ninguno de los cuales era inferior a Ceso en la elevación de sus mentes y sí eran superiores a él exhibiendo prudencia y moderación cuando era necesario. Cuando tomó posesión de su magistratura, lanzaba continuamente arengas desde la tribuna, en las que censuraba el Senado tan enérgicamente como contenía a la plebe. Era, dijo, por culpa de la apatía de aquél estamento, que los tribunos de la plebe, ahora perpetuamente en su magistratura, se portaban como reyes en sus discursos y acusaciones, como si vivieran, no en la república de Roma, sino en alguna familia miserable y mal gobernada. El valor, la resolución, todo lo que hace que los jóvenes se distinguiesen en casa y en el campo de batalla, había sido expulsado y desterrado de Roma con su hijo Ceso. Agitadores locuaces, sembradores de discordia, nombramientos como tribunos por segunda y tercera vez consecutiva, se vivía en medio de prácticas infames de libertinaje Real. "¿Merece ese hombre,", preguntó, "Aulo Verginius, aunque no estuviera en el Capitolio, menos castigo que Apio Herdonio? ¡Mucho más, por Hércules! si se piensa bien. Herdonio, aún si no hiciera otra cosa, se declaró enemigo y con ello os avisó para tomar las armas; este hombre, negando la existencia de una guerra, os privó de vuestras armas y os expuso, sin defensa, a merced de vuestros esclavos y de los exiliados. Y a vosotros, sin faltar al respeto a Cayo Claudio ni al fallecido Publio Valerio, os pregunto: ¿avanzasteis contra el Capitolio antes de haber limpiado el Foro de tales enemigos? Es un ultraje, a los dioses y a los hombres, que cuando había enemigos en la Ciudadela y en el Capitolio, y el líder de los esclavos y de los exiliados, después de profanarlo todo, había establecido su cuartel en el mismo santuario de Júpiter Óptimo Máximo, fuese en Túsculo y no en Roma donde se tomasen las armas. No se sabía si la Ciudadela de Roma sería liberada por el general túsculo, Lucio Mamilio, o por los cónsules Publio Valerio y Cayo Claudio. Nosotros, que no habíamos permitido que los latinos se armasen, ni siquiera para defenderse contra una invasión, podíamos haber sido conquistados y destruidos si esos mismos latinos no hubiesen tomado las armas espontáneamente. ¡A esto, tribunos, es a lo que llamáis proteger a la plebe, exponerla a ser masacrada impotente por el enemigo! Si el más humilde miembro de vuestra plebe, a la que habéis separado del resto del pueblo y habéis convertido en una provincia, si tal persona, digo, os dijese que su casa estaba rodeada por esclavos armados pensaríais, supongo, que se le debe ayudar; ¿Y no merecía Júpiter Óptimo Máximo, tomado por esclavos armados y exiliados, recibir ayuda humana alguna? ¿Demandan tales individuos que sus personas sean sagradas e inviolables, cuando ni los propios dioses lo son ante sus ojos? Pero, incursos como estáis en crímenes contra los dioses y los hombres, proclamáis que váis a aprobar vuestra Ley este año. Entonces, por Hércules, con toda seguridad os digo que, si la proponéis, el día en que fui hecho cónsul será con mucho peor para el Estado que aquel en que murió Publio Valerio. Ahora tengo que daros un aviso, Quirites: la primera cosa que mi colega y yo pretendemos hacer es marchar con las legiones contra los volscos y los ecuos. Por una extraña fatalidad, resulta que los dioses nos son más propicios cuando estamos en guerra que cuando estamos en paz. Es mejor deducir de lo que ha ocurrido en el pasado que aprender por experiencia presente cuán grande pudo haber sido el peligro para aquellos Estados de los que se ha sabido que su Capitolio estuvo en poder de los exiliados".

[3.20]
El discurso del cónsul produjo gran impresión en la plebe; los patricios se animaron y consideraron que se había restablecido el Estado. El otro cónsul, que mostró más coraje en el apoyo que en la propuesta, estaba muy contento de que su colega diera el primer paso en un asunto de tanta importancia, y que para su ejecución se hiciera plenamente responsable como cónsul. Los tribunos se rieron ante lo que consideraban palabras vanas; y constantemente preguntaban: "¿Cómo van los cónsules a alistar un ejército, cuando ninguno de nosotros se lo va a permitir?". "No hace falta", dijo Quincio, "hacer un nuevo reclutamiento. En el momento en que Publio Valerio dio armas al pueblo para recuperar el Capitolio, todos ellos hicieron el juramento de ponerse a las órdenes del cónsul y no disolverse hasta que se les ordenase. Por lo tanto, doy la orden de que todos los que prestaron el juramento se reúnan, mañana, en el lago Regilio." Entonces, los tribunos quisieron liberar al pueblo de su juramento mediante una sutileza. Argumentaron que no era Quincio cónsul cuando se tomó el juramento. Pero el abandono de los dioses, que prevalece en nuestra época, todavía no había aparecido, ni interpretaban los hombres sus juramentos y leyes sólo en el sentido que más les convenían; prefirieron comportarse cumpliendo la exigencia. Los tribunos, viendo que no tenían esperanza de obstruirlo, se dedicaron a retrasar la salida del ejército. Lo intentaron con ahínco, pues se había extendido el rumor de que los augures habían recibido órdenes de consagrar un lugar en el Lago Regilio, tras tomar los auspicios, donde asistiera el pueblo y se pudieran discutir sus asuntos; los hasta entonces votados en Roma, debido a la violencia de los tribunos, serían derogados allí mediante comicios. Esto permitiría que todas las medidas que se habían aprobado por el ejercicio violento de la autoridad tribunicia fuesen rechazadas en la Asamblea ordinaria de las Tribus. Todos votarían como los cónsules deseaban, porque el derecho de apelación no se extendía a más allá de una milla de la ciudad [1480 m.-

N.
del T.], y los propios tribunos, si iban con el ejército, estarían sujetos a la

autoridad de los cónsules. Estos rumores eran alarmantes, pero lo que les llenó con el mayor temor fueron las repetidas afirmaciones de Quincio de que no se debía celebrar la elección de los cónsules; los males del Estado eran tales que ningún recurso habitual los podría remediar; la república necesitaba un dictador, para que todo el que quisiera alterar la Constitución supiese que contra las decisiones de un dictador no había apelación.

[3.21] El Senado estaba en el Capitolio. Allá fueron los tribunos, acompañados por los plebeyos muy perturbados. Gritaban pidiendo ayuda, en primer lugar a los cónsules y luego a los senadores, pero no conmovieron la determinación del cónsul, hasta que los tribunos hubieron prometido que se someterían a la autoridad del Senado. Los cónsules presentaron ante el Senado las exigencias de la plebe y sus tribunos, y se aprobaron decretos sobre que los tribunos no deberían presentar su ley durante el año, ni los cónsules deberían llevar el ejército fuera de la ciudad. El Senado también consideró que iba en contra de los intereses del Estado que la duración del ejercicio de un magistrado se prolongase o que los tribunos fuesen reelegidos. Los cónsules cedieron a la autoridad del Senado, pero los tribunos, pese a las protestas de los cónsules, fueron reelegidos. A este respecto, el Senado, para no dar ninguna ventaja a la plebe, quiso reelegir también a Lucio Quincio como cónsul. Nada de cuanto ocurrió aquel año indignó al cónsul tanto como este proceder de los suyos. "¿Me puedo sorprender,", exclamó, "Padres Conscriptos, si vuestra autoridad tiene poco peso para la plebe? Vosotros mismos la debilitáis. Porque, en verdad, ellos han hecho caso omiso al decreto del Senado que prohíbe la continuación de un magistrado en el cargo, y vosotros mismos queréis que sea desobedecido, pues no vais a la zaga del populacho en obstinación irreflexiva, pues aunque poseéis mayor poder en el Estado, no mostráis menos ligereza y anarquía. Sin duda, es lo más tonto e inapropiado para acabar con las propias disposiciones que cualquier otra cosa. Imitáis, Padres Conscriptos, a la multitud desconsiderada; pecáis siguiendo el ejemplo de otros, vosotros que debíais ser un ejemplo para los demás, en vez de que los otros sigan el vuestro; pues yo no imitaré a los tribunos ni permitiré volver a ser cónsul en desafío a la resolución del Senado. A tí, Cayo Claudio, apelo encarecidamente, para que también tú impidas que el pueblo romano caiga en esta anarquía. En cuanto a mí, estad seguros de que voy a aceptar vuestra acción en la convicción de que no os habéis interpuesto en el progreso de mi carrera política, sino que tendré más gloria al rechazarlo y eliminaré el odio que mi permanencia en la magistratura pudiera haber provocado". Entonces los dos cónsules emitieron un decreto conjunto para que nadie pudiera nombrar cónsul a Lucio Quincio; si alguno lo intentaba, no se le permitiría votar.

[3.22] Los cónsules electos fueron Quinto Fabio Vibulano, por tercera vez, y Lucio Cornelio Maluginense -459 a.C.-. En ese año se celebró el censo, y debido a la toma del Capitolio y la muerte del cónsul, el lustro se clausuró por motivos religiosos [se refiere el autor a que no se celebraron sacrificios; el lustro era una ceremonia religiosa de purificación en la que se celebraban varios sacrificios.-N. del T.]. Durante su consulado los asuntos se trastornaron desde el mismo principio del año. Los tribunos comenzaron a instigar a la plebe. Los latinos y y los hérnicos informaron de que los voscos y los ecuos habían empezado la guerra a gran escala; las legiones volscas ya estaban en Anzio y había grandes temores de que la propia colonia se rebelase. Con gran dificultad se convenció a los tribunos para que permitiesen que la guerra tuviese precedencia sobre su Ley. Luego se repartieron las misiones a los cónsules: Fabio fue encargado de llevar las legiones a Anzio; Cornelio se encargó de proteger Roma e impedir que los destacamentos enemigos llegasen a efectuar expediciones de saqueo, como era costumbre de los ecuos. A los hérnicos y latinos se les ordenó proporcionar tropas, de acuerdo con el tratado; dos tercios del ejército se componían de aliados, el resto de ciudadanos romanos. Los aliados llegaron en el día señalado, y el cónsul acampó fuera de la puerta Capena. Cuando se completó la lustración [ceremonia purificadora.-N. del T.] del ejército, se dirigió a Anzio y se detuvo a corta distancia de la ciudad y del campamento enemigo al pie de ella. Como el ejército ecuo no había llegado, los volscos no se aventuraron a combatir y se dispusieron a actuar a la defensiva y proteger su campamento. Al día siguiente, Fabio formó sus tropas alrededor de las murallas enemigas, no mezclando los ejércitos aliados y ciudadanos, sino cada nación en un cuerpo separado, permaneciendo él mismo en el centro con las legiones romanas. dio órdenes de observar cuidadosamente sus señales, para que todos avanzaran y se retirasen (cuando se diera la señal de retirada) al mismo tiempo. La caballería se situó tras sus respectivos cuerpos. Con esta triple formación asaltó el campamento por tres lugares, y los voslcos, incapaces de enfrentarse al ataque simultáneo, fueron desalojados de los parapetos. Penetrando entre sus líneas, sembró el pánico entre la multitud que presionaba en una sola dirección: fuera de su campamento. La caballería, incapaz de superar los parapetos, había sido hasta el momento mera espectadora de la lucha; ahora alcanzaron al enemigo y los destrozaron conforme huían en desorden sobre la llanura y así gozaron de una participación en la victoria. Hubo una gran masacre, tanto en el campamento como en la persecución, pero aún mayor cantidad de botín, pues es enemigo apenas pudo llevarse sus armas. Su ejército habría sido aniquilado si los fugitivos no se hubieran refugiado en el bosque.

[3.23] MIentras estos acontecimientos sucedían en Anzio, los ecuos enviaron en avanzada algunas de sus mejores tropas y mediante un ataque nocturno capturaron la ciudadela de Túsculo; el resto de su ejército se detuvo no lejos de las murallas, para distraer al enemigo. La noticia de esto llegó rápidamente a Roma, y de Roma llegó al campamento frente a Anzio, donde produjo tanta excitación como si hubiese sido tomado el Capitolio. El servicio que Túsculo había prestado tan recientemente y la similar naturaleza entre el peligro anterior y el actual, exigían un envío de ayuda parecido. Fabio tomó como su primer objetivo el llevar el botín del campamento a Anzio; dejando allí un pequeño destacamento, se apresuró a marchas forzadas a Túsculo. A los soldados no se les permitió llevar nada excepto sus armas y el pan que tenían a mano, el cónsul Cornelio envió suministros desde Roma. La lucha continuó durante algunos meses en Túsculo. Con una parte de su ejército del cónsul atacó el campamento de los ecuos, el resto lo dejó con los tusculanos para la reconquista de su ciudadela. Ésta no podía tomarse por un asalto directo. En última instancia, fue el hambre lo que obligó al enemigo a evacuarla, y después de ser reducido al último extremo, todos ellos fueron despojados de sus armas y ropas, y hechos pasar bajo el yugo. Mientras volvían a sus hogares en esta situación ignominiosa, el cónsul romano les alcanzó en el Álgido y dio muerte a todos. Después de esta victoria, llevó su ejército a un lugar llamado Columen, donde asentó su campamento. Como las murallas de Roma ya no estaban expuestas al peligro después de la derrota del enemigo, el otro cónsul también salió de la Ciudad. Los dos cónsules entraron en territorio de los enemigos por caminos separados, y cada uno trató de superar al otro devastando las tierras voslcas, por un lado, y los territorios ecuos por el otro. He visto que la mayor parte de los autores relatan que Anzio se sublevó ese año; el cónsul Lucio Cornelio dirigió una expedición y recapturó la ciudad. No me atrevería a asegurarlo, pues no hay mención de ello en los autores más antiguos.

[3,24] Cuando esta guerra hubo llegado a su fin, los temores de los patricios se despertaron a causa de la guerra que los tribunos empezaron en casa. Proclamaron que el ejército estaba siendo retenido en el extranjero con mala intención; que se tenía la intención de frustrar la aprobación de la Ley; todos tratarían de terminar lo que habían empezado. Lucio Lucrecio, el prefecto de la Ciudad [en aquella época, asumía los poderes de los cónsules cuando éstos no estaban en la Ciudad.-N. del T.], logró, sin embargo, convencer a los tribunos para que aplazasen la decisión hasta la llegada de los cónsules. Surgió una nueva fuente de problemas. Aulo Cornelio y Quinto Servilio, los cuestores [inicialmente no eran magistrados permanentes y juzgaban casos de asesinato o traición.-N. del T.], acusaron a Marco Volscio de haber prestado, indudablemente, falso testimonio contra Ceso. Se había sabido por muchas fuentes que después que el hermano de Volscio enfermó, no sólo no había sido nunca visto en público, sino que ni siquiera abandonó su cama y su muerte fue debida a una enfermedad que duró varios meses. En la fecha en que el testigo precisaba el crimen, Ceso no fue visto en Roma, mientras que los que habían servido con él declararon que había estado constantemente en su puesto en filas, con ellos, y no había disfrutado ningún permiso. Muchas personas instaron a Volscio a iniciar una demanda privada ante un juez. Como no se atrevió a hacerlo, y todas las pruebas mencionadas anteriormente señalaban a la misma conclusión, su condena no fue más dudosa que lo había sido la de Ceso con el testimonio que había prestado. Los tribunos lograron retrasar el asunto; dijeron que no permitirían que los cuestores llevasen al acusado ante la Asamblea a menos antes se la convocase para aprobar la Ley. Ambas cuestiones fueron aplazadas hasta la llegada de los cónsules. Cuando hicieron su entrada triunfal a la cabeza de su ejército victorioso, nada se dijo sobre la Ley; la mayoría de la gente supuso, por lo tanto, que se amenazó a los tribunos. Pero ya era el final del año, y optaban a su cuarto año de magistratura, convirtieron la aprobación de la Ley en asunto de debate electoral. A pesar de que los cónsules se habían opuesto a la continuación de los tribunos en su magistratura tan vigorosamente como si la Ley se hubiera propuesto en detrimento de su autoridad, la victoria quedó de parte de los tribunos. En el mismo año, los ecuos pidieron y obtuvieron la paz. El censo, iniciado el año anterior, se completó, y el lustro, que se había clausurado, se dice que fue el décimo desde la fundación de la Ciudad. El número de los censados ascendió a 117.319 ciudadanos. Los cónsules de ese año ganaron gran reputación tanto en el hogar como en la guerra, pues aseguraron la paz exterior y, aunque no hubo armonía en el hogar, la república sufrió menos perturbaciones que en otras ocasiones.

[3.25] Los nuevos cónsules, Lucio Minucio y Cayo Naucio -458 a.C.-, se hicieron cargo de los dos asuntos que permanecían desde el año anterior. Como antes, obstruyeron la Ley y los tribunos impidieron el proceso de Volscio; pero los nuevos cuestores tenían mayor energía y mayor peso. Tito Quincio Capitolino, que había sido cónsul tres veces, fue cuestor con Marco Valerio, el hijo de Valerio y nieto de Voleso. Como Ceso no podía ser devuelto a la casa de la Quincios, ni el más grande de sus soldados devuelto al Estado, Quincio estaba obligado en justicia y por la lealtad a su familia a perseguir al testigo falso que había privado a un hombre inocente de poder alegar en su propia defensa. Como Verginio, y la mayoría de los tribunos, estaba agitando en favor de la Ley, se concedió a los cónsules dos meses para examinar la misma, a fin de que cuando hicieran comprender al pueblo la insidiosa falsedad que contenía, le dejarían votarla. Durante este intervalo, las cosas estuvieron tranquilas en la Ciudad. Los ecuos, sin embargo, no dieron mucho respiro. En violación del tratado hecho con Roma el año anterior, hicieron incursiones depredadoras en territorio de los labicos y luego en el de Túsculo.

Habían puesto al mando a Graco Cloelio, su hombre más importante en esos momentos. Después de cargar con el botín, asentaron su campamento en el Monte Álgido. Quinto Fabio, Publio Volumnio, y Aulo Postumio fueron enviados desde Roma a exigir satisfacción, según los términos del tratado. La tienda del general estaba situada bajo un enorme roble y él dijo a los legados romanos que las instrucciones que habían recibido del Senado se las contasen al roble bajo cuya sombra se sentaban, que él estaba muy ocupado. Al retirarse, uno de ellos exclamó: "¡Que este roble sagrado, o cualquier otra deidad ofendida, sepa que habéis roto el tratado! ¡Que atiendan ahora nuestras quejas y presten ayuda a nuestras armas cuando tratemos de reparar el ultraje hecho así a los dioses como a los hombres!" Al regreso de los enviados, el Senado ordenó a uno de los cónsules que marchase contra Graco en Álgido; al otro se le ordenó que devastase el territorio de los ecuos. Como de costumbre, los tribunos intentaron obstruir el alistamiento y es probable que al final hubieran tenido éxito, si no se hubiese producido un nuevo motivo de alarma.

[3.26] Un inmenso ejército de sabinos llegó con sus estragos casi hasta las murallas de la ciudad. Los campos estaban en ruinas y la Ciudad aterrorizada. Ahora, los plebeyos tomaron las armas de buen grado, los tribunos protestaron en vano y se alistaron dos grandes ejércitos. Naucio dirigió uno de ellos contra los sabinos, construyó un campamento atrincherado y enviaba, generalmente por la noche, pequeños destacamentos que produjeron tal destrucción en territorio sabino que las fronteras romanas parecieron, en comparación, indemnes por la guerra. Minucio no fue tan afortunado, ni dirigió su campaña tampoco con la misma energía; después de ocupar una posición atrincherada no lejos del enemigo, se mantuvo tímidamente en su campamento, a pesar de que no había sufrido ninguna derrota importante. Como de costumbre, el enemigo se sintió alentado por la falta de coraje del otro bando. Hicieron un ataque nocturno a su campamento, pero al conseguir poca cosa con el asalto directo, procedieron a sitiarlo. Antes de que todas las salidas estuviesen cerradas por la circunvalación, cinco jinetes pasaron a través de los puestos exteriores del enemigo y llevaron a Roma las noticias de que el cónsul y su ejército estaban bloqueados. Nada podía haber ocurrido tan inesperado, tan inopinado; el pánico y la confusión fueron tan grandes como si hubiera sido la ciudad y no el campamento lo que habían sitiado. El cónsul Naucio fue llamado de regreso, pero como no actuó de acuerdo a la gravedad de la emergencia, decidieron nombrar un dictador para enfrentar la peligrosa situación. Por el consenso unánime, Lucio Quincio Cincinato fue nombrado para el puesto -458 a.C.-.

Vale la pena que aquellos que desprecian todos los intereses humanos en comparación con la riqueza, y creen que no hay posibilidades de honores o de virtud excepto cuando la riqueza es abundante, escuchen esta historia. La única esperanza de Roma, Lucio Quincio, solía cultivar un campo de cuatro yugadas

[yugada: cantidad de tierra que araba en un día una pareja de bueyes, equivale a unas 0,27 Ha. 4 yugadas: 1,08 Ha aprox.-N. del T.] al otro lado del Tíber, justo enfrente del sitio donde están ahora los astilleros y el arsenal; lleva el nombre de Prados Quincios. Allí fue encontrado por la delegación del Senado, atareado con la excavación de una zanja o en la labranza, en todo caso, como se conviene en general, dedicado a la agricultura. Después de saludarse mutuamente, se le requirió para que vistiese su toga, pues debía escuchar el mandato del Senado y expresaron la esperanza de que todo ello fuese en bien suyo y del Estado. Les preguntó, sorprendido, si todo iba bien, y mando a su esposa, Racilia, a que le trajese rápidamente su toga de la casita [es de suponer que se trataría de una pequeña cabaña o casa de aperos y descanso, tan comunes en todo el Mediterráneo.-N. del T.]. Limpiándose el polvo y el sudor, se la puso y se adelantó, a lo que la Diputación le saludó como dictador y lo felicitó, lo invitó a la ciudad y le explicaron el estado de temor en que se hallaba el ejército. Se había dispuesto una nave para él y, después de haber cruzado, recibió la bienvenida de sus tres hijos, que habían salido a su encuentro. Les siguieron otros familiares y amigos, y la mayoría del Senado. Escoltado por esta reunión numerosa y precedido por los lictores, fue conducido a su casa. También hubo una enorme concentración de la plebe, pero no estaban en absoluto tan contentos de ver a Quincio; consideraban excesivo el poder con el que se le había investido, y al hombre aún más peligroso que a su poder. Nada más se hizo esa noche, aparte de proveer la adecuada protección de la Ciudad.

[3.27] La mañana siguiente el dictador fue, antes del amanecer, al Foro y nombró como su jefe de caballería [magistrum equitum, en el original.-N. del T.] a Lucio Tarquinio, miembro de una gens patricia, pero que por su pobreza había servido en la infantería, donde estaba considerado de lejos el mejor de los soldados romanos. Acompañado por el jefe de caballería, del dictador se dirigió a la Asamblea, proclamó la suspensión de todos los asuntos públicos, ordenó que se cerrasen las tiendas en toda la Ciudad y prohibió la ejecución de cualquier negocio privado. Luego ordenó a todos los que estaban en edad militar que acudieran completamente armados al Campo de Marte antes de la puesta del sol, cada uno con provisiones para cinco días y doce estacas. Los que estaban pasaban de esa edad fueron requeridos para cocinar las raciones de sus vecinos mientras éstos disponían sus armas y buscaban las estacas. Así que los soldados se dispersaron en busca de las estacas; las tomaron de los sitios más próximos, a nadie se le impidió y obedecieron prontos el edicto del dictador. La formación del ejército se adoptó de manera que fuese igualmente apta para la marcha o, si las circunstancias lo exigieran, para combatir; el dictador dirigió personalmente las legiones, el jefe de caballería iba al frente de sus jinetes. A ambos cuerpos se dirigieron arengas adecuadas a la emergencia, exhortándoles a avanzar a marchas forzadas, pues había que apresurarse si querían alcanzar al enemigo de noche; un ejército romano con su cónsul llevaba asediado ya tres días, y no era fácil adivinar lo que el día o la noche traerían, y muchos grandes problemas se habían resuelto en un instante. Los hombres se gritaban unos a otros, "¡a toda prisa, abanderado!" "¡Seguid, soldados!" para gran satisfacción de sus líderes. Llegaron a Álgido a la medianoche, y viendo que estaban cerca del enemigo, se detuvieron.

[3.28] El dictador, después de montar y dar una vuelta de reconocimiento a la posición y forma del campamento enemigo, mandó a los tribunos militares que ordenasen juntar la impedimenta y a los soldados con sus armas y estacas que formasen en sus puestos en las filas. Sus órdenes se ejecutaron. Luego, manteniendo la formación en la que habían marchado, todo el ejército, en una larga columna, rodeó las líneas enemigas. Con una señal, a todos se les ordenó lanzar el grito de guerra; tras lanzar el grito, cada hombre cavó una trinchera frente a él e hincó sus estacas. Una vez transmitida la orden, se dio la señal. Los hombres obedecieron la orden, y el grito de guerra pasó sobre los enemigos y llegó al campamento del cónsul. En unos produjo pánico, en otros alegría. Los romanos reconocieron el grito de guerra de sus conciudadanos y se felicitaban mutuamente por la ayuda que estaba cercana. Incluso efectuaron salidas desde sus puestos avanzados contra el enemigo, incrementando así su alarma. El cónsul dijo que no debía haber ninguna demora, pues aquel grito no sólo significaba que sus amigos habían llegado sino que estaban combatiendo y le sorprendería si no estaban siendo ya atacadas las líneas exteriores del enemigo. Ordenó a sus hombres que empuñasen sus armas y le siguiesen. Empezó una batalla nocturna. Advirtieron, con sus gritos, a las legiones del dictador de que por su lado ya había comenzado la lucha. Los ecuos ya se estaban preparando para evitar ser rodeados cuando el enemigo asediado empezó la batalla; para impedir que rompiesen sus líneas, se volvieron desde los que les estaban rodeando hacia los de dentro, y así dejaron al dictador libre, toda la noche, para completar su tarea. La lucha contra el cónsul continuó hasta el amanecer. En ese momento estaban totalmente rodeados por el dictador, y apenas fueron capaces de mantener la lucha contra un ejército. Entonces, sus líneas fueron atacados por el ejército de Quincio, que había completado la circunvalación y retomado sus armas. Habían de mantener un nuevo frente mientras que el anterior no se había debilitado en absoluto. Bajo la presión del doble ataque, se convirtieron de guerreros en suplicantes, e imploraron al dictador por un lado y al cónsul por otro no hacer de su exterminio el precio de la victoria, sino que les permitiesen deponer sus armas y marcharse. El cónsul les mandó al dictador, el cual, en su ira, determinó humillar al enemigo derrotado. Ordenó que a Graco Cloelio y a otros de sus hombres principales que se les cargasen de cadenas, y a la ciudad de Corbión que fuese evacuada. Dijo a los ecuos que no quería su sangre, que eran libres de partir; pero que, como muestra evidente de la derrota y sometimiento de su nación, tendrían que pasar bajo el yugo. Este se hizo con tres lanzas, dos fijadas en el suelo, en posición vertical, y la tercera unida a ellas en su parte superior. Bajo este yugo hizo pasar el dictador a los ecuos.

[3,29] Encontraron su campamento lleno de toda clase de cosas (pues habían sido expulsados casi desnudos) y el dictador entregó todo el botín únicamente a sus propios soldados. Se dirigió al cónsul y a su ejército en tono de severa reprimenda: "Vosotros, soldados", dijo, "os quedaréis sin vuestra parte del botín, pues vosotros mismos sois parte del botín arrancado al enemigo; y tú, Lucio Minucio, mandarás estas legiones como general hasta que muestres el ánimo de un cónsul." Minucio abandonó su consulado y se quedó con el ejército bajo las órdenes del dictador. Pero tal ciega obediencia prestaban en aquellos días los soldados a la autoridad, cuando se ejercía con eficacia y sabiduría, que los soldados, conscientes del servicio que él había prestado y no del castigo que se les impuso, votaron para el dictador una corona de oro de una libra de peso, y cuando salió le saludaron como su patrono [lo que significaba reconocerse a sí mismos como clientes; ésta era una relación de dependencia personal sólo posible entre ciudadanos libres, por la cual el patrono "gestionaba" los problemas de sus clientes mientras éstos le prestaban diversos servicios: escolta, votos, propaganda. Con todos los matices que se quiera, es una versión temprana del vasallaje medieval.-N. del T.]. Quinto Fabio, el prefecto de la Ciudad, convocó una reunión del Senado, y se decretó que Quincio, con el ejército que regresaba a casa, debía entrar en la Ciudad en procesión triunfal. Los jefes del enemigo irían al frente, luego los estandartes militares por delante del carro del general y le seguiría el ejército cargado con el botín. Se dice que se distribuyeron mesas con viandas por todas las casas, y que los festejantes siguieron al carro con canciones sobre el triunfo y las bromas y pasquines habituales. Ese día, fue entregada la ciudad de Túsculo a Lucio Mamilio, con la aprobación general. El dictador habría abandonado enseguida su magistratura si no se lo hubiera impedido la Asamblea que debía juzgar a Marco Volscio: el miedo al dictador evitó que los tribunos lo obstruyeran. Volscio fue condenado y marchó al exilio en Lanuvio. Quincio renunció al decimosexto día de la dictadura que le había sido concedida por seis meses. Durante ese período, el cónsul Naucio se enfrentó en una brillante acción con los sabinos en Eretum, quienes sufrieron una severa derrota además de la destrucción de sus campos. Fabio Quinto fue enviado a relevar en el mando a Minucio en Álgido. Hacia el final del año, los tribunos comenzaron a agitar la Ley, sino como había dos ejércitos desplegados en el exterior, el Senado logró impedir que se sometiera a la plebe cualquier medida. Esta última obtuvo algo, sin embargo, al asegurarse la reelección por quinta vez de los tribunos. Se dice que fueron vistos, en el Capitolio, lobos perseguidos por perros; este prodigio hizo necesaria su purificación. Tales fueron los acontecimientos del año.

[3.30] Los cónsules siguientes fueron Quinto Minucio y Marco Horacio Pulvilo -457 a.C.-. Como había paz en el exterior a principios de año, los problemas internos comenzaron de nuevo; los mismos tribunos haciendo campaña a favor de la misma Ley. Las cosas podrían haber ido más lejos (tan encendidas estaban las pasiones en ambos lados) si no hubiesen llegado noticias, como si se hubiese planeado deliberadamente, de la pérdida de la guarnición de Corbión en un ataque nocturno de los ecuos. Los cónsules convocaron una reunión del Senado; se les ordenó encuadrar una fuerza con todos los que pudiesen llevar armas y que marchasen hacia Álgido. La disputa sobre la Ley quedó suspendida y comenzó otra por el alistamiento. La autoridad consular estaba a punto de ser aplastada por la interferencia de los tribunos, cuando se produjo una nueva alarma. Un ejército sabino había descendido sobre los campos romanos para saquearlos, y se acercaban a la Ciudad. Muy asustados, los tribunos permitieron el alistamiento; no, empero, sin insistir en un acuerdo para alcanzar en adelante el número de diez tribunos de la plebe electos, ya que durante cinco años habían sido frustrados y muy poca había sido la protección de los plebeyos. La necesidad obligó al Senado a aceptar esto, con la única condición de que en el futuro no se verían los mismos tribunos en dos años sucesivos. Las elecciones para elegir tribunos se celebraron de inmediato, para evitar que también este acuerdo quedara sin efecto tras finalizar la guerra. La magistratura del tribunado había existido durante treinta y seis años cuando se nombraron diez por vez primera, dos de cada clase. Se dispuso definitivamente que ésa debería ser la norma en todas las elecciones futuras. Cuando el alistamiento se completó, Minucio avanzó contra los sabinos, pero no encontró al enemigo. Después de masacrar a la guarnición de Corbión, los ecuos habían capturado Ortona; Horacio les combatió en Álgido, causándoles gran masacre, y los expulsó no sólo de Álgido, sino también de Corbión y de Ortona; destruyó completamente Corbión por haber traicionado a la guarnición.

[3.31] Marco Valerio y Espurio Verginio fueron los nuevos cónsules -456 a.C.-. Todo estaba tranquilo en casa y en el extranjero. Debido al exceso de lluvias hubo escasez de provisiones. Se aprobó una ley por la que se convertía al Aventino en parte del dominio del Estado. Se reeligieron a los tribunos de la plebe. Estos hombres, al año siguiente -455 a.C.-, cuando Tito Romilio y Cayo Veturio fueron cónsules, hicieron continuamente de la Ley el añadido de todas sus arengas, y decían que deberían avergonzarse de que se hubiera aumentado su número sin ningún resultado, si este asunto progresase tan poco durante sus dos años de magistratura como durante los cinco anteriores. Mientras la agitación estaba en su apogeo, un mensaje urgente llegó de Túsculo, avisando de que los ecuos estaban en territorio tusculano. Los buenos servicios que esa nación había rendido hacía tan poco tiempo, avergonzó al pueblo de retrasar el envío de ayuda. Ambos cónsules fueron enviados contra el enemigo, y lo encontraron en su posición usual en el Álgido. Se combatió allí; cerca de 7000 enemigos murieron y el resto fue puesto en fuga; se capturó un enorme botín. Este, debido a la mala situación de la hacienda pública, fue vendido por los cónsules. Su acción, sin embargo, creó malestar en el ejército, y ofreció a los tribunos una causa en la que basar una acusación contra ellos. Por consiguiente, cuando dejaron la magistratura, en la que fueron sucedidos por Espurio Tarpeyo y Aulo Aternio -454 a.C.-, fueron ambos acusados; Romilio por Cayo Calvio Cicerón, tribuno de la plebe, y Veturio por Lucio Alieno, edil de la plebe

[lo que indica una predisposición a liquidar el asunto con una multa, pues ésta era la única clase de procesos en que podían intervenir los ediles de la plebe.-N. del T.]. Para intensa indignación del partido senatorial, ambos fueron condenados y multados; Romilio tuvo que pagar diez mil ases y Veturio, quince mil. La suerte de sus predecesores no debilitó la resolución de los nuevos cónsules; dijeron que, si bien era muy posible que a ellos también se les condenase, no iba a ser posible que la plebe y sus tribunos aprobasen la Ley. Después de tan largas discusiones, se había quedado obsoleta, los tribunos la usaban ahora como arma arrojadiza y se acercaron a los patricios con un espíritu menos agresivo. Les instaron a que pusieran fin a sus controversias, y ya que se oponían a las medidas aprobadas por los plebeyos, debían consentir en el nombramiento de un cuerpo de legisladores, elegidos a partes iguales entre plebeyos y patricios, para promulgar lo que fuese útil a ambos órdenes y asegurase la igualdad de libertades para cada uno. Los patricios pensaban que la propuesta merecía ser considerada; dijeron, sin embargo, que nadie debía legislar a menos que fuese un patricio, pues ellos estaban de acuerdo con las leyes y sólo diferían en quién debía promulgarlas. Enviaron una legación a Atenas con instrucciones de hacer una copia de las famosas leyes de Solón y estudiar las instituciones, costumbres y leyes de los demás estados griegos. Sus nombres eran Espurio Postumio Albo, Aulo Manlio y Publio Sulpicio Camerino.

[3.32] Por lo que respecta a la guerra en el exterior, el año fue tranquilo. Al año siguiente -453 a.C.-, cuando fueron cónsules Publio Curiacio y Sexto Quintilio, fue aún más tranquilo a causa del persistente silencio de los tribunos. Esto se debió a dos causas: en primer lugar, que esperaban el regreso de los comisionados que habían ido a Atenas y las leyes extranjeras que iban a traer; y en segundo lugar, dos terribles desastres vinieron juntos, el hambre y la peste, que fueron fatales para los hombres y para el ganado. Los campos quedaron asolados, la Ciudad se agotó con una serie ininterrumpida de muertes, muchas de las más ilustres casas vistieron de luto. Murió el Flamen Quirinal [sacerdote de Quirino, de la categoría de los mayores junto al de Marte y al de Júpiter.-N. del T.], Servio Cornelio, murió también el augur Cayo Horacio Pulvilo, en cuyo lugar los augures eligieron a Cayo Veturio, tanto más impaciente cuanto que había sido condenado por la plebe. El cónsul Quintilio y cuatro tribunos de la plebe murieron. El año fue sombrío por las numerosas pérdidas. Hubo un respiro por parte de los enemigos exteriores. Los siguientes cónsules fueron Cayo Menenio y Publio Sestio Capitolino -452 a.C.-. Este año también estuvo libre de la guerra en el extranjero, pero empezaron los problemas en casa. Los legados habían vuelto con las leyes de Atenas; los tribunos, en consecuencia, insistieron más en que se debería empezar a compilar las leyes. Se decidió que se debía crear un conjunto de diez hombres (de ahí el nombre "decenviros"), contra los que no debería caber ningún recurso y que todas los demás magistrados debían suspenderse durante el resto del año. Hubo una larga controversia acerca de si debían ser admitidos los plebeyos; al fin cedieron a los patricios, a condición de que la Ley Icilia sobre el Aventino y las demás leyes sagradas no pudieran ser derogadas.

[3.33] Por segunda vez (en el año 301º de la fundación de Roma) cambió la forma de gobierno; la autoridad suprema fue transferida de los cónsules a los decenviros, igual que antes pasó de los reyes a los cónsules -451 a.C.-. El cambio fue menos notable debido a su corta duración, pues el comienzo feliz de este régimen se convirtió en una creciente lujuria; de aquí su temprano fracaso y la vuelta a la vieja práctica de cargar a dos hombres con el nombre y oficio de cónsul. Los decenviros fueron Apio Claudio, Tito Genucio, Publio Sestio, Lucio Veturio, Cayo Julio, Aulo Manlio, Publio Sulpicio, Publio Curiacio, Tito Romilio, y Espurio Postumio. Como Claudio y Genucio eran los cónsules designados para ese año, recibieron este honor en lugar del honor del que fueron privados. Sestio, uno de los cónsules del año anterior, fue honrado por haber, en contra de su colega, llevado el asunto ante el Senado. Junto a ellos estaban los tres comisionados que habían ido a Atenas, como recompensa por haberse comprometido con una embajada tan lejana, y también porque se pensaba que estarían familiarizados con las leyes de otros Estados extranjeros que podrían resultar útiles al compilar las nuevas. Se dice que en la votación final para completar el número con los cuatro restantes, los electores escogieron hombres de edad para evitar cualquier oposición violenta a las decisiones del resto. La presidencia de todo el grupo, de conformidad con los deseos de la plebe, fue confiada a Apio. Había asumido como un nuevo carácter, de ser un enemigo severo y amargo del pueblo, de pronto aparecía como su defensor, y desplegaba sus velas para captar cada aliento del favor popular. Ellos administran justicia cada diez días por turno, el que presidía el tribunal ese día era precedido por los doce lictores, los demás disponían sólo de un ordenanza para cada uno. Reinaba, no obstante, entre ellos una singular armonía (una armonía que en otras circunstancias podría resultar peligrosa para las personas) mostraban con los demás la más perfecta ecuanimidad. Será suficiente con un sólo ejemplo como prueba de la moderación con que actuaron. Un cadáver había sido descubierto y desenterrado en la casa de Sestio, miembro de una gens patricia. Fue llevado a la Asamblea. Como era evidente que se había cometido un crimen atroz, Cayo Julio, un decenviro, acusó a Sestio y compareció en persona ante el pueblo para acusarle, aún cuando tenía derecho a ejercer como único juez en el caso. Él renunció a su derecho a fin de que la libertad del pueblo ganase el poder que él cedía.

[3,34] Mientras, así los más encumbrados como los más humildes disfrutaban de su rápida e imparcial administración de justicia, como emitida por un oráculo, y al mismo tiempo prestaban atención a la elaboración de las leyes. Estaban especialmente interesados en que las leyes fuesen al fin escritas en diez tablas que serían exhibidas en una Asamblea especialmente convocada para ese fin. Deseando que su trabajo aportase bienestar y felicidad al Estado, a ellos y a sus hijos, los decenviros les propusieron ir y leer las leyes que se exhibían. "Tanto como lo permite la sabiduría y previsión de diez hombres, han establecido leyes iguales para todos, tanto los que más tienen como los que menos; pero será de más ayuda que la multitud las debata. Deberá cada uno examinar cada ley por separado, discutirla con los demás y presentar al debate público lo que parezca superfluo o incorrecto de cada decreto. Las futuras leyes de Roma deben ser tales que parezcan haber sido unánimemente propuestas por el propio pueblo, en vez de que éste las haya ratificado a propuesta de otros." Cuando parecía que habían sido suficientemente modificadas de acuerdo con lo que todos habían expresado, las Leyes de las Diez Tablas fueron aprobadas por los comicios centuriados [en el modo organizativo por centurias, de origen militar y económico -cada soldado se encuadraba según su fortuna-, las centurias de caballeros votaban las primeras y solían decidir el resultado.-N. del T.]. Incluso en la enormidad de la legislación actual, donde las leyes se apilan unas sobre otras en un confuso montón, aún son la fuente de toda la jurisprudencia pública y privada. Después de su ratificación, corrió el rumor de que faltaban dos tablas; si fuesen añadidas, el cuerpo, por así decir, de las leyes romanas quedaría completo. Conforme se acercaba el día de las elecciones, esta impresión produjo el deseo de nombrar decenviros para un segundo año. Los plebeyos habían aprendido a detestar el título de "cónsul" tanto como el de "rey", y ahora que los decenviros admitían apelar a uno de ellos contra la decisión de otro, no necesitaban más la ayuda de sus tribunos.

[3,35] Sin embargo, después de notificar que la elección de decenviros se celebraría el tercer día de mercado, tantos desearon estar entre los elegidos, que hasta los más principales hombres del Estado iniciaron un postulado individual como humildes suplicantes de una magistratura a la que antes se habían opuesto con todas sus fuerzas, buscándola entre las manos de cualquier plebeyo con el que hasta entonces había estado enfrentado. Creo que temían que si no acaparaban aquellos puestos de gran autoridad, quedarían abiertos a hombres que no serían dignos de ellos. Apio Claudio era plenamente consciente de que podría no ser reelegido, a pesar de su edad y los honores que había disfrutado. Difícilmente se podría decir si lo consideraban como un decemvir o como un candidato. A veces parecía más alguien que buscase una magistratura que uno que de hecho ya la detentaba; acusaba a la nobleza y exaltaba a cualquier candidato pese a su bajo nacimiento o poca importancia; solía alborotar en el Foro, rodeado por ex-tribunos de los Duelios e Icilios, y a través de ellos hacía propuestas a los plebeyos; hasta que sus colegas, que hasta entonces le eran completamente afectos, empezaron a preguntarse qué era lo que pretendía. Estaban convencidos de que no había sinceridad en su comportamiento, pues un hombre tan orgulloso no exhibe tanta afabilidad por nada. Consideraban que este degradarse a sí mismo y codearse con vulgares particulares era la acción de un hombre que no estaba dispuesto a abandonar su magistratura y trataba de alcanzar algún modo para prolongarla. Sin atreverse a frustrar abiertamente sus intenciones, intentaron moderar su violencia a base de complacerle. Como él era el miembro más joven de la institución [del decenvirato.-

N. del T.], unánimemente se le confirió el cargo de presidir los comicios. Mediante este artificio esperaban impedir que se eligiese a sí mismos; cosa que nadie, excepto los tribunos de la plebe, había hecho nunca, estableciendo así el peor de los precedentes. Sin embargo, él se dió cuenta de que, si todo iba bien, podría asegurar las elecciones, y convirtió lo que debía haber sido un impedimento en una gran oportunidad para llevar a cabo su propósito. Mediante la formación de una coalición, se aseguró el rechazo de los dos Quincios, Capitolino y Cincinato, de su propio tío, Cayo Claudio, uno de los más firmes partidarios de la nobleza, y otros ciudadanos del mismo rango. Consiguió la elección de hombres que estaban muy lejos de ser sus iguales, fuera política o socialmente, él en primer lugar; esto fue algo que los hombres respetables desaprobaban, sobre todo porque ninguno le creía capaz de ello. Con él fueron elegidos Marco Cornelio Maluginense, Marco Sergio, Lucio Minucio, Quinto Fabio Vibulano, Quinto Petelio, Tito Antonio Merenda, Cesón Duilio, Espurio Opio Corniceno, y Manlio Rabuleyo -450 a.C.-.

[3.36] Allí dejó Apio de llevar la máscara de alguien que no era. A partir de ese momento su conducta fue acorde con su disposición natural, y comenzó a manejar a sus nuevos compañeros, incluso antes de que tomasen posesión, de acuerdo con su propio carácter. Mantenían a diario reuniones privadas; luego, siguiendo planes urdidos en absoluto secreto para ejercer sin freno el poder, ya sin problemas para disimular su tiranía, se hicieron de difícil acceso, duros y severos para con aquellos a los que concedían audiencias. Así continuaron las cosas hasta mediados de mayo. Ese día, el 15 de mayo, era en el que los magistrados tomaban solemne posesión de sus cargos. En primer lugar, el primer día de su gobierno estuvo marcado por una manifestación que provocó grandes temores. Porque, mientras que los anteriores decenviros habían observado la norma de que sólo uno llevara las fasces y hacían que este emblema de la realeza se llevase por turno, ahora los diez aparecieron de pronto cada uno con sus doce lictores. El Foro estaba lleno de ciento veinte lictores, y llevaban las hachas atadas con las fasces [las hachas simbolizaban el poder de aplicar la pena de muerte que tenía el magistrado escoltado por los lictores.-N. del T.]. Los decenviros lo justificaron diciendo que ya que habían sido investidos con poder absoluto sobre la vida y la muerte, no había razón para que se quitasen las hachas. Presentaban el aspecto de diez reyes, y muchos temores fueron abrigados no sólo por las clases más bajas, sino incluso por los senadores más importantes. Se consideró que estaban buscando un pretexto para comenzar el derramamiento de sangre, de manera que si alguien pronunciaba, fuera en el Senado o entre el pueblo, una sola palabra que les recordara la libertad, las varas y las hachas se dispondrían inmediatamente contra él para intimidar al resto. Porque no sólo no había ya protección para el pueblo, ahora que el derecho de apelar se había eliminado, sino que los decenviros habían acordado entre ellos no interferir en las sentencias de los otros; mientras que los anteriores habían permitido que sus decisiones judiciales pudieran ser revisadas en apelación por otro colega, y determinados asuntos, al ser considerados jurisdicción del pueblo, le habían sido remitidos a éste. Durante algún tiempo inspiraron terror a todos por igual, poco a poco éste quedó solamente en la plebe. Los patricios no eran molestados; era el hombre de vida humilde al que reservaron su arbitrariedad y el trato cruel. Actuaron únicamente por motivos personales, no por la justicia de una causa, pues las influencias tenían con ellos la fuerza de la equidad. Celebraban sus juicios en sus casas y pronunciaban las sentencias en el Foro; si alguno apelaba a uno de sus colegas, abandonaba la presencia de éste último lamentándose de no haber aceptado la primera sentencia. Se había extendido la creencia, no atribuible a ninguna fuente de autoridad, de que su conspiración contra la ley y la justicia no se ceñía sólo al momento actual; existía un acuerdo secreto y sagrado entre ellos para no celebrar ninguna elección, sino mantenerse en el poder ahora que lo habían conseguido, haciendo perpetuo el decenvirato.

[3.37] Empezaron entonces los plebeyos a observar a los patricios, para captar algún pequeño destello de libertad en los hombres de quienes habían temido la esclavitud, pese a que tal temor había llevado la república a aquella condición. Los principales entre los patricios odiaban a los decenviros y odiaban a la plebe; no aprobaban lo que les estaba sucediendo, pero pensaban que los plebeyos se lo merecían totalmente y no querían ayudar a hombres que por correr demasiado en pos de la libertad, habían caído en la esclavitud. Incluso aumentaron los males que sufrían, para que por su impaciencia y malestar ante las condiciones presentes, deseasen volver al antiguo estado de cosas, con los dos cónsules como antaño. Ya había transcurrido la mayor parte del año; se habían añadido dos tablas a las diez del año anterior; si estas leyes restantes eran aprobadas por los comicios centuriados ya no habría razón para que el decenvirato fuese considerado necesario más tiempo. Los hombres se preguntaban cuánto tardarían en anunciar las elecciones de cónsules; la única inquietud de los plebeyos era acerca del método por el que podrían restablecer aquel baluarte de sus libertades, la potestad tribunicia, que ahora estaba suspensa. Mientras tanto, nada se decía acerca de ninguna elección. Al principio, los decenviros habían buscado la popularidad ante la plebe compareciendo rodeados de ex-tribunos, pero ahora iban acompañados por una escolta de jóvenes patricios que se jactaban ante los tribunales, maltrataban a los plebeyos y saqueaban sus bienes; y siendo los más fuertes, alcanzaron a obtener todo aquello de lo que se encaprichaban. No se detenían en ejercer la violencia con las personas, algunos fueron azotados, otros decapitados y esto no era sin motivo, pues al castigo seguía la confiscación de los bienes. Corrompida por tales sobornos, los jóvenes nobles no sólo se negaban a oponerse a la ilegalidad de los decenviros, sino que preferían abiertamente su propia libertad a la libertad pública.

[3.38] El quince de mayo llegó, el periodo de la magistratura de los decenviros expiró, pero no se nombraron nuevos magistrados. Aunque ahora eran sólo ciudadanos particulares, los decenviros se mostraron tan determinados como siempre para hacer valer su autoridad y conservar todos los emblemas del poder. Ahora, en verdad, era una monarquía descarada. La Libertad se consideró perdida para siempre, nadie se levantó para reclamarla ni parecía probable que alguien lo hiciera. No sólo el pueblo se había sumido en el desaliento, sino que empezaban a ser despreciados por sus vecinos, que despreciaba la idea de que el poder soberano existiese donde no había libertad. Los sabinos hicieron una fuerte incursión en territorio romano haciendo grandes destrozos, llevándose una inmensa cantidad de hombres y ganado a Ereto, donde reunieron sus fuerzas dispersas y acamparon con la esperanza de que el estado de cosas en Roma impidiera el alistamiento de un ejército. No sólo los mensajeros que traían las noticias, también los campesinos que huían a la Ciudad sembraron el pánico. Los decenviros, odiados por igual por el Senado y por la plebe, se quedaron sin apoyo alguno, y mientras celebraban consultas para adoptar las medidas necesarias, la Fortuna añadió un nuevo motivo de alarma. Los ecuos, avanzando en una dirección diferente, se habían atrincherado en Álgido, y desde allí hacían incursiones de saqueo en el territorio de Túsculo. Las nuevas fueron presentadas por los enviados de Túsculo, que imploraba ayuda. El pánico producido inquietó a los decenviros, y viendo la Ciudad enzarzada en dos guerras distintas se vieron obligados a consultar al Senado. Ordenaron convocar a los senadores, muy conscientes de que les esperaba una tormenta de resentimiento y de que sólo a ellos se haría responsables por la devastación del territorio y los peligros que amenazaban. Esto, esperaban, llevaría a un intento de privarlos de la magistratura, a menos que ofrecieron una resistencia unánime y que por un agudo ejercicio de la autoridad sobre algunos de los espíritus más audaces pudieran reprimir las intenciones de los demás.

Cuando la voz del pregonero se escuchó en el Foro, convocando a los patricios a la Curia para encontrarse con los decenviros, esta novedad tras tan largo tiempo de suspensión del Senado, llenó de asombro a los plebeyos. "¿Qué ha pasado", se preguntaban, "¿para revivir una práctica tan en desuso? Debemos estar agradecidos al enemigo que nos amenaza con la guerra, pues ha provocado algo que es propio de un Estado libre." Buscaban por el Foro algún senador, pero no reconocieron casi a ninguno; luego vieron la Curia y la soledad alrededor de los decenviros. Esto último se atribuyó al odio universal que sentían hacia su autoridad, los plebeyos lo explicaban diciendo que los senadores no se presentaron porque los ciudadanos privados no tenían derecho a convocarlos. Si la plebe hacía causa común con el Senado, aquellos que estaban empeñados en recuperar su libertad tendrían quienes les guiasen; y como los senadores no acudieron a la convocatoria, la plebe debía negarse al alistamiento para el servicio. Así expresaban su opinión los plebeyos. En cuanto a los senadores, apenas se hallaba uno de ellos en el Foro, y muy pocos en la Ciudad. Disgustado con el estado de cosas, se habían retirado a sus casas de campo y se ocupaban de sus propios asuntos, habiendo perdido todo interés en los del Estado. Pensaban que cuanto más alejados se mantuvieran de cualquier reunión y relación con sus tiránicos amos, más seguros estarían. Como, habiendo sido citados, no vinieron, se les envió ujieres a sus casas para exigir las multas por no asistir y comprobar si se ausentaban a propósito. Volvieron diciendo que el Senado estaba en el campo. Esto fue menos desagradable para los decenviros que si hubieran estado en la Ciudad y hubiesen rechazado reconocer su autoridad. Se dieron órdenes de que se citase a todos para el día siguiente. Asistieron en mayor número de lo que ellos mismos esperaban. Esto llevó a los plebeyos a pensar que su libertad había sido traicionada por el Senado, ya que había obedecido a los hombres cuyo mandato había expirado y que, a pesar de la fuerza a su disposición, sólo eran ciudadanos particulares, reconociendo así su derecho a convocar al Senado.

[3,39] Esta obediencia, sin embargo, se mostró más por su llegada a la Curia que por cualquier servilismo en los pareceres que expresaron. Queda memoria de que después que Apio Claudio presentase la cuestión de la guerra, y antes de que empezase la discusión formal, Lucio Valerio Potitio hizo un inciso para pedir que se le permitiese hablar de la situación política, pero al negárselo los decenviros en tono amenazante declaró que se presentaría ante el pueblo. Marco Horacio Barbato se opuso abiertamente, llamando a los decenviros "diez Tarquinios" y recordándoles que fue bajo la guía de los Valerios y de los Horacios cuando se expulsó de Roma a la monarquía. No era del nombre de rey de lo que los hombres se habían cansado, ya que era el título propio de Júpiter; Rómulo, el fundador de la Ciudad y sus sucesores fueron llamados reyes, y éste nombre aún se conservaba por razones religiosas . Era la tiranía y la violencia de los reyes lo que los hombres detestaban. Si éstos eran insoportables en un rey o en el hijo de un rey, ¿quién lo soportaría de diez ciudadanos particulares? Ellos debían velar por esto, pues ellos no lo hacían; al prohibir hablar en la Curia les obligaban a hacerlo fuera de sus muros. No podía ver cómo era menos admisible que él, como ciudadano privado, convocase la Asamblea del pueblo, que para ellos convocar el Senado. Hallarían que en todas partes será mayor su dolor para vengar su libertad que su codiciosa ambición de la tiranía. Traían la cuestión de la guerra con los sabinos como si el pueblo romano no tuviese otra guerra más importante que aquella contra los hombres que, nombrados para elaborar las leyes, no dejaban vestigio alguno de ley o justicia en el Estado; los que habían abolido las elecciones, los magistrados anuales, la sucesión regular de gobernantes, los que eran garantes de la libertad igual para todos; quienes, aunque simples ciudadanos, aún retenían las fasces y del poder despótico de los monarcas. Después de la expulsión de los reyes, los magistrados eran patricios; después de la secesión de la plebe, fueron nombrados magistrados plebeyos. "¿A qué partido pertenecían estos hombres?" , preguntó. "¿Al partido popular? ¿Por qué? ¿qué han hecho en unión de la plebe? ¿A la nobleza? "¡¿Qué?! , ¿éstos hombres, que no han celebrado una reunión del Senado en casi un año y ahora, que están celebrando una, prohiben que se hable sobre la situación política? No confiéis demasiado en los temores ajenos. Los males que padecen ahora mismo los hombres les parecen mucho más graves que cualquier temor que alberguen sobre el futuro."

[3.40] Mientras Horacio estaba pronunciando tan apasionado discurso, y los decenviros dudaban hasta dónde irían, fuera hacia la agria resistencia o hacia la concesión, y sin poder ver cuál sería el resultado, Cayo Claudio, el tío del decenviro Apio, hizo un discurso más orientado a la súplica que a la censura. Él le rogó, por el alma de su padre, que pensase más en el orden social bajo el que había nacido que en los nefastos acuerdos hechos con sus colegas. Hacía este ruego, dijo, mucho más por el bien de Apio que por el del Estado, pues el Estado podría hacer valer sus derechos a pesar suyo, si no podía hacerlo con su consentimiento. Pero las grandes controversias, en general, encienden grandes y amargas pasiones, y lo que temía es a lo que éstas podrían conducir. Aunque los decenviros prohibieron la discusión de cualquier asunto, aparte del que habían presentado, su respeto por Claudio les impidió interrumpirle, por lo que el concluyó con una resolución por la que el Senado no debía aprobar ningún decreto. Este se interpretó por todos como que Claudio les consideraba meros ciudadanos privados, y muchos de los consulares [quienes habían sido alguna vez cónsules.-N. del T.] expresaron su acuerdo. Otra propuesta, aparentemente más drástica, pero en realidad menos eficaz, fue que el Senado debería ordenar que los patricios se reunieran para nombrar un "interrex". Pues para votar esto, decidieron que quienes estaban presidiendo el Senado eran magistrados legales, quienes quiera que fuesen, mientras que la propuesta que habían aprobado antes para que no se emitiese ningún decreto les convertía en ciudadanos privados.

La causa de los decenviros estaba a punto de derrumbarse cuando Lucio Cornelio Maluginense, el hermano del decenviro Marco Cornelio, que había sido deliberadamente elegido de entre los cónsules para cerrar el debate, emprendió la defensa de su hermano y de los colegas de éste mediante la expresión de grandes inquietudes acerca de la guerra. Se preguntaba, dijo, qué fatalidad había ocurrido para que los decenviros tuviesen que ser atacados por aquellos que habían pretendido ésa misma magistratura o por sus aliados o por aquellos hombres en particular; o por qué, durante todos los meses en que la república estuvo tranquila, nadie puso en cuestión si eran magistrados legítimos o no, hasta ahora, cuando el enemigo estaba casi a las puertas, y ellos azuzaban la discordia civil (a menos que supusieran que la naturaleza de su proceder sería menos evidente en medio de la confusión general). Nadie estaba justificado para producir un perjuicio así en un momento en que estaban preocupados por temores muchos más graves. Dio así su opinión de que la cuestión planteada por Valerio y Horacio, a saber, que los decenviros habían cesado en sus funciones el 15 de mayo, debía presentarse al Senado para su votación una vez que la guerra hubiera llegado a su fin y se hubiese restaurado la tranquilidad del Estado. Y, además, que Apio Claudio debía a la vez comprender que debía prepararse para desconvocar las elecciones de decenviros, indicando tanto que habían sido elegidos sólo para un año, o hasta el tiempo necesario para que las leyes fuesen aprobadas. En su opinión, todos los asuntos, menos la guerra, debían apartarse por el momento. Si pensaban que los informes que llegaban de fuera eran falsos y que, no sólo los mensajeros que habían venido sino también los legados túsculos, se habían inventado un cuento, entonces debían mandar partidas de reconocimiento para traer noticias exactas. Sin embargo, si creían que los mensajeros y los legados, debían hacer el alistamiento tan pronto como pudieran, los decenviros mandarían los ejércitos donde se juzgase mejor y nada debía tener más prioridad.

[3.41] Mientras se dividían las opiniones y los jóvenes senadores iban aceptando esta propuesta, Valerio y Horacio se levantaron de nuevo muy airados y a gritos exigieron que se les dejase examinar la situación política. Si, dijeron, aquella facción del Senado se lo impedía, lo harían ante el pueblo, pues los ciudadanos particulares no tenían poder para silenciarlos ni en la Curia ni en la Asamblea, y ellos no cederían antes las fasces de unos supuestos magistrados. Apio consideró que a menos que enfrentase su violencia con igual audacia, su autoridad había prácticamente llegado a su fin. "Será mejor", dijo, "que no se hable de ningún otro tema salvo del que ahora estamos considerando"; y como Valerio insistió en que no guardaría silencio por orden de un ciudadano particular, Apio ordenó a un lictor que fuese por él. Valerio corrió a las puertas de la Curia, e invocó "la protección de los Quirites." Lucio Cornelio puso fin a la escena abrazando a Apio como para proteger a Valerio, pero realmente para proteger a Apio de más daños. Obtuvo el permiso para que Valerio dijese lo que quisiera, y como esta libertad no fue más allá de las palabras, los decenviros lograron su propósito. Los cónsules y los senadores mayores notaron que la potestad tribunicia, a la que aún recordaban con asco, era más anhelada por el pueblo que la restauración de la autoridad consular; así que casi preferirían que los decenviros renunciasen voluntariamente a su magistratura tras un periodo, a que la plebe recuperase su poder a causa de su impopularidad. Si las cosas se pudieran solucionar con tranquilidad y restaurar a los cónsules sin alteraciones populares, pensaban que tanto la preocupación por la guerra como el ejercicio moderado del poder por parte de los cónsules harían que la plebe olvidase a sus tribunos. Se anunció el alistamiento sin ningún tipo de protesta del Senado. Los hombres en edad para el servicio activo respondieron a sus nombres, pues no se podía apelar contra la autoridad de los decenviros. Cuando las legiones fueron alistadas, los decenviros se repartieron sus mandos respectivos. Los más importantes de entre ellos fueron Quinto Fabio y Apio Claudio. La guerra doméstica amenazaba con ser más seria que la del exterior, y el carácter violento de Apio se consideró más adecuado para reprimir altercados en la Ciudad mientras que el de Fabio se consideraba más inclinado a las malas prácticas que a beneficiarles en algo. Este hombre, en otro tiempo tan distinguido en la Ciudad como en el campo de batalla, había cambiado tanto con la magistratura y por influencia de sus colegas que prefería hacer de Apio su modelo antes que ser fiel a sí mismo. Se le confió la guerra contra los sabinos, y se le asoció a Manlio Rabuleyo y a Quinto Petilio para dirigirla. Marco Cornelio fue enviado a Álgido junto con Lucio Minucio, Tito Antonio, Céson Duilio y Marco Sergio. Se decretó que Espurio Opio debería ayudar a Apio Claudio en la defensa de la Ciudad, con una autoridad coordinada a la de los otros decenviros.

[3.42] Las operaciones militares no fueron más satisfactorias que la administración doméstica. Los comandantes tenían indudablemente la culpa de haberse vuelto detestables a los ciudadanos, pero también fueron culpables todos los soldados que, para impedir que nada tuviese éxito bajo el mando y los auspicios de los decenviros, se deshonraron a sí mismos y a sus generales dejándose derrotar. Ambos ejércitos habían sido derrotados, uno por los sabinos en Ereto, el otro por los ecuos en Álgido. Huyendo de Ereto en el silencio de la noche, se habían atrincherado en un terreno elevado cerca de la Ciudad, entre Fidenas y Crustumeria. Ellos se negaron a enfrentarse con el enemigo perseguidos en igualdad de condiciones, y confiaron su seguridad a sus trincheras y a la naturaleza del terreno antes que a sus armas o a su valor. En Álgido se comportaron de modo aún más vergonzoso, sufrieron una derrota más dura e incluso perdieron su campamento. Privados de todas sus vituallas, los soldados se dirigieron a Túsculo, fiando la subsistencia a la buena fe y compasión de sus anfitriones, y su confianza no fue defraudada. Tan alarmantes informes llegaron a Roma que el Senado, dejando a un lado sus sentimientos contra los decenviros, resolvió que se establecieran guardias en la Ciudad, ordenó que todos los que estaban en edad de portar armas debían guarnecer las murallas y pusieron puestos avanzados ante las puertas, y decretaron que se debía enviar armas a Túsculo para reemplazar las que se habían perdido y que los decenviros evacuarían Túsculo y mantendrían acampados a sus hombres. El otro campamento debía trasladarse desde Fidenas hasta territorio sabino, y pasando a la ofensiva se disuadiría al enemigo de cualquier proyecto de ataque a la Ciudad.

[3.43] A estas derrotas a manos del enemigo hubieron de añadirse dos crímenes infames por parte de los decenviros. Lucio Sicio estaba sirviendo en la campaña contra los sabinos. Al ver el resentimiento contra los decenviros, solía hablar en secreto con la soldadesca y aludía a la restauración de los tribunos y a la necesidad de una secesión. Fue enviado para seleccionar y examinar un sitio para un campamento, y los soldados a los que se les dijo que le acompañasen recibieron instrucciones para elegir una oportunidad favorable en que atacarle y matarle. Ellos no cumplieron su propósito con impunidad, algunos de los asesinos le rodearon mientras él se defendía con un valor igual a su fuerza, que era excepcional. Los demás llevaron al campamento la noticia de que Sicio había caído en una emboscada y había muerto luchando bravamente y que algunos soldados habían muerto con él. Al principio se les creyó; pero, posteriormente, una cohorte que había salido con permiso de los decenviros para enterrar a los caídos, no encontró, al llegar al lugar, ningún cuerpo despojado, sino que el cuerpo de Sicio reposaba en el centro completamente armado y rodeado por los demás vueltos hacia él, mientras que no había ningún cuerpo del enemigo ni señal de que se hubiesen retirado. Trajeron el cuerpo de vuelta y declararon que, sin duda ninguna, había sido asesinado por sus propios hombres. El campamento estaba lleno de un profundo resentimiento y se decidió que Sicio debía ser llevado inmediatamente a Roma. Los decenviros dieron solución a esto decidiendo enterrarle a toda prisa con honores militares a costa del Estado. Los soldados manifestaron profundo dolor en su funeral, y se tenían las peores sospechas posibles contra los decenviros.

[3.44] A esto le siguió una segunda atrocidad, resultado de una lujuria brutal, que ocurrió en la Ciudad y llevó a consecuencias no menos trágicas que las que tuvo el ultraje y muerte de Lucrecia, que había provocado la expulsión de la familia real. No sólo tuvieron los decenviros el mismo final que los reyes, sino que la causa para que perdiesen el poder fue el mismo en ambos casos. Apio Claudio había concebido una pasión culpable por una virgen de nacimiento plebeyo. El padre de la niña, Lucio Verginio, tenía un alto rango en el ejército en Álgido; era un hombre de carácter ejemplar, tanto en casa como en el campo de batalla. Su esposa había sido educada en principios igualmente altos, y sus hijos fueron criados en la misma forma. Había prometido a su hija con Lucio Icilio, que había sido tribuno, un hombre activo y enérgico cuyo valor se había demostrado en sus luchas en favor de la plebe. Esta muchacha, ahora en la flor de su juventud y belleza, excitó las pasiones de Apio y trató de prevalecer sobre ella mediante regalos y promesas. Cuando se encontró con que su virtud era a prueba contra toda tentación, recurrió a la violencia brutal y sin escrúpulos. Encargó a un cliente, Marco Claudio, que reclamase a la muchacha como su esclava y que no cediese a ninguna demanda de los amigos de la joven para retenerla hasta que el caso fuese juzgado, pues pensaba que la ausencia del padre le daba una buena ocasión para este desafuero. Cuando la chica iba a su escuela en el Foro (las escuelas de gramáticas tenían allí sus locales), el secuaz del decenviro la agarró y manifestó que ella era hija de un esclavo suyo, y ella misma esclava. Luego le ordenó que le siguiera y la amenazó, si vacilaba, con llevársela por la fuerza. Mientras la muchacha quedaba paralizada por el miedo, los gritos de su criada, invocando "la protección de los Quirites", consiguieron atraer una multitud. Los nombres de su padre, Verginio, y de Icilio, su prometido, gozaban del respeto general. Al recordárselos sus amigos, los sentimientos de indignación valieron a la doncella el apoyo de la multitud. Ahora estaba a salvo de la violencia; el hombre que la reclamó dijo que estaba actuando de acuerdo con la ley, no por la violencia, y que no había necesidad de que se excitase la multitud. Citó a la muchacha ante el tribunal. Sus partidarios le aconsejaron seguirlo y llegaron ante el tribunal de Apio. El reclamante había ensayado una historia que ya conocía perfectamente al juez, pues éste había sido el autor del argumento. Cómo había hacido la muchacha en su casa, robada de ella, llevada a casa de Verginio y presentada como su hija; tales alegaciones se apoyarían en pruebas definitivas y se lo probaría al mismo Verginio, quien era en verdad el más afectado, pues se le había injuriado. Mientras tanto, instó, era justo que una esclava fuese con su amo. Los defensores de la muchacha manifestaron que Verginio estaba ausente, sirviendo al Estado, y que podría presentarse en dos días si se le enviaba aviso, y que era contrario a derecho que en su ausencia se pusiera en riesgo a sus hijos. Pidieron que se interrumpiese el procedimiento hasta la llegada del padre, y que de acuerdo con la ley que él mismo había redactado, se entregase la custodia de la muchacha a quienes asegurasen su libertad, y que no pudiese una doncella en plenitud sufrir peligro en su reputación al comprometerse su libertad [pues, como "esclava", su amo podría disponer de ella sexualmente sin cortapisas.- N. del T.].

[3.45] Antes de dictar sentencia, Apio demostró cómo la libertad era defendida por la misma ley a la que los amigos de Verginia habían apelado en apoyo de su demanda. Pero, continuó diciendo, garantizaba la libertad sólo en la medida en que sus disposiciones se respeten estrictamente en lo concerniente a las personas y cosas. Pero ya que la libertad personal era la causa de la reclamación, la proposición le parecía bien, pues todos debían poder alegar legítimamente, pero en el caso de quien aún estaba bajo la potestad del padre, nadie excepto éste podía renunciar a su posesión. Su decisión, por tanto, fue que se citase al padre y, en el entretanto, el hombre que la reclamaba no debía renunciar a su derecho a llevarse a la muchacha y dar seguridad de que se presentaría con ella a la llegada de su presunto padre. La injusticia de esta sentencia levantó muchas murmuraciones, pero nadie se atrevió a protestar abiertamente hasta que Publio Numitorio, el abuelo de la chica, e Icilio, su prometido, aparecieron en el lugar. La intervención de Icilio parecía ofrecer la mejor oportunidad de frustrar a Apio y la multitud le abría paso. El lictor le dijo que se había pronunciado sentencia, y como Icilio siguiera protestando a gritos, aquél trató de expulsarlo. Una injusticia así habría encendido hasta al más templado. Exclamó: "Por tus órdenes, Apio, se me expulsa a punta de espada para ahogar cualquier comentario sobre lo que quieres mantener oculto. Me voy a casar con esta doncella, y estoy decidido a tener una esposa casta. Convoca todos los lictores de todos tus colegas, da orden de que alisten fasces y hachas, que la prometida de Icilio no quedará fuera de la casa de su padre. Incluso si nos has privado de las dos defensas de nuestra libertad, la ayuda de nuestros tribunos y el derecho de apelar al pueblo de Roma, esto no te da derecho sobre nuestras mujeres e hijos, las víctimas de tu lujuria. Desahoga tu crueldad en nuestras espaldas y cuellos; pero deja a salvo, al menos, el honor de las mujeres. Si se hace violencia a esta muchacha, invocaré aquí la ayuda de los Quirites para mi prometida, Verginio la de los soldados para su única hija; todos invocaremos la ayuda de los dioses y los hombres, y no podrás ejecutar tal sentencia sino al precio de nuestras vidas. ¡Reflexiona, Apio, te lo pido, el paso que das! Cuando Verginio haya venido, él deberá decidir qué acción tomar acerca de su hija; si accede a la pretensión de este hombre, tendrá que buscar otro marido para ella. Mientras tanto, reivindico su libertad al precio de mi vida, antes que sacrificar mi honor."

[3.46] La gente estaba alterada y parecía inminente un enfrentamiento. Los lictores habían rodeado a Icilio, pero las cosas no habían pasado de las amenazas por ambas partes cuando Apio declaró que la defensa de Verginia no era la preocupación principal de Icilio; era un intrigante incansable, que aún aspiraba a restaurar el tribunado y buscaba la ocasión para provocar una sedición. Él no quería, sin embargo, darle motivo para ello ése día; pero que supiera que no estaba cediendo a causa su insolencia, sino por esperar al ausente Verginio, supuesto padre, y por la libertad, y no se pronunciaría ni emitiría sentencia alguna en ese momento. Pediría a Marco Claudio que renunciase a su derecho, y permitió que la muchacha continuase bajo la custodia de sus amigos hasta la mañana siguiente. Si el padre no aparecía para entonces, advirtió a Icilio y a quienes iban con él que ni como legislador podía traicionar su propia ley, ni como devenviro dejaría de ser firme en su ejecución. Él, por cierto, no llamaría a los lictores de sus colegas para reprimir a los cabecillas de la rebelión, sino que los contendría sólo con los suyos. Quedó así aplazado el momento para perpetrar esta ilegalidad y, tras retirarse los partidarios de la muchacha, se decidió que lo más importante era que el hermano de Icilio y uno de los hijos de Númitor, ambos jóvenes enérgicos, atravesaran inmediatamente las puertas y llegaran al campamento de Verginio a la mayor velocidad. Sabían que la seguridad de la muchacha dependía de que su protector contra el desafuero se presentase a tiempo. Se marcharon, y cabalgando a toda velocidad llevaron las noticias al padre. Mientras el reclamante de la chica estaba presionando a Icilio para que contestase a su demanda y diese el nombre de sus fiadores, Icilio le entretenía diciéndole que todo se estaba disponiendo y ganaba tiempo para que los mensajeros pudiesen llegar al campamento, la muchedumbre por todas partes le estrechaba las manos para mostrarle que cada uno de ellos estaba dispuesto a salir en su favor. Con lágrimas en los ojos, les decía: "Es muy amable de tu parte. Mañana puedo necesitar tu ayuda, por ahora tengo garantías suficientes". Así, Verginia quedó a salvo con sus familiares. Apio permaneció algún tiempo en el tribunal, para que no pareciese que sólo había ido allí para atender ese asunto en particular. Cuando se enteró de que, debido al interés general por este único asunto, no se habían presentado otros litigantes, se retiró a su casa y escribió a sus colegas en el campamento para que no diesen permiso a Veginio para dejar su puesto y que, de hecho, lo arrestasen. Este universal en este único caso no aparecieron otros pretendientes, se retiró a su casa y escribió a sus colegas en el campo de no conceder el permiso de ausencia para Verginio, y de hecho para mantenerlo bajo arresto. Este consejo malicioso llegó, sin embargo, demasiado tarde, como merecía; Verginio ya había obtenido permiso y lo inició en la primera guardia. La carta ordenando su detención fue entregada a la mañana siguiente y, así, resultó inútil.

[3,47] En la Ciudad, los ciudadanos esperaban, con gran expectación, en el Foro desde la madrugada. Verginio, de luto, llevó a su hija vestida de manera similar y acompañada por cierto número de matronas, al Foro. Una multitud inmensa de simpatizantes les rodearon. Pasó entre la gente, les cogía las manos y pedía su ayuda, no sólo por compasión sino porque aquello también les concernía; él permanecía en el frente un día tras otro, defendiendo a sus hijos y esposas; de ningún otro hombre escucharían más hazañas ni actos de tenacidad que de él. ¿De qué servía todo eso, les preguntaba, si mientras la Ciudad quedaba a salvo, sus hijos estaban expuestos a un destino peor que si hubiesen sido realmente capturados? Los hombres se reunieron alrededor de él, mientras que él hablaba como si se dirigiera a la Asamblea. Icilio le seguía con la misma tensión. Las mujeres que le acompañaban producían una impresión más profunda con su silencio que con cualquier palabra que pudieran haber pronunciado. Insensible a todo esto (pues, con seguridad, era la locura y no el amor lo que había nublado su juicio), Apio constituyó el tribunal. El demandante comenzó con una breve protesta contra las actuaciones del día anterior; el juicio, dijo, no tuvo lugar por culpa de la parcialidad del juez. Pero antes de poder seguir con su demanda o de que Verginio tuviese oportunidad de responder, Apio intervino. Es posible que los escritores antiguos hayan descrito adecuadamente los considerandos de su sentencia, pero no he encontrado en ninguna parte motivo alguno para justificar su inicua resolución. Lo único en lo que todos están de acuerdo es en la sentencia que dio. Resolvió que la niña era una esclava. Al principio, todos quedaron estupefactos y asombrados ante esta atrocidad, y por unos momentos hubo un silencio de muerte. Entonces, como Marco Claudio se acercase a las matronas que rodeaban a la muchacha para apoderarse de ella entre sus gritos y lágrimas, Verginio, señalando con el brazo extendido a Apio, gritó: "¡Es a Icilio y no a ti, Apio, a quien he prometido a mi hija; la he criado para el matrimonio, no para el ultraje. ¿Estás decidido a satisfacer tus brutales deseos como el ganado y las bestias salvajes? Si esta gente se conforma con ello, no lo sé, pero espero que quienes tengan armas lo rechacen". Mientras que el hombre reclamaba a la joven era rechazado por el grupo de mujeres y los que estaban alrededor, el pregonero pidió silencio.

[3.48] El decenviro, totalmente poseído por su pasión, se dirigió a la multitud y les dijo que había comprobado, no sólo por el insolente abuso de Icilio el día antes y por la violencia de Verginio que el pueblo romano podía atestiguar, sino por una información definitiva que le había llegado, que durante la noche se habían celebrado reuniones en la Ciudad para organizar un movimiento sedicioso. Avisado del riesgo de disturbios, había venido al Foro con una escolta armada, no para herir a ciudadanos pacíficos, sino para afianzar la autoridad del gobierno acabando con los perturbadores de la tranquilidad pública. "Por lo tanto,-prosiguió-," ser mejor para vosotros que guardéis silencio. Ve, lictor, disuelve a la multitud y despeja el camino para que el amo tome posesión de su esclava." Como había rugido estas palabras en un arrebato de ira, la gente retrocedió y dejó a la niña abandonada a la injusticia. Verginio, no viendo ayuda por ninguna parte, se dirigió al tribunal. "Perdóname, Apio, te lo ruego, si te he hablado sin respeto, perdona el dolor de un padre. Permíteme que interrogue aquí a su nodriza, en presencia de la doncella, por los hechos exactos del asunto; pues si he sido llamado padre con engaño, podré dejarla marchar con la mayor resignación." Habiendo obtenido el permiso, llevó a la muchacha y a su ama de cría junto a las tiendas [taberna en el original latino; se refería más a tiendas que a establecimientos de bebidas; véase a continuación que el padre toma un cuchillo de carnicero, presumiblemente de una carnicería sita junto a él.-N. del T.] cercanas al templo de Venus Cloacina, que ahora se conocen como "Tiendas Nuevas", y allí, empuñando un cuchillo de carnicero, lo hundió en su pecho diciendo: "Hija mía, ésta es la única forma en que puedo darte la libertad". Entonces, mirando hacia el tribunal, dijo: "Por esta sangre, Apio, dedico tu cabeza a los dioses infernales". Alarmado por las protestas que surgieron de este hecho terrible, el decenviro ordenó que detuviesen a Verginio. Blandiendo el cuchillo, se abrió paso delante de él, protegido por una multitud de simpatizantes, y llegó a la puerta de la ciudad. Icilio y Numitorio tomaron el cuerpo sin vida y lo mostraron al pueblo; lamentaron la vileza de Apio, la mortal belleza de la muchacha y la terrible presión bajo la que había actuado el padre. Las matronas, que le habían seguido con gritos de cólera, preguntaban: "¿Bajo estas condiciones iban a criar hijos, era ésta la recompensa de la modestia y la pureza?". Y así con otras manifestaciones de femenino pesar que, por su mayor sensibilidad, exhibían más abiertamente y se expresaban con las maneras y movimientos más penosos. Los hombres, y especialmente Icilio, no hablaban más que de la abolición de la potestad tribunicia y del derecho de apelación y protestaban airadamente por el estado de los asuntos públicos.

[3,49]. La gente estaba indignada, en parte por la atrocidad de lo ocurrido y en parte por la oportunidad que se le ofrecía de recuperar sus libertades. Apio ordenó en primer lugar que se citase a Icilio para comparecer ante él, después, al negarse, ordenó que le arrestasen. Como los lictores no pudieron acercarse a él, el propio Apio junto a un grupo de jóvenes patricios se abrió paso a través de la multitud y ordenó que fuera conducido a la cárcel. En esos momentos, Icilio no sólo estaba rodeado por la gente sino que también estaban allí los líderes del pueblo, Lucio Valerio y Marco Horacio. Rechazaron a los lictores y dijeron que, si iban a proceder con arreglo a la ley, ellos asumirían la defensa de Icilio contra quien sólo era un ciudadano particular; pero que si deseaban emplear la fuerza, también les enfrentarían. Se inició una furiosa reyerta; los lictores del decenviro atacaron a Valerio y a Horacio, sus fasces fueron quebrados por la gente; Apio subió a la tribuna y Horacio y Valerio le siguieron; la Asamblea les escuchó mientras que Apio fue abucheado. Valerio, con tono lleno de autoridad, ordenó a los lictores que dejasen de ayudar a quien no ostentaba ningún cargo oficial; a lo que Apio, completamente acobardado y temiendo por su vida, envolvió su cabeza con la toga y se retiró a su casa cerca del Foro sin que sus enemigos percibiesen su huida. Espurio Opio irrumpió por el otro lado del Foro para apoyar a su colega y vió que su autoridad fue superada por una fuerza superior. Sin saber qué hacer y distraído por los consejos contradictorios que le daban por todas partes, ordenó que se convocase al Senado. Como se pensaba que gran número de senadores desaprobaban la conducta de los decenviros, el pueblo esperaba que se pusiera fin a su poder a través de la acción del Senado y, en consecuencia, se tranquilizó. El Senado decidió que no debía hacerse nada que irritase a la plebe y, lo que era mucho más importante, que se debían tomar todas las precauciones para impedir que la llegada de Verginio crease una conmoción en el ejército.

[3.50] En consecuencia, algunos de los senadores más jóvenes fueron enviados al campamento, que estaba por entonces en el Monte Vecilio. Informaron a los tres decenviros que estaban al mando que por todos los medios posibles impidieran que los soldados se amotinasen. Verginio causó mayor conmoción en el campamento que la que había dejado tras él en la Ciudad. La vista de su llegada desde la Ciudad, con un grupo de cerca de 400 hombres que llenos de indignación se habían alistado a sí mismos como sus camaradas, empuñando aún el arma en su mano y con las ropas ensangrentadas, llamó la atención de todo el campamento. Las vestiduras civiles por todas partes del campamento hizo que la cantidad de ciudadanos que le habían acompañado pareciera mayor de lo que era. Interrogado sobre lo sucedido, Verginio tardó en hablar, impedido por el llanto; por fin, cuando los que le habían rodeado se hubieron callado y estaban en silencio, les explicó todo en el orden en que sucedió. Entonces, alzando sus manos al cielo, apeló a ellos como sus camaradas y les imploró que no le atribuyeron lo que realmente era el crimen de Apio, ni que le mirasen con horror por considerarlo el asesino de sus hijos. La vida de su hija era para él más querida que la suya propia, si se le hubiera permitido vivirla en libertad y con pureza; cuando la vio arrastrada como una esclava para ultrajarla, pensó que sería mejor perder a su hija por la muerte que por la deshonra. Fue por la compasión que sintió por ella que había caído en lo que parecía crueldad, ni la habría sobrevivido de no abrigar la esperanza de vengar su muerte con la ayuda de sus camaradas. Pues ellos, también, tenían hijas, hermanas y esposas; la lujuria de Apio no se había extinguido con la vida de su hija, antes bien, cuanta mayor fuera su impunidad, más desenfrenado sería su deseo. A través de los sufrimientos de otro habían sido advertidos de cómo protegerse a sí mismos contra un mal similar. En cuanto a él, su esposa le había sido arrebatada por el destino; su hija, al no poder ya vivir en castidad, había encontrado una lamentable, aunque honrosa, muerte. Ya no había en su casa posibilidad alguna de que Apio satisficiera; de cualquier otra violencia de aquel hombre podría defenderse él con la misma resolución con que había defendido a su niña; los demás debían preocuparse por sí mismos y por sus hijos.

A este llamamiento apasionado de Verginio, la multitud respondió con un grito que no le faltarían en su dolor ni en la defensa de su libertad. Los civiles que se mezclaban con la multitud de soldados contaron la misma trágica historia y cómo fue aún más escandalosa de contemplar que de oír; al mismo tiempo, les participaban la funesta confusión de los asuntos en Roma y que algunos les habían seguido al campamento con las noticias de que Apio, tras casi haber sido asesinado, había marchado al exilio. El resultado fue un llamado general a las armas, se apoderaron de los estandartes y marcharon hacia Roma. Los decenviros, alarmados por lo que vieron y por lo que habían oído sobre el estado de cosas en Roma, fueron a distintas partes del campamento para tratar de calmar la excitación. En donde usaban de la persuasión, no obtenían respuestas; y donde trataron de emplear su autoridad, la respuesta fue: "Somos hombres y tenemos armas". Se marcharon en orden de combate hacia la Ciudad y ocuparon el Aventino. A todo el que se encontraban le instaban para recuperar las libertades de la plebe y a nombre tribunos; aparte de esto, no se escucharon llamamientos a la violencia. La reunión del Senado fue presidida por Espurio Opio. Se decidió no adoptar medidas de dureza, pues había sido por culpa de los decenviros que había surgido la rebelión. Se enviaron tres legados de rango consular a inquirir en nombre del Senado bajo qué órdenes habían abandonado su campamento y que significaba aquella forzada ocupación del Aventino con las armas, cambiando la guerra desde los enemigos hacia sus propios conciudadanos. Se marcharon sin respuesta, por no haber quien la diera, pues no habían nombrado un jefe y los oficiales no se atrevían a exponerse a los peligros de tal situación. La única respuesta fue una demanda fuerte y general para que se les enviase a Lucio Valerio y Marco Horacio, a estos hombres darían una respuesta formal.

[3.51] Tras despedir a los legados, Verginio señaló a los soldados que, pocos momentos antes, se habían sentido avergonzados en un asunto de poca importancia al ser una multitud sin cabeza; y la respuesta que habían dado, aunque servía por el momento, era más el resultado del sentir del momento que de una intención pensada. Él era de la opinión de que se debía elegir a diez hombres para el mando supremo, y que en virtud de su rango militar debían ser llamados tribunos militares

[tribunos militum en el original: tribunos de los soldados en traducción literal; el término asentado de tribunos militares emplea el adjetivo en el sentido genitivo propio del original.-N. del T.]. Él mismo fue el primero a quien se ofreció esta distinción, pero respondió: "Reservad la opinión que os habéis formado de mí hasta que estemos en circunstancias más favorables; mientras mi hija no haya sido vengada, ningún honor me proporcionará placer ni en el presente estado de confusión de la república hay ventaja alguna en que los que os manden sean hombres desagradables a la malicia de las partes. Si he de ser de alguna utilidad lo seré, no obstante, sólo a título privado". A continuación se nombraron diez tribunos militares. El ejército que actuaba contra los sabinos no permaneció inactivo. Allí, también, a instancias de Icilio y Numitorio, se produjo una rebelión contra los decenviros. Los sentimientos de los soldados se despertaron por el recuerdo del asesinado Sicio no menos que por la reciente noticia de la doncella a quien se había hecho víctima de una loca lujuria. Cuando Icilio oyó que se habían elegido tribunos militares en el Aventino, anticipando que la Asamblea de la plebe seguiría el precedente de la Asamblea militar y nombraría sus propios tribunos de la plebe de entre los tribunos militares ya nombrados. Como él mismo aspiraba al tribunado, tuvo cuidado de que por sus hombres se nombrase el mismo número y con el mismo poder, antes de entrar en la Ciudad. Ellos hicieron su entrada por la puerta Colina en orden de marcha, con los estandartes desplegados y desfilando por el corazón de la Ciudad hacia el Aventino. Allí, unidos ambos ejércitos, se pidió a los veinte tribunos militares que eligiesen a dos de entre ellos para encargarse del mando supremo. Se nombró a Marco Opio y a Sexto Manlio. Alarmado por el cariz que tomaban las cosas el Senado se reunió diariamente, pero pasaban el tiempo haciéndose reproches mutuos en vez de deliberar. Se acusó abiertamente a los decenviros del asesinato de Sicio, del libertinaje de Apio y de la deshonra militar. Se propuso que Valerio y Horacio fuesen al Aventino, pero se negaron a ir a menos que los decenviros entregasen las insignias de una magistratura que había expirado el año anterior. Los decenviros protestaron contra este intento de coacción, y dijeron que no abdicarían de su autoridad hasta que las leyes que habían elaborado fuesen adecuadamente promulgadas.

[3.52] Marco Duilio, un antiguo tribuno, informó a la plebe que debido a las incesantes discusiones nada se estaba decidiendo en el Senado. No creía que los senadores se preocuparían hasta que viesen la Ciudad desierta; el Monte Sacro les recordaría la firme determinación que ya una vez mostró la plebe, y comprenderían que a menos que se restaurase la potestad tribunicia, no habría concordia en el Estado. Los ejércitos dejaron el Aventino y, saliendo por la Vía Nomentana (o como se llamaba entonces, la Ficolense), acamparon en el Monte Sacro, imitando la moderación de sus padres al abstenerse de toda violencia. Los plebeyos civiles siguieron al ejército, ninguno cuya edad se lo permitiera dejó de ir. Sus esposas e hijos les siguieron, preguntándoles en tono lastimero por qué les dejaban en la Ciudad, donde ni su pudor ni su libertad serían respetadas. La inusitada soledad daba un aspecto triste y abandonado a toda Roma; en el Foro sólo quedaban unos cuantos de los patricios más ancianos, y cuando el Senado se reunía quedaba totalmente abandonado. Muchos, además de Horacio y Valerio, se preguntaban ahora airadamente: "¿A qué esperáis, senadores? Si los decenviros no cesan en su obstinación, ¿permitiréis que todo se destruya y arruine? ¿Y cuál es ésa autoridad, decenviros, a la tanto que os aferráis? ¿Vais a administrar justicia a las paredes y techos? ¿No os da vergüenza ver en el Foro más lictores que ciudadanos? ¿Qué haréis si el enemigo se aproxima a la Ciudad? ¿O si la plebe, viendo que su secesión no tiene efecto, viene contra nosotros empuñando las armas? ¿Quieres poner fin a vuestro poder con la caída de la Ciudad? O bien tendréis que prescindir del pueblo o tendréis que aceptar a sus tribunos; antes de quedarse sin sus magistrados, nosotros nos quedaremos sin los nuestros. Ese poder que arrancaron de nuestros padres, cuando era una novedad sin práctica, no se lo dejarán ahora arrebatar, toda vez que han probado sus ventajas y que nosotros no hacemos un uso moderado de nuestro poder que impida su necesidad de protección." Protestas como éstas se oían por toda la Curia; al final, los decenviros, sobrepasados por la oposición general, afirmaron que ya que era el deseo de todos, se someterían a la autoridad del Senado. Lo único que pidieron fue que se les protegiese de la ira popular; advirtieron al Senado para que el pueblo no se acostumbrase con sus muertes a castigar a los patricios.

[3,53] Valerio y Horacio fueron luego enviados a la plebe con los términos que, según pensaban, conducirían a su vuelta y al cese de todas las diferencias; se les encargó que obtuviesen garantías de protección para los decenviros contra cualquier violencia popular. Fueron recibidos en el campamento con grandes expresiones de alegría, porque de principio a fin del conflicto fueron indudablemente considerados como liberadores. Se les dio las gracias a su llegada. Icilio fue el portavoz. Antes de su llegada habían acordado su política, por lo que al empezar la discusión de los términos y preguntar los enviados cuáles eran las peticiones de la plebe, Icilio presentó unas propuestas de tal naturaleza que demostraban claramente que depositaban sus esperanzas en la justicia de su causa más que en recurrir a las armas. Pidieron el restablecimiento del poder tribunicio y del derecho de apelación, que antes de la institución de los decenviros habían sido sus principales garantías. También pedían una amnistía para los que habían incitado a los soldados o la plebe a recuperar su libertad mediante la secesión. La única demanda de carácter vengativo que hicieron fue en relación con el castigo de los decenviros. Insistieron, como un acto de justicia, en que debían serles entregados, y amenazaron con quemarlos vivos. Los enviados respondieron a estas demandas de la siguiente manera: "Las peticiones que habéis presentado como resultado de vuestras deliberaciones son tan justas que sin duda se os habrían ofrecido, pues las pedís como salvaguarda de vuestras libertades y no como licencia para atacar a otros. Vuestra ira se puede excusar y perdonar; pues ha sido por el odio a la crueldad por lo que os abocáis ahora también vosotros a la crueldad, y casi que antes que liberaros a vosotros mismos deseáis tiranizar a vuestros enemigos. ¿Es que nuestro Estado nunca disfrutará de un descanso de los castigos infligidos por los patricios a la plebe romana, o por la plebe a los patricios? Necesitáis el escudo en vez de la espada. Ya vive suficientemente humillado quien lo hace en el Estado bajo leyes justas, sin infligir ni sufrir lesión alguna. Incluso si llegara el momento en que consiguieseis, tras recuperar vuestros magistrados y leyes, tener poder legal sobre nuestras vidas y propiedades (aún si sentenciaseis cada caso por sus méritos), por ahora es suficiente con que recuperéis vuestras libertades."

[3.54] Se les autorizó a obrar como considerasen mejor y los enviados anunciaron que volverían en breve, una vez que se acordasen todo. Cuando expusieron las demandas de la plebe ante el Senado, los demás decenviros, al comprobar que no se hacía mención de infligir castigo sobre ellos, no plantearon objeción alguna. El severo Apio, quien era el más detestado, midiendo el odio de los demás por el suyo hacia ellos, dijo: "Soy muy consciente del destino que se cierne sobre mí. Veo que el ataque contra nosotros queda sólo aplazado hasta que nuestras armas estén en manos de nuestros oponentes. Su ira debe ser apaciguada con sangre. Sin embargo, ni siquiera yo vacilaré en renunciar a mi decenvirato". Se aprobó un decreto para que los decenviros dimitieran lo antes posible, que Quinto Furio, el Pontífice Máximo, nombrara tribunos de la plebe y para que se garantizase una amnistía por la secesión de los soldados y de la plebe. Tras aprobar estos decretos, el Senado se disolvió y los decenviros se dirigieron a la Asamblea y renunciaron formalmente a su magistratura, para inmensa alegría de todos. De todo esto se informó a la plebe en el Monte Sacro. Los enviados que lograron el acuerdo fueron seguidos por todos los que se quedaron en la Ciudad; esta masa de personas se encontró con otra multitud alegre que salía del campamento. Intercambiaron felicitaciones mutuas por la restauración de la libertad y la concordia. Los enviados, dirigiéndose a la multitud como si fuera una Asamblea, dijeron: "¡Prosperidad, Fortuna y Felicidad para vosotros y para el Estado! ¡Regresad a vuestra patria, vuestros hogares, vuestras esposas y vuestros hijos! Pero llevad a la Ciudad la misma continencia que habéis mostrado aquí, donde no ha sido dañada la tierra de nadie a pesar de la gran necesidad de tantas cosas que tiene una multitud tan grande. Id al Aventino, de donde llegasteis; allí, en el lugar feliz donde empezó vuestra libertad, nombraréis a vuestros tribunos; el Pontífice Máximo estará presente para celebrar las elecciones". Grande fue la alegría y el entusiasmo con que aplaudieron. Tomaron los estandartes y se dirigieron a Roma, superando a los que se encontraban en su alegría. Marchando con las armas por la Ciudad en silencio, llegaron al Aventino. Allí, el Pontífice Máximo procedió en seguida a celebrar la elección de tribunos. El primero en ser elegido fue Lucio Verginio; a continuación, los organizadores de la secesión, Lucio Icilio y Publio Numitorio, el tío de Verginio; después, Cayo Sicinio, el hijo del hombre consignado como el primero de los elegidos tribunos en el Monte Sacro, y Marco Duilio, que había ocupado con distinción el cargo antes del nombramiento de los decenviros y que, pese a todos los conflictos con ellos, nunca había dejado de apoyar a la plebe. Después de éstos nombraron a Marco Titinio, Marco Pomponio, Cayo Apronio, Apio Vilio y Cayo Opio; a todos se les eligió por su esperada futura utilidad más que por los servicios que hasta allí hubiesen prestado. Una vez tomó posesión de su tribunado, Lucio Icilio en seguida propuso una resolución, que la plebe aceptó, para que nadie fuese perseguido por la secesión. Marco Duilio inmediatamente presentó una propuesta para que se eligieran cónsules y restablecer el derecho de apelación. Todas estas medidas fueron aprobadas en una Asamblea de la plebe que se celebró en las praderas Flaminias, que ahora se llaman Circo Flaminio.

[3.55] La elección de los cónsules se llevó a cabo bajo la presidencia de un interrex. Los elegidos fueron Lucio Valerio y Marco Horacio, que enseguida tomaron posesión -449 a.C.-. Su consulado fue muy popular y no se cometió injusticia contra los patricios, aunque les miraban con recelo, pues cuanto se había hecho en salvaguarda de las libertades de la plebe lo consideraban como una violación de sus propias competencias. En primer lugar, como que era dudoso desde cierto punto de vista jurídico que los patricios estuviesen obligados por los decretos de la plebe, presentaron una ley en los comicios centuriados para que lo que aprobase la plebe en sus Asambleas de las Tribus fuese vinculante para todo el pueblo. Con esta ley se puso en manos de los tribunos un arma muy eficaz. Después, no sólo se restauró, sino que se reforzó para el futuro con una nueva redacción, otra ley consular confirmando el derecho de apelación, como única defensa de la libertad, que había sido anulado por los decenviros. Ésta prohibía el nombramiento de un magistrado ante quien no hubiese derecho de apelación, y establecía que cualquiera que lo hiciese podría ser justa y legalmente condenado a muerte y que el hombre que le diese muerte no podría ser declarado culpable de asesinato. Cuando hubieron reforzado suficientemente a la plebe mediante el derecho de apelación, por un lado, y con la protección otorgada mediante los tribunos por el otro, procedieron a asegurar la inviolabilidad de los propios tribunos. El recuerdo de esto casi se había perdido, por lo que lo renovaron con ciertos ritos sagrados recuperados del lejano pasado y, además de asegurar su inviolabilidad con la sanción de la religión, promulgaron una ley por la que a cualquiera que ofendiese a los magistrados de la plebe, fuesen tribunos, ediles o jueces decenviros, se le consagrase la cabeza a Júpiter [tras separarla antes de su cuerpo por medios cortantes, claro.-N. del T.], vendidas sus posesiones y sus ingresos asignados a los templos de Ceres, Liber y Libera [tríada de naturaleza agrícola que forma una agrupación correspondiente a la griega compuesta por Démeter, Dionisos y Perséfone; el 17 de marzo se celebraban las liberalia, cuando habitualmente vestían los muchachos por vez primera la toga viril.-N. del T.]. Los juristas dicen que, a causa de esta ley, ninguno resultaba realmente sacrosanto sino que cuando se ofendía a cualquiera de los arriba mencionados el ofensor era considerado maldito. Si un edil, por ejemplo, fuera detenido y enviado a prisión por magistrados superiores, aunque esto no se podía hacer legalmente (pues por esta ley no sería lícito que se les ofendiese), aún así sería una prueba de que un edil no es considerado sacrosanto, mientras que los tribunos de la plebe eran sacrosantos a causa del antiguo juramento tomado por los plebeyos cuando se creó por primera vez la magistratura. Hubo quienes interpretaron que esta Ley Horacia abarcaba incluso a los cónsules en sus disposiciones, y a los pretores, pues eran elegidos bajo los mismos auspicios que los cónsules, pues se apelaba al cónsul como juez. Esta interpretación se ve refutada por el hecho de que en aquellos tiempos era costumbre que un juez se llamase pretor y no cónsul. Estas fueron las leyes promulgadas por los cónsules. También ordenaron que los decretos del Senado, que solían al principio ser manipulados y suprimidos a gusto de los cónsules, de ahora en adelante se entregarían a los ediles de la plebe en el templo de Ceres. Marco Duilio, el tribuno, propuso una resolución, que aprobó la plebe, por la que quien dejase a la plebe sin tribunos, o quien crease una magistratura ante la que no cupiese apelación, sería azotado y decapitado. Todas estas disposiciones desagradaban a los patricios, pero no se opusieron activamente a ellas, pues ninguno había sido aún acusado por procesos vengativos.

[3.56] El poder de los tribunos y las libertades de la plebe tenían ahora una base segura. Los tribunos dieron el siguiente paso, pues pensaban que había llegado el momento en que podían proceder con seguridad contra las individualidades. Eligieron a Verginio para ocuparse del primer proceso, que fue el de Apio. Cuando se hubo fijado el día y Apio había bajado al Foro con una guardia de jóvenes patricios, su vista y la de sus satélites recordó a todos los presentes el poder que tan vilmente había ejercido. Verginius comenzó: "La oratoria se inventó para los casos dudosos. No perderé, por tanto, el tiempo ante vosotros con una larga acusación contra un hombre por cuya crueldad os rebelasteis vosotros mismos por la fuerza de las armas, ni le permitiré añadir a sus otros crímenes el de una defensa descarada. Así que voy a pasar por alto, Apio Claudio, todas las cosas malas e impías que tuvo la audacia de cometer, una tras otra, durante los últimos dos años. Sólo haré una acusación contra tí: que en contra de la ley condenaste a la esclavitud a una persona libre, y a menos que nombres un juez ante el que puedas demostrar tu inocencia, ordenaré que seas llevado a la cárcel". Apio no tenía nada que esperar de la protección de los tribunos o del veredicto de la gente. Sin embargo, hizo un llamamiento a los tribunos, y cuando nadie intervino para suspender el procedimiento y era tomado por un ujier, dijo: "Apelo". Esta sola palabra, protección de la libertad, pronunciada por los labios que tan poco antes había judicialmente a una persona privada de su libertad, produjo un silencio general. Entonces el pueblo se dijo que había dioses, después de todo, que no descuidaban los asuntos de los hombres; la arrogancia y la crueldad eran visitadas por castigos que, aunque lentos en llegar, no eran leves; el hombre que apelaba era el que había derogado la capacidad de apelación; el hombre que imploraba la protección del pueblo era el que había pisoteado sus derechos; perdía su propia libertad y era encarcelado aquél que condenó a la esclavitud a una persona libre. En medio del murmullo de la Asamblea, se oyó la voz del mismo Apio implorando "la protección del pueblo romano."

Comenzó enumerando los servicios de sus antepasados para con el Estado, tanto en casa como en la milicia; su propia desafortunada devoción a la plebe, que le llevó a renunciar a su consulado a fin de que se promulgasen leyes justas para todos, presentando así la mayor ofensa a los patricios; sus leyes todavía estaban en vigor, aunque a su autor lo estuviesen llevando a la cárcel. En cuanto a su propia conducta personal y sus buenas y malas obras, sin embargo, los pondría a examen cuando tuviese la oportunidad de defender su causa. De momento, reclamó el derecho común de un ciudadano romano a alegar el día señalado Por el momento se reclamó el derecho común de un ciudadano romano que se le permita alegar en el día señalado y someterse al juicio del pueblo romano. No temía tanto a la opinión pera tan temeroso de la opinión general en su contra como para abandonar toda esperanza en la imparcialidad y la simpatía de sus conciudadanos. Si iba a ser trasladado a la prisión antes de que su caso fuese oído, apelaría una vez más a los tribunos, y les advertía contra imitar el ejemplo de aquellos a quienes odiaban. Si ellos admitían que se habían comprometido a abolir el derecho de apelación, como acusaban a los decenviros de haber hecho, el apelaría al pueblo e invocaría las leyes que tanto los cónsules como los tribunos habían promulgado ese mismo año para proteger tal derecho. Porque, si no se podía apelar antes que el caso fuese oído y dictada la sentencia, ¿quién podría apelar? ¿Qué plebeyo, hasta el más humilde, encontraría protección en las leyes, si Apio Claudio no pudo? Su caso demostraría si era tiranía o libertad lo que traían las nuevas leyes, o si el derecho de impugnar y apelar contra la injusticia de los magistrados eran palabras vacías o algo efectivo.

[3.57] Verginio respondió. Apio Claudio, dijo, en solitario estaba fuera de la ley, fuera de las obligaciones que mantenían unido el Estado o las mismas sociedades humanas. Dejemos que los hombres posen sus ojos en este tribuno, castillo de todas las maldades, en ese decenviro perpetuo, rodeado de verdugos, que no lictores; despreciado por igual de dioses y hombres, descargó su venganza sobre los bienes, las espaldas y las vidas de los ciudadanos, amenazándoles a todos indistintamente con varas y hachas; y después, cuando su mente se desvió de la rapiña y el asesinato hacia la lujuria, arrancó a una joven doncella libre de brazos de su padre, ante los ojos de Roma, y la entregó a un cliente, ministro de sus intrigas, a un tribunal donde por culpa de una cruel sentencia y un infame juicio un padre levantó su mano armada contra su hija, donde ordenó que aquellos que tomaron el cuerpo sin vida de la doncella (su traicionado prometido y su abuelo) fuesen encarcelados, movido menos por su muerte que por satisfacer su deseo criminal. Para él, tanto como para otros, se había construido aquella prisión que solía llamar "el domicilio de la plebe romana." Dejadle apelar cuanto quiera, él (Verginio) siempre le llevaría ante un juez acusado de haber condenado a la esclavitud a una persona libre. Si no ante un juez, ordenaría que fuese encarcelado hasta que se le hallase culpable. Fue, pues, metido en la cárcel y, aunque en realidad nadie se opuso a este paso, había una sensación general de ansiedad, ya que incluso los plebeyos pensaban que era un uso excesivo de su libertad el infligir tan gran castigo así a un hombre tan distinguido. El tribuno suspendió el día del juicio. Durante estos hechos, llegaron embajadores de los latinos y hérnicos para presentar sus felicitaciones por el restablecimiento de la armonía entre el patriciado y la plebe. En conmemoración de ello, trajeron una ofrenda a Júpiter Optimo Máximo en forma de una corona de oro. No era una grande, pues no eran Estados ricos; su observancia religiosa se caracterizaba más por la devoción que por la magnificencia. También trajeron la información de que los ecuos y los volscos estaban dedicando todas sus energías a prepararse para la guerra. Se ordenó entonces a los cónsules que organizasen sus respectivas misiones. Los sabinos fueron encargados a Horacio y los ecuos a Valerio. Anunciaron un alistamiento para estas guerras, y tan favorable fue la actitud de la plebe que no sólo los hombres sujetos al servicio dieron prontamente sus nombres, sino que una gran parte del alistamiento consistió en hombres que ya habían servido su periodo de tiempo y acudieron como voluntarios. De esta manera, el ejército se reforzó no sólo numéricamente, sino en la calidad de los soldados pues los veteranos ocuparon su lugar en filas. Antes de salir de la Ciudad, las leyes de los decenviros, conocidas como las "Doce Tablas", fueron grabadas en bronce y exhibidas públicamente; algunos autores afirman que los ediles cumplieron con esta tarea bajo las órdenes de los tribunos.

[3.58] Cayo Claudio, por el odio hacia los crímenes de los decenviros y la ira que él, más que cualquier otro, sentía por la conducta tiránica de su sobrino, se había retirado a Regilo, su antigua patria. A pesar de su avanzada edad, regresó a la Ciudad para aliviar los peligros que amenazaban al hombre cuyas prácticas viciosas le habían obligado a huir. Bajando al Foro de luto, acompañado por los miembros de su casa y por sus clientes, se dirigía individualmente a los ciudadanos y les imploraba que no manchasen la gens Claudia con la indeleble vergüenza de considerarlos merecedores de prisión y cadenas. ¡Pensar que un hombre cuya imagen sería tenida en el más alto honor por la posteridad, el artífice de su legislación y fundador de la jurisprudencia romana, debía acostarse encadenado entre ladrones nocturnos y saqueadores! Les hacía abandonar por un instante sus sentimientos de ira y entregarse con calma a la reflexión, perdonando a Apio por la intercesión de tantos Claudios a pesar del odio que sentían por él. Tan lejos llegaría él por el honor de su gens y de su nombre, aunque no se había reconciliado con el hombre cuya angustia tanto deseaba aliviar. Habían recuperado sus libertades mediante su valor, mediante la clemencia se fortalecería la armonía entre los órdenes del Estado. Convenció a algunos, aunque más por el cariño que mostraba por su sobrino que por consideración hacia el hombre por el que rogaba. Pero Verginio suplicó con lágrimas que guardasen su compasión para él y para su hija; que no escuchasen los ruegos de los Claudios, que habían asumido el poder soberano sobre la plebe, sino a los tres tribunos, parientes de Verginia, quienes tras ser elegidos para proteger a los plebeyos buscaban ahora su protección. Se estimó este alegato como más justo. Habiendo perdido toda esperanza, Apio se suicidó antes que llegase el día del juicio.

Poco después, Spurio Opio fue procesado por Publio Numitorio. Sólo era menos odiado que Apio, pues él estaba en la Ciudad cuando su colega pronunció su inicua sentencia. Más indignación, sin embargo, producía una atrocidad cometida por Opio que el no haber impedido una. Apareció un testigo que, tras veintisiete años de servicio y ocho condecoraciones por otras tantas muestras de valentía, se presentó ante el pueblo llevando todas sus condecoraciones. Desgarrando su vestido expuso su espalda lacerada por el sarmiento [en la castigatio, se azotaba con sarmientos al reo.-N. del T.]. Él pedía sólo que Opio presentase pruebas de alguna acusación contra él; si tal prueba aparecía, Opio, aunque ahora sólo era un ciudadano privado, podría repetir su crueldad para con él. Opio fue llevado a prisión y allí, antes de la fecha del juicio, puso fin a su vida. Su propiedad y la de Claudio fueron confiscadas por los tribunos. Sus colegas dejaron sus casas para ir al exilio y sus propiedades también fueron confiscadas. Marco Claudio, que había sido el reclamante de Verginia, fue juzgado y condenado; el propio Verginio, sin embargo, se negó a presionar para obtener la pena máxima, por lo que se le permitió exiliarse a Tíbur. Verginia fue más afortunada tras su muerte que en su vida; su espíritu, tras vagar por tantas casas buscando venganza, al fin pudo descansar al no quedar ya vivo ningún culpable.

[3.59] Se apoderó una gran alarma de los patricios; la vista de los tribunos se volvía ahora a quienes habían sido decenviros. Marco Duilio, el tribuno, impuso un control saludable a su ejercicio abusivo de autoridad. "Hemos ido", dijo, "lo bastante lejos en la afirmación de nuestra libertad y el castigo de nuestros oponentes, así que para el resto del año no dejaré que ningún hombre sea juzgado o encarcelado. Desapruebo que los antiguos crímenes, ya olvidados, sean traídos nuevamente a colación ahora que los recientes han sido penados con el castigo de los decenviros. La constante preocupación que se toman los cónsules en proteger vuestras libertades es garantía de que nada se hará que merezca el poder de los tribunos". Este espíritu de moderación mostrado por el tribuno alivió los temores de los patricios, pero también aumentó su resentimiento contra los cónsules, pues parecían estar tan totalmente dedicados a la plebe que la seguridad y libertad de los patricios eran una cuestión de interés más inmediato para los plebeyos que para los magistrados patricios. Parecía como si sus adversarios se cansasen de castigarles antes que los cónsules de frenar su insolencia. Se afirmó, por lo general, que mostraron debilidad, ya que sus leyes habían sido sancionadas por el Senado, y no quedaba duda de que habían cedido a la presión de las circunstancias.

[3.60] Tras haber resuelto los asuntos de la Ciudad y quedar asegurada la posición de la plebe, los cónsules partieron a sus respectivas provincias. Valerio sabiamente suspendió las operaciones contra las fuerzas combinadas de ecuos y volscos. Si se hubiera aventurado a un enfrentamiento, me pregunto si, teniendo en cuenta el carácter de los romanos y el del enemigo después del mando desafortunado de los decenviros, no habría sufrido una grave derrota. Tomó una posición a un kilómetro y medio del enemigo [mille pasuum en el original: 1 471 metros.-N. del T.] y mantuvo a sus hombres en el campamento. El enemigo formó para presentar batalla y ocupó el espacio entre ambos campamentos, pero no hallaron respuesta a su desafío por parte romana. Cansados finalmente de formar y esperar en vano la batalla, y considerando que prácticamente les habían concedido la victoria, ambas naciones fueron a devastar los territorios de hérnicos y latinos. La fuerza que dejaron detrás era suficiente para proteger el campamento, pero no para sostener un combate. Al ver esto el cónsul, hizo que el terror lo sufriesen los enemigos y sacó a sus hombres en orden de batalla, desafiándolos a pelear. Como eran conscientes de su menor fuerza, rehusaron el enfrentamiento y el valor de los romanos creció enseguida, pues consideraban vencidos a los hombres que se mantenían tímidamente tras sus líneas. Después de permanecer todo el día ansiosos por combatir, se retiraron al caer la noche; el enemigo, en un estado anímico muy diferente, mandó llamar rápidamente de todas partes a las partidas de saqueo; los que estaban más cerca regresaron a toda prisa al campamento, los más distantes no fueron localizados. Tan pronto como amaneció, los romanos salieron, preparados para asaltar su campamento si no les presentaban batalla. Cuando el día estaba muy avanzado, sin ningún movimiento por parte del enemigo, el cónsul dio la orden de avanzar. Conforme avanzó la línea, los ecuos y volscos, indignados ante la perspectiva de ver sus ejércitos victoriosos protegidos por terraplenes en vez de por el valor y las armas, clamó para que le diesen señal de batalla. Se dio, y parte de su fuerza ya había salido por la puerta del campamento mientras que otros bajaban en orden y formaban en sus posiciones asignadas; pero antes de que el enemigo pusiese sobre el campo toda su fuerza, el cónsul romano lanzó su ataque. No habían salido todos del campamento, quienes lo habían hecho no fueron capaces de desplegarse en línea y, hacinados como estaban, empezaron a flaquear y Habían no todos salieron del campamento, quienes lo habían hecho no estaban en condiciones de desplegar en línea, y hacinados como estaban, comenzaron a flaquear y ceder. Mientras miraban a su alrededor sin poderse ayudar unos a otros, indecisos sobre qué hacer, los romanos lanzaron su grito de guerra y el enemigo cedió terreno; luego, tras recuperar su presencia de ánimo y que sus generales les instasen a no ceder terreno ante aquellos a quien habían derrotado, se reinició la batalla.

[3.61] En el otro lado, el cónsul hizo recordar a los romanos que aquel día combatían por vez primera como hombres libres y en nombre de una Roma libre. Conquistaban para ellos mismos y los frutos de su victoria no serían para los decenviros. La batalla no se libraba a las órdenes de un Apio, sino bajo su cónsul Valerio, descendiente de los libertadores del pueblo romano y un liberador él mismo. Tenían que demostrar las anteriores derrotas fueron por culpa de los generales, no de los soldados; sería una desgracia que mostrasen más valor contra sus propios conciudadanos que contra un enemigo extranjero, o que temiesen más la esclavitud en casa que fuera. En tiempo de paz, sólo estuvo en peligro la castidad de Verginia, sólo el libertinaje de Apio resultaba peligroso; pero en el vaivén de la guerra, todos y cada uno de sus hijos estarían en peligro ante esos miles de enemigos. Él no presagiaría los desastres que ni Júpiter ni su Padre Marte permitirían a una Ciudad fundada bajo tan felices auspicios. Les recordó el Aventino y el Monte Sacro, y les rogó que volviesen con tan irreprochable dominio a ese lugar donde unos meses antes se habían ganado su libertad. Debían dejar claro que los soldados romanos tenían las mismas cualidades ahora que los decenviros habían sido expulsados que antes de que fuesen nombrados, y que el valor romano no se había debilitado por el hecho de que las leyes fuesen iguales para todos.

Tras arengar así a la infantería, galopó hasta donde estaba la caballería. "¡Vamos, jóvenes!", gritó, "demostrad que sois superiores a los infantes en valor, igual que lo sois en rango y honor. Han rechazado al enemigo al primer encuentro, cabalgad entre ellos y expulsadlos del campamento. No aguantarán vuestra carga, ahora mismo están vacilando en vez de resistir." Con las riendas aflojadas, espolearon sus caballos contra el enemigo que ya estaba confundido por el choque con la infantería, y abriéndose paso a través de sus filas llegaron a la retaguardia. Algunos , girando en terreno abierto, lo atravesaron y se dirigieron a los fugitivos que desde todas partes iban hacia su campamento. La línea de infantería, con el propio cónsul, y todo el combate se inclinó en persona y el conjunto de la batalla rodó en la misma dirección, que tomó posesión del campamento con una pérdida inmensa para el enemigo, pero el botín fue aún mayor que la carnicería. Las noticias de esta batalla no sólo llegaron a la Ciudad, sino hasta el otro ejército que estaba entre los sabinos. En la ciudad se celebró la victoria con fiestas públicas, pero en el otro campamento indujo a los soldados a emularla. Horacio les entrenó para que confiasen en sí mismos mediante las incursiones y puso a prueba su valor en escaramuzas, en vez de dejarles pensar en las derrotas que sufrieron bajo los decenviros, y con esto les hizo confiar en la victoria final. Los sabinos, envalentonados por sus éxitos del año anterior, les provocaban sin cesar y les retaban a luchar, preguntándoles por qué malgastaban su tiempo con pequeñas incursiones y retiradas, como si fueran bandidos, en vez de enzarzarse en un combate decisivo y no en pequeños enfrentamientos. ¿Por qué, les preguntaban sarcásticamente, no se enfrentaban con ellos en batalla campal y confiaban de una vez en la fortuna de la guerra?

[3.62] Los romanos no sólo habían recuperado su valor, sino que ardían de indignación. El otro ejército, decían, estaba a punto de regresar a la Ciudad en triunfo, mientras ellos estaban aguantando las burlas de un enemigo insolente. ¿Cuándo iban a combatir al enemigo, si no era ahora? El cónsul se dio cuenta de estos murmullos de descontento y después de reunir a los soldados en una asamblea, se dirigió a ellos así: "Supongo que habréis oído, soldados, cómo se libró la batalla del Álgido. El ejército se comportó como se supone debe comportarse el ejército de un pueblo libre. La victoria se obtuvo por el mando de mi colega y la valentía de sus soldados. En lo que a mí respecta, estoy dispuesto a adoptar ese plan de operaciones que vosotros, mis soldados, tendréis el coraje de ejecutar. La guerra puede ser prolongada con ventaja o terminada de una vez. Si hubiera de prolongarse, seguiré el método de entrenamiento con que he empezado, para que vuestra moral y valor aumenten día a día. Si deseáis un combate decisivo, vamos ahora, gritad ahora como en la batalla, en prueba de vuestra voluntad y valor". Después de haber gritado con gran ardor, él les aseguró que, con la bendición del cielo, cumpliría sus deseos y les guiaría a la batalla por la mañana. El resto del día lo pasaron aprestando armas y armaduras. Tan pronto como los sabinos vieron a los romanos formando en orden de batalla a la mañana siguiente, ellos también marcharon hacia el combate que tanto habían ansiado. La batalla fue como cabría esperar entre dos ejércitos tan llenos de confianza en sí mismos; el uno orgulloso de su antiguo e invicto renombre y el otro encendido por su reciente victoria. Los sabinos buscaron el auxilio de la estrategia pues, tras dar a su línea una extensión igual a la de su enemigo, mantuvieron dos mil hombres en reserva para lanzar un ataque al flanco izquierdo romano cuando la batalla estaba en su apogeo. Mediante este ataque casi rodearon y estaban empezando a dominar ese ala, cuando la caballería de ambas legiones (unos seiscientos jinetes) saltó de sus monturas y se lanzó al frente para apoyar a sus compañeros que estaban cediendo. Frenaron el avance enemigo y levantaron, al mismo tiempo, el ánimo de la infantería al compartir sus peligros; apelaron a su amor propio, demostrándoles que mientras la caballería podía combatir tanto a pie como a caballo, la infantería, entrenada para combatir a pie, era inferior incluso a la caballería desmontada.

[3.63] Y así se reanudó la lucha que daban por perdida y recuperaron el terreno cedido; en un momento, no sólo se reinició la batalla, sino que incluso obligaron a retroceder a los sabinos de esa ala. La caballería volvió a sus caballos, protegida por la infantería a través de cuyas filas pasaron, y se alejó al galope a la otra ala para anunciar su victoria a sus compañeros. Al mismo tiempo, cargaron al enemigo que estaba ahora desmoralizado por la derrota de su ala más fuerte. Ninguno demostró un valor más brillante en esa batalla. Los ojos del cónsul estaban en todas partes, felicitó a los valientes, tuvo palabras de reproche donde la batalla parecía aflojar. Aquellos a quienes censuró recuperaron enseguida el valor, estimulados en su amor propio como los otros lo fueron por sus elogios. Se volvió a lanzar el grito de guerra, y con un esfuerzo conjunto de todo el ejército rechazaron al enemigo; el ataque romano era imparable. Los sabinos se dispersaron en todas direcciones a través de los campos, y dejaron su campamento como botín para el enemigo. Lo que los romanos encontraron que no fueron las propiedades de sus aliados, como había sido el caso en Álgido, sino las suyas, que se habían perdido en el saqueo de sus hogares. Por esta doble victoria, ganada en dos batallas por separado, el Senado decretó maliciosamente una acción de gracias a favor de los cónsules para el mismo día. El pueblo, sin embargo, sin recibir órdenes, fue al segundo día también en grandes multitudes a los templos, y esta no autorizada y espontánea acción de gracias se celebró con casi más entusiasmo que la primera.

Los cónsules se aproximaron de común acuerdo a la Ciudad durante esos dos días y convocaron una reunión del Senado en el Campo de Marte. Mientras estaban rindiendo su informe sobre la dirección de las campañas, los líderes del Senado protestaron por celebrar esta sesión en medio de las tropas a fin de intimidarlos. Para no dar motivo a esta acusación, los cónsules de inmediato citaron el Senado en los Prados Flaminios, donde ahora está el templo de Apolo (luego llamado el Apolinar). El Senado por una gran mayoría se negó a conceder a los cónsules el honor de un triunfo, con lo cual Lucio Icilius, como tribuno de la plebe, llevó la cuestión ante el pueblo. Muchos se acercaron para oponerse, en particular Cayo Claudio, que exclamó en un tono exaltado que los cónsules no querían celebrar su triunfo sobre los enemigos, sino sobre el Senado. Se exigía como acto de gratitud por un servicio privado prestado a un tribuno y no en honor al mérito. Nunca antes había sido ordenado un triunfo por el pueblo, siempre había residido en el Senado la decisión de concederlo o no; ni siquiera los reyes habían infringido la prerrogativa del primer orden del Estado. Los tribunos no debían hacer que su poder prevaleciese sobre todas las cosas hasta hacer imposible la existencia de un Consejo de Estado. El Estado sólo será libre, las leyes ecuánimes, a condición de que cada orden conserve sus propios derechos, su propio poder y su dignidad. En el mismo sentido hablaron muchos de los miembros principales del Senado, pero las tribus aprobaron por unanimidad la propuesta. Esa fue la primera vez en que se celebró un triunfo por orden del pueblo, sin la autorización del Senado.

[3,64] Esta victoria de los tribunos y de la plebe casi produjo un peligroso abuso de poder. Se produjo un acuerdo secreto entre los tribunos para ser reelegidos, y para evitar que su ambición fuese demasiado evidente, aseguraron también la continuación de los cónsules en su magistratura. Alegaron, como justificación, el acuerdo del Senado para socavar los derechos de la plebe mediante el desaire que habían hecho a los cónsules. "¿Qué", argumentaron, "pasaría si, antes de que las leyes hubieran adquirido firmeza, los patricios atacasen a los nuevos tribunos a través de cónsules de su propia facción? Pues los cónsules no siempre serían hombres como Valerio y Horacio, que subordinaban sus propios intereses a la libertad de la plebe". Por una feliz casualidad le tocó en suerte a Marco Duilio presidir las elecciones. Era un hombre sagaz, y previó la deshonra en que se incurriría de seguir en el cargo los actuales magistrados. Al manifestar con no aceptaría votos para los antiguos tribunos, sus colegas insistieron que debía dejar que las tribus votasen a quien quisieran o ceder el control de la votación a sus colegas, quienes la dirigirían conforme a la ley y no conforme a la voluntad de los patricios. Como se había planteado una disyuntiva, Duilio mandó preguntar a los cónsules qué pensaban hacer con respecto a las elecciones consulares. Ellos respondieron que elegirían nuevos cónsules. Habiendo así ganado adeptos entre el pueblo para una medida en absoluto popular, fue en su compañía a la Asamblea. Aquí los cónsules fueron puestos frente al pueblo y se les sometió la cuestión: "Si el pueblo romano, al recordar cómo recuperasteis su libertad para él en casa, recordando también vuestros servicios y logros en la guerra, os hiciera cónsules por segunda vez, ¿qué pensáis hacer?" Declararon su resolución sin cambiar de opinión, y Duilio, aplaudiendo a los cónsules por mantener su actitud hasta el final, a diferencia de los decenviros, procedió a celebrar la elección. Sólo fueron elegidos cinco tribunos, pues debido a los evidentes esfuerzos de los nueve tribunos para controlar el escrutinio, los demás candidatos no pudieron obtener la mayoría necesaria de votos. Disolvió la Asamblea y no celebró una segunda elección, en base a que había satisfecho los requisitos de la ley, que en ninguna parte fijaba el número de tribunos y que sólo decía que la magistratura de tribuno no podía quedar vacante. Ordenó a los que habían sido elegidos que nombrasen a sus colegas y recitó la fórmula que regía el caso y es como sigue: "Si os requiero para que elijáis diez tribunos de la plebe; si en este día habéis elegido menos de diez, entonces aquellos que escojáis serán legalmente tribunos de la plebe por la misma ley, de igual modo que aquellos a quienes habéis elegido hoy tribunos de la plebe". Duilio insistió en afirmar hasta el final que la república no podía tener quince tribunos, y renunció a su magistratura tras haberse ganado la buena voluntad de los patricios y de los plebeyos por igual, al frustrar los ambiciosos designios de sus colegas.

[3.65] Los nuevos tribunos de la plebe consideraron los deseos del Senado al elegir a sus colegas; incluso admitieron a dos patricios de rango consular, Espurio Tarpeyo y Aulo Eternio. Los nuevos cónsules fueron Espurio Herminio y Tito Verginio Celiomontano -448 a.C.-, que no eran partidarios violentos de patricios ni de plebeyos. Mantuvieron la paz tanto en casa como en el extranjero. Lucio Trebonio, un tribuno de la plebe, estaba enojado con el Senado porque, como él decía, había sido engañado por ellos en la cooptación de los tribunos, y dejado en la estacada por sus colegas. Presentó una propuesta para que cuando fueran a elegir tribunos de la plebe, el magistrado presidente debía mantener la celebración de elecciones hasta que se hubieran elegido diez tribunos. Pasó sus años de mandato inquietando a los patricios, lo que hizo que recibiera el apodo de "Asper" (es decir, "el cascarrabias"). Los siguientes cónsules fueron Marco Geganio Macerino y Cayo Julio -447 a.C.-. Aplacaron las querellas que habían estallado entre los tribunos y los jóvenes nobles, sin interferir con los poderes de los primeros ni comprometer la dignidad de los patricios. El Senado había decretado un alistamiento para servir contra los volscos y los ecuos, pero dejaron en paz a la plebe sin llevarlo a efecto diciendo públicamente que cuando la Ciudad estaba en paz, todo en el exterior se mantenía tranquilo; por el contrario, la discordia civil envalentonaba al enemigo. Su preocupación por la paz trajo la armonía en el hogar. Pero un orden estaba siempre inquieto cuando el otro mostraba moderación. Si bien la plebe permanecía tranquila, empezó a ser objeto de actos de violencia por parte de los jóvenes patricios. Los tribunos trataron de proteger al lado más débil, pero lograron poco al principio, y pronto ni ellos se libraron de los malos tratos, especialmente en los últimos meses de su año de mandato. Los acuerdos secretos de la parte más fuerte dieron como resultado la anarquía, y el ejercicio de la autoridad tribunicia fue más débil hacia final del año. Todas las esperanzas de los plebeyos pudieran tener en sus tribunos dependían de tener hombres como Icilio; durante los dos últimos años sólo habían tenido nombres. Por otra parte, los patricios mayores se daban cuenta de que sus miembros más jóvenes eran demasiado agresivos, pero si tenían que cometerse excesos preferían que lo hicieran los de su propio bando en vez del de sus oponentes. Tan difícil es observar moderación en defensa de la libertad, mientras cada hombre en presencia de la igualdad se levanta solamente para mantener a los demás bajo él, y por precaverse en exceso contra el miedo se hacen temibles, y al devolver las ofensas que se nos hacen las hacemos a los demás; de modo que no había alternativa entre hacer el mal y sufrirlo.

[3.66] Tito Quincio Capitolino y Agripa Furio fueron los siguientes cónsules elegidos, el primero por cuarta vez -446 a.C.-. No se encontraron, al tomar posesión del cargo, disturbios en casa ni guerra en el extranjero, aunque ambos conflictos amenazaban. Ya no se podían controlar las disensiones de los ciudadanos, pues tanto los tribunos como la plebe estaban exasperados contra los patricios debido a que la Asamblea se veía constantemente alterada con nuevos altercados siempre que se procesaba a algún noble. Al primer signo de disturbios, los ecuos y volscos, como si se hubiese dado una señal, se levantaron en armas. Sobre todo sus dirigentes, ávidos de botín, se convencieron de que había sido imposible efectuar el alistamiento ordenado hacía ya dos años, porque la plebe rehusó obedecer y por esto no se envió ningún ejército contra ellos; la disciplina militar se había quebrado por la insubordinación; Roma ya no era considerada la patria común; toda su ira contra los enemigos extranjeros la volvían el uno contra el otro. Ahora era la oportunidad para destruir a esos lobos cegados por la locura del odio mutuo. Con sus fuerzas unidas, en primer lugar asolaron totalmente el territorio latino; luego, al no encontrar a nadie que controlase sus depredaciones, llegaron de hecho hasta las murallas de Roma, con gran alegría de los que habían fomentado la guerra. Extendiendo sus estragos en dirección a la puerta del Esquilino, saquearon y acosaron a la vista de la Ciudad. Después que se hubieron marchado tranquilamente con su botín a Corbión, el cónsul Quincio convocó al pueblo a una Asamblea.

[3,67] He visto que él habló allí de la siguiente manera: "Aunque, Quirites, mi propia conciencia está limpia, vengo sin embargo ante vosotros con los más profundos sentimientos de vergüenza. ¡Que se sepa (pues será transmitido a la posteridad) que los ecuos y los volscos, que últimamente no fueron rival para los hérnicos, llegaron armados e impunes, en el cuarto consulado de Tito Quincio, hasta las murallas de Roma! De haber yo sabido que esta desgracia estaba reservada para este año, entre todos los demás, aunque hubiéramos estado comportándonos de este modo y los asuntos públicos fuesen de tal índole que no pudiera yo augurar nada bueno, habría yo evitado mediante el exilio o la muerte, de no tener otro medio, el honor de un consulado. Porque entonces, si aquellas armas hubieran estado en manos de hombres dignos de ese nombre, ¡Roma habría sido tomada mientras yo era cónsul! He tenido suficientes honores; suficiente y más que bastante tiempo de vida, ¡yo debería haber muerto en mi tercer consulado! ¿Por quién sentían más desprecio aquellos enemigos negligentes? ¿por nosotros, los cónsules, o por vosotros, Quirites? Si es culpa nuestra, deponednos de una magistratura que no somos dignos de ostentar y, si no fuese bastante, castigadnos. Si la culpa es vuestra, puede que no haya nadie, hombre o dios, que castigue vuestros pecados; ¡Sólo vosotros os podéis arrepentir de ellos! No fue vuestra cobardía lo que provocó su desprecio, ni su valor lo que les dio confianza; han sido tantas veces derrotados, puestos en fuga, expulsados de sus fortificaciones, privados de su territorio o pasados bajo el yugo, como para que no lo sepan tan bien como vosotros. Son las disputas entre los dos órdenes, las querellas entre patricios y plebeyos lo que envenena la vida de esta Ciudad. Mientras nuestro poder no tenga límites, mientras vuestra libertad no conozca restricción, mientras no aguantéis a los patricios ni nosotros a los magistrados plebeyos, durante todo ese tiempo aumentará el coraje de nuestros enemigos. ¿Qué queréis, en nombre del Cielo? Resolvisteis de corazón tener tribunos de la plebe; cedimos, en aras de la paz. Anhelábais decenviros, y consentimos en su nombramiento; se hartaron completamente de ellos, y les obligamos a renunciar. Vuestro odio les persiguió hasta su vida privada; para contentaros permitimos que los más nobles y distinguidos de nuestra clase sufriesen la muerte o marchasen al exilio. Quisisteis volver a nombrar tribunos de la plebe; los habéis nombrado. Aunque vimos lo injusto que era para los patricios que hombres dedicados a vuestros intereses fueran elegidos cónsules, hemos contemplado incluso cómo se concedían privilegios patricios por el favor de la plebe. La autoridad protectora de los tribunos, el derecho de apelación del pueblo, las resoluciones de la plebe que obligan a los patricios, la supresión de nuestros derechos y privilegios con el pretexto de hacer las leyes iguales para todos; a todas esas cosas nos hemos sometido y nos sometemos. ¿Cuándo se acabarán estas discordias? ¿Cuándo podremos tener una Ciudad unida, una patria común? Nosotros, que hemos perdido, mostramos más calma y serenidad de carácter que vosotros, que habéis ganado. ¿No es suficiente que nos hayan hecho temerles? Fue en contra nuestra que tomaron el Aventino, contra nosotros ocuparon el Monte Sacro. Cuando el Esquilino era todo lo que quedaba por capturar y los volscos trataban de escalar la muralla, nadie les desalojó. Contra nosotros os mostráis hombres; contra nosotros tomáis las armas.

[3,68] "Pues bien entonces, ahora que habéis sitiado la Curia, y tratado al Foro como territorio enemigo, y llenado la prisión con nuestros hombres más insignes, mostrad el mismo valor haciendo una salida por la puerta Esquilina; o si ni siquiera tenéis valor para esto, subid a las murallas y mirad vuestras tierras devastadas desgraciadamente a fuego y espada, el botín saqueado y el humo elevándose por doquier desde vuestras casas ardiendo. Pero se me dirá que son los intereses generales los perjudicados por esto; la tierra quemada, la Ciudad sitiada, la gloria de la guerra con el enemigo. ¡Santo cielo! ¿En qué estado están vuestros propios intereses particulares? Dentro de poco os dirán las pérdidas sufridas en vuestros campos. ¿Qué tenéis en vuestros hogares para compensar el daño? ¿Os devolverán y repondrán los tribunos cuanto habéis perdido? Os darán muchas palabras y discursos y acusaciones contra los líderes, y ley tras ley y convocatorias a las Asambleas. Pero de esas reuniones ni uno de vosotros volverá más rico a su casa. ¿Quién ha llevado a su mujer e hijos algo que no sea resentimiento y odio, lucha partidista y querellas personales de las que tenéis que protegeros, no por vuestro propio valor e intenciones honestas, sino con la ayuda de los demás? Pero dejadme decíroslo: cuando luchabais bajo nosotros, los cónsules, no bajo los tribunos, en el campo de batalla y no en el Foro, cuando vuestro grito de guerra atemorizaba al enemigo y no a los patricios de Roma en la Asamblea, entonces obteníais botín, arrebatabais territorios al enemigo y volvíais a vuestras casas y vuestros penates triunfantes, cargados de riquezas y cubiertos de gloria para el Estado y para vosotros mismos. Ahora dejáis que el enemigo se aleje cargado con vuestros bienes. ¡Venga! acudid a vuestras reuniones en la Asamblea, pasad la vida en el Foro, aunque os perseguirá la necesidad, de la que huís, de recuperar vuestras tierras. Era demasiado para vosotros marchar contra los ecuos y volscos; ahora la guerra está a vuestras puertas. Si no se les rechaza, entrarán dentro de las murallas, escalarán la Ciudadela y el Capitolio y seguirán hasta vuestros hogares. Han pasado dos años desde que el Senado ordenó un alistamiento y que el ejército marchase al Álgido; aún estamos sentados en casa sin hacer nada, discutiendo unos con otros como un grupo de mujeres, encantados con la paz momentánea y cerrando los ojos al hecho de que pronto habremos de pagar muchas veces por nuestra inacción ante la guerra.

"Sé que hay otras cosas más agradables de las que hablar que éstas, pero la necesidad me obliga, aunque el sentido del deber no lo hiciera, a deciros lo que es verdad en vez de lo que es agradable. Mucho me gustaría, Quirites, complaceros; pero me gustaría mucho más veros a salvo, pese a lo que podáis sentir luego hacia mí. La naturaleza ha dispuesto las cosas de manera que el hombre que se dirige a la multitud con lo que ésta quiere es mucho más popular que quien no piensa más que en el bien general. Puede que creáis que es en vuestro interés por lo que esos demagogos halagan a la plebe y no os dejan vivir en paz ni tomar las armas, os excitan e inquietan. Sólo lo hacen para ganar notoriedad o en su beneficio, y como ven que cuando los dos órdenes están en armonía ellos no son nadie, desean más liderar una mala causa que no ninguna y provocar disturbios y sediciones. Si hay alguna posibilidad de que estéis, por fin, cansados de este estado de cosas; si estáis dispuestos a recuperar el carácter que marcó a vuestros padres y a vosotros mismos tiempo atrás, en vez de estas nuevas costumbres, entonces no habrá castigo al que no me someta si en pocos días no pongo en desordenada fuga a esos destructores de nuestros campos y llevo de nuestras puertas y murallas a las suyas esta guerra terrible que ahora os espanta".

[3,69] Nunca fue el discurso de un tribuno de la plebe tan favorablemente recibido por los plebeyos como lo fue el de este severo cónsul. Los hombres en edad militar, que en similares emergencias habían hecho del rechazo a alistarse el arma más efectiva contra el Senado, volvieron ahora su atención a las armas y a la guerra. Los fugitivos de los distritos rurales, los que habían sido heridos y sufrido el saqueo en el campo, informaban del más terrible estado de cosas más allá de lo que se veía desde las murallas y llenaban a toda la Ciudad con sed de venganza. Cuando el Senado se reunió, todos los ojos miraban a Quincio como al único que podía defender la majestad de Roma. Los líderes de la Cámara declararon en sus discursos que era digno del cargo que ocupaba como cónsul, digno de los muchos consulados que había desempeñado, digno de toda su vida, rica como había sido en honores, muchos ya disfrutados y muchos más que merecía. Otros cónsules, dijeron, habían halagado a la plebe traicionando la autoridad y privilegios de los patricios o, al insistir demasiado severamente en los derechos de su orden, incrementando la oposición de las masas; Tito Quincio, en su discurso, había mantenido visible la autoridad del Senado, la concordia de ambos órdenes y, sobre todo, las circunstancias del momento. Se pidió a él y a su colega que se hicieran cargo de la dirección de los asuntos públicos, e hicieron un llamamiento a los tribunos para que fuesen uno con los cónsules en su deseo de ver alejarse la guerra de las murallas de la Ciudad y que indujesen a la plebe, en una crisis tal, a ceder a la autoridad del Senado. La patria común, proclamaron, estaba llamando a los tribunos e implorando su ayuda ahora, cuando sus campos estaban siendo arrasados y la Ciudad asediada.

Por consenso universal se decretó un alistamiento y se llevó a cabo. Los cónsules dieron aviso público de que no había tiempo para investigar reclamaciones de exención, y que todos los hombres obligados a servir se presentarían al día siguiente en el Campo de Marte. Cuando terminase la guerra darían ocasión a investigar los casos de quienes no se hubiesen alistado, y a los que no demostrasen tener justificación se les consideraría desertores. Todos los que estaban obligados a servir se presentaron al día siguiente. Cada cohorte escogió a sus propios centuriones y se puso a dos senadores al mando de cada cohorte. Entendemos que estas disposiciones se llevaron a cabo con tanta rapidez que los estandartes, que se recogieron en el Tesoro y fueron llevados por los cuestores al Campo de Marte por la mañana, abandonaron el Campo a la hora cuarta del mismo día, y el ejército recién alistado se detuvo en la décima piedra miliar, seguido por unas cuantas cohortes de veteranos como voluntarios. El día siguiente los llevó a la vista del enemigo y establecieron su campamento cerca del de los enemigos, en Corbión. Los romanos estaban encendidos de ira y rencor; el enemigo, consciente de su culpa después de tantas revueltas, perdió la esperanza de perdón. No habría, por tanto, retraso en afrontar el asunto.

[3.70] En el ejército romano, los dos cónsules tenían la misma autoridad. Agripa, sin embargo, renunció voluntariamente el mando supremo a favor de su colega (una decisión muy beneficiosa cuando se trataba de asuntos de gran importancia) y éste, así promovido por la generosa renuncia de su colega, respondió cortésmente haciéndole partícipe de sus planes y tratándole en todos los sentidos como a un igual. Cuando formaban en orden de batalla, Quincio mandaba del ala derecha y Agripa la izquierda. El centro se asignó al legado Espurio Postumio Albo, al mando de medio ejército; el otro legado, Publio Sulpicio, fue puesto al mando de la caballería. La infantería en el ala derecha luchó espléndidamente, pero tropezó con fuerte resistencia en el lado de los volscos. Publio Sulpicio con su caballería rompió el centro del enemigo. Podría haber regresado al cuerpo principal antes de que el enemigo rehiciese sus quebradas filas pero decidió atacarles por la retaguardia, y los hubiera dispersado en un momento, atacados como habrían estado por el frente y la retaguardia, si la caballería de los ecuos y volscos, adoptando la misma táctica, no les hubiese interceptado y mantenidos ocupados. Le gritó a sus hombres que no había tiempo que perder, que les rodearían y aislarían de su fuerza principal si no hacían todo lo posible para dar fin al combate de caballería; no era suficiente ponerlos en fuga, debían conseguir que ni hombres ni bestias pudieran regresar luego al campo de batalla para reanudar el combate. No pudieron resistir ante aquellos a quienes no pudo detener una línea de infantería.

Sus palabras no cayeron en oídos sordos. Con un choque derrotaron a toda la caballería, desmontando a muchos y dieron muerte con sus lanzas tanto a jinetes como a caballos. Ese fue el final del combate de las caballerías. A continuación atacaron a la infantería por la retaguardia, y cuando su línea empezó a oscilar enviaron un informe a los cónsules de lo que habían efectuado. Las noticias dieron nuevos ánimos a los romanos, que ahora estaban ganando, y desanimaron a los ecuos en retirada. Su derrota se inició en el centro, donde la carga de la caballería les había desordenado. Después comenzó el rechazo de su ala izquierda por parte del cónsul Quincio. El ala derecha dio más problemas. Aquí, Agripa, cuya edad fuerza le hacían temerario, viendo que las cosas marchaban mejor en el resto de secciones de la batalla que en la suya, quitó los estandartes a los portaestandartes y avanzó él mismo con ellos, lanzando incluso alguno de ellos entre las masas del enemigo. Enardecidos por el miedo y temor a perderlos, sus hombres lanzaron una nueva carga contra el enemigo, y así por todas partes fueron los romanos igualmente victoriosos. En ese momento llegó un mensaje de Quincio, diciendo que había salido victorioso y que ahora amenazaba el campamento enemigo, pero que no lo atacaría hasta saber que la lucha en el ala izquierda se había decidido. Si Agripa había derrotado al enemigo se reuniría con él, de modo que todo el ejército unido pudiera hacerse con el botín. El victorioso Agripa, en medio de las felicitaciones mutuas, se dirigió donde estaba su colega y el campamento enemigo. Los pocos defensores fueron derrotados en un momento y el atrincheramiento forzado sin resistencia alguna. El ejército se marchó de vuelta a su propio campamento después de conseguir un inmenso botín y recuperar sus propios bienes, que habían perdido en el saqueo de sus tierras. No puedo encontrar escrito ni que los cónsules solicitasen un triunfo ni que el Senado se lo concediese; ni si dejaron de pedir tal honor porque suponían que no se lo darían o que no se lo dieran porque no lo solicitaron. Hasta donde yo puedo suponer después de tanto tiempo, la razón parece que sería que como el Senado rechazó conceder el triunfo a los cónsules Valerio y Horacio, quienes aparte de vencer a volscos y ecuos habían dado término a la Guerra Sabina, los cónsules actuales tuvieron vergüenza de pedir un triunfo por conseguir sólo la mitad, como mucho, no fuese que si lo obtenían pareciera que se apreciaba más a los hombres que a sus servicios.

[3,71] Esta honorable victoria obtenida sobre un enemigo de honor fue manchada por una vergonzosa decisión del pueblo respecto al territorio de sus aliados. Los habitantes de Aricia y Ardea habían ido con frecuencia a la guerra a causa de algunas tierras en disputa; cansados finalmente de sus muchas y recíprocas derrotas, recurrieron al arbitrio de Roma. Los magistrados convocaron una Asamblea para tratar el asunto, y cuando llegaron para exponer sus posiciones debatieron largamente. Cuando terminaron de alegar y llegó el momento de que las tribus fuesen llamadas a votar, Publio Escapcio, un plebeyo de edad, se levantó y dijo: "cónsules, si se me permite hablar en asuntos de alta política, no dejaré que la plebe yerre en este asunto". Los cónsules le negaron una audiencia, por ser un hombre de ningún crédito, y cuando exclamó en voz alta que la república estaba siendo traicionada le ordenaron retirarse. Él apeló a los tribunos. Los tribunos, que casi siempre estaban gobernados por la multitud en vez de gobernarla, al considerar que la plebe estaba ansiosa de oírle, autorizaron a Escapcio a decir lo que quisiese. Así que empezó diciendo que él estaba ahora en su octogésimo tercer año y había prestado servicio en ese territorio que estaba en litigio, no como un hombre joven sino como un veterano con veinte años de antigüedad, cuando la guerra contra Corioli. Por lo tanto, él consideraba un hecho, olvidado por el transcurso del tiempo pero profundamente impreso en su propia memoria, que el territorio en disputa formaba parte del de Corioli y, al ser tomada esa ciudad, pasó por derecho de guerra a ser parte del dominio público de Roma. Los ardeatinos y aricios nunca lo habían reclamado mientras Corioli fue independiente, y él se preguntaba cómo podían esperar tomárselo al pueblo de Roma, a quien acudían como árbitros en vez de como propietarios. No le quedaba mucho tiempo de vida, pero no podía, viejo como era, resignarse a dejar de usar su única arma, su voz, para asegurar el derecho sobre ese territorio que había ganado como soldado. Recomendaba encarecidamente al pueblo que no se pronunciase, por una falsa sensación de delicadeza, contra una causa que en realidad era la suya propia.

[3,72] Cuando los cónsules vieron que Escapcio era escuchado no sólo en silencio, sino incluso con aprobación, pusieron a los dioses a los hombres como testigos de que se iba a cometer una monstruosa injusticia y mandaron a buscar a los notables del Senado. Acompañados por ellos se fueron hacia las tribus y les imploraron que no cometiesen el peor de los crímenes y estableciesen un precedente aún más pésimo al pervertir la justicia en su propio beneficio. Incluso suponiendo que fuera admisible que un juez mirase por su propio interés, podían estar seguros de que nunca ganarían tanto apropiándose del territorio en disputa como perderían al enajenarse los sentimientos de sus aliados por su injusticia. El daño hecho a su buen nombre y crédito sería incalculable. ¿Qué iban a decir los embajadores al volver a sus casas, qué iban a decir a todo el mundo, qué llegaría a oídos de amigos y enemigos? ¡Con cuánto dolor los escucharían los primeros y con cuánta alegría los últimos! ¿Suponían que las naciones vecinas harían responsable sólo a Escapcio, un orador senil? Para él podría ser una muestra de nobleza, pero al pueblo romano lo estamparía con el carácter del fraude y del engaño. ¿Pues qué juez se había nunca adjudicado a sí mismo la propiedad en litigio? Ni siquiera Escapcio lo haría, aunque ya hubiera perdido cualquier asomo de vergüenza. A pesar de estos severos llamamientos hechos por los cónsules y senadores, la codicia de Escapcio, su instigador, prevalecido. Las tribus, al ser llamadas a votar, decidieron que las tierras eran parte del dominio público de Roma. No se puede negar que el resultado habría sido el mismo si el caso se hubiera visto ante otros jueces; pero tal como fue, la desgracia vinculada a la sentencia no estaba en último grado aligerada por la justicia del caso, ni pareció más amarga y tiránica a los pueblos de Aricia y Ardea de lo que resultó al Senado romano. El resto del año fue tranquilo en casa y en el extranjero.

Fin del Libro 3.

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Libro 4: El creciente poder de la plebe

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[4,1] Los cónsules que siguieron fueron Marco Genucio y Cayo Curcio -445 a.C.-. El año resultó problemático, tanto en casa como en el extranjero. A comienzos del año, Cayo Canuleyo, un tribuno de la plebe, presentó una ley relativa al matrimonio entre patricios y plebeyos. Los patricios consideraban que su sangre se contaminaría y se desfigurarían los derechos de las gens. Entonces los tribunos empezaron a proclamar que un cónsul debía ser elegido de la plebe, y las cosas llegaron tan lejos que nueve tribunos presentaron una ley para que la plebe tuviese capacidad de elegir cónsules a quien quisiesen, tanto de entre los plebeyos como de entre los patricios. Los patricios creían que, si esto ocurría, el poder supremo no sólo sería degradado al ser compartido con lo más bajo del pueblo, sino que pasaría completamente de los hombres más importantes del Estado a manos de la plebe. El Senado no lamentó, por lo tanto, saber que Ardea se había rebelado como consecuencia de la injusta decisión sobre el territorio [ver libro 3,72.-N. del T.], que los Veyentinos habían devastado los distritos de la frontera romana, y que volscos y ecuos protestaban contra la fortificación de Verrugo; hasta tal punto preferían la guerra, aunque no se venciese, a una paz ignominiosa. Al recibir esos informes (que eran un tanto exagerados), el Senado trató de ahogar la voz de los tribunos en el fragor de tantas guerras, ordenando un alistamiento y que se hicieran los preparativos para la guerra con todo vigor, más aún, si fuera posible, que durante el consulado de Tito Quincio. Entonces Cayo Canuleyo se dirigió al Senado con un discurso breve y airado. Era, dijo, inútil que los cónsules esgrimieran las amenazas con la esperanza de distraer la atención de la plebe de las proposiciones de ley; mientras él viviese, nunca harían un alistamiento hasta que la plebe hubiese aprobado las medidas presentadas por él mismo y por sus colegas. En el acto convocó una Asamblea.

[4.2] Los cónsules empezaron a apremiar al Senado para tomar medidas contra los tribunos, y al mismo tiempo los tribunos provocaban agitación contra los cónsules. Los cónsules declararon que los procedimientos revolucionarios de los tribunos ya no serían tolerados, los asuntos habían llegado al punto de crisis y había una guerra en casa aún más amarga que la del extranjero. Esto no era tanto culpa de la plebe como del Senado, ni más de los tribunos que de los cónsules. Las cosas que más se desarrollan en un Estado son las que se alientan con recompensas; es así como los hombres vienen buenos ciudadanos en tiempos de paz y buenos soldados en tiempos de guerra. En Roma, se conseguían las mayores recompensas mediante las agitaciones sediciosas, éstas habían supuesto siempre honores a la gente, tanto individualmente como en conjunto. Los presentes deberían reflexionar sobre la grandeza y la dignidad del Senado, cómo la habían recibido de sus padres y considerar lo que iban a entregar a sus hijos, para que pudieran ser capaces de sentir orgullo al extender y hacer crecer su influencia, como la plebe se sentía orgullosa de las suyas. No había ninguna solución definitiva a la vista, ni la habría mientras a los agitadores se les honrase en proporción al éxito de su agitación. ¡Qué tremendas cuestiones había planteado Cayo Canuleyo! Abogaba por la confusión de las gens, manipulándolas con los auspicios, tanto los del Estado como los individuales, para que nada puro quedase, nada sin contaminación, y en la desaparición de las distinciones de rango nadie sabría distinguir a sus parientes. ¿Qué otro resultado tendrían los matrimonios mixtos, excepto hacer que las uniones entre patricios y plebeyos fuesen casi como la asociación promiscua de los animales? Los hijos de esos matrimonios no sabrían qué sangre corría por sus venas, qué ritos sagrados deberían oficiar; mitad patricios, mitad plebeyos, ni siquiera estaría en armonía consigo mismos. Y como si fuera un asunto sin importancia poner todas las cosas divinas y humanas en confusión, los perturbadores del pueblo se abalanzaban ahora sobre el consulado. En un primer momento, la cuestión de que uno de los cónsules fuera elegido por el pueblo se discutía sólo en conversaciones privadas, ahora se presentaba una moción dando poder al pueblo para elegir cónsules a quienes quisieran, patricios o plebeyos. Y no había sombra de duda de que elegirían a los más peligrosos revolucionarios de la plebe; Canuleyos e Icilios serían cónsules. ¡Ojalá que Júpiter Óptimo Máximo nunca permita que un poder tan verdaderamente real por su majestad caiga tan bajo! Preferirían morir mil muertes antes que sufrir la perpetración de tal ignominia. Si sus antepasados hubiesen adivinado que todas sus concesiones sólo servirían para hacer a la plebe más exigente, no más amistosa, pues su primer éxito sólo les había empujado a hacer más y más exigencias, era evidente que habrían antes resistido hasta el final que permitir que les obligasen con aquellas leyes. Al haberse hecho una vez una concesión en el asunto de los tribunos, se había hecho de nuevo; no había fin para ellas. Los tribunos de la plebe y el Senado no podían existir en el mismo Estado, esa magistratura o este orden (es decir, la nobleza) debían desaparecer. Debían oponerse a su insolencia y temeridad, y mejor tarde que nunca. ¿Se les iba a permitir con impunidad que indujeran a nuestros vecinos a la guerra al sembrar la semilla de la discordia e impedir así que el Estado se armase y defendiese contra quienes ellos habían despertado, y al fin convocado, al no permitir que se alistasen los ejércitos contra el enemigo? ¿Iba Canuleyo, en verdad, a tener la osadía de proclamar ante el Senado que hasta que no estuviesen dispuestos a aceptar sus condiciones, como las de un conquistador, impediría el alistamiento? ¿Qué otra cosa era aquello sino amenazar con traicionar a su país y permitir que fuera atacado y capturado? ¿¡Qué valor inspirarían sus palabras, no en la plebe romana, sino en los volscos, ecuos y Veyentinos!? ¿Qué no esperarían éstos, con Canuleyo como su líder, sino poder escalar el Capitolio y la Ciudadela, si los tribunos, después de despojar al Senado de sus derechos y su autoridad, le privaban también de su valor? Los cónsules estaban dispuestos dirigirles contra ciudadanos criminales antes que contra el enemigo en armas.

[4,3] En el momento mismo en que esto sucedía en el Senado, Canuleyo pronunció el siguiente discurso en defensa de sus leyes y en oposición a los cónsules: "Me imagino, Quirites, que a menudo he observado en el pasado cuán grandemente os despreciaban los patricios, cuánto les indignaba considerar que vivían en la misma Ciudad que ellos y dentro de las mismas murallas. Ahora, sin embargo, es perfectamente obvio, viendo con cuánta amargura se levantan para oponerse a nuestros proyectos de ley. ¿Porque, cuál es nuestro propósito al presentarlas, salvo recordarles que somos sus conciudadanos, y que aunque no tenemos el mismo poder, aún habitamos el mismo país? En una de estas leyes, exigimos el derecho a matrimonios mixtos, un derecho que normalmente se concede a vecinos y extranjeros (de hecho, les hemos concedido la ciudadanía, que es más que los matrimonios mixtos, incluso a un enemigo vencido); en otra no proponemos nada nuevo, simplemente pedimos que vuelva al pueblo lo que es del pueblo y reclamamos que el pueblo romano pueda otorgar sus honores a quien quiera. ¿Por qué motivo se debieran implicar los cielos y la tierra? ¿por qué recientemente, en la Curia, fui yo objeto de violencia personal? ¿por qué manifiestan que no estarán quietos y amenazan con atacar nuestra autoridad inviolable? ¿No pervivirá la Ciudad, acabará nuestro dominio si se permite votar libremente al pueblo romano y que confíe el consulado a quien quiera, si se impide a cualquier plebeyo tener la esperanza de alcanzar el más alto honor si lo merece? ¿Tiene la frase "Que ningún plebeyo sea cónsul" el mismo significado que "ningún esclavo o liberto sea cónsul"? ¿Alguna vez se dan cuenta del desprecio en que viven? Robarían si pudieran vuestra parte de luz diurna. Están indignados porque respiráis, habláis y tenéis la forma de hombres. ¡Y aún, si a los dioses place, dicen que sería un acto de impiedad que un plebeyo fuese nombrado cónsul! Aunque no se nos permite el acceso a los Fastos [calendario en que se anotaban las fechas de celebraciones, fiestas, juegos y los acontecimientos memorables.-N. del T.], o a los registros de los pontífices, os ruego que nos digáis si se nos permitirá saber lo que se permite saber a los extranjeros: que los cónsules han tomado el lugar de los reyes y que no poseen ningún derecho o privilegio que antes no hubiese correspondiendo a los reyes. ¿Supongo que nunca habéis oído decir que Numa Pompilio, que no sólo no era patricio sino ni siquiera ciudadano romano, fue llamado de la tierra de los sabinos y tras ser aceptado por el pueblo y confirmado por el Senado, reinó como rey de Roma? ¿O que, después de él, Lucio Tarquinio, que no sólo no pertenecía a ninguna gens romana sino ni siquiera a una italiana, siendo hijo de Demarato de Corinto, que se había asentado en Tarquinia, fue nombrado rey mientras los hijos de Anco estaban aún vivos? ¿O que, después de él, otra vez, Servio Tulio, el hijo ilegítimo de una esclava capturada en Cornículo, ganó la corona sólo por el mérito y la capacidad? ¿Tengo que mencionar al sabino Tito Tacio, con quien el propio Rómulo, el Padre de la Ciudad, compartió su trono? Mientras no se rechace a ninguna persona adornada de méritos notables, crecerá el poder de Roma. ¿Considerarán entonces con disgusto a un cónsul plebeyo, cuando nuestros antepasados no mostraron aversión a tener extranjeros como reyes? Ni siquiera después de la expulsión de los reyes se cerró la Ciudad al mérito extranjero. La gens Claudia, en todo caso, que emigró de entre los sabinos, fue recibida por nosotros no sólo a la ciudadanía, sino incluso entre las filas de los patricios. ¿Podrá ser patricio un hombre que era extranjero, y después cónsul, y a un ciudadano romano, si pertenece a la plebe, impedírsele toda esperanza al consulado? ¿Creemos que es imposible que un plebeyo sea valiente, enérgico y capaz, tanto en la paz como en la guerra? ¿o si existe un hombre así le impediremos tomar el timón del Estado? ¿hemos de tener, preferiblemente, cónsules como los decenviros, los más viles de los mortales (quienes, no obstante, eran todos patricios) en vez de hombres que recuerden a los mejores reyes, hombres nuevos como ellos? quienes si hay un hombre, ¿no le permitiera tocar el timón del Estado, vamos a tener, de preferencia, como los cónsules decenviros, los más vil de los mortales -que, sin embargo, eran patricios -y no los hombres que se parecen a los mejores de los reyes, hombres nuevos si se tratara?

[4.4] "Pero, se me puede decir, ningún cónsul, desde la expulsión de los reyes, ha sido elegido entre la plebe. ¿Y qué, entonces? ¿No se ha de introducir ninguna novedad? ¿y porque algo no se haya hecho aún (y en un nuevo pueblo hay muchas cosas que todavía no se han hecho), no se ha de hacer aún cuando sea algo favorable? En el reinado de Rómulo, no había pontífices, ni colegio de augures; fueron creados por Numa Pompilio. No había censos en el Estado, ni registro de clases y centurias, sino que fueron hechos por Servio Tulio. Nunca hubo cónsules; se crearon al expulsar a los reyes. No existía ni el poder ni el nombre de dictador; tuvo su origen en el Senado. No había tribunos de la plebe, ni ediles, ni cuestores; se decidió que debían crearse esas magistraturas. En los últimos diez años hemos designado decenviros a quienes encargamos poner por escrito las leyes, y luego suprimimos su magistratura. ¿Quién duda de que en una Ciudad fundada para siempre y sin límites a su crecimiento se han de nombrar nuevas autoridades, nuevos sacerdocios, modificaciones tanto en los derechos y privilegios de las gens como en los de los ciudadanos? ¿No hicieron esta prohibición de matrimonios mixtos entre patricios y plebeyos, que provoca tan serio daño a la república y tan gran injusticia a la plebe, los decenviros en estos últimos años? ¿Puede haber un mayor o más evidente signo de desgracia que una parte de la comunidad sea considerada indigna por la otra de celebrar matrimonios mixtos, como si estuviera contaminada? ¿Qué es esto sino sufrir el exilio y el destierro dentro de las propias murallas? Están vigilantes para no relacionarse con nosotros por afinidad o parentesco, para que nuestra sangre no se mezcle con la suya. ¿Por qué? la mayoría sois descendientes de albanos y sabinos y esta nobleza vuestra no la tenéis por nacimiento o sangre sino por cooptación en las filas patricias, habiendo sido elegidos para tal honor tanto por los reyes o, tras su expulsión, por mandato del pueblo. Si vuestra nobleza es contaminada por la unión con nosotros, ¿no la podríais haber mantenido pura mediante normas privadas, o no buscando novias entre la plebe y no sufriendo que vuestras hermanas o hijas se casen fuera de vuestro orden? Ningún plebeyo violentará a una virgen patricia, son los patricios quienes se entregan a tales prácticas criminales. Ninguno de nosotros ha obligado a otro a casarse en contra de su voluntad. Pero, en realidad, que esto pueda prohibirse por ley y que el matrimonio entre patricios y plebeyos se imposibilite es, de hecho, insultante para la plebe. ¿Por qué no se unen para prohibir los matrimonios entre ricos y pobres? En todas partes y en todas las épocas ha habido el consenso de que una mujer podía casarse en cualquier casa con la que se le hubiera prometido, y que un hombre podía casarse con una mujer de cualquier casa con la que se le hubiera prometido; y si este acuerdo encadenáis con la más insolente de las leyes, con ella quebraréis la sociedad y dividiréis en dos al Estado. ¿Por qué no redactáis una ley para que ningún plebeyo pueda ser vecino de un patricio, o que pueda caminar por su mismo camino, o sentarse junto a él en un banquete o permanecer en el mismo Foro? Porque, de hecho, ¿qué diferencia hay en que un patricio se case con una mujer plebeya o en que un plebeyo se case con una patricia? ¿Qué derechos se vulneran, por favor? Por supuesto, los hijos siguen el padre. No hay nada que busquemos en los matrimonios mixtos con vosotros, excepto que ahora se cuente con nosotros entre los hombres y los ciudadanos; no hay nada que podáis hacer, a menos que dejéis de disfrutar tratando de ver cuánto nos podéis insultar y degradarnos.

[4,5] "En una palabra, ¿os pertenece a vosotros el poder supremo o al pueblo romano? ¿Supuso la expulsión de los reyes vuestra absoluta supremacía o la libertad e igualdad para todos? ¿Es correcto y apropiado que el pueblo romano promulgue una ley si así lo desea, o vais, siempre que se proponga algo, a ordenar un alistamiento como forma de castigo? ¿Voy a llamar a las tribus a votar y, tan pronto como empiece, vais los cónsules a convocar a los aptos para el servicio para que pronuncien el juramento militar y luego enviarlos fuera al campamento, amenazando por igual a la plebe y a los tribunos? ¿No habéis comprobado en dos ocasiones qué valen vuestras amenazas contra una plebe unida? Me pregunto si era por nuestro bien que os abstuvisteis de un conflicto abierto; ¿pudiera ser que no quisierais la lucha porque el partido más firme era también el más modesto? Tampoco habrá ningún conflicto ahora, Quirites; ellos siempre tantearán vuestro ánimo, pero nunca vuestra fuerza. Y así, cónsules, los plebeyos están listos para seguiros a esas guerras, sean reales o imaginarias, a condición de que al restaurar el derecho a los matrimonios mixtos por fin se una esta república, que puedan unirse con vosotros por lazos familiares, que la esperanza de alcanzar altas magistraturas se afirme para los hombres de capacidad y energía, que esté abierto para ellos el asociarse a vosotros compartiendo el gobierno, y (lo que es la esencia de la justa libertad) regir y obedecer cuando corresponda, en la sucesión anual de magistrados. Si alguno va a obstaculizar estas medidas, podéis hablar de guerras y exagerarlas con rumores, nadie dará su nombre, nadie tomará las armas, nadie va a luchar por amos dominadores con quienes no tienen derecho en la vida pública a igualdad y honores, ni en la vida privada a los matrimonios mixtos."

[4,6] Después que los dos cónsules se hubieran presentado en la Asamblea, los discursos dieron lugar a un altercado personal. El tribuno preguntó por qué no era adecuado que un plebeyo fuese elegido cónsul. Los cónsules dieron una respuesta que, aunque tal vez resultase cierta, resultó desafortunada en vista de la controversia que se mantenía. Dijeron: "Debido a que un plebeyo no podía tomar los auspicios, y la razón por la que los decenviros pusieron fin a los matrimonios mixtos fue para impedir que los auspicios quedasen contaminados por la incertidumbre de la descendencia". Esta respuesta exasperó amargamente a los plebeyos, pues creyeron que se les consideraba incompetentes para tomar los auspicios porque resultaban odiosos a los dioses inmortales. En la medida en que tenían en su tribuno al más enérgico líder y le apoyaban con la máxima determinación, la controversia terminó con la derrota de los patricios. Éstos consintieron con que se aprobase la ley del matrimonio mixto; principalmente porque creían que, con esto, o los tribunos abandonaban la demanda de cónsules plebeyos o, por lo menos, la pospondrían hasta después de la guerra, y que los plebeyos, contentos con lo que habían obtenido, se dispondrían a alistarse. Debido a su victoria sobre los patricios, Canuleyo era ahora inmensamente popular. Impulsados por su ejemplo, los demás tribunos lucharon con la mayor energía para garantizar la aprobación de su propuesta; y a pesar de que los rumores de guerra se hacían cada día más graves, ellos obstruían el alistamiento. Como ningún negocio podía ser tramitado en la Curia debido a la intervención de los tribunos, los cónsules celebraron los consejos con los notables en sus propias casas.

Era evidente que tendrían que ceder la victoria, fuese a sus enemigos extranjeros o a sus propios compatriotas. Valerio y Horacio fueron los únicos hombres de rango consular que no asistieron a estos consejos. Cayo Claudio estaba a favor de facultar a los cónsules para usar la fuerza armada contra los tribunos; los Quincios, Cincinatos y Capitolinos estaban en contra de herir o derramar la sangre de aquellos a los que en su tratado con la plebe habían consentido considerar inviolables. El resultado de sus deliberaciones fue que permitieron que los tribunos militares con poderes consulares fuesen elegidos tanto entre los patricios como entre los plebeyos; no se hizo ningún cambio en la elección de los cónsules. Este acuerdo satisfizo a los tribunos y a la plebe. Se notificó que se celebraría una Asamblea para la elección de tres tribunos con poderes consulares. No bien se hubo hecho este anuncio, cuando todos los que habían actuado o hablado fomentando la sedición, especialmente los que habían sido tribunos, se presentaron como candidatos y empezaron a moverse por el Foro en busca de votos. A los patricios, al principio, se disuadían de pretender la elección, pues al ver el estado de ánimo exasperado de los plebeyos consideraban que no tenían esperanzas, y estaban disgustados ante las perspectiva de tener que ocupan un cargo junto a aquellos hombres. Por último, bajo presión de sus líderes, para que no pareciese que se habían retirado de toda participación en el gobierno, consintieron en presentarse. El resultado de las elecciones demostró que cuando los hombres luchaban por la libertad y el derecho a desempeñar cargos, sus ánimos eran distintos de cuando ya había pasado la disputa y se podían formar un juicio imparcial. El pueblo estaba satisfecho ahora que se permitía votar a los plebeyos y no eligió a nadie sino a los patricios. ¿Cuándo en estos días se encontraría en un sólo individuo la moderación, la justicia y nobleza de espíritu que caracterizó entonces a todo el pueblo?

[4,7] En el tricentésimo décimo año después de la fundación de Roma -444 a.C-, los tribunos militares con poderes consulares asumieron su cargo por primera vez. Sus nombres eran Aulo Sempronio Atratino, Lucio Atilio, y Tito Cecilio, y durante su permanencia en el cargo la concordia en casa aseguró la paz en el extranjero. Algunos autores omiten toda mención a la propuesta de elegir cónsules de entre la plebe, y afirman que la creación de tres tribunos militares investidos con la insignia y la autoridad de los cónsules se hizo necesaria por la incapacidad de los dos cónsules para hacer frente al mismo tiempo a la Guerra Veyentina además de la guerra con los ecuos y los volscos y la deserción de Ardea. La jurisdicción de esa magistratura no estaba aún, sin embargo, firmemente establecida, por lo que a consecuencia de la decisión de los augures dimitieron de su cargo después de tres meses, debido a alguna irregularidad en su elección. Cayo Curtius, que había presidido su elección, no había ocupado correctamente su posición para tomar los auspicios. Llegaron embajadores de Ardea para quejarse de la injusticia cometida contra ellos; prometieron que si se corregía mediante la restauración de su territorio, se regirían por el tratado y seguirían siendo buenos amigos de Roma. El Senado respondió que ellos no tenían poder para anular una sentencia del pueblo, no existía precedente o ley que lo permitiera y que la necesidad de preservar la armonía entre los dos órdenes lo hacía imposible. Si los Ardeatinos estaban dispuestos a esperar que llegase el momento oportuno y a dejar la reparación de sus agravios en manos del Senado, luego se felicitarían por su moderación y descubrirían que los senadores estaban tan ansiosos porque no se les hiciera ninguna injusticia como porque la que se hubiera hecho se reparase rápidamente. Los embajadores dijeron que trasladarían todo el asunto de nuevo ante su Senado, luego fueron cortésmente despedidos.

Como el Estado estaba ahora sin ningún magistrado curul, los patricios se reunieron y nombraron a un interrex. Debido a una disputa acerca de si debían elegirse cónsules o tribunos militares, el interregno duró varios días. El interrex y el Senado trataron de asegurar la elección de cónsules; la plebe y sus tribunos la de tribunos militares. Ganó el Senado, pues los plebeyos estaban seguros de conferir cualquiera de los honores a los patricios y se abstuvieron de protestas vanas; mientras, sus líderes preferían una elección en la cual no tuvieran que dar sus votos a alguien indigno de desempeñar la magistratura. Los tribunos, también, renunciaron a una infructuosa protesta en beneficio de los líderes del Senado. Tito Quincio Barbado, el interrex, eligió como cónsules a Lucio Papirio Mugilano y a Lucio Sempronio Atratino -444 a.C.-. Durante su consulado se renovó el tratado con Ardea. Esta es la única prueba de que fueron los cónsules de ese año, pues no se les encuentra en los antiguos anales ni en la lista oficial de magistrados. La razón, según yo creo, fue que al haber al comienzo del año tribunos militares, los nombres de los cónsules que les sustituyeron fueron omitidos, como si los tribunos hubieran seguido en ejercicio durante todo el año. Según Licinio Macer, sus nombres se encontraron en la copia del tratado con Ardea, así como en los Libros Linteos del templo de Moneta [eran estos unos libros de tela o lienzo sobre tabla. Su uso en asuntos públicos está atestiguado hasta el siglo IV.-N. del T.]. A pesar de los síntomas alarmantes de disturbios entre las naciones vecinas, las cosas transcurrieron tranquilas, tanto en el extranjero como en casa.

[4,8] Tanto si hubo tribunos ese año como si fueron sustituidos por los cónsules, no hay duda de que al año siguiente -443 a.C.-los cónsules fueron Marco Geganio Macerino y Tito Quincio Capitolino; el primero fue cónsul por segunda vez, el último por quinta. Este año vio el comienzo de la censura, un cargo que, a partir de un comienzo modesto, llegó a ser de tal importancia que tenía la regulación de la conducta y la moral de Roma, el control del Senado y del orden ecuestre; la potestad para elevar y degradar también estaba en manos de estos magistrados; los derechos legales relativos a los lugares públicos y la propiedad privada, y los ingresos del pueblo romano, estaban bajo su control absoluto. Su origen se debió al hecho de que no se había celebrado un censo del pueblo durante muchos años, y ya no podía posponerse; pero los cónsules, con tantas guerras inminentes, no se sentían con plena libertad para afrontar la tarea. Se sugirió en el Senado que, como el asunto resultaría complicado y laborioso, no del todo adecuado para los cónsules, se necesitaba un magistrado especial que supervisara y custodiara las listas y tablas de registro y fijara la valoración de la propiedad y la situación de los ciudadanos a su discreción. Al no ser una propuesta de gran importancia, el Senado la aprobó gustosamente, ya que aumentaría el número de magistrados patricios del Estado, y yo creo que ellos preveían lo que realmente sucedió, que la influencia de quienes desempeñaran el cargo pronto aumentaría su autoridad y dignidad. Los tribunos, también, mirando más a la necesidad que ciertamente había de tal cargo que al prestigio de proporcionaría su administración, no se opusieron, para que no pareciese que se oponían hasta en los asuntos más pequeños. Los hombres más notables del Estado declinaron el honor, así que Papirio y Sempronio (sobre cuyos consulados hay dudas) fueron elegidos por el sufragio del pueblo para realizar el censo. Su elección para esta magistratura se hizo para recompensar el carácter incompleto de su consulado. Por las tareas que tenían que cumplir fueron llamados censores.

[4,9] Mientras esto ocurría en Roma, llegaron los embajadores de Ardea reclamando, en nombre de la antigua alianza y el tratado recientemente renovado, ayuda para su ciudad que había quedado casi destruida. No se les permitió, dijeron, disfrutar de la paz que en cumplimiento de la más sólida política habían mantenido con Roma, debido a conflictos internos. El origen y motivo de éstos se dice que fueron en parte unas luchas, que habían sido y serían más ruinosas para la mayoría de los Estados que las guerras exteriores o el hambre y la peste, o cualquiera de las otras cosas que se atribuyen a la ira de los dioses y que son los últimos males que un Estado pueda sufrir. Dos jóvenes cortejaban a una muchacha de origen plebeyo, célebre por su belleza. Uno de ellos, igual a la muchacha en nacimiento, era favorecido por sus tutores, que pertenecían a su misma clase; el otro, un joven noble cautivado únicamente por su belleza, era animado por la simpatía y buena voluntad de la nobleza. Este sentimiento incluso penetró parcialmente en la casa de la doncella, pues su madre, que deseaba para su hija un matrimonio tan alto como fuera posible, prefería al joven noble; mientras, los tutores, llevando su partidismo incluso hasta estos asuntos, trabajaban en favor del hombre de su propia clase. Como el asunto no se pudo resolver dentro de los muros de la casa, lo llevaron a juicio. Después de escuchar los razonamientos de la madre y de los tutores, los magistrados sentenciaron que se dispusiera el matrimonio de la muchacha de conformidad con los deseos de la madre. Pero fue más poderosa la violencia; pues lo tutores, tras arengar a cierto número de sus partidarios en el Foro sobre la iniquidad de la sentencia, reunieron un grupo de hombres y se llevaron a la doncella de casa de su madre. Fueron recibidos por una tropa aún más decidida de nobles, reunidos para acompañar a su joven compañero, que estaba furioso por el ultraje. Estalló una lucha desesperada y los plebeyos llevaron la peor parte. Con un espíritu muy diferente al de la plebe romana, marcharon completamente armados fuera de la ciudad y se apoderaron de una colina desde la que atacaron las tierras de los nobles y las asolaron a fuego y espada. Una multitud de artesanos, que no habían tomado parte previamente en el conflicto, excitados por la esperanza del saqueo, se unió a ellos y se hicieron los preparativos para sitiar la ciudad. Todos los horrores de la guerra estaban presentes en la ciudad, como si se hubiera infectado con la locura de los dos jóvenes que buscaban con las nupcias mortales la ruina de su país. Ambas partes consideraron la necesidad de reforzar sus fuerzas; los nobles acudieron a los romanos para que ayudaran a su sitiada ciudad; la plebe indujo a los volscos para que se les unieran en el ataque a Ardea. La volscos, bajo la dirección de Cluilio, el ecuo, fueron los primeros en llegar y establecieron líneas de circunvalación alrededor de los murallas enemigas. Cuando las noticias de esto llegaron a Roma, el cónsul Marco Geganio partió en seguida con un ejército y situó su campamento a tres millas [4440 metros.-N. del T.] del enemigo, y como el día ya declinaba ordenó a sus hombres que descansaran. En la cuarta vigilia [un poco antes del amanecer; la noche se dividía en cuatro vigilias o guardias.-N. del T.] ordenó avanzar, y con tanta rapidez se efectuó y completó la orden, que al amanecer los volscos se vieron cercados por una circunvalación aún más fuerte que la que ellos habían realizado alrededor de la ciudad. En otra parte, el cónsul construyó un camino cubierto hasta la muralla de Ardea por la que sus amigos en la ciudad pudieran ir y venir.

[4.10] Hasta ese momento, el comandante volsco no había dispuesto reservas de provisiones, pues había podido alimentar a su ejército con el grano que llevaban cada día desde los campos vecinos. Ahora, sin embargo, al verse de pronto encerrado por las líneas romanas, se encontró desprovisto de todo. Invitó al cónsul a una conferencia, y le dijo que si el motivo por el que habían venido los romanos era levantar el sitio, él retiraría a los volscos. El cónsul respondió que correspondía a la parte derrotada someterse a las condiciones, no imponerlas, y que como los volscos habían venido por su propia voluntad a atacar a los aliados de Roma, no se marcharían en los mismos términos. Les exigió deponer sus armas, entregar a su general y reconocer su derrota poniéndose a sus órdenes; de lo contrario, tanto se quedasen como se marchasen, él se mostraría como un enemigo implacable pues antes quería llevar a Roma una victoria sobre ellos que no una paz fingida. La única esperanza de los volscos estaba en sus armas, y aunque no eran muchas, se arriesgaron. El terreno les era desfavorable para luchar, y más aún para huir. Como eran masacrados por todas partes, pidieron cuartel, pero sólo se les permitió salir después que su general se hubo rendido, hubieron entregado las armas y se pusieron bajo el yugo. Apesadumbrados por la desgracia y el desastre, se marcharon cubiertos con una sola prenda cada uno. Se detuvieron cerca de la ciudad de Túsculo, y debido a un viejo rencor que esa ciudad guardaba contra ellos, les atacaron por sorpresa, e indefensos como estaban, sufrieron un severo castigo, dejando unos pocos para llevar noticia de la catástrofe. El cónsul resolvió los problemas en Ardea decapitando a los cabecillas de los desórdenes y confiscando sus bienes en beneficio del tesoro de la ciudad. Los ciudadanos consideraban que la injusticia de la reciente decisión [ver libro 3,72.-N. del T.] quedó compensada por el gran servicio que Roma les había prestado, pero el Senado pensada que aún se debía hacer algo para borrar el recuerdo de la avaricia pública. El cónsul Quincio logró la difícil tarea de rivalizar en su administración civil con la gloria militar de su colega. Mostró tanto cuidado en mantener la paz y la concordia administrando justicia equitativamente a los más altos y a los más bajos, que mientras el Senado le consideraba un cónsul severo, los plebeyos lo tenían por uno indulgente. Se mantuvo firme contra los tribunos más por su autoridad personal que con hechos concretos. Cinco consulados marcados por el mismo tenor de conducta, toda una vida vivida de una manera digna de un cónsul, investido el hombre mismo con casi más reverencia que el cargo que ocupaba. Mientras estos dos hombres fueron cónsules no se habló de tribunos militares.

[4.11] Los nuevos cónsules fueron Marco Fabio Vibulano y Postumio Ebucio Cornicine -442 a.C.-. El año anterior fue considerado por los pueblos vecinos, fueran amistosos u hostiles, como el más memorable debido a la dificultad de los problemas asumidos para ayudar a Ardea en su peligro. Los nuevos cónsules, conscientes de que sucedían a hombres que se habían distinguido tanto en casa como en el exterior, estaban ansiosos por borrar de la mente de los hombres la infame sentencia. En consecuencia, obtuvieron un decreto senatorial ordenando que como la población de Ardea había sido gravemente reducida por los disturbios internos, un cuerpo de colonos se enviaría allí como protección contra los volscos. Este fue el motivo alegado en el texto del decreto, para ocultar su intención de anular la sentencia sin que sospechase la plebe y los tribunos. Habían acordado privadamente, no obstante, que la mayoría de los colonos serían rutulianos, que no se les daría otras tierras que las que se habían apropiado bajo la sentencia infame, y que ni un terrón se asignaría a un romano hasta que todos los rutulianos hubieran recibido su lote. Así volvió la tierra a los ardeatinos. Agripa Menenio, Tito Cluilio Sículo y Marco Ebucios Helva fueron los triunviros designados para supervisar el asentamiento de la colonia. Su cargo resultó no sólo muy impopular, sino que ofendió mucho a la plebe al repartir a los aliados tierras que la plebe había declarado oficialmente de su propiedad. Ni siquiera contaron con el favor de los líderes de los patricios, porque rehusaron dejarse influir por ellos. Los tribunos les encausaron, pero evitaron las actuaciones vejatorias al inscribirse a sí mismos entre los colonos y permaneciendo en la colonia que ahora poseían como testimonio de su justicia e integridad.

[4.12] Hubo paz en el extranjero y en el hogar durante este año y el año siguiente, cuando Cayo Furio Pacilo y Marco Papirio Craso fueron cónsules -441 a.C.-. Los Juegos Sagrados, que de acuerdo con un decreto senatorial habían sido dedicados por los decenviros con ocasión de la secesión de la plebe, se celebraron ese año. Petilio, que volvió a plantear la cuestión de la división del territorio, fue nombrado tribuno. Hizo esfuerzos infructuosos para provocar una sedición, y fue incapaz de prevalecer sobre los cónsules para llevar la cuestión ante el Senado. Después de gran lucha logró que el Senado debiera ser consultado tanto para las siguientes elecciones de cónsules como de tribunos consulares. Ordenaron que se eligieran cónsules. Se rieron de las amenazas del tribuno cuando amenazó con obstruir el alistamiento en un momento en que los estados vecinos estaban en paz y no había necesidad de guerra ni de prepararse para ella. Próculo Geganio Macerino y Lucio Menenio Lanato fueron los cónsules para el año -440 a.C.-que siguió a este estado de tranquilidad; un año notable por los múltiples desastres y peligros, sediciones, hambre y riesgo inminente de que el pueblo fuese sobornado e inclinase su cuello ante un poder despótico. Sólo faltaba una guerra extranjera. Si ésta hubiera ocurrido, para agravar el malestar universal, no habría sido posible resistir aún con la ayuda de todos los dioses.

Las desgracias empezaron con una hambruna, debida según unos a que el año no había sido favorable para los cultivos, o a que los cultivos habían sido abandonados por la atracción de los asuntos políticos y la vida en la Ciudad; ambos motivos fueron aducidos. El Senado culpó a la pereza de la plebe, los tribunos acusaban a los cónsules unas veces de falta de honradez y otras de negligencia. Por fin indujeron a la plebe, con la aquiescencia del Senado, para que nombrasen como Prefecto de la Anona [Praefectus Annonae en el original latino: encargado del suministro de grano a la Ciudad. Aún no se trataba de una magistratura anual y regular sino, más bien, de un cargo extraordinario.-N. del T.] a Lucio Minucio. En ese puesto tuvo más éxito como vigilante de la libertad que en el desempeño de su cargo, aunque al final se ganó merecidamente la gratitud y la reputación de haber aliviado la escasez. Envió a numerosos agentes por mar y tierra para visitar a las naciones vecinas pero, con la única excepción de Etruria, que presentó una oferta reducida, su misión fue infructuosa y no alivió el mercado. Se dedicó entonces a administrar cuidadosamente la escasez, y obligó a todos los que tenían algún grano a declarar la cantidad, y tras detraer el suministro de un mes para su propio consumo, vendió el resto al Estado. Reduciendo las raciones diarias de los esclavos a la mitad, sometiendo a los comerciantes de grano a la execración pública, con métodos rigurosos e inquisitoriales puso al descubierto la escasez y también la alivió. Muchos de la plebe perdieron toda esperanza, y en vez de arrastrar una vida de miseria se cubrieron la cabeza y se arrojaron al Tíber.

[4.13] Fue por ese tiempo cuando Espurio Melio, miembro del orden ecuestre y un hombre muy rico para esos días, se dio a una empresa, útil en sí misma, pero que sentaba un muy mal precedente y estaba dictada por motivos aún peores. A través de la intermediación de sus clientes y amigos extranjeros compró grano en Etruria, y esta misma circunstancia, creo, obstaculizó los esfuerzos del Gobierno por abaratar el mercado. Distribuyó gratuitamente ese grano y así se ganó el corazón de los plebeyos con su generosidad, de modo que donde quiera que fuese le acompañaba mucha gente que le veía como si fuera más que un simple mortal, y su popularidad parecía un presagio seguro de un consulado. Pero las mentes de los hombres nunca están satisfechas con las promesas de la Fortuna, y empezó a codiciar los más altos e inalcanzables objetivos; sabía que el consultado tendría que ganarse contra el deseo de los patricios, así que empezó a soñar con la realeza. Consideraba ésta como la única recompensa digna de sus grandes esfuerzos y gestiones. Las elecciones consulares estaban a punto de celebrarse, y como sus planes aún no habían madurado, esta circunstancia mostró ser su ruina. Tito Quincio Capitolino, un hombre muy difícil para cualquiera que pensase en una revolución, fue elegido cónsul por sexta vez, y Agripa Menenio, apodado Lanato, le fue asignado como colega -439 a.C.-. Lucio Minucio fue nombrado de nuevo Prefecto de la Anona, o bien su designación inicial lo era por tiempo indefinido mientras lo exigiesen las circunstancias; no hay nada definitivamente establecido más allá del hecho de que el nombre del prefecto fue incluido en los Libros Linteos entre los magistrados de ambos años. Minucio se encontraba desempeñando la misma función como funcionario del Estado que Melio había adoptado como ciudadano privado, y la misma clase de personas frecuentaban las dos casas. Hizo un descubrimiento que puso en conocimiento del Senado, a saber, que se estaban reuniendo armas en casa de Melio y que éste estaba manteniendo reuniones secretas donde se estaba planeando, sin duda, establecer una monarquía. El momento de para la acción no ha sido aún fijado, pero todo lo demás se había acordado; se había comprado a los tribunos para que traicionasen las libertades del pueblo, y a estos jefes del populacho se les había encargado diversas partes. Había, dijo, retrasado la presentación del informe casi hasta resultar demasiado tarde para la seguridad pública, para que no aparecer como autor de sospechas vagas y sin fundamento.

Al oír esto los líderes del Senado censuraron a los cónsules del año anterior por haber permitido las distribuciones gratuitas de trigo y las reuniones secretas subsiguientes, y fueron igualmente severos con los nuevos cónsules por haber esperado hasta que el Prefecto de la Anona hubiera hecho su informe, pues un asunto de tanta importancia no sólo tendría que haber sido denunciado por ellos, sino que también debían haberse ocupado de él. En respuesta, Quincio dijo que la censura contra los cónsules era inmerecida ya que, obstaculizados como estaban por las leyes que daban derecho de apelación, que se aprobaron para debilitar su autoridad, estaban lejos de poseer tanto poder como voluntad de castigar a los atroces con la severidad que merecían. Lo que se quería era no sólo un hombre fuerte, sino uno que fuera libre de actuar, sin ataduras legales. Él, por lo tanto, debía proponer a Lucio Quincio como dictador, pues tenía el coraje y la resolución que exigían tan grandes poderes. Todos aprobaron esta propuesta. Quincio al principio se negó y les preguntó qué pretendían exponiéndolo al final de su vida a una lucha tan amarga. Por fin, después que de todas partes de la Cámara le llovieran bien merecidos elogios y se le asegurase que "en mente de tanta edad no sólo había más sabiduría, sino también más valor que en todas las demás", mientras el cónsul se adhería a su decisión, consintió. Después de una orar a los dioses inmortales para que en momento de tanto peligro su vejez no resultase fuente de dato o descrédito para la república, Cincinato fue nombrado dictador. Nombró a Cayo Servilio Ahala como jefe de caballería -439 a.C.-.

[4.14] Al día siguiente, después de situar guardias en diferentes puntos, bajó al Foro. La novedad y el misterio de la cuestión atrajo hacia él la atención de la plebe. Melio y sus aliados se dieron cuenta de que este tremendo poder se dirigía contra ellos, mientras que los que no sabían nada de la trama preguntaban qué disturbios o guerra repentina requerían de la suprema autoridad de un dictador, y aún que Quincio, a sus ochenta años, asumiese el gobierno de la república. Servilio, el jefe de caballería, fue enviado por el dictador a Melio con un mensaje: "El dictador te convoca". Alarmado por la citación, le preguntó qué significaba. Servilio le explicó que tenía que afrontar su juicio y defenderse de la acusación formulada contra él por Minucio en el Senado. En éstas, Medio se retiró entre su grupo de seguidores y mirando alrededor de ellos empezó a escabullirse; entonces un funcionario, por orden del jefe de caballería, le atrapó y empezó a llevárselo. Los espectadores lo rescataron, y mientras huía imploró "la protección de la plebe romana", y dijo que era víctima de una conspiración entre los patricios porque había actuado con generosidad hacia la plebe. Él los invitó a venir en su ayuda en esta crisis terrible, y no sufrir que lo masacraran ante sus ojos. Mientras él hacía estos llamamientos, Servilio le persiguió y lo mató. Salpicado con la sangre del hombre muerto y rodeado por un grupo de jóvenes patricios, regresó donde estaba el dictador y le informó de que Melio, tras ser convocado a comparecer ante él, había rechazado a su funcionario e incitado al populacho a un motín, y que ahora había recibido el castigo que merecía. "¡Bien hecho!", dijo el dictador "Cayo Servilio, has salvado a la República".

[4.15] El pueblo no sabía qué hacer respecto a estos hechos y estaba cada vez excitado. El dictador ordenó que se le convocara a una Asamblea. Les declaró abiertamente que Melio había sido muerto legalmente, incluso si no hubiera sido culpable del cargo de aspirar al poder real, porque se negó a presentarse ante el dictador cuando fue convocado por el jefe de caballería. Que él, Cincinato, se había dedicado a investigar el caso; que después que lo hubiera investigado, Melio habría sido tratado de acuerdo con el resultado. Que al emplear la fuerza, para que no se le pudiera citar a juicio, se le tuvo que obligar a la fuerza. Ni se debía proceder con él como con un ciudadano que, habiendo nacido en un Estado libre bajo leyes y derechos asentados, en una Ciudad de la que él sabía que se había expulsado la monarquía; y que en el mismo año, a los hijos de la hermana del rey y a los hijos del cónsul que liberó a su patria les había condenado a muerte su propio padre, al descubrirse que habían conspirado para restaurar la realeza en la Ciudad; una Ciudad en que a Colatino Tarquinio el cónsul, odiado por su nombre, se le ordenó dimitir de su magistratura y marchar al exilio; en la que se ejecutó a Espurio Casio varios años después por hacer planes para asumir la soberanía; en la que los decenviros fueron recientemente condenados con la confiscación, el exilio y la muerte por su tiranía y despotismo; ¡en esa Ciudad Melio había planeado obtener el poder Real! ¿Y quién era este hombre? Porque ni la nobleza de nacimiento, ni los honores, ni los servicios al Estado abrían el camino de ningún hombre al poder soberano; ni aún a los Claudios ni a los Casios, por sus consulados, sus decenviratos, sus propios méritos y los de sus antepasados, ni por el esplendor de sus familias, se les permitió que aspirasen a alturas a las que resultaba impío elevarse. Pero Espurio Melio, para quien el tribunado de la plebe era más un objeto de deseo que una aspiración, un rico mercader de grano, había concebido la esperanza de comprar la libertad de sus compatriotas por dos libras de farro; había supuesto que un pueblo victorioso sobre todos sus vecinos podía ser arrastrado a la servidumbre arrojándole unos puñados de comida; ¡que a una persona a quien el Estado difícilmente podría digerir como senador, la toleraría como rey, en posesión de las insignias y autoridad de Rómulo, su fundador, que había descendido y luego regresado entre los dioses! Su acción debía ser considerada más una monstruosidad que un delito; y para expiar tal monstruosidad no bastaba con su sangre: se debían arrasar hasta allanarlo los muros entre los que se concibió tal locura, y su propiedad, contaminada por el precio de la traición, debía ser confiscada por el Estado. Ordenó, por lo tanto, que los cuestores vendieran esta propiedad y depositaran los beneficios en el Tesoro.

[4.16] A continuación dio órdenes para que la casa fuese inmediatamente arrasada y que el lugar donde estuvo fuese un perpetuo recordatorio de las impías esperanzas aplastadas. Posteriormente fue llamado el Equimelio. Lucio Minucio se presentó con la imagen de un buey de oro a las afueras de la puerta Trigemina. Como distribuyera el grano que había pertenecido a Melio al precio de un as por modio [el modio civil equivalía a unos 8,752 litros; el militar a 17,504 litros.-N. del T.], la plebe no planteó ninguna objeción a que se le honrase así: Encuentro dicho por algunos autores que este Minucio se pasó de los patricios a los plebeyos y que, después de ser elegido como undécimo tribuno, sofocó un disturbio que se produjo como consecuencia de la muerte de Melio. Resulta, sin embargo, difícilmente creíble que el Senado hubiera permitido este incremento en el número de los tribunos; o que un patricio, sobre todo, hubiera sentado tal precedente; ni que la plebe, tras serle concedida, no la mantuviera o por lo menos lo intentase. Pero la refutación más concluyente de la falsedad de la inscripción de la estatua se halla en la disposición legal, aprobada unos años antes, por la cual no era legal que los tribunos eligiesen un colega. Quinto Cecilio, Quinto Junio y Sexto Ticinio fueron los únicos miembros del colegio de tribunos que no apoyaron la propuesta de honrar a Minucio; y nunca dejaron de atacarles, unas veces a Minucio y otras a Servilio, ante la Asamblea ni de acusarles de la muerte inmerecida de Melio. Tuvieron éxito al asegurarse, en las siguientes elecciones, el nombramiento de tribunos militares en vez de cónsules, pues no tenían dudas de que para las seis vacantes (el número que se podía elegir en ese momento) serían elegidos algunos plebeyos, al darse cuenta de que ellos podrían vengar la muerte de Melio. Pero a pesar de la inquietud de los plebeyos por las muchas conmociones del año, no consiguieron nombrar más que tres tribunos con poderes consulares; entre ellos, Lucio Quincio, el hijo del Cincinato que, como dictador, levantó tanto odio que dio pretexto para los disturbios. Mamerco Emilio, hombre de la mayor dignidad, consiguió el mayor número de votos y Lucio Julio quedó en tercer lugar -438 a.C.-.

[4.17] Durante su magistratura, Fidenas, una colonia romana, se rebelaron y entregaron a Lars Tolumnio, rey de los veyentinos. La revuelta se agravó por un delito, a saber: Cayo Fulcinio, Clelio Tulio, Espurio Ancio y Lucio Roscio, que fueron enviados como embajadores para conocer las razones de este cambio de política, fueron asesinados por orden de Tolumnio. Algunos tratan de exculpar al rey, alegando que mientras jugaba a los dados hizo un lanzamiento afortunado y empleó una expresión ambigua que podía haber sido tomada como una orden para matarlos, y que los fidenenses lo tomaron así y esta fue la causa de la muerte de los embajadores. Esto resulta increíble; no es posible creer que cuando los fidenenses, sus nuevos aliados, llegasen para consultarle el cometer un asesinato que violaba el derecho de gentes, él hubiera vuelto sus pensamientos al juego, o que luego hubiera imputado el crimen a un malentendido. Es mucho más probable que él desease implicar a los fidenenses en tan horrible crimen, para que no les fuera posible esperar una reconciliación con Roma. Las estatuas de los embajadores asesinados se pusieron en los Rostra [tribuna desde la que se hacían los discursos en el Foro y que, desde el año 338 a.C., estaba adornada con los "rostra" o espolones de los navíos tomados a los anciates.-N. del T.]. Debido a la proximidad entre veyentinos y fidenenses, y todavía más por el nefasto crimen mediante el que habían comenzado la guerra, la lucha se presumía atroz. La intranquilidad por la seguridad nacional mantuvo tranquila a la plebe, y sus tribunos no plantearon dificultad para la elección de Marco Geganio Macerino como cónsul por tercera vez y de Lucio Sergio Fidenas, quien, según creo, fue así llamado por la guerra que después llevó a cabo -437 a.C.-. Él fue el primero que venció en un combate contra el rey de Veyes, a este lado del Anio. La victoria que obtuvo no fue de ninguna manera incruenta; hubo más duelo por los compatriotas muertos que alegría por la derrota enemiga. Debido la situación crítica de los asuntos públicos, el Senado ordenó que Mamerco Emilio fuera proclamado dictador. Eligió como su jefe de caballería a Lucio Quincio Cincinato, que había sido su colega en el colegio de tribunos consulares el año anterior, un hombre joven digno de su padre. A las fuerzas alistadas por los cónsules se añadió un cierto número de centuriones veteranos, expertos en la guerra, para completar el número de los que se perdieron en la última batalla. El dictador ordenó a Tito Quincio Capitolino y a Marco Fabio Vibulano que lo acompañaran como segundos al mando. El mayor poder del dictador, en manos de un hombre digno del mismo, desalojó al enemigo del territorio romano y lo envió al otro lado del Anio. Ocupó la línea de colinas entre Fidenas y el Anio, donde se atrincheró, y no bajó a las llanuras hasta las legiones de los faliscos llegaron en su apoyo. Luego, se levantó el campamento de los etruscos ante las murallas de Fidenas. El dictador romano eligió una posición no muy lejos de ellos, en la desembocadura del Anio en el Tíber, y extendió sus líneas tanto como pudo de un río al otro. Al día siguiente presentó batalla.

[4.18] Entre el enemigo había diversidad de opiniones. Los de Faleria, impacientes por estar sirviendo tan lejos de su hogar y llenos de autoconfianza, deseaban combatir; los de Veyes y Fidenas tenían más esperanzas en una prolongación de la guerra. Aunque Tolumnio estaba más inclinado a la opinión de sus propios hombres, anunció daría batalla al día siguiente, por si los faliscos se negasen a servir en una campaña larga. Esta vacilación por parte del enemigo dio al dictador y a los romanos nuevos ánimos. Al día siguiente, mientras los soldados decían que si no tenían la oportunidad de luchar atacarían el campamento enemigo y la ciudad, ambos ejércitos avanzaron sobre el terreno entre sus respectivos campamentos. El general veyentino, que era muy superior en número, envió un destacamento alrededor de la parte posterior de las colinas para atacar el campamento romano durante la batalla. Los ejércitos de los tres Estados estaban situados así: Los veyentinos ocupaban el ala derecha, los faliscos la izquierda y los fidenenses el centro. El dictador llevó a su ala derecha contra los faliscos, Quincio Capitolino condujo el ataque de la izquierda contra los veyentinos mientras el jefe de caballería avanzó con sus jinetes contra el centro enemigo. Por unos instantes todo quedó en silencio e inmóvil, pues los etruscos no iniciarían la lucha a menos que se vieran obligados, y el dictador estaba mirando la Ciudadela de Roma y esperando la señal convenida de los augures, tan pronto como los augurios resultasen favorables. Tan pronto vio la señal, lanzó a la caballería que, dando un fuerte grito de guerra, cargó; la infantería la siguió en un ataque furioso. En ningún sitio aguantaron las legiones etruscas la carga romana; su caballería ofreció la mayor resistencia y el rey, con mucho el más valiente de ellos, cargó contra los romanos y mientras los perseguía en todas direcciones prolongó así el combate.

[4.19] Hubo ese día en la caballería un tribuno militar llamado Aulo Cornelio Coso, un hombre muy bien parecido y también muy distinguido por su fortaleza y valor, orgulloso de su nombre que, ilustre cuando lo heredó, aún lo sería más cuando lo legase a la posteridad. Cuando vio a los escuadrones romanos deshechos en todas partes por las repetidas cargas de Tolumnio montó, y reconociéndole por sus vestiduras reales al galopar entre sus líneas, exclamó: "¡¿Es éste el quebrantador de los tratados entre los hombres, el violador del derecho de gentes?! Si es voluntad del Cielo que exista algo sagrado en la tierra, mataré a este hombre y lo ofreceré en sacrificio a los manes de los embajadores asesinados". Picando espuelas a su caballo arremetió con la lanza en ristre contra este único enemigo, y habiéndole alcanzado y desmontado, saltó al suelo con ayuda de su lanza. Como el rey intentaba levantarse, le empujó de nuevo con el umbo de su escudo y lo clavó en tierra con repetidos golpes de lanza. Luego despojó el cuerpo sin vida y cortando su cabeza la hincó en su lanza, y llevándola en triunfo derrotó al enemigo que se aterró por la muerte del rey. Así la caballería enemiga, que por sí sola había puesto en duda el resultado de la batalla, se unió a la desbandada general. El dictador persiguió de cerca a las legiones que huían y las empujó a su campamento con gran mortandad. La mayoría de los fidenenses, que estaban familiarizados con el país, huyeron a las colinas. Coso, con la caballería, cruzó el Tíber y llevó a la Ciudad una enorme cantidad de botín del país de los veyentinos. Durante la batalla, también hubo un combate en el campamento romano con el destacamento que, como ya se dijo, Tolumnio había enviado para atacarlo. Fabio Vibulano, en un primer momento, se limitó defender la empalizada; luego, mientras la atención del enemigo se concentraba en forzar la valla, hizo una salida por la Puerta Principal con los triarios, a la derecha, y su ataque por sorpresa produjo tanto pánico al enemigo que aunque hubo menos muertos, por el menor número implicado, la huída fue tan desordenada como la del combate principal.


[4.20] Victorioso en todas partes, el dictador regresó a casa para disfrutar el honor de un Triunfo concedido por decreto del Senado y resolución de la plebe. Con mucho, la mejor visión del desfile resultó ver a Coso llevando los mejores despojos

[spolia opima en el original latino: las armas y/o armadura u otros artículos tomados del enemigo derrotado; constituían la más preciada recompensa de un guerrero romano y sólo se reconocieron en tres ocasiones.-N. del T.] del rey a quien había dado muerte. Los soldados cantaban canciones groseras en su honor y le ponían a la altura de Rómulo. Dedicó solemnemente el botín a Júpiter Feretrio y los puso en su templo, cerca de los de Rómulo, que al ser los únicos en aquellos días, eran llamados prima opima [primeros mejores (despojos).- N. del T.]. Todas las miradas se volvían del carro del dictador a él; casi monopolizó los honores de la jornada. Por orden del pueblo, se encargó una corona de oro a expensas públicas, y fue colocada por el dictador en el Capitolio como ofrenda a Júpiter. Siguiendo a todos los escritores antiguos, he presentado a Coso como un tribuno militar llevando los segundos mejores despojos al templo de Júpiter Feretrio. Pero la denominación de spolia opima está restringida a aquellas que un comandante en jefe arrebata a otro comandante en jefe; también sabemos que no hay más comandante en jefe que aquel que dirige la guerra bajo los auspicios, y yo y los escritores antiguos nos vemos además refutados por la actual inscripción en los despojos, que declara que Coso las obtuvo cuando era cónsul.
César Augusto, el fundador y restaurador de todos los templos, reconstruyó el templo de Júpiter Feretrio, que había caído en la ruina a causa de la edad, y una vez le oí decir que después de entrar en él leyó esa inscripción en los Libros Linteos con sus propios ojos. Después de eso, me pareció que sería casi un sacrilegio dejar de otorgar a Coso las pruebas sobre su botín dadas por el César, que restauró que templo. El error, si lo hay, puede haber surgido del hecho de que los antiguos anales y los Libros Linteos (las listas de magistrados conservados en el templo de Moneta que Licinio Macer cita frecuentemente como autoridades [hoy diríamos que las cita "como fuentes".-N. del T.] tienen un Aulo Cornelio Coso como cónsul junto a Tito Quincio Peno, diez años después; sobre esto que cada hombre juzgue por sí mismo. Porque la única razón para que esta famosa batalla no se pueda retrasar a dicha fecha posterior es que durante los tres años que precedieron y siguieron al consulado de Coso fue imposible la guerra, por culpa de la peste y el hambre; de manera que varios de los anales, como si fueran registros de defunciones, no dan más que los nombres de los cónsules. El tercer año después de su consulado aparece el nombre de Coso como tribuno consular, y en el mismo año se le presenta como jefe de caballería, en cuyo desempeño combatió en otra brillante acción de caballería. Cada uno es libre de formar sus propias conjeturas; estos puntos dudosos, en mi opinión, pueden sustentar cualquier opinión. El hecho es que el hombre que libró el combate puso el botín recién ganado en el santuario sagrado cerca del mismo Júpiter, a quien fueron consagrados, con Rómulo a la vista (dos testigos poco dudosos de cualquier falsificación) y que se describió a sí mismo en la inscripción como "Aulo Cornelio Coso, cónsul".

[4.21] Marco Cornelio Maluginense y Lucio Papirio Craso fueron los siguientes cónsules -436 a.C.-. Se condujo a los ejércitos a territorio de los veyentinos y los faliscos, capturando hombres y ganado. No se halló enemigo en campo abierto, ni hubo ocasión alguna de luchar. Sus ciudades, sin embargo, no fueron atacados, pues el pueblo sufrió una epidemia. Espurio Melio, un tribuno de la plebe, trató de provocar alborotos, pero no lo consiguió. Basándose en la popularidad de su nombre, acusó a Minucio y presentó una propuesta para que se confiscaran las propiedades de Servilio Ahala, con el pretexto de que Melio había sido víctima de una falsa acusación por Minucio, mientras que Servilio era culpable de condenar a muerte a un ciudadano sin juicio. La gente prestó menos atención a estas acusaciones, incluso, que a su autor; estaban mucho más preocupados por el aumento de la virulencia de la epidemia y por los terribles presagios; la mayor parte de ellos versaban sobre terremotos que arruinaron las casas de distritos enteros del país. Por lo tanto, el pueblo ofreció una súplica solemne, dirigida por los duumviros

[pudiera tratarse de los duumviri sacrorum, que guardaban e interpretaban los oráculos de las sibilas y prescribían las ceremonias para los sacrificios.- N. del T.]. El año siguiente -435 a.C.-, cuando fueron cónsules Cayo Julio por segunda vez, y Lucio Verginio, fue aún más grave y se produjo tan alarmante desolación en la Ciudad y en el campo que ninguna partida de saqueo partió de territorio romano ni tampoco el Senado o la plebe pensaban en tomar la ofensiva. Los fidenenses, sin embargo, que al principio habían permanecido en sus montañas y pueblos amurallados, bajaron hasta territorio romano y lo devastaron. Como no se pudo inducir a los faliscos para que reanudaran la guerra, ni por las peticiones de sus aliados ni por el hecho de que Roma estaba postrada por la epidemia, los fidenenses invitaron al ejército veyentino y ambos Estados cruzaron el Anio y desplegaron sus estandartes no lejos de la Puerta Colina. La alarma fue tan grande en la Ciudad como en los distritos rurales. El cónsul Julio dispuso sus tropas en el terraplén y la muralla; Verginius convocó al Senado en el templo de Quirino. Decretaron que Quinto Servilio debía ser nombrado dictador. Según una tradición, se apellidaba Prisco; según otra, Estructo. Verginio esperó hasta que pudo consultar a su colega; al obtener su consentimiento, nombró al dictador por la noche -434 a.C.-. Éste nombró a Postumio Ebucio Helva como jefe de caballería.

[4.22] El dictador emitió una orden para que todos se reunieran fuera de la Puerta Colina al amanecer. Cada hombre lo bastante fuerte para portar las armas estaba presente. Los estandartes fueron trasladados rápidamente desde el Tesoro hasta donde estaba el dictador. Mientras se tomaban estas disposiciones, el enemigo se retiró a los pies de las colinas. El dictador les siguió con un ejército ansioso por combatir y se les enfrentó no lejos de Nomento. Las legiones etruscas fueron derrotadas y expulsadas hasta Fidenas; el dictador sitió la plaza con empalizadas de circunvalación. Pero, debido a su elevada posición y grandes fortificaciones, la ciudad no podía ser tomada al asalto; un bloqueo resultaba bastante poco eficaz, pues a la ciudad se le había suministrado grano suficiente para sus necesidades actuales y también tenían llenos sus almacenes con antelación. Así que abandonaron cualquier esperanza de rendir la plaza por asalto o por hambre. Al estar cerca de Roma, la naturaleza del terreno era bien conocida y el dictador era consciente de que el lado de la ciudad más alejado de su campamento estaba más débilmente fortificado debido a su fortaleza natural. Decidió hacer una mina desde ese lado hasta la ciudadela. Formó su ejército en cuatro divisiones, que se turnaban en la lucha; al mantener un ataque constante sobre las murallas desde todas direcciones, día y noche, impedía que el enemigo se diera cuenta de la obra. Por fin la colina fue horadada y quedó abierto el camino desde el campamento romano hasta la ciudadela. Mientras desviaban la atención de los etruscos, mediante ataques fingidos, del peligro real, los gritos del enemigo sobre sus cabezas les advirtieron de que la ciudad había sido tomada. Ese año, los censores Cayo Furio Pacilo y Marco Geganio Macerino asentaron la Villa Pública en el Campo de Marte

[Villam Publicam en el original latino: edificio destinado a usos públicos como el archivo del censo, recepción de embajadores, etcétera.-N. del T.], y se hizo por primera vez el censo del pueblo.

[4,23] Encuentro en Licino Macer que los mismos cónsules fueron reelegidos para el año siguiente, Julio por tercera vez y Verginio por segunda -433 a.C.-. Valerio Antias y Quinto Tubero dan a Marco Manlio y a Quinto Sulpicio como los cónsules de ese año. A pesar de esta discrepancia, tanto Tubero como Macer dicen basarse en la autoridad de los Libros Linteos; ambos admiten que en los historiadores antiguos se afirmaba que hubo tribunos militares ese año. Licinio considera que debemos seguir sin vacilar los Libros Linteos; Tubero no termina de decidirse sobre cuál es la verdad. Pero entre los muchos puntos oscuros que dejó el transcurso del tiempo, éste también queda sin resolver. La captura de Fidenas produjo alarma en Etruria. No sólo temían los veyentinos un destino similar, sino que tampoco los faliscos habían olvidado la guerra que habían empezado aliados a ellos, aunque no hubiesen tomado parte en su reanudación. Los dos Estados enviaron delegados a los doce pueblos y, en cumplimiento de su solicitud, se convocó una reunión del Consejo Nacional de Etruria, a celebrar en el templo de Voltumna [sito en Volsines (hoy Bolsena).-N. del T.]. Como parecía inminente un gran conflicto, el Senado decretó que Mamerco Emilio debía ser nuevamente designado dictador. Aulo Postumio Tuberto fue nombrado jefe de caballería. Los preparativos para la guerra se hicieron ahora con más energía que la última vez, pues se esperaba más daño desde toda la Etruria junta que de sólo dos de sus ciudades.

[4.24] Las cosas transcurrieron más tranquilamente de lo que nadie esperaba. Unos comerciantes trajeron la noticia de que se había negado la ayuda a los veyentinos; se les dijo que prosiguieran con sus propios medios la guerra que habían comenzado por su cuenta y que no buscaran, ahora que estaban en dificultades, aliados entre aquellos en quienes no quisieron confiar cuando eran las cosas les iban bien. El dictador estaba privado de toda oportunidad de adquirir fama en la guerra, pero él estaba ansioso de conseguir algo por lo que se recordase su dictadura y que evitase que pareciese un nombramiento innecesario; por consiguiente, tomó disposiciones para acortar el tiempo de la censura, fuese por pensar que tenía demasiado poder o porque le pareciese peor su larga duración, que no la grandeza del cargo. En consecuencia, convocó a la Asamblea y dijo que como los dioses se habían encargado de conducir los asuntos exteriores del Estado y asegurar todas las cosas, él haría lo necesario intramuros y se ocuparía de las libertades del pueblo romano. Estas libertades estaban más debidamente protegidas cuando lo la mayoría de los que tenían las grandes potencias no tienen ellos de largo, y cuando las oficinas que no podrían ser limitados en su jurisdicción fueron limitados en su tenencia. Mientras que las demás magistraturas eran anuales, la censura era quinquenal. Resultaba un agravio tener que vivir a merced de los mismos hombres durante tantos años, de hecho durante una parte considerable de la vida de uno. Él iba a promulgar una ley para que la censura no durase más que dieciocho meses. Promulgó la ley al día siguiente, entre la aprobación entusiasta de la gente, y luego hizo el siguiente anuncio: "Para que sepáis realmente, Quirites, cuánto desapruebo una gobernación prolongada, renuncio ahora a mi dictadura". Después de abdicar así de su propia magistratura y haber limitado la otra, fue acompañado a su casa entre muestras de buena voluntad y sinceras felicitaciones del pueblo. Los censores se mostraron indignados con Mamerco por haber limitado el poder de un magistrado romano; lo expulsaron de su tribu, incrementaron ocho veces su censo. Quedó registrado que lo sobrellevó magnánimo, pensando más en la causa que condujo a la ignominia que le infligían, que a la ignominia en sí. Los principales hombres entre los patricios, a pesar de desaprobar la limitación impuesta a la jurisdicción de la censura, quedaron sorprendidos por tan duro ejercicio del poder, pues cada uno reconocía que estaría sujeto al poder censorial más frecuentemente y por más tiempo de lo que podrían ejercer ellos mismos el cargo. En todo caso, el pueblo, según se dice, se sintió más indignado que nadie; pero Mamerco tenía la autoridad suficiente para proteger a los censores de la violencia.

[4.25] Los tribunos de la plebe celebraron constantes reuniones de la Asamblea con miras a impedir la elección de los cónsules, y después de plantear asuntos casi hasta el nombramiento de un interrex, lograron que se eligieran tribunos militares consulares. Buscaron plebeyos a los que elegir como recompensa a sus esfuerzos, pero no se presentó ninguno; todos los elegidos fueron patricios. Sus nombres eran: Marco Fabio Vibulano, Marco Folio, y Lucio Sergio Fidenas. La peste de ese año -433 a.C.-mantuvo todo en calma. Los duumviros ejecutaron muchas cosas, prescritas por los libros sagrados, para apaciguar la ira de los dioses y eliminar la peste del pueblo. La tasa de mortalidad, no obstante, fue elevada tanto en la Ciudad como en los distritos agrarios; hombres y bestias perecieron por igual. Debido a las pérdidas entre los agricultores, se temió por una hambruna a consecuencia de la peste y se enviaron agentes a Etruria, al territorio pontino y Cumas, y luego hasta a Sicilia para obtener grano. No se hizo mención de la elección de los cónsules; fueron nombrados tribunos militares consulares, todos patricios. Sus nombres eran Lucio Pinario Mamerco, Lucio Furio Medulino y Espurio Postumio Albo. En este año -432 a.C.-la violencia de la epidemia disminuyó y no hubo escasez de grano, debido a la provisión que se había hecho. Se discutieron proyectos de guerra en los consejos nacionales de los volscos y ecuos y, en Etruria, en el templo de Voltumna. Allí, la cuestión se aplazó por un año y se aprobó un decreto para que no se celebrara ningún Consejo hasta trascurrido el año, a pesar de las protestas de los veyentinos, quienes declararon que el mismo destino que se había apoderado de Fidenas los amenazaba.

En Roma, mientras tanto, los dirigentes de la plebe, al ver que no tenían esperanzas de alcanzar mayores dignidades mientras hubiera paz en el exterior, se reunieron en las casas de los tribunos donde discutieron sus planes en secreto. Se quejaban de que habían sido tratados con tal desprecio por la plebe, que aunque ahora se habían elegido tribunos militares consulares durante varios años, ni un solo plebeyo había alcanzado dicho cargo. Sus antepasados habían mostrado mucha previsión al asegurarse de que las magistraturas plebeyas no estuviesen abiertas a los patricios; de lo contrario, deberían haber tenido a patricios como tribunos de la plebe, pues tan insignificantes eran a ojos de su propio orden que eran menospreciados por los plebeyos tanto como por los patricios. Otros exculpaban al pueblo y echaban la culpa a los patricios, porque su falta de escrúpulos y su ambición cerraban la carrera de honores [ad honorem iter en el original: sinónimo del cursus honorum o carrera pública en la que se comenzaban desempeñando cargos menores hasta alcanzar el consulado o la censura.- N. del T.] a los plebeyos. Si a la plebe se le daba un respiro de sus amenazas y súplicas, podrían pensar en los de su propio partido cuando fueran a votar, y por sus esfuerzos unidos ganarían cargos y poder. Se decidió que, con el fin de acabar con los abusos de los escrutinios, los tribunos debían presentar una ley prohibiendo a cualquier que blanqueara su toga cuando se presentara como candidato. Para nosotros, ahora, la cuestión puede parecer trivial y que no merecía la pena un debate serio; pero, por entonces, encendió un tremendo conflicto entre patricios y plebeyos. Los tribunos, sin embargo, lograron promulgar su ley y fue evidente que, irritados como estaban, los plebeyos apoyarían a sus propios hombres. Para que no tuvieran libertad de hacerlo, se aprobó una resolución en el Senado para que se celebrasen las elecciones para nombrar a los próximos cónsules.

[4.26] La razón de esta decisión fue el anuncio que hicieron los latinos y los hérnicos de un repentino levantamiento entre los volscos y los ecuos. Tito Quincio Cincinato, apodado Peno e hijo de Lucio, y Cayo Julio Mento fueron nombrados cónsules -431 a.C.-[otras fuentes dan Cneo como praenomen, pero hemos elegido Cayo por ser habitual en los Julios, no serlo Cneo y saberse que cada gens usaba sólo unos pocos nombres de pila.-N. del T.]. La guerra estalló enseguida. Tras haber ordenado el alistamiento bajo la Lex Sacrata, que era el medio más poderoso que tenían para obligar a los ciudadanos a que sirvieran, partieron así ambos ejércitos [los de cada cónsul.-N. del T.] y se encontraron en el Álgido; allí se habían atrincherado los ecuos y los volscos en campamentos separados. Sus generales pusieron más cuidado que en ocasiones anteriores al construir sus fortificaciones y al entrenar sus tropas. La noticia de esto aumentó el terror en Roma. En vista del hecho de que estas dos naciones, después de sus numerosas derrotas, renovaban ahora la guerra con más energía que la que antes habían empleado y, además, que una considerable cantidad de romanos aptos para el servicio había causado baja durante la epidemia, el senado decidió designar un dictador. Pero el mayor temor fue provocado por la perversa obstinación de los cónsules y sus constantes altercados en el Senado. Algunos autores afirman que estos cónsules combatieron sin éxito en una batalla en el Álgido y que por esta razón se nombró un dictador. Hay acuerdo, sin embargo, en que aunque los cónsules no estaban de acuerdo en otros asuntos, sí lo estuvieron en oponerse al Senado e impedir que se nombrase un dictador. Al final, cuando cada noticia que llegaba era más alarmante que la anterior y los cónsules rechazaban aceptar la autoridad del Senado, Quinto Servilio Prisco, que había desempeñado las más altas magistraturas del estado con distinción, exclamó: "¡Tribunos de la plebe! Ahora que las cosas han llegado al extremo, el Senado os exhorta para que en esta crisis de la república, en virtud de la autoridad de vuestro cargo, obliguéis a los cónsules a nombrar un dictador."

Al oír este llamamiento, los tribunos consideraron que se les presentaba una oportunidad favorable para aumentar su autoridad y se retiraron a deliberar. Entonces, declararon formalmente en nombre de todo el colegio de tribunos que era su decisión que los cónsules debían someterse al deseo del Senado; si ofrecían ulterior resistencia a la decisión unánime del más augusto orden, ellos, los tribunos, ordenarían que se les llevara a prisión. Los cónsules preferían la derrota a manos de los tribunos en vez de a las del Senado. Si, dijeron, los cónsules podían ser coaccionados por los tribunos en virtud de su autoridad, e incluso enviados a la cárcel (¿y qué podía temer un ciudadano privado más que ésto?), entonces el Senado había traicionado los derechos y privilegios de la más alta magistratura del Estado, y hecho una rendición ignominiosa al poner el consulado bajo el yugo del poder tribunicio. Ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo sobre quién debía nombrar al dictador, así que lo echaron a suertes y le tocó hacerlo a Tito Quincio. Este nombró a Aulo Postumio Tuberto, su suegro, que era un severo jefe militar. El dictador designó a Lucio Julio como jefe de caballería. Se dieron órdenes de proceder a un alistamiento y para que todos los negocios en la Ciudad, legales y de otro tipo, se suspendieran, a excepción de los preparativos para la guerra. La tramitación de las solicitudes de exención del servicio militar se aplazaron hasta el final de la guerra, así que incluso en los casos dudosos los hombres prefirieron dar sus nombres. Se ordenó a los hérnicos y a los latinos que proporcionaran tropas; ambas naciones llevaron a cabo las órdenes del dictador con gran celo.

[4.27] Todos estos preparativos se completaron con extraordinaria diligencia. El cónsul Cayo Julio quedó a cargo de las defensas de la ciudad; Lucio Julio, el jefe de caballería, tomó el mando de las reservas para atender cualquier emergencia repentina y para evitar que las operaciones se retrasaran por la insuficiencia de los suministros en el frente. Como la guerra era tan grave, el dictador ofreció, con la fórmula establecida por el Pontífice Máximo, Aulo Cornelio, celebrar los Grandes Juegos si salían victoriosos. Dividió al ejército en dos cuerpos, asignó uno de ellos al cónsul Quincio y con sus fuerzas unidad avanzó hacia la posición enemiga. A ver que los campamentos adversarios estaban separados entre sí por una corta distancia, ellos también asentaron dos campamentos a una milla del enemigo [1480 metros.-N. del T.], el dictador situó el suyo en dirección a Túsculo y el cónsul más cerca de Lanuvio. Los cuatro ejércitos, por tanto, habían ocupado posiciones separadas, con una llanura entre ellos lo bastante amplia no sólo para pequeñas escaramuzas, sino como para que ambos ejércitos se desplegaran en orden de batalla. Desde que los campamentos habían quedado enfrentados entre sí no habían cesado los pequeños combates, y el dictador pacientemente soportaba que sus hombres confrontaran así sus fuerzas con el enemigo, para que conservaran la esperanza de una victoria decisiva y final. El enemigo, sin esperanza de vencer en una batalla campal, decidió jugárselo todo a la opción de un ataque nocturno contra el campamento del cónsul. El grito que se oyó repentinamente, no sólo sorprendió a los puestos de avanzada del cónsul y a todo el ejército, sino que incluso despertó el dictador. Todo dependía de una acción rápida: el cónsul mostró valor y sangre fría; parte de sus tropas reforzaron la guardia en las puertas del campamento, el resto se alineó en las trincheras. En el campamento del dictador no fue atacado, a éste le fue más fácil ver qué debía hacerse. Se mandó enseguida ayuda al cónsul con el general [legatus en el original latino: se puede traducir sin error como general cuando se refiere a un mando militar sin potestad política, como sería el caso del cónsul, pues a ellos se les encargaba el mando de una legión. Un ejército consular estaba compuesto por dos legiones y tropas auxiliares de la misma entidad; habría, por tanto, 4 legados o generales al mando del cónsul.-N. del T.] Espurio Postumio, y el dictador en persona, con parte de su fuerza, se situó en un lugar alejado de la lucha actual, desde donde poder hacer un ataque contra la retaguardia enemiga. Dejó al general Quinto Sulpicio, a cargo del campamento, y dio el mando de la caballería al general Marco Fabio, les ordenó no mover sus fuerzas antes del amanecer por la dificultad de manejarlas en la confusión de un ataque nocturno.

Además de adoptar todas las medidas que cualquier general prudente y enérgico hubiese tomado en estas circunstancias, el dictador dio un ejemplo notable de su valor y capacidad de mando, que merece un especial elogio, cuando, al determinar que el enemigo había salido de su campamento con la mayor parte de su fuerza, envió a Marco Geganio con algunas cohortes escogidas para asolarlo. Los defensores estaban pensando más en la peligrosa empresa de sus compañeros que en tomar precauciones para su propia seguridad; incluso descuidaron sus puestos de avanzada y piquetes. Así, los romanos atacaron y capturaron el campamento casi antes de que el enemigo se diese cuenta de que le atacaban. Cuando el dictador vio el humo (la señal convenida) gritó que se había capturado el campo enemigo, y ordenó que la noticia se anunciase por todas partes.

[4.28] Cada vez había más luz y todo quedaba a la vista. Fabio condujo su ataque con la caballería y el cónsul había efectuado una salida contra el enemigo, que ahora vacilaba. El dictador, desde el otro lado, había atacado la segunda línea de reservas, y mientras el enemigo se enfrentaba a las cargas y a los gritos de confusión, él atravesó sus líneas con sus victoriosas caballería e infantería. Estaban ya rodeados y habrían pagado por la reanudación de la guerra si un volsco, Vetio Mesio, hombre más distinguido por sus hechos que por su linaje, se levantó exaltado entre sus camaradas, que ya estaban convirtiéndose en una masa indefensa. Les gritó "¿Así os vais a convertir en blancos de las jabalinas enemigas, sin resistencia, indefensos? ¿Para qué entonces habéis tomado las armas? ¿por qué habéis empezado una guerra sin provocación? ¡Vosotros que siempre sois revoltosos en la paz y holgazanes en la guerra! ¿Qué esperáis ganar aquí de pie? ¿Creéis que algún dios os va a proteger y librar del peligro? Tendréis que construir el camino con la espada. Seguidme por donde yo vaya. Los que tengáis la esperanza de volver a vuestras casas, con vuestros padres y mujeres e hijos, venid conmigo. No es una muralla ni una empalizada lo que tenéis enfrente; a las armas se les enfrenta con las armas. Los igualáis en valor, pero los superáis por la fuerza de vuestra necesidad, que es la última y más grande de armas." A continuación, se adelantó y sus hombres le siguieron, lanzando nuevamente su grito de guerra cargaron hacia donde Postumio Albo había interpuesto sus cohortes. Obligaron a retroceder a los vencedores, hasta que el dictador se llegó hasta sus hombres en retirada y toda la batalla giró hacia esa parte del campo. La suerte del enemigo se apoyaba exclusivamente en Mesio. Por todas partes muchos fueron heridos y otros muchos resultaron muertos. Para esos momentos, incluso los generales romanos estaban heridos. Postumio, con el cráneo fracturado por una piedra, fue el único que abandonó el campo de batalla. El dictador fue herido en el hombro, Fabio tenía el muslo casi clavado a su caballo, el cónsul tenía el brazo amputado; pero todos se negaron a retirarse mientras la batalla estuvo indecisa.

[4,29] Mesio, con un grupo de sus más valientes soldados, cargó a través de los montones de muertos y llegó hasta el campamento volsco, que aún no había sido capturado; todo el ejército le siguió. El cónsul les persiguió en su huida desordenada hasta la empalizada y empezó a atacar el campamento mientras el dictador llevó sus tropas al otro lado del mismo. El asalto del campamento fue tan furioso como lo había sido la batalla. De hecho, se dijo que el cónsul arrojó un estandarte dentro de la empalizada para provocar el asalto de sus hombres y que al tratar de recuperarlo produjeran la primera brecha. Cuando la empalizada fue derribada y el dictador hubo llevado el combate al interior del campamento, el enemigo empezó por doquier a arrojar sus armas y rendirse. Después de la captura de este campamento, los enemigos, con la excepción de los senadores, fueron vendidos como esclavos. Una parte del botín comprendía los bienes arrebatados a los latinos y hérnicos; tras ser identificados se les devolvió y el resto fue vendido por el dictador en subasta [vender algo "sub hasta": vender bajo la lanza, pues con una lanza se señalaba el lugar donde se vendía el botín de guerra.- N. del T.]. Después de poner al cónsul al mando del campamento, entró en Triunfo en la Ciudad en señal de triunfo y luego depuso su dictadura. Algunos autores han arrojado una sombra sobre la memoria de esta gloriosa dictadura al reseñar una tradición sobre el hijo del dictador que, viendo una oportunidad para combatir con ventaja, había dejado su puesto en las filas contra las órdenes de su padre y fue decapitado por éste a pesar de la victoria. Prefiero no creer esta historia, y estoy en libertad de hacerlo ya que las opiniones difieren. Un argumento en contra es que una exhibición tan cruel de la autoridad es llamada "Manlia", no "Postumia", pues fue al primer hombre que practicó tal severidad a quien se achacó el estigma. Por otra parte, Manlio recibió el sobrenombre de "Dominante" [Imperioso en el original latino.-N. del T.]; Postumio no fue señalado con ningún epíteto denigrante. El otro cónsul, Cayo Julio, dedicó el templo de Apolo en ausencia de su colega, sin esperar a sortear con él sobre quién debía hacerlo. Quincio estaba muy enojado por esto, y después de haber disuelto su ejército y regresado a la Ciudad, presentó una queja ante el Senado, pero no resultó nada de ella. En este año tan memorable por sus grandes logros se produjo un incidente que en aquel momento parecía tener poco que ver con Roma. Debido a ciertos disturbios entre los sicilianos, los cartagineses, que serían un día tan poderosos enemigos, llevaron un ejército a Sicilia por primera vez para ayudar a una de las partes contendientes.

[4.30] En la Ciudad, los tribunos hicieron grandes esfuerzos para asegurar la elección de tribunos consulares para el año siguiente, pero fracasaron. Lucio Papirio Craso y Lucio Julio fueron nombrados cónsules -430 a.C.-. Llegaron legados de los ecuos para solicitar del Senado un tratado como federados; en vez de esto, se les ofreció la paz a condición de que reconociesen la supremacía de Roma; consiguieron una tregua de ocho años. Después de la derrota que habían sufrido los volscos en Álgido, su Estado se distrajo en obstinadas y amargas disputas entre los partidarios de la guerra y los de la paz. Hubo calma para Roma en todas partes. Los tribunos estaban preparando una medida popular para fijar la gradación de las multas, pero uno de ellos reveló el hecho a los cónsules, quienes se anticiparon a los tribunos presentándola ellos mismos. Los nuevos cónsules fueron Lucio Sergio Fidenas, por segunda vez, y Hostio Lucrecio Tricipitino -429 a.C.-. Nada digno de mención se llevó a cabo en su consulado. Fueron seguidos por Aulo Cornelio Coso, y Tito Quincio Peno, por segunda vez -428 a.C.-. Los veyentinos hicieron correrías en territorio romano, y se rumoreó que algunos jóvenes fidenenses habían tomado parte en ellas. Lucio Sergio, Quinto Servilio y Mamerco Emilio fueron comisionados para investigar el asunto. Algunos fueron internados en Ostia, ya que no pudieron explicar satisfactoriamente su ausencia de Fidenas en esos momentos. El número de colonos aumentó, y se les asignó las tierras de aquellos que habían perecido en la guerra.

Este año se produjo una gran dificultad causada por una sequía. No sólo faltó el agua de los cielos, sino que la tierra, sin su humedad natural, apenas pudo mantener el flujo de los ríos. En algunos casos la falta de agua hizo morir de sed al ganado junto a los manantiales secos y arroyos, otras veces murieron por la sarna. Esta enfermedad se extendió a los hombres que habían estado en contacto con el ganado; en un primer momento atacó a los esclavos y los agricultores, luego se infectó la Ciudad. Y no sólo el cuerpo resultaba afectado por la plaga, la mente de los hombres también fue presa de todo tipo de supersticiones, la mayoría extranjeras. Falsos augures trataron de introducir nuevas clases de sacrificios e hicieron un pingüe negocio entre las víctimas de la superstición, hasta que por fin la vista de inusitadas y foráneas ceremonias de expiación por las calles y capillas, para propiciar el favor de los dioses, llevó a casa de los primeros ciudadanos de la república el escándalo público que causaban. Se ordenó a los ediles que velasen para no sólo se adorasen deidades romanas, y sólo en los modos establecidos. Las hostilidades con los veyentinos fueron pospuestas hasta el año siguiente, cuando Cayo Servilio Ahala y Lucio Papirio Mugilano fueron cónsules -427 a.C.-. Incluso entonces, la declaración formal de guerra y el envío de tropas se retrasó por motivos religiosos: se consideró necesario que los feciales [sacerdotes entre cuyas otras atribuciones se incluía ser garantes de la fe pública.-N. del T.] fuesen enviados previamente en demanda de satisfacción. Había habido batallas recientes con los veyentinos en Nomento y Fidenas, y se había pactado una tregua, no una paz duradera, pero antes que expirase la tregua ellos reanudaron las hostilidades. Los feciales, sin embargo, fueron enviados, pero cuando presentaron sus demandas, de conformidad con los usos antiguos, se les negó audiencia. Se planteó entonces la cuestión de si la guerra debía ser declarada por mandato del pueblo o si bastaba una resolución aprobada por el Senado. Las tribunas amenazaron con impedir el alistamiento de tropas y lograron obligar al cónsul Quincio a remitir la cuestión al pueblo. Las centurias votaron unánimemente por la guerra. La plebe obtuvo una victoria añadida al impedir la elección de cónsules para el siguiente año.

[4.31] Fueron elegidos cuatro tribunos consulares: Tito Quincio Peno, que había sido cónsul, Cayo Furio, Marco Postumio y Aulo Cornelio Coso -426 a.C.-. Coso, quedó a cargo de la Ciudad; los otros tres, después de completar el alistamiento, avanzaron contra Veyes y demostraron cuán inútil es un mando dividido en la guerra. Al insistir cada uno en sus propios planes, teniendo todos opiniones diferentes, dieron al enemigo su oportunidad. Porque mientras el ejército estaba confuso por las diferentes órdenes, unos dando orden de avanzar y otros ordenando la retirada, los veyentinos aprovecharon la oportunidad para lanzar un ataque. Desbandándose en una huida desordenada, los romanos buscaron refugios en su campamento, que estaba cerca; sufrieron más vergüenza que pérdidas. La república, no acostumbrada a la derrota, se sumió en el dolor; odiaban a los tribunos y exigía un dictador; todas sus esperanzas descansaban en eso. También en este caso se encontró un impedimento religioso, pues un dictador sólo podía ser nombrado por un cónsul. Se consultó a los augures, que eliminaron la dificultad. Aulo Cornelio nombró a Mamerco Emilio como dictador, él mismo fue nombrado por éste jefe de caballería. Esto demostró la impotencia de la acción de los censores para impedir que a un miembro de una familia injustamente degradada se le encomendase el poder supremo, cuando las necesidades del Estado exigían auténtico valor y capacidad. Eufóricos por su éxito, los veyentinos mandaron emisarios a los pueblos de Etruria, jactándose de que tres generales romanos habían sido derrotados por ellos en una sola batalla. Como, sin embargo, no pudieron inducir al Consejo Nacional a unírseles, recogieron voluntarios de todos los distritos, atraídos por la perspectiva de un botín. Solo los fidenenses decidieron tomar parte en la guerra, y como aunque ellos pensaban que era impío comenzar la guerra de otra manera que con un crimen, mancharon sus armas con la sangre de los nuevos colonos, como habían hecho anteriormente con la sangre de los embajadores romanos. Luego se unieron a los veyentinos. Los jefes de los dos pueblos consultaron si debían tener la base de operaciones en Veyes o en Fidenas. Fidenas pareció la más adecuada; los veyentinos, en consecuencia, cruzaron el Tíber y transfirieron la guerra a Fidenas. Grande fue el terror en Roma. El ejército, desmoralizado por su mal desempeño, fue llamado de Veyes; se estableció un campamento atrincherado frente a la Puerta Colina, se guarneció la muralla, se cerraron tribunales y tiendas y se ordenó el cese de todos los negocios en el Foro. Toda la Ciudad adoptó la apariencia de un campamento.

[4.32] El dictador envió pregoneros por las calles para convocar a los ansiosos ciudadanos a una Asamblea. Cuando estuvieron reunidos les recriminó por dejar que sus sentimientos estuvieran tan dominados por los pequeños cambios de la fortuna, tras sufrir un revés insignificante debido, no al valor del enemigo o a la cobardía del ejército romano, sino a la falta de armonía entre los generales; y que estuvieran en tal estado de pánico por los veyentinos, a quienes habían derrotado seis veces, y por Fidenas, que había sido capturada casi más frecuentemente de lo que había sido atacada. Tanto los romanos como los enemigos eran los mismos que habían sido durante tantos siglos; su coraje, su destreza y sus armas eran lo que siempre habían sido. Tenían como dictador al mismo Emilio Mamerco que en Nomento venció a las fuerzas combinadas de Veyes, Fidenas y el apoyo de los faliscos; el jefe de caballería sería en las batallas por venir el mismo Aulo Cornelio que dio muerte a Lars Tolumnio, rey de Veyes, ante los ojos de dos ejércitos y llevó los mejores despojos al templo de Júpiter Feretrio. Debían tomar las armas, recordando que de su lado estaban los triunfos y los despojos de la victoria; y que del lado del enemigo estaba el crimen contra el derecho de gentes, al asesinar a los embajadores y masacrar durante el tiempo de paz a los colonos en Fidenas, una tregua rota y una séptima revuelta sin éxito; teniendo todo esto en cuenta, debían tomar las armas. Una vez que entraran en contacto con el enemigo, él confiaba que el enemigo culpable ya no se regocijaría con la desgracia que se había apoderado del ejército romano, y que el pueblo de Roma vería cuánto mejor servicio rendían a la república aquellos que le habían nombrado dictador por tercera vez, que no aquellos que habían arrojado una mancha sobre su segunda dictadura al haber privado a los censores de su poder autocrático.

Después ofrecer los votos habituales, marchó y fijó su campamento a una milla y media [2220 metros.-N. del T.] de este lado de Fidenas, con las colinas a su derecha y el Tíber a su izquierda. Ordenó a Tito Quincio que asegurase las colinas y que se situase oculto en en alguna altura a la retaguardia enemiga. Al día siguiente, los etruscos avanzaron a la batalla con la moral alta por su éxito anterior, que se había debido más a la buena suerte que a su capacidad guerrera. Después de esperar un tiempo hasta que los exploradores le informaron que Quincio había ganado una altura cerca de la ciudadela de Fidenas, el dictador ordenó el ataque y llevó a la infantería en una rápida carga a paso rápido contra el enemigo. Dio instrucciones al jefe de caballería para que no empezase a combatir hasta que recibiera sus órdenes; cuando necesitase ayuda de la caballería le daría la señal, y entonces debía iniciar su parte de la acción, inspirado por la memoria de su combate con Tolumnio, de los mejores despojos y de Rómulo y Júpiter Feretrio. Las legiones cargaron con gran impetuosidad. Los romanos expresaron su ardiente odio tanto con las palabras como con los hechos;, llamaron "traidores" a los fidenenses, y a los veyentinos "bandidos", "quebrantadores de treguas", "manchados con el horrible asesinato de los embajadores y la sangre de los colonos romanos", "infieles como aliados y cobardes como soldados".

[4.33] El enemigo se retrajo un tanto al primer contacto, cuando de repente las puertas de Fidenas se abrieron y un extraño ejército salió, nunca visto ni oído antes. Una inmensa multitud, armada con teas, y todos agitando las antorchas, corrió como posesa hacia la línea romana. Por un momento, este modo extraordinario de luchar asustó a los romanos. Entonces el dictador llamó al jefe de caballería con sus jinetes, y envió orden a Quincio para que regresase de las colinas; mientras, él mismo, animando a sus hombres, cabalgó hacia el ala izquierda, que parecía más un incendio que un cuerpo de combatientes y que habían cedido terreno por el terror a las llamas. Les gritó: "¿Estáis superados por el humo, como un enjambre de abejas? ¿Vais a dejar que un enemigo desarmado os arroje de vuestro campo? ¿Es que no vais a apagar el fuego con vuestras espadas? ¿Si tenéis que combatir con el fuego, no con armas, no arrancaríais esas antorchas y los atacaríais con sus propias armas? ¡Venga! recordad el nombre de Roma y el valor que habéis heredado de vuestros padres; volved ese fuego sobre la ciudad del enemigo y destruid con sus propias llamas la Fidenas que no habéis podido aplacar con vuestros beneficios. La sangre de los embajadores y los colonos, vuestros compatriotas, y la devastación de vuestras fronteras os exigen que procedáis así."

Por orden del dictador, toda la línea avanzó; algunas de las antorchas fueron capturadas conforme se las arrojaban y otras fueron arrancadas de los portadores; ambos ejércitos estaban armados con fuego. El jefe de caballería también, por su parte, inventó un nuevo modo de luchar para su caballería. Ordenó a sus hombres que quitasen los frenos de los caballos y, golpeando a su propio caballo con la cabeza y picándole espuelas, se lanzó en medio de las llamas al tiempo que los demás caballos, lanzados al galope tendido, llevaron a sus jinetes contra el enemigo. El polvo que levantaban, mezclado con el humo, cegaba tanto a los caballos como a los hombres. La visión que había aterrorizado a la infantería no asustaba a los caballos. Donde quiera que fuese la caballería, dejaban montones de muertos. En este momento se escuchó un nuevo griterío, produciendo asombro en ambos ejércitos. El dictador gritó que Quincio y sus hombres habían atacado el enemigo en la retaguardia, y al renovarse los gritos él también renovó su ataque con más vigor. Cuando los dos cuerpos de tropas en dos diferentes ataques habían forzado a los Etruscos a retroceder tanto en su vanguardia como en su retaguardia, cercándolos de manera que no podían escapar ni a su campamento ni a las colinas (pues en esa dirección el enemigo descansado les había interceptado) y los caballos, con las riendas sueltas, llevaban a los jinetes por todas partes, la mayoría de los veyentinos corrieron salvajemente hacia el Tíber; los supervivientes de entre los fidenenses lo hicieron hacia su ciudad. La huida de los veyentinos les condujo en medio de la masacre; algunos fueron muertos en las orillas, otros llegaron dentro del río y fueron llevados por la corriente; incluso los buenos nadadores fueron arrastrados por las heridas, el miedo y el agotamiento; muy pocos lograron cruzar. El otro cuerpo de tropas se abrió paso a través de su campamento hasta su ciudad, con los romanos persiguiéndoles de cerca, especialmente Quincio y sus hombres, que acababan de bajar de las colinas y que habiendo llegado hacia el final de la lucha, estaban más frescos para la persecución.

[4.34] Este último entró por las puertas mezclado con el enemigo, y tan pronto como alcanzaron las murallas hicieron señal a sus camaradas de que la ciudad había sido tomada. El dictador había llegado al campamento abandonado de los enemigos y sus soldados estaban ansiosos por dispersarse en busca de botín, pero cuando vio la señal les recordó que había un botín más rico en la ciudad y los llevó hasta la puerta. Una vez dentro de las murallas se dirigió a la ciudadela, hacia la que vio dirigirse la multitud de fugitivos. La masacre en la ciudad no fue menor que la de la batalla, hasta que, arrojando sus armas, se rindieron al dictador y le rogaron que por lo menos respetaran sus vidas. La ciudad y el campamento fueron saqueados. Al día siguiente, caballeros y centuriones recibieron un prisionero cada uno, seleccionados por sorteo, como esclavos; quienes habían destacado por su valor recibieron dos y el resto fue vendido mostrado su destacada gallardía, dos, el resto fueron vendidos bajo la corona [sub corona en el original latino: Siempre en el ámbito militar, como la venta sub hasta, puede referirse a que se vendían dentro de un cercado, a modo de corona, o a que se les ponía una corona como un tipo de elemento distintivo.-N. del T.]. El dictador llevó en Triunfo a Roma a su ejército victorioso, cargado con el botín. Después de ordenar al jefe de caballería que renunciase a su cargo, él hizo lo mismo al decimosexto día después de su nombramiento, rindiendo en medio de la paz el poder soberano que había asumido en un momento de guerra y peligro. En algunos anales se refleja un combate naval con los veyentinos en Fidenas, incidente que resulta tan difícil como increíble. Aún hoy, el río no es lo suficientemente amplio para ello, y sabemos por los escritores antiguos que entonces era más estrecho. Posiblemente, en su deseo de una inscripción de vanagloria, como sucede a menudo, magnificaron un acopio de naves para impedir el paso del río y lo convirtieron en una victoria naval.

[4.35] Al año siguiente tuvo por tribunos consulares a Aulo Sempronio Atratino, Lucio Quincio Cincinato, Lucio Furio Medulino y Lucio Horacio Barbato -425 a.C.-. Se concedió una tregua por dieciocho años a los veyentinos y una por tres años a los ecuos, aunque habían pedido una más larga. Hubo también un respiro respecto a los disturbios civiles. El año siguiente -424 a.C.-, aunque no estuvo marcado ni por guerras en el exterior ni por problemas domésticos, resultó memorable por la celebración de los Juegos dedicados con ocasión de la guerra de hacía siete años; éstos se desarrollaron con gran magnificencia por los tribunos consulares y asistió gran número de ciudades vecinas. Los tribunos consulares fueron Apio Claudio Craso, Espurio Naucio Rutilo, Lucio Sergio Fidenas y Sexto Julio Julo. El espectáculo resultó aún más atractivo para los visitantes por la cortés recepción que públicamente se había decidido darles. Cuando los Juegos terminaron, los tribunos de la plebe comenzaron a pronunciar discursos sediciosos. Reprochaban al populacho que dirigiesen su estúpida admiración a aquellos que, en realidad, odiaban por tenerlos en servidumbre perpetua. No sólo les faltaba el valor de reclamar su participación en la oportunidad de ascender hasta el consulado, sino que hasta en la elección de tribunos consulares, que estaba abierta tanto a patricios como a plebeyos, nunca pensaban en sus tribunos o en su partido. Que no se sorprendieran si nadie se interesaba ya por el bienestar de la plebe. Sería más apropiado reservar tales trabajos y peligros para otros asuntos por los que se pudieran obtener beneficios y honores. No había nada que los hombres no intentasen si las recompensas fuesen proporcionales a la grandeza del esfuerzo. Pero que cualquier tribuno de la plebe se abocase a ciegas en protestas que conllevaban enormes riesgos y no traían ninguna ventaja, que con certeza harían que los patricios les persiguiesen con furia implacable, mientras los plebeyos en cuyo nombre luchaban no les honraban en lo más mínimo, era cosa que no se podía esperar ni exigir. Grandes honores hacían grandes hombres. Cuando los plebeyos empezaran a ser respetados, cada plebeyos se respetaría a sí mismo. Seguramente, podrían hacer el experimento una o dos veces, para demostrar si un plebeyo podía alcanzar la máxima magistratura o si sería poco menos que un milagro que alguien encontrase entre la plebe un hombre enérgico y capaz. Después de una lucha desesperada, habían logrado que los plebeyos fuesen elegibles para el cargo de tribunos militares con poderes consulares. Hombres de probada capacidad, tanto en paz como en guerra, se presentaron candidatos. Los primeros años fueron golpeados, rechazados y tratados con desprecio por los patricios; al final, declinaban exponerse a tales afrentas. No veían razón para que no se derogase una ley que sólo legalizaba lo que nunca iba a suceder. Tendrían que estar menos avergonzados de la injusticia de la ley que de haber pasado de las elecciones como si fuesen indignos de ocupar esa magistratura.

[4.36] Arengas de este tipo se escuchaban con aprobación, y algunos fueron inducidos a presentarse a un tribuno consular, cada uno de ellos con la promesa de cuidar, en cierta medida, por el interés de la plebe. Se dieron esperanzas de que habría reparto de tierras, asentamiento de colonias y aumento de la paga de los soldados mediante un impuesto sobre los propietarios de latifundios. Los tribunos consulares esperaron hasta que el habitual éxodo de la ciudad permitió celebrar una reunión del Senado, que se celebró en ausencia de los tribunos de la plebe, y cuyos miembros que estaban en el campo fueron convocados mediante un aviso clandestino. Se aprobó una resolución por la que, debido a los rumores de una invasión del territorio hérnico por los volscos, los tribunos consulares debían ir y averiguar qué estaba sucediendo, y que en la próximas elecciones se debían elegir cónsules. A su partida dejaron a Apio Claudio, el hijo del decemviro, como Prefecto de la Ciudad [Praefectus urbis en el original latino: oficial, sustituto del magistrado, que gobernaba la ciudad en ausencia del rey o del cónsul.-N. del T.]; era éste un joven enérgico e imbuido desde su infancia de odio a la plebe y sus tribunos. Los tribunos no tenía nada por lo que protestar, ni a los tribunos militares, que estaban ausentes, ni a los autores del decreto ni a Apio, ya que la cuestión había quedado resuelta.

[4.37] Los cónsules electos fueron Cayo Sempronio Atratino y Quinto Fabio Vibulano -423 a.C.-. Se hizo constar durante este año un incidente que ocurrió en un país extranjero pero lo bastante importante para ser mencionado, es decir, la captura de Volturno, una ciudad etrusca que ahora se llama Capua, por los samnitas. Se dice que fue llamada Capua por el nombre de su general, Capys, pero es más probable que se llamara así por su situación en una campiña (campus). La capturaron después de que los etruscos, debilitados por una larga guerra, les concediesen la ocupación conjunta de la ciudad y su territorio. Durante una fiesta, mientras que los antiguos habitantes estaban llenos de vino y manjares, los nuevos colonos les atacaron por la noche y los masacraron. Después de los sucesos descritos en el capítulo anterior, los recién nombrados cónsules tomaron posesión del cargo el trece de diciembre. En aquel momento se sabía de la inminencia de una guerra con los volscos, no sólo por los informes de quienes habían sido enviados a investigar, sino también por los de los latinos y hérnicos, cuyos legados informaron de que los volscos estaban poniendo más esfuerzos que nunca en elegir a sus generales y alistar sus fuerzas. El clamor general entre ellos (los volscos) era que, o bien daban al olvido eterno todos sus pensamientos de guerra y se sometían al yugo, o se enfrentaban en valor, resistencia y capacidad militar a aquellos con quienes contendían por la supremacía.

Estos informes no eran sin fundamento, pero no sólo el Senado los trató con indiferencia, sino que Cayo Sempronio, a quien correspondió ese teatro de operaciones, pensó que como mandaba las fuerzas de un pueblo victorioso contra aquellos a quienes ya habían vencido, la fortuna de la guerra no podría cambiar. Confiando en ello, demostró tal temeridad y negligencia en todas sus medidas que había más disciplina romana en el ejército volsco que en el propio ejército romano. Como sucede a menudo, la fortuna esperaba al virtuoso. En la primera batalla Sempronio desplegó sus fuerzas sin plan ni previsiones, la línea de combate no se fortaleció con reservas, ni colocó la caballería en una posición adecuada. Los gritos de guerra fueron el primer indicio de cómo se desarrollaba el combate; los del enemigo eran más animados y sostenidos; los romanos eran irregulares, intermitentes, sonando más débiles a cada repetición y traicionando su menguante valor. Oyendo esto, el enemigo atacó con mayor fuerza, empujó con sus escudos y blandió sus espadas. En el otro lado, los cascos caían conforme los hombres miraban a su alrededor buscando apoyo; los hombres vacilaron, se detuvieron y apretaron buscando mutua protección; en un momento, los estandartes que permanecían en su terreno eran abandonados por la primera fila, al siguiente se retiraban entre sus respectivos manípulos. Hasta el momento no había ninguna huida real, no se había decidido la victoria. Los romanos estaban defendiéndose más que luchando y los volscos avanzaban, forzando a sus líneas a retroceder; se veían más romanos muertos que huidos.

[4,38] Ahora cedían por todas partes; en vano les alentaba y reprendía el cónsul Sempronio, ni su autoridad ni su dignidad sirvieron de nada. Habrían sido pronto completamente derrotados si Sexto Tempanio, decurión de la caballería, no hubiese dado la vuelta con su valor a la desesperada situación. Gritó a los jinetes que saltasen de sus caballos si querían salvar la república, y todas las fuerzas de caballería siguieron sus órdenes como si fuesen las del cónsul. "A menos", continuó, "que esta cohorte soporte el ataque del enemigo, éste es el final de nuestra independencia. ¡Seguid mi lanza como si fuera vuestro estandarte! Mostrar por igual a romanos y volscos que no hay caballería que os iguale como jinetes ni infantería que os iguale como infantes!". Esta conmovedora llamada fue contestada con gritos de aprobación, y él caminó a largos pasos sosteniendo erecta la lanza. Por donde iban, forzaban el paso; manteniendo al frente sus parmas [escudos redondos muy usados por la caballería.-N. del T.], iban por aquellos sectores del campo de batalla donde veían en mayores dificultades a sus camaradas; allá donde marchaban restauraban la situación del combate y, sin duda, si tan pequeño cuerpo hubiera podido atacar a la vez toda la línea, el enemigo habría sido derrotado.

[4.39] Como era imposible resistirlos en ninguna parte, el general volsco dió orden de que se abriera un pasillo a su nueva cohorte armada de parmas, hasta que por el ímpetu de su carga se les pudo separar del cuerpo principal. Tan pronto como esto sucedió, no pudieron regresar por donde habían avanzado pues el enemigo se había concentrado allí fuertemente. Cuando el cónsul y las legiones romanas perdieron de vista a los hombres que habían sido el escudo de todo el ejército, se esforzaron por evitar a toda costa que tan valientes compañeros fuesen rodeados y abrumados por el enemigo. Los volscos formaron dos frentes; en una dirección, se enfrentaron al ataque del cónsul y las legiones; por la otra, presionaron a Tempanio y sus soldados. Cuando éstos últimos, después de varios intentos, se vieron incapaces de regresar a su cuerpo principal, tomaron posesión de un terreno elevado, y formando un círculo se defendieron, no sin infligir pérdidas al enemigo. La batalla no terminó hasta el anochecer. El cónsul también combatió al enemigo, sin cesar la intensidad del combate mientras hubo luz. La noche, por fin, dio término a la indecisa situación y la ignorancia del resultado produjo tal pánico en ambos campamentos que los dos ejércitos, pensando que estaban derrotados, abandonaron sus heridos y la mayor parte de su impedimenta y se retiraron a las colinas cercanas. Sin embargo, la elevación de la que Tempanio se había apoderado permaneció rodeada hasta pasada la medianoche, cuando se anunció al enemigo que su campamente había sido abandonado. Considerando esto como prueba de que su ejército había sido derrotado, huyeron en todas direcciones, donde en la oscuridad les llevaba su miedo. Tempanio, temiendo ser sorprendido, mantuvo unidos a sus hombres hasta el amanecer. Luego bajó con unos cuantos para hacer un reconocimiento, y después averiguar por los enemigos heridos que el campamento volsco había sido abandonado, lleno de alegría dijo a sus hombres que bajasen y marcharon hacia el campamento romano. Aquí se encontró una triste desolación; todo presentaban el mismo aspecto miserable que el campamento enemigo. Antes de que el descubrimiento de su error pudiera atraer nuevamente a los volscos, reunió a todos los heridos que pudo llevar con él, y como no sabía qué dirección había tomado el dictador, se dirigió por el camino más directo a la Ciudad.

[4.40] Allí habían llegado ya los rumores de una batalla desfavorable y del abandono del campamento. Por encima de todo, se lamentó el destino de la caballería y la comunidad entera sintió su pérdida como si fuese la de sus familias. Hubo pánico por toda la Ciudad, y el cónsul Fabio situó piquetes a las puertas cuando descubrieron a la caballería en la distancia. Su aspecto produjo terror, pues no sabían quiénes eran; luego fueron reconocidos y los miedos dieron paso a tanta alegría que la Ciudad sonaba son gritos de felicitación por que la caballería hubiese vuelto sana y victoriosa. El pueblo se congregó en las calles, fuera de los hogares que justo antes habían estado de luto y llenos de lamentos por los muertos; madres ansiosas y esposas, olvidando con su alegría el decoro, corrieron hasta la columna de jinetes, abrazando a sus propios amigos y casi sin controlar sus mentes ni sus cuerpos por la felicidad. Los tribunos de la plebe establecieron el día para el juicio de Marco Postumio y de Tito Quincio, en base a su derrota en Veyes, y pensaban que era una buena ocasión para dirigir la opinión pública contra ellos por el odio que ahora tenían a Sempronio. Por lo tanto, convocaron a la Asamblea y en tono emocionado declararon que la república había sido traicionada en Veyes por sus generales, y que por no haber sido llamados a rendir cuentas, el ejército que luchaba contra los volscos había sido traicionado por el cónsul, su caballería había sido masacrada y se había abandonado vergonzosamente el campamento. Cayo Junio, uno de los tribunos, ordenó que Tempanio fuese llamado y se dirigió a él de este modo: "Sexto Tempanio, te pregunto, ¿consideras que el cónsul Cayo Sempronio comenzó la acción en el momento oportuno, reforzó sus líneas, o dejó de cumplir con los deberes de un buen cónsul? Cuando las legiones romanas estaban en la peor posición, ¿hiciste desmontar por tu propia autoridad a la caballería y restauraste la situación? ¿Y cuando la caballería y tú fuisteis separados del cuerpo principal, envió el cónsul ayuda o intentó prestaros auxilio? Más aún, ¿recibiste refuerzos al día siguiente o forzasteis el paso hacia el campamento con sólo vuestro valor? ¿Encontrasteis algún cónsul, algún ejército en el campamento, o estaba abandonado y con los soldados heridos dejados a su suerte? Tu honor y lealtad, que por sí solos han mantenido a la República en esta guerra, requieren que declares hoy estas cosas. Por último, ¿dónde está Cayo Sempronio? ¿Dónde están nuestras legiones? ¿Fuiste abandonado o has abandonado tú al cónsul y al ejército? En una palabra, ¿estamos derrotados, o hemos salido victoriosos?".

[4.41] Se dice que el discurso de Tempanio en contestación estuvo completamente desprovisto de elegancia, pero lleno de la dignidad de un soldado, libre de autoalabanzas y sin demostrar placer al culpar a otros. "No es cosa de un soldado", dijo,"criticar a su general o juzgar cuál sea su competencia militar; eso es algo que corresponde al pueblo romano cuando lo eligen cónsul. Por tanto, no deben exigirle de él que diga qué tácticas debe adoptar un general, o que capacidades debe mostrar un cónsul; ésos eran asuntos que hasta las más grandes mentes e intelectos sopesaban muy cuidadosamente. Él podía, no obstante, relatar lo que vio. Antes de quedar separado del cuerpo principal vio al cónsul peleando en primera línea, animando a sus hombres, yendo y viniendo entre los estandartes romanos y los proyectiles del enemigo. Después que él, el orador, perdiera de vista a sus compañeros, supo por el ruido y los gritos que el combate siguió hasta la noche; no creía que se pudiera haber abierto camino hasta la altura que él había tomado, debido al gran número de enemigos. Dónde estuviera el ejército, él no lo sabía; pensaba que como, en un momento de tan gran peligro, había encontrado abrigo para él y sus hombres en la naturaleza del terreno, el cónsul habría elegido una posición más fuerte para su campamento donde guarnecer su ejército. No creía que los volscos estuviesen en mejor situación que los romanos; la diversa fortuna de la lucha y la caída de la noche dio lugar a toda clase de errores por ambas partes." Luego les suplicó que no le tuvieran allí por más tiempo, pues estaba agotado por sus esfuerzos y sus heridas; tras esto fue despedido en medio de fuertes elogios de su modestia, no menos que por su valor. Mientras esto ocurría, el cónsul había alcanzado la vía Labicana y estaba en el santuario de Quietas [diosa de la calma o la tranquilidad.-N. del T.]. Desde la Ciudad se le enviaron carruajes y bastimentos para el transporte del ejército, que estaba agotado por la batalla y por la marcha nocturna. Poco después, el cónsul entró en la Ciudad, deseando dar a Tempanio los elogios que tanto merecía como descargar la culpa de sus hombros. Mientras los ciudadanos estaban de duelo por sus reveses y enojados con sus generales, Marco Postumio, que como tribuno consular tuvo el mando en Veyes, fue llevado a juicio. Fue condenado a una multa de 10.000 ases. Su colega, Tito Quincio, que había vencido a los volscos, bajo los auspicios del dictador Postumio Tuberto, y también en Fidenas como segundo del otro dictador, Mamerco Emilio, echó toda la culpa del desastre de Veyes a su colega, que ya había sido condenado. Fue absuelto por el voto unánime de las tribus. Se dice que el recuerdo de su venerado padre, Cincinato, le fue de mucha ayuda, como también lo fue el ahora ya anciano Capitolino Quincio, quien les rogó encarecidamente que no permitiesen que él, por la poca vida que le quedaba, hubiese de ser el portador de tan tristes noticias a Cincinato.

[4.42] La plebe eligió como tribunos, en su ausencia, a Sexto Tempanio, a Aulo Selio, a Sexto Antistio y a Espurio Icilio, todos los cuales habían sido, por consejo de Tempanio, elegidos por los caballeros para servir como centuriones. La exasperación contra Sempronio había hecho ofensivo el nombre mismo de cónsul, por lo que el Senado ordenó que se eligieran tribunos militares con potestad consular. Sus nombres eran Lucio Manlio Capitolino, Quinto Antonio Merenda y Lucio Papirio Mugilano. Al comienzo del año -422 a.C.-, Lucio Hortensio, un tribuno de la plebe, designó un día para el juicio de Cayo Sempronio, el cónsul del año anterior. Sus cuatro colegas le rogaron, públicamente, a la vista de todo el pueblo romano, que no enjuiciase a su inofensivo jefe, contra el que no se podía alegar más que mala suerte. Hortensio se enojó, porque consideró esta petición como un intento de poner a prueba su perseverancia y que las instancias de los tribunos eran únicamente para guardar las apariencias; y estaba convencido el cónsul no confiaba en sus ruegos, sino en que interpusieran el veto. Volviéndose a Sempronio, le preguntó: "¿Dónde está tu espíritu patricio y el valor que se apoya en la seguridad de la propia inocencia? ¡Un ex-cónsul protegido de hecho bajo el ala de los tribunos!" Luego se dirigió a sus colegas: "Y vosotros, ¿qué haréis si sigo con la acusación? ¿Privaréis al pueblo de su jurisdicción y subvertiréis el poder de los tribunos?". Ellos le replicaron que la autoridad del pueblo tenía la supremacía sobre Sempronio y sobre cualquier otro; no tenían ni el deseo ni la potestad de acabar con el derecho del pueblo a juzgar, pero si sus súplicas en nombre de su jefe, que era como un segundo padre para ellos, resultaban infructuosas, se pondrían de su lado. Entonces Hortensio les respondió: "La plebe romana no verá a sus tribunos en tal situación; desisto de todas las acusaciones contra Cayo Sempronio, pues ha vencido, durante su mandato, al lograr ser tan querido por sus soldados." Así, plebeyos y patricios quedaron satisfechos por el leal afecto de los cuatro tribunos, y tanto más por la forma en que Hortensio había cedido a sus justas protestas.

[4.43] Los cónsules para el siguiente año fueron Numerio Fabio Vibulano y Tito Quincio Capitolino, el hijo de Capitolino -421 a.C.-. Los ecuos habían reclamado la dudosa victoria de los volscos como propia, pero la fortuna no les favoreció. La campaña contra de ellos se encargó a Fabio, pero no ocurrió nada digno de mención. Su desmoralizado ejército no había hecho más que acto de presencia, siendo derrotado y puesto en vergonzosa huida, por lo que el cónsul no ganó mucha gloria en esta acción. Se le negó, por tanto, un triunfo; pero como había borrado la desgracia de la derrota de Sempronio, se le permitió disfrutar de una ovación. Como, contrariamente a las expectativas, la guerra terminó con menos lucha de la temida, la calma en la Ciudad fue rota por graves e inesperados disturbios entre la plebe y los patricios, que empezaron con la duplicación del número de cuestores. Se propuso crear, además de los cuestores de la Ciudad, otros dos para ayudar a los cónsules en diversas tareas relacionadas con la guerra. Cuando esta propuesta fue presentada por los cónsules ante el Senado y hubo recibido el efusivo apoyo de la mayoría de la Cámara, los tribunos de la plebe insistieron en que la mitad debía ser elegida de entre los plebeyos; hasta aquel momento sólo se habían elegido patricios. A esta demanda, en un principio, se opusieron resueltamente el Senado y los cónsules; después cedieron tanto como para permitir la misma libertad en la elección de los cuestores como ya tenía el pueblo en la de los tribunos consulares. A lo ganar nada con esto, desistieron de la propuesta paritaria de aumento numérico de cuestores. Los tribunos presentaron otras muchas propuestas revolucionarias, en rápida sucesión, incluyendo una Ley Agraria. Como consecuencia de estas conmociones, el Senado quería que se eligiesen cónsules en vez de tribunos, pero debido al veto de los tribunos no se pudo aprobar una resolución formal y, al expirar el año de magistratura de los cónsules, siguió un interregno; e incluso éste no transcurrió sin gran lucha, pues los tribunos vetaban cualquier reunión de los patricios.

La mayor parte del año siguiente -420 a.C.-se perdió en los conflictos entre los nuevos tribunos de la plebe y algunos de los interreges. Unas veces intervenían los tribunos para impedir que se reunieran los patricios y eligiesen un interrex, otras veces interrumpían al interrex y le impedían obtener un decreto para elegir cónsules. Por último, Lucio Papirio Mugilano, que había sido nombrado interrex, reprendió severamente al Senado y a los tribunos, y les recordó que de la tregua con Veyes y la inactividad de los ecuos, y sólo de éstas, dependía la seguridad del Estado, que había sido olvidada y abandonada por los hombres, aunque protegida por el cuidado providencial de los dioses. "¿Os gustaría que el Estado fuese tomado por sorpresa si se produjese alguna alarma por aquel lado, sin ningún magistrado patricio, sin ningún ejército ni general para alistarlo? ¿Iban a repeler una guerra exterior mediante una civil? Si ambas vinieran juntas, la destrucción de Roma no podía evitarse, ni siquiera con la ayuda de los dioses. ¡Que tratasen de establecer la concordia haciendo concesiones por ambos lados: los patricios, permitiendo que se eligieran tribunos consulares en vez de cónsules; los tribunos de la plebe, no interfiriendo con la libertad del pueblo para elegir cuatro cuestores, fuesen patricios o plebeyos!".

[4.44] La elección de los tribunos consulares fue la primera en celebrarse. Todos ellos fueron patricios: Lucio Quincio Cincinato, por tercera vez, Lucio Furio Medulino, por segunda, Marco Manlio y Aulo Sempronio Atratino. Éste último llevó a cabo la elección de los cuestores. Entre otros candidatos plebeyos, estaba el hijo de Antistio, tribuno de la plebe, y un hermano de Sexto Pompilio, otro tribuno. Su autoridad e interés no eran, sin embargo, lo bastante fuertes como para impedir que los votantes prefiriesen a aquellos de alta cuna a cuyos padres y abuelos habían visto ocupar la silla consular. Todos los tribunos de la plebe estaban furiosos, y Pompilio y Antistio, sobre todo, estaban indignados por la derrota de sus familiares. "¿¡Qué significa todo esto?!", exclamaron airados. "A pesar de nuestros buenos oficios, a pesar de los males cometidos por los patricios, con toda la libertad de que ahora disfrutan para ejercer poderes que no tenían antes, ¡ni un solo miembro de la plebe ha sido elevado a la cuestura, por no hablar del tribunado consular! Las apelaciones de un padre en nombre de su hijo, de un hermano en nombre de su hermano, no han servido de nada aunque fuesen tribunos e investidos de la autoridad inviolable para proteger vuestras libertades. Tiene que haber habido fraude en esto; Aulo Sempronio debe haber usado más artimañas en las elecciones de lo que era compatible con el honor." Lo acusaron de haber apartado a sus hombres de las magistraturas por medios ilegales. Como no le podían atacar directamente, protegido como estaba por su inocencia y su cargo oficial, volvieron su resentimiento contra Cayo Sempronio, el tío de Atratino, y tras haber obtenido el apoyo de su colega, Marco Canuleyo, le acusaron en base a la desgracia sucedida en la guerra contra los volscos.

Estos mismos tribunos frecuentemente presentaban en la Senado la cuestión de la distribución de tierras públicas, a la que Cayo Sempronio siempre se resistía con firmeza. Pensaron, y con razón, como probaron los hechos, que cuando llegase el día del juicio, abandonaría su oposición y así perdería influencia con los patricios o, de persistir en ella, ofendería a los plebeyos. Optó por lo último, y prefirió incurrir en el odio de sus adversarios y perjudicar su propia causa antes que traicionar el interés del Estado. Insistió en que "no debe haber concesiones de tierras, que sólo aumentarán la influencia de los tres tribunos; lo que ahora querían no eran tierras para la plebe sino que le odiaran a él. Como otros, enfrentaría la tormenta con ánimo valeroso; ni él ni ningún otro ciudadano debía tener tanto peso en el Senado como para que cualquier muestra de clemencia hacia un particular resultase desastrosa para la comunidad". Cuando llegó el día del juicio no ablandó su tono, se hizo cargo de su propia defensa y, aunque los patricios trataron por todos los medios de ablandar a los plebeyos, fue condenado a pagar una multa de 15.000 ases. En este mismo año Postumia, una virgen vestal, tuvo que responder a una acusación por falta de castidad. Aunque inocente, había dado motivos de sospecha por su atuendo amanerado y sus modos liberales impropios de una doncella. Después de haber sido remitida y finalmente absuelta por el Pontífice Máximo, éste, en nombre de todo el colegio de sacerdotes, le ordenó abstenerse de frivolidad y vivir santamente en lugar de ocuparse de su apariencia. Este mismo año, Cumas, por aquel entonces en poder de los griegos, fue capturada por los campanos.

[4.45] El año siguiente -419 a.C.-tuvo como tribunos militares con poderes consulares a Agripa Menenio Lanato, Publio Lucrecio Tricipitino y Espurio Naucio Rutilo. Gracias a la buena fortuna de Roma, el año estuvo marcado por un grave peligro más que por un desastre real. Los esclavos habían urdido un complot para prender fuego a la Ciudad en varios puntos y, mientras la gente estuviera intentando salvar sus casas, apoderarse del Capitolio. Júpiter frustró su proyecto nefasto, dos de ellos informaron del asunto y los verdaderos culpables fueron detenidos y castigados. Los informantes recibieron una recompensa de 10.000 ases (una gran suma en aquella época), con cargo a la hacienda pública, y su libertad. Después de esto los ecuos empezaron a prepararse para reanudar las hostilidades, y se supo en Roma de buena fuente que un nuevo enemigo, los labicos, se estaban aliando con sus antiguos enemigos. La república había llegado a considerar las hostilidades con los ecuos casi como una constante anual. Se enviaron embajadores a Labico. Les respondieron con evasivas; era evidente que, si bien no había preparativos bélicos inmediatos, la paz no duraría mucho. Se pidió a los tusculanos que estuviesen alertas ante cualquier movimiento de los labicos. Los tribunos militares con potestad consular para el año siguiente -418 a.C.-fueron Lucio Sergio Fidenas, Marco Papirio Mugilano y Cayo Servilio, el hijo del Prisco en cuya dictadura se tomó Fidenas. Justo al comienzo de su mandato, llegaron mensajeros de los túsculos e informaron de que los labicos habían tomado las armas y que en unión de los ecuos habían, después de asolar el territorio túsculo, asentado su campamento en el Álgido. Así pues, se declaró la guerra y el Senado decretó que dos tribunos debían partir a la guerra mientras el otro quedaba a cargo de la Ciudad. A su vez, esto condujo a una disputa entre los tribunos. Cada uno pidió a sus superiores tener el mando de la guerra y consideraban el quedar a cargo de la Ciudad como algo innoble y de poca gloria. Mientras los senadores contemplaban asombrados esta lucha indecorosa entre colegas, Quinto Servilio dijo: "Ya que no mostráis respeto ni por esta cámara ni por el Estado, la autoridad de los padres ha de poner fin a esta disputa. Mi hijo, sin tener que recurrir a las suertes, se hará cargo de la Ciudad. Confío en que aquellos que tanto ansían el mando de la guerra, la conducirán con espíritu más amigable y sensato del que han mostrado en su afán por obtenerlo".

[4.46] Se decidió no se alistaría indiscriminadamente a toda la población; se eligieron diez tribus por sorteo; de éstas, los dos tribunos alistaron los hombres en edad militar y los condujeron a la guerra. Las querellas que habían comenzado en la Ciudad se calentaron aún más en el campamento, pues ambos tribunos seguían ambicionando el mando. No se pusieron de acuerdo en nada, porfiaban por sus propias opiniones y querían que sólo se llevasen a cabo sus propios planes y órdenes, despreciándose mutuamente. Por fin, por las protestas y reproches de los generales, se arreglaron las cosas de manera que acordaron ostentar el mando en días alternos. Cuando se informó a Roma de este estado de cosas, se dice que Quinto Servilio, advertido por la edad y la experiencia, ofreció una oración solemne para que el desacuerdo entre los tribunos por resultase aún más dañino para el Estado de lo que había sido en Veyes; luego, como la catástrofe era, sin duda, inminente, urgió a su hijo para que alistase tropas y armas. No resultó ser un falso profeta.

Sucedió que a Lucio Sergio le tocaba detentar el mando y el enemigo, mediante una huida fingida, logró conducir las fuerzas del tribuno a un terreno desfavorable cercano a su campamento, con la vana esperanza de asaltarlo. Entonces los ecuos hicieron una carga por sorpresa y les forzaron hasta un valle escarpado donde los romanos fueron sobrepasados en número y masacrados en lo que no fue tanto una huida como un amontonarse los unos sobre los otros. Con dificultad alcanzaron su campamento ese día; al siguiente, después que el enemigo hubiese rodeado gran parte del campamento, lo evacuaron mediante una fuga vergonzosa por la puerta trasera. Los jefes y los generales y todos los que estaban más cercanos a los estandartes se marcharon a Túsculo; los demás se dispersaron por los campos en todas direcciones y marcharon a Roma extendiendo las noticias de una derrota más grave de lo que realmente fue. Se sintió menos preocupación por ser el resultado que todos temían y por los refuerzos y medidas tomadas de antemano por el tribuno consular. Por orden suya, después que los magistrados inferiores tranquilizasen las cosas, se enviaron partidas de reconocimiento a explorar el terreno; éstas informaron de que los generales y el ejército estaban en Túsculo y que el enemigo no había abandonado su campamento. Lo que más hizo para restaurar la confianza fue el nombramiento, por decreto senatorial, de Quinto Servilio Prisco como dictador. Los ciudadanos ya habían tenido experiencia previa de su visión política en muchas crisis, y la de esta guerra ofreció una nueva prueba, pues sólo él previó el peligro que supondrían las disensiones entre los tribunos antes que tuviese lugar el desastre. Nombró como su jefe de caballería al tribuno por el que había sido nombrado dictador, o sea, a su propio hijo. Esto al menos es lo que dicen algunos autores, otros dicen que Ahala Servilio fue el jefe de caballería ese año. Con su nuevo ejército se dirigió al núcleo de la guerra y, tras recobrar las tropas que se encontraban en Túsculo, seleccionó una posición para su campamento distante dos millas [2960 metros.- N. del T.] del enemigo.

[4.47] La arrogancia y el descuido que habían mostrado los generales romanos se trasladaron a los ecuos en el momento de su victoria. El resultado de esto se vio en la primera batalla. Tras desordenar el frente enemigo con una carga de caballería, el dictador ordenó que se adelantasen rápidamente los estandartes de las legiones; como uno de los abanderados [signiferum en el original latino; soldado de especial valor y serenidad encargado de portar y defender los estandartes de las centurias. Livio usa signiferum y no aquilifer, como sería de esperar para los portadores de los estandartes de las legiones; fuera porque en la época que relata no se usara tal distinción, fuera por error o generalización del concepto “portador de estandarte”.- N. del T.] dudase, él mismo le mató. Tan ansiosos estaban los romanos por combatir que los ecuos no pudieron resistir el choque. Expulsados del campo de batalla, huyeron hacia su campamento; el asalto de éste llevó menos tiempo y supuso menos lucha, de hecho, que la propia batalla. El dictador entregó el botín del campamento a los soldados. La caballería, que había perseguido a los enemigos que huían, trajo la noticia de que todos los labicos derrotados y gran parte de los ecuos había huido a Labico. Por la mañana, el ejército marchó a Labico y, después rodear completamente la ciudad, la asaltaron y saquearon. Tras volver a casa con su ejército victorioso, el dictador renunció a su magistratura sólo una semana después de haber sido nombrado. Antes de que los tribunos de la plebe tuviesen tiempo de sembrar divisiones sobre la división del territorio labico, el Senado, en una sesión plenaria, aprobó una resolución para que un grupo de colonos se asentasen en Labico. Se enviaron mil quinientos colonos, y cada uno recibió un lote de dos yugadas [unos 5400 metros cuadrados.-N. del T.]. Al año siguiente a la captura de Labico -417 a.C.-fueron tribunos militares con potestad consultar Menenio Lanato, Lucio Servilio Estructo, Publio Lucrecio Tricipitino (todos por segunda vez) y Espurio Veturio Craso. Para el año siguiente -416 a.C.-fueron nombrados Aulo Sempronio Atratino (por tercera vez) y Marco Papirio Mugilano y Espurio Naucio Rutilo, por segunda vez cada uno. Durante estos dos años, los asuntos extranjeros estuvieron en calma, pero en casa hubo discordia a propósito de las leyes agrarias.

[4.48] Los instigadores de los disturbios fueron Espurio Mecilio, que era tribuno de la plebe por cuarta vez, y Marco Metilio, tribuno por tercera vez; ambos habían sido elegidos en ausencia. Presentaron una propuesta para que un territorio capturado al enemigo se adjudicara a propietarios individuales. Si esto se aprobase las fortunas de gran parte de la nobleza se confiscarían. Pues, ya que hasta la misma Ciudad se había fundado sobre suelo extranjero, difícilmente poseían algún terreno que no hubiera sido ganado por las armas, o que nadie aparte del pueblo poseería algo que hubiera sido vendido o públicamente asignado. Aquello tenía todo el aspecto de un amargo conflicto entre la plebe y los patricios. Los tribunos consulares, después de discutir el asunto en el Senado y en reuniones privadas de patricios, estaban perdidos sobre qué hacer, y fue entonces cuando Apio Claudio, el nieto del antiguo decemviro antiguo y el senador en activo más joven, se levantó para hablar. Se le representa diciendo que iba a traer un viejo consejo, bien conocido en su familia. Su abuelo, Apio Claudio, había señalado al Senado la única manera de romper el poder de los tribunos, es decir, mediante la interposición del veto de sus colegas. Los hombres que habían surgido de las masas eran fácilmente inducidos a cambiar de opinión por la autoridad personal de los dirigentes del Estado, con sólo abordárseles en un lenguaje adecuado a la ocasión en vez de a la categoría del orador. Sus sentimientos cambiaban con sus fortunas. Cuando veían que aquellos de sus colegas que eran los primeros en proponer cualquier medida se apropiaban de todo el crédito de la plebe y no dejaban lugar para ellos, no tenían problema en aproximarse al bando del Senado y así ganar el favor de todo el orden y no sólo el de sus dirigentes. Sus puntos de vista contaron con la aprobación universal; Quinto Servilio Prisco fue el primero en felicitar al joven por no haber desmerecido a los antiguos Claudios. Se encargó a los líderes del Senado que persuadieran a cuantos tribunos pudiesen para que interpusieran su veto. Tras el cierre de la sesión, sondearon a los tribunos. Usando de la persuasión, las advertencias y las promesas, les mostraron cuán agradable les resultaría esa medida a ellos, individualmente, y a todo el Senado. Así lograron convencer a seis.

Al día siguiente, de conformidad con un acuerdo anterior, la atención del Senado se dirigió a la agitación que Mecilio y Metilius estaban causando al proponer un soborno del tipo de trabajo posible. Se pronunciaron discursos por los líderes del Senado, declarando cada uno por turno que no podían sugerir ningún curso de acción, y que no veían más recurso que la asistencia de los tribunos. Para la protección de ese poder, el Estado en su vergüenza, como un impotente ciudadano privado, corría en busca de ayuda. Era gloria de los tribunos y de la autoridad que ejercían, que poseyeran tanta fuerza para resistir a colegas maliciosos como para acosar al Senado y producir disensiones entre ambos órdenes. Surgieron gritos por todas partes del Senado y se llamaba a los tribunos desde cada esquina de la Cámara. Cuando el silencio se restableció, los tribunos que habían sido ganados dejaron en claro que ya que el Senado opinaba que la medida propuesta conduciría a la desintegración de la República, ellos debían interponer su veto sobre ella. Se les dio oficialmente las gracias por el Senado. Los proponentes de la medida convocó a una reunión en la que acusaron de abuso a sus colegas, llamándolos "traidores a los intereses de la plebe" y "esclavos de los cónsules", entre otros epítetos insultantes. Luego, retiraron la propuesta.

[4.49] Los tribunos militares con potestad consular para el año siguiente -415 a.C.-fueron Publio Cornelio Coso, Cayo Valerio Potito, Quinto Quincio Cincinato y Numerio Fabio Vibulano. Habría habido dos guerras ese año si los jefes veyentinos no hubiesen aplazado las hostilidades debido a escrúpulos religiosos. Sus tierras habían sufrido una inundación del Tíber que destruyó sobre todo sus granjas. Los bolanos, un pueblo de la misma nación que los ecuos, había efectuado incursiones en el territorio vecino de Labico y atacó a los colonos recién asentados con la esperanza de evitar las consecuencias al recibir el apoyo de los ecuos. Pero la derrota que sufrieron tres años antes les disuadió de ayudarles; los bolanos, abandonados por sus amigos, perdieron ciudad y territorio tras un asedio y un insignificante combate en una guerra que ni siquiera merece la pena reseñar. Lucio Decio, un tribuno de la plebe, trató de presentar una propuesta para que se enviasen colonos a Bola como ya se hizo en Labico, pero fue derrotado por la intervención de sus colegas, que dejaron claro que no permitirían que se aprobase ninguna resolución de la plebe, excepto con autorización del Senado.

Los tribunos militares con poderes consulares para el año siguiente -414 a.C.-fueron Cneo Cornelio Coso, Lucio Valerio Potito, Quinto Fabio Vibulano (por segunda vez) y Marco Postumio Albino. Los ecuos recapturaron Bola y fortalecieron la ciudad al asentar nuevos colonos. La guerra contra los ecuos fue confiada a Postumio, un hombre de carácter violento y obstinado que, sin embargo, mostró más en la hora de la victoria que durante la guerra. Después de marchar con su apresuradamente alistado ejército hacia Bola y quebrantar el espíritu de los ecuos con algunas acciones insignificantes, se abrió finalmente paso dentro de la ciudad. Luego desvió la contienda del enemigo hacia sus propios conciudadanos. Durante el asalto había ordenado que el botín sería para los soldados, pero tras capturar la ciudad faltó a su palabra. Yo me inclino a creer que éste fue el motivo real para el resentimiento que sentía el ejército, pues en una ciudad que había sido recientemente saqueada y donde hacía poco se había asentado una nueva colonia, la cantidad de botín sería menor de la que el tribuno había supuesto. Después de haber regresado a la Ciudad, convocado por sus colegas a causa de los desórdenes excitados por los tribunos de la plebe, el odio contra él aumentó por una expresión estúpida y casi loca que profirió en una Asamblea. El tribuno Marco Sextio estaba presentando una ley agraria y mencionaba que una de sus disposiciones era que se asentarían colonos en Bola. "Aquellos," dijo,"que habían capturado Bola merecían que la ciudad y su territorio se les entregase". Postumio exclamó: "¡Mala cosa será para mis soldados si no guardan silencio!". Esta exclamación resultó tan ofensiva para los senadores, cuando se enteraron de ella, como lo fue para la Asamblea. El tribuno de la plebe era un hombre inteligente y un no mal orador; se encontraba ahora entre sus oponentes con un hombre de carácter insolente y lengua caliente, a quien podía irritar y provocar para que dijera cosas que atraerían el odio no sólo sobre él sino, por su culpa, también sobre todo su orden. A ninguno de los tribunos consulares citaba más a menudo en los debates que a Postumio. Después de que el antes citado profiriese una tosca y brutal expresión, Sextio dijo: "¿Oís, Quirites, cómo amenaza este hombre a sus soldados, como si fueran esclavos? ¿Os parecerá este monstruo más digno de su alto cargo que los hombres que están intentando enviaros como colonos para recibir gratis el regalo de una ciudad y su tierra y daros un lugar de descanso en vuestra vejez? ¿Más que quienes pelean valientemente por vuestros intereses contra tan salvajes e insolentes oponentes? Ahora ya podéis empezar a preguntaros por qué tan pocos asumen la defensa de vuestra causa. ¿Qué han de esperar de vosotros? ¿Altos cargos? Preferís conferirlos a vuestros enemigos antes que a los campeones del pueblo romano. Sólo murmuráis indignados ahora que oís lo que ha dicho este hombre. ¿Qué diferencia hay? Si tuvieseis que votar ahora, preferiríais a este hombre que os amenaza con castigaros antes que a los que os aseguran tierras, hogar y propiedad".

[4,50] Cuando se informó de esta expresión a los soldados del campamento, éstos se indignaron aún más. "¡¿Pues qué?! , dijeron, "¿Amenaza con castigar a sus soldados el estafador de botines, el ladrón?" Aún con tan abiertas expresiones de odio, el cuestor Publio Sestio trató de reprimir la excitación con la misma muestra de violencia que la había provocado. Se mandó un lictor contra un soldado que estaba gritando y esto provocó el alboroto y el desorden. El cuestor fue alcanzado por una piedra y lo retiraron de la multitud; el hombre que lo había herido exclamó que el cuestor había conseguido lo que merecía el comandante que amenazaba a sus soldados. Postumio fue enviado para hacer frente al estallido; empeoró la irritación general por la forma despiadada en que condujo su investigación y la crueldad de los castigos que infligió. Al final, cuando su ira rebasó todos los límites y una multitud se había congregado a los gritos de los que él había condenado a morir a latigazos, él mismo bajó de su tribuna frenéticamente, yendo hacia quienes estaban interrumpiendo la ejecución; los lictores y centuriones trataban de dispersar a la multitud, llevándola a tal estado de exasperación que el tribuno quedó sepultado por una lluvia de piedras lanzadas por su propio ejército. Cuando este hecho terrible se supo en Roma, los tribunos consulares instaron al Senado para que ordenase una investigación sobre las circunstancias de la muerte de su colega, pero los tribunos de la plebe interpusieron su veto. Esta cuestión estaba estrechamente relacionada con otro asunto controvertido. El Senado temía que los plebeyos, fuera por temor a una investigación o por ira, eligieran a los tribunos consulares de entre ellos mismos así que hicieron cuanto pudieron para garantizar la elección de cónsules en su lugar. Como los tribunos de la plebe no permitían que el Senado aprobase tal decreto y vetaban la elección de cónsules, la cuestión quedó en un interregno. El Senado, finalmente, consiguió la victoria.

[4.51] Quinto Fabio Vibulano, como interrex, presidió las elecciones. Los cónsules electos fueron Aulo Cornelio Coso y Lucio Furio Medulino. Al comienzo de su año de mandato -413 a.C.-, se aprobó una resolución por el Senado que facultaba a los tribunos para someter ante la plebe, a la mayor brevedad posible, el tema de una investigación sobre las circunstancias de la muerte de Postumio, permitiendo que la plebe eligiese quién sería el que presidiría la investigación. La plebe, por unanimidad, votó remitir el asunto a los cónsules. Cumplieron su deber con la mayor moderación y clemencia; sólo unos cuantos fueron castigados, y había buenas razones para creer que ésos se dieron muerte ellos mismos. No pudieron evitar, sin embargo, que su actuar fuese agriamente rechazado por la plebe, quien se quejaba de que las medidas que iban en su provecho fuesen diferidas y que las que tocaban al castigo y muerte de sus miembros se aplicaban inmediatamente. Después que se hubiera impuesto la justicia sobre el motín, habría sido un paso de lo más político aplacar su resentimiento distribuyendo el territorio conquistado de Bola. Si el Senado hubiese acometido esto, habría disminuido el afán por una ley agraria que se proponía expulsar a los patricios de su injusta ocupación de los dominios del Estado. Así las cosas, la sensación de injuria fue aún más aguda porque la nobleza no sólo estaba determinada a conservar por la fuerza las tierras públicas, que ya poseían, sino que de hecho rehusaban distribuir el territorio sin dueño recientemente conquistado que sería pronto, como todo lo demás, objeto de apropiación por unos pocos. Durante este año el cónsul Furio condujo las legiones contra los volscos, que estaban asolando el territorio hérnico. Como no encontraron al enemigo allí, avanzaron contra Ferentino, donde gran número de volscos se habían retirado, y la tomaron. Hubo menos botín del que esperaban encontrar pues, como tenían pocas esperanzas de defender la plaza, los volscos se llevaron sus bienes y la evacuaron por la noche. Al día siguiente, cuando la capturaron, estaba casi desierta. La ciudad y su territorio fueron entregados a los hérnicos.

[4.52] Ese año que, gracias a la moderación de los tribunos, había estado libre de perturbaciones, fue seguido por otro en el que Lucio Icilio fue tribuno y los cónsules fueron Quinto Fabio Ambusto y Cayo Furio Pacilo -412 a.C.-. Al comenzar el año, aquel asumió la labor de agitación como si se tratara de la misión asignada a su nombre y a su familia, y anunció propuestas que abordarían la cuestión de la tierra. Debido al estallido de una epidemia que, sin embargo, produjo más alarma que mortandad, los pensamientos de los hombres se desviaron de las luchas políticas del Foro a sus hogares y a la necesidad de cuidar a los enfermos. La peste fue considerada menos dañina de lo que habría sido la agitación agraria. La comunidad se escapó con muy pocas muertes teniendo en cuenta el gran número de casos. Como suele suceder, la peste trajo una hambruna al año siguiente, debido a los campos dejados sin cultivar. Los nuevos cónsules fueron Marco Papirio Atratino y Cayo Naucio Rutilo -411 a.C.-. El hambre habría sido más grave que la peste si no se hubiera aliviado la escasez enviando comisionados a todas las ciudades situadas en el Tirreno y el Tíber para comprar grano. Los samnitas, que ocupaban Capua y Cumas, se negaron con términos insolentes a cualquier comunicación con los comisionados; por otra parte, el Tirano de Sicilia prestó una generosa ayuda. Los mayores suministros fueron traídos por el Tíber, gracias a los buenos oficios de los etruscos. Como consecuencia de la prevalencia de la enfermedad en la República, los cónsules apenas encontraron hombres disponibles; como sólo se pudo comisionar a un senador para cada misión, se vieron obligados a adjuntarles dos caballeros. Aparte de la pestilencia y el hambre, no hubo problemas ni en casa ni en el extranjero durante estos dos años; pero tan pronto como esas causas de preocupación desaparecieron, todas las fuentes habituales de discordias en la república (disturbios en casa y guerras exteriores) estallaron de nuevo.

[4,53] Marco Emilio y Cayo Valerio Potito fueron los nuevos cónsules -410 a.C.-. Los ecuos hicieron preparativos para la guerra y los volscos, sin la sanción de su gobierno, tomaron las armas y les ayudaron como voluntarios. Al saberse de estos movimientos hostiles (ya habían cruzado a los territorios latinos y hérnicos), el cónsul Valerio empezó a reclutar tropas. Fue obstruido por Marco Menenio, el proponente de una ley agraria, y bajo la protección de este tribuno, a ninguno que se opuso a servir le tomaron el juramento. De repente llegó la noticia de que la fortaleza de Carvento había sido capturada por el enemigo. Esta humillación le dio el Senado la excusa para despertar el resentimiento popular contra Menenio, mientras que proporcionaba a los demás tribunos, que ya estaban preparados para vetar su ley agraria, mayor justificación para oponerse a su colega. Tuvo lugar una larga y enojosa discusión. Los cónsules pusieron a dioses y hombres como testigos de que Menenio, al obstruir el alistamiento, era el único responsable de cualquier desgracia y derrota que resultase o estuviese a punto de suceder de manos enemigas. Menenio, por su parte, protestó airadamente diciendo que si los que ocuparon las tierras públicas cesaban en su ocupación ilegal, él no pondría ningún obstáculo para el alistamiento. Los nueve tribunos pusieron fin a la disputa mediante la interposición de una resolución formal, declarando que era intención del colegio apoyar al cónsul a despecho del veto de su colega, tanto si imponía multas [el cónsul.-N. del T.] o adoptaba otras formas de coerción sobre quienes rechazasen servir en la campaña. Armado con este decreto, el cónsul ordenó que los pocos que reclamaban la protección del tribuno fuesen detenidos y llevados ante él; lo que atemorizó a los demás y prestaron el juramento militar.

El ejército se dirigió a la fortaleza de Carvento y, aunque descontentos y resentidos contra el cónsul, apenas llegaron al lugar expulsaron a los defensores y recuperaron la ciudadela. El ataque fue facilitado por la ausencia de parte de la guarnición, que por la laxitud de sus generales estaba fuera robando, en una expedición de saqueo. El botín, que habían reunido en sus incesantes ataques y almacenaban aquí para asegurarlo, fue considerable. Así pues, el cónsul ordenó la venta en subasta [ver Libro 4,29.-N. del T.] ordenando a los cuestores que ingresasen lo obtenido en el Tesoro. Anunció que el ejército sólo tendría participación del botín cuando no hubieran rechazado servir. Esto aumentó la exasperación de la plebe y de los soldados contra el cónsul. El Senado le decretó una ovación y, mientras hacía su entrada ceremonial en la Ciudad, los soldados recitaban versos groseros, con su acostumbrada libertad, en los que el cónsul era insultado y Menenio alabado en pareados, con aplausos y vítores de los espectadores cada vez que se pronunciaba el nombre del tribuno. Esta última circunstancia produjo más inquietud en el Senado que la licencia de los soldados, que era casi una práctica habitual; y como no había duda de que si Menenio se presentaba candidato sería elegido tribuno consular, se le impidió mediante la elección de cónsules.

[4.54] Los dos elegidos fueron Cneo Cornelio Coso y Lucio Furio Medulino -409 a.C.-. En ninguna otra ocasión se indignó más la plebe por no permitírsele elegir tribunos consulares. Mostraron su indignación en la elección de los cuestores, y tuvieron su venganza, porque fue la primera vez que se resultaron elegidos cuestores plebeyos; y tan lejos llevaron su resentimiento que de los cuatro que fueron elegidos sólo quedó un puesto para un patricio, Cesón Fabio Ambusto. Los tres plebeyos, Quinto Silio, Publio Elio y Publio Pupio, fueron elegidos con preferencia a los descendientes de las familias más ilustres. Fueron los Icilios, me parece, quienes indujeron al pueblo a mostrar su independencia en la votación; esa familia era la más hostil a los patricios y tres de sus miembros fueron elegidos tribunos ese año al alentar las esperanzas del pueblo en muchas e importantes reformas. Declararon que no iban a dar un solo paso si el pueblo no tenía el valor suficiente para elegir incluso a los cuestores que asegurasen el buen fin que tanto tiempo habían deseado y que las leyes habían puesto a su alcance, pues vieron que ésta era la única magistratura que el Senado había dejado abierta tanto a patricios como a plebeyos. Los plebeyos consideraron esto como una espléndida victoria; valoraban la cuestura no por lo que era en sí misma, sino como un camino abierto a los hombres nuevos [homo novus en el original latino; se refiere a los que no poseían un rancio abolengo, por así decir.-N. del T.] hacia el consulado y los triunfos. Los patricios, por otra parte, estaban indignados; más que compartiéndolo, sentían más que estaban perdiendo todo el poder sobre el Estado. Y decían: "Si así van a ser las cosas, no se formará a los niños; pues si se les va a impedir ocupar las vacantes de sus mayores y ver mientras a otros en posesión de las dignidades que les pertenecen por derecho, se quedarán, privados de cualquier autoridad y poder, para actuar como salios o flámines [sacerdotes salios: creados por Numa para custodiar los escudos sagrados, llamados anciles; sacerdotes flámines: también instituidos por Numa, se encargaban de mantener el fuego del altar del dios al que estaban adscritos.-N. del T.], sin más obligación que la de ofrecer sacrificios por el pueblo". Ambas partes estaban irritadas, y como los plebeyos cobraran nuevos ánimos y tuviesen tres jefes de nombre ilustre para la causa popular, los patricios vieron que el resultado de todas las elecciones sería el mismo que la de los cuestores, donde el pueblo tenía libertad de elección. Se esforzaron, por tanto, en asegurar la elección de cónsules, que aún no estaba abierta a ambos órdenes; por su parte, los Icilios dijeron que se debían elegir tribunos consulares y que antes o después deberían compartir los más altos honores con la plebe.

[4.55] Pero, hasta entonces, los cónsules no habían hecho nada para impedirlo y que arrebatasen las deseadas concesiones de los patricios. Por una maravillosa clase de buena suerte, llegaron noticias de que los volscos y ecuos habían hecho una incursión de rapiña en los territorios de los latinos y los hérnicos. El Senado decretó un alistamiento para esta guerra pero, cuando los cónsules comenzaron, los tribunos se les opusieron enérgicamente y declararon que ellos mismos y la plebe tenían ahora su oportunidad. Había tres de ellos, todos muy enérgicos, a los que se podría considerar de tan buena familia como les fuera posible, en tanto que plebeyos. Dos de ellos asumieron la misión de mantener una estrecha vigilancia sobre cada uno de los cónsules; al tercero se le encargó la obligación de azuzar y tranquilizar, alternativamente, al pueblo con sus arengas. Los cónsules no podían continuar con el alistamiento, ni los tribunos podían seguir con las votaciones que ansiaban. La Fortuna, finalmente, se puso del lado de la plebe, pues llegaron noticias de que, mientras las fuerzas de la fortaleza de Carvento estaban dispersas en busca de botín, los ecuos les habían atacado y, tras matar a los pocos que quedaron de guardia, destrozaron a los que se retiraban apresuradamente y dispersaron a los demás por los campos. Este incidente, tan desafortunado para el Estado, fortaleció las manos de los tribunos. Se hicieron intentos infructuosos para que en tal emergencia se abstuvieran de oponerse a la guerra, pero no cedieron ni en vista del peligro para el Estado, ni por el odio que les pudiese acarrear; y finalmente consiguieron forzar al Senado a aprobar un decreto para la elección de tribunos militares. Fue, sin embargo, expresamente establecido que no serían elegibles para dicho puesto ninguno de los actuales tribunos de la plebe, ni serían reelegidos el año siguiente como tribunos de la plebe. Esta se dirigía, sin duda, contra los Icilios, de quienes el Senado sospechaba que aspiraban al consulado como recompensa por sus esfuerzos como tribunos. Luego, con el consentimiento de ambos órdenes, se llevó a cabo el alistamiento y empezaron los preparativos para la guerra. Difieren los autores antiguos en cuanto a si ambos cónsules marcharon contra la fortaleza Carventina o si uno de ellos se quedó para proceder a las elecciones. No hay ninguna disputa, sin embargo, en cuanto a que los romanos se retiraron de la fortaleza de Carvento tras un largo e ineficaz asedio y que recuperaron Verrugo tras efectuar grandes rapiñas y obtener gran botín, tanto de territorios volscos como ecuos.

[4.56] En Roma, mientras la plebe había logrado asegurar la elección de quien prefería, el resultado de la misma fue una victoria para el Senado. Contrariamente a todas las expectativas, tres patricios fueron elegidos tribunos consulares, a saber, Cayo Julio Julo, Publio Cornelio Coso y Cayo Servilio Ahala -408 a.C.-. Se dijo que los patricios recurrieron a un truco; los Icilios, de hecho, les acusaron de ello en ese momento. Fueron acusados de haber introducido un grupo de candidatos indignos entre los que sí eran dignos de ser elegidos, y que el disgusto que sintieron los plebeyos por los indignos se extendió a todos los candidatos plebeyos. Después de esto, se recibió la información de que los volscos y los ecuos estaban haciendo preparativos para la guerra con la mayor de las energías. Esto pudo ocurrir porque el hecho de mantener en su poder la fortaleza de Carvento les había levantado los ánimos, o porque la pérdida del destacamento de Verrugo les enfureciese. Se dice que los ancios fueron los principales instigadores; sus embajadores habían ido por las ciudades de ambas naciones reprochándoles su cobardía al esconderse tras sus murallas el año anterior y permitir que los romanos corriesen sus campos por todas partes y destruyesen la guarnición de Verrugo. No sólo se les enviaron ejércitos, sino que incluso se habían establecido colonos en su territorio. No sólo los romanos se habían repartido sus propiedades entre ellos, sino que incluso habían regalado Ferentino a los hérnicos, tras haberla capturado. Estos reproches encendieron el espíritu guerrero en cada ciudad, y se alistó gran número de combatientes. Una fuerza reunida de entre todos los Estados se concentró en Ancio; allí fijaron su campamento y esperaron al enemigo. Noticia de estos acontecimientos llegaron a Roma y produjeron más inquietud de la que los hechos realmente permitían inferir; el Senado ordenó inmediatamente que se nombrase un dictador, el último recurso para casos de peligros inminentes. Se dice que Julio y Cornelio se mostraron indignados con esta decisión, y las cosas siguieron en medio de la amargura de ambos. Los líderes del Senado censuraron a los tribunos consulares por no reconocer la autoridad de la Cámara y, haciendo inútiles sus protestas, terminaron apelando finalmente a los tribunos de la plebe y les recordaron cómo en una ocasión parecida su autoridad había servido de freno a los cónsules. Los tribunos, encantados con la disensión entre los senadores, dijeron que no prestarían ninguna ayuda a quienes no les consideraban ciudadanos ni, incluso, hombres. Si los honores del Estado estuviesen siempre abiertos a ambos órdenes y ellos compartieran el gobierno, entonces podrían tomar medidas para impedir que las decisiones del Senado fueran anuladas por la arrogancia de cualquier magistrado; hasta entonces, los patricios, desprovistos de cualquier respeto por los magistrados o las leyes, podían hacer frente por sí mismos a los tribunos consulares.

[4,57] Esta controversia ocupó los pensamientos de los hombres en el momento más inoportuno, cuando una grave guerra estaba a punto de ocurrir. Por fin, después de que Julio y Cornelio hubieran, uno tras otro, argumentado largamente que ellos eran suficientes para dirigir aquella guerra y que era injusto que se les privara del honor que el pueblo les había conferido, Ahala Servilio, el otro tribuno militar, intervino en el conflicto. Había, dijo, permanecido en silencio tanto tiempo, no porque albergase alguna duda (¿pues qué buen ciudadano podría separar su interés del de la república?), sino porque habría querido que sus colegas se hubieran sometido a la autoridad del Senado sin tener que invocar contra ellos el poder de los tribunos de la plebe. Incluso ahora, les habría dado gustosamente tiempo para abandonar su actitud intransigente si las circunstancias lo permitiesen. Sin embargo, las necesidades de la guerra no esperaban a los Consejos de los hombres, y la república le importaba más que la buena voluntad de sus colegas. Si, por tanto, el Senado apoyaba su decisión, él nombraría un dictador la noche siguiente, y si alguien vetaba la aprobación del decreto del Senado, él se complacería en actuar de acuerdo a su resolución. Al adoptar esta actitud, se ganó la merecida alabanza y simpatía de todos, y tras nombrar como dictador a Publio Cornelio, él mismo fue nombrado jefe de caballería. Ahala proporcionó un ejemplo a sus colegas, pues compararon su posición con la de él, el modo en que los altos cargos y la popularidad llegan a veces más fácilmente a quienes no los codician. La guerra estaba lejos de ser algo memorable. El enemigo fue derrotado con una gran masacre en Ancio, en una sola batalla que se ganó fácilmente. El ejército victorioso devastó el territorio volsco. La fortaleza en el lago de Fucino fue asaltada, y se hizo prisionera a la guarnición de 3000 hombres mientras que el resto de los volscos fueron expulsados hasta sus ciudades amuralladas, dejando sus campos a merced del enemigo. Después usar tanto como pudo de los favores de la Fortuna en la dirección de la guerra, el dictador volvió a casa con más éxito que gloria y dejó el cargo. Los tribunos militares rechazaron todas las propuestas para elegir cónsules (debido, según creo, a su resentimiento por el nombramiento de un dictador), y dieron órdenes para la elección de tribunos militares con potestad consular. Esto aumentó la inquietud de los senadores, porque veían que su causa estaba siendo traicionada por hombres de su propio partido. En consecuencia, como el año anterior habían excitado la indignación contra todos los candidatos plebeyos, incluso contra los dignos, por medio de los que eran perfectamente indignos, ahora los líderes de Senado se presentaron candidatos, rodeados de cuanto les proporcionara distinción

o reforzase su influencia personal. Se aseguraron todos los puesto e impidieron la elección de cualquier plebeyo. Se eligió a cuatro de ellos, todos los cuales habían ocupado anteriormente el cargo, a saber: Lucio Furio Medulino, Cayo Valerio Potito, Numerio Fabio Vibulano y Cayo Servilio Ahala. Este último debió su continuidad en el cargo tanto a la popularidad que se había ganado por su singular moderación como a sus otros méritos.

[4.58] Durante este año -407 a.C.-, expiró el armisticio con Veyes y se enviaron embajadores y feciales en demanda de satisfacción. Cuando llegaron a la frontera fueron recibidos por una delegación de Veyes, que les rogó que no pasasen de allí antes de que ellos mismos tuviesen una audiencia del senado romano. Obtuvieron del Senado la retirada de la demanda de satisfacción, debido a los problemas internos que Veyes estaba sufriendo. Tan lejos estaban ellos de hacer, en las desgracias ajenas, medrar sus propios intereses. Se produjo un desastre en territorio volsco, al perderse la guarnición de Verrugo. Tanto dependió aquí de unas pocas horas, que los soldados que estaban siendo asediados por los volscos y que rogaban ayuda podrían haber sido rescatados si se hubiesen adoptado medidas a tiempo. Así las cosas, la fuerza de rescate sólo llegó a tiempo para sorprender al enemigo que, recién terminada la masacre de la guarnición, estaba disperso en busca de botín. La responsabilidad por el retraso fue más del Senado que de los tribunos; habiendo oído que estaban ofreciendo la más determinada resistencia, no consideraron que hay límites a la resistencia humana que el valor no puede superar. Los valientes soldados no quedaron sin venganza, fuera en sus vidas o en sus muertes.

El año siguiente -406 a.C.-fueron tribunos militares con potestad consular Publio Cornelio Coso, Cneo Cornelio Coso, Numerio Fabio Ambusto y Lucio Valerio Potitus. Debido a la acción del Senado de Veyes, amenazaba guerra con esa ciudad. Los enviados de Roma que fueron en demanda de satisfacción recibieron la respuesta insolente de que a menos que marchasen rápidamente de la ciudad y cruzasen las fronteras, los veyentinos les harían lo mismo que les había hecho Lars Tolumnio. El Senado se indignó y aprobó un decreto para que los tribunos militares sometieran al pueblo lo antes posible una propuesta para declarar la guerra contra Veyes. Tan pronto como se presentó el asunto, los hombres susceptibles de ser movilizados protestaron. Se quejaron de que no se hubiera dado término a la guerra contra los volscos, se hubiera aniquilado la guarnición de dos fortalezas y que éstas, aunque vueltas a capturar, se mantuvieran con dificultad; que no había un año en que no tuviesen que combatir y que ahora, como si no tuviesen bastante, se tenían que preparar para una nueva guerra contra un poderoso enemigo que levantaría a toda la Etruria. Este descontento entre la plebe fue avivado por los tribunos, que continuamente decían que la guerra más grave era la que se daba entre el Senado y la plebe; que eran acosados adrede con la guerra y expuestos a ser muertos por el enemigo y mantenidos como en el destierro, lejos de la tranquilidad de sus hogares por temor a que la tranquilidad de la vida en la Ciudad despertase la memoria de sus libertades y les llevase a discutir los sistemas de distribución de las tierras públicas entre colonos y asegurarles el libre ejercicio de sus derechos. Se llegaron a los veteranos, contaron las campañas de cada hombre así como sus heridas y cicatrices y preguntaron cuánta sangre les quedaba para derramarla por el Estado. Planteando estos temas en discursos públicos y en conversaciones privadas, produjeron entre los plebeyos un sentimiento de oposición a la proyectada guerra. El asunto se apartió por el momento, ya que era evidente en aquel estado de opinión que, si se presentase, sería rechazado.

[4.59] Mientras tanto, los tribunos militares decidieron conducir al ejército a territorio volsco; Cneo Cornelio fue dejado a cargo de la Ciudad. Los tres tribunos comprobaron que no había ningún campamento de los volscos por parte alguna y que no se arriesgarían a una batalla, así que dividieron sus fuerzas en tres grupos separados para asolar el país. Valerio hizo de Ancio su objetivo; Cornelius eligió Ecetra. Dondequiera que marchaban destruían las granjas y los cultivos a lo largo y a lo ancho, dividiendo las fuerzas de los volscos. Fabio marchó contra Anxur, que era el objetivo principal, sin perder tiempo en devastar el país. Esta ciudad se llama ahora Terracina; fue construida en la ladera de una colina y se extendía hacia los marjales. Fabius hizo un amago de atacar la ciudad por ese lado. Se enviaron cuatro cohortes al mando de Cayo Servicio Ahala para dar un rodeo y tomar la colina que dominaba la ciudad por el otro lado. Después de hacerlo así lanzaron un ataque, en medio de fuertes gritos y algarabía, desde su posición más elevada sobre la parte de la ciudad en que no había defensas. Los que defendían la parte baja de la ciudad contra Fabio quedaron estupefactos y asombrados al oír el ruido, y esto le dio tiempo para colocar sus escalas de asalto. Los romanos estuvieron enseguida por todas partes de la ciudad, y durante algún tiempo se produjo una despiadada masacre de fugitivos y combatientes, de hombres armados y desarmados por igual. Como no había esperanza de cuartel, el enemigo vencido se vio obligado a seguir luchando, hasta que de pronto se dio orden de que sólo se hiriese a quienes empuñasen armas. Al oír esto, toda la población arrojó las armas; se tomaron prisioneros en número de 2500. Fabio no permitió que sus hombres arrebatasen el botín de guerra antes de que llegasen sus colegas, pues aquellos ejércitos también habían tomado parte en la captura de Anxur al impedir que los volscos llegasen en su socorro. A su llegada, los tres ejércitos saquearon la ciudad que, debido a su larga prosperidad, poseía muchas riquezas. Esta generosidad por parte de los generales fue el primer paso hacia la reconciliación entre la plebe y el Senado. Le siguió el regalo que el Senado, en el momento más oportuno, otorgó a los plebeyos. Antes de que la cuestión fuese debatida por la plebe o por sus tribunos, el Senado decretó que los soldados recibirían una paga del erario público. Anteriormente, cada hombre había servido a su propia costa. [Es decir, se había pagado su propio equipo y se costeaba su mantenimiento en campaña.- N. del T.]

[4,60] Nada, según se cuenta, fue nunca más bienvenido por la plebe ni con más deleite; rodearon la casa del Senado, tomaban las manos de los senadores que salían y reconocían que eran justamente llamados "Padres"; les declaraban que tras lo que habían hecho ninguno dejaría de poner su sangre o sus personas al servicio de tan generoso país. Vieron con agrado que sus propiedades privadas no se verían afectadas durante el tiempo en que estaban dedicados a servir a la república; y el hecho de que se ofreciese espontáneamente tal regalo, sin petición previa de sus tribunos, incrementó su inmensa gratitud y felicidad. Las únicas personas que no compartían el sentimiento general de alegría y buena voluntad eran los tribunos de la plebe. Afirmaron que el acuerdo se convertiría en una cosa menos agradable para el Senado y menos beneficiosa para la comunidad de lo que suponían. Aquella política era más atractiva a primera vista de lo que resultaría en la práctica. ¿De qué fuente, preguntaron, saldría el dinero, sino imponiendo un tributo al pueblo? Ellos eran muy generosos a expensas de los demás. Además, aquellos que habían cumplido su tiempo de servicio no permitirían, incluso si los demás lo aprobaban, que el resto sirviera en condiciones más favorables de lo que ellos mismos lo habían hecho y, después de haber tenido que mantenerse a su propia costa, tener ahora que costear el servicio de otros. Estos argumentos influyeron sobre algunos plebeyos. Por fin, después que se impusiera el tributo, los tribunos de hecho advirtieron que ellos protegerían a cualquiera que rehusara contribuir al impuesto de guerra. Los senadores estaban decididos a mantener una medida tan felizmente inaugurada; ellos mismos eran los primeros en contribuir y, como aún no se usaba la moneda acuñada, llevaron el cobre al peso, en vagones, al Tesoro, llamando así la atención del pueblo sobre el hecho de su contribución. Después de los senadores hubieran contribuido conscientemente con la totalidad de lo que se les había fijado, los jefes plebeyos, amigos personales de los nobles, empezaron a pagar su parte como se había acordado. Cuando la multitud vio a estos hombres aplaudidos por el Senado y vistos como patriotas por los hombres en edad militar, rápidamente rechazaron la protección que les ofrecían los tribunos y competían unos con otros en su afán por contribuir. La propuesta autorizando la declaración de guerra contra Veyes se aprobó y los nuevos tribunos militares con potestad consular marcharon hacia allí con un ejército compuesto en gran medida por hombres que se ofrecieron voluntariamente para el servicio.

[4,61] Estos tribunos fueron Tito Quincio Capitolino, Quinto Quincio Cincinato, Cayo Julio Julo (por segunda vez), Aulo Manlio, Lucio Furio Medulino (por tercera vez) y Marco Emilio Mamerco -405 a.C.-. Veyes fue cercada por ellos. Inmediatamente después de que el sitio hubiera comenzado, tuvo lugar una concurrida reunión del Consejo Nacional Etrusco en el templo de Voltumna, pero no se tomó una decisión sobre si los veyentinos debían ser defendidos por las armas de toda la nación. Al año siguiente -404 a.C.-, prosiguió el sitio con menos vigor debido a que se llamó a alguno de los tribunos y a parte del ejército para la guerra contra los volscos. Los tribunos militares con potestad consular de ese año fueron Cayo Valerio Potito (por tercera vez), Manio Sergio Fidenas, Publio Cornelio Maluginense, Cneo Cornelio Coso, Céson Fabio Ambusto y Espurio Naucio Rutilo (por segunda vez). Se libró una batalla campal contra los volscos entre Ferentino y Écetra, que terminó con victoria romana. Después, los tribunos empezaron con el asedio de Artena, una ciudad volsca. Al intentar una salida, se rechazó al enemigo hacia la ciudad, dando así una oportunidad a los romanos para forzar la entrada y capturando el lugar con excepción de la ciudadela. Parte del enemigo se retiró a la ciudadela, que estaba protegida por la naturaleza de su posición; bajo ella, muchos fueron muertos o hechos prisioneros. La ciudadela quedó rodeada, pero no se pudo tomar al asalto al ser suficientes los defensores para cubrir todas las fortificaciones, ni había esperanza de que se rindiesen al haber llevado allí todo el grano de los almacenes públicos antes que la ciudad fuera capturada. Los romanos se habrían retirado con pesar de no haber traicionado un esclavo a los sitiados. Los soldados, guiados por él a través de un terreno escarpado, capturaron el lugar y, tras masacrar a quienes estaban de guardia, rindieron a los demás. Tras haber demolido la ciudad y su ciudadela, las legiones fueron retiradas del territorio volsco y toda la fuerza de Roma se dirigió contra Veyes. El traidor fue recompensado no sólo con su libertad, sino también con la propiedad de dos familias, y se le llamó Servio Romano. Algunos suponen que Artena pertenecía a los veyentinos y no a los volscos. El error proviene del hecho de que había una ciudad del mismo nombre entre Caere y Veyes, pero fue destruida en tiempos de los reyes de Roma y pertenecía a Caere, no a Veyes. La otra ciudad del mismo nombre, cuya destrucción he relatado, se encontraba en territorio de los volscos.

Fin del libro 4.

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Libro 5: La guerra con Veyes, la destrucción de Roma por los galos

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[5,1] Mientras que la paz reinaba en otros lugares, Roma y Veyes se enfrentan mediante las armas, animados por tanta furia y odio que, claramente, sólo la ruina esperaba a los vencidos. Cada una elegía a sus magistrados, pero según principios totalmente diferentes. Los romanos aumentaron el número de sus tribunos militares con potestad consular [tribunorum militum consulari potestate en el original latino; a veces el autor lo abrevia en tribunorum militum. La traducción literal y correcta sería "tribunos militares con potestad consular"; sin embargo, la tradición traductora se refiere a esta magistratura abreviándola en tribunos consulares o tribuno consular para el singular, y es la que seguiremos aquí.-N. del T.] a ocho, el número más grande que nunca hubieran elegido. Fueron Marco Emilio Mamerco (por segunda vez), Lucio Valerio Potito (por tercera vez), Apio Claudio Craso, Marco Quintilio Varo, Lucio Julio Julo, Marco Postumio, Marco Furio Camilo y Marco Postumio Albino -403 a.C.-. Los veyentinos, por otra parte, cansados de votar cada año para elegir magistrado, eligieron un rey. Esto ofendió gravemente a los pueblos etruscos, debido a su odio por la monarquía y su aversión personal al que fue elegido. Él ya resultaba a la nación por el orgullo que mostraba por su riqueza, por su temperamento autoritario y por haber puesto abrupto fin a la fiesta de los Juegos, lo que era un acto de impiedad. Su candidatura para el sacerdocio no había tenido éxito, otro resultó preferido por el voto de los doce pueblos y, en venganza, de repente, retiró a los participantes, muchos de los cuales eran sus propios esclavos, en medio de los Juegos. Los etruscos, como nación, se distinguieron sobre todas las demás por su devoción a las prácticas religiosas, ya que sobresalían en el conocimiento y en la dirección de ellas, y decidieron, en consecuencia, que no se debía prestar ninguna ayuda a los veyentinos mientras estaviesen bajo un rey. La noticia de esta decisión se ocultó en Veyes por miedo al rey; éste trataba a quienes mencionasen cosas por el estilo no como autores de cuentos ociosos, sino como cabecillas de sedición. Aunque los romanos habían recibido información de inteligencia diciendo que no había ningún movimiento por parte de los etruscos, aún así, como se informaba de que el asunto se discutía en cada uno de sus consejos, dispusieron sus líneas como para presentar una doble cara: la una frente a los veyos para prevenir salidas de la ciudad y la otra mirando a Etruria, para interceptar cualquier socorro de ese lado.

[5,2] Como los generales romanos empezaban a confiar más en un bloqueo que en un asalto, empezaron a construir barracones para invernar [hibernaculum en el texto latino original: alojamientos más protegidos (de adobe, ladrillo o piedra) que las contubernia de piel.-N. del T.], una novedad para el soldado romano. Su plan era mantener la guerra durante el invierno. Los tribunos de la plebe, durante mucho tiempo, habían sido incapaces de hallar un pretexto para provocar una revuelta. Sin embargo, cuando esta noticia llegó a Roma, se apresuraron a la Asamblea y promovieron gran excitación al declarar que esta era la razón por la que se había dispuesto el pago de l de este fue llevado a Roma, que corrió a la Asamblea y produjo gran emoción al declarar que esta era la razón por la que se había resuelto al pago de las tropas. Ellos, los tribunos, no habían estado ciegos ante el hecho de que este regalo de sus adversarios podría resultar envenenado. Se había hecho un cambalache con las libertades del pueblo, sus hombres capaces habían sido enviados fuera permanentemente, desterrados de la Ciudad y del Estado, sin importar que fuese invierno o verano ni tener la posibilidad de visitar sus hogares o cuidad sus propiedades. ¿Cuál creían que era la razón para esta campaña continua? Con seguridad no era otra más que el miedo de que si una gran cantidad de tales hombres, que constituían la mayor fortaleza de la plebe, estuviesen presentes, sería posible discutir reformas en favor de los plebeyos. Además, estaban sufriendo más carencias y opresión que los veyentinos, porque éstos pasaban el invierno bajo sus techos, en una ciudad protegida por sus magníficas murallas y su fuerte posición natural; mientras, los romanos, entre trabajos y fatigas, enterrados en el hielo y la nieve, esperando pacientemente bajo sus toscas tiendas de piel sin poder abandonar sus armas ni en invierno, cuando hay un descanso en todas las guerras, sean por tierra o por mar. Esta forma de esclavitud, al hacer perpetuo el servicio militar, nunca fue impuesta por los reyes, ni por los cónsules que tan dominantes eran antes de la institución del tribunado, ni bajo el severo gobierno del dictador o el de los decenviros sin escrúpulos: eran los tribunos consulares quienes ejercían tal despotismo real sobre la plebe romana. ¿Qué escandalosas crueldades no habrían hecho estos hombres de haber sido cónsules o dictadores, teniendo en cuenta de que su autoridad proconsular es sólo una sombra de las otras? Pero el pueblo había tenido lo que se merecía. Ni un plebeyo había sido elegido para uno de los ocho tribunados militares. Hasta ahora, con los mayores esfuerzos, los patricios sólo ocupaban tres puestos a la vez; ahora había ocho de ellos empeñados en mantener su poder. Ni siguiera había salido un plebeyo de entre aquella multitud, aunque sólo hiciera eso, para advertir a sus colegas de que aquellos que servían como soldados eran sus propios conciudadanos y no esclavos, y que debían ser devueltos, en todo caso para el invierno, a sus casas y hogares para que en algún momento del año visitasen a sus familias y esposas e hijos, y que ejerciesen sus derechos como ciudadanos libres al elegir a los magistrados.

[5,3] Aunque se complacían en declamaciones de este tipo, encontraron un oponente de su altura en Apio Claudio. Éste, desde joven, había tomado parte en los enfrentamientos con la plebe, como ya se ha indisu temprana juventud confrontado con la plebeSe había tomado desde su juventud su participación en los concursos con la plebe, y como se ha indicado anteriormente, algunos años antes había recomendado el Senado para romper el poder de los tribunos, garantizando la intervención de sus colegas. No sólo era un hombre de mente rápida y versátil sino, en aquel momento, un experimentado polemista. Pronunció el siguiente discurso en esta ocasión: -"Si, Quirites, siempre ha habido dudas sobre si era en vuestro interés

o en el suyo que los tribunos siempre se mostraban partidarios de la sedición, me parece evidente que este año ha dejado de haberlas. Si bien me alegro de que al fin se haya puesto término a un engaño de tan larga data, os felicito, y en vuestro nombre a todo el Estado, de que su desaparicióneliminación se ha efectuado justo en el momento en que sus circunstancias son las más prósperas. ¿Hay alguien que dude de que cualesquiera males que hayáis sufrido en algún momento, nunca molestaron tanto y provocaron a los tribunos como el generoso tratamiento recibido por la plebe del Senado al establecer el sistema de paga a los soldados? ¿Qué otra cosa creéis que temían entonces, y que hoy con gusto cambiarían, sino la armonía entre ambos órdenes, que creían mayoritariamente que se dirigía a destruir su poder? Son, en realidad, como tantos medicastros en busca de trabajo, siempre ansiosos por encontrar alguna cosa enferma en la república por la que les llaméis a curarla". Luego, dirigiéndose a los tribunos, les dijo: "¿Estáis defendiendo o atacando a la plebe? ¿Estáis tratando de lesionar a los hombres en el servicio o está pidiendo su causa? O quizá sea esto lo que queréis decir: "Sea lo que sea que haga el senado, tanto en interés del pueblo como contra él, nos oponemos". Así como los amos prohíben a los extranjeros que tengan comunicación con sus esclavos, pues creen que es justo que se abstengan de mostrarles tanto bondad como maldad, así vosotros prohibís a los patricios todo trato con la plebe, no sea que se les muestre nuestra bondad y generosidad y se nos hagan leales y obedientes. ¿Cuánto más respetuoso habría sido por vuestra parte mostrar una pizca, no diré ya de patriotismo, sino de humanidad común, al comtemplar con agrado, tanto como pudiéseis, que los patricios y la plebe estuviesen en buen que hubiera sido de usted, si usted ha tenido una chispa - No voy a decir de patriotismo, pero - de la humanidad común, que ve con buenos ojos, y en cuanto a fijar en ti, que fomentó la amabilidad los sentimientos de los patricios y agradece la buena voluntad de la plebe! Y si esta armonía resultase duradera, ¿Quién no se atrevería a asegurar que este Imperio en poco tiempo sería el más grande entre los Estados vecinos?".

[5,4] "Yo, por lo tanto, os muestro no sólo la conveniencia, sino incluso la necesidad de la política que mis colegas han adoptado de negarse a retirar al ejército de Veyes hasta que hayan alcanzado su objetivo. Por el momento, prefiero hablar de las condiciones reales en que está sirviendo; y si yo no estuviera hablando sólo ante vosotros, sino también ante el campamento enterio, creo que lo que digo parecería justo y equitativo a juicio de los propios soldadospero sólo en el campo, así, creo que lo que digo parece justo y equitativo en la sentencia de los soldados sí mismos. Incluso si no se presentaran los mismos argumentos ante mi, hallaría los de mis adversarios más que suficientes para mi propósito. Decían últimamente que no se debía entregar una paga a los soldados, porque nunca se les había dado. ¿Cómo entonces pueden ahora indignarse porque a los que han obtenido beneficios adicionales profesan indignación a los que han obtenido beneficios adicionales que se deben someterse a un esfuerzo adicional en proporción? En ningún lugar hallamos trabajo sin recompensa, ni, por regla general, la recompensa, sin parte de los gastos de mano de obra. Trabajo y placer, completamente diferentes por naturaleza, han sido unidos entre si por la naturaleza en una especie de asociación. Anteriormente, el soldado consideraba un agravio tener que prestar servicio al Estado a su propia costa; tenía la satisfacción, no obstante, de poder cultivar sus tierras durante parte del año y adquirir los medios para sostenerse él y su familia tanto si estaba en su hogar como si estaba de servicio. Ahora tenía la satisfacción de saber que el Estado resultaba una fuente de ingresos para él, y se alegraba de recibir su paga. Bien puede esperar pacientemente estar ausente un poco más de su hogar y su propiedad, sobre las que no caen ahora tan fuertes gastos. Si el Estado tuviese que reclamarle un cálculo exacto, no estaría justificado que dijese: "Recibes un año de paga, debes dar un año de trabajo. ¿Creéis que es justo recibir doce meses de paga completa por seis meses de servicio?". Con renuencia, Quirites, insisto en este tema, porque son los que emplean mercenarios quienes suelen tratar las cosas así; pero queremos tratar con vosotros como conciudadanos, y creemos que lo justo es que vosotros tratéis con nosotros como con vuestra patria.

"Puede que esta guerra no se debiera haber empezado, pero ahora debe conducirse como corresponde a la dignidad de Roma y terminarla tan pronto como se pueda. Sin duda, le daremos un final si presionamos con el asedio, pero no si nos retiramos antes de haber cumplido nuestras esperanzas con la captura de Veyes. Si, ¡por Hércules! no hubiera otra razón, el mismo desprestigio de la retirada debería inspirarnos a perseverar. Una ciudad fue una vez sitiada por toda la Grecia durante diez años, por culpa de una mujer, ¡y a cuánta distancia de sus casas, y con cuántas tierras y mares entre ellos! ¿Nos estamos cansando de mantener un asedio durante un año, a menos de veinte millas de distancia [29.600 metros.-N. del T., casi a la vista de la Ciudad? Supongo que pensáis que el motivo de la guerra es trivial y que no sentimos el suficiente resentimiento como para perseverar. Siete veces han reanudado la guerra contra nosotros; nunca han mantenido fielmente los términos de la paz; han asolado nuestros campos mil veces; han obligado a los Fidenenses a rebelarse; han asesinado a los colonos que asentamos allí; han instigado el impío asesinato de nuestros embajadores, violando el derecho de gentes; han querido levantar contra nosotros a toda la Etruria y aún están en ello; cuando les enviamos embajadores a pedir satisfacción, casi les ultrajaron.

[5,5] "¿A éstos debe hacerse la guerra sin entusiasmo y con dilaciones? Si tales razones no son bastantes para mover vuestro odio, ¿no lo serán tampoco, os lo ruego, las siguientes? La ciudad está cercada por una inmensa fábrica de asedio que confina al enemigo dentro de sus muros. No ha labrado sus tierras, y lo que había trabajado antes se ha visto devastado por la guerra. Si hacemos regresar otra vez a nuestro ejército, ¿alguien tiene la menor duda de que invadirán nuestro territorio? No sólo por sed de venganza, sino también por la pura necesidad de saquear lo de otros al haber perdido lo suyo. Si aprobamos vuestra política no aplazaremos la guerra, simplemente la trasladaremos dentro de nuestras propias fronteras. Bueno, y ahora, ¿qué hay de los soldados en los que esos dignos tribunos se han interesado de pronto después de tratar en vano de robarles sus salarios? ¿qué hay de ellos? Han construido una rampa y un foso, trabajos inmensos cada uno de ellos, sobre toda esa extensión de terreno; han construido fuertes, pocos al principio, pero muy numerosos conforme crecía el ejército; han levantado defensas no sólo contra la ciudad, sino también como una barrera contra Etruria por si llegaba ayuda de allí. ¿Hace falta describir las torres, los manteletes, los testudos y otros ingenios usados para asaltar ciudades? Ahora que tanto trabajo se ha hecho y que por fin se le ha dado fin, ¿creéis que se debe abandonar para que el próximo verano nos agotemos otra vez construyéndolos de nuevo? ¡Cuánto menos problema hay en defender lo ya construido, en seguir adelante y perseverar y así terminar con nuestras preocupaciones y trabajos! Porque de cierto que la empresa no será larga si se realiza con un esfuerzo continuo, y si no retrasamos el cumplimento de nuestras esperanzas con nuestras propias interrupciones y paros".

"He estado hablando de los trabajos y de la pérdida de tiempo. Ahora se reúne frecuentemente el Consejo Nacional de Etruria para discutir la cuestión del envío de ayuda a Veyes. ¿Nos hará esto olvidar el peligro en que caemos al prolongar la guerra? En el estado actual de cosas, ellos están enojados, resentidos, y dicen que no enviarán ninguna ayuda; por lo que a ellos respecta, Veyes puede ser capturada. Pero, ¿quién garantiza que si la guerra se prolonga seguirán pensando igual? Porque, si le damos respiro a los veyentinos, enviarán una embajada más numerosa e influyente y lo que ahora produce disgusto a los etruscos, es decir, la elección de un rey, puede luego ser anulado, sea por el actuar unánime de los ciudadanos para ganarse la simpatía de Etruria, o mediante la abdicación voluntaria del propio rey, para no permitir que su corona ponga en peligro la seguridad de su pueblo. "Ved cuántas consecuencias desastrosas se derivan de la política que recomendáis: sacrificar las obras construidas con tanto esfuerzo; la amenaza de devastación de nuestras fronteras; una guerra con el conjunto de Etruria, en lugar de una sóla contra Veyes. Este, tribunos, es el precio de vuestras propuestas; mucho, según mi opinión; como si uno fuese a tentar a una persona enferma, que sometiéndose a un estricto tratamiento pudiera recuperarse rápidamente, para que se de a la comida y la bebida y alargue y haga quizá incurable su enfermedad".

[5.6] "Aunque no afectase a esta guerra, aún sería de la mayor importancia para la disciplina militar que nuestros soldados se acostumbrasen no sólo a disfrutar de la victoria una vez lograda, sino también, cuando la campaña progresa más lentamente, a lidiar con el tedio y a esperar la consecución de sus esperanzas, aunque se retrasen. Si una guerra no ha terminado en verano tienen que aprender a pasar el invierno y no, como las aves de paso, a buscar techos para protegerse al llegar el otoño. La pasión y el placer de la caza lleva a los hombres a través del hielo y la nieve hasta los bosques y las montañas. Por tanto, les ruego que me digan si no vamos a emplear en las exigencias de la guerra la misma capacidad de persistencia que usamos para el deporte o el placer. ¿Debemos suponer que los cuerpos de nuestros soldados están tan afeminados y sus espíritus son tan endebles que no pueden permanecer en el campamento o mantenerse fuera de sus hogares durante un solo invierno? ¿Debemos creer que, al igual que los que luchan en la guerra naval, tienen que mirar las estaciones y buscar el tiempo favorable y por tanto estos hombres no pueden soportar momentos de frío y de calor? ¡Vergüenza deberían tener quienes así piensen!; y más habrían de sostener resueltamente que tanto en cuerpo como en espíritu con capaces de resistir duramente y mantenerse en campaña tanto en invierno como en verano. Deberían deciros que no os han nombrado sus tribunos para que actuéis como protectores de los afeminados o de los indolentes, ni que fue bajo frescas sombras o techos protectores donde sus antepasados crearon este poder tribunicio. El valor de vuestros soldados, la dignidad de Roma, demandan que no limitemos nuestras miras a Veyes y a la presente guerra, sino que busquemos la reputación para tiempos venideros en relación con otras guerras y entre todas las demás naciones".

"¿Creéis que la opinión que los hombres se formen de nosotros en esta crisis es asunto de poca importancia? ¿Da igual que nuestros vecinos recuerden a Roma como una ciudad de la que, una vez se soporta su primer ataque, no hay nada que temer? ¿o que, al contrario, nuestro nombre provoque el terror de quien no se cansa de un largo sitio, sin temor al invierno, ni retira un ejército del asedio de una ciudad hasta que la ha capturado, que no pone fin a una guerra si no es con la victoria y que conduce sus campañas más con la perseverancia que con el arrebatamiento? La perseverancia es necesaria en toda clase de operación militar, pero especialmente en la conducción de los asedios pues la mayoría de las ciudades son inexpugnables, debido a la fuerza de sus fortificaciones y a su posición, y es el tiempo quien las vence por hambre y sed, y las captura como capturará Veyes a menos que los tribunos de la plebe extiendan su protección al enemigo y los veyentinos encuentren en Roma el apoyo que vanamente van buscando en Etruria. ¿Puede pasar algo más de acuerdo con los deseos veyentinos, sino que la ciudad de Roma se llene de rebeliones y que éstas se contagien al campo? Porque entre el enemigo hay en realidad tanto respeto por la ley y el orden que no han sido incitados a la revolución ni por el cansancio del sitio ni por su aversión a la monarquía absoluta, ni han mostrado exasperación ante la negativa de ayuda de Etruria. El hombre que defienda la rebelión será condenado a muerte en ese mismo lugar, y a nadie se le permitirá decir las cosas que impunemente se dicen entre vosotros. Entre nosotros, el hombre que abandona su estandarte o deserta de su puesto merece ser apaleado hasta la muerte, pero aquellos que le incitan a abandonar los estandartes y desertar del campamento son escuchados no sólo por uno o por dos; tienen a todo el ejército como audiencia. A tal punto os habéis habituado a escuchar tranquilamente cualquier cosa que un tribuno de la plebe pueda decir, incluso si significa la traición de vuestra patria y la destrucción de la república. Cautivados por la atracción que ese cargo tiene para vosotros, permitís que toda clase de males se cobijen a su sombra. Lo único que les queda es llevar al campamento, ante los soldados, los mismos argumentos que tan notoriamente han expuesto aquí y así corromper al ejército para que no deseen obedecer a sus jefes. Pues, evidentemente, la libertad en Roma simplemente significa que los soldados dejen de sentir respeto por el Senado, o por los magistrados, o por las leyes o las tradiciones de sus antepasados, o por las instituciones de sus padres o la disciplina militar".

[5,7] Ya hasta en las asambleas del pueblo estaba Apio a la altura de los tribunos, y ahora su victoria sobre ellos quedó asegurada por el más inesperado desastre, a consecuencias del cual se unieron todos los órdenes en una vehemente voluntad de proseguir el asedio de Veyes aún más vigorosamente. Se había construido una rampa que ya casi llegaba hasta la ciudad y el mantelete estaba casi situado en contacto con las murallas; pero se había prestado más atención a su construcción durante el día que a protegerlas durante la noche. De repente las puertas se abrieron y una enorme multitud, en su mayoría armados con antorchas, lanzó los misiles en llamas a las obras, y en sólo una hora las llamas consumieron tanto la rampa como el mantelete, que tantos días de trabajo habían costado. Muchos pobres hombres que en vano trataron de ayudar, perecieron en las llamas o por la espada. Cuando la noticia de esto llegó a Roma hubo luto general, y el Senado se llenó de temor porque llegaran a estallar disturbios en la ciudad o el campamento que no pudieran reprimir, y porque los tribunos de la plebe se burlaran de la vencida república. De pronto, sin embargo, cierta cantidad de hombres a los que, aunque habían sido considerados como caballeros, no se les había provisto de caballos, tras acordar un plan común de acción se dirigieron a la Curia [así se llamaba al edificio donde habitualmente se reunía el Senado.-N. del T.] y declararon que servirían como jinetes a sus expensas y en sus propios caballos. El Senado les dio las gracias en los términos más corteses. Cuando la noticia de este incidente se extendió por el Foro y la Ciudad, los plebeyos se reunieron apresuradamente ante la Curia y declararon que ellos ahora formaban parte de las fuerzas de infantería y que, aunque no era su turno de ser alistados, prometían prestar servicio a la república marchando a Veyes o a cualquier otro sitio donde se les mandase. Dijeron que, si se les llevaba a Veyes, no regresarían hasta que la ciudad fuese tomada.

Al oír esto, el Senado con dificultad pudo refrenar su alegría. No hicieron, como en el caso de los caballeros, una resolución de agradecimiento para ser transmitida a través de los magistrados presidentes, ni se convocó a nadie a la Curia para recibir su réplica, ni siquiera permanecieron dentro del recinto del edificio. Salieron al espacio abierto frente a la Curia y cada uno por separado dieron a entender al pueblo que estaba en los comicios, con sus voces y sus gestos, la alegría que sentían, y expresaron su confianza en que esta unidad de sentimientos haría de Roma una Ciudad bendita, invencible y eterna. Aplaudieron a los caballeros, aplaudieron al pueblo, llovieron los elogios al día mismo y admitieron francamente que el Senado había sido superado en cortesía y amabilidad. Los senadores y plebeyos por igual derramaron lágrimas de alegría. Por fin, se reanudó la sesión y se aprobó una resolución por la que los tribunos consulares con potestad consular debían convocar una asamblea pública y dar gracias a la infantería y a los caballeros, y decirles que el Senado nunca olvidaría esta prueba de su amor por su país. Se decidió además que las pagas se abonarían a partir de aquel día a quienes, aunque no habían sido llamados a filas, se presentaron a servir voluntariamente. Se asignó una cantidad fija a cada caballero; aquella fue la primera vez que los caballeros recibieron paga militar. El ejército de voluntarios marchó a Veyes, y no sólo reconstruyó las obras que se habían perdido sino que construyó otras nuevas. Se puso gran cuidado en llevar suministros desde la Ciudad, para que nada faltase a un ejército que tan bien se había comportado.

[5,8] Los tribunos consulares con potestad consular del año siguiente fueron Cayo Servilio Ahala (por tercera vez), Quinto Servilio, Lucio Verginio, Quinto Sulpicio, Aulo Manlio (por segunda vez) y Manio Sergio (también por segunda vez) -402 a.C.-. Durante su mandato, mientras todos estaban preocupados por la guerra Veyentina, se perdió Anxur. La guarnición se había debilitado por la ausencia de los hombres con licencia y los comerciantes volscos fueron admitidos sin control, con el resultado de que la guardia ante las puertas estaban sorprendidos y el puesto fortificado fue capturado. La pérdida en hombres fue escasa pues, con excepción de los enfermos, todos ellos estaban dispersos por los campos y las ciudades vecinas dedicados a sus negocios particulares. En Veyes, el principal punto de interés, las cosas no fueron mucho mejor. No sólo se enfrentaban los comandantes romanos entre sí con más fuerza que la que oponían el enemigo: la guerra adquirió un carácter más serio con las llegada repentina de los capenates y los faliscos. Dado que estos dos Estados eran los más cercanos, creyeron que si caía Veyes ellos serían los siguientes a quienes Roma haría la guerra. Los faliscos tenían sus propias razones para temer las hostilidades, pues ya habían participado en la guerra anterior contra Fidenas. Así, ambos Estados, después de despachar mutuamente embajadores al efecto, juraron aliarse entre si y sus dos ejército llegaron inesperadamente a Veyes. Sucedió que atacaron las trincheras por el lado donde Manio Sergio estaba al mando y crearon una gran alarma, pues los romanos estaban convencidos de que toda Etruria se había levantado y se presentaba con gran fuerza. De la misma opinión fueron los veyentinos en la ciudad, de modo que el campamento romano fue atacado desde dentro y desde fuera. Corriendo de un lado a otro para enfrentar primero un ataque y luego el otro, no fueron capaces de confinar suficientemente a los veyentinos en sus fortificaciones ni de repeler el asalto de sus propias obras y defenderse del enemigo exterior. Su única esperanza era que llegase ayuda del campamento principal de modo que las legiones pudiesen combatir espalda contra espalda, unos contra los capenates y faliscos y los otros contra los que salían de la ciudad. Pero Verginio estaba al mando de ese otro campamento, y él y Sergio se detestaban mutuamente el uno al otro. Cuando se le informó de que la mayor parte de los fuertes habían sido atacados, que las líneas que los conectan habían sido superadas y que el enemigo se abría paso desde ambos lados, mantuvo a sus hombres parados y con las armas listas, declarando en repetidas ocasiones que si su colega necesitaba ayuda que se la pidiera. Este egoísmo suyo fue acompañado por la obstinación del otro, pues Sergio, para no dar la impresión de haber pedido ayuda a un enemigo personal, prefirió la derrota a manos del enemigo antes que deber la victoria a un compatriota. Durante algún tiempo los soldados fueron sacrificados entre las dos fuerzas atacantes; por fin, un pequeño número abandonó sus líneas y alcanzó el campamento principal; el propio Sergio, con la mayor parte de su fuerza, se dirigió a Roma. Una vez aquí echó toda la culpa a su colega, y se decidió que se debía convocar a Verginio del campamento y que sus lugartenientes quedasen al mando en su ausencia. El caso fue debatido en el Senado; pero pocos miraron el interés de la república y la mayoría de los senadores apoyaban a uno u otro de los litigantes según sus simpatías particulares o preferencias de partido.

[5,9] Los líderes del Senado dieron su opinión de que aunque la vergonzosa derrota hubiera sido culpa del infortunio de los jefes, no se debía esperar hasta las próximas elecciones y se debía proceder en seguida a nombrar nuevos tribunos consulares, para que tomasen posesión del cargo el primero de octubre. Al proceder a la votación de esta propuesta, los otros tribunos consulares no ofrecieron ninguna oposición pero, por extraño que parezca, Sergio y Verginio (los mismos hombres de cuyo desempeño como magistrados, obviamente, el Senado no estaba nada satisfecho), tras protestar contra tal humillación, vetaron la resolución. Declararon que no renunciarían al cargo antes del 13 de diciembre, el día en que habitualmente asumían el cargo los nuevos magistrados. Al oír esto, los tribunos de la plebe, que habían mantenido un silencio renuente mientras el Estado disfrutaba de concordia y prosperidad, atacaron ahora repentinamente a los tribunos consulares y amenazaron, si no se sometían a la autoridad del Senado, con ordenar que les encarcelasen. A esto, Cayo Servilio Ahala, el tribuno consular, respondió: "En cuanto a vosotros, tribunos de la plebe, y vuestras amenazas, tienen tan poca fuerza legal como vosotros valor para llevarlas a cabo, porque es un error atacar la autoridad del Senado. Dejad, por lo tanto, de buscar ocasión para meter cizaña en nuestras disputas; o mis colegas actuarán conforme a la resolución del Senado o, si persisten en su obstinación, yo nombraré en seguida un dictador que les pueda obligar a dimitir". Este discurso fue recibido con general aprobación y el Senado se alegró al ver que había otro método más eficaz para ejercer presión sobre los magistrados, sin necesidad de introducir el fantasma del poder de los tribunos de la plebe. En deferencia al sentir general, los dos tribunos recalcitrantes celebraron una elección a tribunos consulares, quienes tomarían posesión el primero de octubre, habiendo ellos previamente dimitido de su cargo.

[5.10] Los tribunos recién elegidos fueron Lucio Valerio Potito (por cuarta vez), Marco Furio Camilo (por segunda vez), Marco Emilio Mamerco (por tercera vez), Cneo Cornelio Coso (por segunda vez), Cesón Fabio Ambusto y Lucio Julio Julo. Su año -401 a.C.-en el cargo estuvo marcado por numerosos incidentes tanto en casa como en el extranjero. Hubo varias guerras al mismo tiempo: en Veyes, en Capena, en Faleria y contra los volscos para recuperar Anxur. En Roma las demandas simultáneas para el alistamiento y para el tributo de guerra provocaron dificultades; hubo un litigio sobre la cooptación de los tribunos de la plebe y el juicio a dos hombres que hacía poco habían ostentado la potestad consultar provocó gran expectación. Los tribunos consulares hicieron del alistamiento su primera tarea. No sólo fueron inscritos los jóvenes, también a los veteranos se les obligó a dar sus nombres para actuar como guardas de la Ciudad. Pero el aumento en el número de soldados necesitaba un incremento correspondiente del dinero necesario para pagarles, y quienes quedaban en casa no estaban dispuestos a aportar su parte porque, además, se les iba a cargar con obligaciones militares en la defensa de la Ciudad, como servidores del Estado. Esto era en sí una queja grave, pero lo pareció aún más por culpa de las arengas sediciosas de los tribunos de la plebe, que afirmaban que la razón por la que se estableció la paga militar fue para que la mitad de la plebe estuviese obligada por el tributo de guerra y la otra por el servicio militar. Una sola guerra estaba alargándose en su tercer año, y estaba siendo mal conducida, deliberadamente, para prolongarla tanto como pudieran. Luego, una vez más, se movilizaron los ejércitos en un único alistamiento para enfrentar cuatro guerras, arrancando incluso de sus hogares a los muchachos y a los ancianos. Ya no había diferencia entre verano e invierno, para que los miserables plebeyos no tuviesen nunca un respiro. Y ahora, para colmo, incluso tendrían que pagar un impuesto de guerra, de manera que cuando regresaran, agotados por el esfuerzo, las heridas y al fin por la edad, encontrasen todas sus tierras sin cultivar por la ausencia del propietario y hubiesen de afrontar los impuestos de su gastada propiedad y devolver al Estado varias veces sus pagas de soldados, como si se les hubiese prestado en usura. El alistamiento, el impuesto de guerra y la preocupación de los hombres con aún más graves asuntos, hicieron imposible que se pudiesen elegir a todos los tribunos de la plebe. Empezó entonces una lucha para garantizar la cooptación de los patricios a los puestos vacantes. Esto resultó ser imposible, pero con el fin de debilitar la autoridad de la Ley Trebonia ["Si en un día de elección no se había podido elegir el número completo de los tribunos (10), los que hubieran sido elegidos los primeros tendrían derecho a nombrar sus colegas".-N. del T.] se acordó, sin duda por influencia de los patricios, que Cayo Lucerio y Marco Acucio debían ser cooptados como tribunos de la plebe.

[5.11] El azar quiso que Cneo Trebonio fuera tribuno de la plebe ese año y se presentó como defensor de la Ley Trebonia, al parecer como un deber para con su familia y el nombre que llevaba. Declaró en tono emocionado que la posición que el Senado había asaltado, a pesar de haber sido rechazado en su primer intento, había sido finalmente tomada por los tribunos consulares. La Ley Trebonia había sido derogada y los tribunos de la plebe no habían sido elegidos por el voto del pueblo sino por cooptación, por orden de los patricios, de manera las cosas habían llegado a tal punto que ahora debían tener a patricios o a secuaces de los patricios como tribunos de la plebe. Las sagradas leyes les estaban siendo arrebatadas, se les quitaba el poder y la autoridad de sus tribunos. Esto, afirmaba, se hacía por las artimañas y astucias de los patricios y por la traicionera villanía de sus colegas. La llama de la indignación popular empezó a inflamar no sólo al Senado, sino incluso a los tribunos de la plebe, cooptados y cooptantes por igual, cuando tres miembros del colegio tribunicio, Publio Curiacio, Marco Metilio y Marco Minucio, temiendo por su propia seguridad, iniciaron una acusación contra Sergio y Verginio, los tribunos consulares del año anterior. Al fijar una fecha para enjuiciarles, desviaron de ellos mismos hacia aquellos hombres la ira y odio de la plebe. Recordaron al pueblo que aquellos que habían soportado la carga del alistamiento, el tributo de guerra y la duración excesiva de ésta, los que estaban dolidos por la derrota sufrida ante Veyes, aquellos cuyas casas estaban de luto por la pérdida de hijos, hermanos y familiares, todos ellos tenían el derecho y la potestad de cargar sobre dos cabezas culpables su dolor personal y el de todo el Estado. La responsabilidad de todas sus desgracias caía en Sergio y en Verginio; ni siquiera el acusador lo probaba mejor que los propios acusados pues, siendo ambos culpables, cada uno echaba la culpa al otro: Verginio denunciaba la huida de Sergio y Sergio la traición de Verginio. Se habían comportado con locura tan increíble que, con toda probabilidad, aquello era un plan concertado y llevado con la complicidad general de los patricios. Estos hombres habían proporcionado primero a los veyentinos una salida para prender fuego a las obras de asedio, y ahora habían traicionado al ejército y entregado el campamento romano a los faliscos. Todo se había hecho para que los jóvenes envejecieran ante Veyes e imposibilitar que sus tribunos les asegurasen la ayuda de toda la Asamblea en la Ciudad, tanto en su resistencia a la acción concertada del Senado, como en sus propósitos concernientes al reparto de tierra y otras medidas en interés de la plebe. Ya se había sometido a los acusados a juicio por el Senado, el pueblo de Roma y sus propios colegas, habiendo votado el Senado para destituirlos de su cargo; fueron sus propios colegas quienes, ante su rechazo a dimitir, les obligaron con la amenaza de un dictador, y fue el pueblo quien eligió tribunos consulares para tomar posesión, no el día usual, el 13 de diciembre, sino inmediatamente tras la elección, el primero de octubre, pues la república na no estaría segura si tales hombres seguían en sus cargos. Y todavía, destrozados como estaban por tantas sentencias adversas y condenados de antemiano, se presentaban a juicio creyendo que habían pagado su pena y sufrido un castigo adecuado con el retiro a la vida privada dos meses antes de tiempo. No entendían que no se trataba de una sanción, sino simplemente de impedirles seguir haciendo más daño, pues sus colegas también hubieron de dimitir sin, en todo caso, haber cometido ningún delito. Los tribunos siguieron: "Olvidad los sentimientos, Quirites, que os produjo oír el desastre que sufrimos al ver el ejército fugitivo tambalearse por las puertas, presa del pánico, cubierto de heridas y acusando no la la Fortuna o a cualquier dios, sino a sus jefes. Estamos seguros de que no hay un hombre en esta Asamblea que ese día no maldijera las personas, casas y fortunas de Lucio Verginio y Manio Sergio. Sería absolutamente incoherente que no usaseis vuestro poder, cuando es vuestro derecho y deber hacerlo, contra los hombres sobre los que habéis implorado la ira de los cielos. Los dioses nunca ponen ellos mismos las manos sobre los culpables, se contentan con dar al injuriado la oportunidad de la venganza.

[5.12] Estos discursos excitaron a la plebe y condenaron a cada acusado a pagar diez mil ases cada uno, pese al intento de Sergio de echarle la culpa a la Fortuna y a los azares de la guerra, y a las quejar de Verginio de que no debía ser más desafortunado en casa de lo que había sido en la campaña. Al tornarse hacia ellos la indignación popular, quedó en la sombra la memoria de la cooptación de los tribunos y el fraude contra la Ley Trebonia. Como recompensa a los plebeyos por la sentencia que habían aprobado, los victoriosos tribunos en seguida promulgaron una Ley Agraria. También impidieron que se pagasen las contribuciones del impuesto de guerra, aunque los salarios eran necesarios en todos los ejércitos, y el modo en que se obtuvieron tales éxitos sólo sirvió para impedir que se terminase cualquiera de las guerras en marcha. El campamento en Veyes, que se había perdido, fue recuperado y fortalecido con fuertes y hombres para guarnecerlos. Los tribunos consulares, Marco Emilio y Céson Fabio, estaban al mando. Marco Furio en el territorio falisco y Cneo Cornelio en el de Capena no encontraron ningún enemigo fuera de sus murallas; se trasladó el botín, las tierras fueron arrasadas y las granjas y los cultivos fueron quemados. Las ciudades fueron atacadas, pero no invadidas; Anxur, sin embargo, en territorio volsco y situado en un terreno elevado, desafió todos los asaltos, y después de que un ataque directo resultase infructuosa se inició la construcción de una rampa y un foso. La conducción de la campaña volsca recayó sobre Valerio Potito.

Mientras los asuntos militares se encontraban en este punto, los problemas internos resultaron más difíciles de manejar que las guerras extranjeras. Debido a los tribunos [de la plebe.- N. del T.], no se pudo recaudar el impuesto de guerra ni enviar los fondos necesarios a los comandantes; los soldados clamaban por su paga y parecía como si el campamento estuviese contaminado por el contagio del espíritu sedicioso que prevalecía en la Ciudad. Aprovechándose de la exasperación de la plebe contra el Senado, los tribunos les dijeron que había llegado el momento tan esperado de asegurar sus libertades y hacer que el más alto cargo del Estado pasara de gente como Sergio y Verginio a plebeyos fuertes y enérgicos. No obstante, ellos no buscaban tanto el ejercicio de sus derechos como asegurarse la elección de un miembro de la plebe como tribuno militar con potestad consular, a saber, Publio Licinio Calvo y sentar un precedente; el resto fueron patricios: Publio Manlio, Lucio Titino, Publio Melio, Lucio Furio Medulino y Lucio Publilio Volsco -400 a.C.-. Los plebeyos quedaron tan sorprendidos de su éxito como el propio tribuno electo; él no había desempeñado antes ningún alto cargo en el Estado y era sólo un senador veterano y de edad ya avanzada. Nuestros autores no están de acuerdo en cuanto a la razón por la que fue el primero en ser elegido para degustar las mieles de esta nueva dignidad. Algunos creen que fue empujado a tan alta posición por la popularidad de su hermano, Cneo Cornelio, que había sido tribuno consular el año anterior y había concedido paga triple a los caballeros. Otros la atribuyen a un oportuno discurso que pronunció sobre la concordia entre ambos órdenes y que fue bien acogido tanto por patricios como por plebeyos. En su exaltación por la victoria electoral, los tribunos de la plebe autorizaron el impuesto de guerra y así eliminaron la mayor dificultad política que existía. Se recaudó sin un murmullo y se envió al ejército.

[5.13] La Anxur volsca fue recapturada debido a la laxitud de la guardia durante un festival. El año fue notable por un invierno tan frío y nevado que las carreteras quedaron bloqueadas y no se pudo navegar por el Tíber. No hubo cambios en el precio del grano gracias a la acumulación previa de suministros. Publio Licinio había ganado su posición sin provocar ningún disturbio, más para deleite de la plebe que para molestia del Senado, y desempeñó su cargo de tal modo que hubo un deseo general, para la próxima elección, de elegir los tribunos consulares de entre los plebeyos. El único candidato patricio que se aseguró un puesto fue Marco Veturio. El resto, que eran plebeyos, recibió el apoyo de casi todas las centurias. Sus nombres eran Marco Pomponio, Cneo Duilio, Volero Publilio y Cneo Genucio -399 a.C.-. Fuera a consecuencia de las insalubres condiciones meteorológicas ocasionadas por el súbito cambio del frío al calor o por cualquier otro motivo, al severo invierno le siguió un pestífero verano que resultó fatal para hombres y bestias. Como no se podía hallar ni la causa ni la cura para sus estragos mortales, el Senado ordenó que se consultasen los Libros Sibilinos [Libros custodiados en un cofre de piedra bajo el tiempo de Júpiter capitolino y que, según la tradición fueron ofrecidos por la Sibila de Cumas a Tarquinio Prisco o a Tarquinio el Soberbio. Se consideraba que estos libros contenían los secretos mediante los que el poderío romano podría extenderse y mantenerse.-N. del T.] Los sacerdotes que estaban a su cargo decretaron, por primera vez en Roma, una de ellos designados por primera vez en Roma, un lectisternio [Culto que los antiguos romanos tributaban a sus dioses colocando sus estatuas en bancos alrededor de una mesa con manjares.-N. del T.]. Apolo y Latona, Diana y Hércules, Mercurio y Neptuno fueron propiciados durante ocho días en tres sofás cubiertos de las más hermosas colchas que se pudieron obtener. Las solemnidades se llevaron a cabo también en las casas particulares. Se afirma que en toda la Ciudad las puertas de las casas fueron abiertas y colocado todo tipo de cosas para su uso público en espacios descubiertos; con todos los visitantes, conocidos o desconocidos, se compartió la hospitalidad. Los hombres que habían sido enemigos mantenían amigables y educadas conversaciones entre sí y cesaban de todo litigio; durante este periodo, se quitaron los grilletes a los prisioneros y luego pareció un acto de impiedad volver a poner las cadenas a hombres que habían obtenido esa medida de los dioses. Entre tanto, en Veyes la inquietud fue a más por culpa de que las tres guerras se combinaron en una sola. Resultó que llegaron los hombres de Capena y Faleria para aliviar la ciudad y, como en la ocasión anterior, los romanos hubieron de combatir en una batalla espalda contra espalda, alrededor de las trincheras, contra tres ejércitos. Lo que más les ayudó fue el recuerdo de la condena de Sergio y Verginio. Desde el campamento principal, donde en la ocasión anterior hubo inacción, se llevaron rápidamente las fuerzas alrededor y atacaron a los capenatos por la retaguardia, mientras su atención se concentraba en las líneas romanas. La lucha que siguió provocó también el pánico en las filas faliscas y, mientras estaban indecisos, una más que oportuna carga desde el campamento les puso en fuga y los vencedores, persiguiéndoles, causaron enormes pérdidas entre ellos. No mucho después, las tropas que estaban devastando el territorio de Capena se encontraron con los supervivientes como por casualidad y los masacraron cuando se creían a salvo. También muchos de los veyentinos que huían hacia la ciudad resultaron muertos frente a las puertas, al no poder entrar, que habían sido cerradas para impedir que los romanos irrumpiesen.

[5.14] Tales fueron los sucesos del año. Y ahora se aproximaba el momento de la elección de los tribunos consulares. El Senado estaba casi más preocupado por esto que por la guerra, pues reconocían que no estaban simplemente compartiendo el poder supremo con la plebe, sino que casi lo habían perdido por completo. Se llegó a un compromiso por el cual sus miembros más distinguidos se presentarían candidatos; creyeron que se les votaría por vergüenza. Además de esto, echaron mano de todos sus recursos, como si cada uno de ellos fuese candidato, y llamaron en su ayuda no solo a los hombres, sino hasta a los mismos dioses. Hicieron de las dos últimas elecciones una cuestión religiosa. El año anterior, dijeron, se sufrió un invierno intolerablemente severo, en lo que parecía ser una advertencia divina; en el último año no hubo advertencias, sino sólo los propios juicios. La peste que visitó los distritos rurales y la Ciudad era sin duda una señal de disgusto divino, pues se habían encontrado en los libros del destino que para evitar ese azote los dioses debían ser apaciguados. Se tomaron los auspicios previos a cada elección, y los dioses consideraron un insulto que los cargos más elevados se convirtieran en comunes y que se confundiese la distinción de clases. Los hombres se atemorizaron, no sólo por la dignidad y el rango de los candidatos, sino por el aspecto religioso de la cuestión y eligieron a todos los tribunos militares con poder consular de entre los patricios, siendo en su mayoría hombres muy distinguidos. Los elegidos fueron Lucio Valerio Potito (por quinta vez), Marco Valerio Máximo, Marco Furio Camilo (por segunda vez), Lucio Furio Medulino (por tercera vez), Quinto Servilio Fidenate (por segunda vez) y Quinto Sulpicio Camerino (por segunda vez) -398 a.C.-. Durante el año de su magistratura no se hizo nada de importancia en Veyes; toda su actividad se limitó a realizar correrías. Dos de los comandantes en jefe consiguieron saquear una enorme cantidad de botín: Potito de Faleria y Camilo de Capena. No dejaron atrás nada que pudiera destruirse con el fuego o con la espada.

[5.15] Durante este período se tuvo noticia de muchos prodigios, pero al descansar en el testimonio de individuos aislados y no habiendo adivinos a los que consultar sobre el modo de expiarlos, por la actitud hostil de los Etruscos, por lo general se despreció tales noticias y no se las creyó. Un incidente, sin embargo, provocó inquietud general. El lago Albano se elevó a una altura inusual, sin lluvia u otra causa que impidiese creer que el fenómeno no tenía un origen sobrenatural. Se enviaron orantes al oráculo de Delfos para averiguar por qué enviaban los dioses el portento. Sin embargo, apareció una explicación más a mano. Un anciano veyentino fue impulsado por el destino a anunciar, en trance profético y en medio de las burlas de los soldados romanos y etruscos de los puestos avanzados, que los romanos nunca se apoderarían de Veyes hasta que el agua hubiese sido drenada del lago Albano. Esto se consideró al principio como algo propio de salvajes, pero luego se empezó a hablar de ello. Debido a la duración de la guerra había frecuentes conversaciones entre las tropas de ambas partes, y un romano de un puesto de guardia preguntó a un ciudadano que estaba próximo a él quién era el hombre que lanzaba aquellas insinuaciones sobre el lago Albano. Cuando se enteró de que era un arúspice, siendo él mismo un hombre no exento de temores religiosos, invitó al profeta a una entrevista con el pretexto de querer consultarle, si tenía tiempo, sobre un portento que exigía su expiación personal. Cuando los dos se habían apartado a cierta distancia de sus respectivas líneas, desarmados y sin temor, el romano, un hombre joven de inmensa fuerza, se apoderó del hombre anciano y débil a la vista de todos y, a pesar de las protestas de los etruscos, se lo llevó a sus líneas. Fue llevado ante el comandante en jefe y luego enviado al Senado en Roma. En respuesta a la pregunta sobre qué quería que la gente entendiese con su comentario sobre el lago Albano, dijo que los dioses sin duda debían estar enojados con el pueblo de Veyes el día en que le inspiraron la decisión de divulgar la ruina que los Hados habían preparado para su ciudad natal. De lo que había entonces predicho bajo inspiración divina, no podía ahora arrepentirse o desdecirse, y quizá incurriese en mayor pecado guardando silencio sobre las cosas que eran la voluntad de los cielos que revelando lo que debía ser ocultado. Tanto los libros del Destino como la oculta ciencia Etrusca aseguraban que cada vez que el agua del lago Albano se desbordase y los romanos la drenasen del modo adecuado, la victoria sobre los veyentinos les sería segura; hasta que no ocurriese así, los dioses no abandonarían las murallas de Veyes. Luego explicó el modo prescrito para drenar las aguas. El Senado, sin embargo, no le consideró de suficiente confianza en asunto de tal importancia, y decidieron esperar el regreso de su embajada con la respuesta del oráculo Pythio.

[5.16] Antes de su regreso y antes de descubrir el modo de tratar con el portento albano, los nuevos tribunos consulares tomaron posesión del cargo. Eran Lucio Julio Julo, Lucio Furio Medulino (por cuarta vez), Lucio Sergio Fidenas, Aulo Postumio Regilense, Publio Cornelio Maluginense y Aulo Manlio -397 a.C.-. Este año surgió un nuevo enemigo. El pueblo de Tarquinia vio que los romanos estaban ocupados en numerosas campañas -contra los volscos en Anxur, donde la guarnición estaba bloqueada; contra los ecuos en Labici, que atacaban a los colonos romanos, y, además de estos, en Veyes, Faleria y Capena, mientras que, debido a las disputas entre la plebe y el Senado, las cosas no estaban más tranquilas dentro de las murallas de la ciudad. Considerando así que había una oportunidad favorable, enviaron algunas cohortes ligeramente armadas para saquear el territorio romano, en la creencia de que los romanos dejarían pasar el ultraje sin castigo para evitar echar otra guerra a sus espaldas o se enfrentarían a ellos con una fuerza débil y pequeña. Los romanos se sintieron más indignados que inquietos por la correría, y sin hacer ningún gran esfuerzo tomaron medidas inmediatas para vengarse. Aulo Postumio y Lucio Julio dispusieron una fuerza, no mediante un alistamiento regular (pues fueron obstruidos por los tribunos de la plebe) sino con voluntarios a los que habían inducido con enérgicas arengas a seguirles. Con éstos avanzaron a marchas forzadas a través del territorio de Cere y sorprendieron a los tarquinios cuando regresaban pesadamente cargados con el botín. Mataron a gran número de ellos, les despojaron de todos sus bagajes y regresaron a Roma con los bienes recuperados de sus granjas. Dieron dos días a los propietarios para identificar sus bienes; lo que quedó sin reclamar, que en su mayor parte era del enemigo, al tercer día fue vendido en subasta y el producto se distribuyó entre los soldados. La marcha de las otras guerras, especialmente la de contra Veyes, aún estaba indecisa, y los romanos ya estaban desesperando de vencer por sus propios esfuerzos y buscaban en los hados y en los dioses, cuando regresó la embajada de Delfos con la sentencia del oráculo. Concordaba con la respuesta dada por el arúspice veyentino y rezaba así:

"Guárdate, romano, de que el creciente flujo en Alba sea contenido en sus orillas y que no lleguen sus aguas por su cauce hasta el mar. Sin daño, por los campos dispérsalas a través de arroyuelos. Luego presiona fuertemente sobre las murallas de vuestro enemigo, Pues ahora los hados os han dado la victoria. Esa ciudad que habéis sitiado durante largos años será ahora vuestra. Y cuando la guerra haya terminado, Tú, el vencedor, lleva un generoso regalo a mi templo, y los ritos ancestrales hoy en desuso, mira de celebrarlos de nuevo con toda su acostumbrada pompa".

[5.17] A partir de ese momento el profeta cautivo comenzó a tenerse en muy alta estima, y los tribunos consulares, Cornelio y Postumio, comenzaron a emplearle para la expiación del portento albano y con el método apropiado para aplacar a los dioses. Al fin se descubrió por qué los dioses estaban visitando a los hombres por ceremonias olvidadas y deberes religiosos no cumplidos. En realidad, no se debía a otra cosa más que al hecho de que había un error en la elección de los magistrados, y por consiguiente no se había proclamado el festival de la Liga Latina ni se había hecho el sacrifico en el Monte Albano con los ritos adecuados. Sólo había un modo posible de expiación, y era que los tribunos consulares debían renunciar el cargo, debían tomarse nuevamente los auspicios y se debía nombrar un interrex. Todas estas medidas se tomaron en base a un decreto del Senado. Hubo tres interrex en sucesión: Lucio Valerio, Quinto Servilio Fidenas y Marco Furio Camilo. Durante todo este tiempo hubo disturbios incesantes debido a que los tribunos de la plebe obstaculizaron las elecciones hasta que se llegó a un compromiso para que la mayoría de los tribunos consulares fuesen elegidos de entre los plebeyos. Mientras esto ocurría, el Consejo Nacional de Etruria se reunió en el templo de Voltumna. Los capenatos y los faliscos exigieron que todos los pueblos de Etruria se unieran en una acción común para levantar el asedio de Veyes; se les contestó que se había rechazado previamente ayudar a los veyentinos poque no tenían derecho a recibir ayuda de aquellos cuyos consejos no habían seguido en asunto de tanta importancia. Ahora, sin embargo, eran sus desgraciadas circunstancias y no su voluntad lo que les obligó a rehusar. Los galos, una raza extraña y desconocida, había invadido recientemente la mayor parte de Etruria y no estaban en condiciones de paz cierta ni de guerra abierta con ellos. Ellos, sin embargo, harían tanto como pudieran por los de su sangre y nombre, considerando el peligro inminente de sus parientes, no impidiendo a ninguno de sus jóvenes que acudiesen voluntariamente a la guerra. La noticia que se difundió en Roma fue que un gran número de ellos había llegado a Veyes y, como de costumbre, la alarma general calmó las disensiones internas.

[5.18] Las centurias prerogativas [se trataba de las primeras centurias en votar.-N. del T.] eligieron tribuno consular a Publio Licinio Calvo, aunque no era candidato. Su nombramiento no era en absoluto desagradable para el Senado, pues cuando había desempeñado el cargo anteriormente se había mostrado como un hombre de opiniones moderadas. Era, sin embargo, de edad avanzada. A medida que avanzaba la votación se hizo evidente que todos los que habían sido antes sus colegas en el cargo estaban siendo nombrados de nuevo uno tras otro. Eran Lucio Titinio, Publio Menio, Quinto Manlio, Cneo Genucio y Lucio Atilio -396 a.C.-. Después de que las tribus hubieran sido debidamente convocadas para escuchar el resultado del escrutinio, pero antes que que fuese efectivamente publicado, Publio Licino Calvo, con permiso del interrex, habló así: "Veo, Quirites, que al recordar nuestro antiguo desempeño del cargo buscáis en estas elecciones un presagio de concordia para el próximo año, algo de lo más necesario en el actual estado de cosas. Pero aunque mis antiguos compañeros, a quienes ahora habéis elegido, son ahora más sabios y fuertes con la experiencia, ya no veis en mi al hombre que fui, sino sólo una simple sombra y el nombre de Publio Licinio. Mis fuerzas se han agotado, mi vista y oido se han endurecido, me falla la memoria y mi energía mental se ha embotado. "Aquí", dijo, tomando a su hijo con la mano, "hay un hombre joven, la imagen y la contraparte de aquel a quien en días pasados elegisteis tribuno consular de entre las filas de la plebe. Este joven a quien he formado y moldeado, ahora entrego y dedico a la República para tomar mi lugar, y os ruego, Quirites, que confiráis este honor, que yo no he buscado, a él que lo está buscando y cuya candidatura apoyo y promuevo con mis oraciones". Su petición fue concedida, y su hijo Publio Licinio fue nombrado oficialmente tribuno consular en unión de los anteriormente mencionados. Titinio y Genucio marcharon contra faliscos y Capenatos, pero procedieron con más valor que prudencia y cayeron en una emboscada. Genucio expió su temeridad con una muerte honorable y cayó luchando destacadamente delante de los estandartes. Titinio agrupó a sus hombres, desde el desorden en que habían caído, y ganó cierto terreno elevado donde rehizo sus líneas, pero no bajó para seguir luchando en términos de igualdad.

Se sufrió más deshonor que pérdidas, pero casi terminó en un terrible desastre por la terrible alarma que produjo en Roma, donde se recibieron noticias muy exageradas, así como en el campamento frente a Veyes. Aquí se propagó el rumor de que tras la destrucción de los generales y sus ejércitos, los victoriosos capenatos y faliscos y toda las fuerzas militares de Etruria se encaminaban hacia Veyes y no estaban muy lejos; a consecuencia de esto, difícilmente se puedo retener a los soldados e impedir que huyeran. Rumores aún más inquietantes corrían por Roma; unas veces imaginaban que el campamento frente a Veyes había sido asaltado, otras que una parte de las fuerzas enemigas estaban en marcha hacia la Ciudad. Se apresuraron a las murallas; las matronas, a quienes la alarma general había sacado de sus casas, rezaban y suplicaban en los templos; se ofrecían solemnes peticiones a los dioses para que evitaran la destrucción de los hogares y templos de la Ciudad y las murallas de Roma, y que volviesen aquellos miedos e inquietudes contra Veyes si los ritos sagrados habían sido debidamente restaurados y expiados los portentos.

[5.19] Por entonces se habían celebrado de nuevo los Juegos y el festival Latino, y se habían drenado las aguas del lago Albano por los campos y ahora el hado fatal se abatía sobre Veyes. En consecuencia, el comandante destinado por los hados para la destrucción de esa ciudad y la salvación de su país (Marco Furio Camilo) fue nombrado dictador. Nombró como su jefe de caballería a Publio Cornelio Escipión. Con el cambio en el mando, de repente todo cambió; las esperanzas y el espíritu de los hombres eran diferentes, incluso la suerte de la Ciudad presentaba un aspecto diferente. Su primera medida fue la de castigar según la disciplina militar a los que habían huido del campamento por el pánico, e hizo que los soldados se dieran cuenta de que no era al enemigo a quien más debían temer. Designó entonces un día para alistar las tropas y entretanto fue a Veyes para animar a los soldados, después volvió a Roma para disponer el nuevo ejército. Ni un hombre trató de evitar el alistamiento. Incluso las tropas extranjeras, latinos y hérnicos, vinieron a ofrecer su ayuda para la guerra. El dictador les dio las gracias formalmente en el Senado, y como todos los preparativos para la guerra estaban suficientemente avanzada, se comprometió, en virtud de un decreto senatorial, a que tras la captura de Veyes celebraría los grandes juegos y restauraría y dedicaría el templo de Mater Matuta

[diosa del amanecer, así como de los bebés recién nacidos, el mar y los puertos; su fiesta se celebraba el 11 de junio.-N. del T.], que había sido dedicado originalmente por Servio Tulio. Partió de la Ciudad con su ejército en medio de una sensación general de ansiosa expectación más que de esperanzada confianza, y su primer enfrentamiento fue contra los faliscos y capenatos en territorio de Nepete [actual Nepi.-N. del T.]. Como siempre que algo se hacía con maestría consumada y prudencia, el éxito llegó. No sólo derrotó al enemigo en el campo de batalla, sino que le arrebató su campamento y se hizo con un inmenso botín. La mayor parte fue vendida y los beneficios entregados al cuestor, el resto menor se dio a los soldados. Desde allí, el ejército fue llevado a Veyes. Construyó las fortificaciones más juntas entre sí. Se habían producido frecuentes escaramuzas, al azar, en el espacio entre las murallas y las líneas romanas, así que publicó un edicto para que nadie combatiese sin órdenes, manteniendo así a los soldados ocupados en la construcción de las obras de asedio. Con mucho, la mayor y más difícil de ellas fue una mina que inició con la finalidad de introducirse en la ciudadela enemiga. Para que los trabajos no sufriesen interrupción y que no se empleasen siempre las mismas fuerzas, dividió el ejército en seis partes. Cada división trabajó en turnos de seis horas; los trabajos siguieron sin interrupción hasta que lograron abrirse camino hasta la ciudadela.

[5,20] Cuando el dictador vio que la victoria estaba a su alcance, que una ciudad muy rica estaba a punto de capturarse y que habría más botín del que se había acumulado en todas las guerras anteriores, quiso por un lado evitar incurrir en la ira de los soldados con una distribución muy mezquina del mismo, y por otro no provocar los celos del Senado con una concesión demasiado generosa. Envió un despacho al Senado en el que afirmaba que por el favor del cielo, su propio mérito y la perseverancia de sus soldados, Veyes estaría en muy pocas horas en poder de Roma, y les pedía su decisión en cuanto a la disposición del botín. El Senado se dividió. Se dice que el anciano Publio Licinio, a quien su hijo pidió opinión en primer lugar, urgió a que se diera noticia pública al pueblo de que cualquiera que quisiera participar en el saqueo debería ir al campamento ante Veyes. Apio Claudio tomó la línea opuesta. Estigmatizó la propuesta generosidad como algo sin precedentes, despilfarradora, injusta y temeraria. Si, dijo, alguna vez consideraban pecaminoso que el dinero tomado al enemigo fuese a parar al Tesoro, que había sido drenado por las guerras, el aconsejaría que la paga de los soldados se proveyese de aquella fuente para que la plebe tuviese que pagar mucha menos cantidad del impuesto de guerra. "Todos los hogares debían sentir por igual el común beneficio, las recompensas ganadas por los valientes guerreros no serían robadas por las manos ociosas de la ciudad, siempre ávidas de botín, pues sucedía constantemente que aquellos que buscaban los lugares mas peligrosos y de más penalidad eran los menos activos a la hora de apropiarse de los despojos". Licinio, por otra parte, dijo que "este dinero se vería siempre con sospechas y aversión, y daría motivos de acusación ante la plebe, y por tanto provocaría disturbios y medidas revolucionarias. Era mejor, por tanto, conciliarse con la plebe mediante este regalo, que aquellos que habían sido aplastados y agotados por tantos años de impuestos fuesen liberados y obtuviesen algún placer de los despojos de una guerra en la que tantos habían casi envejecido. Cuando alguien trae a casa algo tomado al enemigo con sus propias manos, le da más placer y satisfacción que si hubiese recibido muchas veces su valor por una cosa capturada por otro. El dictador había remitido la cuestión al Senado porque quería evitar el odio y las malas interpretaciones que podría ocasionar; el Senado, a su vez, debía confiarla a la plebe y permitir a cada uno guardar lo que la fortuna de la guerra le hubiera dado". Este se consideró el camino más seguro, y también el que haría más popular al Senado. Por consiguiente, se dio aviso de que aquellos que lo creyesen oportuno debían ir ante el dictador, en el campamento, para participar en el saqueo de Veyes.

[5.21] Una enorme multitud se marchó y llenó el campamento. Después de que el dictador hubiera tomado los auspicios y dado órdenes a los soldados de armarse para la batalla, pronunció esta oración: "Apolo Pítico, guiados e inspirados por ti, saldré para destruir la ciudad de Veyes y te dedicaré una décima parte del botín. También a ti, reina Juno, que ahora habitas en Veyes, te suplico que nos sigas, después de nuestra victoria, a la Ciudad que está presta a ser la tuya, donde un templo digno de tu majestad te recibirá". Después de esta oración, viéndose superior numéricamente, atacó la ciudad por todas partes para distraer la atención de los enemigos del peligro inminente de la mina. Los veyentinos estaban todos ignorantes de que su destino ya había sido sellado por sus propios profetas y por oráculos extranjeros, de que algunos de sus dioses ya habían sido invitados a participar en el botín mientras que otros, exhortados por oraciones para que abandonasen su ciudad, buscaban nuevas moradas en los templos de sus enemigos; todos seguían inconscientes de estar pasando su último día, sin la menor sospecha de que sus murallas habían sido minadas y su ciudadela estaba llena de enemigos, y se apresuraron con sus armas hasta las murallas, cada uno lo mejor que pudo, preguntándose qué había pasado para que los romanos, tras no haberse movido de sus líneas durante tantos días, se abalanzaban imprudente y temerariamente contra las murallas, como poseídos de una repentina locura.

En este punto se cuenta una historia fabulosa, en el sentido de que mientras el rey de los veyentinos estaba ofreciendo un sacrificio, el arúspice declaró que la victoria sería para quien cortase las entrañas de la víctima. Al escucharse esto dentro de la mina, incitó a los soldados romanos para salir abruptamente de la mina, tomar las entrañas y llevárselas al dictador. Pero en cuestiones de tan remota antigüedad, deberíamos conformarnos con admitir como cierto sólo aquello que tenga aspecto de serlo. Relatos como éste, más apropiados para representar en un escenario que deleite con milagros que para inspirar verosimilitud, no merecen ser afirmados o negados. La mina, que estaba ahora llena de soldados escogidos, descargó su fuerza armada dentro del templo de Juno, que estaba dentro de la ciudadela de Veyes. Algunos atacaron por detrás al enemigo de las murallas, otros forzaron los travesaños de las puertas, otros prendieron fuego a las casas desde donde las mujeres y los esclavos lanzaban piedras y baldosas. Todo resonaba con el sonido confuso de las terribles amenazas y los gritos de angustia y desesperación que se mezclaban con el llanto de mujeres y niños. En un tiempo muy corto, los defensores fueron expulsados de las murallas y las puertas de la ciudad se abrieron. Algunos entraron rápidamente en orden cerrado, otros escalaron los muros desiertos; la ciudad se llenó de romanos y la lucha siguió por todas partes. Por fin, después de una gran carnicería, el combate declinó y el dictador ordenó a los heraldos proclamar que se perdonaría a los que estuviesen desarmados. Esto puso fin al derramamiento de sangre, los que estaban desarmados empezaron a rendirse y los soldados se dispersaron, con autorización del dictador, en busca de botín. Este superó con creces todas las expectativas, tanto en cantidad como en valor, y cuando el dictador lo tuvo ante él, se dice que levantó las manos al cielo y rezó por que si este éxito suyo y del pueblo romano parecía excesivo a algún dios o a algún hombre, debía permitirse al pueblo romano apaciguar esos celos con tan poco daño como se pudiese para con él o para con el pueblo de Roma. La tradición dice que mientras estaba dando vueltas durante esta devoción, tropezó y cayó. Para aquellos que juzgaron después el evento, parecía como si ese augurio señalase la propia condena de Camilo y la posterior captura de Roma por los galos que ocurrieron unos pocos años después. Ese día transcurrió entre la masacre del enemigo y el saqueo de la ciudad con su enorme riqueza.

[5.22] Al día siguiente el dictador vendió como esclavos a todos los hombres libres que habían sido perdonados. El dinero así obtenido fue lo único que se ingresó en el tesoro público, pero incluso esto levantó las iras de la plebe. En cuanto a los despojos que se trajeron a casa, no reconocían tener ninguna obligación por él ni con su general, quien, pensaban, había sometido un asunto de su propia competencia al Senado con la esperanza de apoyar con la autoridad de aquel su mezquindad, ni sentían tampoco gratitud alguna hacia el Senado. Era a la familia Licinia a quien daban todo el mérito, pues fue el padre quien defendió la medida popular y el hijo quien llevó el dictamen del Senado sobre ella. Cuando todo lo perteneciente a los hombres hubo sido llevado fuera de Veyes, se empezó a sacar de los templos los presentes votivos hechos a los dioses y después se sacó a los propios dioses; pero esto lo hicieron más como fieles que como saqueadores. El traslado de la reina Juno a Roma fue confiado a un grupo de hombres seleccionados de entre todo el ejército, que después de realizar sus abluciones y ataviarse con vestiduras blancas, entraron reverentemente en el templo y pusieron sus manos en la estatua con santo temor pues, de acuerdo con la costumbre etrusca, sólo el sacerdote de cierta familia concreta estaba autorizado a tocarla. Entonces, uno de ellos, fuera en virtud de repentina inspiración o con alegre espíritu juvenil, dijo: "¿Estás dispuesta, Juno, para ir a Roma?" El resto se le unió exclamando que la diosa había asentido con la cabeza. Se añadió a la historia, en este sentido, que se le escuchó decir: "Estoy dispuesta". En todo caso, resultó que se pudo trasladar usando sólo máquinas de poca potencia, siendo ligera y fácil de transportar, como si lo fuese por su propia voluntad. Fue llevada sin contratiempos al Aventino, su sede eterna, a donde las oraciones del dictador romano la habían llamado y donde esa misma tarde Camilo le dedicó el templo que había ofrecido. Así fue la caída de Veyes, la ciudad más rica de la liga etrusca, mostrando su grandeza incluso en su derrota final, ya que después de ser sitiada durante diez veranos e inviernos y provocar más pérdidas de las que sufrió, sucumbió finalmente al destino, pues cayó por una mina y no por un asalto directo.

[5,23] Cuando llegaron las nuevas de la captura de Veyes, aunque los prodigios habían sido expiados y tanto las respuestas de los adivinos como las del oráculo eran de dominio público, y aunque todo lo que podían hacer los hombres fue hecho bajo la guía de Marco Furio, el mejor de todos los comandantes, tras tantos años de guerra indecisa y tantas derrotas, el regocijo fue tan grande como si no hubiese habido esperanza de victoria. Anticipándose a la orden del Senado, todos los templos se llenaron de matronas romanas dando gracias a los dioses. El Senado ordenó que la acción de gracias pública debía durar cuatro días, un periodo más largo que el de cualquier otra guerra anterior. La llegada del dictador, a quien todos los órdenes salieron a cumplimentar, fue también bienvenida por una multitud mayor que cualquier otra anterior. Su triunfo fue mucho más allá de la forma habitual de celebrar tal día; siendo él mismo lo más llamativo de todo, fue llevado a la Ciudad por una yugada de caballos blancos, lo que se consideraba impropio de cualquier hombre mortal y aún menos adecuado para un ciudadano romano. Se vio con supersticiosa alarma que el dictador se pusiera a un nivel igual al de Júpiter y el Sol, y esta sola circunstancia hizo de su triunfo algo más brillante que popular. Después de esto, firmó un contrato para la construcción del templo de la reina Juno en el Aventino y dedicó uno a Mater Matuta. Después de haber cumplido así sus deberes para con los dioses y los hombres, renunció a su dictadura. Posteriormente surgió una dificultad acerca de la ofrenda a Apolo. Camilo dijo que había prometido una décima parte del botín a la deidad y el colegio de pontífices decidió que el pueblo debía cumplir sus obligaciones religiosas. Pero no era fácil encontrar una manera de ordenar a la gente que devolviese su parte del botín para que se pudiera dedicar la parte debida a la ofrenda sagrada. Al final se recurrió a lo que pareció ser el plan más suave, es decir, que cualquiera que desease cumplir con su obligación y la de su familia debería hacer una valoración de su parte y contribuir con el valor de la décima parte de ella al tesoro público, para que con lo resultante se pudiera hacer una corona de oro digna de la grandeza del templo y de la augusta divinidad del dios, tal y como lo exigía el honor del pueblo romano. Esta contribución alejó aún más los sentimientos de los plebeyos hacia Camilo. Durante estos acontecimientos llevaron embajadores de los volscos y ecuos a pedir la paz. La consiguieron, no tanto por merecérselo como porque la república, cansada de una guerra tan larga, debía disfrutar de un reposo.

[5.24] El año siguiente -395 a.C.-a la captura de Veyes tuvo como dos de los seis tribunos militares con potestad consular a los Publios Cornelios, es decir, Coso y Escipión, a Marco Valerio Máximo (por segunda vez), a Cesón Fabio Ambusto (por tercera vez), a Lucio Furio Medulino (por quinta vez) y a Quinto Servilio (por tercera vez). La guerra contra los faliscos fue encargada a los Cornelios y la guerra contra Capena se adjudicó a Valerio y a Servilio. No hicieron ningún intento de tomar las ciudades, ni por asalto ni por asedio, sino que se limitaron a devastar el campo y llevarse las propiedades de los campesinos; ni un solo árbol frutal o de otra clase se dejó en la tierra. Estas pérdidas quebraron la resistencia de los capenatos, pidieron la paz y se les concedió. Contra los Faliscos, la guerra continuó. En Roma, mientras tanto, surgieron disturbios por diversos asuntos. Con el fin de calmarlos, se había decidido fundar una colonia en la frontera volsca, y para ello se dieron los nombres de 3.000 ciudadanos romanos. Se nombraron triunviros para dividir la tierra en lotes de 3 yugadas y 7/12 por hombre [0,9675 hectárea, siendo 1 yugada = 0,27 hectáreas aprox.-N. del T.] . Esta donación comenzó a ser mirada con desprecio, pues la consideraban como una concesión ofrecida para impedirles esperar algo mejor. "¿Por qué", se preguntaban, "iban a enviar a los plebeyos al destierro entre los volscos cuando la espléndida ciudad de Veyes y sus territorios estaban a la vista, más fértiles y más amplios que el territorio de Roma?" Ya fuera por su situación o por la magnificencia de sus edificios públicos y privados y sus espacios abiertos, preferían esta ciudad sobre Roma. Incluso presentaron una propuesta, que aún reunió más apoyo tras la captura de Roma por los Galos, para emigrar a Veyes. Pretendían, sin embargo, que Veyes debía ser habitada por una parte de la plebe y una parte del Senado; pensaban que era un proyecto viable que dos ciudades separadas fuesen habitadas por el pueblo romano y formasen un Estado. En oposición a estas propuestas, la nobleza llegó tan lejos como a declarar que prefería morir ante los ojos del pueblo romano a que ninguna de esas propuestas fuese sometida a votación. Si, argumentaban, había tanta disensión en una ciudad, ¿cuánta no habría en dos? ¿Podía alguien preferir una ciudad vencida sobre una vencedora y permitir que Veyes disfrutase de mejor fortuna tras su captura que antes de ella? Es posible que al final sus conciudadanos les dejasen atrás en su Ciudad natal; pero ningún poder sobre la Tierra podría obligarles a abandonar su Ciudad y a sus conciudadanos para seguir a Tito Sicinio (el que propuso aquella medida) a Veyes, como su nuevo fundador, y abandonar así a Rómulo, un dios e hijo de un dios, el padre y el creador de la Ciudad de Roma.

[5,25] Este debate fue aliñado por peleas vergonzosas, pues el Senado había atraído a una parte de los tribunos de la plebe a sus puntos de vista, y la única cosa que impedía a los plebeyos ejercer la violencia personal era el uso que los patricios hacían de su influencia personal. Cada vez que se levantaba un clamor para iniciar una revuelta, los líderes del Senado eran de los primeros en mezclarse con la multitud y decirles que soltaran su ira sobre ellos, que los golpeasen y matasen. La multitud se abstuvo de ejercer violencia sobre hombres de su edad, rango y distinción, y este sentir les impidió atacar a los demás patricios. Camilo fue por todas partes lanzando arengas y diciendo que no era de extrañar que los ciudadanos se hubiesen vuelto locos, porque, aunque obligados por un voto, ellos se preocupaban por todo excepto por cumplir con sus obligaciones religiosas. Él no decía nada acerca de la contribución, que en realidad era una ofrenda sagrada y no un diezmo, y puesto que cada individuo se obligó a pagar el diezmo, el Estado, como tal, estaba libre de esa obligación. Pero su conciencia no le permitió guardar silencio acerca de la afirmación de que el diezmo sólo se aplicaba a los bienes muebles y que nada se dijo de la ciudad y su territorio, que en realidad también estaban incluidos en el voto. Como el Senado consideró la cuestión de difícil resolución, la remitieron a los pontífices y Camilo fue invitado a discutirla con ellos. Se decidió que de todo lo que había pertenecido a los veyentinos antes de que el voto se pronunciase, y que posteriormente pasó a poder de Roma, una décima parte estaba consagrada a Apolo. Así, la ciudad y el territorio entraron en la estimación. El dinero fue sacado del tesoro y se comisionó a los tribunos consulares para que comprasen oro con él. Como no había suficiente, las matronas, después de una reunión para hablar sobre el asunto, prometieron sus joyas y ornamentos a los tribunos y los enviaron al tesoro. El Senado se sintió altamente agradecido por ello, y la tradición dice que en compensación por esta generosidad, a las matronas se les otorgó el honor de acudir en coches cerrados a los actos sagrados y a los juegos, y en coches abiertos al ir a festivales en días laborables. Se valoró el oro de cada uno, para que se pudiese pagar la cantidad adecuada de dinero por él, y se decidió que se haría una copa de oro y se llevaría a Delfos como regalo a Apolo. Cuando la cuestión religiosa ya no colmó su atención, los tribunos de la plebe renovaron su agitación; las pasiones de la plebe se levantó contra todos los hombres importantes, y sobre todo contra Camilo. Decían que al dedicar el botín de Veyes al Estado y a los dioses, les había reducido a la nada. Atacaron a los senadores con furia en su ausencia; cuando estaban presentes y se enfrentaban a su ira, la vergüenza les mantenía en silencio. Tan pronto como los plebeyos vieron que el asunto se prolongaría hasta el año siguiente, volvieron a nombrar como tribunos a los que apoyaban la propuesta; los patricios se dedicaron a asegurarse el mismo apoyo de aquellos que habían vetado la propuesta. En consecuencia, fueron reelegidos casi los mismos tribunos de la plebe.

[5.26] En la elección de los tribunos consulares, los patricios lograron con el mayor esfuerzo garantizar el regreso de Marco Furio Camilo. Fingieron que en vista de las guerras se proveían de un general; su verdadero objetivo era conseguir un hombre que se opusiese a la corrupta política de los tribunos plebeyos. Sus compañeros en el tribunado fueron Lucio Furio Medulino (por sexta vez), Cayo Emilio, Lucio Valerio Publícola, Espurio Postumio y Publio Cornelio (por segunda vez). A principios de año -394 a.C.-los tribunos de la plebe no hicieron ningún movimiento hasta que Camilo se marchó para las operaciones contra los faliscos, que era el teatro de guerra que se le había asignado. Este retraso aflojó su intención de provocar agiración, mientras que Camilo, el adversario al que más temían, se cubría de nueva gloria contra los faliscos. Al principio, el enemigo se mantuvo dentro de sus murallas pensando que este era el proceder más seguro; pero al devastar sus campos y quemar sus granjas, le forzó a salir de su ciudad. Temían ir muy lejos, y establecieron su campamento a una milla de distancia [1480 metros.-N. del T.]; lo único que les daba sensación de seguridad era la dificultad para aproximarse, pues todo el terreno alrededor era quebrado y ásperos y los caminos estrechos a veces y escarpados otras. Camilo, sin embargo, había obtenido información de un prisionero capturado en la vecindad y le obligó a actuar como guía. Tras dejar el campamento en medio de la noche, llegó al amanecer a una posición considerablemente más alta que la del enemigo. Los romanos de la tercera línea empezaron a atrincherarse mientras el resto del ejército permanecía dispuesto para la batalla. Cuando el enemigo trató de obstaculizar la labor de atrincheramiento, los derrotó y los puso en fuga, y tal pánico se apoderó de los faliscos que en su desbandada pasaron más allá de su propio campamento, que estaba más próximo a ellos, y se dirigieron a su ciudad. Muchos fueron muertos y heridos antes de que pudieran atravesar las puertas. Se tomó el campamento, se vendió el botín y los beneficios se entregaron a los cuestores para gran indignación de los soldados; pero fueron intimidados por la dureza de la disciplina de su general y, aunque odiaban su firmeza, al mismo tiempo la admiraban. La ciudad quedó entonces cercada y se construyeron obras de asedio. Durante algún tiempo, los habitantes de la ciudad solían atacar los puestos de avanzada romanos siempre que veían oportunidad y se producían frecuentes escaramuzas. Pasó el tiempo y la esperanza no se inclinaba hacia ninguna de las partes; el grano y otros suministros habían sido previamente cosechados y los sitiados estaban mejor provistos que los sitiadores. El asedio parecía que iba a ser tan largo como lo había sido en Veyes si la fortuna no hubiera dado al comandante romano una oportunidad de mostrar de nuevo la grandeza de espíritu de la que ya había hecho gala en asuntos de guerra y que le aseguraría una pronta victoria.

[5.27] Era costumbre de los faliscos emplear a la misma persona como maestro y sirviente de sus hijos, y solían encomendar a varios muchachos al cuidado de un único hombre; una costumbre que aún persiste en Grecia en la actualidad. Naturalmente, el hombre que tenía la mejor reputación en cuanto a la enseñanza era el que se encargaba de instruir a los hijos de los hombres principales. Este hombre había tomado la costumbre, en tiempos de paz, de ir con los muchachos fuera de las murallas, para jugar y ejercitarlos, y mantuvo la costumbre después de comenzada la guerra, llevándolos unas veces más cerca y otras más lejos de las puertas de la ciudad. Aprovechando una oportunidad favorable, prolongó los juegos y las conversaciones más de lo habitual, siguiendo hasta que estuvo en medio de los puestos de avanzada romanos. A continuación, los llevó al campamento y llegó hasta la tienda de de mando de Camilo. Allí agravó su malévolo acto con un ultraje aún peor. Había, dijo, puesto a los faliscos en manos romanas pues estos muchachos, cuyos padres estaban al frente de los asuntos de la ciudad, estaban ahora en su poder. Al oír esto Camilo le respondió: "Tú, malvado, no pienses que has llegado con tu traición ante un jefe o una nación como tú. Entre nosotros y los faliscos no hay unión como la basada en un pacto formal entre hombres, pero sí existe la unión que se basa en el instinto natural y seguirá existiendo. Hay derechos de guerra como hay derechos de paz, y hemos aprendido a librar nuestras guerras con tanta justicia como valor. Nosotros no usamos nuestras armas contra aquellos que por su edad están a salvo incluso en la captura de una ciudad, sino contra los que están armados como nosotros y los que sin ofensa o provocación nuestra atacaron el campamento romano en Veyes. Con estos hombres has hecho cuanto podías para vencerlos por un acto de traición sin precedentes; Yo los venceré como vencí a Veyes, por las artes romanas: valor, estrategia y fortaleza de las armas". A continuación, ordenó que lo desnudaran y que le atasen las manos a la espalda, y lo entregaron a los niños para que lo llevasen de vuelta a Faleria, dándoles unos bastones con los que azotar al traidor hasta la ciudad. El pueblo fue en masa a ver el espectáculo, los magistrados, entonces, convocaron al Senado para discutir tan extraordinario incidente y, al fin, tuvo lugar tal cambio de parecer que la misma gente que en la locura de su ira y odio casi prefería compartir el destino de Veyes antes que disfrutar de la paz que gozaba Capena, ahora se veían junto al resto de la ciudad pidiendo la paz. El sentido romano del honor y el amor del tribuno por la justicia estaban en boca de todos los hombres en el foro y en el Senado y, de acuerdo con el deseo general, se enviaron embajadores a Camilo en el campamento, y con su permiso al Senado de Roma, para proceder a la rendición de Faleria.

Al ser presentados ante el Senado, se cuenta que hicieron el siguiente discurso: "¡Senadores! Vencidos por vosotros y por vuestro general con una victoria que nadie, ni hombre ni dios, puede censurar, nos rendimos a vosotros, pues creemos que es mejor vivir bajo vuestro imperio que bajo nuestras propias leyes, y ésta es la mayor gloria que un vencedor puede obtener. Mediante esta guerra, se han sentado dos saludables precedentes para la humanidad. Habéis preferido el honor del soldado a una victoria que estaba a vuestro alcance; nosotros, desafiados por vuestra buena fe, os hemos dado voluntariamente la victoria. Estamos a vuestra disposición; enviad hombres a recibir nuestras armas, a recibir los rehenes, a recibir la ciudad cuyas puertas están abiertas para vosotros. Nunca tendréis motivos de queja de nuestra lealtad, ni nosotros de vuestro gobierno". Tanto el enemigo como sus propios compatriotas dieron las gracias a Camilo. Se ordenó a los faliscos que proveyesen la paga de las tropas ese año, a fin de que el pueblo romano se viese libre del impuesto de guerra. Después que la paz les fue concedida, el ejército marchó de regreso a Roma.

[5.28] Después de haber así sometido al enemigo mediante la justicia y la buena fe, Camilo volvió a la Ciudad investido de una gloria aún más noble que cuando fue llevado por caballos blancos en su triunfo. El Senado no podía soportar el delicado reproche de su silencio, pero enseguida procedieron a liberarlo de su voto. Lucio Valerio, Lucio Sergio y Aulo Manlio fueron nombrados para llevar la copa de oro, hecha como regalo a Apolo, a Delfos, pero el solitario buque de guerra en el que navegaban fue capturado por piratas liparienses, no lejos del estrecho de Sicilia, y les llevaron a las islas de Lipari. La piratería era considerada como una especie de institución del Estado, y era costumbre del gobierno distribuir el botín así obtenido. Ese año la magistratura suprema la ostentaba Timasiteo, un hombre por su carácter más afín a los romanos que a sus propios compatriotas. Como él mismo reverenciaba el nombre y el cargo de los embajadores, el regalo que tenían a cargo y el dios al que iba dedicado, inspiró a la multitud, que habitualmente compartía el parecer de su gobernante, con un profundo sentido religioso del propio deber. La delegación fue conducida a la casa de invitados del Estado y, desde allí, se les envió a Delfos con una escolta adecuada de barcos, luego los trajeron de regreso salvos a Roma. El Estado estableció relaciones amistosas con él [con Timasiteo.-N. del T.] y se le otorgaron presentes.

Durante este año hubo guerra con los ecuos, de tan indeciso resultado que es difícil decir quién resultó vencedor y quién vencido. Los dos tribunos consulares, Cayo Emilio y Espurio Postumio, estaban al mando del ejército romano. Al principio realizaban operaciones conjuntas; después que el enemigo hubo sido derrotado en batalla, acordaron que Emilio tomaría Verrugo mientras Postumio devastaba su territorio. Mientras marchaba de modo un tanto descuidado tras su victoria, con sus hombres en desorden, fue atacado por los ecuos y tanto cundió el pánico que sus fuerzas fueron arrastradas a las colinas cercanas, extendiéndose la alarma incluso hasta al otro ejército, en Verrugo. Tras haberse retirado a una posición segura, Postumio convocó una asamblea de sus hombres y les reprendió severamente por su pánico y su huida, y por haber sido derrotados por un enemigo tan cobarde y fácil de vencer. Con una sola voz el ejército exclamó que se merecían sus reproches; se habían comportado de modo vergonzoso, pero ellos mismos repararían su falta y el enemigo ya no tendría más motivo de regocijo. Le pidieron que les llevara enseguida contra el campamento enemigo (que estaba a plena vista en la llanura) y ningún castigo sería demasiado severo si no lograban tomarlo antes del anochecer. Postumio elogió su afán y les ordenó que se refrescaran y estuviesen listos en la cuarta guardia [la última antes del amanecer.-N. del T.]. El enemigo, esperando que los romanos intentasen una huida nocturna de su colina, se posicionaron para cortarles el camino en dirección a Verrugo. La acción comenzó antes del amanecer pero, como hubo luna toda la noche, la batalla tuvo tanta visibilidad como si se hubiera combatido de día. Los gritos llegaron a Verrugo, y pensaron que el campamento romano estaba siendo atacado. Esto creó tal pánico que, a pesar de todos los llamamientos de Emilio en su esfuerzo por detenerlos, la guarnición se marchó y huyó en grupos dispersos a Túsculo. Desde allí llegó a Roma el rumor de que Postumio y su ejército había sido aniquilado. Tan pronto como la naciente aurora disolvió todos los temores de una sorpresa en caso de que la persecución llegase demasiado lejos, Postumio bajó por las filas demandando el cumplimiento de su promesa. El entusiasmo de la tropa era tan grande que los ecuos no pudieron resistir el ataque. Luego siguió una masacre de los fugitivos, como era de esperar cuando los hombres se dejan llevar más por la ira que por el valor; el ejército [ecuo.-N. del T.] fue destruido. El lúgubre informe de Túsculo y los temores infundados en la Ciudad dieron paso a un laureado informe de Postumio anunciando la victoria de Roma y la aniquilación del ejército ecuo.

[5.29] Como los disturbios de los tribunos de la plebe no habían obtenido hasta ahora ningún resultado, los plebeyos se esforzaron por asegurarse de la continuación en el cargo de los proponentes de la ley agraria, mientras que los patricios procuraron la reelección de aquellos que la habían vetado. Los plebeyos, sin embargo, vencieron en las elecciones y el Senado, en venganza por esa mortificación, aprobó una resolución para proceder al nombramiento de cónsules, magistratura que la plebe detestaba. Después de quince años, se volvió a elegir cónsules en las personas de Lucio Lucrecio Flavio y Servio Sulpicio Camerino. A principios de año -393 a.C.-, como ninguno de su colegio estaba dispuesto a interponer su veto, los tribunos se pusieron de acuerdo en un esfuerzo decidido para aprobar su medida mientras los cónsules, por la misma razón, ofrecieron una resistencia no menos decidida. Mientras todos los ciudadanos estaban preocupados por esta contienda, los ecuos atacaron con éxito la colonia romana de Vitelia, que estaba situada en su territorio. La mayoría de los colonos resultaron ilesos, pues el haber tenido lugar la traicionera captura por la noche les dio ocasión de huir en dirección opuesta al enemigo y llegar a Roma. Ese campo de operaciones se encargó a Lucio Lucrecio. Avanzó contra el enemigo y lo derrotó en una batalla regular, y luego regresó victorioso a Roma, donde le esperaba un problema todavía más grave.

Se había fijado fecha para el procesamiento de Aulo Verginio y Quinto Pomponio, que habían sido tribunos de la plebe dos años antes. El Senado acordó por unanimidad que a su honor ocupaba su defensa, pues nadie había presentado ningún cargo contra ellos por su vida privada ni por su acción pública; la única base para la acusación era que habían tratado de complacer al Senado al ejercer su derecho de veto. La influencia del Senado, sin embargo, fue vencida por el airado temperamento de la plebe, y aún se sentó un precedente todavía más vicioso al condenar a aquellos hombres inocentes a una multa de diez mil ases cada uno. El Senado quedó muy angustiado. Camilo acusó abiertamente a los plebeyos de traición por volverse contra sus propios magistrados, porque no veían que con aquella sentencia inicua habían desposeído a sus tribunos del poder de veto y con ello se habían privado a sí mismos de su poder. Se engañaban si esperaban que el Senado se contuviera de ascender ante la ausencia de ninguna restricción por parte del poder de aquella magistratura. Si a la violencia tribunicia no se la pudiera enfrentar con el veto de los tribunos, el senado hallaría otra arma. Culpó también a los cónsules por haber permitido en silencio que se comprometiera el honor del Senado en el caso de los tribunos que habían seguido las instrucciones del Senado. Repitiendo abiertamente estas acusaciones, amargó cada vez más el ánimo del populacho.

[5.30] Por otra parte, incitaba permanentemente al Senado a oponerse a la medida. No debían, les dijo, bajar al Foro, cuando llegase el día de la votación, con ánimo distinto al de hombres que se han dado cuenta de que tienen que luchar por sus hogares y altares, por los templos de los dioses y aún por el suelo sobre el que habían nacido. En cuanto a él, si osase pensar en su propia reputación cuando la existencia de su país que estaba en juego, sería en verdad un honor que la ciudad que había tomado fuera densamente poblada, que ese monumento a su gloria le diera gozo diario, que pudiera tener ante sus ojos la ciudad que había llevado en su procesión triunfal y que todos pisaran el rastro de su fama. Sin embargo, consideraba que era una ofensa contra el cielo que una ciudad fuese repoblada tras haber quedado desierta y abandonada por los dioses, y para el pueblo romano el habitar un suelo esclavizado y cambiar la patria conquistadora por otra conquistada. Estimulados por los llamamientos de su líder, los senadores, viejos y jóvenes, bajaron todos al Foro cuando la propuesta se sometía a votación. Se dispersaron entre las tribus, y cada uno tomó sus compañeros de tribu de la mano, implorándoles con lágrimas que no abandonasen la patria por la que ellos y sus padres habían luchado tan valientemente y con tanto éxito. Señalaban el Capitolio, el templo de Vesta y los demás templos alrededor de ellos, y les rogaban que no les permitieran conducir al pueblo romano, como exiliados sin hogar, fuera de su tierra ancestral y de sus dioses nacionales hasta la ciudad de sus enemigos. Llegaron tan lejos como a decir que habría sido mejor que nunca se hubiese tomado Veyes a que se abandonase Roma. Como no recurrieron a la violencia, sino a los ruegos, e intercalaban entre ellos frecuentes menciones a los dioses, se convirtió para la mayoría en una cuestión religiosa y la propuesta fue derrotada por mayoría de una tribu. El Senado quedó tan contento con su victoria que al día siguiente aprobó una resolución, a propuesta de los cónsules, para que se adjudicaran siete yugadas [1,89 hectáreas aprox.-N. del T.] de territorio veyentino a cada plebeyo; y no sólo a los pater familias, sino a todas las personas libres de cada casa, para que con esta esperanza estuviesen dispuestas a criar a sus hijos.

[5,31] Esta recompensa calmó los sentimientos de la plebe y no se opuso a la elección de cónsules. Los dos elegidos fueron Lucio Valerio Potito y Marco Manlio, que más tarde recibió el título de Capitolino -392 a.C.-. Ellos se encargaron de celebrar los Grandes Juegos que Marco Furio había ofrendado cuando fue dictador durante la guerra Veyentina. Ese mismo año, el templo de la reina Juno, que se había prometido al mismo tiempo, fue dedicado, y la tradición dice que su consagración produjo gran interés entre las matronas, que estuvieron presentes en gran número. Se llevó a cabo una campaña de importancia contra los ecuos en Álgido; el enemigo fue derrotado casi antes de llegar al cuerpo a cuerpo. Valerio mostró la mayor de las energías al perseguir a los fugitivos; por esto se le concedió un triunfo y a Manlio una ovación. El mismo año hubo una nueva guerra con los volsinios. Debido a la hambruna y la peste en los campos de Roma, por el excesivo calor y la sequía, fue imposible que saliese el ejército. Esto incitó a los volsinios, en conjunción con los sapinatos, a hacer incursiones en territorio romano. Entonces se declaró la guerra contra los dos Estados. Cayo Julio, el censor, murió, y Marco Cornelio fue nombrado en su lugar. Este procedimiento fue posteriormente considerado como un delito contra la religión porque fue durante ese lustro cuando Roma fue tomada y desde entonces nunca se ha designado a censor a nadie en sustitución de uno muerto. Los cónsules fueron atacados por la epidemia, por lo que se decidió que los auspicios deben tomarse de nuevo por un interrex. En consecuencia, los cónsules dimitieron de su cargo en cumplimiento de una resolución del Senado y Marco Furio Camilo fue nombrado interrex. Nombró a Publio Cornelio Escipión como su sucesor, y Escipión designó a Lucio Valerio Potito. Éste último nombró seis tribunos consulares, de modo que si alguno de ellos quedaba incapacitado por enfermedad, aún pudiera haber una cantidad suficiente de magistrados para administrar la república.

[5.32] Se trataba de Lucio Lucrecio, Servio Sulpicio, Marco Emilio, Lucio Furio Medulino (por séptima vez), Agripa Furio y Cayo Emilio (por segunda vez). Tomaron posesión del cargo el 1º de julio -391 a.C.-. Lucio Lucrecio y Cayo Emilio fueron encargados de la campaña contra los volsinios; a Agripa Furio y a Servio Sulpicio se les encargó de la campaña contra los sapinatos. La primera acción se llevó a cabo contra los volsinios; se enfrentó a un número inmenso de enemigos, pero el combate no fue en absoluto grave. Su línea quedó dispersa al primer choque; ocho mil, que fueron rodeados por la caballería, depusieron las armas y se rindieron. Al enterarse de esta batalla, los sapinatos no tuvieron confianza en librar una batalla campal y buscaron la protección de sus murallas. Los romanos saquearon en todas partes, tanto en territorio volsinio como sapinato, sin encontrar resistencia alguna. Al fin, los volsinios, cansados de la guerra, obtuvieron una tregua por veinte años a condición de pagar un año de salario del ejército y una indemnización por sus anteriores incursiones. Fue en este año cuando Marco Cedicio, miembro de la plebe, informó a los tribunos que mientras estaba en la Vía Nova, donde está ahora la capilla, por encima del templo de Vesta, oyó en el silencio de la noche una voz, más poderosa que cualquier voz humana, ordenándole advertir a los magistrados que los galos se acercaban. No se tuvo en cuenta, en parte debido al rango humilde del informante y en parte porque los galos eran una nación lejana y, por tanto, poco conocida. Y no sólo se ignoraron las admoniciones de los dioses sobre el destino que amenazaba. La única ayuda humana que tenían para enfrentarlo, Marco Furio Camilo, fue expulsado de la Ciudad. Fue acusado por el tribuno de la plebe, Lucio Apuleyo, cuyo hijo adolescente había muerto por entonces, por su actuación en relación con el botín de Veyes. Camilo invitó a los miembros de su tribu y a sus clientes, que formaban una parte considerable de la plebe, a su casa y sondeó sus sentimientos hacia él. Le dijeron que pagarían cualquier multa que le impusieran, pero que les era imposible absolverlo. Entonces se fue al exilio, después de ofrecer una oración a los dioses inmortales diciendo que "si tal ultraje se le hacía sin merecerlo, dieran pronto ocasión a sus desagradecidos conciudadanos de lamentar su ausencia". Fue condenado en ausencia a pagar una multa de quince mil ases.

[5.33] Después de la expulsión de tal ciudadano, cuya presencia, si hay algo seguro en los asuntos humanos, habría hecho imposible la captura de Roma, el destino de la sentenciada Ciudad se aproximó rápidamente. Llegaron embajadores desde Clusium [actual Chiusi.-N. del T.] pidiendo ayuda contra los galos. La tradición es que esta nación, atraída por las noticias de los deliciosos frutos y sobre todo del vino (un placer nuevo para ellos) cruzó los Alpes y ocupó las tierras antes cultivadas por los etruscos, y que Aruncio de Clusium importó vino a la Galia para atraerlos a Italia. Su esposa había sido seducida por Lucumo, que había sido su tutor, y de quien, por ser un hombre joven de considerable influencia, era imposible conseguir una reparación sin ayuda del extranjero. En venganza, Aruncio guió a los galos a través de los Alpes y los llevó a atacar Clusium. No voy a negar que los galos fueran guiados hasta Clusium por Aruncio o por alguna otra persona que viviera allí, pero es evidente que quienes atacaron la ciudad no fueron los primeros que cruzaron los Alpes. De hecho, los galos entraron en Italia dos siglos antes de que atacasen Clusium y tomasen Roma. Tampoco fueron los clusinos los primeros etruscos con cuyos ejércitos chocaron los galos; parece ser que mucho antes ya habían combatido los galos con los etruscos que moraban entre los Apeninos y los Alpes. Antes de la supremacía romana, el poder de los etruscos se había extendido ampliamente, tanto por mar como por tierra. Hasta qué punto se extendió por los dos mares por los que Italia está rodeada como una isla, queda demostrado por los nombres de esos mares, pues las naciones de Italia llaman a uno el "mar etrusco" [mar tirreno, en la actualidad.-N. del T.] y al otro el "adriático", que viene de "Atria", una colonia etrusca. Los griegos también los llaman el Tirreno y el Adriático. Las tierras que se extienden entre ambos mares estaban habitadas por ellos. Se asentaron primero a este lado de los Apeninos, en el mar occidental, en doce ciudades; después fundaron doce colonias más allá de los Apeninos, correspondientes al número de las ciudades madre. Estas colonias poseían todo el país entre el Po y los Alpes, con excepción de la esquina habitada por los vénetos, que habitaban alrededor de un brazo de mar. Las tribus de los Alpes son, sin duda, del mismo tronco, especialmente los retios, que por la naturaleza de su país se han vuelto tan incivilizados que no guardan la menor traza de su condición original excepto su lengua, e incluso ésta no está libre de corrupción.

[5,34] He aquí lo que hemos aprendido sobre la entrada de los galos en Italia. Mientras Tarquinio Prisco era rey de Roma, el poder supremo entre los celtas, que formaban una tercera parte de toda la Galia, estaba en manos de los biturigos; de entre ellos solía nombrarse el rey de toda la raza celta. Ambigato era el rey en ese momento, un hombre eminente por su valor personal y su riqueza tanto como por sus dominios. Durante su gobierno, las cosechas fueron tan abundantes y la población creció tan rápidamente en la Galia que el gobierno de un número tan vasto parecía casi imposible. Era ya un hombre anciano, y ansioso por aliviar su reino de la carga del exceso de población. Con este objeto manifestó su intención de enviar a los hijos de su hermana, Beloveso y Segoveso, ambos hombres jóvenes, a asentarse en cualquier lugar que los dioses les asignasen mediante augurios. Fueron a invitar a tantos como quisieran acompañarlos, suficientes para impedir que cualquier nación rechazase su llegada. Una vez tomados los auspicios, el bosque Hercinio le tocó a Segoveso; a Beloveso los dioses concedieron el más dulce camino a Italia. Invitó a la población excedente de seis tribus: los biturigos, los avernos, los senones, los eduos, los ambarros, los carnutos y los aulercios. Desplazándose con una enorme fuerza de caballería e infantes, llegaron donde los triscatinos. Más allá se extendía la barrera de los Alpes, y no me sorprende que les parecieran insuperables, pues nunca antes habían sido atravesados, al menos hasta donde alcanzaba la memoria, a menos que se crean las fábulas acerca de Hércules. Mientras las altas cumbres contenían a los galos y buscaban por todas partes un paso por el que cruzar las montañas que llegaban al cielo y así llegar a un nuevo mundo, fueron impedidos de seguir avanzando por un sentido de obligación religiosa al llegarles noticia de que algunos extranjeros que buscaban tierras estaban siendo atacados por los salvuos [comprobar este gentilicio, por favor.-N. del T.]. Los atacados eran masaliotas [de Massilia, actual Marsella.-N. del T.] que habían salido de Focea. Los galos, viendo en esto un presagio de su propia fortuna, fueron en su ayuda y así pudieron fortificar el lugar donde habían primeramente desembarcado, sin que los salvuos les molestasen. Después de cruzar los Alpes por los pasos de los taurinos y el valle de los durios [comprobar esta frase, por favor.-N. del T.], derrotaron a los etruscos en una batalla no lejos de Ticino, y cuando se dieron cuenta de que el país en el que se habían establecido pertenecía a los ínsubros, un nombre que también llevaba un cantón de los eduos, aceptaron el presagio del lugar y construyeron una ciudad a la que llamaron Mediolanum [actual Milán.- N. del T.].

[5,35] Posteriormente otra parte, compuesta por los cenomanos bajo el mando de Elitovio, siguió el camino de los anteriores y cruzaron los Alpes por el mismo paso, con el visto bueno de Beloveso. Ellos tenían sus asentamientos donde ahora están las ciudades de Verona y Brixia. Luego llegaron los Libuanos y los saluvios; se asentaron cerca de la antigua tribu de los ligures levios, que vivían alrededor de Ticino. Luego los boyos y lingones cruzaron los Alpes Peninos, y como todo el país entre el Po y los Alpes estaba ocupado, cruzaron el Po en balsas y expulsaron no sólo a los etruscos sino también a los umbros. Permanecieron, sin embargo, al norte de los Apeninos. Entonces, los senones, los últimos en llegar, ocuparon el país entre el Utente [comprobar nombre del río, por favor.-N. del T.] y el Aesis [actual Esino.-N. del T.]. Fue esta última tribu, me parece, la que llegó hasta Clusium, y de allí a Roma; pero no es seguro que llegaran solos o ayudados por contingentes de todos los pueblos Cisalpinos. El pueblo de Clusium quedó aterrorizado por esta nueva guerra al ver el número y el extraño aspecto de aquellos hombres, la clase de armas que usaban y al oír que las legiones de Etruria habían sido a menudo derrotadas por ellos a ambos lados del Po. A pesar de que no tenían ningún tratado de amistad o alianza con Roma, a no ser el no haber ayudado a sus parientes de Veyes contra los romanos, enviaron embajadores a Roma para solicitar al Senado su ayuda. No obtuvieron ayuda directa. Fueron enviados como embajadores los tres hijos de Marco Fabio Ambusto, para negociar con los galos y advertirles de que no atacasen a aquellos de quienes no habían recibido ninguna ofensa, que eran amigos y aliados de Roma y a los que, si las circunstancias les obligaban, defendería Roma con las armas. Preferían evitar la presente guerra y les gustaría entablar tratos con los galos, que eran extraños para ellos, más en son de paz que de guerra.

[5,36], Era una misión bastante pacífica, si no hubieran figurado en ella legados de carácter violento, más parecido a los galos que a los romanos. Después de haber cumplido con sus instrucciones ante el consejo de los galos, se les dio la siguiente respuesta: "Aunque acabamos de oir hablar por vez primera de los romanos, creemos sin embargo que sois hombres valientes, pues los clusinos están solicitando vuestra ayuda al verse en peligro. Dado que preferís proteger a vuestros aliados contra nosotros más con negociación que por las armas, nosotros por nuestra parte no rechazamos la paz que ofrecéis, a condición de que los clusinos nos cedan a los galos, que estamos necesitados de tierras, una parte del territorio que poseen, que es más de lo que pueden cultivar. En cualquier otra condición, no podemos acordar la paz. Deseamos recibir su respuesta en vuestra presencia, y si se nos niegan esas tierras lucharemos, mientras aún estéis aquí, para que podáis informar a los vuestros hasta qué punto superan los galos en valor a todos los demás hombres". Los romanos les preguntaron qué derecho tenían para exigir, bajo amenaza de guerra, las tierras de quienes eran sus propietarios, y qué intereses tenían los galos en Etruria. La respuesta arrogante que les dieron fue que su derecho estaba en sus armas y que todas las cosas eran propiedad de los hombres valientes. Se encendieron los ánimos por ambos lados, corieron a las armas y empezó el combate. Entonces, contrariamente al derecho de gentes, los embajadores empuñaron sus armas, pues los hados ya empujaban a Roma a su ruina. El hecho de que tres de los más nobles y bravos romanos lucharan en las filas etruscas no se pudo ocultar, tan llamativo fue su valor. Y lo que es más, Quinto Fabio se adelantó hacia un jefe galo, que cargaba con ímpetu justo contra los estandartes etruscos, lo atravesó de lado con su lanza y lo mató. Mientras estaba despojando el cuerpo, los galos lo reconocieron y todo el ejército se enteró de que se trataba de un embajador romano. Olvidando su ira contra los clusinos y gritando amenazas contra los romanos, dieron voz de retirada.

Algunos querían avanzar inmediatamente contra Roma. Los ancianos pensaron que primero se debían mandar embajadores a Roma para presentar una queja formal y exigir la entrega de los Fabios como satisfacción por la violación del derecho de gentes. Después que los embajadores hubieran expuesto su caso, el Senado, al tiempo que desaprobaba la conducta de los Fabios y reconocía la justicia de la demanda que hacían los bárbaros, se abstuvo, por intereses políticos, de registrar sus convicciones en forma de un decreto, dado el alto rango de los hombres implicados. Por lo tanto, para que la culpa de cualquier derrota que se pudiera sufrir en una guerra contra los galos no recayese dsobre ellos, remitieron las exigencias de los galos a la consideración del pueblo. Aquí se impuso la popularidad personal y la influencia de los acusados, y aquellos mismos hombres cuyo castigo se discutía fueron elegidos tribunos militares con potestad consular para el año siguiente. Los galos consideraron esto como se merecía, es decir, como un acto hostil, y tras amenazar abiertamente con la guerra, volvieron junto a su pueblo. Los otros tribunos consulares elegidos con los Fabios fueron Quinto Sulpicio Longo, Quinto Servilio (por cuarta vez) y Publio Cornelio Maluginense (por segunda vez) -390 a.C.-.

[5.37] Hasta tal punto ciega la Fortuna los ojos de los hombres cuyas fuerzas desea quebrantar, que aunque el peso de tal catástrofe se cernía sobre el Estado, no se tomaron medidas especiales para evitarla. En las guerras contra Fidenas, Veyes y otros Estados vecinos, se había designado muchas veces un dictador como último recurso. Pero ahora, cuando un enemigo, al que nunca antes habían visto ni del que habían oído hablar, levantaba una guerra desde el océano y los rincones más remotos del mundo, no se recurrió a un dictador ni se hicieron esfuerzos extraordinarios. Fueron elevados al mando supremo y elegidos tribunos los hombres por cuya temeridad se había producido la guerra; y el alistamiento que llevaron a cabo no fue tan extenso como lo había sido en otras campañas ordinarias, incluso lo hicieron menor, a la luz de la gravedad de la guerra. Mientras tanto, los galos vieron que su embajada había sido tratada con desprecio y que se habían otorgado honores a los hombres que habían violado el derecho de gentes. Ardiendo de ira (como nación que no puede controlar sus pasiones), tomaron sus estandartes y se pusieron rápidamente en marcha. Al ruido de su tumulto mientras se desplazaban, las atemorizadas ciudades se apresuraron a tomar las armas y los campesinos huían. Caballos y hombres, extendidos a lo largo y lo ancho, cubrían una inmensa extensión del campo; donde quiera que iban daban a entender con grandes voces que se dirigían a Roma. Pero a pesar de que fueron precedidos por rumores, por los mensajes de Clusium y luego por los mensajes de cada ciudad por la que pasaban, fue la rapidez de su marcha lo que produjo mayor alarma en Roma. Un ejército alistado a toda prisa por una recluta masiva salió a su encuentro. Las dos fuerzas se enfrentaron apenas a once millas [16.280 metros.-N. del T.] de Roma, en un lugar donde el Alia, fluyendo por un cauce muy profundo desde las montañas crustuminianas [ver esta ubicación, por favor.-N. del T.], se une al Tíber un poco por debajo de la carretera. El país entero, al frente y alrededor, estaba plagado de enemigos que, siendo una nación dada a salvajes explosiones, llenaba todo con el ruido espantoso de sus horribles gritos y su clamor discordante.

[5.38] Los tribunos consulares no habían asegurado la posición de su campamento, no habían construido trincheras tras las que poder retirarse y habían mostrado tanta falta de atención a los dioses como al enemigo, pues formaron su línea de batalla sin haber obtenido auspicios favorables. Extendieron sus líneas para evitar que sus flancos fuesen desbordados, pero aún así no consiguieron igualar el frente enemigo y, adelgazando así sus líneas, debilitaron el centro de manera que apenas podría soportar el choque. A su derecha había una pequeña elevación en la que decidieron colocar las reservas; y esta disposición, cuando empezó el pánico y la huida, resultó ser la única medida que dio seguridad a los fugitivos. Pero Brenno, el rey galo

[regulus gallorum en el original latino; no hemos empleado el castellano régulo porque el sentido actual no responde a la realidad de aquel momento en el que Brenno era más el jefe político-militar de una gran confederación de tribus que, como lo define hoy el diccionario de la Real Academia, un "Rey o señor de un territorio pequeño y atrasado".-N. del T.], temiendo que hubiera un engaño en el escaso número de los enemigos, y pensando que la elevación del terreno había sido ocupada para que las reservas pudiesen atacar el flanco y la retaguardia galas mientras su frente combatía a las legiones, dirigió su ataque contra las reservas, confiando en que, si les expulsaba de su posición, su superioridad numérica le daría una fácil victoria en el terreno bajo. Así que tanto las tácticas como la Fortuna estaban de parte de los bárbaros. En el otro ejército, nada había que recordase que era romano, ni entre los generales ni entre los soldados. Estaban aterrados y en lo único que pensaban era en huir; y tan completamente perdieron la cabeza que la mayor parte huyó a Veyes, una ciudad enemiga, aunque el Tíber les quedaba al paso y no siguieron el camino directo a Roma, hacia sus esposas e hijos. Durante un corto lapso de tiempo las reservas quedaron protegidas por su posición. El resto del ejército, tan pronto escucharon el grito de guerra en su flanco los más próximos a las reservas, y luego al ser oído por la otra parte de la línea a sus espaldas, huyó al completo e ilesos, casi antes de haber visto a sus enemigos, sin intentar luchar ni aún devolver el grito de guerra. En realidad, ninguno fue muerto al combatir; fueron heridos por detrás mientras se obstaculizaban la huida unos a otros en una masa que se esforzaba confusa. A lo largo de la orilla del Tíber, por donde había huido toda el ala izquierda tras arrojar sus armas, se produjo una gran masacre. Muchos, que fueron incapaces de nadar o se vieron obstaculizados por el peso de sus corazas y otras defensas, fueron tragados por la corriente. La mayor parte, sin embargo, llegó a Veyes a salvo, pero no sólo no enviaron desde allí a las tropas para defender la Ciudad sino que ni siquiera mandaron un mensajero para informar a Roma de la derrota. Todos los hombres del ala derecha, que habían sido colocados a cierta distancia del río y más cerca de la base de la colina, volvieron a Roma y se refugiaron en la Ciudadela sin siquiera cerrar las puertas de la Ciudad.

[5.39] Los galos, por su parte, estaban casi mudos de asombro ante tan repentina y extraordinaria victoria. Al principio no se atrevían a moverse del lugar, como si estuviesen desconcertados por lo que había ocurrido, después empezaron a temer una sorpresa y por fin empezaron a despojar a los muertos apilando, como es su costumbre, las armas en montones. Por último, como se veía ningún movimiento hostil por ninguna parte, reiniciaron su marcha y llegaron a Roma poco antes del atardecer. La caballería, que cabalgaba al frente, informó que las puertas no estaban cerradas, que no había destacamentos de guardia frente a ellas ni tropas en las murallas. Esta segunda sorpresa, tan extraordinaria como la anterior, les hizo retraerse y, temiendo un combate nocturno en las calles de una Ciudad desconocida, detenerse para acampar entre Roma y el Anio. Enviaron partidas de reconocimiento para examinar el circuito de las murallas y las otras puertas, así como para informarse de los planes que hacían sus enemigos ante su situación desesperada. En cuanto a los romanos, ya que la mayor parte había huido del campo de batalla en dirección de Veyes en lugar de hacia Roma, todos creían que los únicos supervivientes eran los que se habían refugiado en Roma; el luto por todos los que se habían perdido, vivos o muertos, llenó toda la Ciudad con llantos de lamentación. Pero los gemidos del dolor personal quedaron acallados por el terror general al saberse que el enemigo estaba encima. Ahora se oían los alaridos y salvajes gritos de guerra de las turmas [aquí emplea T. Livio una expresión romana para referirse a las unidades de caballería galas; una turma eran treinta jinetes.-N. del T.] que cabalgaban alrededor de las murallas. Todo el tiempo, hasta el amanecer del día siguiente, los ciudadanos se encontraban en tal estado de incertidumbre que esperaban de un momento a otro un ataque a la Ciudad. Lo esperaron, al principio, cuando el enemigo se aproximó a las murallas, pues no suponían que su objetivo fuese permanecer en el Alia; luego, justo antes de la puesta de sol, pensaron que el enemigo atacaría porque no quedaba mucha luz; y más tarde, tras caer la noche, imaginaron que el ataque se había retrasado hasta entonces para crear aún mayor terror. Por último, la aproximación del día siguiente les dejó atónitos; la entrada por las puertas de los estandartes enemigos fue el terrible clímax de un temor que no había conocido tregua.

Pero durante toda esa noche y el día siguiente los ciudadanos ofrecieron un contraste total con los que habían huido aterrorizados en el Alia. Consciente de la inutilidad de intentar cualquier defensa de la Ciudad con el pequeño número de los que quedaban, decidieron que los hombres en edad militar y las personas sanas entre los senadores debían, con sus esposas e hijos, encerrarse en la Ciudadela y el Capitolio, y después de conseguir en los almacenes armas y alimentos, defenderían desde esas posiciones a sus dioses, a sí mismos y el nombre de Roma. El Flamen y las sacerdotisas de Vesta pusieron los objetos sagrados del Estado lejos de los derramamientos de sangre y del fuego, y no se abandonaría el culto sagrado mientras quedase una sola persona para observarlo. Si sólo la Ciudadela y el Capitolio, la morada de los dioses; si sólo el Senado, cabeza directora de la política nacional; si sólo los hombres en edad militar sobreviviesen a la ruina inminente de la Ciudad, entonces podría fácilmente superarse la pérdida de la multitud de ancianos que quedaron abandonados en la Ciudad; de todas formas, tenían ya la certeza de que iban a perecer. Para conformar a los ancianos plebeyos con su destino, los hombres que habían sido cónsules y disfrutado triunfos se dieron cuenta que debían enfrentar su hado hombro con hombro junto a ellos y no cargar las escasas fuerzas de los guerreros con cuerpos demasiado débiles para llevar armas o defender su patria.

[5.40] Así buscaron consuelo unos con otros, estos hombres ancianos condenados a muerte. Luego se volvieron con palabras de aliento a los hombres más jóvenes que iban camino a la ciudadela y el Capitolio, y solemnemente encomendaron a su fuerza y coraje todo lo que quedaba de la fortuna de una Ciudad que durante 360 años había salido victoriosa en todas sus guerras. Cuando aquellos que llevaban consigo toda esperanza y socorro finalmente se separaron de los que habían resuelto no sobrevivir a la caída de la Ciudad, la miseria del paisaje se vio acentuada por la angustia de las mujeres. Sus lágrimas, sus carreras sin sentido según perseguían primero a sus maridos, luego a sus hijos, sus ruegos implorándoles que no las abandonasen a su destino, pintaban un cuadro en el que no faltaba ningún elemento del infortunio humano. Una gran parte de ellas, en realidad, siguió a sus hijos al Capitolio, sin que nadie se lo prohibiese o las invitase, pues aunque disminuir el número de los no combatientes habría ayudado a los sitiados, resultaba una medida demasiado inhumana de tomar. Otra multitud, principalmente de plebeyos, para la que no había sitio en tan pequeño cerro ni suficiente comida en parco almacén de grano, salió la ciudad en una fila continua y se dirigió hacia el Janículo. Desde allí se dispersaron, algunos por la campiña, otros hacia las ciudades vecinas, sin nadie que les guiara y sin coordinación alguna, cada cual siguiendo sus propios intereses y sus propias ideas, despreocupándose todos de la seguridad pública. Mientras todo esto ocurría, el flamen de Quirino y las vírgenes vestales, sin pensar en sus propiedades particulares, deliberaban sobre cuáles de los objetos sagrados debían conservar con ellos y cuáles dejar atrás, pues no tenían bastantes fuerzas para llevarlas todas, y también sobre cuál sería el lugar más seguro para custodiarlas. Pensaron que lo mejor para ocultar lo que no podían llevar sería ponerlo en pequeñas tinajas y enterrarlas bajo la capilla próxima a la casa del Flamen, donde ahora está prohibido escupir. El resto lo repartieron entre ellos y se lo llevaron, tomando la carretera que conduce desde el puente Sublicio al Janículo. Mientras subían esa colina, fueron vistos por Lucio Albinio, un plebeyo romano que abandonaba la Ciudad con el resto de la multitud que no era apta para la guerra. Incluso en esa hora crítica, no se olvidó la distinción entre lo sagrado y lo profano. Llevaba con él, en una carreta, a su mujer e hijos, y le pareció un acto de impiedad que se le viera junto a su familia en un vehículo mientras los sacerdotes nacionales avanzaban penosamente a pie, llevando los vasos sagrados de Roma. Ordenó a su esposa e hijos que bajasen, puso a las vírgenes y a su sagrada carga en la carreta y los llevó a Caere, su destino.

[5.41] Después de haber tomado todas las medidas que permitían las circunstancias para la defensa del Capitolio, los ancianos regresaron a sus respectivos hogares y, plenamente dispuestos a morir, esperaron la llegada del enemigo. Los que habían desempeñado magistraturas curules [los cónsules, dictadores, censores, pretores y ediles curules tenían derecho a sentarse en la llamada silla curul, que dio nombre a este tipo de magistratura. La ley Ovinia del siglo V a.C. reconoció el derecho a ser senador a quienes hubieran ejercido una magistratura curul.-N. del T.] decidieron enfrentar su destino llevando las insignias de su antiguo cargo, honor y distinciones. Vistieron las espléndidas vestiduras que llevaban al conducir los carros de los dioses

o al cabalgar en triunfo por la Ciudad; y así ataviados, se sentaron en sus sillas de marfil en el vestíbulo de sus casas [medio aedium en el original latino: en medio de la habitación; se traduce como "en el vestículo de sus casas" para dar consistencia al hecho que se relata más adelante acerca de la visión de los senadores por los galos.- N. del T.]. Algunos autores afirman que, guiados por Marco Fabio, el Pontífice Máximo, recitaron la fórmula solemne por la que se ofrecían a morir por su patria y los Quirites. Como los galos estaban frescos tras una noche de descanso después de una batalla que en ningún momento había resultado muy disputada, y como no estaban tomando entonces la ciudad por asedio o asalto, su entrada al día siguiente no estuvo marcada por ningún signo de ira o ardor. Pasando la puerta Colina, que estaba abierta, llegaron al Foro y mirabanque llegaron a la redonda del Foro y miraban los templos y la Ciudadela, que era lo único que mostraba alguna apariencia de guerra. Dejaron allí un pequeño destacamento de guardia para protegerse de cualquier ataque desde la ciudadela o el Capitolio; luego se dispersaron por las calles en las que no se veía un alma, en busca de botín. Algunos se precipitaban a la vez en las casas cercanas, otros se dirigían a las más distantes, esperando encontrarlas intactas y llenas de despojos. Consternados por la misma desolación del lugar y temiendo que alguna estratagema pudiera sorprender a los rezagados, regresaron a las inmediaciones del Foro en orden cerrado. Las casas de los plebeyos estaban atrancadas, los atrios de los patricios estaban abiertos; pero sentían más indecisión a la hora de entrar en las casas abiertas que en las cerradas. Contemplaban con auténtica veneración a los hombres que permanecían sentados en los vestíbulos de sus mansiones, no sólo por la sobrehumana magnificencia de sus vestiduras, por su porte y su comportamiento, sino también por la majestuosa expresión de sus rostros, que semejaba la apariencia de los dioses. Así quedaron, en pie, mirándolos como si fueran estatuas, hasta que, según se dice, uno de los patricios, Marco Papirio, suscitó la ira de un galo, que empezó a tirarle de la barba (que en aquellos tiempos todos llevaban larga), al golpearle en la cabeza con su bastón de marfil. Él fue el primero en ser asesinado, los otros fueron luego masacrados en sus sillas. Después de esta masacre de los principales, no quedó nadie con vida; las casas fueron saqueadas y luego les prendieron fuego.

[5,42] Ahora bien, fuese que no todos los galos estuviesen animados por el ardor de destruir la Ciudad, que sus jefes hubiesen, por un lado, decidido que el espectáculo de unos cuantos fuegos intimidaría a los sitiados para rendirse deseando salvar sus hogares, o por otro, que al abstenerse de un combate general mantenían en su poder lo que quedaba de la Ciudad como una promesa con la que debilitar la determinación del enemigo, lo cierto es que los incendios estuvieron lejos de ser tan indiscriminados o extensos como se habría esperado del primer día de una ciudad conquistada. Cuando los romanos observaron, desde la Ciudadela, la Ciudad llena de enemigos corriendo por todas las calles, cómo sucedían a cada momento nuevos desastres, primero en un barrio y luego en otro, no pudieron controlar más sus ojos y oídos, ni mucho menos sus pensamientos y sentimientos. En cualquier dirección, su atención era atraída por los gritos del enemigo, los chillidos de las mujeres y los niños, el rugir de las llamas y el desplome de las casas al caer; donde quiera que volviesen sus ojos y mentes, eran como espectadores obligados por la Fortuna a contemplar la caída de su patria, impotentes para proteger nada de lo que tenían, más allá de sus vidas. Eran mucho más dignos de lástima que cualquier otro que hubiera sufrido un asedio, separados como estaban de su tierra natal y viendo todo lo que había sido suyo en poder del enemigo. El día que había pasado en una tal miseria fue seguido por una noche sin un ápice de descanso, y luego de nuevo por otro día de angustia; no hubo ni una hora libre de la visión de alguna nueva calamidad. Y, sin embargo, no obstante agobiados y abrumados con tantas desgracias, habiendo visto todo caer en llamas y ruinas, ni por un momento declinaron su determinación de defender con su valor el único punto que les restaba de libertad: la colina que poseían, por pequeña y pobre que pudiera ser. Por fin, al prolongarse este estado de cosas día tras día, se acostumbraron a este estado de miseria y volvían sus pensamientos, de las circunstancias que les rodeaban, a sus armas y a sus espadas en la mano derecha, a las que miraban como lo único que podía darles esperanza.

[5.43] Durante algunos días los galos se limitaron a hacer una guerra inútil por las casas de la Ciudad. Ahora que ya no sobrevivía nada entre las ruinas y las cenizas de la capturada Ciudad, excepto un enemigo armado al que ya no espantaban todos esos desastres y que no tenía intención de rendirse sin combatir, decidieron como último recurso hacer un asalto contra la Ciudadela. Al amanecer se dio la señal y todos formaron en el Foro. Lanzando su grito de guerra y juntando sus escudos sobre sus cabezas, avanzaron. Los romanos esperaban el ataque sin excitación ni miedo, se reforzaron los destacamentos para guardar todas las vías de aproximación, y en cualquier dirección que viesen avanzar al enemigo apostaban un cuerpo selecto de hombres que permitía al enemigo escalar, pues cuanto más subían los escaladores más fácil resultaba tirarlos abajo por la pendiente. Hacia la mitad de la colina los galos se detuvieron; luego, desde el terreno elevado que casi les lanzaba, los romanos cargaron y derrotaron a los galos con tales pérdidas que nunca más intentaron aquel modo combatir, fuese con grupos o al completo de su fuerza. Perdieron cualquier esperanza, por tanto, de forzar el paso por asalto directo y se prepararon para un bloqueo. Hasta ese momento nunca habían pensado en ello; todo el grano de la Ciudad había quedado destruido en los combates mientras que el de los campos de alrededor se había llevado apresuradamente a Veyes desde la ocupación de la Ciudad. Así que los galos decidieron dividir sus fuerzas; una parte se dedicaría a asediar la Ciudadela y la otra a forrajear entre los estados vecinos para abastecer de grano a los que estaban dedicados al asedio. Fue la propia Fortuna la que llevó a los galos, tras salir de la Ciudad, hacia Ardea, para que pudieran tener alguna experiencia del coraje romano. Camilo estaba viviendo allí como exiliado, más dolido por la suerte de su patria que por la suya, comiéndose el corazón con reproches a los dioses y a los hombres, preguntándose con indignación dónde estaban los hombres con los que él había conquistado Veyes y Faleria; hombres cuyo valor en aquellas guerra fue mayor que su fortuna. De pronto, se enteró de que el ejército galo se acercaba y que los ardeates deliberaban inquietos sobre ello. Generalmente, había evitado las reuniones del Consejo; pero ahora, apoderado de una inspiración en cierto modo divina, se dirigió apresuradamente a los consejeros reunidos y se dirigió a ellos como sigue:

[5,44] "¡Hombres de Ardea! antiguos amigos y ahora mis conciudadanos (pues vuestra bondad así lo dispuso y mi buena fortuna lo alcanzó), que nadie piense que vengo aquí habiendo olvidado mi posición. La fuerza de las circunstancias y el peligro común empujan a cada hombre a aportar lo que pueda para ayudar a resolver la crisis. ¿Cuándo iba a ser capaz de mostrar mi gratitud por todos los favores que me habéis otorgado si no cumplo ahora con mi deber? ¿Cuándo seré de alguna utilidad para vosotros, si no es en la guerra? Fue por eso por lo que mantuve mi posición en mi Ciudad natal, pues jamás conocí la derrota; en tiempos de paz, mis ingratos compatriotas me desterraron. Ahora se os brinda la oportunidad, hombres de Ardea, de demostrar vuestra gratitud por cuantas bondades Roma os ha mostrado (no habéis olvidado cuán grande es, ni necesito mencionarlo a quienes tan bien lo recuerdan); se os brinda la oportunidad de ganar para vuestra ciudad una notable fama en la guerra a expensas de nuestro común enemigo. Esos que vienen hacia aquí de forma libre y desordenada son una raza cuya naturaleza produce cuerpos y mentes más grandes y fuertes que firmes. Es éste el motivo de que en cada batalla presenten más una apariencia aterradora que una fuerza real. Tomad como ejemplo el desastre de Roma. Tomaron la ciudad porque ya estaba abierta para ellos; una pequeña fuerza les expulsó de la Ciudadela y el Capitolio. Ya el aburrimiento de un asedio ha resultado ser demasiado para ellos y están vagando dispersos por los campos, arriba y abajo. Cuando están atiborrados con la comida y el vino que beben tanta voracidad, se lanzan como fieras; al llegar la noche se dejan caer por las orillas, sin atrincherarse ni apostar guardias o escuchas avanzados. Y ahora, después de su éxito, están más descuidados que nunca. Si es vuestra intención de defender vuestras murallas y no permitir que todo este país se convierta en una segunda Galia, tomad las armas, reunid vuestras fuerzas en la primera vigilia y seguidme a lo que será una masacre, no una batalla. Si no los pongo en vuestras manos, encadenados por el sueño, para ser sacrificados como ganado, estoy dispuesto a aceptar el mismo destino en Ardea que el que enfrenté en Roma".

[5,45] Amigos y enemigos, por igual, estaban convencidos en aquel tiempo de que en ninguna otra parte había maestro en la guerra tan señalado. Después que se levantase el consejo, se refrescaron y esperaron impacientes que se diera la señal. Cuando ésta se dio en el silencio de la noche todos fueron a las puertas, junto a Camilo. Tras marchar a no mucha distancia de la ciudad, llegaron hasta el campamento de los galos, desprotegido como él les había dicho y abierto con descuido por todas partes. Lanzaron un tremendo grito y se precipitaron dentro; no hubo batalla, sino pura masacre; los galos, indefensos y disueltos en el sueño, fueron muertos donde reposaban. Los que estaban en el otro extremo del campamento, sin embargo, sorprendidos en sus cubiles y sin saber qué o por dónde les atacaban, huyeron aterrorizados y alguno hasta se precipitó, sin darse cuenta, entre los asaltantes. Un número considerable llegó a la vencindad de Anzio, donde fueron rodeados por sus ciudadanos. Una masacre parecida de etruscos tuvo lugar en el territorio de Veyes. Tan lejos estaba aquel pueblo que simpatizar con una Ciudad de la que había sido vecina durante cerca de cuatro siglos, y que ahora estaba quebrada por un enemigo nunca oído o visto hasta entonces, que escogieron aquel momento para hacer incursiones en territorio romano y, después de cargar con el botín, trataron de atacar Veyes, el baluarte y única esperanza de que sobreviviera el nombre romano. Los soldados romanos en Veyes les habían visto dispersos por los campos, y después, reunidas sus fuerzas, llevando su botín frente a ellos. Primero desesperaron y luego se indignaron y la rabia se apoderó de ellos. "¿Todavía van los etruscos," exclamaron, "de quienes hemos desviado las armas de los galos sobre nosotros, a burlarse de nuestras desgracias?" Se contuvieron con dificultad de atacarlos. Quinto Cedicio, un centurión al que habían puesto al mando, les convenció para retrasar las operaciones hasta el anochecer. Lo único que les faltaba era un jefe como Camilo, en todos los demás aspectos la disposición del ataque y el éxito fueron los mismas que si hubiera estado presente. No contento con esto, hizo que algunos prisioneros de entre los que habían sobrevivido a la matanza nocturna actuasen como guías y, conducido por ellos, sorprendió a otro grupo de etruscos en las salinas y les causó aún mayores pérdidas. Exultantes por esta doble victoria volvieron a Veyes.

[5.46] Durante estos días no sucedía nada importante en Roma; el asedio se mantenía con poco esfuerzo; ambas partes se mantenían tranquilas y los galos, principalmente, trataban de impedir que algún enemigo se deslizase a través de sus líneas. Repentinamente, un guerrero romano atrajo sobre sí la admiración unánime de amigos y enemigos. La gens Fabia hacía un sacrificio anual en el Quirinal, y Cayo Fabio Dorsuo, llevando su toga ceñida con el ceñido gabino [el cinturón gabino o ceñido gabino era un modo peculiar de vestir la toga; consistía en que parte de la propia toga formase una faja ciñendo el cuerpo con su borde exterior y atándola con un nudo al frente; al mismo tiempo se cubría la cabeza con la otra parte de la prenda. Su origen es etrusco, como su propio nombre indica.-N. del T.] y portando en sus manos las vasijas sagradas, bajó desde el Capitolio, pasó a través de los grupos de enemigos que estaban inmóviles, fuera por el desafío o por la amenaza, y llegó hasta el Quirinal. Allí cumplió debidamente con los solemnes ritos y volvió con la misma expresión grave y el mismo andar, seguro de la bendición divina, pues ni el miedo a la muerte le había hecho descuidar el culto a los dioses; finalmente, volvió a entrar en el Capitolio y se reunión con sus camaradas. Puede que los galos quedasen atónitos por su extraordinaria audacia, o puede que se frenasen por respeto religioso pues, como nación, no dejaban de atender las obligaciones de la religión. En Veyes se acrecentó continuamente su fortaleza, así como su valor. No sólo se juntaron allí los romanos que se habían dispersado tras la derrota y captura de la Ciudad, también fueron allí voluntarios del Lacio para participar en el reparto del botín. El momento parecía propicio para recuperar su Ciudad natal de las manos del enemigo. Pero aunque el cuerpo era fuerte, carecía de una cabeza. El mismo lugar recordó a los hombres el nombre de Camilo; la mayoría de los soldados habían luchado con éxito bajo sus auspicios y mando, y Cedicio declaró que no daría ocasión a nadie, hombre o dios, para que finalizase su mando antes que él, consciente de su rango, convocase el nombramiento de un general. Se decidió por consenso general que se debía llamar a Camilo desde Ardea, pero se debía consultar primero al Senado; a tal punto estaba todo regulado por el respeto a la ley que se observaban las consideraciones propias de cada cosa, aún cuando las mismas cosas se hubiesen casi perdido.

Esto acarreaba un gran riesgo, pues para efectuarse había que atravesar los puestos de avanzada enemigos. Poncio Cominio, un buen soldado, se ofreció para la tarea. Apoyándose con un flotador de corcho, fue llevado por el Tíber a la Ciudad. Eligiendo el camino más cercano desde la orilla del río, escaló una roca escarpada que, debido a su pendiente, el enemigo había dejado sin vigilancia, y se abrió camino hasta el Capitolio. Al ser llevado ante los magistrados al mando, comunicó las instrucciones que el ejército le había dado. El mensajero regresó por la misma ruta y llevó a Veyes el decreto emitido por el Senado, en el sentido de que, tras haber sido llamado del exilio por los comicios curiados, Camilo debía ser inmediatamente nombrado dictador por orden del pueblo y los soldados tendrían el jefe que deseaban. Se envió una delegación a Ardea para llevar a Camilo hasta Veyes. Se aprobó la ley, por los comicios curiados, anulando su exilio y nombrándole dictador y esto es, según creo, más probable a no que él esperase en Ardea hasta que supiese que la ley se había aprobado; porque él no podía cambiar su residencia sin la sanción del pueblo, ni podía tomar los auspicios en nombre del ejército hasta que hubiera sido debidamente nombrado dictador.

[5.47] Mientras estas cosas pasaban en Veyes, la Ciudadela y el Capitolio de Roman estaban en peligro inminente. Puede que los galos hubiesen visto las huellas dejadas por el mensajero de Veyes o que hubieran descubierto por sí mismos una vía de ascenso relativamente fácil por la escarpadura hasta el templo de Carmentis. Escogieron una noche en la que había un tenue rayo de luz y enviaron un hombre desarmado en avanzada para probar el camino; luego, llevando unos las armas de los otros cuando el camino se volvía difícil y apoyándose y empujándose entre sí cuando el terreno lo requería, llegaron finalmente a la cumbre. Tan silenciosamente se habían desplazado que no sólo pasaron desapercibidos a los centinelas, sino también a los propios perros, animales particularmente sensibles a los ruidos nocturnos. Pero no escaparon a la atención de los gansos, que eran sagrados para Juno y que estaban intactos a pesar de la escasez de alimentos. Esto resultó ser la salvación de la guarnición, pues su clamor y el ruido de sus alas despertaron a Marco Manlio, el distinguido soldado que había sido cónsul tres años antes. Cogió sus armas y corrió a dar la alarma al resto; dejándolos atrás, golpeó con el umbo de su escudo a un galo que había conseguido coronar la cumbre y lo derribó. Cayó sobre los que estaban detrás y les estorbó, y Manlio mató a otros que habían dejado a un lado sus armas y se aferraban a las rocas con sus manos. En ese momento ya se le habían unido otros y comenzaron a desalojar al enemigo con una lluvia de piedras y lanzas hasta que todo el grupo cayó sin poder hacer nada hasta el fondo. Cuando el escándalo se desvaneció, el resto de la noche se dedicaron a dormir tanto como pudieron en circunstancias tan inquietantes, pues el peligro, aunque pasado, aún les inquietaba.

Al amanecer, los soldados fueron convocados por el sonido de la trompeta a un consejo en presencia de los tribunos, para otorgar las recompensas debidas a la buena y la mala conducta. En primer lugar, fue felicitado Manlio por su valentía, y recompensado no sólo por los tribunos, sino por todo el conjunto de soldados, pues cada hombre le llevó desde sus cuarteles, que estaban en la Ciudadela, media libra de farro y un quartario de vino [163,5 gr de harina de cebada y 0,1368 litros de vino.-

N. del T]. Esto puede no parecer mucho, pero la escasez lo convertía en una prueba abrumadora del afecto que sentían por él, ya que cada cual quitó los alimentos de su propia ración y contribuyó con lo que le era necesario para vivir en honor de aquel hombre. A continuación, se llamó a los centinelas que habían estado de guardia en el lugar por donde el enemigo había subido sin que lo notaran. Quinto Sulpicio, el tribuno consular, declaró que se debía castigar a todos según la ley marcial. Desistió, sin embargo, de esta intención ante los gritos de los soldados, que estuvieron todos de acuerdo en echar la culpa a un solo hombre. Como no había ninguna duda de su culpabilidad, fue lanzado desde la cima del acantilado en medio de la probación general. Se guardaba ahora una vigilancia más estricta en ambos lados; por los galos, ya que se había sabido que los mensajeros pasaban entre Roma y Veyes; por los romanos, que no habían olvidado el peligro en que estuvieron aquella noche.

[5.48] Pero el mayor de todos los males derivados del asedio y la guerra fue la hambruna que empezó a afectar a los dos ejércitos, mientras que los galos también fueron visitados por la peste. Tenían éstos su campamento en las tierras bajas, entre las colinas, que habían sido arrasadas por los fuegos y estaban infestadas de malaria; al menor soplo de viento no sólo se levantaba el polvo, sino también las cenizas. Acostumbrados como nación a lo húmedo y frío, no podían soportar todo esto y, torturados como estaban por el calor y el sofoco, la enfermedad hizo estragos entre ellos y morían como ovejas. Pronto se cansaron de enterrar a sus muertos por separado, de modo que apilaron los cuerpos indiscriminadamente y los quemaron; el lugar se hizo célebre y fue posteriormente conocido como "Piras Galas". Posteriormente hicieron una tregua con los romanos y, con la autorización de sus jefes, conversaban los unos con los otros. Los galos les hablaban continuamente del hambre que debían estar pasando y que debían ceder a la necesidad y rendirse. Para quitarles esa impresión, se dice que arrojaron pan desde muchos lugares del Capitolio a los vigías enemigos. Pero pronto el hambre dejó de poder ser ocultada, ni soportada por más tiempo. Así, al mismo tiempo que el dictador alistaba sus tropas en Ardea, ordenaba a su jefe de caballería, Lucio Valerio, que retirase su ejército de Veyes y preparaba una fuerza suficiente para atacar al enemigo en términos de igualdad, el ejército del Capitolio, agotado por el constante servicio pero todavía sobreponiéndose al desánimo, no dejaba que el hambre le superase y esperaba ansiosamente alguna señal de ayuda del dictador. Por fin, no sólo les faltó el alimento, también la esperanza. Cada vez que los centinelas entraban de servicio, sus débiles cuerpos apenas podían soportar el peso de la armadura; el ejército insistió en que debían rendirse o comprar su rescate en los mejores términos que pudiesen, pues los galos estaban dando inequívocas señales de que les podía inducir a abandonar el sitio por una cuantía moderada. Se mantuvo entonces una reunión del Senado y se facultó a los tribunos consulares para que establecieran los términos. Tuvo lugar una conferencia entre Quinto Sulpicio, el tribuno consular, y Breno, el jefe galo, y se llegó a un acuerdo por el que se fijó en mil libras de oro [327 kilos.-N. del T.] el rescate del pueblo que al poco tiempo estaría destinado a gobernar el mundo. Esta humillación ya era lo bastante grande, pero fue agravada por la despreciable mezquindad de los galos que usaron pesos trucados, y cuando protestaron los tribunos, el insolente galo arrojó su espada sobre la balanza y usó de una expresión intolerable para los oídos romanos: "¡Ay de los vencidos!"

[5.49] Pero los dioses y los hombres, a un tiempo, impidieron que los romanos viviesen como un pueblo rescatado. Pero cambió la Fortuna antes de que se completase el infame rescate y se pesase todo el oro; mientras aún discutían, apareció en escena el dictador y ordenó que se quitase el oro y que se marchasen los galos. Como se negaban a hacerlo y protestaban diciendo que se había llegado a un acuerdo definitivo, les informó de que una vez que él había sido nombrado dictador no resultaba válido ningún acuerdo hecho por ningún magistrado inferior sin su sanción. Luego advirtió a los galos que se preparasen a la batalla y ordenó a sus hombres que apilasen sus bagajes, dispusiesen sus armas y reconquistasen la patria con el hierro, no con el oro. Debían contemplar los templos de los dioses, a sus esposas e hijos y al suelo de su patria, desfigurados por los estragos de la guerra; todo, en una palabra, lo que debían defender, recuperar o vengar. A continuación, dispuso a sus hombres en la mejor formación que el terreno, naturalmente desigual y medio quemado, permitía y tomó todas las medidas que su competencia militar le indicaba para asegurar la ventaja de la posición y el movimiento de sus hombres. Los galos, alarmados por el giro que habían tomado las cosas, tomaron sus armas y se lanzaron contra los romanos con más rabia que método. La suerte había cambiado y ahora la ayuda divina y la habilidad humana estaban de parte de Roma. Al primer choque, los galos fueron derrotados tan fácilmente como habían vencido en el Alia. En una segunda y más larga batalla, mantenida en la octava piedra miliar de la carretera de Gabii [a 11768 metros de Roma.-N. del T.], donde se reunieron tras su huida, fueron nuevamente derrotados bajo el mando y los auspicios de Camilo. Aquí la matanza fue completa; se tomó su campamento y no se dejó a un sólo hombre que llevase noticia de la catástrofe. Tras recuperar así su patria del enemigo, el dictador volvió en triunfo a la Ciudad y, entre las bromas que los soldados solían gastar, le llamaban con palabras no exentas de alabanza "Rómulo", "Padre de la Patria" y "Segundo Fundador de la Ciudad". Había salvado a su patria en la guerra y, ahora que se había restaurado la paz, demostró, más allá de toda duda ser nuevamente su salvador, al impedir la migración a Veyes. Los tribunos de la plebe insistían en esto con más fuerza que nunca, ahora que la ciudad había sido incendiada, y la plebe estaba también más inclinada a ello. Este movimiento y el llamamiento urgente que el Senado le hizo para que no abandonara la República mientras que la situación de los asuntos públicos eran tan inestables, le determinaron a no deponer su dictadura tras su triunfo.

[5.50] Como era de lo más escrupuloso en el cumplimiento de las obligaciones religiosas, las primeras medidas que presentó en el Senado fueron las relativas a los dioses inmortales. Consiguió que el Senado aprobase una resolución con las siguientes disposiciones: Todos los templos, al haber estado en poder del enemigo, debían ser restaurados y purificados y sus límites nuevamente señalados; las ceremonias de purificación se determinarían por los duunviros a partir de los libros sagrados. Se debían establecer relaciones amistosas con el pueblo de Cere, como ya había entre ambos estados, pues habían cobijado a los tesoros sagrados de Roma y a sus sacerdotes, y por este acto de bondad habían impedido la interrupción del culto divino. Se instituirían los Juegos Capitolinos, porque Júpiter Óptimo Máximo había protegido a su morada y la Ciudadela de Roma en los momentos de peligro, y el dictador crearía un colegio de sacerdotes con tal objeto de entre las personas que vivían en el Capitolio y en la Ciudadela. También se hizo mención de la ofrenda propiciatoria por la negligencia hacia la voz nocturna que se oyó, anunciando el desastre, antes que empezase la guerra, y se dieron órdenes para construir un templo a Ayo Locucio [AIVS LOCVTIVS en latín; este dios, o diosa, lleva en su nombre una doble referencia al habla o la capacidad de hablar y sólo se manifestó en esta ocasión en toda la historia romana.-N. del T.] en la Vía Nova. El oro que se había rescatado de los galos y el que durante la confusión se había traído de otros templo, se había reunido en el templo de Júpiter. Como nadie recordaba qué proporción debía volver a los otros templos, todo él se declaró sacrado y se ordenó que se depositara bajo el trono de Júpiter. El sentimiento religioso de los ciudadanos ya se había demostrado en el hecho de que cuando no hubo suficiente oro en el tesoro para juntar la cantidad acordada con los galos, aceptaron la contribución de las matronas para evitar tocar lo que era sagrado. Las matronas recibieron un agradecimiento público, y se les confirió la distinción de que se les pronunciase oración fúnebre como a los hombres. No fue hasta después de quedar resueltos esos asuntos referentes a los dioses, y que por tanto estaban dentro de la competencia del Senado, que Camilo volviese su atención a los tribunos, que hacían incesantes arengas para persuadir a la plebe de que abandonase las ruinas y emigraran a Veyes, que estaba a su disposición. Al fin, se acercó a la Asamblea, seguido por la totalidad del Senado, y pronunció el siguiente discurso:

[5,51] "Son tan dolorosas para mí, Quirites, las controversias con los tribunos de la plebe que, de todo el tiempo que viví en Ardea, el único consuelo en mi amargo exilio era que estaba muy lejos de tales conflictos. Por lo que a ellos respecta, yo nunca habría regresado, incluso si me hubieseis llamado con mil decretos senatoriales y votos populares. Y ahora he vuelto, pero no ha cambiado mi voluntad sino que os obligó el cambio de la Fortuna. Lo que se jugaba era más si mi patria iba a permanecer inamovible en su posición y no tanto si yo iba a regresar a mi país a cualquier precio. Incluso ahora a gusto callaría y me estaría tranquilo, si no se tratase de luchar otra vez por mi patria. Pero faltarle a ella, mientras quede vida, sería para los demás hombres una vergüenza y para Camilo un absoluto pecado. ¿Por qué nos ganamos el volver? ¿por qué nosotros, cuando estábamos acosados por el enemigo, la libramos de sus manos si, ahora que la hemos recuperado, la abandonamos? Mientras que los galos poseían victoriosos toda la ciudad, los dioses y los hombres de Roma aún permanecían, aún vivían en el Capitolio y la Ciudadela. Y ahora que los romanos son victoriosos y se recuperó la Ciudad, ¿se va a abandonar la Ciudadela y el Capitolio? ¿Va a provocar nuestra buena fortuna una desolación mayor a esta Ciudad que nuestra mala fortuna? Incluso si no hubiera habido establecidas instituciones religiosas cuando se fundó la Ciudad y no se nos hubiesen transmitido, aún así, tan claramente ha intervenido la Providencia en los asuntos de Roma en esta ocasión, que yo pensaría que todas las negligencias en el culto divino han sido desterrados de la vida humana. Mirad las alternancias de prosperidad y adversidad durante estos últimos años; veréis que todo fue bien para nosotros mientras seguimos las guía divina y que todo nos fue desastroso cuando nos descuidamos. Ved lo primero de todo la guerra con Veyes. ¡Durante cuánto tiempo y con qué inmenso esfuerzo se llevó a cabo! No llegó a su fin hasta que se extrajo el agua del lago Albano, por amonestación de los dioses. ¿Y qué decir, otra vez, de este desastre sin precedentes para nuestra Ciudad? ¿Se abatió sobre nosotros antes de que se tratase con desprecio la Voz enviada por el cielo para anunciar la aproximación de los galos, antes de que nuestros embajadores ultrajasen el derecho de gentes, antes de que hubiésemos, con el mismo espíritu irreligioso, perdonado tal ultraje cuando debíamos haberlo castigado? Y así fue que, derrotados, capturados, rescatados, hemos recibido tal castigo a manos de los dioses y los hombres que será una lección para el mundo entero. Entonces, en nuestra adversidad, recapacitamos sobre nuestros deberes religiosos. Huimos haciaa los dioses en el Capitolio, en la sede de Júpiter Óptimo Máximo; entre las ruinas de todo lo que poseíamos escondimos bajo tierra nuestros tesoros sagrados, el resto lo llevamos lejos de la vista del enemigo a ciudades vecinas; ni siquiera abandonados como estábamos por los dioses y los hombres, interrumpimos el culto divino. Por haber actuado así hemos recuperado nuestra Ciudad natal, la victoria y la fama que habíamos perdido; y contra el enemigo que, ciego de avaricia, rompió los tratados y la palabra dada en el pesaje del oro, enviaron el terror, la derrota y la muerte.

[5,52] "Cuando ves las consecuencias tan trascendentales para los asuntos humanos que se derivan de la adoración o el descuido de los dioses, ¿no os dáis cuenta, Quirites, en qué gran pecado estáis pensando cuando aún no habéis salido de un tal naufragio causado por vuestra antigua culpa y calamidad? Poseemos una Ciudad que fue fundada con la aprobación divina revelada en augurios y auspicios; y no hay en ella lugar libre de asociación religiosa y de la presencia de un dios; los sacrificios regulados tienen sus sitios asignados así como sus días señalados. ¿Vais, Quirites, a abandonar todos esos dioses, a los que honra el Estado, a los que adoráis, cada uno en vuestros propios altares? ¿En qué se parece vuestra acción a la del glorioso joven Cayo Fabio, durante el asedio, que fue contemplada por el enemigo con no menos admiración que por vosotros, cuando bajó de la Ciudadela entre los proyectiles de los galos y celebró el sacrificio debido por su gens Fabia en el Quirinal? Mientras que los ritos sagrados de las gens patricias no se interrumpen ni en tiempo de guerra, ¿estaréis satisfechos de ver abandonados los cargos religiosos del Estado y a los dioses de Roma en tiempo de paz? ¿Serán más negligentes los pontífices y flámines en sus funciones públicas que los ciudadanos privados en las obligaciones religiosas de sus hogares?

"Alguien puede responder que, posiblemente, que puedan desempeñar esas funciones en Veyes o enviar sacerdotes a que las cumplan aquí. Pero nada de esto se puede hacer si no se realizan adecuadamente los ritos. Por no hablar de todas las ceremonias y todas las deidades de forma individual. ¿Dónde, me gustaría preguntar, sino en el Capitolio puede prepararse el lecho [pulvinar en latín; pequeño lecho en que se recostaban las estatuas de los dioses.- N. del T.] de Júpiter el día de su banquete festivo? ¿Necesito hablaros del fuego perpetuo de Vesta y la imagen, promesa de nuestro dominio, que se custodia en su templo? Y de Marte Gradivus [el que precede al ejército en la batalla.-N. del T.] y del padre Quirino, ¿necesito hablaros de sus escudos sagrados? ¿Es vuestro deseo de que todas estas cosas santas, coetáneas de la Ciudad y algunas aún más antiguas, se abandonen y dejen en suelo impío? Ved, también, cuán grande es la diferencia entre nosotros y nuestros antepasados. Ellos nos dejaron ciertos ritos y ceremonias que sólo podemos desempeñar debidamente en el Monte Albano o en Lavinio. Si era un asunto religioso que estos ritos no se cambiasen a Roma desde ciudades que estaban en poder del enemigo, ¿los cambiaremos de aquí a Veyes, ciudad enemiga, sin ofender a los cielos? Tened en cuenta, os lo ruego, con qué frecuencia se repiten las ceremonias porque, sea por negligencia o accidente, se ha omitido algún detalle de los rituales ancestrales. ¿Qué remedio hubo para la República, cuando estaba paralizada por la guerra con Veyes tras el portento del lago Albano, excepto la recuperación de los ritos sagrados y la toma de nuevos auspicios? Y más que eso, como si después de todo lo que reverenciamos las religiones antiguas, llevamos deidades extranjeras a Roma y creamos otras nuevas. Trajimos recientemente de Veyes a la reina Juno y la consagramos en el Aventino, ¡y cuán espléndidamente se celebró aquel día con el entusiasmo de nuestras matronas! Ordenamos construir un templo a Ayo Locucio porque se oyó la Voz divina en la Vía Nova. Hemos añadido a nuestros festivales anuales los Juegos Capitolinos, y por la autoridad del Senado hemos fundado un colegio de sacerdotes para supervisarlos. ¿Qué necesidad había de hacer todo esto si teníamos intención de dejar la Ciudad de Roma al mismo tiempo que los galos? ¿si no hubiera sido por nuestra propia y libre voluntad que nos mantuvimos en Capitolio todos estos meses y no por miedo al enemigo?

"Estamos hablando de los templos, de los ritos sagrados y las ceremonias. ¿Hablamos también sobre los sacerdotes? ¿No os dais cuenta que se cometería un pecado atroz? Para las Vestales no hay más que una morada, de la que nada se ha movido sino hasta la captura de la Ciudad. Al Flamen de Júpiter le está prohibido por ley divina pasar una sola noche fuera de la ciudad. ¿Vas a hacer de ellos sacerdotes veyentinos en vez de romanos? ¿Abandonarán a Vesta las vestales? ¿Va a cargar el Flamen sobre si y sobre el Estado de nuevos pecados por cada noche que permanezca fuera? Pensad en todos los otros ritos que, tras haberse tomado debidamente los auspicios, llevamos a cabo casi enteramente dentro de los límites de la Ciudad ¡y que condenaríamos al olvido y al descuido! Los comicios curiados, que otorga el mando supremo, los comicios centuriados, donde elegís los cónsules y los tribunos consulares, ¿dónde se celebrarían y se tomarían los auspicios, excepto donde se deben realizar? ¿Vamos a cambiarlas a Veyes, o el pueblo, cuando deba celebrarse una asamblea, se va a trasladar con tantas molestias a esta Ciudad después que la abandonen dioses y hombres?

[5.53] "Pero, podríais decir, es obvio que toda la Ciudad está contaminada y que ningún sacrificio expiatorio puede purificarla; las propias circunstancias nos obligan a abandonar una Ciudad devastada por el fuego y totalmente arruinada, y emigrar a Veyes donde todo está intacto. No debemos angustiar a la debilitada construyendo aquí. Me parece, sin embargo, Quirites, que es evidente para vosotros, sin que yo lo diga, que esta sugerencia es una excusa plausible en lugar de una verdadera razón. ¿Recordáis cómo se debatió anteriormente esta misma cuestión de emigrar a Veyes, antes de que llegaran los galos, mientras los edificios públicos y privados estaban a salvo y la Ciudad segura? Y ved, tribunos, cuán ampliamente difiere mi opinión de la vuestra. Pensáis que aunque no hubiera sido aconsejable hacerlo entonces, ahora sí era aconsejable hacerlo. Yo, por el contrario (y no os sorprendáis de lo que digo antes de haber captado todo su significado) soy de la opinión de que aunque hubiera sido justo emigrar entonces, cuando la Ciudad estaba totalmente intacta, no debemos abandonar ahora estas ruinas. Porque en aquel momento el motivo de nuestra emigración a una ciudad capturada habría sido una gloriosa victoria para nosotros y para nuestra posteridad, pero ahora esta emigración sería gloriosa para los galos, pero vergonzosa y amarga para nosotros. Porque no se pensaría que habíamos abandonado nuestra Ciudad natal como vencedores, sino que la perdimos por haber sido vencidos; y parecería que la huida del Alia, la captura de la Ciudad y el asedio del Capitolio nos habían obligado a abandonar a nuestros dioses nacionales y condenado al destierro de un lugar que fuimos incapaces de defender. ¿Era posible para los galos derrocar Roma y se considera imposible que los romanos la restauren?

"¿Qué más queda, salvo que vengan de nuevo con nuevas fuerzas (y todos sabemos que su número es incontable) y elijan vivir en esta Ciudad que capturaron y vosotros abandonasteis, sino que vosotros se lo permitáis? ¿Por qué, si no fueran los galos emigraran a Roma sino vuestros viejos enemigos, los volscos y los ecuos, preferiríais que ellos fuesen romanos y vosotros veyentinos? ¿Os gustaría mejor que esto fuese un desierto vuestro en vez de la ciudad de vuestros enemigos? No veo qué podría ser más infamante. ¿Estáis dispuestos a permitir este crimen y soportar esta desgracia por la dificultad de la reconstrucción? Si no se pudiesen construir mejores viviendas o más espaciosas, en toda la Ciudad de Roma, que la de nuestro Fundador, ¿no sería mejor vivir en chozas a la manera de pastores y campesinos, rodeados de nuestros templos y dioses, que salir como una nación de exiliados? Nuestros antepasados, los pastores y los refugiados, construyeron una nueva ciudad en pocos años, cuando no había nada en estas partes excepto bosques y pantanos; ¿Vamos a evitar el trabajo de reconstrucción de lo que se ha quemado a pesar de que la Ciudadela y el Capitolio están intactos y que los templos de los dioses siguen en pie? Lo que cada uno ha hecho en su caso, habiéndose incendiado nuestros hogares, ¿rehusaremos hacerlo como comunidad con la Ciudad incendiada?

[5,54] "Pues bien, suponed que por crimen o accidente se produjera un incendio en Veyes y que las llamas, como es bastante posible, avivadas por el viento arrasaran gran parte de la ciudad; ¿Buscaríamos Fidenas, o Gabii o cualquier otra ciudad que gustéis, como lugar al que emigrar? ¿Tan poca ascendencia tiene sobre nosotros esta tierra natal que llamamos nuestra patria? ¿El amor por nuestra patria lo es sólo hacia sus edificios? Desagradable como me resulta recordar mis sufrimientos, y aún más vuestra injusticia, os confesaré sin embargo que siempre que pensaba en mi Ciudad natal venían a mi cabeza todas aquellas cosas: las colinas, las llanuras, el Tíber, sus paisajes familiares, el cielo bajo el que nací y crecí. Y rezo porque ellas ahora os muevan por el amor que inspiran a permanecer en vuestra Ciudad y no que luego, tras haberla abandonado, os hagan languidecer con nostalgia. No sin buenas razones eligieron los dioses y los hombres este lugar como el sitio para una Ciudad, con sus saludables colinas, su oportuno río, por medio del cual llegan los productos de las tierras del interior y suministros desde el mar; un mar lo bastante cercano para todo propósito útil, pero no tanto como para estar expuestos al peligro de las flotas extranjeras; un país en el mismo centro de Italia; en una palabra, una situación particularmente adaptada por la naturaleza para la expansión de una ciudad. El mero tamaño de una ciudad tan joven es prueba de ello. Este es el 365º año de la Ciudad [lo que nos daría el 755 a.C. como fecha fundacional.-N. del T.], Quirites; sin embargo, en todas las guerras que durante tanto tiempo han venido librándose contra todos estos pueblos antiguos (por no mencionar las ciudades individuales), los volscos en unión de los ecuos y todas sus ciudades fuertemente amuralladas, la totalidad de Etruria, tan poderosa por tierra y mar, y extendiéndose por Italia de mar a mar, ninguno ha demostrado ser adversario para vosotros en la guerra. Esta ha sido hasta ahora vuestra fortuna; ¿qué sentido puede haber, ¡Dios nos libre! en tratar de probar otra? Aun admitiendo que vuestro valor se pueda trasladar a otro lugar, desde luego la buena Fortuna no se podrá. Aquí está el Capitolio, donde en los tiempos antiguos se halló una cabeza humana y fue declarado que esto era un presagio, porque en ese lugar se situaría la cabeza y el poder soberano del mundo. Aquí fue donde, mientras el Capitolio se purificaba con los ritos augurales, Juventas y Terminus [dioses de la juventud y las fronteras, respectivamente.-N. del T.], para gran alegría de vuestros padres, no se dejaron mover. Aquí está el fuego de Vesta, aquí están los Escudos enviados por el cielo; aquí están todos los dioses que, si os quedáis, os serán propicios".

[5.55]
Se afirma que este discurso de Camilo produjo una profunda impresión, sobre todo la parte en que apeló a los sentimientos religiosos. Pero mientras el asunto estaba aún indeciso, una frase, pronunciada oportunamente, decidió la cuestión. El Senado, poco después, estaba discutiendo la cuestión en la Curia Hostilia, y sucedió que algunas cohortes que regresaban de guardia marcharon a través del Foro. Acababan de entrar en el Comicio [o sea, el lugar donde tenían lugar los comicios.-

N.
del T.] cuando el centurió gritó: "¡Alto, signifer! Planta el estandarte; aquí estaremos bien". Al oír estas palabras, los senadores salieron del edificio del

Senado, exclamando que acogían con satisfacción el presagio y el pueblo que había alrededor les dio una aprobación entusiasta. La propuesta de emigración fue rechazada y empezaron en seguida a reconstruir la Ciudad en varias zonas. Se proporcionaron tejas a expensas públicas; a todos se les dio el derecho de cortar piedra y madera donde quisieran, asegurándose de que la edificación se terminase dentro del año. En su prisa, no se preocuparon de que las calles fuesen rectas; como se perdieron todas las referencias sobre la propiedad del suelo, construían en cualquier terreno que estuviese vacío. Esa es la razón por la que las antiguas alcantarillas, que originalmente iban por suelo público, corrían ahora en todas partes bajo casas privadas y por qué la conformación de la Ciudad parece como construida casualmente por colonos en vez de planeada regularmente.

Fin del libro 5. Ir al Índice

Libro 6: Reconciliación de los Órdenes (389-366 a. C.)

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[6,1] La historia de los romanos desde la fundación de la Ciudad hasta su captura, primero bajo los reyes, luego bajo cónsules, dictadores, decenviros y tribunos consulares, el historial de guerras extranjeras y disensiones domésticas, todo ello se ha expuesto en los cinco libros anteriores. El asunto está envuelto en la oscuridad; en parte por su gran antigüedad, pues la inmensidad de la distancia hace difícil percibir los objetos remotos; en parte debido al hecho de que los registros escritos, que forman la única memoria confiable de los hechos, eran en aquellos tiempos pocos y escasos e incluso los que existían en los comentarios de los pontífices y en los archivos públicos y privados se perdieron casi todos en el incendio de la Ciudad. A partir de los segundos comienzos de la Ciudad que, como una planta reducida a sus raíces, surgió con mayor belleza y fecundidad, los detalles de su historia, tanto civil como militar, se expondrán ahora en su orden apropiado, con mayor claridad y certeza. Al principio, el Estado fue amparado por la misma fuerza que lo había levantado del suelo, Marco Furio, su príncipe, y no se le permitió renunciar a la dictadura hasta que pasó el año. Se decidió que los tribunos consulares, durante cuyo gobierno tuvo lugar la captura de la Ciudad, no debían celebrar las elecciones para el año siguiente; los asuntos públicos quedaron en un interregno. Los ciudadanos se dieron a la tarea urgente y laboriosa de reconstruir su Ciudad, y fue durante este intervalo cuando Quinto Fabio, inmediatamente después de deponer su cargo, fue acusado por Cneo Marcio, tribuno de la plebe, con la base de que después de ser enviado como legado ante los galos, había, en contra del derecho de gentes, luchado contra ellos. Se salvó de las acusaciones que le amenazaban al morir; una muerte tan oportuna que mucha gente creyó que fue voluntaria. El interregno se inició con Publio Cornelio Escipión como primer interrex, fue seguido por Marco Furio Camilo, bajo el cual se llevó a cabo la elección de los tribunos militares. Los elegidos fueron Lucio Valerio Publícola, por segunda vez, Lucio Verginio, Publio Cornelio, Aulo Manlio, Lucio Emilio y Lucio Postumio -389 a.C.-.

Tomaron posesión de su cargo inmediatamente, y su primera ocupación fue presentar al Senado medidas referentes a la religión. Se dieron órdenes para que, en primer lugar, se buscasen los tratados y leyes, incluyendo en éstas últimas aquellas de las Doce Tablas y algunas de tiempos de los reyes, en la medida en que aún estuviesen vigentes. Algunos se pusieron a disposición del pueblo, pero las que se referían al culto divino fueron mantenidas en secreto por los pontífices, principalmente para que el pueblo siguiera dependiendo de ellos en cuanto a la observancia religiosa. Luego pasaron a discutir sobre los días nefastos. El 18 de julio quedó señalado por un doble desastre, pues en ese día los Fabios fueron aniquilados en el Crémera y, años después, se perdió también en ese día la batalla del Alia, en que se inició la ruina de la Ciudad. Desde el último desastre, el día fue llamado "día del Alia," y se observó una abstención religiosa de toda empresa pública y privada. El tribuno consular Sulpicio no había ofrecido sacrificios aceptables el 16 de julio (el día después de los idus) y, sin haber obtenido la buena voluntad de los dioses, el ejército romano fue expuesto al enemigo dos días después. Algunos piensan que debía ordenarse, por esta razón, que el día después de los idus de cada mes debían suspenderse todas las actividades y de aquí vino la costumbre de observar el segundo día y el día a mitad de cada mes del mismo modo.

[6.2] No estuvieron, sin embargo, mucho tiempo tranquilos, mientras así consideraban las mejores medidas para restaurar la república tras su grave caída. Por un lado, los volscos, sus antiguos enemigos, habían tomado las armas con la determinación de borrar el nombre de Roma; por el otro, los comerciantes traían noticias de una asamblea en el templo de Voltumna, donde los principales hombres de todos los pueblos etruscos estaban formando una liga hostil. Aún más inquietud produjo la deserción de latinos y hérnicos. Después de la batalla del lago Régilo, estas naciones nunca vacilaron, durante cien años, en su leal amistad con Roma. Por tanto, al amenazarles tantos peligros por todas partes y resultar evidente que el nombre de Roma no sólo era odiado por sus enemigos sino que era visto con desprecio por sus aliados, el Senado decidió que la república debía defenderse bajo los auspicios del hombre que la había recobrado y que Marco Furio Camilo debía ser nombrado dictador -388 a.C.-. Nombró como su jefe de caballería a Cayo Servilio Ahala, y después de cerrar los tribunales de justicia y suspender todos los negocios, procedió a alistar a todos los hombres en edad militar. Aquellos de los seniores [aquí se refiere Livio a los más veteranos entre los veteranos.-N. del T.] que aún conservaban cierto vigor fueron situados en distintas centurias después de haber prestado el juramento militar. Cuando hubo completado el enrolamiento y equipamiento del ejército, lo dividió en tres partes. Una la situó en el territorio veyentino frente a Etruria. A la segunda le ordenó levantar un campamento atrincherado para cubrir la Ciudad; Aulo Manlio, como tribuno militar, quedó al mando de esta fuerza mientras que Lucio Emilio, dirigió los movimientos contra los etruscos. La tercera parte la dirigió él personalmente contra los volscos y avanzó para atacar su campamento en un lugar llamado Ad Mecium, no lejos de Lanuvio. Habían ido a la guerra con un sentimiento de desprecio por su enemigo, pues creían que casi todos los guerreros romanos habían sido aniquilados por los Galos; pero cuando oyeron que Camilo estaba al mando se llenaron de tal terror que levantaron una valla alrededor y la llenaron de árboles apilados para impedir que el enemigo penetrara sus líneas por cualquier punto. Tan pronto como Camilo lo supo, ordenó lanzar fuego sobre la empalizada. El viento soplaba con fuerza hacia el enemigo, de modo que no sólo abrió un camino a través del fuego sino que llevó las llamas al interior del campamento y produjo tal desánimo en los defensores con el vapor, el humo y el chisporroteo de la madera verde que se quemaba, que a los soldados romanos les costó menos superar la valla y forzar la entrada que cruzar la empalizada quemada. El enemigo fue derrotado y despedazado. Después de la captura del campamento el dictador dio el botín a los soldados; un acto que fue aún más bienvenido por ellos puesto que no lo esperaban de un general en modo alguno dado a la generosidad. Durante la persecución, devastó el territorio volsco a lo largo y a lo ancho y, por fin, tras setenta años de guerra, les obligó a rendirse. Tras esta conquista de los volscos marchó contra los ecuos, que también se estaban preparando para la guerra; sorprendió a su ejército en Bola y al primer asalto capturó no sólo su campamento, sino también su ciudad.

[6,3] Si bien estos éxitos se producían en sitios donde Camilo era la fortuna de la causa romana, en otra dirección amenazaba una terrible amenaza. Casi la totalidad de Etruria estaba en armas y sitiaba Sutrio, una ciudad aliada de Roma. Sus embajadores llegaron al Senado con una petición de ayuda por su situación desesperada, y el Senado aprobó un decreto para que el dictador prestase asistencia a los sutrinos tan pronto como pudiera. Sus esperanzas se vieron diferidas, y como las circunstancias del asedio no eran como para poder esperar demasiado (su escaso número estaba desgastado por el trabajo, la falta de sueño y los combates que siempre recaían sobre los mismos) rindieron la ciudad con condiciones. Justo cuando ya se conformaba la procesión fúnebre, abandonando sus corazones y hogares, sin armas y con sólo una prenda de vestir cada uno, vino a aparecer en escena Camilo y su ejército. La doliente multitud se arrojó a sus pies; los llamamientos de sus jefes, arrancados por la necesidad, fueron borrados por el llanto de las mujeres y los niños que les acompañaban al exilio. Camilo mandó a los sutrinos recobrarse de sus lamentos, era a los etruscos a quienes traía lágrimas y dolor. A continuación, dio órdenes para estacionar los bagajes y que los sutrinos se quedasen donde estaban, y dejando un pequeño destacamento para guardarlos ordenó a sus hombres que lo siguieran sólo con sus armas. Con su ejército desembarazado marchó a Sutrio y encontró, como esperaba, todo en desorden, como es habitual después de una victoria; las puertas abiertas y sin vigilancia y el enemigo victorioso dispersos por las calles sacando lo saqueado fuera de las casas. Así pues, Sutrio fue capturado dos veces en el mismo día; los recientemente victoriosos etruscos fueron masacrados por sus nuevos enemigos; no les quedó tiempo para concentrar sus fuerzas o empuñar sus armas. Cuando cada cual trataba de abrirse camino hasta las puertas para huir a campo abierto, se las encontraba cerradas; esta fue la primera cosa que el dictador ordenó hacer. Luego, algunos se apoderaron de sus armas, otros que ya estaban armados cuando les sorprendió el tumulto llamaron a sus camaradas para juntarse y resistir. La desesperación del enemigo habría conducido a una feroz lucha sino se hubiesen enviado pregoneros por toda la ciudad para ordenarles a todos que depusieran las armas y decirles que los que no las empuñasen serían respetados; nadie sería herido a menos que portase armas. Los que habían determinado como medida extrema luchar hasta el final, ahora que se les ofreció esperanza de vivir arrojaron sus armas por todas partes y, ya que la Fortuna había decidido que este era el modo más seguro, se entregaron como hombres desarmados al enemigo. Debido a su gran número, fueron distribuidos en distintos lugares para su custodia. Antes de caer la noche, la ciudad fue devuelta a la sutrinos ilesa e intacta de las ruinas de la guerra, pues no había sido tomada al asalto sino bajo rendición con condiciones.

[6.4] Camilo regresó en procesión triunfal a la Ciudad, después de haber salido victorioso de tres guerras simultáneas. Con mucho, el mayor número de los prisioneros que fueron conducidos ante su carro pertenecía a los etruscos. Se les vendió en subasta, y tanto se obtuvo que hasta a las matronas se les indemnizó por su oro y se hicieron tres páteras de oro que lo que quedó. Fueron inscritas con el nombre de Camilo y es creencia general que antes del incendio del Capitolio estaban depositadas en la capilla de Júpiter, a los pies de Juno. Durante ese año, aquellos de los habitantes de Veyes, Capena y Fidenas que se habían pasado a los romanos mientras que tuvieron lugar tales guerras, fueron admitidos a la plena ciudadanía y recibieron un lote de tierras. El Senado aprobó una resolución llamando a los que habían marchado a Veyes y tomado posesión de las casas vacías, para evitar que la reconstruyeran. Al principio protestaron y no obedecieron la orden; luego se fijó un día, y a los que no habían vuelto en esa fecha se les amenazó con la proscripción. Este paso hizo que cada uno temiera por sí mismo, y de estar unidos en el desafío pasaron a obedecer individualmente. Roma fue creciendo en población y los edificios se levantaban por todas partes. El Estado proporcionó ayuda económica; los ediles apresuraban los trabajos como si fuesen obras públicas; los ciudadanos particulares se daban prisa en completar sus labores al necesitar acomodarse. Dentro de ese año quedó construida la nueva Ciudad.

Al término del año se celebraron elecciones de tribunos consulares. Los elegidos fueron Tito Quincio Cincinato, Quinto Servilio Fidenas (por quinta vez), Lucio Julio Julo, Lucio Aquilio Corvo, Lucio Lucrecio Tricipitino, y Servio Sulpicio Rufo -388 a.C.-. Un ejército fue dirigido contra los ecuos; no a combatirles, pues reconocieron que habían sido conquistados, sino a devastar sus territorios para que no les quedasen fuerzas para futuras agresiones. El otro avanzó hacia el territorio de Tarquinia. Allí, Cortuosa y Contenebra, ciudades pertenecientes a los etruscos, fueron tomadas al asalto. En Cortuosa no hubo combates, la guarnición fue sorprendida y la ciudad cayó al primer asalto. Contenebra sostuvo el asedio algunos días, pero el incesante esfuerzo, sin descanso, día y noche, resultó demasiado para ellos. El ejército romano se dividió en seis partes, cada una de las cuales tuvo su parte en los combates, en turnos de seis horas. El pequeño número de los defensores obligaba continuamente a entrar en acción a los mismos hombres contra un enemigo fresco; por fin se dieron por vencidos y los romanos pudieron entrar en la ciudad. Los tribunos decidieron que el botín debía venderse en nombre del Estado, pero fueron más lentos en anunciar su decisión que en tomarla; mientras vacilaban, la soldadesca ya se había apropiado de él y no se les podría tomar sin provocar gran resentimiento. El crecimiento de la Ciudad no se limitó a los edificios privados. Durante este año, las partes bajas del Capitolio fueron cercadas con piedras cortadas y, aún en medio del actual esplendor de la Ciudad, todavía resalta.

[6,5] Mientras los ciudadanos estaban ocupados con su construcción, los tribunos de la plebe intentaron hacer las reuniones de las Asambleas más atractivas mediante la presentación de leyes agrarias. Tenían el proyecto de adquirir el territorio pomptino que, ahora que los volscos habían sido reducidos por Camilo, se había convertido en posesión indiscutida de Roma. Este territorio, según ellos, tenía más peligro de caer en manos de los nobles que en las de los volscos, pues los últimos sólo efectuaban correrías por él mientras tenían fuerzas y armas, mientras que los nobles se arrogaban la posesión del dominio público y, a menos que se asignase antes que de se apoderasen de todo, no quedaría allí sitio para los plebeyos. No impresionaron mucho a los plebeyos, que estaban ocupados con sus construcciones y solo acudían a la Asamblea en pequeña cantidad; y como sus gastos habían agotado sus recursos, no tenían interés por las tierras que no eran capaces de explotar por falta de capital. En una comunidad devota de la observancia religiosa, el reciente desastre había llenado a los dirigentes de miedos supersticiosos; así pues, para que se pudiesen tomar nuevos auspicios, redujeron el gobierno a un interregno. Hubo tres interreges en sucesión: Marco Manlio Capitolino, Servio Sulpicio Camerino y Lucio Valerio Potito. El último de ellos llevó a cabo la elección de los tribunos militares con potestad consular. Los elegidos fueron: Lucio Papirio, Cayo Cornelio, Cayo Sergio, Lucio Emilio (por segunda vez), Licinio Menenio y Lucio Valerio Publícola (por tercera vez) -387 a.C.-. Tomaron posesión del cargo inmediatamente. En este año, el templo de Marte, que se había prometido en la guerra contra los galos, fue consagrado por Tito Quincio, uno de los dos dos custodios de los libros sibilinos. Los nuevos ciudadanos fueron incluidos en cuatro tribus adicionales: la Estelatina, la Tromentina, la Sabatina y la Arniense. Con estas se elevó el número de las tribus a veinticinco.

[6,6] La cuestión del territorio pomptino fue nuevamente planteado por Lucio Sicinio, un tribuno de la plebe, y el pueblo asistió a la Asamblea en mayor número y mostró más avidez de tierras que antes. En el Senado, se habló del tema de las guerras latinas y hérnicas pero, debido a la preocupación por una guerra más grave, se suspendió el debate. Etruria estaba en armas. Se volvieron nuevamente a Camilo. Fue nombrado tribuno consular y se le asignaron cinco colegas: Servio Cornelio Maluginense, Quinto Servilio Fidenas (por sexta vez), Lucio Quincio Cincinato, Lucio Horacio Pulvilo y Publio Valerio -386 a.C.-. A principios de año, la inquietud del pueblo fue desviada de la guerra etrusca por la llegada a la Ciudad de un grupo de fugitivos de territorio pomptino, que informaron de que los anciates estaban en armas y que los pueblos latinos habían enviado sus guerreros para ayudarles. Éstos últimos adujeron en su defensa que no se trataba de una consecuencia de un acto de su gobierno; todo lo que habían hecho era declinar prohibir a nadie que sirviese voluntariamente donde quisiera. Ellos habían abandonado cualquier pensamiento de guerra. El Senado dio las gracias al cielo de que Camilo ostentase el cargo pues, ciertamente, de haber sido un ciudadano privado le habrían nombrado dictador. Sus colegas admitían que cuando surgía cualquier amenaza de guerra la dirección suprema de todo debía estar en manos de uno solo, y se habían hecho a la idea de subordinar su poder al de Camilo sintiéndose seguros de que, al aumentar la majestad de él, en modo alguno se disminuían las suyas propias. Este acto de los tribunos consulares se encontró con la sincera aprobación del Senado, y Camilo, con el ánimo confuso, les devolvió las gracias. Llegó a decir que el pueblo de Roma había puesto sobre él una tremenda carga al hacerle prácticamente dictado por cuarta vez; el Senado le había conferido una gran responsabilidad al hacerle juicio tan halagador; y lo más abrumador de todo era el honor que le habían hecho sus colegas. Si le fuera posible mostrar una actividad y vigilancia aún mayor, se esforzaría en ello para merecer la elevada estimación en que sus conciudadanos, con tan sorprendente unanimidad, por tanto tiempo le tenían. En lo que se refería a la guerra con los anciates, el panorama era más amenazante que peligroso; al mismo tiempo, les aconsejaba que, sin temer con exceso, no tratasen las cosas con indiferencia. Roma estaba acosada por la mala voluntad y el odio de sus vecinos, y los intereses del Estado requerían, por lo tanto, de varios generales y de varios ejércitos.

Continuó: "Es mi deseo, Publio Valerio, asociarte conmigo en el consejo y en el mando, y que dirijas las legiones, de acuerdo conmigo, contra los anciates. Tú, Quinto Servilio, mantendrás un segundo ejército dispuesto para la acción inmediata, acampado en la Ciudad y preparado para cualquier movimiento, como pasó recientemente, de la parte de Etruria o de los latinos y hérnicos que nos han causado estás nuevas dificultades. Estoy completamente seguro de que llevarás la campaña de manera digna de tu padre, tu abuelo, tú mismo y tus seis tribunados. Un tercer ejército debe ser alistado por Lucio Quincio de entre los veteranos y los exentos por motivos de salud para guarnecer las defensas de la Ciudad. Lucio Horacio debe proporcionar corazas, armas, grano y todo lo que se precisa en tiempo de guerra. Tú, Servio Cornelio, quedas nombrado por nosotros, tus colegas, como presidente de este Consejo del Estado y guardián de cuanto concierne a la religión, a los comicios, a las leyes y a todos los asuntos referentes a la Ciudad". Todos se comprometieron gustosamente a dedicarse a las obligaciones que se les había asignado; Valerio, asociado en el alto mando, añadió que consideraría a Marco Furio como dictador y a sí mismo como su jefe de caballería, y la estima en la que tenía su único mando sería la medida de las esperanzas que tenían respecto a la guerra. Los senadores, con gran deleite, exclamaron que, en todo caso, estaban llenos de esperanza con respecto a la guerra, a la paz y todo lo que concernía a la República; que no tendrían nunca necesidad de un dictador habiendo tales hombres en la magistratura, con tan perfecta armonía, preparados tanto para obedecer como para mandar y proporcionando gloria a su patria en vez de apropiarse de ella para sí mismos.

[6,7] Tras proclamar la suspensión de todos los negocios públicos y completar el alistamiento de las tropas, Furio y Valerio se dirigieron a Sátrico. Aquí los anciates habían concentrado no sólo las tropas volscas de nuevo alistamiento, sino un inmenso cuerpo de latinos y hérnicos, naciones cuya fortaleza había crecido durante los largos años de paz. Esta coalición entre los nuevos enemigos con los antiguos intimidó los espíritus de los soldados romanos. Camilo estaba ya preparando a sus hombres para la batalla cuando los centuriones le informaron del desánimo de sus tropas, la falta de celeridad en armarse y la vacilación y falta de voluntad con que salían del campamento. Incluso se escuchaba a los hombres decir que "iban a luchar uno contra cien, y no podrían resistir esa multitud aunque estuviese desarmada, mucho menos ahora que empuñan las armas". Saltó inmediatamente sobre su caballo, enfrentó la primera línea y, cabalgando a lo largo del frente, se dirigió a sus hombres: "¡¿Qué es este desánimo, soldados, qué son estas dudas tan desacostumbradas?! ¿No conocéis al enemigo, ni a mí, ni a vosotros mismos? El enemigo, ¿qué es sino el medio por el cual siempre probáis vuestro valor y ganáis fama? Y vosotros, por no hablar de la captura de Faleria y Veyes y la masacre de las legiones galas capturadas dentro de su Ciudad, ¿No habéis, bajo mi dirección, obtenido un triple triunfo por la triple victoria sobre esos mismos volscos además de sobre los ecuos y sobre Etruria? ¿O es que no me reconocéis como vuestro general por haber dado la señal de batalla, no como dictador, sino como tribuno consular? No siento ningún deseo de tener la máxima autoridad sobre vosotros, ni de que veáis en mí nada más de lo que soy; la dictadura nunca ha incrementado ni ánimo ni mis energías, ni las disminuyó el exilio. Así que somos los mismos de siempre, y ya que tenemos las mismas virtudes en esta guerra que las que teníamos en las anteriores, esperaremos el mismo resultado. En cuanto os encontréis frente a vuestro enemigo, cada uno hará aquello para lo que está entrenado y que está acostumbrado a hacer: vosotros venceréis y ellos huirán".

[6,8] Luego, después de dar la señal, saltó de su caballo y acercándose al signifer más cercano, se precipitaron contra el enemigo gritando: ¡Adelante, soldado, con el estandarte!" Cuando vieron a Camilo, debilitado como estaba por la edad, cargar en persona contra el enemigo, todos lanzaron el grito de batalla y se abalanzaron hacia adelante, gritando en todas direcciones, "¡Seguid al General!" Se afirma que, por orden de Camilo, el estandarte se arrojó dentro de las líneas enemigas para incitar a los hombres de las primeras filas a recobrarlo. Fue en este sector donde los anciates fueron primeramente rechazados, y el pánico se extendió desde las primeras filas hasta las reservas. Esto se debió no sólo a los esfuerzos de las tropas, animados como estaban por la presencia de Camilo, sino también debido al terror que su aspecto inspiraba a los volscos, a quienes él resultaba especialmente terrible. Así, dondequiera que avanzaba, llevaba con él la victoria segura. Esto resultó especialmente evidente en la izquierda romana, que estaba a punto de ceder cuando, después de saltar sobre su caballo y armado con un escudo de infantería, llegó hasta ellos y a su sola vista y señalando el resto de la línea que estaba venciendo en la jornada, restauró el frente de batalla. El combate estaba ya decidido, pero debido a la aglomeración de enemigos no pudieron huir y los victoriosos soldados se agotaron con la prolongada masacre de tan gran número de fugitivos. Una repentina tormenta de lluvia y viento puso fin a lo que, más que una batalla, fue un combate decisivo. Se dio la señal de retirada, y por la noche llegó a su fin la guerra sin ningún esfuerzo adicional por parte romana, pues los latinos y hérnicos abandonaron a los volscos a su suerte y volvieron a casa, tras obtener un resultado equivalente a sus malos consejos. Cuando los volscos se vieron abandonados por los hombres que les habían llevado a renovar las hostilidades, abandonaron su campamento y se encerraron en Sátrico. Al principio, Camilo los rodeó con una valla y comenzó los trabajos de asedio; pero al ver que no hacían salidas para impedir sus obras, consideró que el enemigo no tenía suficiente valor como para hacerle esperar lentamente una victoria que se dilataría en el tiempo. Tras animar a sus soldados diciéndoles que no se desgastasen por el prolongado esfuerzo, como si estuviesen atacando otro Veyes, pues la victoria estaba ya a su alcance, plantó escalas de asalto alrededor de las murallas y tomó la plaza al asalto. Los volscos arrojaron sus armas y se rindieron.

[6,9] Tenía su jefe, sin embargo, un objetivo más importante en su ánimo: Anzio, la capital de los volscos y el punto de partida de la última guerra. Debido a su fortaleza, la captura de esa ciudad sólo sería realizable con una cantidad considerable de aparatos de asedio, artillería y máquinas de guerra. Camilo, así pues, dejó a su colega al mando y marchó a Roma para exhortar al Senado sobre la necesidad de destruir Anzio. En medio de su discurso (creo que fue voluntad del cielo que Anzio durase más tiempo) llegaron legados de Nepi y Sutrio solicitando ayuda contra los etruscos y señalando que pronto pasaría la oportunidad de prestarles ayuda. La Fortuna apartió de Anzio las energías de Camilo hacia aquel país, pues tales plazas, frente a Etruria, servían como puertas y barreras por aquel lado y los etruscos estaban impacientes de asegurárselas siempre que pensaban en iniciar hostilidades, al igual que los romanos deseaban vivamente recuperarlas y poseerlas. Por consiguiente, el Senado decidió, de acuerdo Camilo, que debía dejar Anzio y emprender la guerra con Etruria. Le asignaron las legiones de la Ciudad, que mandaba Quincio, y aunque él hubiera preferido el ejército que actuaba frente a los volscos, con el que tenía experiencia y que estaba acostumbrado a su mando, no puso objeción; todo lo que pidió fue que Valerio compartiese el mando con él. Quincio y Horacio fueron enviados contra los volscos en sustitución de Valerio. Cuando llegaron a Sutrio, Furio y Valerio se encontraron con una parte de la ciudad en manos de los Etruscos; en la otra parte, los habitantes tenían dificultades para tener a raya al enemigo tras las barricadas que habían levantado en las calles. La aproximación de los socorros desde Roma y el nombre de Camilo, tan famoso entre los amigos como entre los enemigos, alivió momentáneamente la situación y dio tiempo a que llegase la ayuda. En consecuencia, Camilo formó su ejército en dos cuerpos y ordenó a su colega que llevase uno hacia la parte en poder del enemigo y que empezase a atacar las murallas. Esto se hizo no tanto con la esperanza de que el ataque tuviera éxito como para poder distraer la atención del enemigo y dar un respiro a los cansados defensores, así como darle a él una oportunidad de entrar en la ciudad sin combatir. Los etruscos, al verse atacados por ambos lados, con las murallas asaltadas desde fuera y los ciudadanos luchando desde dentro, huyeron presas del pánico por la única puerta que resultó estar libre de enemigos. Tuvo lugar una gran masacre de los fugitivos, tanto en la ciudad como en los campos exteriores. Los hombres de Furio dieron cuenta de muchos intramuros, mientras que los de Valerio, más ligeramente equipados para la persecución, no dieron fin a la carnicería hasta que la caída de la noche les impidió la visión. Después de la reconquista de Sutrio y su devolución a nuestros aliados, el ejército marchó a Nepi, que se había rendido a los etruscos y que estaba completamente en su poder.

[6.10] Parecía como si la captura de esa ciudad fuese a dar más problemas, no sólo porque toda ella estaba en manos del enemigo, sino también porque la rendición se había efectuado por la traición de algunos de sus habitantes. Camilo, sin embargo, decidió enviar un mensaje a sus líderes en el que les pedía la retirada de los etruscos y que dieran una prueba práctica de aquella lealtad para con los aliados que habían implorado a los romanos que observasen con ellos. Su respuesta fue que no podían; los etruscos poseían las murallas y guardaban las puertas. En un principio, se trató de intimidar a los habitantes de la ciudad acosando su territorio. Como, sin embargo, persistieron en respetar con más fidelidad los términos de la rendición que los de su alianza con Roma, se reunieron haces de leña de los alrededores para rellenar el foso, el ejército avanzó al ataque, situaron las escalas de asalto contra la muralla y capturaron la ciudad al primer intento. Seguidamente, se anunció que los nepesinos debían deponer las armas, y todo el que lo hizo así se salvó. Los etruscos, armados o no, fueron muertos, y a los nepesinos autores de la rendición se les decapitó; a la población que no había tomado parte en ella se le devolvió sus propiedades y se dejó una guarnición en la ciudad. Después de recuperar así del enemigo dos ciudades aliadas de Roma, los tribunos consulares llevaron su ejército victorioso, cubierto de gloria, a casa. Durante este año se exigió satisfacción a latinos y hérnicos; se les preguntó por qué no habían proporcionado, estos últimos años, un contingente de conformidad con el Tratado. Se celebró una asamblea representativa completa de cada nación para discutir los términos de la respuesta. Esta fue en el sentido de que no fue por una falta o una decisión pública del Estado que algunos de sus hombres hubiesen combatido en las filas volscas; éstos habían pagado la pena de su locura y ni uno sólo había regresado. La razón por la que no habían proporcionado tropas era su incesante temor a los volscos; no habían sido capaces, ni siquiera después de tantas guerras, de quitarse aquella espina de su costado. El Senado consideró esta réplica como un motivo justificado para la guerra, pero en aquel momento se consideraba inoportuna.

[6.11] Al año siguiente -385 a.C.-fueron tribunos consulares Aulo Manlio, Publio Cornelio, Tito y Lucio Quincio Capitolino, Lucio Papirio Cursor (por segunda vez) y Cayo Sergio (por segunda vez). En este año estalló una guerra muy grave, y hubo disturbios aún más serios en casa. La guerra fue iniciada por los volscos, a la que se añadió una revuelta de latinos y hérnicos. El problema interno surgió de quien menos parecía ser de temer, un hombre de nacimiento patricio y brillante reputación: Marco Manlio Capitolino. Lleno de orgullo y presunción, miraba a los hombres notables con desprecio; a uno, especialmente, apuntaba con ojos envidiosos, alguien destacado por sus distinciones y méritos: Marco Furio Camilo. Amargamente ofendido por la posición única de este hombre entre los magistrados y por el aprecio del ejército, declaró que había alcanzado ahora tal preeminencia que trataba no como a colegas, sino como a servidores a quienes, como él, habían sido elegidos bajo los mismos auspicios; y aún cualquiera, si quisiera formarse un juicio ecuánime, vería que Marco Furio posiblemente no podría haber salvado su patria. ¿No fue él, Manlio, quien salvó el Capitolio y la Ciudadela al ser sitiados? Camilo atacó a los galos mientras habían bajado su guardia, con la mente ocupada en hacerse con el oro y firmar la paz; él, sin embargo, les había hecho retirarse cuando estaban armados para el combate y habían, de hecho, capturado la Ciudadela. La gloria de Camilo era compartida por cada hombre que venció junto a él, mientras que ningún mortal podía reclamar, obviamente, parte alguna en su propia victoria.

Con la cabeza llena de tales ideas y siendo, desgraciadamente, hombre de carácter testarudo y apasionado, se encontró con que su influencia no era tan fuerte entre los patricios como creía que debía ser, así que se acercó a la plebe (el primer patricio en hacerlo) y adoptó los métodos políticos de sus magistrados [de los tribunos de la plebe.-N. del T.]. Abusó del Senado y cortejó al populacho e, impulsado por el viento del favor popular más que por la convicción o el criterio, prefirió la notoriedad a la respetabilidad. No contento con las leyes agrarias que hasta entonces habían servido siempre a los tribunos de la plebe como material para su agitación, empezó a minar todo el sistema de crédito, porque vio que las leyes de las deudas causaban más irritación que las otras; no sólo amenazaban con la pobreza y la desgracia, sino que aterrorizaban a los hombres libres con la perspectiva de las cadenas y la prisión. Y, de hecho, se habían contraído gran cantidad de deudas debido a los gastos de reconstrucción, gastos más ruinosos incluso para los ricos. Se trataba, por tanto, de dar mayores competencias al gobierno; y la guerra volsca, grave de por sí y aumentada por la defección latina y hérnica, se puso como razón aparente. Fueron, sin embargo, las intenciones revolucionarias de Manlio las que, principalmente, decidieron al Senado a nombrar un dictador. Fue nombrado Aulo Cornelio Coso, y éste designó a Tito Quincio Capitolino como su jefe de caballería.

[6.12] Aunque el dictador reconocía que tenía un desafío más complicado en casa que en el exterior, alistó sus tropas y marchó a territorio pomptino que, según oyó, había sido invadido por los volscos. Puede que considerase necesario tomar medidas inmediatas o quizá esperase fortalecer su posición como dictador con una victoria y un triunfo. No tengo ninguna duda de que mis lectores estarán cansados de tan largo historial de guerras incesantes contra los volscos, pero también se verían afectados por la misma dificultad que yo mismo he sentido al examinar los autores que vivieron próximos al periodo, es decir, ¿de dónde sacaban los volscos suficientes soldados, después de tantas derrotas? Ya que este punto ha sido pasado por alto por los escritores antiguos, ¿qué puedo hacer yo, más que expresar una opinión como cualquiera pudiera formarse a partir de sus propias deducciones? Probablemente, en el intervalo entre una guerra y otra, entrenaban a cada nueva generación para la reanudación de las hostilidades, como se hace actualmente al alistar tropas romanas; o bien no reclutaban siempre sus ejércitos de los mismos distritos, aunque era siempre la misma nación la que iba a la guerra; o bien había una innumerable población libre en aquellas regiones que a duras penas escapaban de la desolación con la escasa labranza de esclavos romanos, que difícilmente permitirían más que un miserable reclutamiento de soldados. En todo caso, los autores están unánimemente de acuerdo en asegurar que los volscos tenían un inmenso ejército a pesar de haber quedado tan recientemente paralizados por los éxitos de Camilo. Sus fuerzas se incrementaron con los latinos y hérnicos, así como con un cuerpo de circeyenses e incluso por un contingente de colonos romanos de Velletri.

En el día en que llegó, el dictador plantó su campamento. Al día siguiente, después de tomar los auspicios y suplicar el favor de los dioses mediante sacrificios y oraciones, se adelantó con la moral alta hacia los soldados que desde la madrugada estaban armándose, conforme a las órdenes, para estar dispuestos en el momento en que se diera la señal para la batalla. "Nuestra, soldados", exclamó, "es la victoria, si los dioses y sus intérpretes así lo han visto en el futuro. Vayamos pues, como hombres llenos de segura esperanza, a enfrentar al enemigo que no es rival para nosotros, poned los pilos [pilo, en singular, es el término castellano directamente derivado, y traducción literal, del tipo de lanza característico descrito en las fuentes con la palabra latina pilum -singular-y pila -plural-.-N. del T.] a vuestros pies y armaos sólo con vuestras espadas. Ni siquiera querría que nadie se adelantase de la línea; permaneced firmes y recibid la carga del enemigo sin mover un pie. Cuando hayan lanzado sus inútiles proyectiles y lleguen hasta vosotros sus desordenadas filas, dejad que vuestras espadas destellen y que cada hombre recuerde que los dioses ayudan a los romanos, que son los dioses quienes os han enviado al combate con augurios favorables. Tú, Tito Quincio, mantén tu caballería a la mano y espera a que la lucha haya comenzado, pero cuando ves las líneas entrelazadas, pie con pie, ataca y aterroriza con tu caballería a los que ya estarán sobrepasados por otros miedos. Carga y dispersa sus filas mientras se encuentran en el fragor de la lucha". La Caballería y la infantería lucharon por igual, de acuerdo con sus instrucciones. El jefe no decepcionó a sus soldados, ni la Fortuna al jefe.

[6.13] La gran multitud de enemigos, basándose únicamente en su número y midiendo la fuerza de cada ejército exclusivamente por su apariencia, marchó temerariamente a la batalla y con la misma imprudencia la abandonó. Fue bastante valeroso en su grito de guerra, en lanzar sus proyectiles y en su primera carga; pero no pudieron mantener el combate cuerpo a cuerpo y sostener la vista de sus oponentes, que brillaba con el ardor de la batalla. Su frente fue superado y la desmoralización se extendió a las filas de apoyo; la carga de caballería produjo más pánico; las filas se rompieron por muchos sitios, todo el ejército quedó conmocionado y parecía una ola que se retiraba. Cuando cada uno de ellos vio que a medida que caían los de delante ellos serían los siguientes en caer, se dieron la vuelta y huyeron. Los romanos les presionaron con fuerza, y como el enemigo se defendía mientras se retiraba, a la infantería le tocó la persecución. Cuando se les vio deshacerse de sus armas por todas partes y dispersarse por el campo, se dio la señal a las secciones de caballería para que se lanzasen sobre ellos, y se les instruyó para no perder tiempo atacando fugitivos solitarios y que se pudiera escapar el cuerpo principal. Sería suficiente enfrentarles lanzando proyectiles y cruzando su frente al galope, y aterrorizándoles a todos hasta que la infantería pudiera llegar y despachar al enemigo normalmente. La huida y persecución no terminó hasta el anochecer. El campamento volsco fue tomado y saqueado el mismo día, y todo el botín, con excepción de los prisioneros, fue entregado a los soldados. La mayoría de los prisioneros eran hérnicos y latinos, y no sólo hombres de la clase plebeya, que podrían haberse considerado sólo como mercenarios, sino que también se comprobó la presencia de hombres notables entre su fuerza de combate, una clara prueba de que aquellos Estados habían ayudado formalmente al enemigo. También se reconoció a varios pertenecientes a Circei y a la colonia de Velletri. Todos ellos fueron enviados a Roma y, al ser interrogados por los líderes del Senado, les dieron entonces la misma contestación que habían dado al dictador, y revelaron, sin tratar de ocultarla, la deserción de sus respectivas naciones.

[6.14] El dictador mantuvo su ejército acampado de forma permanente, esperando que el Senado declarase la guerra contra aquellos pueblos. Un problema mucho mayor en casa, sin embargo, hizo que le requiriesen. La sedición, debido al trabajo de su instigador, estaba cobrando fuerzas día tras día. Para cualquiera que viese sus motivos, no sólo los discursos sino sobre todo la conducta de Marco Manlio, aunque ostensiblemente en interés del pueblo, le habría parecido revolucionaria y peligrosa. Cuando vio un centurión, un soldado distinguido, conducido como un deudor sentenciado, corrió hacia el centro del Foro seguido de su caterva [se ha dejado el término latino porque coincide exactamente con el castellano, hasta en su intención peyorativa.-N. del T.] y puso su mano sobre él. Tras declamar contra la tiranía de los patricios, la brutalidad de los usureros y la miserable condición de la plebe, dijo: "Así que en vano, con esta mano derecha he salvado el Capitolio y la Ciudadela, si tengo que ver a un conciudadano y camarada de armas puesto en cadenas y esclavizado, como si hubiera sido capturado por los galos victoriosos". Luego, ante todo el pueblo, pagó la suma adeudada a los acreedores, y después de librar así a aquel hombre con balanzas y monedas [al pesar el metal que pagaba lo adeudado; en esa época, en Roma, el dinero aún no se acuñaba sino que consistía en lingotes o discos de metal fundidos que habían de pesarse para establecer el valor.-N. del T.], lo mandó a su casa. El deudor liberado llamó a dioses y hombres a recompensar a Manlio, su liberador y protector benéfico de la plebe romana. Una ruidosa multitud lo rodeó inmediatamente, y él aumentó las emociones al mostrar las cicatrices dejadas por las heridas que había recibido en las guerras contra Veyes y los galos y en las recientes campañas. Exclamó: "Mientras estaba sirviendo en campaña y mientras trataba de restaurar mi casa asolada, pagué en intereses una cantidad igual a muchas veces el principal, pero como los intereses renovados siempre excedían mi capital, quedé enterrado bajo la carga de la deuda. Gracias a Marco Manlio puedo ahora ver la luz del día, el Foro, las caras de mis conciudadanos; de él he recibido todo el cariño que un padre puede mostrar a un hijo; a él dedico toda la fuerza que me queda, mi sangre y mi vida. En ese único hombre se une todo lo que me une a mi hogar, mi país y los dioses de mi patria".

La plebe, exaltada por este lenguaje, estaba ya totalmente rendida a la causa de este hombre cuando algo más sucedió, más calculado aún si cabe para generar universal confusión. Manlio puso a subasta una finca en territorio veyentino, que comprendía la mayor parte de su patrimonio. "Para", dijo, "que mientras me quede una propiedad, pueda impedir que cualquiera de vosotros, Quirites, sea entregado a sus acreedores condenados como deudores". Esto les exaltó a tal punto que resultaba evidente que seguirían al campeón de sus libertades en cualquier cosa, buena o mala. Para mayor malicia, pronunció discursos en su propia casa, como si estuviese arengando a los comicios, llenos de términos calumniosos para el Senado. Indiferente a la verdad o falsedad de lo que decía, declaró, entre otras cosas, que las cantidades de oro recogidas para los galos estaban siendo escondidas por los patricios; que no estaban contentos con apropiarse de las tierras públicas a menos que también pudieran hacerlo con los fondos públicos; si ese asunto se descubriese, se podrían anular las deudas de la plebe. Al creer esta esperanza, les pareció en efecto una acción escandalosa que mientras el oro reunido para los galos fue producto de una contribución general, ese mismo oro, al recuperarse del enemigo, se hubiera convertido el botín de unos pocos. Insistían, por tanto, en descubrir dónde se ocultaba este gran botín robado, y como Manlio lo retrasaba y anunciaba que lo descubriría a su debido tiempo, el interés general quedó centrado en este asunto, con exclusión de todo lo demás. Es evidente que no habría límite a su reconocimiento si su información se revelaba correcta, ni a su disgusto si resultase falsa.

[6.15] Mientras las cosas estaban en esta situación de suspenso, el dictador había sido convocado de donde estaba el ejército y llegó a la Ciudad. Después de enterarse sobre el estado de la opinión pública, convocó una reunión del Senado para el día siguiente y les ordenó quedar completamente pendientes de él. Luego ordenó que pusieran su silla de magistrado en la tribuna del Comicio y, rodeado de los senadores como guardaespaldas, envió a por Marco Manlio. Al recibir el requerimiento del dictador, Manlio dio a los suyos una señal de que el conflicto era inminente y apareció ante el tribunal rodeado por una inmensa multitud. Por un lado, el Senado, por el otro la plebe; cada uno con sus ojos fijos en sus respectivos dirigentes, se pusieron frente a frente, como preparados para la batalla. Tras hacerse el silencio, dijo el dictador: "Deseo que el Senado y yo podamos llegar a un entendimiento con la plebe con tanta facilidad como, estoy seguro, llegaremos contigo sobre el asunto sobre el que te voy a preguntar. Veo que han llevado a sus conciudadanos a esperar que todas las deudas se puedan pagar, sin ninguna pérdida para los acreedores, con los tesoros recuperados a los galos y que dices han sido ocultados por los patricios. Estoy muy lejos de querer obstaculizar este asunto; por el contrario, te desafío, Marco Manlio, a que saques de sus escondrijos a aquellos que, como gallinas ponedoras, están sentados sobre los tesoros que pertenecen al Estado. Si no lo haces, sea porque tú mismo tienes tu parte de botín o porque tu acusación sea infundada, ordenaré que te pongan en prisión y que no tenga el pueblo que sufrir ser incitado por las falsas esperanzas que has levantado.

Manlio dijo en respuesta que no se había equivocado en sus sospechas: habían nombrado un dictador no contra los volscos, a quienes trababan como enemigos cada vez que les interesaba a los patricios, ni para llevar a las armas a latinos y hérnicos con falsas acusaciones; habían nombrado un dictador contra él mismo y la plebe romana. Se habían dejado de su fingida guerra y ahora le atacaban a él; el dictador se declaraba abiertamente el protector de los usureros contra los plebeyos; la gratitud y afecto que el pueblo le mostraba se convertían en motivo para acusarle de tal modo que le arruinarían. Y continuó: "¿Os ofende la multitud que me rodea, Aulo Cornelio? ¿y a vosotros, senadores? Entonces, ¿por qué no la separáis de mí a base de actos de bondad, ofreciendo seguridad al liberar a vuestros conciudadanos de la cuerda, impidiendo que sean juzgados por sus acreedores, apoyando a los demás con vuestros abundantes recursos? Pero ¿por qué tendría que instarles a gastar su propio dinero? Fijad cierta cantidad, deducid del principal lo que se ha pagado ya en intereses, y entonces la multitud que me rodea no tendrá más importancia que si rodease a otro. ¿Es que solo yo siento esta inquietud por mis conciudadanos? Yo sólo puedo responder a esa pregunta como respondería a otra -¿Por qué solo yo salvé el Capitolio y la Ciudadela? Entonces hice lo que pude para salvar el cuerpo de los ciudadanos como un todo, ahora estoy haciendo lo que puedo para ayudar a las personas. En cuanto al oro de los galos, tu pregunta complica algo que es bastante simple en sí mismo. ¿Por qué me preguntas por algo que tú ya sabes? ¿Por qué ordenas que se agite lo que hay en tu bolsa, en vez de entregarlo voluntariamente, a no ser que en el fondo exista alguna deshonestidad? Cuanto más ordenes que se descubran tus trucos de magia, más, me temo, engañarás a los que te están mirando. No es a mí a quien se debe obligar a descubrir el botín sino a vosotros, sois vosotros quienes han de ser obligados públicamente a hacerlo".

[6.16] El dictador le ordenó que se dejara de ambages, e insistió en que diera testimonio digno de confianza o admitiese que era culpable de inventar falsas acusaciones contra el Senado, exponiéndolos al odio con una acusación infundada de robo. Él se negó, y dijo que no hablaría a petición de sus enemigos, con lo cual el dictador ordenó que fuera conducido a la cárcel. Cuando fue detenido por el funcionario exclamó: "Júpiter Óptimo Máximo, reina Juno, Minerva, todos vosotros dioses y diosas que habitáis en el Capitolio, ¿sufriréis que vuestro soldado y defensor sea así perseguido por sus enemigos? ¿Será esposada y encadenada esta mano diestra con la que expulsé a los galos de vuestros santuarios?" Nadie podía soportar ver u oír la indignidad que se le hacía; pero el Estado, en su absoluta sumisión a la autoridad legítima, se había impuesto a sí mismo límites que no podía traspasar; ni los tribunos de la plebe, ni la misma plebe se atrevió a levantar la vista

o a decir una palabra contra la acción del dictador. Parece bastante cierto que después que Manlio fuera enviado a prisión y un gran número de plebeyos se puso de luto; muchos se dejaron crecer el cabello y las barbas y el vestíbulo de la prisión fue acosado por una multitud deprimida y triste. El dictador celebró su triunfo sobre los volscos, pero su triunfo aumentó su impopularidad; los hombres se quejaban de que la victoria fue obtenida en su casa, no en el campo de batalla, y sobre un ciudadano, no sobre un enemigo. Una sola cosa faltó en el desfile de la tiranía, Manlio no fue llevado en procesión delante del carro del vencedor. Las cosas fueron rápidamente derivando hacia la sedición, y el Senado tomó la iniciativa de tratar de calmar la agitación. Sin que nadie se lo pidiese, ordenó que dos mil ciudadanos romanos fuesen enviados a Sátrico y que cada uno recibiese dos yugadas y media de tierra [0,675 Ha.-N. del T.]. Esto fue considerado como una subvención demasiado pequeña, distribuida entre un número demasiado pequeño de gente; fue visto como (y de hecho lo era) un soborno a cambio de la traición de Manlio, así que el remedio propuesto sólo ayudó a inflamar la enfermedad. En aquel momento, la multitud de simpatizantes de Manlio había fijado su atención en sus ropas sucias y aspecto abatido. No fue hasta que el dictador dejó su cargo, después de su triunfo, que desapareció el terror que inspiraba sobre las lenguas y ánimos de los hombres, que fueron libres una vez más.

[6.17] Se escuchó a hombres que reprochaban abiertamente al populacho que siempre alentaran a sus defensores hasta llevarles al borde del precipicio, y abandonarles cuando realmente llegaba el momento del peligro. Fue de esta manera, decían, como Espurio Casio, buscando obtener tierras para la plebe, y Espurio Melio, mientras quitaba el hambre de los ciudadanos a su propia costa, habían sido ambos aplastados; Era así como Marco Manlio fue traicionado a sus enemigos, mientras rescataba a la parte de la comunidad que se vio desbordada y sumergida por la extorsión usurera y les llevaba de vuelta a la luz y la libertad. La plebe engordaba a sus propios defensores para la matanza. ¿Se iba a sufrir tal castigo porque un hombre consular se negase a responder al cabecero de un dictador? Suponiendo que antes hubiera hablado con falsedad, y que por tanto no respondiese a tiempo, ¿se había encarcelado alguna vez a un esclavo por mentir? ¿Habían olvidado aquella noche que bien hubiera podido ser la noche final y eterna de Roma? ¿No recordaban la visión de las tropas galas, subiendo por la roca Tarpeya, o la del propio Manlio, como de hecho le habían visto, cubierto de sangre y sudor, después de rescatar, casi se podría decir, al propio Júpiter de las manos de el enemigo. ¿Habían cumplido con su obligación con el salvador de su patria al darle cada uno media libra de grano? ¿Era el hombre al que consideraban casi como un dios, a quien, en todo caso, colocaban a la altura del Júpiter del Capitolio al darle el sobrenombre de Capitolino, iban a dejar que ese hombre pasase la vida encadenado y en la oscuridad, a merced del verdugo? ¿Había bastado la ayuda de un hombre para salvarlos a todos y no se hallaría entre ellos ayuda para aquel hombre? Para entonces, la gente se negaba a abandonar el lugar, ni siquiera por la noche, y amenazaban con romper la prisión cuando el Senado concedió lo que iban a conseguir mediante la violencia y aprobó una resolución para que se liberase a Manlio. Esto no puso fin a la agitación sediciosa, sólo le proporcionó un jefe. Durante este tiempo, los latinos y hérnicos, junto con los colonos de Circei y Velletri, enviaron legados para descargarse de la acusación de estar envueltos en la guerra Volsca y para pedir la entrega de sus compatriotas prisioneros, para juzgarles con sus propias leyes. Se dio una respuesta desfavorable a latinos y hérnicos, una aún más desfavorable a los colonos, porque se habían relacionado con el impío proyecto de atacar a su propia madre patria. No sólo se rechazó la entrega de los prisioneros, sino que recibieron una severa advertencia del Senado, excepto en el caso de los aliados, para partir rápidamente de la Ciudad, fuera de la vista del pueblo romano; de otro modo, no quedarían protegidos por los derechos de embajadores, derechos que se habían establecido para los extranjeros, no para los ciudadanos.

[6.18] Al término del año, en medio de la creciente agitación encabezada por Manlio, se celebraron las elecciones. Los nuevos tribunos consulares fueron: Servio Cornelio Maluginense y Publio Valerio Potito (cada uno por segunda vez), Marco Furio Camilo (por quinta vez), Servio Sulpicio Rufo (por segunda vez), Cayo Papirio Craso y Tito Quincio Cincinato (por segunda vez). El año -384 a.C.-se abrió en paz, lo que resultó de lo más oportuno tanto para los patricios como para los plebeyos; para la plebe porque al no llamarles a servir en filas, esperaban aliviar la carga de sus deudas, especialmente ahora que tenían un líder fuerte; para los patricios, porque ninguna inquietud externa les distraería de hacer frente a sus problemas internos. Ya que cada parte se encontraba más preparada para la lucha, ésta no podría siempre ser retrasada. Manlio, también, estaba invitando a los plebeyos a su casa y discutía día y noche sobre planes revolucionarios con sus jefes, con un ánimo mucho más agresivo y resentido que antes. Su rencor se había encendido con la reciente humillación infligida a un espíritu poco acostumbrado a la desgracia; su agresividad se animó por la convicción de que el dictador no se habría atrevido a tratarle como Quincio Cincinato trató a Espurio Melio; pues no solo evitó el dictador el odio creado por su aprisionamiento mediante la dimisión, incluso el Senado había sido incapaz de hacerle frente.

Alentado y amargado por estas consideraciones, elevó las pasiones de la plebe, que ya estaba bastante indignada, a un nivel más alto mediante sus arengas. "¿Cuánto tiempo, os ruego", preguntó, "vais a permanecer en la ignorancia de vuestra fuerza, una ignorancia que la naturaleza prohíbe incluso a los animales? Contad por lo menos vuestros números y los de vuestros oponentes. Incluso si les fueseis a atacar en igualdad de condiciones, hombre a hombre, creo que vosotros lucharíais más desesperadamente por vuestra libertad que ellos por el poder. Pero sois mucho más numerosos, pues todos vosotros, que habéis asistido como clientes a vuestros patronos, ahora os enfrentáis a ellos como adversarios. Sólo tenéis que hacer una demostración de guerra y tendréis la paz. Que vean que estáis dispuestos a utilizar la fuerza, depondrán sus quejas. Tenéis que intentar algo como un todo o habréis de sufrirlo todo como individuos. ¿Cuánto tiempo os fijaréis en mí? Ciertamente, yo no os fallaré, ved que la Fortuna no me falle a mí. Yo, vuestro vengador, cuando vuestros enemigos lo consideraron oportuno, fui reducido a la nada y vosotros mirasteis cómo llevaban a prisión al hombre que evitó la cárcel a tantos de vosotros. ¿Qué he que esperar si mis enemigos se atreven a hacer algo más contra mí? ¿Tengo que enfrentar la suerte de Casio y Melio? Está muy bien gritar horrorizados: "Los dioses lo impedirán", pero nunca bajan del cielo en mi favor. Debéis impedirlo; ellos os deben dar el valor de hacerlo, como me dieron el valor para defenderos como soldado del enemigo bárbaro y como civil de vuestros tiránicos conciudadanos. ¿Es tan pequeño el ánimo de esta gran nación que siempre os contentaréis con la ayuda que os proporcionan vuestros tribunos contra vuestros enemigos, y nunca saben de temas de disputa con los patricios, excepto cuánto más les dejaréis que manden sobre vosotros? No es este vuestro instinto natural, sois los esclavos de la costumbre. ¿Por qué es que mostráis tal ánimo hacia las naciones extranjeras como para pensar que es justo y equitativo que gobernéis sobre ellos? Porque con ellos os habéis acostumbrado a luchar por el dominio, mientras que contra estos enemigos domésticos ha sido una lucha más por ganar la libertad que por mantenerla. Sin embargo, independientemente de los jefes que hayáis tenido o de las virtudes que hayáis mostrado, habéis alcanzado, tanto por vuestra fortaleza como por vuestra buena fortuna, cada objetivo, por grande que fuese, en el que poníais vuestros corazones. Ahora es el momento para intentar cosas mayores. Juzgar sólo tanto acerca de vuestra propia buena fortuna como de la mía, que creo que ya está probada en beneficio vuestro; espero que tengáis menos problemas en colocar alguien que gobierne a los patricios de los que habéis tenido en poner hombres que resistan su poder sobre vosotros. Dictaduras y consulados deben ser derribadas para que la plebe romana pueda levantar su cabeza. Tomad sus lugares, así, en el Foro; impedid que se pronuncie ninguna sentencia por deudas. Yo me declaro Patrón de la Plebe, título del que me han investido mi preocupación y fidelidad; si preferís designar a vuestro jefe por cualquier otro título de honor o mando, tendréis en ello el más poderoso instrumento para alcanzar cuanto deseéis". Se dice que este fue el primer paso en su intento de asegurarse el poder real, pero no hay una tradición clara en cuanto a quiénes eran sus compañeros de conspiración o con qué extensión elaboraron sus planes.

[6.19] Por la otra parte, sin embargo, el Senado discutía esta secesión de la plebe en una casa particular, que resultaba estar situada en el Capitolio, y sobre el gran peligro que amenazaba la libertad. Muchos exclamaban que lo que se necesitaba era un Servilio Ahala, quien no se limitaría a molestar a un enemigo del Estado ordenando que se le encarcelase, sino que pondría fin a la guerra interna con el sacrificio de un único ciudadano. Finalmente acordaron una resolución más suave en sus condiciones, pero que poseía la misma fuerza, a saber, que "los magistrados debían velar por que la República no recibiese daño de los maliciosos planes de Marco Manlio". Así pues, los tribunos consulares y los tribunos de la plebe (pues estos últimos reconocieron que el fin de la libertad sería también el fin de su poder y se pusieron, por tanto, bajo la autoridad del Senado) tomaron juntos consejo sobre las medidas que era preciso tomar. Como a nadie se le ocurría nada distinto al empleo de la fuerza y su inevitable derramamiento de sangre, lo que conduciría inevitablemente a una terrible lucha, Marco Menenio y Quinto Publilio, tribunos de la plebe, hablaron así: "¿Por qué estamos convirtiendo lo que debería ser un conflicto entre el Estado y un ciudadano apestado en una lucha entre patricios y plebeyos? ¿Por qué atacar a la plebe a través de él, cuando es mucho más seguro para atacarle a él mediante la plebe, de modo que se hunda en la ruina por el peso de su propia fuerza? Es nuestra intención fijar un día para su juicio. Nada es menos deseado por el pueblo que el poder real. En cuanto los plebeyos se den cuenta de que el conflicto no va con ellos y vean que en vez de sus partidarios son sus jueces, en cuanto vean a un patricio llevado ante su juicio y comprendan que el cargo que se le imputa es el de aspirar a la monarquía, ya no se mostrarán más partidarios de ningún hombre, sino de su propia libertad".

[6.20] Con la aprobación general, fijaron un día para el juicio de Manlio. Hubo al principio mucha alteración entre la plebe, sobre todo cuando se le vio andar de luto sin que ningún patricio, ninguno de sus parientes o amistades y, lo más extraño de todo, ninguno de sus hermanos, Aulo y Tito Manlio, fuesen vestidos igual. Porque hasta ese día nunca se había sabido de nada igual, que una crisis así en el destino de un hombre le hubiera puesto de luto. Se acordaban de que cuando Apio Claudio fue enviado a prisión, su enemigo personal, Cayo Claudio, y toda la gens de los Claudios, llevaba luto. Recordaban aquello como una conspiración para aplastar a un héroe popular que fue el primero en pasarse de los patricios a la plebe. Nada he podido encontrar, en ningún autor, acerca de qué prueba se adujo, en el juicio presente, que apoyase estrictamente la acusación de traición, más allá de las reuniones en su casa, sus expresiones sediciosas y su falso testimonio respecto al oro. Pero no tengo ninguna duda de que era algo nada ligero, pues la vacilación mostrada por el pueblo al declararle culpable no se debió a los méritos del caso sino al lugar en que se llevó a cabo el juicio. Esto es algo a tener en cuenta, a fin de que los hombres vean cómo grandes y gloriosos hechos pueden ser no sólo privados de todo mérito, sino convertirse directamente en odiosos por el anhelo repugnante del poder real.

Se dice que liberó a cuatrocientas personas a las que adelantó dinero sin interés, impidiendo que les vendiesen y les entregasen sentenciados a sus acreedores. Se afirma que, además de esto, no sólo enumeró sus méritos militares, sino que los formó para pasarles revista: los despojos de más de treinta enemigos a los que había dado muerte, regalos de los generales en número de cuarenta, entre ellos dos coronas murales y ocho cívicas [estas condecoraciones al valor son extraordinarias, pues se entregaban al primero que asaltaba una muralla y colocaba en ella el estandarte y al quien salvaba la vida de otro ciudadano en combate, respectivamente; eran la primera de oro y la segunda de roble.-. N. del T.] . Además de esto, presentó los ciudadanos a los que había rescatado del enemigo, nombrando a Cayo Servilio, jefe de caballería, que no estaba presente, como uno de ellos. Después de haber recordado sus logros bélicos en un magnífico discurso, elevando su lenguaje al nivel de sus hazañas, descubrió su pecho ennoblecido por las cicatrices del combate, y mirando hacia el Capitolio invocó repetidamente a Júpiter y a los otros dioses para que viniesen en ayuda de sus quebradas fortunas. Rezó para que, en esta crisis de su destino, inspirasen al pueblo romano los mismos sentimientos que le habían inspirado a él cuando protegía la Ciudadela y el Capitolio, para así salvar a Roma. Después, dirigiéndose a sus jueces, les imploró a todos que juzgasen su caso con sus ojos puestos en el Capitolio, mirando hacia los dioses inmortales.

Como era en el Campo de Marte donde el pueblo había de votar en sus centurias y el demandado, extendiendo sus manos hacia el Capitolio, había dado la espalda a los hombres para volverse a los dioses con sus plegarias, se hizo evidente a los tribunos que, a menos que pudiesen apartar los ojos de la gente del visible evocador de sus pasadas glorias, sus pensamientos, completamente cautivados con los servicios que les había prestado, no tendrían lugar para las acusaciones en su contra, por ciertas que fuesen. Así pues, el proceso se pospuso para el día siguiente y se convocó al pueblo junto al bosque Petelino, fuera de la puerta Flumentana, desde donde no se veía el Capitolio. Aquí se expuso la acusación y, con los corazones fríos contra sus apelaciones, dictaron una terrible sentencia, abominable incluso para los jueces. Algunos autores afirman que fue condenado por los duunviros, que eran nombrados para juzgar los casos de traición a la patria. Los tribunos lo arrojaron desde la roca Tarpeya, y el lugar que constituía el monumento de su gloria excepcional fue también la escena de su castigo final. Después de su muerte, dos estigmas se pusieron a su memoria: Uno, por el Estado, pues su casa estaba donde se encuentra ahora el templo y ceca de Juno Moneta, y se presentó una propuesta ante el pueblo para que ningún patricio pudiese ocupar una vivienda dentro de la Ciudadela o en el Capitolio. La otra, por los miembros de su gens, que decretaron la prohibición de que nadie más en adelante asumiera los nombres de Marco Manlio. Tal fue el final de un hombre que, de no haber nacido en un Estado libre, habría sido digno de memoria. Cuando ya no se podía temer de él ningún peligro, el pueblo, recordando sólo sus virtudes, pronto empezó a lamentar su pérdida. Una peste que siguió poco después y que provocó una gran mortandad, y a la que no se pudo achacar ninguna causa, fue atribuida por gran número de personas a la ejecución de Manlio. Imaginaban que el Capitolio había sido profanado por la sangre de su libertador y que a los dioses les disgustaba el castigo infligido, casi ante sus ojos, al hombre por quien sus templos se habían recuperado de manos enemigas.

[6.21] A la peste siguió la escasez y el rumor generalizado de que a aquellos dos problemas seguirían varias guerras al año siguiente. Los tribunos consulares fueron Lucio Valerio (por cuarta vez), Aulo Manlio, Servio Sulpicio, Lucio Lucrecio, Lucio Emilio (todos por tercera vez) y Marco Trebonio -383 a.C.-. Además de los volscos, que parecían destinados por algún hado a mantener a los soldados romanos en formación perpetua; además de las colonias de Circei y Velletri, que habían estado mucho tiempo pensando en rebelarse; además de los latinos, de los que se sospechaba, un nuevo enemigo surgió en Lanuvio, que hasta entonces había sido la ciudad más leal. El Senado consideró que esto se debía a un sentimiento de desprecio, al haber estado tanto tiempo sin castigar la revuelta de sus compatriotas en Velletri. En consecuencia, aprobó un decreto para que se preguntase al pueblo tan pronto como se pudiera, si consentía en que se les declarase la guerra. Para hacer que la plebe estuviese más dispuesta a entrar en esta campaña, se nombraron cinco delegados para distribuir el territorio pomptino y a otros tres para asentar una colonia en Nepi. Luego se presentó la propuesta al pueblo y, a pesar de las protestas de los tribunos, las tribus declararon la guerra por unanimidad. Los preparativos bélicos siguieron durante todo el año pero, debido a la peste, el ejército no fue desplegado. Este retraso dio tiempo a los colonos para propiciar al Senado, y hubo una parte considerable entre ellos favorable a enviar embajadores a Roma para pedir perdón. Pero, como siempre, el interés del Estado estaba mezclado a los intereses de las personas; los autores de la revuelta, por tanto, temiendo que se les responsabilizara y entregase para apaciguar la ira romana, alejaron a los colonos de todo pensamiento de paz. No se limitaron a persuadir a su senado para que vetase la embajada propuesta; también provocaron a muchos de la plebe para que hicieran incursiones de saqueo por territorio romano. Este nuevo ultraje destruyó todas las esperanzas de paz. Este año, por primera vez, surgió un rumor de una revuelta en Palestrina [antigua Preneste.-N. del T.]; pero cuando los pueblos de Túsculo, Gabinia y Lábico, cuyos territorios habían sido invadidos, presentaron una queja formal, el Senado se lo tomó con tanta calma que era evidente que no creían la acusación, porque no deseaban que fuera cierta.

[6.22] Espurio y Lucio Papirio, los nuevos tribunos consulares, marcharon con las legiones a Velletri. Sus cuatro colegas, Servio Cornelio Maluginense, Quinto Servilio, Cayo Sulpicio y Lucio Emilio se quedaron para defender la ciudad y enfrentar cualquier nuevo movimiento en Etruria, pues se temía cualquier peligro por aquel lado -382 a.C.-. En Velletri, donde los auxiliares de Palestrina eran casi más numerosos que los propios colonos, tuvo lugar un combate en el que los romanos vencieron rápidamente, pues como la ciudad estaba tan cerca, el enemigo huyó pronto y se dirigió a la ciudad que era su único refugio. Los tribunos se abstuvieron de asaltar el lugar, pues dudaban del éxito y no creían que fuese correcto arrasar la colonia. Las cartas a Roma anunciando la victoria mostraban más animosidad contra los palestrinenses que contra los velitrenses. En consecuencia, por un decreto del Senado confirmado por el pueblo, se declaró la guerra contra Palestrina. Los palestrinenses unieron sus fuerzas con los volscos y al año siguiente tomaron al asalto la colonia romana de Sátrico, tras una obstinada defensa, e hicieron un uso brutal de su victoria. Este incidente exasperó a los romanos. Eligieron a Marco Furio Camilo como tribuno consular por sexta vez y le dieron cuatro colegas: Aulo y Lucio Postumio Albino, Lucio Furio, Lucio Lucrecio, y Marco Fabio Ambusto -381 a.C.-. Por un decreto especial del Senado, la guerra contra los volscos se encargó a Marco Furio Camilo; el tribuno elegido por sorteo como su ayudante fue Lucio Furio, no tanto, como se vio después, en interés del Estado, como en el de su colega, a quien sirvió como medio de ganar nuevo prestigio. Se lo ganó, en público, restaurando la fortuna del Estado que había sido humillada por la temeridad del otro [de Lucio Furio.-N. del T.], y en privado, porque ansiaba más ganarse la gratitud del otro tras reparar su error que ganar gloria para sí mismo. Camilo era ya de edad avanzada, y después de ser elegido estaba dispuesto a hacer la declaración habitual declinando el cargo por motivos de salud, pero el pueblo se negó a permitírselo. Su pecho vigoroso estaba todavía animado por una energía indomable por la edad, sus sentidos estaban intactos y dejó su interés en los asuntos políticos ante la perspectiva de la guerra. Se alistaron cuatro legiones, cada una de cuatro mil hombres. El ejército recibió la orden de reunirse al día siguiente en la puerta Esquilina, y en seguida marcharon hacia Sátrico. Aquí esperaban los captores de la colonia, su absoluta superioridad numérica les inspiraba una completa confianza. Cuando vieron que los romanos se aproximaban, avanzaron de inmediato a la batalla, ansiosos de llevar las cosas a un punto decisivo tan pronto como pudieran. Se imaginaban que esto impediría que la inferioridad numérica de sus oponentes fuese compensada por la habilidad de su jefe, al que consideraban el único motivo de confianza de los romanos.

[6.23] El mismo deseo de combatir tenían el ejército romano y el colega de Camilo. Nada se interponía en el camino de aventurarse a un enfrentamiento inmediato, excepto la prudencia y la autoridad de un hombre, que buscaba una oportunidad, prolongando la guerra, para incrementar la fuerza de sus tropas mediante la estrategia. Esto hizo que el enemigo presionase más; no solamente desplegaron sus líneas frente a su campamento, sino que avanzaron en medio de la llanura y mostraron su arrogante confianza en su número adelantando sus estandartes hasta cerca de las trincheras romanas. Esto hizo que los romanos se indignaran, y aún más Lucio Furio. Joven y naturalmente de gran carácter, estaba ahora poseído con la esperanza de la tropa, cuyos ánimos necesitaban poco para elevarse y justificar su confianza. Él aumentó su excitación menospreciando la autoridad de su colega con la excusa de su edad, la única razón posible que había para ello; decía que las guerras eran el territorio de los hombres más jóvenes, pues el valor crece y decae con la edad, en correspondencia con la potencia corporal. "Camilo", dijo, "una vez guerrero de los más activos, se ha vuelto débil y perezoso; él, cuya costumbre había sido, inmediatamente tras llegar ante los campamentos o las ciudades, tomarlas al primer asalto, perdía ahora el tiempo y estancaba sus líneas. ¿Qué aumento de sus fuerzas o disminución de las enemigas esperaba? ¿Qué oportunidad favorable, qué momento adecuado, qué terreno en el que desplegar su estrategia? Los planes del viejo habían perdido todo el fuego y la vivacidad. Camilo ya había tenido su cuota de vida y de gloria. ¿Por qué debía dejar decaer su fuerza, un Estado destinado a ser inmortal, según la decadencia de un cuerpo mortal?".

Con discursos de este tenor, había convencido a todo el campamento de su punto de vista y en muchas partes del campamento se exigía ser llevados inmediatamente al combate. Dirigiéndose a Camilo, le dijo: "Marco Furio, no podemos refrenar el ímpetu de los soldados, y el enemigo al que hemos dado nuevos ánimos con nuestras vacilaciones muestra ahora un intolerable desprecio hacia nosotros. Eres uno contra todos; cede al deseo general y déjate vencer por el consejo ajeno para que puedas vencer pronto en la batalla". En su respuesta, Camilo le dijo que en todas las guerras que había emprendido hasta ese día, como único jefe, ni él ni el pueblo romano habían tenido nunca motivo alguno para quejarse de su generalato ni de su buena fortuna. Él ya era consciente de que tenía un colega que era su igual en rango y autoridad, y superior a él en vigor por la edad. En cuanto al ejército, había estado acostumbrado a mandar y no a ser mandado pero, en cuanto a su colega, no obstaculizaría su autoridad. Que haga, con ayuda del cielo, cuanto considere mejor para el Estado. Le rogó que, por su edad, se le excusase de estar en primera línea; no mostraría falta en cualquier puesto que un anciano pudiese desempeñar en batalla. Rogó a los dioses inmortales para que ninguna desgracia les hiciera sentir que su plan, después de todo, era el mejor. Su saludable consejo no fue escuchado por los hombres, ni su patriótica oración lo fue por los dioses. Su colega, que estaba determinado a librar batalla, formó la línea del frente; Camilo formó una poderosa reserva y colocó una gran fuerza al frente del campamento. Él mismo se colocó en cierto lugar elevado y esperó con ansiedad el resultado de tácticas tan distintas de las suyas.

[6.24] Tan pronto como sus armas chocaron juntas, al primer contacto, el enemigo empezó a retirarse, no por miedo sino por razones tácticas. Detrás de ellos, el terreno se elevaba suavemente hasta su campamento, y debido a su superioridad numérica habían podido dejar varias cohortes, armadas y listas para la acción, en su campamento. Después que hubo empezado la batalla, éstos harían una salida tan pronto como el enemigo estuviese cerca de sus trincheras. En su persecución del enemigo en retirada, los romanos habían sido llevados al terreno elevado y estaban en cierto desorden. Aprovechando su oportunidad, el enemigo cargó desde el campamento. Era el turno de los vencedores para alarmarse, y este nuevo peligro y la lucha cuesta arriba hicieron que los romanos cediesen terreno. Mientras que los volscos que había cargado desde el campamento, estando frescos, les presionaban, los otros que habían fingido huir renovaron el combate. Al fin, los romanos dejaron de retirarse en orden; olvidando su reciente ardor combativo y su antigua fama, empezaron a huir en todas direcciones y se dirigieron en salvaje desorden hacia su campamento. Camilo, después de que le ayudasen a montar quienes le rodeaban, movilizó a toda prisa las reservas y bloqueó su huida. "¿Es esta, soldados", les gritó, "la batalla que reclamabais? ¿A qué hombre, a qué dios le echareis la culpa? Entonces fuisteis temerarios, ahora sois unos cobardes. Habéis seguido a otro jefe, seguir ahora a Camilo y venced, como estáis acostumbrados, bajo mi mando. ¿Por qué miráis a la valla y al campamento? Ni un sólo hombre entrará a menos que venzáis". La vergüenza, al principio, detuvo su huida desordenada; luego, cuando vieron que los estandartes daban la vuelta, que las líneas daban cara al enemigo y que su jefe, ilustre por cien triunfos y ahora venerable por la edad, se presentaba en las primeras filas, donde el riesgo y la fatiga eran mayores, los mutuos reproches se cruzaban con palabras de aliento por todo el frente, hasta que finalmente estallaron en un grito de ánimo.

El otro tribuno no defraudó en la ocasión. Mientras que su colega estaba incitando a la infantería, él fue enviado a la caballería. No se atrevió a censurarles (su parte de culpa le dejaba poca autoridad para ellos), sino que dejando de lado cualquier tono de mando, les imploró a todos y cada uno que le dejasen redimir su culpa por las desgracias del día. "A pesar", dijo, "de la negativa y oposición de mi colega, preferí unirme a la temeridad general en vez de a su prudencia. Sea cual sea vuestra fortuna, Camilo verá su propia gloria reflejada en ellos; y yo, a menos que se venza, tendré la completa miseria de compartir la suerte de todos y cargar con toda la infamia". Como la infantería vacilaba, pareció mejor que la caballería, después de desmontar y dejar sus caballos sujetos, atacase a pie al enemigo. Notables por sus armas y arrojado valor, iban donde quiera que veían a la infantería presionada. Oficiales y soldados se emulaban en el combate con un coraje y una determinación que no se debilitaban. El efecto de tan intenso valor se demostró en el resultado; los volscos, que poco antes habían cedido terreno con miedo fingido, fueron dispersados con auténtico pánico. Un gran número murió en la misma batalla y la huida siguiente, otros en el campamento, donde llegaron durante la misma carga; hubo más prisioneros, sin embargo, que muertos.

[6,25] Al examinar los prisioneros, se descubrió que algunos eran de Túsculo; estos fueron conducidos por separado ante los tribunos y, al ser interrogados, admitieron que su Estado les había autorizado a tomar las armas. Alarmado por la perspectiva de una guerra tan cerca de la Ciudad, Camilo dijo que llevaría los prisioneros en seguida a Roma para que el Senado no estuviera en la ignorancia del hecho de que los tusculanos habían abandonado la alianza con Roma. Su colega, podría, si le parecía bien, quedar al mando del ejército en el campamento. La experiencia de un único día le había enseñado a preferir los consejos sabios a los suyos propios, pero aún así, ni él ni nadie en el ejército suponían que Camilo pasaría con tanta calma sobre aquel por cuyo desacierto la república había quedado expuesta a precipitarse en el desastre. Tanto en el ejército como en Roma se resaltaba por todos que en la suerte de la guerra Volsca, la infamia por la desastrosa batalla y la huida recaían en Lucio Furio, mientras que la gloria de la victoria era de Marco Furio Camilo. Presentados ante el Senado los prisioneros, éste resolvió la guerra contra Túsculo y confió su dirección a Camilo. Propuso que debía tener un ayudante y, tras recibir permiso para elegir a quien quisiese, eligió, para sorpresa de todos, a Lucio Furio. Con este acto de generosidad le quitó el estigma a su colega y ganó gran gloria para sí mismo.

Pero no hubo guerra con los tusculanos. Incapaces de resistir el ataque de Roma por la fuerza de las armas, se echaron a un lado mediante una paz firme y duradera. Cuando los romanos entraron en su territorio, ningún habitante de los lugares próximos a su marcha huyó, no se interrumpió el cultivo de los campos, las puertas de la ciudad permanecieron abiertas y los ciudadanos, vestidos de civil, llegaron en multitud a encontrarse con los generales mientras que llevaban celosamente provisiones para el campamento desde la ciudad y el campo. Camilo estableció su campamento frente a las puertas y decidió comprobar por sí mismo si el aspecto pacífico que presentaba el campo reinaba también intramuros. Dentro de la ciudad se encontró con que las puertas de las casas que se hallan abiertas y todo tipo de cosas expuestas para la venta en los puestos; todos los trabajadores ocupados en sus tareas respectivas, y las escuelas resonando con el tarareo de las voces de los niños que aprendían a leer; las calles llenas con la multitud, incluidos mujeres y niños que iban en todas direcciones para encargarse de sus asuntos y con una expresión libre, no sólo de temor, sino incluso de sorpresa. Miró por todas partes, buscando en vano signos de guerra; no había la menor traza de que algo hubiera sido apartado o puesto sólo para ese momento; todo parecía tan pacífico y tranquilo que era resultaba difícil creer que les hubiese alcanzado el viento de la guerra.

[6,26] Desarmado por la actitud sumisa del enemigo, dio órdenes para que se convocase al Senado. A continuación, se les dirigió en los siguientes términos: "¡Hombres de Túsculo! sois el único pueblo que ha descubierto las verdaderas armas, la verdadera fortaleza con la que protegeros de la ira de Roma. Id al Senado en Roma; él estimará si merece más castigo vuestra pasada ofensa o perdón vuestra actual sumisión. No voy a anticipar si el Estado os mostrará gracia y favor; recibiréis de mí el permiso para rogar el perdón y el senado concederá a vuestras súplicas la respuesta que les parezca mejor". Después de la llegada de los senadores tusculanos a Roma, al verse en el vestíbulo de la Curia los rostros tristes de los que unas semanas antes había sido firmes aliados, el Senado romano fue tocado con la compasión y enseguida ordenó que se les llamase como amigos e invitados en vez de como a enemigos. El dictador de Túsculo fue el portavoz. "Senadores", dijo, "nosotros, contra los que habéis declarado y comenzado las hostilidades, fuimos ante vuestros generales y vuestras legiones armados y equipados sólo como nos veis ahora, en pie en el vestíbulo de vuestra Casa". Estas ropas civiles han sido siempre el vestido de nuestra Orden y de nuestra plebe, y siempre lo será, a menos de que en algún momento recibamos de vosotros armas para defenderos. Estamos muy agradecidos a vuestros generales y sus ejércitos, porque confiaron en sus ojos en vez de en sus oídos y no crearon enemigos donde no los había. Os pedimos la paz que nosotros mismos hemos observado y os rogamos que volváis la guerra donde exista la guerra; si hemos de aprender por dolorosa experiencia el poder que vuestras armas ejerzan contra nosotros, lo aprenderemos sin emplear nosotros mismos las armas. Esta es nuestra determinación, ¡que los dioses la hagan tan afortunada como obediente es! En cuanto a las acusaciones que os llevaron a declarar la guerra, aunque no es necesario refutar con palabras lo que ha sido desmentido por los hechos, todavía, aun suponiendo que sea cierto, creemos que hubiera sido más prudente admitirlas, puesto que hemos dado pruebas tan evidentes de arrepentimiento. Reconocemos que os hemos ofendido, si sólo esto os parece digno de recibir tal satisfacción". Esto fue, aproximadamente, lo que dijeron los tusculanos. Obtuvieron la paz en el momento y, no mucho después, la plena ciudadanía. Las legiones fueron traídas de vuelta de Túsculo.

[6.27] Después de distinguirse así, por su habilidad y coraje, en la guerra Volsca y dirigir la expedición contra Túsculo a tan feliz final, y en ambas ocasiones tratando a su colega con singular consideración y paciencia, Camilo abandonó el cargo. Los tribunos consulares para el siguiente año fueron: Lucio Valerio (por quinta vez) y Publio (por tercera vez), Cayo Sergio (también por tercera vez), Licinio Menenio (por segunda vez), Publio Papirio y Servio Cornelio Maluginense -380 a.C.-. Este año, se consideró necesario nombrar censores, debido principalmente a los vagos rumores que circulaban acerca del monto de la deuda. Los tribunos de la plebe, para levantar odios, exageraron el importe, que por otra parte era aminorado por aquellos cuyo interés era achacar a los deudores que no tenían voluntad de pagar y no que fuesen insolventes. Los censores nombrados fueron Cayo Sulpicio Camerino y Espurio Postumio Albino. Empezaron una nueva evaluación, pero fue interrumpida por la muerte de Postumio, ya que se dudaba de que la cooptación de un colega, en el caso de la censura, fuera permisible. Sulpicio, en consecuencia, renunció y se nombraron nuevos magistrados, pero debido a un defecto en su elección no actuaron. Temores religiosos les disuadieron de proceder a una tercera elección; parecía como si los dioses no permitiesen una censura para ese año. Los tribunos declararon que tal burla era intolerable. "El Senado", según ellos, "temía la publicación de las tablas de cuentas, que daban información sobre la propiedad de cada cual, porque no deseaban que saliera a la luz el importe de las deudas, ya que se demostraría que la mitad de la república había sido arruinada por la otra mitad mientras que a la arruinada plebe se le exponía a un enemigo tras otro. Se buscaban indiscriminadamente excusas para la guerra; las legiones iban de Anzio a Sátrico, de Sátrico a Velletri y de allí a Túsculo. Y ahora a los latinos, los hérnicos y los palestrinenses se les amenazaba con hostilidades para que los patricios pudieran vengarse de sus conciudadanos más que de los enemigos. Se llevaban fuera a la plebe, manteniéndoles bajo las armas y sin dejarles respirar en la Ciudad, sin tiempo libre para pensamientos de libertad ni posibilidad alguna para ocupar su puesto en los comicios donde pudieran oír la voz de un tribuno instando la reducción de los interesas y la reparación de otros agravios. ¿Por qué, si la plebe tenía suficiente ánimo para recordar las libertades que ganaron sus padres, habían de sufrir que un ciudadano romano fuera entregado a sus acreedores o permitir que se alistase un ejército hasta que se diese cuenta de la deuda o se viese algún método de reducir la descubierta, para que cada hombre supiese lo que realmente tenía y lo que tenían los demás, si su persona era libre o si debía afrontar alguna provisión". La recompensa por el resultado de la rebelión la excitó aún más. Se dieron muchos casos de hombres que se entregaron a sus acreedores y, en previsión de la guerra contra Palestrina, el Senado resolvió que se debían alistar nuevas legiones; este alistamiento fue detenido por la intervención de los tribunos, apoyado por toda la plebe. Los tribunos se negó a permitir que se llevasen a los deudores sentenciados; los hombres cuyos nombres se pronunciaron al llamarles a filas, rehusaron responder. El Senado estaba menos preocupado en insistir en los derechos de los acreedores que por llevar a cabo el reclutamiento, pues habían llegado noticias de que el enemigo avanzaba desde Palestrina y estaba acampado en territorio gabino. Saber esto, sin embargo, en lugar de disuadir a los tribunos de la plebe de seguir oponiéndose, les hizo ser más determinados y nada sirvió para tranquilizar la agitación en el Ciudad excepto la aproximación de la guerra a sus mismas murallas.

[6,28] En Palestrina habían sabido que ningún ejército había sido alistado en Roma, que no se había elegido ningún jefe y que patricios y plebeyos estaban unos contra otros. Aprovechando la oportunidad, sus generales habían llevado a su ejército mediante una rápida marcha a través de los campos, que arrasaron, y se presentaron ante la puerta Colina. La alarma se extendió por la Ciudad. Se escuchaba un grito por todas partes: "¡A las armas!", y los hombres corrieron a las murallas y puertas. Por fin, dejando la rebelión por la guerra, nombraron a Tito Quincio Cincinato como dictador -380/379 a.C.-. Nombró a Aulo Sempronio Atratino como su jefe de caballería. Tan pronto se enteraron de esto (tan grande era el terror que les inspiraba la dictadura), el enemigo se retiró de las murallas y los hombres disponibles para el servicio se pusieron sin vacilar a las órdenes del dictador. Mientras el ejército se movilizaba en Roma, el campamento del enemigo se había establecido no lejos del Alia. Desde este punto hacían estragos por todas partes y se felicitaban por haber elegido una posición de tal importancia para la ciudad de Roma; esperaban producir el mismo pánico y la misma huida que durante la guerra Gala. Porque, según argüían, si los romanos recordaban con horror hasta el día que tomaba su nombre de aquel lugar nefasto, mucho más temerían al propio Alia, recuerdo de tan gran desastre. Seguramente les parecería tener a los galos ante sus ojos y el sonido de sus voces en sus oídos. Complaciéndose con tales sueños, pusieron sus esperanzas en la suerte del lugar. Los romanos, por el contrario, sabían perfectamente que donde quiera que estuviese, el enemigo latino era el mismo que al que habían vencido en el lago Régilo y mantenido en pacífica sujeción durante cien años. El hecho de que el lugar estuviera asociado al recuerdo de tan gran derrota, más les animaría a borrar la memoria de tal desgracia que a sentir que cualquier lugar de la tierra fuese de mal agüero para su victoria. Incluso si hubiesen aparecido por allí los galos, habrían combatido como lo hicieron cuando recobraron su Ciudad, como lucharon al día siguiente en Gabii y no dejaron que un sólo enemigo de que los entraron en Roma llevasen noticia de su derrota y de la victoria romana a sus compatriotas.

[6.29] Con tan distintos estados de ánimo, cada bando llegó a orillas del Alia. Cuando el enemigo se hizo visible en formación de combate, listo para la acción, el dictador se volvió a Aulo Sempronio: "¿Ves," dijo, "cómo se han situado en el Alia, fiando en la fortuna del lugar? ¡Puede que el cielo no les haya dado nada más seguro en lo que confiar, o más fuerte para ayudarles! Vosotros, sin embargo, al poner vuestra confianza en las armas y el valor, cargaréis contra su centro a galope tendido mientras yo, con las legiones, les atacaré mientras están desordenados. ¡Vosotros, dioses que vigiláis los tratados, ayudadnos y señalad las penas debidas por quienes han pecado contra vosotros y nos han engañado apelando a vuestra divinidad!". Los palestrinenses no aguantaron ni la carga de la caballería ni el ataque de la infantería. Al primer choque y grito de guerra sus filas se quebraron, y cuando ninguna parte de su línea mantenía la formación, se dieron la vuelta y huyeron en la confusión. En su pánico, llegaron más allá de su campamento y no pararon de huir hasta que estuvieron a la vista de Palestrina. Allí, los fugitivos se reunieron y tomaron una posición que se apresuraron a fortificar; tenían miedo de que, si se retiraban dentro de las murallas de su ciudad, su territorio resultase arrasado por el fuego y que, tras devastarlo todo, la ciudad quedase asediada. Los romanos, sin embargo, después de saquear el campamento en el Alia, se acercó; esta nueva posición, por tanto, fue también abandonada. Se encerraron en Palestrina, no sintiéndose seguros ni siquiera entre sus muros. Había ocho ciudades súbditas de Palestrina. Fueron sucesivamente atacadas y reducidas sin demasiada lucha. Después, el ejército avanzó contra Velletri, que se tomó con éxito. Por último, llegaron a Palestrina, el origen y centro de la guerra. Fue capturada, no por asalto, pero por rendición. Tras quedar así vencedores en una batalla y capturar dos campamentos y nueve ciudades enemigas y la recibir la rendición de Palestrina, Tito Quincio regresó a Roma. En su desfile triunfal llevó hasta el Capitolio la imagen de Júpiter Imperator [Júpiter en su condición de general de los ejércitos.-N. del T.], que había traído de Palestrina. Fue situada en un hueco entre los templos de Júpiter y Minerva, y se colocó una placa en el pedestal para recordar la gesta. La inscripción decía algo así como esto: "Júpiter y todos los dioses han concedido este don a Tito Quincio, el dictador, por haber capturado nueve ciudades". En el vigésimo día después de su nombramiento renunció a la Dictadura.

[6,30] Cuando se llevó a cabo la elección de los tribunos consulares, fue elegida la misma cantidad de cada orden. Los patricios fueron los siguientes: Publio y Cneo Manlio junto con Lucio Julio; los plebeyos fueron: Cayo Sextilio, Marco Albinio y Lucio Anstitio -379 a.C.-. Como los dos Manlios tenían precedencia, por nacimiento, sobre los plebeyos y eran más populares que Julio, se les asignaron los volscos [como objetivo militar.-N. del T.] mediante un decreto especial, sin echarlo a suertes ni otro compromiso con los demás tribunos consulares; una decisión que ellos mismos y el Senado que la tomó habrían de lamentar. Enviaron algunas cohortes para forrajear, sin reconocimiento previo. Al recibir una falsa información acerca de que éstos habían sido rodeados, se pusieron en marcha a toda prisa para apoyarles, sin detener al mensajero, que era un enemigo latino y se había hecho pasar por soldado romano. En consecuencia, fueron ellos quienes cayeron directamente en una emboscada. Fue sólo el coraje de los hombres lo que les permitió adoptar una formación en terreno desfavorable y ofrecer una resistencia desesperada. Al mismo tiempo, su campamento, que estaba en la llanura en otra dirección, fue atacado. En ambos casos, los generales lo pusieron todo en peligro por su temeridad e ignorancia; si, por la buena fortuna de Roma, algo se salvó, fue debido a la firmeza y valor de los soldados que carecían de alguien que les mandase. Cuando llegaron a Roma los informes de estos sucesos, se decidió en principio que debía nombrarse un dictador, pero al llegar las siguientes noticias diciendo que todo estaba tranquilo entre los volscos, que evidentemente no sabían qué hacer con su victoria, se llamó a los ejércitos de aquella parte. Por el lado de los volscos, siguió la paz; el único problema que marcó el fin de año fue la renovación de las hostilidades por los palestrinenses, que habían rebelado a los pueblos latinos. Los colonos de Setia se quejaron de su escaso número, por lo que se envió un nuevo grupo de colonos para unirse a ellos. Las desgracias de la guerra se vieron compensadas por la tranquilidad que reinaba en el hogar debido a la influencia y autoridad que los tribunos consulares plebeyos poseían sobre su partido.

[6.31] Los nuevos tribunos consulares fueron Espurio Furio, Quinto Servilio (por segunda vez), Lucio Menenio (por tercera vez), Publio Cloelio, Marco Horacio y Lucio Geganio -378 a.C.-. No bien hubo comenzado el año, estallaron las llamas de violentos disturbios motivados y causados por las deudas. Espurio Servilio Prisco y Quinto Cloelio Sículo fueron nombrados censores para investigar el asunto, pero se vieron impedidos de hacerlo por el estallido de la guerra. Las legiones volscas invadieron el territorio romano y estaban saqueando por todas partes. La primera noticia llegó a con aterrorizados mensajeros a los que siguió una huida general de los distritos rurales. Ante esta emergencia, los tribunos temieron que se detuviesen los disturbios y fueron, por consiguiente, aún más vehementes al impedir el alistamiento de las tropas. Al fin, lograron imponer dos condiciones a los patricios: que nadie debía pagar el impuesto de guerra hasta que la guerra hubiera terminado, y que no se llevarían ante los tribunales juicios por deudas. Después de la plebe obtuvo estas concesiones, ya no hubo ningún retraso en el alistamiento. Una vez dispuestas las tropas de refresco, se formó con ellas dos ejércitos y ambos marcharon a territorio volsco. Espurio Furio y Marco Horacio doblaron a la derecha, en dirección a Anzio y la costa, Quinto Servilio y Lucio Geganio siguieron por la izquierda, hacia Écetra y el territorio montañoso. No encontraron al enemigo por ninguna parte. Por lo tanto, empezaron a saquear el país de una manera muy distinta a la que habían practicado los volscos. Estos, envalentonados por las disensiones [romanas.-N. del T.], pero temiendo la valentía de sus enemigos, habían efectuado correrías apresuradas, como bandidos que temiesen ser sorprendidos; los romanos, sin embargo, actuaron como un ejército regular llevado de justa ira en sus estragos, que fueron mucho más destructivos al ser continuos. Los volscos, temerosos de que llegase un ejército desde Roma, limitaron sus estragos a la frontera extrema; los romanos, en cambio, se quedaron en territorio enemigo para provocarlo a la batalla. Después de quemar todas las casas dispersas y varios de los pueblos, sin dejar un solo árbol frutal ni esperanza de cosecha para ese año, y llevarse como botín todos los hombres y ganados que quedaron fuera de las ciudades amuralladas, ambos ejércitos regresaron a Roma.

[6.32] Se dio un corto respiro a los deudores, pero tan pronto finalizaron las hostilidades y se restauró la tranquilidad, un gran número de ellos fue otra vez llevado a juicio por sus acreedores; y tan completamente desapareció cualquier esperanza de aligerar la vieja carga de deudas, que se comprometieron otras nuevas para satisfacer un impuesto decretado para la construcción de una muralla de piedra que habían contratado los censores. La plebe se vio obligada a someterse a esta carga, pues no había ningún alistamiento que sus tribunos pudiesen obstruir. Incluso se les obligó, por influencia de la nobleza, a elegir sólo a patricios sólo como tribunos consulares; sus nombres eran Lucio Emilio, Publio Valerio (por cuarta vez), Cayo Veturio, Servio Sulpicio, Lucio y Cayo Quincio Cincinato -377 a.C.-. Los patricios resultaron también lo suficientemente fuertes como para llevar a cabo la inscripción de tres ejércitos para actuar contra los latinos y los volscos, que había unido sus fuerzas y estaban acampados en Sátrico. A todos los aptos para el servicio activo se les obligó a pronunciar el juramento militar; nadie se atrevió a obstaculizarlo. Uno de estos ejércitos protegería la ciudad; otro estaría dispuesto a ser enviado donde se produjera cualquier movimiento hostil repentino; el tercero, y con mucho el más fuerte, fue conducido por Publio Valerio y Lucio Emilio a Sátrico. Allí se encontraron con el enemigo formado para la batalla en un terreno favorable e inmediatamente se le enfrentaron. El combate, aunque no había llegado a un momento decisivo, iba a favor de los romanos cuando fue detenido por violentas tormentas de viento y lluvia. Se reanudó al día siguiente y fue mantenido algún tiempo por el enemigo con un valor y éxito igual al de los romanos, principalmente por las legiones latinas que, por su larga alianza anterior, estaban familiarizadas con las tácticas romanas. Una carga de caballería desordenó sus filas y, antes de que pudieran recuperarse, la infantería lanzó un nuevo ataque y cuanto más presionaban más retrocedía el enemigo, una vez que se decidió el combate, el ataque romano se hizo irresistible. La derrota del enemigo fue completa, y como no huyeron hacia su campamento sino que trataron de llegar a Sátrico, que distaba dos millas [2960 metros.-N. del T.], fueron abatidos en su mayoría por la caballería. El campamento fue tomado y saqueado. La noche siguiente, evacuaron Sátrico y, en una marcha que fue más bien una huida, se dirigieron a Anzio, y aunque los romanos les pisaban casi los talones, el pánico que les embargaba les hizo superar a sus perseguidores. El enemigo entró en la ciudad antes de que los romanos pudieran retrasar o acosar a su retaguardia. Pasaron algunos días corriendo el país, pues los romanos no tenían suficientes máquinas para atacar las murallas ni los enemigos estaban dispuestos a correr el riesgo de una batalla.

[6.33] Se produjo entonces una disputa entre los anciates y los latinos. Los anciates, aplastados por sus desgracias y agotados por aquel estado de guerra que había durado toda su vida, contemplaban la posibilidad de la paz; los recién rebelados latinos, que habían disfrutado de una larga paz y cuyos ánimos todavía estaban intactos, eran los más decididos a mantener las hostilidades. Cuando cada lado hubo convencido al otro de que era perfectamente libre de actuar como mejor quisiera, se puso fin a la disputa. Los latinos partieron y se alejaron así de cualquier asociación con una paz que consideraban deshonrosa; los anciates, una vez libres de los que criticaban su saludable consejo, rindieron su ciudad y su territorio a los romanos. La ira y la rabia de los latinos, al verse incapaces de perjudicar a los romanos en la guerra o de convencer a los volscos para mantener las hostilidades, llegó a tal punto que prendieron fuego a Sátrico, que había sido su primer refugio tras su derrota. Lanzaron teas por igual a edificios sagrados y profanos, y no escapó más techo de aquella ciudad que el de Mater Matuta. Se afirma que ningún escrúpulo religioso o el miedo a los dioses les detenía, excepto una horrible voz que sonó desde el templo y les amenazó con un terrible castigo si no mantenían sus malditas teas lejos del santuario. Mientras seguían en este estado de frenesí, atacaron a continuación Túsculo, en venganza por haber abandonado al consejo nacional de los latinos y convertirse no sólo en aliados de Roma, sino incluso aceptar su ciudadanía. El ataque fue inesperado y penetraron por las puertas abiertas. La ciudad fue tomada al primer asalto, con excepción de la ciudadela. Allí se refugiaron los ciudadanos con sus esposas e hijos, tras enviar mensajeros a Roma para informar al Senado de su difícil situación. Con la prontitud que el honor del pueblo romano exigía, un ejército marchó a Túsculo bajo el mando de los tribunos consulares Lucio Quincio y Servio Sulpicio. Se encontraron las puertas de Túsculo cerradas y a los latinos, con los ánimos de quienes eran sitiadores y ahora estaban sitiados, que se encontraban ahora por una parte defendiendo las murallas y por la otra atacando la ciudadela, inspirando y sintiendo temor al mismo tiempo. La llegada de los romanos, produjo un cambio en el ánimo de ambas partes; tornó los sombríos presagios de los tusculanos en extrema alegría y los latinos, que tanto habían confiado en la rápida captura de la ciudadela al poseer ya la ciudad, se hundieron en una débil esperanza y certeza incluso por su propia seguridad. Los tusculanos de la ciudadela dieron un grito de alegría, que fue contestado por otro aún manos del ejército romano. Los latinos estaban duramente presionados por ambos lados: no podían resistir el ataque de los tusculanos que cargaban desde un terreno más elevado, ni podían rechazar a los romanos, que asaltaban las murallas y forzaban las puertas. Primero se tomaron las murallas mediante escalas, luego rompieron las barras de las puertas. El doble ataque, por el frente y la retaguardia, no dejó fuerzas a los latinos para luchar ni lugar por donde escapar; entre ambos ataques sucumbieron todos.

[6.34]
Cuanto mayor era la tranquilidad que reinaba por todas partes tras estas victoriosas operaciones, mayor fue la violencia de los patricios y las miserias de los plebeyos, pues la capacidad de pagar sus deudas quedó frustrada por el mismo hecho de tener que pagarlas. No les quedaban medios que presentar y, después que se dictaba sentencia en su contra, satisfacían a sus acreedores renunciando a su buen nombre y a su libertad personal; el castigo sustituía al pago. A tal estado de depresión habían sido reducidas no sólo las clases más humildes, sino incluso los hombres más importantes de entre los plebeyos, pues no había entre ellos nadie enérgico o emprendedor que tuviera el ánimo de levantarse o presentarse candidato siquiera a las magistraturas plebeyas, y aún menos a conseguir un lugar entre los patricios como tribuno consular, un honor que antes habían hecho todo lo posible por asegurarse. Parecía como si los patricios hubieran recuperado para siempre el disfrute en solitario de una dignidad que durante algunos de los últimos años habían compartido con ellos. Un suceso fútil, como suele pasar, derivó en importantes consecuencias e impidió que los patricios se sintieran demasiado exultantes. Marco Fabio Ambusto, un patricio, poseía gran influencia entre los hombres de su propio orden y también entre los plebeyos, porque ninguno le miraba con desprecio. Sus dos hijas estaban casadas, la mayor con Servio Sulpicio [del orden patricio.-N. del T.] y la más joven con Cayo Licinio Estolo, un hombre distinguido pero plebeyo. El hecho de que Fabio no considerase esta alianza como indigna de él le había hecho muy popular entre las masas. Resultó que estaban un día las dos hermanas en casa de Servio Sulpicio, pasando el tiempo charlando, cuando a su vuelta del Foro un lictor del tribuno consular [estaba en su segundo tribunado consular, año 376 a.C.-

N.
del T.] dio los acostumbrados golpes en el puerta con su bastón. La más joven de las Fabias se sobresaltó ante lo que para ella era una costumbre desconocida, y su hermana se rió de ella y se sorprendió de que lo ignorase. Aquella risa, sin embargo, dejó su aguijón en la mente de una mujer fácilmente excitable por bagatelas. Creo, también, que la multitud de asistentes que llegaron a recibir órdenes despertó en ella ese espíritu de los celos que hace que cada cual desee no ser sobrepasado por ninguno de sus vecinos. Le hizo sentir que el matrimonio de su hermana fue

afortunado y el suyo propio un error. Su padre pasó a verla, mientras aún estaba molesta por este incidente humillante y le preguntó si estaba bien. Ella trató de ocultar la verdadera razón, pero sin mostrar mucho aprecio por su hermana ni mucho respeto por su propio marido. Él, amablemente pero con firmeza, insistió en enterarse, y ella le confesó la verdadera causa de su angustia; le habían unido a alguien inferior a ella por nacimiento, casada en una casa en la que no entrarían los honores ni la influencia política. Ambusto consoló a su hija y le dijo que mantuviese el ánimo y que muy pronto vería en su propia casa los mismos honores que veía en la de su hermana. Desde ese momento empezó a hacer planes con su yerno; tomó en su consejo a Lucio Sextio, un joven de empuje que nada ambicionaba más que una descendencia patricia.

[6,35] Se presentó una oportunidad favorable para las innovaciones por la terrible presión de las deudas, una carga de la que la plebe no tenía esperanza alguna de obtener alivio hasta que un hombre de su propio orden se elevase a la más alta autoridad del Estado. Esto, pensaban, era el objetivo al que debían dedicar sus máximos esfuerzos, y creían que ya habían logrado, a base de esfuerzos, un punto de apoyo desde el cual, si presionaban, podrían alcanzar los más altos cargos y así convertirse en iguales a los patricios en dignidad, como ya lo eran en valor. De momento, Cayo Licinio y Lucio Sextio decidieron presentarse a tribunos de la plebe; una vez en el cargo, se despejaría el camino para otras distinciones. Todas las medidas que presentaron tras su elección iban dirigidas contra el poder e influencia de los patricios y estaban pensadas para promover los intereses de la plebe. Una se refería a las deudas, y determinaba que la cantidad pagada como intereses debía ser deducida del principal y el saldo pagado en tres plazos anuales iguales. La segunda limitaba la ocupación de la tierra y prohibía que nadie poseyera más de quinientas yugadas [135 hectáreas, siendo 1 yugada = 0,27 hectáreas aprox.-N. del T.]. La tercera consistía en que ya no se eligiesen más tribunos consulares y que se nombrase un cónsul de cada orden. Todas eran cuestiones de enorme importancia, que no podrían ser resueltas sin una tremenda lucha.

La perspectiva de una lucha por aquello que excitaba el más vivo deseo entre los hombres (tierras, dinero y honores) produjo consternación entre los patricios. Después de acaloradas discusiones en el Senado y en las casas particulares, no hallaron mejor solución que la que habían concebido en conflictos anteriores, a saber, el derecho de veto tribunicio. Así que se ganaron a algunos de los tribunos de la plebe para que interpusieran el veto contra aquellas propuestas. Cuando vieron a las tribus, convocadas por Licinio y Sextio para votar, estos hombres, rodeados de guardaespaldas patricios, se negaron a permitir la lectura de los proyectos ni ningún otro procedimiento de los que la plebe generalmente adoptaba cuando iban a votar. Durante muchas semanas, se convocaba regularmente a la Asamblea sin que se tomase ninguna decisión y los proyectos quedaron como rechazados. "Muy bien,", dijo Sextio "ya que os place que el veto sea tan poderoso, usaremos la misma arma para proteger a la plebe. Vamos pues, patricios, avisad de la celebración de una Asamblea para elegir tribunos consulares; yo me encargaré de que la palabra "yo veto", que ahora lanzan juntos nuestros colegas con tanta alegría por vuestra parte, ya no os guste tanto". Estas amenazas no eran ociosas. No se celebraron más elecciones que las de ediles y tribunos de la plebe. Licinio y Sextio, al ser reelegidos, no permitieron que se nombrase ningún magistrado curul, y como la plebe les reelegía constantemente y ellos continuamente impedían la elección de tribunos consulares, la ausencia de estos magistrados se prolongó durante cinco años [del 375 al 371 a.C.- N. del T.].

[6.36] Por suerte, con una excepción, hubo un respiro de guerras exteriores. Los colonos de Velletri, revueltos ante la ausencia de un ejército romano por la paz que reinaba, efectuaron varias incursiones en territorio romano e iniciaron un ataque a Túsculo. Sus habitantes, antiguos aliados y ahora ciudadanos, imploraron ayuda y su situación provocó, no sólo en el Senado, sino también en la plebe, sentimientos de vergüenza. Los tribunos de la plebe cedieron y las elecciones fueron dirigidas por un interrex. Los tribunos consulares elegidos fueron Lucio Furio, Aulo Manlio, Servio Sulpicio, Servio Cornelio y Publio y Cayo Valerio -370 a.C.-. No encontraron a los plebeyos tan dóciles en el alistamiento como lo habían sido en las elecciones; sólo tras grandes esfuerzos se pudo alistar un ejército. No sólo desalojaron al enemigo frente a Túsculo, también les obligaron a refugiarse detrás de sus muros. El sitio de Velletri se llevó a cabo con más vigor del empleado en el de Túsculo. Los jefes que empezaron el asedio, sin embargo, no pudieron capturarla. Los nuevos tribunos consulares fueron Quinto Servilio, Cayo Veturio, Aulo y Marco Cornelio, Quinto Quincio y Marco Fabio Ambusto -369 a.C.-. Ni siquiera bajo estos tribunos tuvo lugar en Velletri algo digno de mención. En casa, los asuntos se volvían cada vez más críticos. Sextio y Licinio, los proponentes originales de las leyes, que habían sido reelegidos tribunos de la plebe por octava vez, contaban ahora con el apoyo de Fabio Ambusto, el suegro de Licinio. Se presentó como decidido defensor de las medidas que había aconsejado, y aunque al principio las habían vetado ocho miembros del colegio tribunicio, ahora sólo las vetaban cinco. Estos cinco, como suele suceder con quienes abandonan su partido, quedaron desamparados y consternados, y defendían su oposición con los argumentos que, en privado, les sugerían los patricios. Decían que, como gran parte de los plebeyos estaban en el ejército, en Velletri, se debía aplazar la Asamblea hasta el regreso de los soldados, para que la plebe al completo pudiera votar sobre aquellos asuntos que afectaban a sus intereses. Sextio y Licinio, expertos tras tantos años de práctica en manipular a la plebe, de acuerdo con algunos de sus colegas y con el tribuno consular, Fabio Ambusto, se presentaron ante los líderes de los patricios y los interrogaban sobre cada una de las medidas que presentaban ante el pueblo. ¿Tendréis ", preguntaban," el valor de pedir que mientras sólo se asignan dos yugadas [0,54 Ha. aprox..-N. del T.] a cada plebeyo, vosotros mismos podáis ocupar más de quinientas, de modo que cada patricio pueda poseer la misma tierra que casi trescientos ciudadanos, y que la posesión de un plebeyo apenas baste para darle techo bajo el que abrigarse y tumba donde ser enterrado? ¿Os place que los plebeyos, aplastados por las deudas, deban entregar sus personas a las cadenas y el castigo en vez de pagar sus deudas devolviendo el principal? ¿Que se les lleven del Foro en tropel como propiedad de sus acreedores? ¿Que las casas de la nobleza se llenen de prisioneros y que donde viva un patricio tenga que haber una cárcel privada?"

[6,37] Denunciaban estas indignidades en los oídos de hombres, preocupados por su propia seguridad, que les escuchaban con mayor indignación de la que sentían aquellos que les hablaban. Llegaron a afirmar que, después de todo esto, no habría límite a la apropiación de tierras por parte de los patricios ni a la masacre de la plebe por la usura mortal hasta que la plebe eligiese a uno de los cónsules de entre sus propias filas, como guardián de sus libertades. Los tribunos de la plebe eran ahora objeto de desprecio, ya que su poder se rompía por su propio derecho de veto. No podría haber una limpia o justa administración mientras el poder ejecutivo estuviese en manos del otro partido y ellos sólo tuviesen el derecho de protestar con su veto; ni tendría la plebe igual parte en el gobierno hasta que se le permitiese acceder a la autoridad ejecutiva; ni sería suficiente, como algunos suponían, con permitir votar a los plebeyos para elegir cónsules. A menos que fuese obligatorio que un cónsul, al menos, fuera elegido de entre la plebe, ningún plebeyo podría ser nunca cónsul.

¿Habían olvidado que, después de haberse decidido que se eligiesen tribunos consulares en vez de cónsules, para que el más alto cargo estuviese abierto a los plebeyos, ni un sólo plebeyo había sido elegido tribuno consular en cuarenta y cuatro años? ¿Qué suponían? ¿Se imaginaban que los que se habían acostumbrado a cubrir los ocho puestos cuando se elegían tribunos consulares compartirían de propia voluntad dos plazas con la plebe, o que permitirían que se les abriera el camino al consulado cuando tanto tiempo se lo habían impedido para el tribunado consular? El pueblo debía asegurarse por ley lo que no pudo obtener por gracia, y uno de los dos consulados debía ponerse sin discusión sólo a disposición de la plebe, pues si quedaba disponible a todos siempre estaría en poder del partido más fuerte. Y ya no se podía hacer la vieja y tan repetida burla de que había entre la plebe hombres adecuados para las magistraturas curules. ¿Se gobernó con menos espíritu y energía tras el tribunado de Publio Licinio Calvo [en el 400 a.C.-N. del T.], que fue el primer plebeyo elegido para ese puesto, que durante los años en que sólo los patricios ocuparon el cargo? Nada de eso, por el contrario, ha habido algunos casos de patricios juzgados tras su año de magistratura, pero ninguno de entre los plebeyos. También los cuestores, como los tribunos consulares, hacía algunos años que habían empezado a ser elegidos de la plebe; en ningún caso había tenido el pueblo romano motivo para lamentar esas designaciones. A la plebe solo le quedaba luchar por el consulado. Ese era el pilar, la fortaleza de sus libertades. Si lo conseguían, el pueblo romano se daría cuenta de que la monarquía había sido totalmente desterrada de la Ciudad y que su libertad quedaba firmemente asentada; pues, ese día, todo aquello en lo que los patricios tenían la preeminencia sobre la plebe (poder, dignidad, gloria militar, el sello de la nobleza), grandes cosas en sí mismas que disfrutar, serían aún mayores como herencia de sus hijos. Cuando vieron que este tipo de discursos [los patricios.-N. del T.] se oían con aprobación, presentaron una nueva propuesta, a saber, que en lugar de los duunviros (los guardianes de los libros sagrados) se crease un colegio de diez, la mitad plebeyos y la mitad patricios. La reunión de la Asamblea, que debía aprobar estas medidas, se suspendió hasta el regreso del ejército que sitiaba Velletri.

[6.38] El año terminó antes de que regresasen las legiones. Así, las nuevas medidas quedaron suspensas y quedó a cargo de los nuevos tribunos consulares tratar con ellas. Fueron Tito Quincio, Servio Cornelio, Servio Sulpicio, Espurio Servilio, Lucio Papirio y Lucio Veturio -368 a.C.-. La plebe reeligió a sus tribunos, en todo caso, los mismos dos que habían presentado las nuevas medidas. Al mismo comienzo del año se alcanzó la fase final del conflicto. Cuando fueron convocadas las tribus y los proponentes se negaron a verse frustrados por el veto de sus colegas, los patricios, muy alarmados, se refugiaron en su última línea de defensa: el poder supremo y un ciudadano supremo para ejercerlo. Resolvieron designar un dictador y nombraron a Marco Furio Camilo, éste eligió a Lucio Emilio como su jefe de caballería. Contra tan formidables preparativos por parte de sus oponentes, los proponentes, por su lado, se dispusieron a defender la causa de la plebe con las armas del valor y la resolución. Dieron aviso de una reunión de la Asamblea y convocaron a las tribus para votar. Lleno de ira y amenazante, el dictador, rodeado de un compacto grupo de patricios, tomó asiento y dio comienzo la acostumbrada lucha entre los que presentaban las propuestas y los que interponían su veto contra ellos. Estos últimos estaban, legalmente, en la posición más fuerte, pero fueron sobrepasados por la popularidad de las medidas y los hombres que las proponían. Las primeras tribus estaban ya votando "Sí" ["uti rogas" en el texto latino original: "que sea como pides" sería la traducción al castellano; aunque el traductor inglés lo reduce a un "sí" que expresa perfectamente el sentido del voto afirmativo. El voto negativo se señalaba con A.Q.R.: "anti quo rogas" o "contra lo que pides" en castellano.-N. del T.], cuando Camilo dijo: "Quirites, ya que no es la autoridad de vuestros tribunos, sino su desafío a la autoridad lo que os gobierna, y ya que su derecho de veto, que conseguisteis mediante la secesión de la plebe, está quedando invalidado por la misma conducta violenta que usasteis para obtenerlo, yo, como dictador, actuando más en vuestro propio interés que en el del Estado, apoyaré el derecho de veto y protegeré con mi autoridad la salvaguardia que estáis destruyendo. Si, por consiguiente, Cayo Licinio y Lucio Sextio ceden ante la oposición de sus colegas, no invadiré con los poderes de un magistrado patricio una asamblea de la plebe; si, por el contrario, a pesar de aquella oposición persisten en imponer sus medidas al Estado, como si lo hubieran subyugado en la guerra, yo no permitiré que el poder tribunicio trabaje por su propia destrucción".

Los tribunos de la plebe trataron este pronunciamiento con desprecio, y siguieron su curso con resolución inquebrantable. Entonces, Camilo, excesivamente enojado, envió lictores para dispersar a los plebeyos y amenazarles, si continuaban, con obligar a los hombres en edad militar mediante su juramento militar y sacarlos de la Ciudad. La plebe se alarmó mucho, pero sus dirigentes, en vez de intimidarse, se exasperaron con su oposición. Pero mientras el conflicto estaba aún indeciso, él renunció al cargo, fuera debido a alguna irregularidad en su nombramiento, como sostienen algunos autores, o porque los tribunos presentaran una resolución, que aprobó la plebe, para que si Camilo tomaba cualquier medida como dictador, se le impusiese una multa de quinientos mil ases. Que su renuncia se debiera a algún defecto en los auspicios, y no al sentido de aquella propuesta sin precedentes, estoy inclinado a creer por las siguientes consideraciones: el bien conocido carácter del propio hombre; el hecho de que Publio Manlio le sucediera inmediatamente como dictador, ¿pues qué influencia podría haber ejercido en un conflicto en el que Camilo había sido derrotado?; está también el hecho de que Camilo fue de nuevo dictador al año siguiente, pues seguramente le habría dado vergüenza volver a asumir una autoridad que había sido desafiada con éxito el año anterior. Además, en el momento en que, según la tradición, se aprobó la resolución de imponerle una multa, él tenía como dictador el poder para impedir una medida que vería como tendente a limitar su autoridad, o bien no habría obstruido las otras a causa de esta. Pero, por encima de todos los conflictos en que los tribunos y los cónsules se habían enfrentado, los poderes del dictador siembre habían estado fuera de toda controversia.

[6.39] Entre la renuncia al cargo de Camilo y la toma de posesión de Manlio de su dictadura, los tribunos celebraron una Asamblea de la plebe como si hubiera habido un interregno. Aquí se hizo patente cuáles de las medidas propuestas prefería la plebe y cuáles preferían sus tribunos. Las medidas relativas a la usura y la asignación de tierras del Estado fueron aprobadas, fue rechazada la que disponía que uno de los cónsules debía ser siempre un plebeyo; las dos primeras se habrían convertido en ley de no haber dicho los tribunos que se presentaban todas en bloque. Publio Manlio, al ser nombrado dictador, fortaleció la causa de la plebe al nombrar a un plebeyo, Cayo Licinio, que había sido tribuno consular, como su jefe de caballería. Tengo entendido que los patricios quedaron muy molestos; el dictador defendió su elección sobre la base de su relación familiar; señaló también que la autoridad de un jefe de caballería no era mayor que la de un tribuno consular. Cuando se anunció la elección de tribunos de la plebe, Licinio y Sextio declararon que no deseaban ser reelegidos, pero lo hicieron de un modo tal que toda la plebe estuvo aún más deseosa de llevar a término que lo secretamente tenían en mente. Durante nueve años, dijeron, habían estado en lucha, por así decir, contra los patricios, con gran riesgo para ellos y sin ventaja alguna para el pueblo. Las medidas que habían presentado y todo el poder de los tribunos se había, como ellos, debilitado con la edad. Su proyecto de ley se había frustrado en primer lugar por el veto de sus colegas, luego al llevarse a los jóvenes al territorio de Velletri y, por último, fueron fulminados por decisión del dictador. En la actualidad ya no existía ningún obstáculo, ni por parte de sus colegas, ni porque hubiera guerra o dictador, y ya les habían dado un anticipo de la futura elección de cónsules plebeyos al elegir a un plebeyo como jefe de caballería. Era la plebe quien se retrasaba a sí misma y a sus intereses. Podían, si querían, tener una Ciudad y un Foro libre de acreedores, y tierras rescatadas de sus ocupantes ilegales. ¿Cuándo iban a mostrar suficiente gratitud por estas bendiciones, si mientras aceptaban estas medidas benéficas impedían a quienes las proponían tener esperanza de alcanzar los más altos honores? No era coherente con la dignidad del pueblo romano que demandaran ser liberados de la carga de la usura y que se les diese la tierra que ahora ocupaban los potentados, y luego dejar a los tribunos, por quienes habían ganado estas reformas, sin distinción honorable para su vejez ni esperanza de alcanzarla. Primero tenían que decidir lo que realmente querían, y luego declarar su voluntad mediante su voto en las elecciones. Si querían aprobar las medidas propuestas en su conjunto, habría algún motivo para que reeligieran a los mismos tribunos pues aplicarían las medidas que ellos mismos propusieron; sin embargo, si sólo deseaban que se aprobasen las que cada cual deseaba para sí mismo, no había necesidad de que ellos se atrajesen el odio al prolongar su tiempo en el cargo; ni tendrían a los mismos tribunos, ni obtendrían las reformas propuestas.

[6.40] Este lenguaje decidido, por parte de los tribunos, llegó a los patricios a hablar con indignación y asombro. Se afirma que Apio Claudio, nieto del viejo decenviro, movido más por sentimientos de ira y odio que por cualquier esperanza de que cambiaran su propósito, se adelantó y habló del modo siguiente: "No sería nada nuevo ni sorprendente para mí, Quirites, el escuchar una vez más el reproche que siempre se ha dirigido contra la familia Claudia por los tribunos revolucionarios, a saber, que desde el principio mismo, nunca hemos considerado que nada en el Estado fuese más importante que el honor y la dignidad de los patricios, y que siempre hemos sido contrarios a los intereses de la plebe. No negaré la primera de estas acusaciones. Reconozco que desde el día en que fuimos admitidos en el Estado y en el Senado hemos trabajado con dedicación para que se pudiera decir con toda certeza que había aumentado, y no disminuido, la grandeza de estas casas. En cuanto a la segunda acusación, llegaría tan lejos como para afirmar, en mi propio nombre y en el de mis antepasados, que ni como individuos, ni en nuestra calidad de magistrados hemos hecho nada a sabiendas que estuviese en contra de los intereses de la plebe, a menos que uno suponga que lo que se hace en nombre del Estado, en su conjunto, es necesariamente perjudicial para la plebe, como si estuvieran viviendo en otra ciudad; ni tampoco ningún acto o palabra nuestra puede ser, en honor a la verdad, expuesto como contrario a vuestro bienestar, aunque alguno estuviese en contra de vuestros deseos. Aunque yo no perteneciera a la gen Claudia y no tuviese en mis venas sangre patricia, sino que fuera simplemente uno de los Quirites, sabiendo solo que descendía de padres nacidos libres y que vivía en un Estado libre, aún entonces ¿podría guardar silencio al ver que este Lucio Sextio, este Cayo Licinio, tribunos perpetuos, ¡santo cielo! habían alcanzado tal grado de descaro durante sus nieve años de reinado que rehusaban permitiros votar como queráis en las elecciones y en la promulgación de leyes?".

'Con una condición', os dicen, 'podéis nombrarnos tribunos por décima vez'. Qué es esto, sino decir, 'Lo que otros nos demandan, nosotros lo despreciamos tanto que no lo aceptaremos sin una elevada recompensa'. Pero ¿qué más recompensa os tenemos que dar, además de teneros siempre como tribunos de la plebe? 'Que aprobéis todas nuestras propuestas en bloque, tanto si estáis de acuerdo como si no, tanto si son útiles como si no'. Y ahora yo pido, Tarquinios tribunos de la plebe que me escuchéis. Supongamos que yo, como ciudadano, os llamo desde el centro de la Asamblea y os digo, 'Permitidnos, con vuestra venia, elegir aquellas medidas de las propuestas que nos parezcan bien y que rechacemos las demás'. 'No', dicen, "No se os permite hacerlo. Podéis aprobar la medida sobre la usura y la de la distribución de tierras, que os preocupan a todos; pero no dejaréis que la Ciudad de roma sea testigo del portentoso espectáculo de Lucio Sextio y Cayo Licinio convertidos en cónsules, perspectiva que os repugna y odiáis. O las aceptáis todas o no propongo ninguna'. Es como si un hombre pusiera veneno junto con la comida ante alguien hambriento y se lo ofreciera sin que pudiera dejar de comerlo mezclado, y morir, en vez de separar lo que le mantendría con vida. Si esto fuera un Estado libre, ¿no habrían gritado cientos de voces '¡Fuera de aquí, con vuestro tribunado y vuestras propuestas!? ¿Y qué? ¿Si no presentáis vosotros las reformas en beneficio del pueblo, no lo hará nadie? Si algún patricio, si incluso un Claudio, a los que detestáis aun más, dijera: 'O lo aceptáis todo o no propongo nada', ¿cuántos de vosotros, Quirites, lo tolerarían? ¿Nunca tenéis más en cuenta las propuestas que los hombres? ¿Siempre escucháis con aprobación lo que dicen vuestros magistrados y con hostilidad lo que decimos cualquiera de nosotros?".

"Su lenguaje es completamente impropio de un ciudadano de una república libre. Y bien, ¿qué clase de propuesta es ésta, en nombre del cielo, que tanto les indigna que hayáis rechazado? Una, Quirites, muy propia de su lenguaje. 'Yo estoy proponiendo', dice, 'que no se os permita designar a quien queráis como cónsules'. ¿Qué otra cosa significa su propuesta? Él está derogando la ley por la que un cónsul, al menos, pueda ser elegido de la plebe, y os está privando del poder de elegir a dos patricios. Si hubiera hoy una guerra con Etruria, como cuando Porsena acampó en el Janículo, o como cuando hace poco los galos, con todo en manos enemigas menos el Capitolio y la Ciudadela rodeadas; ¿y con la presión de tal guerra, que Lucio Sextio se presentase al consulado con Marco Furio Camilo y otros patricios, toleraríais que Sextio estuviese seguro de su elección y Camilo en peligro de ser derrotado? ¿Es esto a lo que llamáis una equitativa distribución de los honores, cuando es legal que dos plebeyos sean cónsules, pero no dos patricios; cuando uno debe proceder necesariamente de la plebe y se puede rechazar a cualquier patricio? ¿Es esta vuestra camaradería, vuestra igualdad? ¿Tenéis en tan poco compartir lo que hasta ahora no habíais tenido? a menos que tratando de obtener la mitad queráis tomarlo todo? Dice él: 'Temo que si permitís que se puedan elegir dos patricios, nunca se elegirá un plebeyo'. ¿Qué es esto, sino decir: 'Como no elegiréis por vuestra propia voluntad personas indignas, os voy a imponer la necesidad de elegirlos en contra de vuestra voluntad.'? ¿Qué seguirá? Que si sólo un plebeyo se presenta con dos patricios, no tendrá que agradecer al pueblo su elección; podrá decir que fue nombrado por la ley, no por sus votos".

[6,41] "Su objetivo no es demandar honores, sino arrancarlos, y obtendrán los mayores favores de vosotros sin agradeceros ni siquiera los más pequeños. Prefieren buscar puestos de honor aprovechándose de la ocasión que no por sus méritos personales. ¿Hay alguien que pueda sentirse afrentado por ver sus méritos puestos a juicio y examinados? ¿que piense que sólo a él, entre todos los candidatos, se le debe asegurar un puesto? ¿que se libre de vuestro juicio y que quiera convertir vuestros votos en obligatorios en vez de voluntarios y en serviles en vez de libres? Por no hablar de Licinio y Sextio, cuyos años de poder ininterrumpido sobre vosotros se cuentan como si fuesen reyes en el Capitolio, ¿quién hay hoy en el Estado tan humilde como para no poder abrirse camino al consulado, tras las oportunidades que ofrece esta medida, más fácilmente que para nosotros y nuestros hijos? Incluso cuando, alguna vez, queráis elegir a uno de nosotros, no podréis; estaréis obligados a esa gente, aún si no lo deseáis. Bastante se ha dicho acerca de la indignidad del asunto. Las cuestiones de dignidad, sin embargo, sólo importan a los hombres; ¿qué decir sobre las obligaciones religiosas y los auspicios, cuyo desprecio y profanación importan especialmente a los dioses? ¿Quién hay que no sepa que esta Ciudad se fundó a resultas de los auspicios, que sólo tras ser tomados los auspicios se toma una decisión en paz o en guerra, en casa o en campaña? ¿Quién tiene derecho a tomar los auspicios, de acuerdo con las costumbres de nuestros padres? [more maiorvm en el original latino: en Roma, era una fuente de derecho consuetudinario tan importante como las leyes escritas.-N. del T.] Los patricios, sin duda, pues ningún magistrado plebeyo es elegido bajo los auspicios. Así que tan exclusivamente es cosa nuestra hacer los auspicios, que no sólo el pueblo elige magistrados patricios únicamente cuando los auspicios son favorables, sino que incluso nosotros, cuando, con independencia del pueblo, vamos a elegir un interrex, sólo lo hacemos tras tomarlos: nosotros, como ciudadanos particulares, tomamos los auspicios que vosotros no podéis tomar ni siquiera como magistrados. ¿Qué otra cosa hace el hombre que, creando cónsules plebeyos, aparta los auspicios de los patricios (que son los únicos que tienen derecho a tomarlos), qué otra cosa hace, pregunto, más que privar al Estado de los auspicios? Ahora, los hombres tienen libertad para burlarse de nuestros miedos religiosos. '¿Qué importa si los pollos sagrados no se alimentan, si no se atreven a salir de su gallinero o si un pájaro ha gritado amenazador?'. Estas son cosas pequeñas, pero fue por no despreciar estas pequeñas cosas que nuestros antepasados alcanzaron la suprema grandeza para este Estado. Y ahora, como si no hubiera necesidad de asegurar la paz con los dioses, estamos contaminando todos los actos ceremoniales. ¿Se nombran los pontífices, los augures, los reyes sagrados, de manera indiscriminada? ¿Vamos a colocar la mitra del Flamen de Júpiter en la cabeza de cualquiera que sólo sea un hombre? ¿Vamos a entregar los escudos sagrados, los santuarios, los dioses y confiar el cuidado de su culto a hombres impíos? ¿Ya no se van a aprobar las leyes ni a elegir a los magistrados de acuerdo con los auspicios? ¿Ya no va a autorizar el Senado los comicios centuriados ni los comicios curiados? ¿Van a reinar Sextio y Licinio en esta Ciudad de Roma como si se trataran de unos segundos Rómulos, unos segundos Tacios, porque regalen el dinero de otros y las tierras de otros? Tan gran placer sienten expoliando las fortunas ajenas, que no se les ha ocurrido que al expulsar por ley a los ocupantes de sus tierras, crearán un gran desierto, y que con la otra medida destruirán todo el crédito y con él abolirán a toda la sociedad humana. Por todos estos motivos, considero que estas propuestas deben ser rechazadas, ¡y que el cielo os guíe para tomar una decisión correcta!".

[6.42] El discurso de Apio sólo sirvió para que se aplazase la votación. Sextio y Licinio fueron reelegidos por décima vez. Presentaron una ley por la que, de los diez guardianes de los libros sibilinos, cinco debían ser elegidos entre los patricios y cinco entre los plebeyos. Esto fue considerado como un paso más hacia la apertura del acceso al consulado. La plebe, satisfecha con su victoria, hizo la concesión a los patricios de que, para lo presente, se retiraría cualquier mención sobre los cónsules. Por lo tanto, se eligieron tribunos consulares. Sus nombres eran Aulo y Marco Cornelio (cada uno por segunda vez), Marco Geganio, Publio Manlio, Lucio Veturio y Publio Valerio (por sexta vez) -367 a.C.-. Con excepción del sitio de Velletri, en que el resultado era más una cuestión de tiempo que de duda, Roma permaneció tranquila por lo que respecta a los asuntos exteriores. De repente, la Ciudad fue sorprendida por rumores sobre el avance hostil de los galos. Marco Furio Camilo fue nombrado dictador por quinta vez -366 a.C.-. Nombró como su jefe de caballería a Tito Quincio Peno. Claudio es nuestra autoridad para afirmar que ese año se libró una batalla contra los galos en el río Anio, y que fue entonces cuando tuvo lugar el famoso combate en el puente, donde Tito Manlio mató a un galo que le había desafiado y después le despojó de su collar de oro a la vista de ambos ejércitos. Yo me inclino más, con la mayoría de los autores, a creer que estos sucesos tuvieron lugar diez años después. Hubo, sin embargo, este año, una batalla campal librada en territorio albano por el dictador, Marco Furio Camilo, contra los galos. Aunque, recordando su derrota anterior, los romanos sentían gran temor de los galos, su victoria no fue dudosa ni difícil. Muchos miles de bárbaros fueron muertos en la batalla y muchos más al capturar su campamento. Otros muchos, dirigiéndose hacia Apulia, escaparon, algunos huyendo en la distancia y otros, que se habían diseminado, en su pánico habían se habían perdido.

Con la aprobación conjunta del Senado y del pueblo, se decretó un triunfo para el dictador. Apenas se había deshecho de esa guerra cuando ya una conmoción más alarmante le esperaba en casa. Después de grandes alteraciones, el dictador y el Senado fueron derrotados; por consiguiente, las propuestas de los tribunos fueron aprobadas y, a pesar de la oposición de la nobleza, se celebraron elecciones para cónsules. Lucio Sextio fue el primer cónsul en ser elegido de entre la plebe -366 a.C.-. Pero ni siquiera esto fue el final del conflicto. Los patricios se negaron a confirmar el nombramiento, y las cosas se acercaron a una secesión de la plebe junto a otras amenazantes señales de terribles luchas civiles. El dictador, sin embargo, calmó los disturbios llegando a un compromiso; la nobleza cedería en el asunto de un cónsul plebeyo y la plebe cedería ante la nobleza para que el pretor que administrase justicia en la Ciudad fuese nombrado entre los patricios. Así, después de su gran distanciamiento, ambos órdenes del Estado al fin quedaron unidos en armonía. El Senado decidió que este evento merecía ser conmemorado (y si alguna vez los dioses inmortales han merecido la gratitud de los hombres, fue entonces) con la celebración de los Grandes Juegos, y se añadió un cuarto día a los tres que hasta ahora se dedicaban. Los ediles plebeyos se negaron a supervisarlos, y por ello los jóvenes patricios, unánimemente, declararon que gustosamente permitirían ser nombrados ediles para honrar a los dioses inmortales. Se les agradeció por todos, y el Senado aprobó un decreto para que el dictador pudiera pedir al pueblo que eligiese dos ediles de entre los patricios y para que el Senado pudiera confirmar todas las elecciones de ese año.

Fin del libro 6.

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Libro 7: Las Guerras Fronterizas (366-341 a.C.)

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[7,1] Este año se destacaría por el primer consulado de un plebeyo y, además, por dos nuevas magistraturas: la pretura y la edilidad curul [aunque el nombre no era nuevo, ya que Dión Casio nos dice que antes de los decenviros se llamaba así a los cónsules; la nueva magistratura estaba inmediatamente por debajo en dignidad de la de cónsul y comportaba funciones judiciales, tenían imperivm (podían hacer ejecutar sus sentencias) e ivs avspiciorvm maivs: derecho a tomar auspicios mayores o de importancia. Los ediles serían elegidos por los comicios tribunados y, al principio, tenían el cometido de organizar determinadas celebraciones; después, aumentarían sus competencias a otras áreas de la administración ciudadana.-N. del T.]. Estas magistraturas fueron creadas por los patricios en su propio interés en compensación por su concesión de uno de los consulados a la plebe, que lo otorgó a Lucio Sextio, el hombre que lo obtuvo para ellos. Los patricios se aseguraron la pretura para Espurio Furio, el hijo del viejo Camilo, y las dos edilidades para Gneo Quincio Capitolino y Publio Cornelio Escipión, miembros de su mismo orden. Lucio Emilio Mamerco fue elegido por los patricios como colega de Lucio Sextio. Los principales temas de debate, a comienzos de año, fueron los galos, de quienes se rumoreaba que, después de vagar por varios caminos a través de la Apulia, habían unido sus fuerzas, y de los hérnicos, de los que se tuvo noticia que se habían rebelado. Se retardaron todos los preparativos, con el único propósito de impedir que fueran hechos por el cónsul plebeyo; todo estaba tranquilo y silencioso en la Ciudad, como si se hubiera proclamado una suspensión de todos los asuntos, con la sola excepción de los tribunos de la plebe. No se sometieron silenciosamente al proceso que inició la nobleza para adjudicarse a sí misma tres magistraturas patricias, sentadas en sillas curules y vistiendo la pretexta [la toga pretexta: blanca (o quizá sólo del color de la lana cruda) con borde púrpura, propia de altos magistrados o de quien lo hubiera sido, se vestía en las grandes ocasiones.-N. del T.] como cónsules, como compensación contra un cónsul plebeyo, como si fueran colegas de los cónsules y elegidos bajo los mismos auspicios. El Senado se sintió, así, un poco avergonzado de su resolución por la que había limitado los ediles curules a su propio orden; se acordó entonces que se debían elegir en años alternos con la plebe; después quedó abierta.

Los cónsules para el año siguiente fueron Lucio Genucio y Quinto Servilio -365 a.C.-. Las cosas estaban tranquilas, tanto en casa como en el extranjero, pero, para que no hubiera un excesivo sentimiento de seguridad, estalló una peste. Se afirma que uno de los censores, uno de los ediles curules, y tres tribunos de la plebe cayeron víctimas de ella, y de entre el resto de la población murió una parte proporcional [o sea, entre un 30 y un 50 % de los habitantes.-N. del T.]. La víctima más ilustre fue Marco Furio Camilo, cuya muerte, aunque se produjo a edad avanzada, se lamentó amargamente. Fue, con toda certeza, un hombre excepcional ante cada cambio de fortuna; el principal hombre del Estado, tanto en la paz como en la guerra, antes de marchar al exilio; aún más ilustre en el exilio, tanto por el pesar que sintió el Estado por su pérdida como por el afán con que buscó su ayuda, estando ausente, tras su captura; o por el éxito con el que, tras ser rehabilitado en su país, rehízo la fortuna de su patria junto a la suya propia. Durante los veinticinco años siguientes vivió plenamente esta reputación y se le consideró digno de ser nombrado, junto a Rómulo, como el segundo fundador de la Ciudad.

[7,2] La peste duró hasta el año siguiente. Los nuevos cónsules fueron Cayo Sulpicio Petico y Cayo Licinio Estolón -364 a.C.-. Nada digno de mención sucedió excepto que, para asegurar la paz de los dioses, se celebró un lectisternio [Culto que los antiguos romanos tributaban a sus dioses colocando sus estatuas en bancos alrededor de una mesa con manjares.-N. del T.], el tercero desde la fundación de la Ciudad. Pero la violencia de la epidemia no se vio aliviada ni por auxilio humano ni divino, y se afirma que, como las personas estaban completamente superados por terrores supersticiosos, se introdujeron, entre otros intentos de aplacar la ira celestial, representaciones escénicas, una novedad para una nación de guerreros que hasta entonces sólo tenían los juegos del Circo. Estas empezaron, sin embargo, de una manera pequeña, como casi todo, y pequeñas como eran, fueron traídas desde el extranjero. Se trajo a los actores desde Etruria; sin recitación ni mimos en representación de la poesía; danzaban al ritmo de la flauta y se movían graciosamente al estilo toscano. Después, los jóvenes empezaron a imitarles, ejercitando su ingenio, los unos hacia los otros, con versos burlescos y acomodando sus gestos a sus palabras. Se convirtió en una diversión aceptada, y perduró al ser frecuentemente practicada. La palabra toscana para actor es histrio, por lo que los artistas nativos fueron llamados histriones. Estos no improvisaban, como en tiempos anteriores, versos descuidados y sin rima al estilo fescenino, sino que cantaban versos satíricos cuidadosamente rimados y adaptados a las notas de la flauta, acompañándolos de movimientos adecuados. Varios años más tarde, Livio [se refiere al autor Livio Andrónico -284 a.C. al 204 a.C.-N. del T.] abandonó por primera vez los versos sueltos satíricos y se atrevió a componer una obra con una trama coherente. Al igual que todos sus contemporáneos, actuaba en sus propias obras, y se dice que cuando se le quebraba la voz por las repetidas actuaciones, pedía permiso y ponía un segundo actor delante de los flautistas para que cantase el monólogo mientras que él actuaba con tanta más energía cuanto que la voz ya no le molestaba. Luego comenzó la práctica de seguir con el cántico los movimientos de los actores, dejando el únicamente a las voces el diálogo. Cuando, al adoptar este sistema para representar las piezas, la antigua farsa y ligeras bromas dieron paso y la actuación se convirtió en una obra de arte, los jóvenes aficionados dieron paso a los actores profesionales y volvieron a la antigua costumbre de improvisar versos cómicos. Estos fueron, por consiguiente, conocidos posteriormente como "exodia" (después de las piezas), y fueron reunidos en su mayoría en las farsas Atelanas. Estas farsas eran de origen osco y fueron conservadas por los jóvenes, que no permitieron que fuesen contaminadas por los actores profesionales. Por lo tanto, es una norma permanente que los que toman parte en las Atelanas no se vean privados de su posición cívica y sirvan en el ejército sin mantener contacto alguno con los actores profesionales. Entre las cosas que han surgido de un origen modesto, el comienzo del teatro debe ponerse ante todas las demás, en vista de que lo que al principio fue algo sano e inocente, creció hasta una loca extravagancia tal que incluso los reinos más ricos tienen dificultades en pagar.

[7,3] Sin embargo, la primera representación de obras de teatro, aunque se hizo como un medio de expiación religiosa, no alivió a las mentes de los terrores religiosos ni a los cuerpos de los achaques de la enfermedad. Debido a un desbordamiento del Tíber, el Circo se inundó en medio de los Juegos y esto produjo un miedo indescriptible; parecía como si los dioses hubieran vuelto sus miradas de los hombres a despreciasen todo lo que se había hecho para calmar su ira. Cayo Genucio y Lucio Emilio Mamerco fueron los nuevos cónsules, cada uno por segunda vez -363 a.C.-. La infructuosa búsqueda de medios eficaces de propiciación estaba afectando a los ánimos del pueblo más de que lo afectaba a sus cuerpos. Se dice que se descubrió, buscando entre los recuerdos de los más ancianos, que en cierta ocasión cesó una pestilencia tras clavar el dictador un clavo. El Senado creyó que esto era una obligación religiosa, y ordenó que se nombrase un dictador con tal fin. Lucio Manlio Imperioso fue designado y nombró a Lucio Pinario como su jefe de la caballería -363/362 a.C.-. Hay una antigua ley, escrita con letras arcaicas, que dice: Que quien sea el pretor inserte un clavo en los idus de septiembre [13 de septiembre.-N. del T.]. Este aviso colgaba al lado derecho del templo de Júpiter Óptimo Máximo, cerca del templo de Minerva. Se dice que este clavo marcaba el número del año (los registros escritos escaseaban por entonces) y estaba situado bajo la protección de Minerva por ser ella quien inventó los números. Cincio, un atento estudioso de esta clase de monumentos, afirma que en Volsinia también se clavaban clavos en el templo de Nortia, una diosa etrusca, para indicar el número del año. Fue de acuerdo con esta ley que el cónsul Marco Horacio dedicó el templo de Júpiter Óptimo Máximo en el año siguiente a la expulsión de los reyes; de los cónsules, la Ceremonia de clavar los clavos pasó a los dictadores, porque tenían mayor autoridad. Como, posteriormente, la costumbre había caído en desudo, se consideró de importancia bastante para exigir el nombramiento de un dictador. Lucio Manlio fue por ello nombrado pero, recordando que su nombramiento se había debido tanto a motivos políticos como religiosos y ansiando mandar en la guerra contra los hérnicos, produjo un sentimiento de disgusto entre los hombres disponibles para el servicio militar por el modo desconsiderado en que dirigió el alistamiento. Por fin, como consecuencia de la unánime resistencia ofrecida por los tribunos de la plebe, cedió, fuera voluntariamente u obligado, y depuso su dictadura.

[7,4] Esto no impidió, sin embargo, su juicio político al año siguiente, cuando Quinto Servilio Ahala y Lucio Genucio fueron cónsules -362 a.C.-; el acusador fue Marco Pomponio, uno de los tribunos de la plebe. Había provocado el odio general por la severidad e insensibilidad con que había conducido el alistamiento; no solo había multado a los ciudadanos, también les sometió a malos tratos personales, azotando a unos y encarcelando a otros por no responder cuando se les llamaba. Pero lo que más odiaban era su temperamento brutal, y se le apodó "Imperioso" [autoritario, altivo; la palabra castellana traduce exactamente el sentido de la latina.-N. del T.] por su desvergonzada crueldad, un epíteto absolutamente repugnante para un Estado libre. Los efectos de su crueldad eran sufridos tanto por sus parientes más cercanos, de su propia sangre, como por los extraños. Entre otras acusaciones presentadas en su contra por el tribuno, estuvo la de su trato hacia su joven hijo. Se adujo que, aunque no había cometido ningún delito, le expulsó de la Ciudad, de su casa y de sus dioses domésticos, le había prohibido aparecer públicamente en el Foro o juntarse con los de su propia edad y le había destinado a trabajos serviles, casi a la prisión, en un taller [in ergastulum, en el original latino; una ergástula era una cárcel de esclavos en la que éstos no dejaban de trabajar.- N. del T.]. Aquí, el joven, de alta cuna, hijo de un dictador, aprendió con el diario sufrimiento con cuánta razón se apodaba "Imperioso" a su padre. ¿Y por qué delito? ¡Simplemente, porque no era elocuente, no tenía facilidad de palabra! ¿No debiera haberle ayudado su padre a remediar este defecto natural, si hubiera habido una chispa de humanidad en él, en vez de castigarle y marcarlo con la persecución? Ni siquiera las bestias muestran tan poco cuidado y atención a sus hijos cuando son deformes o están enfermos. Pero Lucio Manlio, de hecho, agravó la desgracia de su hijo con otras nuevas, aumentó su torpeza natural y cegó cualquier débil destello de capacidad que pudiera haber mostrado condenándole con una educación ridícula y una vida rústica, teniéndole entre el ganado.

[7,5] El joven fue el último en exasperarse por estas acusaciones contra su padre. Por el contrario, estaba tan indignado al verse convertido en motivo de acusación contra su padre y por el profundo resentimiento que esta creó, que estaba decidido a que los dioses y los hombres vieran que prefería permanecer junto a su padre que ayudar a sus enemigos. Forjó un plan que, aunque más propio de un campesino ignorante que de un ciudadano normal, ofreció aún así un loable ejemplo de afecto filial. Armado con un cuchillo, se fue temprano por la mañana, sin conocimiento de nadie, a la Ciudad, y una vez atravesó las puertas marchó directamente a casa de Marco Pomponio. Dijo al portero que necesitaba ver enseguida a su amo, y se anunció como Tito Manlio, el hijo de Lucio. Pomponio se imaginó que le traería materia para una nueva acusación, para vengarse de su padre, o que iba a ofrecer algún consejo sobre cómo llevar la acusación. Después de saludarse mutuamente, informó a Pomponio que deseaba tratar su asunto en ausencia de testigos. Después de ordenar a todos los presentes que se retirasen, empuñó su cuchillo y, sobre la cama del tribuno y apuntando su arma contra él, le amenazó con hundírselo a menos que jurase lo que le dictaba: "Que nunca convocaría una Asamblea de la plebe para acusar a su padre". El tribuno estaba aterrorizado, pues vio el acero brillante ante sus ojos mientras él estaba solo y sin defensa, en presencia de un joven de una fuerza excepcional y, lo que es peor, dispuesto a utilizar esa fuerza con una ferocidad salvaje. Prestó el juramento que se le pedía y anunció públicamente que, cediendo a la violencia, había abandonado su propósito original. La plebe, ciertamente, habría estado feliz por la oportunidad de dictar sentencia contra un delincuente tan insolente y cruel, pero quedó complacida por el acto audaz del hijo en defensa de su padre, que era aún más meritorio al demostrar que la brutalidad del padre no había debilitado en absoluto su afecto natural ni su sentido del deber. No sólo se sobreseyó el caso contra el padre, sino que el incidente sirvió de distinción al hijo. Ese año, por primera vez, los tribunos militares fueron elegidos por el voto popular; previamente habían sido designados por los comandantes en jefe, como es el caso de los que ahora son llamados Rufuli [rojizos; se ignora el por qué de este nombre.- N. del T.]. Este joven obtuvo el segundo de los seis puestos, aunque no había hecho nada en casa o en campaña para hacerlo popular, al haber pasado su juventud en el campo, lejos de la vida ciudadana.

[7,6] En este año, fuese debido a un terremoto o a cualquier otra fuerza, se hundió la mitad del Foro a gran profundidad, presentando la apariencia de una enorme cueva. Aunque todos trabajaron tan duramente como pudieron, arrojando tierra dentro, no fueron capaces de llenar el agujero hasta que hicieron una consulta a los dioses. Sobre esto, los adivinos declararon que si querían que la república fuese eterna, debían sacrificar en aquel lugar aquello en lo que residiese la fuerza del pueblo romano. La historia continúa diciendo que Marco Curcio, un joven distinguido en la guerra, respondió con indignación, a los que dudaban sobre qué respuesta dar, que lo más precioso que Roma tenía eran las armas y el valor de sus hijos. Como los que le rodeaban quedasen en silencio, él miró hacia el Capitolio y a los templos de los dioses inmortales que miraban abajo, hacia el Foro, y extendiendo sus manos hacia el cielo primero y luego al abismo por debajo, se ofreció a los dioses manes [espíritus de los antepasados.-

N. del T.]. Luego, montando su caballo, que había sido enjaezado tan magníficamente como era posible, saltó con su armadura completa a la cavidad. Una multitud de hombres y mujeres lanzaron tras él regalos y ofrendas de frutos de la tierra. Fue a propósito de este incidente que el lugar fue llamado "lago Curcio" y no por Mecio Curcio, el antiguo soldado de Tito Tacio. Si cualquier camino condujese a la verdad, no haría falta esforzarse en hallarla; ahora, cuando el paso del tiempo excluye cualquier evidencia de certidumbre, nos tenemos que quedar con la tradición y con este origen más moderno del nombre del lago.

Después de haber expiado este terrible presagio, las deliberaciones del Senado se dedicaron al asunto de los hérnicos. La misión de los Feciales, que se habían enviado a demandar satisfacción, resultó infructuosa; por lo tanto, el Senado decidió someter lo antes posible al pueblo la cuestión de la declaración de guerra contra los hérnicos. La gente, en una Asamblea multitudinaria, votó a favor de la guerra. El mando se asignó, por sorteo, a Lucio Genucio. Como era el primer cónsul plebeyo en dirigir una guerra bajo sus propios auspicios, el Senado observaba el asunto con interés, dispuesto a considerar sabia o necia la política de admitir plebeyos a las más altas magistraturas del Estado en función del resultado. La casualidad quiso que Genucio, mientras lanzaba un vigoroso ataque contra el enemigo, cayese en una emboscada, las legiones fuesen tomadas por sorpresa y derrotadas y el cónsul rodeado y muerto sin que el enemigo supiese quién era su víctima. Cuando el informe de lo sucedido llegó a Roma, los patricios no estaban tan afligidos por el desastre que había caído sobre la república como exultantes por el desafortunado generalato del cónsul. En todas partes se burlaban de los plebeyos: "¡Venga! ¡Elegid vuestros cónsules de la plebe, dadles los auspicios a quienes es un pecado que los tengan! La voz de la plebe puede expulsar a los patricios de los honores que les corresponden, pero ¿pueden algo vuestras leyes, que contaminan los auspicios, contra los dioses inmortales? Ellos mismos han reivindicado que su voluntad se exprese a través de los auspicios; porque, tan pronto como uno los ha profanado tomándolos contra toda ley divina y humana, el ejército y su general han sido eliminados como lección para que en adelante las elecciones se hagan con arreglo al derecho de nacimiento". La Curia y el Foro resonaban con estas protestas. Apio Claudio, que había encabezado la oposición a la ley, habló con más peso que nunca al denunciar una política que había censurado severamente, y el cónsul Servilio, con la aprobación unánime de los patricios, le nombró dictador. Se dieron órdenes para efectuar un alistamiento inmediato y para suspender todos los negocios -362 a.C.-.

[7,7] Después que Genucio hubo caído, Cayo Sulpicio asumió el mando y, antes de que llegara el dictador y las legiones recién alistadas, se distinguió con una acción ilustre. La muerte del cónsul había llevado a los hérnicos a subestimar las armas romanas y rodearon el campamento romano con la esperanza de poder asaltarlo. Los defensores, alentados por su general y ardiendo de rabia e indignación por su reciente derrota, efectuaron una salida y no solo destruyeron cualquier esperanza que tuvieran los hérnicos de forzar la empalizada, también crearon tal desorden entre ellos que se retiraron precipitadamente. Con la llegada del dictador y la unión de las nuevas legiones con las veteranas, su fuerza se duplicó. En presencia de toda la fuerza, el dictador elogió a Sulpicio y a los hombres que tan gallardamente defendieron el campamento, y mientras elevaba el valor de quienes escuchaban los elogios que tanto habían merecido, al mismo tiempo consiguió que el resto ansiasen emularlos. El enemigo se mostró no menos enérgico a la hora de preparar la renovación de la lucha. Conscientes del aumento de fuerzas enemigas, y animados por el recuerdo de su reciente victoria, llamaron a todos los hombres de la nación hérnica capaces de empuñar las armas. Formaron ocho cohortes de cuatrocientos hombres cada una, que habían sido cuidadosamente seleccionados. Estos, la flor escogida de sus hombres, estaban llenos de esperanza y valor, que recibió un nuevo impulso al aprobarse un decreto que les concedía doble paga. Estaban exentos de cualquier servicio penoso, para que pudieran dedicarse con más intensidad que el resto al único deber que se les encomendó: luchar. Para destacar aún más su valor, se les hizo ocupar un lugar especial en la línea de batalla. El campamento romano estaba separado del hérnico por una llanura de dos millas de ancho [2960 metros.-

N. del T.]. En medio de esta llanura, casi a igual distancia de ambos campamentos, tuvo lugar la batalla. Desde hace algún tiempo ningún bando obtuvo ventaja, aunque la caballería romana hizo frecuentes intentos de romper la línea enemiga. Cuando vieron que el efecto producido era mucho más débil que los esfuerzos que hacían, obtuvieron el permiso del dictador para abandonar sus caballos y luchar a pie. Lanzaron un fuerte grito y empezaron un nuevo tipo de combate, cargando como infantería. Su aparición habría sido irresistible de no habérseles opuesto las cohortes especiales enemigas, con una fuerza y corajes iguales a los suyos.

[7,8] Entonces, la lucha fue sostenida por los hombres más destacados de cada nación. Debido a los vaivenes del combate, las pérdidas fueron mucho mayores de lo que se podría haber esperado del número de combatientes. El resto de soldados quedaron esperando, como una multitud de espectadores, dejando que sus jefes combatieran como si fuera su privilegio especial, y poniendo sus esperanzas de victoria en el valor de los otros. Muchos cayeron en ambos lados y aún más resultaron heridos. Al fin, los jinetes empezaron a preguntarse unos a otros con cierta amargura, "Qué quedaría para ellos si, tras fracasar en expulsar al enemigo cuando estaban montados, no les hacían mella combatiendo a pie. ¿A qué tercer modo de combatir debían esperar? ¿Por qué se habían lanzado al frente con tanta ansiedad, delante de los estandartes, para luchar en una posición que no era la suya?". Alentados por estos reproches mutuos, lanzaron nuevamente su grito de guerra y empujaron hacia adelante. Poco a poco, obligaron al enemigo a ceder terreno; luego los obligaron a retirarse más rápidamente y al final los derrotaron completamente. No es fácil decir qué decidió la ventaja, estando ambos bandos tan igualados, a no ser la Fortuna, siempre atenta a cada nación, que tiene el poder de elevar y disminuir su valor. Los romanos persiguieron a los hérnicos que huían hasta su campamento, pero no lo atacaron al estar próximo a terminar el día. Ofrecieron sacrificios a la mañana siguiente, durante largo tiempo, sin obtener augurios favorables y esto hizo que el dictador no diera la señal para atacar antes del mediodía; así pues, el combate le prolongó por la noche. Al día siguiente se encontraron el campamento abandonado; los hérnicos habían huido y dejaron atrás algunos de sus heridos. El pueblo de Segni [antigua Signium: Signia.-N. del T.] vio pasar a los fugitivos con sus pocos estandartes alejados entre sí, y saliendo para atacarles los dispersaron en desbandada por los campos. La victoria no fue otra cosa que una masacre para los romanos; perdieron un cuarto de sus fuerzas y en modo alguno fue la de la caballería la menor de sus pérdidas, un considerable número de la cual pereció.

[7,9] Los cónsules para el año siguiente fueron Cayo Sulpicio y Cayo Licinio Calvo -361 a.C.-. Retomaron las operaciones contra los hérnicos e invadieron su territorio, pero no encontraron al enemigo en campo abierto. Atacaron y capturaron Ferentino, una ciudad hérnica; pero al regresar a casa, los tiburtinos les cerraron las puertas. Había habido, anteriormente, muchas quejas entre ambas partes, pero esta última provocación decidió finalmente a los romanos, en caso de que los Feciales no obtuvieran reparación, a declarar la guerra a los tiburtinos. Es bien sabido que Tito Quincio Peno fue nombrado por entonces dictador y que Servio Cornelio Maluginense fue su jefe de la caballería. Según Licinio Macer, el dictador fue nombrado por el cónsul Licinio. Su colega, Sulpicio, ansiaba adelantar las elecciones antes de partir para la guerra, esperando ser reelegido si estaba allí, y Licinio decidió frustrar sus ambiciones. El deseo que tiene Licino Macer de adjudicar a su gens [los Licinios.-N. del T.] el mérito en ese asunto, disminuye el peso de su autoridad. No encontrando mención a esto en los otros autores, me inclino más a pensar que fue la perspectiva de una guerra contra los galos la causa inmediata del nombramiento de un dictador. En todo caso, fue en este año cuando los galos establecieron su campamento en la vía Salaria, a tres millas de la ciudad [4440 metros.-N. del T.] en el puente sobre el Anio. Ante esta repentina y alarmante aparición, el dictador proclamó la suspensión de todos los negocios e hizo que todo hombres disponible para el servicio prestara el juramento militar. Salió de la ciudad con un inmenso ejército y estableció su campamento a este lado del Anio. Cada bando había dejado intacto el puente entre ellos, pues su destrucción habría sido considerada como debida al temor a ser atacados. Hubo frecuentes escaramuzas por la posesión del puente; como ninguna fue decisiva, la cuestión quedó sin resolver. Un galo de extraordinaria estatura avanzó sobre el puente sin ocupar y gritando tan fuerte como pudo, dijo: "¡Que el hombre más valiente que tenga Roma venga a luchar conmigo y ambos decidiremos qué pueblo es superior en la guerra!".

[7.10] Siguió un largo silencio. Los mejores y más valientes de los romanos no hicieron gesto alguno; sentían vergüenza de que pareciera que declinaban el desafío, pero aún temían más exponerse a tan terrible peligro. Entonces Tito Manlio, el joven que había protegido a su padre de la acusación del tribuno, dejó su puesto y se dirigió al dictador. "Sin tus órdenes, general", dijo, "nunca abandonaré mi puesto de combate, ni siquiera aunque viera segura la victoria; pero si me das permiso, deseo demostrar a ese monstruo que habla tan orgullosamente frente a sus líneas, que yo desciendo de la familia que expulsó a los galos de la roca Tarpeya". Entonces, el dictador le contestó: "¡Que la victoria premie tu valor, Tito Manlio, y el amor por tu padre y por tu patria! Ve, y con la ayuda de los dioses demuestra que el nombre de Roma es invencible". Entonces, sus compañeros le ciñeron su armadura; tomó un escudo de infantería y una espada hispana, mejores para la lucha cuerpo a cuerpo; así armado y equipado, avanzó contra el galo que, exultante por su fuerza bruta, aún (los antiguos autores pensaron que merecía la pena anotar este hecho) puso burlas en su boca. Se retiraron a sus posiciones y ambos, solos, quedaron armados en el medio, más al modo de una escena teatral que al de una auténtica guerra; para quienes juzgaban por las apariencias, en modo alguno estaban igualados. Uno era una criatura de enorme tamaño, resplandeciente con una capa de muchos colores y con una armadura pintada y dorada; el otro era un hombre de estatura media, y sus armas, más útiles que ornamentadas, le daban una apariencia bastante ordinaria. No hubo cánticos de guerra, ni cabriolas, ni tontas exhibiciones de armas. Con el pecho lleno de coraje y de ira silenciosa, Manlio reservaba toda su ferocidad, de hecho, para el momento de la lucha. Cuando se hubieron colocado entre ambos ejércitos, con tantos corazones en suspenso entre la esperanza y el miedo, el galo, como una gran masa amenazante sobre quien estaba debajo, extendiendo por delante su escudo con su mano izquierda, lanzó un tremendo e ineficaz tajo descendente con su espada que produjo gran ruido al chocar con la armadura de su enemigo. El romano, levantando la punta de su espada, y tras haber apartado la parte inferior del escudo del galo con el suyo propio, se le acercó tanto que quedó a salvo del peligro de su espada, interpuesto entre él y sus armas; luego le dio dos rápidas estocadas en el vientre y la ingle con su espada, dejando a su enemigo postrado sobre una gran extensión de terreno. Dejó el cadáver de su enemigo caído intacto, a excepción de su torques, que se puso en el cuello aún manchado de sangre. El asombro y el miedo dejaron inmóviles a los galos; los romanos corrieron impacientes desde sus líneas para encontrarse con su guerrero y, entre aclamaciones y felicitaciones, lo llevaron ante el dictador. En los versos improvisados que cantaban en su honor le llamaban "Torcuato" (adornado con torques), y este apodo se convirtió con posterioridad en un orgulloso nombre familiar. El dictador le dio una corona de oro y, ante de todo el ejército, aludió a su victoria en los términos más elogiosos.

[7.11] Aunque parezca extraño, aquel combate singular tuvo tan gran influencia sobre toda la guerra que los galos abandonaron apresuradamente el campamento y se alejaron hacia las cercanías de Tívoli [antigua Tíbur.-N. del T.], donde acamparon. Se aliaron militarmente con aquella ciudad, y los tiburtinos les suministraron vituallas generosamente. Después de recibir esta ayuda pasaron a la Campania. Esta fue la razón por la que, al año siguiente -360 a.C.-, el cónsul Cayo Petelio Balbo dirigió un ejército, por orden del pueblo, contra los Tiburtinos, aunque la dirección de la guerra contra los hérnicos había tocado en suertes a su colega, Marco Fabio Ambusto. Pese a que los galos habían vuelto desde la Campania en su ayuda, fue sin duda culpa de los generales tiburtinos los crueles saqueos en efectuados en territorios labicos, túsculos y albanos. Para actuar contra los tiburtinos, la República se bastaba con un cónsul, pero la súbita reaparición de los galos precisaba de un dictador. Fue nombrado Publio Servilio Ahala, y eligió como jefe de la caballería a Tito Quincio. Con la sanción del Senado, hizo voto de celebrar los Grandes Juegos si el resultado de la guerra les era favorable. Después de ordenar a los ejércitos del cónsul que permanecieran en sus posiciones, para limitar a los tiburtinos a su propia guerra, el dictador hizo que todos los iuniores [los reclutas más jóvenes.-N. del T.] prestaran el juramento militar, sin una sola negativa. La batalla, en la que se empeñó toda la fuerza de la Ciudad, tuvo lugar no lejos de la Puerta Colina, a la vista de los padres, esposas e hijos de los soldados romanos. Siendo un gran incentivo a su valor, incluso estando ausentes, ahora lo eran aún más al estar visibles, incitándoles a ganar su aplauso y garantizar su seguridad. La masacre fue grande en ambos bandos, pero los galos fueron finalmente rechazados y huyeron en dirección a Tívoli, como si fuera un bastión galo. Los fugitivos rezagados fueron interceptados por el cónsul, no lejos de Tívoli; los ciudadanos salieron a ayudarles y ellos y los galos se refugiaron tras las puertas. Así, el cónsul tuvo tanto éxito como el dictador. El otro cónsul, Fabio, aplastó a los hérnicos en sucesivas derrotas; al principio con acciones relativamente poco importantes y después en una gran batalla final, cuando el enemigo atacó con toda su fuerza. El dictador hizo espléndidos elogios a los cónsules, tanto en el Senado como ante el pueblo, e incluso que les achacó el crédito por su propio éxito. A continuación, dejó su cargo. Petelio celebró un doble triunfo: sobre los galos y sobre los tiburtinos. Se consideró suficiente honor para Fabio el que se le permitiera entrar a la Ciudad con una ovación. Los tiburtinos se rieron del triunfo de Petelio. "¿Cuando", dijeron, "se le había visto nunca en una batalla campal? Algunos de ellos habían salido fuera de sus puertas para contemplar la huida desordenada de los galos, pero cuando vieron que también ellos eran atacados y reducidos indiscriminadamente, se volvieron a su ciudad. ¿Consideraban los romanos que aquel tipo de cosas eran dignas de un triunfo? No deberían ver como algo grande y maravilloso el crear desorden a las puertas enemigas; verían aún más confusión y pánico ante sus propias murallas".

[7.12] Así pues, el año siguiente -359 a.C.-, cuando Marco Popilio Lenate y Cneo Manlio fueron los cónsules, un ejército de Tívoli marchó a primeras horas de la noche, y llegó hasta la ciudad de Roma. Los ciudadanos, despertados de pronto de su sueño, se aterrorizaron por el peligro de un ataque nocturno y bastante inesperado; el pavor fue aún mayor al no saber quiénes eran los enemigos ni de dónde venían. Sin embargo, la expresión "a las armas" se extendió rápidamente; las puertas se protegieron con destacamentos y se guarnecieron las murallas. Cuando el amanecer reveló una fuerza relativamente pequeña frente a los muros y que el enemigo resultaba ser nada menos que los tiburtinos, los cónsules decidieron atacar de inmediato. Salieron desde dos puertas separadas y atacaron al enemigo, tal y como avanzaban por las murallas, por ambos flancos. Pronto se hizo evidente que habían confiado más en las posibilidades de una sorpresa que en su propio valor, tan poca resistencia ofrecieron a la primera aparición de los romanos. Su expedición resultó ventajosa para los romanos, pues los temores suscitados por una guerra tan cerca de sus puertas ahogó un conflicto entre patricios y plebeyos. En la guerra que siguió hubo otra incursión hostil, más terrible para los distritos rurales que para la Ciudad; los tarquinios llevaron a cabo sus correrías dentro de las fronteras romanas, principalmente por el lado de la Etruria. Como negaron una compensación, los nuevos cónsules, Cayo Fabio y Cayo Plaucio, por orden del pueblo, les declararon la guerra -358 a.C.-. Esta campaña fue adjudicada a Fabio y la de contra los hérnicos a Plaucio. Se hicieron cada vez más frecuentes los rumores de hostilidades por parte de los galos. En medio de tantas alarmas, sin embargo, hubo un consuelo: se concedió la paz que pedían los latinos y éstos enviaron un fuerte contingente de acuerdo con el antiguo tratado que, durante tantos años, no habían observado. Ahora que la causa romana se había visto realzada por este refuerzo, las noticias de que los galos habían llegado recientemente a Palestrina, y que desde allí se habían ido a asentar en el territorio alrededor de Pedum, produjo menos inquietud. Se decidió que se debía nombrar dictador a Cayo Sulpicio -358 a.C.-; por ello, se hizo volver a casa al cónsul Cayo Plaucio. Marco Valerio fue nombrado jefe de la caballería. Seleccionaron las mejores tropas de los dos ejércitos que los cónsules habían mandado y las condujeron contra los galos.

La guerra resultó algo más tediosa de lo que resultaba aceptable para ambas partes. Al principio eran sólo los galos quienes ansiaban luchar; después, los romanos mostraron aún más celo que los galos en armarse para el combate. El dictador no aprobaba esto en modo alguno, pues no tenía necesidad alguna de correr ningún riesgo. El enemigo se debilitaba día tras días, al permanecer inactivo en una posición desventajosa, sin ningún tipo de suministros previamente acopiados y sin haber levantado trincheras apropiadas. Toda su fuerza, tanto mental como corporal, dependía de sus rápidos movimientos e incluso un pequeño retraso disminuía su vigor. Por estas razones, el dictador prolongaba la guerra y anunció que se infligirían severos castigos a cualquiera que luchara en contra de las órdenes. Los soldados se impacientaban con este estado de cosas. Cuando estaban de guardia o en puestos avanzados durante la noche, hablaban en términos muy despectivos del dictador, insultando a los senadores, en general, por no haber ordenado que los cónsules dirigiesen la guerra. "Tan excelente general", decían, "ha sido elegido, uno entre mil, que piensa que, si se queda sentado y no hace nada, la victoria bajará de los cielos hasta su regazo". Luego ya pronunciaban estos sentimientos y otros aún más enojados a plena luz del día; manifestaban que, o luchaban sin esperar órdenes, o se marchaban todos a Roma. Los centuriones hicieron causa común con los soldados; los murmullos no se limitaban a grupos dispersos y se producía un debate general por las calles principales del campamento y ante el pretorio [tiendas o edificios, dentro del campamento y en el cruce de la vía pretoria y la vía principalis, donde se establecía el cuartel general de la legión y la residencia del comandante en jefe.-N. del T.]. La multitud creció hasta alcanzar las dimensiones de una Asamblea, y se lanzaron gritos al unísono para ir de inmediato donde estaba el dictador. Sextio Tulio sería el portavoz del ejército, cargo que era bien digno de desempeñar.

[7.13] Tulio era ahora centurión primipilo [centurión de la primera centuria del primer manípulo de la primera cohorte; soldado veteranísimo y respetadísimo.- N. del T.] por séptima vez, y no había en todo el ejército, entre los oficiales de infantería, un soldado más distinguido. Encabezó la marcha hasta el tribunal, Sulpicio quedó sorprendido por la multitud y aún más al ver que Tulio la precedía. Esté empezó a hablar: "No te sorprendas, dictador, porque yo esté aquí. El ejército entero tiene la impresión de haber sido condenado por tu cobardía y que para ahondar su desgracia se le ha privado de sus armas. Se me ha pedido que defienda su causa ante ti. Aun cuando podríamos ser acusados de desertar de nuestras filas y dar la espalda al enemigo, o de la pérdida lamentable de nuestros estandartes, incluso entonces pensaría que lo justo sería que nos permitieses enmendar nuestra falta con el valor y limpiar la memoria de nuestra vergonzosa conducta ganando nuevas glorias. Hasta las legiones que fueron derrotados en el Alia marcharon después a Veyes y recuperaron la ciudad que habían perdido con su pánico. Nuestra suerte y nuestro honor, gracias a la bondad de los dioses y a la feliz fortuna que te ayuda a ti y a Roma, siguen intactos. Y sin embargo, apenas me atrevo a mencionar la palabra 'honor' cuando el enemigo se aventura a burlarse de nosotros con toda clase de insultos, como si nos estuviésemos ocultando como mujeres tras nuestra empalizada y, lo que aún nos duele más, que tú, nuestro jefe, hayas decidido que tu ejército está desprovisto de valor, sin armas ni brazos para usarlas, y que nos hayas dado pruebas de haber perdido la esperanza en nosotros, viéndote como si fueses el general de hombres enfermos y débiles. ¿Qué otra razón podemos pensar que exista? ¿por qué tú, un jefe veterano, un soldado valeroso, estás, como si dijésemos, de brazos cruzados? Sin embargo, tal parece el caso que parece más cierto que tú dudas de nuestro valor, que no que nosotros dudemos del tuyo. Pero si esto no es cosa tuya, sino parte de una maniobra del Estado; si fuera un plan urdido por los patricios para mantenernos apartados de la Ciudad y de nuestros penates y no para hacer la guerra contra los galos, entonces te pido que recuerdes que lo que ahora te digo no es dicho como por unos soldados a su jefe, sino como a los patricios por la plebe: Que según sean vuestros planes, así serán los suyos. ¿Quién podría enojarse con nosotros por recordarte que somos tus soldados, no tus esclavos, enviados a la guerra y no al destierro; dispuestos, si alguien da la señal y nos conduce a la batalla, a luchar como corresponde a hombres y romanos; dispuestos también, si no son precisas las armas, a vivir una vida pacífica y tranquila en Roma y no en el campamento? Esto es lo que le diríamos a los patricios. Pero tú eres nuestro jefe y nosotros, tus soldados, te rogamos que nos des oportunidad de luchar. Estamos ansiosos por ganar una victoria, pero a ganarla bajo tu mando; es a ti a quien deseamos otorgar los laureles de la gloria, es contigo con quien deseamos entrar en procesión triunfal a la Ciudad, es detrás de tu carro donde queremos marchar en gozosa acción de gracias hasta el templo de Júpiter Óptimo Máximo". Este discurso de Tulio fue seguido por las serias solicitudes de todo el ejército para que les diera la señal y la orden de armarse.

[7.14] El dictador reconoció que, por muy satisfactoria que pudiera resultar la petición de los soldados, se había sentado un precedente de lo más indeseable; no obstante, él se comprometió a cumplir con sus deseos. Interrogó en privado a Tulio sobre qué significaba todo aquello y sobre qué precedentes se había basado. Tulio rogó encarecidamente el dictador que no pensase que había olvidado la disciplina militar o el respeto debido a su mando superior. "Pero una multitud excitada resulta por lo general dominada por sus incitadores, y él había consentido en actuar como su líder para impedir que eligiesen a cualquier otro de entre los que compartían su entusiasmo. Él mismo no haría nada en contra de la voluntad del general, pero el general también debía ser más cuidadoso al mantener sujetos a sus hombres. Estos estaban ahora demasiado excitados como para sacarlos, pero ellos mismos escogerían el lugar y momento del combate si no lo hacía el dictador". Resultó que, mientras se producía esta conversación, un galo pastoreaba algunas cabezas de ganado en el campo, fuera de la empalizada, y dos romanos se las arrebataron. Los galos les apedrearon, los del puesto avanzado romano dieron un grito y los hombres corrieron a enfrentarse desde ambos lados. La cosa creció rápidamente, y se habría llegado a una batalla campal si los centuriones no hubiesen puesto con presteza fin al conflicto. Este incidente convenció al dictador de lo que Tulio le había dicho y, como el asunto ya no admitía dilación, dio órdenes de prepararse para el combate al día siguiente.

El dictador fue a la batalla sintiéndose más seguro del valor que de las fuerzas de sus tropas. Comenzó a dar vueltas en su cabeza a todos posibles medios por los que podría inspirar temor en el enemigo. Por fin, pensó un plan ingenioso y original que, desde entonces, ha sido también adoptado por muchos de nuestros propios generales, así como por los de otros países y que incluso se practica hoy en día. Ordenó que se quitasen las albardas de las mulas y que se les pusiesen a las espaldas dos piezas de tela de color. Se dotó de armas a los arrieros, algunas tomadas a los prisioneros y otras a los soldados inválidos, y tras equipar así a mil de ellos y mezclarlos con cien de caballería, les ordenó que subieran a los montes que dominaban el campamento y que se ocultasen en los bosques, permaneciendo allí sin moverse hasta que recibieran su señal. Tan pronto como amaneció, el dictador extendió sus líneas entre las laderas más bajas de las montañas, para que el enemigo tuviese que formar su frente de cara a estas. Los arreglos para provocar una alarma infundada se habían ya completado, y aquella alarma infundada demostró ser más útil de lo que habría sido un incremento auténtico de fuerzas. Al principio, los jefes de los galos no creían que los romanos bajarían a la llanura, pero cuando les vieron descender repentinamente se apresuraron a enfrentárseles, ansiando el choque, y comenzó la batalla antes de que los generales hubieran dado la señal.

[7.15] Los galos dirigieron su ataque más feroz contra el ala derecha romano, y solo la presencia del dictador en aquella parte impidió que el ataque tuviera éxito. Cuando vio que los hombres vacilaban, llamó fuertemente a Sextio y le preguntó si ésta era la forma en que había prometido luchar a sus soldados. Y les gritó: "¿Dónde están los gritos de los hombres que clamaban por las armas? ¿Dónde están sus amenazas de ir a la batalla sin órdenes de su jefe? Aquí está el general, llamándoles a luchar y luchando él en primera línea de combate; ¿cuántos de aquellos le iban a seguir ahora que les mostraba el camino? ¡Fanfarrones en el campamento y cobardes en la batalla!" Sentían la verdad de lo que oían y quedaron tan picados por la vergüenza que se lanzaron sobre las armas enemigas sin pensar en el peligro. Cargaron como locos y pusieron las líneas enemigas en confusión, un ataque de caballería a continuación volvió la confusión en derrota. Tan pronto como el dictador vio sus líneas rotas por esta parte, volvió el ataque a su izquierda, donde les veía chocando en una masa inmensa y, al mismo tiempo, dio la señal acordada a los de la montaña. Cuando se oyó un nuevo grito de batalla y se les vio cruzar la ladera de la montaña en dirección al campamento galo, el enemigo, temeroso de ver cortada su retirada, abandonó la lucha y corrió en desorden hacia su campamento. Fueron enfrentados por Marco Valerio, el jefe de la caballería, quien después de poner en fuga su ala derecha cabalgaba hacia sus líneas y condujo su huida hacia la montaña y los bosques. Una gran parte fue interceptada por los arrieros, a quienes tomaron por caballería, y se produjo una terrible masacre entre aquellos a quienes el pánico había llevado hacia los bosques tras haber terminado la batalla principal. Nadie, desde Camilo, celebró un triunfo sobre los galos más justamente merecido que Cayo Sulpicio. Una gran cantidad de oro, tomado del despojo, fue dedicado por él y guardado en una bóveda bajo el Capitolio. Las campañas en las que estaban inmersos los cónsules de aquel año terminaron de modos muy diferentes. Si bien los hérnicos fueron derrotados y reducidos a la sumisión por su colega, Fabio mostró una triste falta de prudencia y habilidad en sus operaciones contra los tarquinios. La humillación que sufrió Roma con su derrota fue amargada por el barbarismo del enemigo, que sacrificó a 307 prisioneros de guerra. Esa derrota fue seguida por una incursión repentina de saqueo de los privernenses y después por otra en la que tomaron parte los veliternenses. Este año -357 a.C.-se crearon dos tribus más: la Pomptina y la Publilia. Se celebraron los Juegos que Camilo había prometido cuando fue dictador. Cayo Petilio, tribuno de la plebe, presentó por vez primera al pueblo, tras pasar por el Senado, una proposición sobre los sobornos en las elecciones. Con este proyecto pensaban enfrentar la gran ambición de aquellos hombres nuevos, sobre todo, que iban mercadeando en reuniones secretas.

[7.16] Otra medida, en modo alguno tan bienvenida por los patricios, fue presentada al año siguiente, siendo cónsules Cayo Marcio y Cneo Manlio -357 a.C.-. Marco Duilio y Lucio Menenio, tribunos de la plebe, fueron los proponentes de esta medida, que fijaba el tipo de interés al 8,33 por ciento; la plebe la aprobó con el mayor de los entusiasmos. Además de las recientes guerras declaradas el año anterior, los faliscos habían sido culpables de dos actos hostiles: sus hombres habían luchado en las filas de los tarquinios y, cuando los Feciales demandaron su entrega, habían rehusado entregar a los que habían huido a Tarquinia tras su derrota. Esa campaña se adjudicó a Cneo Manlio; Marcio condujo las operaciones contra Priverno. Este distrito se había mantenido intacto durante los largos años de paz y, cuando Marcio llevó a su ejército allí, los soldados se cargaron de botín. Su valor fue aumentado por la munificencia del cónsul, pues él no apartió nada para el Estado, y así alentó los esfuerzos de los soldados rasos por aumentar sus propios bienes. Los privernenses habían establecido un campamento fuertemente atrincherado delante de sus murallas y, antes de atacarlo, Marcio convocó una asamblea de sus tropas y les dijo: "Si me prometéis que cumpliréis bravamente con vuestro deber en la batalla y que estaréis tan dispuestos al combate como al saqueo, os daré el campamento y ciudad del enemigo". Con un potente grito, exigieron que diera la señal para la batalla, y con las cabezas erguidas y llenos de confianza marcharon orgullosamente en línea. Sexto Tulio, al que ya se ha mencionado, estaba en vanguardia y gritó: "¡Mira, general, cómo tu ejército cumple la promesa que te ha hecho!", y acompañando el hecho a la palabra, arrojó su pilo y empuñando su espada cargó al enemigo. La totalidad de la línea del frente le siguió y, al primer choque, derrotaron a los privernenses y los persiguieron hasta la ciudad, que se dispusieron a asaltar. Cuando ya se habían puesto las escalas contra las murallas, la plaza se rindió. Se celebró un triunfo sobre los privernenses. Nada digno de mención fue hecho por el otro cónsul, excepto su acción sin precedentes al hacer aprobar una ley en el campamento, por las tribus, gravando con un cinco por ciento el valor de cada esclavo manumitido [la manumisión no implicaba normalmente la pérdida de relación entre amo y esclavo, se solía transformar en otra entre patrono y cliente.-N. del T.] . Como el dinero recaudado por esta ley sería una útil adición al agotado Tesoro, el Senado la confirmó. Los tribunos de la plebe, sin embargo, preocupados menos por la ley que nos el precedente sentado, consideraron una ofensa capital que alguien convocase la Asamblea fuera de su lugar habitual de reunión. Si alguna vez se legalizasen, no habría nada, por perjudicial al pueblo que fuese, que no pudiera ser aprobado por hombres que estaban atados por el juramento de obediencia militar. En este año, Cayo Licinio Estolo fue procesado por Marco Popilio Lenas por haber violado su propia ley; él y su hijo, juntos, ocuparon mil yugadas de tierras [270 Ha.-N. del T.], y emancipó a su hijo para evadir la ley. Fue condenado a pagar una multa de 10.000 ases.

[7.17] Los nuevos cónsules fueron Marco Fabio Ambusto y Marco Popilio Lenas, cada uno por segunda vez -356 a.C.-. Tuvieron que manejar dos guerras. La que libró Lenas contra los tiburtinos fue la que presentó menos dificultad; tras confinarles a su ciudad, él devastó sus campos. El otro cónsul, que estaba operando contra de los faliscos y tarquinios, se encontró con una derrota en la primera batalla. La culpa principal de ello, y que produjo un verdadero terror entre los romanos, la tuvo el extraordinario espectáculo mostrado por sus sacerdotes que, blandiendo antorchas encendidas y con lo que parecían serpientes entrelazadas en sus cabelleras, llegaron como otras tantas Furias. Al ver esto, los romanos quedaron como angustiados o alcanzados por un rayo y se precipitaron aterrorizados en masa a su campamento. Allí, el cónsul, sus legados y tribunos militares se rieron de ellos y les regañaron por dejarse atemorizar por trucos de magia, como si fueran críos chicos. Muertos de vergüenza, pasaron repentinamente de un estado de terror a otro de temeraria osadía, y salieron corriendo como hombres ciegos contra aquellos de los que acababan de huir. Cuando, tras dispersar la vana mascarada del enemigo, llegaron hasta los hombres armados de detrás, derrotaron a todo su ejército. El mismo día, se apoderaron de su campamento y, tras poner a buen recaudo una inmensa cantidad de botín, volvieron a casa arrebatados por la victoria, bromeando como suelen los soldados y burlándose del artificio del enemigo y de su propio pánico. Esto condujo a un levantamiento de toda la Etruria, y bajo la dirección de los tarquinios y de los faliscos, marcharon hacia Salina. En esta emergencia, Cayo Marcio Rutilio fue nombrado dictador (el primer dictador nombrado de entre la plebe) y designó como jefe de la caballería a Cayo Plaucio, también plebeyo -356/355 a.C.-. Los patricios estaban indignados porque incluso la dictadura fuera de propiedad común, y mostraron toda la resistencia que pudieron a cualquier decreto aprobado o a cualquier preparativo que se hiciese para ayudar a que el dictador prosiguiera la guerra. Esto sólo hizo que el pueblo estuviese más dispuesto a aprobar cualquier propuesta que hiciese el dictador. Al salir de la ciudad, marchó cubriendo ambas orillas del Tíber, transportando a las tropas en cualquier dirección en que se informase de la presencia enemiga; de este modo sorprendió a muchos de los incursores dispersos por los campos. Finalmente, les sorprendió y capturó su campamento; tomaron ocho mil prisioneros y los demás resultaron muertos o cazados fuera del territorio romano. Mediante una orden del pueblo, que no fue confirmada por el Senado, se le otorgó un triunfo. Como el Senado no quería que un dictador o un cónsul plebeyos celebrasen elecciones, y el otro cónsul, Fabio, estaba detenido por su propia guerra, se produjo un interregno. Se sucedieron varios interreges: Quinto Servicio Ahala, Marco Fabio, Cneo Manlio, Cayo Fabio, Cayo Sulpicio, Lucio Emilio, Quinto Servilio y Marco Fabio Ambusto. En el segundo de estos interregnos, se produjo un conflicto al ser elegidos dos cónsules patricios. Cuando los tribunos interpusieron su veto y apelaron a Ley Licinia; Fabio, el interrex, dijo que estaba previsto en las Doce Tablas que cualquiera fuese la última orden que el pueblo diera, ésta tendría fuerza de ley, y que el pueblo había dado una orden para elegir a los dos cónsules. El veto de los tribunos sólo sirvió para aplazar las elecciones, y finalmente fueron elegidos dos cónsules patricios, a saber, Cayo Sulpicio Petico (por tercera vez) y Marco Valerio Publícola -355 a.C.-. Tomaron posesión de su cargo el día en que fueron elegidos.

[7.18] Así, en el cuadringentésimo año de la fundación de la Ciudad y el trigésimo quinto después de su captura por los galos, el segundo consulado fue arrancado de la plebe, por primera vez desde la aprobación de la Ley Licinia siete años antes. Este año se tomó Empulo a los tiburtinos, sin ningún combate serio. No es seguro ni que ambos cónsules ejercieran el mando conjunto en esta campaña, como aseguran algunos autores, ni que los campos tarquinios fuesen asolados por Sulpicio al tiempo que Valerio conducía sus legiones contra los tiburtinos. Los cónsules tenían un conflicto más serio en casa con la plebe y sus tribunos. Consideraban como una cuestión, no solo de valor, sino también de honor y lealtad a su orden que, habiendo recibido dos patricios el consulado, lo transmitiesen a dos patricios. Pensaban que debían renunciar a ella, si se convertía en una magistratura plebeya, o mantenerla en su totalidad, como la habían recibido de sus padres. La plebe protestó: "¿Para qué vivían? ¿Por qué estaban inscritos como ciudadanos, si no podían mantener, con sus fuerzas unidas, el derecho a lo que había ganado para ellos el valor de aquellos dos hombres, Lucio Sextio y Cayo Licinio? Mejor les sería aguantar reyes, o decenviros, o cualquier otra forma de absolutismo, aún del peor nombre, que ver a ambos cónsules patricios; ver al otro orden, no gobernando y siendo gobernado alternativamente, sino puesto a sí mismo como en posesión de la autoridad perpetua y mirando a la plebe como nacida para ser simplemente su esclava". No hubo carestía de tribunos para dirigir la agitación, pero en tal estado de excitación general, cada uno era su propio líder. Después de muchas jornadas infructuosas en el Campo de Marte, donde se habían gastado numerosos días de elecciones en disturbios, la plebe fue finalmente derrotada por la constancia y persistencia de los cónsules. Había un sentimiento tal de desesperación que los tribunos, seguidos por una plebe triste y adusta, exclamaron al dejar el Campo que había un final para toda libertad y que no sólo debían irse del Campo, sino incluso abandonar la Ciudad ahora que había sido aplastada y esclavizada por la tiranía de los patricios. Los cónsules, aunque abandonados por la mayoría del pueblo, quedando sólo unos pocos votantes, procedieron, no obstante, con determinación a la elección. Los dos cónsules electos eran patricios: Marco Fabio Ambusto (por tercera vez) y Tito Quincio. En algunos autores veo que se da a Marco Popilio como cónsul, en vez de Tito Quincio -354 a.C.-.

[7.19] A dos guerras se dio fin victorioso ese año. Los tiburtinos fueron reducidos a la obediencia; se les tomó la ciudad de Sassula y el resto de sus ciudades habría corrido la misma suerte si la nación entera no hubiese rendido sus armas y hecho la paz con el cónsul. Se celebró un triunfo sobre ellos; en otros aspectos, la victoria fue seguida de un tratamiento suave para con los vencidos. Una rigurosa severidad se aplicó a los tarquinios. Gran número murió en batalla; de los prisioneros, todos los de noble nacimiento, en número de trescientos cincuenta y ocho, fueron enviados a Roma, al resto se les pasó por la espada. Aquellos que habían sido enviados a Roma se encontraron con un trato nada cortés por parte del pueblo: todos fueron azotados y decapitados en medio del Foro. Este castigo fue un acto de venganza por los romanos que habían sido sacrificados en el foro de Tarquinia. Estas victorias en la guerra indujeron a los samnitas a pedir una liga de amistad. Sus embajadores recibieron una respuesta favorable del Senado y se concluyó un tratado de alianza con ellos. La plebe no gozó de la misma fortuna en casa de la que había tenido en campaña. A pesar de la reducción de la tasa de interés, que ahora estaba fijada en el 8,33 por ciento, los pobres no podían pagar el capital y se estaban entregando a sus acreedores. Su angustia personal dejaba poco tiempo para pensar en los asuntos públicos y en las luchas políticas, en las elecciones y en los cónsules patricios; ambos consulados, por tanto, siguieron en manos patricias. Los cónsules electos fueron Cayo Sulpicio Petico (por cuarta vez) y Marco Valerio Publícola (por segunda) -353 a.C.-.

Llegaron rumores de que el pueblo de Cerveteri se había unido a los tarquinios por simpatía con ellos por su consanguinidad. Mientras que los pensamientos de los ciudadanos se llenaban, por tanto, de temores por una guerra con Etruria, la llegada de embajadores del Lacio desvió sus pensamientos a los volscos. Informaron que un ejército había sido levantado y equipado, que amenazaba ahora sus fronteras e intentaba entrar y saquear el territorio romano. El Senado creía que no debía ignorarse ninguno de tales movimientos; se dieron órdenes para alistar tropas para ambas guerras; los cónsules echaron a suertes sus respectivos mandos. La llegada de despachos del cónsul Sulpicio hizo que la guerra etrusca pareciese la más grave de los dos. Estaba dirigiendo las operaciones contra Tarquinia e informó de que los campos alrededor de las salinas romanas habían sido saqueados y que una parte del botín se había enviado a Cerveteri, algunos de cuyos hombres, sin duda alguna, formaban parte de los asaltantes. El cónsul Valerio, que estaba operando contra los volscos y tenía su campamento en las fronteras de Túsculo, fue llamado y recibió órdenes del Senado para que nombrarse un dictador. Tito, el hijo de Lucio Manlio, fue nombrado y designó a Aulo Cornelio Coso como jefe de la caballería. Encontrando que el ejército que el cónsul había mandado bastaba para su propósito, fue autorizado por el Senado y el pueblo para declarar formalmente la guerra a los cerveteranos.

[7.20] Parecería como si esta declaración formal de guerra trajese a casa de los cerveteranos los horrores de una guerra con Roma, más claramente que los actos de quienes provocaron a los romanos con sus saqueos. Se dieron cuenta de cuán desiguales eran sus fuerzas para tal conflicto; se lamentaban amargamente de los saqueos y maldecían a los tarquinios, quienes les habían instigado a la revuelta. Nadie hizo preparativo alguno para la guerra, todos urgieron cuanto podían para que se enviase una embajada a Roma para pedir perdón por su ofensa. Cuando la delegación se presentó ante el Senado, fueron remitidos por este al pueblo. Rogaron a los dioses, cuyos objetos sagrados habían tomado a su cargo y cuidado durante la guerra Gala, para que en sus días de prosperidad mostrasen la misma piedad por ellos que la que habían mostrado por Roma en su hora de angustia. Después, volviéndose hacia el templo de Vesta, invocaron el vínculo de la hospitalidad que forjaron, con toda pureza y reverencia, con los flámines y las vestales. "¿Podría alguien creer", preguntaron, "que hombres que habían prestado tales servicios, de repente, sin razón alguna, se hubieran convertido en enemigos o, si hubieran sido culpables de cualquier acto hostil, lo hubiesen cometido deliberadamente en vez de en un ataque de locura? ¿Sería posible que pudieran, al infligir las recientes ofensas, haber borrado todos sus anteriores actos de bondad, especialmente cuando los habían hecho a unos tan agradables a ellos; o que convertirían en enemigo al pueblo romano, ahora que era próspero y victorioso en todas las guerras, tras haber buscado su amistad en tiempos de adversidad y turbulencia? No debían considerar aquello como un propósito deliberado, sino como violencia y coacción. Después de haber solicitado sólo paso libre, los tarquinios atravesaron su territorio en son de guerra y obligaron a algunos de sus paisanos a acompañarles en aquella expedición de saqueo de la que responsabilizaban a la ciudad de Cerveteri. Si se decidía que debían entregar a aquellos hombres, los entregarían; si se les debía castigar, serían castigados. Cerveteri, una vez el santuario de Roma, el refugio de sus objetos sagrados, debía ser declarada inocente de cualquier pensamiento bélico y absuelta de cualquier acusación de intenciones hostiles, en consideración a su hospitalidad a las vestales y su devoción a los dioses". Los viejos recuerdos, y no las circunstancias concretas del caso actual, obraron de tal modo sobre el pueblo que tuvieron menos en consideración la reclamación actual que la gentileza anterior. Por lo tanto, se concedió la paz al pueblo de Cerveteri, y se convino en someter al Senado la cuestión de un tregua por cien años. El Faliscos estaban implicados con la misma acusación y la guerra se dirigió hacia ellos, pero no se pudo encontrar al enemigo en campo abierto. Su territorio fue arrasado de punta a punta, pero nada se intentó contra sus ciudades. Tras el regreso de las legiones, el resto del año se dedicó a la reparación de los muros y los torreones. También fue dedicado el templo de Apolo.

[7.21] Al terminar el año se pospusieron las elecciones consulares debido a la disputa entre los dos órdenes; los tribunos declararon que no permitirían que se celebrasen las elecciones a menos que se condujeran con arreglo a la Ley Licinia, mientras que el dictador estaba decidido a abolir el consulado antes que permitir su común propiedad por plebeyos y patricios. Las elecciones se aplazaron aún cuando el dictador renunció al cargo; así pues, las cosas desembocaron en un interregno. Los interreges se negaron a celebrar las elecciones a causa de la actitud hostil de la plebe, y el conflicto se prolongó hasta el undécimo interregno. Mientras que los tribunos se escudaban en la Ley Licinia y daban la batalla política, la plebe dirigía sus quejas más apremiantes contra la creciente carga de la deuda; la preocupación personal había eclipsado la controversia política. Cansado de la prolongada agitación, el Senado ordenó a Lucio Cornelio Escipión, el interrex, que restaurase la armonía en el Estado dirigiendo las elecciones consulares de acuerdo con la Ley Licinia. Fue elegido Publio Valerio Publícola, y Cayo Marcio Rutilio fue su colega plebeyo -352 a.C.-.

Ahora que existía un deseo general de concordia, los nuevos cónsules abordaron la cuestión financiera, que era el único obstáculo para la unión. El Estado asumió la responsabilidad de la liquidación de las deudas y se nombraron cinco comisionados, que quedaron encargados de la administración del dinero y que por ello fueron llamados mensarii [el nombre proviene de "mensa", la mesa en la que contaban los dineros; "mensarios" sería la palabra castellanizada aunque, en este caso, el término castellano más ajustado sería el de interventor.-N. del T.] La imparcialidad y diligencia con que estos comisionados cumplieron con sus funciones, les hizo dignos de un lugar de honor en todos los registros históricos. Sus nombres eran Cayo Duilio, Publio Decio Mus, Marco Papirio, Quinto Publilio y Tito Emilio. La tarea que acometieron era difícil de administrar y, aun presentando dificultades para ambas partes, era más desagradable para una de ellas; pero la desempeñaron con gran consideración hacia todos y, aunque implicó un gran desembolso para el Estado, nada se quedó a deber a los acreedores. Sentados en mesas, en el Foro, trataban sobre deudas de larga duración debidas más a la negligencia del deudor que a la falta de medios; adelantaban dinero público con las debidas garantías o tasaban con justicia su propiedad. De esta manera, una inmensa cantidad de deudas fueron amortizadas sin ningún tipo de injusticia ni, incluso, quejas de ambos lados. Debido a un informe de que las doce ciudades de Etruria habían formado una liga hostil, cundió una buena dosis de alarma, que luego resultó ser infundada, y se creyó necesario nombrar un dictador. Esto tuvo lugar en el campamento, porque fue allí donde los cónsules recibieron el decreto senatorial. Fue nombrado Cayo Julio y se le asignó a Lucio Emilio como jefe de la caballería. En el exterior, sin embargo, todo permaneció tranquilo.

[7.22] En casa, debido a los intentos del dictador por asegurar la elección de patricios para los dos consulados, las cosas desembocaron en un interregno. Hubo dos interreges, Cayo Sulpicio y Marco Fabio, y tuvieron éxito donde el dictador había fracasado, pues la plebe, debido a la ayuda pecuniaria recientemente otorgada, se encontraba en un estado de ánimo menos agresivo. Ambos cónsules electos fueron patricios: Cayo Sulpicio Petico, que había sido el primero de los dos interreges, y Tito Quincio Peno, de este algunos dan como su tercer nombre Ceso y otros Cayo -351 a.C.-. Ambos marcharon a la guerra; Quincio contra Faleria y Sulpicio contra Tarquinia. El enemigo no les enfrentó en una batalla abierta; se condujo la guerra más contra los campos que contra los hombres, quemando y destruyendo por todas partes. Los efectos debilitantes y el esfuerzo, como el de un lento declive, desgastaron la resolución de ambos pueblos y pidieron una tregua, primero a los cónsules y después, con el permiso de éstos, al Senado. Obtuvieron una tregua por cuarenta años. Después que la inquietud creada por estas dos guerras fuera así atemperada, hubo un tiempo de respiro para las armas. La liquidación de las deudas había provocado un cambio de propietario en el caso de muchas propiedades, y se decidió que había que hacer una nueva evaluación. Sin embargo, cuando se anunció la elección de censores, Cayo Marcio Rutilo, que había sido el primer dictador nombrado de la plebe, anunció que sería candidato a la censura. Esto trastornó la armonía entre ambos órdenes. Él dio este paso en lo que parecía un momento inoportuno, pues ambos cónsules eran patricios y declararon que no permitirían que se votase por él. Pero él mantuvo decididamente su propósito y los tribunos, deseosos de recuperar los derechos de la plebe que se perdieron en las elecciones consulares, le ayudaron con todo su poder. No había dignidad que la grandeza de su carácter no pudiera desempeñar, y la plebe estaba deseosa de ser llamada para que compartiese la censura el mismo hombre que había abierto el camino a la dictadura. No hubo división de opiniones durante las elecciones: Marco fue elegido censor por unanimidad, junto con Cneo Manlio. Este año también vio a Marco Fabio como dictador, no porque se temiese alguna guerra, sino para impedir que se cumpliera con la Ley Licinia en las elecciones consulares. La dictadura, sin embargo, no hizo que los esfuerzos senatoriales tuviesen más influencia en la elección de cónsules que la que tuvieron en la elección de censores.

[7.23] Marco Popilio Lenas fue el cónsul elegido de entre la plebe y Lucio Cornelio Escipión el cónsul de entre los patricios -350 a.C.-. La Fortuna concedió la mayor distinción al cónsul plebeyo, pues al recibirse la información de que un inmenso ejército de galos había acampado en territorio del Lacio, la dirección de esa guerra, debido a la grave enfermedad que por entonces sufría Escipión, se confió por una acuerdo especial a Popilio. Inmediatamente levantó un ejército, y ordenó que todos los disponibles para el servicio activo se encontrasen armados fuera de la puerta Capena, en el templo de Marte; a los cuestores se les ordenó que llevasen los estandartes desde el Tesoro hasta el mismo lugar. Después de alistar cuatro legiones al completo, entregó el resto de las tropas a Publio Valerio Publícola, el pretor, y aconsejó al Senado que levantase un segundo ejército para proteger la república contra cualquier otra emergencia. Cuando se ultimaron todos los preparativos y todo estuvo listo, avanzó hacia el enemigo. Con objeto de probar sus fuerzas antes de enfrentarla a una acción decisiva, se apoderó de cierto terreno elevado, tan cerca del campamento galo como pudo, y empezó a construir una empalizada. Cuando los galos vieron los estandartes romanos en la distancia, formaron sus líneas preparados, con su habitual impulsividad y amor a la lucha, para combatir de inmediato. Observando, sin embargo, que los romanos no bajaban a la llanura y que confiaban en la protección de su posición y de su empalizada, imaginaron que estaban atenazados por el miedo y que, al mismo tiempo, estarían más expuestos a un ataque al hallarse ocupados en los trabajos de fortificación. Así que lanzaron un grito salvaje y se lanzaron al ataque. Los triarios, que formaban el grupo de trabajadores, no detuvieron su labor, pues fueron defendidos por los asteros, y los príncipes, que estaban formados delante y empezaron a combatir [aquí describe Livio la famosa formación romana en tres líneas: príncipes, asteros y triarios; se diferenciaban en su experiencia de combate y en lo completo de su panoplia. Aunque casi todas las traducciones mantienen el término hastati, o lo castellanizan en “hastados”, hemos preferido usar el término castellano correcto, pues el D.R.A.E., en su tercera acepción lo define como “soldado de la antigua milicia romana, que peleaba con asta”- N. del T.]. Su valor constante se vio favorecido por el hecho de que estaban en un terreno más alto, pues los pilos y lanzas no fueron arrojados inútilmente, como a menudo sucede cuando se está al mismo nivel, sino que, aumentado su alcance por su peso, alcanzaban sus objetivos. Los galos sufrieron el peso de los proyectiles que, o bien se clavaban en sus cuerpos, o bien quedaban fijados a sus escudos, haciéndolos extremadamente pesados de llevar. Casi habían llegado con su carga a la cima de la colina cuando se detuvieron sin saber qué hacer. El mero retraso elevó el valor de los romanos y disminuyó el del enemigo. Luego, la línea romana empujó sobre ellos y les obligó a retroceder; cayeron unos sobre otros y de esta manera provocaron más daño que el sufrido del enemigo; tan precipitada fue su huida que muchos murieron aplastados en vez de por la espada.

[7.24] Pero la victoria no se había decidido todavía. Cuando los romanos llegaron a terreno llano, aún les quedaba otra masa de la que encargarse. El número de galos era lo bastante grande como para impedir que sintieran las pérdidas que ya habían sufrido y, como si un nuevo ejército se hubiese levantado del suelo, fueron enviadas tropas frescas contra su victorioso enemigo. Los romanos vieron su aparición y se detuvieron pues, cansados como estaban, no sólo tenían que mantener un segundo combate sino que el cónsul, mientras cabalgaba imprudentemente por la vanguardia, fue herido en su hombro izquierdo por una jabalina y tuvo que retirarse. Casi se había perdido la victoria por este retraso cuando el cónsul, después que su herida fuese vendada, regresó al frente. "¿Por qué estáis parados, soldados?" -exclamó-. "No os enfrentáis con los latinos o los sabinos a quienes, después de haberlos vencido, podéis convertir en aliados; habéis desenvainado la espada contra bestias salvajes, o derramamos su sangre o les damos la nuestra. Los habéis rechazado de vuestro campamento, los habéis echado cabeza abajo al valle, estáis de pie sobre los cuerpos tendidos de vuestros enemigos. Llenad el valle de la misma carnicería que la montaña. No esperéis que huyan mientras estáis aquí, esperando; los estandartes deben avanzar y vosotros debéis avanzar contra el enemigo". Así alentados, cargaron nuevamente, desalojaron a las cohortes delanteras de los galos y, formando sus manípulos en cuña, penetraron en el centro enemigo. Entonces, los bárbaros quedaron divididos y, no teniendo órdenes concretas ni jefes, volvieron el ataque contra sus propias reservas. Se diseminaron por la llanura y su precipitada huida les llevó a pasar su campamento, en dirección a las colinas de Alba. Dado que la colina en que estaba la antigua fortaleza de Alba parecía ser la más alta, se dirigieron a ella. El cónsul no continuó la persecución más allá del campamento, pues su herida era grave y no quería arriesgar un ataque contra colinas en poder del enemigo. Todos los despojos del campamento fueron dejados para los soldados, y él condujo de vuelta a Roma un ejército enardecido con la victoria y enriquecido con el saqueo de los galos; sin embargo, debido a su herida, se retrasó su triunfo. Como ambos cónsules estaban de baja por enfermedad, el Senado consideró necesario nombrar un dictador para llevar a cabo las elecciones. Fue nombrado Lucio Furio Camilo y se le asoció a Publio Cornelio Escipión como jefe de la caballería. Devolvió a los patricios su antiguo monopolio sobre el consulado, por este servicio fue elegido cónsul con su apoyo entusiasta y él procuró que se eligiera a Apio Claudio Craso como su colega -349 a.C.-.

[7.25] Antes de que los nuevos cónsules tomaran posesión de su cargo, Popilio celebró su triunfo sobre los galos en medio del aplauso encantado de la plebe, y la gente se preguntaba inquieta si había alguien que lamentase la elección de un cónsul plebeyo. Al mismo tiempo, estaban muy amargados porque el dictador se hubiera apoderado del consulado como si fuese un soborno al despreciar la Ley Licinia. Consideraron que había degradado el consulado, más por su voraz ambición que por actuar en contra del interés público, ya que, en realidad, había procurado su propia elección como cónsul mientras era dictador. El año estuvo marcado por numerosos disturbios. Los galos bajaron de las colinas de Alba, al no poder soportar la severidad del invierno, y se extendieron en hordas de saqueadores sobre las llanuras y los distritos marítimos. El mar estaba infestado por las flotas de los piratas griegos, que desembarcaban en las costas cercanas a Anzio y Laurento y entraban por la desembocadura del Tíber. En una ocasión, los piratas y los saqueadores se enfrentaron en una dura batalla y se retiraron, los galos a su campamento y los griegos a sus barcos, sin que ninguna de las dos partes supiese si debían considerarse vencedores o vencidos.

Estos diversos sobresaltos fueron seguidos de otro mucho más grave. Los latinos habían recibido una solicitud del gobierno romano para que proporcionasen tropas y, tras discutir el asunto en su consejo nacional, respondieron con los siguientes términos: "No hagáis más peticiones a aquellos cuya ayuda necesitáis; nosotros, los latinos, antes preferimos tomar las armas en defensa de nuestra propia libertad que en ayuda de un amo extranjero". Con dos guerras en el extranjero entre manos y esta revuelta de sus aliados, el Senado vio consternado que tendría que contener por el miedo a quienes no se frenaban por consideraciones de honor. Se ordenó a los cónsules que ejercieran todo lo posible su autoridad a la hora de reclutar tropas pues, como las de sus aliados les habían abandonado, tendrían que depender completamente de sus conciudadanos. Se alistaron hombres por todas partes, no sólo en la Ciudad, sino también en los distritos rurales. Se dice que se levantaron diez legiones, cada una con 4200 infantes y 300 jinetes. Tal ejército, si alguna fuerza extranjera lo atacase, el actual poder del pueblo romano, que el mundo difícilmente puede contener, apenas podría ser ahora alistado aún si pusiera en ello todo su interés; pues la verdad es que sólo hemos mejorado en aquello que realmente nos interesa: la riqueza y el lujo. Entre otros acontecimientos luctuosos de este año, tuvo lugar la muerte del otro cónsul, Apio Claudio, que se produjo mientras se adoptaban los preparativos para la guerra. El gobierno pasó a manos de Camilo, como cónsul único, y el Senado no tuvo a bien que se nombrase un dictador, fuera por algún augurio favorable de su nombre a la vista de los problemas con los galos, o porque no les agradaba poner a un hombre de su distinción bajo el mando de un dictador. Dejando a dos legiones para proteger la Ciudad, el cónsul dividió las ocho restantes entre él y Lucio Pinario, el pretor. Retuvo la dirección de la guerra contra los galos para sí, en vez de decidir en campaña mediante el usual sorteo, inspirado como estaba por la memoria de los brillantes éxitos de su padre. El pretor tenía que proteger la línea costera y evitar que los griegos desembarcasen, mientras que él mismo bajaría hasta el territorio pomptino. Su intención era evitar cualquier enfrentamiento en terreno llano a menos que se viera obligado a combatir, y limitarse a efectuar correrías; pues, al no poderse mantener a sí mismos más que mediante el pillaje, pensaba que de esta manera les aplastaría mejor. En consecuencia, escogió un terreno adecuado para un campamento fijo.

[7.26] Mientras que los romanos pasaban el tiempo tranquilamente en los puestos de avanzada, un gigantesco galo con una espléndida armadura avanzó hasta ellos y lanzó un desafío, mediante un intérprete, para enfrentarse a cualquier romano en combate singular. Había un joven tribuno militar, llamado Marco Valerio, que se consideraba tan digno de este honor como lo había sido Tito Manlio. Después de obtener el permiso del cónsul, marchó, completamente armado, hacia el espacio abierto entre los dos ejércitos. La contienda humana fue menos reseñable debido a la interposición directa de los dioses; pues, justo cuando se iban a enfrentar, un cuervo se asentó repentinamente sobre el casco del romano, con la cabeza hacia su enemigo. El tribuno aceptó de buen grado esto como un augurio divino, y oró por que tanto si era dios como diosa quien había enviado el pájaro auspicioso, la divinidad le fuera favorable y le ayudase. Aunque parezca mentira, el pájaro no sólo se mantuvo sobre el casco, sino que cada vez que se enfrentaban extendía sus alas y atacaba la cara y los ojos del galo con el pico y las garras hasta que, aterrorizado por la visión de un portento de tal calibre y desconcertados ojos y mentes por igual, fue muerto por Valerio. Entonces, volando lejos hacia el este, el cuervo se perdió de vista. Hasta entonces, los puestos avanzados de ambos bandos habían permanecido tranquilos; pero cuando el tribuno empezó a despojar el cadáver de su enemigo, los galos no mantuvieron más sus posiciones y los romanos corrieron rápidamente a ayudar al vencedor. Se produjo un furioso combate alrededor del cuerpo yacente, y no sólo los manípulos cercanos, sino que ya las legiones salieron fuera del campamento y se unieron a la refriega. Los soldados estaban exultantes por la victoria de su tribuno y por la manifiesta presencia de los dioses, y conforme Camilo les ordenaba combatir, apuntó al tribuno, visible con sus despojos y les dijo: "¡Seguid su ejemplo, soldados, y amontonad a los galos sobre su caído campeón!" Dioses y hombres, por igual, tomaron parte en la batalla que se libró hasta un final, sin lugar a dudas, desastroso para los galos, pues ambos ejércitos repitieron absolutamente el resultado del combate singular. Los galos que habían empezado el combate lucharon desesperadamente, pero el resto de los enemigos que acudió a auxiliarles se dio la vuelta antes de entrar al alcance de los misiles. Se dispersaron por territorio de los volscos y de los faliscos; desde allí se abrieron paso hasta Apulia y el mar occidental.

El cónsul formó a sus tropas y, tras elogiar la conducta del tribuno, le regaló diez bueyes y una corona de oro. Siguiendo las instrucciones recibidas del Senado, se hizo cargo de la guerra marítima y reunió sus fuerzas con las del pretor. A los griegos les faltaba valor para correr el riesgo de un enfrentamiento general y todas las perspectivas apuntaban a una guerra larga. Camilo fue, en consecuencia, autorizado por el Senado para designar a Tito Manlio Torcuato como dictador, con el propósito de llevar a cabo las elecciones. Tras nombrar a Aulo Cornelio Coso como jefe de la caballería, el dictador procedió a celebrar las elecciones consulares. Marco Valerio Corvo (que en adelante fue su sobrenombre), un joven de veintitrés años, fue declarado legalmente electo en medio de los aplausos entusiastas del pueblo. Su colega fue el plebeyo Marco Popilio Lenas, elegido ahora por cuarta vez -348 a.C.-. Nada digno de reseña ocurrió entre Camilo y los griegos; estos no eran combatientes en tierra y los romanos no podían luchar en el mar. En última instancia, ya que se les impedía desembarcar en cualquier parte y les faltaban el agua y otras vituallas imprescindibles, abandonaron Italia. A qué estado o nación griegas pertenecía aquella flota es cuestión dudosa; creo que lo más probable es que perteneciera al tirano de Sicilia, pues los mismos griegos, por aquella época, estaban sumidos en guerras internas y observaban con temor el creciente poder de Macedonia.

[7.27] Después de que se licenciaran los ejércitos, hubo un intervalo de paz en el extranjero y concordia entre ambos órdenes en casa. Para evitar que las cosas, sin embargo, fuesen demasiado agradables, una peste atacó a los ciudadanos y el Senado mismo se vio en la necesidad de emitir una orden a los decenviros, exigiéndoles consular los Libros Sibilinos. Por su consejo, se celebró un lectisternio [ver Libro 5,13.- N. del T.]. En este año, colonos de Anzio reconstruyeron Sátrico, que había sido destruido por los latinos, y se establecieron allí. Se firmó un tratado entre Roma y Cartago; esta última ciudad había enviado emisarios a pedir una alianza amistosa. Mientras los cónsules que les sucedieron, Tito Manlio Torcuato y Cayo Plaucio, ocuparon el cargo, continuó la paz -347 a.C.-. El tipo de interés se redujo a la mitad [o sea, al 4,15 %.-N. del T.] y el pago del principal se haría en cuatro cuotas iguales, la primera al momento y las restantes en tres años consecutivos. Aunque muchos plebeyos estaban aún en peligro, el Senado consideró el mantenimiento del crédito público más importante que la eliminación de las dificultades individuales. Lo que supuso el mayor alivio fue la suspensión del servicio militar y del impuesto de guerra. Tres años después de que Sátrico hubiera sido reconstruida por los volscos, mientras Marco Valerio Corvo era cónsul por segunda vez junto con Cayo Petilio -346 a.C.-, se envió un informe desde el Lacio diciendo que mensajeros de Anzio estaban yendo por los distritos latinos incitando a la guerra. A Valerio se le encargó atacar a los volscos antes de que el enemigo se hiciera más numeroso, y se dirigió con su ejército a Sátrico. Allí fue recibido por los anciates y otras tropas volscas que habían sido previamente movilizadas por si se producía cualquier movimiento por parte de Roma. El viejo odio que permanecía entre las dos naciones las hacía ansiar la batalla; no hubo, por tanto, ningún retraso para tratar de alcanzar un acuerdo. La volscos, más audaces a la hora de comenzar la guerra que para mantenerla, fueron completamente derrotados y huyeron precipitadamente a Sátrico. La ciudad fue rodeada y, cuando estaba a punto de ser asaltada (las escalas de asalto estaban ya contra los muros), perdieron toda esperanza y se rindieron hasta cuatro mil guerreros, además de una multitud de no combatientes. La ciudad fue saqueada y quemada; sólo se salvó de las llamas el templo de Mater Matuta; todo el botín se entregó a los soldados. Además del botín, estaban los cuatro mil que se habían rendido; estos marcharon encadenados delante del carro del cónsul en su procesión triunfal, después se les vendió y una gran cantidad de dinero se ingresó en el Tesoro por este concepto. Algunos autores afirman que estos prisioneros eran esclavos que habían sido capturados en Sátrico, y esto parece más probable que haya sido el caso y no que se hubieran vendido como esclavos hombres que se habían rendido.

[7.28] Marco Fabio Dorsuo y Servio Sulpicio Camerino fueron los siguientes cónsules -345 a.C.-. Un ataque repentino de los auruncinos condujo a una guerra con ese pueblo. Se temía que estuviera implicada más de una ciudad y que, de hecho, hubiera sido planeada por toda la Liga Latina. Para enfrentarse a todo el Lacio en armas, se nombró dictador a Lucio Furio Camilo, este designó a Cneo Manlio Capitolino como jefe de la caballería. Como es habitual en las grandes y repentinas alarmas, se proclamó una suspensión de todos los negocios y el alistamiento se llevó a cabo sin permitir excepción alguna; cuando se completó, las legiones marcharon tan rápidamente como pudieron contra los auruncinos. Estos mostraron tener más temple de bandidos que de soldados y la guerra terminó con el primer combate. Pero como habían empezado la guerra sin provocación alguna y no se habían mostrado renuentes a aceptar la batalla, el dictador pensó que tenía el deber de garantizarse la ayuda de los dioses y, durante la misma lucha, prometió dedicar un templo a Juno Moneta. Al volver victorioso a Roma, renunció a su dictadura para cumplir su promesa. El Senado nombró dos comisionados para llevar a cabo la construcción de este templo en un estilo acorde con la grandeza del pueblo romano, y se designó un lugar en la Ciudadela donde había estado la casa de Marco Manlio Capitolino. Los cónsules usaron el ejército del dictador en la guerra contra los volscos y les tomaron en un golpe de mano la ciudad de Sora. El templo de Moneta fue dedicado al año siguiente -344 a.C.-, cuando Cayo Marcio Rutilio fue cónsul por tercera vez y Tito Manlio Torcuato por segunda. Se produjo un portento poco después de la dedicatoria, parecido al antiguo que ocurrió en el Monte Albano: cayó una lluvia de piedras y pareció que la noche extendía su cortina sobre el día. Los ciudadanos se llenaron de temor ante este suceso sobrenatural y, después de haber consultado los libros sibilinos, el Senado decidió el nombramiento de un dictador para organizar las observancias ceremoniales para los días designados. Se nombró a Publio Valerio Publícola y se designó a Quinto Fabio Ambusto como jefe de la caballería. Se dispuso que no sólo las tribus romanas, sino también las poblaciones vecinas, debían participar en las oraciones públicas y se estableció definitivamente el orden que cada una debía observar. Ese año, los ediles procesaron a prestamistas y se dice que el pueblo aprobó fuertes penas para ellos. Por alguna razón que no se ha registrado, los asuntos desembocaron en un interregno. Como, sin embargo, terminó con la elección de dos cónsules patricios, esta podría haber sido la razón por la que se recurrió a aquel. Los nuevos cónsules eran Marco Valerio Corvo (por tercera vez) y Aulo Cornelio Coso -343 a.C.-.

[7.29] La Historia se ocupará ahora con unas guerras mayores que cualesquiera antes registradas; mayores tanto si consideramos las fuerzas enfrentadas, el tiempo que duraron o la extensión del territorio sobre el que se libraron. Porque fue en este año (343 a. C.) cuando comenzaron las hostilidades con los samnitas, un pueblo fuerte en recursos materiales y en poder militar. Nuestra guerra con los samnitas, con sus diversas fortunas, fue seguida por la guerra contra Pirro y esta a su vez por la guerra contra Cartago. ¡Qué capítulo de grandes sucesos! ¡Cuán a menudo hubimos de pasar por los peligros más extremos para que nuestro dominio fuera exaltado a su grandeza actual, una grandeza que se mantiene con dificultad! La causa de la guerra entre romanos y samnitas, que habían sido nuestros amigos y aliados, vino, sin embargo, del exterior; no nació de entre los propios pueblos. Los samnitas, simplemente porque eran los más fuertes, lanzaron un ataque no provocado contra los sidicianos; la parte más débil fue obligada a buscar socorro en quienes eran más poderosos y se pusieron su suerte junto a los campanos. El campanos se señalaron en su ayuda, más por mantener el prestigio de su nombre con por su fuerza real; enervados por el lujo, fueron vencidos por un pueblo habituado al uso de las armas y, tras ser derrotados en territorio sidiciano, desviaron todo el peso de la guerra contra sí mismos. Los samnitas, abandonando las operaciones contra los sidicianos, atacaron a los campanos, que eran el pilar y fortaleza de sus vecinos; vieron también que, habiendo sido hasta ahora tan fácil su victoria, ésta le traería más gloria y botín. Se apoderaron de las colinas Tifata, que dominan Capua, y dejó una gran fuerza para mantenerlas, luego descendieron en orden cerrado a la llanura que se encuentra entre las colinas Tifata y Capua. Aquí se produjo una segunda batalla en la que los campanos fueron derrotados y confinados a sus murallas. Habían perdido la flor de su ejército, y como no tenían esperanza alguna de recibir ayuda próximamente, se vieron obligados a pedir auxilio a Roma.

[7.30] Al ser admitidos a una audiencia, sus enviados se dirigieron al Senado del modo siguiente: "¡Senadores! el pueblo de Capua nos ha enviado ante vosotros como embajadores para solicitar amistad, que será perpetua, y ayuda para la hora presente. Si hubiéramos buscado esta amistad en los días de nuestra prosperidad, se podría haber cimentado con más facilidad pero, al mismo tiempo, con un lazo más débil. Porque en ese caso, recordando que habíamos formado nuestra amistad en igualdad de condiciones, tal vez habríamos sido amigos tan cercanos como ahora, pero habríamos estado menos dispuestos a aceptar vuestras órdenes y menos aún vuestra caridad. Mientras que ahora, ganada vuestra compasión y defendidos en nuestra necesidad por vuestra ayuda, quedamos obligados a apreciar la bondad que nos mostráis para no parecer desagradecidos e indignos de cualquier ayuda divina o humana. Ciertamente, no considero que el hecho de que los samnitas sean ya vuestros amigos y aliados deba ser un impedimento para que nos admitáis a vuestra amistad; esto sólo demuestra que ellos tienen precedencia sobre nosotros en la prioridad y grado de honor que vosotros les habéis conferido. No hay nada en vuestro tratado con ellos que impida que celebréis nuevos tratados. Siempre habéis considerado razón suficiente para la amistad que aquel que se os acerca esté ansioso por ser vuestro amigo. Aunque las circunstancias actuales nos impiden hablar con orgullo acerca de nosotros mismos, todavía los campanos no somos los segundos tras ningún otro pueblo más que del vuestro, ni en el tamaño de nuestra ciudad ni en la fertilidad de nuestro suelo, y traeremos, según creo, no poco incremento a vuestra prosperidad al entrar en vuestra amistad. Cada vez que los ecuos y volscos, los eternos enemigos de esta Ciudad, hagan cualquier movimiento hostil, nosotros estaremos en su retaguardia, y a lo que vosotros hagáis por nuestra libertad nosotros os lo devolveremos en pro de vuestro dominio y vuestra gloria. Cuando estas naciones que se encuentran entre nosotros sean sometidas, y vuestro valor y fortuna son una garantía de que a esto se llegará pronto, tendréis un dominio ininterrumpido hasta nuestra frontera. Dolorosa y humillante es la confesión que nuestra suerte nos obliga a hacer; pero habiendo llegado a esto, senadores, nosotros los campanos debemos ser contados o entre vuestros amigos o entre vuestros enemigos. Si nos defendéis, somos vuestros; si nos abandonáis, seremos de los samnitas. Así pues, pensad si preferís que Capua y toda la Campania se añadan a vuestra fuerza o que aumenten el poder de los samnitas. Es de justicia, romanos, que vuestra simpatía y ayuda se extienda todos pero, especialmente, a aquellos que, cuando los demás les llamaron, trataron de ayudarles más allá de sus fuerzas y de este modo se pusieron a sí mismos en tan terrible aprieto. Aunque nuestra lucha fue ostensiblemente en nombre de los sidicianos, luchamos en realidad por nuestra propia libertad, pues vimos a nuestros vecinos caer víctimas del infame pillaje de los samnitas y supimos al ver a los sidicianos consumidos por el fuego que éste se extendería a nosotros. Los samnitas no vienen a atacarnos porque les hayamos hecho ningún mal, sino porque se han aprovechado de buen grado de un pretexto para la guerra. ¿Por qué, si sólo buscan venganza y no una oportunidad para satisfacer su codicia, no es suficiente que hayan caído cuatro de nuestras legiones en territorio Sidiciano y una segunda vez en la misma Campania? ¿Dónde encontraremos resentimiento tan amargo que la sangre derramada en dos batallas que no pueda saciar? ¿Pensáis entonces que la destrucción causada a nuestros campos, los hombres y ganados llevados, el incendio y ruina de nuestras farmacias, toda la devastación por el fuego y la espada no han podido aplacar su ira? Pues no, ellos deben satisfacer su codicia. Esto es lo que les hace apresurarse en el asedio de Capua; están empeñados en destruir la más bella de las ciudades o en hacerla suya. Pero vosotros, romanos, la podréis poseer por vuestra propia bondad en vez de permitir que ellos la tengan como premio a su iniquidad".

"No estoy hablando en presencia de una nación que se niegue a ir a la guerra cuando la guerra es justa pero, aún así, creo que si dejáis claro que nos ayudaréis no necesitaréis ir a la guerra. El desprecio que sienten por los samnitas sus vecinos se extiende a nosotros, pero no sube más alto; la sospecha de vuestra ayuda así mostrada es suficiente para protegernos, y nosotros consideraremos que todo lo que tenemos y todo lo que somos es enteramente vuestro. El suelo de Campania será labrado para vosotros, por vosotros se llenará la ciudad de Capua; os consideraremos nuestros fundadores, nuestros padres, sí, incluso dioses; no habrá una sola entre vuestras colonias que nos supere en devoción y lealtad para con vosotros. Tened misericordia, senadores, de nuestros ruegos y manifestad vuestra voluntad divina y vuestro poder en nombre de los campanos y dejadles mantener una cierta esperanza de que Capua estará a salvo. ¿Veis que gran multitud espera a las puertas nuestro regreso? ¡Cuántos dejamos atrás llenos de lágrimas y súplicas! ¡En qué estado de incertidumbre viven ahora el Senado y el pueblo de Capua, nuestras esposas e hijos! Estoy seguro de que toda la población está de pie en las puertas, mirando el camino que conduce hasta aquí, en ansiosa espera de la respuesta que nos ordenéis llevarles. Una respuesta les traerá la seguridad, la victoria, la luz y la libertad; la otra, no me atrevo a decir lo pueda traer. Deliberad, por tanto, sobre nuestro destino, como el de hombres que pueden ser vuestros amigos y aliados o que ya no existirán en ningún lugar".

[7.31] Cuando los enviados se hubieron retirado, el Senado procedió a discutir la cuestión. Muchos de sus miembros resaltaron cómo la mayor y más rica ciudad de Italia, con un territorio muy fértil junto al mar, podría convertirse en el granero de Roma y suministrar gran variedad de suministros. No obstante, sin embargo la lealtad a los tratados superó incluso estos grandes ventajas, y el Senado autorizó al cónsul para que diese la siguiente respuesta: "El Senado es de la opinión, campanos, que sois dignos de recibir nuestra ayuda, pero la justicia exige que la amistad con vosotros se establezca sobre la base de que no se menoscabe ninguna alianza o amistad más antigua. Por lo tanto, rehusamos emplear en vuestro nombre, contra los samnitas, armas que podrían ofender a los dioses tan pronto como hiriesen a los hombres. Nosotros, como es justo y correcto, enviaremos una embajada a nuestros aliados y amigos para pedirles que no os hagan violencia hostil". Entonces, el jefe de la embajada, actuando de acuerdo con las instrucciones que traía, dijo: "Aunque no estéis dispuestos a hacer un uso justo de la fuerza contra la fuerza bruta y la injusticia, en defensa de lo que nos pertenece, lo haréis de todo modos para defender lo vuestro. Por eso, ahora ponemos bajo vuestro dominio y jurisdicción, senadores, y bajo el del pueblo romano, al pueblo de Campania y la ciudad de Capua, sus campos, sus templos sagrados y todas las cosas humanas y divinas. De ahora en adelante estamos dispuestos a sufrir lo que tengamos que sufrir, como hombres que se han puesto en vuestras manos". Tras estas palabras, todos ellos se echaron a llorar y, extendiendo sus manos ante el cónsul, se postraron en el suelo del vestíbulo.

Los senadores se sintieron profundamente conmovidos por este ejemplo de los vaivenes de la fortuna humana, donde un pueblo de rico patrimonio, famoso por su orgullo y suntuosidad y de quien, poco antes, sus vecinos habían solicitado ayuda, tenían ahora tan roto el ánimo que se ponían a sí mismos y a todas sus propiedades bajo el poder y la autoridad de otros. En seguida se convirtió en una cuestión de honor que los hombres que habían entregado formalmente a sí mismos, no debían ser abandonados a su suerte y, por lo tanto, se resolvió "que la nación samnita cometería un acto ilícito si atacaba una ciudad y territorio que, al entregarse, se había convertido en posesión de Roma". Decidieron no perder tiempo y enviar embajadores a los samnitas. Sus instrucciones eran exponer ante ellos a petición de los campanos, la respuesta que el Senado, consciente de sus relaciones amistosas con los samnitas, les había dado, y por último la entrega que se les había hecho. Tenían que pedir a los samnitas, en virtud de la amistad y alianza que existía entre ambos, para salvar a los que se habían entregado a sí mismos, que no efectuasen ninguna acción hostil contra aquel territorio que se había convertido en posesión del pueblo romano. Si estas moderadas protestas resultasen ineficaces, tenían que advertir solemnemente a los samnitas en nombre del Senado y del Pueblo de Roma para que quitasen sus manos de la ciudad de Capua y del territorio de la Campania. Los embajadores expusieron sus instrucciones ante el consejo nacional del Samnio. La respuesta que recibieron fue redactada en términos tan desafiantes que no sólo los samnitas declaraban su intención de proseguir la guerra contra Capua, sino que sus magistrados salieron fuera de la sala del consejo y, en un tono lo bastante alto como para que los embajadores lo oyesen, ordenaron a los prefectos de las cohortes marchar en seguida al territorio campano y arrasarlo.

[7,32] Cuando se informó a Roma del resultado de esta misión, el resto de asuntos fueron prestamente dados de lado y se envió a los Feciales en busca de reparación. Esta fue rechazada y el Senado decretó que se sometiese al pueblo una declaración de guerra, tan pronto como fuera posible. El pueblo ratificó la acción del Senado y ordenó a los dos cónsules que empezara las operaciones, cada uno con su ejército; Valerio en Campania, donde fijó su campamento en el Monte Gauro y Cornelio avanzó por el Samnio y acampó en Saticula. Valerio fue el primero en entrar en contacto con las legiones samnitas. Estos habían marchado contra la Campania porque pensaban que este sería el principal teatro de la guerra y estaban deseando descargar su furia sobre los campanos, que habían estado tan dispuestos a ayudar a otros en su contra y luego a pedir ayuda para ellos mismos. Tan pronto vieron el campamento romano, todos a una exigieron a sus jefes que les dieran la señal para la batalla; decían que los romanos tendrían la misma suerte ayudando a los campanos que éstos habían tenido al ayudar a los sidicianos. Durante unos días Valerio se limitó a escaramuzas, con objeto de probar la fuerza del enemigo. Al fin, sacó la señal de batalla y pronunció unas pocas palabras para alentar a sus hombres. Les dijo que no se dejasen intimidar por una nueva guerra o un nuevo enemigo, pues cuanto más alejaban sus armas de la Ciudad más pacíficas serían las naciones que se aproximaban. No tenían que medir el valor de los samnitas por las derrotas que habían infligido a los sidicianos y los campanos; siempre que ambas naciones combatían juntas, cualesquiera fuesen sus cualidades, un bando debía ser necesariamente vencido. No cabía duda de que, por lo que respecta a los campanos, debían sus derrotas más a su falta de audacia y a los efectos del debilitamiento por el excesivo lujo que a la fuerza de sus enemigos. ¿Qué podían pesar dos guerras victoriosas por parte de los samnitas en todos aquellos siglos, contra los muchos y brillantes logros del pueblo romano, que contaba con casi más triunfos que años transcurridos desde la fundación de su Ciudad, que había sometido por la fuerza de las armas a todas las naciones vecinas: sabinos, etruscos, latinos, hérnicos, ecuos, volscos y auruncinos, que habían masacrado a los galos en tantas batallas y echado por fin a sus barcos? Sus hombres no sólo debían entrar en acción con plena confianza en su propio valor y reputación de guerreros, sino que también debían recordar bajo qué auspicios y qué general iban a luchar; si lo iban a hacer bajo el mando de un hombre que sólo era un gran orador, valiente sólo de palabra e ignorante del arte militar o bajo uno que sabía manejar él mismo las armas, que se podía poner a sí mismo en vanguardia y cumplir con su deber en el tumulto del combate. "Quiero que vosotros, soldados", continuó, "sigáis mis hechos y no mis palabras, y que miréis en mí no sólo las órdenes, sino también el ejemplo. No ha sido mediante luchas de partido ni mediante intrigas, tan habituales entre los nobles, sino por mi propia mano derecha que he ganado tres consulados y alcanzado la más alta reputación. Hubo un tiempo en el que se me podría haber dicho: 'Sí, tú eras un patricio descendiente de los liberadores de nuestra patria, y tu familia obtuvo el consulado en el primer año en que esta Ciudad nombró cónsules.' Ahora, sin embargo, el consulado está abierto para vosotros los plebeyos tanto como para los que somos patricios; no es ya la recompensa por el alto nacimiento, como antes, sino el mérito personal. ¡De aquí en adelante, soldados, podemos esperar los más altos honores! Si con la sanción de los dioses vosotros me habéis dado este nuevo nombre de Corvino, yo no he olvidado el viejo sobrenombre de nuestra familia: Yo no he olvidado que soy un Publícola. Yo siempre apoyo y he apoyado los intereses de la plebe romana, tanto en el hogar como en campaña, sea como ciudadano privado o desempeñando un cargo público, como tribuno militar o como cónsul. He sido coherente con este objetivo en todos mis sucesivos consulados. Y ahora, por lo que tenemos inmediatamente frente a nosotros: Id, con la ayuda del cielo, y ganad conmigo por primera vez un triunfo sobre vuestros nuevos enemigos, los samnitas".

[7.33] En ningún lugar hubo nunca un general que se hiciera más querido de sus soldados, al compartir alegremente cada obligación con el más humilde de sus hombres. En los juegos militares, cuando los soldados hacían competiciones de velocidad y fuerza entre ellos, él estaba igualmente dispuesto a ganar que a perder y nunca consideró a nadie indigno de ser su antagonista. Demostraba ser amable siempre que las circunstancias lo requería; en su lenguaje, consideraba tanto la libertad ajena como su propia dignidad, y lo que le hacía más popular era que mostraba las mismas virtudes en el cumplimiento de las obligaciones de su cargo que las que había mostrado cuando aspiraba a este. Tras las palabras de su comandante, todo el ejército salió del campamento con extraordinaria presteza. En ninguna batalla se ha luchado nunca con fuerzas más igualadas, o esperanzas de victoria tan semejantes para ambas partes, ni una mayor autoconfianza de cada lado acompañado, sin embargo, de desprecio por su oponente. El temperamento combativo de los samnitas se había acrecentado por sus recientes logros y por la doble victoria ganada pocos días atrás; los romanos, por su parte, estaban inspirados por su glorioso historial de cuatro siglos de victorias que se remontaba a la fundación de la Ciudad. Pero cada bando sentía cierta inquietud ante el enfrentamiento con un enemigo nuevo y nunca antes combatido. La batalla fue un índice de sus sentimientos; por algún tiempo lucharon tan decididamente que ninguna línea mostró signos de ceder. Al fin, el cónsul, viendo que los samnitas no podían ser rechazados por la lucha tenaz, decidió probar el efecto de un golpe repentino y lanzó su caballería contra ellos. Esto no hizo ningún efecto, y al verles dando vueltas por el estrecho espacio entre los ejércitos oponentes tras su inútil carga, habiendo fracasado completamente en penetrar las líneas contrarias, cabalgó de vuelta a las primeras líneas de las legiones y, tras desmontar, dijo: "¡Soldados! esta tarea corresponde a nuestra infantería. ¡Vamos! Seguidme, mirad cómo me abro paso a través de las filas enemigas con mi espada. Que cada uno haga cuanto pueda para reducir a los que tiene enfrente. Todo ese terreno que veis ahora brillante de lanzas, lo contemplaréis limpia tras una gran carnicería". Mientras pronunciaba estas palabras, la caballería, por orden del cónsul, se retiró sobre ambos flancos, dejando el centro expedito para las legiones. El cónsul dirigió la carga y mató al primer hombre con que se enfrentó. Espoleados al verle, cada hombre, a derecha e izquierda, cargó hacia adelante y comenzó una lucha por ser recordado. Los samnitas no se inmutaron, a pesar de que estaban recibiendo más heridas de las que infligían.

La batalla había durado un tiempo considerable; hubo una terrible masacre alrededor de los estandartes samnitas pero sin señal de huida por ninguna parte, tan resueltos estaban a que sólo la muerte fuese su vencedor. Los romanos a ver cómo se agotaban sus fuerzas por la fatiga y que no quedaba mucha luz diurna, así que espoleados por la rabia y la decepción se arrojaron temerariamente contra su enemigo. Entonces, por primera vez, se vio a los samnitas cediendo terreno y preparándose huir; estaban siendo hechos prisioneros y muertos por todas partes, y no muchos habrían sobrevivido si la noche no hubiese puesto fin a lo que ya se estaba convirtiendo más en una victoria que una la batalla. Los romanos admitieron que nunca había luchado con un enemigo más obstinado, y cuando se preguntó a los samnitas quién fue lo primero que les hizo darse, tras toda su tenacidad, a la huida, dijeron que los ojos de los romanos parecían como de fuego, y sus caras y expresiones como las de locos; fue esto, más que otra cosa, lo que les llenó de terror. Este terror se manifestó no sólo en el resultado de la batalla, sino también en su apresurada huida nocturna. Al día siguiente, los romanos se apoderaron de su vacío campamento y toda la población de Capua salió hasta allí para felicitarlos.

[7.34] Pero estos festejos estuvieron a punto de amargarse por un gran desastre en el Samnio. El cónsul Cornelio había avanzado desde Saticula y condujo su ejército por un paso de montaña que desciende hasta un estrecho valle. Todas las alturas circundantes estaban ocupadas por el enemigo, y él no se dio cuenta de que estaban en lo alto, por encima de él, hasta que la retirada era imposible. Los samnitas permanecieron esperando en silencio hasta que la totalidad de la columna debía descender a la parte más baja del valle; pero mientras tanto, Publio Decio, un tribuno militar, divisó un pico que sobresalía del paso que dominaba el campamento enemigo. Esta altura habría sido difícil de escalar para una fuerza pesadamente armada, pero no para una que marchase ligera. Decio se acercó al cónsul, que estaba muy alarmado, y le dijo: "¿Ves, Aulo Cornelio, esa altura sobre el enemigo? Si aprovechamos rápidamente esa posición que los samnitas han estado tan ciegos como para dejar desocupada, resultará ser una fortaleza que asegurará toda nuestra esperanza de salvarnos. No me des más que los asteros y los príncipes de una legión. Cuando haya llegado a la cumbre, sal tú de aquí y sálvate junto con el ejército; pues el enemigo debajo de nosotros, siendo un blanco para cada proyectil que lancemos, no podrá moverse sin ser destruido. O bien la fortuna de Roma o bien nuestro propio valor, nos abrirán el camino para escapar". El cónsul se lo agradeció vivamente y, después de entregarle el destacamento que solicitó, Decio marchó sin ser visto a través del paso; sólo fue visto por el enemigo cuando ya estaba cerca del lugar al que se dirigía. Entonces, mientras todos los ojos estaban fijos en él con un silencio asombrado, le dio al cónsul el tiempo preciso para retirar su ejército a una posición más favorable y él mismo se situó con sus hombres en lo alto de la cumbre. Los samnitas iban sin rumbo de acá para allá; no podían seguir al cónsul, excepto por el mismo camino donde este había quedado expuesto a sus armas y que resultaba ahora igualmente peligroso para ellos, ni podían dirigir una fuerza contra la colina por encima de ellos, de la que Decio se había apoderado.

Él y sus hombres les habían arrebatado la victoria que ya estaba a su alcance, por lo que fue él contra quien dirigieron principalmente su ira, resultando la cercanía de la posición y la escasez de sus defensores incentivos adicionales para atacarles. Primero se dispusieron a asediar los picos por todas partes, para así separar a Decio del cónsul, después pensaron en retirarse y dejarle abierto el camino, para poderle atacar cuando hubiera descendido al valle. Mientras estaban todavía indecisos, les alcanzó la noche. Al principio, Decio esperaba poder atacarlos desde su terreno más elevado mientras ellos avanzaban hacia lo alto; luego empezó a preguntarse por qué no atacaban o, en todo caso, si les detenía la naturaleza del terreno, por qué no lo rodeaban. Convocó a los centuriones. "¡¿Qué ignorancia o qué cobardía es esta?!" -exclamó-. "¿Cómo han podido ganar estos hombres una victoria sobre los sidicianos y los campanos?

Allí los veis, marchando arriba y abajo, unas veces en orden cerrado y otras desplegados. En todo este tiempo, podíamos haber sido ya rodeados, pero nadie ha empezado siquiera a fortificar. ¿Vamos a hacer como ellos y quedarnos aquí más tiempo del preciso? Venid conmigo y hagamos un reconocimiento de sus posiciones mientras aún queda luz y averigüemos por dónde hay una apertura por la que salir. Disfrazado con una capa de soldado común para que el enemigo no le pudiera distinguir, y con sus centuriones vestidos igual, hizo un examen detenido de todos aquellos detalles.

[7.35] Después de disponer las guardias, ordenó que se diera el santo y seña al resto de las tropas; cuando sonó la bucina [se deja aquí el nombre latino por no haber ninguno en castellano que describa exactamente la naturaleza del instrumento, una trompeta cuyo tubo completaba casi las tres cuartas partes de un circunferencia.- N. del T.] de la segunda guardia hizo que se reuniesen con él en silencio. Cuando se hubieron reunido de acuerdo con las instrucciones, les dijo: "Este silencio, soldados, debe mantenerse, y no aplaudir nada de lo que yo diga. Cuando haya expuesto ante vosotros lo que me propongo, aquellos de vosotros que lo aprueben cruzarán en silencio a la derecha. Se adoptará la opinión de la mayoría. Y ahora escuchad mis planes. No se os ha traído aquí huyendo, ni se os ha abandonado por cobardía y el enemigo os está acechando. Habéis tomado esta posición por vuestro valor y por vuestro valor la abandonaréis. Al llegar hasta aquí habéis salvado un espléndido ejército de Roma, ahora debéis salvaros a vosotros mismos abriéndoos paso. Aunque sois pocos en número, habéis ayudado a muchos, y sólo resultará apropiado que os marchéis sin necesitar ayuda de nadie. Lo tenemos que hacer frente a un enemigo que por su negligencia de ayer no pudo aprovechar la oportunidad que le dio la Fortuna para aniquilar a todo un ejército; que no se dio cuenta de este útil pico sobre ellos hasta que nosotros lo tomamos. Con todos sus miles de hombres no nos impidieron, pocos como éramos, subir, y una vez estuvo en nuestro poder ¿nos encerraron con fortificaciones, aunque aún quedaba bastante luz? El enemigo a quien habéis eludido mientras tenía los ojos abiertos y estaba en guardia, podrá a buen seguro ser evitado cuando está vencido por el sueño. De hecho, es absolutamente necesario que lo hagáis, pues nuestra posición es tal que debo más señalaros la situación en que estáis que sugeriros un plan de acción. Porque no puede haber ninguna duda sobre si salir o permanecer aquí, pues la Fortuna no os ha dejado más que vuestras armas y vuestro valor, que sabe cómo usarlas. Si mostramos más miedo de la espada que de portarnos como hombres y romanos, moriremos de sed y hambre. Nuestra única posibilidad de salvación, así pues, reside en abrirnos camino y salir. Lo tenemos que hacer, sea de día o de noche. Pero este es un punto que admite pocas dudas; si esperamos a la luz del día, ¿cómo podemos esperar que el enemigo, que, como veis, ha formado un círculo de hombres alrededor de nosotros, no nos encierre completamente con vallas y foso? Por otra parte, si la noche es mejor para nuestra salida, como sin duda es, entonces esta hora de la noche es seguramente la más conveniente. Os he convocado en la segunda guardia, una hora en que los hombres están sumidos en el sueño. Pasaréis a través de ellos en silencio, inadvertidos por los que duermen, pero en caso de que se den cuenta de vuestra presencia, los aterrorizaréis lanzando un grito repentino. Me habéis seguido hasta aquí, seguidme ahora mientras yo sigo a la Fortuna que nos ha guiado hasta aquí. Aquellos de vosotros que piensen que este plan es seguro, que den un paso adelante y pasen a la derecha".

[7.36] Todos cruzaron. Luego siguieron a Decio mientras se movía a través de los intervalos entre los piquetes. Ya habían llegado hasta el centro de las líneas samnitas cuando un soldado caminando sobre los cuerpos de los centinelas dormidos hizo un ruido al golpear el escudo contra uno de ellos. El centinela, despertado por el ruido, agitó al que estaba con él; ambos se levantaron de un salto y despertaron a los demás, sin saber si eran amigos o enemigos quienes estaban entre ellos, ni si eran las tropas de Decio que salían o las del cónsul capturando el campamento. Como ya no pasaban desapercibidos, Decio ordenó a sus hombres que lanzaran un grito, que paralizó de miedo a los que estaban medio dormidos, medio despiertos. En su confusión, no acertaron a tomar las armas con prontitud y no pudieron ofrecer ninguna resistencia ni perseguir a sus agresores. Mientras los samnitas estaban en este estado de confusión y pánico, los romanos, derribando a cuantos se les oponían, se abrieron paso en dirección al campamento del cónsul. Aún restaba una parte considerable de la noche y, evidentemente, ya estaban a salvo. Decio se dirigió a ellos: "¡Todo honor vosotros, valientes romanos! vuestra marcha desde aquella altura y vuestro regreso serán exaltados en toda época. Sin embargo, para otorgaros el debido reconocimiento a tal valor es necesaria la luz del día; merecéis algo más que llevar vuestra gloria a un campamento oculto por el silencio de la noche. Descansaremos aquí y esperaremos la luz del nuevo día". Así pues, descansaron. Tan pronto como hubo luz y se dio la novedad al cónsul en el campamento hubo allí gran excitación y regocijo, y cuando se anunció oficialmente por todo el campamento que los hombres que habían salvado al ejército a riesgo de sus propias vidas habían vuelto sanos y salvos, todos salieron en tropel a su encuentro, les llovieron felicitaciones, se agradeció y alabó a los dioses y subían a Decio a los cielos. Desfiló por el campamento, en lo que equivalía a una procesión triunfal, con su pequeña fuerza completamente armada. Todos los ojos estaban fijos en él; el tribuno militar fue tratado con tanta distinción como si hubiera sido un cónsul. Cuando llegó al pretorio, el cónsul ordenó que se tocase a reunión. Estaba empezando a dar a Decio los elogios que tanto había merecido, ante todo el ejército, cuando Decio lo interrumpió y le pidió aplazar los celebraciones en vista de la espléndida oportunidad que tenían ahora al alcance de sus manos. Así pues, el cónsul mandó romper filas y siguió el consejo de Decio, que consistía en atacar al enemigo antes de que se hubiera repuesto de su sobresalto nocturno y estuviera aún dispuesto alrededor de la altura en destacamentos separados; se creía que algunos de los que habían sido enviados en su persecución aún estarían atravesando el paso. Se ordenó a las legiones que se armasen para el combate y fueron llevados por una ruta más abierta contra el enemigo, ya que grupos de exploración habían traído información sobre su localización. El ataque fue repentino e inesperado; los samnitas fueron dispersados por todas partes, la mayoría sin armas, sin poder tomarlas, formar unidades compactas o retirarse tras su empalizada. Primero fueron llevados por el pánico a su campamento, luego se capturó rápidamente el propio campamento. Los gritos hacían eco en la altura y los destacamentos que habían sido encargados de la vigilancia huyeron de un enemigo al que aún no habían visto. Aquellos que habían huido aterrados a su campamento, unos 30.000, fueron asesinados.

[7.37] Después de esta gesta, el cónsul convocó una Asamblea y, en presencia de camaradas, pronunció un panegírico de Decio, no sólo por sus servicios anteriores sino también por esta prueba suprema de sus cualidades como soldado. Además otras recompensas militares, le regaló una corona de oro y cien bueyes, así como uno blanco de especial belleza cuyos cuernos habían sido dorados. Los hombres que le habían acompañado fueron premiados con doble ración permanente además de un buey y dos túnicas para cada uno. Después que el cónsul hubo hecho los regalos, los legionarios, entre sonoros vivas, colocaron sobre la cabeza de Decio una corona de hierba [la más alta condecoración, que se otorgaba a quien salvaba a una legión completa y se confeccionaba con hierbas recogidas en el mismo campo de batalla.-N. del T.] . Otra corona similar le fue otorgada por sus propios hombres. Llevando estas condecoraciones, sacrificó al toro bellamente decorado a Marte y regaló los cien bueyes que se le habían otorgado a los hombres que les habían acompañado en su expedición. Los legionarios también contribuyeron con una libra de farro y un sextario de vino para cada uno de ellos [es decir, 327 gr. de grano y 5,468 decilitros de vino.-N. del T.]. Durante todas estas celebraciones se proferían gritos entusiásticos por todo el campamento. Después de la derrota que habían sufrido a manos de Valerio, el ejército samnita estaba decidido a someter su fortuna a la prueba de un conflicto definitivo y se libró una tercera batalla en Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.]. Se alistó toda la fuerza combativa de la nación. Se enviaron a toda prisa las alarmantes nuevas hasta Capua; de allí galoparon jinetes hacia el campamento romano para pedir ayuda a Valerio. En el acto ordenó avanzar y, dejando una importante fuerza para proteger el campamento y los bagajes, se dirigió a marchas forzadas hacia Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.]. Escogió un lugar para su campamento no lejos del enemigo, y de poco tamaño pues, con excepción de los caballos, no tenía que dar cabida a equipajes, animales o seguidores [era habitual que a un ejército en marcha le siguiera una columna de mercaderes, prostitutas, artesanos o agricultores de la zona; con el tiempo, incluso se les llegó a organizar dentro del orden de marcha militar.-N. del T.]. El ejército samnita, asumiendo que no habría demora en entrar en combate, formó sus líneas y, como el enemigo no avanzaba contra ellos, marcharon hacia el campamento romano preparados para asaltarlo. Cuando vieron a los soldados en la empalizada y supieron por las partidas de reconocimiento, que habían enviado en todas direcciones, que el campamento era de pequeñas dimensiones, concluyeron que sólo habría en él una débil fuerza enemiga. Todo el ejército comenzó a clamar que se rellenara el foso y que se derribara la empalizada para forzar la entrada al campamento. Si los generales no hubieran retenido el ímpetu de sus hombres, su temeridad habría puesto fin a la guerra. Como resultaba, sin embargo, que su gran número estaba agotando sus suministros y debido a su falta de acción anterior en Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.] y a la demora en llevarlos al combate, no estaban lejos de la más absoluta escasez. Decidieron, por lo tanto, que como, imaginaban, el enemigo temía aventurarse fuera de su campamento, enviarían partidas de forrajeo por los campos de alrededor. Mientras, esperaban que como los romanos no habían hecho ningún movimiento y habían, como mucho, llevado sólo el grano que podían transportar a sus espaldas, también estarían pronto faltos de todo. Cuando el cónsul vio al enemigo esparcido por los campos y que sólo quedaban unos pocos de servicio frente al campamento, dirigió unas pocas palabras de ánimo de sus hombres y los condujo fuera para asaltar el campamento samnita. Entraron a la primera embestida; la mayoría de los enemigos resultaron muertos en sus tiendas, más que ante las puertas o en la empalizada. Ordenó que fuesen reunidos todos los estandartes capturados. Dejando a dos legiones para guarnecer el campamento, dio órdenes estrictas de no tocar el botín hasta que regresase. Él siguió adelante con sus hombres en columna abierta y envió a la caballería para rodear a los samnitas dispersos, como si fuera un juego, y que los empujasen contra su ejército. Hubo una masacre inmensa, porque estaban demasiado aterrorizados para pensar bajo qué estandarte reunirse, si huir hacia su campamento o más lejos. Sus temores los llevaron a una huida tan apresurada que cuarenta mil escudos (muchos más que el número de muertos) y estandartes militares, incluyendo aquellos capturados al asaltar el campamento, hasta ciento setenta, fueron llevados ante el cónsul. Luego regresó al campamento samnita y todo el botín fue entregado a los soldados.

[7.38] El éxito que coronó estas operaciones hizo que los faliscos deseasen ansiosamente convertir su tregua de cuarenta años en un tratado de paz permanente con Roma. También llevó a los latinos a abandonar sus planes contra Roma y emplear la fuerza que habían reunido contra los pelignos. La fama de estas victorias no se limitó a los límites de Italia; incluso los cartagineses enviaron una delegación para felicitar al Senado y regalar una corona de oro que fue colocada en la capilla del templo de Júpiter, en el Capitolio. Pesaba veinticinco libras [8,186 kg.-N. del T.]. Ambos cónsules celebraron un triunfo sobre los samnitas. Una figura destacada en la procesión fue Decio, llevando sus condecoraciones; en sus improvisadas bromas, los soldados repetían su nombre tanto como el del cónsul. Poco después de esto se concedió audiencia a delegaciones de Capua y de Suessa y, a petición suya, se dispuso que fuese enviada una fuerza para invernar en aquellas dos ciudades y actuar como freno contra los samnitas. Incluso en aquellos días, un periodo de residencia en Capua no era algo en absoluto favorable a la disciplina militar; teniendo placeres de toda clase a su disposición, las tropas se ablandaban y su patriotismo se veía socavado. Empezaron a trazar planes para apoderarse de Capua con la misma intención criminal que sus actuales poseedores han heredado de los antiguos. "Se merecían de sobra", se dijeron, "que el precedente que sentaron se volviera contra ellos mismos. ¿Por qué un pueblo como el de los campanos, que fue incapaz de defender sus propiedades y a ellos mismos, debía disfrutar de la tierra más fértil de Italia y de la ciudad mejor fortificada de su territorio, antes que un ejército victorioso que había expulsado de allí a los samnitas con su sudor y su sangre? ¿Era justo que estas gentes que se habían entregado a su poder estuvieran disfrutando de ese fértil y delicioso país mientras que ellos, cansados de guerrear, tenían que bregar con el suelo árido y pestilente que rodeaba la Ciudad, o sufriendo las ruinosas consecuencias de los crecientes intereses que les esperaban en Roma?". Esta agitación, que se estaba llevando a cabo en secreto, pues sólo unos pocos tenían la confianza de los conspiradores, fue descubierta por el nuevo cónsul, Cayo Marcio Rutilio, al que había correspondido Campania en el sorteo, como su provincia, mientras su colega, Quinto Servilio, quedó en la Ciudad -342 a.C.-. Endurecido por los años y la experiencia (había sido cuatro veces cónsul así como dictador y censor), pensó que lo mejor que podía hacer sería, tras conocer los hechos que habían averiguado los tribunos, frustrar cualquier opción que tuviesen los soldados prolongando en ellos la esperanza de que podrían ejecutar sus planes siempre que quisieran. Las tropas se habían distribuido entre las ciudades de la Campania, y el plan previsto se había propagado desde Capua a toda la fuerza. Así pues, el cónsul difundió un rumor diciendo que al año siguiente se ocuparían los mismos cuarteles de invierno. Como no les pareció que hubiese ninguna necesidad de ejecutar inmediatamente sus planes, la agitación de calmó por el momento.

[7.39] Después de instalar al ejército en sus cuarteles de verano, estando todo tranquilo entre los samnitas, el cónsul empezó a depurarlo, deshaciéndose de los espíritus rebeldes. Algunos fueron licenciados, diciéndoles que ya habían cumplido su periodo de servicio; a otros se los declaró no aptos por edad o enfermedad; a otros se les envió a casa de permiso, al principio por separado, luego se seleccionaron y enviaron cohortes juntas, con la excusa de que habían pasado el invierno lejos de sus hogares y propiedades. Un gran número fue trasladado a diferentes lugares, aparentemente por necesidades del servicio. A todas estas tropas, el cónsul y el pretor mantenían en Roma con diversos pretextos imaginarios. Al principio, sin advertir el engaño a que se les sometía, estuvieron encantados de volver a sus casas. Pronto, sin embargo, descubrieron que ni siquiera los que habían sido enviados al principio se volvían a unir a sus estandartes y que casi ninguno era vuelto a destinar fuera, excepto los que habían estado en Campania y, de entre ellos, sobre todo los principales agitadores. Al principio quedaron sorprendidos, y después sintieron un bien fundado temor de que sus planes se hubiesen filtrado. "Ahora", se dijeron, "tendremos que sufrir un juicio militar, las delaciones, uno tras otro seremos ejecutados en secreto; el tiránico y cruel despotismo de cónsules y senadores se desatará sobre nosotros". Los soldados, viendo cómo los que habían constituido la columna vertebral de la conspiración habían sido hábilmente apartados por los cónsules, no se atrevieron a hacer nada más que susurrar estas cosas entre sí.

Una cohorte, que estaba estacionada cerca de Anzio, tomó una posición en Lautulas, en un estrecho paso entre las montañas y el mar para interceptar a aquellos a los que el cónsul enviaba a casa con los diversos pretextos mencionados anteriormente. Que pronto se convirtieron en un cuerpo muy numeroso, y nada le faltaba para que tuviese la forma de un ejército regular, salvo un general. Se trasladaron a territorio de Alba, saqueando a voluntad y se fortificaron en un campamento bajo la colina de Alba Longa. Después de terminar su fortificación, pasaron el resto del día discutiendo sobre la elección de un jefe, pues no confiaban lo bastante en ninguno de ellos mismos. Pero, ¿a quién podrían invitar de Roma? ¿Cuál de los patricios o de los plebeyos se expondría a tal peligro, a quién se podría confiar con certeza la causa de un ejército enloquecido por la injusticia? El día siguiente los encontró aún inmersos en el debate, cuando algunos de los que habían estado dispersos en la expedición de saqueo trajeron la información de que Tito Quincio estaba cultivando una granja en territorio tusculano y había perdido todo interés por su Ciudad y las honorables distinciones que había ganado. Este hombre pertenecía a una gens patricia y, después de alcanzar gran reputación como soldado, vio cortada su carrera militar por una herida que le hizo cojo de un pie y así se dedicó a la vida rural, lejos del Foro y sus luchas partidistas. Al oír mencionar su nombre recordaron nuevamente al hombre, y esperando que todo saliese bien, le invitaron. Difícilmente podían esperar que él viniese voluntariamente y se dispusieron a amenazarle para que aceptase la invitación. Así pues, los mensajeros entraron en su casa de campo en medio de la noche y lo despertaron de un sueño profundo; después le dijeron que no tenía alternativa: que o bien aceptaba la autoridad y el grado o, si se resistía, le esperaba la muerte y se lo llevaron al campamento. A su llegada le saludaron como su general y, estando tan consternado por lo extraño y súbito de la aventura, le entregaron las insignias de su cargo y se le urgió para que les condujese hacia la Ciudad. Actuando más por propia iniciativa que por consejo de su jefe, tomaron sus estandartes y marcharon en son de guerra hasta la octava piedra miliar de lo es ahora la Vía Apia [o sea, a 11,848 km de Roma.-N. del T.]. Habrían marchado enseguida hasta la Ciudad de no haber recibido aviso de que se aproximaba un ejército y que Marco Valerio Corvo había sido nombrado dictador, con Lucio Emilio Mamerco como su jefe de caballería, para actuar contra ellos -341 a.C.-.

[7.40] Tan pronto como llegaron a la vista y reconocieron las armas y estandartes, el pensar en su patria instantáneamente calmó las pasiones de todos ellos. Aún no se habían endurecido por la visión del derramamiento civil de sangre, no conocían más guerras que aquellas contra enemigos externos y la secesión de sus propios compatriotas empezaba a ser vista como el último grado de locura. En primer lugar los jefes, y luego los hombres en ambos lados buscaron una salida para negociar. Quincio, que ya había tenido bastante con luchar por su patria y sería el último hombre en hacerlo contra ella, y Corvo, que sentía devoción por sus compatriotas, especialmente por los soldados y sobre todo por su propio ejército, se acercaron a parlamentar. Cuando reconocieron a este último, sus oponentes le mostraron tanto respeto como sus propios hombres, como demostró el silencio con que se dispusieron a escucharle. Él se dirigió a ellos como sigue: "¡Soldados! Cuando dejé la Ciudad, ofrecí oraciones a los dioses inmortales que velan por nuestro estado, el vuestro y el mio, para que les placiera concederme, no una victoria contra vosotros, sino la gloria de una reconciliación. Ha habido y habrá multitud de ocasiones para ganar gloria en la guerra; en esta ocasión tenemos que buscar la paz. Lo que he implorado a los dioses inmortales, cuando ofrecí mis oraciones, ahora lo tenéis en vuestras manos si recordáis que no estáis acampados en el Samnio, ni entre los volscos, sino en suelo romano. Estas colinas que veis son las colinas de vuestra Ciudad; yo, vuestro cónsul, soy el hombre bajo cuyos auspicios y jefatura habéis derrotado dos veces a las legiones de los samnitas hace un año, y dos veces habéis capturado su campamento. Yo soy Marco Valerio Corvo, soldados, un patricio, es cierto, pero mi nobleza se ha mostrado en vuestro beneficio, no en vuestra contra; nunca he propuesto leyes crueles para vosotros ni llevado un decreto opresivo al Senado; en todas mis órdenes he sido tan estricto con vosotros como conmigo mismo. Si el nacimiento noble, si el mérito personal, si los altos cargos, si el servicio distinguido puede hacer a un hombre orgulloso, me atrevo a decir que tanto por mi ascendencia como por las pruebas que he dado por mí mismo, obteniendo el consulado a la edad de veintitrés años, tenía en mi poder mostrarme duro y autoritario, no sólo con la plebe, sino incluso con los patricios. ¿Habéis oído que yo haya dicho o hecho como cónsul algo que no hubiera hecho de ser uno de vuestros tribunos? Con ese espíritu, he gobernado durante dos consulados sucesivos; con ese espíritu se llevará esta dictadura; no seré más suave para con mis propios soldados y los de mi patria que hacia vosotros que podríais ser, detesto la palabra, sus enemigos".

"Antes desenvainaréis vuestras espadas que yo saque la mía contra vosotros; si tiene que haber lucha, será desde vuestro lado donde suenen los toques de avance, desde vuestro lado se lanzará el grito de guerra y empezará la carga. ¡¿Habréis imaginado hacer lo que vuestros padres y abuelos, los que se separaron yendo al Monte Sacro y que luego tomaron posesión del Aventino, no llegaron a concebir?! ¡Esperad a que salgan de la Ciudad vuestras esposas y madres, para encontrarse con vosotros como ya hicieron con Coriolano! Entonces se retuvieron las legiones volscas de atacarnos por tener un general romano; ¿no desistiréis vosotros, un ejército de romanos, de esta guerra impía? ¡Tito Quincio! ¡Por lo que quiera que estás en tu actual situación, voluntaria o involuntariamente, si va a haber lucha, retírate, te lo ruego, a la línea más retrasada; será para ti más honorable huir de un conciudadano que pelear contra tu patria. Pero si va a haber paz, ocupa tu lugar con honor entre los principales y juega el papel de benéfico mediador en esta conferencia. Pide lo que sea justo y se os dará, aunque asentiremos incluso a lo que no lo sea con tal de no pecar manchándonos las manos con la sangre del otro". Tito Quincio, bañado en lágrimas, se volvió a sus hombres y les dijo: "Si por fin, soldados, soy de alguna utilidad, veréis que resulto mejor jefe para la paz que para la guerra. Las palabras que habéis escuchado no son las de un volsco o un samnita, sino las de un romano. Os han sido dichas por vuestro cónsul, vuestro general, soldados, cuyos auspicios sabéis por experiencia que os son favorables; no queráis aprender por la experiencia cómo pueden ser si los dirigen contra vosotros. El Senado tenía a su disposición otros generales más dispuestos a luchar contra vosotros; pero ha elegido al único hombre que ha mostrado la mayor consideración por sus soldados, en el que habíais puesto la mayor confianza como vuestro jefe. Incluso aquellos que tienen la victoria de su parte desean la paz, ¿qué deberíamos desear nosotros? ¿Por qué no dejamos de lado todos los resentimientos y las ambiciosas esperanzas, esos consejeros traicioneros, y nos entregamos a nosotros mismos y a nuestros intereses a su probada fidelidad?".

[7,41] Hubo un grito general de aprobación, y Tito Quincio, avanzando al frente, aseguró que sus hombres se pondrían bajo la autoridad del dictador. Imploró a Valerio que asumiese la causa de sus infelices conciudadanos y que, cuando se hiciera cargo de ella, la mantuviera con la misma integridad que había siempre mostrado en sus cargos públicos. Para sí mismo no puso condición alguna, toda su esperanza residía en su inocencia, pero para los soldados debían darse las mismas garantías que se dieron a la plebe en tiempos de sus padres, y luego a las legiones, es decir, que ningún hombre sería castigado por haber tomado parte en la secesión. El dictador expresó su aprobación a cuanto había dicho, y después de decirles a todos que esperasen lo mejor, galopó de vuelta a la Ciudad y, tras obtener el consentimiento del Senado, llevó una propuesta ante el pueblo, que se había reunido en asamblea en el bosque Petelino, asegurando la inmunidad a todos los que habían tomado parte en la secesión. A continuación, pidió a los Quirites que le concedieran una petición, que era que nunca nadie, ni en broma ni en serio, pudiera usar este asunto contra ninguno. Se aprobó también una Ley Sagrada militar por la que el nombre de ningún soldado podría ser borrado de la lista de recluta sin su consentimiento. Se incorporó posteriormente una disposición adicional por la que se prohibía que se pudiera hacer servir como centurión a cualquiera que hubiera sido con anterioridad tribuno militar. Esto fue consecuencia de una demanda, hecha por los amotinados, respecto a Publio Salonio, que había sido cada año tribuno militar o primer centurión. Estaban enfadados con él porque siempre se había opuesto a sus proyectos de amotinamiento y había huido de Lautulas para evitar que se mezclaran con ellos. Dado que esta propuesta estaba dirigida exclusivamente a Salonio, el Senado se negó a permitirlo. Luego, el mismo Salonio apeló a los senadores para que no considerasen su dignidad de más importancia que la armonía del estado y, por su petición, finalmente la permitieron. Otra demanda igual de atrevida fue que la paga de la caballería debía ser reducida, por aquel tiempo recibían el triple que la infantería, porque habían actuado contra los amotinados.

[7,42] Además de estas medidas, he podido encontrar estas otras registradas por diversos autores. Lucio Genucio, un tribuno de la plebe, les presentó una medida que declaraba ilegal la usura, también se adoptaron otras que prohibían que cualquiera pudiera aceptar la reelección al mismo cargo hasta que hubiesen pasado diez años, o desempeñar dos cargos el mismo año, y también que ambos cónsules pudieran ser legalmente elegidos de entre la plebe. Si realmente se hicieron todas estas concesiones, está claro que la revuelta tuvo que poseer una fuerza considerable. En otros analistas se dice que Valerio no fue nombrado dictador, sino que el asunto fue enteramente resuelto por los cónsules; también que no fue antes de que llegasen a Roma, sino en la misma Roma, donde el grupo de conspiradores hizo estallar la revuelta armada; también dicen que no fue a la granja de Tito Quincio, sino a la casa de Cayo Manlio, donde hicieron la visita nocturna y que fue Manlio el capturado por los conspiradores y convertido en su jefe, tras lo cual marcharon hasta una distancia de cuatro millas [5920 metros.-N. del T.] y se fortificaron; además indican que no fueron sus líderes quienes hicieron las primeras sugerencias para llegar a una concordia, sino que lo que sucedió fue que conforme ambos ejércitos avanzaban uno contra otro, dispuestos para el combate, los soldados intercambiaron saludos mutuos y, a medida que se juntaban, unían sus manos y se abrazaban entre sí; y los cónsules, viendo cuánta aversión sentían los soldados a luchar, cedieron ante las circunstancias e hicieron propuestas al Senado para que hubiera reconciliación y concordia. Así, los antiguos autores no están de acuerdo en nada más que el simple hecho de que hubo un motín y que fue suprimido. Las noticias de estos disturbios y la seriedad de la guerra que había empezado contra los samnitas, hizo que muchas naciones rehusaran una alianza con Roma. Durante mucho tiempo, los latinos habían faltado a su tratado y, además de esto, los privernenses habían efectuado una incursión repentina y devastado las colonias romanas vecinas de Norba y Sezze [antigua Setia.- N. del T.].

Fin del libro 7.

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Libro 8: Primera Guerra Samnita, la estabilización del Lacio (341-321 a. C.)

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[8,1] Al llegar los mensajeros de Sezze y Norba, quejándose de la derrota que habían sufrido a manos de los rebeldes privernenses, el consulado era desempeñado por Cayo Plaucio, por segunda vez, y por Lucio Emilio Mamerco -341 a.C.-. Llegaron también noticias de que un ejército de volscos, dirigido por el pueblo de Anzio, se había concentrado en Sátrico. Ambas guerras fueron encomendadas a Plaucio. Marchó primero a Priverno y se enfrentó inmediatamente al enemigo, que fue derrotado sin mucho problema. Se capturó la ciudad y se devolvió a los privernenses después de situar en ella una fuerte guarnición; se les confiscó las dos terceras partes del territorio. Luego, el ejército victorioso se dirigió contra los anciates, en Sátrico. Allí se libró una batalla donde hubo un terrible derramamiento de sangre en ambos bandos y, mientras el resultado estaba aún indeciso, la noche separó a los combatientes. Los romanos no estaban en absoluto desalentados por lo indeciso de la batalla y se prepararon para combatir al día siguiente. Los volscos, después de comprobar sus pérdidas durante los combates, no estaban en absoluto ansiosos por correr ningún riesgo; considerándose derrotados, partieron apresuradamente hacia Anzio durante la noche, dejando a sus heridos y a parte de sus bagajes detrás. Se encontró una inmensa cantidad de armas, tanto entre los muertos en combate como en el campamento. Se dice que el cónsul las ofreció a Lua Mater [antigua divinidad itálica de la Expiación; se la identificaba con Némesis y a ella, después de a Marte y a Belona, se ofrendaban las armas capturadas en las batallas.-N. del T.] . A continuación, devastó los territorios enemigos hasta la orilla del mar. Cuando el otro cónsul penetró en territorio sabeliano, se encontró con que los samnitas no tenían campamento ni legiones para enfrentarle. Mientras estaba arrasando sus campos a fuego y espada, llegaron hasta él embajadores para pedir la paz, remitiéndolos al Senado. Tras darles autorización para presentar su caso, dejaron de lado sus formas truculentas y pidieron que se les concediese la paz y el derecho a hacer la guerra contra los sidicianos. Consideraban que tenían plena justificación para hacer esta petición, ya que tenían antiguas relaciones de amistad con Roma, de cuando sus asuntos iban bien, y no como en el caso de los campanos, que buscaron su amistad en la adversidad; también porque ya habían tomado las armas contra los sidicianos, que siempre habían sido sus enemigos y nunca habían sido amigos de Roma; que no buscaron, como los samnitas, su amistad en tiempo de paz, ni como los campanos, que les pidieron ayuda en tiempo de guerra y que no estaban bajo la protección y soberanía de Roma.

[8,2] El pretor, Tito Emilio, llevó estas exigencias ante el Senado, y se decidió que se les renovaría el antiguo tratado. La respuesta dada entonces por el pretor fue en el sentido de que no era culpa del pueblo romano que la amistad con ellos no hubiera seguido intacta, y no había objeción alguna a que se restableciera por estar ellos cansados de una guerra en la que estaban por su propia culpa. En cuanto a los sidicianos, no harían nada para impedir a los samnitas que hiciesen la paz o la guerra. Después de acordarse el tratado, se retiró en seguida el ejército romano. Los hombres habían recibido una paga de un año y raciones para tres meses, como había dispuesto el cónsul, para dar un tiempo de armisticio hasta que volvieran los embajadores. Los samnitas avanzaron contra los sidicianos con las mismas tropas que habían empleado en la guerra contra Roma, y tenían muchas esperanzas en una pronta captura de la ciudad. Entonces, por fin, los sidicianos tomaron la medida de entregarse a sí mismos a Roma. El Senado lo rechazó, pues lo habían hecho demasiado tarde y forzados por la extrema necesidad. Entonces, se entregaron a los latinos, que estaban ya en armas por su propia cuenta. Ni siquiera los campanos rechazaron tomar parte en aquel movimiento hostil, pues era mayor su irritación por las ofensas infligidas por los samnitas que la bondad que les mostró Roma. Un inmenso ejército, compuesto de estas naciones y bajo el mando de los latinos, invadió el país samnita y produjo, de hecho, más daños mediante los saqueos que por los combates. Aunque los latinos demostraron ser superiores en diferentes encuentros, no estaban dispuestos a retirarse del territorio de un enemigo con el que no luchaban muy a menudo. Esto dio tiempo para que los samnitas enviaran emisarios a Roma. Cuando se les dio audiencia, se quejaron al Senado de que estaban sufriendo más ahora, que tenían un tratado que antes de tenerlo, cuando eran enemigos; les pedían con la mayor humildad que se dieran por satisfechos con haberles arrebatado la victoria sobre campanos y sidicianos y que no permitieran, además, que fuesen conquistados por pueblos más cobardes que ellos. Si los latinos y los campanos estaban realmente bajo la soberanía de Roma, deberían ejercer su autoridad para mantenerlos fuera de las tierras samnitas o, si rechazaban tal soberanía, debían obligarlos por la fuerza. Recibieron una respuesta ambigua, pues el Senado se limitó a reconocer que los latinos ya no aceptaban su autoridad y, por otra parte, temía que si los reprimían, se pudieran separar de Roma por completo. Las circunstancias de los campanos eran muy diferentes; no les ataba un tratado de amistad sino los términos de una rendición, así que debían mantenerse tranquilos quisieran o no. Nada había en su tratado con los latinos que les impidiera hacer la guerra a quien quisieran.

[8,3] Con esta respuesta despidieron a los samnitas, inciertos de lo que fuesen a hacer los romanos. Sin embargo, su efecto fue que alejó completamente a los campanos, que ahora se temían lo peor, e hizo a los latinos más decididos que nunca, ya que los romanos rechazaron hacer más concesiones. Bajo el pretexto de prepararse para la guerra samnita, éstos celebraban frecuentes reuniones de su consejo nacional y, en todas ellas, sus jefes preparaban los planes secretos para la guerra contra Roma. Los campanos también tomaron parte en este movimiento contra sus salvadores. Pero a pesar del cuidadoso secreto con que llevaron todo, pues querían desalojar a los samnitas de su retaguardia antes de que los romanos hicieran cualquier movimiento, algunos que tenían amigos y familia en Roma enviaron pistas sobre la coalición que se estaba formando. Se ordenó dimitir a los cónsules antes de la expiración de su año de mandato, para que se pudiesen elegir nuevos cónsules en fecha anterior a la vista de guerra tan formidable. Se presentaron dificultades religiosas, para dar curso a la celebración de las elecciones, por aquellos cuyo mandato había sido restringido, de modo que comenzó un interregno. Había dos interreges, Marco Valerio y Marco Fabio. El último eligió a Tito Manlio Torcuato, por tercera vez, y a Publio Decio Mus como cónsules. Al parecer, fue este año -340 a.C.-, cuando Alejandro, rey de Épiro, desembarcó en Italia, y no hay duda de que, de haber tenido éxito bastante al inicio, la guerra se habría extendido hasta Roma. Esta, también, fue la época de los logros de Alejandro Magno, hijo de la hermana de este hombre quien, habiéndose mostrado invencible en la guerra en otra región del orbe, fue doblegado, siendo aún un hombre joven, por la enfermedad. Aunque no podía haber duda en cuanto a la rebelión de sus aliados, la liga Latina, todavía, como si estuvieran preocupados por los samnitas y no por ellos mismos, los romanos invitaron a diez notables de la Liga a Roma para darles instrucciones sobre lo que deseaban. El Lacio, en ese momento, tenía dos pretores: Lucio Annio, de Sezze, y Lucio Numisio, de Cerceii [actual San Felice Circeo.-N. del T.], ambos pertenecientes a los colonos romanos. Por obra de estos hombres, no solo Segni y Velletri [antiguas Signia y Velitrae.-N. del T.], ellas mismas colonias romanas, sino también los volscos, habían sido instigados para tomar las armas. Se decidió que debería ser convocadas expresamente por su nombre. Nadie tenía la menor duda en cuanto a la razón de esta invitación. En consecuencia, antes de su partida se celebró una reunión de su consejo; informaron a los presentes de que el Senado les había pedido que fueran a Roma, y les pedían que decidieran qué respuesta debían dar respecto a los asuntos que tenían razones para suponer que se discutirían.

[8,4] Después que se hubieran expresado varias opiniones, Annio dijo lo siguiente: "A pesar de que fui yo quien os planteó la pregunta sobre qué respuesta debía darse, creo que es aún más importante para los intereses del Estado el decidir qué se debe hacer más que lo que se deba decir. Cuando se desarrollen nuestros planes, será mucho más fácil encajar las palabras con los hechos. Si incluso ahora somos capaces de someternos a servidumbre, bajo el pretexto oculto de un tratado en igualdad de condiciones, ¿qué se nos pide sino que abandonemos a los sidicianos y nos pongamos a las órdenes, no ya de los romanos, sino también de los samnitas, y que digamos a los romanos que depondremos nuestras armas siempre que nos intimiden a su voluntad? Pero si vuestro corazón está, al fin, tocado por algún anhelo de independencia; si realmente existe un tratado, una alianza, una igualdad de derechos; si somos libres de vanagloriarnos de que los romanos son de nuestra misma nación, aunque alguna vez nos hayamos avergonzado de ello; si nuestro ejército, que cuando se une al suyo dobla su fuerza y al que los cónsules no licencian cuando dirigen guerras que sólo a ellos importan; si, como digo, ese ejército es en realidad el ejército de sus aliados, entonces ¿por qué no estamos en pie de igualdad en todos los aspectos? ¿Por qué no se elige un cónsul de entre los latinos? Aquellos que poseen la mitad de la fuerza, ¿no deben poseer la mitad del gobierno? Esto no es, en sí mismo, demasiado honor para nosotros, ya que reconocemos a Roma como capital del Lacio, pero lo hemos hecho parecer así por nuestra prolongada paciencia".

"Si alguna vez habíais esperado la oportunidad de ocupar vuestro lugar en el gobierno y hacer uso de vuestra libertad, ahora es el momento; esta es la oportunidad que os ha ofrecido vuestro propio valor y la bondad de los dioses. Habéis tentado su paciencia al negaros a proporcionar tropas. ¿Quién duda que estarán intensamente irritados al haber roto nosotros una costumbre de más de dos siglos? Sin embargo, arrostraron la molestia. Hemos librado una guerra con los pelignos por cuenta propia; ellos, que antes no nos concedían el derecho de defender nuestras propias fronteras, no han intervenido. Se enteraron de que los sidicianos fueron acogidos bajo nuestra protección, que los campanos se rebelaron contra ellos y a favor nuestro, que estábamos alistando un ejército para combatir contra los samnitas, con los que tenían un tratado, y no se movieron de su Ciudad. ¿A qué se debió tan extraordinaria moderación sino a saber cuál era nuestra fuerza y cuál la suya? Sé de buena fuente que cuando los samnitas fueron a exponerles sus quejas contra nosotros, recibieron una respuesta del senado romano por la que resultaba evidente que ellos no reclamaban que el Lacio estuviera bajo la autoridad de Roma. Convertid en efectivos vuestros derechos insistiendo en lo que os reconocen tácitamente. Si alguien teme decir esto yo declaro mi disposición a decirlo, no sólo en los oídos del pueblo romano y de su Senado, sino en los oídos del mismo Júpiter que habita en el Capitolio, y a decirles que si quieren que sigamos siendo aliados, deben aceptar que un cónsul sea de los nuestros, así como la mitad de su Senado". Su discurso fue seguido por un general grito de aprobación, y se le facultó para hacer y decir cuanto considerase oportuno para promover los intereses del estado del Lacio y de su propio honor.

[8,5] A su llegada a Roma, el Senado se reunió y les concedió una audiencia. Tito Manlio, el cónsul, actuando según las instrucciones del Senado, les recomendó no hacer la guerra a los samnitas, con quienes los romanos tenían un tratado; ante esto, Annio, como si fuese un conquistador que hubiera capturado el Capitolio por las armas en lugar de un embajador protegido por el derecho de gentes, dijo: "Es ya hora, Tito Manlio y senadores, de que dejéis de tratarnos como si fueseis nuestros soberanos; ved que el estado del Lacio ha llegado por la bondad de los dioses a una situación de lo más floreciente, tanto en población como en poderío militar, con los samnitas derrotados, los sidicianos y campanos aliados nuestros y aún a los volscos haciendo causa común con nosotros, y mientras que vuestras propias colonias prefieren el gobierno del Lacio al de Roma. Pero ya que no os podéis hacer a la idea de dejar vuestras imprudentes reclamaciones de soberanía, y aunque nosotros somos lo bastante capaces de para afirmar la independencia del Lacio por la fuerza de las armas, llegaremos tan lejos, en el reconocimiento de la igualdad de nuestras naciones, como para ofrecer la paz en igualdad de derechos para ambos, ya que a los dioses ha complacido otorgar igualdad de fuerzas a ambos. Un cónsul deberá ser elegido de Roma y el otro del Lacio; el Senado deberá tener un número igual de miembros de ambas naciones; deberá haber una nación, una república. Y para que pueda haber una sede del gobierno y un único nombre para todos, y para que ambos lados hagan alguna concesión, dejaremos, para que esta Ciudad tenga realmente preferencia, que nos llamen a todos Romanos".

Pero ocurría que los romanos tenían en su cónsul, Tito Manlio, a un hombre tan orgulloso y apasionado como Annio. Se puso tan furioso que declaró que si el Senado se volvía tan loco como para aceptar tales condiciones de un hombre de Sezze, se llegaría a la Curia con la espada desenvainada y daría muerte a cualquier latino que encontrase allí. Luego, volviéndose a la imagen de Júpiter, exclamó: "Oye, Júpiter, estas abominables palabras! ¡Oídlas, oh Justicia y Derecho! ¡Tú, Júpiter, como si hubieras sido conquistado y hecho prisionero, has de ver en tu templo cónsules extranjeros y un extranjero Senado! ¿Eran éstos, oh latinos, aquellos términos del tratado que Tulio, rey de Roma, hizo con vuestros padres de Alba, o el que Lucio Tarquinio hizo después con vosotros? ¿Habéis olvidado la batalla en el lago Regilo? ¿Ya no recordáis nada de vuestras derrotas en los viejos tiempos y de nuestra bondad para con vosotros? ". [8,6] A estas excitadas palabras siguió la indignada protesta del Senado, y está registrado que mientras todas las manos clamaban a los dioses, a los que los dioses invocaban continuamente como garantes de los tratados, se oyó la voz de Annio despreciando la divina majestad del Júpiter de Roma. En todo caso, cuando, en medio de una tormenta de pasiones, él se dirigió fuera del pórtico del templo, rodó por los escalones y se golpeó la cabeza tan fuertemente contra el último escalón que quedó inconsciente. Como no todos los autores declaran que resultase muerto, yo también lo dejaré en la duda; como también la circunstancia de que una tormenta, con gran aparato de ruido celeste, tuvo lugar al apelarse a los dioses por la ruptura de los tratados; pues ambas pueden ser ciertas, pero también pueden ser una oportuna invención para justificar la ira de los dioses. A Torcuato le encargó el Senado conducir fuera a los embajadores y, cuando vio a Annio en el suelo, exclamó lo bastante algo para que le oyesen pueblo y senadores por igual: "¡Bien está. Los dioses han iniciado una guerra justa! ¡Está con nosotros el espíritu celeste; con nosotros el Gran Júpiter! ¡No en vano los hemos consagrado en la morada brillante, oh Padre de los dioses y de los hombres! ¿Por qué dudáis, Quirites, y vosotros, senadores, en tomar las armas cuando os guían los dioses? Derribaré las legiones latinas tal y como veis aquí derribado a su enviado". Las palabras del cónsul fueron recibidas por el pueblo con un fuerte aplauso y los elevó a tal grado de excitación que, cuando los enviados tomaron su camino de salida, debieron su seguridad más a la atención de los magistrados, que por orden del cónsul les acompañaron para protegerlos de los ataques de la plebe enfurecida, que a cualquier respeto que se sintiese por el derecho de gentes.

Habiendo sido decidida la guerra tanto por el Senado como por el pueblo, los cónsules alistaron dos ejércitos y se dirigieron a través de los territorios de los marsos y los pelignos, donde se les unió un ejército de samnitas. Asentaron su campamento en Capua, donde los latinos y sus aliados se habían reunido. Se dice que, mientras estaban allí, cada cónsul tuvo la misma visión en la quietud de la noche. Una forma más grande y más terrible que cualquier forma humana se les apareció y anunció que el comandante de un ejército y el ejército del otro bando estaban destinados como sacrificio a los dioses Manes y la Madre Tierra. Cualquiera que fuese el jefe que ofrendara las legiones de sus enemigos y a sí mismos a aquellas deidades, su ejército y su pueblo obtendrían la victoria. Cuando los cónsules compararon juntos estas visiones nocturnas, decidieron que se debían sacrificar víctimas para evitar la ira de los dioses y, además, que si, al inspeccionarlas, auguraban lo mismo que la visión había anunciado, uno de los dos cónsules cumpliría con su destino. Cuando las respuestas de los arúspices, tras haber inspeccionado las víctimas, demostraron que se correspondían con su secreta creencia de lo que habían visto, convocaron a los generales y tribunos y les dijeron que explicasen públicamente a los soldados lo que habían decretado los dioses, para que la muerte voluntaria del cónsul no produjera pánico en el ejército. Acordaron entre sí que, cuando cualquiera de los ejércitos empezase a ceder, el cónsul al mando del mismo se ofrendaría a sí mismo en nombre del pueblo romano y de los Quirites. El consejo de guerra decidió también que, si alguna vez se había conducido una guerra con el cumplimiento estricto de las órdenes, en esta ocasión, sin duda, la disciplina militar debía ser devuelta a sus antiguos usos. Su inquietud se acrecentaba por el hecho de que era contra los latinos contra quienes iban a combatir, un pueblo semejante a ellos en lengua, costumbres, armas y, especialmente, en su organización militar. Habían sido colegas y camaradas, como soldados, centuriones y tribunos, a menudo situados juntos en las mismas posiciones y en los mismos manípulos. Para que nada de esto resultase en error o confusión, se dieron órdenes para que nadie fuera a dejar su puesto de combate ante el enemigo.

[8,7] Entre los prefectos de las turmas que habían sido enviadas por todas partes para efectuar un reconocimiento, estaba Tito Manlio, el hijo del cónsul. Había salido con sus hombres hasta el campamento enemigo y no estaba ni a un tiro de piedra de su posición más cercana, donde se hallaba la caballería túscula, cuando Gémino Mecio, hombre de gran reputación entre su propia gente, reconoció a la caballería romana con el hijo del cónsul a su frente, pues todos ellos, en especial los hombres distinguidos, se conocían entre sí. Abordando a Manlio le dijo: "¿Vas a conducir la guerra contra los latinos y sus aliados sólo con tus tropas? ¿Qué van a hacer los cónsules y ambos ejércitos mientras tanto?" "Aquí estarán a su debido tiempo", replicó Manlio, "y con ellos Júpiter, el grande y poderoso, será testigo de vuestra violación de la fidelidad. Si luchamos en el lago Regilo hasta que tuvisteis suficiente, con más razón lograremos también aquí impediros encontrar demasiado placer en enfrentaros a nosotros en batalla". En respuesta, Gémino se adelantó un poco y dijo: "¿Estás dispuesto, antes de que llegue el día de poner en marcha a vuestros ejércitos para tan gran esfuerzo, de enfrentarte conmigo para que el resultado de nuestro combate singular demuestre cuánto más es superior un jinete latino a otro romano?". Ya fuera empujado por la ira o por la vergüenza de declinar el desafío, o arrastrado por el irresistible poder del destino, el esforzado joven olvidó la orden del cónsul y la obediencia debida a su padre y se lanzó de cabeza a un combate en el que tanto la victoria como la derrota resultarían igualmente fatales. El resto de la caballería se retiró para seguir como espectadores la pelea; los dos combatientes eligieron un espacio despejado en el que cargaron uno contra otro al galope tendido con las lanzas niveladas. La lanza de Manlio pasó por encima del casco de su adversario y la de Mecio atravesó el cuello del caballo del otro. Dieron vueltas con sus caballos, y Manlio fue el primero en lograr un segundo ataque, dando una lanzada entre las orejas del caballo. Al sentirse herido, el caballo retrocedió, sacudió la cabeza con violencia y lanzó a su jinete. Mientras trataba de montar tras su pesada caída, apoyándose en su lanza y escudo, Manlio le atravesó el cuerpo con su lanza y le clavó en la tierra. Después de despojar el cuerpo volvió con sus hombres, y en medio de gritos exultantes entraron al campamento y se dirigió directamente donde su padre, en la tienda del pretorio, ignorando lo que le esperaban por su hazaña, si alabanzas o castigo. "Padre mío", dijo, "para que todos puedan decir que desciendo verdaderamente de tu sangre, te traigo estos despojos ecuestres, tomados de un enemigo muerto, que me retó a combate singular. Al oír esto, el cónsul se apartió de su hijo y ordenó que la trompeta tocara a Asamblea.

[8,8] Los soldados se reunió en gran número y el cónsul comenzó: "Ya que tú, Tito Manlio, no has mostrado ningún respeto ni por la autoridad de un cónsul ni por la obediencia debida a un padre, y en desafío de nuestro edicto has dejado tu puesto para luchar contra el enemigo, y has hecho todo lo posible para destruir la disciplina militar por la cual el estado romano se ha mantenido hasta ahora inquebrantable, y me has obligado forzosamente o a olvidar mi deber para con la república o mi deber para conmigo y mi hijo, es mejor que suframos nosotros mismos las consecuencias por nuestras ofensas a que el Estado tenga que expiar nuestro crimen sufriendo graves consecuencias. Seremos un ejemplo triste, pero será uno provechoso a todos los jóvenes del futuro. Mi amor natural por mis hijos y esta prueba de valor que has ofrecido a partir de un falso sentido del honor, me mueven a excusarte; pero ya que la autoridad consular debe ser vindicada con tu muerte o abrogada para siempre si te dejamos sin castigo, quiero creer que ni tú mismo, si hay una gota de sangre mía en tus venas, te encogerás para restaurar, con tu castigo, la disciplina militar que se ha debilitado con tu mala conducta. Ve, lictor, átalo al poste". Todos estaban paralizados por una orden tan cruel; se sentían como si el hacha se dirigiese contra cada uno de ellos; el miedo, más que la disciplina, les mantenía inmóviles. Por unos momentos se quedaron paralizados, en silencio; luego, de repente, cuando vieron la sangre que manaba de su cuello cortado, sus voces se elevaron con una amarga e inacabable protesta; no excusaron lamentos ni maldiciones. El cuerpo de la joven, cubierto con su botín, fue incinerado en una pira levantada fuera de la empalizada, con todos los honores funerarios que la devoción de los soldados pudo pagar. Las "Órdenes Manlias", no sólo fueron vistas con horror en aquel momento, sino que fueron consideradas como un terrible precedente en lo futuro.

La terrible severidad del castigo, sin embargo, hizo que los soldados fuesen más obedientes a su jefe, y no sólo esto llevó a que se pusiera más atención en los piquetes y en los deberes de centinela y la disposición de los puestos avanzados, sino que cuando fueron a la batalla para el combate final, esta severidad demostró ser un gran servicio. La batalla fue exactamente como si se luchara en una guerra civil; nada había distinto en el ejército latino del romano, excepto su valor. Al principio, los romanos utilizaban el escudo redondo grande llamado clípeo; más tarde, cuando los soldados recibieron un salario, fue adoptado el escudo oblongo, más pequeño, llamado scutum [de ahí la palabra castellana genérica escudo; en esta traducción mantendremos el término latino para distinguirlo de los otros muchos tipos de escudos existentes: parmas, rodelas, adargas, etcétera.-N. del T.]. La formación en falange, similar a la macedonia de los primeros días, fue abandonada en favor de la formación en manípulos; la parte posterior se dividió en unidades más pequeñas y cada una tenía sesenta hombres, con dos centuriones y un portaestandarte. La línea más importante estaba compuesta por los asteros, dispuestos en quince manípulos y formados a corta distancia unos de otros. Uno de estos estaba formado por veinte soldados armados a la ligera y los demás portando el scutum; los llamados ligeros llevaban una lanza larga (hasta) y varias jabalinas cortas de hierro. Esta línea de vanguardia la formaban los jóvenes en la flor de la juventud, justo al cumplir la edad suficiente para el servicio. Tras ellos forma un número igual de manípulos, llamados príncipes, compuestos por hombres en su pleno vigor vital, todos portando scutum y equipados con panoplia completa. Esta formación de treinta manípulos era llamada los antepilanos. Detrás de ellos estaban los estandartes bajo los que formaban quince manípulos, divididos en tres filas, cada una con su vexillum; a las primeras se las llamaba pilo; cada vexillum estaba dividido en tres unidades [es decir, que el tipo de estandarte empleado daba nombre al tipo de unidad.-N. del T.] con sesenta hombres, dos centuriones y un portaestandarte con su vexillum, en total ciento ochenta y seis hombres [deberían ser 187, pero Livio parece no contar al portaestandarte como miembro de la unidad.-

N. del T.] El primer estandarte era seguido por los triarios, veteranos de probado valor; el segundo por los rorarios, hombres de menor habilidad por su edad y disposición; al tercero lo seguían los accensi [se deja el término latino porque el castellano correspondiente "supernumerario", al aplicarse a un militar, significa que se encuentra en excedencia y no presta servicio propio de su empleo.-N. del T.], de los que menos se esperaba y que, por tanto, se situaban en la línea más retrasada.

Cuando quedaba dispuesta la formación de batalla del ejército, los asteros eran los primeros en combatir. Si no lograban rechazar al enemigo, se iban retirando lentamente a través de los intervalos entre las unidades de los príncipes, que se hacían cargo entonces del combate con los asteros siguiéndoles por detrás. Los triarios, entre tanto, descansaban con una rodilla en tierra, bajo sus estandartes, con sus scuta sobre sus hombres y sus lanzas clavadas en el suelo con las puntas hacia arriba, haciéndoles parecer una valla erizada. Si los príncipes tampoco tenían éxito, se retiraban lentamente hasta donde los triarios, lo que ha dado lugar al dicho proverbial, cuando la gente está en grandes dificultades, de "han llegado las cosas hasta los triarios". Una vez que los triarios habían dejado pasar por los intervalos que separaban sus unidades a los asteros y príncipes, se alzaban de su postura de rodilla en tierra y cerraban inmediatamente la formación, bloqueando el paso a través de ellos y, formando una masa compacta, caían sobre el enemigo como última esperanza del ejército. El enemigo, que había seguido a los otros como si los hubieran derrotado, veía con espanto un nuevo y mayor ejército que parecía que se alzara de la tierra. Se alistaban, por lo general, cuatro legiones, cada una de cinco mil hombres, asignándose a cada legión trescientos de caballería. Una fuerza de igual tamaño solía ser suministrada por los latinos que ahora, sin embargo, eran hostiles a Roma. Los dos ejércitos habían adoptado la misma formación y sabían que, si los manípulos mantenían su posición, tendrían que luchar no sólo vexillum contra vexillum, asteros contra asteros y príncipes contra príncipes, sino incluso centurión contra centurión. Había entre los triarios dos centuriones, uno en cada ejército (el romano, un poco menos fuerte físicamente pero más enérgico y experimentado; el latino, hombre de tremenda fuerza y un espléndido combatiente) muy conocidos del uno del otro porque siempre habían servido en las mismas unidades. El romano, desconfiando de su propia fuerza, había obtenido el permiso del cónsul antes de salir de Roma para elegir a su propio sub-centurión [subcenturionem en el original latino, y no optio como podría haberse esperado.-N. del T.] para protegerse del hombre que estaba destinado a ser su enemigo. Este joven, al verse cara a cara con el centurión latino, obtuvo una victoria sobre él.

[8,9] La batalla tuvo lugar cerca de la base del Monte Vesubio, donde la carretera lleva a Veseris. Antes de conducir sus ejércitos a la batalla, los cónsules ofrecieron un sacrificio. El arúspice, cuya misión era la de inspeccionar los diferentes órganos de las víctimas, señaló a Decio con una insinuación profética sobre su muerte, siendo, en todo lo demás, favorables los signos. El sacrificio de Manlio fue totalmente satisfactorio. "Bien está", dijo Decio, "que mi colega haya obtenido signos favorables." Avanzaron hacia la batalla en la formación que ya he descrito, Manlio al mando del cuerpo de la derecha y Decio del de la izquierda. Al principio, los dos ejércitos lucharon con la misma fuerza y la misma determinación. Después de un tiempo, los asteros romanos de la izquierda, incapaces de soportar la presión de los latinos, se retiraron detrás de los Príncipes. Durante la confusión momentánea creada por este movimiento, Decio llamó a grandes voces a Marco Valerio: "¡Valerio, necesitamos la ayuda de los dioses! ¡Que el Pontífice Máximo me dicte las palabras con las que yo me ofrende por las legiones!". El Pontífice le dijo que cubriera su cabeza con la toga pretexta, que alzase su mano cubierta con la toga hasta su mentón y pronunciase estas palabras permaneciendo en pie sobre una jabalina: "Jano, Júpiter, Padre Marte, Quirino, Bellona, Lares, vosotros, dioses Novensiles e Indigetes [novensiles; nueve dioses llevados a Roma por los sabinos: Pales, Vesta, Minerva, Feronia, Concordia, Fides, Fortuna, Pales, Salus. Indigetes; dioses indígenas u originales.-N. del T.], deidades que tenéis poder sobre nosotros y nuestros enemigos y también vosotros, divinos Manes, os rezo, os reverencio y os pido la gracia y el favor de que bendigáis al pueblo romano, a los Quirites, con el poder y la victoria, y que visitéis a los enemigos del pueblo romano, y de los Quirites, con el miedo, el terror y la muerte. De la misma manera en que he pronunciado esta oración, así dedico las legiones y auxiliares del enemigo, junto a mí mismo, a los dioses Manes y a la Tierra en nombre de la república de los Quirites, del ejército, legiones y auxiliares del pueblo romano, los Quirites". Tras esta oración, ordenó a los lictores que fuesen con Tito Manlio y que anunciasen enseguida a su colega que se había ofrendado a sí mismo en nombre del ejército. A continuación, se ciñó con el ceñido gabino [ver libro 5,46.-N. del T.], y con todas sus armas subió sobre su caballo y se precipitó en medio del enemigo. Para aquellos que lo vieron entre ambos ejércitos, apareció como algo terrible y sobrehumano, como enviado por el cielo para expiar y apaciguar toda la ira de los dioses, evitar la destrucción de su pueblo y llevarla contra sus enemigos. Todo el temor y el terror que llevaba con él creó el desconcierto entre la primera fila de los latinos y pronto se extendió por todo el ejército. Esto resultó de lo más evidente, pues por donde su caballo le llevaba, todos quedaban paralizados como heridos por alguna estrella mortal; mas cuando cayó, abrumado por los dardos, las cohortes latinas, en un estado de perfecta consternación, huyeron del lugar y dejaron un amplio espacio vacío. Los romanos, por el contrario, liberado de todo temor religioso, siguieron adelante como si se hubiera dado entonces por vez primera la señal y comenzase una gran batalla. Hasta los rorarios se adelantaron entre los antepilanos y fortalecieron a los asteros y príncipes, mientras que los triarios, arrodillados sobre su rodilla derecha, esperaban la señal del cónsul para levantarse.

[8.10] Cuando Manlio escuchó la suerte de su colega, honró su gloriosa muerte no menos con lágrimas que los la debida ofrenda de alabanza. Mientras tanto, la lucha continuó y en algunos sectores el peso del número estaba dando ventaja a los latinos. Durante algún tiempo Manlio dudó si no habría llegado el momento de llamar a los triarios, pero juzgando mejor mantenerlos frescos hasta el punto crucial de la batalla, dio órdenes para que los accensi pasaran de la extrema retaguardia a la vanguardia. Cuando llegaron, los latinos, tomándolos por los triarios enemigos, llamaron inmediatamente a los suyos propios. En el desesperado combate, se habían cansado y roto o dañado sus lanzas, pero como estaban aun empujando atrás a los enemigos a viva fuerza, imaginaron que la batalla estaba decidida y que habían alcanzado la última línea. Fue entonces cuando el cónsul le dijo a sus triarios: "¡Levantaos ahora, frescos y vigorosos contra un enemigo cansado; pensad en vuestra patria y vuestros padres, esposas e hijos; pensad en vuestro cónsul que yace allí muerto para que podáis ganar la victoria!". Se levantaron frescos y resplandecientes en sus armaduras, como si un nuevo ejército hubiera surgido de repente, y tras dejar que los antepilanos se retirasen detrás de ellos lanzaron su grito de guerra. Las primeras filas de los latinos fueron puestas en desorden; los romanos daban lanzadas contra sus caras y de esta manera murió el principal soporte de su ejército. Marcharon indemnes a través de los restantes manípulos como si fueran a través de una multitud desarmada, y marcaron su avance con tal masacre que apenas quedó una cuarta parte del enemigo. Los samnitas, además, que estaban estacionados cerca de las estribaciones más bajas de la montaña, amenazaban el flanco latino, contribuyendo así a su desmoralización.

El mérito principal de esta batalla victoriosa fue achacado por todos, romanos y aliados por igual, a los dos cónsules; uno de los cuales había desviado sobre él, únicamente, todos los peligros con que amenazaban los dioses celestiales y los infernales, mientras que el otro había demostrado un generalato tan consumado en la misma batalla, que los historiadores romanos y latinos que han dejado un relato de ello están completamente de acuerdo en que cualquier bando que hubiera mandado Tito Manlio habría resultado vencedor. Después de su huida, los latinos se refugiaron en Minturna. Su campamento fue capturado después de la batalla y muchos resultaron muertos allí, en su mayoría campanos. El cuerpo de Decio no se halló aquel día y la noche sorprendió a los que le estaban buscando; al día siguiente se le descubrió, enterrado bajo un montón de jabalinas y con gran cantidad de enemigos yaciendo a su alrededor. Sus exequias fueron llevadas a cabo por su colega en forma acorde a muerte tan gloriosa. Debo añadir aquí que un cónsul, un dictador o un pretor, cuando ofrenda las legiones del enemigo, no necesariamente tienen ofrendarse a sí mismos, sino que pueden elegir a quien quieran, de entre una legión, que haya sido alistado regularmente. Si resulta muerto el hombre así ofrendado, todo se considera que ha sido debidamente realizado. Si no muere, una imagen del hombre, de al menos siete pies de alto [2,072 metros.-N. del T.], se debe enterrar en la tierra y se debe ofrecer una víctima como sacrificio expiatorio; en el lugar donde se haya enterrado una tal imagen nunca debe poner un pie un magistrado romano. Si, como en el caso de Decio, el comandante se ofrenda a sí mismo pero sobrevive a la batalla, ya no puede desempeñar ninguna función religiosa, ni por sí mismo ni en nombre del Estado. Tiene el derecho de ofrendar sus armas, sea ofreciéndolas en sacrificio o de otra manera, a Vulcano o a cualquier otra deidad. La lanza sobre la que permaneció el cónsul [cuando hizo la ofrenda; ver arriba.-N. del T.], al repetirse la fórmula de la dedicación, no debe pasar a manos enemigas; si esto ocurriese, se debe ofrecer una suovetaurilia como propiciación a Marte [ver libro 1,44.- N. del T.].

[8.11] Aunque la memoria de cada costumbre tradicional, ya sea relacionada con las cosas humanas o con las divinas, se ha perdido por nuestro abandono de la antigua religión de nuestros padres en favor de las novedades extranjeras, pensé que no sería ajeno a mi asunto registrar tales regulaciones con las mismas palabras con que habían sido dictadas. En algunos autores, encuentro escrito que solo cuando hubo terminado la batalla, los samnitas, que habían estado esperando a ver el resultado, llegaron en apoyo de los romanos. También les llegó ayuda a los latinos desde Lanuvio, aunque desperdiciaron el tiempo en deliberaciones, y cuando empezaban a enviarla y ya una parte de su columna estaba en marcha, les llegó la noticia de la derrota de los latinos. Dieron la vuelta y volvieron a entrar en su ciudad, y se afirma que Milionio, su pretor, comentó que por una marcha tan corta habrían de pagar a Roma un duro precio. Aquellos de los latinos que sobrevivieron a la batalla se retiraron por muchas rutas diferentes, y poco a poco se reunieron en la ciudad de Vescia. Aquí se reunieron los líderes para discutir la situación, y Numisio les aseguró que ambos ejércitos habían tenido en realidad la misma fortuna e igual derramamiento de sangre; sólo en el nombre disfrutaron los romanos de la victoria, en todo lo demás habían quedado como derrotados. Los pretorios de ambos cónsules quedaron manchados de sangre; el uno había matado a su hijo y el otro se había sacrificado a sí mismo; todo su ejército fue masacrado, sus asteros y príncipes muertos; los manípulos, tanto del frente como de retaguardia, y sus estandartes habían sufrido enormes pérdidas; los triarios, al final, salvaron la situación. Las tropas latinas, cierto era, sufrieron iguales bajas, pero el Lacio y los volscos podían suministrar refuerzos más rápidamente que Roma. Si, por tanto, lo aprobaban, él convocaría enseguida a los combatientes de los pueblos latino y volsco y marcharía de vuelta con un ejército hacia Capua, y podría tomar a los romanos por sorpresa; una batalla era lo último que esperaban. Envió cartas engañosas por todo el Lacio y el país volsco; aquellos que no habían participado en la batalla fueron los más dispuestos a creer cuanto decía, y rápidamente reclutó y juntó un cuerpo de milicias reunido de todas partes. Este ejército fue enfrentado por el cónsul en Trifano, un lugar entre Sinuessa y Menturnas. Sin esperar siquiera a elegir los sitios para sus campamentos, ambos ejércitos apilaron su equipaje, lucharon y dieron fin a la guerra, pues los latinos quedaron tan completamente destruidos que, cuando el cónsul con su victorioso ejército se disponía a devastar su territorio, se rindieron completamente y los campanos siguieron su ejemplo. Al Lacio y a Capua se les privó de su territorio. El territorio latino, con el añadido de Priverno, junto con el de Falerno, que había pertenecido a los campanos hasta el río Volturno, fue distribuido entre la plebe romana. Recibieron dos yugadas por cabeza en territorio latino y en territorio privernense recibieron otros tres cuartos de yugada; en el caso de Falerno se les entregó tres yugadas, debiéndose el cuarto de yugada adicional a la distancia [5400 metros cuadrados más 2025 metros cuadrados a los primeros y 8100 metros cuadrados a los segundos.-N. del T.]. Los laurentes, de entre los latinos, y los caballeros campanos, quedaron exentos de castigo por no haberse rebelado. Se dio orden de renovar el tratado con los laurentes, y desde entonces se ha renovado anualmente al décimo día tras el Festival Latino. A los caballeros campanos se les concedió la ciudadanía romana, y una tabla de bronce recordando el hecho fue depositada en Roma, en el templo de Castor; al pueblo de Campania se le ordenó que pagase cada uno (su número ascendía a mil seiscientos en total) la suma de cuatrocientos cincuenta denarios al año [ya que los primeros denarios no serían acuñados, con 4,5 gramos de plata, hasta los años 214/211 a.C., es de suponer que aquí Livio traduce a una moneda contemporánea suya la cantidad de 4500 ases de bronce (pues denario procede de "deni asses", diez ases librales) que sería la multa realmente establecida.-N. del T.].

[8.12] Habiendo llegado así a término la guerra y habiendo concedido así los premios y castigos con arreglo a los merecimientos de cada cual, Tito Manlio regresó a Roma. Parece haber un buen motivo para creer que sólo los ancianos salieron a recibirle a su llegada, la parte más joven de la población le mostró su aversión y odio, no solo entonces sino durante toda su vida. Los anciates hicieron incursiones en los territorios de Ostia, Ardea y Solonia. La salud de Manlio le impidió dirigir esta guerra, así que nombró a Lucio Papirio Craso como dictador y éste designó a Lucio Papirio Cursor como su jefe de la caballería -340 a.C.-. El dictador no efectuó ninguna acción importante contra los anciates, aunque mantuvo un campamento permanente en su país durante algunos meses. Este año resultó reseñable por las victorias sobre muchas poderosas naciones, y más aún por la noble muerte de un cónsul, así como por el implacable e inolvidable ejercicio del mando por parte del otro. Fue seguido por el consulado de Tito Emilio Mamercino y Quinto Publilio Filón -339 a.C.-. No se encontraron con similares materias sobre las que construirse una reputación, ni consideraron los intereses de su patria tanto como los suyos o los de las facciones políticas en la república. Los latinos reanudaron las hostilidades para recuperar los dominios que habían perdido, pero fueron derrotados en las llanuras Fenectanas y expulsados de su campamento. Allí Publilio, que había logrado esta victoria, recibió la rendición de las ciudades latinas que habían perdido allí a sus hombres; entretanto, Emilio llevó a su ejército a Pedum. Este lugar estaba defendido por una fuerza combinada de Tivoli, Palestrina y Velletri, y fue enviada también ayuda desde Lanuvio y Anzio. En las diversas batallas, los romanos tuvieron la ventaja, pero restaba hacer todo el trabajo en la propia ciudad, y en el campamento contiguo a ésta de las fuerzas aliadas. El cónsul abandonó repentinamente la guerra antes de darle término, pues escuchó que se había decretado un triunfo para su colega y, de hecho, él regresó a Roma para demandar un triunfo antes de haber ganado una victoria. El Senado se disgustó por esta conducta egoísta y le hizo entender que no tendría ningún triunfo hasta que Pedum hubiera sido capturada o se hubiese rendido. Esto produjo un distanciamiento total entre Emilio y el Senado, y desde entonces administró su consulado con el espíritu y el temperamento de un tribuno sediciosos. Mientras fue cónsul no dejó de criminalizar al Senado ante el pueblo, sin oposición alguna por parte de su colega que, él mismo, pertenecía a la plebe. Material para sus acusaciones encontró en la deshonesta asignación entre la plebe de los territorios latinos y falernos; y después que el Senado, deseoso de restringir la autoridad del cónsul, emitiese una orden para nombrar un dictador que actuase contra los latinos, Emilio, que entonces tenía el turno de tener las fasces, nombró a su propio colega, de nombre Junio Bruto, como su jefe de la caballería. Hizo popular su dictadura mediante arengas incriminatorias contra el Senado, y también por presentar tres medidas dirigidas contra la nobleza y de lo más ventajosas para la plebe. Una de ellas era que las decisiones de la plebe debían ser vinculantes para todos los Quirites; la segunda, que las medidas presentadas ante los comicios centuriados debían ser sancionadas por los patricios antes de ser finalmente sometidas a voto; la tercera, que ya que ambos censores podían ser elegidos de entre la plebe, uno siempre había de ser elegido de ese orden. Los patricios consideró que los cónsules y el dictador había hecho más por dañar al Estado con su política interna que por reforzar su poder con sus éxitos en campaña.

[8.13] Los cónsules para el año siguiente fueron Lucio Furio Camilo y Cayo Menio -338 a.C.-. Con el fin de esparcir más descrédito sobre Emilio por su negligencia en sus deberes militares el año anterior, el Senado insistió en no hacer ningún gasto en armas ni en hombres para reducir y destruir Pedum. Se ordenó perentoriamente a los nuevos cónsules que dejasen de lado todo lo demás y marchasen enseguida. Los asuntos en el Lacio estaban de tal modo que no se podía considerar que hubiera ni paz ni guerra. Para la guerra, sus recursos eran completamente inadecuados, y estaban demasiado dolidos por la pérdida de territorio como para pensar en la paz. Se decidieron, por tanto, por un término medio, es decir, limitarse a sus ciudades y, si se enteraban de que cualquiera de ellas resultaba atacada, enviarle ayuda de todo el Lacio. La gente de Tivoli y la de Palestrina, que eran las más cercanas, se llegaron a Pedum, pero las tropas de Ariccia, Lanuvio y Velletri, junto con los volscos de Anzio, fueron atacados por sorpresa y derrotados por Menio en el río Astura. Camilo se enfrentó a los tiburtinos, que eran con mucho la fuerza más poderosa, y, aunque con gran dificultad, alcanzó un éxito similar. Durante la batalla, los ciudadanos hicieron una salida por sorpresa, pero Camilo, dirigiendo parte de su ejército contra ellos, no sólo los rechazó hasta el interior de sus murallas, sino que asaltó y capturó la ciudad, tras derrotar a las tropas enviadas en su ayuda, todo en un día. Después de este ataque con éxito contra una ciudad, decidieron hacer un esfuerzo mayor y más audaz y guiar su ejército victorioso hasta la sumisión completa del Lacio. No descansaron hasta que, por la captura o la aceptación de la rendición de una ciudad tras otra, alcanzaron su propósito. Se puso guarnición en las ciudades capturadas, tras lo cual volvieron a Roma para disfrutar un triunfo que se les otorgó por consenso general. Se concedió un honor adicional a ambos cónsules mediante la erección de sus estatuas ecuestres en el Foro, suceso poco frecuente en aquella época.

Antes de que se celebrasen las elecciones consulares para el año siguiente, Camilo llevó ante el Senado el estado de la cuestión de los asuntos del Lacio. "Senadores", dijo, "nuestras operaciones militares en el Lacio han llegado, por el favor de los dioses y la valentía de nuestros soldados, a feliz término. Los ejércitos enemigos fueron derrotados en Pedum y en el Astura, todas las ciudades latinas y la volsca Anzio han sido asaltadas o rendidas y están ocupadas por guarniciones. Nos estamos cansando de su constante renovación de hostilidades, y es por esto que os consulto, como los más notables hombres, sobre la mejor manera de obligarlos a una paz perpetua. Los dioses inmortales os han hecho tan completamente dueños de la situación, que han puesto en vuestras manos decidir si existirá o no, de ahora en adelante, un Lacio. Hasta tanto, así, por lo que se refiere a los latinos, podéis asegurar una paz duradera mediante la crueldad o mediante la bondad. ¿Deseáis adoptar medidas despiadadas contra un pueblo que se ha rendido y ha sido derrotado? Tenéis vía libre para arrasar toda la nación latina y provocar la desolación y el desierto en un país que os ha aportado un espléndido ejército de aliados que habéis empleado en tantas grandes guerras. ¿O querréis seguir el ejemplo de vuestros antepasados y hacer más grande a Roma concediendo su ciudadanía a quienes ha derrotado? Tenemos aquí, a mano, los materiales para expandirla a una altura gloriosa. Esta es, seguramente, la más firme base de un imperio, que sus súbditos se complazcan en someterse a su obediencia. Pero sea cual sea la decisión que vayáis a tomar, debéis daros prisa en tomarla. A tantos pueblos tenéis en tal estado de esperanza y miedo, que es preciso que os despreocupéis cuanto antes de ellos y que sus ánimos, mientras están aun aturdidos por la incertidumbre, queden enseguida impresionados por el castigo o por el beneficio. Nuestra tarea ha sido poneros en posición de llevaros a deliberar todo el asunto, la vuestra es decretar qué es lo mejor para vosotros mismos y para la república".

[8.14] Los líderes del Senado aplaudieron la forma en que el cónsul había presentado la moción pero, que las circunstancias diferían para cada caso, pensaron que cada uno debía decidirse por sus propios méritos, y con vista a facilitar la discusión pidieron al cónsul que expusiese el nombre de cada lugar por separado. Lanuvio recibido la plena ciudadanía y la restitución de sus objetos sagrados, con la salvedad de que el templo y el bosque de Juno Sospita [la salvadora.-N. del T.] debía pertenecer en común al pueblo romano y a los ciudadanos que vivan en Lanuvio. Ariccia, Nomento y Pedum obtuvieron los mismos derechos políticos que Lanuvio. Túsculo mantuvo la ciudadanía que había tenido antes, y la responsabilidad por la parte que tenía en la guerra se quitó del Estado, como tal, y se hizo recaer en unos pocos individuos. Los veliternos, que habían sido ciudadanos romanos desde tiempos antiguos, fueron a causa de sus muchas revueltas severamente tratados; sus murallas se derribaron, se deportó a su Senado y se le ordenó vivir al otro lado del Tíber; si alguno de ellos fuese capturado a este lado del río, sería multado con mil ases, y al hombre que le hubiera halado no le debería liberar hasta que se hubiera pagado la cantidad. Se asentaron colonos en las tierras que habían poseído, y su número hizo que Velletri pareciese tan poblado como antes. También se otorgó Anzio a un nuevo grupo de colonos, pero se permitió a los anciates que se enrolasen como colonos si lo deseaban; sus naves de guerra les fueron confiscadas y se les prohibió tener más; se les admitió a la ciudadanía. Tivoli y Palestrina vieron confiscados sus dominios, no tanto debido a la parte que habían tenido, junto con el resto del Lacio, en la guerra, sino porque, celosos del poder romano, habían unido sus armas con la bárbara nación de los galos. El resto de las ciudades latinas se vieron privadas del derecho de comercio, de matrimonios mixtos y de mantener reuniones entre sí. A Capua, como recompensa por la negativa de su caballeros a unirse a los latinos, se le permitió disfrutar de los derechos privativos de los ciudadanos romanos, como también a Fondi y a Formi, porque siempre habían permitido el libre paso por su territorio. Se decidió que Cumas y Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.] debía disfrutar de los mismos derechos que Capua. Algunos de los barcos de Anzio fueron llevados a los muelles romanos, otros fueron quemados y sus espolones (rostra) se colocaron al frente de una galería elevada que se construyó al final del Foro y que, por esta circunstancia, fue llamado "los Rostra".

[8.15] Cayo Sulpicio Longo y Publio Elio Peto fueron los nuevos cónsules -337 a.C.-. Se disfrutaban ya por todas partes las bendiciones de la paz, una paz mantenida no tanto por el poder de Roma como por la influencia que había adquirido por su trato considerado hacia sus enemigos vencidos, cuando estalló una guerra entre los sidicianos y los auruncinos. Después que el cónsul Manlio hubiera aceptado su rendición, los auruncinos se habían mantenido tranquilos. Su petición de auxilio a Roma fue por una causa más que justa. El Senado decidió que se les ofrecería ayuda, pero, antes que los cónsules procedieran, llegaron informes de que los auruncinos habían temido permanecer en su propia ciudad y habían huido con sus esposas e hijos a Sessa (que ahora se llama Aurunca) [y en la actualidad se llama Sessa Aurunca.-N. del T.], a la que habían fortificado, y que su ciudad con sus antiguas murallas había sido destruida por los sidicianos. El Senado estaba enojado con los cónsules, por cuyo retraso habían sido traicionados sus aliados, y ordenó que se nombrase un dictador. Cayo Claudio Regilense, en consecuencia, fue nombrado, y designó como su jefe de la caballería a Cayo Claudio Hortator. Hubo algunas dificultades con la sanción religiosa del nombramiento del dictador, y como los augures dijeron que existía una irregularidad en su elección, tanto el dictador como el jefe de la caballería renunciaron. Este año, Minucia, una vestal, levantó sospechas por vestir de modo más elegante de lo que era apropiado y después fue llevada ante los pontífices por el testimonio de un esclavo. Estos le ordenaron que no tomase parte en las ceremonias sagradas y que no manumitiese a ninguno de sus esclavos. Fue juzgada y hallada culpable, y fue enterrada viva cerca de la Puerta Colina a la derecha de la carretera alta en el Campus Sceleratus (el "campo maldito"), que, creo, deriva su nombre de este incidente. En este año también resultó Quinto Publio Filón elegido como el primer pretor plebeyo, contra la oposición del cónsul Sulpicio; el Senado, tras fracasar en mantener los más altos cargos en su poder, mostraba menos interés en retener la pretura.

[8.16] Los cónsules para el año siguiente fueron Lucio Papirio Craso y Cesón Duilio -336 a.C.-. Hubo guerra con los ausonianos y fue reseñable por el hecho de que fuera contra un nuevo enemigo y más que contra uno formidable. Este pueblo habitaba la ciudad de Calvi Risorta [Cales en el original latino.-N. del T.], y había unido sus armas a las de sus vecinos, los sidicianos. El ejército combinado de las dos ciudades fue destrozado en un enfrentamiento bastante insignificante; la proximidad de ambas ciudades les hizo buscar enseguida la seguridad en la huida que no encontraron en el combate. El Senado no era el menos preocupado por la guerra, en vista del hecho de que los sidicianos se comportaban agresivamente con tanta frecuencia, o ayudaban a otros a hacerlo, o eran la causa de las hostilidades. Hicieron todo lo posible, por tanto, para asegurar la elección de Marco Valerio Corvo, el más grande comandante de su época, como cónsul por cuarta vez. Se le asignó a Marco Atilio Régulo como su colega -335 a.C.-. Para evitar cualquier posibilidad de error, los cónsules pidieron que esta guerra se asignase a Corvo sin echarlo a suertes. Después de hacerse cargo del victorioso ejército de los cónsules anteriores, se dirigió a Calvi Risorta, donde la guerra se había iniciado. El enemigo estaba desmoralizado por el recuerdo del anterior conflicto, y le derrotó al primer ataque. Luego avanzó para asaltar sus murallas. Tal era el entusiasmo de los soldados que estaban deseosos de asentar las escalas y escalar de inmediato las murallas, pero Corvo se dio cuenta de la dificultad de la tarea y prefirió lograr sus fines haciendo que sus hombres procediesen a los trabajos de un asedio regular, en vez de exponerlos a riesgos innecesarios. Así que construyó una rampa y llevó los manteletes y torres cerca de las murallas, pero una afortunada circunstancia lo hizo innecesario. Marco Fabio, un prisionero romano, logró eludir a sus guardianes en un festival y, tras romper sus cadenas, se dejó caer de la muralla, atado de una cuerda asegurada contra el pretil de la pared, entre las obras romanas. Indujo al cónsul para que atacara al enemigo mientras estaba durmiendo por los efectos del vino y la fiesta, y los ausonianos fueron capturados, junto con su ciudad, sin más problemas que haber sido previamente derrotados en campo abierto. El botín incautado fue enorme y, después de colocar una guarnición en Calvi Risorta, las legiones fueron llevadas de regreso a Roma. El Senado aprobó una resolución permitiendo al cónsul celebrar un triunfo, y para que Atilio pudiera tener oportunidad también de distinguirse, se ordenó a ambos cónsules que marchasen contra los sidicianos. Antes de comenzar, nombraron, por resolución del Senado, a Lucio Emilio Mamercino como dictador, con el propósito de celebrar las elecciones; éste nombró a Quinto Publilio Filón como su jefe de la caballería. Los cónsules electos fueron Tito Veturio y Espurio Postumio. Aunque aún había guerra con los sidicianos, presentaron una propuesta para asentar una colonia en Calvi Risorta, para anticiparse a la plebe con un acto voluntario de beneficencia. El Senado aprobó una resolución para que se inscribiesen dos mil quinientos nombres, y se nombraron tres comisionados, para asentar a los colonos y asignar los lotes de tierra, que fueron Cesón Duilio, Tito Quincio y Marco Fabio -334 a.C.-.

[8.17] Los nuevos cónsules, después de tomar el mando del ejército de sus predecesores, entraron en territorio enemigo y condujeron sus correrías hasta las murallas de su ciudad. Los sidicianos habían conseguido reunir un inmenso ejército y se preparaban a luchar desesperadamente; hubo también un informe de que en el Samnio se estaban iniciando hostilidades. Los cónsules, por tanto, nombraron un dictador por resolución del Senado: Publio Cornelio Rufino; el jefe de la caballería fue Marco Antonio. Posteriormente surgió una dificultad religiosa, por causa de una informalidad en su nombramiento, y renunciaron a sus cargos. Como consecuencia de una peste que siguió, parecía como si todos los auspicios hubieran quedado manchados por aquella informalidad y los asuntos derivaron a un interregno

-333 a.C.-[este periodo abarca la dictadura de Publio Cornelio Rufino y el consulado de Cayo Petelio Libón y Lucio Papirio Cursor que no son nombrados explícitamente en el texto de Livio.-N. del T.] . Hubo cinco interreges y bajo el último, Marco Valerio Corvo, fueron elegidos cónsules Aulo Cornelio, por segunda vez, y Cneo Domicio -332 a.C.-. Las cosas estaban ahora tranquilas, pero un rumor sobre una guerra gala produjo tanta alarma como si fuese una invasión real y se decidió que había que nombrar un dictador. Fue nombrado Marco Papirio Craso, siendo Publio Valerio Publícola su jefe de la caballería. Mientras alistaban un número mayor del habitual para las guerras cercanas, las partidas de reconocimiento que se habían enviado informaron de que todo estaba tranquilo entre los galos. Durante los dos últimos años, había habido sospechas de un movimiento en el Samnio a favor de un cambio de política, y como medida de precaución no se retiró un ejército romano del territorio sidiciano. El desembarco de Alejandro del Épiro, cerca de Capaccio-Paestum [antigua Paestum, en latín, y Posidonia en griego anteriormente.-N. del T.], llevó a los samnitas a hacer causa común con los lucanos, pero sus fuerzas combinadas fueron derrotadas a su vez en una batalla campal. Él [Alejandro.-N. del T.], estableció luego relaciones de amistad con Roma, pero resulta bastante dudoso cuánto tiempo las hubiera mantenido si sus otras empresas hubiesen tenido el mismo éxito. En este año se hizo un censo, los censores fueron Quinto Publilio Filón y Espurio Postumio. Los nuevos ciudadanos fueron evaluados y organizados en dos tribus adicionales, la Mecia y la Escapcia [Maecia y Scaptia en el original latino.-N. del T.]. Lucio Papirio, el pretor, obtuvo la aprobación de una ley por la que se concedía la ciudadanía sin derecho de sufragio a los habitantes de Acerra [antigua Acerrae.-N. del T.]. Estas fueron los asuntos militares y civiles para este año.

[8.18] Marco Claudio Marcelo y Tito Valerio fueron los nuevos cónsules -331 a.C.-. Veo en los anales que dan Flaco y Potito como el sobrenombre del cónsul, pero es cuestión de poca importancia cuál fuera el verdadero. Este año se ganó una funesta notoriedad tanto por el tiempo insalubre como por el engaño humano. Yo creería gustoso, y los autores no están de acuerdo en este punto, que es una falsa historia la que cuenta que los que hicieron notorio aquel año al morir por la peste, en realidad murieron envenenados. Yo, sin embargo, relato el asunto tal como ha sido escrito para que no se diga que pongo en tela de juicio la credibilidad de nuestros autores. Los más importantes hombres del Estado fueron afectados por la misma enfermedad, y en casi todos los casos con el mismo fatal resultado. Una criada se llegó hasta Quinto Fabio Máximo, uno de los ediles curules, y se comprometió a revelar la causa de aquella peste si el gobierno la protegía contra cualquier peligro en que pudiera colocarle su descubrimiento. Fabio llevó enseguida el asunto a la consideración de los cónsules y éstos lo elevaron al Senado, que autorizó la concesión de la promesa de inmunidad. Ella entonces descubrió el hecho de que el Estado estaba sufriendo los crímenes de ciertas mujeres; los venenos eran cocinados por matronas romanas y, si ellos la seguían enseguida, ella les prometía que cogerían a las envenenadoras en plena acción. Siguieron a su informante y hallaron, de hecho, algunas mujeres componiendo drogas venenosas y algunos venenos ya preparados. Estos últimos eran llevados al Foro, y hasta veinte matronas, en cuyas casas habían sido confiscados, fueron detenidas por funcionarios de los magistrados. Dos de ellas, Cornelia y Sergia, ambas miembros de casas patricias, sostuvieron que las drogas eran preparados medicinales. La sirvienta, al ser confrontada a ellas, les dijo que bebieran un poco para demostrar que ella había prestado falso testimonio. Se les dio tiempo para consultar qué iban a hacer, y a los espectadores se les ordenó que se retirasen para que pudieran consultar con las otras matronas. Todas consintieron en beber la droga, y después de ello cayeron víctimas de sus propios designios criminales. Sus compañeras fueron inmediatamente detenidas y denunciaron a un gran número de matronas como autoras del mismo delito, de las cuales ciento setenta fueron declaradas culpables. Hasta ese momento nunca se había investigado en Roma una acusación por envenenamiento. Todo el asunto fue considerado un presagio y se pensó que fue más un acto de locura que de maldad deliberada. Como consecuencia de la general alarma producida, se decidió seguir el precedente registrado en los anales. Se vio en ellos que, durante las secesiones de la plebe en los viejos tiempos, el dictador había hincado un clavo y que los pensamientos de las gentes, alterados por la guerra civil, habían vuelto a la cordura. Se aprobó, en consecuencia, una resolución para que se nombrase un dictador que hincase el clavo. Fue nombrado Cneo Quintilio, y designó a Lucio Valerio como jefe de la caballería. Después de haber hincado el clavo renunciaron al cargo.

[8.19] Lucio Papirio Craso y Lucio Plaucio Venox fueron entonces elegidos cónsules, el primero por segunda vez -330 a.C.-. A principios de año llegaron delegaciones de Ceccano [antigua Fabrateria en el original latino.-N. del T.] y Luca, lugares pertenecientes a los volscos, con la petición de ser recibidos bajo la protección de Roma, cuyo señorío reconocerían con fidelidad y lealtad si ellos se comprometían a defenderles de los samnitas. El Senado accedió a su petición y envió una advertencia a los samnitas para que no violasen el territorio de aquellas dos ciudades. Los samnitas aceptaron la advertencia, no porque estuvieran ansiosos de paz, sino porque aún no estaban listos para la guerra. Este año comenzó una guerra con Priverno y su aliada, Fondi; su general era un Fondano, Vitrubio Bacco, hombre de gran distinción, no sólo en su propia ciudad sino también en Roma, donde tenían una casa en el Palatino, que fue después destruida y el solar vendido, siendo luego conocido el lugar como el Prado de Bacco. Mientras propagaba la destrucción a lo largo y lo ancho de las tierras de Sezze, Norba y Cora, Lucio Papirio avanzó contra él y tomó una posición no lejos de su campamento. Vitrubio no tenía ni la prudencia de mantenerse tras su empalizada en presencia de un enemigo más fuerte que él, ni el coraje de luchar a cierta distancia de su campamento. Presentó batalla mientras sus hombres apenas estaban fuera de su campamento y, pensando más en retirarse a él que en el combate o en el enemigo, fue con poco esfuerzo derrotado decisivamente. Debido a la proximidad del campamento, la retirada fue fácil y no tuvo mucha dificultad en proteger a sus hombres de una seria derrota; difícilmente pudo alguien morir en aquella batalla y sólo resultaron muertos unos pocos en la retaguardia más apiñada de fugitivos que corrían hacia su campamento. Tan pronto como oscureció, lo abandonaron por Priverno, confiando más en la protección de las murallas de piedra que en el terraplén de su campamento.

El otro cónsul, Plaucio, tras asolar los campos en todas direcciones y llevarse el botín, condujo su ejército a territorio de Fondo. Cuando cruzó la frontera, el senado de Fondi se reunió con él y le explicaron que no venían a interceder por Vitrubio y los de su partido, sino por el pueblo de Fondi. Señalaron que el propio Vitrubio les había eximido de toda responsabilidad al buscar refugio en Priverno y no en Fondi, aunque era su ciudad. Era en Priverno, por lo tanto, donde debían buscar y castigar a los enemigos de Roma, pues habían sido infieles tanto a Fondi como a Roma. Los hombres de Fondi deseaban la paz; sus simpatías eran totalmente romanas y mantenían su agradecimiento por los beneficios que recibieron al serles conferidos los derechos de ciudadanía. Rogaron al cónsul que se abstuviese de hacer la guerra a un pueblo inofensivo; sus tierras, su ciudad, sus propias personas y las de sus esposas e hijos estaban y seguirían estando a disposición de Roma. El cónsul les elogió por su lealtad y envió despachos a Roma para informar al Senado de que los fondanos seguían firmes en su lealtad, tras lo cual marchó a Priverno. Claudio hace un relato distinto. Según él, el cónsul procedió en primer lugar contra los cabecillas de la revuelta, de los cuales trescientos cincuenta fueron enviados encadenados a Roma. Añade que el Senado se negó a recibir la rendición, pues consideró que lo que los fondanos ansiaban era escapar con el castigo de unos pobres y oscuros individuos.

[8.20] Mientras Priverno era asediado por dos ejércitos consulares, uno de los cónsules fue llamado a casa para llevar a cabo las elecciones. Fue en este año cuando se erigieron las cárceles en el Circo Máximo. El problema de la guerra con Priverno aún no había acabado cuando llegaron noticias más alarmantes sobre un movimiento repentino entre los galos. Tales informes no eran tratados a la ligera con frecuencia. A los nuevos cónsules, Lucio Emilio Mamercino y Cayo Plaucio, se les ordenó de inmediato que asumiesen sus respectivos mandos el mismo día que asumieron el cargo, es decir, el primero de julio -329 a.C.-. La guerra Gala recayó sobre Mamercino, y éste no permitió que ninguno de los que eran llamados a prestar servicio reclamase la exención. Se afirma que, incluso, fueron convocados los artesanos y los más humildes trabajadores, gentes completamente inútiles para la guerra. Un inmenso ejército se concentró en Veyes para contener el avance de los galos. Se pensó que sería mejor no llegar más lejos, para el caso de que el enemigo tomara otra ruta hacia la Ciudad. Después de efectuar un reconocimiento completo, se pudo establecer a los pocos días que todo estaba tranquilo en lo referente a los galos y entonces toda la fuerza marchó hacia Priverno. Desde este punto hay dos versiones de la historia. Algunos afirman que la ciudad fue asaltada y Vitrubio capturado vivo; otros autores aseguran que, antes del asalto final, llegaron ciudadanos con un caduceo [símbolo de Mercurio y señal de ser su portador un mensajero; nuestro equivalente moderno sería levantar bandera blanca.-N. del T.] y se rindieron al cónsul mientras que Vitrubio era entregado por sus propios hombres. El Senado, al ser consultado sobre el destino de Vitrubio y de los privernenses, dio instrucciones al cónsul para que demoliera las murallas de Priverno y que situase allí una fuerte guarnición y, a continuación, que celebrase su triunfo. A Vitrubio se le mantendría en prisión hasta que el cónsul regresase y después sería azotado y decapitado; su casa en el Palatino sería destruida y sus bienes consagrados a Semoni Sancus [deidad sabina, adorada en el Quirinal, genio de la luz celestial, hijo de Júpiter Diespiter o Lucetius, vengador de la deshonestidad y defensor de la verdad y la buena fe.-N. del T.] El dinero obtenido por su venta fue fundido en unos orbes de bronce que fueron depositados en la capilla de Sancus, frente al templo de Quirino. En lo que respecta al Senado de Priverno, se decretó que todos los senadores que hubieran permanecido en esa ciudad después de la revuelta contra Roma debían ser deportados más allá del Tíber en las mismas condiciones que los de Velletri. Después de su triunfo, cuando Vitrubio y sus cómplices hubieron sido ejecutados, Plaucio pensó que, estando el Senado satisfecho con el castigo de los culpables, podría con seguridad referirse a la cuestión de los privernenses. Se dirigió a la Cámara en los siguientes términos: "Dado que los autores de la revuelta, senadores, han obtenido de los dioses inmortales y de vosotros el castigo que merecían, ¿Qué os place que se haga respecto a la población inocente? A pesar de que tengo el deber de solicitar opiniones en lugar de darlas, quisiera decir que, en vista del hecho de que los privernenses son vecinos de los samnitas, con quienes las relaciones pacíficas están ahora inciertas, estoy preocupado porque haya entre ellos y nosotros los menos motivos posibles de queja".

[8,21] La cuestión no era fácil de resolver pues los senadores se dividían según su temperamento, el de unos aconsejaba dureza y el de otros un comportamiento más suave. La divergencia de opinión generalizada fue aumentada por uno de los embajadores privernenses, que pensaba más en la situación en la que había nacido que en las exigencias de la actual coyuntura. Uno de los senadores que abogaba por medidas más severas le preguntó qué castigo creía que merecían sus compatriotas. Él respondió: "El castigo que merecen aquellos que estiman su libertad". El cónsul se dio cuenta de que esta respuesta enérgica sólo exasperaba a los que ya eran adversos a la causa de los privernenses, y trató de obtener una respuesta más suave mediante una pregunta más considerada. "Bien", dijo, "si perdonamos las penas, ¿qué clase de paz podemos esperar tener con vosotros en lo sucesivo?" "Una larga y verdadera", fue la respuesta, "si las condiciones son buenas, pero si son malas, pronto se romperá". Al oír esto, algunos de los senadores exclamaron que estaba empleando amenazas abiertas, y que era mediante un lenguaje así como se incitaba a reanudar las hostilidades a Estados que habían sido pacificados. La mayor parte del Senado, sin embargo, consideró de manera más favorable su respuesta, y declaró que era una expresión digna de un hombre, y de un hombre que amaba la libertad. ¿Debía, se preguntaron, suponerse que cualquier pueblo o, para el caso, cualquier persona, permaneciese mucho tiempo de acuerdo con condiciones que le disgustaban? La paz sólo se mantendría con fidelidad donde quienes la aceptaban lo hacían voluntariamente; no podían esperar que se guardase fidelidad donde buscaban reducir los hombres a la servidumbre. El Senado fue llevado a adoptar este punto de vista principalmente por el cónsul, que repetía a los consulares, los hombres que tenían que dar primero su opinión, en un tono lo bastante alto como para que muchos lo oyesen: "Hombres cuyo primero y último pensamiento es la libertad merecen ser romanos". Así ganaron su causa en el Senado, y la propuesta de otorgar la ciudadanía plena a los privernenses fue presentada al pueblo.

[8.22] Los nuevos cónsules fueron Publio Plaucio Próculo y Publio Cornelio Escápula -328 a.C.-. El año no fue reseñable por nada en casa ni en el extranjero, más allá del hecho de que se asentó un colonia en Fregellas [Fregellae en el original latino.-N. del T.], que estaba en territorio de los sidicianos y que después perteneció a los volscos. Hubo también una distribución de carne al pueblo hecha por Marco Flavio con ocasión del funeral de su madre. Hubo muchos que consideraron esto como el pago de un soborno al pueblo con el pretexto de honrar la memoria de su madre. Él había sido procesado por los ediles, acusado de seducir a una mujer casada, y había sido absuelto, y esto [la donación de carne.- N. del T.] fue así considerado claramente la devolución del favor de absolverle en el juicio. También demostró ser el medio para alcanzar un cargo, pues en las siguientes elecciones fue nombrado tribuno de la plebe en ausencia y pasando por encima de competidores que se concurrieron en persona. Paleópolis era una ciudad no muy lejos de la actual Nápoles [Paleópolis: ciudad antigua, en contraposición a Neápolis, "Nápoles", ciudad nueva.- N. del T.]. Las dos ciudades formaban una comunidad. Los primeros habitantes vinieron de Cumas; Cumas remonta sus orígenes a Calcis, en Eubea [isla al este de Grecia, separada de la Beocia por el estrecho de Euripo.-N. del T.]. La flota con la que salieron de su hogar les dio el dominio del distrito costero que ahora ocupaban, y tras desembarcar en las islas de Enaria y Pitecusa

[Parece haber aquí un error de Livio o del copista, pues no se trata de dos islas sino de una sola, siendo Pithecusa el nombre griego y Aenaria el latino.- N. del T.], se aventuraron a trasladar sus asentamientos al continente. Esta comunidad, apoyándose en su propia fuerza y en la laxa observancia de las obligaciones del tratado que los samnitas estaban mostrando para con los romanos, o tal vez confiando en el efecto de la peste que habían oído estaba atacando la Ciudad, perpetraron muchos actos de agresión contra los romanos que vivían en la Campania y en el país falerno. Como consecuencia de esto, los cónsules, Lucio Cornelio Léntulo y Quinto Publilio Filón, envió los feciales a Paleópolis en demanda de reparación -327 a.C.-. Al enterarse de que los griegos, un pueblo valiente en palabras más que en hechos, había enviado una respuesta desafiante, el pueblo, con la sanción del Senado, ordenó que se hiciera la guerra a Paleópolis. Los cónsules organizaron sus respectivos mandos; de los griegos se encargaría Publilio y Cornelio, con un segundo ejército, controlaría cualquier movimiento por parte de los samnitas. Sin embargo, un informe les previno de que los samnitas, esperando ansiosos un levantamiento en la Campania, mandaban allí sus tropas; Cornelio pensó que lo más apropiado sería levantar allí un campamento.

[8.23] Ambos cónsules enviaron un mensaje al Senado diciendo que había muy pocas esperanzas de que los samnitas permaneciesen en paz. Publilio les informó de que dos mil soldados de Nola [antigua Nolanum.-N. del T.] y cuatro mil samnitas habían sido admitidos en Paleópolis, más por la presión de Nola que porque los griegos tuviesen grandes deseos de su presencia; Cornelio mandó la noticia de que se habían dado órdenes para un alistamiento general en el Samnio, y que se estaba tratando abiertamente de inducir a las comunidades vecinas de Priverno, Fondi y Formia a levantarse. En estas circunstancias, se decidió enviar embajadores a los samnitas antes de empezar de hecho la guerra. Los samnitas enviaron una respuesta insolente. Acusaron a los romanos de una agresión flagrante y negaron absolutamente las acusaciones que se formulaban contra ellos; declararon que la ayuda que habían recibido los griegos no la había facilitado su gobierno, ni que habían incitado a Fondi ni a Formia, pues no tenían motivo para desconfiar de sus propias fuerzas si se llegaba a la guerra. Además, era imposible disimular la profunda irritación que en la nación samnita inspiraba el comportamiento del pueblo romano al restaurar Fregellas después de que ellos la hubieran capturado a los volscos y la destruyeran, y que hubiesen asentado una colonia en territorio samnita a la que los colonos llamaban Fregellas. Si este insulto e injuria no era retirado por sus responsables, ellos mismos usarían toda su fuerza para librarse de él. Los embajadores romanos les invitaron a someter las cuestiones en disputa a un arbitraje ante sus amigos comunes, pero los samnitas respondieron: "¿Por qué tenemos que andarnos con rodeos? Ni la diplomacia ni el arbitraje pueden arreglar nuestra disputa; las armas y la fortuna de la guerra son lo único que puede decidir la cuestión. Que nuestros ejércitos se encuentren entre Capua y Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.] y allí decidiremos si serán los romanos o los samnitas quienes señorearán Italia". A lo que el romano respondió: "Los soldados romanos no irán donde les convoque el enemigo, sino donde les lleve su jefe".

Mientras tanto, Publilio había ocupado una posición adecuada entre Paleópolis y Nápoles, a fin de evitar que se prestasen mutuamente la ayuda que hasta entonces se habían dado. El tiempo para las elecciones se acercaba y hubiera sido muy inconveniente para el interés público llamar de vuelta a Publilio, ya que estaba listo para atacar el lugar y esperando de efectuar su captura en pocos días. Se llegó por tanto a un acuerdo con los tribunos de la plebe para proponer al pueblo que, a la finalización de su mandato, Publilio continuase como procónsul hasta que llegase a su fin la guerra con los griegos. La misma medida se adoptó con respecto a Cornelio, que ya había entrado en el Samnio, y se le dio instrucciones escritas para que nombrase un dictador para celebrar las elecciones. Nombró a Marco Claudio Marcelo, y este designó a Espurio Postumio como jefe de la caballería. Las elecciones, sin embargo, no fueron celebradas por ese dictador, pues se plantearon dudas en cuanto a si se habían observado las formalidades prescritas en su nombramiento. Los augures, al ser consultados, declararon que no se habían observado debidamente. Las tribunas calificaron su acción como deshonesta e injusta. "¿Cómo", preguntaron, "podían saber que existía alguna irregularidad? El cónsul se levantó a media noche para designar al dictador; no había comunicado nada a nadie, oficial o privadamente, sobre el asunto; no había nadie con vida que pudiera decir que él había visto u oído nada que pudiese viciar los auspicios; los augures, sentados tranquilamente en Roma, no podían adivinar a qué dificultades se pudiera enfrentar el cónsul en el campamento. ¿Quién de los presentes no veía que la irregularidad que habían descubierto los augures resultaba ser el hecho de que el dictador era un plebeyo?" Estas y otras objeciones fueron planteadas por los tribunos. Los asuntos, sin embargo, entraron en un interregno, y debido a la suspensión reiterada de las elecciones con un pretexto tras otro, hubo no menos de catorce interregnos. Por fin, Lucio Emilio, el decimocuarto interrex, declaró a Cayo Petilio y a Lucio Papirio Mugilano como debidamente electos -326 a.C.-. En otras listas me parece como sobrenombre Cursor.

[8.24] Se dice que la fundación de Alejandría, en Egipto, tuvo lugar este año (327 a. C.) [téngase presente que el año iba de marzo a marzo y que Livio se refiere al año ya transcurrido.-N. del T.] , y también el asesinato de Alejandro de Épiro a manos de un refugiado lucano, un evento con el que se cumplió la predicción del oráculo de Júpiter Dodoneano [de Dodona, 80 km al este de la isla de Corfú.-N. del T.]. Cuando fue invitado por los tarentinos a Italia, recibió una advertencia para que se cuidase del agua de Aquerusia y de la ciudad de Pandosia, pues era allí donde se habían fijado los límites de su destino. Esto le hizo cruzar a Italia, tan pronto como le fue posible, desde la ciudad de Pandosia, en el Épiro y el río Aqueronte, que fluye desde Molossia hasta la laguna Infernal y finalmente desemboca en el golfo de Arta [Thesprotius sinus en el original latino.-N. del T.]. Pero, como sucede a menudo, al tratar de evitar su destino se precipitó sobre él. Ganó varias victorias sobre las naciones de la Italia meridional, causando numerosas derrotas a las legiones de Brucia y Lucania, capturando la ciudad de Heraclea, un asentamiento de colonos de Tarento, tomando Potenza a los lucanos, Siponto a los apulios, Consenza y Terina a los brucios y otras ciudades de los mesapios y lucanos. Envió a trescientas familias nobles al Épiro, detenidos como rehenes. Las circunstancias bajo las que halló la muerte fueron estas: Él había tomado una posición permanente sobre tres colinas, no muy lejos de la ciudad de Pandosia que está próxima a las fronteras entre lucanos y brucios. Desde este punto hacía incursiones en cada lugar del territorio del enemigo, y en estas expediciones empleaba como guardaespaldas a unos dos centenares de refugiados lucanos, en cuya fidelidad puso su confianza, pero que, como la mayoría de sus compatriotas, eran dados a cambiar de bando cuando cambiaba su suerte. Unas lluvias continuas habían inundado todo el país e impidieron que las tres divisiones del ejército se apoyasen mutuamente; el terreno entre las tres colinas se volvió intransitable. Mientras estaban en estas condiciones, dos de las tres divisiones fueron atacadas por sorpresa en ausencia del rey y vencidas. Después de aniquilarlas, el enemigo asaltó la tercera colina, donde el rey estaba presente en persona. Los refugiados lucanos lograron comunicarse con sus compatriotas y prometieron, en caso de que se les garantizase un retorno seguro, que pondrían al rey en sus manos, vivo o muerto. Alejandro, con un destacamento selecto de tropas, se abrió paso, con un espléndido coraje, a través del enemigo y enfrentándose al general lucano le mató tras un combate cuerpo a cuerpo. Luego, uniéndose a aquellos de sus hombres que se habían dispersado en la huida, se dirigió hacia las ruinas de un puente que había sido arrasado por las inundaciones y llegó a un río. Mientras sus hombres estaban vadeando en condiciones inciertas, un soldado, casi agotado por el esfuerzo y el miedo, maldijo el río por su funesto nombre y exclamó: "¡Con razón te llamas Acheronte!" Cuando estas palabras llegaron a oídos del rey, enseguida se le vino a la cabeza la advertencia del oráculo y se detuvo, dudando si cruzar o no. Sotimo, uno de sus asistentes personales, le preguntó por qué dudaba en un momento tan crítico y llamó su atención sobre los sospechosos movimientos de los refugiados lucanos que, evidentemente, meditaban su traición. El rey miró hacia atrás y los vio venir en un grupo compacto; enseguida desenvainó su espada y, espoleó su caballo por en medio del río. Ya había llegado a las aguas poco profundas del otro lado, cuando uno de los refugiados, a cierta distancia, le atravesó con una jabalina. Cayó de su caballo y su cuerpo sin vida, con el arma clavada en él, fue arrastrado por la corriente a la parte de la orilla donde estaban sus enemigos. Allí fue horriblemente mutilado. Después de cortarlo por en medio, enviaron una mitad a Consenza y le quedaron la otra para hacer burlas con ella. Mientras le estaban arrojando a distancia dardos y piedras, una mujer solitaria que se aventuró entre la chusma que mostraban tan increíble brutalidad y les imploró que desistieran. Ella les dijo entre lágrimas que su marido y sus hijos eran prisioneros del enemigo y que esperaba poder rescatarlos con el cuerpo del rey, por muy desfigurado que estuviera. Esto puso fin a los ultrajes. Lo que quedaba de las extremidades fue cremado en Consenza por el cuidado reverencial de esta mujer, y los huesos fueron devueltos al Metaponto; de allí fueron llevados a Cleopatra, la esposa del rey, y a Olimpia, su hermana; esta última era la madre, y la primera, la hermana, de Alejandro Magno. Me pareció bien para dar este breve relato de la trágica muerte de Alejandro de Épiro pues, aunque la fortuna le impidió mantener hostilidades con Roma, las guerras que libró en Italia le dan derecho a un lugar en esta historia.

[8.25] Este año (326 a. C.) se celebró un lectisternio, el quinto desde la fundación de la Ciudad, y se propiciaron en él a las mismas deidades que en el anterior. Los nuevos cónsules, actuando bajo las órdenes del pueblo, enviaron heraldos para entregar una declaración formal de guerra a los samnitas, y efectuaron todos los preparativos para esta guerra en una escala mucho mayor que contra los griegos. Se recibieron ayudas nuevas e inesperadas, pues los lucanos y apulios, con los que por entonces no mantenían relaciones los romanos, llegaron con la oferta de hacer una alianza y prometieron ayuda armada; se hizo pues una alianza de amistad con ellos. Mientras tanto, las operaciones en el Samnio se condujeron con éxito; las ciudades de Alife, Callifae, y Presenzano [Rufrium en el original latino.-N. del T.] pasaron a manos de los romanos, y después que hubieron entrado los cónsules al país, devastaron el resto del territorio a lo largo y a lo ancho. Mientras esta guerra comenzaba así favorablemente, la otra contra los griegos se aproximaba a su terminación. No sólo se cortaron las líneas de comunicación enemigas entre las dos ciudades de Paleópolis y Nápoles, sino que sus habitantes prácticamente quedaron prisioneros de sus defensores, y estaban sufriendo más de ellos de lo que cualquier enemigo exterior les pudiera hacer sufrir; sus esposas e hijos estaban sometidos a indignidades tan extremas como a las que solo se infligían a ciudades asaltadas y saqueadas. Les llegaron noticias de que les llegaban socorros desde Tarento y de los samnitas. Consideraron de que ya tenían, dentro de sus murallas, a más samnitas de los que querían, pero las fuerzas de Tarento estaban compuestas por griegos, a los que se preparaban a dar la bienvenida, siendo ellos mismos griegos, y por cuyo medio esperaban resistir a los samnitas y nolanos tanto como a los romanos. Al final, rendirse a los romanos les pareció el menor de los dos males. Carilao y Nimphio, los hombres principales de la ciudad, se pusieron de acuerdo entre sí sobre los papeles que iban a jugar cada uno. Uno desertaría con el jefe romano y el otro permanecería en la ciudad y la dispondría para ejecutar con éxito su plan. Carilao era el que marcharía donde estaba Publio Filón. Tras expresar la esperanza de que todo pudiera resultar en bien y felicidad de Paleópolis y Roma, pasó a decir que había decidido entregar las fortificaciones. Que al hacerlo hubiera preservado su patria o la hubiera traicionado dependía del sentido romano del honor. Para él no pedía condiciones ni exigía término alguno, pero para sus compatriotas rogaba y estipulaba que si su designio tenía éxito, el pueblo de Roma tuviese en cuenta el entusiasmo con el que habían tratado de renovar sus antiguas relaciones de amistad y el riesgo inherente a su acción, en vez de su locura y temeridad al romper los viejos lazos que les obligaban. El comandante romano dio su aprobación al ardid propuesto y le proporcionó tres mil hombres para apoderarse de aquella parte de la ciudad que estaba ocupada por los samnitas. Lucio Quincio, un tribuno militar, fue puesto al mando de esta fuerza.

[8,26] Nimphio, al mismo tiempo, se acercó al pretor samnita y lo convenció para que, ahora que toda la fuerza de combate romana estaba o rodeando Paleópolis u operando en el Samnio, le permitiera navegar con la flota hasta la costa romana y asolar no sólo los distritos costeros, sino todo el territorio cercano a la Ciudad. Señaló, empero, que para asegurar el secreto sería necesario comenzar por la noche, y que los barcos debían ser botado enseguida. Para acelerar el proceso, el conjunto de las tropas samnitas, con excepción de los que estaban montando guardia en la ciudad, fue enviado a la costa. Aquí se encontraron tan amontonados que se impedían los movimientos unos a otros, y la confusión se acrecentó por la oscuridad y las órdenes contradictorias que Nimphio estaba dando para ganar tiempo. Mientras tanto, Carilao había sido admitido por sus cómplices en la ciudad. Cuando los romanos hubieron ocupado completamente las partes más altas de la ciudad, les ordenó lanzar un grito, ante el cual los griegos, siguiendo las instrucciones de sus jefes, guardaron silencio. Los nolanos escaparon hacia la otra parte de la ciudad y tomaron el camino hacia Nola. Los samnitas, como ya estaban fuera de la ciudad, tuvo menos dificultades para escapar, pero una vez fuera de peligro, se encontraron en una huida mucho más penosa. No tenían armas, todo lo que poseían había quedado atrás, en manos del enemigo; regresaron a sus hogares desnudos y míseros, objetos de burla no sólo para los extranjeros, sino incluso para sus propios compatriotas. Soy consciente de que hay otro punto de vista sobre esta acción, de acuerdo con el cual los samnitas se rindieron, pero en el relato anterior he seguido a los autores a quienes considero más dignos de crédito. Además, el tratado de Nápoles, por el que se trasladaba allí la sede del gobierno de los griegos, resulta más probable a que renovaran las relaciones amistosas por su propia voluntad. Como se pensó por todos que el enemigo había sido obligado por el asedio a llegar a un acuerdo, se decretó un triunfo a Publilio. Dos circunstancias ocurrieron, en relación con su consulado, que nunca habían ocurrido antes: la prolongación de su mandato y un triunfo posterior a la expiración de su cargo.

[8.27] A todo esto siguió, casi inmediatamente, una guerra con los griegos de la costa oriental. Los tarentinos habían alentado al pueblo de Paleópolis durante su larga resistencia con vanas esperanzas de ayuda, y cuando oyeron que los romanos habían tomado posesión del lugar, culparon gravemente a los paleopolitanos por dejarlos en la estacada, como si fuesen inocentes de haber actuado ellos mismos de un modo similar. Estaban furiosos con los romanos, sobre todo después de ver que los lucanos y los apulios habían establecido relaciones de amistad con ellos (pues fue este año cuando se formó la alianza) y se dieron cuenta de que serían los siguientes en verse envueltos. Vieron que pronto se convertiría en una cuestión de luchar contra Roma o someterse a ella, y que todo su futuro, de hecho, dependería del resultado de la guerra samnita. Esa nación se quedó sola, e incluso su fuerza resultaba insuficiente para luchar ahora que los lucanos les habían abandonado. Pensaron, sin embargo, que aún podrían recuperar a éstos e inducirlos a abandonar la alianza romana, si resultaban lo bastante hábiles para sembrar entre ellos las semillas de la discordia. Estos argumentos encontraron aceptación general en un pueblo que era voluble e inquieto, y algunos jóvenes lucanos, que se distinguían más por su falta de escrúpulos que por su sentido del honor, fueron sobornados para convertirse ellos mismos en instrumento del partido belicista. Después de azotarse los unos a los otros con varas, se presentaron con sus espaldas descubiertas ante la asamblea popular y se quejaron sonoramente de que tras haberse aventurado dentro del campamento romano, habían sido azotados por orden del cónsul y estuvieron a punto de perder la cabeza. El asunto tenía un feo aspecto y la visible evidencia eliminaba cualquier sospecha de fraude. La asamblea se excitó grandemente, y entre gritos insistió en convocar a los magistrados del Senado. Cuando se reunieron, los senadores estaban rodeados por una multitud de espectadores que clamaban por la guerra con Roma; mientras tanto, otros fueron por el país para hacer que los campesinos tomasen las armas. Hasta las más frías cabezas fueros arrastradas por el tumultuoso sentir popular; se aprobó un decreto para que se hiciese una nueva alianza con los samnitas y a continuación se iniciaron negociaciones con ellos. Los samnitas no tenían mucha confianza en este repentino, y aparentemente sin fundamento, cambio de política, y los lucanos se vieron obligados a dejar rehenes y permitir que los samnitas guarnecieran sus plazas fortificadas. Cegados por el engaño y el resentimiento, no pusieron ninguna dificultad para aceptar estos términos. Poco después, cuando los autores de las falsas acusaciones se hubieron trasladado a Tarento, comenzaron a ver cómo habían sido engañados; pero era demasiado tarde, los acontecimientos se les habían ido de las manos y no les quedaba más que el arrepentimiento inútil.

[8.28] Este año (326 a.C.) se caracterizó por el nacimiento, por así decir, de una nueva era de libertad para la plebe; ya no se permitió a los acreedores encarcelar a sus deudores. Este cambio en la ley se produjo por un señalado ejemplo de lujuria y crueldad por parte de un usurero. Lucio Papirio era el hombre en cuestión. Cayo Publilio le había comprometido su persona por una deuda que su padre había contraído. La juventud y la belleza del deudor, que debería haber provocado sentimientos de compasión, sólo sirvió de incentivo a la lujuria y el insulto. Viendo que sus infames propuestas sólo llenaban al joven de horror y repugnancia, el hombre le recordó que estaba absolutamente en su poder y trató de aterrorizarle con amenazas. Como con estas no consiguió quebrar los nobles instintos del muchacho, ordenó que le desnudasen y golpeasen. Destrozado y sangrando, el muchacho huyó a la calle y a voz en grito se quejó de la lujuria y brutalidad del usurero. Se juntó gran multitud y, al enterarse de lo ocurrido, enfureció por el ultraje perpetrado contra alguien de tan tierna edad, que les recordaba las condiciones bajo las que ellos y sus hijos vivían. Corrieron al Foro y desde allí, en un grupo compacto, a la Curia. Ante este brote repentino, los cónsules consideraron necesario convocar enseguida una reunión del Senado, y conforme los miembros llegaban al edificio, la multitud exhibía la espalda lacerada del joven y se arrojaban ellos mismos a los pies de los senadores conforme pasaban uno por uno. El vínculo y apoyo más fuerte del crédito quedó allí y entonces derrocado por los locos excesos de un individuo. El Senado ordenó a los cónsules que presentaran ante el pueblo una propuesta por la que "ningún hombre sería encadenado o encarcelado, excepto los que hubieran sido hallados culpables de algún crimen, y sólo hasta que se produjera la sentencia; y además, que serían los bienes, y no las personas de los deudores, la garantía de la deuda". Así fueron liberados los deudores detenidos y se prohibió que cualquiera fuese en lo sucesivo confinado.

[8.29] La guerra samnita, la repentina deserción de los lucanos y el hecho de que los tarentinos hubieran sido los instigadores, fueron suficiente motivo para provocar la inquietud de los senadores. Nuevas dificultades, sin embargo, surgieron este año debido a que los vestinos hicieron causa común con los samnitas. Este asunto, alargándose en el tiempo, fue tema de conversación durante el año actual en cualquier conversación pública, pero no ocupó el interés del gobierno. Al año siguiente, sin embargo, los nuevos cónsules, Lucio Furio Camilo y Junio Bruto Esceva -325 a.C.-, lo convirtieron en lo primero a plantear ante el Senado. Aunque el tema no era nada nuevo, sin embargo, se consideró tan grave que los senadores se abstuvieron tanto de afrontarlo como de negarse a hacerlo. Temían que si dejaban si castigo a aquella nación, los estados vecinos se envalentonarían y se atreverían a dar muestras similares de arrogancia vana, y que el castigarles con la fuerza de las armas llevase a los demás a temer un tratamiento similar y a despertar el resentimiento. De hecho, el conjunto de estos países -los marsios, los pelignos y los marrucinos-eran tan belicosos como los samnitas y, en caso de que los vestinos fuesen atacados, se les habría de contar como enemigos. La victoria, sin embargo, correspondió al partido del Senado que en aquel momento parecía ser más osado que prudente, pero el resultado demostró que la Fortuna favorece a los audaces. El pueblo, con la sanción del Senado, resolvió ir a la guerra con los vestinos. La conducción de esa guerra recayó sobre Bruto y la del Samnio tocó a Camilo. Los ejércitos marcharon hacia ambos países, y mediante una cuidadosa vigilancia de las fronteras se impidió al enemigo que las cruzase. El cónsul que tenía la tarea más pesada, Lucio Furio, fue alcanzado por una enfermedad grave y se vio obligado a renunciar a su mando. Se le ordenó que nombrase un dictador para dirigir la campaña, y nombró a Lucio Papirio Cursor, el soldado más importante de su tiempo, siendo designado Quinto Fabio Máximo Ruliano como jefe de la caballería [excepcionalmente, ambos permanecieron en el cargo durante todo un año, el 324 a.C.-N. del T.]. Los dos se distinguieron por su comportamiento en campaña, pero aun se hicieron más famosos por el conflicto que estalló entre ellos y que casi llevó a fatales consecuencias. El otro cónsul, Bruto, condujo una activa campaña contra los vestinos sin recibir un solo revés. Devastó los campos y quemó las granjas y cultivos del enemigo, consiguiendo que acudiesen a regañadientes al combate. Se libró una batalla campal e infligió tal derrota a los vestinos, aunque también con fuertes pérdidas para él, que huyeron a su campamento; pero no sintiéndose lo bastante protegidos por el foso y la empalizada, se dispersaron en grupos separados hacia sus ciudades, confiando en la fortaleza de sus posiciones y murallas de piedra para su defensa. Bruto comenzó entonces un ataque a sus ciudades. La primera en ser tomada fue Cutina, que tomó mediante escalas, tras un feroz asalto de sus hombres, que ansiaban vengar las graves pérdidas sufridas en la batalla previa. A esto siguió la captura de Cingilia. Concedió los despojos de ambas ciudades a sus tropas, como recompensa por haber superado las murallas y las puertas enemigas.

[8.30] El avance en el Samnio se realizó bajo auspicios dudosos. Esta circunstancia no auguraba el resultado de la campaña, para la que era bastante favorable, pero sí por la rabia y la ira que mostraron los comandantes. Papirio fue advertido por el pollero [pullarius en el original latino; era el sacerdote encargado de alimentar a los pollos sagrados.-N. del T.] que sería necesario tomar nuevamente los auspicios. Al salir de Roma con este propósito, encargó estrictamente a su jefe de la caballería que se mantuviese en sus líneas y que no se enfrentase al enemigo. Después de que se hubiera ido, Quinto Fabio supo por sus exploradores que el enemigo se mostraba tan descuidado como si no hubiese ni un romano en el Samnio. Fuera que su temperamento juvenil se resentía al depender del dictador, o que le tentó la oportunidad que se le ofrecía de lograr una brillante victoria, en cualquier caso, tras dar las disposiciones y hacer los preparativos necesarios, avanzó hasta Inbrinio -pues así se llamaba el lugar-y luchó en una batalla con los samnitas. Tal fue la suerte de la lucha que si el dictador hubiera estado presente no podría haber hecho nada para obtener un éxito más completo. El general no defraudó a sus hombres, ni los hombres decepcionaron a su general. La caballería cargó repetidas veces, pero no pudo romper la formación que se le oponía, y siguiendo el consejo de Lucio Cominio, un tribuno militar, quitaron los frenos a sus caballos y los espolearon con tanta furia que nada les pudo resistir. Forzaron el paso por lo más débil del enemigo y arrasaron cuanto se les oponía. La infantería les siguió y completó el desorden del enemigo. Se dice que ese día perdieron veinte mil hombres. Algunos autores de los que he consultado afirman que se libraron dos batallas en ausencia del dictador y que cada una de ellas fue una brillante victoria. En los más antiguos escritores, sin embargo, sólo se menciona una sola batalla, y algunos analistas [autor de anales, claro.- N. del T.] omiten el incidente por completo.

Como consecuencia de la gran cantidad de muertos y la gran cantidad de botín, en forma de armaduras y armas, recogido en el campo de batalla, el jefe de la caballería lo reunió todo en una enorme pila y lo quemó. Su propósito pudo haber sido el cumplir una promesa a alguna deidad. Pero si hemos de confiar en la autoridad de Fabio, lo hizo para evitar que el dictador cosechase los frutos de su gloria, o que llevase el botín en su triunfo y pusiese su nombre tras ellos. El hecho, también, de que enviase los despachos anunciando su victoria al Senado, y no al dictador, podría querer demostrar que no estaba en modo alguno ansioso por permitirle compartir ningún crédito en su victoria. En todo caso, el dictador se lo tomó en aquel sentido y, mientras todos los demás estaban jubilosos por la victoria que habían ganado, él tenía una expresión triste e iracunda. Despidió abruptamente al Senado y salió apresuradamente de la Curia, exclamando repetidamente que la autoridad y dignidad del dictador quedarían tan completamente sobrepasadas por el jefe de la caballería como lo habían sido las legiones samnitas, si tal desprecio a sus órdenes quedaba impune. En este estado de ánimo furioso y amenazante, se dirigió con toda la rapidez posible al campamento. No pudo, sin embargo, llegar a él antes que la noticia de su aproximación, llevada por mensajeros que habían salido de la Ciudad delante de él llevando el mensaje de que el dictador llegaba en busca de venganza, con palabras de alabanza para Tito Manlio [el que mató a su hijo por indisciplina militar.- N. del T.].

[8,31] Fabio convocó inmediatamente sus tropas a una asamblea, y les instó para mostrar el mismo valor con el que habían defendido la república contra un bravo y decidido enemigo, para proteger de la ferocidad sin límites del dictador al hombre bajo cuyos auspicios y mando habían resultado victoriosos. Aquel venía enloquecido por los celos, exasperado por los méritos de otro hombre y por su buena fortuna, furioso porque la república había triunfado en su ausencia. Si estuviera en su poder cambiar la suerte del día, preferiría más que la victoria hubiera sido para los samnitas que no para los romanos. Habla todo el tiempo sobre la desobediencia a la órdenes como si la razón por la que prohibió todo combate no fuera, precisamente, la misma por la que le molestaba que hayamos luchado. Así que, impulsado por los celos, quería suprimir los méritos ajenos y privar de sus armas a hombres más que dispuestos a usarlas, para impedir que las empleasen en su ausencia; y ahora está furioso y exasperado porque los soldados no estuviesen heridos o indefensos aunque Lucio Papirio no hubiese estado con ellos, y porque Quinto Fabio se consideraba a sí mismo jefe de la caballería y no lacayo del dictador. Viendo que ahora que el enemigo ha sido totalmente derrotado y que se ha ganado una victoria para la república, que ni bajo su generalato sin igual habría sido más completa, amenaza de hecho al jefe de la caballería con el castigo, ¡¿qué hubiera hecho él si, como sucede a menudo en medio de los azares de la guerra, la batalla nos hubiera sido adversa?! Lo que haría, si pudiese, sería tratar a todos con la misma severidad, no sólo al jefe de la caballería, sino a los tribunos militares, a los centuriones y a los hombres de la tropa. Celoso, como un relámpago, todo lo ataca, y como no puede alcanzar a todos, ha elegido como víctima a un hombre al que considera el principal conspirador: vuestro general. Si tuviera éxito al aplastarle y apagar el esplendor de su éxito, tratará a este ejército como el vencedor trata al vencido y con la misma crueldad que se le haya consentido tratar al jefe de la caballería. Defendiendo su causa, estarán defendiendo la libertad de todos. Si el dictador ve que el ejército está tan unido en la hora de la victoria como lo fue al luchar por ella, y que la seguridad de uno es la preocupación común de todos, él mismo volverá a un estado de ánimo más calmado. Sus últimas palabras fueron: "Encomiendo mi fortuna y mi vida a vuestra fidelidad y coraje". Sus palabras fueron recibidas con gritos generales de aprobación. Le decían que no desmayase ni se desanimase, que ningún hombre le haría daño mientras estuviesen en pie las legiones de Roma.

[8.32] No mucho después de esto, apareció el dictador y de inmediato ordenó al trompeta que tocase a Asamblea. Cuando se restableció el silencio, un mensajero citó a Quinto Fabio, el jefe de la caballería. Este se adelantó y se detuvo justo debajo de la tribuna del dictador. El dictador comenzó: "Quinto Fabio, en tanto que el dictador posee la autoridad suprema, a la que los cónsules que ejercen el antiguo poder real y los pretores que son elegidos bajo los mismos auspicios que los cónsules se someten, te pregunto para que digas si piensas que es correcto o no que el jefe de la caballería se someta a dicha autoridad.

Además, también te pregunto ¿Era yo consciente de haber dejado la Ciudad bajo auspicios dudosos, y debería haber puesto en peligro la seguridad de la república a la vista de estas dificultades religiosas, o debía haber tomado nuevamente los auspicios y evitar así cualquier decisión hasta saber lo que placía a los dioses? También me gustaría saber si, en caso de que un impedimento religioso evite que el dictador actúe, ¿puede también el jefe de la caballería considerarse sin trabas y libre de tales impedimentos? Pero ¿por qué hago estas preguntas? Seguramente, si me hubiera ido sin dejar orden alguna, tú debieras haber usado tu criterio para interpretar mis deseos y actuar en consecuencia. Respóndeme, por tanto, a esto: ¿Te prohibí tomar ninguna acción en mi ausencia? ¿Te prohibí enfrentarte al enemigo? Con desprecio de mis órdenes, mientras estaban aún indecisos los auspicios y retenida la sanción religiosa, te atreviste a dar batalla desafiando todas las costumbres militares y la disciplina de nuestros antepasados, en contra de la voluntad de los dioses. Contesta las preguntas que se te hacen, pero cuídate de pronunciar una sola palabra sobre nada más. ¡Lictor, acércate a él!".

Fabio vio que no era nada fácil responder a cada pregunta en detalle, y protestó porque el mismo hombre fuera tanto acusador como juez en un asunto de vida o muerte. Gritó que sería más fácil privarle de la vida que de la gloria que había ganado, y llegó a exculparse y a acusar al dictador. Papirio, en un nuevo estallido de ira, ordenó que se desnudase al jefe de la caballería y que se dispusieran las varas y las hachas. Fabio hizo un llamamiento a los soldados en busca de ayuda, y como los lictores empezaran a quitarle la ropa, se retiró detrás de los triarios, que estaban ahora formando un tumulto. Sus gritos llegaron a toda la concurrencia, por todas partes se oyeron amenazas y súplicas. Los más cercanos al tribunal, que podrían ser reconocidos al estar a la vista del dictador, le imploraron por el jefe de la caballería y para que no condenase con él a todo el ejército; los que estaban más lejos y los que habían rodeado a Fabio vilipendiaban al dictador de insensible y despiadado. Las cosas se acercaban rápidamente al amotinamiento. Incluso los que estaban en el tribunal no se quedaron quietos; los oficiales de estado mayor que rodeaban la silla del dictador le rogaban que suspendiera el proceso hasta el día siguiente, para que se enfriasen los ánimos y dar tiempo a un examen tranquilo. Insistían en que el espíritu juvenil de Fabio había sido suficientemente castigado y su victoria suficientemente mancillada; le rogaban que no llevase su castigo hasta el extremo, ni que marcase con la ignominia no solo a un joven de mérito excepcional, sino también a su padre y a toda la gen Fabia. Cuando se dieron cuenta que de sus argumentos y súplicas eran igualmente inútiles, le incitaron a mirar la enojada multitud que tenía en frente. Añadir fuego al ánimo de hombres que ya lo tenían lo bastante inflamado, y darles motivos para amotinarse, dijeron, era indigno de un hombre de su edad y experiencia. Si se producía un motín, nadie echaría la culpa a Quinto Fabio, que sólo despreciaba el castigo; toda la responsabilidad caería sobre el dictador por haber provocado, con su ciega pasión, a la multitud a una lucha deplorable con él. Y como último argumento, declararon que para impedir que supusiera que actuaban por cualquier favoritismo hacia Fabio, estaban dispuestos a declarar bajo juramento que castigar a Fabio, en las actuales circunstancias, iba en contra del interés del Estado.

[8,33] Estas protestas sólo irritaron al dictador contra ellos, en vez de disponerle más favorablemente hacia Fabio, y les ordenó abandonar el tribunal. En vano exigieron silencio los ujieres, ni la voz del dictador ni las de sus oficiales se oían a causa del ruido y el alboroto; por fin, la noche puso fin al conflicto como si hubiera sido una batalla. Al jefe de la caballería se le ordenó comparecer al día siguiente. Como, sin embargo, todo el mundo le aseguró que Papirio estaba tan molesto y amargado por la resistencia que había encontrado que se mostraría más furioso que antes, Fabio abandonó secretamente el campamento y llegó a Roma por la noche. Por consejo de su padre, Marco Fabio, que había sido cónsul tres veces así como dictador, se convocó enseguida una reunión del Senado. Mientras su hijo estaba describiendo a los senadores la violencia y la injusticia del dictador, se escuchó de pronto el ruido de los lictores despejando el camino frente a la Curia y apareció el propio dictador, que le había seguido con una poca caballería ligera tan pronto se enteró de que había abandonado el campamento. Entonces comenzó de nuevo la controversia y Papirio ordenó que Fabio fuese detenido. Aunque no sólo los líderes del Senado, sino toda la Cámara, le pidieron que depusiera su ira, él permaneció impasible y persistió en su propósito. Entonces Marco Fabio, el padre, dijo: "Puesto que ni la autoridad del Senado, ni los años que yo, a quien te dispones a despojar de mi hijo, he alcanzado, ni el noble nacimiento y los méritos personales del jefe de la caballería al que tú mismo nombraste, ni los abundantes ruegos, han mitigado la ferocidad de los enemigos humanos ni apaciguado la ira de las ofendidas deidades, pues nada de esto te mueve, reclamo la intervención de los tribunos de la plebe y apelo al pueblo. Ya que tratas de evitar la sentencia que el ejército ha aprobado sobre ti y que el Senado aprueba ahora, te convoco ante el único juez que tiene en toda circunstancia más poder y autoridad que tu dictadura. Veremos si te presentas a la convocatoria a la que un rey romano, Tulio Hostilio, acudió". Al punto dejó la Curia y fue hacia la Asamblea. Hasta allí fue también el dictador con un pequeño grupo, mientras que el jefe de la caballería era acompañado por todos los líderes del Senado en bloque. Ambos habían tomado su lugar en los Rostra cuando Papirio ordenó que Fabio fuera llevado al espacio de abajo. Su padre le siguió y se dirigió a Papirio diciéndole: "Haces bien en ordenar que nos lleven a un lugar desde el que podremos hablar como ciudadanos privados".

Durante algún tiempo, el debate se interrumpió y nada se escuchaba aparte de las mutuas imprecaciones. Finalmente, el fuerte e indignado tono del viejo Fabio se impuso sobre la algarabía conforme se extendía sobre la tiranía y brutalidad de Papirio. Él mismo, dijo, había sido dictador, y ni una sola persona, ni un solo plebeyo, fuera centurión o soldado, había sufrido jamás ningún mal de él. Pero Papirio quería obtener una victoria y un triunfo de un comandante romano, como si fuera de un general enemigo. ¡Qué diferencia había entre la moderación mostrada por los antepasados y esta nueva moda de la severidad implacable! El dictador Quincio Cincinato rescató al cónsul Lucio Minucio de un cerco, y el único castigo que se le infligió fue dejarlo como segundo al mando del ejército. Lucio Furio, después de expresar su desprecio por la edad y la autoridad de Marco Furio Camilo, sufrió una derrota de lo más vergonzosa, pero Camilo no sólo controló en aquel momento su ira y se abstuvo de dar cuenta en sus despachos al pueblo, sino que a su regreso a Roma, después que el Senado le permitiese elegir de entre los tribunos consulares uno al que asociar al mando, eligió de hecho a Lucio Furio. ¿Por qué ni el propio pueblo, que tiene en sus manos el poder soberano, ha permitido nunca que sus sentimientos le llevasen más allá de imponer una multa cuando se habían perdido ejércitos por la temeridad o ignorancia de sus generales? Nunca hasta este día había sido juzgado a vida o muerte un comandante en jefe por haber sido derrotado. Pero ahora los generales que han ganado victorias y obtenido los más espléndidos triunfos son amenazados con las varas y las hachas, un castigo que las leyes de la guerra prohíben hasta para con los vencidos. ¿Qué, preguntó, habría sufrido su hijo si hubiese hallado la derrota, si hubiera sido puesto en fuga y desalojado de su campamento? ¿Pueden llegar la ira y la violencia de aquel hombre hasta la flagelación y el asesinato? Gracias a Quinto Fabio el Estado disfrutaba y ofrecía acciones de gracias y felicitaciones por la victoria; gracias a él estaban abiertos los templos, se ofrecían libaciones y oraciones en los altares y ascendía el humo de los sacrificios. ¡¿Cómo podía parecer razonable que este hombre debiera ser desnudado y golpeado con varas ante los ojos del pueblo romano, a la vista del Capitolio y de la Ciudadela, a la vista de los dioses a los que invocó en dos batallas, y no en vano?! ¿Qué sentiría el ejército, que había obtenido sus victorias bajo sus auspicios y generalato? ¡Qué consternación habría en el campamento romano, qué regocijo entre el enemigo! Acompañó este discurso de abundantes lágrimas; uniendo protestas y quejas a la petición de ayuda de dioses y hombres y abrazando cálidamente a su hijo.

[8.34] Tenía a su favor el apoyo del augusto y venerable Senado, la simpatía del pueblo, la protección de los tribunos y el recuerdo del ejército ausente. Al otro lado se alegaba el incuestionable poder soberano del pueblo romano y todas las tradiciones de disciplina militar, el edicto del dictador, que había sido considerado como poseedor de sanción divina y el ejemplo de Manlio, que había sacrificado su afecto por su hijo a la los intereses del Estado. "También Bruto, arguyó el dictador, el fundador de la libertad romana, hizo esto anteriormente en el caso de sus dos hijos. Ahora los padres, que eran hombres indulgentes y de edad, con facilidad para entrar en asuntos que no les concernían a ellos mismos, iban estropeando a los jóvenes, enseñándoles a despreciar la autoridad y a considerar la disciplina militar como de poca importancia. Declaró su intención de adherirse a su propósito, sin reducir un ápice la pena del hombre que había luchado en desafío a sus órdenes, mientras los auspicios eran dudosos y estaba retenida la sanción religiosa. Que la suprema autoridad del dictador fuera a seguir intacta o no, no dependía de él; pero él, Lucio Papirio, no iba a hacer nada que debilitase su poder. Esperaba sinceramente que los tribunos no usaran su autoridad, en sí misma inviolable, para violar con su interferencia la soberanía del gobierno romano, y que el pueblo a quien se había apelado no acabase, por este caso concreto, con dictador y dictadura por igual. "Si lo hiciera, no será a Lucio Papirio, sino a los tribunos y al corrompido juicio del pueblo a quien acusará en vano la posteridad. Cuando se rompe el vínculo de la disciplina militar una vez, ningún soldado obedecerá a su centurión, ningún centurión a su tribuno, ningún tribuno a su general y ningún jefe de la caballería a su dictador. Nadie mostrará reverencia alguna o respeto ni por hombres ni por dioses, no se mostrará ninguna obediencia a las órdenes de los jefes ni a los auspicios bajo los que actúan. Los soldados deambularán a placer por países amigos o enemigos sin obtener el permiso para ausentarse; haciendo caso omiso de su juramento militar, abandonarán sus estandartes cuando y donde quieran, rehusarán formar cuando se les ordenes, combatirán independientemente de si es de día o de noche, de si el terreno les resulta o no favorable, tengan o no órdenes de su jefe y sin mantener la formación ni ningún orden. El servicio militar, en lugar de ser el asunto solemne y sagrado que es, parecerá bandolerismo salvaje y desordenado. ¡Exponeos a vosotros mismos, tribunos, y a todas las edades futuras, como autores de tales males! ¡Haceos personalmente responsables de la irresponsabilidad penal de Quinto Fabio!".

[8.35] Los tribunos estaban consternados y se sentían ahora más inquietos por su propia posición que por el hombre que había buscado su protección. Fueron relevados de su gran responsabilidad por la acción del pueblo; toda la Asamblea hizo un llamamiento al dictador y le rogó y suplicó que renunciase por su bien a castigar al jefe de la caballería. Cuando los tribunos vieron el giro que tomaban las cosas, añadieron también sus ruegos e imploraron al dictador que tuviese en cuenta la fragilidad humana y que perdonase a Quinto Fabio por un error natural a la juventud, pues ya había sufrido suficiente castigo. Y luego, el propio joven y hasta su padre, abandonando toda contención, cayeron sobre sus rodillas y trataron de aplacar la ira del dictador. Por fin, cuando se restableció el silencio, el dictador habló. "Así, Quirites," dijo, "es como debe ser. La disciplina militar ha vencido, la suprema autoridad del gobierno ha prevalecido; de lo que se trataba hoy aquí era de si iban a sobrevivir. Quinto Fabio no es absuelto del delito de haber luchado en contra de las órdenes de su jefe pero, aunque condenado como culpable, se le restaura como una libre concesión al pueblo de Roma, a la autoridad de los tribunos, que lo protegieron no por el ejercicio de sus facultades legales sino por su intercesión. ¡Vive, Quinto Fabio; más feliz ahora por el deseo unánime de tus conciudadanos por defenderte que en la hora del entusiasmo tras la victoria! ¡Vive, aunque te has atrevido a hacer lo que ni tu padre, de haber estado en el lugar de Papirio, podría haber perdonado! En cuanto a mí, ya eres vuelto a mi amistad cuando lo desees. Pero al pueblo romano, a quien debes tu vida, no podrás devolver mejor retribución que demostrar que en este día has aprendido la lección de la sumisión a las órdenes lícitas en paz y en guerra". Tras anunciar que ya no detendría al jefe de la caballería, abandonó los Rostra. El alegre Senado, y el aún más alegre pueblo, rodearon al dictador y al jefe de la caballería y los felicitó por el buen fin y los acompañó después a sus hogares. Se consideró que la autoridad militar se había fortalecido no menos por el peligro en que Quinto Fabio se había visto como por el terrible castigo que recibió el joven Manlio. Vino a pasar que encada ocasión en que el dictador se ausentaba del ejército, los samnitas mostraban mayor actividad. Marco Valerio, sin embargo, el segundo al mando que estaba a cargo del campamento, vio el ejemplo de Quinto Fabio y temía la ira del dictador más que un ataque del enemigo. Una partida de forrajeo fue emboscada y destruida, y todos pensaron que se les podría haber auxiliado si el general no se hubiera detenido a causa de las perentorias órdenes que tenía. Este incidente amargó aún más el ánimo de los soldados, que ya estaban bastante alterados contra el dictador por su actitud implacable hacia Fabio, y por haberlo perdonado a petición del pueblo tras haber rechazado hacerlo ante su intercesión.

[8.36] Después de colocar Lucio Papirio Craso al mando de la ciudad, como jefe de la caballería, y prohibir a Quinto Fabio que actuase en modo alguno como magistrado, el dictador volvió al campamento. Su llegada no fue vista con mucha complacencia por sus propios hombres, ni creó ninguna alarma entre el enemigo. Al día siguiente, ya fueran inconscientes de su presencia o considerando de poca importancia que estuviera presente o ausente, el enemigo marchó en orden de combate hacia el campamento. Y sin embargo, mucho dependía de ese hombre, Lucio Papirio; tanto cuidado mostró en elegir el terreno y situar sus reservas, tanto fortaleció sus tropas en cuantas maneras aconsejaba el arte militar, que si las tácticas del general hubieran estado respaldadas por la buena voluntad de las tropas es absolutamente seguro que la guerra Samnita habría llegado aquel día a su fin. Pero lo que sucedió es que los soldados no mostraron energía; rechazaron deliberadamente la victoria para dañar la reputación de su comandante. Los samnitas tuvieron una mayor proporción de muertos, los romanos tenían más heridos. La sagaz mirada del comandante vio lo que impedía su victoria, y se dio cuenta de que debía contener su temperamento y suavizar su rigor con una mayor afabilidad. Dio una vuelta por el campamento en compañía de su personal y visitó a los heridos, asomando la cabeza en sus tiendas y preguntándoles cómo les iba, y encomendándoles individualmente por su nombre al cuidado de sus oficiales, de los tribunos militares y de los prefectos. Al adoptar este comportamiento, que naturalmente tendía a hacerle más popular, demostró tanto tacto que pronto se ganó los ánimos de los hombres para con su comandante, ahora que sus cuerpos estaban adecuadamente atendidos. Nada ayudó más a su recuperación que la gratitud que sentían por su atención. Cuando la salud del ejército quedó completamente restaurada dio batalla al enemigo; sintiéndose él y sus hombres bastante confiados en la victoria, y tan completamente derrotó y puso en fuga a los samnitas que esta fue la última ocasión en que se aventuraron a un enfrentamiento abierto con el dictador. Después de esto, el victorioso ejército avanzó por todas partes donde había perspectiva de saqueo, pero en ninguna parte hallaron fuerza armada alguna; en ningún sitio fueron atacados abiertamente ni sorprendidos por una emboscada. Se mantuvieron todos en la mayor alerta al haber dado el dictador una orden para que todo el botín fuese entregado a los soldados; la oportunidad de una ganancia privada estimuló su espíritu guerrero tanto como la conciencia de estar vengando los agravios a su país. Intimidados por estas derrotas, los samnitas hicieron propuestas de paz y se comprometieron con el dictador a dar a cada soldado un lote de vestidos y la paga de un año. Al referirles al Senado, ellos le dijeron que le seguirían a Roma y confiarían su causa únicamente a su honor y rectitud. El ejército fue, entonces, retirado del Samnio.

[8.37] El dictador hizo su entrada triunfal en la ciudad, y como deseaba abandonar su cargo, recibió instrucciones del Senado antes de hacerlo para celebrar las elecciones consulares. Los nuevos cónsules fueron Cayo Sulpicio Longo, por segunda vez, y Quinto Emilio Cerretano -323 a.C.-. Los samnitas, sin finalizar el tratado de paz por estar aun negociándose las condiciones, regresaron con una tregua por un año. Pero incluso esta fue pronto rota, pues cuando oyeron que Papirio había renunciado se mostraron ansiosos por reanudar las hostilidades. Los nuevos cónsules (algunos autores dan al segundo cónsul el nombre de Aulo en lugar de Emilio) tuvieron que manejar un nuevo enemigo, los apulios, además de la revuelta de los samnitas. Se enviaron ejércitos contra ambos; los samnitas correspondieron a Sulpicio y los apulios a Emilio. Algunos autores afirman que no se efectuó la campaña contra los apulios, sino para proteger a sus aliados contra las agresiones de los samnitas. Las circunstancias de aquel pueblo, no obstante, que era difícilmente capaz de defenderse a sí mismo, hace más probable que no hubieran atacado a los apulios sino que ambas naciones se unieran en las hostilidades contra Roma. Nada digno de mención tuvo lugar; tanto los territorios del Samnio como de Apulia fueron devastadas, pero ni en uno ni en otro lado se enfrentaron al enemigo. En Roma, los ciudadanos fueron una noche despertados de repente de su sueño por una alarma tan grave que el Capitolio, la Ciudadela, las murallas y las puertas se guarnecieron con soldados. Toda la población fue llamada a las armas, pero cuando llegó la luz no se halló ni el autor ni la causa de la alarma. En este año Marco Flavio, un tribuno de la plebe, presentó al pueblo una propuesta para tomar medidas contra los tusculanos, "por cuyo consejo y ayuda los pueblos de Velletri y Priverno habían hecho la guerra contra el pueblo de Roma". La gente de Túsculo llegó a Roma con sus esposas e hijos de luto, como hombres en espera de juicio, e iban de tribu en tribu postrándose ante ellos. La compasión que provocó su actitud fue más útil para procurar su perdón que sus intentos por exculparse a sí mismos. Todas las tribus, con la excepción de la tribu Pollia, vetaron la propuesta. Esta tribu votó a favor de una propuesta por la que todos los varones adultos debían ser azotados y decapitados, y sus mujeres e hijos vendidos como esclavos. Hasta la última generación, los tusculanos retuvieron la memoria de tan cruel sentencia, y su rencor contra sus autores se mostraba en el hecho de que la tribu Papiria (a la que los túsculos fueron posteriormente incorporados) casi nunca votó por ningún candidato que perteneciera a la tribu Pollia.

[8.38] Quinto Fabio y Lucio Fulvio fueron los cónsules para el año siguiente -322 a.C.-. La guerra en el Samnio amenazaba con tomar un cariz más serio, pues se dijo los estados vecinos habían contratado tropas de mercenarios. Los temores que esto produjo condujeron al nombramiento de Aulo Cornelio Arvina como dictador, con Marco Fabio Ambusto como jefe de la caballería. Estos jefes condujeron el alistamiento con inusual rigor y llevaron un ejército excepcionalmente bueno al Samnio. Pero a pesar de encontrarse en territorio hostil, se comportaron con tan poca cautela al escoger el asentamiento para su campamento como si el enemigo hubiese estado a gran distancia. De pronto, las legiones samnitas avanzaron con tanta audacia que acamparon con su cerca próxima a los puestos de avanzada romanos. La llegada de la noche impidió que atacasen de inmediato; descubrieron su intención tan pronto amaneció la mañana siguiente. El dictador vio que la batalla estaba más próxima de lo que esperaba y se decidió a abandonar una posición que obstaculizaba el coraje de sus hombres. Dejando cierta cantidad de fogatas encendidas para engañar al enemigo se retiró en silencio con sus tropas, pero debido a la cercanía entre los campamentos su movimiento no dejó de ser visto. La caballería samnita les pisó los talones, pero de hecho se abstuvo de atacar hasta que hubo más luz, y la infantería tampoco salió de su campamento antes del amanecer. Tan pronto como se pudo ver, la caballería comenzó a hostigar a la retaguardia romana, y presionándoles cuando pasaban por terrenos difíciles, retrasaron considerablemente su avance. Mientras tanto, la infantería había llegado y ahora todas las fuerzas samnitas estaban presionando la retaguardia de la columna.

Al ver el dictador que no era posible seguir avanzando sin grandes pérdidas, ordenó que se midiera el terreno que ocupaba para levantar un campamento. Pero como la caballería enemiga les iba rodeando, resultaba imposible obtener madera para la empalizada o comenzar el atrincheramiento. Concluyendo que daba igual seguir adelante que permanecer donde estaban, el dictador ordenó que se quitasen los bagajes de la columna, se recogieran y que se formase la línea de batalla. El enemigo formó también en línea, igualados en valor y en fuerza. Su confianza se elevó, al atribuir la retirada romana al miedo y no, como era en realidad el caso, a la desventajosa posición de su campamento. Esto hizo que el combate durase bastante tiempo, aunque los samnitas durante largo tiempo habían solido no aguantar el grito de guerra romano. Hemos leído, de hecho, que desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde, el combate se mantuvo con tanta igualdad por ambas partes que el grito lanzado al primer choque nunca se repitió, los estandartes ni avanzaban ni retrocedían y por ninguna parte se cedía terreno. Lucharon, cada hombre manteniendo su posición, empujando con sus escudos y sin mirar atrás ni darse una pausa para respirar. El ruido y el tumulto nunca se debilitaron, la lucha continuó perfectamente constante y parecía como solo pudiera terminar a causa del total agotamiento de los combatientes o por la llegada de la noche. En aquel momento los hombres estaban comenzando a perder su fuerza y la espada su vigor, mientras que los generales estaban muy preocupados. Una turma de caballería samnita, que había cabalgado hasta cierta distancia de la retaguardia romana, descubrió que su impedimenta estaba a cierta distancia de los combatientes sin guardia ni protección alguna. Al enterarse de esto, toda la caballería cabalgó hasta allí, ansiosa por asegurarse el botín. A toda prima, un mensajero informó de esto al dictador, quien señaló: "Muy bien, dejemos que se carguen con los despojos." Entonces los soldados, uno tras otro, empezaron a gritar que sus pertenencias estaban siendo saqueadas y que se las llevaban. El dictador mandó a buscar al jefe de la caballería. "¿Ves," le dijo, "Marco Fabio, que la caballería del enemigo ha dejado la lucha? Se están obstaculizando y estorbando a sí mismos con nuestro equipaje. Atácalos mientras están dispersos, como suelen las partidas de saqueo; encontrarás a muy pocos montados y a muy pocos con la espada empuñada. Destrúyelos mientras cargan sus caballos con el botín y están sin armas para defenderse, ¡y haz un botín sangriento con ellos! Yo me encargaré de la batalla de infantería, la gloria de la victoria de la caballería será tuya".

[8.39] La fuerza de caballería, cabalgando en perfecto orden, cargó al enemigo disperso y estorbado por su botín, y convirtió el lugar en una carnicería. Incapaz de resistir ni de huir, fueron destrozados entre los bultos que habían tirado y sobre los cuales tropezaron sus sorprendidos caballos. Después de casi aniquilar a la caballería enemiga, Marco Fabio llevó la suya mediante un corto trayecto a rodear el combate principal y atacó a la infantería samnita por detrás. Los nuevos gritos que surgieron en esa dirección les hicieron caer en el pánico, y cuando el dictador vio a los hombres del frente mirar alrededor, con los estandartes moviéndose confusos y toda la línea ondulando, animó a sus hombres y les pidió un nuevo esfuerzo; llamó a los tribunos militares y a los centuriones principales por su nombre para que se le unieran en la renovación del combate. Lanzaron nuevamente el grito de guerra y empujaron hacia delante, y donde quiera que avanzaban veían más y más desmoralización entre el enemigo. La caballería estaba ahora a la vista de los de delante, y Cornelio, volviéndose a su manípulos, les señaló lo mejor que pudo por voces y gestos de las manos que reconocía los estandartes y parmas de su propia caballería. Tan pronto les vieron y oyeron, olvidando las fatigas y trabajos que habían sufrido durante casi un día, olvidando sus heridas y tan ansiosos como si acabasen de salir frescos de su campamento tras recibir la señal para la batalla, se arrojaron sobre el enemigo. Los samnitas ya no pudieron resistir contra la terrible aparición de la caballería detrás de ellos y la poderosa carga de la infantería al frente. Un gran número fue muerto en medio de las dos y otros lo fueron durante la huida. La infantería se encargó de los que se vieron cercados y permanecieron en sus puestos, la caballería masacró a los fugitivos; entre los muertos se encontraba su comandante en jefe.

Esta batalla quebró por completo la resistencia, al punto que en todos sus consejos se pidió la paz. No podía, dijeron, sorprender que no tuvieran éxito en su desgraciada guerra, llevada a cabo en desafío a las condiciones del tratado y donde los dioses estuvieron más justamente indignados contra ellos que los hombres. Esa guerra tendría que ser expiada, y expiada a un gran costo. La única cuestión era si deberían pagar el castigo sacrificando a los pocos que eran culpables o derramando la sangre inocente de todos. Algunos,incluso, llegaron tan lejos como para nombrar a los instigadores de la guerra. Un nombre, especialmente, fue unánimemente denunciado, el de Brútulo Papio. Era este un aristócrata y tenía gran influencia, y había la menor duda de que fue él quien provocó la violación de la reciente tregua. Los pretores se vieron obligados a presentar un decreto, que el Consejo aprobó, ordenando que Brútulo Papio debía ser entregado y que todos los prisioneros y el botín capturado a los romanos se enviase con él a Roma y, además, que la reparación que los feciales habían exigido de conformidad con los extremos del tratado, debían satisfacerse conforme exigían el derecho y la justicia. Brútulo escapó a la ignominia y al castigo que le esperaban mediante el suicidio, pero el decreto se cumplió; los feciales fueron enviados a Roma con el cuerpo muerto y todos sus bienes se entregaron con él. Nada de esto, sin embargo, fue aceptado por los romanos más allá de los prisioneros y las cosas que de entre los despojos fueron identificadas por sus propietarios; por lo que hacía a todo lo demás, la entrega fue infructuosa. El Senado decretó un triunfo para el dictador.

[8.40] Algunos autores afirman que esta guerra fue conducida por los cónsules y que fueron ellos los que celebraron el triunfo sobre los samnitas y, además, que Fabio invadió Apulia y trajo grandes cantidades de despojos. No hay discrepancia en cuanto a que Aulo Cornelio haya sido dictador ese año; la única duda es si fue designado para dirigir la guerra, o si, debido a la grave enfermedad de Lucio Plaucio, el pretor, fue designado para dar la señal para el inicio de las carreras de carros y, tras cumplir esta no muy notable función, dimitió de su cargo. Es difícil decidir qué relato o qué autor preferir. Creo que la verdadera historia ha sido falsificada por las oraciones fúnebres y las inscripciones falsas en las imágenes familiares, pues cada familia se apropia para sí misma de un imaginario relato de actos nobles y distinciones oficiales. Es, en todo caso, por este motivo que se ha introducido tanta confusión en los registros de las carreras privadas y de los sucesos públicos. No hay escritor de aquellos tiempos que fuera contemporáneo a los hechos que relata y en cuya autoridad, por tanto, se pueda confiar.

Fin del libro 8.

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Libro 9: La Segunda Guerra Samnita (321-304 a. C.)

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[9.1] El año siguiente (321 a.C.) se hizo memorable por el desastre que aconteció a los romanos en Caudio [Caudium en el original latino.-N. del T.] y la capitulación que rindieron allí. Tito Veturio Calvino y Espurio Postumio eran los cónsules. Los samnitas tenían ese año como comandante en jefe a Cayo Poncio, el hijo de Herenio, el más hábil estadista que poseían, siendo el hijo su soldado más importante y comandante. Cuando los embajadores enviados con los términos de la rendición regresaron de su infructuosa misión, Poncio hizo el siguiente discurso en el consejo samnita: "No penséis que esta misión ha sido estéril en resultados. Hemos ganado mucho con ella; cualquiera que sea la medida de la ira divina en que podamos haber incurrido, por nuestra violación de las obligaciones del tratado, ya la hemos expiado. Estoy completamente seguro de que todos los dioses, cuya voluntad era que se nos debía reducir a la necesidad de restituir cuanto se exigía bajo los términos del tratado, han visto con desagrado el desprecio altanero con que los romanos han tratado nuestras concesiones. ¿Qué más podríamos haber hecho para aplacar la ira de los cielos, o suavizar el resentimiento de los hombres, de lo que hemos hecho? Los bienes del enemigo, que considerábamos nuestros por derecho de guerra, los hemos devuelto; el autor de la guerra, a quien no pudimos entregar vivo, lo dimos tras haber pagado su deuda a la naturaleza y para que no siguiera en nosotros mancha alguna de su culpa, enviamos a Roma sus posesiones. ¿Qué más, romanos, se os debe a vosotros, o al tratado, o a los dioses que se invocaron como testigos del tratado? ¿Qué árbitro tengo que presentar para que decida hasta dónde llegará vuestra ira, hasta dónde mi castigo? Estoy dispuesto a aceptar cualquiera, sea nación o individuo. Pero si la ley humana no deja derechos que los débiles compartan con los fuertes, aún puedo llegar a los dioses, vengadores de la intolerable tiranía, y les rogaré que vuelvan su ira contra aquellos para quienes no es bastante que les sean devueltos sus bienes y se les aumente con los de otros, contra quienes su cruel ira no se sacia con la muerte del culpable y la entrega de sus restos mortales y sus propiedades, a quienes no se apaciguan hasta que reciben nuestra sangre para beber y nuestras entrañas arrancadas. Una guerra es justa y correcta, samnitas, cuando se nos impone; las armas son bendecidas por el cielo cuando ya no hay esperanza sino en ellas. Desde luego, siendo de la mayor importancia en los asuntos humanos cuáles se hacen bajo el favor divino y cuáles en contra, dar por cierto que las guerras pasadas las hicisteis en contra de los dioses más que de los dioses, y en esta que se aproxima serán los mismos dioses quienes os guíen".

[9.2] Después de pronunciar esta predicción, que resultó ser tan cierta como tranquilizadora, salió en campaña y, manteniendo sus movimientos tan en secreto como pudo, asentó su campamento en la vecindad de Caudio. Desde allí envió diez soldados disfrazados de pastores hacia Calacia [Calatia en el original latino.-N. del T.], donde se enteró que estaban acampados los cónsules romanos, con órdenes de que arreasen el ganado en diferentes direcciones y cerca de los puestos de avanzada romanos. Cuando se encontrasen con alguna de las partidas que salían a forrajear, debían contar todos la misma historia y decir que las legiones samnitas estaban en Apulia, asediando Lucera [Luceria en el original latino.-N. del T.] con todas sus fuerzas y que su captura era inminente. Este rumor se había extendido antes a propósito y ya había llegado a oídos de los romanos; los pastores capturados confirmaron su creencia en ella, especialmente al decir todos lo mismo. No había duda de que los romanos ayudarían a los Luceranos, para proteger a sus aliados e impedir que toda la Apulia fuera intimidada por los samnitas a declararse en rebelión abierta. El único asunto a considerar era la ruta que tomarían. Había dos caminos que llevaban a Lucera; uno a lo largo de la costa adriática por terreno abierto, el más largo de los dos pero el más seguro; y el otro, más corto, a través de las Horcas Caudinas. Esta es la naturaleza del lugar: hay dos pasos, profundos y estrechos, con colinas boscosas a cada lado y una cadena continua de montañas alrededor de ellos. Entre ellos se encuentra una amplia llanura húmeda y cubierta de hierba, por en medio de la cual va el camino. Antes de llegar a la llanura se ha de atravesar el paso por el primer desfiladero y, o bien se vuelve por donde se ha venido o, si se continúa, se debe seguir el camino por un paso aún más estrecho y más difícil al otro extremo.

La columna romana descendió a esta llanura desde el primer desfiladero, con sus sobresalientes acantilados, y se dirigió directamente hasta el otro paso. Lo encontraron bloqueado por una barrera enorme de árboles talados y con grandes masas de rocas apiladas contra ellos. Al tiempo de advertir la estratagema del enemigo, estos se mostraron en sus posiciones en las alturas, por encima del paso. Se efectuó una rápida retirada y retrocedieron sobre sus pasos por el camino por donde habían venido, descubriendo que el primer paso tenía también su propia barricada y hombres armados en las alturas. A continuación, sin que se diese ninguna orden, se detuvieron. Sus sentidos estaban aturdidos y estupefactos y un extraño entumecimiento se apoderó de sus miembros. Cada uno miraba a su vecino, pensando que estaría más en sus cabales y con mejor juicio que él mismo. Durante mucho tiempo quedaron callados e inmóviles, después vieron que se alzaban las tiendas de los cónsules y que algunos hombres disponían sus herramientas de atrincheramiento. A pesar de saber que en su desesperada situación sería ridículo que fortificasen el terreno que aún ocupaban, para no empeorar las cosas por su propia culpa empezaron a trabajar sin esperar órdenes y atrincheraron su campamento con su empalizada cerca del agua. Mientras estaban así ocupados, el enemigo se burlaba de ellos y les insultaba, y ellos mismos se reían amargamente de su trabajo inútil. Los cónsules estaban demasiado deprimidos y desconcertados como para convocar un consejo de guerra, pues no había lugar ni ayuda que aconsejar; pero los tribunos y generales les rodearon y los hombres, con la vista puesta en sus tiendas, esperaban de sus jefes un socorro que difícilmente les podrían dar los mismos dioses.

[9.3] La noche les sorprendió cuando estaban lamentándose de su situación en vez de preguntarse cómo enfrentarla. Se mostraron los diferentes temperamentos de cada hombre; algunos exclamaban: "Rompamos las barricadas, escalemos las laderas, forcemos el paso por el bosque, probemos por donde quiera que podamos llevar las armas. Sólo hemos de llegar hasta el enemigo al que hemos batido desde hace treinta años; cualquier sitio será fácil para un romano que combata contra un pérfido samnita". Otros respondían: "¿Dónde vamos a ir? ¿Cómo vamos a llegar? ¿Queremos mover las montañas de su base? ¿Cómo vamos a llegar hasta el enemigo, con esos picos colgando sobre nosotros? Armados o desarmados, valientes y cobardes, todos estamos atrapados y vencidos por igual. El enemigo ni siquiera nos ofrece la posibilidad de una muerte honrosa por la espada: terminarán la guerra sin moverse de su asiento". Indiferentes a la comida, sin poder dormir, hablaron de esta manera toda la noche. Hasta los samnitas fueron incapaces de decidir qué hacer en tan afortunadas circunstancias. Acordaron unanimidad escribir a Herenio, el padre del comandante en jefe, y pedirle consejo. Este era ya de edad avanzada y se había retirado de los asuntos públicos, tanto civiles como militares, pero aunque sus fuerzas decaían su intelecto era tan bueno y claro como siempre. Ya había tenido conocimiento de que los ejércitos romanos se veían cercados entre los dos pasos en las Horcas Caudinas, y al llegar la carta de su hijo pidiéndole consejo, dio su opinión de que se debía dejar que toda la fuerza romana pudiera salir indemne. Rechazaron este consejo y le enviaron un nuevo correo para consultarle otra vez. Aconsejó entonces que debían dar muerte a todos. Al recibir estas respuestas, contradictorias entre sí como las declaraciones ambiguas de un oráculo, la primera impresión de su hijo fue que las facultades mentales de su padre se habían visto deterioradas por su debilidad física. Sin embargo, cedió a la voluntad general e invitó a su padre al consejo de guerra. El anciano, se nos dice, enseguida aceptó y fue transportado en un carro al campamento. Después de ocupar su lugar en el consejo, quedó claro por lo que dijo que no había cambiado de opinión, pero explicó sus razones para dar el consejo que dio. Él creía que al tomar la decisión que propuso al principio, que él consideraba la mejor, estaría estableciendo una paz y amistad duradera con el pueblo más poderoso al tratarlo generosamente; adoptando la segunda, posponía la guerra muchas generaciones, pues ese sería el tiempo que le llevaría a Roma recuperar sus fuerzas, penosa y lentamente, tras la pérdida de dos ejércitos. No había una tercera opción. Cuando su hijo y los otros jefes le preguntaron qué pasaría si se adoptaba un término medio, dejándoles marchar ilesos pero bajo condiciones como las que el derecho de guerra imponía a los vencidos, replicó: "Esa es precisamente la política que ni nos procurará amigos ni nos librará de los enemigos. Una vez que dejéis vivir a hombres a quienes habéis exasperado con un tratamiento ignominioso, habréis consumado vuestro error. Los romanos son una nación que no sabe cómo permanecer tranquila en la derrota. Cualquiera que sea la desgracia, quemará eternamente su espíritu la irritación y no les dejará descansar hasta haceros pagar muchas veces por ello".

[9.4] Ninguno de estos planes fue aprobado y Herenio fue llevado a casa desde el campamento. En el campamento romano, después de hacer muchos intentos infructuosos por romper el cerco y verse finalmente en un estado de miseria absoluta, la necesidad les obligó a enviar emisarios a los samnitas a pedir en primer lugar una paz justa y, fracasando esto, retándoles al combate. Poncio respondió que toda guerra tenía un final y que, ya que incluso ahora que estaban vencidos y cautivos eran incapaces de reconocer su situación real, él les privaría de sus armas y les haría pasar bajo el yugo, permitiéndoles conservar una única prenda de ropa. Las restantes condiciones serían justas, tanto para los vencedores como para los vencidos. Si evacuaban el Samnio y retiraban sus colonos de su país, romanos y samnitas vivirían en adelante bajo sus propias leyes, como estados soberanos unidos por un tratado justo y honorable. Bajo estas condiciones estaba dispuesto a concluir un tratado con los cónsules; si rechazaban cualquiera de ellas, prohibiría que se hiciera ninguna otra gestión ante él. Cuando se anunció el resultado, se elevó un grito general de angustia, tanto se extendió la tristeza y la melancolía, pues evidentemente no podían haber sufrido más si se les hubiese anunciado que iban a morir en el acto. Luego siguió un largo silencio. Los cónsules no podían decir una palabra, fuera a favor de una capitulación tan humillante o en contra de una tan necesaria. Por fin, Lucio Léntulo, el más distinguido de entre los generales, tanto por sus cualidades personales como por los cargos que había desempeñado, habló así: "A menudo", dijo, "he escuchado a mi padre, cónsules, decir que él fue el único en el Capitolio que se negó a rescatar con oro la Ciudad tomada por los Galos, pues la fuerza que había en el Capitolio no estaba asediada y atacada con foso y empalizada por ser los galos demasiado indolentes para afrontar tal clase de trabajo; fue así posible que ellos hicieran una salida que, probablemente, supondría graves pérdidas, pero no una destrucción segura. Si tuviéramos la misma oportunidad de combatir, fuera en terreno favorable o desfavorable, que tuvieron ellos al cargar cuesta abajo sobre el enemigo desde el Capitolio, del mismo modo que los asediados han hecho a menudo salidas contra sus asediadores, no caería en saco roto el valor y ánimo de mi padre en el consejo que he de dar. Morir por la patria es, lo admito, una cosa gloriosa, y por lo que a mí respecta estoy dispuesto a ofrendarme por el pueblo y las legiones de Roma o a introducirme por en medio del enemigo. Pero es aquí donde veo a mi país, es en este lugar donde están juntas todas las legiones que posee Roma; y a menos que quieran precipitarse a la muerte por sí mismas, para salvar su honor, ¿qué otra cosa poseen que puedan salvar con su sacrificio? "Las viviendas de la Ciudad”, puede responder alguno, “y sus murallas, y esa multitud de seres humanos que forma su población. No, por el contrario, todas estas cosas no se salvarán, se entregarán al enemigo si este ejército es aniquilado. Porque, ¿quién los protegerá? Una multitud de no-combatientes indefensos, supongo; con el mismo éxito que tuvieron defendiéndose del ataque de los galos. ¿O tendrán que implorar la ayuda de un ejército de Veyes con Camilo a su cabeza? Aquí y sólo aquí residen todas nuestras esperanzas, todas nuestras fuerzas. Si los salvamos, salvamos nuestro país; si los llevamos a la muerte, desertaremos y traicionaremos a nuestro país. 'Sí', decís, 'pero la rendición es deshonrosa e ignominiosa'. Lo es; pero el verdadero amor por nuestra patria demanda que la preservemos, si es preciso, tanto con nuestra desgracia como con nuestra muerte. Por muy grande que sea luego la indignidad, debemos someternos a ella y ceder a la compulsión de la necesidad, ¡una obligación que ni los mismos dioses pueden evadir! ¡Id, cónsules, renunciar a vuestras armas como rescate por este Estado que vuestros antepasados rescataron con oro!".

[9.5] Los cónsules marcharon para conferenciar con Poncio. Cuando el vencedor comenzó a insistir en firmar un tratado, le dijeron que no podía hacerse un tratado sin acuerdo del pueblo ni sin los feciales y el ceremonial de costumbre. Así que, en contra de lo que generalmente se cree y de lo que incluso Claudio afirma, la paz Caudina no adoptó la forma de un tratado regular. Se concluyó a través de una sponsio, es decir, bajo la palabra de honor de los magistrados de observar las condiciones. ¿Pues qué necesidad habría habido de garantes o rehenes en un tratado que solía terminarse con la imprecación de siempre: "Que por cualquier falta de observancia a las condiciones dichas, castigue Júpiter a ese pueblo como ahora golpean los feciales a este cerdo"? Los cónsules, los generales, los cuestores y los tribunos militares, todos dieron su palabra de honor y todos sus nombres se conservan hoy en día; en cambio, si se hubiera firmado un tratado regular, no se habrían conservado más nombres que el de los dos feciales. Debido al inevitable retraso en el acuerdo del tratado, se exigió que seiscientos caballeros quedasen como rehenes para responder con sus vidas si no se observaban los términos de la capitulación. Luego se fijó un periodo determinado para entregar los rehenes y enviar al ejército, privado de sus armas, bajo el yugo. El regreso de los cónsules con los términos de la rendición renovó el dolor y la angustia en el campamento. Tan amargo fue el sentimiento, que los hombres tenían dificultades para mantener sus manos apartadas de aquellos "por cuya temeridad", decían, "habían sido puestos en tal situación y por cuya cobardía tendrían que abandonarlo de manera más vergonzosa de la que habían llegado. Ellos no habían dispuesto guías que conocieran el terreno, no habían enviado exploradores y habían caído ciegamente como animales salvajes en una trampa". Allí estaban, mirándose unos a otros, contemplando con tristeza las armas y corazas que pronto debían abandonar, sus manos diestras que quedarían indefensas, sus cuerpos que quedarían a merced del enemigo. Se imaginaban bajo el yugo enemigo, las burlas y miradas insultantes de los vencedores, su marcha desarmados entre las filas armadas y la posterior marcha miserable de un ejército desgraciado por las ciudades de sus aliados, su vuelta a su país y a sus padres, donde sus antepasados tantas veces regresaron en procesión triunfal. Sólo ellos, decían, habían sido derrotados sin recibir una sola herida, sin que se usase una sola arma o sin combatir ni una batalla, no se les había permitido desenvainar la espada o cruzarla con la del enemigo; el valor y la fuerza habían sido en vano. Mientras protestaban así con indignación, llegó la hora en que la experiencia real de su humillación se les haría más amarga de lo que habían previsto o imaginado. En primer lugar se les ordenó deponer las armas y marchar fuera de la empalizada, cada uno con una sola prenda de vestir. Los primeros fueron los que iban a ser entregados como rehenes, a quienes se llevaron para su custodia. A continuación, los lictores fueron obligados a separarse de los cónsules, que luego fueron despojados de sus paludamentos [mantos escarlatas, para la época republicana, bordados en oro, propios de los cónsules en campaña.-. N. del T.]. Esto despertó conmiseración tan profunda entre aquellos que hacía poco les habían estado maldiciendo y exclamando que debían ser depuestos y azotados, que cada hombre, olvidando su propia situación, apartaron sus ojos de tal atentado a la majestad del Estado, como espectáculo demasiado horrible de contemplar.

[9,6] Los cónsules fueron los primeros en ser enviados, poco menos que medio vestidos, bajo el yugo; luego, cada uno según su rango, fue expuesto a la misma vergüenza y, finalmente, los legionarios uno tras otro. Alrededor de ellos se encontraba el enemigo bien armado, insultándolos y burlándose de ellos; sobre muchos llegaron a alzar las espadas cuando algunos insultaron a sus vencedores, mostrando claramente su indignación y rencor, y varios fueron heridos y hasta asesinados. Así marcharon bajo el yugo. Pero lo que resultó todavía más difícil de soportar fue tener que atravesar el paso bajo los ojos del enemigo; sin embargo, al salir, como hombres liberados de las fauces del infierno, parecían ver la luz por vez primera y esa misma luz, al revelarles el horrible espectáculo de verse marchar a lo largo, resultó más triste que cualquier forma de muerte. Podrían haber llegado a Capua antes de la noche pero, dudando de la fidelidad de sus aliados y retenidos por la vergüenza, se tendieron, desprovistos de todo, a los lados de la carretera, cerca de Capua. Tan pronto como estas noticias llegaron al lugar, el propio sentimiento de compasión por sus aliados pudo más que el desprecio innato de la Campania; enviaron inmediatamente a los cónsules sus propias insignias de magistratura, las fasces y los lictores, y los proporcionaron a los soldados, con generosidad, armas, caballos, ropas y provisiones. Al entrar en Capua, el Senado y el pueblo salió en masa a su encuentro, mostrándoles toda la hospitalidad debida, y tratándoles con toda la consideración a la que tenían derecho, como individuos y como miembros de un estado aliado. Pero todas las atenciones, miradas amables y saludos alegres de sus aliados fueron incapaces de provocar una sola palabra, o incluso de hacerlos levantar sus ojos y mirar a la cara a los amigos que trataban de consolarlos. A tal grado llegaba el sentimiento de vergüenza a dominar su tristeza y desaliento que les obligaba a huir de la conversación y de la compañía de los hombres. Al día siguiente, algunos nobles jóvenes se encargaron de escoltarlos hasta la frontera. A su regreso fueron convocados a la Curia, y en respuesta a las preguntas de los senadores ancianos, informaron que les habían parecido aún más sombríos y deprimidos que el día anterior; la columna se trasladó todo el rato tan silenciosamente que podrían haber sido mudos; el temple romano estaba acobardado; habían perdido su ánimo y sus armas; no saludaban a nadie, ni devolvían el saludo a nadie; ni un sólo hombre se atrevía a abrir su boca por miedo a lo que pudiera venir; sus cuellos estaban abatidos como si estuviesen aún bajo el yugo. Los samnitas no sólo habían ganado una victoria gloriosa, también una perdurable; no solo habían capturado Roma, como antes hicieran los galos, si no, lo que era una hazaña bélica aún mayor, habían conquistado el valor y la audacia romana.

[9,7] Mientras se escuchaba con la mayor atención este informe, y el nombre y la grandeza de Roma se sabían perdidos casi para siempre, en el consejo de sus fieles aliados, Ofilio Aulo Calavio, el hijo de Ovio, se dirigió a los senadores. Era un hombre de alta cuna, con una distinguida carrera y ahora venerable por su edad. Según los relatos, dijo: "Es muy otra la verdad. Ese silencio obstinado, esos ojos fijos en el suelo, esos oídos sordos a todo consuelo, esa cara avergonzada apartada de la luz, son todas indicaciones de un terrible resentimiento fermentando en su corazón y que explotará en la venganza. O yo no sé nada del carácter romano o ese silencio pronto suscitará entre los samnitas gritos de aflicción y gemidos de angustia. El recuerdo de la capitulación de Caudio será mucho más amargo a los samnitas que a los romanos. Cuando y donde quiera que se enfrenten, cada lado estará animado por su propio coraje y los samnitas no siempre encontrarán unas Horcas Caudinas en cada lugar. Roma era ahora consciente de su desastre. La primera información que recibieron fue que el ejército estaba bloqueado, después llegaron las más tristes noticias sobre la ignominiosa capitulación. Inmediatamente después de recibir el primer aviso del asedio, empezaron a alistar tropas; pero al oír que el ejército se había rendido de modo tan vergonzoso, se abandonaron los preparativos para aliviarles y, sin esperar ninguna orden formal, toda la Ciudad adoptó el luto público. Las tiendas alrededor del Foro cerraron y cesaron allí todos los asuntos públicos espontáneamente antes de que se proclamara su finalización; se dejaron las laticlavas [bandas anchas sería la traducción literal de lati clavi; se refiere a las túnicas senatoriales con dos bandas púrpura, de 4 dedos de ancho los senadores y de 2 dedos los caballeros .-N. del T.] y sus anillos de oro [aunque los senadores los llevaban de hierro, estando los de oro reservados a los miembros del orden ecuestre como símbolo de su potestad para poder hacer negocios en nombre del Estado.-N. del T.]; el abatimiento entre los ciudadanos era casi mayor que en el ejército. Su indignación no se limitaba a los generales o a los oficiales que habían hecho el pacto, hasta los inocentes soldados fueron objeto del rencor y decían que no los admitirían en la Ciudad. Pero este enfado se disipó con la llegada de las tropas; su aspecto miserable despertó la conmiseración hasta entre los más resentidos. No entraron en la Ciudad como hombres que regresan a la seguridad después de haber sido dados por perdidos, sino con la apariencia y expresión de los prisioneros. Llegaron tarde por la noche y se deslizaron hacia sus hogares, donde se encerraron tan ocultos que durante algunos días ninguno de ellos se mostró en público o en el Foro. Los cónsules se encerraron también en privado y se negaron a cumplir con sus funciones oficiales, con excepción de una que se les arrancó mediante un decreto del Senado, a saber, la designación de un dictador para llevar a cabo las elecciones. Nombraron a Quinto Fabio Ambusto y a Publio Elio Peto como jefe de la caballería. Su nombramiento fue encontrado irregular y fueron sustituidos por Marco Emilio Papo como dictador y Lucio Valerio Flaco como jefe de la caballería. Ni siquiera a ellos, sin embargo, se les permitió llevar a cabo las elecciones; el pueblo estaba insatisfecho con todos los magistrados de ese año, por lo que los asuntos llegaron a un interregno. Quinto Fabio Máximo y Marco Valerio Corvo fueron sucesivamente interreges, y el segundo celebró las elecciones consulares. Quinto Publilio Filón y Lucio Papirio Cursor, éste último por segunda vez, fueron elegidos -320 a.C.-. La elección fue aprobada unánimemente, pues todos sabían que no había por entonces generales más brillantes.

[9,8] Se hicieron cargo de los deberes de su magistratura el mismo día de su elección, pues así lo había decretado el Senado, y tras disponer los asuntos relativos a su acceso al cargo, procedieron enseguida a presentar la cuestión de la capitulación de Caudio. Publilio, que llevaba las fasces [los cónsules se turnaban en llevar las fasces, o sea, en ejercer el mando efectivo. N. del T.], invitó a hablar a Espurio Postumio. Se levantó de su lugar, justo con la misma expresión que tenía al pasar bajo el yugo, y comenzó: "Cónsules, soy muy consciente de que he sido llamado a hablar en primer lugar, no porque yo sea el más honorable, sino porque soy el más desgraciado, y estoy en la situación no de un senador, sino en la de un acusado ante su juicio, debiendo enfrentar la acusación no sólo de una guerra perdida, sino la de una paz ignominiosa. Dado que, sin embargo, no habéis presentado el asunto de nuestra culpabilidad o nuestro castigo, no entraré en una defensa que, en presencia de hombres advertidos de la mutabilidad de las fortunas humanas, no sería muy difícil llevar a cabo. Diré en pocas palabras lo que pienso sobre la cuestión que tenemos ante nosotros, y podréis juzgar por lo que diga si salvarme a mi o a vuestras legiones, con la promesa mediante la que me comprometí, resultó vergonzoso o necesario. Esta promesa, sin embargo, no se hizo por orden del pueblo romano, y por lo tanto el pueblo romano no están vinculado por ella, ni se debe nada a los samnitas en sus términos más allá de nuestras propias personas. Que se nos entregue por los feciales, desnudos y atados; liberemos al pueblo de sus obligaciones religiosas si le hemos involucrado en algo, para que sin infringir ley alguna, humana o divina, podamos reanudar una guerra que será amparada por el derecho de gentes y sancionada por los dioses. Aconsejo que, mientras tanto los cónsules alistan y equipan un ejército y lo llevan a la guerra, no se cruce la frontera enemiga hasta que se hayan cumplido todas nuestras obligaciones según los términos de la rendición. ¡Y a vosotros, dioses inmortales, ruego y suplico que, como no era vuestra voluntad que los cónsules Espurio Postumio y Tito Veturio pudiesen librar una guerra victoriosa contra los samnitas, consideréis al menos suficiente que hayamos pasado bajo el yugo y se nos haya obligado a una promesa vergonzosa, que sea suficientes que nos hayamos visto rendidos, desnudos y encadenados, al enemigo, llevando sobre nuestras cabezas todo el peso de su ira y su venganza! ¡Que sea conforme a vuestra voluntad que las legiones romanas, bajo nuevos cónsules, puedan llevar la guerra contra los samnitas del mismo modo que se condujeron antes de que nosotros fuésemos cónsules!". Cuando terminó de hablar, tanta admiración y compasión sintieron por él que apenas se podía pensar que se trataba del mismo Espurio Postumio que había concluido una paz vergonzosa. Consideraron con la mayor tristeza la perspectiva de un hombre así sufriendo a manos del enemigo tan terrible castigo como al que estaban seguros que se enfrentaría, enfurecidos como estarían [los samnitas.-N. del T.] por la ruptura de la paz. Toda la Cámara expresó con los mayores elogios la aprobación de su propuesta. Empezaron a votar sobre la cuestión cuando dos de los tribunos de la plebe, Lucio Livio y Quinto Melio, comenzaron una protesta que luego retiraron. Argumentaron que el pueblo en su conjunto no quedaría liberado de su obligación religiosa por esta rendición a menos que los samnitas fueron colocados en la misma posición de ventaja que tenían en Caudio. Además, dijeron que no merecían ningún castigo por haber salvado al ejército romano por el compromiso de procurar la paz, e instaron, como último motivo, que como ellos, los tribunos, eran sacrosantos y sus personas inviolables, no se les podía entregar al enemigo ni expuestos a la violencia.

[9.9] A esto replicó Postumio: "Mientras tanto, entregadnos, pues a nosotros no nos protege ninguna inviolabilidad y nuestra entrega no violará ninguna conciencia. Posteriormente les entregaréis también a estos caballeros 'sacrosantos', cuando su año de cargo expire; pero si hacéis caso a mi consejo, procuraréis que antes de que sean entregados se les azote en el Foro a modo de pago de intereses por el retraso en el castigo. En cuanto a no quedar libre el pueblo de su compromiso sagrado, ¿quién es tan ignorante de las leyes feciales como para no ver que estos hombres dicen esto, no por lo que el hecho representa, sino para impedir que se les entregue? No niego, senadores, que las promesas son tan sagradas como un tratado formal, para los que cumplen las leyes humanas del mismo modo que las divinas. Pero sí digo que sin la orden expresa del pueblo no se puede ratificar nada que obligue al pueblo. Supongamos que los samnitas, con el mismo espíritu de orgullo insolente con el que nos obligaron a esta capitulación, nos hubieran obligado a recitar la fórmula para la rendición de las ciudades; diríais, tribunos, que el pueblo romano se había rendido y que esta Ciudad, con sus templos y santuarios, su territorio y sus aguas se había convertido en propiedad de los samnitas? No diré más acerca de la rendición, pues lo que estamos considerando es la promesa que se hizo en la capitulación. Ahora bien, supongamos que hubiéramos prometido que el pueblo romano abandonaría esta Ciudad, la quemaría, no volvería a tener sus propios magistrados y senado y leyes, sino que viviría bajo el dominio de reyes. "¡Dios no lo quiera! diréis. Sí, pero la fuerza vinculante de una capitulación no se aligera por la naturaleza humillante de sus términos. Si el pueblo puede estar sujeto por algún punto, lo puede estar por todos. Lo que algunos consideran importarte, a saber, si es un cónsul, un pretor o un dictador quien ha ofrecido el compromiso, no tiene importancia. Los samnitas dejaron esto claro: no bastándoles con que los cónsules se comprometieran a ellos mismos, obligaron a los legados, a los cuestores y a los tribunos militares a hacer lo mismo.

"Que nadie me diga ahora: '¿Por qué prometisteis eso, sabiendo que un cónsul no tiene derecho a hacerlo y no estando vosotros en posición de prometerles una paz de la que no podíais garantizar la ratificación, ni pudiendo actuar en nombre del pueblo al no haberos dado este ningún mandato para hacerlo?" Nada de lo que sucedió en Caudio, senadores, fue dictado por la prudencia humana; los dioses privaron de la sensatez tanto a los jefes enemigos como a los vuestros. Nosotros no fuimos lo bastante prudentes en nuestros movimientos, ellos en su locura arrojaron una victoria cuando la tenían ganada por nuestra insensatez. Apenas se sentían seguros en el terreno que les había dado la victoria, tanta prisa tenían por llegar a un acuerdo en cualquier condición que se contentaron con privar de sus armas a hombres que habían nacido con ellas. Si hubieran estado en sus cabales, ¿habrían tenido alguna dificultad para mandar embajadores a Roma en vez de sacar a un anciano de su casa para asesorarles? ¿No les era posible entrar en negociaciones con el Senado y con el pueblo para asegurarse la paz y firmar un tratado? Es un viaje de tres días para jinetes ligeramente equipados, y entretanto se pudiera haber hecho un armisticio hasta que regresasen los legados trayendo la paz o la certeza de su victoria. Entonces, y sólo entonces, habría habido un acuerdo vinculante, ya que lo habríamos hecho por orden del pueblo. Pero vosotros no podíais dar tal orden, ni nosotros haber prestado tal promesa. No era voluntad del cielo que hubiera un resultado distinto a este, es decir, que los samnitas quedaran vanamente engañados por un sueño demasiado delicioso como para que sus mentes comprendieran, que la misma Fortuna que aprisionó a nuestro ejército también lo liberó, que una aparente victoria resultase fútil por una paz aun más ilusoria, y que las estipulaciones serían nulas, vinculantes solo para los que efectivamente las hicieron. Pues ¿qué tenéis vosotros que ver con esto, senadores? ¿Qué tiene que ver el pueblo en este asunto? ¿Quién os puede pedir cuentas? ¿quién puede decir que le habéis engañado? ¿El enemigo? Vosotros no habéis prometido nada al enemigo. ¿Algún conciudadano? No habéis comisionada a ningún conciudadano para que haga promesas en vuestro nombre. Vosotros no estáis, en modo alguno, comprometidos por nosotros, pues no nos habíais dado ninguna orden; no sois responsables ante los samnitas, pues nada habéis tratado con ellos. Somos nosotros los responsables, comprometidos como deudores y muy capaces de pagar la deuda en lo que a nosotros respecta; y estamos dispuestos a pagar, es decir, entregar nuestras personas y vidas. Que sobre estas dejen caer su venganza, que sobre estas descarguen su ira y sus espadas. En cuanto a los tribunos, debéis considerar si se les debe entregar enseguida o si debe retrasarse su entrega; pero por lo que a nosotros respecta, Tito Veturio y el resto de vosotros que estáis comprometidos, debemos entre tanto ofrecer estas nuestras vidas sin valor para cumplir nuestra promesa, y que nuestras muertes liberen las armas de Roma para actuar".

[9.10] Tanto el discurso como el orador produjeron una gran impresión en todos los que le oyeron, incluyendo los tribunos, que quedaron tan impresionados por lo que habían oído que se pusieron formalmente se pusieron a disposición del Senado. De inmediato renunciaron su cargo y fueron entregados a los feciales para ser llevados con el resto a Caudio. Después que el Senado hubo aprobado la resolución, semejó como si la luz del día brillase de nuevo sobre el Estado. El nombre de Postumio estaba en boca de todos, fue puesto por las nubes, su conducta se comparó al mismo nivel que la del auto-sacrificio de Publio Decio y de otros ejemplos espléndidos de heroísmo. Por su consejo y auxilio, decían los hombres, había encontrado el Estado la manera de evitar una paz culpable y deshonrosa; se exponía a sí mismo a la ira del enemigo y a todas las torturas que le pudiesen infligir, como víctima expiatoria del pueblo romano. Todas las miradas se volvieron a las armas y a la guerra, "Se nos permitirá alguna vez", exclamaban, "enfrentarnos a los samnitas con las armas?" En medio de esta hoguera de emoción, ira y sed de venganza, se celebró un alistamiento y todos se reengancharon como voluntarios. Se formaron nueve legiones, aparte de las tropas iniciales, y el ejército marchó hacia Caudio. Los feciales se adelantaron y, al llegar a las puertas de la ciudad, ordenaron que se quitaran las prendas a quienes habían capitulado y que se atasen sus brazos a la espalda. Cuando su ayudante, por respeto al rango de Postumio, ató las cuerdas con laxitud, éste le preguntó: "Por qué no atas la cuerda con fuerza, la que la entrega sea como debe ser?" En cuanto entraron en la sala del consejo y llegaron al tribunal donde estaba sentado Poncio, el fecial se dirigió a él así: "Por cuanto estos hombres, sin tener órdenes para ello del pueblo romano de los quirites, dieron su promesa y juramento de que se firmaría un tratado y por ello han sido declarados culpables de incurrir en falta, por la presente os hago entrega de estos hombres, a fin de que el pueblo romano pueda ser absuelto de la culpa de un acto impío y detestable." Al decir esto el fecial, Postumio le golpeó tan fuerte como pudo en el musco con la rodilla, y a voz en grito declaró que él era un ciudadano samnita, que había violado el derecho de gentes al maltratar al fecial que, como embajador, era inviolable, y que tras esto los romanos tenían razones de sobra para proseguir la guerra.

[9.11] Poncio respondió: "Ni yo voy a aceptar esta entrega de los vuestros ni los samnitas la considerarán válida. ¿Por qué tú, Espurio Postumio, si crees en la existencia de los dioses, no rescindes todo el acuerdo

o cumples con lo que prometiste? El pueblo samnita tiene derecho a todos aquellos a quienes tuvo en su poder, o a que en su lugar se haga la paz con Roma. Pero ¿por qué apelo a ti? Tú mantienes tu palabra hasta el final, al entregarte como prisionero a tu vencedor. Hago un llamamiento al pueblo romano. Si no está satisfecho con el acuerdo de las Horcas Caudinas, que coloquen nuevamente sus legiones entre los pasos que les aprisionaron. Que no haya intento de fraude por ninguna parte, que se anule toda la operación, que se les devuelvan las armas que entregaron en la capitulación, que vuelvan a su posición de entonces, que tengan cuanto tenían la víspera de su rendición. Cuando esto sea hecho, que formen una recia línea y voten por la guerra, que repudien entonces el acuerdo y la paz convenidas. Vamos a continuar la guerra con la misma suerte y sobre el mismo terreno en que estábamos antes que se hiciera mención de la paz; el pueblo romano no tendrá motivo para culpar a sus cónsules por promesas que no tenían derecho a hacer, ni nosotros tendremos motivo para culpar al pueblo romano de ninguna violación de la fe".

"¿Es que nunca os faltarán motivos para dejar de cumplir vuestros acuerdos al ser derrotados? Entregasteis rehenes a Porsena, luego se los robasteis. Rescatasteis vuestra ciudad de los galos con oro, y mientras estaban recibiéndolo fueron masacrados. Hicisteis la paz con nosotros a condición de liberar a vuestras legiones cautivas, y ahora decís que esa paz es nula y sin efecto. Siempre ocultáis vuestra deshonestidad bajo engañosos pretextos de derecho y justicia. ¿No aprueba el pueblo romano que sus legiones se salvaran a costa de una paz humillante? Entonces, que mantenga la paz por sí mismo, sólo tienen que devolver al vencedor sus legiones cautivas. Tal acción estaría de acuerdo con los dictados del honor, con la fidelidad a los tratados y con el rito solemne de los feciales. Pero ¿que vosotros tengáis lo que pedíais en el pacto, la seguridad de miles de vuestros ciudadanos, y que yo no tenga la paz que acordé al liberarlos? ¿esto es lo que tú y tus feciales, Aulo Cornelio, llamáis actuar según el derecho de gentes? "En cuanto a aquellos hombres cuya entrega simuláis, ni les acepto, ni les considero como entregados ni les impido volver con los suyos; están atados por un compromiso por cuya violación se atraerán la ira de todos los dioses con cuya majestad juegan. Cierto; Espurio Postumio acaban de golpear al heraldo fecial con su rodilla, ¡que venga la guerra! Por supuesto, los dioses creerán que Postumio es un ciudadano samnita, no un romano, y que por un ciudadano samnita ha sido maltratado un heraldo romano, y que por esta razón se justifica hacernos la guerra. Resulta triste pensar que no sentís vergüenza al burlaros así de la religión, a la luz del día, y que hombres ancianos de rango consular tengan que inventar excusas para incumplir su palabra impropias incluso de chiquillos. Ve, lictor, quita las ataduras a los romanos, que a ninguno se les impida salir cuando le plazca". Así libres, volvieron al campamento romano, habiendo cumplido con sus obligaciones personales y, posiblemente, con las del Estado.

[9.12] Los samnitas vieron claramente que en lugar de la paz que se había dictado con tanta arrogancia, había dado comienzo una guerra aun más amarga. No sólo presintieron lo que estaba por venir, casi lo vieron con sus propios ojos; ahora que ya era demasiado tarde, empezaron a ver lo acertadas que eran las dos alternativas que el viejo Poncio había sugerido. Vieron que se habían quedado entre las dos, y que adoptando un curso medio habían cambiado la posesión de una victoria segura por una insegura y dudosa paz. Se dieron cuenta de que habían perdido la oportunidad de ejercitar la generosidad o la ofensa, y que tendrían que luchar con aquellos de los que se podían haber librado para siempre como enemigos o de los que se podían haber asegurado su amistad. Y aunque la batalla no había otorgado ventaja a ningún bando, el ánimo de los hombres había cambiado tanto que Postumio ganó tanta reputación entre los romanos por su entrega como tenía Poncio entre los samnitas por su victoria incruenta. Los romanos consideraban ya la posibilidad de una guerra como una victoria cierta, mientras que los samnitas contemplaban la renovación de las hostilidades por los romanos como el equivalente a su propia derrota. Mientras tanto, Sátrico se rebeló y se pasó a los samnitas. Estos últimos hicieron una marcha repentina sobre Fregellas y la ocuparon por la noche, ayudados, no hay duda, por los satricanos. El miedo mutuo mantuvo tanto a los samnitas como a los fregelanos en calma hasta el amanecer, con la vuelta de la luz comenzó la batalla. Durante algún tiempo, los fregelanos mantuvieron su terreno, pues luchaban por sus altares y sus hogares y la población no combatiente les ayudaba desde los tejados de las casas. Al fin, los asaltantes se hicieron con la ventaja mediante el uso de un ardid. Se proclamó que todo aquel que depusiera sus armas podría salir indemne, y los defensores no impidieron al pregonero que cumpliera su misión. Ahora que tenían esperanzas de seguridad, se enfrentaron a ellos con menos energía y por todas partes se arrojaban las armas. Algunos, sin embargo, mostraron mayor determinación y se abrieron paso, completamente armados, por la puerta opuesta. Su coraje demostró ser mejor protección que la tímida credulidad de los demás, para estos se vieron cercados por los samnitas con un anillo de fuego, y a pesar de sus gritos de clemencia fueron quemados hasta morir. Después de partir entre sí sus provincias, los cónsules salieron en campaña. Papirio entró en Apulia hasta Luceria, donde los caballeros que habían sido entregados como rehenes en Caudio estaban internados; Publilio permaneció en Samnio para enfrentarse a las legiones que habían estado en Caudio. Su presencia hizo que los samnitas no supieran cómo actuar; no podían marchar a Luceria por temor a exponerse a un ataque por la retaguardia, ni se sentían satisfechos de permanecer donde estaban, pues Luceria podría, entre tanto, perderse. Decidieron que lo mejor sería probar fortuna y arriesgarse en una batalla contra Publilio.

[9.13] En consecuencia, dispusieron sus fuerzas para el combate. Antes de enfrentarse a ellos, Publilio pensó que debía dirigir unas palabras a sus hombres, y ordenó que se tocase a Asamblea. Aunque acudieron a toda prisa hasta el pretorio, tales gritos se daban por todas partes exigiendo los hombres ser llevados a la batalla, que no se escuchó nada de lo que decía; la memoria de la reciente desgracia fue suficiente en sí misma para estimular a cada hombre para luchar. Fueron rápidamente al combate, instando a los signíferos para que se moviesen más rápidos, y, para evitar cualquier retraso en el lanzamiento de sus pilos, los arrojaron como si se hubiese dado una señal y se lanzaron sobre el enemigo espada en mano. No había tiempo para que se mostrase la habilidad del comandante haciendo maniobrar a sus hombres o situando sus reservas; todo fue hecho por soldados enfurecidos que cargaban como locos. El enemigo no sólo fue derrotado, ni siquiera se atrevió a huir hacia su campamento y se dispersó en grupos en dirección a Apulia. Finalmente, se recuperó y llegó a Luceria en un solo cuerpo. La misma rabia y furia que había llevado a los romanos por en medio del enemigo, les hizo llegar hasta el campamento samnita, y más matanzas tuvieron lugar allí que en el propio campo de batalla. Destruyeron, en su ira, la mayor parte del botín. El otro ejército, bajo el mando de Papirio, había marchado a lo largo de la costa y llegó a Arpos [antigua Arpi, sita entre Luceria y Siponto.-N. del T.]. El conjunto del país por donde marchaba mantenía una disposición pacífica, actitud debida más a las ofensas infligidas por los samnitas que a cualquier servicio que les hubiesen prestado los romanos. Era costumbre de los samnitas vivir hasta entonces en aldeas abiertas entre las montañas, y tenían el hábito de efectuar incursiones de pillaje en las tierras bajas y por los distritos costeros. Viviendo la vida al aire libre de los montañeses, despreciaban a los agricultores menos resistentes de las llanuras que, como sucede a menudo, habían desarrollado un carácter en armonía con su entorno. Si esta zona del país hubiera estado en buenos términos con los samnitas, el ejército romano no habría podido llegar a Arpos ni habría podido obtener provisiones en su ruta, de modo que habrían carecido de todo tipo de suministros. A pesar de todo, cuando hubieron avanzado hasta Luceria, tanto sitiadores como sitiados sufrían de escasez de provisiones. Los romanos traían todos sus suministros de Arpos, pero en cantidades muy pequeñas porque, como la infantería se empleaba en puestos avanzados, patrullas y trabajos de construcción, la caballería traía el grano desde Arpos en sus alforjas, y a veces se encontraban con el enemigo y se veían obligados a arrojarlas para poder estar desembarazados en el combate. Los sitiados, por otra parte, obtenían sus provisiones y refuerzos del Samnio. Pero la llegada del otro cónsul, Publilio, con su ejército victorioso, motivó el estrechamiento del cerco. Dejó la conducción del asedio a su colega, para poder dedicarse libremente a interceptar por todas partes los convoyes del enemigo. Cuando los samnitas, que estaban acampados ante Luceria, se encontraron con que no había esperanza de que los sitiados soportasen más tiempo sus privaciones, se vieron obligados a concentrar todas su fuerzas y presentar batalla a Papirio.

[9.14] Mientras ambas partes estaban haciendo los preparativos para la batalla, una delegación de Tarento se presentó en escena con una demanda perentoria por la que tanto samnitas como romanos debían desistir de las hostilidades. Amenazaron con ayudar a la parte contraria a la que no abandonase las armas. Después de escuchar las demandas que avanzó la delegación y dándole aparentemente importancia a cuanto habían dicho, Papirio replicó que se pondría en contacto con su colega. A continuación, envió por él y empleó el intervalo en acelerar los preparativos para la batalla. Después de hablar sobre el asunto, sobre el cual no podía haber dos opiniones, hizo mostrar la señal para la batalla. Mientras que los cónsules estaban ocupados con diversas tareas, religiosas y de otro tipo, que son habituales antes del combate, los tarentinos esperaban una respuesta, y Papirio les informó de que el pollero había señalado que los auspicios eran favorables y el sacrificio más que satisfactorio. "Ya veis", añadió, "que vamos a entrar en acción con la aprobación de los dioses." Ordenó luego que se dispusieran los estandartes, y conforme avanzaba hacia sus hombres, en el campo de batalla, expresó su desprecio hacia pueblo tan vanidoso, que aunque incapaz de administrar sus propios asuntos a causa de sus querellas internas y sus discordias, se creía autorizado para decir a los demás hasta dónde podían llegar en la paz o en la guerra. Los samnitas, en cambio, habían renunciado a toda idea de lucha, fuese porque realmente ansiaran la paz

o porque les interesaba aparentarlo para asegurarse la buena voluntad de los tarentinos. Cuando de repente vieron a los romanos dispuestos para la batalla, gritaron que debían actuar de acuerdo con las instrucciones de los tarentinos; que ni bajarían al campo de batalla ni llevarían sus armas fuera de su empalizada, que preferían que se aprovecharan de ellos y darles todas las oportunidades posibles que permitir que se pensase que se burlaban de los pacíficos consejos de Tarento. Los cónsules declararon que daban la bienvenida al presagio y rezaron para que el enemigo quedase en tal situación y que ni siquiera defendiesen su empalizada. Avanzando en dos agrupaciones hasta las trincheras, los atacaron simultáneamente por todas partes. Algunos comenzaron a rellenar el foso, otros derribaron la empalizada y tiraban la madera al foso. No fue solo su valor natural, sino la indignación y la ira lo que les movió, conscientes como eran de su reciente desgracia. A medida que irrumpían en el campamento, se recordaban unos a otros que no había allí Horcas Caudinas, no existía ninguno de aquellos desfiladeros insuperables donde el engaño había ganado una insolente victoria sobre la imprudencia, solo estaba el valor romano que ninguna empalizada o foso podría detener. Mataron por igual a los que lucharon y a los que huyeron, armados y desarmados, esclavos y hombres libres, jóvenes y viejos, hombres y bestias. Ni un solo ser vivo habría sobrevivido de no haber dado los cónsules la orden de retirada, sacando, mediante órdenes y amenazas, del campamento enemigo a los soldados sedientos de sangre. Como los hombres se enojaron mucho por esta interrupción de tan deliciosa venganza, fue necesario explicarles allí mismo por qué se les impedía llegar a más. Los cónsules les aseguraron que ni habían cedido ni cederían ante ningún hombre en mostrar su odio hacia el enemigo, y que como jefes suyos en el combate ellos habían sido los que más habían fomentado su ira insaciable y su venganza. Pero tenían que recordar a los seiscientos caballeros que permanecían detenidos como rehenes en Luceria, y procurar que el enemigo, desesperado de obtener cuartel para sí mismo, no se dejara llevar por la rabia ciega con sus cautivos y les masacrase antes de perecer ellos mismos. Los soldados lo aprobaron y se alegraron de que hubiesen detenido aquella furia indiscriminada; admitieron que debían someterse a lo que fuera antes que poner en peligro la seguridad de tantos jóvenes pertenecientes a las más nobles familias de Roma.

[9.15] Se desconvocó la asamblea y se celebró un consejo de guerra para decidir si debían persistir en el asedio de Luceria con todas sus fuerzas o si Publilio con su ejército debía visitar a los apulios y conocer sus intenciones, sobre las que había bastante dudas. Se decidió esto último, y el cónsul consiguió reducir un número considerable de sus ciudades en una sola campaña mientras a las demás se las admitió como aliadas. Papirio, que se había quedado atrás para proseguir el sitio de Luceria, pronto vio cumplidas sus expectativas pues, como todos los caminos por los que podían llegar los suministros quedaron bloqueados, la guarnición samnita de Luceria quedó tan reducida por el hambre que enviaron un ofrecimiento al cónsul romano para devolver los rehenes, por cuya recuperación se había hecho la guerra, si levantaba el asedio. Él respondió que debía consultar con Poncio, por cuya instigación se había hecho pasar a los romanos bajo el yugo, sobre cuáles eran los términos que pensaba que se debían imponer a los vencidos. Como ellos, sin embargo, preferían que fuera el enemigo y no ellos mismos quienes establecieran unos términos justos, él le dijo a los negociadores que llevasen de vuelta a Luceria la contestación de que todas las armas, bagajes y bestias de carga, junto a la población no combatiente debían ser abandonados; a los soldados les haría pasar bajo el yugo y les dejaría una sola prenda de vestir a cada uno. Al hacer esto, dijo, no se les sometía a ninguna nueva desgracia sino que, simplemente, tomaba sobre ellos las represalias que una vez habían infligido. Se vieron obligados a aceptar estos términos y siete mil hombres fueron enviados bajo el yugo. Se encontró en Luceria una enorme cantidad de botín, todas las armas y los estandartes que habían sido capturadas en Caudio y, lo que produjo más alegría de todo, recuperaron a los caballeros, los rehenes que los samnitas habían llevado allí para mayor seguridad. Casi ninguna otra victoria que Roma hubiese ganado antes resultó más notable por el cambio repentino que produjo en las circunstancias de la república, especialmente si, como me he encontrado en algunos anales, Poncio, el hijo de Herenio y generalísimo samnita, fue enviado bajo el yugo con el resto para expiar la desgracia que había infligido a los cónsules. No estoy, sin embargo, tan sorprendido porque exista incertidumbre respecto a este punto; lo que me sorprende es que se dude si fue Lucio Cornelio, actuando como dictador y con Lucio Papirio Cursor como jefe de la caballería, quien logró la victoria en Caudio y después en Luceria; y desconozco si él, como único hombre que vengase el honor romano, obtuvo el triunfo, el más merecido desde tiempos de Furio Camilo, o se otorgó este honor a los cónsules, y especialmente a Papirio. Hay otro error más aquí, debido a las dudas sobre si en las siguientes elecciones consulares Papirio Cursor fue reelegido por tercera vez como consecuencia de su éxito en Luceria, junto con Publio Aulio Corretano por segunda vez, o si se trataba en realidad de Lucio Papirio Mugilano y el error se produjo en el sobrenombre -319 a.C.-.

[9.16] Los diversos autores están de acuerdo en que el resto de la guerra fue llevada a cabo por los cónsules. Aulio terminó la campaña contra los Ferentinos en una sola batalla. Su ejército derrotado huyó a su ciudad y, tras entregar rehenes, el cónsul recibió su rendición. El otro cónsul resultó igualmente afortunado en su campaña contra los Satricanos. Aunque admitidos a la ciudadanía romana, se habían rebelado junto a los samnitas después del desastre Caudino y les permitieron situar una guarnición en su ciudad. Pero cuando el ejército romano estaba cerca de sus murallas, enviaron una solicitud urgente, redactada en términos muy humildes, pidiendo la paz. El cónsul dijo que, a menos que entregaran a la guarnición samnita o los matasen, no volverían nuevamente ante él. La severidad de esta réplica produjo más terror entre ellos que la misma presencia del ejército romano. Una y otra vez le preguntaban por qué medios pensaba que una población tan débil y pequeña podría tratar de enfrentarse a una guarnición fuerte y bien armada. Les dijo que pidiesen consejo a aquellos responsables de admitir primeramente a la guarnición. Después de haber obtenido, con alguna dificultad, su permiso para consultar a su Senado, volvieron a la ciudad. Había dos facciones en el Senado: los líderes de la una fueron los autores de la revuelta contra Roma; la otra estaba compuesta por ciudadanos leales. Ambas, sin embargo, estaban igualmente deseosas de que se hicieran todos los esfuerzos para inducir al cónsul a concederles la paz. Como la guarnición samnita no se encontraba tampoco preparada para sostener un asedio, trató de evacuar la ciudad a la noche siguiente. La facción que les había introducido, pensó que sería suficiente con hacer saber al cónsul a qué hora y por cuál puerta marcharía; la otra, que siempre se había opuesto a su entrada, abrieron de hecho la puerta al cónsul esa misma noche y dejaron que entrasen sus tropas en la ciudad. Los samnitas fueron atacados inesperadamente, por una fuerza oculta en el bosque a través del cual marchaban, mientras los gritos de los romanos resonaban por todas partes de la ciudad; con este doble acto de traición, los samnitas fueron muertos y Sátrico capturado en el plazo de una corta hora y el cónsul se hizo dueño absoluto de la situación. Ordenó una investigación rigurosa para establecer los responsables de la revuelta, quienes fueron encontrados culpables resultaron azotados y decapitados. Los satricanos fueron privados de sus armas y se apostó una fuerte guarnición en la ciudad.

Los autores que nos cuentan que Luceria fue recuperada por Papirio y que los samnitas fueron pasados bajo el yugo, siguen informándonos de que tras la captura de Sátrico aquel regresó a Roma para celebrar su triunfo. Y en efecto, él fue, sin duda, un hombre digno de toda alabanza por sus cualidades como soldado, distinguido no sólo por su fuerza intelectual, sino también por su destreza física. Sobresalía especialmente no su rapidez de pies, lo que le valió su sobrenombre; se cuenta de él que derrotaba a los de su misma edad en las carreras.

Fuera debido a su gran fuerza o a la cantidad de ejercicio, tenía un apetito enorme. Bajo ningún comandante encontró penoso el servicio, ni a caballo ni a pie, pues nunca supo lo que era estar cansado. En cierta ocasión, la caballería se atrevió a pedirle que les excusase un tanto de su fatigoso servicio en consideración a haber combatido en una lucha victoriosa. Él respondió: "Para que no digáis que nunca excuso nada, yo os eximo de pasar la mano por el lomo de vuestros caballos cuando desmontéis". Ejercía además su autoridad con gran fuerza, tanto entre los aliados de Roma como entre sus propios compatriotas. El comandante del destacamento de Palestrina había mostrado falta de valor para llevar a sus hombres desde la retaguardia hasta la primera línea de combate. Papirio, caminando hasta delante de su tienda, ordenó que se le llamara y, cuando apareció, le dijo al lictor que dispusiese la segur. El palestrinense, al oír esto, quedó paralizado por el miedo. "Ve, lictor," dijo Papirio, "cortar esta raíz que está en el camino de las personas que pasean". Después darle casi matarle del susto con esta amenaza, lo despachó con una multa. Ninguna época ha sido más prolífica en grandes y nobles caracteres que aquella en la que él vivió, e incluso entonces no hubo nadie cuyo simple brazo hiciera más para sostener la república. Si Alejandro Magno, después de someter a Asia, hubiese dirigido su atención a Europa, muchos sostienen que se habría encontrado con su igual en Papirio.

[9.17] Nada estaba más lejos de mi propósito, desde que dí comienzo a este trabajo, que divagar más de lo necesario del orden de mi narración, ni embellecer mi labor con variedad de asuntos que supusieran momentos de descanso para mis lectores y relajación mental para mí. La mención, sin embargo, de tan gran rey y general me induce a presentar ante mis lectores algunas reflexiones que me he hecho a menudo al plantearme a mí mismo la cuestión: "¿Cuáles habrían sido las consecuencias para Roma si se hubiera enfrentado en una guerra con Alejandro?". Parece que lo más importante en la guerra es el número y valor de las tropas, la habilidad de los generales y la Fortuna, que tanta importancia tiene sobre los asuntos humanos y especialmente en los de la guerra. Cualquiera que considere estos factores, por separado o en conjunto, verá fácilmente que, igual que el Imperio Romano resultó invencible contra otros reyes y naciones, habría resultado también invencible contra Alejandro. Comparemos, en primer lugar, a los generales de cada parte. No discuto que Alejandro fue un general excepcional, pero su reputación se ve reforzada por el hecho de que él murió siendo aún muy joven y antes de tener tiempo de experimentar cualquier cambio de fortuna. Por no hablar de otros reyes y capitanes ilustres, que resultan ejemplos notables de la mutabilidad de las cosas humanas, sólo pondré como ejemplo a Ciro, a quien los griegos celebran como a uno de los hombres más grandes. ¿Qué fue lo que lo expuso a reveses y desgracias, sino la duración de su vida, como recientemente fue el caso de Pompeyo el Grande? Permítanme enumerar los generales romanos, no a los de todas las épocas, sino sólo a los que, como cónsules y dictadores, Alejandro se habría debido enfrentar: Marco Valerio Corvo, Cayo Marcio Rutilo, Cayo Sulpicio, Tito Manlio Torcuato, Quinto Publilio Filón, Lucio Papirio Cursor, Quinto Fabio Máximo, los dos Decios, Lucio Volumnio y Manlio Curio. A estos siguen aquellos hombres de molde excepcional que se le habrían enfrentado si él hubiera vuelto sus armas contra Cartago y luego, más adelante en su vida, hubiera cruzado a Italia. Cada uno de estos hombres fue igual a Alejandro en valor y capacidad, y el arte de la guerra, que desde la fundación de la Ciudad había sido una tradición ininterrumpida, se había convertido ahora en una ciencia basada en reglas definidas y permanentes. Fue así como los reyes condujeron sus guerras, y después de ellos los Junios y Valerios, quienes expulsaron a los reyes, y más tarde en sucesión los Fabios, Quincios y los Cornelios. Fueron estas reglas las que siguió Camilo, y los hombres que hubieran tenido que luchar contra Alejandro habían visto a Camilo, siendo un anciano, cuando ellos eran poco más que muchachos.

Alejandro, sin duda, hizo todo lo que un soldado debe hacer en la batalla, y no es su título menos famoso. Pero si Manlio Torcuato se le hubiera enfrentado en el campo de batalla, ¿habría sido en esto inferior a él,

    1. o Valerio Corvo, ambos distinguidos como soldados antes de asumir el mando? ¿O los Decios, que, tras ofrendarse a ellos mismos, se abalanzaron sobre el enemigo, o Papirio Cursor, con su enorme valor y fuerza física? ¿Habría logrado el inteligente generalato de un joven desconcertar a todo el Senado, por no

    2. mencionar a las personas que en él estaban, de las que solo el que verdaderamente se hizo una idea veraz llegó a decir que estaba formado por reyes? ¿Había algún peligro de que mostrase más competencia que cualquiera de los que he mencionado al elegir el lugar para su campamento, o al organizar su intendencia
  1. o prevenir las sorpresas, o al elegir el momento adecuado para presentar batalla, o disponer la línea de combate de sus hombres y situar sus reservar de la manera más ventajosa? Él habría dicho que no se enfrentaba con un Darío, arrastrando tras él un reguero de hombres y eunucos, envuelto en púrpura y oro y cargado con toda la parafernalia del Estado. Encontró en él una presa fácil, en vez de un enemigo formidable, y lo derrotó sin pérdidas, sin que tuviese que hacer algo más atrevido que mostrar un justo desprecio por aquella falsa muestra de poderío. El aspecto de Italia le habría parecido muy diferente de la India, que atravesó con un ejército de borrachos de comilona en comilona; habría contemplado en los estrechos pasos de Apulia y en las montañas de Lucania las pistas del reciente desastre que cayó sobre su linaje, donde su tío Alejandro, rey de Épiro, halló la muerte.

[9.18] Estoy refiriéndome a Alejandro tal y como era antes de nadar en el éxito, pues no hubo hombre menos capaz de sobrellevar la prosperidad que él. Si lo contemplamos una vez transformado por su fortuna y presentando, por así decir, el nuevo carácter que adoptó tras sus victorias, resulta evidente que habría llegado a Italia siendo más parecido a Darío que a Alejandro, y hubiera traído consigo un ejército que se habría olvidado de su nativa Macedonia y se estaría convirtiendo rápidamente en persa de carácter. Es algo desagradable, en el caso de tan gran hombre, tener que dar cuenta de su amor tan ostentoso por la indumentaria; las postraciones que exigía a cuantos se aproximaban a su presencia, y lo humillados que se debían sentir los macedonios, no ya de haber sido vencidos, sino cuánto más siendo los vencedores; los castigos terriblemente crueles que infligió; el asesinato de sus amigos en la mesa de banquetes; la vanidad que le hizo inventar para sí mismo un linaje divino. ¿Qué habría pasado de haberse hecho más fuerte su amor al vino y si su apasionada y ardiente naturaleza se hubiera vuelto más violenta con la edad? Sólo estoy señalando hechos sobre los que no hay discusión alguna. ¿Creeremos que estos inconvenientes no habrían afectado a sus méritos como comandante? ¿O había algún peligro, como suelen decir los griegos más frívolos que andan exaltando a los partos por encima de los romanos, de que el pueblo romano se hubiera inclinado ante la grandeza del nombre de Alejandro (del que me parece que ni siquiera habían oído hablar), y que ninguno de los jefes romanos hubiera osado expresar sus auténticos sentimientos hacia él cuando, habiendo sido destruida Atenas y teniendo a la vista las ruinas humeantes de Tebas, hubo hombres que se atrevieron a hablar contra él, como demuestran de manera evidente los discursos conservados?

A pesar de lo elevadas que sean nuestras ideas sobre la grandeza de este hombre, no deja de ser la grandeza de un hombre solo, ganada en una carrera de poco más de diez años. Los que lo ensalzan sobre la base de que aunque Roma nunca ha perdido una guerra sí ha perdido muchas batallas, mientras que Alejandro nunca perdió ninguna, no tienen en cuenta que están comparando las acciones de un individuo, y joven, frente a los logros de un pueblo que lleva ochocientos años guerreando. ¿Cómo, al contar más generaciones por una parte que años por la otra, nos podemos sorprender de que en tan largo espacio de tiempo haya habido más cambios de suerte que en un período de trece años? ¿Por qué no se compara la fortuna de un hombre con otro, de un comandante con otro? ¡Cuántos generales romanos podría yo nombrar que nunca han sido desafortunados en una sola batalla! Podéis pasar página tras página de las listas de magistrados, tanto cónsules como dictadores, y no encontraréis uno de cuya suerte y valor tenga el pueblo romano motivos para estar insatisfecho. Y estos hombres son más dignos de admiración que Alejandro o cualquier otro rey. Algunos ostentaron la dictadura durante sólo diez o veinte días; ninguno desempeñó un consulado durante más de un año; los alistamientos de tropas fueron a veces obstaculizados por los tribunos de la plebe; salieron, por tanto, tarde en campaña, y a menudo se les llamó de vuelta para celebrar las elecciones; con frecuencia, habiendo comenzado alguna operación importante, expiró su año de mandato; sus colegas frustraron o arruinaron sus planes, algunos por imprudencia y otros por celos; a menudo tuvieron que vencer sobre los errores o fracasos ajenos y hacerse cargo de un ejército de nuevos reclutas o en mal estado de disciplina. ¡Por Hércules! los reyes están libres de todos estos obstáculos; son señores del tiempo y las circunstancias y hacer salir todas las cosas de acuerdo con sus propios designios. Así pues, el invencible Alejandro habría cruzado armas con capitanes invencibles, y habría hecho a la Fortuna las mismas ofrendas que ellos. No, él habría corrido mayores riesgos que ellos, pues los macedonios solo tenían un Alejandro, que no era únicamente el responsable ante cualquier accidente, sino que se exponía a ellos deliberadamente, mientras que había mucho romanos iguales a Alejandro en gloria y la grandeza de sus hazañas, y aún cada uno de ellos podía enfrentar su destino con su vida o su muerte sin poner en peligro la existencia del Estado.

[9.19] Nos queda comparar un ejército con el otro, tanto en lo que respecta al número como a la calidad de las tropas o a la fuerza de los soldados aliados. El censo correspondiente a ese período da doscientas cincuenta mil personas. Durante todas las revueltas de la Liga Latina se alistaron diez legiones, compuestas casi en su totalidad por tropas de la Ciudad. A menudo, durante aquellos años, cuatro o cinco ejércitos estuvieron en campaña simultáneamente en Etruria, en Umbría (donde también tuvieron que enfrentarse a los galos), en el Samnio y en Lucania [un ejército consular estaba compuesto por dos legiones y la misma cantidad de tropas auxiliares aliadas; nada impedía que un cónsul mandase dos ejércitos y su colega otros dos, o que el dictador dispusiera de las fuerzas y su mando a su arbitrio.-N. del T.]. Así, por lo que respecta a la actitud de las distintas tribus italianas (el conjunto del Lacio con los sabinos, volscos y ecuos, la totalidad de la Campania, partes de Umbría y de Etruria, los picentinos, los marsios, los vestinios y apulios, a los que debemos añadir toda la costa del Tirreno, con su población griega que se extiende desde Turios hasta Nápoles y Cumas, y desde allí hasta Anzio y Ostia), todas aquellas naciones habría encontrado Alejandro aliadas fuertemente a Roma o reducidas a la impotencia por las armas romanas. Él habría cruzado el mar con sus veteranos macedonios, que ascenderían a no más de treinta mil infantes y cuatro mil de caballería, la mayor parte tracia. Esta sería la composición de su fuerza real. Si hubiera traído, además, a persas, indios y otros orientales, le habrían sido más un estorbo que una ayuda. Debemos recordar también que los romanos tenían una reserva para alistar en casa, sin embargo, Alejandro, guerreando en territorio extranjero, se habría encontrado a su ejército disminuido por las pérdidas en combate, como después sucediera a Aníbal. Sus hombres estaban armados con clípeos y sarisas [lanzas largas con una longitud media de unos 6 metros.-N. del T.], los romanos portaban el scutum, que protegía mejor el cuerpo, y el pilo, un arma mucho más efectiva que la lanza, tanto para arrojar como para acometer. En ambos ejércitos los soldados combatían en línea, fila tras fila, pero la falange macedonia carecía de movilidad y formaba una unidad compacta; el ejército romano era más elástico, compuesto de numerosas divisiones que podían actuar fácilmente por separado o en combinación, según las necesidades. Y después, por lo que se refiere a la capacidad de soportar la fatiga del servicio, ¿qué soldado es más capaz de soportar el trabajo duro que el romano?

Si Alejandro hubiera sido derrotado en una batalla, la guerra se habría terminado; ¿qué ejército podía haber quebrado la resistencia de Roma cuando ni las Horcas Caudinas ni Cannas pudieron? Incluso si las cosas le hubieran ido bien al principio, a menudo habría estado tentado de desear que los persas, los indios y los afeminados asiáticos fuesen sus enemigos, y habría terminado confesando que sus guerras anteriores fueron contra mujeres, como se dice que dijo Alejandro de Épiro cuando, tras recibir su herida mortal, comparó su fortuna actual con la de su primera juventud en sus campañas asiáticas. Cuando recuerdo que en la Primera Guerra Púnica combatimos por mar veinticuatro años, pienso que Alejandro difícilmente habría vivido lo bastante para abarcar una guerra. Es muy posible, también, que como Roma y Cartago estaban en aquel momento aliadas entre sí por un antiguo tratado vigente, el mismo temor hubiera llevado a aquellos dos poderosos estados a tomar las armas contra el enemigo común y Alejandro hubiese sido aplastado por sus fuerzas combinadas. Roma ha tenido la experiencia de una Guerra Macedonia, no precisamente cuando estaba al mando Alejandro ni cuando los recursos de Macedonia seguían intactos, pero los conflictos contra Antíoco, Filipo y Perseo se libraron no sólo sin pérdidas, incluso sin riesgos. Confío en que no ofenderé al decir que, dejando aparte las guerras civiles, nunca hemos encontrado una caballería o infantería enemiga que nos supere, ni cuando hemos combatido en campo abierto, ni en terreno igualmente favorable a ambos bandos y aún menos cuando el terreno nos daba ventaja. El soldado de infantería, con su pesada armadura y sus armas, puede con razón temer las flechas de la caballería parta, los pasajes estrechos, los asedios enemigos o un país del que no se puedan obtener suministros; pero ha rechazado miles de ejércitos más formidables que aquellos de Alejandro y sus macedonios, y los rechazará en el futuro siempre que la paz doméstica y la concordia de la que ahora disfrutamos sigan sin interrupción durante los años venideros.

[9.20] Marco Folio Flaccina y Lucio Plaucio Venox fueron los siguientes cónsules -318 a.C.-. En este año varios pueblos samnitas presentaron propuestas para hacer un nuevo tratado. Estas delegaciones, cuando se les concedió audiencia, se postraron en el suelo, y su actitud humilde influyó en el Senado a su favor. Sus súplicas, sin embargo, no fueron en absoluto tan eficaces con el pueblo, al que fueron remitidos por el Senado. Se rechazó su petición de un tratado, pero tras haber pasado varios días apelando a los ciudadanos individualmente, lograron obtener una tregua por dos años. En Apulia, también, los pueblos de Teano y Canosa, cansados de los estragos constantes que habían sufrido, entregaron rehenes y se rindieron al cónsul Lucio Plaucio. Fue también durante este año cuando se nombraron por primera vez prefectos para Capua y el pretor Lucio Furio les dio un cuerpo de leyes. Estas dos mercedes se concedieron en respuesta a una petición de los propios campanos como remedio para el deplorable estado de cosas provocado por la discordia civil. Se formaron dos nuevas tribus, la Ufentina y la Falerna. Como el poder de Apulia iba declinando, el pueblo de Teate [pudiera tratarse del mismo Teano de este mismo párrafo, en una duplicación del episodio debida a la multiplicidad de fuentes que manejaba Livio.- N. del T.] se llegaron a los nuevos cónsules, Cayo Junio Bubulco y Quinto Emilio Bárbula, para negociar un tratado -317 a.C.-. Se comprometieron formalmente a avalar la paz de la Apulia con Roma, y la confianza en las garantías que dieron desembocó en un tratado que, sin embargo, no fue como entre dos estados independientes, ellos hubieron de reconocer la soberanía de Roma. Tras subyugar la Apulia, pues Forento, lugar también de considerable fortaleza, había sido capturado por Junio, se avanzó hacia Lucania y el cónsul, Emilio, sorprendió y capturó la ciudad de Nérulo. El orden introducido en Capua mediante la adopción de las instituciones romanas había adquirido notoriedad general entre los Estados en alianza con Roma, y los anziates solicitaron el mismo privilegio, pues carecían de código fijo de leyes y de magistrados ordinarios propios. El Senado comisionó a los patronos de la colonia para establecer un sistema de derecho. No sólo las armas de Roma, sino también sus leyes, se estaban extendiendo por todas partes.

[9.21] Al finalizar su año de mandato, los cónsules no entregaron las legiones a sus sucesores, Espurio Naucio y Marco Popilio, sino al dictador Lucio Emilio -316 a.C.-. En unión de Marco Fulvio, el jefe de la caballería, comenzó un ataque a Satícula, y los samnitas enseguida aprovecharon la oportunidad para renovar las hostilidades. Los romanos se vieron amenazados por un doble peligro; los samnitas, después de reunir un gran ejército, se habían atrincherado no lejos del campamento romano con el fin de aliviar a sus aliados bloqueados, mientras que los saticulanos abrieron repentinamente sus puertas y lanzaron un tumultuoso ataque a los puestos romanos avanzados. Los dos grupos de combatientes, apoyándose más en el auxilio de los otros que en su propio fuerza, lanzaron un ataque conjunto sobre el campamento romano. Aunque resultaron atacados ambos lados del campamento, el dictador mantuvo a sus hombres tranquilos, al haber seleccionado una posición que no era fácil de sobrepasar y también porque sus hombres presentaban dos frentes. Dirigió sus esfuerzos, principalmente, contra los que habían efectuado la salida y los rechazó, sin muchas complicaciones, hasta detrás de sus murallas. Luego se volvió con todas sus fuerzas contra los samnitas. Aquí la lucha fue más sostenida y la victoria tardó más en llegar, pero cuando lo hizo fue decisiva. Los samnitas fueron expulsados en desorden hacia su campamento y, después de apagar todos los fuegos del campamento, se marcharon silenciosamente por la noche tras abandonar cualquier esperanza de salvar Satícula. A modo de represalia, asediaron Plística, una ciudad aliada de Roma.

[9.22] Habiendo expirado el año, la guerra fue dirigida a partir de entonces por el dictador, Quinto Fabio, mientras que los nuevos cónsules, como sus predecesores, permanecían en Roma -315 a.C.-. Fabio marchó con refuerzos para Satícula hacerse cargo del ejército de Emilio. Los samnitas no se quedaron ante Plística; habían llamado a tropas de refresco desde casa, y confiados en su número asentaron su campamento en el mismo terreno que el año anterior y trataron de distraer a los romanos de sus operaciones de asedio provocándoles con ataques. Esto determinó aún más al dictador a proseguir el asedio, pues consideró que la reducción de la plaza afectaría enormemente al carácter de la guerra; trató a los samnitas casi con indiferencia y simplemente reforzaba los piquetes del lado del campamento que enfrentaba cada ataque que pudieran hacer. Esto envalentonó a los samnitas; cabalgaban día tras día hasta la empalizada y no dejaban descansar a los romanos. Por fin, casi consiguieron llegar a las puertas del campamento cuando Quinto Aulio, el jefe de la caballería, sin consultar al dictador, cargó furiosamente contra ellos desde el campamento con toda su caballería y los obligó a retirarse. Aunque esto fue únicamente un incidente aislado, la Fortuno tomó cartas en él de tal manera que infligió una señalada pérdida a ambos bandos provocando la muerte de ambos jefes. En primer lugar, el general samnita, indignado por haber sido rechazado y puesto en fuga del terreno que había corrido con tanta confianza, incitó a su caballería con ruegos y ánimos a renovar el combate. Mientras se hacía de notar entre ellos urgiéndoles a la lucha, el jefe de la caballería apuntó su lanza y espoleó su caballo contra él con tanta fuerza que con un solo golpe le arrojó, muerto, de su silla. Sus hombres no quedaron, como a menudo sucede, desanimados por la caída de su jefe. Todos los que estaban a su alrededor lanzaron sus proyectiles contra Aulio, que había cabalgado imprudentemente entre ellos, pero dejaron que el hermano del general muerto tuviera la gloria especial de vengar su muerte. En un frenesí de dolor y rabia tiró al jefe de la caballería de su montura y lo mató. Los samnitas, entre los que había caído, se habrían hecho con el cadáver si los romanos, repentinamente, no hubiesen saltado de sus caballos, ante lo que los samnitas se vieron obligados a hacer lo mismo. Se dio una lucha feroz de infantería alrededor de los cuerpos de los dos generales, en la que los romanos fueron decididamente superiores; se rescató el cuerpo de Aulio y fue llevado al campamento, entre las manifestaciones mezcladas de alegría y dolor de los vencedores. Después de perder a su líder y viendo el resultado desfavorable de la prueba de fuerza en la acción de la caballería, los samnitas consideraron inútil hacer nuevos esfuerzos en favor de Satícula y reanudaron el asedio de Plística. Unos días más tarde Satícula se rindió a los romanos y Plística fue tomada al asalto por los samnitas.

[9.23] Cambió ahora el teatro de la guerra; las legiones se marcharon de Samnio y Apulia hacia Sora. Este lugar se había rebelado, pasándose a los samnitas, después de dar muerte a los colonos romanos. El ejército romano marchó allí a toda velocidad para vengar la muerte de sus compatriotas y para restablecer la colonia. No bien llegaron al lugar, las partidas de reconocimiento que habían estado explorando las distintas rutas volvieron con informes de que los samnitas les seguían y estaban a no mucha distancia. El cónsul marchó al encuentro del enemigo y se libró una acción no decisiva en Láutulas [Lautulae en el original latino; seguramente, estaba entre Ánxur y Fundo.-N. del T.]. La batalla terminó, no con la derrota o fuga de una parte, sino con la noche que sorprendió a los combatientes mientras aún estaba por decidir si resultaban vencedores o vencidos. Veo en algunos autores que esta batalla fue desfavorable a los romanos y que Quinto Aulio, el jefe de la caballería, cayó allí. Cayo Fabio fue nombrado jefe de la caballería en su lugar y llegó con un ejército de refresco desde Roma. Envió mensajeros ante sí para consultar al dictador sobre dónde debía asentar su posición y sobre el momento y manera de atacar al enemigo. Después de ponerse al tanto de los planes del dictador, detuvo su ejército en un lugar donde quedó bien oculto. El dictador mantuvo a sus hombres durante varios días confinados en su campamento, como si estuviera soportando un asedio en lugar de llevándolo a cabo. Por fin, de repente, mostró la señal para la batalla. Pensando que los hombres valientes eran más propensos a ver estimulado su valor cuando todas sus esperanzas residían en sí mismos, ocultó a sus soldados la llegada del jefe de la caballería y su ejército de refresco y, como si todas sus perspectivas de seguridad dependieran de abrirse paso, dijo a sus hombres: "Estamos atrapados y encerrados en esta posición, y no tenemos más camino de salida que el que podamos abrir con nuestras espadas victoriosas. Nuestro campamento está suficientemente protegido por sus trincheras, pero es insostenible debido a la falta de provisiones; todos los lugares de los que se pueden obtener suministros se han rebelado, y aunque la gente nos quisiera ayudar, el país resulta intransitable para los convoyes. No engañaré vuestro valor dejando aquí un campamento al que os podáis retirar, como hicisteis la última vez, sin obtener la victoria. Las fortificaciones deben ser protegidas por las armas, no las armas por las fortificaciones. Que tengan campamento al que retirarse quienes piensen que les merece la pena prolongar la guerra; nosotros no pensaremos más que en la victoria. Avanzad los estandartes contra el enemigo y, cuando la columna esté en campo abierto, aquellos a quienes se le ha ordenado que le prendan fuego al campamento. Lo que perdáis, soldados, os será devuelto con el saqueo de todas las ciudades rendidas que se habían rebelado". Las palabras del dictador, señalando la imperiosa necesidad a que se veían reducidos, produjeron gran excitación y, desesperados a la vista del humeante campamento (aunque el dictador sólo había ordenado que se prendiese fuego a unos pocos lugares cerca de ellos), cargaron como locos y al primer choque pusieron en confusión al enemigo. En ese mismo instante, el jefe de la caballería, viendo en la distancia el campamento humeante (la señal convenida) atacó al enemigo por la retaguardia. Así acorralados, los samnitas huyeron en todas direcciones, cada uno lo mejor que pudo. Un gran número, que en su miedo se había agrupado y estaban tan cerca unos de otros que no podían utilizar sus armas, fueron asesinados entre los dos ejércitos. El campamento del enemigo fue capturado y saqueado, y los soldados, cargados con el botín, se marcharon de vuelta a su propio campamento. Su victoria no les produjo tanto placer como el descubrimiento de que, con la excepción de una pequeña parte echada a perder por el fuego, su campamento estaba inesperadamente seguro.

[9.24] Regresaron luego a Sora y los nuevos cónsules, Marco Petelio y Cayo Sulpicio, se hicieron cargo del ejército del dictador Fabio, después que gran parte de los veteranos fuesen enviados a casa y que llegaran nuevas cohortes de refuerzo -314 a.C.-. Sin embargo, debido a las dificultades presentadas por la posición de la ciudad, aún no se había decidido un plan de ataque; haría falta mucho tiempo para reducirla por hambre y tratar de asaltarla implicaría un riesgo considerable. En medio de estas dudas, un desertor sorano abandonó secretamente la ciudad y se dirigió hacia los centinelas romanos, a quienes pidió que le llevasen enseguida con los cónsules. Al ser conducido ante ellos, se comprometió a poner la ciudad en sus manos. Cuando se le preguntó sobre los medios por los cuales llevaría a cabo su empresa, él les presentó su propuesta y les pareció bastante factible. Les recomendó abandonar su campamento, que estaba casi contiguo a las murallas, hasta una distancia de seis millas de la ciudad [8.880 metros.-N. del T.] esto provocaría una menor vigilancia por parte de los que estaban de vigías durante el día y de centinela durante la noche. La noche siguiente, después que algunas cohortes hubiesen recibido la orden de ocultarse en algunos lugares arbolados próximos a la ciudad, él condujo un grupo selecto de diez hombres por un camino escarpado y casi inaccesible hasta ha ciudadela. Ahí se había reunido gran cantidad de proyectiles, muchos más de los necesarios para los hombres que habrían sido llevados allí, y había además grandes piedras, algunas caídas como es habitual en los lugares escarpados y otras apiladas en montones por los ciudadanos para la defensa del lugar. Cuando hubo situado aquí a los romanos y les hubo señalado el camino empinado y estrecho que subía desde el pueblo, les dijo: "Por esta cuesta, hasta tres hombres armados pueden contener a una gran multitud. Vosotros sois diez, y lo que es más, sois romanos y los más valientes de entre ellos. Tenéis la ventaja de la posición y la noche os ayudará, pues la oscuridad hace que todo parezca más terrible. Ahora voy a sembrar el pánico por todas partes; vosotros debéis guardar la ciudadela". Luego salió corrió hacia abajo y creó un tumulto tan grande como puedo gritando: "¡A las armas, ciudadanos! ¡Ayuda, ayuda! ¡La ciudadela ha sido capturada por el enemigo, apresuraos a defenderla!". Mantuvo la alarma llamando a las puertas de los hombres principales, gritaba a los oídos de todo el que se encontraba, de todo el que salía a la calle empujado por el terror. El pánico, que un hombre había empezado, fue extendido por la multitud a toda la ciudad. Los magistrados enviaron hombres a toda prisa hasta la ciudadela para averiguar lo que había sucedido, y cuando se enteraron que estaba en manos de una fuerza armada, cuyo número fue exagerado, renunciaron a toda esperanza de recuperarla. Todos los barrios de la ciudad se llenaron de fugitivos; las puertas fueron abiertas de golpe por personas que estaban sólo medio despiertas y la mayoría desarmadas; por esa puerta entraron las cohortes romanas, corriendo y matando a la asustada muchedumbre que abarrotaba las calles. Sora ya había sido tomada cuando al amanecer aparecieron los cónsules y aceptaron la rendición de aquellos a quienes la Fortuna había salvado de la masacre nocturna. Entre estos estaban doscientos veinticinco que fueron enviados encadenados a Roma, a los que todos señalaron como los instigadores del asesinato de los colonos y la revuelta que siguió. El resto de la población resultó ilesa y se puso una guarnición en la ciudad. A todos los que se envió a Roma se les azotó y decapitó para gran satisfacción de la plebe que consideraba aquello un asunto de suprema importancia, para que aquellos a quienes se enviaba en tan gran número como colonos se sintiesen seguros donde quiera que estuvieran.

[9.25] Después de salir de Sora los cónsules llevaron la guerra a las ciudades y campos ausones, pues en todo el país se había producido una general inquietud debido a la presencia de los samnitas tras la batalla de Láutulas. Se habían fraguado conjuras por todas partes a lo largo de la Campania, ni siquiera Capua se libró de la desafección y tras una investigación se supo que el movimiento había llegado, de hecho, hasta algunos de los principales hombres de Roma. Fue, sin embargo, como en el caso de Sora, a través de la traición de sus ciudades que Ausonia cayó bajo el poder de Roma. Hubo tres ciudades, Ausona, Minturnas y Vescia, en las que una docena de jóvenes, pertenecientes a las principales familias, habían decidido de común acuerdo traicionarlas a los romanos. Fueron hasta los cónsules y les informaron de que su pueblo había estado durante mucho tiempo esperando la llegada de los samnitas, y después de haber oído hablar de la batalla de Láutulas consideraron vencidos a los romanos y muchos de los hombres más jóvenes se habían ofrecido para servir con los samnitas. Después que los samnitas, sin embargo, habían sido expulsados de su país vacilaban entre la paz y la guerra, temiendo cerrar sus puertas a los romanos para no provocar una guerra y, sin embargo decididos a cerrarlas si un ejército romano se acercaba a su ciudad. En este estado de indecisión caerían como una presa fácil. Actuando según su consejo, los romanos trasladaron su campamento a las cercanías de dichas ciudades y al mismo tiempo enviaron soldados, algunos completamente armados para ocupar posiciones concertadas cerca de las murallas, otros con vestidos normales con las espadas ocultas bajo sus togas, para entrar a las ciudades por las puertas abiertas al aproximarse la luz del día. Tan pronto como éstos últimos comenzaron a atacar a los guardias, se dio la señal a los demás para correr desde donde estaban emboscados. Así, las puertas fueron aseguradas y las tres ciudades fueron capturadas al mismo tiempo y con la misma estratagema. Como los comandantes no estaban allí para dirigir el ataque, no se hubo límite a la matanza que siguió, y la nación de los ausones fue exterminada, como si hubieran estado involucrados en una guerra fratricida, aunque no hay prueba cierta de que se rebelaran.

[9.26] Durante este año la guarnición romana en Luceria fue entregada a traición y los samnitas se apoderaron del lugar. Los traidores no pasaron mucho tiempo sin castigo. Un ejército romano no estaba lejos, y la ciudad, que estaba en una llanura, fue tomada al primer asalto. Lucerinos y samnitas fueron muertos sin darles cuartel, y tan grande fue la indignación en Roma que, cuando se discutió en el Senado el asunto de enviar nuevos colonos a Luceria, muchos votaron por la completa destrucción de la ciudad. No fue sólo el amargo sentimiento hacia un pueblo que había sido sometido dos veces, sino también la distancia a Roma, lo que les hizo retraerse de enviar a sus conciudadanos tan lejos de casa. Sin embargo, se aprobó la propuesta de enviar colonos y se mandaron dos mil quinientos. Mientras por todas partes aparecía la deslealtad, Capua también se convirtió en el centro de las intrigas entre algunos de sus hombres principales. Cuando la cuestión se planteó en el Senado, hubo acuerdo general en que se debía afrontar de inmediato. Se aprobó un decreto que autorizaba la inmediata apertura de un tribunal de investigación, y Cayo Menio fue nombrado dictador para dirigirla -313 a.C.-. Marco Folio fue nombrado jefe de la caballería. Grande fue el terror de sus magistrados [de Capua.-N. del T.], y los Calavios, Ovio y Novio, que habían sido los cabecillas, no esperaron a ser denunciados al dictador sino que escaparon a la acción judicial suicidándose. Como ya no había ningún motivo de investigación en Capua, la investigación fue dirigida a los que se sospecha en Roma. El decreto fue interpretado como una autorización para investigar no únicamente a Capua en concreto, sino a cuantos habían hecho cábalas y conspirado contra la república, incluyendo las alianzas secretas suscritas por candidatos a magistraturas para conseguirlas. La investigación comenzó a tener un alcance más amplio, tanto con respecto a la naturaleza de los presuntos delitos como a las personas los afectados, y el dictador insistió en que la autoridad de la que se le invistió como juez penal era ilimitada. Fueron acusados hombres de familias elevadas, y a nadie se le permitió apelar a los tribunos para detener los procesos. Habiendo llegado las cosas tan lejos, la nobleza (no sólo aquellos a los que se imputó, sino todo el orden en conjunto), protestó pidiendo que no se podía acusar a los patricios, para quienes la carrera política [via ad honorem, en el original latino; comprendía además de los cargos de edil, pretor, prefecto, cónsul, censor y, excepcionalmente, dictador, también el servicio militar como oficiales superiores (tribunos, prefectos y legados) en el ejército.- N. del T.] había estado siempre abierta, a menos que fuera obstruida por la intriga, sino a los hombres nuevos. Incluso afirmaban que, en el caso presente, el dictador y el jefe de la caballería debían ser puestos más entre los acusados que entre los acusadores, y que así sería tan pronto abandonasen su cargo.

En estas circunstancias, Menio, más ansioso por limpiar su reputación que por mantener su cargo, se llegó hasta la Asamblea y se dirigió a ella en los siguientes términos: "Todos sois conscientes, Quirites, de cuál ha sido mi vida pasada, y el concederme este mismo cargo es prueba de mi inocencia. Hay hombres entre la nobleza (en cuanto a sus motivos, es mejor que os forméis vuestra propia opinión y no que yo, mientras ostente el cargo, diga nada sin pruebas) que trataron por todos los medios de impedir esta investigación. Cuando se vieron impotentes para hacerlo, trataron de escudarse, a pesar de ser patricios, tras la fuerza de sus opositores, el veto tribunicio, con el fin de escapar del juicio. Por fin, negándoseles esa opción y considerando cualquier acción más segura que el tratar de demostrar su inocencia, han dirigido sus asaltos contra nosotros y ciudadanos particulares no se han avergonzado de exigir la destitución del Dictador. Ahora, que sepan dioses y hombres por igual que tratando de evitar rendir cuentas de sí mismos, tales hombres quieren lo imposible, y que estoy preparado para responder de cualquier acusación y enfrentar a mis acusadores cara a cara una vez renuncie a mi dictadura. Y si el Senado os asignase tal tarea a vosotros, cónsules, os ruego que empecéis por Marco Folio y por mí mismo, para que se demuestre de manera concluyente que estamos protegidos de dichas acusaciones no por nuestra posición oficial, sino por nuestra inocencia". A continuación, renunció a su cargo seguido por el jefe de la caballería. Ellos fueron los primeros en ser juzgados ante los cónsules, pues así lo ordenó el Senado, y como los motivos alegados por los nobles contra ellos fueron completamente desestimados, resultaron triunfalmente absueltos. Incluso Publilio Filón, un hombre que había desempeñado en varias ocasiones los más altos cargo en recompensa a sus servicios en casa y en campaña, pero al que la nobleza rechazaba, fue llevado a juicio y absuelto. Como es habitual, sin embargo, solo mientras se llevó a cabo esta investigación hubo fuerza suficiente para atacar a los nombres ilustres; pronto empezó a decantarse sobre víctimas humildes, hasta que se hundió entre las coaliciones y facciones a las que había intentado suprimir.

[9.27] El rumor sobre estos hechos y, más aún, la esperanza de una revuelta de la Campania, que ya se había organizado en secreto, hizo que los samnitas volvieran de la Apulia. Marcharon a Caudio, que por su proximidad a Capua les haría más fácil, si se ofrecía la oportunidad, arrebatar la ciudad a los romanos.

Los cónsules marcharon a Caudio con una gran fuerza. Durante hace algún tiempo ambos ejércitos permanecieron en sus posiciones a ambos lados del paso, ya que sólo se podían acercar entre sí por una ruta de lo más difícil. Al fin, los samnitas descendieron por un pequeño desvío a campo abierto a la llanura de Campania, y por primera vez quedaron a la vista sus respectivos campamentos. Hubo frecuentes escaramuzas, en las que la caballería jugó un papel mayor que la infantería, y los romanos no tuvieron motivos para estar insatisfechos con tales pruebas de fuerza ni con la demora que prolongaba la guerra. Los jefes samnitas, por el contrario, vieron que aquellos enfrentamientos diarios provocaban pérdidas diarias y que la prolongación de la guerra iba minando sus fuerzas. Decidieron, por tanto, provocar una batalla. Situaron su caballería a ambos flancos de su ejército, con órdenes de mantener su atención sobre su campamento, en caso de que fuese atacado, y no sobre el combate, que estaría a salvo en manos de la infantería. En el otro bando, el cónsul Sulpicio mandaba el ala derecha y Petilio la izquierda. El flanco derecho romano fue dispuesto en un orden más abierto de lo normal, pues los samnitas que tenían enfrente se habían extendido con una línea más delgada tanto para tratar de rodear a sus enemigos como para evitar ser rodeados. La izquierda, que estaba en una formación mucho más cerrada, se vio reforzada por una rápida maniobra de Petilio, que de repente situó en la línea de combate a las cohortes que habitualmente permanecían en reserva por si se prolongaba la batalla. A continuación, cargó contra el enemigo con todas sus fuerzas. Al acusar la infantería samnita el peso de su ataque, su caballería vino en su ayuda y, cabalgando de través entre ambos ejércitos, fue a enfrentarse con la caballería romana que cargó contra ella al galope tendido, creando la confusión por igual entre su caballería y su infantería, hasta que obligó a retroceder a toda la línea en esta parte del campo de batalla. Sulpicio se unió a Petilio, animando a los hombres en esta parte pues, al escuchar que se lanzaba el grito de guerra, cabalgó cruzando su propia división, que aún no había entrado en combate. Viendo que la victoria allí ya era segura, regresó a su posición con sus mil doscientos jinetes, pero se encontró con una situación bien distinta: los romanos habían cedido terreno y el enemigo victorioso les presionaba con fuerza. La presencia del cónsul produjo un cambio repentino y completo, revivió el valor de los hombres a la vista de su general y la caballería que traía prestó una ayuda superior a la proporción de su número, pues su ruido, seguido pronto de la vista del éxito en el otro flanco, reanimó a los combatientes y redoblaron sus esfuerzos. A partir de este momento, los romanos vencieron en toda la línea y los samnitas, abandonando toda resistencia, fueron todos muertos o hechos prisioneros, con excepción de aquellos que lograron escapar a Malavento, ahora llamado Benevento. Dicen los cronistas que sus pérdidas entre muertos y cautivos ascendieron a treinta mil.

[9.28] Después de esta gran victoria, los cónsules avanzaron hacia Boiano [antigua Bovianum.- N. del T.], que procedieron a asediar. Se quedaron allí en los cuarteles de invierno hasta que los siguientes cónsules, Lucio Papirio Cursor, cónsul por quinta vez, y Cayo Junio Bubulco, por segunda, nombraron dictador a Cayo Petilio con Marco Folio como jefe de la caballería y éstos se hicieron cargo del ejército -313 a.C.-. Al enterarse de que la ciudadela de Fregellas había sido capturada por los samnitas, levantó el asedio de Boiano y marchó a Fregellas. El lugar fue retomado sin combatir, pues los samnitas lo evacuaron por la noche, y después de dejar allí una fuerte guarnición, el dictador volvió a Campania con el objetivo principal de recuperar Nola. Al aproximarse, toda la población samnita y el campesinado nativo se retiró al interior de las murallas. Tras examinar la posición de la ciudad, ordenó que se destruyeran los edificios extramuros (y había una población considerable en los suburbios) para facilitar la aproximación. Poco tiempo después Nola fue tomada, fuese por el dictador o por el cónsul Cayo Junio, pues hay registros en ambos sentidos. Los que dan el crédito de la captura al cónsul, dicen que también tomó Atina y Calacia y explican que el nombramiento como dictador de Petilio fue con el propósito de que hincase el clavo al brotar una epidemia. Ese año se asentaron las colonias de Suessa y Poncias; Suessa había pertenecido a los auruncinos, y la isla de Poncias había estado habitada por los volscos y se divisaba desde su costa. El Senado también autorizó el asentamiento de una colonia en Interamna Sucasina, pero correspondió a los siguientes cónsules, Marco Valerio y Publio Decio, nombrar los triunviros y enviar cuatro mil colonos -312 a.C.-.

[9.29] La guerra samnita estaba llegando a su fin, pero antes de que el Senado pudiera apartarla completamente de sus preocupaciones, se produjo un rumor de guerra con los etruscos. Con la única excepción de los galos, ninguna nación era más temida en aquellos tiempos, debido tanto a su proximidad a Roma como a su vasta población. Uno de los cónsules se mantuvo en el Samnio para terminar la guerra, el otro, Publio Decio, quedó postrado en Roma por una enfermedad grave y, por orden del Senado, nombró dictador a Cayo Junio Bubulco. En vista de la gravedad de la emergencia, el dictador obligó a cuantos estaban disponibles para el servicio a que prestasen el juramento militar, y empleó sus mayores esfuerzos en disponer cuanto antes las armas y todo lo era necesario. No obstante los grandes preparativos que estaba haciendo, que no tenía intención de ser el agresor, y tenía la intención de esperar hasta que los etruscos dieran el primer paso. Estos ejecutaban sus preparativos con la misma energía y eran igualmente reacios a iniciar las hostilidades. Ninguna de las partes salió de sus fronteras. Este año (312 a.C.) fue reseñable por la censura de Apio Claudio y Cayo Plaucio. Para la posteridad quedaría el feliz renombre del primero por sus obras públicas, la carretera y el acueducto que llevan su nombre [el Aqua Appia conducía el agua hasta el Circo Máximo.-N. del T.]. Llevó a cabo estas empresas en solitario, pues, debido al odio que produjo por el modo de revisar las listas senatoriales y cubrir las vacantes, su colega, completamente avergonzado de su conducta, dimitió. Con la tenacidad que siempre había caracterizado a su gens, Apio continuó con su cargo en solitario. Indujo a los Poticios, a cuya familia había correspondido siempre el sacerdocio del Ara Máxima de Hércules, a que transfiriesen tal derecho a ciertos esclavos del templo a quienes habían instruido en los diversos ritos. Hay una extraña tradición relativa a esto, una que está bien calculada para provocar escrúpulos religiosos en las mentes de cualquiera que perturbase el orden establecido en los ceremoniales. Se dice que, aunque cuando se hizo el cambio existían doce familias de la gens Poticia, y en ellas unos treinta varones adultos, ni uno solo, viejo o joven, estaba vivo doce meses más tarde. Tampoco fue la extinción del nombre Poticio la única consecuencia; el mismo Apio, unos años después, fue golpeado con la ceguera por la ira de los dioses, que no olvidan.

[9.30] Los cónsules para el año siguiente fueron Cayo Junius Bubulco, por tercera vez, y Quinto Emilio Bárbula, por segunda -311 a.C.-.Al comienzo de su año de mandato, presentaron una denuncia ante la Asamblea en relación al modo inescrupuloso con el que se habían cubierto las vacantes en el Senado; se había pasado por alto a hombres que eran muy superiores a algunos de los que habían sido seleccionados, por el que el conjunto del orden senatorial había quedado manchado y deshonrado. Declararon que la selección se había realizado únicamente con el fin de ganar popularidad y por puro capricho, y sin tener en cuenta la rectitud del carácter de los elegidos. Luego les dieron que ellos los ignorarían completamente y enseguida procedieron a convocar a los senadores por sus nombres, tal y como aparecían en los rollos antes de que Apio Claudio y Cayo Plaucio fueran nombrados censores. Dos cargos oficiales se pusieron este año, por primera vez, a disposición del pueblo, ambos de carácter militar. Uno fue el de tribuno militar; el pueblo, así, designó en adelante a dieciséis para las cuatro legiones, que hasta entonces habían sido nombrados por los dictadores y cónsules, habiéndose dejado muy pocas plazas al voto popular. Lucio Atilio y Cayo Marcio, tribunos de la plebe, fueron los responsables de esa medida. El otro cargo fue el puesto de duunviro naval; el pueblo debía nombrarlos para supervisar el equipamiento y mantenimiento de la flota. Esta disposición se debió a Marco Decio, otro tribuno de la plebe. Ocurrió este año un incidente, de carácter un tanto insignificante, que yo habría pasado por alto si no pareciese tener relación con las costumbres religiosas. Los censores habían prohibido a los flautistas que celebrasen su banquete anual en el templo de Júpiter, privilegio del que gozaban desde la antigüedad. Tremendamente disgustados, se marcharon en bloque a Tívoli y no quedó ninguno en la ciudad para actuar en los ritos sacrificiales. El Senado se alarmó ante la perspectiva de que las diversas ceremonias religiosas quedaran así impropiamente ejecutadas y envió mensajeros a Tívoli, con el encargo de conseguir que se devolviesen esos hombres a los romanos. Los tiburtinos prometieron hacer cuanto pudiesen e invitaron a los músicos a su curia, donde les instaron encarecidamente a que regresasen a Roma. Al no poder persuadirles, los tiburtinos perpetraron una artimaña muy apropiada al carácter de los hombres con los que estaban tratando. Cierto día festivo se les invitó a varias casas, aparentemente para proporcionar música durante los banquetes. Al igual que al resto de los de su clase, les gustaba el vino, y se les proporcionó hasta que se emborracharon cayendo en un estado de letargo. En esta condición les pusieron en carretas y se los llevaron a Roma. Les dejaron en las carretas, en el Foro, toda la noche, y no recobraron el conocimiento hasta que les sorprendió el amanecer, sufriendo aún los efectos de la resaca. La gente se agolpó a su alrededor y consiguieron convencerlos para que se quedasen, concediéndoles el privilegio de desfilar durante tres días por la Ciudad con sus largos vestidos y máscaras, cantando y con esa permisividad que aún se observa. A los que tocasen en los sacrificios se les restituyó el derecho de celebrar allí sus banquetes. Estos incidentes se produjeron mientras la atención pública se centraba en dos guerras más graves.

[9.31] Los cónsules echaron a suertes sus respectivos mandos; los samnitas correspondieron a Junio y el nuevo teatro de operaciones en Etruria a Emilio. La guarnición romana de Cluvias, en el Samnio, después de ser atacada sin éxito, fue obligada a rendirse por y luego les masacraron tras haber sido cruelmente mutilados por el látigo. Enfurecido por esta brutalidad, Junio consideró que lo primero que debía hacer era atacar Cluvias, y el mismo día en que llegó ante el lugar lo tomó por asalto y dio muerte a todos los varones adultos. De allí, su ejército conquistador marchó a Boiano. Esta era la ciudad principal de los samnitas pentros, y con mucho la más rica y más surtida de armas. No era la misma causa de resentimiento aquí que en Cluvias; a los soldados les animaba sobre todo la perspectiva del saqueo y, al capturar la ciudad, el enemigo fue tratado con menos severidad; pero se tomó allí casi más botín que el resto del Samnio, y todo él fue generosamente entregado a los soldados. Ahora que nada podía resistir el abrumador poderío de las armas romanas, ni los ejércitos, ni los campamentos ni las ciudades, la única idea en la mente de todos los líderes samnitas era elegir una posición desde la que las tropas romanas, cuando estuviesen dispersas saqueando, pudieran ser atrapadas y rodeadas. Algunos campesinos, que fingían ser desertores, y otros que, fuese intencionadamente o por accidentes, habían sido hechos prisioneros, llegaron hasta los cónsules con el relato que habían acordado y que en realidad era cierto, es decir, que una enorme cantidad de ganado había sido conducido a un bosque impenetrable. Esta historia indujo a los cónsules a enviar las legiones, sin su impedimenta, en la dirección que llevaba el ganado para apoderarse de él. Un potente ejército enemigo se ocultaba a cada lado de la carretera y, cuando vieron que los romanos habían entrado en el bosque, lanzaron repentinamente un grito y lanzaron un tumultuoso ataque. La rapidez de la agresión produjo al principio cierta confusión, mientras apilaban sus equipajes personales en el centro y empuñaban las armas; pero tan pronto se desembarazaron de sus cargas y se aprestaron al combate, empezaron a reunirse alrededor de los estandartes. Por su antigua disciplina militar y larga experiencia, conocían sus lugares en las filas y formaron las líneas sin necesidad de órdenes, actuando cada hombre por su propia iniciativa.

El cónsul cabalgó hasta la parte donde los combates eran más intensos y, saltando de su caballo, puso a Júpiter, a Marte y los otros dioses por testigos de que él no había ido a ese lugar en busca de gloria para sí mismo, sino únicamente para proporcionar botín para sus soldados, ni se podía encontrar otra falta en él más que la de haber deseado intensamente el enriquecer a sus hombres a expensas del enemigo. De aquel deshonor sólo le salvaría el valor de sus hombres. Sólo tenían que lanzar, todos a una, un ataque con determinación. El enemigo había sido ya derrotado en el campo de batalla, despojado de su campamento, privado de sus ciudades, y buscaba ahora su última oportunidad acechando oculto en emboscada y confiando más en el terreno que en sus armas. ¿Qué terreno resultaba demasiado difícil para el valor romano? Les recordó las ciudadelas de Fregellas y de Sora, y las victorias que habían conseguido aún cuando la naturaleza del terreno les era adversa. Encendidos por sus palabras, sus hombres, olvidando todas las dificultades, cargaron directamente contra la línea enemiga situada por encima de ellos. Hubieron de esforzarse mientras la columna subía la ladera de la colina, pero una vez que los estandartes de vanguardia adoptaron su posición en la llanura de la cima y el ejército se dio cuenta que estaba en terreno favorable, fue el turno del enemigo para desanimarse: arrojaron sus armas y huyeron despavoridos hasta los lugares donde poco antes se habían ocultado. Pero el lugar que habían elegido por presentar mayor dificultad para el enemigo, se convirtió ahora en una trampa para ellos mismos. Muy pocos pudieron escapar. Murieron tantos como veinte mil hombres, y los victoriosos romanos se dispersaron en diferentes direcciones para apoderarse del ganado que el enemigo les había regalado.

[9.32] Durante estos sucesos en el Samnio, todas las ciudades de Etruria, con la excepción de Arezzo [antigua Arretium.-N. del T.] habían tomado las armas y comenzaron lo que resultó ser una importante guerra atacando Sutri [antigua Sutrio.-N. del T.]. Esta ciudad era aliada de Roma, y servía a modo de cierre de la Etruria. Emilio marchó allí para levantar el sitio, y escogió un lugar delante de la ciudad donde se fortificó. Su campamento estaba abundantemente provisto con las provisiones que llegaban de Sutri. Los etruscos dedicaron el día siguiente a su llegada a discutir si debían proceder a combatir inmediatamente o bien debían prolongar la guerra. Sus generales se decidieron por la opción más enérgica, en vez de por la más segura, y al amanecer del día siguiente se mostró la señal para la batalla y las fuerzas marcharon al campo de batalla. Tan pronto como se le informó de esto, el cónsul ordenó que se diese la contraseña, que desayunasen sus hombres y que después de haberse fortalecido con la comida se armasen para el combate. Cuando vio que estaban plenamente dispuesto, ordenó que avanzasen los estandartes y, tras salir todo el ejército del campamento, formó su línea de batalla no lejos del enemigo. Durante algún tiempo, ambos bando quedaron a la expectativa, esperando cada cual que el otro lanzase el grito de guerra y comenzase la lucha. El sol pasó el meridiano antes de que un solo proyectil fuera lanzado por cualquier bando. Al fin, los etruscos, no queriendo abandonar el campo sin alcanzar alguna victoria, lanzaron el grito de guerra; sonaron las tubas y avanzaron los estandartes. Los romanos no mostraron menos entusiasmo por combatir. Cerraron entre sí con empeño. Los etruscos tenían la ventaja del número, los romanos la del valor. La lucha se mantuvo con igualdad y costó muchas vidas, incluyendo a los más valientes de ambas partes, pues ningún ejército dio muestras de ceder hasta que la segunda línea romana relevó a la primera, que estaba cansada y se había agotado. Los etruscos no tenían reservas para apoyar su primera línea, y todos cayeron delante de sus estandartes o alrededor de ellos. Ninguna batalla habría sido testigo de menos fugitivos ni hubiera supuesto mayor carnicería si los etruscos, que se habían hecho a la idea de morir, no hubiesen encontrado protección en la llegada de la noche, pues fueron los vencedores los primeros que abandonaron el combate. Después del atardecer se dio la señal de retirada y ambos ejércitos regresaron por la noche a sus respectivos campamentos. Nada digno de mención ocurrió ese año en Sutri. El enemigo había perdido toda su primera línea en una sola batalla y sólo le quedaban sus reservas, que apenas resultaban suficientes para proteger su campamento. Entre los romanos había tantos heridos que quienes abandonaron el campo de batalla heridos eran más numerosos que los que habían caído.

[9.33] Los cónsules para el año siguiente fueron Quinto Fabio y Cayo Marcio Rutilo -310 a.C.-. Fabio se hizo cargo del mando en Sutri y llevó refuerzos desde Roma. Un nuevo ejército fue también alistado en Etruria y enviado para ayudar a los sitiadores. Ya habían transcurrido muchos años sin que se hubiese producido ningún conflicto entre los magistrados patricios y los tribunos de la plebe. Ahora, sin embargo, surgió una disputa a través de aquella familia que parecía estar marcada por el destino para ser la causa de conflictos con la plebe y sus tribunos. Apio Claudio había sido ya censor durante dieciocho meses, el plazo fijado por la Ley Emilia para la duración de dicho cargo. A pesar del hecho de que su colega, Cayo Plaucio, había renunciado, no se le pudo, bajo ninguna circunstancia, obligar a abandonar su magistratura. Publio Sempronio era el tribuno de la plebe que comenzó el proceso para limitar su censura al plazo legal. Al dar este paso estaba actuando tanto en interés de la justicia como en interés del pueblo, y tenía tanto las simpatías de la aristocracia como el apoyo de las masas. Recitó las diversas disposiciones de la Ley Emilia y ensalzó a su autor, Mamerco Emilio, el dictador, por haber acortado la censura. Anteriormente, recordó a sus oyentes, se había desempañado durante cinco años, tiempo suficiente para convertirla en despótica y tiránica, y Emilio la había limitado a dieciocho meses. Después, volviéndose hacia Apio, le preguntó: "Dime, Apio, ¿que hubieras hecho tú de haber sido censor cuando lo fueron Cayo Furio y Marco Geganio?". Apio Claudio respondió que la pregunta del tribuno no tenía mucho que ver con su caso. Sostenía que, aunque la ley era obligatoria en el caso de los censores durante cuyo periodo de mandato se aprobó, pues fue después de haber sido aprobada por el pueblo cuando se convirtió en ley, y solo lo que ordena el pueblo es ley; no obstante, ni él ni ningún otro de los que habían sido designados censores con posterioridad a aquella ley estaban obligados por ella.

[9.34] Esta argucia por parte de Apio no convenció a nadie. Sempronio entonces se dirigió a la Asamblea en los siguientes términos: "Quirites, aquí tenéis la progenie de aquel Apio que, tras haber sido nombrado decenviro para un año, se designó a sí mismo para un segundo, y luego, sin pasar por ninguna clase de designación, ni suya ni de otros, mantuvo las fasces y la autoridad suprema un tercer año, y persistía en retenerlas hasta que el poder que obtuvo por medios sucios, que ejerció de modo sucio y que retuvo por medios sucios supuso su ruina. Esta es la familia, Quirites, cuya violencia e ilegalidad os condujo fuera de vuestra Ciudad y os obligó a ocupar el Monte Sacro; la familia contra la que conquistasteis la protección de vuestros tribunos; la familia por la que ocupasteis el Aventino con dos ejércitos. Esta es la familia que siempre se ha opuesto a las leyes contra la usura y las leyes agrarias; la que interfiere con el derecho al matrimonio entre patricios y plebeyos, la que bloqueó el camino de la plebe a las magistraturas curules. Este nombre es mucho más letal para vuestras libertades que el de los Tarquinios [los últimos reyes de Roma.-N. del T.]. ¿Crees realmente que es así, Apio Claudio, que aunque hace cien años que Mamerco Emilio fue dictador y ha habido otros censores desde entonces, hombres de mayor rango y fortaleza de carácter, ninguno de ellos había leído nunca las Doce Tables y ninguno sabía que la última orden del pueblo es la ley vigente? Por supuesto que todos ellos sabían, y porque lo sabían prefirieron obedecer la Ley Emilia en lugar de la anterior por la que los censores se designaban originalmente, simplemente porque la primera fue la última aprobada por orden del pueblo y además porque cuando dos leyes se contradicen la posterior deroga a la anterior. ¿Mantienes, Apio, que el pueblo no está obligado por la Ley Emilia, o sostienes, si afirmas que sí lo está, que solo tú estas exento de sus disposiciones? Esa ley sirvió para obligar a aquellos arbitrarios censores, Cayo Furio y Marco Geganio, que nos enseñaron cómo podía usarse aquel cargo contra la república cuando, en venganza por la limitación de su poder, convirtieron en erario al más famoso soldado y estadista de su tiempo: Mamerco Emilio [le convirtieron en aerarius; es decir, le privaron del derecho a votar pero no de la obligación de pagar impuestos, como sucedía a los proletarii.-N. del T.]. Esa ley obligó a los sucesivos censores durante cien años, obligó a tu colega, Cayo Plaucio, que fue designado bajo los mismos auspicios y con los mismos poderes que tú. ¿No le nombró el pueblo "con todos los poderes tradicionales y privilegios que un censor debe poseer? ¿O eres tú la única excepción, para ostentar estos poderes y privilegios? ¿A quién nombrarás entonces como 'rey de los sacrificios'? Se aferrará al nombre de 'rey' y dirá que ha sido nombrado con todos los poderes que tenían los reyes de Roma. ¿Quién crees que se contentaría con una dictadura de seis meses o un interregno de cinco días? ¿A quién te atreverías a designar como dictador para clavar el clavo o presidir los Juegos? ¡Qué estúpidos y apocados, Quirites, debéis considerar que han sido aquellos que tras sus magníficos logros renunciaron a su dictadura a los veinte días, o abandonaron sus cargos debido a algún fallo en su nombramiento! Pero ¿por qué hay que recordar las cosas de la antigüedad? No hace ni diez años desde que Cayo Menio, siendo dictador, llevaba un proceso penal con un rigor que algunas personas de alcurnia consideraban peligrosa para ellos mismos y, en consecuencia, sus enemigos lo acusaron de estar contaminado por el mismo crimen que estaba investigando. En seguida renunció a su dictadura con el fin de afrontar, como ciudadano privado, las acusaciones formuladas contra él. Estoy lejos de querer ver tal moderación en ti, Apio. No te muestres como un vástago degenerado de tu familia; no caigas a la altura de tus antepasados con su ansia de poder y su amor a la tiranía; no dejes tu cargo ni un día ni una hora antes de lo obligado, procura solo no exceder su límite. ¿Te contentarías, quizás, con un mes o un día más? 'No', dice, 'Mantendré mi censura durante tres años y medio más del periodo fijado por la Ley Emilia y la desempeñaré en solitario'. Eso suena muy parecido a un monarca absoluto. ¿O vas a nombrar a un colega, procedimiento prohibido por las leyes divinas, cuando incluso uno se perdió al morir? "

"Existe una función sagrada que se remonta a los tiempos más antiguos, la única que de verdad fue iniciada por la divinidad en cuyo honor se ejecuta, que siempre ha sido desempeñada por hombres de la mayor alcurnia y de carácter más intachable. Tú, censor escrupuloso, has transferido ese ministerio a esclavos, y una Familia más antigua que esta Ciudad, santificada por la hospitalidad que mostró a los dioses inmortales, se ha extinguido en un solo años por tu culpa y la de tu censura. Pero esto no es suficiente para ti, no descansarás hasta que impliques a toda la república en un sacrilegio de consecuencias que no me atrevo a contemplar. La captura de esta Ciudad se produjo en aquel lustro en el que el censor, Lucio Papirio Cursor, tras de la muerte de su colega, Cayo Julio, cooptó como su colega a Marco Cornelio Maluginense antes que renunciar a su cargo. Y sin embargo, ¡cuánto más moderación mostró que tú, Apio!; no siguió con su censura en solitario ni más allá del término legal. Lucio Papirio, sin embargo, no encontró a nadie que siguiese su ejemplo, todos los censores siguientes renunciaron a su cargo tras la muerte de su colega. Pero nada te detiene, ni la expiración de tu mandato, ni la renuncia de tu colega, ni la Ley ni ningún respeto por ti mismo. Consideras un mérito mostrarte arrogante, desvergonzado y despreciando a los dioses y a los hombres. Cuando veo la majestad y reverencia que rodean el cargo que has ostentado, Apio Claudio, soy aún más reacio a sujetarte a limitación personal o a dirigirme a ti en términos severos. Sin embargo, tu obstinación y arrogancia me han obligado a hablar como lo he hecho, y ahora de advierto que si no cumples la Ley Emilia ordenaré que seas encarcelado. Nuestros antepasados crearon la norma de que si en la elección de censores no alcanzaban la mayoría necesaria dos candidatos, no debía nombrarse solo uno sino que se debía aplazar la elección. Bajo esta norma, como no puedes ser nombrado censor único, no te permitiré seguir en solitario en el cargo". Ordenó luego que el censor fuera detenido y llevado a prisión. Apio pidió oficialmente la protección de los tribunos, y aunque Sempronio recibió el apoyo de seis de sus colegas, los otros tres pusieron el veto. Apio continuó ejerciendo su cargo entre la general indignación y repugnancia de todos los estamentos.

[9.35] Durante aquellos sucesos en Roma, se mantuvo el asedio de Sutri por los etruscos. El cónsul Fabio marchaba para ayudar a los aliados de Roma y trataba de cortar las líneas enemigas dondequiera que le parecía posible. Estableció su ruta a lo largo de las faldas bajas de la cordillera y cuando se encontró con las fuerzas enemigas dispuestas en formación de combate. La amplia llanura que se extendía por debajo puso de manifiesto su enorme cantidad y, con el fin de compensar su inferioridad mediante la ventaja de la posición, desvió su columna un poco más hacia la loma, que era áspera y cubierta de piedras. Luego formó su frente contra el enemigo. Los etruscos, sin pensar en nada más que en su número, en el que únicamente se basaban, cargaron con tan ávida impetuosidad que arrojaron sus jabalinas, para poder llegar más rápidamente al combate cuerpo a cuerpo, y se precipitaron sobre sus enemigos con las espadas desenvainadas. Los romanos, por su parte, lanzaron primeramente sobre ellos sus dardos y después las piedras que abundantemente les proporcionaba el terreno. Escudos y cascos fueron alcanzados por igual, y los que no resultaron heridos quedaron confundidos y desconcertados; les era casi imposible llegar al enfrentamiento cerrado y no tenían proyectiles con los que continuar la lucha a distancia. Mientras estaban de pie, como blancos para los proyectiles, sin ningún tipo de protección adecuada, algunos incluso retirándose y con toda la línea vacilante e inestable, los asteros y los príncipes romanos lanzaron nuevamente su grito de guerras y cargaron cuesta abajo sobre ellos con las espadas desenvainadas. Los etruscos no esperaron la carga sino que dieron la vuelta y en una huida desordenada llegaron hasta su campamento. La caballería romana, sin embargo, galopando en dirección oblicua a través de la llanura, se dirigió contra los fugitivos, que renunciaron a toda idea de llegar a su campamento y marcharon hacia las montañas. En su mayor parte sin armas, y con una gran proporción de heridos, los fugitivos entraron en el bosque de Címino. Muchos miles de etruscos fueron muertos, se tomaron treinta y ocho estandartes y, al capturar el campamento, los romanos consiguieron una inmensa cantidad de botín. Entonces se discutió la posibilidad de perseguir o no al enemigo.

[9.36] La selva Ciminia era, por esos días, más terrible e infranqueable de lo que los bosques alemanes recientemente han resultado ser; ni un solo comerciante, hasta aquel momento, se había aventurado a través de él. De los presentes en el consejo de guerra, casi nadie, excepto el propio comandante, era lo bastante audaz como para osar entrar en él; aún no habían olvidado los horrores de Caudio. Según una tradición, parece ser que Marco Fabio, el hermano del cónsul (aunque otros dicen que fue Cesón y otros que Lucio Claudio, hermano de madre del cónsul), dijo que él iría ir efectuaría un reconocimiento y volvería en breve con información precisa. Había sido educado en Cerveteri [antigua Caere.-N. del T.] y estaba completamente familiarizado con la lengua y la literatura etrusca. Hay autores que afirmar que, por aquel tiempo, los muchachos romanos eran, por regla general, educados en literatura etrusca como hoy lo son en literatura griega; pero yo creo que lo más probable es que resultase algo extraordinario que un hombre se significara así al poder mezclarse con el enemigo. Se dice que fue acompañado por un único esclavo, criado con él y conocedor también de aquella lengua, y durante su viaje solo hicieron breves preguntas, sobre la naturaleza del país y los nombres de sus hombres más notables, para que no pudieran cometer algún error y ser descubiertos al hablar con los nativos. Salieron disfrazados de pastores, con sus rústicas armas, cada uno con dos hoces y dos gaesas [jabalinas pesadas, al parecer de origen celta.-N. del T.]. Pero ni su familiaridad con el idioma, ni sus vestidos, ni sus herramientas les protegieron tanto como la imposibilidad de creer que ningún extranjero se atreviese a entrar en la selva Ciminia. Se dice que llegaron hasta los umbros camertes [actual Camerino, en la Umbría.-N. del T.] y que, solo al llegar allí, se atrevieron los romanos a decir quiénes eran. Fue llevado ante el Senado, y, actuando en nombre del cónsul, estableció un tratado de amistad con ellos. Después de haber sido tan amable y hospitalariamente recibido, se le pidió que dijese a los romanos que tendrían disponibles provisiones para treinta días si llegaban hasta aquella zona, y los soldados camerinos estarían listos para ponerse a sus órdenes. Cuando el cónsul recibió este informe, envió por delante los bagajes en la primera guardia. Se ordenó a las legiones que marchasen detrás, mientras él mismo se quedaba atrás con la caballería. Al día siguiente, al amanecer, cabalgó con su caballería hasta las posiciones de vanguardia enemigas, situadas en el borde del bosque, y tras atraer su atención durante bastante tiempo regresó al campamento y, por la tarde, saliendo por la puerta trasera se dirigió hacia la columna de tropas. Al amanecer del día siguiente llegaba se apoderó de la altura del monte Címino; tras observar desde allí los ricos campos de la Etruria envió partidas de saqueo. Ya habían conseguido gran cantidad de botín cuando algunas cohortes de campesinos etruscos, rápidamente reunidas por las autoridades de la vecindad, trataron de enfrentarse a los saqueadores; estaban, sin embargo, tan mal organizados que, en vez de recuperar la presa, quedaron presos a su vez casi todos ellos. Tras ponerlos en fuga con grandes pérdidas [para los etruscos.-N. del T.], los romanos asolaron el país a lo largo y a lo ancho, volviendo a su campamento cargados con toda clase de botín. Resultó que, durante esta incursión, llegó una delegación, consistente en cinco legados y dos tribunos de la plebe, para advertir a Fabio, en nombre del Senado, de que no atravesase en bosque Címino. Estuvieron muy contentos de ver que habían llegado demasiado tarde para impedir la expedición y regresaron a Roma para informar de la victoria.

[9.37] Esta expedición no puso fin a la guerra, solo la extendió. Todo el territorio que se extendía bajo el monte Címino sintió los efectos de sus estragos, y éstos levantaron la indignación de los distritos etruscos y territorios vecinos de la Umbría. Un ejército más grande del que nunca se hubiera reunido marchó a Sutri. No sólo adelantaron su campamento más allá de la linde del bosque, sino que mostraron tanta ansia que marcharon, tan pronto como pudieron y en orden de combate, hasta la llanura. Tras avanzar cierta distancia, se detuvieron dejando un espacio entre ellos y el campamento romano para que el enemigo formase sus líneas. Cuando se dieron cuenta que su enemigo rehusaba el combate, llegaron hasta la empalizada del campamento y, viendo que los vigías se retiraban al interior del campamento, clamaban a sus generales para que les llevasen las raciones desde su campamento, pues tenían intención de permanecer sobre las armas y atacar el campamento enemigo, si no por la noche, en todo caso al amanecer. Los romanos estaban también entusiasmados ante la perspectiva de la batalla, pero se mantuvieron en silencio por orden de su comandante. Era la hora décima [sobre las cuatro de la tarde.-

N. del T.] cuando el general ordenó que las tropas comieran, y las instruyó para que siguieran bajo las armas y dispuestos para cualquier momento en que diese la señal, fuese de día o de noche. En un breve discurso a sus hombres, señaló el contraste entre las cualidades militares de los samnitas y las de los etruscos, alabando a los primeros y siendo despectivo para con los segundos, diciendo que no había comparación entre ellos, ni por su valor ni por su número. Verían a su debido tiempo que tenía otra arma en reserva y que, entretanto, debían mantener el silencio. Con estos vagos consejos hizo creer a sus hombres que el enemigo sería traicionado, y esto ayudó a devolverles el valor que habían perdido a la vista de tan inmensa multitud. Esta impresión fue confirmada por la ausencia de cualquier intención, por parte del enemigo, de fortificar el terreno que ocupaban.

Después que las tropas hubieran cenado, descansaron hasta cerca de la cuarta guardia. Se levantaron entonces en silencio y se armaron. Se repartieron dolabras [herramienta con dos puntas, de hacha y de pico, engastada por en medio con un mango de madera.-N. del T.] entre los esclavos, para que echaran abajo la empalizada y rellenasen el foso. Se formó a las tropas en el interior del campamento y se situaron cohortes selectas en las salidas del mismo. Luego, un poco antes del amanecer (que en las noches de verano es el momento del sueño más profundo), se dio la señal; los hombres cruzaron en formación la empalizada nivelada y cayeron sobre el enemigo que se extendía en todas direcciones. Algunos murieron antes de que pudieran moverse, otros sólo medio despiertos, y la mayoría de ellos mientras trataban salvajemente de tomar sus armas. Sólo unos pocos tuvieron tiempo de armarse, y éstos, sin estandartes bajo los que agruparse ni oficiales que les dirigiesen, fueron derrotados y huyeron con los romanos persiguiéndoles de cerca. Algunos buscaron su campamento, otros los bosques. Este último resultó el refugio más seguro, pues el campamento, situado en la llanura, se tomó el mismo día. Se ordenó que llevasen el oro y la plata ante el cónsul; el resto del botín se convirtió en propiedad de los soldados. Entre muertos y prisioneros sumaban sesenta mil. Algunos autores afirman que esta gran batalla se libró más allá de la selva Ciminia, en Perusia, y que se temió en la Ciudad que el ejército, aislado de toda ayuda por aquel bosque terrible, fuese abrumado por la fuerza conjunta de etruscos y umbros. Pero, dondequiera que se hubiese combatido, los romanos llevaron la mejor parte. Como resultado de esta victoria, Perusia, Cortona, y Arezzo, que eran por entonces los pueblos principales de la Etruria, enviaron embajadores a pedir la paz a Roma. Se les concedió una tregua de treinta años.

[9.38] Durante estos sucesos en Etruria, el otro cónsul, Cayo Marcio Rutilo, capturó Alife [antigua Allifae.-N. del T.] a los samnitas. Muchos otros castillos y aldeas fueron destruidas o cayeron intactas en poder de los romanos. Mientras esto ocurría, Publio Cornelio, a quien el Senado había nombrado prefecto naval, llevó la flota romana a la Campania, hasta Pompeya. Aquí desembarcaron las tripulaciones y procedieron a saquear el territorio de Nocera Inferior [antigua Nuceria.-N. del T.]. Después de devastar la zona cercana a la costa, desde la que podían llegar fácilmente a sus barcos, se adentraron más allá, atraídos como siempre por el deseo de botín, y allí levantaron a los habitantes en su contra. Al dispersarse por los campos no encontraron a nadie, aunque podían haber sido masacrados hasta no quedar ninguno; pero al regresar, creyéndose completamente a salvo, fueron alcanzados por los campesinos y despojados de todo su botín. Algunos resultaron muertos; los sobrevivientes fueron expulsados atropelladamente hasta sus barcos. Por grande que hubiese sido la alarma creada en Roma por la expedición de Quinto Fabio a través de la selva Ciminia, no fue tan grande como el placer que sintieron los samnitas cuando oyeron hablar de ella. Dijeron que el ejército romano quedó cercado; que se repitió el desastre Caudino; la antigua imprudencia había llevado a un país siempre ávido de más conquistas a una selva intransitable; allí fueron acosados tanto por las dificultades del terreno como por las armas enemigas. Su alegría quedó, sin embargo, teñida de envidia al reflejar que la Fortuna había desviado la gloria de terminar la guerra con Roma de los samnitas a los etruscos. Así que concentraron todas sus fuerzas para aplastar a Cayo Marcio o, si no les presentaba la oportunidad de luchar, para marchar por el país de los marsos y sabinos hasta Etruria. El cónsul avanzó contra ellos, y se libró una desesperada batalla sin resultado decisivo. Es dudoso qué bando tuvo más pérdidas, pero se extendió el rumor de que fue el romano, pues habían perdido algunos del rango ecuestre y algunos tribunos militares, además de un general y de, lo que era señal del desastre, quedar herido el propio cónsul. Llegaron informes de la batalla, exagerados como de costumbre, a Roma y crearon la más viva alarma entre los senadores. Se decidió que había de nombrarse un dictador y nadie tuvo la más mínima duda de que se nombraría a Papirio Cursor, el único hombre considerado como el mejor general de su época. Pero no creían que un mensajero pudiera llegar hasta el ejército en Samnio, siendo hostil todo el país, ni estaban seguros en absoluto de que Marcio estuviese aún vivo.

El otro cónsul, Fabio, estaba en malos términos con Papirio. Para evitar que esta rencilla particular resultase en un peligro público, el Senado resolvió enviar una delegación a Fabio, compuesta por hombres de rango consular, que debían aprovechar su autoridad como legados públicos para usar su influencia personal y convencerle para que dejase de lado cualquier sentimiento de enemistad en bien de su patria. Cuando hubieron entregado a Fabio la resolución del Senado, habiendo empleado los argumentos que exigía su misión, el cónsul, fijando su mirada en el suelo, se separó de la delegación sin darles contestación y dejándoles con la incertidumbre de lo que haría. Posteriormente, nombró a Lucio Papirio dictador según la costumbre tradicional, a medianoche. Cuando la delegación le dio las gracias por haber mostrado tan excepcional dominio de sí mismo, se mantuvo en absoluto silencio, y dar respuesta alguna ni hacer alusión a lo que había hecho, los despidió abruptamente, demostrando con su conducta cuán doloroso había sido aquel esfuerzo para él. Papirio designó a Cayo Junio Bubulco como jefe de la caballería -309 a.C.-. Mientras presentaba a los comicios centuriados la resolución que le confería el poder dictadores, se produjo un presagio desfavorable que le obligó a suspender el procedimiento. Correspondía a la curia Faucia votar en primer lugar, y esta curia había votado la primera los años en que se produjeron dos memorables desastres: la captura de la Ciudad y la capitulación de Caudio. Licinio Macer añade un tercer desastre por el que esta curia se convirtió en abominable: la masacre en el río Crémera [ver libro 2, 49.- N. del T.].

[9.39] Al día siguiente, después de tomarse nuevos auspicios, el dictador quedó investido de sus poderes oficiales. Tomó el mando de las legiones que se habían alistado con motivo de la alarma creada por la expedición por la selva Ciminia y las llevó a Longula [pudiera tratarse del actual Buon Riposo.-N. del T.]. Aquí se hizo cargo de las tropas del cónsul, y con ambas fuerzas unidas marchó hacia el campo de batalla. El enemigo no se mostró dispuesto a eludir la batalla, pero estando ambos ejércitos uno frente al otro, completamente preparados para la acción y aun ansiosos por comenzar, les sorprendió la noche. Sus campamentos estaban dispuestos a poca distancia el uno del otro, y durante algunos días que permanecieron tranquilos, no obstante, sin desconfiar en sus propias fuerzas ni despreciar al enemigo. Mientras tanto, los romanos se desenvolvían con éxito en Etruria, pues en un enfrentamiento con los umbros el enemigo no pudo sostener el combate con el mismo ánimo que lo habían empezado y, sin grandes pérdidas [para los romanos.- N. del T.], fueron completamente derrotados. También tuvo lugar un combate en el lago Vadimón [pudiera tratarse del actual lago Balsano.-N. del T.], donde los etruscos habían concentrado un ejército alistado bajo una ley sacra, por la cual cada hombre elegía a su compañero. Como aquel ejército era más numeroso que cualquiera que hubiesen antes alistado, mostraban más valor del que hubieran mostrado anteriormente. Tan exaltados estaban los ánimos por ambas partes que, sin lanzar un solo proyectil, empezaron enseguida a luchar con las espadas. La furia demostrada en el combate, que durante mucho tiempo colgó de un hilo, fue tal que parecía que no estábamos luchando con los etruscos a los que tantas veces habíamos derrotado, sino algún nuevo y desconocido pueblo. En ninguna parte se daban signos de ceder; conforme caían los hombres de la primera línea, los de la segunda ocupaban sus puestos para defender los estandartes. Al fin hubo de echarse mano de las últimas reservas, y a tal extremo de afán y peligro habían llegado las cosas que la caballería romana desmontó y, dejando sus caballos juntos, se abrieron paso entre los montones de armas y muertos de las primeras filas de la infantería. Se presentaron como un ejército fresco entre los agotados combatientes, y enseguida pusieron en desorden los estandartes etruscos. El resto de los hombres, cansados como estaban, sin embargo, siguieron el ataque de la caballería y al fin rompieron las filas enemigas. Su tenaz resistencia fue ahora superada y, una vez que sus manípulos empezaron a ceder terreno, pronto se dieron a la fuga. Ese día se rompió por primera vez el poder de los etruscos después de su larga, abundante y continua prosperidad. La fuerza principal de su ejército quedó en el campo de batalla y su campamento fue capturado y saqueado.

[9.40] Una lucha igualmente dura y un triunfo igualmente brillante caracterizaron la campaña que siguió inmediatamente a continuación contra los samnitas. Además de sus habituales preparativos bélicos, habían construido unas nuevas armaduras brillantes con las que sus tropas aparecían resplandecientes.

Había dos ejércitos, el uno tenía sus escudos labrados de oro y el otro de plata. El escudo fue construido recto y ancho en la parte superior para proteger el pecho y los hombros, luego se estrechaba en cuña hacia abajo para permitir así una mejor movilidad. Para proteger la parte frontal del cuerpo, llevaban una protección acolchada [spongia, de esponja, literalmente, en el original latino; se ha optado por el término "acolchada" por ser una clase de armadura bien conocida que luego se convertiría en auxiliar, con el nombre de "subarmalis", de la cota de malla, tras la adopción generalizada de esta.-N. del T.] ; la pierna izquierda estaba cubierta por una greba, y sus casos iban emplumados para dar la sensación de que eran más altos de lo que realmente eran. Las túnicas de los hombres con escudos labrados en oro eran de varios colores, las de quienes llevaban los escudos labrados con plata eran de lino blanco. Estos últimos fueron situados a la derecha y los primeros quedaron dispuestos a la izquierda. Los romanos ya sabían del esplendor de sus armaduras, y sus jefes les habían enseñado que un soldado debía inspirar miedo, no por estar cubierto de oro y plata, sino por su confianza en su valor y su espada. Miraban todo aquello más como un despojo a capturar por el enemigo que como una defensa para el portador, muy resplandeciente antes de la batalla y pronto manchado y ensuciado por las heridas y el derramamiento de sangre. Sabían que el único adorno del soldado era el valor y que todas aquellas galas quedarían para quienquiera que venciese; un enemigo rico sería presa del vencedor, aunque este fuese pobre.

Con esta enseñanza fresca en sus mentes, Cursor condujo a sus hombres a la batalla. Tomó su lugar en el ala derecha y le dio el mando de la izquierda al jefe de la caballería. Tan pronto chocaron las dos líneas, empezó una competición entre el dictador y el jefe de la caballería, tan fuerte como el combate contra el enemigo, para ver qué división era la primera en alcanzar la victoria. Junio resultó ser el primero en desalojar al enemigo. Llevando su ala izquierda contra la derecha enemiga, donde estaban situados los soldados 'consagrados', resaltando con sus túnicas blancas y brillantes armaduras, Junio declaró que los sacrificaría al Orco [divinidad infernal romana y, por extensión, el infierno.-N. del T.] y, presionando al ataque, rompió sus líneas y les hizo ceder terreno ostensiblemente. Al ver esto, el dictador exclamó: "¿Será la victoria para el ala izquierda? ¿Va el ala derecha, la del propio dictador, a seguir a aquella en la batalla y no va a ganar para sí la mayor parte de la victoria?". Esto animó a los hombres; la caballería se comportó más gallardamente que la infantería y los generales mostraron tanta energía como los comandantes. Marco Valerio, en el ala banda derecha, y Publio Decio, en la izquierda, hombres ambos de rango consular, cabalgaron hasta la caballería que cubría los flancos y la incitaron a ganar algo de gloria para sí mismos. Atacaron al enemigo por ambos flancos, y el doble ataque aumentó el desánimo del enemigo. Para completar su derrota, las legiones romanas volvieron a lanzar su grito de guerra y a cargar. Se dieron ahora los samnitas a la fuga, y pronto la llanura quedó llena de brillantes armaduras y montones de cadáveres. Al principio, los aterrorizados samnitas se refugiaron en su campamento, pero ni siquiera fueron capaces de defenderlo; fue capturado, saqueado y quemado antes de que cayese la noche.

El Senado decretó un triunfo para el dictador. Con mucho, la mejor visión de la procesión fueron las armaduras capturadas, y tan magnífica era la consideración de las piezas que los escudos dorados fueron distribuidos entre los propietarios de talleres de platería para que adornasen el Foro. Se dice que esto fue el origen de la costumbre de que los ediles decoren el Foro cuando los símbolos de los tres dioses capitolinos son llevados en procesión por la Ciudad con ocasión de los Grandes Juegos. Mientras los romanos usaban estas armaduras para honrar a los dioses, los campanos, llenos de desprecio y odio hacia los samnitas, hicieron que las llevasen los gladiadores que actuaban en sus banquetes y los llamaron, desde entonces, "samnitas". El cónsul Fabio se enfrentaron este año en una batalla con los restos de los etruscos, en Perusia, pues esta ciudad había roto la tregua. Obtuvo una victoria fácil y decisiva, y después de la batalla se acercó hasta las murallas y habría tomado la plaza si esta no hubiese enviado legados para rendirla. Después de haber colocado una guarnición en Perusia, llegaron hasta él delegaciones de diversas ciudades etruscas para pedir la restauración de relaciones amistosas; a estas las remitió al Senado, en Roma. Entró después en la Ciudad, en procesión triunfal, tras alcanzar un éxito más sólido que el del dictador, especialmente porque la derrota de los samnitas fue achacada principalmente a los legados, Publio Decio y Marco Valerio. Estos hombres fueron elegidos por el voto casi unánime, en las siguientes elecciones, uno como cónsul y el otro como pretor.

[9.41] Por sus espléndidos servicios en el sometimiento de la Etruria, el consulado de Fabio se extendió otro año, siendo Decio su colega -308 a.C.-. Valerio fue elegido pretor por cuarta vez. Los cónsules sortearon sus respectivos mandos; Etruria tocó a Decio y el Samnio a Fabio. Fabio marchó a Nuceria Alfaterna, de la que rechazó ahora su petición de paz por haberla rehusado su pueblo con anterioridad. No fue hasta que comenzó a atacar realmente el lugar que se vieron obligados a rendirse sin condiciones. Libró un combate contra los samnitas y obtuvo una victoria fácil. El recuerdo de esa batalla no hubiera sobrevivido si no hubiera sido aquella la primera vez que los marsios se enfrentaban hostilmente a Roma. Los pelignos, que habían seguido el ejemplo de los marsios, corrieron la misma suerte. El otro cónsul, Decio, también tuvo éxito. Produjo tanta inquietud a los tarquinios que este pueblo aprovisionó a su ejército con grano y pidió una tregua por cuarenta años. Capturó varios castillos a los volsinios, destruyendo algunos para que no sirvieran como refugio al enemigo; extendiendo sus operaciones en todas direcciones, hizo tan temido su nombre que toda la liga etrusca se rogó que les concediera un tratado de paz. No había la menor posibilidad de que lo obtuvieran, pero se les otorgó una tregua por un año. Tuvieron que pagar la soldada anual de las tropas y dos túnicas para cada soldado. Ese fue el precio de la tregua.

Habiéndose así calmado las cosas en Etruria, surgió un nuevo problema a causa de la deserción repentina de los umbros, pueblo que hasta entonces había quedado al margen de los estragos de la guerra excepto por haber sufrido sus tierras el paso de los romanos. Convocaron a todos sus guerreros y obligaron a gran parte de su población etrusca a reanudar las hostilidades. El ejército que reunieron era tan grande que comenzaron a hablar con fanfarronería sobre sí mismos y en términos de lo más despectivos sobre los romanos. Expresaron incluso su intención de dejar a Decio a su retaguardia y marchar directamente a atacar Roma. Sus intenciones fueron dadas a conocer a Decio; este enseguida se apresuró a marchas forzadas hasta una ciudad fuera de las fronteras etruscas y tomó posiciones en territorio de Pupinia [al sur del río Anio.-N. del T.], para controlar los movimientos del enemigo. Este movimiento hostil de los umbros fue considerado muy seriamente en Roma, y aún su lenguaje amenazante hizo que el pueblo, tras de su experiencia con la invasión gala, temiese por la seguridad de su Ciudad. Se enviaron, por lo tanto, instrucciones a Fabio, ordenándole que, si podía por el momento suspender las operaciones en el Samnio, marchase a toda velocidad hacia la Umbría. El cónsul actuó de inmediato según sus órdenes y se dirigió a marchas forzadas hacia Bevaña [antigua Mevania.-N. del T.], donde estaban estacionadas las fuerzas de los umbros. Estos le creían muy lejos, en el Samnio, con otra guerra entre manos, y su llegada repentina les produjo tal consternación que algunos aconsejaron retirarse a sus ciudades fortificadas mientras otros estaban a favor de abandonar la guerra. Una sola comarca, a la que sus nativos llamaban Materina, no solo mantuvo a los demás bajo las armas, sino que incluso los indujo a combatir de inmediato. Atacaron a Fabio mientras estaba fortificando su campamento. Cuando este les vio correr hacia sus trincheras, mandó retirar a sus hombres de sus trabajos y los dispuso en el mejor orden que el tiempo y el terreno le permitió. Les recordó la gloria que habían ganado en Etruria y en el Samnio, y les ordenó acabar con este pequeño resto de la guerra etrusca y darles una adecuada retribución por el lenguaje impío con el que el enemigo había amenazado con atacar a Roma. Sus palabras fueron recibidas con tanto entusiasmo por sus hombres que sus gritos interrumpieron la arenga de su comandante, y sin esperar la voz de mando o el toque de tubas y cuernos, se lanzaron corriendo hacia el enemigo. No les atacaron como a hombres armados; resulta increíble pero empezaron arrebatando los estandartes a quienes los llevaban, después arrastraron a los propios portaestandartes hasta donde el cónsul y empujaron a los soldados de un ejército al otro; se combatió por todas partes más con los escudos que con las espadas, derribando a los hombres con los umbos de los escudos y con golpes en los hombros. Hubo más prisioneros que muertos y solo se oía un grito entre las filas: "¡Arrojad vuestras armas!". Así, en el campo de batalla, los principales culpables de la guerra se rindieron. Durante los siguientes días, el resto de los pueblos de la Umbría se sometieron. Los ocriculanos llegaron a un compromiso mutuo con Roma y fueron admitidos en su amistad.

[9.42] Después de dar un fin victorioso a la guerra que había tocado a su colega, Fabio regresó a su propia provincia. Como había dirigido las operaciones con tanto éxito, el Senado siguió el precedente establecido por el pueblo el año anterior y extendió su consulado a un tercer año, a pesar de la enérgica oposición de Apio Claudio, que era ahora cónsul junto a Lucio Volumnio -307 a.C.-. Veo que algunos analistas que Apio fue candidato al consulado cuando aún era censor, y que Lucio Furio, un tribuno de la plebe, impidió la elección hasta que hubiese renunciado a su censura. Apareció un nuevo enemigo, los salentinos, y la conducción de esta guerra tocó a su colega; el propio Apio permaneció en Roma con el fin de reforzar su influencia mediante las obras públicas, pues la consecución de la gloria militar estaba en otras manos. Volumnio no tenía motivos para lamentar este arreglo; combatió en muchas acciones con éxito y capturó al asalto algunas ciudades enemigas. Fue pródigo en la distribución del botín, y esta generosidad resultó aún más agradable por sus maneras francas y cordiales; por tales cualidades hizo que sus hombres enfrentasen cualquier peligro o trabajo. Quinto Fabio, como procónsul, se enfrentó en batalla campal con los samnitas, cerca de la ciudad de Alife. Hubo muy pocas dudas en cuanto al resultado, el enemigo fue derrotados y obligado a huir a su campamento, y no lo habrían conservado si hubiese quedado más luz diurna. Antes de que se hiciera de noche, sin embargo, su campamento quedó completamente rodeado y nadie pudo escapar. Al día siguiente, durante el crepúsculo, hicieron propuestas de rendición, y esta fue aceptada a condición de que los samnitas partiesen con una sola pieza de ropa y tras haber pasado todos bajo el yugo. Nada se pactó respecto a sus aliados y hasta siete mil de ellos fueron vendidos como esclavos. Los que se declararon hérnicos fueron separados y puestos bajo custodia; posteriormente, Fabio les envió a todos al Senado en Roma. Después de haberse investigado quiénes de ellos combatieron junto a los samnitas como voluntarios y quiénes a la fuerza, se les entregó a la custodia de las ciudades latinas. Los nuevos cónsules, Publio Cornelio Arvina y Quinto Marcio Trémulo -306 a.C.-, recibieron órdenes de presentar todo el asunto de los prisioneros ante el Senado. Los hérnicos se resintieron de esto y los anagninos convocaron su consejo nacional, que se reunió en el circo llamado Marítimo; así, toda la nación, con excepción de Alatri, Ferentino y Veroli [antiguas Aletrium, Ferentinum y Verula.- N. del T.], declaró la guerra a Roma.

[9.43] También en el Samnio, una vez que Fabio hubo evacuado el país, se produjeron nuevos movimientos. Calacia, Sora y las guarniciones romanas que había allí fueron tomadas al asalto, a los soldados capturados se les maltrató de manera cruel. Publio Cornelio fue enviado allí con un ejército. Anagninos y hérnicos habían correspondido a Marcio. Al principio el enemigo ocupó una posición, bien elegida, entre los campamentos de ambos cónsules, de modo que ningún mensajero, por ligero que fuese, pudo pasar y, durante algunos días, ambos cónsules estuvieron sin noticias e inquietos por no saber de los movimientos del otro. Llegaron nuevas a Roma de este estado de cosas, y se llamó a todos los hombres disponibles para el servicio; se alistaron dos ejércitos completos para afrontar cualquier emergencia inesperada. Pero el progreso de la guerra no justificó esta extrema inquietud, ni era digna de la antigua reputación que tenían los hérnicos. No intentaron nada que valga la pena mencionar, a los pocos días perdieron sucesivamente tres campamentos y pidieron un armisticio de treinta días para que sus embajadores pudiesen ir a Roma. Para obtenerlo, consintieron en proporcionar a las tropas romanas el sueldo de seis meses y una túnica por hombre. Los legados fueron remitidos por el Senado a Marcio, a quien le había dado plenos poderes para negociar, y este recibió la rendición formal de los hérnicos. El otro cónsul en el Samnio, aunque superior en fuerza, estaba más impedido en sus movimientos. El enemigo había bloqueado todas las carreteras y controlado los pasos para que no pudiesen llegar los suministros, y aunque el cónsul formó sus líneas y ofreció batalla cada día, no pudo llevar al enemigo a un combate. Estaba bastante claro que los samnitas no correrían el riesgo de un combate inmediato, y que los romanos no podrían soportar una campaña prolongada. La llegada de Marcio, que tras someter a los hérnicos había corrido en auxilio de su colega, imposibilitó al enemigo retrasar más las cosas. No se habían sentido lo bastante fuertes como para enfrentarse siquiera a un ejército en campo abierto, y sabían que su posición sería totalmente desesperada si ambos ejércitos consulares se unían; decidieron, por lo tanto, atacar a Marcio mientras marchaba, antes de que tuviese tiempo de desplegar a sus hombres. La impedimenta de los soldados se arrojó al centro a toda prisa y se formó la línea de combate tan bien como permitió el tiempo disponible. El sonido del grito de guerra extendiéndose y luego la vista de la nube de polvo en la distancia, produjeron gran expectación en el campamento de Cornelio. Este ordenó en seguida a los hombres que se armasen para la batalla, y los formó, a toda prisa, fuera del campamento. Sería, exclamó, una escandalosa vergüenza que permitiesen al otro ejército obtener en solitario una victoria que ambos debían compartir y que no pudiesen reclamar la gloria de una guerra que se les había encomendado especialmente a ellos. A continuación, hizo un ataque de flanco y, rompiendo por el centro del enemigo, llegó hasta su campamento, que estaba sin defensores, y lo quemó. Tan pronto como las tropas de Marcio vieron las llamas, y viéndolas también el enemigo al mirar hacia atrás, los samnitas huyeron en todas direcciones, pero no hubo lugar que les brindara un refugio seguro, la muerte les esperaba en todas partes.

Después de dar muerte a treinta mil enemigos, los cónsules dieron la señal de retirada. Estaban reuniendo y concentrando las tropas en medio de mutuas felicitaciones cuando aparecieron repentinamente nuevas cohortes enemigas en la distancia, compuestas por reclutas que habían sido enviados como refuerzos. Esto supuso la renovación de la carnicería, ya que, sin órdenes de los cónsules ni que se diera señal alguna, los romanos victoriosos los atacaron, gritando conforme cargaban que los reclutas samnitas tendrían que pagar un alto precio por su entrenamiento. Los cónsules no refrenaron el ardor de sus hombres, pues sabían muy bien que los soldados primerizos ni siquiera intentarían luchar cuando los veteranos a su alrededor se encontraban en desordenada fuga. No estaban equivocados; todas las fuerzas samnitas, veteranos y reclutas por igual, huyeron a las montañas más cercanas. Los romanos les persiguieron a continuación, ningún lugar ofreció refugio al derrotado enemigo, fueron expulsados de las alturas que habían ocupado y, por fin, con una sola voz rogaron la paz. Se les ordenó que suministrasen grano para tres meses, la paga de un año y una túnica para cada soldado; se mandó a los embajadores al Senado para que se les diesen las condiciones de paz. Cornelio se quedó en Samnio; Marcio entró en la ciudad en procesión triunfal tras haber sometido a los hérnicos. Se decretó para él una estatua ecuestre, que se erigió en el Foro, enfrente del Templo de Cástor. Tres de las comunidades hérnicas (Alatri, Veroli y Ferentino) vieron restaurada su independencia, pues prefirieron esto a la ciudadanía, y se les garantizó el derecho de matrimonio entre ellos, un privilegio que, durante un tiempo considerable, fueron las únicas comunidades hérnicas en disfrutar. Los anagninos y los demás que habían tomado las armas contra Roma fueron admitidos a la ciudadanía sin derecho a voto, se les privó del auto-gobierno y del derecho de matrimonio con los otros y a sus magistrados se les prohibió ejercer ninguna otra función excepto las relacionadas con la religión. En este año, el censor Cayo Junio Bubulco firmó un contrato para la construcción del templo de Salus que había ofrendado cuando participó como cónsul en la guerra samnita. Él y su colega, Marco Valerio Máximo, llevaron también a cabo la construcción de carreteras, con fondos públicos, por los distritos rurales. También ese año, se renovó por tercera vez el tratado con los cartagineses y se hicieron generosos regalos a los plenipotenciarios que llegaron con tal propósito.

[9.44] Publio Cornelio Escipión fue nombrado dictador este año, con Publio Decio Mus como jefe de la caballería, pues ninguno de los cónsules pudo dejar su puesto en campaña. Los cónsules electos fueron Lucio Postumio y Tiberio Minucio -305 a.C.-. Pisón sitúa a estos cónsules inmediatamente después de Quinto Fabio y Publio Decio, omitiendo los dos años en los que he insertado el consulado de Claudio y Volumnio y de Cornelio y Marcio. No está claro si esto se debió a un fallo de memoria al elaborar las listas o si les omitió deliberadamente. Los samnitas hicieron aquel año incursiones en el territorio de Estela [antigua Stellae.-N. del T.] en Campania. En consecuencia, ambos cónsules fueron enviados al Samnio. Postumio marchó a Tiferno y Minucio hizo de Boiano su objetivo. Postumio fue el primero en entrar en contacto con el enemigo y se libró una batalla en Tiferno. Algunos autores afirman que los samnitas fueron derrotados profusamente y que se tomaron veinticuatro mil 24.000 prisioneros. Según otros, la batalla tuvo un resultado indeciso y Postumio, con el fin de dar la impresión de que tenía miedo del enemigo, se retiró por la noche hacia las montañas, donde le siguió el enemigo y se atrincheró a unos dos millas de él [2960 metros.- N. del T.]. Para mantener la apariencia de haber buscado un lugar seguro y cómodo donde levantar un campamento, como así era realmente, el cónsul lo fortificó fuertemente y lo equipó con todo lo necesario. Luego, dejando un fuerte destacamento para guarnecerlo, hacia la tercera guardia condujo sus legiones sin bagajes, por la ruta más corta posible, hasta donde estaba su colega, quien también estaba acampado frente a otro ejército samnita. Actuando Minucio según el consejo de Postumio, y después que la batalla hubiese ocupado la mayor parte del día sin que ningún bando obtuviese ventaja, Postumio condujo sus legiones de refresco y efectuó un ataque por sorpresa contra las cansadas líneas enemigas. Agotados por el combate y por las heridas, fueron incapaces de huir y fueron prácticamente aniquilados. Se capturaron veintiún estandartes. Ambos ejércitos marcharon hacia el campamento que había levantado Postumio, y una vez allí atacaron, derrotaron y dispersaron a otro ejército enemigo, que estaba desmoralizado por las noticias de la batalla anterior. Se capturaron veintiséis estandartes, al jefe samnita, Estacio Gelio, gran cantidad de hombres que fueron hechos prisioneros y ambos campamentos. Al día siguiente atacaron Boiano, que pronto se tomó, y los cónsules celebraron un triunfo conjunto tras sus brillantes éxitos. Algunos autores afirman que el cónsul Minucio fue llevado de vuelta al campamento, gravemente herido, y murió allí; que Marco Fulvio fue nombrado cónsul en su lugar y, tras tomar el mando del ejército de Minucio, efectuó la captura de Boiano. Durante aquel año, Sora, Arpino y Mignano Monte Lungo [antigua Cesennia.- N. del T.] fueron recuperadas de los samnitas. También se erigió la gran estatua de Hércules, que se dedicó en el Capitolio.

[9.45] Publio Sulpicio Saverrión y Publio Sempronio Sofo fueron los siguientes cónsules -304 a.C.-. Durante su consulado, los samnitas, ansiosos por terminar, o al menos suspender, las hostilidades, enviaron emisarios a Roma para pedir la paz. A pesar de su actitud sumisa, no se encontraron con una acogida muy favorable. Se les contestó en el sentido de que si los samnitas no hubieran hecho a menudo propuestas de paz mientras realmente se preparaban para la guerra, posiblemente se hubieran llevado a cabo las negociaciones; pero habiendo resultado hasta ahora vanas sus palabras, los hechos resolverían la cuestión. Se les informó que el cónsul Publio Sempronio estaría en breve en el Samnio con su ejército, y él sería capaz de juzgar con exactitud si estaban más dispuestos a la paz o a la guerra. Cuando hubiera obtenido toda la información que precisara, la presentaría ante el Senado; a su vuelta del Samnio los embajadores podrían seguirle a Roma. Donde quiera que iba, Sempronio hallaba a los samnitas en pacífica disposición y dispuestos a suministrarle provisiones con generosidad. El antiguo tratado, por lo tanto, fue renovado. De aquí, las armas romanas se volvieron contra sus antiguos enemigos ecuos. Durante muchos años, esta nación había permanecido tranquila, disimulando sus verdaderos sentimientos bajo una actitud pacífica. Mientras los hérnicos permanecieron sin someter, los ecuos cooperaron frecuentemente con ellos mandando ayuda a los samnitas, pero tras su sometimiento final casi toda la nación ecua se quitó la máscara y se pasó abiertamente al enemigo. Después que Roma hubiera renovado el tratado con los samnitas, los feciales acudieron ante los ecuos en demanda de satisfacción. Se les dijo consideraban su demanda, simplemente, como un intento de los romanos para intimidarles con amenazas de guerra para que se convirtiesen en ciudadanos romanos. ¿Cómo iba a ser esto algo deseable, si cuando a los hérnicos se les permitió elegir escogieron vivir bajo sus propias leyes en vez de convertirse en ciudadanos de Roma? Para hombres a quienes no se les permitía escoger, sino que se les convertía en ciudadanos a la fuerza, sería un castigo.

Habiendo sido expresada unánimemente esta opinión en sus diversos consejos, los romanos ordenaros que se declarase la guerra a los ecuos. Tanto los cónsules marcharon en campaña y se situaron en una posición a cuatro millas de distancia [5920 metros.-N. del T.] del campamento del enemigo. Como los ecuos no habían sufrido en mucho tiempo una guerra nacional, su ejército parecía alistado a toda prisa, sin generales adecuados, disciplina ni obediencia. Ellos estaban en total confusión; algunos eran de la opinión de que debían dar batalla, otros pensaban que debían limitarse a defender su campamento. La mayoría estaban influenciados por la perspectiva de ver sus campos devastados y sus ciudades, con sus escasas guarniciones, destruidas. Entre esta diversidad de opiniones, prevaleció una que anteponía al interés general el propio de cada hombre. Se les aconsejó abandonar su campamento en la primera guardia, llevarse todas sus pertenencias y dispersarse hacia sus respectivas ciudades para proteger sus propiedades detrás de sus murallas. Este consejo encontró la más cálida aprobación general. Mientras que el enemigo se marchaba con tal desorden a sus casas, los romanos, tan pronto amaneció, salieron con sus estandartes y formaron en orden de batalla, al no encontrar ningún oponente se dirigieron a paso ligero hacia el campamento enemigo. No encontraron aquí a nadie de guardia ante las puertas o sobre la empalizada, ningún ruido de los acostumbrados en un campamento y, temiendo que el desacostumbrado silencio fuera señal de haberse preparado alguna trampa, se detuvieron. Por fin, escalaron la empalizada y lo hallaron todo desierto. Empezaron a seguir entonces los pasos del enemigo, pero como este se había diseminado en todas direcciones por igual, se vieron inducidos a error. Posteriormente descubrieron, por medio de sus exploradores, cuál fue la intención del enemigo, atacando sucesivamente sus ciudades. En un lapso de dos semanas asediaron y capturaron treinta y una ciudades fortificadas. La mayoría fue saqueada y quemada, y la nación de los ecuos fue casi exterminada. Se celebró un triunfo sobre ellos y, advertidos por su ejemplo, los marrucinos, los marsios, los pelignos y los ferentinos enviaron mensajeros a Roma para pedir la paz y su amistad. Estas tribus consiguieron un tratado con Roma.

[9.46] Fue durante este año que Cneo Flavio, escriba, hijo de un liberto, de origen humilde pero de clara inteligencia y buen orador, se convirtió en edil curul. Veo en algunos analistas la afirmación de que al llegar el momento de la elección de ediles, encontrándose con que el primer voto emitido lo fue en su favor y siendo rechazado con considerar que era un escriba, arrojó su tableta de escritura y juró que no seguiría con esa profesión. Licinio Macer, sin embargo, intenta demostrar que ya había dejado mucho antes ese empleo, pues había sido tribuno de la plebe y en dos ocasiones desempeñó el cargo de triunviro, la primera como triunviro nocturno y la segunda como uno de los tres encargados del asentamiento de una colonia. Como quiera que sea, no hay duda de que mantuvo una actitud desafiante hacia los nobles, que miraban su origen humilde con desprecio. Hizo público el derecho civil y las formas procesales que eran ocultadas por los pontífices en los archivos; exhibió en el Foro un calendario escrito en tablones blanqueados, sobre el que se indicaban los fastos, para que se supiese cuándo estaban permitidos los asuntos legales; para gran disgusto de la nobleza, dedicó el templo de la Concordia en el Vulcanal. A estos efectos, el Pontífice Máximo, Cornelio Barbado, fue obligado por la voz unánime del pueblo a recitar la forma usual de la devoción a pesar de su insistencia en que, de acuerdo con la costumbre ancestral, nadie excepto un cónsul o un imperator [jefe militar aclamado así por sus soldados. Aún faltan tres siglos para que la voz emperador aproxime su significado al del actual en castellano.-N. del T.] podía dedicar un templo. Fue como consecuencia de esto que el Senado autorizara que se presentase al pueblo una medida para que nadie dedicase un templo o un altar sin que le fuera ordenado por el Senado o por una mayoría de los tribunos de la plebe.

Relataré un incidente, bastante trivial en sí mismo, pero que ofrece una prueba evidente de la forma en que se afirmaron las libertades de la plebe en contra de la soberbia de la nobleza. Flavio fue a visitar a su colega, que estaba enfermo. Como varios jóvenes nobles que estaban sentados en la sala habían acordado no levantarse cuando entrase, ordenó que se trajese su silla curul y, desde aquel sitial de dignidad, contempló tranquilamente a sus enemigos, que permanecían llenos de envidia. La elevación de Flavio a la edilidad resultó, sin embargo, labor de un partido en el Foro que había obtenido su poder durante la censura de Apio Claudio. Pues Apio había sido el primero en contaminar el Senado con la elección de hijos de libertos, y cuando nadie reconoció la validez de estas elecciones y él no consiguió en la Curia la influencia que había buscado ganar en la Ciudad, sobornó a los comicios centuriados y a los comicios tribunados distribuyendo la escoria del populacho entre todas las tribus. Tal fue la profunda indignación suscitada por la elección de Flavio, que la mayoría de los nobles arrojaron sus anillos de oro y condecoraciones militares como señal de luto. A partir de ese momento los ciudadanos se dividieron en dos partidos; la parte no sobornada del pueblo, que estaba a favor y apoyaba a los hombres íntegros y patriotas, quería una cosa, la chusma del Foro, otra distinta, Este estado de cosas duró hasta que Quinto Fabio y Publio Decio fueron nombrados censores. Quinto Fabio, en aras de la concordia y al mismo tiempo para evitar que las elecciones fuesen controladas por lo más bajo del populacho, puso a todos los ciudadanos de la clase más baja ("la chusma del Foro") en cuatro tribus a las que llamó "las tribus urbanas". En agradecimiento por su acción, se dice, recibió un apodo que no se le había otorgado tras todos sus triunfos y que ahora se le daba por la sabiduría mostrada al repartir así los estamentos del Estado, el cognomen de "Máximo" [Maximus en el original latino: el más grande, literalmente.-N. del T.]. Se dice que fue también él quien instituyó el desfile anual de la caballería el 15 de julio.

Fin del libro 9.

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Libro 10: La Tercera Guerra Samnita (303-293 a. C.)

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[10.1] Durante el consulado de Lucio Genucio y Servio Cornelio hubo un casi completo respiro respecto a las guerras en el exterior -303 a.C.-. Se asentaron colonias en Sora y Alba. La última estaba en el país de los ecuos y allí se asentaron seis mil colonos. Sora había sido una ciudad Volsca, pero los samnitas la habían ocupado; allí se enviaron cuatro mil hombres. Ese año se confirió el derecho de ciudadanía a los arpinates y a los trebulanos [posiblemente, los habitantes del actual Monteleone Sabino.-N. del T.] Los frusinos fueron multados con un tercio de su territorio, pues se había descubierto que fueron ellos los instigadores de la revuelta hérnica. El Senado decretó que los cónsules debían realizar una investigación y los cabecillas fueron azotados y decapitados. Sin embargo, con el fin de que los romanos no pasasen un año entero sin efectuar ningún tipo de campaña militar, se envió una pequeña fuerza expedicionaria a la Umbría. Se informó de que desde cierta cueva se estaban efectuando expediciones armadas contra los alrededores. Los soldados romanos entraron en la cueva, y muchos de ellos resultaron heridos, sobre todo por las piedras, debido a la oscuridad del lugar. Al fin se descubrió otra entrada, pues había un pasaje que atravesaba la cueva, y ambas bocas fueron rellenadas con madera. Se prendió fuego a esta y, sofocados por el humo, perecieron dos mil bandidos al tratar de escapar. Marco Livio Denter y Marco Emilio fueron los siguientes cónsules, y durante su año de magistratura -302 a.C.-los ecuos reanudaron las hostilidades. Estaban resentidos por el asentamiento en sus fronteras de una colonia que sería un bastión del poderío romano; hicieron un intento desesperado por capturarla, pero los colonos les rechazaron. Dado su débil estado, parecía casi increíble que los ecuos hubiesen comenzado la guerra con sus solas fuerzas, y el miedo de que se extendiera una guerra larga hizo necesario el nombramiento de un dictador. Fue nombrado Cayo Junio Bubulco, que salió en campaña con Marco Titinio como jefe de la caballería -301 a.C.-. En la primera batalla aplastó a los ecuos y una semana más tarde regresó en triunfo a la Ciudad. Siendo dictador, consagró el templo de Salus que había ofrecido como cónsul y cuya construcción había contratado cuando fue censor.

[10.2] Durante ese año, una flota de barcos griegos bajo el mando del lacedemonio Cleónimo navegó por las costas italianas y capturó la ciudad de Turias [cerca de la actual Rocavecchia.- N. del T.], en territorio salentino. El cónsul, Emilio, fue enviado a enfrentarse con este enemigo y, en una batalla, le derrotó y lo empujó hasta sus barcos. Turias fue devuelta a sus antiguos habitantes, y se restableció la paz en territorio salentino. Veo que algunos analistas dicen que el dictador, Junio Bubulco, fue el enviado a aquel país y que Cleónimo dejó Italia para evitar un conflicto con los romanos. Este navegó alrededor del promontorio de Brindisi [la antigua Brundisium.-N. del T.] y fue llevado por los vientos hasta el Adriático, donde tenía a su izquierda las costas sin puertos de Italia y a su derecha los países de los ilirios, los liburnos y los istrios, tribus salvajes principalmente conocidas por sus actos de piratería. Temía la posibilidad de caer entre estos y, por lo tanto, dirigió su rumbo tierra adentro hasta llegar a las costas de los vénetos. Aquí desembarcó un pequeño grupo para explorar los alrededores. Volvieron con información en el sentido de que había una playa estrecha, y que tras cruzarla se hallaban marismas anegadas por las mareas; más allá se veía un país bajo y cultivado y, en la distancia, algunas colinas. A no mucha distancia estaba la desembocadura de un río lo suficientemente profundo como para maniobrar las naves y anclarlas con seguridad (se trataba del Bacchiglione) [Meduacus en el original latino, distinto del Meduacus maior.-N. del T.]. Al oír esto, ordenó a la flota aproar hacia ese río y navegarlo corriente arriba. Como el cauce del río no admitía el paso de sus naves mayores, la mayoría de sus fuerzas ocuparon los barcos más ligeros y llegaron a un distrito populoso, perteneciente a los pueblos marítimos de los paduanos [los patavios, en el original latino.-N. del T.], que habitaban aquella costa. Después de dejar unos pocos para proteger los barcos, desembarcaron, tomaron las aldeas, quemaron las casas y se llevaron a los hombres y al ganado como botín. Su afán de saqueo los llevó muy lejos de sus barcos. El pueblo de Padua [antigua Patavium.-N. del T.] estaba obligado a permanecer siempre bajo las armas por culpa de sus vecinos, los galos, y cuando se enteraron de lo que pasaba dividieron sus fuerzas en dos ejércitos. Uno de ellos se dirigió al territorio donde se había informados que el enemigo hacía sus correrías; el otro marchó por una ruta distinta, para evitar encontrarse con ningún saqueador, hasta donde estaban ancladas las naves, a unas catorce millas de la ciudad [20.720 metros.-N. del T.]. Este último atacó a los barcos y, después de matar a los que se resistieron, obligó a los aterrorizados marineros a llevar sus barcos hacia la orilla opuesta. El otro ejército había tenido también éxito contra los saqueadores, quienes en su huida hacia las naves fueron interceptados por los vénetos, tomados entre ambos ejércitos y destrozados. Varios de los prisioneros informaron a sus captores que el rey Cleómenes, con su flota, estaba a sólo tres millas de distancia [4440 metros.-N. del T.]. Enviaron a los prisioneros a la aldea más cercana para su custodia, y algunos de los defensores abordaron sus botes de río, que tenían el fondo plano para poder navegar por las aguas poco profundas de las lagunas, mientras otros tripulaban las naves que habían capturado y navegaban río abajo. Cuando alcanzaron la flota griega, rodearon los barcos inmóviles, más temerosos de las aguas desconocidas que del enemigo, y los persiguieron hasta la desembocadura del río. Algunos encallaron en la confusión del combate y fueron tomados y quemados. Después de esta victoria regresaron. Al no poder desembarcar en parte alguna del Adriático, Cleónimo zarpó con apenas una quinta parte de su flota en buen estado. Hay muchos, vivos aún, que han visto los espolones de las naves y los despojos de los lacedemonios colgados en el antiguo templo de Juno en Padua, y el aniversario de esa batalla se celebra mediante un combate simulado de barcos en el río que fluye a través de la ciudad.

[10.3] Los vestinos había solicitado que se les considerase un estado amigo y se firmó con ellos, ese año, un tratado. Ocurrieron después varios sucesos que crearon preocupación en Roma. Se recibieron nuevas de la reanudación de hostilidades por los etruscos, debido a los disturbios de los aretinos. La poderosa gens de los Cilnios había provocado unánimes celos por su enorme riqueza y se había tratado de expulsarlos de la ciudad. Los marsios también estaban dando problemas, pues se había enviado un grupo de cuatro mil colonos a Carseoli [a unos cinco kilómetros de la moderna Caroli.-N. del T] y aquellos les impidieron por la fuerza que ocuparan el lugar. A la vista de este amenazador estado de cosas, Marco Valerio Máximo fue nombrado dictador y designó a Marco Emilio Paulo como jefe de la caballería -301 a.C.-. Creo que esto es más probable a que Quinto Fabio fuese nombrado jefe de la caballería y, por lo tanto, quedase subordinado a Valerio, a pesar de su edad y de los cargos que había desempeñado; pero estoy dispuesto a admitir que la error surgió del apodo Máximo, común a los dos hombres. El dictador salió en campaña y derrotó a los marsios en una batalla. Tras obligarles a buscar refugio en sus ciudades fortificadas, tomó Milionia, Plestina y Fresilia en pocos días. Los marsios se vieron obligados a renunciar a una porción de su territorio y después se renovó el antiguo tratado con Roma. La guerra se dirigió ahora contra los etruscos, aconteciendo un desafortunado incidente durante esta campaña. El dictador había dejado el campamento para ir a Roma a tomar nuevos auspicios y el jefe de la caballería había salido a forrajear. Fue sorprendido y rodeado, y tras perder algunos estandartes y a muchos de sus hombres fue obligado a retroceder vergonzosamente a su campamento. Esta huida precipitada se contradice con todo lo que sabemos de Fabio; pues era su reputación como un soldado la que, más que otra cosa, justificaba su epíteto de Máximo, y él nunca olvidó la severidad de Papirio hacia él, y nunca habría estado tentado luchar sin órdenes del dictador.

[10.4] Las noticias de esta derrota creado una inquietud bastante injustificada en Roma. Se tomaron medidas como su hubiese sido aniquilado un ejército; todos los asuntos legales se suspendieron, se pusieron guardias en las puertas, se apostaron vigías en diferentes barrios de la Ciudad, se dispusieron armas y corazas junto a las murallas y se incorporó a cada hombre en edad militar. Cuando el dictador regresó al campamento se encontró con que, debido a las cuidadosas disposiciones que había tomado el jefe de la caballería, todo estaba más tranquilo de lo que había esperado. El campamento había sido retrasado a una posición más segura; las cohortes que habían perdido sus estandartes fueron castigadas, situándolas fuera de la empalizada y sin tiendas; todo el ejército estaba ansioso por combatir y acabar con la mancha de la derrota. En estas circunstancias, el dictador avanzó su campamento en las cercanías de Roselle [antigua Rusella.-N. del T.]. El enemigo lo seguía y, aunque sentía la máxima confianza ante una prueba de fuerza en campo abierto, se decidió por intentar una estratagema contra su enemigo, pues ya había tenido éxito antes. A no mucha distancia del campamento romano había algunas casas medio demolidas, pertenecientes a un pueblo que había sido incendiado cuando asolaron el territorio. Algunos soldados se ocultaron en ellas y llevaron el ganado a un lugar a la vista de una guarnición romana al mando de un general, Cneo Fulvio. Como ni un solo hombre abandonó su puesto para apoderarse del cebo, uno de los arrieros, llegando cerca de las líneas romanas, llamó a los otros, que estaban conduciendo el ganado un poco lentamente lejos de las casas en ruinas, para preguntarles por qué iban tan lentos pues podrían arrearlo con seguridad a través del campamento romano. Algunos cerites que estaban con Fulvio le tradujeron aquellas palabras, y todos los manípulos quedaron muy indignados por el insulto, pero no se atrevió a moverse sin órdenes. A continuación, instruyó a los que estaban familiarizados con el idioma para que se fijasen si su modo de hablar era más propio de campesinos o de habitantes de ciudad. Cuando le dijeron que su acento y aspecto eran demasiado refinados para unos arrieros de ganado, dijo: "Id y decirles que abandonen el engaño que han intentado en vano; los romanos lo saben todo y ya no se les puede atrapar por la astucia, sólo por las armas". Cuando llegaron estas palabras a los que yacían ocultos, se levantaron de repente de su escondite y avanzaron sus estandartes hacia una llanura abierta, visibles desde todas partes. La línea de su frente le pareció a Fulvio demasiado grande para que sus hombres la pudieran resistir, y envió un mensaje apresurado al dictador para pedir ayuda; mientras tanto, enfrentó el ataque por sí mismo.

[10.5] Cuando el mensaje llegó al dictador, ordenó avanzar a los estandartes y que las tropas los siguieran. Pero todo se ejecutó casi más rápidamente de que se dieran las órdenes. Se tomaron de inmediato los estandartes, y casi no se pudo contener a las fuerzas para que cargasen a la carrera. Estaban ardiendo en deseos de vengar su reciente derrota, y los gritos, cada vez más fuertes en la batalla que ya se estaba combatiendo, les incitó aún más. Se animaban unos a otros y les decían a los portaestandartes que se movieran más rápidos; pero cuanta más prisa veía el dictador que tenían, más decidido estaba a retener la columna y ralentiza la marcha. Los etruscos había estado presentes con todas sus fuerzas al empezar la batalla. Enviaron al dictador mensaje tras mensaje, diciéndole que todas las legiones etruscas estaban empeñadas en la lucha, que sus hombres ya no podrían mantenerse frente a ellos y que él mismo, desde su posición más elevada, podía ver la crítica situación de su destacamento. Como, sin embargo, el dictador tenía bastante confianza en que su general pudiera aún contener el ataque, y como él también estaba cerca para guardarle contra cualquier riesgo de derrota, decidió esperar hasta que el enemigo estuviese completamente agotado y atacarle luego con tropas frescas. A pesar de que sus propios hombres avanzaban lentamente, había ya poca distancia entre ambas líneas, sobre todo para que cargase la caballería. Los estandartes de las legiones marchaban en vanguardia, para evitar que el enemigo sospechase cualquier maniobra repentina o secreta; pero el dictador había dispuesto intervalos en las filas de la infantería a través de los cuales pudiera pasar la caballería. Las legiones lanzaron el grito de guerra y en el mismo instante la caballería cargó contra el enemigo, que no estaba preparado para tal huracán, y entró en pánico. Como a las primeras líneas, que habían sido casi completamente destrozadas, las relevaron en el último momento, se les permitió respirar de más esfuerzos. Las nuevas tropas reanudaron el combate y el resultado no permaneció mucho tiempo dudoso. El enemigo derrotado buscó su campamento, y como se retiraron ante los romanos que los atacaban, se hacinaron en la parte más lejana de él. Al tratar de escapar se bloquearon en las estrechas puertas y una buena cantidad de ellos se subieron al terraplén y la empalizada, con la esperanza de defenderse desde un terreno más elevado o, posiblemente también, para escapar así, cruzando las rampas y el foso. En cierto punto, el terraplén había sido construido sin apisonarlo demasiado y, debido al peso de los que estaban encima, se derrumbó hacia el foso; muchos, tanto soldados como no combatientes, gritando que los dioses habían despejado aquel paso para que pudiesen huir, escaparon de aquella manera. En esta batalla fue quebrado por segunda vez el poder etrusco. Después de comprometerse a entregar un año de paga para el ejército y el suministro de dos meses de grano, obtuvieron permiso del dictador para enviar embajadores a Roma a que pidieran la paz. Se rehusó concederles un tratado formal de paz, pero se les otorgó una tregua de dos años. El dictador regresó en procesión triunfal a la Ciudad. Hay autores que dicen que Etruria fue pacificada sin que se librase ninguna batalla importante, simplemente solucionando los disturbios sediciosos en Arezzo y restaurando a los Cilnios al favor popular. Tan pronto Marco Valerio depuso su dictadura fue elegido cónsul. Algunos han pensado que fue elegido sin haber sido candidato y, por tanto, en su ausencia, y que la elección fue dirigida por un interrex. No hay duda, sin embargo, de que ocupó el consulado con Apuleyo Pansa -300 a.C.-.

[10.6] Durante el año de su magistratura, los asuntos extranjeros permanecieron bastante pacíficos; el poco éxito de los etruscos en la guerra se había juntado con los términos de la tregua para mantenerlos tranquilos; los samnitas, después de sus muchos años de derrotas y desastres, estaban bastante satisfechos con su reciente tratado con Roma. En la propia Ciudad, el gran número de colonos enviados al exterior, hizo que la plebe estuviese menos inquieta y más aliviada de sus cargas financieras. Pero, para evitar que se diese algo parecido a la calma general, dos de los tribunos de la plebe, Quinto y Cneo Ogulnio, dieron inicio a un conflicto entre los patricios y los plebeyos más prominentes. Estos hombres habían buscado por todas partes una oportunidad para difamar a los patricios ante la plebe y, después que todos los demás intentos fallasen, adoptaron una política calculada para indignar las mentes, no de la hez del populacho, sino de los líderes de hecho de la plebe, hombres que habían sido cónsules y disfrutado de triunfos y a cuyas distinciones oficiales no faltaba más que el sacerdocio. Este no estaba todavía abierto a ambos órdenes. Los Ogulnios, en consecuencia, anunciaron una medida previendo que, como había por entonces cuatro augures y cuatro pontífices, y se había decidido que había de aumentar el número de sacerdotes, los cuatro pontífices adicionales y los cinco augures debían ser cooptados de entre la plebe. Soy incapaz de ver cómo podría haberse reducido a cuatro el colegio de los augures, excepto por la muerte de dos de ellos. Pues era una regla establecida entre los augures que su número tenía que ser impar, para que las tres antiguas tribus de los Ramnes, Ticies y Lúceres pudieran cada una tener su propio augur o, si se necesitaban más, que se añadiera el mismo número por cada uno. Este fue el principio en el que se basaron cuando, al añadir cinco a cuatro, el número llegó hasta nueve, correspondiendo tres a cada tribu. Sin embargo, la cooptación de sacerdotes adicionales de la plebe produjo casi tanta indignación entre los patricios como cuando vieron abierto el consulado a todos. Pretendían que el asunto importaba a los dioses más de lo que les importaba a ellos; pues, por sus propias funciones sagradas, miraban que ellos también fuesen puros; solo esperaban y rezaban para que ningún desastre cayese sobre la república. Su oposición, sin embargo, no fue muy grande, porque ya se habían acostumbrado a la derrota en tales contiendas políticas y veían que sus rivales en la lucha por los más altos honores no apuntaban, como antes, a lo que tenían pocas esperanzas de ganar; hasta entonces, todo por lo que habían luchado, aunque con dudosas esperanzas de éxito, lo habían conseguido: innumerables consulados, censuras y triunfos.

[10.7] Se dice que Apio Claudio y Publio Decio fueron los líderes de esta controversia; el primero como opositor y el último como partidario de la medida propuesta. Los argumentos que presentaron eran prácticamente los mismos que los empleados a favor y en contra de las leyes Licinias, cuando se demandó que el consulado fuera accesible a los plebeyos. Después de repasar gran parte de los antiguos argumentos, Decio hizo una apelación final en nombre de los proponentes. Comenzó recordando la escena que muchos de los presentes habían visto, cuando el viejo Decio, su padre, ceñido con el cinturón gabino y de pie sobre una lanza, se ofrendó solemnemente en nombre de las legiones y el pueblo de Roma. Y continuó, "La ofrenda que hizo en aquella ocasión el cónsul Decio fue, a los ojos de los dioses inmortales, tan pura y santa como la de su colega, Tito Manlio, habría sido si se hubiera ofrendado. ¿No podría haber sido aquel Decio justamente elegido para ejercer funciones sacerdotales en nombre del pueblo romano? Y en cuanto a mí, ¿teméis que los dioses no escuchen mis oraciones como hacen con las de Apio Claudio? ¿Acaso él ejerce su culto privado con una mente más pura o adora a los dioses con un espíritu más religioso que yo? ¿Quién ha tenido ocasión de lamentar los votos hechos en nombre de la república por tantos cónsules plebeyos, por tantos dictadores plebeyos, cuando iban a tomar el mando de sus ejércitos o cuando se involucraban en acciones de guerra? Contad los comandantes de todos los años, desde que se libraron por vez primera guerras bajo la dirección y auspicios de plebeyos; veréis que hay tantos triunfos como comandantes. Los plebeyos, también, tienen su nobleza y carecen de motivos para estar insatisfechos con ellos. Podéis estar bien seguros de que, si ahora se desencadenase una guerra, el Senado y el Pueblo de Roma no tendría más confianza en un general porque fuera patricio que en otro que resultase ser un plebeyo. Ahora bien, si este fuera el caso, ¿quién en el cielo o en la tierra podría considerar una indignidad que hombres a quienes habéis honrado con sillas curules, con la toga pretexta, con la túnica palmada y la toga picta, con la corona triunfal y la de laurel, los hombres a cuyas casas habéis distinguido especialmente al poner en ellas los despojos capturados al enemigo, que a tales hombres, digo, se les añada a sus otros signos de rango las insignias de los pontífices y los augures? Un general triunfante conduce por la Ciudad un carro dorado, ataviado con las espléndidas vestiduras de Júpiter Óptimo Máximo. Después de esto, sube al Capitolio; ¿y no es cierto que se le ve allí con el vaso del sacrificio y el Lituus? [Ver Libro 1.18.-N. del T.]. ¿Va a considerarse una humillación si él, con la cabeza velada, sacrifica una víctima o toma un augurio desde su puesto en la ciudadela? Y si, en la inscripción de su retrato, las palabras consulado, censura o triunfo se leen sin provocar indignación, ¿provocarán escándalo las de augurado o pontificado? Yo de hecho espero, si a los cielos place, que, gracias a los buenos deseos del pueblo romano, tengamos ahora dignidad bastante como para ser capaces de otorgar tanto honor al sacerdocio como el que recibiremos. Por el bien de los dioses tanto como por el nuestro mismo, insistamos en que tal y como nosotros les adoramos ahora como particulares, así les adoraremos en el futuro como magistrados del Estado".

[10.8] "Pero ¿por qué he supuesto hasta ahora que la cuestión de los patricios y el sacerdocio es todavía una cuestión abierta, y que no estamos aún en posesión del más alto de todos los cargos? Vemos plebeyos entre los diez guardianes de los libros sagrados, en calidad de intérpretes de los versos de la Sibila y del destino de este pueblo; los vemos, también, presidir los sacrificios y otros ritos relacionados con Apolo. No se inflige ninguna injusticia a los patricios cuando se aumenta el número de guardianes de los Libros Sagrados a petición de los plebeyos. Ninguna se ha infligido ahora, cuando un tribuno fuerte y capaz ha creado cinco puestos más para augures y otros cuatro para los sacerdotes, que han de ser ocupados por los plebeyos; y no, Apio, con el propósito de expulsar a los patricios de sus lugares, sino para que la plebe les pueda ayudar en la dirección de los asuntos divinos, como lo hacen con el máximo de su capacidad en la administración de los asuntos humanos. No te ruborices, Apio, por tener como colega en el sacerdocio a un hombre al que podrían haber tenido como colega en la censura o en el consulado, que pudiera haber sido dictador contigo como jefe de la caballería, igual que si tú hubieras sido dictador con él como tu jefe de la caballería. Un inmigrante sabino, Atio Clauso, o si lo prefieres, Apio Claudio, el fundador de tu noble casa, fue admitido entre su número por aquellos antiguos patricios; no creo que esté por debajo de ti si nos admites entre el número de los sacerdotes. Traemos con nosotros muchas distinciones, todas las que, de hecho, os hacen tan orgullosos. Lucio Sextio fue el primer plebeyo en ser elegido cónsul, Cayo Licinio Estolo fue el primer plebeyo jefe de la caballería, Cayo Marcio Rutilo el primer plebeyo que fue dictador y censor, Quinto Publilio Filón fue el primer pretor. Siempre os hemos oído plantear la misma objeción: que los auspicios estaban únicamente en vuestras manos, que solo vosotros disfrutáis los privilegios y las prerrogativas del noble nacimiento, que solo vosotros podéis desempeñar mandos legítimos [imperium en el original latino; se refiere a lo que nosotros ahora definiríamos como 'autoridades ejecutivas'.-N. del T.] y tomar los auspicios en la paz y en la guerra. ¿Nunca habéis oído el dicho de que los patricios no descendieron originalmente del cielo sino que eran aquellos de los que podíamos nombrar un padre, que no es más que decir que eran nacidos libres? Yo puedo ahora citar a un cónsul como mi padre, y mi hijo será capaz de citarlo como su abuelo. Simplemente se trata de esto, Quirites, que no podemos conseguir nada sin esfuerzo. Es sólo una pelea lo que buscan los patricios, no les importa lo más mínimo el resultado. Por mi parte, apoyo a esta medida, que creo que será para vuestro bien y para felicidad y bendición del Estado, y sostengo que debería aprobarse".

[10.9] La Asamblea estaba a punto de ordenar que se procediese a la votación, y era evidente que la medida se habría aprobado, cuando, por el veto de algunos de los tribunos, se aplazó todo para el día siguiente. Al día siguiente, habiendo cedido los tribunos disidentes, se aprobó la ley con gran alegría de todos. Los pontífices cooptados fueron Publio Decio Mus, el proponente de la medida, Publio Sempronio Sofón, Cayo Marcio Rutilo y Marco Livio Denter. Los cinco augures que fueron también elegidos de entre la plebe eran Cayo Genucio, Publio Elio Peto, Marco Minucio Feso, Cayo Marcio y Tito Publilio. Así el número de los pontífices se elevó a ocho y el de los augures a nueve. En este año, el cónsul, Marco Valerio, realizó una propuesta para fortalecer las disposiciones de la ley en lo tocante al derecho de apelación. Esta fue la tercera vez, desde la expulsión de los reyes, que se modificaba esta ley, y siempre por medio de la misma familia. Creo que el motivo de tantas renovaciones era el solo hecho de que el poder excesivo, ejercido por unos pocos hombres, era peligroso para las libertades de la plebe. La ley Porcia, sin embargo, parece haber sido aprobada únicamente para la protección de la vida y la integridad física de de los ciudadanos, pues imponía las más severas penas a cualquiera que matase o azotase a un ciudadano romano. La ley Valeria, es cierto, prohibía que se azotase o decapitase a quien hubiera ejercido el derecho de apelación; pero si alguien transgredía sus disposiciones no preveía ninguna pena, simplemente calificaba tal transgresión como un "acto perverso". Tal era el respeto por sí mismos y el sentido de la vergüenza entre los hombres de aquellos días, que creo que aquella calificación constituía una barrera lo bastante fuerte contra las violaciones de la ley. Nadie haría hoy caso a una expresión así.

Valerio también dirigió una campaña contra los ecuos, que habían reanudado las hostilidades pero que no conservaban nada de su antiguo carácter, excepto su temperamento inquieto. El otro cónsul, Apuleyo, asedió la ciudad de Nequinum en la Umbría. Estaba situada donde ahora está Narni [Narnia en el original latino.-N. del T.], en terrenos elevados que, por un lado, eran escarpados y abruptos, siendo imposible tomarla por asalto o por asedio. Se dejó a los nuevos cónsules, Marco Fulvio Peto y Tito Manlio Torcuato, para que condujeran el asedio a un final victorioso -299 a.C.-. Según Licinio Macer y Tuberón [Quinto Elio Tuberón.-jurista y analista.- N. del T.], todas las centurias trataron de elegir cónsul para ese año a Quinto Fabio, pero este les instó a posponer su consulado hasta que surgiese alguna guerra importante, pues consideraba que sería más útil al estado como magistrado de la Ciudad. Así, sin disimular sus verdaderos deseos ni buscar ostensiblemente el cargo, fue elegido edil curul junto a Lucio Papirio Cursor. No puedo, sin embargo, estar seguro sobre este punto, pues el analista más cercano a los hechos, Pisón, dice que los ediles curules de ese año fueron Cneo Domicio Calvino, hijo de Cneo y Espurio Carvilio Máximo, hijo de Quinto. Yo creo que el sobrenombre de dos ediles últimos mencionados, Máximo, fue la causa del error, y que se creó una historia en la que las listas de las dos elecciones, consulares y edilicias, se combinaban para arreglar el error. El lustro quedó cerrado este año por los censores, Publio Sempronio Sofón y Publio Sulpicio Saverrio, añadiéndose dos nuevas tribus, la Aniense y la Terentina. Estos fueron los principales acontecimientos del año en Roma.

[10.10] Mientras tanto, el sitio de Narni transcurría lentamente y pasaba el tiempo. Al fin, dos de los hombres de la ciudad, cuyas casas lindaban con la muralla, hicieron un túnel y llegaron por aquel pasaje oculto hasta los vigías romanos. Se les llevó ante el cónsul y se comprometieron a conducir un destacamento de soldados al interior de las fortificaciones y las murallas de la ciudad. No parecía adecuado rechazar su propuesta, ni tampoco aceptarla sin pensarlo. A uno de ellos se le encargó guiar dos espías a través del paso subterráneo, el otro quedó como rehén. El informe de los espías fue satisfactorio, y trescientos soldados, conducidos por el desertor, entraron en la ciudad de noche y se apoderaron de la puerta más cercana. Rompieron esta, y el cónsul con su ejército se apoderó del lugar sin ningún tipo de lucha. Así pasó Narni a poder de Roma. Se envió allí una colonia, como puesto avanzado contra los umbros, y se llamó Narnia al lugar por el río Nar. El ejército regresó a Roma con gran cantidad de despojos. Este año los etruscos decidieron romper la tregua, y empezaron a hacer preparativos para la guerra. Pero la invasión de su país por un enorme ejército de galos, lo último que se esperaban, les distrajo durante un tiempo de su propósito. Confiando en el poder del dinero, del que tenían en abundancia, trataron de convertir a los galos de enemigos en aliados, para así combinar sus fuerzas en un ataque contra Roma. Los bárbaros no se opuso a una alianza, siendo la única cuestión el importe de la remuneración. Después haberse acordado este punto y haber completado el resto de preparativos para la guerra, los etruscos exhortaron a los galos a seguirlos. Se negaron a hacerlo, y afirmaron que no habían tomado el dinero para hacer la guerra a Roma. Todo lo que habían recibido había sido aceptado como compensación por no devastar las tierras de Etruria ni someter a sus habitantes por la fuerza de las armas. No obstante, se mostraron dispuestos a servir, si realmente los etruscos lo querían, con una sola condición, a saber, que debían ser admitidos en una parte de su territorio y poder asentarse al fin en un hogar permanente. Hubo muchas reuniones en las distintas poblaciones para discutir esta propuesta, pero se consideró imposible aceptar tales términos, no tanto porque no quisieran perder ningún territorio, sino porque les aterraba la posibilidad de tener como vecinos a hombres de raza tan salvaje. Los galos fueron así despedidos, llevando con ellos una enorme suma de dinero obtenida sin trabajo y sin riesgo. El rumor de una invasión gala, añadido a la guerra contra los etruscos, produjo gran inquietud en Roma y hubo pocas dudas a la hora de firmar un tratado con los picentinos.

[10.11] La campaña en Etruria recayó sobre el cónsul Tito Manlio. Había entrado apenas en territorio hostil cuando, ejecutando algunas maniobras de caballería, al tratar de girar en plena carrera a su montura fue arrojado y casi quedó muerto en el acto. Tres días más tarde, terminó la vida del cónsul. Los etruscos se envalentonaron ante este suceso, pues lo tomaron como un presagio, y decían que los dioses combatían por ellos. Cuando las tristes noticias llegaron a Roma, no fue sentida únicamente la pérdida del hombre, sino también la inoportunidad del momento en que sucedió. El Senado estaba dispuesto a ordenar el nombramiento de un dictador, pero se abstuvo de hacerlo al estar más de acuerdo con los deseos de los principales patricios que se eligiese un cónsul sustituto. Todos los votos fueron emitidos en favor de Marco Valerio, el hombre a quien el Senado habría designado como dictador. Se le envió enseguida a Etruria con las legiones. Su presencia actuó como un freno contra los etruscos de manera que ninguno se aventuró fuera de sus fortificaciones; su propio miedo los calló más que los bloqueos que sufrieron. Valerio devastó sus campos y quemó sus casas, hasta que no sólo las granjas individuales, sino también numerosos pueblos, quedaron reducidos a cenizas humeantes, pero no logró inducir al enemigo a presentar batalla. Mientras esta guerra progresaba más lentamente de lo previsto, se hicieron sentir las prevenciones ante otra guerra que, no sin motivo, se temía por las muchas derrotas sufridas anteriormente por ambas partes. Los picentinos habían informado de que los samnitas se estaban armando para la guerra, y que se les habían aproximado para inducirlos a unírseles. Se les agradeció su lealtad y la atención del pueblo se volvió en gran medida desde Etruria hasta el Samnio. La carestía de los alimentos causó un malestar general entre los ciudadanos. Aquellos autores que citan a Fabio Máximo como edil curul para ese año, afirman que habría habido, de hecho, hambre si él no hubiese mostrado la misma cuidadosa sabiduría al controlar el mercado y la acaparación de suministros que la mostrada en la guerra.

Se produjo un interregno este año, aunque la tradición no da ninguna razón para ello. Los interreges fuero Apio Claudio y Publio Sulpicio. El último celebró las elecciones consulares, en las que Lucio Cornelio Escipión y Cneo Fulvio fueron elegidos -298 a.C.-. A principios de su año llegó una delegación de lucanos para presentar una denuncia formal contra los samnitas. Dijeron al Senado que aquel pueblo había tratado de seducirlos para que formasen una alianza militar con ellos y que, encontrando fútiles sus esfuerzos, invadieron su territorio y lo estaban arrasando para así, haciéndoles la guerra, tratar de llevarles a una guerra contra Roma. Los lucanos, dijeron, habían ya cometido demasiados errores; ya se habían dado cuenta de que sería mejor soportar y sufrir todo aquello antes que intentar cualquier cosa contra Roma. Imploraron al Senado que les tomasen bajo su protección y que les defendiesen de las agresiones injustas de los samnitas. Eran plenamente conscientes de que si Roma declaraba la guerra contra el Samnio su lealtad sería asunto de vida o muerte; pero, no obstante aquello, estaban dispuestos a entregar rehenes como garantía de buena fe.

[10.12] La discusión en el Senado fue breve. Sus miembros decidieron por unanimidad que se debía hacer un tratado de alianza con los lucanos y pedir satisfacción a los samnitas. Cuando los embajadores fueron readmitidos, recibieron una respuesta favorable y se firmó un tratado con ellos. Se envió a los feciales para insistir a los samnitas para que evacuaran los territorios de los aliados de Roma y que retirasen sus fuerzas de las fronteras lucanas. Fueron recibidos por emisarios de los samnitas, que les advirtieron de que si aparecían por cualquiera de los consejos samnitas ya no se respetaría su inviolabilidad. Al informarse de esto en Roma, la Asamblea confirmó la resolución aprobada por el Senado y ordenó que se hiciera la guerra a los samnitas. En el sorteo de sus respectivos mandos, Etruria recayó en Escipión y los samnitas en Fulvio. Ambos cónsules salieron en campaña. A Escipión, que preveía una campaña pausada, similar a la del año anterior, se le enfrentó el enemigo en formación de combate en Volterra [antigua Volaterra.-N. del T.]. La batalla duró la mayor parte del día, con grandes pérdidas en ambos lados. Llegó la noche mientras la victoria aún estaba indecisa; a la mañana siguiente quedó decidida, pues los etruscos habían abandonado su campamento en la oscuridad de la noche. Cuando los romanos salieron para la batalla y vieron que el enemigo, por su acción, admitía su derrota, macharon hacia el campamento desierto. Así se apoderaron de él y, como era un campamento completamente dispuesto y lo habían abandonado a toda prisa, se hicieron con una considerable cantidad de botín. Las tropas marcharon nuevamente hacia las cercanías de Civita Castellana [antigua Falerii o Faleria.-N. del T.] y, tras dejar su impedimenta allí con una pequeña escolta, continuaron con una marcha más ligera para arrasar el territorio etrusco. Todo fue arrasado a fuego y espada; se hicieron presas por todas partes. No sólo quedó la tierra completamente perdida para el enemigo, también se quemaron sus aldeas y castillos. Los romanos se abstuvieron de atacar las ciudades en las que los aterrorizados etruscos se habían refugiado. Cneo Fulvio libró un brillante combate en Pietrabbondante [antiguo Bovianum Vetus.-N. del T.], en el Samnio, y obtuvo una decisiva victoria. Luego tomó Pietrabbondante por asalto y, poco después, Castel di Sangro [antigua Aufidena.- N. del T.].

[10.13] Durante aquel año, se estableció una colonia en Carseoli, en el país de los ecuos [en el original latino dice "in agrum Aequicolorum", o sea, en el país de los equículos. Dice Suetonio que los equículos

o equicolos, llamados también Aequi, Eequanni y Aequiculani, eran una raza de montañeses salvajes, establecidos en las dos riberas del Anio, entre los marsos, peliños y sabelios. O Tito Livio los confunde, cosa extraña por su mayor proximidad temporal, o bien hay aquí un error del copista.-N. del T.] El cónsul Fulvio celebró un triunfo sobre los samnitas. Conforme se acercaban las elecciones consulares, se extendió un rumor sobre que los etruscos y los samnitas estaban levantando inmensos ejércitos. De acuerdo con los informes recibidos, los líderes de los etruscos fueron acusados en todas las reuniones de los consejos locales de no haber traído a los galos, bajo cualesquiera condiciones, para que participasen en la guerra; se increpaba a los magistrados samnitas por haber empleado contra los romanos unas fuerzas alistadas únicamente para combatir contra los lucanos; el enemigo acrecentaba sus propias fuerzas y las de sus aliados, mientras que las cosas ya no se resolverían sin un conflicto mucho mayor que antes. Había hombres distinguidos entre los candidatos al consulado, pero la seriedad del peligro hizo volver los ojos a Quinto Fabio Máximo. Él, en un principio, simplemente declinó ser candidato; luego, al ver el sentir popular, claramente se negó a que apareciera su nombre: "¿Por qué, -preguntó-, queréis a un hombre anciano como yo, que ha cumplido todos sus deberes y ganado todas las recompensas por ellos? Yo no soy el hombre que era, ni en fuerza de cuerpo ni de mente, y me temo que no quede ningún dios que considere que mi buena fortuna sea ya excesiva o demasiado ininterrumpida para que la disfrute la naturaleza humana. He crecido hasta la medida de la gloria de mis antepasados, y veré gustoso a otros alcanzar la altura de mi propia fama. No faltan honores en Roma para los hombres más fuertes y más capaces, ni faltan hombres para ganar tales honores". Esta exhibición de modestia y desinterés sólo hizo que el sentimiento popular se agudizara en su favor, al demostrar cuán justamente se comportaba. Pensando que la mejor manera de confrontarlo sería apelar a la instintiva reverencia a las leyes, ordenó que se volviera a proclamar la ley que prohibía a cualquier hombre ser reelegido cónsul hasta pasados diez años. Debido al clamor, apenas se pudo escuchar la ley, y los tribunos de la plebe declararon que no había impedimento aquí y que presentarían una proposición a la Asamblea para que se le eximiese de sus disposiciones. Él, sin embargo, persistió en su negativa, y en varias ocasiones preguntó cuál era el objeto de hacer leyes si se rompían deliberadamente por quienes las hacían; "Nosotros", -decía-, "gobernamos ahora a las leyes, en vez de que las leyes nos gobiernen a nosotros". A pesar de su oposición, el pueblo empezó a votar, y conforme era llamada cada centuria, esta se declaraba sin la menor duda por Fabio. Por fin, cediendo a la voluntad general de sus compatriotas, dijo, "Que los dioses aprueben lo que habéis hecho y lo que vais a hacer. Ya que, así pues, vais a seguir vuestro propio camino por lo que a mi respecta, dadme la oportunidad de emplear mi influencia con vosotros por lo que hace a mi colega. Os pido que elijáis como mi colega cónsul a Publio Decio, un hombre con el que trabajo en total armonía, un hombre digno de vuestra confianza y digno de su ilustre padre". La recomendación se consideró bien merecido, y todas las centurias que aún no habían votado eligieron cónsules a Quinto Fabio y Publio Decio -297 a.C.-. Durante aquel año, los ediles procesaron a muchas personas al ocupar más cantidad de tierra que la legalmente permitida. Apenas nadie pudo escapar a la acusación y se puso un gran freno a la codicia desmesurada.

[10.14] Los cónsules estaban ocupados con sus preparativos para la campaña, decidiendo quién de ellos haría frente a los etruscos y quién a los samnitas, cuántas tropas necesitarían y qué teatro de operaciones sería el mejor cuando llegaron mensajeros desde Sutri, Nepi y Civita Castellana con informaciones definitivas acerca de que las asambleas locales de Etruria habían convenido decidirse por una política de paz. Sobre la base de esta información, todo el esfuerzo de guerra se volvió contra los samnitas. Con el fin de facilitar el transporte de suministros, y también para hacer que el enemigo dudase en cuanto a la línea del avance romana, Fabio llevó sus legiones a través de Sora, mientras que Decio marchó por territorio sidicino. Cuando hubieron cruzado las fronteras del Samnio, marcharon en un frente muy extendido y devastando el país a su paso. Extendieron aún más el alcance de sus partidas exploratorias, y descubrieron al enemigo cerca de Tiferno. Este se había dispuesto en un valle aislado, preparado para atacar a los romanos, en caso de que entrasen en el valle, desde el terreno elevado a ambos lados. Fabio dejó la impedimenta en lugar seguro con una pequeña guardia. A continuación, informó a sus hombres de que la batalla era inminente y, concentrándoles en un sólido cuadrado, se acercó hasta la posición elevada donde se ocultaba el enemigo. Los samnitas, viendo que se había perdido la sorpresa y que la cuestión se habría de decidir en campo abierto, pensaron que lo mejor sería enfrentarse a sus enemigos en batalla campal. Bajaron, por tanto, a terreno más bajo y se encomendaron a la Fortuna con más valor que esperanza. Pero fuera que hubiesen juntado toda la fuerza de cada comunidad del Samnio, o que su valor estuviera acrecentado por el pensamiento de que su misma existencia como nación dependía de aquella batalla, ciertamente acertaron a producir gran inquietud en las filas romanas, aún cuando luchaban en terreno abierto. A ver Fabio que el enemigo mantenía el terreno en toda la línea, cabalgó hasta primera línea con su hijo, Máximo, y con Marco Valerio, ambos tribunos militares, y les ordenó ir donde la caballería y decirles que recordaban alguna ocasión en que la república hubiera sido auxiliada por los esfuerzos de la caballería, aquel día debían dar lo mejor de sí para mantener la fama de aquel Arma del Estado [tradicionalmente, las primeras armas de los ejércitos fueron la infantería y la caballería.-N. del T.], pues el enemigo se mostraba inconmovible contra la infantería y todas sus esperanzas reposaban en la caballería. Hizo un llamamiento personal a cada uno de ellos, derrochando elogios y manteniendo la esperanza en grandes recompensas. Considerando, sin embargo, que pudiera fallar en su objetivo la carga de caballería y que el ataque en masa resultase inútil, pensó que debía adoptar cierta estratagema. Escipión, uno de sus generales, recibió órdenes para tomar a los asteros de la primera legión y, llamando la atención lo menos posible, llevarles hasta los cerros próximos. A continuación, subiendo hasta donde no pudieran ser vistos, aparecerían de repente a retaguardia del enemigo.

La caballería, dirigida por los dos jóvenes tribunos, cabalgó delante de los estandartes y su aparición repentina produjo casi tanta confusión entre los suyos como entre el enemigo. La línea samnita permaneció perfectamente firme contra los escuadrones al galope, que en ninguna parte pudieron obligarlos a retroceder ni a romper la línea. Viendo que su intento fallaba, la caballería se retiró detrás de los estandartes y ya no tomó parte en los combates. Esto aumentó el valor del enemigo, y el frente romano no habría sostenido la lucha, enfrentados como estaban por una resistencia que se volvía más obstinada conforme crecía su confianza, si el cónsul no hubiese ordenado a la segunda línea que relevase a la primera. Estas nuevas tropas detuvieron el avance de los samnitas, que ahora estaban presionando hacia adelante. Justo en ese momento, se vieron los estandartes en las colinas y un nuevo grito de guerra surgió de las filas romanas. La inquietud que se creó entre los samnitas fue mayor de lo que las circunstancias justificaban, pues Fabio gritó que llegaba su colega Decio, y cada soldado, loco de alegría, gritaba a su compañero que venía el otro cónsul con sus legiones. Este error, tan oportunamente ocurrido, llenó a los samnitas de desánimo; temían, agotados como estaban por el combate, la perspectiva de ser superados por un segundo ejército, fresco e intacto. Incapaces de ofrecer más resistencia, se dispersaron y huyeron; debido a la dispersión de su huida, el derramamiento de sangre fue pequeño en comparación con la magnitud de la victoria; tres mil cuatro cientos resultaron muertos, unos ochocientos treinta fueron hechos prisioneros y se capturaron veintitrés estandartes.

[10.15] Antes de que se librara esta batalla, los apulios se habrían unido a los samnitas si el cónsul Decio no se hubiera anticipado a su acción, asentando su campamento en Benevento [antiguo Maleventum, que luego sería Beneventum.-N. del T.]. Les provocó al combate y los puso en fuga, y en esta batalla hubo también más huidos que muertos, los cuales ascendieron a dos mil. Sin preocuparse más de los apulios, Decio llevó su ejército al Samnio. Allí pasaron ambos ejércitos consulares cinco meses, devastando y asolando el país. En cuarenta y cinco lugares distintos del Samnio fijó Decio en una u otra ocasión su campamento; el otro cónsul lo hizo en ochenta y seis. No fueron murallas y fosos los únicos restos que dejaron, más visibles aún resultaron aquellos que atestiguaban la devastación y despoblamiento de todo el país. Fabio también capturó la ciudad de Cimetra, donde dos mil novecientos fueron hechos prisioneros de guerra y ochocientos treinta murieron durante el asalto. Después de esto regresó a Roma para las elecciones y dispuso que se celebraran lo antes posible. Las centurias que votaron en primer lugar se declaraban sin excepción por Fabio. Entre los candidatos estaba el enérgico y ambicioso Apio Claudio. Ansioso de asegurarse aquel honor para sí mismo, lo estaba también porque ambos puestos fueran para patricios, y ejerció toda su influencia, apoyado por la totalidad de la nobleza, para convencer a los electores para que le eligieran junto a Fabio. Al principio, Fabio rehusó alegando los mismos motivos para ello que el año anterior. Después, todos los nobles se arremolinaron alrededor de su silla y le rogaron que sacase el consulado del fango plebeyo y que restaurase al propio cargo y a las gens patricias en la augusta dignidad que desde antiguo poseyeran. Tan pronto como pudo obtener el silencio, se dirigió a ellos en términos tranquilizadores. Dijo que podría haber admitido los votos para dos patricios si viera que era elegido alguien distinto de él mismo; pero tal y como estaban las cosas no permitiría que siguiese su nombre, pues iba contra la ley y sentaba un precedente muy peligroso. Así, Lucio Volumnio, un plebeyo, fue elegido junto con Apio Claudio; ya habían estado asociados en un consulado anterior -296 a.C.-. Los nobles criticaron a Fabio y decían que había rechazado tener a Apio Claudio como colega porque era claramente inferior a él en elocuencia y competencia.

[10.16] Habiendo terminado las elecciones, los cónsules anteriores recibieron una extensión de su mandato por seis meses y se les ordenó que continuasen la guerra en el Samnio. P. Decio, a quien su colega había dejado en el Samnio y era ahora procónsul, continuó estragando los campos samnitas hasta expulsó a su ejército, que en ninguna parte se atrevió a enfrentarse con él, fuera de sus fronteras. Marcharon a Etruria, y tenían la esperanza de que los objetivos que no habían podido alcanzar con sus numerosas legaciones, pudieran lograrse ahora que tenían una gran fuerza y podían respaldar sus requerimientos mediante la intimidación. Insistieron en convocar una reunión de los jefes etruscos. Cuando se hubieron reunido, señalaron cómo durante muchos años habían estado luchando contra los romanos, cómo habían tratado por todos los medios soportar el peso de esa guerra con sus propias fuerzas, y cómo había resultado de escaso valor la ayuda de sus vecinos. Habían pedido la paz al no poder sostener más la guerra, y habían retomado la guerra porque una paz que les reducía a la esclavitud era más pesada de sobrellevar que una guerra en la que combatirían como hombres libres. La única esperanza que les quedaba ahora residía en los etruscos. Sabían que, de todas las naciones de Italia, ellos eran los más ricos en hombres, armas y dinero, y tenían por vecinos a los galos, entrenados en las armas desde la cuna, naturalmente valiente hasta la desesperación y sobre todo contra los romanos, una nación sobre la que con justicia podían presumir de haber capturado y luego permitirles rescatarse con oro. Si los etruscos tenían el mismo espíritu que Porsena y sus antepasados habían tenido una vez, no había razón alguna para que no pudiesen expulsar a los romanos de todos sus territorios hasta el Tíber y obligarlos a luchar por su propia existencia y no por el dominio insoportable de Italia. El ejército samnita había llegado hasta ellos completamente provisto de armas y tesoro de guerra, y estaba listo para seguirles de inmediato aún si les conducían a un ataque contra la propia Roma.

[10.17] Mientras estaban así ocupados con sus intrigas en Etruria, la guerra que los romanos llevaban a cabo en el Samnio resultó terriblemente destructiva. Cuando Publio Decio hubo comprobado mediante sus exploradores la salida del ejército samnita, convocó un consejo de guerra. "¿Por qué", preguntó, "nos extendemos por los campos, haciendo la guerra solo a los poblados? ¿Por qué no atacamos las ciudades amuralladas? No hay ejército que las defienda, el ejército ha abandonado su país y ha marchado a un exilio voluntario". Su propuesta fue aprobada por unanimidad y los condujo a atacar Murgancia, una ciudad fuertemente fortificada. Tal era el entusiasmo de los soldados, debido en parte al afecto que sentían por su comandante y en parte a la expectativa de conseguir una mayor cantidad de botín del ya logrado, que asaltaron y capturaron la ciudad en un solo día. Dos mil cien combatientes fueron derrotados y hechos prisioneros, incautándose de una enorme cantidad de botín. Para evitar cargar al ejército con un pesado tren de bagajes, Decio reunión a sus hombres y les habló así: "¿Vais a contentaron con esta solitaria victoria y estos despojos? ¡Levantad vuestras sus esperanzas y expectativas a la altura de vuestro valor! Todas las ciudades de los samnitas y toda la riqueza que hay en ellas son vuestras, ahora que a sus legiones, derrotadas en tantas batallas, las habéis compelido fuera de sus fronteras. Vended lo que ahora tenéis y atraed a los comerciantes para que con la esperanza de los beneficios sigan nuestros ejércitos; yo os proporcionaré frecuentemente cosas que vender. Vayamos a la ciudad de Romúlea, donde os espera un botín aún más grande, aunque no mayor esfuerzo".

Se vendió el botín y los hombres, dando prisa a su comandante, marcharon a Romúlea. Tampoco en este caso se construyeron obras de asedio, ni se empleó la artillería; en el momento que se llevaron los estandartes hacia las murallas, ninguna resistencia pudieron oponer los defensores para detener a los soldados; situaron sus escalas de asalto donde les vino más cerca y escalaron sobre las murallas. La ciudad fue tomada y saqueada, dos mil trescientos murieron, seis mil fueron hechos prisioneros y se consiguió gran cantidad de botín que las tropas, como antes, se vieron obligadas a poner a disposición de los mercaderes. El siguiente lugar en ser atacado fue Ferentino y, aunque no se dio descanso a los hombres, marcharon allá del mejor humor. Aquí, sin embargo, tuvieron más problemas y corrieron más riesgos. La posición se había fortificado tanto como era posible, combinando naturaleza y arte, y las murallas estaban defendidas con la mayor energía; pero los soldados, habituados al saqueo, superaron todos los obstáculos. Tantos como tres mil enemigos fueron muertos en las murallas; el botín se entregó a las tropas. En algunos analistas, la mayor parte del crédito de estas capturas se concede a Máximo; Decio tomó, según dicen, Murgancia, y Fabio capturó Ferentino y Romúlea. Algunos, de nuevo, reclaman este honor para los nuevos cónsules, mientras que unos pocos lo limitan a Lucio Volumnio, a quien dicen correspondió el Samnio como su área de acción.

[10.18] Mientras transcurría esta campaña en el Samnio, quienquiera que fuese su jefe y auspiciador, una guerra más grave contra Roma se estaba organizando en Etruria, en la que iban a tomar parte muchas naciones. El principal organizador fue Gelio Egnacio, un samnita. Casi todos los pueblos etruscos se habían decidido por la guerra, llevando el contagio a los pueblos vecinos de la Umbría y habiendo solicitado ayuda de los galos como mercenarios. Todos estos se fueron concentrando en el campamento samnita. Cuando las noticias de este repentino levantamiento llegaron a Roma, Lucio Volumnio ya había marchado hacia el Samnio con las legiones segunda y tercera y quince mil tropas aliadas; se decidió, por consiguiente, que Apio Claudio debía entrar a la mayor brevedad posible en Etruria. Dos legiones romanas le siguieron, la primera y la cuarta, y doce mil aliados. Fijó su campamento no lejos del enemigo. La ventaja obtenida por su pronta llegada sirvió para infundir el temor a Roma y controlar a algunos pueblos etruscos que aún estaban meditando si entrar en guerra; nada hizo el cónsul, sin embargo, para demostrar su sabiduría o habilidad militar. Se produjeron varios combates desde posiciones y en momentos desfavorables [para los romanos.-N. del T.], y cuando más aumentaban las esperanzas enemigas de vencer, más formidable se volvía el adversario. Llegaron las cosas casi al punto de que los soldados desconfiasen de su general y que su general no confiara en sus soldados. Encuentro registrado por algunos analistas que envió cartas a su colega llamándose del Samnio, pero no puedo asegurar esto a ciencia cierta, pues esta misma circunstancia se convirtió en objeto de discusión entre ambos cónsules, que desempañaban juntos el cargo por segunda vez; Apio negando que hubiera enviado ninguna carta y Volumnio insistiendo en que Apio le había llamado por carta.

Volumnio, para entonces, había tomado tres castillos en el Samnio donde habían muerto tres mil hombres y casi la mitad de ese número se habían hecho prisioneros. También había enviado a Quinto Fabio, el procónsul, con su ejército veterano, para gran satisfacción de los magnates lucanos, a reprimir los disturbios que se habían producido por aquella parte del país entre los plebeyos y las clases indigentes. Dejando la devastación de los campos enemigos a cargo de Decio, se dirigió con todas sus fuerzas hacia Etruria. A su llegada fue unánimemente bienvenido. En cuanto al modo en que Apio lo trató, creo depende de cuál fuera la verdad: con ira, si realmente no había escrito la carta, pero ingrato y falaz si ocultaba que la había remitido. Cuando él salió al encuentro de su colega, casi antes de haber tenido tiempo de intercambiar saludos mutuos, le preguntó: "¿Va todo bien, Volumnio? ¿Cómo van las cosas en el Samnio? ¿Qué te ha hecho abandonar la provincia que te fue asignada?" Volumnio le respondió que todo transcurría satisfactoriamente y que había venido porque él así se lo había pedido por carta. Si se trataba de una falsificación y no había nada que él tuviese que hacer en Etruria, enseguida contramarcharía con sus tropas y se irían. "Pues bien, -dijo Apio-, "entonces vete, que nada te retenga aquí, porque no es justo que no siendo tal vez capaz de afrontar tu propia guerra, te hayas de jactar de haber venido a ayudar a los demás". "¡Que sea para bien, por Hércules!" -respondió Volumnio. "Prefiero haberme tomado en vano tantas molestias a que sucediera algo en Etruria para lo que no bastase un sólo ejército consular".

[10.19] Al ir a separarse los cónsules, los legados y tribunos de Apio les rodean; algunos de ellos imploraron a su propio comandante que no rechace la ayuda de su colega, ayuda que él mismo debía haber pedido y que se le ofrecía ahora espontáneamente; muchos de los otros trataron de detener a Volumnio, que se marchaba, y le conminaban a no traicionar la seguridad de la república por una mísera pelea con su colega. Argüían que, si ocurría algún desastre, la responsabilidad recaería en aquel que abandonase al otro, no en el que fuera abandonado; llegando a este punto, toda la gloria del éxito y toda la deshonra del fracaso caerían sobre Volumnio. El pueblo no se preguntaría qué palabras había pronunciado Apio, sino qué fortuna había tenido el ejército; a él le podía haber despedido Apio, pero su presencia era exigida por la república y por el ejército. Sólo tenía que comprobar el sentir de los soldados para darse cuenta de esto por sí mismo. En medio de apelaciones y advertencia de este tenor, lograron prácticamente arrastrar a los reluctantes cónsules hasta un consejo de guerra. Allí, la discusión que habían presenciado anteriormente se convirtió en poco tiempo en otra mucho mayor. Volumnio tenía no sólo el caso más fuerte, sino que se mostró como un orador nada malo, incluso si se le comparaba con la excepcional elocuencia de su colega. Apio comentó sarcásticamente que deberían considerar que gracias a él tenían un cónsul verdaderamente capaz de hablar, en vez del tartamudo que era antes. En su consulado anterior, especialmente durante los primeros meses de mandato, no podía abrir ni la boca, y ahora se estaba convirtiendo en un orador bastante popular. Volumnio le observó: "Hubiera preferido, en vez de eso, que tú hubieses aprendido a actuar con vigor y decisión en vez de haber aprendido yo de ti a ser un orador eficaz". Por último, hizo una propuesta que resolvería la cuestión de quién era, no el orador mejor, que no era eso lo que precisaba la república, sino el mejor jefe. Sus dos provincias eran Etruria y el Samnio; Apio podría elegir la que prefiriese pues él, Volumnio, estaba dispuesto a dirigir las operaciones tanto en Etruria como en el Samnio. Ante esto, se elevó un clamor entre los soldados; insistían en que ambos cónsules debían hacerse cargo de la guerra en Etruria. Cuando Volumnio vio que éste era el deseo general, dijo: "Ya que yo he cometido un error al interpretar los deseos de mi colega, yo me encargaré de que no haya ninguna duda acerca de qué es lo que deseáis. Expresad vuestro deseo por aclamación; ¿queréis que me quede o que me vaya?" Dieron tal grito como respuesta que hicieron que el enemigo saliera de su campamento; tomando sus armas, se dirigieron hasta el campo de batalla. Luego, Volumnio ordenó que sonase la señal de batalla y que se sacaran los estandartes fuera del campamento. Apio, según se dice, estuvo durante algún tiempo indeciso al ver que, tanto si luchaba como si se mantenía inactivo, la victoria se achacaría a su colega; pero al final, temiendo que también sus legiones siguiesen a Volumnio, cedió a sus ruidosas demandas y les dio la señal para la batalla.

En ambos bandos, las formaciones estaban lejos de haberse completado. El duque samnita [empleamos aquí duque en su tercera acepción según la Real Academia Española: "general de un ejército", para recuperar este significado original de la palabra que deriva de la latina empleada por Tito Livio tan frecuentemente: dux.-N. del T.], Gelio Egnacio, había partido con unas pocas cohortes en una salida de forrajeo, y sus tropas empezaron la batalla obedeciendo a sus propios impulsos más que a ninguna voz de mando. Nuevamente, los ejércitos romanos no fueron llevados al ataque sincronizadamente, ni hubo tiempo bastante para que pudieran formar de nuevo. Volumnio entró en combate antes de que Apio llegara hasta el enemigo, de modo que la batalla comenzó sobre un frente irregular con los oponentes habituales cambiados: los etruscos enfrentándose a Volumnio y los samnitas, tras un pequeño retraso debido a la ausencia de su líder, cerrando con Apio. La historia cuenta que este levantó sus manos al cielo, para hacerse visible a los que rodeaban los estandartes y pronunció esta oración: "¡Bellona! Si es tu deseo concedernos hoy la victoria, yo, a cambio, te dedicaré un templo". Tras esta oración parecía como si la diosa le hubiese inspirado, mostró un valor igual al de su colega o incluso al de todo el ejército. Nada faltó, por parte de los generales, para asegurar el éxito, y las filas y líneas de cada ejército consular hicieron todo lo posible para evitar que el otro fuese el primero en alcanzar la victoria. El enemigo fue incapaz de soportar una fuerza mucho mayor que cualquier otra a la que estuviese habituado a enfrentarse y, en consecuencia, fue puesto en fuga. Los romanos incrementaron su ataque al empezar ellos a ceder terreno, y cuando se dispersaron y huyeron, los siguieron hasta que se refugiaron en su campamento. Allí, la aparición de Gelio y sus cohortes renovó un tanto el combate; pronto, sin embargo, fueron derrotados y los vencedores atacaron el campamento. Volumnio, alentando a sus hombres con su propio ejemplo, dirigió en persona el ataque a una de las puertas mientras Apio encendía repetidamente el valor de sus tropas invocando a "Bellona, la victoriosa". Lograron abrirse paso a través del foso y la empalizada; el campamento fue capturado y saqueado, descubriéndose y entregándose a los soldados una cantidad muy considerable de botín; seis mil novecientos enemigos fueron muertos y dos mil ciento veinte hechos prisioneros.

[10.20] Mientras ambos cónsules, con toda la fuerza de Roma, dedicaban todas sus energías más y más a la guerra etrusca, se levantaban en el Samnio nuevos ejércitos con el propósito de asolar los territorios sometidos a Roma. Atravesaron tierras de los vescinos hasta llegar al territorio que rodeaba Capua y Falerno, obteniendo un inmenso botín. Volumnio volvía al Samnio a marchas forzadas, pues estaba a punto de expirar el mandato ampliado de Fabio y Decio, cuando se enteró de las devastaciones que los samnitas estaban produciendo en Campania. En seguida desvió su ruta en aquella dirección para proteger a nuestros aliados. Cuando estaba en la zona de Cales vio por sí mismo las huellas recientes de la destrucción que habían provocado, y los habitantes le informaron de que el enemigo se llevaba tanto botín que apenas podía mantener un orden de marcha adecuado. De hecho, sus generales decían abiertamente que no se atrevían a exponer a un ejército tan cargado a los azares de una batalla, y que debían regresar enseguida al Samnio para dejar allí su botín, tras lo cual regresarían para una nueva incursión. Aun cuando todo esto fuera cierto, Volumnio pensó que debía obtener más información y, por consiguiente, envió alguna caballería para alcanzar a los rezagados que pudieran encontrar de entre los incursores. Al interrogarles, se enteró de que el enemigo se había detenido junto al río Volturno y que avanzaría sobre la tercera guardia, tomando el camino del Samnio. Satisfecho con esta información, marchó y fijó su campamento a una distancia del enemigo que, si bien no estaba lo bastante cerca como para que detectasen su llegada, sí lo estaba para permitirle sorprenderles mientras estaban abandonando su campamento. Algún tiempo antes del amanecer, se acercó hasta su campamento y envió algunos hombres familiarizados con el idioma osco para averiguar lo que estaba pasando. Mezclados con el enemigo, cosa fácil en la confusión de una salida nocturna, se encontraron con que los estandartes ya habían salido, con sólo unos cuantos para defenderlos, el botín y quienes debían escoltarlo estaban saliendo justo entonces y el ejército en su totalidad estaba impedido de ejecutar cualquier maniobra, pues cada cual se preocupaba de sus propios asuntos, sin haber dispuesto ningún plan de acción común y sin tener órdenes concretas de su comandante. Este parecía el momento de lanzar su ataque, y la luz del día se acercaba, por lo que ordenó que se tocase a carga y atacó la columna enemiga. Los samnitas se vieron estorbados por su botín, sólo unos pocos estaban en orden de combate; algunos huyeron y llevaron delante a los animales que habían capturado, otros se pararon, indecisos entre seguir o regresar al campamento; en medio de sus dudas, fueron rodeados y destrozados. Los romanos se habían ya apoderado de la empalizada y el campamento se convirtió en escenario de una salvaje carnicería y desórdenes. La confusión creada en la columna samnita por la rapidez del ataque se incrementó por la repentina liberación de sus prisioneros. Algunos, tras liberarse a sí mismos, rompieron las cadenas de quienes les rodeaban, otros se apoderaban de las armas que había en los equipajes y provocaron un gran tumulto en el centro de la columna, más terrible conforme trascurría la lucha. Luego lograron una hazaña aún más extraordinaria. Estacio Minacio, el general en jefe, cabalgaba arriba y abajo de las filas animando a sus hombres cuando los prisioneros lo atacaron y, tras dispersar a su escolta, se lo llevaron a toda prisa, estando todavía en su silla, para presentarlo como prisionero al cónsul romano. El ruido y el tumulto hicieron volver a las cohortes que estaban a la cabeza de la columna y la batalla se reanudó, pero sólo por un corto período de tiempo, pues era imposible una larga resistencia. Hasta seis mil hombres resultaron muertos, hubo dos mil quinientos prisioneros, entre ellos cuatro tribunos militares, se capturaron treinta estandartes y, lo que proporcionó más placer a los vencedores, se rescataron siete mil cuatrocientos cautivos y se recuperó el inmenso botín arrebatado a los aliados. Se dio aviso público, invitando a los propietarios a identificar y recuperar lo que les pertenecía. Todo aquello para lo que no apareció ningún propietario en el día señalado se le entregó a los soldados, pero estos se vieron obligados a venderlo todo para que nada pudiese distraer sus pensamientos de sus deberes militares.

[10.21] Esta incursión de saqueo en Campania produjo gran preocupación en Roma, y dio la casualidad de que justo en ese momento se recibieron graves nuevas de Etruria. Tras la retirada del ejército de Volumnio, todo el país, actuando en concierto con el general samnita, Gelio Egnacio, se levantó en armas; mientras, los umbros eran convocados para unirse al movimiento y se abordaba a los galos con generosas ofertas de remuneración. El Senado, completamente alarmado por estas noticias, ordenó la suspensión de todos los negocios, jurídicos o de cualquier otra clase, y se alistó a los hombres de todas las edades y de todas las clases. No sólo se obligó a efectuar el juramento militar a los nacidos libres y a todos los que estaban en edad militar, también se formaron cohortes a base de los más ancianos e incluso se encuadró a los libertos en centurias. Se tomaron las disposiciones para la defensa de la Ciudad, y Publio Sempronio se hizo cargo del mando supremo. El Senado, sin embargo, vio aliviada su ansiedad al recibir algunos despachos de Lucio Volumnio, quien aseguró que los saqueadores de la Campania habían sido derrotados y muertos. Se ordenó una acción oficial de agradecimiento en honor del cónsul, se retiró la suspensión de los negocios trascurridos dieciocho días y la acción de gracias tuvo un carácter más alegre. El siguiente asunto era la protección del territorio que había sido devastado por los samnitas, y se decidió asentar un grupo de colonos en el país de Vescia y en Falerno. Uno de ellos se situaría en la desembocadura del Liris, que ahora es la colonia de Menturnas; el otro, en los bosques vescinios donde estaría contiguo al territorio de Falerno. Se dice que aquí estuvo la ciudad griega de Sinope [no confundir con la ciudad, hoy turca, en el mar Negro.-N. del T.], y por esto los romanos le dieron al lugar el nombre de Sinuessa. Se dispuso que los tribunos de la plebe debían conseguir que se aprobase en plebiscito que requiriese de Publio Sempronio, el pretor, que nombrase triunviros para la fundación de las colonias en aquellos lugares. Pero no era fácil encontrar gente a quien enviar a lo que era, en la práctica, un puesto de descubierta en un peligroso y hostil país, en vez de un conjunto de tierras sorteadas para su cultivo. La atención del Senado se desvió de estos asuntos por el agravamiento de las perspectivas de la situación en Etruria. Llegaron frecuentes despachos de Apio alertándoles para que no descuidasen los movimientos que se estaban produciendo en aquella parte del mundo; cuatro naciones habían unido sus armas: los etruscos, los samnitas, los umbros y los galos, y se habían visto obligados a establecer dos campamentos separados al no poder solo uno albergar tal multitud. La fecha de las elecciones se acercaba y Volumnio fue llamado a Roma para celebrarlas, y también para aconsejar sobre la política general. Antes de llamar a votar a las centurias, convocó al pueblo a una Asamblea. Aquí se extendió un tanto sobre la gravedad de la guerra en Etruria. Incluso, dijo, aun cuando él y su colega estaban dirigiendo conjuntamente la campaña, la guerra había alcanzado una escala demasiado grande como para que un único general con un único ejército le hiciera frente. Para entonces, él se había enterado de que los umbros y una enorme fuerza de galos había incrementado las filas del enemigo. Los electores debían tener en cuenta que ese día elegían a dos cónsules para hacer frente a cuatro naciones. La elección del pueblo romano recaería, estaba seguro, en el único hombre que era, sin ninguna duda, el primero de sus generales. De no estar seguro de esto, él habría nombrado enseguida un dictador.

[10.22] Después de este discurso, a nadie le cabía duda de que se debía elegir a Quinto Fabio por unanimidad. Las centurias prerrogativas y las llamadas en primer lugar habían votado por él y por Volumnio, cuando se dirigió a los electores en los mismos términos que había empleado hacía dos años, y como en aquella ocasión cedió al deseo general, volviendo a pedir que Publio Decio fuese su colega. Sería un apoyo para su vejez, habían sido censores juntos y cónsules dos veces, y sabía por experiencia que nada servía tanto para proteger al Estado que la armonía entre colegas. Sentía que en aquel momento de su vida ya no podría acostumbrarse a un nuevo compañero de cargo, que le sería mucho más fácil compartir sus consejos con uno cuyo carácter y disposición ya conocía. Volumnio confirmó cuanto dijo Fabio. Otorgó un merecido elogio a Decio, y señaló cuánta ventaja se ganaría en las operaciones militares por la armonía entre los cónsules y cuánto mal se producía cuando estaban en desacuerdo. Mencionó como ejemplo el reciente malentendido entre él y su colega, que casi llevó a un desastre nacional, y solemnemente amonestó a Decio y a Fabio para que convivieran como una sola mente y un solo corazón.

Ellos, continuó, habían nacido jefes, grandes en el combate, poco dotados para contiendas verbales y poseedores, de hecho, de todos los méritos de un cónsul. Aquellos, en cambio, que eran despiertos y astutos, peritos en leyes y litigantes avezados, como Apio Claudio, debían ser empleados en la Ciudad y en los tribunales; debían ser elegidos pretores para que administrasen justicia. La discusión en la Asamblea duró todo el día. Al día siguiente se celebraron las elecciones para cónsules y pretores. La recomendación del cónsul fue seguida y Quinto Fabio y Publio Decio resultaron elegidos cónsules mientras que Apio Claudio fue elegido pretor, todos ausentes. El Senado aprobó una resolución, que la Asamblea confirmó mediante plebiscito, para que se prorrogase el mandato de Volumnio por un año.

[10.23] Varios portentos tuvieron lugar este año y, con objeto de conjurarlos, el Senado aprobó un decreto para que se ofrecieran rogativas especiales durante dos días. El vino y el incienso se proporcionaron a cargo del erario público, y tanto hombres como mujeres asistieron en gran número a las funciones religiosas. Este momento de especial observancia se hizo memorable por la pelea que estalló entre las matronas en la capilla de la Pureza Patricia, que está en el Foro Boario, cerca del templo circular de Hércules. Verginia, la hija de Aulo Verginio, un patricio, se había casado con el cónsul plebeyo, Lucio Volumnio, y las matronas la excluyeron de sus ritos sacros por haberse casado fuera del patriciado. Esto condujo a un breve altercado que, como las mujeres se apasionasen, pronto se convirtió en tormenta. Verginia protestaba con absoluta veracidad que ella entraba al templo de la Pureza como patricia que era y una mujer pura, esposa de un hombre a quien había sido prometida como virgen, y que no tenía nada de qué avergonzarse, ni por su marido, ni por su honorable carrera ni por los cargos que había desempañado. A su soberbia declaración añadió su acto posterior. En el barrio Largo, donde vivía, cerró una parte de su casa, lo bastante para construir una capilla de moderado tamaño y levantar allí un altar. Luego llamó a las matronas plebeyas y les contó cómo había sido injustamente tratada por las damas patricias. "Voy a dedicar", les dijo, "este altar a la Pureza Plebeya, y yo os exhorto encarecidamente como matronas a que mostréis el mismo espíritu de emulación en la valoración de la castidad que el que muestran los hombres de esta Ciudad respecto al valor, para que este altar pueda tener, si fuera posible, la reputación de ser honrado con más sagrada observancia y más pura adoración que el de las patricias". El ritual y ceremonial practicados en este altar eran casi idénticos a los del más antiguo; no se permitiría sacrificar allí a ninguna matrona cuya moralidad no estuviera bien acreditada y que hubiera tenido más de un marido. Posteriormente fue contaminado por la presencia de las mujeres de todo tipo, no sólo matronas, y finalmente quedó en el olvido. Los ediles curules, Cneo y Quinto Ogulnio, llevaron a juicio ese año a varios prestamistas. El producto de las multas ingresado en el Tesoro se dedicó a varios asuntos públicos; La proporción de las multas que se ingresarán en el Tesoro se dedicó a diversos objetos públicos; los umbrales de madera del Capitolio fueron sustituidos por otros de bronce, se hicieron vasijas de plata para las tres mesas en el templo de Júpiter y una estatua del propio dios, en una cuadriga, se situó en el techo. También colocaron cerca de la higuera Ruminal [sita al suroeste del Palatino; los romanos creían que su nombre derivaba de ruma, teta, y rumina, la diosa del amamantamiento. Obsérvese la similitud con Rómulo, Remo y Roma.-N. del T.] un grupo escultórico representando a los fundadores de la Ciudad como niños amamantados por la Loba. Por orden suya, se pavimentó con losas de piedra la calle que va desde la Puerta Capena al templo de Marte. Algunos ganaderos fueron procesados también por exceder el número de ganado que podía introducirse en el terreno público, y los ediles plebeyos, Lucio Elio Peto y Cayo Fulvio Curvo, gastaron el dinero obtenido de las multas que impusieron en juegos públicos y en un conjunto de copas de oro que fueron colocadas en el templo de Ceres.

[10.24] Quinto Fabio y Publio Decio entraron ahora en su año de mandato -295 a.C.-, el primero por quinta vez y el último por cuarta. En dos ocasiones anteriores habían sido cónsules juntos, habían desempeñado juntos la censura y su total comunión, tanto como el cumplimiento de sus deberes, distinguió especialmente su desempeño del cargo. Pero esto no duraría para siempre; el conflicto que estalló entre ellos se debió, sin embargo, según creo, más al antagonismo entre los órdenes a los que pertenecían que a cualquier sentimiento personal por su parte. Los senadores patricios ansiaban enormemente que Etruria fuera asignada a Fabio, sin seguir el procedimiento habitual; los senadores plebeyos instaron a Decio para que insistiera en que el asunto se resolviera mediante el habitual sorteo. Había, en todo caso, una clara división de opiniones en el Senado y, cuando se hizo evidente que el interés de Fabio tenía más fuerza, se remitió la cuestión al pueblo. Como ambos eran antes que nada soldados, confiando más en los hechos que en las palabras, sus discursos ante la Asamblea fueron breves. Fabio declaró que sería una conclusión indigna el que otro recogiese los frutos del árbol que él había plantado; él había abierto la selva Ciminia y construido un camino, a través de una selva sin ellos, con las armas de Roma. ¿Por qué le habían metido en problemas a esas alturas de su vida si deseaban encargar la guerra a otro general? Luego se dirigió a Decio: "Sin duda", dijo, "he escogido a un oponente, y no a un compañero, en el cargo; Decio está pesaroso de que nuestros tres años de poder compartido hayan transcurrido tan armoniosamente". Por último, afirmó que él no deseaba nada más que, si lo consideraban digno de ese mando, lo enviasen allí; había cedido a la voluntad del Senado y aceptaría la decisión del pueblo.

Publio Decio, en respuesta, protestó contra la injusticia del Senado. Los patricios, dijo, habían hecho todo lo posible para excluir a los plebeyos de los cargos más importantes del Estado. Desde que el mérito personal se había impuesto sobre la clase a la que se pertenecía, su objetivo ahora consistía no solo en tergiversar las decisiones expresadas por el pueblo en sus votaciones, sino incluso cambiar los juicios que hacía la Fortuna, para mantener su poder siendo tan pequeño su número. Todos los cónsules antes que él habían sorteado sus mandos, ahora el Senado daba a Fabio el suyo con independencia de la suerte. Si aquello era simplemente algo así como una marca de honor, entonces admitiría que Fabio había rendido servicios a la república y a él mismo y con gusto aceptaría cualquier cosa que acrecentara su fama, siempre que no implicase un insulto para sí mismo . Pero, ¿quién podía dejar de ver que cuando una guerra, particularmente difícil y temible, se confiaba a un cónsul sin recurrir a la suerte, aquello significaba que al otro cónsul se le consideraba superfluo e inútil? Fabio señaló con orgullo sus logros en Etruria; Decio deseaba ser capaz de hacer lo mismo, y posiblemente pudiera tener éxito extinguiendo completamente el fuego que el otro solo había ahogado, y ahogado de modo tal que constantemente renacía en nuevas conflagraciones cuando menos se esperaba. Él estaba dispuesto a conceder honores y recompensas a su colega por respeto a su edad y posición, pero tratándose de una cuestión de peligro o de combate no cedería, no voluntariamente. Si no ganaba otra cosa de aquella disputa, al menos obtendría aquello: que el pueblo decidiera la cuestión que les correspondía a ellos decidir, en lugar de que el Senado mostrase una indebida parcialidad. Rogó a Júpiter Óptimo Máximo y a los dioses inmortales para que le concediesen la ocasión imparcial de echar suertes con su colega, si les habían de otorgar el mismo valor y buena fortuna en la dirección de la guerra. Fue, en todo caso, algo eminentemente justo en sí mismo, un excelente precedente para todos los tiempos y una cuestión que tocaba el buen nombre de Roma muy de cerca, el que ambos cónsules fueran hombres en condiciones de dirigir la guerra etrusca sin riesgo de fracasar. La única respuesta de Fabio fue a rogar al pueblo que escuchase alguno de los despachos que había remitido Apio antes de proceder a la votación. Luego abandonó la Asamblea. El pueblo fue no menos fuerte en su apoyo de lo que lo había sido el Senado y se decretó que Etruria se asignase a Fabio sin echar las suertes.

[10.25] Una vez se llegó a esta decisión, todos los hombres en edad militar se reunieron con el cónsul, y cada uno empezó a dar su nombre, tan ansiosos estaban de servir bajo su mando. Al verse rodeado de esa multitud, gritó: "No tengo intención de alistar más de cuatro mil soldados de infantería y seiscientos de caballería, y llevaré conmigo a quienes de vosotros den sus nombres hoy y mañana. Me preocupa más que regreséis todos ricos a llevar una fuerza con muchos hombres". Con este ejército compacto, lleno de confianza y esperanza, aún más porque no sentía necesidad de un gran ejército, marcharon hacia la ciudad de Aharna, que no estaba lejos del enemigo, y desde allí fueron hasta el campamento de Apio. Era todavía a algunas millas de ella cuando se encontró con algunos soldados enviados para cortar madera, acompañados por una escolta armada. Cuando vieron los lictores marchar delante de él y escucharon que Fabio era su cónsul, se llenaron de alegría y dieron gracias a los dioses y al pueblo de Roma por haberlo enviado a ellos como su comandante. Como insistían alrededor del cónsul para saludarlo, Fabio les preguntó a dónde iban, y al decirle que se dirigían a cortar madera, les dijo "¿Qué decís?" -preguntó, "¿sin duda tendréis un campamento con empalizada?" Se le informó que había una doble empalizada y foso todo alrededor del campamento y aún estaban mortalmente atemorizados. "Bien, entonces", respondió, "volved atrás y tirad abajo vuestra empalizada, así tendréis bastante madera suficiente." Volvieron al campamento y empezaron a demoler la empalizada, para gran terror de los que habían permanecido en el campamento, y en especial del propio Apio, hasta que se difundió la noticia de que actuaban por órdenes de Quinto Fabio, el cónsul. Al día siguiente se trasladó el campamento y Apio fue enviado de vuelta a Roma para tomar posesión de su cargo como pretor.

A partir de aquel momento los romanos no levantaron campamento. Fabio decía que era malo para el ejército permanecer fijo en un solo lugar; permanecería más sano y activo con marchas frecuentes y cambios de posición. Ellos hicieron las marchas tan largas y frecuentes como permitía la estación, pues aún no había terminado el invierno. Tan pronto la primavera se asentó, dejó la segunda legión en Clusio, antes llamada Camars, y puso a Lucio Escipión a cargo del campamento como propretor. Luego regresó a Roma para consultar al Senado respecto a las futuras operaciones. Puede que diese este paso por propia iniciativa, tras observar personalmente que la guerra era de mayor entidad de lo que había pensado a partir de los informes recibidos, o puede que le convocase en Senado; nuestros autores nos dan ambos motivos. Algunos quieren hacer creer que se vio obligado a regresar, debido a la acción de Apio Claudio, que había enviado despachos alarmantes sobre el estado de cosas en Etruria y que ahora añadía preocupación con sus discursos en el Senado y ante la Asamblea. A su juicio, un general con un solo ejército era muy insuficiente para hacer frente a cuatro naciones; tanto si combinaban sus fuerzas contra él o si actuaban por separado, existía el peligro de que fuera incapaz de enfrentar por sí solo todas las emergencias. Había dejado allí sólo dos legiones, y con Fabio habían llegado menos de cinco mil infantes y caballería; él aconsejaba que Publio Decio se uniera a su colega en Etruria tan pronto como fuera posible. El Samnio podría ser encargado a Lucio Volumnio, o, si el cónsul prefería conservar su propia provincia, Volumnio iría en ayuda de Fabio con un ejército consular completo. Como los discursos del pretor estaban produciendo tanta impresión, se nos dice que Decio dio su opinión de que no se debía interferir con Fabio, sino dejarle libre de actuar como mejor creyera hasta que él mismo regresase a Roma, si podía hacerlo con seguridad para el Estado, o si enviaba alguien de su estado mayor por quien el Senado pudiera conocer el estado presente de cosas en Etruria, qué fuerza se pudiera necesitar y cuántos generales eran precisos.

[10.26] Inmediatamente después de su llegada a Roma, Fabio se dirigió al Senado y la Asamblea para hablarles de la guerra. Su tono era tranquilo y templado, ni exageró ni subestimó las dificultades. Si aceptó, dijo, la ayuda de un colega, fue más por consideración a los otros temores del pueblo que para precaverse de cualquier peligro hacía sí mismo o hacia la república. Si, no obstante, designaron un colega para asociarlo con él en el mando, ¿cómo podía ignorar a Publio Decio, que con tanta frecuencia había sido su colega y a quien tan bien conocía? No había nadie en el mundo a quien hubiera preferido; si Decio estaba con él, siempre encontraba fuerzas suficientes para cumplir con su deber y nunca consideraba al enemigo demasiado numeroso como para enfrentarlo. Si su colega prefería algún otro arreglo, podían darle a Lucio Volumnio. El pueblo, el Senado y su propio colega se mostraron de acuerdo en que Fabio debía gozar de entera libertad en el asunto, y cuando Decio dejó claro que estaba dispuesto a marchar tanto al Samnio como a Etruria, todos se alegraron y felicitaron. La victoria fue considerada ya como segura y parecía como si se hubiese aprobado un triunfo, y no una guerra seria, a los cónsules. Veo que algunos autores dicen que Fabio y Decio partieron inmediatamente hacia Etruria al hacerse cargo de la magistratura, sin mención a que no se decidieran sus provincias por sorteo o a la querella entre colegas que he descrito. Algunos, por otra parte, no se contentan con narrar simplemente la disputa, sino que dan cuenta por añadidura de ciertas acusaciones que presentó Apio contra el ausente Fabio ante el pueblo y los amargos ataques que le hizo en su presencia, haciendo mención de una segunda discusión entre los colegas provocada por Decio, que insistió en que cada uno debía mantenerse en la provincia que le tocó. Encontramos más acuerdo entre los autores acerca del momento en que ambos cónsules dejaron Roma para marchar al escenario de la guerra.

Pero antes de que los cónsules llegaran a Etruria, los galos senones llegaron en enorme cantidad hasta Chiusi con la intención de atacar el campamento romano y a la legión que estaba allí estacionada. Escipión estaba al mando, y pensando en ayudar la escasez de su número ocupando una posición fuerte, hizo marchar a sus fuerzas hasta una colina que se extendía entre su campamento y la ciudad. El enemigo había aparecido tan de repente que no había tenido tiempo para reconocer el terreno, y siguió hacia la cumbre después de que el enemigo ya la hubiera capturado aproximándose desde el otro lado. Así pues, la legión fue atacada por el frente y la retaguardia y quedó completamente rodeada. Dicen algunos autores que toda la legión fue allí aniquilada, nadie quedó para llevar las noticias y que, aunque los cónsules estaban no muy lejos de Chiusi para entonces, no les llegó ninguna información del desastre hasta que apareció la caballería gala con las cabezas de los muertos colgando del pecho de sus monturas o fijadas en las puntas de sus lanzas, mientras entonaban cánticos guerreros según su costumbre. Según otra tradición, no se trataba en absoluto de galos, sino de umbros, y tampoco se produjo un gran desastre; una partida de forrajeo, mandada por Lucio Manlio Torcuato, un legado, fue rodeada, pero Escipión envió ayuda desde el campamento y al final se derrotó a los umbros y se recuperó a los prisioneros y al botín. Lo más probable es que esta derrota fuera infligida por galos, y no por umbros, pues como en ocasiones anteriores, el miedo a una invasión gala se asentó en las mentes de los ciudadanos. La fuerza con la que los cónsules salieron en campaña constaba de cuatro legiones y un gran cuerpo de caballería, además de mil soldados selectos campanos destinados a esta guerra; los contingentes proporcionados por los aliados y la liga latina formaban un ejército aún más grande que el romano. Pero además de esta gran fuerza, otros dos ejércitos estaban estacionados no muy lejos de la Ciudad, frente a Etruria; uno en territorio falisco y otro en los campos del Vaticano. Los propretores, Cneo Fulvio y Lucio Postumio Megelo, habían recibido órdenes de asentar sus campamentos en aquellas posiciones.

[10.27] Después de cruzar los Apeninos, los cónsules descendieron hasta el territorio de Sassoferrato [antigua Sentino.- N. del T.] y establecieron su campamento a unas cuatro millas de distancia del enemigo [5920 metros.-N. del T.]. Las cuatro naciones se consultaron sobre el plan de acción, y se decidió que no se mezclarían en un único campamento ni irían a la batalla al mismo tiempo. Los galos se vincularon con los samnitas y los umbros con los etruscos. Fijaron el día de la batalla; el peso de la lucha se reservaba a galos y samnitas para que, una vez en el fragor del combate, etruscos y umbros atacasen el campamento romano. Estos acuerdos fueron desvelados por tres desertores, que se llegaron secretamente por la noche hasta Fabio y le descubrieron los planes enemigos. Se les premió por su información y se les despidió con instrucciones de enterarse e informar de cualquier nueva decisión que se tomara. Los cónsules enviaron instrucciones por escrito a Fulvio y a Postumio para que trajeran sus ejércitos hasta Chiusi y devastasen el país enemigo durante su marcha en la medida en que fuera posible. Las nuevas de estos estragos sacaron a los etruscos de Sassoferrato para proteger su propio territorio. Ahora los habían apartado de su camino, los cónsules se esforzaron por llegar al combate. Durante dos días trataron de provocar al enemigo a combatir, pero nada se hizo durante esos dos días que merezca la pena mencionar; hubo algunas bajas en ambos bandos y se produjo mucha irritación que les hizo desear una batalla normal sin, no obstante, querer ponerlo todo en riesgo en un combate decisivo. Al tercer día, todas las fuerzas de ambos bandos descendieron a la llanura. Mientras ambos ejércitos se disponían a combatir, una cierva, empujada por un lobo desde las montañas, corrió entre el espacio abierto entre las dos líneas con el lobo en su persecución. Aquí cada animal tomó una dirección distinta: la cierva corrió hacia los galos y el lobo hacia los romanos. Se abrió una vía entre las filas romanas, los galos lancearon a la cierva. Ante esto, un soldado de la primera línea exclamó: "En ese lugar, donde veis yacer muerta a la criatura sagrada de Diana, empezará la huida y la carnicería; aquí este lobo, completamente ileso, criatura sagrada de Marte, nos recuerda a nuestro Fundador y que nosotros también somos de la raza de Marte". Los galos estaban colocados a la derecha, los samnitas a la izquierda. Quinto Fabio situó las legiones primera y tercera en el ala derecha, enfrentando a los samnitas; para oponerse a los galos, Decio tenía a la quinta y la sexta legión, que formaban el ala izquierda. La segunda y la cuarta legión estaban enzarzadas en el Samnio al mando de Lucio Volumnio, el procónsul. Cuando los ejércitos chocaron por primera vez estaban tan igualados que, de haber estado presentes los etruscos y los umbros, fuese combatiendo o atacando el campamento, los romanos habrían sido derrotados.

[10,28] Sin embargo, aunque ninguno de los bandos obtenía ventaja y la Fortuna no había indicado de ningún modo a quién concedería la victoria, la lucha en el lado derecho era muy distinta de la del lado izquierdo. Los romanos al mando de Fabio combatían más a la defensiva y prolongaban la contienda tanto tiempo como les era posible. Su comandante sabía que era práctica habitual tanto de los galos como de los samnitas el hacer un ataque furioso al principio, y si éste se resistía con éxito solía bastar; el valor de los samnitas poco a poco se hundió al avanzar la batalla, mientras que los galos, incapaces de resistir el calor y el esfuerzo, vieron como se derretía su fuerza física; en sus primeros ataques eran más que hombres, al final eran más débiles que las mujeres. Conocedor de, mantenía las fuerzas de sus hombres hasta el momento en que el enemigo normalmente empezaba a dar signos de ceder. Decio, como hombre más joven, poseedor de mayor vigor mental, mostró más empuje; hizo uso de toda la fuerza que tenía al empezar el ataque, y como el combate de infantería se desarrollaba con demasiada lentitud para su gusto, hizo llamar a la caballería. Poniéndose a la cabeza de una turma de jóvenes excepcionalmente valientes, les pide que le sigan al cargar al enemigo, pues de ellos sería la doble gloria si la victoria comenzaba en el ala izquierda y si, en esa ala, la empezaba la caballería. Dos veces rechazaron a la caballería gala. Al lanzar una tercera carga, llegaron demasiado lejos y, mientras luchaban ahora desesperadamente en medio de la caballería enemiga, quedaron atemorizados por un nuevo estilo de hacer la guerra. Hombres armados, montados sobre carros y carretas de equipaje, vinieron con gran estruendo de caballos y ruedas, y los caballos de la caballería romana, no acostumbrados a esa clase de alboroto, se volvieron incontrolables por el miedo; la caballería, tras sus cargas victoriosas, cayó ahora en un frenético terror; hombres y caballos por igual quedaron destruidos en su ciega huida. Incluso los estandartes de los legionarios quedaron confundidos, y muchos de los hombres de primera fila quedaron aplastados por el peso de los caballos y los vehículos corriendo a través de las líneas. Cuando los galos vieron a su enemigo así desmoralizado, no le dieron un momento de respiro con el que recuperarse sino que continuaron enseguida con un ataque feroz. Decio gritó a sus hombres y les preguntó a dónde estaban huyendo, qué esperanza tenían al huir; trató de detener a los que retrocedían y reunir a las unidades dispersas. Al verse incapaz, hiciera lo que hiciera, de detener la desmoralización, invocó el nombre de su padre, Publio Decio, y gritó: "¡¿Por qué he de retrasar el destino de mi familia?! Este es el privilegio concedido a nuestra gens: que seamos el sacrificio expiatorio que evite los peligros al Estado. Ofrendo ahora las legiones enemigas junto conmigo como sacrificio a Tellus [la Tierra; de ahí nuestro castellano telúrico, por ejemplo.-N. del T.] y los dioses Manes". Cuando hubo pronunciado estas palabras, ordenó al pontífice, Marco Livio, a quien había mantenido a su lado durante toda la batalla, que recitase la fórmula prescrita por la que se iba a ofrendar "a sí mismo y a las legiones del enemigo en nombre del ejército del pueblo romano de los Quirites". Se dedicó, así pues, con las mismas palabras y empleando las mismas vestimentas que su padre, Publio Decio, en la batalla de Veseris, en la guerra Latina [ver Libro 8, cap. 9.-

N. del T.]. Después que hubieron sido recitadas las oraciones de costumbre, pronunció la siguiente terrible maldición: "Llevo delante de mí el terror y la derrota y la matanza y la sangre y la ira de todos los dioses, los de arriba y los de abajo. Infectaré los estandartes, los dardos, las armas del enemigo con funesta y múltiple muerte, el lugar de mi destrucción será también testigo de la de los galos y los samnitas". Después de proferir esta imprecación sobre sí mismo y sobre el enemigo, picó su caballo contra la parte de la línea gala donde más densidad de guerreros había y saltando sobre ellos fue muerto por sus proyectiles.

[10.29] A partir de este momento, difícilmente habría parecido a nadie que la batalla dependiese solo de la fuerza humana. Después de perder a su líder, algo que por lo general desmoraliza a un ejército, los romanos detuvieron su huida y reanudaron la lucha. Los galos, especialmente los que se apiñaban alrededor del cuerpo del cónsul, estaban lanzando sus jabalinas sin puntería y sin causar daño, como si estuviesen privados de sus sentidos; algunos parecían paralizados, incapaces de luchar o de huir. Pero, en el otro ejército, el pontífice Livio, a quien Decio había traspasado sus lictores y nombrado para actuar como propretor, anunció a grandes voces que la muerte del cónsul había librado a los romanos de todo peligro y les había concedido la victoria, que galos y samnitas pertenecían a la Madre Tellus y a los dioses Manes, que Decio convocó y arrastró consigo al ejército que había ofrendado junto a sí mismo, que había pánico entre el enemigo y las Furias les sometían al azote de la locura. Habiéndose reanudado así la batalla, Fabio ordenó a Lucio Cornelio Escipión y a Cayo Marcio que llevasen las reservas desde la retaguardia para apoyar a sus colegas. Supieron allí del destino de Publio Decio, y aquello les resultó un poderoso estímulo para atreverse a todo por la república. Los galos formaban en orden cerrado, cubiertos por sus escudos, y un combate cuerpo a cuerpo no parecía un asunto fácil; sin embargo, los legados ordenaron que se juntasen las jabalinas que estaban esparcidas entre los dos ejércitos y que las lanzasen contra el muro de protección del enemigo. Aunque la mayoría quedó atrapada en sus escudos y solo unas cuantas penetraron en sus cuerpos, la masa compacta se vino abajo, cayendo la mayoría sin haber sido heridos, como si les hubiera alcanzado un rayo. Tal fue el cambio que la Fortuna provocó en el ala izquierda romana.

En la derecha, Fabio, como ya he dicho, prolongaba el combate. Cuando vio que ni el grito de guerra enemigo, ni su ímpetu ni el lanzamiento de sus proyectiles eran tan fuertes como al principio, ordenó a los prefectos de la caballería que llevasen sus alas [en efecto, Livio emplea, en el original latino, el término de prefectos y no el de tribunos para designar a los comandantes de las unidades de caballería, las alas, que para esa época solían estar compuestas de diez turmas de a 30 jinetes cada una.- N. del T.] alrededor del flanco del ejército samnita, dispuestos lanzar, cuando se les diera la señal, un ataque tan fiero como pudiesen contra el flanco. La infantería, al mismo tiempo, empujaba y desalojaba al enemigo. Cuando vio que no ofrecían resistencia y que estaban evidentemente cansados, concentró todos los apoyos que había mantenido en reserva para el momento decisivo y dio la señal de carga general a la infantería y a la caballería. Los samnitas no pudieron hacer frente al ataque y huyeron precipitadamente, pasando a los galos, hacia su campamento, dejando a sus aliados para que luchasen como bien pudieran. Los galos permanecían aún firmes en orden cerrado tras su muro de escudos. Fabio, al enterarse de la muerte de su colega, ordenó a una ala de caballería campana, una fuerza de casi quinientos, que dejase el combate y diera un rodeo para tomar los galos por la retaguardia. Los príncipes de la tercera legión recibieron orden de seguir y, donde quiera que viesen la línea enemiga desordenada por la caballería, incrementar el ataque y destrozarlas. Prometió un templo y los despojos del enemigo a Júpiter Víctor y después se dirigió al campamento samnita, donde el pánico había impulsado a toda la masa de fugitivos. Como no todos podían pasar al mismo tiempo por las puestas, los que estaban fuera intentaron resistir el ataque romano y comenzó así una batalla cerca de la empalizada. Fue aquí donde Gelio Egnacio, el comandante en jefe samnita, cayó. Finalmente, los samnitas se vieron empujados al interior de su campamento, que fue tomado tras una breve lucha. Al mismo tiempo, los galos fueron atacados por la retaguardia y vencidos; veinticinco mil enemigos murieron combatiendo ese día y a ocho mil se les hizo prisioneros. La victoria fue en absoluto incruenta para los nuestros, pues el ejército de Publio Decio tuvo siete mil muertos y el de Fabio mil setecientos. Después de enviar a buscar el cuerpo de su colega, Fabio reunió los despojos del enemigo en una pila y los quemó como sacrificio a Júpiter Víctor. El cuerpo del cónsul no se pudo encontrar ese día, pues estaba enterrado bajo un montón de galos; fue descubierto al día siguiente y traído de vuelta al campamento en medio de las lágrimas de los soldados. Fabio dejó a un lado todo lo demás para rendir los últimos ritos fúnebres a su colega muerto; las exequias se llevaron a cabo con todos los honores y en el elogio fúnebre sonaron las merecidas alabanzas al cónsul fallecido.

[10.30] Mientras sucedía todo esto, el propretor Cneo Fulvio, en Etruria, obtenía grandes éxitos. No sólo llevó la destrucción a lo largo y a lo ancho de los campos enemigos, también libró una brillante acción contra las fuerzas unidas de Perugia [antigua Perusia.-N. del T.] y Chiusi, en la que más de tres mil enemigos murieron y se capturaron veinte estandartes. Los restos del ejército samnita intentaron escapar a través del territorio peligno, pero fueron interceptados por las tropas del país, y de sus cinco mil hombres resultaron muertos unos mil. Grande, como debiera parecer que fue a cualquier escritor que se adhiera a la verdad, la gloria de la fecha en que se libró la batalla de Sentino, hay algunos autores que la han exagerado más allá de toda credibilidad. Afirman que el ejército enemigo ascendía a un millón de infantes y cuarenta y seis mil de caballería junto a mil carros de guerra. Eso, por supuesto, incluye a los umbros y a los etruscos que se presentan como participantes en la batalla. Y como manera de aumentar las fuerzas romanas, nos cuentan que Lucio Volumnio tomó parte en el mando de la acción, junto a los cónsules, y que las legiones de estos fueron complementadas por su ejército. La mayoría de los analistas achacan la victoria solo a los dos cónsules; Volumnio es presentado combatiendo en el Samnio, haciendo que un ejército samnita se refugie en lo alto del Monte Tiferno y consiguiendo, pese a la dificultad de su posición, derrotarlo y ponerlo en fuga. Quinto Fabio dejó al ejército de Decio guarneciendo Etruria y condujo de vuelta a la Ciudad a sus propias legiones, para disfrutar un triunfo sobre los galos, los etruscos y los samnitas. En las canciones que los soldados cantaban en la procesión, se celebró tanto la muerte gloriosa de Decio como la victoria de Fabio, y recordaban la memoria del padre en sus alabanzas al hijo, que rivalizó con él en lo público tanto como en lo privado. De los despojos, cada soldado recibió ochenta y dos ases de bronce, con mantos y túnicas, recompensas nada despreciables para aquellos días.

[10.31] A pesar de estas derrotas, ni los etruscos ni los samnitas se quedaron quietos. Después que el cónsul hubo retirado su ejército los perusinos reanudaron las hostilidades, una fuerza de samnitas descendió a las comarcas que rodeaban Vescia y Formia, saqueándolas y corriéndolas a su paso, mientras que otro grupo invadía el distrito de Aserno y la región que rodeaba el río Volturno. Apio Claudio fue enviado contra estos con el antiguo ejército de Decio; Fabio, que había penetrado en Etruria, dio muerte a cuatro mil quinientos perusinos y tomó mil setecientos cuarenta prisioneros, que fueron rescatados a trescientos diez ases por cabeza; el resto del botín fue entregado a los soldados. Los samnitas, uno de cuyos cuerpos era perseguido por Apio Claudio y el otro por Lucio Volumnio, se unieron en territorio estelate, tomando posiciones allí, cerca de Caiazzo [antigua Cayatia.-N. del T.] junto con Apio y Volumnio. Se libró un combate desesperado; uno de los ejércitos estaba furioso contra aquellos que tantas veces habían tomado las armas contra ellos, el otro consideraba que aquella era su última esperanza. Los samnitas perdieron dieciséis mil trescientos muertos y dos mil setecientos prisioneros; por parte romana cayeron dos mil setecientos. Al igual que las operaciones militares, el año fue también próspero, pero se produjo una gran inquietud debido a una grave peste y a portentos alarmantes. Se contó que en muchos lugares llovió tierra y gran número de hombres del ejército de Apio Claudio fueron alcanzados por el rayo. Se consultaron los libros sagrados en vista de tales sucesos. Durante este año Quinto Fabio Gurges, hijo del cónsul, que era edil, llevó a juicio a ciertas matronas ante el pueblo por el delito de adulterio. De las multas obtuvo el dinero suficiente para construir el templo de Venus que se encuentra cerca del Circo.

Las guerras samnitas aun nos acompañan, esas guerras que he contado a través de estos últimos cuatro libros y que han ocupado de forma continua cuarenta y seis años, en realidad, desde que los cónsules Marco Valerio y Aulo Cornelio llevaron las armas de Roma por vez primera al Samnio. No es necesario ahora volver a contar las innumerables derrotas que alcanzaron a ambas naciones, y las fatigas que sufrieron a través de todos esos años; y, sin embargo, tales cosas no lograron quebrar la resolución o el espíritu de aquel pueblo; solo nombraré los acontecimientos del año pasado. Durante ese período, los samnitas, luchando a veces solos, a veces en conjunción con otras naciones, habían sido derrotados por cuatro ejércitos romanos y por cuatro generales romanos en cuatro ocasiones: en Sentino, entre los pelignos, en Tiferno, y en la llanura estelate; habían perdido el general más brillante que nunca hubieran tenido; veían ahora a sus aliados (etruscos, umbros, galos) alcanzados por la misma fortuna que ellos habían sufrido; no podían aguantar más tiempo por sus propias fuerzas ni por las proporcionadas por las armas extranjeras. Y, sin embargo, no se abstenían de guerrear; tan incansables eran en la defensa de su libertad que, pese a tantas derrotas, preferían ser vencidos a no tratar de obtener la victoria. ¿Qué clase de hombre sería el que encontrase aburrida la larga historia de estas guerras, aunque solo la narre o la lea, cuando no lo fueron para quienes estuvieron realmente implicados en ellas?

[10.32] Quinto Fabio y Publio Decio fueron sucedidos en el consulado por Lucio Postumio Megelo y por Marco Atilio Régulo -294 a.C.-. Se les asignó a ambos el Samnio como campo de operaciones a causa de una información recibida que decía que se habían levantado allí tres ejércitos: uno destinado a Etruria, otro a devastar Campania y el tercero para la defensa de sus fronteras. La enfermedad mantuvo a Postumio en Roma, pero Atilio marchó de inmediato, de acuerdo con las instrucciones del Senado, con la intención de sorprender a los ejércitos samnitas antes de que iniciasen sus expediciones. Se encontró con el enemigo, como si hubieran tenido un acuerdo previo, en un punto donde él no podía entrar en territorio samnita y, al mismo tiempo, les impedía cualquier movimiento hacia territorio romano o a los pacíficos de sus aliados. Los dos campamentos estaban enfrentados, y los samnitas, con la temeridad que da la desesperación, se aventuraron en una empresa a la que los romanos, que habían salido tantas veces victoriosos, apenas se habrían comprometido, es decir, atacar el campamento enemigo. Su audaz intento no logró su fin, pero no fue del todo infructuoso. Durante gran parte del día había habido tan densa niebla que no sólo era imposible ver nada más allá de la empalizada, sino que incluso quienes estaban juntos no eran capaces de verse entre sí. Los samnitas, confiando en que sus movimientos quedasen ocultos, llegaron entre las penumbras del amanecer, cuya luz ocultaba la niebla, y alcanzaron el puesto de guardia frente a la puerta, que vigilaban con descuido, y al verse atacados por sorpresa no tuvieron ni la fuerza ni el valor de ofrecer ninguna resistencia. Después de deshacerse de la guardia, entraron al campamento por la puerta decumana y se apoderaron de la tienda del cuestor, Lucio Opimio Pansa, que fue muerto. Entonces se produjo la llamada a las armas.

[10.33] El cónsul, despertado por el tumulto, ordenó a dos de las cohortes aliadas, las de Lucca y Suessa, que resultaban ser las más cercanas, que protegieran el pretorio y a continuación reunió los manípulos en la vía principal. Formaron en línea casi antes de estar adecuadamente dispuestos, y localizaron al enemigo por la dirección de sus gritos antes que por haberles visto; en cuanto a su número, no eran capaces de estimarlo. Dudando de su posición, se retiraron en un primer momento y permitieron así que el enemigo avanzase hasta la mitad del campamento. Al ver esto, el cónsul les preguntó si les iban a expulsar fuera de la empalizada y después tratarían de recuperar su campamento por asalto. Lanzaron entonces el grito de guerra y mantuvieron firmemente el terreno hasta que fueron capaces de tomar la ofensiva y obligar al enemigo a retroceder, lo que hicieron sin darles un momento de respiro, hasta que los expulsaron, impelidos por el mismo pánico que ellos habían sufrido, por la puerta, fuera de la empalizada. Más allá de aquí no se atrevieron a ir en su persecución, pues la mala luz les hacía temer la posibilidad de una sorpresa. Contentándose con haber expulsado al enemigo del campamento, se retiraron tras la empalizada después de haber matado a cerca de trescientos. En el lado romano, murieron los del puesto de guardia y los que cayeron alrededor de la tienda del cuestor, ascendiendo el total a doscientos treinta. El éxito parcial de esta maniobra audaz levantó los ánimos de los samnitas, y no sólo impedían a los romanos avanzar sino que incluso mantenían las partidas de forrajeo alejadas de sus campos y tuvieron que caer sobre el territorio pacificado de Sora. El informe de este suceso que llegó a Roma, y que era mucho más sensacionalista de lo que los hechos justificaban, obligó al otro cónsul, Lucio Postumio, a dejar la Ciudad antes de que su salud estuviera lo bastante restablecida. Dio una orden general para que sus hombres se reuniesen en Sora, y antes de su partida dedicó el templo a la Victoria que, cuando fue edil curul, había construido con los fondos de las multas. Al reunirse con su ejército marchó desde Sora al campamento de su colega. Los samnitas desesperaron de ofrecer una resistencia eficaz ante dos ejércitos consulares y se retiraron; los cónsules marcharon entonces en direcciones distintas para arrasar sus campos y asaltar sus ciudades.

[10,34] Entre éstas se encontraba Milionia, que Postumio intentó tomar, sin éxito, por asalto. Luego atacó el lugar mediante máquinas de asedio y, tras acercarse con sus manteletes hasta las murallas, forzó una apertura en ellas. Desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde se combatió por todos los barrios de la ciudad con resultado indeciso; al final los romanos se apoderaron de la plaza; murieron tres mil doscientos samnitas y cuatro mil setecientos fueron hechos prisioneros, además del resto del botín. De allí marcharon a las legiones a Feritro, pero la gente del pueblo evacuó el lugar en silencio durante la noche, llevándose todas sus posesiones, todo cuanto podía ser conducido o transportado. Inmediatamente después de su llegar junto a ella, el cónsul se acercó a las murallas con sus hombres dispuestos a actuar, como si fuesen a combatir allí tanto como lo habían hecho en Milionia. Cuando se encontró con que había un silencio de muerte en la ciudad y sin rastro visible de hombres o de armas en las torres o en las murallas, retuvo a sus hombres, que estaban ansiosos por entrar en las fortificaciones desiertas, por miedo a que pudieran caer ciegamente en una trampa. Él ordenó a dos soldados de caballería perteneciente al contingente latino que cabalgaran alrededor de las murallas y que hicieran un reconocimiento a fondo. Descubrieron una puerta abierta y otra cerca de esta, también abierta, y en la carretera que salía de esas puertas vieron las huellas de la huida nocturna del enemigo. Cabalgando lentamente hasta las puertas, tuvieron una vista ininterrumpida de la ciudad a través de las rectas calles e informaron al cónsul de que la ciudad había sido evacuada, como se desprendía de la soledad inconfundible y las cosas dispersas en la confusión de la noche, prueba de su precipitada fuga. Al recibir estas noticias, el cónsul llevó a su ejército dando la vuelta hasta aquel lado de la ciudad que había examinado la caballería. Deteniendo los estandartes cerca de las puertas, ordenó a cinco jinetes que entrasen en la ciudad y, tras darles cierta distancia, tres se quedaban donde estaban y dos volvían para informarle de lo que descubrían. Le dijeron que habían llegado a un punto desde el que tenían vistas en todas direcciones, y por todas partes veían una silenciosa soledad. El cónsul envió de inmediato algunas cohortes armadas a la ligera por la ciudad y el resto del ejército recibió la orden de formar un campamento atrincherado. Los soldados que habían entrado en el lugar violentaron algunas de las casas y se encontraron unas cuantas personas ancianas, a los enfermos y a los bienes abandonados, que eran muy difíciles de transportar. Entraron a saquear y se dedujo de la declaración de los prisioneros que varias ciudades vecinas habían acordado abandonar sus hogares y que, probablemente, los romanos encontrarían el mismo abandono en otras ciudades. Lo que dijeron los prisioneros resultó ser cierto, y el cónsul tomó posesión de las ciudades abandonadas.

[10.35] El otro cónsul, Marco Atilio, no tuvo una guerra tan fácil en absoluto. Había recibido noticias de que los samnitas estaban sitiando Lucera [la antigua Luceria.-N. el T.] y marchó en su socorro, pero el enemigo se le enfrentó en la frontera del territorio lucerino. Allí, la ira y la rabia les prestó la fuerza que les hizo estar a la altura de los romanos. La batalla trascurrió con fortuna variable y resultado indeciso, pero finalmente los romanos se vieron en la situación más triste, pues no estaban acostumbrados a la derrota y fue tras separarse los ejércitos, y no en la propia batalla, cuando se dieron cuenta de las grandes pérdidas que habían tenido por su parte, tanto en muertos como en heridos. Una vez estuvieron en el interior de su campamento, quedaron presa de los temores que, de haberlos sentido mientras estaban en batalla, les habrían llevado a un señalado desastre. Pasaron una noche de inquietud, a la espera de que los samnitas atacasen de inmediato el campamento o de tener que enfrentarse a su victorioso enemigo al romper el día. Por parte enemiga, las pérdidas fueron menores pero ciertamente no mostraban más ánimos. Tan pronto como empezó a clarear los romanos estaban ansiosos por retirarse sin luchar, pero el único modo de hacerlo pasaba precisamente a través del enemigo; si tomaban aquella ruta equivaldría a un desafío, pues parecería como si avanzasen directamente al ataque del campamento samnita. El cónsul dio orden general de que los soldados se armasen para la batalla y lo siguieran fuera de la empalizada. Luego impartió las instrucciones necesarias a los legados, tribunos y prefectos de los aliados. Todos ellos le aseguraron que por lo que a ellos se refería, harían cuanto deseara que hicieran; pero los hombres habían perdido ánimos, habían pasado una noche en blanco entre los gemidos de heridos y moribundos y si el enemigo hubiera atacado el campamento en la oscuridad, estaban en tal estado de pánico que habrían desertado de sus estandartes. Tal como estaban las cosas, lo único que les impedía huir era la vergüenza, en todos los demás aspectos eran hombres prácticamente derrotados.

Bajo tales circunstancias, el cónsul pensó que debía hacer una ronda y dirigirse a los soldados personalmente. Cuando llegaba a cualquiera de los que se mostraban renuentes para armarse, les preguntaba por qué tardaban tanto y eran tan cobardes; el enemigo entraría en el campamento a menos que les encontrase en el exterior; tendrían que luchar para defender sus tiendas si rehusaban luchar delante de la empalizada. Armados y combatiendo tendrían una oportunidad de vencer, pero los hombres que esperaban al enemigo desarmados e indefensos habrían de sufrir la muerte o la esclavitud. A estos insultos y reproches respondían que estaban agotados por el combate del día anterior, que no les quedaban fuerzas ni sangre y que el enemigo parecía ser más fuerte que nunca. Mientras esto pasaba, el ejército enemigo se acercaba, y como estaban ahora más cerca y se les podía ver con más claridad, los hombres dijeron que los samnitas llevaban estacas y que no había duda de su intención de cercar el campamento con una empalizada. Entonces el cónsul exclamó a voz en grito que sería una vergüenza indigna si se veían sometidos a tan irritante insulto por un enemigo tan cobarde. Les gritó: "¿Vamos de verdad a ser rodeados en nuestro campamento, para perecer ignominiosamente por el hambre en vez de morir, si debemos hacerlo, con valor y por la espada? "¡No lo quieran los dioses! ¡Portaos, cada uno de vosotros, como consideréis digno de vosotros mismos! Yo, el cónsul, Marco Atilio, marcharé solo contra el enemigo aunque nadie me siga y caeré entre los estandartes de los samnitas antes que ver un campamento romano rodeado por una circunvalación". Las palabras del cónsul fueron bien recibidas por todos sus oficiales, y la tropa, avergonzada de retrasarse por más tiempo, lentamente se puso en orden de combate y lentamente salió del campamento. Se movían en una larga columna irregular, abatidos y al parecer totalmente acobardados, pero el enemigo contra el que avanzaban no sentía mucha más confianza ni ánimo que el que ellos mismos tenían. Tan pronto como vieron los estandartes romanos, corrió un murmullo por el ejército samnita, desde la primera línea hasta las filas de retaguardia, diciendo que lo que temían estaba sucediendo, que los romanos venían para enfrentase a su marcha y que no había ruta abierta por la que huir, deberían caer donde estaban o abrirse paso sobre los cuerpos abatidos de sus enemigos.

[10.36] Apilaron sus bagajes en el centro y formaron en orden de batalla. Quedaba en esta ocasión solo un pequeño espacio entre ambos ejércitos, y cada bando permanecía parado esperando que el otro lanzase el grito de guerra y el comenzara el ataque. Ninguno de ellos tenía ánimo alguno para combatir, y habrían marchado en direcciones opuestas si no hubiesen temido que los otros les atacaran por la retaguardia. Con este ánimo tímido y renuente se inició una débil lucha, sin recibir orden alguna para atacar o lanzar el reglamentario grito de guerra y sin que ningún hombre moviera un pie de donde estaba. Entonces el cónsul, con el fin de infundir algún espíritu entre los combatientes, envió algunas turmas de caballería para hacer una incursión; la mayoría de ellos fueron derribados de sus caballos y el resto quedó confuso y desmoralizado. Corrieron los samnitas para dominar a los que habían sido desmontados; esta carrera se encontró con la de los romanos que iban a proteger a sus camaradas. Esto hizo que los combates se animasen algo más, pero los samnitas presionaron más y en mayor número mientras que la desordenada caballería romana, sobre sus aterrorizados caballos, pisoteaba a quienes venían en su ayuda. La desmoralización que se inició aquí se extendió a todo el ejército; hubo una huida general y los samnitas solo tuvieron que luchar con los más retrasados de sus enemigos. En este momento crítico, el cónsul galopó de vuelta al campamento y envió un destacamento de caballería ante la puerta, con órdenes estrictas de tratar como a enemigos a cualquiera que llegase a la empalizada, fuera romano o samnita. A continuación, detuvo a sus hombres, que corrían de vuelta al campamento en desorden, y en tono amenazante les gritó: "¿A dónde vais, soldados? Aquí también encontraréis hombres armados, y ni uno de vosotros entrará en el campamento mientras vuestro cónsul viva, a menos que vengáis como vencedores; elegid ahora si queréis combatir con vuestros compatriotas o con el enemigo". Mientras que el cónsul estaba hablando, la caballería rodeó a los fugitivos con las lanzas niveladas y les ordenó perentoriamente que regresaran al campo de batalla. No sólo el valor del cónsul ayudó a reanimarlos, también les favoreció la Fortuna. Como los samnitas no les perseguían de cerca, hubo espacio suficiente para que los estandartes diesen la vuelta y que todo el ejército dejara de dar frente a su campamento y pasase a darlo al enemigo. Ahora los hombres empezaron a animarse unos a otros, los centuriones arrebataron los estandartes de manos de los signíferos y los adelantaron, señalando al mismo tiempo a sus hombres cuán pocos eran los enemigos y con qué escaso orden venían. En medio de todo esto el cónsul, alzando las manos al cielo y hablando en voz alta para que se le pudiera oír bien, prometió un tiemplo a Júpiter Stator

[stator: defensor; el epíteto se lo dedicó Rómulo al dios cuando este detuvo la huida romana ante los sabinos; ver Libro 1.12.- N. del T.] si el ejército romano dejaba de huir, reanudaba la batalla y derrotaba y aniquilaba a los samnitas. Todos los oficiales y soldados, tanto de infantería como de caballería, se esforzaron al máximo para restaurar el signo la batalla. Incluso la providencia divina pareció contemplar con agrado a los romanos, tan fácilmente cambiaron las cosas en su favor. El enemigo fue rechazado desde el campamento, y en poco tiempo se les expulsó hasta el terreno donde empezó la batalla. Aquí sus movimientos se vieron obstaculizados por el montón de sus pertenencias, que habían acumulado en su centro; para evitar que las saquearan, tomaron posiciones a su alrededor. Sin embargo, la infantería romana les presionó por el frente y la caballería les atacó por detrás, y así entre ambas les mataron o apresaron a todos. Los últimos ascendieron a siete mil ochocientos, a quienes se desnudó y envió bajo el yugo. El número de muertos registrados fue de cuatro mil ochocientos. Los romanos no tenían demasiados motivos para alegrarse mucho más de su victoria, ya que cuando el cónsul contabilizó las pérdidas sufridas en los dos días de combates, vio que el número de desaparecidos ascendía a siete mil ochocientos. Mientras ocurrían estas cosas en la Apulia, los samnitas hicieron un intento con un segundo ejército contra la colonia de Interamna Sucasina, situada en la vía Latina. Al no poder tomar la ciudad, asolaron los campos y se llevaron, junto con otro botín, cierto número de hombres, algunas cabezas de ganado y algunos colonos que capturaron. Fueron a encontrarse con el cónsul, que regresaba de su victoriosa campaña en Lucera; no solo perdieron su botín, sino que, al estar su larga columna desordenada y entorpecida por la carga, no pudieron enfrentar el ataque y fueron destrozados. El cónsul publicó un aviso convocando a los propietarios de los bienes saqueados en Interamna Sucasina, para que identificasen y recuperasen lo que les pertenecía, y dejando a su ejército allí, regresó a Roma para llevar a cabo las elecciones. Pidió que se le permitiera celebrar un triunfo, pero este honor le fue denegado al considerar la pérdida de tantos miles de hombres, y también por haber enviado a sus prisioneros bajo el yugo sin haber sido una condición para su rendición.

[10.37] El otro cónsul, Postumio, sin encontrar nada que pudieran hacer sus tropas entre los samnitas, las llevó a Etruria y empezó a arrasar el territorio volsinio. Los hombres de la ciudad salieron a defender sus fronteras y se produjo una batalla no lejos de sus muros; dos mil ochocientos de los etruscos murieron, el resto se salvó por la proximidad de su ciudad. El cónsul atravesó después el territorio ruselano; allí, no solo asoló los campos sino que capturó la misma ciudad.. Hizo más de dos mil prisioneros y unos dos mil más murieron en el asalto del lugar. La paz conseguida aquel año en Etruria fue más importante y redundó incluso en mayor honor para Roma que la guerra que llevó a ella. Tres ciudades muy poderosas, las principales de Etruria, Vulsinia, Perugia, y Arezzo, pidieron la paz y, tras haber provisto a las tropas con vestuario y grano, obtuvieron el permiso del cónsul para enviar parlamentarios a Roma, que lograron una tregua por cuarenta años. Cada una de las ciudades tuvo, a su vez, que pagar una indemnización de quinientos mil ases [de referirse Tito Livio, en estos últimos capítulos, al as libral vigente en aquella época, serían unos 136.440 kilos de bronce, por ciudad, para una libra de 272,88 gramos anterior a la depreciación del as que, paradójicamente, condujo a un incremento del peso de la libra hasta los 327 gramos.-N. del T.]. Por estos servicios, el cónsul pidió al Senado que decretase para él la celebración de un triunfo. La petición se hizo más como una formalidad, para cumplir con la costumbre establecida, que por tener realmente esperanza de conseguirlo. Se encontró con que algunos de los que eran sus enemigos personales y otros que eran amigos de su colega, rechazaron su solicitud por diversos motivos: algunos alegando que había tardado mucho en salir en campaña, otros que había trasladado su ejército del Samnio a Etruria sin orden del Senado y unos terceros que actuaban por el deseo de consolar a Atilio del rechazo también recibió. En vista de esta oposición, se limitó a decir: "Senadores, no consideraré vuestra autoridad hasta el punto de olvidar que yo soy el cónsul. Con el mismo derecho y autoridad con los que he dirigido guerras, ahora que estas han sido llevadas a buen término, subyugado el Samnio y la Etruria, aseguradas la victoria y la paz, celebraré mi triunfo·. Y con esto abandonó el Senado.

Una fuerte controversia estalló entonces entre los tribunos de la plebe. Decían algunos que debían vetar que consiguiera su triunfo de aquel modo que violaba todo precedente, otros aseguraban que se le debía conceder a pesar de lo que dijeran sus colegas. El asunto fue llevado ante la Asamblea, y se convocó al cónsul para que estuviese presente. En su discurso, aludió a los casos de los cónsules Marco Horacio y Lucio Valerio, y al reciente de Cayo Marcio Rutilo, el padre del censor de aquel momento. A todos estos, dijo, se había permitido el triunfo, no por la autoridad del Senado, sino por una orden del pueblo. Él habría traído, por sí mismo, la cuestión ante el pueblo si no hubiera sido consciente de que algunos tribunos de la plebe, que estaban atados de pies y manos por los nobles, vetarían la propuesta. Consideraba la buena voluntad y el favor unánime del pueblo como equivalente a cualesquier orden formal que se diera. Con el apoyo de tres de los tribunos, contra el veto de los otros siete y en contra de la voz unánime del Senado, celebró su triunfo al día siguiente en medio de una gran explosión de entusiasmo popular. Los relatos de este año varían mucho de un autor a otro. Según Claudio, Postumio, después de capturar algunas ciudades del Samnio, fue derrotado y puesto en fuga en Apulia, resultando él mismo herido, y fue conducido por un pequeño grupo de fuerzas a Lucera; las victorias en Etruria fueron logradas por Atilio y fue este quien celebró el triunfo. Fabio nos dice que los dos cónsules dirigieron la campaña en el Samnio y en Lucera, y que el ejército se trasladó a Etruria, pero no dice por cuál cónsul. También afirma que en Lucera las pérdidas fueron fuertes en ambos lados, y que se prometió un templo a Júpiter Stator en esa batalla. Esta misma ofrenda había hecho Rómulo muchos siglos antes, pero sólo el fanum, que es el solar del templo, había sido consagrada. Al haberse comprometido así doblemente el Estado, se hizo necesario cumplir aquella obligación para con el dios, y el Senado dio orden aquel año para la construcción del templo.

[10.38] El año siguiente -293 a.C.-estuvo marcado por el consulado de Lucio Papirio Cursor, que no sólo había heredado la gloria de su padre, sino que la acrecentó por la dirección de una gran guerra y la victoria sobre los samnitas, sólo superada por la que su padre había ganado. Sucedió que esta nación se tomó la misma molestia y cuidado por adornar a sus soldados con tanta riqueza y esplendor como habían hecho en ocasión de la victoria del anterior Papirio. Habían pedido también el favor de los dioses al someter a los soldados a una especie de iniciación en una antigua forma de juramento. Se efectuó un alistamiento en todo el Samnio mediante una nueva normativa; cualquier hombre en edad militar que no se presentase a la convocatoria del comandante en jefe, o cualquiera que marchase sin permiso, sería ofrendado a Júpiter y perdería su vida. Se convocó a todo el ejército en Aquilonia [actualmente se emplea también para ella el nombre de Caruna o Carbonara, que fue el nombre lombardo que siguió al original latino, recuperado a posteriori tras la reunificación italiana.-N. del T.], y cuarenta mil hombres, toda la fuerza del Samnio, se concentró allí. Un espacio de no más de 200 pies cuadrados [unos 59,2 metros cuadrados.-N. del T.],
casi en el centro de su campamento, vallado con tablas y maderos y cubierto con un paño de lino. En este recinto se llevó a cabo una ceremonia sacrificial, leyéndose las palabras de un viejo libro de lino por un anciano sacerdote, Ovio Pacio, que anunció que usaba aquel rito según el viejo ritual de la religión samnita. Era la liturgia que emplearon sus ancestros cuando planearon secretamente arrebatar Capua a los etruscos. Cuando el sacrificio se completó, el general envió un mensajero para convocar a todos los de nacimiento noble o a los que se habían distinguido por sus logros militares. Fueron introducidos en el recinto uno por uno. Conforme entraban, se les llevaba hasta el altar, más como una víctima que como alguien que participaba del culto, y se obligaba bajo juramento a no divulgar cuanto viera o escuchase en aquel lugar. Luego se le forzaba a prestar un juramento, expresado en el lenguaje más terrible, maldiciéndose a sí mismo, a su familia y a su raza si no marchaba al combate cuando sus jefes se lo ordenasen o si huía de la batalla o si no impedía, matándole enseguida, que lo hiciera cualquiera a quien viese huir. Al principio hubo algunos que se negaron a prestar este juramento; se les dio muerte junto al altar y sus cuerpos yacientes entre los restos de las víctimas resultaron una clara indicación para que el resto no rehusara. Después de haber obligado con esta terrible fórmula a los principales hombres de entre los samnitas, el general nombró especialmente a diez y le dijo a cada uno que escogiese un compañero de armas, y a estos, de nuevo, que eligiesen a otros hasta alcanzar el número de dieciséis mil. A estos se les llamó "la legión de lino", por el tejido con que se había cubierto el lugar donde juraron. Se les proporcionó una resplandeciente armadura y cascos emplumados para distinguirlos de los demás. El resto del ejército se componía de algo menos de veinte mil, pero no eran inferiores a la legión de lino ni en su aspecto personal, ni en sus cualidades militares ni en la excelencia de su equipo. Este fue el número de los que estaban en el campamento de Aquilonia, formando la fuerza completa del Samnio.

[10.39] Los cónsules salieron de la Ciudad. El primero en irse fue Espurio Carvilio, a quien se le había asignado las legiones que Marco Atilio, el cónsul anterior, había dejado en territorio de Interamna Sucasina. Con estas avanzó por el Samnio, y mientras el enemigo se dedicaba a su supersticiosa observancia y a hacer planes secretos, él tomó al asalto la ciudad de Pescara [antigua Amiterno.-N. del T.]. Cerca de dos mil ochocientos hombres murieron allí y cuatro mil doscientos setenta fueron hechos prisioneros. Papirio, con un nuevo ejército alistado por decreto del Senado, atacó con éxito la ciudad de Duronia. Hizo menos prisioneros que su colega, pero mató a un número algo mayor. En ambas ciudades se consiguió un rico botín. A continuación, los cónsules atravesaron el Samnio en diferentes direcciones; Carvilio, después de devastar el territorio atinate, llegó hasta Cominio; Papirio llegó hasta Aquilonia, donde estaba situado el grueso del ejército samnita. Durante algún tiempo, sus tropas, aunque no completamente inactivas, se abstuvieron de cualquier combate serio. El tiempo transcurrió acosando al enemigo cuando estaba tranquilo y retirándose cuando mostraba resistencia, amenazándole más que presentando batalla. De cuanto se hacía en Cominio, hasta de la escaramuza menos importante, se daba cuenta. El otro campamento romano estaba a unas veinte millas fue separado por un intervalo de 20 millas [29.600 metros.-N. del T.], pero Carvilio se guió en todas sus disposiciones por el consejo de su distante colega; sus pensamientos estaban más en Aquilonia, donde la situación era tan crítica, que en Cominio, que era la que, en realidad, estaba sitiando.

Papirio estaba, por fin, completamente preparado para combatir, y envió un mensaje a su colega anunciándole su intención, si los auspicios eran favorables, de enfrentarse al enemigo al día siguiente, advirtiéndole de la necesidad de que atacase Cominio con todas sus fuerzas para no dar oportunidad a los samnitas de enviar ayuda a Aquilonia. El mensajero empleó todo el día en su viaje, regresó por la noche llevando respuesta al cónsul de que su colega aprobaba su plan. Inmediatamente después de despachar al mensajero, Papirio ordenó convocar a sus tropas y se dirigió a ellos en preparándoles para la batalla. Habló con cierta extensión sobre el carácter general de la guerra en que combatían, y sobre todo del estilo del equipo que había adoptado el enemigo, del que dijo que servía más para la inútil ostentación que para un uso práctico. Las plumas no infligían heridas, sus escudos pintados y dorados podían ser atravesados por los pilos romanos y un ejército resplandeciente de blanco deslumbrante quedaría manchado de sangre cuando entrase en juego el hierro. Ya una vez había sido aniquilado por su padre un ejército samnita todo ornado en oro y plata, y aquellos atavíos habían servido más de gloria, como botín, a los vencedores que como armadura a los portadores. Pudiera tratarse, quizás, de algún privilegio especial concedido a su nombre y familia el que los mayores esfuerzos que nunca hicieran los samnitas resultasen quebrados y derrotados bajo su mando, y que los despojos con que regresaran fueran lo bastante espléndidos como para servir de adorno en los lugares públicos de la Ciudad. Tantos tratados solicitados como a menudo rotos, habrían provocado la intervención de los dioses inmortales; y si se permitiera a un hombre conjeturar sobre los sentimientos divinos, él creía que nunca se habrían sentido más indignados contra ningún ejército más que contra este de los samnitas, que había tomado parte en ritos infames y se había manchado con la sangre mezclada de hombres y bestias; había jurado doblemente invocando la cólera divina, temiendo de una parte a los dioses testigos de los tratados quebrantados y por la otra las imprecaciones proferidas contra los propios tratados. Aquellos juramentos habían sido forzados y tomados contra su voluntad. Temían por igual a los dioses, a sus compatriotas y al enemigo.

[10,40] Estos detalles los había reunido el cónsul a partir de informaciones suministradas por desertores, y su mención aumentó la hostilidad de las tropas. Seguros del favor divino y confiados en sus propias fuerzas, clamaron con una sola voz que se les llevase a la batalla y se disgustaron al ver que se retrasaba hasta el día siguiente; se irritaron al ver el retraso de todo un día y una noche. Después de recibir la carta de su colega, Papirio se levantó en silencio durante la tercera guardia nocturna y mandó al pollero a ver los auspicios. No había hombre en el campamento, cualquiera que fuese su rango o condición, que no estuviera poseído por la pasión del combate; superiores y subordinados lo ansiaban por igual; el jefe contemplaba el aspecto excitado de sus hombres y estos miraban a su jefe, el ansia se generalizaba incluso entre aquellos dedicados a la observación de los pollos sagrados. Los pollos se negaron a comer, pero el pollero se atrevió a tergiversar los hechos e informó al cónsul de que los pollos habían comido el grano con voracidad [el tripudium solistimum en el original latino: se refiere al repiqueteo de los pollos al picar el grano.-N. del T.]. El cónsul estuvo encantado por la noticia, dado que los augurios no podían ser más favorables; se iban a enfrentar al enemigo bajo la guía y la bendición de los dioses. A continuación, dio la señal para la batalla. Justo mientras formaban en sus posiciones, llegó un desertor con la noticia de que veinte cohortes samnitas, de cuatrocientos hombres cada una, habían llegado a Cominio. Inmediatamente envió un mensaje a su colega por si no estaba al tanto de este movimiento y ordenó que los estandartes avanzasen con más rapidez. Ya había situado las reservas en sus posiciones respectivas y puso prefectos al mando de las fuerzas aliadas. El ala derecha del ejército principal la confió a Lucio Volumnio, la izquierda a Lucio Escipión, a sus dos generales, Cayo Cedicio y Tito Trebonio, les dio el mando de la caballería. Dio órdenes a Espurio Naucio para que que quitase las albardas de las mulas y las llevase junto con tres cohortes auxiliares por un camino tortuoso hasta algún lugar elevado y visible desde el campo de batalla, donde durante el combate tenían que llamar la atención produciendo una nube de polvo lo más grande que pudieran.

Mientras que el cónsul estaba ocupado con estos arreglos, empezó un altercado entre los polleros respecto a los presagios que se habían observado por la mañana. Algunos soldados romanos de caballería escucharon algo de ello y pensaron que era lo bastante importante como para justificar que le dijeran a Espurio Papirio, el sobrino del cónsul, que se estaban poniendo en tela de juicio los auspicios. Este joven, nacido en una época en que a los jóvenes no se les enseñaba a despreciar a los dioses, se interesó por el asunto para asegurarse de que lo que dijera sería la verdad y se presentó luego ante el cónsul. Él le dio las gracias por las molestias que se había tomado y le pidió que no temiese. "Mas", siguió, "si el hombre que vigila los auspicios hace un informe falso, atrae la ira divina sobre su propia cabeza. En lo que a mí respecta, se me ha dicho formalmente que los pollos han comido con avidez: no hay auspicio más favorable para el pueblo y el ejército romano". A continuación dio instrucciones a los centuriones para que colocasen al pollero en delante de la línea de combate. Avanzaban ahora los estandartes samnitas, seguidos del adornado ejército; incluso a sus enemigos presentaban una vista magnífica. Antes de que se lanzase el grito de guerra o que las líneas cerraran, un pilo golpeó al pollero y cayó delante de los estandartes. Cuando se comunicó esto al cónsul, comentó: "Los dioses están tomando parte en la batalla, el culpable se ha encontrado con su castigo". Mientras estaba hablando el cónsul, un cuervo frente a él graznó fuerte y claramente. El cónsul agradeció el augurio y dijo que los dioses no habían manifestado nunca más claramente su presencia en los asuntos humanos. Ordenó después que se tocase a carga y que se lanzase el grito de guerra.

[10.41] Siguió a esto un salvaje combate. A cada parte le animaban, sin embargo, diferentes sentimientos. Los romanos entraron en combate anhelando el fragor, confiados en la victoria, encendidos contra el enemigo y ávidos de su sangre. Los samnitas marcharon, la mayoría de ellos, arrastrados en contra de su voluntad a la pura fuerza y por terror religioso, adoptando tácticas defensivas en lugar de ofensivas. Acostumbrados como habían estado durante tantos años a la derrota, no habrían aguantado ni siguiera el primer grito y la primera carga de los romanos de no haber estado poseídas sus mentes por un miedo aún más terrible que les impidió huir. Tenían ante sus ojos toda la parafernalia del rito secreto: los sacerdotes armados, los restos sacrificados de hombres y animales esparcidos indiscriminadamente, los altares salpicados con la sangre de las víctimas y de sus compatriotas asesinados, las terribles imprecaciones, las horrorosas maldiciones proferidas contra sus familias y raza; estas eran las cadenas que les impedían huir. Temían más a sus propios compatriotas que al enemigo. Los romanos presionaron desde ambos flancos y desde el centro, y destrozaban a los hombres paralizados por el temor a los dioses y a los hombres. Sólo pudieron ofrecer una débil resistencia quienes se guardaron de huir por el miedo. La carnicería se había extendido casi hasta la segunda línea, donde estaban los estandartes, cuando apareció en la distancia una nube de polvo enorme, como la levantada por un gran ejército. Era Espurio Naucio (aunque algunos dicen que se trataba de Octavio Mecio), el comandante de las cohortes auxiliares. Levantaban una cantidad de polvo fuera de toda proporción respecto a su número, pues los de la columna de arrieros, montados sobre las mulas, iban arrastrando ramas por el suelo. Al principio, armas y estandartes se fueron haciendo gradualmente visibles entre la nublada luz, y después aparecía una columna más alta y gruesa de polvo dando apariencia de la caballería que cerraba la columna. Esto no solo engañó a los samnitas, también lo fueron los romanos, y el cónsul hizo suyo el error al gritar a su primera línea, de manera que el enemigo le pudiera oír: "Cominio ha caído, mi colega victorioso acude a la batalla; ¡haced todo lo que podáis para vencer, antes de que la gloria de obtenerla sea para el otro ejército!". Cabalgaba a lo largo de la línea mientras decía esto, y ordenó a los tribunos y centuriones que abriesen sus filas para dar paso a la caballería. Había indicado previamente a Trebonio y a Cedicio que cuando le vieran blandir su lanza, debían lanzar la caballería contra el enemigo con toda la potencia que pudieran. Sus órdenes se cumplieron al pie de la letra; los legionarios abrieron sus filas, la caballería galopó a través de los espacios abiertos y con las lanzas niveladas cargó contra el centro del enemigo. Dondequiera que atacaron rompieron las filas. Volumnio y Escipión siguieron la carga de caballería y completaron la derrota de los samnitas. Finalmente, el temor a los dioses y a los hombres había cedido ante un miedo mayor, las "cohortes de lino" fueron derrotadas; tanto quienes habían prestado el juramento, como quienes no habían huido, solo temían ahora al enemigo.

La mayor parte de la infantería, que sobrevivió de hecho la batalla, fue empujada a su campamento o hacia Aquilonia, mientras que la nobleza y la caballería huyeron hacia Boiano. La caballería fue perseguida por la caballería y la infantería por la infantería; los flancos del ejército romano se separaron: el derecho se dirigió hacia el campamento samnita y el izquierdo hacia la ciudad de Aquilonia. La primera victoria se debió a Volumnio, que capturó el campamento samnita. Escipión se encontró con una mayor resistencia en la ciudad, no porque el enemigo derrotado mostrase allí más coraje, sino porque las murallas de piedra son más difíciles de superar que la empalizada de un campamento. Desde ellas arrojaban los defensores una lluvia de piedras. Escipión se dio cuenta de que, a menos que terminase su misión antes de que el enemigo tuviera tiempo de recuperarse de su pánico, un ataque sobre una ciudad fortificada sería un asunto un tanto lento. Preguntó a sus hombres si se contentarían con que el otro ejército capturase el campamento mientras que ellos mismos, tras su victoria, eran rechazados fuera de las puertas de la ciudad. Todos gritaron: "¡No!" Al oír esto, puso su escudo por encima de su cabeza y corrió hacia la puerta, los hombres siguieron su ejemplo, y cubriéndose a sí mismos con sus escudos irrumpieron en la ciudad. Desalojaron a los samnitas de las murallas a ambas partes de la puerta, pero como solo eran unos cuantos no se atrevieron a penetrar en el interior de la ciudad.

[10.42] El cónsul no tuvo constancia al principio de lo que estaba ocurriendo y estaba ansioso por recuperar sus tropas, pues el sol se ponía rápidamente y la proximidad de la noche convertía cualquier sitio en sospechoso y peligroso, aún para tropas victoriosas. Tras haber cabalgado avanzando a cierta distancia, vio que el campamento, a su derecha, había sido capturado y escuchó al mismo tiempo el clamor mezclado de los gritos y los gemidos que surgían en dirección de la ciudad, a su izquierda; justo en ese momento se combatía en la puerta. Al acercarse más vio a sus hombres sobre las murallas y se dio cuenta de que la posición ya era firme, pues gracias a la temeraria audacia de unos pocos se había aprovechado la oportunidad de obtener una brillante victoria. En seguida, ordenó a las tropas que había llamado que formaran y se dispusieran para un ataque en toda regla a la ciudad. Los que ya estaban dentro acamparon cerca, pues la noche se acercaba, y durante esta el enemigo evacuó el lugar. Las pérdidas samnitas durante el día ascendieron a veinte mil trescientos cuarenta muertos y tres mil ochocientos setenta prisioneros, tomándose noventa y siete estandartes. Se advierte en los relatos de que casi ningún otro general mostró tanto ánimo durante la batalla, fuera por su temperamento valeroso y por la confianza que sentía en su éxito final. Fue este carácter intrépido y decidido que le impidió abandonar la idea de combatir al ser cambiados los auspicios. Fue también este el que hizo que, en plena crisis de la batalla, en el instante en que se acostumbraba a ofrendar templos a los dioses, hiciera un voto a Júpiter Víctor de que si derrotaba a las legiones enemigas, le ofrecería una copita de vino con miel antes de beber él mismo cualquier otro más fuerte. Este voto resultó agradable a los dioses y cambiaron los auspicios por otros favorables.

[10.43] La misma buena suerte asistió al otro cónsul en Cominio. Al llegar la luz del día, llevó todas sus fuerzas fuera de las murallas, como para rodear la ciudad con un anillo de acero, y dispuso fuertes contingentes de tropas ante las puertas para impedir que efectuasen alguna salida. Justo cuando estaba dando la señal para el asalto, le llegó el mensaje de su colega advirtiéndole sobre las veinte cohortes. Esto retrasó el ataque y exigió la retirada de una parte de sus tropas, que estaban listos y ansiosos por comenzar el asalto. Ordenó a Décimo Bruto Esceva, uno de sus legados, que interceptase los refuerzos enemigos con la primera legión y diez cohortes auxiliares con su correspondiente caballería. Dondequiera que les encontrase, debía enfrentarlos y detenerlos; si las circunstancias lo hacían necesario, debía presentar batalla; en todo caso, debía impedir que aquellas fuerzas alcanzasen Cominio. Luego continuó con sus preparativos para el asalto. Se dio orden para que en todas partes se pusieran las escalas contra las murallas y que se hiciera una aproximación contra las puertas bajo un techo protector. Simultáneamente al golpear contra las puertas, los destacamentos de asalto se encaramarían a las murallas por todas partes. En realidad, hasta que no vieron a su enemigo sobre la muralla los samnitas tuvieron valor suficiente para tratar de impedirles que se acercasen a la ciudad; pero cuando tuvieron que luchar, no ya descargando sus proyectiles a distancia, sino cuerpo a cuerpo, cuando aquellos que habían forzado el paso sobre las murallas y sobrepasado la desventaja de estar en terreno más bajo se encontraron luchando en términos de igualdad con un enemigo que no era lo bastante fuerte para él, los defensores abandonaron sus murallas y torres y fueron expulsados hasta el foro. Aquí efectuaron un esfuerzo desesperado para recuperar su fortuna, pero tras una breve lucha arrojaron sus armas y se rindieron once mil cuatrocientos hombres después de perder a cuatro mil ochocientos ochenta muertos. Así, las cosas ocurrieron en Cominio como ya habían sucedido en Aquilonia.

En el terreno entre estas dos ciudades, donde se esperaba una tercera batalla, nada se supo de las veinte cohortes. Cuando aún estaban a siete millas [10.360 metros.-N. del T.] de Cominio fueron llamados por sus compañeros, y así no llegaron a tomar parte en ninguna batalla. Justo en el crepúsculo, habiendo alcanzado un lugar desde el que veían tanto su campamento como Aquilonia, les llegó un ruido de gritos desde ambos sitios que les hizo detenerse. Después, desde la dirección de su campamento, al que los romanos habían prendido fuego, vieron las llamas crepitando por todas partes, señal segura de un desastre, y ya no fueron más allá. Se dejaron caer donde estaba cada cual, armados, y pasaron una noche agitada esperando y temiendo la llegada del día. Cuando comenzó a clarear, no sabiendo aún qué dirección tomar, fueron divisados por la caballería que había salido en busca de los samnitas que se habían retirado por la noche de Aquilonia. Todo el contingente era claramente discernible, sin trincheras que les protegiesen ni puestos de guardia. También eran visibles desde las murallas de la ciudad, y en poco tiempo las cohortes legionarias estuvieron en camino. Huyeron precipitadamente y la infantería no pudo darles alcance; unos doscientos ochenta de la extrema retaguardia fueron abatidos por la caballería. Dejaron atrás gran cantidad de armas y abandonaron veintidós estandartes en su apresurada fuga. El otro grupo, que había escapado de Aquilonia, alcanzó Boiano en relativa seguridad, considerando la confusión que había caracterizado su retirada.

[10.44] El regocijo de cada uno de los ejércitos romanos fue aún mayor por el éxito alcanzado por el otro. Los cónsules, de común acuerdo, dejaron que las ciudades capturadas fuesen saqueadas por los soldados. Una vez hubieron limpiado las casas, les prendieron fuego y, en un día, Aquilonia y Cominio fueron consumidas por las llamas. Entre sus mutuas felicitaciones y las de sus soldados, los cónsules unieron sus campamentos. En presencia de ambos ejércitos, tanto Papirio como Carvilio otorgaron premios y condecoraciones. Papirio había contemplado a sus hombres en muy diferentes situaciones, en campo abierto, cercando un campamento y bajo las murallas de una ciudad, y repartió recompensas a quienes las tenían bien merecidas. Espurio Naucio, Espurio Papirio, su sobrino, cuatro centuriones, y un manípulo de asteros recibieron todos recibieron brazaletes de oro y coronas. Espurio Naucio ganó la suya por la maniobra con la que atemorizó al enemigo apareciendo como un gran ejército; el joven Papirio debió su recompensa al trabajo que hizo con su caballería durante la batalla y en la noche que siguió, cuando acosó la retirada de los samnitas desde Aquilonia; los centuriones y los hombres del manípulo fueron recompensados por haber sido los primeros en apoderarse de la puerta y las murallas de la ciudad. A toda la caballería se le regalaron adornos para sus cascos y brazaletes de plata como recompensa por su brillante desempeño en varias localidades. Posteriormente, se celebró un consejo de guerra para decidir si habían llegado el momento de que ambos ejércitos se retirasen del Samnio o, en todo caso, lo hiciera uno de ellos. Se pensó que lo mejor era continuar la guerra, conduciéndose más y más despiadadamente, conforme los samnitas se debilitasen, para que pudiesen entregar a los siguientes cónsules una nación completamente sometida. No teniendo el enemigo entonces ningún ejército en condiciones de luchar en campo abierto, la guerra solo podía continuarse mediante el ataque a sus ciudades y el saqueo de aquellas cuya captura enriqueciera a los soldados; así el enemigo, compelido a combatir a la desesperada, se agotaría gradualmente. Los cónsules enviaron cartas a Roma dando cuenta de sus operaciones y luego se separaron; Papirio marchó a Sepino [antigua Saepinum.-N. del T.] mientras que Carvilio llevó sus legiones a asaltar Velia.

[10.45] El contenido de aquellas cartas se escuchó con toda clase de manifestaciones de alegría, tanto en el Senado como en la Asamblea. Se decretó una acción de gracias durante cuatro días como expresión de la alegría pública y se celebraron festejos en cada casa. Estos éxitos no sólo eran de gran importancia en sí mismos, sino que llegaron muy oportunamente para Roma, ya que dio la casualidad de que en ese momento llegaron noticias de que Etruria había comenzado nuevamente las hostilidades. La pregunta, naturalmente, surgió en la mente de las gentes: ¿cómo habría sido posible enfrentarse a la Etruria de haberse producido cualquier adversidad en el Samnio? Los etruscos, que actuaban según un acuerdo secreto con los samnitas, habían aprovechado el momento en que los dos cónsules y toda la fuerza de Roma se empleaban contra el Samnio como una ocasión propicia para reanudar la guerra. El pretor Marco Atilio presentó ante el Senado las embajadas enviadas por los estados aliados, que se quejaban de que sus vecinos etruscos devastaban y quemaban sus campos, al no rebelarse contra Roma. Apelaban al Senado para que les protegiera de la atroz violencia de su enemigo común, y se les contestó que el Senado se encargaría de que sus aliados no tuvieran motivos para lamentar su fidelidad y que estaba cercano el día en que los etruscos se vieran en la misma posición que los samnitas. Sin embargo, el Senado se habría retrasado un tanto al tratar el asunto etrusco de no haber tenido noticias de que incluso los faliscos, que durante tanto tiempo habían mantenido la amistad con Roma, hacían ahora causa común con los etruscos. La proximidad de esta ciudad a Roma hizo al Senado ver con más gravedad la situación y decidió enviar a los feciales para que exigieran reparación. Rehusaron dar satisfacción, y por orden del pueblo, y con la sanción del Senado, se declaró formalmente la guerra a los faliscos. Los cónsules recibieron orden de decidir por sorteo cuál de ellos debe trasladar su ejército desde el Samnio a la Etruria.

Por entonces, Carvilio había tomado tres ciudades a los samnitas: Velia, Palumbino y Herculáneo [se desconoce la ubicación de estas tres ciudades.-N. del T.]. A Velia la tomó después de un asedio de unos pocos días; Palumbino, el mismo día en que llegaron antes de sus murallas. Herculaneo le dio más problemas; después de una batalla indecisa en la que, sin embargo, sus pérdidas fueron algo mayores, trasladó su campamento cerca de la ciudad y confinó al enemigo dentro de sus murallas. La plaza fue después asaltada y capturada. En estas tres capturas, en el número de muertos y prisioneros ascendió a diez mil, siendo los apresados una pequeña mayoría sobre las pérdidas totales. Al echar a suertes los cónsules sus respectivos mandos, Etruria correspondió a Carvilio, para gran satisfacción de sus hombres, que ya no podían soportar el intenso frío del Samnio. Papirio se encontró con más resistencia en Sepino. Hubo encuentros frecuentes en campo abierto, durante la marcha y alrededor de la misma ciudad, cuando estaba vigilando las salidas del enemigo. Y no era tanto un asedio como una guerra en igualdad de condiciones, pues los samnitas protegían sus muros con las armas tanto como los muros les protegían a ellos. Por fin, a fuerza de duros combates, se obligó al enemigo a someterse a un asedio en regla que, al estrechase mediante la azada y la espada, le condujo finalmente a la toma del lugar. Los vencedores estaban exasperados por la obstinada resistencia y los samnitas lo sufrieron pesadamente, perdiendo no menos de siete mil cuatrocientos muertos mientras que solo tres mil fueron hechos prisioneros. Debido a que los samnitas habían guardado todas sus propiedades en un número limitado de ciudades, se logró gran cantidad de botín, que se entregó enteramente a los soldados.

[10.46] Todo estaba para entonces hundido en la nieve y, siendo imposible permanecer por más tiempo al aire libre, el cónsul retiró su ejército del Samnio. Al acercarse a Roma, se le concedió un triunfo por unanimidad. Este triunfo, que celebró desempeñando aún su cargo, fue muy brillante para aquellos días. La infantería y caballería, que marchaban en la procesión, resaltaban con sus condecoraciones pues muchos llevaban coronas murales, cívicas, y vallarias [respectivamente, recompensaban al primero en coronar una muralla, al ciudadano que salvaba la vida de otro en combate y al primero en entrar en un campamento enemigo.-N. del T.]. El botín de los samnitas llamó mucho la atención; su esplendor y belleza se compararon con el que había ganado el padre del cónsul, y que era familiar para todos al ser empleado como decoración de los lugares públicos. Entre los que iban en el tren victorioso había algunos prisioneros de alto rango, distinguidos por sus propios servicios militares o los de sus padres; también se llevó en la procesión dos millones quinientos treinta y tres mil ases de bronce, procedentes de la venta de los prisioneros, y mil ochocientas treinta libras de plata obtenidas en las ciudades [como se comentó más arriba -capítulo 37-para un peso del as libral de bronce de 272,88 gramos, tales cantidades equivaldrían a unos 691.205 kilos de bronce y casi 500 kilos de plata.-N. del T.]. Toda la plata y el bronce fue almacenada en el tesoro, nada de esto se entregó a los soldados. Esto produjo descontento entre la plebe, que se agravó por la recaudación de un impuesto de guerra para proveer a la paga de los soldados pues si Papirio no hubiese querido tener la vanagloria de ingresar el precio de los prisioneros en el tesoro, habría habido suficiente para hacer una donación a los soldados y también para abonar su paga. Dedicó el templo de Quirino. Yo no encuentro en ningún autor antiguo que fuera él quien prometiese este templo durante la crisis de una batalla, y ciertamente no podría haberlo terminado en tan poco tiempo; fue ofrecido por su padre, cuando fue dictador, y el hijo lo dedicó siendo cónsul, adornándolo con los despojos del enemigo. Hubo tan gran cantidad de estos que no sólo el templo y el Foro se adornaron con ellos, sino que se distribuyeron entre los pueblos aliados y las colonias más cercanas para decorar sus espacios públicos y templos. Después de su triunfo, Papirio condujo a su ejército a las proximidades de Vescia, pues aquel territorio estaba aún infestado de samnitas, y allí invernó.

Durante este tiempo, Carvilio se preparaba para atacar Troilo, en Etruria. Permitió que cuatrocientos setenta de sus ciudadanos más ricos abandonasen el lugar después de haber pagado una suma enorme como rescate; la ciudad, con el resto de la población, fue tomada al asalto. Marchando de allí, capturó cinco castillos, posiciones de gran fortaleza natural. En estas acciones el enemigo perdió dos mil cuatrocientos muertos y dos mil prisioneros. Los faliscos pidieron la paz y él les concedió una tregua de un año a condición de que proporcionasen la paga de un año de sus tropas y una indemnización de cien mil ases en moneda de bronce [o sea, 2.728,8 kilos de bronce.- N. del T.]. Después de estos éxitos marchó a casa para disfrutar de su triunfo; un triunfo menos ilustre que el de su colega en la campaña samnita, pero equivalente del todo teniendo en cuenta su serie de éxitos en Etruria. Llevó al tesoro trescientos ochenta mil ases librales [103.694,4 kilos de bronce.-N. del T.], el resto lo repartió entre la construcción de un templo a la Fortis Fortuna, cerca del templo de esa diosa dedicado por el rey Servio Tulio, y como donativo a los soldados: cada legionario recibió ciento dos ases y otro tanto los centuriones y caballeros. Este donativo resultó aún más aceptable para sus hombres tras la mezquindad de su colega. Lucio Postumio, uno de sus generales, fue acusado ante el pueblo, pero quedó protegido por la popularidad del cónsul. Su acusador fue Marco Escancio, un tribuno de la plebe, y la acusación era de haber evadido el juicio mediante su nombramiento como general; aquella acusación era más fácil de hacer que de sostener.

[10.47] Habiendo expirado ya el año, tomaron posesión del cargo nuevos tribunos plebeyos, pero hubo un error en su elección y cinco días después otros los sustituyeron. Ese año se celebró el lustro por los censores Publio Cornelio Arvina y Cayo Marcio Rutilo. Los resultados del censo dieron una población de doscientos sesenta y dos mil trescientos veintiún habitantes. Esta fue la pareja vigésimo sexta de censores desde la primera, y el lustro fue el decimonoveno. Este año, por primera vez, a quienes fueron coronados por sus hazañas de guerra se les permitió llevar sus condecoraciones en los Juegos Romanos y luego, también por primera vez, se entregaron palmas a los vencedores según una costumbre tomada de Grecia. Este año también se pavimentó en toda su longitud el camino que iba desde el templo de Marte hasta Bovilas [o sea, la Vía Apia.- N. del T.], por orden de los ediles curules, que dedicaron a este fin las multas impuestas a los ganaderos. Lucio Papirio celebró las elecciones consulares. Los cónsules electos fueron Quinto Fabio Gurgites, el hijo de Máximo, y Décimo Junio Bruto Esceva -292 a.C.-. El propio Papirio fue nombrado pretor. Los numerosos sucesos que contribuyeron a hacer de aquel un año feliz sirvieron también para consolar a los ciudadanos de una calamidad, una peste que asoló tanto los campos como la Ciudad por igual. El daño que causó fue visto como un presagio. Se consultaron los Libros Sagrados para ver qué término o qué remedio daban los dioses para semejante mal. Se comprobó que debía traerse a Esculapio de Epidauro a Roma. Nada se hizo, sin embargo, ese año, debido a los cónsules estuvieron ocupados con la guerra, aparte de designar un día para efectuar una intercesión pública a Esculapio.

Fin del libro 10.

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Libro 21: De Sagunto al Trebia

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[21.1] Me considero en libertad de iniciar lo que es sólo una parte de mi historia con una observación preliminar, tal y como la mayoría de los escritores colocan al principio de sus obras, a saber, que la guerra que voy a describir es la más memorable de cualquiera de las que hayan sido libradas; me refiero a la guerra que los cartagineses, bajo la dirección de Aníbal, libraron contra Roma. Ningún estado y ninguna nación, tan ricas en recursos o en fuerza, se han enfrentado jamás con las armas; ninguna de ellas había alcanzado nunca tal estado de eficacia o estaba mejor preparada para soportar la tensión de una guerra larga; nada había en sus tácticas que les resultase extraño después de la Primera Guerra Púnica; y tan variables fueron las fortunas y tan dudoso Marte que aquellos que finalmente vencieron estuvieron al principio más que próximos a la ruina. Y aún con todo, grande como era su fuerza, el odio que sientan el uno por el otro fue todavía mayor. Los romanos estaban furiosamente indignados porque los vencidos se habían atrevido a tomar la ofensiva en contra de sus conquistadores; los cartagineses estaban amargados y resentidos por lo que consideraban un comportamiento tiránico y rapaz por parte de Roma. Se contaba que, después de dar término Amílcar a su guerra en África, estando ofreciendo sacrificios antes de trasladar su ejército a Hispania, el pequeño Aníbal, de nueve años de edad, trataba de ablandar a su padre para que lo llevase con él; este lo llevó ante el altar y se hizo jurar con su mano sobre la víctima que tan pronto como le fuera posible se declararía enemigo de Roma [aquí se nos presenta el ya viejo dilema entre emplear España, como derivado castellano moderno de la palabra latina, o Hispania. Para Amílcar, Aníbal y Roma, aquella península occidental era ispanya o Hispania, este nombre es lo bastante conocido y hasta usado en la actualidad como para que no resulte extraño a nadie, y será el empleado por nosotros en esta traducción.-N. del T.]. La pérdida de Sicilia y Cerdeña angustiaban el orgulloso espíritu de aquel hombre, porque creía que la cesión de Sicilia se había hecho a toda prisa, teniendo la desesperación en el ánimo, y que Cerdeña había sido hurtada por los romanos aprovechando los disturbios en África y, no contentos con su captura, le habían impuesto también una indemnización.

[21.2] Espoleado por estos errores, dejó bien claro con su dirección de la guerra africana, que siguió inmediatamente a la conclusión de la paz con Roma, y con el modo en que fortaleció y amplió el gobierno de Cartago durante los nueve años de guerra en Hispania, que él estaba pensando en una guerra aún mayor de la que ahora enfrentaba, y que si hubiese vivido más se habría producido bajo su mando la invasión cartaginesa de Italia que en realidad se produjo bajo Aníbal. La muerte de Amílcar, que se produjo muy oportunamente, y la terna edad de Aníbal retrasaron la guerra. Asdrúbal, en el lapso que hubo entre padre e hijo, detentó el poder supremo durante ocho años. Se dice que se convirtó en el favorito de Amílcar por su belleza juvenil; posteriormente demostró otros talentos muy diferentes y se convirtió en su yerno. Al emparentar así, se colocó en una situación de poder mediante la influencia del partido bárquida, que tenía sin duda la preponderancia entre los soldados y el pueblo llano, aunque su ascenso se produjo totalmente en contra de los deseos de los nobles. Confiando más en la política que en las armas, hizo más para extender el imperio de Cartago mediante alianzas con los reyezuelos y ganándose nuevas tribus por la amistad con sus jefes, que empleando la fuerza de las armas o la guerra. Pero la paz no le dio la seguridad. Un bárbaro, a cuyo amo había condenado a muerte, le asesinó a plena luz del día, y cuando fue capturado por los testigos se le veía tan feliz como si hubiera escapado. Incluso cuando le torturaron, su satisfacción por el éxito de su intento sobrepasaba su dolor y su rostro tenía una expresión sonriente. Debido al tacto maravilloso que había mostrado en ganarse a las tribus e incorporarlas en sus dominios, los romanos habían renovado el tratado con Asdrúbal. Bajo sus términos, el río Ebro sería la frontera entre los dos imperios, y Sagunto, que ocupaba una posición intermedia entre ellos, sería una ciudad libre.

[21.3] No hubo duda alguna en cuanto a quién ocuparía su lugar. Las prerrogativa militar llevó al joven Aníbal al palacio y los soldados le proclamaron jefe supremo en medio del aplauso universal. El pueblo secundó su acción. Siendo poco más que un púber, Asdrúbal escribió una carta invitando a Aníbal a unírsele en Hispania, y el asunto fue, de hecho, discutido en el Senado. Los bárquidas querían que Aníbal se familiarizase con el servicio militar; Hanón, el líder del partido opositor, se oponía a esto. "La solicitud de Asdrúbal," dijo, "parece bastante razonable y, sin embargo, creo que no debemos concedérsela". Esta paradójica frase despertó la atención de todo el Senado. Continuó: "La misma belleza juvenil con que Asdrúbal rindió al padre de Aníbal, considera ahora con justicia que puede reclamar al hijo. Esto nos hará, sin embargo, entregar nuestros jóvenes a la lujuria de nuestros comandantes so pretexto del entrenamiento militar. ¿Tenemos miedo de que pase mucho tiempo antes de que el hijo de Amílcar se haga con el excesivo poder y muestras de realeza que asumió su padre, y que apenas tardemos en convertirnos en esclavos del déspota a cuyo yerno legó nuestros ejércitos como si fueran de su propiedad? Yo, por mi parte, considero que este joven debe quedarse en casa y aprender a vivir en obediencia de las leyes y los magistrados, en igualdad con sus conciudadanos; de lo contrario, este pequeño fuego podría un día u otro encender un enorme incendio".

[21.4] La propuesta de Hanón recibió el apoyo, aunque minoritario, de casi todos los mejores hombres del consejo; pero como suele pasar, la mayoría venció a los mejores. Tan pronto Aníbal desembarcó en Hispania, se convirtió en el favorito de todo el ejército. Los veteranos creyeron ver nuevamente a Amílcar tal y como era en su juventud; veían su misma expresión determinada, la misma mirada penetrante, todas sus mismas cualidades. Pronto se demostró, sin embargo, que no fue la memoria de su padre lo que más le ayudó a ganarse la adhesión del ejército. Nunca hubo carácter más capaz de tareas tan opuestas como mandar y obedecer; no era fácil distinguir quién le apreciaba más, si el general o el ejército: Siempre que se precisaba valor y resolución, Asdrúbal nunca encomendaba el mando a ningún otro; y no había jefe en quien más confiasen los soldados o bajo cuyo mando se mostrasen más osados. No temía exponerse al peligro y en su presencia se mostraba totalmente dueño de sí. Ningún esfuerzo le fatigaba, ni física ni mentalmente; era indiferente por igual al frío y al calor; comiendo y bebiendo se someta a las necesidades de la naturaleza y no al apetto; sus horas de sueño no venían determinadas por el día o la noche, siempre que no estaba ocupado en sus deberes dormía y descansaba, pero ese descanso no lo tomaba en mullido colchón o en silencio; a menudo le veían los hombres reposando en el suelo entre los centinelas y vigías, envuelto en su capa militar. Sus ropas no eran en modo alguno mejores que las de sus camaradas; lo que le hacía resaltar eran sus armas y caballos. Fue, de lejos, el mejor tanto de la caballería como de la infantería, el primero en entrar en combate y el último en abandonar el campo de batalla. Pero a estos grandes méritos se oponían grandes vicios: una crueldad inhumana, una perfdia más que púnica, una absoluta falta de respeto por la verdad, ni reverencia, ni temor a los dioses, ni respeto a los juramentos ni sentido de la religión. Tal era su carácter, compuesto de virtudes y vicios. Durante tres años sirvió bajo las órdenes de Asdrúbal, y durante todo ese tiempo jamás perdió oportunidad de adquirir, mediante la práctica o la observación, la experiencia necesaria que requería quien iba a ser un gran conductor de hombres.

[21.5] Desde el día en que fue proclamado jefe supremo, pareció considerar Italia la provincia que se le había asignado y a la guerra con Roma como su obligación. Sintendo que no debía retrasar las operaciones, no fuera que algún accidente le sorprendiera como pasó a su padre y después a Asdrúbal, decidió atacar a los saguntinos. Como un ataque contra ellos pondría en marcha inevitable las armas romanas, empezó por invadir a los olcades, una tribu que estaba dentro de las fronteras, pero no bajo el dominio, de Cartago. Quiso hacer creer que Sagunto no era su objetivo inmediato, sino que se vio obligado a una guerra con ella por la fuerza de las circunstancias: es decir, por la conquista de todos sus vecinos y la anexión de sus territorios. Cartala, una ciudad rica y capital de la tribu, fue tomada por asalto y saqueada-221 a.C.-; las ciudades más pequeñas, temiendo una suerte similar, capitularon y aceptaron pagar un tributo. Su victorioso ejército, enriquecido por el saqueo, marchó a sus cuarteles de invierno en Cartagena [puede que sobre la antigua ciudad de Mastia de los Tartesios tuviese lugar, el 227 o 226 a.C., la fundación púnica de la Qart Hadasht, o "ciudad nueva", que luego sería la Carthago Nova romana o la "nueva ciudad nueva".-N. del T.]. Aquí, mediante una pródiga distribución de los despojos y la paga puntual de sus salarios atrasados, se aseguró la lealtad de su propio pueblo y la de las fuerzas aliadas.

Al comienzo de la primavera, extendió sus operaciones a los vacceos, y dos de sus ciudades, Arbocala y Helmántica [¿Toro? y Salamanca actuales.-N. del T.], fueron tomadas al asalto -¿220 a.C.?-. Arbocala resistó bastante tiempo, debido al valor y cantidad de sus defensores; los fugitivos de Salamanca unieron sus fuerzas con aquellos de los olcades que habían abandonado su país (su tribu había sido subyugada el año anterior) y juntos levantaron en armas a los carpetanos. No muy lejos del Tajo, atacaron a Aníbal cuando regresaba de su expedición contra los vacceos, y su ejército, cargado como iba con el botín, fue puesto en cierta confusión. Aníbal declinó dar batalla y fjó su campamento a la orilla del río; tan pronto se hizo la quietud y el silencio entre el enemigo, vadeó la corriente. Sus trincheras habían dejado espacio sufciente para que el enemigo las cruzase, y decidió atacarle cuando cruzasen el río. Dio órdenes a su caballería para que esperase hasta que estuviesen todos en el agua y atacarles entonces; dispuso sus cuarenta elefantes en la orilla. Los carpetanos, junto con los contingentes de los olcades y vacceos sumaban cien mil hombres, una fuerza irresistible si hubiesen combatido en terreno llano. Su innata valenta, la confanza que les inspiraba su número, su creencia de que la retirada enemiga se debía al miedo, todo les hacía creer segura la victoria y al río como el único obstáculo a salvar. Sin que se diera voz alguna de mando, lanzaron un grito general y se introdujeron, cada hombre avanzando, en el río. Una gran fuerza de caballería descendió de la orilla opuesta y ambas fuerzas se encontraron en medio de la corriente. La lucha era cualquier cosa menos igualada. La infantería, sintendo inseguros sus pies, aun cuando el río era vadeable, podría haber sido atropellada incluso por jinetes desarmados; mientras, la caballería, con sus cuerpos y armas libres y sus caballos estables incluso en medio de la corriente, podían combatir cuerpo a cuerpo o no, a su discreción. Gran parte fue arrastrada río abajo, algunos fueron llevados por las corrientes hasta el otro lado donde estaba el enemigo, y allí fueron pisoteados, hasta morir, por los elefantes. Los que estaban a retaguardia consideraron más seguro regresar a su propia orilla y empezaron a juntarse conforme sus miedos se lo permitan; pero antes de que tuviesen tiempo para recuperarse, Aníbal entró en el río con su infantería en orden de combate y los expulsó de la orilla. Dio continuación a su victoria asolando sus campos, y a los pocos días estuvo en condiciones de recibir la sumisión de los carpetanos. No quedó parte del país más allá del Ebro [claro está que desde el punto de vista romano para el cual, y tomando como dirección aquella que seguía la costa desde Roma hacia la península Ibérica, situaba el norte del Ebro "más acá del Ebro" y lo que hubiere al otro lado "más allá del Ebro".-N. del T.] que no perteneciera a los cartagineses, con excepción de Sagunto.

[21.6] La guerra no había sido formalmente declarada en contra de esta ciudad, pero ya había motivos para ella. Las semillas de la disputa estaban siendo sembradas entre sus vecinos, sobre todo entre los turdetanos. Dado que el objetivo de quien había sembrado la discordia no era, simplemente, arbitrar en el conficto, sino instgar y provocar los disturbios, los saguntinos enviaron una delegación a Roma para pedir ayuda ante una guerra que se aproximaba inevitablemente. Los cónsules, en aquel momento, eran Publio Cornelio Escipión y Tiberio Sempronio Longo [hay aquí un error cronológico por parte de Tito Livio; estos cónsules lo fueron el 218 a.C., mientras que los hechos que narra sucedieron entre otoño del 220 a.C. y primeros de 218 a.C.-N. del T.]. Tras presentar a los embajadores, invitaron al Senado a que expusiera su opinión sobre qué política debía ser adoptada. Se decidió que se enviarían legados a Hispania para investgar las circunstancias y, si lo consideraban necesario, para advertr a Aníbal de que no interfriese con los saguntinos, que eran aliados de Roma; luego deberían cruzar a África y exponer ante el consejo cartaginés las quejas que aquellos tenían. Pero antes de que partese la legación, llegaron noticias de que el asedio de Sagunto había, en realidad y para sorpresa de todos, comenzado. Todas las circunstancias del asunto debían ser reexaminadas por el Senado; algunos estaban a favor de considerar campos de acción separados África e Hispania y pensaban que se debía proceder a la guerra por tierra y mar; otros creían que se debía limitar la guerra solamente a Aníbal en Hispania; otros más eran de la opinión de que una tarea tan enorme no debía ser afrontada con prisas y que debían esperar el regreso de la legación de Hispania. Esta última opinión parecía la más segura y fue la adoptada, enviándose a los delegados Publio Valerio Flaco y Quinto Bebio Tánflo sin más dilación ante Aníbal. Si se negaba a abandonar las hostlidades, debían seguir hasta Cartago para pedir la entrega del general en compensación por su violación del tratado.

[21.7] Mientras pasaban estas cosas en Roma, el asedio de Sagunto se proseguía con el mayor vigor. Esa ciudad era, con mucho, la más rica de todas la de más allá del Ebro; estaba situada a una milla de la costa [1480 metros.-N. del T.]. Se dice que fue fundada por colonos de la isla de Zacinto, con algún añadido de rútulos de Ardea [Zacinto es una isla jónica y Ardea era colonia romana desde el 442 a.C., ver libro 4,11.-N. del T.]. En poco tiempo, sin embargo, alcanzó gran prosperidad, en parte por su tierra y por el comercio marítimo y en parte por el rápido aumento de su población, y también por mantener una gran integridad política que le llevaba a actuar con aquella lealtad para con sus aliados que le llevaría a su ruina. Tras efectuar sus correrías por todo el territorio, Aníbal atacó la ciudad desde tres puntos distintos. Había un ángulo de la muralla que miraba sobre un valle más abierto y nivelado que el resto del terreno que rodeaba la ciudad, y aquí decidió colocar sus manteletes para proteger la aproximación de los arietes contra los muros. Pero aunque el terreno, hasta una distancia considerable de la muralla, era lo bastante nivelado como para admitr el acarreo de los manteletes, se encontraron con que, una vez hecho esto, no obtuvieron ningún progreso. Una enorme torre dominaba el lugar, y la muralla, estando aquí más expuesta a un ataque, se había elevado aún más que el resto de fortifcaciones. Como la situación tenía un especial peligro, pues la resistencia ofrecida por un grupo selecto de defensores era de lo más resuelta. Al principio se limitaban a contener al enemigo lanzando proyectiles y haciéndoles imposible seguir operando con seguridad. Conforme pasaba el tiempo, sin embargo, sus armas ya no destellaron sobre los muros o sobre la torre, sino que se aventuraron a efectuar una salida y atacar los puestos de avanzada y las obras de asedio enemigas. En el tumulto de estos choques los cartagineses perdieron casi tantos hombres como los saguntinos. El mismo Aníbal, acercándose a la muralla un tanto imprudentemente, cayó gravemente herido en la parte frontal del muslo por una jabalina, y tal fue la confusión y la consternación que esto produjo que los manteletes y obras de asedio casi fueron abandonados.

[21.8] Durante unos pocos días, hasta que sanó la herida del general, hubo más un bloqueo que un asedio ofensivo y durante este intervalo, aunque se dio un respiro en el combate, los trabajos de asedio y aproximación siguieron sin interrupción. Cuando la lucha se reanudó fue más feroz que nunca. A pesar de las difcultades del terreno, los manteletes se adelantaron y se colocaron los arietes contra las murallas. Los cartagineses tenían superioridad numérica (se cree con bastante certeza que pudieran haber sido ciento cincuenta mil hombres en armas), mientras que los defensores, obligados a vigilar y defenderse en todas partes, veían disipadas sus fuerzas y encontraban su número insufciente para la tarea. Las murallas estaban siendo machacadas por los arietes, y en muchos lugares se había derrumbado. Una parte, en la que se había derrumbado un tramo bastante continuo de lienzo, dejó expuesta la ciudad; tres torres, en sucesión, y toda la muralla entre ellas, cayeron con tremendo estrépito. Los cartagineses, tras aquel derrumbe, consideraron la ciudad tomada, y ambos bandos se precipitaron por la brecha como si esta solo hubiese servido para protegerles a unos de otros. No se produjo ninguno de aquellos combates inconexos que acontecían cuando se asaltaba una ciudad y cada parte tenía oportunidad de atacar a la otra. Los dos cuerpos de combatentes se enfrentaron entre sí en el espacio entre la muralla en ruinas y las casas de la ciudad, en formación cerrada como si hubieran estado en campo abierto. De un lado estaba el coraje de la esperanza, del otro el valor de la desesperación. Los cartagineses creían que con un poco de esfuerzo por su parte, la ciudad sería suya; los saguntinos oponían sus cuerpos como un escudo para su patria, despojada ahora de sus murallas; ni un hombre cedió un palmo, por miedo a dejar entrar al enemigo por el hueco que él abría. Cuando más se encendía y se estrechaba el combate, mayor era el número de los heridos, pues ningún proyectl caía inocuo sobre las filas de la multitud. El proyectl empleado por los saguntinos era la falárica, una jabalina con un asta de abeto y redondeada hasta la punta donde sobresalía el hierro que, como en el pilo, tenía la punta de hierro de sección cuadrada. Esta parte estaba envuelta en estopa y untada con pez; la punta de hierro tenía tres pies de largo [88,8 centimetros.-N. del T.] y podía penetrar tanto la armadura como el cuerpo. Incluso si sólo quedaba atrapada en el escudo y no alcanzaba el cuerpo, era un arma de lo más formidable porque, cuando se lanzaba con la punta prendida en llamas, el fuego se avivaba con un calor feroz al atravesar el aire y obligaba al soldado a arrojar su escudo y quedar indefenso contra el ataque subsiguiente.

[21.9] El conficto había transcurrido durante mucho tiempo sin ventaja para ningún bando; el valor de los saguntinos crecía conforme se veían mantener una inesperada resistencia, mientras los cartagineses, incapaces de vencer, empezaban a verse a sí mismo como derrotados. De repente, los defensores, lanzando su grito de guerra, expulsaron al enemigo más allá de la muralla en ruinas; allí, tropezando y en desorden, se vieron rechazados aún más atrás y, puestos fnalmente en fuga, huyeron hasta su campamento. Entre tanto, se había anunciado que habían llegado embajadores desde Roma. Aníbal envió mensajeros al puerto para encontrarse con ellos e informarles de que no les resultaría seguro seguir más lejos, a través de tantas tribus salvajes en armas, y que Aníbal, en el crítco estado actual de cosas, no tenía tiempo de recibir embajadas. Era seguro que si no les recibía marcharían a Cartago. Por lo tanto, se adelantó enviando mensajeros con una carta dirigida a los dirigentes del partido bárquida, alertando a sus seguidores y en previsión de que el otro partido hiciera concesiones a Roma.

[21.10] El resultado fue que, aparte de ser recibida y escuchada por el Senado cartaginés, la embajada concluyó su misión con un fracaso. Solo Hanón, en contra de todo el Senado, se manifestó a favor de observar el tratado, y su discurso fue escuchado en silencio por respeto a su autoridad personal, no porque sus oyentes aprobasen sus sentimientos. Apeló a ellos en nombre de los dioses, que eran los testigos y árbitros de los tratados, para que no provocaran la guerra con Roma además de la que ya tenían con Sagunto. "Os insté," dijo, "y advert para que no enviaseis al hijo de Amílcar al ejército. Ni los manes ni los descendientes de aquel hombre podían descansar; mientras viviera un descendiente de la sangre y nombre de los Barca, nuestros tratados con Roma nunca se respetarían. Habéis enviado al ejército, como echando combustible al fuego, a un joven consumido por la pasión del poder soberano y que reconoce que el único camino para alcanzarlo pasa por una vida rodeado de legiones en armas y removiendo constantemente nuevas guerras. Sois vosotros, por tanto, los que habéis alimentado este fuego que ahora os abrasa. Vuestros ejércitos están asediando Sagunto, al que los términos del tratado prohíben acercarse; antes que después, las legiones de Roma asediarán Cartago, conducidas por los mismos generales y bajo la misma guía divina con que vengaron vuestra ruptura de las cláusulas del tratado en la última guerra. ¿Sois ajenos al enemigo, a vosotros mismos, a la suerte de ambas naciones? Ese digno comandante vuestro rehusó recibir a los embajadores que venían de parte y en nombre de sus aliados; convirtó en nada el derecho de gentes. Esos hombres, rechazados de un lugar al que no se negaba el acceso ni a los embajadores del enemigo, han llegado ante nosotros; piden la satsfacción que prescribe el tratado; exigen la entrega del culpable para que el Estado pueda quedar limpio de toda mancha de culpa. Cuanto más tarden en tomar una decisión, en dar comienzo a la guerra, más determinados estarán y más persistrán, me temo, una vez empiece la guerra. Recordad las islas Égates y en Érice y todo lo que habéis pasado durante veinticuatro años [se refiere aquí Livio a la derrota naval del 241 a.C. en las Égates, junto a Sicilia, y la pérdida del monte Érice en la misma isla siciliana.-N. del T.]. Este muchacho no estaba al mando entonces, sino su padre Amílcar, un segundo Marte según sus amigos nos quieren hacer creer. Pero rompimos el tratado, entonces, igual que lo hemos hecho ahora; no apartamos en aquel momento nuestras manos de Tarento o, lo que es lo mismo, de Italia más de lo que las apartamos ahora de Sagunto; y así los dioses y los hombres unidos nos derrotarán y la cuestón en disputa, es decir, qué nación ha roto el tratado, se determinará mediante el resultado de la guerra que, como juez imparcial, pondrá la victoria del lado que tenga la razón. Es contra Cartago hacia donde conduce ahora Aníbal sus manteletes y torres, son las murallas de Cartago las que machaca con sus arietes. Las ruinas de Sagunto, ¡ojalá sea yo un falso profeta!, caerán sobre nuestras cabezas, y la guerra que se inició contra Sagunto habrá de proseguirse contra Roma".

"'¿Debemos entonces entregar a Aníbal?', dirá alguno. Soy consciente de que, por lo que a él se refere, mi consejo tendrá poco peso debido a mis diferencias con su padre; pero en aquel momento me alegré al saber de la muerte de Amílcar, que si estuviera ahora vivo ya estaríamos en guerra con Roma, y ahora no siento nada más que odio y aborrecimiento por este joven, el loco incendiario que prenderá esta guerra. No sólo mantengo que se le debe entregar en expiación por la ruptura del tratado sino que, incluso aunque no se hubiera presentado demanda alguna para entregarle, considero que se le debe deportar al rincón más alejado de la Tierra, exiliado a algún lugar donde no nos alcance noticia alguna de él, ninguna mención de su nombre, y donde le resulte imposible perturbar el bienestar y la tranquilidad de nuestro Estado. Esto es, pues, lo que propongo: Que se envíe de inmediato una embajada a Roma para informar al Senado de nuestro cumplimiento de cuanto exigen, y una segunda a Aníbal ordenándole que retre su ejército de Sagunto y que se entregue luego a los romanos, de acuerdo con los términos del tratado; y propongo también que una tercera delegación sea enviada para compensar a los saguntinos".

[21.11] Cuando Hanón se sentó nadie consideró necesario dar ninguna respuesta, tan absolutamente estaba el Senado, a una, del lado de Aníbal. Acusaron a Hanón de hablar en un tono más hostlmente intransigente del que había empleado Valerio Flaco, el embajador romano. La respuesta que se decidió dar a las demandas romanas fue que la guerra había sido iniciada por los saguntinos, no por Aníbal, y que el pueblo romano cometería un acto de injusticia si tomaban parte por los saguntinos contra sus antiguos aliados, los cartagineses[debe recordarse que, más allá de la leyenda que relaciona a Dido, reina de Cartago, con Eneas, el 509 a.C. se había firmado un tratado entre ambas ciudades y otro en el 348 a.C.; ver Libro 7,27.-N. del T.]. Mientras que los romanos perdían el tiempo enviando embajadores, las cosas permanecían tranquilas alrededor de Sagunto. Los hombres de Aníbal estaban fatgados por los combates y las labores de asedio, y tras situar destacamentos de guardia junto a los manteletes y las demás máquinas militares, concedió a su ejército unos días de asueto. Empleó este intervalo en animar el valor de sus hombres incitándoles contra el enemigo y encendiéndoles con la perspectiva de recompensas. Después que él hubiera concedido, en presencia de sus tropas reunidas, que el botín de la ciudad se les daría a ellos, estaban en un estado tal de excitación que si hubiera dado en ese instante la señal parecería imposible que nadie les resistese. En cuanto a los saguntinos, a pesar de que tuvieron un respiro del combate durante algunos días, sin hacer ni recibir ataques, se dedicaron a reforzar sus defensas continuamente, de día y de noche, de manera que completaron una nueva muralla en el lugar donde la caída de la antigua había dejado expuesta a la ciudad.

El asalto se reanudó con mayor vigor que nunca. Por todas partes resonaba un clamor de gritos confusos, de manera que resultaba difcil determinar dónde se debían prestar refuerzos más rápidamente o dónde eran más necesarios. Aníbal estuvo presente en persona para alentar a sus hombres, que llevaban una torre sobre rodillos que sobrepasaba todas las fortifcaciones de la ciudad. Se habían colocado catapultas y ballestas en todos sus pisos y, tras acercarla a las murallas, las limpió de defensores. Aprovechando su oportunidad, Aníbal ordenó a unos quinientos soldados africanos que minaran la muralla con dolabras [ver libro 9,37.-N. del T.], una tarea fácil pues las piedras no estaban fjadas con cemento, sino con capas de barro entre las hileras, según el modo antiguo de construir. La mayor parte de ella, por lo tanto, caía conforme se cavaba, y a través de los huecos entraron los guerreros armados en la ciudad. Se apoderaron de cierto terreno elevado y, tras concentrar allí sus catapultas y ballestas, las encerraron con un muro para disponer de un castllo, de hecho, dentro de la ciudad, que la dominase como una ciudadela. Los saguntinos, por su parte, construyeron una muralla interior alrededor de la parte de la ciudad que aún no había sido capturada. Ambas partes siguieron fortifcándose y combatendo con la mayor energía, pero, al tener que defender la parte interior de la ciudad, los saguntinos reducían continuamente sus dimensiones. Además de esto, hubo una creciente escasez de todo conforme se prolongaba el asedio y disminuía la expectativa de ayuda externa; los romanos, su única esperanza, estaban demasiado lejos y todo lo que había a su alrededor estaba en manos enemigas. Durante unos días, los decaídos ánimos revivieron por la repentina partida de Aníbal en una expedición contra los oretanos y los carpetanos. La forma rigurosa en que se habían alistado las tropas de estas dos tribus produjo gran malestar y habían mantenido a los ofciales que supervisaban el alistamiento prácticamente como prisioneros. Se temía una revuelta general, pero la rapidez de los inesperados movimientos de Aníbal les tomó por sorpresa y abandonaron su actitud hostl.

[21.12] El ataque contra Sagunto no se debilitó; Maharbal, el hijo de Himilcón, a quien Aníbal había dejado al mando, prosiguió las operaciones con tal energía que la ausencia del general no fue sentda ni por amigos ni por enemigos. Luchó con éxito en varias acciones y con la ayuda de tres arietes derribó una porción considerable de muralla; al regreso de Aníbal le mostró el terreno cubierto por los derrumbes. El ejército fue llevado en seguida al asalto de la ciudadela; dio comienzo un desesperado combate, con grandes pérdidas por ambas partes, y se capturó una porción de la ciudadela. Se hicieron luego intentos por conseguir la paz, aunque con muy pocas esperanzas de éxito. Dos hombres se encargaron de la misión, Alcón, un saguntino, y Alorco, un hispano. Alcón, pensando que sus ruegos pudieran tener algún efecto, cruzó hacia donde estaba Aníbal por la noche, sin el conocimiento de los saguntinos. Cuando vio que no iba a conseguir nada con sus lágrimas y que las condiciones ofrecidas eran duras y severas, como las de un vencedor exasperado por la resistencia, abandonó el papel de suplicante y desertó al enemigo, alegando que cualquiera que presentase a los sitados aquellos términos encontraría la muerte. Las condiciones consistan en que resttuyesen sus propiedades a los turdetanos, que entregasen todo el oro y la plata y que los habitantes saliesen con una sola prenda de ropa y morasen donde los cartagineses les ordenaran. Como Alcón insistera en que los saguntinos no aceptarían la paz en tales términos, Alorco, convencido, como dijo, de que cuando todo lo demás se ha perdido también se pierde el valor, se encargó de mediar por una paz bajo aquellas condiciones. Por entonces, él era uno de los soldados de Aníbal, pero fue reconocido como huésped y amigo por la ciudad de Sagunto. Comenzó su misión, entregó su arma ostensiblemente a la guardia, cruzó las líneas y fue llevado, tras solicitarlo, ante el pretor de Sagunto. Una multitud, procedente de todas las clases sociales, se reunió prontamente y tras haberse despejado el paso, Alorco fue llevado en audiencia ante el Senado. Se les dirigió en los siguientes términos:

[21.13] "Si vuestro conciudadano, Alcón, hubiera mostrado la misma valenta para traeros de vuelta las condiciones por las que Aníbal os concede la paz que la que demostró al ir junto a él a pedirla, este viaje mio habría sido innecesario. No vengo ante vosotros ni como defensor de Aníbal ni como desertor. Pero ya que él se ha quedado con el enemigo, sea por vuestra culpa o por la suya, por la suya si su miedo era fngido o por la vuestra si quienes os dicen la verdad arriesgan la vida, he venido hasta vosotros por los viejos lazos de hospitalidad que existe hacen tanto entre nosotros, para no dejaros en la ignorancia del hecho de que existen ciertas condiciones mediante las que podéis aseguraros la paz y conservar vuestras vidas. Ahora bien, que es por vuestro bien y no en nombre de cualquier otra persona lo que ahora diré se demuestra por el hecho de que, mientras tuvisteis la fuerza para sostener una resistencia con éxito y esperanzas de recibir ayuda de Roma, nunca dije una sola palabra sobre acordar la paz. Pero ahora que ya no esperáis nada de Roma, ahora que ni vuestras armas ni vuestras murallas bastan para protegeros, os traigo una paz más forzada por vuestra necesidad que recomendable por la justeza de sus condiciones. Así las esperanzas de paz, por débiles que sean, dependen de que aceptéis como hombres conquistados los términos que Aníbal, como conquistador, impone, y que no consideréis lo que os toma como un daño, pues todo queda a la merced del vencedor, sino que veáis cuanto os deja como un regalo suyo. La ciudad, cuya mayor parte yace en ruinas, y cuya mayor parte él ha capturado, os la quita; vuestros campos y tierras os los deja; y él os asignará un lugar donde podréis construir una nueva ciudad. Ordena que todo el oro y la plata, tanto el perteneciente al Estado como el de los individuos privados, se le entregue; a vuestras familias y a vuestras esposas e hijos les garantza la inviolabilidad a condición de que consintáis en abandonar Sagunto con solo dos piezas de ropa [nótese la suavización de las condiciones de Aníbal desde el párrafo anterior, en que solo se les permite conservar un vestido por persona.-N. del T.] y sin armas. Estas son las demandas de vuestro enemigo victorioso; pesadas y amargas como resultan, vuestra miserable situación os urge a aceptarlas. No carezco de esperanzas de que, cuando todo haya pasado a su poder, él relaje algunas de estas condiciones, pero considero que aún así debéis someteros a ellas en vez de permitr que seáis masacrados y que vuestras esposas e hijos sean capturados y arrebatados ante vuestros ojos".

[21.14] Una gran multitud se había ido reuniendo poco a poco para escuchar al orador, y la Asamblea Popular se había mezclado con el Senado; los principales ciudadanos, sin advertencia previa, se retraron sin dar ninguna contestación. Recogieron todo el oro y la plata, tanto de procedencia pública como privada, lo llevaron al Foro donde habían dispuesto apresuradamente un fuego, arrojándolo todo a las llamas y saltando luego la mayoría de ellos en ellas. El terror y la confusión que esto produjo en toda la ciudad se vieron acentuados por el ruido de un tumulto que venía en dirección de la ciudadela. Una torre, tras mucho maltrato, había caído, y por la brecha abierta por este derrumbe avanzó al ataque una cohorte cartaginesa que indicó a su comandante que los puestos de avanzada y las guardias habían desaparecido y que la ciudad estaba sin protección. Aníbal pensó que debía aprovechar la oportunidad y actuar con pronttud. Atacando con toda su fuerza, se apoderó de la ciudad en un momento. Se habían dado órdenes de matar a todos los jóvenes; una orden cruel, pero inevitable en aquellas circunstancias, como luego se vio; pues ¿a quién habría sido posible perdonar de los que se encerraron con sus esposas e hijos y quemaron sus casas sobre ellos, o que si luchaban lo harían hasta la muerte?

[21.15] Se encontró una enorme cantidad de botín en la ciudad capturada. Aunque la mayor parte de este había sido deliberadamente destruido por sus propietarios y los enfurecidos soldados apenas hicieron distinción de edad en la masacre general, y tras entregarles todos los prisioneros, aún así es seguro que se consiguió alguna cantidad por la venta de los bienes que se capturaron, siendo enviados los muebles y vestidos más valiosos a Cartago. Algunos autores afrman que Sagunto fue tomada al octavo mes de asedio y que Aníbal llevó a su fuerza desde allí hasta Cartagena para invernar, ocurriendo su llegada a Italia cinco meses después. De ser así, resulta imposible que hubieran sido Publio Cornelio y Tiberio Sempronio los cónsules ante quienes fueron enviados los embajadores saguntinos al principio del asedio y que, después, estando aún en el cargo, combateron contra Aníbal, uno de ellos en el Tesino [Ticino en el original latino.-N. del T.] y los dos, un poco después, en el Trebia. O sucedieron todos estos sucesos en un periodo más corto o no dio comienzo el asedio al empezar su año en el cargo -218 a.C.-, sino que fue entonces cuando se tomó la ciudad. Porque la batalla del Trebia no pudo haber tenido lugar tan tarde como en el año en que Cneo Servilio y Cayo Flaminio detentaron el cargo 217 a.C.-, pues Cayo Flaminio tomó posesión de su consulado en Rímini [Ariminum en el original latino.-

N. del T.] y su elección se celebró bajo el cónsul Tiberio Sempronio, que llegó a Roma tras la batalla del Trebia para celebrar las elecciones consulares y, tras hacerlo, volvió junto a su ejército en los cuarteles de invierno.

[21.16] Los embajadores que habían sido enviados a Cartago, a su regreso a Roma, informaron del espíritu hostl que se respiraba. Casi el mismo día en que regresaron llegó la noticia de la caída de Sagunto, y fue tal la angusta del Senado por el cruel destino de sus aliados, tal fue su sentimiento de vergüenza por no haberles enviado ayuda, su ira contra los cartagineses y su inquietud por la seguridad del Estado, pues les parecía como si el enemigo estuviese ya a sus puertas, que no se sentían con ánimos para deliberar, agitados como estaban por tan contradictorias emociones. Había motivos sufcientes para la alarma. Nunca se habían enfrentado a un enemigo más activo ni más combativo, y nunca había estado la república romana más falta de energía ni menos preparada para la guerra. Las operaciones contra los sardos, corsos e istrios, además de aquellas contra los ilirios, habían sido más una molesta que un entrenamiento para los soldados de Roma; contra los galos se mantuvo una lucha inconexa más que una guerra en regla. Pero los cartagineses, un enemigo veterano que durante veintitrés años había prestado un duro y áspero servicio entre las tribus hispanas, y que siempre había salido victorioso, acostumbrados a un general vigoroso, estaban ahora cruzando el Ebro, recién saqueada una muy rica ciudad, y traían con ellos a todas aquellas tribus hispanas, ansiosas de pelea. Estas levantarían a las distintas tribus galas, que siempre estaban dispuestas a tomar las armas; los romanos tendrían que luchar contra todo el mundo y combatir ante las murallas de Roma.

[21.17] Ya se habían decidido los escenarios de las campañas; a los cónsules se les ordenó echarlos a suertes. Hispania correspondió a Cornelio y África a Sempronio. Se resolvió que se debían alistar seis legiones durante ese año; los aliados deberían aportar tantos contingentes como considerasen necesarios los cónsules y se fetaría una armada tan grande como se pudiera; se llamó a veinticuatro mil romanos de infantería y mil ochocientos de caballería; los aliados aportaron cuarenta mil de infantería y cuatro mil cuatrocientos de caballería; también se alistó una flota de doscientos veinte quinquerremes de guerra y veinte barcos ligeros. La cuestón se presentó formalmente ante la Asamblea: ¿Era su deseo y voluntad que se declarase la guerra contra el pueblo de Cartago? Cuando esto se decidió, se realizó una rogativa especial; la procesión marchó por las calles de la Ciudad ofreciendo oraciones en los distintos templos para que los dioses concedieran una próspero y feliz término a la guerra que el pueblo de Roma acababa de ordenar. Las fuerzas se dividieron entre los cónsules de la siguiente manera: se asignaron a Sempronio dos legiones, cada una compuesta por cuatro mil soldados de infantería y trescientos de caballería, así mismo se le asignaron dieciséis mil de infantería y mil ochocientos de caballería de los contingentes aliados. De las naves grandes se le destinaron ciento sesenta y doce de las ligeras. Con esta fuerza combinada, terrestre y naval, se le envió a Sicilia con órdenes de cruzar a África si el otro cónsul tenía éxito impidiendo que los cartagineses invadieran Italia. A Cornelio, por el contrario, se le proporcionó una fuerza más pequeña, pues Lucio Manlio, el pretor, había sido también enviado a la Galia con un grupo de tropas bastante fuerte. La flota de Cornelio era más débil pues tenía sólo 60 barcos de guerra, porque nunca se pensó que el enemigo viniera por mar o emplease su armada con fnes ofensivos. Su fuerza terrestre estaba compuesta por dos legiones romanas, con su complemento de caballería, así como catorce mil infantes y mil seiscientos jinetes aliados. La provincia de la Galia era ocupada por dos legiones romanas y diez mil infantes aliados junto a seiscientos jinetes romanos y mil aliados. Estas eran las fuerzas desplegadas para la Guerra Púnica.

[21.18] Cuando se terminaron estos preparativos y para que antes de comenzar la guerra se hiciera todo ajustado a derecho, se envió una embajada a Cartago. Los escogidos eran hombres de edad y experiencia: Quinto Fabio, Marco Livio, Lucio Emilio, Cayo Licinio y Quinto Bebio. Se les encargó que preguntasen si Aníbal había atacado Sagunto con la sanción del Consejo público; y si, como parecía lo más probable, los cartagineses admitan que así era y procedían a defender su acto, los embajadores romanos debían declarar formalmente la guerra a Cartago. Tan pronto como arribaron a Cartago se presentaron ante el Senado. Quinto Fabio debía, de acuerdo con sus instrucciones, exponer simplemente la cuestón de la responsabilidad del gobierno, cuando uno de los miembros presentes dijo: "Ya se adelantó bastante vuestra anterior embajada al exigir la entrega de Aníbal sobre la base de que estaba atacando Sagunto bajo su propia autoridad; pero la vuestra ahora, más templada, resulta en realidad más dura. Porque en aquella ocasión fue Aníbal, cuyos actos denunciasteis y cuya entra exigisteis; ahora buscáis forzarnos a una declaración de culpabilidad e insists en obtener una satsfacción inmediata, como hombres que admiten su error. No obstante, considero que la cuestón no es si el ataque a Sagunto fue un acto de política ofcial o sólo el de un ciudadano particular, sino si estaba o no justfcado por las circunstancias. Es cosa nuestra investgar y proceder contra un ciudadano cuando hace algo bajo su propia autoridad; para vosotros la única cuestón a discutr es si sus actos son compatibles con los términos del tratado. Ahora bien, ya que vosotros deseáis establecer una distinción entre lo que hacen nuestros generales con aprobación del Senado y lo que hacen por iniciativa propia, debéis recordar que el tratado con nosotros fue hecho por vuestro cónsul, Cayo Lutacio, y mientras que hacía disposiciones para salvar los intereses de los aliados de ambas naciones, no hacía ninguna respecto a los saguntinos, pues ellos no eran vuestros aliados por entonces. Pero, diréis, por el tratado concluido con Asdrúbal los saguntinos quedaban exentos de ser atacados. Os opondré a esto vuestros propios argumentos. Nos dijisteis que rehusabais veros obligados por el tratado que vuestro cónsul, Cayo Lutacio, concluyó con nosotros porque no fue aprobado ni de los Patres [o sea, el Senado.-N. del T.] ni por la Asamblea. Vuestro consejo público efectuó, en consecuencia, un nuevo tratado. Ahora bien, si ningún tratado tiene carácter vinculante para vosotros a menos que se hayan hecho con la autoridad de vuestro Senado o por orden de vuestra Asamblea, nosotros, por nuestra parte, no podemos obligarnos por un tratado pactado por Asdrúbal y que se hizo sin nuestro conocimiento. Dejad todas las alusiones a Sagunto y al Ebro, y hablad claramente sobre lo que habéis estado tanto tiempo incubando secretamente en vuestras mentes". Entonces el romano, recogiendo su toga, les dijo: "Aquí os traemos la guerra y la paz, tomad la que gustéis". Se encontró con un grito desafante y se le contestó altaneramente que diera él lo que prefriese; y cuando, dejando caer los pliegues de su toga, les dijo que les daba la guerra, ellos le replicaron que aceptaban la guerra y que la llevarían con el mismo ánimo que la aceptaban.

[21.19] Esta pregunta directa y la amenaza de la guerra parecía estar más en consonancia con la dignidad de Roma que discutr sobre tratados; ya lo parecía antes de la destrucción de Sagunto, y más aún después. Pues, si hubiera sido una cuestón a discutr, ¿qué base había para comparar el tratado de Asdrúbal con el anterior de Lutacio que se había modifcado? En el de Lutacio se decía expresamente que sólo obligaría si el pueblo lo aprobaba, mientras que en el de Asdrúbal no exista tal cláusula de salvaguardia. Además, el tratado había sido observado en silencio durante sus muchos años de vida y quedó por ello tan ratificado que, aún tras la muerte de su autor, ninguno de sus artculos fue alterado. Pero incluso si basasen su posición sobre el tratado anterior, el de Lutacio, los saguntinos quedaban lo bastante protegidos al haberse exceptuado a los aliados de ambas partes de cualquier acto hostl; porque nada se decía sobre "los que fueran entonces sus aliados" o sobre excluir "a cualquiera con quien se formase después una alianza". Y puesto que se permita a ambas partes formar nuevas alianzas, ¿quién creería que resultaría un acuerdo justo el que ninguno pudiera formalizar con otros una alianza con independencia de su mérito, o que cuando hubieran sido admitidos como aliados no se les pudiera proteger con lealtad, sobre el entendimiento de que los aliados de los cartagineses no debían ser inducidos a rebelión ni recibir a quienes hicieran defección por propia voluntad?

Los embajadores romanos, de acuerdo con sus instrucciones, marcharon a Hispania con el propósito de visitar a las diferentes ciudades y llevarlas a una alianza con Roma o, al menos, que abandonasen a los cartagineses. Los primeros ante quienes se presentaron fueron los bargusios [pueblo de la actual región catalana, ¿al norte de la provincia de Lérida? -N. del T.], que estaban cansados de la dominación púnica y les recibieron favorablemente; su éxito aquí excitó un deseo de cambio entre muchas de las tribus de allende el Ebro. Llegaron después junto a los volcianos [las últimas propuestas sitúan este pueblo al norte de los bargusios, sobre el valle del Cinca.-N. del T.], y la respuesta que les dieron fue ampliamente conocida en toda Hispania y determinó que el resto de tribus estuvieran en contra de una alianza con Roma. Esta contestación fue dada por el más anciano de su consejo nacional en los términos siguientes: "¿No os avergüenza, romanos, pedir que tengamos amistad con vosotros en vez de con los cartagineses, en vista de cuánto han sufrido por vuestra culpa vuestros aliados, a quienes traicionasteis con más crueldad que la que sufrieron de los cartagineses, sus enemigos? Os aconsejo que busquéis aliados donde no se haya oído nunca hablar de Sagunto; los pueblos de Hispania ven en las ruinas de Sagunto una triste y contundente advertencia en contra de confar en ninguna alianza con Roma". Se les ordenó entonces perentoriamente que abandonasen el territorio de los volcianos, y desde aquel momento ningún consejo de Hispania les dio nunca una respuesta favorable. Después de esta misión infructuosa en Hispania, cruzaron a la Galia.

[21.20] Aquí se encontraron ante sus ojos con una visión extraña y espantosa; los hombres acudieron al consejo completamente armados, como era la costumbre del país. Cuando los romanos, tras ensalzar la fama y el valor del pueblo romano y la grandeza de su dominio, pidieron a los galos que no permiteran que los invasores cartagineses pasasen por sus campos y ciudades, les interrumpieron estallando en tales risas que los magistrados y miembros más ancianos del consejo apenas pudieron contener a los hombres más jóvenes. Pensaban que era una demanda estúpida e insolente pedir que los galos, para que la guerra no se extendiera a Italia, se volviesen contra ellos mismos y expusieran sus propias tierras al saqueo en vez de las de los otros. Después de restablecerse la calma, se respondió a los embajadores que ni los romanos les habían prestado ningún servicio ni los cartagineses les habían hecho ninguna ofensa, ni como para tomar las armas en favor de Roma ni en contra de los cartagineses. Por otra parte, habían oído que hombres de su raza estaban siendo expulsados de Italia, que se les hacía pagar tributo y se les someta a muchas indignidades. Su experiencia se repitó en los demás consejos de la Galia, en ninguna parte escucharon una palabra amable o lo bastante pacífca hasta que llegaron a Marsella [la antigua Massilia-N. del T.]. Allí se les expuso cuidadosa y honestamente cuanto sus aliados habían averiguado: se les informó de que los intereses de los galos habían sido ya garantzados por Aníbal; pero ni siguiera él les habría hallado muy dispuestos, por su naturaleza salvaje e indomable, a menos que se hubiera ganado también a sus jefes con oro, algo que aquella nación siempre apetecía. Después de atravesar así Hispania y las tribus de la Galia, los embajadores regresaron a Roma no mucho después de que los cónsules hubiesen partido a sus respectivas provincias. Encontraron la Ciudad entera esperando la guerra, pues se escuchaban persistentes rumores de que los cartagineses habían cruzado el Ebro.

[21.21] Tras la captura de Sagunto, Aníbal se retró a sus cuarteles de invierno en Cartagena. Allí le llegaron los informes de cuanto ocurría en Roma y Cartago y se enteró de que él era, además del general que iba a dirigir la guerra, el único responsable de su estallido. Como retrasarse más resultaría muy inconveniente, vendió y distribuyó el resto del botín, convocó a todos aquellos de sus soldados que eran de sangre hispana y se dirigió a ellos de la siguiente manera: "Creo que vosotros mismos, aliados, reconoceréis que, ahora que hemos reducido todos los pueblos de Hispania, no nos queda más que poner fin a nuestras campañas y licenciar nuestros ejércitos o llevar nuestras guerras a otras tierras. Si tratamos de ganar botín y gloria de otras naciones, estos pueblos disfrutarán no solo de las bendiciones de la paz, sino también de los frutos de la victoria. Dado que, por lo tanto, nos esperan campañas lejos de casa, y no se sabe cuando volvéis a ver vuestras casas y cuanto os es querido, os concedo licencia para que todo el que lo desee pueda visitar a su gente amada. Debéis volver a reuniros a principio de la primavera, para que podamos, con la benevolente ayuda de los dioses, dedicarnos a una guerra que nos proporcionará inmenso botín y nos cubrirá de gloria". Todos ellos agradecieron la oportunidad, ofrecida tan espontáneamente, de visitar sus hogares tras una ausencia tan larga y en previsión de una ausencia aún más duradera. El descanso invernal, tras sus últimos esfuerzos y antes de los aún mayores que habrían de hacer, restauró sus facultades mentales y fsicas, fortaleciéndoles de cara a las nuevas pruebas.

En los primeros días de la primavera se reunieron conforme a las órdenes. Después de revistar la totalidad de los contingentes nativos, Aníbal fue a Cádiz [Gades en el original latino.-N. del T.], donde cumplió sus promesas a Hércules [el famoso santuario fenicio de Melqart-Herakles.-N. del T.], y se comprometó a sí mismo con nuevos votos a esa deidad en el caso de que su empresa tuviera éxito. Como África sería vulnerable a los ataques procedentes de Sicilia durante su larga marcha a través de Hispania y las dos Galias hasta Italia, decidió asegurar aquel país con una fuerte guarnición. Para ocupar su lugar requirió tropas de África, una fuerza consistente principalmente infantería ligera [iaculatorum levium en el original latino: literalmente, lanzadores de jabalinas ligeros.-N. del T.] . Habiendo transferido así africanos a Hispania e hispanos a África, esperaba que los soldados de cada procedencia prestaran así un mejor servicio, estado obligados por obligaciones recíprocas. La fuerza que despachó a África consistó en trece mil ochocientos cincuenta infantes hispanos con cetras [escudo de entre 50 y 70 centimetros, de cuero o madera forrada de cuero; el término castellano “cetra” traduce exactamente el “caetra” latino original.-N. del T.] y ochocientos setenta honderos baleáricos, junto a un cuerpo de mil doscientos jinetes procedentes de muchas tribus. Esta fuerza estaba destinada en parte a la defensa de Cartago y en parte a distribuirse por el territorio africano. Al mismo tiempo, se enviaron ofciales de reclutamiento por diversas ciudades; ordenó que unos cuatro mil jóvenes escogidos de los alistados fueran llevados a Cartago para reforzar su defensa y también como rehenes que garantzasen la lealtad de sus pueblos.

[21.22]
Las mismas previsiones hubieron de hacerse en Hispania, tanto más cuanto que Aníbal era plenamente consciente de que los embajadores romanos habían ido por todo el país para ganarse a los jefes de las diversas tribus. Puso al mando a su enérgico y capaz hermano, Asdrúbal, y le asignó un ejército compuesto principalmente por tropas africanas: once mil ochocientos cincuenta de infantería africana, trescientos ligures y quinientos baleares. A estos infantes auxiliares añadió cuatrocientos cincuenta de caballería libio-púnica (raza mezcla de púnicos y africanos), unos mil ochocientos númidas y moros, habitantes de la orilla del océano y un pequeño grupo montado de trescientos ilergetes alistados en Hispania. Finalmente, para su sus fuerzas terrestres estuviera completa en todas sus partes, asignó veintún elefantes. La protección de la costa precisaba una flota, y como era natural suponer que los romanos emplearían nuevamente este arma, con la que habían logrado antes victorias, destinó una flota de cincuenta y siete barcos, incluyendo cincuenta quinquerremes, dos cuadrirremes y cinco trirremes, aunque únicamente estaban dispuestas y pertrechadas de remos treinta y dos quinqueremes y los cinco trirremes. Desde Gades volvió a los cuarteles de invierno de su ejército en Cartagena, y desde Cartagena comenzó su marcha hacia Italia. Pasando por la ciudad de Onusa [se desconoce su ubicación.-

N.
del T.], marchó a lo largo de la costa hasta el Ebro. Dice la leyenda que mientras estaba allí detenido, vio en sueños a un joven de apariencia divina que le dijo que le había enviado Júpiter para que actuase como guía a Aníbal en su marcha a Italia. Debía, por tanto, seguirle y no apartar los ojos de él. Al principio, lleno de asombro, lo siguió sin mirar a su alrededor ni hacia atrás, pero como la curiosidad instintiva le impulsaba a preguntarse qué era lo que le estaba prohibido mirar a sus espaldas, ya no pudo controlar sus ojos. Vio detrás de él una serpiente grande y maravillosa, que se movía derribando árboles y arbustos frente a ella, mientras a su paso levantaba una tempestad de truenos. Él le preguntó qué signifcaba aquel maravilloso portento y se le dijo que era la devastación de Italia; que tenía que seguir adelante sin hacer más preguntas y dejar que su destino permaneciera oculto.

[21.23] Complacido por esta visión, procedió a cruzar el Ebro con su ejército, en tres grupos, tras enviar hombres por adelantado para asegurarse con sobornos la buena voluntad de los habitantes galos en sus lugares de cruce y también para reconocer los pasos de los Alpes. Llevó noventa mil de infantería y doce mil de caballería a través del Ebro. Su siguiente paso fue someter a los ilergetes, los bargusios y a los ausetanos, así como el territorio de la Lacetania que se encuentra a los pies de los Pirineos. Puso a Hanón al mando de toda la línea de costa para asegurar el paso que conecta Hispania con la Galia, y le dio un ejército de diez mil infantes para mantener el terreno y mil de caballería. Cuando su ejército comenzó el paso de los Pirineos y los bárbaros vieron que era cierto el rumor de que les llevaban contra Roma, tres mis carpetanos desertaron. Se dio a entender que les indujo a desertar no tanto la perspectiva de la guerra como la duración de la marcha y la imposibilidad de cruzar los Alpes. Como hubiera sido peligroso exigirles volver o tratar de detenerlos por la fuerza, por si se levantaban los ánimos del resto del ejército, Aníbal envió de regreso a sus casas a más de siete mil hombres que, según había descubierto por sí mismo, estaban cansados de la campaña; al mismo tiempo hizo parecer que los carpetanos habían sido despedidos por él.

[21.24]
A continuación, para evitar que sus hombres se desmoralizasen con más retrasos e inactividad, cruzó los Pirineos con el resto de su fuerza y fjó su campamento en la ciudad de Elne [antigua Iliberri.-

N.
del T.]. A los galos se les dijo que esta guerra era contra Italia, pero como habían oído que los hispanos de más allá de los Pirineos habían sido subyugados por la fuerza de las armas y que se habían dispuesto fuertes guarniciones en sus ciudades, varias tribus, temiendo por su libertad, le levantaron en armas y se reunieron en Castel-Rousillon [junto a Perpiñán; antigua Ruscino.-N. del T.]. Al recibir la noticia de este movimiento, Aníbal, temiendo más el retraso que las hostlidades, envió mensajeros a sus jefes para decirles que estaba deseando reunirse con ellos, y que podían ellos llegarse hasta por

temor a retrasar más de las hostlidades, envió a los portavoces de sus jefes para decir que él estaba ansioso de una conferencia con ellos, y bien podrían acercarse a Iliberri, o él se acercaría Ruscino para facilitar su reunión, para que con mucho gusto recibirlos en su campo o que se vaya a ellos sin pérdida de tiempo. Había llegado a la Galia como amigo, no como enemigo, y a menos que los galos le obligaran, no desenvainaría la espada hasta llegar a Italia. Esta fue la propuesta hecha por los enviados, pero cuando los galos hubieron, sin ninguna vacilación, trasladado su campamento a Elne, fueron ganados mediante sobornos y permiteron al ejército un paso libre y expedido por su territorio, bajo las mismas murallas de Castel-Rousillon.

[21.25] Ninguna notcia, entre tanto, había llegado a Roma aparte de los hechos advertidos por los mensajeros marselleses, es decir, que Aníbal había cruzado el Ebro. A esto, como si Aníbal ya hubiera cruzado los Alpes, los boyos [su capital era la antigua Bononia, la Bolonia actual.-N. del T.] , tras sublevar a los ínsubros [su capital era la antigua Mediolanum, actual Milán.-N. del T.], se alzaron en rebelión, no tanto a consecuencia de su vieja y permanente enemistad contra Roma sino por su reciente agresión. Grupo de colonos fueron asentados en territorio galo del valle del Po, en Plasencia [antigua Placentia.-N. del T.] y Cremona, produciendo gran irritación. Tomando las armas, efectuaron un ataque sobre el territorio que estaba, de hecho, siendo repartido en aquel momento, y produjeron tal terror y confusión que no solo los agricultores, sino incluso los triunviros romanos que se dedicaban a la demarcación de las parcelas, huyeron hacia Módena [antigua Mutina.-N. del T.] al no sentrse seguros tras murallas de Plasencia. Los triunviros eran Cayo Lutacio, Cayo Servilio y Marco Anio. No hay duda en cuanto al nombre de Lutacio, pero en vez de Anio y Servicio algunos analistas citan a Manlio Acilio y Cayo Herenio, y otros mencionan a Publio Cornelio Asina y Cayo Papirio Maso. También hay dudas sobre si se trataba de los embajadores que se enviaron a los boyos para protestar o si eran los triunviros quienes fueron atacados mientras repartan el terreno. Los galos asediaron Módena, pero como les resultaba extraño el arte de dirigir asedios y eran demasiado indolentes para acometer la construcción de obras militares, se contentaron con bloquear la ciudad sin causar ningún daño en las murallas. Por fn, fngieron que estaban dispuestos a discutr los términos de la paz, y los emisarios fueron invitados por los jefes galos a una conferencia. Allí fueron detenidos, en violación directa no sólo del derecho de gentes, sino del salvoconducto que habían concedido para la ocasión. Después de haberles apresado, los galos dijeron que no les liberarían hasta que no se les devolviesen sus rehenes.

Cuando llegaron noticias de que los enviados estaban presos y Módena y su guarnición en peligro, Lucio Manlio, el pretor, ardiendo de ira, llevó su ejército en varios cuerpos hasta Módena. La mayor parte del país estaba sin cultivar en ese momento y el camino pasaba por un bosque. Avanzó sin mandar exploradores y cayó en una emboscada, de la cual, tras sufrir considerables pérdidas, se abrió paso con difcultad hacia terreno más abierto. Aquí se fortifcó, y como los galos consideraron que sería inútl atacarlo allí, el valor de sus hombres revivió, aunque era bastante seguro que habían caído más de quinientos. Reanudaron su marcha, y mientras fueron por terreno abierto no vieron enemigo alguno; cuando entraron de nuevo en el bosque su retaguardia fue atacada, provocando gran confusión y pánico. Perdieron setecientos hombres y seis estandartes. Cuando por fin salieron de la selva intrincada y sin caminos, dieron fin las tácticas aterradoras de los galos y el salvaje pánico de los romanos y enredado no era un fin a las tácticas aterrador de las Galias y la alarma silvestres de los romanos. No tuvieron difcultad en repeler los ataques una vez llegados a campo abierto, y se dirigieron a Taneto, un lugar cerca del Po. Aquí se fortifcaron rápidamente y, ayudado por el abastecimiento fuvial y por los galos de Brescia [Brixia en el original latino.-N. del T.], mantuvo el terreno contra un enemigo cuyo número aumentaba a diario.

[21.26] Cuando llegó noticia de este repentino levantamiento y el Senado se dio cuenta de que enfrentaban una guerra gala además de la guerra con Cartago, ordenaron a Cayo Atilio, el pretor, que fuera a relevar a Manlio con una legión romana y cinco mil hombres alistados recientemente por el cónsul de entre los aliados. Como el enemigo, temeroso de enfrentarse con estos refuerzos, se había retrado, Atilio llegó a Taneto sin combatir. Después de alistar una nueva legión para susttuir a la que se había enviado con el pretor, Publio Cornelio Escipión se hizo a la mar con sesenta grandes naves y costeó por las orillas de Etruria y Liguria, pasando las montañas de los saluvios [pueblo asentado entre Niza y el Ródano.-N. del T.] hasta llegar a Marsella. Allí desembarcó sus tropas en la primera boca del Ródano a la que llegó (el río desemboca en el mar por varios brazos) y dispuso su campamento fortifcado, apenas capaz de creer que Aníbal había superado el obstáculo de los Pirineos. Sin embargo, cuando comprendió que este ya estaba considerando cruzar el Ródano, sinténdose indeciso sobre dónde podría encontrarle y deseando dar tiempo a sus hombres para recobrarse de los efectos del viaje, envió por delante una fuerza selecta de trescientos jinetes acompañados por guías marselleses y galos amigos para explorar el país en todas direcciones y descubrir, si era posible, al enemigo.

Aníbal había superado la oposición de las tribus nativas, fuera mediante el miedo o con sobornos, y había llegado al territorio de los volcas [pueblo situado entre los Pirineos y el Ródano.-N. del T.]. Se trataba de una tribu poderosa que habitaba el país a ambos lados del Ródano pero, desconfando de su capacidad para detener a Aníbal en el lado del río más cercano a él, decidieron convertir al río en una barrera y trasladaron a casi toda la población al otro lado, donde se prepararon para resistr con las armas. El resto de la población del río, y también la de los propios volcas, que aún seguían en sus hogares, fue inducida con regalos para que reuniesen botes de ambas orillas y ayudasen en la construcción de otras, estimulados sus esfuerzos por el deseo de deshacerse lo antes posible de tan gravosa e inmensa multitud. Así que se reunió una enorme cantidad de botes y naves de toda clase, como las que usaban en sus viajes arriba y abajo del río; los galos fabricaron otras nuevas ahuecando troncos de árboles y luego los mismos soldados, viendo la abundancia de madera y la facilidad con que se construían, se dieron a construir toscas canoas, contentándose con que flotasen y llevasen la carga de sus pertenencias y a sí mismos.

[21.27] Todo estaba listo para el cruce, pero toda la orilla opuesta estaba ocupada por nombres montados y desmontados, preparados para impedir el paso. Con el fin de desalojarlos, en la primera guardia nocturna Aníbal envió a Hanón, el hijo de Bomílcar, con una división compuesta principalmente de hispanos, a un día de marcha río arriba. Debía aprovechar la primera oportunidad de cruzar sin ser visto, y luego llevaría sus hombres por una ruta que rodeara al enemigo para atacarlo en el momento adecuado por la espalda. Los galos que llevaban como guías informaron a Hanón de que unas veintcinco millas [37 kilómetros.-N. del T.] río arriba, una pequeña isla dividía el río en dos y que el cauce, por tanto, tenía menor profundidad. Cuando llegaron al lugar, cortaron madera a toda prisa y construyeron balsas sobre las que hombres y caballos pudieran ser transportados. Los hispanos no tuvieron problemas; arrojaron sus vestidos sobre odres, pusieron sus cetras encima y apoyándose en estos flotadores cruzaron a nado. El resto del ejército pasó sobre balsas atadas, y después de acampar cerca de la orilla se tomaron un día de descanso tras el trabajo de construir botes y el paso nocturno; su general, entre tanto, esperaba ansioso la oportunidad de poner en práctica su plan. Se pusieron en marcha al día siguiente y, prendiendo un fuego en un cierto terreno elevado, señalizaron con la columna de humo que habían cruzado el río y que no estaban muy lejos. Tan pronto como Aníbal recibió la señal, aprovechó la ocasión y dio de inmediato la orden de cruzar el río. La infantería había preparado balsas y botes, y la caballería pasaba en barcazas al lado de los caballos que iban nadando. Se amarró río arriba, a poca distancia, una fla de barcos de gran tamaño para romper la fuerza de la corriente, los hombres cruzaron, por tanto, en embarcaciones más pequeñas sobre aguas tranquilas. La mayoría de los caballos fueron remolcados a popa y nadando, otros fueron llevados en barcazas, ensillados y embridados con el fin de estar disponibles para la caballería en el momento que desembarcaran.

[21.28] Los galos se congregaron junto a la orilla, con sus gritos y canciones tradicionales de guerra, agitando sus escudos sobre sus cabezas y blandiendo sus jabalinas. Estaban un tanto atemorizados al ver lo que ocurría frente a ellos; el enorme número de barcos, grandes y pequeños, el rugido del río, los gritos confusos de los soldados y marineros, algunos de los cuales trataban de abrirse paso por la corriente mientras otros en la orilla animaban a sus compañeros al cruzar. Mientras contemplaban todo estos movimientos con el corazón desanimado, escucharon gritos aún más alarmantes tras ellos; Hanón había capturado su campamento. Pronto apareció en la escena, y tuvieron que hacer frente ahora al peligro desde partes opuestas: la hueste de hombres armados desembarcando de los botes y el ataque por sorpresa que recibían por su retaguardia. Durante un tiempo, los galos se esforzaron por sostener el combate en ambas direcciones, pero viendo que perdían terreno, forzaron el paso por donde les parecía haber menor resistencia y se dispersaron en todas direcciones hacia sus propias aldeas. Aníbal pasó el resto de su fuerza sin ser molestado y, sin preocuparse más por los galos, estableció su campamento.

Creo que se adoptaron disposiciones distintas para el transporte de los elefantes; en todo caso, los relatos de lo que se hizo varían considerablemente. Algunos dicen que después de haber sido reunidos en la orilla, los de peor genio fueron azuzados por sus guías y al correr hacia el agua el resto de elefantes les siguieron; la corriente les arrastró hasta la orilla opuesta pese a temer la profundidad. La explicación más creíble, sin embargo, es que fueron transportados en balsas, pues este método habría parecido el más seguro en principio y por lo tanto es el que probablemente habría sido adoptado. Botaron al río una balsa de doscientos pies de largo por 50 de ancho [59,2 por 14,8 metros.-N. del T.], y para impedir que la arrastrase la corriente, uno de los extremos estaba asegurado a la orilla con varias amarras. Se cubrió con tierra como un puente para que los animales, tomándola por tierra firme, no tuvieran miedo de subirse en ella. Una segunda balsa, de la misma anchura pero con sólo cien pies de largo [29,6 metros.-

N. del T.] y capaz de cruzar el río, se unió a la primera. Los elefantes, encabezados por las hembras, fueron llevados a la balsa fja, como si fuera un camino, hasta que llegaban a la más pequeña. Tan pronto como estaban asegurados sobre esta, se desprendía y era arrastrada por barcos ligeros hasta el otro lado del río. Cuando el primer lote era desembarcado, los otros eran transportados de la misma manera. No mostraban miedo mientras les llevaban por la balsa fja; el temor empezaba cuando se les llevaba por mitad de la corriente en la otra balsa que quedaba suelta. Se amontonaban, alejándose del agua los que estaban en la orilla, y mostraban bastante inquietud hasta que su propio miedo al verse rodeados por agua les hacía calmarse. Algunos, en su excitación, se caían al agua y arrojaban a sus guías, pero su propio peso les mantenía en su sito y, al sentrse en aguas poco profundas, lograban llegar seguros a terra.

[21.29] Mientras se hacía cruzar a los elefantes, Aníbal envió quinientos jinetes númidas hacia los romanos para determinar su número y sus intenciones. Esta fuerza a caballo se encontró con los trescientos de caballería romana que, como ya he dicho, habían sido enviados por adelante desde la desembocadura del Ródano. Fue un combate mucho más grave de lo que podría haberse esperado por el número de combatentes. No sólo muchos resultaron heridos, sino que cada bando tuvo casi el mismo número de muertos y los romanos, que quedaron fnalmente completamente agotados, debieron su victoria al pánico entre los númidas y su subsiguiente huida. De los vencedores cayeron hasta ciento sesenta, no todos romanos pues había algunos galos; los vencidos perdieron más de doscientos. Esta acción, con la que comenzó la guerra, fue un presagio de su resultado fnal, pero a pesar de que presagiaba la victoria fnal de Roma mostró que esta no se alcanzaría sin mucho derramamiento de sangre y repetdas derrotas. Las tropas abandonaron el campo y volvieron junto a sus respectivos comandantes. Escipión se vio incapaz de formar algún plan defnitivo, más allá de lo que le sugerían los movimientos del enemigo. Aníbal estaba indeciso sobre si reanudar su marcha a Italia o enfrentarse a los romanos, el primer ejército que se le enfrentaba. Fue disuadido de esto último por la llegada de embajadores de los boyos y del reyezuelo Magalo. Venían para asegurar a Aníbal su disposición a actuar como guías y tomar parte en los peligros de la expedición, y le dieron su opinión de que debía reservar todas sus fuerzas para la invasión de Italia y no desperdiciar ninguna de ellas de antemano. El grueso de su ejército no se había olvidado de la guerra anterior y esperaba con desánimo el encuentro con su viejo enemigo; pero lo que más les horrorizaba era la perspectiva de un viaje sin fin sobre los Alpes, con fama de ser algo especialmente horrendo, sobre todo para los inexpertos.

[21.30] Cuando Aníbal hubo tomado la decisión de seguir adelante y llegar a Italia sin pérdida de tiempo, ordenó que se reunieran sus tropas y se dirigió a ellos con palabras en que mezclaba el aliento y el reproche. "Estoy asombrado", dijo, "al ver cómo corazones que han sido siempre intrépidos, se convierten de repente en presa del miedo. Pensad en las muchas campañas victoriosas que habéis cumplido, y recordad que no habéis salido de Hispania antes de haber añadido al imperio Cartaginés todas las tribus de aquel país bañado por dos remotos mares. El pueblo romano exigió que se les entregase a todos los que tomaron parte en el asedio de Sagunto; vosotros, para vengar el insulto, habéis cruzado el Ebro y borrar el nombre de Roma y traer la libertad al mundo. Cuando empezasteis vuestra marcha, desde donde se pone el Sol hacia donde sale, ninguno de vosotros pensó que sería demasiado para él, hasta ahora, que habéis cubierto la mayor parte del camino; los pasos de los Pirineos, que estaban guardados por tribus en su mayor parte guerreras, los coronasteis; el Ródano, esa poderosa corriente, la cruzasteis frente a tantos miles de galos y ralentzasteis el torrente de sus aguas; y ahora que estáis a la vista de los Alpes, a cuya otra parte está Italia, os fatgáis y detenéis vuestra marcha a la mismas puertas del enemigo. ¿Qué imagináis que son los Alpes, más que altas montañas? Supongamos que sean más altos que las cumbres de los Pirineos; sin duda, ninguna región en el mundo puede tocar el cielo ni resulta infranqueable para el hombre. Incluso los Alpes están habitados y cultivados, allí nacen y crecen los animales, sus gargantas y barrancos pueden ser atravesados por los ejércitos. Porque ni los embajadores que veis aquí cruzaron los Alpes volando por el aire, ni lo hicieron sus antepasados que no eran nativos de su terra. Ellos llegaron a Italia como emigrantes en busca de una tierra para instalarse, y cruzaron los Alpes a menudo en grupos inmensos, con sus mujeres, hijos y todas sus pertenencias. ¿Qué puede ser inaccesible o insuperable para el soldado que lleva nada con él sino sus armas de guerra? ¡¿Qué trabajos y peligros afrontasteis durante ocho meses para lograr la captura de Sagunto?! Y ahora que Roma, la capital del mundo, es vuestro objetivo, ¿hay algo que consideréis tan arduo o difcil que no podáis lograr? Hace muchos años, los galos capturaron la plaza que los cartagineses desesperan de abordar; podéis confesaros a vosotros mismos inferiores en valor e iniciativa a un pueblo al que habéis vencido una y otra vez, o por el contrario, mirar hacia delante para terminar vuestra marcha sobre el territorio entre el Tíber y las murallas de Roma".

[21.31] Después de esta arenga entusiasta, los despidió con órdenes de disponerse a la marcha reponiendo fuerzas. Al día siguiente avanzaron por la orilla izquierda del Ródano hacia los territorios del centro de la Galia, no porque esta fuese la ruta más directa a los Alpes, sino porque pensaba que habría menos probabilidades de que los romanos le encontrasen, pues no deseaba enfrentarse a ellos antes de haber llegado a Italia. Cuatro días de marcha le llevaron hasta "la Isla". Aquí el Isère y el Ródano, fuyendo hacia abajo desde distintos lugares de los Alpes, delimitan una considerable porción de de tierra y luego unen sus cauces; dicha comarca se llama "la Isla". El país vecino estaba habitado por los alóbroges, una tribu que, incluso en aquellos días, no era inferior a ninguna en poder y reputación. Por el tiempo de la llegada de Aníbal, había estallado una disputa entre dos hermanos que aspiraban a la soberanía. El hermano mayor, cuyo nombre era Braneo, había sido el jefe hasta entonces, pero fue expulsado por el partido de los hombres más jóvenes, encabezados por su hermano, que tenía más fuerza que derecho. La oportuna aparición de Aníbal hizo que se le presentase la cuestón; debía decidir quién era el pretendiente legítimo al trono. Se pronunció a favor del hermano mayor, que contó con el apoyo del Senado y de los notables [una y otra vez, a lo largo del texto, Livio emplea la expresión "principes" para referirse a los aristócratas y notables de una sociedad. En castellano moderno, el sentido de esa palabra está mejor refejado por las de "principales" o "notables" que por la de príncipe, que tiene hoy un sentido distinto al de hace dos mil años.-N. del T.] . A cambio de este servicio, recibió ayuda en forma de provisiones y suministros de todo tpo, especialmente ropa, una necesidad apremiante en vista del notorio frío de los Alpes. Tras resolver la disputa entre los alóbroges, Aníbal reanudó su marcha. No marchó directamente hacia los Alpes, sino que torció a la izquierda, hacia los tricastinos; luego, bordeando el territorio de los voconcios, marchó en dirección a los trigorios [los tricastinos habitaban, más o menos en la actual Aouste sur la Drôme, los voconcios entre Drôme y Durance y los trigorios probablemente en Gap.-N. del T.]. En ninguna parte se encontró con difcultad alguna, hasta que llegó al Durance. Este río, que también nace en los Alpes, es el más difcil de cruzar de entre todos los ríos de la Galia. A pesar de tener un gran caudal, no se presta a la navegación, pues no se mantene entre sus orillas sino que fuye por muchos canales diferentes. Al cambiar constantemente su cauce y la dirección de sus corrientes, la tarea de vadearlo es de lo más peligrosa pues los guijarros y rocas arrastradas hacen el paso inseguro y traicionero, especialmente para los que van a pie. Sucedió que, por entonces, bajaba crecido por las lluvias, y los hombres fueron arrojados desordenadamente mientras lo cruzaban, aumentando la difcultad sus temor y sus gritos confusos.

[21.32] Tres días después de Aníbal había dejado atrás las orillas del Ródano; Publio Cornelio Escipión llegó al campamento abandonado con su ejército en orden de batalla, dispuesto a combatir de inmediato. Sin embargo, cuando vio las defensas abandonadas y se dio cuenta de que no sería tarea fácil alcanzar a su oponente con la ventaja tan grande que le había tomado, regresó a sus barcos. Consideró que lo más fácil y seguro sería enfrentarse con Aníbal cuando descendiera de los Alpes. Hispania era la provincia que le había correspondido y, para evitar que se viera completamente despojada de fuerzas romanas, envió a su hermano Cneo Escipión, con la mayor parte de su ejército, a operar contra Asdrúbal, no solo para conservar los viejos aliados y ganar otros nuevos, sino para expulsar a Asdrúbal de Hispania. Él mismo navegó hasta Génova [Genua en el original latino.-N. del T.] con una muy pequeña fuerza, con intención de defender Italia con el ejército situado en el valle del Po. Desde el Durance, la ruta de Aníbal transcurrió principalmente a través de territorio abierto y llano y llegó a los Alpes sin encontrar ninguna oposición por parte de los galos que habitaban la zona. Pero la vista de los Alpes revivió el terror en las mentes de sus hombres. Aunque los rumores, que por lo general aumentan los peligros no probados, les había llenado de sombríos presagios, la visión de cerca demostró ser más atemorizante. La altura de las montañas, ya tan cercanas, la nieve que casi se perdía hasta el cielo, las miserables chozas encaramadas a las rocas, los rebaños y manadas ateridos por el frío, los hombres salvajes y descuidados, todo lo animado y lo inanimado rígido por las heladas, junto con otras horribles visiones más allá de cualquier descripción, ayudaron a aumentar su inquietud.

A medida que la cabeza de la columna empezó a subir las pendientes más próximas, aparecieron los nativos en las alturas; si se hubieran ocultado en los barrancos y se hubiesen lanzado al ataque después, habrían provocado un terrible pánico y mucho derramamiento de sangre. Aníbal ordenó un alto y envió algunos galos para examinar el terreno, al ver que era imposible avanzar en aquella dirección plantó su campamento en la parte más ancha del valle que pudo encontrar; todo alrededor del asentamiento eran quebradas y precipicios. Los galos que habían sido enviados en descubierta entraron en conversación con los nativos, ya que había poca diferencia entre sus lenguas y costumbres, y trajeron noticias a Aníbal de que el paso solo estaba ocupado durante el día y que por la noche todos los indígenas regresaban a sus hogares. En consecuencia, al amanecer empezó el ascenso como si pensase forzar el paso a la luz del día y pasó el día efectuando movimientos pensados para ocultar sus verdaderas intenciones y fortifcando el campamento en el lugar donde se había detenido. Tan pronto como observó que los nativos habían abandonado las alturas y ya observaban sus movimientos, dio órdenes, con vistas de engañar al enemigo, para que se encendieran gran cantidad de fuegos, muchos más, de hecho, de los necesarios para los que permanecían en el campamento. Entonces, dejando la impedimenta con la caballería y la mayor parte de la infantería, él mismo, junto con un grupo especialmente escogido de tropas, se movieron rápidamente a paso ligero hasta el desfladero y ocuparon las alturas que el enemigo había ocupado antes.

[21.33] Al día siguiente, el resto del ejército levantó el campamento en el gris amanecer y comenzó su marcha. Los nativos fueron a reunirse en sus lugares habituales de observación, cuando de repente se dieron cuenta de que algunos de los enemigos se habían apoderado de sus lugares fuertes, justo encima de sus cabezas, mientras que los demás avanzaban, por debajo, por el camino. La doble impresión hecha a sus ojos y a su imaginación les mantuvo inmóviles un breve instante, pero al ver la columna en desorden, sobre todo por el miedo de los caballos, pensaron que si ellos aumentaban la confusión y el pánico sería bastante para destruirles. Así pues, cargaron hacia abajo, de roca en roca, sin preocuparse de si había camino o no pues estaban familiarizados con el terreno. Los cartagineses tuvieron que enfrentarse con este ataque al mismo tiempo que luchaban contra las difcultades del camino, y como cada uno hacía todo lo posible por ponerse a sí mismo fuera de peligro, se vieron luchando más entre ellos que contra los nativos. Los caballos hicieron el mayor daño, estaban aterrorizados por los salvajes gritos, que el eco de los valles y bosques aumentaban, y cuando resultaban golpeados o heridos provocaban tremendos estragos entre los hombres y los distintos animales de carga. El camino estaba fanqueado por precipicios verticales a cada lado, y al pasar juntos muchos fueron empujados por el borde y cayeron a gran profundidad. Algunos incluso iban armados, también se precipitaron los animales pesadamente cargados de equipajes. Horrible como era aquel espectáculo, Aníbal se quedó quieto y retuvo a sus hombres durante algún tiempo, por temor a aumentar la alarma y la confusión, pero cuando vio que la columna se rompía y que el ejército estaba en peligro de perder toda su impedimenta, en cuyo caso les habría conducido con seguridad sin ningún propósito, corrió hacia abajo desde su posición elevada y dispersó a los enemigos. Al mismo tiempo, sin embargo, puso a sus propios hombres momentáneamente en un desorden aún mayor, que se disipó rápidamente una vez que el paso quedó expedido por la huida de los nativos. En poco tiempo todo el ejército había atravesado el paso, no sólo sin ninguna alteración más, sino casi en silencio. A continuación capturaron un castllo, capital de un territorio, junto con algunos caseríos adyacentes, y con los alimentos y ganado así conseguidos proporcionó a su ejército raciones para tres días. Como los nativos, tras su primera derrota, ya no estorbaban su marcha y el camino presentaba poca difcultad, avanzaron considerablemente durante aquellos tres días.

[21.34] Llegaron luego a otro pueblo que, considerando que se trataba de una zona montañosa, tenía bastante población. Aquí escapó por poco de la muerte, y no en lucha justa y abierta, sino por los medios de que él mismo usaba: la mentra y la traición. Llegó a los cartagineses una embajada de los principales de los castllos del país, hombres de edad avanzada, y le dijeron que habían aprendido del saludable ejemplo de la desgracia de los demás pueblos a buscar la amistad de los cartagineses en vez de probar su fuerza. Estaban dispuestos, por lo tanto, a cumplir sus órdenes; recibiría provisiones y guías, y rehenes en garantía de buena fe. Aníbal sintó que no debía confar en ellos ciegamente ni responder a su oferta con una negativa rotunda, por si se volvían hostIles. Así que les respondió en términos amistosos, aceptó los rehenes puestos en sus manos, hizo uso de las provisiones que le suministraron sobre la marcha pero siguió a sus guías con su ejército preparado para el combate, no como si marchasen por un país pacífco y amigable. Los elefantes y caballería iban delante, seguidos por él mismo con el cuerpo principal de la infantería y manteniendo un fuerte e inquieto escrutinio por todas partes. Justo al llegar a una parte donde el paso se estrechaba y quedaba dominado a un lado por una alta pared de roca, los bárbaros surgieron de una emboscada a ambos lados y atacaron la columna por el frente y la retaguardia, a corta distancia y a lo lejos, arrojándoles rodando enormes piedras. El mayor ataque lo realizaron sobre la retaguardia, y al dar la infantería media vuelta para enfrentarlos quedó bastante claro que, si la parte posterior de la comuna no hubiera sido excepcionalmente fuerte, podría haber ocurrido un terrible desastre en aquel paso. Así las cosas, se encontraban en el mayor peligro y muy cerca de la destrucción total. Porque mientras Aníbal estaba dudando si enviar a su infantería por la parte estrecha del paso, pues al proteger la retaguardia de la caballería no le quedaban reservas para defender la suya propia, los montañeses, cargando su fanco, partieron la columna por la mitad y ocuparon el paso, de manera que Aníbal tuvo que pasar aquella noche sin su caballería ni sus bagajes.

[21.35] Al día siguiente, como los bárbaros atacaran con menos vigor, la columna se reunió y se superó el paso, no sin más pérdidas, sin embargo, de animales de carga que de hombres. A partir de ese momento los indígenas aparecían en números más pequeños y actuaban más como bandidos que como soldados regulares; atacaban tanto el frente como la retaguardia siempre que el terreno les daba una oportunidad, o cuando el avance y detención de la columna le daba ocasión de sorprenderles. Los elefantes provocaban un retraso considerable, debido a la difcultad de conducirles por los lugares estrechos o abruptos; por otra parte, ponían aquella parte de la columna donde estaban a salvo de ataques, pues los nativos no estaban acostumbrados a su visión y sentían un gran temor de acercarse demasiado a ellos. Nueve días después de comenzar el ascenso, llegaron al punto más alto de los Alpes, tras atravesar una región en su mayor parte sin carreteras y perdiéndose frecuentemente, tanto por la traición de sus guías como por sus propios errores al tratar de encontrar el camino por sí mismos. Durante dos días permanecieron en el campamento, en la cima, mientras las tropas disfrutaban de un descanso tras la fatga y el combate. Algunos de los animales de carga, que habían resbalado entre las rocas y después seguido la pista de la columna, llegaron al campamento. Para mayor desventura de las agotadas tropas, hubo una fuerte nevada (las Pléyades estaban próximas a desaparecer) [estaríamos, pues, a comienzos de Noviembre de 208 a.C.-N. del T.] y esta nueva experiencia produjo una considerable inquietud. En la madrugada del tercer día, el ejército reanudó su pesada marcha sobre un terreno cubierto de profunda nieve. Aníbal veía en todos los rostros una expresión de apata y desaliento. Cabalgó hacia delante, hasta una altura desde la que tenía una visión amplia y extensa, y deteniendo a sus hombres les señaló las tierras de Italia y el rico valle del Po que se extende a los pies de los Alpes. "Estáis ahora", dijo, "cruzando las fronteras no sólo de Italia, sino de la propia Roma. De ahora en adelante todo os será suave y fácil; en una o, a lo sumo, dos batallas, seréis dueños de la capital y plaza fuerte de Italia". Luego de esto, el ejército reanudó su avance sin más molestas del enemigo más allá de algunos intentos ocasionales de saqueo. El resto de la marcha, sin embargo, contó con la presencia de difcultades mucho mayores de las experimentadas en el ascenso, porque la distancia a las llanuras del lado italiano es más corta y, por lo tanto, el descenso es necesariamente más pronunciado. Casi todo el camino era escarpado, estrecho y resbaladizo, de modo que no podían mantenerse en pie, y si se resbalaban no se podían recuperar, sino que seguían cayendo unos sobre otros, y volcándose los animales de carga sobre sus conductores.

[21.36] Por fin llegaron a un paso mucho más estrecho que descendía por acantlados tan escarpados que un soldado ligeramente armado a duras penas podía bajar, ni siquiera apoyándose en raíces y ramas. El lugar siempre había sido abrupto, pero un reciente corrimiento de tierras había provocado un precipicio de casi mil pies [296 metros.-N. del T.]. La caballería se detuvo aquí, como si hubieran llegado al fnal de su viaje, y mientras Aníbal se preguntaba qué podría estar causando el retraso, se le informó de que no había paso. Fue entonces adelante para examinar el lugar y vio que no había nada que hacer excepto llevar el ejército por un largo y tortuoso terreno nevado sin caminos. Pero también esto resultó pronto ser impracticable. La nieve antigua había quedado cubierta con una moderada altura de nieve recién caída, y los recién llegados pisaron firmemente esta nieve fresca que, al derretrse por el paso de tantos hombres y bestas, no dejó sobre qué caminar, más que un hielo cubierto de lodo. Su avance ahora se convirtó en una incesante y miserable porfa. El hielo liso no permita apoyarse y como iban por una pendiente escarpada apenas eran capaces de mantenerse sobre sus piernas; luego, una vez abajo, trataban en vano de levantarse, pues sus manos y rodillas resbalaban continuamente. No había tocones ni raíces cerca a las que agarrarse, por lo que rodaban impotentes sobre el hielo vidrioso y la fangosa nieve. Los animales de carga, en su marcha, atravesaban de vez en cuando la capa más baja de nieve, y al tropezar sacaban sus cascos de los agujeros al luchar por liberarse, abriendo huecos hondos en el hielo duro y congelado, donde muchos quedaban atrapados como en una trampa.

[21.37] Por fn, cuando tanto hombres como bestias quedaron agotados por el infructuoso esfuerzo, montaron un campamento en la cima tras haberla limpiado con gran difcultad debido a la cantidad de nieve que debía remover. Lo siguiente fue nivelar una peña, la única por la que se podían abrir camino. Se dijo a los soldados que tenían que cortarla. Construyeron contra ella una pila enorme de árboles que habían cortado y podado, y cuando el viento fue lo sufcientemente fuerte como para avivar el fuego, prendieron fuego a la pila. Cuando la roca estuvo al rojo vivo, verteron vinagre sobre ella para desintegrarla. Después de este tratamiento mediante el fuego, abrieron un camino a través de ella con sus herramientas y convirteron la fuerte pendiente en una pista de inclinación moderada por la que no solo los animales de carga, sino incluso los elefantes, podían ser llevados abajo. Cuatro días pasaron en la peña, con los animales casi muertos de hambre, pues las alturas estaban casi desprovistas de vegetación y no había forraje enterrado bajo la nieve. En los terreno más bajos había valles soleados y arroyos que fuían a través de bosques, y puntos más dignos de habitantes humanos. Aquí soltaron las bestias para que pastasen, y a las tropas, cansadas de su ingeniería, se les permitó descansar. En tres días más alcanzaron las abiertas planicies y encontraron un bello país y gentes más agradables viviendo en él.

[21.38] De esta manera alcanzaron Italia; en cinco meses, según algunos autores, tras dejar Cartagena, y habiendo empleado quince días en superar las difcultades de los Alpes. Los distintos autores están irremediablemente en desacuerdo en cuanto al número de las tropas con que Aníbal entró en Italia. La estimación más alta le asigna cien mil de infantería y veinte mil de caballería; la más baja estima su fuerza en veinte mil de infantería y seis mil de caballería. Lucio Cincio Alimento nos dice que fue hecho prisionero por Aníbal, y yo me inclinaría más a aceptar su autoridad si él no hubiese confundido los números al añadir a los galos y ligures; si se incluyen estos, había ochenta mil de infantería y diez mil de caballería. Resulta, sin embargo, más probable que estos se uniesen a Aníbal en Italia, y algunos autores, de hecho, así lo afrman. Cincio cuenta también que él había oído decir a Aníbal que después de su paso del Ródano perdió treinta y seis mil hombres, además de un inmenso número de caballos y otras bestas. El primer pueblo con el que se encontró fue el de los taurinos, una tribu semi-gala [su ciudad principal era Taurinum, la actual Turín.-N. del T.]. Como la tradición es unánime en este punto, me sorprende mucho que se plantee la cuestón de qué ruta tomó Aníbal para atravesar los Alpes, ya que la creencia general es que cruzó por el paso Penino [se supone que Livio hace derivar Penino de "púnico"; en todo caso es un paso en la frontera italo-suiza, entre el Gran San Bernardo y Mont-Rose.-N. del T.] , de donde se dice que toma su nombre esta cumbre. Celio afrma que cruzó por la cumbre de Cremona. Estos dos pasos, sin embargo, no le habrían llevado hasta los taurinos, sino a los salasos, un pueblo montañés de los galos libuos [cerca del nacimiento del Po.-N. del T.]. Es muy poco probable que aquellas rutas hacia la Galia estuviesen abiertas por entonces y, en cualquier caso, la ruta Penina habría estado bloqueada por las tribus semi-germanas que habitaban aquel país. Y es totalmente cierto, si aceptamos su autoridad, que los sedunos y veragros, que habitan aquellas cumbres, dicen que el nombre de Peninos, ¡por Hércules!, no se debe a ningún paso de los cartagineses por allí, sino a la deidad Penino, cuyo santuario se encuentra en la cumbre de aquella montaña.

[21.39] Fue una circunstancia muy afortunada para Aníbal, al inicio de su campaña, que los taurinos, el primer pueblo con que se encontró, estuviese en guerra con los ínsubros. Pero él no pudo llevar a su ejército en campaña para ayudar a ninguno de ambos bandos, ya que por entonces se estaban recuperando de las enfermedades e infortunios que se habían abatido sobre ellos. El descanso y el ocio en lugar del trabajo, el empacho tras el hambre, la limpieza y la comodidad tras la miseria y la suciedad, afectaron de modo muy distintos a sus cuerpos debilitados y casi bestales. Este fue el motivo para que Publio Cornelio Escipión, el cónsul, después de haber llegado con sus naves a Pisa y tomado de manos de Manlio y Atilio el mando de un ejército recién alistado y descorazonado por sus recientes y humillantes derrotas, lo llevase a toda velocidad hacia el Po para que pudieran enfrentarse al enemigo antes de que este hubiese recuperado sus fuerzas. Pero cuando llegó a Plasencia, Aníbal ya había abandonado su campamento y tomado al asalto una de las ciudades de los taurinos, de hecho su capital, porque ellos no quisieron tener voluntariamente relaciones amistosas con él. Hubiese obtenido la adhesión de los galos en el valle del Po, no por miedo sino por su propia elección, si la repentina llegada del cónsul no les hubiera sorprendido esperando el momento favorable para la revuelta. Justo cuando Escipión llegaba, Aníbal salía del país de los taurinos pues, viendo cuán indecisos estaban los galos sobre qué partido tomar, pensó que si él estaba presente en el territorio lo seguirían. Los dos ejércitos estaban ahora casi a la vista el uno del otro; y los comandantes que se enfrentaban entre sí, aunque no lo sufcientemente familiarizados con la capacidad militar del otro, estaban imbuidos de mutuo respeto y admiración. Aun antes de la caída de Sagunto, el nombre de Aníbal estaba en boca de todos los hombres en Roma; y en Escipión, Aníbal reconocía un gran líder, ya que había sido elegido entre todos los demás para enfrentársele. Esta estima recíproca se reforzaba por sus recientes logros: Escipión, después que Aníbal le hubiese dejado atrás en la Galia, llegó a tiempo de combatirle tras su descenso de los Alpes; Aníbal no solo se había atrevido, sino que había logrado pasar los Alpes. Escipión, sin embargo, hizo el primer movimiento al cruzar el Po y asentar su campamento en el Tesino. Antes de conducir a sus hombres a la batalla se dirigió a ellos en un discurso, lleno de ánimo, en los siguientes términos:

[21.40] "Soldados, si llevase conmigo al combate el ejército que me acompañaba en la Galia, no tendría necesidad de hablaros. ¿Pues qué ánimos necesitaban una caballería que había obtenido una brillante victoria sobre la caballería enemiga en el Ródano o las legiones de infantería con las que perseguí a este mismo enemigo, que con su fuga y elusión del combate me reconoció como su vencedor? Ese ejército, dispuesto al servicio en Hispania, está en campaña al mando de mi hermano, Cneo Escipión, que está actuando bajo mis auspicios en el país que el Senado y el pueblo de Roma le ha asignado. Así pues, para que podáis tener un cónsul que os dirija contra Aníbal y los cartagineses, me he presentado voluntariamente para mandaros en esta batalla; y como sea yo nuevo para vosotros y vosotros para mí, os debo ahora dirigir algunas palabras en cuanto al carácter del enemigo y la clase de guerra que os espera. Habéis de combatir, soldados, con hombres a quienes ya derrotasteis en la guerra anterior, por mar y terra, de quienes habéis conseguido una indemnización de guerra durante los últimos veinte años y a quienes arrebatasteis Sicilia y Cerdeña como premio de guerra. Vosotros, por tanto, entrareis en batalla con el ánimo de los vencedores, ellos lo harán con el abatimiento de los vencidos. Ellos no lucharán ahora impulsados por el valor, sino por pura necesidad; a menos que realmente supongáis que, tras eludir el combate cuando tenían todas sus fuerzas, tienen ahora más confanza tras haber perdido dos tercios de su infantería y caballería al pasar los Alpes, habiendo sobrevivido menos de los que han perecido. 'Sí', podéis decir,'son pocos en número, pero fuertes en valor y ánimo, y tienen una capacidad de resistencia y vigor al atacar que muy pocos pueden afrontar'. No, son sólo apariencias, o más bien fantasmas de hombres, agotados por el hambre, la suciedad, el frío y la miseria, golpeados y debilitados entre las rocas y precipicios. Y más aún, sus miembros están congeladas, sus músculos contraídos por el frío y el cuerpo quemado por el hielo, sus armas maltrechas y rotas y sus caballos cojos e inútIles. Estas son la caballería y la infantería contra la que vais a luchar; no os enfrentáis a un enemigo, sino a sus últimos vestgios. Lo único que temo es que cuando hayáis combatido parezca que han sido los Alpes los que han vencido a Aníbal. Pero puede que esto sea lo justo, y que los dioses, sin ningún tipo de ayuda humana, den comienzo y término a esta guerra con un pueblo y su general que han roto los tratados, y que para nosotros, contra quien pecaron además de contra los dioses, quede el completar lo que ellos han empezado.

[21.41] "No temo que nadie piense que digo estas bravatas con intención de levantaros el ánimo mientras que mis sentimientos y convicciones son otros muy distintos. Yo tenía completa libertad para marchar con mi ejército a Hispania, a donde, de hecho, había comenzado a viajar y que es la provincia que se me asignó. Allí habría dispuesto de mi hermano para compartr mis planes y los peligros; mi enemigo habría sido Asdrúbal y no Aníbal y, sin duda, habría manejado una guerra menos grave. Pero cuando, al navegar a lo largo de la costa de la Galia, tuve noticia de este enemigo, desembarqué en seguida y, tras enviar por delante la caballería, marché hacia el Ródano. Se libró un combate de caballería, que fue la única arma que tuve oportunidad de emplear, y derroté al enemigo. Su infantería se apresuró a alejarse, como un ejército en fuga, y como no les pude alcanzar por tierra volví a mis barcos a toda velocidad para, tras dar un gran rodeo por tierra y mar, enfrentar a este temido enemigo a los pies de los Alpes. ¿Os parece que me ha sorprendido y que no quería enfrentarle o que, más bien, deseo combatirle, desafarle y llevarlo a la batalla? Me gustaría saber si en los últimos veinte años ha producido la tierra una raza diferente de cartagineses o si son los mismos que lucharon en las Égates, o a los que dejasteis bajar del Érice tras pagar dieciocho denarios cada uno; o si este Aníbal es, como aparenta, imitador de Hércules en sus viajes, o heredero de su padre para abonar los impuestos y tributos y ser el esclavo del pueblo romano. Si su crimen en Sagunto no le atormentase, seguramente sentría algún remordimiento, si no por su país conquistado, por lo menos por su casa y su padre y por los tratados frmados por aquel Amílcar que por orden de nuestro cónsul retró su guarnición del Érice, que con suspiros y gemidos aceptó las duras condiciones impuestas a los vencidos cartagineses y que acordó evacuar Sicilia y pagar una indemnización de guerra a Roma. Y así, soldados, quiero que luchéis no solo con el ánimo que se debe mostrar contra nuestros enemigos, sino con los sentimientos de ira e indignación que tendríais al ver a vuestros esclavos levantar las armas en vuestra contra. Cuando se les cercó en el Érice podríamos haberles causado el más terrible de los castgos y haberles matado de hambre; podríamos haber llevado nuestra victoriosa flota hasta África y haber destruido en pocos días Cartago sin una batalla. A sus ruegos, les concedimos el perdón y les permitimos salir del bloqueo, acordamos términos de paz con aquellos a los que habíamos vencido y luego, cuando se encontraban en una situación desesperada durante la guerra Africana, les tomamos bajo nuestra protección. Para recompensarnos por tales actos de bondad, siguen el ejemplo de un loco y vienes a atacarnos en nuestra patria. Ojalá esta lucha fuese únicamente por el honor y no por nuestra seguridad. No se trata de luchar por la posesión de Sicilia y Cerdeña, los antiguos objetos de disputa, sino de luchar por Italia. No hay un segundo ejército a nuestras espaldas para enfrentarse al enemigo si no obtenemos la victoria, no hay más Alpes para detener su avance mientras se alista un nuevo ejército para la defensa. Aquí es, soldados, donde tenemos que resistr, como si estuviéramos luchando ante las murallas de Roma. Cada uno de vosotros debe recordar que emplea sus armas no solo para protegerse a él, también protege a su mujer y a sus pequeños; no debe limitar su inquietud a su hogar, debéis daros cuenta, también, de que el Senado y el pueblo de Roma contemplan vuestras hazañas de hoy. Según sean aquí y ahora vuestra fuerza y valor, así será la fortuna de nuestra Ciudad y nuestro imperio".

[21.42] Tal fue el lenguaje con que el cónsul se dirigió a los romanos. Aníbal pensó que la valenta de sus hombres debía ser alentada más con los hechos que con las palabras. Después de formar su ejército en un círculo para que contemplasen el espectáculo, colocó en el centro algunos presos alpinos encadenados, y cuando arrojaron algunas armas galas a sus pies ordenó que un intérprete les preguntara si alguno de ellos estaba dispuesto a luchar si les liberaban de sus cadenas y recibía armas y un caballo como recompensa por la victoria. Todos a una exigieron las armas y el combate, y cuando se echó a suertes quién iba a luchar, cada cual ansiaba ser uno de los que la Fortuna eligiera para el combate. Conforme eran elegidos, rápidamente se hacían con las armas llenos de entusiasmo y alegría, entre las felicitaciones de sus camaradas, y danzaban según la costumbre de su país. Pero cuando empezaron a pelear, tal era el estado de ánimo, no sólo entre los hombres que habían aceptado esta condición, sino también entre los espectadores en general, que la buena fortuna de los que murieron valientemente fue tan elogiada como la de los que salieron victoriosos.

[21.43] Después de haber impresionado a sus hombres con la contemplación de varias parejas de combatentes, Aníbal despidió a estos y, reuniendo a los soldados a su alrededor, se dice que les habló así: "Soldados, habéis visto en el destino de otros el ejemplo de cómo vencer o morir. Si el valor con que los habéis mirado os lleva a apreciar del mismo modo vuestra propia fortuna, seremos los vencedores.

Aquello no fue un espectáculo ocioso, sino una imagen, por así decir, de vuestra propia condición. Me inclino a pensar que la Fortuna os ha atado con pesadas cadenas y os ha puesto en una mayor necesidad que a vuestros cautivos. A derecha e izquierda os cercan dos mares y no tenéis ni un solo barco con el que escapar; a vuestro lado fuye en Po, un río más grande que el Ródano y más rápido; la barrera de los Alpes se cierne a vuestra espalda, esos Alpes que apenas lograsteis cruzar cuando vuestra fuerza y vigor estaban intactos. Aquí, soldados, en este lugar donde habéis encontrado por primera vez al enemigo, tenéis que vencer o morir. La misma fortuna que os ha impuesto la necesidad de luchar guarda también la recompensa de la victoria, recompensas tan grandes como las que los hombres suelen solicitar a los dioses inmortales. Incluso si fuésemos sólo a recuperar Sicilia y Cerdeña, posesiones que fueron arrebatadas a nuestros padres, serían premios lo sufcientemente grandes como para satisfacernos. Todo lo que los romanos poseen ahora, ganado a través de tantos triunfos, todo lo que han acumulado, se convertrá en vuestro junto con sus propietarios. Venid, pues, tomad vuestras armas y ganad, con la ayuda del cielo, tan magnífca recompensa. Ya habéis pasado tiempo sufciente capturando ganado en las áridas montañas de la Lusitania y la Celtiberia, sin encontrar recompensa a vuestros trabajos y peligros; ahora es vuestro momento de enfrentar ricas y lucrativas campañas y conseguir premios que merezcan la pena, tras la larga marcha por todas esas montañas y ríos y por todas esos pueblos belicosos. Aquí os ha concedido la Fortuna el fin de vuestras fatgas, aquí os presenta una recompensa digna de todos vuestros pasados servicios.

"No creáis que porque la guerra sea contra Roma, pese a su gran nombre, la victoria será igualmente difcil. Más de un enemigo despreciado ha librado una larga y costosa lucha; naciones y reyes de mucho renombre han sido batidos con poco esfuerzo. Porque, dejando a un lado la gloria que rodea el nombre de Roma, ¿en qué manera pueden aquí compararse a vosotros? Por no hablar de vuestros veinte años de campaña, ganándolo todo con vuestro valor, toda vuestra buena suerte, desde las Columnas de Hércules, desde las orillas del océano, desde los rincones más alejados de la terra, a través de los pueblos más belicosos de Hispania y la Galia, aquí habéis llegado como vencedores. El ejército contra el que combatiréis está formado por reclutas recién alistados que fueron batidos, conquistados y cercados por los galos este verano pasado [verano del 218 a.C.-N. del T.], desconocidos para su general que es un extraño para ellos. Yo, criado como estoy, casi nacido, en la tenda del pretorio de mi padre, un distinguido general; yo, que he subyugado Hispania y la Galia, que he conquistado no solo los pueblos alpinos sino, lo que es tarea aún mayor, a los propios Alpes, ¿me voy a comparar con este general por seis meses que ha abandonado su propio ejército y que si alguno tuviese que distinguir entre romanos y cartagineses, tras quitar los estandartes, estoy seguro que no sabría qué ejército mandaba como cónsul? No tengo en cuenta un pequeño asunto, soldados; que no hay un hombre entre vosotros ante quien yo no haya efectuado más de una hazaña militar o de quien yo, que soy testgo fehaciente de su valor, no pueda contar sus propias acciones decorosas y el momento y lugar en que las acometó. Yo fui vuestro alumno antes de ser vuestro jefe y entraré en batalla, rodeado por hombres a los que he elogiado y recompensado miles de veces, contra unos que nada saben de los otros y que son mutuos desconocidos.

[21.44] "Donde quiera que vuelva la mirada no veo más que valor y fortaleza; una infantería veterana, una caballería, con frenos o sin ellos [hispana, con freno de boca en los caballos; númida, sin ellos.-N. del T.], alistada entre los más nobles pueblos; a vosotros, nuestros más feles y bravos aliados [libios y libio-fenicios.-N. del T.]; a vosotros, cartagineses, que vais a combatir por nuestra patria, alentados por la más justa indignación. Nosotros tomamos la ofensiva, desplegamos nuestros estandartes sobre Italia, dispuestos a combatir con más valenta y menos temor que nuestro enemigo, pues quien ataca está animado con mayores esperanzar y mayor valor que quien afronta el ataque. Tenemos, además, el ánimo encendido por la injusticia y la humillación. Primero me exigieron a mí, vuestro general, como su víctima; luego insistó en que todos los que habían tomado parte en el asedio de Sagunto debe ser entregados; de haberos entregado, os habrían infigido las más refnadas torturas. Esa nación, tremendamente cruel y tránica, todo lo que reclama para sí, lo hace todo en función de su voluntad y placer; cree que tienen derecho a dictar con quién hacemos la guerra o la paz. Limitan y adjuntar en el plazo de las montañas y los ríos como límites, pero no respetar los límites que ellos mismos han fjado. 'No cruces el Ebro, no te relaciones con los saguntinos'. ¡Pero Sagunto no está en el Ebro!. 'No debéis ir a ninguna parte'. ¿Es cosa de poca monta que me hayáis arrebatado mis más antiguas provincias, Sicilia y Cerdeña? ¿Cruzaréis también a Hispania, y si me retro de allí, cruzaréis a África? ¿Qué digo cruzaréis? Ya habéis cruzado. Han mandado los dos cónsules de este año, uno a África y el otro a Hispania. Nada nos queda en parte alguna salvo lo que consigamos por la fuerza de las armas. Se pueden permitr ser cobardes y pusilánimes quienes tienen dónde regresar, a quienes su propio territorio y sus propios campos les recibirán tras huir por sus pacífcas y seguras carreteras; vosotros, por necesidad, debéis ser hombres valientes, tenéis que resolver con desesperación entre la victoria o la muerte y estáis obligados a conquistar o, si torna la Fortuna, a enfrentar la muerte en la batalla antes que en la huida. Si os habéis hecho a la idea de todo esto, os digo otra vez que venceréis; no han puesto los dioses inmortales arma más aflada en manos de los hombres que el desprecio por la muerte".

[21.45] Tras haber animado el espíritu de lucha de ambos ejércitos con estas arengas, los romanos lanzaron un puente sobre el Tesino y construyeron un fortin para defenderlo. Mientras estaban ocupados en esto, los cartagineses enviaron a Maharbal con una fuerza de quinientos caballos del fanco númida para asolar las tierras de los aliados de Roma, pero con órdenes de respetar las de los galos y ganarse a sus jefes para su bando. Cuando el puente se terminó, el ejército romano cruzó al territorio de los ínsubros y tomó una posición a cinco millas [7400 metros.-N. del T.] de Victumula, donde Aníbal tenía su campamento. Tan pronto vio que la batalla era inminente, se apresuró a llamar a Maharbal y sus tropas. Pensando que nunca sería bastante cuanto animase y alentase a sus soldados, ordenó una asamblea y ante todo el ejército ofreció seguras recompensas por cuya obtención luchasen. Les dijo que les daría tierras donde quisieran, en Italia, África o Hispania, que quedarían libres de todo impuesto quienes las aceptaran y sus hijos; si alguno prefería dinero a las tierras, satsfaría sus deseos; si algún aliado quería converitrse en ciudadano cartaginés, él se lo otorgaría; si alguno prefería volver a su hogar, procuraría que sus circunstancias fueran tales que nunca desease cambiarse por ninguno de sus compatriotas. Incluso prometó la libertad a los esclavos que siguieran a sus amos; y a los amos, por cada esclavo liberado, dos más en concepto de indemnización. Para convencerlos de su determinación para llevar a cabo estas promesas, tomó un cordero con la mano izquierda y un cuchillo de pedernal en la derecha y oró a Júpiter y a los demás dioses, diciendo que si él rompía su palabra le matasen a él como él iba a matar a aquel cordero. A continuación, aplastó la cabeza del animal con el pedernal. Todos sinteron entonces que los dioses garantzaban el cumplimiento de sus esperanzas, y miró el retraso en llevarles a la acción como un retraso a la hora de cumplir sus deseos; con una sola mente y una sola voz clamaron ser llevados a la batalla.

[21.46] Los romanos estaban muy lejos de mostrar tal ardor. Entre otros motivos de inquietud, se habían producido últimamente ciertos prodigios. Un lobo había entrado en el campamento y mutlado a cuantos se cruzaron con él, después escapó ileso. Un enjambre de abejas, también, se posó en un árbol que dominaba la tenda del pretorio. Tras haber efectuado las preceptivas expiaciones, Escipión salió con una fuerza de caballería y hombres armados a la ligera con jabalinas [iaculatoribus en el original latino; otras traducciones se refieren a ellos como arqueros ligeros; nosotros preferimos nuestra traducción porque, más adelante en este mismo párrafo, Livio nos presenta a esos hombres como infantes combatiendo mezclados con caballería, costumbre nada extraña en la época ni aún después, pero que se compadece más con el uso de jabalinas arrojadizas que no con el engorro del arco y las fechas en plena confusión.-N. del T.] hacia el campamento enemigo para tener una visión más cercana y determinar el número y naturaleza de sus fuerzas. Se encontró con Aníbal, que también avanzaba con su caballería para explorar la zona. Ningún grupo, al principio, vio al otro; la primera indicación de una aproximación hostl vino dada por la inusualmente densa nube de polvo levantada por las pisadas de tantos hombres y caballos. Cada parte se detuvo y se dispuso al combate. Escipión colocó a los lanzadores de jabalinas y a la caballería gala al frente, la caballería romana y la caballería pesada de los aliados quedaron como reserva. Aníbal formó su centro con su caballería con frenos y puso a los númidas en los flancos. Apenas se hubo lanzado el grito de guerra ante los lanzadores de jabalina, estos se retraron a segunda línea entre las reservas. Durante algún tiempo la caballería mantuvo una lucha equilibrada, pero al mezclarse los infantes con los jinetes los caballos se volvieron ingobernables; muchos fueron arrojados o desmontaban donde veían a sus camaradas en peligro, hasta que toda la batalla se libró, prácticamente, a pie. A continuación, los númidas de los flancos dieron un rodeo y aparecieron a retaguardia de los romanos, produciendo desconcierto y creando el pánico entre ellos. Para empeorar las cosas, el cónsul fue herido y corrió peligro; fue rescatado por la intervención de su hijo adolescente. Este era el joven que después ganó la gloria de poner término a esta guerra y se ganó el sobrenombre de "Africano" por su espléndida victoria sobre Aníbal y los cartagineses. Los lanzadores de jabalina fueron los primeros en ser atacados por los númidas y huyeron en desorden; el resto de las fuerza, con la caballería cerrada en torno al cónsul, protegiéndolo tanto con sus personas como con sus armas, se retraron en orden al campamento. Celio asigna el honor de salvar al cónsul a un esclavo de Liguria, pero yo prefero creer que fue su hijo; esto es lo que afrma la mayoría de los autores y lo que acepta generalmente la tradición.

[21.47] Esta fue la primera batalla contra Aníbal [la batalla del Tesino o del Ticino, como aparece en el texto latino, acontecida en noviembre de 218 a.C. y a la que seguirían, en territorio italiano, las de Trebia, Trasimeno y el desastre de Cannas, como veremos.-N. del T.], y el resultado dejó bien claro que el cartaginés era superior en caballería y que, por lo tanto, las llanuras que se extenden desde el Po a los Alpes no eran un campo de batalla propicio para los romanos. A la noche siguiente, por lo tanto, los soldados recibieron la orden de recoger su impedimenta en silencio, el ejército se alejó de Tesino y se dirigió rápidamente al Po, que cruzaron por el puente de barcas que todavía estaba intacto, en perfecto orden y sin ser molestados por el enemigo. Llegaron a Plasencia antes de que Aníbal supiese con certeza que habían dejado el Tesino; sin embargo, logró capturar a unos seiscientos que estaban en su orilla del Po, desmontando lentamente el extremo del puente. No pudo utlizar el puente para cruzar, ya que los extremos se habían desatado y todo el conjunto flotaba río abajo. Según Celio, Magón, con la caballería y la infantería española, cruzó enseguida el río, mientras que el propio Aníbal llevaba su ejército río arriba, donde era vadeable y puso a los elefantes en fla de orilla a orilla para romper la fuerza de la corriente. Los que conozcan el río difcilmente creerán esto, pues es muy improbable que la caballería pudiera haber resistido la violencia de la corriente sin daño para sus monturas y armas, aún suponiendo que los hispanos hubiesen cruzado sobre sus odres hinchados; y habría requerido una marcha de muchos días el encontrar un vado en el Po por el que un ejército cargado con sus bagajes hubiese podido cruzar. Concedo yo más autoridad a aquellos autores que dicen que les llevó al menos dos días encontrar un lugar por donde poder tender un puente sobre el río, y que fue por allí por donde cruzó la caballería de Magón y la infantería ligera hispana. Mientras que Aníbal esperaba cerca del río para conceder audiencia a las embajadas de los galos, mandó cruzar a su infantería pesada y durante este intervalo Magón y su caballería avanzaron hasta un día de marcha del río en dirección del enemigo, en Plasencia. A los pocos días, Aníbal se atrincheró en una posición a seis millas [8.880 metros.-N. del T.] de Plasencia, y al día siguiente sacó a su ejército en orden de batalla a la vista del enemigo y le presentó oportunidad de luchar.

[21.48] La noche siguiente, las fuerzas auxiliares galas hicieron una matanza en el campamento romano; realmente, fue más grave por el alboroto que por la pérdida de vidas. Unos dos mil soldados de infantería y doscientos jinetes masacraron a los centinelas y desertaron con Aníbal. Los cartagineses les recibieron amablemente y los enviaron a sus casas con la promesa de grandes recompensas y se ganaban las simpatas de sus compatriotas en su nombre. Escipión vio en este ultraje una señal de revuelta para todos los galos, quienes, contagiados por la locura de este crimen, correrían de inmediato a las armas; y aunque sufriendo gravemente por su herida, abandonó su posición a la cuarta guardia de la noche siguiente, marchando su ejército en perfecto silencio y trasladó su campamento cerca del Trebia, en un terreno más elevado donde las colinas resultaban impracticables para la caballería. Tuvo menos éxito tratando de ocultar su maniobra al enemigo del que tuvo en el Tesino; Aníbal envió primero a los númidas y después a toda su caballería en persecución, pudiendo por lo menos haber provocado un desastre entre la retaguardia de la columna si los númidas, llevados por su ansia de botín, no se hubieran vuelto hacia el abandonado campamento romano. Mientras perdían el tiempo husmeando por cada rincón del campamento, sin encontrar nada que valiese la pena, el enemigo se escapó de sus manos y para cuando llevaron a la vista de los romanos, ellos ya habían cruzado el Trebia y mensuraban el terreno de su campamento. Solo murieron algunos rezagados a los que capturaron a su lado del río. No pudiendo soportar por más tiempo las molestas de la herida, agravada por la marcha, y pensando también que debía esperar a su colega (pues ya se había enterado de que lo habían hecho llamar desde Sicilia), Escipión escogió la que parecía la posición más segura cerca del río y plantó un campamento permanente. Aníbal había acampado no lejos de allí y, a pesar de su euforia por su exitosa acción de caballería, senta una considerable inquietud porque la falta de suministros, debida a que al marchar por territorio hostl no había almacenes donde proveerse, se agravaba día tras día. Envió un destacamento a la ciudad de Casteggio [la antigua Clastidium.-N. del T.] donde los romanos habían acumulado grandes cantdades de grano. Mientras se disponían a atacar la plaza, concibieron esperanzas de conseguir su entrega. Dasio, un brindisino, era el jefe de la guarnición, y fue inducido mediante un moderado soborno de cuatrocientas piezas de oro para que entregase Casteggio a Aníbal. El lugar fue el granero de los cartagineses mientras estuvieron en el Trebia. No se produjo ninguna crueldad contra la guarnición, pues Aníbal desde el principio ansiaba ganarse reputación de clemente.

[21,49]. La guerra en el Trebia había llegado, de momento llegar a un punto muerto, pero en torno a Sicilia, y a las islas en la franja italiana, estaban teniendo lugar acciones terrestres y navales bajo el mando de Sempronio y aún antes de su llegada. Los cartagineses habían enviado veinte quinquerremes con un millar de soldados a bordo para asolar las costas de Italia; nueve a Lípari y ocho a la isla de Vulcano [isla al sur del archipiélago de Lípari, cuyo antiguo nombre era Liparas.-N. del T.], pero tres derivaron con las corrientes hasta el estrecho de Mesina [Messana en el original latino.-N. del T.]. Estos fueron divisadas desde Mesina, e Hierón, rey de Siracusa, que estaba por entonces esperando al cónsul, envió doce naves contra ellas, que fueron capturadas sin oposición y llevadas al puerto de Mesina. Se supo por los prisioneros que, además de la flota de veinte barcos a la que pertenecían, enviada contra Sicilia, estaban también de camino a Italia otras treinta y cinco quinquerremes cuyo objetivo era provocar a los antiguos aliados de Cartago. Su principal inquietud era asegurarse Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.], y los prisioneros opinaban que la tormenta que les había separado del resto había impulsado también a la flota hasta las islas Égates. El rey comunicó esta información tal como la había recibido a Marco Emilio, el pretor, cuya provincia era Sicilia, y le aconsejó poner una fuerte guarnición en Lilibeo. El pretor envió enseguida sus generales y tribunos militares a los estados vecinos para hacerse cargo de la defensa. Lilibeo, especialmente, se dedicó completamente a los preparativos para la guerra; se dieron órdenes para que los marineros llevasen a bordo raciones para diez días, de modo que no hubiera retraso en hacerse a la vela cuando se diera la señal; se enviaron hombres a lo largo de la costa para vigilar la llegada de la flota enemiga. Así sucedió que, aunque los cartagineses habían disminuido a propósito la velocidad de sus barcos para llegar a Lilibeo antes del amanecer, fueron divisados en el horizonte debido a la existencia de luna toda la noche y también porque venían con sus velas desplegadas. Al instante se dio la señal por los vigías; en la ciudad sonó el grito de "¡A las armas!" y se tripularon los barcos. Algunos de los soldados estaban en las murallas y vigilando las puertas, otros estaban a bordo de los barcos. Como los cartagineses vieran que las cosas no sucederían contra gentes sin precaver, permanecieron fuera del puerto hasta el amanecer y pasaron el tiempo quitando sus velas y disponiéndose para la acción. Cuando se hizo la luz se hicieron a la mar para disponer de espacio sufciente en el combate y para que los barcos del enemigo se sinteran libres para salir del puerto. Los romanos no rehusaron la batalla, envalentonados como estaban por el recuerdo de sus anteriores combates en aquel mismo lugar y llenos de confanza en el número y valor de sus hombres.

[21.50] Cuando hubieron salido a mar abierto, los romanos estaban ansiosos por llegar al cuerpo a cuerpo; los cartagineses, por otra parte, trataban de evitar esto y vencer maniobrando más que mediante el ataque directo; preferían que fuese más una batalla de naves que de soldados. Y es que su flota estaba ampliamente dotada de marineros, pero con escasez de soldados, y siempre que un barco se colocaba banda a banda con otro enemigo, en modo alguno sus hombres armados podían igualar el combate. Cuando esto se hizo de conocimiento general, los ánimos de los romanos se levantaron al darse cuenta de cuántos de sus soldados iban a bordo, mientras que los cartagineses se descorazonaban al ver cuán pocos tenían. Siete de sus barcos fueron capturados en muy poco tiempo, el resto huyó. En los siete barcos había mil setecientos soldados y marineros, entre ellos tres miembros de la nobleza cartaginesa. La flota romana regresó sin daños a puerto, con excepción de uno que había sido embestido, pero incluso esta pudo regresar. Inmediatamente después de esta batalla, Tiberio Sempronio, el cónsul, llegó a Mesina antes de que los de la ciudad hubieran oído hablar del combate. El rey Hierón fue a su encuentro a la entrada del Estrecho, con su flota totalmente equipada y armada, y subió a bordo de la nave del cónsul para felicitarlo por haber llegado a salvo seguridad con su flota y su ejército, y para desearle un pasaje próspero y feliz a Sicilia. Describió a continuación las características de la isla y los movimientos de los cartagineses, prometendo ayudar ahora a los romanos, en su ancianidad, con la misma disposición que había mostrado en su juventud, durante la guerra anterior [tenía por entonces Hierón alrededor de 88 años.-N. del T.]; suministraría grats, a los soldados y marineros, grano y ropas. También le dijo al cónsul que Lilibeo y las ciudades de la costa estaban en gran peligro, con algunas ansiosas por rebelarse. El cónsul vio que no debía demorar en absoluto el darse a la vela hacia Lilibeo; partió de inmediato y el rey le acompañó con su flota.

[21.51] En Lilibeo, Hierón y su flota se despidieron de él y el cónsul, después de dejar al pretor para supervisar la defensa de la costa de Sicilia, pasó a Malta [Melita en el original latino.-N. del T.], que estaba en manos de los cartagineses. Amílcar, hijo de Giscón, quien estaba al mando de la guarnición, entregó la isla y sus hombres, un poco menos de dos mil soldados. Unos días más tarde regresó a Lilibeo, y los prisioneros, con la excepción de los tres nobles, fueron vendidos en subasta. Habiendo quedado satsfecho al asegurar aquella parte de Sicilia, el cónsul navegó hasta la isla Vulcano, pues se enteró de que la flota cartaginesa estaba anclada allí. Sin embargo, no encontró al enemigo en la vecindad, pues habían partido hacia Italia para saquear la franja costera y tras arrasar el territorio de Vibo Valenta amenazaban la ciudad. Mientras regresaba a Sicilia llegaron las nuevas de aquellas correrías al cónsul y, al mismo tiempo, le fue entregado un despacho del Senado informándole de la presencia de Aníbal en Italia y ordenándole que fuera en ayuda de su colega tan pronto como fuera posible. Con todas estos motivos de preocupación pesando sobre él, el cónsul embarcó enseguida su ejército y lo envió hacia Rímini [Ariminum en el original latino.-N. del T.], en el Adriátco. Equipó a Sexto Pomponio, su general, con veintcinco barcos de guerra y le confó la protección de la costa italiana y el territorio de Vibo Valenta; completó la flota de Marco Emilio, el pretor, con cincuenta barcos. Después disponer los asuntos de Sicilia, marchó a Italia con diez naves y llegó costeando a Rímini. Desde allí marchó con su propio ejército hasta el río Trebia y se reunió con su colega.

[21.52] El hecho de que ambos cónsules y todas las fuerzas disponibles que Roma poseía fueran llevadas ahora a oponerse a Aníbal, era una prueba bastante clara de que, o bien que aquella fuerza era sufciente para la defensa de Roma o que toda la esperanza en defenderla debía abandonarse. No obstante, uno de los cónsules, deprimido después de la derrota de su caballería además de por su herida, prefería más bien retrasar la batalla. El otro, cuyo valor no había sufrido ninguna merma y, por tanto, estaba más ansioso por combatir, se impacientaba con el retraso. El territorio entre el Trebia y el Po estaba habitado por galos que, ante esta lucha entre dos pueblos poderosos, mostraron buena voluntad e imparcialidad para con ambos, con objeto, sin duda, de ganarse la grattud del vencedor. Los romanos se daban por más que satsfechos si los galos permanecían tranquilos y neutrales, pero Aníbal estaba muy indignado, pues constantemente decía que él estaba allí invitado por los galos para lograr su libertad. Estos sentimientos de rencor y, al mismo tiempo, el deseo de enriquecer a sus soldados con el botín, le impulsaron a enviar dos mil soldados de infantería y mil de caballería, compuesta por galos y númidas, sobre todo por estos últimos, con órdenes de devastar todo el país, comarca tras comarca, hasta las mismas orillas del Po. Aunque los galos habían mantenido hasta entonces una actitud imparcial, se vieron obligados, en su necesidad, a volverse de quienes habían cometido aquellos atropellos hacia quienes esperaban que les hicieran justicia. Enviaron emisarios a los cónsules para pedir a los romanos que vinieran a rescatar una tierra que estaba sufriendo por haber sido su pueblo demasiado leal a Roma. Cornelio consideró que ni los hechos denunciados ni las circunstancias justfcaran ejercer ninguna acción. Sospechaba de aquella nación por sus muchos actos de traición, e incluso si se pudiera olvidar su pasada infidelidad por el paso del tiempo, él no olvidaría la reciente traición de los boyos. Sempronio, en cambio, era de la opinión de que el medio más efcaz para conservar la fidelidad de sus aliados consista en defender a los primeros que pidieran su ayuda. Como su colega aún dudaba, él envió a su propia caballería, con el apoyo de unos mil lanzadores de jabalina, para proteger el territorio de los galos al otro lado del Trebia. Atacaron al enemigo por sorpresa mientras estaba disperso y en desorden, la mayoría cargados de botín, y tras producir gran pánico e infigir severas pérdidas entre ellos, los pusieron en fuga hacia su campamento. Los fugitivos fueron obligados a volverse por sus camaradas, que salían en gran número del campamento, y así reforzados renovaron los combates. La batalla osciló conforme cada bando se retiraba o perseguía y, hasta la última acción, estuvo indecisa. El enemigo perdió más hombres, los romanos reclamaron la victoria.

[21.53] A nadie en todo el ejército pareció la victoria más importante o más decisiva que al propio cónsul. Lo que más le complació fue haber demostrado ser superior en aquella arma con la que su colega resultó derrotado. Vio que los ánimos de sus hombres estaban restaurados y que nadie, excepto su colega, deseaba retrasar la batalla; creía que Escipión estaba más enfermo de ánimo que de cuerpo y que el pensar en su herida le hacía rehuir los peligros del campo de batalla. "Pero no debemos contagiarnos con el letargo de un enfermo. ¿Qué se ganará con más retrasos, o más bien, con más pérdida de tiempo? ¿A quién esperamos, a un tercer cónsul; qué nuevo ejército buscamos? El campamento de los cartagineses está en Italia, casi a la vista de la Ciudad. Su objetivo no es Sicilia ni Cerdeña, que perdieron tras su derrota, ni la Hispania de esta parte del Ebro; su único objetivo es arrojar a los romanos fuera de su suelo ancestral, de la tierra en que nacieron. ¡Cuánto se lamentarían nuestros padres, acostumbrados como estaban a guerrear en torno a las murallas de Cartago, si pudieran vernos a nosotros, sus descendientes, con dos cónsules y dos ejércitos consulares, acobardados en nuestro campamento en el mismo corazón de Italia, mientras los cartagineses se apropian de su imperio entre los Alpes y los Apeninos!". Así hablaba, sentado junto a su colega incapacitado; este era el lenguaje que empleaba ante sus soldados, como si estuviese arengando a la Asamblea. Le empujaba, también, la proximidad del momento de las elecciones y el miedo de que la guerra, si se retrasaba, pasara a manos de los nuevos cónsules; también la oportunidad que tenía de monopolizar toda la gloria en ella mientras su colega estaba enfermo. A pesar, por tanto, de la oposición de Cornelio, ordenó a los soldados que se preparasen para la batalla que se avecinaba.

Aníbal vio claramente cuál era el mejor curso de acción del enemigo, y tenía muy pocas esperanzas de que ningún cónsul hiciera algo precipitado o imprudente. Sin embargo, cuando descubrió que lo que había escuchado previamente era realmente cierto, es decir, que uno de los cónsules era un hombre impetuoso y testarudo y que aún lo era más desde la reciente acción de caballería, le quedaron muy pocas dudas de que tenía una ocasión propicia para dar la batalla. Estaba ansioso por no perder un momento, para poder combatir mientras el ejército enemigo era aún novato y el mejor de los dos jefes romanos estaba incapacitado por su herida, y también mientras los galos mantenían su ánimo belicoso, pues sabía que la mayor parte de ellos le seguirían con tanto menos entusiasmo cuanto más lejos estuviesen de sus hogares. Estas y otras consideraciones parecidas lo llevaron a la esperanza de que la batalla fuera inminente, y le hizo querer forzar un enfrentamiento si los otros se retrasaban. Envió a algunos galos a espiar, pues los galos servían en ambos ejércitos y podía confar en ellos pasar averiguar lo que deseaba, y cuando le informaron que los romanos estaban dispuestos para el combate, el cartaginés empezó a buscar un lugar apropiado para tender una emboscada.

[21,54] Entre los dos ejércitos había una corriente con orillas muy altas cubiertas con hierbas pantanosas, zarzas y arbustos de los que generalmente se encuentran en terrenos baldíos. Tras cabalgar alrededor del lugar y quedar convencido por sí mismo de que podía ocultarse allí incluso la caballería, Aníbal, volviéndose a su hermano Magón, dijo: "Este será el lugar que ocuparás. Escoge de entre tu fuerzas de infantería y caballería a cien hombres de cada arma y tráelos ante mí en la primera guardia, ahora es tiempo de comer y descansar". Luego despidió a su personal. Magón hizo acto de presencia con sus doscientos hombres escogidos. "Yo veo aquí", dijo Aníbal, "la for de mi ejército, pero debéis ser fuertes tanto en número como en valor. Por lo tanto, cada uno de vosotros irá y escogerá otros nueve como él de entre los escuadrones y manípulos. Magón os mostrará el lugar donde permaneceréis emboscados; tenéis un enemigo ignorante de tales artes bélicos". Después de enviar a Magón con sus mil hombres de infantería y sus mil de caballería a ocupar su posición, Aníbal dio órdenes para que la caballería númida cruzase el Trebia al amanecer y cabalgase hasta las puertas del campamento romano; allí debían lanzar sus proyectiles sobre los puestos de vigilancia e incitar así al enemigo a la batalla. Cuando se hubiera iniciado la lucha, debían ir cediendo poco a poco terreno y conducir a sus perseguidores hasta su propia orilla del río. Estas eran las órdenes de los númidas; a los otros comandantes, tanto de infantería como de caballería, se les ordenó procurar que todos sus hombres desayunasen, tras lo cual debían esperar la señal, con los hombres completamente armados y los caballos ensillados y dispuestos. Ansioso de combatir y habiéndose hecho a la idea de combatir, Sempronio sacó toda su caballería para cubrir el ataque númida, pues tenía en su caballería la mayor de las confanzas; a esta le siguieron seis mil infantes y, por último, marcharon fuera de su campamento todas sus fuerzas restantes. Resultaban ser los días más cortos [o sea, alrededor del 20 o 21 de diciembre del 218 a.C.-N. del T.], una tormenta de nieve estaba en su apogeo y la comarca, situada entre los Alpes y los Apeninos, se había vuelto especialmente fría por la proximidad de ríos y pantanos. Para empeorar las cosas, hombres y caballos por igual habían sido enviados al frente a toda prisa, sin comida ni protección alguna contra el frío, por lo que no tenían calor en sus cuerpos y la brisa helada procedente del río hacía el frío aún más insoportable conforme se aproximaban en su persecución de los númidas. Pero cuando entraron en el agua, que se había hinchado por la lluvia de la noche y les llegaba a la altura del pecho, las extremidades se les quedaron ateridas de frío y al surgir por el otro lado apenas tenían fuerzas para sostener sus armas; empezaron a debilitarse por la fatga y, conforme avanzó el día, con el hambre.

[21,55] Los hombres de Aníbal, entre tanto, habían hecho fuegos ante sus tiendas, se había distribuido aceite entre los manípulos para que sus artculaciones siguieran fexibles y tuvieron tiempo de efectuar una abundante comida. Cuando se anunció que el enemigo había cruzado el río, tomaron sus armas, despiertos y activos de mente y cuerpo, y marcharon a la batalla. Los baleares y la infantería ligera se situaron delante de los estandartes; sumaban unos ocho mil; tras ellos la infantería pesada, el pilar y columna vertebral del ejército; en los flancos, Aníbal colocó diez mil jinetes y a los elefantes los distribuyó delante de las alas. Cuando el cónsul vio a su caballería, que había perdido el orden durante la persecución, encontrándose con una insospechada resistencia númida, dio señal para que la llamaran y la colocó rodeando a sus infantes. Había dieciocho mil romanos, veinte mil aliados latinos y una fuerza auxiliar de cenomanos, la única tribu gala que se había mantenido fel. Estas eran las fuerzas enfrentadas. Los baleares abrieron el combate, pero al encontrarse con la gran resistencia de las legiones, la infantería ligera se retró rápidamente a las alas, una maniobra que enseguida acrecentó los problemas de los jinetes romanos que, en número de cuatro mil y ya cansados, no fueron capaces de ofrecer una resistencia efectiva a los diez mil que estaban frescos y vigorosos, viéndose además desbordados por la nube de proyectiles lanzados por los baleares. Más aún, los elefantes, elevándose al extremo de la línea, aterrorizaban a los caballos no solo por su apariencia, sino por su olor desacostumbrado, y extendieron el pánico por doquier. La batalla de infantería, por lo que a los romanos concernía, se mantenía más por el valor que por la fortaleza fsica, pues los cartagineses, que poco antes habían comido y descansado, entraron en combate alimentados y frescos, mientras que los romanos estaban cansados, hambrientos y ateridos de frío. Aun así, su valor les habría sostenido si únicamente hubiesen estado combatendo contra la infantería. Sin embargo, los baleares, después de rechazar a la caballería, lanzaban sus proyectiles sobre los flancos de las legiones; los elefantes habían cargado ya contra el centro de la línea romana y Magón y sus númidas, saliendo de su emboscada, aparecieron en la retaguardia y crearon terrible desorden y pánico. Aun a despecho de todos los peligros que les rodeaban, las filas permanecieron firmes e inconmovibles durante algún tiempo, incluso, contra toda expectativa, frente a los elefantes. Algunos vélites [infantería ligera romana que se correspondía con aquellos ciudadanos más pobres que no poseían lo suficiente como para permitirse la panoplia completa del legionario pesado; estaba armada muy heterogéneamente: con jabalinas o con dardos, puñales o espadas, a veces con pequeños escudos y raramente con protección corporal.-N. del T.], que habían sido situados donde pudieran atacar a dichos animales, corrieron tras ellos y les agarraban de las colas, hincándoles los dardos donde su piel era más suave y fácilmente penetrable y haciéndoles retrarse.

[21.56] Enloquecidos por el dolor y el terror, estaban empezando a correr salvajemente entre sus propios hombres cuando Aníbal ordenó que los llevaran al ala izquierda, contra las auxiliares galos de la derecha romana. Allí causaron de inmediato un pánico inconfundible y la huida, así que los romanos tuvieron otro motivo más de alarma al ver a sus auxiliares derrotados. Estaban ahora luchando en círculo y cerca de diez mil de ellos, incapaces de escapar en cualquier otra dirección, se abrieron paso por el centro de las tropas africanas y los auxiliares galos que las apoyaban, e infigieron unas tremendas pérdidas al enemigo. El río les impedía regresar a su campamento y la lluvia no les dejaba juzgar dónde serían de más ayuda a sus camaradas, por ellos marcharon directamente a Plasencia. Por todas partes se trataba desesperadamente de escapar; algunos que lo intentaron por el río fueron arrastrados por la corriente o capturados por el enemigo al dudar en cruzar; otros, dispersos al huir por los campos, siguieron las huellas del grupo principal en retirada y llegaron a Plasencia; otros, temiendo más al enemigo que al río, lo cruzaron y llegaron hasta su campamento. El aguanieve y el insoportable frío provocaron la muerte de muchos hombres y animales de carga, pereciendo casi todos los elefantes. Los cartagineses abandonaron la persecución a orillas del Trebia y regresaron a su campamento tan entumecidos por el frío que casi no sentían alegría alguna por su victoria. Por la noche, los hombres que habían custodiado el campamento [romano] y el resto de los soldados, en su mayoría heridos, cruzaron el Trebia en balsas sin ninguna interferencia de los cartagineses, fuera porque el rugido de la tormenta les impidió oírles o porque, al no poder moverse por el cansancio y las heridas, fngieran no oír nada. Mientras los cartagineses descansaban, Escipión llevó su ejército hasta Plasencia y desde allí, atravesando el Po, hasta Cremona, para que una sola colonia no se viese abrumada con el suministro de los cuarteles de invierno de dos ejércitos.

[21.57] Tanto terror produjo esta derrota en la ciudad de Roma, que pensaban que el enemigo ya avanzaba para atacar la Ciudad y que no se podía esperar ayuda ni tener esperanza de rechazarlo de sus murallas y puertas. Tras haber sido batido un cónsul en el Tesino, se había llamado al otro desde Sicilia y ahora ambos cónsules y ambos ejércitos consulares habían sido derrotados. ¿Qué nuevos jefes, qué nuevas legiones podrían traerse al rescate? En medio de este terror generalizado, llegó Sempronio. Se había deslizado a través de la caballería enemiga, corriendo un gran riesgo, mientras estaba dispersa en busca de botín, y debió su escape más a la audacia que a la inteligencia, pues no tenía muchas esperanzas de evitarla o, de no lograrlo, de resistr. Después dirigir las elecciones, que era la necesidad urgente por el momento, regresó a sus cuarteles de invierno. Los cónsules electos fueron Cneo Servilio y Cayo Flaminio -217 a.C.-. Ni en sus cuarteles de invierno tuvieron los romanos mucha tranquilidad; por todas partes vagaba la caballería númida o, donde el terreno era demasiado duro para ella, los celtiberos y lusitanos. Tenían, por tanto, cortados los suministros por todos lados, excepto lo que eran traídos en barcos por el Po. Cerca de Plasencia había un mercado grande, cuidadosamente fortifcado y ocupado por una fuerte guarnición. Con la esperanza de capturar el lugar, Aníbal se acercó con la caballería y fuerzas ligeras, y confando principalmente en el secreto para tener éxito, se dirigió hasta allí por la noche. Pero no escapó a la observación de los centinelas, y tan fuerte fue el grito de alarma que, de hecho, se escuchó hasta en Plasencia. Al amanecer el cónsul estaba ya en el lugar con su caballería, habiendo dado órdenes para que las legiones de infantería le siguieran en orden de combate. Se libró una acción de caballería en la que Aníbal resultó herido y su retirada del cambo de batalla desconcertó al enemigo; la posición fue defendida admirablemente.

Después de tomar sólo unos días de descanso, antes de que la herida se curase bien, Aníbal procedió a atacar Victumula. Durante la guerra Gala este lugar había servido como mercado romano; posteriormente, como era una plaza fortifcada, se había asentado allí un considerable número de población mixta procedente de los territorios vecinos, y ahora el terror provocado por las constantes rapiñas había llevado a la mayoría de la gente del campo hasta la ciudad. Esta población heterogénea, excitada por la noticia de la enérgica defensa de Plasencia, tomó las armas y salió al encuentro de Aníbal. Más como una muchedumbre que como un ejército, se encontraron con él cuando marchaba; como una parte no era más que una multitud indisciplinada y la otra consista en un general y un ejército que confaban completamente uno en el otro, un pequeño destacamento derrotó a treinta y cinco mil hombres. Al día siguiente se rindieron y admiteron una guarnición cartaginesa dentro de sus murallas. Acababan de rendir sus armas, obedeciendo las órdenes, cuando se dieron de repente instrucciones a los vencedores para que tratasen la ciudad como si la hubiesen tomado al asalto; ningún hecho sangriento, que los historiadores suelen mencionar en tales ocasiones, fue dejado de perpetrar, tan terrible fue el ejemplo sentado de toda clase de lascivia y crueldad y cruel tranía hacia los infelices habitantes. Tales fueron las operaciones de invierno de Aníbal.

[21.58] Los soldados descansaron mientras duró el insoportable frío; no duró mucho, y a las primeras y dudosas señales de la primavera, Aníbal dejó sus cuarteles de invierno y fue hacia Etruria con intención de inducir a esa nación, como a los galos y los ligures, a unir sus fuerzas con él, voluntariamente o bajo amenaza. Durante su travesía de los Apeninos le alcanzó una tormenta de tal severidad que casi se superaron los horrores de los Alpes. La lluvia era impulsada por el viento directamente contra las caras de los hombres, y se detenían al tener que abandonar sus armas para luchar contra el temporal que les traba por el suelo. Luego se les cortaba la respiración y no podían respirar, por lo que se sentaban brevemente de espaldas al viento. Los cielos empezaron a reverberar con un rugido terrible y en medio del estruendo brillaban fuegos entre terribles relámpagos. Aquella visión les ensordeció y paralizó de terror. Por fn, como la fuerza del viento aumentase con la lluvia, vieron que tendrían que establecer el campamento en el lugar en que les había atrapado la tormenta. Ahora tenían que comenzar todos sus trabajos de nuevo, pues no podían desenrollar nada ni fjar nada [se refiere aquí Livio a las tiendas de campaña.-N. del T.]; donde quiera que las ataban, se soltaban, el viento las desgarraba en pedazos y se las llevaba [las tiendas de campaña de la época solían estar compuestas de piezas de pieles cosidas entre sí.-N. del T.]. Luego, al congelarse en lo alto de las montañas la humedad arrastrada por el viento, descargó tal granizada de nieve que los hombres, renunciando a cualquier otro intento de acampar, yacieron como mejor pudieron, más enterrados bajo sus cubiertas que protegidos por ellas. A esto le siguió un frío tan intenso que cuando alguno, hombre o besta, trataba de levantarse de tan miserable estado de postración, le llevaba mucho tiempo conseguirlo porque sus músculos, contraídos y rígidos por el frío, apenas les dejaban doblar sus extremidades. Por fn, ejercitando brazos y piernas, pudieron moverse un tanto y empezaron a reanimarse; aquí y allí se encendieron fogatas y aquellos que precisaban de menos ayuda auxiliaron a sus compañeros. Las fuerzas permanecieron bloqueadas en ese lugar durante dos días; muchos hombres y animales murieron; de los elefantes que sobrevivieron a la batalla del Trebia perdieron a siete.

[21.59] Después de descender de los Apeninos, Aníbal avanzó hacia Plasencia, y después de una marcha de diez millas [14.800 metros.-N. del T.] estableció su campamento. Al día siguiente marchó contra el enemigo con doce mil soldados de infantería y cinco mil de caballería. Para entonces, Sempronio había regresado de Roma y no rehusó la batalla. Distaban aquel día los dos campamentos entre sí tres millas [4.440 metros.-N. del T.]; combateron al día siguiente y ambos bandos mostraron el más decidido valor aunque la acción resultó indecisa. En el primer choque, los romanos fueron tan superiores que no solo se hicieron con el campo de batalla, sino que persiguieron al enemigo derrotado hasta su campamento y pronto lo estaban atacando. Aníbal situó unos cuantos hombres para defender la empalizada y las puertas, congregó al resto en el centro del campamento y les ordenó estar alertas y esperar la señal para efectuar una salida. Era ya casi la hora nona [las tres de la tarde.-N. del T.]; los romanos estaban agotados con sus infructuosos esfuerzos y no tenían esperanza de hacerse con el campamento, por lo que el cónsul dio la señal para retrarse. Tan pronto como Aníbal lo oyó y vio que la lucha había disminuido y que el enemigo se retiraba del campo de batalla, lanzó inmediatamente a su caballería por la derecha y por la izquierda y se encaminó personalmente con la fuerza principal de su infantería desde el centro de su campamento. Rara vez habrá habido una lucha más igualada, y pocas se habrían hecho más memorables por la destrucción mutua de ambos ejércitos, si la la luz del día se hubiese prolongado sufcientemente; tal como fueron las cosas, la noche puso fin a un combate sostenido con obstinado valor. Hubo más furia que derramamiento de sangre, y como se había luchado igualadamente en ambos lados, las pérdidas fueron también iguales. No más de seiscientos de infantería y la mitad de ese número de caballería cayeron por ambos bandos, pero la pérdida romana era desproporcionada con su número; resultaron muertos varios miembros del orden ecuestre y cinco tribunos militares, así como tres prefectos de los aliados. Inmediatamente después de la batalla, Aníbal se retró a la Liguria y Sempronio a Luca. Mientras Aníbal estaba entrando en Liguria, dos cuestores romanos que habían sido capturados en una emboscada, Cayo Fulvio y Lucio Lucrecio, junto a tres tribunos militares y cinco miembros del orden ecuestre, la mayoría de ellos hijos de senadores, fueron conducidos ante él por los galos para que se sintera más confado con su alianza y pacífca relación.

[21.60] Mientras tenían lugar estos sucesos en Italia, Cneo Cornelio Escipión, al que se había enviado con un ejército y una flota a Hispania, empezó sus operaciones en aquel país. Desde la desembocadura del Ródano, navegó rodeando el fnal occidental de los Pirineos y llegó hasta Ampurias [Emporiae, la antigua Emporión griega, en la actual provincia de Gerona, al noreste de España.-N. del T.]. Desembarcó aquí su ejército, y comenzando con los layetanos, atrajo a todos los pueblos marítimos, hasta el Ebro, a la esfera de infuencia romana mediante la renovación de las antiguas alianzas y la formalización de otras nuevas. Se ganó de esta manera una reputación de clemencia que se extendió no sólo entre las poblaciones marítimas, sino entre las tribus más guerreras y los montañeses vecinos de otros más salvajes. Estableció relaciones pacífcas con ellos y, todavía más, se aseguró un alianza militar y fueron alistadas de entre ellos algunas fuertes cohortes. El país del otro lado del Ebro era la provincia de Hanón, a quien Aníbal había dejado para mantenerla en poder de Cartago. Considerando que debía enfrentar los siguientes avances de Escipión antes de que toda la provincia estuviese bajo dominio romano, asentó su campamento a plena vista del enemigo y presentó batalla. El romano también creía que la batalla no debía ser retrasada; sabía que tendría que luchar tanto contra Hanón como contra Asdrúbal, y prefería hacerlo contra cada uno de ellos por separado en vez de contra ambos a la vez. No resultó ser una gran batalla. El enemigo perdió seis mil hombres; a dos mil, además de los que custodiaban el campamento, se les hizo prisioneros; el mismo campamento fue tomado y se capturó a su general junto con algunos de sus ofciales; Cisis [Cissis o Cessis, ciudad próxima a Tarragona.-N. del T.], una ciudad fortifcada próxima al campamento, se atacó con éxito. El botín, sin embargo, al tratarse de un lugar pequeño, fue de poco valor y estuvo consttuido principalmente por las propiedades domésticas de los bárbaros y algunos esclavos sin valor. El campamento, sin embargo, enriqueció a los soldados no solo con las pertenencias del ejército al que habían derrotado, sino también con las del ejército que servía con Aníbal en Italia. Habían dejado casi todas sus posesiones valiosas al otro lado de los Pirineos, pues no podrían llevar cargas pesadas.

[21.61] Antes de haber recibido noticia defnitiva de esta derrota, Asdrúbal había cruzado el Ebro con ocho mil soldados de infantería y mil de caballería, con la esperanza de enfrentar a los recién llegados romanos; pero tras saber del desastre de Cisis y la captura del campamento, desvió su ruta hacia el mar. No muy lejos de Tarragona [Tarraco en el original latino.-N. del T.] se encontró con los soldados de nuestras naves y los marineros aliados, dispersos por los campos, con el habitual descuido que provoca la victoria. Envío su caballería en todas direcciones contra ellos, hizo una gran masacre y les obligó a regresar atropelladamente a sus barcos. Temiendo permanecer más tiempo en la zona para no ser sorprendido por Escipión, se retró cruzando el Ebro. Al tener noticias de este nuevo enemigo, Escipión descendió a marchas forzadas, y tras castgar sumariamente a varios de los prefectos de las naves, volvió por mar a Ampurias dejando una pequeña guarnición en Tarragona. Apenas se había marchado cuando Asdrúbal apareció en escena e instgó a los ilergetes, que habían entregado rehenes a Escipión, a rebelarse, y en unión de los guerreros de aquella tribu asoló los territorios de las que permanecieron leales a Roma. Esto sacó a Escipión de sus cuarteles de invierno, ante lo que Asdrúbal desapareció nuevamente más allá del Ebro y Escipión invadió con sus fuerzas el territorio de los ilergetes después que el instgador de la revuelta se hubiera abandonado a su suerte. Los llevó a todos en Atanagro [Atanagrum en el original latino, posiblemente próxima a Lérida.-N. del T.], su capital, que procedió a asediar y que pocos días más tarde recibió bajo la protección y jurisdicción de Roma, tras exigir un aumento en el número de rehenes e imponerles una fuerte multa. Desde allí avanzó contra los ausetanos, que vivían cerca del Ebro y también eran aliados de los cartagineses, y asedió su ciudad. Los lacetanos, que llevaban ayuda a sus vecinos durante la noche, sufrieron una emboscada no lejos de la ciudad a la que trataban de entrar. Fueron muertos más de doce mil, casi todos los supervivientes arrojaron sus armas y huyeron a sus hogares en grupos dispersos por todo el país. Lo único que salvó a la ciudad asediada del asalto y el saqueo fue la severidad del clima. Durante los treinta días que duró el asedio, la nieve raramente bajó de los cuatro pies [1184 mm.-N. del T] de profundidad, cubriendo los plúteos [cajas sobre ruedas bajo las que se protegían los soldados que se aproximaban a las murallas; por extensión y genéricamente, toda clase de protecciones destinadas a cobijar un grupo de soldados.-N. del T.] y manteletes tan completamente que incluso sirvieron como protección sufciente contra los fuegos que descargaba, de tanto en tanto, el enemigo. Por fn, después que su jefe, Amusico, hubiera escapado a los cuarteles de Asdrúbal, se rindieron y acordaron pagar una indemnización de veinte talentos de plata [si Tito Livio emplea aquí el talento romano de 32,3 kilos, la multa equivaldría a 646 kilos de plata; de referirse al talento ático o eubeo, que se usó durante el siglo III a.C. en los tratados entre Roma y Cartago, consistirían en 540 kilos de plata.-N. del T.]. El ejército regresó a sus cuarteles de invierno en Tarragona.

[21.62] Durante aquel invierno acontecieron muchos portentos en Roma y sus proximidades; o, en cualquier caso, se informó de muchos y fácilmente ganaron credibilidad, pues una vez que las mentes de los hombres se excitan con temores superstciosos se creen tales cosas fácilmente. Se cuenta que un niño de seis meses de edad, de padres nacidos libres, gritó: "¡Yo Triunfo!" en el mercado de hortalizas; se cuenta que un buey, en el Foro Boario, subió por sí mismo al tercer piso de una casa y luego, atemorizado por la ruidosa multitud que se había juntado, se lanzó hacia abajo. Se vio una nave fantasma navegando por el cielo; el templo de la Esperanza, en el mercado de hortalizas, fue alcanzado por un rayo; en Lanuvio, la lanza de Juno se movió por sí misma y un cuervo descendió sobre su templo y se sentó en una almohada; en territorio amiterno, fueron vistos seres de forma humana y vestidos de blanco, pero nadie se les acercó; en los alrededores del Piceno hubo una lluvia de piedras; en Cerveteri se partieron en pedazos las tablillas oraculares; en la Galia, un lobo arrebató a un centinela su espada con la vaina y huyó con ellas. En cuanto a los demás portentos, se ordenó a los decenviros que consultasen los Libros Sagrados, pero en el caso de la lluvia de piedras en el Piceno se decretó una novena, a cuyo término casi toda la comunidad se encargaría de expiar los restantes prodigios. En primer lugar se purifcó la Ciudad y se sacrifcaron víctimas mayores [¿quizás una suovetaurilia?.-N. del T.] a las deidades mencionadas por los Libros Sagrados; se llevó una ofrenda de cuarenta libras de oro a Juno [para esta época, ya había cambiado el peso de la libra hasta los 327 gramos; por lo tanto, la ofrenda citada pesó 13,08 kilos.-N. del T.], en Lanuvio, y las matronas dedicaron una estatua de bronce a esa diosa en el Aventino. En Cerveteri, donde se habían partido las tablillas, se ordenó un lectsternio [ver Libro 5,13.-N. del T.] y se ofreció un servicio de intercesión a la Fortuna en el Algido. También en Roma se ordenó un lectsternio en honor de la Juventud y una rogativa personal de cada cual en el templo de Hércules, y luego otra en que toda la población partcipó en todos los santuarios. Cinco víctimas mayores fueron sacrifcadas al Genio de Roma y a Cayo Atilio Serrano, el pretor, se ordenó que se encargase de llevar a cabo ciertos votos para que la república permaneciese en el mismo estado durante diez años. Estos ritos y votos, ordenados en cumplimiento de lo contenido en los Libros Sagrados, hicieron mucho para disipar los temores religiosos del pueblo.

[21.63] Uno de los cónsules electos era Cayo Flaminio, y a él le tocó el mando de las legiones en Plasencia. Escribió al cónsul para dar órdenes de que el ejército estuviese acampado en Rímini el 15 de marzo [del 217 a.C.-N. del T.]. La razón era que él podría tomar posesión de su cargo allí, pues no había olvidado sus viejas rencillas con el Senado, primero como tribuno de la plebe y después respecto a su consulado, cuya elección había sido declarada ilegal, y, fnalmente, sobre su triunfo. Había puesto, además, al Senado en su contra a causa de su apoyo a Cayo Claudio; solo él de entre todos los miembros estuvo a favor de la medida que había introducido aquel tribuno. Según sus términos, a ningún senador, ni a nadie cuyo padre hubiera sido senador, se le permita poseer un buque de más de 300 ánforas de carga[el ánfora tenía una capacidad de carga de 26,196 litros.-N. del T.]. Esto se consideraba lo bastante grande como para transportar el producto de sus fncas, pues cualquier benefcio obtenido mediante el comercio se consideraba deshonroso para los patricios. La cuestón excitó la más viva oposición y atrajo sobre Flaminio el peor de los odios posibles de la nobleza por su apoyo a aquella, pero por otra parte le hizo popular y le convirtó en un favorito del pueblo, procurándole su segundo consulado. Sospechando, por tanto, que tratarían de retenerlo en la Ciudad por medios diversos como falsifcar los auspicios o retrasándole porque se le necesitase en el Festival latino, o cualesquiera otros pretextos de asuntos responsabilidad del cónsul, hizo saber que debía emprender viaje y luego abandonó secretamente la Ciudad como individuo particular y así llegó a su provincia. Cuando esto se supo, hubo un nuevo estallido de indignación por parte del encolerizado Senado; declararon que llevaba su guerra no solo contra el Senado, sino incluso contra los dioses inmortales. "La vez anterior," dijeron, "cuando fue elegido cónsul en contra de los auspicios y se le ordenó regresar del mismo campo de batalla, desobedeció tanto a los dioses como a los hombres. Ahora él es consciente de haberlos despreciado y ha huido del Capitolio y de la acostumbrada declamación de los solemnes votos. Se niega a acudir al templo de Júpiter Óptimo Máximo el día de su toma de posesión, de acudir y consultar al Senado, al que era odioso y que solo a él detestaba, a proclamar el Festival latino y ofrendar el sacrifcio a Júpiter Laciar en el Monte Albano, a seguir hasta el Capitolio, tras tomar debidamente los auspicios, y recitar los votos prescritos, y desde allí, vestido con el paludamento y escoltado por los lictores, marchar a su provincia. Se había marchado furtivamente sin su insignia del cargo, sin sus lictores, como si fuese cualquier empleado del campamento y hubiese abandonado su tierra natal para ir al exilio. Creía, en verdad, que estaba más en consonancia con la majestad de su cargo tomar posesión del mismo en Rímini que en Roma, y vestr sus vestduras ofciales en cualquier posada del camino que en el mismo corazón y en presencia de sus propios dioses patrios". Se decidió por unanimidad que había que hacerle volver, traído de vuelta a la fuerza si era preciso, y obligado a cumplir, en el acto, con todos los deberes que debía cumplir hacia los dioses y los hombres, antes de marchar hacia su ejército y su provincia. Quinto Terencio y Marco Antscio marcharon en embajada con este encargo, pero no infuyeron sobre él más de lo que lo hizo la carta del Senado en su anterior consulado. Pocos días después tomó posesión de la magistratura y mientras ofrecía su sacrifcio, el ternero, tras ser golpeado, se escapó de las manos de los sacrifcantes y salpicó a muchos de los espectadores con su sangre. Se produjo una confusión y gran dispersión entre quienes estaban alejados del altar y no sabían a qué se debía tan gran conmoción; mucha gente lo consideró como un presagio de lo más alarmante. Flaminio se hizo cargo de las dos legiones de Sempronio, el último cónsul, y de las dos de Cayo Atilio, el pretor, y comenzó su marcha hacia Etruria por los pasos de los Apeninos.

Fin del libro 21.

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Libro 22: El desastre de Cannas.

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[22.1] La primavera ya estaba llegando y Aníbal abandonó sus cuarteles de invierno. Su anterior intento de cruzar los Apeninos había sido frustrado por el insoportable frío y con gran peligro e inquietud siguieron allí. Los galos se le habían unido por la perspectiva de botín y despojos, pero cuando vieron que en vez de saquear el territorio de los demás pueblos era el suyo el que se había convertido en escenario de la guerra y tenía que aguantar la carga de aprovisionar los cuarteles de invierno de ambos bandos, verteron contra Aníbal su odio hacia los romanos. Sus jefes conspiraban con frecuencia contra su vida y debió su seguridad a la mutua desconfanza de los galos entre sí, pues traicionaban las conspiraciones contra él con el mismo espíritu de ligereza con que las concebían. Se protegía de sus intentos asumiendo diferentes disfraces, llevando unas veces vestidos distintos y otras poniéndose pelucas. Sin embargo, estos constantes sobresaltos fueron otro motivo más para salir antcipadamente de sus cuarteles de invierno. Más o menos al mismo tiempo, Cneo Servilio tomó posesión de su consulado en Roma, el 15 de marzo -217 a.C.-. Cuando hubo presentado ante el Senado la política que se proponía llevar a cabo, estalló nuevamente la indignación contra Cayo Flaminio. "Se han elegido dos cónsules, pero, de hecho, solo tenían uno. ¿Qué autoridad legítima tiene este hombre? ¿Qué sanción religiosa? Los magistrados solo adquieren estas sanciones en casa, en los altares del Estado y en los suyos privados, tras haber celebrado el Festival latino, ofrecido el sacrifcio en el Monte Albano y haber recitado adecuadamente los votos en el Capitolio. Estas sanciones no podían ser tomadas por un ciudadano particularmente ni, si había partido sin haberlas tomado, las podía obtener en toda su plenitud estando en tierra extranjera".

Para aumentar la general sensación de aprensión, se recibieron nuevas de los portentos ocurridos simultáneamente en varios lugares. En Sicilia, varios de los dardos de los soldados se cubrieron de llamas; en Cerdeña, le sucedió lo mismo a un caballero que, sobre la muralla, hacía su ronda de inspección de los centinelas; las costas se habían iluminado por numerosos incendios y dos escudos sudaron sangre; algunos soldados habían sido alcanzados por un rayo; se observó cómo menguaba el Sol; en Palestrina llovieron piedras ardientes del cielo; En Arpos [cerca de la actual Foggia.-N. del T.] se vieron escudos en el cielo y el Sol apareció luchando con la Luna; en Capena se vieron dos lunas durante el día; en Cerveteri las aguas corrieron mezcladas con sangre y hasta la fuente de Hércules borboteó con gotas de sangre en el agua; en Anzio, caían las espigas con sangre en los cestos de los segadores, en Civita Castellana [antigua Faleria.-N. del T.] el cielo pareció partrse como con una enorme brecha con una luz resplandeciente en ella; las tablillas oraculares encogieron y una cayó con esta inscripción: "MARTE AGITA SU LANZA"; al mismo tiempo, la estatua de Marte en la vía Apia y las imágenes de los Lobos sudaron sangre. Por último, en Capua se vio el cielo en llamas y a la Luna cayendo en medio de una lluvia torrencial. Entonces se dio crédito a portentos relativamente insignifcantes, tales como que las cabras de ciertas personas se cubrieran repentinamente de lana, que una gallina se convirtese en gallo y un gallo en gallina. Después de comunicar los detalles tal y como a él se los habían contado y de llevar ante el Senado a sus informadores, el cónsul consultó a la Curia sobre qué prácticas religiosos debían adoptarse. Se aprobó un decreto por el que, para evitar los males que estos augurios presagiaban, se deberían ofrecer sacrifcios, las víctimas habrían de ser tanto animales completamente desarrollados como lactantes y, además, se debían hacer rogativas especiales en todos los santuarios durante tres días. Todo lo demás que pudiera ser necesario se haría de acuerdo con las instrucciones de los decenviros, después que hubieran consultado los Libros Sagrados y comprobado la voluntad de los dioses. Por su consejo se decretó que la primera ofrenda se hiciera a Júpiter, en forma de un rayo de oro de cincuenta libras de peso [16,35 kilos de oro.-N. del T.], presentes de plata a Juno y Minerva y sacrifcios de víctimas mayores a la Reina Juno en el Aventino y a Juno Salvadora en Lanuvio; las matronas contribuirían, entre tanto, de acuerdo con sus medios y entregarían su presente a la Reina Juno en el Aventino. Se celebraría un lectsternio, e incluso los libertos habrían de contribuir en lo que pudieran para un presente al tiempo de Feronia [diosa de las fuentes y los bosques.-N. del T.]. Cuando se cumplieron estas disposiciones, los decenviros sacrifcaron víctimas mayores en el foro de Ardea y, fnalmente, a mitad de diciembre hubo un sacrifcio en el templo de Saturno; se ordenó un lectsternio para el que los senadores prepararon los lechos, y un banquete público. Durante un día y una noche, el grito de la Saturnalia resonó por toda la Ciudad y se ordenó al pueblo que guardara ese día como de festa y lo observara así para siempre.

[22,2] Mientras que el cónsul estaba ocupado en estas ceremonias propiciatorias así como con el alistamiento de las tropas, Aníbal levantó sus cuarteles de invierno. Al saber que el cónsul Flaminio había llegado a Arezzo, y pese a que se le había señalado un camino más largo, pero más seguro, escogió otro más corto que pasaba a través de las marismas del Arno, cuyo nivel por entonces estaba más alto de lo habitual. Ordenó a hispanos y africanos, el componente principal de los veteranos de su ejército, que fuesen por delante y que llevasen sus equipajes con ellos para que, en caso de parada, pudieran tener los suministros precisos; los galos debían seguirles formando el centro de la columna; la caballería marcharía la última y Magón y su caballería ligera númida cerrarían la columna, principalmente para mantener en su sito a los galos en caso de que faquearan o se detuvieran por la fatga y el esfuerzo de tan larga marcha, pues como nación eran incapaces de soportar tal clase de cosas. Los de delante seguían por donde indicaban los guías, a través de las profundas y casi sin fondo pozas de agua, y aunque prácticamente absorbidos por el fango que mitad vadeaban, mitad nadaban, fueron capaces de conservar sus filas. Los galos no podían ni recuperarse cuando resbalaban ni tenían, una vez caídos, la fuerza para luchar por salir de las pozas; con sus cuerpos desanimados y sus ánimos sin esperanza. Algunos arrastraban dolorosamente sus agotados miembros, otros abandonaban la lucha y morían entre los animales de carga que yacían por todas partes. Lo que más les molestaba era la falta de sueño, que sufrieron durante cuatro días y tres noches. Como todo estaba cubierto de agua y no había un lugar seco donde reposar sus cuerpos cansados, apilaban los equipajes en el agua y se tendían encima, mientras otros lograban algunos minutos de necesario descanso amontonando los animales de carga que por doquier permanecían fuera del agua. El mismo Aníbal, cuyos ojos se vieron afectados por el cambiante e inclemente clima primaveral, cabalgó sobre el único elefante sobreviviente para poder estar un poco más alto sobre el agua. Sin embargo, debido a la falta de sueño, la bruma nocturna y la malaria de los pantanos, sufrió pesadez de cabeza, y como no admitó en ningún momento ni lugar que le atendieran, perdió completamente la vista de un ojo.

[22,3] Después de perder a muchos hombres y bestias bajo estas terribles circunstancias, por fin consiguió salir de los pantanos y, tan pronto como pudo encontrar un terreno seco, plantó su campamento. Los grupos de exploradores que había enviado le informaron de que el ejército romano estaba en las proximidades de Arezzo. Su siguiente paso fue investgar tan cuidadosamente como podía todo lo que materialmente le era posible saber: cuál era el estado de ánimo del cónsul, qué planes tenía, cuáles eran las características del país y de sus carreteras, así como los recursos que ofrecía en cuanto a la obtención de suministros. Aquellas tierras eran unas de las más fértiles de Italia; las llanuras de Etruria, que se extenden desde Fiesole [la antigua Faesulae.-N. del T.] hasta Arezzo son ricas en grano, ganado vivo y toda clase de productos. El carácter autoritario del cónsul, que había ido empeorando desde su último consulado, le había hecho perder el respeto por sí mismo y hasta por los dioses, por no mencionar la majestad del Senado y las leyes, y este lado obstinado y prepotente de su carácter se vio agravado por los éxitos que había alcanzado tanto en casa como en campaña. Resultaba completamente evidente que no buscaría el consejo de dios ni de hombre, y que todo cuanto hiciera se haría de un modo impetuoso y terco. Para hacer más visibles estos defectos de su carácter, el cartaginés se dispuso a irritarle y molestarle. Dejó el campamento romano a su izquierda, y marchó en dirección a Fiesole para saquear los distritos centrales de Etruria. Ante la vista del cónsul produjo tanta destrucción como pudo, y desde el campamento romano veían cumplidamente el fuego y las masacres.

Flaminio no tenía intención alguna de estarse quieto, incluso aunque el enemigo lo hiciera, pero ahora que veía las propiedades de los aliados de Roma saqueadas y pilladas casi ante sus propios ojos, sintó que era una deshonra personal que un enemigo rondase a voluntad por Italia y avanzara para atacar Roma sin que nadie se lo impidiera. Todos los demás miembros del consejo de guerra estaban más a favor de una política segura que no de otra brillante; le instaron a esperar a su colega, a que uniesen sus fuerzas y actuasen de común acuerdo según un plan único y a que, mientras llegaba, controlase los salvajes saqueos del enemigo con la caballería y los auxiliares armados a la ligera. Enfurecido por estas sugerencias, salió del consejo y ordenó que las trompetas tocasen a generala mientras, al tiempo, exclamaba: "¡Que nos sentemos ante las murallas de Arezzo, porque aquí están nuestra patria y nuestros penates! ¡Que ahora que Aníbal se nos ha escapado de las manos y que está haciendo estragos en Italia, destrozando y quemándolo todo en su camino hasta llegar a Roma, quieren que nos quedemos aquí hasta que el Senado convoque a Cayo Flaminio desde Arezzo como antaño lo hizo con Camilo desde Veyes!" Durante este estallido, ordenó que los estandartes se pusieran en marcha a toda prisa y, al mismo tiempo, montó su caballo. Apenas lo había hecho, el animal tropezó y se cayó, arrojándolo sobre su cabeza. Todos los que estaban alrededor quedaron horrorizados por lo que consideraron un mal presagio al comienzo mismo de la campaña, y su alarma aumentó considerablemente al llegar al cónsul un mensaje diciendo que el estandarte no se podía mover por más que el signífero hiciera el mayor de los esfuerzos. Se volvió hacia el mensajero y le preguntó: "¿Traes también un despacho del Senado prohibiéndome salir en campaña? Ve y diles que lo saquen con picos si es que tienen las manos demasiado entumecidas por el miedo". A continuación, la columna inició su marcha. Los ofciales, además de oponerse absolutamente a sus planes, estaban atemorizados por el doble portento aunque la gran masa de soldados estaban encantados con el ánimo que mostraba su general; tenían confanza sin saber qué débiles eran los motivos para ello.

[22,4] Con el fin de exasperar aún más a su enemigo y hacerlo ansiar el de vengar las heridas infigidas a los aliados de Roma, Aníbal arrasó con todos los horrores de la guerra el territorio entre Cortona y el lago Trasimeno. Había llegado a una posición muy bien adaptada para una táctica de sorpresa, donde el lago llega cerca de las colinas de Cortona. Sólo había aquí una estrecha vía entre las colinas y el lago, como si se hubiese dejado aquel espacio a propósito para la emboscada. Más adelante hay una pequeña extensión de terreno llano rodeado de colinas, y fue aquí donde Aníbal puso su campamento, ocupado solo por sus africanos e hispanos con él mismo al mando. Los baleares y el resto de la infantería ligera fue llevada detrás de las colinas; dispuso a la caballería en la boca misma de un desfladero, apantallada por algunas colinas bajas, para que cuando los romanos hubieran entrado en él quedaran totalmente rodeados entre la caballería, el lago y las colinas. Flaminio llegó al lago al atardecer. A la mañana siguiente, todavía con poca luz, pasó por el desfladero sin enviar exploradores a comprobar el camino y, cuando la columna empezó a desplegarse conforme se ensanchaba el terreno llano, el único enemigo que vieron fue el que tenían al frente, el resto estaba oculto a su retaguardia y sobre sus cabezas. Cuando el cartaginés vio alcanzado su objetivo y tuvo a su enemigo encerrado entre el lago y las colinas, con sus fuerzas rodeándolo, dio la orden de ataque general y cargaron directamente hacia abajo, sobre el punto que tenían más cercano. Todo resultó aún más repentino e inesperado para los romanos al haberse levantado una niebla desde el lago, más densa en el llano que en las alturas; los grupos enemigos se podían ver bastante bien entre ellos y así les resultó más sencillo cargar todos al mismo tiempo. El grito de guerra se elevó alrededor de los romanos antes de que pudieran ver claramente de dónde venía o de darse cuenta de que estaban rodeados. Comenzaron los combates al frente y en los flancos antes de que pudieran formar en línea, disponer sus armas o desenvainar sus gladios.

[22.5] En medio del pánico general, el cónsul mostró toda la tranquilidad que se podía esperar, dadas las circunstancias. Las filas eran rotas al volverse cada hombre hacia las voces discordantes; los recompuso tan bien como permita el tiempo y el lugar, y dondequiera que se le veía u oía, animaba a sus hombres y les ordenaba aguantar y combatir. "No os abriréis paso con oraciones y súplicas a los dioses", les decía, "sino con vuestra fuerza y vuestro valor. Será la espada la que abra el camino por en medio del enemigo, y donde haya menos miedo habrá menos peligro". Pero era tal el alboroto y la confusión que ni los consejos ni las órdenes se escuchaban; y tan lejos estaban los soldados de conocer su puesto en las filas, su unidad o su estandarte, que apenas tuvieron presencia de ánimo bastante para agarrar sus armas y disponerse a usarlas, encontrándose algunos, al ser alcanzados por el enemigo, que eran más una carga que una protección. Con tan espesa niebla, los oídos eran de más utlidad que los ojos; los hombres volvían la mirada en todas direcciones al escuchar los gemidos de los heridos o los golpes en los escudos y las corazas, los gritos de triunfo se mezclaban con los gritos de terror. Algunos que intentaron huir se toparon con un denso cuerpo de combatentes y no pudieron ir más allá; otros que regresaban a la refriega fueron arrastrados por una avalancha de fugitivos. Por fn, cuando se hubo cargado inútlmente en todas direcciones y se vieron completamente rodeados por el lago y las colina de ambos lados y con el enemigo al frente y retaguardia, quedó claro para todos que su única esperanza de salvación estaba en su propia mano y en su propia espada. Luego, cada cual empezó a depender de sí mismo para guiarse y alentarse y comenzó una nueva batalla, no ordenada en sus tres líneas de príncipes, asteros y triarios [Aunque casi todas las traducciones mantienen el término hastati, o lo castellanizan en “hastados”, hemos preferido usar el término castellano correcto, pues el D.R.A.E., en su tercera acepción lo define como “soldado de la antigua milicia romana, que peleaba con asta”-N. del T.], donde se combate delante de los estandartes y con el resto del ejército detrás y donde cada soldado permanece con su propia legión, cohorte y manípulo. Las circunstancias les agrupaban, cada hombre formando al frente o a la retaguardia según le inclinase su valor; y tal fue el ardor de los combatentes, su voluntad de luchar, que ni un solo hombre en el campo de batalla se preocupó del terremoto que destruyó gran parte de muchas ciudades de Italia, alteró el curso de rápidas corrientes, llevó el mar dentro de los ríos y provocó enormes corrimientos de tierras entre las montañas.

[22,6] Durante casi tres horas, siguió el combate; en todas partes se sostenía una lucha desesperada, pero se enconó con la mayor fereza en torno al cónsul. Le seguía lo más selecto de su ejército, y dondequiera que les veía en apuros, o con difcultades, corría enseguida a ayudarles. Destacando por su armadura, era objeto de los más feros ataques del enemigo, que sus camaradas hacían todo lo posible por repeler, hasta que un jinete ínsubro, que conocía al cónsul de vista -su nombre era Ducario-gritó a sus compatriotas: "¡Aquí está el hombre que mató a nuestras legiones y devastó nuestra ciudad y nuestras tierras! ¡Lo ofrezco en sacrifcio a las sombras de mis compatriotas vilmente asesinados!". Picando espuelas a su caballo, cargó contra la densa masa enemiga y mató a un escudero que se interpuso en su camino cuando cargaba lanza en ristre, y luego hundió su lanza en el cónsul; pero los triarios protegieron el cuerpo con sus escudos y le impidieron despojarlo. Comenzó entonces una huida general, ni el lago ni la montaña detenían a los aterrorizados fugitivos, se precipitaban como ciegos sobre riscos y desfladeros, hombres y armas cayendo unos sobre otros en desorden. Muchos, al no encontrar vía de escape, entraron en el agua hasta los hombros; algunos, en su miedo salvaje, incluso trataron de escapar nadando, lo que era una tarea sin fin ni esperanza en aquel lago. Unos se desanimaban y se ahogaban, otros veían inútiles sus esfuerzos y ganaban con gran difcultad las aguas poco profundas del borde del lago, para ser destrozados en todas partes por la caballería enemiga que había entrado en el agua. Alrededor de seis mil hombres que habían formado la vanguardia de la línea de marcha se abrieron paso por entre el enemigo y dejaron el desfladero, completamente inconscientes de todo lo que había estado sucediendo detrás de ellos. Se detuvieron en cierto terreno elevado y escucharon los gritos y chocar de las armas por debajo, pero no fueron capaces, debido a la niebla, de ver o descubrir cuál fue la suerte del combate. Por último, cuando la batalla había terminado y el calor del sol hubo disipado la niebla, la montaña y llanura revelaron a plena luz la desastrosa derrota del ejército romano y mostraron muy a las claras que todo estaba perdido. Temiendo ser vistos en la distancia y que enviaran la caballería, a toda prisa tomaron sus estandartes y desaparecieron con la mayor rapidez posible. Maharbal los persiguió durante toda la noche con todas sus fuerzas montadas, y al día siguiente, como el hambre, además de sus demás miserias, les amenazaba, se rindieron a Maharbal a condición de que se les permitera escapar con una prenda de vestr cada uno. Aníbal mantuvo esta promesa con su fidelidad púnica y los encadenó a todos.

[22,7] Esta fue la famosa batalla del Trasimeno, y un desastre para Roma memorable como pocos han sido. Quince mil romanos murieron en acción; mil fugitivos se dispersaron por toda la Etruria y llegaron a la Ciudad por diversos caminos; dos mil quinientos enemigos murieron en combate y muchos, de ambos bandos, fallecieron después de sus heridas. Otros autores señalan para ambos bandos pérdidas muchas veces mayores, pero me niego a caer en las exageraciones a las que tan afcionados son algunos escritores y, lo que es más, me apoyo en la autoridad de Fabio, que vivió durante la guerra. Aníbal despidió sin rescate a los prisioneros pertenecientes a los aliados y encadenó a los romanos. Dio órdenes, a continuación, para que separasen los cuerpos de sus propios hombres de los montones de muertos y se les entierrase; se buscó también cuidadosamente el cuerpo de Flaminio para que recibiera honorable sepultura, pero no se encontró. Tan pronto como la noticia del desastre llegó a Roma la gente acudió al Foro en un estado de gran pánico y confusión. Las matronas vagaban por las calles, preguntando a quienes se encontraban qué nuevo desastre se había anunciado o qué noticias había del ejército. La multitud en el Foro, tan numerosa como una Asamblea llena de gente, acudió en masa hacia el Comicio y la Curia y llamó a los magistrados. Por fn, un poco antes del atardecer, Marco Pomponio, el pretor, anunció: "Hemos sido derrotados en una gran batalla". Aunque nada más concreto sacaron de él, el pueblo, con un mar de rumores que oían unos de otros, llevaron de vuelta a sus hogares la noticia de que el cónsul había resultado muerto con la mayor parte de su ejército; sólo unos pocos sobrevivieron y estos se habían dispersado en su huida por Etruria o habían sido hechos prisioneros por el enemigo.

Las desgracias caídas sobre el ejército derrotado no fueron tan numerosas como los miedos de aquellos cuyos familiares habían servido bajo Cayo Flaminio, ignorantes como estaban del destino de cada uno de sus amigos y sin saber qué esperar o qué temer. Al día siguiente, y varios días después, una gran multitud, compuesta más por mujeres que por hombres, se quedaba a las puertas esperando a alguno de sus conocidos o noticias de ellos, rodeando a los que se encontraban con inquietud y preguntas ansiosas y sin dejarlos marchar, especialmente a los que conocían, hasta que habían dado todos los detalles del primero al último. Luego, conforme se separaban de sus informantes, se podían ver las distintas expresiones de sus caras, según hubiese recibido cada cual buenas o malas notcias, y a los amigos felicitándoles o consolándoles al encaminarse hacia sus casas. Las mujeres mostraban especialmente su alegría y su dolor. Contaban que una que de repente se encontró a su hijo en las puertas, sano y salvo, expiró en sus brazos, y que otra, que recibió falsas noticias de la muerte de su hijo, se sentó en un sentido duelo en su casa y que tan pronto lo vio regresar murió en la mayor de las felicidades. Durante varios días los pretores mantuvieron al Senado en sesión de sol a sol, discuténdose bajo el mando de qué general o con qué fuerzas podrían ofrecer una resistencia efectiva a la victoria cartaginesa.

[22,8] Antes de que se hubiera concebido ningún plan defnitivo se anunció un nuevo desastre; cuatro mil de caballería, bajo el mando de Cayo Centenio, el propretor, habían sido enviados por el cónsul Servicio en auxilio de su colega. Cuando se enteraron de la batalla del Trasimeno entraron en la Umbría, y ahí fueron rodeados y capturados por Aníbal. La noticia de este suceso afectó a los hombres de maneras muy distintas. Algunos, cuyos pensamientos estaban ocupados con problemas más graves, consideraron esta pérdida de caballería como una cuestón ligera en comparación con las pérdidas anteriores; otros estimaban la importancia del incidente no por la magnitud de la pérdida, sino por su efecto moral. Al igual que una enfermedad ligera afecta más a una consttución débil que a otra robusta, así cualquier desgracia que se abatera sobre el Estado en su enferma y desordenada condición actual no debía medirse por su importancia objetiva, sino por su efecto sobre un Estado ya exhausto e incapaz de soportar nada que pueda agravar su condición. En consecuencia, los ciudadanos se refugiaron en un recurso del que durante mucho tiempo no se había hecho uso ni se había precisado, es decir, el nombramiento de un dictador. Como el único cónsul que podía nombrarlo estaba ausente y no era fácil enviar un mensajero o un despacho a través de Italia, pues estaba invadida por las armas de Cartago, y contrariando todos los precedentes, el pueblo reunido en Asamblea nombró un dictador e invistó a Quinto Fabio Máximo con el poder dictatorial; este nombró a Marco Minucio Rufo como su jefe de caballería. El Senado les encargó reforzar las murallas y torres de la Ciudad y situar guarniciones en cualquier posición que considerasen mejor; se derribaron los puentes sobre varios ríos, pues ahora se trataba de una lucha por su Ciudad y sus hogares, al no estar en condiciones de defender Italia.

[22,9] Aníbal marchó en línea recta a través de Umbría hasta Espoleto [antigua Spoletum y actual Spoleto.-N. del T.], y tras devastar la comarca alrededor, dio comienzo a un ataque sobre la ciudad que fue rechazado con grandes pérdidas. Como una sola colonia fuera lo bastante fuerte como para derrotar su desafortunado intento, esto le hizo conjeturar las difcultades respecto a la toma de Roma y, por consiguiente, desvió su marcha a territorio Piceno, un distrito abundante no solo en toda clase de productos, sino rico con toda clase de botín que sus soldados, ávidos y necesitados, saquearon sin reservas. Permaneció allí en campaña varios días, durante los cuales sus soldados recuperaron fuerzas tras las operaciones invernales, su marcha por los pantanos y la batalla que, aunque fnalmente victoriosa, costó graves pérdidas y no resultó sencilla de ganar. Una vez concedido tiempo sufciente para descansar a hombres que disfrutaban más con el saqueo y la destrucción que con la ociosidad y el descanso, Aníbal reanudó su marcha y devastó los campos de Teramo y Atri [antiguas Praetutia y Hadria.-N. del T.], luego trató de la misma manera el país de los marsios, el de los marrucinos y el de los pelignos y la parte de la Apulia que le quedaba más cercana, incluyendo las ciudades de Arpos y Luceria. Cneo Servilio había librado algunos combates insignifcantes contra los galos y capturado una pequeña ciudad, pero cuando se enteró de la muerte de su colega y de la destrucción de su ejército temió por las murallas de su Ciudad natal y marchó directamente hacia Roma para no estar ausente en el más crítco de los momentos.

Quinto Fabio Máximo era ahora dictador por segunda vez [la primera lo fue en el 221 a.C.-N. del T]. El mismo día de su toma de posesión, convocó una reunión del Senado, y la comenzó discutendo asuntos religiosos. Dejó bien claro a los senadores que la culpa de Cayo Flaminio residió más en su abandono de los auspicios y de sus deberes religiosos que en el mal generalato y la temeridad. Según él, se debía consultar a los dioses para que ellos mismos dispusieran las medidas necesarias para evitar su disgusto; logró que se aprobase un decreto para que se ordenase a los decenviros consultar los Libros Sibilinos, una disposición que solo se adoptaba cuando se tenía conocimiento de los más alarmantes portentos. Tras consultar los Libros del destino, informaron al Senado de que el voto ofrendado a Marte con motivo de aquella guerra no se había dedicado correctamente y que se debía efectuar nuevamente y en mucha mayor escala. Debían dedicarse los Grandes Juegos a Júpiter, un templo a Venus Ericina y otro a la Razón; se debía celebrar un lectsternio y hacerse solemnes rogativas; se debía dedicar también una Primavera Sagrada [durante la que se ofrecían las primicias de las cosechas a los dioses y sacrificios humanos que, más tarde, se cambiaron por sacrificios animales.-N. del T.]. Todas estas cosas se debían hacer si se quería vencer en la guerra y que la república se conservara en el mismo estado que estaba al comienzo de la guerra. Como Fabio estaría completamente ocupado con los necesarios preparativos bélicos, el Senado, con la unánime aprobación del colegio pontfcal, ordenó al pretor, Marco Emilio, que se encargase de que todas aquellas órdenes se cumpliesen en su debido tiempo.

[22,10] Después de que estas resoluciones fuesen aprobadas en el Senado, el pretor consultó al colegio pontfcal sobre las medidas adecuadas para cumplimentarlas y Lucio Cornelio Léntulo, el pontífice Máximo, decidió que el primer paso a dar era remitr al pueblo el asunto de la "Primavera Sagrada", ya que esta clase particular de ofrenda no podía llevarse a cabo sin la aprobación del pueblo. La forma de proceder era así: el pretor preguntaba a la Asamblea "¿Es vuestro deseo y voluntad que todo se haga de la manera siguiente?, es decir, que si la república de los romanos y los quirites ha de preservarse, como rezo para que así sea, sana y salva en las actuales guerras -a saber, la que es entre Roma y Cartago y la mantenida con los galos al otro lado de los Alpes-. entonces que los romanos y quirites presenten como ofrenda cuanto produzca la primavera de sus ganados y rebaños, sean cerdos, u ovejas, o cabras, o vacas y todo cuanto no está consagrado a ninguna otra deidad, y se consagre a Júpiter desde el momento en que el Senado y el pueblo lo ordenen. Cualquiera que haga una ofrenda, que lo haga en cualquier momento y en cualquier modo que desee y, en cualquier forma que lo haga, se contabilizará como debidamente ofrendado. Si el animal que debiera haber sido sacrifcado muere, será como si no hubiera sido consagrado y no habrá pecado. Si algún hombre hiere o mata algo consagrado sin darse cuenta, no será condenado. Si un hombre robase alguno de tales animales, el pueblo ni él cargarán con la culpa de lo robado. Si un hombre sacrifca, sin darse cuenta, en día nefasto, el sacrifcio será válido [en los días nefastos, señalados en el calendario establecido por el rey Numa, no se podían efectuar negocios públicos.-N. del T.]. Lo haga de día o de noche, sea esclavo o libre, se contará como debidamente ofrendado. Si se presenta cualquier sacrifcio antes de que el Senado y el pueblo lo hayan ordenado, el pueblo estará libre y absuelto de toda culpa en adelante". Con el mismo motivo, se ofrecieron unos Grandes Juegos con un costo de trescientos treinta y tres mil trescientos treinta y tres con treinta y tres ases [a 27,25 gramos de bronce por as del 217 a.C., equivaldrían a unos 9083,33 kilos de bronce], además de trescientos bueyes a Júpiter y un buey blanco y demás víctimas acostumbradas a una serie de dioses. Una vez debidamente pronunciados los votos, se ordenó una rogativa de intercesión, y no solo la población de la Ciudad, sino la gente de las comarcas rurales, cuyos intereses privados se estaban viendo afectados por la angusta pública, marcharon en procesión con sus esposas e hijos. A continuación se celebró un lectsternio durante tres días bajo la supervisión de los decenviros encargados de los Libros Sagrados. Se exhibieron públicamente seis lechos; uno de Júpiter y Juno, otro de Neptuno y Minerva, un tercero para Marte y Venus, el cuarto para Apolo y Diana, el quinto para Vulcano y Vesta y el sexto para Mercurio y Ceres. Esto fue seguido por la dedicatoria de templos. Quinto Fabio Máximo, como dictador, dedicó el templo de Venus Ericina, ya que los Libros del destino habían establecido que esta dedicación debía ser efectuada por el hombre que tuviera la suprema autoridad del Estado. Tito Otacilio, el pretor, consagró el otro a la Razón.

[22,11] Después de haber así cumplido con las diversas obligaciones hacia los dioses, el dictador presentó al Senado la cuestón de la política a adoptar respecto a la guerra, con cuántas y cuáles legiones creían que debían enfrentar al victorioso enemigo. Se decretó que él debía hacerse cargo del ejército de Cneo Servilio, y que además podría alistar de entre los ciudadanos y los aliados tanta caballería e infantería como considerase necesaria; todo lo demás quedaba a su criterio para que lo dispusiera como considerase conveniente para el interés de la república. Fabio dijo que añadiría dos legiones al ejército que mandaba Servilio; serían alistadas por el jefe de la caballería y fjó un día para su reunión en Tívoli. Se publicó además un edicto para que cuantos vivieran en ciudades y castllos no sufcientemente fortifcados marchasen a lugares seguros, y que toda la población asentada en los territorios por los que Aníbal pudiera pasar abandonasen sus granjas, tras haber quemado primero sus hogares y destruido sus productos, para que no quedase suministro alguno al que dirigirse. Marchó luego por la vía Flaminia a encontrarse con el cónsul. Tan pronto como tuvo a la vista al ejército, en las proximidades de Ocriculo [hoy en ruinas, próxima a la actual Otricoli.-N. del T.], cerca del Tíber, y al cónsul cabalgando con alguna caballería a su encuentro, envió un ofcial a decirle que debía presentarse al dictador sin sus lictores. Así lo hizo, y el modo en que se encontraron produjo un profundo sentimiento de la majestad del dictador tanto entre ciudadanos como entre aliados, que para entonces casi habían olvidado la grandeza de las magistraturas. Poco después, se entregó un despacho de la Ciudad diciendo que ciertos transportes, que llevaban suministros para el ejército en Hispania, habían sido capturados por la flota cartaginesa cerca del puerto de Cosa [hoy en ruinas, cerca de la actual Orbetello.-N. del T.]. Se ordenó pues al cónsul que completase los barcos atracados en Roma o en Osta con su dotación completa de marineros y soldados, y que navegase en persecución de la flota enemiga y protegiera la costa de Italia. Una gran fuerza fue alistada en Roma, incluso a libertos con hijos y que estuviesen en edad militar se les tomó el juramento. Además de estas tropas ciudadanas, todos los menores de treinta y cinco años fueron puestos a bordo de las naves y al resto se le dejó para guarnecer la Ciudad.

[22.12] El dictador se hizo cargo del mando del ejército del cónsul por mediación de Fulvio Flaco, el segundo al mando, y marchó a través del territorio sabino hasta Tívoli, donde había ordenado que se reuniese la fuerza recién alistada el día señalado. Desde allí avanzó a Palestrina y, tomando una ruta campo a través, vino a salir a la vía Latina. Desde este punto se dirigió hacia el enemigo, poniendo el mayor cuidado en reconocer las distintas rutas y determinado a no correr ningún riesgo en parte alguna, a no ser que la necesidad le obligase. El primer día que acampó a la vista del enemigo, no lejos de Arpos; el cartaginés no perdió tiempo en sacar a sus hombres en orden de combate para ofrecerle batalla. Pero al ver que el enemigo se mantenía completamente tranquilo y que no había signos de inquietud en su campamento, comentó burlonamente que los ánimos de los romanos, aquellos hijos de Marte, se habían quebrado fnalmente, que la guerra estaba terminando y que abiertamente habían renunciado a toda pretensión de valenta y renombre. A continuación, regresó al campamento. Pero estaba, en realidad, en un estado mental de inquietud, porque vio que tenía que enfrentarse con una clase de jefe muy distinta de Flaminio o Sempronio; los romanos habían aprendido de sus derrotas y encontrado, fnalmente, un duque [en su acepción de "general de tropas".-N. del T.] equivalente a él. Le alarmaba su prudencia, no su fuerza; aún no había probado su infexible determinación. Comenzó a hostgarlo y provocarlo mediante frecuentes cambios de campamento y devastando ante sus ojos los campos de los aliados de Roma. A veces marchaba con rapidez fuera de su vista y luego, en algún recodo del camino, se ocultaba con la esperanza de atraparlo en caso de que bajase al terreno llano. Fabio se mantenía en terrenos elevados, a distancia moderada del enemigo, de manera que nunca le perdía de vista y nunca se le acercaba. A menos que estuviesen en servicios imprescindibles, los soldados estaban confnados en el campamento. Cuando iban en busca de leña o forraje lo hacían en grupos grandes y solo dentro de los límites prescritos. Una fuerza de caballería e infantería ligera permanecía dispuesta a sostener combates repentinos, cubriendo a sus propios soldados y amenazando a los dispersos forrajeadores enemigos. Se negaba a jugárselo todo a un enfrentamiento general mientras que los pequeños combates, sostenidos en terreno seguro y con un refugio a mano, envalentonaba a sus hombres, que se habían desmoralizado con las anteriores derrotas, y les hacía estar menos insatsfechos con su propio valor y fortuna. Sin embargo, sus tácticas de sentido común no eran más desagradables a Aníbal que a su propio jefe de caballería. Más tozudo e impetuoso en el consejo y con una lengua ingobernable, lo único que le impidió hacer caer al Estado fue el hecho de que estaba en una posición subalterna. Al principio a unos pocos y luego abiertamente entre la tropa, injuriaba a Fabio, tldando de indolencia a sus dudas, cobardía a su precaución, atribuyéndole faltas en vez de sus auténticas virtudes y, menospreciando a su superior (práctica vil que, por tener frecuentemente buenos resultados, va cada vez a más), trataba de exaltarse a sí mismo.

[22.13] Partendo de territorio hirpino, Aníbal cruzó el Samnio; asoló el territorio de Benevento y capturó la ciudad de Telese [antigua Telesia.-N. del T.]. Hizo todo lo posible para provocar al comandante romano, con la esperanza de que se indignase tanto con los insultos y los sufrimientos infigidos a sus aliados que fuese capaz de venir a un enfrentamiento en campo abierto. Entre los miles de aliados de nacionalidad italiana que habían sido tomados prisioneros por Aníbal en Trasimeno y devueltos a sus hogares, estaban tres caballeros de Campania, que habían sido seducidos mediante sobornos y promesas para ganarle el favor de sus compatriotas. Estos enviaron un mensaje a Aníbal en el sentido de que si llevaba su ejército a la Campania tendría una buena oportunidad para apoderarse de Capua. Aníbal dudaba si confar en ellos o no, pues la empresa era mayor que la autoridad de quienes se la aconsejaban; sin embargo, al fnal lo persuadieron de dejar el Samnio e ir a la Campania. Les advirtó que deberían hacer buenas sus repetdas promesas con sus actos, y después de pedirles que volviesen junto a él en unión de más de sus compatriotas, incluyendo algunos de sus jefes, los despidió. Algunos de los que estaban familiarizados con el país le dijeron que si marchaba hacia las proximidades de Casino [próximo al actual Montecasino.-N. del T.] y ocupaba el paso, podría impedir que los romanos prestasen ayuda a sus aliados; en consecuencia, ordenó a un guía que lo llevase allí. Pero la difcultad que tenían los cartagineses al pronunciar los nombres latinos llevó al guía a entender Casilino en vez de Casino. Abandonando así su ruta prevista, bajó por tierras de Allife, Callifas y Calvi Risorta hasta las llanuras de Stellato [respectivamente, las antiguas Allifas, Callifae, Cales y Estella.-N. del T.]. Cuando miró alrededor y vio el país, encerrado por montañas y ríos, llamó al guía y le preguntó en qué tierra estaba. Al decirle que ese día podría plantar sus cuarteles en Casilino, se dio cuenta del error y comprendió que Casino estaba muy lejos, en un país muy distinto. El guía fue azotado y crucifcado con el fin de sembrar el terror en los demás. Tras consolidar su campamento, envió a Maharbal con su caballería para hostgar el territorio falerno. La obra de destrucción se extendió hasta las Termas de Sinuesa [próxima a la actual Mondragone.-N. del T.]; los númidas produjeron grandes pérdidas, pero el pánico y el terror que esparcieron fueron aún mayores. Y todavía, pese a estar todo envuelto por las llamas de la guerra, los aliados no dejaron que su terror les alejara de su lealtad, simplemente porque estaban bajo un gobierno justo y ecuánime, y rindieron una voluntaria obediencia a sus superiores, el único vínculo de lealtad.

[22.14] Cuando Aníbal hubo acampado junto al río Volturno, con la parte más bella de Italia siendo reducida a cenizas y el humo elevándose por todas partes desde las granjas en llamas, Fabio siguió su marcha por las alturas de los montes Másicos. Durante unos días surgió el descontento entre las tropas, que casi se amotinan, pero se calmó al deducir de la rapidez de marcha de Fabio que se apresuraba a salvar la Campania del saqueo y la devastación. Pero al llegar al extremo occidental de la cordillera y ver que el enemigo quemaba las granjas de los colonos de Sinuesa y las del campo de Falerno, sin que se dijese nada de dar batalla, el sentimiento de exasperación se levantó nuevamente y Minucio exclamó: "¿Hemos venido aquí", preguntaba, "para disfrutar de la vista de nuestros aliados asesinados y de las humeantes ruinas de sus hogares? Y si no por otra cosa, ¿no nos avergonzaremos de nosotros mismos al ver los sufrimientos de los que nuestros padres mandaron como colonos a Sinuesa, para que su frontera quedase protegida frente al enemigo samnita, cuyos hogares están siendo incendiados, no por nuestros vecinos, los Samnitas, sino por un cartaginés extranjero, venido del otro extremo de la Tierra, y al que hemos permitido llegar tan lejos simplemente por nuestra lenttud e indolencia? ¿Tanto hemos, ¡ay!, degenerado desde nuestros padres, que miramos tranquilamente el país, recorrido por invasores númidas y moros, cuyas costas antes habríamos considerado deshonroso que las recorriera una flota cartaginesa? ¡Nosotros, los que sólo hace unos días, indignados por el ataque a Sagunto, apelábamos no solo a los hombres, sino a los tratados y a los dioses, miramos ahora tranquilamente a Aníbal escalando las murallas de una colonia romana! El humo de las granjas quemadas y de los campos sopla en nuestras caras, nuestros oídos son asaltados por los gritos de nuestros desesperados aliados, que recurren a nosotros en busca de ayuda en vez de hacerlo a los dioses; ¡y aquí estamos, un ejército en marcha como una manada de ganado por los pastos de verano y por senderos de montaña, ocultos por bosques y nubes! Si Marco Furio Camilo hubiera elegido este método de vagar por las alturas montañosas para rescatar la Ciudad de los galos, que ha sido adoptado por este nuevo Camilo, este dictador sin igual que nos ha sido revelado para nuestros problemas, para recuperar Italia de Aníbal, Roma aún estaría en manos de los galos y mucho me temo que, si seguimos perdiendo el tiempo de esta manera, la Ciudad que nuestros antepasados tan a menudo han salvado, será salvada únicamente por Aníbal y los cartagineses. Pero el día en que llegó a Veyes el mensaje diciendo que Camilo había sido nombrado dictador por el Senado y el pueblo, aunque el Janículo estaba lo bastante elevado como para sentarse allí y contemplar al enemigo, como el auténtco hombre y romano que era bajó a la llanura y, en el mismo corazón de la Ciudad donde ahora están las tumbas de los galos, hizo pedazos las legiones de los galos y al día siguiente hizo lo mismo a este lado de Castglione [la antigua Gabii.-N. del T.]. ¿Pues qué?, cuando hace tantos años los samnitas nos hicieron pasar bajo el yugo en las Horcas Caudinas, ¿fue explorando las alturas del Samnio o asediando y atacando Luceria y desafando a nuestros victoriosos enemigos como Lucio Papirio Cursor se sacudió el yugo de la cerviz romana y lo puso sobre el arrogante samnita? ¿Qué otra cosa, sino la rapidez al actuar, dio la victoria a Cayo Lutacio? El día después de ver por primera vez al enemigo sorprendió a su flota cargada de suministros y obstaculizada por su carga de provisiones y equipo. Es una locura suponer que, simplemente, se puede dar fin a la guerra solo sentándose o haciendo ofrendas. Vuestro deber es tomar las armas, bajar y enfrentarse al enemigo de hombre a hombre. Ha sido con los actos y la osadía como Roma ha aumentado su dominio, no mediante estos indolentes consejos a los que los cobardes llaman precaución". Minucio dijo todo esto ante gran cantidad de tribunos romanos y caballeros, como si se dirigiera a la Asamblea, y sus osadas palabras llegaron incluso a oídos de los soldados; si se hubiera votado el asunto, no hay duda de que habrían reemplazado a Fabio por Minucio.

[22,15] Fabio mantenían una cuidadosa mirada sobre ambas cuestones; no menos sobre sus propios hombres como sobre el enemigo, y demostró que su resolución era bastante firme. Era muy consciente de que su inactividad lo estaba haciendo impopular no sólo en su propio campamento, sino también en Roma; no obstante, su determinación se mantuvo sin cambios, persistó en las mismas tácticas durante el resto del verano y Aníbal abandonó toda esperanza de librar la batalla que tan ansiosamente había buscado. Se le hizo necesario buscar por los alrededores un lugar adecuado para invernar, pues el país en el que estaba, una tierra de huertos y viñedos, estaba cultivada con productos de lujo y no con los necesarios para la vida común y proporcionaba suministros solo para unos meses, no para todo el año. Los movimientos de Aníbal fueron señalados a Fabio por sus exploradores. Como se senta muy seguro de que iba a regresar por el mismo paso por el que había entrado en territorio de Falerno, envió un destacamento bastante fuerte al monte Calícula y otro a guarnecer Casilino. El río Volturno fuye por el centro de esta ciudad y forma el límite entre los territorios de Falerno y Campania. Llevó a su ejército de vuelta por las mismas alturas, tras haber enviado por delante a Lucio Hostlio Mancino, con cuatrocientos de caballería, para reconocer el terreno. Este hombre se encontraba entre la multitud de jóvenes ofciales que habían escuchado con frecuencia las feroces arengas del jefe de caballería. Al principio avanzó con cautela, como debe hacer un grupo de exploración, para obtener una buena visión del enemigo desde una posición segura. Pero cuando vio a los númidas vagando en todas direcciones a través de los pueblos, sorprendiendo e incluso matando a varios de ellos, dejó de pensar en otra cosa más que en luchar y olvidó por completo las órdenes del dictador, que consistan en llegar tan lejos como pudiese con seguridad y retrarse antes de que el enemigo lo viera. Los númidas, atacando y retrocediendo en pequeños grupos, poco a poco lo llevaron casi hasta su campamento, con sus hombres y caballos para entonces completamente agotados. Entonces, Cartalón, el general al mando de la caballería, cargó a toda velocidad y, antes de llegar al alcance de sus jabalinas, les puso en fuga y los persiguió sin descanso durante cinco millas [7400 metros.-N. del T.]. Cuando Mancino vio que no había ninguna posibilidad de que el enemigo cesara la persecución, o de escapar de él, reunió a sus hombres y enfrentó a los númidas aunque le superaban en número. Él mismo, con lo mejor de sus jinetes, fue destrozado; el resto reanudó su alocada huida, llegaron a Calvi Risorta y por malos caminos regresaron donde el dictador. Sucedió que Minucio se había reincorporado aquel día con Fabio. Se le había enviado para reforzar la fuerza que mantenía el desfladero que se contrae en un estrecho paso justo por encima de Terracina, cerca del mar. Esto se hacía para evitar que el cartaginés utlizase la vía Apia para bajar a territorio de Roma al dejar Sinuesa. El dictador y el jefe de caballería, con sus ejércitos unidos, trasladaron su campamento sobre la ruta que esperaban que tomase Aníbal, que estaba acampado a dos millas de distancia [2960 metros.-N. del T.].

[22.16] Al día siguiente, el ejército cartaginés se puso en marcha y ocupó toda la carretera entre ambos campamentos. Aún cuando los romanos habían formado inmediatamente debajo de su empaliza, en terreno incuestonablemente más ventajoso, el cartaginés todavía se acercó a su enemigo, con su caballería y su infantería ligera, para provocarlo. Atacaron y se retraron repetdamente, pero la línea romana mantuvo el terreno; el combate fue lento y más satsfactorio para el dictador que para Aníbal; cayeron doscientos romanos y ochocientos enemigos. Viendo ahora cerrada la vía a Casilino, le pareció a Aníbal que quedaba bloqueado en tanto que Capua, el Samnio y todas las ricas tierras del Lacio tras él suministraban provisiones a los romanos mientras que los cartagineses tendrían que invernar entre las peñas de Formia y las arenas y pantanos de Literno y en medio de sombríos bosques. Aníbal no dejó de observar que sus propias tácticas eran empleadas en su contra. Como no podía salir a través de Casilino, y tendría que abrirse paso por la montaña cruzando el paso de Calícula, era posible que le atacasen los romanos mientras estaba encerrado en los valles. Para protegerse de esto se decidió por una estratagema que, engañando los ojos del enemigo por su aspecto alarmante, le permitría escalar las montañas en una noche de marcha sin temor a interrupciones. El ardid que adoptó fue el siguiente: Recogió antorchas de madera de todos los alrededores, sarmientos y haces de leña seca que ató en los cuernos de los toros, bravos o domesticados, que en gran número había capturado como botín por los campos. Reunieron, con este fn, alrededor de dos mil toros. A Asdrúbal se le encargó la tarea de prender fuego a los haces atados a los cuernos de este rebaño tan pronto como cayera la oscuridad y luego arrearlo a las montañas y, de ser posible, en su mayoría sobre los pasos que estaban custodiados por los romanos.

[22,17] Tan pronto como fue de noche, el campamento se levantó en silencia; los toros se llevaron a cierta distancia por delante de la columna. Cuando hubieron llegado al pie de las montañas, donde los caminos se estrechaban, se dio la señal y los rebaños con los cuernos encendidos fueron conducidos hasta la ladera de la montaña. El terrible resplandor de las llamas destellando sobre sus cabezas y el calor que penetraba en la raíz de sus cuernos hizo que los toros apresuraran el paso como enloquecidos. En medio de este súbito correr, pareció como si el bosque y las montañas estuviesen en llamas y todos los matorrales se incendiaron, con las incesantes pero inútiles sacudidas de cabeza esparciendo las llamas con más fuerza y dando la apariencia de hombres corriendo en todas direcciones. Cuando los hombres que custodiaban el paso vieron los fuegos moviéndose por encima de ellos en lo alto de las montañas, pensaron que su posición había sido copada y se apresuraron a abandonarla. Al tomar su camino en dirección a los puntos más elevados, se dirigían hacia donde parecía haber menos llamas, pensando que este era el camino más seguro. Aún así, se encontraron con bueyes perdidos y separados de la manada, y al principio se detuvieron asombrados con lo que parecía una visión sobrenatural de seres que respiraban fuego. Cuando resultó ser simplemente un artifcio humano, se inquietaron aún más al sospechar que se trataba de una emboscada y se dieron a la fuga. Dieron entonces con algunos de la infantería ligera de Aníbal, pero ambas partes se mantuvieron sin combatir hasta el amanecer. Mientras tanto, Aníbal había hecho marchar a la totalidad de su ejército a través del paso, y tras sorprender y dispersar algunas fuerzas romanas en el mismo paso, estableció su campamento en el distrito de Allife.

[22,18] Fabio fue testgo de toda esta confusión e inquietud, pero como creyó que se trataba de una emboscada, y en todo caso se abstuvo de un combate nocturno, mantuvo a sus hombres en sus puestos. Tan pronto hubo luz, se libró una batalla bajo la cresta de la montaña donde la infantería ligera cartaginesa quedó separada de su cuerpo principal y habría sido fácilmente aplastada por los romanos, que tenían una considerable ventaja numérica, si no hubiera aparecido una cohorte hispana enviada de vuelta por Aníbal en su ayuda. Estos hombres estaban más acostumbrados a las montañas y más entrenados en correr por peñas y precipicios; más rápidos y más ligeramente armados, podían fácilmente emplear su técnica de combate eludiendo a un enemigo situado en terreno inferior, pesadamente armado y acostumbrado a tácticas fjas. Por fn, todos abandonaron un combate que en absoluto fue de igual a igual. Los españoles casi indemnes y los romanos, habiendo sufrido grandes pérdidas, cada cual se retró a sus respectivos campamentos. Fabio siguió el rastro de Aníbal a través del paso y acampó sobre Allife, en una posición elevada y de gran fortaleza natural. Aníbal volvió sobre sus pasos, hacia los pelignos, devastando su país al marchar como si su intención fuese dirigirse a través del Samnio hacia Roma. Fabio continuó moviéndose por las alturas, manteniéndose entre el enemigo y la Ciudad, sin evitarlo ni atacarlo. El cartaginés dejó a los pelignos y, marchando de vuelta a Apulia, llegó a Gereonio. Esta ciudad había sido abandonada por sus habitantes debido a que parte de sus murallas habían caído en ruinas. El dictador estableció un campamento fortifcado cerca de la, porque una parte de las paredes habían caído en la ruina. El dictador se fortifcó en la comarca de Molise [se trata de la antigua Larinum.-N. del T.]. De allí se le llamó de vuelta a Roma por asuntos relativos a la religión. Antes de su partda, no sólo con órdenes como jefe, sino con consejos de amigo y hasta con súplicas, encareció a su jefe de caballería la necesidad de confar más en la prudencia que en la suerte y de seguir más su propio ejemplo que el de Sempronio y Flaminio. No debía suponer que nada se había conseguido ahora se había pasado el verano desconcertando al enemigo; hasta los médicos obtenían a menudo más benefcio no molestando a sus pacientes que someténdoles a movimientos y ejercicios; no era pequeña ventaja el haber evitado la derrota a manos de un enemigo tan frecuentemente victorioso y haber conseguido un poco de respiro tras aquella serie de desastres. Con estas advertencias, aunque desatendidas, al jefe de la caballería, se dirigió a Roma.

[22.19] Al principio de aquel verano en que ocurrieron los hechos antes narrados, comenzó la guerra en Hispania, tanto por tierra como por mar. Asdrúbal añadió diez barcos a los que había recibido de su hermano, equipados y dispuestos para la acción, y dio a Himilcón una flota de cuarenta barcos. Luego partió de Cartago Nova, manteniéndose cerca de terra, y con su ejército moviéndose en paralelo a lo largo de la costa, listo para enfrentarse a cualquier fuerza que el enemigo le presentara. Cuando Cneo Escipión se enteró de que su enemigo había abandonado sus cuarteles de invierno adoptó, en un principio, la misma táctica, pero luego consideró que no debía aventurarse a un combate terrestre a causa de las persistentes nuevas de más tropas auxiliares. Después de embarcar una fuerza selecta de su ejército, se dirigió con una flota de treinta y cinco barcos a enfrentarse con el enemigo. El día después de salir de Tarragona fue a anclar a un punto distante diez millas [14800 metros.-N. del T.] de la desembocadura del Ebro. Despachó dos barcos marselleses en reconocimiento y regresaron con informes de que la flota cartaginesa estaba anclada en la desembocadura del río y que su campamento estaba en la orilla. Escipión levó anclas enseguida y navegó hacia el enemigo con intención de provocarles un repentino pánico al sorprenderles con la guardia baja y sin sospechar del peligro.

Hay en Hispania muchas torres situadas en terrenos elevados y que se emplean tanto como atalayas como de puestos de defensa contra piratas. Fue desde una de estas donde vieron primeramente a los barcos enemigos y lo señalizaron a Asdrúbal; la confusión y el alboroto llegaron antes al campamento de la costa que a los barcos en la mar, pues aún no se oía el chapoteo de los remos y otros ruidos de los barcos al avanzar y las puntas de tierra ocultaban la vista de la flota romana. De repente, llegó un jinete tras otro, enviados por Asdrúbal, ordenando que todos los que vagaban por la playa o descansaban en sus tiendas sin esperar otra cosa más que la llegada del enemigo la batalla para aquel día, embarcasen a toda velocidad y tomasen las armas, pues la flota romana estaba ahora no lejos del puerto. Tal orden fueron dando los jinetes por todas partes, antes de que el propio Asdrúbal apareciera con todo su ejército. Por todas partes había ruido y confusión, los remeros y los soldados estaban mezclados a bordo, más como hombres que huían que como soldados dispuestos a entrar en acción. Apenas estuvieron todos a bordo, unos soltaban amarras y se inclinaban sobre las anclas, otros cortaban los cables; todo se efectuaba con demasiada prisa y velocidad, estorbando las labores náuticas a los preparativos de los soldados e impidiéndoles disponerse al combate a causa del pánico y la confusión que prevalecía entre los marineros. Para entonces, no solo estaban ya cerca los romanos, sino que incluso habían dispuesto sus barcos para el ataque. Los cartagineses estaban completamente paralizados, más por su propio desorden que por la llegada del enemigo, y giraron sus barcos para huir tras abandonar una lucha de la que sería más exacto decir que se intentó y no que comenzó. Pero resultaba imposible que su línea, ampliamente extendida, entrase a la vez por la desembocadura del río, así que los barcos fueron llevados a tierra por todas partes. Algunos de los que iban a bordo desembarcaron por aguas poco profundas, otros saltaron a la playa, con o sin armas, huyendo hasta el ejército formado a lo largo de la costa. Dos barcos cartagineses, sin embargo, fueron capturados al principio y cuatro resultaron hundidos.

[22,20] Aunque los romanos veían que el enemigo estaba formado en tierra y que su ejército se extendía por la orilla, no dudaron en perseguir al enemigo aterrorizado de la flota. Se hicieron con todos los barcos que no habían encallado sus proas en la playa o llevado sus cascos hasta los vados sujetando cabos a sus popas y arrastrándolos tierra adentro. De cuarenta embarcaciones, veintcinco fueron capturadas de esta manera. Esto no fue, sin embargo, la mejor parte de la victoria. Su importancia principal radicó en el hecho de que este encuentro insignifcante dio el dominio de todo el mar adyacente. A continuación, la flota navegó hacia Onusa y allí los soldados desembarcaron, capturaron y saquearon el lugar para luego marchar hacia Cartagena. Asolaron toda la comarca alrededor y acabaron prendiendo fuego a las casas adyacentes a murallas y puertas. Reembarcaron cargados con el botín, navegaron hacia Loguntica [puede que se trate de la posterior Lucentum, la actual Alicante.-N. del T.] , donde encontraron gran cantidad de esparto que Asdrúbal había reunido para uso naval [hasta fechas recientes se ha usado el esparto como materia prima para la confección de jarcias, maromas y diversa cordelería; de hecho,por ejemplo, en época bizantina Cartagena se llamaba Carthago Spartaria.-N. del T.], tras apoderarse del que podrían usar quemaron el resto. No se limitaron a recorrer la costa, sino que cruzaron hasta la isla de Ibiza [Ebusum en el original latino.-N. del T.] donde efectuaron un decidido pero infructuoso ataque sobre la capital durante dos días completos. Al darse cuenta de que únicamente estaban perdiendo el tiempo con una empresa sin esperanza, se dieron a saquear el país, devastando y quemando varias aldeas. Aquí lograron más botín que en el continente, y después de colocarlo a bordo, estando ya a punto de partr, llegaron algunos embajadores de las islas Baleares hasta Escipión para pedir la paz. Desde aquí, la flota navegó hasta la provincia Citerior, donde se reunieron embajadores de todos los pueblos de la zona del Ebro, algunos incluso de las partes más remotas de Hispania. Los pueblos que realmente reconocieron la supremacía de Roma y entregaron rehenes sumaron ciento veinte. Los romanos tenían ahora tanta confanza en su ejército como en su armada y marcharon hasta el paso de Despeñaperros [saltus castulonensem, el paso de Cástulo, en el original latino.-N. del T.]. Asdrúbal se retró a Lusitania, donde estaba más cerca del Atlántco.

[22,21] Ahora parecía como si el resto del verano fuera a ser tranquilo, y así habría sido, por lo que a los cartagineses concernía. Pero el temperamento hispano es inquieto y amigo de los cambios, y después que los romanos hubieran abandonado el paso y se hubieran retirado hacia la costa, Mandonio e Indíbil, quien fuese anteriormente reyezuelo de los ilergetes [de Iltirta-Ilerda, la actual Lérida.-N. del T.], rebelaron a sus compatriotas y procedieron a correr las tierras de aquellos que estaban en paz y alianza con Roma. Escipión envió un tribuno militar con algunos auxiliares ligeramente armados para dispersarlos, y después de un enfrentamiento sin importancia, pues eran indisciplinados y estaban desorganizados, fueron casi todos puestos en fuga, algunos resultaron muertos o se les capturó y una gran parte se vio privada de sus armas. Este altercado, sin embargo, trajo Asdrúbal, que marchaba hacia el oeste, de vuelta en defensa de sus aliados al sur del Ebro. Los cartagineses se encontraban acampados entre los ilergavones [pueblo que habitaba próximo a la desembocadura del Ebro.-N. del T.]; el campamento romano estaba en Nueva Clase [pudiera ser Ad Nova, entre Lérida y Tarragona, mencionada en el itinerario Antonino.-N. del T.], cuando nuevas inesperadas cambiaron el curso de la guerra en otra dirección. Los celtiberos, que habían enviado a sus notables ante Escipión, como embajadores, y habían entregado rehenes, fueron incitados por un enviado de Escipión a tomar las armas e invadir la provincia de Cartagena con un poderoso ejército. Capturaron al asalto tres ciudades fortifcadas, y combateron dos batallas victoriosas contra el propio Asdrúbal, matando a quince mil enemigos, haciendo cuatro mil prisioneros y apoderándose de numerosos estandartes.

[22.22] Esta era el estado de cosas cuando Publio Escipión, cuyo mando le había sido prorrogado tras haber cesado en el consulado, llegó a la provincia que le había sido asignada por el Senado. Trajo un refuerzo de treinta barcos de guerra y ocho mil soldados, además de un gran convoy de suministros. Esta flota, con su enorme columna de transportes, concitó la más viva alegría entre los habitantes de las ciudades y sus aliados al ser vista en la distancia y, fnalmente, arribó al puerto de Tarragona. Allí, los soldados fueron desembarcados y Escipión marchó el interior del país para reunirse con su hermano; a partir de entonces condujeron la campaña con sus fuerzas unidas y con un solo ánimo y propósito. Como los cartagineses estuvieran ocupados con la guerra celtibera, los Escipiones no dudaron en cruzar el Ebro y, al no aparecer ningún enemigo, marcharon directamente hacia Sagunto, donde se les había informado que estaban detenidos, en la ciudadela y con una débil guardia, todos los rehenes que habían sido entregados a Aníbal desde todas partes de Hispania. El hecho de que hubieran entregado aquellas prendas era lo único que impedía que todos los pueblos de Hispania manifestaran abiertamente su inclinación a una alianza con Roma; temían que el precio de su defección de Cartago fuese la sangre de sus propios hijos. De esta atadura fue liberada Hispania por la astuta, aunque traicionera, acción de un solo hombre.

Abeluce [Abelux en el original latino.-N. del T.] era un noble hispano natural de Sagunto y que una vez fuera leal a Cartago; pero después, con la acostumbrada inconsistencia de los bárbaros, al cambiar la fortuna él cambió su lealtad. Consideró que cualquiera que fuese al enemigo sin nada de valor que traicionar sería solo un tipo inútl y despreciable, de modo que convirtó en su único objetivo el hacer el mayor de los servicios a sus nuevos aliados. Después de estudiar qué podría haber puesto la Fortuna a su alcance, se decidió a llevar a cabo la entrega de los rehenes; solo aquello, pensaba, serviría más que cualquier otra cosa para ganar a los romanos la amistad de los jefes hispanos. Era muy consciente, sin embargo, de que los guardianes de los rehenes no tomarían ninguna medida sin las órdenes de Bóstar, su prefecto; por ello, usó su artimaña contra el propio Bóstar. Este había fjado su campamento fuera de la ciudad, en la costa, de modo que pudiera interceptar la llegada de los romanos por aquel lado. Después de obtener una entrevista secreta con él, le advirtó, como si no fuera consciente de ello, en cuanto a la auténtica situación. "Hasta este momento," dijo, "solo el miedo ha mantenido feles a los hispanos, pues los romanos estaban muy lejos; ahora el campamento romano está de nuestro lado del Ebro, un bastón seguro y refugio para todos los que quieran cambiar su lealtad. Así pues, aquellos que ya no están atados por el miedo deben ligarse con nosotros mediante la bondad y los sentimientos de grattud". Bóstar quedó muy sorprendido, y le preguntó que concesión repentina podría garantzar tan buenos resultados. "Enviar a los rehenes", fue la respuesta, "de regreso a sus hogares. Eso provocará la grattud de sus padres, que son personas muy infuyentes en su propio país, y también la de sus compatriotas en general. A cada uno le gusta sentir que es de confanza; la confanza que depositas en los demás, generalmente, refuerza la que ellos ponen en t. Reclamo para mí el servicio de devolver los rehenes a sus respectivos hogares, para que pueda contribuir al éxito de mi plan con mi esfuerzo personal y ganar por tal acto de gracia aún más grattud".

Logró convencer a Bóstar, cuya inteligencia no estaba a la par con la agudeza que mostraban los demás cartagineses. Después de esta entrevista fue en secreto hasta los puestos avanzados del enemigo y, encontrándose con algunos auxiliares hispanos, fue llevado por ellos a presencia de Escipión, a quien explicó lo que se proponía hacer. Intercambiaron promesas de buena fe, y fjaron el lugar y la hora para hacerse cargo de los rehenes; tras esto regresó a Sagunto. Pasó el día siguiente recibiendo instrucciones de Bóstar para la ejecución del proyecto. Acordaron entre ambos que debía partir por la noche para, como pretendía, escapar a la observación de los puestos de vigía romanos. Él ya había acordado con estos la hora a la que vendría y, tras despertar a quienes guardaban a los muchachos, condujo a los rehenes, sin parecer consciente del hecho, hasta la trampa que él mismo había dispuesto. Los vigías les llevaron hasta el campamento romano; el resto de los detalles referentes a su devolución a sus hogares se llevaron a cabo tal y como había dispuesto con Bóstar, precisamente como si el negocio se efectuase en nombre de Cartago. Sin embargo, aunque el servicio prestado fue el mismo, la grattud hacia los romanos resultó considerablemente mayor que la que hubieran ganado los cartagineses, que se habían mostrado opresores y tránicos en su prosperidad y que, ahora que experimentaban el cambio de la suerte, parecían actuar al dictado del miedo. Los romanos, por otra parte, hasta entonces perfectos desconocidos, apenas habían entrado en el país y lo hicieron con un acto de clemencia y generosidad, y se consideró que Abeluce, hombre prudente, había cambiado de aliados con cierto provecho. Con sorprendente unanimidad, ya todos empezaban a pensar en la revuelta, y se habría producido un movimiento armado de no haber llegado el invierno que les obligó, tanto a romanos como a cartagineses, a retrarse a sus cuarteles.

[22,23] Estos fueron los principales incidentes de la campaña en Hispania durante el segundo verano de la guerra Púnica. En Italia, la hábil falta de acción de Fabio había provocado un respiro en los desastres romanos. Esto fue una causa de gran inquietud para Aníbal, pues se daba perfecta cuenta de que los romanos habían elegido como comandante en jefe un hombre que dirigía la guerra según principios racionales y no confaba en la casualidad. Pero entre su propio pueblo, soldados y civiles por igual, sus tácticas eran vistas con desprecio, sobre todo después de haberse librado una batalla debido a la imprudencia del jefe de la caballería, en ausencia del dictador, que se describiría mejor como afortunada que no como victoriosa. Se produjeron dos incidentes que hicieron al dictador aún más impopular. Uno de ellos se debió a la astuta política de Aníbal: Algunos desertores le habían indicado qué tierras eran propiedad del dictador y, tras haber derruido hasta los cimientos las edifcaciones circundantes, ordenó que sus propiedades se salvaran del fuego, la espada y de todo tratamiento hostl, para que se pudiera pensar que exista algún acuerdo secreto entre ellos. La segunda causa de la creciente impopularidad del dictador era algo que él mismo hizo y que al principio presentó un aspecto dudoso, al haber actuado sin autorización del Senado, pero que fnalmente se reconoció unánimemente que redundaba en su crédito. Al llevar a cabo el intercambio de prisioneros, se había acordado entre los jefes romanos y cartagineses, siguiendo el precedente de la Primera Guerra Púnica, que el lado que recibiera de vuelta más prisioneros debía compensarlo mediante el pago de dos libras y media de plata [817,5 gramos.-N. del T.] por cada soldado que recibieran de más respecto a los que ellos entregasen. Los prisioneros romanos devueltos fueron doscientos cuarenta y siete más que los cartagineses. La cuestón de este pago había sido frecuentemente discutda en el Senado, pero como Fabio no consultó a la Cámara antes de formalizar el acuerdo hubo cierto retraso a la hora de votar la libranza del dinero. El asunto fue resuelto por Fabio al enviar a su hijo Quinto a Roma para vender la tierra que había quedado sin afectar por el enemigo; así descargó al Estado de aquella obligación a su propia costa. Cuando Aníbal incendió Gereonio tras capturarla, dejó unas cuantas casas en pie para que sirvieran de graneros y ocupaba ahora un campamento permanente ante sus murallas. Tenía la costumbre de enviar dos tercios del ejército a recoger grano y él permanecía en el campamento con el tercio restante, dispuesto a desplazarse en cualquier dirección donde viera que se atacaba a sus recolectores de grano.

[22.24] El ejército romano estaba por entonces en los alrededores de Larino, con Minucio al mando debido, como hemos dicho, a que el dictador hubo de partir hacia la Ciudad. El campamento, que se había situado en una posición elevada y segura, se desplazó entonces a la llanura y se discuteron medidas más enérgicas en consonancia con el temperamento del general; se sugirió que se atacase a las partdas dispersas de recolectores de grano o al mismo campamento, ahora que estaba con una débil guarnición. Aníbal pronto se dio cuenta de que las tácticas de sus enemigos habían cambiado con el cambio de los generales, que actuarían con más agresividad que prudencia y, por increíble que parezca, aunque su enemigo estaba muy próximo a él, mandó otra vez a dos terceras partes de su ejército a recoger grano mientras mantenía la otra tercera parte en el campamento. Lo siguiente que hizo fue trasladar su campamento aún más cerca del enemigo, a unas dos millas de Gereonio [2960 metros.-N. del T.] sobre un terreno elevado a la vista de los romanos, para que supiesen que estaba decidido a proteger a sus recolectores en caso de ataque. Desde esta posición podía ver otra más elevada y aún más cercana al campamento romano, de hecho estaba más baja que la suya. No había duda de que si él intentase tomarla a plena luz del día, el enemigo, estando a menos distancia, podría llegar allí antes que él, así que envió una fuerza de númidas para ocuparla durante la noche. Al día siguiente, los romanos, al ver cuán pequeño era el número de los que ocupaban la posición, hicieron un pequeño esfuerzo y los expulsaron, transfriendo luego allí su propio campamento. Para entonces, ya solo había una muy pequeña distancia entre empalizada y empalizada, e incluso esta estaba casi completamente ocupada por la fuerzas romanas, que hacían demostraciones de fuerza para ocultar los movimientos de la caballería y la infantería ligeras, que habían sido enviadas a través de la puerta del campamento más alejada del enemigo para atacar a sus recolectores, a quienes infigieron graves pérdidas. Aníbal no se aventuró a una batalla normal, pues su campo estaba tan débilmente guarnecido que no habría podido repeler un asalto. Siguiendo las tácticas de Fabio, empezó a conducir la campaña permaneciendo casi totalmente inactivo y retró su campamento a su posición inicial ante las murallas de Gereonio. Según algunos autores, se libró una batalla campal con ambos ejércitos en formaciones regulares; los cartagineses fueron derrotados al primer choque y expulsados hacia su campamento; desde allí hicieron una salida por sorpresa y fue entonces el turno para huir de los romanos, la batalla se reanudó de nuevo tras la aparición repentina de Numerio Décimo, el general samnita. Décimo era, tanto por riqueza como por linaje, el hombre más importante no sólo de Boiano, su ciudad natal, sino de todo el Samnio. Obedeciendo las órdenes del dictador, llevaba al campamento una fuerza de ocho mil infantes y quinientos jinetes, y cuando apareció por la retaguardia de Aníbal ambos bandos pensaron que eran refuerzos llegados de Roma al mando de Quinto Fabio. Se afrma, además, que Aníbal ordenó a sus hombres que se retraran, que los romanos les siguieron y que con la ayuda de los samnitas capturaron en el mismo día dos de sus posiciones fortifcadas; murieron seis mil enemigos y unos cinco mil romanos, y aunque las pérdidas estaban tan equilibradas llegó a Roma un vanidoso informe sobre una espléndida victoria junto con una carta del jefe de la caballería aún más infundada.

[22.25] Este estado de cosas llevó a constantes discusiones en el Senado y la Asamblea. El dictador estaba solo en medio del regocijo general; declaró que él no concedía la menor credibilidad ni al informe ni a la carta, y que, incluso si todo fuera como parecía, temían más al éxito que a la adversidad. Ante esto, Marco Metlio, tribuno de la plebe, dijo que estaba empezando a resultar intolerable que el dictador, no contento con impedir que se lograse cualquier éxito cuando estaba en campaña, se opusiera ahora del mismo modo a los que se lograban en su ausencia. "Estaba perdiendo el tiempo deliberadamente al dirigir así la guerra con la intención de permanecer todo el tiempo que pudiera como único magistrado y retener el mando supremo. Un cónsul había caído en batalla, el otro había sido desterrado lejos de Italia con el pretexto de perseguir a la flota cartaginesa; dos pretores estaban ocupados completamente con Sicilia y Cerdeña, ninguna de las cuales provincias había necesitado un pretor en todo en este tiempo; Marco Minucio, el jefe de la caballería, había sido mantenido casi bajo custodia para evitar que viera al enemigo o hiciera cualquier cosa que se aproximara a la guerra. Y así, ¡por Hércules!, no sólo en el Samnio, de donde se retró ante los cartagineses como si se tratara de un territorio más allá del Ebro, sino también en los territorios de Campania, Cales y Falerno, resultaron completamente arrasados mientras el dictador estaba sentado sin hacer nada en Casilino, empleando las legiones de Roma para proteger sus propias tierras. Al jefe de la caballería y al ejército, que estaban ansiosos por combatir, se les mantenía dentro de sus líneas y casi prisioneros; se les privaba de sus armas como si fueran prisioneros de guerra. Por fn, tan pronto como el dictador partió, como hombres liberados de un bloqueo, salieron de sus fortifcaciones, derrotaron al enemigo y lo pusieron en fuga. Bajo tales circunstancias, yo estaría dispuesto, si la plebe de Roma aún poseía el espíritu que mostró en tiempos pasados, a dar el paso de presentar una medida para relevar a Quinto Fabio de su mando; como sea, propondré una resolución redactada en términos muy moderados para 'que la autoridad del jefe de la caballería se iguale a la del dictador'. Pero incluso si esta resolución se aprobase, debía impedirse a Quinto Fabio reunirse con el ejército antes de que hubiese nombrado al cónsul susttuto de Cayo Flaminio".

Como la línea que seguía el dictador era impopular en el más alto grado, este se mantuvo alejado de la Asamblea. Incluso en el Senado produjo una impresión desfavorable cuando habló en términos elogiosos del enemigo y achacó los desastres de los últimos dos años a la temeridad y falta de capacidad militar de los comandantes. El jefe de la caballería, dijo, debía ser llamado para rendir cuentas por haber luchado contra sus órdenes. Llegó a decir que si se dejasen en sus manos el mando supremo y la dirección de la guerra, haría conocer a los hombres que habiendo un buen general la Fortuna jugaba poco papel, por ser la inteligencia y la habilidad militar los factores principales. Haber conservado el ejército en circunstancias de extremo peligro, sin sufrir ningún tipo de derrota humillante, era en su opinión algo más glorioso que haber masacrado a miles de enemigos. Pero no pudo convencer a su audiencia y, después de nombrar a Marco Atilio Régulo como cónsul, partió por la noche para reunirse con su ejército. Él estaba ansioso por evitar un altercado personal sobre el asunto de su autoridad, y salió de Roma el día antes de que la propuesta fuera sometida a votación. Al amanecer, se celebró una Asamblea de la plebe para considerar la propuesta. Aunque el sentir general era de hostlidad hacia el dictador y de buena voluntad hacia el jefe de la caballería, pocos fueron lo bastante audaces como para apoyar estos sentimientos y recomendar una propuesta que, no obstante siendo aceptable a la plebe en su conjunto y estar el pueblo a favor, careció del apoyo de hombres de peso e infuencia. Se encontró un hombre que se presentó a defender la propuesta, Cayo Terencio Varrón, que fuera pretor el año antes, hombre de origen no ya humilde, sino bajo. Dice la tradición que su padre fue un carnicero que compraba él mismo la carne y que empleó a su hijo en este trabajo pesado y de baja categoría.

[22.26] Dejó el dinero obtenido con este negocio a su hijo, quien esperaba que su fortuna podría ayudarle para obtener una posición más respetable en la sociedad. Decidió converitrse en abogado, y sus apariciones en el Foro, donde defendió a hombres de las clases bajas a base de ataques ruidosos y difamatorios contra las propiedades y fama de ciudadanos respetables, le consiguió notoriedad y, fnalmente, una magistratura. Tras desempeñar la cuestura, dos edilidades, plebeya y curul, y por último la pretura, aspiraba ahora al consulado. Con esto en vista, aprovechó hábilmente los sentimientos en contra del dictador para obtener el favor popular y ganarse el mérito de que se aprobase la resolución. Todo el mundo, tanto en Roma como en el ejército, fuera amigo o enemigo, con la única excepción del propio dictador, consideró que esta propuesta tenía la intención de insultarle. Pero se enfrentó a la injusticia que el pueblo cometa con él, por estar amargado en su contra, con la misma digna compostura con que había anteriormente enfrentado las acusaciones que sus oponentes le lanzaban ante el pueblo. Estando aún de camino, recibió una carta que contenía el decreto del Senado equiparando sus mandos, pero como sabía perfectamente bien que el mando militar compartido y equiparado no implicaba en absoluto una similar competencia militar, regresó junto a su ejército sin que su ánimo lo quebrasen conciudadanos ni enemigos.

[22,27] Debido a su éxito y a su popularidad, Minucio se había vuelto casi insoportable, pero ahora que había obtenido una gran victoria, se jactaba con arrogancia sin límites, más que de haber vencido a Aníbal, de haber vencido a Quinto Fabio. "El hombre", proclamaba, "que fue escogido como el único general que podía enfrentarse a Aníbal, ahora, por orden del pueblo, había sido equiparado con su segundo al mando; el dictador tendría que compartr sus poderes con el jefe de la caballería. No hay precedentes de esto en nuestros anales, y se ha hecho en la misma Ciudad en la que los jefes de la caballería acostumbraban a mirar con temor las varas y segures de los dictadores. Tan brillantes han sido mi buena fortuna y mis méritos. Si el dictador persiste en aquellas dilaciones y retrasos que habían sido condenadas por el juicio de los hombres y de los dioses, yo seguiré mi buena fortuna donde quiera me lleve". Por consiguiente, en su primera entrevista con Quinto Fabio, le dijo que la primera cuestón a resolver era el método mediante el que ejercerían su mando compartido. El mejor plan, pensaba, sería que cada uno ejerciera el mando supremo en días alternos, o, si lo prefería, con intervalos más largos. Esto permitría que, quienquiera que estuviese al mando, se pudiera enfrentar a Aníbal con fuerzas y tácticas iguales a las suyas si surgía ocasión de actuar. Quinto Fabio respondió a esta propuesta con una rotunda negativa. Todo, adujo, cuanto la temeridad de su colega pudiera proponer estaría a merced de la Fortuna; aunque su mando estuviese equiparado con otro, no se le había privado completamente de él; así pues, él nunca cedería voluntariamente cualquier mando que ostentase para dirigir operaciones con sentido común y prudencia, y aunque rehusaba acordar una división del mando por periodos, estaba preparado para repartr con él al ejército y emplear la mejor de sus previsiones y juicios para salvar lo que pudiera, ya que no a todos. Por lo tanto, se dispuso que debían adoptar la costumbre de los cónsules y dividir las legiones entre ellos. La primera y cuarta quedaron con Minucio y Fabio retuvo a la segunda y a la tercera. La caballería y los contingentes proporcionados por los latinos y los aliados también quedaron divididos a partes iguales entre ellos. El jefe de la caballería insistó, incluso, en separar los campamentos.

[22,28] Nada de lo que estaba pasando entre sus enemigos escapó a la observación de Aníbal, pues tanto los desertores como sus exploradores le proporcionaban amplia información. Estaba encantado por partida doble: estaba seguro de aprovecharse a su manera de la insensata temeridad de Minucio, y había visto cómo las hábiles tácticas de Fabio le habían hecho perder la mitad de sus fuerzas. Entre el campamento de Minucio y el de Aníbal exista cierto terreno elevado, y el bando que se apoderase de él convertría la posición del enemigo en menos segura. Aníbal decidió ocuparla y, aunque habría sido mejor hacerlo sin luchar, prefrió provocar un combate con Minucio quien, estaba seguro, correría a detenerlo. Todo el país parecía, a primera vista, completamente inadecuado para tácticas de sorpresa, pues no había bosques en parte alguna, ni lugares cubiertos por arbustos o maleza; pero en realidad sí que se prestaba a tal propósito, precisamente porque en tan ancho valle nadie podría sospechar de ninguna estratagema. En sus recodos había cuevas, algunas tan grandes como para albergar a doscientos hombres armados. Cada uno de estos escondites se llenó de soldados, hasta un total de cinco mil infantes y jinetes. En todo caso, sin embargo, para que la estratagema no pudiera ser detectada por el movimiento involuntario de algún soldado o por el brillo de las armas en un valle tan abierto, al amanecer Aníbal envió un pequeño destacamento para apoderarse del terreno elevado ya mencionado y desviar la atención del enemigo. Tan pronto fueron divisados, su pequeño número pareció ridículo y todos los hombres pidieron que se les encargase la tarea de desalojarlos. Visible entre sus soldados, el necio y visible general hizo tocar a generala, insultando y amenazando vanamente al enemigo. Envió primero a la infantería ligera en orden abierto para escaramucear, a estos les siguió la caballería en formación cerrada y, por último, cuando vio que el enemigo llevaba refuerzos, avanzó con las legiones en línea. Aníbal, por su parte, reforzaba a sus hombres, tanto con jinetes como con infantes, donde quiera que tuviesen más presión y los números enfrentados crecieron rápidamente hasta que hubo formado a todo su ejército en orden de batalla y ambos bandos contaban con todas sus fuerzas. La infantería ligera romana, ascendiendo por la colina desde terreno más bajo, fue la primera en ser rechazada y obligada a volver hacia la caballería que la seguía, provocando el pánico. Buscaron refugio junto a los estandartes de las legiones, que fueron las únicas en mantener la presencia de ánimo y serenidad en medio del pánico general. De haber sido un combate frontal, hombre a hombre, habrían resultado evidentemente un gran rival para sus enemigos, tanto más cuanto que su anterior victoria, unos días antes, les había devuelto el valor. Sin embargo, la aparición repentina de las tropas ocultas y su ataque combinado sobre ambos flancos y la retaguardia de las legiones, produjo tal confusión y alarma que a ningún hombre quedó ánimo para combatir ni esperanza de escapar huyendo.

[22,29] La atención de Fabio se dirigió primero hacia los gritos de alarma, luego observó en la distancia las filas rotas y desordenadas. "Justo así", exclamó, "sorprende la Fortuna a su imprudencia, aunque no tan rápido como me temía. Fabio es su igual en el mando, pero ya ha visto que Aníbal le supera tanto en capacidad como en suerte. Sin embargo, no es este momento para la censura o el reproche, ¡sacad los estandartes fuera de la empalizada! Arrebatemos la victoria del enemigo y una confesión de error de nuestros conciudadanos". Para entonces, ya la derrota se había extendido por gran parte del campo de batalla, algunos habían muerto y otros buscaban un modo de escapar cuando apareció el ejército de Fabio como bajado del cielo para rescatarles. Antes de que llegaran al alcance de sus proyectiles y poder intercambiar golpes, contuvieron la alocada huida de sus camaradas y el fero ataque del enemigo. Los que se habían dispersado aquí y allí después que sus filas hubieran sido rotas se acercaron desde todas partes y volvieron a formar sus líneas; los que se habían mantenido juntos en su retirada, volvieron a enfrentar al enemigo y, formando en cuadro, los que hacía un momento se retraban volvieron a mantenerse firmes hombro con hombro. Las tropas derrotadas y las que estaban frescas en el campo de batalla se habían ya convertido prácticamente en una sola línea, y empezaban a avanzar los estandartes sobre el enemigo cuando el cartaginés mandó tocar a retirada, demostrando claramente que, habiendo él vencido a Minucio, a él le había vencido Fabio. La mayor parte del día se había gastado en estas variables fortunas de la batalla. A su regreso al campamento, Minucio convocó a sus hombres y se dirigió a ellos así: "Soldados, a menudo he oído decir que el mejor hombre es el que aconseja sobre qué es lo que se debe hacer; a este le sigue el hombre que sigue los buenos consejos; pero aquel hombre que ni sabe qué consejo dar ni obedece los buenos consejos de los demás resulta ser de la clase más baja de inteligencia. Ya que se nos ha negado la primera clase a inteligencia y capacidad, aferrémonos a la segunda e intermedia y, mientras aprendemos a mandar, decidámonos a obedecer a quien es sabio y previsor. Unámonos nuestro campamento con el de Fabio. Cuando hayamos llevado los estandartes a su Pretorio yo le llamaré "Padre", un ttulo que merece tanto por el servicio que nos ha hecho como por la majestad de su cargo; vosotros, soldados, saludaréis como "Patronos" a aquellos cuyas armas y diestras os han protegido hace tan poco. Si el día de hoy no nos ha servido para nada más, que nos confera al menos la gloria de poseer un corazón agradecido".

[22.30] Se dio la señal y se ordenó recoger el equipaje; luego marcharon en formación hasta el campamento del dictador donde, para su sorpresa, rodearon a este y a cuantos allí estaban. Cuando hubieron colocado los estandartes frente a su tribunal, el jefe de la caballería se adelantó y le llamó "Padre", y todas sus fuerzas saludaron a la multitud que les rodeaba como "Patrones". Luego, dijo: "Te he puesto, dictador, con mis palabras, al mismo nivel que mis padres; pero a ellos debo solo la vida, a t te debo mi preservación y la seguridad de todos estos hombres. El decreto de la plebe, que siento más como una carga que como un honor, soy el primero en rechazarlo y anularlo y, rezando para que esto sea tu favor, el mío y el de estos ejércitos tuyos, defensores y defendidos por igual, me coloco yo mismo bajo los auspicios de tu autoridad y te devuelto estas legiones con sus estandartes. Te pido, como acto de gracia, que me ordenes conservar mi cargo y que estos, cada uno de ellos, conserve su lugar en filas". Se estrecharon las diestras y, disolviéndose la asamblea, los soldados fueron llevados a las tiendas donde fueron generosa y hospitalariamente entretenidos tanto por conocidos como por desconocidos, y el día, que hacía tan poco resultaba oscuro, sombrío y casi marcado por el desastre, se convirtó en otro de gozo y alegría. Cuando llegó la noticia de este suceso a Roma y se confrmó luego mediante cartas, no solo de ambos jefes, sino también de soldados rasos de ambos ejércitos, todo el mundo alabó a Máximo y le puso por las nubes. Ganó la misma reputación entre Aníbal y los cartagineses; ahora, por fn, comprobaban que combatan contra romanos y en suelo italiano. Durante los últimos dos años habían sentido tal desprecio por los generales romanos y las tropas romanas que apenas podían creer que estuviesen guerreando contra aquella nación de la que habían escuchado tan terribles historias a sus padres. Se cuenta que Aníbal, a su regreso del campo de batalla, dijo: "La nube que durante tanto tiempo se asentaba en los picos de las montañas ha estallado al fin como tormenta y lluvia sobre nosotros".

[22.31] Mientras tenían lugar en Italia estos acontecimientos, Cneo Servicio Gémino, con una flota de ciento veinte barcos, visitaba Cerdeña y Córcega y recibía rehenes de ambas islas; desde allí navegó hasta África. Antes de desembarcar en el continente, asoló la isla de Djerba y permitó a los habitantes de Kerkennah salvar su isla de una visita similar pagando una indemnización de diez talentos de plata

[en el original latino, se trata de las islas de Menix y Cercina; así mismo, la cantidad equivale a 323 o 270 kilos de plata según sean talentos romanos o áticos, respectivamente.-N. del T.]. Después de esto, desembarcó sus fuerzas en la costa africana y las envió, tanto a soldados como a marineros, a devastar el país. Se dispersaron a lo largo y a lo ancho, como si estuviesen saqueando islas deshabitadas y, en consecuencia, su imprudencia les llevó a una emboscada. Dispersos en pequeños grupos, fueron rodeados por gran número de enemigos que conocían el país mientras que a ellos les era extraño, con el resultado de que fueron obligados a huir alocadamente y volvieron con grandes pérdidas a sus barcos. Después de perder hasta un millar de hombres, entre ellos al cuestor Tiberio Sempronio Bleso, la flota se hizo a toda prisa a la mar, llena de enemigos, y puso rumbo a Sicilia. La entregó en Marsala al pretor Tito Otacilio, para que su general Publio Cincio la devolviera a Roma. El mismo Servilio siguió por tierra a través de Sicilia y cruzó el estrecho hasta Italia, a consecuencia de un despacho de Quinto Fabio que les llamaba, a él y a su colega Marco Atilio, para hacerse cargo de los ejércitos, pues los seis meses de su cargo estaban a punto de expirar. Todos los analistas, con una o dos excepciones, cuentan que Fabio actuó contra Aníbal como dictador; Celio añade que fue el primer dictador nombrado por el pueblo. Pero Celio y el resto se olvidan de que el derecho a nombrar un dictador lo tenía exclusivamente el cónsul, y Servilio, que era el único cónsul por entonces, estaba en la Galia. Los ciudadanos, consternados por tres derrotas consecutivas, no podían soportar la idea de la demora y se tuvo que recurrir al nombramiento por el pueblo de un hombre que actuase "en lugar de un dictador o "pro dictatore". Sus logros posteriores, su brillante reputación como comandante, y las exageraciones que sus descendientes introdujeron en la inscripción de su busto explican fácilmente la creencia que al fnal ganó terreno, o sea, que Fabio, que sólo había sido pro-dictador, fue en realidad dictador.


[22,32] El mando del ejército de Fabio se entregó a Atilio, Servilio Gémino se hizo cargo del que había mandado Minucio. No perdieron tiempo en fortifcar sus cuarteles de invierno y durante el resto del otoño dirigieron sus operaciones conjuntas en la más perfecta armonía, en la línea que Fabio había establecido. Cuando Aníbal salía de su campamento para recolectar vituallas, se situaban convenientemente en lugares distintos para acosar a su cuerpo principal y destrozar a los rezagados; pero rehusaban un enfrentamiento general, aunque el enemigo empleaba todas las estratagemas que podía para llevarles a uno. Aníbal quedó reducido a tal extremo que habría marchado de vuelta a la Galia de no haber parecido su partida una huida. Si los cónsules hubiesen perseverado en la misma táctica, no le habría quedado posibilidad alguna de alimentar a su ejército en aquella parte de Italia. Cuando el invierno había llevado la guerra a un punto muerto en Gereonio, llegaron embajadores de Nápoles a Roma. Trajeron con ellos a la Curia cuarenta copas de oro, muy pesadas, y se dirigieron a los senadores reunidos en los siguientes términos: "Sabemos que el tesoro romano se está vaciando a causa de la guerra, y ya que esta guerra se está librando tanto en las ciudades y campos de los aliados como en la capital y fortaleza de Italia, la Ciudad de Roma y su Imperio, nosotros, los napolitanos, hemos considerado que era justo ayudar al pueblo romano con el oro que nos dejaron nuestros antepasados para enriquecer nuestros templos y como reserva para tiempos de necesidad. Si creían que necesitaban alguna ayuda personal, con gusto se la ofrecerían. Los senadores y al pueblo de Roma nos complacerán sumamente si consideran cuanto tienen los napolitanos como suyo propio y se dignan aceptar este nuestro regalo más por la buena voluntad y disposición con que se ofrece que por cualquier valor intrínseco que pudiera poseer". Se aprobó conceder un voto de gracias a los embajadores, por su generosidad y su preocupación por el interés de Roma, y se aceptó una copa, la más pequeña.

[22.33] Casi al mismo tiempo, un espía cartaginés que durante dos años había eludido su detección fue capturado en Roma, y después de cortarle ambas manos se le expulsó. Se crucifcó a veintcinco esclavos que habían tramado una conspiración en el Campo de Marte; al delator se le dio la libertad y veinte mil ases de bronce [545 kilos de bronce.-N. del T.]. Se enviaron embajadores a Filipo, rey de Macedonia, para exigir la entrega de Demetrio de Faro [ahora isla de Lesina.-N. del T.], que se había refugiado con él tras su derrota, y se envió otra embajada a los ligures para presentar una queja formar por la ayuda que habían proporcionado a los cartagineses en dinero y hombres, y al mismo tiempo para tener una visión más cercana de cuanto estaba pasando entre los boyos y los ínsubros. También se enviaron embajadores a Pineo, rey de Iliria, para exigir el pago del tribuno que debía o, si deseaba una mora en el tiempo, aceptar garantas personales de su pago. Así, pese a llevar una inmensa guerra sobre sus hombros, nada escapaba a la atención de los romanos en ninguna parte del mundo, por muy distante que fuese. Surgió un problema religioso en relación con una promesa incumplida. Con ocasión del motin de las tropas en la Galia, dos años antes, el pretor Lucio Manlio había prometido un templo a la Concordia, pero hasta ese momento no se había frmado el contrato para su construcción. Fueron nombrados duunviros a tal efecto por el pretor Marco Emilio, a saber, Cayo Pupio y Ceso Quincio Flaminio, y ambos se encargaron de la construcción del templo dentro del recinto de la ciudadela. El Senado aprobó una resolución por la que Emilio también debía escribir a los cónsules pidiéndoles que uno de ellos, si les parecía bien, viniese a Roma para celebrar las elecciones consulares, debiendo él avisar qué día se celebrarían una vez que lo fjasen. Los cónsules respondieron que no podían abandonar el ejército, en presencia del enemigo, sin peligro para la república; sería por tanto mejor que las elecciones fueran celebradas por un interrex y que no se hiciera volver a un cónsul del frente. El Senado pensó que era mejor que un cónsul nombrase un dictador con el propósito de celebrar elecciones. Se nombró a Lucio Veturio Filón, y él designó a Manlio Pomponio Matón como su jefe de caballería. Su elección fue considerada inválida por defectos de forma y se les ordenó renunciar a sus cargos después de desempeñarlos durante catorce días; los asuntos volvieron a un interregno.

[22,34] -216 a.C.-Servilio y Régulo vieron sus mandos prorrogados por otro año. Los interreges designados por el Senado fueron Cayo Claudio Cento, hijo de Apio, y Publio. Cornelio Asina. Este último llevó a cabo las elecciones en medio de un amargo conficto entre patricios y plebeyos. El pueblo trataba de nombrar cónsul a Cayo Terencio Varrón, uno de sus miembros, que se había ganado a la plebe merced a sus ataques contra los principales hombres del Estado y por sus ardides populistas. Su éxito al anular la infuencia de Fabio y debilitar la autoridad del dictador le había proporcionado cierta gloria a ojos de la multitud, que se agudizó con la impopularidad del otro, e hicieron cuanto pudieron por elevarlo al consulado. Los patricios se le opusieron a él con todas sus fuerzas, temiendo que se convirtera en práctica común el atacarles como medio de llegar a igualárseles. Quinto Bebio Herenio, tribuno de la plebe y familiar de Varrón, acusó no solo al Senado, sino también a los augures, por haber impedido que el dictador celebrase las elecciones, y así enconaba la opinión pública contra ellos, reforzando la opinión favorable hacia su propio candidato. "Fue la nobleza", decía, "la que durante muchos años había estado tratando de provocar una guerra, que Aníbal había llevado hasta Italia, y cuando a la guerra se le podría haber puesto fn, fueron ellos quienes la prolongaron sin escrúpulos. La ventaja que Marco Minucio obtuvo durante la ausencia de Fabio dejó más que claro que con cuatro legiones combinadas se podía sostener una batalla victoriosa; pero se expuso dos legiones a la masacre por parte del enemigo, y luego, habiéndolas rescatado en el último instante para que le llamasen "Padre" y "Patrón", quien había impedido a los romanos vencer y no que fueran derrotados. Y luego los cónsules que, aunque tenían en sus manos el haber terminado la guerra, adoptaron las tácticas de Fabio y la prolongaron. Este era el acuerdo secreto al que habían llegado todos los nobles, y nunca veremos el fnal de la guerra hasta que hayamos elegido como cónsul a un hombre que sea realmente un plebeyo, es decir, un hombre nuevo [homo novus, en latin, era aquel que llegaba por vez primera en su familia a una dignidad curul -consulado, pretura o edilidad curul-o con imperium -dictador, jefe de la caballería, decenviro o tribuno militar.-N. del T.]. La nobleza plebeya había sido iniciada en los mismos misterios; cuando, por fn, los patricios ya no les miraban por encima del hombre, enseguida empezaron ellos a mirar por encima del hombro a la plebe. ¿Quién no veía que su única meta y objetivo eran lograr un interregno para que las elecciones pudieran ser controladas por los patricios? Ese era el propósito de los cónsules al quedarse ambos con el ejército; luego, posteriormente, como tenían que nombrar un dictador en contra de su deseo de celebrar las elecciones, habían impuesto su posición y el nombramiento del dictador fue declarado nulo por los augures. Pues bien, ahora tenían su interregno; un consulado, en todo caso, pertenecía a la plebe de Roma; el pueblo dispondría libremente de él y lo daría al hombre que prefriese una rápida victoria a un mando prolongado".


[22,35] Arengas como estas excitaban el intenso entusiasmo de la plebe. Había tres candidatos patricios en campaña, Publio Cornelio Merenda, Lucio Manlio Vulso y Marco Emilio Lépido; dos plebeyos, ahora ennoblecidos, Cayo Atilio Serrano y Quinto Elio Peto, de los cuales el uno había sido pontífice y el otro augur. Sin embargo, el único elegido fue Cayo Terencio Varrón, de modo que las elecciones para designar a su colega estaban en sus manos. La nobleza vio que sus rivales no eran lo sufcientemente fuertes y obligó a presentarse a Lucio Emilio Paulo. Este había sido cónsul con Marco Livio y había escapado por poco a la sentencia que condenó a su colega, por lo que estaba resentido con la plebe, y se resistó con persistencia a presentarse como candidato. Al siguiente día para la elección, tras haberse retirado todos los oponentes de Varrón, se le eligió a él, no tanto para ser su colega sino para oponérsele en igualdad de condiciones. Sucedieron a estas las elecciones de los pretores, los elegidos fueron Manlio Pomponio Matón y Publio Furio Filo. A Filo se le asignó la jurisdicción sobre los ciudadanos romanos y a Pomponio la resolución de los pleitos entre ciudadanos y extranjeros. Se nombraron dos pretores adicionales, Marco Claudio Marcelo para Sicilia y Lucio Postumio Albino para actuar en la Galia. Estos fueron elegidos, ambos, en su ausencia, y ninguno de ellos, con la excepción del cónsul Terencio, eran nuevos en el cargo. Varios hombres fuertes y capaces fueron pasados por alto, pues en aquel momento no pareció conveniente que se confiasen las magistraturas a hombres nuevos y sin experiencia.


[22.36] Se incrementaron los ejércitos, pero en cuanto a qué adiciones se hicieran a la infantería y a la caballería, los autores diferen bastante, tanto en cuanto al número como a la naturaleza de las fuerzas; así que no me atrevo a afrmar nada como positivamente cierto. Algunos dicen que se alistó a diez mil para compensar las pérdidas, otros que se alistaron cuatro legiones para que se pudiera enfrentar la guerra con ocho legiones. Algunos autores recogen que tanto la caballería como la infantería de las legiones se reforzaron mediante la adición de mil infantes y cien jinetes a cada una, de manera que pasaron a constar de cinco mil infantes y trescientos jinetes, en tanto que los aliados encuadraron el doble del número de jinetes y el mismo número de infantes. Así, según estos autores, había en campaña, cuando se libró la batalla de Cannas, ochenta y siete mil doscientos hombres armados. Una cosa es segura, la lucha se reanudó con mayor vigor y energía que en años anteriores, debido a que el dictador les había dado motivos para pensar que el enemigo podía ser vencido. Pero antes de que las legiones recién alistadas abandonasen la Ciudad, se obligó a los decenviros a consultar los Libros Sagrados a causa de la inquietud provocada por recientes portentos. Se anunció que habían llovido piedras simultáneamente sobre el Aventino en Roma y en Ariccia; que las estatuas de los dioses, entre los sabinos, habían sudado sangre y que había fluido agua fría de las aguas termales. Este último prodigio fue el que provocó más terror, pues ya había acontecido en varias ocasiones. En la vía porticada que está cerca del Campus [o sea, el Campo de Marte.-N. del T.], varios hombres murieron al ser alcanzados por el rayo. La expiación adecuada de estos presagios se determinó a partir de los Libros Sagrados. Algunos embajadores de Pesto [actual Capaccio-Paestum, a 92 kilómetros de Nápoles.-N. del T.] trajeron copas de oro a Roma. Se votó agradecérselo, como en el caso de Nápoles, pero no se aceptó el oro.


[22.37] Casi al mismo tiempo, una flota que había sido enviada por Hierón llegó a Ostia con una gran cantidad de suministros. Cuando sus embajadores fueron presentados ante el Senado, se expresaron en los siguientes términos: "Las nuevas de la muerte del cónsul Flaminio y de la destrucción de su ejército han provocado tanta angustia y dolor al rey Hierón como no lo habrían hecho más profundamente cualquier desastre que pudiera ocurrirle a él personalmente o a su reino. A pesar de que sabe muy bien que la grandeza de Roma es casi más admirable en la adversidad que en la prosperidad, no obstante ello, él ha enviado todo aquello con lo que los buenos y feles aliados pueden ayudar a sus amigos en tiempos de guerra, e insta encarecidamente al Senado a no rechazar su oferta. Para empezar, traemos, como un presagio de buena fortuna, una estatua de oro de la Victoria, de doscientas veinte libras de peso [71,94 kilos.-N. del T.]. Os pedimos que la aceptéis y la conservéis para siempre en vuestra propiedad. También hemos traído trescientos mil modios de trigo y doscientos mil de cebada [si suponemos que se trataba del modio de a 8,75 litros y no del militar de 17,51 litros, considerando un peso de 800 gramos de trigo y 700 de cebada por litro, el regalo consistía en 2100 toneladas de trigo y 1225 toneladas de cebada.-N. del T.], y estamos preparados para transportar cuanto requiráis hasta cualquier lugar que podáis decidir. El rey es muy consciente de que Roma no emplea más legionarios ni caballería que los romanos o los de la nación latina, pero ha visto que hay extranjeros sirviendo como infantería ligera en los campamentos romanos. Por consiguiente, ha enviado mil arqueros y honderos, capaces de combatir contra los baleares y moros y de otras tribus que luchan arrojando proyectiles". Complementaron estos regalos con la sugerencia de que el pretor a quien se había asignado Sicilia llevase la flota hasta África, para que el territorio enemigo también fuera visitado por la guerra y que no tuvieran tantas facilidades para enviar refuerzos a Aníbal. El Senado encargó a los embajadores que llevasen la siguiente respuesta al rey: Hierón era un hombre de honor y un aliado ejemplar; había sido siempre fiel a lo largo del tiempo y había rendido en cada ocasión la más generosa ayuda a Roma, y por ello Roma se lo agradecía debidamente. El oro que había sido ofrecido por una o dos ciudades no había sido aceptado, aunque el pueblo romano se mostró muy agradecido por el ofrecimiento. Aceptarían, sin embargo, la estatua de la Victoria como un presagio sobre el futuro, y designarían y consagrarían para ella un lugar en el Capitolio, en el templo de Júpiter Óptimo Máximo. Consagrada en tan fuerte lugar, se mostraría amable, propicia, constante y firme para con Roma. Los arqueros, los honderos y el grano se entregaron a los cónsules. La flota de cincuenta quinquerremes que Tito Otacilio tenía con él en Sicilia se vio reforzada por la adición de otros veintcinco quinquerremes, y se le dio permiso para cruzar a África, si pensaba que resultase en interés de la república.

[22,38] Después de completar el alistamiento, los cónsules esperaron unos días para que llegasen los contingentes proporcionados por los latinos y los aliados. Luego, cosa que nunca antes había ocurrido, los tribunos militares tomaron el juramento a los soldados. Hasta ese día, solo se daba la palabra de honor de presentarse [otras traducciones dan "compromiso sagrado" o "prestar juramento" para el término latino original "sacramentum".-N. del T.] tras la orden del cónsul y no abandonarles sin que se les mandara hacerlo. También había sido costumbre entre los soldados, cuando se encuadraban por centurias y decurias, que por propia voluntad, los jinetes en las decurias y los infantes en las centurias, prestaran juramento a los demás de no abandonar a sus camaradas por temor ni huir, y que no abandonarían las filas salvo para recuperar o recoger un arma, para atacar al enemigo o salvar a un camarada. Este pacto voluntario se tornó ahora en un juramento formal prestado ante los tribunos. Antes de que se marcharan de la ciudad, el cónsul Varrón pronunció varias arengas exaltadas en las que declaró que la guerra había sido llevada a Italia por los nobles y que seguiría alimentándose de las esencias de la república si hubieran más jefes como Fabio; él, Varrón, daría término a la guerra el mismo día que pusiera la vista sobre el enemigo. Su colega, Paulo, el día antes de dejar la Ciudad, sólo hizo un discurso, más verídico que agradable de oír, ante el pueblo. Nada dijo en contra de Varrón, pero sí expresó su sorpresa porque cualquier jefe, estando aún en la Ciudad sin haberse hecho cargo de su mando, sin conocer su ejército ni al del enemigo, sin obtener inteligencia en cuanto al país y la naturaleza del terreno, supiese de qué manera dirigiría la campaña y fuese capaz de predecir el día en que libraría la batalla decisiva con el enemigo. En cuanto a él, Paulo dijo que no iba a adelantarse a los acontecimientos divulgando sus medidas ya que, después de todo, las circunstancias determinaban las disposiciones de los hombres mucho más de lo que los hombres ponían las circunstancias al servicio de sus medidas. Él esperaba y rezaba que las medidas que hubiera de tomar resultasen prudentes y previsoras y terminaran con éxito; hasta entonces, la imprudencia, además de insensata, había demostrado resultar funesta. Dejó bien claro que él preferiría la seguridad a los consejos apresurados; para fortalecerlo en esto, se dice que Fabio, en su partda, se le dirigió en los siguientes términos:

[22.39] "Lucio Emilio, si fueses como tu colega, o si tu colega fuese como tú -que es lo que me gustaría-mi discurso sería simplemente innecesario. Porque si ambos fueseis buenos cónsules, como tú, sin ninguna sugerencia mía haríais cuanto el interés del Estado o vuestro propio sentido del honor demandase; si ambos fueseis malos, ni escucharíais nada de lo que yo tuviera que decir ni tomaríais ningún consejo que yo os pudiese ofrecer. Tal como son las cosas, cuando miro a tu colega y considero qué clase de hombre eres tú, a t dirigiré mis palabras. Puedo ver que tus méritos como hombre y como ciudadano en nada infuirán si la mitad de la república está mermada y los malos consejos poseen la misma fuerza y autoridad que los buenos. Te equivocas, Lucio Paulo, si te imaginas que tendrás menos difcultades con Cayo Terencio que con Aníbal; más bien creo que el primero resultará ser un enemigo más peligroso que el último. Con uno solo habrás de combatir en el campo de batalla, la oposición del otro habrás de enfrentarla siempre y en todo lugar. Contra Aníbal y sus legiones tendrás tu caballería y tu infantería, cuando Varrón esté al mando usará tus propios hombres en tu contra. Yo no quiero atraer sobre t la mala suerte mencionando al desgraciado Flaminio, pero sí debo decir que fue solo tras ser cónsul y tomar posesión de su provincia cuando empezó a comportarse como un loco, pero este hombre ya estaba loco antes de aspirar al consulado y al también después, al presentarse, y ahora que es cónsul, antes de haber contemplado el campo de batalla o al enemigo, está más loco que nunca. Si levanta tales tormentas entre los pacífcos ciudadanos, alardeando como hasta ahora de combates y campos de batalla, ¿qué creéis que hará cuando hable a hombres de armas -y hombres jóvenes-y sus palabras conduzcan a la acción? Y sin embargo, si lleva a cabo su amenaza y entra en combate enseguida, o yo soy un completo ignorante de la ciencia militar, de la naturaleza de esta guerra y del enemigo al que nos enfrentamos, o algún lugar será aún más famoso por nuestra derrota que el de Trasimeno. No es momento de jactarse ante uno solo y prefero pensar que he ido demasiado lejos al despreciar la gloria que no en su búsqueda; pues, de hecho, el único método racional de llevar a cabo la guerra contra Aníbal es el que he seguido. No solo nos enseña esto la experiencia, que es la maestra de los tontos, sino el razonamiento de que las cosas han sido iguales y seguirán sin cambiar mientras las condiciones sean las mismas. Estamos dirigiendo una guerra en Italia, en nuestro propio país, en nuestro propio suelo, todos a nuestro alrededor son ciudadanos y aliados, nos ayudan con hombres, caballos, suministros, y seguirán haciéndolo, pues han demostrado su lealtad a nosotros en nuestra adversidad; el tiempo y las circunstancias nos hacen mejores, más prudentes, más constantes. Aníbal, por otra parte, se encuentra en una tierra extranjera y hostl, lejos de su hogar y su país, enfrentado en todas partes a la oposición y el peligro; en parte alguna, por tierra o mar, puede hallar paz; ninguna ciudad le admite tras sus puertas o sus murallas; en ningún lugar ve nada que pueda llamar suyo, ha de vivir del pillaje diario: apenas tiene un tercio del ejército con el que cruzó el Ebro; ha perdido a más por el hambre que por la espada y hasta esos pocos tienen apenas bastante para seguir con vida. ¿Dudas, entonces, de que si nos sentamos no obtendremos el mejor resultado con un hombre que día tras día es más débil, que no tiene ni suministros ni dinero? ¿Cuánto tiempo ha estado sentado ante los muros de Gereonio, una pobre fortaleza en Apulia, como si fueran los muros de Cartago? Pero no voy cantaré mis propias alabanzas, ni siquiera ante t. Mira cómo le han engañado los últimos cónsules, Servilio y Atilio. Este, Lucio Paulo, es el único camino seguro a adoptar, y es uno que tus conciudadanos te harán más peligroso y difcil de seguir que el enemigo. Porque tus propios soldados querrán lo mismo que el enemigo y el general cartaginés, Aníbal, deseará lo mismo que el cónsul romano Varrón. Solo tendrás una mano contra ambos comandantes. Y te podrás conservar si permaneces firme contra la calumnia pública y la chanza privada, si permaneces impasible antes las tergiversaciones y falsedades de tu colega. Se dice que la verdad es demasiado a menudo eclipsada, pero nunca se extingue por completo. El hombre que desprecia la falsa gloria poseerá la verdad. Deja que te llamen cobarde porque seas cauteloso, lento por refexivo, débil por ser buen general. Prefero más que le des motivo de temor a un enemigo inteligente que ganar los elogios de tontos compatriotas. Aníbal sólo sentrá desprecio por un hombre que corre todos los riesgos, temerá a quien nunca da un paso en falso. No te aconsejo que hagas nada, pero sí te aconsejo que te guíes en cuanto hagas por el sentido común y la razón, no por la Fortuna. Nunca pierdas el control de tus fuerzas y de t mismo; estate siempre preparado, siempre alerta; nunca dejes de aprovechar una oportunidad que te sea favorable y nunca des una oportunidad favorable al enemigo. El hombre que no tiene prisa siempre ve el camino con claridad; la prisa yerra a ciegas".

[22.40] La respuesta del cónsul estuvo lejos de ser agradable, pues admitó que el consejo recibido era la verdad, pero nada fácil de llevar a la práctica. Si el dictador había encontrado insoportable a su jefe de la caballería, ¿qué poder o autoridad podía tener un cónsul frente a un colega violento y obstinado? "En mi primer consulado", dijo, "escapé chamuscado del fuego de la furia popular. Espero y ruego porque todo termine con éxito, pero si nos ocurriera alguna desgracia, me expondré antes a las armas del enemigo que al veredicto de los enfurecidos ciudadanos". Con estas palabras partió Paulo, según se dice, acompañado por los más notables hombres de entre los patricios; al cónsul plebeyo le asistan sus plebeyos amigos, más notables por su número que por la calidad de los hombres que componían la multitud. Cuando llegaron al campamento, los reclutas y los veteranos se encuadraron en un solo ejército y se dispusieron dos campamentos separados; el nuevo, que era el más pequeño, más cercano a Aníbal, mientras que en el antiguo campamento se situaron la mayor parte del ejército y las mejores tropas. Marco Atilio, uno de los cónsules del año anterior, adujo su edad y fue enviado de vuelta a Roma; el otro, Gémino Servilio, fue puesto al mando del campamento más pequeño de las legiones romanas y dos mil jinetes e infantes aliados. Aunque Aníbal vio que el ejército que se le oponía era el doble de grande que el anterior, se alegró enormemente por la llegada de los cónsules [Livio dice, literalmente, "dimidia", la mitad más; pero con anterioridad, en el capítulo 36, declara que algunos autores hacen ascender las cifras hasta ochenta y siete mil doscientos hombres, lo que serían ocho legiones más las fuerzas auxiliares; esto supone duplicar el tamaño y no aumentarlo en una mitad, de ahí nuestra traducción.-N. del T.]. Pues no sólo no le quedaba nada de su diario saqueo, sino que ya no había nada que saquear en parte alguna, pues todo el grano, no siendo ya seguro el país, había sido en su totalidad almacenado en las ciudades. Apenas le quedaban raciones de grano para diez días, como se descubrió más tarde, y los hispanos dispuestos a desertar, debido a la falta de suministros, si los romanos hubiesen dejado que el tiempo madurase las cosas.

[22.41] Ocurrió un incidente que aún alentó más el temperamento impetuoso y obcecado de Varrón. Se habían enviado partdas para ahuyentar a los forrajeadores y se libró un confuso combate, en el que los soldados corrían sin un plan previo ni órdenes de sus jefes, que no resultó en absoluto favorable a los cartagineses. Resultaron muertos unos mil setecientos de ellos, las pérdidas romanas y aliadas no ascendieron a más de cien. Los cónsules mandaban en días alternos y ese día resultaba ser el turno de Paulo. Retuvo a los vencedores, que perseguían al enemigo en gran desorden, pues temía una emboscada. Varrón estaba furioso, y a voz en grito exclamó que se había permitido escapar de entre las manos al enemigo y que si no se hubiera detenido la persecución se podría haber dado término a la guerra. Aníbal no lamentó mucho sus pérdidas, por el contrario, creía que servirían de cebo a la impetuosidad del cónsul y de sus tropas recién alistadas, y que sería más temerario que nunca. Cuanto ocurría en el campamento enemigo le era tan bien conocido como lo que pasaba en el suyo propio; estaba completamente al tanto de las diferencias y discusiones entre los comandantes y de que dos tercios del ejército consistan en bisoños. La noche siguiente, seleccionó lo que consideró una posición adecuada para una emboscada, dirigió a sus hombres fuera del campamento sin nada más que sus armas, dejando atrás todas sus propiedades, tanto públicas como privadas. A continuación, ocultó la fuerza detrás de las colinas que encerraban el valle, la infantería a la izquierda y la caballería a la derecha, y llevó el tren de equipajes por el centro del valle con la esperanza de sorprender a los romanos mientras saqueaban el campamento aparentemente desierto y obstaculizado con su botín. Se dejaron ardiendo numerosos fuegos en el campamento, para dar la impresión de que deseaba mantener a los cónsules en sus respectivas posiciones hasta que hubiera recorrido una distancia considerable en su retirada. Fabio había sido engañado por la misma estratagema el año anterior.

[22.42] Conforme se hacía de día, se vio que habían retirado los piquetes y luego, al acercarse, les sorprendió el inusual silencio. Cuando quedó defnitivamente claro que el campamento estaba vacío, los hombres corrieron a una hacia el pretorio donde informaron a los cónsules de que el enemigo había huido tan deprisa que se habían dejado las tiendas en pie y para asegurarse más el secreto de su huida, se habían dejado numerosos fuegos encendidos. Se levantó entonces un griterío exigiendo que se diera orden de avanzar, que se iniciara la persecución y que se saqueara inmediatamente el campamento. Uno de los cónsules se comportó como si formase parte de la multitud vociferante; el otro, Paulo, afrmaba repetdamente la necesidad de ser cautos y prudentes. Por fn, incapaz de lidiar con la multitud amotinada y su líder de cualquier otra manera, envió al prefecto Mario EstAtilio con sus fuerzas de caballería lucana a efectuar un reconocimiento. Cuando hubo cabalgado hasta las puertas del campamento ordenó a sus hombres detenerse fuera de las fortifcaciones y él mismo, con dos de sus soldados, entraron al campamento y tras una completa y minuciosa inspección volvieron para informar de que allí había ciertamente una treta: los fuegos se habían encendido en la parte del campamento que daba a los romanos, las tiendas estaban abiertas con todo lo de valor a la vista y en algunas zonas había visto plata trada por las vías, como puesta a modo de botín. Lejos de disuadir a los soldados de satisfacer su codicia, como era su intención, su informe sólo la infamó más y se levantó un griterío diciendo que si no se daba la señal, irían con o sin sus generales. No obstante, no les faltó un general, pues Varrón al instante dio señal de avanzar. Paulo, que dudaba, recibió el informe de que los pollos no daban un buen augurio y ordenó que se le comunicase inmediatamente a su colega, justo cuando salía por las puertas del campamento. Varrón quedó muy molesto, pero el recuerdo de la catástrofe que sobrevino a Flaminio y la derrota naval que sufrió el cónsul Claudio la Primera Guerra Púnica le produjeron un escrúpulo religioso [se refiere Livio al cónsul Publio Claudio Pulcro que, en 249 a.C. atacó con su flota a los cartagineses en Drepanum -actual Trapani, en Sicilia-, perdiéndola casi completamente tras haber ordenado arrojar por la borda a los pollos sagrados que se habían negado a comer, signo de mal augurio.-N. del T.]. Parecía como si los propios dioses, aquel día, retrasasen más que impidiesen el destino fatal que se cernía sobre los romanos. Porque sucedió que, mientras los soldados hacían caso omiso de la orden del cónsul para llevar los estandartes de vuelta al campamento, dos esclavos, uno perteneciente a un soldado de Formia y el otro a un jinete sidicino, que habían sido capturados con las partdas de forrajeo cuando Servilio y Atilio estaban al mando, se escaparon aquel día con sus antiguos amos. Fueron llevados ante el cónsul y le dijeron que todo el ejército de Aníbal se escondía tras los montes vecinos. La oportuna llegada de estos hombres restauró la autoridad de los cónsules, aunque uno de ellos, en su ansia de popularidad, había debilitado su autoridad por su complicidad sin escrúpulos en las faltas de disciplina.

[22.43] Cuando Aníbal vio que el temerario movimiento que los romanos habían iniciado no se completaba imprudentemente y que su ardid había sido descubierto, regresó al campamento. Debido a la falta de grano no podría permanecer allí muchos días, y aparecían continuamente nuevos planes, no sólo entre los soldados, que eran una mezcla de todas las naciones, sino incluso en la mente del propio general. Los murmullos crecieron poco a poco, hasta converitrse en fuertes protestas, conforme los hombres exigían sus pagas atrasadas y se quejaban del hambre que padecían; además, se extendió el rumor de que los mercenarios, principalmente los hispanos, habían tramado una conspiración para desertar. Incluso el propio Aníbal, se dice, pensó en alguna ocasión huir con su caballería a la Galia, dejando atrás a su infantería. Discuténdose tales planes y con este ambiente entre los hombres, decidió trasladarse a la zona más cálida de Apulia, donde la cosecha era más temprana y donde, debido a la mayor distancia del enemigo, la deserción resultaría más difcil para los cambiantes pensamientos de parte de su ejército. Como en la ocasión anterior, ordenó que se encendieran fogatas y que se dejaran unas pocas tiendas donde pudieran ser vistas, para que los romanos, suponiendo una treta similar, fuesen reacios a moverse. Sin embargo, se envió nuevamente a EstAtilio con sus lucanos para hacer un reconocimiento, y lo hizo a fondo más allá del campamento y sobre las montañas. Informó de que había visto de lejos al enemigo en columna de marcha y se discutó la cuestón de la persecución. Como de costumbre, las opiniones de los dos cónsules eran opuestas, pero casi todos los presentes apoyaron a Varrón; ni una sola voz se declaró a favor de Paulo, excepto la de Servilio, cónsul el año anterior. Prevaleció la opinión de la mayoría del consejo y, por lo tanto, impulsados por el destino, marcharon para hacer famosa a Cannas en los anales de las derrotas romanas. Fue en la proximidad de esta aldea donde Aníbal fjo su campamento, de espaldas al viento Volturno [es el siroco, viento del sudeste.-N. del T.] y llena las áridas planicies de nubes de polvo. Esta disposición era muy conveniente para su campamento, y demostró luego ser extremadamente ventajosa cuando formó su orden de batalla, pues sus propios hombres, con el viento por detrás, soplando solo sobre sus espaldas, pudieron luchar contra un enemigo cegado por grandes cantdades de polvo.

[22.44] Los cónsules siguieron a los cartagineses, examinando cuidadosamente los caminos por los que marchaban, y cuando llegaron a Cannas y tuvieron a la vista al enemigo montaron dos campamentos, separados por el mismo intervalo que en Gereonio y con la misma distribución de fuerzas en cada campamento. El río Ofanto [Aufidus en el original latino.-N. del T.], que fuía entre ambos campamentos, proporcionaba un suministro de agua que los soldados tomaban como mejor podían, teniendo generalmente que luchar por ella. Los hombres del campamento más pequeño, que estaba en el otro lado del río, tenían menos difcultades para aguar, pues aquella orilla no estaba ocupada por el enemigo. Aníbal veía ahora sus esperanzas cumplidas: que los cónsules le dieran oportunidad de luchar en un terreno naturalmente adaptado a los movimientos de la caballería, el arma con la que hasta ahora había sido invencible; por consiguiente, situó su ejército en orden de batalla y trató de provocar a su enemigo al combate con repetdas cargas de sus númidas. El campamento romano se alteró otra vez con la soldadesca rebelde y los cónsules en desacuerdo; Paulo recordaba a Varrón la fatal temeridad de Sempronio y de Flaminio, Varrón le acusaba presentándole a Fabio como modelo ejemplar de jefes cobardes e inactivos y poniendo a dioses y hombres por testigos de que no era por su culpa que Aníbal, por así decir, se hubiese adueñado de Italia; tenía las manos atadas por su colega y sus soldados, furiosos y ansiosos por combatir, las tenían apartadas de sus espadas y armas. Paulo, por su parte, contestaba que si algo les sucediera a las legiones por ser conducidas temerariamente en un acto imprudente e irrefexivo, él no tendría responsabilidad en ello, aunque hubiera de compartr todas las consecuencias. "Mira", dijo a Varrón, "que aquellos que tienen las lenguas tan sueltas y dispuestas, también tengan así sus manos el día de la batalla".

[22,45] Mientras perdían así el tiempo con disputas, en vez de deliberar, Aníbal retró el grueso de su ejército, que había permanecido la mayor parte del día formado para el combate, hacia el campamento. Él envió a sus númidas, sin embargo, cruzando el río, para que atacasen a los grupos de aguada del campamento más pequeño. Apenas habían ganado la orilla opuesta, cuando ya con sus gritos y tumulto pusieron en fuga a la multitud con gran desorden, llevándolos hasta los puestos de vigilancia frente a la empalizada y casi alcanzando las puertas del campamento. Se consideró un insulto que un campamento romano fuese de tal modo aterrorizado por fuerzas irregulares que una cosa, y solo una, impidió a los romanos cruzar inmediatamente el río y formar su línea de batalla: el mando aquel día correspondía a Paulo. Al día siguiente, Varrón, a quien le correspondía, sin consultar con su colega, exhibió la señal de batalla e hizo cruzar el río a sus tropas, formadas para el combate. Paulo le siguió, pues, aunque desaprobaba la medida, estaba obligado a apoyarle. Después de cruzar, reforzaron sus líneas con las tropas del campamento menor y completaron su formación. A la derecha, que estaba más próxima al río, se situó la caballería romana y luego la infantería; en el extremo izquierdo se colocó la caballería aliada, con su infantería entre ella y las legiones romanas. Los lanzadores de jabalinas, junto con el resto de los auxiliares ligeros, formaron la primera línea. Los cónsules ocuparon sus puestos en las alas, Terencio Varrón a la izquierda y Emilio Paulo a la derecha.

[22,46] Tan pronto amaneció, Aníbal envió por delante a los baleares y la demás infantería ligera. A continuación cruzó el río en persona y, conforme cruzaba cada unidad, le asignaba su puesto en la formación. Situó a la caballería gala e hispana cerca de la orilla, en el ala izquierda, frente a la caballería romana; el ala derecha se asignó a los jinetes númidas. El centro estaba compuesto por un fuerte cuerpo de infantería, con galos e hispanos en su mitad y los africanos a cada extremo de ellos. Se pudiera pensar que la mayor parte de los africanos eran romanos, dado su completo armamento que en parte habían obtenido en el Trebia, aunque la mayoría la consiguieron en el Trasimeno. Los galos y los hispanos llevaban escudos casi iguales, aunque sus espadas eran completamente diferentes; las de los galos eran muy largas y sin punta, los hispanos, acostumbrados a pinchar más que a cortar, llevaban una manejable espada corta y punzante. Estas naciones, más que ninguna otra, inspiraban terror por la inmensidad de su estatura y su aspecto terrible: los galos iban desnudos de cintura para arriba, los hispanos habían formado con sus blancas túnicas de lino bordadas de púrpura, de un brillo deslumbrante. El número total de infantería en el campo de batalla era de cuarenta mil, con diez mil de caballería. Asdrúbal estaba al mando del ala izquierda, Maharbal de la derecha; el propio Aníbal, con su hermano Magón, mandaba el centro. Fue una gran comodidad para ambos ejércitos que el sol brillara de lado sobre ellos; fuera porque se hubieran colocado así a propósito o por accidente, los romanos miraban al norte y los cartagineses al sur. El viento, llamado por los naturales Volturno, iba contra los romanos y lanzaba grandes nubes de polvo a sus caras, haciéndoles imposible ver frente a ellos.

[22.47] Cuando se lanzó el grito de guerra, los auxiliares avanzaron corriendo y la infantería ligera dio comienzo a la batalla. Entonces, los galos e hispanos de la izquierda se enfrentaron con la caballería romana de la derecha; la batalla no era una tpica de caballería, pues no había espacio para maniobrar, el río a un lado y la infantería por el otro les contenían, obligándoles a luchar de frente. Cada lado trataba de abrirse camino hacia adelante, hasta que al fin los caballos quedaron en una masa tan estrechamente apretada que los jinetes se abrazaban a sus oponentes y trataban de trarles de sus caballos. Aquello se había convertido totalmente en un combate de infantería, fero pero corto, y la caballería romana fue rechazada y huyó. Justo cuando terminaba este combate de caballería, la infantería se enfrentaba y, mientras galos e hispanos mantuvieron firmes sus filas, ambos bandos permanecieron igualados en fuerza y valor. Por fn, después de largo y repetidos esfuerzos, los romanos cerraron filas y mediante el peso de su profunda columna dividieron la cuña enemiga, demasiado delgada y débil como para resistr la presión y sobresaliendo del resto. Sin un momento de pausa, siguieron al temeroso enemigo en su rápida retirada. Abriéndose paso a través de la masa de fugitivos, que no ofreció resistencia, penetraron hasta llegar a los africanos que estaban colocados en ambos extremos reducidos, algo más retrasados que los galos e hispanos que habían formado el centro adelantado. Al retroceder la cuña frontal, todo el frente se alineó y, conforme siguieron cediendo terreno, se volvió cóncavo y en forma de creciente, con los africanos en cada extremo formando los cuernos. Al precipitarse incautamente los romanos entre ellos quedaban enflados por ambas alas, que se extendían y cerraban en torno a ellos por la retaguardia. Ante esto, los romanos, que habían librado una batalla en vano, dejaron a galos e hispanos, cuyas espaldas habían destrozado, y comenzaron un nuevo combate contra los africanos. La lucha resultó desigual, no solo por estar completamente rodeados sino porque, cansados por el combate anterior, se debían enfrentar a enemigos frescos y vigorosos.

[22.48] En este momento, en el ala izquierda romana, la caballería aliada enfrentaba a los númidas, pero la lucha fue débil al principio y comenzó con a una estratagema cartaginesa. Cerca de quinientos númidas, llevando espadas ocultas bajo la coraza además de sus armas y dardos habituales, salieron de su propia línea con sus parmas colgadas de la espalda como si fueran desertores, y de repente saltaron de sus caballos y arrojaron escudos y jabalinas a los pies de sus enemigos. Fueron recibidos en sus filas, se les llevó a la retaguardia y se les ordenó permanecer en silencio. Mientras la batalla se extendía por las distintas zonas del campo de batalla se mantuvieron tranquilos, pero cuando los ojos y mentes de todos estaban completamente inmersos en los combates, se apoderaron de los grandes escudos romanos que yacían por todas partes entre los montones de muertos y dieron comienzo a un furioso ataque sobre la retaguardia de la línea romana. Acuchillando espaldas y caderas, hicieron una inmensa carnicería y aumentaron todavía más el pánico y la confusión. Entre el terror y la huida en una parte del campo de batalla y la obstinada pero desesperada lucha de la otra, Asdrúbal, que estaba al mando de aquella parte, sacó algunos númidas del centro, donde el combate se mantenía débilmente, y los envió en persecución de los fugitivos, enviando al mismo tiempo a la caballería hispana y gala en ayuda de los africanos, que para entonces estaban ya cansados, más de masacrar que de luchar.

[22,49] Paulo combata al otro extremo del campo de batalla. A pesar de haber sido herido de gravedad al comienzo de la acción por un proyectl de honda, se enfrentó frecuentemente Aníbal con un grupo compacto de tropas, reanudando en varios lugares la batalla. La caballería romana formó una guardia de protección a su alrededor, pero al fnal, como se senta demasiado débil para manejar su caballo, todos ellos desmontaron. Se dice que cuando alguien informó a Aníbal de que el cónsul había ordenado a sus hombres combatir a pie, él comentó: "¡Qué más quisiera que me los entregasen atados!". Ahora que ya no había duda sobre la victoria del enemigo, este combate de la caballería desmontada fue como se podía esperar cuando los hombres preferían morir en sus puestos antes que huir, y los vencedores, furiosos con ellos por retrasar su victoria, los masacraron sin piedad ya que no les podían desalojar. Rechazaron, sin embargo, a unos pocos supervivientes, exhaustos por el esfuerzo y sus heridas. Se dispersaron fnalmente y, los que pudieron recuperar sus caballos, huyeron. Cneo Léntulo, un tribuno militar, vio mientras cabalgaba al cónsul cubierto de sangre y sentado en una roca. "Lucio Emilio," él dijo, "el único hombre a quien los dioses debían considerar inocente del desastre de este día, toma este caballo, mientras aún te quede alguna fuerza, monta y me mantendré a tu lado para protegerte. No hagas que este día sea aún más funesto por la muerte de un cónsul, ya hay bastante luto y lágrimas incluso sin eso". El cónsul respondió: "Vive mucho para poder realizar proezas, Cornelio, pero no gastes en inútiles piedades los pocos instantes que te quedan para escapar de manos del enemigo. Ve y anuncia públicamente al Senado que deben fortifcar Roma y aumentar sus defensas antes de que se aproxime el enemigo victorioso; y di en privado a Quinto Fabio que siempre recordé sus preceptos, tanto al vivir como al morir. Déjame expirar entre mis soldados muertos, que no me tenga que defender nuevamente cuando ya no sea cónsul, ni que haya de aparecer como el acusador de mi colega y proteger mi inocencia echándole a otro la culpa". Mientras se producía esta conversación, llegó de repente una multitud de ciudadanos fugitivos junto a ellos, perseguidos por el enemigo que, no reconociendo quién era el cónsul, lo abrumaron con una lluvia de proyectiles. Léntulo escapó a caballo en la confusión. Luego siguió la huida en todas direcciones; siete mil hombres escaparon hacia el campamento más pequeño, diez mil al más grande y alrededor de dos mil a la aldea de Cannas. Estos últimos fueron inmediatamente rodeados por Cartalón y su caballería, ya que el pueblo no estaba fortifcado. El otro cónsul, fuera accidental o intencionadamente, no se había unido a ninguno de aquellos grupos de fugitivos y escapó junto a unos cincuenta jinetes a Venosa [antigua Venusia.-N. del T.]; se dice que murieron cuarenta y cinco mil quinientos de infantería y dos mil setecientos de caballería, casi en la misma proporción romanos que aliados. Entre aquel número se encontraban los cuestores de ambos cónsules, Lucio Atilio y Lucio Furio Bibulco, veintinueve tribunos militares, varios antiguos cónsules, pretores y ediles, entre los que se hallaban Cneo Servilio Gémino y Marco Minucio, quien fuera jefe de la caballería el año anterior y, algunos años antes, cónsul; y además de estos, ochenta hombres que habían sido senadores o habían desempañado magistraturas que les califcaban para la elección al Senado y que se habían presentado voluntarios para servir como soldados. Los prisioneros tomados en la batalla se dice que ascendieron a tres mil infantes y mil quinientos jinetes.

[22.50] Tal fue la batalla de Cannas, una batalla tan famosa como el desastre en el Alia [Libro 5,37.-N. del T.]; no fue tan grave en su resultado, por la inacción del enemigo, pero sí lo fue en mayor grado y más terrible a la vista de la masacre del ejército. Pues la huida en el Alia salvó al ejército, pese a que se perdió la Ciudad, mientras que en Cannas apenas cincuenta hombres huyeron con el cónsul y casi todo el ejército encontró la muerte en compañía del otro cónsul. Como los que se habían refugiado en ambos campamentos eran sólo una multitud indefensa y sin líderes, los hombres del campo más grande enviaron un mensaje a los otros para pedirles que cruzasen con ellos durante la noche, cuando el enemigo, cansado después de la batalla y las festas en honor de su victoria, estaría sumido en el sueño. Luego marcharían en un solo grupo hasta Canosa di Puglia [antigua Canusio.-N. del T.]. Algunos rechazaron la propuesta con desprecio. "¿Por qué", se preguntaban, "no pueden los que enviaron el mensaje venir ellos mismos, ya que son tan capaces de unirse a nosotros como nosotros de ellos? Porque, desde luego, todo el territorio entre nosotros está patrullado por el enemigo y preferen exponer a otros a ese peligro mortal que exponerse ellos mismos". Otros no desaprobaban la propuesta, pero carecían de valor para llevarla a efecto. Mas Publio Sempronio Tuditano, tribuno militar, les inquirió: "¿Preferís," les dijo, "ser hechos prisioneros por el enemigo más cruel y avaricioso, y que se ponga precio a vuestras cabezas y se os estime un valor tras haberos preguntado si sois ciudadanos romanos o aliados latinos, para que otros ganen honor con vuestra miseria y desgracia? Desde luego que no, si es realmente sois compatriotas de Lucio Emilio, que eligió una muerte noble y no una vida de deshonra, y de todos los hombres valientes que están yacen en montones a su alrededor. Pero, antes de que el amanecer nos alcance y que el enemigo se reúna en mayor cantidad para bloquear nuestro camino, abrámonos paso entre los hombres que gritan en desorden y confusión a nuestras puertas. Buenas espadas y corazones valientes crearán una vía a través de los enemigos, por más apretadas que estén sus filas. Si marcháis hombro con hombro, dispersaréis esa fuerza desordenada y desligada tan fácilmente como si nada se os opusiera. Venid, pues, conmigo, cuantos se quieran preservar a sí mismos y a la república". Con estas palabras, sacó su espada, y con sus hombres en formación cerrada marcharon por el centro mismo del enemigo. Cuando los númidas lanzaron sus jabalinas sobre su derecha, el lado no protegido, pasaron los escudos al lado derecho y así consiguieron abrirse paso hasta el campamento mayor unos seiscientos que lograron escapar en tal ocasión; después, sin parar, se les unió otro grupo mayor y lograron llegar indemnes hasta Canosa di Puglia. Esta acción, por parte de los derrotados, se debió más al impulso de su valor natural o a la casualidad, que a un plan concertado o a las órdenes de alguien.

[22.51] Todos los ofciales de Aníbal le rodearon y le felicitaron por su victoria, instándole a que después de un éxito tan magnífco permitera descansar, a él y a sus exhaustos hombres, durante el resto del día y la noche siguiente. Maharbal, sin embargo, prefecto de la caballería, pensaba que no debían perder un instante. "Por el contrario,", le dijo a Aníbal "para que sepas lo se ha ganado con esta batalla, yo te digo que en cinco días estarás celebrándola como vencedor en el Capitolio. Sígueme, yo iré por delante con la caballería, y sabrán que has llegado antes de saber que estás viniendo". Para Aníbal la propuesta era demasiado optimista e importante como para aceptarla enseguida. Le dijo a Maharbal que elogiaba su celo, pero que necesitaba tiempo para pensar en sus planes. Maharbal le respondió: "Los dioses no han dado todos sus dones a un solo hombre. Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes qué hacer con la victoria". Es creencia general que la demora de aquel día salvó la Ciudad y el imperio. Al día siguiente, tan pronto como amaneció, se dedicaron a reunir el botín sobre el campo de batalla y contemplar la carnicería, que era un espectáculo horrible incluso para un enemigo. Todos aquellos miles de romanos yaciendo allí, revueltos infantes y jinetes según la suerte les había unido en el combate o en la huida. Algunos, cubiertos de sangre, se levantaron de entre los muertos a su alrededor al molestarles sus heridas por el frío de la mañana, y a los que el enemigo dio rápidamente fn. Hallaron a algunos tumbados, con los muslos y corvas acuchillados pero todavía vivos; ofrecían estos sus gargantas y cuellos y les pedían que les drenasen la sangre que aún quedaba en sus cuerpos. Encontraron algunos con las cabezas enterradas en la terra, habiéndose ahogado evidentemente ellos mismos haciendo hoyos en la tierra y amontonando la tierra sobre sus rostros. Lo que atrajo más la atención de todos fue un númida que fue arrastrado con vida de debajo de un romano muerto, cruzado sobre él; sus oídos y nariz estaban arrancados, pues el romano, con las manos demasiado débiles para empuñar la jabalina y en medio de su loca rabia, se las arrancó con sus dientes expirando al hacerlo.

[22,52] Después de gastar casi todo el día recogiendo los despojos, Aníbal condujo a sus hombres al ataque contra el campamento más pequeño y dio comienzo a las operaciones elevando un dique para cortarles el suministro de agua del río. Sin embargo, como todos los defensores estaban agotados por el esfuerzo y la falta de sueño, así como por las heridas, la rendición se produjo antes de lo que había previsto. Acordaron entregar sus armas y caballos, y pagar por cada romano trescientos denarios

[nummis cuadrigatis en el original latino; se refiere al denario que en el reverso llevaba una cuadriga con la Victoria sobre ella y equivalía a 12 ases, con un peso de 3,9 gramos de plata, es decir 1170 gramos de plata.-N. del T.], doscientos por cada aliado y cien por cada esclavo de ofcial, y a condición de que una vez pagado el dinero se les permitese salir con una prenda de vestr a cada uno. Permiteron después que el enemigo entrase al campamento y fueron puestos bajo custodia, separados romanos de aliados. Mientras pasaba allí el tiempo, todos los del campamento mayor que tenían sufciente valor y fuerzas, en número de cuatro mil de infantería y doscientos de caballería, escaparon a Canosa di Puglia, algunos en grupo y otros dispersos por los campos, lo que era menos seguro. Los heridos y los que habían temido aventurarse rindieron el campamento en los mismos términos que se habían acordado para el otro. Se consiguió una cantidad inmensa de botín, y toda ella se entregó a las tropas, con excepción de los caballos, los prisioneros y cualquier plata que pudiera haber. La mayoría de esta consista en los adornos de los caballos, ya que usaban muy poca plata en la mesa y aún menos cuando estaban en campaña. Aníbal ordenó que se reunieran los cuerpos de sus soldados para enterrarlos; se dice fueron hasta ocho mil de sus mejores tropas. Algunos autores afrman que también buscó el cuerpo del cónsul romano para darle sepultura. A los que habían escapado a Canosa di Puglia se les permitó simplemente refugiarse dentro de sus muros y casas, pero una noble y rica dama de Apulia, llamada Busa, les ayudó con grano y vestidos y hasta provisiones para su viaje. Por tal munifcencia, el Senado, al término de la guerra, le votó honores públicos.

[22,53] A pesar de que había cuatro tribunos militares sobre el terreno -Fabio Máximo, de la primera legión, cuyo padre había sido dictador el año anterior, Lucio Publicio Bíbulo, de la segunda, Publio Cornelio Escipión, de la tercera legión, y Apio Claudio Pulcro, que acababa de ser edil-, el mando supremo fue otorgado por unanimidad a Publio Escipión, que era bastante joven, y a Apio Claudio. Estaban reunidos unos pocos, para discutr el estado de las cosas, cuando Publio Furio Filón, el hijo de un ex-cónsul, les informó de que era inútl mantener vanas esperanzas; la república estaba desesperada y se le daba por perdida; algunos jóvenes nobles, con Lucio Cecilio Metelo a la cabeza, volvieron sus ojos al mar con la intención de abandonar Italia a su destino y refugiarse con algún rey. Esta mala notcia, además de terrible y desconocida, cayó encima del resto de desastres y paralizó a los presentes de asombro y espanto. Pesaban que se debía convocar un consejo para tratar sobre esto, pero el joven Escipión, el general destinado a dar fin a esta guerra, proclamó que aquello no era asunto para un consejo. En una emergencia como aquella había que ser osados y actuar, no deliberar. "Que aquellos", exclamó, "que quieran salvar la república tomen las armas y me sigan enseguida. Ningún campamento resulta verdaderamente más hostl que aquel en el que se piensa en tal traición". Salió con unos pocos seguidores hacia el alojamiento donde estaba Metelo y encontrando allí a los jóvenes a quienes el informe había hecho reunirse en consejo, alzó su espada desnuda sobre las cabezas de los conspiradores y pronunció estas palabras: "Juro solemnemente que no abandonará a la república de Roma, ni consentré que otro ciudadano romano lo haga; si rompo a sabiendas mi juramento, que tú, Júpiter Óptimo Máximo, me destruyas completamente a mí, a mi hogar, a mi familia y a mis propiedades. Os exijo, Lucio Cecilio y a cuantos están presentes, que prestéis este juramente. Que quien no jure sepa que esta espada se blandirá contra él". Ellos estaban en tan gran estado de miedo como si vieron al victorioso Aníbal ante ellos, y todos prestaron el juramento y se entregaron a la custodia de Escipión.

[22.54] Mientras estas cosas sucedían en Canosa di Puglia, unos cuatro mil quinientos de infantería y caballería, que se habían dispersado huyendo por el país, lograron reunirse con el cónsul en Venosa. Los habitantes los recibieron con grandes muestras de bondad y los repartieron entre sus hogares para atenderles. Dieron a cada jinete una toga, una túnica y veintcinco denarios, y a cada legionario diez, así como todas las armas que precisaban [97,5 y 39 gramos, respectivamente, de plata a cada uno.-N. del T.]. Tanto el gobierno como los particulares mostraron igual hospitalidad, pues el pueblo de Venosa estaba determinado a no quedarse atrás en generosidad respecto a una dama de Canosa di Puglia. Pero el gran número de hombres, que ahora ascendían a unos diez mil, hizo mucho más pesada la carga que pesaba sobre Busa. Apio y Escipión, al enterarse de que el cónsul estaba a salvo, de inmediato mandaron un mensajero a preguntarle cuántos de a pie y de a caballo tenía con él, y si quería que llevasen el ejército a Venosa o a Canosa di Puglia. El propio Varrón llevó sus fuerzas a Canosa di Puglia, y ahora había algo parecido a un ejército consular; parecía como si estuvieran dispuestos a defenderse tras unas murallas, ya que no en campo abierto. Los informes que llegaban a Roma no dejaban lugar a la esperanza de que siquiera aquellos restos de ciudadanos y aliados estuviesen aún vivos; se afrmó que el ejército, con sus dos cónsules, había sido aniquilado y que todas las fuerzas habían sido eliminadas. Nunca antes, con la propia Ciudad todavía a salvo, se había producido tal conmoción y pánico intramuros. Así pues, sucumbiré a la difcultad y no me podré aproximar con palabras a la realidad ni aún relatando los detalles. Tras la pérdida, el año anterior, de un cónsul y un ejército en el Trasimeno, no era ahora otra herida sobre una anterior, sino un desastre muchas veces mayor lo que se anunciaba. Pues, de acuerdo con los informes, se habían perdido dos cónsules y dos ejércitos consulares; ya no exista campamento romano alguno, ningún general y ni un solo soldado; Apulia, el Samnio y casi toda Italia yacían a los pies de Aníbal. Ciertamente, no hay otra nación que no hubiera sucumbido bajo el peso de tal calamidad. Uno podría, por supuesto, comparar la derrota naval de los cartagineses en las islas Égates, que quebró su poder a tal punto que renunciaron a Sicilia y Cerdeña y se someteron al pago de un tributo y una indemnización de guerra; o, más tarde, la batalla que perdieron en África, en la que el propio Aníbal sucumbió. Pero no hay punto de comparación entre estas y Cannas, a menos que sea porque las asumieron con menos ánimo.

[22,55] Publio Furio Filo y Marco Pomponio, los pretores, convocaron una reunión del Senado en la curia Hostlia para tomar medidas respecto a la defensa de la Ciudad, pues no había duda de que, tras barrer los ejércitos, el enemigo enfrentaría su única operación restante y avanzaría para atacar Roma. En presencia de tan gran cantidad de males, enormes y desconocidos, eran incapaces de formar plan defnido alguno, ensordeciendo sus oídos los gritos de las plañideras, pues como aún no se conocían con certeza los hechos, se lloraba indiscriminadamente en todas las casas tanto a vivos como a muertos. En estas circunstancias, Quinto Fabio Máximo dio su opinión de que se debían enviar de inmediato jinetes por las vías Apia y Latina para informarse de quienes se encontraran, pues a buen seguro debían existr fugitivos dispersos por el país, y traer nuevas de lo que había sucedido con los cónsules y los ejércitos; y si los dioses, por compasión hacia el imperio, habían dejado algún resto de la nación romana, averiguar dónde estaban aquellas fuerzas. Y también debían determinar dónde había marchado Aníbal tras la batalla, qué planes tenía y qué estaba haciendo o pensaba hacer. Tenían que disponerse algunos hombres, jóvenes y activos, para averiguar estas cosas, y como casi no había magistrados en la Ciudad, los senadores debían tomar medidas por sí mismos para calmar la agitación y la inquietud imperantes. Debían mantener a las matronas fuera de la vía pública y obligarles a permanecer en sus casas; se debían suprimir los gritos de lamento por los muertos e imponer el silencio en la Ciudad; debían asegurarse de que cualquier noticia fuese llevada ante los pretores y que los ciudadanos esperasen, cada uno en su propia casa, las noticias que les afectasen personalmente. Además, debían situar guardias en las puertas para impedir que nadie abandonase la Ciudad, y deberían dejar claro a todo hombre que la única seguridad que podían esperar residía dentro de la Ciudad y sus murallas. Una vez se controlara el tumulto, entonces se debería convocar nuevamente al Senado y discutr las medidas para la defensa de la Ciudad.

[22.56] Esta propuesta fue aceptada por unanimidad sin ningún tipo de discusión. Después que los magistrados echaran del Foro a la multitud y que los senadores fueran en varias direcciones para calmar la agitación, llegó fnalmente un despacho de Cayo Terencio Varrón. Escribió que Lucio Emilio había muerto y su ejército destrozado; él mismo estaba en Canosa di Puglia reuniendo los restos que quedaban de tan horrible desastre; había unos diez mil soldados, desorganizados y sin destino; el cartaginés estaba aún en Cannas, negociando el rescate de los prisioneros y el precio del botín según una costumbre impropia de un general grande y victorioso. Lo siguiente fue la publicación de los nombres de los muertos, y la Ciudad se lanzó a duelo tan universal que se suspendió la celebración anual del festival de Ceres, pues estaba prohibido que partcipasen los que estaban de luto y no había ni una sola matrona que no guardara duelo durante aquellos días. Con el fin de que aquel mismo motivo no impidiera se honrasen debidamente otros ritos sagrados, el periodo de luto se vio limitado, por un decreto del Senado, a treinta días. Cuando la agitación se calmó, y el Senado reanudó sus sesiones, llegó un nuevo despacho, esta vez de Sicilia. Tito Otacilio, el propretor, anunciaba que el reino de Hierón estaba siendo devastado por una flota cartaginesa, y cuando se disponía a prestarle la ayuda que le solicitaba, recibió la noticia de que otra flota, completamente equipada, estaba anclada en las islas Égates y que cuando tuviesen noticias de que él se ocupaba en la defensa de la costa siracusana, atacarían inmediatamente Marsala y el resto de la provincia romana. Por tanto, si el Senado deseaba mantener al rey como su aliado y mantener su dominio sobre Sicilia, debían alistar una flota.

[22.57] Cuando hubieron sido leídos los despachos del cónsul y del pretor, se decidió que Marco Claudio, que mandaba la flota estacionada en Osta, debía ir con el ejército, en Canosa di Puglia, y se escribió al cónsul para que cediera su mando al pretor y viniese a Roma, en la primera ocasión que tuviera, para mayor provecho de la república. Porque, por encima de estos graves desastres, sucedieron tales portentos que se creó aún mayor inquietud. Dos vírgenes vestales, Opimia y Floronia, fueron encontradas culpables de estupro. Una de ellas fue enterrada viva, como es costumbre, en la puerta Colina, la otra se suicidó. Lucio Cantlio, escriba pontifical de los que ahora se llaman "pontífices menores", habiendo sido sido hallado culpable junto a Floronia, fue azotado por el Pontífice Máximo en los Comicios con tanta severidad que murió. Este hecho nefasto, viniendo a ocurrir entre tantas calamidades, fue, como sucede a menudo, considerado como un presagio y se ordenó a los decenviros que consultasen los Libros Sagrados. Quinto Fabio Píctor fue enviado para consultar al oráculo de Delfos sobre qué formas de oración y sacrifcios debían emplear para propiciar a los dioses y cuál iba a ser el fin de todos aquellos terribles desastres. Mientras tanto, obedeciendo a los libros proféticos, se celebraron algunos sacrifcios extraños e inusuales. Entre ellos resalta el que se enterraran vivos en el Foro Boario a un hombre y a una mujer galos, y a un griego y una griega. Se les introdujo en lugar rodeado de rocas, ya usada con víctimas humanas, aunque no sacrifcadas por romanos.

Cuando se creyó haber propiciado debidamente a los dioses, Marco Claudio Marcelo envió desde Osta a mil quinientos hombres, que se habían alistado con la flota, para guarnecer Roma; envió por adelantado a la legión asignada a la flota, la tercera, al mando de tribunos militares a Teano [Teanum Sidicinum en el original latino.-N. del T.]; después, entregando la flota a su colega, Publio Furio Filo, se apresuró a ir a marchas forzadas hasta Canosa di Puglia. Por la autoridad de los Padres, se nombró dictador a Marco Junio y jefe de la caballería a Tiberio Sempronio. Estos ordenaron un alistamiento y se inscribió a todos los que tenían más de diecisiete años, e incluso a algunos que aún vestan la pretexta [o sea, jóvenes que a los que aún se consideraba niños.-N. del T.]; con tales reclutas se formaron cuatro legiones y mil de caballería. También mandaron decir a la confederación latina y a otros estados aliados que alistaran soldados de acuerdo con los términos de los tratados. Se ordenó tener dispuestas corazas, proyectiles y otros materiales y se retraron de los templos y los pórticos los antiguos despojos de los enemigos. La escasez de hombres libres hizo necesario un nuevo tipo de reclutamiento; se armó con cargo al erario público a ocho mil jóvenes robustos, de entre los esclavos, tras preguntarles si estaban o no dispuestos a servir. Prefrieron hacer soldados a estos, aunque podían haber rescatado a los suyos a menor precio.

[22,58] Después de su gran victoria en Cannas, Aníbal dio sus órdenes más como si la suya hubiera sido una victoria decisiva que no como si la guerra siguiera su curso. Se llevó ante él a los prisioneros y se separaron en dos grupos: los aliados fueron tratados como lo habían sido en el Trebia y en Trasimeno, despidiéndoles sin rescate tras algunas palabras amables; a los romanos, también, se les trató como nunca antes lo habían sido, pues cuando apareció ante ellos se les dirigió con maneras muy amistosas. Él no tenía una enemistad mortal, les dijo, con Roma, luchaba solo por el honor y el poder. Sus padres habían cedido ante el valor romano y su único objetivo ahora era que los romanos cedieran igualmente ante su éxito y valor. Dio entonces permiso a los prisioneros para rescatarse a sí mismos; cada jinete por quinientos denarios, cada infante por trescientos y cada esclavo por cien [1950, 1170 y 390 gramos de plata, respectivamente.-N. del T.]. Esto era algo más de lo que la caballería había acordado cuando se rindió, pero estuvieron más que contentos aceptando estos términos. Se estableció que debían elegir a diez de ellos para ir al Senado, en Roma, con la única garantía de que jurasen regresar. Fueron acompañados por Cartalón, un noble cartaginés, que iría para sondear el sentir de los senadores y, si se inclinaban por la paz, proponer los términos. Cuando los delegados hubieron dejado el campamento, uno de ellos, hombre totalmente carente del temperamento romano, regresó al campamento, como si hubiera olvidado algo, con la esperanza de librarse así de su juramento. Se reincorporó con sus compañeros antes del anochecer. Cuando se anunció que el grupo estaba en camino, se envió un lictor para encontrarse con Cartalón y ordenarle, en nombre del dictador, que saliera de territorio romano antes de la noche.

[22.59] El dictador admitó a los delegados de los prisioneros a una audiencia del Senado. Su cabecilla, Marco Junio, habló así: "Senadores, somos conscientes de que a ningún estado han preocupado menos sus prisioneros de guerra que al nuestro; pero, por poco que nos guste nuestro caso, nunca ha caído en manos enemigas nadie que fuera más digno de consideración que nosotros. Porque no entregamos las armas durante la batalla por cobardía; nos mantuvimos de pie sobre los montones de muertos casi hasta que cerró la noche, y solo entonces nos retramos al campamento; durante el resto del día y toda noche defendimos nuestras empalizadas; al día siguiente estábamos rodeados por el ejército victorioso, sin suministro de agua y sin esperanza ya de forzarnos camino entre la densa masa del enemigo. No creímos que fuese un delito que algunos de los soldados de Roma sobrevivieran a la batalla de Cannas, viendo que habían muerto allí cincuenta mil hombres, y por tanto, como último recurso, consentimos que se fjase un precio para nuestro rescate y entregamos al enemigo aquellas armas que ya no nos eran de la menor utlidad. Hemos oído, además, que nuestros antepasados se habían rescatado a sí mismos de los galos con oro, y que vuestros padres, aunque se opusieron severamente a cualquier condición para la paz, enviaron no obstante delegados a Tarento para organizar el rescate de prisioneros. Sin embargo, la batalla en el Alia contra los galos o la de Heraclea contra Pirro resultaron más nefastas y notables por el pánico y la huida que por las pérdidas sufridas. Las llanuras de Cannas están cubiertas por pilas de romanos muertos, y no estaríamos ahora aquí si el enemigo no hubiese carecido de armas y fuerza para matarnos. Hay algunos entre nosotros que nunca estuvieron en la batalla, sino que se quedaron a proteger el campamento y cayeron en manos del enemigo cuando aquel se entregó. No envidio la suerte ni las circunstancias de hombre alguno, sea conciudadano o camarada, ni me gustaría que se dijera que me he alabado a mi mismo despreciando a otros; pero sí quiero decir esto: ni quienes huyeron de la batalla, la mayor parte sin armas, y no digamos ya los que huyeron hasta alcanzar Venosa

o Canosa di Puglia, pueden reclamar precedencia sobre nosotros o jactarse de resultar de más defensa para la república que nosotros. Sin embargo, encontrad en ellos tanto como en nosotros buenos y valerosos soldados, aunque nosotros estaremos aún más ansiosos por servir a nuestro país al haber sido vuestra bondad la que nos habrá rescatado y devuelto a nuestra patria. Habéis alistado soldados de toda edad y condición; he oído que se ha armado a ocho mil esclavos. Nuestro número no es menor y no costará más rescatarnos de lo que costó comprarles; pero si fuera a compararnos, como soldados, con ellos, estaría insultando el nombre romano. Yo diría, senadores, que, al decidir sobre un asunto como éste, también debierais tomar en consideración, si estáis dispuestos a ser demasiado severos, aún cuando no lo merezcamos, a qué clase de enemigo nos van a abandonar. ¿Se trata de un Pirro, que trataba a sus prisioneros como si fueran sus invitados? ¿Es que no es más que un bárbaro, y lo que es peor, un cartaginés, de los que resulta difcil juzgar si es más avaro o más cruel? La contemplación de las cadenas, de la miseria, la desagradable apariencia de vuestros conciudadanos, estoy seguro, no os moverá menos, por otra parte, que si vieseis vuestras legiones esparcidas por las llanuras de Cannas. Podéis ver la angusta y las lágrimas de nuestros hermanos, de pie en el vestibulo de vuestra Curia y esperando vuestra respuesta. Si ellos están angustados e inquietos por nosotros y por los que no están aquí, ¿qué creéis que deben sentir los hombres cuya propia vida y libertad están en juego? Incluso si, Júpiter nos asista, Aníbal, en contra de su naturaleza, optara por ser amable con nosotros, aún así pensaríamos que la vida no es digna de ser vivida si decidís que no merecemos ser rescatados. Hace años, los prisioneros que fueron liberados por Pirro sin rescate regresaron a Roma, pero volvieron acompañados por los hombres más importantes de la república, que habían sido enviados para proceder a su rescate. ¿Volveré a mi patria sin merecer que se paguen trescientas monedas por mí? Cada uno de nosotros tiene sus propios sentimientos, senadores. Sé que mi vida y persona están en juego, pero me aterra más que peligre mi buen nombre si partimos condenados y rechazados por vosotros; pues los hombres jamás creerán que os quisisteis ahorrar el precio.

[22,60] No bien hubo terminado, se levantó un sonoro lamento de la multitud en los Comicios; alargaban sus manos hacia la Curia e imploraban a los senadores que les devolvieran a sus hijos, sus hermanos y sus familiares. El temor y la necesidad llevaron incluso a que las mujeres se mezclaran entre la multitud de hombres que llenaban el Foro. Tras retrarse los testigos, el Senado empezó a deliberar. Había grandes diferencias de opinión; algunos decían que debían ser rescatados a expensas de la república, otros eran de la opinión de que no debía gastarse del erario público, pero que no debía impedirse que se obtuviera el costo de fondos particulares y que, en caso de que no hubiera dinero líquido disponible, se podría adelantar del tesoro sobre garantas personales e hipotecas. Cuando llegó el turno de que Tito Manlio Torcuato, hombre a la antigua usanza y, según pensaban algunos, de excesivo rigor, diera su parecer, se dice que habló en los siguientes términos: de la antigua y, algunos pensaban, un rigor excesivo, para dar su opinión, se dice que ha hablado en estos términos: "Si los delegados se hubieran limitado a pedir que los que están en manos del enemigo fuesen rescatados, podría haber expuesto mi opinión en pocas palabras sin entrar en refexiones sobre ninguno de ellos, pues todo lo que habría sido necesario es que se les recordase que debían seguir las costumbres y usos de nuestros mayores y dar un ejemplar escarmiento según la disciplina militar. Sin embargo, habiéndose casi enorgullecido por su rendición al enemigo y considerando justo que deban recibir más consideración que los prisioneros tomados en el campo de batalla o que los que llevaron a Venosa y Canosa di Puglia, o que el propio cónsul, no os permitré seguir en la ignorancia de lo que realmente sucedió. Ojalá que los hechos que voy a relatar se pudieran presentar ante el ejército en Canosa di Puglia, el mejor testgo del valor o la cobardía de cada uno; o que tuviésemos entre nosotros a Publio Sempronio, pues si tales hombres le hubieran seguido estarían ahora en el campamento romano y no prisioneros en manos del enemigo.

"Casi todos los enemigos regresaron a su campamento, cansados por el combate, para disfrutar de su victoria, así que estos hombres tuvieron toda la noche en limpio para hacer una salida. Siete mil hombres podían fácilmente haber hecho una salida, incluso a través de densas masas de enemigos; pero no hicieron intento alguno, ni por propia iniciativa ni a las órdenes de alguien. Casi durante toda la noche estuvo Publio Sempronio Tuditano advirténdoles y exhortándoles para que le siguieran mientras solo unos pocos enemigos vigilaban su campamento, mientras todo estaba calmo y en silencio, mientras la noche ocultaba sus movimientos; antes que se hiciera la luz podrían estar a salvo y protegidos en las ciudades de nuestros aliados. Si hubiera hablado como habló el tribuno militar Publio Decio en los días de nuestros padres, o como Calpurnio Flama durante la Primera Guerra Púnica, cuando nosotros éramos jóvenes, habló a sus trescientos voluntarios a los que condujo a capturar una altura en el mismo centro de la posición enemiga: "¡Muramos, soldados," -exclamó-"y rescatemos con nuestra muerte a nuestras bloqueadas legiones del peligro!" Yo os digo que si Publio Sempronio hubiera hablado así, no os consideraría hombres, y mucho menos romanos, si ninguno hubiera dado un paso al frente como camarada de tan valiente hombre. Pero él os apuntó tanto hacia la seguridad como hacia la gloria, él os habría llevado de vuelta a vuestra patria, vuestros padres, vuestras esposas y vuestros hijos. No tenéis valor bastante para salvaros a vosotros mismos; ¿qué haríais si tuvieseis que morir por vuestro país? Aquel día, todo cuanto os rodeaba eran cincuenta mil romanos muertos y sus aliados. Si tantos ejemplos de valor no os inspiraron, nada lo hará. Si un desastre tan horrible no os hace parecer viles vuestras vidas, nada lo hará nunca. Es mientras sois ciudadanos libres, con todos vuestros derechos como tales, cuando debéis mostrar vuestro amor por vuestra patria, o mejor, mientras es vuestra patria y vosotros sus ciudadanos. Ahora mostráis demasiado tarde ese amor, habiendo renunciado a vuestros derechos y a vuestra ciudadanía os habéis convertido en esclavos de los cartagineses. ¿El dinero os va a devolver la posición que habéis perdido mediante la cobardía y el crimen? No quisisteis escuchar a vuestro propio conciudadano, Sempronio, cuando os ordenó tomar vuestras armas y seguirlo; escuchasteis poco después a Aníbal cuando os ordenó entregar vuestras armas y vuestro campamento. Pero, ¿por qué acuso únicamente de cobardía a estos hombres, cuando pudo demostrar que son culpables de un crimen real? Pues no sólo se negaron a seguirlo cuando les dio un buen consejo, sino que trataron de detenerlo, e impedir que regresara, hasta que un grupo de auténticos valientes desenvainó sus espadas y rechazó a los cobardes. ¡Publio Sempronio tuvo, en verdad, que abrirse paso entre sus propios compatriotas antes de hacerlo a través del enemigo! ¿Por esta clase de ciudadanos se ha de preocupar la patria?. ¡Si todos los que lucharon en Cannas hubieran sido como ellos, ya no tendría ciudadanos dignos de ese nombre! De los siete mil hombres de armas hubo seiscientos que tuvieron el valor de abrirse paso y volver libres a su país con sus armas. El enemigo no detuvo a estos seiscientos, ¿No os parece que el camino resultaba seguro para una fuerza de casi dos legiones? Tendríais a fecha de hoy, senadores, veinte mil valientes y leales soldados en Canosa di Plugia; pero, en cuanto a estos hombres, ¿cuántos podrán ser considerados buenos y leales ciudadanos? Porque respecto a que sean "valientes", ni ellos mismos lo podrán afrmar; a menos, claro, que alguien quiera imaginar que mientras trataban de impedir a los otros que hicieran su salida, en realidad les estaban animando o que, plenamente conscientes de que era su cobardía y apocamiento la causa de su conversión en esclavos, sinteran envidia hacia ellos por haberse ganado la seguridad y la gloria con su valor. A pesar de que podrían haber escapado en la oscuridad de la noche, prefrieron esconderse en sus tiendas de campaña y esperar la luz del día y con ella al enemigo. Pero diréis que si no tuvieron valor para salir del campamento quizá lo tendrían bastante para defenderlo; bloqueados durante varios días y noches, protegiendo la empalizada con sus armas y a ellos mismos con la empalizada; llegando por fin a estar tan débiles por el hambre y no ser capaces de sostener las armas, tras llegar a los últimos extremos de resistencia y dar fin a sus últimos medios de subsistencia, que fueron fnalmente conquistados por las necesidades de la naturaleza más que por la fuerza de las armas. ¿Y qué sucedió? Pues que al amanecer el enemigo se acercó a la empalizada; antes de dos horas, sin probar su suerte con algún combate, se entregaban ellos y sus armas. Esta, ya veis, fue la campaña militar de estos durante dos días. Cuando el deber les llamaba a mantener su línea y combatir, huyeron a su campamento; cuando debían haber combatido en la empalizada, rindieron su campamento; son tan inútiles en el campo de batalla como en el campamento. ¿A vosotros os he de rescatar? Cuando debierais haber salido del campamento, vacilasteis y os quedasteis allí, cuando os era forzoso quedaros y defender el campamento con vuestras armas, entregasteis al enemigo el campamento, las armas y a vosotros mismos. No, senadores, no creo que tales hombres deban ser rescatados más de lo que creo que se haya de entregar a Aníbal a aquellos que forzaron el paso fuera del campamento, por en medio del enemigo, y con un supremo acto de valor se devolvieron a su patria".

[22,61] Aunque la mayoría de los senadores tenían familiares entre los prisioneros, hubo dos consideraciones que pesaron para acercarles al discurso de Manlio. Una de ellas era la práctica de la república, que desde los primeros tiempos había mostrado muy poca indulgencia hacia los prisioneros de guerra. La otra era la cantidad de dinero que sería necesaria, pues estaban inquietos por no agotar el tesoro; ya se había pagado una gran suma para comprar y armar a los esclavos, y no deseaban enriquecer a Aníbal que, según los rumores, estaban particularmente necesitado de dinero. Cuando se dio la lacónica respuesta de que los prisioneros no serían rescatados, el luto anterior se acrecentó por la pérdida de tantos ciudadanos y los delegados fueron acompañados hasta las puertas por una multitud llorosa y lamentos. Uno de ellos se fue a su casa, pues se consideraba liberado de su voto por su fngido regreso al campamento. Cuando esto se supo, se informó al Senado y se decidió por unanimidad que debía ser arrestado y entregado a Aníbal con una guardia pública. Existe otro relato referido al destino de los prisioneros. De acuerdo con esta tradición, al principio llegaron diez y se produjo un debate en el Senado sobre si se les debía permitr entrar en la Ciudad o no; se les dejó entrar en el entendimiento de que el Senado no les concedería audiencia. Como se quedasen más tiempo del que se esperaba, llegaron otros tres delegados, Lucio Escribonio, Cayo Calpurnio y Lucio Manlio, y un familiar de Escribonio, que era tribuno de la plebe, presentó una moción en el Senado para rescatar a los prisioneros. El Senado decidió que no debían ser rescatados y los tres últimos llegados volvieron con Aníbal, aunque los diez primeros permanecieron en Roma. Alegaron que ellos mismos se habían absuelto de su juramento, porque después de comenzar su viaje habían vuelto donde Aníbal con el pretexto de revisar la lista de los nombres de los prisioneros. La cuestón de su entrega fue objeto de acalorados debates en el Senado, y quienes estaban a favor de esta medida fueron derrotados por solo unos pocos votos. Bajo los siguientes censores, sin embargo, quedaron aplastados bajo tantas marcas de vergüenza e infamia que algunos de ellos se suicidaron inmediatamente; los demás no solo evitaron el Foro durante el resto de sus vidas, sino que casi ignoraron la luz del día y las caras de los hombres. Es más fácil asombrarse ante estas discrepancias entre nuestros autores que determinar cuál es la verdad.

En cuánto superó aquel desastre a todos los anteriores se ve en un simple hecho. Hasta ese día, la lealtad de nuestros aliados se había mantenido firme, y comenzó a faquear, con seguridad, por no otra razón más que porque desesperaron de que nuestro gobierno se mantuviese. Los pueblos que se pasaron a los cartagineses fueron: los atelanos, los calatinos, los hirpinos, parte de los apulios, todos los pueblos samnitas con excepción de los pentros y todos los brucios y lucanos. Además de estos, los uzentinos y casi toda la costa de la Magna Grecia, los pueblos de Tarento, Metaponto, Crotona y Locri así como toda la Galia Cisalpina. Sin embargo, a pesar de todos sus desastres y la revuelta de sus aliados, nadie, en ninguna parte de Roma, mencionó la palabra "paz", fuese antes del regreso del cónsul o tras su llegada, cuando se renovó el recuerdo de sus pérdidas. Tan noble espíritu exhibieron aquellos días los ciudadanos que, aunque el cónsul venía de una terrible derrota de la que sabían que él era el principal responsable, fue recibido por una enorme multitud procedente de todas las clases sociales, y se le votó formalmente un acción de gracias por "no haber perdido la esperanza en la República". Si él hubiera sido el comandante en jefe de los cartagineses, no habría tortura a la que no hubiera sido sometido.

Fin del libro 22.

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Libro 23: Aníbal en Capua.

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[23,1] -Agosto de 216 a.C.-Inmediatamente después de la batalla de Cannas y de la captura y saqueo del campamento romano, Aníbal se trasladó de la Apulia al Samnio como consecuencia de una invitación que había recibido de un hombre llamado Estacio Trebio, quien se comprometó a entregarle Conza [la antigua Compsa.-N. del T.] si marchaba hacia el territorio de los hirpinos. Trebio era un nativo de Conza, hombre notable entre los suyos, pero estaba en su contra la facción de los Mopsios, una familia que debía su predominancia al favor y apoyo de Roma. Después que el informe de la batalla de Cannas hubo llegado a la ciudad, con Trebio diciendo a todo el mundo que Aníbal se aproximaba, los Mopsios abandonaron la población. Esta se entregó pacífcamente a los cartagineses, que dejaron una guarnición en ella. Allí dejó Aníbal todo su botín y su equipaje, y luego, dividiendo su ejército en dos cuerpos, dio a Magón el mando de uno y retuvo para sí el mando del otro. Instruyó a Magón para que recibiera la sumisión de las ciudades próximas que habían desertado de Roma y que obligara a la rebelión a las que se negaban; entre tanto, él mismo marcharía a través de los territorios campanos hacia el mar inferior [el mediterráneo.-N. del T.] con vistas a atacar Nápoles para que poder estar en posesión de una ciudad accesible desde el mar. Cuando entró en territorio napolitano, situó convenientemente en emboscada a algunos de sus númidas, pues los caminos estaban muy encajonados y con muchas revueltas sin visibilidad. A los demás les ordenó cabalgar hasta las puertas, llevando ostentosamente ante ellos el botín que habían obtenido de los campos. Como semejaban tratarse de una fuerza pequeña y desorganizada, partió contra ellos una tropa de caballería que fue conducida por los númidas, al retrarse, hacia la emboscada, donde les rodearon. No habría escapado ni un solo hombre de no haber sido por la proximidad del mar y de algunos barcos, principalmente de pesca, que divisaron no lejos de la orilla y que ofrecieron un modo de escape para quienes eran buenos nadadores. Varios jóvenes nobles, sin embargo, fueron capturados o muertos en la refriega, entre ellos Hegeas, el jefe de la caballería, que cayó mientras perseguía imprudentemente al enemigo en retirada. El aspecto de las murallas disuadió a los cartagineses de atacar la ciudad, pues en modo alguno ofrecía facilidades para un asalto.

[23.2] De allí se dirigió hacia Capua. Esta ciudad había degenerado por culpa de la prosperidad y la indulgencia de la Fortuna, pero sobre todo por la generalizada corrupción producida por los salvajes excesos de un populacho que ejercía su libertad sin ninguna restricción. Pacuvio Calavio había logrado la sumisión del Senado de Capua a sus designios y a los del pueblo. Él era un noble, y al mismo tiempo favorito del pueblo, pero había obtenido su infuencia y poder con malas artes. Resultó que él era el magistrado principal el año de la derrota en el Trasimeno, y sabiendo el odio que el pueblo siempre había sentido hacia el Senado, pensó que era muy probable que aprovechasen su oportunidad, provocaran una violenta revolución y llegaran al extremo, si Aníbal con su victorioso ejército llegaba hasta las proximidades, de asesinar a los senadores y entregar Capua al púnico. Malo como era, pero no completamente perdido, prefería ejercer el poder sobre una comunidad incólume antes que sobre una arruinada, y sabía que ninguna comunidad incólume carecía de un consejo público. Se embarcó en un plan por el cual se podría conservar el Senado y, al mismo tiempo, hacerlo completamente servil a sí mismo y al pueblo. Convocó una reunión del Senado y comenzó su discurso diciendo que cualquier idea de revolverse contra Roma le habría resultado repugnante, de no ser una necesidad, en vista de que él tenía hijos con la hija de Apio Claudio y había dado su propia hija en matrimonio a Marco Livio, en Roma. "Pero", continuó, "hay un inminente peligro, mucho más grave y temible, pues el pueblo no está simplemente considerando empezar su revuelta contra Roma mediante el desterro del Senado, también están pensando en asesinar a los senadores y luego entregar la ciudad a Aníbal y a los cartagineses. Está en mi poder salvaros de este peligro si os ponéis en mis manos y, olvidando antiguas querellas, confáis en mí". Sobrepasados por el miedo, todos se pusieron en sus manos. "Os encerraré", dijo entonces, "en la Curia, y mientras aparento ser su cómplice aprobando los designios a los que sería vano tratar de oponerme, descubriré un modo de salvaros. Tomad en este asunto cuantas garantas os plazcan". Tras dar garantas, salió y ordenó que se atrancasen las puertas, dejó una guardia en el vestibulo para impedir que nadie entrara o saliera sin su orden.

[23.3] A continuación convocó una asamblea del pueblo y se les dirigió así: "A menudo habéis deseado, ciudadanos de Capua, tener el poder para ejecutar sumariamente justicia sobre el infame e inescrupuloso Senado. Ahora podéis hacerlo con seguridad, y nadie os pedirá cuentas. No es necesario que arriesguéis vuestras vidas en intentos desesperados de forzar las casas de cada senador, vigiladas como están por sus clientes y esclavos; cogedlos donde están ahora, encerrados por sí mismos en la Curia y sin armas. No tengáis prisa, no os precipitéis en nada. Os pondré en condición de dictar sentencia de vida o muerte, para que cada uno de ellos, a su vez, pueda pagar la pena que merezca. Pero sea lo que sea que hagáis, mirad de no ir demasiado lejos satsfaciendo vuestro rencor, que la seguridad y el bienestar de la república sean vuestra primera consideración. Porque, tal como yo lo entendo, es a estos senadores en particular a los que odiáis; pues o tendréis un rey, lo que es una abominación, o un senado, que es el único órgano consultivo que puede existr en una comunidad libre. Así que debéis hacer dos cosas de inmediato: eliminar al antiguo Senado y elegir uno nuevo. Ordenaré que se convoque, uno por uno, a los senadores y os preguntaré vuestra opinión sobre su destino; cualquiera que sea vuestra decisión, se cumplirá. Pero antes de que se ejecute el castgo sobre uno hallado culpable, deberéis elegir a un hombre fuerte y enérgico para ocupar su puesto como senador". Luego se sentó y, después echar en una urna los nombres de los senadores, ordenó que el hombre cuyo nombre fue escogido en primer lugar fuera sacado del Senado. Tan pronto como oyeron el nombre, todos ellos gritaron que era un ímprobo y un sinvergüenza y que merecía ser castgado. Entonces dijo Pacuvio: "Veo claramente lo que pensáis de este hombre; en lugar de un canalla despreciable debéis elegir senador a un hombre digno y honesto. Durante unos minutos reinó el silencio, ya que eran incapaces de sugerir un hombre mejor. Entonces, uno de ellos, dejando a un lado su timidez, se atrevió a sugerir un nombre y se levantó un griterío cada vez mayor. Unos decían que nunca habían oído hablar de él, otros que se le imputaban vicios vergonzosos o un nacimiento humilde, una sórdida pobreza o una baja clase de profesión o benefcio. Muestras aún más violentas esperaban al segundo y tercero de los senadores convocados, y era evidente que, si bien les disgustaban profundamente aquellos hombres, no tenían a nadie a quien poner en su lugar. Era inútl mencionar los nombres una y otra vez, pues aquello solo llevaba a que hablaran siempre mal de ellos; los nombres que tuvieron éxito fueron los de aquellos de más bajo nacimiento y aún más desconocidos que los sugeridos al principio. Así que la multitud se fue dispersando, diciéndose unos a otros que los malos conocidos eran los más fáciles de soportar y pedían que liberasen al Senado.

[23.4] Pacuvio logró el control del Senado y que este le estuviera más agradecido a él que al pueblo, por haber salvado sus vidas. Por consentimiento general, ejercía ahora el poder supremo sin necesitar apoyo armado. A partir de entonces los senadores, olvidando su rango y su independencia, halagaban al pueblo, lo saludaban cortésmente, lo invitaban como huéspedes, les recibían en banquetes suntuosos, se hacían cargo de sus pleitos, se ponían siempre de su parte y, cuando juzgaban algún caso, siempre tomaban el partido que les aseguraba el favor del vulgo. En verdad, el Senado se comportaba como si fuese una asamblea popular. La ciudad había estado siempre dispuesta al lujo y a la extravagancia, no sólo por la debilidad de carácter de sus ciudadanos, sino también por la sobreabundancia de medios de disfrute y la incitación a cualquier tipo de placer que la tierra o del mar pudiera proporcionar; y ahora, por la obsecuencia de la nobleza y el libertinaje de la plebe, se estaban volviendo tan degenerados que la sensualidad y la extravagancia imperantes superaban todos los límites. Trataban a las leyes, a los magistrados y al Senado con similar desprecio, y ahora, tras la derrota de Cannas, empezaron a despreciar la única cosa hacia la que hasta entonces habían mostrado un poco de respeto: el poder de Roma. Las únicas circunstancias que les impidieron revelarse inmediatamente fue el antiguo derecho a los matrimonios mixtos, que había llevado a sus más ilustres y poderosas familias a emparentar con Roma, y el hecho de que varios ciudadanos estaban cumpliendo el servicio militar con los romanos. El lazo más fuerte de esta naturaleza era la presencia de trescientos jinetes, de las más nobles familias de Capua, en Sicilia, adonde habían sido enviados especialmente por las autoridades romanas como guarnición de la isla.

[23.5] Los padres y familiares de estos soldados lograron, después de muchas difcultades, que se enviaran embajadores al cónsul romano. El cónsul aún no había partido hacia Canosa di Puglia; todavía se encontraba en Venosa, con sus fuerzas insufcientemente armadas; esto, que habría provocado la mayor compasión en aliados leales, no produjo más que desprecio entre unos arrogantes y traicioneros como los campanos. El cónsul empeoró las cosas, aumentando el desprecio que sentían por él mismo y sus fortunas al revelar demasiado abierta y claramente la magnitud del desastre. Cuando los embajadores le aseguraron que el Senado y el pueblo de Capua sentían muchísimo toda desgracia sucedida a los romanos, y le expresaron su disposición a suministrarle cuando necesitara para la guerra, replicó: "Al ofrecernos cuanto precisemos para la guerra habéis usado las palabras esperables de unos aliados, en vez de adecuar vuestro lenguaje a la realidad de las circunstancias. Pues ¿qué nos ha quedado en Cannas para que, como si tuviésemos algo, pidiésemos lo que falta a nuestros aliados? ¿Os vamos a pedir que proporcionéis infantería, como si aún tuviésemos caballería? ¿Os pediremos dinero, como si eso fuera lo único que precisamos? La Fortuna ni siquiera nos ha dejado algo que podamos usar como refuerzo. Legiones, caballería, armas, estandartes, hombres y caballos, dinero, suministros, todo ha quedado o en el campo de batalla o al perderse ambos campamentos al día siguiente. Así pues, hombres de Capua, no es que tengáis que ayudarnos en la guerra, sino que casi tenéis que emprenderla en nuestro lugar. Recordad cómo una vez, cuando vuestros antepasados fueron puestos en precipitada fuga hasta refugiarse tras las murallas, por temor a los sidicinos y también a los samnitas, les tomamos bajo nuestra protección en Satcula, y cómo la guerra que entonces dio comienzo con los samnitas, en vuestro nombre, fue sostenida por nosotros con todos sus vaivenes durante casi un siglo. Además de todo esto, debéis recordar que después de que os hubieseis rendido os concedimos un tratado en igualdad de condiciones, os permitimos conservar vuestras leyes y, lo que era, antes de nuestra derrota en Cannas, en todo caso el mayor privilegio, os concedimos nuestra ciudadanía a la mayor parte y os hicimos miembros de nuestra república. Bajo estas circunstancias, hombres de Capua, debéis daros cuenta de que habéis sufrido esta derrota tanto como nosotros y sentir que tenemos una patria común que defender. No es contra los samnitas o los etruscos de quien lo hemos de hacer; aún si nos privasen de nuestro poder, todavía serían italianos quienes lo harían. Sin embargo, el cartaginés arrastra tras él un ejército que ni siquiera se compone de nativos de África; ha reunido una fuerza de los rincones más remotos de la terra, desde el mar océano y las Columnas de Hércules, hombres carentes de todo sentido de lo justo, carentes casi del habla humana. Salvajes y bárbaros por naturaleza y costumbres, su general les ha hecho aún más brutales al hacerles construir puentes y empalizadas con cuerpos humanos y, me estremezco al decirlo, al enseñarles a alimentarse de carne humana. ¿Qué hombre, bastando solo que sea italiano, no se horrorizaría con el pensamiento de tenerlos como sus señores y amos, mirando a África y, sobre todo, a Cartago para gobernarse y teniendo que convertir Italia en dependencia de númidas y moros? Será algo espléndido, hombres de Capua, si el dominio de Roma, que se ha derrumbado en la derrota, es salvado y restaurado por vuestra lealtad y vuestra fuerza. Creo que en la Campania podéis alistar treinta mil infantes y cuatro mil jinetes; tenéis dinero y grano bastante. Si demostráis una lealtad equivalente a vuestra suerte, Aníbal no sentrá que ha vencido ni los romanos que están derrotados".

[23,6] Después de este discurso del cónsul, se despidió a los embajadores. Según iban de camino a su hogar, uno de ellos, Vibio Virrio, les dijo que había llegado el momento en que los campanos no solo podrían recuperar el territorio injustamente arrebatado por los romanos, sino que podían lograr el dominio sobre Italia. Podrían hacer un tratado con Aníbal con los términos que eligiesen, y no habría disputa sobre el hecho de que cuando acabase la guerra y Aníbal, tras su conquista, volviera con su ejército a África, la soberanía sobre Italia recaería en los campanos. Todos estuvieron de acuerdo con lo que Virrio dijo, y dieron tal relato de su entrevista con el cónsul como para que todo el mundo pensase que el mismo nombre de Roma había sido borrado. La plebe y la mayoría del Senado empezaron de inmediato a prepararse para una revuelta; fue gracias a los esfuerzos de los miembros más antiguos que se evitó la crisis durante unos pocos días. Al fnal, la mayoría impuso su opinión y los mismos embajadores que habían estado con el cónsul romano fueron enviados ahora a Aníbal. Veo que algunos analistas indican que, antes de dar comienzo o de decidirse defnitivamente a la revuelta, se enviaron embajadores de Capua a Roma para exigir como condición para que prestasen su ayuda que uno de los cónsules debía ser campano y que, entre la indignación que provocó esta propuesta, se ordenó que los embajadores fuesen sumariamente expulsados de la Curia y se encargó a un lictor que los condujese fuera de la Ciudad, con órdenes de que no permaneciesen ni un solo día en territorio romano. Como, sin embargo, esta exigencia se parece demasiado a una hecha por los latinos en los primeros tiempos, y Celio, entre otros, no la habría dejado de mencionar sin un buen motivo, no me atrevería a asegurar la veracidad de ese relato.

[23.7] Los enviados llegaron donde Aníbal y negociaron con él una paz bajo los siguientes términos: ningún comandante o magistrado cartaginés tendría jurisdicción bajo ningún ciudadano de Capua, ni ciudadano alguno campano estaría obligado a prestar ningún servicio, militar o de otra naturaleza, contra su voluntad; Capua retendría sus propios magistrados y leyes, y los cartagineses les permitrían escoger a trescientos romanos de entre sus prisioneros de guerra para intercambiarlos por los jinetes campanos que estaban prestando servicio en Sicilia. Estos fueron los términos acordados, pero los campanos fue más allá de lo estpulado al ejecutar lo siguiente: El pueblo detuvo a algunos prefectos de nuestros aliados y otros ciudadanos romanos, algunos mientras desempeñaban sus obligaciones militares y otros cuando estaban ocupados en asuntos particulares, y ordenaron que se les encerrase en las termas so pretexto de protegerlos; incapaces de respirar debido al calor y el vapor, murieron en medio de grandes sufrimientos. Decio Magio, hombre que si sus conciudadanos hubieran tenido buen juicio habría llegado al más alto cargo, hizo todo lo posible para evitar que estos crímenes e impedir que se enviaran embajadores a Aníbal. Cuando se enteró de que Aníbal enviaba una guarnición a la ciudad, protestó ardientemente en contra de que se les admitese y se refrió, como advertencia ejemplar, a la tranía de Pirro y a la miserable servidumbre en que cayeron los tarentinos. Una vez fueron admitidos, instó a que se les expulsase, o mejor aún, si los capuanos deseaban limpiar por sí mismos un baldón que recordaría su culpabilidad en su deserción de antiguos aliados y parientes, que dieran muerte a la guarnición cartaginesa y fuesen nuevamente amigos de Roma.

Cuando se informó de esto a Aníbal, pues la acción de Magio no se hizo en secreto, mandó llamarlo a su campamento. Magio envió una enérgica negativa; Aníbal, dijo, no tenía autoridad legal sobre un ciudadano de Capua. El cartaginés, furioso por el rechazo, ordenó que se encadenase a aquel hombre y fuera llevado ante él. Temiendo, sin embargo, al pensarlo mejor, que el uso de la fuerza podía provocar un tumulto y que los sentimientos así surgidos podía llevar a una súbita ruptura, envió recado a Mario Blosio, el magistrado principal de Capua, de que él estaría en la ciudad por la mañana con una pequeña escolta. Mario convocó al pueblo y dio aviso público de que deben reunirse todos, junto a sus esposas e hijos, y salir al encuentro de Aníbal. Toda la población acudió, no porque se les ordenase, sino porque la plebe estaba entusiasmada a favor de Aníbal y estaban deseando ver a un comandante famoso por tantas victorias. Decio Magio no acudió a encontrarse con él, ni se encerró en su casa como habría hecho alguien que se considerase culpable; únicamente caminó con tranquilidad por el Foro, con su hijo y unos cuantos de sus clientes, mientras toda la ciudad estaba salvajemente excitada viendo y dando la bienvenida a Aníbal. Cuando hubo entrado en la ciudad, Aníbal pidió que se convocara enseguida al Senado. Los notables campanos, sin embargo, le imploraron que no tratara entonces ningún negocio serio, sino que se entregara a la alegre celebración de un día que se había hecho tan feliz por su llegada. A pesar de que era naturalmente impulsivo en su ira, no empezaría con una negativa y pasó la mayor parte del día visitando la ciudad.

[23.8] Se alojó con los Ninios Céleres, Estenio y Pacuvio, hombres distinguidos por su alto nacimiento y su riqueza. Pacuvio Calavio, a quien ya hemos mencionado, el líder del partido que entregó la ciudad a los cartagineses, llevó allí a su hijo. El joven era cercano a Decio Magio y se había levantado decididamente con él en favor de la alianza con Roma y contra cualquier pacto con los cartagineses; ni el cambio de la ciudad hacia el otro bando ni la autoridad de su padre habían podido hacer oscilar su resolución. Pacuvio se lo llevó a rastras del lado de Magio y buscaba ahora obtener el perdón de Aníbal para el joven, más intercediendo por él que tratando de exculparle. Fue vencido por los ruegos y las lágrimas del padre, y llegó a ordenarle acudir como invitado, junto a su padre, a un banquete al que no se admitó más campanos que a sus anftriones y a Vibeo Táurea, un distinguido hombre de armas. El banquete comenzó temprano, de día, y no se celebró en absoluto según las costumbres cartaginesas o la disciplina militar sino, como era natural en aquella ciudad y aún más en una casa plena de riquezas y lujo, con una mesa llena de toda clase de manjares y exquisiteces. El joven Calavio fue el único que no pudo ser persuadido a beber, a pesar de sus anftriones y de vez en cuando Aníbal le invitaban; se excusaba con motivos de salud, y su padre añadió su nada innatural perturbación, dadas las circunstancias. Caía la tarde casi cuando los invitados se levantaron. El joven Calavio acompañó a su padre fuera de la cámara del banquete y cuando hubieron llegado a un lugar alejado, en el jardín de la casa, se detuvo y dijo: "Tengo que proponerte un plan, padre, con el cual no solo ganaremos el favor de los romanos en compensación por nuestra ofensa al revolvernos en favor de Aníbal, sino que obtendremos mucha más infuencia y prestgio en Capua del que nunca antes hayamos tenido". Cuando su padre le preguntó muy sorprendido cuál era su plan, él echó atrás su toga del hombre y le mostró una espada ceñida a su costado. "Ahora", le dijo, "en este mismo instante ratificaré nuestro tratado con Roma con la sangre de Aníbal. Quería que tú lo supieras primero, por si preferías estar fuera cuando se cometera el acto".

[23.9] El anciano, fuera de sí y aterrorizado por lo que veía y oía, como si ya estuviese contemplando la acción que le había contado su hijo, exclamó: "Te pido y suplico, hijo mío, por todos los vínculos sagrados que unen a padres e hijos, que no persistas en efectuar y sufrir nada de cuanto resulta horrible a ojos de tu padre. Hace solo unas horas que dimos palabra de honor, jurando por todos los dioses y uniendo nuestras manos; ¿y quieres que justo tras separarnos, después de haber departido amigablemente y consagrados por nuestra promesa, empuñemos las armas contra él? ¿Te has levantado de la mesa anftriona a la que has sido invitado por Aníbal con sólo otros dos más entre toda Capua, y vas a manchar esa mesa con la sangre de tu anftrión? Yo, tu padre, fui capaz de hacer que Aníbal fuera propicio a mi hijo, ¿no tengo poder para que mi hijo se muestre amistoso con Aníbal? Pero no permitas que nada sagrado te detenga: ni la palabra dada, ni la obligación religiosa ni el amor flial; comete tales hechos infames, si es que no traen la ruina y la culpa sobre nosotros. ¿Y luego qué? ¿Vas a atacar a Aníbal en solitario? ¿Qué hay de esa multitud de hombres libres y esclavos, todos con sus ojos fjos únicamente en él? ¿Qué pasa con todas esas manos? ¿Se estarán quietas durante ese acto de locura? Ejércitos armados apenas han podido resistr ante la mirada de Aníbal, lo teme el pueblo romano, ¿y tú la resistrás? Y aunque le falte la ayuda de los demás, ¿tendrás el valor de golpearme, a tu padre, cuando me interponga para proteger a Aníbal? Y así tendrá que ser, herirle atravesando mi pecho. Pero deja que te detenga aquí, antes de que te venzan allí. Deja que mis ruegos te convenzan tal y como ya convencieron por t". En ese momento el joven se echó a llorar y, al ver esto, el padre le abrazó por la cintura, le cubrió de besos y persistó en sus súplicas hasta que hizo que su hijo dejase su espada y le diese su palabra de que no intentaría nada de aquello. Entonces, el hijo dijo: "tengo dar a mi padre la obediencia sumisa que debo a mi patria. Me entristezco por t, pues debes llevar la culpa de una triple traición a tu patria; en primer lugar por haber instgado la revuelta contra Roma, en segundo al instar la paz con Aníbal y ahora, una vez más, cuando has impedido el modo de restaurar Capua a los romanos. Recibe, patria mía, y ya que mi padre me la quita, esta espada de la que me he armado para defenderte al entrar en la fortaleza del enemigo". Con estas palabras, arrojó la espada por la pared del jardín a la vía pública, y para disipar cualquier sospecha regresaron a la sala de banquetes.

[23.10] Al día siguiente hubo una reunión del pleno del Senado para escuchar a Aníbal. Al principio su tono fue muy cortés y afectuoso; agradeció a los capuanos que prefrieran su amistad a la alianza con Roma, y entre otras magnífcas promesas les aseguró que Capua sería pronto la capital de Italia y que Roma, junto al resto de pueblos, tendría que mirarla a ella para darle las leyes. Luego cambió de tono. Había un hombre, tronó, que estaba excluido de la amistad de Cartago y del tratado que habían frmado con él, un hombre que no era, y no debería ser llamado campano: Magio Decio [por algún motivo, quizá un error del copista, en el original latino aparece alterado el nombre.-N. del T.] . Exigió su entrega y pidió que este asunto fuera discutido y decidido antes de que él saliera de la Curia. Todos ellos votaron a favor de entregar al hombre, aunque muchos pensaban que no se merecía ese destino cruel y les parecía que habían dado un gran paso conculcando sus derechos y libertades. Al salir del edifcio del Senado, tomó asiento en la tribuna de los magistrados y ordenó que se arrestase a Decio Magio, se le pusiera a sus pies y que se defendiera. El hombre mantenía aún su feroz ánimo y decía que, según los términos del tratado, no se le podía exigir aquello; sin embargo, enseguida se le encadenó y se ordenó que le llevaran al campamento seguido por un lictor. Mientras lo llevaban, con la cabeza descubierta, arengaba y gritaba incesantemente a la multitud que le rodeaba: "¡Ya tenéis, campanos, la libertad que pedíais! ¡En el centro del Foro, a plena luz del día, ante vuestra vista, sin antecedente alguno en toda Capua, me llevan a toda prisa encadenado a la muerte! ¿Podría haberse cometido ultraje más grande si hubiera sido tomada la ciudad? ¡Id al encuentro de Aníbal, decorad vuestra ciudad y que el día de su llegada sea festivo para que podáis disfrutar del espectáculo de su triunfo sobre un compatriota! Al parecer que la multitud se movía a causa de esos arrebatos, cubrieron su cabeza y se dieron órdenes de moverse con más rapidez para salir fuera de las puertas de la ciudad. De esta manera, fue llevado al campamento y luego, a continuación, puesto a bordo de un barco y enviado a Cartago. El miedo de Aníbal era que, si estallaba cualquier perturbación en Capua como consecuencia del escandaloso tratamiento, el Senado podría arrepentrse de haber entregado a su primer ciudadano, y si enviaban a solicitar su devolución podría ofender a sus nuevos aliados rehusando la primera petción que le hacían o, si se la concedía, tendría en Capua un instgador del desorden y la sedición. El buque fue impulsado por una tormenta hasta Shahhat [la antigua Cirene, en el noroeste de la actual Libia, formaba la Pentápolis junto a Barca, Evespérides, Teuchira y Apolonia.-N. del T.], que estaba entonces gobernada por los reyes. Hasta aquí huyó Magio, buscando refugio bajo la estatua del rey Tolomeo, y sus guardias lo llevaron hasta el rey de Alejandría. Después que le hubo contado cómo había sido encadenado por Aníbal, desafando el tratado, fue liberado de sus ataduras y se le concedió permiso para regresar a Roma o a Capua, donde prefriera. Magio dijo que no estaría a salvo en Capua, y como había en aquel momento guerra entre Roma y Capua, habría de vivir en Roma más como desertor que como huésped. No había lugar donde prefriera vivir más que bajo el gobierno del hombre que era el autor y garante de su libertad.

[23,11] Durante estos sucesos, Quinto Fabio Píctor regresó a Roma de su misión en Delfos. Él leyó la respuesta del oráculo de un manuscrito, en el que fguraban los nombres de los dioses y diosas a quienes debía suplicarse y las formas que debían observarse al efectuarlas. Este era el último párrafo: "Si así lo hiciereis, romanos, vuestros asuntos mejorarán y se facilitarán, vuestra república seguirá adelante como queréis y la victoria en la guerra será para el pueblo de Roma. Cuando vuestra república sea próspera y segura, enviad un regalo a Apolo Pito de las ganancias que logréis y honradle con el botín, lo obtenido con su venta y los despojos. Apartad de vosotros toda licenciosidad". Tradujo todo esto del griego según lo leía, y cuando hubo terminado de leer dijo que tan pronto como dejase el oráculo ofrecería un sacrifcio de vino e incienso a todos los dioses nombrados, y fue además instruido por el sacerdote para que embarcase llevando la misma corona de laurel con la que había visitado el oráculo y que no se la quitase hasta llegar a Roma. Declaró que había seguido todas sus instrucciones con sumo cuidado y delicadeza y que había depositado la corona en el altar de Apolo. El Senado aprobó un decreto para que se efectuasen cuidadosamente, a la primera oportunidad, los sacrifcios y rogativas exigidas.

Durante estos acontecimientos en Roma y en Italia, Magón, el hijo de Amílcar, había llegado a Cartago con la noticia de la victoria de Cannas. No había sido enviado por su hermano inmediatamente después de la batalla, sino que se había detenido durante algunos días a recibir en alianza a los pueblos brucios que se habían rebelado con éxito. En su comparecencia ante el Senado relató la historia de los éxitos de su hermano en Italia, cómo había combatido en batallas campales contra seis comandantes en jefe, cuatro de los cuales eran cónsules y los otros dos un dictador y su jefe de la caballería, y cómo había dado muerte a casi doscientos mil enemigos y tomado más de cincuenta mil prisioneros. De los cuatro cónsules dos habían caído, de los dos supervivientes, uno estaba herido y el otro, tras perder a la totalidad de su ejército, había escapado con cincuenta hombres. El jefe de la caballería, cuyos poderes eran como los de un cónsul, había sido derrotado y puesto en fuga, y al dictador, que nunca había combatido con él, le consideraba un general peculiar. Los brucios y los apulios, junto con algunas comunidades samnitas y lucanas, se habían pasado a los cartagineses. Capua, que no sólo era la principal ciudad de la Campania sino que, ahora que el poder de Roma había quedado destrozado en Cannas, era la capital de Italia, se había entregado a Aníbal. Por todas estas grandes victorias le parecía que debían estar verdaderamente agradecidos y se debía efectuar una acción de gracias pública a los dioses inmortales.

[23.12] Como prueba de la veracidad de las alegres nuevas que traía, ordenó que se apilaran en el vestibulo del edifcio del Senado cierta cantidad de anillos de oro; según algunos autores, formaron una pila que medía más de tres modios; el relato más probable, no obstante, es que no ascendían a más de un modio [recordemos que un modio civil son 8,75 litros de capacidad.-N. del T.] . Agregó a modo de explicación, para mostrar cuán grandes fueron las pérdidas romanas, que nadie excepto los caballeros, y entre ellas los de más alto rango, llevaban aquel ornamento. La esencia de su discurso fue que cuanto más cerca estaban las posibilidades de Aníbal de dar fin a la guerra, más ayuda precisaba que se le enviase; estaba en campaña lejos del hogar, en mitad de un país hostl; se consumían grandes cantdades de grano y se gastaba mucho dinero, y todas aquellas batallas, mientras destruía los ejércitos enemigos, al mismo tiempo consumían apreciablemente las fuerzas del vencedor. Por lo tanto, se debía enviar refuerzos, dinero para pagar a las tropas y suministros de grano con destino a los soldados que tan espléndido servicio habían hecho a Cartago. En medio de la alegría general con que se recibió el discurso de Magón, Himilcón, miembro del partido bárquida, pensó que era una oportunidad favorable para atacar a Hanón. "¿Qué, Hanón?" empezó, "¿Todavía desapruebas que iniciásemos una guerra contra Roma? Ordena que se rinda Aníbal, vetar toda acción de gracias a los dioses tras haber recibido tantas bendiciones, haz que escuchemos la voz de un senador romano en la Curia de Cartago".

Y Hanón le replicó: "padres conscriptos [patres conscripti, en el original latino; usa aquí Tito Livio una fórmula tpicamente romana para señalar la advocación de Hanón.-N. del T.], habría guardado silencio en la presente ocasión, pues no deseo, en un día de tan general regocijo, decir nada que pueda aminorar vuestra felicidad. Pero como un senador me ha preguntado si todavía desapruebo la guerra que hemos iniciado contra de Roma, mi silencio demostraría insolencia o cobardía; la una implica olvidar el respeto debido a los demás, la otra el respeto a uno mismo. Esta es mi respuesta a Himilcón: Nunca he dejado de desaprobar la guerra, ni dejaré nunca de censurar a vuestro invencible general hasta que vea la guerra fnalizada con condiciones tolerables. Nada desterrará mi pesar por la antigua paz que rompimos, excepto el establecimiento de una nueva. Esos detalles que Magón ha enumerado orgullosamente han hecho muy felices a Himilcón y al resto de satélites de Aníbal; también me harían feliz a mí, pues una guerra victoriosa, si escogemos hacer un uso sabio de nuestra buena fortuna, nos traerá una paz más favorable. Si dejamos pasar esta oportunidad, cuando estamos en condiciones de ofrecer en lugar de someter a los términos de paz, temo que nuestra alegría resultará extravagante y, fnalmente, resultará estar infundada. Pero incluso ahora, ¿qué es de lo que os alegráis? 'He aniquilado los ejércitos del enemigo, enviadme tropas.' ¿Qué más podríais pedir, si hubieseis sido derrotados? 'He capturado dos de los campamentos del enemigo, llenos, por supuesto, de botín y suministros, enviadme grano y dinero.' ¿Qué más podríais pedir si os hubiesen expoliado y desalojado de vuestro propio campamento? Y puede que no sea yo el único que se sorprenda con vuestra alegría; pues ya que he contestado yo a Himilcón, tengo todo el derecho a preguntar a mi vez, y me gustaría que Himilcón o Magón me dijeran si, como decís, la batalla de Cannas ha destruido completamente el poder de Roma y toda Italia está revuelta, en primer lugar, alguna comunidad de la nación latina se ha pasado a nuestro bando y, en segundo, si un solo hombre de las treinta y cinco tribus de Roma ha desertado con Aníbal". Magón respondió ambas preguntas en sentido negativo. "Entonces", siguió Hanón, "todavía quedan demasiados enemigos. Pero me gustaría saber cuánto valor y cuánta confanza posee aún tan gran multitud."

[23,13] Magón dijo que no lo sabía. "Nada", contestó Hanón, "es más fácil de saber. ¿Han enviado los romanos emisarios a Aníbal para pedir la paz? ¿Ha llegado a vuestros oídos algún rumor de que alguno haya siquiera mencionado la palabra 'paz' en Roma?" De nuevo dio Magón una respuesta negativa. "Pues bien", dijo Hanón, "entonces tenemos tanto trabajo ante nosotros en esta guerra como el que teníamos el día en que Aníbal pisó por primera vez Italia. Aún vivimos muchos que podemos recordar qué cambiante fue la fortuna en la anterior Guerra Púnica que libramos. Nunca nuestra causa pareció estar prosperando más por mar y tierra que inmediatamente antes del consulado de Cayo Lutacio y Aulo Postumio [242 a.C.-N. del T.]. Sin embargo, en el año de su consulado fuimos derrotados de las Égates. Pero si, ¡no lo permita el cielo!, la fortuna cambiase ahora de cualquier manera, ¿esperaríais obtener estando derrotados una paz que no se os ofrece ahora que sois victoriosos? Si alguien pidiera mi opinión en cuanto a ofrecer o aceptar términos de paz, diría lo que pensaba; pero si lo que se nos pregunta es, simplemente, si se deben conceder las demandas de Magón, no creo que nos concierna el mandar suministros a un ejército victorioso, y mucho menos considero que se les deban remitr si nos están engañando con falsas y vacías esperanzas". Muy pocos fueron convencidos por el discurso de Hanón. Su bien conocida aversión por los Barca privaba a sus palabras de peso, y estaban demasiado ocupados con las agradables noticias que acababan de oír como para escuchar nada que los hiciera tener menos motivos de alegría. Creyeron que, si estaban dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo, la guerra terminaría pronto. Por lo tanto, se aprobó en consecuencia con gran entusiasmo una resolución para reforzar a Aníbal con cuatro mil númidas, cuarenta elefantes y talentos de plata [falta la cantidad en el original latino; unos estudiosos dan 500, otros 1500, nosotros hemos preferido dejar el texto tal cual.-N. del T.]. También se envió a Bóstar junto a Magón a Hispania para alistar veinte mil de infantería y cuatro mil de caballería para compensar las pérdidas de los ejércitos de Italia e Hispania.

[23.14] Sin embargo, como es habitual en épocas de prosperidad, estas medidas fueron ejecutadas con gran negligencia y dilación. Los romanos, junto a su laboriosidad natural, las tenían vedadas por lo precisado de su situación. El cónsul no dejó de cumplir con ninguno de sus deberes y el dictador no mostró menos energía. La fuerza entonces disponible estaba compuesta por las dos legiones que habían sido reclutadas por los cónsules a principios de año, la leva de esclavos y las cohortes alistadas en territorios del Piceno y de la Galia Cisalpina. El dictador decidió aumentar aún más sus fuerzas mediante la adopción de una medida a la que sólo un país en un estado casi desesperado podría rebajarse, cuando el honor debe ceder el paso a la necesidad. Después de cumplir debidamente con sus deberes religiosos y obtener los permisos necesarios para montar su caballo, publicó un edicto por el que todos los que hubieran resultado culpables de delitos capitales o que se encontraran en la cárcel por deudas y estuvieran dispuestos a servir bajo sus órdenes, quedarían libres del castgo y se cancelarían sus deudas. De esta manera fueron alistados seis mil hombres, y él los armó con los despojos tomados a los galos y que habían sido llevados en la procesión triunfal de Cayo Flaminio. partió así de la Ciudad con veintcinco mil hombres. Aníbal, después de hacerse cargo de Capua y efectuar algunos intentos infructuosos, mediante esperanzas y amenazas, contra Nápoles, marchó hacia territorio de Nola. No la trató de inmediato de manera hostl, ya que no carecía de esperanzas de que sus ciudadanos se rindieran voluntariamente, pero si se retrasaban pensaba no dejar nada por hacer para causarles sufrimiento o terror. El Senado, y en especial sus líderes, eran feles partidarios de la alianza con Roma; la plebe, como siempre, estaba a favor de desertar con Aníbal; se imaginaban la perspectiva de los campos asolados y un asedio con todas sus difcultades y humillaciones; tampoco había falta de hombres ansiosos por instgar una revuelta. El Senado temía que si se oponía abiertamente a la agitación no sería capaz de resistr la violenta multitud, y como manera de alejar el día infausto fngieron ponerse del lado de la multitud. Aparentaron que estaban a favor de la revuelta a favor de Aníbal, pero nada se resolvió en cuanto a las condiciones con que entrarían en un nuevo tratado y alianza. Habiendo ganado tiempo así, enviaron embajadores a toda prisa al pretor romano, Marcelo Claudio, que estaba con su ejército en Casilino, para informarle de la crítica posición de Nola, la forma en que su territorio estaba en manos de Aníbal, y que la ciudad caería en poder de los cartagineses a menos que recibiera auxilio; también sobre cómo el Senado, diciendo a la plebe que podría rebelarse cuando quisiera, les había hecho darse menos prisa en hacerlo. Marcelo dio las gracias a los embajadores y les dijo que siguieran la misma política y aplazaran los asuntos hasta que él llegase. Dejó entonces Casilino hacia Caiazzo [Caiatia en el original latino.-N. del T.] y desde allí marchó, cruzando el río Volturno, por los territorios de Satcula y Trebia, sobre las colinas que dominan Arienzo [Suessula en el original latino.-N. del T.], y llegó así a Nola.

[23.15] Ante la aproximación del pretor romano, el cartaginés evacuó el territorio de Nola y bajó por la costa hasta cerca de Nápoles, pues estaba deseando hacerse con un puerto de mar desde el que tener un paso seguro para los barcos procedentes de África. Sin embargo, cuando se enteró de que Nápoles estaba en poder de un prefecto romano, Marco Junio Silano, que había sido invitado por los napolitanos, dejó Nápoles, como había dejado Nola, y marchó hacia Nocera Superior [la antigua Nuceria.-N. del T.]. Pasó algún tiempo asediando la plaza, atacándola con frecuencia y haciendo a menudo propuestas tentadoras a los notables y a los jefes de la plebe, pero todo fue inútl. Al fnal, el hambre hizo su trabajo y recibió la sumisión de la ciudad, se permitó a los habitantes que salieran sin armas y con una sola prenda de vestr cada uno. Luego, para mantener su fama de ser amable con todos los pueblos italianos excepto el romano, prometó honores y recompensas a quienes consinteran servir militarmente en sus filas. Ni un solo hombre fue tentado por la perspectiva; todos se dispersaron, donde tuvieran amigos o donde a cada cual le llevara el azar o su imaginación, entre las ciudades de la Campania y especialmente a Nola y Nápoles. Alrededor de treinta de sus senadores, de hecho los principales, trataron de acogerse a Capua, pero se les negó la entrada porque habían cerrado sus puertas a Aníbal. Por consiguiente, se dirigieron a Cumas. El botín de Nocera Superior se entregó a los soldados y la misma ciudad fue incendiada.

Marcelo mantuvo su posición en Nola, tanto por el apoyo de sus principales hombres como por la confanza que senta en sus tropas. Se temía al pueblo, y especialmente a Lucio Bancio. Este joven animoso era por entonces casi el más distinguido entre los jinetes aliados, pero el temor a que tratase de rebelarse y su miedo al pretor romano le estaban llevando a traicionar a su patria o, si no hallaba medios para efectuarlo, desertar. Se le había encontrado, yaciendo medio muerto, entre un montón de cuerpos sobre el campo de batalla de Cannas y, tras haberle tratado con el mayor de los cuidados, Aníbal le envió a su casa cargado de regalos. Sus sentimientos de grattud por tanta amabilidad le hicieron desear poner el gobierno de Nola en manos de los cartagineses, y su ansiedad y entusiasmo tal acción atrajeron la atención del pretor. Como resultaba necesario frenar al joven, fuera mediante el castgo o ganándoselo con amabilidad, el pretor escogió la última opción, prefriendo asegurarse a tan valiente y emprendedor joven como amigo antes que perderlo para el enemigo. Lo invitó a ir a verlo y le habló muy amablemente. "Puedes entender fácilmente", le dijo, "que muchos de tus compatriotas están celosos, lo que se demuestra por el hecho de que ni un solo ciudadano de Nola me ha señalado tus muchos y distinguidos servicios militares. Pero la valenta de un hombre que ha servido en un campamento romano no se puede esconder. Muchos de tus camaradas me dicen que eres un joven héroe, y cuántos peligros y riesgos has corrido defendiendo la seguridad y el honor de Roma. Me han dicho que no abandonaste el combate en la batalla de Cannas hasta que no te viste enterrado, casi sin vida, bajo una masa de hombres caídos, caballos y armas. ¡Ojalá vivas para cometer hazañas aún más valerosas! Ganarás conmigo todos los honores y recompensas, y encontrarás que cuanto más cerca de mí estés, más benefcio y ascenso tendrás". El joven se mostró encantado con estas promesas. El pretor le hizo regaló un magnífco caballo y autorizó al cuestor a pagarle 500 bigatos [denarios de plata con una biga en su anverso, a menudo guiada por el dios Júpiter como auriga; en total, unos 1950 gramos de plata.-N. del T.]; también instruyó a sus lictores para que le permiteran pasar cada vez que deseara verlo.

[23.16] El orgulloso quedó tan cautivado por la deferencia que Marcelo le mostraba que, en lo sucesivo, ningún otro de entre los aliados de Roma le prestó ayuda más efciente o leal. Aníbal, una vez más, trasladó su campamento de Nocera Superior a Nola, y cuando apareció ante sus puertas la plebe volvió a contemplar la posibilidad de una revuelta. A medida que el enemigo se acercaba, Marcelo se retró tras las murallas, no porque temiera por su campamento, sino porque no quería dar oportunidad alguna al gran número de ciudadanos que estaban empeñados en traicionar su ciudad. Ambos ejércitos empezaron a formar para la batalla; los romanos ante las murallas de Nola y los cartagineses delante de su campamento. Se produjeron leves escaramuzas, entre la ciudad y el campamento, con resultados variables, pues los generales no prohibían a sus hombres que se adelantasen en pequeños grupos para desafar al enemigo ni daban la señal para una acción generalizada. Día tras día ambos ejércitos formaban en sus posiciones de esta manera, y durante este tiempo los líderes de Nola informaron a Marcelo de que se estaban produciendo entrevistas nocturnas entre la plebe y los cartagineses en las que habían dispuesto que, cuando el ejército romano hubiera salido por las puertas, saquearían sus bagajes y equipos, cerrando las puertas y guarneciendo las murallas para que, habiéndose hecho los amos de su ciudad y del gobierno, pudieran luego dejar entrar a los cartagineses en vez de a los romanos.

Al recibir esta información, Marcelo expresó su profundo agradecimiento a los senadores nolanos y se decidió a probar fortuna en una batalla antes de que surgieran disturbios en la ciudad. Formó su ejército en tres divisiones y las dispuso ante las tres puertas que daban al enemigo, ordenó que los bagajes le siguieran de cerca y que los asistentes, vivanderos y soldados de baja llevaran estacas. En la puerta central situó la parte más fuerte de las legiones y a la caballería romana, en las dos de cada lado dispuso a los reclutas, a la infantería ligera y a la caballería aliada. Se prohibió a los nolanos que se acercasen a las murallas o puertas, y se dispuso una reserva especial para ocuparse de los equipajes e impedir que los atacasen mientras las legiones estaban implicadas en la batalla. Con esta formación quedaron esperando dentro de las puertas. Aníbal tenía sus tropas formadas para la batalla, como había hecho durante varios días, y permaneció en su posición hasta terminar el día. En un primer momento le sorprendió que el ejército romano no saliera fuera de las puertas y que ni un solo soldado apareciera en las murallas. Luego, suponiendo que las entrevistas secretas habían sido traicionadas y que sus amigos temían moverse, devolvió parte de sus fuerzas a su campamento con órdenes de traer a primera línea todas las máquinas, para atacar la ciudad tan pronto como pudiera. Estaba bastante seguro de que si los atacaba mientras dudaban, la plebe provocaría algunos disturbios en la ciudad. Mientras que sus hombres se apresuraban hacia las primeras filas, cada uno con su deber asignado, y con toda la línea acercándose a las murallas, Marcelo ordenó de repente que se abriesen las puertas, sonó la orden de ataque y se lanzó el grito de guerra; la infantería, seguida por la caballería, se lanzó al ataque con toda la furia posible. Ya habían llevado bastante confusión e inquietud al centro enemigo cuando Publio Valerio Flaco y Cayo Aurelio, generales de las otras divisiones, salieron por las otras dos puertas y cargaron. Los vivanderos, los asistentes y el resto de tropas que custodiaban el equipaje se unieron al griterío, y esto hizo que los cartagineses, que habían menospreciado su escaso número, pensaran que se trataba de un gran ejército. Casi no me atrevería a afrmar, como hacen algunos autores, que murieran dos mil ochocientos enemigos y que los romanos no perdieron más de quinientos. Pero fuese o no tan grande la victoria, no creo que se librase una acción más importante por sus consecuencias en toda la guerra, pues resultó más difcil a los vencedores fnales escapar de ser derrotados por Aníbal de lo que luego les resultó para vencerlo a él.

[23.17] Como no había ninguna esperanza de conseguir apoderarse de Nola, Aníbal se retró a Acerra [antigua Acerrae.-N. del T.]. Tan pronto partió, Marcelo cerró las puertas y colocó guardias para impedir que nadie saliera de la ciudad. Luego abrió una investgación pública en el foro sobre la conducta de aquellos que habían estado llevando a cabo entrevistas secretas con el enemigo. Más de setenta fueron declarados culpables de traición, decapitados y confscadas sus propiedades. Entonces, tras entregar el gobierno al Senado, se marchó con todo su ejército y tomó una posición por encima de Arienzo, donde acamparon. Al principio, los cartagineses trataron de persuadir a los hombres de Acerra para hicieran una entrega voluntaria, pero al ver que su lealtad era inquebrantable, se dispusieron a asediarla y asaltarla. Los acerranos tenían más valor que fuerzas, y cuando vieron que el asedio rodeaba sus murallas y que no había esperanza para intentar otra defensa, decidieron escapar antes de que la línea de circunvalación enemiga se cerrase, escabulléndose en la oscuridad de la noche a través de los huecos desprotegidos en los trabajos de asedio, y dejándose llevar por cualquier carretera o camino al que les llevase el azar. Escaparon hacia aquellas ciudades de Campania en las que tenían todas las razones para creer que no habían cambiado su lealtad. Después de saquear y quemar Acerra, Aníbal marchó a Casilino como consecuencia de la información que recibió sobre la marcha del dictador hacia Capua con sus legiones. Temía que la proximidad del ejército romano pudiera provocar una contra-revolución en Capua. En aquel momento Casilino estaba guarnecido por quinientos palestrinenses con unos cuantos romanos y latinos, que habían llegado allí cuando se enteraron del desastre de Cannas. El alistamiento en Palestrina no se completó el día señalado y aquellos hombres partieron de su hogar demasiado tarde para ser de utlidad en Cannas. Llegaron a Casilino antes que lo hicieran las noticias del desastre y, unidos a romanos y aliados, avanzaron con gran fuerza. Mientras marchaban se enteraron de la batalla y su resultado y regresaron a Casilino. Aquí, sospechando de los campanos y temiendo por su propia seguridad, pasaron unos días haciendo planes propios y deshaciendo tramas ajenas. Cuando tuvieron la certeza de que Capua había desertado y que habían dejado entrar a Aníbal, masacraron a los ciudadanos de Casilino por la noche y se apoderaron de la parte de la ciudad que está a este lado del río Volturno -el río divide en dos la ciudad-y la mantuvieron como guarnición romana. A ellos se unió también una cohorte de perusinos con cuatrocientos sesenta hombres, que fueron llevados a Casilino por la misma información que llevó allí a los palestrinenses unos días antes. La fuerza era bastante adecuada para el pequeño perímetro amurallado, protegido además como estaba al otro lado por el río, pero la escasez de grano hacía que incluso aquel número pareciera demasiado grande.

[23.18] No estando Aníbal no muy lejos del lugar, envió de avanzada una tropa de gétulos al mando de un ofcial llamado Isalcas, para tratar de parlamentar con los habitantes y convencerlos con buenas palabras de que abrieran sus puertas y dejen entrar una guarnición. Si rehusaban, deberían emplear la fuerza y atacar la plaza por donde les pareciera factible. Cuando se acercaron a las murallas, la ciudad estaba tan silenciosa que pensaron que estaba desierta, y dando por sentado que los habitantes habían huido por temor empezaron a forzar las puertas y romper las trancas. De repente, se abrieron las puertas y dos cohortes que esperaban en el interior, listas para la acción, salieron a la carrera y cargaron furiosamente, sorprendiendo completamente al enemigo. Maharbal fue enviado en su ayuda con más fuerzas, pero ni siquiera él pudo resistr la impetuosidad de las cohortes. Al fnal, Aníbal acampó ante las murallas, e hizo los preparativos para asaltar la pequeña ciudad y su pequeña guarnición con la fuerza combinada de todo su ejército. Tras cerrar el círculo de asedio, comenzó a acosar y molestar a la guarnición, perdiendo de este modo a algunos de sus hombres más audaces al resultar alcanzados por los proyectiles lanzados desde muralla y torres. En una ocasión, cuando los defensores estaban a la ofensiva en una salida, estuvo a punto de destruirles con sus elefantes y ponerlos en precipitada fuga a la ciudad; las pérdidas, considerando su número, fueron bastante graves y habrían caído aún más de no haber llegado la noche. Al día siguiente había un ansia general por iniciar el asalto. El entusiasmo de los hombres había sido encendido por la oferta de una "corona mural" de oro, y también por la forma en la que el propio general protestó, ante los hombres que habían tomado Sagunto, por su retraso al atacar una pequeña fortaleza situada en campo abierto, recordando a todos y cada uno Cannas, Trasimeno y Trebia. Se dispusieron los manteletes y se empezaron las minas, pero se les opusieron varios movimientos enemigos de igual fuerza y habilidad por los defensores, los aliados de Roma; hicieron defensas contra los manteletes, interceptaron sus minas con contra-minas y enfrentaron todos sus ataques por encima y por debajo del suelo con una constante resistencia, hasta que al fnal, Aníbal, para su vergüenza, renunció a su proyecto. Se limitó a fortifcar su campamento y dejar una pequeña fuerza para defenderlo, para que no se pudiera suponer que el asedio había sido abandonado por completo, después de lo cual se instaló en Capua como su cuartel de invierno.

Allí mantuvo su ejército bajo techo la mayor parte del invierno. Una larga y variada experiencia había acostumbrado a ese ejército a todas las formas de sufrimiento humano, pero no se había habituado ni tenido experiencia alguna sobre la comodidad. Así vino a ocurrir que los hombres a quienes ni la presión si la calamidad habían sido capaces de someter, cayeron víctimas de tanta prosperidad y placeres tan atractivos como para resistrlos, y sobre todo cayeron principalmente en la avaricia por nuevos y no probados deleites. La pereza, el vino, las festas, las mujeres, los baños y un descanso inactivo, que se volvió cada vez más seductor cuanto más se acostumbraban a él, enervaron de tal modo sus mentes y cuerpos que lograron salvarse más por la memoria de las pasadas victorias que por cualquier fuerza combativa que poseyeran entonces. Los expertos en asuntos militares han considerado aquel invierno en Capua como un error mayor por parte de Aníbal que el de no marchar directamente contra Roma tras su victoria en Cannas; pues su retraso en ese momento puede ser considerado sólo como un retraso en la victoria fnal, pero también se puede considerar que le privó de la fortaleza necesaria para lograr la victoria. Y ciertamente pareció que dejara Capua con otro ejército completamente distinto; no mantenía ni una pizca de su anterior disciplina. Un gran número se había amancebado con prosttutas y regresaron allí, y tan pronto volvieron a las tiendas de campaña y la fatga de las marchas y los demás deberes militares, en vez de fortalecer sus cuerpos y ánimos cedieron como si fueran nuevos reclutas. A partir de aquel momento, y a lo largo de la temporada de verano, un gran número abandonó los estandartes sin permiso y Capua fue el único lugar en el que los desertores trataron de ocultarse.

[23,19] Sin embargo, cuando llegó el clima suave, Aníbal sacó su ejército fuera de sus cuarteles de invierno y se dirigió de nuevo a Casilino. Aunque el asalto había quedado suspendido, el interrumpido asedio había reducido la población de la ciudad y a la guarnición al extremo de la miseria. Tiberio Sempronio Graco estaba al mando del campamento romano, pues el dictador tuvo que partir hacia Roma para tomar nuevos auspicios [para el nuevo año de 215 a.C.-N. del T.]. Marcelo deseaba igualmente ayudar a la guarnición sitada, pero fue detenido por el desbordamiento del río Volturno y también por las súplicas del pueblo de Nola y Acerra, que temían a los campanos en caso de que los romanos retraran su protección. Graco simplemente vigilaba Casilino, pues el dictador había dado órdenes estrictas de que no se debían efectuar operaciones activas en su ausencia. Por lo tanto, se mantuvo quieto, aunque los informes de Casilino habría sido fácilmente demasiado para la paciencia de cualquier hombre. Se señaló de hecho que algunos, incapaces de soportar el hambre por más tiempo, se habían arrojado desde las murallas, otros se expusieron sus cuerpos desarmados a los proyectiles del enemigo. Estas noticias someteron su paciencia a una dura prueba, pus no se atrevía a luchar contra las órdenes del dictador, y veía que tendría que luchar si llevaba grano a la plaza, pues no había posibilidad de conseguirlo sin ser visto. Reunió un suministro de grano de todos los campos alrededor y llenó con él una serie de barricas; después envió un mensajero a Casilino para decirles que recogieran los barriles que el río llevaría corriente abajo. La noche siguiente, mientras todos estaban mirando fjamente el río, después de sus esperanzas hubieran sido avivadas por el mensajero romano, llegaron las barricas flotando en el medio de la corriente, y dividieron el grano a partes iguales entre todos ellos. Lo mismo ocurrió en los dos días siguientes; se enviaban por la noche y llegaban a su destino ya que hasta entonces habían escapado a la detección enemiga. Luego, debido a las constantes lluvias, el río se hizo más rápido de lo habitual y las corrientes cruzadas llevaban las barricas hacia la orilla que custodiaba el enemigo. Las detectaron al quedar atrapadas entre las ramas de mimbre que crecían en la orilla e hicieron llegar un informe a Aníbal; como consecuencia, vigilaron con más precaución y más de cerca para que nada pudiera enviarse por el Volturno a la ciudad sin ser detectado. Sin embargo, desde el campamento romano se esparcieron frutos secos por el río; estos flotaban por el centro de la corriente y los atrapaban con cestas. Por fn, las cosas llegaron a tal extremo que los habitantes trataban de masticar las tras de cuero y las pieles, que arrancaban de sus escudos, luego de ablandarlas en agua hirviendo, ni se negaron a comer ratones y otros animales; arrancaron incluso de la parte inferior de sus murallas hierbas y raíces de todo tpo. Cuando el enemigo arrancó toda la hierba fuera de las murallas, ellos arrojaron semillas de nabos, lo que hizo exclamar a Aníbal: "¿Me voy a quedar aquí sentado ante Casilino hasta que crezcan esas semillas?" y aunque él nunca había permitido oír hablar de términos de rendición, dio ahora su consentimiento a las proposiciones de rescate de todos los ciudadanos de nacimiento libre. El precio acordado fue de siete onzas de oro para cada persona [190,75 gramos de oro.-N. del T.]. Cuando su libertad quedó garantzada se rindieron, pero quedaron con custodia hasta que se pagó todo el oro, después se les liberó en estricta observancia del acuerdo. Es mucho más probable que esto sea lo cierto, y no que tras haberles dejado ir enviaran tras ellos la caballería y les dieran muerte a todos. La gran mayoría eran palestrinenses. De los quinientos setenta que formaban la guarnición, no menos de la mitad habían perecido por la espada y el hambre, el resto regresó salvo a Palestrina con su jefe, Marco Anicio, que anteriormente era escriba. Para conmemorar aquel evento se erigió una estatua de él en el Foro de Palestrina, llevando una cota de malla con una toga sobre ella y con la cabeza cubierta [una triple representación del soldado, el ciudadano y el sacerdote.-N. del T.] . Se colocó una placa de bronce con esta inscripción: "Marco Anicio ha cumplido la promesa que hizo para la seguridad de la guarnición de Casilino". La misma inscripción se fjó en las tres estatuas erigidas en el templo de la Fortuna.

[23.20] La ciudad de Casilino fue devuelta a los campanos, y se estableció en la misma una guarnición de setecientos hombres del ejército de Aníbal, por si los romanos la atacaban tras la partida del cartaginés. El Senado decretó que se concediera paga doble y una exención de cinco años sobre futuros servicios a las tropas palestrinenses. También se les ofreció la plena ciudadanía romana, pero prefrieron no cambiar su condición de ciudadanos de Palestrina. Más oscuro resulta lo ocurrido a los perusinos, ya que sobre ello no arroja luz ningún monumento suyo ni ningún decreto del Senado. Por aquel tiempo, los petelinos [habitantes de Petelia, la actual Strongoli, en Calabria.-N. del T.], que eran los únicos de entre todos los brucios que habían permanecido en la amistad de Roma, fueron atacados no solo por los cartagineses, que habían invadido aquel territorio, sino también por el resto de los brucios que habían adoptado la política opuesta. Viéndose indefensos ante tales peligros, enviaron embajadores a Roma para pedir ayuda. El Senado les dijo que tenían que cuidar de sí mismos y al oír esto rompieron en lágrimas y súplicas y se arrojaron sobre el suelo del vestibulo. Su angusta suscitó la profunda simpata tanto del Senado como del pueblo, y el pretor Marco Emilio pidió a los senadores que reconsiderasen su decisión. Después de estudiar cuidadosamente los recursos del imperio, se vieron obligados a admitr que eran impotentes para proteger a sus aliados lejanos. Aconsejaron a los embajadores que volviesen a casa y que, habiendo ya probado su lealtad al límite, adoptasen las medidas que exigía su actual situación. Cuando se informó del resultado de su misión a los petelinos, su senado quedó tan abrumado por el dolor y el temor que algunos se declararon a favor de abandonar la ciudad y buscar refugio donde pudieran, otros pensaron que ya que habían sido abandonados por sus antiguos aliados lo mejor sería unirse al resto de los brucios y entregarse a de Aníbal. La mayoría, sin embargo, decidió que no se debía tomar ninguna decisión precipitada y que la cuestón debía ser objeto de debate. Cuando el asunto se presentó al día siguiente, prevaleció un tono más calmado y sus principales líderes les persuadieron para reunir todos sus bienes y posesiones de los campos y poner a la ciudad y sus murallas en estado de defensa.

[23,21] Por entonces llegaron despachos desde Sicilia y Cerdeña. El enviado por Tito Otacilio, el propretor al mando en Sicilia, se leyó en el Senado en primer lugar. Señalaba que, en efecto, Publio Furio había llegado a Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.] con su flota; que él mismo estaba gravemente herido y que su vida corría gran peligro; que a los soldados y marineros no se les había entregado puntualmente paga ni grano y no había medio de procurárselos; urgía con insistencia para que se le enviasen ambos tan pronto como fuera posible y que, si el Senado estaba de acuerdo, enviasen uno de los nuevos pretores para sucederle. La carta de Aulo Cornelio Mamula trataba sobre las mismas difcultades con la paga y el grano. A ambos se dio la misma respuesta: no había posibilidad de enviar nada, y se les ordenaba que tomaran las disposiciones más adecuadas que considerasen para con sus flotas y ejércitos. Tito Otacilio envió embajadores a Hierón, el único hombre con quien Roma podía contar, y recibió en respuesta tanto dinero como precisaba y suministro de grano para seis meses. En Sicilia, las ciudades aliadas enviaron generosas contribuciones. Incluso en Roma, además, se hacía sentir la escasez de dinero y Marco Minucio, uno de los tribunos de la plebe, presentó una propuesta para nombrar triunviros encargados de las fnanzas. Los hombres designados fueron: Lucio Emilio Papo, que había sido cónsul y censor, Marco Atilio Régulo, que había sido dos veces cónsul, y Lucio Escribonio Libo, uno de los tribunos de la plebe. Marco y Cayo Atilio, dos hermanos, fueron designados para dedicar el templo de la Concordia que Lucio Manlio había prometido durante su pretura. Se eligieron también tres nuevos pontífices: Quinto Cecilio Metelo, Quinto Fabio Máximo y Quinto Fulvio Flaco, en susttución de Publio Escantinio, que había muerto y de Lucio Emilio Paulo, el cónsul y de Quinto Elio Peto, ambos caídos en Cannas.

[23.22] Cuando el Senado hubo hecho todo lo posible, en la medida en que la sabiduría humana pueda hacerlo, para compensar las pérdidas que la fortuna había infigido en tal serie ininterrumpida de desastres, volvieron fnalmente su atención a los huecos en la Curia y al pequeño número de los que asistan al consejo nacional. No había habido ninguna revisión de las listas del Senado desde que Lucio Emilio y Cayo Flaminio fueran censores, a pesar de las graves pérdidas entre los senadores durante los últimos cinco años, así en el campo de batalla como por las fatalidades y accidentes a que todos estamos expuestos. Dando cumplimiento al el deseo unánime, el asunto fue presentado por el pretor, Marco Emilio, en ausencia del dictador, que había marchado a reunirse con el ejército tras la pérdida de Casilino. Espurio Carvilio habló largo y tendido acerca de la considerable falta de senadores, y también del escaso número de ciudadanos de entre los cuales podían ser elegidos senadores. Siguió diciendo que, a efectos de cubrir las vacantes, y también para fortalecer la unión entre los latinos y Roma, él insista fervientemente para que el Senado aprobara que se concediese la ciudadanía plena a dos senadores de cada ciudad latina, y que de tales hombres se eligieran para el Senado en lugar de los que habían muerto. El Senado escuchó estas propuestas con tanta más impaciencia como la que habían sentido con anterioridad a demanda de los latinos. Un murmullo de indignación recorrió la Curia. A Tito Manlio, en particular, se le escuchó afrmar que aún quedaba al menos un hombre de la misma familia que tiempo atrás había amenazado en el Capitolio al cónsul con matar a cualquier latino al que viera sentado en el Senado. Quinto Fabio Máximo declaró que ninguna propuesta más inoportuna que aquella había sido jamás discutda en el Senado; se había expuesto en un momento en que las simpatas de sus aliados vacilaban y se volvía dudosa su lealtad, produciéndoles más inquietud que nunca; tales inconsideradas palabras, pronunciadas por un hombre, debían ser sofocadas por el silencio de todos los demás. De entre todas las cosas ocultas o sagradas sobre las que en algún momento se hubiese decretado el silencio en aquella Casa, esta debía ser considerada la mayor de ellas y así debía quedar oculta, enterrada, olvidada y considerada como si nunca se hubiera pronunciado. En consecuencia, se suprimió toda alusión posterior al asunto. Se decidió, en última instancia, designar dictador a un hombre que había sido antes censor y que era el más anciano de los que habían desempeñado aquel cargo, para que revisara las listas de los senadores. Cayo Terencio fue llamado para que designase al dictador. Dejando una guarnición en Apulia, regresó a Roma a marchas forzadas, y la noche después de su llegada designó, de acuerdo con la antigua costumbre, a Marco Fabio Buteo para ejercer como dictador durante seis meses sin jefe de la caballería -216 a.C.-.

[23,23] Acompañado por sus lictores, Fabio subió a los Rostra [muro de la tribuna de oradores del foro de Roma, decorado con los espolones -rostra-mandados arrancar a las naves enemigas el 338 a.C. por el cónsul Cayo Menio, tras la batalla naval de Anzio.-N. del T.] y pronunció el siguiente discurso: "Yo no apruebo la existencia de dos dictadores al mismo tiempo, algo totalmente sin precedentes, ni la existencia de un dictador sin un jefe de la caballería, ni que se encomienden los poderes censoriales a un único individuo y por segunda vez, ni que se ponga la suprema autoridad en manos de un dictador durante seis meses, a menos que lo hayan nombrado para ejercer el mando militar. Puede que estas irregularidades sean quizás necesarias en este momento, pero les voy a poner un límite. No quitaré de la lista a ninguno de los añadidos por Cayo Flaminio y Lucio Emilio, los últimos censores; ordenaré simplemente que se transcriban y lean sus nombres, pues no permitré que el poder de juzgar y decidir sobre la reputación y el carácter de un senador descanse en un único individuo. Cubriré las plazas de los que están muertos de tal manera que se viera que daba preferencia a un orden sobre otro y no a un hombre sobre otro". Después de haber leído los nombres del antiguo Senado, Fabio empezó su selección. Los primeros elegidos fueron hombres que, con posterioridad a la censura de Lucio Emilio y Cayo Flaminio, habían desempeñado una magistratura curul pero aún no estaban en el Senado, y se les escogió según el orden de sus anteriores nombramientos. A ellos siguieron aquellos que habían sido ediles, tribunos de la plebe, o cuestores. Al fnal de todos, escogió a quienes no habían llegado a ocupar un cargo, pero poseían en sus casas los despojos de un enemigo o habían recibido una "corona cívica"

[condecoración consistente en una corona de hojas de roble, que se concedía a quien hubiera salvado en batalla la vida de un ciudadano.-N. del T.]. De este modo se añadieron los nombres a la lista del Senado, en medio de la aprobación general. Después de haber cumplido su deber, depuso enseguida su dictadura y descendió de los Rostra como un ciudadano privado. Ordenó a los lictores que cesaran en su auxilio y se mezcló con la multitud de ciudadanos que trataban de sus negocios privados, retrasó deliberadamente el tiempo que empleaba, con el fin de no permitr que la gente saliera del foro para acompañarlo a su casa. No disminuyó, sin embargo, el interés de los hombres por él, aunque tuvieran que esperar, y una gran multitud lo acompañó hasta su casa [este acompañamiento a una persona desde el foro hasta su hogar era un signo de consideración pública, pues remedaba el acompañamiento que los clientes daban por turnos a su patrono, a modo de escolta.-N. del T.] . La noche siguiente, el cónsul regresó de nuevo junto al ejército, sin permitr que el Senado lo supiera, ya que no quería ser detenido en la Ciudad por las elecciones.

[23.24] Al día siguiente, el Senado, al ser consultado por Marco Pomponio, el pretor, aprobó un decreto para escribir al dictador pidiéndole que, si los intereses del Estado lo permitan, viniese a Roma para llevar a cabo la elección de los nuevos cónsules. Que trajera con él a su jefe de la caballería y a Marco Marcelo, el pretor, para que los senadores pudieran saber por él mismo en qué estado se encontraban los asuntos de la república y decidir en consecuencia. Al recibir la citación acudieron todos ellos, tras dejar lugartenientes al mando de las legiones. El dictador habló brevemente y con modesta acerca de sí mismo, concediendo la mayor parte de la gloria a Tiberio Sempronio Graco, el jefe de la caballería, y luego convocó las elecciones. Los cónsules electos fueron Lucio Postumio, por tercera vez y elegido en su ausencia, pues estaba por entonces administrando la provincia de la Galia, y Tiberio Sempronio Graco, jefe de la caballería y también por entonces edil curul. A continuación, se eligió a los pretores. Fueron elegidos Marco Valerio Levino, por segunda vez, Apio Claudio Pulcro, Quinto Fulvio Flaco y Quinto Mucio Escévola. Tras la elección de los diversos magistrados, el dictador volvió con su ejército a los cuarteles de invierno en Teano. El jefe de la caballería se quedó en Roma; como tomaría posesión en pocos días, le era preferible consultar al Senado sobre el alistamiento y equipamiento de los ejércitos del año siguiente -215 a.C.-.

Mientras estas cuestones absorbían la atención, se anunció un nuevo desastre, pues la Fortuna apilaba un desastre tras otro aquel año. Se informó de que Lucio Postumio, el cónsul electo, y su ejército había sido aniquilado en la Galia. Había un gran bosque, llamada Litana por los galos [cerca de Módena, en la Galia Cisalpina.-N. del T.], por cuyo través debía conducir el cónsul a su ejército. Los galos cortaron los árboles a ambos lados de la carretera de tal manera que se quedaron de pie, siempre y cuando estuviesen quietos, pero prestos a caer a una ligera presión. Postumio tenía dos legiones romanas, y también había alistado una fuerza del país frontero al Mar Superior, lo bastante grande como para entrar en territorio hostl con cerca de veintcinco mil hombres. Los galos se habían colocado en el límite exterior del bosque, y tan pronto como el ejército romano entró empujaron los árboles aserrados desde el exterior, estos cayeron sobre los que estaban junto a ellos, inestables y que apenas podían mantenerse en pie, hasta que cayeron todos a ambos lados, enterrando en una ruina común armas, hombres y caballos. Apenas diez hombres escaparon, ya que cuando la mayoría de ellos murieron aplastados por los troncos o ramas rotas de los árboles, el resto, presa del pánico por el inesperado desastre, fueron muertos por los galos que rodeaban el bosque. De la cifra total sólo unos pocos fueron hechos prisioneros, y estos, a la vez tratando de llegar a un puente sobre el río, fueron interceptados por el enemigo, que ya lo había bloqueado. Fue allí donde cayó Postumio mientras luchaba desesperadamente para evitar ser capturado. Los boyos despojaron el cuerpo y le cortaron la cabeza, llevándolos en ovación al más sagrado de sus templos [señala aquí Livio para los boyos la ejecución de una ceremonia tpicamente romana, la ovación, en la que un general, tras un victoria menor, procesionaba armado y sacrificaba una oveja; pudiera ser también una costumbre compartida.-N. del T.]. Según su costumbre, limpiaban la cabeza y cubrían el cráneo con oro; luego lo usaban como recipiente para libaciones y como copa para bebidas del sacerdote y ministros del templo. Además, el botín obtenido por los galos fue tan grande como su victoria, pues aunque la mayoría de los animales quedaron enterrados bajo los árboles caídos, el resto, al no haberse dispersado con la huida, se encontraba esparcido a lo largo de la línea en que yacía el ejército.

[23.25] Cuando llegó la noticia del desastre, toda la comunidad estaba en tal estado de alarma que las tiendas se cerraron y una soledad como la de la noche invadió la Ciudad. En estas circunstancias, el Senado ordenó a los ediles que hicieran una ronda por la Ciudad y ordenasen a los ciudadanos que abriesen de nuevo sus tiendas y abandonasen el aspecto de duelo público. Tiberio Sempronio convocó luego al Senado, y se dirigió a ellos en tono consolador y animoso. "Nosotros", dijo, "que no fuimos aplastados por la derrota de Cannas, no debemos descorazonarnos por pequeñas calamidades. Si tenemos vencemos, como confío que ocurrirá, en nuestras operaciones contra Aníbal y los cartagineses, podremos dejar de lado, momentáneamente, la guerra con los galos; los dioses y el pueblo romano tendrán en su mano vengar ese acto de traición. Era respecto a los cartagineses y los ejércitos con los que la guerra se libraría de que lo debían ahora deliberar y decidir". Detalló primeramente las fuerzas de infantería y caballería del ejército del dictador, y la proporción en cada una de tropas romanas y aliadas; Marcelo siguió con el mismo detalle en cuanto a sus propias fuerzas. Luego se consultó a los que estaban familiarizados con los hechos en cuanto a la entdad de la fuerza que esta con Cayo Terencio Varrón en Apulia. No veían cómo se podían levantar dos ejércitos consulares lo bastante fuertes como para tan importante guerra. Así que, a pesar del justfcable resentimiento se todos sentían, se decidió suspender la campaña en las Galias durante aquel año. El ejército del dictador fue asignado al cónsul. Se decidió que aquellas las tropas de Marcelo que partciparon en la huida de Cannas debían ser transportados a Sicilia para servir allí durante el tiempo que la guerra durase en Italia. Los menos aptos del ejército del dictador también serían enviados allí, sin fjárseles término para el fin de su servicio excepto el prescrito para el servicio regular. Las dos legiones alistadas en la Ciudad se asignaron al otro cónsul que sucediera a Lucio Postumio; se dispuso que sería elegido tan pronto se obtuvieran auspicios favorables. Las dos legiones de Sicilia serían llamadas a la mayor brevedad posible, y el cónsul a quien se asignaran las legiones de la Ciudad obtendría de aquellas los hombres que precisase. Cayo Terencio vería prorrogado su mando durante otro año y no se reduciría el ejército que estaba protegiendo Apulia.

[23.26] Mientras se hacían estos preparativos en Italia, la guerra en Hispania se llevaba a cabo con tanta energía como siempre y, hasta el momento, a favor de los romanos. Los dos Escipiones, Publio y Cneo, habían dividido sus fuerzas entre ellos, Cneo iba a operar por tierra y Publio por mar. Asdrúbal, el comandante cartaginés, no se senta seguro de la fidelidad de ninguno de sus dos ejércitos y se mantuvo a salvo en posiciones fortifcadas a distancia del enemigo hasta que, en respuesta a sus angustosas petciones de refuerzos, se le enviaron cuatro mil infantes y mil jinetes desde África. Luego, recobrando su confanza, se trasladó más cerca del enemigo y dio órdenes para que la flota se dispusiera a proteger las islas y la costa. En medio mismo de sus preparativos para una nueva campaña, quedó consternado por la noticia de la deserción de los prefectos de las naves. Después de haber sido muy censurados por su cobardía al abandonar la flota en el Ebro, ya no habían sentido mucha lealtad ni por su general ni por la causa de Cartago. Estos desertores habían provocado una revuelta entre la tribu de los Tartesios y habían inducido a rebelarse a varias ciudades, habiendo, de hecho, tomado una de ellas al asalto. La guerra se desvió de los romanos a esta tribu, y Asdrúbal entró en su territorio con un ejército invasor. Chalbo, un general distinguido entre ellos, estaba acampado con un poderoso ejército ante los muros de una ciudad, que había capturado unos días antes, y Asdrúbal decidió atacarlo. Envió delante hostgadores para arrastrar al enemigo a un enfrentamiento y dejó a parte de su caballería para que arrasara los campos circundantes y capturar a los dispersos. Hubo confusión en el campamento, y pánico y derramamiento de sangre en los campos, pero cuando se hubieron recogido al campamento desde todas partes, desaparecieron sus temores tan rápidamente que, recobrando el valor, no solo defendieron su campamento, sino que incluso tomaron la ofensiva contra el enemigo. Irrumpieron en un solo bloque fuera de su campamento, ejecutando luego sus danzas de guerra según sus costumbres, y esta inesperada osadía suya llenó de terror los corazones del enemigo, que poco antes había estado retándoles. Asdrúbal retró luego su fuerza a un monte muy alto, que también estaba protegido por un río que sirve como barrera. También retró hasta esta posición a sus escaramuzadores y a su caballería dispersa. Sin embargo, no sinténdose lo bastante protegido ni por la colina ni por el río, valló su campamento. Varias escaramuzas tuvieron lugar entre ambas partes, que se atemorizaron alternativamente entre sí, y los jinetes númidas resultaron no ser rivales para los hispanos, así como tampoco los dardos moros lo fueron contra las cetras de piel de los nativos, que eran igual de rápidos en sus maniobras y poseían mayor fuerza y valor.

[23.27] Cuando se dieron cuenta de que, a pesar de que cabalgaban hasta las líneas cartaginesas, no podían atraer al enemigo al combate y el atacar el campamento estaba lejos de ser una tarea fácil, asaltaron con éxito la ciudad de Ascua [quizá se tratase de Oscua, cerca de la actual Villanueva de la Concepción, en Málaga.-N. del T.], donde Asdrúbal había almacenado su grano y otros suministros al entrar en su territorio, y se adueñaron de todo el país alrededor. No quedó ya disciplina alguna entre ellos, ni en su marcha ni en el campamento. Asdrúbal pronto se dio cuenta de esto, y viendo que el éxito les había hecho descuidados, instó a sus hombres a que les atacaran mientras estaban dispersos y lejos de sus estandartes; él mismo, entre tanto, bajó de la colina y marchó con sus hombres en formación de ataque directamente contra su campamento. Llegaron hombres a la carrera desde los puestos avanzados de vigilancia con la noticia de esta aproximación y se tocó a generala. A medida que cada hombre empuñaba sus armas corría con los demás a la batalla, sin mando, orden, formación ni estandartes. Ya los primeros estaban empeñados y los demás seguían llegando a la carrera en pequeños grupos, quedando aún algunos que no habían dejado el campamento. Su temeraria audacia, sin embargo, pudo en un primer momento frenar al enemigo; pero pronto, al ver que mientras que ellos estaban sin orden y dispersos, cargando contra un enemigo en formación cerrada, y que su escaso número hacía peligrar su seguridad, se miraron unos a otros y, como si hubiesen sido impelidos desde todas direcciones, formaron en círculo. Muy juntos, con sus escudos tocándose, fueron empujados poco a poco en una masa tan apretada que casi no había espacio para utlizar las armas, y durante gran parte de la jornada fueron simplemente despedazados por el enemigo que los rodeaba completamente. Unos pocos lograron abrirse paso y escapar hacia los bosques y colinas. El campamento fue abandonado en el mismo pánico y toda la tribu pactó la rendición al día siguiente. No duró mucho el acuerdo, pues justo después de esta batalla Asdrúbal recibió una orden de Cartago para que llevase su ejército, tan pronto como pudiera, a Italia. Esto fue de general conocimiento en toda Hispania, con el resultado de que todos volvieron su atención a los romanos. Asdrúbal envió inmediatamente un despacho a Cartago señalando cuánto mal había producido el simple rumor de su partda, y también que si él verdaderamente dejaba Hispania pasaría a manos de los romanos antes que hubiera cruzado el Ebro. Llegó a decir que no sólo no tenía una fuerza, tampoco tenía un general para dejar en su lugar, pues los generales romanos eran hombres a los que resultaba difcil enfrentarse aun cuando sus fuerzas estuviesen igualadas. Si, por lo tanto, deseaban con tanto anhelo retener Hispania, debían enviar un hombre con un poderoso ejército para susttuirle, y aún si todo marchaba bien para su sucesor, no se encontraría con una provincia fácil de gobernar.

[23,28] A pesar de que esta carta produjo una gran impresión en el Senado, decidieron que, como Italia demandaba su primera y más cercana atención, las disposiciones sobre Asdrúbal y sus fuerzas no se alterarían. Se envió a Himilcón con un gran y bien equipado ejército y una flota incrementada para mantener y defender Hispania por mar y terra. Tan pronto como cruzaron las fuerzas navales y terrestres, estableció un campamento atrincherado, arrastró sus barcos a la playa y los rodeó con una empalizada. Después de proporcionar seguridad a sus fuerzas, encabezó un grupo selecto de caballería y marchó con él rápidamente, manteniéndose alerta tanto si pasaba cerca de tribus dudosas o de tribus hostiles, logrando reunirse con Asdrúbal. Tras presentarle las resoluciones e instrucciones del Senado y, a su vez, haber sido instruido en qué modo se había de conducir la guerra en Hispania, volvió a su campamento. Debía su seguridad, sobre todo, a la velocidad a la que viajaba, porque conseguía pasar antes que tuvieran tiempo de cualquier acción conjunta. Antes de ponerse Asdrúbal en marcha, recogió los tributos de todas las tribus bajo su dominio, pues era muy consciente de que Aníbal se había asegurado el paso a través de algunas tribus pagando por ello, y no consiguió auxiliares galos sino mercenarios. Iniciar una marcha como aquella sin dinero difcilmente le llevaría hasta los Alpes. Se apresuró el pago de las contribuciones y, tras recibirlas, marchó bajando hasta el Ebro. Cuando las resoluciones de los cartagineses y la marcha de Asdrúbal fueron puestas en conocimiento de los generales romanos, los dos Escipiones a la vez dejaron de lado todo lo demás y se dispusieron a enfrentarse con él con sus fuerzas unidas y detener su avance. Creían que si Aníbal por sí solo ya era demasiado para Italia, con un general como Asdrúbal y su ejército hispano a su lado signifcaría el fin del imperio romano. Con tanto que hacer, se concentraron ansiosamente con sus fuerzas en el Ebro y cruzaron el río. Deliberaron bastante tiempo sobre si debía enfrentarse con él, ejército contra ejército, o si les bastaría difcultar su propuesta marcha atacando las tribus aliadas con los cartagineses. Este último plan parecía el mejor e hicieron los preparativos para atacar una ciudad que por su proximidad al río era llamada Hibera [la actual Tortosa, en la provincia de Tarragona.-N. del T.], la más rica ciudad de aquel país. Tan pronto como Asdrúbal se dio cuenta de esto, en vez de ir en auxilio de sus aliados procedió a atacar a una ciudad que acababa de ponerse bajo la protección de Roma. Ante esto, los romanos abandonaron el asedio que habían iniciado y volvieron sus armas contra el propio Asdrúbal.

[23.29] Durante algunos días permanecieron acampados a unas cinco millas [7400 metros.-N. del T.] de distancia entre sí y, aunque se produjeron frecuentes escaramuzas, no hubo ninguna acción general. Por fn, el mismo día, como por acuerdo previo, ambas partes dieron la señal y bajaron con sus fuerzas a la llanura. La línea romana formó en tres cuerpos. Una parte de la infantería ligera fue colocada entre las primeras filas de las legiones, el resto fue situada entre las posteriores; la caballería cerraba las alas. Asdrúbal fortaleció su centro con sus hispanos, en el ala derecha colocó a los cartagineses, en la izquierda a los africanos y los mercenarios, a la caballería númida la situó delante de la infantería cartaginesa y al resto de la caballería delante de los africanos. No toda la caballería númida, sin embargo, quedó en el ala derecha, sino únicamente los que estaban entrenados para manejar dos caballos a la vez, como jinetes de circo, y que, cuando la batalla estaba en su momento álgido, solían cambiar de un caballo al otro más fresco, tal era la agilidad de los jinetes y la docilidad de los caballos.

Tales fueron las formaciones por cada bando y, estando ambos ejércitos dispuestos para el combate, sus jefes se sentían igualmente confados en la victoria, pues ninguna parte era muy superior a la otra ni en el número ni en la calidad de las tropas. Respecto a los mismos hombres, la cosa era muy distinta. Aunque los romanos luchaban lejos de sus hogares, sus generales no tenían ninguna difcultad en hacer que fueran conscientes de que estaban luchando por Italia y por Roma. Sabían que dependía del resultado de aquel combate el que volvieran o no a ver sus hogares, y estaban absolutamente decididos a vencer o morir. El otro ejército no poseía nada parecido a aquella determinación, pues eran en su mayoría nativos de Hispania y preferían más ser derrotados en Hispania que vencer y ser llevados a Italia. En el primer choque, casi antes que hubieran lanzado sus jabalinas, el centro cedió terreno y, al llegar los romanos con su tremenda carga, dieron la vuelta y huyeron. El peso de la lucha cayó ahora sobre las alas; los cartagineses presionaban a la derecha, los africanos a la izquierda, y lentamente giraron para atacar a la infantería romana por los flancos. Pero toda la fuerza romana se había ya agrupado en el centro y dando frente en ambas direcciones repelió el ataque sobre sus flancos. Así trascurrieron ambas diferentes acciones. Los romanos, habiendo ya rechazado el centro de Asdrúbal y poseyendo ventaja tanto en número como en fortaleza de sus hombres, demostraron ser, sin duda, superiores en ambos frentes. Un número muy grande de enemigos cayó en estos dos ataques, y de no haberse dado su centro a la fuga casi antes de comenzar la batalla, muy pocos hubieran sobrevivido. La caballería no tomó parte alguna en la lucha, pues tan pronto como los moros y númidas vieron al centro de la línea ceder terreno huyeron precipitadamente, dejando expuestas las alas y conduciendo incluso a los elefantes ante ellos. Asdrúbal esperó a ver el último desarrollo de la batalla y luego escapó de la masacre con unos pocos seguidores. El campamento fue tomado y saqueado por los romanos. Esta batalla aseguró para Roma a todas las tribus que estaban vacilando y privó a Asdrúbal de todas las esperanzas de llevar a su ejército a Italia o incluso de permanecer con alguna semejanza de seguridad en Hispania. Cuando el contenido del despacho de los Escipiones fue conocido en Roma, la satsfacción que se sintó se debió no tanto a la victoria como a que se había puesto fin a la marcha de Asdrúbal hacia Italia.

[23.30] Mientras sucedían estas cosas en Hispania, Himilcón, uno de los lugartenientes de Aníbal, tomaba Strongoli en territorio brucio, tras un asedio de varios meses. Esa victoria costó a los cartagineses graves pérdidas, tanto en muertos como en heridos, pues los defensores solo cedieron por hambre. Habían consumido todo su grano y comido toda clase de animales, usados normalmente como alimento o no, y al fin se mantuvieron con vida ellos mismos comiendo cuero, hierbas, raíces y la corteza blanda de los árboles y las hojas de ciertos arbustos. No fue sino hasta que ya no tuvieron fuerzas para permanecer sobre las murallas, ni para soportar el peso de su armadura, que fueron sometidos. Tras la captura de Strongoli el cartaginés marchó con su ejército a Cosenza [la antigua Consentia.-N. del T.]. Aquí la defensa fue menos obstinada y la plaza se rindió a los pocos días. Casi al mismo tiempo, un ejército brucio asediaba la ciudad griega de Crotona [antigua Crotone.-N. del T.]. Hubo un tiempo en que esta ciudad había sido una potencia militar, pero había sido superada por tantos y tan serios reveses que toda su población se reducía ahora a menos de dos mil ciudadanos. El enemigo no tuvo ninguna difcultad en apoderarse de una ciudad tan desprovista de defensores; solo se mantuvo la ciudadela, después de que algunos se hubieran refugiado de la masacre y la confusión que siguió a la toma de la ciudad. Locri también se acercó a los brucios y cartagineses después que la aristocracia de la ciudad hubiera traicionado a la población. Solo el pueblo de Regio [la antigua Rhegium.-N. del T.], en todo el país, se mantuvo leal a los romanos y mantuvo su independencia hasta el fnal.

También llegó a Sicilia el cambio de ánimos y ni siquiera la casa de Hierón quedó completamente aparte de la defección. Gelón, el hijo mayor, tratando con el mismo desprecio a su padre y a la alianza con Roma, tras la derrota de Cannas se acercó a los cartagineses. Estaba armando a los nativos y haciendo gestos amistosos hacia las ciudades aliadas de Roma, y habría llevado a cabo una revuelta en Sicilia si no se lo hubiera impedido la muerte, tan oportuna que hizo incluso sospechar de su padre. Tales fueron los graves acontecimientos en Italia, África, Sicilia e Hispania durante el año (216 a.C.). Hacia el fnal del año, Quinto Fabio Máximo pidió al Senado que le permitera dedicar el templo de Venus Ericina [por su importante centro de culto en Erice, al oeste de Sicilia, personifica el amor «impuro» y era la diosa patrona de las prostitutas.-N. del T.] que había ofrecido cuando fue dictador. El Senado aprobó un decreto por el que Tiberio Sempronio, el cónsul electo, debía proponer, inmediatamente que tomara posesión de su cargo, una resolución al pueblo para que Quinto Fabio fuese uno de los duunviros designados para dedicar el templo. Tras la muerte de Marco Emilio Lépido, que había sido augur y cónsul en dos ocasiones, sus tres hijos, Lucio, Marco y Quinto, celebraron unos juegos fúnebres en su honor durante tres días y exhibieron veintidós parejas de gladiadores en el Foro. Los ediles curules, Cayo Letorio y Tiberio Sempronio Graco, cónsul electo, quien durante su edilidad había sido jefe de la caballería, celebraron los Juegos Romanos; la celebración duró tres días. Los Juegos Plebeyos, dados por los ediles Marco Aurelio Cota y Marco Claudio Marcelo se repiteron en tres ocasiones. Al terminar el tercer año de la guerra púnica, Tiberio Sempronio tomó posesión de su consulado el 15 de marzo. Eran pretores Quinto Fulvio Flaco, que había sido censor y cónsul en dos ocasiones, y Marco Valerio Levino; el primero ejercía su jurisdicción sobre los ciudadanos y el segundo sobre los extranjeros. A Apio Claudio Pulcro se le asignó la provincia de Sicilia y a Quinto Mucio Escévola la de Cerdeña. El pueblo emitó una orden invistendo a Marco Marcelo con poderes militares proconsulares, pues era el único de los generales romanos que había obtenido algunas victorias en Italia desde el desastre de Cannas.

[23.31] El primer día hábil que se reunió el Senado en el Capitolio aprobó un decreto por el que se doblaba el impuesto de guerra para ese año y que la mitad de la cantidad total se recaudase enseguida, para proporcionar la paga a todos los soldados excepto a los que habían estado presentes en Cannas. En lo referente a los ejércitos, se decretó que Tiberio Sempronio debía fjar un día para que las dos legiones ciudadanas fueran a reunirse en Calvi Risorta [la antigua Cales.-N. del T.], y que desde allí marcharían hacia el campamento de Claudio que dominaba Arienzo [el campamento estaba en la próxima colina de Cancello.-N. del T.]. Las legiones que allí estaban, en su mayoría tomadas del ejército que combató en Cannas, debían ser transferidas por Apio Claudio Pulcro a Sicilia, y las legiones en Sicilia debían ser traídas a Roma. Marco Claudio Marcelo fue enviado a tomar el mando del ejército que había recibido la orden de reunirse en Cales, y recibió la orden de llevarlo hasta el campamento de Claudio. Apio Claudio envió a su general Tiberio Mecilio Crotón para que se hiciera cargo del antiguo ejército y lo condujera a Sicilia. Al principio, el pueblo esperaba en silenciosa expectación que el cónsul celebrase una asamblea para proceder a la elección de un colega, pero cuando vieron que Marco Marcelo, a quien habían deseado vivamente que se nombrase cónsul aquel año tras su brillante desempeño como pretor, era alejado como adrede, empezaron a escucharse murmullos en la Curia. Cuando el cónsul se dio cuenta de esto, declaró: "Es en interés de la república, senadores, que haya marchado Marco Claudio hacia la Campania para efectuar el intercambio de los ejércitos; y es igualmente en interés de la república el no haber dado aviso de las elecciones hasta que no haya cumplido la tarea encomendada y esté de regreso en casa, para que tengáis como cónsul al hombre a quien todos desean". Después de esto, nada más se dijo acerca de la elección hasta que Marcelo regresó.

Mientras tanto, fueron nombrados los dos duunviros para la dedicación de los templos: Tito Otacilio Craso dedicó el templo a la Razón y Quinto Fabio Máximo el que Venus Ericina. Ambos están en el Capitolio, separados sólo por un canal de agua. En el caso de los trescientos jinetes campanos, que tras servir lealmente en Sicilia, estaban ahora de vuelta en Roma como veteranos, se hizo una propuesta al pueblo para que recibieran la ciudadanía romana y se les inscribiese en las listas de los vecinos de Cumas, con antgüedad desde el día anterior a la revuelta de los campanos contra Roma. La razón principal de esta propuesta fue su declaración de que no sabían a qué pueblo pertenecían, ya que habían abandonado su país natal y aún no habían sido admitidos como ciudadanos en aquel al que habían regresado. Al regresar de Marcelo del ejército, se dio aviso de la celebración de elección de un cónsul en susttución de Lucio Postumio. Marcelo fue elegido por unanimidad, con el fin de que pudiera tomar posesión de su magistratura en seguida. Mientras él estaba asumiendo las funciones de su cargo, se escuchó un trueno; fueron convocados los augures y dieron su opinión de que había algún defecto en su elección. Los senadores difundieron el rumor de que no era grato a los dioses el que por primera vez se hubieran elegido dos cónsules plebeyos. Marcelo renunció a su cargo y Quinto Fabio Máximo fue nombrado en su lugar; este fue su tercer consulado. Este año, el mar pareció estar en llamas, en Arienzo una vaca parió un potro, las estatuas en el templo de Juno Sospita en Lanuvio sudaron sangre y una lluvia de piedras cayó alrededor del templo. A causa de esta lluvia, se efectuaron las observancias habituales durante nueve días; en cuanto al resto de presagios, fueron expiados debidamente.

[23.32]
Los cónsules dividieron los ejércitos entre ellos: el ejército que estaba en Teano, que había estado mandando el dictador Marco Junio pasó bajo el mando de Fabio, Sempronio se hizo cargo de los esclavos voluntarios de allí y de veintcinco mil soldados proporcionados por los aliados; las legiones que habían vuelto de Sicilia se asignaron al pretor Marco Valerio; a Marco Claudio se le envió con el ejército que estaba acampado sobre Arienzo para proteger Nola; los pretores marcharon a sus respectivas provincias en Sicilia y Cerdeña. Los cónsules emiteron un aviso diciendo que cada vez que se convocara el Senado, los senadores y todos cuantos tuviesen derecho a hablar en el Senado se reunirían en la puerta Capena. Los pretores que tenían la obligación de conocer de los casos establecieron sus tribunales cerca del sito de la Piscina Pública [cerca de la puerta Capena, al SE del recinto amurallado.-

N.
del T.], y ordenaron a todos los litgantes que depositasen allí sus fanzas, administrándose todo el año allí justicia. Entre tanto, llegaron a Cartago las noticias de que las cosas habían ido mal en Hispania y que casi todos los pueblos se habían pasado a los romanos. Magón, el hermano de Aníbal, se estaba preparando para transportar a Italia una fuerza de doce mil infantes, mil quinientos de caballería y veinte elefantes, escoltados por una flota de sesenta barcos de guerra. Al recibir aquellas notcias, sin embargo, algunos se mostraron a favor de que Magón, con aquella flota y ejército que tenía, fuese a Hispania en lugar de la Italia, pero mientras discutan sobre esto hubo un súbito estallido de esperanza en que se pudiera recuperar Cerdeña. Se les dijo que "solo había allí un pequeño ejército romano; el antiguo pretor, Aulo Cornelio, que conocía bien la provincia, se había marchado y esperaban la llegada de uno nuevo; los sardos, además, estaban cansados de su largo sometimiento, y durante los últimos doce meses el gobierno había sido duro y rapaz y los había aplastado con fuertes impuestos y una injusta exacción de grano. Nada faltaba sino un líder que encabezase la revuelta". Este informe fue presentado por algunos agentes secretos de sus líderes, el principal promotor del asunto era Hampsicora, el hombre más infuyente y rico entre ellos en aquel momento. Perturbados por las noticias de Hispania y al mismo tiempo animados por el informe de Cerdeña, enviaron a Magón con su flota y el ejército a Hispania y escogieron a Asdrúbal para conducir las operaciones en Cerdeña, asignándole una fuerza casi tan grande como la que habían proporcionado a Magón.

Después de haber tramitado todos los asuntos necesarios en Roma, los cónsules empezaron a prepararse para la guerra. Tiberio Sempronio hizo saber a sus soldados la fecha en que debían reunirse en Arienzo y Quinto Fabio, tras consultar previamente con el Senado, hizo una proclama advirtendo a todos para que llevasen el grano desde sus campos hasta las ciudades fortifcadas el primer día del próximo junio, y todos los que no lo hicieran así verían sus tierras asoladas, sus granjas incendiadas y a ellos mismos vendidos como esclavos. Ni siquiera los pretores designados para administrar justicia quedaron exentos de sus obligaciones militares. Se decidió que Valerio sería enviado a Apulia para hacerse cargo del ejército de Terencio: cuando las legiones llegaran desde Sicilia debería emplearlas principalmente en la defensa de aquel territorio y enviar el ejército de Terencio, al mando de uno de sus lugartenientes, a Tarento. Se le proporcionó además una flota de veintcinco barcos para proteger la costa entre Brindisi y Tarento. Una flota de la misma entdad se asignó a Quinto Fulvio, el pretor urbano, para la defensa de la costa cercana a Roma. Cayo Terencio, como procónsul, fue el encargado de levantar una fuerza en el territorio de Piceno para defender esa parte del país. Por último, Tito Otacilio Craso fue enviado a Sicilia, después de haber dedicado el templo de la Razón, con plenos poderes como propretor a tomar el mando de la flota.

[23.33] Esta lucha entre las naciones más poderosas del mundo atraía la atención de todos los hombres, reyes y pueblos por igual, y en especial la de Filipo, rey de Macedonia, ya que estaba relativamente cerca de Italia, separada de ella sólo por el Mar Jónico. Cuando escuchó por primera vez el rumor del paso de Aníbal a través los Alpes, encantado como estaba en el estallido de la guerra entre Roma y Cartago, se mostró todavía indeciso, hasta que se hubiesen comprobado sus fuerzas respectivas, sobre cuál de los dos prefería que obtuviese la victoria. Pero tras haberse librado la tercera batalla y haber recaído la victoria por tercera vez en los cartagineses, se inclinó por el bando que favorecía la Fortuna y envió embajadores a Aníbal. Evitando los puertos de Brindisi y Tarento, que custodiaban barcos romanos, desembarcaron cerca del templo de Juno Lacinia [en el cabo Colonna actual.-N. del T.]. Mientras atravesaban la Apulia, de camino a Capua, fueron a dar en medio de las tropas romanas que defendían aquel territorio y se les condujo ante Valerio Levino, el pretor, que estaba acampado cerca de Lucera [la antigua Luceria.-N. del T.]. Jenófanes, el jefe de la legación, explicó, sin el menor temor o vacilación, que había sido enviado por el rey para formar una liga de amistad con Roma, y que él llevaba sus instrucciones ante los cónsules y el Senado y el pueblo. En medio de la defección de tantos antiguos aliados, el pretor se alegró sobremanera ante la perspectiva de una nueva alianza con tan ilustre monarca y dio a sus enemigos una recepción de lo más hospitalaria. Les asignó una escolta y les señaló con todo cuidado qué ruta debían tomar, que lugares y pasos estaban en manos romanas y cuáles en manos enemigas. Jenófanes pasó a través de las tropas romanas en la Campania y desde allí llegó por la ruta más corta al campamento de Aníbal. Hizo un tratado de amistad con él en estos términos: el rey Filipo navegaría a Italia con una flota tan grande como le fuese posible -tenía, al parecer, la intención de equipar doscientos barcos-y devastaría la costa, y haría la guerra por tierra y por mar hasta el límite de su poder; cuando la guerra hubiera terminado, toda Italia, incluyendo la propia Roma, quedaría en poder de los cartagineses y de Aníbal, y todo el botín iría a parar a Aníbal; cuando los cartagineses hubieran sometido completamente Italia, irían navegando hasta Grecia y harían la guerra a cuantas naciones desease el rey; las ciudades de tierra firme y las islas fuera de Macedonia formarían parte del reino de Filipo.

[23,34] Tales fueron, en efecto, las condiciones en que se concluyó el tratado entre el general cartaginés y el rey de Macedonia. A su regreso, los embajadores fueron acompañados por otros enviados por Aníbal para obtener del rey la ratificación del tratado: fueron Giscón, Bóstar y Magón. Llegaron al lugar cerca del templo de Juno Lacinia, donde habían dejado su barco anclado en una cala escondida, y zarparon hacia Grecia. Cuando estaban en mar abierto, fueron divisados por la flota romana que custodiaba la costa calabresa. Valerio Flaco envió algunos barcos ligeros para perseguir y hacer volver la extraña nave. Al principio los hombres del rey trataron de huir, pero al ver que los otros tenían más velocidad se rindieron a los romanos. Cuando fueron llevados ante el prefecto de la flota [praefectum classis en el original latino; otras posibles traducciones habrían sido "el almirante de la flota" y también el "comandante" de la flota"; hemos preferido dejar el nombre del cargo tal y como era en la época y señalar sus posibles equivalencias modernas.-N. del T.], este les preguntó quiénes eran, de dónde venían y hacia dónde navegaban. Jenófanes, que hasta entonces había tenido mucha suerte, empezó a contar una historia: dijo que había sido enviado por Filipo a Roma y que había logrado llegar hasta Marco Valerio, pues era la única persona a la que se podía acercar con seguridad; no había podido atravesar la Campania al ser acosado por tropas del enemigo. Luego, los vestidos y maneras cartaginesas de los agentes de Aníbal levantaron sospechas y les traicionó su acento. Sus compañeros fueron enseguida llevados aparte y aterrorizados mediante amenazas, se descubrió una carta de Aníbal a Filipo así como los artculos del acuerdo entre el rey de Macedonia y el general cartaginés. Cuando la investgación se completó, pareció lo mejor llevar los prisioneros y a sus compañeros lo antes posible ante el Senado, en Roma, o ante los cónsules, dondequiera que estuviesen. Cinco de los más veloces barcos fueron seleccionados para tal fin y Lucio Valerio Antas fue puesto al mando, con instrucciones para distribuir a los embajadores entre los barcos, bajo custodia y cuidando que no se les permitera hablar entre ellos ni que se comunicasen ningún plan.

Por aquel tiempo, Aulo Cornelio Mamula, al dejar su provincia, hizo un informe sobre el estado de Cerdeña. Todo, decía, hacía esperar la guerra y la deserción; Quinto Mucio, que le había sucedido, se había visto afectado por la insalubridad del clima y el agua impura, habiendo caído en una enfermedad que era más tediosa que peligrosa y le incapacitaría durante algún tiempo para llevar las responsabilidades de la guerra. El ejército, también, que estaba alojado allí, aunque lo bastante fuerte para la ocupación de una provincia pacífca, era totalmente insufciente para la guerra que parecía que iba a estallar. El Senado emitó un decreto por el que Quinto Fulvio Flaco debía alistar una fuerza de cinco mil infantes y cuatrocientos jinetes y disponer su traslado inmediato a Cerdeña; además, debía enviar a quien considerase el hombre más adecuado, investido de plenos poderes, para dirigir las operaciones hasta que Mucio recuperase la salud. El seleccionado fue Tito Manlio Torcuato, que había sido dos veces cónsul y censor y que durante su consulado había sometido a los sardos. Casi al mismo tiempo, una flota cartaginesa que había sido enviado a Cerdeña bajo el mando de Asdrúbal, apodado "el Calvo", resultó atrapado en una tormenta y conducido hasta las islas Baleares. Tanto daño recibieron, no solo los aparejos sino también los cascos, que los barcos fueron varados en la orilla y gastaron un tiempo considerable en su reparación.

[23.35] En Italia, la guerra había sido dirigida con menos vigor desde la batalla de Cannas, pues la fortaleza de un bando había quedado quebrada y el ánimo del otro suavizado. En estas circunstancias, los campanos hicieron un intento por sí mismos para adueñarse de Cumas. Lo intentaron primeramente mediante la persuasión, pero al no lograr inducirles a rebelarse contra Roma decidieron emplear una estratagema. Los campanos celebraban regularmente unos sacrifcios en Hamas [población sita probablemente entre Cumas y la actual Villa Literno.-N. del T.]. Dijeron a los cumanos que el senado campano iría allí y pidieron que el senado de Cumas también estuviera presente, para llegar a un común acuerdo y que ambos pueblos tuvieran los mismos aliados y los mismos enemigos. También prometieron que tendrían allí una fuerza armada para protegerles de cualquier peligro, fuese romano o cartaginés. A pesar de los cumanos sospechaban un complot, no pusieron ninguna difcultad en ir, porque pensaban que al consentr con aquello podrían ocultar su propia maniobra. El cónsul Tiberio Sempronio había, entre tanto, purifcado a su ejército en Mondragone [la antigua Sinuessa.-N. del T.], el punto de encuentro designado, y después de cruzar el Volturno asentó su campamento cerca de Villa Literno. Como no tenían nada que hacer en el campamento, hacía ejecutar a sus hombres frecuentes maniobras de combate para acostumbrar a los reclutas, la mayoría de los cuales eran esclavos voluntarios, a seguir a los estandartes y conocer sus lugares en las filas cuando entraran en acción. Al realizar estos ejercicios, el principal objetivo del general -y había dado instrucciones similares a los generales y tribunos-era que no hubiera división de clases entre las filas a causa de cualquier reproche efectuado a alguien por su anterior condición; los soldados veteranos debían considerarse en completa igualdad respecto a los reclutas, los hombres libres respecto de los esclavos; todos aquellos a quienes Roma había encomendado sus estandartes y sus armas debían ser considerados igualmente honorables, igualmente bien nacidos; la Fortuna les había obligado a adoptar tal estado de cosas, y ahora que lo habían hecho debían defenderlo. Los soldados estaban tan ansiosos por obedecer estas instrucciones como los ofciales por darlas, y en poco tiempo los hombres se habían fundido ene tal concordia que casi habían olvidado cuál era la condición de vida de cada cual antes de converitrse en soldado.

Mientras Graco estaba así ocupado, mensajeros de Cumas le informaron de las propuestas hechas unos días antes por los campanos y de su respuesta, y de que el festival tendría lugar en tres días, estando allí no solo todo el senado estaría allí, sino también el ejército campano acampado. Graco dio órdenes a los cumanos para que recolectaran todo lo de sus campos y lo llevasen a la ciudad, permaneciendo dentro de sus murallas, mientras él mismo trasladaba su campamento a Cumas el día anterior a que los campanos efectuaran su sacrifcio. Hamas distaba unas tres millas [4440 metros.-N. del T.]. Los campanos, como estaba previsto, ya se habían reunido allí en gran número y, no muy lejos de allí, Mario Alfo, el "Medix tutcus" -magistrado principal de los campanos-, había acampado secretamente con catorce mil hombres, aunque estuvo más dedicado a hacer los preparativos para el sacrifcio y la estratagema que iba a ejecutar durante su celebración que en fortifcar su campamento o en cualquier otra labor militar. La ceremonia tuvo lugar por la noche, terminando hacia la medianoche. Graco pensó que este era el mejor momento para su propósito, y después de situar guardias en la puerta del campamento para evitar que cualquiera informase de sus planes, ordenó a sus hombres que descansasen y durmiesen lo que pudieran hasta las cuatro de la tarde, de modo que estuviesen dispuestos a formar junto a sus estandartes tan pronto oscureciera. Sobre la primera guardia ordenó avanzar y el ejército marchó en silencio a Hamas, donde llegaron a la medianoche. El campamento campano, como se podía esperar durante un festival nocturno, estaba vigilado con negligencia y lanzó un ataque simultáneo por todos los lados del mismo. Algunos murieron mientras dormían, otros al regresar desarmados después de la ceremonia. En la confusión y terror de la noche, murieron más de dos mil hombres, incluyendo a su general, Mario Alfo, y capturando treinta y cuatro estandartes.

[23,36] Tras apoderarse del campamento de los enemigos con una pérdida de menos de cien hombres, Graco se retró rápidamente, temiendo un ataque de Aníbal, que estaba acampado en el monte Tifata, por encima de Capua. Sus precauciones no carecían de fundamento. Tan pronto como las noticias del desastre llegaron a Capua, Aníbal, esperando encontrar en Hamas un ejército compuesto en su mayoría de reclutas y esclavos, disfrutando de su victoria, despojando a sus enemigos vencidos y acarreando el botín, marchó a toda velocidad pasando Capua, y ordenó que todos los fugitivos campanos que se encontraba fuesen escoltados a Capua y que a los heridos se les llevase allí en carros. Pero cuando llegó a Hamas encontró el campamento abandonado; nada había a la vista excepto las huellas de la reciente masacre y los cuerpos de sus aliados yaciendo por doquier. Algunos le aconsejaron que marchase directamente a Cumas y atacase la plaza. Nada se habría adaptado mejor a sus deseos pues, tras su fracaso al asegurar Nápoles, estaba ansioso por apoderarse de Cumas para disponer, en cualquier caso, de una ciudad marítima. Sin embargo, como sus soldados, en su apresurada marcha, no habían traído con ellos nada aparte de sus armas, volvió a su campamento en el Tifata. Al día siguiente, cediendo a la insistencia de los campanos, marchó de nuevo a Cumas con todos los aparejos necesarios para atacar la ciudad; tras devastar a conciencia los alrededores, asentó su campamento a una milla de distancia del lugar [1480 metros.-N. del T.]. Graco aún permanecía ocupando Cumas, más porque le avergonzaba abandonar a sus aliados, que imploraban su protección y la del pueblo romano, que por sentrse lo bastante seguro en cuanto a su ejército. El otro cónsul, Fabio, que estaba acampado en Calvi Risorta, no se atrevió a cruzar el Volturno; su atención estaba ocupada, primeramente, en tomar nuevos auspicios y luego en los portentos que se anunciaban uno tras otro y que, durante su expiación, los augures le aseguraban que le sería muy difcil obtener unos buenos.

[23.37] Mientras estos motivos impedían que Fabio se moviese, Sempronio quedó asediado, con los trabajos de asedio efectivamente en marcha. Una enorme torre de madera con ruedas había sido llevada contra las murallas, y el cónsul romano construyó otra aún más alta sobre la propia muralla, ya bastante elevada de por sí, a la que apuntaló con gruesas vigas. La guarnición sitada protegía los muros de la ciudad lanzando piedras y palos aflados y otros proyectiles desde su torre; al fn, cuando vieron que aproximaban la otra torre a las murallas, lanzaron antorchas encendidas sobre ella y provocaron un gran incendio. Aterrorizados por la defagración, la multitud de soldados que había en ella se lanzó al suelo al mismo tiempo que se producía una salida por dos de las puertas; los puestos de avanzada del enemigo fueron dispersados y puestos en fuga hacia su campamento, de manera que aquel día los cartagineses parecieron más los sitados que los sitadores. Unos mil trescientos cartagineses fueron muertos y cincuenta y nueve hechos prisioneros al ser sorprendidos, descuidados y despreocupados alrededor de las murallas o en los puestos avanzados, y sin temer en absoluto una salida. Antes de que el enemigo tuviese tiempo para recuperarse de su pánico, Graco dio la señal para retrarse y retrocedió con sus hombres dentro de las murallas. Al día siguiente, Aníbal, esperando que el cónsul, eufórico por su éxito, estaría dispuesto a librar una batalla campal, formó su línea en el terreno entre su campamento y la ciudad; sin embargo, cuando vio que ni un solo hombre se movía de su puesto habitual de defensa y que no se arriesgaban a pesar del aumento de su confanza, volvió al Tifata sin lograr nada. Justo en el momento en que se levantaba el sito de Cumas, Tiberio Sempronio, apodado "Longo", se enfrentó en un combate victorioso con el cartaginés Hanón en Grumento, en Lucania.

Murieron más de dos mil y se capturaron doscientos ochenta hombres y cuarenta y un estandartes militares. Expulsados de la Lucania, Hanón se retró a territorio brucio. Entre los hirpinos, también, tres ciudades que se habían rebelado contra Roma, Vercelio, Vescelio y Sicilino [se desconoce la situación de las tres.-N. del T.], fueron retomadas por el pretor Marco Valerio, decapitando a los autores de la revuelta. Se vendieron más de cinco mil prisioneros, el resto del botín se regaló a los soldados y el ejército regresó a Lucera.

[23,38] Durante estos incidentes entre los lucanos y los hirpinos, los cinco barcos transportaban a los agentes macedonios y cartagineses a Roma; después de navegar alrededor de casi toda Italia, en su paso desde el mar superior al inferior, al pasar delante de Cumas, como no sabía si eran amigos o enemigos, Graco envió barcos de su propia flota para interceptarlos. Después de interrogarse mutuamente, los de abordo se enteraron de que el cónsul estaba en Cumas. En consecuencia, los barcos entraron al puerto, los prisioneros fueron llevados ante el cónsul y pusieron en sus manos las cartas. Este leyó las cartas entre Filipo y Aníbal y decidió enviar todo, bajo sello, por tierra al Senado, ordenando que los agentes fueran llevados por mar. Las letras y los agentes llegaron a Roma el mismo día y, cuando se comprobó que lo que los agentes contaron en su interrogatorio coincidía con el contenido de las cartas, el Senado se llenó de sombríos temores. Reconocieron cuán pesada carga les impondría una guerra con Macedonia, en un momento en que hacían cuanto podían para soportar el peso de la guerra púnica. No cederían, sin embargo, a la desesperación hasta haberse dispuesto de inmediato a discutr cómo podrían desviar al enemigo de Italia sin tener que romper ellos mismos las hostlidades contra él. Se ordenó que se mantuviera encadenados a los agentes y que sus compañeros fueran vendidos como esclavos; también decidieron equipar veinte barcos, además de los veintcinco que ya tenía Publio Valerio Flaco bajo su mando. Después de que estos hubieran sido pertrechados y botados, los cinco barcos que habían transportado a los agentes se añadieron anteriores y los treinta partieron de Osta en dirección a Tarento. A Publio Valerio se le encargó trasportase a bordo a los soldados que habían pertenecido al ejército de Varrón y que estaban ahora en Tarento bajo el mando de Lucio Apusto y que, con esta flota combinada de cincuenta y cinco barcos, no solo debía proteger la costa de Italia sino tratar de obtener información sobre la actitud hostl de Macedonia. Si los planes de Filipo demostraban corresponderse a los despachos capturados y a las declaraciones de los agentes, debía escribir a Marco Valerio, el pretor, en tal sentido y luego, tras poner su ejército bajo el mando de Lucio Apusto, marchar con la flota hasta Tarento, navegar hacia Macedonia en la primera oportunidad y hacer todo lo posible para mantener a Filipo dentro de sus propios dominios. Se aprobó un decreto para que el dinero que se había remitido a Apio Claudio, en Sicilia, para ser devuelto al rey Hierón, se dedicase ahora al mantenimiento de la flota y a los gastos de la guerra macedonia, siendo llevado a Tarento por Lucio Antsto. Al mismo tiempo, el rey Hierón envió doscientos mil modios de trigo y cien de cebada [es decir 1.400.000 kilos de trigo y 612,5 kilos de cebada.-N. del T.].

[23.39] Mientras se tomaban estas medidas, uno de los barcos capturados, estando de camino a Roma, escapó durante el viaje y pudo regresar con Filipo, enterándose este así de que sus agentes habían sido capturados junto con sus despachos [se produce aquí una contradicción que señalan todas las traducciones, a no ser que precisamente esa nave continuase con tripulación macedonia y escapase antes de llegar a Roma, donde el resto de tripulantes griegos y cartagineses serían luego vendidos.-N. del T.]. Como no sabía a qué clase de entendimiento habían llegado con Aníbal, o qué propuestas de Aníbal le traían sus agentes, envió una segunda embajada con las mismas instrucciones. Sus nombres eran Heráclito, apellidado Escotino, Critón de Beocia, y Sosíteo de Magnesia. Cumplieron con éxito su misión, pero el verano transcurrió antes de que el rey pudiera tomar ninguna medida activa. ¡Tan importante resultó la captura de aquel único barco, con los agentes del rey a bordo, para retrasar la ruptura de hostlidades que ahora amenazaban a Roma! Fabio por fin logró la expiación de los portentos y cruzó el Volturno, ambos cónsules reanudaron la campaña en torno a Capua. Combulteria, Treglia [la antigua Trebula, se desconoce la ubicación exacta de las otras dos poblaciones.-N. del T.] y Austcula, que se habían pasado todas con Aníbal, fueron victoriosamente atacadas por Fabio y fueron hechos prisioneros gran número de campanos así como las guarniciones que había situado Aníbal en ellas. En Nola, el Senado estaban de parte de los romanos, como ya lo habían estado el año anterior, y el pueblo, que era partidario de Aníbal, tramaba conjuras secretas para asesinar a los aristócratas y traicionar la ciudad. Para evitar que llevasen a cabo sus intenciones, Fabio marchó a situarse entre Capua y el campamento de Aníbal sobre el Tifata, estableciéndose él mismo en el campamento de Claudio, con vistas a Arienzo. Desde allí envió al propretor Marco Marcelo, con la fuerza bajo su mando, a ocupar Nola.

[23,40] Las operaciones en curso en Cerdeña, que habían decaído a causa de la grave enfermedad de Quinto Mucio, fueron retomadas bajo la dirección de Tito Manlio. Sacó a la orilla sus barcos de guerra y proporcionó armas a marineros y remeros para que pudieran prestar servicio en terra; con estos y el ejército del pretor, del que se hizo cargo, compuso una fuerza de veintidós mil infantes y mil doscientos jinetes. Con esta fuerza combinada, invadió el territorio enemigo y estableció su campamento a no mucha distancia de las líneas de Hampsícora. Sucedió que el propio Hampsícora estaba ausente; había marchado a visitar a los sardos pelitos [los nativos de la isla, habitantes del interior a quienes llamaban así por sus vestidos de piel.-N. del T.], para armar a los hombres jóvenes de entre ellos y así incrementar sus propias fuerzas. Su hijo Hosto quedó al mando del campamento, y con la impetuosidad de la juventud presentó batalla que resultó en su derrota y puesta en fuga. Murieron tres mil sardos en esa batalla y ochocientos fueron capturados con vida; el resto del ejército, después de esparcirse tras su huida por campos y bosques, se enteró de que su general había huido hacia un lugar llamado Corno [situada hacia la mitad oeste de la isla, entre Bosa y el cabo San Marco.-N. del T.], la principal ciudad del territorio, y se dirigieron hacia allí. Aquella batalla podría haber puesto fin a la guerra si la flota cartaginesa, bajo el mando de Asdrúbal, que había sido llevada por una tormenta hasta las islas Baleares, no hubiera llegado a tiempo de revivir sus esperanzas de renovar la guerra. Cuando Manlio tuvo noticia de su llegada se retró a Cagliari [la antigua Carales.-N. del T.] y esto dio ocasión a Hampsícora para unirse a los cartagineses. Asdrúbal desembarcó su fuerza y envió las naves de regreso a Cartago; luego, bajo la guía de Hampsícora, procedió correr y devastar las tierras propiedad de los aliados de Roma. Habría llegado tan lejos como a Cagliari si Manlio no se le hubiera enfrentado con su ejército y detenido sus muchos estragos. Al principio, los dos campamentos se daban frente, con solo un pequeño espacio entre ellos; luego se produjeron pequeñas salidas y escaramuzas con resultado variado; al fn, se produjo la batalla, una acción campal que duró cuatro horas. Durante largo tiempo los cartagineses mantuvieron el resultado dudoso; los sardos, que estaban habituados a la derrota, estaban siendo batidos con facilidad; cuando los cartagineses, por fn, vieron todo el campo de batalla cubierto de muertos y que los sardos huían, también cedieron terreno pero, al darse la vuelta para escapar, el ala romana que había derrotado a los sardos les rodeó y les copó. Ya fue más una masacre que una batalla. Doce mil enemigos, sardos y cartagineses, fueron muertos, unos tres mil setecientos quedaron prisioneros y se capturaron veintisiete estandartes militares.

[23.41] Lo que, más que cualquier otra cosa, hizo gloriosa y memorable aquella batalla, fue la captura del general en jefe, Asdrúbal, y también la de Hanón y Magón, dos nobles cartagineses. Magón era miembro de la casa de los Barca, pariente cercano de Aníbal; Hanón había tomado el mando de la rebelión sarda y fue, sin duda, el principal instgador de la guerra. La batalla no fue menos memorable por el destino que cupo a los jefes sardos; el hijo de Hampsícora, Hosto, cayó en combate, y cuando Hampsícora, que huía de la carnicería con unos pocos jinetes, tuvo noticia de la muerte de su hijo, quedó tan apesadumbrado por la notcia, que venía como a caer encima del resto de desastres, que se suicidó durante la noche para que nadie pudiera impedir su propósito. El resto de los fugitivos encontró refugio, como ya antes, en Corno, pero Manlio la capturó a los pocos días al frente de sus tropas victoriosas. Ante esto, el resto de ciudades que habían abrazado la causa de Hampsícora y los cartagineses entregaron rehenes y se le rindieron. Les impuso a cada una un tributo de dinero y grano; el montante era proporcional a sus recursos y a la partcipación que habían tenido en la revuelta. Después de esto regresó a Cagliari. Allí, los barcos que habían sido sacados a tierra fueron botados de nuevo al mar, reembarcó a las tropas que había llevado con él y navegó rumbo a Roma. A su llegada informó al Senado de la total subyugación de Cerdeña y entregó el dinero a los cuestores, el grano a los ediles y los prisioneros a Quinto Fulvio, el pretor.

Durante todo este tiempo, Tito Otacilio había cruzado con su flota desde Marsala hasta la costa de África, y estaba devastando el territorio de Cartago cuando le llegó el rumor de que Asdrúbal había navegado recientemente desde las Baleares hasta Cerdeña. Puso rumbo a aquella isla y se encontró con la flota cartaginesa de regreso a África. Siguió una breve acción en alta mar durante la cual Otacilio se apoderó de siete barcos con sus tripulaciones. El resto se dispersó presa del pánico por doquier, como si les hubiera diseminado una tormenta. Sucedió por entonces, pues, que llevó Bomílcar a Locri [cerca de la actual Gerace, en Reggio Calabria.-N. del T.] con refuerzos de hombres y elefantes así como con suministros. Apio Claudio trató de sorprenderle, y con este objeto llevó rápidamente su ejército hasta Mesina [la antigua Messana.-N. del T.], como si fuera a efectuar un recorrido por la provincia, y hallando favorables viento y marea, cruzó hasta Locri. Bomílcar ya se había ido, para unirse a Hanón en territorio brucio, y los locros cerraron sus puertas a los romanos; Apio, al no obtener resultado alguno de sus esfuerzos, regresó a Mesina. Este mismo verano, Marcelo hizo frecuentes salidas desde Nola, donde estaba de guarnición, hacia territorio de los hirpinos y hacia la vecindad de los samnitas caudinos. Tal devastación extendió por doquier a sangre y fuego, que revivió por todo el Samnio la memoria de sus antiguos desastres.

[23.42] Ambos países enviaron simultáneamente emisarios a Aníbal, quienes se le dirigieron así: "Hemos sido enemigos de Roma, Aníbal, desde tiempos muy tempranos. La combatimos al principio nosotros mismos mientras que nuestras armas y nuestras fuerzas bastaron a protegernos. Cuando ya no pudimos confar más en ellas, nos aliamos con el rey Pirro; cuando nos abandonó tuvimos que aceptar los términos de paz, y bajo tales términos permanecimos casi cincuenta años, hasta el momento de tu llegada a Italia. Fue tu evidente cortesía y amabilidad para con aquellos de nuestros compatriotas que fueron tus prisioneros, y que enviaste nuevamente con nosotros, tanto más que tu valor y fortuna, las que ganaron nuestros corazones; de manera que con tal de que tú, nuestro amigo, vivas con seguridad y prosperidad, nosotros no habremos de temer, no digo ya a los romanos, sino ni siquiera a la ira del cielo, si pudiera decirlo sin irreverencia. Pero, ¡por Hércules!, mientras tú estás aquí, a salvo, victorioso y de hecho casi entre nosotros, cuando puedes casi oír los gritos de nuestras esposas e hijos y contemplar nuestras casas incendiadas, nosotros hemos sufrido tan repetdas destrucciones este verano que parecería como si hubiera sido Marco Marcelo y no Aníbal el vencedor en Cannas, como si los romanos tuviesen buenas razones para presumir que tenes fuerzas solo para un único golpe y que, como abeja que ha dejado su aguijón, estás ahora inactivo e impotente. Durante cien años hemos estado en guerra con Roma, y ningún general, ningún ejército ha venido en nuestra ayuda, excepto los dos años en que Pirro usó nuestros soldados para aumentar sus fuerzas en vez de emplear las suyas en defendernos. No me jactaré de nuestros logros, los dos cónsules con sus ejércitos a los que hicimos pasar bajo el yugo, ni de ninguno de los demás gloriosos o afortunados sucesos que podemos recordar. Las pruebas y sufrimientos por la que luego pasamos se pueden contar con menos amargura que las que están ocurriendo hoy. Luego invadieron nuestras fronteras grandes dictadores con sus jefes de la caballería, dos cónsules y dos ejércitos consulares fueron necesarios para actuar contra nosotros, tomando todas las precauciones, explorando cuidadosamente, situando debidamente las reservas y con su ejército en orden de batalla, cuando asolaron nuestra patria; ¡ahora somos la presa de un solitario propretor y una pequeña guarnición en Nola! Ni siquiera marchan en manípulos, corren todo nuestro país como bandidos y sin más cuidado que si estuviesen vagando por territorio romano. Y la razón es simplemente esta: que tú no nos defendes y que nuestros soldados, que nos podrían proteger si estuviesen en casa, están todos sirviendo bajo tus estandartes. En absoluto os conocería, a t y a tu ejército, si no pensase que era tarea fácil para aquel hombre, que según mi conocimiento había abatido y derrotado tantos ejércitos romanos, aplastar tales saqueadores de nuestra patria mientras estaban robando errantes y en desorden por donde esperasen encontrar botín, aunque no hubiera ninguno. Serían el botín de unos pocos númidas, y tú nos aliviarías a nosotros de la guarnición de Nola solo si considerases que los hombres que consideraste dignos de tu alianza son también dignos de tu protección".

[23.43] A todo esto Aníbal respondió: "Vosotros, samnitas e hirpinos, todo lo hacéis a la vez; contáis vuestros sufrimientos y pedís protección y os quejáis de estar desprotegidos y abandonados. Pero deberíais haber informado primero y luego pedido protección, y si no la hubieseis obtenido, solo entonces haberos quejado de que habíais buscado ayuda en vano. No conduciré mi ejército a territorio samnita e hirpino porque no deseo ser una carga para vosotros, pero marcharé a aquellos territorios pertenecientes a los aliados de Roma que están más cerca de mí. Saqueándolos satsfaré y enriqueceré a mis soldados y atemorizaré lo bastante al enemigo como para lograr que os deje en paz. En cuanto a la guerra contra Roma, si la del Trasimeno fue una batalla más famosa que la del Trebia, si Cannas fue más famosa que Trasimeno, haré que incluso la memoria de Cannas se desvanezca a la luz de una victoria aún mayor y más brillante". Con esta respuesta y con generosos regalos despidió a los enviados; a continuación, dejando un pequeño destacamento en el Tifata, marchó con el resto de su ejército a Nola, a donde también llegó Hanón con los refuerzos que había traído de Cartago y con los elefantes. Acampando a no mucha distancia, se enteró, al investgar, de que todo era muy diferente de la impresión que había recibido de los enviados. Nadie que conociera los procedimientos de Marcelo podría haber dicho jamás que confaba en la suerte o que por su imprudencia diera una oportunidad al enemigo. Hasta aquel entonces, sus expediciones de saqueo se habían realizado después de un cuidadoso reconocimiento, con fuertes apoyos a las partdas de merodeadores y una retirada asegurada. Ahora, al ser alertado de la aproximación del enemigo, mantuvo sus fuerzas dentro de las fortifcaciones y ordenó a los senadores de Nola que patrullasen las empalizadas y vigilasen atentamente los alrededores, averiguando lo que hacía el enemigo.

Hanón había llegado hasta cerca de las murallas y, al ver entre los senadores a Baso Herenio y a Herio Peto, solicitó una entrevista con ellos. Después de haber obtenido el permiso de Marcelo se reunieron con él. Se les dirigió mediante un intérprete. Los méritos y buena fortuna de Aníbal crecen; está destruyendo la fortaleza y majestad del pueblo romano, así como sus recursos; y viene a decirles que, aún cuando Roma fuera la que una vez había sido, ellos eran hombres que ya sabían por experiencia cuán gravoso resultaba el gobierno de Roma a sus aliados y con cuánta indulgencia había tratado Aníbal a aquellos de sus prisioneros pertenecientes a cualquier nación italiana, y que preferirían seguramente la alianza y amistad con Cartago a las de Roma. Aún si ambos cónsules con sus ejércitos hubieran estado en Nola, no serían más rival para Aníbal de lo que lo fueron en Cannas, y mucho menos un pretor con unos pocos e inexpertos soldados habría de poder defender Nola. Era más importante para ellos que para Aníbal el que la plaza fuese tomada o se rindiera; se apoderaría de ella en cualquier caso, como ya lo había hecho con Capua y Nocera Inferiore [la antigua Nuceria.-N. del T.]. Pero ellos conocían bien qué diferencia hubo entre el destino de Capua y el de Nola, situados como estaban entre ambos lugares. No quería profetzar qué sucedería a la ciudad si era tomada; prefería comprometer su palabra de que si entregaban a Marcelo y su guarnición y a la ciudad de Nola, nadie salvo ellos mismos dictarían los términos bajo los que se convertrían en aliados y amigos de Aníbal.

[23,44] Herenio Baso respondió brevemente que la amistad entre Roma y Nola duraba ya muchos años, y hasta ese día ninguna de las partes había tenido ningún motivo para lamentarlo. Aún si hubieran querido cambiar su lealtad al cambiar su suerte, ya era demasiado tarde para hacerlo en aquel momento. ¿Habrían pedido una guarnición romana de haber estado pensando en rendirse a Aníbal? Estaban en perfecto acuerdo con aquellos que habían venido para protegerlos, y así seguiría siendo hasta el fnal. Esta entrevista destruyó cualquier esperanza que hubiera podido tener Aníbal respecto a asegurarse Nola mediante la traición. Así pues, dispuso sus líneas rodeando completamente la ciudad para poderla atacar por todas partes. Cuando Marcelo vio que estaba cerca de las murallas, agrupó sus hombres tras una de las puertas y efectuó luego una feroz y masiva carga. Unos cuantos resultaron sobrepasados y muertos al primer choque, pero conforme los hombres corrieron hacia la línea de combate y ambos bandos se igualaban, la lucha empezó a agravarse y pocas batallas habrían resultado más memorables si una fuerte tormenta de lluvia y viento no hubiera separado a los combatentes. Se retraron por aquel día tras solo un breve encuentro, pero con los ánimos muy irritados, los romanos a la ciudad y los cartagineses a su campamento. De estos últimos, no más de treinta cayeron en el primer ataque; los romanos perdieron a cincuenta. La lluvia cayó sin interrupción durante toda la noche y continuó hasta la tercera hora del día siguiente [sobre las nueve de la mañana.-N. del T.], por lo que, aunque ambas partes estaban dispuestos para la batalla, se quedaron ese día dentro de sus líneas. Al tercer día, Aníbal envió parte de su fuerza en una expedición de saqueo contra el territorio nolano. En cuanto Marcelo lo supo formó su línea de batalla y Aníbal no rehusó el desafo. Había como una milla [1480 metros.-N. del T.] entre su campamento y la ciudad, y dentro de ese espacio, el terreno que rodeaba Nola era llano, se enfrentaron los ejércitos. El grito de guerra, lanzado en ambos bandos, atrajo de vuelta a las más próximas de las cohortes que habían sido enviadas a saquear; los nolanos, también, por su parte, formaron en la línea romana. Marcelo les dirigió unas cuantas palabras de aliento y agradecimiento, y les dijo que tomaran su puesto entre las reservas y ayudasen a trasladar a los heridos fuera del campo de batalla, se mantendrían alejados del combate a menos que recibieran su orden.

[23.45] La batalla se combató con tenacidad; los generales animaban a sus hombres y estos lucharon hasta el límite de sus fuerzas. Marcelo ordenó a sus hombres que presionaran vigorosamente contra aquellos a los que habían vencido solo tres días atrás, habían puesto en fuga de Cumas y a los que él mismo, con otro ejército, había derrotado el año anterior. "No tienen en la batalla a todas sus fuerzas", les dijo, "algunas están diseminadas por los campos, dedicados al saqueo, mientras que las que luchan están debilitadas por el lujo de Campania y se han agotado ellos mismos mediante la indolencia invernal con el vino, las mujeres y toda clase de libertinaje. Han perdido su fuerza y su vigor, han disipado aquella fuerza mental y corporal con la que superaron las cumbres de los Alpes. Estos solo son las reliquias de los hombres que lograron aquello; apenas puedes soportar el peso de su armadura y sus extremidades mientras combaten. Capua ha resultado ser la Cannas de Aníbal. Todas sus virtudes bélicas, toda su disciplina militar, todas las glorias ganadas en el pasado, todas sus esperanzas futuras se han extinguido allí". Al mostrar su desprecio por el enemigo, Marcelo levantó los ánimos de sus hombres. Aníbal, por su parte, recriminaba a los suyos con términos mucho más severos. "Reconozco aquí", les dijo, "las mismas armas y estandartes que veía y empleaba en el Trebia, en el Trasimeno y, fnalmente, en Cannas; pero no a los mismos soldados. Lo cierto es que llevé un ejército a invernar en Capua y salí con otro bien distinto. ¿Sois vosotros a los que no pudieron resistr dos ejércitos consulares? ¿y ahora apenas podéis aguantar frente a un lugarteniente con su única legión y su ala? ¿Nos va a desafar Marcelo impunemente por segunda vez con sus nuevos reclutas y sus apoyos nolanos? ¿Dónde está aquel soldado mio que cortó la cabeza del cónsul Cayo Flaminio tras arrojarlo del caballo? ¿Dónde está el que mató a Lucio Paulo en Cannas? ¿Ha perdido su flo la espada, ya no tienen fuerzas vuestras diestras? ¿O es que ha sucedido algún otro portento? A pesar de vuestro corto número, os habéis acostumbrado a derrotar a un enemigo que os superaba por mucho; ahora casi no podéis sosteneros en pie contra una fuerza mucho menor que la vuestra. Solíais jactaros, fanfarrones como sois, de que podríais tomar Roma al asalto si alguien os dirigía. Pues bien, quiero que demostréis vuestro valor y vuestra fuerza en una tarea más pequeña. Tomad Nola: es una ciudad en una llanura, sin protección de río o de mar. Cuando os hayáis cargado con el botín de una ciudad tan rica como esta, os conduciré u os seguiré donde queráis".

[23,46] Ni sus censuras ni sus promesas consiguieron fortalecer la moral de sus hombres. Conforme empezaba esta a decaer por todas partes, los ánimos de los romanos crecían, no solo a causa de las palabras de ánimo de su jefe, sino también porque los nolanos comenzaron a lanzar gritos de ánimo y simpata hacia ellos; así hasta que los cartagineses dieron media vuelta y fueron obligados a entrar a su campamento. Los romanos estaban ansiosos por asaltar el campamento, pero Marcelo les hizo regresar a Nola en medio de las alegres felicitaciones de la misma plebe que había estado anteriormente más inclinada hacia los cartagineses. Murieron más de cinco mil enemigos aquel día, seiscientos fueron hechos prisioneros y se capturaron dieciocho estandartes y dos elefantes; cuatro habían muerto durante la batalla. Los romanos tuvieron menos de un millar de muertos. El día siguiente se pasó, por ambas partes, enterrando a los muertos en el combate, en una tregua informal. Marcelo quemó los despojos de los enemigos, en cumplimiento de un voto a Vulcano. Tres días más tarde, debido, creo yo, a algún altercado o a la esperanza de mayores pagas, doscientos setenta y dos jinetes, númidas e hispanos, desertaron con Marcelo. Los romanos a menudo se benefciaron de su ayuda valiente y leal en esta guerra. A su término, se les hizo una donación de tierras, en Hispania a los hispanos y en África a los númidas, como recompensa a su valor.

Hanón fue enviado de vuelta al Brucio con las fuerzas que había traído, y Aníbal marchó a invernar en Apulia, acampando en la proximidad de Arpinova [la antigua Arpi, a un kilómetros de la actual Foggia.-

N. del T.]. Tan pronto como Quinto Fabio tuvo noticia de que Aníbal había partido hacia Apulia, hizo enviar una provisión de grano desde Nola y Nápoles hacia el campamento sobre Arienzo; después de reforzar sus defensas y dejar una fuerza sufciente para mantener la posición durante los meses de invierno, trasladó su campamento cerca de Capua, devastando su territorio a fuego y espada. Los campanos no tenían confanza alguna en sus fuerzas, pero les obligó fnalmente a salir tras sus puertas a campo abierto y asentar un campamento fortifcado frente a la ciudad. Tenían seis mil hombres en armas: la infantería era completamente inútl, pero los jinetes eran más efcaces, así que se dedicaron a hostgar al enemigo con escaramuzas de caballería. Había varios nobles Campanos sirviendo como jinetes, entre ellos Cerrino Vibelio, llamado Táurea. Era ciudadano de Capua, y de lejos el mejor soldado de la caballería campana, hasta el punto de hecho que, cuando se encontraba al servicio de los romanos, solo había un jinete romano que disfrutase de igual reputación: Claudio Aselo. Táurea cabalgó durante mucho tiempo ante las turmas, para ver si encontraba a este hombre; por fn, cuando se hizo un instante de silencio, preguntó dónde estaba Claudio Aselo. "A menudo", dijo, "ha discutido conmigo sobre nuestros respectivos méritos; que resuelva ahora el asunto con la espada y que si le venzo se me rindan los spolia opima [Ver libro 4,20.-N. del T.], o que si vence él tome los míos".

[23.47] Cuando se informó de esto a Aselo en el campamento, solo esperó a poder pedir permiso al cónsul para que le permitera, contra lo reglamentado, combatir a su rival. Una vez concedido el permiso, se armó en seguida y, cabalgando delante de los puestos avanzados, llamó a Táurea por su nombre y le dijo que se enfrentaría con él donde le placiera. Los romanos ya habían salido en masa a ver el duelo, y los campanos no solo se alinearon a lo largo de la empalizada de su campamento, sino que se habían reunido en gran número sobre las fortifcaciones de la ciudad. Tras gran ostentación de palabras y expresiones de mutuo desafo, nivelaron sus lanzas y espolearon sus caballos. Al existr un gran espacio llano, se mantuvieron evitando el uno los golpes del otros y el combate prosiguió sin que ninguno resultase herido. Luego, el campano dijo al romano: "Esta será una prueba de habilidad entre los caballos y no entre sus jinetes, a menos que dejemos la planicie y vayamos hasta aquella cañada. No habrá allí espacio para esquivarse y lucharemos cuerpo a cuerpo". Casi antes de que las palabras salieran de su boca, Claudio llevó su caballo hasta el carril y Táurea, más audaz con las palabras que con los hechos, le gritó: "¡No se verá jamelgo en una zanja!", y esta expresión se convirtó en un proverbio rústco [que en nuestro castellano vendría a ser algo así como "te vas a quedar con las ganas".-N. del T. ]. Tras cabalgar durante cierto tramo por la cañada y no encontrar rival, Claudio volvió a campo abierto y regresó al campamento, pronunciando fuertes palabras sobre la cobardía de su adversario. Fue recibido como vencedor entre los aplausos y felicitaciones de sus compañeros. Al relato de este duelo a caballo algunos analistas añaden una circunstancia adicional (y sobre cuánta verdad exista en ella cada uno lo juzgará por si mismo), que resulta reseñable; Dicen que Claudio se fue en busca de Táurea, que había huido a la ciudad, y entró al galope por una puerta abierta, saliendo ileso por otra y con el enemigo atónito ante el extraordinario espectáculo.

[23,48] Después de este incidente, el campamento romano permaneció tranquilo; el cónsul incluso alejó su campamento de modo que los campanos pudieron completar su siempre, y no infigió daño alguno a sus tierras hasta que el grano había crecido lo bastaste para producir forraje. Luego lo llevaron al campamento de Claudio sobre Arienzo y construyó allí sus cuarteles de invierno. Marco Claudio, el procónsul, recibió órdenes de mantener una fuerza sufciente en Nola para proteger la plaza y enviar el resto de sus tropas a Roma para impedir que fuesen una carga para los aliados y un gasto para la república. Y Tiberio Graco, habiendo marchado con sus legiones desde Cumas hasta Lucera, en la Apulia, envió al pretor Marco Valerio a Brindisi con el ejército que tenía en Lucera, le dio órdenes para que protegiera la costa del territorio salentino y para que tomara las medidas necesarias respecto a Filipo y la guerra macedonia. Sobre el fnal del verano en que sucedieron los hechos que hemos descrito, llegaron cartas de Publio y Cneo Escipión, dando cuenta de los grandes éxitos que habían obtenido, pero indicando también que se necesitaba dinero para pagar a las tropas, así como grano y vestuario para el ejército, mientras que los marineros estaban desprovistos de todo. En lo referente a la paga, si el tesoro estaba bajo de fondos, ellos (los Escipiones) idearían algún medio por el cual pudieran obtenerlos de los hispanos; en cuanto al resto de cosas, en todo caso, o se les enviaban desde Roma o de lo contrario no podrían mantener su ejército ni la provincia. Cuando fueron leídas las cartas, no hubo entre los presentes ninguno que no admitera que las declaraciones eran veraces y las demandas justas y equitativas. Pero tenían presentes otras consideraciones: las enormes fuerzas de mar y tierra que debían mantener; la gran flota que habrían de armar si la guerra con Macedonia se hacía realidad; el estado de Cerdeña y Sicilia, que antes de la guerra habían ayudado a llenar el tesoro y que ahora apenas podían auxiliar a los ejércitos que protegían aquellas islas; y, sobre todo, la contracción de los ingresos. Porque, tras la destrucción de los ejércitos en el Trasimeno y en Cannas, había disminuido el número de quienes pagaban el impuesto de guerra al fsco; y si los pocos supervivientes debían pagarlo en un importe mucho mayor, ellos también perecerían aunque no fuera en combate. Por tanto, si la república no podía obtener créditos no podría mantenerse con sus propios recursos. Después de revisar así el estado de cosas, el Senado decidió que Fulvio, uno de los pretores, comparecería ante la Asamblea y señalaría al pueblo la acuciantes necesidades de la república, pediría a aquellos que habían acrecentado su patrimonio frmando contratos con el gobierno, mediante los que habían obtenido sus riquezas, que extendieran la fecha de los pagos del Estado y que se comprometeran a suministrar lo necesario para el ejército en Hispania, con la condición de que tan pronto hubiera efectivo en el tesoro serían los primeros en cobrar. Después de hacer esta propuesta, el pretor fjó una fecha para frmar los contratos de suministro de vestuario y grano al ejército de Hispania y para proveer todo lo necesario para los marineros.

[23.49] El día señalado se presentaron tres sociedades, cada una con diecinueve miembros, dispuestas a licitar los contratos. Insisteron en dos condiciones: una era que deberían quedar exentos del servicio militar mientras estuvieran ocupados en esta empresa pública, y la otra que los envíos que remiteran deberían quedar asegurados por el gobierno contra tormentas o capturas. Ambas demandas fueron concedidas, y la administración de la república se practcó con dinero privado. ¡Tal era la condición moral y el elevado patriotsmo que impregnaba todos los rangos de la sociedad! Como los contratos se habían frmado a partir de un espíritu generoso y noble, fueron ejecutados con la máxima escrupulosidad; los soldados recibieron suministros tan abundantes como los que les entregaba con anterioridad un Tesoro abundante. Cuando llegaron estos suministros a Hispania, la ciudad de Iliturgi [cerca de Mengíbar; posteriormente "Forum Iulium", en Jaén.-N. del T.], que se había pasado a los romanos, estaba siendo atacada por Asdrúbal, Magón y Aníbal, el hijo de Bomílcar. Los Escipiones lograron abrirse paso entre los tres campamentos tras duros combates y con graves pérdidas. Trajeron con ellos cierta cantidad de grano, del que había gran escasez, y alentaron a la población para defender sus murallas con el mismo valor que vieron desplegar al ejército romano al combatir por ellos. Avanzaron después para atacar el mayor de los tres campamentos, al mando del cual estaba Asdrúbal. Los otros dos comandantes, con sus ejércitos, vieron que la batalla decisiva se libraría allí y se apresuraron a apoyarle. Tan pronto salieron de sus campamentos dieron comienzo los combates. Se enfrentaron aquel día sesenta mil enemigos y cerca de dieciséis mil romanos. Y, sin embargo, la victoria fue tan aplastante que los romanos, en aquel mismo día, dieron muerte a un número mayor que el suyo propio de enemigos, hicieron prisioneros a más de tres mil, capturaron algo menos de mil caballos, cincuenta y nueve estandartes militares, siete elefantes, mataron a cinco en la batalla y se apoderaron de los tres campamentos. Tras levantar así el sito de Iliturgi, los ejércitos cartagineses marcharon a atacar Intibili [debía estar cerca de la anterior; se conoce una Intibili al sur del Ebro, en la costa mediterránea.-N. del T.]. Habían repuesto sus pérdidas en aquella provincia que, entre todas las demás, se mostraba más proclive a la guerra mientras hubiera botín o dinero y que abundaba en hombres jóvenes. Se libró de nuevo otra batalla campal, con el mismo resultado para ambas partes. Murieron más de trece mil enemigos, se hizo prisioneros a más de dos mil y se capturaron cuarenta y dos estandartes y nueve elefantes. Para entonces, casi todas las tribus de Hispania se inclinaron por Roma, y los éxitos obtenidos en Hispania aquel verano fueron mucho mayores que los de Italia.

Final del Libro 23.

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Libro 24: La Revolución en Siracusa.

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[24.1] -215 a.C.-Tras su regreso desde Campania al Brucio, Hanón, con la ayuda y guía de los brucios, atacó las ciudades griegas. Estas continuaron firmes en su adhesión a Roma, más aún al ver que los brucios, a quienes temían y odiaban, tomaban partido por los cartagineses. Regio fue el primer lugar que atacó, pasando allí varios días sin ningún resultado. Mientras tanto, los locrenses se apresuraron a llevar su grano y todo cuanto se pudiera precisar desde los campos a la ciudad, no solo por seguridad, sino también para que no quedase al enemigo nada que saquear. Cada día salía gran número de personas por todas las puertas hasta que, al fn, solo quedaron seiscientos en la ciudad: los que tenían obligación de reparar los muros y puertas o mantener un depósito de armas sobre las murallas. En contra de aquel grupo diverso de todas las clases y edades, vagando por los campos y en su mayoría desarmados, Amílcar envió a su caballería con orden de no herir a nadie, sino simplemente de ponerlos en fuga y cortarles luego la vuelta a la ciudad. Había tomado posiciones en un terreno elevado donde tenía una vista completa del campo y de la ciudad, y dio órdenes para que una de las cohortes brucias se llegaran hasta las murallas e invitaran a conferenciar a los hombres notables de la ciudad, y que si consentan tratasen de persuadirlos para que traicionasen la ciudad, prometéndoles, si lo hacían, la amistad de Aníbal. La conferencia tuvo lugar, pero no concedieron ningún crédito a lo que decían los brucios, hasta que los cartagineses mismos se mostraron sobre las colinas y unos pocos de los que escaparon hasta la ciudad llevaron las noticias de que toda la población estaba en manos del enemigo. Desconcertados por el terror, contestaron que deseaban consultar al pueblo, convocándose en seguida una Asamblea. Todos los que se sentían inquietos y descontentos preferían una nueva política y una nueva alianza, mientras que aquellos cuyos parientes habían sido mantenidos fuera de la ciudad por el enemigo se sentían tan comprometidos como si hubieran entregado rehenes. Algunos estaban a favor de mantener su lealtad a Roma, pero guardaron silencio en lugar de aventurarse a defender su opinión. Se aprobó una resolución con aparente unanimidad a favor de rendirse a los cartagineses. Lucio Atilio, el prefecto de la guarnición, y sus hombres fueron conducidos secretamente hasta el puerto y embarcados en una nave para transportarlos a Regio; Amílcar y sus cartagineses fueron recibidos dentro de la ciudad en el entendimiento de que se concluiría pronto un tratado en igualdad de términos. Esta condición estuvo a punto de romperse, pues los cartagineses acusaron a los locrenses de traición por dejar escapar a los romanos de mala fe, mientras que los locrenses aducían que se habían escapado. Envió alguna caballería para perseguirlos, por si la marea del estrecho hubiera provocado algún retraso en la salida de los barcos o los hubiese arrastrado a terra. No adelantaron a los que perseguían, pero vieron algunos barcos cruzar el estrecho de Mesina hacia Regio. Estos eran los soldados romanos que habían sido enviados por Claudio, el pretor, para defender la ciudad. Así que los cartagineses se retraron enseguida de Regio. Por orden de Aníbal, se concedió la paz a los locrenses; serían independientes y vivirían bajo sus propias leyes; la ciudad estaría abierta a los cartagineses, los locrenses tendrían control exclusivo del puerto y la alianza estaría basada sobre el principio del apoyo mutuo: los cartagineses auxiliarían a los locrenses y los locrenses a los cartagineses, en la paz y en la guerra.

[24.2] Así, los cartagineses se retraron de los estrechos en medio de las protestas de los brucios, quienes se quejaron de que las ciudades de Regio y Locri, cuyo botín se les había señalado, hubieran permanecido intactas. Decidieron actuar por su cuenta, y tras alistar y armar a quince mil de sus propios soldados, se dirigieron a atacar Crotona, una ciudad griega situada en la costa. Imaginaban que podían acrecentar inmensamente su fuerza si poseían una ciudad marítima con un puerto fortifcado. Lo que les preocupaba era que no podían aventurarse a llamar a los cartagineses en su ayuda, para que no pensaran que no habían actuado como debían hacerlo los aliados, y también porque, si el cartaginés resultaba ser por segunda vez el abogado de la paz y no el de la guerra, temían que habrían luchado en vano contra la libertad de Crotona, como lo habían hecho contra la de Locri. Les pareció el mejor camino mandar embajadores a Aníbal y obtener de él la garantía de que, tras su captura, Crotona pasaría a los brucios. Aníbal les dijo que era un asunto a solventar por quienes estaban en el lugar y los remitó a Hanón; pues ni él ni Hanón querían que fuera saqueada aquella famosa y rica ciudad, y esperaban que cuando los brucios la atacaran y vieran que los cartagineses ni los auxiliaban ni aprobaban el ataque, los defensores vendrían con Aníbal cuanto antes.

En Crotona no había ni unidad de objetivos ni de sentimientos; parecía como si una enfermedad hubiera atacado a todas las ciudades de Italia por igual, en todas partes la población era hostl a la aristocracia. El Senado de Crotona era favorable a los romanos, la plebe quería poner su república en manos de los cartagineses. Esta división de opiniones en la ciudad fue comunicada a los brucios por un desertor. Según sus declaraciones, Aristómaco era el líder de la plebe e incitaba la rendición de la ciudad, que era extensa y estaba densamente poblada, con fortifcaciones cubriendo un gran área. Las posiciones ocupadas por los senadores eran pocas y estaban dispersas, las que estaban en manos del pueblo resultaban accesibles. A sugerencia del desertor, y bajo su guía, los brucios cercaron completamente la ciudad y al primer asalto les dejó entrar el pueblo, y se apoderaron de todo el lugar con excepción de la ciudadela. Esta quedó en poder de los aristócratas, que lo habían preparado de antemano como un lugar donde refugiarse en caso de que algo así pudiera ocurrir. Aristómaco también huyó allí y declaró que él había aconsejado la rendición de la ciudad a los cartagineses, no a los brucios.

[24,3] Antes de la llegada de Pirro a Italia, la ciudad de Crotona tenia murallas que formaban un circuito de doce millas [17760 metros.-N. del T.]. Tras la devastación producida por la guerra, apenas la mitad del lugar estaba habitado; el río, que solía fuir por en medio de la ciudad, corría ahora por la parte exterior a donde estaban las casas y la ciudadela quedaba a considerable distancia de ellas. A seis millas [8880 metros.-N. del T.] de esta famosa ciudad había un templo aún más famoso dedicado a Juno Lacinia, objeto de veneración de todas las poblaciones circundantes. Había aquí un bosque sagrado rodeado una densa arboleda y altos abetos, en cuya mitad exista un claro que ofrecía un delicioso pasto. En este claro solía pacer ganado de todo tpo, consagrado a la diosa, sin que nadie cuidase de él; al caer de la noche los distintos rebaños se separaban en sus propios establos sin que ningún animal de presa les acechase ni humano alguno los robase. Este ganado era fuente de grandes benefcios, con el dinero de él obtenido se construyó una columna de oro macizo que se dedicó a la diosa. Así, el templo se hizo famoso por su riqueza tanto como por su santidad y, como suele generalmente suceder en estos lugares célebres, también se le atribuyeron algunos milagros. Se decía que, habitualmente, había un altar colocado en el pórtico del templo y que las cenizas que allí estaban nunca se agitaban con el viento.

La ciudadela de Crotona, que dominaba el mar por un lado y que por el otro estaba en pendiente hacia el campo, estaba protegida al principio únicamente por su posición natural; posteriormente se le protegió más mediante una muralla, por el lado por donde Dionisio, el tirano de Sicilia, aprovechando unas rocas la capturó mediante una estratagema. Fue esta ciudadela la que ahora ocupaban los aristócratas de Crotona, considerándola como una fortaleza bastante segura, mientras que la plebe, junto a los brucios, les sitaba. Por fn, Los brucios vieron que nunca podrían tomar el lugar con sus propias fuerzas y se vieron obligados a recurrir a Hanón en busca de ayuda. Trató de conseguir que los crotonenses se rindieran con la condición de admitr una colonia brucia y permitr que su ciudad, agotada y asolada por una guerra tras otra, recuperase su antigua populosidad. Ni un solo hombre entre ellos, a excepción de Aristómaco, lo escuchó. Dijeron que antes preferían morir que mezclarse con brucios, cambiar sus ceremonias, costumbres, leyes y hasta a una lengua extranjera. Aristómaco, al verse impotente para persuadirles a que se rindieran y sin ocasión para traicionar la ciudadela como había traicionado la ciudad, se fue en solitario con Hanón. Poco después, algunos embajadores de Locri que, con el permiso de Hanón, habían tenido acceso a la ciudadela, les convencieron de que ser trasladados a Locri en vez de afrontar las últimas consecuencias. Esta ya había dado cuenta a Aníbal de esto y obtenido su consentimiento para proceder así. Así, dejaron Crotona y fueron conducidos al mar, puestos a bordo de un barco y llevados en grupo a Locri. En Apulia, ni el invierno transcurrió en calma entre los romanos y Aníbal. Sempronio estaba invernando en Lucera y Aníbal no muy lejos de Arpi; se produjeron algunas escaramuzas entre ellos cuando se presentó ocasión o cuando algún bando vio oportunidad; estos roces con el enemigo hicieron a los romanos cada día más efcaces y más familiarizados con los astutos métodos de sus oponentes.

[24.4] En Sicilia, la posición de los romanos quedó completamente alterada por la muerte de Hierón -215 a.C.-y la sucesión al trono de su nieto Jerónimo, que era sólo un muchacho y apenas capaz de usar su propia libertad, y menos aún su poder soberano, con moderación. Con aquella edad y con aquel temperamento, tutores y amigos por igual trataron de hundirlo en toda clase de excesos. Según se dice, Hierón, previendo lo que iba a pasar, estaba ansioso al fnal de su larga vida por dejar Siracusa como un estado libre [es decir, como una república, pues tal es el usual significado político romano de la palabra libertas.-N. del T.], no fuera que el reino que había adquirido y construido por métodos honorables cayera en la ruina bajo el despotsmo de un muchacho. Su proyecto se encontró con la más tenaz oposición de sus hijas. Estas imaginaban que mientras que el muchacho conservase en ttulo de rey, el poder podría recaer realmente en ellas y sus maridos, Andranodoro y Zoipo, a quienes el rey se proponía dejar como tutores principales del niño. No era cosa fácil para un hombre de noventa años, noche y día sujeto a la persuasión y halagos de dos mujeres, mantener la mente despierta y hacer que los intereses públicos predominaran sobre los privados en sus pensamientos. Así, todo lo que pudo hacer fue dejar quince tutores a cargo de su hijo, y les imploró en su lecho de muerte para mantuviesen intactas las relaciones de lealtad con Roma, que había cultivado desde hacía cincuenta años, y cuidaran que el joven, sobre todas las cosas, siguiera sus pasos y se adhiera a los principios en los que se había criado. Tales fueron sus disposiciones. Cuando el rey exhaló su último suspiro, los guardianes dieron cuenta del testamento y presentaron al muchacho, que por entonces tenía unos quince años, ante la asamblea del pueblo. Algunos, que habían tomado posición en distintos sitos para aclamarlo, gritaron su aprobación al testamento; la mayoría, sinténdose como si hubiesen perdido al padre, temían lo peor ahora que el Estado estaba huérfano. Luego siguió el funeral del rey, que fue honrado más por el amor y el afecto de sus súbditos que por cualquier dolor entre sus propios parientes. Poco después, Andranodoro se deshizo del resto de tutores con la excusa de que Jerónimo era ya un hombre joven y capaz de asumir el gobierno; renunciando él mismo a la tutela que comparta con los otros, concentró todos los poderes en su persona.

[24,5] Incluso un príncipe bueno y sensato hubiera tenido difcil hacerse popular entre los siracusanos como sucesor de su amado Hierón. Pero Jerónimo, como si estuviera ansioso por hacer sentir aún más intensamente la pérdida de su abuelo con sus propios vicios, mostró desde su primera aparición en público cuánto había cambiado todo. Aquellos que, durante tantos años, habían visto a Hierón y a su hijo, Gelón, andar sin que nada en su vestimenta mostrase su realeza para distinguirlos del resto de sus compatriotas, contemplaban ahora a Jerónimo vestido de púrpura, llevando una diadema, rodeado de una escolta armada, e incluso a veces salir de su palacio en una carroza trada por cuatro caballos blancos, al estilo de Dionisio el tirano. Muy en consonancia con esta extravagante asunción del estado y la pompa estaba el desprecio que mostraba por todos; el tono insolente con que se dirigía a aquellos que le solicitaban audiencia; el modo en que se hacía de difcil acceso, no solo a forasteros sino incluso a sus tutores; sus pasiones monstruosas y su inhumana crueldad. Tal terror se apoderó de todo el mundo que algunos de sus tutores prevenían la muerte por tortura mediante el suicidio o la huida. A tres de ellos, los únicos que tenían acceso familiar al palacio, Andranodoro y Zoipo, los yernos de Hierón, y un cierto Trasón, no se les tenía muy en cuenta en ningún otro asunto; pero como los dos primeros estaban de parte de los cartagineses y Trasón del de los romanos, sus acaloradas discusiones y disputas atrajeron la atención del joven rey. Una conspiración contra la vida del déspota fue revelada por un tal Calón, un muchacho de la misma edad que Jerónimo y acostumbrado desde su niñez a relacionarse con él en términos de perfecta intimidad. El informante fue capaz de dar el nombre de uno de los conspiradores, Teodoto, por quien él mismo había sido invitado a partcipar en el complot. Este hombre fue arrestado de inmediato y entregado a Andranodoro para torturarle. Confesó su complicidad sin dudar, pero no dijo nada sobre los demás. Por fn, cuando se le sometó a duros tormentos, demasiado terribles para la resistencia humana, fngió ser superado por sus sufrimientos y en vez de descubrir los nombres de los culpables apuntó a un hombre inocente, acusando falsamente a Trasón de ser el cabecilla de la trama. Declaró que, de no tener aquel hombre tan infuyente para guiarles, nunca se habrían aventurado en tan grave empresa. Pergeñó aquella historia entre gemidos de angusta y mencionaba los nombres conforme se le ocurrían, cuidando de elegir los más despreciables entre los cortesanos del rey. Fue la mención de Trasón lo que pesó más en persuadir al rey de la veracidad de la historia; fue ejecutado de inmediato y los demás, tan inocentes como él, compartieron su destino. A pesar de que su cómplice estuvo bajo tortura durante mucho tiempo, ni uno de los conspiradores reales se ocultó o buscó refugio huyendo, tan grande era su confanza en el valor y el honor de Teodoto, y tan grande la firmeza con la que guardó su secreto.

[24.6] El único enlace con Roma había desaparecido con Trasón y no había ninguna duda sobre el giro de la situación hacia la rebelión. Se mandaron embajadores a Aníbal, que envió de vuelta, junto a un joven noble llamado también Aníbal, otros dos embajadores, Hipócrates y Epícides, nativos de Cartago y cartagineses por parte de madre, aunque su abuelo era un refugiado de Siracusa. Por sus ofcios se frmó una alianza entre Aníbal y el tirano de Siracusa y, con el consentimiento de Aníbal, se quedaron junto a Jerónimo. Tan pronto como Apio Claudio, que estaba al mando en Sicilia, tuvo noticias de esto, mandó embajadores a Jerónimo. Cuando anunciaron que habían venido a renovar la alianza que exista con su abuelo, se rieron de ellos y, cuando ya se marchaban, el rey les preguntó con burlas qué tal suerte habían corrido en la batalla de Cannas, pues apenas podía creer lo que los enviados de Aníbal le contaron; quería saber la verdad para poder decidirse sobre cuál de los caminos a seguir le ofrecía las mejores perspectivas. Los romanos le dijeron que volverían nuevamente ante él cuando hubiera aprendido a recibir con seriedad las embajadas y, después de advertrle, en vez de pedirle, que no diera de lado a la ligera su alianza, se marcharon. Jerónimo mandó embajadores a Cartago para concluir un tratado en los términos de su alianza con Aníbal. Se acordó en este pacto que después de haber expulsado a los romanos de Sicilia -lo que se haría prontamente si se enviaba una flota y un ejército-, el río Himera, que divide casi en partes iguales la isla, vendría a ser la frontera entre los dominios de Siracusa y los de Cartago. Hinchado por la adulación de las gentes que le decían que debía seguir los pasos no ya de Hierón, sino los de su abuelo materno, el rey Pirro, Jerónimo envió una segunda legación a Aníbal para decirle que pensaba que lo justo sería que toda Sicilia le fuera cedida y que Cartago debería reclamar el imperio sobre Italia como propio. Tal frivolidad y jactancia no sorprendieron en el exaltado joven, de quien solo preocupaba que se mantuviese lejos de Roma.

[24.7] Pero todas estas cosas lo precipitaban hacia su ruina. Había enviado a Hipócrates y a Epícides por delante, cada uno con dos mil soldados, para atacar algunas ciudades que estaban ocupadas por guarniciones romanas, mientras que él mismo avanzaba hacia Lentini [la antigua Leontini.-N. del T.] con quince mil infantes y jinetes, que suponían el resto de su ejército. Los conspiradores, que resultaban estar todos en filas, se apoderaron de una casa vacía con vistas a la estrecha calle por la que el rey solía bajar al foro. Mientras estaban todos delante de la casa, con todas sus armas, esperando que pasase el rey, a uno de ellos, llamado Dinomenes, se le encargó, por ser uno de los guardaespaldas, mantener atrás a la multitud, por cualquier medio, cuando el rey se acercase a la puerta de la casa. Todo se hizo como se había convenido. Aparentando afojar uno de los lazos [se supone que de su calzado.-N. del T.] que le apretaba demasiado el pie, Dinomenes retrasó al cortejo y consiguió abrir un hueco tan grande entre ellos que cuando el rey fue atacado en ausencia de sus guardias, resultó apuñalado en varias partes antes de que le pudiera llegar ayuda. Tan pronto escucharon los gritos y el tumulto, la guardia arrojó sus jabalinas sobre Dinomenes, que sin duda estaba bloqueando el camino, y que escapó con solo dos heridas. Cuando vieron al rey tendido en el suelo, sus acompañantes huyeron. Algunos de los asesinos se dirigieron al pueblo, que estaba reunido en el foro regocijándose con su recobrada libertad; otros se apresuraron a ir a Siracusa para impedir los planes de Adranodoro y el resto de los hombres del rey. En este estado de cosas crítco, Apio Claudio, al darse cuenta de que empezaba una guerra en su vecindad, envió un despacho al Senado informándole de que Sicilia estaba siendo ganada para Cartago y Aníbal. Para frustrar los planes que se tramaban en Siracusa, trasladó todas las guarniciones a la frontera entre la provincia romana y los dominios del difunto rey. Al término del año, Quinto Fabio fue autorizado por el Senado para reforzar Pozzuoli [la antigua Puteoli.-N. del T.], donde la colonia comercial había visto aumentar mucho su población durante la guerra, y también para situar en ella una guarnición. Durante su camino a Roma, donde iba para celebrar las elecciones, dio aviso de que las convocaría para el primer día hábil en que pudiera fjarlas, y después, para ahorrar tiempo, marchó sin entrar en la Ciudad, hasta el Campo de Marte [de esta manera no perdería sus poderes militares, que sólo mantenía fuera del pomerium, o límites sagrados, de la Ciudad.-N. del T.] . Aquel día, la suerte de la primera votación recayó en la centuria de jóvenes de la tribu de los Anios [centuria prerrogativa: se sorteaba cuál sería la primera en votar y su elección se consideraba indicativa del parecer divino, condicionando mucho el resto del proceso.-N. del T.], que dio su voto a Tito Otacilio y Marco Emilio Regilo, cuando Quinto Fabio, habiendo obtenido el silencio, pronunció el siguiente discurso:

[24.8] "Si Italia estuviese en paz, o si tuviéramos entre manos una guerra y un enemigo ante los que gozásemos de mayor margen de error, consideraría que le preocupaban poco vuestras libertades a cualquiera que viniese a detener el entusiasmo con que habéis acudido aquí, al Campo de Marte, a conferir honores a los hombres de vuestra elección. Pero en esta guerra, enfrentando a este enemigo, ninguno de nuestros generales ha cometido nunca un solo error que no nos haya involucrado en los más graves desastres; así pues, lo único adecuado es que ejerzáis vuestra libertad en la elección de cónsules tanta seriedad como la que mostráis al marchar armados al combate. Cada hombre debe decirse: "Nombro al cónsul que será el igual de Aníbal. Ha sido este año cuando Vibelio Táurea, el primero de los caballeros campanos, desafó y se enfrentó con Aselo Claudio, el mejor jinete romano, en Capua. Contra un galo, que lanzó en tiempos su desafo en el puente sobre el Anio, enviaron nuestros antepasados a Tito Manlio, un hombre diestro y de coraje indomable. No muchos años después, me atrevo a decir que armado con el mismo valor y confanza, el mismo Marco Valerio se armó contra el galo que le desafó del mismo modo a combate singular. Del mismo modo que deseamos que nuestra infantería y nuestra caballería sean las más fuertes, o si eso fuera imposible que resultase por lo menos igual a la del enemigo, así debemos buscar un jefe por lo menos igual al suyo. Incluso si elegimos como nuestro jefe al mejor general de la república, solo es elegido por un año, e inmediatamente después de su elección tendrá que enfrentarse a un estratega veterano que no está constreñido por ningún límite de tiempo o autoridad, ni impedido de formar y ejecutar cualesquiera planes que requieran las necesidades de la guerra. En nuestro caso, por el contrario, se nos va el año simplemente entre hacer los preparativos y dar inicio a una campaña. He dicho lo sufciente en cuanto a la clase de hombres que debéis elegir como vuestros cónsules; permitdme decir unas palabras sobre los hombres en cuyo favor se ha producido la primera votación. Marco Emilio Regilo es el famen Quirinal [o sea, el sacerdote encargado del culto a Rómulo; bajo ningún concepto podía conducir tropas ni abandonar Roma sin autorización de Pontifice máximo.-N. del T.]; no podemos descargarle de sus deberes sagrados sin descuidar nuestra obligación para con los dioses y no podemos mantenerlo en casa sin descuidar la debida atención a la guerra. Otacilio está casado con la hija de mi hermana y tiene hijos con ella, pero las obligaciones que me habéis conferido a mí y a mis antepasados no son tales como para que yo anteponga las relaciones privadas al bienestar del Estado. En un mar en calma cualquier marinero, cualquier pasajero, puede dirigir el barco; pero cuando surge una violenta tormenta y el barco es impulsado por el viento sobre las aguas turbulentas, entonces queréis tener alguien que sea un auténtco piloto. No navegamos ahora en aguas tranquilas, ya hemos casi naufragado en la muchas tormentas que nos han azotado y, por lo tanto, debéis emplear de la máxima previsión y prudencia al elegir al hombre que ha de tomar el timón.

"En cuanto a t, Tito Otacilio, ya hemos tenido alguna experiencia sobre tu dirección de operaciones relativamente poco importantes, y desde luego no nos has dado motivo alguno para que te confemos otras de más envergadura. Había tres objetivos por los que equipamos este año la flota que tú mandaste: asolar la costa africana, asegurarnos la costa Italiana y, lo más importante de todo, impedir que llegase cualquier refuerzo, dinero o suministros que enviasen desde Cartago para Aníbal. Si Tito Otacilio ha cumplido, no diré ya todos, sino solo alguno de estos objetivos, elegidlo sin dudar cónsul en benefcio de la república. Pero, si mientras estabas al mando de la flota, le llegó a Aníbal sano y salvo todo cuando precisaba desde su hogar, si la costa de Italia este año ha estado en mayor peligro que la de África, ¿qué motivo plausible puedes ofrecer para que se te erija justamente a t para enfrentarte a Aníbal? Si tú fueses cónsul tendríamos que seguir el ejemplo de nuestros antepasados y nombrar un dictador, y no podrías tomar como un insulto que alguno, entre todos los ciudadanos de Roma, fuera considerado mejor estratega que tú. Es a t a quien más importa, Tito Otacilio, que no se eche sobre tus hombros una carga que te aplastaría. Y a vosotros, compatriotas míos, apelo solemnemente para recordaros lo que estáis a punto de hacer. Imaginaos armados y formados en vuestras filas sobre el campo de batalla; de repente, os llaman para elegir dos jefes bajo cuyo auspicioso generalato debáis luchar. Elegid hoy con el mismo ánimo a los cónsules a quienes prestarán juramento vuestros hijos, a cuya convocatoria se reunirán en asamblea y bajo cuya tutela y protección habrán de servir. Trasimeno y Cannas son tristes precedentes a recordar, pero son también solemnes advertencias para protegerse contra desastres similares. ¡Ujier! llama nuevamente a la centuria aniense de jóvenes para que voten otra vez".

[24,9] Tito Otacilio estaba enfurecido, exclamando a gritos que Fabio quería ver prolongado su consulado, y como persista en provocar disturbios, el cónsul ordenó a los lictores que se le aproximasen y le advirtesen de que, como había marchado directamente hacia el Campo de Marte sin entrar en la Ciudad, las hachas estaban aún en las fasces [es decir, aún tenía potestad para aplicar la pena de muerte sumarísima.-N. del T.]. La votación, entre tanto, se había reanudado y la primera votó a favor de Quinto Fabio Máximo como cónsul, por cuarta vez, y de Marco Marcelo por tercera. Todas las demás centurias votaron sin excepción por los mismos hombres. A Quinto Fulvio Flaco se le prorrogó la pretura y para las demás se nombraron otros distintos: Tito Otacilio Craso fue pretor por segunda vez, Quinto Fabio, un hijo del cónsul y edil curul en el momento de su elección, y Publio Cornelio Léntulo. Cuando fnalizó la elección de los pretores, el Senado aprobó una resolución por la que a Quinto Fulvio se le encomendaría la Ciudad como su provincia y que cuando los cónsules hubieran partido para la guerra él tendría el mando en casa. Hubo dos grandes inundaciones este año; el Tíber anegó los campos, provocando una destrucción generalizada de edificios agrícolas, provisiones y muchas pérdidas de vidas. Fue en el quinto año de la Segunda Guerra Púnica cuando Quinto Fabio Máximo asumió el consulado por cuarta vez y Marco Claudio Marcelo por tercera -214 a.C.-. Su elección provocó un interés inusual entre los ciudadanos, pues había pasado mucho tiempo desde que habían tenido un par de cónsules como ellos. Los ancianos recordaban que Máximo Rulo había sido elegido de una forma similar, junto con Publio Decio, a causa de la guerra Gala, y también luego, del mismo modo, Papirio y Carvilio habían sido elegidos cónsules para actuar contra los samnitas y los brucios así como contra los lucanos y tarentinos. Marcelo fue elegido estando ausente, mientras permanecía con el ejército. Fabio fue reelegido cuando estaba ocupando el cargo y, de hecho, celebrando las elecciones. Irregular como resultaba, las circunstancias del momento, las exigencias de la guerra, la crítica posición de la república impidieron que nadie inquiriese sobre los precedentes o sospechase que el cónsul ambicionaba el poder. Por el contrario, alabaron su grandeza de espíritu, pues cuando supo que la República necesita de su mejor general, y que él lo era sin duda, pensó menos en los odios personales en que pudiera incurrir que en el interés de la república.

[24.10] El día en que los cónsules tomaron posesión del cargo [el 15 de marzo del 214 a.C.; no se cambiaría la fecha al 1º de enero hasta el año 153 a.C., a consecuencia de la dura guerra numantina y la lejanía a Roma.-N. del T.], se celebró una reunión en el Capitolio. El primer decreto aprobado consistó en que los cónsules debían sortear entre ellos o ponerse de acuerdo en cuál dirigiría la elección de censores antes de partir a reunirse con el ejército. Un segundo decreto amplió el mando militar de los anteriores cónsules, que se encontraban con sus ejércitos, y se les ordenó permanecer en sus respectivas provincias: Tiberio Graco en Lucera, donde estaba estacionado con su ejército de esclavos voluntarios, Cayo Terencio Varrón en territorio picentino y Manio Pomponio en territorio galo. Los pretores del año anterior actuarían como propretores; Quinto Mucio se ocuparía de Cerdeña y Marco Valerio permanecería al mando de la costa, con sus cuarteles en Brindisi, donde debería estar alerta contra cualquier movimiento por parte de Filipo de Macedonia. La provincia de Sicilia se asignó a Publio Cornelio Léntulo, uno de los pretores, y Tito Otacilio fue a mandar la misma flota que había tenido el año anterior para actuar contra los cartagineses. Se anunciaron aquel año muchos portentos, y cuando más numerosos eran los hombres de mentes sencillas y piadosas que creían en ellos, más numerosas eran las notfcaciones. Justo en el interior del templo de Juno Sospita [salvadora.-N. del T.] en Lanuvio algunos cuervos habían construido un nido; en Apulia se incendió una palmera verde; en Mantua, una piscina formada por el desbordamiento del agua del Mincio adoptó la apariencia de sangre; en Calvi Risorta llovió greda y en Roma, en el Foro Boario, sangre; en el barrio Insteiano fuyó una corriente subterránea con tal violencia que arrastró algunas tinajas y toneles que allí había, como si hubieran sido barridas por un torrente; fueron alcanzados por el rayo el atrio público del Capitolio, el templo de Vulcano en el Campo de Marte, el de Vacuna y un camino público en territorio sabino y las murallas y una de las puertas de Gabii. Luego se informó de otras maravillas: la lanza de Marte, en Palestrina, se movió por sí mismas; en Sicilia habló un buey; un nonato, entre los marrucinos, gritó "¡Viva! ¡Victoria!" dentro del vientre de su madre; en Spoleto una mujer se convirtó en hombre; en Atri [la antigua Hadria.-N. del T.] fue visto un altar en el cielo con hombres vestidos de blanco en pie en torno a él; y fnalmente en Roma, en la misma Ciudad, un enjambre de abejas fue visto en el foro e inmediatamente después algunas personas empezaron a gritar "¡a las armas!", declarando que vieron legiones armadas en el Janículo, aunque las personas que estaban en aquel momento en la colina dijeron que no vieron a nadie, excepto a los que trabajaban allí habitualmente en los jardines. Estos portentos fueron expiados mediante víctimas mayores [ovejas y corderos ya crecidos.-N. del T.], de acuerdo con las instrucciones de los arúspices, y se ordenaron solemnes rogativas a todos los dioses que poseían santuarios en Roma.

[24.11] Cuando se hubo practicado todo para asegurar "la paz de los dioses", los cónsules presentaron ante el Senado las cuestones relativas a la política del Estado, la dirección de la guerra y la cantidad y disposición de las fuerzas militares y navales de la república. Se decidió poner dieciocho legiones en campaña. Cada uno de los cónsules tendría dos; la Galia, Sicilia y Cerdeña serían guarnecidas cada una por dos legiones; Quinto Fabio, el pretor, se haría cargo del mando de las dos de Apulia y Tiberio Graco mantendría sus dos legiones de esclavos voluntarios en Lucera. Una legión quedaría en el Piceno con Cayo Terencio, otra más con Marco Valerio en Brindisi, para la flota, y se dejarían dos para defender la Ciudad. Para alcanzar este número de legiones habrían de alistarse seis nuevas. Los cónsules se dispusieron a alistarlas tan pronto como pudieran, y a equipar una flota de manera que, con los barcos apostados frente a la costa calabresa, la armada de aquel año pudiera incrementarse hasta los ciento cincuenta grandes barcos de guerra. Tras alistar las tropas y botar cien nuevas naves, Quinto Fabio celebró los comicios para la elección de censores; los elegidos fueron Marco Atilio Régulo y Publio Furio Filo. Como los rumores de guerra en Sicilia se hacían más frecuentes, Tito Otacilio se dirigió navegando allí con su flota. Como había falta de marineros, los cónsules, actuando según una disposición del Senado, publicaron una orden por la que cada uno de los que hubieran sido censados o cuyo padre hubiera sido censado, en la censura de Lucio Emilio y Cayo Flaminio, con una fortuna de entre cincuenta mil a cien mil ases [1 as = 27,25 gramos de bronce.-N. del T.], o que hubieran alcanzado desde entonces aquella cantdad, deberían proporcionar cada uno un marinero y seis meses de sueldo; los que poseyeran una fortuna evaluada entre cien mil y trescientos mil ases debían proporcionar tres marineros y doce meses de sueldo; los que poseyeran entre trescientos mil y un millón debían contribuir con cinco marineros y, por encima de esta cantdad, siete. Los senadores debían presentar ocho marineros y la soldada de un año. Los marineros así dispuestos, tras ser armados y equipados por sus amos, subieron a bordo con las raciones para treinta días [es decir, se trataba de esclavos.-N. del T.]. Esta fue la primera ocasión en que se alistó una flota romana con marineros costeados por los particulares.

[24.12] La extraordinaria magnitud con que se efectuaron estos preparativos dejaron a los campanos consternados; temían que los romanos iniciaran ese año su campaña sitando Capua. Por tanto, mandaron embajadores ante Aníbal implorándole que llevase su ejército hasta Capua; nuevos ejércitos, le informaron, habían sido levantados en Roma con el propósito de atacarles, y no había ciudad de cuya defección se resintesen más los romanos que la suya. Debido a la urgencia del mensaje, Aníbal sintó que debía perder tiempo, por si los romanos se le antcipaban, y dejando Arpi asentó su posición en su antiguo campamento en el Tifata, sobre Capua. Dejando sus númidas e hispanos para proteger el campamento y Capua a la vez, descendió con el resto de su ejército al Lago Averno, con el aparente propósito de sacrifcar, pero en realidad para hacer un intento contra Pozzuoli y su guarnición. Tan pronto como le llegaron las noticias de la partida de Aníbal de Arpi y su regreso a la Campania, Máximo regresó con su ejército, viajando día y noche y envió órdenes a Tiberio Graco para que moviera sus fuerzas de Lucera a Benevento, mientras que a Quinto Fabio, el pretor e hijo del cónsul, se le ordenó que ocupase el lugar de Graco en Lucera. Por entonces, salieron dos pretores hacia Sicilia: Publio Cornelio para el ejército y Tito Otacilio para hacerse cargo de la costa y dirigir las operaciones navales. Todos los demás marcharon a sus respectivas provincias, y aquellos cuyo mandato había sido prorrogado se mantuvieron en los mismos territorios que habían ocupado el año anterior.

[24.13] Estando Aníbal en el lago Averno fue visitado por cinco jóvenes nobles de Tarento que habían sido hechos prisioneros, unos en el Trasimeno y otros en Cannas, y que después habían sido enviados a sus hogares con el mismo trato cortés que los cartagineses habían mostrado hacia todos los aliados de Roma. Le dijeron que no habían olvidado su amabilidad y que por grattud habían persuadido a la mayoría de los hombres más jóvenes de Tarento para que escogiesen la amistad y la alianza de Aníbal con preferencia sobre la de los romanos; sus compatriotas les habían enviado que marchase cerca de Tarento. "Con que únicamente tus estandartes y campamento", declararon, "fuesen vistos en Tarento, no se vacilaría en poner la ciudad en tus manos. El pueblo está en manos de los hombres más jóvenes, y el gobierno de Tarento está en manos del pueblo". Aníbal les abrumó con alabanzas, les cargó con espléndidas promesas y les pidió que regresasen a casa para madurar sus planes. Él mismo se presentaría en el momento adecuado. Con esta esperanza, se despidió a los tarentinos. El propio Aníbal ansiaba sobremanera apoderarse de Tarento; veía que era una ciudad rica y noble y, lo que era más importante, se trataba de una ciudad marítima en la costa frente a Macedonia; como los romanos mantenían Brindisi, esta podría ser la puerta por la que el rey Filipo entrase si ponía rumbo a Italia. Después de realizar los ritos sagrados que eran la excusa para su venida, y habiendo durante su estancia devastado el territorio de Cumas hasta donde el cabo de Miseno, marchó repentinamente hacia Pozzuoli esperando sorprender a la guarnición romana. Había allí seis mil soldados y la plaza estaba muy fortifcada, no solo por su naturaleza. Los cartagineses pasaron tres días allí, atacando la fortaleza por todas partes, y al no tener éxito alguno se dedicó a asolar el territorio alrededor de Nápoles, más por rabia y decepción que por esperanza en apoderarse de la ciudad. El pueblo de Nola, que había permanecido mucho tiempo desafecto a Roma y en desacuerdo con su propio senado, se entusiasmó grandemente con su presencia en territorio tan próximo al suyo. En consecuencia, sus embajadores llegaron para invitar a Aníbal y asegurarle positivamente que la ciudad se le entregaría. Sus intenciones fueron antcipadas por el cónsul Marcelo, que había sido llamado por los ciudadanos más notables. En un día, marchó desde Calvi Risorta hasta Arienzo a pesar del retraso por el cruce del río Volturno, y a la noche siguiente introdujo en Nola seis mil infantes y quinientos jinetes para proteger al senado. Mientras el cónsul actuaba con la mayor energía asegurando Nola contra un ataque, Aníbal perdía el tiempo y, tras dos intentos infructuosos, estaba cada vez menos inclinado a confar en el pueblo de Nola.

[24,14] Mientras sucedía todo aquello, el cónsul Quinto Fabio atacó Casilino, que estaba sostenida por una guarnición cartaginesa; al mismo tiempo, como si actuasen de acuerdo, Hanón, marchando desde el Brucio con un poderoso cuerpo de jinetes e infantes, llegaba a Benevento por un lado y Tiberio Graco, desde Lucera, se acercaba desde la dirección contraria. Este llegó el primero a la ciudad y, oyendo que Hanón había acampado junto al río Calore, a unas tres millas de la ciudad [4440 metros.-N. del T.], y que estaba devastando los campos, salió de la ciudad y asentó su campamento como a una milla del enemigo. Aquí reunió sus tropas en una asamblea. Sus legiones estaban compuestas en su mayoría por esclavos voluntarios que se habían hecho a la idea de ganar su libertad sin murmuraciones y sirviendo otro año más, en lugar de exigirlo abiertamente. Había advertido, sin embargo, al salir de sus cuarteles de invierno, que existan "crecientes rumores de descontento en el ejército, pues los soldados se preguntaban si alguna vez servirían como hombres libres". A consecuencia de esto, había enviado una carta al Senado en la que indicaba no tanto lo que querían como lo que se merecían; le habían rendido hasta el momento buenos y valientes servicios y solo les separaba del nivel de los soldados normales la cuestón de su libertad personal. Sobre aquel asunto, se le había concedido autorización para que actuase como creyese mejor para los intereses de la república. Así que, antes de cerrar con el enemigo, les anunció que había llegado el momento que tanto habían esperado, y que ya era el momento de ganar su libertad. Al día siguiente se libraría una batalla campal, en una llanura abierta y expedita, donde habría amplio margen para el auténtco valor, sin temor a emboscadas. Cualquiera que trajese de vuelta la cabeza de un enemigo, sería al momento, por orden suya, declarado hombre libre; a cualquiera que abandonase su puesto en las filas, él le castgaría con la muerte de un esclavo [la crucifixión, contra la decapitación impuesta a los ciudadanos libres.-N. del T.]. La fortuna de cada hombre estaba en sus propias manos. No solo él era el autor de su libertad, sino también el cónsul Marcelo y la totalidad del Senado, a quien había consultado y que le había autorizado a obrar con libertad. Luego leyó el despacho de Marcelo y la resolución aprobada en el Senado. Estos fueron recibidos con un clamor intenso y general. Exigieron que les llevara de inmediato al combate y le presionaron para que diera la señal. Graco anunció que la batalla se daría al día siguiente y despidió los hombres. Los soldados tenían la moral alta, en especial aquellos que esperaban ganar su libertad con el trabajo duro de un día, y pasaron el resto de la jornada alistando sus armas y corazas.

[24.15] Cuando, por la mañana del día siguiente, sonaron los toques de corneta, los esclavos voluntarios fueron los primeros en reunirse frente al pretorio, armados y dispuestos. Tan pronto salió el sol, Graco llevó sus fuerzas al campo de batalla, no retrasándose el enemigo en hacerle frente. Este disponía de diecisiete mil infantes, la mayor parte brucios y lucanos, y de mil doscientos de caballería, entre los que había unos cuantos italianos y todos los demás númidas y moros. La batalla resultó intensa y larga; durante cuatro horas, ninguno de los dos obtuvo ninguna ventaja. Nada obstaculizó más a los romanos que el haber fjado un precio por las cabezas de sus enemigos, el precio de la libertad; pues tan pronto alguno había atacado furiosamente a un enemigo y le daba muerte, perdía el tiempo cortándole la cabeza -cosa difcil en el tumulto y confusión de la batalla-y después, como sus diestras estaban ocupadas agarrando las cabezas, los mejores soldados no pudieron seguir combatendo y la batalla quedó para los lentos y menos animosos. Los tribunos militares informaron a su comandante que no se atacaba a los enemigos en sus posiciones, sino que se masacraba a los caídos y los soldados llevaban en sus manos derechas cabezas en lugar de espadas. Graco les hizo dar orden de inmediato para que arrojasen las cabezas y acometeran al enemigo, y que les dijeran que su valor ya estaba lo bastante probado y que no habría ninguna duda sobre la libertad de los hombres valientes. Tras esto, la lucha se reanudó y hasta la caballería fue enviada contra el enemigo. Los númidas lanzaron un contraataque con gran impetuosidad, y la lucha llegó a ser tan feroz entre las caballerías como lo era entre las infanterías, haciendo dudoso otra vez el resultado. Los comandantes de ambos bandos lanzaron ahora un llamamiento a sus hombres: los romanos señalaban a los brucios y lucanos, tantas veces derrotados y aplastados por sus antepasados; los cartagineses mostrando desprecio hacia los esclavos romanos y los soldados sacados de las cárceles. Por fn, Graco exclamó que no habría esperanza alguna de libertad si no se derrotaba al enemigo aquel día y se le ponía en fuga.


[24,16] Estas palabras encendieron de tal manera su coraje que parecían hombres diferentes; lanzaron nuevamente el grito de guerra y se arrojaron sobre el enemigo con tal fuerza que ya no pudieron resistr su ataque. Quedaron rotas las filas cartaginesas delante de sus estandartes, luego los soldados que rodeaban los estandartes fueron puestos en desorden y, al fnal, todo su ejército cayó en una completa confusión. No tardaron en quedar derrotados sin dudas, y corrieron a su campamento con tanta prisa y pánico que ni en las puertas ni en la empalizada hubo intento alguno de resistencia. Los romanos casi les pisaban los talones y dio comienzo una nueva batalla dentro de la muralla enemiga. Aquí, los combatentes tenían menos espacio para moverse y el combate resultó aún más sangriento. Los prisioneros que había en el campamento también ayudaban a los romanos, pues tomaron unas espadas en la confusión y, formando en una sólida falange, cayeron sobre los cartagineses por la retaguardia y detuvieron su huida. De aquel gran ejército, escaparon menos de 2000 hombres, y entre estos la mayor parte fue de la caballería, que consiguió salir con su general; todos los demás fueron muertos o hechos prisioneros, capturándose treinta y ocho estandartes. De los vencedores, apenas cayeron dos mil. La totalidad del botín, con excepción de los prisioneros, se le entregó a los soldados; también se exceptuó todo el ganado que sus propietarios reclamaron en los siguientes treinta días.

En regresar al campamento, cargados con el botín, unos cuatro mil de los esclavos voluntarios que se habían mostrado remisos en el combate y que no se habían unido a la carrera contra el campamento enemigo, se apoderaron de una colina no lejos de su propio campamento, pues temían el castgo. Al día siguiente, Graco ordenó que desfilase su ejército y estos hombres fueron arrastrados por sus ofciales y entraron en el campamento después que el resto del ejército se reuniera. El procónsul otorgó el primer lugar las recompensas militares a los veteranos, de acuerdo con el valor y actos mostrados en la batalla. Luego, volviéndose hacia los esclavos voluntarios, les dijo que habría preferido elogiar a todos por igual, tanto si lo merecían como si no, antes que tener que castgar a nadie aquel día. Que lo que voy a hacer sea en benefcio, felicidad y prosperidad de la república y vuestro: Os declaro hombres libres". Tras estas palabras estalló una tormenta de aclamaciones; en un momento se abrazaban y felicitaban unos a otros, al siguiente elevaban sus manos al cielo y rezaban para que descendiesen todas las bendiciones sobre el pueblo de Roma y sobre el propio Graco. Pero Graco continuó: "Antes de igualaros con los hombres libres, no quise hacer marca que distinguiera al soldado valiente del cobarde; pero ahora que la república ha cumplido su palabra para con vosotros, no dejaré de hacer distinción entre valor y cobardía. Pediré que me traigan los nombres de aquellos que, retrayéndose del combate, se separaron luego de nosotros; cuando sean convocados ante mi les haré prestar el juramento de que, mientras están en filas y a menos que se lo impida la enfermedad, comerán y beberán siempre de pie. No os pesará este pequeño castgo cuando refexionéis en que habría sido imposible imponeros estgma más ligero por vuestra cobardía".

Dio órdenes luego para que se empacaran las tiendas y otros bagajes, y los soldados, cargando con su botín o llevándolo ante ellos, regresaron alegres a Benevento entre bromas, con los ánimos tan felices que parecían regresar de un día de festa y no de una batalla. Toda la población de Benevento salió en masa a su encuentro en las puertas; abrazaban y felicitaban a los soldados y les invitaban a partcipar de su hospitalidad. Se habían extendido mesas para ellos en los patos de las casas; los ciudadanos invitaban a los hombres y solicitaron a Graco que permitese a sus tropas disfrutar de una festa. Graco consintó, a condición de que todo el banquete fuese a la vista del público, cada ciudadano llevó su parte y colocaron sus meses frente a sus puertas. Los voluntarios, que ahora ya no eran más esclavos, llevaron durante la festa píleos [los gorros o sombreros que llevaban los hombres libres y que daban a los esclavos al manumitirlos.-N. del T.] o bandas de lana blanca alrededor de la cabeza; unos reclinados y otros de pie, comiendo al tiempo que servían a los otros. Graco pensó que valía la pena conmemorar la escena y, a su regreso a Roma, ordenó que se pintase en el templo de la Libertad, que había construido y dedicado su padre en el Aventino con el producto de las multas, una representación de aquel día.

[24.17] Durante el transcurso de aquellos sucesos en Benevento, Aníbal, tras devastar el territorio napolitano, llevó su campamento a Nola. Tan pronto el cónsul fue alertado de su llegada, envió a buscar a Pomponio, el propretor, para que se le uniese con el ejército que estaba acampado sobre Arienzo, y se dispuso a enfrentarse al enemigo sin demora. Envió a Cayo Claudio Nerón con lo mejor de la caballería a través de la puerta del campamento que estaba más alejada del enemigo, en medio de la noche, con instrucciones de cabalgar rodeando al enemigo sin ser observado, seguirlo lentamente y, cuando viera que comenzaba la batalla, lanzarse sobre su retaguardia. Nerón no pudo seguir sus órdenes, fuera porque se perdió o porque no tuviera sufciente tiempo, no se sabe. La batalla empezó en su ausencia y los romanos, sin duda, ganaron ventaja, pero al no aparecer la caballería a tiempo, los planes del comandante se torcieron. Marcelo no se atrevió a perseguir a los cartagineses que retrocedían, y ordenó tocar a retirada aunque sus soldados estaban, en realidad, venciendo. Se afrma que aquel día murieron más de dos mil enemigos, mientras que los romanos perdieron menos de cuatrocientos hombres. Nerón regreso próximo el atardecer, con sus caballos y jinetes agotados en vano y sin haber visto siquiera al enemigo. Fue reprendido severamente por el cónsul, que incluso llegó a decir que era enteramente culpa suya el no haber infigido al enemigo una derrota tan aplastante como la de Cannas. Al día siguiente, los romanos marcharon hacia el campo de batalla, pero los cartagineses permanecieron en su campamento, admitendo así tácitamente que habían sido vencidos. Al tercer día, en el silencio de la noche y perdida toda esperanza de apoderarse de Nola, cuyos intentos siempre fracasaron, parte [Aníbal.-N. del T.] hacia Tarento, donde tenía más esperanzas de apoderarse de la plaza mediante la traición.

[24.18] El Gobierno demostró tanta energía en casa como en campaña. Debido a lo vacío de las arcas, los censores fueron liberados de la tarea de contratar obras públicas y pusieron su atención en la regulación de la moral pública y el castgo de los vicios que se originaban durante la guerra, igual que las naturalezas debilitadas por una larga enfermedad desarrollan naturalmente otros males. Empezaron por convocar ante ellos a aquellos de los que se informó que habían concebido planes para abandonar la república tras la derrota de Cannas; el principal implicado, Marco Cecilio Metelo, resultó ser cuestor por aquel entonces [otras ediciones dicen "censor", pero el texto latino emplea claramente el término "quaestor".-N. del T.]. Él y el resto de los involucrados en la acusación fueron llevados a juicio y, al no ser capaces de aclarar su conducta, los censores les declararon culpables de haber hablado contra la república, tanto privada como públicamente, para lograr que se formase una conspiración para abandonar Italia. Además de estos, fueron convocados aquellos que habían resultado demasiado ingeniosos al interpretar su exoneración de un juramento: los prisioneros que pensaban que, al haber regresado furtivamente, tras haber salido, al campamento de Aníbal, quedaban liberados del juramento que habían hecho de volver allí. En su caso, y en el de los antes mencionados, todos los que poseían caballos del Estado fueron privados de ellos, y a todos se les borró de sus tribus y se les convirtó en erarios [se convertan en simples contribuyentes y se les aminoraba el valor de sus fortunas.-N. del T.] . No se limitó la atención de los censores al Senado o al orden ecuestre, sacaron de los archivos de las centurias de jóvenes los nombres de todos aquellos que no habían prestado servicio durante cuatro años, a menos que estuviesen formalmente exentos o incapacitados por enfermedad, fueron borrados de las tribus los nombres de más de dos mil hombres y convertidos también en erarios. Este drástco proceder de los censores fue seguido por severas medidas por parte del Senado. Este aprobó una resolución por la que todos aquellos a quienes hubiesen degradado los censores debían servir como soldados de infantería y ser enviados con los restos del ejército de Cannas a Sicilia. Esta clase de soldados sólo terminaría su servicio cuando el enemigo hubiera sido expulsado de Italia.

Como los censores estaban entonces absteniéndose, por el vacío del Tesoro, de efectuar contrato alguno para la reparación de los edificios sagrados, para suministrar caballos a los carros y otros asuntos por el estilo, eran frecuentados por aquellos que habían solido licitar aquellos contratos y que les urgían para concluir todos sus negocios y frmar los contratos igual que si hubiese fondos en la tesorería. Nadie, decían, reclamaría el dinero del Tesoro hasta que la guerra hubiera terminado. Vinieron después los dueños de los esclavos a los que Tiberio Sempronio había manumitido en Benevento. Declararon que habían tenido conocimiento por los triunviros de que iban a recibir el valor de sus esclavos, pero que no lo aceptarían hasta que hubiese terminado la guerra. Mientras los plebeyos demostraban así su disposición a enfrentarse con las difcultades de un erario público vacío, empezaron a ser depositados los patrimonios de los huérfanos, primero, y luego el de las viudas y solteras; todo ellos pensando que en ningún otro lugar estaría más seguro ni más escrupulosamente custodiado que bajo la garantía del Estado. Cuanto se compraba o suministraba a los huérfanos o viudas, era autorizado por el cuestor. Este espíritu de generosidad por parte de los ciudadanos particulares se extendió desde la ciudad a los campamentos, de modo que ni un soldado a caballo, ni un solo centurión aceptó su paga; el que lo hizo mereció el epíteto infamante de "mercenario" [recordemos que aquel ejército romano, todavía, estaba compuesto por ciudadanos que pagaban su equipamiento y manutención. Las cantidades y botín que recibían eran más a modo de compensación por su abandono de negocios o propiedades que un salario propiamente dicho.-N. del T.].

[24,19] Se ha mencionado antes que el cónsul, Quinto Fabio, estaba acampado cerca de Casilino, que estaba guarnecida por una fuerza compuesta de dos mil campanos y setecientos de las tropas de Aníbal. Gneo Magio Atelano, que era el medix tutcus [ver Libro 23,35.-N. del T.] de aquel año, encargó a Estacio Mecio que tomase el mando; había armado indiscriminadamente a pueblo y esclavos para atacar el campamento romano mientras el cónsul estaba ocupado con el asalto a la ciudad. Fabio era perfectamente consciente de cuanto ocurría, y le envió un mensaje a su colega, en Nola, diciéndole que se precisaría de un segundo ejército para contener a los campanos mientras él daba el asalto; fuera que viniese él mismo y dejase una fuerza sufciente en Nola o, si aún había peligro de que Aníbal se apoderase de la ciudad y se requería su presencia, podría llamar a Tiberio Graco desde Benevento. Al recibir este mensaje, Marcelo dejó dos mil hombres para proteger Nola y vino con el resto de su ejército a Casilino. Su llegada puso fin a cualquier movimiento por parte de los campanos, y Casilino quedó entonces sitada por ambos cónsules. Muchos de los soldados romanos resultaban heridos al aventurarse demasiado cerca de las murallas y las operaciones no tenían ningún éxito. Fabio pensaba que la empresa, que era de poca importancia aunque tan difcil como otras más grandes, debía ser abandonada y que debían marchar donde les esperaban asuntos más graves. Marcelo insistó en que si bien había muchos asuntos de los que no debía encargarse un gran general, una vez asumidos no debían darse de lado, por la gran infuencia que tendría aquel comportamiento sobre la opinión pública. Logró impedir que se abandonase el asedio y empezó ahora el asalto con más empeño; cuando llevaron contra las murallas los manteletes, máquinas de asedio y artillería de toda clase, los campanos pidieron a Fabio que les concediera un salvoconducto hasta Capua. Después que unos pocos hubieran salido fuera de la ciudad, Marcelo ocupó la puerta por la que estaban saliendo y dio comienzo a una masacre indiscriminada, primero entre los más próximos a la puerta y luego, después que las tropas hubieran irrumpido, en la propia ciudad. Unos cincuenta campanos habían pasado ya y huyeron hacia Fabio, bajo cuya protección llegaron a Capua. Entre estos parlamentos y el retraso ocasionado por los que pedían protección, los sitadores vieron su oportunidad y Casilino fue tomada. A los campanos y a las tropas de Aníbal que fueron hechos prisioneros, se les envió a Roma y se les encarceló; la masa de la población se distribuyó entre las poblaciones vecinas para que los mantuviesen bajo custodia.

[24,20] Justo cuando los cónsules se retraban de Casilino tras su victoria, Graco envió algunas cohortes, que había alistado en Lucania bajo el mando de un ofcial aliado, en una expedición de saqueo a territorio enemigo. Estando dispersos en todas direcciones, Hanón los atacó y les infigió pérdidas tan grandes como las que él sufrió en Benevento, tras de lo cual se retró rápidamente al Brucio para que Graco no le pudiera alcanzar. Marcelo volvió a Nola, Fabio entró en el Samnio para devastar el país y para recuperar, por la fuerza de las armas, las ciudades que se habían sublevado. Su mano cayó con más fuerza sobre Montesarquio [la antigua Caudium.-N. del T.]; los cultivos fueron incendiados por todas partes, el ganado y los hombres fueron llevados como botín y sus ciudades tomadas al asalto; Compulteria, Telesia, Conza della Campania [la antigua Compsa.-N. del T.], tras estas Fugífulas y Orbitanio, de los lucanos, y Blanda y Troia [la antigua Aecae.-N. del T.], de los apulios, todas fueron capturadas. En todas estas plazas fueron muertos o hechos prisioneros veintcinco mil enemigos y trescientos setenta desertores fueron capturados, a los que el cónsul envió a Roma; allí fueron azotados en el Comicio y luego arrojados desde la roca [es decir, se les azotó en el lugar donde se reunía la asamblea y se les despeñó desde la roca Tarpeya, en el Capitolio.-N. del T.] . Todos estos éxitos fueron obtenidos por Quinto Fabio en pocos días. Marcelo se vio obligado a permanecer inmóvil en Nola por culpa de una enfermedad. El pretor Quinto Fabio, también encontró el éxito; estaba en campaña en el territorio alrededor de Lucera y capturó la ciudad de Acuca, tras esto estableció un campamento permanente en Ardoneas.

Mientras que los generales romanos estaban así ocupados en otros lugares, Aníbal había llegado a Tarento, asolando y destruyendo todo completamente según avanzaba. No fue hasta que su ejército estuvo en territorio tarentino que su ejército empezó a avanzar pacífcamente; no causaron ningún daño, no abandonaban la línea de avance los forrajeadores o saqueadores, y resultaba evidente que este autocontrol por parte del general y sus hombres tenía el único fin de ganarse las simpatas de los tarentinos. Sin embargo, cuando se acercó a las murallas y no se produjo el movimiento que esperaba a la vista de su ejército, acampó a cerca de una milla [1480 metros.-N. del T.] de la ciudad. Tres días antes de su llegada, el propretor Marco Valerio, que estaba al mando de la flota en Brindisi, había enviado a Marco Livio a Tarento. Este alistó rápidamente una fuerza de jóvenes nobles y situó destacamentos donde los consideró necesarios, en las puertas y sobre las murallas; al permanecer siempre alerta, día y noche, no dio oportunidad al enemigo o a los aliados poco de far para que pudieran intentar nada por si mismos ni esperar nada de Aníbal. Después de pasar allí infructuosamente algunos días y ver que no le iban a ver ninguno de los que le visitaron en el lago Averno, ni en persona ni por medio de mensajero o carta, reconoció que le habían engañado con promesas vacías y retró su ejército. Aún se abstuvo de causar daño alguno al territorio de Tarento, aunque con aquella afectación de suavidad no había conseguido nada bueno para él. Todavía se aferraba a la esperanza de debilitar su lealtad a Roma. Cuando llegó a Salapia [entre Barletta y Foggia.-N. del T.], el verano había terminado y como el lugar parecía apropiado para los cuarteles de invierno, lo aprovisionó con grano recogido de los campos que rodeaban Metaponto y Heraclea [una comarca bastante extensa, pues, ya que ambas ciudades distaban unos 25 kilómetros entre sí.-N. del T.]. Desde este centro, se envió a númidas y moros en expediciones de saqueo a través del distrito salentino y las tierras de pastos fronteras con la Apulia; a excepción de cierta cantidad de caballos, no consiguieron mucho botín de otras clases, y distribuyeron entre los soldados unos cuatro mil animales para ser domados.

[24.21] Una guerra amenazaba en Sicilia, lo que en modo alguno podía tomarse a la ligera, pues la muerte del tirano, más que inclinarlos a cambiar de bando, les había aportado a los siracusanos unos líderes capaces y enérgicos. En consecuencia, el Senado puso al otro cónsul, Marco Marcelo, a cargo de aquella provincia. Inmediatamente después de la muerte de Jerónimo, estalló un altercado entre los soldados, en Lentini [la antigua Leontini.-N. del T.]; exigían a gritos que el asesinato del rey fuera expiado con la sangre de los conspiradores. Sin embargo, al repetrse constantemente las palabras "el restablecimiento de la libertad", tan agradables de escuchar, les hizo concebir la esperanza de que recibirían un donativo del tesoro real y que servirían en adelante a las órdenes de jefes más capaces; cuando, además, se les contó los repugnantes crímenes y pasiones aún más obscenas del tirano, sus sentimientos cambiaron tan absolutamente que permiteron que el cuerpo del rey, cuya pérdida habían lamentado, yaciera insepulto. El resto de los conspiradores se quedó atrás para asegurar el ejército, mientras que Teodoto y Sosis, montando los caballos del rey, se dirigieron a toda velocidad a Siracusa para aplastar a los partidarios del rey que aún estaban ignorantes de cuanto había sucedido. Sin embargo, los rumores, que en tales ocasiones corren más rápidos que cualquier otra cosa, llegaron a la ciudad antes que ellos, habiendo llevado también la noticia uno de los sirvientes reales. Así prevenidos, Adranodoro había dotado de fuertes guarniciones la Isla, la ciudadela, y todas las demás posiciones que resultaba preciso asegurar. Teodoto y Sosis cabalgaron a través del Hexapilon después del atardecer, cuando ya oscurecía, y mostraban el vestido manchado de sangre del rey y la diadema que había adornado su cabeza. Cabalgaron después a través de la Ticha, y convocando al pueblo a las armas por la libertad, les pidieron que se reunieran en la Acradina. Parte de la población salió corriendo a la calle, otra se quedó en sus portales y otra miraba desde las ventanas y los tejados preguntando qué pasaba. Se veían luces por todas partes y la ciudad entera estaba alborotada. Los que tenían armas se juntaron en los espacios abiertos de la ciudad; los que no tenían, arrancan los despojos de los galos e ilirios, que el pueblo romano había cedido a Hierón y que había colgado en el templo del templo de Júpiter Olímpico, y rezaron fervorosamente al dios para que les concediera su gracia y su misericordia, prestándoles aquellas armas consagradas para usarlas en defensa de los santuarios de los dioses y en defensa de su libertad. A los ciudadanos se unieron las tropas que se habían situado por las diferentes partes de la ciudad. Entre otros lugares de la Isla, Adranodoro había guarnecido fuertemente el granero público. Este lugar, rodeado por un muro de grandes bloques de piedra y fortifcado como una ciudadela, cae en poder de un destacamento de jóvenes a los que se había encargado su defensa; desde allí enviaron mensajeros a la Acradina para decirles que los graneros y el grano allí almacenado se encontraba en poder del Senado.

[24,22] Nada más hacerse de día, toda la población, armada y desarmada, se reunió en la Curia, en la Acradina. Allí, frente al templo de la Concordia que había sido levantado en aquel lugar, uno de los ciudadanos prominentes, llamado Polieno, pronunció un discurso lleno de franqueza y moderación: "Los hombres", dijo, "que han experimentado el miedo y la humillación de la esclavitud reaccionan iracundos contra un mal que conocen bien. Los desastres que conlleva la discordia civil, siracusanos, los conocíais por boca de vuestros padres más que por vuestra propia experiencia. Alabo vuestra acción al tomar las armas de inmediato, y os alabaré más aún si no las empleáis a menos que os veáis obligados a hacerlo como último recurso. Os aconsejo que mandéis embajadores en seguida a Adranodoro y que le adviertan para someterse a la autoridad del senado y del pueblo, que abra las puertas de la Isla y que rinda la fortaleza. Si él decide usurpar la soberanía de la que fue nombrado tutor, os digo que entonces habréis de mostrar todavía más determinación en recuperar de sus manos vuestras libertades que la que mostrasteis de Jerónimo".

Así pues, se enviaron embajadores. Se celebró luego una reunión del Senado. Durante el reinado de Hierón, este cuerpo había seguido actuando como consejo público, pero desde su muerte, y hasta aquel día, no había sido nunca convocado o consultado sobre ningún asunto. Adranodoro, a la llegada de los embajadores, quedó muy impresionado por la unanimidad del pueblo así como por la toma de varios puntos de la ciudad, especialmente en la Isla, la posición más fortifcada, en la que había sido traicionado y que había perdido. Pero su esposa, Damarata, una hija de Hierón, con todo el espíritu de una princesa y la ambición de una mujer, le llamó aparte de los enviados y le recordó un dicho muy citado de Dionisio el Tirano: que uno debe renunciar al poder soberano arrastrando sus pies, no montando a caballo. Era fácil para cualquiera renunciar estando en una alta posición, pero llegar y mantenerse era una ardua y difcil tarea. Ella le aconsejó que pidiera a los enviados un tiempo para consultar y que empleara ese tiempo en convocar a las tropas de Lentini; si les prometa entregarles el tesoro real, él se apoderaría de todo. Adranodoro no rechazó completamente estas femeninas sugerencias, ni tampoco las siguió de inmediato. Él pensaba que la forma más segura de hacerse con el poder consista en ceder por el momento, así que les dijo a los embajadores que llevasen de vuelta su palabra de que se sometería a la autoridad del senado y del pueblo. Al día siguiente, tan pronto como hubo luz, abrió las puertas de la Isla y entró en el foro, en el Acradina. Se acercó al altar de la Concordia, desde el que el día anterior Polieno se había dirigido al pueblo y empezó su discurso disculpándose por su retraso: "Es cierto", continuó, "que cerré las puertas, pero no porque considerase mis intereses como algo separado de los del Estado, sino porque recelé qué pasaría una vez que se desenvainasen las espadas y con la gran sed de sangre que os movía; si os contentaríais con la muerte del tirano, lo que aseguraba ampliamente vuestra libertad, o si a todo el que hubiera estado relacionado con Palacio, por familia o por posición ofcial, se le condenaría a muerte como pena por las culpas de otro. Tan pronto como vi que los que liberaban a su patria pretendían mantenerla libre y que todos buscaban el bien público, no tardé en devolver a mi patria mi persona y cuanto había sido confado a mi protección, ahora que quien me lo había encomendado había perecido por su propia locura". Luego, volviéndose a los asesinos del rey y dirigiéndose a Teodoto y a Sosis por su nombre, les dijo: "Habéis llevado a cabo una acción que será recordada; pero, creedme, vuestra fama aún está por hacerse y a menos que luchéis por la paz y la concordia os espera enfrente un peligro aún más grave: que la república perezca en su libertad".

[24.23] Con estas palabras, depositó las llaves de las puertas y del Tesoro Real a sus pies. La asamblea se disolvió aquel día y los alegres ciudadanos, acompañados por sus esposas e hijos, ofrecieron acciones de gracias en todos los templos. Al día siguiente se celebraron las elecciones para la designación de los pretores. Entre los primeros en ser elegidos estuvo Adranodoro, los demás eran en su mayoría hombres que habían partcipado en la muerte del tirano; dos resultaron elegidos en su ausencia: Sopater y Dinomenes. Estos dos, al enterarse de lo ocurrido en Siracusa, llevaron la parte del tesoro real que estaba en Lentini y lo dejaron a cargo de cuestores especialmente designados, la parte que estaba en la Isla les fue entregada también en Acradina. La parte de la muralla que separaba la Isla de la ciudad con una barrera innecesariamente fuerte, fue derribada con la con la aprobación unánime de los ciudadanos; todas las demás medidas que se adoptaron lo fueron en consonancia con la general voluntad de libertad. Tan pronto como Hipócrates y Epícides tuvieron noticia de la muerte del tirano, lo que Hipócrates había tratado de ocultar dando muerte al mensajero, viéndose abandonados por sus soldados, regresaron a Siracusa al parecerles el camino más seguro dadas las circunstancias. Para no llamar la observación o ser sospechosos de planear una contra-revolución, se acercaron a los pretores y por su mediación se les concedió audiencia en el Senado. Declararon públicamente que habían sido enviados por Aníbal con Jerónimo como a un amigo y aliado; habían obedecido las órdenes de los hombres a quienes su general Aníbal había deseado que obedecieran y ahora ansiaban volver con Aníbal. El viaje, sin embargo, no era seguro, pues había romanos en cada parte de Sicilia; solicitaron, por lo tanto, que se les diera una escolta para conducirlos a Locri, en Italia, con lo que lograrían así que Aníbal se sintera muy obligado para con ellos y con muy poca molesta para sí mismos. La petción fue concedida con mucha facilidad, ya que estaban ansiosos por ver salir a los últimos generales del rey, que no sólo eran comandantes capaces, sino también porque añoraban la guerra y eran osados. Pero Hipócrates y Epícides no ejecutaron su propósito con la pronttud que parecía necesaria. Estos jóvenes, siendo soldados ellos mismos y familiarizados con la vida cuartelera, iban entre las tropas y los desertores, que en gran parte eran marineros romanos, y aún entre la hez del populacho, difundiendo acusaciones difamatorias contra el Senado y la aristocracia, a los que acusaban de conspirar en secreto para poner bajo un artifcio a Siracusa bajo la soberanía de Roma, con la excusa de la renovación de la alianza. Después, insinuaron, la pequeña facción que eran los principales partidarios de la renovación del tratado se convertrían en los amos de la ciudad.

[24,24] Estas calumnias fueron escuchados y creídas por las multitudes que acudían a Siracusa, cuyo número aumentaba cada día y que dieron esperanza, no sólo a Epícides sino también a Adranodoro, de cambiar las tornas. Este último era advertido continuamente por su esposa de que ya era tiempo de tomar las riendas del poder mientras que la nueva y desorganizada libertad lo confundía todo, mientras que la soldadesca, paciendo sobre el donativo real, estaba dispuesta a su favor y mientras que los emisarios de Aníbal, generales competentes en el manejo de tropas, estaban dispuestos a ayudarle en su empresa. Harto al fin de su impertinencia, comunicó su propósito a Temisto, el esposo de la hija de Gelón, y pocos días después se lo reveló incautamente a Aristo, un actor trágico al que tenía la costumbre de confar secretos. Aristo era un hombre de familia y posición respetables, pues en modo alguno era su profesión una desgracia para él, ni entre los griegos aquello era algo de lo que avergonzarse. Pensó este que a su patria debía la mayor y más fuerte lealtad y pasó la información a los pretores. Tan pronto como se comprobó con pruebas concluyentes que el asunto no era una denuncia falsa, consultaron a los senadores más ancianos y por su autoridad pusieron una guardia a la puerta y mataron a Temisto y a Adranodoro conforme entraron en la Curia. Se produjo un disturbio, ante lo que parecía un crimen atroz, por aquellos que ignoraban el motivo, y los pretores, habiendo logrado por fin que se hiciera el silencio, presentaron al informante ante el Senado. El hombre les dio todos los detalles de la historia en orden. La conspiración se inició primeramente en el momento de la boda de Harmonia, la hija de Gelón, con Temisto; a algunas de las tropas auxiliares africanas e hispanas se les había indicado que asesinaran al pretor y al resto de los principales ciudadanos, se les habían prometido sus propiedades a modo de recompensa; además, una banda de mercenarios, a sueldo de Adranodoro, estaban listos para apoderarse de la Isla por segunda vez. Luego puso ante sus ojos los diversos papeles que cada uno debía jugar, así como la totalidad de la organización de la conspiración con los hombres y las armas que serían empleados. El Senado estaba absolutamente convencido de que la muerte de estos hombres estaba tan merecidamente justfcada como la de Jerónimo, pero surgió un clamor de la multitud reunida frente a la curia, que estaba dividida en sus simpatas y dudosa sobre cuanto estaba ocurriendo. Conforme empujaban adelante, con gritos amenazantes, en el vestibulo, la vista de los cuerpos de los conspiradores les horrorizó tanto que se hizo el silencio entre ellos y se unieron al resto de la población que se dirigía tranquilamente a celebrar una asamblea. Sopater fue encargado por el Senado y por sus colegas para que explicase cómo estaban las cosas.

[24.25] Este empezó por recordar la pasada vida de los conspiradores muertos, como si los juzgase, y mostró cómo todos los impíos y escandalosos crímenes que se habían cometido desde la muerte de Hierón eran obra de Adranodoro y Temisto. "¿O es era posible", preguntó, "que un muchacho como Jerónimo, que apenas estaba en su adolescencia, los hubiera cometido por propia iniciativa? Sus tutores y maestros reinaron sin impedimento porque el odio caía sobre otro; debían haber perecido antes que Jerónimo o, en todo caso, cuando lo hizo él. Sin embargo, estos hombres, merecidamente condenados a muerte, cometeron nuevos crímenes tras la muerte del tirano; al principio abiertamente, cuando Adranodoro cerró las puertas de la Isla y, declarándose heredero de la corona, se apoderó como si fuera el dueño legítimo de lo que había poseído simplemente como administrador. Luego, cuando fue abandonado por todos en la isla y quedó rodeado por todos los ciudadanos que ocupaban la Acradina, trató por medios ocultos de alcanzar el trono que no había podido conseguir mediante la violencia abierta. No se le pudo apartar de su propósito, ni por el favor que se le mostró ni por el honor que se le confrió cuando a él, que estaba conspirando contra la libertad, se le eligió pretor junto con aquellos que habían conquistado la libertad de su patria. Pero eran las esposas las auténticas responsables y las que, siendo de sangre real, habían llenado a sus maridos con tal pasión por la realeza, pues uno de ellos se había casado con la hija de Hierón y el otro con una hija de Gelón". A estas palabras correspondió un griterío que se levantó de toda la asamblea, declarando que ninguna de aquellas mujeres debían vivir, ni sobrevivir miembro alguno de la familia real. Tal es el carácter de la muchedumbre; igual son serviles esclavos que tiranos implacables. Pues, en cuanto a la libertad que es el término medio, son incapaces de construirla con moderación ni de mantenerla con sabiduría. Tampoco hay falta, por lo general, de hombres que los muevan a la ira, despertando la codicia y la desmesura y excitando los sentimientos amargos y vengativos que incitan al derramamiento de sangre y al asesinato. Fue precisamente con este ánimo con el que los pretores presentaron de inmediato una moción, que fue aprobada casi antes de ser propuesta, para que se exterminara a todo el que llevara sangre real. Los emisarios de los pretores dieron muerte a Damarata y a Harmonia, las hijas de Hierón y Gelón y esposas de Adranodoro y de Temisto.

[24,26] Heraclia era hija de Hierón y esposa de Zoipo, hombre a quien Jerónimo había enviado en una embajada ante Ptolomeo, y que había decidido permanecer en un exilio voluntario. Tan pronto ella se enteró de que los verdugos se acercaban, huyó buscando refugio en la capilla privada donde estaban los penates [los dioses del hogar.-N. del T.] acompañada por sus hijas doncellas, con los cabellos despeinados y cuanto en su aspecto pudiera mover a compasión. A esto añadió ruegos y oraciones. Imploró a los verdugos, por la memoria de su padre Hierón y de su hermano Gelón, que no permiteran que una mujer inocente como ella cayera víctima del odio que sentían por Jerónimo. "Todo lo que he ganado con su reinado es el exilio de mi marido; durante su tiempo de vida la fortuna de mis hermanas fue muy distinta de la mía, y ahora que lo han matado nuestros intereses no son los mismos. ¡Pues qué! Si los planes de Adranodoro hubieran tenido éxito, su hermana habría compartido el trono de su marido y ella habrían sido su esclava como los demás. ¿Hay alguno de vosotros que dude de que si alguien anunciase a Zoipo la muerte de Jerónimo y la recuperación de la libertad de Siracusa, no embarcaría de inmediato y regresaría a su tierra natal? ¡Cómo se falsifcaban todas las esperanzas humanas! Ahora su patria era libre y su esposa y sus hijos estaban luchando por sus vidas, ¿en qué se oponían a la libertad y a la ley? ¿Qué peligro había para nadie, si no eran más que una mujer casi viuda y sus hijas que viven como huérfanas? ¡Ah!, pero incluso no habiendo ningún peligro que temer de nosotras, somos de la odiada estirpe real. Desterradnos luego lejos de Siracusa y de Sicilia, ordenad que nos lleven a Alejandría, enviad a la esposa con su marido y a las hijas con su padre".

Ella se dio cuenta de que los oídos y los corazones estaban sordos a sus súplicas y que algunos disponían sus espadas sin más pérdida de tiempo. Entonces, no rogando ya por ella misma, les imploró para no perder a sus hijas; su corta edad debiera ser respetada incluso por un enemigo encolerizado. "No por vengaros de los tiranos", exclamó, "imitéis los crímenes por los que se hicieron tan odiados". Mientras gritaba, la arrastraron fuera de la capilla y la degollaron. Luego atacaron a las hijas, que habían quedado salpicadas con la sangre de su madre. Enloquecidas por el dolor y el terror, se lanzaron como locas fuera de la capilla y, si hubieran tenido salida hacia la calle, habrían creado un tumulto por toda la ciudad. Aún como sucedió, en el limitado espacio de la casa lograron eludir por algún tiempo a todos aquellos hombres armados sin ser heridas, y se libraron de aquellos que las agarraban, pese a tener que luchar contra tantas manos fuertes. Por fn, agotadas por las heridas, con todo el lugar cubierto por su sangre, cayeron sin vida al suelo. Su destino, digno de compasión en todo caso, lo fue aún más, pues muy poco después de haber terminado todo llegó un mensajero para prohibir sus asesinatos. El sentir popular había oscilado al lado de la misericordia, misericordia que pronto dio paso a la cólera contra sí mismos, pues se habían apresurado tanto en castgar que no habían dado tiempo al arrepentimiento ni a que se calmasen sus pasiones. Agrias protestas se oyeron por todas partes en contra de los pretores, y el pueblo insistó en celebrar una elección para cubrir los puestos de Adranodoro y Temisto, un procedimiento en modo alguna del agrado de los otros pretores.

[24.27] Cuando llegó el día fjado para la elección, para sorpresa de todos, un hombre desde la parte de atrás de la multitud propuso a Epícides y luego otro nominó a Hipócrates. Las voces de apoyo eran cada vez más numerosas y, evidentemente, ganaban la aprobación del pueblo. De hecho, la asamblea estaba muy concurrida, no solo por ciudadanos sino también por una multitud de soldados presentes, que se mezclaban con una gran proporción de desertores, deseosos de alborotar todo. Los pretores fngieron en un primer momento no escuchar y trató de retrasar el procedimiento; por fn, impotentes ante una asamblea unánime y temiendo un brote sedicioso, les declararon pretores electos. No revelaron sus planes inmediatamente después de ser elegidos, aunque estaban extremadamente molestos porque se hubieran enviado embajadores a Apio Claudio para disponer una tregua de diez días, y porque se hubieran enviado otros, tras aquellos, para discutr sobre la renovación del antiguo tratado. Los romanos tenían en aquel momento una flota de cien barcos en Murganta [al sudoeste de la llanura de Catania.-N. del T.], esperando el resultado de los disturbios que la masacre de la familia real había provocado en Siracusa y el efecto sobre el pueblo de su nueva y no probada libertad. Durante ese tiempo, los embajadores de Siracusa había sido remitidos por Apio a Marcelo a su llegada a Sicilia, y Marcelo, tras escuchar los términos de la propuesta de paz, pensó que el asunto podría arreglarse y, por consiguiente, envió embajadores a Siracusa para discutr públicamente con los pretores la cuestón de la renovación del tratado. Pero ahora ya no quedaba nada de aquel estado de calma y tranquilidad en la ciudad. Tan pronto como llegaron noticias de que una flota cartaginesa estaba a la altura del cabo Passero [antiguo Pachyno.-N. del T.], Hipócrates y Epícides, desechando todo temor, fueron primero entre los mercenarios y luego entre los desertores manifestando que Siracusa estaba siendo entregada a los romanos. Cuando Apio llevó sus barcos a fondear en la bocana del puerto, con la esperanza de aumentar la confanza de aquellos que pertenecían al otro bando, aquellas insinuaciones infundadas recibieron la apariencia de una evidente confrmación, y a la primera visión de la flota el pueblo bajó corriendo al puerto, en una estado de gran excitación, para impedirles cualquier intento de desembarcar.

[24,28] Como las cosas estaban tan perturbadas, se decidió celebrar una asamblea. En esta se expresaron las opiniones más divergentes, y las cosas parecían estar llegando al punto del estallido de una guerra civil, cuando uno de los más notables ciudadanos, Apolónides, se levantó y efectuó lo que, bajo aquellas circunstancias, resultó ser un sabio y patriótco discurso. "Ninguna ciudad", dijo, "ha tenido tan brillante perspectiva de seguridad permanente ni más posibilidades de quedar completamente arruinada de las que tenemos en este momento. Si todos nos ponemos de acuerdo en nuestra política, ya sea del lado de Roma o del lado de Cartago, ningún Estado será más próspero ni de más feliz condición; si seguimos caminos distintos, la guerra entre cartagineses y romanos no será más amarga que otra entre los mismos siracusanos, encerrados como están entre las mismas murallas, cada bando con su propio ejército, sus propios pertrechos de guerra y su propio general. Por tanto, debemos hacer todo lo posible para garantzar la unanimidad. Qué alianza sea la más ventajosa para nosotros es cuestón de menor importancia, y muy poco depende de ello, pero aún así pienso que debemos guiarnos por la autoridad de Hierón al elegir a nuestros aliados y no por la de Jerónimo; en cualquier caso, deberíamos preferir una acreditada amistad de cincuenta años a otra de la que nada sabemos y que ya una vez encontramos indigna de confanza. También hay otra grave consideración: podemos declinar llegar a un acuerdo con los cartagineses sin miedo a hostlidades inminentes por su parte, pero con lo romanos se trata de una cuestón de paz o de inmediata declaración de guerra". La falta de ambición personal y de espíritu partdista de este discurso le dio el mayor peso y se convocó de inmediato un consejo de guerra, en él los pretores y un selecto número de senadores se unieron a los ofciales y jefes de los auxiliares. Hubo frecuentes y acaloradas discusiones pero, al fnal, ya que no parecía haber motivos para hacer una guerra contra Roma, se decidió concluir una paz y enviar una embajada para obtener la ratificación.

[24,29] Pasaron pocos días antes de que llegase una embajada de Lentini pidiendo una fuerza que protegiera su territorio. Esta petción pareció ofrecer una oportunidad favorable para aliviar a la ciudad de cierto número de personajes indisciplinados y desordenados y deshacerse de sus líderes. Hipócrates recibió órdenes para marchar con los desertores hasta Lentini, con estos y un gran grupo de mercenarios reunió una fuerza de cuatro mil hombres. La expedición fue bienvenida tanto por los enviados como por los remitentes: los primeros vieron la oportunidad, largamente esperada, de llevar a cabo una revolución; los últimos agradecieron que se limpiara la escoria de la ciudad. Resultó, sin embargo, sólo un alivio temporal de la enfermedad, que después se agravó todavía más pues Hipócrates comenzó a devastar el territorio adyacente a la provincia romana; al principio mediante incursiones furtivas y después, cuando Apio hubo enviado un destacamento para proteger los campos de los aliados de Roma, lanzó un ataque con todas sus fuerzas sobre uno de los puestos avanzados y le infigió grandes pérdidas. Al ser informado Marcelo de esto, envió inmediatamente embajadores a Siracusa para comunicar que la paz que había garantzado estaba rota, y que nunca faltaría ocasión para la guerra a menos que se destierrase lejos a Hipócrates y Epícides, no ya de Siracusa, sino de Sicilia. Epícides temía que, si se quedaba, se le hallaría responsable de las fechorías de su hermano ausente y también que no podría hacer su parte en fomentar la guerra; así pues, se marchó a Lentini y, viendo allí al pueblo bastante airado contra Roma, trato de ponerlos en contra también de los siracusanos. "Los siracusanos," les dijo, "han concluido una paz con Roma, a condición de que todos los pueblos que estaban sometidos a sus reyes permanecieran bajo su gobierno; no se contentan con liberarse ellos mismos, a menos que puedan gobernar y tranizar a otros. Debéis hacerles entender que los lentineses también consideran justo que ellos sean libres, y esto por dos motivos: uno es que fue en territorio lentinés donde cayó el tirano y que fue en Lentini donde el grito por la libertad se lanzó en primer lugar, y desde Lentini acudió el pueblo hasta Siracusa, tras abandonar a los jefes realistas. Que dicha disposición del tratado quede fuera o, si se insiste en él, que no se acepte el tratado". No tuvieron ninguna difcultad en convencer al pueblo, y cuando los enviados siracusanos presentaron su protesta por la masacre del puesto avanzado romano y exigieron que Hipócrates y Epícides marchasen a Locri o a cualquier otro lugar de su elección, siempre que abandonasen Sicilia, recibieron la desafante réplica de que los lentineses no habían dado mandato alguno a los siracusanos para frmar un tratado con Roma, ni estaban obligados por los pactos que otro pueblo hiciera. Los siracusanos informaron de esto a los romanos y les dijeron que los lentineses no estaban bajo su control; "en este caso", añadieron, "los romanos pueden hacerles la guerra sin infringir su tratado con nosotros, y nosotros no quedaremos al margen de tal guerra si queda claramente entendido que cuando queden sometidos volverán a formar parte de nuestros dominios, de acuerdo con los términos del tratado".

[24,30] Marcelo avanzó con todas sus fuerzas contra Lentini y convocó a Apio para que atacase por el lado opuesto. Los hombres estaban tan furiosos por la matanza del puesto avanzado que tomaron la plaza al primer asalto mientras estaban, de hecho, llevándose a cabo negociaciones. Cuando Hipócrates y Epícides vieron que el enemigo se apoderaba de las murallas e rompía las puertas, se retraron con un pequeño grupo de seguidores a la ciudadela, y durante la noche escaparon en secreto a Herbeso [la antigua Herbesus puede que estuviera próxima a Mégara.-N. del T.]. Los siracusanos ya habían enviado un ejército de ocho mil hombres, y al llegar al río San Juliano [antiguo río Mylas.-N. del T.] se encontraron con las noticias de que la ciudad había sido capturada. El resto del mensaje era, en su mayoría, falso: su informante les dijo que se había producido una masacre indiscriminada de soldados y civiles, y creía que ni un joven había quedado con vida; la ciudad había sido saqueada y entregadas a las tropas las propiedades de los ciudadanos ricos. Al recibir esta impactante información, el ejército se detuvo; había gran excitación en todos los rangos y los generales, Sosis y Dinomenes, se consultaron sobre qué hacer. Lo que daba una cierta verosimilitud a la historia, y daba aparentes motivos de alarma, era el apaleamiento y decapitación de dos mil desertores; pero, por lo demás, ninguno de los lentineses

o de las tropas regulares habían sido heridos tras la toma de la ciudad y la propiedad de cada hombre le fue devuelta, más allá de lo que resultase destruido en el primer asalto. No se pudo convencer a los hombres para que siguieran su marcha hacia Lentini, aunque protestaban airadamente diciendo que sus camaradas habían sido llevados a una masacre, ni consentan seguir donde estaban hasta tener noticias más precisas. Vieron los pretores que estaban dispuestos a amotinarse, pero no creyeron que durase la excitación si se quitaba de en medio a quienes les guiaban en su locura. Llevaron el ejército hasta Mégara y cabalgaron con un pequeño cuerpo de caballería hasta Herbeso, esperando que el pánico general asegurase la traición del lugar. Como fallara este intento, decidieron recurrir a la fuerza y al día siguiente marcharon desde Mégara con intención de atacar Herbeso con todas sus fuerzas. Ahora que toda esperanza había sido cortada, Hipócrates y Epícides pensaron que su única opción, y a primera vista una no demasiado segura, era entregarse a los soldados, que les conocían bien y que estaban muy enojados con la historia de la masacre. Así que fueron al encuentro del ejército. Dio la casualidad que las primeras filas estaban compuestas por un grupo de seiscientos cretenses, que habían servido bajo aquellos mismos hombres en el ejército de Jerónimo y habían experimentado la amabilidad de Aníbal al haber sido hechos prisioneros con otras tropas auxiliares en el Trasimeno y luego liberados. Cuando Hipócrates y Epícides les reconocieron por sus estandartes y el modo en que llevaban las armas, agarraron ramas de olivo y otros signos de los suplicantes y les rogaron que les recibieran y protegieran, y que no les entregasen a los siracusanos, quienes les entregarían a los romanos para que les ejecutaran.

[24.31] "Tened alta la moral", les respondieron, "compartremos vuestra suerte". Durante este diálogo, los estandartes se habían detenido y todo el ejército con ellos, pero los generales aún no se habían enterado del motivo de la demora. Tan pronto como se extendió el rumor de que Hipócrates y Epícides estaban allí y demostrando con gritos de alegría todo el ejército, sin lugar a dudas, cuán contentos estaban por su llegada, los pretores cabalgaron hasta el frente y preguntaron con firmeza: "¿Qué signifca este comportamiento? ¡¿Qué audacia es ésta por parte de los cretenses, que se atreven a mantener con un enemigo y lo admiten en sus filas en contra de las órdenes?!" Ordenaron que Hipócrates fuera detenido y encadenado. Ante esta orden, los cretenses presentaron tan enconadas protestasen, y luego los demás, que los pretores vieron que si iban más allá sus vidas estarían en peligro. Preocupados e inquietos, impartieron órdenes para regresar a Mégara, y enviaron mensajeros a Siracusa para informar sobre cuál era su situación. Sobre hombres dispuestos a sospechar de cualquiera practcó Hipócrates un nuevo engaño. Envió a algunos de los cretenses para que se situaran cerrando los caminos y lee una carta que él mismo había escrito, dado como si la hubieran interceptado. "Los pretores de Siracusa al cónsul Marcelo,", rezaba el remitente, y a continuación del saludo habitual venía a decir: "Has actuado justamente y apropiadamente al no perdonar a un solo lentinés, pues todos los mercenarios están haciendo causa común y Siracusa nunca estará en paz mientras existan fuerzas extranjeras en la ciudad o en nuestro ejército. Haz por lo tanto todo lo que puedas para apoderarte de los que están en el campamento, con nuestros pretores, en Mégara, y que mediante su castgo se asegure por fin la libertad de Siracusa". Tras la lectura de esta carta, corrieron todos a las armas y se lanzaron tan iracundos gritos que los pretores, horrorizados por el tumulto, huyeron al galope hacia Siracusa. Ni siquiera su huida calmó el disturbio, y los soldados siracusanos fueron atacados por los mercenarios; ni un solo hombre habría escapado a su violencia de no haber contenido su ira Epícides e Hipócrates, no por algún sentimiento de piedad o humanidad, sino por miedo a terminar con cualquier esperanza de regreso. Además, protegiendo así a los soldados, les tendrían tanto como feles seguidores como por rehenes, ganando a sus parientes y amigos, en primer lugar por tan gran favor y después al mantenerlo como garantía de lealtad. Habiendo aprendido por experiencia lo fácil que es excitar a la liviana multitud, tomaron a uno de los hombres que habían estado en Lentini cuando la capturaron y lo sobornaron para que llevase a Siracusa informaciones similares a las que habían mandado al San Juliano, y que levantasen las iras del pueblo dando fe personalmente de la veracidad de su historia y acallando cualquier duda al declarar que había sido testgo ocular de lo que contaba.

[24.32] Este hombre no sólo consiguió la credulidad del pueblo, sino que, de hecho, también lo hizo entre el Senado cuando fue llevado a la Curia. Algunos de los presentes, que no carecían en absoluto de sentido común, afrmaron abiertamente que era una muy buena cosa el que los romanos hubieran mostrado su rapacidad y crueldad en Lentini pues, de haber entrado en Siracusa, se habrían comportado de igual modo, o aún peor, pues había allí más para alimentar su codicia. Fue opinión unánime que se debían cerrar las puertas y poner la ciudad en estado de defensivo, pero no eran unánimes en sus temores y odios. Todos los soldados y gran parte de la población detestaban a los romanos; los pretores y unos cuantos aristócratas ansiaban evitar un peligro más apremiante, aunque ellos también estaban excitados por la falsa información. Pues ya Hipócrates y Epícides estaban en el Hexápilo y mantenían conversaciones, por medio de los familiares de los soldados siracusanos, para que abriesen las puertas y dejasen que su patria común fuera defendida de cualquier ataque romano. Una de las puertas del Hexápilo ya había sido forzada y empezaban a entrar las tropas, cuando entraron en escena los pretores. Emplearon al principio órdenes y amenazas, luego su autoridad personal y, fnalmente, viendo inútiles todos sus esfuerzos, recurrieron a los ruegos, sin cuidar de su dignidad, e imploraron a los ciudadanos que no entregaran su patria a hombres que ya antes bailaron al son de un tirano y que estaban ahora corrompiendo al ejército. Pero los oídos del pueblo enloquecido eran sordos a sus petciones y golpeaban las puertas, tanto desde dentro como desde fuera. Después que las hubieron abierto todas, el ejército entero ocupó toda la longitud del Hexápilo. Los pretores y los ciudadanos más jóvenes se refugiaron en la Acradina. El número de los enemigos se acrecentó con los mercenarios, los desertores y todos los guardias del difunto rey que quedaban en Siracusa, con el resultado de que la Acradina fue capturada al primer asalto y todos los pretores que no lograron escapar en la confusión fueron ejecutados. La noche puso fin a la masacre. Al día siguiente, los esclavos fueron llamados para recibir el píleo de la libertad y cuantos estaban en prisión fueron liberados. Esta abigarrada multitud eligió a Hipócrates y Epícides como pretores, y Siracusa, tras su efmero destello de libertad, cayó de nuevo en su vieja atadura.

[24.33] Cuando los romanos recibieron la información de lo que estaba pasando, levantaron de inmediato su campamento en Lentini y marcharon hacia Siracusa. Apio había enviado algunos embajadores para que pasaran a través del puerto a bordo de un quinquerreme, un cuatrirreme que había zarpado antes fue capturado y los embajadores escaparon con mucha difcultad. Se hizo pronto evidente que ya no solo no se respetaban las leyes de tiempo de paz, sino incluso tampoco las de la guerra. El ejército romano había acampado en el Olimpo (un templo de Júpiter), como a una milla y media de la ciudad [2220 metros.-N. del T.]. Se decidió enviar nuevamente embajadores desde allí; Hipócrates y Epícides se encontraron con ellos, acompañados por los suyos, fuera de las puertas, para impedir que entrasen a la ciudad. El portavoz de los romanos les dijo que no llevaban la guerra a los siracusanos, sino ayuda y auxilio, tanto para los que estaban intimidados por el terror como para aquellos que soportaban una servidumbre peor que la del exilio, pero aún que la propia muerte. "Los romanos", dijo, "no permitrán que la infame masacre de sus aliados quede sin venganza. Por lo tanto, si aquellos que han buscado refugio con nosotros son libres de regresar a sus casas sin ser molestados, si los cabecillas de la masacre son entregados y si se permite que Siracusa vuelta a disfrutar de su libertad y sus leyes, no habrá necesidad de armas; pero si no se llevan a efecto estas cosas, visitaremos con todos los horrores de la guerra a quienes, sean quienes sean, se interpongan en el camino de la satsfacción de nuestras demandas". A todo esto respondió Epícides: "Si fuésemos nosotros las personas a quienes se dirigen vuestras demandas, las habríamos respondido; cuando el gobierno de Siracusa esté en las manos de aquellos a quienes se os ha enviado, podéis volver de nuevo. Si nos provocáis a la guerra aprenderéis por experiencia que atacar Siracusa no es exactamente lo mismo que atacar Lentini". Con estas palabras, dejó a los embajadores y cerraron las puertas. Entonces se lanzó un ataque simultáneo por mar y tierra contra Siracusa. El ataque terrestre se dirigió contra el Hexápilo; el marítimo lo fue contra la Acradina, cuyas murallas estaban bañadas por las olas. Como habían tomado Lentini al primer asalto a causa del terror que habían provocado, los romanos estaban confados en que hallarían algún punto donde pudieran penetrar a lo ancho de la ciudad y dispersarse, así que llevaron toda su artillería de sito contra los muros.

[24.34] El asalto comenzó con tanta fuerza que sin duda habría tenido éxito de no haber vivido por entonces en Siracusa cierto hombre. Este hombre era Arquímedes, observador sin igual del cielo y las estrellas, pero aún más asombroso como inventor y creador de máquinas militares e ingenios mediante los cuales, con muy poco trabajo, era capaz de confundir los más laboriosos esfuerzos del enemigo. La muralla de la ciudad pasaba por encima de colinas de alttud variable, en su mayor parte alta y de difcil acceso, pero en algunos lugares baja y permitendo la aproximación desde el nivel de los valles. Esta muralla había sido provista de artillería de toda clase, de acuerdo con las necesidades de las diferentes posiciones. Marcelo, con sesenta quinquerremes, atacó la muralla de la Acradina, que como ya dijimos está bañada por el mar. En algunos barcos iban arqueros, honderos, e incluso infantería ligera, cuyos proyectiles resultan incómodos de devolver para quienes no son expertos en su manejo, por lo que no permitan que nadie permaneciese en las murallas sin resultar herido. Como necesitaban espacio para disparar sus proyectiles, mantenían sus barcos a cierta distancia de los muros. Las demás quinquerremes habían sido unidas a pares, retrando los remos de las bandas interiores para permitr unirlas; se impulsaban como un solo buque mediante las bandas externas de remos y, así unidas, llevaban torres cubiertas y otra maquinaria para batr las murallas.

Para hacer frente a este ataque naval, Arquímedes colocó en las empalizadas ingenios de diversos tamaños. Bombardeaba los barcos más distantes con piedras enormes y los más cercanos con otras más ligeras y, por tanto, más numerosas; fnalmente, atravesó toda la altura de las murallas con aspilleras de un codo de ancho [1 codo romano: 0,4436 metros.-N. del T.] por las que sus hombres podían descargar sus proyectiles sin exponerse ellos mismos. A través de estas aberturas apuntaban contra el enemigo sus fechas y pequeños "escorpiones" [a modo de ballestas con soporte de tierra que permitan lanzar dardos a gran distancia.-N. del T.]. Algunos de los barcos que se aproximaron más, para estar por debajo del tro de la artillería, fueron atacados del modo siguiente: Colgó gran viga oscilando sobre un pivote proyectado fuera de la muralla, con una fuerte cadena que colgando del extremo tenía sujeto un gancho de hierro. Este se descendía sobre la proa de un barco y se ponía un gran peso de plomo sobre el otro extremo de la viga, hasta que tocaba el suelo y levantaba la proa del buque al aire y hacía que este descansara sobre la popa. Luego quitaba el contrapeso, la proa caía repentinamente al agua como si estuviera sobre la muralla, para gran consternación de los marineros; el choque era tan grande que aunque cayera nivelada embarcaba gran cantidad de agua. De esta manera se frustró el asalto naval y todas las esperanzas de los sitadores se basaron ahora en un ataque por el lado de terra, lanzado con todas sus fuerzas. Pero también aquí había dedicado Hierón, durante muchos años, dinero y trabajos para cubrir todo con máquinas de guerra de toda clase, guiados y dirigidos por la inmensa habilidad de Arquímedes. La naturaleza del terreno también ayudaba a la defensa. La roca sobre la que se basaban los cimientos de la muralla era en su mayor parte tan empinada que no solo las piedras lanzadas por máquinas, sino aún las arrojadas a mano caían por su propio peso con terribles efectos sobre el enemigo. Esta misma causa hacía difcil toda aproximación a pie y precario el avance. Así pues, se celebró un consejo de guerra y se decidió, pues todos sus intentos habían quedado frustrados, desistr de las operaciones activas y limitarse a un simple bloqueo, cortando todos los suministros del enemigo por mar y por terra.

[24,35] Marcelo continuó, mientras tanto, con alrededor de un tercio de su ejército recuperando las ciudades que en la alteración general se habían pasado a los cartagineses. Eloro [la antigua Helorum, al sur de Siracusa.-N. del T.] y Herbeso se rindieron de inmediato, Mégara se tomó al asalto, saqueada y después completamente destruida para aterrorizar al resto, especialmente a Siracusa. Himilcón, que había estado durante un tiempo considerable con su flota a la vista desde el cabo Passero, desembarcó en la Heraclea llamada Minoa [al pie del actual Cabo Blanco.-N. del T.] veintcinco mil infantes, tres mil de caballería y doce elefantes. Estas fuerzas eran muy distintas en número a las que había mantenido antes su flota a la vista del cabo Passero. Pero, en cuanto se enteró de la captura de Siracusa por Hipócrates, regresó a Cartago y allí contó con el apoyo de los enviados del mismo Hipócrates y de una carta de Aníbal en la que decía que había llegado el momento de recuperar Sicilia del modo más glorioso; y él en persona, con el peso de su propia presencia, no tuvo difcultad alguna para convencer al gobierno de que enviase a Sicilia tantas fuerzas como pudieran de infantería y caballería. Inmediatamente después de su llegada tomó Heraclea, y Agrigento unos días más tarde. Otras ciudades que se habían puesto del lado de Cartago tenían tantas esperanzas de expulsar a los romanos de Sicilia que hasta empezaron a levantarse los ánimos de los bloqueados siracusanos. Sus generales consideraban que una parte de su ejército sería sufciente para la defensa de la ciudad, dividieron por lo tanto sus fuerzas; Epícides supervisaría la defensa de la ciudad mientras que Hipócrates conduciría la campaña contra el cónsul romano junto a Himilcón. Hipócrates salió de la ciudad por la noche con diez mil infantes y quinientos jinetes, a través de una parte desprotegida de las líneas romanas, y seleccionó un lugar para su campamento cerca de la ciudad de Chiaramonte Gulf [la antigua Acrillae.-N. del T.]. Marcelo cayó sobre ellos mientras aún estaban fortifcándose. Había ido a marchas forzadas hasta Agrigento con la esperanza de llegar antes que el enemigo, pero al encontrarla ya ocupada, volvió a su posición ante Siracusa, esperando al menos encontrar una fuerza siracusana en aquel momento y lugar. Sabiendo que no era rival, con las tropas que tenía, para Himilcón y sus cartagineses, había avanzado con la mayor precaución, observando atentamente y protegiéndose contra cualquier sorpresa.

[24.36] Mientras estaban en este estado de alerta cayó sobre Hipócrates, de manera que los preparativos que había hecho para enfrentarse a los cartagineses le sirvieron para tener una buena posición contra los siracusanos. Él los tomó por sorpresa mientras montaban su campamento, dispersos, desordenados y en su mayoría desarmados. La totalidad de la infantería fue masacrada, la caballería ofreció una ligera resistencia y escapó junto a Hipócrates hacia Acre [la antigua Acrae.-N. del T.]. Aquella batalla contuvo a los siracusanos en su revuelta contra Roma y Marcelo volvió ante Siracusa. Unos días más tarde, Himilcón, al que se había unido Hipócrates, fjó su campamento junto al río Anapo, a unas ocho millas de Siracusa [11840 metros.-N. del T.]. Una flota cartaginesa de cincuenta y cinco barcos de guerra entró casi al mismo tiempo al gran puerto de Siracusa desde alta mar; también una flota romana, con treinta quinquerremes, desembarcó a la primera legión en Palermo [la antigua Panormo.-N. del T.]. Parecía como si la guerra se hubiera desviado completamente de Italia, tan absolutamente fjaron ambos pueblos su atención en Sicilia. Himilcón confaba plenamente en que la legión que había desembarcado en Palermo caería en sus manos al marchar a Siracusa, pero quedó decepcionado cuando no tomaron la ruta que él esperaba. Mientras marchaba hacia el interior, la legión procedió a lo largo de la costa, acompañada por la flota, y se unió a Apio Claudio, que había venido a encontrarse con ellos con una parte de sus fuerzas. Ahora los cartagineses desesperaron de aliviar Siracusa y la abandonaron a su suerte. Bomílcar no senta la sufciente confanza en su flota, al tener los romanos una que doblaba su número, y como vio que permaneciendo inactivo solo iba a agravar la escasez que prevalecía entre sus aliados, se hizo a la mar y puso rumbo a África. Himilcón había seguido la pista de Marcelo hacia Siracusa, esperando una oportunidad para combatir antes de que se le unieran fuerzas superiores; como no se le presentó ninguna oportunidad de hacerlo y vio que el enemigo poseía grandes fuerzas y seguridad dentro de sus líneas alrededor de Siracusa, se marchó sin preocuparse de perder el tiempo sitando para nada y contemplando el asedio de sus aliados. Deseaba también estar libre para marchar donde hubiera cualquier esperanza de deserción de Roma y donde su presencia animase a aquellos que simpatzaran con Cartago. Comenzó capturando Murganta, donde el pueblo traicionó a la guarnición romana, y donde se había almacenado gran cantidad de grano y suministros de toda clase para uso de los romanos.

[24,37] Otras ciudades se armaron de valor a partir de este ejemplo de deserción y las guarniciones romanas fueron expulsadas de sus ciudadelas o vencidas a traición y exterminadas. Enna [la antigua Henna.-N. del T.], situado en una posición elevada y rodeada por todos los lados de precipicios, era naturalmente inexpugnable y poseía una fuerte guarnición romana y un prefecto al que no resultaba adecuado que se acercasen los traidores. Lucio Pinario era un soldado severo que confaba más en su propia vigilancia y prevención que en la fidelidad de los sicilianos. Las numerosas traiciones y deserciones que llegaron a sus oídos y la masacre de las guarniciones romanas le hicieron aún más cauto a la hora de tomar todas las precauciones posibles. Así que, tanto durante el día como durante la noche, tenía todo dispuesto, cada posición ocupada por guardias y centinelas, con los soldados siempre junto a sus armas y sin abandonar sus puestos. Los ciudadanos notables de Enna ya habían llegado a un acuerdo con Himilcón respecto a traicionar a la guarnición y, cuando observaron todas sus prevenciones y se dieron cuenta de que los romanos no podrían ser sorprendidos y traicionados, comprendieron que habrían de dar la cara. "La ciudad y su ciudadela", dijeron, "deberían estar bajo nuestra autoridad, si aceptamos como hombres libres la alianza romana y no nos entregamos en custodia como esclavos. Nos parece que lo correcto, por tanto, es que se nos entreguen las llaves de las puertas; el vínculo más fuerte entre los buenos aliados es confar en la lealtad del otro; solo si seguimos voluntariamente en amistad con Roma, y no por la fuerza, podrá vuestro pueblo sentrse agradecido para con nosotros". A lo que el comandante romano respondió: "Yo he sido puesto aquí al mando por mi comandante en jefe, de él recibí las llaves de las puertas y la custodia de la ciudadela; no tengo estas cosas a mi disposición o a la de los ciudadanos de Enna, sino a la del hombre que las puso a mi cargo. Abandonar el puesto de uno es para los romanos un delito capital, y los padres han llegado incluso a castgar en casos tales a sus propios hijos. El cónsul Marcelo no está lejos, enviadle embajadores, él tiene el derecho y la autoridad para decidir en este asunto". Dijeron que no los enviarían y que si sus razones no servían habrían de buscar otro método para reivindicar su libertad. A esto contestó Pinario: "Pues bien, si os parece muy problemátco mandar embajadores al cónsul, podéis, en todo caso, darme oportunidad de consultar al pueblo para que pueda poner en claro si esta demanda parte de unos pocos o de toda la ciudadanía". Se acordó convocar una reunión de la asamblea para el día siguiente.

[24,38] Después que él hubo regresado a la ciudadela tras la entrevista, convocó a sus hombres y se dirigió a ellos de la siguiente manera: "Creo, soldados, que ya habéis oído lo que ha sucedido últimamente y cómo han sido sorprendidas y masacradas las guarniciones romanas por los sicilianos. Habéis evitado esa traición, en primer lugar, por la buena providencia de los dioses, y luego por vuestro propio valor y constante vigilancia, permaneciendo bajo las armas día y noche. Sólo espero que el resto de nuestro tiempo se puede pasar sin sufrir o que nos infijan daños demasiado terribles como para contarlos. Las precauciones que hemos tomado hasta ahora lo han sido contra las traiciones ocultas; como no han podido contra ellas, exigen ahora abiertamente las llaves de las puertas; y tan pronto como las entregásemos, la ciudad caería en poder de los cartagineses y nos sacrifcarían aquí con mayor crueldad que a la guarnición de Murganta. He conseguido con difcultad que me den una noche para deliberar, de modo que os pueda informar del inminente peligro. Al despuntar el día se va a celebrar una asamblea del pueblo en la que se lanzarán acusaciones contra mí y agitarán a la población contra vosotros. Así, mañana correrá la sangre en Enna, la vuestra o la de sus propios ciudadanos. Si no os adelantáis, no hay esperanza para vosotros; si lo hacéis, no hay peligro. La victoria caerá del lado de quien primero desenvaine la espada. Así que estad todos alerta y esperad con atención la señal. Yo estaré en la asamblea y ganaré tiempo hablando y discutendo hasta que todo esté completamente dispuesto, y cuando de la señal con mi toga, lanzad un fuerte grito y caed sobre la multitud desde todos lados y destrozadlos a todos con la espada, y cuidar que ninguno sobreviva de quien se pueda temer violencia abierta o traición". Luego continuó: "A vosotras, Madre Ceres y Proserpina, y a todas vosotras, deidades celestales e infernales que tenéis vuestra morada en esta ciudad y en estos sagrados lagos y árboles, yo os pido y suplico que seáis clementes y misericordiosas con nosotros, si es cierto que los hechos que nos proponemos ejecutar con esta acción solo tienen por objeto escapar a la traición y el asesinato. Yo os diría más, soldados, si fueseis a combatir contra un enemigo armado; estos están desarmados y para nada sospechan que los vayáis a masacrar hasta hartaros. Además, el campamento del cónsul está cerca y nada hay que temer de Himilcón y los cartagineses".

[24,39] Después de este discurso, los despidió para que descansasen. A la mañana siguiente situó a varios de ellos en distintos lugares para bloquear las calles y cerrar las salidas; la mayoría se sitúa alrededor del teatro y sobre el terreno que estaba encima; habían contemplado con frecuencia desde allí otras asambleas, por lo que su aparición no despertó sospechas. El comandante romano fue presentado a la Asamblea por los magistrados. Este les dijo que era el cónsul, y no él, quien tenía el derecho y el poder de decidir sobre el asunto, y les habló más o menos del mismo modo que el día anterior. Al principio se escucharon una o dos voces, y luego muchas más, exigiendo la entrega de las llaves, hasta que toda la asamblea estalló en gritos y amenazas, pareciendo que estaban a punto de atacarlo mientras él seguía dudando y esperando. Entonces, por fn, dio la señal convenida con su toga y los soldados, que habían estado durante bastante tiempo dispuestos y expectantes, lanzaron un grito y se precipitaron sobre la multitud mientras otros bloqueaban las salidas del densamente ocupado teatro. Cercados y enjaulados, los hombres de Enna fueron despedazados sin piedad y amontonados; no solo apilaron a los muertos, también aquellos que trataron de escapar tropezaron con las cabezas de los demás y cayeron unos encima de otros, con los heridos tropezando con los ilesos y los vivos sobre los muertos. Después, los soldados se dispersaron por todas partes y la ciudad se llenó de cadáveres y gente que huía para salvar la vida, pues los soldados masacraban a la multitud indefensa con tanta furia como si combatesen contra un enemigo igual y los excitara el ardor de la batalla.

Así se conservó Enna para Roma, con un acto que hubiera sido criminal de no resultar inevitable. Marcelo no sólo no censuró la operación, sino que incluso concedió a los soldados las propiedades saqueadas a los ciudadanos, pensando que por el terror que inspiraría así a los sicilianos retrasaría la traición a sus guarniciones. La noticia de este hecho se difundió por Sicilia en apenas un día, pues la ciudad, situada en el centro de la isla, no era menos famosa por la fuerza natural de su posición que por la sagrada devoción que la relacionaba con la antigua historia del rapto de Proserpina [por el dios Plutón.-N. del T.]. Todos consideraron que aquello fue un sucio y criminal ultraje ejecutado tanto contra la morada de los dioses como contra la de los hombres, y muchos que antes se habían mostrado vacilantes se inclinaron ahora hacia los cartagineses. Hipócrates e Himilcón, que habían conducido sus fuerzas hasta Enna por la invitación de los presuntos traidores, viéndose incapaces de hacer nada se retraron, el primero a Murganta y el último a Agrigento. Marcelo marchó de regreso a Lentini, y después de recoger los suministros de grano y otras provisiones para el campamento, dejó un pequeño destacamento para guarnecer la ciudad y volvió a asedio de Siracusa. Dio permiso a Apio Claudio para que marchase a Roma para presentar su candidatura al consulado y puso en su lugar a Tito Quincio Crispino, al mando de la flota y del antiguo campamento [el de Olimpia.-N. del T.], mientras que él mismo construía y fortifcaba sus cuarteles de invierno en un lugar llamado Leonta, a unas cinco millas del Hexápilo [7400 metros.-N. del T.]. Estas fueron las principales incidencias en la campaña de Sicilia hasta el comienzo del invierno.

[24.40] Las hostlidades con Filipo, que se temían con anterioridad, estallaron efectivamente este verano. El pretor, Marco Valerio, que tenía su base en Brindisi y patrullaba frente a las costas de Calabria, recibió información desde Orico [la antigua Oricum, cerca de la actual Pascha Liman, en Albania.-N. del T.] diciendo que Filipo había efectuado un ataque sobre Pojani [la antigua Apolonia, en Albania.-N. del T.], enviando una flota de ciento veinte lembos birremes remontando el río [se trataba del Vojussa.-N. del T.], viendo luego que las cosas trascurrían con demasiada lenttud, llevó su ejército por la noche hasta Orico, y como la plaza se encontraba en una llanura y no estaba lo bastante fortifcada para defenderse, ni por sus construcciones ni por su guarnición, fue tomada al primer asalto. Sus informantes le pidieron que enviase ayuda y que mantuviese alejado a quien, sin lugar a dudas, era un enemigo a Roma, para que no dañase las ciudades de la costa que peligraban por el mero hecho de estar situadas frente a Italia. Marco Valerio contentó su solicitud, y dejando una pequeña guarnición de dos mil hombres al mando de Publio Valerio, se hizo a la mar con su flota dispuesta para la acción y a sus soldados, como no había espacio en los barcos de guerra para todos ellos, los embarcó en naves de carga. Al segundo día llegó a Orico y, como el rey a su partida solo había dejado una débil fuerza para guarnecerla, se tomó con muy poca lucha. Mientras estaba allí, llegaron embajadores desde Pojani, informándole de que estaban sometidos a un asedio debido a su negativa a romper con Roma, y que a menos que les protegieran, no podrían resistr mucho más tiempo al macedonio. Valerio se comprometó a hacer lo que deseaban y les envió una fuerza escogida de dos mil hombres, en barcos de guerra, a la desembocadura del río, bajo el mando de Quinto Nevio Crista, prefecto de los aliados y un soldado enérgico y experimentado. Este desembarcó a sus hombres y envió a los barcos para unirse nuevamente con la flota en Orico, mientras él marchaba a cierta distancia del río, donde sería menos probable que se encontrase con alguna de las tropas del rey, y entró en la ciudad por la noche sin ser observados por ningún enemigo. Al día siguiente descansaron, para darle la oportunidad de practicar una minuciosa inspección de la fuerza armada de Pojani y de la fortaleza de la ciudad. Se sintó alentado, tanto por el resultado de la inspección como por la cuenta que le dieron sus exploradores sobre la indolencia y negligencia que reinaba entre el enemigo. Marchando fuera de la ciudad en la oscuridad de la noche, sin el más mínimo ruido o desorden, entró en el campamento enemigo, que estaba tan desprotegido y sin vigilancia que se resulta creíble que pudieran entrar hasta un millar de hombres antes de ser detectados; y si se hubieran abstenido de emplear las espadas podrían haber llegado hasta la tenda del rey. La masacre de los más cercanos a las puertas del campamento despertó al enemigo, y tan general terror y pánico se extendió entre ellos que ninguno tomó las armas ni hizo intento alguno de expulsar a los invasores. Incluso el propio rey, despertado repentinamente, huyó a medio vestr con un aspecto indigno de un soldado común, no digamos ya de un rey, y escapó a sus barcos en el río. El resto huyó alocadamente en la misma dirección. Las pérdidas entre muertos y prisioneros fueron de menos de tres mil, siendo los prisioneros mucho más numerosos. Después de haber saqueado el campamento, los pojanienses llevaron las catapultas, las balistas y la restante artillería de sito, que había sido dispuesta para el asalto, al interior de la ciudad para defensa de sus propias murallas, en previsión de que pudiera ocurrir nuevamente alguna otra emergencia; todo el resto del botín se entregó a los romanos. Tan pronto como la noticia de esta acción llegó a Orico, Valerio envió la flota a la desembocadura del río para prevenir cualquier intento por parte de Filipo de escapar por mar. El rey no senta la sufciente confanza como para arriesgarse a un combate, fuera por tierra o por mar, y varó sus barcos en tierra o los quemó, y se dirigió a Macedonia por tierra con la mayor parte de su ejército habiendo perdido sus armas y todas sus pertenencias. Marco Valerio invernó con su flota en Orico.

[24.41] La lucha continuó este año en Hispania con fortuna variable. Antes de que los romanos cruzaran el Ebro, Magón y Asdrúbal derrotaron a enormes cantdades de hispanos. Toda la Hispania ulterior habría abandonado el bando de Roma de no haber cruzado rápidamente Publio Cornelio Escipión el Ebro, confrmando con su oportuna aparición a los aliados indecisos. Los romanos fjaron al principio su campamento en Castrum Album [se identifica generalmente con Alicante.-N. del T.], un lugar que se hizo famoso por la muerte del gran Amílcar [el padre de Aníbal murió allí el 228 a.C.-N. del T.], y acumularon allí suministros de grano. La comarca alrededor, sin embargo, estaba infestada por el enemigo, y su caballería atacó impunemente a los romanos mientras marchaban; perdieron casi dos mil hombres que se habían retrasado y se habían separado de la columna de marcha. Decidieron retrarse a una zona menos hostl y se atrincheraron en el Monte de la Victoria [se desconoce su ubicación.-N. del T.]. Cneo Escipión se les unió aquí con todo su ejército, y Asdrúbal, el hijo de Giscón, llegó también con un ejército completo. Había ahora tres generales cartagineses y todos ellos acamparon al otro lado del río, frente al campamento romano. Publio Escipión salió con alguna caballería ligera para hacer un reconocimiento, pero a pesar de todas sus precauciones no pudo pasar inadvertido, y habrían sido derrotados en la llanura abierta si no se hubiese apoderado de cierto terreno elevado que estaba cerca. Aquí quedó rodeado y sólo la oportuna llegada de su hermano lo rescató. Cazlona [la antigua Castulo, en Jaén.-N. del T.], una ciudad poderosa y famosa de Hispania, y en alianza tan estrecha con Cartago que Aníbal tomó allí esposa [Hímilce era su nombre.-N. del T.], se puso del lado de Roma. Los cartagineses iniciaron un ataque contra Illiturgis [hay alguna epigrafa que la situaría en la actual Mengíbar, aunque hasta no hace mucho se pensaba mayoritariamente que correspondía a la actual Andújar, ambas en la provincia de Jaén.-N. del T.] debido a la presencia de una guarnición romana allí, y parecía como si verdaderamente la fueran a reducir por hambre. Cneo Escipión fue en ayuda de los sitados con una legión ligera, y combatendo al pasar entre dos de los campamentos cartagineses, entró en la ciudad tras infigir grandes pérdidas a los sitadores. Al día siguiente hizo una salida que resultó igualmente afortunada. Más de doce mil hombres resultaron muertos en ambas batallas y más de mil fueron hechos prisioneros, capturándose también treinta y seis estandartes. De esta manera quedó levantado el sito de Illiturgi. Los cartagineses atacaron luego Bigerra [pudiera tratarse de Becerra, a 10 km. al norte de Guadix.-N. del T.], también aliada de Roma, pero al aparecer Cneo Escipión se retraron sin combatir.

[24.42] El campamento cartaginés se trasladó junto a Munda [cuya ubicación sigue discutiéndose, siendo candidatas, entre otras, Montilla y Osuna, en Córdoba.-N. del T.] , y los romanos los siguieron inmediatamente. Aquí se combató durante cuatro horas en una batalla campal, y estaban obteniendo los romanos una espléndida victoria cuando se dio señal de retirada. Cneo Escipión fue herido en el muslo por una jabalina y los soldados que le rodeaban temieron que la herida fuese fatal. No había la menor duda de que si no se hubiera producido aquel retraso, el campamento cartaginés habría sido capturado aquel mismo día, pues habían obligado a que se retrasen los hombres, además de los elefantes, hasta sus propias líneas, siendo atravesados treinta y nueve de los últimos por los pilos romanos. Se afrma que murieron doce mil hombres en esta batalla y que unos tres mil fueron hechos prisioneros, además de capturarse cincuenta y siete estandartes. Desde allí, los cartagineses se retraron a Jaén [la antigua Auringis.-N. del T.], los romanos los siguieron lentamente, sin dejarles tiempo para recuperarse de sus derrotas. Allí se libró otro combate y Escipión fue llevado al campo de batalla en una camilla. La victoria fue decisiva aunque no se acabó ni con la mitad de los enemigos que en la ocasión anterior, pues quedaban menos para luchar. Pero los hispanos tienen un instinto natural para recuperarse de las pérdidas en la guerra y, cuando Magón fue enviado por su hermano para alistar tropas, muy pronto se cubrieron los huecos en el ejército, lo que animó a sus generales a trabar otra batalla. A pesar de que eran en su mayoría soldados novatos y que defendían una causa que en poco tiempo había sido derrotada repetdamente, combateron con el mismo ánimo y el mismo resultado con que lo habían hecho sus antecesores. Más de ocho mil hombres murieron, no menos de mil cayeron prisioneros y se capturaron cincuenta y ocho estandartes. La mayor parte del botín había pertenecido a los galos, hubo gran número de brazaletes de oro y cadenas y dos distinguidos régulos galos, Meniacapto y Vismaro, cayeron en la batalla [en realidad se trataba de reyezuelos celtiberos, siéndolo el segundo de los arévacos.-N. del T.]. Ocho elefantes fueron capturados y tres muertos. Como las cosas marchaban tan bien en Hispania, los romanos, fnalmente, empezaron a sentrse avergonzados por haber dejado Sagunto, la causa principal de la guerra, en manos enemigas durante casi ocho años

[Sagunto fue tomada el 219 a.C. o 218 a.C., según la fuente; si se recupera en 214 a.C., permanece

entonces cuatro o cinco años en poder cartaginés.-N. del T.]. Así, después de expulsar a la guarnición cartaginesa, recuperaron la ciudad y se la devolvieron a aquellos de sus antiguos habitantes que se habían salvado de la guerra. Los turdetanos, que habían provocado la guerra entre Sagunto y Cartago, fueron reducidos a la sumisión y vendidos como esclavos; su ciudad fue completamente destruida.

[24.43]
Este fue el curso de los acontecimientos en Hispania durante el año en Quinto Fabio y Marco Claudio fueron cónsules -214 a.C.-. Inmediatamente después de tomar posesión del cargo los tribunos de la plebe, Marco Metelo, uno de ellos, acusó a los censores, Publio Furio y Marco Atilio y exigió que se les llevase a juicio ante el pueblo. Su razón para actuar de este modo era que el año anterior le habían privado de su caballo, degradado de su tribu y convertido en erario sobre la base de que estaba envuelto en el complot que se había organizado tras la batalla de Cannas para abandonar Italia. Los otros nueve tribunos, sin embargo, interpusieron su veto en contra de su procesamiento mientras desempeñaran su cargo y el asunto no se concretó. La muerte de Publio Furio les impidió completar el lustrum [o sea, efectuar la ceremonia religiosa que cerraba la práctica del censo; como la duración de la censura era de cinco años, lustrum dio "lustro" en castellano con el significado de periodo de cinco años.-

N.
del T.] y Marco Atilio renunció al cargo. Las elecciones consulares se celebraron bajo la presidencia de Quinto Fabio Máximo, el cónsul. Ambos cónsules fueron elegidos en su ausencia: Quinto Fabio Máximo, el hijo del cónsul, y Tiberio Sempronio Graco, por segunda vez. Los pretores elegidos fueron Marco Atilio y tres que por entonces eran ediles curules, a saber, Publio Sempronio Tuditano, Cneo Fulvio Centmalo y Marco Emilio Lépido. Según la tradición, aquel año duraron cuatro días, por vez primera, los juegos escénicos [representaciones teatrales.-N. del T.], que celebraron los ediles curules. El edil Tuditano era el magistrado que condujo a sus hombres por entre medio del enemigo tras la derrota de Cannas, cuando todos los demás estaban paralizados por el terror. Tan pronto terminaron las elecciones, los cónsules electos fueron, por consejo de Quinto Fabio, llamados a Roma para que tomaran posesión de sus cargos. Tras regresar, consultaron al Senado acerca de la dirección de la guerra, la asignación de provincias a ellos y a los pretores, los ejércitos que habían de alistarse y los hombres a quienes mandarían -213 a.C.-.

[24.44] Las provincias y los ejércitos se distribuyeron como sigue: Las operaciones contra Aníbal fueron confados a los dos cónsules, reteniendo Sempronio el ejército que ya mandaba. Fabio iría a hacerse cargo del ejército de su padre. Cada uno constaba de dos legiones. Marco Emilio, el pretor que tenía la jurisdicción sobre los extranjeros, se haría cargo de Lucera y de las dos legiones que Quinto Fabio, el cónsul recién elegido, había mandado como pretor; Publio Sempronio Tuditano recibió Rímini [la antigua Arimino.-N. del T.] como provincia, y Arienzo correspondió a Cneo Fulvio, cada uno con dos legiones; Fulvio estaría al mando de las legiones ciudadanas y Tuditano tomaría el mando de las de Manio Pomponio. Se extendieron los siguientes mandos: Marco Claudio retendría la parte de Sicilia que había consttuido el reino de Hierón mientras Léntulo, como propretor, debería administrar la antigua provincia; Tito Otacilio seguiría al mando de la flota, sin que se le proporcionasen nuevas tropas, y Marco Valerio operaría en Grecia y Macedonia con la legión y barcos que tenía; Quinto Mucio seguiría al mando de su antiguo ejército de dos legiones en Cerdeña y Cayo Terencio mantendría su única legión en el Piceno. Se dieron órdenes para que se alistasen dos legiones en la Ciudad y que los aliados proporcionasen veinte mil hombres.

Tales eran los generales y las tropas que servirían de baluarte de Roma contra las muchas guerras, algunas ya en marcha y otras previstas, que la amenazaban. Después de alistar las dos legiones de la ciudad y reclutar los demás refuerzos, ambos cónsules dejaron la Ciudad, no sin antes proceder a la expiación de ciertos portentos que habían ocurrido. Parte de la muralla de la Ciudad y algunas de las puertas habían sido alcanzadas por un rayo, así como el templo de Júpiter en La Riccia [la antigua Aricia.-N. del T.]. Otras cosas que el pueblo imaginó haber visto u oído se reputaron como ciertas; En Terracina, se creyó haber visto barcos de guerra en el río, aunque nada había allí; se escuchó un choque de armas en el templo de Júpiter Vicilino, en las proximidades de Conza, y se dijo que corrió ensangrentado el río en Pescara [las antiguas Tarracino, Compsa y Amiterno, respectivamente.-N. del T.]. Cuando se expiaron tales presagios según las instrucciones de los pontífices, los cónsules marcharon al frente; Sempronio hacia Lucania y Fabio hacia Apulia. Fabio padre llegó al campamento de su hijo en Arienzo, como lugarteniente suyo. El hijo salió a su encuentro con los doce lictores precediéndole en fla. El anciano pasó cabalgando a once de ellos, todos los cuales, por respeto a él, permanecieron en silencio; llegado allí, el cónsul ordenó al lictor restante, y que estaba inmediatamente frente a él, que cumpliera con su deber. El hombre ordenó a Fabio que desmontara y este, saltando de su caballo, dijo a su hijo: "Quería saber, hijo mio, si eres lo bastante consciente de que e luego llamó a Fabio a desmontar, y saltando de su caballo, dijo a su hijo: "Quería saber, hijo mío, si te dabas cuenta cabal de que eres el cónsul".

[24.45] Una noche, Dasio Altinio, de Arpinova, realizó una visita secreta a este campamento, acompañado por tres esclavos, ofreciendo traicionar Arpinova contra la entrega de una recompensa. Fabio remitó el asunto al consejo de guerra y algunos pensaron que debía ser tratado como un desertor, azotado y decapitado. Decían que era un traidor, un enemigo de ambos lados y que, tras la derrota de Cannas, como si la lealtad dependiera de la suerte, se había pasado a Aníbal y conducido Arpinova a la deserción; y que ahora que la causa de Roma estaba, en contra de sus esperanzas y deseos, resurgiendo de sus raíces, él les prometa una nueva traición como manera de compensar a aquellos a quienes antes había traicionado. Propugnaba abiertamente apoyar a un bando mientras sus simpatas estaban con el otro, infel como aliado y despreciable como enemigo; de la misma calaña que el que traicionó Civita Castellana [la antigua Faleria; ver Libro 5,27.-N. del T.] o el que ofreció el veneno a Pirro, se le debía convertir en una tercera advertencia para todos los renegados. El padre del cónsul tenía una opinión diferente. "Algunos hombres", dijo, "ajenos a los tiempos y estaciones, forman juicio sobre todas las cosas con tanta calma e imparcialidad corran tiempos de guerra como de paz. El asunto más importante que debemos discutr y decidir es la forma en que podamos evitar que nuestros aliados nos abandonen, pero esto es lo último que estamos pensando; estamos hablando de la obligación de hacer un ejemplo de alguien que se da cuenta de su error y contempla con pesar la antigua alianza abandonada. Pero si un hombre es libre de abandonar a Roma y no lo es para regresar con ella, ¿quién dejará de ver que en poco tiempo el imperio romano, despojado de aliados, se encontrará a toda Italia obligada con tratados a Cartago? Desde luego que no voy a aconsejar que se deposite confanza alguna en Altinio; propondré una vía intermedia para tratar con él. Yo recomendaría que no se le trate ni como enemigo ni como amigo, sino que se le interne en alguna ciudad no muy lejana de nuestro campamento, en la que podamos confar, y que se le mantenga allí durante la guerra. Luego, cuando esta haya fnalizado, podremos discutr si merece ser castgado por su anterior deslealtad más de lo que merece el perdón por su actual regreso con nosotros. La sugerencia de Fabio encontró la aprobación general y Altinio fue entregado, junto a los que le acompañaban, a algunos embajadores de Calvi Risorta. Había traído con él una cantidad considerable de oro, y se ordenó que le fuera guardado. En Cales era libre de moverse durante el día, pero seguido siempre por un guardia que le mantenía confnado durante la noche. En Arpinova se le echó de menos en su casa y comenzaron a buscarle, los rumores corrieron pronto por la ciudad y, naturalmente, se produjo gran inquietud al ver que habían perdido a su líder. Se temió una revolución y en seguida se mandaron mensajeros a Aníbal. El cartaginés no estaba en absoluto preocupado por lo sucedido; había sospechado durante mucho tiempo del hombre y dudaba de su lealtad, por lo que ahora tenía una razón plausible para confscar y vender las propiedades de un hombre muy rico. Pero, con el fin de hacer creer que le movía más la rabia que la avaricia, aumentó su rapacidad con un acto de crueldad atroz. Mandó a buscar a su esposa e hijos [de Altinio.-N. del T.], y después de interrogarles primero sobre las circunstancias en que Altinio había desaparecido, y después sobre la cantidad de oro y plata que había dejado en casa, para descubrir así lo que realmente quería saber, los quemó vivos.

[24,46] Fabio levantó su campamento en Arienzo y decidió comenzar con un ataque contra Arpinova. Acampó como a media milla de allí [740 metros.-N. del T.] y, al observar desde una posición cercana la situación de la ciudad y sus defensas, vio que una parte estaba más fortifcada y, por tanto, menos guardada; por este lugar decidió lanzar su asalto. Después de comprobar que todo lo necesario para que el asalto estaba dispuesto, hizo una selección de entre los centuriones de su ejército y los situó bajo el mando de tribunos distinguidos por su valenta. Luego les proporcionó a seiscientos soldados, número que consideró sufciente para su propósito, y les ordenó llevar a aquel punto las escalas cuando oyeran la señal en la cuarta guardia [sobre las dos de la madrugada.-N. del T.]. Había una puerta estrecha y baja que daba a una calle poco frecuentada que recorría una parte solitaria de la ciudad. Sus órdenes eran que fuesen los primeros en escalar la muralla con sus escalas y que abriesen después la puerta o rompiesen los goznes y barras desde el interior; cuando se hubieran apoderado de aquella parte de la ciudad debían indicarlo con un toque de corneta para que el resto de las tropas pudiera ser llevado allí, pues él ya les tendría en orden y dispuestos. Se siguieron sus instrucciones al pie de la letra, y lo que parecía probable que fuese un obstáculo resultó ser de gran ayuda para ocultar sus movimientos. Una tormenta de lluvia que comenzó a la medianoche hizo que todos los centinelas y puestos avanzados marcharan a buscar abrigo en las casas, y el rugido de la lluvia, que caía al principio como un diluvio, impidió que se oyera a los que estaban actuando contra la puerta. Luego, cuando el sonido de la lluvia cayó con sonido más suave y regular, calmó a la mayor parte de los defensores hasta hacerles dormir. Tan pronto como se apoderaron de la puerta, situaron las cornetas equidistantes por la calle y ordenaron que tocasen para dar aviso al cónsul. Una vez hecho esto como se había dispuesto previamente, el cónsul ordenó un avance general y, poco antes del amanecer, entró en la ciudad por la puerta derribada.

[24.47] Por fn, el enemigo se despertó; hubo una pausa en la tormenta y la luz del día despuntaba. La guarnición de Aníbal en la ciudad ascendía a unos cinco mil hombres y los propios ciudadanos habían dispuesto una fuerza de tres mil. A estos, los cartagineses los colocaron delante para enfrentarse al enemigo y que no pudieran hacerles ninguna traición por la retaguardia. Los combates comenzaron en la oscuridad, por las calles estrechas; los romanos habían ocupado no sólo las calles cerca de la puerta, sino también las casas, para que no se les pudiera atacar desde los tejados. Poco a poco, a medida que aumentaba la luz, algunos de las tropas ciudadanas y algunos romanos se reconocieron mutuamente y empezaron a conversar. Los soldados romanos les preguntaron qué era lo que deseaban los arpinenses, qué mal les había hecho Roma y qué buen servicio les había prestado Cartago para que ellos, nacidos y criados en Italia, combatesen contra sus antiguos amigos romanos en nombre de bárbaros y extranjeros y desearan convertir a Italia en una provincia tributaria de África. La gente de Arpinova arguyó en su defensa que no sabían nada de lo que estaba pasando, que en realidad habían sido vendidos por sus gobernantes a los cartagineses y que eran víctimas y esclavos de una pequeña oligarquía. Una vez que empezaron las conversaciones, estas se extendieron más y más; por fn, el pretor de Arpinova fue llevado por sus amigos donde el cónsul y, tras prestarse mutuas garantas, rodeados por las tropas y bajo sus estandartes, los ciudadanos se volvieron por sorpresa contra los Cartagineses y combateron a favor de los romanos. Un grupo de hispanos, también, en número algo inferior al millar, transfrieron sus servicios al cónsul con la única condición de que se permitera partir indemne a la guarnición cartaginesa. Se les abrieron las puertas y se les dejó salir, según lo estpulado, con la mayor seguridad y marcharon con Aníbal en Salapia [antigua ciudad cercana a la actual Trinitapoli.-N. del T.]. Así, Arpinova volvió con a los romanos sin que se perdiera ninguna vida, a excepción de la aquel hombre que tiempo atrás había sido un traidor y que había desertado recientemente. Se ordenó que se entregase doble ración a los hispanos y la república se benefció en muchas ocasiones de su valor y fidelidad.

Mientras que uno de los cónsules estaba en Apulia y el otro en Lucania, unos ciento doce jinetes nobles campanos abandonaron Capua con permiso de sus magistrados, al objeto, según dijeron, de saquear el territorio enemigo. En realidad, sin embargo, se marcharon hasta el campamento romano encima de Arienzo, y cuando se acercaron a los puestos exteriores les dijeron que deseaban entrevistarse con el pretor, Cneo Fulvio. Al ser informado de su petción, dio órdenes para que llevasen ante él a diez de ellos, después de haber dejado sus armas. Cuando se enteró de lo que querían, que resultó ser, simplemente, que tras la reconquista de Capua se les devolvieran sus propiedades, los recibió a todos bajo su protección. El otro pretor, Sempronio Tuditano, tomó la ciudad de Atrino [se desconoce su ubicación.-N. del T.] al asalto. Se tomaron más de siete mil prisioneros así como una considerable cantidad de monedas de bronce y plata. En Roma se produjo un terrible incendio que duró dos noches y un día. Todos los edificios entre Salinas y la puerta Carmental, incluyendo el Equimelio, el barrio Jugario y los templos de la Fortuna y de Mater Matuta se quemaron hasta los cimientos. El fuego se desplazó a considerable distancia fuera de las puertas y destruyó muchas propiedades y objetos sagrados [Se trata de una zona próxima a la Isla Tiberina, entre el Capitolio y el foro por el interior y, extramuros, entre el Capitolio y el teatro de Marcelo.-N. del T.].

[24.48] Los dos Escipiones, Publio y Cneo, después de sus exitosas operaciones en Hispania, en el curso de las cuales se recuperaron muchos antiguos aliados y se ganaron otros nuevos, empezaron durante el año a albergar esperanzas de resultados similares en África. Sifax, rey de los númidas, había adoptado de repente una actitud hostl hacia Cartago. Los Escipiones le enviaron tres centuriones en embajada, con órdenes de concluir una alianza de amistad con él y de asegurarle que, si hostgaba persistentemente a los cartagineses, se ganaría la obligación para con él del senado y el pueblo de Roma, y harían cuanto pudieran para pagarle en su momento la deuda con creces. El bárbaro quedó encantado con la embajada y mantuvo frecuentes conversaciones con los centuriones sobre los métodos de la guerra. Al escuchar a los soldados veteranos, se enteró de muchas cosas que ignoraba y de cuán grande era el contraste entre sus propias costumbres y la disciplina y organización de los otros. Les pidió que, mientras dos de ellos llevaban de vuelta el informe de su misión a sus comandantes, el tercero se quedase con él como instructor militar. Explicó que los númidas hacían infantes muy pobres y que solo eran útiles como jinetes; les explicó que este era el estilo de guerrear que habían adoptado sus antepasados desde los primeros tiempos y que en este estilo había sido entrenado desde su infancia. Ellos tenían un enemigo que dependía principalmente de su infantería, y si quería ir a su encuentro en igualdad de condiciones, él también se debía proveer de infantería. Su reino tenía una población abundante y adecuada para ello, pero él desconocía el método apropiado para armarlos, equiparlos y entrenarlos. Todo estaba desordenado y sin organización, como una multitud reunida al azar.

Los enviados respondieron que, por el momento, harían lo que él deseaba en el entendido de que, si sus jefes no aprobaban el acuerdo, él enviaría inmediatamente de vuelta al que se quedara. El nombre del que se quedó junto al rey era Quinto Estatorio. El rey envió a algunos númidas para acompañar a los dos romanos a Hispania y obtener la sanción del acuerdo de sus comandantes. También les encargó tomar medidas inmediatas para persuadir a los númidas que actuaban como auxiliares de las tropas cartaginesas para que se pasasen con los romanos. Del gran número de jóvenes que había en el país, Estatorio alistó una fuerza de infantería para el rey. A estos los encuadró según el modelo romano, enseñándoles a seguir sus estandartes y mantener las filas mediante en entrenamiento y la práctica. También les hizo familiarizarse con el arte de la fortifcación y otras labores militares, de modo que el rey puso tanta confanza en su infantería como en su caballería y en una batalla campal librada en campo abierto demostró ser superior a los cartagineses. La presencia de los enviados del rey en Hispania también resultó ser provechosa para los romanos, pues ante las noticias de su llegada se produjeron numerosas deserciones entre los númidas. Así pues, entre Sifax y los romanos se establecieron relaciones de amistad. Tan pronto como los cartagineses se enteraron de lo que estaba pasando, enviaron emisarios a Gala, que reinaba en la otra zona de Numidia sobre una tribu llamada mésulos [en contraposición a los númidas masesilios de Sifax, al occidente, lindantes con los mésulos y con capital en la actual Constantina, los mésulos lindaban con los cartagineses por el este.-N. del T.].

[24,49] Gala tenía un hijo llamado Masinisa, un muchacho de diecisiete años pero de un carácter tan fuerte que ya entonces resultaba evidente que él haría el reino más grande y más rico de cuanto lo recibiera. Los embajadores señalaron a Gala que, ya que Sifax se había unido a los romanos para fortalecerse mediante su alianza contra los reyes y pueblos de África, lo mejor para él sería unirse a los cartagineses tan pronto pudiera y antes de que Sifax cruzara a Hispania o los romanos a África. Sifax, dijeron, podría ser fácilmente aplastado, pues nada había conseguido de la alianza con Roma, excepto el nombre. El hijo de Gala pidió que se le confara la dirección de la guerra y persuadió con facilidad a su padre para que enviase un ejército que, en unión de los cartagineses, venció a Sifax en una gran batalla en la que se dice que murieron treinta mil hombres. Sifax, con algunos de sus jinetes, huyó del campo de batalla junto a los maurusios, una tribu númida que vive en la parte más alejada de África, cerca del océano frente a Cádiz [la antigua Gades.-N. del T.]. Ante la noticia de su llegada, los bárbaros acudieron a él desde todas partes y en poco tiempo armó una fuerza inmensa. Mientras se preparaba para cruzar con ellos a Hispania, de la que solo le separaba un corto estrecho [el de Gibraltar, claro está.-N. del T.], Masinisa llegó con su victorioso ejército y se ganó gran fama por el modo en que dio fin a la guerra contra Sifax sin ayuda alguna de los cartagineses. En Hispania no ocurrió nada de importancia, excepto que los romanos se aseguraron para sí los servicios de los celtiberos, ofreciéndoles la misma paga que habían acordado con los cartagineses. También enviaron a Italia trescientos nobles hispanos para que convenciesen a sus compatriotas que servían con Aníbal. Esto es lo único destacable en Hispania durante aquel año, pues nunca, antes de aquellos celtiberos, habían tenido los romanos mercenarios en sus campamentos.

Fin del libro 24.

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Libro 25: La caída de Siracusa.

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[25.1] -213 a.C.-Mientras tenían lugar estas operaciones en Hispania y en África, Aníbal pasó todo el verano en territorio salentino con la esperanza de apoderarse de Tarento mediante traición; estando allí se pasaron con él algunas ciudades poco importantes. De los doce pueblos del Brucio que se habían pasado a los cartagineses el año anterior, dos, a saber, cosentinos y taurianos [habitantes de las antiguas Consentia, ahora Cosenza, y Turios, cuyas ruinas están próximas a la actual Terranova da Sibari, ambas en Regio Calabria.-N. del T.], regresaron a su antigua lealtad con Roma, y otras más lo habrían hecho de no haber sido por Tiberio Pomponio Veyentano, un prefecto de los aliados. Este había efectuado varias incursiones con éxito en el Brucio y, a consecuencia de esto, empezó a verse considerado como un general. Con el desorganizado e indisciplinado ejército que tenía se enfrentó a Hanón. En esa batalla, gran número de hombres, que no eran más que una confusa multitud de campesinos y esclavos, quedaron muertos o fueron hechos prisioneros; la pérdida menos importante fue la del mismo prefecto, que cayó prisionero. Pues no solo era responsable de tan temeraria e imprudente batalla, sino que en su calidad de arrendatario público [publicanus, publicano, en el original latino.-N. del T.] había sido con anterioridad encontrado culpable de prácticas deshonestas y de robar tanto a la república como a las empresas de la Ciudad. El cónsul Sempronio libró varios combates sin importancia en la Lucania, ninguno de los cuales vale la pena registrar, y tomó algunas ciudades sin importancia pertenecientes a los lucanos.

Cuanto más se alargaba la guerra, más se atribulaban los hombres y más afectaban a sus fortunas las alternativas de éxitos y fracasos, tanto más caían los ciudadanos víctimas de las superstciones, principalmente de las extranjeras. Parecía como si tanto el carácter de los hombres como el de los dioses hubieran sido sometidos a un repentino cambio. El ritual romano estaba cayendo en desuso, no sólo en secreto y en las casas particulares, incluso en los lugares públicos, en el Foro y el Capitolio, se veía a multitud de mujeres ofreciendo sacrifcios y oraciones que no eran conformes a los usos de los dioses patrios. Sacrifcadores y adivinos se habían apoderado de las mentes de los hombres y se incrementó el número de sus víctimas por la multitud de campesinos a los que la pobreza o el miedo había llevado a la Ciudad y cuyos campos habían permanecido sin cultivar debido a la duración de la guerra o a haber sido asolados por el enemigo. Estos impostores lograron su benefcio comerciando con la ignorancia del prójimo, practicando con descaro su profesión como si hubieran sido autorizados por el Estado. Los ciudadanos respetables protestaban en privado contra tal estado de cosas y, en última instancia, el asunto se convirtó en un escándalo público y se presentó una queja formal ante el Senado. Los ediles y triunviros de la capital [estos últimos eran los encargados del orden público, ejecuciones e inspección de prisioneros.-N. del T.] fueron recriminados duramente por el Senado por no prevenir estos abusos, pero cuando intentaron disolver las multitudes del Foro y destruir los altares e instrumentos rituales, a duras penas escaparon de recibir un trato violento. Como el mal parecía resultar demasiado grande para que lidiasen con él magistrados inferiores, se encargó a Marco Emilio, el pretor urbano, la tarea de librar al pueblo de aquellas superstciones. Aquel dio lectura a la resolución del Senado ante la Asamblea y advirtó que todo el que se encontrase en poder de libros adivinatorios, o de ritos sacrifciales o de oraciones, se lo debería entregar antes del primero de abril, y nadie debería emplear ninguna forma extraña o extranjera de sacrifcar en lugares públicos o consagrados.

[25,2] Varios sacerdotes públicos murieron aquel año: Lucio Cornelio Léntulo, el sumo pontífice; Cayo Papirio Masón, hijo de Cayo, uno de los pontífices; Publio Furio Filo el augur y Cayo Papirio Masón, hijo de Lucio, decenviro sagrado [uno de los guardianes de los Libros Sibilinos.-N. del T.]. Marco Cornelio Cétego fue nombrado sumo pontífice en lugar de Léntulo y Cneo Servilio Cepión en lugar de Papirio. Lucio Quincio Flaminio fue nombrado augur y Lucio Cornelio Léntulo decenviro sagrado. Se acercaba el momento de las elecciones y se decidió no llamar a los cónsules, que estaban empeñados con la guerra; Tiberio Sempronio nombró dictador a Cayo Claudio Centón con el propósito de que celebrase las elecciones. Este nombró a Quinto Fulvio Flaco como jefe de la caballería. Las elecciones se terminaron en el primer día; el dictador declaró debidamente electos como cónsules a Quinto Fulvio Flaco, jefe de la caballería, y a Apio Claudio Pulcro, que estaba en el momento como pretor en Sicilia. A continuación se eligió a los pretores, que fueron Cneo Fulvio Flaco, Cayo Claudio Nerón, Marco Junio Silano y Publio Cornelio Sila [escrito Svlla en latin, dio Sila en castellano, presumiblemente por una corrupción del nombre debida a que su pronunciación estuviera cerca de "siulla".-N. del T.]. Cuando fnalizaron las elecciones, el dictador dimitó. Los ediles curules para aquel año fueron Marco Cornelio Cétego y Publio Cornelio Escipión, que posteriormente sería conocido como "Africano". Cuando este último se presentó como candidato, los tribunos de la plebe se le opusieron diciendo que no podía presentarse por no haber alcanzado la edad legal [que era de 36 años, mientras que el Africano, por entonces, tendría unos 22.-N. del T.]. Su respuesta fue: "Si los Quirites son unánimes en su deseo de nombrarme edil, soy lo bastante mayor". Por esto, el pueblo se apresuró a dar su voto tribal para él con tanto ahínco que los tribunos abandonaron su oposición. Los nuevos ediles desempeñaron sus cargos con gran munifcencia; los Juegos Romanos se celebraron a gran escala, teniendo en cuenta los recursos disponibles; se repiteron un segundo día y se distribuyó un congio de aceite para cada calle [un congio = 3,283 litros.-

N. del T.]. Lucio Vilio Tápulo y Marco Fundanio Fúndulo, los ediles plebeyos, convocaron a varias matronas ante el pueblo bajo la acusación de mala conducta; algunas fueron condenadas y enviadas al exilio. La celebración de los Juegos Plebeyos duró dos días y hubo un solemne banquete en el Capitolio con motivo de los Juegos.

[25,3] Quinto Fulvio Flaco y Apio Claudio tomaron posesión de su consulado, el primero por tercera vez -212 a.C.-. Los pretores sortearon sus provincias; a Publio Cornelio Sila le correspondieron tanto la jurisdicción urbana como la peregrina, que antes se desempeñaban por separado; Apulia correspondió a Cneo Fulvio Flaco; Arienzo fue para Cayo Claudio Nerón y Etruria correspondió a Marco Junio Silano. Se asignaron dos legiones a cada cónsul en campaña contra Aníbal; un cónsul tomó el mando del ejército de Quinto Fabio, el cónsul del año anterior, y el otro del de Fulvio Centumalo. Con respecto a los pretores, Fulvio Flaco se haría cargo de las legiones que estaban en Lucera bajo el mando de Emilio, Claudio Nerón de las que servían en el Piceno bajo Cayo Terencio, y ambos deberían completarlas hasta su dotación completa de fuerzas. Las legiones ciudadanas alistadas el año anterior se asignaron a Marco Junio para atender cualquier movimiento en Etruria. Tiberio Sempronio Graco y Publio Sempronio Tuditano vieron prorrogado su mando en sus respectivas provincias de Lucania y la Galia Cisalpina, también se le prorrogó a Publio Léntulo sobre la provincia romana de Sicilia y a Marco Marcelo sobre Siracusa, en la parte de la isla sobre la que había reinado Hierón. El mando de la flota se dejó en manos de Tito Otacilio y las operaciones en Grecia en las de Marco Valerio; la campaña de Cerdeña seguiría aún bajo la dirección de Quinto Mucio Escévola, mientras que los dos Escipiones continuarían su trabajo en Hispania. Además de los ejércitos existentes, los cónsules alistaron en la ciudad dos nuevas legiones, elevando así el número total de legiones ese año a veintitrés.

El alistamiento fue interrumpido por la conducta de Marco Postumio Pirgense, que pudo haber hecho peligrar la estabilidad de la república. Este hombre era un arrendador público y durante muchos años no hubo nadie que le igualara en deshonestdad y codicia, como no fuera Tito Pomponio Veyentano, a quien los cartagineses de Hanón apresaron cuando efectuaba una incursión temeraria en la Lucania. El Estado se había hecho responsable de los suministros destinados a los ejércitos que se perdían por las tormentas en el mar, y estos hombres inventaban historias de naufragios y, cuando no las inventaban, los naufragios de los que informaban se debían a su falta de honradez y no a accidentes. Colocaban cargas pequeñas y sin valor en viejos barcos desvencijados a los que hundían cuando estaban en alta mar, recogiendo a los marineros con botes que tenían dispuestos, y luego presentaban una declaración falsa de la carga, cuyo valor multplicaban muchas veces sobre el real. Este fraude fue revelado a Marco Emilio, el pretor, quien llevó el asunto ante el Senado, que no había tomado medida alguna al temer ofender al grupo de arrendatarios públicos en un momento como aquel. El pueblo, sin embargo, adoptó una postura mucho más severa respecto al caso y, fnalmente, dos tribunos de la plebe, Espurio Carvilio y Lucio Carvilio, viendo como crecía el disgusto y la indignación popular, exigieron que se les impusiera una multa de doscientos mil ases [o sea, 5450 kilos de bronce.-N. del T.]. Cuando llegó el día en que se decidía la cuestón, el pueblo acudió en tan gran número que casi no hubo espacio en el Capitolio para albergarlo; una vez presentado el caso, la única esperanza que restaba a la defensa era la opción de que Cayo Servilio Casca, un tribuno de la plebe que era familiar cercano de Postumio, presentara su veto antes de que las tribus procedieran a la votación. Cuando se hubo presentado la evidencia, los tribunos ordenados al pueblo que se retrase y le llevó la urna de votación para que se pudiese determinar con qué tribu votarían los latinos. Mientras se procedía a esto, los publicanos urgieron a Casca para que detuviera el proceso aquel día y el pueblo se opuso fuertemente a aquello. Resultó que Casca estaba sentado en el último asiento, al extremo del tribunal, atrapado entre sentimientos de miedo y vergüenza. Al ver que este no les servía de mucha ayuda, los arrendatarios públicos decidieron provocar un altercado y se precipitaron a una en el espacio que quedó vacío tras la retirada de la Asamblea, increpando a voz en grito al pueblo y a los tribunos. Como aquello tenía todo el aspecto de una lucha cuerpo a cuerpo, el cónsul Fulvio dijo a los tribunos: "¿No veis que se ha perdido vuestra autoridad y que de seguro habrá un motin si no disolvéis la asamblea de la plebe?"

[25,4] Después que fuera disuelta la asamblea de la plebe, se convocó una reunión del Senado y los cónsules presentaron la cuestón de "la perturbación de una asamblea de la plebe por la violencia y audacia de los publicanos". "Marco Furio Camilo", dijeron, "cuyo exilio fue seguido por la caída de Roma, accedió a ser juzgado por ciudadanos iracundos; antes de su época, los decenviros, cuyas leyes siguen hoy día vigentes, y tras ellos muchos de nuestros más insignes ciudadanos, se presentaron a juicio ante el pueblo. Por el contrario, Postumio Pirgense ha privado al pueblo de su derecho a votar, ha quebrado una Asamblea de la Plebe, destruido la autoridad de los tribunos, hecho la guerra al pueblo de Roma, ha tomado por la fuerza una posición en la Ciudad para separar a la plebe de sus tribunos e impedido que se llame a votar a las tribus. No había nada que frenase a los hombres del combate y el derramamiento de sangre, excepto el control de los magistrados, que de momento habían cedido a la furiosa audacia de unos cuantos y consentido que se desafase con éxito al pueblo y a ellos mismos; y que, en vez de proporcionar un conficto a quienes lo estaban buscando, fnalizaron voluntariamente la votación que el acusado iba a detener mediante la fuerza armada". Esta acusación fue escuchada por los mejores de los ciudadanos con sentimientos de indignación proporcionales a la atrocidad del ultraje, y el Senado aprobó un decreto afrmando que "aquella conducta violencia era una ofensa contra la república y sentaba el más pernicioso de los ejemplos". Inmediatamente después de esto, ambos Carvilios abandonaron la propuesta de multa y acusaron a Postumio de alta traición, y le ordenaron entregar fanzas para garantzar su comparecencia el día del juicio o, si no podía, que se le arrestara de inmediato y se le encarcelase. Entregó fanzas, pero no se presentó. Los tribunos propusieron y la plebe aprobó la siguiente resolución: "Si Marco Postumio no hace acto de presencia antes del primero de mayo y cuando se le cite ante el tribunal no contesta a su nombre en ese día, sin que se le haya excusado legalmente de comparecer, se le condenará al exilio, se venderán sus bienes y se le prohibirá el agua y el fuego" [es decir, quedaría fuera de la protección legal de la ciudadanía.-N. del T.]. Después, se acusó de los mismos cargos a todos los que habían encabezado los disturbios, y se les ordenó presentar fanzas. Aquellos que no las presentaron y, después, incluso aquellos que lo hicieron, fueron todos puestos en prisión. La mayor parte de ellos, para escapar del peligro, marcharon al exilio.

[25.5] Este fue el fnal del asunto de la deshonestdad de los arrendatarios públicos y su intento de ocultarla. Lo siguiente fue la elección del pontífice máximo. El nuevo pontífice, Marco Cornelio Cétego, celebró la elección, que resultó muy disputada. Había tres candidatos: Quinto Fulvio Flaco, el cónsul, que ya había sido dos veces cónsul y también censor; Tito Manlio Torcuato, que también podría presentar dos consulados y la censura, y Publio Licinio Craso, que estaba a punto de presentarse para edil curul. Este joven derrotó a sus competidores más mayores y distinguidos; antes que él, no había habido nadie en ciento veinte años, con la única excepción de Publio Cornelio Calussa, que hubiera sido elegido pontífice máximo sin haberse sentado en una silla curul. Los cónsules encontraron en el alistamiento de tropas una tarea difcil, pues no había sufcientes hombres con la edad requerida para cumplir con ambos propósitos: alistar las nuevas legiones ciudadanas y, además, completar los ejércitos existentes hasta su dotación completa de hombres. El Senado, sin embargo, no les permitó dejar de intentarlo y nombró dos comisiones de triunviros; la una para trabajar en un radio de cincuenta millas [74 kilómetros.-N. del T.] desde la Ciudad y la otra fuera de aquel radio. Debían inspeccionar todas las aldeas, mercados y caseríos; determinar el número total de hombres libres de cada una y alistar como soldados a todos los que les parecieran lo bastante fuertes como para llevar armas, aunque estuviesen por debajo de la edad militar [que era, por entonces, de diecisiete años.-N. del T.]. Los tribunos de la plebe podrían, si les parecía bien, presentar una propuesta al pueblo para que a aquellos que prestasen el juramento militar teniendo menos de diecisiete años se les reconociera la misma paga que si se hubieran alistado a los diecisiete o más. Los triunviros así nombrados reclutaron a todos los hombres nacidos libres en los territorios rurales. Por aquel tiempo, se leyó una carta en el Senado remitida por Marco Marcelo en Sicilia, en la cual daba cuenta de la petción que le habían hecho los soldados que servían con Publio Léntulo. Estos eran los restos del ejército de Cannas, que habían sido enviados a Sicilia, como se ha indicado anteriormente, y que no habrían de volver a Italia antes de que hubiera llegado a su fin la guerra púnica.

[25.6] Los mejores jinetes, junto a los centuriones de mayor rango y legionarios escogidos, fueron autorizados por Léntulo para enviar una delegación a Marco Marcelo en Italia. Se permitó a uno que hablara en nombre del resto, y esto fue lo que dijo: "Te habríamos visitado en Italia, Marcelo, cuando fuiste cónsul, tan pronto se aprobó la severa, por no decir injusta, resolución que aprobó el Senado respecto a nosotros, de no haber esperado que tras haber sido enviados a una provincia caída en la confusión por la muerte de sus reyes, para tomar parte en una complicada guerra contra sicilianos y cartagineses combinados, habríamos quedado rehabilitados ante el Senado con nuestra sangre y nuestras heridas, del mismo modo en que aquellos que fueron apresados por Pirro en Heraclea, según la memoria de nuestros antepasados, lograron rehabilitarse combatendo luego contra el mismo Pirro. Y, sin embargo, ¿qué hicimos, senadores, para merecer entonces vuestra ira o para merecerla ahora? Me parece estar mirando en t, Marcelo, los rostros de ambos cónsules y de todo el Senado; si te hubiésemos tenido a t como cónsul en Cannas, tanto nosotros como la república habríamos corrido mejor suerte.

"Permíteme, te lo ruego, que antes de quejarme del trato recibido nos limpie de la culpa de la que se nos acusa. Si no fue por la ira de los dioses o por orden de aquel destino cuyas leyes hacen que los asuntos humanos queden inmutablemente unidos, ¿somos responsables de haber perecido en Cannas por culpa de un hombre? ¿Fue culpa de los soldados o de sus jefes? Como soldado, jamás diré una palabra sobre mi comandante, aunque sé que recibió el agradecimiento del Senado por no haber desesperado de la república y ha visto extendido su mando cada año después de haber huido de Cannas. Aquellos de los supervivientes de aquel desastre, que eran nuestros tribunos militares por entonces, pidieron y consiguieron una magistratura, según hemos oído, y desempeñan mandos de provincias. ¿Os perdonaréis rápidamente a vosotros mismos y a vuestros hijos, senadores, mientras reserváis vuestra cólera contra pobres infelices como nosotros? ¿No era una deshonra para el cónsul y los más notables hombres del Estado huir cuando se ha perdido toda esperanza, mientras nos enviabais a los soldados rasos a encontrarnos con una muerte segura en el campo de batalla? En el Alia huyó casi todo el ejército, en las Horcas Caudinas entregaron sus armas al enemigo sin siquiera intentar luchar, por no hablar de otras vergonzosas derrotas que han sufrido nuestros ejércitos. Pero estuvieron tan lejos aquellos ejércitos de que se les echara en cara cualquier humillación sufrida, que la Ciudad de Roma fue recuperada por el mismo ejército que había huido de Alia a Veyes, y las legiones caudinas que regresaron a Roma sin sus armas fueron enviadas de vuelta y armas al Samnio, e hicieron pasar bajo el yugo al mismo enemigo que había disfrutado viéndoles afrontar aquella humillación. ¿Puede algún hombre acusar al ejército en Cannas por huir, o de cobardía cuando más de cincuenta mil cayeron allí, cuando el cónsul huyó con solo setenta jinetes y cuando no sobrevivió ninguno de los que combateron allí, excepto a los que el enemigo, cansado de masacrar, dejó escapar? Cuando se vetó el rescate de los prisioneros, el vulgo nos elogiaba por habernos salvado para nuestra patria y por volver junto al cónsul en Venosa [la antigua Venusia.-N. del T.] y presentar el aspecto de un ejército ordenado. Sin embargo, así son las cosas, estamos en una situación peor que la de aquellos que cayeron prisioneros en tiempos de nuestros antepasados; porque todo cuanto hubieron de soportar fue el cambio de sus armas, de su grado militar, de sus tiendas en el campamento, y todo lo recuperaron mediante un único servicio prestado al Estado al combatir en una batalla victoriosa. A ninguno de ellos se le envió al exilio, a ninguno se le privó de la posibilidad de rehabilitarse y, sobre todo, tuvieron la oportunidad de poner fin a su vida y a su deshonra combatendo al enemigo. Pero a nosotros, a quienes de nada se nos puede acusar, excepto de haber hecho lo posible para que algún soldado romano saliera vivo de la batalla de Cannas, a nosotros, digo, no solo nos hemos visto enviados lejos de nuestra tierra natal y de Italia, sino que se nos ha mantenido lejos del alcance del enemigo; envejeceremos en el exilio, sin esperanza, sin oportunidad ni de borrar nuestra vergüenza, ni de apaciguar a nuestros conciudadanos y ni siquiera de morir mediante una muerte honorable. No estamos pidiendo que se ponga fin a nuestra ignominia o que nos den recompensas al valor, sólo pedimos que se nos permita demostrar nuestra valía y nuestro coraje. Pedimos trabajos y peligros, tener la oportunidad de cumplir con nuestro deber como hombres y como soldados. Este es el segundo año de la guerra en Sicilia, con todas sus duras batallas libradas. Los cartagineses están capturando algunas ciudades, los romanos están tomando otras, la infantería y la caballería se enfrentan en el choque de la batalla, en Siracusa se desarrolla un gran combate por tierra y mar, oímos los gritos de los combatentes y el fragor de sus armas; y nosotros estamos sentados sin hacer nada, como si no tuviésemos armas ni manos para usarlas. Las legiones de esclavos han combatido en muchas batallas bajo Tiberio Sempronio; han obtenido como recompensa la libertad y la ciudadanía; te imploramos que nos trates al menos como esclavos adquiridos para esta guerra y que nos dejes enfrentar y combatir al enemigo para así ganar nuestra libertad. ¿Estás dispuesto a probar nuestro valor por mar o terra, en campo abierto y contra las murallas de una ciudad? Pedimos el trabajo más difcil y el mayor de los peligros, para que lo que debería haber sido hecho en Cannas se haga ahora tan pronto como se pueda, pues desde entonces nuestra vida ha estado marcada por la vergüenza".

[25.7] Cuando terminó de hablar se postraron a los pies de Marcelo. Él les dijo que no tenía autoridad ni potestad para acceder a su petción, pero les dijo que escribiría al Senado y que se guiaría por su decisión. La carta fue entregada en manos de los nuevos cónsules y leída por ellos al Senado. Después de discutr su contenido, el Senado decidió que no veía ninguna razón por la cual la seguridad de la república debiera ser confada a soldados que habían abandonado a sus compañeros en Cannas. Si Marco Claudio, el propretor, pensaba de otra manera, debía actuar en conciencia y como pensase que sería mejor para el interés del Estado, pero solo a condición de que ninguno de ellos se viera rebajado de servicio, ni recibiera premio alguno al valor, ni se le llevaría de vuelta a Italia mientras el enemigo permaneciera en suelo italiano. Después de esto, el pretor urbano celebró unas elecciones, de acuerdo con una decisión del Senado y con la aprobación del pueblo, para el nombramiento de quinquénviros que se encargasen de la reparación de las murallas y torres de la Ciudad, y dos grupos de triunviros: uno, que se encargaría de inspeccionar el contenido de los templos y hacer inventario de las ofrendas; y el otro que debía reconstruir los templos de la Fortuna y de la Mater Matuta, por dentro de la puerta Carmental, y el templo de la Esperanza por fuera, todos los cuales había quedado destruidos por el fuego el año anterior. Se desencadenaron terribles tormentas: sobre el monte Albano llovieron piedras sin cesar durante dos días. Muchos lugares fueron alcanzados por el rayo: dos edificios en el Capitolio, la muralla del campamento por encima de Arienzo en varios puntos y resultaron muertos dos centinelas. Las murallas y algunas de las torres en Cumas no solo fueron golpeadas por el rayo, sino también derribadas. En Riet [la antigua Reate, considerada en aquel tiempo el ombligo de Italia.-N. del T.] se vio volar una enorme roca y al Sol inusualmente rojo, de hecho como del color de la sangre. Con motivo de estos portentos, se designó un día para rogativas especiales, y durante varias jornadas los cónsules consagraron su atención a los asuntos religiosos, celebrándose servicios especiales durante nueve días. La traición de Tarento había sido durante mucho tiempo objeto de la esperanza de Aníbal y de la sospecha de los romanos; entonces, un incidente ocurrido fuera de sus murallas apresuró su captura. El tarentino Fileas había estado durante un largo periodo en Roma, aparentemente como embajador de Tarento. Era hombre de carácter inquieto y le irritaba la inacción en la que le parecía que iba a pasar la mayor parte de su vida. A los rehenes de Tarento y Turios se les mantenía en el atrio de la Libertad [el templo de la Libertad estaba en el monte Aventino.-N. del T.], pero no bajo una vigilancia estricta, pues ni a ellos ni a sus propias ciudades les interesaba engañar a los romanos. Fileas encontró la manera de acceder a ellos y mantuvo frecuentes entrevistas en la que se los ganó para sus designios; mediante el soborno de dos de los vigilantes, los sacó de su confnamiento en cuanto fue de noche y escaparon secretamente de Roma. Tan pronto como se hizo de día, su fuga fue conocida en toda la Ciudad y se envió una partida en su persecución. Fueron capturados en Terracina y traídos de vuelta; luego les llevaron hasta la Asamblea y, con la aprobación del pueblo, se les azotó con varas y se les arrojó desde la Roca [la roca Tarpeya, claro.-N. del T.].

[25.8] La crueldad de este castgo produjo un sentimiento de amargo resentimiento en las dos ciudades griegas más importantes de Italia; no solo entre la población en general, sino especialmente entre aquellos que estaban unidos por lazos de amistad y familia con los hombres que habían sufrido destino tan horrible. Entre estos había trece jóvenes nobles de Tarento que iniciaron una conspiración; los cabecillas eran Nico y Filomeno. Antes de emprender cualquier acción, pensaron que debían mantener una entrevista con Aníbal. Salieron de la ciudad por la noche con la excusa de que se marchaba a una expedición de caza y tomaron la dirección de su campamento. Cuando no estaban ya muy lejos de él, los demás se escondieron en un bosque cerca de la carretera mientras que Nico y Filomeno se llegaban hasta los puestos avanzados. Fueron capturados, como pretendían, y conducidos ante Aníbal. Tras explicarle los motivos que les habían movido y la naturaleza del paso que contemplaban dar, se les dio calurosamente las gracias y se les cargó de promesas; Aníbal les aconsejó que llevase a la ciudad algún ganado, del perteneciente a los cartagineses, que había sido sacado a pastar, de manera que pudieran hacer creer a sus conciudadanos que habían salido, efectivamente a obtener botín. Les prometó que estarían a salvo y que no serían molestado mientras iban así ocupados. Todo el mundo contempló el botín que habían traído los jóvenes, y como repiteron lo mismo una y otra vez, el pueblo se maravillaba menos de su osadía. En su siguiente entrevista con Aníbal, obtuvieron de él la promesa solemne de que los tarentinos mantendrían su libertad y conservarían sus leyes y propiedades, no tendrían que pagar impuestos ni tributos a Cartago ni se verían obligados a admitr una guarnición cartaginesa contra su voluntad. La guarnición romana quedaría a merced de los cartagineses. Cuando se hubo llegado a este acuerdo, Filomeno convirtó en algo habitual el dejar la ciudad y regresar por la noche. Era conocido por su pasión por la caza y llevaba con él a sus perros y todo los necesario para la práctica de aquel deporte. Por lo general, regresaba con algo que había sido dispuesto en su camino y que entregaba a los soldados

o a los comandantes de guardia. Imaginaban que elegía la noche para sus expediciones por miedo al enemigo. Cuando se hubieron acostumbrado tanto a sus movimientos que le abrían la puerta a cualquier hora de la noche en que diera la señal mediante silbidos, Aníbal consideró que había llegado el momento de actuar. Él estaba a tres días de distancia de marcha y, para disminuir la sorpresa que pudiera producir el que permaneciera acampado tanto tiempo en un mismo lugar, fngió una enfermedad. Los romanos que guarnecían Tarento dejaron de ver su permanencia allí con suspicacia.

[25.9] Cuando hubo tomado la decisión de marchar a Tarento, escogió una fuerza de diez mil soldados de infantería y caballería que, por su agilidad y lo ligero de su armamento, resultaría la más adecuada para una operación así. En la cuarta guardia nocturna [sobre las dos de la mañana.-N. del T.] dio orden de moverse y envió por delante unos ochenta jinetes númidas con órdenes de patrullar los caminos de los alrededores y mantener una aguda vigilancia para que ningún campesino pudiera espiar sus movimientos desde la distancia; que a los que fuesen en su misma dirección los hicieran volver y que matasen a los que se encontrasen de frente, de manera que los habitantes de la vecindad pensasen que se trataba más de una banda de salteadores que de un ejército. Marchando rápidamente con sus hombres, acampó a unas quince millas [22 kilómetros.-N. del T.] de Tarento, y sin decir palabra sobre dónde iban, reunió a sus hombres y les advirtó para que mantuviesen la línea de marcha y que ninguno se apartase o abandonara las filas. Por encima de todo, debían obedecer atentamente las órdenes y no hacer nada que no se les dijese que hicieran. Ya les diría, cuando llegase en momento, lo que deseaba que hiciesen. Casi a la misma hora, llegó a Tarento un rumor diciendo que un pequeño grupo de jinetes númidas estaba devastando sus campos y sembrando el pánico a lo largo y ancho entre el campesinado. El comandante romano solo ordenó que, a la mañana siguiente temprano, una parte de su caballería cabalgara para detener los saqueos enemigos. En cuanto a protegerse contra cualquier otro imprevisto, se mostró tan despreocupado que este movimiento de los númidas se tomó, en realidad, como una prueba de que Aníbal y su ejército no se habían movido de su campamento.

Aníbal reanudó su avance poco después de oscurecer; Filomeno iba por delante con su habitual carga; el resto de los conspiradores aguardaban dentro de la ciudad para llevar a cabo su parte del complot. Lo acordado era que Filomeno llevaría su presa por el portllo que siempre empleaba, entrando al mismo tiempo algunos hombres armados; Aníbal se aproximaría a la puerta Temenítda desde otra dirección. Esta puerta estaba en la parte de la ciudad que miraba a terra, hacia el este y cerca del cementerio público intramuros. Al acercarse Aníbal a la puerta, dio la señal mediante una luz; esta fue contestada de la misma manera por Nico; luego apagaron ambas luces. Aníbal marchó hasta la puerta en silencio; Nico lanzó un repentino ataque contra los centinelas que dormían plácidamente en sus camas, matándolos, y abrió luego la puerta. Aníbal entró con su infantería, pero ordenó a la caballería que permaneciese fuera, dispuesta a enfrentarse con cualquier ataque desde la llanura abierta. En la otra dirección, Filomeno había alcanzado también el portllo que solía emplear, y al gritar que apenas podía aguantar el peso de la enorme besta que transportaba, sus ya bien conocidas voz y señal despertaron al centinela y la puerta se abrió. Entraron dos jóvenes llevando un jabalí, Filomeno y un cazador ligeramente equipado les seguían de cerca después; mientras el centinela, asombrado por su tamaño, se volvía sin sospechar nada hacia los que lo transportaban, Filomeno lo atravesó con un venablo. Luego, entraron corriendo unos treinta hombres y masacraron a los centinelas, abriendo la puerta grande de al lado; el ejército entró inmediatamente en orden de combate y machó en perfecto silencia hasta el Foro, donde se unieron a Aníbal. El general cartaginés dividió a dos mil de sus galos en tres grupos, proporcionando a cada uno dos tarentinos para guiarles, y los envió a diferentes partes de la ciudad con órdenes de ocupar las calles principales y que si se levantaba algún tumulto debían dar muerte a los romanos y respetar a los naturales del lugar. Para lograr este último objetivo, dio instrucciones a los conspiradores para que dijesen, a cualquiera de sus conciudadanos que divisaran, que guardasen silencia y no temiesen nada.

[25.10] Para entonces, ya se estaba produciendo el griterío y alboroto usuales en la toma de una ciudad, aunque nadie sabía con certeza qué había pasado. Los tarentinos pensaban que la guarnición romana había comenzado a saquear la ciudad; los romanos creían que la población había comenzado un alboroto con algún propósito traicionero. El prefecto, despertado por el tumulto, escapa rápidamente hacia el puerto y, montando en un bote, rodeó la ciudadela. Para aumentar la confusión, se escuchó el sonido de una corneta desde el teatro. Se trataba de una corneta romana que los conspiradores habían conseguido para ese fin y que, siendo usada por un griego que no sabía cómo hacerlo, no se podía distinguir de qué toque se trataba ni a quién estaba dirigido. Cuando comenzó a clarear, los romanos reconocieron las armas de los cartagineses y galos, desapareciendo cualquier duda; los griegos, además, viendo los cuerpos de los romanos yaciendo por todas partes, se dieron cuenta de que la ciudad había sido capturada por Aníbal. Cuando hubo ya más luz y los romanos supervivientes a la masacre se hubieron refugiado en la ciudadela, el tumulto disminuyó un tanto y Aníbal ordenó a los tarentinos que se reunieran desarmados. Una vez estuvieron todos reunidos, con excepción de aquellos que habían acompañado a los romanos a la ciudadela para compartr su destino, cualquier que este pudiera ser, Aníbal les dirigió algunas palabras amables y les recordó el modo en que había tratado a sus compatriotas capturados en la batalla de Cannas. Luego arremetó duramente contra la tranía de la dominación romana, y terminó por pedir a cada uno que regresara a sus hogares y escribiera sus nombres sobre sus puertas; daría de inmediato una señal, si alguna casa no quedaba así señalada, sería saqueada y si alguien hacía la inscripción en una casa ocupada por un romano (estaban en un barrio aparte), lo trataría como enemigo. Despidió al pueblo y, una vez puestas las inscripciones en las puertas, para que se pudieran distinguir las casas locales de las del enemigo, se dio la señal para que las tropas se dispersaran en todas direcciones para saquear las casas romanas. Se incautaron de una considerable cantidad de botín.

[25.11] Al día siguiente se dirigió a atacar la ciudadela. Estaba protegida por altos acantlados por el lado que daba al mar y que la rodeaba casi como una península, por el otro lado, que daba a la ciudad, estaba encerrada por una muralla y un foso muy profundo; Aníbal se percató en seguida de que desafaría con éxito cualquier ataque, tanto por asalto como por obras de asedio. Como no quería que se retrasase la realización de operaciones más importantes ni dejarles sin una defensa adecuada contra cualquier ataque que pudieran hacer los romanos a placer desde la ciudadela, decidió cortar toda comunicación entre la ciudad y la ciudadela mediante movimientos de terra. Esperaba, también, que los romanos tratasen de interrumpirlos, le dieran ocasión de combatir y que, en caso de que hicieran una salida en fuerza, les pudiera infigir tan severas pérdidas y debilitarlos tanto que los tarentinos pudieran mantenerse por sí mismos con facilidad y sin ayuda contra ellos. Tan pronto dieron inicio los trabajos, los romanos abrieron repentinamente las puertas de la ciudadela y atacaron al grupo de trabajo. El destacamento que estaba de guardia a lo largo del frente se dejó empujar y los romanos, envalentonados por el éxito, les siguieron en gran número y a mucha distancia. Entonces se dio una señal y los cartagineses a los que Aníbal había dispuesto se precipitaron sobre ellos desde todos los lados. Los romanos no pudieron resistr su ataque, pero su huida se vio obstruida por el estrecho espacio entre los obstáculos provocados por los trabajos iniciados y los de los preparativos efectuados para la continuación de los mismos. Un gran número de ellos se arrojó de cabeza al foso, muriendo muchos más al huir que en los combates. Después de esto, continuaron los trabajos sin ser molestados. Se cavó un enorme foso y en su parte interna construyeron una empalizada, un poco más hacia el exterior, en la misma dirección, hicieron los preparativos para añadir una muralla, de manera que la ciudad pudiera protegerse a sí misma sin ayuda contra los romanos. Dejó, sin embargo, un pequeño destacamento para guarnecer la plaza así como para ayudar a completar la muralla; entretanto, él mismo con el resto de sus fuerzas asentó su campamento junto al río Galaso, a unas cinco millas de Tarento [el antiguo río Galeso, con el campamento a 7400 metros.-N. del T.]. Al volver de esta posición para inspeccionar las obras, y encontrándolas mucho más avanzadas de lo que esperaba, albergó la esperanza de atacar con éxito la ciudadela. No estaba, como en otras plazas similares, protegida por su elevada posición, pues quedaba al mismo nivel y estaba separada de la ciudad por un foso y una muralla. Mientras se complementaba el ataque con obras de asedio, desde Metaponto llegaron refuerzos con máquinas y artillería de toda clase; así fortalecidos, los romanos se animaron a lanzar un ataque nocturno contra las obras enemigas. Destruyeron algunas, quemaron otras y aquel fue el fin de los intentos de Aníbal para asaltar las murallas. Su única esperanza era asediar la ciudadela, pero aquello le parecía inútl, pues al estar en una península y controlando la boca del puerto, los que allí estaban podían hacer libre uso del mar. La ciudad, por otra parte, quedó impedida de recibir suministros por vía marítima, con más posibilidades los sitadores de morir de hambre que los sitados.

Aníbal convocó a los notables del lugar y les explicó todas las difcultades de la situación. Les dijo que él no veía la forma de tomar al asalto una ciudadela tan fortifcada, y no se podía esperar nada de un bloqueo en tanto que el enemigo fuera el amo del mar. Si tuviera barcos, de manera que se pudieran detener todos los suministros antes de que les llegasen, deberían entonces evacuar la ciudadela o rendirse. Los tarentinos se mostraron bastante de acuerdo con él, pero ellos creían que el hombre que daba el consejo debía ayudar a su realización. Si mandaba buscar barcos cartagineses desde Sicilia, el asunto sería factible, pues sus propios barcos estaban encerrados en una estrecha bahía; ¿cómo podrían escapar a mar abierto desde allí? "Escaparán", dijo Aníbal. "Muchas cosas que la naturaleza hace difcil las resuelve la inteligencia. Tenéis una ciudad situada en terreno llano; con calles anchas y niveladas en todas direcciones. Llevaré vuestras naves sin demasiados problemas sobre carretas y por la carretera que va desde el puerto al mar, atravesando el corazón de la ciudad. Luego, el mar que el enemigo ahora señorea será nuestro, asediaremos la ciudadela por aquel lado del mar y por tierra desde este, y diría que muy pronto seremos capaces de capturarla, sea tras haberla evacuado el enemigo o con el enemigo en su interior". Estas palabras no solo animaron la esperanza de vencer, sino también una gran admiración por el general. Se reunieron rápidamente carretas de todas partes y se unieron entre sí; se emplearon máquinas para sacar las naves a tierra y se mejoró la superfcie de la vía para que las carretas pudieran ser arrastradas más fácilmente y que se pudiera practicar el transporte con menos difcultad. A continuación, se reunieron animales de tro y hombres y se iniciaron los trabajos con pronttud. Después de unos pocos días, una flota completamente equipada rodeaba la ciudadela y levaba anclas en la misma boca del puerto. Así quedaban las cosas cuando Aníbal dejó a sus espaldas Tarento al regresar a hibernar. Los autores, sin embargo, están divididos sobre la cuestón de si la defección de Tarento se produjo este año o el anterior, pero la mayoría, incluyendo a aquellos que vivieron más cercanos a la época de los hechos, afrman que sucedió este año.

[25.12] Los cónsules y los pretores quedaron retenidos en Roma por el Festival latino hasta el 27 de abril. Ese día se dio término a los ritos sagrados sobre el monte Albano y todos partieron para sus respectivas provincias. Posteriormente, se les dio conocimiento de la necesidad de nuevas observancias religiosas a causa de las profecías de Marcio. Este Marcio era un famoso vidente y sus profecías habían salido a la luz el año anterior cuando, por orden del Senado, se procedió a una inspección de todos los libros de similar carácter. Llegaron en primer lugar a manos de Marco Emilio quien, como pretor urbano, estaba a cargo de la empresa, y él enseguida los entregó al nuevo pretor, Sila. Una de las dos se refería a hechos que ya habían tenido lugar antes de ver la luz, y la autoridad así adquirida por su cumplimiento dio más credibilidad a la otra, que aún no se había cumplido. En la primera, se anunciaba el desastre de Cannas con estas palabras:

"Tú que eres nacido de sangre troyana, cuídate

No dejes que extranjeros

Te fuercen a dar batalla en la llanura fatal

De Diomedes [así se conocía la parte de Apulia donde está Cannas.-N. del T.]. Pero no me atenderás

Hasta que toda la llanura Sea regada con tu sangre, La corriente lleve a miles de tus muertos Desde la fecunda tierra hasta el mar inmenso Para peces, aves y feras será manjar tu carne. Así me ha hablado el Gran Júpiter". Aquellos que habían luchado allí reconocieron la verdad de la descripción: la llanura del argivo

Diomedes y el río Canna [que pudiera ser el Ofanto.-N. del T.] y la imagen misma del desastre. A continuación se dio lectura a la segunda profecía. No solo era más oscura que la primera, pues el futuro es más incierto que el pasado, sino también más ininteligible a causa de su redacción. Decía lo siguiente:

"Si, romanos, queréis echar lejos a los enemigos Que vienen de lejos para azotar vuestra terra, opino entonces que debéis celebrar juegos en honor de Apolo cada año Alegremente en honor de Apolo, El pueblo pagará una parte con el tesoro público, contribuirán los particulares por sí y por los suyos. Sea su presidente el pretor que imparte justicia a todos, de mayor rango para pueblo y plebe. Que luego Decenviros sacrifquen víctimas Según el rito griego. Si esto así hacéis Entonces os regocijaréis para siempre Y vuestra suerte prosperará; el Dios que alimenta vuestros campos acabará con vuestros enemigos". Pasaron un día interpretando esta profecía. Al día siguiente, el Senado aprobó una resolución por la que

los decenviros debían examinar los libros sagrados, en relación con la insttución de Juegos dedicados a Apolo y el modo adecuado de sacrifcar. Tras haber hecho sus averiguaciones e informado al Senado, se aprobó una resolución para "que se ofrecieran y celebrasen Juegos en honor a Apolo, y que cuando hubieran fnalizado, se entregasen al pretor doce mil ases para los gastos del sacrifcio de dos víctimas mayores". Se aprobó una segunda resolución según la cual "los decenviros deberían sacrifcar según el rito griego a las siguientes víctimas: a Apolo, un buey con cuernos dorados y dos cabras blancas con cuernos dorados; y a Latona, una vaca con cuernos dorados". Cuando el pretor estaba a punto de celebrar los Juegos en el Circo Máximo, dio aviso de que durante los Juegos el pueblo debía contribuir con una ofrenda a Apolo, según las posibilidades de cada cual. Tal es el origen de los Juegos Apolinares, que fueron insttuidos para la consecución de la victoria y no, como generalmente se cree, la salud. La gente llevaba guirnaldas mientras los contemplaba y las matronas ofrecían rogativas; la festa siguió en los patos abiertos de las casas, que tenían sus puertas abiertas, y se celebraba el día con toda clase de ritos solemnes [las fiestas tenían lugar del 6 al 13 de junio y consistan en carreras, espectáculos teatrales y luchas de bestias.-N. del T.].

[25.13] Aníbal se encontraba todavía en las proximidades de Tarento y ambos cónsules estaban en el Samnio, aparentemente efectuando preparativos para sitar Capua. El hambre, producto generalmente de un largo sito, ya empezaba a hacer efecto sobre los campanos, pues los ejércitos romanos les habían impedido sembrar sus cultivos. Enviaron un mensaje a Aníbal pidiéndole que diese órdenes para que se les mandara grano a Capua, desde los lugares vecinos, antes de que los cónsules enviasen sus legiones a sus campos y que todos los caminos quedaran intransitables por culpa del enemigo. Aníbal ordenó a Hanón, que estaba en el Brucio, que mar llevase su ejército a la Campania y que velase porque el pueblo de Capua quedara abundantemente provisto de grano. En consecuencia, Hanón marchó a la Campania y, evitando cuidadosamente a los cónsules que estaban acampados en el Samnio, eligió una posición para su campamento en cierto terreno elevado a unas tres millas [4440 metros.-N. del T.] de Benevento. A continuación, impartió órdenes para que el grano que había sido almacenado en las ciudades aliadas se llevara a su campamento y asignó destacamentos para proteger los envíos. Se envió un mensaje a Capua diciéndoles el día que debían hacer acto de presencia en el campamento para recibir el grano, llevando con ellos cuantos vehículos y bestias pudieran reunir. Los campanos cumplieron sus instrucciones con la misma desidia y el mismo descuido que mostraban en todo lo demás. Apenas enviaron poco más de cuarenta carretas y casi ningún ganado [400 carretas, a unos 400 kilos cada una, nos daría una capacidad de transporte de 160000 kilos de grano, lo que no parece poco. El original latino reza quadringenta vehicula, o sea, 400 carros, pero pensamos que pudo haber un error del copista al escribir quadringenta, cuatrocientos, por quadraginta, cuarenta. En todo caso, anotamos el texto literal y el por qué de nuestra duda.-N. del T.]. Hanón los reprendió severamente diciéndoles que ni siquiera el hambre, que despierta las energías en los animales irracionales, les estimulaba a esforzarse. Fijó luego otro día para que vinieran por el grano con mejores medios de transporte.

De todo se informó al pueblo de Benevento, exactamente como pasó. Mandaron de inmediato una delegación de diez de sus principales ciudadanos a los cónsules, quienes estaban cerca de Boiano [la antigua Bovianum.-N. del T.]. Al oír lo que estaba pasando en Capua, acordaron que uno de ellos debía marchar a la Campania. Fulvio, a quien se había asignado esa provincia, efectuó una marcha nocturna y entró en Benevento. Se encontraba ahora en la inmediata vecindad de Hanón y fue informado de que este había salido, con una parte de su ejército, en una expedición de forrajeo, de que el se había suministrado grano a Capua bajo su supervisión, de que dos mil carretas con una desordenada y desarmada multitud había llegado a su campamento, de que las prisas y la confusión campaban por doquier y de que los campesinos de los alrededores habían invadido el campamento y destruido cualquier semblanza de orden y disciplina militar. Cuando se hubo convencido de que esta información era correcta, dio orden de que sus hombres tuviesen listos los estandartes y armas, y nada más, para el anochecer, pues habrían de atacar el campamento cartaginés. Dejando sus equipos y todo su equipaje en Benevento, salieron sobre la cuarta guardia [sobre las dos de la madrugada.-N. del T.] y alcanzaron el campamento justo antes de amanecer. Su aparición produjo tal alarma que, de haber estado el campamento en terreno llano, sin duda habría sido tomado al primer asalto. Su posición elevada y sus fortifcaciones lo salvaron; desde ninguna dirección podría ser abordado, excepto mediante una ardua y difcultosa escalada. Al amanecer dio comienzo un acalorado combate; los cartagineses no se limitaron a defender su empalizada sino que, al estar en una posición más elevada, se lanzaron contra el enemigo que trataba de subir y lo expulsaron abajo.

[25,14] El valor y la determinación, sin embargo, superaron todas las difcultades y en algunas partes los romanos se abrieron paso por el parapeto y el foso, aunque con graves pérdidas en muertos y heridos; entonces, el cónsul, reuniendo a sus generales y tribunos, les dijo que debían desistr del peligroso intento. Pensaba que sería más prudente marchar aquel día de vuelta a Benevento y acercar al día siguiente su campamento al del enemigo, para que así los campanos no pudieran salir y Hanón no pudiera regresar a él. Para estar más seguro de esto, se dispuso a llamar a su colega con su ejército y dirigir sus operaciones conjuntamente contra Hanón y los campanos. Ya se había tocado a retirada cuando los planes del general quedaron rotos por los furiosos gritos de los soldados que rechazaban aquellas pusilánimes tácticas. Resultó que la cohorte peligna era la más cercana al enemigo, y su prefecto, Vibio Acao, empuñó un estandarte y lo arrojó por la empalizada enemiga, invocando al tiempo una maldición sobre sí y sobre su cohorte su el enemigo llegaba a apoderarse del estandarte. Él fue el primero en cruzar a la carrera el foso y la muralla y entrar en el campamento. Ahora los pelignos combatan dentro de las líneas enemigos, y Valerio Flaco, tribuno de la tercera legión, estaba increpando a los romanos por su cobardía al dejar para los aliados la gloria de capturar el campamento cuando Tito Pedanio, el primer centurión de los príncipes, arrancó un estandarte de las manos del signífero y gritó: "¡Este estandarte y vuestro centurión estarán tras la empalizada en un momento, que lo sigan los que impedirán que lo capture el enemigo!". Sus propios manípulos lo siguieron al saltar el foso, y luego el resto de la legión presionó fuertemente. Para entonces, incluso el cónsul, al verlos escalar sobre la empalizada, había cambiado de opinión y, en vez de llamar a las tropas, empezó a animarlas señalando la peligrosa posición de sus bravos aliados y la de sus propios conciudadanos. Cada hombre hizo cuanto pudo para presionar; tanto sobre terreno llano como quebrado, entre los proyectiles que llovían desde todas direcciones, contra la desesperada resistencia del enemigo que empeñaba en el intento sus personas y sus armas, avanzaron paso a paso e irrumpieron en el campamento. Muchos de los que resultaron heridos, incluso los que estaban débiles por la pérdida de sangre, combateron hasta poder caer dentro del campamento enemigo. De esta manera fue tomado el campamento, y capturado también con tanta rapidez como si hubiera estado en terreno llano y sin fortifcar en absoluto. Ya no fue más un combate, sino una masacre, pues todos quedaron cercados dentro de su empalizada. Murieron más de diez mil enemigos y unos siete mil quedaron prisioneros, incluyendo a los campanos que habían ido a por grano, así como todos los carros y los animales de tro. También se consiguió una inmensa cantidad de botín que Hanón, que había estado saqueando por todas partes, había tomado de los campos de los aliados de Roma. Después de destruir totalmente el campamento enemigo volvieron a Benevento. Allí, los dos cónsules -Apio Claudio había llegado unos días antes-vendieron y repartieron el botín. Aquellos a cuyos esfuerzos se debió la captura del campamento fueron recompensados, especialmente Acao el peligno y Tito Pedanio, el primer centurión de la tercera legión. Hanón estaba en Cominio Ocrito [que se encontraba entre Benevento y Lucera.-N. del T.] con un pequeño grupo de forrajeo cuando se enteró del desastre de su campamento y se retró al Brucio de una manera que más parecía una huida que una marcha ordenada.

[25.15] Cuando los campanos, a su vez, oyeron hablar de la catástrofe que les había alcanzado a ellos y a sus aliados, mandaron embajadores para que informaran a Aníbal de que ambos cónsules estaban en Benevento, a un día de marcha de Capua, y que la guerra prácticamente había llegado a sus muros y puertas. Si no venía a toda velocidad en su ayuda, Capua caería en manos del enemigo más rápido de lo que lo había hecho Arpinova. Ni siquiera Tarento, y mucho menos su ciudadela, debían resultar a sus ojos de tanta importancia como para ceder a Roma, abandonada e indefensa, la Capua que de la que siempre solía decir que era tan grande como Cartago. Aníbal prometó que se haría cargo de Capua y envió una fuerza de caballería de dos mil jinetes, con cuya ayuda podrían impedir que sus campos fueran devastados. Los romanos por su parte, entre otras cosas, no habían perdido de vista la ciudadela de Tarento y su guarnición sitada. Publio Cornelio, uno de los pretores, siguiendo las instrucciones del Senado, envió a su lugarteniente, Cayo Servilio, a comprar grano en Etruria, y tras cargar algunos barcos navegó hasta Tarento y se abrió paso entre las naves de vigilancia enemigas dentro del puerto. Su llegada produjo un cambio tal que los mismos hombres que, habiendo perdido casi toda esperanza, eran con frecuencia invitados por el enemigo en sus conversaciones para que se cambiasen de bando, trataban ahora de persuadir e invitar al enemigo para que viniese con ellos. Se enviaron además soldados desde Metaponto, de modo que la guarnición era ahora lo bastante fuerte como para defender la ciudadela. Los metapontinos, por su parte, libres de su temor por la salida de los romanos, no tardaron en pasarse a Aníbal. El pueblo de Turios, en la misma parte de la costa, dio el mismo paso. Su acción se debió en parte a la defección de Tarento y Metaponto (con quienes compartan procedencia, la Acaya, así como parentela), pero principalmente la causa fue su exasperación contra los romanos por la reciente masacre de sus rehenes. Los parientes y amigos de estos fueron quienes enviaron mensajeros a Aníbal y Magón, que estaban en las proximidades, prometendo poner la ciudad en su poder si llegaban hasta las murallas. Marco Atinio estaba al mando de Turios con una pequeña guarnición, y pensaron que sería fácil provocarle a un combate precipitado, no porque confase en su escasa fuerza, sino por confaría en los soldados de Turios, a lo que había entrenado y armado cuidadosamente contra semejante emergencia.

Después que los generales cartagineses hubieran entrado a territorio turio, dividieron sus fuerzas: Hanón seguiría con la infantería en orden de combate hasta la ciudad; Magón y su caballería se detendrían y tomarían una posición tras algunas colinas admirablemente dispuestas para ocultar sus movimientos. Atinio entendió por la información de sus exploradores que la fuerza hostl se componía únicamente de infantería; por lo tanto, fue a la batalla inconsciente de la traición de los ciudadanos y de la maniobra del enemigo. El combate resultó muy desmayado, con sólo unos pocos romanos en la línea de batalla, con los turios esperando el resultado de la cuestón en lugar de ayudar a decidirla. La línea cartaginesa retrocedió a propósito, a fin de conducir a su desprevenido enemigo detrás de la colina donde estaba esperando la caballería. Tan pronto llegaron al lugar, la caballería se abalanzó lanzando su grito de guerra. Los turios, una masa indisciplinada, desleales hacia el bando con el que luchaban, fueron puestos en fuga de inmediato; los romanos sostuvieron el combate durante algún tiempo a pesar de estar siendo atacados por un lado por la infantería y por el otro por la caballería; pero, al fnal, ellos también se volvieron y huyeron a la ciudad. Allí, un grupo de los traidores dejaron entrar a sus conciudadanos por la puerta abierta, pero cuando vieron a los derrotados romanos corriendo hacia la ciudad, gritaron que tenían a los cartagineses en sus talones y que el enemigo podría entrar en la ciudad mezclado con los romanos a menos que cerrasen inmediatamente las puertas. Por consiguiente, los romanos quedaron inermes para ser masacrados por el enemigo, solo se permitó entrar a Atinio y a otros pocos. Se levantó una acalorada discusión entre los ciudadanos; algunos estaban por mantener su lealtad a Roma, otros pensaban que debían ceder ante el destino y rendir la ciudad a los vencedores. Como de costumbre, la fortuna y los malos consejos se impusieron. Atinio y sus hombres fueron conducidos hasta el mar y puestos a bordo de un barco, no porque fuesen romanos sino porque, después de la ligera y ecuánime administración de Atinio, expresaron su deseo de garantzar su seguridad. A continuación, abren a los cartagineses las puertas de la ciudad. Los cónsules dejaron Benevento y llevaron sus legiones al territorio de Capua, en parte para destruir las cosechas de grano, que ya verdeaban, y en parte con el fin de lanzar un ataque contra la ciudad. Pensaban que harían ilustre su consulado con la destrucción de tan rica y próspera ciudad, y al mismo tiempo acabarían con la mancha en el honor de la República, que había permitido durante casi tres años que aquella deserción de un vecino tan cercano quedara sin castgo. No podían, sin embargo, dejar Benevento sin protección. Si, como estaban seguros de que sería el caso, Aníbal iba a Capua para ayudar a sus aliados, sería necesario, en vista de la súbita emergencia, prevenirse contra los ataques de su caballería. Enviaron, por tanto, órdenes a Tiberio Graco, que estaba en Lucania, para que se llegase a Benevento con su caballería y su infantería ligera, y que dejara alguien al mando de las legiones que permanecerían en el campamento que protegía Lucania.

[25.16] Antes de salir de Lucania, aconteció a Graco un presagio de mal agüero al estar ofreciendo un sacrifcio. Justo al terminar el sacrifcio, dos serpientes se deslizaron sin ser vistas hasta las partes reservadas de la víctima y devoraron el hígado; tan pronto fueron vistas, desaparecieron repentinamente. Por consejo de los augures, se ofreció un nuevo sacrifcio y se reservaron las partes adecuadas con el mayor cuidado, pero, según la tradición, ocurrió lo mismo una segunda e incluso una tercera vez; las serpientes se deslizaron y tras probar el hígado escaparon intactas. Los augures advirteron al comandante que el portento le concernía y le rogaron que estuviese alerta contra enemigos ocultos y tramas secretas. Sin embargo, ningún augurio puede detener el destino inminente. Había un lucano llamado Flavo, cabecilla de aquel partido de los lucanos que estaban a favor de Roma (pues una parte se había pasado con Aníbal) y fue elegido su pretor. Ya había desempeñado el cargo durante un año cuando cambió repentinamente de idea en empezó a buscar una oportunidad de congraciarse con los cartagineses. No creyó sufciente marcharse él mismo y arrastrar a los lucanos a la revuelta, sino que quiso asegurar su alianza con el enemigo mediante la sangre y la traición de la vida de un hombre que era su invitado y comandante. Tuvo una entrevista secreta con Magón, que estaba al mando en el Brucio, y obtuvo su solemne promesa de que, si traicionaba al jefe romano a los cartagineses, los lucanos serían admitidos como amigos y se les permitría vivir como un pueblo libre bajo sus propias leyes. Luego llevó a Magón al lugar donde le indicó que traería a Graco con una pequeña escolta. Magón llevaría infantes y jinetes completamente armados al lugar, que podía ocultar un gran número. Después de que el sito hubiera sido examinado y escrutado por todas partes, se fjó un día para realizar el proyecto. Flavo visitó al comandante romano y le dijo que tenía un asunto importante entre manos, pidiendo la ayuda de Graco para su realización. Había convencido a los principales magistrados de todos los pueblos que, en el desorden general, se habían pasado a los cartagineses, para que volvieran a su amistad con Roma, pues la causa de Roma, que casi se había arruinado en Cannas, era cada vez más fuerte y más popular, mientras que la fortaleza de Aníbal disminuía y estaba a punto de desaparecer. Los romanos, él lo sabía, no serían implacable para quienes les habían ofendido anteriormente, nunca había habido una nación más dispuesta a escuchar las súplicas ni más rápida en perdonar. ¡Cuán a menudo habían perdonado incluso a sus propios antepasados tras su repetida reanudación de hostilidades! Este era el lenguaje con el que se les había dirigido. "Pero", continuó, "ellos preferirían escuchar todo esto del mismo Graco en persona, estrechar su mano derecha y llevarse la garantía de su propia boca". Le explicó que les había indicado un lugar para reunirse sin testigos, no lejos del campamento romano, y que solo se precisarían unas pocas palabras para resolver allí las cosas de modo que toda la nación lucana se convirtera en fiel aliada de Roma.

Graco, impresionado por la aparente sinceridad del lenguaje del hombre y de la propuesta que hacía, y persuadido por lo plausible y suave de su discurso, partió del campamento con sus lictores y una tropa de caballería bajo la guía de su anftrión y amigo. Cabalgó directamente hacia la trampa; los enemigos aparecieron de repente desde todos los lados y, para despejar cualquier duda sobre haber sido traicionado, Flavo se les unió. Desde todas partes lanzan proyectiles sobre Graco y su caballería. Él salta de su caballo, ordena al resto que haga lo mismo y los exhorta a glorifcar con su valor la única opción que les había dejado la fortuna. "¡¿Que le queda", exclamó, "a un grupo pequeño rodeado por un enorme ejército en un valle cercado por bosques y montañas, excepto la muerte?! La única pregunta es: ¿vais a ofreceros como ganado al matadero sin resistencia, o tornaréis vuestros ánimos de una pasiva espera del fnal y lanzaréis un ataque feroz y furioso, activo y osado, hasta que caigáis cubiertos por la sangre de vuestros enemigos, en medio de los cuerpos amontonados y las armas de vuestros moribundos adversarios? ¡Atacad cada uno de vosotros al traidor y renegado lucano! El hombre que lo envíe de antemano como víctima a los dioses encontrará en su propia muerte un glorioso honor y un indecible consuelo".
Mientras decía esto, enrolló su paludamento en torno a su brazo izquierdo (pues ni siquiera habían llevado sus escudos con ellos) y cargó contra el enemigo. Hubo más combate del esperable por el número de los combatentes. Los romanos estaban más expuestos a los proyectiles y, como estos eran lanzados desde el terreno más elevado que les rodeaba, todos fueron alcanzados por ellos. Graco quedó ahora sin ninguna defensa y los cartagineses trataron de capturarlo vivo, pero al ver a su anftrión y amigo lucano entre el enemigo, lanzó un ataque tan furioso contra sus apretadas filas que resultó imposible salvar su vida sin sufrir graves pérdidas. Magón envió su cadáver a Aníbal y ordenó que este y las fasces capturadas se colocasen ante la tribuna del general. Si esta es la auténtica historia, Graco murió en Lucania, en los llanos conocidos como "Viejos".

[25,17] Hay algunos que señalan un lugar en los alrededores de Benevento, cerca del río Calore, como escenario de su muerte, contando que había dejado el campamento con sus lictores y tres esclavos, para bañarse en el río, coincidiendo que el enemigo estaba oculto en una arboleda de sauces, y mientras se encontraba desnudo e indefenso resultó muerto después de tratar vanamente de ahuyentar a los enemigos con cantos del lecho del río. Otros dicen que, siguiendo el consejo de los augures, había marchado hasta una media milla del campamento [740 metros.-N. del T.] con el propósito de evitar los presagios antes mencionados en un lugar puro, cuando fue rodeado por dos turmas de númidas [unos sesenta jinetes.-N. del T.] que por casualidad habían tomado allí posiciones. Así que poco acuerdo hay en cuanto al lugar y las circunstancias de la muerte de este famoso y brillante hombre. Y existen diferentes versiones a cuenta de su funeral. Algunos dicen que sus hombres lo enterraron en su propio campamento, otros dicen que fue sepultado por Aníbal y esta es la versión más aceptada. Según esta versión, se erigió una pira funeraria en el espacio abierto frente al campamento y todo el ejército completamente uniformado pasó por delante, ejecutándose las danzas hispanas y los alardes de armas y movimientos propios de cada tribu, con Aníbal honrando al muerto en todos los aspectos, con ceremonias y discursos. Este es el relato de aquellos que dicen que su muerte tuvo lugar en Lucania. Si decidís creer a quienes lo sitúan en el río Calore, parecería como si el enemigo solo se hubiera apoderado de la cabeza; esta habría sido enviada a Aníbal y este, de inmediato, habría mandado a Cartalón que la llevara a Cneo Cornelio, el cuestor, que celebraría las exequias en el campamento romano, tomando parte en ellas tanto el pueblo de Benevento como a los soldados.

[25.18] Los cónsules habían invadido el territorio de Capua y lo estaban devastando a lo largo y a lo ancho, cuando se produjo una gran alarma y confusión debida a la repentina salida de los ciudadanos, apoyados por Magón y sus jinetes. Se apresuraron a reunir junto a las enseñas a los hombres que se habían dispersado en todas direcciones, pero apenas tuvieron tiempo para formar su línea antes de ser derrotados, perdiendo más de mil quinientos hombres. La confanza y arrogancia del pueblo de Capua se vieron enormemente fortalecidas por este éxito, desafando a los romanos continuamente a combatir. Pero aquel único enfrentamiento, provocado por la falta de precaución y previsión, puso aún más en guardia a los cónsules. Se produjo un incidente, no obstante, que puso animó a los romanos y redujo la confanza de la otra parte; uno insignifcante, cierto es, pero en la guerra nada es tan insignifcantes que no tenga, a veces, graves consecuencias. Tito Quincio Crispino tenía un amigo en Capua llamado Badio, siendo su amistad muy estrecha e íntima. La confanza se había formado antes de la defección de Capua, cuando Badio yacía enfermo en Roma, en la casa de Crispino, y recibió la atención más amable y cuidadosa de su anftrión. Un día este Badio se acercó a los centinelas de guardia ante la puerta del campamento y les pidió que llamasen a Crispino. Crispino, al recibir el mensaje, imaginó que no había olvidado los viejos lazos de amistad aun cuando los tratados públicos estuviesen rotos, y que deseaba mantener una conversación amistosa y familiar; por consiguiente, se separó a una corta distancia de sus camaradas. Tan pronto estuvieron a la vista el uno del otro, Badio le espetó: "¡Yo, Badio, te reto, Crispino, a combate! Montemos nuestros caballos, y cuando los demás se hayan retirado decidamos quién de nosotros es el mejor guerrero". Crispino le replicó que ni él ni su desafador carecían de enemigos con los que demostrar su valor; pero en cuanto a sí mismo, aunque se encontrase a Badio en el campo de batalla estaría pronto a evitar contaminar su mano derecha con la sangre de un amigo. Luego se dio la vuelta, y fue en el momento de partir cuando el campano se insolentó y empezó a burlarse tachándolo de cobardía y afeminamiento, lanzando epítetos injuriosos que más bien merecía él mismo. Le dijo que él era un enemigo hospitalario que simulaba respetar a alguien de quien sabía que no era rival. Si tenía la impresión de que cuando se rompían los lazos que mantenían juntos a los Estados no se rompían al mismo tiempo los que formaban las amistades privadas, entonces él, Badio de Capua, abiertamente renunciaba ante la audiencia de ambos ejércitos a la amistad de Tito Quincio Crispino, el romano. "No hay", continuó, "compañerismo alguno, ningún lazo de alianza entre enemigo y enemigo, entre mí y el hombre que ha venido a atacar mi hogar, mi patria y los dioses privados y públicos. Si eres hombre, ¡sal a mi encuentro!" Durante un largo rato, Crispino vaciló, pero los hombres de su turma fnalmente lo convencieron para que no dejase que el campano le insultara impunemente; y así, esperando solo hasta poder solicitar a sus jefes si le permitrían, contra las reglas, combatir a un enemigo que le desafaba, montó su caballo al obtener su permiso y llamando a Badio por su nombre le citó a combatir. El campano no dudó; lanzaron sus caballos al galope tendido y se enfrentaron. Crispino, con su lanza, hirió a Badio en su hombro izquierdo, por encima de su escudo. Este cayó de su caballo y Crispino saltó de la silla para darle fin mientras yacía. Badio, antes de que le diera muerte, escapó hacia sus compañeros dejando atrás parma y caballo. Crispino, mostrando con orgullo sus despojos, el caballo y la parma que había tomado, fue conducido entre los aplausos y felicitaciones de los soldados ante los cónsules. Allí se le elogió grandemente y se le cargó de regalos.

[25.19] Aníbal dejó las proximidades de Benevento y acampó cerca de Capua. Tres días después condujo sus fuerzas a la batalla, considerando bastante seguro que, como los campanos poco antes habían librado una acción victoriosa en su ausencia, los romanos serían menos capaces aún de enfrentarse con él y con el ejército que había resultado tantas veces vencedor. Tan pronto comenzó el combate, la línea romana se vio en problemas, principalmente debido al ataque de la caballería, al verse casi desbordada por sus dardos. Se dio la señal para que la caballería romana cargase contra el enemigo a galope tendido, y aquello se convirtó entonces en un simple enfrentamiento de caballería cuando la aparición en la distancia del ejército de Sempronio, mandado por Cneo Cornelio, produjo similar alarma en ambas partes, pues cada cual temía que hubiera llegado un enemigo de refresco. La señal de retrarse se dio en ambos ejércitos como de común acuerdo, separándose los combatentes en términos de casi igualdad y volvieron al campamento. Las pérdidas en el lado romano fueron, sin embargo, en cierta medida mayores, debido al ataque de caballería del principio. Para llevar a Aníbal lejos de Capua, los cónsules partieron por la noche hacia destinos diferentes; Fulvio marchó a las proximidades de Cumas y Claudio hacia Lucania. Al ser informado al día siguiente de que el campamento romano había sido evacuado y de que se habían dividido en dos cuerpos por distintas vías, Aníbal estuvo al principio indeciso sobre a cuál seguir; luego decidió seguir a Apio. Después de arrastrar a su enemigo justo hacia donde deseaba, Apio volvió dando un rodeo a Capua.

Se presentó luego a Aníbal otra oportunidad de lograr el éxito en aquellas tierras. Había un cierto Marco Centenio, apodado Pénula, que destacaba entre los centuriones primipilos por su estatura fsica y su coraje. Después de completar su período de servicio fue presentado por Publio Cornelio Sila, el pretor, al Senado. Pidió a los senadores que le asignaran cinco mil hombre: estaba bastante familiarizado con el enemigo y el país donde había estado en campaña y pronto podría hacer algo que mereciera la pena; las tácticas con las que nuestros generales y sus ejércitos habían resultado burlados las emplearía él contra el hombre que las inventó. Tan estúpido como la promesa fue el crédito que se le dio, como si las cualidades precisas a un soldado fuesen las mismas que las de un general. En lugar de cinco mil le dieron ocho mil hombres, la mitad de ellos romanos y la otra mitad tropas proporcionadas por los aliados. Él mismo, también, reclutó un número considerable de voluntarios por el territorio por el que marchaba, llegando a Lucania con un ejército que doblaba en número al que partió. Aquí se había detenido Aníbal después de su infructuosa persecución de Claudio. Del resultado no se podía dudar, en vista de que aquel era un enfrentamiento entre ejércitos de los cuales uno de ellos estaba compuesto de veteranos acostumbrados a la victoria y el otro era una fuerza alistada a toda prisa y a medio armar. Tan pronto como estuvieron a la vista el uno del otro, ningún bando declinó la batalla y formaron de inmediato en orden de combate. Durante más de dos horas, sin embargo, y a pesar de las condiciones absolutamente desiguales, el ejército romano sostuvo la lucha mientras su jefe se mantuvo firme. Por fn, por respeto a su reputación anterior, y también temiendo el deshonor en que caería si sobrevivía a la derrota provocada por su propia locura, se lanzó contra las armas enemigas y cayó, resultando el ejército romano derrotado instantáneamente. Pero ni siquiera al intentar huir encontraron vía de escape, pues todos los caminos estaban cerrados por la caballería, de manera que de aquella multitud de hombres solo escapó un millar, pereciendo todos los demás de una u otra manera.

[25.20] Los cónsules reanudaron el asedio de Capua con mayor intensidad, reuniéndose y alistándose todo lo necesario para la misión. Se almacenó el grano en Casilino; en la desembocadura del río Volturno, donde hay ahora una ciudad, se construyó un fortin y se emplazó allí una guarnición, así como en Pozzuoli, que Fabio había fortifcado previamente para que entre ambas dominaran tanto el río como el mar adyacente. El grano que recientemente se había enviado desde Cerdeña, así como aquel que Marco Junio había comprado en Etruria, fue remitido desde Osta a aquellas dos fortalezas marítimas, para que el ejército pudiera tener suministros durante todo el invierno. Mientras tanto, el desastre que había acontecido a Centenio en Lucania se agravó con otro que derivó de la muerte de Graco. Los esclavos voluntarios que habían prestado un excelente servicio mientras estuvo vivo para guiarlos, consideraron que su muerte les descargaba de sus obligaciones militares y, en consecuencia, se disolvieron. Aníbal estaba ansioso por no descuidar Capua ni abandonar a los amigos que estaban en situación tan crítica, pero tras su fácil victoria, por la insensatez de un general romano, buscaba la ocasión de aplastar a otro. Unos embajadores de Apulia le habían informado de que Cneo Fulvio, que estaba atacando algunas de sus ciudades que se le habían pasado, había dirigido inicialmente sus operaciones con cuidado y prudencia; pero después, intoxicado por el éxito y cargado de botín, él y sus hombres se habían entregado a tal molicie y disipación que toda disciplina militar había desaparecido. Aníbal sabía por repetdas experiencias, y especialmente en los últimos días, en qué estado se sume un ejército bajo un jefe incompetente, y de inmediato se trasladó a Apulia.

[25,21] Fulvio y sus legiones se encontraban en las proximidades de Ordona [la antigua Herdonea.-N. del T.]. Cuando se enteraron de que el enemigo se acercaba estuvieron casi a punto de arrancar los estandartes y lanzarse al combate sin esperar órdenes. De hecho, lo único que se le impidió, más que cualquier otra cosa, fue la confanza que sentían en ser capaces de escoger el momento para luchar. A la noche siguiente, cuando Aníbal se percató de que el campamento estaba alborotado y que la mayoría de los hombres desafaban a su jefe e insistan en que les debería dar la señal, y que había un grito general de "¡A las armas!", estuvo seguro de que se presentaba la oportunidad de librar una batalla victoriosa. Dispuso silenciosamente unos tres mil de su infantería ligera por las granjas de los alrededores, así como en bosques y arboledas. Todos debían salir de sus escondites en el mismo instante en que se diera la señal, y Magón tenía órdenes de situar unos dos mil de caballería a lo largo de las carreteras por las que pensaba que se dirigiría la huida. Después de tomar estas medidas durante la noche, marchó a la batalla al amanecer. Fulvio no dudó, aunque no fue arrastrado tanto por esperar él mismo la victoria como por el ciego ímpetu de sus hombres. La misma imprudencia que los llevó al campo de batalla se impuso al formar su línea de combate. Avanzaron de cualquier manera y se colocaron en las filas donde cada uno quiso, según le dictase su capricho o el temor. La primera legión y el ala izquierda de los aliados fueron colocados al frente y la línea se extendió a lo largo. Los tribunos se quejaban de que no tenía ni las fuerzas ni la profundidad adecuadas y que dondequiera que atacase el enemigo podría romperla, pero los hombres ni siquiera escuchaban, y aún menos atendían, a nada de lo que se les decía por su bien. Ya Aníbal estaba sobre ellos; ¡qué jefe tan distinto del suyo y qué ejército tan diferente y con tan diferente orden! Como era de esperar, los romanos fueron incapaces de resistr el primer ataque; su jefe, tan loco y temerario como Centenio, aunque no tan valiente como él, tan pronto vio que el día se decantaba contra él y sus hombres, se apoderó en la confusión de un caballo y escapó junto a unos doscientos de su caballería. El resto del ejército, rechazado en vanguardia y luego rodeado por la retaguardia y los flancos, quedó tan destrozado que, de doce mil hombres, no escaparon más de dos mil. El campamento fue tomado.

[25.22] Las noticias de estos desastres, uno tras otro, produjo gran dolor y alarma entre los ciudadanos de Roma; no obstante, al haber sabido de los éxitos de los cónsules hasta aquel momento, no quedaron tan afectados por aquellas derrotas. El Senado envió a Cayo Letorio y a Marco Metlio con instrucciones para los cónsules, diciéndoles que unieran cuidadosamente los restos de ambos ejércitos y procurasen que los supervivientes no se vieran llevados, por el temor y la desesperación, a rendirse al enemigo como había ocurrido tras el desastre de Cannas. También tenían que averiguar quién había desertado de entre los esclavos voluntarios. A Publio Cornelio también se le encargó esta última tarea, pues ya estaba ocupándose del alistamiento de tropas de refresco, y cursó bandos para ser pregonados en plazas y mercados, ordenando que se deberían efectuar búsquedas de esclavos voluntarios fugitivos y que se les debía devolver bajo sus insignias. Estas instrucciones fueron obedecidas con el mayor cuidado. Apio Claudio puso a Décimo Junio al mando en la desembocadura del río Volturno, y a Marco Aurelio Cota en Pozzuoli; en el momento que arribasen los barcos de Etruria y Cerdeña debían remitr de inmediato el grano al campamento. Claudio regresó luego a Capua y encontró a su colega, Quinto Fulvio, trayéndolo todo desde Casilino y disponiéndose para atacar la ciudad. Comenzaron entonces ambos el asedio de la plaza y llamaron al pretor Claudio Nerón, que estaba en el antiguo campamento de Claudio en Arienzo. También este, dejando una pequeña fuerza para guardar la posición, vino con el resto de su ejército a Capua. Así pues, tres pretorios quedaron entonces establecidos alrededor de Capua, con tres ejércitos trabajando en partes diferentes se disponían a rodear la ciudad con foso y valla. Erigieron fortines a intervalos regulares, librándose combates en varios lugares simultáneamente al intentar los campanos detener los trabajos, con el resultado fnal de los campanos obligados a mantenerse tras sus murallas y puertas.

Antes, sin embargo, de quedar completado el círculo del asedio, se enviaron emisarios a Aníbal para protestar ante él por haber abandonado Capua, que casi había vuelto a Roma, y para implorarle que les llevase ya socorros, en todo caso, pues ya no solo estaban sitados, sino totalmente bloqueados. Publio Cornelio envió una carta a los cónsules, solicitándoles que dieran una oportunidad a los habitantes, antes de haber cerrado el asedio, para que abandonasen la ciudad llevándose sus propiedades con ellos. Los que se marchasen antes del quince de marzo quedarían libres y en posesión de todas sus propiedades; después de aquella fecha, tanto los que se marchasen como los que se quedaran serían tratados como enemigos por igual. Cuando se anunció esta oferta a los campanos, estos no solo contestaron con desprecio, sino también con insultos y amenazas. Poco antes de esto, Aníbal había dejado Herdonea hacia Tarento, con la esperanza de apoderarse del lugar mediante traición o por la fuerza, y como no lo pudo conseguir se dirigió hacia Brindisi, con la impresión de que la ciudad se rendiría. Fue mientras gastaba aquí el tiempo en vano cuando llegaron hasta él los mensajeros de Capua con sus protestas y requerimientos. Aníbal les respondió, en palabras altsonantes, "que ya una vez había levantado el sito de Capua y que tampoco ahora los cónsules esperarían hasta su llegada". Despedidos con esta esperanza, los enviados tuvieron grandes difcultades para volver a Capua, rodeada como estaba ya para entonces, con un foso doble y una empalizada.

[25.23] Justo cuando se completó el sito de Capua, llegó a su fin el asedio de Siracusa. Este resultado se debió en gran medida a la energía y valor del general y su ejército, pero había sido propiciado por una traición interior. Al comienzo de la primavera Marcelo estaba indeciso sobre si presionar bélicamente contra Amílcar e Hipócrates en Agrigento, o si apretar el sito de Siracusa. Vio que esta plaza no se podía tomar por asalto, ya que era inexpugnable por mar o por tierra debido a su posición, ni podía ser reducida por hambre al estar alimentada por un suministro gratuito de provisiones desde Cartago. Sin embargo, decidió no dejar nada por probar. Había entre los romanos algunos miembros dirigentes de la nobleza siracusana que habían sido expulsados cuando se produjo la deserción, y Marcelo dijo a dichos refugiados que sondearan los sentimientos de los hombres de su propio partido y les dieran garantas de que, si se rendía Siracusa, gozarían de libertad y podrían vivir bajo sus propias leyes. No fue posible lograr oportunidad alguna de entrevistarse, pues el hecho de que se sospechase de muchos de ellos les hacía más cuidadosos y vigilantes y ningún intento de aquel tipo dejaría de ser detectado. Se dejó entrar en la ciudad un esclavo que pertenecía a los exiliados, como si fuese un desertor, y tras reunir a unos cuantos hombres abordó el tema en una conversación. Luego de esto, algunos se escondieron bajo las redes de un barco de pesca y de esa manera fueron llevados al campamento romano, donde entraron en conversaciones con los refugiados. Mediante distintas personas, haciendo lo mismo una tras otra, se consiguió reunir a ochenta interesados en el asunto. Cuando se hubieron hecho todos los arreglos para la entrega, un tal Atalo, resentido por no haberse confado en él, pasó la información del secreto a Epícides y todos fueron torturados hasta la muerte.

Esta esperanza, que había resultado tan ilusoria, fue prontamente seguida por otra. Un cierto Damipo, un lacedemonio, había sido enviado desde Siracusa al rey Filipo y fue capturado por algunos barcos romanos. Epícides estaba particularmente ansioso por rescatar a este hombre, y Marcelo no puso ninguna objeción ya que, justo por entonces, los romanos hacían ofertas de amistad a los etolios, con quienes estaban aliados los lacedemonios. Los que fueron enviados para discutr los términos del rescate pensaban que el lugar más equidistante, y el más conveniente para ambas partes, para celebrar la conferencia, era un sito cercano a la torre llamada Galeagra, en el puerto de Trogilos. A medida que iban allí y regresaban repetdamente, uno de los romanos pudo ver de cerca la muralla, contó las piedras y se hizo una estimación mental del espesor de cada piedra. Habiendo calculado así la altura de la muralla lo mejor que le fue posible conjeturar, y hallándola más baja de lo que él o cualquier otro supusiera y susceptible de ser escalada mediante una escala de longitud moderada, informó al cónsul de ello. Marcelo concedió gran importancia a su sugerencia; pero como aquella parte de la muralla, aún siendo baja, estaba por aquel mismo motivo más cuidadosamente guarnecida, resultaba imposible aproximarse a ella y tendrían que esperar su oportunidad, que llegó pronto. Un desertor trajo la noticia de que los ciudadanos estaba celebrando el festival de Diana, que duraba tres días y que, aunque faltos de otras cosas a causa del asedio, celebraban el festival en su mayoría con el vino que Epícides había distribuido entre el pueblo y aún entre las tribus por los ciudadanos más destacados. Al escuchar esto, Marcelo consultó el asunto con algunos de los tribunos militares, y por su medio escogió a los centuriones y soldados que resultarían más aptos para una empresa tan audaz. Se dispusieron discretamente escalas de asalto y luego se ordenó al resto de los hombres que descansaran y repusieran fuerzas tanto pronto como pudieran, pues se enfrentaban a una expedición nocturna. En cuanto consideró que empezaban a mostrarse los efectos de haber pasado todo el día de de banquete y del exceso de vino, estando los hombres en su primer sueño, el cónsul ordenó a un manípulo que llevase las escalas de asalto y un millar de hombres marchó en silencio en una estrecha columna hacia el lugar. Escalaron la muralla sin desorden ni ruido y el resto les siguió ordenadamente; hasta los indecisos se animaron por la audacia de los de vanguardia.

[25.24] Para entonces, un millar de hombres se había apoderado de aquella sección de la muralla. Llegaron hasta el Hexápilon sin encontrar un alma, pues la mayoría de los que estaban de guardia en los bastones estaban o atontados por el vino tras la jarana o seguían bebiendo medio borrachos. Mataron no obstante a unos cuantos de estos a quienes sorprendieron en sus camas. Cuando llegaron al Hexápilo dieron la señal y el resto de las tropas marcharon contra las murallas llevando más escalas de asalto con ellas. La puerta trasera cercana al Hexápilo estaba cediendo a la violencia de los golpes y se dio la señal convenida desde la muralla. Ya no trataron más de ocultar sus movimientos sino que comenzaron un ataque abierto, pues habían llegado a Epípolas, un lugar lleno de centinelas, y su objetivo ahora era más aterrorizar al enemigo que eludirlo. Lo consiguieron completamente porque, en cuanto se escucharon los clamores de las trompas y los gritos de los que guardaban la muralla y una parte de la ciudad, los centinelas de guardia pensaron que cada sito había sido tomado y algunos huyeron a lo largo de la muralla, otros saltaron desde ella y una multitud de ciudadanos entregados al pánico huyó en desbandada. Muchos, sin embargo, permanecieron ignorantes del gran desastre que se había abatido sobre ellos, pues se sentían pesados por el vino y el sueño y, en una ciudad de tan gran extensión como aquella, lo que estuviera ocurriendo en una parte no era conocido de toda la población en general.

Al amanecer, Marcelo forzó las puertas del Hexápilo y entró en la ciudad con todo su ejército, despertando a los ciudadanos que corrieron a tomar las armas, disponiéndose a prestar la ayuda que pudieran a una ciudad que estaba casi capturada. Epícides marchó apresuradamente desde la Isla -su nombre local es Nasos-en la creencia de que unos pocos hombres habían logrado escalar las murallas por la negligencia de los centinelas y que pronto podría expulsarlos. Dijo a los aterrorizados fugitivos con quienes se encontraba que se estaban sumando a la confusión y que estaban haciendo creer que las cosas eran más graves y alarmantes de lo que eran en realidad. Sin embargo, cuando vio todo el sito alrededor de Epípolas lleno de hombres armados, se limitó a lanzar unos cuantos proyectiles contra el enemigo y marchó de regreso a la Acradina, no tanto por miedo a la fuerza y número del enemigo como por temor a una traición interior que pudiera cerrar las puertas de la Acradina y la Isla, durante la confusión, tras él.
Cuando Marcelo subió a las fortifcaciones y contempló desde su altura la ciudad bajo él, puede que la más bella de su época, se dice que las lágrimas empañaron su vista, en parte de alegría por su gran logro y en parte al recordar sus antiguas glorias. Recordó la flota ateniense que había sido hundida en aquel puerto; los dos grandes ejércitos que con sus famosos generales habían sido aniquilados allí; todos sus muchos poderosos reyes y tiranos, sobre todo Hierón, cuya memoria estaba tan fresca y cuyas virtudes de carácter y fortuna le habían distinguido por sus servicios a Roma. Como todo esto pasara por su mente y con ello el pensamiento de que en una corta hora todo cuanto contemplaba podía verse incendiado y reducido a cenizas, decidió, antes de avanzar contra la Acradina, enviar a los siracusanos que, como ya se contó, estaban con las fuerzas romanas, dentro de la ciudad para que intentasen mediante palabras amables inducir al enemigo a que entregase el lugar.

[25,25] Las puertas y murallas de la Acradina estaban guarnecidas principalmente por los desertores que no tenían esperanza alguna de conseguir gracia bajo ninguna condición, y no permitan que nadie se acercase a las murallas o que les hablase. Así que Marcelo, al ver que su intención se había frustrado, ordenó que los estandartes regresasen a Eurialo. Era esta una colina en la parte de la ciudad más lejana al mar y que daba vistas sobre la carretera que llevaba al campo y a la parte interior de la isla. Estaba, por tanto, admirablemente adaptada para la recepción de los suministros desde el interior. El mando de la ciudadela sobre la colina había sido confado por Epícides a Filodemo, un argivo. Sosis, uno de los regicidas, había sido enviado por Marcelo para abrir negociaciones, pero después de un largo discurso con el que trataron de entretenerle, informó a Marcelo de que Filodemo se estaba tomando un tiempo para considerarlo todo. Este siguió postergando la decisión día tras día, para dar tiempo a que Hipócrates e Himilcón trajeran sus legiones, considerando seguro que si aquellos lograban entrar con sus legiones en la ciudadela, los romanos podrían ser expulsados de las murallas y aniquilados. Como Marcelo viera que Eurialo no se podía capturar ni por traición ni a la fuerza, estableció su campamento entre Neápolis y Ticha -barrios de la ciudad y casi ciudades por sí mismas-pues temía que si entraba en la parte más populosa no sería capaz de mantener a sus soldados apartados de su afán por el saqueo. Llegaron hasta él embajadores de estos dos lugares con ramas de olivo e ínfulas [cinta de lana blanca con dos tiras caídas a los lados, con que se ceñían la cabeza los sacerdotes griegos y romanos y que en algunos casos se ponía también en la cabeza de las víctimas de los sacrificio.-N. del T.], implorándole que les salvara del fuego y la espada. Marcelo celebró un consejo de guerra para considerar esta solicitud, o más bien esta súplica, y de acuerdo con el deseo de todos los presentes se dio aviso a los soldados para que no pusieran las manos sobre ningún ciudadano libre; de todo lo demás quedaban en libertad de apropiárselo. En lugar de con foso y empalizada, el campamento estaba protegido por las casas particulares que servían de muralla, situando centinelas y piquetes en las puertas de las viviendas que abrían hacia la calle para guardar el campamento contra los ataques mientras los soldados permanecían dispersos por la ciudad. Tras esto, la dio la señal y los soldados corrieron por todas direcciones, abriendo a la fuerza las puertas de las casas y llenando todo de conmoción y terror, pero absteniéndose de cualquier derramamiento de sangre. No hubo límite a la rapiña hasta que no hubieron despojados las casas de todos los bienes y posesiones que se habían acumulado durante el largo periodo de prosperidad. Mientras todo esto tenía lugar, Filodemo vio que no había esperanza alguna de socorro y, tras lograr la promesa de un salvoconducto para que pudiera regresar junto a Epícides, retró su guarnición y entregó la posición a los romanos. Estando todo el mundo preocupado por el tumulto en la parte capturada de la ciudad, Bomílcar aprovechó la oportunidad para escapar. La noche era tempestuosa, la flota romana no podía mantenerse anclada fuera del puerto y él se deslizó con treinta y cinco barcos; encontrando la mar limpia de enemigos, navegó hacia Cartago dejando cincuenta y cinco barcos a Epícides y los siracusanos. Tras hacer partícipes a los cartagineses de la crítica situación de las cosas en Siracusa, regresó con cien barcos unos cuantos días después y fue recompensado por Epícides, según dicen, con regalos del tesoro de Hierón.

[25.26] La captura de Eurialo y su ocupación por una guarnición romana liberó a Marcelo de un motivo de preocupación; ya no tendría que temer que un ataque desde la retaguardia provocase la confusión entre sus hombres, encerrados y obstaculizados como estaban por los muros. Su siguiente paso fue contra la Acradina. Estableció tres campamentos separados en posiciones adecuadas y se plantó frente a la plaza, esperando reducirla por hambre. Durante algunos días los puestos de avanzada no fueron molestados; luego, tras la llegada repentina de Hipócrates e Himilcón, se lanzó un ataque general sobre las líneas romanas. Hipócrates había construido un campamento fortifcado en el Gran Puerto, y tras mostrar una señal a las tropas en la Acradina lanzó un ataque contra el antiguo campamento de los romanos que mandaba Crispino. Epícides hizo una salida contra Marcelo y la flota cartaginesa, que se desplegaba entre la ciudad y el campamento romano fue llevada a tierra y evitó así que Crispino enviase ayuda alguna a Marcelo. La alteración que produjo el enemigo fue, sin embargo, más un sobresalto que un combate, pues Crispino no solo expulsó a Hipócrates detrás de sus fortifcaciones sino que, de hecho, le persiguió conforme aquel huía precipitadamente mientras Marcelo rechazaba a Epícides de vuelta a la ciudad. Entonces, en apariencia, parecieron medidas sufcientes contra el peligro derivado, en el futuro, de cualquier ataque por sorpresa.

Para aumentar sus problemas, ambos bandos fueron visitados por la peste, una calamidad lo bastante importante como para que casi desviaran todos sus pensamientos de la guerra. Era la época de otoño y la localidad era naturalmente poco saludable; más aún, sin embargo, fuera de la ciudad que dentro de ella, con el insoportable calor afectando las consttuciones de casi todos los que vivían en ambos campamentos. Al principio, la gente caía enferma y moría a causa de la estación y la insana localidad; después, el cuidado de los enfermos y el contacto con ellos extendió la enfermedad de modo que los que la contraían morían descuidados y abandonados, o arrastraban con ellos a los que les cuidaban y que, así, resultaban contagiados. Las muertes y los funerales eran un espectáculo diario, por todas partes, de día y de noche, se escuchaban los lamentos por los muertos. Al fnal, la familiaridad con la miseria embruteció de tal modo a los hombres que no solo no seguían a los muertos con las lágrimas y lamentos que exigía la costumbre, sino que incluso rehusaban trasladarlos fuera para el enterro y los cuerpos sin vida eran abandonados yaciendo ante los ojos de quienes esperaban una muerte similar. De aquella manera, la temible, fétda y mortal putrefacción que surgía de los cuerpos muertos resultaba fatal para los enfermos, y estos lo eran igualmente para los sanos. Los hombres preferían morir por la espada y algunos, en solitario, atacaban las posiciones enemigas. La epidemia estaba mucho más extendida en el campamento cartaginés que en el romano, pues su largo asedio de Siracusa había hecho que estos estuviesen más acostumbrados a su clima y al agua. Los sicilianos que estaban en las filas enemigas desertaron tan pronto vieron que la enfermedad se propagaba debido a la insalubridad del lugar y se marcharon a sus propias ciudades. Los cartagineses, que no tenían dónde ir, perecieron como un solo hombre junto con sus generales, Hipócrates e Himilcón. Cuando la enfermedad adquirió tan graves proporciones, Marcelo trasladó sus hombres a la ciudad y los que habían quedado debilitados por la enfermedad se recuperaron a su sombra y cobijo. Aún así, muchos de los soldados romanos, también, murieron por aquella pestlencia.

[25.27] Una vez así barrido el ejército terrestre de los cartagineses, los sicilianos que habían estado de parte de Hipócrates se apoderaron de dos ciudades amuralladas, ciertamente no demasiado grandes, pero que les brindaron seguridad por su situación y sus protegidas fortifcaciones. Una estaba a tres millas de Siracusa y la otra a quince [a 4440 y 22200 metros, respectivamente.-N. del T.]. Llevaron pertrechos a estas dos ciudades desde sus propias patrias y pidieron refuerzos. Bomílcar, entre tanto, hizo una segunda visita a Cartago con su flota y había pintado tal estado de cosas en Siracusa que indujo al gobierno a esperar que podrían hacer llegar una efcaz ayuda a sus amigos e, incluso, a capturar a los romanos dentro de aquella ciudad, que en cierta medida habían capturado. Los persuadió para despachar tantos barcos de carga como pudieran, cargados con pertrechos de todo tpo, y también para aumentar su fuerza de navíos de guerra. El resultado fue que partió de Cartago con ciento treinta barcos de guerra y setecientos de transporte. Los vientos le fueron muy favorables mientras navegaba hacia Sicilia, pero le impidieron rodear el cabo Passero [el antiguo cabo Pachyno.-N. del T.]. Las nuevas de la aproximación de Bomílcar, y luego su inesperado retraso, provocaron primero la esperanza y luego el miedo entre los siracusanos, y justo a la inversa entre los romanos. Epícides estaba temeroso de que si el viento del este se prolongaba mucho más, la flota cartaginesa pudiera volver a África, así que puso la Acradina bajo el control de los jefes de los mercenarios y salió al encuentro de Bomílcar. Lo encontró con sus naves ancladas, aproadas hacia la costa africana y ansioso por evitar un combate naval, no porque fuera inferior en fuerzas o número de barcos -en realidad tenía más que los romanos-, sino porque los vientos eran más favorables a ellos que a él; Epícides, sin embargo, le convenció para que probara suerte en una batalla naval. Cuando Marcelo se dio cuenta de que se estaba alistando un ejército de sicilianos de toda la isla y que una flota cartaginesa se estaba aproximando con vastos suministros, determinó que, aunque inferior en número de barcos, impediría que Bomílcar alcanzara Siracusa, para no quedar cercado por mar y tierra mientras estaba confnado en una ciudad hostl. Las dos flotas se situaron una frente a otra frente al cabo Passero, dispuestas a enfrentarse en cuanto el mar estuviera lo bastante calmado como para permitrles navegar hacia aguas más profundas. Tan pronto amainó el viento del este, que había soplado con fuerza durante unos días, Bomílcar hizo el primer movimiento. Pareció como si estuviera poniendo rumbo a mar abierto con el fin de rodear mejor el promontorio, pero cuando vio las naves romanas navegando directamente hacia él, dudando a causa de no se sabe qué repentino terror, dio toda la vela y bordeó la costa de Sicilia hacia Tarento, habiendo mandado antes un mensaje a Heraclea ordenando a los transportes que regresasen a África. Viendo rotas de repente todas sus esperanzas, Epícides se cuidó de volver a una ciudad que sufría tal asedio y que en gran parte ya había sido capturada. Zarpó hacia Agrigento para contemplar los sucesos, en vez de controlarlos.

[25.28] Cuando llegaron las noticias de lo sucedido al campamento de los sicilianos, a saber: que Epícides se había retirado de Siracusa y que la isla había sido abandonada por los cartagineses, y casi rendida por segunda vez a los romanos, enviaron embajadores a Marcelo para tratar de la rendición de la ciudad, habiendo previamente sondeado con muchas conversaciones el sentir de aquellos que estaban sometidos al asedio. No hubo apenas discrepancia en que todo lo que había pertenecido a los reyes quedase para los romanos y que todo lo demás debía quedar en poder de los sicilianos junto con su libertad y sus leyes. A continuación invitaron a una conferencia a aquellos que habían sido dejados por Epícides al cargo, y les dijeron que habían sido enviados tanto ante el ejército de los sicilianos como ante Marcelo, para que tanto los que estaban dentro como los que estaban fuera de la ciudad sitada compartesen la misma fortuna y que ninguno pactase separados para sí mismos. Se les garantzó que se les dejaría entrar para que pudiesen hablar con sus amigos y familiares. Después de explicar la naturaleza de su acuerdo con Marcelo y teniendo garantas de seguridad, les persuadieron a unirse en un ataque contra aquellos a quienes Epícides había encomendado el gobierno: Políclito, Filisto y Epícides, apodado Sindón. Estos fueron condenados a muerte y se convocó a los ciudadanos a una Asamblea pública. En ella, los embajadores se quejaron de la necesidad de la que solían murmurar, que aunque se lamentaban amargamente de tantos males no debían quejarse de la fortuna, pues estaba en su propia mano decidir cuánto tiempo más tendrían que soportarlos. Los motivos que llevaron a los romanos a atacar Siracusa eran los del afecto y no la animadversión. Cuando se enteraron de que las riendas del gobierno habían sido tomadas por Hipócrates y Epícides, que antes habían sido cortesanos de Aníbal y luego de Jerónimo, pusieron en marcha a sus ejércitos e iniciaron el asedio, con el propósito de destruir la ciudad sino para aplastar a los que la tranizaban. Pero ahora que Hipócrates había sido eliminado, Epícides expulsado de Siracusa y sus ofciales ejecutados, ¿qué más les quedaba por hacer a los romanos para evitar que Siracusa estuviera en peligro y libre de todo daño, tal y como habría deseado Hierón, aquel eminente y leal amigo de Roma, de haber estado vivo? No había, por tanto, ningún otro peligro, ni para la ciudad ni para su pueblo, más que el que pudiera surgir de sus propios actos y dejaban pasar aquella oportunidad de reconciliación con Roma. Nunca habría otra tan favorable como la que tenían en ese momento, justo cuando estaba claro para todos que Siracusa había sido liberada de la tranía.

[25.29] Este discurso fue recibido con la aprobación general. Se decidió, no obstante, elegir a los pretores antes en enviar a los embajadores. De entre los magistrados así elegidos se escogió a los embajadores que se enviarían ante Marcelo. Su portavoz se le dirigió en los siguientes términos: "No somos nosotros, el pueblo de Siracusa, los que se han rebelado contra t, sino Jerónimo, que actuó aún peor para con nosotros que para contgo. Y cuando la paz quedó restaurada con la muerte del tirano, no fue un siracusano, sino los cortesanos del rey, Hipócrates y Epícides, quienes la rompieron, aplastándonos por un lado mediante el miedo y por otro mediante la traición. Nadie puede decir que hubiera alguna vez un tiempo en que disfrutásemos de libertad sin estar en paz con vosotros. Ahora, en todo caso, en cuanto nos hemos convertido en nuestros propios dueños mediante la muerte de los opresores de Siracusa, hemos venido ante t para entregar nuestras armas, a nosotros mismos, nuestra ciudad y sus fortifcaciones, para aceptar cualquier condición que nos puedas imponer. A t, Marcelo, los dioses han concedido la gloria de capturar la más noble y más hermosa de las ciudades griegas. Cualesquiera sean los memorables logros que hayamos obrado por mar o por terra, aumentan el esplendor de tu triunfo. ¿Desearías que fuera solo una gloriosa tradición cuán gran ciudad conquistaste, en vez de que esta misma lo atestgüe para la posteridad; que se muestren a cuantos la visiten por tierra

o por mar los trofeos que ganamos contra atenienses y cartagineses, que ahora son los trofeos que tú has ganado sobre nosotros; que se transmita a tu casa, intacta, Siracusa, para que esté bajo el patronazgo y protección de cuantos lleven el nombre de Marcelo? No permitas que la memoria de Jerónimo pese más en t que la de Hierón. Él fue tu amigo durante mucho más tiempo del que el otro fue tu enemigo. En él encontraste un auténtco benefactor; la locura de este hombre solo sirvió para su propia destrucción". De los romanos, podrían los siracusanos obtener cuanto deseaban con absoluta seguridad. Pero entre los propios sitados se daba todavía la guerra con todos sus peligros. Los desertores, pensando que estaban siendo traicionados, comunicaron sus temores a los mercenarios; todos ellos tomaron las armas y, empezando por el asesinato de los magistrados, iniciaron una masacre general de los ciudadanos, matando en su desesperada locura a todo el que se encontraban y saqueando todo a lo que pudieron echar mano. Luego, como estaban sin jefes, eligieron seis prefectos, tres al mando en la Acradina y tres en Nasos. Cuando el tumulto se hubo calmado un poco y los mercenarios se enteraron, al preguntar, de lo que se había acordado con los romanos, la verdad se impuso entre ellos y se dieron cuenta de que su situación era muy distinta de la de los desertores.

[25.30] Los embajadores regresaron de su entrevista con Marcelo justo en el momento adecuado, y pudieron asegurarles que sus sospechas eran infundadas y que los romanos no veían motivo para castgarles. Uno de los tres comandantes en la Acradina era un hispano llamado Mérico, y se había designado a un soldado de los auxiliares hispanos para que les acompañara. Cuando hubieron entrado en la Acradina, este hombre obtuvo una entrevista privada con Mérico y le describió la situación en Hispana, que había dejado recientemente, y cómo todo estaba bajo el poder de Roma. Si Mérico prefería ponerse a disposición de los romanos podía ser uno de los jefes entre sus compatriotas, y prestar servicio bajo los estandartes romanos, o regresar a su propio país, a su elección. Pero, si por el contrario, elegía proseguir bajo asedio, ¿qué esperanza le quedaba, encerrado como estaba por mar y terra? Mérico quedó impresionado por la fuerza de estos argumentos, por lo que decidió desde luego mandar embajadores a Marcelo, con su hermano entre ellos. El mismo soldado hispano le llevó ante Marcelo. En esta entrevista se resolvieron los detalles y Marcelo se comprometó a cumplir con las condiciones, tras lo que los embajadores regresaron a la Acradina. A fin de evitar la más mínima posibilidad de sospecha, Mérico hizo creer que desaprobaba el ir y venir de los embajadores y dio órdenes para que no se dejara entrar a ninguno ni se enviase a nadie. Además, con miras a una mayor seguridad, pensó que la dirección de la defensa se debía repartr apropiadamente entre los tres comandantes, de manera que cada uno fuera responsable de su propio sector de las fortifcaciones. Todos estuvieron de acuerdo. En la división, su mando se extendió desde la fuente de Aretusa a la boca del Gran Puerto, y se las arregló para que los romanos lo supieran. Así pues, Marcelo ordenó que un buque mercante cargado de tropas fuese remolcado por un cuatrirreme hasta la Isla, y que los hombres desembarcaran cerca de la puerta junto a la fuente. Esta orden se cumplió en la cuarta guardia [sobre las dos de la madrugada.-N. del T.] y Mérico, tal como se había dispuesto previamente, dejó entrar a los soldados por la puerta. Al amanecer, Marcelo atacó la Acradina con todas sus fuerzas y, no solo aquellos que efectivamente la custodiaban, sino también las tropas en Nasos, abandonaron sus posiciones y corrieron a defender la Acradina del asalto romano. En la confusión del ataque, algunos barcos rápidos que habían sido desplazados rodeando Nasos desembarcaron tropas. Estas efectuaron un ataque por sorpresa contra los puestos medio guarnecidos, y corriendo a través de las puertas, aún abiertas y por las que la guarnición acababa de salir para defender la Acradina, tuvieron pocos problemas para capturar una posición que había quedado abandonada tras la huida de sus defensores. Nadie tuvo menos ánimo para defender la plaza o mantener las posiciones que los desertores; ni siquiera confaron en sus propios camaradas y huyeron en medio de los combates. Cuando Marcelo supo que Nasos se había tomado y que se había ocupado un distrito de la Acradina, y que Mérico con sus hombres se había unido a los romanos, ordenó que se tocara a retirada, pues temía que el tesoro real, cuya fama superaba a la realidad, pudiera caer en manos de los saqueadores.

[25.31] Habiendo refrenado así la impetuosidad de los soldados y dado tiempo y ocasión para que escapasen los desertores que estaban en la Acradina, los siracusanos quedaron aliviados de sus aprensiones y abrieron las puertas. Enviaron enseguida una delegación a Marcelo con la única petción de que ellos y sus hijos quedaran indemnes. Este convocó un consejo de guerra, al que convocó a los refugiados siracusanos que estaban en el campamento romano, y replicó del siguiente modo a la delegación: "Los crímenes cometidos contra el pueblo de Roma durante estos últimos años por aquellos que controlaban Siracusa son muy superiores a todos los buenos servicios que Hierón nos rindió a lo largo de sus cincuenta años de reinado. La mayoría de ellos, es cierto, han recaído sobre las cabezas de los culpables, y ellos mismos se han castgado por su violación de los tratados con aún más severidad de la que pudiera haber deseado el pueblo romano. Durante tres años he estado asediando Siracusa, no para que Roma la esclavizara, sino para que los jefes de los desertores y renegados no la pudieran mantener oprimida y esclavizada. Lo que los siracusanos pudieran haber hecho ha quedado demostrado por aquellos de ellos que han vivido dentro de las líneas romanas, por el hispano Mérico que rindió a sus hombres y, fnalmente, por la tardía pero valiente resolución que ahora habían tomado. Después de todas las fatgas y peligros que se habían sufrido tanto tiempo alrededor de las murallas de Siracusa, por mar y por terra, el hecho de que yo haya sido capaz de capturar la ciudad no es tanta recompensa como la que he recibido al haber podido salvarla". Tras dar esta respuesta, envió al cuestor con una escolta a Nasos para recibir bajo su custodia el tesoro real. La Acradina fue entregada al saqueo de los soldados después de haber puesto guardias en las casas de los refugiados que se encontraban dentro de las líneas romanas.

Entre otros muchos horribles ejemplos de furia y rapacidad, destacó el destino de Arquímedes. Queda memoria de que, en medio de todo el terror y alboroto producido por los soldados que corrían por la ciudad capturada en busca de botín, estaba él absorto en silencio con algunas fguras geométricas que había dibujado en la arena y resultó asesinado por un soldado que no sabía quién era. Marcelo quedó muy apesadumbrado y se encargó de que su funeral se llevara a cabo apropiadamente; y tras haber descubierto dónde estaban sus familiares, fueron honrados y protegidos por el nombre y memoria de Arquímedes. Tales, en lo principal, fueron las circunstancias bajo las que se capturó Siracusa, y la cuanta del botín fue casi mayor que si se hubiese tomado Cartago, la ciudad que libraba una guerra en pie de igualdad con Roma. Unos días antes de la captura de Siracusa, Tito Otacilio cruzó desde Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.] a Útica con ochenta quinquerremes. Entró en el puerto antes del amanecer y capturó algunos transportes cargados de grano, y luego desembarcó a sus hombres y devastaron una parte considerable del país alrededor de Útica, llevando de vuelta a los barcos toda clase de botín. Volvió a Lilibeo, tres días después de partr, con ciento treinta transportes cargados de grano y botín. El granó lo envió de inmediato a Siracusa; de no haber sido por aquel oportuno auxilio, vencedores y vencidos por igual habrían sufrido una muy grave hambruna.

[25,32] Durante dos años no había ocurrido nada muy notable en Hispania; el conficto se desarrolló más a través de la diplomacia que de las armas. Este verano, los comandantes romanos, al salir de sus cuarteles de invierno, unieron sus fuerzas. Se convocó un consejo de guerra y llegaron a la decisión unánime de que, como hasta ese momento todo lo que habían hecho era impedir que Asdrúbal marchase a Italia, ya era tiempo de hacer un esfuerzo para dar fin a la guerra. Durante el invierno habían alistado una fuerza de veinte mil celtiberos, y con este refuerzo se consideraban lo bastante fuertes para la tarea. Las fuerzas enemigas estaban compuestas por tres ejércitos. Asdrúbal, el hijo de Giscón, había unido su ejército con Magón, y su campamento conjunto estaba a unos cinco días de marcha de los romanos [una jornada de marcha podía cubrir de 25 a 35 kilómetros por día y, en algunos casos de marchas forzadas, hasta 60; por lo tanto, la expresión "cinco días de marcha" podía significar desde unos 125 a 175 kilómetros, o incluso algo más.-N. del T.]. Un poco más cerca de ellos estaba Asdrúbal, el hijo de Amílcar, un antiguo comandante en Hispania, que estaba acampado en una ciudad llamada Amtorgis [de ubicación hoy desconocida.-N. del T.]. Los generales romanos querían deshacerse de él en primer lugar y creían que tenían fuerza más que sufciente para aquel propósito; la única duda que albergaban era si, tras su derrota, el otro Asdrúbal y Magón no se retrarían a los bosques y montañas inaccesibles para prolongar la guerra. El mejor plan, pensaban, consista en dividir su fuerza en dos ejércitos y terminar la guerra en Hispania con un solo golpe. Dispusieron, por tanto, que Publio Cornelio debía avanzar contra Magón y Asdrúbal con dos tercios del ejército romano y las tropas aliadas, mientras que Cneo Cornelio con el tercio restante del ejército primitivo y los celtiberos recién alistados se enfrentaría a Asdrúbal Barca. Ambos generales, con sus ejércitos, avanzaron juntos hasta la ciudad de Amtorgis, donde acamparon a la vista del enemigo con el río entre ellos. Aquí asentó Cneo Escipión su posición con la fuerza antes mencionada, mientras que Publio Escipión marchaba a ejecutar su parte de las operaciones.

[25.33] Cuando Asdrúbal supo que los romanos componían solo una pequeña porción del ejército y que dependían completamente de sus auxiliares celtiberos, determinó separar a estos últimos del servicio de Roma. Estaba muy familiarizado con todas las diferentes clases de traición conocidas entre aquellos bárbaros, y especialmente con las practicadas por las tribus entre las que había campeado durante tantos años. Ambos campamentos estaban llenos de hispanos, que no tenían difcultad en entender la lengua de los otros, y se mantuvieron entrevistas secretas en el curso de las cuales logró un acuerdo con los jefes celtiberos, mediante el ofrecimiento de un gran soborno, para que retrasen sus fuerzas. Ellos no consideraban esta conducta como algo atroz, pues no se trataba de volver sus armas contra los romanos y, aunque el dinero era de cuanta igual al que les pagaban en la guerra, les era entregado por abstenerse de ella. Después, también, resultaban bienvenidos el abandono de las fatgas de la campaña, el pensamiento de regresar al hogar y la alegría de ver a sus amigos y a sus propiedades. Así pues, la masa de las tropas fue tan fácilmente persuadida como sus jefes, y nada tenían que temer de los romanos, que eran tan pocos que no podían mantenerlos por la fuerza. Esto es algo contra lo que los generales romanos debían estar siempre en guardia, y ejemplos como aquellos debían servir de advertencia para no depender de auxiliares extranjeros en tan gran medida y disponer en su campamento de la mayoría del potencial y de fuerzas propias. Los celtiberos cogieron sus estandartes y se marcharon. Los romanos les preguntaron por qué se iban y les pidieron que se quedaran donde estaban, pero la única respuesta que obtuvieron fue que les reclamaba una guerra en casa. Al ver Escipión que no se podía retener a sus aliados ni por sus apelaciones ni por la fuerza, que sin ellos no era rival para el enemigo y que reunirse con su hermano estaba fuera de cuestón, determinó retrarse tanto como pudiera, lo que parecía la única medida segura de adoptar. Su único objetivo era evitar un encuentro en campo abierto con el enemigo, que había cruzado el río y le presionaba pisándole los talones.

[25,34] Publio Escipión quedó al mismo tiempo en una posición tan alarmante como mucho más peligrosa, debido a la aparición de un nuevo enemigo. Este era el joven Masinisa, por entonces aliado de los cartagineses, aunque después creciera su fama y poder a causa de su amistad con Roma. Al principio trató de contener el avance de Escipión con una fuerza de caballería númida que mantenía sus ataques sobre él noche y día. No sólo destruía a los que se alejaban demasiado del campamento en busca de leña y forraje, sino que de hecho cabalgaba hasta el campamento y cargaba por entre los puestos avanzados y piquetes, provocando alarma y confusión por doquier. Durante la noche, alteraba con frecuencia el campamento haciendo cargas repentinas contra puertas y empalizada; no había lugar ni momento en que los romanos estuviesen libres de la ansiedad y el miedo, y se veían obligados a mantenerse tras sus líneas e incapaces de obtener lo que precisaban. Aquello se estaba convirtendo rápidamente en un sito en toda regla y terminaría por ser aún más estrecho si Indíbil, que según se informó estaba aproximándose con siete mil quinientos suesetanos, lograba unirse a los cartagineses. General cauto y prudente como era, Escipión se vio obligado por su posición a dar el peligroso paso de efectuar una marcha nocturna para oponerse al avance de Indíbil y combatirle donde lo encontrase. Dejando una pequeña fuerza para proteger el campamento y poniendo al mando a Tiberio Fonteyo, partió a la medianoche y se encontró con el enemigo. Lucharon en orden de marcha en lugar de en línea de batalla; los romanos, sin embargo, lograron la ventaja a pesar de su formación irregular. Pero la caballería númida, a la que Escipión creía haber eludido, barrió por ambos flancos y provocó la mayor alarma. Había comenzado así un nuevo combate contra los númidas cuando apareció un tercer enemigo; los generales cartagineses habían llegado y estaban atacando la retaguardia. Los romanos tuvieron que enfrentar una batalla por ambos flancos y la retaguardia, sin poder decidir contra qué enemigo lanzar su ataque principal o en qué dirección cerrar líneas y cargar. Su comandante estaba entretanto luchando y animando a sus hombres, exponiéndose donde más peligro había, y fue atravesado por una lanza en su costado izquierdo. El enemigo formado en cuña, que había cargado contra las cerradas filas alrededor de su general, en cuanto vio que Escipión caía sin vida de su caballo se dio a correr en todas direcciones, loco de alegría y gritando que el comandante romano había caído. La noticia se difundió por todo el campo de batalla; el enemigo se consideró enseguida indudablemente vencedor mientras que los romanos se consideraban, por su parte, vencidos. Con la pérdida del general se inició de inmediato la huida del campo de batalla. No fue resultó difcil pasar a través de los númidas y otras tropas ligeras, pero fue casi imposible escapar por entre tal número de caballería y de infantería que rivalizaba con los caballos en velocidad. Casi más murieron en la huida que en la batalla, y ni un solo hombre habría sobrevivido si el día no hubiera llegado rápidamente a su fn, de manera que la noche puso fin a la carnicería.

[25.35] Los generales cartagineses no tardaron en sacar provecho de su éxito. Después de permitr apenas a sus hombres el descanso necesario, se dirigieron directamente y a marchas forzadas desde el campo de batalla hasta donde estaba Asdrúbal, esperando que cuando unieran sus fuerzas se pudiera llevar completamente la guerra a su fn. Cuando llegaron a su campamento, tanto los generales como los soldados, de muy buen humor por su reciente victoria, se intercambiaron sinceras felicitaciones por la destrucción de tan gran comandante y de todo su ejército, previendo confadamente ganar otra victoria tan absoluta. El informe del terrible desastre no había llegado a los romanos, pero había un silencio sombrío, como un presentimiento secreto, tal como suele suceder cuando los hombres presienten la desgracia que se acerca. El general, viéndose abandonado por sus aliados y sabiendo del considerable aumento de las fuerzas del enemigo, fue llevado por sus propias conjeturas y deducciones a sospechar que hubiera sucedido algún desastre antes que a sostener la esperanza de una victoria. "¿Cómo", se preguntaba, "podrían Asdrúbal y Magón haber desplazado sin oposición sus ejércitos si no hubiesen llevado a término con éxito su propia guerra? ¿Cómo podría su hermano haber dejado de detenerles, o de seguirlos de no haber podido impedirles unirse, juntando al menos su ejército con el de su hermano?" Lleno de estas inquietudes, pensó que, de momento, el único curso seguro para él consista en retrarse de su posición actual tanto como pudiera. Recorrió, por consiguiente, una considerable distancia en una solo noche, sin ser visto por el enemigo y, por tanto, sin ser molestado. Cuando se hizo la luz, el enemigo se dio cuenta de su partida y, enviando a los númidas por delante, empezó la persecución con la mayor rapidez de que era capaz. Los númidas llegaron a su proximidad antes del anochecer y, dando repetdas cargas sobre los flancos y la retaguardia, les obligaron a detenerse y defenderse. Escipión, sin embargo, les animaba a luchar tan bien como pudieran mientras se mantenían en movimiento, antes de que les alcanzase la infantería.

[25,36] Como, no obstante, entre el combate y la parada habían avanzado muy poco y la noche estaba a punto de caer, Escipión retró a sus hombres del combate, los agrupó en orden cerrado y los llevó hasta cierto lugar elevado que, sin embargo, no resultaba una posición muy segura, en especial para soldados nerviosos, pero aún así algo más elevado que el terreno a su alrededor. La impedimenta y la caballería se situaron en el centro, con la infantería formada en torno a ellas; al principio no tuvieron difcultad alguna para rechazar el ataque de los númidas. Pero cuando hicieron su aparición los tres comandantes, con toda la fuerza de sus tres ejércitos regulares, resultó obvio que no iban a poder defender la posición solo por las armas y sin fortifcarse. El general comenzó a examinar los alrededores y a considerar si había alguna posibilidad de rodearse de alguna clase de muro. Sin embargo, la colina estaba tan desnuda y el suelo era tan rocoso que ni había leña que cortar para construir una empalizada ni tierra para hacer un terraplén con un foso o cualquier otra fortifcación. Ninguna parte era naturalmente tan empinada o cortada como para difcultar el ascenso o aproximación del enemigo; toda la superfcie de la colina se elevaba en una suave pendiente. No obstante, con la intención de presentar al enemigo algo que pudiera semejar una empalizada, unieron las espuertas y los bultos que cargaban los animales, y los apilaron a su alrededor como si estuviesen construyendo un parapeto de la altura habitual; donde no había sufcientes serones, lo elevaban arrojando todos los bultos y equipos encima de los huecos, como una barricada.

Cuando llegaron los ejércitos cartagineses, su columna no tuvo ninguna difcultad en coronar el cerro, pero se detuvieron en seguida a la vista de la novedosa defensa, como si se tratara de algo misterioso. Sus ofciales les gritaban por todas partes: "¿Por qué os detenéis y no derribáis y apartáis aquella parodia de empalizada, que es apenas lo bastante fuerte como para contener a mujeres y niños?

¡Tenían cautivo al enemigo, escondido detrás de su impedimenta!" Pero a pesar de las burlas y los sarcasmos de los ofciales, no resultó fácil en absoluto ni trepar por ellos ni empujar los pesados obstáculos que tenían en frente, ni abrirse paso por las fuertemente atadas espuertas que estaban cubiertas por los equipajes. Después de un tiempo considerable, lograron abrir paso por los pesados obstáculos a las tropas y, cuando hubieron logrado esto en varios lugares, el campamento fue asaltado desde todas direcciones y capturado; el pequeño grupo de defensores fue masacrado por las masas del enemigo, impotente en manos de sus vencedores. Unos pocos afortunados hallaron refugio en los bosques vecinos y escaparon hacia el campamento de Publio Escipión, donde Tiberio Fonteyo estaba al mando. Algunas tradiciones afrman que Cneo Escipión resultó muerto durante el primer ataque del enemigo contra la colina; según otras, él pudo escapar hacia una torre cercana al campamento y, como al enemigo le fue imposible romper las puertas pese a todos sus esfuerzos, encendió fuego contra ellas y tras prenderle fuego mataron así a todos los ocupantes, incluyendo al comandante. Cneo Escipión murió tras haber permanecido en Hispania ocho años, veintinueve días después de la muerte de su hermano. El dolor sentido por su muerte fue tan grande en Hispania como en Roma. La Ciudad tuvo que llorar no sólo para ellos, sino por la pérdida de sus ejércitos, la defección de la provincia y el golpe asestado a la república; en Hispania fue amargamente sentda la pérdida de los generales, sobre todo en el caso de Cneo, que había desempeñado allí el mando durante tanto tiempo; fue él, también, el primero en conseguir popularidad entre el pueblo, el primero en demostrarles lo que realmente signifcaban la justicia y la moderación romana.

[25.37] Con la destrucción de los ejércitos pareció que Hispania se perdería, pero un solo hombre cambió la suerte de las cosas. Había en el ejército un tal Lucio Marcio, el hijo de Septimio, un caballero romano, joven activo y enérgico cuyo carácter y capacidad eran bastante más elevados que la posición en que le había tocado nacer. Sus muchos dones naturales se habían desarrollado mediante la instrucción con Escipión, bajo quien había aprendido todas las artes de la guerra. Con los soldados fugitivos, a los que se había unido, y algunos tomados de las guarniciones en Hispania, había formado un ejército bastante respetable con el que se había unido Tiberio Fonteyo, el lugarteniente de Escipión. Después de haberse atrincherado en un campamento a este lado del Ebro, sus soldados decidieron celebrar una elección regular con el propósito de elegir un general que mandase los ejércitos unidos, relevándose en los puestos de centinela y de avanzada para que cada hombre pudiera emitr su voto. En tanto superaba el caballero romano a los demás en autoridad y respeto, que todos los soldados, unánimemente, confrieron el mando supremo a Lucio Marcio. Tras esto, dedicó todo el tiempo -que era bastante poco-a fortalecer las defensas del campamento y acopiar en él provisiones, llevando a cabo los soldados todas sus órdenes con presteza y con ánimo en absoluto deprimido. Pero cuando llegaron noticias de que Asdrúbal, el hijo de Giscón, había cruzado el Ebro y se acercaba para acabar con los restos de la guerra, y los soldados vieron la señal para la batalla dada por su general, se vinieron abajo completamente. El recuerdo de los hombres que hasta tan recientemente les habían mandado, la orgullosa confanza que siempre habían tenido en sus generales y sus ejércitos cuando iban a la batalla, les pusieron muy nerviosos; todos se echaron a llorar y se golpeaban la cabeza; algunos elevaban las manos a los cielos y acusaban a los dioses; otros yacían por los suelos e invocaban los nombres de sus antiguos jefes. Nada pudo contener estos arranques de dolor, a pesar de que los centuriones trataban de animar a sus hombres y que el mismo Marcio iba por todas partes calmándoles al tiempo que les reprochaba su conducta poco viril. "¿Por qué", les preguntaba "habéis cedido a la inacción y las lágrimas de mujer en vez de reforzaros para defenderos a vosotros mismos y a la república, y no permitr que la muerte de vuestros comandantes quede sin venganza?"

De repente se escuchó un grito y el sonido de las trompetas, pues el enemigo estaba ya cerca de la empalizada. En un instante, su pesar se tornó en furia, se lanzan sobre las armas y corren enloquecidos hacia las puertas, abalanzándose sobre el enemigo que venía con descuido y en desorden. La reacción repentina e inesperada provocó el pánico entre los cartagineses. Se preguntaban de dónde habían surgido todos aquellos enemigos después que su ejército hubiera sido aniquilado, qué daba tanta osadía y confanza a hombres que habían sido vencido y puestos en fuga, quién se había convertido en su jefe ahora que ambos Escipiones estaban muertos, quién mandaba el campamento y quién había dado la señal para el combate. Desconcertados y sorprendidos por todas estas sorpresas completamente inesperadas, se retraron al principio lentamente y después, conforme el ataque se hizo más intenso y más persistente, dieron la vuelta y huyeron. Se habría producido una espantosa masacre entre los fugitivos o un temerario y peligroso ataque de los perseguidores si Marcio no se hubiese apresurado a dar la señal de retirada y a contener a las excitadas tropas, colocándose él mismo frente a los más exaltados e incluso empujando a algunos de vuelta con sus manos. Luego les hizo marchar de vuelta al campamento, aún sedientos de sangre. Cuando los cartagineses vieron que nadie les perseguía, tras el primer rechazo desde la empalizada, imaginaron que los romanos habían tenido miedo de seguir más allá y regresaron a campamento displicente y pausadamente. Mostraron tanto descuido en vigilar su campamento como habían mostrado al atacar a los romanos pues, aunque su enemigo estaba cerca, lo consideraban aún solo como el resto de dos ejércitos derrotados unos días antes. Mientras se comportaban, a consecuencia de esto, negligentemente en todo, Marcio, que estaba completamente al tanto de ello, ideó el plan, a primera vista más peligroso que audaz, de ser más agresivo y atacar el campamento enemigo. Pensaba que sería más fácil asaltar el campamento de Asdrúbal mientras estaba solo que defender el suyo propio en caso de que los tres comandantes unieran sus fuerzas una vez más. Además, si tenía éxito habría hecho mucho para recuperarse de sus últimos desastre; si fracasaba, el enemigo ya no lo despreciaría, pues había sido el primero en atacar.

[25,38] Su plan parecía desesperado, teniendo en cuenta la posición en que estaba, y podía resultar fácilmente alterado por cualquier incidente imprevisto que provocase el pánico durante la noche. Para protegerse de estos peligros en la medida de lo posible, pensó que sería bueno dirigir unas palabras de aliento a sus hombres. Los convocó y les dirigió el siguiente discurso: "Mi lealtad y afecto por mis antiguos jefes, vivos y muertos, así como la situación en la que nos hallamos, haría creer a cualquiera, soldados, que este mando, aunque lo consideréis glorioso, resulta de hecho una posición de muy grave inquietud. Porque, en un momento en que apenas era dueño de mi y si al miedo no lo hubiera embotado la pena, para encontrar algún consuelo a mi angusta me vi obligado a pensar solo en vosotros, lo que resultó de lo más difcil en momentos de dolor. Incluso cuando tengo que considerar cómo puedo preservaros para mi patria, a vosotros que sois lo que quedáis de los dos ejércitos, sigue siendo para mi penoso tener que desviar mis pensamientos del un dolor que siempre me acompaña. Los amargos recuerdos me superan; los dos Escipiones me persiguen de día en mis pensamientos y de noche en mis sueños; me desvelan y me prohíben sufrir que ellos o sus soldados -vuestros propios camaradas que nunca en ocho años por estas tierras fueron derrotados-o la república queden sin venganza. Me llaman a seguir su ejemplo y actuar según los principios que ellos sentaron; como ningún otro hombre les haya obedecido más lealmente que yo mientras vivían, así ahora que se han ido me hacen pensar que lo que yo crea que resulta mejor es lo mismo que ellos hubieran hecho. Y me gustaría teneros, mis soldados, no siguiéndoles con lágrimas y lamentos como si hubieran dejado de existr, pues viven y son fuertes por la gloria de todo cuanto han hecho, sino yendo a la batalla pensando en ellos como si estuviesen aquí para animaros y daros la señal. Sin duda, no fue otra cosa sino su imagen ante vuestros propios ojos lo que provocó la memorable batalla de ayer, en la que demostrasteis a vuestro enemigo que el nombre de Roma no pereció con los Escipiones y que un pueblo cuya fortaleza y valor ni siquiera Cannas logró quebrar, se levantará por encima de los más duros golpes de la fortuna.

"Pues bien, como ayer hicisteis gala de tal osadía por vuestra propia cuenta, quiero ver ahora si vais a mostraros tan atrevidos a la orden de vuestro comandante. Cuando di ayer la señal para llamaros de vuestra fogosa persecución del enemigo en desorden, no fue por querer enfriar vuestro valor, sino para reservarlo para una mayor y más gloriosa ocasión cuando, a la mayor brevedad, dispuestos y armados, caigáis sobre el enemigo que está descuidado, desarmado y hasta adormecido. Y esperando esto, no estoy confando solo en la casualidad, sino que tengo buenos motivos para decir lo que digo. Si alguien os preguntase cómo, siendo tan pocos, os las habéis arreglado para defender vuestro campamento contra un poderoso enemigo, cómo tras vuestra derrota fuisteis capaces de repeler de vuestra empalizada a quienes os habían vencido, podríais, estoy seguro, replicar que este era el peligro que verdaderamente temíais y que por ello fortalecisteis vuestras defensas de todas las maneras posibles y os mantuvisteis dispuestos en vuestras posiciones. Y así son generalmente las cosas; los hombres se sienten menos seguros cuando sus circunstancias no les dan motivo de temor; a lo que nos dais importancia os deja abiertos y descuidados. No hay nada que el enemigo tema menos de nosotros, a quienes han rodeado y atacado recientemente, que un ataque por nuestra parte a su campamento. Vamos a aventurarnos donde nadie podría creer que nos atreveríamos. El hecho de que se considere muy difcil lo hará mucho más fácil. Os llevaré en una marcha silenciosa en la tercera guardia nocturna. He comprobado que no tienen dispuestos apropiadamente a los centinelas y a los piquetes. Una vez se escuche nuestro grito a sus puertas, el campamento caerá al primer asalto. Luego, mientras estén aún pesados por el sueño, presas del pánico por el inesperado tumulto y sorprendidos indefensos en sus catres, se producirá entre ellos tal carnicería como la que, para vuestra decepción, os aparté ayer.

"Yo sé que el plan parece una temeridad, pero en circunstancias apretadas que dejan tan poca esperanza, las medidas audaces son siempre las más seguras. Si, llegado el momento crítco, os quedáis ligeramente atrás y no tomáis la oportunidad que pasa al vuelo, la buscaréis en vano una vez la hayáis dejado ir. Hay un ejército cerca de nosotros y otros dos no muy lejos. Si les atacamos ahora, hay alguna esperanza para nosotros; ya habéis probado vuestras fuerzas contra las suyas. Si dejamos pasar el día, y después de la salida de ayer ya no nos desprecian más, existe el peligro de que se unan todos los generales y sus ejércitos. En tal caso, ¿podremos lidiar con tres generales y tres ejércitos a los que Cneo Escipión no pudo enfrentarse cuando su ejército disponía de todas sus fuerzas? Así como nuestros generales perecieron por estar sus fuerzas divididas, así el enemigo puede ser aplastado de uno en uno. No hay otra manera de conducir esta guerra; no esperemos, pues, nada más allá de la oportunidad de la noche próxima. Id ahora, confando en la ayuda de los dioses, comed y descansad para que, frescos y vigorosos, podáis irrumpir en el campamento enemigo con el mismo espíritu valeroso con que os defendisteis". Se mostraron encantados al escuchar este nuevo plan de su reciente general, y cuando más osado era más les gustaba. El resto del día transcurrió alistando sus armas y recobrando fuerzas, la noche la pasaron en su mayor parte descansando. En la cuarta guardia empezaron a moverse.

[25,39] Las otras fuerzas cartaginesas estaban a unas seis millas [8880 metros.-N. del T.] más allá del campamento más cercano a los romanos. Entre ellos se extendía un valle boscoso y en un terreno a medio camino, entre la arboleda, se escondió una cohorte romana con alguna caballería, adoptando formaciones púnicas. Tras haber ocupado así el camino hacia su mitad, el resto de la fuerza marchó en silencio contra el enemigo que estaba más próximo; al no haber puestos avanzados frente a las puertas ni estar montando guardia, penetraron sin oposición en el campamento, como si estuviesen entrando en el suyo propio. A continuación sonaron los toques y se lanzó el grito de guerra. Algunos dieron muerte al enemigo medio dormido, otros arrojaron teas a sus barracas techadas con paja seca, otros ocuparon las puertas para interceptar a los fugitivos. El fuego, los gritos y la carnicería, todo combinado, dejó a los enemigos casi sin sentido, impidiéndoles escucharse unos a otros para tomar las disposiciones precisas a su seguridad. Estando desarmados fueron a dar entre fuerzas de hombres armados; algunos corrieron hacia las puertas, otros, encontrando bloqueados los caminos, saltaban por encima de la empalizada donde se encontraron con la cohorte y la caballería que salió corriendo de su escondite y los mató a todos. Incluso si alguien hubiera escapado a la matanza, los romanos, tras tomar aquel campamento, se presentaron tan rápidamente en el otro que nadie habría podido llegar antes allí para anunciarles el desastre.

Cuando llegaron al segundo campamento, encontraron abandono y desorden por doquier; en parte debido a la gran distancia que lo separaba de ellos, y en parte porque algunos de los defensores se habían dispersado en busca de forraje, madera y botín. De hecho, en los puestos avanzados las armas estaban apiladas; los soldados, desarmados, estaban sentados y recostados en el suelo, caminando arriba y abajo delante de las puertas y la muralla. En este estado de ocioso desorden fueron atacados por los romanos, que estaban acalorados por su reciente combate y enardecidos por la victoria. Resultó imposible conservar las puertas contra ellos y, una vez pasadas las puertas, dio comienzo una lucha desesperada. A la primera alerta se produjo una avalancha desde todas partes del campamento, y habría sido una lucha larga y obstinada si los cartagineses, al ver en los escudos manchados de sangre de los romanos signos claros del combate anterior, no se hubieran llenado de terror y desánimo. Todos se volvieron y huyeron allí donde podían encontrar una puerta abierta por la que escapar; y todos, excepto aquellos que ya habían resultado muertos, fueron expulsados del campamento. Así, en una noche y un día, bajo el mando de Lucio Marcio, fueron capturados dos de los campamentos enemigos. Según Claudio, quien tradujo los anales de Acilio del griego al latin, murieron tantos como treinta y siete mil enemigos, fueron hechos prisioneros mil ochocientos treinta y además tomaron una inmensa cantidad de botín. Este último incluyó un escudo de plata de ciento treinta y siete libras de peso [44,799 kilos.-N. del T.] con la imagen de Asdrúbal Barca. Valerio Antas cuenta que sólo fue tomado el campamento de Magón, donde el enemigo tuvo siete mil muertos; en la otra batalla, cuando los romanos efectuaron una salida y combateron contra Asdrúbal, murieron diez mil e hicieron prisioneros a cuatro mil trescientos ochenta. Pisón dice que murieron cinco mil hombres cuando Magón fue emboscado al perseguir imprudentemente a nuestros hombres. Todos estos autores se centran en la grandeza de Marcia, y exageran la gloria que realmente ganó al describir un incidente sobrenatural. Cuentan que, mientras se dirigía a sus tropas, una llama salió de su cabeza, sin que él se diera cuenta, con gran espanto de los soldados que lo rodeaban. También se afrma que hubo en el templo del Capitolio [el de Júpiter.-N. del T.], antes de que se quemara, un escudo llamado "el Marcio", con una imagen de Asdrúbal, como recuerdo de su victoria. Durante algún tiempo después de esto, las cosas estuvieron tranquilas en Hispania, pues ninguno de los bandos, tras las derrotas sufridas, tenía ganas de arriesgarse a una acción decisiva.


[25.40] Mientras ocurrían estas cosas en Hispania, Marcelo, tras la captura de Siracusa, puso orden en los asuntos de Sicilia con tanta justicia e integridad para aumentar no solo su propia fama, sino también la grandeza y dignidad de Roma. Trasladó a Roma los ornamentos de la ciudad, las estatuas y las imágenes que en Siracusa abundaban; se trataba, en verdad, de despojos tomados al enemigo y adquiridos según las leyes de la guerra, pero aquel fue el comienzo de nuestra admiración por las obras de arte griegas, que han conducido al actual e imprudente expolio de toda clase de tesoros, sagrados y profanos por igual. Esto se ha vuelto fnalmente en contra de los dioses de Roma, y sobre todo contra el templo que Marcelo tan espléndidamente adornó. Pues los santuarios próximos a la puerta Capena, que Marcelo dedicó, solían ser visitados por forasteros a causa de las bellas obras de toda clase, de las que hoy quedan muy pocas. Mientras Marcelo estaba arreglando los asuntos de Sicilia, recibió delegaciones de casi todas las comunidades de la isla. El tratamiento que recibieron varió según sus circunstancias. Los que no se habían sublevado, o habían vuelto a nuestra amistad antes de la captura de Siracusa, recibieron la bienvenida y honrados como feles aliados; los que después de su captura se habían rendido por miedo, tuvieron que aceptar los términos que el vencedor impone al vencido. Los romanos, sin embargo, tenían aún entre manos considerables restos de la guerra alrededor de Agrigento. Aún quedaban en campaña los generales Epícides y Hanón, que habían desempeñado el mando en la última guerra, y un nuevo general que había sido enviado por Aníbal para susttuir a Hipócrates, un hipacritano [de la actual Bizerta, la antigua Hipo Diarrito, al norte de Túnez.-N. del T.] de origen libio-fenicio al que sus compatriotas llamaban Mutines, hombre enérgico y emprendedor que había tenido un intenso entrenamiento militar bajo aquel maestro de la guerra, Aníbal. Epícides y Hanón le proporcionaron una fuerza de númidas, y con aquellos jinetes cometó tan extensas rapiñas en los campos de los que le eran hostiles, y se mostró tan activo al proteger a sus leales amigos llevándoles ayuda en el momento preciso, que en poco tiempo toda Sicilia había oído hablar de él y no hubo nadie entre los partidarios de Cartago que no esperase grandes cosas de él.

Hasta aquel momento, Epícides y Hanón se habían visto obligados a mantenerse dentro de las fortifcaciones de Agrigento; ahora, sin embargo, tanto por la confanza que sentían como cumpliendo los consejos de Mutines, se aventuraron al exterior y fjaron su campamento en el Himera. Tan pronto se informó de esto a Marcelo, se movió rápidamente y acampó a unas cuatro millas del enemigo [5920 metros.-N. del T.], con la intención de esperar cualquier acción que pudiera ejecutar. Sin embargo, no se le permitó un instante para deliberar o considerar; Mutines cruzó el río y cargó contra sus puestos avanzados, provocando gran terror y confusión. Al día siguiente se produjo casi una batalla campal y expulsó a los romanos dentro de sus líneas. Luego fue requerido por la noticia de un motin que había estallado entre los númidas en el campamento de Hanón. Casi trescientos de ellos se habían marchado a Heraclea Minoa. Cuando dejó el campo para tratar de razonar con ellos y hacerles volver, se dice que aconsejó encarecidamente a los otros generales que no se enfrentaran al enemigo en su ausencia. Ambos se resinteron por esto; muy especialmente Hanón, que durante mucho tiempo había estado celoso de la reputación de Mutines. "¿Va Mutines", exclamó, "a darme órdenes; un africano de baja cuna va a dar órdenes a un general cartaginés comisionado por el Senado y el pueblo?" Epícides quería esperar, pero lo convenció de que debían cruzar el río y presentar batalla pues, arguyó, si esperaban a Mutines y luego libraban un combate victorioso, él se llevaría sin duda todo el crédito por ello.

[25,41] Marcelo estaba, por supuesto, sumamente indignado por la idea de que él, el hombre que había apartado de Nola al Aníbal henchido por su victoria en Cannas, hubiera cedido ante enemigos a los que ya había antes derrotado por tierra y mar, ordenó a sus hombres que dispusieran sus armas y marchasen de inmediato en orden de combate. Mientras formaba sus líneas, diez númidas del ejército contrario galoparon hasta él a galope tendido con el anuncio de que sus compatriotas no tomarían parte en la lucha; en primer lugar porque simpatzaban con los trescientos amotinados que se habían marchado a Heraclea, y después porque veían que su jefe había sido apartado de la batalla por los generales que deseaban poner una nube sobre su reputación. Aunque aquella nación por lo general es artera, mantuvieron su promesa en aquella ocasión. La noticia de que la caballería a la que tanto temían había dejado al enemigo en la estacada, voló rápidamente entre las filas y su valor creció en consecuencia. El enemigo, en cambio, estaban en un gran estado de alarma, pues no solo estaba perdiendo el apoyo de su arma más fuerte, sino que exista la posibilidad de ser atacados por su propia caballería. Así que no duró mucho la contenda, pues la acción se decidió al primer grito de guerra y la primera carga. Cuando las líneas opuestas se encontraron, los númidas permanecieron quietos en las alas; al ver que su propio bando daba la vuelta, se les unieron en su huida durante una corta distancia pero al ver que se dirigían a toda prisa hacia Agrigento, se dispersaron por todas las ciudades próximas por miedo a tener que soportar un asedio. Varios miles de hombres fuero muertos y se capturaron ocho elefantes. Esta fue la última batalla que libró Marcelo en Sicilia. Después de su victoria volvió a Siracusa. Como el año estaba a punto de terminar, el Senado decretó que el pretor Publio Cornelio debía enviar instrucciones a los cónsules en Capua para que uno de ellos, si lo aprobaban, viniera a Roma para nombrar los nuevos magistrados mientras Aníbal estaba lejos y no se mantenían operaciones muy críticas en Capua. Después de recibir el despacho, los cónsules llegaron al mutuo acuerdo de que Claudio celebraría las elecciones y Fulvio permanecería en Capua. Los nuevos cónsules fueron Cneo Fulvio Centmalo y Publio Sulpicio Galba, el hijo de Servio, un hombre que nunca antes había desempeñado una magistratura curul -211 a.C.-. Siguió la elección de los pretores y fueron elegidos Lucio Cornelio Léntulo, Marco Cornelio Cétego, Cayo Sulpicio y Cayo Calpurnio Pisón. Pisón se hizo cargo de la pretura urbana, Sicilia fue asignada a Sulpicio, Apulia a Cétego y Cerdeña a Léntulo. Los cónsules vieron sus mandos prorrogados por otro año.

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Libro 26: El destino de Capua.

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Libro 26: El destino de Capua.
[26.1] -211 a.C.-Los nuevos cónsules, Cneo Fulvio Centmalo y Publio Sulpicio Galba, entraron en funciones el 15 de marzo y de inmediato convocaron una reunión del Senado en el Capitolio para discutr cuestones de Estado, la conducción de la guerra y la distribución de las provincias y los ejércitos. Los cónsules salientes, Quinto Fulvio y Apio Claudio, conservaron sus mandos y se les ordenó proseguir el asedio de Capua sin descanso hasta haberse efectuado su captura. La recuperación de esta ciudad constituía ahora la principal preocupación de los romanos. Lo que les decidió fue no solo el amargo resentimiento que había provocado su deserción, sentimiento que nunca había estado más justfcado en el caso de cualquier otra ciudad, sino también la certeza que tenían de que como al rebelarse habían arrastrado a muchas comunidades con ella, por su grandeza y fortaleza, así su recaptura provocaría entre dichas comunidades cierto sentimiento de respeto por la potencia cuya soberanía habían reconocido anteriormente. Los pretores del año pasado, Marco Junio en Etruria y Publio Sempronio en la Galia, vieron prorrogados sus mandos y mantuvieron ambos las dos legiones que tenían. Marco Marcelo iba a seguir como procónsul y terminar la guerra en Sicilia con el ejército que tenía. Si necesitaba refuerzos, los tomaría de las fuerzas que Publio Cornelio mandaba en Sicilia, pero no de aquellas a las que el Senado había prohibido regresar a casa o tener permiso antes del fnal de la guerra. La provincia de Sicilia fue asignada a Cayo Sulpicio, que iba a hacerse cargo de las dos legiones que estaban bajo Publio Cornelio; cualquier refuerzo que precisara le sería proporcionado por el ejército de Cneo Fulvio, que había resultado tan vergonzosamente derrotado y destrozado el pasado año en Apulia. Los propios soldados, que también habían caído en desgracia, fueron situados en las mismas condiciones, en cuanto a la duración del servicio, que los supervivientes de Cannas. Como marca adicional de ignominia, a los hombres de ambos ejércitos se les prohibió invernar en ciudades o construir cuarteles de invierno para ellos a menos de diez millas de cualquier ciudad [14800 metros; al aumentar la distancia a las ciudades, que eran puntos de aprovisionamiento, se les obligaba a prescindir de todo lujo y dedicar sus medios de transporte al fujo constante preciso para abastecerse de lo imprescindible: comida, agua, leña y ropa.-N. del T.]. Las dos legiones que Quinto Mucio había mandado en Cerdeña fueron entregadas a Lucio Cornelio, y cualquier fuerza adicional que pudiera necesitar debería ser alistada por los cónsules. Tito Otacilio y Marco Valerio recibieron la orden de patrullar frente a las costas de Sicilia y Grecia, respectivamente, con las flotas y soldados que ya mandaban. El primero tenía un centenar de barcos, con dos legiones a bordo, y el último disponía de cincuenta barcos y una legión. La fuerza total de los ejércitos romanos en campaña, por tierra y mar, sumaron aquel año veintcinco legiones [dependiendo del grado de alistamiento, podríamos estar hablando de unos 87.500 hombres, para legiones de a 3.500, a unos 125.000 hombres para legiones de a 5.000.-N. del T.].

[26.2] A principios de año se entregó en el Senado una carta de Lucio Marcio. Todos los senadores apreciaron sus magnífcas hazañas, pero una buena parte de ellos estaban indignados por el ttulo honorífco que había asumido. El sobrescrito de la carta rezaba: "El propretor al Senado", aunque el imperivm no le había sido conferido por mandato del pueblo ni con la sanción del Senado [hacemos una excepción en este caso, dejando sin traducir la palabra imperivm, para que el lector pueda apreciar la dificultad de una traducción exacta, toda vez que el mando militar de un ejército, fuese bajo el ttulo de cónsul o de pretor, implicaba para un romano la obligatoriedad de ciertas ceremonias religiosas y políticas sin las que aquel mando constituía, incluso, un sacrilegio.-N. del T.]. Se había sentado un mal precedente, decían, al haber sido elegido un comandante por su ejército, dejando al capricho de los soldados y trasladando a los campamentos y provincias, lejos de los magistrados y las leyes, el solemne proceso de las elecciones tras haber tomado apropiadamente los auspicios. Algunos pensaban que el Senado debía encargarse del asunto, pero se pensó que lo mejor sería aplazar su toma en consideración hasta que los jinetes que habían traído la carta hubieran abandonado la Ciudad. En cuanto a la comida y vestuario del ejército, ordenaron que se enviase una respuesta en el sentido de que ambas cuestones serían atendidas por el Senado. Se negaron, sin embargo, a permitr que la respuesta se dirigiera "Al propretor Lucio Marcio", para que no pareciese que la cuestón que estaba por debatr había sido ya prejuzgada. Después de haber despedido a los mensajeros, los cónsules dieron prioridad a este asunto sobre cualquier otro y se acordó por unanimidad que los tribunos deberían consultar a la plebe, tan pronto como fuera posible, sobre quién deseaban que fuese enviado a Hispania con el mando [imperivm en el original latino.-N. del T.], como comandante en jefe para hacerse cargo del ejército que había mandado Cneo Escipión. Los tribunos se comprometeron a hacerlo y se dio cumplido anuncio de la cuestón a la Asamblea. Sin embargo, los ciudadanos estaban preocupados por una controversia de naturaleza muy diferente. Cayo Sempronio Bleso había fjado un día para enjuiciar a Cneo Fulvio por la pérdida de su ejército en Apulia, y lanzó un acerbo ataque contra él ante la Asamblea. "Muchos comandantes,", dijo, "por imprudencia e inexperiencia han llevado sus ejércitos a las situaciones más peligrosas, pero Cneo Fulvio es el único que ha desmoralizado a su ejército con toda clase de vicios antes de traicionarlo. Se puede decir con total veracidad que habían sido destruidos antes de ver al enemigo; deben su derrota a su propio jefe, no a Aníbal.

"Ahora ningún hombre, cuando fuese a votar, podría saber a qué clase de hombre se le confaba el mando supremo del ejército. Pensad en la diferencia entre Tiberio Sempronio y Cneo Fulvio. A Tiberio Sempronio se le había dado un ejército de esclavos; pero en poco tiempo, gracias a la disciplina que mantuvo y al sabio empleo de su autoridad, no hubo un solo hombre entre ellos que cuando él estaba en el campo de batalla dedicase un solo pensamiento a su nacimiento o condición. Esos hombres fueron el resguardo de nuestros aliados y el terror de nuestros enemigos. Ellos arrancaron, de las mismísimas fauces de Aníbal, ciudades como Benevento y Cumas, y las devolvieron a Roma. Cneo Fulvio, por otro lado, tenía un ejército de ciudadanos romanos, nacidos de padres respetables y educados como hombres libres; él los infectó con los vicios de los esclavos y los convirtó de tal manera que se mostraron insolentes y levantscos entre nuestros aliados y débiles y cobardes frente al enemigo; no podían soportar el grito de guerra de los cartagineses y, mucho menos, su carga. ¡Por Hércules! No es de extrañar que los soldados cedieran terreno, cuando su comandante fue el primero en salir corriendo; lo sorprendente es que alguno se mantuviera firme y cayera, y que no todos acompañaran a Cneo Fulvio en su aterrorizada huida. Cayo Flaminio, Lucio Paulo, Lucio Postumio y los dos Escipiones, Cneo y Publio, todos escogieron caer en combate, antes que desertar de sus ejércitos, cuando se vieron rodeados por el enemigo. Cneo Fulvio regresó a Roma como único y solitario heraldo de la aniquilación de su ejército. Después de que el ejército hubiera huido del campo de batalla de Cannas, fue deportado a Sicilia para no volver hasta que el enemigo haya abandonado Italia, y un decreto similar se ha aprobado recientemente en el caso de las legiones de Fulvio. Sin embargo, por vergonzoso de contar que resulte, el propio comandante quedó impune tras su huida de una batalla librada por su propia y obstinada necedad; él es libre de pasar el resto de su vida donde transcurrió su juventud -en tugurios y prostibulos-mientras sus soldados, cuya única falta es haber imitado a su jefe, han sido prácticamente enviados al exilio y tienen que someterse a un servicio deshonroso. ¡Tan desiguales son las libertades que disfrutadas en Roma por los ricos y los pobres, los hombres de rango y los hombres del pueblo!"

[26.3] En su defensa, Fulvio cargó toda la culpa sobre sus hombres. Ellos clamaban, dijo, ir a la batalla, y él los llevó, no enseguida, pues era al fnal del día, sino a la mañana siguiente. A pesar de que formaron en terrero favorable, desde el primer momento se mostraron aterrorizados, fuera por el nombre del enemigo o porque la reciedumbre de su ataque les sobrepasara. Mientras todos huían en desorden, él se vio arrastrado por la obcecación, como Varrón en Cannas y como muchos otros jefes. ¿De qué le habría servido a la república quedándose allí solo? A menos que, en verdad, con su muerte se hubieran evitado otros desastres nacionales. Su fracaso no se debió a la falta de suministros, o a situarse en una posición o terreno desfavorables; no le habían emboscado por no haber ejecutado un reconocimiento insufciente; había sido batido en un combate justo en campo abierto. Los ánimos de los hombres, donde quiera que estuviesen, quedaban fuera de su control, la disposición natural de un hombre lo hace valiente o cobarde. Los discursos del acusador y del acusado duraron dos días y al tercero se presentaron los testigos. Además del resto de graves acusaciones en su contra, muchos hombres declararon bajo juramento que el pánico y la huida empezaron por el pretor, y que cuando los soldados se vieron abandonados a sí mismos y pensaron que su general tenía buenos motivos para temer, ellos también dieron la espalda y huyeron. El acusador, en primera instancia, solicitó una multa, pero las evidencias presentadas habían levantado las iras del pueblo hasta tal punto que insista en exigir la condena a la pena capital. Esto llevó a un nuevo conficto. Como durante los primeros dos días el acusador había limitado la pena a una multa, y solo al tercero se pidió la pena capital, el acusado apeló a los otros tribunos, pero estos rehusaron interferir con su colega, y no le impedirían que reclamara la sentencia que estableciesen las costumbres de los antepasados, siempre que sometera al acusado a juicio de pena capital o de multa, basándose en la ley escrita o en los precedentes. Ante esto, Sempronio anunció que acusaría a Cayo Fulvio del cargo de traición y solicitó a Cayo Calpurnio, el pretor urbano, que fjase día para convocar a la Asamblea. A continuación, el acusado intentó otro modo de librarse. Su hermano Quinto gozaba por entonces de la alta estima del pueblo, debido a sus anteriores victorias y al la convicción general de que pronto tomaría Capua, y el acusado esperaba que pudiera estar presente en su juicio. Quinto escribió al Senado para que le dieran su autorización, apelando a su compasión y pidiendo que se le permitera defender la vida de su hermano, pero respondieron que iría contra los intereses del Estado que abandonase Capua. Justo antes del día del juicio, Cneo Fulvio se marchó al exilio en Tarquinia. El pueblo confrmó mediante un decreto su estatus legal como exiliado, con todas las consecuencias que implicaba [este procedimiento era legal, siempre que el acusado se exiliara antes de que el pretor emitiera sentencia, y solía ser aprobado por el pueblo como exilivm ivstivm.-N. del T.].

[26,4] Mientras tanto, toda la intensidad de la guerra se dirigió contra Capua. El bloqueo estaba resultando más efcaz que el asalto directo; el pueblo común y los esclavos no podían soportar el hambre ni enviar mensajeros a Aníbal, a causa de la estrecha vigilancia que se mantenía. Por fn, se encontró un númida que se comprometó a abrirse paso con los despachos, consiguiéndolo. Escapó por la noche a través de las líneas romanas, y esto animó a los campanos a tratar de efectuar salidas en todas direcciones mientras aún les quedaban fuerzas. Tuvieron lugar varios combates de caballería en los que, por lo general, tuvieron la ventaja aunque su infantería sufrió la peor parte. La alegría que sinteron los romanos por las victorias de su infantería quedó considerablemente amortguada al verse batda su otra arma por un enemigo al que habían asediado y casi conquistado. Al fnal, idearon un ingenioso plan mediante el que compensar su inferioridad en la caballería. Escogieron de entre todas las legiones a jóvenes excepcionalmente veloces y ágiles, y los equiparon con parmas [escudos más pequeños que el scutum del infante, y por esta época redondos, empleados por la caballería.-N. del T.]

algo más cortas que las empleadas por la caballería. A cada uno se le proporcionaron siete jabalinas, de cuatro pies de largo [1,184 metros.-N. del T.] y con puntas de hierro similares a las de los dardos de los vélites [tropas ligeras, compuestas por soldados con escasos recursos económicos y, por lo tanto, con equipamiento ligero.-N. del T.]. Cada jinete montó con él a uno de estos sobre su caballo y los enseñaron a montar detrás y saltar rápidamente a una señal dada. En cuanto su entrenamiento diario les dio la sufciente confanza, la caballería avanzó contra los campanos, que habían formado en el terreno llano entre el campamento romano y las murallas de la ciudad. Tan pronto los tuvieron dentro de su alcance, se dio la señal y los vélites saltaron al suelo. La línea de infantería así formada lanzó un repentino ataque contra la caballería campana; voló lluvia tras lluvia de jabalinas contra hombres y caballos a lo largo de toda la línea. Un gran número resultó herido, y la nueva e inesperada forma de ataque provocó una pánico general. Al ver que el enemigo confuso, la caballería romana cargó y en su avance los expulsaron hasta sus puertas con grandes pérdidas. A partir de ese momento los romanos fueron superiores también en caballería. Los vélites se incorporaron posteriormente a las legiones. Se dice que este plan de combinar infantería y caballería en una sola fuerza fue idea de uno de los centuriones, Quinto Navio, y que este recibió por ello una distinción especial de su comandante.

[26,5] Tal era el estado de cosas en Capua. Durante este tiempo, Aníbal se debata entre dos cosas: apoderarse de la ciudadela de Tarento o mantener Capua en su poder. Se decidió por Capua, pues vio que era la plaza hacia la que se dirigían todas las miradas, amigas y enemigas, y su destino se mostraría determinante, en un sentido u otro, sobre las consecuencias de desertar de Roma. Por lo tanto, dejando su impedimenta y tropas pesadas en el Brucio, marchó rápidamente hacia la Campania con una fuerza de caballería e infantería, escogidas por su capacidad para marchar con paso ligero. Siendo como era veloz su avance, sin embargo, le siguieron treinta y tres elefantes. Fijó su posición en un valle aislado detrás del monte Tifata, que estaba próximo a Capua. En su marcha se apoderó del castllo de Calata [a unos 9 km al sureste de Capua, donde hoy se alza la iglesia de San Giacomo alle Galazze.-N. del T.]. Luego dirigió su atención a los sitadores de Capua y envió un mensaje a la ciudad diciéndoles a qué hora tenía la intención de atacar las líneas romanas, para que pudieran estar dispuestos a efectuar una salida y descargar toda su fuerza por todas sus puertas. Se produjo un enorme pavor, pues mientras Aníbal lanzaba su asalto por un lado, todas las fuerzas de Capua, montadas y a pie, apoyadas por la guarnición púnica al mando de Bostar y Hanón, hacían una vigorosa salida por la otra. Consciente de su crítica posición y del peligro de dejar desprotegida una parte de sus líneas al concentrar su defensa en una sola dirección, los romanos dividieron sus fuerzas; Apio Claudio enfrentó a los campanos y Fulvio a Aníbal; el propretor Cayo Nerón, con la caballería de seis legiones, mantuvo la carretera a Arienzo y Cayo Fulvio Flaco, con la caballería de los aliados, tomó posiciones en la región del río Volturno. No hubo solo el habitual griterío y alboroto al comenzar la batalla; el ruido de los caballos, los hombres y las armas se incrementó por el de la población no combatente de Capua. Se agolpaban en las murallas, y haciendo chocar vasijas de bronce, como hace el pueblo en la oscuridad de la noche cuando se produce un eclipse de Luna, produjeron tan terrible ruido que llegaron incluso a distraer la atención de los combatentes.

Apio no tuvo ninguna difcultad en expulsar a los campanos de sus trincheras, pero Fulvio, por el otro lado, tuvo que enfrentar un ataque mucho más pesado de Aníbal y sus cartagineses. Aquí, la sexta legión cedió terreno y una cohorte de hispanos con tres elefantes logró llegar hasta la empalizada. Ellos habían penetrado la línea romana, y al mismo tiempo que veían su oportunidad de irrumpir se dieron cuenta del peligro de quedar aislados de sus apoyos. Cuando Fulvio contempló el desorden de la legión y el peligro que amenazaba el campamento, llamó a Quinto Navio y a otros centuriones principales para que cargasen contra la cohorte enemiga que combata justo para la empalizada. "Es el momento más crítco", les dijo, "o dejan seguir al enemigo, en cuyo caso irrumpirán en el campamento con menos difcultad de la que han tenido para romper las líneas compactas de la legión, o lo rechazan mientras están aún bajo la empalizada. No será un combate duro; solo son unos pocos y están aislados de sus apoyos; y el mismo hecho de que se haya roto la línea romana será una ventaja si ambos grupos cierran sobre los flancos del enemigo, que quedará entonces cercado y expuesto a un doble ataque". Al oír esto, Navio le quitó el estandarte del segundo manípulo de asteros al signífero y avanzó con él contra el enemigo, amenazando al mismo tiempo con lanzarlo en medio de ellos si sus hombres no se apresuraban a seguirlo y tomar parte en los combates. Era Navio un hombre alto y su armadura le añadía vistosidad, y al levantar en alto el estandarte atrajo todas las miradas. Pero cuando estuvo cerca de los hispanos, estos lanzaron sus dardos contra él desde todas direcciones, concentrando la totalidad de la línea su atención en aquel hombre. No obstante, ni el número de enemigos, ni la fuerza de sus proyectiles fueron capaces de detener el ímpetu de este hombre.

[26,6] El general Marco Atilio llevó entonces contra la cohorte hispana el estandarte del primer manípulo de príncipes de la sexta legión; Lucio Porcio Licinio y Tito Popilio, que estaban al mando del campamento, mantenían una lucha feroz en la parte frontal de la empalizada y dieron muerte a algunos de los elefantes mientras la atravesaban. Sus cuerpos rodaron en el foso y lo llenaron, haciendo de puente para que pasara el enemigo y dando comienzo a una terrible carnicería sobre los postrados elefantes. Al otro lado del campamento, los campanos y la guarnición púnica habían sido rechazados, trasladándose la lucha hasta la puerta de la ciudad que llevaba al Volturno. Los esfuerzos de los romanos para romperlas se vieron frustrados, no tanto por las armas de los defensores como por las ballestas y escorpiones que se habían montado sobre la puerta y que mantenían a distancia a los asaltantes con los proyectiles que lanzaban [las ballestas, originalmente, lanzaban piedras, aunque después empezaron a lanzar también dardos; los escorpiones, más pequeños, lanzaban grandes virotes.-N. del T.]. Les dio nuevo ímpetu la herida recibida por el comandante Apio Claudio; este fue alcanzado por un dardo en el pecho, a la altura del hombro izquierdo, mientras galopaba a lo largo del frente animando a sus hombres. No obstante, una gran parte de los enemigos murieron en el exterior de la puerta; el resto fue obligado a huir precipitadamente hacia la ciudad. Cuando Aníbal vio la destrucción de la cohorte hispana y la energía con que los romanos defendían sus líneas, cesó en el ataque y retró los estandartes. La columna de infantes en retroceso fue seguida por la caballería, que debía proteger la retaguardia en caso de que el enemigo acosara su retirada. Las legiones ardían por perseguirlos, pero Flaco ordenó que se tocara a "retirada", pues consideró que ya había obtenido lo sufciente logrando que tanto los campanos como el propio Aníbal se dieran cuenta de qué poco podían hacer en defensa de la ciudad.

Algunos autores que describen esta batalla dicen que ese día murieron ocho mil de los hombres de Aníbal y tres mil campanos, y que se capturaron quince estandartes a los cartagineses y dieciocho a los campanos. Encuentro en otros relatos que el incidente no resultó tan grave, hubo más excitación y confusión que auténtica lucha. Según estos autores, los númidas e hispanos irrumpieron inesperadamente en las líneas romanas con los elefantes, y que estos animales, al trotar por todo el campamento, destrozaron las tiendas y produjeron una terrible confusión y pánico, mientras los jumentos rompían sus ataduras y escapaban. Para aumentar la confusión, Aníbal envió a algunos hombres que sabían hablar latin, haciéndose pasar por italianos, para que dijeran a los defensores en nombre del cónsul que ya que el campamento se había perdido, cada hombre debía hacer lo que pudiera para escapar a las montañas cercanas. El engaño, sin embargo, fue prontamente detectado y frustrado con grandes pérdidas para el enemigo, siendo los elefantes expulsados del campamento con teas ardientes. En cualquier caso, como quiera que empezase o terminase, esta fue la última batalla que se libró antes de que Capua se rindiera. El "medix tutcus" de aquel año, el magistrado supremo de Capua, resultó ser Sepio Lesio, hombre de humilde cuna y modesta fortuna. La historia cuenta que, debido a un portento sucedido en casa de su madre, esta consultó a un adivino en nombre del niño, y este le dijo que su hijo llegaría un día a la posición de máxima autoridad en Capua. Como ella no sabía de nada que pudiera justfcar tales expectativas, le respondió: "Lo que realmente estás describiendo es una situación desesperada en Capua, al decir que tal honor alcanzará a mi hijo". Su respuesta jocosa a lo que era una predicción auténtica se convirtó en realidad, pues fue solo cuando el hambre y la espada los presionaban duramente y estaban perdiendo la esperanza de seguir resistendo cuando Lesio aceptó el cargo. Él fue el último campano en ostentarlo, y solo lo hizo tras protestar; Capua, declaró, estaba abandonada y traicionada por sus principales ciudadanos.

[26.7] Al ver que no podía arrastrar a su enemigo a una batalla campal y que resultaba imposible romper sus líneas y liberar Capua, Aníbal decidió abandonar su intento y marcharse del lugar, pues temía que los nuevos cónsules cortasen su vía de aprovisionamiento. Estaba inquieto, dando vueltas en su mente a la cuestón de lo que haría luego, cuando se le ocurrió la idea de marchar sobre Roma, la cabeza y guía espiritual de toda la guerra. Esto había estado siempre en su corazón y sus hombres siempre le acusaban de haber dejado pasar la ocasión inmediatamente después de la batalla de Cannas; el mismo admitó que había cometido un error al no hacerlo. No dejaba de tener esperanza de apoderarse de alguna parte de la Ciudad, en la confusión producida por su inesperada aparición; y si Roma estaba en peligro, esperaba que ambos cónsules, o al menos uno de ellos, abandonaría en seguida su presión sobre Capua. Luego, al quedar debilitados por la división de sus fuerzas, le darían a él o a los campanos la oportunidad de librar una acción victoriosa. Una cosa le tenía inquieto: la posibilidad de que los campanos se entregaran en cuanto él se hubiera retrado. Había entre sus hombres un númida que estaba dispuesto a enfrentar cualquier empresa desesperada; convenció a este hombre, mediante la oferta de una recompensa, a llevar una carta, pasando las líneas romanas como si fuera un desertor, y luego seguir hasta el otro lado y entrar en Capua. La redactó en términos muy alentadores, resaltando que su marcha sería el medio por el que los salvaría, pues separaría a los generales romanos de su ataque contra Capua para defender a Roma. No debían abatrse, unos pocos días de paciencia romperían el cerco. Luego ordenó que se capturasen los barcos que estaban en el Volturno y se llevasen hasta un castllo que había construido con anterioridad para asegurar el paso del río. Se le informó que había un número sufciente de ellos como para poder hacer cruzar a todo su ejército en una sola noche. Se suministraron a los hombres raciones para diez días; marcharon hasta el río y todas sus legiones estaban al otro lado antes del alba.

[26,8] Fulvio Flaco fue informado por desertores de este proyecto, antes de que fuera puesto en ejecución, y de inmediato lo puso en conocimiento del Senado. La noticia fue recibida con diversos sentimientos según los distintos temperamentos de cada cual. Naturalmente, ante una crisis así, al instante se convocó una reunión del Senado. Publio Cornelio, llamado Asina, estaba a favor de llamar a todos los generales y a sus ejércitos, de todas partes de Italia, para defender la Ciudad, independientemente de Capua o cualquier otro objeto que se tuviera en mente. Fabio Máximo consideraba que sería una desgracia afojar su control sobre Capua y permitr que Aníbal les atemorizase, dando vueltas ante sus disposiciones y amenazas. "¿Creéis", preguntó a los senadores, "que el hombre que no se atrevió a acercarse a la Ciudad después de su victoria en Cannas, espera realmente capturarla ahora que ha sido expulsado de Capua? Su objetivo al venir aquí no es atacar a Roma, sino a levantar el sito de Capua. El ejército que se encuentra actualmente en la Ciudad será sufciente para nuestra defensa, pues contará con la ayuda de Júpiter y los otros dioses que han sido testigos de la violación por Aníbal de los acuerdos del tratado". Publio Valerio Flaco abogó por una solución intermedia, que fue la aprobada en última instancia. Recomendó que se enviara un despacho a los generales al mando en Capua, indicándoles cuál era el poderío defensivo de la Ciudad. Ellos mismos sabrían qué tropas estaba conduciendo Aníbal y cuán grande debía ser el ejército que había de mantener el sito de Capua. Si uno de los generales al mando podía ser enviado con una parte del ejército a Roma, sin interferir con la conducción efectiva del asedio por el otro general, Claudio y Fulvio deberían acordar cuál de ellos seguiría con el asedio y cuál iría a Roma para evitar el asedio de su propia ciudad. Cuando llegó a Capua esta decisión del Senado, el procónsul Quinto Fulvio, cuyo colega se había visto obligado a partir para Roma a causa de su herida, selecciona una fuerza de entre los tres ejércitos y cruzó el Volturno con quince mil infantes y mil de caballería. Cuando hubo verifcado que Aníbal marchaba por la Vía Latina, envió hombres en avanzada a través de las poblaciones situadas sobre la Vía Apia y a algunas otras cercanas a ella, como Sezze, Cori y Patrica [las antiguas Setia, Cora y Lavinia.-N. del T.], para alertar a los habitantes de que tuviesen dispuestos y almacenados suministros en sus ciudades para llevarlos desde los campos de alrededor hasta la línea de marcha. Además, debían reunir las guarniciones en las ciudades para defender sus hogares y que cada municipio cuidara de su propia defensa.

[26,9] Después de cruzar el Volturno, Aníbal fjó su campamento a corta distancia del río y al día siguiente marchó, pasando Calvi Risorta [la antigua Cales.-N. del T.], hasta territorio sidicino. Dedicó una jornada a devastar la comarca y luego siguió a lo largo de la Vía Latina, atravesando los territorios de Arienzo, Allife y Casino, hasta las murallas de este último lugar. Allí permaneció acampado durante dos días y devastó toda la campiña en derredor. Desde allí marchó, dejando atrás Pignarato Interamna y Aquino, hasta el río Liri, en territorio de Fregellas. Aquí se encontró con que el puente había sido destruido por el pueblo de Fregellas con el fin de retrasar su avance. Fulvio también se había retrasado en el Volturno, debido a que Aníbal había quemado sus naves y, debido a la falta de madera, tuvo muchas difcultades en procurarse balsas para transportar sus tropas. Sin embargo, una vez hubo cruzado, el resto de su marcha fue continua al encontrar un amplio suministro de provisiones esperándole en cada ciudad a la que llegaba, colocado además a los lados de la carretera de cada lugar. También sus hombres, en su afán, se animaban unos a otros para marchar más rápidamente, pues iban a defender sus hogares. Un mensajero, que había viajado desde Fregellas un día y una noche sin parar, provocó gran alarma en Roma, y la excitación fue aumentada por las gentes que corrían por la Ciudad exagerando las noticias que aquel había traído. El grito de lamento de las matronas se escuchaba por todas partes, no sólo en casas privadas, sino también en los templos. Se arrodillaban en estos y arrastraban sus cabellos despeinados por el suelo, levantando las manos al cielo y lamentándose y suplicando a los dioses para que mantuvieran la Ciudad de Roma lejos de las manos del enemigo y que preservaran a sus madres e hijos de todo daño y ultraje. Los senadores permanecieron en sesión en el Foro con el fin de estar a disposición de los magistrados, por si deseaban consultarles. Algunos recibieron órdenes y marcharon a ejecutarlas, otros ofrecían sus servicios por si podían ser de utlidad en cualquier lugar. Se estacionaron tropas en el Capitolio, sobre las murallas, alrededor de la Ciudad e incluso tan lejos como en el Monte Albano y en la fortaleza de Éfula. En medio de todo este alboroto, llegó noticia de que el procónsul Quinto Fulvio estaba en camino desde Capua con el ejército. Como procónsul, no podía ostentar mando en la Ciudad; por lo tanto, el Senado aprobó un decreto otorgándole poderes consulares. Después de arrasar por completo el territorio de Fregellas, en venganza por la destrucción del puente sobre el Liri, Aníbal continuó su marcha a través de los distritos de Frosinone, Ferentino y Anagni, en la vecindad de Labico [las antiguas Frusinum, Ferentinum, Anagnium y Labicum.-N. del T.]. Desde el monte Algido fue a Túsculo, pero no fue admitido y torció a la derecha por debajo de Túsculo hacia Gabios y, aún descendiendo, llevó a la comarca de Pupinia, donde acampó, a unas ocho millas de Roma [11840 metros.-N. del T.]. Cuanto más se aproximaba, mayor era la carnicería sufrida por los que huían a la Ciudad a manos de los númidas que cabalgaban por delante del cuerpo principal del ejército. Además, muchos de toda edad y condición fueron hechos prisioneros.

[26.10] En medio de esta agitación, Fulvio Flaco entró en Roma con su ejército. Pasó a través de la Puerta Capena y marchó a través de la ciudad, pasando la Carina y el Esquilino [barrios de Roma.-N. del T.], y saliendo de allí se atrincheró en el terreno entre las puertas Colina y Esquilina, donde los ediles plebeyos le suministraron provisiones. Los cónsules, acompañados por el Senado, lo visitaron en su campamento y se celebró un consejo para estudiar qué medidas exigían los supremos intereses de la República. Se decidió que los cónsules deben construir campamentos fortifcados en las cercanías de las puertas Colina y Esquilina, que el pretor urbano tomara el mando de la Ciudadela y el Capitolio, y que el Senado debía seguir en sesión permanente en el Foro para el caso de que alguna repentina urgencia lo precisara. Aníbal había trasladado ahora su campamento al río Anio, a una distancia de tres millas de la Ciudad [4440 metros.-N. del T.]. Desde esta posición, avanzó con un cuerpo de dos mil jinetes hacia la puerta Colina, hasta el templo de Hércules, y desde aquel punto se acercó cuanto pudo y practcó un reconocimiento de las murallas y situación de la Ciudad. Flaco estaba indignado y furioso ante este tranquilo y pausado proceder, y envió alguna caballería con órdenes de eliminar al enemigo y devolverlo de regreso a su campamento. Había por entonces unos mil doscientos desertores númidas estacionados en el Aventino y los cónsules les dieron órdenes para cabalgar a través de la Ciudad, hacia la puerta Esquilina, pues estimaban que nadie estaba más capacitado para combatir entre los huecos y muros de los jardines y sepulcros y por los estrechos caminos que rodeaban aquella parte de la Ciudad. Cuando los que estaban de guardia en la Ciudadela y el Capitolio los vieron bajar al trote por la cuesta Publicia, gritaron que el Aventino había sido tomado. Esto causó tanta confusión y pánico que, de no haber estado el campamento cartaginés fuera de la Ciudad, la población aterrorizada se habría derramado fuera de las puertas. Así las cosas, se refugiaron en las casas y en varios edifcios, y viendo a algunos de los suyos caminar por las calles, los tomaban por enemigos y los atacaban con piedras y proyectiles. Resultaba imposible calmar la excitación o rectfcar el error, ya que las calles estaban llenas de una multitud de campesinos con su ganado, a quienes el repentino peligro repentino había llevado a la Ciudad. La acción de la caballería fue un éxito y los enemigos fueron expulsados. Se hizo necesario, sin embargo, sofocar los disturbios que, sin la más mínima razón, empezaron a surgir en muchos lugares, y el Senado decidió que todos los que hubieran sido dictadores, cónsules o censores debían ser invertidos con mando militar hasta que el enemigo se hubiera retirado de las murallas. Durante el resto del día y toda la noche, se levantaron muchos de aquellos disturbios y fueron rápidamente reprimidos.

[26.11] Al día siguiente, Aníbal cruzó el río Anio y trasladó todas sus fuerzas al combate; Flaco y los cónsules no rehusaron el desafo. Cuando ambas partes hubieron formado para decidir una batalla en la que Roma sería el premio del vencedor, una tremenda granizada puso a ambos ejércitos en tal desorden que con difcultad sostenían sus armas. Se retraron a sus respectivos campamentos con tanto temor como sus enemigos. Al día siguiente, cuando los ejércitos habían formado en las mismas posiciones, una tormenta similar los separó. En cada ocasión, después de haberse acogido nuevamente al campamento, el tiempo mejoró de forma extraordinaria. Los cartagineses consideraron aquello como algo sobrenatural, y cuenta la historia que se oyó decir a Aníbal que en una ocasión no se le daba la voluntad, y en otra la oportunidad, de converitrse en el dueño de Roma. Sus esperanzas se vieron también aminoradas por dos incidentes, uno de cierta importancia y el otro no tanto. El más importante fue que recibió informes de que mientras él permanecía en armas cerca de las murallas de Roma, había partido una fuerza completamente equipada, bajo sus estandartes, para reforzar al ejército de Hispania. El otro incidente, que conoció por un prisionero, fue la venta en subasta del lugar en que había asentado su campamento y el hecho de que, a pesar de que él lo ocupaba, no hubo rebaja en el precio. Que se hubiera encontrado a alguien en Roma para comprar el terreno que el poseía como botín de guerra, pareció a Aníbal una muestra tal de insultante arrogancia que instantáneamente hizo pregonar la venta en subasta de las tiendas de plata que rodeaban el Foro de Roma.

Estos incidentes condujeron a su retirada de Roma, y se marchó hasta tan lejos como el río Tuta, distante seis millas de la Ciudad [8880 metros.-N. del T.]. De allí marcharon hacia el bosque de Feronia [diosa de los bosques y vegetales.-N. del T.], cuyo templo era célebre en aquellos días por su riqueza. El pueblo de Capena, y el de otras ciudades de alrededor, solía llevar sus primicias y otras ofrendar, según su capacidad, y lo habían embellecido además con una considerable cantidad de oro y plata. El templo, entonces, quedó despojado de todos sus tesoros. Se encontraron allí grandes montones de metal, en los que los soldados, perseguidos por los remordimientos, habían arrojado grandes piezas de bronce sin acuñar después de la partida de Aníbal. Todos los autores coinciden respecto al saqueo de este templo. Celio nos cuenta que Aníbal desvió su marcha hacia él mientras iba desde Crotona a Roma, tras partir de Riet y Civitatomassa pasando por Amiterno [Crotona= Ereto, Rieti= Reate y Civitatomassa= Cutilia.-N. del T.]. Según este autor, a la salida de Capua, Aníbal entró en el Samnio y de allí pasa a la Pelignia; luego, marchando más allá de la ciudad de Celano [la antigua Sulmona.-N. del T.], cruzó las fronteras de los marrucinos y avanzó luego a través de territorio albano hasta el país de los marsios, y desde allí hasta Amiterno y la aldea de Foruli. No hay duda en cuanto a la ruta que tomó, pues las huellas de tan gran general y su enorme ejército no se habrían desvanecido en tan corto espacio de tiempo; el único punto en discusión es si ésta es la ruta que siguió al marchar hacia Roma o al regresar a la Campania.

[26.12] La energía con que los romanos apretaron el sito de Capua fue mucho mayor que la que Aníbal exhibió en su defensa, pues este marchó a toda prisa, atravesando el Samnio y la Apulia, y de la Lucania hacia el Brucio, con la esperanza de sorprender Reggio. Aunque el sito no se relajó en absoluto durante la ausencia de Flaco, su vuelta marcó una sensible diferencia en la dirección de las operaciones y resultó una sorpresa para todos que Aníbal no hubiera vuelto al mismo tiempo. Los campanos comprendieron poco a poco, mediante sus conversaciones con los sitadores, que les habían abandonado a sus propios medios y que los cartagineses habían abandonado toda esperanza de salvar Capua. De acuerdo con una resolución del Senado, el procónsul emitó un edicto, que fue publicado en la Ciudad, por el que sería amnistado cualquier ciudadano de Campania que se uniera a los romanos antes de cierto día. Ni un solo hombre desertó; su miedo les impedía confar en los romanos, pues durante su revuelta habían cometido crímenes demasiado grandes como para albergar cualquier esperanza de perdón. Pero aunque nadie miraba por su propia seguridad entregándose al enemigo, nada se disponía en pro de la seguridad pública. La nobleza había abandonado sus funciones públicas; era imposible lograr juntarlos para celebrar una reunión del Senado. La suprema magistratura era ostentada por un hombre que no honraba su cargo; por el contrario, su incapacidad la privaba de su autoridad y poder. Ninguno de los nobles era visto por el foro, ni siquiera en algún lugar público; se encerraron en sus casas esperando la caída de su patria y su propia destrucción. Toda la responsabilidad se dejó en manos de los comandantes de la guarnición púnica, Bóstar y Hanón, que estaban mucho más preocupados por su propia seguridad que por la de sus partidarios en la ciudad. Se preparó una carta con el propósito de remitrla a Aníbal, en la que se le acusaba tan acerba como sinceramente de la rendición de Capua en manos del enemigo y la exposición de su guarnición a toda clase de torturas. Se había marchado al Brucio y quitado de en medio para no contemplar cómo Capua era capturada ante sus ojos; ¡por Hércules!, no pudieron retrar a los romanos del asedio de Capua ni siquiera ante la amenaza de atacar su Ciudad; mucha más determinación habían mostrado los romanos como enemigos que los cartagineses como amigos. Si Aníbal volviera a Capua y cambiara todo el rumbo de la guerra en esa dirección, entonces la guarnición estaría dispuesta para lanzar un ataque contra los sitadores. No había cruzado los Alpes para hacer la guerra contra Regio o Tarento; donde estuvieran las legiones de Roma, ahí debían estar los ejércitos de Cartago. Así fue como había vencido en Cannas y en el Trasimeno, enfrentando al enemigo cara a cara, ejército contra ejército y probando su fortuna en la batalla.

Este era el contenido principal de la carta, que fue entregada a algunos númidas que se habían comprometido a llevarla bajo la promesa de una recompensa. Habían llegado al campamento de Flaco como desertores, con la intención de aprovechar una oportunidad favorable para desaparecer, con la muy buena excusa para desertar del largo sufrimiento por hambre en Capua. Sin embargo, una mujer campana, la amante de uno de estos desertores, apareció de repente en el campamento e informó al comandante romano de que los númidas habían llegado como parte de un plan preestablecido y que, en realidad, llevaban una carta para Aníbal, así como que ella estaba dispuesta a demostrarlo, pues uno de ellos le había revelado el asunto. Cuando este hombre fue llevado ante ella, negó inicialmente conocer a la mujer; pero poco a poco cedió ante la verdad, especialmente cuando vio qué instrumentos de tortura habían enviado y estaban disponiendo, y fnalmente hizo una confesión completa. El despacho fue descubierto y salieron a la luz otras evidencias, como el descubrirse que bastantes otros númidas estaban también en el campamento romano bajo la apariencia de desertores. Más de setenta de ellos fueron detenidos y junto con los recién llegados fueron todos azotados, sus manos cortadas y después enviados de vuelta a Capua. La vista de este terrible castgo quebró el espíritu de los campanos.

[26.13] El pueblo se dirigió en bloque a la curia e insistó en que Lesio convocase al Senado. Estos amenazaron abiertamente a los nobles, que durante tanto tiempo se habían abstenido de ir al Senado, con ir por sus casas y sacarlos a la fuerza a la calle. Estas amenazas terminaron en una reunión en pleno del Senado. La opinión general estaba a favor de enviar una delegación al comandante romano, pero Vibio Virrio, el principal responsable de la revuelta contra Roma, al serle pedida su opinión, dijo a quienes hablaban de delegaciones y de términos de paz y rendición, que se estaban olvidando de lo que habrían hecho de haber sido ellos quienes tuvieran a los romanos en su poder, o de lo que, en las actuales circunstancias, tendrían que sufrir. "¿Pues qué?", exclamó, "¿os imagináis que rendirnos ahora será como si nos hubiésemos rendido en los viejos tiempos, cuando para obtener ayuda contra los samnitas nos entregamos con todas nuestras pertenencias a Roma? ¿Ya habéis olvidado en cuán crítco momento para Roma nos rebelamos contra ella? ¿Cómo ejecutamos, con indignas torturas, a la guarnición que fácilmente podríamos haber expulsado? ¿Cuán numerosas y desesperadas salidas hemos efectuado contra nuestros asediadores, cómo hemos asaltado sus líneas y llamado a Aníbal para aplastarlos? ¿Habéis olvidado este último acto nuestro, cuando le enviamos a atacar Roma?

"Mirad ahora al otro bando, considerad su terca hostlidad contra nosotros y mirad si podéis esperar algo. Aún habiendo sobre suelo italiano un enemigo extranjero, y siendo Aníbal ese enemigo, aunque las llamas de la guerra fameaban por todas partes, se olvidaron de todo y hasta del mismo Aníbal, y enviaron a ambos cónsules, cada uno con un ejército, contra Capua. Desde hace ya dos años nos han encerrado con sus líneas de asedio y nos desgastan mediante el hambre. Han sufrido tanto como nosotros los extremos del peligro y los trabajos más penosos; a menudo han muerto alrededor de sus trincheras y con frecuencia han sido expulsados de ellas. Pero pasaré por encima de tales cosas; los trabajos y peligros de un asedio son una vieja y común experiencia. Sin embargo, para demostraros su ira y su implacable odio contra nosotros, os recordaré estos ejemplos: Aníbal asaltó sus líneas con una enorme fuerza de infantería y caballería, y los capturó en parte, pero no levantaron el sito; cruzó el Volturno e incendió los campos de Calvi [la antigua Cales.-N. del T.]; los sufrimientos de sus aliados no detuvieron a los romanos; ordenó un avance general contra Roma e hicieron caso omiso del amenazados asalto; cruzó el Anio y acampó a tres millas de la Ciudad, cabalgó fnalmente hasta sus murallas y puertas e hizo cuanto si fuese a tomarles la Ciudad si no cedían en torno a Capua; y no afojaron la presión. Cuando las bestias salvajes están locas de rabia aún podéis desviar su ciega furia acercándoos a sus guaridas, pues se apresuran a defender sus crías. Los romanos no se desviaron de Capua ni ante la perspectiva de ver si Ciudad asediada, ni por los aterrorizados gritos de sus esposas e hijos, que casi se podían oír aquí, ni por la amenaza de profanación de sus hogares y altares, o de los templos de sus dioses o las tumbas de sus antepasados. Tan ansiosos están por castgarnos, tan ávidos y sedientos están de nuestra sangre. Y quizás con razón; pues habríamos obrado igual de habérsenos ofrecido la misma suerte.

"Los cielos, sin embargo, han dispuesto lo contrario; y así, aunque estoy obligado a enfrentar mi muerte, puedo, mientras soy aún libre, escapar a los insultos y las torturas que el enemigo me prepara, puedo disponer para mí una paz tan serena como honorable. Me niego a contemplar a Apio Claudio y a Quinto Fulvio, exultantes con toda la insolencia de la victoria; me niego a ser arrastrado encadenado por las calles de Roma para adornar su triunfo, y ser puesto luego en la mazmorra o atado a una estaca, con mi espalda expuesta al látgo o situado bajo el hacha del verdugo. No voy a ver mi ciudad saqueada y quemada, ni violadas y ultrajadas a las matronas, doncellas y nobles jóvenes de Capua. Alba, la ciudad madre de Roma, fue arrasada por los romanos hasta sus cimientos para que no quedase memoria de su origen ni pudiera sobrevivir rastro de su origen; mucho menos puedo creer que lo escatimarán para con Capua, a la que odian aún más acerbamente que a Cartago. Así pues, para aquellos de vosotros que pretendáis enfrentar vuestro destino sin ser testigos de tales horrores, he dispuesto hoy un banquete en mi casa. Cuando os hayáis hartado de comida y de vino, la misma copa que se me ofrezca se hará circular entre vosotros. Ese trago librará a nuestros cuerpos de la tortura y a nuestros espíritus de la injuria, a nuestros ojos y oídos de ver y escuchar todo el sufrimiento y el ultraje que espera a los vencidos. Habrá hombres dispuestos para colocar nuestros cuerpos exánimes en una gran pira que se encenderá en el pato de la casa. Este es el único camino hacia la muerte que resulta honorable y digno de hombres libres. Hasta el enemigo admirará nuestro valor, y Aníbal sabrá que los aliados a quienes ha abandonado y traicionado era, después de todo, hombres valientes".

[26.14] Este discurso de Virrio fue recibido con aprobación por muchos que luego no tuvieron el valor de llevar a término lo que aprobaban. La mayoría de los senadores no carecían de esperanza en poder obtener la clemencia del pueblo romano, que ya en anteriores guerras se les había concedido, por lo que determinaron enviar emisarios para efectuar una rendición formal de Capua. Unos veintisiete estuvieron con Virrio en su casa y en su banquete. Cuando hubieron abotargado lo bastante, mediante el vino, sus ánimos contra el impulso de evitar el mal, compartieron todos la copa envenenada. Se levantaron entonces de la mesa, entrelazaron sus manos y se dieron unos a otros un último abrazo, llorando por su destino y el de su patria. Algunos se quedaron para poder ser incinerados juntos en la misma pira funeraria, otros partieron hacia sus hogares. La congestón de las venas, causada por la comida y el vino que habían tomado, hizo la acción del veneno un tanto lenta; la mayoría siguió vivo toda la noche y parte del día siguiente. Todos, sin embargo, expiraron antes de que se abrieran las puertas al enemigo. Al día siguiente, la puerta llamada "Puerta de Júpiter", frente al campamento romano, fue abierta por orden del procónsul. Una legión entró por ella, así como dos escuadrones de caballería aliada, con Cayo Fulvio al mando. Se preocupó, en primer lugar, de que se llevaran ante él todas las armas de guerra de Capua; después, tras situar guardias en las puertas para impedir cualquier salida o huida, arrestó a la guarnición púnica y ordenó al Senado que se presentara ante los comandantes romanos. A su llegada al campamento fueron encadenados, y se ordenó que todo el oro y la plata que poseían se llevara ante los cuestores. Estos equivalieron a dos mil setenta y dos libras de oro y treinta y un mil libras de plata [677,544 y 10.130 kilos, respectivamente.-N. del T.]. Veintcinco senadores fueron enviados para quedar bajo custodia en Calvi y veintocho, que se demostró fueron los principales instrumentos para lograr la revuelta, fueron enviados a Teano.

[26.15] En cuanto a las penas que debían ser impuestas a los senadores de Capua, Claudio y Fulvio no se mostraron en absoluto de acuerdo. Claudio estaba dispuesto a concederles el indulto, Fulvio era partidario de una línea mucho más dura. Apio Claudio quería remitr la cuestón al Senado en Roma. Sostenía que era más que justo que los senadores tuviesen oportunidad de investgar todas las circunstancias y averiguar si los campanos habían actuado de común acuerdo con alguno de los aliados de derecho latino u otros municipios, o si habían recibido ayuda en la guerra de alguno de ellos. Fulvio, por su parte, declaraba que lo último que debían hacer era acechar a sus feles aliados con acusaciones vagas y ponerlos a merced de informadores a los que les era completamente indiferente lo que dijeran o hicieran. Por lo tanto, se debía impedir tal investgación. Después de este intercambio de puntos de vista se separaron; Apio no tenía ninguna duda de que, a pesar del duro lenguaje de su compañero, en un asunto tan importante esperaría instrucciones de Roma. Fulvio, decidido a barrer cualquier obstáculo a sus designios, desestimó el consejo y ordenó a los tribunos militares y a los prefectos de los aliados que escogieran dos mil jinetes y les advirteran que estuviesen dispuestos cuando sonase la tercera guardia

[unas dos horas antes de la media noche, puesto que el cambio entre la tercera y la cuarta guardia coincidía con aquella.-N. del T.]. Partendo con esta fuerza durante la noche, llegó a Teano al amanecer y se dirigió directamente al foro. Una multitud se había reunido ante la entrada de los primeros jinetes y Fulvio ordenó que se convocara al magistrado sidicino; al aparecer este, le ordenó que presentara a los campanos que estaban bajo su custodia. Todos fueron conducidos ante él, azotados con varas y luego decapitados con el hacha. A continuación, picando espuelas a su caballo, cabalgó hasta Calvi. Cuando hubo tomado asiento en el tribunal y los campanos que habían sido conducidos hasta allí estaban siendo atados al palo, llegó un mensajero a galope desde Roma y entregó a Fulvio un despacho del pretor Cayo Calpurnio que contenía un decreto del Senado. Los espectadores adivinaban la naturaleza del contenido y quienes estaban alrededor del tribunal expresaban su creencia -una creencia que pronto se vería expresada a través de la asamblea-de que todo el asunto del trato de los prisioneros campanos debía dejarse al Senado. Fulvio pensaba lo mismo; tomó la carta y, sin abrirla, la colocó en su pecho y luego ordenó a su heraldo que dijera al lictor que se cumpliera la ley. Así pues, también los que estaban en Calvi fueron ejecutados. Entonces leyó el despacho y el decreto del Senado. Pero ya era demasiado tarde para impedir un hecho consumado, que se había ejecutado apresuradamente y con la mayor premura posible, precisamente para que no se pudiese impedir. Justo cuando Fulvio abandonaba el tribunal, un campano llamado Táurea Vibelio irrumpió por en medio de la multitud y se dirigió a él por su nombre. Fulvio volvió a sentarse, preguntándose qué querría aquel hombre. "Ordena que también yo", exclamó, "sea condenado a muerte, para que puedas presumir de haber provocado la muerte de un hombre más valiente que tú". Fulvio declaró que aquel hombre estaba sin duda mal de la cabeza, y agregó que, incluso si quisiera matarlo, se veía impedido de hacerlo por el decreto del Senado. Entonces exclamó Vibelio: "Ahora que ha sido tomada mi ciudad natal, perdidos mis amigos y familiares, muertos por mi propia mano mi mujer e hijos para librarlos de la humillación y el ultraje, e incluso sin oportunidad de morir como han muerto mis compatriotas, buscaré el valor para liberarme de una vida que se me ha vuelto tan odiosa". Con estas palabras, sacó un cuchillo que había escondido en sus ropas, y clavándolo en su corazón cayó muerto a los pies del comandante.

[26.16] Como la ejecución de los campanos, y la mayoría del resto de medidas, se efectuaron por orden únicamente de Fulvio, algunos autores aseveran que Apio Claudio murió inmediatamente después de la rendición de Capua. Según este relato, Táurea no vino voluntariamente a Calvi, ni murió por su propia mano; cuando hubo sido atado al palo junto a los demás, gritó repetdamente y como, a causa del ruido, no se podía oír lo que decía, Fulvio ordenó silencio. Luego Táurea dijo, como ya he relacionado, que estaba siendo condenado a muerte por un hombre que estaba lejos de ser su igual en valor. Al oír estas palabras, el pregonero, por orden del procónsul, ordenó lo siguiente al lictor: "Lictor, que este hombre valiente tenga la mayor parte de la vara y que se ejecute la ley sobre él en primer lugar". Algunos autores afrman que el decreto del Senado fue leído antes de que fueron decapitados, pero que contenía una cláusula en el sentido de que si él lo consideraba conveniente, podría remitr el asunto al Senado, y Fulvio tomó esto en el sentido de que tenía libertad para decidir sobre cuál sería el mejor interés de la república. Después de haber regresado Fulvio a Capua, recibió la sumisión de Atella y Calacia. También en este caso fueron castgados los cabecillas de la rebelión; setenta de los principales senadores fueron condenados a muerte y trescientos nobles campanos fueron encarcelados. Otros, que habían sido repartidos entre las distintas ciudades latinas, perecieron por diversos motivos; el resto de la población de Capua fue vendida como esclavos. La cuestón ahora era qué se iba a hacer con la ciudad y su territorio. Algunos eran de la opinión de que una ciudad tan fuerte, tan próxima a Roma y tan hostl a ella, debía ser destruida. Sin embargo, prevalecieron las consideraciones prácticas. La ciudad se salvó por la sola razón de estar unánimemente considerado su territorio como el más fértl de Italia, para que los campesinos tuviesen allí un lugar donde vivir. Se indicó a una abigarrada multitud de campesinos, libertos y pequeños comerciantes que ocupasen el lugar; todo el territorio, junto con las edifcaciones que contenía, pasó a ser propiedad del Estado romano. Se estableció que Capua, en sí misma, debería ser un simple alojamiento y refugio, ciudad nada más que en el nombre; no habría cuerpo polítco, no habría senado, ni asamblea de la plebe, ni magistrados; la población no tendría derecho alguno de reunión pública ni de mando militar; no poseerían intereses comunes ni podrían tomar ninguna acción conjunta. La administración de justicia estaría en manos de un prefecto, que sería enviado anualmente desde Roma. De esta manera quedaron organizados los asuntos de Capua, aplicando una política digna de consideración desde cualquier punto de vista. Se castgó con firmeza y rapidez a los principales culpables, se dispersó a la población civil a lo largo y a lo ancho y sin esperanza de retorno; las inofensivas murallas y casas quedaron a salvo de los estragos del fuego y la demolición. La preservación de la ciudad, siendo una evidente ventaja práctica para Roma, ofreció a las comunidades amigas una prueba contundente de su lenidad; toda la Campania y las naciones circundantes habrían quedado horrorizadas ante la destrucción de tan famosa y rica ciudad. El enemigo, por otra parte, fue obligado a ser consciente del poder de Roma para castgar a quienes le fueran infeles, así como de la impotencia de Aníbal para proteger a quienes se habían pasado a él.

[26,17] Una vez que el Senado quedó aliviado de su inquietud sobre Capua, pudo volver su atención a Hispania. Se puso a disposición de Nerón una fuerza de seis mil infantes y trescientos jinetes, que éste escogió de entre dos legiones que tenía con él en Capua; un mismo número de infantes y seiscientos jinetes fueron proporcionados por los aliados. Este embarcó a su ejército en Pozzuoli y desembarcó en Tarragona. Una vez aquí, llevó sus barcos a tierra y proporcionó armas a sus tripulaciones, aumentando así sus fuerzas. Con esta fuerza combinada, marchó hacia el Ebro y se hizo cargo allí del ejército de Tiberio Fonteyo y Lucio Marcio. A continuación, avanzó contra el enemigo. Asdrúbal, el hijo de Amílcar, estaba acampado en Piedras Negras. Este es un lugar en el país ausetano, entre las ciudades de Iliturgis y Mentssa [todas las ediciones señalan aquí un posible error de copista, pues la Ausetania corresponde con la actual comarca de Vic, en la provincia de Barcelona, mientras que las ciudades indicadas estaban en la provincia de Jaén, la primera, y la segunda en la de Ciudad Real, lo que correspondería más bien a territorio Oretano.-N. del T.]. Nerón ocupó las dos salidas del paso. Asdrúbal, al verse encerrado, envió un mensajero para prometer en su nombre que sacaría todo su ejército de Hispania si se le permita abandonar su posición. Al general romano le complació aceptar la oferta y Asdrúbal pidió una entrevista para el día siguiente. En esta conferencia pondrían por escrito las condiciones bajo las que se entregarían las ciudadelas de varias poblaciones, y la fecha en las que se retrarían las guarniciones, en el entendimiento de que podrían llevar consigo todas sus pertenencias.

Su petción fue concedida, y Asdrúbal ordenó a la parte más fuertemente armada de su ejército que abandonara el desfladero lo mejor que pudiera en cuando cayera la oscuridad. Se cuidó de no salieran muchos aquella noche, pues un grupo pequeño haría menos ruido y podría escapar mejor a la detección. También les resultaría más fácil abrirse camino entre los estrechos y difciles caminos. Al día siguiente acudió a la cita, pero perdió tanto tiempo discutendo y escribiendo cantidad de cosas que nada tenían que ver con los asuntos que habían acordado discutr, que se perdió todo el día y se dio por clausurada la conferencia hasta el otro día. Así se le ofreció otra oportunidad para sacar otro nuevo grupo de tropas durante la noche. La discusión no fnalizó al día siguiente y así, sucesivamente durante varios días, estuvieron ocupados en la discusión de los términos mientras los cartagineses salían secretamente de su campamento por la noche. Cuando hubo escapado la mayor parte del ejército, Asdrúbal no mantuvo más las condiciones que él mismo había propuesto, disminuyendo cada vez más su deseo sincero de llegar a un acuerdo en tanto disminuían sus temores. Casi toda la fuerza de infantería había ya salido del desfladero cuando, al amanecer, una densa niebla cubrió el valle y toda la comarca circundante. Tan pronto Asdrúbal tomó conciencia de esto, le envió un mensaje a Nerón solicitando que se postergara la entrevista de aquel día, por ser uno en que su religión prohibía a los cartagineses tratar ningún asunto importante. Ni siquiera esto despertó sospecha alguna de engaño. Al enterarse de que se le excusaba por aquel día, Asdrúbal dejó rápidamente su campamento con la caballería y los elefantes y, manteniendo ocultos sus movimientos, partió a una posición segura. Hacia la hora cuarta [sobre las diez de la mañana.-N. del T.], el sol dispersó la bruma y los romanos vieron que el campamento enemigo estaba desierto. Entonces, reconociendo fnalmente el engaño cometido por los cartagineses y cómo le habían burlado, Nerón se dispuso rápidamente a seguirlo y forzarlo a un enfrentamiento. El enemigo, sin embargo, declinó la batalla; sólo se produjeron algunas escaramuzas entre la retaguardia cartaginesa y la vanguardia romana.

[26,18] Las tribus hispanas que se habían rebelado después de la derrota de los dos Escipiones no mostraron señales de regresar a su lealtad; no se produjeron, tampoco, nuevas deserciones en su favor. Tras la recuperación de Capua, la atención de todos, Senado y pueblo, se centró en Hispania tanto como en Italia; y se decidió que el ejército que allí servía se debía incrementar y se debía nombrar un comandante en jefe. Hubo, sin embargo, una gran incertdumbre en cuanto a quién se debía nombrar. Dos consumados generales habían caído en un lapso de treinta días, y la elección de un hombre que ocupase su puesto exigía un cuidado excepcional. Fueron propuestos varios nombres y, al fnal, se acordó que se dejase la cuestón al pueblo y que este eligiese formalmente un procónsul para Hispania. Los cónsules establecieron un día para la elección. Tenían la esperanza de que aquellos que se considerasen lo bastante cualifcados para aquel mando se presentaran candidatos. Quedaron, sin embargo, decepcionados, y la decepción renovó el pesar del pueblo, pues recordaron las derrotas sufridas y a los generales perdidos. Los ciudadanos estaban deprimidos, casi desesperados y, no obstante, acudieron al Campo de Marte el día fjado para la elección. Todos volvieron sus ojos a los magistrados y observaban la expresión de los líderes de la república, que parecían interrogarse unos a otros. Por todas partes comentaban los hombres que el Estado estaba en condición tan desesperada que nadie osaba aceptar el mando en Hispana. De repente, Publio Cornelio Escipión, el hijo del Escipión caído en Hispania, hombre joven de apenas veinticuatro años, se aupó sobre una ligera prominencia desde la que podía ser visto y oído, y se anunció como candidato. Todas las miradas se volvieron hacia él, y los aplausos de alegría con que se recibió su anuncio fueron enseguida interpretados como un presagio de su futura fortuna y éxito. Al proceder a votar, no solo las centurias, sino también los votantes individuales fueron unánimes al favorecer a aquel hombre y confar a Publio Escipión el mando supremo en Hispania. Así pues, cuando se había decidido la votación y su entusiasmo tuvo tiempo de enfriarse, se produjo un repentino silencio al empezar el pueblo a considerar lo que había hecho, y al preguntarse si su cariño personal hacia él no había sido lo mejor a la hora de emitr su juicio. Lo que más les preocupaba era su juventud. Algunos, también, recordaban con temor la suerte que había corrido su casa y consideraban un presagio siniestro que saliera de aquellas casas enlutadas un hombre que llevaba el mismo nombre que los caídos, para dirigir una campaña cerca de las tumbas de su to y su padre.

[26.19] Al ver cómo el paso que habían dado tan impetuosamente los llenaba ahora de inquietud, Escipión reunió a los votantes y les habló acerca de su edad, del mando que le habían confado y de la guerra que había de conducir. Fueron tan nobles y brillantes sus palabras que provocó nuevamente su entusiasmo y les inspiró una confanza más esperanzada de la que suele provocar la fe en las promesas de los hombres o las previsiones razonables de éxito. Escipión se ganó la admiración del pueblo no solo por las excelentes cualidades que poseía, sino también por su habilidad mostrarlas, habilidad que había desarrollado desde su juventud. Durante su vida pública, hablaba y actuaba generalmente como si estuviera guiado por visiones nocturnas o por alguna inspiración divina, fuera así que estaba realmente abierto a la infuencia de las superstciones o bien que requiriera la sanción oracular para sus órdenes y consejos, con el fin de garantzar su pronta ejecución. Trató de producir esta impresión en la mente de los hombres desde el principio, desde el día en que asumió la toga viril, pues nunca llevó a cabo un negocio importante, fuera público o privado, sin ir primero al Capitolio, donde se sentaba un rato en el templo, en privado y a solas. Esta costumbre, que mantuvo durante toda su vida, dio lugar a la creencia generalizada, fuera intencionadamente por su parte o no, de que era de origen divino, y se contó de él la historia que se relaciona habitualmente con Alejandro Magno, historia tan necia como fabulosa, que de fue engendrado por una enorme serpiente que había sido vista a menudo en el dormitorio de su madre pero que, ante la aproximación de cualquiera, súbitamente se desencogía y desaparecía. La creencia en estas maravillas nunca fue defraudada por él; por el contrario, se fortalecía por su política deliberada de rehusar negar o admitr que hubiera ocurrido algo de aquello. Había muchos otros rasgos en el carácter de este joven, algunos de los cuales eran auténticos y otros el resultado de acciones deliberadas, que provocaron una mayor admiración hacia él de la que generalmente caen en suerte a un hombre.

Fue la confanza con la que de aquel modo inspiró a sus conciudadanos, la que les llevó a confarle, joven como era, una tarea de enorme difcultad y un mando que implicaba la mayor de las responsabilidades. A las fuerzas del antiguo ejército de Hispania, y a las que zarparon de Pozzuoli con Cayo Nerón, se las reforzó aún más con diez mil infantes y mil jinetes. Marco Junio Silano fue nombrado propretor y ayudante. Zarpando desde la desembocadura del Tíber con una flota de treinta barcos, todos quinquerremes, navegó a lo largo de la costa etrusca, los Alpes y el Golfo de la Galia, y después de rodear el promontorio Pirenaico llegó a Ampurias, una ciudad griega fundada por colonos de Focea [es decir, por el mar Tirreno, costeó por los Alpes marítimos y el golfo de Génova, para dejar atrás el cabo de Creus y llegar a Ampurias.-N. del T.]. Desembarcó aquí sus tropas y se dirigió por tierra a Tarragona, dando órdenes para que su flota les siguiera. En Tarragona se encontró con las delegaciones que habían enviado todas las tribus amigas en cuanto supieron de su venida. Los barcos fueron llevados a terra, y los cuatro trirremes marselleses, que le habían escoltado en signo de respeto, fueron enviados a casa. Las delegaciones información a Escipión de la inquietud entre sus tribus, provocada por la variable fortuna de la guerra. Él replicó con un tono audaz y seguro, pleno de confanza en sí mismo, pero sin dejar que escaparan expresiones de arrogancia ni de presunción; todo cuanto dijo estuvo marcado por una perfecta dignidad y sinceridad.

[26,20] Tarragona era ahora su cuartel general. Desde allí realizó visitas a las tribus amigas y también inspeccionó los cuarteles de invierno del ejército. Les elogió calurosamente por haber mantenido la provincia bajo su control tras sufrir dos golpes tan terribles, y también por mantener al enemigo al sur del Ebro, privándolo así de la ventaja de sus victorias y ofreciendo además protección a sus propios aliados. Marcio, a quien mantuvo consigo, fue tratado con tantos honores que quedó completamente claro que Escipión no mantenía el menor temor de que su reputación pudiera ser atenuada por nadie. Poco después Silano sucedió a y las nuevas tropas fueron enviadas a los cuarteles de invierno. Después de efectuar todas las visitas e inspecciones precisas y completar los preparativos para la siguiente campaña, Escipión regresó a Tarragona. Su fama era tan grande entre el enemigo como entre sus propios compatriotas y aliados; exista entre los primeros como un presentimiento, una vaga sensación de miedo que era tanto más fuerte cuanto que no exista razón a la que achacarla. Los ejércitos cartagineses se retraron a sus respectivos cuarteles de invierno: Asdrúbal, el hijo de Giscón, a Cádiz, en la costa, Magón en el interior, más allá de los desfladeros de Cazlona, y Asdrúbal, el hijo de Amílcar, cerca del Ebro en las cercanías de Sagunto [Cádiz es la antigua Gades; Cazlona es la antigua Cástulo, en Jaén; en cuanto a Sagunto, Polibio informa de que Asdrúbal se encontraba en territorio carpetano, lo que hace más probable una confusión de Livio y que, en realidad, se tratase de Segontia, la actual Sigüenza en la provincia de Guadalajara.-N. del T.]. Este verano, marcado por dos acontecimientos importantes, la recuperación de Capua y el envío de Escipión a Hispania, estaba llegando a su fin cuando una flota cartaginesa fue enviada desde Sicilia a Tarento para interceptar los suministros de la guarnición romana en la ciudadela. Ciertamente logró bloquear todos los accesos a la ciudadela desde el mar, pero cuanto más tiempo permanecía mayor era la escasez entre los habitantes en comparación con la de los romanos de la ciudadela. Porque aunque la costa permanecía limpia y el libre acceso a la bahía estaba controlado por la flota cartaginesa, era imposible hacer llegar a la población de la ciudad tanto grano como el que ya era consumido por la multitud de marineros y tripulantes de toda raza a bordo de la flota. La guarnición de la ciudadela, por otra parte, al ser solo unos pocos, pudieron subsistr con lo que ya habían almacenado, sin ningún suministro exterior. Por fn, se retraron los barcos y su salida fue recibida con más alegría que la mostrada a su llegada. Pero la escasez no se redujo en lo más mínimo pues, en cuanto se retró su protección, no pudo llegar grano en absoluto.

[26.21] A fnales de este verano, Marco Marcelo partió de Sicilia para Roma. A su llegada a la ciudad, por mediación del pretor Cayo Calpurnio, se le concedió una audiencia del Senado en el Templo de Bellona. Tras rendir informe de su campaña y protestar suavemente en nombre de sus soldados, y no tanto por sí mismo, por no habérsele permitido llevarles a casa, aunque había pacifcado completamente la provincia, solicitó que se le permitera entrar en la Ciudad en triunfo. Después de un largo debate su petción fue denegada. Por un lado, se decía, era más inadecuado negarle un triunfo ahora que estaba allí, después del modo en que se habían recibido las nuevas de sus éxitos en Sicilia, ordenando en su nombre una acción de gracias y un sacrifcio a los dioses inmortales cuando todavía permanecía en su provincia. Contra esto se alegó que el Senado le había ordenado entregar su ejército a su sucesor, lo que era prueba de que todavía exista el estado de guerra en la provincia, y no debía disfrutar de un triunfo al no haber dado término a la guerra ni estar presente su ejército para atestguar si merecía o no un triunfo. Se decidió una solución intermedia y se le concedió una ovación. Los tribunos de la plebe fueron autorizados por el Senado a proponer, como una ordenanza, al pueblo "que el día que entrase en la Ciudad en ovación, Marco Marcelo conservase su mando".

El día anterior a este, Marcelo celebró su triunfo en el Monte Albano. Desde allí marchó a la Ciudad en ovación. Ante él fue transportada una enorme cantidad de despojos, junto a una representación de Siracusa en el momento de su captura. Catapultas, ballestas y todas las máquinas de guerra tomadas en la ciudad fueron exhibidas en la procesión, así como las obras de arte acumuladas durante un largo periodo de paz y en el tesoro real. Estas incluían una serie de artculos en plata y bronce, muebles, costosas prendas de vestr y muchas estatuas famosas con las que Siracusa, al igual que todas las principales ciudades de Grecia, se había adornado. Para signifcar sus victorias sobre los cartagineses, se llevaron en procesión ocho elefantes. No resultó la menos notable del espectáculo la visión de Sosis de Siracusa y Mérico de Hispania, que marchaban al frente llevando coronas de oro. El primero había guiado la penetración nocturna en Siracusa y el último había sido el agente de la entrega de Nasos y su guarnición. Cada uno de estos hombres recibió la plena ciudadanía romana y quinientas yugadas de tierra [unas 135 Ha.-N. del T.]. Sosis fue a obtener su asignación en aquella parte del territorio siracusano que había pertenecido al rey o a aquellos que habían tomado las armas contra Roma, y se le permitó escoger cualquier casa de Siracusa que hubiera sido propiedad de aquellos que habían sido condenados a muerte bajo las leyes de la guerra. Se dio también orden para que a Mérico y a los hispanos se le asignara una ciudad y tierras en Sicilia de las pertenecientes a los que se habían rebelado contra Roma. Marco Cornelio fue el encargado de seleccionar la ciudad y el territorio destinado a ellos, donde mejor le pareciera, y se decretó regalar cuatrocientas yugadas [unas 108 Ha.-N. del T.] a Belígeno, por cuya mediación se indujo a Mérico a cambiar de bando. Después de la partida de Marcelo de Sicilia, una flota cartaginesa desembarcó una fuerza de ocho mil infantes y tres mil jinetes númidas. Se les unieron las ciudades de Morgantina [la antigua Murgentia.-N. del T.] y Ergetum, y su ejemplo fue seguido por Hybla [la actual Paternó.-N. del T.], Macella y algunos otros lugares menos importantes. Mutines y sus númidas se dedicaron también al saqueo por toda la isla y a devastar mediante el fuego los campos de los aliados de Roma. Para incrementar estos problemas, el ejército romano se dolía amargamente por no haber sido retirado de la provincia con su comandante y que no se les permitera invernar en las ciudades. En consecuencia, fueron muy negligentes en sus deberes militares; de hecho, fue solo la ausencia de un líder lo que impidió que se declarasen en rebelión abierta. A pesar de estas difcultades, el pretor Marco Cornelio logró, mediante premios y castgos, calmar la ira de sus hombres y luego reducir a sumisión todas las ciudades sublevadas. En cumplimiento de las órdenes del Senado eligió Morgantina, una de aquellas ciudades, para asentar a Mérico y a sus hispanos.

[26,22] Como ambos cónsules tenían asignada Apulia como provincia, y como había menos peligro por parte de Aníbal y sus cartagineses, recibieron instrucciones para repartrse Apulia y Macedonia.

Macedonia correspondió a Sulpicio, que susttuyó a Levino. Fulvio fue llamado para celebrar en Roma las elecciones consulares. La centuria veturiana de jóvenes fue la primera en votar, y se declararon a favor de Tito Manlio Torcuato y Tito Otacilio, estando ausente este último de Roma. Los votantes comenzaron a apretarse alrededor de Manlio para felicitarlo, considerando su elección como hecha, aunque él marchó de inmediato, rodeado por una gran multitud, hasta la tribuna del cónsul y rogó que se le permitera hacer un breve discurso, solicitando también que se volviera a convocar a la centuria que había votado. Cuando tuvo a todos al máximo de expectación, esperando saber lo que quería, empezó excusándose del cargo por una enfermedad de la vista. "Un hombre debe tener cierto sentido de la vergüenza", continuó, "sea piloto de un barco o comandante de un ejército, quien pide que la vida y la suerte de los demás le sea confada, no puede depender en todo lo que haga de los ojos de otras personas. Por tanto, si lo apruebas, ordena que la centuria de jóvenes veturianos emita nuevamente su voto y que recuerde, mientras eligen a sus cónsules, la guerra en Italia y la crítica posición de la república. Puede que vuestros oídos apenas se hayan recuperado de la conmoción y confusión provocada por el enemigo hace pocos meses, cuando trajo las llamas de la guerra casi hasta las mismas murallas de Roma". La centuria replicó con un grito unánime que no habían cambiado de opinión y que votarían como antes. A esto dijo Torcuato: "Ni toleraré vuestros modales y conducta, ni someteréis mi autoridad. Regresad y votad de nuevo, y tener presente que los cartagineses hacen la guerra en Italia y que su jefe es Aníbal". A continuación, la centuria, infuida por la autoridad personal del orador y por los murmullos de admiración que oyeron a su alrededor, le pidió al cónsul que llamara a la centuria veturiana de ancianos, pues deseaban consultar a sus mayores y guiarse por su consejo en la elección de los cónsules. En consecuencia, se les llamó y se dejó un tiempo para que consultasen ambos grupos en privado, dentro del cercado de las votaciones. Los mayores sostenían que, en realidad, la elección estaba entre tres hombres, dos de ellos ya plenos de honores -Quinto Fabio y Marco Marcelo-y, si deseaban especialmente que fuera designado un hombre nuevo como cónsul para actuar contra los cartagineses, Marco Valerio Levino, ya había dirigido operaciones contra Filipo tanto por mar como por tierra con éxito notable. Así discuteron sobre los méritos de aquellos tres y, después que se retrasen los mayores, los jóvenes procedieron a votar. Dieron su voto a favor de Marco Marcelo Claudio, resplandeciente con la gloria de su conquista de Sicilia, y, como segundo cónsul, a Marco Valerio. Ninguno de ellos estaba presente en persona. Las demás centurias siguieron todas a la primera. Hoy en día, la gente puede reírse de quienes admiran la antgüedad. Yo, por mi parte, no creo posible, incluso si hubiera alguna vez existido una comunidad de hombres sabios, como sueñan los flósofos aunque nunca se haya conocido, que pudiera haber una aristocracia más más moderada o generosa en su deseo de poder, o pueblo de comportamientos más puros y mayor calidad moral. Que una centuria de jóvenes estuviera deseando consultar a sus mayores sobre a quién debían elegir para la autoridad suprema, es cosa difcilmente creíble en estos días, cuando vemos el desprecio que sienten los hijos por la autoridad de sus padres.

[26.23] Luego siguió la elección de los pretores. Los elegidos fueron Publio Manlio Vulso, Lucio Manlio Acidino, Cayo Letorio y Lucio Cincio Alimento. Cuando las elecciones fnalizaron, llegaron noticias de la muerte de Tito Otacilio en Sicilia. Este era el hombre a quien el pueblo habría nombrado como colega de Tito Manlio en el consulado de no haberse interrumpido el orden del proceso. Los Juegos de Apolo habían sido celebrados el año anterior, y cuando la cuestón de su repetción al año siguiente fue presentada por el pretor Calpurnio, el Senado aprobó un decreto para que se celebrasen a perpetuidad. Algunos presagios se observaron este año y se registraron debidamente: La estatua de la Victoria, que se encontraba en el techo del templo de la Concordia, fue alcanzada por un rayo y arrojada entre las estatuas de la Victoria que estaban situadas en un alero, quedando atrapada allí y sin caerse. En Anagni y Fregellas, fueron alcanzadas por el rayo las murallas y las puertas. En el foro de Suberto fuyeron corrientes de sangre durante todo un día. En Ereto hubo una lluvia de piedras y en Reate una mula había parido. Estos augurios fueron expiados mediante sacrifcios de víctimas mayores; se señaló un día para rogativas especiales y se ordenó al pueblo que partcipase en ritos solemnes durante nueve días. Algunos sacerdotes públicos murieron aquel año, nombrándose otros en su lugar. Manlio Emilio Númida, uno de los decenviros de sacrifcios, fue sucedido por Marco Emilio Lépido. Cayo Livio fue nombrado pontífice en puesto de Marco Pomponio Matón y Marco Servicio, augur, en lugar de Espurio Carvilio Máximo. La muerte del pontífice Tito Otacilio Craso se produjo fnalizado el año, así que nadie fue nombrado en su lugar. C. Claudio, uno de los fámines de Júpiter, erró al presentar las entrañas de la víctima sobre el altar y, por lo tanto, renunció a su cargo.

[26,24] -210 a.C.-Marco Valerio Levino había estado celebrando entrevistas privadas con algunos de los notables etolios, con objeto de determinar sus inclinaciones políticas. Se dispuso que se convocaría una reunión de su consejo nacional para entrevistarse con él, y se dirigió allí con algunos barcos rápidos. Inició su discurso a la asamblea haciendo alusión a las capturas de Siracusa y Capua, como ejemplos del éxito logrado por las armas de Roma en Sicilia e Italia, y luego continuó: "Es costumbre de los romanos, costumbre transmitda por sus antepasados, cultivar la amistad de otras naciones; algunas han recibido la ciudadanía en las mismas condiciones que ella misma; a otras les han permitido seguir en condiciones tan favorables que prefrieron la alianza a la plena ciudadanía. Vosotros, etolios, seréis tenidos en el mayor de los honores, al haber sido la primera de todas las naciones de ultramar en establecer relaciones de amistad con nosotros. En Filipo y los macedonios habéis encontrado unos vecinos problemáticos; yo he dado ya un golpe mortal a su ambición y agresividad, y los reduciré a un punto tal que no solo evacuarán las ciudades que os han arrebatado, sino que tendrán que conformarse con defender la propia Macedonia. Además, devolveré a los acarnanes, cuya deserción de vuestra liga tanto habéis sentido, a los antiguos términos según los cuales vuestros derechos y soberanía sobre ellos estaban garantzados". Estas afrmaciones y promesas del comandante romano estaban apoyadas por Escopas, el jefe militar y pretor etolio por entonces, y por Dorímaco, hombre principal entre ellos, hablando ambos desde su autoridad y su posición ofcial. Resultaron menos reservados, y adoptaron un tono más confado, conforme exaltaban el poder y la grandeza de Roma. Lo que más infuyó, no obstante, en la asamblea, fue la esperanza de converitrse en los dueños de Acarnania.

Por tanto, fueron puestos por escrito los términos bajo los que se convertrían en amigos y aliados de Roma, insertándose una cláusula adicional por la que, si fuese también su voluntad y gusto, quedarían incluidos en el tratado los eleos y lacedemonios, así como Atalo, Pleurato y Escerdiledas. Atalo era el rey de Pérgamo, en Asia Menor; Pleurato era rey de los tracios y Escerdiledas era el rey de los ilirios. Los etolios darían comienzo de inmediato a la guerra contra Filipo por terra, y el general romano les ayudaría con no menos de veintcinco quinquerremes. Los territorios, edificios y murallas de todas las ciudades desde la frontera hasta Corfú [la antigua Corcira.-N. del T.] vendrían en propiedad de los etolios; el resto del botín sería para los romanos, que se encargarían también de que Acarnania pasase bajo dominio de los etolios. En caso de los etolios frmaran la paz con Filipo, una de las condiciones debía ser que este se abstendría de hostlidades contra Roma y sus aliados y sometidos. Del mismo modo, si los romanos pactasen con él, debía haber una disposición por la que no se le permitera hacer la guerra a los etolios y sus aliados. Estas fueron las condiciones acordadas, y tras un lapso de dos años, se depositaron copias del tratado en Olimpia, por los etolios, y en el Capitolio, por los romanos, para que los monumentos sagrados a su alrededor fuesen eternos testigos de su compromiso. La razón de este retraso fue que los embajadores de Etolia permanecieron durante un tiempo considerable en Roma. Sin embargo, no se perdió tiempo en iniciar las hostlidades: los etolios atacaron a Filipo y Levino atacó Zacinto. Esta es una pequeña isla adyacente a Etolia, que contene una ciudad del mismo nombre que la isla; Levino capturó esta ciudad, con la excepción de su ciudadela. También tomó dos ciudades pertenecientes a la acarnanes, Eníade y Nasos, y las entregó a los etolios. Después de esto, se retró a Corfú considerándose satsfecho al pensar que Filipo ya tenía bastante con la guerra en sus fronteras como para impedirle que pensase en Italia, en los cartagineses y en su pacto con Aníbal.

[26,25] Filipo estaba invernando en Pela [la antigua Pella.-N. del T.] cuando le llegaron las noticias de la deserción de los etolios. Él tenía la intención de marchar a Grecia a principios de la primavera, y con el fin de mantener tranquilos a los ilirios y las ciudades adyacentes a la frontera occidental, invadió por sorpresa los territorios de Orico y Pojani [las antiguas Oricum y Apolonia.-N. del T.]. Los hombres de Pojani salieron a presentar batalla, pero él los hizo retroceder con gran pánico tras sus murallas. Después de devastar la región vecina de Iliria, regresó rápidamente a Pelagonia y capturó Sinta, una ciudad de los Dárdanos, que les daba fácil acceso a Macedonia. Tras estas rápidas incursiones, volvió su atención a la guerra que los etolios, junto a los romanos, estaban iniciando contra él. Marchando a través de Pelagonia, Linco y Botea descendió a Tesalia, cuya población esperaba levantar para una actuar junto a él contra los etolios [Pelagonia limita con el Ilírico al oeste de Macedonia; Linco es una región al sur de Macedonia; Botiea está al oeste de Linco; así pues, el paso lo realizó a lo largo del río Tempe. La Segunda Guerra Púnica. Alianza Editorial. p.70.-N. del T.]. Dejando a Perseo con una fuerza de cuatro mil hombres para mantener el paso en Tesalia contra ellos, regresó a Macedonia, antes de involucrarse en un conficto más serio, y desde allí marchó a la Tracia para atacar a los medos. Esta tribu tenía la costumbre de hacer incursiones en Macedonia siempre que encontraban al rey ocupado en alguna guerra distante y a su reino sin protección. Para quebrar su agresividad devastó su país, y atacó a Iamphoryna, su principal ciudad y fortaleza.

Cuando Escopas oyó que el rey había entrado en Tesalia y que estaba allí ocupado en librar combates, llamó a todos los guerreros de Etolia y se dispuso a invadir Acarnania. Los acarnanes tenían menos fuerzas que su enemigo; eran también conscientes de que Eníade y Nasos se habían perdido y, sobre todo, de que las armas de Roma se habían vuelto contra ellos. En estas circunstancias, entraron en combate con ánimo más iracundo y desesperado que con prudencia y método. Sus esposas e hijos, y todos los hombres mayores de sesenta años de edad fueron enviados al vecino país del Épiro. Todos los que tenían entre quince y sesenta años se comprometeron mediante juramento de no volver al hogar a menos que salieron victoriosos, invocando una terrible maldición y haciendo un llamamiento solemne a sus huéspedes epirotas para respetar su juramento y que ninguno les recibiera en ciudad alguna o casa ni los admitera a su mesa o a su hogar. También les pidieron que entierrasen a sus compatriotas caídos en combate en una tumba común y que pusieran sobre ella esta inscripción: "Aquí yacen los acarnanes, que encontraron la muerte luchando por su patria contra la violencia e injusticia de los etolios". En este determinado y desesperado estado de ánimo, fjaron su campamento en lo más lejano de sus fronteras y esperaron al enemigo. Se enviaron mensajeros a Filipo para anunciarle su crítica situación y, a pesar de su captura de Iamphoryna y otras victorias en Tracia, se vio obligado a abandonar su campaña en el norte e ir en su ayuda. Los rumores sobre el juramento hecho por los acarnanes detuvieron el avance de los etolios; las noticias de la aproximación de Filipo les obligaron a retrarse al interior de su país. Filipo había hecho una marcha forzada para evitar que los acarnanes fuesen aplastados, pero no avanzó más allá de Dión [la antigua Dium.-N. del T.], y al enterarse de que los etolios se habían retirado regresó a Pela.

[26.26] Al comienzo de la primavera, Levino zarpó de Corfú y después de rodear el cabo Ducato llegó a Lepanto [el cabo Ducato está en la isla de Leucata, y Lepanto es Naupacto.-N. del T.]. Anunció que iba a atacar Antkyra, por lo que Escopas y los etolios debían estar allí dispuestos. Antkyra se encuentra en la Lócride, a mano izquierda según se entra en el golfo de Corinto, y está solo a corta distancia, tanto por mar como por terra, de Lepanto. En tres días se inició el ataque desde ambas direcciones; el ataque naval fue el más pesado, porque los barcos fueron equipados con artillería e ingenios de todo tpo, y fueron los romanos quienes atacaron por aquel lado. En pocos días se rindió la plaza y se entregó a los etolios; el botín, de acuerdo con el tratado, quedó en poder de los romanos. Durante el sito, se entregó un despacho a Levino en el que se le informaba de que había sido nombrado cónsul y que Publio Sulpicio estaba de camino para susttuirle. Estando allí le afectó una pesada enfermedad y, por tanto, llegó a Roma mucho más tarde de lo esperado. Marco Marcelo tomó posesión de su consulado el 15 de marzo -210 a.C.-, y para cumplir con la tradición convocó para el mismo día una reunión del Senado. La reunión era de carácter puramente formal; anunció que, en ausencia de su colega, no presentaría ninguna propuesta, fuera en relación con la política del Estado o sobre la asignación de las provincias. "Soy bien consciente", dijo a los senadores, "que hay una gran cantidad de sicilianos alojados en las casas de campo de mis detractores, alrededor de la Ciudad. No tengo intención alguna de impedirles que hagan públicas, aquí en Roma, las acusaciones levantadas por mis enemigos; por el contrario, estaba preparado para darles inmediata ocasión de comparecer ante el Senado de no haber fngido estar temerosos de hablar sobre un cónsul en ausencia de su colega. Sin embargo, en cuando mi colega llegue, no permitré que se debata ningún asunto antes de que los sicilianos hayan comparecido en la Curia. Marco Cornelio ha hecho pública en toda la isla lo que prácticamente es una citación formal, para que el mayor número posible de ellos pueda venir a Roma a presentar sus quejas contra mí. Ha llenado la Ciudad de cartas con falsedades sobre el estado de guerra existente en Sicilia, con el único objeto de empañar mi reputación". El discurso del cónsul le ganó fama de ser hombre moderado y contenido. El Senado levantó la sesión, y parecía que habría una suspensión total de los asuntos hasta la llegada del otro cónsul. Como de costumbre, la ociosidad condujo al descontento y a las quejas. La plebe era ruidosa en sus quejas sobre la forma en que se prolongaba la guerra, la devastación de los campos alrededor de la Ciudad, por donde Aníbal y su ejército se desplazaron, el agotamiento de Italia por las constantes levas y la destrucción casi anual de sus ejércitos. Y ahora ambos cónsules eran expertos en la guerra, demasiado agresivos y ambiciosos y muy capaces, aún en tiempos de paz y tranquilidad, de emprender una guerra; y, ahora que la guerra estaba realmente en marcha, serían en absoluto propensos a dar un ocasión o espacio para que los ciudadanos respirasen.


[26,27] Toda esta discusión quedó repentinamente interrumpida por un incendio que estalló por la noche en varios lugares alrededor del Foro, en la víspera de las Quinquatrías [fiesta en honor de Minerva, celebrada entre el 19 y el 23 de marzo.-N. del T.]. Siete tiendas, que después fueron cinco, ardieron al mismo tiempo, así como los establecimientos donde ahora están las "tiendas nuevas". Poco después estaban en llamas varios edificios privados (pues la Basílica aún no exista): las canteras [que se usaban como prisión.-N. del T.], el mercado de pescado y el atrio de la Regia. Se salvó con la mayor de las difcultades el Templo de Vesta, principalmente por los esfuerzos de trece esclavos, que posteriormente fueron manumitidos a cargo del erario público. El fuego ardió durante todo el día siguiente y no hubo la menor duda de que fue provocado, pues los focos se iniciaron simultáneamente en diferentes lugares. El Senado, por consiguiente, autorizó al cónsul para que anunciara públicamente que quienquiera que descubriese los nombres de aquellos por cuya acción se habían iniciado los fuegos, si era un hombre libre recibiría una recompensa, y si era esclavo, la libertad. Tentado por la recompensa, un esclavo propiedad de la familia campana de los Calavios, de nombre Mano, proporcionó información al respecto de que sus amos, junto con cinco jóvenes campanos cuyos padres habían sido decapitados por Quinto Fulvio, habían provocado el fuego y estaban dispuestos a cometer cualquier otro crimen si no se les arrestaba. Ellos y sus esclavos fueron inmediatamente detenidos. Al principio, trataron de arrojar sospechas sobre el informante y su declaración. Se afrmó que, después de ser azotado por su amo el día anterior a dar la información, se había escapado y, llevado por la ira y la irrefexión, inició una falsa acusación a partir de un hecho accidental. Sin embargo, cuando el acusado y el acusador fueron enfrentados cara a cara, y los esclavos interrogados bajo tortura, todos confesaron. Tanto los amos como los esclavos que les habían ayudado fueron ejecutados. El informante fue recompensado con la libertad y veinte mil ases [545 kilos de bronce.-N. del T.].

Cuando Levino pasaba por Capua en su camino hacia Roma, fue rodeado por una multitud de habitantes que le imploraban con lágrimas que les permitera ir a Roma y tratar de intentar despertar la compasión del Senado y persuadirlo para que no permitera que Quinto Flaco les arruinara y borrase su nombre. Flaco declaró que no tenía ningún sentimiento personal en contra de los campanos; les consideraba enemigos públicos, y así seguiría considerándoles mientras él supiera que mantenían su presente actitud contra Roma. No había pueblo, dijo, más contrario a la estirpe romana, y por eso el les había encerrado entre sus murallas, porque si salieran de allí a cualquier parte vagarían por el campo como bestias salvajes, destrozando y asesinando cuanto se les pusiera en su camino. Algunos habían desertado junto a Aníbal y los demás se habían marchado a incendiar Roma. El cónsul podría ver en el Foro medio quemado el resultado de su crimen. Habían tratado de destruir el templo de Vesta, con su fuego perpetuo, y la imagen custodiada en el santuario sagrado, aquella imagen que el Hado había dispuesto que fuera la prenda y garantía del dominio romano [se refiere Livio al Palladium, imagen de madera de Palas-Atenea (Minerva) que, presuntamente, Eneas logró salvar del incendio de Troya y que allí se custodiaba; así pues, los campanos habían atacado el ser espiritual, mágico o totémico, como se prefiera, pero en todo caso lo más íntimo de la Ciudad.-N. del T.]. Consideró que no sería en absoluto seguro dar a los campanos la oportunidad de entrar en la Ciudad. Después de oír esto, Levino hizo que los campanos jurasen a Flaco que volverían a los cinco días, tras recibir la respuesta del Senado. Luego les ordenó que lo siguieran a Roma. Rodeado de esta muchedumbre y de cierto número de sicilianos con los que también se había encontrado, entró en la Ciudad. Parecía como si estuviera conduciendo un grupo de acusadores contra los dos jefes que se habían distinguido por la destrucción de dos famosas ciudades y que ahora se habrían de defender contra aquellos a los que habían vencido. Sin embargo, los primeros asuntos que ambos cónsules presentaron ante el Senado fueron los relativos a la política exterior y la asignación de diversos mandos.

[26.28] Levino presentó su informe sobre la situación en Macedonia y Grecia, y entre los etolios, los acarnanes y los locrios. Dio también detalles acerca de sus propios movimientos militares por tierra y mar, y declaró que había expulsado a Filipo, que estaba contemplando un ataque contra los etolios, de nuevo al interior de su reino. Ya podía retrarse con seguridad la legión, pues la flota bastaría para proteger Italia de cualquier intento por parte del rey. Después de este informe sobre sí mismo y la provincia de la que había estado encargado, él y su colega plantearon el asunto de los distintos mandos. El Senado tomó las siguientes disposiciones. Un cónsul actuaría en Italia contra Aníbal; el otro susttuiría a Tito Otacilio al mando de la flota así como en la administración de Sicilia, con Lucio Cincio como pretor. Ambos deberían hacerse cargo de los ejércitos de Etruria y la Galia, cada uno de ellos compuesto por dos legiones. Los dos legiones urbanas, que el cónsul Sulpicio había mandado el año anterior, fueron enviadas a la Galia y el cónsul que debía operar en Italia nombraría el mando de la Galia. Cayo Calpurnio vio extendido su cargo de propretor otro año y se le envió a Etruria; Quinto Fulvio también vio prorrogado su cargo otro año en Capua. Se redujo la fuerza compuesta por ciudadanos y aliados, creándose una legión reforzada de estas dos; consista en cinco mil infantes y trescientos jinetes, siendo licenciados quienes llevaban más tiempo de servicio. El ejército de los aliados se redujo a siete mil infantes y trescientos jinetes, observándose la misma regla en cuanto al licenciamiento de los veteranos que llevaban más años de servicio. En el caso del cónsul saliente, Cneo Fulvio, no se hizo cambio alguno; retuvo su mando y su provincia, Apulia, durante otro año. Su último colega, Publio Sulpicio, recibió la orden de disolver su ejército, con excepción de la fuerza naval. Asimismo, el ejército que había mandado Marco Cornelio sería enviado a casa desde Sicilia. Los hombres de Cannas, que prácticamente representaban dos legiones, permanecerían todavía en la isla bajo el mando del pretor Lucio Cincio. Lucio Cornelio había mandado el mismo número de legiones el año anterior en Cerdeña y, ahora, estas fueron transferidas al pretor Publio Manlio Vulso. Los cónsules recibieron órdenes para procurar que, al alistar las legiones urbanas, no se inscribiera a ninguno que hubiese estado en el ejército de Marco Valerio o en el de Quinto Fulvio. Así pues, el número total de legiones romanas en activo aquel año no excedería las veintuna.

[26.29] Cuando el Senado terminó de hacer los nombramientos, se ordenó a los cónsules que sortearan sus mandos. Sicilia y la flota tocaron a Marcelo; Italia y la campaña contra Aníbal, a Levino. Este resultado aterrorizó completamente a los sicilianos, a quienes pareció como si fueran a repetrse todos los horrores de la captura de Siracusa. Estaban a plena vista de los cónsules, esperando ansiosamente el resultado del sorteo, y al ver cómo resultaba rompieron en lamentos y gritos de angusta, lo que atrajo las miradas de todos sobre ellos en aquel momento y se convirtó luego en objeto de muchos comentarios. Visténdose de luto, visitaron las casas de los senadores y aseguraron a cada uno de ellos que si Marcelo volvía a Sicilia con el poder y la autoridad de un cónsul, todos ellos abandonarían su ciudad y dejarían la isla para siempre. Dijeron que antes se mostró vengativo e implacable para con ellos; ¿qué haría ahora, furioso como debía estar con los sicilianos que habían venido a Roma para quejarse de él? Sería mejor para la isla verse enterrada bajo los fuegos del Etina o sumergida en las profundidades del mar, antes que ser entregada a tal enemigo para que descargara en ella su ira y su venganza. Estas protestas de los sicilianos fueron hechas, individualmente, a los nobles en sus propias casas, dando lugar a animados debates en los que la simpata por las víctimas y los sentimientos de hostlidad hacia Marcelo se expresaron con libertad hasta que llegaron al Senado. Se pidió a los cónsules que consultasen a aquel organismo sobre la conveniencia de una reasignación de las provincias. Al dirigirse a la Curia, Marcelo dijo que de haberse concedido ya audiencia a los sicilianos, él habría adoptado otro parecer; pero tal como estaban las cosas, él no quería dejar abierta a nadie la posibilidad de decir que temían exponer sus quejas contra el hombre bajo cuya potestad se verían en breve. Si, por tanto, a su colega le daba igual, él estaba dispuesto a cambiar con él sus provincias. Reprobaría que el Senado aprobara cambio alguno, pues habría sido injusto para su colega escoger su provincia sin sorteo, ¿y cuánto más humillante no habría sido obtener la provincia sin que se la hubiera transferido formalmente su colega? Tras expresar su deseo, y sin aprobar ningún decreto, el Senado levantó la sesión y los cónsules se dispusieron a intercambiar las provincias. Marcelo fue llevado de aquel modo a cumplir con su destino de enfrentarse a Aníbal para, así como había sido el primer general en ganar el honor de librar una acción victoriosa contra él tras tantos desastres, ser también el último en contribuir a la fama del cartaginés con su propia caída, justo en el momento en que la marcha de la guerra se mostraba más favorable a los romanos.

[26.30] Cuando se hubo decidido el intercambio de las provincias, los sicilianos fueran presentados ante el Senado. Después de explayarse largamente sobre la lealtad inquebrantable de Hierón a Roma, y reclamar el crédito de esta para el pueblo y no para el rey, continuaron: "Hay muchas razones para el odio que sentimos contra Jerónimo, y luego contra Hipócrates y Epícides, pero la principal era el haber abandonado a Roma por Aníbal. Fue esto lo que condujo a algunos de nuestros más destacados jóvenes a asesinar a Jerónimo cerca de la curia, induciendo además a unos setenta, pertenecientes a nuestras más nobles casas, a formar una conjura para destruir a Hipócrates y a Epícides. Al no apoyarlos Marcelo, llevando su ejército a Siracusa en el momento prometido, la conjura fue descubierta por un informador y fueron todos condenados a muerte por los tiranos. Marcelo era el auténtco responsable de la tranía por su despiadado saqueo de Lentini. Desde aquel momento, nunca los líderes siracusanos dejaron de presentarse a Marcelo y comprometerse a entregarle la ciudad cuando quisiera. Trató de tomarla por asalto, pero al fallar todos sus intentos por tierra y por mar, y viendo que la cosa resultaba imposible, escogió como agentes de la rendición a un artesano llamado Sosis y al hispano Mérico, en vez de permitr que los líderes de la ciudad, que tantas veces se lo habían ofrecido en vano, se encargasen del asunto. Sin duda, debió considerar que así tenía más justfcación para saquear y masacrar a los amigos de roma. Incluso si el pasarse a Aníbal hubiera sido acto del senado y del pueblo, en vez de solo el de Jerónimo; si hubiera sido el gobierno de Siracusa el que cerró las puertas a Marcelo y no los tiranos Hipócrates y Epícides, que habían derrocado al gobierno; si hubiéramos luchado contra Roma con el espíritu y el ánimo de los cartagineses, ¿qué mayor severidad podría haber mostrado Marcelo para con nosotros, que la que en verdad mostró, con excepción de haber borrado a Siracusa de la faz de la terra? En todo caso, nada se nos ha dejado aparte de nuestras murallas y nuestras casas despojadas de todo; y hasta los templos de nuestros dioses, vaciados y fuera de uso, de los que se han llevado hasta los propios dioses y sus ofrendas. Muchos han sido privados de sus tierras y privados del resto de sus fortunas, de modo que ni siquiera tenían el menor suelo del que sostenerse ellos y sus familias. Os rogamos y suplicamos, senadores, que si no podéis ordenar que se nos devuelva todo cuanto hemos perdido, al menos se nos resttuya lo que pueda ser hallado e identfcado". Después de haber expuesto sus quejas, Levino ordenó que se retraran para que se pudiera discutr su situación. "Que se detengan", exclamó Marcelo, "para que yo pueda dar mi respuesta en su presencia, pues quienes dirigimos la guerra en vuestro nombre, senadores, lo hicimos con la condición de que aquellos a quienes vencimos se presenten como nuestros acusadores. Dos ciudades se han capturado este año: que Capua pida cuentas a Fabio y Siracusa a Marcelo". [fina ironía, la del cónsul.-N. del T.]

[26.31] Cuando se les hubo traído nuevamente dentro de la Curia, Marcelo pronunció el siguiente discurso: "No he olvidado hasta ahora, senadores, la majestad de Roma o la dignidad de mi cargo como para rebajarme a defenderme, como cónsul, contra las acusaciones de los griegos, ...si solo me concernieran a mí. La cuestón no es tanto qué he hecho, pues el derecho de guerra defende cuanto he efectuado sobre las personas y bienes de los enemigos, como cuánto debían haber sufrido. Si no hubieran sido estos enemigos nuestros, sería indiferente que hubiera yo asolado Siracusa ahora o durante la vida de Hierón. Rechacé la oferta de sus dirigentes para entregar a la ciudad y busqué a Sosis y al hispano Mérico, como personas mucho más adecuadas a las que confar asunto de tanta importancia. Como hacéis de la humilde condición de los demás un reproche, ¿quién de vosotros me prometó abrir sus puertas y dejar entrar a mis fuerzas en vuestra ciudad? Quienes hicieron esto son objeto de vuestro odio y vuestras maldiciones; ni siquiera en este lugar os abstenéis de insultarles, mostrando así hasta qué punto estabais lejos de contemplar algo semejante. Aquella baja posición social, senadores, que estos hombres convierten en motivo de reproche, justfca con la mayor claridad que yo no haya desaprovechado a ningún hombre dispuesto a prestar ayuda a la república. Antes de comenzar el sito de Siracusa hice varios intentos de alcanzar una solución pacífca, primero mediante el envío de embajadores y después mediante entrevistas personales con sus dirigentes. Fue sólo cuando vi que no se respetaban las personas de mis embajadores ni se les protegía contra la violencia, y que no podía conseguir respuesta de los dirigentes con los que conferencié ante sus puertas, cuando entré en acción y fnalmente capturé la ciudad al asalto, tras enorme derroche de trabajos y esfuerzos por mar y terra. En cuanto a los incidentes relativos a su captura, aquellos hombres habrían tenido más justfcación al presentar sus quejas a Aníbal y sus vencidos cartagineses que ante el Senado del pueblo que les venció. Senadores, si mi intención hubiera sido ocultar el expolio de Siracusa, nunca habría adornado la Ciudad de Roma con sus despojos. Con respecto a lo que yo, como vencedor, saqué o entregué en cada caso particular, estoy bien satsfecho de haber actuado de conformidad con las leyes de guerra y de acuerdo a los merecimientos de cada individuo. Que aprobéis o no mi comportamiento es cosa que atañe más al Estado, no que me preocupe a mí. Sólo cumplí con mi deber, pero consttuirá un serio problema para la república si, rescindiendo mis actos, hacéis que los generales futuros sean más remisos en cumplir con el suyo. Y puesto que habéis escuchado tanto lo que los sicilianos y yo mismo teníamos que decir en presencia del otro, juntos abandonaremos la Curia para que el Senado, en mi ausencia, pueda discutr el asunto con mayor libertad". A continuación, se despidió a los sicilianos; Marcelo marchó al Capitolio para alistar las tropas.

[26.32] El otro cónsul, Levino, consultó entonces al Senado sobre qué respuesta se debía dar a la petción de los sicilianos. Hubo un largo debate y gran divergencia de opinión. Muchos de los presentes apoyaban el punto de vista de Tito Manlio Torcuato. Eran de la opinión de que las hostlidades deberían haber sido dirigidas contra los tiranos, que eran los enemigos comunes de Siracusa y de Roma. Se debía haber permitido que la ciudad se rindiera, y no haber sido tomada por asalto; y tras rendirse se les debía haber garantzado sus propias leyes y libertades, en vez de arruinarla con la guerra tras haber sido llevada a una deplorable servidumbre bajo sus tiranos. La lucha entre los tiranos y el general romano, de la que Siracusa fue el premio de la victoria, se había traducido en la destrucción total de una ciudad más famosa y bella, el granero y el tesoro del pueblo romano. La república había experimentado frecuentemente su generosidad, especialmente durante la presente guerra púnica, y la Ciudad se había embellecido con sus generosos regalos. Si Hierón, aquel fiel partidario del poder de Roma, se levantase de entre los muertos, ¿con qué cara podría nadie atreverse a enseñarle Roma o Siracusa? En una, su ciudad, vería el general expolio y gran parte incendiada, y si se aproximaba a la otra contemplaría, ya en el exterior de sus murallas, ya dentro de sus puertas, los despojos de su patria. Esta fue la línea de argumentación empleada por aquellos que trataban de crear un sentimiento contra el cónsul y provocar simpata por los sicilianos. La mayoría, sin embargo, no se formó una opinión tan desfavorable de su conducta, aprobándose un decreto que confrmó los actos de Marcelo, tanto durante la guerra como después de su victoria, y declarando que el Senado, en lo futuro, se haría cargo de los intereses de los siracusanos y ordenaría a Levino que salvaguardara las propiedades de los ciudadanos en cuanto pudiera, sin causar ninguna pérdida para el Estado. Se enviaron dos senadores al Capitolio para pidieran al cónsul que regresase, y tras haber sido llevados nuevamente los sicilianos, se les leyó el decreto. Se expresaron algunas palabras amables para con los embajadores y se les despidió. Antes de abandonar la Curia, se arrojaron de rodillas ante Marcelo y le imploraron que les perdonase por cuanto habían dicho en su ansia por ganarse la simpata y el alivio de sus penas. También le rogaron que les llevara a su ciudad bajo su protección y les considerase como sus clientes. El cónsul prometó que lo haría, y tras unas palabras clementes los despidió.

[26.33] Se concedió una audiencia a los campanos. Su petción resultó más miserable, por ser más indefendible su caso. No podían negar que merecían castgo y no había tiranos a los que pudieran culpar, pero consideraban que ya habían pagado una pena proporcionada tras haber tantos de sus senadores tomado veneno y haber sido tantos otros decapitados. Algunos de sus nobles, dijeron, vivían aún, los pocos a quienes su conciencia culpable no los había llevado a tomar una decisión fatal, ni a quienes los vencedores, en su furia, les hubieran condenado a muerte. Aquellos hombres les rogaban que ellos y sus familias quedasen en libertad y que se les devolviera parte de sus bienes. Eran en su mayoría ciudadanos romanos, emparentados por matrimonio con familias romanas. Después que se hubieran retirado los embajadores, hubo alguna duda sobre si se debía convocar a Quinto Fulvio desde Capua, pues el cónsul Claudio había muerto poco después de su captura, para que se pudiera debatr la cuestón en presencia del general cuyos actos habían sido puestos en entredicho. Esto era lo que se acababa de hacer en el caso de Marcelo y los sicilianos. Sin embargo, al estar sentados en la Curia algunos senadores que habían sido testigos de todo el asedio, Marco Atilio Régulo y Cayo, el hermano de Flaco, ambos generales suyos, y Quinto Minucio y Lucio Veturio Filón, que habían sido generales de Claudio, decidieron no hacer venir a Quinto Fulvio ni aplazar la audiencia de los campanos. Entre aquellos que habían estado en Capua, el hombre cuya opinión tenía el mayor peso era Marco Atilio, y a él se le preguntó qué proceder aconsejaría. Su respuesta fue: "Creo que estuve presente en el consejo de guerra celebrado tras la caída de Capua, cuando los cónsules indagaron sobre cuáles de los campanos habían ayudado a nuestra república. Solo se descubrieron dos, y eran mujeres. Uno de ellas era Vesta Opia de Atela, que vivía en Capua y ofrecía sacrifcios diariamente por la salud y la victoria de Roma; la otra era Cluvia Pacula, que en tiempos había sido prosttuta y que en secreto suministraba comida a los hambrientos prisioneros. El resto de los campanos nos eran tan hostiles como los propios cartagineses, y aquellos a quienes Quinto Fulvio ejecutó fueron escogidos más por la infuencia de su posición que por su culpabilidad. No acabo de ver cómo pueda ser competente el Senado para conocer del asunto de los campanos, que son ciudadanos romanos, sin un mandato del pueblo. Después de la revuelta de los satricanos [otro pueblo campano.-N. del T.], la conducta seguida por nuestros antepasados fue que un tribuno de la plebe, Marco Antsto, llevase primero el asunto ante la Asamblea, aprobándose una resolución que facultaba al Senado para decidir qué hacer respecto a aquellos. Por lo tanto, yo os aconsejo que acordemos con los tribunos de la plebe que uno o más de ellos propongan una resolución para que el pueblo nos faculte a resolver el destino de los campanos". Lucio Atilio, tribuno de la plebe, fue autorizado por el Senado a presentar la cuestón en los siguientes términos: "Considerando que los capuanos, atelanos, calatinos y sabatinos se rindieron al arbitraje del procónsul Fulvio y se pusieron a disposición y bajo el dominio del pueblo de Roma; y considerando que han entregado diversas personas junto con ellos mismos, así como también sus tierras y la ciudad con todas las cosas que en ella hay, sagradas y profanas, junto con sus bienes muebles e inmuebles y demás que fuese que tuvieran en su poder, os demando, Quirites, para saber cuál es vuestra voluntad y deseo sobre lo que se haga con todas estas personas y cosas". El pueblo contestó así: "Lo que el Senado, o la mayor parte de él que esté presente, decrete y determine bajo juramento que se haga, eso es lo que deseamos y ordenamos".

[26.34] Habiendo así resuelto la plebe, el Senado dispuso lo siguiente: devolver, en primer lugar, su libertad a Opia y Cluvia; si deseaban pedir alguna recompensa mayor al Senado, deberían venir a Roma. Se redactaron decretos separados para cada una de las familias de Capua, por lo que no vale la pena efectuar una enumeración completa. Algunos verían sus propiedades confiscadas, a ellos mismos vendidos junto con sus esposas e hijos, con excepción de aquellos cuyas hijas se habían casado fuera del territorio antes que pasara bajo poder de Roma. Otros serían encadenados y su destino decidido posteriormente. Para el resto, el asunto de si se debían confiscar o no sus propiedades dependería del valor en que fueran tasadas. Donde se restaurase la propiedad, se debía incluir todo el ganado vivo excepto los caballos, todos los esclavos excepto los machos adultos y todos los bienes que no fuesen inmuebles. Además, se decretó que los capuanos, avellanos, calatinos y sabatinos conservarían la libertad, excepto aquellos que ellos mismos y sus padres hubieran estado con el enemigo, pero ninguno de ellos podría converitrse en ciudadano romano o en miembro de la Liga Latina. Ninguno que hubiera estado en Capua durante el asedio podría permanecer en la ciudad o en sus alrededores más allá de una fecha determinada; se les asignaría un lugar de residencia más allá del Tíber y a cierta distancia de ella. Aquellos que no habían estado en Capua durante la guerra, ni en ninguna otra de las ciudades rebeldes de Campania, serían asentados al norte del Liris, en dirección a Roma; aquellos que se pusieron de parte de Roma antes de que Aníbal llegase a Capua, serían trasladados a este lado del Volturno, sin que ninguno pudiera poseer tierras o casa a menos de quince millas del mar. A quienes se deportó más allá del Tíber se les prohibió adquirir o poseer, ni a ellos ni a sus descendientes, bienes raíces en parte alguna excepto en los territorios de Veyes, Sutri y Nepi [las antiguas Sutrio y Nepete.-N. del T.], sin que excedieran en ningún caso aquellas posesiones las cincuenta yugadas [unas 13,5 Ha.-N. del T.]. Se ordenó que fueran vendidas las propiedades de todos los senadores y de cuantos habían desempeñado alguna magistratura en Capua, Atela y Calacia; aquellas personas a quienes se había decidido vender como esclavos, fueron enviadas a Roma y vendidas allí. La destrucción de imágenes y estatuas de bronce capturadas al enemigo, en cuanto cuáles pudieran ser sagradas y cuáles profanas, fue encomendada al Colegio Pontificio. Después de escuchar estos decretos se despidió a los campanos, que marcharon en un ánimo mucho más apesadumbrado del que tenían al llegar. Ya no se quejaron de la crueldad de Quinto Fulvio para con ellos, sino de la injusticia divina y su destino maldito.

[26,35] Después de la salida de los embajadores sicilianos y capuanos se completó el alistamiento de las nuevas legiones. Luego vino la cuestón del completar la flota con su dotación adecuada de remeros. No había hombres en cantidad sufciente ni, por entonces, dinero en el tesoro para adquirirlos o pagarles. En vista de este estado de cosas, los cónsules dieron orden de exigir a los ciudadanos particulares que proporcionasen marineros en proporción a sus ingresos o su rango, como ya habían hecho en ocasiones anteriores, así como para proporcionar con ellos treinta días de provisiones y paga. Esta orden levantó un sentir tan generalizado de indignación y resentimiento que, si el pueblo hubiera tenido un líder, se habían levantado en rebelión. Los cónsules, decían, después de arruinar a los sicilianos y a los campanos, habían tomado a la plebe de Roma como su siguiente víctima a la que arruinar y destruir.

"Tras ser sangrados por impuestos de guerra durante tantos años", se quejaban, "ya no nos queda más que el suelo desnudo y agostado. Nuestras casas han sido incendiadas por el enemigo; nuestros esclavos, que cultivaban nuestros campos, han sido confscados por el Estado, comprándoles primero a bajo costo para convertrlos en soldados, y ahora requisándolos para la marinería. Cualquiera plata u oro que tuviésemos, se ha tenido que dedicar a pagar remeros y cumplir con los tributos anuales. Ningún recurso a la fuerza y ningún ejercicio de autoridad nos podrá obligar a entregar lo que no tenemos. Que los cónsules vendan nuestros bienes, que luego descarguen su ira vendiendo nuestros cuerpos, que es lo único que nos queda; ni siquiera sacarán para poder pagar el rescate". Este tipo de lenguaje se empleaba no solo en conversaciones privadas, sino abiertamente en el Foro y ante los mismos ojos de los cónsules. Una gran multitud se había reunido en torno al tribunal, lanzando gritos de enojo, y los cónsules resultaban impotentes para calmar la agitación, fuera mediante lisonjas o con amenazas. En última instancia, anunciaron que les concederían tres días para meditar sobre la cuestón, dedicando ellos mismos aquel tiempo a ver si podían encontrar manera de salir de aquella difcultad. Al día siguiente convocaron al Senado para examinar juntos el asunto, presentándose muchos argumentos para demostrar que la plebe actuaba de modo justo y razonable en su protesta. Al fnal la discusión se centró en este punto, si era justo o injusto que la carga recayera sobre los ciudadanos particulares. ¿De qué fuente, se preguntaban, podrían obtener los marinos aliados, cuando no había dinero en el tesoro, y mantener en su poder Sicilia o guardar las costas de Italia contra cualquier ataque de Filipo, si no tenían flota?

[26.36] Como no se veía solución al problema y parecía haberse apoderado del Senado una especie de letargo mental, el cónsul Levino se presentó al rescate. "Como los magistrados", dijo, "tenen precedencia sobre el Senado, y este sobre el pueblo, en honor y dignidad, así deben encabezar el camino en las tareas desagradables y difciles. Si, al establecer cualquier obligación sobre un subordinado, te la has impuesto antes a t y a los tuyos, verás que todos están más dispuestos a obedecer. No sentrán que están afrontando una gravosa obligación si ven que sus dirigentes afrontan una parte mayor que la suya en la misma. Queremos que el pueblo romano posea flotas y las equipe, queremos que todos los ciudadanos proporcionen remeros y que no eludan su deber; impongámonos, por tanto, esa carga a nosotros mismos en primer lugar. Que todos y cada uno de nosotros traigamos mañana al tesoro nuestras monedas de oro, plata y bronce, reservándonos solo un anillo para nosotros, nuestras esposas e hijos y una bula para los hijos menores. Los que tengan mujer e hijas pueden guardar una onza de oro para cada una. Con respecto a la plata, los que hayan ocupado sillas curules guardarán la de las guarniciones de sus caballos y las libras necesarias para los saleros y patenas del culto divino. Los demás senadores guardarán solo una libra de plata. En cuanto a la moneda de bronce, sobre se retendrán cinco mil ases por hogar [es decir: para el oro, podían guardar 27,25 gramos; para la plata, 327 gramos y para el bronce 136,25 kilos.-N. del T.]. Pondremos todo nuestro oro y plata restantes en manos de los triunviros del tesoro. No se debería aprobar ninguna resolución formal; nuestras contribuciones deberán ser estrictamente voluntarias y nuestra mutua rivalidad por auxiliar a la república inducirá al orden ecuestre a imitarnos y, tras ellos, a la plebe. Este es el único camino que los cónsules hemos sido capaces de concebir tras largo debate, y os rogamos que lo sigáis con la ayuda de los dioses. Siempre que esté segura la república, lo estará bajo su protección la propiedad de cada cual; pero si desertáis de ella, será en vano que tratéis de conservar lo que poseéis". Estas propuestas fueron acogidas tan favorablemente que incluso se dio las gracias a los cónsules por ellas. En cuanto se disolvió el Senado, cada uno llevó su oro, plata y bronce al tesoro, ansiando todos tanto ser los primeros en ver su nombre inscrito en el registro público que ni los triunviros ni sus auxiliares dieron abasto para hacerse cargo de los montantes con la sufciente rapidez. El orden ecuestre mostró tanto celo como el Senado, y el pueblo no se quedó detrás del orden ecuestre. De esta manera, sin ningún tipo de orden formal o compulsión hecha por los magistrados, se alcanzó la plantlla completa de remeros y el Estado quedó en disposición de pagarles. Como los preparativos para la guerra se habían completado, los cónsules partieron para sus respectivas provincias.

[26.37] En ninguna otra época de la guerra estuvieron, cartagineses y romanos por igual, sujetos a mayores cambios de fortuna o a más rápidos cambios de ánimo entre la esperanza y el temor. En las provincias, los desastres en Hispania por un lado y los éxitos en Sicilia por el otro, llenaron a los romanos con sentimientos de tristeza y alegría. En Italia, la pérdida de Tarento se consideró un duro golpe, pero la inesperada conservación de la ciudadela por parte de la guarnición dejó contentos todos los corazones; mientras, el repentino pánico ante la perspectiva de que Roma fuera asediada y asaltada dio paso al regocijo universal cuando Capua fue capturada pocos días después. En la campaña de ultramar se alcanzó una especie de equilibrio. Filipo comenzó las hostlidades en un momento inoportuno para Roma, pero en la nueva alianza con los etolios y con Atalo, rey de Pérgamo, pareció como si la Fortuna ofreciera una prenda del dominio de Roma en el Este. Los cartagineses, nuevamente, sinteron que la captura de Tarento era una compensación frente la pérdida de Capua, y aunque se enorgullecían de haber marchado sin oposición hasta las murallas de Roma, se mortifcaban por la futlidad de su empresa y se sentían humillados por el desprecio que les mostraron, al marchar un ejército romano hacia Hispania estando ellos aún acampados bajo las mismas murallas. Hasta en la misma Hispania, donde la destrucción de dos grandes generales con sus ejércitos habían acrecentado sus esperanzas de expulsar fnalmente a los romanos y dar fin a la guerra, cuanta mayor fue su esperanza mayor fue su disgusto al ver despojada de toda importancia su victoria por Lucio Marcio, que ni siquiera tenía el rango de general. Así, mientras la fortuna mantenía la situación igualada y todo en suspenso, ambas partes mantenían las mismas esperanzas y temores, como si la guerra sólo acabase de empezar.

[26,38] La principal causa de inquietud de Aníbal era el efecto producido por la caída de Capua. En general, se consideraba que los romanos habían mostrado una mayor determinación atacando de la que él había tenido defendiendo la plaza, y esto alejó de él a muchas comunidades italianas. No podía ocuparlas todas con guarniciones, a menos que estuviese dispuesto a debilitar su ejército separando de él numerosas pequeñas unidades; aquella medida resultaba por entonces muy inoportuna. Por otro lado, no se atrevía a retrar ninguna de sus guarniciones y dejar así la lealtad de sus aliados dependiente de sus propias esperanzas y temores. Su temperamento, propenso como era a la rapacidad y a la crueldad, lo llevó a saquear los lugares que no pudo defender, para dejarlos asolados y estériles en manos del enemigo. Esta política cruel le dio malos resultados, pues despertó el odio y el horror no sólo entre las víctimas reales, sino entre todos cuantos oyeron hablar de ella. El cónsul romano no cejaba en sondear el sentir de aquellas ciudades por si apareciera la esperanza de recuperarlas. Entre estas estaba la ciudad de Salapia [junto a la actual Trinitápoli.-N. del T.]. Dos de sus ciudadanos más destacados eran Dasio y Blato. Dasio era proclive a Aníbal; Blato favorecía los intereses de Roma tanto como podía con seguridad, y había enviado mensajes secretamente a Marcelo manteniendo nuestras esperanzas de que la ciudad pudiera ser rendida. Pero tal cosa no podía ser llevada a cabo sin la colaboración de Dasio. Durante mucho tiempo dudó, pero fnalmente se dirigió a Dasio, no tanto por que esperase tener éxito como porque no tenía un plan mejor. Dasio se opuso al proyecto, y para dañar a su rival polítco lo dio a conocer a Aníbal. Este les convocó a los dos ante su tribunal. Cuando comparecieron, Aníbal estaba ocupado en otros asuntos, pero trataría de ver su caso tan pronto quedase libre; así, ambos hombres, acusador y acusado, quedaron esperando alejados de la multitud. Mientras estaban así esperando, Blato se acercó a Dasio para hablarle sobre la rendición. Ante esta conducta abierta y descarada, Dasio gritó que la rendición de la ciudad estaba siendo debatda a los mismos ojos de Aníbal. Aníbal y cuantos le rodeaban, pensaron la misma audacia del asunto lo converta en una acusación improbable, y consideraron que era debida al rencor y a los celos, pues resultaba fácil inventar una acusación en ausencia de testigos. En consecuencia, se les despidió. Blato, sin embargo, no desistó de su aventurado proyecto. Estaba constantemente urgiendo el asunto y mostrando cuán benefcioso resultaría para ellos dos y para su ciudad. Por fin logró hacer efectiva la rendición de la ciudad, con su guarnición de cinco mil númidas. Sin embargo, la entrega sólo pupo llevarse a cabo con gran pérdida de vidas. La guarnición estaba compuesta, de lejos, por la mejor caballería del ejército cartaginés; y aunque fueron tomados por sorpresa y no pudieron hacer uso de sus caballos dentro de la ciudad, empuñaron sus armas en la confusión y trataron de abrirse camino. Cuando vieron que la salida resultaba imposible, lucharon hasta el último hombre. No cayeron con vida en manos del enemigo más que cincuenta. La pérdida de esta tropa de caballería resultó un golpe más duro para Aníbal que la pérdida de Salapia; nunca, a partir de aquel momento, volvieron a ser superiores los cartagineses en caballería, que hasta entonces había sido, con mucho, su arma más efciente.

[26,39] Durante este período, las privaciones de la guarnición romana en la ciudadela de Tarento se habían vuelto casi insoportables; los hombres y su comandante, Marco Livio, tenían puestas todas sus esperanzas en la llegada de suministros enviados desde Sicilia. Para asegurar el paso de estos con seguridad por la costa italiana, se estacionó una escuadra de una veintena de barcos en Regio. La flota y los transportes estaban bajo el mando de Décimo Quincio. Era un hombre de humilde cuna, pero sus muchas y aguerridas hazañas le habían ganado una gran reputación militar. Tenía solo cinco barcos con los que actuar, las mayores de las cuales, dos trirremes, le habían sido asignadas por Marcelo; posteriormente, debido al efcaz uso que hizo de ellas, se añadieron a su mando tres quinquerremes y, fnalmente, obligando a las ciudades aliadas de Regio, Velia y Paestum a suministrar los barcos a que les obligaban los tratados, formó la escuadra arriba indicada de veinte naves. Cuando la flota estaba partendo de Regio, a la altura de Sapriports, un lugar a unas quince millas de Tarento [22200 metros.-

N. del T.], fue a dar con la flota tarentina, también de veinte barcos, bajo el mando de Demócrates. El prefecto romano, que no había previsto un combate, tenía dada toda la vela; llevaba, no obstante, toda su dotación de remeros, a los que había reunido cuando se encontraba en las cercanías de Crotona y Síbari [la antigua Sybaris.-N. del T.], y su flota estaba excelentemente provista y tripulada, teniendo en cuenta en tamaño de los busques. Dio la casualidad de que el viento cesó completamente justo cuando el enemigo se hizo visible, por lo que hubo bastante tiempo para arriar las velas y disponer a remeros y soldados para el combate que se avecinaba. Pocas veces entraron en combate dos flotas con la determinación de aquellas dos pequeñas fotllas, pues combatan más por lo que representaban que por lo que realmente eran. Los tarentinos esperaban, ya que habían recuperado su ciudad de los romanos tras un lapso de casi un siglo, que pudieran recuperar también la ciudadela cortando los suministros enemigos tras privarles del dominio del mar. Los romanos estaban ansiosos por demostrar, reteniendo la ciudadela bajo su control, que Tarento no se había perdido en una lucha justa, sino con engaño y traición. Así que, cuando se dio la señal por cada bando, remaron con sus proas los unos contra los otros; no hubo reservas ni maniobra, tan pronto se ponían al alcance de cualquier nave la trababan y abordaban. Combatan a tan corta distancia que no solo lanzaban proyectiles, también empleaban sus espadas luchando cuerpo a cuerpo. Las proas estaban unidas, y así permanecieron unidas y girando conforme las impulsaban los remos de las popas contrarias. Los barcos estaban tan abarrotados y juntos que apenas ningún proyectl dejaba de alcanzar un objetivo y caía al agua. Presionaban unos contra otros como si fuese una línea de infantería, y los combatentes pasaban de barco a barco. Muy notable entre todas fue la lucha de los dos barcos que dirigían sus respectivas líneas y que fueron los primeros en enfrentarse.

El propio Quincio estaba en el barco romano, y en el de Tarento iba un hombre llamado Nicón, apodado Percón, que odiaba a los romanos tanto por motivos privados como públicos, y que era igualmente odiado por ellos, pues fue uno de los del grupo que entregó Tarento a Aníbal. Mientras Quincio luchaba y animaba a sus hombres, Nicón le tomó por sorpresa y le atravesó con su lanza. Cayó de bruces sobre la proa y el victorioso tarentino saltó sobre la nave contraria, haciendo retroceder al enemigo que había quedado desconcertado por la pérdida de su jefe. La proa se encontraba ya en manos de los tarentinos y los romanos, apretados, tenían difcultades para defender la popa del buque, cuando de repente hizo su aparición por la popa otro de los trirremes enemigos. Entre ambos capturaron la nave romana. La vista del buque insignia del prefecto en manos enemigas provocó el pánico, y el resto de la flota huyó en todas direcciones; algunas naves fueron hundidas, otras fueron rápidamente embarrancadas en tierra y resultaron capturadas por las gentes de Turios y Metaponto. Muy pocos de los transportes que iban detrás con los suministros cayeron en manos enemigas; el resto, cambiando sus velas para aprovechar los vientos variables, navegaron hacia alta mar. En Tarento, por aquel tiempo, se efectuó una hazaña que terminó con un resultado muy diferente. Estaba dispersa por los campos una fuerza de forrajeo de cuatro mil tarentinos; Livio, el comandante de la guarnición romana, estaba siempre atento a cualquier oportunidad de lanzar un ataque y envió a Cayo Persio, un hombre enérgico, con dos mil quinientos hombres para atacarles. Este cayó sobre ellos, mientras estaban en grupos dispersos por los campos, infigiéndoles graves pérdidas, obligando a los pocos que escaparon a dirigirse en precipitada huida hacia las puertas abiertas de la ciudad. Así pues, las cosas quedaron igualadas por lo que a Tarento respectaba; los romanos quedaron victoriosos por tierra y los tarentinos por mar. Ambos se sinteron igualmente decepcionados en sus esperanzas de obtener el grano que habían tenido a la vista.

[26,40] La llegada de Levino a Sicilia había sido esperaba por todas las ciudades amigas, tanto las que habían sido viejas aliadas de Roma como las que hacía poco se le habían unido. Su primera y más importante tarea era solucionar los asuntos de Siracusa, que, como la paz hacía muy poco que se había establecido, estaban aún en estado de confusión. Cuando hubo cumplido esta tarea, se dirigió a Agrigento, donde los rescoldos de la guerra todavía humeaban y aún permanecía una importante guarnición cartaginesa. La fortuna favoreció su empresa. Hanón estaba al mando, pero los cartagineses depositaban su mayor confanza en Mutines y sus númidas. Este se dedicaba a correr la isla de punta a punta, capturando botín de los amigos de Roma; ninguna fuerza ni estratagema pudo impedirle entrar y salir de Agrigento a su antojo durante sus correrías. Toda esta gloria suya estaba comenzando a eclipsar a la de su propio comandante y terminó por provocar tantos celos que los éxitos obtenidos dejaron de ser bienvenidos a causa del hombre que los había obtenido. Terminó por dar el mando de la caballería a su propio hijo, con la esperanza de que privando a Mutines de su puesto, destruiría además su infuencia entre los númidas. Esto solo consiguió el efecto contrario, pues el malestar provocado hizo que Mutines fuera más popular, y este demostró su resentimiento con la injusticia que le hizo al entrar de inmediato en negociaciones secretas con Levino para la rendición de la ciudad. Cuando sus emisarios hubieron llegado a un acuerdo con el cónsul y organizado el plan de operaciones, los númidas se apoderaron de la puerta que conduce al mar después de masacrar a los hombres de guardia, y admiteron en la ciudad una fuerza romana que estaba dispuesta. Conforme marchaban en filas apretadas hasta el foro y el corazón de la ciudad, en medio de gran confusión, Hanón, pensando que se trataba únicamente de un desorden provocado por los númidas, como ya había sucedido muchas veces antes, se dirigió a calmar el tumulto. Sin embargo, cuando vio a lo lejos un cuerpo mucho más grande que el de los númidas, y al escuchar el bien conocido grito de batalla de los romanos, se dio inmediatamente a la fuga antes de estar a distancia de tro de un proyectl. Huyendo junto a Epícides por una puerta al otro lado de la ciudad, acompañado por una pequeña escolta, alcanzó la orilla del mar. Aquí fueron lo bastante afortunados como para encontrar un pequeño buque con el que navegaron hacia África, abandonando Sicilia, por la que habían luchado durante tantos años, a su enemigo victorioso. La mezcla de población siciliana y cartaginesa, que habían dejado atrás, no hizo intento alguno de resistencia, sino que se alejó huyendo despavorida y, como todas las salidas estaban cerradas, fue masacrada alrededor de las puertas. Cuando hubo tomado posesión de la plaza, Levino ordenó que los hombres que habían estado al frente de los asuntos de Agrigento fueran azotados y decapitados; al resto de la población la vendió junto con el botín y envió todo el dinero a Roma.

Cuando el destino de los agrigentinos fue universalmente conocido por todos en Sicilia, la totalidad de las ciudades al unísono se declararon a favor de Roma. En poco tiempo, se entregaron clandestinamente veinte ciudades y seis fueron tomadas al asalto, y hasta cuarenta se entregaron bajo protección voluntariamente. El cónsul impuso premios y castgos a los principales hombres de aquella ciudades, de acuerdo con los merecimientos de cada cual, y ahora que lo sicilianos habían por fin depuesto las armas, les obligó a dirigir su atención a la agricultura. Esa fértl isla no solo era capaz de sostener a su propia población, sino que en muchas ocasiones alivió la escasez de Roma, y el cónsul tenía la intención de que lo hiciera nuevamente si fuese necesario. Agathyrna [próxima a Capo d'Orlando.-N. del T.] se había convertido en la sede de una población heterogénea, que sumaba unos cuatro mil hombres, compuesta por todo tipo de personajes: refugiados, deudores insolventes que en su mayor parte habían cometido delitos capitales cuando vivían en sus propias ciudades y bajo sus propias leyes y que luego fueron reunidos en Agathyrna por diversos motivos. Levino no consideraba seguro dejar atrás aquellos hombres en la isla, pues serían causa de nuevos disturbios mientras la paz estaba aún asentándose. Los reginos, además, encontrarían en ellos un cuerpo de bandoleros bien experimentado y útl; por consiguiente, Levino los llevó a todos a Italia. En cuanto a Sicilia se refería, el estado de guerra llegó a su fin en este año.

[26.41] [Tito Livio describe a continuación la caída de Carthago Nova; la sitúa durante el año 210 a.C., pero Polibio, más cercano a los hechos, la data en el 209 a.C., que es la fecha comúnmente aceptada. La aparente contradicción quedaría salvada por el hecho de que la expresión “Al comienzo de la primavera”, se referiría a la del año siguiente.-N. Del T.]. Al comienzo de la primavera, Publio Escipión dio órdenes para que los contingentes aliados se reunieran en Tarragona. A continuación botó sus barcos y condujo la flota y los transportes a la desembocadura del Ebro, donde también había ordenado que se concentrasen las legiones desde sus cuarteles de invierno. partió luego de Tarragona con un contingente aliado de cinco mil hombres para el ejército. A su llegada, consideró que debía dirigir algunas palabras de aliento a sus hombres, especialmente a los veteranos que habían pasado por tan terribles desastres. Ordenó por tanto que formasen y se dirigió a las tropas con las siguientes palabras: "Ningún jefe antes que yo, resultando nuevo para sus tropas, había estado en situación de dar tan merecidamente las gracias a sus hombres sin haber tenido que usar de sus servicios. La fortuna me ha obligado para con vosotros antes de ver siquiera mi provincia o mi campamento; en primer lugar por el devoto afecto que mostrasteis para con mi padre y mi to, durante sus vidas y tras sus muertes, y nuevamente después, por el valor con el que mantuvisteis la provincia cuando estaba aparentemente perdida tras su terrible derrota, manteniéndola así intacta para Roma y para mí, su sucesor. Nuestra meta y objetivo en Hispania debe ser, con la ayuda del cielo, no tanto mantener nuestras propias posiciones, sino impedir que los cartagineses conserven las suyas. No debemos quedarnos aquí inmóviles, defendiendo la orilla del Ebro contra el cruce del enemigo; debemos cruzarlo nosotros mismos y cambiar el escenario de la guerra. Me temo que este plan, al menos para algunos de vosotros, os pueda parecer demasiado amplio y ambicioso, al recordar las derrotas que hemos sufrido últimamente y al considerar mi juventud. Ningún hombre es menos probable que olvide esas batallas mortales en Hispania que yo, pues mi padre y mi to murieron con treinta días de diferencia, y mi familia fue golpeada con una muerte tras otra.

"Sin embargo, aunque mi corazón esté roto por la orfandad y la desolación de nuestra casa, la buena suerte de la república y el valor de nuestra raza me impiden desesperar del resultado. Ha sido nuestra suerte y destino vencer en todas las grandes guerras sólo tras haber sido derrotados. Por mencionar guerras anteriores, Porsena y los galos y samnitas, solo lo haré de estas dos guerras púnicas. ¡¿Cuántas flotas, ejército y generales se perdieron en la primera guerra?! ¿Y cuántas en esta guerra? En todas nuestras derrotas estuve presente, bien en persona o, cuando no lo estaba, sinténdolas con más intensidad que nadie. El Trebia, el lago Trasimeno, Cannas... ¿qué son, sino los registros de cónsules romanos y sus ejércitos hechos pedazos? Añadir a estas la defección de Italia, de la mayor parte de Sicilia, de Cerdeña, y luego la cúspide del terror y del pánico; el campamento cartaginés entre el Anio y las murallas de Roma, y la visión del victorioso Aníbal casi dentro de nuestras puertas. En medio de este absoluto colapso, una sola cosa se mantuvo firme y en perfecto estado: el valor del pueblo romano; y solo él sostuvo y levantó cuanto estaba postrado en el polvo. Vosotros, mis soldados, bajo el mando y los auspicios de mi padre, fuisteis los primeros en recuperaros de la derrota de Cannas, bloqueando el camino a Asdrúbal cuando marchaba hacia los Alpes e Italia. De haber unido sus fuerzas con su hermano, el nombre de Roma habría perecido; vuestra victoria nos sostuvo en medio de aquellas derrotas. Ahora, por la bondad del cielo, todo transcurre en nuestro favor; la situación en Italia y Sicilia mejora y es más esperanzadora día a día . En Sicilia, Siracusa y Agrigento han sido tomadas, el enemigo ha sido expulsado de todas partes y la totalidad de la isla reconoce la soberanía de Roma. En Italia, Arpi se ha recuperado y se ha tomado Capua, Aníbal ha escapado precipitadamente atravesando ampliamente Italia, desde Roma hasta el último rincón del Brucio, y reza únicamente para que se le permita hacer una retirada segura y alejarse de la tierra de sus enemigos. En un momento en que una derrota era seguida de cerca por otra y que los mismos dioses parecían estar luchando de parte de Aníbal, vosotros, mis soldados, junto a mis dos padres, dejadme que los honre con el mismo nombre, sostuvisteis en este país la tambaleante fortuna de Roma. ¿Qué resultaría entonces más increíble, sino que decayese vuestro valor cuando allí todo transcurre tan feliz y prósperamente? En cuanto a los últimos acontecimientos, yo quisiera que no me hubiesen causado tan profundo dolor.

"Los dioses inmortales, que velan por la suerte de los dominios de Roma, y que movieron a los electores en sus centurias a insistr con una sola voz en que se me concediese el mando supremo, los dioses, digo, nos aseguran mediante augurios, auspicios y hasta por visiones en la noche que todo marchará victoriosa y felizmente para nosotros. También mi propio espíritu, hasta ahora mi más auténtco profeta, presagia que Hispania será nuestra y que dentro de poco todo el que lleve el nombre de Cartago será expulsado lejos de esta tierra y cruzará mar y tierra en vergonzosa fuga. Lo que mi pecho así adivina se confrma por el sólido examen de los hechos. Debido a los malos tratos que han recibido, sus aliados nos están mandando emisarios pidiendo nuestro amparo. Sus tres generales están en desacuerdo, casi enfrentados unos con otros, y tras dividir su ejército en tres cuerpos separados han marchado a diferentes lugares del país. El mismo infortunio se ha apoderado de ellos como el que a nosotros nos resultó tan desastroso; les están abandonando sus aliados, como a nosotros los celtiberos, y el ejército que demostró ser fatal a mi padre y mi to ha quedado dividido en cuerpos separados. Su querella interna no les dejará actuar al unísono y, ahora que están divididos, no nos podrán resistr. Dad la bienvenida, soldados, al presagio del nombre que llevo, sed leales a un Escipión que es el fruto de vuestro último comandante, un brote de la rama cortada. ¡Vamos pues, mis veteranos!, y llevad un nuevo ejército y un nuevo comandante a través del Ebro, hasta las tierras que tantas veces recorristeis y en las que habéis dado tantas pruebas de vuestra valía y coraje.

[26,42] Después de encender el ánimo de sus hombres con este discurso, cruzó el Ebro con veintcinco mil soldados de infantería y dos mil quinientos de caballería, dejando a Marco Silano a cargo del país al norte del Ebro con tres mil infantes y trescientos jinetes. Como los ejércitos cartagineses habían tomado, todos, rutas diferentes, algunos de sus colaboradores le instaron a atacar al más cercano, pero él pensaba que si hacía eso corría el riesgo de que todos se concentrasen contra él, y no era rival para los tres juntos. Decidió comenzar con un ataque contra Cartagena [la antigua Carthago Nova.-N. del T.], una ciudad que no solo era rica por sus propios recursos, sino por albergar los depósitos de guerra enemigos con sus armas, los caudales y los rehenes de toda Hispania. Tenía también la ventaja adicional de su situación, pues ofrecía una base ideal para la invasión de África y un puerto capaz de albergar una flota por grande que fuese y, hasta donde yo sé, el único puerto en aquella parte de la costa que enfrenta a nuestro mar [si contemplamos un mapa de la actual Cartagena, veremos cómo todavía hoy resulta ser el único puerto natural realmente bien defendido de toda la costa mediterránea española.-N. del T.]. Nadie sabía de su intención de marchar, excepto Cayo Lelio, a quien envió con la flota y con instrucciones de acompasar el ritmo de sus barcos de manera que pudiera entrar en el puerto al mismo tiempo que el ejército. Siete días después de dejar el Ebro, las fuerzas de tierra y mar llegaron a Cartagena simultáneamente. El campamento romano se asentó frente al lado norte de la ciudad, y para protegerse contra ataques por la retaguardia se fortifcó con una doble empalizada; la parte frontal estaba protegida por la naturaleza del terreno. La situación de Cartagena es la siguiente: Existe una bahía casi a mitad de camino de la costa de Hispania, abierta al ábrego (suroeste) y que se extende hacia el interior unas dos millas y media y se ensancha unos mil doscientos pasos [unos 3500 y 1776 metros, respectivamente.-N. del T.]. Una pequeña isla en la desembocadura de la bahía forma un rompeolas y resguarda de todos los vientos, excepto de los del suroeste. Desde la parte más interior de la bahía, se extende un promontorio sobre cuyas laderas se asienta la ciudad, rodeándola el mar por este y sur. Por el oeste está rodeada por una lámina de agua que se extende hacia el norte y varía en profundidad con las subidas y bajadas de la marea [esta laguna, o almarjal, está hoy ocupada por el barrio de este nombre.-N. del T.]. Un istmo de terra, de alrededor de un cuarto de milla de longitud [370 metros.-N. del T.], conecta la ciudad con el continente. El comandante romano no hizo obras de fortifcación por esta parte, pese a haberle costado tan poco; esto fue así, bien porque quisiera impresionar al enemigo con su confanza en sus fuerzas, o porque deseara tener una retirada sin obstáculos en sus frecuentes avances contra la ciudad.

[26.43] Cuando estuvieron dispuestas todas las defensas, llevó las naves al puerto como si fuera a bloquear la plaza por mar. Marchó luego a revistar la flota y advirtó a los capitanes que cuidaran la vigilancia nocturna, pues cuando un enemigo es asediado lo primero que hace es lanzar contraataques en todas direcciones. A su regreso al campamento, explicó a los soldados su plan de operaciones y sus razones para dar comienzo a la campaña con un ataque contra una ciudad solitaria con preferencia sobre cualquier otra cosa. Tras haberlos hecho formar, les dirigió el siguiente discurso: "Soldados, en alguien supone que se os ha traído hasta aquí con el único propósito de atacar a esta ciudad, está fjándose más en el trabajo que os espera que en la ventaja que obtendréis al haceros con ella. Es cierto que vais a atacar las murallas de una sola ciudad, pero capturándola aseguraréis toda Hispania. Aquí están los rehenes tomados de todos los nobles, reyes y tribus, y una vez estén en vuestro poder, todo lo que era de los cartagineses será vuestro. Aquí está la base militar del enemigo, sin la que no podrán continuar la guerra pues han de pagar a sus mercenarios, y ese dinero nos será de la mayor utlidad para ganarnos a los bárbaros. Aquí está su artillería, su arsenal, todas sus máquinas de guerra, que de seguido os proporcionará cuando deseéis dejando al enemigo carente de todo lo que necesita. Y lo que es más, llegaremos a ser los dueños no solo de la más rica y hermosa ciudad, sino también del más cómodo puerto desde el que se suministrará todo cuanto se precisa para la guerra, tanto terrestre como marítima. Grandes como serán nuestras ganancias, todavía serán mayores las privaciones que sufrirá el enemigo. Aquí reside su fortaleza, su granero, su tesoro y su arsenal, todo está aquí almacenado. Aquí llegan por ruta directa desde África. Esta es la única base naval entre los Pirineos y Cádiz; desde aquí amenaza África a toda Hispania. Pero ya veo que estáis completamente dispuestos; pasemos al asalto de Cartagena con toda nuestra fuerza y el valor que no conoce el miedo". Los hombres gritaron todos con una sola voz que cumplirían sus órdenes y marchó con ellos hacia la ciudad. Luego ordenó que el ejército y la flota lanzaran un ataque general.

[26.44] Cuando Magón, el comandante cartaginés, vio se estaba preparando que un ataque por tierra y por mar, dispuso su fuerza del siguiente modo: Situó dos mil ciudadanos en dirección al campamento romano; la ciudadela quedó ocupada por quinientos soldados; otros quinientos fueron situados en la parte más alta de la ciudad, en el cerro que da al este. Al resto de los ciudadanos se le ordenó que estuviesen listos para atender cualquier emergencia repentina o para acudir rápidamente en cualquier dirección en que escucharan el grito de alarma. Entonces se abrió la puerta y se hizo avanzar a los que habían permanecido formados en la calle que conducía al campamento enemigo. Los romanos, bajo la dirección de su general, se retraron un poco para estar más cerca de los apoyos que se les debía enviar. Al principio, las líneas se enfrentaros entre sí con igualdad de fuerzas; pero conforme llegaron los sucesivos refuerzos, no solo se dieron a la fuga, sino que se les presionó tan de cerca que huyeron con tanto desorden que, de no haber sonado el toque de retirada, con toda probabilidad se habría entrado en la ciudad mezclados con los desordenados fugitivos. La confusión y el terror del campo de batalla se extendió por la ciudad; muchos de los piquetes abandonaron sus puestos aterrorizados; los defensores de las murallas saltaron por el camino más corto y abandonaron las fortifcaciones. Escipión había colocado su puesto de mando sobre una altura a la que llamaron Cerro de Mercurio, y desde aquí se apercibió de que la muralla, en muchos lugares, estaba sin defensores. Convocó de inmediato a toda la fuerza al campo para atacar, ordenando que llevasen escalas de asalto. Cubierto por los escudos de los tres vigorosos jóvenes, pues llovían por todas partes los proyectiles arrojados desde las almenas, llegó cerca de las murallas, animando a sus hombres, dando las órdenes precisas y, lo que más estimuló sus esfuerzos, observando con sus propios ojos el valor o la cobardía de cada uno. Tanto se exaltaron, a pesar de los proyectiles y las heridas, que ni las murallas ni los enemigos encima de ellos pudieron impedir que se esforzaran en ser los primeros en llegar arriba [lo que conllevaba un gran honor y la corona muralis, una muy apreciada condecoración.-N. del T.]. Al mismo tiempo, los barcos comenzaron un ataque contra aquella parte de la ciudad que daba al mar. Aquí, sin embargo, hubo mucho más de ruido y confusión que de asalto efcaz; pues entre que atracaban los barcos, llevando las escalas de asalto, y desembarcaban en tierra por donde mejor podían, los hombres se estorbaban los unos a los otros con su prisa e impaciencia.

[26.45] Mientras sucedía todo esto, el general cartaginés guarneció las murallas con sus soldados regulares, a los que suministró ampliamente con proyectiles, de los que había almacenados en grandes cantdades. Pero ni los hombres ni sus proyectiles, ni ninguna otra cosa, resultó ser tan efcaz defensa como las propias murallas. Muy pocas de las escalas eran lo bastante largas como para alcanzar el borde superior de la muralla y cuando más altas eran las escalas, más débiles resultaban. La consecuencia fue que los que llegaban hasta arriba no podían ganar la muralla, y los que venían tras ellos no podían avanzar al romperse las escalas por el propio peso de los hombres. Algunos de los que estaban en lo alto las escaleras, se mareaban por la altura y caían al suelo. Al quebrarse por todas partes las escalas y los hombres, y animarse y envalentonarse los enemigos por su éxito, se tocó señal de retirada. Esto dio esperanza a los sitados de no solo haber ganado un respiro en la dura y tenaz lucha, sino también para el futuro, pues creían que la ciudad no podría ser tomada por asalto y que las obras de asedio serían difcultosas y darían tiempo para que se enviasen refuerzos. No había disminuido el ruido y el tumulto de este primer intento, cuando Escipión ordenó que tropas frescas tomasen las escalas de los que estaban agotados y heridos y lanzaran un ataque aún más decidido contra la ciudad. Se había informado, mediante pescadores de Tarragona que habían transitado la laguna en botes ligeros y que a veces habían encallado en las aguas poco profundas, de que era fácil acercarse a pie hasta las murallas durante la marea baja. Se le informó entonces que la marea estaba baja y tomó de inmediato con él unos quinientos hombres, marchando a través del agua. Era cerca del mediodía y no sólo la marea arrastraba el agua hacia el mar, también un fuerte viento del norte soplaba y empujaba en la misma dirección, haciendo la laguna tan poco profunda que marchaban en algunos lugares con el agua por el ombligo y en otros solo por las rodillas. Esta circunstancia, que Escipión ya conocía por haberse informado y haberlo calculado cuidadosamente, la atribuyó a la intervención directa de los dioses, de los que dijo que habían convertido el mar en un camino para los romanos, retrando las aguas y abriendo un paso que nunca antes había sido hollado por pies mortales. Ordenó a sus hombres que siguieran la guía de Neptuno y que se abrieran camino por el centro de la laguna hasta las murallas.

[26.46] Los que estaban atacando por el lado de tierra se encontraban con grandes difcultades. No sólo estaban desconcertados por la altura de los muros, sino que, a medida que se acercaban a ellos, quedaban expuestos a una lluvia de proyectiles por ambos lados, pues sus flancos estaban más expuestos que su frente. En la otra dirección, sin embargo, los quinientos tuvieron más facilidad para cruzar la laguna y ascender desde allí hasta el pie de las murallas. No se habían construido fortifcaciones de este lado, ya que se consideraba sufcientemente protegido por el lago y por la naturaleza del terreno; tampoco había piquetes de guardia contra cualquier ataque, pues todos estaban tratando de ayudar donde el peligro resultaba visible. Entraron en la ciudad sin encontrar oposición y se dirigieron de inmediato hacia la puerta a cuyo alrededor se habían concentrado los combates. Todos tenían su atención puesta en la lucha; los ojos y los oídos de los combatentes, y hasta los de quienes les contemplaban y animaban, permanecían tan clavados en el combate que ni un solo hombre se dio cuenta de que la ciudad tras ellos había sido capturada, hasta que empezaron a caer los proyectiles desde la retaguardia. Ahora que tenían al enemigo al frente y por detrás, cedieron en su defensa, las murallas fueron tomadas, se forzaron ambos lados de la puerta, que se rompió en pedazos y quedó expedida permitendo el libre paso de las tropas. Muchos coronaron las murallas e infigieron fuertes pérdidas a los ciudadanos, pero los que penetraron por la puerta marcharon en filas ininterrumpidas por el corazón de la ciudad hasta el foro. Desde este punto, Escipión vio al enemigo retrándose en dos direcciones: un grupo se dirigía a una colina al este de la ciudad, que estaba ocupada por un destacamento de quinientos hombres; los demás iban hacia la ciudadela donde se había refugiado Magón con los hombres que habían sido expulsados de las murallas. Enviando fuerzas para asediar la colina, condujo el resto de sus tropas contra la ciudadela. La colina fue tomada a la primera carga, y Magón, al ver que toda la ciudad estaba ocupada por el y que su situación era desesperada, entregó la ciudadela y sus defensores. La carnicería continuó hasta que se entregó la ciudadela, ningún varón adulto se salvó, pero tras la rendición se dio la señal y se puso fin a la masacre. Los vencedores volvieron entonces su atención al botín, del que había una gran cantidad de todo género.

[26.47] Se hizo prisioneros a unos diez mil hombres libres. Los que eran ciudadanos de Cartagena fueron puestos en libertad y Escipión les devolvió su ciudad y todos los bienes que la guerra les había dejado. Había unos dos mil artesanos; a estos, Escipión los asignó como esclavos del pueblo romano, ofreciéndoles la esperanza de recuperar su libertad si hacían todo cuanto pudieran en las labores que exigía la guerra. Al resto de la población sin impedimento fsico, y a los más resistentes de los esclavos, los asignó a la flota para cubrir la dotación de remeros. También incrementó su flota con los ocho barcos que habían capturado. Además de toda esta población, estaban los rehenes hispanos, a los que trató con tanta consideración como si hubiesen sido los hijos de los aliados de Roma. Se apoderó también de una enorme cantidad de municiones de guerra; ciento veinte catapultas del tamaño más grande y doscientas ochenta y una del más pequeño, veintitrés ballestas pesadas y cincuenta y dos ligeras, junto a un inmenso número de escorpiones de diversos calibres así como proyectiles y otras armas. Se capturaron también setenta y tres estandartes militares. Se llevó ante el general una enorme cantidad de oro y plata, incluyendo doscientas setenta y seis pateras de oro, casi todas de al menos una libra de peso, dieciocho mil libras de plata en lingotes y moneda, y gran cantidad de vasos de plata. Todo esto fue pesado y valorado y entregado luego al cuestor, Cayo Flaminio, así como cuatrocientos mil modios de trigo y doscientos setenta mil de cebada [cada modio civil son 8,75 litros.-N. del T.]. En el puerto, se capturaron sesenta y tres mercantes, algunos de ellos con sus cargamentos de grano y armas, así como bronce, hierro, velas, esparto y otros artculos necesarios para la flota. En medio de esa enorme cantidad de suministros militares y navales, la misma ciudad fue considerada como el más importante botín de todos.

[26,48] Dejando a Cayo Lelio con los infantes de marina a cargo de la ciudad, Escipión llevó a sus legiones aquel mismo día de vuelta al campamento. Estaban poco menos que agotados; habían luchado en campo abierto, se habían sometido a grandes trabajos y peligros en la toma de la ciudad, y tras la captura habían sostenido un combate en terreno desfavorable con los que se habían refugiado en la ciudadela. Así pues, les dejó descansar un día de todas sus obligaciones militares y les ordenó que se repusieran y descansasen. Al día siguiente impartió órdenes para que todos los soldados y marineros formaran y les dirigiera unas palabras. Lo primero que hizo fue dar gracias a los dioses inmortales, no solo por haberse apoderado en un solo día de la ciudad más rica de toda Hispania, sino también por haber reunido allí todos los recursos de África e Hispania, de manera que nada quedó al enemigo mientras él y sus hombres tenían sobreabundancia de todo. Elogió luego la valenta de sus soldados, a los cuales, dijo, nada había intimidado: ni la salida del enemigo, ni la altura de las murallas, ni la desconocida profundidad de la laguna, ni la fortaleza en la colina ni la desusada fortaleza de la ciudadela. Nada les había impedido superar todos los obstáculos y abrirse camino por todas partes. A pesar de que todos ellos merecían cuantas recompensas les pudiese dar, la gloria de la corona mural pertenecía en particular a quien era el primero en escalar la muralla, y quien considerase que lo merecía debía reclamarla.

Dos hombres se adelantaron, Quinto Trebelio, un centurión de la cuarta legión, y Sexto Digito, de los aliados navales. La disputa entre ellos no fue tan agria como el entusiasmo con el que cada unidad abogó por la candidatura de su propio miembro. Cayo Lelio, prefecto de la flota, apoyaba al marino; Marco Sempronio Tuditano se puso de parte de sus legionarios. Como el conficto amenazaba con converitrse en un motin, Escipión anunció que nombraría tres árbitros para que investgaran el caso, tomasen declaración y emitesen su decisión sobre quién había sido el primero en escalar la muralla y entrar en la ciudad. Cayo Lelio y Marco Sempronio fueron designados por sus propios bandos, y Escipión añadió el nombre de Publio Cornelio Caudino, que no pertenecía a ninguno, ordenando que los tres tomaran asiento y juzgasen el caso. Según procedían, la disputa se enconaba más y más, pues los dos hombres cuya dignidad y autoridad habían ayudado a contener la excitación se habían retirado del tribunal. Al fnal, Lelio dejó a sus colegas y se adelantó en el tribunal, hacia Escipión, señalándole que el proceso se estaba llevando a cabo sin ningún orden ni contención, y que los hombres estaban casi a punto de llegar a las manos. E incluso si no hubiera recurso a la violencia, el precedente que se estaba sentíando era totalmente indeseable, pues los soldados estaban tratando de ganar la recompensa al valor mediante la mentra y el perjurio. Por un lado estaban los soldados de la legión, por el otro los de la flota, todos igualmente dispuestos a jurar por todos los dioses que lo que les parecía y no lo que ellos sabían que era verdad; y dispuestos a converitrse en culpables de perjurio no solo ellos, sino convertir a los estandartes militares, a las águilas y a su solemne juramento de lealtad. Lelio agregó que él señalaba estas cosas también en representación y por deseo de Publio Cornelio y Marco Sempronio. Escipión aprobó el paso que había dado Lelio y convocó a las tropas. Anunció entonces que se había cerciorado defnitivamente de que Quinto Trebelio y Sexto Digito habían superado la muralla en el mismo momento y debía honrar su bravura condecorando a ambos con una corona mural. Luego otorgó premios al resto de acuerdo al mérito de cada cual. Cayo Lelio, el prefecto de la flota, fue designado para una distinción especial, prodigándole tales alabanzas que le puso en pie de igualdad con él mismo y recompensándole fnalmente con una corona de oro y treinta bueyes.

[26,49] Después de esto, ordenó que se convocasen a su presencia los rehenes de las distintas ciudades hispanas. Me resulta difcil dar su número, pues en unas partes veo que se mencionan trescientos y en otras tres mil setecientos veinticuatro. Hay similares discrepancias entre los autores también en otros puntos. Un autor afrma que la guarnición cartaginesa ascendía a diez mil hombres, otro los cifra en siete mil y un tercero los estima en no más de dos mil. En un lugar se hallará que fueron diez mil los prisioneros, en otro se dice que el número excedió los veintcinco mil. De seguir al autor griego Sileno, debería cifrar los escorpiones grandes y pequeños en sesenta; según Valerio Antate había seis mil de los grandes y trece mil de los pequeños; tan alocadamente exageran los hombres. Es incluso asunto de disputa quién estaba al mando. La mayoría de los autores están de acuerdo en que Lelio mandaba la flota, pero hay algunos que dicen que era Marco Junio Silano. Antates nos dice que Arines era el comandante cartaginés cuando la guarnición se rindió, otros autores dicen que era Magón. Tampoco están de acuerdo los autores en cuanto al número de barcos que fueron capturados, o el peso del oro y la plata, o la cantidad de dinero que se ingresó en el tesoro. Si hemos de escoger, los números en medio de estos dos extremos sean los que estén, probablemente, más cerca de la verdad. Cuando aparecieron los rehenes, Escipión empezó por inspirarles confanza y disipar sus temores. Habían, les dijo, pasado bajo el poder de Roma, y los romanos preferían mantener atados a los hombres más por los lazos de la amabilidad que por los del miedo. Preferían más que los países extranjeros se les unieran bajo términos de alianza y de mutua buena fe, a mantenerlos bajo dura servidumbre y sin esperanza. A continuación, recogió los nombres de las ciudades de procedencia y cuántos pertenecían a cada una. Se mandaron embajadores a sus hogares, pidiendo a sus amigos que vinieran a hacerse cargo de aquellos que eran de los suyos; de donde resultaron estar presentes embajadores, les hizo entrega en el acto de sus paisanos; el cuidado del resto fue confado a Cayo Flaminio, el cuestor, con órdenes de prestarles protección y tratarlos bondadosamente. Mientras estaba en estos menesteres, una dama de alta cuna, la esposa de Mandonio, el hermano de Indíbil, régulo de los ilergetes, se adelantó entre la multitud de rehenes y, echándose a llorar a los pies del comandante, le imploró para que acentuara fuertemente en sus guardas el deber de tratar a las mujeres con ternura y consideración. Escipión le aseguró que nada le faltaría a este respecto. Luego, ella continuó: "No damos mucha importancia a estas cosas, pues, ¿qué hay en ello que no sea lo bastante bueno, en las presentes circunstancias? Soy demasiado vieja para temer el daño al que está expuesto nuestro sexo, pero es para las demás jóvenes por las que siento inquietud". Alrededor de ella estaban las hijas de Indíbil y otras doncellas de igual rango, en la for de su belleza juvenil, que la miraban como a una madre. Escipión le respondió: "Por el bien de la disciplina que yo, junto al resto de los romanos, mantengo, procuraré que nada de lo que en cualquier parte es sagrado se viole entre nosotros; tu virtud y nobleza de espíritu, que ni en la desgracia has olvidado tu decoro de matrona, me hará ser aún más cuidadoso en este asunto". A continuación, las puso bajo el cuidado de un hombre de probada integridad, con órdenes estrictas de proteger su inocencia y modesta con tanto cuidado como si fueran las esposas y madres de sus propios huéspedes.

[26,50] Poco después, los soldados llevaron ante él a una doncella adulta que había sido capturada, una muchacha de tan excepcional belleza que atraía todas las miradas por donde quiera que iba. Al preguntarle sobre su país y familia, Escipión se enteró, entre otras cosas, de que había sido prometda a un joven noble celtibero de nombre Alucio. De inmediato, envió a buscar a sus padres así como a su prometido, quien, según supo, estaba languideciendo hasta morir de amor por ella. Al llegar este último, Escipión se dirigió a él con términos estudiadamente paternales. "Hablando de joven a joven", le dijo, "puedo dejar de lado cualquier reserva. Cuando tu prometda fue capturada por mis soldados y me la trajeron, se me informó de que ella te era muy querida, lo que su belleza me hizo creer completamente. Si me fuesen permitidos los placeres propios de mi edad, especialmente los del amor casto y legar, en vez de estar preocupándome con asuntos de estado, habría querido que se me perdonara por amar demasiado ardientemente. Tengo ahora el poder de ser indulgente con otro amor: el tuyo. Tu prometda ha recibido el mismo trato respetuoso desde que está en mi poder que el que hubiera tenido de estar entre sus propios padres. Se te ha reservado, para que se te pudiera entregar como un regalo virgen y digno de nosotros dos. A cambio de este don, solo espero una recompensa: que seas amigo de Roma. Si me consideras un hombre tan recto y honorable como los pueblos de aquí creyeron hasta ahora que eran mi padre y mi to, podrás asegurar que hay muchos en la ciudadanía romana como nosotros, y estar completamente seguro de, a día de hoy, en ningún lugar del mundo se encontrará nadie a quien desees menos tener por enemigo que a nosotros o a quien anheles más tener como amigo".

El joven estaba abrumado por la timidez y la alegría. Tomó la mano de Escipión, y pidió a todos los dioses que le recompensaran, pues a él le resultaba imposible devolver en consonancia con sus sentimientos o con la bondad que Escipión le había mostrado. Luego se llamó a los padres y familiares de la muchacha. Habían traído una gran cantidad de oro para su rescate, y cuando les fue entregada libremente pidieron a Escipión que lo aceptara como regalo suyo; haciéndolo así, declararon, manifestarían su mucha grattud por la devolución, ilesa, de la joven. Al pedírselo con gran insistencia, Escipión manifestó que lo aceptaría, y ordenó que lo pusieran a sus pies. Llamando a Alucio le dijo: “Además de la dote que vas a recibir de tu futuro suegro, recibirás ahora esto de mí como regalo de bodas”;. Le dijo entonces que tomara el oro y lo guardase. Encantado con el presente y el digno trato que había recibido, el joven regresó a su hogar y llenó los oídos de sus compatriotas con las alabanzas, justamente ganadas, de Escipión. Entre ellos había llegado un joven, decía, en todo similar a los dioses, abriéndose camino mediante su generosidad y bondad de corazón tanto como por el fuerza de sus armas. Empezó a alistar una fuerza armada de entre sus clientes y regresó a los pocos días junto a Escipión con una fuerza escogida de mil cuatrocientos jinetes.

[26,51] Escipión mantuvo a Lelio consigo para que le asesorase sobre el destino de los prisioneros, los rehenes y el botín; cuando todo quedó dispuesto le asignó uno de los quinquerremes capturados y, embarcando en él a Magón y a una quincena de senadores que habían sido capturados con él, envió a Lelio a Roma para informar de su victoria. Había decidido que pasaría unos días en Cartagena y empleó ese tiempo ejercitando sus fuerzas terrestres y navales. El primer día, las legiones, completamente equipadas, practicaron varias maniobras en un espacio de cuatro millas [5920 metros.-N. del T.]; el segundo día fue empleado en la limpieza y aflado de sus armas ante sus tiendas; el tercero se enfrentaron en batalla campal, solo con palos y dardos cuyas puntas fueron inutlizadas mediante bolas de corcho o plomo; el cuarto día descansaron y al quinto se ejercitaron nuevamente con las armas. Esta alternancia de ejercicio y el descanso se mantuvo todo el tiempo que permaneció en Cartagena. Los remeros e infantes de marina se hicieron a la mar cuando el tiempo estaba en calma y comprobaron la velocidad y la maniobrabilidad de sus barcos en un combate simulado. Estas maniobras se hacían fuera de la ciudad, tanto por tierra como por mar, y agudizaban a los hombres fsica y mentalmente para la guerra; la misma ciudad resonaba con el fragor de las fábricas militares por los trabajos de los artesanos de toda clase en se habían reunido en los talleres del Estado. El general dedicaba su atención a todo por igual. En ocasiones estaba con la flota, examinando un enfrentamiento naval; otras veces estaba ejercitando a sus legiones; podía luego dedicar algunas horas a inspeccionar el trabajo de los arsenales y astlleros, donde gran número de artesanos competan entre sí para ver quién trabajaba más duramente. Después de dar inicio a estas diversas tareas, y comprobar que las partes dañadas de la muralla estaban reparadas, partió hacia Tarragona dejando un destacamento en la ciudad para protegerla. Durante su camino se encontró con numerosas legaciones; despidió a algunas tras darles su respuesta aún sobre la marcha; pospuso otras hasta llegar a Tarragona, donde había mandando recado a todos los aliados, antiguos y nuevos, para que se reuniesen con él. Casi todas las tribus al sur del Ebro obedecieron la orden de comparecencia, al igual que muchas de la provincia al norte. Los generales cartagineses hicieron todo lo posible para eliminar los rumores de la caída de Cartagena; después, cuando los hechos resultaron demasiado evidentes como para suprimirlos o tergiversarlos, trataron de minimizar su importancia. Que había sido mediante engaño y por sorpresa, casi a escondidas, dijeron, como se les había arrebatado aquella ciudad en un solo día; que, embriagado por un pequeño éxito, un entusiasmado joven había hecho creer que aquella era una gran victoria. Pero que cuando se enterarse de que tres generales y tres ejércitos victoriosos se abalanzaban sobre él, le asaltaría el doloroso recuerdo de la muerte que ya había visitado a su familia. Esto era lo que generalmente decían a la gente, pero ellos mismos eran totalmente conscientes de cuánto se habían debilitado sus fuerzas por la pérdida de Cartagena.

Fin del libro 26.

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Libro 27: Escipión en Hispania.

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[27.1] -210 a.C.-Tal era el estado de los asuntos en Hispania. En Italia, el cónsul Marcelo recuperó Salapia mediante traición, y se apoderó por la fuerza de los plazas de los samnitas, Marmórea y Heles. Quedaron allí destruidos tres mil de los soldados que Aníbal había dejado para guarnecer aquellas ciudades. El botín, del que hubo una cantidad considerable, se entregó a los soldados; también se encontraron doscientos cuarenta mil modios de trigo y ciento diez mil modios de cebada [como se ha comentado anteriormente, el modio civil tenía 8,75 litros; así, considerando un peso de 800 gramos para el trigo y 700 gramos para la cebada, por litro, el total encontrado fue de 1.680.000 kilos de trigo y 673.750 kilos de cebada.-N. del T.]. La satsfacción derivada de este éxito quedó, sin embargo, más que compensada por una derrota sufrida unos días más tarde no lejos de Ordona [la antigua Herdonea.-N. del T.]. Esta ciudad se había rebelado contra Roma tras el desastre de Cannas y Cneo Fulvio, el procónsul, estaba acampado ante ella con la esperanza de recuperarla. Había elegido para su campamento una posición que no estaba lo bastante protegida, y el propio campo no tenía sus defensas en buen estado. Siendo ya de natural un general descuidado, se mostraba ahora aún menos cauteloso, toda vez que ahora tenía razones para esperar que los habitantes hubieran faqueado en su alianza con los cartagineses, pues les habían llegado noticias de la retirada de Aníbal hacia el Brucio, tras la pérdida de Salapia. Todo esto fue debidamente notfcado a Aníbal por emisarios de Ordona, y aquella información le hizo ansiar salvar una ciudad aliada y, al mismo tiempo, esperar atrapar a su enemigo con la guardia baja. Con el fin de evitar los rumores sobre su aproximación, se dirigió a Ordona a marchas forzadas y, conforme se acercaba al lugar, formó a sus hombres en orden de batalla con el objetivo de intimidar al enemigo. El comandante romano, igual a él en valor pero muy inferior en habilidad táctica y en número, se apresuró a formar sus líneas y se le enfrentó. La acción fue iniciada con el mayor vigor por la quinta legión y los aliados del ala izquierda. Aníbal, sin embargo, había dado instrucciones a su caballería para que esperase hasta que la atención de la infantería estuviera completamente fjada en la batalla y que después cabalgara alrededor de las líneas; una parte atacaría el campamento romano y la otra la retaguardia romana. Gritaba que ya había derrotado en aquellas tierras a otro Cneo Fulvio, un pretor, dos años antes y, siendo iguales los nombres, también sería igual el resultado del combate. Sus previsiones se hicieron realidad, pues después que las líneas hubieran chocado y caído muchos de los romanos en el combate cuerpo a cuerpo, aunque las filas todavía mantenían el terreno junto a los estandartes, la tumultuosa carga de la caballería por la retaguardia desordenó primero a la sexta legión, que estaba en segunda línea, y después, según presionaban los númidas, a la quinta legión y fnalmente a las primeras líneas con sus estandartes. Algunos se dispersaron al huir, otros fueron destrozados entre los dos grupos de atacantes. Fue aquí donde cayó Cneo Fulvio junto con once tribunos militares. En cuanto al número de muertos, ¿quién podría dar una cifra defnitiva?, en un autor leo que fueron trece mil y en otro que no fueron más de siete mil. El vencedor se apoderó del campamento y sus despojos. Al enterarse de que Ordona estaba dispuesta a pasarse a los romanos y que no permanecería fiel después de su retirada, trasladó toda la población a Metaponto y Turios, incendiando el lugar. Sus principales ciudadanos, de los que se descubrió que habían mantenido reuniones secretas con Fulvio, fueron condenados a muerte. Aquellos romanos que escaparon del fatal campo de batalla por diversas rutas, casi en su totalidad desarmados, se unieron a Marcelo en el Samnio.

[27,2] Marcelo no estaba especialmente preocupado por este grave desastre. Remitó un despacho al Senado para informarles de la pérdida del general y su ejército en Ordona, añadiendo que él era el mismo Marcelo que había derrotado a Aníbal cuando celebraba su victoria en Cannas, que trataría de enfrentársele y que pronto pondría fin a cualquier satsfacción que pudiera sentir por su reciente victoria. En la misma Roma hubo un gran duelo por lo ocurrido y mucha inquietud en cuanto a lo que podría suceder en el futuro. El cónsul salió del Samnio y avanzó hasta Muro Lucano [la antigua Numistro.-N. del T.], en Lucania. Una vez aquí, acampó en un terreno llano, a plena vista de Aníbal, que ocupaba una colina. Para demostrar la confanza que senta, fue el primero en presentar batalla, y cuando Aníbal vio los estandartes saliendo por las puertas del campamento, no declinó el desafo. Formaron sus líneas de tal manera que los cartagineses apoyaban su ala derecha en la colina, mientras que la izquierda romana quedaba protegida por la ciudad. Las primeras fuerzas en enfrentarse fueron, por parte romana, la primera legión y el ala derecha de los aliados; por la de Aníbal entraron en combate la infantería hispana y los honderos baleares. Una vez hubo comenzado la batalla, también entraron en acción los elefantes. Durante mucho tiempo, el combate estuvo igualado. La lucha se prolongó desde la tercera hora del día [sobre las 6 o 7 de la mañana.-N. del T.] hasta el anochecer y, cuando las primeras líneas quedaron agotadas, la tercera legión relevó a la primera y el ala izquierda de los aliados tomó el lugar del ala derecha. También entraron en acción tropas de refresco por el lado contrario con el resultado de que, en lugar de una lucha desanimada y sin fuerzas, se reanudó una lucha feroz entre soldados que estaban descansados de mente y cuerpo. La noche, sin embargo, separó a los combatentes mientras la victoria estaba todavía indecisa. Al día siguiente, los romanos permanecieron sobre las armas desde el amanecer hasta bien entrado el día, dispuestos a renovar el combate. Pero como el enemigo no hacía acto de presencia, empezaron a recoger los despojos del campo de batalla y, después de apilar los cuerpos de los muertos en un montón, los quemaron. Aníbal levantó el campamento en silencio durante la noche y se retró a la Apulia. Cuando la luz del día reveló la huida de los enemigos, Marcelo se decidió a seguir su pista. Dejó a los heridos, junto con una pequeña guardia, en Muro Lucano a cargo de Lucio Furio Purpurio, uno de sus tribunos militares, y se aproximó a Aníbal en Venosa [la antigua Venusia.-N. del T.]. Aquí, durante algunos días, se mantuvieron escaramuzas entre las patrullas de avanzada y combates ligeros en los que tomaron parte tanto la infantería como la caballería, pero sin librarse una batalla campal. En casi todos los casos, los romanos llevaron ventaja. Ambos ejércitos atravesaron la Apulia sin librar ningún combate importante; Aníbal marchaba por las noches, siempre al acecho de una oportunidad para sorprender o emboscar, Marcelo nunca se trasladaba sino a la luz del día, y solo después de un cuidadoso reconocimiento.

[27,3] En Capua, mientras tanto, Flaco estaba ocupado con la venta de los bienes de los ciudadanos principales y el arrendamiento de las tierras de cultivo que habían pasado a propiedad romana; el arrendamiento llegó a pagarse con grano. Como si no faltara nunca un motivo u otro para tratar a los capuanos con la mayor severidad, se reveló un nuevo crimen que había sido tramado secretamente. Fulvio había sacado a sus hombres de las casas de Capua, en parte por el temor de que su ejército se desmoralizase por las atracciones de la ciudad, como le había pasado a Aníbal, y en parte para que quedaran casas que arrendar junto con las tierras que se estaban asignando. Las tropas recibieron orden de construir barracones militares en el exterior de las murallas y puertas. La mayoría de estos se construyeron de adobe o tablas; algunos emplearon mimbres trenzados y cubiertos con paja, como hechos a propósito para incendiarse. Ciento setenta capuanos, con los hermanos Blosio al frente, tramaron un complot para prender fuego a todas aquellas chozas, al mismo tiempo y por la noche. Algunos esclavos de la familia Blosia traicionaron el secreto. Al recibir la información, el procónsul ordenó de inmediato que se cerraran las puertas y que se armaran las tropas. Se arrestó a todos los involucrados en el crimen, se les interrogó bajo tortura, fueron declarados culpables y ejecutados sumariamente. Los informantes recibieron su libertad y diez mil ases cada uno [272 kg. de bronce.-N. del T.]. Las gentes de Nocera Superior [la antigua Nuceria.-N. del T.] y Acerra, habiéndose quejado de que no tenían dónde vivir, pues Acerra estaba parcialmente destruida por el fuego y Nocera Superior totalmente demolida, fueron enviadas por Fulvio a Roma para que comparecieran ante el Senado. Se concedió permiso a los acerranos para reconstruir las casas que habían sido incendiadas, y como el pueblo de Nocera había expresado su deseo de asentarse en Atella, se ordenó a los atelanos que se trasladasen a Calacia. A pesar de los muchos e importantes incidentes, unos favorables y otros desfavorables, que ocupaban la atención pública, no se perdía de vista la situación de la ciudadela de Tarento. Marco Ogulnio y Publio Aquilio fueron nombrados comisionados para comprar grano en Etruria; una fuerza de mil hombres, escogida entre el ejército urbano y con un número igual de contingentes aliados, lo escoltó hasta Tarento.

[27,4] El verano estaba llegando a su fin y se acercaba la fecha de las elecciones consulares. Marcelo escribió para decir que resultaría contrario a los intereses de la república perder contacto con Aníbal, pues le estaba presionando constantemente para rechazarlo y evitando algo como una batalla. El Senado era reacio a llamarlo de vuelta, justo cuando se estaba empleando con más efectividad; al mismo tiempo, estaban inquietos porque no hubiese cónsules para el año siguiente. Decidieron que la mejor opción sería llamar al cónsul Valerio de Sicilia, aunque estuviese fuera de los límites de Italia. El Senado ordenó a Lucio Manlio, el pretor urbano, que le escribiera en este sentido y que, al mismo tiempo, le remitera el despacho de Marco Marcelo, para que aquel pudiera comprender la razón por la que el senado le reclamada a él desde su provincia en vez de a su colega. Fue por esta época cuando llegaron a Roma los embajadores del rey Sífax. Estos enumeraron las batallas victoriosas que el rey había librado contra los cartagineses, y declararon que no había pueblo del que fueran más enconados enemigos que del de Cartago, y que por ninguno sentían más simpata que por el de Roma. El rey ya había enviado emisarios a los dos Escipiones en Hispania y deseaba ahora solicitar la amistad de Roma en su misma fuente principal. El Senado no sólo respondió con amabilidad a los embajadores, sino que enviaron a su vez embajadores y regalos al rey, siendo los hombres escogidos para aquella misión Lucio Genucio, Publio Petelio y Publio Popilio. Los presentes que llevaron con ellos consistan en una toga y una túnica púrpuras, una silla de marfl y una patera de oro que pesaba cinco libras [1635 gramos.-N. del T.]. Después de su visita a Sífax, se les encargó que visitasen a otros régulos de África y que llevasen a cada uno, como regalo, una toga pretexta y una pátera de oro de tres libras de peso. También se envió a Marco Atilio y Manlio Acilio hacia Alejandría, ante Ptolomeo y Cleopatra, para recordarles la alianza ya existente y para renovar las relaciones de amistad con Roma. Los regalos que llevaron al rey consista en una toga y una túnica púrpuras y una silla de marfl; para la reina, llevaron un manto bordado con una capa púrpura. Durante el verano en el que ocurrieron estos hechos, las ciudades y distritos rurales vecinos informaron de numerosos portentos. Se dice que en Túsculo nació un cordero con las ubres llenas de leche; el techo del templo de Júpiter fue alcanzado por un rayo y se derrumbó casi todo el techo; el terreno frente a la puerta de Anagni fue igualmente alcanzada, casi al mismo tiempo, y siguió ardiendo durante un día y una noche sin que nadie alimentase el fuego; en el cruce de Anagni con el bosque consagrado a Diana, los pájaros abandonaron sus nidos; en Terracina, cerca del puerto, se vieron serpientes de extraordinario tamaño que saltaban; En Tarquinia nació un cerdo con cara humana; en las proximidades de Capena sudaron sangre cuatro estatuas, cerca de la arboleda de Feronia, durante un día y una noche. Los pontífices decretaron que aquellos portentos debían ser expiados mediante el sacrifcio de bueyes; se designó un día para ofrecer solemnes rogativas en todos los santuarios de Roma, y al día siguiente se ofrecieron similares rogativas en la Campania, en el bosque de Feronia.

[27,5] Al recibir su carta reclamándole, el cónsul Marco Valerio entregó el mando del ejército y la administración de la provincia al pretor Cincio, y dio instrucciones a Marco Valerio Mesala, el prefecto de la flota, para que navegase con parte de sus fuerzas hacia África, corriese correr la costa y, al mismo tiempo, averiguar cuanto pudiera sobre los planes y preparativos de Cartago. partió luego con diez barcos hacia Roma, donde llegó tras una buena travesía. Inmediatamente después de su llegada convocó una reunión del Senado y les presentó un informe de su administración. Durante casi sesenta años, les dijo, Sicilia había sido escenario de guerras por tierra y mar, y los romanos habían sufrido allí numerosas y graves derrotas. Ahora, él había reducido por completo la provincia, no quedaba un cartaginés en la isla y no había un solo siciliano, de los que habían sido expulsados, que no hubiera regresado. Todos habían sido repatriados, estableciéndose en sus propias ciudades y arando sus propios campos. De nuevo se cultivaba la tierra asolada, enriqueciendo a sus cultivadores con sus productos y formando igualmente un baluarte inquebrantable contra la escasez en Roma en tiempos de guerra y la paz. Cuando el cónsul terminó de dirigirse al Senado, fueron recibidos Mutines y otros que habían prestado un buen servicio a Roma, y las promesas hechas por el cónsul les fueron cumplidas por medio de honores y recompensas. La Asamblea aprobó una resolución, sancionada por el Senado, confriendo la plena ciudadanía romana a Mutines. Marco Valerio, por su parte, después de haber llegado a las costas africanas con sus cincuenta naves, antes del amanecer, hizo un repentino desembarco contra el territorio de Útica. Ampliando sus correrías a lo largo y ancho, consiguió botín de todo tpo, incluyendo gran número de cautivos. Con estos despojos regresó a sus barcos y navegaron de regreso a Sicilia, entrando en el puerto de Lilibeo al decimotercer día de su partda. Los prisioneros fueron sometidos a un minucioso interrogatorio y se enviaron a Levino las siguientes informaciones, para que pudiera comprender la situación en África: En Cartago estaban cinco mil númidas con Masinisa, el hijo de Gala, hombre joven, emprendedor y de gran energía; otras fuerzas mercenarias habían sido alistadas por toda África para enviarlas a Hispania y reforzar a Asdrúbal, de manera que pudiera tener un ejército tan grande como fuese posible y cruzar hasta Italia para unirse con su hermano, Aníbal. Los cartagineses estaban convencidos de que con la adopción de este plan se aseguraban la victoria. Además de estos preparativos, se estaba alistando una flota inmensa para recuperar Sicilia, esperándose que apareciese por la isla en poco tiempo.

El cónsul comunicó esta información al Senado, y quedaron tan impresionados por su importancia que pensaban que el cónsul no debía esperar a las elecciones, sino regresar de inmediato a su provincia tras nombrar un dictador que presidiera las elecciones. Las cosas se retrasaron un tanto a causa del debate que siguió. El cónsul dijo que, cuando llegase a Sicilia, nombraría a Marco Valerio Mesala, que estaba por entonces al mando de la flota, como dictador; los senadores, por su parte, afrmaban que nadie que estuviese más allá de las fronteras de Italia podía ser nombrado dictador; Marco Lucrecio, uno de los tribunos de la plebe, sometó este punto a discusión y el Senado emitó un decreto por el que se requería al cónsul para que, antes de su partida de la Ciudad, presentara la cuestón ante el pueblo de a quién deseaban nombrar dictador y que luego nombrase a quien el pueblo hubiera elegido. Si el cónsul se negaba a hacer esto, entonces debería presentar la cuestón el pretor, y si se negaba, entonces los tribunos lo presentarían ante el pueblo. Como el cónsul rechazo someter al pueblo lo que era uno de sus propios derechos, y el pretor se había inhibido igualmente de hacerlo, recayó en los tribunos presentar la cuestón, y el pueblo resolvió que Quinto Fulvio, que estaba por entonces en Capua, debía ser el designado. Pero, el día antes de que la Asamblea se reuniera, el cónsul partió en secreto por la noche hacia Sicilia, y el Senado, dejado así en la estacada, ordenó que se enviase una carta a Marcelo, urgiéndole a venir en auxilio de la república a la que su colega había abandonado, y nombrase a la persona a quien el pueblo había resuelto tener como dictador. Así pues, Quinto Fulvio fue nombrado dictador por el cónsul Marco Claudio, y por la misma resolución del pueblo, Publio Licinio Craso, el pontífice Máximo, fue nombrado por Quinto Fulvio como su jefe de la caballería -210 a.C.-.


[27,6] Al llegar el Dictador a Roma, envió a Cayo Sempronio Bleso, que había sido su segundo al mando en Capua, con el ejército en Etruria, para relevar a Cayo Calpurnio, a quien había enviado órdenes escritas para que se hiciera cargo del mando de su propio ejército en Capua. Fijó la fecha más temprana posible para las elecciones, pero no pudieron quedar cerradas debido a una diferencia entre los tribunos y el Dictador. A la centuria junior de la tribu Galeria le había tocado votar en primer lugar, habiéndose declarado por Quinto Fulvio y Quinto Fabio. Las restantes centurias, convocadas por su orden, habrían seguido el mismo camino de no haber intervenido dos de los tribunos de la plebe, Cayo Arrenio y su hermano Lucio. Dijeron que los derechos de sus conciudadanos estaban siendo infringidos al prorrogar el mandato de un magistrado, y que era una ofensa todavía mayor para el hombre que estaba dirigiendo las elecciones el permitr que lo eligieran a él mismo. Por lo tanto, si el dictador aceptaba votos para sí, debían interponer su veto al proceso, pero no lo harían si se daban nombres distintos del suyo. El dictador defendió el procedimiento alegando como precedentes la autoridad del Senado y una resolución de la Asamblea. "Cuando Cneo Servilio -dijo-era cónsul, y habiendo caído el otro cónsul en combate en el lago Trasimeno, esta cuestón fue remitida por la autoridad del Senado al pueblo, y este aprobó una resolución por la que, mientras hubiese guerra en Italia, el pueblo tenía el derecho de nombrar nuevos cónsules, y a quienes hubiesen sido cónsules, con la frecuencia que quisiera. Tengo un antiguo precedente de mi actuación en este caso en el ejemplo de Lucio Postumio Megelo, que fue elegido cónsul junto con Cayo Junio Bubulco en las mismas elecciones que presidía como interrex; y una más reciente en el caso de Quinto Fabio Máximo, que ciertamente nunca habría permitido que a él mismo se le reeligiera si no hubiera sido en interés del Estado".

Siguió una larga discusión y se llegó fnalmente a un acuerdo entre el Dictador y los tribunos, que se sometería al dictamen del Senado. En vista de la crítica situación de la república, el Senado consideró que la dirección de los asuntos debía estar en manos de un hombre mayor y con experiencia bélica, y que no debiera haber ningún retraso en las elecciones. Los tribunos cedieron y las elecciones se celebraron. Q. Fabio Máximo salió cónsul, por quinta vez, y Quinto Fulvio Flaco por cuarta vez. Siguió la elección de los pretores, siendo los candidatos: Lucio Veturio Filón, Tito Quincio Crispino, Cayo Hostlio Túbulo y Cayo Aurunculeyo. En cuanto fueron nombrados los magistrados del año siguiente, Quinto Fulvio renunció a su cargo. Al fnal de este verano, una flota cartaginesa de cuarenta barcos bajo el mando de Amílcar navegó hasta Cerdeña y devastó el territorio de Olbia. Ante la aparición del pretor Publio Manlio Volso con su ejército, navegaron hacia el otro lado de la isla y devastaron los campos calaritanos [de Cagliari, la antigua Calares.-N. del T.], tras lo que volvieron a África con toda clase de botín. Varios sacerdotes romanos murieron este año y se nombró otros en su lugar. Cayo Servilio fue nombrado pontífice en lugar de Tito Otacilio Craso. Tiberio Sempronio Longo, hijo de Tiberio, fue designado augur en lugar de Tito Otacilio Craso; Tiberio Sempronio Longo, hijo de Tiberio, fue igualmente nombrado decenviro de los Libros Sagrados en puesto de Tiberio Sempronio Longo, hijo de Tiberio. También tuvieron lugar las muertes de Marco Marcio, el Rex Sacrorum, y de Marco Emilio Papo, el Curio Máximo; estas vacantes no fueron cubiertas durante aquel año [el Rex Sacrorum era el encargado de oficiar los sacrificios que originariamente eran incumbencia de los reyes de Roma; el Curio Máximo presidía la antigua organización ciudadana de las Curias.-N. del T.] . Los censores nombrados este año fueron Lucio Veturio Filón y Publio Licinio Craso, el pontífice Máximo. Licinio Craso no había sido cónsul ni pretor antes de ser nombrado censor, sino que pasó directamente de la edilidad a la censura. Estos censores, sin embargo, no revisaron la lista de senadores, ni tampoco llevaron a cabo ninguna otra actividad pública; la muerte de Lucio Veturio puso fin a la censura, pues Licinio renunció inmediatamente al cargo.
Los ediles curules, Lucio Veturio y Publio Licinio Varo, celebraron los Juegos Romanos durante un día. Los ediles plebeyos, Quinto Cacio y Lucio Porcio Licinio, dedicaron el dinero procedente de las multas a la fundición de estatuas de bronce para el templo de Ceres; también celebraron los Juegos Plebeyos con gran esplendor, considerando los recursos disponibles en aquel momento.

[27,7] Al cierre del año llegó a Roma Cayo Lelio, treinta y cuatro días después de salir de Tarragona [El año terminaba al comienzo de la primavera, ver 26.41.-N. del T.] . Su entrada en la ciudad con el grupo de prisioneros fue contemplada por una gran multitud de espectadores. Al día siguiente compareció ante el Senado e informó de que Cartagena, la capital de Hispania, había sido capturada en un solo día, así como que varias ciudades rebeldes se habían recuperado y se habían recibido otras en alianza. La información obtenida de los prisioneros coincidió con la transmitda por los despachos de Marco Valerio Mesala. Lo que produjo mayor impresión en el Senado fue la amenazante marcha de Asdrúbal a Italia, que apenas podía mantenerse firme contra Aníbal y su ejército. Cuando Lelio fue llevado ante la Asamblea, reiteró las declaraciones ya realizadas en el Senado. Se decretó un día para una solemne acción de gracias por las victorias de Publio Escipión, y se ordenó a Cayo Lelio que volviera tan pronto como pudiera a Hispania con los barcos que había traído. Siguiendo a muchos autores, he referido la captura de Cartagena durante este año, aunque soy bien consciente de que otros la sitúan al año siguiente. Sin embargo, esto parece improbable, pues Escipión no podría haber pasado todo un año en Hispania sin hacer nada. Los nuevos cónsules entraron en funciones el 15 de marzo -209 a.C.-, y el mismo día el Senado les asignó sus provincias. Ambos ostentarían mandos en Italia; Tarento sería el objetivo de Fabio, mientras que Fulvio habría de operar en la Lucania y el Brucio. Marco Claudio Marcelo vería extendido su mando otro año y los pretores sortearon sus provincias: Cayo Hostlio Túbulo obtuvo la pretura urbana; Lucio Veturio Filón, la pretura peregrina junto con la Galia; Capua correspondió a Tito Quincio Crispino y Cerdeña a Cayo Aurunculeyo. La distribución de los ejércitos quedó como sigue: Las dos legiones que Marco Valerio Levino tenía en Sicilia fueron asignadas a Fulvio; las que Cayo Calpurnio había mandado en Etruria fueron transferidas a Quinto Fabio; Cayo Calpurnio permanecería en Etruria y las fuerzas urbanas quedarían bajo su mando; Tito Quincio mandaría el ejército que había tenido Quinto Fulvio; Cayo Hostlio se haría cargo de su provincia y del ejército del propretor Cayo Letorio, que estaba por entonces en Rímini [la antigua Ariminum.-N. del T.] Las legiones que habían servido con el cónsul fueron asignados a Marco Marcelo. Marco Valerio y Lucio Cincio vieron extendido su mando en Sicilia, y el ejército de Cannas fue puesto bajo su mando; se les ordenó que completaran sus plantllas con lo que quedaba de las legiones de Cneo Fulvio. Estas fueron reunidas y enviadas por los cónsules a Sicilia, donde fueron sometdas a las mismas condiciones humillantes que los derrotados de Cannas y que las del ejército del pretor Cneo Fulvio, que habían sido enviadas por el Senado a Sicilia como castgo por una huida similar. Las legiones con las que Publio Manlio Vulso había sostenido Cerdeña fueron puestas bajo Cayo Aurunculeyo y permanecieron en la isla. Publio Sulpicio retuvo su mando por un año más, con instrucciones de emplear la misma legión y la misma flota que había tenido anteriormente contra Macedonia. Se emiteron órdenes para enviar treinta quinquerremes desde Sicilia al cónsul en Tarento, el resto de la flota navegaría a África y devastaría la costa bajo el mando de Marco Valerio Levino o, si él no pudiera ir, que enviase a Lucio Cincio o a Marco Valerio Mesala. No hubo cambios en Hispania, salvo que Escipión y Silano vieron extendidos sus mandos, pero no por un año, sino hasta el momento en que les reclamase el Senado. Tal fue la distribución de las provincias y los mandos militares para el año.

[27,8] Mientras la atención pública estaba centrada en asuntos más importantes, una antigua controversia fue reavivada con ocasión de la elección del Curio Máximo en susttución de Marco Emilio.

Había un candidato, un plebeyo llamado Cayo Mamilio Atelo, y los patricios sostenían que no se debía contabilizar ningún voto en su favor, pues nunca nadie, más que un patricio, había ostentado aquella dignidad. Los tribunos, al ser requeridos, remiteron el asunto al Senado y este lo dejó a la decisión del pueblo. En consecuencia, Cayo Mamilio Atelo fue el primer plebeyo en ser elegido Curio Máximo. Publio Licinio, el pontífice Máximo, obligó a Cayo Valerio Flaco a ser consagrado, en contra de su voluntad, famen dial [sacerdote de Júpiter.-N. del T.]. Cayo Letorio fue nombrado como uno de los decenviros de los libros sagrados, en lugar de Quinto Mucio Escévola, fallecido. Habría yo preferido guardar silencio sobre la causa de su forzosa consagración, si su mala reputación no hubiese devenido en buena por tal motivo. Fue a consecuencia de su vida disoluta y descuidada por lo que este joven, que se había distanciado de su propio hermano Lucio y de sus familiares, fue consagrado como famen por el pontífice Máximo. Cuando sus pensamientos estuvieron totalmente ocupados con el ejercicio de sus funciones sagradas, se despojó de su antiguo carácter tan completamente que, entre los jóvenes de Roma, ninguno ocupó un lugar más alto en la estima y aprobación de los dirigentes patricios, fuesen amigos o extraños. Animado por este aprecio general, logró la sufciente confanza para revivir una costumbre que, debido al poco carácter de los anteriores fámines, hacía mucho que había caído en desuso y tomó su asiento en el Senado. Al tratar de entrar, el pretor Lucio Licinio lo expulsó. Él reclamó aquel antiguo privilegio de los sacerdotes, pidiendo que se le confera junto con la toga pretexta y la silla curul, como famen que era. El pretor rehusó considerar el asunto basándose en precedentes obsoletos procedentes de los analistas y apeló al uso reciente. Ningún famen dial, arguyó, había ejercido aquel derecho desde que tenían memoria sus padres o abuelos. Los tribunos, cuando se les requirió, dieron su opinión de que, habiendo caído en desuso aquella práctica por la indolencia y dejadez de fámines individuales, no se podía privar de sus derechos al sacerdocio. Condujeron al famen al interior de la Curia entre la calurosa aprobación de la misma y sin ningún tipo de oposición, ni siquiera del pretor, pues todos pensaban que Flaco se había ganado su asiento más por la pureza e integridad de su vida que por cualesquiera derechos inherentes a su cargo.

Antes que los cónsules partieran hacia sus provincias, alistaron dos legiones en la Ciudad para proveer los soldados que precisaban los ejércitos. El antiguo ejército urbano fue puesto por el cónsul Fulvio bajo el mando de su hermano Cayo para que sirviera en Etruria, las legiones que estaban allí serían enviadas a Roma. El cónsul Fabio ordenó a su hijo Quinto que llevase a Marco Valerio, el procónsul en Sicilia, el resto, a medida que los reuniese, del ejército de Fulvio. Ascendieron a cuatro mil trescientos cuarenta y cuatro hombres. Al mismo tiempo, debía recibir del procónsul dos legiones y treinta quinquerremes. La retirada de estas legiones de la isla no debilitaría la fuerza de ocupación en número o efcacia, porque además de las dos legiones veteranas que habían sido ahora reforzadas hasta su dotación completa, el procónsul disponía de un numeroso cuerpo de desertores númidas, montados y desmontados, y había alistado también a aquellos sicilianos que habían servido con Epícides y los cartagineses y que eran soldados experimentados. Mediante el fortalecimiento de cada una de las legiones romanas con estos auxiliares extranjeros, les dio la apariencia de dos ejércitos completos. A uno de estos lo puso bajo Lucio Cincio, para proteger aquella parte de la isla que había consttuido el reino de Hierón; a la otra la mantuvo bajo su propio mando, para la defensa del resto de Sicilia. También distribuyó su flota de setenta barcos, a fin de que pudiera defender toda la costa de la isla. Escoltado por la caballería de Mutines, hizo un recorrido por la isla con el fin de inspeccionar el terreno y anotar qué partes eran cultivadas y cuáles no, felicitando o reprendiendo en consecuencia a los dueños. Debido a su cuidado y atención, hubo tan gran cosecha de grano que fue capaz de enviar a Roma y acumular, además, en Catania para proporcionar suministros al ejército que debía pasar el verano en Tarento.

[27,9] La deportación de los soldados a Sicilia, la mayoría de los cuales pertenecían a los latinos y otras naciones aliadas, estuvo a punto de provocar un levantamiento; hasta tal punto, con frecuencia, tan pequeños motivos provocan tan graves consecuencias. Se celebraron reuniones entre los latinos y las comunidades aliadas en las que se quejaron sonoramente de que durante diez años habían sido sangrados con levas e impuestos de guerra; habían combatido cada año solo para sufrir una gran derrota, y a los que no morían en batalla se los llevaba la enfermedad. Un compatriota que fuese reclutado por los romanos era mayor pérdida para ellos que el que hubiera sido hecho prisioneros por los cartagineses, pues este último era enviado de vuelta a su casa sin rescate mientras que al primero se le mandaba fuera de Italia, en lo que era más un exilio que no un servicio militar. Allí, los hombres que habían combatido en Cannas llevaban gastados ocho años de sus vidas, y allí podrían morir antes de que el enemigo, que nunca había sido más fuerte de lo que era hoy, abandonara suelo italiano. Si los viejos soldados no iban a volver, y siempre se estaba alistando otros nuevos, pronto no quedaría nadie. Se verían obligados, por lo tanto, antes de llegar al último extremo de despoblación y hambre, a negar a Roma lo que las necesidades de su situación pronto harían imposible de conceder. Si los romanos vieran que esta era la decisión unánime de sus aliados, seguramente empezará a pensar en hacer la paz con Cartago. De lo contrario, Italia nunca se vería libre de la guerra mientras Aníbal estuviese vivo. Tal fue el tono general de las reuniones. Había por aquel entonces treinta colonias pertenecientes a Roma. Doce de ellas anunciaron a los cónsules, a través de sus representantes en Roma, que no tenían medios con los que proporcionar hombres ni dinero. Las colonias en cuestón eran Ardea, Nepi, Sutri, Alba, Carseoli, Suessa, Cercei, Sezze, Calvi Risorta, Narni, Interamna Sucasina.

Los cónsules, sorprendidos por esta medida sin precedentes, quisieron amedrentarlos de seguir tan detestable acttud, pensando que tendrían más éxito mediante la infexible temeridad que con la adopción de métodos más suaves. "Vosotros, colonos", dijeron, "habéis osado dirigir a nosotros, los cónsules, un lenguaje que no podemos permitrnos repetr abiertamente en el Senado, pues no es un simple rechazo de las obligaciones militares, se trata de una rebelión abierta contra Roma. Debéis regresar inmediatamente a vuestras colonias, cuando todavía vuestra traición está limitada a las palabras, y consultar con vuestro pueblo. No sois campanos ni tarantinos, sino romanos; surgisteis de Roma y desde Roma habéis asentado colonias en tierras capturadas al enemigo para así aumentar sus dominios. Cuanto los hijos deben a los padres, vosotros debéis a Roma, si es que aún os queda un sentimiento flial o amor por ella y recuerdo de la madre patria. Así que debéis reanudar vuestras deliberaciones, pues lo que ahora contempláis tan irresponsablemente signifca la traición a la soberanía de Roma y rendir la victoria en manos de Aníbal". Tales fueron los argumentos que cada uno de los cónsules presentó extensamente, pero sin producir impresión alguna. Los enviados dijeron que no tenían respuesta que llevar a casa, ni exista otra política que tuviera que considerar su senado, al no quedar ni un hombre disponible para alistar ni dinero para su paga. Al ver los cónsules que su determinación era inquebrantable, llevaron el asunto ante el Senado. Aquí se produjo tal consternación y general alarma, que la mayoría de los senadores declaró que el Imperio estaba condenado al fracaso, otras colonias tomarían el mismo, así como también los aliados; todos habían acordado conjuntamente traicionar la ciudad de Roma a Aníbal.

[27.10] Los cónsules hablaron al Senado con términos tranquilizadores. Declararon que las otras colonias permanecían tan leales y obedientes como siempre, y que incluso las colonias que se habían olvidado de su deber aprenderían a respetar el imperio si se les enviaban representantes del gobierno con palabras de amonestación, que no de súplica. El Senado dejó que los cónsules tomasen las medidas que considerasen mejores para los intereses del Estado. Después de sondear el sentir de las restantes colonias, convocaron a sus delegados a Roma y les preguntaron si tenían soldados dispuestos, de acuerdo con los términos de su consttución. Marco Sextlio, de Fregellas, actuando como portavoz de las dieciocho colonias [las que no se habían rebelado.-N. del T.], respondió que el número estpulado de soldados estaba listo para el servicio, que proporcionarían más si se necesitaban y que harían todo lo posible para llevar a cabo los deseos y órdenes del pueblo romano. No tenían insufciencia de recursos y poseían una cantidad más que sufciente de lealtad y buena disposición. Los cónsules les dijeron en respuesta que sentían no poder alabar su conducta como merecían, a menos que la insttución del Senado se lo agradeciera, y por esto les pidieron que les siguieran a la Curia. El Senado aprobó una resolución, que les fue leída, redactada en los términos más elogiosos y corteses. Se encargó a los cónsules que los presentaran ante la Asamblea y que, entre todos los restantes espléndidos servicios que les habían prestado a ellos y a sus antepasados, hicieran mención especial de esta nueva obligación que habían añadido a la República. A pesar de haber pasado tantas generaciones, no se debe omitr su nombre ni retener sus merecidas alabanzas. Segni, Norba, Satcula, Fregellas, Lucera, Venosa, Brindisi, Atri, Firmo y Rímini; en el mar Tirreno: Ponza, Pesto y Cosa; y las colonias del interior: Benevento, Isernia y Spoleto, Plasencia y Cremona [las antiguas Signia, Norba, Saticula, Fregellae, Lucerium, Venusia, Brindis, Hadria, Formae, Ariminum, Pontia, Paestum, Cosa, Benevento, Aesernum, Spoletum, Placentia y Cremona.-N. del T.]. Tales fueron las colonias con cuya ayuda y socorro se confrmó el dominio de Roma; estas fueron a quienes públicamente dieron las gracias el Senado y la Asamblea. El Senado prohibió toda mención de las restantes colonias que se habían mostrado infeles para con el imperio; los cónsules debían ignorar a sus representantes, ni se les retendría, ni se les despediría ni se dirigirían a ellos, dejándolos en absoluta soledad. Ciertamente, este silencioso reproche pareció lo más acorde con la dignidad del pueblo de Roma. Los restantes preparativos de la guerra ocuparon entonces la atención de los cónsules. Se decidió entregar a los cónsules el "oro vigesimario", que se mantenía oculto en el tesoro como reserva para casos de extrema urgencia [quien manumita a un esclavo debía pagar al tesoro el cinco por ciento, la vigésima parte, de su valor.-N. del T.] . Se sacaron cuatro mil libras de oro [1308 kilos.-N. del T.]. De estas, quinientas cincuenta libras se entregaron a cada uno de los cónsules y a los procónsules Marco Marcelo y Publio Sulpicio. Se entregó una cantidad similar a Lucio Veturio, a quien había correspondido la provincia de la Galia, y se puso un subsidio especial de cien libras en manos del cónsul Fabio, para ser llevado a la ciudadela de Tarento. El resto se empleó en la compra, mediante efectivo y a precios de mercado, de vestuario para el ejército de Hispania, cuyas victoriosas acciones agrandaban su propia fama y la de sus generales.

[27,11] Además, se decidió que antes de que los cónsules abandonasen la Ciudad se debían expiar determinados portentos. Varios lugares habían sido alcanzados por un rayo: la estatua de Júpiter en el Monte Albano y un árbol cerca de su templo, un bosque en Osta, la muralla de la ciudad y el templo de la Fortuna en Capua y la muralla y una de las puertas en Mondragone. Algunas personas afrmaron que había fluido sangre en el agua en el lago Albano y que en el santuario del templo de Fors Fortuna, en Roma, se había caído por sí misma una estatuilla de la diadema de la diosa en su mano. Se creía con seguridad que en Priverno [la antigua Privernum.-N. del T.] había hablado un buey y que un buitre había descendido sobre una tenda en el foro lleno de gente. En Mondragón se dijo que había nacido un niño de sexo dudoso, esos que se suelen llamar andróginos -palabra, como otras muchas, tomadas del griego, idioma que admite las palabras compuestas-, también se informó de que había llovido leche y que había nacido un niño con cabeza de elefante. Estos portentos fueron expiados mediante el sacrifcio de víctimas mayores, designándose un día para rogativas especiales en todos los santuarios y una plegaria de expiación en un solo día. Además, se decretó que el pretor Cayo Hostlio debía ofrecer y celebrar los Juegos de Apolo, en estricta conformidad con la práctica de los últimos años. Durante este intervalo, el cónsul Quinto Fulvio convocó la Asamblea para elegir a los censores. Dos hombres fueron elegidos, ninguno de los cuales había alcanzado la dignidad de cónsul: Marco Cornelio Cétego y Publio Sempronio Tuditano. La plebe adoptó una medida, sancionada por el Senado, autorizando a estos censores a permitr que el territorio de Capua fuese arrendado a ocupantes individuales. Se retrasó la revisión de la lista del Senado por diferencias entre ellos en cuanto a quién debía ser elegido como príncipe del Senado [el princeps senatus, figura legal republicana que aprovecharía posteriormente Octavio Augusto, poseía el privilegio de hablar en primer lugar durante las deliberaciones, tras el magistrado convocante de la Curia, solía ser el censor patricio más veterano y era, por lo general, hombre de la mayor autoridad moral.-N. del T.]. La elección había recaído sobre Sempronio; Cornelio, sin embargo, insistó en que se debía seguir la costumbre tradicional según la cual el hombre que hubiera sido el primero de sus contemporáneos en vivir hasta ser nombrado censor debía ser siempre elegido como príncipe del Senado, quien en este caso resultaba ser Tito Manlio Torcuato. Sempronio respondió que los dioses, que le habían conferido el derecho de elegir, también le habían otorgado el derecho de hacerlo libremente; así pues, actuaría a su propio arbitrio y elegía a Quinto Fabio Máximo, el hombre al que declaraba el más importante de todos los romanos, afrmación que podría demostrar ante el propio Aníbal. Tras una larga argumentación, su colega cedió y Sempronio eligió a Quinto Fabio Máximo como Príncipe del Senado. Se procedió entonces a la revisión de la lista, de la que se quitaron ocho nombres entre los que estaba en el Marco Cecilio Metelo, el autor de la infame propuesta de abandonar Italia después de Cannas. Por la misma razón, algunos fueron eliminados del orden ecuestre, pero hubo muy pocos sobre los que recayera tal mancha de vergüenza. Todos los que habían pertenecido a la caballería de las legiones de Cannas, y que estuvieran en Italia por aquel entonces -había un número considerable de estos-, fueron privados de sus caballos. Este castgo se hizo aún más pesado al extender su servicio militar obligatorio. No se contarían los años que habían servido con los caballos proporcionados por el Estado, tendrían que servir diez años a partir de esa fecha con sus propios caballos. Se descubrió gran cantidad de hombres que debían haber servidor, y a cuantos de ellos hubieran alcanzado la edad de diecisiete años al comienzo de la guerra, sin haber prestado servicio alguno, se les degradó a erarios [eran ciudadanos que pagaban impuestos pero no podían votar.-N. del T.]. A continuación, los censores frmaron los contratos para la reconstrucción de los lugares alrededor del Foro que habían sido destruidos por el fuego; estos comprendían siete tiendas, el mercado de pescado y el atrio de las Vestales.

[27.12] Después de despachar sus asuntos en Roma, los cónsules partieron a la guerra. Fulvio fue el primero en marchar y se adelantó hasta Capua. Después de unos días le siguió Fabio y, en una entrevista personal con su colega, le instó enérgicamente, como había hecho con Marcelo por carta, para que hiciera cuanto le fuera posible para mantener a Aníbal a la defensiva mientras él mismo atacaba Tarento. Señaló que el enemigo había sido ya rechazado de todas partes, y que si se le privaba de aquella ciudad no quedaría posición en la que se pudiera sostener ni lugar seguro al que retrarse, no quedaría ya nada en Italia que le sostuviera. También envió un mensaje al comandante de la guarnición que Levino había situado en Reggio, como freno frente a los brucios. Era esta una fuerza de ocho mil hombres, procedentes la mayoría, como hemos dicho, de Agathyrna en Sicilia, acostumbrados todos a vivir de la rapiña; su número se había incrementado con los desertores del Brucio, que se mostraban igualados en su imprudencia y su gusto por aventuras desesperadas. Fabio ordenó al comandante que llevase estas fuerzas al Brucio y asolase el país, atacando luego la ciudad de Caulonia. Ejecutaron sus órdenes con presteza y entusiasmo, y después de saquear y dispersar a los campesinos, lanzaron un furioso ataque contra la ciudadela. La carta del cónsul y su propia convicción de que ningún general romano, excepto él, estaba a la altura de Aníbal, lanzaron a Marcelo a la acción. Tan pronto como hubo hecho acopio del forraje de los campos, levantó sus cuarteles de invierno y se enfrentó a Aníbal en Canosa di Puglia [la antigua Canusium.-N. del T.]. El cartaginés estaba intentando inducir a los canusios a rebelarse pero se alejó al enterarse de la aproximación de Marcelo. Como era campo abierto, sin presentar cobertura para una emboscada, empezó a retrarse a una zona más boscosa. Marcelo le siguió pisándole los talones, estableció su campamento cerca del de Aníbal y en el momento en que hubo terminado sus fortifcaciones condujo sus legiones a la batalla. Aníbal no veía la necesidad de correr el riesgo de una batalla campal y mandó destacamentos de caballería y honderos para escaramucear. Fue arrastrado, sin embargo, a la batalla que había tratado de evitar porque, después de haber estado marchando toda la noche, Marcelo le alcanzó en terreno llano y abierto, impidiéndole fortifcar su campamento mediante el ataque a todas sus partdas de fortifcación. Siguió una enconada batalla en la que se enfrentaron todas las fuerzas de ambos ejércitos, separándose igualados al caer la noche. Ambos campamentos, separados por sólo un pequeño intervalo, se fortifcaron a toda prisa antes de que oscureciera. Tan pronto como empezó a clarear el amanecer, Marcelo marchó con sus hombres al campo y Aníbal aceptó el reto. Habló para animar a sus hombres, pidiéndoles que recordasen el Trasimeno y Cannas, que domesticasen la insolencia de su enemigo que no cesaba de presionarles y pisarles los talones, impidiéndoles fortifcar su campamento y sin darles respiro ni tiempo para mirar a su alrededor. Día tras día, dos cosas veían sus ojos al mismo tiempo: la salida del Sol y la línea de combate romana en la llanura. Si el enemigo se retiraba con graves pérdidas tras una batalla, él podría conducir sus acciones son más tranquilidad y consejo. Animados por las palabras de su general y exasperados por el modo desafante con que el enemigo se provocaba e incitaba, dieron comienzo a la batalla con gran ánimo. Después de más de dos horas de combate, el contingente aliado en el ala derecha romana, incluyendo a las levas especiales, empezó a ceder. En cuanto Marcelo vio esto, llevó al frente la décimo octava legión. Tardaron en llegar y, como los otros estaban vacilando y retrocediendo, al fnal toda la línea quedó paulatinamente desordenada y, fnalmente, derrotada. Perdido el miedo a la vergüenza, se dieron a la fuga. Dos mil setecientos romanos y aliados cayeron en la batalla y durante la persecución; entre ellos se encontraban cuatro centuriones y dos tribunos militares: Marco Licinio y Marco Helvio. Se perdieron cuatro estandartes en el ala que inició el combate y dos de la legión que acudió en su apoyo.

[27,13] Una vez en el campamento, Marcelo se dirigió con tan apasionada e incisiva reprobación a sus hombres que sufrieron más por las palabras de su enojado general que por la adversa lucha que habían sostenido durante todo el día. "Tal como están las cosas", dijo, "estoy devotamente agradecido a los dioses porque el enemigo no haya atacado el campamento mientras con vuestro pánico corríais atravesando las puertas y saltando la empalizada; es seguro que habríais abandonado vuestro campamento con el mismo terror salvaje con que habéis abandonado el campo de batalla. ¿Qué signifca este pánico, este terror? ¿Qué os ha pasado de repente para que olvidéis quiénes sois y contra quiénes lucháis? Son estos, sin duda, los mismos enemigos a los os que estuvisteis derrotando y persiguiendo el pasado verano, a los que habéis estado siguiendo tan de cerca los últimos días mientras huían de vosotros noche y día, a los que habéis acosado en escaramuzas y a los que hasta ayer habíais impedido avanzar o acampar. Paso por alto los sucesos por los que os podáis vanagloriar, sólo voy a mencionar una circunstancia que os debería llenar de vergüenza y remordimientos. Ayer por la noche, como sabéis, os retrasteis del campo de batalla en igualdad con el enemigo. ¿Qué ha hecho cambiar la situación durante la noche o durante el día? ¿Se han debilitado vuestras fuerzas o fortalecido las de ellos? En verdad que no me parece estar hablando a mi ejército, o a soldados romanos; parecéis solo sus cuerpos y armas. ¿Os creéis que si hubieseis poseído el espíritu de los romanos, habría podido el enemigo ver vuestras espaldas o capturar un solo estandarte de cualquier manípulo o cohorte? Hasta ahora se enorgullecían de haber destrozado legiones romanas; vosotros habéis sido los primeros en concederles la gloria de haber puesto en fuga un ejército romano".

Se levantó entonces un clamor general de súplica; los hombres le pidieron que los perdonase por su acción de aquel día y que pusiera a prueba el valor de sus hombres cuándo y dónde quisiera. "Muy bien, soldados", les dijo, "lo probaré y os llevaré a la batalla mañana, para que os podáis ganar el perdón que solicitáis como vencedores en vez de como vencidos". Ordenó que a las cohortes que habían perdido sus estandartes se les entregasen raciones de cebada y que los centuriones de los manípulos cuyos estandartes se habían perdido permanecieran alejados de sus compañeros, ligeros de vestimenta y con sus espadas desenvainadas. Ordenó también que todas las tropas, montadas y desmontadas, formaran armadas al día siguiente. Luego los despidió, y todos reconocían que habían sido justa y merecidamente censurados y que en todo el ejército no había ninguno, a excepción de su comandante, que hubiera demostrado aquel día ser un hombre. Se sentían obligados a darle una satsfacción, fuera con su muerte

o con una brillante victoria. A la mañana siguiente comparecieron equipados y armados según sus órdenes. El general expresó su aprobación y anunció que los que habían sido los primeros en huir y las cohortes que habían perdido sus normas se colocarían en la vanguardia de la batalla. Llegó a decir que todos debían luchar y vencer, y que debían, todos y cada uno, hacer todo lo posible para evitar que el rumor de la huida de ayer alcanzase Roma antes que la noticia de la victoria de aquel día. Se les ordenó entonces alimentarse, para que pudiesen aguantar en caso de que la lucha se prolongase. Después que se hubiera dicho y hecho todo lo preciso para levantar su valor, marcharon a la batalla.

[27,14] Cuando se informó de todo esto a Aníbal, comentó, "¡Evidentemente, nos enfrentamos a un enemigo que no puede soportar su suerte, sea buena o mala! Si sale victorioso persigue a los vencidos en una búsqueda feroz, y si es derrotado renueva el combate con sus vencedores". Entonces, ordenó que tocaran la señal de avance y condujo a sus hombres hasta el campo de batalla. La lucha fue mucho más reñida que el día anterior; los cartagineses hicieron todo lo posible para mantener el prestgio que habían ganado, los romanos estaban igualmente decididos a borrar la vergüenza de su derrota. Los contingentes que habían formado el ala izquierda romana y las cohortes que habían perdido sus estandartes estaban luchando en vanguardia, con la vigésima legión a su derecha. Lucio Cornelio Léntulo y Cayo Claudio Nerón mandaban las alas; Marcelo permaneció en el centro para animar a sus hombres y comprobar cómo se comportaban en la batalla. La primera línea de Aníbal consista en sus tropas hispanas, la for de su ejército. Después de una larga e indecisa lucha, ordenó que se llevaran los elefantes hasta la línea de combate, con la esperanza de que pudieran provocar confusión y pánico entre el enemigo. Al principio desordenaron las primeras filas, pisoteando alguno bajo sus pies y dispersando a los que estaban alrededor muy alarmados. Uno de los flancos quedó así expuesto, y la derrota se habría extendido de no haber Cayo Decimio Favo, uno de los tribunos militares, arrebatado el estandarte del primer manípulo de asteros y haberlos llamado a seguirle. Los llevó hasta donde los animales trotaban cerca unos de otros y provocaban el mayor tumulto, y dijo a sus hombres que lanzaran sus pilos contra ellos. Debido a la corta distancia y el gran blanco presentado por los animales, hacinados como estaban, cada pilo alcanzó su objetivo. No todos fueron alcanzados, pero aquellos en cuyos flancos se hincaban las jabalinas huían y arrastraban instintivamente con ellos a los ilesos. No sólo los hombres que los atacaron primero, sino todo soldado que los tuviera a su alcance le lanzaba su pilo conforme galopaban de vuelta a las líneas cartaginesas, donde provocaron aún más destrucción que la que causaron a su enemigo. Se lanzaban con más imprudencia y hacían un daño mucho mayor al ser dirigidos por el miedo que al ser manejados por sus conductores que van sentados encima. Los estandartes romanos avanzaban de inmediato allí donde se quebraban las líneas, y el roto y desmoralizado enemigo fue puesto en fuga sin demasiada lucha. Marcelo envió su caballería tras los fugitivos, y no afojó la persecución hasta empujarlos con terrible pánico hasta su campamento. Para aumentar más su confusión y terror, dos de los elefantes habían caído y bloqueaban la puerta del campamento, por lo que los hombres tuvieron que abrirse paso dentro de su campamento sobre el foso y la empalizada. Fue aquí donde sufrieron las mayores pérdidas: murieron ocho mil hombres y cinco elefantes. La victoria no fue más que una sangría para los romanos; de las dos legiones, murieron unos mil setecientos hombres y mil trescientos de los contingentes aliados; además, hubo gran número de heridos en ambos grupos. La siguiente noche, Aníbal abandonó su campamento. Marcelo, aunque ansioso por seguirlo, no pudo hacerlo debido a la enorme cantidad de heridos. Las partdas de reconocimiento, que se enviaron para vigilar sus movimientos, informaron de que había tomado la dirección del Brucio.

[27,15] Por aquel tiempo, los hirpinos, los lucanos y los vulcientes [de la actual Buccino.-N. del T.] se rindieron al cónsul Quinto Fulvio, entregando las guarniciones que Aníbal había situado en sus ciudades. Aquel aceptó su rendición con clemencia, limitándose a reprocharles el error cometido en el pasado. Los brucios fueron inducidos a esperar que se les podría mostrar una indulgencia similar y enviaron dos hombres del más alto rango entre ellos, Vivio y su hermano Pacio, para solicitar condiciones de rendición favorables. El cónsul Quinto Fabio tomó al asalto la ciudad de Manduria, en el país de los salentinos [en el "tacón" de la bota que semeja Italia.-N. del T.], capturando tres mil prisioneros y una considerable cantidad de botín. Desde allí marchó a Tarento y fjó su campamento en la misma boca del puerto. Cargó con las máquinas e ingenios necesarios para batr las murallas algunos de los barcos que Levino había conservado con el propósito de mantener abiertas sus líneas de abastecimiento; empleó otros para transportar artillería y provisión de proyectiles de toda clase. Sólo hizo uso de los transportes que fueran impulsadas por remos, de manera que, mientras algunas tropas acercaban sus ingenios y escalas de asalto a las murallas, otras pudiesen rechazar a los defensores de los muros atacándoles a distancia desde los barcos. Estos barcos fueron equipados de tal modo que eran capaces de atacar la ciudad desde mar abierto sin interferencia del enemigo, pues la flota cartaginesa había navegado hasta Corfú para ayudar a Filipo en su campaña contra los etolios. La fuerza que asediaba Caulonia, al enterarse de la aproximación de Aníbal y temiendo una sorpresa, se retraron a una posición sobre las colinas que les aseguraba contra cualquier ataque inmediato aunque no servía para nada más.

Mientras Fabio se encontraba sitando Tarento, un incidente de poca importancia en sí mismo le ayudó a conseguir una gran victoria. Aníbal había proporcionado a los tarentinos una guarnición de tropas brucias. El prefecto al mando de estas estaba profundamente enamorado de una mujer que tenía un hermano en el ejército de Fabio. Ella había escrito a su hermano para contarle la relación surgida entre ella y un extranjero rico y de alta posición entre sus compatriotas. El hermano albergó la esperanza de que, por mediación de su hermana, su amante pudiera ser convencido de cualquier extremo y comunicó sus pensamientos al cónsul. La idea no parecía en absoluto poco razonable, así que recibió instrucciones de cruzar las líneas y entrar en Tarento como si fuese un desertor. Después de ser presentado al prefecto por su hermana y establecer una relación amistosa con él, tanteó cautelosamente su disposición sin descubrir su auténtco objetivo. Cuando se sintó satsfecho en cuanto a la debilidad de su carácter, llamó a su hermana en su auxilio y por su persuasión y halagos logró convencer al hombre para traicionar la posición de la que estaba al mando. Cuando se hubo dispuesto el momento y el modo en que se ejecutaría el proyecto, se envió un soldado por la noche, desde la ciudad, para atravesar los puestos de vigilancia e informar al cónsul de lo que se había ejecutado y de los acuerdos establecidos.

En la primera guardia, Fabio dio la señal para actual a las tropas de la ciudadela y a las que guardaban el puerto, marchando después alrededor del puerto y tomando posiciones, sin ser observados, en la parte oriental de la ciudad. Luego ordenó que tocaran las trompetas al mismo tiempo en la ciudadela, el puerto y los barcos que habían sido llevados hasta mar abierto. El mayor griterío y alboroto fue intencionadamente provocado justo en aquellas zonas donde había menos peligro de un ataque. Por su parte, el cónsul mantuvo a sus hombres en completo silencio. Demócrates, que anteriormente había mandado la flota, resultó estar ahora a cargo de aquella zona de las defensas. Viendo que todo a su alrededor estaba tranquilo mientras, por el ruido y tumulto, la ciudad parecía haber sido capturada, temió permanecer en aquella posición por si el cónsul asaltaba la plaza e irrumpía por otra parte. Así pues, llevó sus hombres hasta la ciudadela, de donde procedía el griterío más alarmante. Por el tiempo transcurrido y el silencio que siguió a los gritos emocionados y las llamadas a las armas, Fabio juzgó que la guarnición se había retirado de esa parte de las fortifcaciones. En seguida ordenó que se llevasen las escalas a aquella zona de las murallas donde le informaron que montaba guardia el traidor brucio. Con su ayuda y complicidad, se capturó aquella parte de las fortifcaciones y los romanos se abrieron camino hacia la ciudad tras derribar la puerta más cercana, que permitó pasar al cuerpo principal de sus camaradas. Lanzando su grito de guerra irrumpieron en el foro, donde llegaron sobre el amanecer sin encontrar un solo enemigo armado. Todos los defensores, que luchaban en la ciudadela y el puerto, se combinaron para atacar a los romanos.

[27.16] El combate en el foro se inició con una impetuosidad que no se sostuvo. Los tarentinos no eran rivales para los romanos, ni en valor, ni en armas o entrenamiento militar ni en fuerza fsica o vigor. Lanzaron sus jabalinas y aquello fue todo; casi antes de que llegaran al cuerpo a cuerpo se dieron la vuelta y huyeron por las calles, buscando refugio en sus propios hogares y en las casas de sus amigos. Dos de sus líderes, Nico y Demócrates, cayeron luchando valientemente; Filomeno, que había sido el causante principal de la entrega de la ciudad a Aníbal, escapó rápidamente de la batalla y, aunque su caballo sin jinete fue reconocido poco después, sus cuerpo nunca fue hallado. Fue creencia general que fue arrojado de cabeza por su caballo en un poco sin protección. Cartalón, el prefecto de la guarnición, había depuesto las armas y se dirigía al cónsul para recordarle el antiguo lazo de hospitalidad entre sus padres cuando fue muerto por un soldado con el que se encontró. Se masacró indiscriminadamente tanto a quienes se encontraron con armas como a los que no; cartagineses y tarentinos corrieron la misma suerte. Muchos, aun entre los brucios, resultaron muertos en diferentes zonas de la ciudad, fuese por error o para satisfacer viejos odios aún en pie, o para suprimir cualquier rumor de su captura mediante traición, haciéndola aparecer como si hubiera sido tomada por asalto. Tras la carnicería siguió el saqueo de la ciudad. Se dice que se capturaron treinta mil esclavos junto con una enorme cantidad de plata, labrada y en monedas, y oro con un peso de ochenta y tres mil libras [27.141 kilos.-N. del T.], así como una colección de estatuas y pinturas casi igual a la que había adornado Siracusa. Fabio, sin embargo, mostró un espíritu más noble del que Marcelo había exhibido en Sicilia; mantuvo sus manos fuera de aquella clase de botín. Cuando su escriba le preguntó qué deseaba que se hiciera con algunas estatuas colosales -se trataba de deidades, cada una representada con su vestimenta adecuada y en actitud de combate-, ordenó que fuesen dejadas a los tarentinos que habían sentido su ira. La muralla que separaba la ciudad de la ciudadela fue demolida por completo.

Aníbal, mientras tanto, recibió la rendición de la fuerza que estaba asediando Caulonia. Tan pronto como se enteró de que Tarento estaba siendo atacada marchó apresuradamente a liberarla, caminando día y noche. Al recibir la noticia de su captura, comentó: "Los romanos también tienen su Aníbal; hemos perdido a Tarento por la misma práctica que la ganamos". Para evitar que su retirada pareciese una huida, acampó a una distancia de cinco millas [7400 metros.-N. del T.] de la ciudad y, tras permanecer allí durante unos días, cayó sobre Metaponto. Desde este lugar envió a dos metapontinos con una carta para Fabio, en Tarento. Estaba escrita por las autoridades civiles, y en ella se afrmaba que estaban dispuestos a rendir Metaponto y a su guarnición cartaginesa si el cónsul comprometa su palabra de que no habrían de sufrir por su conducta pasada. Fabio creyó que la carta era genuina y entregó a los portadores una respuesta dirigida a sus jefes, fjando la fecha de su llegada a Metaponto, que le fue entregada a Aníbal. Naturalmente, encantado de ver que incluso Fabio no era inmune a sus estratagemas, dispuso sus tropas en emboscada no lejos de Metaponto. Antes de salir de Tarento, Fabio consultó a los pollos sagrados, y en dos ocasiones le dieron un presagio desfavorable. También consultó a los dioses mediante un sacrifcio y, tras haber inspeccionado la víctima, los augures le advirteron de que había de guardarse de las intrigas y emboscadas del enemigo. Al no aparecer en el momento indicado, se le enviaron nuevamente a los metapontinos para darle prisa y fueron arrestados. Aterrados ante la perspectiva de un interrogatorio bajo tortura, estos revelaron la trama.

[27,17] Publio Escipión había pasado todo el invierno ocupado en la conquista de diversas tribus hispanas, bien mediante sobornos, bien mediante la devolución de sus compatriotas que habían sido tomados como rehenes o prisioneros. Al comienzo del verano Edecón, un jefe hispano famoso, vino a visitarle. Su esposa e hijos estaban en manos de los romano; pero aquella no era la única razón por la que venía, también le infuyó el aparente cambio de sentir que se produjo en toda Hispania en favor de Roma y contra Cartago. Por el mismo motivo se movían Indíbil y Mandonio, que eran sin duda alguna los más poderosos príncipes de Hispania. Junto con sus fuerzas, abandonaron a Aníbal, se retraron a las colinas que estaban sobre su campamento y, manteniéndose a lo largo de las cumbres de las montañas, se abrieron camino con seguridad hasta el cuartel general romano. Cuando Asdrúbal vio que el enemigo estaba recibiendo tales incrementos de fuerza, mientras las suyas propias disminuían en la misma proporción, se dio cuenta de que seguiría la sangría a menos que efectuase algún movimiento audaz; así pues, decidió aprovechar la primera oportunidad que tuviera para combatir. Escipión ansiaba todavía más una batalla; su confanza había aumentado con el éxito y no estaba dispuesto a esperar hasta que se hubiesen unido los ejércitos enemigos, prefería enfrentarse a cada uno por separado en vez de a todos juntos. Sin embargo, para el caso de que tuviera que enfrentar sus fuerzas combinadas, había aumentado sus fuerzas por cierto método ingenioso. Como toda la costa hispana estaba ahora limpia de barcos enemigos, ya no estaba dando uso a su propia flota, así que tras varar los barcos en Tarragona hizo que las tripulaciones aliadas reforzaran su ejército terrestre. Tenía armamento más que sufciente, pues junto al conseguido en la captura de Cartagena tenía aquel fabricado posteriormente por la gran cantidad de artesanos. Lelio, en cuya ausencia no emprendió nada de importancia, había regresado de Roma, por lo que en los primeros días de la primavera partió de Tarragona con su ejército combinado y se dirigió directamente hacia el enemigo.

Había paz por todo el país que atravesó; cada tribu, según se aproximaba, le daba una recepción amigable y lo escoltaba hasta sus fronteras. En su camino se encontró con Indíbil y Mandonio. El primero, hablando por sí mismo y por su compañero, se dirigió a Escipión con un lenguaje grave y avergonzado, muy diferente del discurso áspero e insensato de los bárbaros. Presentó el hecho de haberse pasado a Roma más como una decisión irremediable que como si reclamase la gloria de haberlo hecho a la primera oportunidad. Era muy consciente, dijo, de que la consideración de desertor era odiosa para los antiguos amigos y sospechosa para los nuevos; tampoco consideraba errónea esta manera de considerarlo, siempre y cuando el doble odio generado se refriese al motivo y no al nombre. Luego, después de insistr en los servicios que habían prestado a los generales cartagineses y en la rapacidad e insolencia que el último había exhibido, así como en los innumerables males que les había infigido a ellos y a sus compatriotas, prosiguió: "Hasta ahora hemos estado aliados con ellos por lo que respecta a nuestra presencia fsica, pero nuestros corazones y mentes han estado desde hace mucho donde creemos que se aprecian el derecho y la justicia. Venimos ahora, como suplicantes a los dioses que no permiten la violencia y la injusticia, y te imploramos, Escipión, que no consideres nuestro cambio de bando ni como un crimen ni como un mérito; juzga y evalúa nuestra conducta, considerando qué clase de hombres somos, poniéndonos a prueba de ahora en adelante". El general romano contestó que, precisamente esto, era lo que él deseaba hacer; no consideraría como desertores a hombres que no mantuvieron una alianza en la que no se respetó ninguna ley, ni divina ni humana. Entonces llevaron ante ellos a sus esposas e hijos, que les fueron devueltos en medio de lágrimas de alegría. Desde aquel día fueron huéspedes de los romanos, concluyéndose por la mañana un tratado defnitivo de alianza y marchando a traer sus tropas. A su regreso compartieron el campamento romano y actuaron como guías hasta llegar donde el enemigo.

[27.18] [Debido a su ausencia en la edición inglesa de referencia indicada en el prólogo, la traducción de este capítulo se ha efectuado a par tir del texto inglés del mismo en <http://www.gutenberg.org/files/12582/12582-h/12582-h.htm # a18>, correspond iente a la traducción del texto de Tito Livio efectuada por Cyrus Edmonds en 1850.-N. del del T.] El ejército de Asdrúbal, que era el más cercano de los ejércitos cartagineses, se encontraba cerca de la ciudad de Bécula [la antigua Baecula, tradicionalmente identificada con Bailén, la sitúan ahora algunos autores en Santo Tomé, también en Jaén. Un ejemplo de discusión al respecto se puede consultar en http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=3109.-N. de l T.]. Ante su campamento tenía destacamentos avanzados de caballería. Los vélites, los antesignarios [soldados que iban inmediatamente delante de las enseñas y que las defendían.-N. del T.] y quienes componían la vanguardia, como iban al frente de su marcha y antes de elegir el terreno para su campamento, lanzaron un ataque con tal desprecio que resultó perfectamente evidente el grado de ánimo que poseía cada bando. La caballería fue rechazada hasta su campamento en desordenada huida, avanzando los estandartes romanos casi hasta sus mismas puertas. Aquel día, con sus ánimos excitados por el combate, los romanos instalaron su campamento. Por la noche, Asdrúbal retró sus fuerzas a un montculo en cuya cima se extendía una llanura. Había un río en la parte posterior, y por delante y a los lados tenía como una orilla escarpada que la rodeaba completamente. Por debajo de esta había otra planicie en suave declive, que también estaba rodeada por un repecho de difcil ascenso. A esta llanura inferior envió Asdrúbal, al día siguiente, a su caballería númida y a las tropas ligeras baleáricas y africanas, cuando vio las tropas del enemigo formadas en orden de batalla ante su campamento. Escipión, cabalgando entre la formación y las enseñas, les señaló que "el enemigo, habiendo abandonado de antemano toda esperanza de contenerlos en terreno llano, se ha retirado a las colinas: allí los podían ver, apoyándose en la fuerza de su posición y no en su valor y sus armas". Pero los muros de Cartagena que habían escalado los soldados romanos eran aún más altos. Ni colinas, ni una ciudadela, ni siquiera el propio mar habían sido impedimento para sus armas. Las alturas que había ocupado el enemigo solo servirían para que este tuviera que saltar sobre riscos y precipicios al huir, pero él les cortaría incluso aquella vía de escape. En consecuencia, dio órdenes a dos cohortes para que una de ellas ocupara la entrada del valle inferior por donde fuía el río y que la otra bloquease el camino que llevaba de la ciudad al campo, sobre la ladera de la colina. Él en persona llevó las tropas ligeras, que el día anterior habían barrido al enemigo, contra las tropas ligeras que se encontraban estacionadas en el repecho inferior. Marcharon inicialmente por terreno quebrado, impedidos solo por el camino; después, cuando llegaron al alcance de los dardos, fue lanzada sobre ellos una inmensa cantidad de toda clase de armas; mientras, por su parte, no solo los soldados, sino una multitud de vivanderos [los “calones” eran los que transportaban impedimenta, general o particular, así como quienes dirigían el tren de bagajes de las legiones: una heterogénea multitud que solo más adelante sería regularizada e incorporada a la organización legionaria con sus propios mandos.-N. del T.] mezclados con los soldados, lanzaban piedras tomadas del suelo, que se extendían por todas partes y que casi en su totalidad servían como proyectiles. Sin embargo, aunque el ascenso fue difcil y casi se vieron superados por las piedras y los dardos, con su práctica en aproximarse a las murallas y su tenacidad de espíritu lograron los romanos superar la primera. Estos, tan pronto como llegaron a terreno nivelado y pudieron sostenerse a pie firme, obligaron al enemigo, débil para sostener el cuerpo a cuerpo, compuesto por tropas ligeras armadas para escaramucear y que solo se podía defender a distancia mediante una clase de combate elusivo librado mediante descarga de proyectiles, a huir de su posición; dando muerte a gran cantidad de ellos, los empujaron hasta donde estaban las fuerzas situadas por encima de ellos, en la altura superior. Sobre esta, Escipión, habiendo ordenado a las tropas victoriosas que se levantaran y atacasen el centro del enemigo; dividió sus fuerzas restantes con Lelio: las que este dirigía fueron enviadas a rodear la colina por la derecha hasta que encontrasen un camino de fácil ascenso, él mismo, entretanto, dando un corto rodeo por la izquierda, cargarían contra el enemigo por el fanco. Como consecuencia de esto, la línea cartaginesa fue puesta en confusión mientras trataban de dar la vuelta y enfrentar sus filas hacia donde resonaban los gritos que les rodeaban por todas partes. Durante esta confusión llegó también Lelio y, mientras el enemigo se retiraba para no quedar expuesto a ser herido por detrás, su línea frontal se desartculó y dejó un espacio que ocupó el centro, que por aquel terreno abrupto nunca habría podido pasar en formación y con los elefantes situados frente a los estandartes. Mientras las tropas del enemigo eran masacradas en todos los sectores, Escipión, que con su ala izquierda había cargado sobre la derecha enemiga, estaba ocupado principalmente en atacar su fanco descubierto. Y ahora ya ni siquiera quedaba espacio para huir, pues destacamentos de tropas romanas habían bloqueado los caminos a ambos lados, derecha e izquierda, y la puerta del campamento estaba bloqueada por la huida del general y sus principales ofciales; a esto había que añadir el miedo a los elefantes que, cuando estaban desconcertados, eran más temidos que el enemigo. Murieron, así pues, al menos ocho mil hombres.

[27.19] Asdrúbal, antes de la batalla, se había apropiado del dinero y, tras enviar sus elefantes por delante y reunir todos los fugitivos que pudo, dirigió su marcha a lo largo del Tajo hacia los Pirineos. Escipión se apoderó del campamento enemigo y entregó todo el botín, con excepción de los prisioneros, a sus tropas. Al computar los prisioneros se encontró con que ascendían a diez mil soldados de infantería y dos mil de caballería. Los prisioneros hispanos fueron puestos en libertad y enviados a sus casas; ordenó al cuestor que vendiera a los africanos. Todos los hispanos, los que se habían rendido previamente y los que habían sido hecho prisioneros el día anterior, se arremolinaron a su alrededor y con una sola voz lo saludaron como "Rey". Ordenó que se mandara callar y entonces les dijo que el ttulo que más valoraba era el único que sus soldados le habían concedido: Imperator. "El nombre de rey", dijo, "tan grande en otros lugares, es insoportable para los oídos romanos. Si la realeza es a vuestros ojos la más noble cualidad de la naturaleza humana, podéis atribuirla en vuestros pensamientos, pero debéis evitar el uso de la palabra". Incluso los bárbaros apreciaron la grandeza de un hombre que estaba tan alto como para desdeñar un ttulo cuyo esplendor deslumbraba los ojos de los demás hombres. Se repartieron luego regalos entre los régulos y notables hispanos, y Escipión invitó a Indíbil a escoger trescientos caballos de entre el gran número capturado. Mientras el cuestor ponía a los africanos en venta encontró entre ellos un joven muy apuesto, y al oír que era de sangre real, lo envió a Escipión. Este le preguntó quién era, a qué país pertenecía y por qué con su poca edad se encontraba en el campamento. Le dijo que él era un númida y que su pueblo lo llamaba Masiva; había quedado huérfano de padre y lo había criado su abuelo materno, Gala, el rey de los númidas. Su to Masinisa había venido con su caballería para ayudar a los cartagineses y él lo había acompañado a Hispania. Masinisa siempre le había prohibido tomar parte en los combates porque ser tan joven; pero aquel día, sin que su to lo supiera, se apoderó de armas y de un caballo y marchó a la acción, mas su caballo cayó y lo arrojó y así fue hecho prisionero. Escipión ordenó que mantuvieran al númida bajo custodia y, una vez hubo despachado todos los asuntos, abandonó el tribunal y regresó a su tenda. Una vez aquí mando llamar a su prisionero y le pregunto si le gustaría volver con Masinisa. El muchacho respondió entre lágrimas de alegría que estaría encantado de hacerlo. Escipión, entonces, le regaló un anillo de oro, una túnica con borde púrpura, una capa hispana con broche de oro y un caballo bellamente enjaezado. Luego ordenó que le acompañase una escolta de caballería para ir donde quisiera y lo despidió.

[27.20] Después se celebró un consejo de guerra. Algunos de los presentes urgieron a perseguir de inmediato a Asdrúbal, pero Escipión pensaba que resultaría peligroso en caso de que Magón y el otro Asdrúbal unieran con sus fuerzas con él. Se contentó con enviar una guarnición a ocupar los pasos de los Pirineos y pasó el resto del verano recibiendo bajo su protección varias tribus hispanas. Pocos días después de la batalla de Bécula, cuando Escipión, en su regreso a Tarragona, hubo descendido el puerto de Cazlona [saltu Castulonensi en el original latino; según el diccionario geográfico-histórico de España, de D. Miguel Cortés López, edición de 1836, correspondería al actual Puerto del Muradal o Muladar.-N. del T.], los dos generales cartagineses, Asdrúbal Giscón y Magón, llegaron desde la Hispania Ulterior para unir sus fuerzas con las de Asdrúbal. Llegaron demasiado tarde para evitar su derrota, pero su venida resultó muy oportuna al permitrles concertar las medidas para proseguir la guerra. Cuando se pusieron a confrontar pareceres sobre los sentimientos de las diferentes provincias, Asdrúbal Giscón consideró que la costa de Hispania entre Gades y el Océano, aún ignorante de los romanos, permanecía hasta ahora fiel a Cartago. El otro Asdrúbal y Magón estaban de acuerdo en cuanto a la infuencia que el generoso tratamiento de Escipión había tenido en el sentr, tanto a nivel polítco como particular, de todo el mundo, y estaban convencidos de que no se podrían detener las deserciones hasta que la totalidad de los soldados hispanos hubiera sido trasladada a los más lejanos rincones de Hispania o llevados a la Galia. Decidieron, por lo tanto, sin esperar la sanción del Senado, que Asdrúbal debía marchar a Italia, que era el foco de la guerra y donde se libraba el combate decisivo; de esta manera podría llevarse fuera de Hispania a todos los soldados hispanos, muy lejos del hechizo del nombre de Escipión.

Su ejército, debilitado como estaba por las deserciones y por las pérdidas en la desastrosa batalla reciente, tenía que reforzarse hasta completar sus efectivos. Magón debía entregar su propio ejército a Asdrúbal Giscón y cruzar a las Islas Baleares con un amplio suministro de dinero para contratar mercenarios entre los isleños. Asdrúbal Giscón debía regresar al interior de la Lusitania y evitar cualquier enfrentamiento con los romanos. Una fuerza de tres mil jinetes, seleccionada de entre toda la caballería, se entregaría a Masinisa, con la que debería patrullar la Hispania citerior, dispuesto a asistr a las tribus aliadas y llevar la devastación a las ciudades y territorios de las que les fueran hostiles. Después de diseñar este plan de operaciones, los tres generales se separaron para ejecutar sus diversas misiones. Este fue el curso de los acontecimientos durante el año en Hispania. La fama de Escipión iba en aumento día a día en Roma. También Fabio, aunque él había capturado Tarento mediante traición en vez de por su valor, aumentó su gloria con su captura. Los laureles de Fulvio se estaban desvaneciendo. Marcelo fue incluso objeto de rumores adversos, debido a la derrota que había sufrido y, aún más, por haber acuartelado su ejército en Venosa Apulia en el apogeo del verano mientras Aníbal marchaba a placer por Italia. Aquel tenía un enemigo en la persona del Cayo Publicio Bíbulo, un tribuno de la plebe.

Inmediatamente después que Marcelo sufriese su derrota, este hombre empezó a difamar a Claudio en todas las asambleas y levantando en su contra el odio del pueblo con sus arengas a la plebe; ahora se dedicaba a intentar con lo privaran de su mando. Cuando ya se discuta sobre la revocación del mando, los amigos de Claudio obtuvieron permiso para que dejara en Venosa a su segundo al mando y viniera a casa para defenderse de las acusaciones formuladas contra él; también evitaron cualquier intento de privarle de su mando en su ausencia. Sucedió que, cuando Marcelo llegó a Roma para evitar la amenaza, llegó también Fulvio para llevar a cabo las elecciones.

[27.21] La cuestón de privar a Marcelo de su mando [imperium, en el original latino.-N. del T.] se debató en el Circo Flaminio ante una enorme multitud del pueblo y de todos los órdenes de la república. El tribuno de la plebe lanzó sus acusaciones, no sólo en contra de Marcelo, sino contra la nobleza en su conjunto. Fue por culpa de su errónea política y falta de energía, dijo, que Aníbal había mantenido Italia como si fuera su provincia; de hecho, había pasado allí más tiempo de su vida que en Cartago. El pueblo romano estaba ahora cosechando los frutos de la ampliación del mandato de Marcelo: tras su doble derrota, su ejército estaba alojado y pasando cómodamente el verano en Venosa. Marcelo dio tan contundente respuesta al discurso del tribuno, simplemente relatando cuanto había hecho, que no era solamente fue rechazada la propuesta de privarle de su mando, sino que al día siguiente las centurias lo eligieron cónsul con absoluta unanimidad. Tito Quincio Crispino, que era pretor por entonces, fue elegido como su colega. Al día siguiente se efectuó la elección de los pretores. Los elegidos fueron Publio Licinio Craso Dives [el rico.-N. del T.], pontífice Máximo, Publio Licinio Varo, Sexto Julio César y Quinto Claudio. En mitad de las elecciones, se produjo considerable inquietud al saberse de la rebelión de Etruria. Cayo Calpurnio, quien actuaba en esa provincia como propretor, había escrito para informar de que los movimientos se iniciaron en Arezzo. Marcelo, el cónsul electo, fue enviado allí a toda prisa hasta allí para conocer el estado de la situación y, si pensaba que era lo bastante grave como para requerir la presencia de su ejército, trasladar su campo de operaciones de Apulia a Etruria. Con estas medidas se intimidó lo bastante a los etruscos como para aquietarlos. Llegaron embajadores desde Tarento para pedir condiciones de paz bajo las que pudieran mantener sus libertades y sus leyes. El Senado les indicó que volvieran de nuevo en cuanto Fabio llegase a Roma. Los Juegos Romanos y los Juegos Plebeyos se celebraron este año, cada uno durante un día. Los ediles curules fueron Lucio Cornelio Caudino y Servio Sulpicio Galba; los ediles plebeyos fueron Cayo Servilio y Quinto Cecilio Metelo. Se afrmó que Servilio no tenía derecho legal a ser tribuno de la plebe, o edil, porque había pruebas sufcientes para afrmar que su padre, asesinado supuestamente diez años antes por los boyos en Módena, cuando ofciaba como triunviro agrario, realmente se encontraba vivo y prisionero en manos del enemigo.

[27,22] Era ya el undécimo año de la Segunda Guerra Púnica cuando Marco Marcelo y Tito Quincio Crispino tomaron posesión como cónsules -208 a.C.-. En cuanto al consulado para el que se había elegido a Marcelo, y sin contar aquel del que no tomó posesión por cierto defecto de forma en su elección, este era el quinto en el que desempeñó el cargo. Italia fue asignada a los dos cónsules como su provincia y los dos ejércitos que los cónsules anteriores habían tenido, junto con un tercero que había mandado Marcelo y que estaba por entonces en Venosa, fueron puestos a su disposición para que pudieran elegir entre los tres. El restante se entregaría al comandante a quien se asignara Tarento y los salentinos. Las demás responsabilidades fueron asignadas del modo siguiente: Publio Licinio Varo fue puesto a cargo de la pretura urbana; Publio Licinio Craso, el pontífice Máximo, tendría la pretura peregrina así como cualquier otra que el Senado pudiera determinar. De Sicilia se encargaría Sexto Julio César y de Tarento Quinto Claudio Flamen. Quinto Fulvio Flaco vio ampliado su mando durante un año y debía mantener el territorio de Capua, donde había estado antes Tito Quincio como pretor, con una legión. A Cayo Hostlio Túbulo también se le prorrogó el mando: debía suceder a Cayo Calpurnio, como pretor, con dos legiones en Etruria. Una prórroga similar en el mando se le otorgó a Lucio Veturio Filón, que debía seguir en la Galia como propretor con las dos legiones que ya había mandado anteriormente. La misma orden se dio para el caso de Cayo Aurunculeyo, mediante una propuesta presentada al pueblo, que había administrado Cerdeña como pretor; los cincuenta barcos que Escipión enviara desde Hispania se le asignaron para la defensa de su provincia. Publio Escipión y Marco Silano fueron confrmados en sus mandos por un año más. De los barcos que Escipión había traído de Italia o capturado a los cartagineses -ochenta en total -se le ordenó que enviase cincuenta a Cerdeña, pues había rumores sobre amplios preparativos navales en Cartago. Se decía que estaban equipando doscientas naves para amenazar la totalidad de las costas italianas, sicilianas y sardas. En Sicilia, se dispuso que el ejército de Cannas se entregaría a Sexto César, mientras que Marco Valerio Levino, cuyo mando también había sido prorrogado, retendría la flota de setenta barcos que estaban surtos cerca de Sicilia, aumentándolos con los treinta barcos que habían permanecido en Tarento durante el año pasado. Esta flota de un centenar de naves debía emplearla, si le parecía correcto, en correr la costa africana. Publio Sulpicio, con la flota que ya tenía, debía seguir manteniendo a raya a Macedonia y Grecia. No hubo cambios en cuanto a las dos legiones que estaban acuarteladas en la Ciudad. Los encargó a los cónsules que reclutasen tropas de refrescos donde fuera preciso, para completar las legiones con todos sus efectivos. Así, veintuna legiones estaban bajo las armas para defender el imperio romano. Publio Licinio Varo, el pretor urbano, se encargó de la tarea de reacondicionar los treinta viejos barcos de guerra surtos en Osta y dotar con todas sus tripulaciones otros veinte nuevos, de manera que pudiera haber una flota de cincuenta barcos para la protección de aquella parte de la costa más próxima a Roma. Cayo Calpurnio recibió órdenes estrictas de no mover su ejército de Arezzo antes de la llegada de Túbulo, que había de sucederle; también se instó a Túbulo para que estuviese especialmente en guardia para el caso de que se formaran proyectos de revuelta.

[27.23] Los pretores marcharon a sus provincias, pero los cónsules se vieron retenidos por asuntos religiosos; se anunciaron diversos portentos y los augurios emitidos a partir de las víctimas sacrifcadas fueron, en su mayoría, desfavorables. Llegaron noticias desde la Campania de que dos templos en Capua, los de la Fortuna y Marte, así como varios monumentos sepulcrales habían sido alcanzados por rayos. Hasta tal punto está extendida la depravada superstción de ver la mano de los dioses en las más insignifcantes pequeñeces, que se informó con toda seriedad de que las ratas habían roído el oro en el templo de Júpiter en Cumas. En Casino, un enjambre de abejas se había instalado en el foro; en Osta, una puerta y parte de la muralla habían sido alcanzadas por un rayo; en Cerveteri, un buitre había volando en el templo de Júpiter y en Bolsena [las antiguas Caere y Vulsini.-N. del T.] de las aguas del lago había manado sangre. Como consecuencia de estos portentos se ordenó un día para efectuar rogativas especiales. Durante varios días, se fueron sacrifcando víctimas mayores sin obtener ninguna indicación propicia, tardándose mucho en poder lograr la paz con los dioses. Era sobre las cabezas de los cónsules donde estos portentos presagiaban la mala fortuna, la república se mantenía incólume. Los Juegos de Apolo se celebraron por primera vez en el consulado de Quinto Fulvio y Apio Claudio, bajo la organización del pretor urbano, Publio Cornelio Sila. Posteriormente, todos los pretores urbanos los celebraron a su vez, pero solían dedicarlos solo para un año y sin fecha fja para su celebración. Este año una grave epidemia atacó tanto a la Ciudad como a los distritos rurales, pero fue remitendo más a base de prolongadas enfermedades que por muertes. Como consecuencia de esta epidemia, se celebraron rogativas especiales en todas las capillas de la Ciudad, y Publio Licinio Varo, el pretor urbano, se encargó de proponer al pueblo una resolución para que los Juegos de Apolo se celebrasen siempre el mismo día. Él fue el primero en celebrarlos bajo esta regla, siendo el día fjado para su celebración el cinco de julio, que así quedó establecido en lo sucesivo.

[27,24] Día tras día, se agravaban los informes desde Arezzo, incrementando la inquietud del Senado. Se enviaron instrucciones por escrito a Cayo Hostlio pidiéndole que no retrasase la toma de rehenes entre los ciudadanos, enviándose a Cayo Terencio Varrón con poderes para recogerlos y llevárselos a Roma. Tan pronto llegó, Hostlio ordenó que una de sus legiones, que estaba acampada frente a la ciudad, entrase en formación, disponiendo luego sus hombres en posiciones adecuadas. Una vez hecho esto, llamó a los senadores en el foro y les ordenó que entregaran rehenes. Estos le solicitaron cuarenta y ocho horas para deliberar, pero él les insistó para que entregasen de inmediato a los rehenes, amenazándolos con que, en caso de una negativa, al día siguiente se apoderaría de todos sus hijos. A continuación dio órdenes a los tribunos militares, a los prefectos de los aliados y a los centuriones para que vigilasen estrictamente las puertas y que no permiteran que nadie saliese de la ciudad durante la noche. No hubo mucha tardanza ni retraso en el cumplimiento de estas instrucciones; antes de que estuvieran apostadas las guardias en las puertas, siete de los principales senadores con sus hijos escaparon antes de que oscureciese. Por la mañana temprano, cuando los senadores empezaron a reunirse en el foro, se descubrió la ausencia de estos hombres y sus propiedades fueron vendidas. El resto de los senadores ofreció sus propios hijos, en número de ciento veinte; la oferta fue aceptada y les fueron confados Cayo Terencio para que los llevara a Roma. El informe que dio al Senado hizo que se considerase que las cosas eran aún más graves. Daba la impresión de que era inminente un levantamiento en toda Etruria. Por lo tanto, se ordenó a Cayo Terencio que marchase a Arezzo con una de las dos legiones urbanas y que ocupara la plaza por la fuerza; Cayo Hostlio, con el resto del ejército, debía atravesar toda la provincia y ver que no se produjera ninguna revuelta. Cuando Cayo Terencio y su legión llegaron a Arezzo, exigió las llaves de las puertas. Los magistrados respondieron que no las podían encontrar, pero él estaba convencido de que se las habían llevado deliberadamente, no perdidas por descuido, así que instaló cerraduras nuevas en todas las puertas y puso especial cuidado en tenerlas todas bajo su propio control. Instó encarecidamente a Hostlio la necesidad de la vigilancia, advirténdole que toda la esperanza en mantener tranquila la Etruria dependía de que, tomando él tales precauciones, hiciera imposible cualquier movimiento de desafección.

[27,25] Se produjo un animado debate en el Senado sobre el tratamiento que se debía imponer a los tarentinos. Estaba presente Fabio, y él se mostraba favorable a aquellos a quienes había sometido por las armas; otros adoptaron el parecer opuesto y la mayoría consideraba su culpabilidad igual a la de Capua, considerando que merecía una pena igualmente severa. Al fnal, se aprobó una resolución de Manlio Acilio, a saber, que se situaría una guarnición en la ciudad y que toda la población quedaría confnada dentro de sus murallas hasta que Italia quedase en un estado más tranquilo, cuando se podría examinar nuevamente la cuestón. Una discusión igualmente acalorada surgió en relación con Marco Livio, que había mandando la fuerza en la ciudadela. Algunos estaban por aprobar un voto censura contra él por haber, con su negligencia, permitido que la plaza fuera entregada al enemigo. Otros consideraban que debía ser recompensado por haber defendido con éxito a la ciudadela durante cinco años, y por haber hecho más que cualquier otra persona para conseguir la reconquista de Tarento. Un tercer grupo, tomando una postura intermedia, insistó en que correspondía a los censores, y no al Senado, conocer de sus actos. Esta opinión fue apoyada por Fabio, quien señaló que él estaba muy de acuerdo con lo que los amigos de Livio afrmaban constantemente en aquella Curia: que fue gracias a sus esfuerzos que se pudo retomar Tarento, ya que no se habría podido volver a capturar de no haberla perdido previamente. Uno de los cónsules, Tito Quincio Crispino, partió con refuerzos para el ejército de Lucania, que había mandado Quinto Fulvio Flaco. Marcelo quedó retenido por las difcultades religiosas que se presentaban una tras otra y le abrumaban. En la guerra contra los galos, había prometido durante la batalla de Clastdio un templo al Honor y la Virtud, pero los pontífices le impidieron dedicarlos. Decían que no era legalmente posible dedicar un templo a dos deidades, pues en caso de que fuera alcanzado por un rayo, o que sucediera cualquier otro portento, sería difcil expiarlo al no saberse a cuál deidad había que propiciar; no se podía sacrifcar una víctima a dos deidades, excepto en el caso de algunas muy específcas. Rápidamente, se construyó un segundo templo dedicado a la Virtud, pero no fue dedicado por Marcelo. Finalmente, salió con refuerzos para el ejército que había dejado el año anterior en Venosa. Viendo cómo Tarento había mejorado la reputación de Fabio, Crispino decidió intentar la captura de Locri, en el Brucio. Había enviado buscar de Sicilia todo tipo de artillería y máquinas de guerra, recogiendo también cierto número de barcos para atacar aquella parte de la ciudad que daba al mar. Sin embargo, como Aníbal había traído a su ejército hasta el cabo Colonna [antiguo Lacinium.-N. del T.], abandonó el asedio y, enterándose de que su colega se había desplazado hasta Venosa, se mostró ansioso por unir sus fuerzas a las de él. Con este objetivo marchó de vuelta a Apulia y los dos cónsules acamparon a tres millas uno del otro, en un lugar entre Venosa y Banzi [la antigua Bantia; los campamentos distaban 4440 metros.-N. del T.]. Como todo estaba ya tranquilo en Locri, Aníbal avanzó hasta su proximidad. Sin embargo, los cónsules eran muy optimistas en cuanto a la victoria; formaron sus ejércitos para el combate casi cada día, sinténdose completamente seguros de que si el enemigo aceptaba su desafo, contra dos ejércitos consulares, la guerra podría ser llevada a su fn.

[27.26] Aníbal ya había librado dos batallas con Marcelo durante el año anterior, habiendo obtenido la victoria en una y habiendo perdido la otra. Después de estas experiencias, senta que si tenía que enfrentarse nuevamente con él había más motivo para el temor que para la esperanza, estando lejos de considerarse en igualdad con la unión de ambos cónsules. Se decidió por emplear sus viejas tácticas y buscó una posición adecuada para una emboscada. Ambas partes, sin embargo, se limitaron a escaramuzas con mayor o menor éxito, y los cónsules, pensando que con esto podía llegar a transcurrir el verano, consideraron que no había razón por la que no se pudiera reanudar el asedio de Locri. Así pues, enviaron instrucciones escritas a Lucio Cincio para que llevase su flota desde Sicilia a Locri y, como las murallas de la ciudad estaban también expuestas a un ataque por terra, ordenaron a una parte del ejército que estaba en Tarento de guarnición que marchara allí. Estos planes fueron dados a conocer a Aníbal por algunas personas de Turios y envió una fuerza para bloquear el camino de Tarento. Ocultó a tres mil de caballería y dos mil infantes bajo la colina de Strongoli [la antigua Petelia.-N. del T.] Los romanos, marchando sin efectuar reconocimientos, cayeron en la trampa y murieron dos mil de ellos, resultando prisioneros mil quinientos. El resto huyó campo a través y regresó a Tarento. Entre el campamento cartaginés y el de los romanos había una colina boscosa de la que ninguna de las partes se había apoderado, pues los romanos no sabían cómo era la parte que daba al enemigo y Aníbal consideraba que resultaba más apropiada para una emboscada que para situar un campamento. En consecuencia, este envió por la noche una fuerza de númidas para ocultarse en el bosque, y allí se quedaron al día siguiente sin moverse de su posición, de manera que ni ellos ni sus armas resultaban visibles. Se comentaba por doquier en el campamento romano que se debería tomar y fortifcar el cerro, pues si Aníbal se apoderaba de él tendrían al enemigo, por así decirlo, sobre sus cabezas. La idea impresionó Marcelo, y le dijo a su colega: "¿Por qué no vamos con unos pocos jinetes y examinamos el lugar? Cuando lo hayamos visto por nosotros mismos sabremos mejor qué hacer". Crispino asintó, y partieron con doscientos veinte hombres a caballo, cuarenta de los cuales eran de Fregellas y el resto eran etruscos. Iban acompañados por dos tribunos militares, Marco Marcelo, el hijo del cónsul, y Aulo Manlio, así como por dos prefectos de los aliados, Lucio Arrenio y Aulio Manio. Algunos autores afrman que, cuando Marcelo estaba sacrifcando aquel día, en el hígado de la primera víctima se encontró que no tenía cabeza [se refiere al lóbulo superior, aunque el original latino emplea la expresión "capite".-N. del T.]; en el segundo estaban presentes todas las partes, pero la cabeza aparecía anormalmente grande. El arúspice se alarmó gravemente al encontrar después las partes deformes y unas partes con retraso en el crecimiento y otras con un exceso del mismo.

[27,27] Marcelo, sin embargo, estaba preso de tan profundo deseo por enfrentarse a Aníbal que nunca consideraba que sus respectivos campamentos estuvieran lo bastante próximos. Al cruzar la empalizada para dirigirse a colina, hizo señas a sus soldados para que permanecieran en sus puestos, listos para tomar la impedimenta y seguirle en caso de que decidiera que la colina que iba a reconocer resultaba adecuada para un campamento. Había una estrecha franja de terreno nivelado frente al campamento, y desde allí parta un camino hacia la colina, abierto y con visibilidad por todos los lados. Los númidas habían situado un vigía para echar un vistazo, ni mucho menos en previsión de un encuentro tan grave como tuvo lugar sino, simplemente, con la esperanza de interceptar a cualquiera que se hubiera alejado demasiado de su campamento en busca de leña o forraje. Este hombre fue el que dio la señal para que salieran de su escondite. Los que estaban delante de los romanos, en la parte superior de la colina, no se dejaron ver hasta que los que debían bloquear el camino detrás de aquellos habían rodeado su retaguardia. Luego, surgieron por todas partes y con un fuerte grito cargaron hacia abajo. A pesar de que los cónsules se vieron cercados, incapaces de abrirse camino hasta la colina, que estaba ocupada, y con su retirada cortada por los que aparecieron a su retaguardia, aún hubieran podido sostener durante bastante tiempo el combate si los etruscos, que fueron los primeros en huir, no hubiesen provocado el pánico entre el resto. Los fregelanos, sin embargo, aunque abandonados por los etruscos, se mantuvieron firmes mientras los cónsules estuvieron indemnes y fueron capaces de animarlos y tomar parte personalmente en los combates. Pero al ser heridos ambos cónsules y ver caer muerto de su caballo a Marcelo, atravesado por una lanza, entonces el pequeño grupo de supervivientes huyeron en compañía de Crispino, que había sido alcanzado por dos lanzadas, y del joven Marcelo, que también estaba herido. Aulo Manlio resultó muerto, así como Manio Aulio; el otro prefecto de los aliados, Arrenio, fue hecho prisionero . Cinco de los lictores de los cónsules cayeron en manos del enemigo, el resto murió o escapó con el cónsul. También cayeron cuarenta y tres de caballería, entre la batalla y la persecución, siendo hechos prisioneros dieciocho. Hubo gran agitación en el campamento, y se estaban disponiendo a acudir a toda prisa en ayuda de los cónsules cuando vieron a uno de ellos y al hijo del otro volviendo heridos con los escasos restos que habían sobrevivido a la desastrosa expedición. La muerte de Marcelo fue de lamentar por muchas razones; sobre todo porque, con una imprudencia no esperable de su edad -tenía más de sesenta años-y en total desacuerdo con la precaución propia de un general veterano, se había arrojado directamente al peligro no solo él, sino también a su colega y casi a toda la república. Tendría que hacer una digresión excesivamente larga sobre un único hecho si hubiera de relatar todas las versiones sobre la muerte de Marcelo. Sólo citaré la de un autor, Celio. Este da tres versiones distintas de lo que pasó; una transmitda por tradición, otra copiada de la oración fúnebre pronunciada por su hijo, que presente en aquel momento, y una tercera que Celio da como cierta a raíz de sus propias investgaciones. Entre las variantes de la historia, sin embargo, la mayor parte de los autores concuerdan en que abandonó el campamento para reconocer la posición y en que fue emboscado.

[27.28] Aníbal estaba convencido de que el enemigo quedaría totalmente acobardado por la muerte de un cónsul y la incapacitación de otro, por lo que determinó no dejar pasar la oportunidad que se le presentaba. En seguida trasladó su campamento a la colina donde se había librado el combate y aquí dio sepultura al cuerpo de Marcelo, que había sido encontrado. Crispino, desconcertado por la muerte de su colega y por su propia herida, abandonó su posición en medio de la noche y fjó su posición en las primeras montañas a las que llegó, en una posición elevada y protegida por todas partes. Ahora los dos comandantes mostraban mucha cautela, el uno tratando de engañar a su oponente y el otro tomando cuantas precauciones podía contra él. Cuando el cuerpo de Marcelo fue descubierto, Aníbal se apoderó de su anillo. Temiendo que este pudiera emplearse en falsifcaciones, Crispino envió correos a todas las ciudades vecinas, advirténdoles que su colega había muerto y que su anillo estaba en poder del enemigo, por lo que no debían confar en ninguna misiva enviada en nombre de Marcelo. Poco después que el mensajero del cónsul hubiera llegado a Salapia, se recibió un despacho de Aníbal, pretendiendo provenir de Marcelo, afrmando que llegaría a Salapia la noche después que hubieran recibido la carta y que los soldados de la guarnición debían estar dispuestos a caso de que se requirieran sus servicios. Los salapianos percibieron el engaño y supusieron que estaba buscando ocasión de castgarlos, no solo por su deserción de la causa cartaginesa, sino por la masacre de su caballería. Mandaron de vuelta al mensajero, para que no pudiera enterarse de las medidas que habían decidido tomar, y luego hicieron sus preparativos. Los ciudadanos ocuparon sus puestos en las murallas y otros puestos principales, se reforzaron las patrullas y centinelas nocturnos, manteniendo la más cuidadosa vigilancia, y se dispuso un grupo elegido de la guarnición cerca de la puerta por la que se esperaba que llegase el enemigo.

Aníbal se acercó a la ciudad alrededor de la cuarta guardia [sobre las dos de la madrugada.-N. del T.]. La cabeza de la columna estaba formada por desertores romanos; llevaban armas romanas, sus corazas eran romanas y todos ellos hablaban latin. Cuando llegaron a la puerta, llamaron a los centinelas y les pidieron que abriesen la puerta, pues el cónsul estaba allí. Los centinelas, fngiendo que acababan de despertarse, se afanaron entre prisas y confusiones, y comenzaron lenta y laboriosamente a abrir la puerta. Estaba cerrada mediante una reja, y mediante palancas y cuerdas la levantaron lo sufciente como para que pasase por debajo un hombre en posición vertical. El paso era apenas lo bastante amplio cuando los desertores se precipitaron por la puerta, tratando cada uno de ser el primero. Estaban ya en el interior unos seiscientos cuando se dejó caer de golpe la cuerda que lo sostenía y el rastrilló cayó con gran estruendo. Los salapianos atacaron a los desertores, que marchaban con descuido con sus escudos colgando de los hombros, como si estuviesen entre amigos; los demás, que estaban sobre la torre de la puerta y sobre las murallas mantuvieron lejos al enemigo con piedras, lanzas y largas pértgas. De este modo, Aníbal se vio cogido en su propia trampa, se retró y procedió a levantar el sito de Locri. Cincio estaba efectuando un ataque más decidido contra el lugar con obras de asedio y artillería de todo tipo que había traído de Sicilia; ya Magón empezaba a desesperar de mantener la plaza cuando renacieron sus esperanzas con las noticias de la muerte de Marcelo. Luego llegó un mensajero, avisando de que Aníbal había enviado por delante a su caballería númida y que la seguía con su infantería tan rápidamente como podía. En cuanto los vigías dieron la señal de la llegada de los númidas, Magón abrió la puerta de la ciudad y lanzó una vigorosa salida. Debido a la rapidez de su ataque, más por lo inesperado que por la igualdad de fuerzas, el combate estuvo parejo durante cierto tiempo; pero cuando llegaron los númidas se apoderó tal pánico de los romanos que abandonaron los trabajos de asedio y las máquinas con las que trataban de abatr las murallas, huyendo desordenadamente hacia el mar y sus barcos. Así, con la llegada de Aníbal, fue levantado el sito de Locri.

[27,29] Tan pronto como Crispino se enteró de que Aníbal se había retirado al Brucio, ordenó a Marco Marcelo que llevase a Venosa el ejército que había mandado su colega. Pese a no poder casi soportar el movimiento de la litera debido a sus graves heridas, partió con sus legiones hacia Capua. En un despacho que envió al Senado, después de aludir a la muerte de su colega y al estado crítco en que él mismo se encontraba, explicó que no podía ir a Roma para las elecciones porque no se creía capaz de soportar el cansancio del viaje y, también, porque estaba inquieto por Tarento en caso de que Aníbal abandonase en Brucio y dirigiese sus ejércitos contra ella. Asimismo, solicitaba que se le enviasen algunos hombres experimentados y sensatos, pues necesitaba hablar con ellos en cuanto a la política de la República. La lectura de esta carta evocó sentimientos de profundo pesar por la muerte de un cónsul y graves temores por la vida del otro. De acuerdo con su deseo, enviaron al joven Quinto Fabio al ejército de Venosa, y tres embajadores al cónsul, a saber, Sexto Julio César, Lucio Licinio Polión y Lucio Cincio Alimento, que acababa de regresar de Sicilia hacía unos días. Sus instrucciones eran que le dijesen al cónsul que si no podía venir a Roma para celebrar las elecciones, debía un dictador en territorio romano a tal efecto. Si el cónsul hubiera ido a Tarento, se indicó al pretor Quinto Claudio que retrase las legiones apostadas allí y que marchara con ellas hasta aquel territorio desde el que pudiera proteger la mayor cantidad posible de ciudades pertenecientes a los aliados de Roma. Durante el verano, Marco Valerio navegó por la costa africana con una flota de cien barcos. Desembarcando sus hombres cerca de la ciudad de Kelibia [la antigua Clupea.-N. del T.], asoló el país a lo largo y a lo ancho sin encontrar resistencia. La noticia de la llegada de una flota cartaginesa hizo que los saqueadores regresasen a toda prisa a sus naves. Esta flota se componía de ochenta y tres barcos y el comandante romano la enfrentó con éxito no lejos de Kelibia. Después de capturar dieciocho barcos y poner en fuga al resto, regresó a Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.] con gran cantidad de botín. En el transcurso del verano, Filipo prestó asistencia militar a los aqueos, que habían implorado su ayuda contra Macánidas, tirano de los lacedemonios, y contra los etolios. Macánidas estaba acosándolos mediante una guerra fronteriza, los etolios habían cruzado el estrecho mar entre Lepanto y Patras -el nombre local de esta última es Rhion y hacían incursiones en la Acaya. También hubo rumores sobre la intención por parte de Atalo, rey de Asia, de visitar Europa, pues los etolios, fnalmente, le habían convertido en su último consejo nacional en uno de sus dos magistrados supremos.

[27.30] Estando así las cosas, Filipo se desplazó hacia el sur de Grecia. Los etolios, bajo el mando de Pirrias, que había sido elegido pretor en ausencia junto a Atalo, se enfrentaron a Filipo en la ciudad de Lamía [T. Livio emplea "pretor" para traducir "strategos" que era el ttulo real de Pirrias.-N. del T.] . Estaban apoyados por un contingente proporcionado por Atalo así como por unos mil hombres que Publio Sulpicio había sacado de su flota. Filipo venció en dos batallas contra Pirrias, perdiendo su enemigo en cada una no menos de mil hombres. A partir de aquel momento, los etolios temieron enfrentarse con él en el campo de batalla y se mantuvieron dentro de los muros de Lamía. Filipo, por tanto, marchó con su ejército hacia Stylidha [la antigua Falara, que era el puerto de Lamía.-N. del T.]. Este lugar se encuentra en el Golfo Malíaco y tenía una población considerable debido a su espléndido puerto, los seguros fondeaderos en su proximidad y otras ventajas marítimas y comerciales. Mientras estaba aquí, fue visitado por embajadas de Tolomeo, rey de Egipto, así como de Rodas, Atenas y Quíos, con el fin de lograr una reconciliación entre los etolios y él. Aminandro, rey de los atamanos y vecino de los etolios, actuó en nombre de estos como mediador. Pero la preocupación general no era tanto por los etolios, que eran más belicosos que el resto de los griegos, como la libertad de Grecia, que se vería seriamente amenazada si Filipo y su reino tomaban parte activa en la política griega. La cuestón de la paz fue llevada a discusión en la reunión de la Liga Aquea. Se estableció lugar y fecha para esta reunión y, entre tanto, se acordó un armistcio por treinta días. Desde Stylidha, el rey marchó a través de la Tesalia y la Beocia hasta Calcis, en Eubea, para impedir que Atalo, quien según tenía entendido estaría navegando hacia allí, desembarcase en la isla. Dejando allí fuerzas por si Atalo navegaba por allí, fue con un pequeño cuerpo de caballería e infantería ligera hasta Argos. Aquí, por voto popular, le fue conferida la presidencia de los Juegos de Hera y de Nemea, en razón de que los reyes de Macedonia cifraban su origen precisamente en Argos. En cuanto terminaron los Juegos de Hera, marchó a Egio para asistr a la reunión de la Liga, que se había fjado algún tiempo atrás.

La discusión se centró en la cuestón de poner fin a la guerra con los etolios, de modo que ni los romanos ni Atalo pudieran tener motivo alguno para entrar en Grecia. Pero los etolios lo desbarataron todo casi antes de que expirase el armistcio, después que se enteraron de que Atalo había llegado a Egina y de que una flota romana estaba anclada frente a Lepanto. Habían sido invitados a asistr a la reunión de la Liga, estando también presentes las delegaciones que había tratado de lograr la paz en Falara. Comenzaron quejándose de ciertas infracciones triviales del armistcio, y terminaron por declarar que nunca cesarían las hostlidades hasta que los aqueos devolviesen Pilos a los mesenios, que Atintania se devolviera a Roma y el país de los ardieos a Escerdiledas y Pléurato [los ardieos eran un pueblo ilirio, entre el Danubio y el Épiro; Escerdiledas y Pléurato son las antiguas Scerdilaedus y Pleuratus .-N. del T.].

Filipo, naturalmente, estaba indignado porque aquellos a quienes había derrotado le impusieran los términos de la paz a él, su vencedor. Recordó a la asamblea que cuando se le habló del asunto de la paz y se estableció un armistcio, no fue con ninguna expectativa de que los etolios se quedaran quietos, sino únicamente para que todos los aliados pudieran dar testimonio de que él buscaba una base para la paz mientras el otro bando estaba determinado a encontrar cualquier pretexto para la guerra. Como no había allí posibilidad alguna de que se frmara la paz, despidió el consejo y regresó a Argos, pues se aproximaba el momento de los Juegos Nemeos y deseaba incrementar su popularidad con su presencia. Dejó una fuerza de cuatro mil hombres para proteger a los aqueos al tiempo que se llevaba cinco barcos de guerra propiedad de aquellos. Tenía la intención de añadirlos a la flota recientemente enviada desde Cartago; con estos barcos, y los que Prusias había enviado desde Bitinia, había determinado presentar batalla a los romanos, que dominaban el mar en aquella parte del mundo.

[27.31] Mientras el rey estaba ocupado con los preparativos para los Juegos y se entregaba a más distracciones de las necesarias en momentos en que se libraba una guerra, Publio Sulpicio, zarpando desde Lepanto, llevó su flota entre Sición y Corinto, desembarcando y devastando por doquier aquella tierra maravillosamente fértl. Esta noticia obligó a Filipo a abandonar los Juegos. Se adelantó con su caballería, dejando que la infantería lo siguiera, y sorprendió a los romanos mientras estaban dispersos por los campos, cargados con el botín y sin sospechar en absoluto el peligro. Fueron rechazados hasta sus naves y la flota romana regresó a Lepanto, lejos de estar felices con el resultado de su ataque. Filipo volvió para ver la clausura de los Juegos, aumentando su esplendor por la noticia de su victoria pues, cualquiera que fuese su importancia, se trataba con todo de una victoria sobre los romanos. Lo que aumentó el regocijo general por el festival fue el modo en que satsfzo al pueblo, al dejar de lado su diadema, su manto púrpura y el resto de ornatos reales para que, en lo que respecta a su apariencia, quedase al mismo nivel que los demás. Nada es más grato que esto para los ciudadanos de un Estado libre. ¡Sin duda les habría dado fundadas esperanzas de mantener sus libertades si no se hubiera manchado y deshonrado con su insufrible libertinaje! Acompañado por uno o dos secuaces, iban a su antojo por casas de hombres casados, de día y de noche, y rebajándose a la condición de ciudadano particular llamaba menos la atención y estaba sujeto a menos restricciones. La libertad con la que había engañado a los demás, se volvió en su propio caso una desenfrenada lascivia, llevando a cabo sus propósitos no solo mediante el dinero o los halagos, sino incluso recurriendo a la violencia criminal. Era cosa peligrosa que los esposos y padres pusieran obstáculos en el camino de la lujuria del rey con cualesquier escrúpulo inoportuno por su parte. Una señora llamada Policrata, esposa de Arato, uno de los principales hombres entre los aqueos, fue arrebatada a su marido y llevada a Macedonia con la promesa, por parte del rey, de casarse con ella. En medio de estos excesos llegó a su fin el sagrado festival de los Juegos Nemeos. Pocos días después, Filipo marchó a Dime para expulsar a la guarnición etolia, que había sido invitada por los eleos y acogida en su ciudad. Aquí el rey fue recibido por los aqueos, bajo el mando de su comandante Ciclíadas, que ardía de resentimiento contra los eleos por haber abandonado la Liga Aquea y estaba furioso contra los etolios por haber, según creía, traído contra ellos las armas de Roma. Los ejércitos combinados dejaron Dime y cruzaron el Lariso, que separa el territorio eleo del de Dime.

[27.32] Emplearon el primer día de su avance en territorio enemigo saqueando y destruyendo. Al día siguiente, marcharon en orden de batalla contra la ciudad; la caballería fue enviada por delante para provocar al combate a los etolios, que estaban completamente listos para ello. Los invasores no sabían que Sulpicio había navegado desde Lepanto hasta Cilene con quince barcos y había desembarcado a cuatro mil hombres que entraron por la noche en Élide. En cuanto reconocieron los estandartes y armas de Roma entre los etolios y eleos, su inesperada visión les llenó de gran temor. Al principio el rey quiso retrar a sus hombres, pero estos ya estaban combatendo contra los etolios y los tralos -una tribu iliriay al ver que les presionaban duramente, cargó contra la cohorte romana con su caballería. Su caballo fue herido por una jabalina y cayó, lanzando el rey sobre su cabeza y comenzando una lucha feroz por ambos bandos, los romanos haciendo esfuerzos desesperados para llegar hasta él y sus hombres haciendo todo lo posible para protegerlo. Al verse obligado a combatir a pie demostró un notable coraje. La lucha terminó siendo desigual, muchos cayeron a su alrededor y muchos fueron heridos; fnalmente sus propios hombres lo recogieron y, montando otro caballo, huyó. Ese día estableció su campamento a unas cinco millas [7400 metros.-N. del T.] de Élide, y al día siguiente trasladó todas sus fuerzas a un castllo llamado Pyrgum. Esta era una fortaleza perteneciente a los eleos, y se le había informado de que un gran número de campesinos con sus animales se habían refugiado allí por temor a ser saqueados. Desprovistos como estaban de organización y armas, el mero hecho de su aproximación les llenó de terror, cayendo todos prisioneros. Este botín resultó una especie de compensación por su humillante derrota en Élide. Mientras estaba repartendo el botín y los cautivos -tenía cuatro mil prisioneros y veinte mil cabezas de ganado mayor y menor-llegó un mensajero de Macedonia afrmando que un cierto Eropo había tomado Ohrid después de sobornar al comandante de la guarnición, que se había apoderado de algunos pueblos de los dasaretos y que, además, estaba incitando a los dárdanos [Ohrid es la antigua Lychnidos y la Dasarétide está al oeste de los lagos entre Serbia y Albania.-N. del T.]. Filipo dio fin inmediatamente a las hostlidades contra los etolios y se dispuso a regresar a casa. Dejó una fuerza de dos mil quinientos de todas las armas, al mando de Menipo y Polifantas, para proteger a sus aliados y, tomando la ruta que atraviesa la Acaya y la Beocia por Eubea, llegó a Demetrias, en la Tesalia, el décimo día tras su salida de Dime.

[27,33] Allí se encontró con noticias aún más alarmantes: los dárdanos habían penetrado en Macedonia y ya ocupaban la Oréstde, habiendo incluso descendido a la llanura argestea. La información que corría era que Filipo había resultado muerto; el rumor se debía al hecho de que en el choque con las partdas de saqueo de la flota romana en Sición, su caballo lo hizo chocar contra la rama de un árbol y uno de los cuernos de su yelmo se rompió; Este fue recogido después por un etolio y llevado a Escerdiledas, que lo reconoció, y de ahí nació el rumor. Una vez que el rey había dejado la Acaya, Sulpicio navegó hasta Egina y unió sus fuerzas con Atalo. Los aqueos, en relación con los etolios y eleos se enfrentaron en una acción exitosa, no lejos de Mavromat [la antigua Mesena.-N. del T.]. Atalo y Sulpicio marcharon a sus cuarteles de invierno en Egina. Al cierre de este año, el cónsul Tito Quincio murió de sus heridas, habiendo nombrado previamente dictador a Tito Manlio Torcuato para que celebrase las elecciones. Algunos dicen que murió en Tarento, otros, que en la Campania. Este accidente, el de haber muerto los dos cónsules en acciones sin importancia, no había ocurrido nunca en ninguna otra guerra anterior y dejó a la república, por así decir, en estado de orfandad. El dictador nombró a Cayo Servilio, que por entonces era edil curul, su jefe de la caballería. En el primer día de sesiones, el Senado ordenó al dictador que celebrase los Grandes Juegos. Marco Emilio, que era pretor urbano, los había celebrado durante el consulado de Cayo Flaminio y Cneo Servilio -217 a.C.-, habiendo hecho la promesa de que deberían celebrarse en un plazo de cinco años. En consecuencia, el dictador los celebró y ofreció la promesa de que se repetrían el siguiente lustro. Mientras tanto, al estar ambos ejércitos consulares sin generales y tan próximos al enemigo, tanto el Senado como el pueblo estaban deseando posponer cualquier otro asunto y que se eligieran los cónsules tan pronto como fuera posible. Se consideraba que, sobre todo, debían ser elegidos hombres cuyo valor y habilidad estuvieran a prueba contra las asechanzas de los cartagineses pues, durante toda la guerra, el carácter vehemente y apresurado de los diversos comandantes había demostrado ser desastroso y, en aquel mismo año, los cónsules habían sido conducidos, en su afán por enfrentarse inmediatamente al enemigo, a trampas que no pudieron sospechar. Los dioses, sin embargo, compasivos con Roma, salvaron intactos a los ejércitos y castgaron la temeridad de los cónsules en sus propias cabezas.

[27.34] Cuando los patricios comenzaron a mirar a su alrededor para ver quiénes serían los mejor cónsules, un hombre se destacó notablemente: Cayo Claudio Nerón. La pregunta entonces fue quién sería su colega. Estaba considerado como hombre de excepcional capacidad, pero demasiado impulsivo y osado para una guerra como aquella o para un enemigo como Aníbal; pensaban que su carácter impetuoso necesitaba ser contenido por un colega frío y prudente. Sus pensamientos se dirigieron a Marco Livio. Había sido cónsul varios años antes, y después de haber dejado su consulado había sido sometido a juicio polítco ante la Asamblea y declarado culpable. Sintó tan profundamente esta ignominia que se retiró; al campo y, durante muchos años, permaneció ajeno a la Ciudad y a todas las reuniones públicas. Trascurrieron ocho años después de su condena hasta que los cónsules Marco Claudio Marcelo y Marco Valerio Levino lo trajeron de vuelta a la Ciudad; pero sus ropas miserables, con el pelo y la barba descuidados, todo su aspecto mostraba bien a las claras que no había olvidado la humillación. Los censores Lucio Veturio y Publio Licinio le hicieron cortarse pelo y barba, abandonar sus ropas miserables y ocupar su sito en el Senado, desempeñando las demás funciones públicas. Incluso entonces se contentaba con un simple "sí" o "no" a las preguntas presentadas a la Cámara, votando con el silencio en caso de división hasta que se presentó el asunto de su pariente, Marco Livio Macato, cuando una acusación contra el buen nombre de su pariente le obligó a levantarse de su sito y dirigirse a la Curia. La voz que después de tanto tiempo se escuchó nuevamente, fue oída con profunda atención y los senadores comentaban entre sí que el pueblo había herido a un hombre inocente, con gran detrimento de la república que en las tensiones de una grave guerra no se había podido servir de la ayuda y el consejo de un hombre como aquel. Ni Quinto Fabio ni Marco Valerio Levino podrían asignarse como colegas a Cayo Nerón, pues era ilegal que se eligieran dos patricios; la misma difcultad exista en el caso de Tito Manlio, que por otra parte ya rechazó un consulado y seguiría rechazándolo. Si le daban como colega a Marco Livio, creían que tendrían un espléndido par de cónsules. Esta propuesta, presentada por los senadores, fue aprobada por la gran masa del pueblo. Sólo hubo uno, entre todos los ciudadanos, que lo rechazó: el hombre a quien se iba a conferir aquel honor. Los acusó de incoherencia. "Cuando comparecía vestido de harapos como un reo no se apiadaron de él; ahora, a pesar de su negativa, lo vestrían con la toga blanca del candidato [en realidad, T. Livio usa la expresión "candidam togam"; precisamente, la palabra española "candidato" se deriva de aquella toga blanqueada que vestan los aspirantes a un cargo público.-N. del T.]. Amontonaban penas y honores sobre el mismo hombre: Si pensaban que era un buen ciudadano, ¿por qué lo habían condenado como un criminal? Si habían descubierto que era un criminal, ¿por qué se le confaba un segundo consulado tras haber abusado del primero?" Los senadores lo censuraron severamente por quejarse y protestar de esta manera y le recordaron el ejemplo de Marco Furio Camilo quien, después de haber sido llamado del exilio devolvió su patria a su antigua sede. "Debemos tratar a nuestra patria", le dijeron, "como hicieron nuestros padres, desarmando su severidad mediante la paciencia y la sumisión". Uniendo sus esfuerzos, lograron hacerle cónsul junto a Cayo Claudio Nerón -207 a.C.-.

[27.35] Tres días después, se efectuó la elección de los pretores. Los elegidos fueron Lucio Porcio Licinio, Cayo Mamilio y los hermanos Cayo y Aulo Hostlio Catón. Cuando terminaron las elecciones y hubieron concluido los Juegos, el dictador y el jefe de la caballería renunciaron a su cargo. Cayo Terencio Varrón fue enviado a Etruria como propretor para relevar a Cayo Hostlio, que se haría cargo del mando del ejército de Tarento que había tenido el cónsul Tito Quincio. Lucio Manlio iría como embajador a Grecia para enterarse de lo que estaba pasando allí. Como los Juegos Olímpicos se iban a celebrar este verano y reunirían allí a una gran multitud, él debía, si podía pasar a través de las fuerzas del enemigo, estar presente en ellos e informar a los sicilianos que habían huido allí a causa de la guerra y a los ciudadanos de Tarento desterrados por Aníbal que podían regresar a sus hogares y estar seguros de que el pueblo romano les devolvería todo cuanto poseían antes de la guerra. Como el año entrante parecía estar lleno de los más graves peligros y la república, de momento, estaba sin cónsules, todas las miradas se volvieron a los cónsules electos y era general deseo que no perdieran un instante para sortear sus provincias y decidir contra qué enemigo se enfrentaría cada uno. Por iniciativa de Quinto Fabio Máximo, se obtuvo una resolución del Senado insistendo en que debían reconciliarse el uno con el otro. Su enfrentamiento era demasiado notorio, y más amargo por el resentimiento de Livio por el trato que había recibido, pues consideraba que su honor había quedado mancillado por su procesamiento. Esto lo hizo aún más implacable; decía que no había ninguna necesidad de reconciliación, cada uno actuaría con mayor energía y atención si sabía que, de no hacerlo, daría ventaja a su enemigo. Sin embargo, el Senado ejerció con éxito su autoridad y que fueron inducidos a dejar a un lado sus diferencias particulares y conducir los asuntos de Estado con una sola política y un solo pensamiento. Sus provincias no fueron contguas, como en años anteriores, sino muy distantes entre sí y en los extremos de Italia. Una actuaría contra Aníbal en el Brucio y Lucania, el otro en la Galia contra Asdrúbal, del que se informó que estaba ya cerca de los Alpes. El cónsul al que correspondiera la Galia debía escoger entre el ejército que ya estaba en la Galia o el de Etruria, recibiendo por añadidura el ejército urbano. Aquel a quien tocase el Brucio debería alistar nuevas legiones en la Ciudad y escoger uno de los dos ejércitos consulares del año anterior. Quinto Fulvio, con rango de procónsul durante aquel año, se haría cargo del ejército que no tomase el cónsul. Cayo Hostlio, que ya se había trasladado desde Etruria a Tarento, volvería ahora de nuevo a trasladarse desde Tarento a Capua. Se le entregó una legión, que era la que había mandado Fulvio.


[27,36] La aparición de Asdrúbal en Italia se esperaba cada día con más inquietud. Las primeras noticias vinieron de los marselleses, que informaron de que había entrado en la Galia y de que se produjo un entusiasmo generalizado entre los nativos a causa del rumor de que llevaba gran cantidad de oro para pagar tropas auxiliares. Los enviados de Marsella [la antigua Massilia.-N. del T.] fueron acompañados a su regreso por Sexto Antsto y Marco Recio, a los que se envió para que hicieran más averiguaciones. Estos mandaron decir que había comisionado emisarios, acompañados por algunos marselleses que tenían amigos entre los jefes galos, para obtener información y que se habían cerciorado de que Asdrúbal trataría de cruzar los Alpes la próxima primavera con un enorme ejército. Lo único que le impedía avanzar de inmediato era que los Alpes resultaban infranqueables en invierno. Publio Elio Peto fue nombrado y consagrado augur en lugar de Marco Marcelo; Cneo Cornelio Dolabella fue consagrado rey sacrifcial [rex sacrorum en el original latino.-N. del T.] en el puesto de Marco Marcio, quien había muerto hacía dos años. Los censores Publio Sempronio Tuditano y Marco Cornelio Cétego celebraron el lustro. Los resultados del censo dieron un número de ciudadanos de ciento treinta y siete mil ciento ocho, considerablemente menor del que era antes del comienzo de la guerra [para el 220 a.C., la períoca XX da una cifra de 270.212 (o de 270.713 en otras ediciones) ciudadanos.-N. del T.]. Se dice que, por primera vez desde que Aníbal invadió Italia, el Comicio fue techado y los ediles curules, Quinto Metelo y Cayo Servilio, celebraron durante un día los Juegos Romanos. También los ediles plebeyos, Cayo Mamilio y Marco Cecilio Metelo, celebraron durante dos días los Juegos Plebeyos. También dedicaron tres estatuas al templo de Ceres y se celebró un banquete en honor de Júpiter con motivos de los Juegos. Los cónsules luego tomaron posesión del cargo; Cayo Claudio Nerón por primera vez y Marco Livio por segunda. Cuando hubieron sorteado sus provincias, ordenaron a los pretores que sorteasen las suyas. La pretura urbana recayó sobre Cayo Hostlio y la pretura peregrina también se le asignó, de modo que quedasen disponibles tres pretores para servir en el exterior. Aulo Hostlio fue asignado a Cerdeña, Cayo Mamilio a Sicilia y Lucio Porcio a la Galia. La fuerza militar total ascendía a veintitrés legiones, distribuidas así: cada uno de los cónsules tenía dos; cuatro estaban en Hispania; cada uno de los tres pretores tenían dos en Cerdeña, Sicilia y la Galia, respectivamente; Cayo Terencio tenía dos en Etruria; Quinto Fulvio tenía dos en el Brucio; Quinto Claudio tenía dos en las proximidades de Tarento y el distrito salentino; Cayo Hostlio Túbulo tenía una en Capua y dos fueron alistadas en la Ciudad para defensa del hogar. El pueblo nombró a los tribunos militares para las primeras cuatro legiones y los cónsules al resto.


[27.37] Antes de la partida de los cónsules, se observaron celebraciones religiosas durante nueve días debido a la caída de una lluvia de piedras en Veyes. Como de costumbre, tan pronto fue anunciado un portento llegaron informes de otros. En Minturno [la antigua Menturnae.-N. del T.], el templo de Júpiter y el bosque sagrado de Marica resultaron alcanzados por un rayo, así como también lo fueron la muralla de Atela y una de las puertas. La gente de Minturna informó sobre un segundo y más terrible portento: en su puerta había fluido un manantal de sangre. En Capua, un lobo había entrado por la puerta durante la noche y había mutilado a uno de los centinelas. Estos augurios fueron expiados mediante el sacrifcio de víctimas mayores y los pontífices ordenaron rogativas especiales durante todo un día. Posteriormente, se observó un segundo novendial con motivo de una lluvia de piedras caída en el Armilustro [aunque actualmente la expresión "novendial" hace referencia a rogativas por los difuntos, la etimología de la traducción sigue siendo correcta para el significado original de rotativas durante nueve días en expiación de cualquier asunto religioso; el Armilustro era un espacio abierto en el monte Aventino donde se realizaba un rito de purificación de las armas.-N. del T.]. Tan pronto se hubieron disipado los temores de las mentes con estos ritos expiatorios, llegó un nuevo informe, esta vez desde Frosinone, en el sentido de que había nacido un niño con el tamaño y aspecto de uno de cuatro años y, lo que aún resultaba más sorprendente, como en el caso de Mondragone [Frosinone era la antigua Frusinum y Mondragone la antigua Sinuessa.-N. del T.] dos años antes, resultaba imposible decir si era hombre o mujer. Los adivinos, a los que se hizo llamar desde Etruria, declararon que se trataba de un presagio terrible y nefasto, que debían expulsar aquella cosa del territorio romano, impidiéndole cualquier contacto con la terra, y sepultarlo en el mar. Lo encerraron vivo en un arcón, lo llevaron hasta el mar y lo dejaron caer por la borda.

Los pontífices también decretaron que tres grupos de doncellas, cada uno compuesto por nueve, debían procesionar por la Ciudad cantando un himno. Este himno fue compuesto por el poeta Livio [se refiere a Lucio Livio Andrónico.-N. del T.] y, mientras lo estaban practicando en el templo de Júpiter Estátor, el santuario de la Reina Juno, en el Aventino, fue alcanzado por un rayo. Se consultó a los adivinos, quienes declararon que este portento concernía a las matronas y que la diosa quedaría apaciguada con un regalo. Los ediles curules publicaron un edicto convocando en el Capitolio a todas las matronas cuyos hogares se encontrasen en Roma o dentro de una distancia de diez millas [14820 metros.-N. del T.]. Cuando estuvieron reunidas, eligieron a veintcinco de entre ellas para recibir sus ofrendas, que entregaron de sus dotes. De la suma así recogida, se hizo una vasija de oro y se llevó como ofrenda al Aventino, donde las matronas ofrecieron un sacrifcio puro y casto. Inmediatamente después, los decenviros de los Libros Sagrados dieron aviso de que se celebrarían ritos sacrifciales añadidos, durante un día, en honor de esta deidad. El orden seguido fue el siguiente: Se llevaron dos novillas blancas desde el templo de Apolo, a través de la puerta Carmental, hasta la Ciudad; tras ellas se llevaron dos imágenes de la diosa hechas en madera de ciprés. Luego seguían veintisiete doncellas, vestdas con ropajes largos y marchando en procesión entonando un himno en su honor, que quizá causara admiración en aquellos días de rudeza pero que, de cantarse hoy día, serían considerados muy groseros y desagradables. Detrás del desfle de doncellas venían los diez decenviros de los Libros Sagrados, llevando la toga pretexta y con coronas de laurel. Desde la puerta Carmental la procesión marchó a lo largo del barrio Jugario hasta el Foro, donde se detuvo. Aquí, las muchachas, todas sujetando una cuerda, iniciaron una danza solemne mientras cantaban, marcando el compás con los pies al sonido de sus voces. Luego reanudaron su curso a lo largo del barrio etrusco y del Velabro, a través del Foro Boario, y subiendo la cuesta Publicia hasta llegar al templo de Juno. Una vez aquí, las dos terneras fueron sacrifcadas por los diez decenviros y se llevaron las imágenes de ciprés al interior del santuario.

[27,38] Después que los dioses hubieran sido debidamente aplacados, los cónsules procedieron con el alistamiento y lo llevaron a cabo con un rigor y exacttud como nadie podía recordar en años anteriores. La aparición de un nuevo enemigo en Italia redobló los temores generales en cuanto al desarrollo de la guerra y, al mismo tiempo, había menos población de la que obtener los hombres necesarios. Incluso las colonias marítimas, a las que se había declarado solemne y formalmente exentas del servicio militar, fueron llamadas a aportar soldados; ante su negativa, se fjó un día para que compareciesen a declarar ante el Senado y la república, cada una por sí misma, los motivos por los que reclamaban la exención. El día señalado asisteron representantes de Osta, Alsium, Anzio, Anxur, Minturno, Mondragone y de Senigalia en el mar superior [la antigua Sena, en el Adriático.-N. del T.]. Cada comunidad presentó su ttulo para la exención pero, al estar en Italia el enemigo, se rechazaron todas las reclamaciones a excepción de dos: Anzio y Osta, y en el caso de estas dos, los hombres en edad militar fueron obligados a prestar juramento de que no dormirían fuera de sus murallas más de treinta noches mientras el enemigo estuviera en Italia. Todo el mundo era de la opinión que los cónsules deben salir en campaña a la mayor brevedad posible, pues Asdrúbal debía ser enfrentado a su descenso de los Alpes o, de otro modo, podría llegar a fomentar un levantamiento entre los galos cisalpinos y en Etruria, y se debía mantener completamente ocupado a Aníbal para evitar su salida del Brucio y que se uniera a su hermano. Sin embargo, Livio se retrasó. No confaba en las tropas que se le asignaron y se quejaba de que su colega tenía a su disposición tres espléndidos ejércitos. También sugirió que se llamase nuevamente a filas a los esclavos voluntarios. El Senado dio plenos poderes a los cónsules para que obtuvieran refuerzos de cualquier manera que les pareciese bien, para elegir qué hombres querían de todos los ejércitos y para intercambiar y trasladar tropas de una provincia a otra según cuál pensasen que era el mejor interés de la república. Los cónsules actuaron en perfecta armonía al llevar a cabo todas estas medidas. Los esclavos voluntarios fueron incorporados en las legiones décimo novena y vigésima. Algunos autores afrman que Publio Escipión envió a Marco Livio grandes refuerzos desde Hispania, incluyendo ocho mil galos e hispanos, dos mil legionarios y mil jinetes númidas e hispanos, y que esta fuerza fue llevada a Italia por Marco Lucrecio. También afrman que Cayo Mamilio envió tres mil arqueros y honderos de Sicilia.

[27.39] El alboroto y la inquietud en Roma se hicieron mayores a causa de un despacho de Lucio Porcio, el propretor al mando en la Galia. Anunciaba que Asdrúbal había abandonado sus cuarteles de invierno y estaba ya cruzando los Alpes. Se le iba a unir una fuerza de ocho mil hombres, reclutada y equipada entre los ligures, a menos que se enviara a la Liguria un ejército romano que ocupase la atención de los galos. Porcio añadía que él mismo avanzaría tanto como pudiera con seguridad con un ejército tan débil como el suyo. La recepción de esta carta provocó que los cónsules apresurasen el alistamiento y, al concluirlo, marcharon a sus provincias en una fecha anterior a la previamente fjada. Su intención era que cada uno de ellos mantuviera a su enemigo en su propia provincia y no permitr que se uniesen los hermanos ni que concentrasen sus fuerzas. Les ayudó enormemente un error de cálculo cometido por Aníbal. Esperaba, más bien, que su hermano cruzase los Alpes durante el verano; pero al recordar su propia experiencia en la primera travesía del Ródano y los Alpes, con la agotadora lucha durante cinco meses contra hombres y naturaleza, no esperaba que Asdrúbal los atravesara tan rápida y fácilmente como de hecho lo hizo. Debido a este error tardó demasiado en abandonar sus cuarteles de invierno. Asdrúbal, sin embargo, hizo una marcha más rápida y se encontró con menos difcultades de las que él o cualquier otra persona esperaban. No sólo los arvernos y las demás tribus galas y alpinas le dieron una recepción amistosa, sino que se unieron a sus estandartes. Marchó sobre todo, además, por las carreteras construidas por su hermano donde antes no había ninguna; y como los Alpes ya estaban siendo atravesados en uno y otro sentido durante los últimos doce años, se encontró con nativos menos salvajes. Anteriormente, nunca habían estado en tierras extrañas ni habían estado acostumbrados a ver extranjeros en su propio país; nunca habían mantenido relaciones con el resto del mundo. No sabiendo en un primer momento el destino del general cartaginés, imaginaban que ambicionaba sus rocas y fortalezas y que tenía intención de llevarse sus hombres y su ganado como botín. Luego, cuando se enteraron de la Guerra Púnica que llevaba incendiando Italia durante doce años, comprendieron bien que los Alpes sólo eran un paso de un país a otro y que la lucha se libraba entre dos poderosas ciudades, separadas por una vasta extensión de mar y terra, y que se disputaban el poder y dominio. Esta fue la razón por la cual los Alpes estaban abiertos para Asdrúbal. Sin embargo, cualquier ventaja obtenida con la rapidez de su marcha se perdió con el tiempo desperdiciado en Plasencia, donde comenzó un inútl asedio en vez de intentar un asalto directo. Situada como estaba en una llanura abierta, pensaba que podría tomarse la ciudad sin difcultad y que la captura de tan importante colonia disuadiría a las demás de ofrecer resistencia alguna. No sólo vio obstaculizado su propio avance por este asedio, sino que retrasó también los movimientos de Aníbal que, al saber de la marcha inesperadamente rápida de su hermano, había salido de sus cuarteles de invierno, pues Aníbal sabía cuán lento asunto era un asedio y no había olvidado su propio e infructuoso intento contra aquella misma colonia tras su victoria en el Trebia.

[27.40] Los cónsules marcharon al frente, cada uno por una ruta distinta, siendo seguida su partida por sentimientos de dolorosa inquietud. Los hombres eran conscientes de que la república tenía dos guerras entre manos al mismo tiempo; recordaban los desastres que siguieron a la aparición de Aníbal en Italia y se preguntaban qué dioses serían tan propicios a la Ciudad y al imperio como para conceder la victoria sobre dos enemigos a la vez en campos de batalla tan distantes. Hasta ahora el cielo la había preservado equilibrando victorias y derrotas. Cuando la causa de Roma cayó rodando por los suelos italianos, en el Trasimeno y en Cannas, las victorias en Hispania la levantaron de nuevo; cuando se sufrió en Hispania revés tras revés y la república perdió allí a sus dos generales y a la mayor parte de ambos ejércitos, los muchos éxitos cosechados en Italia y Sicilia impidieron el colapso de la maltratada república, a la que la distancia a que se libraba tan desdichada guerra, en el más remoto rincón del mundo, le daba un poco de espacio para respirar. Ahora tenían dos guerras entre manos, ambas en Italia; dos generales, que llevaban nombres ilustres, estaban cerrando sobre Roma; todo el peso del peligro y toda la carga del combate se aplicaba sobre un punto. Quien obtuviera la primera victoria podría en pocos días unir sus fuerzas con el otro. Tales eran los sombríos presagios, cuya tristeza se acrecentaba con el recuerdo luctuoso de la muerte de los dos cónsules el año anterior. Con este estado de ánimo, deprimido e inquieto, acompañó la población a los cónsules hasta las puertas de la Ciudad, al partir para sus respectivas provincias. Se ha registrado una expresión de Marco Livio, mostrando su amargura hacia sus conciudadanos: Cuando, al partr, Quinto Fabio le advirtó en contra de presentar batalla antes de saber a qué clase de enemigo se había de enfrentar, se dice que Livio le replicó entraría en combate tan pronto divisara al enemigo. Cuando le preguntó por qué tenía tanta prisa, dijo: "Me ganaré una distinción especial venciendo en buena lid a tal enemigo o tendré el gran placer, aunque no muy honorable, de ver la derrota de mis conciudadanos". Antes de que el cónsul Claudio Nerón llegara a su provincia, Aníbal, que marchaba justo por fuera de las fronteras del territorio de Larino [la antigua Larinum; aunque otros autores ven más plausible que se tratase de Uria, nosotros preferimos dejar el término original y citar la alternativa.-N. del T.] en su camino hacia los salentinos, fue atacado por Cayo Hostlio Túbulo. Su infantería ligera provocó un considerable desorden entre el enemigo, que no estaba preparado para el combate; cuatro mil de ellos quedaron muertos y se capturaron nueve estandartes. Quinto Claudio había acuartelado sus fuerzas en varias ciudades del territorio salentino y, al enterarse de la aproximación enemiga, dejó sus cuarteles de invierno y entró en campaña contra él. No queriendo enfrentarse a ambos ejércitos al mismo tiempo, Aníbal partió por la noche y se retró al Brucio. Claudio marchó de regreso al territorio salentino y Hostlio, mientras estaba de camino a Capua, se reunió con el cónsul Claudio Nerón cerca de Venosa. Aquí fue seleccionado un cuerpo de élite de entrambos ejércitos, consistente en cuarenta mil infantes y dos mil quinientos jinetes, que el cónsul tenía intención de emplear contra Aníbal. Ordenó a Hostlio que llevase el resto de las fuerzas a Capua y las entregara luego al procónsul Quinto Fulvio.

[27.41] Aníbal reunió a todas sus fuerzas, tanto las que estaban en los cuarteles de invierno como las que prestaban servicio de guarnición en el Brucio, y marchó a Grumento [la antigua Grumentum.-N. del T.], en la Lucania, con la intención de recuperar las ciudades cuyos habitantes, llevados por el temor, se habían pasado a Roma . El cónsul romano marchó al mismo lugar desde Venosa, practicando cuidadosos reconocimientos según avanzaba, y emplazó su campamento a cerca de milla y media del enemigo [unos 2220 metros.-N. del T.]. La empalizada del campamento cartaginés parecía casi como si estuviese tocando las murallas de Grumento, aunque en realidad había menos de media milla entre ellas. Entre ambos campamentos enemigos el terreno era llano; sobre la izquierda cartaginesa y la derecha romana se extendía una línea de colinas desnudas que no despertó ninguna sospecha a ningún bando al estar desprovistas de vegetación y no ofrecían lugares donde ocultar una emboscada. En la planicie entre los campamentos se libraron escaramuzas entre los puestos de avanzada: el único objetivo de los romanos, evidentemente, era impedir la retirada del enemigo; Aníbal, que estaba deseando escapar, se dirigió al campo de batalla con todas sus fuerzas formadas para el combate. El cónsul, adoptando las tácticas del enemigo al no temer una emboscada en un campo abierto como aquel, envió por la noche cinco cohortes reforzadas por cinco manípulos a coronar las colinas y tomar posiciones al otro lado. Puso al mando del grupo al tribuno militar Tito Claudio Aselo y a Publio Claudio, un prefecto de los aliados, dándoles instrucciones en cuanto al momento en que surgirían de su emboscada y atacarían al enemigo. Al amanecer del día siguiente llevó a cabo la totalidad de su fuerza, tanto infantería como caballería, a la batalla. Poco después, Aníbal dio también la señal para la acción y su campamento se llenó de los gritos de sus hombres que corrían a las armas. Saliendo a la carrera por las puertas del campamento los hombres montados y desmontados, cada uno tratando de ser el primero, corrieron en grupos dispersos por la llanura hacia el enemigo. Cuando el cónsul les vio en tal desorden, ordenó a Cayo Aurunculeyo, tribuno militar de la tercera legión, que enviara la caballería de su legión al galope tendido contra el enemigo pues, según dijo, estaban desperdigados por la llanura como un rebaño de ovejas y podrían ser empujados y pisoteados antes de que pudieran cerrar sus filas.

[27.42] Aníbal no había salido aún de su campamento cuando oyó el ruido de la batalla y no perdió un momento en dirigir sus fuerzas contra el enemigo. La caballería romana ya había provocado el pánico entre los primeros de sus enemigos, la primera legión y el contingente aliado del ala izquierda estaban entrando en acción mientras que el enemigo, sin ninguna clase de formación, combata contra la infantería o la caballería según llegaran a su encuentro. A medida que llegaban sus refuerzos y apoyos la lucha se generalizaba, y Aníbal habría logrado formar sus hombres pese a la confusión y el pánico, lo que habría resultado casi imposible de no tratarse de tropas veteranas bajo el mando de un general igualmente veterano, si no hubiesen oído a su retaguardia los gritos de las cohortes y manípulos descendiendo a la carrera desde la colina y no se hubieran visto ante el peligro de quedar separados de su campamento. El terror se extendió y la huida se generalizó en todos los sectores del campo de batalla. La cercanía del campamento facilitó su huida y por esta razón sus pérdidas fueron comparativamente pequeñas, considerando que la caballería presionaba su retaguardia y que las cohortes, cargando cuesta abajo por un camino fácil, atacaban su fanco. Aún así, cerca de ocho mil hombres resultaron muertos y se hizo prisioneros a setecientos, se capturaron setecientos estandartes, se mató a cuatro elefantes, que se habían demostrado inútiles en la confusión y apresuramiento de la huida, y se capturó otros dos. Cayeron unos quinientos romanos y aliados. Al día siguiente, los cartagineses permanecieron tranquilos. El general romano marchó en orden de batalla al campo de batalla, pero cuando vio que no avanzaban los estandartes desde el campamento contrario, ordenó a sus hombres que tomaran los despojos de los muertos y que recogieran los cuerpos de sus camaradas muertos y los enterraran en una fosa común. Luego, durante varios días seguidos marchó hasta tan cerca de las puertas que parecía como si fuera a atacar el campamento, hasta que Aníbal se decidió a retrarse. Dejó encendidos numerosos fuegos y tiendas levantadas en el lado del campamento que daba frente a los romanos, a unos cuantos númidas que debían hacer acto de presencia en la empalizada y en las puertas, y salió con intención de dirigirse hacia la Apulia. Tan pronto amaneció, el ejército romano se acercó a la empalizada y los númidas se hicieron visibles en las murallas y en las puertas. Después de engañar a sus enemigos por algún tiempo, se alejaron a toda velocidad para unirse a sus camaradas. Cuando el cónsul vio que el campamento estaba en silencio y que incluso los pocos que lo habían estado patrullando en la madrugada no eran visibles por ninguna parte, mandó dos jinetes al campamento para practicar un reconocimiento. Informaron al regresar que lo habían examinado y hallado seguro por todas partes, por lo que ordenó que entrasen en él las tropas. Esperó hasta que los soldados se apropiaron del botín y luego dio orden de retirada; mucho antes de caer la noche ya tenía a sus soldados de regreso en el campamento. A la mañana siguiente, muy temprano, comenzó la persecución y, guiado por informantes locales que le dieron pistas sobre su retirada, logró mediante marchas forzadas dar alcance al enemigo no lejos de Venosa. Allí se libró un combate tumultuoso en el que los cartagineses perdieron dos mil hombres. Tras este, Aníbal decidió no darle más ocasión de combatir y marchó hacia el Metaponto en una serie de marchas nocturnas por las montañas. Hanón estaba allí al mando de la guarnición y fue enviado con unas pocas fuerzas al Brucio para alistar en él un nuevo ejército. Aníbal incorporó el resto de las fuerzas a las suyas propias y, volviendo sobre sus pasos, llegó a Venosa, desde donde marchó a Canusio [la antigua Canosa.-N. del T.]. Nerón nunca perdió el contacto con él y, mientras le seguía al Metaponto, envió a Quinto Fulvio a la Lucania para que aquel país no quedase sin una fuerza defensiva.

[27,43] Después que Asdrúbal hubo levantado el asedio de Plasencia, mandó a cuatro jinetes galos y dos númidas con cartas para Aníbal. Habían pasado por en medio del enemigo y recorrido casi la longitud de Italia, siguiendo tras la retirada de Aníbal a Metaponto, cuando se perdió por el camino y llegaron a Tarento. Aquí fueron sorprendidos por un grupo de forrajeadores romanos que estaban esparcidos por los campos, y llevados ante el propretor Quinto Claudio. Al principio trataron de engañarle mediante respuestas evasivas, pero el miedo a la tortura les obligó a confesar la verdad y dijeron que llevaban despachos de Asdrúbal a Aníbal. Ellos y los despachos, con los sellos intactos, fueron entregados a Lucio Verginio, uno de los tribunos militares. Le proporcionaron una escolta de dos turmas [unos sesenta jinetes.-N. del T.] de la caballería samnita y se le ordenó que llevase a los seis jinetes y las cartas ante el cónsul Claudio Nerón. Una vez le hubieron traducido los despachos y tras haber interrogado a los prisioneros, el cónsul se dio cuenta de que la disposición del Senado, que consignaba a cada cónsul su provincia y su ejército, así como el enemigo que a él le había correspondido, no resultaba ser en el presente caso benefciosa para la república. Tendría que aventurarse improvisando una novedad, que aunque en principio pudiera provocar tanta inquietud entre sus propios compatriotas como entre el enemigo, podría, una vez ejecutada, convertir un gran temor en un gran regocijo. Remitó las cartas de Asdrúbal al Senado junto a otra suya explicando su proyecto. Como Asdrúbal había escrito para decir que se reuniría con su hermano en la Umbria, aconsejó a los senadores que llamasen a la legión romana de Capua, alistasen fuerzas en Roma y con estas fuerzas urbanas se apostasen frente al enemigo en Narni. Esto fue lo que escribió al Senado. Pero también envió correos a los territorios a través de los cuales tenía intención de marchar -Larino, Marrucina, Frentano y Pretuzia-, para advertr a sus habitantes de que reunieran todos los suministros de las ciudades y de los campos y los tuvieran listos sobre su línea de marcha para alimentar a las tropas. Debían también llevar sus caballos y otros animales de carga, de modo que hubiera amplio suministro de transportes para los hombres que cayeran por la fatga. De la totalidad de su ejército eligió una fuerza de seis mil infantes y mil jinetes, la for de los contingentes romanos y de sus aliados, e hizo saber que tenía intención de apoderarse de la ciudad más cercana de la Lucania con su guarnición cartaginesa, por lo que todos debían estar listos para marchar. Saliendo por la noche, se volvió en dirección de Áscoli Piceno. Dejando a cargo del campamento a Quinto Cato, su segundo al mando, marchó tan rápido como pudo para reunirse con su colega.

[27.44] El alboroto y la alarma en Roma fueron tan grandes como lo habían sido dos años antes, al hacerse visible el campamento cartaginés desde las murallas y puertas de la Ciudad. El pueblo no podía decidir si la atrevida marcha del cónsul era cosa digna de alabar o de censurar, y resultaba obvio que habrían de esperar el resultado antes de pronunciarse a favor o en contra, lo que resulta la manera más injusta de juzgar. "Ha dejado el campamento sin general", decían, "cerca de un enemigo como Aníbal y con un ejército del que ha retirado su principal fortaleza: lo más selecto de sus soldados. Fingiendo marchar hacia Lucania, el cónsul ha tomado el camino de Piceno y de la Galia, permitendo que la seguridad de su campamento dependa de la ignorancia del enemigo en cuanto a la dirección que han tomado él y su división. ¿Qué pasará si se dan cuenta? ¿Y si Aníbal con todo su ejército decide partir en persecución de Nerón y sus seis mil hombres, o atacar el campamento, abandonado como está para ser saqueado, sin defensa, sin un general con plenos poderes ni nadie que pueda tomar los auspicios?" Los anteriores desastres en esta guerra, el recuerdo de los dos cónsules muertos el año anterior, todo ello les llenaba de pavor. "Todas esas cosas", se dijo, "ocurrieron cuando el enemigo tenía un solo jefe y un solo ejército en Italia; ahora hay dos guerras distintas en marcha, dos inmensos ejércitos y casi dos Aníbal en Italia, pues Asdrúbal es también hijo de Amílcar y es un jefe tan capaz y enérgico como su hermano. Se ha entrenado durante años en Hispania en la guerra contra Roma, y se ha distinguido él mismo con la doble victoria mediante la que aniquiló dos ejércitos romanos y a sus ilustres capitanes. En la rapidez de su marcha de Hispania y en la forma en que ha levantado en armas a las tribus de la Galia, puede presumir de un éxito mucho mayor que el del propio Aníbal, pues él ha mantenido unido su ejército en aquellos mismo lugares donde su hermano perdió la mayor parte de sus fuerzas por el frío y el hambre, las más miserables de todas las muertes". Los que estaban familiarizados con los últimos acontecimientos en Hispania llegaron a decir que encontraría en Nerón un general que no le sería ajeno, pues este era el general a quien Asdrúbal, cuando le interceptaron en un paso estrecho, engañó y confundió como un niño haciéndole vanas propuestas de paz. De esta manera exageraban la fuerza de su enemigo y despreciaban la propia, haciendo sus temores que vieran solo el lado más oscuro de todo.

[27.45] Cuando Nerón hubo puesto sufciente distancia entre el enemigo y él mismo como para que se fuera seguro revelar su propósito, hizo un breve discurso a sus hombres. "Ningún comandante," dijo, "ha planeado nunca una operación aparentemente más arriesgada, y en realidad menos, que la mía. Os estoy llevando a una victoria segura. Mi colega no entró en esta campaña hasta haber obtenido del Senado una fuerza tal de infantería y caballería como para considerarla sufciente; una fuerza, de hecho, mucho más numerosa y mejor equipada que si estuviera avanzando contra el propio Aníbal. Por pequeño que sea el número que ahora estáis añadiendo a ella, será sufciente para inclinar la balanza. Una vez que se extenda por el campo de batalla la noticia -y ya me encargaré yo de no lo haga demasiado pronto-de que ha llegado un segundo cónsul con un segundo ejército, ya no cabrá duda sobre la victoria. Los rumores deciden las batallas; un ligero impulso inclina las esperanzas y los temores de los hombres; si tenemos éxito, vosotros mismos os llevaréis toda la gloria de él, pues es siempre el último refuerzo el que se lleva el mérito de romper el equilibrio. Vosotros mismos veis las multitudes entusiastas y admiradas que os dan la bienvenida conforme marcháis". Y, ¡por Hércules!, por todas partes avanzaban en medio de los votos y las oraciones y las bendiciones de líneas de hombres y mujeres que se habían reunido desde todas partes de los campos y granjas. Les llamaban los defensores de la república, los vengadores de la Ciudad y de la soberanía de Roma; de sus espadas y de sus fuertes diestras dependía toda la seguridad y la libertad del pueblo y sus hijos. Imploraban a todos los dioses y diosas para que les concedieran una marcha segura y próspera, una batalla victoriosa y una temprana victoria sobre sus enemigos. A medida que los iban siguiendo con sus corazones anhelantes iban rezando para que pudieran cumplir los votos ha estaban haciendo cuando fueran alegremente a reunirse con ellos arrebatados por el orgullo de la victoria. Invitaban luego a los soldados a tomar lo que les habían traído, rogando y suplicando cada uno para que tomasen más de ellos que de los demás cuanto les fuera de utlidad para sí y para sus animales de tro y cargándoles con regalos de todo tpo. Los soldados mostraron la mayor moderación y se negaron a aceptar nada que no fuera absolutamente necesario. No interrumpieron su marcha ni se salieron de las filas, ni siquiera de detuvieron para tomar alimentos; marchaban día y noche constantemente, dándose apenas el descanso que la naturaleza exigía. El cónsul envió por delante mensajeros para anunciar su llegada a su colega y para preguntarle si sería mejor llegar en secreto o abiertamente, de noche o de día y si debían ocupar el mismo campamento o estar separados. Se consideró mejor que llegase por la noche.

[27.46] El cónsul Livio había emitido una orden secreta por medio de téseras para que los tribunos se hicieran cargo de los tribunos que venían, los centuriones de los centuriones, la caballería de sus camaradas montados y los legionarios de la infantería. No resultaba conveniente ampliar el campamento, pues su objetivo era mantener al enemigo en la ignorancia de la llegada del otro cónsul. El hacinamiento, al unir tan gran número de hombres en el reducido espacio que ofrecían las tiendas de campaña, se hizo más sencillo a causa de que el ejército de Claudio, en su apresurada marcha, no había llevado con ellos casi nada más que sus armas. Durante la marcha, sin embargo, su número se había visto aumentado por voluntarios, en parte antiguos soldados que ya habían cumplido su periodo de servicio y en parte jóvenes estaban deseando unírseles. Claudio alistó a aquellos cuya apariencia y fortaleza les hacía parecer aptos para el servicio. El campamento de Livio estaba en las cercanías de Sena, con Asdrúbal aproximadamente a media milla de distancia [la crítica suele situar la batalla en las proximidades de la actual Senigallia; los campamentos distaban entre sí 740 metros.-N. del T.] . Cuando se percató de que estaba llegando a su destino, el cónsul se detuvo donde le ocultasen las montañas para no entrar en el campamento antes de la noche. A continuación, los hombres entraron en silencio y fueron llevados a las tiendas, cada uno por un hombre de su mismo rango, donde les dieron la más cálida bienvenida y les recibieron amablemente. Al día siguiente se celebró un consejo de guerra en el que estuvo presente el pretor Lucio Porcio Licino. Su campamento estaba contguo al de los cónsules; antes de su llegada había adoptado todos las medidas posibles para confundir a los cartagineses, marchando por las alturas y aprovechando los puertos, fuera para detener su avance, fuera para acosar su columna por el fanco y la retaguardia mientras marchaba. Muchos de los presentes en el Consejo estaban a favor de posponer la batalla para que Nerón pudiera dar descanso a sus tropas desgastadas por la longitud de la marcha y la falta de sueño, así como también para que pudiera tener un par de días para conocer a su enemigo. Nerón trató de disuadirlos de este curso de acción y de todo corazón les imploró que no convirteran su plan, dilatándolo, en algo temerario, toda vez que a causa de la velocidad de su marcha era perfectamente seguro. La actividad de Aníbal, según él, estaba paralizada, por así decir, a causa de un error que no tardaría en rectfcar; ni había atacado su campamento en ausencia de su comandante, ni había tomado la decisión de seguirlo al marcharse. Sería posible, antes de que se moviera, destruir al ejército de Asdrúbal y regresar a la Apulia. "Darle tiempo al enemigo, dilatando el enfrentamiento, sería entregar su campamento en Apulia a Aníbal y abrirle un camino expedito a la Galia, de modo que se podría unir con Asdrúbal cuándo y dónde quisiera. Se debía dar de inmediato la señal para la acción, debemos marchar al campo de batalla y aprovechar los errores que están cometendo nuestros dos enemigos, el más distante y el que tenemos más a mano. Aquel no sabe que se enfrenta a un ejército menor de lo que cree, y este no es consciente de que tiene delante uno mayor y más fuerte de lo que imagina". Tan pronto como el consejo fue disuelto, se mostró la señal de combate y el ejército marchó formado al campo de batalla.

[27.47] El enemigo ya estaba formado, delante de su campamento, en orden de batalla. Sin embargo, se produjo una pausa. Asdrúbal había cabalgado a vanguardia con un destacamento de caballería y vio en las filas contrarias unos escudos muy gastados que no había visto antes y unos caballos inusualmente delgados; el número, también, le parecía mayor que el habitual. Sospechando la verdad, retró a toda prisa sus tropas al campamento y mandó que bajaran hombres al río del que obtenían agua los romanos con el objeto de capturar alguno de las partdas de aguada, si podían, y fjarse sobre todo en si estaban tostados por el sol, como suele ser el caso tras una larga marcha. Ordenó, al mismo tiempo, que patrullas montadas cabalgaran alrededor del campamento del cónsul y observasen si se había extendido su empalizada en cualquier dirección y que advirteran si el clarín de órdenes sonaba una o dos veces en el campamento. Le informaron que ambos campamentos, el de Marco Livio y el de Lucio Porcio, estaban como siempre, sin ningún añadido, y esto les engañó. Pero también le informaron de que el clarín de órdenes sonó una vez en el campamento del pretor y dos veces en el de cónsul; esto perturbó al veterano comandante, conocedor como era de los hábitos de los romanos. Llegó a la conclusión de que ambos cónsules estaban allí y se preguntaba inquieto cómo uno de los cónsules había dejado a Aníbal. Menos aún podía sospechar lo que había ocurrido en realidad, es decir, que Aníbal había sido engañado tan completamente que desconocía el paradero del comandante y del ejército cuyo campamento estaba tan cercano al suyo. Al no haberse atrevido su hermano a seguir al cónsul, creyó completamente seguro que había sufrido una grave derrota y temió grandemente no haber llegado a tiempo para salvar una situación desesperada y haber dejado que los romanos gozaran de la misma buena suerte en Italia que la que habían tenido en Hispania. A veces pensaba que su carta no había llegado a Aníbal, sino que había sido interceptada por el cónsul que, luego, se apresuró a aplastarle. En medio de estos sombríos presagios ordenó que se apagasen las hogueras y, en la primera guardia, dio señal para que se recogiese en silencio toda la impedimenta. El ejército, a continuación, abandonó el campamento. En la prisa y la confusión de la marcha nocturna, los guías, que no habían sido mantenidos bajo estrecha vigilancia, escaparon; uno se escondió en un lugar elegido de antemano y el otro cruzó a nado el Metauro por un vado que conocía bien. La columna, privada de sus guías, marchó sin rumbo por el campo y muchos, faltos de sueño, de dejaron caer para descansar; lo que seguían junto a los estandartes eran cada vez menos y menos. Hasta que la luz del día le mostrase el camino, Asdrúbal ordenó a la cabeza de la columna que avanzase con cautela; al ver que debido a las curvas y vueltas del río se había avanzado poco, dispuso lo necesario para cruzarlo tan pronto como el amanecer le mostrase un lugar a propósito. Sin embargo, no fue capaz de encontrar un paso, pues cuanto más marchaba hacia el mar más altas eran las orillas que limitaban la corriente; y perdiendo así el día, dio tiempo a su enemigo para que lo siguiera.

[27,48] Nerón, con la totalidad de la caballería, fue el primero en llegar, siguiéndole después Porcio con la infantería ligera. Comenzaron a hostgar a su cansado enemigo cargando repetdamente por todas partes, hasta que Asdrúbal detuvo una marcha que empezaba a parecer una huida y decidió formar un campamento sobre una colina que dominaba el río. En esta coyuntura, Livio apareció con la infantería pesada, no en orden de marcha, sino desplegada y armada para una batalla inminente. Unieron todas sus fuerzas y formaron el frente; Claudio Nerón tomó el mando del ala derecha y Livio de la izquierda, mientras que el centro fue asignado al pretor. Cuando Asdrúbal comprendió que debía renunciar a toda idea de atrincherarse y que debía disponerse a combatir, situó los elefantes al frente y a los galos cerca de ellos, a la izquierda, para oponerse a Claudio, no tanto porque confara en ellos sino porque esperaba que asustasen al enemigo; mientras, en la derecha, donde él ostentaba personalmente el mando, situó a los hispanos en quienes, como tropas veteranas, tenía más confanza. Los ligures fueron colocados en el centro, detrás de los elefantes. Su formación tenía mayor profundidad que longitud y los galos estaban cubiertos por una colina que se extendía a través de su frente. En la zona de la línea que ocupaban Asdrúbal y sus hispanos, enfrentaban la izquierda romana; toda la derecha romana quedó excluida de la lucha, pues la colina al frente le impedía hacer ningún ataque, frontal o de fanco. La lucha entre Livio y Asdrúbal resultó feroz y ambas partes sufrieron grandes pérdidas. Aquí estaban ambos generales, la mayor parte de la infantería y la caballería romana, los hispanos, que eran soldados veteranos y empleaban tácticas de combate romanas, además de los ligures, un pueblo endurecido por la guerra. A este sector del campo de batalla fueron llevados también los elefantes, que en su primera aparición pusieron en desorden la primera fla y obligaron a retroceder a los estandartes. Luego, conforme la lucha se hacía más enconada y el ruido y los gritos más furiosos, resultó imposible controlarlos, se abalanzaron entre los dos ejércitos como si no supieran a qué bando pertenecían, igual que los barcos a la deriva sin timón. Nerón hizo infructuosos esfuerzos para escalar la colina frente a él, gritando repetdas veces a sus hombres: "¿Para qué hemos marchado tanto tiempo a toda velocidad?" Cuando le fuera imposible alcanzar al enemigo en esa dirección, separó unas cohortes de su ala derecha, donde vio que estaban más en disposición de vigilar que para tomar parte en los combates, las llevó más allá de la retaguardia de su sector y, para sorpresa de sus propios hombres y del enemigo, lanzó un ataque contra el fanco enemigo. Tan rápidamente fue ejecutada esta maniobra, que casi al momento de mostrarse en el fanco ya estaban atacando la retaguardia enemiga. Así, atacados por todos lados, al frente, por el fanco y la retaguardia, los hispanos y los ligures fueron masacrados. Por fn, la matanza llegó donde estaban los galos. Aquí hubo muy poca lucha, pues en su mayor parte habían caído rendidos durante la noche y dormían desperdigados por los campos, alejados de sus enseñas; aquellos que aún permanecían junto a los estandartes estaban agotados por la larga marcha y la necesidad de sueño, resultando apenas capaces de soportar la fatga y de sostener el peso de su armadura. Era ya mediodía y el calor y la sed les hacía jadear, hasta que fueron abatidos o hechos prisioneros sin ofrecer resistencia alguna.

[27.49] Más elefantes fueron muertos por sus conductores que por el enemigo. Llevaban un escoplo de carpintero y un mazo y, cuando las bestias enloquecidas corrían por entre su propio bando, el conductor colocaba el escoplo entre las orejas, justo donde la cabeza está unida al cuello, y lo hundían con todas sus fuerzas. Este era el método más rápido que había sido descubierto para dar muerte a estos enormes animales cuando no había ninguna esperanza de controlarlos, y Asdrúbal fue el primero en introducirlo. A menudo se había distinguido este comandante en las batallas, pero nunca más que en este caso. Mantuvo arriba el ánimo de sus hombres, que lucharon tanto por sus palabras de aliento como compartendo sus peligros; cuando, cansados y desanimados, ya no podían luchar más, reavivaba su coraje mediante súplicas y reproches; llamaba a los que huían y con frecuencia reanudó el combate allí donde había sido abandonado. Finalmente, cuando la fortuna de la jornada se mostró decisivamente a favor del enemigo, rehusó sobrevivir a aquel gran ejército que le había seguido arrastrado por la magia de su nombre y, picando espuelas a su caballo, se lanzó contra una cohorte romana. Allí cayó luchando, una muerte digna del hijo de Amílcar y hermano de Aníbal. Nunca, durante toda la guerra, perecieron tantos enemigos en una sola batalla. La muerte del comandante y la destrucción de su ejército se consideró una compensación adecuada por el desastre de Cannas. Murieron cincuenta y seis mil enemigos, cinco mil cuatrocientos cayeron prisioneros y se obtuvo gran cantidad de botín, especialmente de oro y plata. Más de tres mil romanos, que habían sido capturados por el enemigo, fueron rescatados, y esto supuso cierto consuelo por las pérdidas sufridas en la batalla, pues la victoria no se logró, ciertamente sin sangre; alrededor de ocho mil romanos y aliados perdieron la vida. Tan saciados quedaron los vencedores con el derramamiento de sangre y la carnicería que, cuando al día siguiente se informó a Livio de que los galos cisalpinos y los ligures que no habían partcipado en la batalla o habían escapado del campo de batalla, marchaban en un gran grupo sin jefe ni nadie que impartera órdenes y que una sola ala de caballería [unos 300 jinetes.-N. del T.] podría borrarlos a todos, el cónsul replicó: "Dejad que algunos sobrevivan para que lleven la noticia de su derrota y de nuestra victoria".

[27.50] La noche después de la batalla, Nerón partió a un ritmo aún más rápido que al de su venida y en seis días llegó a su campamento y estuvo nuevamente en contacto con Aníbal. Su marcha no fue contemplada por las mismas multitudes de la otra vez, pues no le precedió ningún mensajero, pero su regreso fue recibido de modo tan exultante que el pueblo estaba casi fuera de sí de alegría. En cuanto al estado de ánimo en Roma, es imposible describir o imaginar la ansiedad con que los ciudadanos esperaban el resultado de la batalla o el entusiasmo que despertó el informe de la victoria. Nunca, desde el día en que llegaron las nuevas de que Nerón había iniciado su marcha, había abandonado ningún senador la Curia ni el pueblo el Foro de sol a sol. Las matronas, ya que no podían prestar ninguna ayuda activa, se dedicaron a la oración y las rogativas; atestaron todas las capillas y asaltaron a los dioses con súplicas y promesas. Mientras que los ciudadanos se encontraban en este estado de ansiosa inquietud, suspenso ansioso, se inició un vago rumor en el sentido de que dos soldados pertenecientes a Narnia habían ido desde el campo de batalla al campamento que estaba guardando el camino hacia la Umbría con el anuncio de que el enemigo había sido hecho pedazos. La gente escuchaba el rumor pero que no podían creer, pues la noticia era demasiado grande y demasiado feliz como para aceptarla como cierta; la misma velocidad a la que llegó la hizo menos creíble, pues informaron que la batalla había tenido lugar solo dos días antes. Después siguió un despacho de Lucio Manlio Acidino informando de la llegada de los dos jinetes a su campamento. Cuando esta carta fue llevada a través del foro hasta la tribuna del pretor, los senadores abandonaron sus puestos y, debido al entusiasmo del pueblo que se apretaba y empujaba, casi no pudo acercarse el correo a la Curia. Este fue arrastrado por la multitud, que exigió a gritos que el despacho fuese leído desde los Rostra antes de serlo ante el Senado. Por fn, los magistrados lograron que el pueblo se retrase y fue posible que todos partcipasen de las alegres noticias que tan impacientes estaban por recibir. El comunicado fue leído en primer lugar en la Curia y luego en la Asamblea. Fue escuchado con distintos sentimientos según el temperamento de cada uno, algunos consideraron la noticia como totalmente verídica, otros no la creerían hasta tener el despacho del cónsul y el informe de los mensajeros.


[27,51] Se dio noticia de que estos se acercaban. Todos, jóvenes y viejos por igual, corrieron a su encuentro, cada cual dispuesto a empaparse de las buenas noticias con ojos y oídos, extendiéndose la multitud hasta el puente Mulvio. Los mensajeros eran Lucio Veturio Filón, Publio Licinio Varo y Quinto Cecilio Metelo. Se dirigieron hacia el Foro rodeados por una multitud donde estaban representadas todas las clases del pueblo y asediados por todas partes a preguntas sobre lo que realmente había sucedido. Tan pronto como alguno escuchaba que el ejército enemigo y su comandante habían sido muertos, mientras los cónsules y su ejército estaban a salvo, se apresuraban a hacer partícipes a otros de su alegría. Llegaron a la Curia con difcultad, y aún con más difcultad se impidió a la multitud que invadiera el espacio reservado a los senadores. Una vez aquí, se leyó el despacho y después los mensajeros fueron llevados ante la Asamblea. Tras la lectura, Lucio Veturio dio los detalles completos y su relato fue recibido con gran entusiasmo que, fnalmente, acabó en vítores generales y con la Asamblea apenas capaz de contener la alegría. Algunos corrieron a los templos para dar gracias al cielo, otros corrieron a sus hogares para que sus esposas e hijos pudieran escuchar las buenas nuevas.
El Senado decretó tres días de acción de gracias "pues los cónsules, Marco Livio y Cayo Claudio Nerón, habían mantenido a salvo a sus propios ejércitos y destruido el ejército del enemigo y a su comandante". Cayo Hostlio, el pretor, dio la orden para su observancia. Los servicios fueron atendidos tanto por hombres, como por mujeres, los templos estuvieron llenos a lo largo de los tres días y las matronas, con sus ropas más espléndidas y acompañadas por sus hijos, ofrecieron sus acciones de gracias a los dioses, libres de inquietud y miedo como si la guerra hubiera terminado. Esta victoria también alivió la situación fnanciera. La gente se aventuró a hacer negocios igual que en tiempos de paz, a comprar y a vender, a prestar y a pagar los préstamos. Después que Nerón hubo regresado al campamento, dio órdenes para que la cabeza de Asdrúbal, que había guardado y traído con él, fuese lanzada frente a los puestos avanzados de los enemigos, y para que se exhibieran los prisioneros africanos, tal y como estaban encadenados. Dos de ellos fueron puestos en libertad con orden de ir hasta Aníbal e informarle todo lo que había sucedido. Aturdido tanto por el duelo que había caído sobre su país como por el luto de su familia, se dice que Aníbal declaró que reconocía el destino que esperaba a Cartago. Levantó el campamento y decidió concentrar en el Brucio, el más remoto rincón de Italia, a todos sus auxiliares a quienes ya no podía controlar mientras estaban diseminados por las distintas ciudades. Toda la población de Metaponto tuvo que abandonar sus hogares junto con todos los lucanos que reconocieron su supremacía, y fueron trasladados a territorio brucio.

Fin del libro 27.

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Libro 28: Conquista Final de Hispania.

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La Conquista final de Hispania

[28,1] Aunque la invasión de Asdrúbal había desplazado la carga de la guerra a Italia y llevó el correspondiente alivio a Hispania, la guerra se renovó repentinamente en aquel país de manera tan formidable como la anterior. En el momento de la salida de Asdrúbal -208 a.C.-, Hispania estaba dividida entre Roma y Cartago de la siguiente manera: Asdrúbal, hijo de Giscón, se había retirado al litoral del océano cerca de Cádiz [la antigua Gades.-N. del T.], la línea de costa mediterránea y la casi totalidad del oriente de Hispania era mantenido por Escipión bajo el dictado de Roma. Un nuevo general, de nombre Hanón, tomó el lugar de Asdrúbal Barca y trajo un ejército de refresco, se unió a Magón y marchó al interior de la Celtiberia, que se encuentra entre el Mediterráneo y el océano, levantando aquí un ejército muy considerable. Escipión envió contra él a Marco Silano, con una fuerza de no más de diez mil infantes y quinientos jinetes. Silano marchó tan rápido como pudo, pero su avance fue impedido por el mal estado de los caminos y los estrechos pasos de montaña, obstáculos que se encuentran en la mayor parte de Hispania. A pesar de estas difcultades, superó no solo a los indígenas que podrían haber llevado las nuevas, sino incluso a cualquier rumor sobre su avance; con la ayuda de algunos desertores celtiberos que sirvieron como guías, logró encontrar al enemigo. Cuando estaba a unas diez millas de distancia [14800 metros.-N. del T.], fue informado por sus guías de que había dos campamentos cerca de la vía por la que estaba marchando; el de la izquierda estaba ocupado por los celtiberos, un ejército recién alistado de unos nueve mil componentes, y el de la derecha por los cartagineses. Este último estaba guardado celosamente mediante puestos avanzados, piquetes y todas las precauciones habituales contra sorpresas; el campamento celtibero permanecía sin disciplina y descuidando todas las precauciones, como podría esperarse de bárbaros, reclutas y de quienes tienen poco miedo por estar en su propia terra. Silano decidió atacar primero este, manteniendo a sus hombres tan a la izquierda como pudiera para no ser detectados por los puestos avanzados cartagineses. Después de enviar a sus exploradores, avanzó rápidamente contra el enemigo.

[28,2] Estaba ya a cerca de tres millas [4440 metros.-N. del T.] de distancia y ninguno de los enemigos se había dado aún cuenta de su avance pues las rocas y los matorrales que cubrían la totalidad de este territorio montañoso ocultaba sus movimientos. Antes de hacer su avance fnal, ordenó a sus hombres hacer alto en un valle, donde quedaron bien ocultos, y comer. Volvieron a salir las partdas de exploración y confrmaron las declaraciones de los desertores, tras de lo cual los romanos, después de colocar la impedimenta en el centro y armándose para el combate, avanzaron en orden de batalla. El enemigo se percató de su presencia cuando se encontraban a una milla de distancia [1480 metros.-N. del T.] y a toda prisa se dispusieron a enfrentárseles. En cuanto Magón oyó los gritos y vio la confusión, galopó a través de su campamento para tomar el mando. Había en el ejército celtibérico cuatro mil hombres con escudos [se refiere Livio con esta expresión a la infantería pesada.-N. del T.] y doscientos de caballería, formando casi una legión normal y compuesta por lo mejor de sus fuerzas. Puso a estos, que eran su fuerza principal, al frente, y al resto, que estaban ligeramente armados, en la reserva. Con esta formación los llevó fuera del campamento, pero apenas hubieron cruzado la empalizada los romanos les lanzaron sus pilos. Los hispanos se agacharon para evitarlos y, a continuación, se levantaron para descargar los suyos, que los romanos recibieron según su costumbre con los escudos superpuestos; luego cerraron distancia y combateron cuerpo a cuerpo con sus espadas. Los celtiberos, acostumbrados a maniobrar rápidamente, encontraron inútl su agilidad sobre el terreno quebrado; pero los romanos, que estaban acostumbrados al combate estacionario, no encontraron inconveniente más allá del hecho de que, a veces, sus filas se quebraban al pasar por lugares estrechos o tramos con maleza. Luego tuvieron que luchar individualmente o en parejas, como si se tratara de duelos.

Estos mismos obstáculos, sin embargo, al impedir la huida de los enemigos, los entregó, como si estuviesen atados de pies y manos pies, a la espada. Casi toda la infantería pesada de los celtiberos había caído, cuando la infantería ligera cartaginesa, que había llegado desde el otro campamento, compartió su destino. No escaparon más de dos mil infantes; la caballería, que apenas había tomado parte en la batalla, pudo también escapar junto a Magón. El otro general, Hanón, fue hecho prisionero junto con los últimos en aparecer sobre el campo cuando la batalla ya estaba perdida. Magón, con casi la totalidad de su caballería y la infantería veterana, se unió a Asdrúbal en Cádiz diez días después del enfrentamiento. Los soldados novatos celtiberos se dispersaron por los bosques vecinos y alcanzaron así sus hogares. Hasta aquel entonces, la guerra no había sido grave, pero exista todo lo necesario para que se hubiera producido una confagración mucho mayor, de haber sido posible inducir a las otras tribus a levantarse en armas con los celtiberos; esa posibilidad quedó muy oportunamente destruida mediante esta victoria. Escipión, por lo tanto, elogió a Silano en términos generosos, y se senta esperanzado de llevar a término la guerra si él, por su parte, actuaba con la sufciente pronttud. Avanzó, en consecuencia, hasta el remoto rincón de Hispania donde se concentraban, bajo Asdrúbal, todas las restantes fuerzas de Cartago. Este resultó estar, por entonces, acampado en territorio de la Bética con el propósito de asegurarse la fidelidad de sus aliados; pero ante el avance de Escipión, de repente, se retró y, en una marcha que se parecía mucho a una huida, se retró hasta Cádiz, en la costa. Sinténdose, sin embargo, muy seguro de que mientras mantuviera unido su ejército sería objeto de un ataque, dispuso, antes de cruzar a Cádiz [la antigua Gades, hasta no hace demasiado, era en realidad una isla que ahora está unida a tierra por un istmo.-N. del T.], que todas sus fuerzas se distribuyeran entre las distintas ciudades, de modo que pudieran proteger las murallas mientras estas les protegían a ellos.

[28,3] Cuando Escipión tuvo conocimiento de esta división de las fuerzas enemigas, se dio cuenta de que llevar sus armas de ciudad en ciudad supondría una pérdida de tiempo mucho mayor que los benefcios obtenidos y, por lo tanto, retrocedió. No deseando, sin embargo, dejar aquel territorio en manos enemigas, envió a su hermano Lucio con diez mil infantes y mil de caballería para atacar la ciudad más rica de aquella parte del país a la que los nativos llamaban Orongis y que se encuentra en el país de los mesesos [hay propuestas que sitúan esta ciudad como una Aurungis próxima a la actual Baza, otras la identifican con el actual Jaén; en cuanto a los mesesos, pudieran ser quizá los mastienos.-N. del T.] , una de las tribus del sur de Hispania; el suelo es fértl y hay también minas de plata. Asdrúbal la había utlizado como base desde la cual lanzar sus incursiones contra las tribus del interior. Lucio Escipión acampó en las cercanías de la ciudad, pero antes de asediarla envió hombres a sus puertas de mantener una conferencia con los habitantes y tratar de persuadirlos para que pusieran a prueba más la amistad de los romanos que su fuerza. Como no se obtuvo ninguna respuesta en favor de la paz, rodeó la plaza con una doble línea de circunvalación y dividió su ejército en tres grupos, de manera que siempre hubiera uno listo para la acción mientras los otros dos estaban descansando y, por lo tanto, pudiera sostenerse un ataque continuo. Cuando el primer grupo avanzó para el asalto se produjo una lucha desesperada; tenían la mayor de las difcultades para acercarse a las murallas con las escalas de asalto, debido a la lluvia de proyectiles que caía sobre ellos. Aun cuando habían plantado las escalas contra los muros y empezaron a subirlas, eran trados abajo por unas horcas construidas a tal fn; se dejaron caer ganchos de hierro sobre el resto, de manera que corrían el peligro de ser arrastrados hasta las murallas y quedar suspendidos en medio del aire. Escipión vio que lo que hacía indecisa la lucha era, simplemente, el insufciente número de sus hombres y que los defensores tenían la ventaja debido a que estaban luchando desde sus murallas. Retró el grupo que estaba atacando y lanzó a los otros dos. Al encarar este nuevo ataque los defensores, cansados de sostener el asalto anterior, se retraron a toda prisa de las murallas y la guarnición cartaginesa, temiendo que la ciudad hubiera sido traicionada, abandonaron sus distintos puestos y formaron en un solo cuerpo. Esto alarmó a los habitantes que temían que, una vez dentro de la ciudad el enemigo, masacrase a todo el mundo, cartaginés o hispano. Muchos se lanzaron por una puerta abierta, manteniendo sus escudos por delante por si se les lanzaban proyectiles a distancia y mostrando sus manos derechas vacías para dejar claro que habían arrojado sus espadas. Pero su acción fue mal interpretada, bien por culpa de la distancia a la que fueron vistos o porque se sospechase de una traición; así que se lanzó un feroz ataque contra la multitud que huía, la cual fue destrozada como si se tratase de un ejército enemigo. Los romanos marcharon a través de la puerta abierta mientras que las demás puertas eran derribadas con hachas y picos; cada jinete entró al galope y, de conformidad con sus órdenes, se dirigió a ocupar el Foro. La caballería estaba apoyada por un destacamento de triarios; los legionarios ocuparon el resto de la ciudad. No hubo saqueo y, excepto en caso de resistencia armada, no hubo derramamiento de sangre. Todos los cartagineses y alrededor de un millar de los ciudadanos que habían cerrado las puertas fueron colocados bajo custodia, la ciudad fue entregada al resto de la población y se les resttuyeron sus bienes. Cayeron en el asalto de la ciudad unos dos mil enemigos; no más de noventa entre los romanos.

[28,4] La captura de esta ciudad fue un motivo de gran satsfacción para quienes la habían llevado a cabo, como lo fue también para el comandante supremo y el resto del ejército. La entrada de las tropas resultó un notable espectáculo debido a la inmensa cantidad de prisioneros que les precedían. Escipión otorgó los más altos elogios a su hermano y declaró que la captura de Orongis era un logro tan grande como su propia captura de Cartagena. El invierno se acercaba y como la estación ya le permita intentar la toma de Cádiz o perseguir al ejército de Asdrúbal, disperso como estaba por toda la provincia, Escipión llevó nuevamente todas sus fuerzas de vuelta a la Hispania Citerior. Tras dejar sus legiones en sus cuarteles de invierno, envió a su hermano a Roma con Hanón y el resto de prisioneros de alto rango, y después se retró a Tarragona. La flota romana, bajo el mando del procónsul Marco Valerio Levino, navegó durante el año de Sicilia a África y llevó a cabo correrías alrededor de Útica y Cartago; el saqueo se llevó a cabo bajo las mismas murallas de Útica y hasta las fronteras de Cartago. A su regreso a Sicilia se encontraron con una flota cartaginesa de setenta barcos. De estos, capturaron diecisiete, hundieron cuatro y pusieron en fuga al resto. El ejército romano, victorioso por tierra y mar, regresó a Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.] con una enorme cantidad de botín de toda clase. Ahora que los barcos enemigos habían sido expulsados y el mar estaba seguro, grandes cantdades de grano fueron enviadas a Roma.

[28,5] Fue al comienzo de este verano -207 a.C.-cuando el procónsul Publio Sulpicio y el rey Atalo, que como ya se dijo había invernado en Egina, navegaron hasta Lemnos con sus flotas combinadas; los barcos romanos sumaban veintcinco y treinta y cinco los del rey. Con el fin de estar preparado para enfrentarse a sus enemigos por tierra o mar, Filipo descendió hasta Demetrias por la costa y dio órdenes para que el ejército se reuniera en Larisa un día determinado. Cuando se enteraron de la llegada del rey a Demetrias, las embajadas de todos sus aliados fueron allí a visitarle. Los etolios, envalentonados por su alianza con Roma y la llegada de Atalo, asolaban las tierras de sus vecinos. Se produjo una gran alarma entre los acarnanes, los beocios y los habitantes de Eubea; también los aqueos tuvieron otro motivo de temor pues, además de su guerra contra los etolios, fueron amenazados por Macánidas, el tirano de Lacedemonia, que había acampado no lejos de las fronteras de los argivos. Las embajadas informaron al rey del estado de cosas, y unos y otros le rogaban que les prestase ayuda contra los peligros que les amenazaban por tierra y mar. La situación en su propio reino estaba lejos de ser tranquila; le llevaron informes en los que se le anunciaba que Escardiledos y Pleúratos se habían levantado otra vez y que las tribus tracias, especialmente los medos, se estaban disponiendo para invadir Macedonia tan pronto el rey estuviera ocupado en alguna guerra lejana. Los beocios y los estados del interior de Grecia informaron de que los etolios habían cerrado el paso de las Termópilas en su parte más estrecha, con un foso y una muralla, para impedirle que llevase socorro a las ciudades de sus aliados. Incluso un jefe torpe habría sido despertado por todos aquellos disturbios a su alrededor. Despidió a las embajadas con promesas firmes de que ayudaría a todas ellas según el momento y las circunstancias lo permiteran. Por el momento, el cuidado más urgente era la ciudad de Pepareto, pues se le informó de que el rey Atalo, que había navegado hasta allí desde Lemnos, se encontraba saqueando y destruyendo todo el campo a su alrededor. Filipo envió un destacamento para proteger el lugar. También envió a Polifanta con una pequeña fuerza a Beocia, y a un tal Menipo, uno de sus generales, con mil peltastas -la pelta no es distinta de la cetra-[se refiere aquí Livio a infantería ligera que usaba de aquel tipo de escudo.-N. del T.] a Calcis. Esta fuerza se complementó con quinientos agrianos, a fin de que la totalidad de la isla pudiera quedar protegida. El propio Filipo marchó a Escotusa y ordenó a las tropas macedonias en Larisa que fuesen allí. Le llegaron allí informes de que el consejo nacional de los etlos se había reunido cerca de Heraclea [la de Traquinia.-N. del T.] y que Atalo estaría presente para deliberar con ellos sobre la dirección de la guerra. Así pues, Filipo se dirigió hacia allá a marchas forzadas, pero no llegó al lugar hasta después que se hubiera disuelto el Consejo. Destruyó, sin embargo, las cosechas que estaban casi en sazón, especialmente en torno al golfo Malíaco [de los enianos, en el original latino.-N. del T.], y luego llevó su ejército a Escotusa. Dejando el grueso de sus fuerzas allí, volvió a Demetrias con una cohorte regia. Con vistas a enfrentar cualquier movimiento del enemigo, envió hombres a la Fócida, a Eubea y a Pepareto para escoger lugares elevados desde los que se pudieran encender hogueras, y fjó él mismo un puesto de observación en el monte Bardhzogia [el antiguos Tiseo, de 130 metros.-N. del T.], un pico de inmensa altura. De esta manera, mediante los fuegos en la distancia, esperaba recibir noticia inmediata sobre cualquier movimiento por parte del enemigo. El general romano y Atalo zarparon de Pepareto hacia Nicea, y de allí a la ciudad de Kastro [esta Nicea es un puerto de la Lócride cercano a las Termópilas; Kastro es la antigua Oreos.-N. del T.] en Eubea. Esta es la primera ciudad de Eubea que se deja a mano izquierda al salir del Golfo de Demetrias hacia Calcis y el Euripo. Atalo y Sulpicio dispusieron que los romanos atacarían por mar y las tropas del rey por terra.

[28,6] No fue hasta el cuarto día después de su llegada cuando se inició el ataque; el intervalo se pasó en conferencias secretas con Plátor, a quien Filipo había nombrado comandante de la guarnición. La ciudad tiene dos ciudadelas, una con vistas al mar y la otra hacia el corazón de la ciudad. Desde la última, un pasaje subterráneo bajaba hasta el mar, acabando a su vez en una torre de cinco pisos de altura que formaba una defensa imponente. Aquí tuvo lugar un violento combate, pues la torre estaba abundantemente provista con proyectiles de todo tpo, habiendo sido llevadas allí desde los barcos máquinas y artillería para usarlas contra ella. Mientras la atención de todos estaba centrada en la lucha que tenía lugar aquí, Plátor dejó entrar a los romanos a través de la puerta de la ciudadela que miraba al mar, siendo esta capturada de inmediato. Luego, los defensores, viéndose obligados a regresar a la ciudad, trataron de alcanzar la otra ciudadela. Aquí se habían situado hombres con el propósito de cerrarles las puertas y, al dejarlos así fuera de las dos ciudadelas, fueron muertos o hechos prisioneros. La guarnición macedonia formó una falange cerrada bajo la muralla de la ciudades, sin tratar de huir ni tomar parte activa en los combates. Plátor persuadió a Sulpicio para que les dejase marchar, siendo embarcados y desembarcados luego en Nea Anchialos [la antigua Demetrio.-N. del T.], en la Ftótde. El propio Plátor se unió a Atalo. Animado por su fácil éxito fácil en Oreos, Sulpicio partió de inmediato con su flota victoriosa hacia Calcis, pero aquí el resultado no respondió en modo alguno a sus expectativas. El mar, que es amplio y se cierra en cada extremo con un estrecho canal, presenta a primera vista la apariencia de un doble puerto con dos bocas opuestas entre sí. Pero sería difcil encontrar una rada más peligrosa para una flota. Repentinos vientos tempestuosos bajan de las altas montañas por ambos lados; y el Euripo no fuye y refuye, como comúnmente se afrma, siete veces al día a intervalos regulares, sino que sus aguas, arrastradas al azar por el viento ora en una dirección, ora en otra, se lanzan a lo largo como un torrente que descienda por la ladera de una montaña escarpada, de modo que los barcos nunca quedan en aguas tranquilas ni de día, ni de noche. Después de Sulpicio hubo anclado su flota en estas aguas turbulentas, se encontró con que la ciudad estaba protegida por un lado por el mar y, por el otro, el lado de terra, por muy sólidas fortifcaciones; también la fuerza de su guarnición y la lealtad de los ofciales, tan diferente de la duplicidad y la traición en Oreos, hacía a Calcis inexpugnable. Tras examinar lo difcil de su posición, el comandante romano actuó sabiamente al desistr de su temeraria empresa y, sin perder más tiempo, navegó hacia Cinos, en la Lócride, un lugar que servía como emporio a la ciudad de los opuntanos distante una milla del mar [del griego emporion, originalmente un emporio era un puesto marítimo comercial; en el caso de Hispania, por ejemplo, un establecimiento de esta clase dio nombre a la actual Ampurias, en la provincia de Gerona; el citado por Livio estaba a 1480 metros del mar.-N. del T.].

[28,7] Las hogueras en Oreos habían advertido a Filipo, pero por culpa de la traición de Plátor lo hicieron demasiado tarde y, en cualquier caso, la inferioridad naval de Filipo le habría hecho extremadamente difcil llegar a la isla. Como consecuencia de esta demora, no hizo ningún esfuerzo para aliviarla, pero se apresuró a auxiliar Calcis en cuanto le llegó la señal. Aunque esta ciudad también se encuentra en la isla, está separada del continente por un estrecho tan corto que permita que estuviese conectada por un puente, lo que hacía más fácil acercarse a ella por tierra que por mar. Filipo marchó desde Demetrias hasta Escotusa; se marchó de aquel lugar a medianoche y, tras derrotar a los etlos que guarnecían el paso de las Termópilas, les expulsó en desorden hacia Heraclea. Llegó fnalmente a Elatea, en la Fócida, habiendo cubierto más de sesenta millas en un día [88,8 kilómetros.-N. del T.]. Casi en el mismo día, la ciudad de los opuntanos fue tomada y saqueada por Atalo. Sulpicio le había dejado el botín a él, pues Oreos había sido saqueada por los romanos hacía unos días cuando las tropas del rey estaban en otro lugar. Mientras la flota romana estaba situada cerca de Oreos, Atalo estaba muy ocupado en exigiendo contribuciones a los principales ciudadanos de Opus, completamente ignorante de la aproximación de Filipo. Tan rápido fue el avance macedonio que, de no haber sido vista por casualidad, en la distancia, la columna enemiga por algunos cretenses que habían salido a forrajear, Atalo habría sido completamente sorprendido. Como fuera, este huyó en completo desorden hasta sus barcos, sin detenerse para armarse; cuando apareció Filipo, los hombres estaban, de hecho, botando sus barcos y aquel provocó gran alarma entre las tripulaciones incluso desde la orilla del mar. Luego regresó a Opus, acusando a dioses y hombres por haberse quitado de las manos la posibilidad de lograr una gran victoria. Estaba furiosísimo con los opuntanos porque, aunque habían resistido hasta su llegada, tan pronto llegó el enemigo se entregaron voluntariamente.

Después de arreglar los asuntos de Opus, marchó a Nista [la antigua Thronium.-N. del T.]. Atalo había navegado hasta Oreos, pero al enterarse de que Prusias, el rey de Bitinia, había violado las fronteras de sus dominios, abandonó todos sus proyectos en Grecia, incluyendo la guerra etolia, y se embarcó hacia Asia. Sulpicio llevó a su flota de nuevo a Egina, de donde había salido al comienzo de la primavera. Filipo capturó Nista sin más difcultades que las que había tenido Atalo en Opus. Estaba habitada esta ciudad por refugiados de Tebas en la Ftótde. Cuando la plaza fue capturada por Filipo, escaparon y se pusieron bajo la protección de los etolios, que les asignaron para residir una ciudad que había quedado arruinada y abandonada en la anterior guerra con Filipo. Después de capturar Nista, avanzó para capturar Titronio y Drumias, pequeñas ciudades sin importancia en la Dórida. Finalmente, llegó a Elatea donde se acordó que se encontrasen con él las embajadas de Ptolomeo y de los rodios. Aquí estuvieron discutendo la cuestón de poner fin a la guerra etolia -los embajadores habían estado presentes en el reciente consejo entre romanos y etolios en Heraclea-, cuando se supo la noticia de que Macánidas había decidido atacar a los eleos en medio de sus solemnes preparativos para los Juegos Olímpicos. Filipo pensó que debía impedir esto y, por consiguiente, despidió a los embajadores tras asegurarles que él era responsable de la guerra y que no pondría ningún obstáculo en el camino de la paz, siempre que sus términos fuesen justos y honorables. A continuación, marchó con su ejército armado a la ligera, y pasó a través de Beocia hacia Megara, bajando desde allí hasta Corinto. Aquí recogió suministros y, a continuación, avanzó hacia Fliunte y Feneos. Cuando hubo llegado a Herea escuchó que Macánidas, atemorizado por su rápida aproximación, marchó apresuradamente de vuelta a Lacedemonia. Al recibir esta información se dirigió a Egio, a fin de estar presente en la reunión de la Liga Aquea; esperaba, también, encontrar allí la flota cartaginesa, que había solicitado para tener alguna fuerza en la mar. Los cartagineses había dejado pocos días antes aquel lugar, hacia Oxeas [¿Oxías?.-N. del T.], y después, cuando oyeron que Atalo y los romanos habían partido de Oreo, buscaron refugio en los puertos de la Acarnania, temerosos de que si les sorprendían en Rhíon, en la desembocadura del golfo de Corinto, pudieran ser derrotados.

[28,8] Filipo estaba muy decepcionado y triste al ver que, a pesar de sus rápidos desplazamientos, siempre llegaba demasiado tarde para hacer algo útl; y porque la Fortuna se burlase de su energía y actividad, quitando ante sus ojos cualquier oportunidad. Sin embargo, ocultó su decepción en presencia del Consejo y habló en un tono muy confado. Apelando a los dioses y a los hombres, declaró que en ningún momento o lugar dejó de marchar con toda la rapidez posible cada vez que sonó el ruido de las armas enemigas. Sería difcil, continuó, estimar si él había sido más audaz en la guerra o si el enemigo la había hecho más deprisa. De esta manera se alejó Atalo de Opus y Sulpicio de Calcis, y así ahora había Macánidas escapado de sus manos. Pero la huida no siempre era algo bueno, y era imposible considerar que se trataba de una guerra difcil aquella en la que una vez se tomase contacto con el enemigo se habría vencido. Lo más importante era la propia admisión de los enemigos de que no eran rivales para él, y que obteniendo él en poco tiempo una victoria decisiva, el enemigo se encontraría con un resultado en la batalla peor del que habían previsto. Sus aliados se mostraron encantados con el discurso del rey. Luego, entregó Herea y Triflia a los aqueos, y también Alifera a los megalopolitanos, tras demostrar estos que aquella había formado parte de su territorio. Posteriormente, con algunos barcos proporcionados por los aqueos -tres cuatrirremes y otros tantos birremes-navegó hacia Antcira. Anteriormente había enviado al Golfo de Corinto siete quinquerremes y más de veinte barcos ligeros, con la intención de reforzar la flota cartaginesa, y con ellos se dirigió hacia Entras [la antigua Eruthras.-

N. del T.] de Etolia, cerca de Eupalio, donde desembarcó. Los etolios supieron de su desembarco, pues todos los hombres que estaban en los campos o en los castllos de Potdania o Apolonia huyeron a los bosques y las montañas; los rebaños que no pudieron llevar consigo en su huida, fueron tomados por Filipo y llevados a bordo. Todo el botín se envió a cargo de Nicias, el pretor de los aqueos en Egio; Filipo, enviando a su infantería por tierra a través de Beocia, fue personalmente a Corinto y de allí a Cencrea.

Aquí se embarcó de nuevo y, navegando más allá de la costa del Ática, alrededor del cabo Sunio y pasando casi a través de las flotas enemigas, llegó a Calcis. En su discurso a los ciudadanos habló en los mejores términos de su lealtad y coraje al negarse a ser arrastrados por cualesquiera amenazas o promesas, y les pidió que, en caso de que fueron atacados, mostrasen la misma determinación de ser fiel a su aliado si consideraban su propia posición preferible a la de Opus u Oreos. De Calcis navegó a Oreos, donde encomendó la administración y defensa de la ciudad a aquellos magnates que habían huido, al ser capturada la ciudad, en vez de entregarse a los romanos. Volvió luego a Demetrias, el lugar desde el que había comenzado a prestar ayuda a sus aliados. Procedió ahora a poner las quillas de cien barcos de guerra en los astlleros de Casandrea, reuniendo gran número de carpinteros de ribera para su construcción. Como la situación estaba ahora tranquila en Grecia, debido a la partida de Atalo y a la efectiva ayuda que Filipo había prestado a sus aliados en difcultades, este regresó a Macedonia para iniciar las operaciones contra los dárdanos.

[28,9] Justo al fnal de este verano Quinto Fabio, el hijo de Máximo, que era lugarteniente del cónsul Marco Livio, llegó a Roma para informar al Senado de que el cónsul consideraba a Lucio Porcio y sus legiones sufcientes para la defensa de la Galia y, en este caso, Livio y su ejército consular podían ser retrados de forma segura. El Senado llamó de vuelta no sólo a Livio, sino también a su colega Cayo Claudio, aunque las órdenes dadas a cada uno eran distintas. Se ordenó a Marco Livio que trajese de vuelta a sus tropas, pero las legiones de Nerón debían permanecer en su provincia, enfrentando a Aníbal. Los cónsules habían mantenido correspondencia entre ellos, conviniendo en que, igual que habían mantenido la misma opinión en su dirección de los asuntos públicos, así, aunque llegando desde direcciones opuestas, debían aproximarse a la Ciudad al mismo tempo. Cualquiera que fuese el primero en llegar a Palestrina, debía esperar allí a su colega, ocurriendo por casualidad que ambos llegaron allí el mismo día. Después de enviar una convocatoria para que el Senado se reuniera en el templo de Bellona en el plazo de tres días, marcharon juntos hacia la Ciudad. Toda la población salió a su encuentro con gritos de bienvenida, tratando cada uno de coger las manos de los cónsules; llovieron sobre ellos felicitaciones y agradecimientos por haber, con sus esfuerzos, salvado a la República. Cuando el Senado se reunió, siguieron el precedente establecido por todos los generales victoriosos y someteron a la Cámara un informe de sus operaciones militares. Luego se solicitó que, en reconocimiento a su dirección enérgica y efcaz de los asuntos públicos, a los dioses se les debían rendir honores especiales y a ellos, los cónsules, se les permitría entrar en la Ciudad en triunfo. Los senadores aprobaron un decreto para que se mostrara en primer lugar el agradecimiento a los dioses y, después de a estos, a los cónsules. Una solemne de acción de gracias fue decretada en su nombre y a cada uno de ellos se le permitó disfrutar de un triunfo.

Habiendo estado en completo acuerdo en cuanto a la dirección de su campaña, decidieron que no tendrían triunfos separados y se hizo el siguiente arreglo: Como la victoria se había obtenido en la provincia de Livio y como le habían correspondido a él los auspicios el día de la batalla, además de que su ejército fuera el que había sido llamado de vuelta a Roma, mientras que el de Nerón no podía abandonar su provincia, se decidió que Livio conduciría la cuadriga a la cabeza de sus soldados y que Cayo Claudio Nerón iría a caballo, sin escolta de soldados. El triunfo así compartido entre ambos enaltecería la gloria de los dos, pero especialmente de aquel que había permitido a su compañero superarle en honor tanto como él mismo lo superaba en mérito. "Ese caballero -se decían entre sí los hombres-"atravesó Italia de punta a punta en seis días y, al tiempo que Aníbal le creía enfrentándole en la Apulia, él combata en batalla campal contra Asdrúbal en la Galia. De aquel modo un cónsul había frenado el avance de dos generales, dos grandes capitanes en las esquinas opuestas de Italia, enfrentándose a uno con su estrategia y a otro en persona. El solo nombre de Nerón había bastado para mantener a Aníbal quieto en su campamento y, en cuanto a Asdrúbal, ¿qué fue lo que provocó su derrota y destrucción, sino la llegada de Nerón al campo de batalla? Uno de los cónsules podía conducir un carro con tantos caballos como quisiera, pues el triunfo verdadero pertenecía al otro, que iba a caballo por la Ciudad; aunque marchase a pie, la fama de Nerón nunca moriría, fuese por la gloria que adquirió en la guerra o por el desprecio que hacia ella mostró en su triunfo". Estas y otras observaciones parecidas de los espectadores siguieron a Nerón hasta llegar al Capitolio. El dinero que depositaron en el Tesoro ascendía a tres millones de sestercios y ochenta mil ases [el original latino dice literalmente "sestertium triciens, octoginta milia aeris"; las traducciones inglesas traducen “trescientos mil sestercios y ochenta mil ases.-N. del T.]. La generosidad de Marco Livio hacia sus soldados ascendió a cincuenta y seis ases por hombre, y Cayo Nerón prometó entregar la misma cantidad a los suyos en cuanto se reincorporase a su ejército. Fue de notar que aquel día, en sus bromas y canciones, los soldados celebraron con más frecuencia el nombre de Cayo Claudio Nerón que el de su propio cónsul; y que los miembros del orden ecuestre se volcaron en alabanzas hacia Lucio Veturio y Quinto Cecilio, instando a la plebe a que los nombrara cónsules para el año siguiente. Los cónsules agrandaron considerablemente el peso de esta recomendación cuando, a la mañana siguiente, informaron a la Asamblea del valor y fidelidad con que habían servido los dos ofciales.

[28.10] Se acercaba el tiempo de las elecciones y se decidió que deberían ser celebradas por un dictador. Cayo Claudio Nerón nombró dictador a su colega, Marco Livio, y este nombró como jefe de la caballería a Quinto Cecilio. Lucio Veturio y Quinto Cecilio fueron elegidos cónsules. Vino después la elección de los pretores; los nombrados fueron Cayo Servilio, Marco Cecilio Metelo, Tiberio Claudio Aselo y Quinto Mamilio Turrino, que era por entonces edil plebeyo. Cuando terminaron las elecciones, el dictador abandonó su cargo y tras licenciar a su ejército marchó con una misión ofcial a Etruria. Había sido encargado por el Senado a realizar una investgación sobre qué pueblos de Etruria y Umbría habían concebido el designio de desertar con Asdrúbal en cuanto apareció, así como cuáles de ellos le habían ayudado con suministros, hombres o en cualquier otra manera. Tales fueron los acontecimientos del año en el país y en el extranjero. Los Juegos Romanos fueron celebrados en su totalidad durante tres días consecutivos por los ediles curules Cneo Servilio Cepio y Servilio Cornelio Léntulo; igualmente fueron celebrados los Juegos Plebeyos, durante un día, por los ediles plebeyos Marco Pomponio Matón y Quinto Mamilio Turrino. Ya era el decimotercer año de la Guerra Púnica [207 a.C.; los cónsules tomarían posesión de sus cargos el 15 de marzo de 206 a.C.-N. del T.]. A ambos cónsules, Lucio Veturio Filón y Quinto Cecilio Metelo, se le asignó la misma provincia, el Brucio, para que conjuntamente pudieran llevar a cabo las operaciones contra Aníbal. Los pretores sortearon sus provincias: Marco Cecilio Metelo obtuvo la pretura urbana y Quinto Mamilio la peregrina. Sicilia cayó a Cayo Servilio y Cerdeña a Tiberio Claudio.

Los ejércitos se distribuyeron de la siguiente manera: Uno de los cónsules se hizo cargo del ejército de Nerón; el otro, del que había mandado Quinto Claudio; cada uno estaba compuesto por dos legiones. Marco Livio, que estuvo actuando como procónsul durante el año, tomó de Cayo Terencio el mando de las dos legiones de esclavos voluntarios en Etruria. También se decretó que Quinto Mamilio, a quien se había asignado la pretura peregrina, debía transferir sus deberes judiciales a su colega y mantener la Galia con el ejército que Lucio Porcio había mandado como propretor; también se le ordenó asolar los campos de aquellos galos que se habían pasado a los cartagineses a la llegada de Asdrúbal. Cayo Servilio debía proteger Sicilia, como había hecho Cayo Mamilio, con las dos legiones de los supervivientes de Cannas. El antiguo ejército en Cerdeña, bajo el mando de Aulo Hostlio, fue llamado de vuelta, y los cónsules alistaron una nueva legión que Tiberio Claudio debía llevar con él a la isla. Se concedió la extensión de su mando por un año a Quinto Claudio, con el que permanecería al mando en Tarento, y a Cayo Hostlio Tubero, para que pudiera seguir actuando en Capua. Marco Valerio, al que se había encargado de la defensa de la costa siciliana, recibió la orden de entregar más de treinta barcos al pretor Cayo Servilio y regresar a Roma con el resto de su flota.

[28.11] En una ciudad agobiada por una guerra de tanta gravedad, donde los hombres achacaban a la acción directa de los dioses cada suceso afortunado o desafortunado, se anunciaron numerosos prodigios. En Terracina, el templo de Júpiter, y en Conca [la antigua Satricum.-N. del T.] el de Mater Matuta, fueron alcanzados por un rayo. En este último lugar se produjo aún mucha más alarma por la aparición de dos serpientes que se deslizaron directamente a través de las puertas dentro del templo de Júpiter. Desde Anzio se informó de que los segadores habían visto espigas de grano cubiertas de sangre. En Cere, nacieron un cerdo con dos cabezas y un cordero con el sexo femenino y el masculino a la vez. Se dijo que en Alba fueron vistos dos soles, y en Fregellas se hizo la luz durante la noche. En los campos de Roma se dijo que habló un buey; se afrmó que el altar de Neptuno, en el Circo Flaminio, se había bañado en sudor y los templos de Ceres, Salud y Quirino fueron alcanzados por rayos. Los cónsules recibieron órdenes de expiar los presagios mediante el sacrifcio de víctimas mayores y fjando un día para una solemne rogativa. Estas medidas se llevaron a cabo de conformidad con la resolución del Senado. Lo que resultó ser una experiencia mucho más aterradora que todos los portentos notfcados en los campos, o vistos en la Ciudad, fue la extinción del fuego en el templo de Vesta. La vestal que estaba a cargo del fuego aquella noche fue duramente azotada por orden de Publio Licinio, el pontífice Máximo. Aunque esto no fue un presagio enviado por los dioses, sino simplemente el resultado de la negligencia humana, se decidió sacrifcar víctimas mayores y celebrar una ceremonia de solemne súplica en el templo de las vestales.

Antes de que los cónsules partieran a los asuntos de la guerra, el Senado les aconsejó que "velaran porque fueran devueltas sus casas de campo al pueblo". Ya que gracias a la bondad de los dioses, la carga de la guerra ya se había alejado de la ciudad de Roma y del Lacio, y los hombres podían habitar las zonas rurales sin miedo, no resultaba apropiado que estuviesen más preocupados por los cultivos de Sicilia que por los de aquella parte de Italia". El pueblo, sin embargo, no encontró aquello tan fácil. A los pequeños propietarios se los había llevado la guerra; no había casi trabajadores esclavos disponibles; el ganado había sido tomado como botín y las casas de campo habían sido saqueadas o incendiadas. Sin embargo, ante la autoritaria insistencia de los cónsules, un número considerable regresó a sus fncas. Lo que llevó al Senado a encargarse de esta cuestón fue la presencia de embajadas de Plasencia y Cremona, que llegaron para quejarse por la invasión y el saqueo de sus territorios por sus vecinos, los galos. Una gran parte de sus pobladores, dijeron, había desaparecido, sus ciudades estaban casi sin habitantes, y el campo era un desierto. Al pretor Mamilio se encargó la defensa de estas colonias; los cónsules, actuando según una resolución del Senado, publicaron un edicto requiriendo que todos los que fueran ciudadanos de Cremona y de Plasencia regresasen a sus hogares antes de cierto día. Por último, hacia el comienzo de la primavera partieron a la guerra. El cónsul Quinto Cecilio se hizo cargo del ejército de Cayo Nerón y Lucio Veturio del que había mandado Quinto Claudio, llevándolo a su totalidad de efectivos mediante los nuevos alistamientos que había efectuado. Llevaron sus ejércitos a territorio de Cosenza [la antigua Consentia.-N. del T.], y lo devastaron en todas las direcciones. Cuando regresaban cargados con el botín, fueron atacados en un paso estrecho por una fuerza de brucios y lanzadores de jabalinas númidas, peligrando no solo el botín, sino también las mismas tropas. Hubo, sin embargo, más alarma y confusión que lucha real. El botín fue enviado por delante y las legiones lograron alcanzar una posición libre de peligro. Avanzaron en la Lucania y toda la zona volvió a su lealtad a Roma sin ofrecer resistencia alguna.

[28,12] No se libró ninguna acción contra Aníbal este año, pues tras el golpe que había caído sobre él y su patria, no efectuó ningún avance, ni se preocuparon los romanos de molestarle, tal era su percepción sobre la capacidad que tenía aquel general único, aún cuando su causa por todas partes caía arruinada. Me inclino a pensar que resultaba más admirable en la adversidad que en la época de sus grandes victorias. Durante trece años había estado dirigiendo una guerra, con suerte diversa, sobre un país enemigo y lejos de casa. Su ejército no estaba formado por sus propios compatriotas, sino que era un conjunto mezclado de varias nacionalidades que nada tenían en común, ni leyes, ni costumbres, ni lengua; difería su apariencia, vestuario y armas, extraños entre sí en cuanto a sus ritos religiosos, apenas reconociendo los mismos dioses. Y, sin embargo, los había unido tan estrechamente que ninguna sedición los rompió, ni contra los propios soldados ni contra su comandante, aunque muy a menudo faltara el dinero o los suministros; la carencia de estos ya había supuesto durante la Primera Guerra Púnica la sucesión de numerosos incidentes de carácter tan vergonzoso. De haber descansado todas sus esperanzas de victoria sobre Asdrúbal y su ejército, y después de que aquel ejército hubiera sido eliminado, se habría retirado al Brucio y abandonado el resto de Italia a los romanos. ¿No es de sorprender que no estallara ningún motin en su campamento? Porque además de todas sus restantes difcultades, no tenía ninguna posibilidad de alimentar a su ejército excepto con los recursos del Brucio que, incluso si todo aquel país hubiera estado en cultivo, no habría brindado más que un magro suministro a un ejército tan grande. Pero tal como estaban las cosas, una gran parte de la población había dejado de labrar la tierra por culpa de la guerra y por su amor innato y tradicional por el bandidaje. No recibía ayuda de su terra, pues su gobierno estaba preocupado principalmente por mantener su dominio sobre Hispania, como si todo en Italia trascurriera favorablemente.

La situación en Hispania era similar en algunos aspectos y, en otros, totalmente distinta de la de Italia. Era similar en la medida en que los cartagineses, después de su derrota y la pérdida de su general, habían sido empujados hacia las zonas más distantes de Hispania, a orillas del océano. Era distinta en cuanto que las características naturales del país y el carácter de sus habitantes hacían de Hispania más a propósito que Italia, y de hecho más que cualquier otra terra, para la constante reanudación de hostlidades. A pesar de que fue la primera provincia, de todas las del continente, en ser ocupada por los romanos, fue por tales motivos la última en ser completamente subyugada, y esto solo en nuestros propios días bajo la dirección y los auspicios de César Augusto [esta afirmación es la que ha permitido datar la escritura de este libro en fecha posterior al 19 a.C.-N. del T.]. Asdrúbal Giscón, que, junto a la familia Barca, fue el más grande y más brillante general cartaginés que ostentó el mando en esta guerra, fue animado por Magón a renovar las hostlidades. partió de Cádiz y, atravesando toda Hispania, alistó una fuerza de cincuenta mil infantes y cuatro mil quinientos de caballería. En cuanto a la fuerza de su caballería, los autores están generalmente de acuerdo, aunque algunos de ellos afrmar que la fuerza de infantería que llevó a Silpia ascendió a setenta mil hombres [Silpia es Ilipa, la actual Alcalá del Río, en la provincia de Sevilla; por seguir la tradición clásica, haremos excepción y mantendremos en esta traducción el nombre romano y no el moderno.-N. del T.]. Cerca de esta ciudad acamparon los dos comandantes cartagineses, en una llanura amplia y abierta, dispuestos a aceptar la batalla si se les ofrecía.

[28,13] Cuando se dio noticia a Escipión de la reunión de este gran ejército, consideró que no se le podría enfrentar con sus legiones romanas a menos que empleara a sus auxiliares indígenas para poder aparentar, en todo caso, una mayor fortaleza. Al mismo tiempo, senta que no debía depender demasiado de ellos, pues si cambiaban de bando podrían provocar la misma derrota que terminó con su padre y su to. Culcas, cuya autoridad se extendía a más de veintocho ciudades fortifcadas, se había comprometido a organizar una fuerza de infantería y caballería durante el invierno, y envió a Silano para recibirlas. Luego, levantando sus cuarteles en Tarragona, Escipión bajó hasta Cástulo [hoy Cazlona, a 5 km. al sur de Linares, en la provincia de Jaén.-N. del T.] recogiendo pequeños contingentes proporcionados por las tribus amigas que quedaban al paso de su marcha. Allí se le unió Silano con tres mil infantes y quinientos de caballería. Todo su ejército, romanos y contingentes aliados, infantería y caballería, ascendían ahora a cincuenta y cinco mil hombres. Con esta fuerza avanzó al encuentro del enemigo y tomó posiciones cerca de Baécula [ver Libro 27,18.-N. del T.]. Mientras estaban sus hombres fortifcando el campamento, fueron atacados por Magón y Masinisa con toda su caballería, y les habrían puesto en gran desorden de no haber cargado Escipión con su caballería, a la que había situado en cierto lugar, oculta tras una colina. Aquella derrotó rápidamente a los atacantes que habían llegado hasta las líneas y estaban ya atacando a los que construían la empalizada; con los otros, que mantuvieron sus filas y avanzaban formados y en orden, el combate fue más prolongado y permaneció indeciso durante un tiempo considerable. Pero cuando llegaron, desde los puestos avanzados, las cohortes de infantería ligera y los hombres que se encontraban en los trabajos de castramentación tomaron sus armas, frescos para el combate, fueron relevando en número creciente a sus camaradas cansados; una vez quedó dispuesto sobre el campo de batalla un cuerpo considerable de hombres armados, los cartagineses y los númidas se retraron. En un primer momento se retraron en orden y con rapidez, manteniendo su formación, pero cuando los romanos incrementaron su ataque ya no pudieron sostenerse y resistr, dispersándose y huyendo como pudieron. Aunque esta acción hizo mucho para levantar el ánimo de los romanos y bajar los del enemigo, durante varios días se produjeron incesantes escaramuzas entre la caballería y la infantería ligera de ambos lados.

[28.14] Después de que se hubieran probado sufcientemente las fuerzas de cada parte, Asdrúbal condujo su ejército a la batalla, ante lo cual los romanos hicieron lo mismo. Cada ejército permanecía formado delante de su empalizada, sin decidirse a comenzar la lucha. Hacia el atardecer, los dos ejércitos, en primer lugar el cartaginés y después el romano, marcharon de vuelta a su campamento. Esto continuó durante algunos días; los cartagineses eran siempre los primeros en formar sus líneas y los primeros en recibir la orden de retrarse cuando estaban cansados de permanecer pie. No había movimiento alguno de avance por ningún bando, no se lanzó ningún proyectl ni se lanzó ningún grito de guerra. Los romanos se colocaban en el centro de una formación y los cartagineses en el centro de la otra; los flancos de ambos ejércitos estaban compuestos por tropas hispanas. Delante de la línea cartaginesa se situaban los elefantes, que desde la distancia parecían torres. Era creencia general en ambos campos que combatan según el orden en que habían formado y que la batalla principal se daría entre los romanos y los cartagineses del centro, los principales actores de la guerra y los más igualados en valor y armamento. Al darse cuenta Escipión de que esto se asumía como algo natural, alteró cuidadosamente sus órdenes para el día en que tenía intención de combatir. La noche anterior, envió una tésera por todo el campamento, ordenado a los hombres que desayunaran y procurasen que sus caballos se alimentaran antes del amanecer, la caballería debería estar para entonces completamente armada, con sus caballos dispuestos, embridados y ensillados. El día apenas había roto cuando envió toda su caballería, junto con la infantería ligera, contra los puestos avanzados cartagineses, siguiéndoles de inmediato con la infantería pesada de las legiones bajo su mando personal. Contrariamente a lo que todos esperaban, había convertido sus alas en la parte más fuerte de su ejército al colocar allí las tropas romanas, con los auxiliares ocupando el centro.

Los gritos de la caballería despertaron a Asdrúbal, que salió corriendo de su tenda. Cuando vio el cuerpo a cuerpo frente a la empalizada y el desorden entre sus hombres, y a los estandartes de las legiones brillando en la distancias con toda la llanura cubierta por el enemigo, de inmediato envió todas sus fuerzas de caballería contra la caballería enemiga. Sacó después a su infantería del campamento y formó su línea de batalla sin ningún cambio respecto al orden de días anteriores. El combate de caballería había cursado de momento sin ventaja para ninguno. Tampoco se podía llegar a nada decisivo, pues cuando cada una de las fuerzas era rechazada se retiraba entre la seguridad de su infantería. Pero cuando las fuerzas principales estaban a media milla una de otra, Escipión hizo llamar a su caballería e infantería ligera y les ordenó colocarse a retaguardia de la infantería, cuyas filas se abrieron para dejarle paso, y la formó después en dos divisiones situando cada una como apoyo detrás de cada ala. Entonces, al llegar el momento de ejecutar su maniobra, ordenó a los hispanos del centro que efectuasen un lento avance, enviando recado a Silano y Marcio para que se extendieran hacia la izquierda igual que él lo hacía hacia la derecha, y que se enfrentasen al enemigo con su caballería ligera y su infantería antes que los centros pudieran cerrar entre sí. Cada ala se alargó así mediante tres cohortes de infantería y tres turmas [unos 90 jinetes.-N. del T.], además de vélites, y con esta formación avanzaron contra el enemigo a la carrera, con los demás siguiéndoles en formación oblicua. La línea se curvó hacia adentro, hacia el centro, a causa del menor avance de los hispanos. Las alas estaban ya trabadas mientras que los cartagineses y los veteranos africanos, la principal fuerza de su ejército, no había tenido aún ocasión de lanzar un solo proyectl. No se atrevían a abandonar su lugar en las filas y ayudar a sus compañeros por miedo a dejar el centro abierto al avance del enemigo. Las alas estaban siendo presionadas mediante un ataque doble: la caballería, la infantería ligera y los vélites les habían rodeado y lanzaban una carga por el fanco, mientras las cohortes presionaban y fjaban su frente con el objeto de separarlos de su centro.

[28.15] La lucha no era igualada en ningún sector del campo de batalla. No solo quedaban enfrentados los baleáricos y los reclutas hispanos a los legionarios romanos y latinos sino que, conforme avanzaba el día, comenzó a ceder la fortaleza fsica del ejército de Asdrúbal. Sorprendido por el ataque repentino a primera hora de la mañana, habían sido obligados a ir a la batalla antes de que pudieran tomar fuerzas alimentándose. Fue con este objetivo por lo que Escipión había retrasado deliberadamente la lucha hasta el fnal del día, pues no fue hasta la séptima hora [a partir de mediodía.-N. del T.] cuando dio comienzo el ataque sobre las alas, y fue un poco después cuando la lucha alcanzó al centro; de tal modo que, con el calor del día, la fatga de permanecer con las armaduras y el hambre y la sed que estaban sufriendo, quedaron agotados antes de cerrar con el enemigo. Así, exhaustos, se apoyaban en sus escudos donde estaban. Para completar su incomodidad, los elefantes, asustados por los repentinos gritos de la caballería y los rápidos movimientos de la infantería ligera y los vélites, se precipitaron desde las alas al centro de las líneas [es de suponer que lo apresurado de la formación, ante el madrugador ataque romano, impidió al cartaginés formar los elefantes como en días anteriores y tuvo que situarlos en sus alas.-N. del T.]. Cansados y desanimados, el enemigo comenzó a retroceder, manteniendo empero sus filas, como si hubieran recibido la orden de retrarse. Pero cuando los vencedores vieron que las cosas les eran favorables, lanzaron un ataque aún más furioso por todas partes del campo de batalla, que el enemigo casi fue incapaz de resistr pese a que Asdrúbal trataba de reunirlos e impedir que cedieran, diciéndoles que la colina de su retaguardia les daría refugio seguro si se retraban en buen orden. Sus temores, sin embargo, pudieron más que su sentido de la vergüenza y cuando los más cercanos al enemigo cedieron, su ejemplo fue seguido repentinamente por todos y se produjo una desbandada general. Su primera parada fue en la parte inferior de la pendiente de la colina y, como los romanos dudasen en subirla, comenzaron a formar de nuevo sus líneas; pero al ver que avanzaban otra vez volvieron a huir y fueron obligados a retroceder en desorden a su campamento . Los romanos no estaban lejos de la empalizada y habrían asaltado el campamento sobre la marcha de no haber sido susttuido el brillante sol, que a menudo luce entre las fuertes lluvias, por una tormenta tal que los vencedores pudieron apenas regresar a su campamento; algunos, incluso, quedaron impedidos por un miedo superstcioso de intentar cualquier otra cosa aquel día. Aunque la noche y la tormenta invitaban a los cartagineses, exhaustos como estaban por su esfuerzo y muchos de ellos por sus heridas, a tomar el descanso que tanto necesitaban, sus temores y el peligro en que se encontraban, sin embargo, les impidió cualquier reposo. Esperando un ataque contra su campamento en cuanto se hiciera la luz, fortalecieron su empalizada con grandes piedras recogidas de los valles de alrededor, esperando hallar en sus fortifcaciones la defensa que no les habían proporcionado sus armas. La deserción de sus aliados, sin embargo, les decidió a buscar la seguridad en la huida en lugar de arriesgarse a otra batalla. El primero en abandonarles fue Atene, régulo de los turdetanos; se marchó con un cuerpo considerable de sus compatriotas, siguiendo a esto la entrega de dos ciudades fortifcadas con sus guarniciones a los romanos. Temiendo la propagación del aquel mal y la extensión del descontento, Asdrúbal levantó en silencio su campamento la noche siguiente.

[28,16] Cuando los puestos avanzados dieron noticia de la partida del enemigo, Escipión envió a su caballería y le siguió con todo su ejército. Tal fue la rapidez de la persecución que, de haber seguido la pista directa de Asdrúbal le debiera haber alcanzado. Pero, siguiendo el consejo de sus guías, tomaron una ruta más corta hacía el río Guadalquivir [el Betis, en el original latino.-N. del T.], de manera que le pudiesen atacar si trataba de cruzarlo. Encontrándose el río bloqueado, Asdrúbal dirigió su rumbo hacia el océano, y su precipitada marcha, que en su premura y confusión semejaba una huida, le dio una considerable distancia de las legiones romanas. La caballería e infantería ligera le hostgaron y retrasaron atacándole por los flancos y la retaguardia; y mientras se le obligaba constantemente a detenerse para repeler primero a la caballería y después a los escaramuzadores, llegaron las legiones. Ahora ya no fue una batalla, sino una pura carnicería; hasta el mismo general dio ejemplo huyendo y escapó a las colinas cercanas con unos seis mil hombres, muchos de ellos sin armas. El resto fueron muertos o hechos prisioneros. Los cartagineses improvisaron a toda prisa un campamento atrincherado en el punto más alto de las colinas, y como los romanos consideraron inútl intentar una precipitada ascensión, no tuvieron difcultad alguna en hacerse fuertes. Pero una altura desnuda y estéril apenas resultaba lugar donde mantener un asedio incluso de unos podías días y hubo numerosas deserciones. Finalmente, Asdrúbal marchó en busca de sus naves -pues no estaba lejos del mar-y huyó durante la noche, abandonando su ejército a su suerte. Tan pronto como Escipión se enteró de su huida, dejó a Silano para mantener el asedio del campamento cartaginés con diez mil soldados de infantería y mil jinetes mientras que él mismo, con el resto de sus fuerzas, regresaba a Tarragona. Durante su marcha de setenta días hacia esta plaza, tomó medidas para conocer de los asuntos de los régulos y de varias ciudades, para poderles recompensar según merecieran. Después de su partda, Masinisa llegó a un acuerdo secreto con Silano y cruzó con un pequeño contingente a África para inducir a su pueblo a apoyarlo en su nueva política. Las razones que le determinaron a este cambio repentino no fueron evidentes en el momento, pero la lealtad que posteriormente demostró durante su larga vida, y hasta su fnal, demostró fuera de toda duda que sus motivos iniciales fueron cuidadosamente sopesados. Después de Magón hubiera navegado hasta Cádiz en los barcos que Asdrúbal le había enviado, el resto del ejército, abandonado por la partida de sus generales, desertó en parte con los romanos y otros se dispersaron entre las tribus vecinas. No quedó cuerpo alguno de tropas digno de consideración, ni por número ni por fuerza combativa. Tal fue, en general, la forma en que, bajo la dirección y los auspicios de Publio Escipión, los cartagineses fueron expulsados de Hispania, catorce años después del comienzo de la guerra y cinco años después de que Escipión asumiera el mando supremo. No mucho después de la salida de Magón, Silano se unió a Escipión en Tarragona e informó de que la guerra había terminado.

[28,17] Lucio Escipión fue enviado a Roma a cargo de numerosos prisioneros de alto rango para anunciar el sometimiento de Hispania. Todo el mundo celebró públicamente este brillante éxito con sentimientos de alegría y regocijo; pero el hombre que lo había conseguido, y cuya sed de virtud y sinceras alabanzas era insaciable, contemplaba su conquista de Hispania sólo como un pequeño tramo de lo que su grandeza de ánimo y esperanza le hacía concebir. Ya estaba mirando hacia África y a la gran ciudad de Cartago como destinadas a coronar su gloria e inmortalizar su nombre. Este era el objetivo que se marcaba, y pensó que lo mejor sería preparar el camino ganándose a los reyes y tribus de África.

Comenzó por acercarse a Sífax, rey de los masesulios, una tribu vecina a los moros y que vivía en la costa, frente a la parte de Hispania donde está Cartagena. En aquel momento exista un tratado de alianza entre su rey y Cartago, pero Escipión no se imaginaba que Sífax considerase la santidad de los tratados más escrupulosamente de lo que generalmente son considerados entre los bárbaros, cuya fidelidad depende de los caprichos de la fortuna. En consecuencia, envió a Cayo Lelio con regalos para entrevistarse con él. El bárbaro estuvo encantado con los regalos, y viendo que la causa de Roma triunfaba por todas partes, mientras que los cartagineses habían fracasado en Italia y desaparecido completamente de Hispania, aceptó ser amigo de Roma, pero insistió en que la mutua ratificación del tratado debería tener lugar en presencia del general romano. Todo lo que Lelio pudo obtener de Lelio el rey fue un salvoconducto, y con él regresó con Escipión. Para poder cumplir sus planes sobre África, le resultaba de suprema importancia asegurarse a Sífax; este era el más poderoso de los príncipes nativos e incluso había mantenido hostlidades contra Cartago; más aún, sus fronteras estaban separadas de Hispania solo por un corto estrecho [hay unos 200 kilómetros entre Cartagena y la parte más próxima de la costa africana, cerca de Arzew.-N. del T.].

Escipión pensó que valía la pena correr tan considerable riesgo considerable para lograr su fin y, como no podía hacerse de otra manera, hizo los arreglos para visitar Sífax. Dejando la defensa de Hispania en manos de Lucio Marcio en Tarragona y de Marco Silano en Cartagena, a donde se había dirigido a marchas forzadas desde Tarragona, navegó cruzando el mar hacia África y acompañado de Cayo Lelio. Sólo tomó dos quinquerremes y, como el mar estaba en calma, la mayor parte de la travesía la efectuaron a remo, aunque de vez en cuando les ayudó una ligera brisa. Sucedió que Asdrúbal, después de su expulsión de Hispania, entró al puerto al mismo tiempo. Había anclado sus siete trirremes y se disponía a vararlos cuando se avistaron los dos quinquerremes. Nadie albergó la menor duda de que pertenecían al enemigo y que podrían ser fácilmente sobrepasados por su superioridad numérica antes de que llegasen a puerto. Los esfuerzos de soldados y marinos, sin embargo, para alistar sus armas y sus barcos en poco tiempo, en medio de tanto ruido y confusión, resultaron inútiles al llenar las velas de los quinquerremes una refrescante brisa marina, que los llevó a puerto antes de que los cartagineses pudieran levar sus anclas. Como ya estaban en el puerto del rey, nadie se atrevió a hacer ningún intento por molestarles. Así que Asdrúbal, que fue el primero en desembarcar, y Escipión y Lelio, que lo hicieron poco después, se dirigieron todos donde estaba el rey.

[28,18] Sífax consideró esto como un honor excepcional -y verdaderamente lo era-, que los capitanes de las dos naciones más poderosas de su tiempo llegaran buscando su amistad y alianza. Invitó a ambos a ser sus huéspedes y, ya que la Fortuna los que había querido bajo el mismo techo, con el mismo ánimo trató de inducirlos a ponerse de acuerdo, con objeto de eliminar todas las causas de disputa. Escipión se negó, alegando que no tenía ninguna querella personal con el cartaginés y que no podía discutr asuntos de Estado sin órdenes del Senado. El rey ansiaba que aquello no pareciera como si uno de sus huéspedes fuese excluido de su mesa e hizo todo lo posible para convencer a Escipión de que estuviera presente. Este no planteó ninguna objeción, ambos cenaron con el rey y, a su petción personal, ambos ocuparon el mismo lecho. Tal era el encanto innato de Escipión y su tacto en el trato con todo el mundo, que se ganó no sólo a Sífax, que como bárbaro no estaba acostumbrado a las costumbres romanas, sino incluso a su enemigo mortal. Asdrúbal declaró abiertamente que "admiraba a Escipión más ahora que lo había conocido personalmente que después de sus victorias militares, y no tenía ninguna duda de que Sífax y su reino ya estaban a disposición de Roma, tal habilidad poseía el romano para ganarse a los hombres. La cuestón, para los cartagineses, no era cómo se había perdido Hispania, sino cómo se podría retener África. No era porque amase los viajes, o por su pasión por navegar por costas placenteras, por lo que había salido aquel gran general romano de su recién subyugada provincia y dejado su ejército con dos naves para ir a África, la tierra de sus enemigos, confándose a la fidelidad no probada de un rey. Su verdadero motivo era la esperanza de converitrse en dueño de África; este proyecto había sido meditado durante mucho tiempo; se quejó abiertamente de que "Escipión no iba a dirigir la guerra en África como Aníbal en Italia". Después de que se concluyera el tratado con Sífax, Escipión zarpó de África y, tras pasar cuatro días en los que fue zarandeado por los vientos cambiantes y en su mayoría tormentosos, llegó a Cartagena.

[28.19] Hispania estaba tranquila en lo que se refería a la guerra con Cartago, pero era evidente que algunas ciudades, conscientes de sus malas prácticas, se mantenían tranquilas más por su miedo que por cualquier sentimiento de lealtad hacia Roma. De entre estas, Iliturgi y Cástulo eran las mayores en importancia y, sobre todo, en culpa [Polibio ofrece otros nombres, distintos pero muy parecidos: Iloúrgeia y Kastax; se conjetura con que la fuente de la que se informa Livio cambiase aquellos nombres por otros de ciudades que sí le eran conocidas. En todo caso, Iliturgi y Cástulo serían las actuales Andújar y Cazlona.-N. del T.] Mientras los ejércitos romanos fueron victoriosos, Cástulo se mantuvo fiel a su alianza; después de que los Escipiones y sus ejércitos fuesen destruidos, desertaron con Cartago. Iliturgi había ido más lejos, pues sus habitantes habían traicionado y condenado a muerte a los que habían buscado refugio con ellos después de los desastres, lo que agravó su traición con el crimen. Tomar medidas contra estas ciudades inmediatamente después de su llegada a Hispania, y estando aún las cosas indecisas, podría haber estado justfcado pero no era una decisión sabia. Ahora, sin embargo, cuando las cosas estaban decididas, se consideró que había llegado la hora del castgo. Escipión envió órdenes a Lucio Marcio para que llevase una tercera parte de sus fuerzas a Cástulo y que asaltara de inmediato el lugar; con el resto, él mismo marchó a Iliturgi, donde llegó tras cinco días de marcha. Las puertas se habían cerrado y se habían hecho todos los preparativos para repeler un asalto; los habitantes eran muy conscientes del castgo que merecían y de que cualquier declaración formal de guerra, por lo tanto, era innecesaria. Escipión hizo de esto el tema de su arenga a sus soldados. "Los hispanos", dijo, "al cerrar sus puertas han demostrado cuánto merecen el castgo que temen. Debemos tratarlos con mayor severidad de la que usamos con los cartagineses; con estos últimos luchamos por la gloria y el dominio, con apenas algún sentimiento de ira; pero a los primeros hemos de exigir la pena correspondiente a su crueldad, su traición y por asesinato. Ha llegado el momento de que venguéis la atroz masacre de vuestros camaradas de armas y la traición tramada contra vosotros mismos, si os hubiese llevado allí la huida. Dejaréis claro para siempre, con este horrible ejemplo, que nunca nadie deberá considerar maltratar a un soldado o a un ciudadano romano, independientemente de cuál fuera su situación".

Enardecidos por las palabras de su general, los hombres empezaron a prepararse para el asalto; se eligieron grupos de asalto de entre todos los manípulos y se les proveyó de escalas, y se dividió el ejército en dos grupos, uno puesto bajo el mando de Lelio, de manera que se pudiera atacar la ciudad desde lados opuestos y que se crease el doble de terror. Los defensores se veían estimulados a una prolongada y decidida resistencia no por sus generales o sus jefes, sino por el temor procedente de su conciencia de culpa. Con sus pasados crímenes en mente, se advertan entre sí de que el enemigo no buscaba tanto la victoria como la venganza. La cuestón no era cómo escapar de la muerte sino cómo enfrentarla: si espada en mano y sobre el campo de batalla, donde la fortuna de la guerra a menudo levanta al vencido y derriba al vencedor, o entre las cenizas de su ciudad y ante los ojos de sus esposas e hijos cautivos, siendo azotados con el látgo y sometidos a vergonzosas y horribles torturas. Con esta perspectiva ante sí, cada hombre que podía empuñar un arma tomó parte en la lucha, e incluso las mujeres y los niños trabajaban más allá de sus fuerzas, llevando proyectiles a los combatentes y piedras a las murallas para los que reforzaban las defensas. No sólo estaba en juego su libertad -aquel motivo solo inspira a los valientes-sino que tenían ante sus ojos los mismos extremos de la tortura y una muerte vergonzosa. Al mirarse unos a otros y ver que cada cual trataba de superar a los demás en trabajos y peligros, su valor de incendió; y ofrecieron tan furiosa resistencia que el ejército que había conquistado Hispania fue rechazado una y otra vez de las murallas de una solitaria ciudad, cayendo en el desorden tras un combate que no trajo ningún honor. Escipión tenía miedo de que los esfuerzos inútiles de sus tropas pudieran levantar el valor del enemigo y desanimar el de los suyos, y decidió entrar en combate y compartr el peligro. Recriminando a sus soldados por su cobardía, ordenó que se colocasen las escalas y amenazó con subir él mismo si el resto se quedaba atrás. Ya había llegado al pie de la muralla, y estaba en peligro inminente, cuando por todas partes se oyeron los gritos de los soldados, que se angustaban por la seguridad de su comandante, y se pusieron las escalas contra las murallas. Lelio lanzó entonces su ataque desde el otro lado de la ciudad. Esto quebró la resistencia de la parte posterior; se limpió la muralla de defensores y fue tomada por los romanos; en el tumulto, también se capturó la ciudadela por aquella parte donde se consideraba inexpugnable.

[28,20] Su toma fue efectuada por algunos desertores africanos que servían con los romanos. Mientras la atención de los habitantes se dirigía a la defensa de las posiciones que parecían estar en peligro, y los asaltantes situaban sus escalas donde quiera que se podían acercar a los muros, aquellos hombres advirteron que la parte más alta de la ciudad, que estaba protegida por acantlados, estaba menos fortifcada y defendida. Estos africanos, hombres de complexión ligera y que mediante un entrenamiento constante eran extremadamente ágiles, se dotaron de ganchos de hierro y subieron escalando por donde los resaltes de las rocas les servían de base; cuando llegaban a un lugar donde la roca era demasiado escarpada o lisa, fjaban los ganchos a intervalos regulares y los usaban como apoyo, los de delante trando de los de atrás y los de abajo empujando a los de arriba. De esta manera, se las arreglaron para llegar a la cima y apenas lo hubieron hecho corrieron abajo, con grandes gritos, hacia la ciudad que los romanos ya habían capturado. Y entonces salió el odio y el resentimiento que había provocado el ataque a la ciudad. Nadie pensaba en hacer prisioneros o apoderarse de botín, aunque todo estaba a merced de los saqueadores; aquello fue escenario de una matanza indiscriminada, no combatentes junto a alzados en armas, mujeres y hombres por igual eran masacrados; el salvajismo despiadado se extendió incluso a la masacre de los niños. Incendiaron luego las casas y lo que no consumió el fuego fue completamente demolido. Hasta tal punto quisieron aniquilar todo vestgio de la ciudad y borrar toda memoria de sus enemigos. Desde allí, Escipión marchó a Cástulo. Este lugar estaba siendo defendido por nativos de los pueblos de los alrededores, así como por los restos del ejército cartaginés que se había juntado allí tras su huida. Pero la aproximación de Escipión había sido precedida por las noticias de la caída de Iliturgi, y estas propagaron el desánimo y la desesperación por todas partes. Los intereses de los cartagineses y de los hispanos eran muy distintos; cada parte procuraba por su propia seguridad sin tener en cuenta a la otra, y lo que eran al principio sospechas mutuas, pronto dieron lugar a una ruptura abierta entre ellos. Cerdubelo aconseja abiertamente a los hispanos que entregasen la ciudad; Himilcón, el comandante de los cartagineses, aconsejaba la resistencia. Cerdubelo llegó a un acuerdo secreto con el general romano, entregó la ciudad y puso a los cartagineses en sus manos. Mostró más clemencia en esta victoria; la ciudad no había incurrido en culpa tan grave y la entrega voluntaria hizo mucho para suavizar cualquier sentimiento de ira.

[28.21] Después de esto, Marcio fue enviado a reducir a sumisión a todas las tribus que aún no habían sido sometdas. Escipión volvió a Cartagena para cumplir sus votos de ofrecer un espectáculo de gladiadores, que había preparado en honor a la memoria de su padre y su to. Los gladiadores, en esta ocasión, no procedían de la clase de la que los entrenadores solían obtenerlos -esclavos y hombres que venden su sangre-, sino que eran todos voluntarios y prestaron sus servicios gratuitamente. Algunos habían sido enviados por sus régulos para dar una muestra de la valenta instintiva de su raza, otros justfcaron su deseo de combatir para contentar a sus jefes y otros más eran arrastrados por un espíritu de rivalidad, retando a otros a combate singular y aceptando estos últimos el desafo. Hubo algunos que tenían querellas pendientes y acordaron aprovechar esta oportunidad para resolverlas mediante la espada, con la condición de que el vencido quedaría a disposición del vencedor. No solo fueron individuos desconocidos los que hicieron esto. Miembros de linajes nada oscuros, sino nobles e ilustres, como Corbis y Orsua, primos hermanos entre sí, que se disputaban la primacía de una ciudad llamada Ibe [¿Ibi?.-N. del T.], declararon su intención de resolver su controversia mediante la espada. Corbis era el mayor de los dos: el padre de Orsua había sido el último en ostentar el principado, habiendo sucedido a su hermano mayor tras la muerte de este. Escipión quería que discutesen la cuestón calmada y pacífcamente, pero como se habían negado a petción de sus propios familiares, le dijeron que no aceptarían el arbitrio de nadie, fuera hombre o dios, excepto de Marte, y solo a él apelarían. El mayor se enorgullecía de en su fuerza, el más joven de su juventud; ambos preferían luchar a muerte antes que uno quedase a las órdenes del otro. Al no querer aquietar su rabia, resultaron un espectáculo sorprendente para el ejército y una prueba, igualmente sorprendente, de las desgracias que la pasión por el poder provoca entre los hombres. El mayor, por su familiaridad con las armas y su destreza, prevaleció con facilidad sobre la fuerza bruta y sin entrenar del más joven. Los combates de gladiadores fueron seguidos por juegos fúnebres, con toda la pompa que los recursos de la provincia y el campamento podían proporcionar.

[28.22] Mientras tanto, los lugartenientes de Escipión no estaban en absoluto inactivos. Marcio cruzó el Guadalquivir, llamado por los nativos Certs, y recibió la rendición de dos ciudades sin combatir. Estepa era una ciudad que siempre ha estado del lado de Cartago [Astapa en el original latino, en la actual provincia de Sevilla.-N: del T.]. Pero no fue esto lo que la hizo digna de la ira, sino su extraordinario odio contra los romanos, mucho mayor de lo que sería justfcable por las necesidades de la guerra. Ni la situación ni las fortifcaciones de la ciudad eran como para inspirar confanza a sus habitantes, pero su carácter proclive al bandolerismo les indujo a hacer incursiones en los territorios de sus vecinos, que eran aliados de Roma. En estas correrías tenían costumbre de capturar cualquier soldado romano solitario, comerciante o cantinero que se encontrasen. Como era peligroso viajar en pequeños grupos, se solía viajar en grandes partdas y una de ellas, mientras cruzaba la frontera, fue sorprendida por los bandidos que estaban al acecho, siendo asesinados todos sus miembros. Cuando el ejército romano avanzó para atacar el lugar, los habitantes, plenamente conscientes del castgo que merecía su crimen, supieron con seguridad que el enemigo estaba demasiado indignado como para albergar cualquier esperanza de seguridad mediante su rendición. Desesperando de que sus murallas o sus armas les protegieran, resolvieron un acto igualmente cruel y horrible para con ellos mismos y los suyos. Recogiendo los más valioso de sus posesiones, las amontonaron en una pila, en un lugar determinado de su foro. Sobre aquel montón ordenaron sentarse a sus mujeres e hijos, amontonaron luego en torno a ellos gran cantidad de madera y en la parte superior colocaron leña seca. Se encargó a cincuenta hombres armados que cuidasen de sus pertenencias y de las personas que les resultaban más queridas que sus posesiones, dándoles las siguientes instrucciones: "Manteneos en guardia mientras la batalla esté dudosa; pero si veis que resulta en nuestra contra y que la ciudad está a punto de ser capturada, sabréis que a los que habéis visto marchar al combate nunca regresarán vivos; os imploramos, por todos los dioses del cielo y del inferno, en nombre de la libertad, libertad que terminará bien con una muerte honorable, bien con una deshonrosa esclavitud, que no dejéis nada sobre lo que un enemigo salvaje pueda descargar su ira. El fuego y la espada están en vuestras manos. Es mejor que se produzca por manos feles y amigas la partida de quien está condenado a morir, y no que sea por la del enemigo que añadirá burla y desprecio a la muerte". Estas advertencias fueron seguidas por una terrible maldición sobre cualquiera que se apartara de su propósito por esperanza de salvarse o por blandura de corazón.

Luego abrieron las puertas y se lanzaron a una carga tumultuosa. No había posiciones avanzadas lo bastante fuertes como para enfrentarlos, pues lo último que se temía era que los sitados se aventuran fuera de sus murallas. Unas pocas turmas de caballería e infantería ligera fueron enviadas contra ellos desde el campamento, produciéndose una lucha feroz e irregular en la cual la caballería, que había sido la primera en enfrentarse con el enemigo, fue derrotada, provocando esto el pánico entre la infantería ligera. El ataque podría haberles empujado hasta el mismo pie de la empalizada de no haber podido formar las legiones, aún con muy poco tiempo, y permitrles cubrirse tras sus líneas. Así las cosas, hubo al principio alguna vacilación entre las primeras filas, pues el enemigo, cegado por la rabia, se lanzó con loca temeridad para ser heridos por la espada. Luego, los soldados veteranos que surgieron como apoyo, imperturbables ante el frenétco ímpetu, destrozó las filas frontales y detuvieron así el avance de las posteriores. Cuando, a su vez, trataron de forzar al enemigo, se encontraron con que ninguno cedía terreno, todos resueltos a morir donde se encontraban. Ante esto, los romanos extendieron sus líneas, lo que su superioridad en número les permitó hacer fácilmente, hasta que desbordaron al enemigo que, luchando en un círculo, murió hasta el último hombre.

[28.23] Toda aquella matanza fue, en cualquier caso, obra de unos soldados exasperados que se enfrentaron a sus enemigos armados según las leyes de la guerra. Sin embargo, una carnicería mucho más horrible tuvo lugar en la ciudad, donde una multitud débil e indefensa de mujeres y niños fue masacrada por su propio pueblo; sus cuerpos fueron arrojados, aún convulsos, a la pira encendida que casi llegó a extinguirse por los ríos de sangre. Y por último de todo, los propios hombres, agotado por la penosa masacre de sus seres queridos, se arrojaron sobre las armas con todo en medio de las llamas. Todos habían perecido para el momento en que los romanos llegaron a la escena. En un primer momento se quedaron horrorizados ante tan espantosa visión; pero al ver el oro y la plata fundida que fuía entre el resto de cosas que componían la pila, la codicia propia de la naturaleza humana los impulsó a tratar de arrebatar lo que pudieran sacar del fuego. Algunos quedaron atrapados por las llamas y otros se quemaron con el aire caliente, pues los de delante no se retraban por culpa de la multitud que los presionaba por detrás. Así, Estepa fue destruida por el hierro y el fuego sin dejar ningún botín a los soldados. Después de aceptar la rendición de las demás ciudades de aquel territorio, Marcio condujo a su victorioso ejército de vuelta con Escipión en Cartagena. Justo en ese momento, llegaron algunos desertores de Cádiz, que se comprometeron a entregar la ciudad con su guarnición cartaginesa y a su comandante, así como a los barcos del puerto. Después de su huida, Magón había situado su cuartel general en esa ciudad y, con la ayuda de los barcos que había reunido, había logrado juntar una fuerza considerable, en parte desde la costa opuesta de África y en parte mediante la gestón de Hanón entre las tribus hispanas vecinas. Luego de haberse dado mutuamente garantas de buena fe, Escipión envió a Marcio con las cohortes de infantería ligera y a Lelio con siete trirremes y un quinquerreme para dirigir las operaciones conjuntas, por tierra y mar, contra aquel lugar.

[28,24] Escipión cayó afectado por una grave enfermedad que los rumores, sin embargo, agravaron aún más, pues cada hombre, por el innato gusto por la exageración, añadía algún nuevo detalle a lo que acababa de oír. Toda Hispania, sobre todo las zonas más remotas, resultó muy agitada por estas notcias, y es fácil juzgar, a partir de la cantidad de problemas que causó un rumor sin base, los que se habrían producido de haber muerto realmente. Aliados que no conservaron su fidelidad, ejércitos que no cumplieron con sus obligaciones. Mandonio e Indíbil se habían hecho a la idea de que, tras la expulsión de los cartagineses, la soberanía sobre Hispania recaería sobre ellos. Cuando vieron frustradas sus esperanzas, llamaron a sus compatriotas los lacetanos, y levantaron una fuerza entre los celtiberos con la que asolaron el territorio de los suesetanos y el de los sedetanos [ambos pueblos habitaban las proximidades del Ebro, por la parte de Tarragona.-N. del T.], que eran aliados de Roma. Una perturbación de un tipo diferente, un acto de locura por parte de los propios romanos, se produjo en el campamento de Sucro [las últimas investigaciones parecen ubicarla en Albalat, sin descartar otras localizaciones próximas, en todo caso en la actual provincia de Valencia.-N. del T.]. Estaba ocupada por una fuerza de ocho mil hombres que estaban apostados allí para proteger a las tribus de este lado del Ebro [o sea, del lado norte.-N. del T.]. Los vagos rumores acerca de la vida de su comandante no fueron, sin embargo, la causa principal de su acción. Un largo período de inactividad, como de costumbre, los había desmoralizados y se irritaron contra las restricciones de la paz después de estar acostumbrado a vivir capturando botín del enemigo. En un primer momento su descontento se limitó a murmuraciones entre ellos mismos. "Si hay guerra en la provincia -se decían-¿qué estamos haciendo aquí, entre una población pacífca? Si la guerra ha terminado ¿por qué no hemos regresado a Roma?" Exigieron luego el pago de los atrasos con una insolencia absolutamente incompatible con la disciplina y las normas militares. Los vigías insultaban a los tribunos cada vez que estos efectuaban sus rondas de inspección, y algunos se marcharon de noche para saquear a los pacífcos habitantes de los alrededores, hasta que al fin terminaron por abandonar sus estandartes sin permiso a plena luz del día. Hacían todo según les dictaba su capricho y su fantasía, sin prestar atención ni a las normas, ni a la disciplina ni a las órdenes de sus superiores. Solo una cosa ayudó a mantener exteriormente la apariencia de un campamento romano, y fue la esperanza que sostenían los hombres de que los tribunos se contagiaran de su locura y se unieran a su motin. Con esta esperanza les permitan administrar justicia desde sus tribunas, acudían a ellos para recibir la consigna y las órdenes del día y montaban guardia con los turnos adecuados. Así, después de privarlos de toda autoridad efectiva, guardaron apariencia de obedecer mientras eran, en realidad, sus propios jefes. Cuando vieron que los tribunos censuraban y reprobaban sus actos, y trataban de reprimirlos, declarando abiertamente que nada tendrían que ver con su locura insensata, estallaron en rebelión abierta. Expulsaron a los tribunos desde sus cuarteles, y luego fuera del campamento, por aclamación unánime pusieron el mando supremo en las manos de los principales cabecillas del motin, dos soldados comunes cuyos nombres eran Cayo Albio Caleno y Cayo Atrio Umbro. Estos hombres no solo no quedaron satsfechos con portar las insignias de los tribunos militares, sino que tuvieron la osadía de portar las del mando supremo, las fasces y las hachas. Nunca se les ocurrió que aquellos símbolos que habían llevado ante ellos para atemorizar a los demás se precipitarían sobre sus propias espaldas y cuellos. La falsa creencia de que Escipión había muerto les cegó; estaban seguros de que la difusión de aquella nueva prendería las llamas de la guerra por toda Hispania. En la turbamulta general, se imaginaban que serían capaces de recoger contribuciones de los aliados de Roma y saquear las ciudades a su alrededor; pensaban que en medio de la extendida confusión, donde por todas partes se cometan crímenes y ultrajes, no se advertría lo que hubieran hecho.

[28.25] Esperaban a cada momento nuevos detalles de la muerte de Escipión, incluso noticias de su funeral. Sin embargo, no llegó ninguna y los mismos rumores se fueron apagando paulatinamente. Empezaron luego a buscar a quienes los empezaron, pero todos se quitaban de en medio prefriendo que les considerasen crédulos antes que sospechosos de haber inventado una historia así. Abandonados por sus secuaces, los cabecillas miraban temerosamente las insignias que habían asumido y supusieron que, a cambio de aquella exhibición de poder, habrían arrastrado sobre ellos el peso de la autoridad auténtica y legítima. Mientras el motin se estancaba, llegó información concreta de que Escipión estaba vivo, seguida luego de la seguridad de que se había restablecido su salud. Esta seguridad fue comunicada por un grupo de siete tribunos militares, a quienes Escipión había enviado a Sucro. Al principio, su presencia exaltó los ánimos, pero las conversaciones que mantuvieron con aquellos a quienes conocían tuvo un efecto calmante; visitaron a los soldados en sus tiendas y charlaron con los grupos que rondaban los tribunales o que estaban en frente del Pretorio. No hicieron referencia a la traición de la que los soldados se habían hecho culpables, sólo les preguntaban sobre las causas del súbito motin. Se les contestaba que los hombres no cobraron puntualmente su paga ni se les dio parte conforme al papel que habían desempeñado en la campaña. Cuando los iliturgitanos cometeron su detestable traición, y después de la destrucción de los dos ejércitos y sus comandantes, fue gracias a su valor -afrmaron-que se conservó el nombre romano y la provincia para la República. Y a pesar de que aquellos habían recibido la justa recompensa por su traición, nadie se había preocupado de recompensar a los soldados romanos por sus meritorios servicios.

En respuesta a estas y otras denuncias, los tribunos dijeron a los hombres que sus petciones eran razonables y que se las expondrían al general. Se alegraron de que no se tratase de nada peor o más difcil de solucionar en derecho, y los hombres podían descansar tranquilos de que Publio Escipión, tras el favor que los dioses le habían mostrado, e incluso el mismo Estado, les mostrarían su agradecimiento. Escipión tenía experiencia en la guerra, pero no estaba familiarizado el tratamiento de los motines. Dos cosas le inquietaban: la posibilidad de que la insubordinación se extendiera a todo el ejército y que los castgos infigidos resultaran excesivos. Por el momento, decidió seguir como había empezado y manejar el asunto con cuidado. Se enviaron recaudadores entre las ciudades tributarias, de manera que los soldados pudieran recibir prontamente sus pagas. Poco después, dio orden de que se reunieran en Cartagena con aquel propósito; debían marchar en un solo grupo o en destacamentos sucesivos, como prefrieran. Ya se estaba apagando el malestar cuando el cese repentino de las hostlidades, por parte de los hispanos rebeldes, lo hizo cesar completamente. Cuando Mandonio e Indíbil supieron que Escipión estaba vivo, se dieron por vencidos de su empresa y se retraron dentro de sus fronteras; los amotinados no podían encontrar a nadie, ni entre sus propios compatriotas ni entre los indígenas, que se quisiera agregar a su acto insensato. Después de considerar cuidadosamente todas las posibilidades, vieron que la única manera de escapar de las consecuencias de sus malos consejos, y no con mucha esperanza, era someterse al justo malestar de su general y a su clemencia, la que no desesperaban de experimentar. Argüían que siempre había perdonado a los enemigos de su patria tras los combates, mientras que durante su sedición nadie había sido herido y no se había derramado ni una gota de sangre; habían estado libres de cualquier crueldad y no merecían un castgo cruel. ¡Así de elocuente es el ingenio humano para disculpar su propia mala conducta! Dudaron bastante entre si acudir a recibir sus pagas por separado, cohorte a cohorte, o todos juntos. Esto último les pareció lo más seguro y por ello se decidieron.

[28,26] Mientras estaban discutendo estos puntos, en Cartagena se celebraba un consejo de guerra sobre ellos. Había división de pareceres: unos pensaban que sería sufciente proceder solo contra los cabecillas, que no sumaban más de treinta y cinco; otros lo consideraban un acto de alta traición en lugar de un motin, y sostenían que aquel mal ejemplo sólo podía ser frenado con el castgo de todos cuantos estuvieran implicados. Prevaleció fnalmente la opinión más misericordiosa, que el castgo solo recayera sobre aquellos que originaron la sedición; en cuanto a las tropas, se consideró sufciente una severa reprensión. Al disolverse el consejo, se informó al ejército estacionado en Cartagena de que había de lanzarse una expedición contra Mandonio e Indíbil, y que debían preparar raciones para varios días. El objetivo era hacer parecer que se trataba de la empresa para la que se había reunido el consejo de guerra. Se entregó a cada uno de los siete tribunos que habían sido enviados a Sucro para sofocar el motin, y que ya habían regresado por delante de las tropas, los nombres de cinco cabecillas. Se les instruyó para que salieran al encuentro de los culpables con sonrisas y buenas palabras, que los invitaran a sus alojamientos y, cuando los hubieran hecho beber hasta adormecerlos, los encadenasen. Cuando ya estaban no lejos de Cartagena, fueron informados por personas con las que se encontraban de que todo el ejército partría a la mañana siguiente, al mando de Marco Silano, contra los lacetanos.

Esta noticia no disipó completamente los secretos temores que albergaban, aunque se alegraron mucho al oír aquello, pues se imaginaban que ahora que su comandante estaba solo podrían ellos apoderarse de él, en lugar de estar ellos en su poder.

El sol se ponía cuando entraron en la ciudad, y hallaron al otro ejército efectuando los preparativos para su marcha. Se había dispuesto de antemano cómo se les iba a recibir; se les dijo que su comandante se alegraba de que hubieran llegado cuando lo habían hecho, justo antes de que partera el otro ejército. Se les separó entonces para buscar comida y descanso, llevando a los cabecillas a las casas de los hombres elegidos para la ocasión, donde se les entretuvo y donde los tribunos les arrestaron y encadenaron sin ningún alboroto. Sobre la cuarta guardia, el tren de bagajes del ejército empezó a moverse para iniciar su fngida marcha; al romper el día, los estandartes se adelantaron, pero el ejército al completo se detuvo en cuanto llegaron a la puerta, situando vigías a su alrededor para impedir que nadie abandonase la ciudad. Las tropas recién llegadas fueron convocadas a una asamblea, y se dirigieron al foro rodeando con gritos amenazantes la tribuna de su general, esperando intimidarle con sus gritos. En el momento en que subió a su tribunal, las tropas que habían vuelto desde la puerta y que estaban totalmente armadas, rodearon a la multitud desarmada. Entonces se acobardaron completamente y, como admiteron después, lo que más les atemorizó era el color y vigor de su jefe, a quien habían esperado ver débil y enfermo, así como la expresión nunca antes vista en su cara, ni siquiera en el fragor de la batalla. Durante algún tiempo permaneció sentado en silencio, hasta que le informaron de que los cabecillas habían sido llevados reducidos al foro y que todo estaba dispuesto.

[28,27] Después que el ordenanza obtuviera el silencio, pronunció el siguiente discurso: "Nunca pensé que me faltarían palabras para dirigirme a mi ejército, no por haberme adiestrado más para hablar que para actuar, sino porque al haber vivido la vida de campaña desde la niñez habría aprendido a comprender el carácter de los soldados. En cuanto a lo que ahora he de decir, me fallan las ideas y las palabras; ni siquiera sé con qué ttulo dirigirme a vosotros. ¿Os he a llamar "ciudadanos romanos", a vosotros que os habéis rebelado contra vuestra patria? ¿Puedo llamaros "soldados", cuando habéis renunciado a la autoridad y auspicios de vuestro general y roto las solemnes obligaciones de vuestro juramento militar? En vuestra apariencia, vuestras maneras, vuestras ropas y vuestra actitud reconozco las de mis compatriotas, pero vuestros actos, vuestra lengua, vuestros planes, vuestro espíritu y temperamento son los de los enemigos de vuestra patria. ¿Qué diferencia hay entre vuestras esperanzas y objetivos y los de los ilergetes y los lacetanos? Incluso ellos elegían hombres de rango real, Mandonio e Indíbil, para mandarlos en su locura; mientras tanto vosotros delegáis los auspicios y el mando supremo en Atrio Umbro y en Albio Caleno. Decidme, soldados, que no estabais todos en esto o que no aprobabais lo que se ha hecho. Con mucho gusto creeré que sólo unos pocos eran culpables de tan insensato desatino, si me aseguráis que es así. Pues el delito es de tal naturaleza que, de haber partcipado todo el ejército, solo se podría expiar mediante un terrible sacrifcio.

"Es doloroso para mí hablar de este modo, abriendo, por así decir, las heridas; pero sin tocar y volver a tocar las heridas no se pueden curar. Después de la expulsión de los cartagineses de Hispania, no creía que hubiera en ninguna parte nadie que deseara mi muerte, tal había sido mi conducta tanto para amigos como para enemigos. Y, sin embargo, estaba por desgracia en tan gran error que hasta en mi propio ejército la noticia de mi muerte fue, no ya creída, sino mirada con entusiasmo. Ni por un momento desearía acusaros de esto a todos vosotros, pues si pensase que todo mi ejército desea mi muerte, aquí moriría, ante vuestros ojos. Mi vida no tendría ningún atractivo para mí si resultara odioso a mis compatriotas y a mis soldados. Pero toda multitud es como el mar, que abandonado a sí mismo permanece naturalmente inmóvil, hasta que los vientos y las tormentas lo excitan. Lo mismo ocurre con la furia entre los hombres, cuya causa y origen se encuentra en vuestros cabecillas, que os han contagiado de su locura. Porque ni siquiera parecéis conscientes de hasta qué extremos de locura habéis llegado, o de cuán criminal imprudencia sois culpables, contra mi, contra vuestra patria, vuestros padres y vuestros hijos, contra los dioses que fueron testigos de vuestro juramento militar, contra los auspicios bajos los que servíais, contra la tradición del ejército y la disciplina de vuestros antepasados, contra la majestad inherente a la suprema autoridad. En cuanto a mí, prefero mantener silencio; puede que hayáis prestado oído a la noticia de mi muerte con más ligereza que avidez, puede que sea yo de tal manera que mi mando resulte molesto al ejército. Sin embargo, vuestro país, ¿qué os ha hecho para que hagáis causa común con Mandonio e Indíbil en su traición? ¿Qué ha hecho el pueblo romano para que privéis de su autoridad a los tribunos que eligió y la deis a individuos particulares? ¡Y no contentos con tener a tales hombres por tribunos, vosotros, un ejército romano, habéis transferido las fasces de vuestro jefe a hombres que no tenían ni a un simple esclavo a sus órdenes! ¡El Pretorio fue ocupado por un Albio y un Atrio, ante sus puertas sonaba el clarín, a ellos acudíais por órdenes, se sentaban en el tribunal de Publio Escipión, el lictor les precedía y les abría camino y delante de a ellos iban las hachas y las fasces! Cuando se produce una lluvia de piedras, los edificios son golpeados por un rayo o de los animales nacen crías monstruosas, consideráis estas cosas como signos. Tenemos aquí un presagio que ninguna víctima y ninguna rogativa podrá expiar, excepto la sangre de quienes se han atrevido a un crimen tan terrible.

[28,28] "Aunque ningún delito es dictado por motivos racionales, aún así me gustaría saber lo que teníais en su cabeza, cuál era vuestra intención, en la medida en que tanta maldad admita alguna. Hace años, una legión que se envió de guarnición a Reggio asesinó a los hombres principales del lugar y se apoderaron de aquella rica ciudad durante diez años. Por este crimen fue decapitada toda una legión de cuatro mil hombres en el foro de Roma. Pero, en primer lugar, ellos no habían elegido para mandarles a un Atrio Umbro que era poco más que un cantinero y cuyo mismo nombre ya es un mal presagio, Sino que siguieron a Décimo Vibelio, un tribuno militar. Tampoco se unieron a Pirro, ni a los samnitas y lucanos, los enemigos de Roma; pero vosotros comunicasteis vuestros planes a Mandonio e Indíbil, y os dispusisteis a unir vuestras armas a las suyas. Ellos se contentaron con hacer como los campanos hicieron al arrancar Capua de manos de los etruscos, sus antiguos habitantes, o como hicieron los mamertinos cuando capturaron Mesina en Sicilia; trataron convertir a Regio en su futuro hogar, sin pensamiento alguno de atacar a Roma o a los aliados de Roma. ¿Tratasteis de convertir Sucro en vuestra residencia permanente? Si, después de someter a Hispania, yo me hubiera marchado y os hubiese abandonado aquí, os podríais haber quejado con justicia ante los dioses y los hombres de que no habíais regresado con vuestras esposas e hijos. Pero debéis haber desterrado de vuestra mente todos recuerdo de ellos, como de vuestro país y de mí mismo. Me gustaría trazar el curso que habría tomado vuestro criminal proyecto, aunque sin llegar a extremos de locura. Estando yo vivo y conservando intacto el ejército con el que un día capturé Cartagena y derroté y expulsé de Hispania a cuatro ejércitos cartagineses, ¿realmente habríais arrebatado la provincia de Hispania del poder de Roma con una fuerza de unos ocho mil hombres; cada uno de vosotros, de todas formas, de menos valía que el Albio y el Atrio a quien hicisteis vuestros jefes?

"Dejo a un lado e ignoro mi propio honor y reputación, y asumo que en modo alguno he sido insultado por vuestra excesiva credulidad hacia la historia de mi muerte. ¿Y entonces qué? Suponiendo que yo hubiese muerto, ¿habría muerto conmigo la república, habría compartido la soberanía de Roma mi destino? De ningún modo; Júpiter Óptimo Máximo nunca habría permitido que una ciudad construida para la eternidad, construida bajo los auspicios y la sanción de los dioses, fuera a ser de tan corta vida como este frágil cuerpo mortal mío. A Cayo Flaminio, Emilio Paulo, Sempronio Graco, Postumio Albino, Marco Marcelo, Tito Quincio Crispino, Cneo Fulvio, y mis propios familiares, los dos Escipiones, todos ellos distinguidos generales, se los ha llevado esta única guerra; y sin embargo, aún vive Roma y viviría aunque mil más se perdieran por enfermedad o por la espada. ¿Iba a quedar entonces enterrada la República en mi solitaria tumba? ¿Por qué, incluso vosotros mismos, después de la derrota y muerte de mi padre y de mi to, elegisteis a Séptimo Marcio para conducidos contra los cartagineses, exultantes como estaban por su reciente victoria? Hablo como si Hispania hubiera quedado sin general; pero ¿no habría vengado completamente Marco Silano, que llegó a la provincia investido con el mismo poder y autoridad que yo, con mi hermano Lucio Escipión y Cayo Lelio como lugartenientes suyos, el ultraje al imperio?. ¿Puede hacerse alguna comparación entre su ejército y vosotros, entre su rango y experiencia y los de los hombres que habéis elegido, entre la causa por la que luchan y la vuestra? Y si fuerais superiores a todos ellos, ¿levantaríais las armas junto a los cartagineses contra vuestra patria, contra vuestros conciudadanos? ¿Qué daño os han hecho?".

[28,29] "Coriolano fue una vez obligado a hacer la guerra a su país por una inicua sentencia que lo condenó al mísero e indigno exilio, pero un afecto privado lo hizo abandonar el crimen que planeaba contra el pueblo ¿Qué dolor, qué ira os incitó a vosotros? ¿Declarasteis la guerra a vuestro país, desertasteis del pueblo romano en favor de los ilergetes, pisoteasteis todas las leyes, humanas y divinas, simplemente porque se retrasó unos días vuestra paga debido a la enfermedad de vuestro general? No hay duda, soldados, que enloquecisteis; la enfermedad del cuerpo que yo he sufrido no ha sido ni un ápice más grave que la enfermedad que invadió vuestras mentes. Me horrorizo ante el modo en que los hombres dan crédito a los rumores, las esperanzas que albergan y los ambiciosos planes que se forman. Que todo se olvide, si es posible, o, si no, que por lo menos el silencio corra un velo sobre todo. Admito que mis palabras os parezcan severas e insensibles, pero pensad ¿cuán más grave no ha sido vuestra conducta que cualquier cosa que yo haya dicho? Os pensáis que está bien y es correcto que yo tolere vuestras acciones, ¿y aún no aguantareis el oírlas nombrar? No os reprocharé nunca más todo esto; solo deseo que lo olvidéis tan pronto como yo lo olvidaré. En cuanto al ejército como cuerpo, si os arrepents sinceramente de vuestro error, me daré por satsfecho y más que satsfecho. Albio Caleno y Atrio Umbro, junto a los demás cabecillas de este motin detestable, expiarán su crimen con su sangre. Contemplar su castgo os debe satisfacer y no apenar, si habéis recobrado verdaderamente la cordura, pues sus planes se han demostrado perjudiciales y destructivos más para vosotros que para cualquier otro". Apenas había terminado de hablar cuando, a una señal convenida, los ojos y los oídos de su audiencia fueron asaltados por todo cuanto les pudiera atemorizar y horrorizar. El ejército, que formaba en guardia alrededor de toda la asamblea, chocó sus espadas contra los escudos y se oyó la voz del ordenanza proclamando el nombre de quienes habían sido condenados en el Consejo de Guerra. Se les desnudó hasta la cintura, se les llevó en medio de la asamblea y se practicaron todos los métodos de castgo: fueron atados a la estaca, azotados y fnalmente decapitados. Los espectadores quedaron tan embargados por el terror que ni una sola voz se levantó contra la severidad de la pena, ni siquiera un gemido se escuchó. Luego, los cuerpos fueron arrastrados y, tras limpiar el lugar, los soldados fueron convocados, cada uno por su nombre, para prestar el juramento de obediencia a Publio Escipión ante los tribunos militares. Después recibió cada uno de ellos la paga que se le debía. Tal fue el fnal y conclusión del motin que se inició entre los soldados de Sucro.

[28,30] Mientras tanto, Hanón, lugarteniente de Magón, había sido enviado por la zona del Guadalquivir con un pequeño grupo de africanos para alquilar tropas entre las tribus hispanas, logrando alistar cuatro mil jóvenes armados. Poco después, su campamento fue capturado por Lucio Marcio; la mayoría de sus hombres murió en el asalto y algunos otros durante su huida, por la caballería que les perseguía; el mismo Hanón escapó con un puñado de sus hombres. Mientras esto ocurría en el Guadalquivir, Lelio navegó hacia el oeste y llegó hasta Carteya, una ciudad situada en la parte de la costa donde el estrecho empezaba a ensancharse hacia el océano [próxima a la actual San Roque, en el centro de la bahía de Algeciras, provincia de Cádiz.-N. del T.]. Llegaron al campamento romano algunos hombres con la oferta de entregar voluntariamente la ciudad de Cádiz, pero el plan fue descubierto antes de madurar. Todos los conspiradores fueron arrestados y Magón los puso bajo la custodia del pretor Adérbal para trasladarlos a Cartago. Adérbal los puso a bordo de un quinquerreme que se envió por delante y que era un barco más lento que los ocho trirremes con los que zarpó poco después. El quinquerreme acababa de entrar en el Estrecho [el de Gibraltar.-N. del T.] cuando Lelio zarpó del puerto de Carteya con otro quinquerreme seguido por siete trirremes. Marchó contra Adérbal y sus trirremes, convencido de que el quinquerreme no podría dar la vuelta, atrapado por las corrientes del Estrecho.

Sorprendido por este ataque insospechado, el general cartaginés dudó por unos momentos entre seguir a su quinquerreme o virar su proa contra el enemigo. Esta vacilación le impidió declinar el combate, pues uno y otro quedaron ya al alcance de sus proyectiles y el enemigo le atacaba por todas partes. La fuerza de la marea les impedía dirigir sus barcos hacia donde querían. No hubo apariencia alguna de batalla naval, sin libertad de acción ni espacio para tácticas o maniobras. Las corrientes de la marea dominaron completamente la acción; llevaban los barcos en contra de los de su mismo bando y contra los enemigos, de forma indiscriminada, a pesar de todos los esfuerzos de los remeros. Se podía ver un barco, que trataba de escapar, siendo arrastrado hacia los vencedores, y al que lo perseguía, si entraba en una corriente opuesta, era hecho retroceder como si huyera. Y cuando ya estaban todos enzarzados y un barco se dirigía hacia otro para embestrle con el espolón, se desviaba de su rumbo y recibía un golpe lateral del espolón; otras estaban presentando el costado cuando, de repente, se ponían de proa. Así transcurrió el combate entre los distintos trirremes, dirigidos y controlados por el azar. El quinquerreme romano respondía mejor a la caña, fuera porque su peso lo hacía más estable o porque había más remos para cortar las olas. Hundió dos trirremes, y se abrió paso rápidamente a través de un tercero, cortando todos los remos de una banda, y habría deshecho al resto si Adérbal no hubiera podido separarse con los cinco restantes y, dando todas las velas, llegar a África.

[28.31] Después de su victoria, Lelio volvió a Carteya, donde se enteró de lo que había estado ocurriendo en Cádiz, cómo se había descubierto el complot y se había enviado a Cartago a los conspiradores Como el propósito con el que había llegado se había visto así frustrado, envió recado a Lucio Marcio diciéndole que, si no quería perder el tiempo acampado ante Cádiz, ambos se debían reunir con su jefe. Marcio se mostró de acuerdo y ambos regresaron a los pocos días a Cartagena. Tras su partda, Magón respiró más libremente después de haber estado amenazado por un doble peligro, por tierra y mar; al recibir noticias de la reanudación de hostlidades por parte de los ilergetes, albergó nuevamente esperanzas de recuperar Hispania. Se enviaron mensajeros a Cartago, para presentar ante el Senado un relato bastante coloreado sobre el motin en el campamento romano y la defección de los aliados de Roma, urgiendo con fuerza al mismo tiempo que se le enviase ayuda para poder recobrar la herencia que le dejaron sus antepasados: la soberanía de Hispania. Mandonio e Indíbil se habían retirado durante cierto tiempo tras sus fronteras y esperaban tranquilamente hasta saber qué se decidía respecto al botín. No tenían ninguna duda de que si Escipión perdonaba la ofensa de sus propios conciudadanos, también ejercería la clemencia con ellos. Pero cuando la severidad del castgo se hizo de conocimiento general, se convencieron de que la misma medida les sería impuesta a ellos y decidieron, por tanto, reanudar las hostlidades. Llamaron nuevamente a las armas a sus hombres, reclamaron a los auxiliares que se les habían unido con anterioridad y, con una fuerza de veinte mil infantes y dos mil quinientos jinetes, cruzaron sus fronteras y se dirigieron a su antiguo terreno de acampada en la Sedetania.

[28,32] Al pagar a todos sus atrasos por igual, culpables e inocentes, y con su tono afable y su atención hacia cada uno, Escipión pronto recuperó el afecto de sus soldados. Antes de levantar sus cuarteles en Cartagena, convocó a sus tropas y, tras denunciar con cierto detenimiento la traición de los dos régulos al reiniciar la guerra, vino a decir que el ánimo con el que iba a vengar aquel crimen era muy distinto del que había tenido recientemente para sanar la culpa de sus engañados conciudadanos. Entonces se sintó como si estuvieran rasgándole las entrañas, al expiar con gemidos y lágrimas la ligereza y la culpabilidad de ocho mil hombres al costo de treinta vidas. Ahora marchaba con espíritu alegre y confado a destruir a los ilergetes. Ya no se trataba de naturales de su misma terra, ni había ningún tratado que los vinculara; el único vínculo era de honor y amistad, y ellos mismos lo habían roto con su crimen. Cuando miraba a su propio ejército veía que todos eran ciudadanos romanos o aliados latinos, pero lo que más le movía era el hecho de que apena había un solo soldado entre ellos que no hubiera llegado allí desde Italia, fuera con su to Cneo Escipión, que fue el primer general romano en venir a aquella provincia, o con su padre o con él mismo. Todos ellos estaban acostumbrados al nombre y auspicios de los Escipiones, y los quería llevar de vuelta a su patria para disfrutar de un bien merecido triunfo. Si se presentaba candidato para el consulado esperaba que lo apoyasen, pues el honor que a él le confrieran también le pertenecería a ellos. En cuanto a la expedición que afrontaban, quien la considerase una guerra era porque había olvidado todo lo hecho hasta entonces. Magón, que había huido con unos pocos barcos a una isla rodeada por un océano, más allá de los límites del mundo de los hombres, era, les aseguró, más preocupante para él que los ilergetes; pues lo que allí permanecía era un general cartaginés y, aunque pequeña, una guarnición cartaginesa; aquí solo había bandidos y jefes de bandidos. Podían ser lo bastante fuertes como para saquear los campos de sus vecinos y para quemar sus casas y llevarse sus rebaños de ganado, pero no tenían valor para librar una batalla campal en campo abierto; cuando tenían que luchar confaban más en su velocidad para huir que en sus armas. No era, pues, porque viera en ellos algún peligro o perspectiva de una guerra grave, por lo que marchaba a aplastar a los ilergetes antes de dejar la provincia, sino porque tal revuelta criminal no debía seguir sin castgo y, también, porque no debía decirse que había dejado atrás un solo enemigo en una provincia que con tanto valor y buena fortuna había reducido a sumisión. "Seguidme pues, -dijo en conclusión-con la benévola ayuda de los dioses, no para hacer la guerra -pues os las veréis con un enemigo que no es rival para vosotros-sino para castgar a hombres culpables de un crimen".

[28.33] Los hombres fueron despedidos con orden de disponerse a salir al día siguiente. Diez días después de salir de Cartagena llegó al Ebro, y a los cuatro días de cruzar el río llegó a la vista del enemigo. En frente de su campamento había un tramo de terreno llano cerrado en ambos lados por montañas. Escipión ordenó que se llevaran algunas cabezas de ganado, capturadas en su mayoría al enemigo, hacia el campamento contrario para despertar el salvajismo de los bárbaros. Lelio recibió instrucciones de permanecer oculto con su caballería detrás de una estribación de la montaña y, cuando la infantería ligera que iba guardando el ganado hubiera conducido al enemigo a la escaramuza, cargara desde su escondite. La batalla comenzó pronto; los hispanos, al ver el ganado, se lanzaron a apoderarse de él y los escaramuzadores los atacaron mientras estaban ocupados con su botín. Al principio las dos partes se atacaban mutuamente con proyectiles, descargaron luego dardos ligeros, que servían más para provocarlos que para decidir una batalla, y por fin desenvainaron sus espadas. Hubiera sido un mano a mano indeciso de no haber llegado la caballería. No sólo lanzaron un ataque frontal, bajando al galope todo el camino, sino que algunos cabalgaron alrededor del pie de la montaña para cortar la retirada del enemigo. La masacre fue mayor de lo habitual en escaramuzas de esta clase, y los bárbaros quedaron más enfurecidos que decepcionados por su falta de éxito.

Por lo tanto, con el fin de demostrar que no habían sido derrotados, salieron a la batalla a la mañana siguiente al amanecer. No había espacio para todos ellos en el estrecho valle que hemos descrito antes; dos partes de su infantería y toda su caballería ocuparon la llanura, y el resto de su infantería quedó situada en la ladera de una colina. Escipión vio que el limitado espacio le ofrecía una ventaja. Luchar en un frente estrecho se adaptaba más a la táctica romana que a la hispana, y como el enemigo había situado su línea en una posición donde no podía usar todas sus fuerzas, Escipión adoptó una novedosa estratagema. Como no había sito por donde pudiera fanquear al enemigo con su propia caballería, y como la del enemigo estaba mezclada con la infantería y resultaría inútl donde estaba, dio órdenes a Lelio para que diese un rodeo por los cerros, escapando a la observación en la medida que le fuera posible, y que librara una acción de caballería diferenciada de la batalla de la infantería. Escipión dispuso sus estandartes y llevó a toda su infantería contra el enemigo con un frente de cuatro cohortes, ya que era imposible extenderse más. No perdió un momento en iniciar el combate pues esperaba que, con el fragor de la batalla, la caballería pudiera ejecutar su maniobra sin ser advertda. No advirtó el enemigo sus movimientos hasta que escuchó el ruido del combate en su retaguardia. Así, se libraron dos batallas separadas por toda la longitud del valle; una entre la infantería y otra entre la caballería, impidiendo la escasa anchura del valle que ambos ejércitos se ayudasen mutuamente o que actuasen coordinados. La infantería hispana, que había entrado en acción confando en el apoyo de su caballería, fue despedazada, y la caballería, incapaz de sostener el ataque de la infantería romana tras la caída de la suya propia, y tomada por la retaguardia por Lelio y su caballería, cerraron filas y siguieron resistendo un tiempo en sus puestos, pero fnalmente murió hasta el último hombre. No quedó vivo ni un solo combatente de la caballería ni de la infantería que lucharon en el valle. El tercer grupo, que había permanecido en la ladera de la montaña, mirando con seguridad en vez de partcipar en la lucha, tuvo espacio y tiempo sufcientes para retrarse en buen orden. Entre ellos estaban los dos régulos, quienes escaparon en la confusión antes de que todo el ejército fuese rodeado.

[28.34] El campamento hispano fue capturado el mismo día y, además del resto del botín, se capturaron tres mil prisioneros. Cayeron en la batalla unos dos mil romanos y aliados, resultando heridos más de tres mil. La victoria no hubiera sido tan costosa de haber tenido lugar la batalla en una amplia llanura donde la huida hubiese sido más fácil. Indíbil aparcó toda idea de continuar la guerra, y pensó que el proceder más seguro, teniendo en cuenta su situación desesperada, sería entregarse a las bien conocidas clemencia y honor de Escipión. Le envió a su hermano Mandonio. Arrojándose de rodillas ante el vencedor, lo achacó todo a la fatal locura del momento, como si un contagio pestilente hubiera infectado no sólo a los ilergetes y lacetanos, sino incluso enloquecido a todo un campamento romano. Declaró que él y su hermano y el resto de sus compatriotas estaban en tales condiciones que, si lo consideraba apropiado, devolverían sus vidas al mismo Publio Escipión de quien las habían recibido; o, si los salvaba por segunda vez, dedicarían todas sus vidas al único hombre a quien se las debían. Anteriormente habían confado su causa a sus propias fuerzas y no habían puesto a prueba su clemencia; ahora que su causa carecía de esperanzas, ponían toda su confanza en la misericordia de su vencedor. Era antigua costumbre de los romanos para el caso de una nación conquistada con la que no existesen antiguas relaciones de amistad, fuera por tratados o por comunidad de derechos y leyes, no aceptar su rendición ni contemplar términos de paz hasta que todas sus propiedades, profanas y sagradas, les hubieran sido entregadas, haber tomado rehenes, haberles despojado de sus armas y haber colocado guarniciones en sus ciudades. En el presente caso, sin embargo, Escipión, después de reprender severa y largamente a Mandonio, presente, y al ausente Indíbil, dijo que sus vidas estarían perdidas, con justicia, por su crimen, pero que gracias a su propia bondad y a la del pueblo romano, se salvarían. No quería, sin embargo, demandar rehenes, pues estos solo eran una garantía para quienes temían un nuevo estallido de hostlidades; ni tampoco les quería despojar de sus armas, dejando sus corazones sin temor. Pero si se rebelaban, no serían rehenes desarmados, sino ellos mismos quienes sentrían el peso de su mano; no castgaría a hombres indefensos sino a enemigos armados. Les dejaría escoger entre el favor o la ira de Roma, que de ambos tenían ya experiencia. Así fue despedido Mandonio, imponiéndole la única condición de suministrar una indemnización pecuniaria sufciente para entregar la paga debida a las tropas. Después de enviar Marcio por delante hacia el sur de Hispania, Escipión se quedó donde estaba durante unos días hasta que los ilergetes hubieron pagado la indemnización y, a continuación, partendo con una fuerza ligera, alcanzó a Marcio, que ya estaba llegando al océano.

[28.35] Las negociaciones que se habían iniciado con Masinisa se retrasaron por diversos motivos. Este quería, en cualquier caso, encontrarse personalmente con Escipión y confrmar la alianza entre ellos estrechándole la mano, y esta fue la razón por la que Escipión emprendió en aquel momento tan largo y apartado camino. Masinisa estaba en Cádiz y, al ser informado por Marcio de que Escipión venía de camino, pretextó ante Magón que sus caballos estaban desentrenados por permanecer confnados en una isla tan pequeña, que estaban provocando una escasez general que todos sufrían por igual y que sus jinetes estaban nerviosos por la inacción. Convenció al comandante cartaginés para que le permitera cruzar a la parte continental con el propósito de saquear el país vecino. Cuando hubo desembarcado, envió tres notables númidas ante Escipión para acordar la fecha y el lugar de la entrevista. Dos de ellos quedaron retenidos por Escipión como rehenes, el tercero sería enviado de vuelta para conducir a Masinisa hasta el lugar que se había decidido. Llegaron a la conferencia, cada uno con una pequeña escolta. Por cuanto había oído hablar de sus logros, el númida ya había concebido una gran admiración por el comandante romano, imaginándoselo como un hombre de gran e imponente presencia. Pero cuando lo vio sintó una más profunda veneración por él. La majestuosidad natural de Escipión quedaba aumentada por su pelo suelto y la sencillez de su aspecto general, carente de todo adorno y afectación, varonil y militar en el más alto grado. Estaba en su edad de mayor vigor, y su recuperación de la reciente enfermedad le había conferido una frescura y limpieza de complexión que renovó la for de su juventud.

Casi mudo de asombro ante esta su primera reunión con él, el númida comenzó dándole las gracias por haber hecho regresar al hijo de su hermano. Desde ese instante, declaró, había buscado una oportunidad como esta para expresarle su grattud y, ahora que se le ofrecía por la bondad de los dioses inmortales, no la dejaría escapar. Él estaba deseoso de prestar tal servicio a Escipión y a Roma que, de ninguno de entre los nacidos en el extranjero, se pudiera jamás decir que habían prestado una ayuda más celosa. Esto había sido su deseo durante mucho tiempo, pero Hispania le era un país extraño y desconocido, y no había podido llevar a cabo su propósito allí; sería, sin embargo, fácil hacerlo en su tierra natal, donde había sido educado con la expectativa de suceder a su padre en el trono. Si los romanos enviaban a Escipión como general a África, estaba bastante seguro de que los días de Cartago estarían contados. Escipión lo contempló y lo escuchó con gran placer. Sabía que Masinisa era lo mejor de toda la caballería enemiga y, él mismo, joven de gran coraje. Después de haberse comprometido, Escipión regresó a Tarragona. Masinisa fue autorizado por los romanos a saquear los campos adyacentes, con el fin de que no pudiera pensarse que han navegado hasta el continente sin causa bastante, regresando después de esto a Cádiz.

[28,36] Las esperanzas de Magón habían aumentado a raíz del motin en el campamento romano y por la rebelión de Indíbil. Pero ahora se desesperó de lograr nada en Hispania y efectuó los preparativos para su partda. Estando ocupado en esto, llegó una carta del senado cartaginés ordenándole llevar la flota que tenía en Cádiz hasta Italia y que, después de levantar una fuerza tan grande como pudiera de galos y ligures en aquel país, se uniera a Aníbal y no se dejara así languidecer una guerra que había empezado con tanta energía y tanto éxito. Se le envió dinero desde Cartago con aquel fn, requisando también él cuanto puedo del pueblo de Cádiz. No sólo su tesoro público, fueron saqueados incluso sus templos y todos fueron obligados a contribuir con sus depósitos particulares de oro y plata. Navegando a lo largo de la costa hispana, desembarcó una fuerza no muy lejos de Cartagena y saquearon los campos más cercanos, tras lo cual llevó su flota hacia la ciudad. Durante el día mantenía sus hombres a bordo y no los desembarcaba hasta la noche. Luego los llevó contra aquella parte de la muralla de la ciudad por donde los romanos habían ejecutado la toma de la plaza, pensando que la ciudad estaba custodiada por una débil guarnición y que se produciría un levantamiento entre algunos de los habitantes que esperaban cambiar de amos. Sin embargo, la gente del campo que huía de sus tierras había traído las noticias de los saqueos y la aproximación del enemigo. También se había avistado su flota durante el día, y era evidente que no se habría situado frente a la ciudad sin algún motivo especial. Así pues, se dispuso una fuerza armada por fuera de la puerta que daba al mar. El enemigo se acercó a las murallas en desorden, los soldados y marineros mezclados, resultando más ruido y desorden que combate real. La puerta se abrió de repente y los romanos irrumpieron con un grito; el enemigo fue presa de la confusión, volvió espaldas a la primera descarga de proyectiles y fue perseguido con grandes pérdidas hasta la orilla. De no haberse acercado los barcos a la playa, ofreciendo así un medio de escape, ni un solo fugitivo habría sobrevivido. En los barcos, también, había prisa y confusión; la tripulación quitó las escalas para que el enemigo no pudiera subir a bordo junto con sus compañeros y cortaron los cables y maromas para no perder tiempo levando el ancla. Muchos de los que trataban de nadar hacia los barcos no podían ver en la oscuridad qué dirección tomar o qué peligros evitar, pereciendo miserablemente. Al día siguiente, después de la flota hubo ganado nuevamente mar abierto, se descubrió que habían muerto ochocientos hombres entre la muralla y la costa, perdiéndose unas dos mil armas de toda clase.

[28.37] A su regreso a Cádiz, Magón se encontró las puertas de la ciudad cerradas para él por lo que ancló en Cimbios, lugar no muy lejos de Cádiz, y envió emisarios a quejarse por que le cerrasen a él las puertas, un aliado y amigo . Se excusaron diciendo que se adoptó aquella medida después de una asamblea de los ciudadanos, que estaban indignados por algunos actos de pillaje cometidos por los soldados durante el embarque. Invitó a sus sufetes -el ttulo de sus magistrados supremos-junto con el cuestor de la ciudad a acudir a una conferencia y, cuando llegaron, ordenó que los azotaran y los crucifcaran. Desde allí navegó hacia Pitusa, una isla a unas cien millas de distancia del continente, que tenía por aquel entonces población fenicia [se trata de la isla de Ibiza, a 148 km. de la costa ibérica, según Livio, pero a menos de 100 de Denia en la realidad.-N. del T.] . Aquí la flota, naturalmente, se encontró con una recepción amistosa, y no sólo se le suministraron generosamente pertrechos, sino que recibió refuerzos para su flota en forma de armas y hombres. Así animado, el cartaginés navegó hacia las islas Baleares, un trayecto de alrededor de cincuenta millas [unos 74 km.-N. del T.]. Dos son las islas Baleares: la mayor está mejor surtda de armas y tiene una población más numerosa, también tiene un puerto donde Magón pensó que podría brindar un refugio apropiado a su flota durante el invierno, pues el otoño ya terminaba. Sin embargo, su flota se encontró con una recepción bastante hostl, como si la isla hubiese estado habitada por los romanos. La honda, de la que los baleares hacen aún hoy el mayor de los usos, era por entonces su única arma y ningún país se les acerca en la habilidad con que la manejan. Cuando los cartagineses trataron de acercarse a terra, cayó sobre ellos una lluvia tal de piedras, como si fuera una tormenta de granizo, que no se aventuraron al interior del puerto. Poniendo proa una vez más a la mar, se acercaron a la isla más pequeña, que contaba con un suelo fértl pero con menos recursos en hombres y armas. Allí desembarcaron y acamparon en una posición fuerte que dominaba el puerto, desde el que se apoderaron de la isla sin encontrar resistencia alguna. Alistaron una fuerza de dos mil auxiliares que enviaron a Cartago, varando después sus barcos para pasar el invierno. Después de la partida de Magón, Cádiz se entregó a los romanos.

[28.38] Este es el relatos de los hechos de Escipión en Hispania. Tras poner a cargo de la provincia a los procónsules Lucio Léntulo y Lucio Manlio Acidino, navegó con diez barcos a Roma. A su llegada, se celebró una reunión del Senado en el templo de Belona en la que presentó un informe de todo lo que había hecho en Hispania, cuántas batallas campales había librado, cuántas ciudades había capturado y qué había tribus traído bajo el dominio de Roma. Declaró que cuando llegó a Hispania se encontró con cuatro ejércitos cartagineses que se le oponían; cuando partió, no quedaba en aquel país ni un solo cartaginés. No estaba sin esperanzas de que se le concediera un triunfo por sus servicios; sin embargo, no lo pedía con insistencia por ser bien consciente de que hasta aquel momento no había disfrutado nadie de un triunfo sin estar investido de una magistratura. Después de que el Senado hubo sido disuelto, hizo su entrada en la Ciudad y llevó ante él catorce mil trescientas cuarenta y dos libras de plata y una gran cantidad de monedas de plata, todo lo cual depositó en el tesoro [la plata en bruto suponía 4689,834 kg.-N. del T.]. Lucio Veturio Filón procedió a celebrar las elecciones consulares, y todas los centurias votaron, en medio de un gran entusiasmo, por Escipión. Publio Licinio Craso, el pontífice Máximo, fue elegido como colega. Queda memoria de que partcipó en aquella elección un número mayor de electores que en cualquier otro momento durante la guerra. Habían llegado de todas partes, no sólo para dar sus votos, sino también para ver a Escipión; acudían en masa alrededor de su casa y también cuando sacrifcó una hecatombe [es decir, el sacrificio de 100 víctimas.-N. del T.] en el Capitolio, que había ofrecido a Júpiter en Hispania. Se afrmaba entre ellos que, así como Cayo Lutacio había dado fin a la Primera Guerra Púnica, así también Escipión pondría fin a esta y que, del mismo modo que había expulsado a los cartagineses de Hispania, los expulsaría de Italia. También le asignaron África como provincia, como si la guerra en Italia hubiese terminado. Luego siguió la elección de los pretores. Dos de los elegidos, Espurio Lucrecio y Cneo Octavio, eran ediles plebeyos en aquel momento; los otros, Cneo Servilio Cepión y Lucio Emilio Papo, eran ciudadanos particulares. Era el decimocuarto año de la Segunda Guerra Púnica -205 a.C.-cuando Publio Cornelio Escipión y Publio Licinio Craso iniciaron su consulado. En la asignación de las provincias consulares, Escipión, con el consentimiento de su colega, tomó Sicilia sin recurrir a votación porque Craso, como pontífice Máximo, sus deberes sagrados le impedían abandonar Italia; así pues, a este se encargó el Brucio. Después, los pretores sortearon sus provincias. La pretura urbana correspondió a Cneo Servilio; Espurio Lucrecio recibió Rímini, como se llamaba entonces a la provincia de la Galia; Sicilia correspondió a Lucio Emilio y Cerdeña a Cneo Octavio. El Senado celebró una sesión en el Capitolio en la que se aprobó una resolución sobre la moción presentada por Publio Escipión, para que celebrase los Juegos que había ofrecido durante el motin y que sufragara el costo del dinero que había depositado en el Tesoro.

[28.39] Luego les presentó una delegación de Sagunto y el miembro más anciano de ellos se dirigió a la Cámara en los siguientes términos: "Aunque no nos quejamos de nada, padres conscriptos, aparte de los sufrimientos que hemos soportado para mantener hasta el fin nuestra lealtad hacia vosotros, la bondad que vosotros y nuestros generales nos han mostrado nos han hecho olvidar nuestra miseria. Por nosotros habéis emprendido una guerra y la habéis sostenido con tal determinación que, a menudo, vosotros unas veces, y otras el pueblo cartaginés, os habéis visto reducidos a los mayores extremos. Aún teniendo en el corazón de Italia tan terrible guerra y a un enemigo como Aníbal, no obstante enviasteis a Hispania un cónsul con su ejército para reunir, por así decir, los restos de nuestro naufragio. Desde el día en que los dos Escipiones, Publio y Cneo Cornelio, entraron en la provincia, en ningún momento dejaron de hacernos el bien a nosotros y perjudicar a nuestros enemigos. En primer lugar, nos devolvieron nuestra ciudad y enviaron hombres por toda Hispania para que hallasen a cuantos de nosotros habían sido vendidos como esclavos y devolverles la libertad. Cuando nuestra suerte, de ser absolutamente miserable, se había convertido casi en envidiable, vuestros dos generales, Publio y Cneo Cornelio hallaron la, una pérdida que sentimos aún más amargamente que vosotros. Pareció entonces como si hubiésemos regresado de un lejano exilio a nuestros antiguos hogares, solo para contemplar por segunda vez nuestra propia ruina y la destrucción de nuestro patria. No hizo falta un general o un ejército cartaginés para ejecutar nuestra aniquilación; los túrdulos, nuestros inveterados enemigos que habían sido la causa de nuestro anterior colapso, se bastaban para destruirnos. Y justo cuando habíamos perdido toda esperanza, enviasteis de repente a Publio Escipión, al que contemplamos hoy aquí, nosotros, los más afortunados de los saguntinos. Llevaremos de vuelta a nuestro pueblo la noticia de que hemos visto, como vuestro cónsul electo, al único hombre en quien depositamos todas nuestras esperanzas de auxilio y salvación. Por él ha sido tomada ciudad tras ciudad a vuestros enemigos en toda Hispania, y en cada caso separó a los saguntinos de la masa de prisioneros y los devolvió a casa. Y, por último, a los turdetanos, tan mortales enemigos nuestros que de haber mantenido intactas sus fuerzas Sagunto no hubiera podido subsistr, les derrotó con una guerra hasta el punto de que ya no les tememos nosotros ni, casi me atrevo a decir, nuestros descendientes. La tribu en cuyo favor Aníbal destruyó Sagunto, ha visto la suya propia destruida ante nuestros ojos. Recibimos tributos de sus tierras, que nos gusta menos por la ganancia que por la venganza.

"Por estas bendiciones, las mayores que se podrían esperar o pedir a los dioses inmortales que concedieran, el senado y el pueblo de Sagunto han enviado esta legación para transmitr su agradecimiento. Estamos aquí, también, para expresar nuestra felicitación por vuestros éxitos durante estos últimos años en Hispania e Italia, pues habéis dominado al primer país por el poder de vuestras armas, no solo hasta el Ebro, sino incluso hasta las más distantes orillas que baña el Océano; y en el otro nada habéis dejado a los cartagineses, excepto la empalizada de su campamento. Al gran Guardián de vuestra fortaleza en el Capitolio, Júpiter Óptimo Máximo, se nos ordena dar no solo las gracias por estas bendiciones, sino también, si nos lo permits, ofrecer y llevarla al Capitolio esta ofrenda de una corona de oro, como recuerdo de vuestras victorias. Os rogamos que sancionéis esto y, además, si os parece bien, que ratfquéis y confrméis para siempre las ventajas que vuestros generales nos han concedido". El Senado respondió en el sentido de que la destrucción y la restauración de Sagunto eran, ambas por igual, una prueba al mundo entero de la fidelidad que cada parte había mantenido para con la otra. Sus generales habían actuado de manera prudente y adecuada, y de conformidad con los deseos del Senado en la restauración de Sagunto y al rescatar a sus ciudadanos de la esclavitud, y todos los demás actos de bondad realizados lo fueron tal y como el Senado deseó que se hicieran. Acordaron permitr a los legados que pusieran su ofrenda en el Capitolio. Se les proporcionó alojamiento y hospitalidad, ordenándose que a cada uno se le entregara una cantidad no menor de diez mil ases [272,5 kg. de bronce.-N. del T.]. El Senado concedió audiencia a otras legaciones. Los saguntinos también solicitaron que se les permitera hacer una gira por Italia, hasta donde pudieran hacerlo con seguridad, y que se les proporcionaran guías y cartas para las distintas poblaciones requiriendo una recepción hospitalaria para los hispanos.

[28.40] El siguiente asunto que se presentó al Senado concernía al alistamiento de tropas y a la distribución de los distintos mandos. Hubo rumores que se África iba a consttuir una nueva provincia y que se asignaría a Escipión sin necesitar de sorteo. El propio Escipión, no contentándose ya con una gloria moderada, iba diciendo al pueblo que había venido como cónsul no solo a dirigir la guerra, sino a darle fn, y que el único modo de hacerlo sería que él llevase un ejército a África. En caso de que el Senado se opusiera, afrmaba abiertamente que presentaría su propuesta a la autoridad del pueblo. El proyecto desagradaba a los líderes del Senado, y como el resto de senadores, por miedo a ser impopulares, se negaban a hablar, se pregunto su opinión a Quinto Fabio Máximo. Este la expuso mediante el siguiente discurso: "Soy bien consciente, senadores, de que muchos de vosotros consideráis la cuestón que se nos presenta como ya decidida, y creéis que cualquiera que discuta el destino de África es alguien con ganas de gastar palabras como si la cuestón siguiera abierta. No acabo de entender, sin embargo, cómo puede haber sido defnitivamente asignada África como provincia a nuestro valiente y enérgico cónsul, cuando ni el Senado ni el pueblo han decidido que se incluya entre las provincias del año. Si así se ha asignado, creo entonces que el cónsul comete un gran error al invitar a un debate falso sobre una medida que ya se ha decidido; y que se ríe del Senado, pero no del senador al que pregunta su opinión.

"Al expresar mi desacuerdo con aquellos que piensan que debemos invadir África de inmediato, soy muy consciente de que me expongo a dos imputaciones. Por un lado, mi postura se achacará a mi naturaleza indecisa. Los hombres jóvenes la pueden llamar temor y pereza, si lo desean, siempre y cuando no tengamos motivos para lamentar que, a pesar de que los consejos de los demás parezcan a primera vista más atractivos, la experiencia demuestra que los míos son mejores. La otra será que actúo por motivos de malquerencia y envidia contra la cada día mayor gloria de nuestro fortsimo cónsul. Si mi pasada vida, mi carácter, mi dictadura y mis cinco consulados, la gloria lograda como ciudadano y como soldado, una gloria tan grande como para producir hartazgo y no desear más, si todo ello yo me protegiera contra esta imputación, dejad por lo menos que mi edad me libre de ella. ¿Qué rivalidad puede existr entre mi persona y un hombre que ni siquiera tiene la edad de mi hijo? Cuando yo era dictador, en la plena madurez de mis poderes y ocupado en las más importantes operaciones, mi autoridad quedó dividida, cosa nunca antes oída ni expresada, con el Jefe de la Caballería. ¿Escuchó alguien, sin embargo, de mí una palabra de protesta, fuera en el Senado o en la Asamblea, incluso cuando me perseguía con saña? Fue por mis actos, y no por mis palabras, como deseé que el hombre al que otros consideraban mi igual me pusiera por delante. ¿Y voy yo, que he recibido todos los honores que el Estado puede conferir, a entrar en competencia con joven tan brillante? ¡Como si en caso de que a él se le niegue África me fuera a ser asignada a mi, cansado como estoy no solo de la vida pública, sino de la propia vida! No, viviré y moriré con la gloria que he ganado. Impedí que Aníbal venciera, para que pudiera ser vencido por aquellos de vosotros que estáis en el pleno vigor de vuestras vidas".


[28.41] "Así pues, es justo, Publio Cornelio, que ya que en mi caso nunca he preferido mi propia reputación a los intereses del Estado, deberías perdonarme por no considerar ni siquiera tu gloria como más importante que el bienestar de la República. Tengo que admitr que si no hubiera guerra en Italia, o sólo hubiera un enemigo de cuya derrota no se hubiera de ganar gloria alguna, el hombre que te mantuviera en Italia, aunque actuase por el bien general, podría parecer que te estaba privando de la oportunidad de lograr la gloria en una guerra extranjera. Pero como nuestro enemigo, Aníbal, se ha mantenido durante catorce años en Italia con un ejército incólume, tú seguramente no despreciarás la gloria de expulsar de Italia, durante tu consulado, al enemigo que ha sido la causa de tantas derrotas, tantas muertes, y de dejar constancia de eres tú quien dio fin a esta guerra, como Cayo Lutacio tiene la gloria imperecedera de haber dado fin a la Primera Guerra Púnica. A menos, claro está, que Asdrúbal fuese mejor general que Aníbal, o que la última guerra fuese más grave que esta, o que la victoria que dio fin a aquella fuera mayor y más brillante que esta, en caso de que nos tocara en suerte vencer mientras tú eres cónsul. ¿Preferirías haber expulsado a Amílcar de Trapani o de Erice [las antiguas Drepana y Erix.-N. del T.] en vez de expulsar a Aníbal y sus cartagineses de Italia? Aunque te aferrases más a la gloria obtenida que a la por venir, no podrías enorgullecerte más por haber liberado Hispania que por liberar Italia. Aníbal no es todavía un enemigo a quien el que desee hacer otra guerra considere que hay que despreciar en lugar de temer. ¿Por qué no te ciñes a esta tarea? ¿Por qué no marchas directamente desde aquí hasta donde está Aníbal, llevando allí la guerra, en vez de dar un rodeo con la esperanza de que una vez hayas cruzado a África él te seguirá? Estás deseando ganar la corona gloriosa de dar fin a la Guerra Púnica; tu opción natural sería defender tu propio país antes de ir a atacar el del enemigo. Que haya paz en Italia antes de que haya guerra en África; deja que sean desterrados nuestros propios temores antes de hacer temblar a los demás. Si ambos objetivos se pudieran alcanzar bajo tu mando y auspicios, entonces, cuando hayas vencido aquí a Aníbal, ve y toma Cartago. Si ha de quedar una de las dos victorias para tus sucesores, la primera es la mayor y más gloriosa y llevará necesariamente a la segunda. En la situación actual, la hacienda pública no puede proveer dos ejércitos en Italia y uno más en África, no nos queda nada con lo que equipar una flota y proveerla de suministros; y, por encima de todo esto, ¿cómo no ver los grandes peligros que incurriríamos? Supongamos que Publio Licinio dirige la campaña en Italia y que Publio Escipión lo hace en África. Bueno, pues suponiendo -¡Que todos los dioses eviten el presagio, pues me estremezco solo ante su mención! pero que lo que ya ha sucedido puede volver a ocurrir-, suponiendo, digo, que Aníbal lograse una victoria y marchase sobre Roma, ¿habríamos de esperar hasta entonces antes de llamarte de vuelta de África, como tuvimos que llamar a Quinto Fulvio de Capua? ¿Qué ocurriría, incluso si en África la suerte de la guerra resultara igualmente favorable para ambas partes? Toma ejemplo del destino de tu propia casa, tu padre y tu to destruidos con sus ejércitos en un plazo de treinta días, en el país donde elevaron el nombre de Roma y la gloria de tu familia a lo más alto entre todas las naciones, con sus grandes hazañas por tierra y mar. Me quedaría sin luz del día si tratase de enumerar los reyes y generales que con la precipitada invasión del territorio enemigo han llevado sobre ellos la más aplastante derrota, suya y de sus ejércitos.
Atenas, ciudad de lo más sensata y prudente, escuchó el consejo de un joven de alta cuna y capacidad igualmente alta [Alcibíades.-N. del T.], y envió una gran flota a Sicilia antes de librarse de la guerra en casa, y en una sola batalla naval aquella foreciente república quedó para siempre arruinada".

[28.42] "No pondré ejemplos de tierras lejanas y tiempos remotos. Esta misma África de la que estamos hablando y la suerte de Atilio Régulo son un ejemplo más que evidente de la inconstancia de la fortuna. Escipión, ¿cuando contemplaste África desde el mar no te pareció tu conquista de Hispania un juego de niños? ¿En qué se parecen? Comenzaste navegando por las costas de Italia y la Galia, en un mar libre de cualquier flota enemiga, y llegaste hasta Ampurias, una ciudad aliada. Después de desembarcar tus tropas, las llevaste por terreno completamente seguro hasta Tarragona, con los amigos y aliados de Roma, y desde Tarragona tu ruta pasó entre guarniciones romanas. Alrededor del Ebro estaban los ejércitos de tu padre y tu to, cuya derrota los había enfurecido y que ardían en deseos de vengar la pérdida de sus comandantes. Su líder fue elegido de manera ciertamente irregular, mediante el voto de los soldados, para enfrentar la emergencia; pero pertenecía a una noble familia y de haber sido nombrado debidamente habría rivalizado con otros distinguidos generales por su dominio del arte de la guerra. Luego pudiste atacar Cartagena sin el menor estorbo; ninguno de los tres ejércitos cartagineses trató de defender a sus aliados. Del resto de tus operaciones, aunque estoy muy lejos de despreciarlas, no se pueden comparar con una guerra en África. No hay un puerto franco para nuestra flota, ningún territorio que nos reciba amistosamente, ninguna ciudad es nuestra aliada, no hay rey que sea nuestro amigo ni lugar que podamos emplear como base de operaciones. Donde quiera que vuelvas tus ojos, solo ves hostlidad y amenaza.

"¿Pones tu confanza en Sífax y sus númidas? Date por satsfecho por haber confado en ellos una sola vez. La temeridad no siempre tiene éxito y el engaño prepara el camino a la confanza mediante bagatelas, de modo que, cuando la ocasión lo requiere, puede triunfar logrando alguna gran ventaja. Tu padre y tu to no fueron derrotados hasta que la traición de sus auxiliares celtiberos los dejaron a merced del enemigo. Tú mismo no estuviste expuesto a tantos peligros con los comandantes cartagineses, Magón y Asdrúbal, cuantos los que pasaste tras la alianza de Indíbil y Mandonio. ¿Puedes confar en los númidas después de la experiencia que has tenido de la deslealtad de tus propias tropas? Sífax y Masinisa preferen ambos ser la principal potencia de África en lugar de los cartagineses; pero en su defecto, preferirán a los cartagineses antes que a cualquier otro. En este momento la mutua rivalidad y un sinnúmero de queja los incitan uno contra otro, pues los peligros externos están bien lejos; pero una vez contemplen las armas de Roma y un ejército extranjero, se apresurarán unos y otros a acudir como si tuviesen que apagar un incendio. Los cartagineses defendieron Hispania en una forma muy diferente a la que defenderán los muros de su patria, los templos de sus dioses, sus altares y hogares, cuando sus esposas y sus hijos pequeños les sigan temblando y aferrándose a ellos cuando marchen a la batalla. Por otra parte, ¿qué pasará si considerándose bien seguros del apoyo unánime de África, la fidelidad de sus aliados reales y la fortaleza de sus murallas, y viendo que tú y tu ejército ya no estáis para proteger Italia, los cartagineses enviasen un ejército de refresco desde África? ¿y si ordenan a Magón, que según tenemos entendido ha partido de las Baleares y está navegando por la costa ligur, que se una con Aníbal? Sin duda, habremos de estar en el mismo estado de terror en que estuvimos cuando apareció Asdrúbal en Italia, después que tú, ¡que le ibas a bloquear el paso con tu ejército, no ya a Cartago, sin a toda África!, dejases que se te escurriera entre las manos. Dirás que lo derrotaste. Pues entonces lo lamento aún más, tanto por t como por la república, que le permiteras tras su derrota invadir Italia.

"Permítenos atribuir todo lo pasado felizmente para t y para el dominio del pueblo de Roma a tus sabios consejos, y todas las desgracias a la fortuna incierta de la guerra; cuanto mayor sea tu talento y tu valor, más reclaman tu patria natal y toda Italia que tan aguerrido defensor permanezca en casa. Ni siquiera se puede ocultar el hecho de que donde esté Aníbal está el centro y fundamento de la guerra, pues proclamas que tu única razón para pasar a África es arrastrar hasta allí a Aníbal. Así que, esté allí o esté aquí, aún tendrás que enfrentarte a Aníbal. ¿Y estarás en más fuerte posición, me gustaría saber, en África sin apoyos que aquí, con tu propio ejército y actuando de acuerdo con tu colega? ¡Qué diferencia entre esto y lo que demuestra el reciente ejemplo de los cónsules Claudio y Livio! ¿Qué? ¿Dónde estará Aníbal mejor provisto de hombres y armas? ¿En el rincón más remoto del Brucio, donde ha permanecido tanto tiempo solicitando en vano refuerzos de casa, o en los campos alrededor de Cartago y sobre el suelo africano, que está totalmente ocupado por sus aliados? ¡Qué extraordinaria es esta idea tuya de combatir donde tus fuerzas están reducidas a la mitad y las del enemigo grandemente aumentadas, en vez de en un país donde con dos ejércitos te enfrentarías solo a uno que, además, está agotado por tantas batallas y tan largo y oneroso servicio! Piensa simplemente en cuán diferente es tu plan del de tu padre. Tras su elección como cónsul se dirigió a Hispania, dejando luego su provincia y regresando a Italia para hacer frente a Aníbal en su descenso de los Alpes; tú te dispones a dejar Italia mientras Aníbal sigue, de hecho, aquí; y no en interés de la República, sino porque piensas que hacerlo es algo grande y glorioso. Justo de la misma forma en que tú, un general del pueblo romano, dejaste tu provincia y tu ejército sin ninguna autoridad legal, sin órdenes del Senado y confaste a un par de barcos las fortunas del Senado y la majestad del imperio que quedaron, por entonces, ligadas a tu propia seguridad [hace referencia a su viaje a África para entrevistarse con Masinisa. cf. 28-35.-N. del T.]. Sostengo la opinión de que Publio Cornelio Escipión fue elegido cónsul no para sus propios fnes particulares, sino para nosotros y la República; y que los ejércitos se alistan para guardar esta ciudad y el suelo de Italia, y no para que los cónsules los a cualquier parte del mundo que les plazca a la soberbia manera de reyes".

[28.43] Este discurso de Fabio, tan apropiado a las circunstancias en que se produjo, y apoyado por el peso de su carácter y su largamente establecida reputación de prudencia, produjo un gran efecto entre la mayoría de los presentes, especialmente los más ancianos. Al ver que la mayoría aprobaba el sabio consejo de la edad, en vez de los del carácter impetuoso de la juventud, se dice que Escipión dio la siguiente respuesta: "Senadores, al comienzo de su discurso Quinto Fabio admitó que lo que tenía que decir lo pondría bajo la acusación de envidia. Personalmente, no me atreveré a acusar a hombre tan grande de esa debilidad, pero ya sea por lo insufciente de su defensa o por la imposibilidad de hacerla con éxito, ha fracasado totalmente en limpiarse a sí mismo de tal acusación. En su afán por disipar la sospecha ha hablado sobre sus cargos y su reputación en términos tan exagerados que daba la impresión de estar yo en peligro de que se me equiparase alguien más bajo, y no él, pues estando por encima de los demás -posición a la que, lo confeso francamente, me gustaría llegar-no quiere que lo iguale. Se ha representado a sí mismo como un anciano lleno de honores, y para mí como un joven ni siquiera tan mayor como su hijo, como si la pasión por la gloria no se extendiera más allá de la duración de la vida humana y buscara su satsfacción en la memoria de las generaciones por venir. Estoy bien seguro de que es la suerte de todos los grandes hombres compararse no solo con sus coetáneos, sino también con aquellos ilustres de todas las épocas. Admito, Quinto Fabio, que estoy deseando no sólo igualar tu fama sino, y perdona que te lo diga, superarla si puedo. Que tus sentimientos hacia mi, ni los míos hacia los más jóvenes, sean tales que impidamos a cualquiera de nuestros conciudadanos llegar a nuestra altura; pues esto no solo perjudicaría a las víctimas de nuestra envidia, también resultaría en una pérdida para el Estado y casi que para la raza humana.

"Ha disertado sobre el peligro al que me expondría de desembarcar en África, mostrándose preocupado no solo por la República y sus ejércitos, sino incluso por mi. ¿Qué ha llevado a tan repentina inquietud por mi? Cuando mi padre y mi to resultaron muertos y sus ejércitos casi aniquilados, cuando Hispania estaba perdida, cuando cuatro ejércitos cartagineses con sus generales dominaban todo el país mediante el terror de sus armas, cuando buscabais un hombre que tomara el mando supremo de aquella guerra y no aparecía ninguno, nadie se ofreció excepto yo; cuando el pueblo romano me confrió el mando supremo antes de tener veintcinco años, ¿por qué nadie dijo nada sobre mi edad, la fuerza del enemigo, las difcultades de la campaña o el reciente desastre que se había apoderado de mi padre y de mi to? ¿Ha ocurrido recientemente en África alguna calamidad mayor que la sucedida entonces en Hispania? ¿Hay ahora en África mayores ejércitos y más numerosos generales que los que había entonces en Hispania? ¿Era yo entonces de edad más madura para dirigir una gran guerra de lo que lo soy hoy día? ¿Es Hispania un campo de operaciones contra los cartagineses más conveniente que África? Ahora que he puesto en fuga cuatro ejércitos cartagineses, reducido tantas ciudades por la fuerza o por miedo y dominado cada territorio hasta las orillas del océano, a régulos y tribus por igual, ahora que he reconquistado toda Hispania tan completamente que no queda allí vestgio alguno de guerra, ahora resulta fácil subestimar mis servicios; tan fácil, de hecho, como lo será, cuando haya vuelto victorioso de África, subestimar esas mismas difcultades que ahora pinta con tan oscuros colores con el fin de mantenerme aquí.

"Dice Fabio dice ninguna parte de África nos es accesible, que no hay puertos abiertos a nosotros. Nos cuenta que Marco Atilio Régulo fue hecho prisionero en África, como si se hubiera encontrado con la desgracia nada más desembarcar. Se olvida de que aquel mismo comandante, desafortunado como fue posteriormente, encontró algunos puertos francos en África, y que durante los primeros doce meses logró algunas victorias brillantes y que, por lo que a los generales cartagineses respecta, se mantuvo invicto hasta el fn. No me desalentarás, por tanto, citando ese ejemplo. Incluso si aquel desastre se hubiera producido en esta guerra en vez de en la anterior, recientemente y no hace cuarenta años, incluso así, ¿por qué se me habría de impedir la invasión de África a cuenta de que Régulo fue capturado, más de lo que se me impidió marchar a Hispania tras la muerte de ambos Escipiones? Lamentaría creer que Jántpo, el lacedemonio, nació para ser una bendición mayor para Cartago de lo que yo lo pueda ser para mi patria, y se fortalece mi confanza al ver qué importantes cuestones dependen del valor de un solo hombre. Hemos tenido que escuchar incluso historias sobre los atenienses, cómo se olvidaron de la guerra a sus puertas para ir a Sicilia. Pues bien, ya que emplea el tiempo en contarnos historias sobre los griegos, ¿por qué no nos menciona a Agatocles, el rey de Siracusa quien, después que Sicilia hubiera sido largo tiempo devastada por las llamas de la Guerra Púnica, navegó a esta misma África y cambió el curso de la guerra contra el país en el que había empezado?".

[28,44] "Mas ¿qué necesidad hay de mencionar casos traídos de otras tierras y otros tiempos para recordarnos cuánto depende de tomar la ofensiva y apartar de nosotros el peligro haciéndolo recaer sobre los demás? ¿Puede haber mayor ejemplo que el del propio Aníbal? Este nos muestra toda la diferencia entre estar devastando el territorio de otra nación o ver la tuya propia destruida a fuego y espada. Se demuestra más valor al atacar que al repeler los ataques. Además, lo desconocido siempre inspira terror, pero cuando has entrado en el territorio de tu enemigo tenes una visión más cercana de sus fortalezas y debilidades Aníbal nunca esperó que tantos pueblos italianos se le pasaran tras la derrota de Cannas; ¡cuánto menos podrían esperar los cartagineses, con aliados infeles, duros y tránicos amos como son, contar con la firmeza y estabilidad de su imperio africano! Hasta cuando fuimos abandonados, incluso, por nuestros aliados, contamos con nuestra propia fuerza, los soldados de Roma. Los cartagineses no tienen ejército de ciudadanos, sus soldados son todos mercenarios, africanos y númidas de ánimo ligero, dispuestos a cambiar de bando a la menor provocación. Si no se me detene, oiréis que he desembarcado, que África está envuelta por las llamas de la guerra, que Aníbal se apresura a marcharse de Italia, y que Cartago está sitada; todo de un solo golpe. Tendréis más alegres y más frecuentes noticias de África de las que os llegaron de HIspania. Todo me inspira esperanza: la Fortuna que ampara a Roma, los dioses que atestguaron el tratado roto por el enemigo, los dos príncipes, Sífax y Masinisa, en cuya fidelidad confío mientras me protejo de cualquier perfdia que puedan intentar. Muchas ventajas, que a esta distancia no nos resultan evidentes, se nos mostrarán conforme continúe la guerra. Un hombre demuestra su capacidad de liderazgo aprovechando cualquier oportunidad que se presenta, y haciendo que cualquier contingencia sirva a sus planes. Tendré el adversario que tú, Quinto Fabio, me asignas: Aníbal. Pero yo le obligaré a seguirme allí en vez de que el me mantenga aquí; yo le obligaré a combatir en su propio país, siendo Cartago el precio de la victoria y no las medio arruinadas fortalezas del Brucio.

"Que no sufra ahora daño la República durante mi viaje, o mientras yo esté desembarcando mis hombres en las costas de África o en mi avance contra Cartago, lo que tú, Quinto Fabio, pudiste lograr cuando Aníbal, en la hora de su victoria, recorría toda Italia, ¿no irás a decir que no lo puede conseguir el cónsul Publio Licinio, varón esforzadísimo, ahora que Aníbal tiene sus ejércitos quebrantados y disminuidos, y dado que como pontífice Máximo no puede ausentarse de sus deberes sagrados ni sortear tan distante provincia? Y aunque la guerra no llegara a un rápido término con el plan que sugiero, la dignidad de Roma y su prestgio entre los reinos extranjeros y las naciones precisarían seguramente que poseemos el sufciente valor no solo para defender Italia, sino para llevar nuestras armas hasta África. No debemos permitr que se extenda por el extranjero la idea de que ningún general romano se atrevería a hacer lo que ha hecho Aníbal; o que durante la Primera Guerra Púnica, cuando el conficto era por Sicilia, África fue atacada frecuentemente por nuestras flotas y ejércitos y, en esta guerra, cuando la lucha es por Italia, se deja África en paz. Dejad que Italia, durante tanto tiempo acosada, tenga fnalmente algún descanso; que tome África su vez en el fuego y la destrucción; que un campamento romano amenace las puertas de Cartago en vez de que tengamos que ver las líneas enemigas desde nuestras murallas. Que sea África de ahora en adelante la sede de la guerra; llevemos allí de vuelta el terror y la huida, toda la devastación de nuestras tierras y la deserción de nuestros enemigos, todas las demás miserias de la guerra que nos han asolado durante los últimos catorce años . Ya se ha hablado bastante sobre la República, la guerra actual y la asignación de las provincias. Sería un debate largo y aburrido si yo siguiera el ejemplo de Quinto Fabio y, como él haya despreciado mis servicios en Hispania, yo hubiera de verter el ridículo sobre su gloria y exaltar la mía. No haré ni lo uno ni lo otro, senadores, y si, joven como soy, no puedo aventajar a un anciano en nada, al menos demostraré superarle en modesta y en contención de lenguaje. Mi vida y mi dirección de los asuntos públicos han sido tales que me contento con aceptar en silencio el juicio que os habéis formado espontáneamente en vuestro ánimo".


[28,45] Se escuchó a Escipión con impaciencia, pues todos estaban convencidos de que, si no lograba convencer al Senado para que África fuera su provincia, llevaría de inmediato la cuestón ante el pueblo [era prerrogativa del cónsul presentar directamente propuestas al pueblo.-N. del T.] . Así, Quinto Fabio, que había ostentado cuatro consulados [en el cap. 40 de este mismo libro, el propio Fabio señala en su discurso que han sido cinco los consulados desempeñados; pudiera aquí tratarse de un error del copista.-

N. del T.], desafó a Escipión a que expusiera abiertamente ante el Senado si dejaba en sus manos la decisión sobre las provincias y estaba dispuesto a cumplirla, o si iba a llevarla ante el pueblo. Escipión le respondió que actuaría según le pareciera mejor para los intereses de la República. A esto observó Fabio: "Te he preguntado, no porque no supiera lo que dirías o cómo procederías, sino para que declares abiertamente ante la Curia que la estás informando y no consultándola, y que si nosotros no te asignamos inmediatamente la provincia que deseas, ya tienes dispuesta una resolución para presentarla a la Asamblea". Luego, dirigiéndose a los tribunos, les dijo: "Os exijo, tribunos de la plebe, que me apoyéis en mi negativa a presentar una propuesta pues, si la decisión me fuera favorable, el cónsul no la reconocerá". Se produjo entonces una discusión entre el cónsul y los tribunos; afrmaba este que no tenían apoyo legal para intervenir en apoyo de un senador que se negaba a presentar una propuesta que se le había solicitada que la hiciera. Los tribunos presentaron su decisión con los siguientes términos: "Si el cónsul presenta al Senado la asignación de las provincias, su decisión será vinculante y defnitiva, y no permitiremos ninguna propuesta ante el pueblo. Si la presenta, apoyaremos a cualquier senador que se niegue a presentarla cuando se le solicite hacerlo". El cónsul solicitó un día de gracia a fin de consultar a su colega. Al día siguiente, presentó el asunto a la decisión del Senado. La resolución emitida respecto a las provincias fue que un cónsul se haría cargo de Sicilia y de los treinta barcos de guerra ["rostratae naves", en el original latino: naves con espolón.-N. del T.] que Cayo Servilio había tenido el año anterior, se le concedió permiso para navegar a África si pensaba que esto resultaría en interés del estado; el otro cónsul se encargaría del Brucio y de las operaciones contra Aníbal, o con el ejército que había servido bajo los cónsules anteriores.[Esta porción en negrita falta en los manuscritos y se ha tomado de la edición de apoyo castellana de Alianza Editorial, cuyo autor la toma, a su vez, de Weissenborn, sobre lo redactado por Livio en el libro 36.1.9.174.-N. del T.] . Lucio Veturio y Quinto Cecilio habrían de sortear y acordar entre ellos quién debía actuar en el Brucio con las dos legiones que el cónsul no solicitara y al que tocara aquel territorio le sería prorrogado el mando durante un año. Con la excepción de los cónsules y los pretores, todos los que fueran a hacerse cargo de ejércitos y provincias verían sus mandos prorrogados durante un año. Le correspondió a Quinto Cecilio actuar junto al cónsul contra Aníbal en el Brucio.


Escipión celebró los Juegos en medio de los aplausos y el entusiasmo de una numerosa multitud de espectadores. Marco Pomponio Matón y Quinto Cato fueron enviados a Delfos para efectuar allí una ofrenda seleccionada del botín del campamento de Asdrúbal. Se trataba de una corona de oro de doscientas libras de peso, junto a copias de las piezas del botín efectuadas en plata con un peso total de mil libras [65,4 kg. de oro y 327 kg. de plata, respectivamente.-N. del T.]. Escipión obtuvo ni insistó en lograr permiso para alistar tropas, pero se le permitó reclutar voluntarios. Como había declarado que su flota no sería una carga para la república, se le dio libertad para aceptar cualquier material aportado por los aliados para la construcción de sus naves. Los pueblos de Etruria fueron los primeros en prometer ayuda, cada uno según sus medios. Cere contribuyó con grano y provisiones de toda clase para las tripulaciones; Populonia, con hierro; Tarquinia, con tela para las velas; Volterra, con madera para los cascos y grano; los arretinos [de Arezzo.-N. del T.], con tres mil escudos y otros tantos cascos, estando prestos a suministrar hasta cincuenta mil dardos, jabalinas y lanzas largas. También se ofrecieron a proporcionar todas las hachas, palas, hoces, gaviones y molinos de mano necesarios para cuarenta barcos de guerra, así como ciento veinte mil modios de trigo para el suministro durante el viaje de decuriones y remeros [unos 840.384 kg. de trigo.-N. del T.]. Perugia, Chiusi y Roselle [las antiguas Perusia, Clusium y Russellas] enviaron madera de pino para la tablazón de los barcos y una gran cantidad de grano. Los pueblos de la Umbría, así como los habitantes de Nursia, Riet y Pescara junto a todo el país Sabino, prometieron proporcionar hombres. Numerosos contingentes de los marsos, los pelignos y los marrucinos se presentaron voluntarios para servir en la flota. Camerino, ciudad aliada en igualdad de derechos con Roma, envió una cohorte de seiscientos hombres armados. Quedaron puestas las quillas de treinta barcos -veinte quinquerremes y diez cuatrirremes-, urgiendo Escipión los trabajos de tal manera que, en cuarenta y cinco días, tras haberse traído la madera de los bosques, se botaron las naves con sus aparejos y armamento al completo.

[28,46] Escipión navegó hacia Sicilia, con siete mil voluntarios a bordo de sus treinta barcos de guerra, y Publio Licinio marcó al Brucio. De los dos ejércitos consulares estacionados allí, escogió el que había mandado el anterior cónsul, Lucio Veturio. Permitó que Metelo conservara el mando de las legiones que ya tenía, pues consideró que le iría mejor con hombres acostumbrados a su mando. Los pretores también marcharon a sus distintas provincias. Como se necesitaba dinero para la guerra, los cuestores recibieron órdenes para vender aquella parte del territorio de la Campania que se extendía entre la Fosa Griega [cerca de Cumas.-N. del T.] y la costa, así como para denunciar aquellos territorios pertenecientes a ciudadanos campanos, para que se pudieran confiscar. Los delatores recibirían una recompensa del diez por ciento del valor de las tierras. El pretor urbano, Cneo Servilio, debía también comprobar que los ciudadanos de Capua estuvieran residiendo donde el Senado les hubiese autorizado residir, castigando a cualquiera que viviese en otra parte. Durante el verano, Magón, que había invernado en Menorca, embarcó con una fuerza de doce mil infantes y dos mil de caballería, navegando hacia Italia con unos treinta barcos de guerra y gran número de transportes. La costa estaba poco vigilada y pudo sorprender y capturar Génova [la antigua Genua.-N. del T.]. De allí marchó por la costa ligur con la intención de levantar a los ligures alpinos. Una de sus tribus, los ingaunos, estaba por entonces librando una guerra contra los epanterios, montanos. Tras dejar a resguardo su botín en Savona, dejando diez barcos como escolta, Magón envió el resto de sus naves a Cartago para proteger la costa, pues se rumoreaba que Escipión trataba de invadir África, y formó luego una alianza con los ingaunos, de quienes esperaban obtener más apoyos que de los montañeses, y empezó a atacar a estos últimos. Su ejército crecía en número cada día; los galos, atraídos por la fama de su nombre, se le unieron desde todas partes. Aquellos movimientos se conocieron en Roma a través de un despacho de Espurio Lucrecio, lo que preocupó mucho al Senado. Parecía como si la alegría que sinteron al enterarse de la destrucción de Asdrúbal y su ejército dos años antes, quedara borrada completamente con el estallido de aquella nueva guerra en la misma zona, tan grave como la anterior y con la única diferencia del general. Enviaron órdenes al procónsul Marco Livio para que trasladara el ejército de Etruria hasta Rímini, y se facultó al pretor urbano, Cneo Servilio, por si lo consideraba conveniente, para que ordenase que las legiones urbanas pudieran emplearse en cualquier parte y para que pudiera otorgar el mando de las mismas a quien creyese más capaz. Marco Valerio Levino llevó estas legiones a Arezzo. Por entonces, Cneo Octavio, que estaba al mando en Cerdeña, capturó hasta ochenta transportes cartagineses en las proximidades. Según el relato de Celio, iban cargados con grano y suministros para Aníbal; Valerio, sin embargo, dice que transportaban el botín de Etruria, así como los prisioneros ligures y epanterios, a Cartago. Apenas nada digno de registrar tuvo lugar aquel año en el Brucio. Una peste atacó a los romanos y a los cartagineses, resultando igualmente fatal para ambos; pero, además de la epidemia, los cartagineses sufrieron de escasez de alimentos. Aníbal pasó el verano cerca del templo de Juno Lacinia, donde construyó y dedicó un altar con una larga inscripción con el relato de sus hazañas escrito en letras púnicas y griegas.

Fin del libro 28.

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Libro 29: Escipión en África.

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[29.1] -205 a.C.-A su llegada a Sicilia, Escipión organizó a los voluntarios en manípulos y centurias, y escogió a trescientos jóvenes en la for de su edad y que descollaban por su vigor, manteniéndolos cerca de sí. No portaban armas y no sabían por qué estaban desarmados ni por qué no se les encuadró en las centurias. Después, escogió de entre toda la población en edad militar de Sicilia a trescientos de los más nobles y ricos y los encuadró en una fuerza que llevaría con él a África. Les fjó un día para que se presentasen completamente equipados con caballos y armas. La perspectiva de una campaña lejos de su casa, con sus fatgas y grandes peligros, por tierra y por mar, horrorizó a los jóvenes tanto como a sus padres y familiares. Llegado el día señalado, se presentaron todos completamente equipados de armas y caballos. Entonces, Escipión les dijo que había llegado a su conocimiento que algunos de los jinetes sicilianos estaban temerosos de esta expedición tan llena de difcultades y penalidades. Si alguno de ellos se senta así, prefería que se lo expusieran en ese momento a que luego la república estuviera servida por soldados reacios e inefcientes que estuvieran siempre quejándose. Podían expresarse con libertad, que él les escucharía con benevolencia. Uno de ellos se atrevió a decir que si fuera libre de elegir, preferiría no ir, a lo que respondió Escipión: "Joven, ya que no has ocultado tus auténticos sentimientos, proveeré un susttuto para t; a este le darás tu caballo, tus armas y el resto de tu equipo militar, lo llevarás contgo para instruirlo en la monta de un caballo y en el uso de las armas". Aquel hombre quedó encantado de causar baja en aquellos términos y Escipión le asignó a uno de los trescientos a quienes mantenía sin armas. Cuando los otros vieron que aquel caballero quedó exento de aquel modo, con la aprobación del comandante, todos ellos se excusaron y aceptaron un susttuto. De este modo, los romanos reemplazaron a los trescientos jinetes sicilianos sin ningún coste para el Estado. Los sicilianos se encargaron de todo su entrenamiento, pues las órdenes del general eran que todo el que no lo llevara a cabo tendría que prestar por sí mismo el servicio de armas. Se dice que de esto resultó una espléndida ala de caballería que prestó buenos servicios a la república en muchas batallas.

Luego inspeccionó las legiones y escogió a los que habían prestado más tiempo de servicio, en particular a quienes habían servido al mando de Marcelo, pues consideraba que estos se habían entrenado en la mejor escuela y que, tras su prolongado asedio de Siracusa, estaban completamente familiarizados con los métodos de ataque a plazas fuertes. De hecho, Escipión no estaba pensando en absoluto en operaciones de pequeña envergadura, pues ya había fjado su mente en la captura y destrucción de Cartago. Distribuyó después su ejército entre las ciudades fortifcadas y ordenó a los sicilianos que suministrasen grano, economizando así el que había traído de Italia. Se reacondicionaron las naves viejas y se envió a Cayo Lelio con ellas para saquear la costa africana; varó las nuevas en Palermo, ya que debido a su apresurada construcción se habían hecho con maderas fuera de temporada y quería tenerlas en dique seco durante el invierno. Cuando terminó sus preparativos para la guerra, Escipión visitó Siracusa. Esta ciudad aún no había recuperado la tranquilidad después de las violentas convulsiones de la guerra. Ciertos hombres de nacionalidad italiana se habían apoderado de las propiedades de algunos siracusanos en el momento de la captura, y aunque el Senado había ordenado su resttución todavía las conservaban. Después de realizar infructuosos esfuerzos para recuperarlas, los griegos vinieron a Escipión para pedir su devolución. Consideraba que lo primero era restaurar la confanza en la honradez del gobierno, mediante proclamas en unos casos y sentencias judiciales en otros, contra aquellos que persistan en retener las propiedades, logró la devolución de sus bienes a los siracusanos. Este proceder suyo, fue apreciado con grattud no solo por los propietarios, sino por todas las ciudades de Sicilia, que se esforzaron más que nunca en ayudarle.

Durante este verano se extendió por Hispania una gran guerra incitada por el ilergete Indíbil, cuya única motivación fue que su admiración por Escipión le hizo despreciar a los otros generales. Lo consideraba como el único general que les quedaba a los romanos, pues todos los demás habían sido muertos por Aníbal. Indíbil dijo a los hispanos que, por este motivo, no hubo nadie a quien pudieran enviar a Hispania tras la muerte de los dos Escipiones y que, cuando la guerra arreció con fuerza en Italia, llamaron de vuelta a casa al único hombre que podía enfrentarse con Aníbal. Los generales romanos en Hispania no tenían más que el nombre y se había retirado al ejército veterano; había ahora confusión por todas partes y una multitud desentrenada de nuevos reclutas. Nunca más volvería a tener Hispania otra oportunidad de recobrar su libertad. Hasta aquel momento habían sido esclavos de los romanos o de los cartagineses, y a veces no de uno, sino de ambos al mismo tiempo. Los cartagineses habían sido expulsados por los romanos; los romanos podían ser expulsados por los hispanos si estaban unidos, y después, una vez libre su patria de la dominación extranjera, podrían volver a las tradiciones y ritos de sus antepasados. Con argumentos de esta clase logró levantar a su propio pueblo y a sus vecinos, los ausetanos. Se les unieron otras tribus de los alrededores y, en pocos días, se reunieron en territorio sedetano, en el punto de reunión designado, treinta mil de infantería y unos cuatro mil de caballería.

[29.2] Los generales romanos, Lucio Léntulo y Lucio Manlio Acidino, estaban decididos a no dejar que la guerra se extendiera por culpa de alguna negligencia por su parte. Unieron sus fuerzas y marcharon con sus ejércitos combinados por territorio ausetano, sin causar ningún daño a ninguno de los territorios, enemigos o pacífcos, hasta que llegaron donde estaba acampado el adversario. Asentaron su propio campamento a una distancia de tres millas [4440 metros.-N. del T.] del de su enemigo y enviaron emisarios para persuadirlo de que depusiera las armas. Sin embargo, cuando la caballería hispana atacó a una partida de forrajeadores, salieron de inmediato apoyos de caballería de los puestos avanzados romanos, produciéndose una escaramuza sin ventaja especial para ningún bando. Al día siguiente, la totalidad del ejército hispano marchó armado y en formación de combate hasta menos de una milla del campamento romano. Los ausetanos formaban el centro, los ilergetes lo hacían a la derecha y la izquierda estaba compuesta por varias tribus sin nombre. Entre las alas y el centro quedaron espacios abiertos, lo bastante anchos como para permitr que la caballería cargase por ellos cuando fuera el momento adecuado. La línea romana se formó en la forma habitual, excepto que copiaron la del enemigo al punto de dejar espacios entre las legiones por los que pudiera pasar también su caballería. Léntulo, sin embargo, se dio cuenta de que esta disposición solo resultaría ventajosa para aquel bando que fuera el primero en enviar su caballería por los espacios abiertos en la linea contraria. Por consiguiente, ordenó al tribuno militar, Servio Cornelio, que enviase a su caballería a toda velocidad a través de las aberturas. Él mismo, viendo que su infantería no progresaba y que la duodécima legión, que estaba en la izquierda frente a los ilergetes, empezaba a ceder terreno, mandó a la decimotercera legión, que estaba en reserva, para que la apoyara. Tan pronto se restauró la batalla en este sector, cabalgó hasta Lucio Manlio, que estaba en primera línea animando a sus hombres y llevando refuerzos donde lo exigía la situación, señalándole que todo estaba a salvo a su izquierda y que Servio Cornelio, actuando bajo sus órdenes, pronto envolvería al enemigo con una carga de caballería. Apenas había dicho esto cuando la caballería romana, cargando por en medio del enemigo, puso en desorden a su infantería y, al mismo tiempo, impidió el paso de los jinetes hispanos. Estos, al verse incapacitados para actuar como caballería, desmontaron y combateron a pie. Cuando los generales romanos vieron el desorden en las filas enemigas, extendiéndose el pánico y la confusión y oscilando atrás y delante sus estandartes, llamaron a sus hombres para que quebrasen al enemigo y no le dejasen volver a formar su línea. Los bárbaros no habrían resistido el furioso ataque que siguió de no haberse colocado Indíbil y su caballería desmontada a modo de pantalla de la infantería. Durante algún tiempo se combató muy violentamente, sin que ninguna de las partes cediera. El rey, aunque medio muerto, mantuvo su terreno hasta que cayó a tierra atravesado por un pilo; los que combatan a su alrededor cayeron fnalmente abrumados bajo una lluvia de proyectiles. Se inició una huida general y la carnicería resultó aún mayor debido a que los jinetes no tuvieron tiempo de recuperar sus caballos y los romanos nunca relajaron su persecución hasta haber arrojado al enemigo de su campamento. Trece mil hispanos fueron muertos aquel día y se tomaron unos mil ochocientos prisioneros. De los romanos y sus aliados cayeron poco más de doscientos, principalmente en el ala izquierda. Los hispanos que habían sido derrotados en el campo de batalla o expulsados de su campamento, se dispersaron entre los campos y fnalmente regresaron a sus respectivas comunidades.

[29,3] Después de esto, Mandonio convocó una reunión del consejo nacional, en el que se pronunciaron fuertes quejas por las derrotas sufridas y se denunció con fuerza a los autores de la guerra. Se resolvió enviar emisarios a efectuar una rendición formal y entregar sus armas. Echaron toda la culpa a Indíbil, por el inicio de la guerra, así como a otros príncipes caídos en su mayoría durante la batalla. La respuesta que recibieron fue que su rendición solo sería aceptada a condición de que entregasen vivo a Mandonio y a los demás instgadores de la guerra; de no hacerlo así, el ejército romano marcharía al país de los ilergetes y ausetanos, así como a los territorios de los demás pueblos, uno tras otro. Cuando se informó de esta respuesta al Consejo, Mandonio y los otros jefes fueron inmediatamente detenidos y entregados para su castgo. La paz quedó restablecida entre las tribus hispanas. Se les exigió que proporcionaran doble paga para las tropas aquel año, un suministro extra de seis meses de grano así como capotes y togas para el ejército. También se exigió la entrega de rehenes a una treintena de tribus. De esta manera, la rebelión fue aplastada en Hispania sin ninguna perturbación grave y todo el terror de nuestras armas se volvió hacia África. Cayo Lelio llegó a Hipona Regia [a unos 2 km. de la actual Bona, en la provincia de Annaba, Argelia; fue la patria de san Agustin, doctor de la Iglesia.-N. del T.] durante la noche y, al amanecer, sus soldados y los tripulantes de las naves fueron enviados a tierra firme con el propósito de devastar la región circundante. Como los habitantes estaban pacífcamente dedicados a sus ocupaciones y no sospechaban ningún peligro, se les produjo un daño considerable. Mensajeros fugitivos sin aliento extendieron una gran agitación en Cartago, al declarar que una flota romana había arribado, bajo el mando de Escipión; el rumor de su cruce a Sicilia ya había llegado al extranjero. Como nadie sabía con certeza cuántos barcos habían sido vistos o cuál era el número de la fuerza desembarcada, sus miedos les llevaron a exagerarlo todo. Una vez recuperados del primer impacto de la alarma, se llenaron de consternación y dolor. "¿Ha cambiado tanto la Fortuna -se preguntaban-, como para que la nación que en el orgullo de la victoria situó un ejército ante las murallas de Roma, y que tras hacer tantas veces morder el polvo a los ejércitos enemigos, forzando o persuadiendo a la sumisión a todos los pueblos de Italia, deba ahora, al retroceder la guerra, ser testgo de la desolación de África y el asedio de Cartago, sin poseer de ningún modo la fortaleza que tuvieron los romanos para hacer frente a tales problemas? De la plebe de Roma y del Lacio se surtan de una juventud, que siempre fue más numerosa y efciente, con la que reemplazar todos los ejércitos que perdieron; mientras, nuestro pueblo era inútl para la guerra, fuera el de la ciudad o el de los campos. Nosotros hemos de contratar mercenarios entre los africanos, en los que no se puede confar y que son tan volubles como el viento. Los soberanos nativos nos son ahora hostiles; Sífax se ha vuelto totalmente contra nosotros desde su entrevista con Escipión; Masinisa se ha declarado abiertamente como nuestro peor enemigo. En ninguna parte aparece la más mínima posibilidad de ayuda. Magón no ha provocado ningún quebranto en la Galia ni se ha reunido con Aníbal; el mismo Aníbal se está debilitando, tanto en prestgio como en fuerza".

[29.4] Los cartagineses volvieron de sus sombrías refexiones, en las que se habían hundido ante las terribles notcias, a causa de la presión del inminente peligro y la necesidad de idear los modos de remediarlo. Decidieron efectuar una apresurada recluta tanto de la población urbana como de la campesina, enviar agentes para reclutar mercenarios africanos, fortalecer las defensas de la ciudad, acumular reservas de grano, preparar un suministro de armas y armaduras, equipar barcos y enviarlos contra la flota romana en Hipona. En medio de estos preparativos, llegaron noticias de que era Lelio, y no Escipión, quien estaba al mando, que la fuerza que había traído sólo era sufciente para hacer correrías y que la fuerza principal de combate estaba aún en Sicilia. Respiraron aliviados una vez más, y empezaron a enviar delegaciones a Sífax y a los otros príncipes con el propósito de consolidad sus alianzas. Incluso enviaron emisarios a Filipo con la promesa de doscientos talentos de plata [si se trata del talento cartaginés, serían unos 5400 kilos de plata], para inducirlo a invadir Sicilia o Italia. También se enviaron otros a sus generales en Italia, para decirles que debían mantener totalmente ocupado a Escipión en su casa e impedir así que saliera del país. A Magón no solo le enviaron emisarios, sino también veintcinco barcos de guerra y una fuerza de seis mil infantes, ochocientos de caballería y siete elefantes. También se le remitó una gran cantidad de dinero para que pudiera reclutar un cuerpo de mercenarios, con los que podría trasladarse más cerca de Roma y unirse con Aníbal. Tales fueron los preparativos y planes de Cartago. Mientras Lelio se llevaba la enorme cantidad de botín que habían tomado de los indefensos y desprotegidos campesinos, Masinisa, que había oído hablar de la llegada de la flota romana, llegó con unos pocos jinetes de escolta a visitarlo. Se quejó de la falta de energía mostrada por Escipión. ¿Por qué -preguntó-no había llevado su ejército a África, justo en el momento en que los cartagineses estaban en tal estado de consternación y desánimo, y con Sífax ocupándose de guerrear con sus vecinos? Estaba seguro de que si se le daba tiempo para organizar los asuntos a su antojo, no actuaría con auténtica lealtad hacia los romanos. Lelio debía instar a Escipión para que no cejara y él, Masinisa, aunque expulsado de su reino, le podría ayudar con una fuerza de caballería e infantería que en modo alguno resultaría despreciable. El mismo Lelio, también, no debía permanecer en África, pues había motivos para creer que había zarpado una flota de Cartago con la que, en ausencia de Escipión, no sería seguro enfrentarse.

[29,5] Después de esta conversación, Masinisa se marchó y al día siguiente Lelio partió de Hipona con sus barcos cargados con el botín, volviendo a Sicilia donde expuso ante Escipión las indicaciones Masinisa. Fue por entonces cuando aparecieron los barcos enviados desde Cartago a Magón, en un lugar frente a la costa situada entre los ligures albingaunos y Génova. La flota de Magón resultó estar anclada en aquel momento y, en cuanto advirtó la naturaleza de las instrucciones que le llevaban y que debía reunir una fuerza tan grande como pudiera, de inmediato convocó un consejo de los jefes galos y ligures, las dos naciones que componían la mayor parte de la población de aquel país. Cuando estuvieron reunidos, les dijo que su misión era la de devolverles la libertad y que, como podían ver por ellos mismos, le eran enviados refuerzos desde su hogar. Sin embargo, dependía de ellos el número y fuerzas disponibles para la guerra. Había dos ejércitos romanos en campaña, uno en la Galia y el otro en Etruria, y sabía que era un hecho el que Espurio Lucrecio uniría sus fuerzas con Marco Livio. Se debía armar varios miles de hombres si querían ofrecer una resistencia efcaz a dos generales romanos con sus dos ejércitos. Los galos le aseguraron que estaban totalmente dispuestos a cumplir con su parte, pero que, como uno de los ejércitos romanos estaba en su territorio y el otro junto en la frontera con Etruria, casi a su vista, cualquier intento de ayudar abiertamente a los cartagineses sometería su patria a una invasión desde ambas partes. Magón solo debía pedir de los galos aquellos auxilios que le pudieran proporcionar en secreto. En cuanto a los ligures, les dijo que el campamento romano estaba muy lejos de sus ciudades y eran por lo tanto libres de actuar según su elección; era justo que armaran a sus jóvenes y cumplieran equitativamente con su parte en la guerra. Los ligures no pusieron ninguna objeción y solicitaron solo un periodo de dos meses para alistar sus fuerzas. Magón, mientras tanto, tras mandar a los soldados galos de vuelta a casa, empezó a contratar mercenarios en secreto por su país, siéndole enviados clandestinamente suministros desde las diferentes poblaciones. Marco Livio marchó con su ejército de esclavos voluntarios desde Etruria a la Galia y, después de unirse con Lucrecio, hizo los preparativos para oponerse a cualquier movimiento que Magón puede hacer en dirección a Roma. Si, por su parte, los cartagineses se mantenían tranquilos en aquel rincón de los Alpes, también él permanecería donde estaba, cerca de Rímini, para defender Italia.

[29,6] El afán de Escipión por ejecutar su proyecto se aceleró a causa del informe que Cayo Lelio llevó de vuelta tras su conversación con Masinisa, y los soldados se mostraron también muy interesados en hacer el viaje cuando vieron a toda la flota de Lelio cargada de botín capturado al enemigo. En su propósito mayor, sin embargo, se cruzó otro menor, a saber, la conquista de Locri, una de las ciudades que se había pasado a los cartagineses durante la deserción general de Italia. La esperanza de lograr este objetivo había surgido de un incidente muy trivial. La lucha en el Brucio había asumido más un carácter de bandidaje que el de una guerra regular. Los númidas habían dado comienzo a tal práctica y los brucios siguieron su ejemplo, no tanto porque fueran aliados de los cartagineses, sino porque aquel era su modo tradicional y natural de hacer la guerra. Al fnal, incluso los romanos se vieron arrastrados por la pasión por el saqueo y, en tanto sus generales se lo permitan, solían efectuar incursiones de saqueo contra los campos del enemigo. Una partida de locrios, que había dejado el refugio de su ciudad, fue capturada por aquellos en una de dichas correrías y llevados a Regio; entre ellos había algunos artesanos que habían estado trabajando para los cartagineses en la ciudadela de Locri. Muchos de los nobles Locrios que habían sido expulsados por sus opositores cuando la ciudad fue entregada a Aníbal, se habían retirado a Regio y vivían allí en aquel momento. Reconocieron a aquellos artesanos y, naturalmente tras su larga ausencia, querían saber qué estaba pasando en sus casas. Tras responder a todas sus preguntas, los prisioneros dijeron que si eran rescatados y enviados de vuelta creían que podrían entregarles la ciudadela, pues vivían allí y gozaban de la plena confanza de los cartagineses. Los nobles, llenos como estaban de nostalgia por su hogar y ardiendo en deseos de vengarse de sus rivales, llegaron con ellos a un entendimiento en cuanto a cómo se debía ejecutar el plan y qué signos debían hacerse con los de la ciudadela. A continuación, fueron rápidamente rescatados y enviados de vuelta. Su siguiente paso fue ir a Siracusa, donde se alojaban algunos de los refugiados, y entrevistarse con Escipión. Le contaron lo que los prisioneros les habían prometido hacer y que consideraban que exista una posibilidad razonable de éxito. Dos tribunos militares, Marco Sergio y Publio Mateno, les acompañaron de vuelta a Regio con órdenes de tomar tres mil hombres de la guarnición y marchar a Locri. Se enviaron también instrucciones escritas al propretor Quinto Pleminio para se tomara el mando de la expedición.

Las tropas salieron de Regio portando con ellas escalas construidas especialmente para alcanzar la elevada altura de la ciudadela; sobre la medianoche llegaron al lugar desde el que debían dar la señal convenida. Los conspiradores estaban atentos a la misma y, cuando observaron la señal, dejaron caer escalas que habían fabricado con tal propósito; de esta manera, los asaltantes pudieron subir por diferentes sitos al mismo tiempo. Antes de que se diera la alarma, atacaron a los hombres de guardia que, no sospechando ningún peligro, estaban dormidos. Sus gemidos de muerte fueron los primeros sonidos que se escucharon, luego se produjo el desánimo de hombres súbitamente despertados y que no sabían la causa del tumulto; por fn, al darse cuenta, despertaron a los demás y cada hombre gritó "¡Alarma; el enemigo está en la ciudadela y están matando a los centinelas!" con más fuerza que los demás. Los romanos, superados ahora en número, habrían resultado vencidos si los gritos de los que estaban fuera no hubiesen desconcertado a la guarnición, pues la confusión y el miedo de un asalto nocturno hacían parecer todo más terrible. Los cartagineses, en su temor, imaginaron que la ciudadela estaba ocupada por el enemigo y, abandonando toda resistencia, huyeron a la otra ciudadela que se encuentra no muy lejos de la primera. La ciudad en sí, que se extendía entre las dos como premio por la victoria, estaba ocupada por la población. Se efectuaban salidas desde cada ciudadela y escaramuzas todos los días. Quinto Pleminio mandaba la guarnición romana; Amílcar, la cartaginesa. Se aumentó el número de cada parte mediante refuerzos procedentes de las posiciones próximas. Por fn, el propio Aníbal se puso en marcha y los romanos no se hubieran podido sostener si la población, amargada por la tranía y rapacidad de los cartagineses, no se hubiera puesto de su lado.

[29.7] Cuando llegó noticia a Escipión de la grave situación en Locri y de la aproximación de Aníbal, temió por la guarnición, que correría gran peligro por la difcultad de la retirada. Dejando a su hermano Lucio al mando de un destacamento en Mesina, partió en cuanto cambió el sentido de la marea y pudo salir a su favor. Aníbal había llegado al río Buloto, en un punto no muy lejos de Locri, y desde allí había enviado instrucciones a Amílcar ordenándole lanzar un violento ataque contra romanos y locrios, mientras que él mismo lanzaba un asalto por el lado opuesto de la ciudad, que quedaría desguarnecida mientras la atención de todos se concentraba en el ataque que Amílcar estaba efectuando. Llegó ante la ciudad al amanecer y se encontró el combate ya iniciado, pero al no haber llevado escalas de asalto con las que asaltar las murallas, no se limitó a la ciudadela, donde sus hombres, apiñados, se impedirían los movimientos unos a otros. Después de dar órdenes para que se apilase el equipaje de los soldados, mostró su ejército formado en orden de batalla con objeto de intimidar al enemigo. Mientras se disponían escalas y se preparaban para lanzar un asalto, él cabalgó alrededor de las murallas con sus númidas para ver por dónde se haría mejor la aproximación. A medida que avanzaba hacia la muralla, uno de los que estaban cerca de él resultó alcanzado por un escorpión y, alarmado por el peligro al que estaban expuestos sus hombres, ordenó que se tocara retirada y se fortifcó en una posición bastante más allá del alcance de los proyectiles. La flota romana llegó de Mesina lo bastante temprano como para que toda la fuerza pudiera desembarcar y entrar en la ciudad antes del anochecer. Al día siguiente, los cartagineses comenzaron los combates contra la ciudadela mientras que Aníbal avanzaba hacia las murallas con las escalas de asalto y todo el resto de aparatos dispuestos para el mismo. De repente, una puerta se abrió de golpe y los romanos salieron contra ellos, ejecutando la última cosa que esperaba. En su carga por sorpresa dieron muerte a unos doscientos, y Aníbal, viendo que el cónsul en persona estaba al mando, retró el resto de sus fuerzas al campamento. Envió un mensaje a los de la ciudadela diciéndoles que debían procurar su propia seguridad. Durante la noche levantó el campamento y se fue, y los hombres en la ciudadela, después de incendiar sus cuarteles para retrasar cualquier persecución con la confusión así creada, siguieron y alcanzaron a su cuerpo principal con una velocidad que se parecía mucho a una huida.

[29.8] Cuando Escipión descubrió que la ciudadela había sido evacuada y abandonado el campamento, convocó a los locrios a una asamblea y les reprochó con gravedad su deserción. Los autores de la revuelta fueron ejecutados y sus bienes conferidos a los jefes del otro partido, como recompensa por su excepcional lealtad a Roma. En lo referente al status polítco de Locri, dijo que no lo cambiaría; deberían enviar representantes a Roma y aquello que el Senado considerase conveniente, sería su destino. Añadió que estaba bastante seguro de que, si bien se había portado tan mal con Roma, estarían mejor bajo los romanos, indignados como estaban contra de ellos, que bajo sus amigos cartagineses. Dejando el destacamento que había capturado a la ciudadela, con Pleminio al mando, para proteger la ciudad, regresó con las tropas que había traído a Mesina. Después de su deserción de Roma, los locrios se habían encontrado con un trato tan brutal y tránico por parte de los cartagineses que pudieron soportar los moderados castgos no solo con paciencia, sino casi con alegría. Pero, como sucedió que Pleminio superó a Amílcar, y sus soldados a los cartagineses, en maldad y avaricia, parecía que estaban rivalizando unos con otros en vicios, no en valor. Nada de lo que puede practicar el poder de los fuertes dejó de ser hecho contra los débiles e indefensos habitantes de la ciudad por el comandante y sus hombres. Fueron infigidos inenarrables atropellos a sus personas, a sus esposas y a sus hijos. Su rapacidad no rehuyó incluso el sacrilegio; no contentos con saquear los demás templos, queda constancia de que pusieron sus manos sobre el tesoro de Proserpina, que siempre había estado intacto, excepto por Pirro, e incluso él devolvió el botín y ofreció una costosa ofrenda para expiar su acto sacrílego. Igual en aquella ocasión la flota del rey fuera arrojada y hecha añicos por la tempestad, no devolviendo ileso a tierra nada más que el sagrado dinero de la diosa, así ahora un desastre de una clase diferente hizo que aquel mismo dinero, que había resultado contaminado por la violación de su templo, llevara a todos a un grado tal de frenesí que los ofciales se volvían contra los ofciales y los soldados contra los soldados vertendo contra ellos mismo una rabia hostl.

[29,9] Pleminio tenía el mando supremo sobre las tropas que había llevado desde Regio, el resto estaba al mando de los tribunos militares. Uno de sus hombres iba corriendo con una copa de plata que había robado en una casa, y los propietarios iban corriendo tras él. Resultó que se encontró con Sergio y Mateno, los tribunos militares, que ordenaron que se le quitase la copa. Surgió una controversia, se lanzaron gritos furiosos y, al fnal, se inició un verdadero combate entre los soldados de Pleminio y los de los tribunos militares. Unos primero y otros después, cada uno corría a unirse a su propio grupo, yendo en aumento el número y alboroto de los que luchaban. Los de Pleminio fueron derrotados y corrieron a su comandante quejosos y enfadados, mostrándole sus heridas y las armadura manchadas de sangre, y repitendo las palabras insultantes hacia él que se habían empleado en la pelea. Enfureció, y saliendo a la carrera de su casa convocó ante él a los tribunos militares y ordenó que se les desnudara y se trajesen varas para azotarlos. Esto llevó algún tiempo, ya que lucharon y pidieron ayuda a sus hombres, que, excitados por su reciente victoria, llegaron corriendo desde todas partes como si hubieran sido convocados a las armas para repeler un ataque. Cuando vieron a las personas de sus tribunos efectivamente ultrajadas por los azotes, se encendieron con una ira irrefrenable y, sin el menor respeto por la majestad del cargo ni la menor humanidad, maltrataron groseramente a los lictores, separaron al general de sus hombres y, rodeándole, le cortaron la nariz y las orejas dejándole medio muerto. De todo esto se informó a Escipión en Mesina, que unos días más tarde llegó a Locri en una nave con seis órdenes de remeros [llamadas hexeris.-N. del T.], llevando a cabo una investgación formal sobre las causas de los disturbios. Pleminio fue absuelto y retuvo su mando, los tribunos fueron declarados culpables y encadenados para ser enviados a Roma. Escipión regresó a Mesina y desde allí partió hacia Siracusa. Pleminio estaba fuera de sí de rabia. Consideraba que Escipión había tratado sus ofensas demasiado a la ligera y que el único hombre que podía decidir la pena era el que había sufrido el ultraje. Los tribunos fueron arrastrados ante él y, después de someterlos a todas las torturas que el cuerpo humano puede soportar, fueron ejecutados. Ni siquiera entonces quedó saciada su crueldad y ordenó que los cuerpos quedasen insepultos. Ejecutó la misma salvaje crueldad con los ciudadanos más destacados de Locri, de quienes supo que fueron a quejarse a Escipión de su mala conducta. Las pruebas de su lujuria y codicia, que ya había dado entre los aliados de Roma, se multplicaron entonces por su ira, recayendo la vergüenza y el odio que provocaron no solo sobre él, sino también sobre su comandante en jefe.

[29.10] Se acercaba la fecha de las elecciones cuando se recibió una carta del cónsul Publio Licinio. Decía en ella que él y su ejército estaban sufriendo una grave enfermedad y que no habrían podido sostener su posición si al enemigo no le hubiera visitado también con una gravedad igual o incluso mayor. Como, por lo tanto, no podría venir, si el Senado lo aprobaba él nombraría dictador a Quinto Cecilio Metelo para que celebrase las elecciones. Sugirió que sería conveniente para el interés público que se disolviera el ejército de Quinto Cecilio, pues no había utlidad inmediata para él ahora que Aníbal había marchado a sus cuarteles de invierno y que la epidemia había atacado su campamento con tal violencia que, a menos que se dispersaran pronto, a juzgar por las apariencias no quedaría vivo ni un solo hombre. El Senado autorizó al cónsul para que tomase las medidas que, en conciencia, considerara más convenientes para la república. Por aquel entonces, los ciudadanos estaban afectados por un asunto religioso que había surgido últimamente. Debido a la inusual cantidad de lluvias de piedras caídas durante el año, se habían consultado los libros sibilinos y se habían descubierto ciertos versos oraculares que anunciaban que siempre que un enemigo extranjero llevase la guerra a Italia, se le podría expulsar y vencer si la imagen de la Madre del Ida fuese traída desde Pesino a Roma [Mater Idaea, en el original latino: Cibeles, la Gran Madre, cuyo gran santuario estaba en Pesinunte, en el monte Ida, cercano de Troya de donde, no se olvide, se hacían proceder los romanos; este constituyó el primer culto oriental en penetrar en Roma.-N. del T.]. El descubrimiento, por los decenviros, de esta profecía provocó la mayor de las impresiones en los senadores, debido a que la delegación que había llevado la ofrenda a Delfos informó a su regreso de que, cuando sacrifcaron a Apolo Pito, los indicios presentes en las víctimas resultaron totalmente favorables; además, la respuesta del oráculo lo fue en el sentido de que esperaba a Roma una victoria mucho mayor que aquella por la que se llevaban aquellos despojos a Delfos. Consideraban que aquellas esperanzas se veían así confrmadas por la acción de Escipión al solicitar África como su provincia, como si tuviera el presentimiento de que esto daría fin a la guerra. Por lo tanto, con el fin de asegurar cuanto antes la victoria que tanto los hados, los augurios y los oráculos anunciaban por igual, dieron en pensar la mejor manera de transportar la diosa a Roma.

[29,11] Hasta ese momento, el pueblo romano no tenía aliadas entre las ciudades de Asia. No habían olvidado, sin embargo, que cuando estaban sufriendo una grave epidemia enviaron a buscar a Esculapio de Grecia, a pesar de que no tenían ningún tratado con aquel país; ahora que el rey Atalo había frmado con ellos una liga de amistad contra su común enemigo, Filipo, esperaban que este haría todo lo posible en interés de Roma. Así pues, decidieron enviarle una embajada; los escogidos con aquel propósito fueron Marco Valerio Levino, que había sido cónsul dos veces y también había estado a cargo de las operaciones en Grecia, Marco Cecilio Metelo, un ex-propretor, Servio Sulpicio Galba, antiguo edil, y dos antiguos cuestores, Cneo Tremelio Flaco y Marco Valerio Faltón. Se dispuso que debían navegar con cinco quinquerremes, a fin de que pudieran presentar un aspecto digno del pueblo de Roma en su visita a aquellos Estados que debían ser favorablemente impresionados con la grandeza del nombre romano. En su camino a Asia, los legados desembarcaron en Delfos, marchando de inmediato a consultar el oráculo y saber qué esperanzas tenían ellos y su patria respecto al cumplimiento de su deber. La respuesta que, según se dice, recibieron fue que alcanzarían su objetivo mediante el rey Atalo, y que cuando hubieran transportado la diosa a Roma deberían procurar que el mejor y más noble hombre de Roma le diera hospitalidad. Marcharon a la residencia real de Pérgamo, y aquí el rey les dio una cordial bienvenida y los condujo a Pesinunte, en Frigia. Luego les entregó la piedra sagrada que los nativos decían que era "la Madre de los Dioses" y les pidió que la llevaran a Roma. Marco Valerio Faltón fue enviado por delante para anunciar que la diosa estaba en camino, y que el mejor y más noble hombre de Roma debía ir a recibirla con todos los honores debidos. El cónsul al mando en el Brucio designó dictador a Quinto Cecilio Metelo para que celebrase las elecciones, disolviendo su ejército; Lucio Veturio Filón fue nombrado jefe de la caballería. Los nuevos cónsules fueron Marco Cornelio Cétego y Publio Sempronio Tuditano; este último fue elegido en su ausencia, pues estaba al mando de Grecia. Luego siguió la elección de los pretores, siendo elegidos Tiberio Claudio Nerón, Marco Marcio Ralla, Lucio Escribonio Libón y Marco Pomponio Matón. Cuando las elecciones hubieron fnalizado, el dictador renunció a su cargo. Los juegos romanos se celebraron tres veces y los Juegos Plebeyos, siete. Los ediles curules fueron los dos Cornelios, Cneo y Lucio. Lucio estaba a cargo de la provincia de Hispania; fue elegido en su ausencia, y aunque ausente, ejerció este cargo. Tiberio Claudio Aselo y Marco Junio Peno fueron los ediles plebeyos. El templo de Virtus, cerca de la puerta Capena fue dedicado este año por Marco Marcelo, habiendo sido prometido por su padre en Casteggio [la antigua Clastidium.-N. del T.], en la Galia, diecisiete años antes. Marco Emilio Regilo, famen de Marte, murió este año.

[29,12] Durante los últimos dos años, se había prestado poca atención a los asuntos en Grecia. Como resultado de ello, Filipo, viendo que los etolios habían sido abandonados por los romanos, los únicos de los que esperaban ayuda, les obligó a pedir la paz y a aceptar sus términos. De no haber dedicado todas sus energías a conseguir este resultado lo antes posible, sus operaciones contra ellos habrían sido interrumpidas por el procónsul Publio Sempronio, que había susttuido a Sulpicio y mandaba una fuerza de diez mil infantes, mil jinetes y treinta y cinco barcos de guerra, un contingente considerable que llevar en auxilio de nuestros aliados. Apenas se había concluido la paz cuando llegaron al rey noticias de que los romanos estaban en Dirraquio [Dürres, en la actual Albania.-N. del T.] y que las tribus partinas y otras vecinas se habían levantado y estaban sitando Krotine [la antigua Dimallum.-N. del T.]. Los romanos habían desviado sus fuerzas hacia este lugar, en vez de marchar hacia los etolios, como muestra de descontento por haber estos frmado la paz con el rey en contra de la alianza que mantenían y sin su consentimiento. Al tener noticia de esto Filipo, ansiando impedir que aquellos derivase en una sublevación mayor, marchó apresuradamente hacia Apolonia. Sempronio se había retirado a este lugar después de enviar a Letorio, con parte de sus fuerzas y quince de los barcos a Etolia para comprobar cómo estaban las cosas allí y, si era posible, perturbar la paz. Filipo asoló el territorio alrededor de Apolonia y llevó sus fuerzas hasta la ciudad con objeto de ofrecer combate a los romanos. Sin embargo, como vio que se mantenían dentro de sus murallas, y dudando sobre su capacidad para atacar la plaza, se retró a su reino. Un motivo adicional para su retirada era su deseo de frmar la paz con ellos como lo había hecho con los etolios; o si no la paz, en todo caso, una tregua, por lo que evitó irritarlos con más hostlidades.

Los epirotas, para entonces, estaban ya cansados de la prolongada guerra; tras sondear a los romanos enviaron emisarios a Filipo con propuestas para un acuerdo general y asegurándole que no cabía duda en cuanto a su frma si conferenciaba con Sempronio. El rey no era en absoluto contrario a la propuesta y consintó a visitar el Épiro. Finiq, una importante ciudad del Épiro [la antigua Fénice.-N. del T.], fue elegida como el lugar de reunión, y allí el rey, después de una entrevista preliminar con Aeropo, Dardas y Filipo, pretores de los epirotas, se reunió con Sempronio. Estuvieron presentes en la conferencia Aminandro, rey de los Atamanos, así como los magistrados de los epirotas y acarnanes. El magistrado epirota, Filipo, abrió el debate apelando al rey y al general romano para que pusieran fin a la guerra en consideración a los epirotas. Las condiciones de la paz, según declaró Sempronio, eran que los partinos, junto a las ciudades de Krotine, Bargulo y Eugenio debían pasar a dominio de Roma; Atintania sería para Macedonia si los embajadores de Filipo lograba que el Senado sancionara el acuerdo. Cuando quedaron acordados los términos, el rey incluyó a Prusias, rey de Bitinia, y a los aqueos, beocios, tesalios, acarnanes y epirotas como partes del acuerdo Los romanos, por su parte, extendieron sus disposiciones a los Ilienses, al rey Atalo, a Pleurato, a Nabis, tirano de los lacedemonios, a los eleos, a los mesenios y a los atenienses. Se pusieron luego por escrito las cláusulas y se sellaron debidamente. Se acordó un armistcio de dos meses, para permitr que los embajadores enviados a Roma obtuvieran de la Asamblea la ratificación del tratado. Todas las tribus votaron a favor, contentas de verse relevadas en aquel momento de la presión de otras guerras, ahora que sus esfuerzos se dirigían a África. Tras concluirse la paz, Publio Sempronio partió hacia Roma para asumir los deberes de su consulado.

[29,13] Publio Sempronio y Marco Cornelio se hicieron cargo de su consulado en el decimoquinto año de la guerra púnica -204 a.C.-. A este último se le decretó la provincia de Etruria junto con el ejército que allí estaba; Sempronio recibió el Brucio y tuvo que alistar nuevas tropas. De los pretores, Marco Marcio se encargó de la pretura urbana, Lucio Escribonio de la peregrina y la administración de la Galia; Sicilia recayó sobre Marco Pomponio Matón y Cerdeña sobre Tiberio Claudio Nerón. Publio Escipión vio ampliado su mandato durante doce meses con el ejército y la flota que ya tenía. Publio Licinio debía permanecer en el Brucio con dos legiones, hasta el cónsul considerase conveniente que mantuviera allí su mando. Marco Livio y Espurio Lucrecio también mantendrían las legiones con las que habían estado protegiendo la Galia contra Magón. Cneo Octavio había de entregar su legión y el mando de Cerdeña a Nerón, y hacerse cargo de una flota de cuarenta barcos para la protección de la costa, dentro de los límites fjados por el Senado. Los restos del ejército de Cannas, que ascendían a dos legiones, fueron asignados a Marco Pomponio, el pretor al mando de Sicilia. Tito Quincio debía mantener Tarento y Cayo Hostlio Túbulo guardaría Capua, con las guarniciones existentes y ambos con rango de propretor. Con respecto a Hispania, se dejó al pueblo que decidiera sobre los dos procónsules que se debían enviar a aquella provincia, siendo unánimes al retener allí al mando a Lucio Cornelio Léntulo y Lucio Manlio Acidino. Los cónsules procedieron al alistamiento, según lo ordenado por el Senado, con el propósito de reclutar nuevas legiones para el Brucio y completar los demás ejércitos hasta su total de efectivos.

[29,14] A pesar de que África no había sido colocada ofcialmente entre las provincias -los senadores, creo yo, lo mantuvieron en secreto para evitar que los cartagineses obtuviesen la información de antemano-, los ciudadanos esperaban que África sería aquel año el escenario de las hostlidades y que el fnal de la Segunda Guerra Púnica no estaría lejos. En tal estado de excitación mental, los pensamientos de los hombres se llenaban de superstción y al estar dispuestos a dar crédito a los anuncios de portentos, hacían que aumentase su número. Se dijo que habían sido vistos dos soles; hubo intervalos de luz diurna durante la noche; en Sezze se vio cruzar un cometa de este a oeste; una puerta en Terracina y, en Anagni, una puerta y varias porciones de la muralla, fueron golpeadas por un rayo; en el templo de Juno Sospita, en Lanuvio, se escuchó un estrépito al que siguió un terrible fragor. Para expiar estos portentos se ofrecieron rogativas especiales durante un día completo, y como consecuencia de una lluvia de piedras se observaron solemnemente nueve días de oraciones y sacrifcios. La discusión sobre recepción debida a la Madre Idea también era objeto de discusión. Marco Valerio, el miembro de la delegación que había adelantado su llegada, había informado que estaría en Italia casi de inmediato, y un mensajero recién llegado había traído la noticia de que ya estaba en Terracina. La atención del Senado estaba centrada en una cuestón de no poca importancia, pues tenían que decidir quién era el mejor hombre de todos los ciudadanos. Cada cual consideraba que el ganar esta distinción para sí mismo sería una auténtica victoria, muy superior a cualquier cargo ofcial o distinción honorífca que pudieran conferir tanto patricios como plebeyos. De todos los grandes y buenos hombres de la República, se consideró como el mejor y más noble a Publio Escipión, el hijo del Cneo Escipión que había caído en Hispania; un joven aún no lo bastante mayor como para ser cuestor. De haberlo dictado los autores que vivieron más próximos a aquellos días, me habría encantado registrar para la posterior aquellos de sus méritos que indujeron al Senado a llegar a tal conclusión. Así pues, no interpondré mis conjeturas en una materia oculta en las nieblas de la antgüedad.

Se ordenó a Publio Escipión que fuese a Osta, acompañado por todas las matronas, para recibir a la diosa. La recogería conforme abandonase la nave y, al llegar a terra, debía ponerla en manos de las matronas que debían llevarla a su destino. Tan pronto se divisó el barco en la desembocadura del Tíber, se hizo a la mar según sus instrucciones, recibió la diosa de las manos de sus sacerdotsas, y la trajo a terra. Allí fue recibida por las importantes matronas de la Ciudad, entre las cuales el nombre de Claudia Quinta destacaba por su excelencia. Según el relato tradicional, su reputación había sido dudosa anteriormente, pero su función sagrada la rodeó con un halo de castidad a los ojos de la posteridad. Las matronas, cada una tomando su turno para llevar la imagen sagrada, trasladaron a la diosa al interior del templo de la Victoria, en el Palatino. Todos los ciudadanos acudieron a su encuentro; en las calles por donde se la llevaba fueron colocados incensarios quemando incienso delante de las puertas, surgiendo de todos los labios una oración para que ella, por su propia y libre voluntad, se complaciera en entrar en Roma. El día en que este evento se llevó a cabo fue el 12 de abril, y se observó como festivo; el pueblo llegó en masa a hacer sus ofrendas a la deidad; se celebró un lectsternio y quedaron consttuidos los juegos que posteriormente serían conocidos como Megalesios [o sea, en griego, en honor a la Megále Mater, Gran Madre.-N. del T.].

[29.15] Mientras se adoptaban las medidas para completar las plantllas de las legiones en las provincias, algunos de los senadores sugirieron que había llegado el momento de no tolerar más ciertas cosas que, si bien se habían adoptado en un momento de emergencia crítica, resultaban intolerable ahora que, gracias a la bondad de los dioses, habían desaparecido sus temores. En medio de la atención de la Cámara manifestaron que "las doce colonias latinas que rehusaron proporcionar soldados cuando Quinto Fabio y Quinto Fulvio eran nuestros cónsules, han disfrutado en los últimos seis años de una exención de servicios militares, como si se les hubiera concedido a modo de honor o distinción. Mientras tanto, nuestros buenos y feles aliados, como recompensa por su fidelidad y devoción, se han agotado por completo con las reclutas que han efectuado año tras año". Estas palabras no solo volvieron a la memoria del Senado un hecho que casi habían olvidado, sino que excitó su ira. En consecuencia, insisteron llevar esto en primer lugar ante la Cámara, que promulgó el siguiente decreto: "Los cónsules convocarán en Roma a los magistrados y diez notables de cada colonia ofensora, a saber: Nepi, Sutri, Ardea, Calvi Risorta, Alba, Carseoli, Sora, Suessa, Sezze, Cercei, Narni e Interamna Sucasina. Ordenarán a cada colonia que suministre un contingente de infantería el doble de numeroso del mayor que hubieran alistado desde que los cartagineses aparecieron en Italia, además de ciento veinte de caballería. En caso de que alguna colonia no pudiera completar el número requerido de hombres a caballo, se les permitría susttuir cada soldado de caballería faltante con tres de infantería. Tanto la caballería como la infantería debían elegirse de entre los ciudadanos más ricos, y se enviarían allá donde se precisasen refuerzos fuera de los límites de Italia. Si alguna de ellas se negase a cumplir con esta demanda, ordenamos que los magistrados y representantes de esa colonia sean detenidos, y que no se les conceda audiencia del Senado hasta que no hayan cumplido con lo que se les exige. Además de estos requerimientos, se impondrá a estas colonias un impuesto de un as por cada mil, pagadero anualmente, practcándose un censo según las leyes determinadas por los censores, rigiendo las mismas que para el pueblo de Roma. Los censores romanos debían proporcionar a los censores de las colonias el conjunto de instrucciones preciso, y estos últimos debían llevar sus cuentas juradas a Roma antes de abandonar el cargo".

En cumplimiento de esta resolución del Senado, fueron convocados a Roma los magistrados y los notables de esas colonias. Cuando los cónsules les ordenaron proporcionar los suministros necesarios de hombres y dinero estallaron en fuertes y rabiosas protestas. Era imposible, dijeron, alistar tantos soldados y ya tendrían la mayor de las difcultades en conseguir el número anterior. Rogaron que se les permitera comparecer y defender su causa ante el Senado, y protestaban diciendo que no habían hecho nada que justfcase que debieran morir. Pero, incluso si eso signifcaba la muerte para ellos, ninguna culpa de la que fueran culpables y ninguna amenaza por parte de Roma le podría hacer alistar más hombres de los que tenían. Los cónsules fueron infexibles y ordenaron a los representantes que permanecieran en Roma mientras los magistrados regresaban a sus casas para reclutar los hombres. Se les dijo que, a menos que llevasen a Roma el número requerido de hombres, el Senado no les concedería audiencia. Como no había ninguna esperanza de acercarse al Senado y pedir un trato más favorable, procedieron al alistamiento en las doce colonias, no presentando este ninguna difcultad debido al aumento en el número de hombres en edad militar después del largo periodo de exención.

[29.16] Otra cuestón, que se había perdido de vista durante un período de tiempo similar, fue planteada por Marco Valerio Levino. Era justo y apropiado, dijo, que se devolvieran las sumas aportadas por los particulares en el año en que él y Marco Claudio fueron cónsules. Nadie debía sorprenderse de que él estaba particularmente interesado en que la república cumpliera honorablemente con sus compromisos, pues, aparte del hecho de que concernía especialmente al cónsul de aquel año, fue él mismo quien abogó por aquellas contribuciones en un momento en que el tesoro estaba exhausto y los plebeyos no podían pagar su impuesto de guerra. Los senadores se alegraron de que se les recordara el incidente y se encargó a los cónsules que presentaran una resolución para su discusión. Estos emiteron un decreto para que los préstamos fuesen pagados en tres plazos; el primero, inmediatamente por los cónsules entonces en ejercicio; el segundo y tercero por los cónsules que estuviesen en activo a los dos y cuatro años, respectivamente. Posteriormente, se presentó un asunto que anuló cualquier otro interés, a saber, el terrible estado de cosas en Locri. Hasta ese momento nada se había oído de esto, pero desde la llegada de los delegados se había vuelto de general conocimiento. Se sintó una profunda ira por la criminal conducta de Pleminio, pero aún más por la ambición y negligencia mostradas por Escipión. Diez embajadores de Locri, presentando una imagen de dolor y miseria, se acercaron a los cónsules, que se encontraban en sus tribunales en el Comicio, y llevando al modo griego ramas de olivo como símbolo de los suplicantes, se postraron en el suelo con lágrimas y gemidos. En respuesta a la pregunta de los cónsules en cuanto a quiénes eran, dijeron que eran locrios y que habían sufrido a manos de Pleminio y sus soldados romanos tal trato como ni el pueblo romano desearía ver sufrir a los cartagineses. Anhelaban el permiso para comparecer ante el Senado y mostrar su dolorosa historia.

[29.17] Se les concedió audiencia y el embajador de más edad se dirigió al Senado en los siguientes términos: "La importancia que otorguéis a nuestras quejas, senadores, dependerá en gran medida, lo sé muy bien, de que tengáis conocimiento preciso de las circunstancias bajo las que Locri fue entregada a Aníbal y, después de que fuera expulsada su guarnición, cómo regresamos nuevamente bajo vuestra soberanía. Pues si nuestro senado y pueblo no fueron en ningún caso responsables de la deserción, y se puede demostrar que nuestro regreso a vuestra obediencia se produjo no sólo con nuestro pleno consentimiento, sino también por nuestro propio esfuerzo y valor, sentréis entonces la mayor indignación por tales vergonzosos ultrajes, infigidos por vuestro magistrado y soldados contra buenos y feles aliados. Creo, sin embargo, que debemos posponer para otro momento la explicación sobre nuestro doble cambio de bando, por dos razones. Una de ellas es que el asunto debiera ser discutido cuando esté presente Publio Escipión, pues él retomó Locri y fue testgo de todos nuestros actos, tanto buenos como malos; la otra razón es que, por malos que pudiéramos ser, no habríamos sufrido como lo hemos hecho. No negamos, senadores, que cuando tuvimos la guarnición cartaginesa en la ciudadela hubimos de someternos a muchos actos de insolencia y crueldad a manos de Amílcar y sus númidas y africanos, ¿pero qué era aquello comparado con lo que está pasando hoy en día? Os ruego, senadores, que no os ofendáis por lo que a regañadientes me veo obligado a decir. El mundo entero está esperando con ferviente expectación para ver si seréis vosotros o los cartagineses los amos del orbe. Si la elección entre la supremacía romana y púnica dependiera de la forma en que los cartagineses nos han tratado a los locrios en comparación con lo que estamos sufriendo hoy de vuestros soldados, no hay ni uno de nosotros que no prefriera su gobierno al vuestro. Y, sin embargo, a pesar de todo esto, ved cuáles han sido nuestros sentimientos hacia vosotros. Cuando estábamos sufriendo comparativamente menores ofensas de los cartagineses, nos dirigimos a vuestro comandante; ahora que sufrimos de vuestras tropas peores injurias que cualquiera que nos hubiera infigido el enemigo, es ante vosotros, y ante nadie más, donde exponemos nuestras quejas. Si vosotros, senadores, no dirigís vuestra mirada sobre nuestras miserias, nada nos quedará excepto rezar a los mismos dioses inmortales".

“Quinto Pleminio fue enviado con un destacamento de tropas para recuperar Locri de los cartagineses, permaneciendo con ellas en la ciudad. En este general vuestro -lo extremo de la miseria me da el valor para hablar libremente-nada tiene de humano excepto su faz y apariencia, no hay rastro de un romano excepto en su vestr y lenguaje; es una besta salvaje, un monstruo como esos legendarios, que rondan las aguas que nos separan de Sicilia, para destrucción de los marinos. Si se hubiera contentado con llevar su propia infamia, villanía y rapacidad sobre vuestros aliados, podríamos haber llenado este abismo, por profundo que fuese, con paciente resistencia; pero tal como han sido las cosas, se ha mostrado tan ansioso por difundir su libertinaje y maldad tan indiscriminadamente que ha convertido a cada centurión y a cada soldado en un Pleminio. Todos roban por igual, saquean, golpean, hieren, matan, ultrajan a las matronas, doncellas y niños, a quienes arrancan de brazos de sus padres. Cada día es testgo de un nuevo terror, un nuevo saqueo de nuestra ciudad; en todas partes, día y noche, se repite el eco de los gritos de las mujeres secuestradas y raptadas. Cualquiera que sepa lo que está pasando podría preguntarse cómo somos capaces de soportarlo todo, o por qué no se han cansado de vuestros crímenes. No entraré en detalles, ni tampoco merece la pena escuchar lo que cada uno de nosotros ha sufrido; pero os daré una descripción general. Me atrevo a afrmar que no hay una sola casa en Locri, ni un solo individuo, que haya escapado de los malos tratos; no hay forma de maldad, lujuria o codicia que no se haya practicado sobre todo aquel que fuese víctima apropiada. Es difcil decidir cuál es la mayor desgracia para una ciudad, si la de ser capturada por el enemigo en la guerra o la de ser aplastados por la fuerza y la violencia de un tirano sanguinario. Todos los horrores que conlleva la captura de una ciudad hemos sufrido y seguimos sufriendo con el máximo rigor; todas las torturas que infigen los tiranos despiadados y crueles a sus oprimidos súbditos, nos las ha infigido Pleminio a nosotros, a nuestros hijos y a nuestras esposas".

[29,18] "Hay un asunto sobre el que nuestros sentimientos religiosos nos obligan a presentar una queja en especial, y nos daremos por satsfechos si, después de escuchar lo ocurrido y así lo decidís, tomáis medidas para limpiar vuestra república de la contaminación del sacrilegio. Hemos visto con qué cuidado piadoso adoráis no solo a vuestros dioses, sino que incluso reconocéis a los de las demás naciones. Hay ahora en nuestra ciudad un santuario consagrado a Proserpina, y creo que algunos rumores sobre la santidad de ese templo llegaron a vuestros oídos durante vuestra guerra contra Pirro. En su viaje de regreso desde Sicilia, tocó tierra en Locri y añadió, a las atrocidades que había cometido contra nosotros por nuestra lealtad hacia vosotros, el saqueo del tesoro de Proserpina, intactos hasta aquel día. Puso el dinero a bordo de su flota y continuó su viaje por terra. ¿Qué ocurrió, senadores? Pues que al día siguiente una terrible tormenta hizo añicos su flota y los barcos que transportaban el oro sagrado fueron arrojados a terra, sobre nuestras costas. Convencido por este gran desastre de que, a fin de cuentas, existan realmente los dioses, el arrogante monarca impartió órdenes para que se recogiera todo el dinero y se llevase de vuelta al tesoro de Proserpina. A despecho de esto, nada le fue bien después; fue expulsado de Italia y, en un intento temerario por entrar en Argos durante la noche, se encontró con una muerte innoble y deshonrosa. Vuestro general y los tribunos militares han oído hablar de este incidente, y de muchos otros que se les contaron, no tanto para aumentar la sensación de temor como para dar pruebas de la potencia directa y manifesta de la diosa, un poder que nosotros y nuestros ancestros hemos experimentado muchas veces. A pesar de ello, osaron poner las manos sacrílegas sobre ese tesoro inviolable, haciendo recaer sobre ellos mismos, sus casas y vuestros soldados la culpa de su profanador saqueo. Os imploramos por tanto, senadores, por todo lo que os es sagrado, que no empleéis a estos hombres en ningún servicio militar hasta que hayan expiado su crimen, para que su sacrilegio no sea expiado, no ya solo por su sangre, sino también por desastres de la república”.

“Ni siquiera ahora tarda la ira de la diosa en visitar a vuestros ofciales y soldados. Se han enfrentado con frecuencia en batallas campales; Pleminio mandando un bando y los tribunos militares el otro. Han combatido unos contra otros entre sí tan furiosamente como nunca han luchado contra los cartagineses; y en su frenesí, han dado ocasión a Aníbal para recuperar Locri, si no hubiéramos avisado a Escipión. No creáis que mientras la culpa del sacrilegio conduce a los hombres a la locura, la diosa no manifestará su ira castigando también a los jefes. Justamente aquí es donde más claramente se manifesta. Los tribunos fueron azotados con varas por su ofcial superior; después, fue sorprendido por ellos y, además de ser herido por todas partes, le cortaron la nariz y las orejas y fue dejado por muerto. Al fnal, recuperándose de sus heridas, encadenó a los tribunos y después, tras azotarlos y someternos a las torturas que le infigen a los esclavos, los ejecutó y una vez muertos impidió que fuesen enterrados. De esta manera castga la diosa a los saqueadores de su templo, ni dejará de vejarlos con toda clase de locura hasta que el tesoro sagrado sea nuevamente depositado en el santuario. Cierta vez, cuando nuestros antepasados se vieron apretados durante la guerra contra Crotona, decidieron, como el templo estuviese fuera de los muros de la ciudad, trasladar a esta el tesoro. Una voz se escuchó en la noche, procedente del santuario, profriendo una advertencia: "¡No pongáis la mano sobre él! ¡La diosa protegerá su templo". Disuadido por el temor religioso de mover el tesoro, quisieron construir una muralla alrededor del templo. Después de haber progresado un tanto su construcción, se derrumbó repentinamente. A menudo en el pasado ha protegido la diosa su templo y la sede de su presencia, o bien, como en la actualidad, se ha cobrado una gran expiación de quienes la han violado. Pero ella no puede vengar nuestros males, ni nadie puede excepto vosotros, senadores; es a vuestro honor al que invocamos y vuestra protección bajo la que buscamos refugio. Permitr que Locri siga bajo aquel general y aquellas fuerzas resulta, por lo que a nosotros respecta, lo mismo que si nos entregaseis a Aníbal y sus cartagineses para que nos castguen. No os pedimos que aceptéis lo que decimos de inmediato, en ausencia del acusado y sin oír su defensa. Permitd que comparezca, que escuche los cargos contra él y que los refute. Si hay algún delito, de los que un hombre puede ser culpable hacia otro, que ese hombre nos haya ahorrado, estaremos entonces dispuestos a sufrirlo, si está en nuestra mano hacerlo, una vez más, y dispuestos a perdonarle todo mal contra los dioses y los hombres".

[29.19] Al terminar el discurso el embajador, Quinto Fabio le preguntó si habían expuesto sus quejas ante Escipión. Contestaron que le habían enviado una delegación, pero estaba muy ocupado con los preparativos para la guerra y navegando, o a punto de navegar en muy pocos días, hacia África. Habían tenido prueba de la alta estima que por Pleminio tenía su comandante en jefe, pues, tras investgar las circunstancias que había llevado a la disputa entre él y los tribunos militares, Escipión había encadenado a los tribunos y permitido que su subordinado conservase el mando, pese a ser tanto o más culpable. Se les ordenó entonces retrarse, y en la discusión que siguió tanto Pleminio como Escipión fueron severamente criticados por los notables de la Cámara, especialmente por Quinto Fabio. Declaró que Escipión había nacido para destruir toda la disciplina militar. Lo mismo ocurrió en Hispania; más hombres se habían perdido allí durante el motin que en la batalla. Su conducta era la de algún rey extranjero, siendo primero indulgente para con los soldados y luego castgándolos. Fabio concluyó su ataque con la siguiente drástica resolución: "Propongo que Pleminio sea conducido a Roma encadenado para que defenda su causa y, si las acusaciones que los locrios le imputan son justfcadas, que se le ejecute en prisión y se confsquen sus bienes. Con respecto a Publio Escipión, que ha abandonado su provincia sin órdenes de hacerlo, propongo que se le llame de vuelta y se traslade a los tribunos de la plebe que presenten ante la Asamblea la propuesta de que se le releve de su mando. En cuanto a los locrios, propongo que se les traiga de vuelta a la Curia y que les aseguremos, en respuesta a su queja, que tanto el Senado como el pueblo desaprueban lo que se ha hecho y que les reconocemos como buenos y feles aliados y amigos. Y, además, que sus esposas e hijos y todo lo que se les ha quitado les será devuelto, y que todo el dinero sustraído del tesoro de Proserpina será recogido y devuelto el duplo. La cuestón de la expiación debe ser remitida al colegio de pontífices, que deberá decidir qué ritos expiatorios habrán de observarse, qué deidades se deberán propiciar y qué víctimas se deben sacrifcar en los casos en que son violados los tesoros sagrados. Los soldados de Locri deben ser trasladados a Sicilia y se deben enviar cuatro cohortes latinas como guarnición de la plaza". Debido a los acalorados debates entre los partidarios de Escipión y sus oponentes, no se pudieron recoger las opiniones ese día. No sólo tenía que soportar el odio por la criminal brutalidad de Pleminio hacia los locrios, sino que se acusaba al comandante de no vestr como un romano y ni siquiera como un militar. Se afrmaba que andaba por el gimnasio con un manto y sandalias griegas, que pasaba el tiempo entre lecturas y la palestra, y que todos los de su personal estaban disfrutando de las atracciones de Siracusa y viviendo una vida semejante de molicie. Que habían perdido por completo de vista a Aníbal y a los cartagineses; que todo el ejército estaba desmoralizado y desmandado; como antes el de Sucro, este ahora de Locri era más temido por sus aliados que por el enemigo.

[29,20] Aunque había bastante verdad en estas acusaciones como para darles un aire de verosimilitud, la opinión de Quinto Metelo logró la mayoría de los apoyos. Aun estando de acuerdo con el resto del discurso de Fabio, discrepaba en lo referente a Escipión. Escipión, dijo, hacía solo unos pocos días que había sido elegido por sus conciudadanos, joven como era, para mandar la expedición que debía recuperar Hispania; y, tras haberla recuperado, fue elegido cónsul para dar término a la guerra púnica. Todas las esperanzas se centraban ahora en él, como el hombre que estaba destinado a someter África y liberar Italia de Aníbal. ¿Cómo -se preguntó-, siendo consecuentes, podrían ellos llamarle perentoriamente, como a otro Pleminio, sin haber escuchado su defensa, y en especial cuando los mismos locrios admitan que las crueldades de las que se quejaban tuvieron lugar cuando Escipión ni siquiera estaba en el lugar y cuando de nada se le podía acusar defnitivamente, más allá de una excesiva indulgencia o pundonor para con su subordinado? Presentó una resolución para que Marco Pomponio, el pretor al que había correspondido Sicilia, partera de su provincia en un plazo de tres días; que los cónsules escogieran a su discreción diez miembros del senado que acompañarían al pretor, así como a dos tribunos de la plebe y a uno de los ediles. Con todos estos como consejeros suyos, debería llevar a cabo una investgación y, si los actos de los cuales los locrios se quejaban, se demostraban haber sido cometidos por orden o con el consentimiento de Escipión, le ordenarían salir de su provincia. Si ya hubiera desembarcado en África, los tribunos y el edil con dos de los diez senadores que el pretor considerase más aptos para la tarea, debían dirigirse allí, los tribunos y el edil para traer de vuelta a Escipión y los dos senadores para tomar el mando del ejército hasta que llegase un nuevo general. Si, por el contrario, Marco M. Pomponio y sus diez consejeros se aseguraban de que lo sucedido no fue por orden ni con la concurrencia de Escipión, este retendría su mando y seguiría la guerra como se había propuesto. Esta resolución, propuesta por Metelo, fue aprobada por el Senado, y se pidió a los tribunos de la plebe que dispusieran quiénes de ellos habrían de acompañar al pretor. El colegio de pontífices fue consultado en cuanto a la expiación necesaria por la profanación y robo del templo de Proserpina. Los tribunos plebeyos que acompañó al pretor fueron Marco Claudio Marcelo y Marco Cincio Alimento. Se les asignó un edil plebeyo, para que en el caso de que Escipión se negara a obedecer al pretor o ya hubiera desembarcado en África, los tribunos pudieran, en virtud de su autoridad sagrada, ordenar al edil que lo arrestara y los trajera de vuelta con ellos. Decidieron ir a Locri primero y luego a Mesina.

[29.21] En cuanto a Pleminio, se cuentan dos historias. Una de ellos reza en el sentido de que, cuando se enteró de la decisión en Roma, partió al exilio en Nápoles y en su camino se encontró con Quinto Metelo, uno de los diez senadores, que lo arrestó y lo llevó de vuelta a Regio. Según la otra, el mismo Escipión mandó un general con treinta de los más nobles jinetes de su caballería [recordemos que aún en aquella época los equites del ejército eran aquellos que pertenecían a aquel orden social que traducimos como caballeros.-N. del T.], encadenando a Pleminio y a los principales instgadores de la sedición. Fueron entregados, por órdenes de Escipión o de sus ofciales, al pueblo de Regio para su custodia. El pretor y el resto de la comisión, a su llegada a Locri, se ocupó en primer lugar de la cuestón religiosa, según sus instrucciones. Se reunió todo el dinero sagrado en posesión de Pleminio y sus soldados, y junto al que ellos habían traído fue depositado en el templo, ofreciéndose después sacrifcios expiatorios. Después de esto, el pretor convocó las tropas en asamblea, y emitó una orden del día por la que amenazaba con severos castgos a cualquier soldado que se quedase en la ciudad o que se llevara cualquier cosa que no le perteneciera. Luego, ordenó que se llevasen los estandartes fuera de la ciudad y asentó su campamento en campo abierto. A los locrios se les dio plena libertad para tomar lo que reconocieran como de su propiedad y para que reclamaran lo que no pudiera encontrarse. Sobre todo, insistó en la inmediata resttución de todas las personas libres a sus hogares, cualquiera que dejara de devolverlos sería muy severamente castgado.

El siguiente paso del pretor fue convocar una asamblea de los locrios; aquí anunció que el Senado y el Pueblo de Roma les devolvían su consttución y sus leyes. Quien desease entablar una acción judicial contra Pleminio o contra cualquier otra persona, debería seguir al pretor a Regio. Si deseaban acusar a Escipión, fuera por ordenar o por aprobar los crímenes contra los dioses y los hombres que se habían perpetrado en Locri, debían enviar sus representantes a Mesina, donde, con la ayuda de sus consejeros, practicaría una investgación. Los locrios expresaron su grattud al pretor y a los demás miembros de la comisión, así como al Senado y al pueblo de Roma. Anunciaron su intención de acusar a Pleminio, pero en cuanto a EscipiónLa pareja anunció su intención de procesar a Pleminio pero, en cuanto a Escipión, "aunque no se haya preocupado mucho por las injurias infigidas a su ciudad, preferían tenerlo más como su amigo que como su enemigo. Estaban convencidos de que no fue ni por orden ni con la aprobación de Publio Escipión que se cometeron aquellos crímenes infames; su culpa era haber depositado demasiada confanza en Pleminio o demasiada desconfanza en los locrios. Algunos hombres eran de tal carácter que, no habiendo cometido un delito, carecen de la resolución para infigir un castgo cuando se han cometido". El pretor y su consejo se sinteron muy aliviados al no tener que llamar a Escipión a declarar; Pleminio y otros treinta y dos fueron encontrados culpables y enviado encadenados a Roma. Después, la comisión marchó donde estaba Escipión para ver con sus propios ojos si había alguna verdad en los rumores generalizados sobre el estilo de vestr de Escipión, su gusto por los placeres y la falta de disciplina militar, para poder informar a Roma.

[29.22]
Mientras estaban de camino a Siracusa, Escipión se dispuso a justfcarse a sí mismo no con palabras, sino con hechos. Dio órdenes para que todo el ejército se reuniera en Siracusa y para que la flota estuviese dispuesta a la acción, como si se fuese a enfrentar a los cartagineses tanto por tierra como por mar. Cuando la comisión hubo desembarcado, les recibió cortésmente y, al día siguiente, los invitó a contemplar las maniobras de sus fuerzas de tierra y mar; las tropas realizaron sus maniobras, como si estuviesen en una batalla, y los barcos partciparon en un simulacro de batalla naval. A continuación, el pretor y los comisionados llevaron a cabo una ronda de inspección por los arsenales y almacenes y los demás preparativos para la guerra; la impresión causada por el conjunto y por cada detalle individual fue bastante para convencerlos de que si aquel general y aquel ejército no podían vencer a Cartago, nadie podría. Se le instó a que partera rumbo a África con la bendición de los dioses y que cumpliera lo más rápidamente posible las esperanzas y expectativas por las que las centurias lo habían elegido cónsul por unanimidad. Marcharon con ánimos tan alegres que parecían estar llevando de vuelta el anuncia de una victoria y no simplemente informando de los magnífcos preparativos para la guerra. Pleminio y sus criminales secuaces fueron encarcelados tan pronto llegaron a Roma. Cuando se presentaron por vez primera ante el pueblo, por los tribunos, todos los ánimos estaban tan ocupados por los sufrimientos de los locrios que no hubo lugar alguno a la piedad. Sin embargo, después de haber sido presentados varias veces, los ánimos contra ellos fueron poco a poco menos adversos, la mutlación que había sufrido Pleminio y la ausencia de Escipión, que había sido su amigo, dispusieron al populacho en su favor. Sin embargo, murió en la cárcel antes de que terminara su juicio. Clodio Licinio, en el tercer libro de su Historia Romana, afrma que Pleminio sobornó a algunos hombres para que prendieran fuego a varias partes de la Ciudad durante los Juegos que Escipión el Africano celebraba en cumplimiento de un voto, durante su segundo consulado, para darle una oportunidad de salir de la cárcel y escaparse. El complot fue descubierto y se le trasladó, por orden del Senado, al Tuliano [el Tullianum era una antigua cisterna que estaba situada en un subterráneo del Foro, también se la conoce como Cárcel Mamertina.-

N.
del T.]. Nada se hizo respecto a Escipión excepto en el Senado, donde todos los comisionados y los tribunos hablaron en términos tan elogiosos sobre el general, su ejército y su flota que el Senado resolvió que la expedición debía partir para África tan pronto pudiera. Se dio permiso a Escipión para que seleccionara, de entre los ejércitos en Sicilia, qué tropas quería llevar con él y cuáles dejaría para guarnecer la isla.

[29,23] Durante estos sucesos en Roma, los cartagineses habían establecido puestos de observación en todos los promontorios y pasaron todo el invierno esperando con inquietud las noticias que transmitan unos espejos colocados allá. Formaron una alianza con el rey Sifax, un paso que consideraban importante contra la invasión, pues con su ayuda el general romano habría podido desembarcar en África; Asdrúbal Giscón, como ya hemos mencionado, tenía lazos de hospitalidad con el rey desde que, a su salida de Hispania, se encontraron Escipión y él en su corte. Hubo conversaciones sobre un lazo más cercano, mediante el matrimonio del rey con una hija de Asdrúbal y, con miras a la concreción de este proyecto y fjar un día para las nupcias -pues la doncella estaba en edad casadera-, Asdrúbal hizo una visita a Sífax. Cuando vio que el príncipe deseaba apasionadamente el enlace -los númidas son, de todos los bárbaros, los más ardientes amantes-, mando traer la muchacha desde Cartago y aceleró la boda. La satsfacción por el enlace se vio acentuada por el hecho de que el rey fortaleció sus lazos con Cartago mediante una alianza política. Se redactó un tratado, y se ratfcó bajo juramento, entre Cartago y el rey, en el que las partes contratantes se comprometeron a tener los mismos amigos y los mismos enemigos. Asdrúbal, sin embargo, no había olvidado el tratado que Escipión se había frmado con Sífax, ni el carácter caprichoso e inconstante de los bárbaros con los que había que tratar; su gran temor era si, una vez Escipión desembarcase en África, este matrimonio no resultaría una restricción demasiado ligera para el rey. Así, mientras el rey estaba en los primeros embates de la pasión y obediente a las cariñosas y persuasivas palabras de su esposa, aprovechó la oportunidad para convencer a Sífax de que enviase mensajeros a Escipión aconsejándole que no navegase a África confando en sus antiguas promesas, pues ahora había emparentado con una familia cartaginesa mediante su matrimonio con la hija de Asdrúbal; Escipión recordaría haber conocido al padre en su corte. Tenían que informar a Escipión de que también había hecho una alianza pública con Cartago y que era su deseo que los romanos condujeran sus operaciones contra Cartago alejados de África, como hasta entonces habían hecho. De lo contrario, él se involucraría en el conficto y se vería obligado a apoyar a un bando y abandonar su alianza con el otro. Si Escipión se negara a mantenerse alejado de África y condujera su ejército contra Cartago, Sífax se vería en la necesidad de combatir en defensa de su tierra natal y en defensa de la ciudad natal de su esposa, el padre de esta y su hogar.

[29,24] Provistos de estas instrucciones, los enviados del rey se dirigieron a Siracusa para entrevistarse con Escipión. Este reconoció que se le privaba de un apreciable apoyo con el que había esperado contar en su campaña africana, pero decidió enviar inmediatamente de vuelta a los emisarios antes que su misión fuera de conocimiento general. Les dio una carta para el rey en la que le recordaba los lazos personales entre ellos y la alianza que había establecido con Roma, y solemnemente le advirtó en contra de romper los vínculos o violar los solemnes compromisos que había adoptado, ofendiendo así a los dioses que lo habían atestguado y que les harían justicia. La visita de los númidas no pudo, sin embargo, ser mantenida en secreto, pues paseaban por la ciudad y se les vio en el Pretorio; exista el peligro de que se conociera ampliamente el objeto real de su visita y que el ejército se desanimara ante la perspectiva de tener de combatir contra el rey y contra los cartagineses al mismo tiempo. Para evitar esto, Escipión decidió alejarlos de la verdad ocupando sus mentes con una mentra. Las tropas fueron convocados a una asamblea y Escipión les dijo que ya no debía haber más demora. Los príncipes aliados le insistan para marchar a África lo antes posible; el mismo Masinisa ya había visitado a Lelio para quejarse del modo en que perdían el tiempo, y ahora Sífax había mandado emisarios para expresar su sorpresa por el retraso y para exigir que el ejército fuera enviado a África o, si había algún cambio de planes, que se le informara de ellos para que pudiera tomar medidas para la salvaguardia suya y de su reino. Por tanto, como ya estaban dispuestos todos los preparativos y las circunstancias no admitan más demora, su intención era reunir la flota en Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.], juntar allí toda su infantería y caballería y, al primer día que se presentara propicio para viajar, darse a la vela hacia África con la bendición de los dioses. Luego escribió a Marco Pomponio para pedirle, si lo creía conveniente, que fuese a Marsala para ponerse de acuerdo sobre qué legiones debían escogerse y cuál debía ser la fuerza total del ejército invasor. También se dieron órdenes por toda la costa para requisar todos los barcos y que se trasladasen a Marsala. Cuando se hubieron reunido en Sicilia todas las fuerzas militares y navales, ya no podía la ciudad acomodar a todos los hombres ni el puerto alojar a todos los barcos, imponiéndose tal entusiasmo entre todos los rangos que parecía como si en vez de marchar a la guerra fueran a cosechar los frutos de una victoria ya ganada. Este era, particularmente, el caso de los supervivientes de Cannas, que se sentían totalmente confados en que bajo ningún otro jefe podrían prestar tal servicio a la república que pusiera fin a su ignominiosa condición. Escipión estaba lejos de despreciar a estos hombres; era muy consciente de que la derrota de Cannas no fue provocada por ninguna cobardía por su parte y sabía, también, que no había soldados en el ejército romano que hubiesen tenido tan larga experiencia en toda clase de lucha y en la realización de asedios. Las legiones de Cannas eran la quinta y la sexta. Después de anunciarles que las llevaría con él a África, les pasó revista hombre a hombre, y a quienes no consideró aptos los dejó atrás, susttuyéndolos con los hombres que había traído de Italia. De esta manera, elevó la plantlla de cada legión hasta seis mil doscientos infantes y trescientos caballeros. Escogió también el contingente latino, tanto de a pie como a caballo, de los del ejército de Cannas.

[29.25] En cuanto al número de tropas que embarcaron, existe una considerable divergencia entre los autores. Me encuentro en algunos relatos que ascendían a diez mil de infantería y dos mil doscientos de caballería; en otros dicen que dieciséis mil infantes y mil seiscientos jinetes; y aún otros doblan esta estimación y dan un total de treinta y dos mil entre los de a pie y los de a caballo. Algunos autores no dan ninguna cifra exacta y, en una materia tan incierta, prefero incluirme entre ellos. Celio declina, es cierto, dar ninguna cifra exacta, pero exagera hasta tal punto que da la impresión de una incontable multitud; los mismos pájaros, dice, cayeron en tierra aturdidos por el griterío de los soldados, y tan poderosa hueste embarcó que parecía como si no fuera a quedar ni un hombre en Italia o Sicilia. Para evitar confusiones, Escipión supervisó el embarque personalmente. Cayo Lelio, que estaba al mando de la flota, había situado previamente a todos los marineros en sus puestos y los mantuvo allí mientras los soldados embarcaban. El pretor, Marco Pomponio, fue el responsable del embarque de la impedimenta; se embarcaron provisiones para cuarenta y cinco días, incluyendo el suministro para quince días de comida cocinada. Cuando todos estuvieron a bordo, se enviaron botes por todos los barcos para recoger a los pilotos, a los capitanes y a dos hombres de cada buque que debían reunirse en el foro y recibir sus órdenes. Cuando todos estuvieron presentes, su primera pregunta fue sobre el suministro de agua para los hombres y los caballos, y lo mismo en cuanto al grano. Le aseguraron que había agua sufciente en los barcos para cuarenta y cinco días. Luego dejó clara a los soldados la necesidad de permanecer tranquilos, en silencio, mantener la disciplina y no interferir con los marineros en el desempeño de sus labores. Además, les informó de que él y Lucio Escipión mandarían el ala derecha, con veinte barcos de guerra; Cayo Lelio, prefecto de la flota, junto a Marco Porcio Catón [he aquí al que luego sería famoso censor, nacido en 234 a.C. y muerto en 149 a.C.; sería enemigo acerbo de Escipión el Africano.-N. del T.] , que era cuestor por entonces, estarían a cargo del ala izquierda, con el mismo número, y protegerían a los transportes. Los barcos de guerra que muestran las luces solo por la noche, los transportes tendría dos, mientras que la nave del comandante se distingue por tres luces. Dio órdenes a los pilotos de que pusieran rumbo a Emporio [región situada entre los golfos de Hammamet y de Gabes, al este de la actual Túnez.-N. del T.]. Este era un distrito extremadamente fértl, pudiéndose encontrar allí en abundancia suministros de todo tpo. Los nativos, como suele ocurrir en los territorios fecundos, no eran belicosos y seguramente resultarían vencidos antes de que les pudiese llegar ayuda desde Cartago. Tras impartr estas órdenes los despidió a sus naves y, al día siguiente, tras dar la señal estuvieron, con la ayuda de los dioses, dispuestos a zarpar.

[29,26] Muchas flotas romanas habían partido de Sicilia, y desde aquel mismo puerto, pero ni siquiera durante la Primera Guerra Púnica -en la guerra actual, la mayoría eran simplemente expediciones de saqueo-pudo ninguna haber ofrecido una imagen más llamativa en su salida. Y, sin embargo, si sólo se tiene en cuenta el número de barcos, se debe recordar que dos cónsules con sus respectivos ejércitos habían salido de ese puerto en una ocasión anterior, y los barcos de guerra de sus flotas eran casi tan numerosos como los transportes que en esta llevaba Escipión para efectuar su traslado y que, además de los cuarenta barcos de guerra, constaba de cuatrocientos transportes para llevar a su ejército. Varias causas conspiraron para hacer de la ocasión algo único. Los romanos consideraban la guerra actual como más grave que la anterior, ya que se estaba librando en Italia y había implicado la destrucción de tantos ejércitos con sus generales. Escipión, una vez más, se había convertido en el general más popular de su tiempo por sus valientes actos de armas, y su invariable buena fortuna había incrementado enormemente su fama como soldado. Su plan de invadir África nunca había sido intentado por ningún jefe, y era creencia general que lograría sacar a Aníbal de Italia y terminar la guerra en suelo africano. Una gran multitud de espectadores se había reunido en el puerto; además de la población de Marsala, estuvieron presentes todas las legaciones de las diferentes ciudades de la isla que habían ido a presentar sus respetos a Escipión, así como aquellas que habían acompañado a Marco Pomponio, el pretor de la provincia. También bajaron las legiones que se iban a quedar en Sicilia para despedir a sus camaradas; la multitud que llenaba el puerto era un espectáculo tan grande para los que iban embarcados, como la propia flota para quienes estaban en la orilla.

[29.27] Cuando llegó el momento de la partda, Escipión ordenó al heraldo que mandara silencio en toda la flota y elevó la siguiente plegaria: "A Vosotros, dioses y diosas del mar y la terra, os ruego y suplico que concedáis un resultado favorable a cuanto se ha hecho o se está haciendo ahora, o a cuanto se hará en adelante bajo mi mando. Que todo sea en benefcio mio y de la Ciudad y el Pueblo de Roma, de nuestros aliados de nombre latino, de todos los que lleven en el corazón la causa de Roma y de todos cuantos marchan bajo mis estandartes, bajo mis auspicios y mando, por terra, mar o ríos. Dadnos vuestra generosa ayuda en todas nuestras acciones, coronad nuestros esfuerzos con el éxito. Traed a estos mis soldados y a mí mismo salvos a casa de nuevo, victoriosos sobre nuestros vencidos enemigos, adornados con sus despojos, cargados de botín y exultantes en triunfo. Permitd que nos venguemos de nuestros enemigos y conceded al pueblo de Roma y a mí el poder de infigir un castgo ejemplar a la ciudad de Cartago, y poder devolverles todas las injurias que su pueblo ha tratado de infigirnos". Cuando terminó, arrojó al mar las vísceras crudas de la víctima con el ritual acostumbrado. Ordenó luego al corneta que tocara la señal de partda, y como un fuerte viento les fuera favorable, rápidamente se perdieron de vista. Al medio día se vieron envueltos en una niebla tan espesa que tuvieron difcultades para impedir que sus naves chocaran entre sí, el viento se suavizó conforme salían a mar abierto. Durante la noche continuó una niebla similar, que se dispersó después del amanecer al mismo tiempo que volvía a soplar el viento. Divisaron tierra por fin y unos minutos después el piloto informó a Escipión de que no estaban a más de cinco millas de la costa de África y que se veía claramente el promontorio de Mercurio [es decir, estaban a unos 7400 metros del cabo Bon, en Túnez, que dista unos 150 km. de Marsala; del relato se puede deducir que tardaron unas 24 horas en recorrer esa distancia y que la velocidad media del convoy, por tanto, fue de unos 6,25 km/h, es decir unos cuatro nudos.-N. del T.]. Si le ordenaba dirigirse a él, se aseguró el hombre, pronto toda la flota estaría en puerto. Cuando tuvo la tierra a la vista, Escipión ofreció una oración para que esta primera visión de África le deparase algo bueno a él y a la República. A continuación dio órdenes a la flota para largar velas y buscar un fondeadero más al sur. Marcharon con el mismo viento empujándoles, pero se levantó una niebla casi a la misma hora que el día anterior, perdieron de vista la costa y amainó el viento. Como llegara la noche y todo se oscureciera, y para evitar cualquier riesgo de colisión entre los barcos o que fuesen arrastrados contra la orilla, se decidió echar el ancla. Al hacerse la luz, el viento refrescó de nuevo a la misma hora y la dispersión de la niebla reveló toda la costa de África. Escipión preguntó el nombre del promontorio más cercano, y al enterarse de que se llamaba Pulchrum ("Cabo Afortunado, Bello") comentó: "Me gusta el augurio, dirigid allí las naves". La flota navegó hasta allí y desembarcaron todas las fuerzas. Esta descripción de la travesía, favorable y sin verse acompañada por clase alguna de confusión o alarmas, está basada en las declaraciones de numerosos autores griegos y latinos. Solo Celio cuenta que, salvo las naves que no fueron hundidas por las olas, toda la flota estuvo expuesta a cualquier posible peligro desde el cielo y el mar, siendo fnalmente empujada desde la costa africana hasta la isla de Gez Giamur [la antigua Egimurus.-N. del T.], logrando desde aquí, a duras penas, recuperar el rumbo correcto. Agrega que mientras los barcos escapaban de mala manera y casi se hundían, los soldados tomaron los botes sin órdenes de su general, como si fueran náufragos, y escaparon a tierra desarmados y con el mayor desorden.

[29.28] Cuando el desembarco se completó, los romanos midieron un lugar para establecer su campamento en cierto lugar elevado de las cercanías. La visión de una flota enemiga, seguida por el bullicio y la emoción del desembarco, provocó preocupación y alarma no solo en los campos y granjas de la costa, sino también en las ciudades. No sólo quedaron llenos los caminos, por todas partes, de una turba de hombres, mujeres y niños mezclados con tropas, sino también con los campesinos que conducían su ganado tierra adentro, de manera que se podría decir que África se desalojaba repentinamente. El terror que provocaron estos fugitivos en las ciudades fue incluso mayor del que ellos mismos habrían sentido, especialmente en Cartago, donde la confusión era casi tan grande como si en verdad hubiera sido capturada. Desde la época de los cónsules Marco Atilio Régulo y Lucio Manlio, hacía casi cincuenta años, nunca habían visto más ejércitos romanos que los empleados en las distintas expediciones de saqueo, que tomaban lo que podían de los campos y regresaban a sus barcos siempre antes de que sus compatriotas pudieran reunirse para hacerles frente. Esta provocó en la ciudad huidas y mucha alarma. Y no es de extrañar, pues ni exista un ejército efcaz ni un general que se pudiera enfrentar a Escipión. Asdrúbal, el hijo de Giscón, era de lejos el hombre más destacado del Estado, se distingue tanto por su nacimiento, su reputación militar y su riqueza, y ahora por su parentesco con la realeza. Pero los cartagineses no se habían olvidado de que en Hispania había sido derrotado y puesto en fuga en varias batallas por este mismo Escipión, y que como general no era más rival para él de lo que su desorganizado ejército lo era contra el ejército de Roma. Se hizo un llamamiento general a las armas, como si trataran de antciparse a un asalto inmediato; las puertas se cerraron a toda prisa, se situaron tropas en las murallas, se colocaron puestos de vigía y centinelas y pasaron la noche bajo las armas. Al día siguiente, un cuerpo de caballería de unos quinientos jinetes, enviado hacia el mar para practicar un reconocimiento y hostgar a los romanos durante el desembarco, cayeron sobre los puestos avanzados romanos. Escipión, por su parte, después de enviar la flota a Útica [a unos 40 km. al noreste de Tunicia, Túnez.-N. del T.], había avanzado a una corta distancia de la orilla y capturado una altura cercana donde estacionó alguna de su caballería como puestos avanzados; al resto lo envió a saquear los campos.

[29.29] En la escaramuza que siguió, los romanos mataron a algunos de los enemigos en el mismo combate, pero la mayoría cayeron muertos en la persecución, entre ellos el joven Hanón, que estaba al mando. Escipión devastó los campos circundantes y capturó una ciudad bastante opulenta en la vecindad inmediata. Además del botín, que de inmediato fue puesto a bordo de los transportes y remitido a Sicilia, hizo prisioneros a unos ocho mil hombres, libres y esclavos. Lo que animó sobre todo al ejército, al comienzo de su campaña, fue la llegada de Masinisa que, según algunos autores, iba acompañado por una fuerza montada de 200 hombres; la mayoría de autores, sin embargo, afrman que su número ascendía a 2000. Como este monarca era, con mucho, el más grande de sus contemporáneos y prestó los más importantes servicios a Roma, valdrá la pena desviarse del orden de nuestro relato y dar una breve relación de las diversas fortunas que experimentó, con la pérdida y posterior recuperación del trono de sus antepasados. Mientras se encontraba en Hispania, luchando por los cartagineses, murió Gala, su padre. De acuerdo con la costumbre de Numidia, la corona pasó a Ezalces, hermano del difunto rey y hombre de edad avanzada. No mucho tiempo después falleció este y el mayor de sus dos hijos, Capusa -el otro era un muchacho-le sucedió en el trono. Pero como obtuvo el reino más por la costumbre del país que porque poseyera cualquier infuencia o autoridad sobre sus súbditos, un tal Mazetulo se dispuso a disputarle su derecho. Este hombre también era de sangre real, pertenecía a una familia que siempre había sido enemiga de la casa reinante y había mantenido una lucha constante con fortuna variable contra los ocupantes del trono. Logró levantar a sus compatriotas, sobre los cuales, debido a la impopularidad del rey, tenía una infuencia considerable, y poniendo abiertamente su ejército en campaña, obligó al rey a luchar por su corona. Capusa cayó en el combate junto con muchos de sus principales partidarios; la totalidad de la tribu mesulia se sometó a Mazetulo. Sin embargo, este no quiso aceptar el ttulo de rey, que dio al niño Lacumazes, único superviviente de la casa real, y se contentó con el modesto ttulo de tutor. Con vistas a una alianza con Cartago, se casó con una dama cartaginesa de noble nacimiento y viuda de Ezalces. También mandó embajadores a Sífax y renovó con él los viejos lazos de hospitalidad, asegurándose así por todas partes apoyos para la lucha que se avecinaba contra Masinisa.

[29.30] Al enterarse de la muerte de su to, seguida por la de su primo, Masinisa salió de Hispania hacia Mauretania [dividida posteriormente en las regiones Tingitana y Caesarensis, esta región se correspondería con el territorio septentrional del actual Marruecos, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla y el oeste y centro de los territorios argelinos situados al norte de las montañas del Atlas; sus habitantes eran conocidos como "mauri" -"moros", en castellano-y masaselios. En la presente traducción hemos preferido dejar el término "Mauretania" para evitar cualquier confusión con el actual estado de Mauritania, situado sobre la costa atlántica de África, al sur del reino de Marruecos-N. del T.]

Baga era el rey en ese momento, y Masinisa, mediante fervientes y humildes súplicas, obtuvo de él una fuerza de cuatro mil moros para servirle como escolta, ya que no lo pudo convencer para suministrarle fuerzas sufcientes para operaciones de guerra. Con esta escolta llegó a las fronteras de Numidia, habiendo enviado con antelación mensajeros a sus amigos y a los de su padre. Aquí se le unieron unos quinientos númidas y, como se había dispuesto, su escolta de moros regresó con su rey. Sus seguidores eran menos de lo que esperaba, muy pocos de hecho, como para aventurarse en una empresa tan grande. Pensando, sin embargo, que mediante su propio esfuerzo podría llegar a reunir una fuerza que le permitera lograr algo, avanzó hacia Tapso [sus ruinas son visibles en Ras Dimas, cerca de Bekalta, Túnez.-N. del T.], donde se reunió con el pequeño rey Lacumazes, que se dirigía a reunirse con Sífax. La escolta del rey se retró a toda prisa a la ciudad, y Masinisa capturó la plaza al primer asalto. Algunas de las tropas reales se rindieron, otras que ofrecieron resistencia fueron muertas, pero la gran mayoría escapó con su niño-rey en la confusión y continuaron su viaje hacia Sífax. La noticia de este éxito inicial, por escaso que fuera, trajo a los númidas con Masinisa; y de los campos y aldeas, por todas partes, acudieron en masa los viejos soldados de Gala bajo sus estandartes e instaron al joven a recuperar su trono ancestral. Mazetulo tenía una considerable ventaja en cuanto al número; tenía el ejército con el que había derrotado a Capusa, así como algunas de las fuerzas que se habían pasado a él tras la muerte del rey, y Lacumazes había llevado muchas tropas auxiliares procedentes de Sífax. Su fuerza total ascendía a quince mil infantes y diez mil jinetes; aunque inferior en ambas armas, Masinisa se le enfrentó. La valenta de los veteranos y la habilidad de su comandante, formado como estaba en las guerras de Hispania, hicieron suyo el día; el rey y el tutor, con solo un puñado de masesulios, escaparon a territorio cartaginés. Así recuperó Masinisa el trono de sus antepasados. Como vio, sin embargo, que le esperaba un conficto mucho más grave con Sífax, pensó que sería mejor conseguir una reconciliación con su primo y envió una embajada al niño para asegurarle que, si se ponía en manos de Masinisa, tendría el mismo trato honorable que Ezalces recibió de Gala. También dio su palabra a Mazetulo en el sentido de que no sufriría daño por lo que había hecho y, más aún, que se le devolverían todas sus propiedades. Tanto Lacumazes como Mazetulo prefrieron una modesta fortuna en casa a una vida de exilio y, a pesar de todos los esfuerzos de los cartagineses, se pasaron a Masinisa.

[29,31] Resultó, por entonces, que Asdrúbal estaba visitando a Sífax. El númida no consideraba asunto de mucha importancia para él que el trono masesulio estuviese ocupado por Lacumazes o por Masinisa, pero Asdrúbal le advirtó de que estaría cometendo un muy grave error si suponía que Masinisa se contentaría con las mismas fronteras que su padre, Gala. "Ese hombre -le dijo-tene mucha más capacidad y carácter del que haya mostrado hasta ahora ninguno de aquella nación. En Hispania, tanto ante amigos como frente a los enemigos, había dado pruebas de un valor poco común entre los hombres. A menos que Sífax y cartagineses sofocaran aquella llama creciente, pronto se abrasarían en una enorme confagración. Su poder era todavía débil y poco seguro, estaba amamantando un reino cuyas heridas aún no se habían cerrado". Gracias a la continua insistencia sobre estas consideraciones, Asdrúbal lo convenció para trasladar su ejército hasta las fronteras de la Masulia y fjar su campamento en territorio que reclamaba, sin lugar a dudas, como parte de sus dominios; esta reclamación había sido contestada por Gala no solo con argumentos, sino con la fuerza de las armas. Le aconsejó que en caso de que se le presentara oposición -y solo deseaba que fuera así-estuviese dispuesto al combate; si por miedo a él se retraban, debía avanzar al corazón del reino. Los mesulios podían sometérsele sin lucha o verse irremediablemente superados por las armas. Animado por estas ideas, Sífax comenzó la guerra contra Masinisa y en la primera batalla derrotó y dispersó a los mesulios. Masinisa, con unos cuantos jinetes, escapó del campo de batalla y huyó a una montaña a la que los nativos llamaban Belo. Varias familias, con sus tiendas de campaña y sus rebaños de ganado -su única riqueza-siguieron al rey; el grueso de la población se sometó a Sífax. La zona montañosa donde se asentaron los fugitivos estaban bien provista de hierba y agua, proporcionando excelentes pastos para el ganado, que suministraba sustento bastante para los hombres, que vivían de leche y carne. Desde estas alturas corrían todo el territorio vecino; al principio en incursiones nocturnas furtivas y luego con robos a la luz del día. Quedó afectado sobre todo el territorio cartaginés, debido a que ofrecía más botín y el saqueo resultaba un asunto más seguro allí que entre los númidas. Por fn, llegaron a tal punto de audacia que se llevaban el botín hasta el mar y allí lo vendían a los comerciantes, que lo llevaban fnalmente a sus barcos. Cayeron

o fueron hechos prisioneros más cartagineses en aquellas incursiones de lo que a menudo ocurre en la guerra regular. Las autoridades de Cartago se quejaron con fuerza de todo esto ante Sífax, que también se mostraba molesto, presionándolo para que pusiera fin a aquellos restos de la guerra. No le parecía, sin embargo, tarea digna de un rey el perseguir a un ladrón a lo largo de las montañas.

[29,32] Boncar, uno de los prefectos del rey, soldado entusiasta y enérgico, fue seleccionado para esta tarea. Se le proporcionaron cuatro mil infantes y doscientos jinetes, con buenas perspectivas de obtener recompensas si traían la cabeza de Masinisa o, lo que al rey le supondría una satsfacción inigualable, si lo capturaban con vida. Lanzando un ataque por sorpresa contra los saqueadores, cuando no sospechaban peligro alguno, separó una enorme cantidad de hombres y ganado de su escolta armada y empujó al propio Masinisa con unos cuantos seguidores a lo alto de la montaña. Consideraba ya terminadas las acciones más serias y, tras mandar su captura de hombres y ganado al rey, devolvió también el grueso de sus tropas, a las que no consideraba necesarias para los combates restantes, reteniendo solamente quinientos infantes y doscientos jinetes. Con estos se apresuró a perseguir a Masinisa, que había abandonado las alturas, y encerrándolo en un estrecho valle, bloqueó las dos entradas e infigió una derrota muy severa a los masulios. Masinisa, con no más de cincuenta jinetes, se escapó a través de las escarpadas pistas de montaña desconocidas para sus perseguidores. Boncar, sin embargo, le siguió la pista y lo alcanzó en campo abierto, cerca de [la antigua Clupea, en Túnez.-N. del T.] donde lo rodeó hasta tal punto que toda la partida resultó muerta con excepción de cuatro que, junto a Masinisa, herido él mismo, se le escaparon entre las manos durante la refriega. Kélibia Detectaron su huida y envió a la caballería en su persecución. Esta se extendió por la llanura, yendo algunos por un atajo contra la cabeza de los cinco fugitivos, cuya huida les llevaba a un gran río. Temiendo al enemigo más que al río, espolearon sus caballos hacia el agua, sin dudarlo un instante, y la rápida corriente los llevó río abajo. Dos se ahogaron ante los ojos de sus perseguidores, y se creyó que Masinisa había perecido. Él, sin embargo, con los dos supervivientes, salió entre los arbustos de la otra orilla. Este fue el fnal de la persecución Boncar, pues él no se aventuró en el río y no creyó que ya le quedase nadie a quien seguir. Volvió junto al rey con la historia sin fundamento de la muerte de Masinisa y se enviaron mensajeros a Cartago para llevar la buena nueva. La noticia se difundió por toda África y afectó a los hombres de maneras muy diferentes. Masinisa se encontraba descansando, oculto en una cueva y tratando su herida con hierbas, y durante algunos días se mantuvo con vida en lo que sus dos jinetes traían de sus incursiones. Tan pronto como la herida hubo sanado lo sufciente como para permitrle soportar los movimientos del caballo, comenzó con una audacia extraordinaria a intentar nuevamente recuperar su reino. Durante su viaje no reunió más de cuarenta jinetes, pero cuando llegó a los mesulios y dio a conocer su identdad, su presencia provocó una gran excitación. Su anterior popularidad, y la inesperada alegría de verlo sano y salvo, después de que se le había creído muerto, tuvo como efecto que en pocos días se reunieron en torno a sus estandartes seis mil de infantería y cuatro mil de caballería. Ahora estaba en posesión de su reino, y comenzó a asolar las tribus aliadas de Cartago y el territorio masesulio que estaba bajo el domino de Sífax. Habiendo provocado así las hostlidades contra Sífax, Masinisa tomó posiciones en ciertas alturas de montaña entre Constantina [la antigua Cirto.-N. del T.] e Hipona, una situación ventajosa en todos los aspectos.

[29,33] Sífax se persuadió de que el conficto era demasiado serio como para confarlo a sus lugartenientes. Puso una parte de su ejército al mando de su joven hijo Vermina, con instrucciones para marchar por detrás de las montañas y atacar al enemigo por la retaguardia mientras él mismo ocupaba su atención por delante. Vermina partió durante la noche, pues debía caer sobre el enemigo por sorpresa; Sífax levantó el campamento y salió a plena luz del día, con la obvia intención de dar batalla campal. Cuando hubo transcurrido tiempo sufciente como para que Vermina llegara a su objetivo, Sífax condujo a sus hombres sobre una parte de la montaña que ofrecía una suave pendiente y se dirigió directamente contra el enemigo, confando en su superioridad numérica y en el éxito del ataque por la retaguardia. Masinisa, al frente de los suyos, se dispuso a hacer frente al ataque confado en su posición más elevada. La batalla fue feroz y durante mucho tiempo permaneció igualada; Masinisa tenía la ventaja del terreno y de mejores soldados; Sífax, la de la gran superioridad numérica. Sus masas de hombres, divididas en dos partes, presionando una al frente del enemigo y la otra rodeando su retaguardia, proporcionaron a Sífax una victoria decisiva. La huida fue imposible, pues estaban cercados por ambos lados, y casi todas las fuerzas de infantería y caballería resultaron muertas o hechas prisioneras. Unos doscientos jinetes se habían reunido alrededor de Masinisa, a modo de guardia de corps, y este los dividió en tres grupos, con órdenes de abrirse paso hacia puntos distintos y, una vez estuvieran a salvo, reunirse con él en un punto que precisó. Él mismo cargó contra el enemigo y escapó en la dirección que pretendía, pero dos de los grupos encontraron imposible escapar; uno se rindió y el otro, tras una tenaz resistencia, fue abatido y quedó enterrado bajo los proyectiles del enemigo. Masinisa se encontró a Vermina pisándole casi los talones, pero cambiando continuamente de camino pudo eludir su persecución hasta que, por fn, le obligó a abandonar su agotador y desesperado seguimiento. Acompañado por sesenta soldados llegó a la Sirte Menor. Aquí, en la conciencia orgullosa de sus muchos y heroicos esfuerzos para recuperar el trono de su padre, pasó su tiempo entre la Emporia cartaginesa y la tribu de los garamantes, hasta la aparición de Cayo Lelio y la flota romana en África. Esto me lleva a creer que cuando Masinisa vino hasta Escipión, fue más con un grupo pequeño que grande de caballería; el primero sería mucho más plausible para el destino de un exiliado, el segundo para el de un príncipe reinante.

[29,34] Después de la pérdida de sus cuerpos de caballería y de su comandante, los cartagineses alistaron una nueva fuerza, que colocaron bajo el mando de Hanón, el hijo de Amílcar. Habían enviado repetidos mensajes tanto a Asdrúbal como a Sifax, enviando fnalmente una embajada especial a cada uno de ellos, apelando a Asdrúbal para que socorriera a su ciudad natal, que estaba casi asediada, e implorando a Sífax que acudiese en ayuda de Cartago y, de hecho, en la de toda África. Escipión, por entonces, estaba acampado como a una milla de Útica [1480 metros.-N. del T.], habiéndose trasladado desde la costa, donde durante unos cuantos días había ocupado una posición fortifcada cerda de su flota. Las tropas montadas proporcionadas a Hanón no eran lo sufcientemente fuertes como para hostgar al enemigo, o incluso para proteger el país de sus correrías, siendo su primera y más urgente tarea la de aumentar sus fuerzas. Aunque no rechazó reclutas de otras tribus, su alistamiento consistó principalmente en númidas que eran, con mucho, la mejor caballería de África. Cuando hubo elevado el número de sus fuerzas hasta unos cuatro mil hombres, se apoderó de una ciudad llamada Saleca, a unas quince millas del campamento romano [22,2 km.-N. del T.]. Se informó de esto a Escipión, que exclamó: "¡La caballería en verano bajo techo! ¡Que haya más de ellos, siempre que tengan un jefe así!" Comprendiendo que cuanta menos energía mostrase el enemigo, menos vacilación debía mostrar él, ordenó a Masinisa y a su caballería que cabalgaran hasta los cuarteles enemigos y los sacaran a combatir: cuando todas sus fuerzas estuviesen combatendo y empezara a ser sobrepasado, debía retrarse lentamente y Escipión vendría a apoyarle en el momento oportuno. El general romano esperó hasta Masinisa hubo dispuesto de tiempo sufciente para sacar fuera al enemigo y luego lo siguió con su caballería, quedando oculta su aproximación por algunas colinas bajas que, afortunadamente, fanqueaban su ruta.

Masinisa, de acuerdo con sus instrucciones, se dirigió hasta las puertas y, cuando apareció el enemigo, se retró como si temiera enfrentársele; este miedo simulado hizo que su adversario se confara aún más, al punto de estar tentado de salir abruptamente. Aún no habían salido todos los cartagineses de la ciudad, y su general ya tenía bastante con obligar a algunos, que aún iban cargados de vino y sueño, a que empuñasen sus armas y embridaran sus caballos, o a impedir que otros salieran por la puertas desordenadamente, sin trazas de una formación y hasta sin sus estandartes. El primero que salió galopando incautamente cayó en manos de Masinisa, pero pronto se expandieron en un grupo compacto y en mayor número, igualándose la lucha. Al fnal, cuando toda la caballería cartaginesa estaban en el campo, Masinisa ya no pudo sostener la presión de su ataque. Sus hombres, sin embargo, no se dieron a huir, sino que retrocedieron lentamente ante las cargas del enemigo hasta que su comandante logró arrastrarlos donde se elevaba el terreno que ocultaba a la caballería romana. A continuación, estos últimos cargaron desde detrás de la colina, caballos y hombres descansados, y se lanzaron sobre el frente, los flancos y la retaguardia de Hanón y sus africanos, que estaban cansados por la lucha y la persecución. Masinisa. al mismo tiempo, dio media vuelta y reanudó la lucha. Alrededor de mil, que estaban en las primeras filas, incapaces de retrarse, quedaron rodeados y muertos, entre ellos el mismo Hanón; el resto, consternado por la muerte de su líder, huyó precipitadamente, persiguiéndoles los vencedores durante más de treinta millas [44,4 km.-N. del T.]. Unos dos mil murieron o fueron hechos prisioneros, y es casi seguro que entre ellos había no menos de doscientos cartagineses, entre ellos algunos pertenecientes a sus más ricas y nobles familias.

[29.35] En el mismo día en que se libró esta acción, sucedió que regresaron con suministros los barcos que habían llevado el botín a Sicilia, como si hubieran adivinado que tendrían que llevar de vuelta nuevamente una segunda carga de botín de guerra. No todos los autores cuentan que dos generales cartagineses del mismo nombre cayeran muertos en dos acciones distintas; pienso que temían equivocarse al repetr dos veces los mismos hechos. En todo caso, Celio y Valerio nos dicen que Hanón fue hecho prisionero. Escipión distribuyó entre los jinetes y sus prefectos recompensas ofciales en correspondencia con el servicio prestado por cada cual; Masinisa fue distinguido por encima de los demás con unos espléndidos regalos. Después de situar una fuerte guarnición en Saleca, continuó su avance con el resto de su ejército, no solo despojando los campos en el sentido de su marcha, sino capturando varias ciudades y pueblos, sembrando el terror por todas partes. Después de una semana de marcha, regresó al campamento con un gran tren de hombres, ganado y toda clase de botín, siendo enviados los barcos por segunda vez bien cargados con el botín de guerra. Abandonó ahora sus expediciones de saqueo y dedicó todas sus fuerzas a un ataque contra Útica, con la intención, si la tomaba, de convertrla en la base de sus operaciones futuras. Su contingente naval fue empleado contra el lado de la ciudad que daba al mar, mientras que su ejército de tierra operaba desde cierto terreno elevado que dominaba las murallas. Había traído con él algo de artillería y de máquinas de asedio, alguna otra se le había enviado con los suministros desde Sicilia y otras nuevas fueron construidas en un arsenal donde trabajaron encerrados gran número de artesanos especializados [se tratarían de los artesanos capturados en Cartago.-N. del T.]. Bajo la presión de tan vigoroso asedio, todas las esperanzas del pueblo de Útica descansaban en Cartago, y todas las esperanzas de los cartagineses descansaban en Asdrúbal y toda la ayuda que pudiera obtener de Sífax. Para los precisados de alivio, todo parecía estar moviéndose muy lentamente. Asdrúbal había estado haciendo todo lo posible para conseguir tropas y, de hecho, había reunido una fuerza de treinta mil infantes y tres mil jinetes, pero no se atrevió a aproximarse al enemigo hasta que Sífax se le unió. Este llegó con cincuenta mil soldados de infantería y diez mil de caballería, y con sus fuerzas unidas avanzaron de inmediato desde Cartago y se colocaron en una posición no muy lejos de Útica y las líneas romanas. Su aproximación se tradujo en, al menos, un resultado importante: después de conducir el sito de Útica con todos los recursos a su disposición, Escipión abandonó cualquier otro intento contra la plaza y, como se aproximaba el invierno, construyó un campo atrincherado en una lengua de tierra que se proyectaba en el mar y estaba conectada por un estrecho istmo con el continente. Unió los campamentos de las fuerzas terrestres y navales tras una misma empalizada. Las legiones quedaron situadas en el centro de la península; los barcos, que se habían varado, y sus tripulaciones ocuparon la parte norte; las tierras bajas en el lado sur fueron asignadas a la caballería. Tales fueron los sucesos de la campaña de África hasta el fnal del otoño.

[29.36] Además del grano que se había acumulado por el saqueo de todo el país, y los suministros traídos desde Sicilia e Italia, una gran cantidad fue enviada por el propretor Cneo Octavio, que las había obtenido de Tiberio Claudio, el gobernador de Cerdeña. Los graneros existentes estaban todos llenos y se construyeron otros nuevos. El ejército necesitaba vestuario y Octavio recibió instrucciones para hablar con el gobernador y ver cuánta ropa se podía fabricar y enviar desde aquella isla. El asunto fue atendido rápidamente y, en poco tiempo, se remiteron mil doscientas togas y doce mil túnicas. Durante este verano, el cónsul Publio Sempronio, que estaba al mando en el Brucio, iba marchando cerca de Crotona cuando se topó con Aníbal. Se produjo un batalla tumultuosa, pues ambos ejércitos marchaban en orden de columna y no se desplegaron en línea. Los romanos fueron rechazados, y aunque se trató más de un cuerpo a cuerpo desordenado que de una batalla, murieron no menos de mil doscientos del ejército del cónsul. Se retraron en desorden a su campamento, pero el enemigo no se atrevió a atacarlo. El cónsul, sin embargo, escapó en el silencio de la noche, después de enviar un mensaje al procónsul Publio Licinio para que trajera sus legiones. Con sus fuerzas unidas, ambos jefes marcharon nuevamente para enfrentarse a Aníbal. Ninguna parte vaciló; la confanza del cónsul se había recuperado al duplicar sus fuerzas y el valor del enemigo se había acrecentado con su reciente victoria. Publio Sempronio colocó a sus propias legiones delante, situándose las de Publio Licinio en reserva. Al comienzo de la batalla, el cónsul prometó un templo a la Fortuna Primigenia en caso de que derrotara al enemigo, siéndole concedido su ruego. Los cartagineses fueron derrotados y puestos en fuga, más de cuatro mil murieron, casi trescientos fueron hechos prisioneros y se capturaron cuarenta caballos y once estandartes. Intimidado por su derrota, Aníbal se retró a Crotona. Etruria, en el otro extremo de Italia, estaba casi en su totalidad de parte de Magón, esperando, con su ayuda, poder rebelarse. El cónsul Marco Cornelio mantuvo su dominio sobre la provincia más por el terror creado por los juicios que por la fuerza de las armas. Llevó a cabo las investgaciones que el Senado le había encargado hacer, sin contemplación alguna por nadie: muchos nobles etruscos que se habían entrevistado personalmente con Magón, o habían mantenido correspondencia con él, fueron procesados y condenados a muerte; otros, sabiéndose igualmente culpables, marcharon al exilio y fueron sentenciados en ausencia. Como sus personas no pudieron ser habidas, solo se pudo confiscar sus propiedades como antcipo de su futuro castgo.

[29.37] Mientras los cónsules llevaban a cabo estas empresas en sus distintas regiones, los censores Marco Livio y Cayo Claudio estaban ocupados en Roma. Revisaron la lista de senadores y Quinto Fabio Máximo fue elegido de nuevo como Príncipe del Senado. Siete nombres fueron eliminados de la lista, pero ninguno de ellos había usado nunca silla curul. Los censores insisteron en el exacto cumplimiento de los contratos que se habían hecho para la reparación de edificios públicos, frmando contratos adicionales para la construcción de una calle desde el Foro Boario hasta el templo de Venus, alrededor de los asientos del Circo, y también para la construcción de un templo dedicado a la Magna Mater en el Palatino. Impusieron además un nuevo impuesto anual en forma de tasa sobre la sal. En Roma y en Italia se había estado vendiendo por un sextante [1 sextans era la sexta parte de un as: 4,55 gr. de bronce.-N. del T.], y se obligó a los concesionarios a venderla en Roma al precio antiguo, pero permiténdoles cargar un precio mayor en los pueblos del interior y en los mercados. Se creía que uno de los censores había ideado este impuesto por despecho hacia el pueblo, porque una vez había sido injustamente condenado por este, y se dijo que el alza en el precio de la sal afectaba en mayor medida en las tribus que habían contribuido a su condena. Por este motivo, Livio recibió el sobrenombre de Salinator. El lustro fue cerrado después de lo habitual, debido a que los censores habían enviado comisionados a las provincias para determinar el número de ciudadanos romanos que estaban sirviendo en los ejércitos. Incluyendo a estos, el número total, como se muestra en el censo, ascendió a doscientos catorce mil. El lustro fue cerrado por Cayo Claudio Nerón. Este año, por primera vez, se recibió el censo de las doce colonias, habiendo proporcionado los censores de las colonias las listas, de manera que quedase registrada en los archivos de la república la fuerza militar y situación fnanciera de cada una. Luego siguió la revisión de los caballeros y dio la casualidad de que ambos censores poseían caballo a cargo del erario público. Cuando llegaron a la tribu Polia, donde estaba inscrito Marco Livio, el heraldo dudó en citar al mismo censor. "Nombra a Marco Livio", exclamó Nerón y luego, como si aún perviviera la antigua enemistad o como si tuviera un arranque de severidad inoportuna, se volvió a Livio y le ordenó que vendiera su caballo, como había sido condenado por el veredicto del pueblo. Cuando iban por la tribu Arniense y llegó al nombre de su colega, Livio ordenó a Cayo Claudio Nerón que vendiera su caballo por dos razones; primero, porque había dado falso testimonio contra él y, segundo, porque no había sido sincero al reconciliarse con él. Así, al término de su censura, se produjo una disputa en descrédito de ambos, cada uno mancillando el buen nombre del otro a costa del suyo propio.

Después que Cayo Claudio Nerón hubo hecho la declaración jurada de costumbre, según había actuado de conformidad con las leyes, se acercó al Tesoro y, entre los nombres de aquellos a quienes dejó privados de derechos, colocó el de su colega. Le siguió Marco Livio, quien adoptó medidas aún más dramáticas. Con excepción de la tribu Mecia, que no le condenó antes ni después, a pesar de su condena, lo nombró cónsul o censor, Livio redujo a la condición de erario a las treinta y cuatro restantes tribus del pueblo romano, sobre la base de que habían condenado a un hombre inocente y, luego, lo habían nombrado cónsul y censor. Sostuvo que habían de admitr que, o bien actuaron ilegalmente al juzgarle la primera vez, o bien lo hicieron luego dos veces como electores. Entre las treinta y cuatro tribus, Cayo Claudio Nerón, dijo, sería privado de sus derechos y si hubiera algún precedente de haber degradado al mismo hombre dos veces, así lo haría con aquel en concreto. Esta rivalidad entre los censores, estgmatzándose mutuamente, resultaba deplorable, pero la dura lección administrada al pueblo por su inconstancia era, en justicia, la que debía darles un censor y estaba en correspondencia con la seriedad de aquel tiempo. Como los censores hubieran caído en desgracia respecto a uno de los tribunos de la plebe, Cneo Bebio, este consideró que aquella era una buena ocasión para lograr popularidad a su costa y señaló un día para que comparecieran ante el pueblo. La propuesta fue derrotada por el voto unánime del Senado, determinado a que la censura no quedase en el futuro a merced del capricho popular.

[29,38] Durante el verano, el cónsul tomó al asalto Clampeta, en el Brucio; Cosenza, Pandosia y algunos otros lugares sin importancia se entregaron voluntariamente. A medida que se acercaba el momento de las elecciones, se pensó que lo mejor sería llamar a Cornelio de Etruria, pues no había allí hostlidades en curso, y él celebró las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Cneo Servilio Cepión y Cayo Servicio Gémino. En la elección de los pretores que siguió, los elegidos fueron Publio Cornelio Léntulo, Publio Quintlio Varo, Publio Elio Peto y Publio Vilio Tápulo; los dos últimos eran, en aquel momento, ediles plebeyos. Cuando terminaron las elecciones, el cónsul regresó a Etruria. Algunas muertes se produjeron este año entre los sacerdotes, haciéndose los nombramientos para cubrir las vacantes. Tiberio Veturio Filón fue nombrado Flamen de Marte en lugar de Marco Emilio Régilo, que murió el año anterior. Marco Pomponio Matón, que había sido tanto augur como decenviro de los Libros Sagrados, fue sucedido por Marco Aurelio Cota en el último cargo y por Tiberio Sempronio Graco, un hombre muy joven, como augur, algo muy inusual en aquella época en los nombramientos al sacerdocio. Los ediles curules, Cayo Livio y Marco Servilio Gémino, colocaron en el Capitolio carros de oro. Los ediles, Publio Elio y Publio Vilio, celebraron durante dos días los Juegos Romanos. También se celebró una festa en honor de Júpiter con motivo de los Juegos.

Fin del libro 29.

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Libro 30: Fin de la Guerra contra Aníbal.

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[30,1] Era ya era el decimosexto año de la II Guerra Púnica -203 a.C.-. Los nuevos cónsules, Cneo Servilio y Cayo Servilio, presentaron ante el Senado las cuestones de política general de la república, la dirección de la guerra y la asignación de provincias. Se resolvió que los cónsules deben llegar a un acuerdo, o en su defecto decidir por sorteo, cuál de ellos debería enfrentarse a Aníbal en el Brucio mientras el otro obtenía como provincia la Etruria y la Liguria. Aquel a quien correspondiera el Brucio se haría cargo del ejército de Publio Sempronio, cuyo mando se extendería un año más como procónsul, y habría de relevar a Publio Licinio, quien debería de regresar a Roma. Licinio no sólo era un buen soldado, sino también, en todos los aspectos, uno de los ciudadanos más destacados de la época; combinaba en sí mismo cuantas cualidades pudieran conceder la naturaleza o la fortuna: era un hombre de excepcional belleza, de extraordinaria fuerza fsica y se le consideraba uno de los más elocuentes oradores, tanto exponiendo una causa como defendiendo o atacando una medida en el Senado o ante la Asamblea, estando totalmente versado en las leyes sagradas. Su reciente consulado había asentado su reputación como jefe militar. Se adoptaron también disposiciones similares a las del Brucio para Etruria y Liguria; Marco. Cornelio entregaría su ejército al nuevo cónsul y mantendría la provincia de la Galia con las legiones que Lucio Escribonio había mandado el año anterior. A continuación, los cónsules sortearon sus provincias, correspondiéndole el Brucio a Cepión y Etruria a Servilio Gémino. Después se procedió a sortear las provincias de los pretores; Elio Peto obtuvo la pretura urbana, en Publio Léntulo recayó Cerdeña, Sicilia a Publio Vilio y Rímini a Quintlio Varo con las dos legiones que había mandado Espurio Lucrecio. Este vio extendido su mando por otro año, para permitrle reconstruir Génova, que había sido destruida por Magón. Se prorrogó el mando de Escipión hasta que se diera término a la guerra en África. También se emitó un decreto para que, habiendo pasado a África, se ofrecieran solemnes rogativas a los dioses para que su expedición fuera en provecho del pueblo romano, del general y de su ejército.

[30,2] Se alistaron tres mil hombres para el servicio en Sicilia, pues todas las tropas de esa provincia habían sido llevadas a África y se había decidido que la isla debía ser protegida por cuarenta naves hasta que la flota regresara de África. Vilio llevó con él trece barcos nuevos, el resto eran los antiguos de Sicilia que fueron reacondicionados. Marco Pomponio, que había sido pretor el año anterior, fue designado para hacerse cargo de esta flota y en ella se embarcaron los nuevos reclutas que había traído de Italia. Se asignó una flota igual a Cneo Octavio, quien también había sido pretor el año anterior y que quedó investido ahora con poderes similares para proteger la costa sarda. Al pretor Léntulo se le ordenó proporcionar dos mil hombres para servir con la flota. En vista de la incertdumbre en cuanto a dónde pudiera hallarse la flota cartaginesa -se pensaba que irían a cualquier lugar sin vigilancia-, se proporcionaron cuarenta barcos a Marco Marcio para que vigilara la costa de Italia. Los cónsules fueron autorizados por el Senado para alistar tres mil hombres para esta flota, así como dos legiones para defender la Ciudad contra cualquier imprevisto. La provincia de Hispania quedó al mando de sus antiguos generales, Lucio Léntulo y Lucio Manlio Acidino, que conservaron sus antiguas legiones. Aquel año hubo en servicio activo veinte legiones y ciento sesenta naves de guerra. Se ordenó a los pretores que marcharan a sus respectivas provincias. Antes de que los cónsules dejaran la Ciudad, recibieron órdenes del Senado para celebrar los Grandes Juegos, que según la ofrenda del dictador Tito Manlio Torcuato precisaban ser celebrados cada cinco años, si se mantenían sin alteración las condiciones de la República. Numerosas historias de presagios llenaron las mentes de los hombres con superstciosos terrores. Se dijo que unos cuervos recogieron con sus picos parte del oro del Capitolio, y que de hecho se lo comieron, y que las ratas mordieron una corona de oro en Anzio. Todo el campo alrededor de Capua quedó cubierto por un inmenso enjambre de langostas, sin que nadie supiera de dónde habían venido. En Riet nació un potro con cinco patas; en Anagni, primero, se vieron fuegos en diferentes partes del cielo y estos fueron seguidos por una enorme antorcha ardiente; en Frosinone, un delgado arco rodeó el Sol, cuyo tamaño creció luego hasta extenderse más allá del arco; en Arpino se produjo un hundimiento de terra, formándose un gran abismo. Al estar uno de los cónsules sacrifcando, se vio que el hígado de la primera víctima estaba sin cabeza [se refiere al lóbulo superior del hígado, aunque el original latino emplea la expresión "caput iocineris defuit".-N. del T.]. Estos augurios fueron expiados mediante el sacrifcio de víctimas mayores, indicando el colegio de pontífices a qué dioses se debían ofrendar.

[30,3] Una vez resuelto este asunto, los cónsules y los pretores partieron a sus diferentes provincias. Todos, sin embargo, estaban interesados por lo que ocurría en África, tanto como si les hubiera correspondido a ellos en suerte; fuese porque vieran que la guerra y el destino de su patria se decidirían allí o porque deseasen prestar un servicio a Escipión, como el hombre a quien todas las miradas se volvían. Así fue como no sólo de Cerdeña, como queda dicho, sino de la misma Sicilia y de Hispania se le enviaban ropas y grano, y de Sicilia también armas y toda clase de suministros. Durante todo el invierno no se produjo pausa alguna en las numerosas operaciones que Escipión llevó a cabo por todas partes. Mantuvo el asedio de Útica; su campamento estaba a plena vista de Asdrúbal; los cartagineses habían botado sus barcos y tenían su flota completamente equipada y dispuesta para interceptar sus suministros. No obstante, él no había perdido de vista su propósito de reconciliarse con Sífax, en el caso de que su pasión por su esposa ya se hubiera enfriado tras el continuo placer. Sífax ansiaba la paz y propuso como condiciones que los romanos debían evacuar África y los cartagineses Italia, pero dio a entender a Escipión que, si la guerra continuaba, el no abandonaría a sus aliados. Yo creo que las negociaciones se llevaron a cabo a través de intermediarios -y la mayor parte de los autores adoptan este punto de vista-en lugar de que Sífax, como afrma Valerio Antas, llegara al campamento romano para conferenciar personalmente con Escipión. Al principio, el comandante romano apenas permitó que fueran contemplados estos términos; después, sin embargo, con el fin de que sus hombres pudieran tener una razón plausible para visitar el campamento de los enemigos, no las rechazó tan decididamente, extendiendo las esperanzas de que tras las frecuentes conversaciones pudieran llegar a un acuerdo. Los cuarteles de invierno de los cartagineses, construidos como estaban con materiales recogidos al azar de los campos vecinos, estaban hechos casi completamente con madera. Los númidas, en particular, vivían en chozas hechas con cañas y techadas con esteras de hierba; se esparcían por todo el campo sin orden ni concierto, algunas incluso por fuera de las líneas. Cuando se informó de esto a Escipión, albergó la esperanza de tener la oportunidad de incendiar el campamento de arriba a abajo.

[30.4] A los embajadores enviados a Sífax les acompañaron algunos centuriones primiordines, hombres sagaces y de valor probado, disfrazados como esclavos del campamento. Mientras los embajadores estaban en la conferencia, aquellos hombres se paseaban por el campamento observando todos los accesos y salidas, la disposición general del campamento, las posiciones respectivas de cartagineses y númidas, así como la distancia entre el campamento de Asdrúbal y el de Sífax. Observaron también el sistema que tenían para situar vigías y guardias, viendo si se lanzaría mejor por el día o por la noche un ataque por sorpresa. Las conferencias se celebraron con mucha frecuencia, y se enviaron distintos hombres cada vez con el fin de que aquellos detalles pudieran ser conocidos por el mayor número posible. Como las discusiones se hicieran con frecuencia cada vez mayor, Sífax, y a través de él los cartagineses, esperaban que la paz se lograra en unos pocos días. De repente, los embajadores romanos anunciaron que se les había prohibido regresar a su pretorio a menos que se les diera una respuesta defnitiva. Sífax debía decir si había tomado ya una decisión o, si le fuera preciso consultar con Asdrúbal y los cartagineses, hacerlo así; había llegado el momento, bien de un acuerdo de paz, bien de la enérgica reanudación de las hostlidades. Mientras Sífax consultaba con Asdrúbal y los cartagineses, los espías romanos tuvieron tiempo de visitar cada rincón del campamento y Escipión de tomar todas sus disposiciones. La esperanza de paz había hecho, como suele ocurrir, que Sífax y los cartagineses estuviesen menos alertas para guardarse contra cualquier intento hostl que se pudiera producir en el ínterin. Por fin llegó la respuesta, pero como suponían que los romanos estaban ansiosos por frmar la paz, aprovecharon la oportunidad para añadir algunas condiciones inaceptables. Esto era justo lo que Escipión quería, para así justfcar la ruptura del armistcio. Le dijo al mensajero del rey que iba a remitr el asunto a su consejo; al día siguiente le dio su respuesta, en el sentido de que ni un solo miembro del consejo, aparte de él mismo, estaba a favor de la paz. El mensajero debía llevar el mensaje de que la única esperanza de paz para Sífax residía en abandonar la causa de los cartagineses. Así, Escipión puso fin a la tregua con el fin de quedar libre para llevar a cabo sus planes sin violar en modo alguno su palabra. Botó sus barcos -ya era el comienzo de la primavera-y puso a bordo sus máquinas y piezas de artillería, como si fuese a atacar Útica desde el mar. También envió dos mil hombres para mantener la colina que dominaba la ciudad, y que ya había ocupado anteriormente, en parte con la intención de desviar la atención del enemigo de su auténtco objetivo y en parte para impedir que su campamento pudiera ser atacado desde la ciudad, ya que quedaría con sólo una débil guardia mientras marchaba contra Sífax y Asdrúbal.

[30,5] Después de tomar estas disposiciones, convocó un consejo de guerra y ordenó a los espías que informasen de cuanto habían descubierto; al mismo tiempo, pidió a Masinisa, que lo conocía todo sobre el enemigo, que le contase al Consejo todo lo que sabía. Después les expuso su plan de operaciones para la noche siguiente y ordenó a los tribunos que llevasen las tropas al campo de batalla en cuanto tocaran las trompetas al disolverse el consejo. Cumpliendo sus órdenes, empezaron a salir los estandartes con la puesta del sol. Sobre la primera guardia, la columna de marcha quedó desplegada en formación de combate. Después de avanzar con esta formación a ritmo suave durante siete millas [10360 metros.-N. del T.], alcanzaron el campamento enemigo cerca de la medianoche. Escipión asignó a Lelio una parte de sus fuerzas, incluyendo a Masinisa y sus númidas, con órdenes de atacar a Sífax e incendiar su campamento. Se llevó después aparte a Lelio y a Masinisa, y les pidió a cada uno, por separado, que pusieran el mayor cuidado y diligencia durante la confusión inherente a un ataque nocturno. Les dijo que él atacaría a Asdrúbal y el campamento cartaginés, pero que esperaría hasta que viese el fuego en el campamento del rey. No hubo de esperar mucho tiempo, pues cuando prendió el fuego en las cabañas más próximas a ellos, saltó rápidamente a las siguientes y se extendió por el campamento, en todas direcciones. Un fuego tan extenso, extendiéndose durante la noche, produjo la natural alarma y confusión, pero los hombres de Sífax pensaron que era accidental y salieron corriendo a extinguirlo, sin armas. En seguida se encontraron enfrentados a un enemigo armado, principalmente los númidas de Masinisa que, familiarizados con la disposición del campamento, se habían situado en los lugares donde podían bloquear todas la vías. Algunos quedaron atrapados por las llamas, aún medio dormidos en sus camas; otros muchos fueron pisoteados al huir precipitadamente y agolparse en las puertas del campamento.

[30.6] En el campamento cartaginés, los primeros en ver las llamas fueron los vigías y después las vieron el resto, despertados por el tumulto; todos cayeron en el mismo error de suponer que se trataba de un fuego accidental. Tomaron los gritos de los combatentes heridos por los de la alarma nocturna, por lo que no fueron conscientes de lo realmente ocurrido. Sin sospechar, ni mucho menos, la presencia del enemigo, salieron corriendo, cada uno por la puerta que le quedaba más cercana y sin llevar arma alguna, para ayudar a extinguir las llamas; dieron directamente contra el ejército romano. Todos fueron aniquilados, al no darles cuartel el enemigo, y ninguno pudo escapar y dar la alarma. En la confusión, las puertas quedaron sin vigilancia y Escipión se apoderó inmediatamente de ellas, prendiendo fuego a las chozas más cercanas. Las llamas estallaron en un primer momento en diferentes lugares, pero, corriéndose de cabaña en cabaña, en muy pocos instantes envolvió a todo el campamento en un vasto incendio. Hombres y animales, medio quemados, bloqueaban el paso de las puertas y caían aplastados unos por otras. Aquellos a quienes no alcanzó el fuego perecieron por la espada y ambos campamentos se vieron abocados a una común destrucción. Ambos generales, no obstante, se salvaron, y de todos aquellos miles, solo dos mil de infantería y quinientos de caballería lograron escapar, en su mayoría heridos o con quemaduras. Perecieron cuarenta mil hombres, fuese por el fuego o por el enemigo; unos cinco mil fueron hechos prisioneros, incluyendo muchos nobles cartagineses de los que once eran senadores; se capturaron ciento setenta y cuatro estandartes, dos mil setecientos caballos y seis elefantes, habiendo sido muertos o quemados otros ocho. Se capturó una enorme cantidad de armas, que el general ofrendó a Vulcano quemándolas todas.

[30,7] Asdrúbal, a quien acompañó en su huida un pequeño grupo de jinetes, se dirigió a la ciudad más cercana de los africanos, donde se le unieron luego todos los que sobrevivieron; pero temiendo la ciudad se entregase a Escipión, partió durante la noche. Poco después de su salida se abrieron las puertas para dejar entrar a los romanos y, como la rendición fuera voluntaria, el lugar no sufrió trato violento. Se tomaron y saquearon dos ciudades poco después y el botín que allí se logró, junto a todo lo rescatado del campamento incendiado, se entregó a los soldados. Sífax se estableció en una posición fortifcada a unas ocho millas de distancia [11.840 metros.-N. del T.], Asdrúbal se apresuró a marchar a Cartago, temiendo que el reciente desastre hiciera que el asustado Senado tomara alguna decisión pusilánime. Tan grande era, en verdad, el terror, que el pueblo esperaba que Escipión abandonase Útica y comenzara inmediatamente el asedio de Cartago. Los sufetes, -una magistratura que corresponde a la nuestra de cónsul-convocaron una reunión del Senado en la que se presentaron tres propuestas. Una de ellos fue la de enviar embajadores a Escipión para negociar la paz; otra, llamar a Aníbal para que regresara y protegiera a su patria de la ruina que la amenazaba; la tercera, que mostraba una firmeza digna de los romanos en la adversidad, instaba al refuerzo del ejército hasta el total de sus fuerzas y hacer un llamamiento a Sífax para que no abandonase las hostlidades. La última propuesta, que fue apoyada por Asdrúbal y el conjunto del partido Bárcida, fue la adoptada. El reclutamiento se inició en seguida en la ciudad y los distritos rurales, y se envió una delegación a Sífax, que ya estaba haciendo todo lo posible para reponer sus pérdidas y reanudar las hostlidades. Le apremiaba su esposa, ahora ya sin confar como antes en las palabras cariñosas y las caricias, tan persuasivas sobre los enamorados, sino que con ruegos, llamamientos lastimeros y ojos bañados en lágrimas, instaba a los dioses para que no le permiteran traicionar a su padre y a su patria, ni a dejar que Cartago fuera devastada por las llamas con habían consumido su campamento. La embajada le alentó y dio esperanzas, informándole de que se habían encontrado, cerca de una ciudad llamada Oba, un grupo de unos cuatro mil mercenarios celtiberos que habían sido reclutados en Hispania, una fuerza espléndida, y que Asdrúbal aparecería pronto con un formidable ejército. Sífax les respondió en términos amistosos y luego los llevó a ver un gran número de campesinos númidas a quienes acababa de entregar armas y caballos, asegurándoles que iba a convocar a todos los jóvenes de su reino. Era bien consciente, les dijo, de que su derrota se debió al fuego y no a la suerte de la batalla; solo el hombre vencido por las armas era inferior en la guerra. Tal fue el tenor de su respuesta a la delegación. Unos días más tarde, Asdrúbal y Sífax unieron sus ejércitos; sus fuerzas unidas ascendían a cerca de treinta mil hombres.

[30,8] Escipión apretó el asedio de Útica, como si la guerra hubiese fnalizado en lo que se refería a Sífax y los cartagineses, y ya estaba acercando sus máquinas hasta las murallas, cuando recibió noticias de la actividad del enemigo. Dejando una pequeña fuerza para mantener la apariencia de un asedio por tierra y mar, marchó con el cuerpo principal de su ejército al encuentro de sus enemigos. Su primera posición fue sobre una colina a unas cuatro millas del campamento del rey [5920 metros.-N. del T.]. Al día siguiente hizo bajar a su caballería hasta lo que se conocía como las Grandes Llanuras, una franja de tierra llana que se extendía al pie de la colina, y pasó el día cabalgando hacia los puestos avanzados del enemigo y hostgándolos con escaramuzas. Durante los siguientes dos días, ambas partes sostuvieron aquella lucha inconexa sin resultado alguno digno de mención; al cuarto día ambas partes bajaron a presentar batalla. El comandante romano dispuso a sus príncipes detrás de los manípulos frontales de asteros, con los triarios como reserva; la caballería italiana se situó en el ala derecha, con Masinisa y los númidas en la izquierda. Sífax y Asdrúbal colocaron la caballería númida frente a la italiana, y la caballería cartaginesa se enfrentó a Masinisa mientras los celtiberos formaban en el centro para enfrentarse a la carga de las legiones. Con esta formación se aproximaron. Los númidas y cartagineses de ambas alas fueron derrotadas al primer choque; los primeros, que eran en su mayoría campesinos, no pudieron resistr a la caballería romana, como tampoco pudo la cartaginesa, compuesta también por reclutas, mantenerse frente a Masinisa, cuya reciente victoria lo había hecho más formidable que nunca. Aunque expuestos por ambos flancos, los celtiberos se mantuvieron firmes, pues al no conocer el país la huida no les ofrecía seguridad, ni tampoco podían esperar ningún cuartel de Escipión al haber llevado sus armas mercenarias a África para atacar al hombre que tanto había hecho por ellos y por sus compatriotas. Completamente rodeados por sus enemigos, murieron luchando hasta el fnal, cayendo uno tras otro en la posición donde se encontraban. Mientras que la atención de todos estaba concentrada en ellos, Sífax y Asdrúbal ganaron tiempo para escapar. Los vencedores, cansados de la masacre más que de combatir, fueron sorprendidos por la noche.

[30.9] Por la mañana, Escipión envió a Lelio con toda la caballería, romana y númida y alguna infantería armada en persecución de Sífax y Asdrúbal. Las ciudades vecinas, todas las cuales estaban sometdas a Cartago, fueron atacadas por él con lo principal de su ejército; algunas las conquistó apelando a sus esperanzas y temores, otras las tomó al asalto. Cartago estaba en un estado de pánico terrible, pues estaban seguros de que cuando hubiera sometido aquellas ciudades con el rápido progreso de sus armas, lanzaría un repentino ataque contra la ciudad. Las murallas fueron reparadas y protegidas con baluartes; cada hombre, por su cuenta, trasladó desde los campos cuanto le permitera soportar un largo asedio. Pocos se atrevían a mencionar la palabra "paz" en el Senado, muchos estaban a favor de llamar de vuelta a Aníbal y la mayoría era de la opinión de que la flota destinada a interceptar los suministros debía enviarses a destruir los barcos anclados en Útica, que actuaban sin sufciente prevención. Esta propuesta encontró la mayoría de votos a favor; al mismo tiempo, se decidió mandar aviso a Aníbal, "pues, aún -argumentaron-en el supuesto de que las operaciones navales fueran un éxito completo, el sito de Útica quedaría sólo parcialmente levantado; quedando después la defensa de Cartago, no tenían más general que Aníbal ni otro ejército más que el de Aníbal para encargarse de aquella tarea". Al día siguiente se botaron algunas naves y, al mismo tiempo, zarpó un grupo de legados hacia Italia. El estado crítco de las cosas sirvió de fuerte estimulo, todo se hizo con febril energía y a quien quiera que mostrase vacilación o tardanza se le consideraba un traidor a la seguridad de todos. Como Escipión fuera avanzando lentamente, con su ejército retrasado por los despojos de tantas ciudades, envió a los prisioneros y el resto del botín a su antiguo campamento en Útica. Siendo ahora Cartago su objetivo, tomó Túnez, de la que había huido su guarnición, un lugar a unas quince millas de Cartago [la antigua Tyneta, a 2200 metros.-N. del T.], protegida tanto por su situación natural como por sus obras defensivas. Es visible desde Cartago y sus murallas ofrecen una vista del mar que la rodea.

[30.10] Mientras los romanos estaban ocupados fortifcándose, vieron a la flota enemiga navegando desde Cartago hacia Útica. De inmediato cesaron los trabajos, se dio la orden de marcha y el ejército efectuó un rápido avance, temiendo que los barcos fueran tomados por sorpresa, aproados a la costa y ocupados en el asedio, sin estar dispuestos para una batalla naval. "¿Cómo pueden -se preguntabanresistrse ante una flota en marcha, completamente armada y navegando en perfecto orden, unos barcos cargados con artillería y máquinas de guerra, o convertidos en transportes, llegados tan próximos a las murallas como para poder emplearlos como base para grupos de asalto a modo de escalas y puentes? " Dadas las circunstancias, Escipión abandonó las tácticas habituales. Llevando los barcos de guerra que hubieran podido proteger a los otros hasta la posición más retrasada, cerca de la costa, alineó los transportes delante de ellos en cuatro líneas para que sirvieran como muro contra el ataque del enemigo. Para evitar que se deshicieran las líneas por culpa de las violentas cargas, ató las naves entre sí mediante mástiles, antenas y gruesas maromas de barco a barco, como una cadena continua. A continuación, fjó tablas en la parte superior de éstos, creando así un paso libre a lo largo de toda la línea, pudiendo navegar bajo estos puentes naves exploradoras que tenían espacio para atacar al enemigo y retrarse a su seguridad. Después de completar estas apresuradas medidas cuanto se lo permitó el tiempo, situó mil hombres escogidos a bordo de los transportes, con una enorme cantidad de proyectiles, para que fueran sufcientes sin importar la duración de los combates. Así dispuestos y ansiosos, esperaron al enemigo.

Si los cartagineses se hubieran movido más rápidamente, habrían encontrado prisas y desorden por doquier y podrían haber destruido la flota al primer contacto. Estaban, sin embargo, desalentados por la derrota de sus fuerzas de terra, y ahora ya no se sentían confados ni siquiera en la mar, el elemento en que más fuertes eran. Después de navegar lentamente durante todo el día, llegaron cerca del atardecer a un puerto llamado Rusucmona por los nativos [próximo al actual Puerto Farina.-N. del T.]. Al día siguiente, se hicieron a la mar en formación de combate, esperando que los romanos vinieran a atacarles. Después de haber estado detenidos durante mucho tiempo y sin movimiento visible por parte del enemigo, comenzaron por fin a atacar los transportes. Nada de aquello se asemejaba en absoluto a una batalla naval; parecía justamente como si los barcos estuviesen atacando murallas. Los transportes eran considerablemente más altos que sus oponentes, y por lo tanto los proyectiles de los barcos cartagineses, que se tenían que lanzar desde más abajo, eran en su mayoría inefcaces; los arrojados desde lo alto de los transportes caían con más fuerza, añadiendo su peso al impacto. Las naves ligeras y de exploración, que salían por entre los intervalos bajo las pasarelas de tablones, fueron arrolladas por el impulso y mayor tamaño de los navíos de guerra, convirténdose al mismo tiempo en un estorbo para quienes se defendían desde los transportes, que a menudo se veían obligados a desistr de arrojar proyectiles por miedo a alcanzarles mientras estaban mezclados con los barcos enemigos. Al fnal, los cartagineses comenzaron a lanzar palos con ganchos de agarre al extremo -los soldados los llaman arpones-a los barcos romanos, resultando imposible cortar los palos ni las cadenas de las que estaban suspendidos. Cuando un buque de guerra se había enganchado a uno de los transportes, lo arrastraba remando y se podía ver cómo cedían las cuerdas que unían a los transportes entre sí, siendo arrastrada a veces toda una línea de transportes. De esta manera, todas las pasarelas que conectaban la primera línea de transportes quedaron rotas, y casi no quedaba sito donde los defensores pudieran buscar refugio en la segunda línea. Sesenta transportes fueron remolcados hacia Cartago. Aquí, el regocijo fue mayor del justfcable por las circunstancias del caso; pero lo que lo hizo aún más celebrado fue el hecho de que la flota romana había escapado por poco a la destrucción; un escape debido a la desidia del comandante cartaginés y a la oportuna llegada de Escipión. Entre tantas continuos desastres y duelos, este fue un inesperado motivo de alegría.

[30.11] Mientras tanto, Lelio y Masinisa, después de una marcha de quince días, entraron en Numidia y los masesulios, encantados de ver a su rey, cuya ausencia habían lamentado tanto tiempo, lo pusieron nuevamente en el trono de sus antepasados. Todas las guarniciones con las que Sífax había ocupado el país fueron expulsadas, viéndose confnado dentro de los límites de sus antiguos dominios. No tenía ninguna intención, sin embargo, de quedarse quieto; le incitaban su esposa, a quien amaba apasionadamente, y su padre; tenía tan gran cantidad de hombres y caballos, que la mera visión de los recursos que ofrecía un reino que había disfrutado de tantos años de prosperidad habría estimulado la ambición incluso de un carácter menos bárbaro e impulsivo del que poseía Sífax. Reunió a todos los que eran aptos para la guerra y, después de distribuir entre ellos caballos, armaduras y armas, encuadró a los hombres montados en turmas y a la infantería en cohortes, una disposición que había aprendido en los viejos tiempos de los centuriones Con este ejército, tan numeroso como el que había tenido antes pero compuesto casi en su totalidad de reclutas nuevos y sin entrenamiento, se dirigió al encuentro de sus enemigos y fjó su campamento en las proximidades. En un primer momento, envió pequeños grupos de caballería desde los puestos avanzados para practicar un cauteloso reconocimiento; obligados a retrarse por una lluvia de dardos, galoparon de vuelta con sus compañeros. Ambos lados hicieron incursiones alternativamente, e indignados por haber sido rechazados se aproximaron en grupos mayores. Esto suele actuar como acicate en las escaramuzas de caballería, cuando el bando ganador encuentra a sus compañeros acudiendo hacia ellos con la esperanza de la victoria, mientras que la rabia ante la perspectiva de la derrota atrae los apoyos para quienes van perdiendo. Así fue entonces: el combate había sido iniciado por unos pocos, pero el amor por la lucha atrajo fnalmente a toda la caballería de ambos bandos al campo de batalla. Mientras solo se enfrentaron las caballerías, los romanos tuvieron gran difcultad en enfrentar el gran número de masesulios que Sífax envió al frente. De pronto, sin embargo, la infantería romana irrumpió entre la caballería que les abría paso y esto dio firmeza a la línea y detuvo el avance enemigo. Este afojó su velocidad y después se detuvo, siendo pronto desordenados por este desacostumbrado modo de combatir. Finalmente cedieron terreno, no solo ante la infantería, sino también ante la caballería, a la que el apoyo de su infantería había dado nuevos bríos. En aquel momento llegaban las legiones, pero los masesulios no esperaron su ataque; la mera visión de sus estandartes y armas bastó, tal era el efecto de los recuerdos de sus pasadas derrotas

o del miedo que ahora les inspiraba el enemigo.

[30,12] Sífax estaba cabalgando hacia las turmas enemigas, con la esperanza de que su sentido del honor o su peligro personal pudieran detener la huida de sus hombres, cuando su caballo resultó herido de gravedad y él fue arrojado a terra, reducido, hecho prisionero y conducido ante Lelio. Masinisa se alegró especialmente de verlo cautivo. Cirta era la capital de Sífax, y un número considerable escapó a esa ciudad. Las pérdidas sufridas fueron insignifcantes en comparación con la importancia de la victoria, al haberse limitado los combates a la caballería. No hubo más de cinco mil muertos, y en el asalto del campamento, donde la masa de las tropas había huido después de haber perdido a su rey, menos de la mitad de ese número fueron hechos prisioneros. Masinisa dijo a Lelio que nada le gustaría más en aquel momento que visitar como vencedor sus dominios ancestrales, que había recobrado después de tantos años, pues tanto en la derrota como en la victoria se precisaban acciones rápidas. Sugirió que se le permitera ir con la caballería y el vencido Sífax hasta Cirta, la podría tomar confusa por el miedo; Lelio le podría seguir con la infantería en fáciles jornadas. Lelio dio su consentimiento y Masinisa avanzó hacia Cirta, ordenando que se invitara a conferencias a los ciudadanos principales. Estos estaban ignorantes de lo que había ocurrido al rey, y aunque Masinisa les contó cuanto había sucedido, se encontró con que tanto las amenazas como la persuasión resultaron inútiles hasta que les presentó al rey encadenado. Ante este espectáculo penoso y humillante se produjo un estallido de dolor, las defensas fueron abandonadas y se tomó la decisión unánime de buscar el favor de la victoria abriéndole las puertas. Después de situar guardias alrededor de todas las puertas y en los lugares adecuados de las fortifcaciones, galopó hasta el palacio para tomar posesión de este.

Conforme se adentraba por el vestibulo, en realidad en el mismo umbral, se encontró con Sofonisba [parece que su nombre púnico era Saphanbaʿal.-N. del T.], la esposa de Sífax e hija del cartaginés Asdrúbal. Cuando ella lo vio rodeado por una escolta armada, destacando por sus armas y apariencia general, supuso con razón que él era el rey y, arrojándose a su pies, exclamó: "Tu valor y buena fortuna, ayudado por los dioses, te han dado poder absoluto sobre nosotros. Pero si una cautiva puede pronunciar palabras de súplica ante quien es dueño de su destino, si puede ella tocar su mano derecha victoriosa, entonces yo te pido y suplico que, por la grandeza real de la que no hace mucho estaba revestda, por el nombre de Numidia que tanto tú como Sífax lleváis, por los dioses tutelares de esta morada real que ruego te reciban con más justos presagios que los que te trajeron aquí, concedas al menos este favor a tu suplicante para que decidas por t mismo el destino de tu cautiva, cualquiera que sea, y que no me dejes caer bajo la cruel tranía de un romano. Si yo fuese sido simplemente la esposa de Sífax, aún podría elegir confar en el honor de un númida, nacido bajo el mismo cielo africano que yo, más que en el de un extranjero y extraño. Pero yo soy de Cartago, la hija de Asdrúbal, y ya ves cuánto he de temer. Si no es posible otro camino, te suplico entonces que me salves de la muerte de caer en manos de los romanos". Sofonisba se encontraba en la for de la juventud y en todo el esplendor de su belleza, y mientras sostenía la mano de Masinisa y le rogaba que le diera su palabra de que no sería entregada a los romanos, el tono de su voz paso de la súplica al halago. Esclavo de la pasión, como todos sus compatriotas, el vencedor de inmediato se enamoró de su cautiva. Él le dio su solemne palabra de que haría cuanto ella deseaba y luego se retró al palacio. Una vez aquí, consideró de qué manera podía cumplir su promesa y, como no veía ninguna forma práctica de hacerlo, permitó que su pasión le dictase un método imprudente e indecente por igual. Sin perder un instante, hizo los preparativos para celebrar sus nupcias en ese mismo día, de modo que ni Lelio ni Escipión tuviesen oportunidad de tratar como prisionero a quien era ya la esposa de Masinisa. Cuando hubo fnalizado la ceremonia de matrimonio, Lelio apareció en escena y, lejos de ocultar su desaprobación por lo que había hecho, trató de arrastrarla de brazos del novio y enviarla con Sífax y los demás prisioneros a Escipión. Sin embargo, las protestas de Masinisa prevalecieron hasta el punto que se dejó a Escipión que decidiera cuál de los dos reyes sería el feliz poseedor de Sofonisba. Después que Lelio hubiera enviado a Sífax y a los otros prisioneros, recuperó, con la ayuda de Masinisa, el resto de ciudades en Numidia, que estaban aún ocupadas por las guarniciones del rey.

[30.13] Cuando llegó la noticia de que Sífax era llevado al campamento, el ejército entero se volvió como para contemplar una procesión triunfal. El mismo rey, encadenado, fue el primero en aparecer, seguido por una multitud de nobles númidas. Conforme pasaban, cada soldado por turno trataba de ampliar su victoria exagerando la grandeza de Sífax y la reputación militar de su nación. "Este es el rey", decían, "cuya grandeza ha sido hasta ahora reconocida por los Estados más poderosos del mundo, Roma y Cartago; hasta Escipión dejó a su ejército en Hispania y se embarcó hacia África con dos trirremes para asegurarse su alianza, y el cartaginés Asdrúbal no solo lo visitó en su reino, sino que incluso le dio a su hija en matrimonio. Había tenido en su poder, a un tiempo, a los comandantes romano y cartaginés. Así como cada bando había buscado la paz y amistad de los dioses inmortales, ofreciéndoles sacrifcios, así cada uno por igual había buscado la paz y la alianza con él. Fue tan poderoso como para expulsar a Masinisa de su reino, reduciéndole a tal condición que debió su vida a la noticia de su muerte y a su ocultamiento en los bosques, donde vivió de lo que podía capturar en ellos, como una besta salvaje". En medio de estas declaraciones de los presentes, el rey fue conducido a la tenda del pretorio. Como Escipión comparase la anterior fortuna de aquel hombre con su condición actual, recordando su propia recepción hospitalaria para con él, el mutuo estrechar de sus diestras y los lazos políticos y personales entre ellos, quedó muy conmovido. También Sífax, pensando sobre tales cosas, obtuvo el valor para enfrentar a su vencedor. Escipión le preguntó por su intención al denunciar primero su alianza con Roma y luego comenzar una guerra no provocada contra ella. Él admitó que había hecho mal y que se comportó como un loco, pero que su alzamiento en armas contra Roma no fue el comienzo de su locura, sino el último acto de esta. Su locura salió inicialmente a la luz, al despreciar todos los lazos privados y las obligaciones públicas, cuando admitó en su casa una novia cartaginesa. Las antorchas que iluminaron las nupcias incendiaron su palacio. Aquella furia de mujer, aquel fagelo, había utlizado toda su seducción para enajenar y deformar sus sentimientos, y que no descansó hasta que con sus impías manos lo armó contra su huésped y amigo. Sin embargo, roto y arruinado como estaba, le quedaba esto para consolarse en su miseria: que aquella furia pestilente había entrado en la casa de su más encarnizado enemigo. Masinisa no era más prudente o constante de lo que él había sido, su juventud lo hacía todavía menos cauto; en todo caso, aquel matrimonio demostraba que era más necio y terco.

[30.14] Era este el lenguaje de un hombre animado, no sólo por el odio hacia un enemigo, sino también por el aguijón de un amor desesperado, sabiendo como sabía que la mujer que amaba estaba en la casa de su rival. Escipión se angustó profundamente por lo que oyó. La prueba de las acusaciones se encontró en la prisa con que se celebraron las nupcias, casi en medio del fragor de las armas y sin consultar ni esperar siquiera a Lelio. Masinisa había actuado con tal precipitación que el primer día que vio a su cautiva se casó con ella; de hecho, los ritos se celebraron ante los dioses tutelares de la casa de su enemigo. Esta conducta le pareció aún más sorprendente a Escipión, porque cuando él estaba en Hispania, joven como era, ninguna muchacha cautiva lo había conmovido jamás por su belleza. Mientras meditaba sobre todo esto nuevamente, aparecieron Lelio y Masinisa. Dio a ambos el mismo amable y agradable recibimiento, y en presencia de un gran número de sus ofciales se dirigió a ellos en los términos más elogiosos. Luego llevó aparte en silencio a Masinisa y le habló de la siguiente manera: "Creo, Masinisa, que debiste haber visto alguna buena cualidad en mí, cuando viniste a verme en Hispania para establecer conmigo relaciones de amistad, y también después, cuando te me confaste a t mismo y a tu fortuna en África. Ahora bien, de entre todas las virtudes que te atrajeron, no hay ninguna de la que me enorgullezca tanto como de mi continencia y el control de mis pasiones. Me gustaría, Masinisa, que tú añadieras esta a las demás nobles virtudes de tu propio carácter. En nuestro tiempo de vida no estamos, créeme, tanto en peligro por culpa de los enemigos armados como de los seductores placeres que nos tentan por doquier. El hombre que ha puesto freno a estos y los ha sometido mediante su auto-control, ha ganado para sí la mayor gloria y una victoria más grande que la que hemos obtenido sobre Sífax. El valor y la energía que has desplegado en mi ausencia me complació sumamente, lo alabé y recordé; sobre el resto de tu conducta, prefero que refexiones cuando estés a solas y no que yo te avergüence aludiendo a ella. Sífax ha sido derrotado y hecho prisionero bajo los auspicios del pueblo de Roma; y siendo esto así, su esposa, su reino, su territorio, sus ciudades con todos sus habitantes, cualquier cosa que poseyera Sífax, pertenecen ahora a Roma como botín de guerra. Incluso si su esposa no fuera una cartaginesa, si no supiésemos que su padre está al mando de las fuerzas del enemigo, seguiría siendo nuestro deber enviarla con su marido a Roma y dejar que el Senado y el pueblo decidiera el destino de quien alejó de nosotros a un aliado y lo precipitó en armas contra nosotros. Vence tus sentimientos y guárdate de que un único vicio estropee las muchas cualidades que posees y mancille la gracia de todos tus servicios con una falta que está fuera de toda proporción con su causa".

[30.15] Al oír esto, Masinisa se ruborizó intensamente y hasta se le saltaron las lágrimas. Dijo que cumpliría con los deseos del general, y le rogó que tuviera en cuenta, en la medida que pudiese, la promesa que había dado precipitadamente, pues le había prometido que no la dejaría pasar a poder de nadie. Salió luego del pretorio y se retró a su propia tenda en estado de confusión. Despidió a todos sus asistentes y permaneció allí algún tiempo, dando rienda suelta a continuos suspiros y gemidos, bien audibles para los que estaban fuera. Al fn, con un profundo gemido, llamó a uno de sus esclavos, en el que confaba plenamente y que tenía bajo su custodia el veneno que los reyes suelen tener en reserva frente a las vicisitudes de la fortuna. Después de mezclarlo en una copa, le dijo que la llevara a Sofonisba y que le dijera al tiempo que Masinisa habría cumplido encantado la primera promesa que había hecho a su esposa, pero como aquellos que tenían el poder le privaban del derecho a hacerlo, cumpliría la segunda: que no caería viva en manos de los romanos. Pensando en su padre, su patria y los dos reyes con los que había casado, ella decidiría cómo actuar. Cuando el criado llegó con el veneno y el mensaje, Sofonisba dijo: "Acepto este regalo de boda, nada desagradable si mi marido no puede hacer nada más por su esposa. Pero le digo que habría muerto más feliz si mi lecho nupcial no hubiese estado tan cerca de mi tumba". La altivez de estas palabras fue refrendada por la valenta con que, sin la menor señal de temor, bebió la pócima. Cuando la noticia llegó a Escipión, tuvo miedo de que el joven, loco de dolor, diera un paso aún más desesperado, por lo que mando enseguida a buscarle y trató de consolarlo. Al mismo tiempo, lo censuraba suavemente por haber expiado un acto de locura cometendo otro y hacer más trágico el asunto de lo que hubiera debido ser. Al día siguiente, con intención de desviar sus pensamientos, Escipión subió a la tribuna y ordenó que se tocara a asamblea. Dirigiéndose a Masinisa como rey, y elogiándolo en los mejores términos posibles, le hizo entrega de una corona de oro, una pátera de oro, una silla curul, un cetro de marfl y también una toga bordada y una túnica con palmas. Resaltó el valor de estos regalos señalándole que los romanos consideraban que no había honor más espléndido que el de un triunfo, y que ninguna insignia más grandiosa era portada por los generales triunfantes que aquellas que el pueblo romano concedía a Masinisa, único entre los extranjeros digno de poseerlas. Lelio fue el siguiente en ser elogiado y le hizo entrega de una corona de oro. Otros soldados recibieron recompensas de acuerdo a sus servicios. Los honores conferidos al rey estuvieron muy lejos de calmar su dolor, animándole solo la esperanza de tomar rápida posesión de toda la Numidia ahora que Sífax quedaba apartado.

[30,16] Lelio fue enviado, encargado de Sífax y los otros prisioneros, a Roma, acompañándole embajadores de Masinisa. Escipión regresó a su campamento en Túnez y completó las fortifcaciones que había comenzado. El regocijo de los cartagineses por el éxito temporal de su ataque naval fue corto y evanescente, pues cuando se enteraron de la captura de Sífax, sobre quien habían descansado sus esperanzas casi más que en Asdrúbal y su ejército, se desanimaron completamente. El partido de la guerra ya no se podía hacer oír y el Senado envió a treinta ancianos, de entre sus notables, para pedir la paz. Este cuerpo era el más augusto consejo de su estado y controlaba en muy alto grado al propio senado. Cuando llegaron a la tenda del pretorio, en el campamento romano, hicieron una profunda reverencia y se postraron; era esta una práctica, creo yo, que trajeron con ellos desde su lugar de origen [la ciudad fenicia de Tiro, la actual Sur en el Líbano.-N. del T.]. Su lenguaje se correspondió con su humilde posición. Se excusaron, aunque achacando la responsabilidad de la guerra a Aníbal y a sus partidarios. Anhelaban el perdón para una ciudad que se había arruinado dos veces por la imprudencia de sus ciudadanos y que solo podría preservarse con seguridad por la buena voluntad de su enemigo. Lo que Roma buscaba, dijeron, era el homenaje y la sumisión de los vencidos, no su aniquilación. Se declararon dispuestos a ejecutar cualquier orden que él les diera. Escipión replicó que él había venido a África con la esperanza -una esperanza que sus éxitos habían confrmado-de llevar de regreso a Roma una victoria completa, y no sólo propuestas de paz. No obstante, aunque la victoria estaba casi a su alcance, él no se negaría a otorgar condiciones de la paz, para que todas las naciones supieran que a Roma le movía el espíritu de justicia, tanto si iniciaba una guerra como si le daba fn.

Les indicó los términos de la paz, que eran la entrega de todos los prisioneros, desertores y refugiados; la retirada de los ejércitos de Italia y la Galia; el abandono de toda acción en Hispania; la evacuación de todas las islas situadas entre Italia y África, y la entrega de toda su marina con excepción de veinte barcos. También debían proporcionar quinientos mil modios de trigo y trescientos mil de cebada, y una cantidad de dinero que, en la actualidad, resulta dudosa [3.500.000 kg de trigo y 1.837.500 kg de cebada.-N. del T.]. En algunos autores leo cinco mil talentos, en otros se mencionan cinco mil libras de plata; algunos otros solo dicen que se exigió doble paga para las tropas. "Se os conceden -agregó-tres días para considerar si estáis de acuerdo con la paz en estos términos. Si lo decidís así, concertad conmigo un armistcio y mandad embajadores al Senado de Roma". Los cartagineses fueron despedidos. Como su objetivo era ganar tiempo para que Aníbal pudiera cruzar navegando hasta África, resolvieron no rechazar las condiciones de paz y, por consiguiente, enviaron delegados para concluir una tregua con Escipión, siendo enviada también una embajada a Roma para pedir la paz; estos últimos llevaron con ellos algunos prisioneros y desertores y esclavos fugitivos para que aquella paz les fuera más fácilmente otorgada.

[30.17] Varios días antes, Lelio llegó a Roma con Sífax y los presos númidas. Él hizo un informe al Senado sobre todo lo que se había hecho en África y hubo gran alegría por el estado actual de cosas y las optimistas perspectivas cara al futuro. Después de discutr el asunto, el Senado decidió que Sífax debía quedar internado en Alba y que Lelio habría de permanecer en Roma hasta que llegasen los embajadores cartagineses. Se ordenaron cuatro días de acción de gracias. Al levantarse la sesión de la Curia, Publio Elio, el pretor, convocó de inmediato una reunión de la Asamblea y subió a los Rostra acompañado por Cayo Lelio. Cuando el pueblo escuchó que los ejércitos de Cartago habían sido derrotados, un afamado rey vencido y hecho prisionero, y efectuado un avance victorioso a lo largo de Numidia, no pudieron ya contener sus sentimientos y expresaron su alegría sin límites mediante gritos y otras manifestaciones de regocijo. Al ver al pueblo en este estado de ánimo, el pretor enseguida dio órdenes para que se abrieran todos los lugares sagrados de la Ciudad, para que todo el mundo pudiera disponer del día entero para ir a los santuarios y ofrecer sus oraciones y acciones de gracias a los dioses.

Al día siguiente, presentó a los embajadores de Masinisa al Senado. Ellos, en primer lugar, felicitaron al Senado por los éxitos de Escipión en África y luego expresaron su agradecimiento en nombre de Masinisa por la decisión de Escipión, no sólo otorgándole el ttulo de rey, sino también dándole un contenido real al devolverle los dominios de sus antepasados donde, ahora que Sífax estaba a su disposición y si el Senado así lo decidía, él reinaría libre de todo temor y oposición. Estaba agradecido por la forma en que Escipión había hablado de él ante sus ofciales y por las espléndidas insignias con que se le había honrado, y que había hecho todo lo posible para demostrar que era digno de ellas y que seguiría siéndolo. Solicitaron al Senado que confrmaran mediante un decreto formal el ttulo real y los demás favores y dignidades que Escipión le había conferido. Y como concesión añadida, Masinisa solicitó, si no era pedir demasiado, que liberasen a los prisioneros númidas que estaban bajo custodia en Roma; aquello, consideraba, aumentaría su prestgio entre sus súbditos. La respuesta dada a los embajadores fue el sentido de que el Senado felicitaba al rey tanto como a sí mismos por los éxitos de África; que Escipión había actuado correctamente al reconocerle como rey y que los senadores aprobaban calurosamente cuando había hecho para satisfacer los deseos de Masinisa. Aprobaron un decreto para que los regalos que los embajadores llevaran al rey comprendieran dos capas púrpuras con un broche de oro cada una, así como dos túnicas con franjas anchas; dos caballos ricamente enjaezados y un conjunto de armaduras ecuestres con corazas para cada uno; dos tiendas de campaña y muebles militares, como los habitualmente proporcionados a los cónsules [es decir, le proporcionaron objetos suntuarios correspondientes a un cónsul, como reconociéndolo tal rango.-N. del T.] . El pretor recibió instrucciones para cuidar que tales cosas fuesen remitidas al rey. Cada uno de los embajadores recibió regalos por valor de cinco mil ases, y cada miembro de su séquito por valor de mil ases. Además de éstos, se entregaron dos trajes a cada embajador y uno a cada uno de los de su séquito y a cada uno de los prisioneros númidas que debían ser devueltos al rey. Durante su estancia en Roma, se puso una casa a su disposición y fueron tratados como huéspedes del Estado.

[30,18] Durante este verano, el pretor Publio Quintlio Varo y el procónsul Marco Cornelio libraron una batalla campal contra Magón. Las legiones del pretor formaron la línea de combate; Cornelio mantuvo las suyas en reserva, pero cabalgó al frente y tomó el mando de una de las alas, dirigiendo el pretor la otra y exhortando ambos a los soldados para cargar furiosamente contra el enemigo. Al no lograr hacer ningún efecto sobre ellos, Quintlio dijo a Cornelio: "Como puedes ver, la batalla se está desarrollando muy lentamente; el enemigo está ofreciendo una inesperada resistencia y en ella se han escudado contra el miedo, hay peligro de que conviertan ese temor en audacia. Debemos descargar un ataque de caballería contra ellos, si queremos turbarlos y hacerles ceder terreno. Así pues, mantén tú el combate en primera línea y yo traeré la caballería, o bien yo me quedo aquí y dirijo las operaciones de primera línea mientras tú lanzas la caballería de las cuatro legiones contra el enemigo". El procónsul dejó al pretor que decidiera qué deseaba hacer. Quintlio, en consecuencia, acompañado por su hijo Marco, un joven enérgico, cabalgó donde estaba la caballería, le ordenó que montase y la envió de inmediato contra el enemigo. El efecto de su carga se incrementó por el grito de guerra de las legiones y el enemigo no habría mantenido sus posiciones si Magón, al primer movimiento de la caballería, no hubiera hecho entrar en acción sin demora a sus elefantes. La aparición de estos animales, su bramido y olor, aterrorizaron de tal manera a los caballos que hicieron su ayuda inútl. Cuando se acercaban y podían emplear la espada y la lanza, la caballería romana tenía ventaja, pero cuando era arrastrada por un caballo aterrorizado resultaba mejor objetivo para los dardos númidas. En cuanto a la infantería, la duodécima legión había perdido una gran parte de sus hombres y estaban manteniendo su terreno más para evitar la vergüenza de la retirada que por cualquier esperanza de ofrecer una resistencia efcaz. Tampoco lo hubiesen podido sostener mucho más tiempo si la decimotercera legión, que estaba en reserva, no hubiera sido llevada al frente para intervenir en el combate indeciso. Para enfrentarse a esta nueva legión, Magón empleó también a sus reservas. Estos eran galos, y los asteros de la undécima legión no tuvieron muchos problemas en ponerlos en fuga. A continuación, cerraron y atacaron a los elefantes que estaban creando confusión en las filas de la infantería romana. Lanzando contra ellos una lluvia de proyectiles, amontonados como estaban y casi nunca fallando el blanco, los hicieron retroceder sobre las líneas cartaginesas una vez hubieron caído cuatro, heridos de gravedad.

Por fn, el enemigo comenzó a ceder terreno y toda la infantería romana, al ver a los elefantes volverse contra su propio bando, se precipitaron hacia delante para aumentar el pánico y la confusión. Mientras Magón mantuvo su posición en el frente, sus hombres se retraron poco a poco y en buen orden; pero cuando lo vieron caer, gravemente herido y sacado del campo de batalla a punto de desmayarse, se produjo una desbandada general. Las pérdidas del enemigo ascendieron a cinco mil hombres, capturándose veintidós estandartes. La victoria estuvo lejos de resultar incruenta para los romanos, que perdieron dos mil trescientos hombres del ejército del pretor, la mayoría de la duodécima legión, entre ellos dos tribunos militares, Marco Cosconio y Marco Mevio. La decimotercera legión, la última en tomar parte en la acción, también sufrió sus pérdidas; Cayo Helvio, un tribuno militar, cayó mientras reanudaba el combate, y veintidós miembros del orden de los caballeros, pertenecientes a familias distinguidas, junto con algunos de los centuriones, resultaron muertos al pisotearlos los elefantes. La batalla habría durado más si la herida de Magón no hubiese dado la victoria a los romanos.

[30,19] Magón se retró durante la noche, marchando tan rápidamente como se lo permita su herida, hasta alcanzar aquella parte de la costa ligur que estaba habitada por los ingaunos. Aquí se encontró con la delegación de Cartago, que había desembarcado unos días antes en Génova. Le informaron de que debía zarpar hacia África lo antes posible; su hermano Aníbal, a quien se le habían impartido similares instrucciones, estaba a punto de hacelo. Cartago no estaba en condiciones de retener sus dominios sobre la Galia e Italia. Las órdenes del Senado y los peligros que amenazaban a su país decidieron a Magón para proceder, más aún cuando exista el riesgo de que el victorioso enemigo le atacase si se retrasaba, así como por la deserción de los ligures que, viendo Italia abandonada por los cartagineses, se pasarían con quienes, en última instancia, residiría el poder. Esperaba también que un viaje por mar sería una prueba menor para su herida de lo que había resultado la marcha y que contribuyera más a su recuperación. Embarcó a sus hombres y luego él, pero aún no se había perdido de vista Cerdeña cuando murió a consecuencia de la herida. Algunos de sus barcos, que se habían separado de los demás, fueron capturados en alta mar por la flota romana que patrullaba en las proximidades de Cerdeña. Tales fueron los acontecimientos por mar y tierra en los territorios de Italia al pie de los Alpes. El cónsul Cayo Servilio no había efectuado nada digno de mención en Etruria y tampoco después partir hacia la Galia. En este último país, había rescatado a su padre, Cayo Servilio, y también a Cayo Lutacio después de dieciséis años de esclavitud, resultado de su captura por parte de los boyos en Taneto [en algún lugar próximo a la actual Módena.-N. del T.]. Con su padre a un lado y Lutacio al otro, regresó a Roma con más honra en lo personal que en lo público. Se propuso al pueblo una moción para eximirle de sanción por haber actuado ilegalmente como tribuno de la plebe y edil plebeyo mientras su padre, que había ocupado una silla curul, estaba, aunque él no lo supiera, todavía con vida. Una vez aprobada la moción de inmunidad, regresó a su provincia. El cónsul Cneo Servilio, en el Brucio, recibió la rendición de varias plazas, ahora que veían que la Guerra Púnica estaba llegando a su fn. Entre ellas estaban Cosenza, Aufugio, Berga, Besidia, Otrícoli, Linfeo, Argentano, Clamplecia y otras muchas ciudades desconocidas [se trata de las antiguas Consentia, Aufugium, Bergae, Besidiae, Ocriculum, Lymphaeum, Argentanum y Clampetia; solo se pueden identificar positivamente las actuales Cosenza, Otrícoli y Clampecia.-N. del T.]. También se enfrentó en una batalla contra Aníbal, en la vecindad de Crotona, de la que no existe un relato claro. Según Valerio Antate, murieron quince mil enemigos, pero este combate tan importante pudiera ser una fcción desvergonzada o una omisión descuidada del analista. A cualquier efecto, Aníbal no realizó nada más en Italia, pues la delegación para llamarle de regreso a África resultó llegar al mismo tiempo que la de Magón.

[30,20] Se dice que rechinó sus dientes, se quejó y casi derramó lágrimas cuando escuchó lo que los enviados tenían que decir. Después que le hubieran entregado sus órdenes, exclamó: "los mismos que trataron de hacerme retroceder, dejando de proporcionarme soldados y dinero, son los que ahora me llaman, no por medios torcidos, sino clara y abiertamente. Así que ya veis, no es el pueblo romano, tantas veces derrotado y destrozado, el que ha vencido a Aníbal, sino el senado cartaginés con su maledicencia y envidia. Y no se enorgullecerá y gloriará tanto Escipión por mi regreso como Hanón, quien ha aplastado mi casa, ya que no podía hacerlo de otro modo, bajo las ruinas de Cartago". Había presagiado lo que iba a suceder y había dispuesto sus barcos con antelación. Se desprendió de la parte inservible de sus tropas distribuyéndolas como guarniciones entre las pocas ciudades que, más por miedo que por lealtad, aún estaban con él. Llevó con él a África la fuerza principal de su ejército. Muchos, que eran naturales de Italia, se negaron a seguirlo y se retraron al templo de Juno Lacinia, un santuario que hasta aquel día había permanecido inviolado. Allí, dentro mismo del recinto sagrado, fueron asesinados vilmente. Rara vez ha dejado nadie su país natal para marchar al exilio con tan sombrío dolor como el que manifestó Aníbal al partir del país de sus enemigos. Se dice que a menudo miraba atrás, a las costas de Italia, acusando a los dioses y a los hombres, maldiciéndose incluso a sí mismo por no haber llevado a sus hombres, bañados en sangre, directamente desde el victorioso campo de batalla de Cannas hasta Roma. Escipión, dijo, que mientras fue cónsul nunca había visto un cartaginés en Italia, había osado ir a África; entre tanto él, que había acabado con cien mil hombres en el Trasimeno y en Cannas, había envejecido frente a Casilino, Cumas y Nola. En medio de estas acusaciones y lamentos, abandonó su larga ocupación de Italia.

[30,21] La noticia de la partida de Magón llegó a Roma al mismo tiempo que la de Aníbal. La alegría con la que se recibió la noticia de esta doble partda, sin embargo, fue menor debido al hecho de que sus generales, por falta de valor o de fuerzas, no pudieron detenerlos pese a haber recibido órdenes expresas del Senado en tal sentido. Se produjo también un sentimiento de inquietud por la cuestón de que, ahora, todo el peso de la guerra recaía sobre un solo ejército y un único general. Justo en aquel momento llegó una comisión de Sagunto, que traía algunos cartagineses que habían desembarcado en Hispania con el propósito alquilar mercenarios y a los que habían capturado junto al dinero que llevaban. Fueron depositadas en el vestibulo del Senado doscientas cincuenta libras de plata y ochenta de oro [81,75 kilos de plata y 26,16 kilos de oro.-N. del T.]. Después de haber entregado a los hombres, que fueron puestos en prisión, se devolvió el oro y la plata a los saguntinos. Se les concedió un voto de agradecimiento, fueron agasajados con regalos y se les proporcionaron barcos con los que regresar a Hispania. A continuación de este asunto, algunos de los senadores más ancianos recordaron a la Cámara una gran omisión: "Los hombres", dijeron, "recuerdan más vívidamente sus desgracias que las cosas buenas que les vienen. Recordamos el pánico y el terror que sentimos cuando Aníbal descendió sobre Italia. ¡Cuántas derrotas y luto siguieron! ¡Cuántas oraciones, públicas y privadas, elevamos todos y cada uno de nosotros al ver desde la Ciudad el campamento del enemigo! ¡¿Cuántas veces escuchamos en nuestras asambleas el lamento de los hombres, elevando sus manos al cielo y preguntándose si llegaría el día en que Italia se vería liberada de la presencia de su enemigo, foreciendo en paz y prosperidad?! Por fn, después de dieciséis años de guerra, los dioses nos han otorgado este don; y, sin embargo, nadie pide que se les agradezca. Si los hombres no recibían el actual presente con el corazón agradecido, mucho menos sería probable que recordaran los benefcios recibidos con retraso". Por aclamación de toda la Cámara, se ordenó al pretor Publio Elio que presentase una moción. Se decretó una acción de gracias durante cinco días en todos los pulvinares [eran una especie de lechos sobre los que se ponían imágenes y estatuillas de los dioses, y a los que se ofrecían banquetes y ofrendas.-N. del T.] , y se sacrifcaron ciento veinte víctimas mayores. Para aquel momento, Lelio había abandonado Roma junto a los embajadores de Masinisa. Al recibirse noticias de que se había visto en Pozzuoli una embajada de paz cartaginesa y que venía desde allí por terra, se decidió llamar de vuelta a Lelio para que pudiera estar presente en el encuentro. Publio Fulvio Gilón, uno de los generales de Escipión, condujo a los cartagineses hasta Roma. Como se les prohibió entrar en la Ciudad, se les alojó en una casa de campo propiedad del estado, concediéndoseles una audiencia del Senado en el templo de Belona.

[30,22] Su discurso ante el Senado fue muy parecida al que habían hecho ante Escipión; rechazaron que el gobierno tuviese culpa alguna en la guerra, achacándola enteramente sobre Aníbal. "Él no tenía órdenes de su Senado para cruzar el Ebro, y mucho menos los Alpes. Por su propia cuenta había hecho la guerra no sólo contra Roma, sino también contra Sagunto; considerando atentamente la cuestón, el senado y el pueblo cartaginés habían mantenido el tratado con Roma hasta aquel día. Por consiguiente, sus instrucciones eran pedir, simplemente, que se les permitera continuar en las mismas condiciones de la paz que las pactadas en la última ocasión con Cayo Lutacio". De acuerdo con la costumbre tradicional, el pretor dio, a todo el que lo deseó, permiso para interrogar a los embajadores; por los más ancianos miembros, que habían tomado parte en el acuerdo de los anteriores tratados, se formularon distintas preguntas. Los enviados, que eran casi todos hombres jóvenes, dijeron que no tenía ningún recuerdo de lo sucedido. Se desataron entonces fuertes protestas por toda la Curia; los senadores declararon que aquello era un caso de traición púnica: escogieron, para pedir la renovación del antiguo tratado, a hombres que ni siquiera recordaban sus términos.

[30,23] Se ordenó a los embajadores que se retraran y se preguntó a los senadores su opinión. Marco Livio aconsejó que, como el cónsul Cayo Servilio era el más cercano, se le debía convocar a Roma para que pudiera estar presente durante el debate. Ningún tema había más importante que el anterior, y no le parecía compatible con la dignidad del pueblo romano que la discusión tuviese lugar en ausencia de los dos cónsules. Quinto Metelo, que había sido cónsul tres años antes y que también había sido dictador, expresó su opinión de que como Publio Escipión, tras destruir sus ejércitos y devastar sus tierras, había llevado al enemigo a la necesidad de pedir la paz, no había en el mundo nadie que pudiera formarse un juicio más fundado en cuanto a sus auténticas intenciones al abrir negociaciones, que el hombre que en aquel momento llevaba la guerra ante las puertas de Cartago. En su opinión, deberían seguir el consejo de Escipión, y no el de ningún otro, en cuanto a si debía aceptarse o rechazarse la oferta de paz. Marco Valerio Levino, que había desempeñado dos consulados, declaró que habían venido como espías y no como embajadores, e instó a que se les ordenase abandonar Italia y fuesen escoltados hasta sus naves, así como que se enviasen instrucciones escritas a Escipión para no relajar las hostlidades. Lelio y Fulvio agregaron que Escipión pensaba que la única esperanza de paz residía en que Magón y Aníbal no fueran llamados de vuelta; pero que los cartagineses emplearían cualquier subterfugio, mientras esperaban a sus generales y sus ejércitos, y proseguirían después la guerra, ignorando los tratados por recientes que fuesen y desafando a todos los dioses. Estas declaraciones llevaron al Senado a aprobar la propuesta de Levino. Los embajadores fueron despedidos sin ninguna perspectiva de paz y casi sin respuesta [Livio difiere aquí sensiblemente de otras fuentes, como Casio Dión o Polibio, el más cercano temporalmente a los hechos, que relatan cómo sí se llegó a un acuerdo que posteriormente quedaría roto por la captura de un convoy romano.-N. del T.].

[30.24] El cónsul Cneo Servilio, plenamente convencido de que la gloria de restablecer la paz en Italia era suya, persiguió a Aníbal hasta Sicilia como si lo hubiera obligado a huir y con la intención de navegar desde allí hasta África. Cuando esto se supo en Roma, el Senado decidió que el pretor debía escribirle e informarle de que el Senado pensaba que lo adecuado era que permaneciese en Italia. El pretor dijo que Servilio podía no hacer caso a una carta suya [por ser su rango inferior al del cónsul.-N. del T.], y ante esto se resolvió nombrar dictador a Publio Sulpicio y que este, en virtud de su autoridad superior, llamara al cónsul de vuelta a Italia. El dictador pasó el resto del año visitando, acompañado por Marco Servilio, su jefe de la caballería, las diferentes ciudades de Italia que se habían separado de Roma durante la guerra, llevando a cabo una investgación caso por caso. Durante el armistcio, fueron enviados por el pretor Léntulo, desde Cerdeña, un centenar de barcos de transporte que llevaban suministros e iban escoltados por veinte naves de guerra; llegaron a África sin sufrir daños del enemigo

o de las tormentas. Cneo Octavio zarpó de Sicilia con doscientos transportes y treinta barcos de guerra, pero no fue igual de afortunado. Disfrutó de una travesía favorable hasta llegar casi a la vista de África, donde cesaron los vientos; luego se levantó un ábrego [viento del suroeste.-N. del T.] que dispersó sus naves en todas direcciones. Gracias a los extraordinarios esfuerzos de los remeros contra el oleaje adverso, Octavio consiguió llegar al cabo Ras Zebib [el antiguo promontorio de Apolo, a unos 20 km. al oeste del cabo Farina.-N. del T.]. La mayor parte de los transportes se vieron arrastrados hasta Zembra, una isla que hace de rompeolas a la bahía donde está situada Cartago y que dista unas treinta millas de la ciudad [la antigua Egimuro, a unos 44,4 km. de Cartago.-N. del T.]. Otras fueron llevadas frente a la ciudad, hasta las "Aguas Calientes" [hoy Hamman Kourbes.-N. del T.]. Todo esto fue visto desde Cartago y una multitud, venida de todas las zonas de la ciudad, se reunió en el foro. Los magistrados convocaron al Senado; las personas que estaban en el vestibulo del senado protestaban porque se permitera escapar ante sus ojos tanto botín como tenían al alcance de sus manos. Algunos objetaron que aquello sería una violación de la fe mientras se celebraban las negociaciones de paz, otros estaban a favor de respetar la tregua que aún no había expirado. La asamblea popular estaba tan mezclada con el Senado que casi formaban un solo cuerpo, y se decidió por unanimidad que Asdrúbal debería dirigirse a Zembra con cincuenta barcos de guerra y capturar las naves romanas que estaban esparcidas a lo largo de la costa o en los puertos. Los transportes que habían sido abandonados por sus tripulaciones fueron remolcados hacia Zembra donde posteriormente fueron llevados otros desde Aguas Calientes.

[30,25] Los embajadores no habían regresado aún de Roma y no se sabía si el Senado se había decidido por la paz o por la guerra; tampoco había fnalizado la tregua pactada. Lo que más indignó a Escipión fue el hecho de que todas las esperanzas de paz habían quedado destruidas y todo respeto por la tregua burlado por los mismos hombres que habían pedido paz y tregua. Mandó de inmediato a Lucio Bebio, Marco Servilio y Lucio Fabio a Cartago para protestar. Como se arriesgaban a sufrir maltrato por la multitud y en vista de que se les evitase regresar, solicitaron a los magistrados, con cuya ayuda se había impedido la violencia, que les mandasen barcos que les escoltasen y protegieran de la violencia. Se les proporcionó dos trirremes y, cuando alcanzaban la desembocadura del Medjerda [el antiguo Bagradas.-

N. del T.], desde donde era visible el campamento romano, los barcos regresaron a Cartago. La flota cartaginesa estaba fondeada en Útica y, fuese como consecuencia de un mensaje secreto de Cartago, o porque Hanón actuase por propia iniciativa y sin la connivencia de su gobierno, tres cuatrirremes de la flota lanzaron un ataque por sorpresa contra un quinquerreme romano que estaba rodeando el promontorio. Sin embargo, no pudieron alcanzarlo por su mayor velocidad y su mayor altura impidió cualquier intento de abordaje. Mientras le duraron los proyectiles, el quinquerreme se defendió con brillantez, pero al faltarle aquellos nada le podría haber salvado, excepto la cercanía de tierra y el número de hombres que habían bajado desde el campamento hasta la orilla para observar. Los remeros llevaron el barco hasta la playa con todas sus fuerzas; la nave naufragó, pero los tripulantes escaparon ilesos. Así pues, por una fechoría tras otra, se disiparon todas las dudas sobre la ruptura de la tregua en cuanto Lelio y los cartagineses llevaron a su regreso de Roma. Escipión les informó de que, a pesar del hecho de que los cartagineses habían roto no solo la tregua que se habían comprometido a observar, sino incluso el derecho de gentes con su trato a los embajadores, él no tomaría por sí mismo ninguna acción en aquel caso, pues era incompatible con las mayores tradiciones de Roma y estaba en contra de sus propios principios. Luego los despidió y se dispuso a reanudar las operaciones. Aníbal estaba ya próximo a tierra y ordenó a un marinero que subiera al mástl y averiguase a qué parte del país se dirigían. El hombre informó que se dirigían a un sepulcro en ruinas. Aníbal, considerándolo como un mal presagio, le ordenó al piloto navegar más allá de aquel lugar y llevar la flota a Lepts [Leptis Magna, próxima a la actual Lemta.-N. del T.], donde desembarcó sus tropas.

[30,26] Todos los hechos antes descritos ocurrieron durante este año; los que siguen tuvieron lugar durante el año siguiente, cuando Marco Servilio, el jefe de la caballería, y Tiberio Claudio Nerón fueron cónsules -202 a.C.-. Hacia el fnal del año llegó una delegación de las ciudades griegas, aliadas nuestras, para quejarse de que sus territorios habían sido devastados y de que no se había permitido acercarse a Filipo a los embajadores que enviaron para exigir una reparación. También comunicaron que corría el rumor de que cuatro mil hombres, bajo el mando de Sópatro, habían zarpado rumbo a África para ayudar a los cartagineses, llevando con ellos una considerable suma de dinero. El Senado decidió enviar legados a Filipo para informarle de que consideraban aquellas medidas una violación de los términos del tratado. Se confó esta misión a Cayo Terencio Varrón, a Cayo Mamilio y a Marco Aurelio, a quienes se proporcionó tres quinquerremes. El año se hizo memorable por un enorme incendio, en el que las casas de la Cuesta Publicia fueron arrasadas por el fuego, y también por una gran inundación. Los alimentos, sin embargo, eran muy baratos, pues no sólo toda Italia estaba abierta, ahora que disfrutaba de paz, sino que se había enviado gran cantidad de grano desde Hispania que los ediles curules, Marco Valerio Faltón y Marco Fabio Buteón, repartieron al pueblo, barrio a barrio, a cuatro ases el modio. Este año se produjo la muerte de Quinto Fabio Máximo, a muy avanzada edad, de resultar cierto lo que afrman algunos autores: que había sido augur durante sesenta y dos años. Fue un hombre digno de tan gran sobrenombre, aún si hubiera sido el primero en llevarlo. Superó a su padre en distinciones e igualó a su abuelo [Quinto Fabio Máximo Gurges y Quinto Fabio Máximo Ruliano, respectivamente.-N. del T.]. Ruliano había logrado más victorias y combatido en batallas mayores, pero su nieto tuvo a Aníbal como enemigo y esto lo compensaba todo. Fue más famoso por su cautela que por su energía, y aunque pueda ser objeto de discusión si era de naturaleza lenta para la acción o si adoptó aquellas tácticas como más a propósito con el carácter de la guerra, nada es más cierto que esto, como dice Ennio, "un hombre, con su retraso, restauró la situación". Había sido a la vez augur y pontífice; su hijo, Quinto Fabio Máximo le sucedió como augur y Servio Sulpicio Galba como pontífice. Los Juegos Romanos y los Juegos Plebeyos fueron celebrados por los ediles Marco Sexto Sabino y Cneo Tremelio Flaco; los primeros durante un día y los últimos se repiteron durante tres días. Estos dos ediles fueron elegidos pretores junto con Cayo Livio Salinator y Cayo Aurelio Cota. Los autores están divididas en cuanto a quién presidió las elecciones, si lo hizo el cónsul Cayo Servilio o si, a causa de estar retenido en Etruria por los juicios por conspiración de los notables, que el Senado le había ordenado dirigir, nombró dictador a Publio Sulpicio para presidirlas.

[30.27] Al principio del año siguiente -202 a.C.-, los cónsules Marco Servilio y Claudio Tiberio convocaron al Senado en el Capitolio para decidir la asignación de las provincias. Como los dos querían África, estaban deseando sortear aquella provincia e Italia. Sin embargo, principalmente gracias a los esfuerzos de Quinto Metelo, nada se decidió sobre África; se ordenó a los cónsules que dispusieran con los tribunos de la plebe una votación del pueblo para que este decidiera quién debía dirigir la guerra en África. Las tribus votaron unánimemente a favor de Publio Escipión. A pesar de ello, el Senado decretó que los dos cónsules debían sortear y África recayó en Tiberio Claudio, quien debería cruzar allí con una flota de cincuenta barcos, todos quinquerremes, desempeñando el mando con el mismo rango que Escipión. Etruria cayó a Marco Servilio. Cayo Servilio, que había tenido aquella provincia, vio extendido su mando para el caso de que el Senado debiera exigir su presencia en Roma. Los pretores se distribuyeron de la siguiente manera: Marco Sexto recibió la Galia y Publio Quintlio Varo debía entregar dos legiones que tenía allí; Cayo Livio debía guarnecer el Brucio con las dos legiones que Publio Sempronio había mandando allí el año anterior; Cneo Tremelio fue enviado a Sicilia y se encargó de las dos legiones de Publio Vilio Tápulo, el pretor del año anterior; Vilio, en condición de propretor, fue provisto de veinte barcos de guerra y mil hombres para la protección de la costa siciliana; Marco Pomponio debía llevar de vuelta a Roma mil quinientos hombres con los veinte barcos restantes. La pretura urbana pasó a manos de Cayo Aurelio Cotta. Los otros mandos se mantuvieron sin cambios. Dieciséis legiones se consideraron sufcientes este año para la defensa del imperio de Roma. Con el fin de que todas las cosas pudieran emprenderse y llevarse a cabo con el favor de los dioses, se decidió que antes de que los cónsules salieran en campaña deberían celebrar los Juegos y ofrecer los sacrifcios que el dictador Tito Manlio había ofrecido durante el consulado de Marco Claudio Marcelo y Tito Quincio [en el 208 a.C.-N. del T.], si la República mantenía intacta su posición durante cinco años. Los Juegos se celebraron en el circo, durante cuatro días, y las víctimas prometdas a los dioses se sacrifcaron debidamente.

[30,28] A lo largo de este tiempo, crecieron por igual la esperanza y el temor. Los hombres no podían decidir si se debían alegrar más porque, tras dieciséis años, Aníbal había abandonado fnalmente Italia y dejaba su posesión indiscutible a Roma, o si debían temer el que hubiera desembarcado en África con su fuerza militar intacta. "Cambia la sede del peligro -decían-pero no el peligró en sí". Quinto Fabio, que acaba de morir, predijo cuán grande sería la lucha cuando declaró con tono oracular que Aníbal resultaría un enemigo más formidable en su propio país de lo que había sido en tierra extranjera. "Escipión no se las tendría que ver con Sífax, cuyos súbditos eran bárbaros indisciplinados y cuyo ejército estaba dirigido generalmente por Estatorio, que era poco más que un cantinero; ni con el escurridizo suegro de Sífax, Asdrúbal, y su turba medio armada de campesinos apresuradamente reclutados por los campos, sino que habría de enfrentarse con Aníbal, que prácticamente había nacido en los cuarteles de su padre, el más valiente de los generales; criado y educado en medio de las armas, soldado aún niño y general apenas salido de la adolescencia. Había pasado la for de su virilidad de victoria en victoria, habiendo llenado Hispania, la Galia e Italia, desde los Alpes hasta el mar del sur con los recuerdos de grandes hazañas. Los hombres que mandaba eran tan veteranos como él, templados por tan innumerables difcultados que resulta increíble que los hombres las hubieran soportado, salpicados innumerables veces con sangre romana, cargados de los despojos arrancados de sus cuerpos, y no solo de soldados rasos, sino incluso de los generales. Escipión se enfrentaría en el campo de batalla a muchos de los que con sus propias manos habían dado muerte a los pretores, a los generales, a los cónsules de Roma, y que se adornaban ahora con coronas murales y vallares después de haber vagado a voluntad por los territorios y ciudades de Roma que capturaron. Todas las fasces que llevaban hoy ante sí los magistrados romanos no serían tantas como las que podría haber llevado Aníbal ante él, capturadas en el campo de batalla al dar muerte al imperator" [no nos resistimos aquí a emplear el ttulo latino, que es el único que refeja la amplitud de lo que representaba a los ojos de un romano contemporáneo de los hechos narrados o de un romano culto como el propio Tito Livio.-N. del T.]. Preocupados por estos pronósticos sombríos, aumentaba su miedo y su inquietud. Y había otro motivo de aprensión. Se habían acostumbrado a ver transcurrir la guerra primero en un lugar de Italia y después en otro, sin demasiada esperanza de que terminara pronto. Ahora, sin embargo, los ánimos de todos estaban encendidos, con Escipión y Aníbal enfrentados como para librar el último y decisivo combate. Incluso aquellos que tenían la mayor confanza en Escipión y sostenían las mayores esperanzas en que resultara victorioso, se fueron poniendo más y más nerviosos conforme se daban cuenta de que se acercaba la hora fatdica. Los cartagineses se encontraban en un estado de ánimo muy similar. Cuando pensaban en Aníbal y en la grandeza de las hazañas que había ejecutado, se lamentaban de haber pedido la paz; pero cuando refexionaban sobre el hecho de que habían sido derrotados dos veces en campo abierto, que Sífax había sido hecho prisionero, que les habían expulsado de Hispania y luego de Italia, que todo esto era el resultado de la decidida valenta de un hombre, y que aquel hombre era Escipión, le temían como si hubiera estado destinado desde su nacimiento a provocar su ruina.

[30,29]. Aníbal había llegado a Susa [la antigua Hadrumeto, en Túnez.-N. del T.], donde permaneció algunos días para que sus hombres se recuperasen de los efectos de la travesía, cuando mensajeros sin aliento anunciaron que todo el territorio alrededor de Cartago estaba ocupado por las armas romanas. Se dirigió de inmediato, a marchas forzadas, hacia Zama. Zama está a cinco días de marcha de Cartago. Los exploradores, que había enviado por delante para practicar un reconocimiento, fueron capturados por los puestos de avanzada romana y conducidos ante Escipión. Escipión los puso a cargo de los tribunos militares y dio órdenes para que fuesen llevados alrededor del campamento, donde pudiera mirar todo lo que quisieran sin temor. Después de preguntarles si lo habían examinado todo a su entera satsfacción, los envió, escoltados, de vuelta con Aníbal. El informe que le dieron no le resultó agradable de oír, pues resultó que aquel mismo día llegó Masinisa con una fuerza de seis mil infantes y cuatro mil jinetes. Lo que más inquietud le produjo era la confanza del enemigo que, como se vio claramente, no carecía de buenas razones para ello. Por lo tanto, a pesar de haber sido él el causante de la guerra, a pesar de que su llegada había trastornado la tregua y disminuido la esperanza de cualquier paz que se estuviera negociando, aún pensaba que estaría en mejor posición para obtener condiciones si pedía la paz mientras sus fuerzas estaban intactas que después de una derrota. Así pues, envió un mensajero a Escipión para solicitarle que le concediera una entrevista. Que lo hiciera por propia iniciativa u obedeciendo órdenes de su gobierno, yo no puedo asegurarlo taxativamente. Valerio Antate dice que fue derrotado por Escipión en la primera batalla, con unas pérdidas de doce mil muertos y mil setecientos prisioneros, y que después de esto marchó, en compañía de diez legados, al campamento de Escipión. Como quiera que sea, Escipión no se negó a la entrevista propuesta, y de común acuerdo los dos comandantes avanzaron sus campamentos el uno hacia el otro para que se pudieran encontrar más fácilmente. Escipión estableció su posición de no muy lejos de la ciudad de Sidi-Youssef [la antigua Naragara.-N. del T.] en un terreno que, además de otras ventajas, ofrecía un suministro de agua dentro del alcance de los proyectiles procedentes de las líneas romanas. Aníbal escogió cierto terreno elevado a unas cuatro millas de distancia [5.920 metros.-N. del T.], una posición segura y ventajosa excepto porque el agua la debía conseguir de lejos. Se determinó un punto a medio camino entre los campamentos que, para evitar alguna posibilidad de traición, quedaba a la vista de ambos bandos.

[30,30].Cuando sus respectivas escoltas se hubieron retirado a una distancia igual, ambos jefes avanzaron al encuentro del otro, acompañado cada uno por un intérprete; eran los más grandes generales, no solo de su propia época, sino de todos los que registra la historia antes de aquel día, pares de los más famosos reyes y generales que el mundo hubiera visto. Por unos instantes se contemplaron con admiración el uno al otro, en silencio. Aníbal fue el primero en hablar. "Si -dijo-el destino ha querido de esta manera que yo, quien fui el primero en hacer la guerra a Roma y que tan a menudo he tenido la victoria fnal casi al alcance de mi mano, sea ahora el primero en venir a pedir la paz, me felicito porque el destino te haya designado, entre todos los demás, como aquel a quien se la he de pedir. Entre tus muchas y brillantes distinciones no será este tu menor ttulo de fama, el que Aníbal, a quien los dioses han concedido la victoria sobre tantos generales romanos, ceda ante t, a quien ha correspondido poner fin a una guerra memorable ya antes por vuestras derrotas que por las nuestras. Así de irónica es la Fortuna, que tras tomar las armas cuando tu padre era cónsul, y teniéndole como mi adversario en mi primera batalla, sea su hijo ante quien vengo desarmado a pedir la paz. Hubiera sido mucho mejor que nuestros padres, por disposición de los dioses, se hubiesen contentado, vosotros con la soberanía de Italia y nosotros con la de África. Tal como están las cosas, ni siquiera para vosotros resultan Sicilia y Cerdeña una compensación adecuada por la pérdida de tantas flotas, tantos ejércitos y tantos y tan espléndidos generales. Pero es más fácil que lamentar el pasado que repararlo. Hemos codiciado lo ajeno, y después hemos tenido que combatir por lo nuestro; no solo la guerra os ha asolado a vosotros en Italia y a nosotros en África, sino que habéis visto las armas y estandartes de un enemigo casi dentro de vuestras puertas y sobre vuestras murallas, y nosotros escuchamos en Cartago los murmullos del campamento romano. Así que aquello que más detestamos por encima de todo, lo que vosotros hubieseis deseado antes que nada, ha sucedido ahora; la cuestón de la paz se discute ahora, cuando vuestra fortuna está en ascenso. Nosotros, a quienes más incumbe obtener la paz, somos los únicos en proponerla y tenemos plenos poderes para tratarla, lo que hagamos aquí lo ratificarán nuestros gobiernos. Cuanto necesitamos es ánimo para discutr las cosas con calma. En lo que a mí respecta, vuelto a una patria de la que marché cuando niño, los años y la experiencia de éxitos y fracasos me han desilusionado tanto que prefero guiarme por la razón y no por la Fortuna. En cuanto a t, tu juventud y continuo éxito te harán, me temo, impaciente ante consejos de paz. No es fácil, para el hombre a quien nunca decepciona la Fortuna, refexionar sobre las incertdumbres y los accidentes de la vida. Lo que yo fui en el Trasimeno y en Cannas, lo eres tú hoy. Apenas tenías la edad sufciente para tomar las armas cuando recibiste el mando y, en todas tus empresas, hasta en las más osadas, la Fortuna nunca te ha fallado. Vengaste la muerte de tu padre y tu to, y aquel desastre para tu casa se convirtó en la ocasión para que ganases una gloriosa fama por tu valor y tu piedad flial. Recuperaste las provincias perdidas de Hispania tras expulsar cuatro ejércitos cartagineses fuera del país. Luego fuiste elegido cónsul y, mientras que tus predecesores apenas tuvieron ánimo sufciente para defender Italia, tú cruzaste a África donde, tras destruir dos ejércitos y capturar e incendiar dos campamentos en una hora, hacer prisionero al poderoso monarca Sífax y robar de sus dominios y los nuestros numerosas ciudades, al fin me arrastraste fuera de Italia, tras haberla dominado durante dieciséis años. Es muy posible que en tu actual estado de ánimo preferas la victoria a una paz justa; también sé la ambición que tiene por objeto lo que es grande y no lo que es conveniente; también sobre mí brilló una vez una fortuna como la tuya. Pero si, en el éxito, los dioses nos dan también sabiduría, hemos de refexionar no solo sobre lo sucedido en el pasado, sino sobre lo que puede ocurrir en el futuro. Para tomar sólo un ejemplo, yo mismo soy un ejemplo sufciente de la inconstancia de la fortuna. Solo ayer tenía situado mi campamento entre tu ciudad y el Anio, y avanzaba mis estandartes contra las murallas de Roma; y aquí me ves, privado de mis dos hermanos, soldados valerosos y generales brillantes como eran, delante de las murallas de mi ciudad natal, que está casi asediada, y pidiendo en nombre de mi ciudad que pueda salvarse del destino con que yo amenacé la tuya. Cuanto mayor sea la buena fortuna de un hombre, menos debe contar con ella. La victoria te asiste y nos ha abandonado; para t, el conceder la paz, será gloria y brillantez; para nosotros, que la pedimos, es más una dura necesidad que una rendición honrosa. Una paz asentada es algo mejor y más seguro que la esperanza de la victoria; aquella está en tus manos, esta en las de los dioses. No expongas la buena suerte de tantos años al azar de una sola hora. Consideras tus propias fuerzas, pero debes pensar también en la parte que juega la fortuna, e incluso Marte, en los vaivenes de la batalla. En ambos lados habrá espadas y hombres que las utlicen; en ninguna parte se cumplen menos las expectativas que en la guerra. La victoria no añadirá mucho a la gloria que ahora puedes obtener concediendo la paz, y la derrota te la puede quitar toda. La fortuna de una hora puede acabar con todos los honores que has ganado y todos los que puedes esperar. Concertar la paz depende enteramente de t, Publio Cornelio, de lo contrario tendrás que aceptar cualquier suerte que te envíen los dioses. Marco Atilio Régulo, en este mismo suelo habría podido brindar un ejemplo casi único del éxito y del valor, si hubiera en la hora de la victoria otorgado la paz a nuestros padres cuando se la pidieron. Pero como no pusiera límite alguno a su prosperidad, ni frenara su alborozo por su buena suerte, la altura a la que aspiraba solo hizo su caída más terrible".

"Es aquel que otorga la paz, no el que la pide, quien dicta los términos; pero quizás no resulte inapropiado que nos impongamos una multa. Admitimos que sea vuestro todo aquello por lo que fuimos a la guerra: Sicilia, Cerdeña, Hispania y todas las islas que están entre África e Italia. Nosotros, los cartagineses, confnados dentro de las costas de África, nos contentamos, pues tal es el deseo de los dioses, con veros gobernar vuestro imperio por tierra y mar fuera de vuestras fronteras. Tengo que admitr que la falta de sinceridad mostrada recientemente, al pedir la paz y al no observar la tregua, justfcan tus sospechas sobre la buena fe de Cartago. Pero, Escipión, la observancia fiel de la paz depende en gran medida del carácter de las personas que la buscan. He oído decir que vuestro Senado, a veces, se negó incluso a concederla porque los embajadores no eran del rango sufciente. Ahora es Aníbal quien la busca, y no la pediría si no creyera que era ventajosa para nosotros; y porque lo creo así, haré que se mantenga inviolada. Como yo iniciase la guerra y la dirigiera sin que nadie se lamentase, hasta que los dioses se mostraron celosos de mi éxito, así haré todo lo posible para evitar que nadie esté descontento de la paz procurada por mí".

[30,31] Ante tales argumentos, el comandante romano dio la siguiente respuesta: "No ignoraba, Aníbal, que era la esperanza de tu llegada lo que llevó a los cartagineses a romper la tregua y a turbar toda perspectiva de paz. De hecho, tú mismo lo admites, pues eliminas de los términos anteriormente propuesto todo aquello hace ya tiempo está en nuestro poder. Sin embargo, igual que tú deseas ansiosamente aliviar a tus compatriotas por tu mediación, yo debo cuidarme de que no tengan hoy las condiciones que primeramente acordaron, detraídas de las condiciones de paz en recompensa por su perfdia. ¡Indignos de merecer las antiguas condiciones, aún tratáis que vuestros engaños os aprovechen! Ni fueron nuestros padres los agresores en la guerra de Sicilia, ni fuimos nosotros los agresores en Hispania, sino primero los peligros que amenazaban a nuestros aliados mamertinos en un caso, y después la destrucción de Sagunto, en el otro, lo que motivó que tomásemos de manera justa y leal. Que, en cada caso, vosotros provocasteis la guerra, tú mismo lo admites y los dioses son testigos de ello; dieron a la guerra anterior un fin justo y equitativo, y están haciendo y harán lo mismo en esta. En cuanto a mí, no me olvido de cuán débiles criaturas son los hombres; no ignoro la infuencia que ejerce la fortuna y los innumerables accidentes a los que están sujetas todas nuestras acciones. Si tú, por propia voluntad, hubieras evacuado Italia y embarcado tu ejército antes de que yo hubiese navegado hacia África, y después hubieras venido con propuestas de paz, admito que habría yo actuado con espíritu prepotente y arbitrario si las hubiese rechazado. Pero ahora que te he arrastrado hasta África, renuente y entre dudas antes de la batalla, no estoy obligado a mostrarte la más mínima consideración. Así pues, si además de las condiciones en que la paz podría haber sido concluida anteriormente, se añade la condición de una indemnización por el ataque a nuestros transportes, la ruptura de la tregua y el maltrato a nuestros embajadores durante el armistcio, tendré algo que presentar ante el consejo [de guerra.-N. del T.]. Si consideráis esto inaceptable preparaos para la guerra, pues habéis sido incapaces de soportar la paz". De esta manera, no se llegó a un entendimiento y los generales se reunieron con sus ejércitos. Informaron que la entrevista había sido infructuosa, que la cuestón sería decidida por las armas y que el resultado quedaba en manos de los dioses.

[30,32] A su regreso a sus campamentos, ambos emiteron la orden del día a sus tropas: "Debían disponer sus armas y acopiar valor para la lucha fnal y decisiva; si la suerte estaba con ellos, resultarían victoriosos no durante un día, sino para siempre; antes de la próxima noche sabrían si sería Roma o Cartago la que daría leyes a las naciones, pues no solo África e Italia, sino el mundo entero sería el premio de la victoria. Pero tan grande como el premio sería el peligro en caso de derrota, ya que los romanos no tendrían donde escapar en aquella tierra extraña y desconocida y Cartago estaba haciendo su último esfuerzo, si este fallaba su destrucción sería inminente. Al día siguiente marcharon a la batalla los dos generales más brillantes y los dos ejércitos más fuertes que poseían las dos naciones más poderosas, para coronar aquel día los muchos honores que habían ganado o a perderlos para siempre. Los soldados pasaban de la esperanza al miedo, conforme mirasen a sus propias líneas o a las opuestas, comparando sus fuerzas más con la vista que con la razón, alegrándose y abaténdose cada vez. El ánimo que no se podían dar por sí mismos, se lo proporcionaban sus generales con sus exhortaciones. El cartaginés recordó a sus hombres sus dieciséis años de victorias en suelo italiano, todos los generales romanos que habían caído y todos los ejércitos que habían quedado destruidos; cuando llegaba ante cualquier soldado que se hubiera distinguido en cualquier combate, recordaba sus valientes hazañas. Escipión les recordó la conquista de Hispania y las recientes batallas en África, mostrándoles la confesión enemiga de su debilidad, cuyo miedo les obligaba a pedir la paz y cuya innata falta de fidelidad a los pactos les impedía respetarla. Describió a su conveniencia la conferencia mantenida con Aníbal que, al ser privada, le dejaba el campo libre a la invención. Les señaló un presagio, declarándoles que los dioses habían concedido a los cartagineses los mismos auspicios que cuando sus padres combateron en las islas Égates. El fnal de la guerra y de sus esfuerzos, les aseguró, había llegado; los despojos de Cartago estaban a su alcance, así como el regreso al hogar en la patria, con sus esposas, hijos y penates. Habló con la cabeza erguida y un rostro tan radiante que podríais suponer que ya había logrado la victoria. A continuación sacó a sus hombres, los asteros al frente, detrás de ellos los príncipes y los triarios cerrando la retaguardia.

[30,33] No formó las cohortes en densas líneas tras sus estandartes respectivos, sino que dejó un considerable intervalo entre los manípulos con el fin de que hubiera espacio para que los elefantes enemigos pudieran ser dirigidos entre ellos sin romper las filas. Lelio, que había sido uno de sus legados y que ahora desempeñaba la función de cuestor, sin sorteo, por un decreto del senado, estaba al mando de la caballería italiana en el ala izquierda, Masinisa y sus númidas fueron situados en la derecha. Los vélites, la infantería ligera de aquellos días, fueron dispuestos cubriendo los pasillos abiertos entre los manípulos, delante de los estandartes, con órdenes para retrarse cuando los elefantes cargasen y refugiarse entre las líneas de manípulos, o bien correr a derecha e izquierda de los estandartes y dejar así que los monstruos se enfrentasen a los dardos desde ambos flancos. Para dar a su línea un aspecto más amenazante, Aníbal situó sus elefantes al frente. Tenía ochenta en total, un número mayor del que nunca antes hubiera llevado a la batalla. Detrás de ellos estaban los auxiliares, ligures y galos mezclados con baleares y moros. La segunda línea estaba formada por los cartagineses y los africanos, junto con una legión de macedonios. A poca distancia detrás de ellos se situaron en reserva sus tropas italianas. Se trataba, principalmente, de brucios que lo habían seguido desde Italia más obligados por la necesidad que por su propia y libre voluntad. Al igual que Escipión, Aníbal cubrió sus flancos con su caballería: los cartagineses a la derecha, los númidas a la izquierda.

Diferentes palabras de aliento se precisaban en un ejército compuesto por tan diversos elementos, donde los soldados nada tenían en común, ni lenguaje, ni costumbres, ni leyes, ni armas, ni vestimenta, ni siquiera el motivo que los llevó a filas. A los auxiliares los atrajo con la paga que recibirían y, aún más, con el botín que lograrían. En el caso de los galos, hizo un llamamiento a su odio instintivo y particular contra los romanos. A los ligures, procedentes de las montañas salvajes, les decía que contemplasen las fértiles llanuras de Italia como recompensa por la victoria. A los moros y los númidas los amenazaba con la perspectiva de quedar bajo la desenfrenada tranía de Masinisa. Cada nacionalidad se dejaba infuir por sus esperanzas y temores. Los cartagineses estaban situados a plena vista de las murallas de su ciudad, de sus hogares, los sepulcros de sus padres, sus esposas e hijos, la alternativa de la esclavitud y la destrucción o el imperio del mundo. No había término medio, tenían todo por esperar y todo por temer. Mientras el general se dirigía así a los cartagineses, y los jefes de cada nacionalidad transmitan sus palabras a sus propias gentes y a las extranjeras mezcladas con ellas, principalmente mediante intérpretes, sonaron las trompetas y cuernos de los romanos, formando tal estrépito y griterío que los elefantes, se volvieron contra los suyos que estaban detrás, sobre todo en el ala izquierda compuesta por moros y númidas. Masinisa no tuvo difcultad alguna para convertir aquel desorden en fuga, despojando así a la izquierda cartaginesa de su caballería. Algunos de los animales, sin embargo, no mostraron miedo y fueron azuzados contra las filas de vélites, entre los que produjeron grandes destrozos pese a las muchas heridas que recibieron. Los vélites, para evitar morir pisoteados, saltaron tras los manípulos y dejaron así un pasillo a los elefantes, desde cuyos ambos lados llovieron dardos sobre las bestas. Los manípulos frontales no dejaron tampoco de descargar proyectiles hasta que aquellos animales fueron también expulsados de las líneas romanas contra sus propias líneas, poniendo en fuga a la caballería cartaginesa que cubría el ala derecha. Cuando Lelio vio la confusión de la caballería enemiga, se apresuró a aprovecharse de ella.

[30.34] Cuando las líneas de infantería se cerraron, los cartagineses quedaron expuestos en ambos flancos, debido a la huida de la caballería, y desequilibrados en esperanzas y fuerzas. Otras circunstancias, también, aparentemente triviales por sí mismas pero de considerable importancia en combate, dieron ventaja a los romanos. Sus gritos formaron un solo, mayor y más intimidante; los del enemigo, proferidos en varios idiomas, eran simplemente disonantes. Los romanos mantuvieron sus posiciones, pues combatan y presionaban al enemigo con el mero peso de sus armas y cuerpos; por el otro lado, había más agilidad y movilidad que reciedumbre en la lucha. Como consecuencia de ello, los romanos hicieron que el enemigo cediera terreno en su primera carga, empujándoles después con sus escudos y hombros, avanzando sobre el terreno que habían desalojado y adelantándose considerablemente sin encontrar resistencia. Cuando los que estaban en la parte de atrás se dieron cuenta del movimiento de avance, empujaron a su vez quienes tenían delante, aumentando considerablemente la fuerza de la presión. Los africanos y cartagineses que formaban la segunda línea no ayudaron a los auxiliares enemigos que se retraban. De hecho, tan lejos se mostraron de apoyarles que también ellos retrocedieron, temiendo que el enemigo, después de matar a quienes resistan obstinadamente en primera línea, llegara hasta ellos. Ante esto, los auxiliares se retraron de repente y dieron media vuelta; algunos se refugiaron dentro de la segunda línea, otros, a los que no se les permitó, empezaron a matar a los que se negaban a dejarlos pasar tras haberse negado a apoyarles.

Había ahora en marcha dos batallas: la que los cartagineses debían librar contra el enemigo y, al mismo tiempo, la que libraban contra sus propias tropas. Aun así, no admiteron a estos fugitivos enloquecidos dentro de sus líneas; cerraron la formación y los empujaron hacia las alas, más allá del terreno donde se combata, temiendo que sus líneas descansadas y sin debilitar se pudieran desmoralizar al introducirse entre ellas hombres atacados por el terror y heridos.

El terreno donde habían estado situados los auxiliares había quedado bloqueado con tantos cuerpos y armas amontonadas que era casi más difcil cruzarlo de lo que había sido abrirse paso entre enemigos en formación. Los asteros que componían la primera línea siguieron al enemigo, avanzando cada hombre lo mejor que podía sobre los montones de cuerpos y armas, y sobre el suelo manchado de sangre resbaladiza, hasta que los estandartes y manípulos quedaron en total confusión. Incluso las insignias de los príncipes empezaron a desplazarse de acá para allá, al ver la irregular línea del frente. En cuanto Escipión observó esto, ordenó que tocasen a retirada para los asteros y, tras llevar los heridos a retaguardia, situó a los príncipes y triarios en las alas, para que los asteros del centro se vieran apoyados y protegidos por ambos flancos. Así comenzó nuevamente la batalla por completo, pues los romanos lograron por fin llegar hasta sus auténticos enemigos, que estaban a su altura en armamento, experiencia y reputación militar, y que tenían tanto que ganar y que temer como ellos mismos. Los romanos, sin embargo, tenía superioridad en número y en confanza, pues su caballería había derrotado ya a los elefantes y ellos estaban luchando contra la segunda línea del enemigo después de derrotar a la primera.

[30,35] Lelio y Masinisa, que habían seguido a la derrotada caballería hasta una distancia considerable, regresaron ahora de la persecución en el momento justo y atacaron al enemigo por la retaguardia. Esto decidió fnalmente la acción. El enemigo fue derrotado, muchos resultaron rodeados y muertos en combate, los que se dispersaron huyendo por campo abierto fueron muertos por la caballería, que ocupaba todas las zonas. Más de veinte mil de los cartagineses y sus aliados murieron en ese día, y casi tantos fueron hechos prisioneros. Se capturaron ciento treinta y dos estandartes y once elefantes. Los vencedores perdieron mil quinientos hombres. Aníbal escapó en la confusión con unos cuantos jinetes y huyó a Susa. Antes de abandonar el campo había hecho todo lo posible, tanto en la batalla misma como en su preparación. El mismo Escipión confesó, y todos expertos militares estaban de acuerdo, que Aníbal había demostrado una singular destreza en la disposición de sus tropas. Situó a sus elefantes por delante, para que su carga irregular y su fuerza irresistible hicieran imposible a los romanos mantener sus filas y el orden de su formación, en los que residía su fortaleza y confanza. Luego dispuso a los mercenarios delante de sus cartagineses, con el fin de que a esta fuerza variopinta, procedente de todas las naciones y mantenida junta por su sueldo, que no por un espíritu de lealtad, no le resultara fácil escapar. Al tener que sostener el primer contacto, desgastarían el ímpetu del enemigo y, aunque no hicieran otra cosa, embotarían las espadas enemigas con sus heridas. Luego vinieron las tropas cartaginesas y africanas, el pilar de sus esperanzas. Iguales en todos los aspectos a sus adversarios, teniendo incluso ventaja en la medida en que llegarían frescos a la acción contra un enemigo debilitado por las heridas y el cansancio. En cuanto a las tropas italianas, tenía sus dudas sobre si se comportarían como amigas o enemigas y, por tanto las retró a la línea más retrasada. Después de dar esta prueba fnal de su valor, Aníbal huyó, como se ha dicho, hacia Susa. De aquí fue convocado a Cartago, ciudad a la que regresó treinta y seis años después de haberla dejado cuando era niño. Admitó francamente en el Senado que no solo había perdido una batalla, sino toda la guerra, y que su única posibilidad de salvación radicaba en la obtención de la paz.

[30.36] Desde el campo de batalla, Escipión procedió de inmediato a tomar por asalto el campamento de los enemigos, donde se obtuvo una inmensa cantidad de botín. Luego regresó a sus barcos, después de haber recibido noticias de que Publio Léntulo había llegado desde Útica con cincuenta barcos de guerra y cien transportes cargados con suministros de todo tpo. Lelio fue enviado para llevar la noticia de la victoria de Escipión, quien, pensando que el pánico en Cartago debía ser aumentado amenazando la ciudad por todos los lados, ordenó a Octavio que hiciera marchar las legiones hacía allí por terra, mientras él en persona navegaba desde Útica con su vieja flota, reforzada por la escuadra que Léntulo había traído, poniendo proa al puerto de Cartago. Cuando ya se aproximaba a él, se encontró con un buque decorado con bandas de lana blanca y ramas de olivo. En ella iban los diez hombres más importantes de la ciudad, que, por consejo de Aníbal, habían sido enviados como embajada para pedir la paz. Tan pronto se hallaron cerca de la popa del buque del general, alzaron los emblemas suplicantes y clamaron implorando la piedad y protección de Escipión. La única respuesta que se les dio era que debía ir a Túnez, pues Escipión estaba a punto de trasladar a su ejército a ese lugar. Manteniendo su rumbo, entró en el puerto de Cartago con el fin de estudiar la situación de la ciudad [el original latino emplea “provectus in portum”, como texto intercalado; esto no quiere decir que llegase a atracar, sino que navegó por el interior del puerto.-N. Del T.], no tanto con el propósito de obtener información como de desalentar al enemigo. Luego navegó de regreso a Útica, llamando también a Octavio de vuelta allí. De camino este último hacia Túnez, se le informó que Vermina, el hijo de Sífax, iba a venir en ayuda de los cartagineses con una fuerza compuesta principalmente de caballería. Octavio atacó a los númidas sobre la marcha con parte de su infantería y toda su caballería. La acción tuvo lugar el primer día de las saturnales [el 17 de diciembre.-N. del T.] y terminó rápidamente con la derrota completa de los númidas. Estando totalmente rodeados por la caballería romana, todas las vías de escape les quedaron cerradas; murieron quince mil y fueron hechos prisioneros mil doscientos, se capturaron también mil quinientos caballos y setenta y dos estandartes. El propio régulo escapó con unos pocos jinetes. Los romanos volvieron a ocupar su antiguo campamento en Túnez, donde una embajada compuesta por treinta legados de Cartago se entrevistaron con Escipión. A pesar de que adoptaron un tono mucho más humilde que en la ocasión anterior, como exigía su situación desesperada, fueron escuchados con mucha menos simpata por culpa de su reciente perfdia. Al principio, el consejo de guerra, movido por una justa indignación, estuvo a favor de la completa destrucción de Cartago. No obstante, cuando refexionaron sobre la magnitud de la tarea y la cantidad de tiempo que llevaría el asedio de una ciudad tan fuerte y bien amurallada, sinteron muchas dudas. El mismo Escipión temía que pudiera llegar su sucesor y reclamar la gloria de dar término a la guerra, después que le hubiera sido preparado el camino mediante los esfuerzos y peligros de otro hombre. Así que se produjo un veredicto unánime en favor de que se hiciera la paz.

[30.37] Al día siguiente, se convocó nuevamente a los embajadores ante el consejo y se les reprendió severamente por su falta de fidelidad y honestdad, exhortándoles a que aprendieran de corazón la lección de sus numerosas derrotas y creyeran en el poder de los dioses y la justicia de los juramentos. Después, se les declararon las condiciones de paz: vivirían en libertad bajo sus propias leyes; seguirían poseyendo todas las ciudades y todos los territorios que habían poseído antes de la guerra, y los romanos cesarían desde aquel mismo día en sus saqueos. Debían devolver a los romanos todos los desertores, refugiados y prisioneros, entregarían todos sus barcos de guerra, conservando solo diez trirremes; entregarían todos sus elefantes adiestrados, comprometéndose al mismo tiempo a no entrenar más. No habrían de hacer la guerra, ni dentro ni fuera de las fronteras de África, sin el permiso del pueblo romano. Deberían devolver todas sus posesiones a Masinisa y hacer un tratado con él. En espera del regreso de los enviados de Roma, debían abastecer de grano y pagar a los auxiliares del ejército romano. También debían pagar una indemnización de guerra de diez mil talentos de plata [270.000 kg.-N. del T.], efectuándose el pago en cuotas anuales iguales durante cincuenta años. Debían entregar un centenar de rehenes, que serían elegidos por Escipión, con edades de entre catorce y treinta años. Finalmente, él se comprometa a concederles un armistcio si se devolvían los transportes capturados durante la tregua anterior, con todo lo que contenían. De lo contrario no habría tregua ni esperanzas de paz.

Cuando los enviados regresaron con aquellos términos y los expusieron ante la Asamblea, Giscón se adelantó y protestó contra las propuestas de paz. El pueblo, inquieto y cobarde, le escuchaba favorablemente cuando Aníbal, indignado por que se expusieran aquellos argumentos en una crisis tal, lo agarró y lo arrastró por la fuerza fuera de la tribuna elevada. Este era un espectáculo inusual en una ciudad libre y el pueblo expresó visiblemente su desaprobación. El soldado, sorprendido por la libre expresión de su opinión por parte de sus conciudadanos, les dijo: "Os dejé cuando tenía nueve años y he regresado ahora, después de una ausencia de treinta y seis años. Del arte de la guerra, que me enseñaron desde mi infancia tanto mis actividades públicas como privadas, creo estar bastante bien informado. De vosotros debo aprender las reglas, las leyes y las costumbres de la vida cívica y del foro". Tras excusar así su inexperiencia, se refrió a los términos de paz y les demostró que no eran irrazonables y que su aceptación era una necesidad. La mayor difcultad de todas se refería a los transportes capturados durante la tregua, pues no se encontró nada, aparte de los mismos barcos, y cualquier indagación sería difcultosa pues los que resultarían acusados serían los enemigos de la paz. Se decidió que los barcos serían devueltos y que, en cualquier caso, se buscaría a sus tripulaciones. Se dejaría a Escipión valorar todo el resto desaparecido y los cartagineses pagarían el monto en efectivo. Según algunos autores, Aníbal marchó a la costa directamente desde el campo de batalla y, abordando un buque que ya estaba listo, zarpó de inmediato hacia la corte del rey Antioco; cuando Escipión insistó, sobre todo, en su entrega, se le dijo que Aníbal no estaba en África.

[30.38] Tras el regreso de los embajadores ante Escipión, los cuestores recibieron órdenes para realizar un inventario de los bienes públicos propiedad del Estado existentes en los transportes, debiendo notfcarse a sus propietarios todos los bienes privados. Se hizo una recaudación de veintcinco mil libras de plata, equivalentes al valor pecuniario [8.175 kg.-N. del T.], y se concedió a los cartagineses un armistcio de tres meses. Se añadió una condición adicional: que mientras estuviera en vigor el armistcio no habían de enviar emisarios a ningún lugar, excepto a Roma, y que si llevaba cualquier emisario a Cartago no debían dejarle partir hasta que se hubiera informado al comandante romano del objeto de su visita. Los embajadores cartagineses fueron acompañados a Roma por Lucio Veturio Filón, Marco Marcio Rala y Lucio Escipión, el hermano del general. Durante este tiempo, los suministros que llegaron de Sicilia y Cerdeña abarataron tanto el precio de los suministros que los comerciantes dejaron el grano a los marineros a cambio del fete de la carga. Las primeras noticias sobre la reanudación de las hostlidades por parte de Cartago produjeron un considerable malestar en Roma. Se ordenó a Tiberio Claudio que llevara una flota, sin pérdida de tiempo, a Sicilia y desde allí a África; al otro cónsul se le ordenó permanecer en la Ciudad hasta que se conociera defnitivamente el estado de cosas en África. Tiberio Claudio fue muy lento al disponer su flota y hacerse a la mar, pues el Senado había decidido que fuera Escipión y no él, aunque era el cónsul, quien quedase facultado para fjar los términos de la paz que se debían otorgar. La inquietud general ante las noticias de África se incrementó a causa de los rumores sobre diversos portentos. En Cumas, el disco solar disminuyó su tamaño y se produjo una lluvia de piedras; en territorio de Velletri [la antigua Veliterno.-N. del T.] cedió el suelo y se formó una inmensa caverna por donde se precipitaron los árboles; en Ariccia, el foro y las tiendas de alrededor fueron alcanzadas por el rayo, así como partes de la muralla de Frosinone y una de las puertas; se produjo también una lluvia de piedras en el Palatino. Este último portento fue expiado, según la costumbre tradicional, mediante oraciones continuas y sacrifcios durante nueve días; el resto lo fue mediante el sacrifcio de víctimas mayores. En medio de todos estos prodigios, se produjo una crecida tan fuerte que fue interpretada en clave religiosa. El Tíber se elevó tan alto que se inundó el Circo, haciéndose arreglos para celebrar los Juegos de Apolo fuera de la puerta Colina, en el templo de Venus Erucina. Llegado el día de los juegos, el cielo se despejó repentinamente y la procesión que había partido hacia la puerta Colina fue hecha volver y llevada hacia el Circo, pues se anunció que el agua había bajado. El regreso del espectáculo solemne a su lugar apropiado alegró al pueblo y aumentó el número de espectadores.


[30,39] Finalmente, el cónsul partió de la Ciudad. Quedó, sin embargo, atrapado por una violenta tormenta entre los puertos de Cosa y Loreto, expuesto al mayor de los peligros, pero logró llegar al puerto de Piombino [la antigua Populonia.-N. del T.], donde quedó anclado hasta que pasó la tempestad. Desde allí navegó a Elba, luego a Córcega y de allí a Cerdeña. Aquí, mientras rodeaba los Montes Gennargentu [llamados antiguamente Insanos.-N. del T.], le sorprendió una tormenta aún más violenta y en lugar más peligroso. Su flota se dispersó, muchos de sus barcos quedaron desarbolados y perdieron sus aparejos, algunos fueron destruidos totalmente. Con su flota agitada así por la tempestad y destrozada, se refugió en Cagliari [la antigua Caralis, en Cerdeña.-N. del T.]. Mientras reparaba aquí sus naves le alcanzó el invierno. Su año de mandato expiró y, como no recibiera ninguna prórroga del mando, llevó su flota de regreso a Roma convertido en un particular. Antes de partir hacia su provincia, Marco Servilio nombró dictador a Cayo Servilio con el fin de evitar que le llamaran para celebrar las elecciones. El dictador nombró a Publio Elio Peto jefe de la caballería. A pesar de que se fjaron distintas fechas para las elecciones, el mal tiempo impidió que se celebraran. En consecuencia, cuando los magistrados abandonaron el cargo la víspera de los idus de marzo [el 14 de marzo.-N. del T.] no se habían designado otros nuevos y la república estaba sin ningún tipo de magistrados curules. El pontífice Tito Manlio Torcuato murió este año y su lugar fue ocupado por Cayo Sulpicio Galba. Los Juegos Romanos fueron celebrados tres veces por los ediles curules Lucio Licinio Lúculo y Quinto Fulvio.


Algunos de los escribas y mensajeros de los ediles fueron encontrados culpables, por el testimonio de testigos, de sustraer dinero del erario público, no sin infamia para el edil Lúculo. Se encontró que los ediles plebeyos, Publio Elio Tuberón y Lucio Letorio, habían sido nombrados irregularmente y renunciaron al cargo. Antes de que esto sucediera, sin embargo, habían celebrado los Juegos plebeyos y el festival de Júpiter , habiendo colocado también en el Capitolio tres estatuas hechas de la plana pagada en multas. El dictador y el jefe de la caballería fueron autorizados por el Senado para celebrar los Juegos en honor de Ceres.

[30.40] A la llegada de los enviados romanos de África, junto con los cartagineses, el Senado se reunió en el templo de Belona. Lucio Veturio Filón informó de que Cartago había hecho su último esfuerzo, que se había librado una batalla contra Aníbal y que, por fn, se había dado término a esta guerra desastrosa. Tal anuncio fue recibido por los senadores con gran alegría y Veturio informó de otra victoria, aunque comparativamente menos importante, a saber, la derrota de Vermina, el hijo de Sífax. Se le pidió que fuera hasta la Asamblea y que hiciera partcipe al pueblo de las buenas notcias. Entre la alegría general, se abrieron todos los templos de la Ciudad y se ordenaron acciones de gracia durante tres días. Los enviados de Cartago y los de Filipo, que también había llegado, solicitaron audiencia del Senado. El dictador, a instancias del Senado, les informó de que se la concederían los nuevos cónsules. A continuación, se celebraron las elecciones y Cneo Cornelio Léntulo y Publio Elio Peto fueron nombrados cónsules. Los pretores electos fueron Marco Junio Peno, a quien correspondió la pretura urbana; Marco Valerio Faltón, a quien correspondió el Brucio; Marco Fabio Buteo, que recibió Cerdeña, y Publio Elio Tuberón, sobre quien recayó Sicilia. En cuanto a las provincias de los cónsules, se acordó que no debía hacerse nada hasta que los enviados de Filipo y los de Cartago hubieran obtenido audiencia. Tan pronto como se daba fin a una guerra, surgía la perspectiva del comienzo de otra. El cónsul Cneo Léntulo deseaba intensamente obtener África como su provincia; si la guerra continuaba él esperaba lograr una fácil victoria y si llegaba a su fin ansiaba obtener la gloria de fnalizar un conficto tan grande. Se negó a tratar ningún asunto hasta que no se le hubiera decretado África como su provincia. Su colega, hombre moderado y sensato, cedió cuando vio que aquel intento de arrebatarle la gloria a Escipión no solo resultaba lamentable sino también desigual. Dos de los tribunos de la plebe, Quinto Minucio Termo y Manlio Acilio Glabrión, declararon que Cneo Cornelio intentaba aquello en lo que había fracasado Tiberio Claudio, y que después que el Senado hubiera autorizado que el asunto del mando supremo en África fuera remitido a la Asamblea, las treinta y cinco tribus habían votado unánimemente por Escipión. Después de numerosos debates, tanto en el Senado como en la asamblea, se resolvió fnalmente dejar el asunto al Senado. Se dispuso que los senadores habrían de votar bajo juramento, siendo su decisión que los cónsules debían llegar a un entendimiento mutuo o, en su defecto, deberían recurrir a sortear cuál de ellos tendría Italia y cuál tomaría el mando de la flota de cincuenta naves. Al que se asignara la flota debía navegar a Sicilia y, si no resultase posible hacer la paz con Cartago, se dirigiría a África. El cónsul actuaría por mar; Escipión, conservando sus plenos poderes, llevaría a cabo la campaña por terra. Si se acordaban los términos de la paz, los tribunos de la plebe preguntarían al pueblo si era su voluntad que la paz fuese otorgada por el cónsul o por Escipión. Igualmente, debían consultarles para que decidieran, en caso de que se trajera el ejército victorioso desde África, quién debía traerlo. Si el pueblo decidía que la paz debía ser concluida por Escipión y que también él debía traer el ejército de vuelta, el cónsul no navegaría hacia África. El otro cónsul, al que había correspondido Italia como provincia, tomaría el mando de las dos legiones del pretor Marco Sexto.

[30,41] Escipión recibió una prórroga de su mando y mantuvo los ejércitos que tenía en África. Las dos legiones del Brucio que habían estado al mando de Cayo Livio fueron trasladadas al del pretor Marco Valerio Faltón, y las dos legiones de Sicilia, bajo el mando de Cneo Tremilio, debían ser asumidas por el pretor Publio Elio. La legión de Cerdeña, mandada por el propretor Publio Léntulo, fue asignada a Marco Fabio. Marco Servilio, el cónsul del año anterior, seguiría al mando de sus dos legiones en Etruria. En lo que respecta a Hispania, Lucio Cornelio Léntulo y Lucio Manlio Acidino habían permanecido allí durante varios años, así que los cónsules acordarían con los tribunos preguntar a la asamblea para que decidiera quién debía tener el mando en Hispania. El general nombrado debía formar una legión de romanos, además de los dos ejércitos, y quince cohortes de los aliados latinos, con los que mantener la provincia; Lucio Cornelio y Lucio Manlio deberían traer de vuelta a Italia a los soldados más veteranos. Cualquiera que fuese el cónsul que recibiera África como provincia, debía elegir cincuenta barcos de entre las dos flotas, a saber, la que mandaba Cneo Octavio en aguas africanas y la que, con Publio Vilio, vigilaba la costa siciliana. Publio Escipión mantendría los cuarenta barcos de guerra que tenía. En caso de que el cónsul deseara que Cneo Octavio siguiera al mando de su flota, lo haría con rango de propretor; si le daba el mando a Lelio, entonces Octavio partría hacia Roma y traería de vuelta los barcos que el cónsul no quisiera. También se asignarían diez barcos de guerra a Marco Fabio, para Cerdeña. Además de las fuerzas arriba mencionadas, se ordenó a los cónsules que alistaran dos legiones urbanas para que aquel año hubiera a disposición de la república catorce legiones y cien barcos de guerra.

[30.42] Luego se discutó el orden de recepción de las embajadas de Filipo y de los cartagineses. [-201 a.C.-; recuérdese que se había decretado la audiencia a los embajadores una vez los cónsules hubieran tomado posesión del cargo.-N. del T.] Se decidió que se recibiría en primer lugar a los macedonios. Su discurso trató sobre varios puntos. Empezaron negando toda responsabilidad por los saqueos en los países aliados de los que se habían quejado al rey los legados romanos. A continuación, fueron ellos mismos los que presentaron quejas contra los aliados romanos y otras aún mas graves contra Marco Aurelio, uno de los tres embajadores, de quien dijeron que se había quedado allí y, tras alistar un cuerpo de tropas, empezó las hostlidades en su contra, violando los términos del tratado y combatendo en varios enfrentamientos contra sus generales. Finalizaron con una petción: que los macedonios y su general Sópatro, que habían servido como mercenarios bajo el mando de Aníbal y permanecían por entonces prisioneros, les fueran devueltos. En respuesta, Marco Furio, que había sido enviado desde Macedonia por Aurelio para que lo representase, señaló que Aurelio sin duda se había quedado atrás, pero que fue con el fin de impedir que los aliados de Roma desertaran con el rey a consecuencia de los daños y saqueos que estaban sufriendo. Señaló también que no había pasado de sus fronteras; pero que se había encargado de que ninguna horda de saqueadores las cruzasen impunemente. Sópatro, que era uno de los nobles purpurados que estaban cerca del trono y próximo al monarca, había sido enviado recientemente a África para ayudar a Aníbal y a Cartago con dinero, así como con una fuerza de cuatro mil macedonios.

Al ser interrogados sobre estas cuestones, los macedonios dieron respuestas evasivas y poco satsfactorias; por lo tanto, la respuesta que recibieron del Senado no fue nada favorable. Se les dijo que su rey estaba buscando la guerra y que, si seguía como hasta entonces, muy pronto la encontraría. Era responsable de violar el tratado en dos aspectos: de una parte, por haber cometido una fagrante agresión contra los aliados de Roma mediante el empleo hostl de las armas; además, había ayudado a los enemigos de Roma con hombres y dinero. Escipión estaba actuando correcta y legítimamente al tratar como enemigos a los capturados en armas contra Roma y mantenerlos encadenados. Marco Aurelio también estaba actuando en interés de la república, y el Senado se lo agradecía, al conceder protección armada a los aliados de Roma cuando las disposiciones de los tratados carecían de poder para defenderlos. Con esta severa respuesta fueron despedidos los embajadores de Macedonia. A continuación fueron llamados los cartagineses. En cuanto vieron su edad, apariencia y rango, pues se trataba de los hombres más notables del Estado, los senadores comprendieron que ahora ya se trataba efectivamente la paz. Destacaba entre todos ellos Asdrúbal, a quien sus compatriotas le había otorgado el sobrenombre de "Haedus" [cabrito, la cría de la cabra.-N. del T.]. Siempre había sido un defensor de la paz y un opositor del partido Bárcida. Esto dio a sus palabras un peso adicional, cuando se deslindó de toda responsabilidad por la guerra en nombre de su gobierno y la achacó a unos cuantos individuos ambiciosos,

Su discurso resultó variado y elocuente. Rechazó algunos de los cargos, admitó otros para que la negación de hechos fehacientemente demostrados no llevara a difcultar el perdón. Exhortó a los senadores a emplear su buena fortuna con espíritu de moderación y continencia. "Si los cartagineses -continuó-hubieran escuchado a Hanón y a mí mismo, y hubiesen estado dispuestos a aprovechar su oportunidad, podrían haber dictado los términos de paz que ahora os pedimos. Rara vez se conceden a los hombres, a un tiempo, la buena fortuna y el buen sentido. Lo que hace a Roma invencible es el hecho de que su pueblo no pierde el buen juicio en los momentos favorables. Y sería sorprendente que fuera de otra forma, pues aquellos para quienes la buena fortuna es cosa novedosa se volverían locos de placer al no estar acostumbrados; pero para vosotros, romanos, la alegría de la victoria es una costumbre, casi podría decir que una experiencia corriente. Habéis extendido vuestro dominio más por la clemencia en favor de los vencidos que por la propia victoria". Los otros se expresaron con expresiones más patéticas, calculadas para provocar compasión. Recordaron a su audiencia la posición de poder e infuencia desde la que había caído Cartago. Aquellos, dijeron, que hasta hacía poco habían tenido el mundo entero sometido a sus armas, ahora nada tenían, excepto las murallas de su ciudad. Confnados dentro de estas, no veían nada, por tierra o por mar, que fuera de su propiedad. Incluso su ciudad, sus dioses penates y sus hogares, solo los pondrían conservar si el pueblo romano estaba dispuesto a salvarlos; de lo contrario, lo perderían todo. Como se hizo evidente que los senadores se llenaron de compasión, uno de ellos, exasperado por la perfdia de los cartagineses, se dice que gritó: "¡¿Por qué dioses juraréis observar el tratado, pues habéis faltado a aquellos por los que antes jurasteis?!". "Por los mismos que antes -replicó Asdrúbal-pues tan hostiles son a quienes violan los tratados".

[30,43] Aunque todos estaban a favor de la paz, el cónsul Cneo Léntulo, que estaba al mando de la flota, impidió que la Cámara aprobase cualquier resolución. Acto seguido, dos de los tribunos de la plebe, Manio Acilio y Quinto Minucio, presentaron inmediatamente ante el pueblo las siguientes cuestones: ¿Era su voluntad y le placía que el Senado aprobase un decreto para concluir un tratado de paz con Cartago? ¿Quién debía otorgar la paz? y ¿Quién debía traer el ejército de África? Sobre la cuestón de la paz, todas las tribus votaron afrmativamente; dieron también orden de que fuera Escipión quien otorgase la paz y trajese de vuelta a casa al ejército. En cumplimiento de esta decisión, el Senado decretó que Publio Escipión debería, de acuerdo con los diez comisionados, concluir la paz con el pueblo de Cartago en lo términos que considerase apropiados. Sobre esto, los cartagineses expresaron su agradecimiento a los senadores y les rogaron que les fuera permitido entrar en la Ciudad y entrevistarse con sus compatriotas detenidos bajo custodia del Estado. Estos eran miembros de la nobleza, amigos o parientes, habiendo otros para los que tenían mensajes de sus amigos en casa. Cuando esto hubo sido dispuesto, hicieron una petción adicional para que se les permitera rescatar a los que quisieran de entre los prisioneros. Se les indicó que proporcionasen los nombres y presentaron alrededor de doscientos. El Senado aprobó entonces una resolución para que se designase una comisión que llevase hasta África, con Escipión, a los doscientos prisioneros que habían elegido los cartagineses y que le informasen de que, si se concluía la paz, debería devolverlos a los cartagineses sin rescate. Cuando los feciales recibieron órdenes de partir hacia África con el propósito de sellar el tratado, requirieron del Senado que defniera el procedimiento. El Senado, por consiguiente, se decidió por esta fórmula: "Los feciales llevarán consigo sus propias piedras y sus propias hierbas; cuando un pretor romano les ordenase sellar el tratado, le exigirían a él las hierbas sagradas". Las hierbas entregadas a los feciales era de un tipo que se recogía normalmente de la Ciudadela. Los embajadores cartagineses fueron fnalmente despedidos y regresaron con Escipión. Concluyeron la paz con él en los términos antes mencionados, entregando sus barcos de guerra, sus elefantes, los desertores y refugiados y cuatro mil prisioneros, incluyendo a Quinto Terencio Culeón, un senador. Escipión ordenó que los barcos se llevasen a alta mar y se incendiasen. Algunos autores afrman que fueron quinientas las embarcaciones, comprendiendo todas las clases impulsadas por remos. La vista de todos aquellos barcos, estallando repentinamente en llamas, causó tanto pesar al pueblo como si fuera la misma Cartago la que estuviese ardiendo. Los desertores fueron tratados con mucha más severidad que a los fugitivos; los que pertenecían a los contingentes latinos fueron decapitados, los romanos fueron crucifcados.

[30,44] La última paz que se frmó con Cartago fue durante el consulado de Quinto Lutacio y Aulo Manlio, cuarenta años antes [en el 241 a.C.-N. del T.]. veintitrés años más tarde comenzó la guerra, en el consulado de Publio Cornelio y Tiberio Sempronio. Terminó en el consulado de Cneo Cornelio y Publio Elio Peto, diecisiete años más tarde. La tradición habla de una observación que se dice pronunciaba frecuentemente Escipión, en el sentido de que la guerra no terminó con la destrucción de Cartago gracias, en primera instancia, a la celosa ambición de Tiberio Claudio, y después a la de Cneo Cornelio. Cartago se vio en difcultades para cumplir con la primera entrega de la indemnización de guerra, pues su tesoro estaba exhausto. Hubo llantos y lamentos en el senado, y se dice que en medio de todo aquello se vio a Aníbal reír. Asdrúbal Haedus le reprendió por su alegría en medio de las lágrimas de la nación, que a él se debían. Aníbal le replicó: "Si pudieras discernir mis más íntimos pensamientos tan claramente como lo haces con mi contención, descubrirías con facilidad que estas risas que tan inapropiadas encuentras no proceden de un corazón alegre, sino de uno casi enloquecido por el sufrimiento interior. De todos modos, están muy lejos de ser tan inoportunas y fuera de lugar como vuestras absurdas lágrimas. El tiempo apropiado para llorar fue cuando nos vimos privados de nuestras armas, cuando nuestras naves fueron incendiadas y cuando se nos prohibió cualquier guerra más allá de nuestras fronteras. Esa es la herida que les resultaría fatal. No hay la menor razón para suponer que los romanos lo decidieron para que os quedaseis ociosos. Ningún Estado puede permanecer en calma; si no tiene ningún enemigo en el exterior, encontrará uno en casa, como les pasa a los hombres excesivamente fuertes que, pareciendo seguros contra los peligros externos, caen víctimas de su propia fortaleza. Por supuesto que sólo sentimos las calamidades públicas en cuanto nos afectan personalmente, y nada de ellas nos produce una punzada más aguda que la pérdida de dinero. Cuando los despojos de la victoria eran arrastrados lejos de Cartago, cuando la veíais desnuda e indefensa en medio de una África en armas, nadie lanzó un gemido; ahora, porque habéis contribuido a la indemnización con vuestras fortunas particulares lloráis como si contemplaseis un funeral público. ¡Mucho me temo que muy pronto os encontraréis con que estas desgracias por las que hoy lloráis son pequeñas!". Tal era la forma en que Aníbal hablaba a los cartagineses. Escipión reunió a sus tropas en asamblea y, en presencia de todo el ejército, recompensó a Masinisa añadiendo a su reino ancestral la ciudad de Cirta y las otras ciudades y territorios que habían estado bajo el dominio de Sífax y habían pasado bajo el imperio de Roma. Cneo Octavio recibió órdenes de llevar la flota a Sicilia y entregarla al cónsul Cneo Cornelio. Escipión dijo a los enviados cartagineses para marchasen a Roma con el fin de que las disposiciones que él había tomado, de acuerdo con los diez comisionados, pudieran recibir la sanción del Senado y ser formalmente ordenadas por el pueblo.

[30.45] Establecida la paz por tierra y mar, Escipión embarcó su ejército y navegó hasta Marsala. Desde allí envió la mayor parte de su ejército en los barcos, mientras que él viajaba atravesando Italia. El país se regocijaba tanto por la restauración de la paz como por la victoria que había obtenido, y él se dirigió a Roma a través de multitudes que se derramaban desde las ciudades para honrarlo, con masas de campesinos que bloqueaban las carreteras de los territorios rurales. La procesión triunfal con la que entró en la Ciudad fue la más brillante que jamás se hubiera visto. El peso de la plata que llevó al tesoro ascendió a ciento veintitrés mil libras [40.221 kg.-N. del T.] Además del botín, distribuyó cuatrocientos ases a cada soldado. Sífax había muerto poco antes en Tívoli, a donde había sido trasladado desde Alba; su desaparición, si bien restó interés al espectáculo, en modo alguno atenuó la gloria del general triunfante. Su muerte constituyó, sin embargo, otro espectáculo, pues recibió un funeral público. Polibio, autor de peso considerable, dice que este rey fue llevado en la procesión. Quinto Terencio Culeón marchó detrás de Escipión, llevando el gorro de liberto; después, y a lo largo de toda su vida como era de justicia, lo veneró como el autor de su libertad. En cuanto al sobrenombre de "Africano", no puedo afrmar a ciencia cierta ni que le fuese conferido por la devoción de sus soldados o por aclamación popular, ni que fuese como en los recientes casos de Sila el Afortunado y Pompeyo el Grande, en tiempos de nuestros padres, originado por la adulación de sus amigos. En cualquier caso, él fue el primer general ennoblecido con el nombre del pueblo que había conquistado [a estos sobrenombres se les conoce como "cognomen ex virtutem", sobrenombres por méritos.-N. del T.]. Desde sus tiempos, hombres que han ganado victorias mucho más pequeñas han dejado, imitándole, espléndidas inscripciones en sus bustos y nombres ilustres a sus familias.

Fin del Libro 30.

Libro 31: Roma y Macedonia.

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[31,1] También yo siento alivio por haber llegado al final de la Segunda Guerra Púnica, como si hubiera participado personalmente en sus trabajos y peligros. No corresponde a quien ha tenido la osadía de prometer una historia completa de Roma quejarse de cansancio en cada una de las partes de tan extensa obra. Pero cuando considero que los sesenta y tres años, que van desde el inicio de la Primera Guerra Púnica hasta el final de la Segunda, han consumido tantos libros como los cuatrocientos ochenta y siete años desde la fundación de la Ciudad hasta el consulado de Apio Claudio, bajo el cual dio comienzo la Primera Guerra Púnica, veo que soy como las personas que se sienten tentadas a adentrarse en el mar por las aguas poco profundas a lo largo de la playa; cuanto más progreso, mayor es la profundidad; como si me dejara llevar hacia un abismo. Me imaginé que, conforme hubiera completado una parte tras otra, la tarea disminuiría; y a lo que parece, casi se hace aún mayor. La paz con Cartago fue muy pronto seguida por la guerra con Macedonia. No hay comparación entre ellas, ni en cuanto a la naturaleza del conflicto, a la capacidad del general o a la fortaleza de las tropas. Pero la Guerra Macedonia fue, en todo caso, más digna de mención a causa de la brillante reputación de los antiguos reyes, la antigua fama de la nación y la vasta extensión de sus dominios, cuando dominó una gran parte de Europa y una parte aún mayor de Asia. La guerra con Filipo, que había comenzado unos diez años antes, había quedado en suspenso los últimos tres años, debiéndose, tanto la guerra como su cese, a la acción de los etolios. La paz con Cartago dejaba ahora libres a los romanos, que sentían hostlidad contra Filipo por su ataque a los etolios y a otros estados aliados en Grecia, mientras estaba nominalmente en paz con Roma, así como por su ayuda, en hombres y dinero, a Aníbal y Cartago. Él había saqueado el territorio ateniense y expulsado a los habitantes de la ciudad, y fue su petción de ayuda lo que decidió a los romanos a reanudar la guerra.

[31,2] Casi al mismo tiempo, llegaron mensajeros del rey Atalo, así como de Rodas, con noticias de que Filipo estaba tratando de instgar a las ciudades de Asia Menor. La respuesta dada a las dos delegaciones fue que el Senado se estaba ocupando de la situación en Asia. El asunto de la guerra con Macedonia fue remitido a los cónsules, que se encontraban por entonces en sus respectivas provincias [recordemos que nos encontramos en el 201 a.C., y que los cónsules eran Publio Cornelio Léntulo y Publio Elio Peto, que mandaban, respectivamente, la flota y en la Galia.-N. del T.]. Mientras tanto, Cayo Claudio Nerón, Marco Emilio Lépido y Publio Sempronio Tuditano fueron enviados en una misión ante Tolomeo, rey de Egipto, para anunciarle la derrota final de Aníbal y los cartagineses, y dar las gracias al rey por haberse mantenido como un amigo firme de Roma en un momento crítico, cuando incluso sus aliados más próximos la habían abandonado. También debían solicitarle, en el caso de que las agresiones de Filipo les obligara a declararle la guerra, que mantuviera su antigua actitud amistosa hacia los romanos. Durante este período, Publio Elio, el cónsul que estaba al mando en la Galia, se enteró de que los boyos, antes de su llegada, habían estado haciendo incursiones en los territorios de las tribus amigas. Se apresuró a levantar una fuerza de dos legiones en vista de esta alteración, reforzándolas con cuatro cohortes de su propio ejército. Esta fuerza, apresuradamente reunida, la confió a Cayo Ampio, un prefecto de los aliados, y le ordenó marchar a través del territorio umbro llamado Sapinia [pudiera estar alrededor del río Sapis, el actual Savis.-N. del T.] e invadir el país de los boyos. Él mismo marchó por un camino abierto en las montañas. Ampio cruzó la frontera del enemigo y, después de haber devastado su país sin encontrar ninguna resistencia, escogió una posición en el puesto fortificado de Mútlo [pudiera estar al norte de la actual Módena.-N. del T.] como un lugar apropiado para proceder a la siega del grano, que ya estaba maduro. Comenzó las labores sin reconocer previamente los alrededores ni situar partdas armadas de suficiente entidad para proteger a los forrajeadores, que habían dejado sus armas y estaban concentrados en su tarea. De repente, él y sus forrajeadores se vieron sorprendidos por los galos, que aparecieron por todas partes. El pánico y el desorden se extendieron a los hombres de guardia; siete mil hombres dispersos por los campos de grano fueron exterminados, entre ellos el propio Cayo Ampio, y los demás huyeron temerosos al campamento. La noche siguiente, los soldados, ya que no tenían un jefe reconocido, decidieron actuar por sí mismos y, abandonando la mayor parte de sus posesiones, se abrieron paso a través de bosques casi impenetrables hasta reunirse con el cónsul. Aparte de asolar el territorio boyo y concertar una alianza con los ligures ingaunos, el cónsul no efectuó nada digno de mención en su provincia antes de regresar a Roma.

[31.3] En la primera reunión del Senado después de su regreso, hubo una exigencia unánime de que los actos de Filipo y las quejas de los estados aliados tuvieran prioridad sobre cualquier otro asunto. La cuestón fue inmediatamente planteada ante una Curia atestada, y se emitó un decreto para que el cónsul Publio Elio enviara al hombre que considerase más adecuado, con plenos poderes para tomar el mando de la flota que Cneo Octavio traía de vuelta de África y pusiera rumbo a Macedonia. Eligió a Marco Valerio Levino, que fue enviado con rango de propretor. Levino tomó treinta y ocho de los barcos de Octavio, que estaban fondeados en Vibo, y se embarcó poniendo rumbo a Macedonia. Se reunió con el general Marco Aurelio, que le dio detalles sobre las grandes fuerzas navales y terrestres que había reunido el rey, así como la medida en que se estaba asegurando ayuda armada no solo de las ciudades del continente, sino también de las islas del Egeo, en parte por su infuencia personal y en parte por la de sus agentes. Aurelio señaló que los romanos tendrían que mostrar mucha más energía en la conducción de esta guerra; de lo contrario, Filipo, alentado por su desidia, podría aventurarse a la misma empresa que ya había intentado Pirro, cuyo reino era considerablemente menor. Se decidió que Aurelio debería remitr esta información en una carta a los cónsules y el Senado.

[31,4] Hacia el final del año se planteó el asunto de la asignación de tierras a los veteranos que habían servido con Escipión en África. Los senadores decretaron que Marco Junio, el pretor urbano, nombrase a su discreción diez delegados con el propósito de mensurar y repartr aquellas partes de los territorios samnitas y apulios que habían devenido en propiedad del Estado. Los delegados fueron Publio Servilio, Quinto Cecilio Marcelo, los dos Servilios, Cayo y Marco -conocidos como "los gemelos"-, los dos Hostlios Catones, Lucio y Aulo, Publio Vilio Tápulo, Marco Fulvio Flaco, Publio Elio Peto y Tito Quincio Flaminio. Las elecciones fueron celebradas por el cónsul Publio Elio. Los cónsules electos fueron Publio Sulpicio Galba y Cayo Aurelio Cotta. Los nuevos pretores fueron Quinto Minucio Rufo, Lucio Furio Purpúreo, Quinto Fulvio Gilón y Cayo Sergio Plauto. Este año, los ediles curules Lucio Valerio Flaco y Tito Quincio Flaminio celebraron con un esplendor inusual los Juegos Escénicos Romanos, que se repiteron un segundo día. También distribuyeron al pueblo, con estricta imparcialidad y para general satsfacción, logrando gran popularidad, una gran cantidad de grano que Escipión había enviado desde África. Se vendió a cuatro ases el modio [8,75 litros, que para el trigo serían unos 7 kg. y para la cebada unos 6,125 kg.-N. del T.]. También se celebraron hasta en tres ocasiones los Juegos Plebeyos, ofrecidos por los ediles plebeyos Lucio Apusto Fulón y Quinto Minucio Rufo; este último, tras desempeñar su edilidad, resultó uno de los pretores recién elegidos. También se celebró el Festival de Júpiter.

[31.5] En el año quinientos cincuenta y uno desde la fundación de la Ciudad, durante el consulado de Publio Sulpicio Galba y Cayo Aurelio, unos pocos meses después de la conclusión de la paz con Cartago, dio inicio la guerra contra el rey Filipo -200 a.C.-. El quince de marzo, día en que tomaron posesión del cargo los cónsules, Publio Sulpicio presentó este asunto en primer lugar ante el Senado. Se emitó un decreto para que los cónsules sacrificasen víctimas mayores a aquellas deidades que eligiesen, ofreciendo la siguiente oración: "¡Que la voluntad y los propósitos del Senado y del Pueblo de Roma, sobre la república y la declaración de una nueva guerra, sean cosa próspera y feliz tanto para el pueblo romano como para los aliados latinos!". Después del sacrificio y la oración, los cónsules fueron a consultar al Senado sobre la política a seguir y la asignación de las provincias. Justo por entonces, el espíritu belicoso fue estimulado por la recepción de los despachos de Marco Aurelio y de Marco Valerio Levino, así como por una nueva embajada de Atenas, que anunció que el rey estaba próximo a sus fronteras y pronto se adueñaría de su territorio, y hasta de su ciudad si Roma no acudía en su auxilio. Los cónsules informaron sobre la debida ejecución de los sacrificios y la declaración de los augures en el sentido de que los dioses habían escuchado sus oraciones, pues las víctimas habían presentado presagios favorables y anunciaban la victoria, el triunfo y una ampliación del dominio de Roma. A continuación se dio lectura a las cartas de Valerio y Aurelio, concediéndose audiencia a los embajadores atenienses. El Senado aprobó una resolución por la que se daba las gracias a sus aliados por permanecer fieles a pesar de los continuos intentos para tentarlos, incluso cuando se les amenazó con el asedio. Con respecto a la prestación de asistencia activa, el Senado aplazó una respuesta definitiva hasta que los cónsules hubieran sorteado sus provincias y aquel a quien tocase la provincia de Macedonia hubiera presentado al pueblo el asunto de la declaración de guerra contra Filipo de Macedonia.

[31,6] Correspondió esta provincia a Publio Sulpicio, quien mando anunciar que propondría a la Asamblea que "debido a los actos ilegales y los ataques armados cometidos contra los aliados de Roma, es voluntad y orden del pueblo de Roma que se declare la guerra contra Filipo, rey de Macedonio, y contra su pueblo, los macedonios". Al otro cónsul, Aurelio, correspondió Italia como provincia. A continuación, los pretores sortearon sus respectivos mandos. Cayo Sergio Plauto recibió la pretura urbana; Quinto Fulvio Gilón, Sicilia; Quinto Minucio Rufo, el Brucio, y Lucio Furio, la Galia. La propuesta de declaración de guerra contra Macedonia fue casi unánimemente rechazada en la primera reunión de la Asamblea. La duración y exigentes demandas de la última guerra habían hecho que los hombres estuviesen cansados de lugar y rehuyeran caer en nuevos esfuerzos y peligros. Uno de los tribunos de la plebe, Quinto Bebio, además, había adoptado el antiguo sistema de acusar a los patricios de estar siempre sembrando las semillas de nuevas guerras para impedir que los plebeyos disfrutasen de ningún descanso. Los patricios se enojaron profundamente y atacaron amargamente al tribuno en el Senado, instando cada uno de los senadores al cónsul para convocar la Asamblea para considerar una nueva propuesta y, al mismo tiempo, para reprender al pueblo por su falta de ánimo, mostrándole cuántas pérdidas y desgracias derivarían del aplazamiento de aquella guerra.

[31.7] La Asamblea se convocó debidamente en el Campo de Marte, y antes de que la cuestón fuera sometida a votación, el cónsul se dirigió a las centurias en los siguientes términos: "No parece que os deis cuenta, Quirites, de que lo que tenéis que decidir no es tanto si vais a tener paz o guerra; Filipo no os ha dejado opción alguna en cuanto a esto, pues se está preparando para una guerra a enorme escala tanto por tierra como por mar. La única pregunta es si llevaréis las legiones a Macedonia o esperareis al enemigo en Italia. Habéis aprendido por experiencia, si no antes, en la última guerra púnica, qué diferencia habrá según lo que decidáis. Cuando Sagunto fue sitada y nuestros aliados nos estaban implorando ayuda, ¿quién puede dudar de que si hubiésemos enviado ayuda rápidamente, como hicieron nuestros padres con los mamertinos, podríamos haber confinado a las fronteras de Hispania aquella guerra que, en su mayor parte desastrosa para nosotros, permitimos entrar en Italia por nuestra dilación? Pues este mismo Filipo había llegado a un acuerdo con Aníbal, mediante agentes y cartas, para invadir él Italia, y no hay la menor duda de que lo mantuvimos en Macedonia enviando a Levino con la flota para tomar la ofensiva en su contra. ¿Dudamos en hacer ahora lo que hicimos entonces, cuando teníamos a nuestro enemigo Aníbal en Italia, ahora que Aníbal ha sido expulsado de Italia y de Cartago, y que Cartago está completamente derrotado? Si permitimos que el rey ponga a prueba nuestra desidia asaltando Atenas, como permitimos que hiciera Aníbal asaltando Sagunto, no pondrá el pie en Italia a los cinco meses, que fue lo que tardó Aníbal en tomar Sagunto, sino a los cinco días de zarpar de Corinto.

"Tal vez vosotros no consideréis a Filipo a la misma altura de Aníbal, ni a los macedonios iguales a los cartagineses. En cualquier caso, lo consideráis el igual de Pirro. ¿Igual, digo? ¡En cuán gran medida uno de ellos sobrepasa al otro, cuán superior es una nación a la otra! El Epiro siempre ha sido, y aún lo es hoy, un añadido muy pequeño al reino de Macedonia. Todo el Peloponeso está bajo la infuencia de Filipo, sin exceptuar siquiera a Argos, famosa por la muerte de Pirro tanto como por su antigua gloria. Comparemos ahora nuestra situación. Considerad cuánto más foreciente estaba Italia, cuando todos aquellos generales y ejércitos estaban intactos, y cómo fueron barridos por la Guerra Púnica. Y, sin embargo, cuando Pirro atacó, la sacudió hasta sus cimientos ¡y casi llega hasta la misma Roma en su victorioso avance! No sólo hizo que los tarentinos se rebelasen contra nosotros, así como todo aquel territorio costero de Italia llamado Magna Grecia, a quienes naturalmente supondréis que seguirían a un jefe de su misma lengua y nacionalidad, sino que también hicieron lo mismo los lucanos, los brucios y los samnitas. ¿Creéis que, si Filipo desembarcara en Italia, estos permanecerían tranquilos y fieles a nosotros? Supongo que demostraron su lealtad en la Guerra Púnica. No, esas naciones no dejarán nunca de traicionarnos, a menos que no tengan con quién desertar. Si hubieseis pensado que era demasiado el pasar a África, aún hoy tendríais a Aníbal y sus cartagineses en Italia. ¡Que sea Macedonia en lugar de Italia el escenario de la guerra; que sean las ciudades y campos del enemigo los devastados por el fuego y la espada! Hemos aprendido en estos tiempos que tienen más éxito y más fuerza nuestras armas en el extranjero que en casa. Votad, con la ayuda de los dioses, y confirmad la decisión del Senado. No es solo vuestro cónsul el que os insta a tomar esta decisión, también os lo piden los dioses inmortales; pues cuando yo estaba ofrendando los sacrificios y rogando para que esta guerra finalizara felizmente para el Senado, para mí mismo, para vosotros, para nuestros aliados y confederados latinos, para nuestras flotas y ejércitos, los dioses otorgaron todos los beneplácitos y presagios felices".

[31,8] Después de este discurso se separaron para la votación. El resultado fue favorable a la propuesta del cónsul y resolvieron ir a la guerra. Acto seguido, los cónsules, actuando según una resolución del Senado, ordenaron un triduo de rogativas [o sea, oraciones durante tres días.-N. del T.], ofreciéndose intercesiones en todos los santuarios para que la guerra que el pueblo romano había ordenado contra Filipo tuviera un buen y feliz término. El cónsul consultó con los feciales si era necesario que la declaración de guerra fuera transmitda personalmente al rey Filipo, o si sería suficiente que se le anunciara a una de sus ciudades fronterizas de guarnición. Estos declararon que cualquiera de ambos modos de proceder serían correctos. El Senado dejó a elección del cónsul escoger a uno de ellos, no siendo miembro del Senado, para enviarlo en embajada y declarar la guerra al rey. El siguiente asunto fuera la asignación de los ejércitos a los cónsules y pretores. Los cónsules recibieron la orden de licenciar los antiguos ejércitos y, cada uno de ellos, alistar dos nuevas legiones. Como la dirección de la nueva guerra, que se consideraba muy grave, fuera encargada a Sulpicio, se le permitó reenganchar como voluntarios a todos los que pudiera del ejército que Escipión había traído de vuelta de África, pero sin poder obligar en absoluto a ningún veterano a que se le uniera contra su voluntad. Los cónsules debían dar a cada uno de los pretores, Lucio Furio Purpúreo y Quinto Minucio Rufo, cinco mil hombres de los contingentes latinos para que sirvieran como ejército de ocupación de sus provincias, el uno en la Galia y el otro en el Brucio. También se ordenó a Quinto Fulvio Gilón que eligiese hombres de las fuerzas aliadas y latinas del ejército que había mandado el cónsul Publio Elio, empezando por aquellos que llevaban menos tiempo de servicio, hasta completar una fuerza de cinco mil hombres. Este ejército serviría para la defensa de Sicilia. Marco Valerio Faltón, cuya provincia el año anterior había sido la Campania, debía hacer una selección similar entre el ejército de Cerdeña, de cuya provincia se haría cargo como propretor. Los cónsules recibieron instrucciones para alistar dos legiones urbanas como reserva para ser enviada allá donde se precisaran sus servicios, pues muchos de los pueblos italianos se habían puesto del lado de Cartago en la última guerra y hervían de ira. La república dispondría aquel año de seis legiones romanas.

[31.9] En medio de estos preparativos para la guerra, llegó una delegación del rey Tolomeo para informar de que los atenienses le habían pedido ayuda contra Filipo. A pesar de ambos Estados eran aliados de Roma, el rey -según dijeron los delegados-no enviaría ni flota ni ejército a Grecia, para proteger o atacar a nadie, sin el consentimiento de Roma. Si los romanos deseaban defender a sus aliados, él permanecería tranquilo en su reino; si, por el contrario, los romanos preferían abstenerse de intervenir, con la misma facilidad él mismo enviaría aquella ayuda para proteger a los atenienses contra Filipo. El Senado aprobó un voto de agradecimiento al rey y aseguró a la delegación que era intención del pueblo romano proteger a sus aliados; si surgiera la necesidad, se lo señalarían al rey, pues eran totalmente conscientes de que los recursos de su reino habían demostrado ser un apoyo constante y leal para la república. El Senado regaló a cada uno de los delegados cinco mil ases [136,25 kg. de bronce a cada uno.-N. del T.]. Mientras que los cónsules estaban alistando las tropas y preparándose para la guerra, los ciudadanos estaban ocupados con celebraciones religiosas, especialmente con las acostumbradas cuando empezaba una nueva guerra. Las rogativas especiales y los rezos se habían ofrecido debidamente en todos los templos pero, para que nada quedase sin omitr, se autorizó al cónsul al que había tocado Macedonia para ofrecer unos Juegos en honor de Júpiter y efectuar una ofrenda a su templo. Esta se retrasó por la acción del Pontifice Máximo, Licinio, que estableció que no se podía hacer ningún voto a menos que se calculase la suma en dinero a que equivalía, se apartase y no se mezclase con ninguna otra cantdad. A menos que se hiciera esto, el voto no se podría considerar efectuado debidamente. Aunque la autoridad del Pontifice y las razones que dio tenían mucho gran peso, se ordenó al cónsul que remitera el asunto al colegio pontfical, para que determinaran si era correcto efectuar una ofrenda de valor económico indeterminado. Los pontfices declararon que sí se podía efectuar, y aún con mayor propiedad en tales circunstancias. El cónsul recitó las palabras del voto en la misma forma que se las decía el Pontifice Máximo, siendo iguales a las pronunciadas habitualmente cada cinco años, con la diferencia de que se comprometó mediante el voto a celebrar los juegos y la ofrenda con la cantidad que determinaría el Senado en el momento de su cumplimiento. Hasta entonces, siempre se nombraba una suma determinada cuando se prometan Juegos y ofrendas; esta fue la primera vez en que no se determinó el valor en el mismo momento.

[31.10] Mientras la atención de todos estaba concentrada en la Guerra Macedonia, llegaron repentinamente rumores sobre un levantamiento de los galos, que era lo último que se esperaba. Los ínsubros, los cenomanos y los boyos, habían inducido a los celinos y los ilvates, así como a otras tribus ligures, a que se les unieran; habían tomado las armas bajo el mando de Amílcar, un general cartaginés, que había tenido un mando en el ejército de Asdrúbal y que se había quedado en el país [los ínsubros tenían como principal ciudad Mediolanum, la actual Milán; a los cenomanos pertenecían las actuales Brescia y Verona y ambos pueblos eran celtas. Sobre los celinos no hay más referencias y los ilvates era una tribu ligur.-N. del T.]. Habían asaltado y saqueado Plasencia, habiendo destruido con su ciega ira la mayor parte de la ciudad mediante el fuego, quedaron apenas dos mil hombres en medio de las ruinas humeantes. Desde allí, cruzando el Po, avanzaron con la intención de saquear Cremona. Al enterarse de la catástrofe que se había apoderado de sus vecinos, los habitantes de la ciudad tuvieron tiempo de cerrar sus puertas y guarnecer sus murallas para que pudieran, en todo caso, soportar un asedio y enviar un mensaje al pretor romano antes del asalto final. Lucio Furio Purpúreo estaba por entonces al mando de aquella provincia, y actuando de conformidad con la resolución del Senado había disuelto su ejército, conservando sólo cinco mil de los contingentes latinos y aliados. Con esta fuerza estaba acampado en las proximidades de Rímini [la antigua Arimino.-N. del T.]. En un despacho al Senado describió la grave situación de su provincia; de las dos colonias militares que habían resistido la terrible tormenta de la Segunda Guerra Púnica, una fue tomada y destruida por el enemigo y la otra estaba siendo atacada. Su propio ejército no podía prestar auxiliar a los colonos en sus peligros, a menos que expusiera sus cinco mil hombres a ser masacrados ante los cuarenta mil del enemigo, que era el número de los que estaban bajo las armas, y provocar mediante este desastre que se elevase la moral del enemigo, que ya estaba exultante por la destrucción de una colonia romana.

[31,11] Después que la carta hubiera sido leída, el Senado decretó que el cónsul Cayo Aurelio debía ordenar a su ejército que se reuniera en Rímini el día que ya había fijado para su agrupamiento en Etruria. Si el estado de los asuntos públicos lo permita, debía ir personalmente a suprimir los disturbios; de lo contrario, debería ordenar a Lucio Furio que, en cuanto le llegasen las legiones, enviase su fuerza de cinco mil aliados y latinos a susttuirlas en Etruria, y levantar después el sito de Cremona. El Senado también decidió enviar una misión a Cartago y a Masinisa en Numidia. Sus instrucciones para la visita a Cartago eran informar a su gobierno de que Amílcar, uno de sus ciudadanos que habían venido con el ejército de Asdrúbal o con el de Magón, se había quedado atrás y, desafiando el tratado, había inducido a los galos y a los ligures a tomar las armas contra Roma. Si desean permanecer en paz, debían llamarlo de vuelta y entregarlo a los romanos. Los comisionados también debían anunciarles que no habían sido entregados todos los desertores, pues gran número de ellos se paseaba abiertamente por las calles de Cartago; era deber de las autoridades dar con ellos y arrestarlos, para que se les pudiera entregar de acuerdo con el tratado. Estas eran sus instrucciones respecto a Cartago. En cuanto a Masinisa, debían transmitrle las felicitaciones del Senado por haber recuperado el reino de sus antepasados y por haberlo extendido aún más mediante la anexión de la parte más rica de los dominios de Sífax. También debían informarle de que se había emprendido una guerra contra Filipo a consecuencia de su auxilio activo a los cartagineses, así como por haber producido daños a los aliados de Roma mientras Italia estaba envuelta en las llamas de la guerra. Se vio así obligada a enviar barcos y ejércitos a Grecia, y por tanto, al tener que dividir sus fuerzas, Filipo fue la causa principal del retraso en el envió de una expedición a África. Los delegados debían también solicitar a Masinisa que ayudara en aquella guerra mediante el envío de un contingente de caballería númida. Se les entregaron algunos espléndidos regalos para el rey: vasos de oro y plata, un manto de púrpura, una túnica palmada junto con un cetro de marfil, y también una toga pretexta junto con una silla curul. Se les instruyó para asegurarle que, si precisaba algo para asegurar y extender su reino e insinuaba que lo quería, el pueblo romano haría todo lo posible para satisfacer sus deseos en correspondencia por los servicios que había prestado.

También compareció ante el Senado una delegación de Vermina, el hijo de Sífax. Se excusaron por sus errores, achacándolos a su juventud y culpando de todo a los engaños de los cartagineses. Masinisa había sido una vez enemigo, y ahora se había convertido en amigo de Roma; Vermina, también, dijeron, se esforzaría cuanto pudiera para que ni Masinisa ni ningún otro superase sus buenos oficios para con Roma. Finalizaron solicitando al Senado que le concedieran el ttulo de "rey, aliado y amigo". La respuesta recibida por la legación fue en el sentido de que "Sífax, su padre, se había convertido, de repente y sin razón alguna, en enemigo del pueblo romano tras haber sido su aliado y amigo; y que el propio Vermina había iniciado su instrucción militar con un ataque a los romanos. Por lo tanto, debía pedir la paz antes de que pudiera obtener cualquier ttulo del estilo de "rey, aliado y amigo". El pueblo romano acostumbraba conferir esta distinción honorífica en correspondencia con los grandes servicios que los reyes les hubieran prestado. Los enviados romanos estarían dentro de poco en África y el Senado les daría poderes para otorgar la paz a Vermina bajo determinadas condiciones, siempre que él dejase absolutamente la disposición de tales condiciones al pueblo romano. Si deseaba que algo se añadiera, borrase o alterase de las condiciones, debería hacer una nueva apelación al Senado". Los hombres enviados para llevar a cabo estas negociaciones fueron Cayo Terencio Varrón, Espurio Lucrecio y Cneo Octavio; cada uno tuvo un quinquerreme a su disposición.

[31.12] Se dio lectura en la Curia a una carta de Quinto Minucio, el pretor al mando del Brucio, en la que declaraba que había sido robado, durante la noche, cierta cantidad de dinero del templo de Proserpina en Locri, no existendo pista alguna sobre los autores materiales del crimen. El Senado se indignó al ver que seguían produciéndose actos de sacrilegio y que, ni siquiera el ejemplo de Pleminio, notorio tanto por el delito como por el castgo que rápidamente le siguió, habían servido en modo alguno como elemento de disuasión. Cayo Aurelio se encargó de escribir el pretor al Brucio y decirle que el Senado deseaba que se practicara una investgación sobre las circunstancias del robo, siguiendo la misma línea de la que había efectuado tres años antes el pretor Marco Pomponio. Cualquier dinero que se encontrara se debería devolver y se cubriría el déficit; se debían ofrecer los sacrificios expiatorios precisos, según las instrucciones de los pontfices en las ocasiones anteriores. Su preocupación por expiar la violación del templo se agudizó ante los anuncios simultáneos de portentos en numerosas localidades. En Lucania se contó se había incendiado el cielo; en Priverno, el Sol se había enrojecido en un día sin nubes; en el templo de Juno Sóspita, en Lanuvio, se escuchó por la noche un fuerte estrépito. También se informó de numerosos nacimientos monstruosos de animales entre los sabinos: nació un niño que no se sabía si era hombre o mujer; se descubrió otro caso similar, donde el muchacho tenía ya dieciséis años; en Frosinone, nació un cordero con cabeza como de cerdo; en Sinuesa, apareció un cerdo con cabeza humana y en las tierras públicas de la Lucania, apareció un potro con cinco patas. Todo esto se consideró como productos horribles y monstruosos de una naturaleza que viciaba las especies; los hermafroditas fueron considerados como presagios especialmente maléficos y se ordenó que se les arrojara de inmediato al mar, igual que se había hecho recientemente, durante los consulados de Cayo Claudio y Marco Livio, ante un engendro similar. El Senado ordenó a los decenviros, no obstante, que consultasen los Libros Sagrados acerca de este portento. Siguiendo las instrucciones que allí se encontraron, se ordenó que se celebrasen las mismas ceremonias que con ocasión de su última aparición. Tres coros, compuesto cada uno por nueve doncellas, deberían cantar un himno por toda la Ciudad y se debía llevar un presente a la Reina Juno. El cónsul Cayo Aurelio dio cuenta de haberse llevado a cabo las instrucciones de los decenviros de los Libros Sagrados. El himno anterior, según recordaban los senadores, fue compuesto por Livio [Livio Andrónico.-N. del T.]; en esta ocasión lo fue por Publio Licinio Tégula.

[31.13] Una vez realizados debidamente todos los ritos de expiación, habiendo sido investgado por Quinto Minucio el sacrilegio en Locri, recuperado el dinero mediante la venta de los bienes de los culpables y depositado en el tesoro, los cónsules estaban deseando partir para sus provincias, pero se produjo un retraso. Cierto número de personas habían prestado dinero al Estado durante el consulado de Marco Valerio y Marco Claudio, y el pago del tercer plazo vencía este año. Los cónsules les informaron de que el dinero en la tesorería apenas cubría el costo de la nueva guerra, pues se lo llevarían la gran flota y los grandes ejércitos, y no había manera de pagarles por el momento. Apelaron al Senado y este les dio la razón, declarando que si el Estado optaba por utlizar el dinero prestado para la Guerra Púnica en sufragar además el coste de la guerra de Macedonia, y si a una guerra le seguía otra, aquello simplemente significaría que les habían confiscado su dinero como si se tratara de una multa por ser culpables de algo. Las demandas de los acreedores eran justas, pero el Estado no podía afrontar sus obligaciones y el Senado decidió una medida que combinaba la justicia con lo factible. Muchos de los reclamantes habían declarado que había tierras a la venta por todas partes y que querrían converitrse en compradores; así pues, el Senado publicó un decreto para que pudieran tener la opción de hacerse con cualquier terreno de propiedad pública en un radio de cincuenta millas de la Ciudad [74 km.-N. del T.]. Los cónsules valorarían las tierras e impondrían una tasa renta nominal de un as por yugada [0,27 Ha.-N. del T.], como reconocimiento de su ttularidad pública; cuando el Estado pudiese abonar sus deudas, si cualquiera de ellos prefería el dinero a las tierras lo podría obtener y devolver los terrenos al pueblo. Aceptaron de buen grado estos términos, y la tierra ocupada fue, por lo tanto, llamada trientábulo, por haberles sido dada en lugar de la tercera parte de su préstamo.

[31,14] Después que haber ofrecido Publio Sulpicio en el Capitolio los votos acostumbrados, fue investido por sus lictores con el paludamento y dejó la Ciudad hacia Brindisi [es decir, asumió su condición de mando militar.-N. del T.]. Aquí incorporó a sus legiones a los veteranos del ejército de África, que se habían presentado voluntarios y escogió también los barcos de la flota de Cneo Cornelio. Zarpó de Brindisi y al día siguiente desembarcó en Macedonia. Aquí se encontró con una embajada de Atenas que le rogó que levantara el sito al que estaba sometida la ciudad. Cayo Claudio Centón fue enviado allí de inmediato con veinte barcos de guerra y mil hombres. El rey no estaba dirigiendo personalmente el sito, pues justo en aquel momento estaba atacando Abidos, después de probar sus fuerzas en choques navales con los rodios y con Atalo, sin haber tenido éxito en ninguno. Pero la suya no era una naturaleza que aceptase en silencio la derrota, y ahora que se había aliado con Antioco, el rey de Siria, estaba más decidido a la guerra que nunca. Habían acordado dividir entre ellos el rico reino de Egipto, y al enterarse de la muerte de Ptolomeo ambos se dispusieron a atacarlo. Los atenienses, que nada conservaban de su antigua grandeza más que su orgullo, se habían visto envueltos en las hostlidades contra Filipo por culpa de un incidente sin importancia. Durante la celebración de los Misterios de Eleusis, dos jóvenes acarnanes, que no habían sido iniciados, entraron en el templo de Ceres con el resto de la multitud, nada conscientes de la naturaleza sacrílega de su acción. Les traicionaron las preguntas absurdas que hicieron y fueron llevados ante las autoridades del templo. Aunque era evidente que habían pecado de ignorancia, se les condenó a muerte como si fuesen culpables de un crimen horrible. Los acarnanes informaron de este acto hostl y bárbaro a Filipo, obteniendo su consentimiento para hacer la guerra a Atenas con el apoyo de un contingente macedonio. Este ejército empezó por devastar el territorio del Ática a sangre y espada, tras lo cual regresó a Acarnania con toda clase de botín. Llegados a este punto, los ánimos estaban irritados; posteriormente, mediante una disposición de los ciudadanos, Atenas hizo una declaración formal de guerra. Para cuando el rey Atalo y los rodios, que seguían a Filipo en su retirada hacia Macedonia, hubieron alcanzado Egina, el rey cruzó navegando hasta el Pireo con el propósito de renovar y confirmar su alianza con los atenienses. Todos los ciudadanos salieron a su encuentro, con sus esposas e hijos; los sacerdotes, revestidos de sus ropas sagradas, lo recibieron cuando entró en la ciudad; hasta los propios dioses salieron casi de sus santuarios para darle la bienvenida.

[31,15] Se convocó inmediatamente al pueblo a una Asamblea, para que el pudiera exponerles sus deseos. Sin embargo, se pensó que resultaba más acorde con su dignidad que pusiera por escrito lo que considerase conveniente, por evitar la vergüenza de tener que estar presente al relatarse sus servicios a la ciudad, o que su modesta se viera abrumada por los empalagosos halagos de la multitud que aplaudía. En consecuencia, redactó una declaración escrita, que fue leída en la asamblea, en la que enumeraba los beneficios que había otorgado a su ciudad y describía su lucha con Filipo, instándoles a modo de conclusión a tomar parte en la guerra mientras le tenían a él, a los rodios y, especialmente ahora, a los romanos para apoyarlos. Si se quedaban atrás ya nunca tendrían otra oportunidad. A continuación se escuchó a los enviados de Rodas; hacía poco que habían prestado un buen servicio a los atenienses, pues habían recuperado y devuelto a Atenas cuatro naves de guerra que habían capturado los macedonios. Se decidió por unanimidad la guerra contra Filipo. Se rindieron honores extraordinarios al rey Atalo y también a los rodios. Se aprobó una propuesta para añadir a las antiguas diez tribus una nueva que se llamaría tribu Atálida. Se regaló al pueblo de Rodas una corona de oro en reconocimiento a su valenta, y se les concedió la plena ciudadanía como anteriormente se la habían concedido ellos a los atenienses. Tras esto, Atalo se reunió con su flota en Egina y los rodios navegaron hasta Cea, marchando desde allí a Rodas a través de las Cícladas. Todas las islas se unieron a ellos con la excepción de Andros, Paros y Citinos, que estaban ocupadas por guarniciones macedonias. Atalo había enviado mensajeros a Etolia y estaba esperando a los legados que venían de allí; la espera lo mantuvo inactivo durante algún tiempo. No podía inducir a los etolios a tomar las armas, que se contentaban con mantenerse en paz con Filipo en cualquier término. Si él, junto con los rodios, se hubiesen opuesto vigorosamente a Filipo, habrían podido ganarse el glorioso ttulo de Libertadores de Grecia. En lugar de esto, le permiteron cruzar el Helesponto por segunda vez y apoderarse de una posición excelente en la Tracia, donde pudo concentrar sus fuerzas y dar así nueva vida a la guerra, entregando a los romanos la gloria de librarla y darle fin.

[31,16] Filipo mostró un ánimo propio de un rey. A pesar de que no haberse podido sostener contra Atalo y Rodas, no se alarmó ni siquiera ante la perspectiva de una guerra con Roma. Filocles, uno de sus generales, fue enviado con una fuerza de dos mil infantes y doscientos jinetes a devastar las tierras de los atenienses, siendo puesto Heráclides al mando de la flota y con órdenes de navegar hacia Maronea. Filipo marchó allí por tierra con otros dos mil infantes armados a la ligera, tomando la plaza al primer asalto. Enos le dio muchos problemas, pero finalmente logró su captura por la traición de Calímedes, prefecto de Tolomeo. Ipsala, Tusla y Maki fueron tomadas en rápida sucesión, avanzando luego hasta el Quersoneso, donde Eleunte y Alopeconeso se entregaron voluntariamente; también se entregaron Galípoli y Maditos, junto con algunos otros lugares fortificados sin importancia [respectivamente, las antiguas Cipsela, Doriscos, Serreo, Eleunte, Alopeconeso, Callipolis y Madytos.-N. del T] . El pueblo de Abidos ni siquiera admitó a sus embajadores y cerró sus puertas al rey. El asedio de esta plaza retuvo a Filipo un tiempo considerable, y si Atalo y los rodios hubieran mostrado la menor energía, podrían haber salvado el lugar. Atalo envió solo trescientos hombres para ayudar en la defensa y los rodios enviaron un cuatrirreme de su flota, que estaba anclada en Ténedos. Más tarde, cuando ya apenas podían resistr más, el propio Atalo navegó hasta Ténedos y tras elevarles el ánimo con su aproximación, no prestó ayuda a sus aliados ni por tierra ni por mar.

[31,17] Los abidenos, en primera instancia, colocaron máquinas a todo lo largo de sus murallas, impidiendo de este modo no solo cualquier aproximación por terra, sino haciendo inseguro el fondeo de las naves enemigas. Sin embargo, cuando un parte de la muralla se derrumbó y las minas enemigas habían llegado hasta el muro interior que los defensores habían levantado a toda prisa, mandaron emisarios al rey para acordar los términos para la rendición de la ciudad. Propusieron que se permitera salir al cuatrirreme rodio con su tripulación y al contingente que había enviado Atalo, así como que los habitantes pudieran abandonar la ciudad solamente con la ropa que llevaran puesta. Filipo les respondió que no habría la menor esperanza de paz a menos que se rindieran incondicionalmente. Cuando llevaron de regreso esta respuesta, se produjo tal estallido de indignación e ira que los ciudadanos tomaron la misma rabiosa resolución que los saguntinos habían adoptado años antes. Ordenaron a todas las matronas que se encerraran en el templo de Diana; a los niños y niñas nacidos libres, incluyendo a los bebés con sus nodrizas, se les reunió en el gimnasio; todo el oro y la plata se llevó al foto, todos los ropajes de valor se embarcaron en las naves de Rodas y Cícico que estaban en el puerto; se elevaron altares en medio de la ciudad, alrededor de los cuales se dispusieron los sacerdotes con víctimas para sacrificar. Un grupo de hombres, seleccionados al efecto, prestó aquí un juramento que les fue dictado por los sacerdotes, para llevar a cabo la medida desesperada que se había decidido. Tan pronto como vieran que resultaban muertos todos sus camaradas, de los que estaban combatendo delante de la muralla derrumbada, habrían de dar muerte a las esposas e hijos, echarían por la borda el oro, la plata y los vestidos que estaban en las naves, y prenderían fuego a cuantos edificios públicos y particulares pudieran, invocando sobre ellos las más terribles maldiciones si rompían su juramento. Tras ellos, todos los hombres en edad militar juraron solemnemente que ninguno dejaría con vida la batalla, excepto como vencedores. Tan fieles fueron a su juramento y con tal desesperación combateron que, antes de que la noche pusiera fin a la batalla, Filipo se retró de la lucha espantado de su rabia. Los ciudadanos más notables, a quienes se habían asignado la parte más cruel, viendo que solo quedaban unos pocos supervivientes, y aún estos heridos y exhaustos, enviaron a los sacerdotes en cuanto amaneció, vistendo sus cintas de suplicantes, para que rindieran la ciudad a Filipo.

[31.18] Antes de que tuviera efectivamente lugar la rendición, los embajadores romanos, que habían sido enviados a Alejandría, oyeron hablar del asedio de Abidos y el más joven de los tres, Marco Emilio, de acuerdo con sus colegas se dirigió al encuentro de Filipo. Este protestó por la agresión contra Atalo y Rodas, y especialmente contra el ataque que se estaba produciendo sobre Abidos. Al replicar el rey que Atalo y los rodios habían sido los agresores, aquel preguntó: "¿Fueron también los abidenos los primeros en atacarte?" Para alguien que rara vez escuchaba la verdad, este lenguaje parecía demasiado audaz para dirigirse a un rey. "Tu juventud, tu buena apariencia y, sobre todo, el hecho de ser romano, te hacen demasiado insolente. En cuanto a mí, me gustaría que recordaseis las obligaciones de los tratados y mantuvierais la paz conmigo; pero si me atacáis, estoy bien dispuesto a luchar, y veréis que me enorgullezco de que el reino y el nombre de Macedonia sean no menos famosos en la guerra que los de Roma". Tras despedir así al embajador, Filipo se apoderó del oro y la plata que había reunido, pero perdió toda posibilidad de hacer prisioneros. Pues se apoderó tal locura de la gente, que creyeron que se había traicionado a todos los que habían resultado muertos en el combate, acusándose unos a otros de perjurio, especialmente los sacerdotes, pues ellos entregaron al enemigo a quienes se habían ofrecido a morir. Presos de un súbito impulso, todos se apresuraron a matar a sus esposas e hijos, infigiéndose después a sí mismos la muerte en todas las formas posibles. El rey estaba totalmente sorprendido por este arrebato de locura y e hizo volver a sus hombres del asalto, diciéndoles que daría a los habitantes de Abidos tres días para morir. Durante este intervalo, los vencidos perpetraron con ellos mismos más horrores de los que hubieran cometido los vencedores, por enfurecidos que hubiesen estado. Ni un solo hombre cayó en manos del enemigo con vida, salvo aquellos para los que las cadenas

o alguna otra causa más allá de su control hicieron la muerte imposible. Tras dejar una fuerza de guarnición en Abidos, Filipo regresó a su reino. Así como la destrucción de Sagunto reforzó la decisión de Aníbal de guerrear contra Roma, la caída de Abidos animó a Filipo a hacer lo mismo. En su camino se encontró con mensajeros que le anunciaron que el cónsul estaba ahora en el Epiro y que hacía invernar a sus tropas en Apolonia y a su fuerza naval en Corfú.

[31,19] Los embajadores enviados a África para informar de la acción de Amílcar al asumir el liderazgo de los galos, fueron informados por el gobierno cartaginés de que no podían hacer nada más que condenarlo al desterro y confiscar sus bienes; habían entregado a todos los refugiados y desertores que habían sido capaces de descubrir después de una cuidadosa búsqueda, y tenían intención en mandar emisarios a Roma para dar garantas suficientes a tal respecto. Enviaron a Roma doscientos mil modios de trigo, y una cantidad similar al ejército de Macedonia [es decir, 1,400.000 kg. de trigo a cada lugar.-

N. del T.]. Desde Cartago, los legados se dirigieron a Numidia para visitar a los dos reyes. Se entregaron a Masinisa los regalos a él destinados, así como el mensaje enviado por el Senado. Se ofreció a aportar dos mil jinetes númidas, pero solo se aceptaron mil, y él mismo supervisó su embarque. Envió con ellos a Macedonia, dos millones de modios de trigo y la misma cantidad de cebada [14,000.000 kg. de trigo y 12,250.000 kg. de cebada.-N. del T.]. La tercera misión era con Vermina. Este vino a reunirse con ellos en la frontera de su reino y dejó para ellos que pusieran por escrito las condiciones de paz que deseaban, asegurándoles que consideraría justa y ventajosa cualquier clase de paz con Roma. Se le hizo entrega de los términos y se le indicó que enviara delegados a Roma para obtener su ratficación.

[31.20] Por esta época regresó de Hispania el procónsul Lucio Cornelio Léntulo. Después de efectuar un informe sobre las operaciones con éxito que había dirigido durante varios años, solicitó que se le permitera entrar a la Ciudad en Triunfo. El Senado opinaba que sus servicios bien merecían un triunfo, pero le recordaron que no había precedente de que disfrutase de un triunfo un general que no hubiera sido dictador, cónsul o pretor, y él había desempeñado su mando en Hispania como procónsul, no como cónsul o pretor. Sin embargo, le permitrían entrar en la Ciudad en Ovación, a pesar de la oposición de Tiberio Sempronio Longo, uno de los tribunos de la plebe, quien decía que no había ningún precedente

o costumbre de los mayores ni para un caso ni para el otro. Al final, cedió ante el parecer unánime del Senado y, después de haberse aprobado su resolución, Léntulo disfrutó de su ovación. Cuarenta y tres mil libras de plata y dos mil cuatrocientas cincuenta de oro, capturadas al enemigo, se llevaron en la procesión. Además del botín, distribuyó ciento veinte ases a cada uno de sus hombres [llevó 14.061 kg. de plata y 801,15 kg. de oro, entregando 3,27 kg. de bronce a cada uno de sus soldados.-N. del T.].

[31.21] Por entonces, el ejército consular en la Galia había sido trasladado de Arezzo a Rímini y los cinco mil hombres del contingente latino se habían trasladado desde la Galia hasta Etruria. Lucio Furio, en consecuencia, abandonó Rímini y se dirigió a marchas forzadas hacia Cremona, que los galos estaban asediando en aquel momento. Asentó su campamento a una milla y media de distancia del enemigo [2220 metros.-N. del T.], y habría tenido la oportunidad de obtener una brillante victoria si hubiera dirigido a sus hombres directamente desde su marcha contra el campamento galo. Los galos estaban diseminados por los campos en todas direcciones y el campamento no había quedado suficientemente vigilado; pero tuvo miedo de que sus hombres estuvieran demasiado cansados por su rápida marcha; los gritos de los galos, llamando a sus compañeros de vuelta, les hizo dejar atrás el botín que ya habían reunido y correr de vuelta a su campamento. Al día siguiente salieron al combate. Los romanos no tardaron en aceptar el reto, pero apenas tuvieron tiempo de completar su formación, tan rápidamente se les aproximó el enemigo. El ala derecha -el ejército aliado estaba dividido en alas-formaba en primera línea, con las dos legiones romanas constituyendo la reserva. Marco Furio estaba al mando de esta ala, Marco Cecilio mandaba las legiones y Lucio Valerio Flaco la caballería. Todos estos eran generales [legatus, legados, en el original latino.-N. del T.]. El pretor mantuvo con él a dos de sus legados, Cayo Letorio y Publio Titinio, para que le ayudaran en la supervisión del campo de batalla y se enfrentasen a cualquier acción repentina del enemigo.

En un primer momento, los galos dirigieron todas sus fuerzas hacia un único lugar, con la esperanza de poder desbordar el ala derecha y destrozarla. Al no lograrlo, trataron de fanquearlos y envolver la línea de su enemigo, lo que, considerando su número y lo escaso de sus oponentes, les parecía una tarea fácil. Cuando el pretor vio esta maniobra, extendió su frente mediante el procedimiento de situar las dos legiones de reserva a la derecha e izquierda de las tropas aliadas; además, ofreció un templo a Júpiter en caso de que derrotara al enemigo aquel día. Luego ordenó a Lucio Valerio que lanzase a la caballería romana contra una de las alas de los galos y a la caballería aliada contra la otra para frenar el movimiento envolvente. En cuanto vio que los galos debilitaban su centro, al desviar tropas a las alas, ordenó a su infantería que cargara avanzando en orden cerrado y rompiera las filas contrarias. Esto resultó decisivo; las alas fueron rechazadas por la caballería y el centro por la infantería. Como estaban siendo destrozados en todos los sectores del campo de batalla, los galos se dieron la vuelta y en medio de una salvaje huida buscaron refugio en su campamento. La caballería les perseguía, llegando de inmediato la infantería que atacó el campamento. No llegaron a seis mil los hombres que consiguieron escapar; más de treinta y cinco mil fueron muertos o hechos prisioneros; se capturaron setenta estandartes, junto a doscientos carros galos cargados de botín. El general cartaginés Amílcar cayó en esa batalla, así como tres nobles generales galos. Dos mil hombres, a los que los galos habían capturado en Plasencia, fueron puestos en libertad y devueltos a sus hogares.

[31.22] Fue esta una gran victoria y causó gran alegría en Roma. Cuando llegó el despacho con la noticia se decretaron tres días de acción de gracias. Los romanos y los aliados perdieron dos mil hombres, la mayoría pertenecientes al ala derecha contra la que lanzó su ataque la enorme masa del enemigo. Aunque el pretor prácticamente había puesto fin a la guerra, el cónsul Cayo Aurelio, tras finalizar los asuntos imprescindibles en Roma, marchó a la Galia y se hizo cargo del ejército victorioso del pretor. El otro cónsul llegó a su provincia bastante avanzado el otoño e invernó en las proximidades de Apolonia. Como se indicó anteriormente, Cayo Claudio fue enviado a Atenas con una veintena de trirremes de la flota que estaba amarrada en Corfú [la antigua Corcira.-N. del T.]. Cuando entraron en el Pireo dieron muchas esperanzas a sus aliados, que ya se encontraban muy desanimados. Los saqueos cometidos en sus campos desde Corinto, a través de Megara, cesaron ahora, y los piratas de Calcis, que habían infestado el mar y devastado las costas de Atenas, ya no se aventuraron a doblar el Sunio ni a seguir a alta mar, más allá del estrecho de Euripo [este divide Eubea del continente, con una anchura de 30 a 60 metros.-N. del T.]. Además de los barcos romanos había tres cuatrirremes de Rodas y tres barcos sin cubierta atenienses, que habían sido acondicionados para proteger su costa. Como se ofrecía a Cayo Claudio la posibilidad de un éxito importante, este pensó que de momento sería suficiente si esta flota protegía la ciudad y el territorio de Atenas.

[31,23] Algunos de los refugiados de Calcis que habían sido expulsados por los partidarios del rey, informaron que el lugar podía ser capturado sin ninguna resistencia seria pues, al no haber ningún enemigo que temer en los alrededores, los macedonios se paseaban por todas partes y los ciudadanos, confiando en la protección de los macedonios, no hacían ningún intento de proteger la ciudad. Con estas seguridades, Cayo Claudio se dirigió a Calcis, y aunque llegó al Sunio lo bastante temprano como para poder cruzar el estrecho de Eubea el mismo día, mantuvo anclada su flota hasta la noche para que no se pudiera observar su aproximación. En cuanto oscureció, navegó sobre la mar en calma y llegó a Calcis poco antes del amanecer. Escogió la parte menos poblada de la ciudad para su propósito y, encontrando a los guardias dormidos en ciertos puntos y otros lugares sin guardia alguna, dirigió un pequeño grupo de soldados a colocar sus escalas de asalto contra la torre más cercana, que fue capturada junto a cada tramo de muralla a cada lado de la misma. Después avanzaron a lo largo de esta, hasta donde los edificios eran más numerosos, matando a los centinelas según avanzaban; llegaron a la puerta, que rompieron y permiteron así la entrada al cuerpo principal de tropas. Diseminándose en todas direcciones, llenaron la ciudad de confusión y, para aumentarla, incendiaron los edificios alrededor del foro. Pusieron fuego a los graneros del rey y al arsenal, que contenía un inmenso número de máquinas de guerra y artillería. A todo esto siguió una masacre indiscriminada de todo aquel que ofreció resistencia y de los que trataron de escapar; finalmente, todo hombre capaz de empuñar las armas resultó muerto y puesto en fuga. Entre los primeros se encontró Sópatro, un acarnane y comandante de la guarnición. Todo el botín se reunió en el foro y se puso luego a bordo de los barcos. Los rodios, además, forzaron la cárcel y fueron liberados los prisioneros de guerra que Filipo había encerrado allí por ser el lugar más seguro para custodiarlos. Tras derribar y mutilar las estatuas del rey, se dio la señal de embarcar y navegaron de vuelta al Pireo. Si hubiera habido una fuerza suficiente de soldados romanos para permitr que se ocupara Calcis sin interferir con la protección de Atenas, Calcis y Euripo le habrían sido arrebatadas al rey y hubiera supuesto un éxito de la mayor importancia al comienzo mismo de la guerra, pues el Euripo es la llave por mar de Grecia de la misma forma que el paso de las Termópilas lo es por vía terrestre.


[31,24] Filipo estaba en Demetrias en aquel momento. Cuando se le anunció el desastre que había caído sobre una ciudad aliada, determinó, pues ya era demasiado tarde para salvarla, poner en práctica la segunda mejor opción y vengarla. Con una fuerza de cinco mil infantes, armados a la ligera, y trescientos jinetes, marchó casi a la carrera hasta Calcis, sin dudar por un momento que podría tomar por sorpresa a los romanos. Al comprobar que no había nada que ver, excepto el espectáculo poco atractivo de una ciudad en ruinas humeantes, en la que los apenas había hombres para enterrar a las víctimas del combate, se apresuró a la misma velocidad y, cruzando el Euripo por el puente, marchó a través de la Beocia hasta Atenas, pensando que al mostrar tanto ánimo como los romanos, podría alcanzar el mismo éxito. Y lo pudiera haber tenido, si un explorador no hubiera observado el ejército en marcha del rey desde una torre de vigilancia. Este hombre era lo que los griegos llaman un hemeródromos, porque estos hombres cubren corriendo enormes distancias en un solo día, y adelantándose a ellos llegó a Atenas a medianoche. Aquí se daba la misma somnolencia y negligencia que había provocado la pérdida de Calcis unos días antes. Despertados por el mensajero sin aliento, el pretor ateniense [Livio traduce así el término griego στρατηγός, "strategós".-N. del T.] y Dioxipo, el prefecto de la cohorte de mercenarios, reunieron a sus soldados en el foro y ordenaron a las trompetas que tocaran generala desde la ciudadela, para que todos pudieran saber que el enemigo estaba próximo. Todos corrieron hacia las puertas y murallas.

Algunas horas más tarde, aunque bastante antes del amanecer, Filipo se aproximó a la ciudad. Cuando vio las numerosas luces y oyó el ruido de los hombres se apresuraban de aquí para allá en la inevitable confusión, detuvo sus fuerzas y les ordenó acostarse y descansar. Al fallar su intento por sorprenderles, se dispuso a un combate abierto y avanzó por la parte del Dipilón. Esta puerta, colocada como una boca a la ciudad, es considerablemente más alta y más ancha que el resto, y la calzada que sale y entra de la misma es amplia, de modo que los ciudadanos pudieron formar en orden de combate desde el foro hasta allí; la vía del exterior se extendía alrededor de una milla [1480 metros.-N. del T.] hasta la Academia, dejando mucho espacio para la infantería y la caballería del enemigo. Después de formar su línea puertas adentro, salieron los atenienses, junto con el destacamento que había dejado Atalo y la cohorte de Dioxipo. En cuanto los vio, Filipo pensó que los tenía en su poder y que podría satisfacer su deseo largamente acariciado de destruirles, pues no había Estado en Grecia contra el que estuviera más furioso que Atenas. Después de exhortar a sus hombres para que mantuvieran sus ojos sobre él y recordándoles que los estandartes y la línea de combate debían estar donde se encontrase el rey, espoleó a su caballo animado no solo por su ira, sino también por un deseo de ostentación. Pensó que resultaba algo espléndido el ser visto luchando por la inmensa multitud que llenaba las murallas, como ante un espectáculo. Galopando por delante de sus líneas con unos cuantos jinetes, cargó contra el centro del enemigo y provocó tanto temor entre ellos que llenó a sus hombres de entusiasmo. Hirió a muchos de cerca, a otros con los proyectiles que lanzaba, y los hizo retroceder hacia sus puertas donde les infigió grandes pérdidas al confinarse entre su limitado espacio. Aún persiguiéndoles imprudentemente, todavía pudo escapar con seguridad, pues los de las torres sobre la puerta se abstuvieron de lanzar sus jabalinas por temor a herir a sus propios compañeros, que estaban mezclados con el enemigo. Después de esto, los atenienses se mantuvieron detrás sus murallas y Filipo, tras dar la señal de retirada, asentó su campamento en Cinosarges, donde había un templo de Hércules y un gimnasio con un bosque sagrado alrededor.
Pero Cinosarges, el Liceo y cada lugar sagrado y delicioso alrededor de la ciudad fueron incendiados; no solo fueron destruidos los edificios, ni siquiera las tumbas, ni nada perteneciente a los dioses o a los hombres se salvó de su furia incontrolable.

[31.25] Al día siguiente, las puertas cerradas se abrieron de repente para admitr un cuerpo de tropas enviadas por Atalo desde Egina y por los romanos desde el Pireo. El rey retró entonces su campamento a una distancia de unas tres millas de la ciudad [4440 metros.-N. del T.]. Desde allí marchó a Eleusis, con la esperanza de asegurarse mediante un golpe de mano el templo y la fortaleza que lo rodea y protege por todos lados. Sin embargo, al encontrarse con que los defensores estaban alerta y que la flota estaba de camino desde el Pireo para prestarles ayuda, abandonó su proyecto, marchó a Mégara y de allí directamente a Corinto. Al enterarse de que el Consejo de los aqueos estaba reunido en Argos, se presentó en la Asamblea de manera bastante inesperada. En aquel momento, estaban discutendo la cuestón de la guerra con Nabis, tirano de los lacedemonios. Este reanudó las hostlidades cuando se traspasó el mando supremo de Filopemén a Ciclíadas, que en modo alguno era un jefe tan competente, y en vista de que los aqueos habían despedido a sus mercenarios, tras devastar los campos de sus vecinos estaba ahora amenazando sus ciudades. El consejo deliberaba sobre qué proporción de tropas debía proporcionar cada Estado para oponerse a este enemigo. Filipo prometó aliviarlos de cualquier temor por lo que hacía a Nabis y los lacedemonios; no solo protegería de sus correrías los territorios de sus aliados, sino que llevaría todo el terror de la guerra a Lacedemonia marchando allí con su ejército. Cuando estas palabras fueron recibidas con aplausos pasó a decir: "Sin embargo, si vuestros intereses van a ser protegidos con mis armas, es justo que los míos no queden sin defensa. Proporcionadme pues, si así lo aprobáis, una fuerza suficiente para guarnecer Óreo, Calcis y Corinto, para que con esta seguridad en mi retaguardia pueda hacer la guerra a Nabis y a los lacedemonios libre de riesgos". Los aqueos no tardaron en detectar el motivo para hacer una promesa tan generosa y ofrecerles ayuda contra los lacedemonios. Vieron que su objetivo era sacar las fuerzas combatentes de los aqueos fuera del Peloponeso, como rehenes, y obligar así a su nación a una guerra con Roma. Ciclíadas, pretor de los aqueos, viendo que cualquier otro argumento resultaría irrelevante, observó simplemente que las leyes de los aqueos no permitan discutr otros asuntos que no fueran aquellos para los que se había reunido el Consejo. Después haber aprobado un decreto para levantar un ejército que actuase contra Nabis, despidió al consejo que había presidido con valor e independencia, pese a que antes de aquel día había sido considerado como un firme partidario del rey. Filipo, cuyas muchas esperanzas es esfumaron de aquella manera, logró alistar unos cuantos voluntarios y después de esto regresó a Corinto, y de allí al Ática.

[31,26] Durante el tiempo en que Filipo estuvo en Acaya, Filocles, prefecto del rey, partió de Eubea con dos mil tracios y macedonios, con el propósito de asolar el territorio ateniense. Cruzó el paso de Citerón [cadena montañosa entre el Ática y Beocia.-N. del T.], en las cercanías de Eleusis, y allí dividió sus fuerzas. Mandó por delante una mitad para que devastaran los campos en todas direcciones, a la otra la ocultó en una posición adecuada para una emboscada de manera que, si se lanzaba un ataque desde el castllo de Eleusis contra los suyos, pudieran tomar a los asaltantes por sorpresa. Su emboscada, no obstante, fue descubierta, de modo que llamó de vuelta a los hombres que tenía dispersos, unión de nuevo sus fuerzas y lanzó un ataque contra la fortaleza. Después de un infructuoso intento, en el que muchos de sus hombres resultaron heridos, se retró y se unió a Filipo que regresaba de Acaya. El propio rey lanzó un ataque sobre el mismo castllo, pero la llegada de naves romanas desde el Pireo y la llegada de refuerzos a la plaza, le obligaron a abandonar la empresa. Envió luego a Filocles, con una parte de su ejército, a Atenas; con el resto se dirigió a El Pireo con el fin de que, mientras Filocles mantenía a los atenienses dentro de su ciudad aproximándose a las murallas y amenazando con un asalto, él pudiera aprovechar la oportunidad de atacar El Pireo al quedarse con una débil guarnición. Pero el asalto al Pireo resultó ser tan difcil como el de Eleusis, ya que prácticamente las mismas tropas defendieron ambos. Abandonando el Pireo marchó rápidamente a Atenas. Aquí fue rechazado por una fuerza de infantería y caballería que desde la ciudad lo atacaron por sorpresa en el estrecho paso de las largas murallas en ruinas que conectan el Pireo con Atenas. En vista de que era inútl cualquier intento contra la ciudad, dividió su ejército con Filocles y se dedicó a devastar los campos. Sus primeras destrucciones se habían limitado a los sepulcros que rodeaban la ciudad; ahora decidió no dejar nada libre de profanación y dio órdenes para que se destruyeran e incendiaran los templos de los dioses que se habían consagrado en cada aldea. La tierra del Ática era famosa por aquel tipo de construcción tanto como por la abundancia de mármol nativo y el genio de sus arquitectos; por lo tanto, ofrecía abundante material para aquella furia destructora. No quedó satsfecho con el derrocamiento de los templos con sus estatuas, e incluso ordenó que se rompieran en pedazos los bloques de piedra para que no se pudieran reconstruir las ruinas. Cuando ya no quedaba nada sobre lo que su rabia, aún insatsfecha, pudiera descargarse, dejó los territorios enemigos y se dirigió a Beocia, no haciendo en Grecia nada más digno de mención.

[31.27] El cónsul Sulpicio estaba acampado por entonces junto al río Semeni [el antiguo Apso.-N. del T.] en una posición que se extendía entre Apolonia y Dirraquio. Hizo volver a Lucio Apusto y lo envió con parte de sus fuerzas a devastar las fronteras del enemigo. Después de devastar las fronteras de Macedonia y capturar al primer asalto los puestos fortificados de Corrago, Gerrunio y Orgeso, Apusto llegó a Berat [la antigua Antipatrea.-N. del T.], una ciudad situada en un estrecho desfiladero. En primer lugar, convocó a una entrevista a los hombres principales de la ciudad, tratando de persuadirlos para que se confiaran a los romanos. Confiando en el tamaño de su ciudad, sus fortificaciones y su fuerte posición, trataron sus propuestas con desprecio. Él, a continuación, recurrió a la fuerza y tomó el lugar por asalto. Después de dar muerte a los hombres adultos y permitr que los soldados se apoderasen de todo el botín, arrasó las murallas e incendió la ciudad. El temor a un trato similar provocó la rendición de Codrión [pudiera tratarse de la actual Rmait, en Albania.-N. del T.], una ciudad bastante fuerte y fortificada, sin ofrecer ninguna resistencia. Se dejó allí un destacamento para guarnecer el lugar y se tomó Cnido al asalto, nombre más conocido como el de una ciudad de Asia. Cuando Apusto marchaba de regreso con el cónsul, llevando una considerable cantidad de botín, fue atacado al cruzar el río por un tal Atenágoras, uno de los prefectos de rey, sembrando la confusión en su retaguardia. Al oír los gritos y el tumulto, regresó al galope, hizo que sus hombres dieran media vuelta, lanzaran los equipajes al centro de la columna y formaran su línea de combate. Los soldados del rey no resisteron la carga de los romanos, muriendo muchos y siendo los más hechos prisioneros. Apusto llevó íntegro de regreso a su ejército con el cónsul y se le envió de inmediato a reunirse con la flota.

[31,28] Al quedar marcado el inicio de la guerra por esta expedición victoriosa, varios príncipes y notables de los países fronterizos con Macedonia visitaron el campamento romano; entre ellos estaba Pléurato, el hijo de Escardiledo [ver Libros XXVI, cap. 24 y XXIX, cap. 5.-N. del T.], Aminandro, rey de los atamanes, y Bato, el hijo de Longaro, que representaba a los dárdanos. Longaro había estado combatendo por su propia cuenta contra Demetrio, el padre de Filipo. En respuesta a sus ofertas de ayuda, el cónsul dijo se valdría de los servicios de los dárdanos y de Pléurato cuando llevara su ejército a Macedonia. Acordó con Aminandro que este debía convencer a los etolios para que tomaran parte en la guerra. También habían venido embajadores de Atalo, a los que ordenó pedir al rey que se encontrase con la flota romana en Egina, donde invernaba, y que en unión de ella acosara a Filipo, como ya antes había hecho, mediante operaciones navales. Se enviaron, además, emisarios a los rodios animándolos a tomar parte en la guerra. Filipo, que había llegado ya a Macedonia, mostró no menos energía en disponer los preparativos para la guerra. Su hijo Perseo, un simple muchacho con quien había destinado algunos miembros de su Consejo para que lo dirigieran y aconsejaran, fue enviado a guarnecer el paso que conduce a la Pelagonia. Esciatos y Peparetos, ciudades de cierta importancia, fueron destruidas para que no pudieran enriquecer a la flota enemiga con su saqueo. Envió embajadores a los etolios para evitar que aquel pueblo, excitado por la llegada de los romanos, rompiera su alianza con él.

[31.29] El encuentro de la Liga Etolia, que ellos llaman Panetólica, se iba a celebrar el día señalado. Los enviados del rey apresuraron su viaje con el fin de llegar allí a tiempo; también estaba presente Lucio Furio Purpúreo como representante del cónsul, además de una delegación de Atenas. Se permitó hablar en primer lugar a los macedonios, pues el tratado con ellos era el último que se había establecido. Estos dijeron que, no habiendo surgido nuevas circunstancias, nada nuevo tenían que aducir sobre el tratado existente. Los etolios, habiendo aprendido por la experiencia cuán poco tenían que ganar de una alianza con los romanos, habían hecho la paz con Filipo y, una vez hecha, estaban obligados a mantenerla. "¿O es que preferís -preguntó uno de los enviados-copiar la falta de escrúpulos, por no decir la desvergüenza, de los romanos? Cuando vuestros embajadores estuvieron en Roma, la respuesta que recibieron fue "¿Por qué venís a nosotros, etolios, después de haber hecho la paz con Filipo sin nuestro consentimiento?" Y ahora esos mismos hombres nos insisten para que nos unamos a ellos en la guerra contra Filipo. Primeramente fingieron que tomaban las armas contra él en vuestro nombre y para protegeros, ahora os prohiben estar en paz con Filipo. En la primera guerra púnica marcharon a Sicilia con el pretexto de ayudar a Mesina; en la segunda, para librar a Siracusa de la tranía cartaginesa y restaurar su libertad. Ahora, Mesina y Siracusa, y de hecho toda Sicilia, son sus tributarias: han reducido la isla a una provincia en la que ejercen poder absoluto de vida y muerte. Imaginaréis, supongo, que los sicilianos disfrutan de los mismos derechos que vosotros; que, al igual que vosotros celebráis vuestro propio consejo en Lepanto [la moderna Nafpaktos.-N. del T.], bajo vuestras propias leyes y presididos por los magistrados que elegís, con total capacidad para formar alianzas y declarar la guerra a vuestro placer, ellos hacen igual en los consejos que celebran en las ciudades de Sicilia, en Siracusa, en Mesina o en Marsala [la antigua Lilibeo.-N. del T.]. Pues no: un pretor romano dispone sus reuniones; es a convocatoria cuya cuando han de reunirse; a él ven emitr sus edictos desde su alta tribuna, como un déspota y rodeado por sus lictores; sus espaldas están amenazadas por la vara, sus cuellos por el hacha y cada año se les sortea a un amo diferente. Tampoco les debe ni puede extrañar esto, cuando ven ciudades de Italia como Regio, Tarento o Capua yacer postradas bajo la misma tranía, por no hablar de aquellas, más próximas a Roma, sobre cuyas ruinas ha crecido su grandeza.

Capua sobrevive, de hecho, como sepulcro y memorial de la nación campana: el propio pueblo, en realidad, está muerto o enterrado, o bien expulsado como exiliados. Es una ciudad sin cabeza ni extremidades, sin un senado, sin una plebe, sin magistrados, un portento antinatural sobre la terra; dejarla habitable por los hombres fue un acto de mayor crueldad que haberla destruido completamente. Si hombres de una raza extranjera, aún más separados de vosotros por idioma, costumbres y leyes que por el mar y la terra, consiguen dominar aquí, será locura e insensatez esperar que nada siga como hasta ahora. Creéis que la soberanía de Filipo es un peligro para vuestra libertad. Fueron vuestros propios actos los que le hicieron tomar las armas contra vosotros, y su único objetivo era conseguir una paz firme con vosotros. Todo lo que os pide hoy es que no quebréis esa paz. Una vez se familiaricen las legiones extranjeras con estas costas y postren vuestros cuellos bajo el yugo, buscaréis entonces en vano y demasiado tarde el apoyo de Filipo como aliado; tendréis a los romanos como amos vuestros. Etolios, acarnanes y macedonios se unen y separan solo por motivos leves y temporales; con los bárbaros y extranjeros todos los griegos han estado y siempre estarán en guerra; pues ellos son nuestros enemigos por naturaleza, y la naturaleza es inmutable; su hostlidad no se debe a causas que puedan variar de un día para otro. Pero voy a terminar donde comencé. Hace tres años que en este mismo lugar decidisteis hacer la paz con Filipo. Sois los mismos hombres que erais entonces, él es el mismo que era y los romanos que se oponían a ello son los mismos a quienes ahora molesta. Nada ha cambiado la Fortuna; no veo por qué debéis cambiar de opinión".

[31,30] A los macedonios siguieron, con el consentimiento y a petción de los propios romanos, los atenienses que, después del modo escandaloso en que se les había tratado, tenían todos los motivos para protestar contra la bárbara crueldad de Filipo. Se quejaban por la lamentable devastación y el saqueo de sus campos, pero sus quejas no eran por haber sufrido un trato hostl de un enemigo. Había ciertos usos de la guerra que se podían sufrir y hacer sufrir legalmente; la quema de cosechas, la destrucción de viviendas, la captura de hombres y ganado como botín, todo aquello provocaba el sufrimiento de quienes lo soportaban, pero no se consideraban una indignidad. De lo que se quejaban era de que el hombre que llamaba a los romanos extranjeros y bárbaros, había violado tan completamente toda ley, humana y divina, que en sus primeros ataques hizo una guerra impía contra los dioses infernales y en los siguientes contra los de las alturas. Todos los sepulcros y monumentos dentro de sus fronteras fueron destruidos, quedaron al descubierto los muertos en todas sus tumbas, sin que a sus huesos les cubriera ya la terra. Había santuarios consagrados por sus antepasados en pequeñas aldeas y puestos fortificados, cuando vivían en los distritos rurales, que ni siquiera fueron abandonados o descuidados cuando se concentraron a vivir en una ciudad. Todos estos templos había entregado Filipo a las llamas sacrílegas; las imágenes de sus dioses, ennegrecidas, quemadas y mutladas, yacían entre los caídos pilares de sus templos. Lo que había hecho a la tierra del Ática, famosa con justicia una vez por su belleza y su riqueza, si se le permita, lo haría a Etolia y a toda Grecia. La propia Atenas habría quedado igualmente desfigurada, de no haber llegado los romanos en su rescate, pues la misma ira impía le llevaba contra los dioses que habitaban en la ciudad: Minerva, la protectora de la ciudadela, la Ceres de Eleusis y a Júpiter y a Minerva en el Pireo. Sin embargo, había sido rechazado por la fuerza de las armas no sólo de sus templos, sino incluso de las murallas de la ciudad, y había vuelto su furia salvaje contra aquellos santuarios cuya santidad era su única protección. Cerraron con una ferviente apelación a los etolios, para que se compadecieran de los atenienses y partciparan en la guerra bajo la guía de los dioses inmortales y de los romanos, que después de los dioses eran quienes más poder poseían.

[31,31] A continuación, el legado romano habló así: "Los macedonios, y después los atenienses, me obligan a alterar completamente el discurso que iba a hacer. Yo venía para protestar por los actos ilegales de Filipo contra todas las ciudades de nuestros aliados, pero los macedonios, con las acusaciones que han hecho contra Roma, me han convertido más en defensor que en acusador. Luego los atenienses, nuevamente, al relatar sus crímenes impíos e inhumanos contra los dioses de lo alto y de lo profundo, nada han dejado que yo, o cualquier otro, puedan presentar en su contra. Considerad que las mismas cosas han dicho los habitantes de Cíos y Abidos, los de Eno, los maronitas, los tasios, los nativos de Paros y Samos, de Larisa y Mesene, y de aquí, en la Acaya; todos se quejan de actos similares

o incluso más graves, pues tuvo más ocasión de dañarles. En cuanto a las acciones que él ha presentado como crímenes en nuestra contra, admitré francamente que no se pueden defender, a menos que se consideren dignas de gloria. Mencionó, como ejemplos, Regio, Capua y Siracusa. En el caso de Regio, los propios habitantes nos pidieron durante la guerra contra Pirro que enviásemos una legión para protegerles, y los soldados, perpetrando una conspiración criminal, se apoderaron por la fuerza de la ciudad a la que se les envió a defender. ¿Aprobamos, entonces, sus actos? Por el contrario ¿acaso no adoptamos medidas militares contra los criminales y, cuando los tuvimos en nuestro poder, no los obligamos a dar satsfacción a nuestros aliados azotándolos y ejecutándolos?, ¿y no devolvimos a los reginos su ciudad, sus tierras y todas sus propiedades junto con su libertad y sus leyes?. En cuanto a Siracusa, cuando estaba oprimida por tiranos extranjeros, una humillación aún mayor, vinimos en su ayuda y pasamos tres largos años lanzando ataques por mar y tierra contra sus casi inexpugnables fortificaciones. Y aunque los propios siracusanos ya preferían seguir como esclavos bajo la tranía a que la ciudad fuese capturada por nosotros, la tomamos y las mismas armas que efectuaron su captura aseguraron su libertad. Y, al mismo tiempo, no negamos que Sicilia es una de nuestras provincias, ni que las ciudades que se pusieron del lado de los cartagineses y los instaron a guerrear contra nosotros son ahora tributarias y nos pagan impuestos. No lo niego, al contrario, deseamos que vosotros y todo el mundo sepa que cada cual ha tenido de nosotros el trato que ha merecido. Igual fue con Capua. ¿Suponéis que lamentamos el castgo impuesto a los campanos, castgo del que ni ellos mismos pueden convertir en motivo de queja?. En su nombre guerreamos contra los samnitas durante casi setenta años y durante aquel tiempo sufrimos graves derrotas; nos unimos con ellos mediante un tratado, luego mediante matrimonios mixtos y, por último, por la ciudadanía común. Y sin embargo, estos hombres fueron los primeros de todos los pueblos de Italia en aprovecharse de nuestras dificultades y pasarse con Aníbal después de masacrar a nuestra guarnición; después, en venganza por nuestro asedio, lo mandaron a atacar Roma. Si ni su ciudad ni uno solo de sus habitantes hubiera sobrevivido, ¿quién podría indignarse por su destino o acusarnos de haber adoptado medidas más duras de las que merecían? Aquellos a quienes su conciencia de culpa llevó al suicidio fueron más numerosos que los castgados por nosotros; y aunque privamos a los supervivientes de su ciudad y territorios, se les dio tierra y un lugar para morar. La misma ciudad no nos había ofendido y la dejamos intacta, tanto es así que cualquiera que la contempla hoy en día no encuentra rastro alguno de que haya sido asaltada y capturada.

¿Pero por qué hablo de Capua, cuando incluso a la conquistada Cartago hemos dado la paz y la libertad? Más bien corremos el peligro de que, al mostrar demasiada indulgencia sobre los vencidos, les incitemos aún más a probar fortuna haciéndonos la guerra. Vaya todo esto en defensa de nuestra conducta. En cuanto a las acusaciones contra Filipo: las masacres en su propia familia, los asesinatos de sus parientes y amigos, su lujuria casi más inhumana que su crueldad, vosotros que vivís más próximos a Macedonia sabéis más sobre todo ello. En cuanto a vosotros, etolios, hicimos la guerra contra él por vosotros y vosotros hicisteis la paz con él sin nosotros. Quizá diréis que, como estábamos completamente ocupados con la guerra púnica, os visteis obligados a aceptar los términos de paz del hombre cuyo poder, por entonces, estaba en ascenso; y que nosotros, tras abandonar vosotros las hostlidades, también cesamos en ellas por reclamarnos asuntos más graves. Ahora, sin embargo, que por el favor de los dioses ha terminado la guerra púnica, hemos descargado toda nuestra fuerza sobre Macedonia y se os ofrece la oportunidad de ganar nuevamente nuestra amistad y apoyo, a no ser que prefiráis perecer con Filipo en vez de vencer junto a los romanos".

[31.32] A la conclusión de este discurso, el sentir general era favorable a los romanos. Damócrito, el pretor de los etolios, del que se rumoreaba que había sido sobornado por el rey, se negó a apoyar a cualquiera de los lados. "En asunto de tan graves consecuencias -dijo-nada es tan fatal para tomar una sabia decisión como hacer las cosas con precipitación. A esta le sigue el arrepentimiento que, sin embargo, resulta tan tardío como inútl; no se puede volver atrás de las decisiones que se toman rápida y apresuradamente, ni se puede deshacer el daño". Él era de la opinión de que se debía dejar un tiempo para permitr una madura consideración, y que ese tiempo podría ser fijado allí mismo sobre la siguiente base: Como, por ley, les estaba prohibido discutr cuestones sobre la paz y la guerra en ningún otro lugar más que en el consejo Panetólico o de las Termópilas, debían aprobar enseguida un decreto eximiendo al pretor de toda culpa si convocaba un consejo cuando él pensase que había llegado el momento de presentar la cuestón de la paz y la guerra, y los decretos de tal consejo tendrían la misma fuerza y validez que si hubieran sido aprobados en un consejo Panetólico o de las Termópilas. Después que el asunto quedara aplazado, se despidió a los embajadores y Damócrito declaró que aquella decisión era favorable en alto grado para la nación, pues podrían unirse a cualquiera que fuese el bando que disfrutase de mejor fortuna en la guerra. Aquellos fueron los sucesos en el consejo Panetólico.

[31,33] Filipo estaba vigorosos preparativos tanto por tierra como por mar. Concentró sus fuerzas navales en Demetrias, en Tesalia, pues esperaba que Atalo y la flota romana se moverían de Egina al comienzo de la primavera. Heráclides siguió al mando de la flota y de la costa, como antes. Dirigió en persona la concentración de sus fuerzas terrestres, animado por la creencia de que había privado a los romanos de dos importantes aliados: por una parte los etolios, y por otra a los dárdanos, pues el desfiladero de Pelagonia estaba cerrado por su hijo Perseo. En aquel momento, el cónsul no se estaba preparando para la guerra, sino que ya estaba haciéndola. Condujo su ejército a través del territorio de los dasarecios, llevando con ellos, sin tocarlo, el grano que había sacado de sus cuarteles de invierno, pues los campos por los que marchaban les suministraban todo el que precisaban. Algunas de las ciudades y pueblos en su ruta se entregaron voluntariamente, otros por temor, algunos fueron tomados al asalto, otros se encontraron abandonados, habiendo huido sus habitantes a las montañas vecinas. Estableció un campamento permanente en Linco, cerca del río Molca [el antiguo Bevo, que desemboca en el lago Ochrid.-N. del T.], enviando desde allí partdas a recoger grano de los hórreos de los dasarecios [el horreum que aparece en el texto latino da el hórreo castellano, que es sinónimo de granero.-N. del T.].

Filipo veía la consternación de la población de los alrededores y su pánico pero, no sabiendo dónde estaba el cónsul, envió un ala de caballería a practicar un reconocimiento y averiguar en qué dirección marchaba el enemigo. El cónsul estaba en la misma oscuridad, sabía que el rey había salido de sus cuarteles de invierno pero, ignorante de su paradero, envió también caballería a reconocer el terreno. Habiéndose alejado durante un tiempo considerable cada partda, a lo largo de caminos desconocidos en territorio dasarecio, finalmente tomaron el mismo camino. Al escuchar en la distancia el sonido de los hombres y los caballos acercándose, ambos se percataron de que se acercaba un enemigo. Así, antes de que llegaran a la vista el uno del otro, habían dispuesto caballos y armas, cargando en cuanto divisaron a su enemigo. No estaban desigualmente enfrentados, ni en número ni en valor, pues cada destacamento estaba compuesto por hombres escogidos; sostuvieron la lucha durante algunas horas hasta que el agotamiento de hombres y caballos detuvo el combate sin que la victoria fuese para ningún bando. Cayeron cuarenta de los macedonios y treinta y cinco de los romanos. Ninguna de las partes obtuvo información alguna sobre el paradero del campamento de sus adversarios, que pudieran llevar de vuelta al cónsul o al rey. Esta información fue transmitda, en última instancia, por los desertores, una clase de personas cuyo poco carácter hace que, en todas las guerras, desean desde el principio proporcionar información útl sobre el enemigo.

[31.34] Pensando que se ganaría el afecto de sus hombres, y los dispondría mejor a afrontar el peligro en su nombre, si ponía especial atención en el enterro de los jinetes caídos en la acción de caballería, ordenó que los cuerpos fuesen llevados al campamento para que todos pudiesen contemplar los honores tributados a los muertos. Pero nada es tan incierto o tan difcil de medir como el ánimo de la multitud. Aquello que esperaba les hiciera más proclives a afrontar cualquier combate, solo les inspiró duda y temor. Los hombres de Filipo se habían acostumbrado a pelear contra griegos e ilirios, y sólo habían contemplado las heridas producidas por jabalinas y fechas, y en raras ocasiones por lanzas. Pero cuando vieron los cuerpos desmembrados con la espada hispana [he aquí la famosa descripción del temible gladivs hispaniensis, recién adoptado por las legiones romanas tras sus combates en la Península Ibérica.-N. del T.]: brazos cortados, hombro incluido, cabezas separadas del tronco con el cuello totalmente seccionado, intestinos expuestos y otras terribles heridas, reconocieron la clase de armas y de hombres contra los que habían de luchar, y un estremecimiento de horror corrió por las filas. Incluso el propio rey sintó temor, pues aún no se había enfrentado a los romanos en combate abierto, y con objeto de aumentar sus fuerzas llamó a su hijo de vuelta junto a las tropas situadas en el paso de Pelagonia, dejando así abierta la vía a Pléurato y a los dárdanos para la invasión de Macedonia. Avanzó ahora contra el enemigo con un ejército de veinte mil infantes y cuatro mil jinetes, llegando a una colina cercana a Ateo, donde se atrincheró con foso y empalizada como a una milla del campamento romano [1480 metros.-N. del T.]. Se dice que al mirar hacia abajo y contemplar con admiración el aspecto del campamento en su conjunto, así como sus diversas secciones delimitadas por las filas de tiendas y las vías que las cruzaban, exclamó: "Nadie podría considerar aquel un campamento de bárbaros". Durante dos días enteros, el rey y el cónsul mantuvieron acampados sus respectivos ejércitos, cada uno esperando que el otro atacase. Al tercer día, el general romano condujo todas sus fuerzas a la batalla.

[31.35] El rey, sin embargo, tenía miedo de arriesgar un enfrentamiento general tan pronto, y se contentó con enviar una avanzada de cuatrocientos tralos, una tribu iliria, como ya explicamos antes, y trescientos cretenses, añadiendo a estos el mismo número de jinetes al mando de Atenágoras, uno de los nobles de su corte [purpurati, purpurados, los califica Livio en el original latino.-N. del T.], para desafiar a la caballería enemiga. Los romanos, cuyo frente formaba a unos quinientos pasos de distancia [unos 740 metros.-N. del T.], situaron por delante a sus vélites y a dos alas de caballería, de manera que el número de sus hombres, montados y desmontados, igualaba a los del enemigo. Las tropas del rey esperaban el tipo de lucha con el que estaban familiarizados: la caballería haciendo cargas y retrándose, lanzando en cierto momento sus proyectiles para luego galopar a la retaguardia; los ilirios se aprovecharían de su velocidad con bruscas y rápidas cargas, y los cretenses descargarían sus fechas sobre el enemigo cuando se lanzara en desorden al ataque. Pero esta táctica de combate quedó completamente desbaratada por el método de ataque romano, que resultó tan sostenido como feroz. Estos lucharon con tanta constancia como si partcipara todo el ejército; los vélites, tras descargar sus jabalinas, cerraron cuerpo a cuerpo con sus espadas; la caballería, una vez hubo llegado hasta el enemigo, detuvo sus caballos y luchó, unos montados y otros desmontados, ocupando sus lugares entre la infantería. En estas condiciones, la caballería de Filipo, no habituada a un combate estátco, no resultó enemiga para la caballería romana, y su infantería, entrenada para escaramucear en orden abierto y sin la protección de la armadura, estaba a merced de los vélites, que con sus espadas y escudos estaban igualmente preparados para la defensa como para el ataque. Incapaces de sostener el combate, se retraron a la carrera a su campamento, confiados solo en su velocidad.

[31.36] Tras dejar pasar un día, el rey decidió poner en acción a toda su caballería y tropas ligeras. Durante la noche, ocultó un destacamento de soldados equipados con cetra, a quienes llaman peltastas

[tanto la cetra, de etimología latina, como la pelta, de etimología griega, son escudos ligeros de cuero, mimbre o madera recubierta de cuero, de entre 50 y 70 cm de diámetro; en el caso griego, además, solía tener forma de media luna crecida.-N. del T.], en una posición entre ambos campamentos bien situada para una emboscada. Ordenó a Atenágoras y a su caballería que, en caso de que la batalla se desarrollase en su favor, presionara para obtener ventaja; de lo contrario, que cediera terreno lentamente y llevara al enemigo hasta donde estaba dispuesta la emboscada. La caballería se retró, pero los oficiales de la cohorte cetrada no esperaron lo bastante a que se diera la señal y, haciendo avanzar a sus hombres antes del momento adecuado, perdieron su oportunidad de vencer. Los romanos, victoriosos en combate abierto y a salvo del peligro de la emboscada, regresaron al campamento. Al día siguiente, el cónsul salió a la batalla con todas sus fuerzas. Delante de su línea situó algunos elefantes, que los romanos empleaban como apoyo por primera vez, de los capturados en la guerra púnica. Cuando vio que el enemigo se mantenía en calma tras sus empalizadas, subió a cierto terreno elevado, llegando incluso cerca de su valla y se burló de ellos por su miedo. Ni siquiera entonces se le ofreció ocasión de combatir, y como el forrajeo no resultaba en modo alguno seguro mientras los campamentos estuvieran tan próximos, pues la caballería de Filipo podía atacar a sus hombres cuando estaban dispersos por los campos, trasladó su campamento a un lugar llamado Otolobo, a unas ocho millas de allí [11840 metros.-N. del T.], para proporcionar más seguridad a sus forrajeadores al aumentar la distancia. Mientras los romanos se encontraban recolectando grano en los alrededores de su campamento, el rey mantuvo a sus hombres detrás de su empalizada para que el enemigo se volviera más atrevido y descuidado. Cuando los vio dispersarse, partió con toda su caballería y los auxiliares cretenses a paso tan rápido que solo los más veloces de los infantes pudieron mantenerse a la par con los jinetes. Al llegar a una posición entre los forrajeadores y su campamento, dividió su fuerza. Una parte fue enviada en persecución de los forrajeadores, con órdenes de no dejar un solo hombre vivo; con la otra tomó posiciones sobre los distintos caminos por los que el enemigo habría de regresar a su campamento. Ya caían y huían los hombres en todas partes, sin que ninguno hubiera llegado todavía al campamento romano con noticias de la catástrofe, pues los que huían de allí caían en manos de las tropas del rey, que les estaban esperando; murieron más a manos de los que bloqueaban los caminos que de los que habían sido enviados en su persecución. Por fin, algunos que habían logrado eludir al enemigo llevaron al campamento, en su excitación, más confusión que información concreta.

[31.37] El cónsul ordenó a su caballería que acudiera, donde le fuera posible, al rescate de sus camaradas, sacando al mismo tiempo a las legiones fuera del campamento y marchando en orden cerrado contra el enemigo. Algunos de los jinetes se perdieron por los campos, por culpa de los gritos que surgían de diferentes lugares, otros se encontraron cara a cara con el enemigo y comenzaron los enfrentamientos en varios puntos al mismo tiempo. Fueron más enconados donde estaba situado el rey, pues debido a su número, tanto de infantería como de caballería, casi formaban un ejército regular; al ocupar el camino central, la mayoría de los romanos se encontraron con ellos. Los macedonios, además, tenían la ventaja de la presencia del rey para animarlos, mientras que los auxiliares cretenses, en orden cerrado y dispuestos al combate, herían por sorpresa a muchos de sus oponentes, quienes se encontraban dispersos sin ningún orden o formación. Si hubiesen contenido en su persecución, no solo habrían alcanzado la gloria en aquella batalla, sino que habían influido enormemente en el curso de la guerra. Tal como fueron las cosas, se dejaron llevar por la sed de sangre y se encontraron con las cohortes romanas que avanzaban y con sus tribunos militares; también la caballería, en cuanto vio los estandartes de sus camaradas, volvió sus caballos contra el enemigo que estaba ahora desordenado y en un momento se invirtó la fortuna del día: los que habían sido los perseguidores daba ahora la vuelta y huían. Muchos murieron en combates cuerpo a cuerpo y muchos al huir; no todos perecieron por la espada, algunos fueron empujados a los pantanos y succionados con sus caballos por el lodo sin fondo. Hasta el rey se vio en peligro, pues fue arrojado al suelo por su caballo herido y enloquecido, y casi aplastado al caer. Debió su salvación a un jinete que descabalgó de inmediato y puso al atemorizado rey sobre su propio caballo; aquel, al no poder seguir su huída a pie junto a la caballería, fue alanceado por el enemigo que había cabalgado hasta donde cayó el rey. Filipo galopó rodeando el pantano y se abrió camino, en su precipitada fuga, a través de senderos y lugares sin caminos hasta alcanzar la seguridad de su campamento, donde la mayoría de los hombres le había dado por perdido. Doscientos macedonios perecieron en esa batalla, un centenar fueron hechos prisioneros y se capturaron ochenta caballos bien equipados junto a los despojos de sus jinetes caídos.

[31,38] Hubo algunos que aquel día culparon al rey de temeridad y al cónsul de falta de energía. Decían que Filipo tendría que haberse mantenido en calma, pues sabía que el enemigo habría devastado en pocos días toda la comarca de grano y tendría total falta de provisiones. El cónsul, por otra parte, tras derrotar a la caballería y la infantería ligera enemigas, y casi capturar al mismo rey, debería haber marchado de inmediato contra el campamento enemigo; este estaba demasiado desmoralizado como para presentar resistencia y la guerra podría haber finalizado en aquel momento. Como la mayoría de las veces, esto era más fácil decirlo que hacerlo. Si el rey hubiera entrado en combate con toda su infantería, es posible que pudiera haber perdido su campamento tras ser completamente derrotado y huir del campo de batalla en total desorden hacia aquel, continuando luego su huida cuando el enemigo irrumpiese a través de sus fortificaciones. Pero como las fuerzas de infantería en el campamento se mantuvieron intactas, y los puestos de avanzada y los vigías seguían en sus puestos, ¿qué habría ganado el cónsul, aparte de imitar la temeridad del rey en su alocada persecución de la caballería derrotada? Tampoco podía encontrarse fallo alguno en el plan del rey de atacar a los forrajeadores mientras estaban dispersos por los campos, si se hubiera contentado con aquella victoria. Que hubiera tentado a la fortuna como lo hizo no es nada sorprendente, pues ya corrían rumores de que Pléurato y los dárdanos habían invadido Macedonia con una fuerza inmensa. Si tales fuerzas llegaban a rodearle, bien podría creerse que los romanos darían término a la guerra sin moverse un paso. Tras las dos fallidas acciones de caballería, Filipo pensó que correría un riesgo considerable quedándose más tiempo en su campamento. Como deseaba ocultar su partida al enemigo, envió un emisario con caduceo justo antes del atardecer para solicitar un armistcio con el propósito de enterrar a los muertos [el caduceo es una vara delgada, lisa y cilíndrica, rodeada de dos culebras, atributo de Hermes/Mercurio, dios del comercio y mensajero de los dioses, considerado en la Antigüedad como símbolo de paz.-N. del T.] Habiendo engañado así al enemigo, salió durante la segunda guardia en completo silencio y dejando numerosos fuegos encendidos por todo el campamento.

[31.39] El cónsul estaba descansando cuando le dieron noticia de la llegada del heraldo y el motivo de su venida. Toda su respuesta fue que se le concedería una entrevista a la mañana siguiente. Esto era justo lo que Filipo quería, pues le concedía toda la noche y parte del día siguiente para alejarse de su oponente. Tomó el camino por las montañas, por la que sabía que no se atrevería el general romano con su pesada columna. Al amanecer, el cónsul concedió el armistcio y despidió al heraldo; no mucho después, se dio cuenta de que el enemigo había desaparecido. Sin saber en qué dirección seguirlo, pasó unos días en el campamento recolectando grano. Marchó después a Bucinsko Kalé [la antigua Stuberra, junto al río Erígono, el actual Tcherna, en Macedonia.-N. del T.], donde reunió el trigo que hizo traer desde los campos de Pelagonia. Desde allí avanzó a Pluina sin haber descubierto hasta entonces la ruta que había tomado el enemigo. Filipo, en un primer momento, fijó su campamento en Bruanio [también, al parecer, junto al río Tcherna.-N. del T.], y luego avanzó por caminos transversales, provocando una repentina alarma en el enemigo. Los romanos, en consecuencia, abandonaron Pluina y acamparon junto al río Osfago [afluente del Tcherna, que a su vez lo es del Vardar.-N. del T.]. El rey levantó su campamento no lejos de allí, junto a un río que los nativos llaman Erígono, levantando su empalizada a lo largo de la orilla. Entonces, habiéndose asegurado definitivamente de que los romanos tenían intención de marchar hacia Eordea [cerca del lago Ostrovo.-N. del T.], decidió antcipárseles y ocupar un estrecho paso con el propósito de imposibilitar que el enemigo lo cruzara. Lo obstaculizó en varias formas: en algunas partes con empalizadas, en otras con fosos, en otras con piedras apiladas a modo de muralla y en otros lugares con troncos de árboles según permitera la naturaleza del suelo o de los materiales disponibles, hasta que pensó haber conseguido convertir un camino ya de por sí difcil en absolutamente infranqueable con los obstáculos que había situado en cada salida. El país era sobre todo boscoso, difcil para que las tropas maniobraran, en especial la falange macedónica, pues a menos que pueda levantar una especie de empalizada con sus extraordinariamente largas lanzas, que sitúan frente a sus escudos y que precisan de mucho espacio libre, no resulta de utlidad. Los tracios con sus picas, que también eran de una longitud enorme, se veían obstaculizados e impedidos en todas partes por las ramas. La cohorte cretense fue la única que resultó de alguna utlidad, y esto solo en muy limitada medida, pues aunque cuando era atacada por una caballería sin protección podían descargar sus fechas con efectividad, sus proyectiles no tenían fuerza suficiente para penetrar los escudos romanos ni estos dejaban expuestas suficientes partes del cuerpo a las que pudieran apuntar. Encontrar, pues, inútl aquel modo de ataque, arrojaron sobre el enemigo las piedras que yacían por todo el valle. Esto provocó más ruido que daño, pero el batr contra sus escudos detuvo el avance de los romanos durante unos minutos. Pronto dejaron de prestarles atención y algunos de ellos, formando la tortuga [un techo de escudos sobre sus cabezas.-N. del T.], se abrieron paso entre el enemigo que tenían al frente mientras otros, dando un corto rodeo, ganaron la cresta de la colina y arrojaron a vigías y destacamentos macedonios de sus puestos de observación. Degollaron a la mayoría, al resultar casi imposible la huida en un terreno tan lleno de obstáculos.

[31.40] Así se pudo franquear el paso, con menos dificultad de lo que habían supuesto, entrando en el territorio de Eordea. Después de asolar los campos en todas direcciones, el cónsul se trasladó a Elimia.

Aquí lanzó un ataque contra Orests y se aproximó a la ciudad de Kastoria [Elimia estaba al sur de Eordea, junto al río Haliacmón; Orestis está al oeste de aquella y Kastoria es la antigua Celetrum.-N. del T.]. Esta estaba situada en una península, las murallas estaban rodeadas por un lago y solo había un camino al territorio adyacente, sobre una estrecha lengua de terra. Al principio, los ciudadanos, confiados en su posición, cerraron sus puertas y rechazaron las conminaciones a rendirse. Sin embargo, cuando vieron los estandartes avanzando y a las legiones marchando bajo la tortuga [la formación del “testudo”, antes citada.-N. Del T.] hasta la puerta, y la estrecha lengua de tierra cubierta por la columna enemiga, se descorazonaron y se rindieron sin arriesgar una batalla. Desde Kastoria penetró en territorio dasarecio y tomó al asalto la ciudad de Pelión. Se llevó los esclavos y el resto del botín, pero liberó sin rescate a los ciudadanos libres y les devolvió su ciudad tras poner en ella una fuerte guarnición. Su posición era muy apropiada para servirle como base de operaciones contra Macedonia. Después de recorrer así el país enemigo, el cónsul regresó a territorio amigo y llevó sus fuerzas de regreso a Apolonia, que había sido el punto de partida de su campaña. Filipo había sido reclamado por los etolios, la Atamanes, los dárdanos y los numerosos confictos que habían estallado en diferentes lugares. Ya se estaban retrando los dárdanos de Macedonia cuando envió a Atenágoras, con la infantería ligera y la mayor parte de la caballería, para atacarlos por la retaguardia cuando se retraban y, acosando así su retirada, hacerlos menos dispuestos a enviar sus ejércitos fuera de sus fronteras. En cuanto a los etolios, el pretor Damócrito, que les había aconsejado en Lepanto retrasar su resolución sobre la guerra, les había instado encarecidamente, en su siguiente consejo, a que tomaran las armas después de todo lo que había sucedido -el combate de caballería en Otolobo, la invasión de Macedonia por los dárdanos y Pléurato junto a los ilirios y, especialmente, la llegada de la flota romana a Óreo y la certeza de que Macedonia, acosada por todos aquellos estados, estaba bloqueada por mar.

[31,41] Estas consideraciones devolvieron a Damócrito y a los etolios al lado de los romanos, y en unión de Aminandro, el rey de los atamanes, se dirigieron a asediar Cercinio [población posiblemente próxima al actual lago Karla.-N. del T.]. Los ciudadanos habían cerrado sus puertas, no está claro si fue espontáneamente o bajo amenazas, pues las tropas de Filipo guarnecían el lugar. Sin embargo, en pocos días se tomó e incendió Cercinio, y todos los que sobrevivieron a la completa masacre, tanto ciudadanos libres como esclavos, fueron llevados junto al resto del botín. El temor a un destino similar llevó a los habitantes de todas las ciudades alrededor de las marismas de Bebe a dejar sus ciudades y marchar a las montañas. No habiendo más posibilidad de botín, los etolios dejaron aquella parte del país y se dispusieron a entrar en Perrebia [en el nordeste de Tesalia.-N. del T.]. Aquí tomaron Domeniko [la antigua Cirecia.-N. del T.] al asalto y la saquearon sin piedad. La población de Malea se entregó voluntariamente [no está claro si se trata de la moderna Analipsis o Paljokastro.-N. del T.] y fue admitda en la Liga Etolia. Aminandro aconsejó ir de Perrebia a Gonfos, ciudad que estaba cerca de Atamania y de la que pensaba que se podría tomar sin demasiada lucha. Los etolios, sin embargo, preferían saquear y se dirigieron a las fértiles llanuras de Tesalia. Aminandro los acompañó, aunque él no estaba de acuerdo con la forma desordenada en que efectuaron sus correrías ni su modo descuidado de levantar su campamento de cualquier manera, sin tomarse la molesta de escoger una buena posición ni fortificarse apropiadamente. Temía que su imprudencia y descuido pudieran suponer un desastre para él y sus hombres, y al verlos asentar su campamento en un terreno abierto y llano, por debajo de la colina en que se levantaba la ciudad de Farcadón, se apoderó de cierto lugar elevado a poco más de una milla [1480 metros.-N. del T.], que precisaba de muy poca fortificación para resultar seguro. Excepto porque continuaban con sus saqueos, los etolios parecían haberse olvidado de que se hallaban en territorio enemigo; algunos deambulaban sin armas, otros convertan el día en noche mediante el vino y el sueño, dejando el campamento completamente desguarnecido.

De repente, cuando nadie lo esperaba, se presentó Filipo. Algunos de los que estaban por los campos se apresuraron a regresar y anunciar su aparición, quedando terriblemente consternados Damócrito y los demás generales. Resultó ser mediodía, cuando la mayor parte de los soldados estaban dormitando después de la pesada comida. Sus oficiales les despertaron, ordenaron armarse a algunos y enviaron otros a llamar de vuelta a las partdas de saqueo que estaban dispersas por los campos. Tan grande fue la prisa y la confusión que algunos jinetes partieron sin sus espadas y la mayoría sin haberse colocado su armadura. Enviados, así pues, a toda prisa, apenas seiscientos de entre infantería y caballería se enfrentaron a la caballería del rey, que les superaba en número, equipamiento y moral. Naturalmente, fueron derrotados al primer choque y, después de oponer apenas ninguna lucha, rompieron en una cobarde huida y se dirigieron a su campamento. Muchos de los que fueron aislados de su cuerpo principal por la caballería resultaron muertos o capturados.

[31,42] Ya estaban sus hombres llegando a la empalizada enemiga cuando Filipo ordenó que se tocara retirada, pues tanto los hombres como los caballos estaban cansados, no tanto por la lucha como por la duración y extraordinaria celeridad de su marcha. Se ordenó a las turmas de caballería y manípulos de infantería ligera que se turnasen para conseguir agua y comer; mantuvo a los demás, armados, en sus posiciones y esperando al cuerpo principal de infantería, que debido al peso de sus armaduras marchaba con más lenttud. Cuando estos llegaron, recibieron la orden de plantar sus estandartes, descansar sus armas y tomar una comida apresurada mientras dos o tres, como mucho, de cada manípulo eran enviados en busca de agua. La caballería y la infantería ligera, entre tanto, estaban en posición y dispuestas ante cualquier movimiento del enemigo. En ese momento, la multitud de etolios que había estado diseminada por los campos se había reunido en su campamento y dispusieron tropas alrededor de las puertas y la empalizada, como si se dispusieran a defender sus líneas. Contemplaban con fiereza al inmóvil enemigo desde la seguridad, pero en cuanto los macedonios se pusieron en movimiento y dieron en avanzar hacia su campamento, completamente dispuestos al combate, abandonaron rápidamente sus posiciones y escaparon por la puerta hacia la parte trasera del campamento, en dirección al promontorio donde estaba el campamento de los atamanes. También en esta precipitada fuga resultaron muertos o prisioneros muchos etolios. Filipo consideraba que, de haber quedado bastante luz, habría podido también privar a los atamanes de su campamento; pero el día se había consumido, primero en la batalla y después en el saqueo del campamento etolio. Así pues, asentó su posición en el terreno llano cerca de la colina y se preparó para atacar al amanecer. Sin embargo, los etolios, que no se habían recuperado del terror con el que habían abandonado su campamento, huyeron en diversas direcciones durante la noche. Aminandro demostró serles de gran ayuda; bajo su mando, los atamanes que estaban familiarizados con las rutas sobre las cumbres de las montañas les condujeron hasta Etolia por caminos desconocidos para el enemigo, que les seguía en su persecución. Solo unos pocos, que se habían perdido en su huida apresurada, cayeron en manos de la caballería que envió Filipo, al ver que habían abandonado el campamento, para hostgar su retirada.

[31,43] Atenágoras, el prefecto de Filipo, alcanzó en el ínterin a los dárdanos que se retraban tras sus fronteras y provocó gran confusión en la retaguardia de su columna. Estos se dieron la vuelta y formaron su línea de combate, produciéndose una batalla en la que ninguno ganó ventaja. Cuando los dárdanos volvieron a avanzar, la caballería y la infantería ligera del rey siguió acosándolos, pues no tenían fuerzas de aquel mismo tipo para protegerles y su armamento les estorbaba. El mismo terreno, además, se mostraba favorable a los asaltantes. En realidad murieron muy pocos, pero hubo muchos heridos; no se tomaron prisioneros, pues se guardaron mucho de abandonar sus filas y mantenían el combate, durante la retirada, en orden cerrado. De este modo, Filipo, tanto por su audaz iniciativa como por el éxito de sus resultados, se enfrentó a ambas naciones mediante sus bien calculados movimientos, compensando así las pérdidas que había sufrido en la guerra con Roma. Un incidente que se produjo posteriormente le dio una ventaja adicional al disminuir el número de sus enemigos etolios. Escopas, uno de sus notables, que había sido enviado por el rey Tolomeo desde Alejandría con una cantidad considerable de oro, llevó a Egipto un ejército mercenario consistente en seis mil infantes y quinientos jinetes. No habría dejado en Etolia ni un hombre en edad militar si Damócrito no hubiera conservado alguno de aquellos jóvenes en casa recordándoles con severidad la guerra que se aproximaba y la despoblación en que quedaría el país. No está claro si su acción fue dictada por el patriotsmo o por enemistad personal contra Escopas, que no lo había sobornado. Tales fueron las diferentes empresas a las que se enfrentaron los romanos y Filipo durante este verano.

[31.44]
Fue a principios de este verano cuando la flota, bajo el mando de Lucio Apusto, partió de Corfú y, tras rodear el cabo de Malea, se reunió con la de Atalo cerca de Escileo, un lugar situado en el territorio de Hermíone [Corfú es la antigua Corcira, el cabo de Malea está en el extremo sureste del Peloponeso, el Escileo es el del más al este de la Argólide y la Hermíone está en la costa sur de aquella.-

N.
del T.]. Ante esto, los atenienses, que durante mucho tiempo habían temido mostrar su hostlidad a Filipo demasiado abiertamente, ante la perspectiva de una ayuda inmediata dieron ahora rienda suelta a su ira contra él. Nunca hay falta de lenguas para agitar al populacho. Esta clase de personas prosperan

sobre el aplauso de la multitud y se encuentran en todos los Estados libres, particularmente en Atenas, donde la oratoria ha tenido tanta infuencia. Se presentó una propuesta, y se aprobó de inmediato por el pueblo, para que todas las estatuas y bustos de Filipo y de todos sus antepasados, hombres y mujeres por igual, junto con sus inscripciones, fueran retiradas y destruidas; los festivales, sacrificios y sacerdotes insttuidos en su honor o el de sus predecesores serían abolidos; también se execraría todo lugar en que se hubiera erigido o inscrito algo en su honor, y nada de lo que la religión consideraba que solo se podía situar en lugar consagrado, podría ser construido o erigido en tales lugares. En cada ocasión en la que los sacerdotes públicos ofrecieran oraciones por el pueblo de Atenas y por los ejércitos y flotas de sus aliados, deberían siempre invocar solemnes maldiciones sobre Filipo, sus hijos y su reino, sobre todas sus fuerzas, terrestres y navales, y sobre toda la nación de los macedonios. Se decretó, además, que si alguien en el futuro presentase cualquier medida para marcar con la ignominia a Filipo, los atenienses la deberían adoptar de inmediato, y que si alguno, de palabra u obra, intentara vindicarlo o hacerle honor, se consideraría justficado al hombre que le diera muerte por hacerlo. Por último, se dispuso que todos los decretos que ya se habían promulgado contra Pisístrato fueran también efectivos contra Filipo. Fue con las palabras con lo que los atenienses hicieron la guerra a Filipo, pues solo en aquellas residía su fuerza.

[31.45] Cuando Atalo y los romanos llegaron al Pireo, se quedaron allí unos días y luego partieron hacia Andros con una pesada carga de decretos tan extravagantes en las abalanzas de sus amigos como en sus expresiones indignadas contra su enemigo. Llegaron al puerto de Gaurio y mandaron emisarios, para tantear el sentir de los ciudadanos y ver si preferían una rendición voluntaria o experimentar la fuerza. Les respondieron que no eran dueños de sí mismos, pues la plaza estaba en poder de tropas de Filipo. Así pues, se desembarcaron las tropas y se hicieron los preparativos habituales; el rey se acercó a la ciudad por un lado y el general romano por el otro. La novedosa visión de las armas y estandartes romanos, y el ánimo con el que los soldados, sin la menor vacilación, coronaron las murallas, horrorizó completamente a los griegos, que huyeron rápidamente a la ciudadela dejando al enemigo en posesión de la ciudad. Allí se mantuvieron durante dos días, confiando más en la fuerza del lugar que en sus propias armas; al tercer día, en unión de la guarnición, rindieron la ciudad y la ciudadela con la condición de que se les permitera retrarse, con una sola prenda de vestr, hacia Dilisi [la antigua Delio.-N. del T.], en la Beocia. La ciudad en sí fue entregada por los romanos a Atalo; ellos se llevaron el botín y cuanto adornaba la ciudad. No deseando poseer una isla solitaria, Atalo persuadió a casi todos los macedonios, así como a algunos andrios, para que permanecieran allí. Posteriormente, aquellos que, según los términos de la rendición, habían emigrado a Dilisi, fueron inducidos a regresar por las promesas del rey, pues el amor por su patria les hizo más proclives a confiar en su palabra.

Desde Andros, las flotas navegaron a Citinos. Pasaron allí unos días, atacando infructuosamente la ciudad; como apenas merecía la pena continuar con sus esfuerzos, se alejaron. En Prasias, un lugar en el Ática continental, los iseanos se unieron a la flota romana con veinte lembos ["lembi" en el original latino; los lembos son embarcaciones pequeñas de vela y remos.-N. del T.]. Se les envió a devastar el territorio caristo; en espera de su regreso, el resto de la flota marchó a Geresto, un puerto muy conocido de Eubea. Después, salieron todos a mar abierto y, dejando atrás Esciros, llegaron a Icos. Aquí les retuvo durante unos días un furioso viento del norte [el Bóreas.-N. del T.], y en cuanto el tiempo mejoró navegaron hacia Esciatos, una ciudad que había sido devastada y saqueada por Filipo. Los soldados se dispersaron por los campos, regresando a los barcos con suministro de grano y cualquier otro alimento que pudieron encontrar. No hubo saqueo, ni tampoco los griegos habían hecho nada para merecer ser saqueados. Desde allí pusieron rumbo a Casandrea, tocando en Mendeo, un pueblo de la costa. Doblando el cabo, se proponían llevar sus barcos justo hasta las murallas cuando fueron sorprendidos y dispersados por una violenta tormenta que casi echa a pique los barcos. Ganaron tierra con dificultad, después de perder la mayor parte de sus aparejos. Esta tormenta resultó también un presagio de las operaciones terrestres, pues tras haber reunido sus naves y desembarcado sus tropas, fue rechazado su ataque contra la ciudad, con graves pérdidas, a causa de la fuerza de la guarnición que ocupaba el lugar para Filipo. Después de este fracaso se retraron hacia el cabo Canastreo, en Palene; desde allí, doblando el cabo de Torona, se dirigieron a Acanto. Después de asolar el territorio, tomaron la ciudad al asalto y la saquearon. Al estar ya por entonces pesadamente cargados sus barcos con el botín, no siguieron más lejos y, volviendo sobre su curso, alcanzaron Esciatos y desde Esciatos navegaron hasta Eubea.

[31,46]. Dejando allí el resto de la flota, entraron en el Golfo Malíaco con diez naves rápidas para consultar la dirección de la guerra con los etolios. El etolio Pirrias era el jefe de la delegación que llegó a Heraclea para hablar con Atalo y el general romano. Se pidió a Atalo que proporcionase un millar de soldados, pues según los términos del tratado estaba obligado a suministrar esa cantidad si le hacían la guerra a Filipo. La demanda fue rechazada sobre la base de que los etolios se habían negado a marchar y devastar el territorio de Macedonia, durante el tiempo en que Filipo estaba incendiando cuanto de sagrado y profano rodeaba Pérgamo, alejándolo así de allí para ocuparse de sus propios intereses. Así que se despidió a los etolios más con esperanzas que con ayuda efectiva, pues los romanos se limitaron a las promesas. Apusto y Atalo regresaron con la flota. Se discuteron entonces planes para atacar Óreo. Era esta una ciudad bien fortificada y, después del anterior intento contra ella, había sido ocupada por una fuerte guarnición. Después de la captura de Andros, veinte barcos rodios al mando del prefecto Acesímbroto, todos con cubierta, se unieron a la flota romana. Esta escuadra fue enviada a situarse frente a Zelasio, un promontorio en la Ftótde, que domina Demetrias a modo de adecuada barrera, donde estaría admirablemente situada para hacer frente a cualquier movimiento por parte de los barcos de Macedonia. Heráclides, el prefecto del rey [praefectum classis en el original latino; otras posibles traducciones habrían sido "el almirante de la flota" y también el "comandante" de la flota"; hemos preferido dejar el nombre del cargo tal y como era en la época y señalar sus posibles equivalencias modernas.-N. del T.], estaba anclado en Demetria, esperando alguna oportunidad que le ofreciera el descuido del enemigo, en lugar de aventurarse en una batalla abierta.

Los romanos y Atalo atacaron Óreo desde diferentes lados; el primero dirigió su asalto contra la ciudadela que da al mar, mientras que Atalo atacó el hueco entre las dos ciudadelas, donde una muralla separaba una parte de la ciudad de la otra. Como atacaban partes distintas, emplearon métodos distintos. Los romanos llevaron sus manteletes y arietes cerca de la muralla, protegiéndose con el testudo; los fuerzas del rey lanzaron una lluvia de proyectiles con sus ballestas y catapultas de toda clase. Lanzaron enormes trozos de roca, construyeron minas e hicieron uso de todo artificio que habían encontrado útl en el asedio anterior. Sin embargo, los macedonios defendían la ciudad y la ciudadela no sólo con fuerzas superiores, sino que no olvidaban los reproches de Filipo por su mala conducta anterior, ni sus amenazas y promesas respecto al futuro, mostrando por lo tanto el mayor coraje y determinación. El general romano veía que estaba empleando allí más tiempo del que esperaba y que tendría mejores perspectivas de éxito en un asedio regular que un asalto por sorpresa. Durante el sito podrían llevarse a cabo otras operaciones; así, dejando una fuerza bastante para completar el asedio, navegó hasta el punto más cercano del continente y, apareciendo frente a Larisa de repente -no es la bien conocida ciudad de Tesalia, sino otra llamada Cremaste-se apoderó de toda la ciudad, excepto de la ciudadela. Atalo, por su parte, sorprendió Ptéleon, donde sus habitantes no esperaban en lo más mínimo el ataque de un enemigo que estaba ocupado asediando otra ciudad. Para entonces, los trabajos de asedio en torno a Óreo empezaban a llegar a su fin, la guarnición estaba debilitada por las pérdidas y agotada por la incesante labor de vigía y las guardias, tanto diurnas como nocturnas. Una parte de la muralla, debilitada por los impactos de los arietes, se había derrumbado en varios lugares. Los romanos irrumpieron por la brecha, durante la noche, y se abrieron paso en la ciudadela que dominaba el puerto. Al recibir una señal de los romanos en la ciudadela, Atalo entró en la ciudad al amanecer, donde una gran parte de la muralla estaba en ruinas. La guarnición y los habitantes de la ciudad huyeron a la otra ciudadela y se rindieron a los dos días. La ciudad fue para Atalo y los prisioneros para los romanos.

[31.47] El equinoccio de otoño estaba ya próximo y el golfo de Eubea, que ahora se llama Cela, se consideraba peligroso para la navegación. Como estaban deseando partir antes de que empezasen las tormentas de invierno, las flotas navegaron de regreso al Pireo, su base de partida durante la guerra. Dejando allí treinta barcos, Apusto navegó con el resto hacia Corfú, pasando Malea. El rey esperó la celebración de los Misterios de Ceres, en los que deseaba estar presente, y cuando terminaron se retró a Asia después de enviar a casa a Acesímbroto y a los rodios. Tales fueron las operaciones contra Filipo y sus aliados llevadas a cabo por el cónsul romano y su lugarteniente, con la ayuda del rey Atalo y de los rodios. Cuando el otro cónsul, Cayo Aurelio, entró en su provincia, se encontró con que la guerra había terminado y no ocultó su disgusto por la actividad del pretor en su ausencia. Envió a este a Etruria y llevó después sus legiones a territorio enemigo para saquearlo: una expedición de la que regresó con más botín que gloria. Lucio Furio, al no encontrar nada que hacer en Etruria y deseando obtener un triunfo por sus victorias en la Galia, lo que pensaba que podría conseguir con más facilidad mientras el enojado y celoso cónsul estuviese fuera, regresó repentinamente a Roma y convocó una reunión del Senado en el templo de Belona. Después de rendir informe de cuanto había hecho, solicitó que se le permitera entrar en la Ciudad en Triunfo.

[31.48] Un considerable número de senadores lo apoyaron, tanto por los grandes servicios que había prestado como por su infuencia personal. Los miembros más antiguos le negaban el triunfo, en parte porque el ejército que había empleado había sido asignado a otro comandante, y en parte porque, en su afán por conseguir un triunfo, había salido de su provincia, un acto contrario a todos los precedentes. Los consulares, en particular, insistan en que debería haber esperado al cónsul, porque entonces podría haber fijado su campamento cerca de la ciudad [se refiere a Cremona.-N. del T.] y haber brindado así protección suficiente a la colonia para mantener a raya al enemigo sin combatir hasta la llegada del cónsul. Lo que él no hizo, debía hacerlo el Senado, es decir, esperar al cónsul; después de escuchar lo que el cónsul y el pretor tuvieran que decir, se formarían un juicio certero sobre el caso. Muchos de los presentes instaron a que el Senado no considerase nada más allá del éxito del pretor y la cuestón de si lo había logrado como magistrado con plenos poderes y bajo sus propios auspicios. "Se habían asentado dos colonias -argumentaron-como barreras para controlar los levantamientos entre los galos. Una había sido saqueada e incendiada, amenazando la confagración a la otra, que estaba tan próxima a ella, como un fuego extendiéndose de casa en casa. ¿Qué debía hacer el pretor? Si ninguna acción debía ejecutarse en ausencia del cónsul, o era culpable el Senado por haber proporcionado un ejército al pretor, pues al haberse decidido que la campaña fuera librada por el ejército del cónsul y no por el del pretor que estaba más lejos, se debía haber especificado así para que se combatese bajo el mando del cónsul y no del pretor; o bien obró mal el cónsul al no unirse a su ejército en Rímini, después de haberle ordenado trasladarse desde Etruria a la Galia, para tomar partcipar personalmente en la guerra que, según decís, no se debía haber llevado a cabo sin él. Los momentos críticos en la guerra no esperan a los retrasos y dilaciones de los comandantes, y a veces te ves forzado a combatir, no porque así lo desees, sino porque el enemigo te obliga. Tenemos que tener en cuenta la propia batalla y sus consecuencias. El enemigo fue derrotado y destrozado; su campamento fue tomado y saqueado; se liberó del asedio a una colonia; se recupero a aquellos de la otra que habían sido hechos prisioneros, devolviéndoles a sus hogares y amigos; se dio fin a la guerra en una sola batalla. No sólo para los hombres resultó aquella victoria motivo de alegría; se debían ofrecer tres días de acciones de gracias a los dioses inmortales, pues Lucio Furio había defendido bien y felizmente, no mal o precipitadamente. Parecía, además, como si la guerra contra los galos fuese el destino señalado a la casa de los Furios".

[31.49] Mediante discursos de este tenor pronunciados por él y sus amigos, la infuencia personal del pretor, que estaba presente, superó la dignidad y autoridad del cónsul ausente y, por una abrumadora mayoría, se decretó el Triunfo para Lucio Furio. Así, Lucio Furio celebró como pretor un triunfo sobre los galos durante su magistratura. Llevó al Tesoro trescientos veinte mil ases y ciento setenta y una mil monedas de plata [la cantidad de ases equivalía a 8720 kilos de bronce; en cuanto da las monedas de plata, resultarían 666,9 kg. de plata; la versión latina empleada por el traductor inglés inserta el término "bigati", bigados, en referencia a los denarios que representaban una biga en su anverso. Ver Libro 23,15.-N. del T.] No llevó prisioneros en procesión delante de su carro, ni se exhibió despojo alguno, ni le seguían sus soldados. Era obvio que todo aquello, excepto la victoria real, quedaba a disposición del cónsul. Los Juegos que Escipión había prometido cuando era procónsul en África se celebraron con gran esplendor. Se aprobó un decreto para asignar tierras a sus soldados; cada hombre recibiría dos yugadas [1 yugada= 0,27 Hectáreas aproximadamente.-N. del T.] por cada año que hubiera servido en Hispania o en África, administrado los decenviros la asignación. También se designaron triunviros para completar el número de colonos en Venosa [la antigua Venusia.-N. del T.], pues la fuerza de aquella colonia se había visto disminuida durante la guerra contra Aníbal; Cayo Terencio Varrón, Tito Quincio Flaminio y Publio Cornelio, el hijo de Cneo Escipión, fueron los encargados de llevar a cabo la tarea. Durante este año, Cayo Cornelio Cétego, que ocupaba Hispania como propretor, derrotó a un gran ejército enemigo en el territorio sedetano. Se dice que murieron en esa batalla quince mil hispanos y que se capturaron setenta y ocho estandartes. A su regreso a Roma para llevar a cabo las elecciones, Cayo Aurelio no convirtó en motivo de queja, como se esperaba, que el Senado no hubiera esperado su regreso para ofrecerle la oportunidad de discutr el asunto del pretor. De lo que se quejó fue del modo en que el Senado había aprobado el decreto concediendo el triunfo, sin escuchar a ninguno de los que habían tomado parte en la guerra ni, de hecho, a nadie más que al hombre que había disfrutado el triunfo. "Nuestros antepasados -dijo-establecieron que debían estar presentes los generales ["legati" en el original latino y "lieutenants-general", lugartenientes, en la traducción inglesa; ver Nota del Traductor al inicio del presente Volumen.-N. del T.], los tribunos militares, los centuriones y los soldados, para que el pueblo de Roma pudiera tener prueba visible de la victoria lograda por el hombre para el que se decretase tal honor. ¿Hubo un solo soldado del ejército que luchó contra los galos, o siquiera un simple vivandero, al que el Senado pudiese haber preguntado sobre la verdad o falsedad del informe del pretor?" Después de hacer esta protesta, fijó el día de las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Lucio Cornelio Léntulo y Publio Vilio Tápulo. A continuación siguió la elección de los pretores, resultando electos Lucio Quincio Flaminio, Lucio Valerio Flaco, Lucio Vilio Tápulo y Cneo Bebio Tánfilo.

[31.50] Los alimentos fueron muy baratos aquel año. Se había traído gran cantidad de grano desde África que los ediles curules, Marco Claudio Marcelo y Sexto Elio Peto, distribuyeron al pueblo por dos ases el modio [1 modio=8,75 litros; para el trigo, suponía unos 7 kilos.-N. del T.] . También se celebraron los Juegos de Roma con gran aparato, y los repiteron una segunda jornada. Colocaron en el Tesoro, procedentes de los ingresos de las multas, cinco estatuas de bronce. Los ediles, Lucio Terencio Masiliota y Cneo Bebio Tánfilo, siendo este último ya pretor electo, celebraron por tres veces los Juegos Plebeyos. También se exhibieron durante cuatro días, en el Foro, unos Juegos funerarios con motivo de la muerte de Marco Valerio Levino, ofrecidos por sus hijos, Publio y Marco; ofrecieron también un espectáculo gladiatorio en el que combateron veintcinco parejas. Murió Marco Aurelio Cota, uno de los decenviros de los Libros Sagrados, y se nombró a Manlio Acilio Glabrión para sucederle. Dio la casualidad de que los ediles curules que se habían elegido no pudieron asumir inmediatamente sus cargos; Cayo Cornelio Cétego fue elegido mientras estaba ausente en Hispania, donde ostentaba el mando; Cayo Valerio Flaco estaba en Roma al ser elegido, pero como era sacerdote de Júpiter no podía prestar el juramento, y estaba prohibido desempeñar ninguna magistratura durante más de cinco días sin hacerlo. Flaco solicitó que no se aplicara a su caso esta condición y el Senado decretó que si un edil podía presentar alguien que, a juicio de los cónsules, pudiera prestar el juramento por él, los cónsules, si lo consideraban oportuno, se pondrían de acuerdo con los tribunos para presentar la cuestón ante la plebe. Lucio Valerio Flaco, pretor electo, se adelantó a tomar el juramento en nombre de su hermano. Los tribunos llevaron la cuestón ante la plebe y esta decidió que debería ser como si el propio edil lo hubiera prestado. En el caso del otro edil, los tribunos pidieron a la plebe que designara dos hombres para el mando de los ejércitos de Hispania, de manera que el edil curul, Cayo Cornelio, pudiera regresar a casa para tomar posesión de su cargo y que Lucio Manlio Acidino se retrase de su provincia después de haberla tenido durante muchos años. Se dispuso a continuación que Cneo Cornelio Léntulo y Lucio Estertinio asumirían el mando supremo en Hispania como procónsules.

Fin del Libro 31.

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Libro 32: La Segunda Guerra Macedónica.

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[32.1] Los cónsules y los pretores entraron en funciones el 15 de marzo y sortearon de inmediato sus mandos -199 a.C.-. Italia correspondió a Lucio Léntulo y Macedonia a Publio Vilio. Los pretores se distribuyeron de la siguiente manera: Lucio Quincio recibido la jurisdicción urbana de la ciudad; Cneo Bebio, Rímini; Lucio Valerio, Sicilia y Lucio Vilio, Cerdeña. El cónsul Léntulo recibió órdenes de alistar dos nuevas legiones; Vilio se hizo cargo del ejército de Publio Sulpicio y se le autorizó a incrementarlo, reclutando las fuerzas que considerase necesarias. Las legiones que Cayo Aurelio había mandado como cónsul fueron asignados a Bebio, en el entendimiento de que las retendría hasta que el cónsul lo relevara con su nuevo ejército y que, a su llegada a la Galia, todos los soldados cuyo tiempo de servicio se hubiese cumplido serían enviados a casa. Solo se mantendrían en servicio cinco mil hombres del contingente aliado, un número suficiente, según se pensaba, para mantener la provincia alrededor de Rímini. Dos de los anteriores pretores vieron extendidos sus mandos: Cayo Sergio, con el propósito de asignar las tierras a los soldados que habían servido durante muchos años en España, y Quinto Minucio para que pudiera completar la investgación sobre las conspiraciones en el Brucio, que hasta entonces había dirigido con tanto cuidado e imparcialidad. A los que fueron condenados por el sacrilegio, y enviados encadenados a Roma, los mandó a Locri para ser ejecutados; también debía comprobar que lo que se hubiese sustraído del templo de Proserpina fuera reemplazado con los debidos ritos expiatorios. Como consecuencia de las denuncias presentadas por representantes de Ardea, en cuanto a que no se habían entregado a esa ciudad las porciones habituales de las víctimas sacrificadas en el Monte Albano, los pontfices decretaron que se celebrase nuevamente el Festival latino. Llegaron informes procedentes de Suessa notficando que las dos puertas de la ciudad y la muralla que había entre ellas habían sido alcanzadas por un rayo. Unos mensajeros de Formia anunciaron que lo mismo había ocurrido allí en el templo de Júpiter; otros de Osta anunciaron que también había sido alcanzado el templo de Júpiter y, desde Velletri, llegaron nuevas de que los templos de Apolo y Sanco habían sido alcanzados y de que había aparecido pelo sobre la estatua en el templo de Hércules. Quinto Minucio, el propretor que estaba en el Brucio, escribió para comunicar que había nacido un potro con cinco patas y tres pollos con tres patas cada uno. Se recibió un despacho de Publio Sulpicio, el procónsul en Macedonia, en el que, entre otras cosas, afirmaba que había nacido un retoño de laurel en la popa de un buque de guerra. Para el caso de los demás presagios, el Senado decidió que los cónsules debían sacrificar víctimas completamente desarrolladas a aquellas deidades que considerasen debían recibirlas; pero respecto del portento mencionado en último lugar, se llamó a los arúspices al Senado para que lo aconsejaran. De acuerdo con sus instrucciones, se ordenó un día de rogativas y plegarias especiales, ofreciéndose sacrificios en todos los santuarios.

[32.2] Este año, los cartagineses enviaron a Roma la plata correspondiente a la primera entrega de la indemnización de guerra. Como los cuestores informaran que no era de ley porque, al probarla, hallaron que contenían una cuarta parte de aleación, los cartagineses tomaron un préstamo en Roma por la plata faltante. Solicitaron al Senado que permitera que se devolviesen los rehenes, entregándoseles un centenar de ellos. Se les dio esperanzas sobre la devolución de los restantes, si Cartago era fiel a sus obligaciones. Otra petción que presentaron fue para que los rehenes que aún estaban retenidos pudieran ser trasladados desde Norba, donde estaban muy incómodos, a otro lugar. Se acordó que se les trasladase a Segni y a Ferentino. Llegó a la Ciudad una delegación de Cádiz, con una solicitud para que no se enviase allí ningún prefecto, pues esto contravendría lo acordado con Lucio Marcio Séptimo cuando se pusieron bajo la protección de Roma. Su petción fue concedida. También llegaron enviados de Narni, quienes afirmaban que su colonia estaba por debajo del número apropiado y que algunos, que no eran de los suyos, se habían asentado entre ellos y se hacían pasar por colonos. Se ordenó al cónsul Lucio Cornelio que nombrase triunviros que se encargaran del caso. Fueron nombrados los dos Elios, Publio y Sexto, ambos de sobrenombre Petón, y Cneo Cornelio Léntulo. Los colonos de Cosa también solicitaron un incremento de su número, pero su solicitud fue denegada.

[32,3] Después de disponer las cosas de Roma, los cónsules partieron hacia sus respectivas provincias. A su llegada a Macedonia, Publio Vilio se encontró con un grave motin entre las tropas, que no se había controlado desde un principio a pesar de que hacía algún tiempo hervían de irritación. Se trataba de los dos mil que, después de la derrota final de Aníbal, habían sido trasladados desde África a Sicilia y, menos de un año después, a Macedonia. Se les consideraba voluntarios, pero ellos sostenían que habían sido llevados allí sin su consentimiento y embarcados por los tribunos a pesar de sus protestas. Pero, en cualquier caso, fuera su servicio obligatorio o voluntario, afirmaban haber cumplido el tiempo prescrito y era justo que se les licenciara. No habían visto Italia durante muchos años, habían envejecido bajo las armas en Sicilia, África y Macedonia, y ahora estaban agotados por sus fatgas y penurias, exangües por las muchas heridas recibidas. El cónsul les dijo que, si pedían su licencia de manera adecuada, había una base razonable para concederla, pero ni aquello ni otra cosa alguna justficaba el amotinarse. Por lo tanto, si ellos estaban dispuestos a permanecer bajo los estandartes y obedecer las órdenes, él escribiría al Senado sobre su licenciamiento. Tenían muchas más probabilidades de alcanzar su objetivo mediante la moderación que por la contumacia.

[32.4] En aquel momento, Filipo apretaba el cerco de Domoko [la antigua Taumacos.-N. del T.] con la mayor energía. Había completado sus terraplenes, los manteletes estaban completamente desplegados y los arietes a punto de ser llevados contra las murallas, cuando la repentina llegada de los etolios le obligó a desistr. Bajo el mando de Arquidamo, recorrieron el camino a través de la guardia macedonia y entraron en la ciudad. Día y noche efectuaban constantes salidas, unas veces atacando los puestos avanzados y otras las obras de asedio de los macedonios. Les ayudaba la naturaleza del país. Domoko estaba situado en una altura que, viniendo desde las Termópilas y el golfo Malíaco, y atravesando el territorio de Lamia, dominaba un desfiladero de acceso a Tesalia que llaman Cele. Cuando se recorre el camino sinuoso por el terreno quebrado y se llega hasta la propia ciudad, se extende de repente ante uno toda la llanura de Tesalia, como un vasto mar más allá de los límites de la visión. De esta maravillosa vista que ofrece, proviene el nombre de Domoko [el Thaumacos del original latino viene del griego thaûma, milagro, maravilla.-N. del T.]. La ciudad estaba protegida no sólo por su posición elevada, sino también a estar sobre rocas cortadas por todas partes. A la vista de estas dificultades, Filipo no creyó que su captura valiese todo el esfuerzo y peligro que implicaba, abandonando así la tarea. Ya había empezado el invierno cuando se retró del lugar y regresó a sus cuarteles de invierno.

[32,5] Todo el mundo se relajaba con aquel descanso más o menos largo, buscando el reposo de cuerpo y de mente; pero el respiro que obtuvo Filipo del incesante esfuerzo de marchas y batallas, solo le sirvió para inquietarse aún más, al liberar su mente y contemplar los problemas de la guerra en su conjunto, temiendo la presión enemiga por tierra y mar, y con graves dudas en cuanto a las intenciones de sus aliados e incluso de sus propios súbditos, no fuera que los primeros le traicionaran con la esperanza de conseguir la amistad de Roma y que los segundos se rebelaran contra su gobierno. Para estar seguro sobre los aqueos, les envió embajadores para exigirles el juramento de fidelidad a Filipo que se habían comprometido a renovar anualmente, así como para anunciarles su intención de devolver a los aqueos las ciudades de Orcómenos y Herea, así como la Trifilia, que se le había capturado a los eleos; y a devolver a los megalopolitanos la ciudad de Alifera; estos sostenían que nunca había pertenecido a Trifilia, sino que era uno de los lugares que, por decisión del consejo de los arcadios, había contribuido a la fundación de Megalópolis y, por lo tanto, les debía ser devuelta. Mediante estos actos trataba de consolidar su alianza con los aqueos. Su dominio sobre sus propios súbditos resultó reforzado por cómo actuó en el caso de Heráclides. Viendo que el motivo principal de su impopularidad entre los macedonios era su amistad con este, presentó muchas acusaciones en su contra y lo puso en prisión con gran alegría de sus compatriotas. Sus preparativos para la guerra fueron dispuestos tan cuidadosamente como nunca antes. Ejercitó constantemente a los macedonios y a las tropas mercenarias, y al comienzo de la primavera [del 198 a.C.-N. del T.] envió a Atenágoras con todos los auxiliares extranjeros y la infantería ligera a Caonia, a través del Epiro, para apoderarse del paso de Saraqinisht [la antigua Antigonea, en Albania.-N. del T.], que los griegos llaman Estena. Unos días más tarde le siguió con las tropas pesadas, y después de examinar todas las posiciones del país, consideró que el lugar más adecuado para un campamento fortificado era uno más allá del río Áoo. Este fuye a través de un estrecho barranco entre dos montañas que llevan los nombres locales de Meropo y Asnao, ofreciendo un camino muy estrecho a lo largo de su orilla. Ordenó a Atenágoras que ocupase Asnao con su infantería ligera y que se fortificase; él fijó su campamento en Meropo. Situó pequeños puestos avanzados montando guarda donde existan acantlados, las partes más accesibles las fortificó con fosos, empalizadas o torres. Se dispuso una gran cantidad de artillería en lugares adecuados para mantener al enemigo a distancia mediante los proyectiles. La tenda del rey se plantó sobre la altura más visible, en la parte delantera de las líneas, para intimidar al enemigo y dar confianza a sus propios hombres.

[32,6]. El cónsul había invernado en Corfú y, al tener noticia mediante Caropo, un epirota, de que el paso había sido ocupado por el rey y su ejército, navegó hasta el continente al comienzo de la primavera y marchó inmediatamente en dirección al enemigo. Cuando se encontraba a unas cinco millas [7400 metros.-N. del T.] del campamento del rey, dejó las legiones en posiciones fortificadas y avanzó con algunas tropas ligeras para efectuar un reconocimiento. Al día siguiente se celebró un consejo de guerra para decidir si debían intentar abrirse paso, a pesar de la inmensa dificultad y el peligro a que se enfrentarían, o si debían hacer que las fuerzas dieran un rodeo por la misma ruta que había tomado Sulpicio el año anterior, cuando invadió Macedonia. Esta cuestón había sido objeto de debate durante varios días, cuando llegó un mensajero para informar de la elección de Tito Quincio al consulado, que Macedonia le había sido asignada como provincia, y el hecho de que se apresuraba a tomar posesión de su provincia y ya había llegado a Corfú. Según cuenta Valerio Antas, Vilio, considerando imposible un ataque frontal, pues toda aproximación estaba bloqueada por las tropas del rey, entró en la hondonada y marchó a lo largo del río. Rápidamente lanzó un puente y cruzó al otro lado, donde estaban las tropas del rey, y atacó; el ejército del rey fue derrotado, puesto en fuga y despojado de su campamento. Doce mil enemigos murieron en la batalla, dos mil doscientos fueron hechos prisioneros y se capturaron ciento treinta y dos estandartes y doscientos treinta caballos. También, durante el combate, se prometó ofrecer un templo a Júpiter si el resultado era favorable. Todos los autores griegos y latinos, hasta donde he podido consultar, relatan que Vilio no hizo nada digno de mención y que el cónsul que le sucedió, Tito Quincio, se hizo cargo de toda la guerra desde el principio.

[32,7]. Durante estos sucesos en Macedonia el otro cónsul, Lucio Léntulo, que había permanecido en Roma, convocó los comicios para la elección de los censores. Entre varios candidatos distinguidos, la elección de los electores recayó en Publio Cornelio Escipión el Africano y Publio Elio Peto. Trabajaron juntos en perfecta armonía, y revisaron la lista del Senado sin descalificar a un solo miembro. También arrendaron los derechos de aduanas en Capua y Pozzuoli, así como del puerto de Castro, donde hay hoy una ciudad. Aquí se enviaron trescientos colonos -la cantidad fijada por el Senado-y también vendieron las tierras pertenecientes a Capua que se extendían a los pies del Monte Tifata. Publio Porcio, un tribuno de la plebe, impidió a Lucio Manlio Acidino, que había dejado Hispania por aquel entonces, disfrutar de una ovación a su regreso, aunque el Senado se lo había concedido. Entró en la Ciudad de manera extraoficial, y entregó al Tesoro mil doscientas libras de plata y treinta de oro [392,4 kg. de plata y 9,810 kg. de oro.-N. del T.]. Durante aquel año, Cneo Bebio Tánfilo, que había sucedido a Cayo Aurelio en el mando en la Galia, invadió el país de los galos ínsubros pero, debido a su falta de precaución, fue sorprendido y rodeado, y estuvo a punto de perder la totalidad de su ejército. Sus pérdidas ascendieron a seis mil setecientos hombres, aconteciendo esta gran derrota en una guerra de la ya que no se temía nada. Este incidente hizo salir al cónsul Lucio Léntulo de la Ciudad. En cuanto llegó a la provincia, que estaba llena de disturbios, se hizo cargo del mando del desmoralizado ejército y, después de censurar severamente al pretor, le ordenó dejar la provincia y regresar a Roma. El propio cónsul, sin embargo, no hizo nada de alguna importancia, ya que fue llamado de vuelta a Roma para llevar a cabo las elecciones. Estas fueron retrasadas por dos de los tribunos de la plebe, Marco Fulvio y Manio Curio, que no permitrían que Tito Quincio Flaminino fuese candidato al consulado, después de haber sido únicamente cuestor hasta aquel momento. Alegaban que los cargos de edil y pretor eran ahora desdeñados, los hombres notables no ascendían a través de los sucesivos puestos de honor antes de presentarse al consulado, demostrando así su eficacia, sino que saltaban por encima de los puestos intermedios, directamente desde los más bajos a los más altos. La cuestón pasó del Campo de Marte al Senado, que aprobó una resolución en el sentido de que el pueblo podría elegir a cualquiera que fuese candidato a un cargo que legalmente pudiera desempeñar. Los tribunos acataron la autoridad del Senado. Los cónsules elegidos fueron Sexto Elio Peto y Tito Quincio Flaminino. En la posterior elección de pretores salieron los siguientes: Lucio Cornelio Mérula, Marco Claudio Marcelo, Marco Porcio Catón y Cayo Helvio. Estos habían sido ediles plebeyos, celebrando los Juegos plebeyos y, con ese motivo, tuvo lugar un banquete en honor de Júpiter. Los ediles curules, Cayo Valerio Flaco, famen de Júpiter, y Cayo Cornelio Cétego, celebraron los Juegos Romanos con gran esplendor. Dos pontfices, miembros ambos de la gens de los Sulpicios, Servio y Cayo, murieron este año. Sus plazas fueron ocupadas por Marco Emilio Lépido y Cneo Cornelio Escipión.

[32.8] -198 a.C.-Al asumir sus funciones, los nuevos cónsules, Sexto Elio Peto y Tito Quincio Flaminino convocaron al Senado en el Capitolio, y se decretó que los cónsules podrían, bien acordar entre ellos sobre el reparto de las dos provincias de Macedonia e Italia, bien sortearlas entre sí. Al que tocase Macedonia, debería alistar tres mil infantes romanos y trescientos de caballería, con el fin de completar las legiones hasta su fuerza completa, reclutando además cinco mil hombres de entre los latinos y aliados y quinientos jinetes. El ejército del otro cónsul sería uno completamente nuevo. Lucio Léntulo, el cónsul del año anterior, vio extendido su mando y recibió órdenes de no dejar su provincia ni alejar su ejército veterano hasta que llegara el cónsul con las nuevas legiones. El resultado de la votación fue que Italia correspondió a Elio y Macedonia a Quincio. En cuanto a los pretores, Lucio Cornelio Mérula recibió la jurisdicción urbana; a Claudio Marco correspondió Sicilia; a Marco Porcio, Cerdeña y a Cayo Helvio, la Galia. Siguió el alistamiento de tropas pues, además de los ejércitos consulares, se dispuso el reclutamiento de fuerzas para los pretores. Marcelo alistó cuatro mil infantes latinos y aliados, y trescientos de caballería para el servicio en Sicilia; Catón alistó dos mil infantes y doscientos jinetes de la misma procedencia para servir en Cerdeña, de manera que ambos pretores, al llegar a sus provincias, podrían licenciar las infanterías y caballerías veteranas. Una vez completadas estas disposiciones, los cónsules presentaron ante el Senado los embajadores de Atalo. Anunciaron que el rey estaba ayudando a Roma con todas sus fuerzas terrestres y navales, y que, hasta aquel día, había hecho cuanto le era posible para cumplir fielmente las órdenes de los cónsules romanos; pero temía que ya no iba a estar en libertad de hacer esto por más tiempo, pues Antioco había invadido su reino mientras estaba indefenso por mar y terra. Por lo tanto, solicitaba al Senado que, si deseaban hacer uso de su flota y sus servicios en la guerra macedónica, o bien le enviaban una fuerza para proteger su reino o, si no deseaban hacerlo así, que le permiteran regresar a casa y defender sus dominios con su flota y el resto de sus tropas. El Senado dio instrucciones a los cónsules para transmitr la siguiente respuesta a los delegados: "El Senado agradecía la ayuda que el rey Atalo ha dado a los comandantes romanos con su flota y demás fuerzas. Ellos no enviarían ayuda a Atalo contra Antioco, ya que este era amigo y aliado de Roma, ni retendrían a los auxiliares que Atalo les había proporcionado para que los empleara como más le conviniera al rey. Cuando los romanos habían hecho uso de los recursos de otros, siempre lo habían hecho según el criterio de esos otros. El principio y el final de la ayuda prestada dependía siempre de quienes deseaban prestarla a los romanos. El Senado iba a enviar embajadores a Antioco para informarle de que el pueblo romano estaba empleando las naves y hombres de Atalo contra su común enemigo, Filipo, y Antioco satsfaría al Senado si desista de las hostlidades y respetaba los dominios de Atalo. Era justo y correcto que monarcas amigos y aliados de Roma, mantuvieran también la paz entre sí".

[32.9] El cónsul Tito Quincio, al alistar las tropas, cuidó de escoger principalmente a aquellos que habían demostrado su valor mientras servían en Hispania o en África. Aunque estaba deseando partir hacia su provincia, el anuncio de ciertos prodigios y la necesidad de expiarlos lo retuvo. Varios lugares habían sido alcanzados por un rayo: la vía pública a Veyes, el foro y el templo de Júpiter en Lanuvio, el templo de Hércules en Ardea, y las murallas y torres de Capua, así como el templo llamado Alba. En Arezzo, el cielo pareció estar incendiado. En Velletri se hundió la tierra sobre un espacio de tres yugadas, dejando un enorme abismo [3 yugadas: 0,81 Ha.-N. del T.]. En Suessa se informó de que un cordero había nacido con dos cabezas, y en Mondragone [la antigua Sinuessa.-N. del T.] nació un cerdo con cabeza humana. Como consecuencia de estos portentos se decretó un día de rogativas especiales y los cónsules dispusieron oraciones y sacrificios. Después de aplacar de este modo a los dioses, los cónsules partieron hacia sus respectivas provincias. Elio llevó con él a la Galia al pretor Helvio, entregándole el ejército que había recibido de Lucio Léntulo para ser licenciado, mientras él mismo se disponía a continuar la guerra con las legiones que había llevado consigo. No obstante, no hizo nada digno de mención. El otro cónsul, Tito Quincio, dejó Brindisi antes de lo que sus predecesores solían hacer y se embarcó para Corfú con un ejército de ocho mil infantes y ochocientos de caballería. Desde allí, cruzó en un quinquerreme a la parte más cercana de la costa de Epiro, dirigiéndose a marchas forzadas al campamento romano. Envió a Vilio de regreso a casa y esperó luego unos cuantos días hasta que las tropas que le seguían desde Corfú se le unieron. Mientras tanto, celebró un consejo de guerra para tratar sobre si debía marchar directamente, atravesando el campamento enemigo o si, en vez de intentar una tarea tan difcil y peligrosa, no sería mejor recorrer un camino seguro a través de Dasarecia y el país de Linco y entrar en Macedonia por aquella parte. Se habría adoptado esta última propuesta si Quincio no hubiera temido que, si él se alejaba del mar, su enemigo se le podría escapar de las manos y buscar la seguridad de los bosques y desiertos, en cuyo caso se pasaría el verano sin haber llegado a ningún resultado decisivo. Se decidió, por lo tanto, atacar al enemigo donde estaba, a pesar del terreno desfavorable sobre el que se habría de lanzar el ataque. Pero era más fácil decidir que se debía atacar que formarse una idea clara de cómo hacerlo. Durante cuarenta días permanecieron inactivos a plena vista del enemigo.

[32.10] Esto llevó a Filipo a albergar la esperanza de poder acordar una paz con la mediación de los epirotas. Se celebró un consejo en el que Pausanias, su pretor, y Alejando, su jefe de la caballería, fueron encargados de la misión; estos acordaron una conferencia entre el rey y el cónsul, en un lugar donde Áoo se hace más estrecho. Las demandas del cónsul se resumían en que el rey retrase sus guarniciones de las ciudades, que devolviera a aquellas ciudades saqueadas cuanto se pudiera recuperar y las compensara del resto con una cantidad justa. En respuesta, Filipo afirmó que las circunstancias de cada ciudad eran diferentes. Aquellas que habían sido tomadas por él en persona, se podrían liberar; pero en cuanto a las que le habían sido legadas por sus predecesores, no renunciaría a lo que había heredado como posesiones legítimas. Si alguna de las ciudades con las que había estado en guerra presentaba reclamaciones por las pérdidas que habían sufrido, él sometería la cuestón al arbitraje de cualquier nación neutral que escogieran. A esto, el cónsul replicó que, en todo caso, en este punto no habría necesidad alguna de arbitraje pues nadie podía dejar de ver que la responsabilidad del ataque recaía en quien primero hizo uso de las armas y, en todas las ocasiones, había sido Filipo quien agredió sin recibir provocación armada alguna. La discusión se volvió luego sobre la cuestón de qué comunidades debían ser liberadas. El cónsul mencionó a los tesalios, para empezar. Filipo se enfureció tanto ante esta sugerencia que exclamó "¿Qué imposición más pesada, Tito Quincio, me impondrías de ser un enemigo derrotado?"; y con estas palabras abandonó rápidamente la conferencia. Con dificultad se impidió que ambos ejércitos se lanzasen a combatir arrojándose proyectiles, separados como estaban por la anchura del río. Al día siguiente, las patrullas de ambas partes se enzarzaron en numerosas escaramuzas sobre la amplia llanura que se extendía entre los campamentos. A continuación, las tropas del rey se retraron y los romanos, en su afán por combatir, las siguieron hasta un terreno cerrado y fragoso. Tenían la ventaja de su orden y disciplina, así como en la naturaleza de su armadura, que protegía toda su persona; a los macedonios les ayudaba la fuerza de su posición, que permita colocar ballestas y catapultas sobre casi cada roca, como si fuese la muralla de una ciudad. Después de resultar heridos muchos de cada bando, e incluso haber caído algunos en combate regular, la noche puso fin a la batalla.

[32.11] En esta coyuntura, fue llevado ante el cónsul un pastor enviado por Caropo, un notable de los epirotas. Dijo que tenía costumbre de pastorear su rebaño en el desfiladero que ocupaba por entonces el campamento del rey y que conocía cada pista y revuelta de las montañas. Si el cónsul quisiera enviar una patrulla con él, les llevaría por una ruta, que no era difcil ni peligrosa, hasta un lugar por encima de la cabeza del enemigo. Al oír esto, el cónsul mandó a preguntar a Caropo sobre si se podía confiar en el rústco en asunto de tanta importancia. Caropo le dijo que podía confiar en él, pero siempre que mantuviera todo en sus propias manos y sin quedar a merced de su guía. Temiendo y deseando a un tiempo confiar en aquel hombre, con sentimientos de alegría y prevención, decidió confiar en la autoridad de Caropo y probar la oportunidad que se le ofrecía. A fin de disipar toda sospecha sobre su previsto movimiento, durante dos días lanzó continuos ataques contra cada parte de la posición enemiga, llevando tropas de refresco a relevar a las que ya estaban agotadas por la lucha. Mientras tanto, seleccionó cuatro mil de infantería y trescientos de caballería, y puso esta fuerza escogida al mando de un tribuno militar con órdenes de llevar la caballería tan lejos como le permitera el terreno y, cuando el terreno fuera infranqueable para hombres montados, debía situarlos en algún espacio llano; la infantería debería seguir el camino indicado por el guía. Cuando, como este lo había prometido, llegaran a una posición por encima de los enemigos, elevarían una señal de humo y no lanzarían el grito de guerra hasta recibir del cónsul la señal y pudiera juzgar que la batalla había comenzado. El cónsul ordenó que marcharan durante la noche -resultó, además, que había luna llena-, comiendo y descansando durante el día. Al guía se le prometó una gran recompensa si se mostraba fiel, pero lo entregó atado al tribuno. Después de enviar esta fuerza, el comandante romano presionó vigorosamente contra los puestos avanzados macedonios.

[32,12] Al tercer día, los romanos señalaron mediante una columna de humo que habían llegado y ocupaban las alturas. Entonces el cónsul, habiendo formado su ejército en tres divisiones, avanzó hasta el fondo del barranco con su fuerza principal, enviando sus alas derecha e izquierda contra el campamento. El enemigo se mostró no menos alerta a la hora de enfrentar el ataque. Deseando llegar a las manos, salieron fuera de sus líneas y, al pelear en campo abierto, los romanos resultaron ampliamente superiores en valor, entrenamiento y armas. Pero, después de perder muchos hombres entre muertos y heridos, las tropas del rey se retraron a posiciones fuertemente fortificadas o naturalmente seguras, siendo entonces el turno de los romanos para encontrarse en dificultades a medida que iban avanzando por un terreno peligroso, donde el estrecho espacio hacía la retirada casi imposible. No habrían sido capaces de retrarse sin pagar un alto precio por su temeridad de no haber escuchado los macedonios el grito de guerra romano en su retaguardia. Este ataque imprevisto los aterrorizó; algunos huyeron en desorden, otros se mantuvieron firmes, no tanto porque tuvieran valor para combatir, sino porque no había lugar donde escapar, quedando rodeados por el enemigo que les presionaba por delante y por detrás. Todo el ejército podría haber sido aniquilado si los vencedores hubieran sido capaces de sostener la persecución; sin embargo, la caballería se vio obstaculizada por el terreno desigual y estrecho, y la infantería por el peso de su armadura. El rey se alejó al galope del campo de batalla sin mirar atrás. Después de haber galopado unas cinco millas [7400 metros.-N. del T.], y sospechando con razón que, dada la naturaleza del país, al enemigo le resultaría imposible perseguirle, hizo un alto en cierto terreno elevado y envió a su escolta por todas partes, sobre montes y valles, para reunir sus tropas dispersas. De entre todas sus fuerzas, sus pérdidas no fueron más de dos mil hombres; el resto, como obedeciendo a una señal, se reunió y marchó en una fuerte columna hacia Tesalia. Después de continuar la persecución en la medida que pudieron hacerlo con seguridad, matando a los fugitivos y despojando a los muertos, saquearon el campamento del rey donde, incluso en ausencia de los defensores, resultaba difcil acceder. Permanecieron en el campamento durante la noche y, a la mañana siguiente, el cónsul siguió al enemigo a través de la garganta por cuyo fondo se abría paso el río.

[32.13] En el primer día de su retirada, el rey llegó a un lugar llamado el Campamento de Pirro, en la Trifilia molosia [cerca de Konitsa, a unos 50 kilómetros al sureste del paso de Saraqinisht.-N. del T.]. Al día siguiente llegó a los montes Lincon, una marcha enorme para su ejército, aunque sus temores los impulsaron. Estos montes están en el Epiro y lo separan de Macedonia al Norte y de Tesalia al este. Las laderas de las montañas se vestan con bosques densos, formando las cumbres una amplia meseta con corrientes perennes de agua. Aquí permaneció acampado el rey durante varios días, incapaz de decidirse si marchar directamente de vuelta a su reino o si le sería posible efectuar antes una incursión en Tesalia. Decidió hacer marchar a su ejército abajo, hacia Tesalia, y se dirigió por la ruta más cercana a Tríkala [la antigua Tricca.-N. del T.], lugar desde el cual visitó las ciudades de los alrededores en rápida sucesión. Obligaba a abandonar sus casas a los hombres capaces de seguirlo, incendiando luego las poblaciones. Se les permita llevar con ellos cuantos bienes pudieran cargar, el resto se convirtó en botín para los soldados. Un enemigo no les habría sometido a mayores crueldades que las que recibieron de sus aliados. Estas medidas resultaron extremadamente desagradables para Filipo pero, como el país pronto estaría en poder del enemigo, estaba decidido a mantener las personas de sus aliados, en todo caso, fuera de su alcance. Las ciudades que resultaron así devastadas fueron Facio, Piresias, Evidrio, Eretria y Palefársalo [Palefársalo pudiera ser, simplemente, la parte antigua de Farsala.-N. del T.]. En Feras le cerraron las puertas, y como un asedio le hubiera causado un considerable retraso y no tenía tiempo que perder, desistó de intentarlo y marchó hacia Macedonia.

Su retirada se apresuró ante la noticia de la llegada de los etolios. Cuando se enteraron de la batalla que tuvo lugar cerca del Áoo, los etolios devastaron el país más próximo a ellos, alrededor de Esperquias y Macras, que ellos llaman Come, y cruzando después la frontera de Tesalia se apoderaron de Ctmene y Angeia al primer asalto. Mientras estaban devastando los campos alrededor de Metrópolis, los ciudadanos, que se habían reunido a una para defender sus murallas, los derrotaron y rechazaron. Al atacar Calitera se encontraron con una resistencia parecida, pero después de un tenaz combate lograron rechazar a los defensores de vuelta tras sus murallas. Como no tenían esperanza alguna de apoderarse del lugar, se tuvieron que contentar con esta victoria. Atacaron a continuación los pueblos de Teuma y Celatara, que saquearon. Se apoderaron de Acarras por rendición; en Xinias [Acarras pudiera ser la

moderna Ekkara; Xinias podría haber estado en la orilla este del lago del mismo nombre.-N. del T.]

aterrorizaron a los campesinos, que huyeron abandonando sus hogares y fueron a dar con un destacamento de etolios que marchaban hacia Taumacos para proteger a sus aprovisionadores de trigo. La multitud desarmada e indefensa, entre la que iban gentes no aptas para las armas, fue muerta por la soldadesca armada y la abandonada Xinia fue saqueada. A continuación, los etolios tomaron Cifera, un castllo que dominaba Dolopia. Estas operaciones fueron llevadas a cabo rápidamente por los etolios en pocos días. Tampoco Aminandro ni los atamanes permanecieron inactivos al tener noticia de la victoria romana.

[32,14] Como tenía poca confianza en sus soldados Aminandro pidió al cónsul que le dejara un pequeño destacamento con el que atacar Gonfos. Comenzó por capturar Feca, una plaza situada entre Gonfos y los estrechos desfiladeros que dividen Atamania de Tesalia. Después se dirigió a atacar Gonfos. Durante varios días, los habitantes defendieron su ciudad con el mayor vigor pero, cuando finalmente se colocaron las escalas de asalto contra las murallas, su miedo les empujó a la rendición. La caída de Gonfos produjo un vivo temor en toda Tesalia. Se rindieron en rápida sucesión Argenta, Ferinio, Timaro, Liginas, Estmon y Lampso, junto con los restantes y poco importantes puestos fortificados de los alrededores. Mientras que los atamanes y etolios, liberados del peligro macedonio, se apoderaban así del botín gracias a la victoria que otros habían logrado, y la Tesalia, sin saber a quién considerar amigo o enemigo, era devastada por tres ejércitos a la vez, el cónsul marchó por el desfiladero que había quedado abierto por la huida del enemigo y entró en territorio de Epiro. Sabía perfectamente de qué lado habían estado los epirotas, con la excepción del noble Caropo; pero como viera que estaban deseosos de reparar sus errores del pasado, haciendo todo lo posible para cumplir sus órdenes, los consideró por su actitud presente y no por la anterior, asegurándose su adhesión para el futuro mediante su clemencia y disposición al perdón. Después de enviar órdenes a Corfú para que los transportes entrasen en el golfo de Ambracia, avanzó en cómodas etapas durante cuatro días y fijó su campamento a los pies del monte Cerceto [frontero entre el Epiro y Tesalia.-N. del T.]. Se indicó a Aminandro que llevara sus tropas hasta aquel lugar, no tanto porque fuera necesaria su ayuda, sino porque el cónsul deseaba tenerlos como guías en Tesalia. También se permitó prestar servicio como auxiliares a muchos epirotas que se presentaron voluntarios.

[32.15] La primera ciudad de Tesalia en ser atacada fue Faloria. Estaba guarnecida por dos mil macedonios que ofrecieron una resistencia muy tenaz con las armas y defensas que les protegían. El cónsul estaba convencido de que la ruptura de la resistencia a los ejércitos romanos en este primer ataque, decidiría la actitud general de los tesalios, por lo que presionó atacando día y noche sin interrupción. Finalmente, se superó la determinación de los macedonios y Faloria fue capturada. Ante esto, llegaron embajadas de Metrópoli y Cierio para rendir sus ciudades y pedir clemencia. Su petción fue concedida, pero Faloria fue saqueada e incendiada. A continuación avanzó contra Eginio, pero cuando vio que la plaza era prácticamente inexpugnable, incluso con una pequeña fuerza para defenderla, se contentó con descargar unos cuantos proyectiles sobre el puesto exterior más próximo y desvió su marcha hacia Gonfos. Como había devastado los campos de los epirotas, su ejército carecía ahora de los medios de vida necesarios y, al descender a la llanura de Tesalia, envió averiguar si los transportes habían llegado a Léucade o al golfo de Ambracia; mandando por turno las cohortes a Ambracia para aprovisionarse de trigo. Aunque la ruta de Gonfos de Ambracia es aunque difcil e incómoda, resulta muy corta y, en pocos días, el campamento quedó lleno de provisiones de toda clase que se habían traído desde la costa. Su siguiente objetivo era Atrage [cerca de la actual Alifaka.-N. del T.]. Esta ciudad se encuentra sobre el río Peneo, a unas diez millas de Larisa [14800 metros.-N. del T.], y fue fundada por emigrantes de Perrebia. Los tesalios no se alarmaron ante la aparición de los romanos, y aunque el propio Filipo no se atrevió a avanzar hacia Tesalia, permaneció acampado en Tempe, desde donde podía enviar ayuda, según la ocasión lo requería, a cualquier lugar amenazado por los romanos.

[32,16] Por el tiempo en que el cónsul iniciaba su campaña contra Filipo, asentando su campamento en las gargantas del Epiro, su hermano, Lucio Quincio, a quien el Senado había confiado la flota y el mando de la costa, navegó a Corfú con dos quinquerremes. Cuando se enteró de que la flota había partido de allí, decidió no perder tiempo y la siguió hasta la isla de Cefalonia [la isla de Same, en el original latino.-

N. del T.]. Una vez aquí, tras despedir a Cayo Livio, al que sucedía, marchó al Malea. El viaje fue lento, pues los barcos que lo acompañaban, cargados de provisiones, debían navegar en su mayoría a remolque. Desde Malea, él prosiguió con tres quinquerremes rápidas hasta El Pireo, dejando órdenes al resto de la flota para que lo siguieran tan rápidamente como pudiesen y, una vez aquí, se hizo cargo de los barcos que Lucio Apusto había dejado para proteger Atenas. Al mismo tiempo, dos flotas navegaban desde Asia; una, de veinticuatro quinquerremes, con Atalo; la otra era una flota rodia compuesta por veinte barcos con cubierta bajo el mando de Acesímbroto. Estas flotas se unieron en Andros y de allí navegaron hacia Eubea, que solo está separada por un angosto estrecho. Comenzaron por devastar los campos de los caristos, pero cuando llegaron refuerzos a Caristo desde Calcis, se apresuraron a poner rumbo a Eretria. Al enterarse de que Atalo había llegado allí, Lucio Quincio se dirigió a aquel lugar con la escuadra del Pireo, tras dejar órdenes para que el resto de la flota, según llegase, navegara hacia Eubea.

Dio comienzo entonces un ataque muy feroz contra Eretria. Las naves de las tres flotas portaban todo tipo de máquinas de asedio y artillería, y el territorio alrededor proporcionaba un abundante suministro de madera para la construcción de otras nuevas. Al principio, los habitantes se defendieron muy enérgicamente, pero se fueron agotando gradualmente y muchos resultaron heridos, y cuando vieron una parte de las murallas arrasadas por las máquinas enemigas, empezaron a pensar en rendirse. Sin embargo, la guarnición estaba compuesta por macedonios y los habitantes de la ciudad temían más a estos que a los romanos. Filocles, prefecto de Filipo, envió además mensajeros desde Calcis, diciendo que acudiría a tiempo de ayudarles si resistan. Así, tanto sus esperanzas como sus temores les obligaron a alargar su resistencia más allá de sus deseos o de sus fuerzas. Por fin, se enteraron de que Filocles había sido derrotado y que huía precipitadamente a Calcis, y se apresuraron a enviar parlamentarios a Atalo para pedir clemencia y protección. Con la esperanza de la paz, afojaron en su defensa y se contentaban con vigilar aquella parte de la muralla que se había derrumbado. Quincio, sin embargo, lanzó un asalto por la noche hacia el lugar donde menos lo esperaban y capturó la ciudad. Todos los habitantes de la ciudad, con sus esposas e hijos, se refugiaron en la ciudadela y finalmente se rindieron. No hubo mucho oro ni plata, pero se descubrieron más esculturas y pinturas de antiguos artistas, así como objetos similares, de lo que podría haberse esperado a partir del tamaño y riqueza de la ciudad.

[32,17] Caristo fue la siguiente plaza en ser atacada. Aquí, antes de que las tropas desembarcaran, toda la población abandonó la ciudad y se refugió en la ciudadela. Luego enviaron emisarios para acordar los términos con el general romano. A los ciudadanos se les garantzó de inmediato la vida y la libertad; a los macedonios se les permitó salir tras entregar las armas y pagar una suma equivalente a trescientas monedas por cabeza. Tras rescatarse a sí mismos mediante esta suma, marcharon a Beocia. Después de todo esto, a los pocos días y habiendo capturado dos importantes ciudades de Eubea, las flotas rodearon el Sunio, un cabo del Ática, y llegaron a Céncreas, puerto comercial de los corintos. Mientras tanto, el cónsul tenía en sus manos un asedio que resultó ser más tedioso y gravoso de lo que nadie había previsto, siendo dirigida la defensa de un modo para el que no estaba preparado. Dio por sentado que todos sus esfuerzos estarían dedicados a la demolición de las murallas y que, una vez se hubiera abierto paso hacia la ciudad, la huida y la masacre del enemigo seguirían como sucede habitualmente cuando las ciudades son capturadas al asalto. Pero después de haber batido mediante arietes las murallas, los soldados empezaron a pasar sobre los escombros, hacia el interior de la ciudad, y se encontraron con el inicio de una nueva tarea. La guarnición macedonia, una fuerza numerosa de hombres escogidos, consideraba motivo de gloria el defender la ciudad con sus armas y valor, en vez de con murallas, y formaron en orden cerrado, apoyando su frente en una columna de inusual profundidad. En cuanto vieron a los romanos trepando sobre las ruinas de la muralla, los hicieron retroceder sobre el mismo terreno cubierto de obstáculos y mal adaptado para la retirada.

El cónsul estaba muy contrariado, pues consideraba que este humillante rechazo no solo ayudaba a prolongar el asedio, sino que era también posible que infuyera en el curso futuro de la guerra que, en su opinión, dependía en gran medida de incidentes poco importantes. Tras despejar el terreno donde estaban los montones del muro derrumbado, llevó una torre móvil de gran altura, con gran cantidad de hombres en el interior de sus varios pisos, y envió cohorte tras cohorte para quebrar, si era posible, la formación en cuña de los macedonios a la que ellos llaman falange. Sin embargo, en aquel estrecho espacio -pues la brecha en la muralla no era en absoluto ancha-, la clase de armas y la táctica de combate daba ventaja al enemigo. Cuando las apretadas filas macedonias presentaron sus larguísimas lanzas, los romanos cargaron con sus espadas, tras lanzar infructuosamente sus pilos contra una especie de muro de escudos unidos, sin poder acercarse ni quebrar las puntas de las lanzas; y si conseguían cortar o romper alguna, los extremos quebrados y afilados formaban una especie de empalizada entre las puntas de las que seguían intactas. Otra cosa que ayudó al enemigo fue la protección que ofrecía a sus flancos aquella parte de la muralla que estaba en pie; no tenían que atacar ni retroceder sobre una amplia extensión de terreno, lo que por lo general desordena las filas. Un accidente que sufrió la torre les dio aún más confianza: al moverse por tierra no completamente apisonada, una de las ruedas se hundió en un surco y dio al enemigo la impresión de que la torre se iba a caer, haciendo enloquecer de terror a los soldados que iban en ella.

[32,18] No estaba haciendo ningún progreso y se estaba dando lugar a la comparación entre las tácticas y armas de los ejércitos contendientes; reconocía que no tenía perspectivas de un asalto victorioso en breve y tampoco medios para invernar tan lejos del mar, en un territorio asolado por los estragos de la guerra. Bajo aquellas circunstancias, levantó el asedio; pero no había ningún puerto en toda la costa de Acarnania ni de Etolia que pudiera alojar todos los transportes empleados en el aprovisionamiento de las tropas y, al mismo tiempo, aportar cuarteles de invierno cubiertos para los legionarios. Antcira, en la Fócida, frente al golfo de Corinto, parecía el lugar más adecuado, ya que no estaba muy lejos de Tesalia y las posiciones ocupadas por el enemigo, y sólo estaba separada del Peloponeso por un estrecho brazo de mar. Tendría a sus espaldas Etolia y Acarnania, y a sus lados la Lócride y Beocia. Se capturó sin combatir Fanotea, en la Fócida; Antcira solo ofreció una breve resistencia, siguiendo rápidamente las capturas de Ambriso y Hiámpolis. Davlia [Ambriso e Hiámpolis están próximas al actual pueblo de Vogdhani, en la Fócida oriental; Davlia es la antigua Daulis.-N. del T.], debido a su posición en una colina elevada, no se pudo capturar por asalto directo. Acosando a la guarnición mediante proyectiles y, cuando efectuaban salidas, mediante escaramuzas, avanzando y retrándose alternativamente sin intentar nada definitivo, les llevaron a tal extremo de descuido y desprecio por sus contrincantes que, cuando se retraron tras sus puertas, los romanos corrieron hasta allí junto a ellos y se apoderaron de la plaza al asalto. Otras fortalezas sin importancia cayeron en manos de los romanos, más por miedo que por la fuerza de las armas. Elatea les cerró sus puertas y parecía que había poca probabilidad de que admiteran ni a un general ni a un ejército romano, a menos que se les obligara por la fuerza.

[32.19] Mientras el cónsul estaba ocupado con el asedio de Elatea, brilló ante él la esperanza de lograr un éxito aún mayor, es decir, lograr convencer a los aqueos para que abandonasen su alianza con Filipo y entablar relaciones amistosas con Roma. Ciclíadas, el líder del partido macedonio, había sido expulsado, y era pretor Aristeno, partidario de la alianza con Roma. La flota romana, en unión de la de Atalo y Rodas, estaba anclada en Céncreas, preparándose para lanzar un ataque conjunto sobre Corinto. El cónsul pensaba que, antes de comenzar las operaciones, sería mejor enviar una embajada a los aqueos y prometerles que si abandonaban al rey y se pasaban a los romanos, Corinto se incorporaría a la liga aquea como antiguamente. Por sugerencia del cónsul, fueron enviados embajadores por su hermano Lucio Quincio, por Atalo, los rodios y los atenienses. Se celebró una reunión del consejo en Sición. Los aqueos, sin embargo, estaban lejos de tener claro qué curso debían seguir. Temían a Nabis, el lacedemonio, su peligroso e implacable enemigo; temían las armas de Roma y estaban muy obligados con los macedonios por sus muchos servicios, tanto en años pasados como recientemente. Sin embargo, sospechaban del mismo rey por su infidelidad y crueldad; no daban mucha importancia a sus actos de aquel momento, y veían claramente que después de la guerra sería más tirano que nunca. Tenían considerables dudas sobre qué opinión expresar, ya en sus senados respectivos o en el consejo general de la Liga; ni siquiera en privado llegaban a formarse una opinión definida sobre qué era lo que realmente deseaban o qué era lo mejor para ellos. Estando los consejeros con este ánimo indeciso, se presentaron los embajadores y se les pidió que expusieran su caso. El embajador romano, Lucio Calpurnio, fue el primero en hablar; le siguieron los representantes del rey Atalo, y después fue el turno de los delegados de Rodas. Los emisarios de Filipo fueron los siguientes en hablar, y los atenienses fueron los últimos de todos, para que pudieran responder a los macedonios. Estos últimos atacaron al rey con mayor severidad que cualquiera de los otros, pues ninguno había sufrido más ni había sido sometido a un trato tan amargo. Los continuos discursos llevaron todo el día, disolviéndose el consejo al atardecer.

[32.20] Al día siguiente fueron convocados de nuevo. Cuando, de conformidad con la costumbre griega, el pregonero anunció que los magistrados autorizaban tomar la palabra a cualquiera que deseara exponer sus puntos de vista ante el consejo, se produjo un largo silencio, mientras se miraban unos a otros. Tampoco esto resultaba sorprendente, por cuanto aquellos hombres habían estado dando vueltas en sus mentes a propuestas que se oponían frontalmente unas a otras, hasta llegar a un punto muerto, dado que los discursos, que se prolongaron durante todo el día anterior, les desconcertaron aún más al resaltar las dificultades presentadas por una y otra parte. Finalmente Aristeno, el pretor de los aqueos, decidido a no aplazar el consejo sin debate, dijo: "¿Dónde están, aqueos, aquellas vivas disputas que manteníais en banquetes y calles, cuando la mención de Filipo o de los romanos apenas lograba evitar que llegaseis a las manos? Ahora, en un conejo convocado para este propósito concreto, cuando habéis oído a los representantes de ambas partes, cuando los magistrados someten la cuestón a debate, cuando el pregonero os invita a expresar vuestra opinión, os volvéis mudos. Si no la preocupación por la seguridad común, ¿no logrará el espíritu partidario de unos u otros hacer que nadie tome la palabra? Sobre todo porque nadie es tan torpe como para no ver que este es el momento, antes de que se apruebe alguna disposición, para hablar y defender el curso que se considere mejor. Una vez aprobado cualquier decreto, cada cual habrá de sostenerlo como una medida buena y saludable, aún aquellos que anteriormente se opusieran a ella". Este llamamiento del pretor no solo no indujo a que ni un solo orador se presentara, ni siquiera evocó una simple aprobación o murmullo en aquella gran asamblea donde tantos estados estaban representados.

[32.21] Luego, Aristeno continuó: "Líderes de los aqueos, no estáis más faltos de consejos que de lengua, pues ninguno de vosotros está dispuesto a poner en peligro su propia seguridad por la seguridad general. Posiblemente, también yo habría guardado silencio de haber sido solo un ciudadano particular; pero siendo el pretor, considero que, o no debiera haber presentado los embajadores al consejo, o tras haberlos presentado no los debía haber despedido sin darles alguna respuesta. ¿Pero cómo puedo darles alguna respuesta que no sea conforme con lo que vosotros decretéis? Y ya que ninguno de vosotros, los convocados a este consejo, está dispuesto o tiene la valenta de expresar su opinión, vamos a examinar los discursos que nos hicieron ayer los embajadores como hubieran sido hechos por los miembros de este consejo; considerémoslos, no como exigencias efectuadas en su propio interés, sino como recomendaciones de una política que consideran ventajosa para nosotros. Tanto los romanos, como los rodios y Atalo buscan nuestra alianza y amistad, y consideran que es justo y apropiado que les ayudemos en la guerra que están librando contra Filipo. Filipo, por otra parte, nos recuerda el hecho de que somos sus aliados y que nos hemos comprometido con él mediante juramento. Solo nos pide que estemos junto a él y se contenta con que no intervengamos en los combates. ¿A nadie se le ocurre preguntarse por qué los que aún no son nuestros aliados piden más que los que ya lo son? Esto no es debido al exceso de modesta en Filipo o la falta de ella en los romanos. Es la fortuna de la guerra la que da y quita confianza a las exigencias de un lado y de otro. Por lo que respecta a Filipo, nada vemos que le pertenezca, excepto su enviado. En cuanto a los romanos, su flota se encuentra en Céncreas, cargada con los despojos de las ciudades de Eubea, y vemos al cónsul con sus legiones invadiendo la Fócida y la Lócride, que solo están separadas de nosotros por una estrecha franja de mar. ¿No os sorprende por qué el enviado de Filipo, Cleomedonte, habló tan timidamente cuando nos instó a tomar las armas contra los romanos en nombre de su rey? Él nos recordaba la santidad del tratado y el juramento; pero, si en virtud de ese mismo tratado y juramento le pidiésemos que Filipo nos defendiera de Nabis y sus lacedemonios y de los romanos, no podría encontrar una fuerza adecuada para protegernos, y ni siquiera para una respuesta a nuestra petción. Como ya le pasó, ¡por Hércules!, al mismo Filipo el año pasado, cuando trató de llevarse nuestros jóvenes a Eubea, prometendo que haría la guerra a Nabis, y viendo que no sancionábamos aquel uso de nuestros soldados ni aprobábamos el vernos involucrados en una guerra con Roma, se olvidó en todo del tratado que ahora nos recuerda tanto, dejándonos expuestos a los estragos y pillajes de Nabis y los lacedemonios.

En cuanto a mí, de hecho me parece que los argumentos que ha empleado Cleomedonte resultan incompatibles entre sí. Consideró cosa ligera una guerra contra Roma y dijo que el asunto tendría el mismo fin que el de su guerra anterior contra Filipo. Y si fuese así, ¿por qué entonces Filipo se mantene a distancia y pide nuestra ayuda, en vez de venir en persona y protegernos a nosotros, sus antiguos aliados, de Nabis y de los romanos? ¿A "nosotros", digo? ¡Pero si consintó la captura de Eretria y de Caristo! ¿No pasó igual con todas aquellas ciudades de Tesalia? ¿Y con las de la Lócride y la Fócida? ¿Por qué permite que se esté atacando ahora mismo Elatea? ¿Por qué desguarneció los pasos que llevaban al Epiro y las guarniciones inexpugnables que dominaban el río Áoo? ¿Y por qué marchó al interior de su reino una vez nos hubo abandonado? Si él, deliberadamente, deja a sus aliados a merced de sus enemigos, ¿cómo puede objetar a estos aliados que se ocupen de su propia seguridad? Si su acción fue dictada por el miedo, debe perdonar el nuestro. Si se retró porque fue derrotado por las armas de Roma, Cleomedonte, ¿cómo nos vamos a enfrentar los aqueos a las que los macedonios no pudisteis resistr? Nos dices que los romanos no tienen ni están empleando más fuerzas en esta guerra que en la última; ¿debemos creer tu palabra, a la vista de los hechos presentes? En aquella ocasión, ellos solo enviaron su flota para auxiliar a los etolios; no pusieron un cónsul al mando ni emplearon un ejército consular. Las ciudades marítimas pertenecientes a los aliados de Filipo estaban consternadas y alarmadas, pero los territorios del interior estaban tan a salvo de las armas de Roma que Filipo devastó las tierras de los etolios mientras imploraban en vano la ayuda de los romanos. Ahora, sin embargo, los romanos han dado fin a la guerra con Cartago, esa guerra que han debido soportar durante dieciséis años, que hizo presa, por así decir, en las entrañas de Italia; y no han enviado simplemente un destacamento para auxiliar a los etolios, ellos mismos han asumido el mando de la guerra y están atacando Macedonia por tierra y mar. Ya es su tercer cónsul el que está conduciendo operaciones con la mayor energía. Sulpicio se enfrentó con el propio rey en Macedonia, lo derrotó, lo puso en fuga y devastó la parte más rica de su reino; y ahora, cuando estaba guarneciendo los pasos que constituyen la llave del Epiro, seguros, según él creía, por sus posiciones, sus líneas fortificadas y su ejército, Quincio lo ha privado de su campamento, lo persiguió mientras huía a Tesalia, asaltó las ciudades de sus aliados y expulsó sus guarniciones casi a la vista del mismo Filipo.

Supongamos que no hay verdad en lo que ha expuesto el enviado de Atenas sobre la brutalidad, la lujuria y la avaricia del rey; supongamos que los crímenes cometidos en el Ática contra todos los dioses, celestes e infernales, no nos importan; y aún menos los sufrimientos de Quíos y Abidos, que están bien lejos; olvidemos nuestras propias heridas, los robos y asesinatos en Mesenia, en el corazón del Peloponeso; el asesinato por el rey de Cariteles, huésped de Filipo en Ciparisia, casi en plena mesa de banquetes y contra todo derecho humano o divino; y de la muerte de los dos Arato de Sición, padre e hijo, -el rey tenía la costumbre de hablar del viejo desgraciado como si fuera su padre-, el secuestro de la esposa del hijo en Macedonia, como víctima de la lujuria del rey, y todos los demás ultrajes contra matronas y doncellas..., dejemos que todo esto sea consignado al olvido. Imaginemos incluso que la cuestón no tiene que ver con Filipo, cuya crueldad os ha hecho enmudecer, ¿pues qué otra razón puede haber para que vosotros, que habéis sido convocados al consejo, guardéis silencio?, sino con Antgono, un suave y justo monarca que ha sido nuestro mayor benefactor. ¿Suponéis que no iba a exigir que hiciéramos lo que resulta imposible de hacer? El Peloponeso, recordad, es una península unida al continente por la estrecha franja de tierra del Istmo, abierta, y expuesta ante todo, a un ataque naval. Si una flota de cien barcos con cubierta, cincuenta más sin cubierta y treinta lembos de Isa se ponen a devastar nuestra costa y atacar las ciudades que permanecen expuestas casi en la orilla, supongo que nos retraremos a las ciudades del interior como si estuviésemos a punto de quedar atrapados por las llamas de una guerra interna que se nos enquistase en las entrañas. Cuando Nabis y los lacedemonios nos estén atacando por tierra y la flota romana por mar, ¿cómo apelaré a nuestra alianza con el rey e imploraré a los macedonios que nos ayuden? ¿Protegeremos con nuestras propias armas las ciudades amenazadas y en contra de los romanos? ¡Cuán espléndidamente protegimos Dimas en la última guerra! Los desastres de los demás deberían servirnos de advertencia suficiente a nosotros; no busquemos el modo de convertrnos en advertencia para los demás.

Ya que los romanos piden nuestra amistad voluntariamente, cuidemos de no desdeñar lo que deberíais haber deseado y haber hecho cuanto pudierais por obtener. ¿Os creéis que están atrapados en una tierra extraña y que sus propios temores los llevan a buscar la sombra de vuestra ayuda y el refugio de una alianza con vosotros, para que puedan entrar en vuestros puertos y hacer uso de vuestros suministros? ¡Ellos controlan el mar! Ponen de inmediato bajo su dominio cualquier costa a la que llegan y se dignan pedir lo que podrían obtener por la fuerza. Es porque quieren ser indulgentes con vosotros por lo que no os permiten dar un paso que os destruya. En cuanto a la vía intermedia, que Cleomedonte ha señalado como la más segura, es decir, que estéis tranquilos y os abstengáis de hostlidades, esa no es una vía intermedia, no es una vía en absoluto. Tenemos que aceptar o rechazar la alianza con Roma; de lo contrario no obtendremos el reconocimiento o la grattud de ninguna de las partes, sino que, como hombres que esperan los hechos cumplidos, dejaremos nuestra política a merced de la Fortuna ¿y qué resultará de esto, sino convertrnos en presa del vencedor? Lo que deberíais haber buscado con la mayor solicitud se os ofrece ahora espontáneamente; cuidar de no despreciar la oferta. Tenéis hoy abiertas cualquiera de las alternativas; no siempre lo estarán. La oportunidad no durará mucho tiempo, ni se repetrá a menudo. Durante mucho tiempo habéis deseado y no os habéis atrevido a libraros de Filipo. Los hombres que os conseguirán vuestra libertad, sin riesgo alguno por vuestra parte, han cruzado los mares con flotas y ejércitos poderosos. Si rechazáis su alianza, no estaréis apenas en vuestros cabales; os veréis obligados a tenerlos como amigos o enemigos".

[32.22] Al finalizar el discurso del pretor se extendió un murmullo de voces por la asamblea, algunas aprobando y otras atacando ferozmente a los que aprobaban. Pronto, no discutan sólo los miembros individuales, sino pueblos completos; finalmente, los principales magistrados de la Liga, a los que llaman "damiurgos" y eligen en número de diez, estaban discutendo aún más acaloradamente que el resto de la asamblea. Cinco de ellos declararon que presentarían una propuesta de alianza con Roma y que votarían por ella; los otros cinco protestaron diciendo que la ley prohibía que los magistrados propusieran o que el consejo aprobase cualquier resolución contraria a la alianza ya existente con Filipo. Así, también aquel día se gastó en discusiones. Ya solo quedaba un día para las sesiones reglamentarias del consejo, pues la ley exigía que sus decretos se promulgaran al tercer día. Conforme se acercaba el momento, se exaltaron tanto los ánimos que poco faltó para que los padres no les pusieran las manos encima a sus hijos. Pisias, un delegado de Palene, tenía un hijo llamado Memnón, damiurgo, que era uno de los que se oponían a que se presentara y sometese a votación la resolución. Durante bastante tiempo apeló a su hijo, para que permitera que los aqueos adoptaran medidas para su común seguridad y para que, por su obstinación, no trajeran la ruina a toda la nación. Cuando vio que su apelación no tenía efecto alguno, juró que ya no lo consideraría un hijo, sino un enemigo, y que le daría muerte con su propia mano. La amenaza surtó efecto y, al siguiente día, Memnón se unió a los que estaban a favor de la resolución. Al estar ahora en mayoría, presentaron la propuesta que resultó claramente aprobada por casi todos los pueblos, indicación evidente de lo que sería la decisión final. Antes de que se aprobara efectivamente, los representantes de Dimas y Megalópolis, y algunos de los de Argos, se levantaron y abandonaron el consejo. Esto no produjo sorpresa o desaprobación, considerando la situación en que quedaban. Los megalopolitanos, después de haber sido expulsados por los lacedemonios de su patria en los días de sus abuelos, habían sido reintegrados en ella por Antgono. Dimas había sido tomada y saqueada por los romanos, con sus habitantes vendidos como esclavos, y Filipo había ordenado que se les rescatase donde quiera que los encontraran, habiéndoles devuelto su libertad y a su ciudad. Los argivos, que creían que los reyes de Macedonia habían surgido de entre ellos, estaban en su mayoría unidos a Filipo por lazos de amistad personal. Por estas razones se retraron del consejo, al mostrarse este a favor de formalizar una alianza con Roma, siendo considerada su secesión como algo excusable a la vista de las grandes obligaciones contraídas por los servicios que recientemente se les había prestado.

[32.23] Al ser llamados a votar, el resto de los pueblos aqueos se pronunciaron a favor de la inmediata conclusión de una alianza con Atalo y con los rodios. Como una alianza con Roma no podía hacerse sin una resolución del pueblo romano, se retrasó la cuestón hasta que se pudieran enviar allí embajadores. Mientras tanto, se decidió que debían enviarse tres representantes a Lucio Quincio y que todo el ejército aqueo debía ser llevado a Corinto, pues Quincio ya había empezado a atacar la ciudad una vez había tomado Céncreas. Los aqueos fijaron su campamento en dirección a la puerta que conduce a Sición, los romanos al otro lado de la ciudad que mira hacia Céncreas y Atalo llevó su ejército a través del Istmo y atacó la ciudad por el lado de Lequeo [al oeste, al este y al norte, respectivamente.-N. del T.], el puerto que da al otro mar. Al principio, no mostraron mucho ánimo en el ataque, pues tenían esperanzas en las discordias internas entre los habitantes de la ciudad y la guarnición de Filipo. Sin embargo, cuando se vio que todos a una enfrentaban el asalto, los macedonios defendiéndose con tanta energía como si defendieran su tierra natal y los corintos obedeciendo las órdenes de Andróstenes, el general de la guarnición, tan lealmente como si fuese un conciudadano que ellos mismos hubieran puesto al mando por sufragio, los asaltantes pasaron a poner todas sus esperanzas en sus armas y en sus trabajos de asedio. A pesar de las dificultades de la aproximación, se construyeron rampas contra las murallas por todas partes. Por el lado donde operaban los romanos, los arietes habían destruido cierta porción de la muralla y los macedonios llegaron en masa para defender la brecha. Dio comienzo un furioso combate, siendo fácilmente expulsados los romanos a causa de la abrumadora mayoría de los defensores. Llegaron entonces los aqueos y Atalo en su ayuda, haciendo más igualada la lucha y dejando claro que no tendrían mucha dificultad en obligar a ceder a macedonios y griegos. Había una gran cantidad de desertores italianos, en parte provenientes de aquellos del ejército de Aníbal que habían entrado al servicio de Filipo para escapar al castgo por parte de los romanos, y en parte marineros que habían dejado la flota ante la perspectiva de un servicio militar más honroso [en el sentido de lucrativo o provechoso.-N. del T.]. Estos hombres, temiendo por sus vidas en caso de que vencieran los romanos, se encendieron más de locura que de valor. En la parte que da a Sición se encuentra el promontorio de Juno, de Acrea según la llaman ellos, que se adentra en el mar; la distancia desde Corinto es de unas siete millas [10360 metros.-N. del T.]. En ese momento, Filocles, uno de los prefectos del rey, llevó una fuerza de mil quinientos hombres a través de la Beocia. Las embarcaciones de Corinto estaban en disposición de llevar este destacamento a Lequeo. Atalo aconsejó que se levantara inmediatamente el sito y que se quemaran las obras de asedio, pero el comandante romano demostró mayor resolución y quería persistr en su intento. Sin embargo, cuando vio a las tropas de Filipo firmemente apostadas delante de todas las puertas y se dio cuenta que sería difcil enfrentar sus ataques en caso de que efectuaran salidas, concordó con la opinión de Atalo. Así pues, se abandonó la operación y se envió de vuelta a casa a los aqueos. El resto de las tropas reembarcaron; Atalo navegó hacia el Pireo y los romanos hacia Corfú.


[32.24] Estando ocupadas de esta manera las fuerzas navales, el cónsul acampó ante Elatea, en la Fócida. Comenzó invitando a los dirigentes de la ciudad a una conferencia y trató de inducirlos a que se rindieran, pero estos le dijeron que aquello no estaba en su mano, al ser las fuerzas del rey más fuertes y numerosas que los habitantes de la ciudad. Ante esto, procedió a atacar la ciudad por todas partes con armas y artillería de asedio. Tras haber acercado los arietes, cayó con un terrorífico estrépito una porción de la muralla entre dos torres, dejando expuesta la ciudad. De inmediato avanzó una cohorte romana por la abertura así provocada, y los defensores dejaron sus puestos y se dirigieron a la carrera, desde todas partes de la ciudad, hacia el lugar amenazado. Mientras unos romanos estaban trepando sobre las ruinas de la muralla, otros situaban sus escalas de asalto contra los muros que aún estaban en pie; estando la atención de los defensores desviada hacia otro lugar, las murallas fueron coronadas con éxito y los asaltantes descendieron a la ciudad. El ruido del tumulto aterrorizó de tal modo al enemigo que abandonaron la plaza que tan vigorosamente habían estado defendiendo y huyeron todos a la ciudadela, seguidos por una multitud de no combatentes. Habiéndose apoderado así de la ciudad, el cónsul la entregó al saqueo. A continuación, envió un mensaje a los de la ciudadela, prometendo respetar la vida de las tropas de Filipo si entregaban las armas y también restaurar a los elatenses su libertad. Una vez dadas las necesarias garantas, se hizo con la ciudadela unos días después.

[32,25] La aparición de Filocles en Acaya no solo levantó el sito de Corinto, sino que provocó la pérdida de Argos, que fue traicionada por los dirigentes de la ciudad actuando con pleno consentimiento de la población. Era costumbre entre ellos que los pretores pronunciasen, para iniciar las celebraciones y como presagio de buena fortuna, los nombres de Júpiter, Apolo y Hércules, habiéndose promulgado una ley para que se añadiera el nombre del rey Filipo. Después que se hubo establecido la alianza con Roma, el pregonero no añadió su nombre, estallando el pueblo en airados murmullos y escuchándose pronto gritos añadiendo el nombre de Filipo y exigiendo los honores que por derecho le correspondían, hasta que finalmente se pronunció su nombre entre tremendos vítores. En respuesta a esta prueba de su popularidad, los partidarios de Filipo invitaron a Filocles que, durante la noche, se apoderó de una colina que dominaba la ciudad; la fortaleza se llamaba Larisa. Situando allí una guarnición, bajó en orden de batalla hasta el foro, que estaba al pie de la colina. Allí se encontró con una formación de tropas establecidas para enfrentarse a su avance. Era una fuerza aquea, que había sido llevada recientemente a la ciudad, consistente en quinientos hombres escogidos de entre todas las ciudades bajo el mando de Enesidemo de Dimas. El prefecto del rey les envió un parlamentario pidiéndoles que abandonasen el lugar pues, no siendo enemigos suficientes para enfrentarse a los ciudadanos que apoyaban a los macedonios, aún menos lo serían contra los mismos macedonios a los que ni los romanos pudieron resistr en Corinto. Al principio, su advertencia no hizo ninguna impresión, ni en el comandante ni en sus hombres, pero cuando vieron de pronto, tras de sí, un gran grupo de argivos armados que marchaban contra ellos por el otro lado, comprendieron que su destino estaba sellado, si su jefe hubiera persistido en la defensa de la plaza por la que, evidentemente, estaban dispuestos a luchar hasta la muerte.

Enesidemo, sin embargo, no quiso que la for de los soldados aqueos se perdiera junto con la ciudad y llegó a un entendimiento con Filocles para que se les permitera salir. Él mismo, sin embargo, permaneció bajo las armas en el lugar donde había hecho alto, junto con algunos de sus seguidores ["clientibus", de sus clientes, dice literalmente el texto latino.-N. del T.]. Filocles envió a preguntarle cuál era su intención; sin dar un paso y sujetando su escudo frente a él, le contestó que moriría combatendo en defensa de la ciudad que se le había confiado. El prefecto, entonces, ordenó a los tracios que arrojaran una lluvia de proyectiles sobre ellos, muriendo todo el grupo. Por lo tanto, incluso después de haberse establecido la alianza entre los aqueos y los romanos, dos de las más importantes ciudades, Argos y Corinto, estaban en manos del rey. Tales fueron las operaciones de las fuerzas navales y militares de Roma, durante este verano, en Grecia.

[32.26] El cónsul Sexto Elio, a pesar de tener dos ejércitos en la provincia, no llevó a cabo nada de importancia en la Galia. Conservó el que había mandado Lucio Cornelio, y que debía haber sido licenciado, situando a Cayo Helvio a su mando; al otro ejército lo llevo consigo a la provincia. Casi la totalidad de su año de mandato se gastó en obligar a los antiguos habitantes de Cremona y Plasencia a que regresaran a sus hogares, de donde habían sido alejados por los accidentes de la guerra. Mientras que las cosas estuvieron inesperadamente tranquilas este año en la Galia, los alrededores de la Ciudad estuvieron a punto de converitrse en el escenario de un levantamiento de esclavos. Los rehenes cartagineses estaban bajo custodia en Sezze [la antigua Setia.-N. del T.]. Como hijos de la nobleza, estaban atendidos por una gran cantidad de esclavos, cuyo número había aumentado con muchos que los propios setinos habían comprando de entre los prisioneros capturados en la reciente guerra en África. Prepararon una conspiración y mandaron a algunos de sus miembros a convencer a los esclavos del territorio alrededor de Sezze y, después, a los territorios de Norba y Cercei. Estando sus preparativos ya lo bastante adelantados, se dispusieron a aprovechar la oportunidad que les ofrecerían los Juegos que dentro de poco se iban a celebrar en Sezze y atacar al pueblo mientras su atención se concentraba en el espectáculo. Luego, entre el alboroto y el derramamiento de sangre, los esclavos se apoderarían de Sezze y, a continuación, se asegurarían Norba y Cercei.

La información de este asunto monstruoso fue llevada a Roma y sometida a Lucio Cornelio Léntulo, el pretor urbano [se confunde aquí Livio, pues en el cap. 7 ha dicho que el pretor de aquel año era Lucio Cornelio Mérula.-N. del T.]. Dos esclavos llegaron a él antes del amanecer, dándole cumplida cuenta de cuanto se había hecho y de lo que se contemplaba hacer. Tras dar órdenes para que quedasen detenidos en su casa, convocó al Senado y le comunicó las noticias que habían traído los informantes. Se le ordenó que empezase de inmediato una investgación y aplastase la conspiración. Acompañado por cinco legados, obligó a cuantos encontró por los campos a prestar el juramento militar, armarse y seguirle. Mediante esta leva informal, reunió una fuerza armada de unos dos mil hombres con los que llegó a Sezze, todos ellos completamente ignorantes de su destino. Una vez allí, se apoderó rápidamente de los cabecillas y esto provocó una huida general de los esclavos de la ciudad. Se enviaron partdas por los campos para darles caza <...> [existe un hueco en el texto; seguimos la nota de José Antonio Villar Vidal que, en la edición de Gredos citada en la "Nota del Traductor", cita la propuesta de MacDonald: "en busca de los fugitivos..., el propio pretor llevó la investigación... llevó al suplicio a cerca de dos mil hombres".-N. del T.] Resultó muy valiosa la información proporcionada por los dos esclavos y por un hombre libre. Para este último, el Senado ordenó una gratficación de cien mil ases; para cada uno de los esclavos concedió cinco mil ases y su libertad, compensándose a los propietarios del erario público. Poco después llegaron noticias de que algunos esclavos, los restos de aquella conspiración, tenían la intención de apoderarse de Palestrina [la antigua Preneste.-N. del T.]. Lucio Cornelio marchó allí y castgó a unos dos mil que habían estado involucrados en la conjura. Los ciudadanos temían que los responsables y principales impulsores del asunto hubieran sido los rehenes y prisioneros cartagineses. Por consiguiente, se dispuso una estricta vigilancia en los barrios de Roma, se dispuso que los magistrados menores inspeccionaran los puestos de vigilancia y que los triunviros de la cárcel de las "lautumias" estrecharan la vigilancia. También dio órdenes el pretor a las comunidades latinas para que los rehenes se mantuvieran en privado y que no se les dejase aparecer en público; los prisioneros debían ser esposados con grilletes de no menos de diez libras de peso [3,27 kilos.-N. del T.] y no quedar confinados sino en cárceles del Estado.

[32,27] Aquel año, una delegación del rey Atalo depositó en el Capitolio una corona de oro que pesaba 246 libras [80,442 kilos.-N. del T.]. También presentaron su agradecimiento al Senado por la intervención de los enviados romanos, pues gracias a ellos Antioco había retirado su ejército de los territorios de Atalo. En el transcurso del verano, Masinisa envió al ejército en Grecia doscientos jinetes, diez elefantes y doscientos mil modios de trigo [1400 tin. de trigo.-N. del T.]. Además, desde Sicilia y Cerdeña se envió al ejército gran cantidad de provisiones y vestuario. Marco Marcelo se encargó de la administración de Sicilia y Marco Porcio Catón de la de Cerdeña. Este último era un hombre de vida íntegra y honesta, pero considerado demasiado severo en su represión de la usura. Los prestamistas fueron desterrados de la isla, recortándose o aboliéndose totalmente las sumas que los aliados regalaban para el agasajo de los pretores. El cónsul Sexto Elio volvió de la Galia para llevar a cabo las elecciones; Cayo Cornelio Cétego y Quinto Minucio Rufo fueron los nuevos cónsules. Dos días más tarde siguió la elección de los pretores. Como consecuencia del aumento en las provincias y la extensión del dominio de Roma, este año se eligieron por primera vez seis pretores, a saber, Lucio Manlio Volso, Cayo Sempronio Tuditano, Marco Sergio Silo, Marco Helvio, Marco Minucio Rufo y Lucio Atilio. De ellos, Sempronio y Helvio eran ediles plebeyos; resultaron electos ediles curules Quinto Minucio Termo y Tiberio Sempronio Longo. Los Juegos Romanos se celebraron cuatro veces durante el año.

[32.28] -197 a.C.-El primer asunto que trataron los cónsules fue el reparto de las provincias, tanto a los pretores como a los cónsules. Se empezó con las de los pretores, pues se podían asignar por sorteo. La pretura urbana tocó a Sergio, la peregrina a Minucio, Cerdeña fue para Atilio, Sicilia para Manlio, la Hispania Citerior fue para Sempronio y la Ulterior fue para Helvio [la Hispania Citerior, o "de acá", era la parte de la península Ibérica al norte del Ebro; la Ulterior, o "de allá", es la que está al sur del Ebro. Los romanos, en general, empleaban los términos citerior y ulterior siempre respecto a Roma.-N. del T.] . Cuando los cónsules se disponían a sortear entre sí Italia y Macedonia, dos de los tribunos de la plebe, Lucio Opio y Quinto Fulvio, se opusieron a ello. Macedonia, objetaron, era una provincia lejana y, hasta aquel momento, nada se había opuesto más a una victoria en la guerra que el hecho de que apenas hubieran comenzado las operaciones ya se estaba llamando al anterior cónsul, justo cuando estaba la campaña en pleno desarrollo. Este era ya el cuarto año desde que se había declarado la guerra a Macedonia: Sempronio había pasado la mayor parte del año para tratando de dar con el rey y su ejército; Vilio había llegado a contactar con el enemigo, pero fue llamado antes de librarse cualquier acción decisiva; Quincio había sido retenido en Roma durante la mayor parte del año por asuntos relacionados con la religión; pero, de haber llegado antes a su provincia o de haberse retrasado el inicio del invierno, su dirección de las operaciones mostraba que podía haber dado fin a la guerra. Ahora casi estaba ya en sus cuarteles de invierno, pero se decía que estaba preparando la guerra de tal forma que, si no se lo impedía su sucesor, podría darle término al siguiente verano. Mediante estos argumentos, consiguieron que los cónsules se comprometeran a aceptar la decisión del Senado si los tribunos también lo hacían. Como ambas partes dejaron al Senado libertad de acción, se emitó un decreto para que Italia fuera administrada por ambos cónsules y que Tito Quincio viera confirmado su mando hasta el momento en que el Senado designara a su sucesor. A cada uno de los cónsules se les asignarían dos legiones; con ellas deberían dirigir la guerra contra los galos cisalpinos, que se habían rebelado contra Roma. También se votaron refuerzos para que Quincio los empleara contra Macedonia, totalizando seis mil infantes y trescientos jinetes, además de tres mil marinos aliados. Lucio Quincio Flaminio conservó su puesto al mando de la flota. Cada uno de los pretores que iban a operar en Hispania recibió ocho mil infantes proporcionados por los latinos y los aliados, y cuatrocientos jinetes; estos debían susttuir al antiguo ejército, que debía ser enviado a casa. Debían también concretar los límites de las dos provincias hispanas, la Citerior y la Ulterior. Publio Sulpicio y Publio Vilio, que anteriormente habían estado en Macedonia como cónsules, fueron destinados allí como generales.

[32.29] Antes de que los cónsules y los pretores partieran paras sus respectivas provincias, se tomaron medidas para expiar varios portentos que se habían anunciado. Los templos de Vulcano y Sumano [Sumano pudiera tratarse de una primitiva denominación de Júpiter.-N. del T.] en Roma, y una de las puertas con una porción de la muralla de Fregenas, fueron alcanzados por un rayo; en Éfula nació un cordero con cinco pies y dos cabezas; en Formia entraron dos lobos y mutilaron a varias personas que se cruzaron en su camino; en Roma entró un lobo que incluso llegó hasta el Capitolio. Cayo Atinio, uno de los tribunos de la plebe, presentó una propuesta para la fundación de cinco colonias en la costa: dos en la desembocadura de los ríos Volturno y Literno, una en Pozzuoli, una en el Castro Salerno y, finalmente, otra en Buxento [Castro Salerno es la actual Salerno y Buxento estaba próxima a la actual Policastro.-N. del T.]. Se decidió que cada colonia consistría en trescientas familias, nombrándose triunviros para supervisar el asentamiento. Estos desempeñarían sus cargos durante tres años. Fueron designados Marco Servilio Gémino, Quinto Minucio Termo y Tiberio Sempronio Longo. Cuando hubieron alistado las fuerzas requeridas y terminado todos los asuntos, tanto divinos como humanos, ambos cónsules partieron para la Galia. Cornelio tomó el camino que iba directo hacia tierras de los ínsubros, que estaban en armas junto a los cenomanos; Quinto Minucio torció hacia la parte izquierda de Italia, en dirección al Adriátco ["al mar inferior", según la traducción directa del original latino.-N. del T.], y llegando con su ejército a Génova empezó sus operaciones contra los ligures. Se rindieron dos ciudades fortificadas, Casteggio [el Adriático es llamado, en el original latino, "mar inferior"; Casteggio es la antigua Clastidio.-N. del T.] y Litubio, ambas pertenecientes a los ligures, y dos comunidades de ese mismo pueblo, los celeyates y los cerdiciates. Todas las tribus del este lado del Po habían quedado ya reducidas, a excepción de los boyos, en la Galia, y los ilvates, en la Liguria. Se dijo que se habían rendido quince ciudades fortificadas y veinte mil hombres.

[32.30] Desde aquí, llevó sus legiones al país de los boyos, cuyo ejército, no mucho antes, había cruzado el Po. Habían oído que los cónsules tenían intención de atacarles con sus legiones unidas, y con el propósito de consolidar ellos también sus propias fuerzas mediante su unión, habían establecido una alianza con ínsubros y cenomanos. Cuando les llegó noticia de que uno de los cónsules estaba incendiando los campos de los boyos, surgió una diferencia de opinión; los boyos exigían que todos debían apoyar a quienes sufrían la mayor presión, mientras que los ínsubros declararon que no dejarían indefenso su propio país. Así pues, dividieron sus fuerzas; los boyos marcharon a proteger su país y los ínsubros y cenomanos tomaron posiciones a orillas del Mincio. En el mismo río, dos millas más abajo, fijó Cornelio su campamento [a 2960 metros.-N. del T.]. Desde allí envió emisarios a las aldeas de los cenomanos y a Brixia, su capital, enterándose con certeza de que su juventud estaba en armas sin la sanción de sus mayores y que su consejo nacional tampoco había autorizado que se prestase ayuda alguna a la revuelta de los ínsubros. Al saber de esto, invitó a sus jefes a una conferencia y trató de inducirlos a romper con los ínsubros, regresando a sus hogares o pasándose a los romanos. No fue capaz de obtener su consentimiento a la última propuesta, pero le dieron garantas de que no tomarían parte en los combates, a menos que surgiera la ocasión, en cuyo caso sería para ayudar a los romanos. Los ínsubros fueron mantenidos en la ignorancia de este pacto, pero sospecharon algo sobre a las intenciones de sus aliados y, al formar sus líneas, no se arriesgaron a confiarles una posición en ningún ala, no fuera a ser que abandonasen su posición traicioneramente y llevaran a todo el ejército a un desastre. Por lo tanto, fueron situados en la retaguardia, como reserva. Al comienzo de la batalla, el cónsul prometó un templo a Juno Sospita en caso de que el enemigo fuera derrotado ese día y los soldados, con sus gritos, aseguraron a su jefe que ellos harían que pudiera cumplir su promesa. A continuación cargaron, no resistendo los ínsubros el primer choque. Algunos autores dicen que los cenomanos los atacaron desde atrás cuando la batalla estaba en marcha y que el doble ataque los arrojó en un completo desorden. Murieron treinta y cinco mil hombres y se hizo prisioneros a cinco mil doscientos, incluyendo al general cartaginés Amílcar, el principal instgador de la guerra; también se capturaron ciento treinta estandartes y numerosas carretas. Aquellos de entre los galos que habían seguido a los ínsubros en su rebelión se rindieron a los romanos.

[32.31] El cónsul Minucio había llevado sus expediciones de saqueo por todo el país de los boyos, pero cuando se enteró de que habían abandonado a los ínsubros y vuelto para defender su país, se mantuvo dentro de su campamento, pensando que se enfrentaría a ellos en una batalla campal. Los boyos no habrían declinado presentar batalla si la noticia de la derrota de los ínsubros no hubiera quebrado su ánimo. Abandonaron a su jefe y su campamento, dispersándose por sus poblados y disponiéndose cada hombre a defender su propiedad. Esto provocó que su antagonista cambiara sus planes pues, al no existr ya esperanza alguna de forzar la terminación de la guerra en una sola acción, el cónsul reanudó los saqueos de sus campos y el incendio de sus aldeas y granjas. Fue por entonces cuando resultó incendiada Casteggio. Los ligustinos ilvates eran, ahora, la única tribu ligur que no se había sometido, por lo que condujo las legiones contra ellos. Sin embargo, también ellos se rindieron al enterarse de la derrota de los ínsubros y de que, además, los boyos estaban tan desanimados que no se aventurarían a un enfrentamiento. Las cartas de los dos cónsules, anunciando sus victorias, llegaron a Roma al mismo tiempo. El pretor urbano, Marco Sergio, las leyó en el Senado y fue autorizado por ese Cuerpo a leerlas a la Asamblea. Se ordenaron cuatro días de acción de gracias.

[32.32] El invierno ya había llegado y Tito Quincio, después de la captura de Elatea, había acuartelado a sus tropas en la Fócida y en la Lócride. Surgieron disputas políticas en Opunte [da aquí Livio un pequeño salto hacia atrás y nos sitúa a finales del 198 a.C., comienzos del 197a.C.; ...aunque para ellos sería "nuestro" 198 a.C. hasta el 15 de marzo. En cuanto a Opunte, pudiera corresponder a la moderna Talanda o más probablemente a Kardhenítza.-N. del T.]; un partido llamó en su ayuda a los etolios, que estaban más cerca, y el otro llamó a los romanos. Los etolios fueron los primeros en llegar, pero el otro partido, más rico e infuyente, les negó la entrada y, después de enviar un mensaje al general romano, conservó la ciudad a la espera de su llegada. La ciudadela estaba guarnecida por tropas de Filipo y ni las amenazas de los opuntos ni el tono autoritario del jefe romano sirvieron para que la abandonaran. El lugar habría sido atacado de inmediato, de no haber llegado un heraldo del rey pidiendo que designaran lugar y momento para una entrevista. Tras una considerable vacilación, se le concedió su petción. La resistencia de Quincio no se debía a que no deseara ganar la gloria de dar fin a la guerra por las armas y por las conversaciones, pues aún no sabía nada acerca de que ninguno de los nuevos cónsules iría a relevarle, ni de que iba a seguir con su mando, decisión que había encargado a sus amigos y familiares que hicieran cuanto pudieran por asegurar. Pensó, sin embargo, que una conferencia serviría a su propósito y le dejaría en libertad de mostrarse favorable a la guerra, si seguía al mando, o a la paz, si tenía que partr.

Eligieron un lugar en la costa del golfo Malíaco, cerca de Nicea. El rey se dirigió allí desde Demetrias, en un buque de guerra escoltado por cinco lembos. Estaba acompañado por dos magnates de Macedonia y también por un distinguido exiliado etolio llamado Ciclíadas. Con el comandante romano estaba el rey Aminandro, Dionisodoro, embajador de Atalo, Acesímbroto, prefecto de la flota rodia, Feneas, jefe de los etolios y dos aqueos, Jenofonte y Aristeno. Rodeado por este grupo de notables, el general romano avanzó hasta el borde de la playa y, al avanzar el rey hacia la proa de su nave, que estaba anclada, le llamó: "Si vienes a la orilla, ambos podremos hablar y escuchar al otro con más comodidad". El rey se negó a ello, por lo que Quincio le preguntó: "¿De qué tienes miedo?". En un tono de real orgullo, Filipo contestó: "No temo a nadie, excepto a los dioses inmortales; pero no confío en los que te rodean, y menos aún en los etolios". "Ese", respondió Quincio, "es un peligro al que están igualmente expuestos todos los que acuden a conferenciar con el enemigo, esto es, que no exista buena fe". "Así es, Tito Quincio -fue la respuesta de Filipo-, pero las recompensas de la traición, si bien se piensa, no son las mismas para ambas partes; Filipo y Feneas no tienen el mismo valor. A los etolios no les resultaría tan difcil susttuirlo por otro magistrado, como a los macedonios reemplazar a su rey".

[32.33] Después de esto no se habló más. El comandante romano consideraba que lo correcto era que empezase la conversación aquel que había solicitado la conferencia; el rey pensaba que la discusión debían abrirla los hombres que daba los términos de paz, no el que los recibía. Entonces, el Romano señaló que lo que tenía que decir era muy simple y directo; se limitaría a exponer las condiciones sin las cuales la paz sería imposible. "El rey debe retrar sus guarniciones de todas las ciudades en Grecia; deberá devolver los prisioneros y desertores a los aliados de Roma; aquellas plazas en Iliria que había capturado tras la conclusión de la paz en el Epiro, serían devueltas a Roma; las ciudades de las que se había apoderado por la fuerza, tras la muerte de Tolomeo Filópator, serían devueltas a Tolomeo, el rey de Egipto. Estas -dijo-son mis condiciones y las del pueblo de Roma; pero es justo y apropiado que también sean escuchadas las demandas de nuestros aliados". El representante del rey Atalo exigió la devolución de las naves y los prisioneros que se habían tomado en la batalla naval de Quíos, así como la restauración a su estado anterior del Niceforio y del Templo de Venus, que el rey había saqueado y devastado. Los rodios exigieron la cesión de la Perea, un territorio del continente frente a su isla y que anteriormente estaba bajo su dominio, insistendo en la retirada de las guarniciones de Filipo de Jasos, Bargilias y Euromo, así como de Sesto y Abidos en el Helesponto; la devolución de Perinto a los bizantinos, junto con el restablecimiento de sus viejas relaciones políticas y la libertad de todos los mercados y puertos de Asia. Los aqueos exigieron la devolución de Corinto y Argos. Feneas, pretor de los etolios, exigió, casi en los mismos términos que los romanos, la evacuación de Grecia y la devolución de las ciudades que anteriormente habían estado bajo dominio de los etolios.

Le siguió uno de los notables etolios, llamado Alejandro, considerado entre los etolios un hombre elocuente. Había permanecido largamente en silencio, dijo, no porque pensara que la conferencia llevaría a algún resultado, sino simplemente porque no quería interrumpir a ninguno de los oradores que representaban a sus aliados. Filipo -continuó-no era sincero al discutr los términos de paz, ni había demostrado un auténtco valor en la forma en que había dirigido la guerra. En las negociaciones se mostraba engañoso y acechante, en la guerra no se enfrentaba a su enemigo en terreno abierto ni combata en batalla campal. Se mantenía fuera del camino de su adversario, saqueaba e incendiaba sus ciudades y, cuando vencía, destruía lo que debería ser el premio de los vencedores. Los antiguos reyes de Macedonia no se comportaron de esta manera; confiaban en sus formaciones de combate y, en la medida de lo posible, salvaron a las ciudades para que su imperio pudiera resultar aún más opulento. ¿Qué clase de política era aquella de destruir las mismas cosas por las que combata, sin dejar nada para sí excepto la misma guerra? El año anterior Filipo arrasó más ciudades en Tesalia, pese a que pertenecían a sus aliados, que cualquier enemigo que Tesalia hubiese tenido antes. Incluso a nosotros, los etolios, nos ha tomado más ciudades, desde que se convirtó en nuestro aliado, de las que nos tomó cuando era nuestro enemigo. Se apoderó de Lisimaquia después de expulsar a la guarnición etolia y a su comandante; de la misma manera destruyó por completo Cíos, miembro de nuestra liga. Mediante una traición similar es ahora dueño de Tebas, Pta, Equino, Larisa y Farsala.

[32,34] Alterado por el discurso de Alejandro, Filipo trasladó su barco más cerca de la orilla con el fin de que le oyeran mejor y comenzó un discurso dirigido principalmente contra los etolios. Fue, sin embargo, interrumpió al principio con vehemencia por Feneas, que exclamó: "No están las cosas para ser resueltas con palabras. O vences en la guerra o debes obedecer a quienes son mejores que tú". "Eso -respondió Filipo-es evidente hasta para un ciego" -lo que era una alusión burlona a un defecto en la vista de Feneas-Filipo era, por naturaleza, más dado a la ironía de lo que convenía a un rey, no pudiendo contener su humor ni siquiera en medio de los más graves asuntos. Pasó luego a expresar su indignación porque los etolios le ordenaran evacuar Grecia, como si fueran romanos, cuando no podrían decir cuáles eran las fronteras de Grecia. Incluso dentro de la misma Etolia, los egreos, los apódotos y los anflocos, que consttuían una parte considerable de su población, no estaban incluidos en Grecia. "¿Es que tienen -continuó-algún derecho a quejarse porque no haya respetado a sus aliados, cuando ellos mismos practican su antigua costumbre, como si fuese una obligación legal, de permitr a sus jóvenes que tomen las armas contra sus propios aliados con la excusa de que no lo autoriza su gobierno? Y así, muy a menudo sucede que ejércitos enemigos tienen en ambos lados contingentes procedentes de Etolia. En cuanto a Cíos, no fui yo realmente quien la asaltó, aunque ayudé a Prusias, mi aliado y amigo, en su ataque contra aquella plaza. Tomé Lisimaquia a los tracios, pero como tenía que poner toda atención en esta guerra no pude conservarla y aún la mantenen los tracios".

"Todo esto, en cuanto a los etolios. Respecto a Atalo y Rodas, en estricta justicia nada les debo, pues no empecé yo la guerra, sino ellos. Sin embargo, en honor de los romanos, devolveré Perea a los rodios y las naves a Atalo, con todos los prisioneros que se puedan encontrar. En lo tocante a la restauración del Niceforio y del templo de Venus, ¿qué respuesta puedo dar a esta demanda, aparte de declarar que asumiré el cuidado y los gastos de la replantación, que es la única manera de devolver los bosques y arboledas taladas? Son tales demandas las que gustan de concederse los reyes unos a otros". Terminó su discurso respondiendo a los aqueos. Después de enumerar los servicios prestados a esa nación, en primer lugar por Antgono y luego por él mismo, ordenó que se leyeran los decretos que habían aprobado en su favor, derramando sobre él todos los honores humanos y divinos, comparándolos luego con el único que habían aprobado últimamente y en el que decidían romper con él. Reprochándoles amargamente por su infidelidad, se comprometó no obstante a devolverles Argos. La situación de Corinto la discutría con el general romano, preguntándole al mismo tiempo si consideraba justo que tuviese que renunciar a toda pretensión sobre las ciudades que había capturado y mantenido por derecho de guerra, e incluso a las que había heredado de sus antepasados.

[32,35] Los aqueos y los etolios se disponían a replicar pero, como ya casi se estaba poniendo el sol, se suspendió la conferencia hasta la mañana siguiente. Filipo regresó a su fondeadero y los romanos y sus aliados a sus campamentos. Se había establecido Nicea como lugar para la próxima reunión y Quincio llegó puntualmente al día siguiente, pero Filipo no aparecía por ninguna parte ni llegó en varias horas ningún mensajero suyo. Por fin, cuando ya habían abandonado toda esperanza de que viniera, aparecieron repentinamente sus barcos. Explicó que había pasado todo el día considerando las exigencias tan duras y humillantes que se le habían hecho, sin saber qué decidir. Lo que todos pensaron fue que había demorado deliberadamente su aparición hasta el final del día, para que los aqueos y los etolios no pudieran dar sus réplicas. Esta sospecha se confirmó cuando pidió que, con el fin de evitar perder el tiempo con recriminaciones y llegar a una conclusión final, los demás se retrasen y que el general romano y él conferenciasen juntos. Al principio se pusieron objeciones a esto, pues parecería como si se excluyera de la conferencia a los aliados; pero como insistera en su demanda, acordaron entre todos que el resto se retraría y el general romano, acompañado por Apio Claudio, un tribuno militar, se adelantaría a la orilla de la playa mientras el rey, con dos de su séquito, se llegaba a terra. Allí conversaron durante algún tiempo en privado. No se sabe qué contó Filipo a su pueblo sobre la entrevista, pero lo que Quincio declaró a los aliados fue que Filipo estaba dispuesto a ceder a los romanos toda las costa iliria y entregar a los refugiados y cuantos prisioneros pudiera tener, a devolver a Atalo sus naves y sus tripulaciones capturadas; a devolver a los rodios la región que llamaban Perea, pero que no evacuaría Jasos ni Bargilias; a los etolios devolvería Farsala y Larisa, pero no Tebas; a los aqueos cedería no solo Argos, sino también Corinto. Ninguna de las partes interesadas se mostró satsfecha con estas propuestas, porque decían que perdían más de lo que ganaban y, a menos que Filipo retrase sus guarniciones de toda Grecia, nunca faltarían motivos de disputa.

[32,36] Todos los miembros del consejo se manifestaron y protestaron ruidosamente, y aquellos gritos llegaron hasta Filipo, que se encontraba a cierta distancia. Pidió a Quincio que pospusiera el asunto hasta el día siguiente; con seguridad, o le convencía o era convencido. Se estableció la costa próxima a Tronio para la conferencia, reuniéndose allí a una hora más temprana. Filipo comenzó instando a Quincio y a todos los presentes para que no siguieran destruyendo todas las esperanzas de paz. A continuación, pidió tiempo para que pudiera enviar embajadores al Senado romano, fuera que lograra conseguir la paz en los términos que él proponía o aceptar cualesquiera condiciones ofreciera el Senado. Esta sugerencia se encontró con el rechazo de todos, que dijeron que su único objetivo era ganar tiempo para reunir sus fuerzas. Quincio observó que esto habría podido ser cierto de ser verano y una estación apropiada para una campaña, pero ahora que se acercaba el invierno nada se perdería dándole tiempo bastante para enviar sus embajadores. Ningún acuerdo al que él pudiera llegar con el rey sería válido sin la ratficación del Senado y, ya que el invierno pondría fin necesariamente a las operaciones militares, sería posible ver qué condiciones de paz aprobaba el Senado. El resto de los negociadores coincidió con este punto de vista y se acordó un armistcio de dos meses. Los diferentes Estados decidieron enviar cada uno un embajador para exponer los hechos ante el Senado, de manera que no pudiera ser engañado por falsas declaraciones de los de Filipo. Asimismo, se acordó que, antes de que entrase en vigor el armistcio, se debían retrar de la Fócida y la Lócride las guarniciones del rey. Para dar mayor importancia a la misión, Quincio envió con ellos a Aminandro, rey de los atamanes, a Quinto Fabio, hijo de una hermana de su mujer, a Quinto Fulvio y a Apio Claudio.

[32,37] A su llegada a Roma, los delegados de los aliados fueron recibidos en audiencia antes que los de Filipo. Su discurso ante el Senado estuvo compuesto, principalmente, por ataques personales contra el rey, aunque lo que más infuyó en el Senado fue su descripción de aquella parte del mundo y la distribución del mar y la terra. De tal descripción quedó bien claro que, mientras Filipo conservara Demetrias, en la Tesalia, Calcis en Eubea y Corinto en Acaya, Grecia no podría ser libre; el mismo Filipo, con tanta verdad como insolencia, las llamaba "los grilletes de Grecia". Los enviados del rey fueron presentados después; ya habían comenzado un discurso un tanto largo cuando se les interrumpió con una pregunta directa: "¿Está dispuesto a abandonar las tres ciudades?". Ellos respondieron que sus órdenes no lo mencionaban. Ante esto, se les despidió y se rompieron las negociaciones, quedando la paz o la guerra enteramente a juicio de Quincio. Como era evidente que el Senado no se oponía a la guerra, y como el propio Quincio ansiaba más la victoria que la paz, rechazó este cualquier otra entrevista con Filipo y dijo que no admitría más enviados suyos a menos que llegaran para anunciar que se retiraba completamente de Grecia.

[32.38] Cuando Filipo vio que las cosas se decidirían en el campo de batalla, llamó a sus fuerzas de todas partes. Su principal inquietud eran las ciudades de Acaya, que estaban tan lejanas, temiendo menos por Argos que por Corinto. Pensó que la mejor opción sería ponerla a cargo de Nabis, el tirano de Lacedemonia, como una especie de depósito que le devolvería en caso de victoria o que seguiría bajo dominio del tirano en caso de derrota. Escribió a Filocles, que era el gobernador de Corinto y Argos, pidiéndole que tratara la cuestón, personalmente, con Nabis. Filocles llevó un regalo con él y, como prenda de la futura amistad entre el rey y el tirano, informó a Nabis de que Filipo deseaba formalizar una alianza matrimonial entre sus hijas y los hijos de Nabis. Al principio, el tirano se negó a aceptar la ciudad a menos que los mismos argivos, mediante un decreto formal, lo llamaran en su ayuda. Sin embargo, cuando se enteró de que en una reunión multitudinaria de su Asamblea los argivos despreciaron y execraron su nombre, consideró que ya tenía justficación suficiente para saquearles y comunicó a Filocles que le podía entregar la ciudad cuando quisiera. El tirano fue admitido en la plaza durante la noche, sin levantar sospechas; al amanecer, todas las posiciones dominantes estaban ocupadas y las puertas cerradas. Algunos de los principales ciudadanos habían escapado al principio del tumulto y se incautaron de sus propiedades; los que aún permanecían en ellas vieron tomado todo su oro y su plata, imponiéndoseles multas muy severas. Los que pagaron pronto fueron expulsados sin insultos ni injurias, los que eran sospechosos de ocultar o conservar cualquier cosa fueron azotados y torturados como esclavos. Se convocó luego una reunión de la Asamblea en la que promulgó dos medidas: una para cancelar las deudas y otra para dividir la terra; las dos antorchas con las que los revolucionarios infaman a la plebe contra la aristocracia.

[32.39] Una vez estuvo la ciudad de los argivos en su poder, el tirano ya no se preocupó más por el hombre que se la había entregado ni por las condiciones en que la había aceptado. Envió emisarios a Quincio, en Elatea, y Atalo, que invernaba en Egina, para informarles de que Argos estaba en su poder. Debían también comunicar a Quincio que, si venía hasta Argos, Nabis estaba seguro de que podrían llegar a un completo acuerdo. La política de Quincio consista en privar a Filipo de cualquier apoyo, por lo que consintó en visitar a Nabis al tiempo que enviaba un mensaje a Atalo para encontrarse con él en Sición. Justo en este momento llegó su hermano Lucio con diez trirremes desde sus cuarteles de invierno en Corfú, y con estos navegó Quincio desde Antcira a Sición. Atalo ya estaba allí y, cuando se encontraron, le comentó que era el tirano quien debía acudir al comandante romano, no el comandante romano al tirano. Quincio se mostró de acuerdo con él y declinó entrar en Argos. No muy lejos de esa ciudad hay un lugar que se llama Micénica, decidiéndose que se celebrara allí la reunión. Quincio fue con su hermano y unos pocos tribunos militares, Atalo iba con su comitiva regia y Nicóstrato, el pretor de los aqueos, también estuvo presente con unos cuantos auxiliares. Encontraron a Nabis esperándoles con todas sus fuerzas. Marchó hasta casi la mitad del espacio que separaba ambos campamentos, completamente armado y escoltado por un cuerpo de guardias armados; Quincio, desarmado, el rey también sin armas y acompañados por Nicóstrato y uno de sus auxiliares, salieron a su encuentro. Nabis empezó disculpándose por haber venido a la conferencia armado y con escolta, pese a que vio que el rey y el comandante romano estaban desarmados. No tenía miedo de ellos, dijo, sino de los refugiados de Argos. Empezaron luego a discutr los términos en que se podrían establecer relaciones de amistad. Los romanos hicieron dos petciones: primera, que Nabis debía poner fin a las hostlidades contra los aqueos y, en segundo lugar, que debería proporcionar ayuda contra Filipo. Este se comprometó a proporcionarla; en vez de una paz definitiva, se acordó un armistcio con los aqueos que permanecería en vigor hasta que hubiese terminado la guerra con Filipo.

[32,40] Atalo abrió entonces una discusión sobre la cuestón de Argos, sosteniendo que había sido entregada a traición por Filocles y que ahora era retenida a la fuerza por Nabis. Nabis respondió que había sido invitado por los argivos para acudir en su defensa. Atalo insistó en que se convocara una reunión de la Asamblea de Argos, para que se pudiera comprobar la verdad. El tirano no planteó ninguna objeción a esto, pero cuando el rey dijo que se debían retrar las tropas de la ciudad y que la Asamblea debía quedar en libertad para decidir lo que verdaderamente deseaban los argivos, sin que estuviesen presentes los lacedemonios, Nabis se negó a retrar sus hombres. La discusión no produjo resultado alguno. El tirano proporcionó a los romanos una fuerza de seiscientos cretenses, acordándose un armistcio de cuatro meses entre Nicóstrato, el pretor de los aqueos, y el tirano de los lacedemonios; después de esto se disolvió la conferencia. Desde allí, Quincio se dirigió a Corinto, marchando hasta las puertas con la cohorte cretense para que Filocles, el comandante, pudiera ver que Nabis había roto con Filipo. Filocles mantuvo una entrevista con el general romano, que lo presionó para que se cambiase de bando y entregara la ciudad, dando la impresión en su réplica de que aplazaba, más que rechazaba, la decisión. Desde Corinto, Quincio fue a Antcira y envió a su hermano para conocer la actitud de los acarnanes. Desde Argos, Atalo se dirigió a Sición, que rindió al rey honores aún mayores que los que le había ofrecido anteriormente; él, por su parte, decidió no pasar entre sus aliados y amigos sin dar muestra de su generosidad. Tiempo atrás, les había conseguido, a un costo considerable para él, cierto terreno que fue consagrado a Apolo; ahora les regaló diez talentos de plata y mil medimnos de grano [si Tito Livio emplea aquí el talento romano de 32,3 kilos, el regalo fue de 323 kg. de plata y 41472 kg. de trigo (1 medimno = 51,80 litros x 0'800 gramos/litro para el trigo).-N. del T.] . A continuación volvió a sus naves, en Céncreas. Nabis regresó también a Lacedemonia, tras dejar una fuerte guarnición en Argos. Como él había despojado a los hombres de Argos, ahora envió a su esposa a despojar a las mujeres. Esta invitaba a las damas nobles a su casa, a veces solas y a veces en grupos familiares; de esta manera, mediante halagos y amenazas, consiguió de ellas no solo su oro, sino incluso sus vestidos y todos los artculos femeninos de belleza.

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Libro 33: La Segunda Guerra Macedónica – cont.

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[33,1] Los hechos antes descritos tuvieron lugar en el invierno [del 197 a.C.-N. del T.]. Al comienzo de la primavera, Quincio, deseoso de atraer bajo su dominio a los beocios, que vacilaban sobre de qué lado inclinarse, convocó a Atalo en Elacia y, marchando a través de la Fócida, acampó en un lugar a unas cinco millas de Tebas, la capital de Beocia [a 7400 metros de la actual Thiva, la antigua Tebas.-N. del T.]. Al día siguiente, escoltado por un único manípulo y acompañado por Atalo y las diversas delegaciones que se le habían unido de todas partes, se dirigió a la ciudad. Los asteros de la legión, en número de dos mil, recibieron la orden de seguirlo a una distancia de una milla [1480 metros.-N. del T.]. Hacia mitad de camino se encontró con Antfilo, pretor de los beocios; la población de la ciudad estaba en las murallas, contemplando con inquietud la aproximación del general romano y el rey. Veían que con ellos iban pocas armas y pocos soldados; los asteros, que les seguían una milla por detrás, quedaban ocultos por los recodos del camino y las ondulaciones del terreno. Cuando llegó cerca de la ciudad, afojó el paso, como para saludar a las gentes que salían a su encuentro, aunque lo que pretendía, en realidad, era dar tiempo a que los asteros le alcanzasen. Los ciudadanos, empujándose apelotonados delante del lictor, no vieron la columna armada que llegaba, a la carrera, donde estaba el lugar de recepción del general. Quedaron entonces completamente consternados, pues pensaron que la ciudad había sido entregada y capturada mediante la traición del pretor Antfilo. Resultaba evidente que la Asamblea de los beocios, que estaba convocada para el día siguiente, no tendría ocasión de deliberar sin impedimentos. Ocultaron su disgusto, pues el haberlo mostrado habría sido inútl y peligroso.

[33,2] Atalo fue el primero en hablar en el Consejo. Comenzó haciendo un recuento de los servicios que había prestado a Grecia en su conjunto y en particular a los beocios. Pero ya estaba demasiado anciano y enfermo como para soportar la tensión de hablar en público; de repente, guardó silencio y se derrumbó. Mientras retraban al rey, que había perdido el uso de un lado de su cuerpo, y trataban de ayudarle, se suspendieron los actos. Aristeno, el pretor de los aqueos, fue el siguiente en hablar y lo hizo con la mayor autoridad, pues dio a los beocios el mismo consejo que ya había dado a los aqueos. El propio Quincio añadió algunas observaciones, con las que hizo más hincapié en la buena fe de los romanos y su sentido del honor que en sus armas y recursos. Dicearco de Platea presentó una moción a favor de la alianza con Roma. Una vez leídos sus términos, nadie se atrevió a oponerse y, en consecuencia, fue aprobada con el voto unánime de las ciudades de Beocia. Una vez disuelto el Consejo, Quincio permaneció en Tebas solo mientras el repentino ataque de Atalo lo hizo necesario y, tan pronto vio que no había peligro inmediato para su vida, pese a la debilidad de sus miembros, lo dejó para que se sometera al tratamiento preciso y regresó a Elacia. Los beocios, al igual que los aqueos antes que ellos, fueron así admitidos como aliados y, una vez hubo dejado todo tranquilo y seguro, pudo dedicar todos sus pensamientos a Filipo y a los medios para llevar la guerra a su fin.

[33,3] Después que sus emisarios hubieron regresado de su infructuosa misión en Roma, Filipo decidió alistar tropas en todas las ciudades de su reino. Debido a las constantes guerras que durante tantas generaciones habían disminuido la población macedonia, se daba una grave falta de hombres en edad militar; durante el propio reinado de Filipo había muerto un gran número en las batallas navales contra los rodios y Atalo, así como en las campañas contra los romanos. En estas circunstancias, alistó incluso a jóvenes de dieciséis años y llamó nuevamente a los hombres que ya habían prestado su periodo de servicio, siempre y cuando aún fueran útiles. Una vez alcanzados todos los efectivos de su ejército, concentró todas sus fuerzas en Díon [próxima al monte Olimpo, por el norte de este.-N. del T.], estableciendo allí un campamento permanente en el que instruyó y ejercitó a sus soldados día tras día mientras esperaba al enemigo. Durante este tiempo, Quincio dejó Elacia y marchó a través de Tronio y Escarfea hacia las Termópilas. El Consejo Etolio había sido convocado para reunirse en Heraclea y decidir la fuerza del contingente que debía seguir a la guerra al general romano, esperando este un par de días en las Termópilas para saber el resultado. Cuando se le hubo informado de su decisión partió y, pasando en su marcha Xinias, estableció su campamento en la frontera entre los enianes y Tesalia. Allí esperó al contingente etolio, que llegó sin pérdida alguna de tiempo, bajo el mando de Feneas, en número de seiscientos infantes y cuatrocientos de caballería. Para eliminar cualquier duda en cuanto a por qué había esperado, reanudó su marcha tan pronto como llegaron. En su avance a través de la Ftótde se le unieron 500 cretenses de Gortinio, al mando de Cidante, y trescientos apolonios, armados como los cretenses, y no mucho después mil doscientos infantes atamanes al mando de Aminandro. En cuanto Filipo se cercioró de que los romanos habían partido de Elacia, se dio cuenta de que la lucha que se le presentaba decidiría el destino de su reino y pensó que resultaría conveniente dirigir unas palabras de ánimo a sus soldados. Después de repetr las frases familiares sobre las virtudes de sus antepasados y la reputación militar de los macedonios, incidió primero en las consideraciones que les producían temor y, después, en aquellas por las que incrementarían sus esperanzas.

[33,4] A las tres derrotas sufridas por la falange macedonia en el Áoo, contrapuso el rechazo de los romanos en Atrage En la ocasión anterior, cuando no pudieron mantener su control sobre el paso que conduce al Epiro, señaló que la culpa fue, en primer lugar, de los que habían descuidado su misión en los puestos avanzados, y luego del comportamiento de la infantería ligera y de los mercenarios en la batalla propiamente dicha. Sin embargo, la falange macedonia se mantuvo firme y, mientras estuviesen en terreno favorable y en campo abierto, se mantendrían siempre imbatidos. La falange estaba compuesta por dieciséis mil hombres, la for de las fuerzas militares de sus dominios. Había, además, dos mil soldados con cetras, a quienes ellos llaman peltastas, y contingentes en igual número proporcionados por los tracios y por los tralos, una tribu iliria. Además de éstos, había unos mil quinientos mercenarios procedentes de diversas nacionalidades y un cuerpo de caballería compuesto por dos mil jinetes. Con esta fuerza esperó el rey a sus enemigos. El ejército romano era casi igual en número, solo era superior en caballería debido a la aportación de los etolios.

[33,5] Quincio albergaba la esperanza de que Tebas, en la Ftótde, sería traicionada por Timón, el ciudadano más importante de la ciudad y, en consecuencia, se dirigió hacia allí. Cabalgó hasta las murallas con un pequeño grupo de caballería e infantería ligera, pero sus expectativas se vieron frustradas por una salida practicada desde la ciudad, al punto que le habría puesto en grave peligro de no haber llegado en su ayuda, desde el campamento, fuerzas tanto de infantería como de caballería. Al comprobar que sus esperanzas eran infundadas y que no había perspectivas de que se realizaran sin empeñar más esfuerzos, desistó de cualquier otro intento por el momento. Sabiendo, por otro lado, que el rey estaba ya en Tesalia, aunque su paradero exacto era desconocido, envió a sus hombres por los campos vecinos para cortar y preparar estacas para una empalizada. Tanto los macedonios como los griegos hacían uso de las empalizadas, pero no adaptaban sus materiales ni para el transporte ni para fortalecer las defensas. Los árboles que cortaban eran demasiado grandes y con demasiadas ramas como para que los soldados los transportaran junto con sus armas; una vez colocados en su lugar y cercado su campamento, la demolición de su empalizada era cosa fácil. Los grandes troncos se erguían separados unos de otros y las gruesas ramas proporcionaban un buen agarre, de manera que dos, o a lo sumo tres, jóvenes bastaban para derribarlos y, una vez derribado, crear un hueco ancho como una puerta, sin que tuviesen nada a mano con lo que taponar la apertura. Por otro lado, las estacas que cortaban los romanos eran más ligeras, generalmente ahorquilladas y con tres o a lo sumo cuatro ramas; de esta manera, con sus armas colgadas a la espalda, los soldados romanos podían llevar con ellos cómodamente varias de ellas. Las hincan tan juntas en el terreno y entrelazan las ramas de tal manera que resulta imposible descubrir a qué árbol en particular pertenece cualquiera de las ramas exteriores; estas se aguzan y entrelazan tan estrechamente que no queda espacio para meter la mano, ni se puede agarrar o trar, porque están tan entrelazadas unas con otras como los eslabones de una cadena. Si una resulta arrancada, solo deja una pequeña abertura y resulta muy fácil colocar otra en su lugar.

[33.6] Quincio hizo una corta marcha al día siguiente, pues los soldados portaban la madera para construir una empalizada y poder establecer un campamento atrincherado en cualquier lugar. La posición que escogió estaba a unas seis millas de Feres [a unos 8880 metros de la antigua Feras.-N. del T.] y, después de establecer su campamento, envió partdas para averiguar en qué parte de Tesalia estaba el enemigo y cuáles eran sus intenciones. Filipo estaba en las proximidades de Larisa y ya había recibido la información de que los romanos habían partido de Tebas hacia Feres. También él ansiaba dar término a las cosas y decidió dirigirse directamente contra el enemigo; finalmente, fijó su campamento a unas cuatro millas de Feres [a unos 5920 metros.-N. del T.]. Al día siguiente, la infantería ligera de ambos bandos salió con el objeto de apoderarse de ciertas colinas que dominaban la ciudad; al llegar a la vista la una de la otra, se detuvieron y mandaron a pedir órdenes a sus respectivos campamentos sobre qué debían hacer ahora que se habían encontrado inesperadamente con el enemigo. Mientras, esperaban sin moverse el regreso de los enlaces y transcurrió el día sin combatir, para ser finalmente retrados tales grupos a sus campamentos. Al día siguiente, se libró una acción de caballería cerca de aquellas colinas en la que las tropas de Filipo fueron derrotadas y rechazadas de nuevo a su campamento; una victoria cuya responsabilidad correspondió principalmente a los etolios. Ambas partes se vieron obstaculizadas en gran medida en sus movimientos por la naturaleza del terreno, que estaba densamente plantado con árboles y huertos como los que generalmente se encuentras en los terrenos suburbanos, con los caminos delimitados por tapias y, en algunos casos, bloqueados por estas. Ambos comandantes estaban igualmente decididos a dejar aquel terreno y, como si lo hubieran establecido de común acuerdo, se dirigieron a Escotusa: Filipo, con la esperanza de conseguir allí suministros de grano; Quincio, con la intención de adelantarse a su adversario y destruir su grano. Los ejércitos marcharon todo el día, sin conseguir avistar al otro debido a una serie continua de colinas que estaban entre ellos. Los romanos acamparon en Eretria, en la Ftótde; Filipo fijó su campamento junto al río Onquestos. Al día siguiente, Filipo acampó en Melambio, en territorio de Escotusa, y Quincio en Tetdeo, en las proximidades de Farsala, pero ni siquiera entonces tuvo ninguno de ellos conocimiento seguro de dónde estaba su enemigo. Al tercer día llegaron unas pesadas nubes, seguidas por una oscuridad tan negra como la noche y que mantuvo a los romanos en su campamento por temor a un ataque por sorpresa.

[33,7] Deseoso de seguir adelante, Filipo no se mostró disuadido en lo más mínimo por las nubes que habían descendido tras la lluvia y ordenó que los portaestandartes avanzaran. Sin embargo, se había formado una niebla tan espesa que había desaparecido la luz del día y ni los portaestandartes podían ver el camino, ni los hombres podían ver sus estandartes. Confundidos por los gritos contradictorios, la columna cayó en gran desorden, como si hubieran perdido el rumbo durante una marcha nocturna. Una vez superada la cadena de colinas conocida como Cinoscéfalas [cabeza de perro, en griego.-N. del T.], donde dejaron una gran fuerza de infantería y caballería para ocuparla, establecieron su campamento. El general romano todavía estaba en su campamento en Tetdeo; envió, sin embargo, diez turmas de caballería y mil vélites para hacer un reconocimiento, advirténdoles que se guardasen contra las emboscadas, de que debido a la poca luz diurna podría no ser detectada ni siquiera en campo abierto. Cuando llegaron a las alturas donde estaba situado el enemigo, ambas partes permanecieron inmóviles, como si estuvieran paralizados por el miedo mutuo. En cuanto desapareció su sorpresa ante la inesperada visión del enemigo, ambos enviaron mensajes a sus generales en el campamento y se enfrentaron sin dilación. La acción fue iniciada por las patrullas de avanzada, generalizándose después según se incorporaban los refuerzos. Los romanos no eran en absoluto rivales para sus oponentes y mandaron un mensaje tras otro a su general para informarle de que estaban siendo sobrepasados. Se despachó a toda prisa un refuerzo de quinientos de caballería y dos mil infantes, en su mayoría etolios, bajo el mando de dos tribunos militares, que restauraron un combate que ya se inclinaba contra los romanos. Este giro de la fortuna puso en dificultades a los macedonios, que mandaron a pedir ayuda a su rey. Pero, como debido a la oscuridad una batalla era la última cosa que había previsto para aquel día, y como había enviado gran número de hombres de todas las filas a forrajear, permaneció durante un tiempo considerable sin saber qué hacer. Los mensajes se hicieron cada vez más insistentes, y como la niebla ya se había levantado y puesto de manifiesto la situación de los macedonios, que habían sido rechazados hasta la cima más alta y buscaban más seguridad en su posición que en sus armas, Filipo consideró que debía arriesgar un enfrentamiento general y decisivo, en vez de dejar que se perdiera parte de sus fuerzas por falta de apoyo. En consecuencia, envió a Atenágoras, el comandante de los mercenarios, con todo el contingente auxiliar, a excepción de los tracios, y también a la caballería macedonia y tesalia. Su aparición dio lugar a que los romanos resultaran expulsados de la colina y obligados a retrarse a un terreno más bajo. Que no fueran rechazados en desordenada fuga se debió principalmente a la caballería etolia, que en ese momento era la mejor de Grecia, aunque en infantería eran inferiores a sus vecinos.

[33.8] De esta acción se informó al rey como si se tratara de una victoria más importante de lo que justficaban los hechos. Desde el campo de batalla llegó un mensajero tras otro, gritando que los romanos estaban en fuga, y aunque el rey, retcente y vacilante, decía que la acción había comenzado de manera precipitada y que ni el momento ni el lugar le convenían, fue finalmente inducido a llevar todas sus fuerzas al campo de batalla. El comandante romano hizo lo mismo, más porque no le quedaba otra opción que porque quisiera aprovechar la oportunidad de una batalla. Colocó los elefantes delante las enseñas, y mantuvo en reserva a su ala derecha; él, personalmente y con la totalidad de la infantería ligera, se hizo cargo de la izquierda. Según avanzaban, les recordó que iban a pelear con los mismos macedonios a quienes, pese a la dificultad del terreno y protegidos como estaban por las montañas y el río, habían expulsado de los pasos que llevaban al Epiro y derrotado completamente; los mismos a los que habían vencido bajo el mando de Publio Sulpicio, cuando trataron de detener su marcha sobre Eordea. El reino de Macedonia, afirmó, se mantenía por su prestgio, no por su fuerza, y aún su prestgio había finalmente desaparecido. Para entonces ya había llegado hasta sus destacamentos que resistan en el fondo del valle. De inmediato reanudaron el combate y, mediante un feroz ataque, obligaron al enemigo a ceder terreno. Filipo, con sus soldados con cetra y la infantería de su ala derecha, el mejor cuerpo de su ejército, al que llaman falange, llegó hasta el enemigo casi a la carrera; ordena a Nicanor, uno de sus cortesanos, que le siga de inmediato con el resto de su fuerza. En cuanto llegó a la cima de la colina y vio unos cuantos cuerpos enemigos y armas yaciendo por allí, concluyó que se había producido una batalla en aquel lugar y que los romanos habían sido rechazados; cuando vio, además, que el combate estaba teniendo lugar en la proximidad del campamento enemigo, se alegró enormemente. Pronto, sin embargo, cuando sus hombres retrocedieron huyendo y fue su turno para inquietarse, se debató durante algunos momentos con ansiedad sobre si debía retrar sus tropas al campamento. Después, al aproximarse el enemigo y, especialmente, cuando sus propios hombres fueron siendo destrozados y no podrían salvarse a menos que los auxiliara con tropas de refuerzo, no siendo ya segura la retirada, se vio obligado él mismo a arriesgarlo todo, pese a no haber llegado todavía la otra parte de sus fuerzas. Situó en su ala derecha a la caballería y la infantería ligera que ya había entrado en acción; a los soldados con cetra y a los falangistas les ordenó que dejaran las lanzas, cuya longitud les estorbaba, y que hicieran uso de sus espadas. Para evitar que su línea resultase rápidamente quebrada, redujo su frente a la mitad y dobló la profundidad de sus filas, de manera que la profundidad fuera mayor que la anchura. También ordenó que se cerrasen las filas, de manera que cada hombre estuviera en contacto con los demás, arma con arma.

[33,9] Una vez se hubieron reintegrado a sus líneas y bajo los estandartes las tropas romanas que ya habían combatido, Quincio ordenó que las trompetas dieran la señal. Rara vez, se dice, ha sido lanzado un grito de batalla como aquel al comienzo de una acción, pues ambos ejércitos lo hicieron al mismo tiempo, no solo aquellos que ya se estaban enfrentando, sino incluso las reservas romanas y las macedonias, que estaban apareciendo en aquel momento en el campo de batalla. El rey, en la derecha, ayudado principalmente por el terreno más elevado sobre el que combata, tenía la ventaja. En la izquierda, donde la parte de la falange que consttuía la retaguardia estaba apenas llegando, todo era confusión y desorden. El centro estaba quieto y contemplando aquello como si se tratase de un combate que no le afectara. La parte recién llegada de la falange, formada en columna en vez de en línea de batalla, marchando en lugar de formando, apenas había alcanzado la cima de la colina. Aunque Quincio vio que sus hombres estaban cediendo terreno a la izquierda, envió a los elefantes contra aquellas tropas desordenadas y los lanzó a la carga, considerando con razón que la derrota de una parte se extendería al resto. Ya no quedó duda del resultado: los macedonios del frente, aterrorizados por los animales, se dieron instantáneamente la vuelta y los demás, al verlos rechazados, los siguieron. Uno de los tribunos militares, al ver la situación, decidió al momento qué hacer y, dejando aquella parte de su línea que estaba ganando claramente, dio un rodeo con veinte manípulos y atacó la derecha enemiga por la espalda. Ningún ejército, cuando es atacado por la retaguardia, puede dejar de sufrir confusión; pero esa inevitable confusión se vio incrementada por la incapacidad de la falange macedonia, una formación pesada y lenta, para encarar un nuevo frente. Para empeorar las cosas, estaban en seria desventaja a causa del terreno, pues al seguir a su enemigo rechazado colina abajo, habían abandonado la altura al enemigo que, dando un rodeo, la ocupó en su movimiento envolvente. Atacada por ambos lados, sufrieron graves pérdidas y en poco tiempo arrojaron las armas y se dieron a la fuga.

[33.10] Filipo ocupó el punto más elevado de las colinas con un pequeño grupo de caballería e infantería, con el fin de ver qué fortuna corrían sus tropas en el ala izquierda. Al darse cuenta de su huida desordenada y ver los estandartes y armas romanas ondeando sobre todas las colinas, también el abandonó el campo de batalla. Quincio, que estaba presionando sobre el enemigo en retirada, vio que los macedonios ponían repentinamente en posición vertical sus lanzas y, como no sabía qué pretendían con aquella maniobra desconocida, cesó la persecución durante algunos minutos. Al saber que esta era la señal macedonia de rendición, llegó a pensar en perdonar a los vencidos. Los soldados, sin embargo, sin darse cuenta de que el enemigo ya resista e ignorantes de la intención de su general, se lanzaron contra ellos al ataque; al caer muertos los de vanguardia, el resto se dispersó huyendo. El propio Filipo se alejó a galope tendido en dirección a Tempe, deteniéndose en Gonos donde permaneció durante un día para recoger a los supervivientes de la batalla. Los romanos irrumpieron en el campamento enemigo esperando saquearlo, pero se encontraron con que había sido ya limpiado en gran parte por los etolios. Perecieron aquel día ocho mil enemigos y se hizo prisioneros a cinco mil; de los vencedores cayeron alrededor de setecientos hombres. Si hemos de creer a Valerio, que es dado a la exageración sin límites, perecieron cuarenta mil enemigos y, aquí su imaginación no es tan salvaje, se hizo prisioneros a cinco mil setecientos y se capturaron doscientos cuarenta y nueve estandartes. Claudio, también, escribe que murieron treinta y dos mil enemigos y que cuatro mil trescientos fueron hechos prisioneros. Hemos tomado el número más pequeño no porque sea el menor, sino porque hemos seguido a Polibio, que resulta un autor fiable para la historia romana, especialmente cuando tiene lugar en Grecia.

[33,11] Después de reunir a los fugitivos que se habían dispersado en las distintas etapas de la batalla y que le habían seguido en su huida, Filipo envió hombres a quemar sus papeles en Larisa, para que no cayeran en manos del enemigo, y se retró luego a Macedonia. Quincio vendió algunos de los prisioneros y una parte del botín, entregando el resto a los soldados; después de esto se dirigió a Larisa, no sabiendo con certeza en qué dirección había marchado el rey o qué movimiento pensaba hacer. Estando allí, llegó un mensajero del rey con el pretexto de pedir un armistcio para enterrar a los caídos en la batalla, aunque en realidad venía a solicitar permiso para abrir negociaciones de paz. Ambas solicitudes fueron concedidas por el general romano, que también envió un mensaje al rey pidiéndole que no se desanimara. Esto ofendió grandemente a los etolios, que se molestaron mucho y decían que el comandante había cambiado tras su victoria. Antes de la batalla, según decían, solía consultar con sus aliados todos los asuntos, grandes y pequeños, pero ahora los había excluido de todos sus consejos; actuaba guiado únicamente por su propio juicio. Estaba buscando la oportunidad de congraciarse personalmente con Filipo, de manera que después que los etolios hubieran llevado todo el peso de las dificultades y sufrimientos de la guerra, el romano se pudiera asegurar para él todo el agradecimiento y las ventajas de la paz. Es un hecho que Quincio, sin duda, mostró menos consideración hacia los etolios, pero estos ignoraban en realidad su motivo para tratarlos con displicencia. Creían que buscaba sobornos por parte de Filipo, pese a que era un hombre que nunca cedió a la tentación del dinero; pero no era sin una buena razón que estaba disgustado con los etolios, a causa de su insaciable apetto de botín y su arrogancia al reclamar para ellos mismos el crédito de la victoria, vanidad que ofendía los oídos de todos. Además, si Filipo caía y el reino de Macedonia quedaba aplastado sin esperanza, él consideraba que los etolios se convertrían en la potencia dominante en Grecia. Guiado por estas consideraciones, concibió su conducta deliberadamente para humillarlos y menospreciarlos a los ojos de los demás.

[33.12] Se concedió al enemigo una tregua de quince días y se hicieron gestones para mantener una conferencia con Filipo. Antes de la fecha fijada para ella, Quincio llamó a consultas a sus aliados y les expuso las condiciones de paz que pensaba debían ser impuestas. Aminandro expuso brevemente su punto de vista, que consista en que los términos debían ser tales que Grecia resultara lo bastante fuerte, aún en ausencia de los romanos, como para proteger su libertad e impedir que se quebrara la paz. Los etolios hablaron en un tono más reivindicativo: después de aludir brevemente a la acertada actitud de Quincio, llamando a quienes habían sido sus aliados en la guerra para aconsejarle sobre la cuestón de la paz, llegaron a asegurarle que estaba completamente equivocado si suponía que podía fundar la paz con Roma o la libertad de Grecia sobre una base segura, a menos que Filipo fuera muerto

o expulsado de su reino. Cualquiera de estas alternativas le resultaría factible si quería aprovechar su suerte. Quincio respondió que, al expresar aquellas pretensiones, los etolios estaban perdiendo de vista la política establecida por Roma y siendo ellos mismos incoherentes con sus propuestas. En todos los consejos y conferencias anteriores, cuando se discuta la cuestón de la paz, ellos nunca habían abogado por la destrucción de Macedonia; y los romanos, cuya política desde los primeros momentos había sido mostrar misericordia hacia los vencidos, habían aportado una prueba evidente de esto en la paz que habían concedido a Aníbal y los cartagineses. Pero sin tener en cuenta a los cartagineses, no obstante, ¿no se había reunido él frecuentemente con Filipo? Y nunca se había planteado la cuestón de su abdicación. ¿Acaso se había convertido aquella en una guerra de exterminio por haber sido derrotado en una batalla? "Contra un enemigo que empuña las armas se está obligado a proceder con implacable hostlidad; con el vencido, la grandeza de ánimo muestra la mayor clemencia. ¿Creéis que los reyes de Macedonia son un peligro para las libertades de Grecia? Si tal nación y reino fueran barridos, los tracios, los ilirios, los galos, tribus salvajes y bárbaras, se derramarían por Macedonia y por Grecia. No vaya a ser que, eliminando el peligro más próximo a vosotros, abráis la puerta a otros mayores y más graves". Aquí fue interrumpido por Feneas, el pretor de la Liga Etolia, que declaró solemnemente y muy alterado que, si Filipo escapaba, pronto demostraría ser un enemigo aún más peligroso. "Cese el alboroto -dijo Quincio-, cuando tenemos que deliberar. La paz no se asentará sobre tales términos que hagan posible reanudar la guerra".

[33.13] El consejo se disolvió y, a la mañana siguiente, Filipo llegó hasta el lugar fijado para la conferencia, que estaba en el desfiladero que lleva a Tempe. Al tercer día, en una concurrida reunión de romanos y aliados, se le escuchó. Mostró una gran prudencia al ceder espontáneamente en todas las condiciones sin las que no se podría conseguir la paz, sin necesidad de que se las impusieran durante la discusión. Declaró estar de acuerdo con cuanto, en la conferencia anterior, habían exigido los aliados o insistido los romanos; todo lo demás lo dejaría a la decisión del Senado. Esto pareció haber impedido cualquier otra exigencia, aún de los que les eran más hostiles; sin embargo, Feneas rompió el silencio general la preguntarle: "¡¿Qué, Filipo parece haber impedido otra demanda, incluso de los más hostiles a él, y sin embargo Feneas rompió el silencio general, al preguntar: "¿Qué, Filipo?! ¿Por fin nos devuelves Farsala, Larisa, Cremaste, Equino y Tebas Ftas?". Al responder Filipo que no pondría dificultad alguna en la devolución de aquellos lugares, se inició una discusión entre Quincio y los etolios sobre Tebas. Quincio afirmó que pertenecía a Roma por derecho de la guerra, pues antes de que estallara la guerra marchó hacia allí e invitó a los ciudadanos a establecer con él relaciones de amistad, y que siendo los ciudadanos perfectamente libres de abandonar a Filipo, prefirieron su alianza a la de los romanos. Feneas replicó que era justo y equitativo, teniendo en cuenta la parte que habían tomado en la guerra, que se devolviera a los etolios cuanto habían poseído antes de la guerra. Además, había quedado establecido en el tratado desde el primer momento que los botínes de guerra, incluyendo los bienes muebles y todo tipo de ganado y prisioneros, quedarían para los romanos; las ciudades conquistadas y los territorios serían para los etolios. "Vosotros mismos -respondió Quincio-rompisteis ese tratado cuando nos dejasteis e hicisteis la paz con Filipo. Si todavía estuviera en vigor, sólo se aplicaría a las ciudades que han sido capturadas; las ciudades de Tesalia han pasado a nuestro poder de su propia voluntad ". Esta declaración, que fue aprobada por todos los aliados, provocó en aquel momento una sensación amarga entre los etolios y llevaría pronto a una guerra que resultó ser de lo más desastrosa para ellos. Se acordó que Filipo entregaría a su hijo Demetrio y a algunos de los amigos del rey como rehenes, pagando además una indemnización de doscientos talentos. Respecto a las demás cuestones, enviaría una embajada a Roma y se le concedió una tregua de cuatro meses para que pudiera hacerlo. En caso de que el Senado se negara a otorgarle condiciones de la paz, se cancelaría el acuerdo y se devolverían a Filipo los rehenes y el dinero. Se dice que la razón principal por la que Quincio deseaba una rápida paz eran los preparativos bélicos de Antioco y su amenaza de invasión de Europa.

[33.14] En aquel mismo momento, y según algunos relatos en el mismo día en que se libró la batalla de Cinoscéfalos, los aqueos derrotaron a Andróstenes, uno de los generales de Filipo, en una batalla campal librada en Corinto. Filipo trataba de mantener esa ciudad como amenaza para los estados griegos y, después de invitar a conferenciar a sus dirigentes bajo el pretexto de acordar qué fuerza de caballería podrían proporcionar los corintos en la guerra, se apoderó de ellos como rehenes. La fuerza de ocupación que ya se encontraba allí estaba compuesta por quinientos macedonios y ochocientos auxiliares de diversas nacionalidades. Además de éstos, envió a mil macedonios y mil doscientos ilirios y tracios, así como ochocientos cretenses, cuyas tribus combatan para ambos bandos. Había, también, mil soldados armados de escudo, beocios, tesalios y acarnanes, además de setecientos jóvenes de la propia Corinto, lo que elevaba el total de fuerzas a seis mil hombres; Andróstenes se sintó lo bastante fuerte como para presentar batalla. El pretor de los aqueos, Nicóstrato, estaba en Sición con dos mil infantes y doscientos jinetes, pero en vista de que era inferior tanto en el número como en la calidad de sus tropas, no se aventuró fuera de las murallas. Las tropas del rey invadieron y devastaron los territorios de Pelene, Fliunte y Cleonas. Al fin, para mostrar su desprecio por el miedo de su enemigo, invadieron el territorio de Sición y, navegando a lo largo de la costa aquea, corrieron y asolaron el terreno. Su confianza, como suele ocurrir, les hizo descuidados y condujeron sus ataques en ausencia de toda precaución. Viendo la posibilidad de vencer en un ataque por sorpresa, Nicóstrato envió aviso secretamente a todas las ciudades de alrededor, señalando las fuerzas que debían enviar y un día para que se reunieran en Apelauro [junto al monte Apelauro, a menos de veinte quilómetros de Fliunte.-N. del T.], una localidad que pertenecía a Estinfalia. Con todo dispuesto el día señalado, hizo una marcha nocturna a través del territorio de Fliunte hacia Cleonas, sin que nadie supiera cuál era su objetivo. Llevaba con él cinco mil de infantería, de los cuales ... [falta el texto en el original latino.-N. del T.] llevaban armamento ligero, así como trescientos de caballería. Con estas fuerzas esperó el regreso de las patrullas de exploración que había enviado para averiguar en qué dirección se había dispersado el enemigo.

[33,15] Andróstenes, ignorando todo esto, salió de Corinto y acampó junto al Kutsomodi [el antiguo Nemea.-N. del T.], un arroyo que divide el territorio de Corinto del de Sición. Aquí, dejando la mitad de su ejército en el campamento, dispuso la otra mitad y a toda la caballería en tres grupos y les ordenó lanzar correrías simultáneas por los territorios de Pelene, Sición y Fliunte. Los tres grupos marcharon a ejecutar sus misiones por separado. En cuanto llegaron a Nicóstrato, que estaba en Cleonas, noticias de esto, mandó rápidamente un fuerte destacamento de mercenarios para apoderarse del paso que llevaba a Corinto. Él los siguió con rapidez, disponiendo su ejército en dos columnas y con la caballería formada en vanguardia. En una columna marchaban los mercenarios y la infantería ligera; en la otra iban los armados de clípeos, la principal fuerza de todos los ejércitos griegos ["clipeati" en el original latino; el clípeo es el escudo del hoplita, que recibe esta denominación de su pesado equipamiento u "hoplón" (palabra de la que procede la castellana panoplia o "todas las armas"), y que no se refiere exactamente al escudo que, en griego, recibe el nombre genérico de aspis; la denominación de hoplón se empleó posteriormente para el escudo de la infantería pesada, pero no se encuentra con ese término en la literatura contemporánea a los hechos narrados, donde se emplea el término "aspis koliè": escudo hueco.-N. del T.]. Cuando no estaban lejos del campamento enemigo, algunos de los tracios comenzaron a atacar las partdas enemigas diseminadas por los campos, llenándose de alarma el campamento y quedando su comandante sorprendido y desconcertado. Nunca había visto al enemigo, excepto en pequeños grupos, acá y allá sobre las colinas frente a Sición, sin aventurarse a los terrenos más bajos, y nunca supuso que dejarían sus posiciones en Cleonas para ir hasta allí. Llamó de vuelta a las partdas dispersas mediante toques de trompeta y, ordenando a los soldados que tomasen las armas a toda prisa, se apresuró a salir con una débil fuerza y formó su línea a la orilla del río. El resto de sus tropas apenas tuvo tiempo de reunirse y formar, sin poder resistr la primera carga enemiga; los macedonios, sin embargo, que fueron los que en mayor número acudieron a los estandartes, mantuvieron incierta durante largo tiempo la esperanza de victoria. Finalmente, con su fanco expuesto por la huida del resto del ejército y sometido a dos ataques independientes, uno de la infantería ligera sobre su fanco y otro, de los armados con clípeos y cetras, contra su frente, empezaron a ceder terreno y, conforme se hizo mayor la presión, se dieron media vuelta y huyeron. La mayor parte arrojó sus armas y, abandonando cualquier esperanza de conservar su campamento, se dirigió a Corinto. Contra estos, Nicóstrato envió a sus mercenarios para perseguirles, despachando a la caballería y a los auxiliares tracios para atacar las partdas de saqueo alrededor de Sición. También aquí se produjo una gran masacre, casi mayor, de hecho, que en la propia batalla. Algunos de los que habían estado asolando la comarca alrededor de Pelene y Fliunte regresaban al campamento, sin guardar formación militar alguna y sin apercibirse de cuanto había sucedido, cuando fueron a dar con las patrullas enemigas donde habían esperado encontrarse con las propias. Otros, viendo hombres que corrían en todas direcciones, sospecharon lo que había pasado y huyeron con tal precipitación que ellos mismos se perdieron, siendo destrozados incluso por los campesinos. Ese día cayeron mil quinientos hombres y se capturaron trescientos prisioneros. Toda la Acaya quedó liberada de un gran temor.

[33,16] Acarnania era el único estado griego que todavía mantenía la alianza con Macedonia. Antes de la batalla de Cinoscéfalos, Lucio Quincio había invitado a sus notables a mantener una conferencia en Corfú, incitándoles de algún modo a cambiar de bando. Las dos razones principales de su fidelidad eran, primero, su innato sentido de la lealtad, y después su miedo y odio hacia los etolios. Se convocó una Asamblea en Léucade. La asistencia de los pueblos acarnanes no fue en modo alguno general, ni tampoco los presentes estuvieron de acuerdo en cuanto al curso a seguir. Sin embargo, entre dos notables y un magistrado lograron aprobar una moción particular a favor de una alianza con Roma. Esto sentó mal a las ciudades que no habían enviado representantes, y en medio de este malestar general dos de sus dirigentes, Androcles y Equedemo, lograron infuir lo bastante no solo para conseguir la cancelación del decreto, sino incluso para asegurarse la condena de sus autores, Arquelao y Bianor, personas principales entre sus pueblos, bajo la acusación de traición, así como la desttución del pretor Zeuxidas, que había presentado la moción. Los condenados dieron un paso arriesgado que, al final, tuvo éxito. Sus amigos les aconsejaron ceder a las circunstancias y acudir junto a los romanos, en Corfú, pero ellos resolvieron presentarse ante el pueblo y, o bien calmar la indignación popular mediante aquel acto

o sufrir lo que la fortuna les deparase. Cuando entraron en la atestada sala de la Asamblea se oyeron al principio murmullos de asombro; pero, pronto, el respeto que inspiraba la alta posición que una vez tuvieron y la compasión por su infortunio presente, provocaron el silencio. Habiéndoseles dado permiso para hablar, adoptaron inicialmente un tono suplicante; pero cuando llegaron a la parte en que afrontaban los cargos de los que se les acusaba, se defendieron con toda la confianza de hombres inocentes y, finalmente, se atrevieron a quejarse un tanto del trato que habían recibido, protestando contra la injusticia y crueldad que se les había impuesto. Los sentimientos de su audiencia quedaron tan sacudidos que todas las medidas adoptadas en su contra fueron anuladas por una gran mayoría. No obstante, se decidió regresar a la alianza con Filipo y renunciar a las relaciones de amistad con Roma.

[33,17] Estos decretos fueron aprobados en Léucade, la capital de Acarnania y sede donde se reunían todos sus pueblos. Cuando se informó a Flaminino, que estaba en Corfú, de este cambio repentino, se hizo a la vela de inmediato hacia Léucade, arribando a un lugar llamado Hereo. Avanzó después hacia la ciudad con toda clase de artillería y máquinas de asedio, pensando que, al primer toque de alarma, los defensores se desanimarían. En cuanto vio que no había signos de que le pidieran la paz, empezó a montar los manteletes y torres, acercando los arietes hasta las murallas. La Acarnania se encuentra entre Etolia y Epiro, mirando al oeste, hacia el mar Sículo. Leucadia, que es ahora es una isla separada de Acarnania por un canal vadeable, era entonces una península conectada con la costa oeste de Acarnania por un estrecho istmo de media milla de largo que no superaba en ningún punto los ciento veinte pasos de ancho [Leucadia, como Leucas y Léucade, es otra denominación de la isla; el istmo tenía 740 metros de largo por no más de 180 de ancho.-N. del T.]. La ciudad de Léucade se encuentra en este istmo, descansando sobre una colina que mira hacia el este, hacia la Acarnania; la parte más baja de la ciudad es llana y se encuentra ya a nivel del mar que separa Acarnania de Leucadia. Esto hace que quede abierta a ataques tanto por tierra como por mar, pues las aguas someras son más parecidas a las de una laguna que a las del mar, y el suelo de la llanura alrededor está compuesto por terra, muy a propósito para las obras de asedio. Así pues, se minaron muchas zonas de la muralla o se las bató con los arietes. Pero la ventaja que la situación de la ciudad daba a los asaltantes se vio contrarrestada por el espíritu indomable de los defensores. Siempre alerta, noche y día reparaban las murallas destrozadas, colocaban barricadas en las brechas, efectuaban constantes salidas y defendían sus murallas con las armas sin dejar que las murallas les defendiesen a ellos. El asedio se podría haber prolongado más de lo que los romanos habían previsto, de no haber sido porque algunos refugiados italianos, que vivían en Léucade, dejaron entrar a los soldados en la ciudadela. Una vez dentro, bajaron con gran tumulto desde la parte alta, encontrando a los leucadianos en el foro, formados en orden de combate y ofreciendo una tenaz resistencia. Mientras tanto, se habían coronado con éxito muchos puntos de las murallas, practcándose entre las piedras y escombros una vía de acceso al interior de la ciudad. Llegado este momento, el propio general había rodeado a los combatentes con una fuerza considerable; mientras algunos perecieron entre ambos grupos de asaltantes, otros arrojaron sus armas y se rindieron. Unos días más tarde, al enterarse de la batalla de Cinoscéfalos, toda la Acarnania se sometó al general romano.

[33.18] En todas partes por igual se iba hundiendo la fortuna de Filipo. Y, justo entonces, los rodios decidieron reclamarle el territorio continental conocido como Perea, que habían poseído sus antepasados. Enviaron una expedición bajo el mando del pretor Pausístrato, compuesta por ochocientos infantes aqueos y unos mil ochocientos soldados procedentes de diversas nacionalidades: galos y mniesutas, pisuetas, tarmianos, y tereos de Perea y laudicenos de Asia. Con estas fuerzas, Pausístrato tomó Tendeba, una posición muy ventajosa situada en territorio de Estratonicea; las tropas del rey que estaban en Tera no advirteron su avance. [Estratonicea es la moderna Eskihisar, en la provincia de Muğla, Turquía. Tendeba y Tera eran poblaciones de la Caria, también en Turquía.-N. del T.] En estos momentos recibieron los refuerzos pedidos especialmente para esta campaña: mil infantes aqueos y un centenar de jinetes, al mando todos de Teoxeno. Dinócrates, prefecto del rey, se dirigió a Tendeba con el fin de recuperar la plaza, y desde allí hacia Astragon, otro castllo en el mismo territorio. Se retraron todas las guarniciones dispersas, y con estas y un contingente de auxiliares tesalios de la propia Estratonicea pasó a Alabanda [es la actual Doğanyurt, en Turquía.-N. del T.], donde estaba el enemigo. Los rodios estaban listos para la batalla y, como los campamentos se encontraban cerca el uno del otro, salieron inmediatamente al campo de batalla. Dinócrates situó a sus quinientos macedonios en la derecha y a los agrianes en su izquierda, situando en el centro a las fuerzas de las distintas guarniciones, la mayoría procedente de la Caria, mientras que los flancos quedaban cubiertos por la caballería y los auxiliares cretenses y tracios. Los rodios situaron en su derecha a los aqueos y a una fuerza escogida de mercenarios en su izquierda; el centro estuvo a cargo de una fuerza mixta de varias nacionalidades; sus flancos quedaron protegidos tanto por caballería como por infantería ligera.

Ese día los dos ejércitos se limitaron a permanecer junto a las orillas del arroyo que fuía por entonces con poco caudal, regresando unos y otros a su campamento después de arrojarse unos cuantos proyectiles. Al día siguiente se dispusieron con el mismo orden, siguiendo una lucha mucho más reñida de lo que se podía haber esperado del número de combatentes. Había no más de tres mil infantes y cien jinetes por cada parte, pero bastante equilibrados no solo en número y armamento, sino también en valor y tenacidad. Los aqueos iniciaron la batalla cruzando el arroyo y atacando a los agrianes, siguiéndoles toda la línea casi a la carrera. Durante mucho tiempo se mantuvo incierto el combate, hasta que los aqueos, que sumaban unos mil, obligaron a retrarse a cuatrocientos enemigos. Con el ala izquierda enemiga rechazada, concentraron su ataque sobre su derecha. Mientras las filas macedonias permanecieron intactas y la falange conservó su formación cerrada, no se les pudo mover; pero cuando su izquierda quedó expuesta y trataron de dar la vuelta a sus lanzas para encarar al enemigo que estaba haciéndoles un ataque de fanco, se desordenaron ellos mismos; luego se dieron la vuelta y, por fin, arrojando sus armas, huyeron precipitadamente. Los fugitivos se dirigieron hacia Bargilias, hacia donde también se dirigió Dinócrates. Los rodios los persiguieron durante el resto del día y luego regresaron al campamento. Si hubieran ido directamente a Estratonicea desde el campo de batalla, con toda probabilidad habrían tomado la ciudad, pero perdieron la ocasión de hacerlo al perder el tiempo recuperando los castllos y pueblos de Perea. Durante este intervalo, los que estaban al mando en Estratonicea recobraron el ánimo y, poco después, Dinócrates y los supervivientes de la batalla entraron en la plaza. La ciudad fue sitada y asaltada posteriormente, pero todo fue inútl y no se pudo capturar hasta algunos años después, por parte de Antioco. Todos estos hechos se produjeron, casi simultáneamente, en Tesalia, Acaya y Asia.

[33,19] Teniendo noticias Filipo de que los dárdanos, envalentonados por las sucesivas derrotas de Macedonia, habían empezado a devastar la zona norte del reino, y pese a que el destino había hecho que casi todos y en todas partes estuviesen en contra suya y de su pueblo, consideró que ser expulsado de Macedonia sería algo peor que la muerte. Por lo tanto, se apresuró a alistar tropas en todas las ciudades de su reino y cayó inesperadamente sobre el enemigo, con una fuerza de seis mil infantes y quinientos jinetes, en las proximidades de Estobos [la actual Opstina Gradsko, en la confluencia de los ríos Axio y Erígono, en Macedonia.-N. del T.], en Peonia. Una gran cantidad murió en la batalla y un número aún mayor en los campos, por donde se habían dispersado en busca de botín. Donde no exista obstáculo para huir, lo hicieron sin afrontar siquiera el riesgo de una batalla, retrándose tras sus propias fronteras. El éxito de esta expedición, tan diferente del estado de cosas en los demás lugares, revivió la moral de sus hombres. Después de esto regresó a Tesalónica. El fin de la guerra púnica tuvo lugar en un momento favorable, pues eliminó el peligro de sostener al mismo tiempo una segunda guerra contra Filipo. Aún más oportuna resultó la victoria sobre Filipo, en un momento en que Antioco ya estaba emprendiendo acciones hostiles en Siria. No sólo era que resultaba más fácil enfrentarse a cada uno por separado, sino que en Hispania, por la misma época, se estaban produciendo movimientos bélicos a gran escala. Durante el verano anterior Antioco había sometido todas las ciudades de Celesiria [en puridad, se trata de la zona del valle de la Becá, en Líbano, pero a menudo se extiende a la zona situada al sur del río Eleutero, incluida Judea.-N. del T.], que habían estado bajo la infuencia de Tolomeo, y aunque ya se había retirado a sus cuarteles de invierno en Antoquía, mostró tanta actividad desde ellos como lo había hecho desde los de verano. Había llamado a todas las fuerzas de su reino y había acumulado enormes contingentes, tanto terrestres como navales. Al comienzo de la primavera había enviado a sus dos hijos, Ardis y Mitrídates, con un ejército a Sardes [la actual Sart, en Turquía.-N. del T.], con órdenes de esperarlo allí mientras él zarpaba por mar con una flota de cien naves con cubierta y doscientas más ligeras, lembos y barcas chipriotas [los cercuris, en el original latino, eran barcas de la mencionada procedencia, algo más grandes que los lembos.-N. del T.]. Su objetivo era doble: intentar el sometimiento de las ciudades costeras de Colicia, Licia y Caria, que eran dominio de Tolomeo, y también ayudar a Filipo -pues la guerra contra él aún no había terminado-tanto por tierra como por mar.

[33.20] Los rodios habían ofrecido muchas espléndidas pruebas de su valor al mantener su lealtad a Roma y al defender las libertades de Grecia, pero la más espléndida tuvo lugar en aquel momento. Sin desanimarse por la inmensidad de la inminente guerra, enviaron un mensaje al rey prohibiéndole navegar más allá de Quelidonias, que es un promontorio de la Cilicia famoso por un antiguo tratado entre los atenienses y los reyes de Persia. Si él no mantenía su flota y sus fuerzas dentro de aquel límite, le informaban que se le opondrían, no por ninguna enemistad personal contra él, sino porque le podían permitr que uniera sus fuerzas con Filipo, dificultando así a los romanos sus operaciones para liberar Grecia. Antioco, por entonces, se encontraba asediando Coracesio. Ya se había apoderado de Zefirio, Solos, Afrodisíade y Córico, y tras rodear el Anemurio, otro cabo de Cilicia, había capturado Selinos

[Coracesio está al oeste de Cilicia; Zefirio está al este, cerca de Tarso; Solos está al oeste de Zefirio; Afrodisíade está sobre el promontorio de Zefirio y Córico está al este; sobre el Anemurio se erguía la ciudad de Anemuria, que está a 4 kilómetros de la moderna Anamur; Selinos está al noroeste del Anemurio.-N. del T.]. Todos estas ciudades y otros castllos de esta costa se le habían entregado, bien voluntariamente, bien bajo la presión del miedo; sin embargo, Coracesio le cerró inesperadamente sus puertas. Durante esta detención, los embajadores de los rodios obtuvieron audiencia con él. La embajada que llevaban era de tal naturaleza que provocaría la ira regia, pero este contuvo su ira y les dijo que iba a mandar mensajeros a Rodas con órdenes de renovar los antiguos lazos que él y sus antepasados había establecido con aquel Estado, así como para darles nuevas seguridades sobre el objetivo de su aproximación, que no supondría ningún perjuicio o pérdida para ninguno de ellos ni de sus aliados. La embajada que había enviado a Roma acababa de regresar y, como el resultado de la guerra con Filipo era aún incierto, el Senado sabiamente les había otorgado una favorable acogida. Antioco alegó la amable respuesta del Senado y la resolución que aprobó, tan favorable a él, como prueba de que no tenía ninguna intención de romper sus relaciones de amistad con Roma. Mientras los embajadores del rey argüían tales consideraciones ante la asamblea de los rodios, llegaron noticias de que la guerra había llegado a su fin en Cinoscéfalos. Tras la recepción de estas nuevas, los rodios, no teniendo nada más que temer de Filipo, abandonaron su plan de oponerse a Antioco con su flota. No abandonaron, sin embargo, su otro objetivo: la defensa de las libertades de las ciudades aliadas de Tolomeo, a las que Antioco estaba amenazando. A algunos les prestaron ayuda activa, a otras las previno de los movimientos del enemigo; de aquel modo, fue así como Cauno, Mindo, Halicarnaso y Samos debieron su libertad a Rodas [Cauno está es la costa de Caria, casi frente al extremo septentrional de Rodas; Mindo y Halicarnaso están en la orilla norte del golfo de Cos.-N. del T.] . No vale la pena entrar en detalles sobre todos los acontecimientos sucedidos en esta parte del mundo, pues está casi más allá de mi capacidad tratar los que guardan relación directa con la guerra romana.

[33.21] Fue por este tiempo cuando Atalo, que debido a su enfermedad había sido trasladado de Tebas a Pérgamo, murió allí a los setenta y un años, después de un reinado de cuarenta y cuatro. Aparte de sus riquezas, la fortuna no le había dado nada a este hombre en lo que pudiera basar la esperanza de ser alguna vez rey. Sin embargo, haciendo un uso racional de ellas y al mismo tiempo empleándolas a una escala magnífica, poco a poco empezó a ser considerado, primero por sí mismo y después a ojos de sus amigos, como alguien no indigno de la corona. En una sola batalla decisiva derrotó a los galos, la nación más temible por entonces y que había emigrado a Asia hacía relativamente poco tiempo, y tras su victoria asumió el ttulo real, mostrando siempre una grandeza de ánimo a la altura del mismo. Gobernó a sus súbditos con absoluta justicia y mostró una lealtad excepcional a sus aliados; afectuoso con su esposa y sus hijos, cuatro de los cuales le sobrevivieron, era considerado y generoso con sus amigos y dejó a su reino tan estable y seguro que su posesión se transmitó hasta la tercera generación de sus descendientes. Este era el estado de las cosas en Grecia, Asia y Macedonia, cuando justo al terminar la campaña contra Filipo y antes de que la paz quedara definitivamente establecida, estalló un grave conficto en la Hispania Ulterior. Marco Helvio administraba la provincia y escribió al Senado para informarle de que los régulos Culca y Luxinio se habían levantado en armas. Diecisiete ciudades fortificadas tomaron partido por Culca, mientras que Luxinio recibió el apoyo de las poderosas ciudades de Carmona y Bardón, de los malacinos y sexetanos y de toda la Beturia [Carmona es la antigua Carmo; de Bardón se desconoce su ubicación; los malacinos y sexetanos son, respectivamente, los actuales malagueños y almuñequeros; la Beturia es la región comprendida entre los cursos medios e inferiores del Guadiana y del Guadalquivir.-N. del T.]. Además de estas tribus, las que no habían revelado aún sus intenciones estaban dispuestas a levantarse tan pronto como sus vecinos se movieran. Una vez que Marco Sergio, el pretor urbano, hubo leído esta carta en el Senado, se aprobó un decreto ordenando que, una vez fueran electos los nuevos pretores, el que obtuviera Hispania como provincia debería someter a deliberación del Senado el asunto de la guerra en Hispania.

[33,22] Los cónsules llegaron a Roma al mismo tiempo y convocaron al Senado en el templo de Belona. Al solicitar la celebración de un triunfo por sus éxitos militares, se les opusieron dos de los tribunos de la plebe, Cayo Atinio Labeón y Cayo Afranio, que insisteron en que cada cónsul presentara su propuesta a la Cámara por separado. No permitrían que se presentase una solicitud conjunta, sobre la base de que, en ese caso, se otorgarían honores iguales a servicios que distaban de serlo. Quinto Minucio respondió que Italia se había asignado a los dos y que él y su colega habían dirigido sus operaciones con una misma idea y una misma política. Cayo Cornelio agregó que cuando los boyos cruzaron el Po para enfrentárseles y ayudar a los ínsubros y a los cenomanos, fue la acción de su colega, asolando sus campos y aldeas, la que les obligó a regresar para defender su propio territorio. Los tribunos admiteron que los logros de Cayo Cétego eran tales que no podía haber duda en cuanto a concederle un triunfo, como tampoco sobre que se debían dar las gracias a los dioses inmortales. Sin embargo, ni él ni ningún otro ciudadano tenían tanta infuencia y poder como para lograr, tras obtener para sí un bien merecido triunfo, que se le otorgara el mismo honor a un colega que se atrevía a solicitarlo sin haberlo merecido. Quinto Minucio, dijeron, había librado algunas acciones insignificantes entre los ligures, de las que apenas valía la pena hablar, y había perdido gran cantidad de hombres en la Galia. Dos tribunos militares, Tito Juvento y Cneo Ligurio, ambos destinados en la cuarta legión, habían caído en una batalla adversa junto a muchos otros hombres valerosos, tanto ciudadanos como aliados. Se habían rendido falsamente algunas ciudades y aldeas, fingiéndolo durante algún tiempo y sin entregar rehenes. Estos altercados entre los cónsules y los tribunos llevaron dos días. Finalmente, la tenacidad de los tribunos se impuso y los cónsules presentaron sus solicitudes por separado.

[33.23] Se decretó por unanimidad un triunfo para Cayo Cornelio. Su popularidad quedó aún más reforzada por la grattud de los placentinos y cremonenses, que describieron cómo los había librado de los horrores de un asedio y cómo había liberado a muchos que ya habían sido hechos esclavos. Quinto Minucio hizo un mero intento de presentar su petción, pero al ver que todo el Senado se oponía a concedérselo, declaró que lo celebraría en el monte Albano en virtud de sus derechos como cónsul y de acuerdo con el precedente sentado por muchos hombres ilustres [cabe señalar que, para ese momento, Livio solo ha citado un caso similar: el de Marcelo en 211 a.C. -ver libro 26,21-N. del T.]. Cayo Cornelio celebró su triunfo sobre los ínsubros y cenomanos mientras aún ostentaba su magistratura. Se llevaron en la procesión muchos estandartes militares, también llevó ante su carro muchos nobles galos y muchas carretas con despojos galos. Algunos autores aseguran que el general cartaginés Amílcar fue uno de ellos. Pero los ojos de todos se concentraron principalmente en una multitud de colonos de Cremona y Placenta que seguían la carroza del cónsul llevando el píleo [era el gorro propio de los esclavos a los que se manumita.-N. del T.]. Llevó en su desfile doscientos treinta y siete mil quinientos ases y setenta y nueve mil bigados de plata [o sea, 6.471,875 kilos de bronce y 308,1 kilos de plata en denarios "bigados".-N. del T.]. Cada uno de los soldados recibió una donación de setenta ases de bronce y el doble a cada centurión y jinete. Quinto Minucio celebró sus victorias sobre los ligures y los boyos en el monte Albano. A pesar de este triunfo fue menos honroso que el otro debido al escenario y la gloria de sus hazañas, y aunque todo el mundo era consciente de que su coste no fue sufragado por el tesoro público, casi resultó igual al otro en número de estandartes, carretas y botín. Incluso la cantidad de dinero alcanzó casi la misma cifra: hubo doscientos cincuenta y cuatro mil ases de bronce y cincuenta y tres mil doscientos bigados de plata. Dio a cada uno de sus soldados las mismas sumas que había entregado su colega.

[33,24] Después del triunfo vinieron las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Lucio Furio Purpurio y Marco Claudio Marcelo. Los pretores elegidos al día siguiente fueron Quinto Fabio Buteo, Tiberio Sempronio Longo, Quinto Minucio Termo, Manio Acilio Glabrión, Lucio Apusto Fulón y Cayo Lelio. Sobre finales de año llegaron despachos de Tito Quincio en los que indicaba que había librado una batalla campal con Filipo en Tesalia y que el enemigo había sido derrotado y puesto en fuga. Estas cartas fueron leídas por Sergio, primero en el Senado y después, con la aprobación de este, ante una Asamblea de los ciudadanos. Se dispuso una acción de gracias durante cinco días por esta victoria. Poco después llegaron las embajadas de Tito Quincio y de Filipo. Los macedonios fueron conducidos a una villa pública en el Campo de Marte, donde quedaron alojados en calidad de invitados del Estado. El Senado les recibió en audiencia en el templo de Belona; no hubo largos discursos, pues los embajadores se limitaron a declarar que el rey estaba dispuesto a actuar según los deseos del Senado. Siguiendo la costumbre tradicional, se nombraron diez comisionados para asesorar a Tito Quincio sobre los términos bajo los que se concedería la paz a Filipo, añadiéndose una cláusula al decreto disponiendo que entre los miembros de la embajada debía incluirse a Publio Sulpicio y Publio Vilio, a los que se había asignado Macedonia como provincia cuando fueron cónsules. También por entonces, los cosanos presentaron una solicitud para que se aumentase el número de su colonia, dándose orden de que se añadieran mil nuevos colonos, sin que se pudiera incluir en aquel número a ninguno que hubiera estado con enemigos extranjeros después del consulado de Publio Cornelio y Tiberio Sempronio.


[33,25] Los ediles curules, Publio Cornelio Escipión [Nasica, no el Africano.-N. del T.] y Cneo Manlio Vulso, celebraron los Juegos Romanos en el Circo Máximo y en los escenarios, a una escala más espléndida de lo habitual y entre la gran alegría de la mayor parte de los espectadores a causa de las recientes victorias en el campo de batalla. Se repiteron tres veces desde el principio. Los Juegos Plebeyos se repiteron siete veces. Estos últimos fueron ofrecidos por Manio Acilio Glabrión y Cayo Lelio; de los fondos procedentes de las multas, erigieron estatuas de bronce de Ceres, Líber y Líbera. El primer asunto que se presentó a los nuevos cónsules, Lucio Furio y Marco Claudio Marcelo, fue la asignación de las provincias -196 a.C.-. El Senado estaba preparando un decreto para asignar Italia a ambos, aunque los cónsules trataron de lograr que se sortease Macedonia, además de Italia. Marcelo, que de ambos era el que más ansiaba la asignación de Macedonia, declaró que la paz con Filipo era ilusoria y que el rey reanudaría las hostlidades si se retiraba el ejército romano. Esto hizo que el Senado dudara sobre la decisión a tomar, y el cónsul habría conseguido imponer su punto de vista si dos de los tribunos de la plebe, Quinto Marcio Rala y Cayo Atinio Labeón, no hubiesen amenazado con interponer su veto a menos que se consultase antes al pueblo si era su deseo y voluntad que se hiciera la paz con Filipo. La cuestón fue sometida a la plebe en el Capitolio, votando afirmativamente todas las treinta y cinco tribus. La satsfacción sentida por el acuerdo de paz con Macedonia fue aún mayor a causa de una triste noticia llegada de Hispania, al hacerse público un despacho informando que el procónsul, Cayo Sempronio Tuditano, operando en la Hispania Citerior, había sido vencido y su ejército derrotado y puesto en fuga. Muchos hombres ilustres habían caído en la batalla y el mismo Tuditano resultó gravemente herido, muriendo poco después de ser retirado del campo de batalla. Italia fue asignada a ambos cónsules como su provincia, junto con las legiones que habían tenido los cónsules anteriores; tenían que alistar cuatro nuevas legiones, dos para guarnecer la Ciudad y dos que quedarían a disposición del Senado. Tito Quincio Flaminino seguiría en su provincia con el ejército que ya tenía, considerándose que la anterior prórroga de su mando bastaba [es decir, que seguía en vigor la anterior disposición que se lo prorrogaba hasta que el Senado dispusiera otra cosa; ver libro 32,28.-N. del T.].

[33.26] A continuación, los pretores sortearon sus provincias. Lucio Apusto Fulón obtuvo la pretura urbana y Marco Acilio Glabrión la peregrina. Quinto Fabio Buteo recibió la Hispania Ulterior y Quinto MinucioTermo la Citerior. A Cayo Lelio le tocó Sicilia y a Tiberio Sempronio Longo, Cerdeña. Se ordenó a los cónsules que proporcionaran a cada pretor de los que marchaban a Hispania una legión a cada uno, de las cuatro nuevas que debían alistar, así como cuatro mil infantes aliados y latinos, y trescientos jinetes. A estos dos pretores se ordenó que marcharan a sus provincias lo antes posible. La Guerra Hispana, que era prácticamente una nueva, pues los nativos habían recurrido a las armas por cuenta propia y sin ningún general o ejército cartaginés que les apoyara, se reanudó unos cinco años después de que hubiera finalizado la anterior simultáneamente a la Guerra Púnica. Antes de que los pretores partieran hacia Hispania o que los cónsules dejaran la Ciudad, se les encargó que expiaran los diversos prodigios que se habían anunciado. Publio Vilio, un caballero romano que se encontraba de camino hacia el país sabino, resultó muerto, junto con su caballo, por un rayo. El templo de Feronia, cerca de Capena, fue alcanzado de manera similar. En el templo de Moneta, dos puntas de lanza estallaron en llamas. Un lobo entró en la Ciudad a través de la Puerta Esquilina, la zona más concurrida de la ciudad, y bajó corriendo hacia el Foro; corrió después por los barrios Tusco y Cermalo, escapando finalmente por la Puerta Capena casi indemne. Estos portentos fueron expiados mediante el sacrificio de víctimas mayores ["maioribus hostiis", en el original latino: solía tratarse de ovejas y corderos ya crecidos; el caso de las suovetaurilias se especificaba precisamente con su término.-N. del T.].


[33,27] Por los mismos días, Cneo Cornelio Blasión, que había administrado la Hispania Citerior antes de Tuditano, entró en la Ciudad tras concederle el Senado la ovación. Ante él llevó mil quinientas quince libras de oro y veinte mil de plata, además de treinta y cuatro mil quinientos denarios de plata [o sea, 495,405 kilos de oro, 6540 kilos de plata sin acuñar y 134,55 kilos de plata acuñada.-N. del T.] . Lucio Estertinio, quien no hizo ningún esfuerzo para obtener un triunfo, trajo de la Hispania Ulterior cincuenta mil libras de plata para el tesoro público [16350 kilos.-N. del T.], y con los ingresos de la venta del botín erigió dos arcos en el foro Boario, frente a los templos de Fortuna y Mater Matuta, y uno en el Circo Máximo, colocando sobre los tres estatuas doradas. Lo anterior fue lo esencial de lo ocurrido durante el invierno. Tito Quincio estaba en sus cuarteles de invierno en Elata. Entre las numerosas petciones que recibía de los estados aliados, había una de los beocios que solicitaba la devolución de aquellos de sus compatriotas que habían estado luchando a favor de Filipo. Quincio accedió rápidamente a su petción, no porque pensara que lo merecían, sino porque deseaba, a la vista de los movimientos sospechosos de Antioco, ganarse el apoyo y la simpata de las ciudades griegas. Después de habérselos devuelto, quedó claro cuán poca grattud había suscitado entre los beocios, pues enviaron delegados para agradecer a Filipo la vuelta de sus compatriotas, como si fuese él quien había hecho directamente la concesión, y no por mediación de Quincio y los romanos. Además, en las siguientes elecciones eligieron a un tal Braquiles como Beotarca, no por otra razón más que la de haber sido el pretor del contingente beocio que había servido bajo Filipo, pasando así por encima de hombres como Zeuxipo, Pisístrato y otros que se mostraron favorables a la alianza con Roma. Estos hombres ya estaban preocupados por entonces, y estaban aún más inquietos sobre el futuro, pues si seguían aquellas cosas mientras se extendía un ejército romano ante sus puertas, ¿qué les sucedería, se preguntaban, cuando los romanos hubieran partido hacia Italia y Filipo estuviese próximo para ayudar a sus amigos y vengarse de sus adversarios?

[33.28] Como Braquiles era el principal partidario del rey, decidieron deshacerse de él mientras estaban cerca las armas de Roma. El momento elegido fue cuando regresaba de un banquete oficial, borracho y con la escolta de crápulas con los que había estado divirténdose en el salón del banquete. Le atacaron seis hombres armados, tres italianos y tres etolios, matándole en el acto. Sus compañeros huyeron gritando y pidiendo ayuda, alborotándose toda la ciudad con las gentes que corrían con antorchas en todas direcciones. Entretanto, los asesinos escaparon por la puerta más próxima. Al amanecer la mañana siguiente, la población se reunió en el teatro en una cantidad tal que parecía una Asamblea formal convocada por un decreto o por el pregonero público. Todos comentaban abiertamente que había sido asesinado por su séquito y por los miserables disolutos que le acompañaban, aunque en sus corazones consideraban a Zeuxipo el instgador del crimen. Por el momento, sin embargo, decidieron que se arrestaría a los que habían estado con él y se les interrogaría bajo tortura. Mientras los buscaban, Zeuxipo, decidido a limpiar cualquier sospecha de complicidad, llegó con calma ante los reunidos y dijo que el pueblo se equivocaba al suponer que ese acto atroz podía haber sido ejecutado por aquellos medio hombres. Adujo muchos y muy convincentes argumentos en apoyo de esta opinión, y algunos de los que le escucharon se convencieron de que si él hubiera sido su cómplice nunca se habría presentado ante el pueblo, ni habría hecho alusión alguna al asesinato cuando nadie le había requerido para ello. Otros estaban bastante seguros de que, por aquel medio, trataba desvergonzadamente de desviar las sospechas que sobre él recaían. Al poco tiempo, los que realmente eran inocentes fueron torturados, aunque ellos nada sabían, pero siguieron la creencia general y dieron los nombres de Zeuxipos y Pisístrato, sin aportar ninguna evidencia que hiciera suponer que tenían conocimiento cierto de lo sucedido. No obstante, Zeuxipo escapó durante la noche a Tanagra junto a una persona llamada Estratónidas, temiendo más por su propia conciencia de culpabilidad que por las declaraciones de hombres que nada sabían. Pisístrato no se preocupó de los delatores y permaneció en Tebas.

Zeuxipo tenía un esclavo que había tomado parte y actuado como intermediario en todo el asunto. Pisístrato temía que este hombre pudiera converitrse en delator, y fue este mismo miedo el que obligó al esclavo a efectuar la delación. Envió una carta a Zeuxipo, advirténdole que acabase con el esclavo, pues no le creía capaz de ocultar todo aquello en lo que había partcipado. Al portador se le ordenó entregar la carta a Zeuxipo en cuanto pudiera pero, al no tener oportunidad de entregársela de inmediato, se la dio a este mismo esclavo, a quien consideraba como el más fiel a su amo, diciéndole al mismo tiempo que la carta era de Pisístrato y que trataba sobre un asunto que preocupaba mucho a Zeuxipo. El esclavo aseguró al portador que la entregaría de inmediato; sin embargo, alertado por esto, la abrió y, aterrorizado después de leerla hasta el final, huyó a Tebas y denunció los hechos ante los magistrados. Advertido por la huida del esclavo, Zeuxipo se retró a Antedón pues consideraba aquel un lugar seguro donde exiliarse. Pisístrato y los demás fueron interrogados bajo tortura y ejecutados después.

[33.29] Este asesinato despertó en Tebas y en toda la Beocia un tremendo odio contra los romanos; estaban completamente convencidos de que Zeuxipo, el hombre más notable entre ellos, no habría tomado parte en un crimen así sin la instgación del general romano. Ir a la guerra resultaba imposible; no teniendo fuerzas ni jefe para ello, se dedicaron a lo más aproximado a la guerra: el bandidaje. Tomaban por sorpresa a algunos soldados de los que estaban alojados entre ellos, a otros cuando estaban en sus cuarteles de invierno, atendiendo a diversos asuntos. Algunos fueron capturados en los mismos caminos por gentes que se ocultaban para esperarles, a otros los llevaron con engaños a posadas solitarias donde los apresaban y asesinaban. Cometan estos crímenes tanto por codicia como por odio, pues los hombres llevaban plata en sus cinturones para efectuar compras. Como cada día desaparecían más y más hombres, toda la región de Beocia adquirió una pésima fama y los hombres temían salir de su campamento más que si hubiesen estado en un país enemigo. A este respecto, Quincio envió legados a las distintas ciudades para investgar los asesinatos. Se averiguó que la mayoría de ellos resultaron haber sido cometidos alrededor del pantano de Copaide; se desenterraron aquí varios cuerpos del fango y se sacaron de las aguas someras cuerpos atados a piedras o ánforas que los hundiesen más rápidamente con su peso. También se produjeron muchos asesinatos en Acrefia y Coronea. Quincio dio órdenes para que se les entregasen los culpables, imponiendo una multa de quinientos talentos a los beocios por los quinientos soldados asesinados.

Ninguna de estas órdenes se cumplió. Las ciudades se limitaron a excusarse, diciendo que no habían autorizado oficialmente ninguno de aquellos hechos. Acto seguido, Quincio envió una delegación para visitar Atenas y Acaya para ponerlos por testigos de que iba a proceder a castgar con las armas a los beocios con causa justficada y santa. Apio Claudio recibió órdenes de marchar hacia Acrefia con la mitad de las fuerzas; con la otra mitad, él mismo asedió Coronea tras asolar los campos a través de los cuales avanzó cada división desde Elacia en distintas direcciones. Los beocios, completamente acobardados por las pérdidas sufridas, y con el temor y las fugas extendiéndose por todas partes, mandaron embajadores. Al no ser admitidos en el campamento, llegaron en su ayuda embajadores atenienses y aqueos. La mediación de los aqueos fue la más efectiva de las dos, pues en caso de no haber logrado obtener la paz para los beocios estaban dispuestos a combatir de su lado. Mediante la intervención de los aqueos, se permitó que los beocios llegaran hasta el general romano y le presentaran su caso. Se les otorgó la paz a condición de que entregasen a los culpables y pagaran una multa de treinta talentos, levantándose el asedio.

[33.30] Unos días después llegaron de Roma los diez comisionados. Con su consejo, se concedió la paz a Filipo bajo los siguientes términos: todas las ciudades griegas de Europa y Asia deberían ser libres e independientes; Filipo retraría todas sus guarniciones de aquellas que habían estado bajo su dominio y, tras su evacuación, las entregaría a los romanos antes de la fecha establecida para los Juegos Ístimicos. Además, debía retrar sus guarniciones de las siguientes ciudades de Asia: Euromo, Pedasos, Bargilias, Jaso, Mirina, Abido, Tasos y Perinto, pues se decidió que también estas fuesen libres. Con respecto a la libertad de los cianos, Quincio se comprometó a escribir a Prusias, rey de Bitinia, comunicándole la decisión del Senado y de los diez comisionados. Filipo también debía devolver todos los prisioneros y desertores a los romanos, y entregar todas sus naves cubiertas, menos cinco, aunque podría retener la nave real, que era casi inmaniobrable a causa de su tamaño y que estaba propulsada por dieciséis bancadas de remeros. Su ejército nunca excedería de cinco mil hombres y no se le permitría tener un solo elefante, ni tampoco hacer la guerra más allá de sus fronteras sin la autorización expresa del Senado. La indemnización que debía pagar ascendía a mil talentos [que, si lo eran romanos, equivaldrían a unos 32.745 kg.-N. del T.], la mitad a pagar de inmediato y el resto en diez anualidades. Valerio Antas afirma que se impuso al rey un tributo anual de cuatro mil libras de plata durante diez años. Claudio dice que el tributo anual ascendió a cuatro mil doscientas libras de plata a pagar durante treinta años, con una entrega inmediata de dos mil libras [el primer caso serían 1308 kilos de plata; el segundo, 1373,4 kilos.-N. del T.]. Dice también que una cláusula adicional del tratado prohibía expresamente a Filipo hacer la guerra a Eumenes, que había sucedido a su padre Atalo en el trono. Como garantía de la observancia de estas condiciones los romanos tomaron diez rehenes, entre los que se encontraba Demetrio, el hijo de Filipo. Valerio Antas dice, además, que la isla de Egina y los elefantes fueron entregados a Atalo; Estratonicea y las demás ciudades de la Caria que Filipo había ocupado fueron dadas a los rodios; finalmente, las islas de Lemnos, Imbros, Delos y Esciros de entregaron a los atenienses.

[33.31] Casi todas las ciudades de Grecia estuvieron de acuerdo con aquellos términos de paz, con la sola excepción de los etolios. No se atrevían a sostener una oposición abierta pero, en privado, criticaban amargamente la decisión de los diez comisionados. Aquellas eran, según decían, meras palabras que sugerían vagamente una imagen ilusoria de libertad. ¿Por qué -preguntaban-debían ser entregadas algunas ciudades a los romanos sin nombrarlas, y otras que sí lo eran conservarían su libertad? A no ser que se dejasen libres a las de Asia, más seguras precisamente por su lejanía, y se apoderasen de las de Grecia, a las que ni siquiera nombraban, es decir, de Corinto, de Calcis y de Oreo junto con Eretria y Demetrias. Y no carecía esta acusación de fundamento; pues había dudas respecto a tres de estas ciudades ya que, en el decreto del Senado que habían traído consigo los diez comisionados, el resto de las ciudades de Grecia y Asia se declaraban inequívocamente libres, en el caso de Corinto, Calcis y Demetrias, los comisionados tenían órdenes de decidir y hacer lo que el interés de la república, las circunstancias del momento y su propio sentido del deber juzgaran apropiado. Lo que tenían en mente era el rey Antioco; estaban convencidos de que en cuanto dispusiera de las fuerzas adecuadas invadiría Europa, no teniendo intención de dejarle el paso abierto para ocupar ciudades que consttuirían bases de operaciones tan favorables. Quincio se dirigió con los diez comisionados hacia Antcira y desde allí navegaron a Corinto. Una vez aquí, los comisionados discuteron durante varios días las medidas para garantzar la libertad de Grecia. Una y otra vez, Quincio instó a que toda Grecia fuese declarada libre, si querían detener las lenguas de los etolios e inspirar a todos un verdadero afecto hacia Roma y aprecio por su grandeza; si deseaban convencer a los griegos de que habían cruzado los mares con la única intención de lograr su libertad y no para lograr ellos el dominio que tenía Filipo. Los comisionados no objetaban nada respecto a la liberación de las ciudades, pero señalaban que sería más seguro para las propias ciudades el permanecer un tiempo bajo la protección de guarniciones romanas, en lugar de tener que aceptar luego a Antioco como amo en lugar de Filipo. Llegaron finalmente a una decisión: la ciudad de Corinto debía ser devuelta a los aqueos, pero con una guarnición apostada en el Acrocorinto [o sea, la acrópolis o ciudadela de Corinto.-N. del T.], Calcis y Demetrias serían retenidas hasta que pasara la amenaza de Antioco.

[33.32] Estaba próxima la fecha fijada para los Juegos Ístmicos. Estos juegos siempre atraían grandes multitudes, en parte debido al amor innato de aquel pueblo por aquel espectáculo en el que contemplaban competciones de toda clase, concursos de talento artistco así como pruebas de fuerza y velocidad, y en parte debido al hecho de que su posición entre dos mares lo converta en un mercado común a Grecia y Asia, donde las gentes podían conseguir toda clase de productos. Pero, en esta ocasión, no fueron los alicientes habituales los que atrajeron a personas de todas partes de Grecia; todos estaban expectantes, preguntándose cuál sería el futuro del país y qué fortuna les esperaba a ellos mismos. Se hacían y expresaban abiertamente toda clase de conjeturas sobre qué harían los romanos, pero casi nadie estaba convencido de que se retrarían completamente de Grecia.

Cuando los espectadores ocuparon sus asientos, un heraldo, acompañado por un trompetero, avanzó hasta mitad de la arena, donde se solían inaugurar los juegos con la fórmula acostumbrada, y tras hacerse el silencio después del toque de trompeta, efectuó el siguiente anuncio: de un trompetsta, un paso adelante en el centro de la arena, donde los juegos son por lo general abierto por las formalidades de costumbre, y después de una ráfaga de la trompeta se había producido el silencio, hizo la siguiente El anuncio: "El Senado de Roma y Tito Quincio, su general, habiendo vencido al rey Filipo y a los macedonios, decretan que todos los siguientes serán libres, quedarán liberados del pago de tribunos y vivirán bajo sus propias leyes, a saber: los corintos, los focenses, todos los locrenses y la isla de Eubea, los magnetes, los tesalios, los perrebos y los aqueos fiotas". Esta lista comprendía a todos los pueblos que habían estado bajo el dominio de Filipo. Cuando el heraldo hubo finalizado su proclama, la alegría fue demasiado grande como para que las gentes pudieran asimilarla. Apenas se atrevían a confiar en sus oídos y se miraban asombrados unos a otros, como si vivieran una ensoñación. No confiando en sus oídos, preguntaban a los más próximos cómo se veían afectados y, como todo el mundo quería no solo escuchar, sino también contemplar al hombre que había proclamado su libertad, se volvió a llamar al pregonero, que repitó su mensaje. Vieron que ya no había dudas sobre el motivo de su alegría, y los aplausos y vítores que surgieron hicieron completamente evidente que, para todas las gentes, ninguna de las bendiciones de la existencia era más apreciada que la libertad. Los Juegos se celebraron con tal velocidad que apenas se fijaron en ellos los ojos ni los oídos de nadie, tan completamente suplantó una sola alegría al resto de gozos.

[33.33] Al finalizar los Juegos, casi todos corrieron al lugar donde estaba sentado el general romano, llegando casi a resultar peligroso aquel torrente humano que trataba de tocarle la mano y ponerle guirnaldas y cintas. Él tenía unos treinta y tres años de edad por entonces, dándole fuerzas no solo el vigor de la juventud, sino el deleite de haber cosechado tan brillante gloria. La alegría general no quedó en una simple emoción temporal, expresándose durante muchos días mediante pensamientos y palabras de grattud: "Hay una nación -decían las gentes-que a su propia costa, por su propio esfuerzo y a su propio riesgo ha ido a la guerra en nombre de la libertad de otros. No prestan este servicio a los que están al otro lado de sus fronteras, ni a los pueblos de estados vecinos o a los que viven en su mismo continente, sino que cruzan los mares para que en parte alguna del mundo pueda existr la injusticia y la tranía, y para que el derecho y la ley divina y humana prevalezcan en todas partes. Mediante este simple anuncio del pregonero, todas las ciudades de Grecia y Asia recuperan su libertad. Era preciso un espíritu audaz para haberse propuesto un fin como este; y el haberlo llevado a cabo es prueba de un valor excepcional y una extraordinaria buena suerte".

[33,34] Inmediatamente después de los Juegos Ístmicos, Quicio y los diez comisionados dieron audiencia a los embajadores de los distintos monarcas, pueblos y ciudades. Los primeros en ser oídos fueron los de Antioco. Se expresaron de la misma manera en que lo habían hecho anteriormente en Roma, profiriendo expresiones vacías e hipócritas de amistad, pero no recibieron la misma respuesta ambigua que en la ocasión anterior, cuando Filipo aún estaba incólume. Se conminó abierta e inequívocamente a Antioco para que abandonase todas las ciudades de Asia que habían pertenecido a Filipo o a Tolomeo, para que dejase en paz a las ciudades libres y que nunca las agrediera; todas las ciudades a lo largo y ancho de Grecia debían poder seguir disfrutando de paz y libertad. Se le advirtó, sobre todo, de que no dirigiese sus fuerzas hacia Europa ni que fuese allí él mismo. Una vez despedidos los embajadores del rey, empezaron a celebrarse reuniones en relación con diversas ciudades y pueblos, avanzándose con celeridad al limitarse los diez comisionados a la lectura del decreto para cada ciudad en concreto. Los orestas, un pueblo de Macedonia, vieron devuelta su antigua consttución como recompensa por haber sido los primeros en rebelarse contra Filipo. Los magnetes, los perrebos y los dólopes también fueron declarados libres. Los tesalios recibieron su libertad, así como una parte de la Ftótde aquea, con excepción de la Tebas Ftótde y Farsala. La demanda de los etolios para que Farsala y Léucade les fuera devuelta, de acuerdo con lo dispuesto en el tratado, se remitó al Senado; se les entregó la Fócida y la Lócride, volviendo las cosas a su estado anterior bajo la autoridad de un decreto. Corinto, Trifilia y Herea, ciudad esta del Peloponeso, fueron devueltas a la Liga Aquea. Los diez comisionados intentaron donar Oreo y Eretria a Eumenes, el hijo de Atalo, pero como Quincio planteara objeciones, este punto se dejó a la decisión del Senado, declarando este que aquellas ciudades, así como Caristo, debían ser ciudades libres. Licnido y el territorio partino fueron entregados a Pléurato; ambas eran ciudades ilirias que habían estado bajo el dominio de Filipo. Se dijo a Aminandro que conservara las fortalezas que había tomado a Filipo durante la guerra.

[33,35] Una vez disueltas las reuniones, los comisionados se repartieron entre ellos el trabajo y se separaron, partendo para formalizar la liberación de las ciudades de las regiones que tocaron a cada uno. Publio Léntulo fue a Bargilias; Lucio Estertinio marchó a Hefesta, Taso y las ciudades de Tracia; Publio Vilio y Lucio Terencio marcharon a entrevistarse con Antioco, y Cneo Cornelio visitó a Filipo. Después de tratar asuntos de importancia menor, de acuerdo con sus instrucciones, preguntó al rey si escucharía con paciencia un consejo que le resultaría tan útl como vital. Filipo le contestó que estaría agradecido por cualquier sugerencia que hiciera y que resultara en su provecho. Cornelio, entonces, le instó a mandar una embajada a Roma, ahora que había obtenido la paz, para establecer relaciones de amistad y alianza. De esta manera eliminaría, en caso de algún movimiento hostl por parte de Antioco, la posibilidad de parecer como a la espera de una oportunidad para reanudar la guerra. Esta reunión con Filipo se llevó a cabo en Tempe, en Tesalia. Aseguró este a Cornelio que enviaría de inmediato embajadores y Cornelio marchó luego a las Termópilas, donde el llamado Consejo Pilaico -una asamblea muy concurrida de todos los territorios griegos-se reunía en días determinados. Se presentó ante el Consejo e instó, en especial a los etolios, a que siguieran en la amistad y fidelidad a Roma. Algunos de los notables etolios protestaron levemente diciendo que los sentimientos de los romanos hacia ellos no eran los mismos tras la victoria que durante la guerra; otros adoptaron un tono más fuerte y declararon que, sin la ayuda etolia, Filipo no habría podido ser vencido ni los romanos habrían podido nunca pasar a Grecia. Para evitar que aquello deviniera en una discusión abierta, el comisionado romano se abstuvo de replicar a aquellas acusaciones y se limitó a asegurarles que si enviaban una embajada a Roma obtendrían cuanto fuera justo y razonable. Por lo tanto, y por su autoridad, aprobaron una resolución para que se enviara aquella embajada. Tales fueron los sucesos que marcaron el final de la guerra con Filipo.

[33.36] Mientras tenían lugar estos hechos en Grecia, Macedonia y Asia, Etruria estuvo a punto de converitrse en un escenario de guerra debido a una conspiración de esclavos. Con el fin de investgar y aplastar a este movimiento, se envió al pretor Manio Acilio Glabrión, que tenía la administración de justicia entre ciudadanos y extranjeros, junto con una de las dos legiones acantonadas en la Ciudad. Un contingente de los conspiradores resultó derrotado en campo abierto, siendo muertos muchos de ellos

o hechos prisioneros; los cabecillas fueron azotados y crucificados, a los demás se los devolvió a sus amos. Los cónsules partieron hacia sus provincias. Marcelo entró en el territorio de los boyos y, mientras fortificaba su campamento en cierto terreno elevado, con sus hombres agotados tras bregar durante todo el día abriendo un camino, Corolamo, un régulo boyo, lo atacó con una gran fuerza y mató a tres mil de sus soldados. Varios hombres ilustres cayeron en esta tumultuosa batalla; entre ellos estaban Tiberio Sempronio Graco y Marco Junio Silano, prefectos de los aliados, y dos tribunos militares de la segunda legión: Marco Olgino y Publio Claudio. Los romanos, sin embargo, lograron con grandes esfuerzos terminar la fortificación del campamento y conservarlo contra los ataques finalmente inútiles del enemigo, a quien su éxito inicial había envalentonado. Marcelo se mantuvo en su campamento durante algún tiempo para que sus heridos pudieran ser curados y para que sus hombres dispusieran de tiempo para recobrar ánimos tras pérdidas tan graves.

Los boyos, no pudiendo soportar el cansancio de la espera, se dispersaron por todas partes hacia sus aldeas y fortalezas. De repente, Marcelo cruzó a toda velocidad el Po e invadió el territorio comense, donde acampaban por entonces los ínsubros, que habían convencido a los comenses para que tomasen las armas. Los galos, llenos de confianza después del reciente combate librado por los boyos, se lanzaron al combate cuando aún los romanos aún estaban marchando, atacando al principio con tal violencia que obligaron a las primeras filas a ceder terreno. Ante el temor de que una vez empezaran a ceder terreno podrían ser completamente rechazados por el enemigo, Marcelo llevó una cohorte de marsios y lanzó todas las fuerzas de la caballería latina contra el adversario. Las dos primeras cargas de estos jinetes detuvieron el impulso inicial de los galos, el resto de la línea romana recobró su firmeza y aguantó todos los intentos de quebrarla. Finalmente, se lanzaron al ataque con una furiosa carga que los galos no pudieron resistr: se dieron media vuelta y huyeron en desorden. Según Valerio Antas, murieron más de cuarenta mil hombres en esa batalla y se capturaron ochenta y siete estandartes junto con setecientos treinta y dos carros y gran número de collares de oro. Claudio escribe que uno de ellos, muy pesado, se depositó como ofrenda en el templo de Júpiter en el Capitolio. El campamento galo fue asaltado y saqueado el mismo día que tuvo lugar la batalla, capturándose unos días más tarde la ciudad de Como

[que no estaba exactamente donde la ciudad moderna homónima, sino en las proximidades de

Grandate, más al suroeste.-N. del T.]. Posteriormente, se rindieron al cónsul veintocho plazas fuertes. Una cuestón es asunto de debate entre varios historiadores: si el cónsul marchó en primer lugar contra los boyos o contra los ínsubros, y si borró la derrota con una victoria posterior o si la victoria en Como se vio empañada por un ulterior desastre contra los boyos.

[33,37] Poco después de estos hechos de tan diversa fortuna, el otro cónsul, Lucio Furio Purpurio, invadió el territorio boyo a través de la tribu sapinia, en la Umbría. Se estaba aproximando a la fortaleza de Mútlo, pero temiendo verse atrapado al mismo tiempo entre los boyos y los ligures, hizo retroceder a su ejército por el camino que había venido y, dando un gran rodeo por campo abierto y terreno seguro, se reunió en última instancia con su colega. Con sus ejércitos unidos, atravesaron el territorio boyo hasta la ciudad de Bolonia [la antigua Felsina.-N. del T.], saqueándolo sistemáticamente conforme avanzaban. Esta plaza, junto con todas las posiciones fortificadas de alrededor, se rindieron como hizo la mayor parte de la tribu; los jóvenes permanecieron en armas por el afán del botín y se retraron a lo profundo de los bosques. Después, ambos ejércitos avanzaron contra los ligures. Los boyos esperaban que, como les suponían a gran distancia, el ejército romano estaría más descuidado al guardar su formación de marcha y lo siguieron por caminos ocultos en los bosques, con la intención de lanzar un ataque por sorpresa. Como no lo pudieron alcanzar, cruzaron repentinamente el Po con barcas y devastaron las tierras de los levos y de los libuos. En su camino de vuelta, a lo largo de la frontera ligur y cargados con el botín, se encontraron con los ejércitos romanos. La batalla comenzó con mayor rapidez y furia más que si se hubiera fijado previamente el momento y lugar, y efectuado todos los preparativos para la batalla. Aquí se dio un notable ejemplo del modo en que la ira estimula el valor, pues los romanos estaban tan decididos a matar, en vez de simplemente lograr la victoria, que apenas dejaron un hombre vivo para que llevase la noticia de la derrota. Cuando el anuncio de esta victoria llegó a Roma, se ordenaron tres días de acción de gracias por la victoria. Marcelo llegó a Roma poco después y el Senado le otorgó un triunfo por unanimidad. Celebró su triunfo sobre los ínsubros y los comenses estando aún en el cargo. Dejó a su colega la esperanza de un triunfo sobre los boyos porque él, en solitario, solo había conseguido una derrota, logrando la victoria únicamente en conjunción con su colega. En los carros capturados al enemigo se llevaron gran cantidad de despojos, incluyendo numerosos estandartes; en metálico se llevaron trescientos veinte mil ases de bronce y doscientos treinta y cuatro mil denarios de plata. Cada legionario recibió una gratficación de ochenta ases, la caballería y los centuriones recibieron el triple.

[33,38]. Durante este año Antioco, que había pasado el invierno en Éfeso, se esforzó en reducir todas las ciudades de Asia a su antigua condición de dependencia [la que se derivó de la victoria de Seleuco en el 281 a.C.-N. del T.]. Con excepción de Esmirna y Lámpsaco, pensó que todas aceptarían el yugo sin dificultad, pues o bien estaban situadas en terreno llano, o bien estaban débilmente defendidas por sus murallas y soldados. Esmirna y Lámpsaco hacían valer su derecho a ser libres y exista el peligro, si se concedía su reclamación, de que otras ciudades jónicas y eólidas siguieran el ejemplo de Esmirna, y las del Helesponto el ejemplo de Lámpsaco. Por consiguiente, envió una fuerza desde Éfeso para sitar Esmirna y ordenó a las tropas de Abidos que marchasen contra Lámpsaco, dejando únicamente un pequeño destacamento para guarnecer la plaza. Mas no empleó solo las armas; mandó embajadores para que intentaran persuadir a los ciudadanos, reprendiendo al mismo tiempo cuidadosamente su temeridad y obstinación en esperar poder obtener en un corto periodo de tiempo cuanto deseaban. Quedaría, no obstante, bien claro para ellos y para todo el mundo, que su libertad se debería a un obsequio gratuito del rey y no a que ellos hubiesen aprovechado una oportunidad favorable para obtenerla. En respuesta, dijeron a los embajadores que Antioco no debía sorprenderse ni enojarse si no se resignaban pacientemente a postergar indefinidamente sus anhelos de libertad.

Al comienzo de la primavera zarpó Antioco de Éfeso hacia el Helesponto y ordenó a su ejército que marchase desde Abidos hacia el Quersoneso. Unió sus fuerzas navales y militares en Maditos, una ciudad del Quersoneso y, como aquella le hubiera cerrado completamente sus puertas, la sitó completamente y ya estaba a punto de aproximar sus máquinas de asedio cuando la ciudad se rindió. El miedo que Antioco inspiró de esta manera llevó a los habitantes de Sesto y otras ciudades del Quersoneso a rendirse voluntariamente. Su siguiente objetivo era Lisimaquia. Cuando llegó aquí con todas sus fuerzas terrestres y navales, encontró el lugar abandonado y convertido en poco más que un montón de ruinas, pues algunos años antes los tracios la habían capturado y saqueado, para luego incendiar la ciudad. Hallándola en tal condición, se apoderó de Antioco el deseo de restaurar una ciudad tan célebre y bien situada, disponiéndose de inmediato a afrontar las diversas tareas que aquello suponía. Se reconstruyeron casas y murallas, se liberó a algunos de los antiguos habitantes que habían sido esclavizados; buscó e hizo regresar a otros, que estaban dispersos como refugiados por todo el Quersoneso y las costas del Helesponto, atrayendo nuevos colonos ante la perspectiva de las ventajas que lograrían. Usó, de hecho, todo sistema posible para repoblar la ciudad. Para evitar, al mismo tiempo, cualquier temor a sufrir problemas por parte de los tracios, procedió con la mitad de su ejército a devastar los territorios próximos de Tracia, dejando la otra mitad y todas las tripulaciones de los barcos para seguir con las labores de reconstrucción.

[33,39] Muy poco después de esto, Lucio Cornelio, que había sido enviado por el Senado para resolver las diferencias entre Antioco y Tolomeo, hizo un alto en Selimbria [en la Propóntide, a unos 60 kilómetros al oeste de Bizancio.-N. del T.], y tres de los diez comisionados se dirigieron a Lisimaquia: Publio Léntulo desde Bargilias, Publio Vilio y Lucio Terencio lo hicieron desde Taso. Allí se les unió Lucio Cornelio, desde Selimbria, y unos pocos días después Antioco, que regresó de Tracia. El primer encuentro con los comisionados y la invitación posterior de Antioco fueron amables y hospitalarios; pero cuando fueron a discutr sobre sus instrucciones y el estado de los asuntos en Asia, se tensaron los ánimos por ambas partes. Los romanos dijeron claramente a Antioco que todo cuanto había hecho desde que su flota zarpó de Siria era desaprobado por el Senado y que ellos consideraban justo que todas las ciudades que habían pertenecido a Tolomeo le fueran devueltas. Con respecto a aquellas ciudades que habían formado parte de las posesiones de Filipo, y de las que él se había apoderado, aprovechando la oportunidad mientras Filipo estaba ocupado en la guerra contra Roma, resultaba simplemente intolerable que, una vez los romanos hubiesen asumido durante tanto tiempo tales riesgos y dificultades por mar y terra, Antioco se llevara los frutos de la guerra. Suponiendo que los romanos pudieran no hacer caso a su aparición en Asia, como si no fuera de su incumbencia, ¿que ocurría con su entrada en Europa junto a todo su ejército y marina? ¿Qué diferencia había entre esto y una abierta declaración de guerra contra los romanos? Incluso si hubiera desembarcado en Italia diría que aquello no significaba la guerra, pero los romanos no iban a esperar hasta que él estuviese en condiciones de hacerlo.

[33.40] En su respuesta, Antioco expresó su sorpresa porque los romanos se preocupasen tanto de lo que Antioco debía o no hacer, y que no se detuvieran, sin embargo, a considerar qué límites se debían imponer a sus propios avances por tierra y mar. Asia no era asunto del Senado, y ellos no tenían más derecho a preguntar qué estaba haciendo Antioco en Asia del que tenía él a preguntar qué estaba haciendo el pueblo romano en Italia. En cuanto a Tolomeo y su denuncia de que se había apoderado de sus ciudades, él y Tolomeo estaban en términos completamente amistosos, y estaban en curso gestones para unirse por lazos de matrimonio. No había tratado de sacar ventaja de las desgracias de Filipo ni había llegado a Europa con ninguna intención hostl contra los romanos. Después de la derrota de Lisímaco, cuanto a él pertenecía pasó por derecho de guerra a Seleuco, y por lo tanto lo consideraba parte de sus dominios. Tolomeo, y después de él Filipo, habían ocupado algunos de estas plazas en un momento en sus antepasados dedicaban sus preocupaciones y atención a otros asuntos. ¿Podría haber sombra de duda sobre que el Quersoneso y la parte de Tracia que rodeaba Lisimaquia pertenecieron anteriormente a Lisímaco? Recuperar sus antiguos derechos sobre aquellos territorios era el motivo de su llegada, así como reconstruir desde sus cimientos la ciudad de Lisimaquia, que había sido destruida por los tracios, para que su hijo Seleuco pudiera usarla como capital de su reino.

[33,41] Después de estar discutendo sobre esto durante varios días, les llegó el rumor, de incierto autor, de que Tolomeo había muerto. Esto impidió que se llegase a alguna decisión; ambas partes fingieron que no lo habían oído, y Lucio Cornelio, encargado de la misión entre Antioco y Tolomeo, pidió un breve receso para poder entrevistarse con Tolomeo; su objetivo era desembarcar en Egipto antes de que el nuevo ocupante del trono pudiera iniciar un cambio de política. Antioco, por su parte, estaba seguro de que se podría apoderar de Egipto si tomaba posesión de él inmediatamente; y así, se despidió de los comisionados romanos y dejó a su hijo completando la restauración de Lisimaquia, navegando con toda su flota hacia Éfeso. Desde allí despachó emisarios a Quincio para calmar sus sospechas y asegurarle que nada cambiaría en su alianza. Costeando las orillas de Asia llegaron a Pátaras, en Licia, enterándose allí de que Tolomeo estaba vivo. Abandonó entonces toda intención de navegar a Egipto, pero siguió su viaje hasta Chipre. Cuando hubo rodeado el promontorio de Quelidonias, se retrasó un tiempo en Panfilia, cerca del río Eurimedonte [el actual Köprü Çay, en Turquía.-N. del T.] por culpa de un motin entre los remeros. Después de continuar su viaje hasta las conocidas como las "cabezas" del río Saro fue alcanzado por una terrible tormenta que casi lo hundió con toda su flota [estaba cerca de Tarso.-N. del T.]. Muchos de los barcos quedaron destruidos, otros muchos encallaron y un gran número de ellos se fue a pique tan de repente que nadie pudo nadar hasta terra. Se produjo una enorme pérdida de vidas; no solo multitudes de marineros y soldados anónimos, sino también muchos amigos del rey, hombres distinguidos, se hallaron entre las víctimas. Antioco reunió los restos de su destrozada flota, pero como no estaba en condiciones de intentar llegar a Chipre, regresó a Seleucia, mucho más pobre en hombres y recursos que cuando inició su expedición. Aquí ordenó la varada de los barcos, pues el invierno se acercaba, y el partió a Antoquía para pasar el invierno. Tal era la situación en que estaban los reyes.

[33.42] Este año, por primera vez, se nombraron triunviros epulones, a saber, Cayo Licinio Lúculo, el tribuno de la plebe que había logrado la aprobación de la ley por la que se nombraban, y con él Publio Manlio y Publio Porcio Leca. Se les permitó, por ley, llevar la toga pretexta como los pontfices [pues era un cargo de carácter religioso: los triunviros epulones eran sacerdotes encargados de organizar los banquetes en honor de los dioses.-N. del T.] Sin embargo, este año estalló una grave disputa entre el conjunto de los sacerdotes y los cuestores de la ciudad, Quinto Fabio Labeón y Publio Aurelio. El Senado había decidido que se efectuara el último reembolso del dinero prestado por los particulares para la guerra púnica, necesitándose dinero para ello. Los cuestores les exigieron las contribuciones que no hubiesen efectuado durante la misma. Apelaron en vano a los tribunos de la plebe y se les obligó a pagar su parte por cada año de guerra. Murieron dos pontfices murieron durante el año; fueron susttuidos por el cónsul Marco Marcelo, en lugar de Cayo Sempronio Tuditano, que había muerto mientras servía como pretor en Hispania, y por Lucio Valerio Flaco en lugar de Marco Cornelio Cétego. También murió, muy joven, el augur Quinto Fabio Máximo, antes de poder desempeñar ninguna magistratura; no se le nombró sucesor durante el año.

Las elecciones consulares fueron celebradas por Marco Marcelo; los nuevos cónsules fueron Lucio Valerio Flaco y Marco Porcio Catón. Los pretores electos fueron Cneo Manlio Volsón, Apio Claudio Nerón, Publio Porcio Leca, Cayo Fabricio Luscino, Cayo Atinio Labeón y Publio Manlio. Los ediles curules, Marco Fulvio Nobilior y Cayo Flaminio, vendieron durante el año un millón de modios de trigo al pueblo, a dos ases el modio. Este trigo fue enviado por los sicilianos en señal de respeto por Cayo Flaminio y en honor a la memoria de su padre; Flaminio quiso compartr la gracia del gesto con su colega. Se celebraron con gran esplendor los Juegos Romanos y se repiteron en tres días distintos. Los ediles plebeyos, Cneo Domicio Enobarbo y Cayo Escribonio Curio, llevaron ante el tribunal del pueblo a varios mercaderes de ganados de los pastos públicos; tres de ellos fueron condenados y de las multas que se les impuso construyeron un templo en la isla de Fauno. Los Juegos Plebeyos se repiteron dos días y se dio el banquete de costumbre.

[33.43] El 15 de marzo -195 a.C.-, el día en que tomaron posesión del cargo, los nuevos cónsules presentaron a discusión en el Senado la asignación de las provincias. El Senado decidió que, ya que la guerra en Hispania se estaba extendiendo de manera tan grave como para requerir la presencia de un cónsul y un ejército consular, Hispania Citerior debería ser una de las dos provincias consulares. Se aprobó una resolución para que los cónsules llegasen a un acuerdo o que sorteasen aquella provincia e Italia. Al que le correspondiera Hispania se le asignarían dos legiones, quince mil infantes aliados latinos y ochocientos jinetes y una flota de veinte barcos de guerra. El otro cónsul debería alistar dos legiones; aquello se consideraba suficiente para guarnecer la Galia, después del golpe demoledor asestado el año anterior a boyos e ínsubros. A Catón correspondió Hispania y a Valerio, Italia. Después, los pretores sortearon sus provincias. Cayo Fabricio Luscino recibió la jurisdicción urbana y Cayo Atinio Labeón la jurisdicción peregrina; a Cneo Manlio Volsón correspondió Sicilia; a Apio Claudio Nerón, la Hispania Ulterior; a Publio Porcio Leca, Pisa, para amenazar a los ligures por su retaguardia. Publio Manlio fue asignado al cónsul para auxiliarle en Hispania Citerior. Debido a la actitud sospechosa de Antioco, los etolios, Nabis y los lacedemonios, Tito Quincio vio prorrogado su mando otro año, con las dos legiones que ya tenía. Los cónsules alistarían todos los refuerzos necesarios para completar la totalidad de sus plantllas y los enviarían a Macedonia. Además de la legión que había mandado Quinto Fabio, se autorizó a Apio Claudio para alistar otros dos mil infantes y doscientos jinetes. El mismo número de soldados de infantería y caballería se asignó a Publio Manlio, para emplearlos en la Hispania Citerior junto con la legión que había servido bajo el pretor Quinto Minucio. Se decretó que, del ejército de la Galia, se llevaran diez mil soldados de infantería y quinientos de caballería para actuar por los alrededores de Pisa, en Etruria. Tiberio Sempronio Longo vio prorrogado su mando en Cerdeña.

[33.44] Tal fue la distribución de las provincias. Antes de que los cónsules dejaran la Ciudad se les requirió, de acuerdo con un decreto de los pontfices, para que proclamasen una primavera sagrada

[durante la que se ofrecían las primicias de las cosechas a los dioses y sacrificios humanos que, más tarde, se cambiaron por sacrificios animales.-N. del T.]. Esta debía celebrarse en cumplimiento de una promesa hecha por el pretor Aulo Cornelio Mámula, según el deseo del Senado y por el orden del pueblo, veintún años antes, durante el consulado de Cneo Servilio y Cayo Flaminio. Cayo Claudio Pulcro, el hijo de Apio, fue nombrado por entonces augur en lugar de Quinto Fabio Máximo, que había muerto el año anterior. Mientras todos se extrañaban de que nada se hiciera respecto a la guerra que había estallado en Hispania, llegó una carta de Quinto Minucio anunciando que se había enfrentado victoriosamente a los generales hispanos Budare y Besadine, y que el enemigo había perdido doce mil hombres, Budare había resultado prisionero y el resto fue derrotado y puesto en fuga. Una vez leída la carta, disminuyó la inquietud sobre las dos Hispanias, donde se había previsto una guerra de grandes proporciones. La preocupación se centró ahora sobre Antioco, especialmente tras el regreso de los diez comisionados. Después de informar sobre las negociaciones con Filipo y los términos en que se había hecho la paz con él, dejaron claro que era inminente una guerra al menos a la misma escala contra Antioco. Este había desembarcado en Europa, según informaron al Senado, con una enorme flota y un espléndido ejército, y si no hubiese desviado su atención hacia la invasión de Egipto una esperanza infundada, basada en un rumor incierto, Grecia ya se habría visto infamada por las llamas de la guerra. Ni siquiera los etolios, un pueblo inquieto por naturaleza y ahora intensamente resentido contra los romanos, dejarían de intervenir. Y había otro mal aún más formidable hundido en las entrañas de Grecia: Nabis, que era por entonces el tirano de Lacedemonia, pero al que si se le dejaba se convertría en el de toda Grecia, era hombre en el que la codicia y la brutalidad rivalizaba con los más notorios tiranos de la historia. Si, una vez llevados de vuelta a Italia los ejércitos romanos, se le permita mantener Argos como una fortaleza que amenaza la totalidad del Peloponeso, la liberación de Grecia de Filipo habría sido en vano; en todo caso, en lugar de un monarca distante tendrían por dueño a un tirano próximo.

[33,45] Después de escuchar estas declaraciones, hechas por hombres de tal peso y cuyo juicio, además, se basaba en cuestones observadas por ellos mismos, el Senado fue de la opinión de que aunque la política a seguir respecto a Antioco era la cuestón más importante que se les presentaba, aún así, como el rey, cualquiera que fuese el motivo, se había retirado a Siria, parecía más urgente considerar en primer lugar qué hacer respecto al tirano. Tras un largo debate, sobre si había suficientes motivos para una declaración formal de guerra o si sería suficiente dejar a Tito Quincio libertad de acción en lo referente a Nabis, según considerase mejor para los intereses de la república, se decidió dejar el asunto a su criterio. Se hizo así al no parecerles que tomar estas decisiones antes o después no serían de vital importancia para el Estado. Una cuestón mucho más urgente era qué harían Aníbal y Cartago ante el caso de una guerra con Antioco. Los miembros del partido opositor a Aníbal escribían constantemente a sus amigos en Roma; según su versión, Aníbal había mandado mensajeros con cartas para Antioco, habiendo mantenido emisarios del rey conferencias secretas con él. Así como existen bestias salvajes que no podían ser amansadas, así era de indómito e implacable el ánimo de este hombre. Se quejaba de que sus compatriotas se enervaban cada vez más por culpa de la inactividad y se dormían en la indolencia y la pereza, y que solo despertarían con el fragor de las armas. Las gentes estaban aún más dispuestas a creer estas afirmaciones al recordar que fue este hombre el responsable del inicio y el fin de la última guerra. Una reciente disposición suya, además, había provocado un fuerte resentimiento entre muchos de los potentados.

[33.46] Predominaba por entonces en Cartago la clase judicial, debido principalmente al hecho de que ocupaban el cargo de por vida. Las propiedades, la reputación y la vida de todo el mundo estaban en sus manos. Quien ofendiera a uno de aquella clase tendría por enemigo a cada miembro de ella y, cuando los jueces resultaban hostiles, siempre se encontraría un acusador entre ellos. Mientras estos hombres ejercían tan desenfrenado despotsmo, pues usaban de su poder sin tener en cuenta los derechos de sus conciudadanos, Aníbal, que había sido nombrado pretor, ordenó que se convocara al cuestor ante él. El cuestor no atendió la convocatoria; pertenecía al partido opositor y, aún más, como de la cuestura se solía pasar a la judicatura, estamento todopoderoso, se daba ya aires acordes al poder que pronto ostentaría. Considerando Aníbal que este comportamiento era indigno, envió un funcionario para arrestar al cuestor y, llevándolo ante la Asamblea, Aníbal denunció no solo al cuestor, sino a todo el orden judicial, cuya insolencia y prepotencia habían subvertido completamente las leyes y la autoridad de los magistrados que debían hacerlas cumplir. Cuando vio que sus palabras tenían una acogida favorable, y que la insolencia y tranía de aquel orden se reconocían como un peligro para la libertad del más humilde ciudadano, se apresuró a proponer y promulgar una ley por la que los jueces deberían ser elegidos cada año y ninguno podría ocupar el cargo durante dos años consecutivos. No obstante, cualquiera que fuese la popularidad lograda entre las masas por esta medida, quedó contrarrestada por la ofensa inferida a gran número de notables. Otra más que tomó en interés general despertó una intensa hostlidad personal contra él. Los ingresos públicos estaban siendo desperdiciados, en parte a causa de un manejo descuidado y en parte por el fraude que cometan algunos principales y magistrados. El resultado era que no había dinero suficiente para cubrir el pago anual de la indemnización a Roma, llegando a parecer muy probable que se impusiera a los particulares un fuerte impuesto.

[33.47] Cuando Aníbal se hubo informado sobre la cantidad a que ascendían todas las rentas, de tierra y de mar, los gastos que se hacían, qué proporción iba a las necesidades corrientes del Estado y cuánto se había malversado, declaró públicamente en la Asamblea que si se exigía cuanto se debía, el Estado tendría riqueza suficiente para afrontar el pago del tributo a los romanos sin necesidad de ninguna contribución a los particulares. Y cumplió con su palabra. Los que durante años habían estado engordando a costa del tesoro público estaban tan furiosos como si aquello fuera una incautación de sus bienes personales, en vez de la recuperación forzosa de todo lo que habían robado. En su furia, comenzaron a instgar a los romanos, que ya de suyo propio buscaban una excusa para volcar su odio contra él. Durante mucho tiempo, esta política encontró un enemigo en Publio Escipión Africano, que consideraba impropio de la dignidad del pueblo romano apoyar los ataques de los acusadores de Aníbal

o entrometer la autoridad del Estado en las políticas partdistas de Cartago, no contentándose con haber derrotado a Aníbal en campo abierto y tratándolo como si fuera un criminal contra el que aparecerían acusando, prestando juramento y declarando en su contra. Al final, sin embargo, sus opositores se salieron con la suya y se enviaron delegados a Cartago para señalar allí ante el Senado que Aníbal estaba haciendo planes con Antioco para iniciar la guerra. Cneo Servilio, Marco Claudio Marcelo y Quinto Terencio Culeón componían la delegación. A su llegada a Cartago fueron asesorados por los enemigos de Aníbal para que dijeran, a quienes preguntaran el motivo de su llegada, que habían venido para resolver las diferencias entre Masinisa y el gobierno de Cartago. Esta explicación fue creída por todo el mundo. Solo Aníbal no se llamó a engaño, sabía que él era el objetivo de los romanos y que el motivo subyacente de la paz con Cartago fue que él quedase como la única víctima de su eterna hostlidad. Decidió inclinarse ante la tormenta y la fortuna y, después de hacer todos los preparativos para la huída, se dejó ver durante todo el día en el foro para alejar toda sospecha; en cuanto se hizo la oscuridad, fue con su ropa de calle ["vestitu forensi", en el original latino, "vestido para el foro".-N. del T.] hasta la puerta, acompañado por dos ayudantes que no sabían de sus planes, y partió.

[33.48] Los caballos que había ordenado estaban dispuestos y cabalgó durante la noche hasta Bizacio -que es el nombre de un distrito rural-llegando al día siguiente a un castllo de su propiedad en la costa, entre Acila y Tapso [en la costa oriental de Túnez, al sur de Adrumento.-N. del T.]. Allí le esperaba un barco, con su dotación de remeros y preparado para partir de inmediato. Así fue como se retró Aníbal de África, lamentando más la suerte de su patria que la suya propia. Aquel mismo día desembarcó en la isla de Kerkennah [las antiguas islas de Cercina, al sur de Acila.-N. del T.]. Allí encontró algunos barcos mercantes fenicios cargados de mercancías y, al desembarcar, se vio rodeado por las gentes que le daban la bienvenida. En respuesta a sus preguntas, les contestó que iba a Tiro como embajador. Temiendo, sin embargo, que alguno de aquellos barcos pudiese partir por la noche hacia Tapso o Adrumeto y dar noticia de su aparición en Kerkenna, ordenó que se hicieran los preparativos para hacer un sacrificio e invitó a los capitanes de los barcos y a los mercaderes a la celebración. Dio también instrucciones para que recogieran las velas y antenas de las naves, de manera que pudieran formar un toldo que diera sombra en la playa a los invitados, pues estaban a mitad del verano. La celebración tuvo lugar con todo el lujo que el tiempo y las circunstancias permitan, prolongándose el festin hasta la noche y consumiéndose gran cantidad de vino. En cuanto tuvo la oportunidad de escapar a la observación de los que estaban en el puerto, Aníbal zarpó. Los demás quedaron sumidos en el sueño, y no se recuperaron de su sopor hasta bien avanzado el día siguiente, torpes por culpa de la borrachera, teniendo que pasar varias horas hasta que consiguieron devolver los aparejos a sus barcos. En la casa de Aníbal, en Cartago, la multitud habitual se aglomeró en grandes cantdades en el vestibulo. Cuando se hizo de conocimiento general que no se encontraba allí, la multitud irrumpió en el foro exigiendo la aparición de su primer ciudadano. Algunos, adivinando la verdad, sugirieron que había huido; otros -y estos fueron los más numerosos y los que más gritaban-decían que le habían dado muerte los romanos en una traición. En los rostros se veían distintas expresiones, como era de esperar en una ciudad desgarrada por los partidarios de distintas facciones. Luego, llegó la noticia de que había sido visto en Kerkennah.

[33,49] Los delegados romanos informaron al consejo de Cartago que el Senado había constatado que Filipo había hecho la guerra a Roma a instancias principalmente de Aníbal y que este había enviado recientemente cartas a Antioco y los etolios, habiendo hecho planes para llevar a Cartago a una revuelta. Se había marchado con Antioco, no con ningún otro, y nunca descansaría hasta haber desencadenado la guerra en todo el mundo. Si los cartagineses querían satisfacer al pueblo romano, ninguna de sus acciones [de Aníbal, claro.-N. del T.] debía quedar impune y debían dejar claro que ni respondían a sus deseos ni contaban con la sanción de su gobierno. Los cartagineses respondieron que harían cuanto los romanos considerasen correcto. Después de una travesía sin problemas, Aníbal llegó a Tiro, donde los fundadores de Cartago dieron la bienvenida, como a una segunda patria, al hombre que se había distinguido con todos los honores posibles. Tras una corta estancia aquí, siguió su viaje a Antoquía. Aquí se enteró de que el rey se había marchado a Asia y mantuvo una entrevista con su hijo, que estaba celebrando en aquel momento los Juegos de Dafne, quien le dio recibió amablemente. Deseando no perder tiempo, siguió de inmediato su viaje y halló al rey en Éfeso, sin poder aún decidirse sobre la cuestón de la guerra con Roma. La llegada de Aníbal no fue el factor menos infuyente para que su ánimo se decidiera. Los etolios, además, se mostraban cada vez más reacios a su alianza con Roma. Habían enviado una embajada a Roma para demandar la devolución de Farsala, Léucade y algunas otras ciudades, bajo los términos del tratado anterior, siendo remitidos por el Senado a Tito Quincio.

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Libro 34: Fin de la Guerra Macedónica

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[34,1] -195 a.C.-Ocupados con graves guerras, algunas apenas finalizadas y otras amenazantes, tuvo lugar un incidente que, aunque poco importante en sí mismo, resultó en un violento y apasionado conficto. Dos de los tribunos de la plebe, Marco Fundanio y Lucio Valerio, habían presentado una propuesta para derogar la ley Opia. Esta ley se había aprobado a propuesta de Marco Opio, un tribuno de la plebe, durante el consulado de Quinto Fabio y Tiberio Sempronio [el 215 a.C.-N. del T.] y en pleno fragor de la Guerra Púnica. Prohibía a cualquier mujer la posesión de más de media onza de oro, llevase ropas de varios colores o subiese en vehículo de tro a menos de una milla de la Ciudad [para una libra de 327 gramos, una onza eran 27,25 gramos; una milla = 1480 metros.-N. del T.] o de cualquier ciudad romana a menos que fuera a tomar parte en alguna celebración religiosa pública. Los dos Brutos -Marco Junio y Tito Junio-ambos tribunos de la plebe, defendían la ley y declararon que no permitrían que fuese derogada; muchos nobles salieron a hablar en favor o en contra de la derogación; el Capitolio estaba lleno de partidarios y opositores a la propuesta; las matronas no pudieron ser mantenidas en la intimidad de sus hogares, ni por la autoridad de los magistrados, ni por las órdenes de sus maridos, ni por su propio sentido de la decencia. Ocuparon todas las calles y bloquearon los accesos al Foro, implorando a los hombres que se cruzaban en su camino que permiteran a las mujeres volver a sus antiguos adornos, ahora que la república estaba foreciente y aumentaban día a día las fortunas privadas. Su número aumentaba diariamente con aquellas que habían venido desde las poblaciones rurales. Por fin, se atrevieron a aproximarse a los cónsules, pretores y otros magistrados con sus demandas, encontrándose con que uno de los cónsules, Marco Porcio Catón, se oponía infexiblemente a su petción. Este habló de la siguiente manera en defensa de la ley:

[34,2] "Si cada uno de nosotros, Quirites, hubiésemos hecho norma de proteger los derechos y autoridad del marido en nuestros propios hogares, no tendríamos ahora este problema con el conjunto de nuestras mujeres. Así están ahora las cosas respecto a nuestra libertad, confrontada y vencida por la insubordinación femenina en el hogar, destrozada y pisoteada aquí en el Foro, y porque fuimos incapaces de resistrlas individualmente debemos temerlas ahora unidas. Solía yo pensar que se trataba de una historia fabulosa aquella que nos contaba que en cierta isla había sido eliminado todo el sexo masculino a causa de una conspiración entre las mujeres [se refiere aquí Livio a una leyenda de la isla de Lemnos, donde las mujeres mataron a sus maridos.-N. del T.]; no hay clase alguna de gentes de las que no se puedan esperar los más graves peligros si se permite que sigan adelante las intrigas, las conspiraciones y los encuentros secretos. Casi no puedo decidir qué es peor, el asunto en sí o el nefasto precedente que establece. Esto último nos concierne a nosotros como cónsules y magistrados; lo primero os concierne a vosotros, Quirites. Que la medida que se os presenta sea en beneficio de la república o no, lo decidiréis con vuestro voto; este revuelo entre las mujeres, ya sea por un movimiento espontáneo o por vuestra instgación, Marco Fundanio y Lucio Valerio, y que ciertamente apunta a una falta por parte de los magistrados, no sé si os califica más a vosotros, tribunos, o a los cónsules. Irá en vuestro descrédito si habéis llevado vuestra agitación tribunicia al punto de provocar la intranquilidad entre las mujeres; pero aún mayor desgracia caerá sobre nosotros si hemos de someternos a las leyes por el temor de una secesión suya, como ya lo hicimos antes con ocasión de la secesión de la plebe. No sin vergüenza he llegado hasta el Foro por entre un ejército de mujeres. Si mi respeto por la dignidad y modesta de algunas de ellas, más que cualquier consideración por ellas en su conjunto, no me hubiera impedido reprenderlas públicamente para que no se dijera que el cónsul las amonestaba, les hubiera dicho: "¿Qué es esta costumbre que habéis tomado de correr por todas partes, bloquear las calles y abordar a los maridos de otras? ¿No podíais cada una de vosotras exponer la misma cuestón a vuestros maridos y en vuestro hogar? ¿Sois en público más convincentes que en privado, más persuasivas con los maridos de las demás que con el vuestro? Si las matronas quedaran, por su natural modesta, mantenidas dentro de los límites de sus derechos, ni en vuestra casa os sería adecuado ocuparos de qué leyes se aprueban o derogan aquí. Nuestros antepasados no quisieron que mujer alguna partcipara en asuntos, incluso privados, excepto a través de un tutor, colocándolas bajo la tutela de sus padres, hermanos o esposos. Nosotros, si a los dioses place, sufrimos ahora que incursionen en política y se mezclen en la actividad del Foro, en los debates públicos y en las elecciones. ¿Qué están haciendo ahora en la vía pública y en las esquinas, sino infuyendo en la plebe sobre las propuestas de los tribunos para que se vote a favor de la derogación de la ley? Afojad las riendas a un carácter obstinado, a una criatura que no ha sido domesticada, y luego esperad que ellas mismas pongan límites a su licenciosidad, cuando vosotros mismos no lo habéis hecho. Y si vosotros no los ponéis, esta es la más pequeña de las muestras de lo que, impuesto a las mujeres por las costumbres o por las leyes, soportan ellas con impaciencia. Lo que realmente quieren es la libertad sin restricciones; o, para decir la verdad, el libertinaje. En verdad, si ahora ganan ¿qué no intentarán?".

[34,3] "Revisad todas las leyes referidas a la mujer con que nuestros antepasados frenaron su licenciosidad y las someteron a la obediencia a sus maridos; y aún a pesar de todas esas limitaciones, apenas las podéis sujetar. Si les permits que arrojen tales restricciones y que os las quiten de las manos, para ponerse finalmente en igualdad con sus esposos, ¿creéis que las podréis tolerar? Desde el momento en que se conviertan en vuestras iguales, serán vuestras superiores. Pero, ¡por Hércules!, no es que se resistan a que se les imponga una nueva restricción, ni que se opongan a alguna injuria en vez de a una ley. No, lo que ellas están exigiendo es la derogación de una ley que promulgasteis con vuestros votos y que la experiencia de todos estos años ha sancionado y justficado. Si derogáis esta ley, significará que debilitáis todas las demás. Ninguna ley es igualmente satsfactoria para todos; lo único que se pretende es que resulte beneficiosa en general y buena para la mayoría. Si todo el que se sintera personalmente agraviado por una ley fuera a destruirla y a abolirla, ¿de qué servirá que los ciudadanos hagan leyes que en poco tiempo puedan ser derogadas por aquellos a quienes va dirigida? Me gustaría, sin embargo, conocer la razón por la cual estas matronas se han lanzado tumultuosamente a las calles y apenas han logrado mantenerse alejadas del Foro y la Asamblea. ¿Ha sido para que los prisioneros capturados por Aníbal, sus padres y maridos, sus hijos y hermanos, sean rescatados? ¡Tal desgracia está lejos de la república, y ojalá permanezca siempre así! Sin embargo, cuando esto sucedió os negasteis a hacerlo a pesar de sus piadosas súplicas. Sin embargo, no es el respetuoso afecto y la preocupación por los que aman, sino la religión, lo que las ha reunido: van a dar la bienvenida a la Madre del Ida [Mater Idaea, en el original latino: Cibeles, la Gran Madre, cuyo gran santuario estaba en Pesinunte.-N. del T.] , que llega de Pesinunte, en Frigia. ¿Qué pretexto, que al menos pueda parecer respetable, se da para esta insurrección femenina? "Que podamos brillar", dicen, 'con oro y púrpura, que podamos subir en carruajes tanto los días festivos como los de diario, como en un desfile triunfal por haber derrotado y derogado una ley tras capturar y forzar vuestros votos. ¡No queremos ningún límite al gasto y al despilfarro!".


[34,4] "Muchas veces me habéis oído quejarme de los caros hábitos de las mujeres y a menudo, también, de los de los hombres, no solo ciudadanos particulares, sino incluso magistrados; y a menudo he dicho que la república sufre de dos vicios opuestos, avaricia y despilfarro, enfermedades pestilentes que han demostrado ser la ruina de todos los grandes imperios. Cuanto más brillante y mejor es la fortuna de la república a cada día que pasa, y cuanto más crecen sus dominios -que justo ahora acaban de penetrar en Grecia y Asia, regiones llenas de todo cuanto pueda tentar el apetto o excitar el deseo, poniendo incluso las manos sobre los tesoros de los reyes, más temo la posibilidad de que estas cosas nos cautiven a nosotros, en vez de nosotros a ellas. Creedme, las estatuas traídas de Siracusa fueron banderas enemigas introducidas en la Ciudad. He oído a demasiadas personas alabar y admirar las que adornan Atenas y Corinto, y riéndose de las antefijas de arcilla de nuestros dioses en sus templos. Por mi parte, prefiero las de estos dioses, que nos son propicios, y confío en que seguirán siéndolo mientras les permitamos seguir en sus actuales moradas.

En los días de nuestros antepasados Pirro intentó, a través de su embajador Cineas y mediante sobornos, ganarse la lealtad no solo de los hombres, sino de las mujeres. Aún no se había aprobado la ley Opia para moderar la extravagancia femenina y, sin embargo, ni una sola mujer aceptó un regalo. ¿Cuál creéis que fue la razón? La misma por la que nuestros antepasados no tuvieron que hacer ninguna ley al respecto: no había despilfarro que restringir. Se deben conocer primeramente las enfermedades antes de poder aplicar los remedios; así, aparecen antes las pasiones que las leyes que las limitan. ¿Qué originó la ley Licinia, que ponía un límite de quinientas yugadas, sino el afán desmedido de unir tierras y tierras? ¿Qué llevó a la aprobación de la Ley Cincia, relativa a los regalos y las comisiones, sino la condición de los plebeyos que ya habían empezado a converitrse en tributarios y estpendiarios del Senado? Por ello, no es de extrañar que no fueran precisas en aquellos días ni la Opia ni cualquier otra ley destinada a poner coto al despilfarro de mujeres que rechazaban el oro y la púrpura que libremente se les ofrecía. Si Cineas viniera a la Ciudad en estos días con sus regalos, se encontraría por las calles a mujeres de pie y bien dispuestas a aceptarlos.

Hay algunos deseos de los que no puedo penetrar ni el motivo ni la razón. Que lo que está permitido a otro no se te permita a t, naturalmente, debe provocar un sentimiento de vergüenza o indignación; pero cuando todos están al mismo nivel por lo que respecta al vestido, ¿por qué ha de temer alguna que en ella se vea escasez o pobreza? Esta ley os quita ese doble motivo de humillación, pues no poseéis aquello que se os prohíbe poseer. Dirá la mujer rica: "Precisamente, es esta igualación lo que no soporto. ¿Por qué no he de ser admirada por mi oro y mi púrpura? ¿Por qué se cubre la pobreza de las otras bajo esta ley, de modo que puedan aparentar poseer lo que, de estar permitido, no poseerían?

¿Deseáis, Quirites, provocar una rivalidad de esta naturaleza en vuestras esposas, donde las ricas quieran poseer lo que nadie puede pagar y las pobres, para no ser despreciadas por su pobreza, se excedan en sus gastos más allá de sus medios? Dependiendo de ellas, en cuanto una mujer empieza a avergonzarse de lo que no debe, pronto deja de sentir vergüenza por lo que sí debe. La que esté en condiciones de hacerlo, obtendrá lo que quiere con su propio dinero; la que no, se lo pedirá a su marido. Y el marido estará en una situación lamentable tanto si da como si niega, pues en este último caso verá a otro dando lo que él se negó a dar. Ahora piden a los maridos de otras y, lo que es peor, están pidiendo el voto para la derogación de una ley, obteniéndolo de algunos contra vuestros intereses, vuestras propiedades y vuestros hijos. Una vez la ley haya dejado de fijar un límite a los gastos de vuestras esposas, nunca lo fijaréis vosotros. No penséis, Quirites, que las cosas serán iguales a como eran antes de aprobar una ley sobre este asunto. Es más seguro no acusar a un malhechor antes que juzgarlo y absolverlo; el lujo y el despilfarro serían más tolerables si nunca hubieran sido excitados de lo que será ahora si, como bestias salvajes, se les irrita con las cadenas y luego se les libera. Yo en modo alguno pienso que se deba derogar la ley Opia, y ruego a los dioses que sea para bien lo que decidáis".

[34,5] Después de esto, los tribunos de la plebe que habían anunciado su intención de vetar la derogación hablaron brevemente en el mismo sentido. Luego, Lucio Valerio pronunció el siguiente discurso en defensa de su propuesta: "Si solo hubieran sido ciudadanos privados los que se presentaran para argumentar en favor o en contra de la medida que hemos propuesto, habría esperado en silencio vuestro voto, considerando que ya se había dicho suficiente por ambas partes. Pero ahora, cuando un hombre de tanto carácter como Marco Porcio, nuestro cónsul, se opone a nuestro proyecto de ley, y no simplemente ejerciendo su autoridad personal, que aún permaneciendo en silencio ejercería tanta infuencia, sino también mediante un largo y cuidadosamente pensado discurso, resulta necesario pronunciar una breve respuesta. Ha dedicado, cierto es, más tiempo a criticar a las matronas que a argumentar contra la propuesta, dejando incluso la duda de si los actos de las matronas que censura se deben a su propia iniciativa o son instgación nuestra. Defenderé la propuesta de ley y no a nosotros mismos, pues aquello se lanzó más como una acusación de palabra que en cuanto al fondo de la cuestón. Porque disfrutamos ahora de las bendiciones de la paz y el Estado forece y prospera, hacen las matronas una petción pública para que se derogue una ley que fue aprobada en su contra bajo la presión del tiempo de guerra. Califica esta acción suya como un complot, un movimiento sedicioso, llamándolo a veces "sedición femenina". Sé cómo se eligen estas y otras fuertes expresiones para aumentar un hecho y todos sabemos que, aunque de carácter naturalmente suave, Catón es un poderoso orador que, a veces, suena casi amenazante. ¿De qué innovación son culpables las matronas, presentándose públicamente y en masa por un motivo que les afecta tan de cerca? ¿Nunca antes habían aparecido en público? Citaré tus propios "Origines" contra t [esta referencia es un anacronismo que denota cómo Livio "compone" ciertos discursos, pues Catón compuso sus Origines -orígenes: siete libros en los que describe la historia antigua de las ciudades italianas, con preferencia hacia Roma-siendo ya de edad avanzada.-N. del T.]. Mira cuántas veces lo han hecho, y siempre en beneficio público.

"En los mismos principios, durante el reinado de Rómulo y después de la captura del Capitolio por los sabinos, cuando había dado comienzo una batalla campal en el Foro, ¿no fue detenido el combate por las matronas que se precipitaron por entre las líneas? Y cuando, después de la expulsión de los reyes, las legiones volscas mandadas por Marcio Coriolano fijaron su campamento a cinco millas de la Ciudad [7400 metros.-N. del T.], ¿no fue la presencia de las matronas la que hizo dar la vuelta a aquel enemigo que de otra forma habría reducido esta Ciudad a ruinas? Cuando fue capturada por los galos, ¿no fueron las matronas las que por acuerdo general trajeron su oro para rescatarla? Y, para no tener que buscar antiguos precedentes, ¿qué pasó en la última guerra, cuando el dinero que precisaba el Tesoro fue proporcionado por las viudas? Incluso cuando se invitó a nuevos dioses para que nos ayudaran en nuestros momentos de angusta, ¿no fueron las matronas las que marcharon en grupo hasta la orilla del mar para recibir a la Madre del Ida? Podrás decir que se trata de casos distintos No es mi propósito equipararlos, pero basta para anular la acusación de que es una conducta que carece de precedentes. Y, sin embargo, en los asuntos que afectaban a hombres y mujeres por igual a nadie sorprendieron sus actos; ¿por qué entonces debiéramos sorprendernos porque lo hagan en un asunto que les afecta especialmente? Pues, ¿qué han hecho? Muy soberbios oídos tendríamos, válgame dios, si considerásemos una indignidad atender las súplicas de mujeres honestas, cuando los amos se dignan escuchar los ruegos de sus esclavos.

[34,6] "Y llego ahora a la cuestón que se discute. Aquí, el cónsul ha adoptado una doble línea de argumentación, pues ha protestado contra la derogación de cualquier ley y en particular contra la de esta, que fue promulgada para sujetar el lujo de las mujeres. Su defensa de las leyes, en su conjunto, me pareció la que un cónsul debe hacer; sus críticas contra el lujo son las que corresponden a una estricta y severa moralidad. Por lo tanto, a menos que se demuestre la debilidad de ambas líneas de argumentación, existe el riesgo de que se os pueda inducir a error. En cuanto a las leyes que se han promulgado, no para una emergencia temporal, sino para todo momento como de utlidad permanente, debo admitr que ninguna de ellas debe ser derogada, a no ser que la experiencia haya demostrado que resulta dañina o que los cambios políticos la han convertido en inútl. Pero veo que las leyes que se han impuesto a causa de crisis particulares resultan, si se me permite decirlo así, mortales y sujetas a los cambios de los tiempos. Las leyes hechas en tiempos paz son derogadas por la guerra y las promulgadas en tiempos de guerra quedan rescindidas por la paz, así como en el gobierno de un buque unas maniobras son útiles durante el buen tiempo y otras durante el malo. Siendo estas dos clases de leyes de distinta naturaleza, ¿a qué tipo de ley correspondería esta que proponemos derogar? ¿Se trata de una antigua ley de los reyes, coetánea de la Ciudad, o es de una etapa posterior e inscrita por los decenviros en las Doce Tablas para codificar las leyes? ¿Es una ley sin la que nuestros antepasados pensaban que no podrían preservar el honor y la dignidad de nuestras matronas, y que si la derogamos deberíamos pensar que tendremos buenas razones para temer que con ello destruiremos la dignidad y la pureza de nuestras mujeres? ¿Quién no sabe que se trata de una ley reciente, aprobada hace veinte años durante el consulado de Quinto Fabio y Tiberio Sempronio? Si las matronas llevaban una vida ejemplar sin ella, ¿qué peligro hay, en realidad, de que puedan caer en el derroche una vez derogada? Si esa ley fue aprobada con el único motivo de limitar los excesos femeninos, debería existr algún temor de que su derogación pudiera excitarlos; sin embargo, son las circunstancias bajo las que se aprobó las que revelan el por qué de la misma.

Aníbal estaba en Italia; había logrado la victoria de Cannas y era el amo de Tarento, Arpa [la antigua Arpi.-N. del T.] y Capua, resultando muy probable que llevara su ejército hasta Roma. Nuestros aliados nos habían abandonado, no teníamos reservas con las que reponer nuestras pérdidas, ni marinos para sostener la flota, ni dinero en el Tesoro. Tuvimos que armar a los esclavos, que fueron comprados a sus amos a condición de que el precio de compra se habría de abonar al final de la guerra; los publicanos se comprometeron a suministrar grano y todo lo necesario para la guerra con la misma condición de pago. Cedimos nuestros esclavos, en número proporcional a nuestro censo, para que sirvieran como remeros y pusimos todo nuestro oro y plata al servicio de la república, con los senadores dando ejemplo. Las viudas y los menores colocaron su dinero en el erario público y se aprobó una ley que fijaba el máximo de monedas de oro y plata que podíamos tener en nuestras casas. En una crisis como aquella, ¿estaban tan preocupadas las matronas por el lujo y los adornos que hubo que promulgar la ley Opia para refrenarlas? ¡fue entonces cuando el Senado dispuso que se limitara el luto a treinta días, porque se habían interrumpido los ritos de Ceres por culpa de estar todas las matronas de luto! ¿Quién no ve que la pobreza y la miserable condición de los ciudadanos, cada uno de los cuales tuvo que dedicar su dinero a las necesidades de la república, fueron los que motivaron realmente esa ley que debía permanecer en vigor mientras siguiera presente la razón de su promulgación? Si cada decreto aprobado por el Senado y cada orden emitida por el pueblo para enfrentar una emergencia debe permanecer en vigor para siempre, ¿por qué estamos pagando a los particulares las cantdades que adelantaron? ¿Por qué estamos haciendo contratos públicos con pago al contado? ¿Por qué no se compran esclavos para servir como soldados y no cedemos cada uno de nosotros a los nuestros para que sirvan, como entonces, de remeros?

[34,7] "Todos los estamentos de la sociedad y todos los hombres sienten para mejor el cambio en la situación de la república; ¿van a ser únicamente nuestras esposas las excluidas del disfrute de la paz y la prosperidad? Nosotros, sus esposos, vestremos púrpura; la toga pretexta señalará a quienes desempeñan magistraturas y sacerdocios públicos; la llevarán nuestros hijos, con su borde púrpura; tienen derecho a portarla los magistrados de las colonias militares y de los municipios. Hasta a los más bajos de los cargos, los jefes de distrito en Roma, les reconocemos el derecho a llevar toga pretexta. Y no sólo disfrutan de esta distinción en vida; con ella se les incinera al morir. Vosotros, maridos, estáis en libertad de usar el púrpura en las prendas que os cubren, ¿os negaréis a permitr que vuestras esposas lleven una pequeña prenda púrpura? ¿Serán más hermosos los adornos de los caballos que los vestidos de vuestras esposas? En todo caso, reconozco alguna razón, aunque muy injusta, en la oposición a las telas púrpura, que se deterioran y se gastan; ¿pero qué reparo se podrá poder al oro, que ni se desgasta ni deja residuos excepto al trabajarlo? Por el contrario, más bien nos protege en momentos de necesidad y constituye un recurso disponible, ya sea para las necesidades públicas o privadas, como habéis aprendido por experiencia. Catón dijo que ninguna rivalidad personal habría entre ellas, pues nada poseerían de lo que las demás pudiesen estar celosas. Pero, ¡por Hércules!, todas sufren y se indignan al ver a las esposas de nuestros aliados latinos resplandecientes de oro y púrpura y marchando en coche por la Ciudad, mientras ellas deben ir a pie, como si la sede del imperio estuviese en las ciudades latinas y no en la suya. Ya esto sería suficiente para herir el orgullo de los hombres, ¿cómo pensáis que deben sentrse las mujeres, a las que afectan hasta las pequeñas cosas? Las magistraturas, las funciones sacerdotales, los triunfos, las condecoraciones y los premios, el botín de guerra: ninguna de estas cosas pueden recaer en ellas. La pulcritud, la elegancia, el adorno personal, el aspecto atractivo y elegante: estas son las distinciones que codician, con las que se alegran y enorgullecen; a todas estas cosas llamaban nuestros antepasados "el mundo de las mujeres". ¿Qué dejan de lado cuando están de lutos, sino el oro y la púrpura, para retomarlos cuando salen de él? ¿Cómo se preparan para los días de regocijo público y acción de gracias, aparte de colocarse los más ricos adornos personales? Supongo que pensaréis que si derogáis la ley Opia y luego quisierais prohibir cuanto ahora prohibe la ley, no lo podréis hacer y perderéis vuestros derechos legales sobre vuestras hijas, esposas y hermanas. Mientras viven sus maridos y padres nunca se han librado las mujeres de su tutela, y desprecian la libertad que les trae la orfandad y la viudez. Ellas prefieren que su adorno personal sea vuestra decisión, antes que de la ley. Es vuestro deber actuar como guardianes y protectores y no tratarlas como esclavas; deberías desear ser llamados padres y esposos, no amos y señores. Empleó el cónsul un lenguaje odioso al hablar de sedición femenina y secesión. ¿De verdad creéis que hay algún peligro de que se apoderen del Monte Sacro como hizo una vez la airada plebe, o de que se apoderen del Aventino? Cualquiera que sea la decisión a la que lleguéis, ellas, en su debilidad, tendrán que someterse a ella. Cuanto mayor es vuestro poder, mayor es la mesura con lo que debéis ejercer".

[34,8] Después de estos discursos en favor y en contra de la ley, las mujeres salieron a la calle al día siguiente en número mucho mayor, marchando en grupo hasta la casa de ambos Brutos, que estaban vetando la propuesta de sus colegas, bloqueando todas las puertas y sin cejar hasta que los tribunos abandonaron su oposición. Ya no había dudas de que las tribus votarían unánimemente por la derogación de la ley. Se derogó veinte años después de haber sido promulgada. Una vez derogada la ley Opia, el cónsul Marco Porcio partió inmediatamente de la Ciudad y con veintcinco barcos de guerra, cinco de los cuales pertenecían a los aliados, zarpó del puerto de Luna [la antigua Luni, en la orilla sur del río Magra.-N. del T.], donde había recibido el ejército órdenes de concentrarse. Había mandado publicar un edicto a lo largo de toda la costa para que se reuniesen naves de toda clase en Luna y al partir de allí dejó órdenes para que le siguieran hasta el puerto de Pireneo, siendo su intención el dirigirse contra el enemigo con todas sus fuerzas navales al completo. Navegando más allá de los montes Ligustinos y del golfo de León, se reunieron allí el día señalado. Catón navegó hasta Rosas y expulsó a la guarnición española que había en la fortaleza. Desde Rosas, un viento favorable le llevó hasta Ampurias, y aquí desembarcó a todas sus fuerzas con excepción de las tripulaciones de los barcos

[el puerto de Pireneo pudiera tratarse del actual Port Vendrés, portus Veneris en latin; el golfo de León es el antiguo golfo Gálico; Rosas es la antigua Rodas y Ampurias es la antigua Emporias.-N. del T.].

[34,9] Por aquel entonces, Ampurias estaba compuesta por dos ciudades separadas por una muralla. Una de ellos estaba habitada por griegos que, como la gente de Marsella, procedían originalmente de Focea; la otra tenía población hispana. Como la ciudad griega estaba casi totalmente abierta al mar, sus murallas tenían menos de media milla de perímetro; la ciudad hispana, más alejada del mar, tenía murallas con un perímetros de tres millas [740 y 4440 metros, respectivamente.-N. del T.]. Posteriormente, fue establecido allí un tercer tipo de población compuesto por colonos romanos establecidos allí por el divino César tras la derrota final de los hijos de Pompeyo. A día de hoy, todos se han fusionado en un solo grupo al habérseles concedido la ciudadanía romana, en primer lugar a los hispanos y después a los griegos. Cualquier persona que viera por entonces cómo estaban expuestos los griegos a los ataques desde el mar abierto, por un lado, y de los feroces y belicosos hispanos desde el otro, se preguntaría qué les protegía. La disciplina era el guardián de su debilidad, una cualidad que el miedo mantene mejor cuando uno está rodeado por naciones más fuertes. Mantenían extraordinariamente bien fortificada aquella parte de la muralla que daba al interior, con solo una puerta en aquel sector y siempre muy bien custodiada día y noche por uno de los magistrados. Durante la noche la tercera parte de los ciudadanos estaban de guardia en las murallas, no solo como un asunto rutinario o por obligación, sino que mantenían sus vigías y patrullas como si a las puertas hubiera un enemigo. No permitan la entrada a su ciudad de ningún hispano, ni se aventuraban ellos fuera de sus murallas sin las debidas precauciones. Las salidas al mar eran libres para todos. Nunca salían por la puerta que daba a la ciudad hispana a menos que fueran juntos en gran número, y generalmente se trataba del grupo que había montado guardia en las murallas la noche anterior. La razón de su salida por esta puerta era el siguiente: los hispanos, poco familiarizados con el mar, se alegraban de comprar los bienes que recibían los griegos del extranjero y, al mismo tiempo, de venderles los productos de sus campos. Debido a la necesidad de este mutuo intercambio, la ciudad hispana siempre estaba abierta a los griegos. Encontraban una seguridad adicional en la amistad de Roma, bajo cuyo amparo vivían y a la que eran tan leales como los marselleses, aunque sus fuerzas y recursos fueran mucho menores. En esta ocasión dieron al cónsul y a su ejército una calurosa bienvenida. Catón hizo una corta parada allí y, mientras obtenía información sobre las fuerzas y composición del enemigo, pasó el intervalo ejercitando a sus tropas para que no perdiesen el tiempo. Resultó ser la época del año en que los hispanos tenían el trigo en las eras. Catón prohibió a los suministradores del ejército que proporcionasen ningún trigo a las tropas y los mandó de regreso a Roma observando: "La guerra se alimentará a sí misma". Luego, avanzando desde Ampurias, asoló los campos enemigos a fuego y espada, sembrando el pánico y provocando la huida por todas partes.

[34,10] Por aquel entonces, Marco Helvio, que estaba en camino desde la Hispania Ulterior con una fuerza de más de 6000 hombres que le había proporcionado el pretor Apio Claudio para escoltarlo, se encontró con un inmenso contingente de celtiberos cerca de la ciudad de Mengíbar [la antigua Iliturgi, en la actual provincia de Jaén, se encontraba en época de Livio próxima a la linde entre la Hispania Ulterior y la Citerior.-N. del T.]. Valerio afirma que ascendían a veinte mil hombre y que murieron doce mil de ellos, siendo tomada la ciudad de Mengíbar y pasados por la espada todos los jóvenes. Después de esto, Helvio llegó al campamento de Catón y, como el territorio estaba ya a salvo, envió a su escolta de regreso a la Hispania Ulterior, celebrando su victoria a su regreso a Roma entrando en ovación a la Ciudad. Llevó al tesoro catorce mil setecientas treinta y dos libras de plata sin acuña, diecisiete mil veintitrés bigados hispanos y ciento diecinueve mil cuatrocientas treinta y nueve de plata oscense [se trataría de denarios acuñados en Hispania, quizás desde el 197 a.C.; en total, y suponiendo un peso normalizado de 3,9 gramos por denario, ingresó 4953,83 kilos de plata en el tesoro. -N. del T.] . La razón por la que el Senado le negó el triunfo fue porque había combatido bajo los auspicios y en la provincia de otro hombre. Además, no regresó hasta dos años después de haber cesado en su mando tras entregar la provincia a su sucesor, Quinto Minucio, quedando allí retenido durante todo el año siguiente por una enfermedad grave y larga. A consecuencia de esto, Helvio entró en la Ciudad sólo dos meses antes de que Quinto Minucio, su sucesor, celebrara su triunfo. Este último trajo a casa treinta y cuatro mil ochocientas libras de plata, setenta y tres mil bigados y doscientos setenta y ocho mil de plata oscense [o sea, 126.156,6 kilos de plata.-N. del T.].

[34.11] Entre tanto en Hispania, el cónsul estaba acampado no lejos de Ampurias. Allí llegaron tres enviados de Bilistage, un régulo ilergete, siendo uno de ellos su propio hijo. Le informaron de que sus fortalezas estaban siendo atacadas y que no tenían esperanza de efectuar una resistencia eficaz a menos que el general romano enviase fuerzas: tres mil hombres serían suficiente; el enemigo no se quedaría a combatir si aparecía ese gran cuerpo de tropas en el campo de batalla. El cónsul les dijo que estaba muy preocupado tanto por sus peligros como por sus temores, pero que sus fuerzas no eran suficientes como para permitr dividirlas, al tener grandes fuerzas enemigas tan cerca y esperando cada día librar contra ellos una batalla campal. Al oír esto, los enviados se arrojaron a los pies del cónsul bañados en lágrimas y le imploraron que no los abandonara en un momento de tanta angusta y dolor. ¿Dónde podrían ir, si los romanos los rechazaban? No tenían aliados, ni esperanza de socorro en ningún otro lugar del mundo. Podrían haber evitado este peligro de haber estado dispuestos a romper su fidelidad y hacer causa común con los demás rebeldes. Ninguna amenaza y ninguna intimidación les había movido, pues estaban confiados en que encontrarían suficiente apoyo y ayuda en los romanos. Si esta no exista, si su solicitud era denegada por el cónsul, pondrían a los dioses y a los hombres por testigos de que, contra su deseo y por pura obligación, tendrían que abandonar la causa de Roma para no sufrir lo que sufrieron los saguntinos. Preferían morir con el resto de hispanos antes que enfrentar solos su destino.

[34.12] Por aquel día, se despidió a los emisarios sin recibir ninguna respuesta. El cónsul pasó la noche inquieto, tratando de decidirse entre dos alternativas: no quería abandonar a sus aliados ni tampoco debilitar su ejército, un camino que podría retrasar el combate decisivo o que, de combatir, pondría en peligro su victoria. Finalmente, prevaleció en su mente el no reducir sus tropas, no fuera que el enemigo le infigiera alguna humillación, y decidió que debía dar a sus aliados la esperanza de una ayuda, ya que no su realidad efectiva. Pensó que a menudo las promesas han sido tan eficaces como la realidad, especialmente en la guerra; hombres que tienen la esperanza de la llegada de auxilios, a menudo se salvan precisamente gracias a esa confianza, que les proporciona audacia como si la esperanza fuera real. Al día siguiente dio su respuesta a los enviados, y les aseguró que a pesar de que temía debilitar sus fuerzas en beneficio de otros, tenía sin embargo más en cuenta la situación crítica y peligrosa en que estaban ellos que en la que se encontraba él mismo. Luego ordenó que un tercio de los hombres de cada cohorte cocinaran comida para llevarla a bordo de las naves y que estas estuviesen dispuestas para zarpar al tercer día. Dijo a dos de los enviados que informasen a Bilistage y a los ilergetes de estas medidas; al tercero, el hijo del régulo, logró mantenerlo con él mediante un trato amable y regalos. Los enviados no salieron hasta que vieron a los soldados realmente a bordo; después, no teniendo ya ninguna duda, extendieron a lo largo y a lo ancho, entre amigos y enemigos, la noticia de la llegada del auxilio romano.

[34,13] Cuando el cónsul hubo guardado las apariencias el tiempo suficiente, hizo regresar a los soldados de los barcos y, como ya se aproximaba la estación apropiada para ejecutar operaciones activas, desplazó su campamento de invierno a una distancia de tres millas de Ampurias [4440 metros.-

N. del T.]. Desde esta posición envió a sus hombres a los campos del enemigo en busca de botín, a veces a unos lugares y a veces a otros, dejando una pequeña guarnición en el campamento. Generalmente, partan por la noche con el fin de cubrir la mayor distancia posible a cubierto desde el campamento, así como para tomar al enemigo por sorpresa. Este tipo de acciones servían de entrenamiento para los recién alistados y condujeron a la captura de numerosos prisioneros, hasta que el enemigo ya no se aventuró más fuera de las defensas de sus castllos. Una vez que hubo probado a fondo el temple de sus propios hombres y el de sus enemigos, hizo formar a los tribunos militares y a los prefectos de los aliados, así como a todos los jinetes y centuriones, y se dirigió a ellos en los siguientes términos: "Con frecuencia habéis deseado que llegara el momento de tener una oportunidad para demostrar vuestro valor; ese momento ha llegado. Hasta la fecha, vuestras acciones recordaban las de bandidos más que las de soldados; ahora trabaréis combate en toda regla con el enemigo. De ahora en adelante se os permitrá, en vez de asolar los campos, drenar las ciudades de su riqueza. A pesar de la presencia en Hispania de los comandantes y ejércitos cartagineses, y sin tener aquí un solo soldado, nuestros padres insisteron en añadir una cláusula al tratado que fijaba en el Ebro los límites de su dominio. Ahora, cuando ocupan Hispania un cónsul, dos pretores y tres ejércitos romanos, sin que se haya visto en esta provincia durante los últimos diez años un solo cartaginés, hemos perdido el control de este lado del Ebro. Es vuestro deber recuperarlo con vuestras armas y vuestro valor y obligar a estos pueblos, que más que iniciar una guerra con determinación se rebelan temerariamente, a someterse nuevamente al yugo del que se han sacudido". Después de estas palabras de aliento, anunció que aquella noche les llevaría contra el campamento enemigo, despidiéndolos a continuación para que se alimentaran y descansasen.

[34,14] Después de tomar los auspicios, a media noche, el cónsul se puso en marcha con el fin de poder ocupar la posición que deseaba antes de que el enemigo se apercibiese de sus movimientos. Condujo sus tropas dando un rodeo hacia la parte trasera del campamento enemigo y los formó en línea de combate al amanecer; después envió tres cohortes contra la empalizada enemiga. Sorprendidos por la aparición de los romanos detrás de sus líneas, los bárbaros corrieron a las armas. Mientras tanto, el cónsul se dirigió brevemente a sus hombres diciéndoles: "No hay esperanza más que en el valor, y yo me he asegurado a propósito de que sea así. Entre nosotros y nuestro campamento está el enemigo; detrás, el territorio enemigo. Poner las esperanzas en el valor es la actitud más noble, y también la más segura". Ordenó a continuación que regresaran las cohortes, fingiendo la huida, para que los indígenas salieran fuera de su campamento. Sus previsiones se cumplieron. Pensando que los romanos se habían retirado por miedo, e irrumpiendo fuera de su campamento, ocuparon con su número la totalidad del terreno entre su campamento y la línea de combate romana. Mientras se apresuraban a formar sus filas y estaban aún desordenados, el cónsul, cuya formación ya estaba dispuesta, se lanzó al ataque. Los jinetes de ambas alas fueron los primeros en entrar en acción; sin embargo, los de la derecha fueron rechazados de inmediato y su retirada apresurada provocó el pánico entre la infantería. Al ver esto, el cónsul ordenó a dos cohortes escogidas que rodearan la derecha enemiga y se dejaran ver a su retaguardia, antes de que chocasen las infanterías. Esta amenaza sobre el enemigo equilibró nuevamente la batalla; aún así, en el ala derecha, tanto la infantería como la caballería se habían desmoralizado tanto que el cónsul hubo de agarrar a varios de ellos con sus propias manos y volverlos hacia el enemigo. Mientras la acción se limitó al lanzamiento de proyectiles por ambas partes, se mantuvo la igualdad por ambas partes; sin embargo, en el ala derecha, donde se creó el pánico y la huida, a duras penas mantenían sus posiciones; la izquierda y el centro, por su parte, acosaban a los bárbaros, que contemplaban aterrados a las amenazantes cohortes por su retaguardia. Una vez hubieron lanzado sus soliferros y faláricas, desenvainaron sus espadas y la lucha se volvió más furiosa [el soliferreum era una lanza arrojadiza, toda en hierro, de unos 2 metros de longitud; la falárica, según nos describe el propio Livio en el libro 21,8, era una jabalina con un asta de abeto y redondeada hasta la punta donde sobresalía el hierro que, como en el pilo, tenía la punta de hierro de sección cuadrada. Esta parte estaba envuelta en estopa y untada con pez; la punta de hierro tenía tres pies de largo -88,8 centimetros-.-N. del T.]. Ya no resultaron heridos por golpes imprevisibles desde la distancia, en el cuerpo a cuerpo contra el enemigo confiaban únicamente en su valor y en su fuerza.

[34,15] Viendo que sus hombres se estaban agotando, el cónsul los reanimó haciendo entrar en combate, desde la segunda línea, a las cohortes de reserva. Se rehizo el frente y estas tropas de refuerzo, atacando al agotado enemigo con sus armas arrojadizas íntegras, rompieron sus líneas mediante una feroz carga en cuña y, una vez rotas, pronto se dispersaron huyendo, precipitándose por los campos en dirección a su campamento. Cuando Catón vio todo el campo de batalla lleno de fugitivos, galopó nuevamente hacia la segunda legión, que estaba situada en reserva, y ordenó que avanzaran tras los estandartes a paso de carga para atacar el campamento enemigo. Cuando algún hombre, demasiado impetuoso, se salía corriendo de sus filas, el cónsul se le acercaba y lo golpeaba con su pequeña jabalina, ordenando a los tribunos militares y centuriones que los castgaran. Ya había empezado el ataque contra el campamento, pero los romanos no podían llegar hasta la empalizada al ser mantenidos a distancia mediante el lanzamiento de piedras, estacas y toda clase de proyectiles. La aparición de la legión de refresco puso animó el corazón en los asaltantes y provocó que el enemigo combatera aún más desesperadamente frente a su parapeto. El cónsul exploró todas las posiciones, para poder encontrar dónde era más débil la resistencia y, así, por dónde tenía más posibilidades de irrumpir. Vio que los defensores presentaban una defensa menos vigorosa por la puerta izquierda de su campamento, y hacia aquel punto dirigió a los príncipes y a los asteros de la segunda legión. Los defensores que guarnecían las puertas no pudieron resistr su carga y cuando los demás vieron al enemigo dentro de sus líneas abandonaron cualquier intento adicional de conservar su campamento, arrojando sus armas y estandartes. Muchos resultaron muertos en las puertas, aglomerados en el estrecho espacio; mientras los soldados de la segunda legión masacraban al enemigo por detrás, el resto saqueó el campamento. Valerio Antas dice que murieron más de cuarenta mil enemigos aquel día. Catón, que no es dado, por cierto, a despreciar sus propios méritos, dice que murieron muchos, pero no da números.

[34,16] Se considera que el cónsul hizo aquel día tres cosas dignas de elogio: La primera fue el conducir a su ejército alrededor del campamento enemigo, hasta una posición lejos de sus naves y de su propio campamento, en la que sus soldados no podían confiar más que en su valor y con el enemigo interponiéndose. La segunda fue su maniobra al situar a las cohortes bloqueando la retaguardia enemiga. La tercera fue su orden a la segunda legión para avanzar en formación de combate directamente hacia la puerta del campamento, mientras el resto de sus tropas estaban dispersas en persecución del enemigo, manteniendo una perfecta formación y con los estandartes al frente. Pero ni aún después de la victoria hubo descanso. Una vez dada la señal de retirada y cuando hubo hecho regresar a sus hombres, cargados con el botín, a su campamento, les permitó descansar unas cuantas horas durante la noche y luego los sacó a devastar los campos. Como el enemigo se había dispersado en su huida, el saqueo se produjo sobre una extensión más amplia del territorio, y esta acción contribuyó no menos que la misma batalla para obligar a rendirse a los habitantes hispanos de Ampurias y a sus vecinos; muchas de las otras comunidades que se habían refugiado en Ampurias también se rindieron. El cónsul se dirigió a todos en términos amables y los mandó a sus hogares tras darles vino y comida. Enseguida reanudó su avance, y por donde quiera que marchaba su ejército, llegaban delegaciones de ciudades que se le rendían. Para el momento en que llegó a Tarragona, toda la Hispania a este lado del Ebro había sido sometida y liberados por los indígenas, como un regalo al cónsul, todos los soldados romanos o aliados latinos que habían caído prisioneros en diversas circunstancias. Luego se extendió un rumor que decía que el cónsul tenía intención de llevar a su ejército hacia la Turdetania; incluso, en las lejanas montañas, se dijo -falsamente-que ya había partido. Sobre estos rumores sin fundamente se sublevaron siete castllos de los bergistanos [ocupaban, aproximadamente, las actuales comarcas de Berga, Cardona y Solsona, en la provincia de Barcelona las dos primeras y en la de Lérida la tercera.-N. del T.]. El cónsul acudió allí con su ejército y los redujo a sumisión sin lucha digna de mención. Después que hubo regresado a Tarragona, y antes de haber hecho cualquier nuevo avance, aquellos mismos pueblos volvieron a rebelarse y nuevamente los sometó, pero ya no los trató con tanta indulgencia. Los vendió a todos como esclavos para impedir cualquier nueva alteración de la paz.

[34.17] Mientras tanto, el pretor Publio Manlio entró en la Turdetania con el ejército en el que había relevado a su predecesor, Quinto Minucio, así como con las fuerzas que había mandado Apio Claudio Nerón en la Hispania Ulterior. Los turdetanos son considerados los menos aptos para la guerra de todos los hispanos; no obstante, confiados en su número, se aventuraron a oponerse a los ejércitos romanos. Una carga de caballería les puso inmediatamente en desorden; apenas hubo combate de infantería: las tropas, experimentadas y familiarizadas con las tácticas del enemigo, no dejaron dudas en cuanto al resultado del combate. Aún así, aquella batalla no puso fin a la guerra. Los túrdulos contrataron una fuerza de diez mil mercenarios celtiberos y se dispusieron a continuar las hostlidades con armas extranjeras. [Livio emplea aquí túrdulos como sinónimo de turdetanos; Plinio el Viejo y Polibio -este último estuvo personalmente en Hispania poco después de los hechos narrados-los diferencian y sitúan a los túrdulos al norte de los turdetanos.-N. del T.] Mientras sucedía todo esto, el cónsul, gravemente perturbado por el levantamiento de los bergistanos y convencido de que otras tribus harían lo mismo si se les presentaba la ocasión, desarmó a toda la población hispana de este lado del Ebro. Esta medida suscitó tal sentimiento de amargura que muchos de ellos se quitaron la vida, pues aquel pueblo feroz no consideraba digna de ser vivida una vida sin sus armas. Cuando se informó de esto al cónsul, convocó a los senadores de todas las ciudades para que se reunieran con él. "No es más en nuestro interés que en el vuestro -les dijo-el que os debáis abstener de más hostlidades; hasta el presente, vuestras guerras han implicado siempre más sufrimiento para los hispanos que fatgas y problemas para los romanos. Sólo conozco una forma en que esto se pueda evitar, y es poner fuera de vuestro alcance el iniciar hostlidades. Deseo alcanzar este resultado con la menor dureza posible. Ayudadme en este asunto con vuestro consejo, yo adoptaré con gusto lo que vosotros me sugiráis". Como permanecieran en silencio, les dijo que les daría un par de días para que deliberaran. Convocados a una segunda reunión, y como siguieran en silencio, derribó en un solo día las murallas de todas sus ciudades, avanzó contra aquellas que aún eran refractarias y recibió la rendición de todos los pueblos de los territorios donde llegaba. La única excepción fue Segestica, ciudad rica e importante que tomó mediante manteletes y parapetos.

[34.18] Someter al enemigo fue para él una tarea más difcil de lo que había resultado para los generales que habían llegado a Hispania por vez primera. Los hispanos se les acercaron porque estaban hartos de la dominación cartaginesa; pero Catón, por así decir, tuvo que reducirlos a la esclavitud una vez que habían asentado y gozado de la libertad. Encontró todo conmocionado: algunas tribus se habían levantado en armas, otras tenían sitadas sus ciudades para obligarles a rebelarse, y de no haber sido por su oportuno auxilio su capacidad de resistencia se habría agotado. Pero el cónsul era un hombre con tal carácter y fortaleza de espíritu que enfrentaba y ejecutaba por igual todas las cosas, grandes o pequeñas, dándoles solución; no se limitaba a pensar y ordenar lo que correspondía a cada caso, sino que se encargaba personalmente de su ejecución. No imponía disciplina más severa sobre nadie en el ejército que sobre sí mismo; en su frugalidad, incesante vigilancia y fatgas rivalizaba con el último de sus soldados. Los únicos privilegios de que gozaba en su ejército eran el rango y la autoridad.

[34.19] Los turdetanos, como ya he dicho, estaban empleando mercenarios celtiberos, y esto añadía dificultades a la campaña del pretor contra ellos. Le escribió a Catón pidiendo ayuda y el cónsul marchó allí con sus legiones, encontrándose al llegar con que los celtiberos y los turdetanos ocupaban campamentos separados. Se iniciaron de inmediato choques con las patrullas avanzadas turdetanas, saliendo siempre victoriosos los romanos, incluso en los combates iniciados imprudentemente. Los celtiberos fueron tratados de manera diferente; el cónsul ordenó a los tribunos militares que fueran donde ellos estaban y les dieran a elegir tres opciones: pasarse a los romanos y doblar la paga que iban a recibir de los turdetanos; marcharse a sus casas bajo garantas públicas de que no sufrirían represalias por haberse unido a sus enemigos o, si se decidían en cualquier caso por la guerra, fijar momento y lugar donde se pudiera decidir la cuestón por las armas. Los celtiberos pidieron un día para discutr el asunto. Se celebró un consejo pero, debido a la presencia de los turdetanos y a la confusión y desorden que prevalecían, no se pudo llegar a ninguna decisión. No estando definida la cuestón de si había guerra o paz, los romanos obtenían suministros de los campos y pueblos fortificados del enemigo como en tiempo de paz, entrando a menudo hasta diez de ellos cada vez en sus fortificaciones, como si existera una tregua tácita en la que hacer intercambios mutuos. Como el cónsul no lograba traer al enemigo al combate, envió algunas cohortes armadas a la ligera en una expedición de saqueo contra una parte del país que aún estaba indemne. A continuación, se dirigió a Sigüenza [la antigua Segestia, en la provincia de Guadalajara.-N. del T.] con el fin de atacarla, pues se enteró de que toda la impedimenta y pertenencias personales de los celtiberos habían quedado allí. Sin embargo, nada pudo hacer para moverlos y regresó con siete cohortes al Ebro después de pagar los sueldos de sus propios hombres así como los del ejército del pretor. El resto de su ejército se quedó en el campamento del pretor.

[34,20] Pequeñas como eran las fuerzas que tenía con él, el cónsul capturó varias ciudades y se pasaron a su lado los sedetanos, los ausetanos y los suesetanos. Los lacetanos, una tribu remota de los bosques, permanecieron en armas, en parte por su amor natural por la lucha y en parte por el temor a las represalias de las tribus amigas a Roma, entre las cuales habían hecho incursiones de saqueo mientras el cónsul estaba ocupado en la guerra contra los turdetanos. Por este motivo, el cónsul llevó consigo para atacar su ciudad fortificada no solo a sus cohortes romanas, sino también a la juventud de los aliados, que tenían sus propias cuentas que saldar con ellos. Su ciudad era considerablemente más larga que ancha. El cónsul detuvo a sus hombres a unos cuatrocientos pasos de la plaza [unos 600 metros.-N. del T.]. Dejando algunas cohortes escogidas de guardia, con órdenes estrictas de no moverse del lugar hasta que regresara con ellas, llevó al resto de sus fuerzas, dando un rodeo, al otro lado de la ciudad. Sus auxiliares eran en su mayoría jóvenes suesetanos y les ordenó avanzar hasta las murallas para el asalto. En cuanto los lacetanos reconocieron sus armas y estandartes, y recordaron cuán a menudo asolaron sus campos con impunidad y los derrotaron y dispersaron en batalla, se apresuraron a abrir sus puertas y precipitarse todos a una contra ellos. Los suesetanos casi no pudieron resistr su grito de guerra y mucho menos su carga. El cónsul esperaba esto y, al contemplar lo sucedido, galopó cerca de las murallas del enemigo, regresando con sus cohortes y dirigiéndolas a toda prisa contra aquella parte de la ciudad donde todo era silencio y soledad, haciéndolas entrar, pues los defensores habían salido en persecución de los suesetanos. Todo el lugar pasó a sus manos antes de que regresaran los lacetanos. Al comprobar que no les quedaba nada, excepto las armas, se rindieron al poco tiempo.

[34.21] El cónsul victorioso condujo en seguida a su ejército contra Bergio, un lugar fortificado que servía principalmente como refugio a los malhechores que tenían la costumbre de efectuar incursiones contra los pacíficos territorios de la provincia. Un jefe de los bergistanos se pasó al cónsul, negando en su propio nombre y en el de sus conciudadanos toda complicidad con aquellos. Ni él ni los suyos habían podido partcipar más en los asuntos públicos, pues una vez dejaron entrar a los bandidos estos se habían hecho los amos de la plaza. El cónsul le ordenó volver a casa y dar alguna razón plausible para su ausencia. Luego, cuando los romanos estuvieran aproximándose a las murallas y los salteadores completamente ocupados en defenderlas, debía ocupar la ciudadela con los que estaban de su parte. Todo se hizo de aquella manera; los malhechores se vieron amenazados por un doble peligro: por una parte los romanos, que estaban escalando las murallas, y por la otra la toma de la ciudadela. Cuando el cónsul se hubo apoderado de la ciudad, dio órdenes para que se dejara libres a los que habían tomado la ciudadela, junto con todas sus familias, y que conservaran sus propiedades; los demás bergistanos fueron entregados al cuestor para que los vendiera como esclavos, ejecutándose sumariamente a los bandidos. Una vez pacificada la provincia, Catón impuso un impuesto bastante elevado sobre el hierro y la plata, de manera tan satsfactoria que producía una renta considerable, enriqueciendo cada día más la provincia. Por estas operaciones ejecutadas en Hispania, el Senado decretó tres días de acción de gracias.

[34,22] Durante este mismo verano, el otro cónsul, Lucio Valerio Flaco, libró con éxito una batalla en la Galia contra una fuerza de boyos, cerca de la selva Litana; se dice que murieron ocho mil galos; el resto, abandonando cualquier resistencia, se dispersó hacia sus hogares. Durante el resto del verano, el cónsul mantuvo a su ejército en el Po, en las proximidades de Plasencia y Cremona, reparando los estragos que había causado la guerra. Tal era el estado de cosas en Hispania e Italia. En Grecia, Tito Quincio había empleado su tiempo durante el invierno de tal manera que, excepto los etolios, que no recibieron tras la victoria la recompensa que esperaban y que eran incapaces de estar tranquilos durante mucho tiempo, toda Grecia permanecía feliz y disfrutando de las bendiciones de la paz y la libertad, admirándose de la moderación, equidad y mesura que exhibía el general romano en el momento de la victoria, no menores que el valor y capacidad demostradas durante la guerra.

Por entonces le llegó el decreto del Senado por el que se declaraba la guerra a Nabis, el lacedemonio. Después de leerlo convocó una reunión de delegados de cada ciudad aliada, que se celebraría en Corinto. A ella asisteron representantes de todos los lugares, incluso los etolios hicieron acto de presencia. El cónsul se dirigió a los reunidos en los siguientes términos: "La guerra contra Filipo fue dirigida por romanos y griegos con un objetivo y una acción comunes, aunque cada cual tenía sus propios motivos de queja. Él había roto las relaciones de amistad con Roma, primero al ayudar a sus enemigos, los cartagineses, y después al atacar a sus aliados en este país. Respecto a vosotros, su conducta fue tal que, aunque nos pudiéramos haber olvidado de nuestros propios agravios, los que os infigió a vosotros habrían sido justficación bastante para la guerra. Lo que decidamos hoy, sin embargo, os corresponde únicamente a vosotros. La cuestón que expongo ante vosotros es si deseáis que Argos, de la que como sabéis se ha apoderado Nabis, permanezca bajo su dominio, o si consideráis más apropiado que a una ciudad de tanta antgüedad y renombre, situada en el corazón de Grecia, se le devuelva la libertad y se le ponga en la misma situación que todas las demás ciudades del Peloponeso y de la Grecia continental. Este asunto, como veis, es uno que debéis decidir por vosotros mismos; en modo alguno corresponde a los romanos, salvo en la medida en que la servidumbre de una sola ciudad nos priva de que sea la absoluta y completa la gloria de haber liberado Grecia".

[34.23] Después del discurso el comandante romano, se pidió a los demás que expresaran sus opiniones. El delegado de Atenas comenzó expresando la más profunda grattud por los servicios que los romanos habían prestado a Grecia. Señaló que habían prestado su ayuda contra Filipo en respuesta a los más acuciantes llamamientos, pero que su ofrecimiento de ayuda contra Nabis era completamente espontáneo; expresó su indignación ante las declaraciones efectuadas por algunos, que trataban de restar importancia a aquellos grandes servicios y de arrojar sombras sobre los futuros, cuando deberían, en su lugar, expresar su agradecimiento por los servicios del pasado. Evidentemente, esto era un toque contra los etolios, y Alejandro, su más importante ciudadano, respondió con un duro ataque contra los atenienses que, según dijo, habían sido en los viejos tiempos los principales campeones de la libertad y ahora traicionaban la causa común buscando la lisonja propia. Protestó a continuación contra los actos de los aqueos, combatendo primero bajo el estandarte de Filipo y luego, cuando declinó su fortuna, renegando y conspirando para apoderarse de Argos tras haberlo hecho de Corinto. Los etolios, declaró, fueron los primeros en oponerse a Filipo y siempre habían sido aliados de Roma, aunque se quedaron sin Equino y Farsala pese a que su devolución, tras la derrota de Filipo, había sido acordada. Acusó a los romanos de hipocresía, porque después de su ostentosa y vacía proclamación de haber liberado Grecia, mantenían Calcis y Demetrias ocupadas por sus guarniciones, aunque cuando Filipo dudaba en retrar las suyas de aquellas ciudades siempre protestaban que mientras dominara Demetrias, Calcis y Corinto Grecia nunca podría ser libre. Y ahora ponían a Argos y a Nabis como excusa para mantener sus ejércitos en Grecia. Que se lleven sus ejércitos a Italia y los etolios garantzaremos que Nabis retre sus tropas de Argos, voluntariamente o bajo condiciones; de lo contrario lo obligarían por la fuerza a someterse a la voluntad de una Grecia unida.

[34,24] Esta arenga pretenciosa provocó de inmediato a Aristeno, el pretor de la liga aquea. "Rezo -comenzó-porque Júpiter Óptimo Máximo y la reina Juno, las deidades tutelares de Argos, jamás permitan que esa ciudad sea motivo de discordia entre el tirano de los lacedemonios y los ladrones de Etolia, o sufrirá más después de que vosotros la hayáis recobrado que cuando la capturó él. El mar que nos separa no nos defiende de estos piratas. ¿Cuál, entonces, será nuestro destino, Tito Quincio, si se hacen con una fortaleza en el corazón del Peloponeso? Nada hay en ellos de griego más que el idioma; nada más hay en ellos de humanos sino la forma y apariencia de hombres; sus costumbres y ritos son más espantosos que los de cualquier otro bárbaro, aún más, incluso, que los de las bestias salvajes. Por lo tanto, romanos, os rogamos que rescatéis Argos de Nabis y resolváis los asuntos de Grecia en tal manera que puedas dejar este territorio pacífico y asegurado incluso contra los ladrones etolios. Se levantó un clamor general contra los etolios y el comandante romano declaró que él habría respondido a sus acusaciones de no haber contemplado cómo los delegados estaban tan indignados contra ellos que precisaban más ser calmados que aumentar su excitación. Así, contento con la opinión que tenían de los romanos y de los etolios, expondría la pregunta: "¿Qué decidís sobre la guerra contra Nabis, si no devuelve Argos a los aqueos?" Hubo una decisión unánime en favor de la guerra, y él los instó a que cada ciudad enviara fuerzas auxiliares en proporción a sus fuerzas. También envió un emisario a los etolios, no tanto porque esperase que cumplieran con sus demandas sino para que revelasen su estado de ánimo, y en esto tuvo éxito.

[34.25] Los tribunos militares recibieron órdenes de traer el ejército desde Elacia. Por aquellos días llegaron embajadores de Antioco para negociar una alianza; Quincio les dijo que no podía emitr ninguna opinión en ausencia de los diez comisionados; los embajadores tendrían que ir a Roma y exponer su petción al Senado. Una vez llegadas las tropas desde Elacia, se dirigió hacia Argos. Cerca Cleonas se encontró con el pretor Aristeno, que tenía consigo diez mil aqueos de infantería y mil de caballería; unieron sus ejércitos y acamparon no muy lejos de allí, al día siguiente marcharon bajando hacia la llanura de Argos y escogieron un lugar para su campamento que distaba unas cuatro millas de la ciudad [5920 metros.-N. del T.]. El prefecto de la guarnición lacedemonia era Pitágoras, yerno del tirano a la vez que hermano de su mujer. Justo antes de la llegada de los romanos había reforzado considerablemente las defensas de las ciudadelas -Argos poseía dos-y otros puntos que parecían débiles o vulnerables. Mientras llevaba a cabo estos trabajos, sin embargo, no podía disimular el pánico que senta ante la aparición de los romanos, y su temor al enemigo extranjero se agravó por culpa de una revuelta en el interior. Había un argivo, llamado Damocles, que era un joven de más valor que prudencia. Se juntó con otros, que le parecía probable que le apoyaran, y tras atarlos con un juramento deliberaron sobre la posibilidad de expulsar a la guarnición; en sus esfuerzos por fortalecer la conspiración, se comportó de forma imprudente al probar la sinceridad de aquellos a quienes se dirigía. Mientras estaba hablando con sus seguidores, se presentó uno de los ayudantes del prefecto, que lo convocaba a su presencia. Viendo que sus planes habían sido traicionados, hizo un llamamiento a sus compañeros de conspiración, allí presentes, para que tomasen las armas con él en vez de ser torturados hasta la muerte. A continuación, marchó hacia el foro con unos cuantos seguidores, pidiendo a todos los que sinteran en peligro la seguridad de la patria que lo siguieran como campeón de su libertad. No pudo inducir absolutamente a nadie, pues no veían posibilidad alguna de éxito en aquel momento ni tenían esperanzas de recibir suficiente ayuda. Mientras gritaba de esta manera a los presentes, fue rodeado por los lacedemonios y muerto junto con sus partidarios. Otros fueron detenidos después, a muchos de ellos se les condenó a muerte y algunos fueron encarcelados. A la noche siguiente, varios pudieron huir con los romanos tras descender con cuerdas por las murallas.

[34,26] Estos hombres aseguraron a Quincio que si el ejército romano hubiera estado ante las puertas el movimiento habría tenido éxito; si él acercaba más su campamento a la ciudad, los argivos se rebelarían. Envió algunas tropas ligeras, de caballería e infantería, y los lacedemonios salieron a su encuentro. Se encontraron cerca de Cilarabi, una palestra a no más de trescientos pasos de la ciudad, y los lacedemonios fueron rechazados tras sus murallas sin muchos problemas. Después, el general romano fijó su campamento en el lugar donde se había librado el combate y permaneció allí un día, vigilando por si se iniciaba cualquier nuevo movimiento. Cuando vio que los ciudadanos estaban paralizados por el miedo, convocó un consejo de guerra para examinar la cuestón del ataque sobre Argos. Todos los jefes griegos, con la excepción de Aristeno, estaban de acuerdo en que como Argos era la única causa de la guerra, debía ser también su punto de partda. Esto iba mucho más lejos de lo que Quincio deseaba y, cuando Aristeno habló oponiéndose al sentir general del consejo, le escuchó con signos inequívocos de aprobación. Cerró el debate señalando que la guerra se había iniciado en nombre de los argivos y contra el tirano, y que no podía imaginar nada menos coherente que dar de lado al enemigo real para atacar Argos. Por lo que a él se refería, dirigiría todos sus esfuerzos contra el centro y cabeza de la guerra: Lacedemonia y su tirano.

Una vez se levantó el consejo, envió algunas cohortes de tropas ligeras, de infantería y caballería, para recoger trigo. Segaron y trasladaron todo el que ya estaba maduro; el que aún estaba verde fue pisoteado y destrozado para impedir que lo usara el enemigo. Inició después su marcha y, tras cruzar el monte Partenio [está en la cordillera entre la Argólide y Arcadia, al suroeste de Argos.-N. del T.] y dejar Tegea a su derecha, acampó al tercer día en Carias, esperando allí a los contingentes aliados antes de adentrarse en territorio enemigo; llegaron mil quinientos macedonios enviados por Filipo y cuatrocientos jinetes de Tesalia. Tenía ahora fuerzas adecuadas, pero aún le detenía la espera por el grano exigido a las ciudades de los alrededores. También se estaba concentrando una gran fuerza naval; Lucio Quincio había llegado desde Leucas con cuarenta barcos; tenía dieciocho naves con cubierta de Rodas; el rey Eumenes navegaba entra las islas Cícladas con diez naves con cubierta, treinta lembos [recuérdese que los lembos, voz de origen griego, son pequeñas naves propulsadas a vela y remos.-N. del T.] y otras naves de menor porte. Incluso se le unieron en el campamento romano gran número de exiliados de Lacedemonia, expulsados por la violencia y el desprecio por la ley de los tiranos, con la esperanza de recobrar su patria. El número de personas expulsadas por los diferentes tiranos de Lacedemonia, a lo largo de diversas generaciones, era muy considerable. El hombre más notable entre los exiliados era Agesípolis, heredero por derecho de familia del trono de Lacedemonia. Había sido expulsado cuando era solo un niño por Licurgo, que se convirtó en tirano después de la muerte de Cleómenes, el primero de los tiranos lacedemonios.

[34.27] A pesar de que Nabis se enfrentaba a una guerra tan grave, tanto por tierra como por mar, y de que una comparación justa de sus propias fuerzas con las del enemigo lo dejó casi sin esperanzas de éxito, no abandonó la lucha. Llamó de Creta a mil jóvenes escogidos, además de los mil que ya tenía; tenía en armas a diez mil de sus propios súbditos, incluyendo las guarniciones de los distritos rurales, y fortificó además la ciudad de Esparta con empalizada y foso. Para evitar cualquier perturbación interna, mantenía en jaque a los ciudadanos mediante el temor a implacables castgos, ya que no podía esperar que desearan la seguridad y éxito de su tirano. Sospechaba de algunos ciudadanos y, tras marchar con todas sus fuerzas hasta un espacio nivelado que llamaban Dromo [cerca del río Eurotas.-N. del T.], reunió a los lacedemonios frente a él, desarmados, y ordenó que fueran rodeados por su guardia personal. A continuación, explicó brevemente por qué se le debía excusar por sentir tan graves temores y tomar precauciones tan estrictas en un momento tan crítco, señalando que era en su propio interés el que se impidiera, en el presente estado de cosas, que personas bajo sospecha pudieran causar daños en lugar de ser castgados una vez hechos. Así pues, mantendría bajo custodia a determinadas personas hasta que hubiera pasado la tormenta que los amenazaba. Si estaba lo bastante prevenido contra una traición interna tendría aún menos motivos para temer a un enemigo extranjero; una vez rechazado este enemigo, los pondría en libertad. Pronunció después los nombres de unos ochenta jóvenes principales, haciéndolos encarcelar según respondían por su nombre. Todos ellos fueron ejecutados a la noche siguiente. Algunos ilotas -es esta una población rural que desde los primeros tiempos eran campesinos-fueron acusados de tratar de desertar; después de ser azotados de aldea en aldea, fueron todos ejecutados. El terror así provocado reprimió tan absolutamente a la población que se dio fin a cualquier intento de sublevación. Nabis mantuvo sus tropas dentro de sus líneas, ya que no se senta a la altura de el enemigo en campo abierto y temía salir de la ciudad con los ánimos tan indecisos y en suspenso.

[34,28] Una vez completados todos sus preparativos, Quincio levantó su campamento y al segundo día llegó a Selasia, en el río Enunte, el lugar donde se dice que Antgono, el rey de Macedonia, combató con Cleómenes, el tirano de los lacedemonios. Al enterarse de que el descenso hacia el valle transcurría por un camino difcil y angosto, envió a un grupo de avanzada para que abrieran un camino dando un corto rodeo por las montes; y así, por una ruta más ancha y despejada, llegó al Eurotas, que fuye casi bajo las mismas murallas de Esparta. Mientras los romanos estaban mensurando el asentamiento del campamento y Quincio había cabalgado por delante con algunos soldados de infantería y caballería, fueron atacados por tropas auxiliares del tirano, que provocaron el pánico. No esperaban nada de este estilo, pues no se habían encontrado oposición alguna en su marcha; el territorio por el que pasaron parecía que estuviese pacificado. Durante algún tiempo hubo una considerable confusión, con la caballería pidiendo la ayuda de la infantería y la infantería la de la caballería, sin que nadie confiara en sí mismo. Finalmente, se dejaron ver los estandartes de las legiones y entraron en combate las cohortes de vanguardia; entonces, aquellos que un momento antes habían sembrado el pánico fueron obligados a retroceder desconcertados a la ciudad. Los romanos se pararon justo fuera del alcance de los proyectiles lanzados desde las murallas, permaneciendo formados en orden de combate durante un tiempo; como no salió enemigo alguno, regresaron al campamento. Al día siguiente, Quincio llevó a lo largo del río, más allá de la ciudad, hasta los pies del Monte Menelao [al sur de Esparta.-N. del T.]. Las cohortes legionarias marcharon al frente, con la infantería ligera y la caballería cerrando la columna. Nabis mantenía a sus mercenarios, su única esperanza, agrupados bajo sus estandartes detrás de las murallas de la ciudad, dispuestos para atacar la retaguardia romana.

En cuanto hubo pasado el final de la columna, salieron tumultuosamente por diversos puntos, igual que el día anterior. Apio estaba al mando de la retaguardia y había advertido a sus hombres sobre lo que podían esperar. Rápidamente se dio la vuelta y, formando en línea a toda la columna, presentó un frente inquebrantable el enemigo. Así, ambos ejércitos se enfrentaron el uno al otro en formación de combate y, durante algún tiempo, se libró una batalla campal. Finalmente, los hombres de Nabis empezaron a faquear y terminaron dándose a la fuga. La derrota no habría sido tan completa de no haber estado los aqueos, que les perseguían, familiarizados con el país. Les infigieron grandes pérdidas y quitaron las armas a la mayoría de los fugitivos dispersos. Quincio fijó su campamento cerca de Amiclas [está al este del Eurotas.-N. del T.]. Esta ciudad se encontraba en una zona poblada y fértl, cuyos pueblos y tierras devastó en su totalidad. Ninguno de los enemigos, sin embargo, se aventuraba fuera de sus puertas, y movió su campamento a orillas del Eurotas, llevando desde allí la devastación a todo el valle que se extende desde el pie del Taigeto hasta el mar.

[34,29] Lucio Quincio, en el ínterin, se dedicó a asegurar las ciudades de la costa, en unos casos mediante rendición voluntaria y en otros por amenazas o por la fuerza. Enterado de que en Gitón [en el golfo Lacónico, cerca de la desembocadura del Eurotas.-N. del T.] almacenaban los lacedemonios gran cantidad de pertrechos navales y de que el campamento romano no estaba lejos del mar, Lucio decidió atacar el lugar con todas sus fuerzas. En aquellos días era una ciudad poderosa, con una población mixta de ciudadanos y extranjeros y completamente equipada de toda clase de material bélico. Lucio estaba preparándose para su nada fácil tarea cuando, muy oportunamente para él, aparecieron en escena Eumenes y la flota rodia. El inmenso número de gentes de mar, extraídas de las tres flotas, construyeron en pocos días cuanto se precisaba para el ataque sobre la ciudad, que estaba fortificada tanto en dirección a tierra como hacia su parte marítima. Se habían acercado las tortugas y se estaba minando la muralla [se trata en este caso de una construcción de madera en forma de galería que, al igual que la formación a base de la superposición de escudos, recibía el nombre del animal al que recordaba y que protegía a los zapadores de los muros.-N. del T.]; en otras partes se la golpeaba con arietes. Los repetidos golpes habían derruido una torre, cayendo también la muralla adyacente. Para distraer al enemigo de la brecha así producida, los romanos lanzaron un asalto desde el puerto, donde el terreno era más llano, tratando al mismo tiempo de abrirse paso sobre las ruinas de la muralla. Casi habían logrado penetrar por este punto, cuando el asalto se detuvo de repente ante la perspectiva de que la ciudad se rindiera; esta esperanza, sin embargo, pronto desapareció. Dos hombres, Dexagóridas y Gorgopas, compartan entre ambos el mando de la ciudad. Dexagóridas había mandando decir al general romano que estaba dispuesto a rendir la ciudad. Una vez acordado el momento y la forma de proceder, Gorgopas lo ejecutó por traidor y aquel, solo al mando, ofreció una resistencia más tenaz. El asalto se habría vuelto mucho más difcil de no haber aparecido Tito Quincio con una fuerza de cuatro mil soldados escogidos. Cuando se dejó ver, con su ejército formado en la cima de una colina no lejos de la ciudad, y con Lucio apretando el asalto al otro lado con sus obras de asedio, tanto por tierra como por mar, Gorgopas se descorazonó y se vio obligado a tomar la misma media que en el caso de su colega había castgado con la muerte. Una vez acordada la retirada de los soldados que habían formado su guarnición, entregó la ciudad a Quincio. Antes de la rendición de Gitón, Pitágoras, que había quedado al mando de Argos, transfirió la custodia de la ciudad a Timócrates de Pelene y se reunió con Nabis, en Esparta, llevando mil soldados mercenarios y dos mil argivos.

[34,30] Nabis se alarmó ante la aparición de la flota romana y la pérdida de las ciudades de la costa, pero mientras Gitón fue mantenida por sus hombres aceptó la situación, aunque no tenía muchas esperanzas de éxito. Sin embargo, cuando se enteró de que también esta había pasado a manos de los romanos, se dio cuenta de la inutlidad de su posición, con el enemigo rodeando todas sus fronteras y el mar completamente cerrado para él. Vio que debía ceder ante las circunstancias y, en consecuencia, envió un mensajero al campamento romano para saber si le permitría enviarles embajadores. Se concedió su petción y mandó a Pitágoras ante el general con el único propósito de solicitar que el tirano se pudiera reunir con él. Se convocó el consejo de guerra y todos fueron de la unánime opinión de que se debía conceder la reunión, fijándose el momento y el lugar. Ambos jefes llegaron a cierto terreno elevado, a medio camino de sus campamentos, y acompañados por pequeñas escoltas. Una vez aquí, las escoltas se quedaron bien a la vista de ambas fuerzas y Nabis se adelantó con algunos de sus guardaespaldas, mientras que Quincio avanzó a su encuentro acompañado por su hermano, por el rey Eumenes, por el rodio Sosilao, por Aristeno, el pretor de los aqueos, y por unos pocos tribunos militares.

[34,31] Se dejó al tirano que eligiera si hablaría en primer lugar o no, empezando la discusión con el siguiente discurso: "Si por mí mismo, Tito Quincio y todos vosotros, aquí presentes, hubiera podido descubrir el motivo por el que me habéis declarado y hecho la guerra, habría esperado en silencio el desenlace de mi destino. Pero tal y como están ahora las cosas, no me puedo controlar lo bastante como para abstenerme de preguntaros, antes de perecer, por qué voy a morir. ¡Y por Hércules!, si fueseis como se afirma que son los cartagineses, gente para la que la observación de los tratados no es algo sagrado en absoluto, no me sorprendería que tampoco en mi caso os preocupaseis mucho del modo en que me tratáis. Pero, cuando os miro, veo que sois romanos, para quienes los tratados son las más solemnes de todas las obligaciones religiosas, y la fidelidad a sus aliados la más sagrada de las obligaciones humanas. Cuando miro hacía a mí, espero ser aún el hombre que, como el resto de los lacedemonios, está obligado para con vosotros en virtud de un antquísimo tratado de alianza, y que renovó en la reciente guerra contra Filipo su vínculo personal de amistad. Pero, según decís, yo lo he destruido y violado al ocupar la ciudad de Argos. ¿Cómo me defenderé de esto? ¿Apelando a los hechos

o a las circunstancias? En cuanto a los hechos, tengo una doble defensa; pues fueron los propios ciudadanos quienes invocaron mi ayuda y pusieron la plaza en mis manos; no la ocupé por la fuerza, la acepté cuando estaban en el poder los partidarios de Filipo y aún no era vuestro aliado. Las circunstancias del momento también me excusan, pues la alianza entre nosotros se estableció cuando yo ya poseía Argos, y lo estpulado no era que yo tendría que retrar mi guarnición de Argos, sino que yo debería proporcionaros ayuda durante la guerra. En este asunto de Argos yo, ciertamente, tengo el mejor de los argumentos, pues la razón está de mi parte tanto por la justicia de la propia acción -pues tomé una ciudad que no os pertenecía a vosotros, sino al enemigo, y no por la fuerza, sino por voluntad de sus habitantes-como por la fuerza de vuestra propia aceptación, pues bajo los términos del tratado me dejasteis Argos.

Se alegan en mi contra, sin embargo, el ttulo de "trano" y ciertos actos: como llamar a los esclavos a la libertad y asentar en los campos a los plebeyos pobres. En cuanto al ttulo, puedo contestar que cualquiera que sea este, es el mismo que tenía cuando acordé la alianza contgo, Tito Quincio. Entonces, recuerdo, me llamaste "rey"; veo que ahora me llamas "trano". Ahora bien, si hubiera cambiado el ttulo que justfica mi dominio, sería yo quien tendría que defender mi incoherencia; como habéis sido vosotros, vosotros debéis justficar la vuestra. En cuanto al aumento de la población civil mediante la liberación de los esclavos y a la división de la tierra entre los pobres y necesitados, puedo también defenderme de esta acusación aduciendo el momento en que lo hice. Independientemente de lo que valgan estas disposiciones, las tomé cuando acordasteis la alianza conmigo y aceptasteis mi ayuda en la guerra contra Filipo. Pero aun suponiendo que las hubiera tomado hoy, no os pregunto ¿en qué os perjudicaba o perturbaba nuestra amistad?, me contento con afirmar que actué de acuerdo con nuestras leyes y con las costumbres de nuestros antepasados. No midáis lo que se hace en Lacedemonia a través de vuestras propias insttuciones. No hay necesidad de comparar casos particulares. Vosotros escogéis vuestra caballería, igual que vuestra infantería, de acuerdo con su renta; queréis que pocos destaquen por sus riquezas y que la masa de la población esté sometida a ellos. Nuestro legislador no quiso que el gobierno estuviera en manos de unos pocos, como los que vosotros denomináis Senado, ni se permitó a ningún orden que tuviera preponderancia en el Estado; creía que la igualdad de rango y fortuna era necesaria para que pudiera existr un gran número de hombres que empuñasen las armas por su patria. He hablado con mayor detenimiento, lo confieso, de lo que es habitual entre mis compatriotas. Podría haber dicho, muy brevemente: Nada he hecho, desde que me alié con vosotros, de lo que os hayáis de arrepentr".

[34.32] A esto, el comandante romano respondió: "No es contgo con quien hemos establecido amistad y alianza, sino con Pélope, el justo y legítimo rey de los lacedemonios. Su derecho a la corona ha sido usurpado por los tiranos que los gobernaron mientras estábamos ocupados con la Guerra Púnica, primero, y después con las guerras en las Galias y en otros lugares, igual que lo has hecho tú durante esta guerra contra Macedonia. ¿Qué mayor contradicción pudiera existr, sino que quienes hicieron la guerra contra Filipo para liberar Grecia se unan a un tirano que, además, ha sido el más opresivo y cruel de todos para con sus súbditos? Así pues, incluso si no te hubieras apoderado de Argos a traición ni la conservases ahora mediante prácticas deshonestas, todavía nos correspondería a nosotros, como liberadores del resto de Grecia, el restaurar a Lacedemonia su antigua y libre consttución, así como todas aquellas leyes de las que hace poco has hablado, como poniéndote al mismo nivel que Licurgo. ¿Íbamos a preocuparnos de hacer que tus guarniciones se retrasen de Jaso y de Bargilias, y dejar al mismo tiempo bajo tu control Argos y Lacedemonia, dos de las más famosas ciudades y en otro tiempo luces de Grecia, postradas bajo tus pies, y que así su servidumbre mancille nuestro ttulo como libertadores de Grecia? Dices que las simpatas de los argivos estaban con Filipo. Pues bien, te liberamos de cualquier obligación de indignarte con ellos en nuestro nombre. Tenemos pruebas suficientes de que la responsabilidad de todo ello recae sobre dos, a lo más tres, personas, y no sobre el conjunto de la población; del mismo modo, ¡por Hércules!, que cuando se te invitó a t y a tus hombres a entrar en la ciudadela no fue en modo alguno un acto de su gobierno. Sabemos que los tesalios, los focenses y los locrios fueron unánimes en su apoyo a Filipo, y sin embargo les hemos dado libertad en común con el resto de Grecia; ¿qué crees entonces que haremos en el caso de los argivos, que son inocentes de cualquier complicidad oficial con él?

Has dicho que se han empleado para acusarte la emancipación de los esclavos y la asignación de tierras a los necesitados, y ciertamente son graves acusaciones, pero ¿qué son en comparación con los crímenes cometidos por t y tus partidarios día tras día? Deja que se celebre una asamblea en la que los hombres sean libres de abrir sus corazones, en Argos y en Lacedemón, si quieres escuchar una verdadera descripción de tu desenfrenada tranía. Por no hablar ya de asuntos pasados, ¿qué hay de la matanza que ese yerno tuyo, Pitágoras, perpetró en Argos, casi ante mi vista? ¿Y qué hay de los asesinatos que tú mismo cometste cuando yo estaba ya próximo a tus fronteras? Vamos, que se presenten atados los que fueron arrestados por orden tuya en la Asamblea, después de prometer ante todos tus conciudadanos presentes que se les mantendría bajo custodia. Que sus apenadas familias sepan que aquellos por quienes guardan luto están aún vivos. Pero aún dices: <> ¿Así vas a hablar a los libertadores de Grecia? ¿A los que para efectuar esa liberación han cruzado el mar y conducido la guerra por mar y terra? <>. ¿Cuántos ejemplos queréis que ponga de que lo hiciste? No pondré muchos, sino que los resumiré brevemente. ¿Qué actos constituyen una violación de la amistad? Estos dos, sobre todo: tratar a mis aliados como enemigos y hacer causa común con estos. Tú has hecho ambas cosas. Aunque eras nuestro aliado, te apoderaste por la fuerza de una ciudad que era nuestra aliada, Mesene, que habíamos admitido en nuestra amistad y disfrutaba, precisamente, de los mismos privilegios que los lacedemonios. Y aún más, no solo pactaste una alianza con Filipo, nuestro enemigo, sino que, si así place a los dioses, emparentaste efectivamente con él a través de Filocles, su prefecto. En abierta hostlidad hacia nosotros, infestaste el mar alrededor del Maleo con barcos piratas y capturaste y ejecutaste a casi más ciudadanos romanos que Filipo, de manera que nuestros mercantes, que suministraban a nuestros ejércitos, encontraban el cabotaje de las costas macedonias casi más seguro que el doblar el cabo de Malea. En adelante, deja ya, por favor, de hablar de tu fiel observancia de los tratados; deja de hablar como un compatriota y habla como tirano y enemigo".

[34,33] Siguió Aristeno, quien aconsejó y hasta imploró a Nabis para que mirase por él mismo y su fortuna, mientras tuviera la oportunidad. Se refirió por su nombre a varias personas que después de gobernar como tiranos en las ciudades circundantes habían sido depuestos al restaurarse la libertad, habiendo pasado una vejez segura y hasta honorable entre sus conciudadanos. No se discutó ya más, ante la proximidad de la noche. Al día siguiente, Nabis dijo que evacuaría Argos y retraría su guarnición cuando los romanos quisieran, y que también entregaría a los prisioneros y desertores. De hacerse más exigencias, pidió que las pusieran por escrito, para que pudiera deliberar con sus amigos sobre ellas. Se le dio tiempo para que pudiera consultar, y Quincio, por su parte, convocó también a un consejo a las ciudades amigas. La mayoría estuvo a favor de continuar la guerra y deshacerse del tirano, pues estaban seguras de que la libertad de Grecia no estaría a salvo de otra manera. Dijeron que habría sido mejor no iniciar una guerra contra él a abandonarla tras haberla comenzado, pues Nabis estaría en una posición mucho más fuerte si podía llegar a suponer que su usurpación era sancionada por Roma, y su ejemplo incitaría a muchos, en otras ciudades, para conspirar contra las libertades de sus conciudadanos.

El propio general se inclinaba más por la paz. Veía claramente que si el enemigo era empujado tras sus murallas, no quedaba más opción que un asedio, y uno bastante largo, pues no sería Gitón a la que tendría que atacar -y esta ciudad, no obstante, se había rendido, no había sido tomada por asalto-, sino Lacedemón, una ciudad excepcionalmente fuerte en hombres y armas. Su única esperanza había sido, según dijo al Consejo, que ante la aproximación de su ejército se diera un estallido revolucionario, pero aunque los ciudadanos vieron los estandartes aproximándose a las puertas, nadie se movió. Pasó a informarles de que Vilio había regresado de su misión ante Antioco y que había señalado que ya no podían confiar en mantener la paz con él, pues había desembarcado en Europa con una fuerza mucho mayor, tanto por tierra como por mar, de la que trajo en la ocasión anterior. Si él, Quincio, empleaba su ejército en el asedio de Lacedemón, ¿qué otras tropas, preguntó, habría disponibles para la guerra contra monarca tan fuerte y poderoso? Esto fue lo que dijo en público; su motivo secreto era el temor de que cuando los nuevos cónsules sortearan para sus provincias, Grecia correspondiera a uno de ellos y la guerra que él había iniciado tan victoriosamente pudiera ser llevada a un triunfante final por su sucesor.

[34,34] Como sus argumentos no hicieron mella en los aliados, intentó otro camino y, coincidiendo aparentemente con su punto de vista, los atrajo hacia el suyo. "Pues bien -continuó-, emprenderemos el asedio de Lacedemón en buena hora, si tal es vuestra determinación. Pero no cerréis, sin embargo, vuestros ojos al hecho de que el asedio de una ciudad es un asunto lento y, a menudo, agota a los asediadores antes que a los asediados; debéis ahora enfrentar la certeza de que pasaréis el invierno alrededor de las murallas de Lacedemón. Si estos trabajos solo implicaran fatgas y peligros, os animaría a disponeros de cuerpo y mente para sostenerlos. Sin embargo, será preciso también un enorme desembolso, pues serán precisas obras de asedio, las máquinas y artillería para el sito de una ciudad tan grande; vosotros y nosotros necesitaremos, así mismo, hacer acopio de suministros para el invierno. Por lo tanto, para evitar que pronto os encontréis en dificultades y abandonéis, para vuestra vergüenza, una tarea después de comprometeros con ella, soy de la opinión de que deberíais escribir a vuestras respectivas ciudades para averiguar lo que realmente piensan y de cuántos recursos disponen. De tropas auxiliares tengo más que suficientes; pero cuanto mayor sea nuestro número, mayores serán nuestras necesidades. El territorio enemigo no contene nada ahora, excepto el suelo desnudo. El invierno, ya próximo por lo demás, dificultará el transporte de suministros a larga distancia". Este discurso hizo que enseguida cada cual se ocupara de los problemas que tenían sus propias ciudades; la indolencia, los celos, la malicia con que quienes se quedaban en casa hablaban de los que estaban en operaciones, la libertad sin restricciones que dificultaba una acción unitaria, el bajo nivel de sus tesorerías y la mezquindad que mostraban los particulares a la hora de contribuir a los gastos públicos. Así, rápidamente cambiaron de opinión y dejaron en manos del comandante en jefe el decidir lo que le pareciese mejor en interés de Roma y de sus aliados.

[34.35] Tras consultar con sus lugartenientes y con los tribunos militares, Quincio puso por escrito las condiciones en que debía hacerse la paz con el tirano, que sería las siguientes: Habría una tregua de seis meses entre Nabis y sus enemigos -los romanos, el rey Eumenes y los rodios-. Tito Quincio y Nabis enviarían cada uno embajadores a Roma para asegurarse de que el Senado ratficaba la paz con su autoridad. El armistcio empezaría a partir del día en que se entregase a Nabis el documento conteniendo las condiciones de paz y, en un plazo de diez días desde esa fecha, debería retrar sus guarniciones de Argos y las demás ciudades en territorio argivo, entregándose las plazas, evacuadas y libres, a los romanos. Ningún esclavo se retraría de aquellos lugares, tanto si habían pertenecido al rey, a las autoridades o a ciudadanos privados; si anteriormente se hubieran sacado algunos mediante algún fraude, oficial o particular, serían debidamente devueltos a sus propietarios. Nabis devolvería los barcos capturados a las ciudades costeras y él mismo no poseería más naves que dos lembos de no más de dieciséis remeros cada uno. Devolvería todos los prisioneros y desertores de las ciudades aliadas de Roma, así como todas las propiedades de los mesenios que se pudieran reunir y fuesen identficadas por sus propietarios. Además, debía permitr que se unieran a los refugiados lacedemonios sus esposas e hijos, a condición de que ninguna mujer se viera obligada a reunirse con su marido contra su voluntad. A los mercenarios del tirano que hubieran vuelto a sus hogares, o que se hubieran pasado a los romanos, les serían devueltas sus propiedades. No poseería una sola ciudad en Creta; las que mantenía las entregaría a los romanos y no formaría alianzas ni haría la guerra contra ninguna ciudad cretense, ni con ningún otro. Todas las ciudades que debía entregar, y todas las que voluntariamente hubieran aceptado la soberanía de Roma, serían liberadas de la presencia de sus guarniciones; ni él ni sus súbditos podrían en modo alguno interferir con ellas. No construiría ninguna ciudad amurallada o castllo, ni en su propio territorio ni en ninguna otra parte. Como garantía del apropiado cumplimiento de estas condiciones, debía entregar cinco rehenes elegidos por el general romano -siendo uno su propio hijo-, debiendo pagar en el acto una indemnización de cien talentos de plata y cincuenta talentos anuales durante los próximos ocho años [si Tito Livio emplea aquí el talento romano de 32,3 kilos, la indemnización inmediata sería de 3230 kilos de plata y las cuotas de 1615 kilos al año.-N. del T.].

[34.36] Una vez trasladado el campamento romano más cerca de la ciudad, se pusieron por escrito estas condiciones y se enviaron a Lacedemón. El tirano, por supuesto, no estaba muy conforme con ninguna de ellas; aunque se sintó aliviado al ver que nada se decía sobre la repatriación de los refugiados, lo que más le molestaba era ser privado de sus naves y sus puertos de mar. El mar había sido una gran fuente de beneficios para él, pues había podido infestar toda la costa, hasta el Maleo, con sus barcos piratas; por otra parte, en la juventud de las ciudades marítimas tenía una reserva de hombres que consttuían, con mucho, lo mejor de sus tropas. Había discutido las condiciones en secreto con sus amigos, pero todo el mundo hablaba abiertamente de ellas a consecuencia de lo poco de fiar que suelen resultar, en general, los cortesanos de los reyes a la hora de guardar secretos. Más que oponerse a todas ellas en general, cada cual lo hacía respecto a las que les afectaban directamente a ellos. Los que se había casado con las esposas de los exiliados políticos y los que se había hecho con alguna de sus propiedades estaban tan indignados como si perdieran algo que les pertenecía a ellos mismos y no de una devolución. Los esclavos que habían sido liberados por el tirano, no solo veían perderse su libertad, sino que les esperaba una esclavitud todavía peor si tenían que volver a poder de sus enfurecidos amos. Las tropas mercenarias estaban disgustadas por perder sus pagas al acordarse la paz, y no veían ninguna posibilidad de regresar a sus propias ciudades, que se oponían firmemente tanto a los servidores de los tiranos como a los tiranos mismos.

[34,37] Empezaron a reunirse y a discutr sobre sus agravios para, finalmente, precipitarse sobre las armas de repente. Viendo el tirano, por estos alborotos, que la población estaba lo bastante exasperada, convocó una asamblea. Expuso las exigencias del cónsul y añadió otras de su propia invención, aún más onerosas y humillantes; cada cláusula era recibida con gritos de protesta, unas veces por toda la asamblea y otras por un sector de la misma. Cuando terminó, preguntó al pueblo qué respuesta querían que diera o qué medidas debía tomar. El conjunto de casi todo con una sola voz le prohibió regresar cualquier respuesta e insistó en que la guerra debe continuar. Como suele pasar con la multitud, se animaban unos a otros y le decían que debía tener buen ánimo y esperanza, que la fortuna favorecía a los valientes. Alentado por estas voces, el tirano les dijo que Antioco y los etolios les ayudarían, y que, entre tanto, tenían tropas suficientes para resistr un asedio. Nadie habló de paz y, no pudiendo permanecer inactivos más tiempo, corrieron a ocupar sus puestos, decididos a entrar en acción de inmediato. Las maniobras ofensivas de pequeños destacamentos de escaramuzadores y el lanzamiento de sus proyectiles, eliminaron de las mentes de los romanos cualquier duda sobre la necesidad de combatir. Durante cuatro días tuvieron lugar leves acciones sin ningún resultado decisivo, pero al quinto día los combates casi alcanzaron el nivel de una batalla campal y los lacedemonios fueron rechazados hasta su propia ciudad en tal estado de desmoralización que algunos soldados romanos, tajando a algunos en plena persecución, llegaron a entrar a la ciudad por brechas existentes en las murallas.

[34,38] Como el pánico así producido impidió cualquier ofensiva posterior del enemigo, Quincio consideró que ya no quedaba más opción que sitar la plaza y, tras enviar mensajeros para traer toda la flota desde Gitón, cabalgó alrededor de la ciudad con sus tribunos militares para examinar su situación. Esparta [en el original latino, solo en esta ocasión y en XXXIX, 37, aparece con esta denominación en vez de la habitual Lacedaemo; la última pudiera corresponderse, al menos en tiempos de Homero y Heródoto, con la acrópolis, siendo la primera la denominación propia de la ciudad en sí.-N. del T.] había carecido anteriormente de murallas, pero en años recientes los distintos tiranos habían protegido las partes llanas y expuestas con una muralla; las posiciones altas y menos accesibles estaban defendidas por puestos militares permanentes en lugar de por fortificaciones. Un vez el cónsul practcó una inspección minuciosa de la plaza, se dio cuenta de que tendría que emplear todas sus fuerzas y atacar en círculo. Por consiguiente, rodeó completamente la ciudad con las fuerzas romanas y aliadas, a pie y montadas; de hecho, empleó todas sus fuerzas terrestres y navales, que ascendían a cincuenta mil hombres. Algunos llevaban escalas de asalto, otros fuego, otros los diversos elementos con los que atacar, además de atemorizar al enemigo. Se dieron órdenes para que todos lanzaran el grito de guerra al tiempo que se lanzaban al asalto, de modo que los lacedemonios, amenazados por todas partes, no pudieran saber dónde enfrentarse primero al ataque o dónde era más precisa la ayuda. Quincio dividió su ejército en tres grupos principales; el primero debía lanzar su asalto en las proximidades del Febeo, el segundo en dirección al Dictineo [respectivamente, el templo de Apolo, al sur de Esparta, y el templo de Dictinea, diosa cretense asimilada a Artemisa.-N. del T.] y el tercero por el lugar llamado Heptagonia. Ninguno de estos puntos estaba protegido por murallas. Aunque la ciudad estaba rodeada y amenazada por todas partes, el tirano se mostró de lo más enérgico en su defensa; donde quiera que se alzaran gritos de repente o cuando llegaban los mensajeros jadeantes pidiendo ayuda, corría hacia el punto amenazado o mandaba a otros para ayudarles. Sin embargo, cuando la desmoralización y el pánico se extendieron por doquier, perdió completamente los nervios y ya no fue capaz de dar las órdenes oportunas o de escuchar los mensajes que llegaban; no es ya que no supiera qué hacer, es que se quedó casi en blanco.

[34,39] Mientras lucharon en lugares estrechas, los lacedemonios se mantuvieron firmes contra los romanos, combatendo las tres divisiones en tres lugares distintos; sin embargo, según se intensificaba la lucha, esta se hacía más desigual. Los lacedemonios, en efecto, combatan mediante el lanzamiento de proyectiles, de los que se defendían fácilmente los romanos gracias a sus grandes escudos: algunos lanzamientos fallaban y otros llegaban con poca fuerza. Debido al limitado espacio y a la aglomeración, no les quedaba sito para correr antes de lanzar sus proyectiles y darles así más fuerza, y tampoco se podían afianzar sólidamente mientras trataban de arrojarlos. Ninguno de los dardos que lanzaba el enemigo penetró los cuerpos, y muy pocos los escudos, de los romanos. Algunas heridas fueron causadas por el enemigo que se encontraba en una posición más elevada que la suya, pero pronto su avance les expuso a un inesperado ataque desde las casas, siéndoles arrojados no solo dardos, sino también tejas. Ante esto, colocaron sus escudos sobre sus cabezas, tan próximos que al ponerse escudo con escudo no quedaba espacio por el que pudiera penetrar un solo proyectl, ni aunque lo lanzaran a corta distancia. Avanzaron manteniendo esta formación de tortuga [también aquí emplea Livio la expresión "testudine", pero señalando claramente que se refiere a la formación en que los soldados sitúan sus escudos sobre sus cabezas, distinguiéndola de la ocasión anterior en que hace referencia a un artefacto defensivo para aproximarse a una fortificación.-N. del T.].

Durante un corto espacio de tiempo, los romanos quedaron detenidos por la estrechez de las calles, ya que tanto ellos como sus enemigos se agolpaban juntos; pero cuando llegaron a una amplia avenida, hicieron retroceder a sus adversarios y pudieron avanzar, siendo imposible resistr la violencia de su carga. Una vez los lacedemonios se habían dado a la fuga, dirigiéndose hacia la parte alta de la ciudad, Nabis, aterrorizado como si se hubiera tomado realmente la ciudad, buscaba a su alrededor alguna vía de escape; Pitágoras, quien en los demás aspectos mostraba el ánimo y disposición de un general, fue el único hombre que salvó la ciudad de su captura. Dio órdenes de que se incendiaran los edificios más cercanos a las murallas, prendiéndoles fuego de inmediato; los ciudadanos, que en cualquier otra ocasión habrían ayudado naturalmente a su extinción, avivaban ahora el fuego. Los techos se derrumbaron sobre los romanos, golpeando sobre los soldados las tejas rotas y los pedazos de madera ardiendo; las llamas se extendieron por doquier y el humo provocó una alarma mayor aún que el peligro real. Los que aún estaban fuera de la ciudad, lanzando el asalto final, cayeron desde las murallas; los que ya estaban dentro, temiendo ser destrozados por la irrupción del fuego en su retaguardia, se retraron; Quincio, viendo como se habían puesto las cosas, hizo tocar retirada. Hechos volver del asalto cuando la ciudad casi había sido capturada, regresaron al campamento.

[34.40] Quincio llegó a la conclusión de que ganarían más de jugando con el miedo del enemigo que mediante lo hasta entonces intentado, por lo que los mantuvo en un estado constante de alarma durante tres días consecutivos, intimidándolos unas veces con ataques y obras de asedio, y otras levantando barricadas en determinados puntos para cerrar las vías de escape por las que huir. Obligado finalmente por esta amenaza constante, el tirano envió a Pitágoras, una vez más, para negociar. Quincio, al principio, se negó a recibirlo y le ordenó abandonar el campamento, pero cuando adoptó un tono suplicante y cayó de rodillas, el cónsul le concedió una audiencia. Empezó por dejar todo absolutamente a criterio de los romanos, pero estas consideraciones vanas e inconsistentes no llevaron a ningún resultado. Finalmente se acordó una suspensión de hostlidades, bajo las condiciones que días antes les habían presentado por escrito, y se recibió el dinero y los rehenes. Mientras el tirano estaba oculto, llegaba a Argos mensaje tras mensaje anunciando la inminente captura de Lacedemón, animándose aún más los argivos debido a la partida de Pitágoras con la fuerza principal de su guarnición. Despreciando a los pocos que aún quedaban en la ciudadela, debido a su corto número, expulsaron la guarnición bajo la dirección de un hombre llamado Arquipo. A Timócrates de Pelene se le permitó salir con un salvoconducto, debido a la clemencia y la moderación que había mostrado como comandante. Quincio llegó a Argos, donde halló a todos muy felices, después de conceder la paz al tirano, despedir al rey Eumenes y a los rodios, y enviar a su hermano Lucio de vuelta con la flota.


[34,41] Los famosos Juegos Nemeos, la más popular de todas sus fiestas, habían sido suspendidos por los argivos debido a los sufrimientos de la guerra; sin embargo, al llegar el comandante romano con su ejército manifestaron su gran satsfacción fijando fecha para la celebración de los Juegos y ofreciendo al mismo general su presidencia. Había muchas circunstancias que contribuían a aumentar su alegría: la vuelta desde Lacedemón de sus conciudadanos, que últimamente se había llevado Pitágoras y, antes de él, Nabis; regresaron también aquellos que habían logrado escapar tras el descubrimiento del complot por Pitágoras y el subsiguiente baño de sangre; una vez más, tras un largo intervalo, habían recobrado su libertad y veían con sus propios ojos a los romanos, autores de su recuperación y que precisamente por ellos habían librado la guerra contra el tirano. Por otra parte, el mismo día que empezaron los Juegos Nemeos, la voz del heraldo confirmó públicamente "la libertad de los argivos." La satsfacción que sentían los aqueos por la vuelta de Argos a la liga aquea se vio considerablemente afectada por el hecho de que los lacedemonios quedaron bajo el dominio del tirano pegado a su costado. En cuanto a los etolios, seguían con sus críticas constantes en cada asamblea. Decían que la guerra no había terminado hasta que Filipo había evacuado todas las ciudades de Grecia; sin embargo, se dejaba Lacedemón al tirano y no a su rey legítimo, que estaba en el campamento romano, y sus más nobles ciudadanos debían vivir en el exilio; el pueblo romano se había convertido en cómplice de la tranía de Nabis. Quincio condujo a sus fuerzas de vuelta a Elacia, que había sido su punto de partida para la guerra de Esparta. Algunos autores dicen que el tirano no hizo la guerra mediante salidas de la ciudad, sino que, después de fijar su campamento justo enfrente del de los romanos y esperar bastante tiempo, a la expectativa de la ayuda etolia, se vio finalmente obligado a presentar batalla debido a los ataques romanos contra sus forrajeadores. En dicha batalla, fue derrotado y perdió su campamento, viéndose así obligado a pedir la paz tras perder catorce mil hombres, entre muertos y heridos, y más de cuatro mil que fueron hechos prisioneros.

[34.42] La carta de Tito Quincio, informando de sus operaciones en Lacedemón, y otra de Marco Porcio, el cónsul que estaba en Hispania, llegaron a Roma casi a la vez. El Senado ordenó tres días de acción de gracias en nombre de cada uno de ellos. El cónsul Lucio Valerio, después de derrotar a los boyos cerca de la selva Litana, regresó a Roma para celebrar las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Publio Cornelio Escipión el Africano, por segunda vez, y Tiberio Sempronio Longo. Los padres de ambos habían sido cónsules en el primer año de la Segunda Guerra Púnica [en el 218 a.C.-N. del T.]. Siguió la elección de los pretores; fueron elegidos Publio Cornelio Escipión -Nasica-, los dos Cneo Cornelio -Merenda y Blasión-, Cneo Domicio Ahenobarbo, Sexto Digicio y Tito Juvencio Talna. Después de celebradas las elecciones, el cónsul regresó a su provincia. Durante aquel año, los ferentinos trataron de practicar una novedad legal: reclamaron el derecho a que se considerasen ciudadanos romanos aquellos de los latinos que se hubieran inscrito para una colonia romana. Los que habían dado sus nombres, quedando asignados a las colonias de Pozzuoli, Salerno y Buxento, se consideraban con este motivo ciudadanos romanos; El Senado, sin embargo, decidió que no tenían esa condición.

[34.43] -194 a.C.-A principios del año en que fueron cónsules Publio Escipión Africano, por segunda vez, y Tiberio Sempronio Longo, llegaron a Roma los embajadores del tirano Nabis. El Senado les concedió audiencia fuera de la Ciudad, en el templo de Apolo. Pidieron que se confirmara el tratado de paz acordado con Tito Quincio, accediéndose a su petción. Hubo gran asistencia de senadores cuando se vino a debatr la asignación de las provincias, siendo la opinión general que, como habían llegado a su fin las guerras en Hispania y Macedonia, Italia debía asignarse como provincia a ambos cónsules. Escipión era de la opinión de que bastaba un cónsul para Italia y que al otro se le debía asignar Macedonia. Señaló que era inminente una guerra de importancia contra Antioco quien, deliberadamente, había desembarcado en Europa. ¿Qué suponían que haría -les preguntó Escipión-cuando los etolios, que les eran sin duda hostiles, le incitaran por una parte a iniciar las hostlidades, y por la otra lo hiciera el mismo Aníbal, jefe de tanta fama por las derrotas infigidas a los romanos? Mientras se discuta sobre las provincias consulares, los pretores sortearon las suyas. Cneo Domicio recibió la jurisdicción urbana y Tito Juvencio la peregrina. A Publio Cornelio le fue asignada la Hispania Ulterior, y la Citerior a Sexto Digicio. De los dos Cneos Cornelio, a Blasión se le asignó Sicilia, correspondiendo Cerdeña a Merenda. Se decidió no enviar un nuevo ejército a Macedonia; el que había allí sería traído de vuelta por Quincio y licenciado, como también lo sería el ejército de Marco Porcio Catón en Hispania. Se designó Italia como provincia de los dos cónsules, facultándoseles para alistar dos legiones en la Ciudad en el fin de que, tras el licenciamiento de los dos ejércitos decretado por el Senado, siguiera siendo ocho el total de legiones romanas.

[34.44] En el año anterior, siendo cónsules Marco Porcio y Lucio Valerio, se había celebrado una primavera sagrada; el Pontifice Máximo, Publio Licinio, comunicó al colegio pontfical que su celebración no se había efectuado correctamente. El colegio lo autorizó a poner el asunto en conocimiento del Senado, el cual decidió que se debía celebrar nuevamente por completo, de acuerdo con el criterio de los pontifices. Se ordenó también la celebración de los Grandes juegos, que se habían prometido al mismo tiempo que aquella [aunque no aparecen citados cuando se efectúa la ofrenda de la primavera sagrada, en el libro 31,9.-N. del T.], con el presupuesto acostumbrado. Las víctimas ofrecidas incluirían todo el ganado nacido entre el primero de marzo y el treinta de abril del consulado de Publio Cornelio y Tiberio Sempronio. Luego se produjo la elección de los censores. Los nuevos censores fueron Sexto Elio Peto y Cayo Cornelio Cétego, que eligieron, como sus predecesores, al cónsul Publio Escipión como Príncipe del Senado. Sólo tres senadores del total fueron borrados de la lista, ninguno de los cuales había ejercido una magistratura curul. Una de sus decisiones hizo crecer inmensamente su popularidad entre los senadores, pues ordenaron a los ediles curules que reservaran lugares especiales a los senadores en los Juegos Romanos, separados de los del pueblo, pues anteriormente estaban sentados entre la multitud. Muy pocos del orden ecuestre fueron privados de sus caballos, ni tampoco trataron los censores con dureza a ningún orden del Estado. Los censores restauraron y ampliaron, además, el Atrio de la Libertad y la Villa Pública [que era donde se solían alojar los invitados oficiales de la República.-N. del T.]. Se celebraron debidamente la primavera sagrada y los Juegos, que habían sido ofrecidos mediante voto por Servio Sulpicio Galba [hay aquí un error, pues su praenomen no era Servio, sino Publio.-N. del T.]. Quinto Pleminio, quien por sus muchos crímenes contra los dioses y los hombres había sido arrojado a la prisión, aprovechó la oportunidad, mientras todos estaban ocupados en la contemplación de los Juegos, para comprar varios gran número de hombres que, durante la noche, debían prender fuego en varios lugares de la Ciudad para que, entre la confusión provocada, él pudiera forzar la puerta y escapar de la cárcel. El complot fue revelado por algunos de sus cómplices y se informó de ello al Senado. Pleminio fue arrojado a la celda más baja y ejecutado.

[34,45] Durante aquel año, se enviaron ciudadanos romanos para asentarse como colonos en Pozzuoli, Capua [la antigua Volturno.-N. del T.] y Literno, trescientos a cada ciudad. Se efectuaron asentamientos similares en Salerno y Buxento. Los triunviros que supervisaron los asentamientos fueron Tiberio Sempronio Longo, que era cónsul por entonces, Marco Servilio y Quinto Minucio Termo. La tierra distribuida entre ellos había formado parte de los dominios de Capua. También se estableció una colonia de ciudadanos romanos en Siponto [lo que hoy es Santa María de Siponto.-N. del T.] en tierras que habían pertenecido a los arpinos. En este caso, los triunviros fueron Décimo Junio Bruto, Marco Bebio Tánfilo y Marco Helvio. También se enviaron ciudadanos romanos para asentarse como colonos en Torre di Lupi [la antigua Tempsa.-N. del T.] y en Crotona; los terrenos para los primeros se tomaron de los brucios, que habían expulsado de allí a los griegos; Crotona todavía estaba en poder de los griegos. Los triunviros encargados de la colonización de Crotona fueron Cneo Octavio, Lucio Emilio Paulo y Cayo Letorio; los de Torre di Lupi fueron Lucio Cornelio Mérula, Quinto... [se ha perdido el nomen de este Quinto.-N. del T.] y Cayo Salonio. También aparecieron aquel año algunos fenómenos extraños en Roma, anunciándose otros en diversos lugares. En el Foro, en el Comicio y en el Capitolio aparecieron gotas de sangre, se produjeron varias lluvias de barro y ardió la cabeza de la estatua de Vulcano. Se informó de que por el río Nera [el antiguo Nar.-N. del T.] había fluido leche, que habían nacido sin ojos ni nariz unos niños de condición libre de Rímini, así como uno en territorio Piceno sin manos ni pies. Estos prodigios fueron expiados según las indicaciones de los pontifices. También se ofrecieron sacrificios durante nueve días a consecuencia de un informe del pueblo de Adria en que se decía que sobre su territorio cayó una lluvia de piedras.

[34,46] Lucio Valerio, quien aún ostentaba el mando en la Galia, se enfrentó en una batalla campal, cerca de Milán [la antigua Mediolanum, ciudad principal de los ínsubros.-N. del T.], a los ínsubros y los boyos; estos últimos, con Durolato como general, habían cruzado el Po con el fin de sublevar a los ínsubros. Su colega, Marco Porcio Catón, celebró su triunfo sobre los hispanos durante este período. En la procesión se llevaron veintcinco mil libras de plata en bruto, ciento veintitrés mil acuñada con la biga, quinientas cuarenta de plata oscense y mil cuatrocientas libras de oro [en total, aportó al tesoro 48572,58 kilos de plata y 457,8 kilos de oro.-N. del T.]. Distribuyó 270 ases para cada uno de los soldados de infantería [o sea, 7,35 kilos de bronce a cada uno.-N. del T.], y triplicó esa cantidad para la caballería. Al llegar a su provincia, Tiberio Sempronio marchó con sus tropas en primer lugar hacia el territorio de los boyos. Boyórix era su régulo por entonces y, después de levantar en armas, junto a sus dos hermanos, a toda la nación para reanudar las hostlidades, fijó su campamento en una posición expuesta, en terreno abierto, para demostrar que estaban dispuestos a combatir si eran invadidos. Una vez enterado el cónsul de cuál era el número y grado de confianza del enemigo, mandó aviso a su colega para que se diera prisa en acudir en su ayuda; él procuraría por cualquier medio retrasar la batalla hasta que llegara. La misma razón que llevaba al cónsul a retrasar las cosas, provocaba que los galos buscaran una rápida resolución, pues su confianza se incrementaba por la vacilación de su enemigo y decidieron enfrentársele antes de que ambos cónsules unieran sus fuerzas. Durante dos días, sin embargo, se limitaron a esperar que alguien viniera contra ellos desde el campamento romano; al tercer día se aproximaron hasta la empalizada y atacaron el campamento simultáneamente por todas partes.

El cónsul ordenó al instante que sus hombres tomaran las armas y los mantuvo con ellas durante algunos minutos, en parte para alentar la temeraria confianza del enemigo y en parte para permitrle distribuir las fuerzas por las distintas puertas a través de las cuales cada grupo habría de efectuar la salida. Se ordenó avanzar los estandartes de las dos legiones por las puertas principales, pero los galos les bloquearon las salidas con unas multitudes tan densas que no pudieran salir. La lucha se prolongó durante mucho tiempo en aquel espacio confinado; no se trataba tanto de cruzar sus espadas como de empujarse con los escudos y cuerpos, los romanos intentaban abrir paso a sus estandartes y los galos intentaban introducirse en el campamento o, por lo menos, impedir que los romanos salieran. Ni uno ni otro bando pudieron efectuar ningún avance hasta que Quinto Victorio, centurión primipilo de la segunda legión, y Cayo Atilio, un tribuno militar de la cuarta, ejecutaron una maniobra a la que se recurría frecuentemente en los combates encarnizados: tomaron los estandartes de los signíferos y los arrojaron entre el enemigo. En su empeño por recuperar los estandartes, los hombres de la segunda legión fueron los primeros en abrirse paso fuera del campamento.

[34,47] Ya estaban combatendo fuera de la muralla mientras los de la cuarta legión aún no habían podido salir por su puerta. De repente, se inició otro tumulto en el lado opuesto del campamento. Los galos habían irrumpido por la puerta cuestoria [era otro modo de llamar a la puerta decumana.-N. del T.] y, tras enfrentarse a una tenaz resistencia, dieron muerte al cuestor, Lucio Postumio, de sobrenombre Tímpano, a Marco Atinio y Publio Sempronio, prefectos de los aliados y a cerca de doscientos hombres. Esta parte del campamento quedó en manos enemigas hasta que una cohortes especial, enviada por el cónsul para defender la puerta cuestoria, los expulsó del campamento tras matar a muchos de ellos, deteniendo igualmente a los que estaban irrumpiendo. Casi al mismo tiempo, la cuarta legión, con dos cohortes especiales, se abrió paso por otra puerta. Así pues, se produjeron simultáneamente tres acciones separadas en diferentes lugares del campamento, y los gritos confusos que surgían distraían la atención de los combatentes de sus propias luchas ante la posición incierta de sus compañeros. Hasta mediodía, la batalla se libró con la misma fuerza por ambos lados y casi iguales esperanzas de victoria. Pero el calor y el esfuerzo obligaron a los galos, con sus cuerpos bandos y sudorosos, a batrse en retirada, incapaces de resistr la sed. Los pocos que aún se mantenían firmes recibieron la carga impetuosa de los romanos y fueron puestos en fuga y expulsados a su campamento. Entonces, el cónsul dio la señal de retirada; la mayoría de los hombres obedecieron, pero algunos, en su afán por combatir y con la esperanza de capturar el campamento enemigo, siguieron firmes bajo la empalizada. Los galos, despreciando aquella débil fuerza, salieron en masa de su campamento. Ahora eran los romanos los derrotados; y los que se habían negado a regresar al campamento al ordenarlo el cónsul, hubieron de hacerlo llevados del pánico. Así que, primero de un lado y luego del otro, se alternaron la victoria y la huída. Los galos, no obstante, perdieron en torno a once mil hombres y los romanos a cinco mil. Los galos se retraron a la parte más distante de su territorio y el cónsul condujo sus legiones a Plasencia.

[34,48] Algunos autores afirman que Escipión se unió con su colega y marchó a través de los campos de los boyos y los ligures, saqueándolo todo a su paso, hasta que los bosques y los pantanos le impidieron seguir avanzando; otros, por el contrario, dicen que regresó a Roma para celebrar las elecciones sin hacer nada digno de mención. Tito Quincio había regresado a sus cuarteles en Elacia y pasó todo el invierno administrando justicia y reformando las disposiciones que habían tomado Filipo o sus prefectos, que aumentaban los derechos de sus partidarios a costas del menoscabo de los derechos y la libertad de los demás. Al comienzo de la primavera fue a Corinto, donde había convocado a una reunión general de los aliados. Estuvieron presentes delegados de todas las ciudades, de modo que aquello era prácticamente un consejo Pan-Helénico. Dio inicio a su discurso recordándoles el comienzo de las relaciones amistosas entre los romanos y los griegos, así como las gestas protagonizadas por los comandantes que le habían precedido en Macedonia y por él mismo. Su discurso fue escuchado con general asentimiento, excepto cuando aludió a Nabis. Consideraban los presentes que era totalmente impropio del libertador de Grecia el haber dejado al tirano como azote de su propio país, enquistado en el interior de una ciudad nobilísima, y terror de todas las ciudades circundantes.

[34,49] Quincio era muy consciente de sus sentimientos sobre esta cuestón, y admitó abiertamente que se deberían haber cerrado los oídos a ninguna propuesta de paz con el tirano, siempre que no hubiera entrañado la destrucción de Lacedemón. Tal como marcharon las cosas, al no poderse aplastar a Nabis sin arruinar a una ciudad de principal importancia, pareció mejor dejarlo debilitado y privado casi enteramente de cualquier capacidad de perjudicar a los demás, en vez de permitr que, para recobrar su libertad, sucumbiera esta ciudad por haberle aplicado remedios más fuertes de los que podía soportar. Después de esta revisión del pasado, vino a anunciarles su intención de salir de Italia, llevando con él a la totalidad de su ejército. Les dijo que en menos de diez días tendrían noticias de que se habían retirado las fuerzas que ocupaban Demetrias y Calcis, y verían con sus propios ojos cómo se evacuaba Acrocorinto y se entregaba enseguida a los aqueos. Esto demostraría al mundo entero si los que tenían costumbre de mentr eran los romanos o los etolios, que en sus discursos habían extendido la idea de que era un error confiar sus libertades a Roma y que solo habían cambiado a sus amos macedonios por sus amos romanos. Pero nunca ellos habían medido en lo más mínimo qué decían o qué hacían. Aconsejó a las demás ciudades que midieran a sus amigos por sus hechos, no por sus palabras, y que aprendieran de aquella manera en quién confiar y de quién desconfiar. Debían usar moderadamente de su libertad; esta, adecuadamente administrada, era una bendición tanto para las personas como para las comunidades; en exceso, resultaba un peligro para los demás y conducía a la temeridad y la violencia por parte de aquellos que la poseían. La nobleza, junto con los diversos estamentos sociales de cada ciudad, debía procurar preservar la armonía interior y la de las ciudades entre sí. Mientras ellos estuvieran unidos, ningún rey o tirano podría jamás ser lo bastante fuerte como para ofenderles; pero la discordia y la sedición darían todas las ventajas a quienes buscaban destruir su libertad, ya que el partido que resultaba vencido en las discordias domésticas prefería antes darse la mano con un extranjero que someterse a un conciudadano. Debían preocuparse de defender y conservar la libertad que habían ganado para ellos las armas ajenas, y devueltas por la lealtad de unos extranjeros. Así, el pueblo romano sabría que se había entregado la libertad a quienes eran dignos de ellos y que se había hecho buen uso de su regalo.

[34,50] Estas palabras, semejantes a las que podría haber pronunciado un padre, arrancaron lágrimas de alegría de todos los presentes y, durante algún tiempo, la voz del orador quedó ahogada por las expresiones de aprobación de sus destinatarios, quienes se instaban a grabarlas en sus corazones y mentes como si se tratase de las de un oráculo. Por fin, cuando se restableció el silencio, les pidió buscaran a los ciudadanos romanos que vivieran entre ellos como esclavos y los enviaran con él, en un plazo de dos meses, a Tesalia. Estaba seguro de que considerarían una deshonra que sus libertadores vivieran como esclavos en la tierra que habían liberado. Todos exclamaron que, además del resto de cosas por las que le estaban agradecidos, le daban especialmente las gracias por recordarles tan sagrado e imperativo deber. Había gran número de ellos que, hechos prisioneros durante la Guerra Púnica, fueron vendidos por Aníbal al no ser rescatados por sus compatriotas. De que eran muy numerosos da prueba lo que dice Polibio: afirma que esta empresa costó a los aqueos cien talentos, habiéndose fijado el precio a pagar a los propietarios en quinientos denarios por cabeza. Según este cómputo, en Acaya debía haber mil doscientos de ellos, pudiendo hacerse una estimación proporcional de los que habría en toda Grecia. No se había disuelto aún la asamblea cuando, al mirar a su alrededor, vieron a las tropas bajaban del Acrocorinto; se dirigieron directamente hacia la puerta y se alejaron. El general les siguió acompañado por todos, que lo aclamaban como "Salvador y Libertador". Luego de saludarlos y despedirse de ellos, volvió a Elacia por la misma ruta por donde había venido. Desde allí envió al legado Apio Claudio, con la totalidad de sus fuerzas, para que se dirigieran a través de Tesalia y el Epiro hasta Orico, y que esperasen allí, pues era su intención cruzar desde allí con su ejército hacia Italia. Su hermano Lucio, que estaba al mando de la flota, recibió instrucciones por escrito para que se reunieran allí barcos de transportes de toda Grecia.

[34.51] A continuación, se dirigió a Calcis y retró las fuerzas de guarnición no solo de aquella ciudad, sino también de Oreo y Eretria. Convocó en allí una asamblea de todas las ciudades de Eubea, y tras recordarles el estado en que las había encontrado y el estado en que las dejaba, los envió de vuelta a sus hogares. Siguiendo hacia Demetrias, retró sus tropas de aquel lugar entre el mismo entusiasmo de los ciudadanos que en Corinto y Calcis. Reanudó después su avance hacia Tesalia, donde no solo se debían liberar las ciudades, sino también recuperarlas de la confusión y el caos hacia alguna forma tolerable de gobierno. Esta situación de confusión provenía tanto de los trastornos de la época como de la violencia y el desorden provocados por Filipo; pero también se debía al carácter pendenciero de sus gentes, que nunca celebraban clase alguna de procedimiento público, fueran elecciones, consejos o asambleas, sin que se produjeran tumultos y disturbios. Quincio seleccionó senadores y jueces basándose sobre todo en la renta, y colocando el poder en manos de aquellos cuyo mayor interés residía en el mantenimiento de la paz y la seguridad.


[34.52] Después de reorganizar tan minuciosamente Tesalia, marchó a través del Epiro hasta Orico, su punto de partida hacia Italia. Desde este lugar, se transportó a la totalidad de su ejército hacia Brindisi, y desde Brindisi marcharon a todo lo largo de Italia hasta la Ciudad, en lo que resultó casi un desfile triunfal en el que el botín capturado era una parte tan grande como las propias tropas. A su llegada a Roma, el Senado se reunió en las afueras de la Ciudad para recibir su informe, decretándole gustosamente el triunfo que tanto había merecido. Su celebración duró tres días. En el primer día llevó a través de la Ciudad las armas y armaduras, así como las estatuas de bronce y mármol; las capturadas a Filipo fueron tan numerosas como las que había obtenido de distintas ciudades. Al segundo día, se llevó en procesión todo el oro y la plata, acuñada y sin acuñar. Había dieciocho mil doscientas setenta libras de plata sin acuñar, y de plata labrada numerosas vasijas de toda clase, la mayoría cinceladas y algunas de gran valor artistco. Había también algunos hechos de bronce y, además de estos, diez escudos de plata. En monedas de plata había ochenta y cuatro mil piezas áticas, conocidas como tetradracmas, que eran cada una casi igual en peso a cuatro denarios [el denario, en la época de los hechos, pesaba 3,9 gramos.-N. del T.]. El peso del oro ascendía a tres mil setecientas catorce libras, incluyendo un escudo macizo y catorce mil quinientos catorce filipos [se trataría de estateras de oro, de aproximadamente 8,4 gramos.-N. del T.]. En la procesión del tercer día se llevaron ciento catorce coronas de oro, regalos de varias ciudades, víctimas para el sacrificio y, delante del carro de la victoria, muchos nobles, prisioneros y rehenes, entre los que se encontraba Demetrio, el hijo de Filipo, y Armenes, el hijo del tirano Nabis. Venía después el propio Quincio en su carro, seguido por una larga procesión de soldados, pues había traído desde su provincia a todo su ejército. Cada soldado de infantería recibió un regalo de doscientos cincuenta ases, cada centurión el doble y cada jinete el triple. Dio mucho realce a la procesión triunfal la presencia de aquellos a quienes se rescató de la esclavitud quienes, con la cabeza rapada, seguían a su libertador.

[34.53] Hacia finales de año, un tribuno de la plebe, Quinto Elio Tuberón, actuando según una resolución del Senado, presentó una propuesta a la plebe, que se aprobó, para asentar dos colonias latinas, una en el Brucio y la otra en el territorio de Turios. Los triunviros que debían supervisar el asentamiento fueron nombrados para tres años. Los que encargarían de los repartos en el Brucio serían Quinto Nevio, Marco Minucio Rufo y Marco Furio Crasipes; los que se encargarían del de Turios serían Aulo Manlio, Quinto Elio y Lucio Apusto. Las elecciones en las que resultaron elegidos fueron llevadas a cabo por el pretor urbano, Cneo Domicio, en el Capitolio. Se dedicaron varios templos este año. Uno de ellos fue el templo de Juno Matuta en el foro de las hortalizas [llamado Olitorium.-N. del T.]. Lo había prometido con voto, y había contratado su construcción cuatro años atrás, durante la guerra de la Galia, el cónsul Cayo Cornelio, que lo dedicó siendo censor. Otro fue el templo de Fauno; los ediles Cayo Escribonio y Cneo Domicio habían contratado la construcción del edificio dos años antes, con el dinero recaudado de las multas, dedicándolo Cneo Domicio cuando era pretor urbano. Quinto Marcio Rala dedicó el templo a la Fortuna Primigenia en el Quirinal, habiendo sido nombrado duunviro con este fin. Publio Sempronio Sofo lo había prometido en la Guerra Púnica, diez años antes, cuando era cónsul, y lo contrató durante su censura. Además, Cayo Servilio dedicó un templo a Júpiter en la isla, que se había prometido seis años antes, durante una guerra contra los galos, por el pretor Lucio Furio Purpurio, quien siendo cónsul firmó el contrato para su construcción. Esto fue lo acontecido durante aquel año.

[34,54] Publio Escipión regresó de su provincia de la Galia para celebrar las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Lucio Cornelio Mérula y Quinto Minucio Termo. Al día siguiente se eligió a los pretores; estos fueron Lucio Cornelio Escipión, Marco Fulvio Nobilior, Cayo Escribonio, Marco Valerio Mesala, Lucio Porcio Licino y Cayo Flaminio. Atilio Serrano y Lucio Escribonio Libo fueron los primeros ediles que celebraron los Juegos Escénicos Megalesios. Fue durante la exhibición de los Juegos Romanos por estos ediles cuando, por primera vez, los senadores se sentaron apartados del pueblo. Esta, como todas las innovaciones, provocó muchos comentarios. Algunos lo consideraban como un tributo que desde hacía ya mucho se le debía a este importantsimo orden del Estado; otros pensaban que la grandeza de los patricios menoscababa la dignidad del pueblo y que todas aquellas distinciones, al diferenciar los diferentes órdenes del Estado, hacían peligrar la concordia y libertad de la que debían disfrutar todos por igual. Durante quinientos cincuenta y siete años, los espectadores se habían sentado entremezclados; ¿Qué había pasado -se preguntaba la plebe-tan de repente para que los patricios rehusaran estar entre los plebeyos en las gradas? ¿Por qué debía objetar un rico el que un pobre se sentara a su lado? Aquel era un arrogante capricho, que hasta entonces no había adoptado ni deseado ningún otro Senado del mundo. Incluso el propio Africano, que siendo cónsul fue el responsable del cambio, dijo que lo lamentaba. Tan desagradable resulta cualquier desviación de las antiguas costumbres y tanto prefieren los hombres seguir con las viejas prácticas, salvo que la experiencia las condene claramente.

[34.55] En el comienzo del año del mandato de los nuevos cónsules, Lucio Cornelio y Quinto Minucio -193 a.C.-, fueron tantos los informes sobre la ocurrencia de terremotos que la gente llegó a cansarse, no solo del propio asunto, sino también de la suspensión de negocios ordenadas por su causa. No se podían celebrar reuniones del Senado, ni se podían tratar asuntos públicos, pues los cónsules estaban totalmente ocupados con los sacrificios y las expiaciones. Finalmente, los decenviros recibieron instrucciones para consultar los Libros Sagrados y, de acuerdo con sus instrucciones, se proclamó una rogativa durante tres días. Se ofrecieron oraciones en todos los santuarios, con los suplicantes tocados con coronas de laurel, emiténdose un aviso para que todos los miembros de cada familia ofrecieran juntos sus oraciones. El Senado autorizó a los cónsules para que publicaran un edicto prohibiendo que nadie informara de ningún terremoto el mismo día en que se hubiera decretado la expiación de otro. Después de esto, los cónsules sortearon sus provincias. La Galia correspondió a Cornelio y la Liguria a Minucio. El sorteo para los pretores determinó para Cayo Escribonio la pretura urbana, para Marco Valerio la peregrina, Sicilia correspondió a Lucio Cornelio, Cerdeña a Lucio Porcio, Hispania Citerior fue para Cayo Flaminio e Hispania Ulterior para Marco Fulvio.

[34.56] Los cónsules no esperaban ninguna guerra durante su año de magistratura, pero llegó una carta de Marco Cincio, el prefecto de Pisa, anunciando un levantamiento en la Liguria. Todos los consejos de aquella nación habían aprobado resoluciones a favor de las hostlidades; había ya veinte mil ligures en armas que habían devastado el territorio alrededor de Luna y que, después de cruzar las fronteras de Pisa, habían invadido toda la parte de la costa. Minucio, a quien había correspondido la provincia de Liguria, siguiendo instrucciones del Senado, subió a los rostra y emitó un edicto para que las dos legiones urbanas que habían sido alistadas el año anterior se reunieran, en un plazo de diez días, en Arezzo, siendo ocupado su lugar por dos legiones que él alistaría. Igualmente, notficó a los magistrados y delegados de las comunidades latinas y aliadas que estaban obligadas a proporcionar soldados, que debían reunirse con él en el Capitolio. Una vez allí, dispuso con ellos el contingente que cada ciudad debía proporcionar, de acuerdo con el número de hombres que tenían en edad militar, fijándose el total en quince mil infantes y quinientos jinetes. Se les ordenó que marcharan de inmediato a las puertas y alistasen sus fuerzas sin perder un instante. Fulvio y Flaminio fueron reforzados, cada uno, con fuerzas romanas en número de tres mil infantes y cien jinetes, además de cinco mil de infantería y doscientos de caballería proporcionados por los latinos y aliados, ordenándose a los pretores que licenciaran a los soldados veteranos en cuanto llevaran a sus provincias. Un gran número de los soldados de las legiones de la Ciudad acudían a los tribunos de la plebe, instándoles a que investgaran las razones por las que no se les debía llamar a filas, fuera por haber cumplido su tiempo de servicio o por motivos de salud. Este asunto quedó apartado por un mensaje de Tiberio Sempronio, en el que afirmaba que una fuerza de diez mil ligures había aparecido en las proximidades de Plasencia y había devastado el territorio a sangre y espada hasta las mismas murallas de la colonia y las orillas del Po; también decía que los boyos estaban contemplando una reanudación de las hostlidades.

En vista de esta notcia, el Senado decretó que se estableciera el estado de emergencia y que no aprobaban que los tribunos investgaran las quejas de los soldados para no presentarse a la concentración ordenada. Asimismo, ordenó que los hombres de los contingentes aliados que habían servido bajo Publio Cornelio y Tiberio Sempronio, y que habían sido licenciados por ellos, se reunieran de nuevo el día que Lucio Cornelio dispusiera y en el lugar de Etruria que les notficase; de camino a su provincia, el cónsul debería alistar, armar y llevar con él a todo hombre que considerase apto de los pueblos y distritos por los que pasara, autorizándosele a licenciar a cualquiera de ellos que quisiera y cuando lo deseara.

[34,57] Una vez que los cónsules hubieron alistado las tropas necesarias y partido para sus provincias, Tito Quincio solicitó al Senado que escuchase los acuerdos que había hecho, de acuerdo con los diez comisionados, y que los ratficasen y confirmasen si los consideraban adecuado. Les dijo que estarían en mejor posición para hacerlo si escuchaban las declaraciones de los embajadores que habían venido de cada ciudad de Grecia, así como a los venidos de parte de los tres reyes. Estas delegaciones fueron presentadas en el Senado por el pretor urbano, Cayo Escribonio, encontrándose todas ellas con una recepción favorable. Como las negociaciones con Antioco se alargaran un tanto, se les confió a los diez comisionados, algunos de los cuales habían estado con el rey tanto en Asia como en Lisimaquia. Se autorizó a Tito Quincio para que escuchase a los embajadores en presencia de los delegados, y que les respondiera en un sentido tal que respetara los intereses y el honor del pueblo romano. Menipo y Hegesianacte encabezaban la embajada, siendo el primero su portavoz. Esté declaro que no entendía qué problema había con su misión, pues habían venido simplemente a pedir relaciones de amistad y a establecer una alianza. Había tres tpos de tratados mediante los cuales llegan a acuerdos los Estados y los monarcas. El primero era cuando se dictaban condiciones a los vencidos en una guerra pues, cuando se entregaban al que había resultado más fuerte con las armas, daban a este el derecho absoluto a decir qué les dejaría a ellos y de qué se les privaría. En el segundo caso, las potencias que se habían enfrentado en igualdad de condiciones en la guerra establecían una alianza de paz y amistad en términos también de igualdad, pues al llegar a un mutuo entendimiento respecto a sus reclamaciones y a las propiedades alteradas por la guerra, se arreglaban las cosas de acuerdo con las normas antiguas o según lo que más conviniera a las partes. La tercera clase de tratados comprendía aquellos efectuados por estados que nunca habían sido enemigos y que se establecían una alianza de amistad; no se imponían o aceptaban condiciones, pues estas solo se daban entre vencedores y vencidos. Era un tratado de este último tipo el que buscaba Antioco, y él -su portavoz-estaba sorprendido de que los romanos pensaran que era justo y equitativo imponer condiciones al rey, decidiendo ellos qué ciudades de Asia querían que fuesen libres y autónomas y cuáles pagarían tributo, prohibiendo en algún caso que el rey las guarneciera, y hasta la presencia del mismo rey. Aquellos eran los términos sobre los que se hizo la paz con Filipo, su enemigo, y no un tratado de alianza con Antioco, que era su amigo.

[34.58] La respuesta de Quincio fue la siguiente: "Ya que te place efectuar tales distinciones y enumerar las diversas maneras en las que se pueden establecer relaciones de amistad, también yo expondré las dos condiciones a partir de las cuales, y se lo puedes comunicar a tu rey, no se puede establecer amistad con Roma. Una de ellas es esta: si no desea que nos ocupemos de las ciudades de Asia, debe mantener sus propias manos alejadas de cualquier zona de Europa. La otra es la siguiente: si, en vez de limitarse a estar tras las fronteras de Asia, cruza a Europa, los romanos estarán perfectamente justficados a proteger los tratados de amistad que ya tienen y a establecer otros nuevos en Asia". Hegesianacte respondió: "Es sin duda una propuesta indigna el pedir que Antioco se excluya de las ciudades de Tracia y el Quersoneso, que su gran abuelo Seleuco ganó gloriosamente tras derrotar al rey Lisímaco, que cayó en la batalla, y algunas de las cuales el mismo Antioco recupero por la fuerza de las armas de los tracios, que se habían apoderado de ellas; mientras, otras que habían sido abandonadas, como Lisimaquia, fueron repobladas con sus habitantes y las que habían sido incendiadas o arrasadas las reconstruyó a un costo enorme. ¿Qué semejanza podía haber entre la renuncia de Antioco a su derecho sobre las ciudades adquiridas o recuperadas de esta manera, y la no injerencia de los romanos en Asia, que nunca les había pertenecido? Antioco estaba pidiendo la amistad de Roma, pero una amistad cuya consecución le fuera honrosa, no vergonzosa". Ante esto, Quincio observó: "Ya que estamos hablando de lo honorable, cosa que debiera ser la única, o al menos la primera, en ser considerada por la primera nación del mundo y por un monarca tan grande como el tuyo, ¿qué te parece lo más honorable: desear la libertad de todas las ciudades griegas dondequiera que estén o mantenerlas bajo servidumbre y tributo? Si Antioco piensa que está actuando honorablemente al reclamar el señorío de las ciudades que logró su bisabuelo mediante el derecho de guerra, y que su abuelo y su padre nunca ejercieron, el pueblo romano también considera que su sentido del honor y la coherencia le impiden abandonar su compromiso para defender la libertad de Grecia. De la misma manera que liberaron a Grecia de Filipo, era su intención liberar de Antioco a las ciudades griegas de Asia. No se fundaron, desde luego, las colonias de la Eólide ni de Jonia para que fuerzas esclavas de los reyes, sino para engrandecer el linaje de una antigua nación y que se extendiera por el mundo".

[34.59] Como Hegesianacte vacilara y no pudiera negar que la causa de la libertad resultaba un ttulo más honorable que el de la esclavitud, Publio Sulpicio, el mayor de los diez delegados, dijo: "No demos más rodeos; elegid una de las dos condiciones que Quincio os ha expuesto tan claramente o dejad ya de hablar de amistad". "No es nuestro deseo -dijo Menipo-, ni está en nuestro poder, establecer pacto alguno por el que se vea perjudicada la soberanía de Antioco". Al día siguiente, Quincio presentó al Senado todas las legaciones de Grecia y Asia, para que pudieran saber de la actitud de los romanos y la de Antioco respecto a las ciudades de Grecia. Expuso ante ellos sus propias demandas y luego las del rey, diciéndoles que informaran a sus gobernantes de que los romanos mostrarían la misma valenta y lealtad al reivindicar sus libertades ante Antioco, si no abandonaba Europa, que las mostradas al liberarlos de Filipo. Ante esto, Menipo rogó encarecidamente a Quincio y al Senado que no precipitaran una decisión que podría, una vez adoptada, sumir al mundo entero en la confusión. Les pidió que tomaran tiempo para refexionar y dejar que el rey hiciera lo mismo. Cuando se informara a este de las condiciones, las consideraría y lograría alguna modificación en ellas o haría alguna concesión en aras de la paz. De esta manera, se aplazó la cuestón y se decidió que se enviaran al rey los mismos delegados que habían estado con él en Lisimaquia, es decir, Publio Sulpicio, Publio Vilio y Publio Elio.

[34,60] Apenas habían dado inicio a su misión cuando llegaron embajadores de Cartago con informes fehacientes de que Antioco, sin duda, se estaba preparando para la guerra con el asesoramiento y la ayuda de Aníbal, temiéndose al mismo tiempo el estallido de una guerra contra Cartago. Como se ha señalado anteriormente, Aníbal, fugitivo de su país natal, había llegado a la corte de Antioco, donde fue tratado con gran distinción; el único motivo para ello es que el rey había estado considerando durante mucho tiempo una guerra con Roma, y nadie podría estar más cualificado para confiarle sus planes que el comandante cartaginés. Nunca vaciló en su opinión de que la guerra debía llevarse a cabo en suelo italiano; Italia podría proporcionar suministros y hombres a un enemigo extranjero. Pero, argumentó, si aquel país se mantenía indemne y Roma era libre de emplear las fuerzas y recursos de Italia más allá de sus fronteras, ningún monarca y ninguna nación podría enfrentársele en igualdad de condiciones. Pedía cien barcos con cubierta y una fuerza de diez mil infantes y mil jinetes; llevaría primero la flota a África, pues confiaba en poder persuadir a los cartagineses para entrar en otra guerra y, si se echaban atrás, llevaría la guerra contra Roma en alguna parte de Italia. El rey debería cruzar a Europa con el resto de su ejército y mantener sus tropas en algún lugar de Grecia, sin navegar hacia Italia pero dispuesto para hacerlo; lo que sería bastante para dar una idea de la magnitud de la guerra.

[34,61] Cuando hubo convencido al rey para que adoptase este plan suyo, pensó que debía preparar a sus compatriotas, pero no deseaba correr el riesgo de enviar una carta escrita para que no la pudieran interceptar y que se descubrieran sus planes. Durante su visita a Éfeso, había entrado en contacto con un trio llamado Aristón, cuyo desempeño durante ciertas tareas de menor importancia que le encargó hicieron que Aníbal decidiera emplearle. Por medio de sobornos y generosas promesas, que el mismo rey hizo suyas, le convenció para ejecutar una misión en Cartago. Aníbal le proporcionó una lista de aquellos con los que necesitaba entrevistarse, dándole también señales secretas para que aquellos tuvieran la certeza de que sus instrucciones provenían sin duda de Aníbal. Al dejarse ver por Cartago, los enemigos de Aníbal descubrieron el motivo de su visita al mismo tiempo que sus amigos, pues el asunto se convirtó en tema de conversación en reuniones y banquetes. Por último, dio lugar a una discusión en el senado, donde varios oradores declararon que nada se ganaba con el desterro de Aníbal si, incluso ausente, era capaz de planear traiciones y agitar a los ciudadanos, amenazando la seguridad de la ciudad. Dijeron que un tal Aristón, un extranjero trio, había llevado con instrucciones de Aníbal y Antioco, que gentes bien conocidas mantenían conversaciones secretas con él cada día y que estaban planeando ocultamente algo que pronto estallaría y traería sobre ellos la ruina de todos. Hubo un clamor general, y todos los presentes exigieron que se citara a aquel Aristón, que se le interrogara sobre el objeto de su visita y, que si no lo explicaba, se enviara una delegación a Roma. "Bastante hemos sufrido ya -dijeron-por la imprudencia de un solo hombre; si un particular se comportaba inadecuadamente, que arrostrase las consecuencias de sus actos. La ciudad debía ser preservada de cualquier mancha, y aún sospecha, de culpabilidad".

Cuando Aristón compareció, trató de limpiar su nombre basándose, principalmente, en el hecho de que no había traído ninguna carta para nadie. No dio, sin embargo, una explicación satsfactoria del objeto de su visita, y lo que le causó más vergüenza fue la denuncia de que sus entrevistas se limitaban a los miembros del partido Bárcida. En el debate que se originó a continuación, una parte exigía su arresto y detención como espía, la otra afirmaba que no había base para tal acción irregular y que sentaría un mal precedente si los visitantes extranjeros quedasen detenidos sin ninguna razón. Lo mismo sucedería con los cartagineses en Tiro y en otras ciudades comerciales que tan ampliamente frecuentaban. El debate quedó aplazado. Aristón, ejecutó entre cartagineses una estratagema cartaginesa. Al caer la tarde, colgó unas tablas escritas en el lugar más concurrido de la ciudad, sobre el tribunal donde se sentaban cada día los magistrados. En la tercera guardia nocturna, embarcó en una nave y huyó. Cuando los sufetes tomaron asiento a la mañana siguiente para administrar justicia, vieron las tablas, las bajaron y las leyeron. Se decía en ellas que las instrucciones que trajo Aristón no estaban destinadas a ciudadanos particulares; eran públicas y estaban dirigidas a los ancianos, que así designaban a su senado. Dado que esta acusación involucraba al gobierno en su conjunto, hubo menos afán por investgar los pocos casos sobre los que recaían sospechas. Se decidió, no obstante, que se debía enviar una delegación a Roma para informar del asunto a los cónsules y al Senado, y al mismo tiempo, presentar una demanda contra Masinisa.

[34,62] Al comprender Masinisa que los cartagineses estaban desacreditados y se contradecían, pues el senado sospechaba de los dirigentes del partido Bárcida por sus entrevistas con Aristón y el pueblo sospechaba del senado debido a la denuncia del propio Aristón, pensó que era una buena oportunidad para atacarlos; así pues, devastó la costa de la Sirte Menor y obligó a que le pagaran tributo algunas ciudades que eran estpendiarias de Cartago. Aquella zona costera que bordea la Sirte Menor se llama Emporio [región situada entre los golfos de Hammamet y de Gabes, al este de la actual Túnez.-N. del T.] . Se trata de un país muy fértl en el que hay una sola ciudad, Lepts Magna, que estuvo pagando tributo a Cartago en cantidad de un talento al día. Este distrito fue el que Masinisa invadió y saqueó de extremo a extremo y ocupó partes de él, poniendo en duda si le pertenecía a él o a los cartagineses. Al enterarse de que estos habían enviado emisarios a Roma para responder a las acusaciones que se habían hecho contra ellos, así como para quejarse de su conducta, también él envió una delegación para reforzar las sospechas contra Cartago y para poner también en cuestón la legitimidad del tributo que obtenía aquel gobierno del territorio por él invadido. Los cartagineses fueron recibidos en audiencia los primeros, y su informe del extranjero trio hizo que el Senado se sintera inquieto por no verse envuelto a la vez en una guerra contra Antioco y contra Cartago. Lo más fortaleció sus sospechas fue, sobre todo, el hecho de que tras decidir la detención de Aristón y su envío a Roma, no le tuvieron, ni a él ni a su barco, bajo vigilancia. Luego vino la discusión con los embajadores del rey en cuanto al territorio en disputa. Los cartagineses basaban la defensa de su caso en la adjudicación que efectuó Escipión del territorio que quedaría incluido dentro de las fronteras cartaginesas, aduciendo además el reconocimiento que hizo el mismo Masinisa. En efecto, cuando Afires era un fugitivo de su reino y andaba con un cuerpo de númidas por las cercanías de Shahhat [la antigua Cirene.-N. del T.], Masinisa, que lo perseguía, les pidió permiso para atravesar aquel territorio, mostrando con ello que no tenía ninguna duda en cuanto a su pertenencia a Cartago.

Los númidas sostenían que mentan en su declaración sobre la delimitación efectuada por Escipión. Y si se investgaba sobre el origen de cualquier derecho que reclamaran, ¿Qué tierra de África pertenecía verdaderamente a los cartagineses? Cuando desembarcaron en sus costas y buscó un asentamiento, se les concedió, como un favor, tanta tierra para construir su ciudad como pudieran abarcar con la piel de un buey cortada en tras. Cualquier terreno que ocuparan más allá de Bursa [así se llamaba la ciudadela, que es también la palabra fenicia para ese concepto.-N. del T.], lo habían obtenido mediante la violencia y el robo. En cuanto al territorio en cuestón, era imposible para ellos demostrar que lo habían poseído ininterrumpidamente desde el principio, o ni siquiera durante un largo periodo de tiempo. Los cartagineses y los reyes de Numidia presentaban reclamaciones, alternativamente, según se presentaba la oportunidad; siempre se converta en posesión de aquellos cuyas armas, en aquel momento, fueran las más fuertes. Solicitaban al Senado que dejara las cosas en la misma situación que estaban antes de que Cartago se convirtera en enemiga y Masinisa en amigo y aliado de Roma, y que no impidieran que fuese su dueño el que podía hacerlo. La respuesta dada a las dos partes fue en el sentido de que el Senado enviaría una comisión a África para resolver la controversia sobre el terreno. Los comisionados fueron Publio Escipión el Africano, Cayo Cornelio Cétego y Marco Minucio Rufo. Después de inspeccionar el lugar y escuchar a ambas partes, no se decidieron por ninguna de ellas y dejaron en suspenso todo el asunto. Si lo hicieron así por propia iniciativa o por haber recibido instrucciones en tal sentido, resulta incierto. Lo que sí parece cierto es que, dadas las circunstancias, resultaba conveniente dejar la cuestón irresoluta. De no haber sido así, el propio Escipión, tanto por su conocimiento de los hechos como por su infuencia personal sobre ambos contendientes por los buenos servicios que les había prestado, podría haber puesto fin al asunto con un simple gesto.

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Libro 35: Antíoco en Grecia

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[35.1] En los primeros meses del año en que sucedieron los sucesos anteriores [-193 a.C.-N. del T.], tuvieron lugar varios enfrentamientos sin importancia en Hispania Citerior, entre el pretor Sexto Digicio y numerosas ciudades que se rebelaron tras la partida de Marco Catón. Aquellos fueron, en general, tan costosos para los romanos que las fuerzas que el pretor entregó a su sucesor fueron casi la mitad de las que él había recibido. Sin duda se habría producido un levantamiento general en toda Hispania de no haber librado el otro pretor, Publio Cornelio Escipión, varios combates victoriosos más allá del Ebro, intimidando de tal manera a los nativos que no menos de cincuenta ciudades fortificadas se pasaron con él. Estos combates los libró Escipión siendo pretor. Ya como propretor, infigió una severa derrota a los lusitanos. Estos habían devastado la Hispania Ulterior y regresaban a sus hogares con un muy cuantoso botín, cuando él los atacó cuando marchaban y combató desde la hora tercia del día hasta la octava sin llegar a ningún desenlace. Aunque era inferior en número, tenía ventaja en otros aspectos, pues atacó con las filas cerradas una larga columna que se veía obstaculizada por múltples cabezas de ganado, y con sus soldados frescos mientras que el enemigo estaba cansado por su larga marcha. En efecto, este había iniciado su marcha tras el relevo de la tercera guardia nocturna y a esta marcha se añadió otra diurna de tres horas; al verse obligados a aceptar el combate sin haber descansado nada, solo en la primera etapa de la batalla mostraron algún ánimo o energía. Al principio consiguieron forzar algún desorden entre los romanos, pero después la lucha se fue igualando. Al verse en situación comprometda, el pretor prometó ofrendar unos juegos a Júpiter si lograba derrotar y destruir al enemigo. Finalmente, el ataque romano se hizo más persistente y los lusitanos empezaron a ceder terreno para, seguidamente, dispersarse y huir. En la persecución que siguió, murieron unos doce mil enemigos, se tomaron quinientos cuarenta prisioneros, casi todos jinetes, y se capturaron ciento treinta y cuatro estandartes. Las pérdidas en el ejército romano ascendieron a setenta y tres hombres. El escenario de la batalla no estaba lejos de la ciudad de Alcalá del Río [la antigua ciudad turdetana de Ilipa, en la actual provincia de Sevilla.-N. del T.], y Publio Cornelio llevó su ejército victorioso, enriquecido con el botín, hacia aquel lugar. El conjunto del botín fue colocado frente a la ciudad, permiténdose que los propietarios reclamaran sus propiedades. El resto fue entregado al cuestor para su venta, distribuyéndose los ingresos a los soldados.

[35,2] Cayo Flaminio no había salido aún de Roma, cuando ocurrieron estas cosas en Hispania. Naturalmente, él y sus amigos comentaron mucho más las derrotas que las victorias, y como había estallado en su provincia una guerra generalizada y él iba a hacerse cargo del miserable remanente del ejército que tenía Sexto Digicio, y aún aquel completamente desmoralizado, trató de convencer al Senado para que le asignara una de las legiones urbanas. Entre estas y las fuerzas que el Senado le había autorizado a alistar, pudo escoger hasta seis mil doscientos infantes y trescientos jinetes y, con esta legión -pues no se podía esperar mucho del ejército de Digicio-declaró que se podría emplear bastante bien. Los miembros de más edad de la Cámara sostenían que sus decisiones no se debían tomar sobre la base de rumores iniciados por ciudadanos particulares en interés de determinados magistrados, y que no se debía conceder importancia más que a los despachos de los pretores desde sus provincias o a los informes que llevaban a casa sus oficiales. Si había un levantamiento repentino en Hispania, consideraban que se podía autorizar al pretor para que efectuase inmediatamente un alistamiento extraordinario de tropas fuera de Italia. Lo que tenía en sus mentes el Senado era que estas tropas se reclutasen en Hispania. Valerio Antas afirma que Cayo Flaminio navegó a Sicilia para reclutar hombres y que, estando de camino desde allí hacia Hispania, fue llevado por una tormenta hasta África, donde tomó el juramento militar a los soldados que habían pertenecido al ejército de Publio Africano. A estas dos levas añadió otra en Hispania.

[35.3] En Italia, además, la guerra Ligur se estaba agravando. Pisa estaba ya rodeada por cuarenta mil hombres, incrementándose cada día su número con las multitudes que se sentían atraídas por el amor a la lucha y la esperanza de botín. Minucio llegó a Arezzo el día en que había fijado para la concentración de sus soldados. Desde allí, marchó en orden cerrado hacia Pisa, y aunque el enemigo había movido su campamento al otro lado del río, a una posición que distaba no más de una milla de la plaza [1480 metros.-N. del T.], consiguió entrar en la ciudad que, con su llegada, quedó salvada sin duda. Además, al día siguiente cruzó el río y fijó su campamento aproximadamente a media milla del asentamiento enemigo. Desde esta posición libró pequeños combates, protegiendo así de la devastación las tierras de las tribus amigas. Como sus tropas estaban compuestas por reclutas recientes, procedentes de diversas clases y aún no suficientemente acostumbrados los unos a los otros como para confiar mutuamente, no se aventuró a plantear una batalla campal. Los ligures, confiados en su número, salían y ofrecían batalla, dispuestos para un combate decisivo, y aún enviaban destacamentos en todas direcciones, más allá de sus fronteras, para conseguir botín. Una vez habían reunido gran cantidad de ganado y otros bienes, tenían dispuesta una escolta armada para llevarlos a sus castllos y aldeas.

[35,4] Como las operaciones en la Liguria estaban limitadas a Pisa, el otro cónsul, Lucio Cornelio Mérula, llevó su ejército, por los últimos territorios de los ligures, hasta el país de los boyos. Aquí se emplearon tácticas completamente distintas, pues fue el cónsul el que presentó batalla y el enemigo el que la declinó. Al encontrarse sin oposición, los romanos se dispersaron en destacamentos de saqueo, prefiriendo los boyos que se llevaran sus propiedades impunemente antes que arriesgar una batalla en su defensa. Una vez devastado todo el país a sangre y fuego, el cónsul dejó el territorio enemigo y marchó en dirección a Módena [la antigua Mutina.-N. del T.], tomando tan pocas precauciones contra un ataque como si estuvieran en territorio amigo. Cuando los boyos vieron que el enemigo se había retirado de sus fronteras, lo siguieron silenciosamente, buscando un lugar adecuado para una emboscada. Pasaron de largo el campamento romano durante la noche y se apoderaron de un desfiladero por el que debían marchar los romanos. Este movimiento no pasó desapercibido y el cónsul, que tenía por costumbre levantar el campamento bien entrada la noche, decidió esperar a la luz del día para que los peligros inherentes a un confuso combate no se vieran aumentados por la oscuridad. Aunque ya había bastante luz cuando partió, envió una turma de caballería para reconocer el terreno. Al recibir su informe en cuanto a la fuerza y posición del enemigo, ordenó que se reuniera toda la impedimenta y se ordenó a los triarios que la rodearan con una empalizada. Con el resto de su ejército en formación de batalla, avanzó contra el enemigo. Los galos hicieron lo mismo al ver que su estratagema había sido descubierta y que tendrían que librar una batalla campal en la que se impusieran por el valor.

[35.5] El combate dio comienzo alrededor de la segunda hora [sobre las ocho de la mañana.-N. del T.]. El ala izquierda, con la caballería aliada, y las fuerzas especiales combatan en primera línea, bajo el mando de dos generales de rango consular: Marco Marcelo y Tiberio Sempronio; el último había sido cónsul el año anterior. El cónsul Mérula estaba unas veces junto a los estandartes de vanguardia y otras reteniendo a las legiones de reserva, para que no se lanzaran al frente, en su afán por combatir, antes de que se diera la señal. Dos tribunos militares, Quinto y Publio Minucio, recibieron órdenes de sacar la caballería de aquellas dos legiones fuera de la línea y que lanzaran una carga, sin estorbos, cuando se les diera la señal. Mientras el cónsul tomaba estas disposiciones, llegó un mensaje de Tiberio Sempronio Longo informándole de que las fuerzas especiales no podían resistr la embestda de los galos, que muchos habían resultado muertos y los supervivientes, en parte por cansancio y en parte por miedo, habían perdido combatividad. Preguntaba al cónsul, por tanto, si aprobaba el envío de una de las legiones antes de que resultaran humillados por la derrota. Se envió a la segunda legión y se retró al cuerpo especial, quedando restaurada la batalla al llegar la legión con sus hombres frescos y sus manípulos al completo. Conforme se retiraba el ala izquierda de la línea de combate, el ala derecha se aproximaba a primera línea. El sol abrasaba los cuerpos de los galos, que no podían soportar el calor; no obstante, soportaron los ataques de los romanos en formación cerrada, apoyándose unas veces en los demás y otras en sus escudos. Al observar esto, el cónsul ordenó a Cayo Livio Salinator, que mandaba la caballería aliada, que enviase a sus hombres a galope tendido contra ellos, quedando como reserva la caballería de las legiones. Este huracán de caballería confundió, desordenó y, finalmente, rompió las líneas de los galos, aunque no hasta obligarlos a huir. Sus jefes empezaron por detener cualquier intento de huída golpeando a los indecisos con sus lanzas y obligándolos a volver a sus líneas; sin embargo, la caballería de las alas, galopando entre ellos, no les dejaban hacerlo. El cónsul pedía a sus hombres un esfuerzo más, les decía que tenían la victoria al alcance de sus manos, veían como se desordenaba y desmoralizaba el enemigo, y debían presionarlos con su ataque. Si les permitan rehacer sus filas, la batalla empezaría de nuevo con resultado incierto. Ordenó que avanzaran los signíferos y, con un esfuerzo al unísono, obligaron al enemigo a ceder. Una vez se dispersó y puso en fuga a los galos, se envió a la caballería de las legiones a perseguirles. Catorce mil boyos murieron en el combate de aquel día, se hizo prisioneros a mil novecientos dos, entre ellos a setecientos veintuno de su caballería, incluyendo tres jefes; además, se capturaron doscientas doce enseñas militares y sesenta y tres carros militares. Tampoco resultó incruenta la victoria para los romanos; perdieron más de cinco mil hombres, suyos o del contingente aliado, entre ellos 23 centuriones, cuatro prefectos de los aliados y tres tribunos militares de la segunda legión, Marco Genucio, Quinto Marcio y Marco Marcio.

[35.6] Casi el mismo día, llegaron a Roma las cartas de los dos cónsules. La de Lucio Cornelio contenía su informe de la batalla de Módena; la de Quinto Minucio, en Pisa, declaraba que le había tocado en suerte la celebración de las elecciones, pero que toda la situación en la Liguria era tan incierta que le resultaba imposible abandonarla sin causar la ruina de los aliados y dañar los intereses de la República. Sugería que, si al Senado le parecía bien, podría enviar recado a su colega, que prácticamente había dado fin a la guerra en la Galia, pidiéndole que regresara a Roma para celebrar las elecciones. Si Cornelio se oponía, alegando que aquello no era parte de las funciones que se sortearon, él estaría dispuesto, sin embargo, a hacer lo que decidiera el Senado. No obstante, él les rogaba que examinaran larga y cuidadosamente la cuestón y que miraran si no interesaría más al Estado el nombramiento de un interrex a que él regresara de su provincia en aquellas condiciones. El Senado encargó a Cayo Escribonio que enviara dos delegados de rango senatorial a Lucio Cornelio, para que le mostraran la carta que había remitido su colega a la Cámara y para que le informara de que, a menos que viniese él a Roma para celebrar las elecciones de los nuevos magistrados, el Senado tendría que dar su consentimiento al nombramiento de un interrex, para no llamar de vuelta a Quinto Minucio de una guerra que apenas acababa de empezar. Los delegados regresaron con la noticia de que Lucio Cornelio vendría a Roma para la elección de los nuevos magistrados. La carta que aquel había enviado después de su enfrentamiento con los boyos, dio lugar a un debate en el Senado. Marco Claudio había escrito, de manera no oficial, a la mayoría de los senadores afirmando que era a la buena fortuna de Roma y a la valenta de los soldados a las que tenían que agradecer cualquier victoria lograda. Cuanto el cónsul había hecho era perder un gran número de sus hombres y permitr que el enemigo se le escapara de entre las manos cuando tuvo la ocasión de aniquilarlos. Sus pérdidas se debieron, principalmente, a la demora en dar con sus reservas el relevo a la primera línea, que estaba siendo sobrepasada. El enemigo pudo escapar por que tardó demasiado en dar la orden a la caballería legionaria, impidiendo así que persiguieran a los fugitivos.

[35.7] El Senado acordó no debía tomarse ninguna decisión apresurada sobre este asunto y que se aplazaría el debate a una reunión posterior. Había otra cuestón urgente a tratar, pues los ciudadanos estaban sufriendo la presión de los prestamistas y, aunque se habían promulgado numerosas leyes para moderar su avaricia, se escapaban mediante la artimaña de traspasar las deudas a individuos de las ciudades aliadas a quienes no afectaban aquellas leyes. De esta manera, los deudores estaban siendo abrumados por unos intereses ilimitados. Tras discutr sobre el mejor sistema para controlar esta práctica, se decidió fijar como fecha límite la próxima festividad de las Feralias; los miembros de las ciudades aliadas que prestasen dinero a ciudadanos romanos después de aquella fecha lo habrían de declarar y desde aquel día los deudores podrían escoger a qué normas sobre los créditos se acogían. Después, cuando tras las declaraciones se descubrió la magnitud de las deudas contraídas por este sistema fraudulento, uno de los tribunos de la plebe, Marco Sempronio, fue autorizado por el Senado para proponer al pueblo una medida, que este aprobó, disponiendo que las deudas contraídas con miembros de las comunidades aliadas y latina se regirían por las mismas leyes que las contraídas con ciudadanos romanos. Estos fueron los principales acontecimientos militares y políticos en Italia. En Hispania, la guerra no resultó en absoluto tan grave como decían los rumores. Cayo Flaminio, en la Hispania Citerior, tomó la ciudad fortificada de Ilucia, en el territorio de los oretanos [pudiera tratarse de Ilugo, población oretana al noreste de Cástulo.-N. del T.]. Llevó después sus tropas a sus cuarteles de invierno, librando durante este varias acciones sin importancia para rechazar lo que eran más correrías de bandidos que ataques de tropas enemigas. Sin embargo, no siempre tuvo éxito y sufrió algunas pérdidas. Marco Fulvio dirigió operaciones de más importancia: libró una batalla campal cerca de Toledo [la antigua Toletum.-N. del T.] contra una fuerza combinada de vaceos, vetones y celtiberos, los derrotó y puso en fuga e hizo prisionero a su rey, Hilerno.

[35,8] Mientras tanto, se acercaba la fecha de las elecciones y Cornelio Lucio, después de entregar su mando a Marco Claudio, marchó a Roma. Después de explayarse en el Senado sobre sus servicios y el estado en que había dejado la provincia, quejándose a continuación ante los padres conscriptos porque no se hubiera rendido el debido homenaje a los dioses inmortales, tras haberse terminado guerra tan grave mediante una única batalla victoriosa. Solicitó luego a la Curia que decretase una acción de gracias pública, así como un triunfo para él. Antes de que se planteasen aquellas cuestones, sin embargo, Quinto Metelo, que había desempeñado los cargos de cónsul y dictador, declaró que la carta que Lucio Cornelio había remitido al Senado se contradecía con la enviada por Marco Marcelo a la mayoría de senadores, habiéndose aplazado el debate sobre este respecto para que pudiera celebrarse cuando los autores de aquellas cartas estuvieran presentes. Él había esperado, por tanto, que el cónsul, sabedor de que su lugarteniente había efectuado algunas declaraciones en su contra, lo llevaría de regreso con él al tener que regresar a Roma, pues además el ejército se debía entregar a Tiberio Sempronio, que ya tenía el imperio, y no a un legado [imperio en el sentido de la más alta autoridad política, religiosa y militar en campaña; usamos legado en su sentido de jefe de una legión.-N. del T.]. Ahora parecía como si hubiera quitado intencionadamente a aquel hombre toda oportunidad de haber repetido sus declaraciones frente a frente con su oponente, mientras se le podría rebatr si hacía alguna afirmación sin base y se determinaba la verdad con toda claridad. Por lo tanto, su opinión era que no se debía tomar ninguna decisión, por el momento, en cuanto a lo solicitado por el cónsul. Como el cónsul aún insistera en solicitar del Senado un decreto de acción de gracias y que se le autorizara a procesionar en triunfo por la Ciudad, dos de los tribunos de la plebe, Marco y Cayo Titinio dijeron que ejercerían su derecho de veto si se aprobaba una resolución del Senado a tal efecto.

[35.9] Los censores que habían sido elegidos durante el año anterior fueron Sexto Elio Peto y Cayo Cornelio Cétego. Cornelio cerró el lustro. Se censaron doscientos cuarenta y tres mil setecientos cuatro ciudadanos. Hubo aquel año lluvias torrenciales y las partes bajas de la Ciudad quedaron inundadas por el río Tíber. Cerca de la Puerta Flumentana se derrumbaron algunos edificios. La Porta Celimontana [en el Celio.-N. del T.] resultó alcanzada por el rayo, al igual que varios puntos de la muralla adyacente a ella. En La Riccia [la antigua Aricia.-N. del T.], Lanuvio y en el Monte Aventino se produjo una lluvia de piedras. Se informó desde Capua de que un gran enjambre de avispas voló por el foro y se instaló en el templo de Marte, recogiéndolas cuidadosamente y quemándolas. A consecuencia de estos portentos, se ordenó a los decenviros de los Libros Sagrados que los consultasen. Se ofrecieron sacrificios durante nueve días, señalándose la práctica de rogativas públicas y purificándose la Ciudad. Por aquellas fechas, Marco Porcio Catón dedicó la capilla de Victoria Virgen, próxima al templo de la Victoria, que había ofrecido mediante voto dos años antes. Durante aquel año se estableció una colonia latina en el Fuerte Ferentino, en territorio de Turios. Los triunviros que supervisaron la colonización fueron Aulo Manlio Volso, Lucio Apusto Fulón y Quinto Elio Tuberón, siendo el último el que había presentado la propuesta para efectuar su asentamiento. Los colonia estaba compuesta por tres mil hombres de infantería y trescientos de caballería, lo que resultaba un número pequeño en proporción a la cantidad de tierra disponible. Podrían haberse asignado treinta yugadas a cada soldado de infantería y sesenta a los de caballería; pero siguiendo el consejo de Apusto, se reservó un tercio de las tierras para que, si se deseaba, se pudieran asignar a nuevos colonos. Así pues, la infantería recibió veinte yugadas y la caballería cuarenta cada uno [recuérdese que una yugada equivalía a 0,27 Ha. aproximadamente.-N. del T.].

[35.10] El año estaba llegando a su fin y la campaña para las elecciones consulares estaba más encendida que nunca. Había muchos y poderosos candidatos, tanto patricios como plebeyos. Los candidatos patricios eran Publio Cornelio Escipión [Nasica.-N. del T.], el hijo de Cneo, que había regresado recientemente de su provincia en Hispania con un brillante historial; Lucio Quincio Flaminino, que había mandado la flota en Grecia, y Cneo Manlio Volso. Los candidatos plebeyos eran Cayo Lelio, Cneo Domicio, Cayo Livio Salinator y Manio Acilio. Sin embargo, todos fijaban la vista en Quincio y Cornelio, pues ambos eran patricios, competan por la misma plaza y los dos tenían grandes méritos por su reciente gloria militar. Pero, sobre todo, eran los hermanos de ambos candidatos [el Africano, en realidad, era primo-hermano de Nasica.-N. del T.] los que hacían que la competencia resultara tan emocionante, pues eran los comandantes más brillantes de su época. Escipión tenía la más espléndida de las reputaciones, pero aquel mismo esplendor le exponía aún más a la envidia; la reputación de Quincio era de más reciente aparición, pues su triunfo había sido celebrado durante aquel año. Además, el primero había estado expuesto continuamente a la vista pública durante casi diez años, una circunstancia que tende a disminuir el respeto sentido por los grandes hombres, pues la gente termina hastada de ellos. Había sido nombrado cónsul por segunda vez después de su derrota final de Aníbal, y también censor. En el caso de Quincio, toda su popularidad era nueva y basada en sus recientes éxitos; desde su triunfo, nada había pedido al pueblo y nada había recibido de este. Decía que él pedía el voto para su hermano de sangre, no para un primo; lo pedía para quien había sido su lugarteniente en la guerra y copartcipe en la dirección de la campaña, habiendo él dirigido la campaña terrestre y su hermano la marítima. Con estos argumentos logró derrotar a su competidor, a pesar de que estaba apoyado por su hermano el Africano, por la gens Cornelia y por el hecho de que las elecciones estuvieran dirigidas con un Cornelio cónsul, al que el Senado tenía en tan gran consideración que había sido declarado el mejor de los ciudadanos y designado para recibir a la Madre del Ida, cuando llegó a Roma desde Pesinunte. Lucio Quincio y Cneo Domicio Ahenobarbo fueron los elegidos; de modo que incluso en el caso del candidato plebeyo, Cayo Lelio, Escipión, que había estado pidiendo el voto para él, fue incapaz de lograr su elección. Al día siguiente fueron elegidos los pretores. Los candidatos electos fueron Lucio Escribonio Libón, Marco Fulvio Centumalo, Aulo Atilio Serrano, Marco Bebio Tánfilo, Lucio Valerio Tapón y Quinto Salonio Sarra. Marco Emilio Lépido y Lucio Emilio Paulo se distinguieron aquel año como ediles. Multaron a gran número de arrendadores de pastos públicos y de la recaudación hicieron escudos dorados, que colocaron en el frontón del templo de Júpiter. También construyeron dos pórticos: uno en el exterior de la puerta Trigémina, terminado con un muelle sobre el Tíber, y una segunda galería que iba desde la puerta Fontinal hasta el altar de Marte, por donde se pasaba al Campo de Marte.

[35,11] Durante bastante tiempo nada digno de memoria había ocurrido en Liguria, pero hacia final de año las cosas estuvieron por dos veces abocadas a un grave peligro. El campamento del cónsul fue atacado, siendo rechazado el ataque con gran dificultad; cuando, no mucho después, marchaba el ejército romano a través de un desfiladero, un ejército ligur se apoderó de la salida del mismo. Al estar bloqueada la salida, el cónsul decidió volver atrás e hizo contramarchar a sus hombres. Sin embargo, la entrada, a sus espaldas, también había sido ocupada por una parte de las fuerzas enemigas; no solo se imaginaban los soldados el desastre de Caudio, ya casi se les presentaba ante su vista [referencia a la célebre derrota de las Horcas Caudinas; ver libro 9,1 y ss.-N. del T.]. Entre sus tropas auxiliares tenía el cónsul alrededor de 800 jinetes númidas. Su prefecto aseguró el cónsul que podría abrirse paso a través de cualquiera de los pasos que eligiera, siempre que pudiera decirle en qué dirección estaban los pueblos más numerosos para que él pudiera atacarlos e incendiar inmediatamente sus casas, de manera que la alarma así creada pudiera obligar a los ligures a dejar sus posiciones en el desfiladero y acudir en ayuda de sus compatriotas. El cónsul elogió grandemente su plan y le prometó una abundante recompensa. Los númidas montaron en sus caballos y empezaron a cabalgar hacia los puestos avanzados enemigos sin mostrarse agresivos. Nada a primera vista parecía más despreciable que el aspecto que presentaban; los caballos y los hombres eran igualmente delgados y diminutos; los jinetes no llevaban armadura y, excepto por las jabalinas que portaban, iban desarmados; los caballos andaban sin bridas y su paso parecía torpe, trotando como solían con el cuello rígido y la cabeza extendida hacia delante. Ellos hicieron cuanto estaba en su mano para aumentar aquel desprecio: se dejaban caer de los caballos y presentaban un espectáculo ridículo. Así pues, los hombres de los puestos avanzados, que se habían puesto inicialmente en estado de alerta y se habían dispuesto a rechazar un ataque, dejaron ahora a un lado sus armas y se sentaron a contemplar el espectáculo. Los númidas se adelantaban al galope y daban luego la vuelta, pero acercándose siempre un poco más a la salida, como si fueran llevados por sus caballos, a los que parecían incapaces de controlar. Finalmente, picando espuelas, se abrieron paso a galope tendido a través de los puestos avanzados enemigos y, saliendo a campo abierto, dieron fuego a todos los edificios próximos al camino, y después al primer pueblo que se encontraron, reduciéndolo a escombros a fuego y espada. La visión del humo, los gritos de los aterrados habitantes del pueblo y la huida precipitada de los ancianos y los niños produjeron una gran conmoción en el campamento ligur y, sin esperar órdenes o concertar alguna acción, cada hombre corrió a proteger sus propiedades; en un momento, el campamento quedó abandonado. El cónsul, liberado del bloqueo, pudo llegar a su destino.

[35.12] Ni los boyos ni los hispanos, sin embargo, con los que Roma había guerreado aquel año, resultaron enemigos tan encarnizados como los etolios. Después que los ejércitos romanos hubieron evacuado Grecia, aquellos esperaban que Antioco se apoderaría de aquella parte de Europa desocupada y que ni Filipo ni Nabis permanecerían ociosos. Al ver que no se producía ningún movimiento en parte alguna, decidieron impedir que se vieran frustrados sus deseos y hacer algo para provocar agitación y confusión; por consiguiente, convocaron una asamblea en Lepanto [también llamada Naupacto.-N. del T.]. En ella, su pretor Toante se quejó del injusto trato que le dieron los romanos y de la posición en que quedaban los etolios, pues tras una victoria lograda gracias a ellos eran, de todos los estados y ciudades de Grecia, los que menos recompensa obtuvieron. Aconsejó que se enviaran embajadores a los tres reyes para averiguar sus intenciones e incitarles con los argumentos adecuados a la guerra contra Roma. Damócrito fue enviado a Nabis, Nicandro a Filipo y Dicearco, el hermano del pretor, a Antioco. Demócrito señaló al tirano que se había reducido su poder por culpa de la pérdida de sus ciudades costeras; de ellas obtenía sus soldados, sus naves y sus tripulaciones. convertido poco menos que en un prisionero tras sus propias murallas, tenía que ver a los aqueos dueños del Peloponeso; nunca tendría otra oportunidad de recuperar sus dominios si dejaba que aquello siguiera así; no había ningún ejército romano en Grecia y ni Gitón ni las demás ciudades laconias en la costa serían consideradas motivo suficiente para hacer regresar sus legiones. Aquellas fueron las razones usadas para infuir en el tirano, de modo que, cuando Antioco desembarcara en Grecia, la conciencia de haber roto su amistad con Roma al maltratar a sus aliados le obligara a unir sus armas a las del monarca sirio.

Nicandro siguió la misma línea en su entrevista con Filipo. Habló con toda su energía, pues tenía más argumentos ya que el rey había partido de una posición más elevada que el tirano y, por tanto, había perdido más. Recordó al rey el antiguo prestgio de Macedonia y las victorias de su nación por todo el mundo. Nicandro le aseguró que la política que le recomendaba resultaba segura tanto en su inicio como en su ejecución. Por una parte, no le pedía a Filipo que iniciara acción alguna antes de que estuviera Antioco en Grecia con su ejército; por otra, había muchas posibilidades de éxito final. ¿Con qué fuerzas podrían defenderse los romanos contra él cuando se aliara con Antioco y los etolios, si él ya había sostenido sin la ayuda de aquellos una larga lucha contra los romanos y los etolios, que eran por entonces un enemigo más formidable que los romanos? Se refirió también a Aníbal, como un enemigo a Roma desde su nacimiento y que les había matado a más generales y soldados de los que les quedaban. Tales fueron los argumentos empleados con Filipo. Los expuestos por Dicearco en su entrevista con Antioco fueron diferentes. Le dijo que el botín de guerra obtenido de Filipo pertenecía a los romanos, pero que la victoria fue de los etolios; ellos, y solo ellos, habían permitido que los romanos entraran en Grecia y les proporcionaron las fuerzas que aseguraron la victoria. Pasó luego a enumerar la cantidad de infantería y caballería que estaban dispuestos a proporcionar a Antioco, los lugares disponibles para asentar su ejército terrestre y los puertos que podrían recibir a su flota. Después, como Filipo y Nabis no estaban presentes para contradecirle, los hizo aparecer falsamente dispuestos a iniciar inmediatamente las hostlidades y preparados para aprovechar la primera oportunidad que se presentara, la que fuere, para recuperar cuanto habían perdido en la guerra. De esta manera, los etolios trataron de levantar la guerra contra Roma en todo el mundo y a la vez.

[35.13] Los reyes, sin embargo, no hicieron nada o, en todo caso, actuaron con mucha lenttud. Nabis envió rápidamente emisarios a todas las ciudades de la costa para fomentar un levantamiento; se ganó a algunos de sus principales ciudadanos mediante sobornos e hizo matar a los que se mantuvieron firmes en su apoyo a Roma. Tito Quincio había confiado a los aqueos la defensa de las ciudades laconas marítimas, y estos no perdieron tiempo en mandar emisarios al tirano para recordarle su tratado con Roma y para advertrse contra la ruptura de la paz que con tanto ahínco había buscado. También enviaron refuerzos a Gitón, que el tirano ya estaba atacando, y mandaron un informe a Roma dando cuenta de lo que estaba pasando. Durante el invierno, Antioco viajó a Rafah [en la actual Gaza, es la antigua Raphia.-N. del T.], en Fenicia, para estar presente en la boda de su hija con Ptolomeo, el rey de Egipto, y para finales de invierno regresó a Éfeso a través de Cilicia. Después de enviar a su hijo Antioco a Siria, a comienzos de la primavera [se trataría ya de nuestro 192 a.C.-N. del T.], para vigilar las más lejanas fronteras de su reino por si se producía alguna alteración a sus espaldas, él dejó Éfeso y marchó con todo su ejército terrestre a atacar a los písidas, que habitaban en las proximidades de Sida. Por entonces, los delegados romanos, Publio Sulpicio y Publio Vilio que, como ya me dicho anteriormente, habían sido enviados para entrevistarse con él, recibieron órdenes de visitar antes a Eumenes; tras desembarcar en Elea, marcharon hacia Pérgamo, donde se encontraba el palacio del rey. Eumenes dio la bienvenida a la perspectiva de una guerra contra Antioco, pues estaba seguro de que un monarca con un poder tan superior al suyo era un vecino problemátco en tiempos de paz y, si había guerra, Antioco no sería más rival para los romanos de lo que había resultado ser Filipo; o bien lo barrían completamente o le derrotaban lo suficiente como para obligarle a someterse a sus condiciones de paz. En este caso, perdería en su favor muchos de sus dominios y sería ya capaz de defenderse de él sin la ayuda de Roma. En el peor de los casos, Eumenes pensaba que sería mejor enfrentarse a cualquier desgracia con los romanos por aliados que, permaneciendo aislado, tener que aceptar la supremacía de Antioco o, si se negaba, verse obligado a ello por la fuerza. Por estas razones, hizo cuanto pudo para inducir a los romanos, con su infuencia personal y sus argumentos, a la guerra.

[35,14] Debido a la enfermedad, Sulpicio se detuvo en Pérgamo; entre tanto, Vilio marchó a Éfeso, pues había escuchado que el rey había iniciado las hostlidades en Pisidia. Permaneció allí unos días y, como resultó que Aníbal estaba allí por entonces, hizo cuanto pudo para entrevistarse con él, enterarse de sus planes futuros y, de ser posible, alejar de su mente cualquier temor de que le amenazase algún peligro de Roma. Nada más se discutó en las entrevistas, pero sí tuvieron un resultado que, aunque sin intención, pareció deliberadamente buscado, pues hizo disminuir la infuencia de Aníbal sobre el rey y atrajo la sospecha sobre cuanto decía o hacía. Claudio, siguiendo los libros escritos en griego de Acilio, dice que Publio Africano fue uno de los delegados y que mantuvo conversaciones con Aníbal en Éfeso; recogiendo, incluso, una de estas. Africano preguntó a Aníbal quién había sido, en su opinión, el más grande general; su respuesta fue "Alejandro de Macedonia, pues con un puñado de hombres derrotó a innumerables ejércitos y recorrió las partes más distantes del mundo, que ningún hombre esperaba visitar". Africano le preguntó a quién pondría en segundo lugar, y Aníbal respondió: "A Pirro, porque fue el primero en enseñar cómo disponer un campamento y, además, porque nadie mostró más inteligencia en la elección de posiciones y en la disposición de las tropas. Poseía también el arte de atraerse a la gente, al punto que logró que los pueblos de Italia prefirieran el dominio de un rey extranjero al del pueblo romano, que durante tanto tiempo había estado a la cabeza de aquel país". Al volverle a preguntar Escipión a quién consideraba el tercero, Aníbal, sin ninguna duda, respondió: "Yo mismo". Riendo abiertamente, Escipión le preguntó: "¿Qué dirías si me hubieras vencido? " "Pues la verdad; en ese caso -respondió Aníbal-debería ponerme por delante de Alejandro y de Pirro y de todos los demás generales". Esta respuesta, dicha con aquella astucia cartaginesa y a modo de sorprendente halago, impresionó a Escipión, pues lo había colocado aparte del resto de generales, como si no admitera comparación.

[35,15] Desde Éfeso, Vilio siguió hasta Apamea. Al ser informado de la llegada del delegado romano, Antioco se dirigió también allí a su encuentro. Las conversaciones entre ellos transcurrieron casi en la misma línea que las que había mantenido Quincio con los enviados del rey en Roma. La conferencia quedó interrumpida ante la noticia de la muerte del hijo del rey que, como ya se dijo, había sido enviado a Siria. Hubo gran duelo en la corte, lamentándose profundamente la muerte del joven, que ya había dado prueba de tales cualidades que resultaba seguro que, de haber tenido una vida más larga, se habría demostrado como un gran y justo monarca. Cuanto más generalmente amado era por todos, más fuertes fueron las sospechas levantadas por su muerte. El rey, se decía, consideraba a su heredero una amenaza a causa de su avanzada edad y lo había hecho envenenar por ciertos eunucos, una clase de hombres cuyos servicios gustaba el rey de emplear para crímenes de esta índole. Otro motivo que se atribuía al rey reforzó estas sospechas, pues había dado Lisimaquia a su hijo Seleuco y no tenía una sede similar a la que enviar a Antioco, manteniéndole alejado de su presencia confiriéndole alguna dignidad. La corte, sin embargo, se entregó durante varios días a guardar el luto y dar muestras de profundo dolor; el delegado romano, no deseando ser considerado inoportuno en aquellos momentos tan inadecuados, se retró a Pérgamo. El rey abandonó la guerra que había empezado y regresó a Éfeso. Allí, con su palacio cerrado por el luto, mantuvo consejos secretos con su principal amigo, un hombre llamado Minio. Minio, poco ducho en política exterior y midiendo el poder del rey por sus campañas en Siria y Asia, estaba plenamente convencido de que Antioco resultaría superior a los romanos en la guerra por la justicia de su causa y que vencería finalmente en aquella. Como el rey evitó cualquier posterior discusión con los delegados, fuera porque viese que nada se ganaba con ellos o por la depresión producida por su reciente duelo, Minio le dijo que él podía servir como portavoz en nombre del rey, convenciendo a Antioco para que invitara a los delegados desde Pérgamo.

[35,16]. Sulpicio ya se había recuperado, por lo que ambos delegados marcharon a Éfeso. Minio se disculpó por la falta de asistencia del rey y las negociaciones se desarrollaron en su ausencia. Minio abrió la discusión con un discurso cuidadosamente preparado en el que dijo: "Veo que vosotros, los romanos, reclamáis el impresionante ttulo de "Libertadores de las ciudades de Grecia". Pero vuestros actos no se corresponden con vuestras palabras, pues aplicáis una ley para Antioco y otra para vosotros mismos. Pues ¿como pueden ser los habitantes de Esmirna y Lámpsaco más griegos que los de Nápoles, Regio o Tarento, a los que exigís tributos y naves en virtud de vuestro tratado con ellos? ¿Por qué enviáis cada año un cuestor a Siracusa y otras ciudades griegas de Sicilia, con varas y segures? [es decir, con poder de castigar e imponer la pena de muerte.-N. del T.] La única razón que podríais dar sería, por supuesto, que les impusisteis estos términos tras someterlos por las armas. Aceptar, entonces, las mismas razones para Antioco en los casos de Esmirna, Lámpsaco y las ciudades de Jonia y la Eólide. Estas fueron conquistadas por sus antepasados y se les hizo pagar impuestos y tributos, y por ello reclama los antiguos derechos que ellas. Me gustaría, por lo tanto, que le respondáis sobre estos puntos, si es que estáis dispuestos a discutr sobre una base justa, y no tratáis simplemente de buscar un pretexto para la guerra".

Sulpicio respondió así: "Si estos son los únicos argumentos que puede presentar en apoyo de su causa, Antioco ha mostrado una inteligente modesta al dejar que sea otro, y no él, quien los presente. Pues ¿qué posible semejanza puede haber entre las circunstancia de los dos grupos de ciudades que has mencionado? Desde el día en que Regio, Tarento y Nápoles pasaron a nuestro poder, hemos exigido el cumplimiento de sus obligaciones sobre un derecho continuamente ejercido y que nunca se ha interrumpido. Estas ciudades, ni por sí mismas ni por medio de ningún otro, hicieron nunca cambios en sus obligaciones; ¿puedes asegurar que sucedió lo mismo con las ciudades de Asia y que, una vez sujetas a los antepasados de Antioco, permanecieron siempre en poder ininterrumpido de vuestra monarquía? ¿Puedes negar que algunas de ellas han estado sometdas a Filipo, otras a Ptolomeo y otras más han disfrutado durante muchos años una independencia que nadie desafió? Aún concediendo que en uno u otro momento, bajo la presión de circunstancias contrarias, alguna de ellas haya perdido su libertad ¿os da eso el derecho, después de tanto tiempo, para reclamarlas como siervas vuestras? Si así fuera, ¿no habríamos logrado nosotros nada al liberar Grecia de Filipo?, pues es como decir que sus sucesores pueden reclamar su derecho a Corinto, Calcis, la Demetríade y toda la Tesalia. Pero ¿por qué defiendo yo la causa de esas ciudades, cuando resulta más justo que se defiendan ellas mismas y que el rey y nosotros mismos las juzguemos? "

[35,17] A continuación, ordenó que se llamara a los representantes de las ciudades. Eumenes, que esperaba que todo cuanto resultara en una pérdida para Antioco fuera a añadirse a sus propios dominios, había preparado de antemano a los representantes sobre qué debían decir. Entraron bastantes y, como todos expusieran a un tiempo agravios y exigencias, mezclando cosas justas e injustas, convirteron el debate en un altercado. Incapaces tanto de hacer como de lograr concesiones, los delegados volvieron a Roma dejando todos los asuntos tan inciertos como cuando llegaron. Tras su partda, el rey convocó un consejo de guerra. En él, cada orador trató de superar en lenguaje violento a los demás, pues cuanto más resentidos se mostraban contra los romanos más probabilidad tenían de ganarse el favor del rey. Uno de ellos denunció las exigencias romanas como arrogantes: "Trataron de imponer exigencias a Antioco, el monarca más grande en Asia, como si se tratara del vencido Nabis; e incluso al mismo Nabis le permiteron conservar la soberanía sobre su propia ciudad y conservar Lacedemonia, mientras que consideraban una ofensa que Esmirna y Lámpsaco estén bajo el dominio de Antioco". Otros argumentaban que aquellas ciudades resultaban, para monarca tan grande, leves e insignificantes motivos de guerra, pero que las demandas injustas siempre empezaban con pequeñas cosas -a menos que creyeran que cuando los persas exigieron tierra y agua a los lacedemonios verdaderamente tenían necesidad de un terrón de tierra y de un trago de agua-. Cosa parecida estaban haciendo los romanos respecto a aquellas dos ciudades; y en cuanto las demás vieran que estas se sacudían el yugo, se pasarían al pueblo libertador. Incluso si la libertad no fuera en sí misma preferible a la servidumbre, todo el mundo, sea cual sea su estado actual, encuentra más atractiva la perspectiva de un cambio.

[35,18] Se encontraba entre los presentes un acarnane llamado Alejandro. Había sido, con anterioridad, amigo de Filipo, pero últimamente se había unido a la más rica y magnificente corte de Antioco. Como estaba completamente familiarizado con la situación en Grecia, y poseía un cierto conocimiento de las romanas, había llegado a tales términos de amistad con Antioco que incluso tomaba parte en sus consejos privados. Aun cuando la cuestón que se discuta no era si se debía o no declarar la guerra, sino simplemente dónde y cómo había que hacerla, él declaró que esperaba una victoria segura si el rey cruzaba a Europa y disponía de algún lugar en Grecia como base de operaciones. En primer lugar, encontraría a los etolios, que viven en el ombligo de Grecia [alusión al omphalós, la piedra sagrada que estaba en el Santuario de Apolo, en Delfos, y que señalaba el ombligo del mundo.-N. del T.] ya en armas, dispuesto a ocupar su lugar en el frente y a encarar los peligros y dificultades de la guerra. Luego, en las que podríamos llamar el ala derecha y el ala izquierda de Grecia, estaba Nabis, dispuesto en el Peloponeso para hacer cuanto pudiera por recuperar Argos y las ciudades marítimas de las que había sido expulsado por los romanos, encerrándolo dentro de las murallas de Lacedemón; en Macedonia, Filipo tomaría las armas en el momento en que escuchase el sonido de las trompetas de guerra; él conocía bien su ánimo y su temperamento, y sabía que había estado dando vueltas en su cabeza a grandes planes de venganza, agitándose la rabia en su pecho como la de una besta salvaje encerrada o encadenada. Recordó, también, con qué frecuencia durante la guerra de Filipo había suplicado a todos los dioses para que le dieran la ayuda de Antioco; si se le concedía ahora este ruego, no tardaría un momento en rebelarse. Lo único necesario era que no se produjera ningún retraso y no permanecer inactivos, pues la victoria dependía de ser el primero en conseguir aliados y apoderarse de las posiciones más ventajosas. Aníbal, además, debía ser enviado a África de inmediato para crear una distracción y dividir a las fuerzas romanas.

[35.19] Aníbal no había sido invitado al consejo. Había despertado las sospechas del rey por sus entrevistas con Vilio, y ahora no se le mostraba ningún respeto ni consideración. Durante algún tiempo, llevó esta afrenta en silencio; después, considerando que lo mejor era preguntar la razón de aquel distanciamiento repentino y descartar toda sospecha, eligió un momento oportuno y planteó directamente al rey el motivo de su enfado. Al enterarse de cuál era la razón, le dijo: "Cuando yo era un niño pequeño, Antioco, mi padre Amílcar me llevó hasta el altar mientras él estaba ofreciendo el sacrificio y me hizo jurar solemnemente que yo nunca sería amigo de Roma. En virtud de este juramento, he combatido durante treinta y seis años; cuando se acordó la paz, ese juramente me hizo salir de mi país natal y me llevó, como un vagabundo sin hogar, hasta tu corte. Si defraudas mis esperanzas, este juramento me llevará donde quiera que encuentre apoyo, donde quiera que sepa que hay armas, y encontraré algún enemigo de Roma aunque tenga que buscarlo por todo el mundo. Por tanto, si a alguno de tus cortesanos les gusta buscar tu favor acusándome a mí, que busquen otro medio para hacer méritos que no sea a mi costa. Odio a los romanos y los romanos me odian a mí. Mi padre Amílcar y todos los dioses son testigos de que estoy diciendo la verdad. Así pues, cuando pienses en una guerra contra Roma, cuenta a Aníbal entre los primeros de tus amigos; si las circunstancias te obligan a permanecer en paz, busca a otro con quien discutr tus planes". Este discurso tuvo un gran efecto sobre el rey y dio lugar a la reconciliación con Aníbal. Se salió del consejo con la determinación de que se hiciera la guerra.

[35.20] En Roma, todo el mundo hablaba de Antioco como de un enemigo cierto, pero más allá de esta acttud, no se hacía ningún preparativo para la guerra. -192 a.C.-Se había asignado Italia a ambos cónsules, en el entendimiento de que llegarían a un mutuo acuerdo o que sortearían cuál de ellos presidiría las elecciones aquel año. Aquel a quien no correspondiera aquella obligación debía estar dispuesto a llevar las legiones donde quiera que fueran necesarias, más allá de las costas de Italia. Se le autorizó a alistar dos nuevas legiones, así como a veinte mil infantes y ochocientos de caballería de las ciudades aliadas latinas. Las dos legiones que Lucio Cornelio había mandado como cónsul el año anterior quedaban asignadas al otro cónsul, junto con quince mil infantes aliados y quinientos jinetes extraídos del mismo ejército. Quincio Minucio conservó su mando y el ejército que tenía en la Liguria, y se le ordenó que lo complementase con cuatro mil infantes romanos y ciento cincuenta jinetes, mientras los aliados debía proporcionarle cinco mil infantes y doscientos cincuenta de caballería. A Cneo Domicio correspondería una provincia fuera de Italia, la que estimase el Senado; Lucio Quincio obtuvo la Galia como provincia así como la celebración de las elecciones. El resultado del sorteo entre los pretores fue el siguiente: Marco Fulvio Centumalo recibió la pretura urbana y Lucio Escribonio Libón la peregrina; a Lucio Valerio Tapón correspondió Sicilia, Cerdeña a Quinto Salonio Sarra; a Marco Bebio Tánfilo, Hispania Citerior; la Hispania Ulterior fue para Aulo Atilio Serrano. A estos dos últimos, sin embargo, se les permutaron sus mandos, en primera instancia, por una resolución del Senado y luego además por un plebiscito; A Aulo Atilio se le asignó la flota y Macedonia y Bebio fue nombrado para el mando en el Brucio. Flaminio y Fulvio vieron prorrogado su mando en las dos Hispanias. Bebio recibió, para sus operaciones en el Brucio, las dos legiones que habían estado acuarteladas anteriormente en la Ciudad, así como quince mil infantes y quinientos jinetes que proporcionarían los aliados. A Atilio se le ordenó la construcción de treinta quinquerremes, requisar de los astlleros los barcos antiguos que le pudieran resultar de utlidad y enrolar marineros. Los cónsules debían proporcionarle mil infantes romanos y dos mil aliados. Se decía que estos dos pretores, con sus fuerzas navales y terrestres, operarían contra Nabis, que estaba en aquellos momentos atacando a los aliados de Roma. Se esperaba, no obstante, la vuelta de los delegados enviados a Antioco y el Senado prohibió a Cneo Domicio que abandonase la ciudad hasta su regreso.

[35,21] Los pretores Fulvio y Escribonio, cuya misión consista en administrar justicia en Roma, recibieron el encargo de equipar cien quinquerremes, además de la flota que iba a mandar Bebio. Antes de que el cónsul y los pretores partieran para sus destinos, se celebraron solemnes rogativas a causa de diversos portentos. Llegaron noticas desde Piceno sobre una cabra que había parido seis cabritos en un único parto; En Arezzo nació un niño con solo una mano; en Pescara [la antigua Amiterno.-N. del T.] se produjo una lluvia de terra; En Formia, resultaron alcanzadas por un rayo la muralla y una de las puertas. Sin embargo, el informe más terrible fue que un buey propiedad de Cneo Domicio había pronunciado las palabras "Roma, cave tibi" ["Roma, guárdate" o "Roma, ten cuidado".-N. del T.]. Con respecto a los demás portentos, se ofrecieron rogativas públicas; pero en el caso del buey, los arúspices ordenaron que se le guardase y alimentase cuidadosamente. El Tíber se desbordó sobre la Ciudad con mayor ímpetu que el año anterior, destruyendo dos puentes y numerosos edificios, la mayor parte de ellos en las proximidades de la puerta Flumentana. Una gran piedra, socavada por las fuertes lluvias o por un terremoto demasiado débil para haberse notado, cayó desde el Capitolio sobre el barrio Yugario y aplastó a mucha gente. En las zonas rurales, muchas cabezas de ganado fueron arrastradas por las inundaciones, quedando arruinados muchos caseríos. Antes de que el cónsul Lucio Quincio llegase a su provincia, Quinto Minucio libró una batalla campal contra los ligures cerca de Pisa. Dio muerte a nueve mil enemigos y obligó a los demás a huir a su campamento, que fue atacado y se defendió mediante furiosos combates sostenidos hasta el anochecer. Durante la noche, los ligures se escabulleron en silencio y, al amanecer, los romanos entraron en el abandonado campamento. Encontraron menos botín del esperado, pues los ligures tenían costumbre de enviar lo que capturaban en los campos a sus hogares. Después de esto, Minucio no les dio tregua; avanzando desde Pisa, devastó sus castllos y aldeas, cargándose los soldados romanos con el botín del que los ligures se habían apoderado en Etruria y que habían enviado a sus casas.

[35,22] Por este mismo tiempo, regresaron a Roma los delegados de su visita a los reyes. Las noticias que traían consigo no descubrían ningún motivo para una ruptura inmediata de hostlidades, excepto en el caso del tirano de Lacedemonia que, como también dijeron los embajadores aqueos, estaba atacando la zona costera de Laconia, contraviniendo el pacto de alianza. Se envió la flota a Grecia, al mando de Atilio, para proteger a los aliados. Como no había peligro inminente de Antioco, se decidió que ambos cónsules partieran hacia sus provincias. Domicio marchó contra los boyos desde Rímini, el punto más cercano, y Quincio efectuó su avance a través de la Liguria. Ambos ejércitos, en sus respectivas rutas, devastaron el territorio a lo largo y a lo ancho. Algunos jinetes boyos, con sus prefectos, se pasaron a los romanos; a estos les siguió todo su senado y, finalmente, hombres de cierta dignidad o riqueza, hasta la cantidad de mil quinientos, se pasaron al cónsul. Los romanos tuvieron éxito aquel año en ambas provincias hispanas. Cayo Flaminio puso sito y capturó Licabro [pudiera tratarse de Cabra, en la provincia de Córdoba.-N. del T.], plaza rica y muy fortificada, tomando prisionero al noble régulo Corribilón. El procónsul, Marco Fulvio, libró dos combates victoriosos y asaltó muchas plazas fortificadas, así como dos ciudades, Vescelia y Helo; otras se rindieron voluntariamente. Después marchó contra los oretanos y, tras apoderarse de dos ciudades, Noliba y Cusibi, avanzó hasta el Tajo. Aquí había una pequeña ciudad, pero bien defendida por su posición, Toledo, y mientras la estaba atacando los vetones enviaron un gran ejército para liberarla. Fulvio los derrotó en batalla campal y, tras ponerlos en fuga, asedió y capturó la plaza.

[35,23] Estas guerras en marcha, sin embargo, ocupaban mucho menos los pensamientos del Senado que la amenazante posibilidad de guerra con Antioco. A pesar de que recibían de tanto en tanto informes completos de sus embajadores, flotaban en el aire rumores vagos e inciertos en los que lo verdadero se mezclaba, en gran medida, con lo falso. Entre otras cosas, se informó de que tan pronto llegara Antioco a Etolia, enviaría de seguido su flota a Sicilia. Atilio ya había sido enviado con su flota a Grecia, pero como el Senado, además de las tropas quería asegurarse su autoridad también sobre las ciudades aliadas, envió comisionados en misión especial a Tito Quincio, Cneo Octavio, Cneo Servilio y Publio Vilio, aprobándose un decreto mediante el que se ordenaba a Marco Bebio que desplazara sus legiones desde el Brucio a Tarento y Brindisi, y que si las circunstancias lo hacían necesario las transportase a Macedonia. Se ordenó a Marco Fulvio que enviara una flota de veinte barcos para proteger Sicilia, y que su comandante estuviera investido de plenos poderes. El mando fue conferido a Lucio Opio Salinator, que había sido edil plebeyo el año anterior. El pretor debía también informar por escrito a su colega, Lucio Valerio, de que se temía que Antioco enviara su flota a Sicilia y que, por lo tanto, el Senado había dispuesto que reforzara su ejército alistando una fuerza de emergencia de doce mil infantes y cuatrocientos jinetes, para defender la parte de la costa siciliana que daba a Grecia. El pretor consiguió los hombres para aquella fuerza tanto las islas adyacentes como de la propia Sicilia, situando guarniciones en todas las poblaciones de la cosa frente a Grecia. Tales rumores se vieron fortalecidos por la llegada de Atalo, el hermano de Eumenes, quien trajo la noticia de que Antioco había cruzado el Helesponto con su ejército y que los etolios se estaban disponiendo a tomar las armas en el momento que llegara. Se acordó dar las gracias formalmente tanto a Eumenes, ausente, como a Atalo, que estaba presente. Este último fue tratado como huésped del Estado y adecuadamente alojado; además, se le regalaron dos caballos, dos equipamientos ecuestres, cien libras en vasijas de plata y veinte en vasijas de oro.

[35,24] Como, mensajero tras mensajero, llegaba noticia de que la guerra era inminente, se consideró asunto de gran importancia que se celebraran las elecciones consulares en la fecha más temprana posible. El Senado, por lo tanto, resolvió que Marco Fulvio debía escribir de inmediato al cónsul informándole de que el Senado deseaba que entregase el mando a sus generales y regresara a Roma. Cuando estuviera de camino, debía enviar su edicto convocando los comicios para las elecciones consulares. El cónsul llevó a cabo estas instrucciones, envió el edicto y regresó a Roma. También este año fueron reñidas las elecciones, pues competan tres patricios a un mismo cargo, a saber, Publio Cornelio Escipión [Nasica.-N. del T.], el hijo de Cneo Escipión, que había sido derrotado el año anterior; Lucio Cornelio Escipión y Cneo Manlio Volso. Como prueba de que el honor solo se había aplazado, que no negado, a un hombre tan eminente como él, se le otorgó el consulado a Publio Escipión, siéndole asignado como colega el plebeyo Manio Acilio Glabrión. Resultaron elegidos pretores al día siguiente Lucio Emilio Paulo, Marco Emilio Lépido, Marco Junio Bruto, Aulo Cornelio Mámula, Cayo Livio y Lucio Opio, estos dos últimos llevaban ambos el sobrenombre Salinator. Opio era aquel que había llevado la flota de veinte naves a Sicilia. Mientras los nuevos magistrados sorteaban sus provincias, Bebio recibió órdenes de navegar con todas sus fuerzas desde Brindisi hasta el Epiro y permanecer cerca de Apolonia; se encargó a Marco Fulvio la construcción de cincuenta quinquerremes nuevos.

[35.25] Mientras el pueblo romano se preparaba de esta modo a enfrentar cualquier ataque por parte de Antioco, Nabis ya estaba atacando y dedicaba todas sus fuerzas al asedio de Gitón. Los aqueos habían enviado socorro a la ciudad sitada, y él, en venganza, devastó su territorio. Aquellos no se aventuraron a entrar en guerra hasta que no hubieron regresado sus delegados de Roma y supieron de la decisión del Senado. A su regreso, convocaron una asamblea que debía reunirse en Sición y enviaron delegados para solicitar a Tito Quincio que los aconsejara. Los miembros de la asamblea estaban unánimemente a favor de entrar inmediatamente en acción; pero vacilaron cuando se leyó una carta de Tito Quincio en la que les aconseja que esperasen al pretor romano y su flota. Algunos de los dirigentes mantuvieron su opinión, pero otros pensaban que, tras consultar a Tito Quincio, debían seguir su consejo. La gran mayoría, sin embargo, esperaron a oír la opinión de Filopemén. Él era por entonces su pretor y superaba a todos sus contemporáneos en prudencia y prestgio [auctoritate, en el original latino; auctoritas significaba entonces el prestgio personal que infuía en las opiniones ajenas, por ello se suele traducir por "prestgio" y no por "autoridad", que tiene hoy el significado del poder ejercido por una persona (p.e.: "con permiso de la Autoridad").-N. del T]. Comenzó alabando la sabiduría de la norma que habían adoptado los aqueos, prohibiendo que su pretor expresara su propio punto de vista cuando el asunto a discutr era la guerra. Él les invitaba a tomar una decisión rápida sobre qué deseaban; su pretor ejecutaría su decisión fiel y escrupulosamente, y trataría, dentro de los límites de la prudencia humana, de hacer cuanto pudiera para impedir que se lamentaran, tanto si se mostraban a favor de la paz como de la guerra. Este discurso sirvió más para incitarlos a la guerra que si hubiera abogado por ella abiertamente dejando ver sus deseos de dirigirla. El consejo se mostró, mediante votación unánime, a favor de las hostlidades, pero dejó la fecha y la dirección de las operaciones a absoluta discreción del magistrado. Filopemén era de la misma opinión que ya había expresado Quincio: que debían esperar la llegada de la flota romana que protegería Gitón por mar; pero temía que la situación no admitera retraso y que no solo se perdiera Gitón, sino todas las fuerzas enviadas a defenderla. En consecuencia, ordenó echar a la mar los barcos aqueos.

[35,26] El tirano había entregado su antigua flota a los romanos, según una de las condiciones de paz, pero había reunido una pequeña fuerza naval consistente en tres barcos con cubierta, junto con algunos lembos y naves ligeras, para impedir que llegara cualquier tipo de ayuda por mar a la ciudad. Con el fin de probar la resistencia de estos nuevos barcos y dejarlos listos para el combate, los hacía salir a la mar cada día, ejercitándose los soldados y los marineros mediante combates simulados, pues consideraba que la posibilidad de éxito del asedio dependía de su capacidad para interceptar cualquier ayuda venida por mar. Aunque el pretor de los aqueos podía competr en experiencia y destreza militar terrestre con los comandantes más famosos, era completamente inexperto en asuntos navales; él era natural de Arcadia, país de interior, desconociendo cualquier cosa del mundo exterior a excepción de Creta, donde había servidor como prefecto de una fuerza de tropas auxiliares. Había una vieja quadrirreme que había sido capturada ochenta años atrás cuando transportaba a Nicea, la esposa de Crátero, desde Lepanto a Corinto. Atraído por todo lo que había oído contar sobre esta nave, que había sido una famosa unidad de la flota real, ordenó que se trajera desde Egio, pese a estar ya muy podrida y con sus maderas separándose por la edad. Estando este buque al frente de la flota y sirviendo de buque insignia, con el prefecto de la flota, Tiso de Patras, a bordo, se encontró con los barcos lacedemonios que venían desde Gitón. Al primer choque contra el buque nuevo y sólido, el antiguo, que hacía aguas por todas partes, se deshizo completamente y todos los de a bordo fueron hechos prisioneros. El resto de la flota, después de ver perdido el buque insignia, huyó a fuerza de remos como pudo. El mismo Filopemén logró escapar en un barco ligero, no dejando de huir hasta llegar a Patras. Este incidente no desanimó en lo más mínimo a aquel hombre, que era un soldado veterano y había tenido experiencias de todo tpo; por el contrario, declaró que si había cometido un error desafortunado en asuntos navales, de los que nada sabía, tenía todos los motivos para esperar la victoria en otros sobre los que su experiencia era bien conocida, y que prometa que sería corta la alegría del tirano por su éxito.

[35,27] Muy eufórico por su victoria, Nabis no temió nada más por mar y decidió entonces cerrar todos los accesos por la parte terrestre, mediante una adecuada disposición de sus tropas. Retró un tercio del ejército que estaba asediando Gitón y lo hizo acampar en Pleyas, en una posición dominante tanto sobre Leucas como sobre Acrias, pues suponía que el enemigo probablemente avanzaría desde aquella dirección. Aunque se trataba de un campamento estable, solo algunas tropas tenían tiendas de campaña; la mayoría de los soldados construyeron chozas con cañas y ramas para protegerse del sol. Antes de llegar a la vista del enemigo Filopemén decidió sorprender al enemigo con una clase de ataque que no esperaba. Reuniendo algunas pequeñas embarcaciones en un apartado fondeadero de la costa argiva, las tripuló con infantería ligera, en su mayor parte armada con cetras, a las que proporcionó hondas, jabalinas y otras armas ligeras. Navegando cerca de la costa, llegó a un promontorio próximo al campamento del enemigo, donde desembarcó sus hombres e hizo una marcha nocturna hasta Patras por caminos conocidos. Los centinelas enemigos, no temiendo ningún peligro inmediato, estaban dormidos, y los hombres de Filopemén prendieron fuego a las chozas por todas partes del campamento. Muchos perecieron en el fuego antes de ser conscientes de la presencia del enemigo; aquellos que se habían dado cuenta fueron incapaces de prestarles ninguna ayuda. Entre el fuego y la espada, la destrucción fue completa y muy pocos escaparon a la muerte de uno u otro tpo, los que escaparon huyeron al campamento principal frente a Gitón. Inmediatamente después de golpear así al enemigo, Filopemén llevó sus fuerzas hasta Trípoli, en Laconia, cerca del territorio megalopolitano, y antes de que el tirano pudiera mandar tropas desde Gitón para proteger los campos, logró llevarse una gran cantidad de botín, tanto en hombres como en ganado.

A continuación, reunió el ejército de la liga en Tegea, convocando también a los aqueos y a sus aliados a una asamblea, donde estarían presentes los dirigentes del Epiro y la Acarnania. Como sus fuerzas ya se habían recobrado suficientemente de la humillación de su derrota naval y el enemigo, por tanto, estaba por su parte desanimado, decidió marchar sobre Lacedemón, pues le parecía la única forma de que el enemigo se retrase de su asedio sobre Gitón. Su primera parada en territorio enemigo fue en Carias, y el mismo día en que acampó aquí fue capturada Gitón. Sin saber lo ocurrido, siguió su avance hasta llegar al Barnostenes, un monte situado a diez millas de Lacedemón [14800 metros.-N. del T.]. Después de tomar Gitón, Nabis regresó con su ejército desembarazado del bagaje, y pasando rápidamente Lacedemón alcanzó una posición conocida como Campamento de Pirro, donde estaba seguro que se dirigían los aqueos. Desde allí, avanzó para enfrentarles. Debido a la estrechez de la carretera, sus fuerzas se extendían en una columna de casi cinco millas de longitud [7400 metros.-N. del T.]. La caballería y la mayor parte de las tropas auxiliares marchaban cerrando la columna, pues Filopemén pensaba que el tirano probablemente atacaría su retaguardia con los mercenarios, de los que dependía principalmente. Se produjeron dos circunstancias inesperadas que inquietaron a Filopemén; una fue que la posición de la que esperaba apoderarse ya estaba ocupada, y la segunda, que el enemigo tenía intención de atacar la vanguardia de la columna. No veía cómo podría hacer desplegar sus enseñas por terreno tan accidentado, sin el apoyo de las tropas ligeras.

[35,28] Filopemén, no obstante, poseía excepcionales habilidades para el mando de una columna y la selección de posiciones, pues había prestado especial atención a estos asuntos tanto en la paz como en la guerra. Era su costumbre, cuando iba de viaje y llegaba a un puerto de montaña de difcil travesía, estudiar el terreno en todas direcciones. Si estaba solo, refexionaba sobre el asunto; si estaba acompañado, solía preguntar a los que iban con él qué harían si se dejara ver allí un enemigo y qué tácticas emplearían según el ataque se efectuara sobre su frente, sus flancos o su retaguardia, según les viniera el enemigo desplegado en orden de batalla mientras ellos ya estaban desplegados o si iban en columna de marcha, sin estar preparados para un ataque. Pensando a solas o preguntando, consideraba qué posiciones debía ocupar, qué cantidad de hombres o tipo de armas -pues estos diferían considerablemente-debía emplear; dónde debía situar la impedimenta y los equipajes de los soldados; dónde debían situarse los no-combatentes y cuál debía ser el tipo y composición de la escolta de los bagajes, así como si resultaría más adecuado hacer avanzar al ejército o hacerlo volver sobre sus pasos. Solía estudiar también con mucho cuidado los lugares a elegir para sus campamentos, la extensión de terreno que debían rodear las defensas, el suministro de agua, forraje y madera, la ruta más segura a tomar por la mañana y la mejor formación con la que marchar. Había ejercitado su mente en estos problemas desde muy joven, hasta el punto de que no había medida para enfrentarse a ellos que no le resultara familiar. En esta ocasión, hizo detener en primer lugar la columna y envió luego al frente a los auxiliares cretenses y a la caballería llamada tarentina, llevando cada jinete dos caballos, luego ordenó al resto de la caballería que los siguieran. Se apoderó entonces de una roca que sobresalía por encima de un torrente del que podría abastecerse de agua. Reunió aquí a la masa de sirvientes y a toda la impedimenta, rodeándolos con una escolta. Fortificó el campamento según permita la naturaleza de la posición, pues resultaba difcil plantar las tiendas en aquel terreno áspero y desigual. El enemigo estaba a media milla de distancia, aprovisionándose ambas partes del mismo arroyo bajo la protección de la infantería ligera; antes de que se empeñaran en un combate, como suele suceder cuando los campamentos están próximos el uno del otro, llegó la noche. Era evidente, sin embargo, que al día siguiente habría que combatir para proteger a los aguadores en las proximidades del arroyo; en vista de ello, Filopemén situó durante la noche, fuera de la vista del enemigo, todas las fuerzas armadas de cetras que podía ocultar el terreno.

[35.29] Al amanecer, la infantería ligera cretense y los tarentinos se enfrentaron sobre la orilla del arroyo; Telemnasto de Creta mandaba a sus compatriota, y Licortas de Megalópolis a la caballería. También el enemigo tenía auxiliares cretenses y caballería tarentina protegiendo sus partdas de aguada; como luchaban por ambas partes las mismas clases de tropas con el mismo tipo de armamento, el resultado fue incierto durante algún tiempo. Según se iba desarrollando la acción, las fuerzas auxiliares del tirano se fueron demostrando superiores, debido a su número y también a que Filopemén había ordenado a sus oficiales que presentaran solo una ligera resistencia, fingiendo luego huir para atraer así al enemigo hacia el lugar donde había establecido su emboscada. Como el enemigo se desordenara en su persecución, muchos murieron o fueron heridos antes de poder ver a su enemigo oculto. Los armados con cetras estaban agazapados, formando lo mejor que permita la estrechez de espacio y permitendo que sus propios compañeros fugitivos pudieran pasar a través de los intervalos entre sus filas. Se levantaron a continuación, frescos y poderosos, en perfecta formación, para atacar a un enemigo que, dispersos en su desordenada persecución, estaba además agotado por la tensión de los combates y las heridas que habían recibido muchos de ellos. La victoria fue indudable; los soldados del tirano se dieron la vuelta y huyeron con más velocidad que cuando eran ellos los perseguidores, llegando hasta su campamento. Muchos de ellos fueron muertos o hechos prisioneros durante la huida, y en el mismo campamento habría estallado el pánico si Filopemén no hubiera hecho tocar retirada. Temía este el suelo accidentado, tan peligroso para cualquiera que avanzara sin precaución, más que al enemigo. Suponiendo, por el desenlace del combate y por el carácter del tirano, en qué estado de inquietud se encontraría este, le envió a uno de sus auxiliares haciéndose pasar por desertor. Este hombre le dijo que se había enterado de que los aqueos tenían la intención de avanzar al día siguiente hasta el río Eurotas -este río casi lame las murallas de Lacedemón-para interceptarle e impedirle que se retrase hacia la ciudad, así como para cortar los suministros que llegaran desde la ciudad al campamento. También, le dijo, intentarían provocar un levantamiento contra él entre los ciudadanos. Aunque la historia del desertor no fue totalmente creída, proporcionó al temeroso tirano una excusa plausible para abandonar su posición actual. Este dio órdenes a Pitágoras para que permaneciera al día siguiente en guardia delante de la empalizada, con la caballería y los auxiliares, mientras él salía con la fuerza principal de su ejército como si fuera a presentar batalla, ordenando a sus signíferos que aceleraran el paso y se dirigieran a la ciudad.

[35.30] Cuando Filopemén los vio moviéndose rápidamente a lo largo de un camino estrecho y empinado, envió a sus auxiliares cretenses y a toda su caballería contra las tropas que estaban de guardia ante el campamento. Estas, al ver acercarse al enemigo y que el grupo principal de su ejército les había abandonado, trataron primero de retrarse a su campamento, pero como todo el ejército aqueo avanzaba en orden de batalla, temieron que les capturasen a ellos y al campamento, por lo que marcharon siguiendo a su fuerza principal que ya estaba a cierta distancia de ellos. Los aqueos armados con cetras atacaron de inmediato y saquearon el campamento, mientras el resto del ejército seguía en persecución del enemigo. La naturaleza de la ruta que habían tomado era tal que, incluso si no hubiera habido enemigo alguno al que temer, la columna solo podría haber avanzado con gran dificultad; por eso, cuando fueron atacadas las filas posteriores y llegaron a la cabeza de la columna los gritos de terror, cada hombre miró por sí mismo, arrojando sus armas y huyendo al bosque que bordeaba la carretera en ambos lados. En un instante, el camino estaba bloqueado con montones de armas, sobre todo lanzas, que, al caer de punta, formaron una especie de empalizada en el camino. Filopemén ordenó a los auxiliares que apretasen la persecución cuanto les fuera posible, pues ni siquiera a la caballería le sería fácil huir. Dirigió en persona a la infantería pesada hacia el Eurotas por un camino más abierto. Allí acampó, justo antes del atardecer, y esperó que llegaran las tropas ligeras que había dejado en persecución del enemigo. Estas regresaron durante la primera guardia, con noticias de que el tirano había entrado en la ciudad con un pequeño grupo de tropas; el resto de su ejército estaba desarmado y disperso por el bosque. Se les ordenó que comieran y descansaran. El resto del ejército, habiendo llegado temprano al campamento, ya lo había hecho así y estaba ahora fresco tras un corto sueño. Escogiendo a algunos de ellos y diciéndoles que no llevaran más que sus espadas, los situó sobre dos de los caminos que llevaban a las puertas que conducen a Faras y a Barbostene, pues esperaba que los fugitivos regresaran por ellos. Su suposición estaba justficada, pues los lacedemonios, mientras quedó algo de luz diurna, buscaban refugio en pleno bosque por senderos apartados; pero cuando se hizo de noche y vieron las luces en el campamento enemigo, avanzaron por sendas ocultas y paralelas a aquel. Una vez lo habían dejado atrás, y pensando que ya estaban a salvo, salían a los caminos abiertos. Aquí resultaron capturados por el enemigo que los estaba esperando, siendo tan numerosos los muertos y prisioneros por todas partes, que apenas logró escapar una cuarta parte de su ejército. Ahora que Filopemén había encerrado al tirano en su ciudad, pasó casi un mes asolando los campos lacedemonios y, tras debilitarlo así y casi quebrar el poder del tirano, regresó a casa. Los aqueos, en vista de su gran victoria, lo equiparaban en gloria militar con el general romano, considerándole incluso superior en lo tocante a la guerra de Laconia.

[35,31] Mientras se producía esta guerra entre los aqueos y el tirano, los delegados romanos estaban visitando las ciudades de sus aliados, pues sentían algún temor de que los etolios pudieran convencer a alguna para que se pasase con Antioco. No se preocuparon por las aqueas; como estaban en guerra abierta con Nabis, se consideró que también en lo demás serían de fiar. Atenas fue el primer lugar que visitaron, desde allí siguieron a Calcis y de allí a Tesalia, donde hablaron a un consejo muy concurrido de los tesalios. Fueron a continuación a Demetríade, donde se había convocado una asamblea de los magnetes. Aquí tuvieron que cuidar mucho lo que decía, pues algunos de sus dirigentes se oponían a Roma y apoyaban de todo corazón a Antioco y a los etolios. Su actitud se debía a que tras saberse de la liberación del hijo de Filipo, que permanecía como rehén, y que se había condonado el tributo impuesto al rey, se extendió el falso rumor de que los romanos tenían, además, la intención de devolverle la Demetríade. Para que no ocurriera esto, Euríloco, jefe de los magnetes, y algunos de los suyos, preferían que se produjera un cambio completo en la situación con la llegada de Antioco y los etolios. Al encontrarse con aquel ánimo hostl, los delegados romanos debían tener el mayor cuidado para que la negación de aquella sospecha infundada no quitase la esperanza en ello de Filipo, convirtendo en enemigo a un hombre que, por todos los motivos, resultaba para ellos de más importancia que los magnetes. Los delegados se limitaron a señalar que toda Grecia estaba en deuda con Roma por su libertad, y en especial aquella ciudad; pues no solo había tenido allí una guarnición macedonia, sino que incluso se había construido Filipo en ella un palacio, para obligarles a tener a su amo y señor ante sus ojos. Pero todo lo que Roma había hecho por ellos sería inútl si los etolios traían a Antioco a ese palacio, pues habrían de tener un nuevo rey desconocido en lugar del anterior, al que ya conocían.

Su magistrado supremo recibía el nombre de "Magnetarca", desempeñando Euríloco el cargo por entonces. Basándose en aquella autoridad, este les contestó que ni él ni los magnetes podían callar sobre la noticia que corría ampliamente en el sentido de que la Demetríade iba a ser devuelta a Filipo. Para evitar esto, los magnetes estaban dispuestos a hacer todos los esfuerzos y afrontar todos los peligros. Llevado por la emoción, rechazó la desacertada observación de que incluso entonces Demetríade era libre solo en apariencia, pues todo se hacía a un gesto de cabeza de los romanos. Estas palabras fueron recibidas murmullos y opiniones diversas; algunos las aprobaron, pero otros se indignaron por haberse atrevido a hablar de aquella manera. En cuanto a Quincio, montó en ira de tal manera que elevó sus manos al cielo y puso a los dioses por testigos de la ingrattud y perfidia de los magnetes. Esta exclamación aterró a todos, y Zenón, uno de sus dirigentes, que había logrado mucha infuencia entre ellos en parte por el refinamiento de su vida privada y en parte porque siempre había sido un amigo fiel de Roma, imploró a Quincio y a los otros delegados que no hicieran a toda la ciudad responsable de la locura de un solo hombre; que cada cual debía afrontar el riesgo de su propia insania. Los magnetes estaban en deuda con Tito Quincio y con el pueblo romano no solo por su libertad, sino por todo aquello que los hombres consideramos más precioso y sagrado; nada había que los hombres pudieran pedir a los dioses inmortales y que no tuvieran los magnetes gracias a los romanos. Antes pondrían las manos sobre sí mismos que violar su amistad con Roma.

[35,32] Su discurso fue seguido por los ruegos de la multitud. Euríloco salió precipitadamente y se dirigió a la puerta de la ciudad por calles apartadas, huyendo luego a Etolia, pues los etolios se habían quitado ya la máscara y mostraban cada día más sus intenciones hostiles. Toante, uno de sus dirigentes, acababa de volver de su misión ante Antioco acompañado por Menipo, un embajador del rey. Antes de que tuviera lugar la asamblea [la panetolia de 192 a.C.-N. del T.], estos dos hombres llenaron todos los oídos con descripciones de las fuerzas navales y terrestres que había reunido Antioco. Contaban que estaba de camino un enorme ejército de infantería y caballería, que se habían traído elefantes desde la India y -lo que pensaron que más impresionaría a la opinión popular-que traía oro suficiente como para comprar hasta a los mismos romanos. Era obvio qué clase de efecto podían tener estas palabras en el consejo, pues los delegados romanos estaban debidamente informados de la llegada de aquellos dos y de cuanto hacían. Aunque las cosas habían tomado ya un giro casi decisivo, Quincio pensó que no resultaría del todo inútl el que algunos representantes de ciudades aliadas asisteran a la asamblea y se atrevieran a hablar con franqueza, respondiendo al enviado del rey y recordando a los etolios su tratado de alianza con Roma. Los atenienses parecían lo más idóneos para esta labor, tanto a causa del prestgio de su ciudad como por su antigua alianza con los etolios. Así pues, Quincio les pidió que enviaran delegados a la asamblea panetolia.

Toante dio inicio a la asamblea informando de sus gestones. Le siguió Menipo, quien afirmó que lo mejor para todos los pueblos de Grecia y Asia habría sido que Antioco hubiera intervenido mientras seguía intacto el poder de Filipo; todos habrían conservado cuanto tenían y no habría quedado todo a merced de Roma. "Incluso ahora -continuó-con solo que llevaseis a cabo los planes que habéis hecho, él sería capaz, con la ayuda de los dioses y la asistencia de los etolios, de restaurar la fortuna de Grecia, no obstante su declive, a su antigua dignidad. Tal dignidad, no obstante, debe basarse en la libertad, en una libertad sostenida con las propias fuerzas y que no dependa de la voluntad de otro". Los atenienses, que habían recibido permiso para expresar lo que pensaban tras el delegado real, no hicieron alusión alguna al rey, limitándose solo a recordar a los etolios su alianza con Roma y los servicios que Tito Quincio había prestado a toda Grecia. Les instaron para que no quebraran aquella alianza por alguna decisión precipitada e irresponsable; los consejos audaces e impetuosos podían resultar atractivos a primera vista, pero eran difciles de poner en práctica y sus resultados solían ser desastrosos. Los delegados romanos y el mismo Quincio no estaban muy lejos, y sería mejor discutr el tema en cuestón en un debate amistoso antes que lanzar a Europa y Asia a una lucha funesta.

[35,33] La mayor parte de la asamblea, ansiando un cambio de política, estaba totalmente del lado de Antioco y se oponía incluso a admitr a los romanos en la asamblea. Sin embargo, y principalmente gracias a la infuencia de los más ancianos entre ellos, se decidió que sería convocada una reunión de la asamblea para escucharles. Cuando regresaron los atenienses y le informaron de esta decisión, Quincio consideró que debía ir a Etolia, para intentar hacer algo para que cambiaran su propósito y que, de esta manera, todos pudieran ver que la responsabilidad por la guerra recaía exclusivamente sobre los etolios, pues los romanos tomarían las armas por una causa justa y casi a la fuerza. Quincio comenzó su discurso ante la asamblea trazando la historia de la alianza entre los etolios y Roma, señalando cuán frecuentemente aquellos habían infringido sus disposiciones. A continuación, trató brevemente sobre los derechos de las ciudades que eran el objeto de la controversia y mostró cuánto mejor sería, si consideraban que tenían la justicia de su parte, enviar una delegación a Roma para defender su causa o presentarla ante el Senado, a su elección, que no una guerra entre el pueblo romano y Antioco, instgada por los etolios y que provocaría una conmoción en todo el mundo y arruinaría completamente Grecia. Nadie sentría antes el fatal resultado de una guerra así como quienes la hubieran provocado. El romano habló a modo de presagio, pero en vano. Sin conceder tiempo a que se deliberase, levantando el consejo o esperando incluso que se retrasen los romanos, Toante y el resto de sus seguidores aprobaron un decreto, entre las aclamaciones de la asamblea, para invitar a Antioco a que consiguiera la libertad de Grecia y mediara entre romanos y etolios. La soberbia de este decreto fue agravada por el descaro personal de su pretor, Damócrito. En efecto, cuando Quincio le pidió una copia del decreto, Damócrito, sin la más mínima consideración hacia la majestad de su persona, le dijo que asuntos más importantes exigían su atención inmediata y que en breve le daría su respuesta y su decreto desde sus campamentos en Italia, a orillas del Tíber. Tal fue el grado de locura que por entonces poseyó a los etolios y sus magistrados.

[35,34] Quincio y el resto de delegado regresaron a Corinto. Los etolios, que tenían continuas noticias de los movimientos de Antioco, deseaban hacer creer que ellos no hacían nada por sí mismos y que, simplemente, esperaban su llegada; por consiguiente, no celebraron un consejo de toda la liga tras la partida de los romanos. Sin embargo, a través de su apoklet -que era como ellos denominaban a su consejo más venerable, compuesto por personas escogidas-discutan el mejor modo de cambiar la situación en Grecia. Era de conocimiento general que los dirigentes y la aristocracia de las diversas ciudades eran partidarios de Roma, y que estaban a gusto con la situación establecida; las masas de población, y aquellos cuyas circunstancias no eran las que esperaban, estaban deseosas de un cambio. El consejo etolio tomó la decisión de llevar a la práctica un proyecto audaz e imprudente, no ya como hecho, sino como esperanza, a saber, ocupar la Demetríade, Calcis y Lacedemón. Se envió uno de sus dirigentes a cada una de estas ciudades: Toante fue a Calcis, Alexámeno a Lacedemón y Diocles a Demetríade. Euríloco, cuya huida y su motivo ya han sido descritos, llegó para ayudar a Diocles, pues no veía otra forma de regresar a casa. Escribió a sus amigos, a sus familiares y a los miembros de su partido, que presentaron ante la concurrida asamblea a su esposa e hijos, con ropas de luto y portando los ramos de olivo de los suplicantes. Apelaron personalmente a los presentes, e imploraron a la asamblea en su conjunto, para que no consinteran que un hombre inocente y que no había sido condenado gastara su vida en el exilio. Los simples y confiados fueron movidos por la compasión; a los malvados y sediciones los movió la posibilidad de aprovecharse de la confusión que causaría el levantamiento etolio. Todo el mundo votó por su vuelta. Habiéndose dado este paso previo, Diocles, que estaba por entonces al mando de la caballería, partió con todas sus fuerzas con el pretexto de acompañar a casa al exiliado. Recorrieron una gran distancia, marchando de día y de noche, y cuando estaba a seis millas de la ciudad [8880 metros.-N. del T.] se adelantó durante la madrugada con tres turmas de jinetes, dando al resto de la caballería orden de seguirles. Al aproximarse a la puerta, ordenó a sus hombres que desmontaran y llevaran sus caballos de la brida, más como si estuvieran acompañando a su prefecto en un viaje que formando parte de una fuerza militar. Dejando una turma en la puerta, para evitar perder el contacto con la caballería que venía detrás, llevó a Euríloco, tomándolo de la mano, por el centro de la ciudad y el foro hasta su casa, en medio de las felicitaciones de muchos que salían a su encuentro. En poco tiempo la ciudad se llenó de caballería y se tomaron las principales posiciones. A continuación, se ordenó a varias partdas que fuesen a las casas de los líderes opositores y les dieran muerte. Así fue como Demetríade cayó en poder de los etolios.

[35,35] No se emplearía la fuerza contra la ciudad de Lacedemón, sino que se tomaría al tirano mediante la traición. Después de haber sido despojado por los romanos de sus ciudades marítimas y haber quedado ahora encerrado tras sus murallas por los aqueos, cualquiera que tomase la iniciativa de darle muerte contaría con la grattud de los lacedemonios. Los etolios tuvieron una buena excusa para enviarle alguien, pues exigía insistentemente que aquellos por cuya instgación él había dado comienzo a la guerra le enviaran ayuda. Se proporcionó a Alexámeno mil soldados de infantería y 30 hombres escogidos de caballería. El pretor Damócrito había advertido solemnemente a estos últimos, durante el consejo nacional secreto que ya hemos mencionado, que no pensaran que se les enviaba a combatir contra los aqueos ni para cualquier otro fin que se pudieran imaginar. Fueran cuales fuesen las decisiones que tomase Alexámeno, obligado por las circunstancias, por inesperadas, peligrosas o audaces que fuesen, debían estar listos para ejecutarlas con puntual obediencia, considerando que se les había enviado desde sus hogares con aquel único fin. Con estos hombres así dispuestos, Alexámeno marchó con el tirano, y su llegada le llenó inmediatamente de esperanza. Le contó que Antioco había desembarcado ya en Europa y que pronto estaría en Grecia, llenando el mar y la tierra con armas y hombres; los romanos descubrirían que no era con Filipo con quien trataban; la cantidad de su infantería, su caballería y sus naves era incontable; la mera visión de la línea de elefantes daría fin a la guerra. Le aseguró que los etolios estaban preparados para marcha a Lacedemón con todo su ejército como lo precisaran las circunstancias, pero que deseaban que Antioco viera una considerable cantidad de sus tropas cuando llegara. Aconsejó también a Nabis que cuidara también de que las tropas no se enervaran por la ociosidad y la vida cuartelera; debía sacarlas al exterior y, mediante el ejercicio con las armas, endurecerlas y hacerlas más resistentes; el trabajo y el esfuerzo se hacían más ligeros con la práctica, pudiendo incluso resultarles agradable gracias a la amabilidad y cordialidad de su comandante.

A partir de ese momento, salían frecuentemente a la llanura que se extende entre la ciudad y el Eurotas. La guardia del tirano solía formar, por lo general, en el centro de la formación; él mismo, con tres jinetes a lo sumo, entre los que se solía contar Alexámeno, cabalgaban delante de los estandartes para revistar los extremos de las alas. A la derecha estaban los etolios, incluyendo los que eran auxiliares de Nabis y el millar que había venido con Alexámeno. Alexámeno había hecho una costumbre el acompañar al tirano durante su inspección a algunas de las filas, hacía algunas sugerencias que le parecían pertinente, y luego cabalgaba hasta los etolios del ala derecha para impartrles las órdenes necesarias; después, regresaba al lado del tirano. Pero llegado el día que determinó llevar a cabo su plan mortal, acompañó al tirano solo durante un corto espacio de tiempo y luego se retró junto a sus propios hombres, dirigiéndose a los treinta escogidos en estos términos: "Muchachos, debéis llevar a cabo con decisión la misión que se os ordenó ejecutar bajo mi mando. Disponed ánimos y manos, y que nadie vacile cuando me vea actuar; quien dude y se cruce en mi propósito con los suyos propios puede estar seguro de que no habrá regreso al hogar para él". El horror se apoderó de todos y recordaron las instrucciones con que habían llegado. El tirano llegaba cabalgando desde el ala izquierda y Alexámeno les ordenó que dispusieran sus lanzas y le observaran atentamente; él mismo, por su parte, tuvo que concentrar sus pensamientos, desconcertado ante el acto trascendente que iba a cometer. Al acercarse el tirano, lo atacó y le atravesó su caballo. El tirano cayó desmontado y, mientras estaba en terra, los soldados lo atacaron con sus lanzas. Muchos de sus golpes fueron repelidos por la coraza, pero finalmente alcanzaron su cuerpo desprotegido y expiró antes de que acudieran en su ayuda desde el centro de la formación.

[35,36] Alexámeno se marchó con todos los etolios, apresurando el paso para apoderarse del palacio. Mientras tenía lugar ante sus ojos el asesinato, estuvieron demasiado asustados como para moverse; después, al ver al contingente etolio retrándose apresuradamente, corrieron hacia el cuerpo abandonado del tirano, pero los que tenían el deber de escoltarle y converitrse en de su muerte se comportaron como una simple multitud de espectadores. Ni un solo hombre habría ofrecido resistencia si se hubiese convocado al pueblo a una asamblea, tras deponer las armas, se hubiesen dicho las palabras adecuadas y los etolios se hubieran mantenido juntos y armados, sin ofender a nadie. Pero ocurrió lo que debía suceder con una acción iniciada mediante la traición; todo el asunto se desarrolló de manera que acabó con la ruina de quienes lo habían iniciado. El general, encerrándose en el palacio, pasó un día y una noche enteros buscando los tesoros del tirano, los etolios se dedicaron al saqueo como si hubieran tomado una ciudad de la que pretendían aparecer como libertadores. La indignación que esto provocó, así como el sentimiento de desprecio por el escaso número de los etolios, dio valor a los lacedemonios para unirse. Decían algunos que se debía expulsar a los etolios y recuperar la libertad que se les había arrebatado justo cuando parecía que se la estaban devolviendo; otros pensaban que se debía elegir a alguien de sangre real como cabeza visible de la acción. Había un descendiente de la antigua casa real llamado Lacónico, todavía un muchacho y que había sido criado con los hijos del tirano; lo montaron a caballo, tomaron sus armas y mataron a los etolios que andaban por la ciudad. Luego irrumpieron en el palacio y mataron a Alexámeno, que con unos pocos de sus hombres ofreció alguna resistencia. Varios de los etolios se habían reunido juntos en el Calcifico -un templo de bronce dedicado a Minerva-y los mataron a todos. Algunos arrojaron sus armas y huyeron unos a Tegea y otros a Megalópolis; allí fueron detenidos por los magistrados y vendidos como esclavos.

[35.37] Al enterarse de la muerte del tirano, Filopemén fue a Lacedemonia, donde se encontró que todo era miedo y confusión. Invitó a los dirigentes a entrevistarse con él y, tras hablarles como debería haberlo hecho Alexámeno, incorporó la ciudad a la liga aquea. Esto resultó más sencillo por el hecho de que, justo en esos momentos, llegó Aulo Atilio desde Gitón con veinticuatro quinquerremes. Toante, por las mismas fechas, contó en Calcis con los servicios de dos hombres, Eutimidas, un dirigente de Calcis expulsado por infuencia del partido romano que se había visto fortalecido por la visita de Tito Quincio y los delegados, y Herodoro, un comerciante de Cía cuya riqueza le proporcionaba una considerable infuencia en la ciudad. Por su mediación, Toante había acordado con los partidarios de Eutmidas que pondrían la ciudad en sus manos, pero no tuvo la misma fortuna que se mostró favorable a la ocupación de Demetríade por la intervención de Euríloco. Eutmidas, que había fijado su residencia en Atenas, marchó desde allí a Tebas y luego a Salgánea, Herodoro marchó a Tronio. No muy lejos de este lugar, Toante tenía dispuesta una fuerza de dos mil infantes y doscientos jinetes, así como treinta transportes pequeños en el golfo Malíaco. Herodoro debía llevar estas naves, junto con una dotación de seiscientos infantes, a la isla de Atalanta con el objeto de cruzar desde allí hasta Calcis en cuanto se enterase de que la fuerza terrestre estaba cerca de la Áulide y el Euripo. Toante, con el resto de sus fuerzas, marchó tan rápidamente como pudo, principalmente por la noche, hacia Calcis.

[35,38] Después de la expulsión de Eutmidas, todo el poder quedó en manos de Micición y Xenóclides. Fuese porque sospecharan lo que estaba pasando o porque les hubieran informado sobre ello, estaban al principio aterrorizados y creían que su única seguridad residía en huir; pero tras calmar sus temores y ver que estarían abandonando no solo a su ciudad sino su alianza con Roma, se centraron en el siguiente plan: Dio la casualidad de que se celebraba por entonces el festival anual de Diana en Amarinto, contando con la presencia no solo de los naturales del país, sino también de los caristos. Enviaron allí una delegación desde Calcis, para rogar a los eretrios y a los caristos que se compadecieran de aquellos que habían nacido en la misma isla, que tuviesen en cuenta su alianza con Roma y que no dejaran que la Cálcide pasara a manos de los etolios. Si se apoderaban de Calcis, lo harían de toda Eubea; los macedonios habían resultado amos crueles, pero los etolios serían aún menos soportables. El respeto por los romanos fue lo que más pesó en el ánimo de las ciudades, pues habían experimentado su valor, su justicia y su consideración en la última guerra. Por consiguiente, cada ciudad se armó y enviaron lo más granado de sus jóvenes. Los calcidios dejaron a estos la defensa de sus murallas y, cruzando el Euripo con todas sus fuerzas, asentaron su campamento en Salgánea. Desde allí enviaron primero un mensajero, seguido por delegados, para preguntar a los etolios qué habían dicho o hecho, ellos que eran sus amigos y aliados, para que viniesen a atacarlos. Toante, que estaba al mando, respondió que no habían venido para atacarlos, sino para liberarlos de los romanos. "Estáis ahora encadenados -les dijo-con cadenas más brillantes, pero más pesadas, que cuando teníais una guarnición macedonia en vuestra ciudadela". Los calcidios, por el contrario, le dijeron que no eran esclavos de nadie, ni tampoco necesitaban la protección de ningún hombre. Abandonaron la conferencia y volvieron a su campamento. Toante y los etolios habían puesto todas sus esperanzas en tomar al enemigo por sorpresa; como no estaban en igualdad para una batalla campal ni para asediar una ciudad poderosamente protegida por tierra y por mar, regresaron a su país. Cuando Eutmidas oyó que sus compatriotas estaban acampados en Salgánea y que los etolios se habían marchado, regresó de Tebas a Atenas. Herodoro, después de esperar ansiosamente la señal, que no llegó, desde Atalante, envió una nave espía para enterarse de la causa del retraso; cuando supo que sus aliados habían abandonado la empresa, regresó a Tronio, de donde había partido.

[35.39] Habiéndose enterado también de lo ocurrido, Quincio, de camino desde Corinto, se encontró con el rey Eumenes sobre la orilla calcídica del Euripo, acordándose que Eumenes dejara quinientos hombres para proteger Calcis y marchase a Atenas. Quincio siguió hacia su destino en Demetríade y, juzgando que la liberación de Calcis sería de mucha ayuda para inducir a los magnetes a reanudar su amistad con Roma, escribió a Eunomo, el pretor de los tesalios, para pedirle que armase a su juventud. Al mismo tiempo, envió a Vilio para que sondeara el sentir de la población, pero sin intentar nada más a menos que hubiera un gran número que se inclinara a regresar a las antiguas relaciones de amistad. Se trasladó en un quinquerreme, y había llegado a la bocana del puerto cuando se enteró de que todos los magnetes habían salido para verlo. Vilio les preguntó si preferían que se les dirigiese como amigos o como enemigos. Euríloco, el magnetarca, le contestó que llegada entre amigos, pero que debía mantenerse alejado del puerto y permitr que los magnetes vivieran en paz y libertad, sin inquietar al pueblo con la excusa de una audiencia. Esto provocó una intensa discusión, no una entrevista, pues el enviado romano reprochó agriamente a los magnetes su ingrattud, anunciándoles los desastres que rápidamente les alcanzarían; los ciudadanos, por su parte, gritaban sus airadas respuestas acusando unas veces al Senado y otras a Quincio. Frustrado su intento, Vilio regresó con Quincio, quien envió un mensaje al pretor para que disolviera sus fuerzas y él, con sus naves, volvió a Corinto.

[35,40] Los asuntos de Grecia, relacionados como estaban con los de Roma, me han desviado, por así decirlo, de mi rumbo; y no porque fuesen de mayor importancia el narrarlos, sino porque fueron los que provocaron la guerra con Antioco. Después de las elecciones consulares -pues en ellas me aparté en mi narración-, los nuevos cónsules, Lucio Quincio y Cneo Domicio, partieron para sus provincias: Quincio hacia Liguria y Domicio a territorio de los boyos -192 a.C.-. Los boyos permanecieron tranquilos, incluso su senado con sus hijos y sus prefectos de la caballería con sus hombres, mil quinientos en total, se someteron formalmente al cónsul. El otro cónsul devastó la Liguria a lo largo y a lo ancho, capturó varios de sus castllos y se apoderó en ellos no solo de botín y prisioneros, sino que también liberó a muchos ciudadanos y miembros de las ciudades aliadas que habían estado en manos del enemigo. Ese año, el Senado y el pueblo autorizaron la formación de una colonia militar en Vibo, asentándose allí tres mil setecientos infantes y trescientos jinetes y actuando como triunviros Quinto Nevio, Marco Minucio y Marco Furio Crasipe. Se asignaron quince yugadas a cada soldado de infantería y el doble a los de caballería [4,05 y 8,10 Hectáreas, respectivamente.-N. del T.]. Las tierras pertenecieron anteriormente a los brucios, que la habían tomado de los griegos. Durante este tiempo se produjeron dos incidentes alarmantes en Roma; uno de ellos duró más, pero fue menos destructivo. Hubo temblores de tierra que se prolongaron durante treinta y ocho días, transcurriendo los festivos durante todos aquellos días entre la inquietud general y la alarma. Se ofrecieron rogativas durante tres días consecutivos para alejar el peligro. El otro no resultó un pánico infundado, sino un auténtco desastre para muchos. Se desató un incendio en el Foto Boario; durante un día y una noche, los edificios frente al Tíber ardieron y se quemaron todas las tiendas con sus valiosas mercaderías.


[35.41] El año estaba casi terminando y día a día aumentaban los rumores sobre los preparativos bélicos de Antioco, así como la inquietud del Senado. La discusión sobre la asignación de provincias para los nuevos cónsules dio como resultado que el Senado decretara que una de las provincias consulares sería Italia y la otra, cualquiera que decidiese el Senado, pues se daba por supuesto que esta sería la guerra con Antioco. Aquel a quien se asignara este campo de operaciones, se le proporcionarían cuatro mil infantes romanos y seis mil aliados, junto con trescientos jinetes romanos y cuatrocientos aliados. Se encargó a Lucio Quincio que alistara estas fuerzas, de manera que no hubiera retraso en la inmediata partida del cónsul una vez lo considerase necesario el Senado. Se emitó un decreto similar para el caso de los pretores electos. El primer sorteo se celebró para asignar las preturas urbana y peregrina; el segundo fue para el Brucio; el tercero para el mando de la flota, que se enviaría donde ordenara el Senado; la cuarta fue para Sicilia; la quinta para Cerdeña y la sexta para la Hispania Ulterior. Se ordenó al cónsul Lucio Quincio que alistara dos nuevas legiones de ciudadanos romanos y un contingente aliado de veinte mil infantes y ochocientos jinetes. Ese ejército se asignó al pretor que tuviera el Brucio como su provincia. Aquel año se dedicaron dos templos a Júpiter; uno de ellos había sido ofrecido por Lucio Furio Purpúreo siendo pretor, en la guerra contra los galos, y el otro cuando era cónsul. La consagración fue llevada a cabo por uno de los decenviros, Quinto Marcio Rala. Se aprobaron aquel año muchas sentencias severas contra los prestamistas, actuando como acusadores los ediles curules, Marco Tucio y Publio Junio Bruto. Del producto de las multas que se les impuso, se colocaron cuadrigas doradas en el templo del Capitolio y doce escudos dorados en el frontspicio del santuario de Júpiter. Estos mismos ediles construyeron un pórtico en el exterior de la puerta Trigémina, en el barrio de los carpinteros.

[35.42] Si los romanos dedicaban toda su atención a los preparativos para una nueva guerra, Antioco, por su parte, mostraba una actividad incesante. Sin embargo, estaba detenido en Asia por tres ciudades, Esmirna, Alejandría Troas [o de Tróade.-N. del T.] y Lámpsaco, que ni había podido tomar por asalto ni atraerse mediante condiciones, y que no quería dejar en su retaguardia durante su invasión de Europa. Otra causa de su retraso, era su incertdumbre acerca de Aníbal. Primeramente, se retrasaron los barcos sin cubierta que tenía intención de enviar con Aníbal a África; después se cuestonó, principalmente por Toante, si debía enviársele o no. Toante afirmaba que toda Grecia estaba sumida en la confusión y que Demetríade había caído en sus manos. Las mentras que había contado sobre el rey y las exageraciones en cuanto a las fuerzas que poseía Antioco habían entusiasmado a muchos en Grecia, con estas mismas mentras alimentaba también las esperanzas del rey. Le decía que todos deseaban su llegada y que acudían en masa a los puntos de la costa donde se avistaba la flota real. Fue también Toante el que se atrevió a disuadir al rey de la decisión, que ya tenía prácticamente tomada, respecto a Aníbal; expresó su opinión de que no se debían quitar naves de la flota del rey y que, en caso de que hubiera que hacerlo, Aníbal era la última persona que debía mandarlas, pues se trataba de un desterrado, de un cartaginés al que su fortuna o su imaginación sugerían cada día miles de planes nuevos. Además, la gloria militar, que acompañaba a Aníbal como una especie de dote, parecía demasiado grande quien solo era el prefecto de un rey; sobre el rey debían fijarse las miradas de todos, él debía ser el único líder y comandante supremo. Si Aníbal perdiera una flota o un ejército, la pérdida sería tan grande como si ocurriera bajo el mando de cualquier otro general; pero si se lograba la victoria, la gloria de ella sería para Aníbal y no para Antioco. Suponiendo que fueran lo bastante afortunados como para infigir una derrota decisiva a los romanos y ganaran la guerra, ¿cómo podían esperar que Aníbal viviera tranquilamente sometido a un monarca, bajo el dominio de un hombre, si no había podido aguantar los límites impuestos por las leyes de su propio país? Sus aspiraciones de juventud y sus esperanzas de dominar todo el mundo no lo habían preparado para soportar un amo en su vejez. No había necesidad de que el rey otorgara un mando a Aníbal; podría encontrar para él un lugar como miembro de su séquito o consejero en cuestones relativas a la guerra. Una exigencia moderada de habilidades como las suyas no resultaría peligroso ni inútl; pero si se le exigiera todo cuanto podía rendir, podría resultar en perjuicio tanto de quien lo proporcionaba como de quien lo recibía.

[35.43] No hay carácter tan propenso a la envidia como el de aquellos cuyo nacimiento y fortuna no están de acuerdo con su inteligencia, pues odian el valor y el bien ajenos. El plan de enviar a Aníbal, que era lo único útl que se había ideado desde el principio de la guerra, fue dejado rápidamente de lado. Envalentonado porque Demetríade se hubiera pasado de los romanos a los etolios, Antioco decidió no retrasar más su avance sobre Grecia. Antes de zarpar subió a Ilión [Troya, por otro nombre.-N. del T.] por la costa, para ofrecer un sacrificio a la diosa Minerva. Se reunió después con su flota y partió con cuarenta naves cubiertas y sesenta descubiertas, a las que siguieron doscientos transportes cargados de suministros e impedimenta militar de todo tpo. Puso rumbo primeramente a la isla de Imbros, cruzando desde allí el mar Egeo hacia Esciatos. Reagrupó allí los barcos que se habían desviado durante el viaje y navegó hasta Pteleo, el primer punto en el continente. Aquí se encontró con el magnetarca Euríloco y los dirigentes de los magnetes, llegados desde Demetríade, poniéndole de excelente humor la contemplación de tantos apoyos. Al día siguiente entró en el puerto de la ciudad e hizo desembarcar sus tropas en un lugar no lejos de allí. El total de sus fuerzas consista en diez mil infantes, quinientos jinetes y seis elefantes, un contingente que apenas bastaba para ocupar una Grecia desarmada, y mucho menos para librar una guerra contra Roma. Cuando los etolios tuvieron noticia de que Antioco estaba en Demetríade, se apresuraron a convocar una asamblea y a aprobar una resolución invitándolo a acudir. Como el rey ya sabía que se iba a aprobar dicha resolución, había partido de Demetríade y avanzaba hacia Fálara [la actual Stylídha.-N. del T.], en el golfo Malíaco. Después de que se le entregara el decreto pasó a Lamia, donde recibió una acogida entusiasta por parte de la población, que mostró su satsfacción mediante aplausos, gritos y el resto de manifestaciones con que la gente suele manifestar su alegría desbordante.

[35.44] Cuando entró en la asamblea, resultó difcil para el pretor Feneas y el resto de dirigentes lograr el silencio y que el rey pudiera hablar. Empezó disculpándose por haber llegado con menos fuerzas de las que todos habían esperado y previsto. Esto debía tomarse, les dijo, como la mayor prueba de su amistad y devoción por ellos; pues a pesar de no estar preparado y que la temporada no fuese la idónea para una travesía marítima, él había respondido de inmediato a la petción de sus delegados, convencido como estaba de que cuando los etolios le vieran entre ellos se darían cuenta de que, aún habiendo llegado solo, era sobre él en quien fiaban su seguridad y protección. Al mismo tiempo, él estaba dispuesto a cumplir con todas las esperanzas, incluso con las de aquellos que, por el momento, parecían decepcionadas. En cuanto la primera estación hiciera segura la navegación, cubriría toda Grecia con las armas, hombres y caballos, rodearía sus costas con la flota y no escatimaría esfuerzos ni peligros hasta haber librado Grecia del yugo del dominio romano y haber dado a los etolios la supremacía sobre ella. Suministros de todo tipo acompañarían a sus ejércitos desde Asia; por el momento, deberían ocuparse los etolios de proporcionar a sus tropas un abundante suministro de grano y otras provisiones a un precio razonable.

[35,45] Después de este discurso, que recibió la aprobación unánime, el rey se retró. Se produjo a continuación una animada discusión entre los dos dirigentes etolios, Feneas y Toante. Feneas argumentaba que Antioco no les sería de tanta utlidad dirigiendo la guerra como actuando como pacificador y árbitro, ante quien podrían someterse sus diferencias con Roma; su presencia entre ellos y su dignidad real harían más para ganarse el respeto de los romanos que las armas. Muchos hombres, para evitar la necesidad de la guerra, harán concesiones que no se les podrían arrancar mediante la lucha armada. Toante, por su parte, afirmaba que Feneas no deseaba realmente la paz y que solo quería obstaculizar sus preparativos para la guerra, de modo que el rey, harto de retrasos, relajara sus esfuerzos y los romanos ganaran tiempo para completar sus propias medidas. A pesar de todas las delegaciones que habían enviado a Roma y todas las discusiones en persona con Quincio, habían aprendido por experiencia que no se podían conseguir condiciones justas de Roma, ni habrían buscado la ayuda de Antioco de no haber visto perderse todas sus esperanzas. Ahora que este se había presentado antes de lo que nadie esperaba, no debía disminuir su propósito, sino que debían rogar al rey que, ya que había venido personalmente como campeón de Grecia, que era lo más importante, hiciera venir a todas sus fuerzas militares y navales. Un rey de armas podría ganar algo; sin ellas, no tendría la menor infuencia sobre los romanos, ni actuando en nombre de los etolios ni incluso defendiendo sus propios intereses. En estas discusiones pasaron el día y decidieron nombrar al rey comandante en jefe con poderes absolutos, eligiendo a treinta de sus notables para actuar como consejo asesor para cualquier asunto sobre el que deseara consultarles.

[35.46] Disuelta así la asamblea, sus miembros se marcharon, cada uno a su ciudad. Al día siguiente, el rey consultó a los apocletos dónde debería iniciar las operaciones. Se pensó que lo mejor era empezar por la Cálcide, donde los etolios habían efectuado un infructuoso intento y donde consideraban que la victoria dependía más de la rapidez en actuar que en grandes preparativos o esfuerzos. El rey, en consecuencia, con aquella fuerza de mil infantes que habían llegado con él desde Demetríade, marchó a través de la Fócide mientras los dirigentes etolios, que habían hecho llamar a unos pocos de sus jóvenes, fueron por otro camino y se reunieron con él en Queronea, siguiéndole en diez naves cubiertas. Fijando su campamento en Salgánea, cruzó el Euripo con los etolios y, cuando estaba a corta distancia del puerto, los magistrados y notables de Calcis salieron hasta la puerta. Un pequeño grupo de cada lado se reunió para conferenciar. Los etolios hicieron todo lo posible por convencer a los calcidios para que recibieran al rey como aliado y amigo, sin por ello alterar sus relaciones de amistad con los romanos. Les decían que había cruzado hasta Europa no para hacer la guerra, sino para liberar Grecia, y no con vacías profesiones como habían hecho los romanos, sino para liberarla realmente. Nada sería más ventajoso para las ciudades griegas que entablar relaciones de amistad con ambas parte, pues entonces quedarían a salvo de cualquier maltrato de una parte mediante la protección a que el otro se comprometa. Si se negaban a recibir al rey, debían considerar cuánto iban a sufrir en breve, pues los romanos estaban demasiado lejos para ayudarles y Antioco, a quien no podrían resistrse, estaba ante sus puertas como enemigo. Micición, uno de los jefes aqueos, les respondió preguntándose qué pueblo sería aquel al que venía Antioco a liberar, abandonando su reino y cruzando a Europa. Él no sabía de ninguna ciudad en Grecia que alojase una guarnición romana o pagara tributo a Roma, ni a la que se le hubieran impuesto contra su voluntad un tratado o se rigiera por leyes que no fueran de su agrado. Los calcidios no necesitaban a nadie que los liberara, pues ya eran libres; tampoco necesitaban protección, pues justamente gracias a aquel mismo pueblo romano disfrutaban de paz y libertad. Ellos no rechazan la amistad del rey, ni la de los mismos etolios; pero la primera prueba de su amistad sería su partida de la isla pues, por lo que a ellos concernía, estaban decididos a no admitrlos entre sus murallas y a no pactar ninguna alianza sin la autorización de los romanos.

[35.47] El rey había permanecido a bordo y, cuando se le informó de todo esto, decidió volver de momento a Demetríade, pues no había llevado suficientes tropas para intentar nada por la fuerza. Como su primer intento había sido un fracaso completo, consultó los etolios sobre cuál debía ser el siguiente paso. Estos decidieron tantear a los beocios, a los aqueos y a Aminandro, el rey de los atamanes. Tenían la impresión de que los beocios se habían separado de Roma ya desde la muerte de Braquiles y los acontecimientos que siguieron; también pensaban que Filopemén, el líder de los aqueos, disgustaba a Quincio, que estaba celoso de él por la gloria que había adquirido en la guerra de Laconia. Aminandro estaba casado con Apama, la hija de un tal Alejandro de Megalópolis, que se consideraba descendiente de Alejandro Magno y que había dado a sus tres hijos los nombres de Filipo, Alejandro y Apama. Cuando, por su matrimonio con el rey, Apama llegó a ser famosa, su hermano mayor, Filipo, la siguió a Atamania. Era este un joven débil y vanidoso, y Antioco y los etolios le convencieron de que lograba atraerse a Aminandro y los atamanes del lado de aquel, podría esperar el trono de Macedonia, pues era de sangre real. Estas promesas vacías hicieron efecto no solo en Filipo, sino también en Aminandro.

[35.48] En Acaya, en una asamblea celebrada en Egio, fueron recibidos los enviados etolios y de Antioco, en presencia de Tito Quincio. El enviado de Antioco habló antes que los etolios. Como la mayoría de los hombres que son alimentados por la gracia real, este habló con un tono grandilocuente, llenando mar y tierra con el vacuo sonido de sus palabras. Según él, una masa innumerable de caballería estaba cruzando el Helesponto hacia Europa; algunos vestan cotas de malla y se les llamaba "catafractos"; otros eran arqueros y podían colocar sus fechas con bastante precisión al huir montando de espaldas, contra lo que no había protección bastante. Aunque esta fuerza de caballería por sí sola podría derrotar a todos los ejércitos unidos de Europa, siguió hablando de fuerzas de infantería muchas veces más numerosas y sorprendiendo a sus oyentes con nombres de los que apenas habían oído hablar: los dahas, medos, alimeos y cadusios. Las fuerzas navales eran tales que no había puertos en Grecia que pudieran darles cabida; el ala derecha estaba formada por los sidonios y los trios, la izquierda por los aradios y los sidetas de Panfilia, naciones sin igual en todo el mundo como marineros hábiles e intrépidos. No era necesario, continuó, referirse al dinero u otros medios para la guerra, sus propios oyentes sabían que los reinos de Asia siempre habían abundado en oro. Así pues, los romanos no se las iban a ver con un Filipo

o un Aníbal, adalid este de una sola ciudad y aquel confinado a los límites de su reino macedonio, sino con el Gran Rey que gobernada sobre toda Asia y parte de Europa. Y, sin embargo, viniendo como lo hacía desde los más remotos confines de Oriente para liberar Grecia, nada pedía a los aqueos que pudiera afectar a su lealtad hacia los romanos, sus antiguos amigos y aliados. No les pedía que tomasen las armas contra ellos, todo lo que quería era que no se unieran a ninguno de los dos bandos. "Que vuestro único deseo y anhelo -concluyó-, como corresponde a unos amigos comunes, sea que ambos disfruten de paz; si debe haber guerra, no os involucréis en ella". Arquidamo, que representaba a los etolios, habló en el mismo sentido y los instó a mantener una actitud pasiva, que resultaba lo más fácil y seguro, y que esperasen la fortuna última de los demás sin que la suya corriera ningún riesgo. A continuación dio rienda suelta a su lengua estallando en insultos, unas veces contra los romanos en general y otras contra Quincio en particular, reprochándoles su ingrattud y afirmando que la victoria sobre Filipo y la misma salvación se debió al valor de los etolios, que salvaron a Quincio y a su ejército de la destrucción. "¿Qué deberes propios de un general había desempeñado él? -exclamó-Yo lo he visto en el campo de batalla, tomando auspicios, sacrificando víctimas y ofreciendo votos como un sacerdote cualquiera, mientras yo me exponía a las armas enemigas para defenderlo".

[35,49] En su contestación, Quincio respondió que Arquidamo había tenido en cuenta más delante de quiénes hablaba, que no entre quiénes lo hacía, pues los aqueos sabían bien que la belicosidad de los etolios se encuentra más en sus palabras que en sus actos y se mostraba más arengando en las asambleas que sobre el campo de batalla. Por eso no habían dado tanta importancia a la opinión de los aqueos, pues sabían que los conocían bien, y habían dirigido su grandilocuencia hacia los enviados del rey y, por su medio, hacia el mismo rey ausente. Si hasta aquel momento no sabía qué había llevado a Antioco a hacer causa común con los etolios, tras el discurso de su enviado ya podía deducirlo con claridad. Minténdose el uno al otro y alardeando de unas fuerzas que ninguno de ellos poseía, se habían llenado mutuamente de vanas esperanzas. Estos cuentan que gracias a ellos se derrotó a Filipo y que por su valor se salvaron los romanos, como acabáis de escuchar, y hablan como si vosotros y las restantes ciudades y naciones fueran a seguir su ejemplo. El rey, por su parte, se jacta de sus nubes de infantería y caballería, y de cubrir todos los mares con sus flotas. Esto es muy parecido a algo que sucedió cuando estábamos en una cena con un huésped mío en Calcis, hombre digno y excelente anfitrión. Tuvo lugar en pleno verano y estábamos siendo abundantemente regalados, preguntándonos cómo se las habría arreglado para conseguir tal abundancia y variedad de caza en aquella época del año. El hombre, que no era tan fanfarrón como estos, sonrió y nos dijo: "Esta variedad de lo que parecen carnes de caza se debe a los condimentos y aderezos, pues todo ha sido hecho a partir de un cerdo criado en casa". Esto mismo bien se pudiera aplicar a las fuerzas del rey, de las que se había hecho alarde poco antes. Toda aquella variedad de equipos y la multitud de nombres que nadie había oído jamás -dahas, medos, cadusios y elimeos-, no son más que sirios, cuyo servil y rastrero carácter hace de ellos más una raza de esclavos que una nación de soldados. Me gustaría poder traer ante vuestros ojos, aqueos, las visitas de este "Gran Rey" desde Demetríade, bien a Lamia, a la asamblea de los etolios, bien a Calcis. Veríais entonces lo que semejaban ser dos legiones mal desplegadas en el campamento real; veríais al rey implorando, casi de rodillas, trigo a los etolios y tratando de obtener un préstamo con el que pagar a sus hombres; lo veríais permanecer ante las puertas de Calcis y regresar a Etolia, tras ser rechazado, sin haber conseguido nada excepto un atsbo de la Áulide y el Euripo. La confianza del rey en los etolios estuvo fuera de lugar, así como la de ellos en las promesas vacías de él. No debéis, por tanto, dejaros engañar; en vez de eso, confiad en la fidelidad de Roma, de la que ya tenéis experiencia probada. En cuanto a eso que os dicen de que lo mejor que podéis hacer es no veros involucrados en la guerra, nada está más lejos de vuestro interés; pues luego, al no haber logrado ni grattud ni respeto, caeréis como un premio para el vencedor".

[35,50] Se consideró que la respuesta a ambas partes resultó apropiada, ganándose fácilmente la aprobación de los oyentes. Sin más discusión ni debate se llegó a la decisión unánime de que los aqueos contarían entre sus amigos o enemigos aquellos a quienes los romanos considerasen como tales, declarando así mismo la guerra a Antioco y a los etolios. Siguiendo instrucciones de Quincio, enviaron de inmediato un contingente de quinientos hombres a Calcis y número igual al Pireo. En Atenas, las cosas se estaban acercando rápidamente a un estado de guerra civil por culpa de la acción de ciertos individuos que, con la esperanza de recibir recompensas, estaban conduciendo a la población inclinada a dejarse comprar con oro, a ponerse de parte de Antioco. Los partidarios de los romanos llamaron a Quincio y Apolodoro, el cabecilla de la rebelión, fue declarado culpable y enviado al desterro, actuando como acusador un tal Leonte. Los delegados volvieron al rey con una respuesta desfavorable por parte de los aqueos. Los beocios no dieron una respuesta definitiva; se limitaron, simplemente, a prometer que deliberarían sobre qué medidas debían tomar una vez apareciera Antioco en Beocia. Cuando Antioco escuchó que tanto los aqueos como el rey Eumenes habían enviado cada uno refuerzos a Cálcide, comprendió que debía actuar con pronttud, ser el primero en entrar en la plaza y, de ser posible, sorprender al enemigo cuando llegase. Envió a Menipo con unos tres mil hombres y a Polixénidas con toda la flota, marchando él pocos días después en persona con seis mil de sus propios hombres y un pequeño cuerpo de etolios que pudo reunir al vuelo en Lamia. Los quinientos aqueos y el pequeño contingente proporcionado por el rey Eumenes, al mando de Xenóclides de Calcis, cruzó el Euripo, pues esa ruta aún estaba abierta, y llegaron a Cálcide. Las tropas romanas, compuestas por unos quinientos soldados, llegaron después que Menipo hubiera acampado ante Salgánea, cerca del Hermeo, el punto de cruce desde Beocia a la isla de Eubea. Iba con ellos Micición, que había sido enviado a Quincio por los de Calcis para solicitar aquellas fuerzas. Sin embargo, cuando se encontró que el paso estaba bloqueado por el enemigo, abandonó el que llevaba a Áulide y tomó el de Delio con la intención de cruzar desde allí a Eubea.

[35,51] Delio es un templo de Apolo con vistas al mar, a cinco millas de distancia de Tanagra y a cuatro millas del punto más cercano de Eubea por mar [7400 y 5920 metros, respectivamente.-N. del T.]. Aquí, en el templo y en el bosque sagrado, protegidos e inviolables por el derecho de los santuarios que amparan los recintos llamados "asilos" por los griegos, los soldados paseaban tranquilamente a sus anchas, pues no habían escuchado todavía que existera un estado de guerra, que se hubieran desenvainado las espadas o que se hubiera producido derramamiento de sangre. Algunos se dedicaban a visitar el templo y el bosque, otros paseaban desarmados por la playa y gran número de ellos habían ido a conseguir madera y forraje. Estando así dispersos, Menipo los atacó por sorpresa. Mató a ... [falta el texto, supuestamente un numeral.-N. del T.] y cincuenta fueron hechos prisioneros. Escaparon muy pocos, entre los que estaba Micición, al que recogió una pequeña nave de carga. Las pérdidas disgustaron a Quincio y a los romanos pero, al mismo tiempo, se consideraron una justficación adición para la guerra contra Antioco. Este había trasladado su ejército hasta la Áulide y desde allí envió una segunda embajada a Calcis, consistente en algunos de su propia gente y algunos etolios. Emplearon los mismos argumentos que la vez anterior, pero en un tono mucho más amenazante. A pesar de los esfuerzos de Micición y Xenóclides, no tuvieron mucha dificultad para convencer a los habitantes de la ciudad que le abrieran las puertas. Los partidarios de Roma salieron de la ciudad justo antes de la entrada del rey. Las tropas aqueas y las del rey Eumenes se mantenían en Salgánea, mientras un pequeño grupo de romanos construía un castllo en el Euripo para defender la posición [la fortificación estaba en la colina situada justo al norte del puente del Euripo.-N. del T.]. Menipo atacó Salgánea mientras Antioco se disponía a capturar el castllo. Los aqueos y los soldados del rey Eumenes fueron los primeros en abandonar la defensa, a condición de que se les permitera salir con seguridad. Los romanos ofrecieron una resistencia mucho mayor, pero cuando se dieron cuenta de que estaban bloqueados por tierra y mar, y que estaban aproximando artillería de asedio, no pudieron resistr más. Como el rey se había apoderado de la capital de Eubea, el resto de ciudades no se opuso a su dominio. Se ilusionaba, así, pensando que había tenido un muy buen inicio en la guerra, teniendo en cuenta el tamaño de la isla y el número de ciudades tan adecuadamente situadas que habían caído en sus manos.

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Libro 36: Guerra contra Antíoco

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[36,1] Al tomar posesión de su cargo los nuevos cónsules, Publio Cornelio Escipión y Manio Acilio Glabrión -191 a.C.-, el Senado les ordenó que antes de sortear sus provincias atendieran al sacrificio de víctimas mayores en todos los templos donde, durante la mayor parte del año, se celebraban lectsternios, y que ofrecieran rogativas especiales para que la intención del Senado de dar comienzo a una nueva guerra trajera prosperidad y felicidad al Senado y al pueblo de Roma. Todos estos sacrificios resultaron favorables, dándose buenos presagios ya desde las primeras víctimas ofrecidas. En consecuencia, los arúspices aseguraron a los cónsules que las fronteras de Roma se verían ampliadas por esta guerra y que todo apuntaba a una victorio y a un triunfo. Informado de esto el Senado, sus mentes quedaron libres de toda preocupación religiosa y ordenaron que se planteara al pueblo si era su deseo e intención que se emprendiera la guerra contra Antioco y contra todos los que eran de su partido. Si se aprobaba esta propuesta, los cónsules, si les parecía bien, plantearían nuevamente el asunto ante el Senado. Publio Cornelio formuló la propuesta al pueblo, que la aprobó; después, el Senado decretó que los cónsules sortearan las provincias de Grecia e Italia. Aquel a quien se le asignara Grecia, se haría cargo del ejército que, por orden del Senado, había alistado o exigido [alistar, en latin scribere, o exigir, en latin imperare; los ciudadanos, al obtener esa condición, se inscribían en la tribu correspondiente y quedaban encuadrados a efectos militares; a los aliados, en función de los diversos tratados, se les podía exigir cierta aportación, pero la designación personal correspondía a cada ciudad

o estado.-N. del T.] Lucio Quincio a base de ciudadanos romanos y aliados para servir en aquella provincia, además del ejército que Marco Bebio, mediante un decreto del Senado, había llevado a Macedonia. También se le autorizaba, si la situación lo hacía necesario, a llevar refuerzos en número no superior a cinco mil hombres, de los aliados de fuera de Italia. Se decidió que Lucio Quincio, el cónsul del año anterior, sería nombrado legado para aquella guerra. El otro cónsul, al que le correspondiera Italia, se encargaría de dirigir las operaciones contra los boyos con cualquiera de los ejércitos que prefiriera, de los dos que habían tenido los últimos cónsules, enviando el otro a Roma para formar las legiones urbanas y quedar dispuestas a marchar donde el Senado dispusiera.

[36,2] Tales fueron las órdenes impartdas por el Senado para la asignación de las provincias. Finalmente, los cónsules procedieron a sortear y Grecia recayó sobre Acilio, quedando Italia para Cornelio. Cuando esto quedó decidido, se aprobó un senadoconsulto en los siguientes términos: "Considerando que el pueblo romano, en aquellos momentos, había ordenado que hubiera guerra con Antioco y con todos cuantos estuvieran bajo su dominio, los cónsules deberían llevar a cabo en su nombre rogativas públicas y Marco Acilio ofrecería mediante voto unos Grandes Juegos a Júpiter, así como regalos y ofrendas en todos los templos". El cónsul efectuó dicha ofrenda siguiente la fórmula dictada por el Pontifice Máximo, Publio Licinio: "Si la guerra que el pueblo ha ordenado que se haga contra el rey Antioco termina como el Senado y el pueblo de Roma desean, entonces todo el pueblo romano celebrará en tu honor, Júpiter, Grandes Juegos por espacio de diez días, haciéndose ofrendas de dinero en todos tus santuarios en la cantidad que decrete el Senado. Cualquiera que sea el magistrado que celebre estos Juegos, donde y cuando quiera que sean celebrados, se tendrán por debidamente celebrados y las ofrendas por debidamente presentadas" A continuación, ambos cónsules decretaron que se ofrecieran durante dos días rogativas especiales. Después del sorteo de las provincias consulares, los pretores sortearon las suyas. Marco Junio Bruto obtuvo ambas jurisdicciones civiles [la urbana y la peregrina.-N. del T.]; el Brucio correspondió a Aulo Cornelio Mámula; Sicilia fue para Marco Emilio Lépido; Cerdeña recayó en Lucio Opio Salinator; el mando de la flota fue para Cayo Livio Salinator y la Hispania Ulterior para Lucio Emilio Paulo.

La distribución de los ejércitos entre ellos fue la siguiente: los nuevos alistamientos, efectuados por Lucio Quincio el año anterior, quedarían asignados a Aulo Cornelio, teniendo como obligación la protección de toda la costa alrededor de Tarento y Brindisi. Se decretó que Lucio Emilio Paulo se encargaría del ejército que Marco Fulvio había mandado como procónsul el año anterior, alistando además tres mil nuevos infantes y trescientos jinetes para servir en la Hispania Ulterior, compuestos en dos tercios por fuerzas aliadas y el restante por romanos. Se enviaría la misma cantidad de refuerzos a Cayo Flaminio, que conservaría su mando en Hispania Citerior. Se ordenó a Marco Emilio Lépido que se hiciera cargo de la provincia y del ejército de Sicilia, que tenía Lucio Valerio, al que iba a suceder, y que si lo veía aconsejable lo conservaría como propretor y dividiría la provincia con él; una parte se extendería entre Agrigento y el cabo Paquino, y la otra desde el Paquino hasta Tindaris. Lucio Valerio debía también proteger la costa correspondiente con veinte barcos de guerra. Se encargó a Lépido la requisa de dos décimas de grano en la isla y su transporte a la costa y luego a Grecia. Se ordenó a Lucio Opio que hiciera la misma requisa en Cerdeña; el grano, sin embargo, no se enviaría a Grecia, sino a Roma. Cayo Livio, el pretor que iba a mandar la flota, recibió instrucciones para navegar a Grecia con veinte barcos que habían completado su armamento y que se hiciera cargo de los barcos que había mandado Atilio. La reparación y equipamiento de los barcos en los astlleros se puso en manos de Marco Junio, así como seleccionar de entre los libertos a las tripulaciones para la flota.

[36,3] Se enviaron seis delegados a África para adquirir grano con destino a Grecia, con los costos a cargo de Roma; tres se dirigieron a Cartago y tres a Numidia. Tan decididos estaban los ciudadanos a mantenerse completamente dispuestos para la guerra, que el cónsul publicó un edicto prohibiendo a cualquiera que fuese senador, que tuviera derecho a hablar en el senado o que desempeñara una magistratura menor [tenían derecho a hablar ante el senado los cónsules, pretores o ediles curules electos que no figuraban en el último censo y que lo harían en las listas del siguiente; los magistrados menores podían hablar en el Senado durante su año de ejercicio.-N. del T.] , que abandonasen Roma hacia parte alguna desde la que no pudieran regresar en un día. También se prohibió la ausencia simultánea de la ciudad de cinco senadores. Mientras Cayo Livio hacía todo lo posible para que la flota se pudiera hacer a la mar, se vio retrasado durante un tiempo por una disputa con los ciudadanos de las colonias marítimas. Cuando ya estaban alistados en la flota, apelaron a los tribunos de la plebe, quienes los remiteron al Senado. El Senado por unanimidad, decretó que no había exención del servicio para los colonos. Las colonias afectadas eran las de Osta, Fregenas, Castro Nuevo, Pirgo, Anzio, Terracina, Minturnas y Mondragone [la antigua Sinuesa.-N. del T.]. El cónsul Acilio, en cumplimiento de un senadoconsulto, presentó dos cuestones ante el colegio de Feciales: Una de ellas era si debía hacerse la declaración de guerra personalmente ante Antioco o si sería bastante anunciarla ante una de sus guarniciones fronterizas. La otra era si debía hacerse una declaración aparte a los etolios y si, en tal caso, debía primero denunciarse el tratado de amistad y alianza. Los feciales contestaron que, en una ocasión anterior, cuando se les consultó en el caso de Filipo, ya habían contestado que resultaba indiferente que la declaración se le hiciera a él personalmente o a una de sus guarniciones. En cuanto al tratado de amistad, sostenían que ya había sido evidentemente denunciado, en vista de que tras las frecuentes demandas presentadas por nuestros embajadores, y los etolios no habían entregado las ciudades ni dado satsfacción alguna. En el caso de estos, en realidad habían declarado la guerra a Roma al apoderarse por la fuerza de Demetríade, una ciudad perteneciente a los aliados de Roma, así como al ir a atacar Calcis por tierra y mar, y al traer a Antioco a Europa para hacer la guerra a Roma. Cuando todos los preparativos quedaron finalmente completados, Acilio emitó un edicto para efectuar una revista general, el día quince de mayo en Brindisi, de todos los soldados romanos que había alistado Lucio Quincio y de aquellos que le proporcionaron los aliados latinos, que tenían órdenes de ir con él a su provincia junto con los tribunos militares de las legiones primera y tercera. Él mismo salió de la ciudad vistendo su paludamento el día tres de aquel mes [es decir, con vestimenta militar, pues para aquella época no se podía hablar de uniformidad en el sentido moderno del término.-N. del T.] . Los pretores partieron, al mismo tiempo, hacia sus respectivas provincias.

[36,4] Justo antes de esto, llegaron a Roma los embajadores de los dos soberanos, Filipo y Ptolomeo. Filipo se ofrecía a proporcionar tropas, dinero y grano para la guerra; Ptolomeo envió mil libras de oro y veinte mil libras de plata [o sea, 327 y 6540 kilos, respectivamente.-N. del T.]. El Senado se negó a aceptar ninguna de ellas y aprobó un voto de agradecimiento a ambos reyes. A la oferta de cada uno de ellos para entrar en Etolia con todas sus fuerzas y tomar parte en aquella guerra, se excusó a Ptolomeo, pero se informó a los embajadores de Filipo que el Senado y el pueblo de Roma le agradecerían que prestase su apoyo a Acilio. Los cartagineses y Masinisa enviaron legaciones similares. Los cartagineses ofrecieron mil modios de trigo y quinientos mil de cebada para el abastecimiento del ejército [otras traducciones dan quinientos mil modios de ambos; en nuestra versión latina, así como en la traducción castellana de 1794, y suponiendo modios civiles de 8,75 litros de capacidad, se trataría de 7000 kilos de trigo y 3.062.500 kilos de cebada.-N. del T.]; llevarían la mitad a Roma, insistendo en que la aceptaran como un regalo. También se ofrecían a disponer una flota a sus expensas y abonar en un único pago el tributo que aún restaba durante muchas anualidades. Los embajadores de Masinisa declararon que este estaba dispuesto a suministrar quinientos mil modios de trigo y trescientos mil de cebada para el ejército en Grecia, así como trescientos mil modios de trigo y doscientos cincuenta mil de cebada a Roma, al cónsul Manio Acilio [respectivamente 3500 tin, 1837,5 tin, 2100 tin y 1531,25 tin.-N. del T.] . También le proporcionarían quinientos jinetes y veinte elefantes. Con respecto al grano, se informó a ambas legaciones de que el pueblo romanos haría uso de aquel a condición de que se pagara por él; el ofrecimiento cartaginés de una flota se declinó, aparte de las naves que estaban obligados a proporcionar según los términos del tratado, y en cuanto a la oferta del dinero, los romanos rehusaron aceptar nada antes del vencimiento de los plazos.

[36,5] Mientras sucedían todas estas cosas en Roma, Antioco, que estaba en Calcis durante el invierno, no se mantuvo inactivo. Trataba de ganarse el apoyo de algunas de las ciudades griegas enviándoles embajadores, y otras se los solicitaban espontáneamente a él, como los epirotas, por acuerdo unánime de sus ciudadanos, así como los eleos, que llegaron desde el Peloponeso. Los eleos solicitaron su ayuda contra los aqueos, por los que esperaban ser atacados en primer lugar al haberse mostrado en contra de la declaración de guerra contra Antioco. Se les envió un destacamento de mil infantes bajo el mando del cretense Eufanes. La delegación epirota mostró un ánimo en modo alguno abierto y honesto; deseaban congraciarse com Antioco pero, al mismo tiempo, no deseaban ofender a los romanos. Pidieron al rey que no les involucrase en la guerra de inmediato, pues, por su posición en Grecia, frente a Italia, serían los que debían enfrentar la primera embestda de los romanos. Pero si él podía proteger al Epiro con su flota y ejército, los epirotas le darían encantados la bienvenida a sus ciudades y puertos; si no podía hacerlo así, le rogaban que no les expusiera, desprotegidos e indefensos, a la hostlidad de Roma. Su objetivo estaba perfectamente claro: Si, como se inclinaban a creer, él se mantenía lejos del Epiro, todos estarían a salvo por lo que se refería a los ejércitos romanos, al tiempo que se habrían asegurado la benevolencia del rey al expresarle su disposición a recibirle en caso de que fuera hacia ellos. Si, por otra parte, él llegaba a entrar en Epiro, esperaban que los romanos les perdonasen por ceder ante la superior fuerza de quien ya estaba allí y no esperar el distante auxilio. Como Antioco no tenía respuesta inmediata para una propuesta tan ambigua, dijo que les mandaría delegados para discutr aquellos asuntos que les concernían a ambos por igual.

[36,6] Marchó después a Beocia, de la que ya he mencionado anteriormente las razones que tenían para mostrarse resentidos contra Roma: el asesinato de Braquiles y el ataque de Quincio contra Coronea a consecuencia de la masacre de soldados romanos. Sin embargo, esa nación, tan famosa tiempo atrás por su disciplina, llevaba en realidad varias generaciones viendo deteriorada su vida pública y privada, estando muchos de sus ciudadanos en tal condición que la situación ya no podría seguir mucho más sin que cambiaran las cosas. Los dirigentes beocios de todas partes del país se reunieron en Tebas, y allí acudió Antioco a su encuentro. A pesar del hecho de que con su ataque a los destacamentos romanos de Delio y Calcis había cometido actos hostiles que ni eran ni insignificantes ni podían ser excusados, siguió el mismo tenor al dirigirse a la asamblea beocia que el empleado en su primera conferencia en Calcis y el que había ordenado emplear a sus embajadores en la asamblea de los aqueos. Se limitó a pedirles que establecieran relaciones amistosas con él, sin que tuvieran que declarar la guerra a Roma. Nadie se engañaba en cuanto a lo que realmente significaba aquello; no obstante, se aprobó una resolución en términos inofensivos, apoyando al rey y en contra de Roma. Habiéndose asegurado esta nación, regresó a Calcis. Había remitido con anterioridad cartas a los dirigentes etolios, convocándoles a reunirse con él en Demetríade para que pudieran discutr la dirección general de la guerra; él llegó allí por mar el día señalado para la asamblea. Estuvieron presentes Aminandro, a quien se hizo venir desde Atamania para partcipar en la discusión, y Aníbal el cartaginés, al que llevaba tiempo sin consultar. Se levantó una discusión en relación con el pueblo de Tesalia; todos los presentes eran de la opinión de que se les debía ganar para su causa, la divergencia residía solo respecto a cuándo y cómo debía hacerse. Algunos opinaban que le debía hacer enseguida; otros preferían posponerlo hasta la primavera, pues ya estaban a mitad del invierno; algunos otros pensaban que sería suficiente con enviar una legación y los había que estaban a favor de ir allí con todas sus fuerzas y obligarlos mediante el miedo en caso de que vacilaran.

[36,7] Girando el debate enteramente acerca de estos detalles, se preguntó su opinión a Aníbal quien, al expresar su opinión, hizo que los pensamientos del rey y de todos los presentes giraran a considerar la guerra en su conjunto al hablar de la siguiente manera: "Si se me hubiera invitado a vuestros consejos después que hubierais desembarcado en Grecia y estuvieseis deliberando sobre Eubea, los aqueos y Beocia, habría expresado la misma opinión que voy a exponer ahora respecto a los tesalios. Considero que es de primordial importancia que usemos de todos los medios posibles para atraernos a Filipo y a los macedonios a una alianza militar con nosotros. En cuanto a Eubea, los beocios y la Tesalia, ¿quién puede dudar de que estos pueblos, carentes de fuerzas propias y siempre inquietos ante una potencia presente ante ellos, mostrarán el mismo ánimo cobarde que caracteriza las actuaciones de sus consejos al implorar perdón, en cuanto vean un ejército romano en Grecia, regresando a su acostumbrada obediencia? Tampoco se les podrá culpar por negarse a probar tu fuerza cuanto tú y tu ejército estáis cerca y el de los romanos tan lejos. Así pues ¿no deberíamos, y cuán mejor sería, asegurarnos antes la adhesión de Filipo que la de este pueblo? Pues una vez que este se una a nuestra causa no tendrá otra opción y contribuirá con tal cantidad de fuerzas que no serán solamente un refuerzo, pues no hace tanto pudieron resistr a los romanos. confío en no ofender a nadie si digo que, con él como aliado, no tengo dudas en cuanto al resultado, pues veo que aquellos con cuya asistencia los romanos vencieron a Filipo son ahora los mismos hombres a quienes se enfrentan los romanos. Los etolios, que como es universalmente admitido derrotaron a Filipo, lucharán ahora en su compañía contra los romanos. Aminandro y los atamanes, cuya ayuda en la guerra fue la segunda en importancia después de la de los etolios, estarán de nuestro lado. Tú, Antioco, aún no habías intervenido y Filipo sostuvo todo el peso de la guerra; ahora, tú y él, los más poderosos monarcas de Asia y Europa, dirigiréis vuestras fuerzas unidas contra un pueblo solo que, por no mencionar mi buena o mala fortuna, no fue rival en los días de nuestros padres ni siquiera para un rey de Epiro, quien, por cierto, no se podía comparar con vosotros.

"¿Qué consideraciones me dan motivos para creer que Filipo puede ser nuestro aliado? Una de ellas es la identdad de intereses, que es el lazo más seguro de una alianza. La otra es vuestro propio aval, etolios; pues entre varias de las razones que dio vuestro embajador Toante para convencer a Antioco de que viniera a Grecia, estuvo su constante aseveración de que Filipo estaba quejoso y no se resignaba por las serviles condiciones que se le impusieron bajo la apariencia un tratado de paz. Solía comparar la ira del rey con la de un animal encadenado y encerrado, deseoso de quebrar los barrotes de su prisión. Si ese es su estado de ánimo, quitémosle sus cadenas y rompamos los barrotes que le encierran, para que pueda descargar su rabia largamente contenida sobre nuestro común enemigo. Pero si nuestros delegados no son capaces de infuir en él, tratemos por todos los medios de lograr que no se ponga del lado de nuestro enemigo, ya que no podremos tenerlo de nuestro lado. Tu hijo Seleuco está en Lisimaquia; si, con el ejército que tiene con él, atraviesa Tracia y empieza a devastar los territorios fronteros de Macedonia, obligará a Filipo a separarse de los romanos para acudir en defensa de sus propios dominios.

"Ya sabes mi opinión respecto a Filipo. En cuanto a la estrategia general de la guerra, has tenido conocimiento desde el principio de cuál era mi punto de vista. Si se me hubiera escuchado entonces, no habría sido de la captura de Calcis o del asalto a una fortaleza en el Euripo de lo que los romanos habrían oído hablar; habrían tenido noticia de que en la Etruria, y en las costas de la Liguria y de la Galia Cisalpina, habían estallado las llamas de la guerra; y, lo que les habría alarmado más que cualquier otra cosa, habrían sabido que Aníbal estaba en Italia. Soy de la opinión de que, incluso ahora, deben hacer venir todas tus fuerzas terrestres y navales, y que toda la flota de transportes las acompañen con su carga de suministros. Estando aquí, somos pocos para las necesidades de la guerra, pero demasiados para nuestros escasos suministros. Cuando hayas concentrado todas tus fuerzas, Antioco, divide tu flota y mantén una escuadra navegando frente a Corfú, para que los romanos no puedan hacer una travesía fácil ni segura; la otra la enviarías hacia la costa italiana frente a Cerdeña y África. Tú mismo podrías avanzar, con todas tus fuerzas de terra, hasta el territorios de Bulis [población próxima a Apolonia.-N. del T.]; desde aquí podrás proteger Grecia y dar la impresión a los romanos de que vas a navegar hacia Italia; si las circunstancias lo hicieran necesario, estarías en disposición de hacerlo. Esto es lo que yo te aconsejo que hagas, y aunque no esté profundamente versado en todas las clases de guerra, a costa de mis propios éxitos y fracasos he aprendido a hacer la guerra a los romanos. Para cuantas medidas te he propuesto, te prometo toda mi leal cooperación y mi energía. confío en que cualquiera que sea la decisión que te parezca mejor, Antioco, reciba la aprobación de los dioses".

[36,8] Esto fue lo esencial del discurso de Aníbal, que fue aplaudido en su momento pero que no condujo a resultados prácticos. No se llevó a cabo ni una sola de las medidas que propuso, más allá del envío de Polixénidas para traer la flota y tropas desde Asia. Se enviaron embajadores a la asamblea de los tesalios, que estaba reunida en Lárisa; también se fijó un día para que Aminandro y los etolios reunieran sus ejércitos en Feras, a donde se dirigió inmediatamente el rey con sus tropas. Mientras esperaba allí la llegada de Aminandro y los etolios, envió a Filipo de Megalópolis con dos mil hombres para reunir los huesos de los macedonios caídos en la batalla de Cinoscéfalos, donde había terminado la guerra con Filipo. Puede que se lo sugiriese el propio Filipo a Antioco, como una manera de conseguir popularidad entre los macedonios y eliminar el enfado contra su rey por haber dejado insepultos a sus soldados; o bien Antioco, con la vanidad natural de los reyes, ideó este proyecto, aparentemente importante pero, a la postre, trivial. Los huesos, que estaban esparcidos por doquier, se reunieron y enterraron bajo un túmulo; este acto, sin embargo, no despertó ninguna grattud entre los macedonios y sí provocó resentimiento en Filipo, que hasta entonces había estado esperando acontecimientos, pero que ahora, a consecuencia de esto, envió inmediatamente noticia al propretor Marco Bebio para informarle de que Antioco había invadido Tesalia y que, si lo consideraba adecuado, trasladara sus cuarteles de invierno; él mismo iría a su encuentro para discutr sobre los pasos que se habían de dar.

[36,9] Antioco estaba acampado en Feres, donde los etolios y Aminandro se le habían sumado, cuando llegó una delegación de Lárisa para preguntarle qué habían hecho o dicho los tesalios para justficar que les hiciera la guerra. Le rogaban que retrase su ejército y que discutera con ellos, por medio de sus embajadores, cuanto considerase preciso. Al mismo tiempo, enviaron un destacamento de quinientos hombres al mando de Hipóloco para proteger Feres. Encontrando cerradas todas las rutas por las tropas del rey, retrocedieron sobre Escotusa. El rey contestó amablemente a la delegación, explicándoles que no había entrado en Tesalia con ánimo de agredirles, sino únicamente para asentar y proteger su libertad. Envió un delegado a Feras para decirles lo mismo, pero, sin darle ninguna respuesta, los ferenses enviaron ante Antioco a su primer ciudadano, Pausanias. Este le habló, más o menos, en el mismo sentido que antes lo habían hecho los calcidenses en la conferencia que, bajo circunstancias parecidas, habían sostenido en el Euripo, aunque en algunas cosas de las que dijo mostró mayor valor y determinación. El rey les aconsejó considerar muy cuidadosamente su posición antes de adoptar ninguna resolución que, por ser demasiado cautos cara al futuro, les hiciera arrepentrse en lo inmediato; tras este consejo, despidió a su enviado. Cuando se presentó en Feres el resultado de esta misión, el pueblo no dudó ni un momento; estaban dispuestos a sufrir cuanto les deparase la guerra en defensa de su lealtad hacia Roma y tomaron todas las medidas posibles para la defensa de su ciudad. El rey lanzó un ataque simultáneo contra todas las partes de la muralla; como sabía perfectamente, pues ello era indiscutible, que de la suerte que corriera la primera ciudad que atacara dependía que los tesalios lo despreciaran o lo temieran, hizo todo lo posible por extender el terror por todas partes. Al principio, la guarnición sitada ofreció una tenaz resistencia a sus furiosos ataques; pero al ver a muchos de los defensores muertos o heridos, su valor empezó a hundirse y solo mediante las recriminaciones de sus oficiales volvían a sostener su propósito inicial. Su número llegó a ser tan reducido que abandonaron el circuito exterior de sus murallas y se retraron al interior de la ciudad, que estaba rodeada por una línea de fortificaciones más corta. Finalmente, su posición se volvió desesperada y, temiendo no encontrar misericordia si la ciudad era capturada al asalto, se rindieron. El rey no tardó en aprovecharse del temor provocado por esta captura y mandó cuatro mil hombres a Escotusa. Aquí, los ciudadanos se rindieron rápidamente en vista del reciente ejemplo de los ferenses, que se vieron obligados a hacer por la fuerza lo que en principio estaban decididos a rechazar. Hipóloco y su guarnición de lariseos fueron incluidos en la capitulación. Todos ellos salieron indemnes, pues el rey pensó que esto haría mucho para ganarse las simpatas de los lariseos.

[36,10] Todas estas operaciones las llevó a cabo en los diez días siguientes a su aparición ante Feras. Continuó, marchando con todo su ejército, hasta llegar a Cranón [quedan sus ruinas en el lugar llamado Paleá Lárissa, al suroeste de Lárisa.-N. del T.], que tomó inmediatamente después de su llegada. A continuación se hizo con Cierio, Metrópolis y las diversas fortalezas a su alrededor; para entonces, todo aquel territorio, excepto Atrage y Girtón, estaban en su poder. Su siguiente objetivo era Lárisa, donde espera que, bien por el temor a sufrir el destino de las otras ciudades tomadas al asalto, bien por grattud al dejar marchar libre a su guarnición o por el ejemplo de tantas ciudades que se habían rendido voluntariamente, quedaran disuadidos de presentar una resistencia tenaz. Para intimidar a los defensores, llevó sus elefantes delante de sus líneas, siguiéndoles el ejército en orden de batalla hasta la ciudad. El espectáculo hizo que gran parte de los lariseos oscilaran entre el miedo al enemigo que esta ante sus puertas y el de ser infieles a sus distantes aliados. Durante este tiempo Aminandro y sus atamanes se apoderaron del Pelineo, y Menipo avanzó en Perrebia con una fuerza etolia de tres mil infantes y doscientos jinetes, tomando Malea y Cirecia al asalto y asolando el territorio de Trípoli. Después de estas rápidas victorias, volvieron con el rey en Lárisa, donde lo encontraron celebrando un consejo de guerra para decidir qué se debía hacer con esta ciudad. Hubo mucha diversidad de opiniones. Algunos estaban a favor de lanzar inmediatamente un asalto, pues la ciudad estaba situada en una llanura abierta por todas partes y sin pendientes, instando a que no hubiera retraso alguno en la construcción de obras de asedio y artillería con las que atacar las murallas, al mismo tiempo y por todos los lados. Otros recordaron al consejo que no se podían comparar las fuerzas de esta ciudad con las de Feres; además, ahora era invierno, una estación bastante inapropiada para desarrollar operaciones bélicas y aún menos para el asedio y asalto de una ciudad. Estando el rey indeciso sobre si había más que ganar o que perder con el intento, se fortaleció su ánimo con la llegada de embajadores desde Farsala para presentarle la rendición su ciudad. Entretanto, Marco Bebio se había reunido con Filipo en Dasarecia, coincidiendo ambos en que se debía enviar a Apio Claudio para proteger Lárisa. Claudio atravesó Macedonia a marchas forzadas y llegó a la cumbre del montañas que dominan Gonos, un lugar distante veinte millas de Lárisa [29600 metros.-N. del T.], casi a la entrada del desfiladero de Tempe. Hizo aquí medir un campamento de dimensiones mayores de lo que sus fuerzas precisaban y encendió más fuegos de los necesarios, para dar la impresión al enemigo de que estaba allí todo el ejército romano junto con el rey Filipo. Antioco, dejando pasar solo un día, abandonó Lárisa y regresó a Demetríade, alegando la proximidad del invierno como razón para su retirada. Los etolios y los atamanes también se retraron tras sus propias fronteras. Aunque Apio vio que el propósito de su marcha, el levantamiento del asedio, se había cumplido, marchó no obstante hasta Lárisa para tranquilizar a sus aliados respecto al futuro. Estos tuvieron doble motivo de satsfacción: el primero era la retirada del enemigo de su suelo, después, el ver las tropas romanas dentro de sus murallas.

[36.11] El rey marchó desde Demetríade a Calcis. Allí se enamoró de una joven calcidense hija de Cleptólemo; primero a través de otros y luego rogando con insistencia a su padre, que era reacio a entablar parentesco con alguien de rango tan gravoso para su fortuna, logró su propósito y se casó con la muchacha. La boda se celebró como si fuera tiempo de paz y, olvidando las dos grandes empresas en las que se había embarcado -la guerra con Roma y la liberación de Grecia -abandonó sus ocupaciones y pasó el resto del invierno entre banquetes y los placeres del vino, durmiendo sus desenfrenos y más cansado que satsfecho. Todos los prefectos del rey que estaban al mando de los diferentes cuarteles de invierno, en especial los de Beocia, cayeron en el mismo modo de vida disoluto; también los soldados comunes lo hicieron y ni un hombre entre ellos se puso su armadura o entró de servicio o de centinela, desentendiéndose de cualquier deber militar. Por lo tanto, cuando, al comienzo de la primavera, pasó Antioco por la Fócide camino de Queronea, donde había dado órdenes para que se reuniera todo su ejército, le resultó fácil comprobar que los hombres habían pasado el invierno bajo una disciplina tan poco estricta como su comandante. Ordenó a Alejandro, el acarnane, y al macedonio Menipo que, desde Queronea, llevasen a las tropas hacia Estrato, en Etolia. Él, después de ofrecer un sacrificio a Apolo en Delfos, marchó hacia Lepanto. Aquí mantuvo una entrevista con los líderes de Etolia y luego, tomando la carretera que pasa por Calidón y Lisimaquia, llegó a Estrato, donde se reunió con su ejército, que venía del golfo Malíaco. Mnasíloco, uno de los hombres principales entre los acarnanes, comprado por Antioco mediante multitud de regalos, estaba tratando personalmente de convencer a su pueblo de que se pusieran de parte del rey. Había logrado incluso convencer al pretor Clito, que detentaba por entonces la máxima magistratura, sobre sus puntos de vista, pero veía que sería difcil convencer a Leucas, la capital, para que se rebelara contra Roma, a causa de su temor a la flota romana al mando de Atilio, una parte de la cual navegaba frente a Cefalonia. Por consiguiente, decidió adoptar una estratagema. En una reunión del Consejo, les dijo que se debían proteger los puertos de Acarnania, y que todos los que pudieran portar armas debe ir hasta Medión y Tirreo para impedir que fuesen tomadas por Antioco y los etolios. Algunos de los presentes protestaron contra esta división sin sentido de sus fuerzas, considerándola totalmente innecesaria, y dijeron que bastaría para ese propósito una fuerza de quinientos hombres. Cuando llegó este grupo, situó trescientos hombres en Medión y doscientos en Tirreo, con la intención de que cayeran en manos del rey y poder usarlos luego como rehenes.

[36.12] Entretanto, llegaron a Medión unos embajadores del rey. Fueron recibidos en audiencia por la asamblea y a continuación se discutó la respuesta que se debía enviar al rey. Unos opinaban que debían mantener su alianza con Roma y otros insistan en que no se debía rechazar la amistad que ofrecía el rey; Clito propuso un término intermedio que la asamblea decidió adoptar, a saber, enviar ante el rey y pedirle que dejara a los madionios consultar al consejo nacional de Acarnania sobre asunto tan importante. Mnasíloco y sus partidarios lograron ser nombrados en la legación, mandando un mensaje secreto a Antioco urgiéndole a traer su ejército mientras ellos ganaban tiempo. La consecuencia de esto fue que apenas había partido la embajada cuando apareció Antioco por sus fronteras y, en poco tiempo, ante sus puertas. Mientras que los que no estaban al tanto de la trama se apresuraban confusamente por las calles y llamaban a los jóvenes a las armas, Antioco fue introducido en la ciudad por Mnasíloco y Clito Muchos llegaron a su alrededor por su propia voluntad, e incluso sus oponentes, constreñidos por el temor, se le unieron. Él calmó sus temores mediante un discurso lleno de amabilidad y, al hacerse de conocimiento general su clemencia, varias de las ciudades de Acarnania se pasaron a su lado. Desde Medión marchó a Tirreo, habiendo enviado por delante a Mnasíloco y a sus embajadores. Sin embargo, el descubrimiento del engaño usado en Medión hizo que los trreanos, en vez de intimidarse, se pusieran aún más en guardia. Dieron una respuesta completamente ambigua a sus requerimientos y le dijeron que no establecerían ninguna alianza nueva a menos que los comandantes romanos los autorizaran; al mismo tiempo, cerraron sus puertas y guarnicionaron sus murallas. Quincio envió a Cneo Octavio, al mando de un destacamento de tropas y algunos barcos de Aulo Postumio, a quien el general Atilio había puesto al mando de Cefalonia; su oportuna llegada a Leucas dio a los acarnanes nuevos ánimos, pues les informó de que el cónsul Manio Acilio había cruzado el mar con sus legiones y que los romanos estaban acampados en la Tesalia. Sus noticias resultaron más creíbles debido a que la estación del año era ya más favorable a la navegación; el rey, tras colocar guarniciones en Medión y en una o dos de las demás ciudades de Acarnania, se retró de Tirreo y, pasando por las ciudades de Etolia y Fócide, regresó a Calcis.

[36,13] Marco Bebio y Filipo, tras su reunión en Dasarecia y después de enviar a Apio Claudio para levantar el sito de Lárisa, habían regresado a sus respectivos cuarteles de invierno, pues era demasiado pronto para emprender operaciones militares. Al comienzo de la primavera bajaron con sus fuerzas unidas hasta Tesalia; Antioco, por entonces, estaba en Acarnania. Filipo atacó Malea, en Perrebia, y Bebio atacó Facio, tomando esta plaza al primer asalto y capturando luego Festo con igual rapidez. Marchando de vuelta a Atrage, avanzó desde allí contra Cirecias y Ericio [en Perrebia.-N. del T.], apoderándose de ambos lugares; tras colocar guarniciones en las ciudades capturadas se reunió con Filipo, que estaba sitando Malea. A la llegada del ejército romano se rindió la guarnición, fuera porque se viese intimidada por las fuerzas de asedio o porque esperase lograr términos más favorables. A continuación, los dos comandantes se dirigieron, con sus fuerzas unidas, a recuperar aquellas ciudades que mantenían los atamanes, es decir, Eginio, Ericinio, Gonfos, Silana, Trica, Melibea y Faloria. Después, asediaron Pelineo, donde se encontraba Filipo de Megalópolis con quinientos infantes y cuarenta jinetes; antes de lanzar su asalto, advirteron a Filipo para que no les obligara a tomar medidas extremas. Este les envió una respuesta desafiante, diciéndoles que se habría puesto en manos de los romanos o de los tesalios, pero que no se pondría a merced de Filipo. Como resultaba evidente que habría de emplearse la fuerza y que mientras se efectuaba el asedio se podía atacar también Limneo, se decidió que el rey marchara a Limneo mientras Bebio se quedaba para llevar a cabo el asedio de Pelineo.

[36.14] Mientras tanto, el cónsul Manio Atilio había desembarcado con diez mil infantes, dos mil jinetes y quince elefantes. Ordenó a los tribunos militares que llevasen la infantería a Lárisa, mientras él iba con la caballería a reunirse con Filipo en Limneo. A la llegada del cónsul, el lugar se rindió de inmediato y entregaron la guarnición de Antioco junto con los atamanes. Desde Limneo, el cónsul marchó a Pelineo. Aquí, los atamanes fueron los primeros en rendirse, siguiéndoles Filipo de Megalópolis. Cuando salía de la fortaleza, llegó Filipo de Macedonia para reunirse con él y ordenó a sus hombres que lo saludaran, en son de burla, como rey; luego, con un tono de desprecio indigno de su propio rango, se dirigió a él como "hermano". Cuando fue llevado ante el cónsul, este ordenó que se le custodiara estrechamente y, no mucho después, se le encadenó y se le envió a Roma. Todas las guarniciones que se habían entregado, tanto las de los atamanes como las de Antioco, fueron entregadas a Filipo; su número ascendió a cuatro mil hombres. El cónsul fue a Lárisa para celebrar un consejo de guerra y decidir sobre las siguientes operaciones; de camino, se encontró con delegados de Cierio y Metrópolis, que ofrecieron la rendición de sus ciudades. Filipo tenía la esperanza de apoderarse de Atamania, por lo que trató a sus prisioneros atamanes con especial indulgencia, con el propósito de ganarse a sus compatriotas a través de ellos. Llevó a su ejército hacia aquel país después de enviarlos por delante a sus hogares. La noticia que llevaron los prisioneros sobre la clemencia y generosidad del rey para con ellos, tuvo gran efecto sobre sus compatriotas. De haber estado presente Aminandro en su reino, podría haber mantenido leales a su autoridad a algunos de sus súbditos; sin embargo, el miedo a ser traicionado a su antiguo enemigo Filipo y a los romanos, irritados justamente con él por su traición, le hizo huir, junto con su esposa e hijos, a Ambracia. Toda Atamania, en consecuencia, quedó sometida a Filipo.

El cónsul permaneció unos días en Lárisa, principalmente con el fin de dar descanso a los caballos y al ganado de tro que, debido al viaje marítimo y la posterior marcha, había quedado agotado. Cuando su ejército quedó, por así decir, renovado tras el breve descanso, se dirigió a Cranón y sobre la marcha recibió la rendición de Farsala, Escotusa y Feres, junto con las guarniciones que Antioco había dispuesto en ellas. Preguntó a estas tropas si estarían dispuestas a quedarse con él. Entregó a Filipo sobre un millar de voluntarios y al resto, desarmados, los envió de vuelta a Demetríade. A continuación capturó Proerna [entre Farsala y Táumacos, aunque se desconoce su ubicación exacta.-N. del T.] y las fortalezas próximas, siguiendo su marcha hacia el golfo Malíaco. Cuando se acercaba al desfiladero sobre el que se encuentra Táumacos, todos los jóvenes se armaron, dejaron la ciudad y ocuparon los bosques y caminos, lanzando ataques contra la columna romana desde los terrenos más elevados. El cónsul envió partdas para aproximarse a ellos y hablarles a distancia, advirténdoles contra aquella locura; pero al ver que persistan, ordenó a un tribuno militar que los rodeara con dos manípulos y cortase su retirada hacia la ciudad, que fue ocupada por el cónsul ante la ausencia de sus defensores. Al oír los gritos en la ciudad capturada detrás de ellos, huyeron de regreso desde todas partes y fueron destrozados. Al día siguiente, el cónsul marchó de Táumacos al río Esperqueo, asolando desde allí los campos de los hipateos.

[36,15] Antioco estuvo durante todo este tiempo en Calcis, descubriendo finalmente que nada había logrado en Grecia, aparte de un muy agradable invierno en Calcis y una boda humillante. Acusaba ahora a los etolios de haberle hecho promesas vacías y admiraba a Aníbal, no solo como hombre prudente y previsor, sino como poco menos que un profeta, al ver cómo había predicho cuanto estaba sucediendo. Para que su aventura temeraria no se arruinara por su propia inactividad, envió un mensaje a los etolios pidiéndoles que concentraran todas sus fuerzas en Lamia, donde él mismo se les uniría con unos diez mil infantes, en su mayoría soldados llegados de Asia, y quinientos de caballería. Los etolios se reunieron en números considerablemente inferiores a ocasiones anteriores: solo se presentaron algunos de los notables con unos pocos de sus clientes. Dijeron que habían hecho todo lo posible para reunir a la mayor cantidad posible de sus respectivas ciudades, pero ni su infuencia personal, sus recursos o su autoridad bastaron contra los que declinaron servir. Al verse abandonada por todos, tanto por sus propias tropas, reacios a salir de Asia, y por sus aliados, que no cumplían con lo que se comprometeron a proporcionar cuando le habían llamado, se retró por el paso de las Termópilas. Esta cordillera corta Grecia en dos, igual que Italia está atravesada por los Apeninos. Al norte del desfiladero se encuentran Epiro, Perrebia, Magnesia, Tesalia, la Ftótde de Acaya y el Golfo Malíaco. Al sur se encuentra la mayor parte de Etolia, Acarnania, la Fócide y la Lócride, Beocia, la isla contgua de Eubea y el Ática, que se proyecta en el mar como un promontorio; más allá de estos está el Peloponeso. Esta cordillera se extende desde Leucas, en el mar occidental, ya través de Etolia hasta el mar oriental, y es tan abrupta y quebrada que incluso la infantería ligera -no digamos ya un ejército-tendría grandes dificultades en hallar caminos por los que atravesarla. El extremo oriental de la cordillera se llama Eta, y su pico más alto lleva el nombre de Calídromo. El camino que discurre por el terreno más bajo, entre su base y el golfo Malíaco, no tiene más de sesenta pasos de anchura y es la única vía militar que puede ser transitada por un ejército, pero sólo si no se encuentra con ninguna oposición [desde tiempos de Heródoto, que lo describe en VII-176, hasta nuestros días, el paso de las Termópilas, o puertas calientes, ha ido aumentando su anchura gracias a las aportaciones sedimentarias del río Esperqueo.-N. del T.]. Por esta razón el lugar se llama Pilas y también las Termópilas, a causa de las aguas termales que allí existen; es famosa por la batalla contra los persas, pero más aún por la muerte gloriosa de los lacedemonios que lucharon allí.

[36,16] En un estado de ánimo muy diferente al de estos, Antioco asentó su campamento en la parte más estrecha del paso, bloqueándolo con trabajos de fortificación y protegiendo cada parte de él con una doble línea de foso y empalizada; allí donde le pareció necesario, colocó un muro hecho con las piedras que yacían por todas partes. Estaba bastante seguro de que el ejército romano nunca atacaría por allí; por ello, envió dos destacamentos compuestos por los cuatro mil etolios que se le habían unido, uno a defender Heraclea, una plaza justo enfrente del desfiladero, y el otro a Hípata. Esperaba que el cónsul atacase Heraclea y ya le estaban llegando numerosos mensajes diciendo que estaban siendo asolados los territorios alrededor de Hípata. El cónsul devastó en primer lugar el territorio de Hípata y luego el de Heraclea; en ninguno de estos lugares resultó eficaz la ayuda de los etolios y los romanos, finalmente, acamparon frente al rey, a la entrada del desfiladero y junto a las aguas termales. Ambos destacamentos etolios se guarecieron en Heraclea. Antes de que apareciera su enemigo, Antioco consideraba que todo el paso estaba bloqueado y fortificado por sus tropas; ahora, sin embargo, estaba inquieto ante la posibilidad de que los romanos pudieran encontrar algún camino por las alturas vecinas mediante el que pudieran rodear sus defensas, pues se contaba que los lacedemonios habían sido tomados por la retaguardia, de aquel modo, por los persas y, más recientemente, Filipo por los romanos. En consecuencia, envió un mensaje a los etolios en Heraclea, pidiéndoles que le hicieran este último servicio en la guerra, es decir, tomar y guarnecer las crestas de las montañas alrededor para impedir que los romanos la cruzaran por algún punto. Al recibir este mensaje, se produjo diferencia de opiniones entre los etolios. Algunos pensaban que debían cumplir con la petción del rey y marchar; otros se pronunciaron a favor de permanecer en sus cuarteles en Heraclea, dispuestos para cualquiera de las dos posibles eventualidades. Si el rey era derrotado, ellos tendrían luego sus fuerzas intactas y podrían ayudar en la defensa de las ciudades de alrededor; si, por el contrario, resultaba vencedor, estarían entonces en posición de lanzarse en persecución de los romanos fugitivos. Cada parte mantuvo su opinión, y no sólo la mantuvo sino que actuó según la misma; dos mil se quedaron en Heraclea y los demás, divididos en tres grupos, ocuparon las tres alturas de Calídromo, Roduncia y Tiquiunte, que allí se llamaban.

[36,17] Cuando el cónsul vio que las alturas estaban ocupadas por los etolios, envió a los legados consulares [es decir, generales, bajo las órdenes del cónsules, que habían desempeñado el consulado; era un modo de proporcionar al cónsul una especie de estado mayor experimentado y con un claro matiz político, capaz tanto de hacerse cargo de la continuación de las operaciones en ausencia del cónsul como de ofrecer hombres de la suficiente significación para el desempeño de ciertas operaciones.-N. del T.]

Marco Porcio Catón y a Lucio Valerio Flaco, con dos mil hombres escogidos cada uno, para atacar sus fortalezas; Flaco contra el Roduncia y el Tiquiunte, y Catón contra el Calídromo. Antes de hacer avanzar a sus tropas contra el enemigo, el cónsul hizo formar a sus hombres y les dirigió unas palabras. "Soldados,-dijo-veo que hay muchos entre vosotros, de todos los empleos, que habéis estado sirviendo esta provincia bajo el mando y los auspicios de Tito Quincio. En la guerra de Macedonia el desfiladero del río Áoo fue más difcil de forzar que este, pues aquí tenemos puertas y este pasaje provisto por la naturaleza es el único disponible, cualquier otra ruta entre ambos mares está bloqueada. En aquella ocasión, además, las defensas enemigas eran más fuertes y construidas en terreno más ventajoso; el ejército enemigo era más numeroso y compuesto por mejores soldados; había en aquel ejército macedonios, tracios e ilirios, pueblos mucho más belicosos; aquí tenemos sirios y griegos asiáticos, gentes de lo más despreciable y nacidas solo para la esclavitud. El rey que entonces se nos oponía era un auténtco soldado, entrenado desde su juventud en guerras contra los tracios, los ilirios y todos los pueblos vecinos; este hombre de ahora, para no hablar de su vida anterior, que pasó de Asia a Europa para hacer la guerra a los romanos, nada ha hecho durante los meses de invierno más memorable que casarse con una joven de una casa particular y de origen oscuro incluso entre sus mismos compatriotas; y ahora, el novio recién casado y, por así decir, engordado por los festines nupciales viene aquí a combatir. Su principal esperanza y su mayor fuerza residía en los etolios, el pueblo menos de fiar y más desagradecido, como ya habíais aprendido vosotros y ahora está aprendiendo Antioco. Ni han venido en número considerable ni se les ha podido mantener en el campamento; están en desacuerdo entre sí y, tras insistr en que se debía defender Hípata y Heraclea, rehusaron defender ambos lugares y se refugiaron, unos en las alturas de las montañas y otros en Heraclea. El mismo rey ha demostrado claramente que no se atrevía a enfrentarse con nosotros en campo abierto y ni siquiera ha asentado su campamento en terreno abierto; ha abandonado todo el territorio que se jactaba de habernos arrebatado a nosotros y a Filipo, escondiéndose entre las rocas. Ni siquiera situó su campamento a la entrada del desfiladero, como dicen que hicieron los lacedemonios con el suyo, sino que se retró a su interior. ¿Qué diferencia hay, para que veáis su miedo, entre encerrarse aquí o tras las murallas de una ciudad sitada? El paso, sin embargo, no protegerá a Antioco, ni defenderán a los etolios las alturas que han ocupado. Se han tomado medidas y precauciones bastantes para impedir que, durante la lucha, os tengáis que preocupar de nada que no sea combatir al enemigo. Considerad que no solo estáis luchando por la libertad de Grecia, aunque sería algo espléndido librar de manos de los etolios y de Antioco el país que antes rescatasteis de Filipo, ni tampoco será únicamente vuestra recompensa lo que obtengáis del campamento del rey; serán también vuestro botín todos esos suministros que se espera que lleguen desde Éfeso de un día para otro; después abriréis al dominio de Roma Asia, y Siria, y todos los ricos reinos del más lejano oriente. ¿Qué nos impedirá, entonces, extender nuestros dominios desde Cádiz hasta el Mar Rojo, sin más límite que el Océano que envuelve el mundo, y hacer que toda la raza humana reverencie Roma solo por detrás de los dioses? Mostrad un ánimo digno de tan gran recompensa, para que mañana, con ayuda de los dioses, libremos la batalla decisiva".

[36.18] Después de esta arenga, los soldados rompieron filas y prepararon armas y armaduras antes de tomar alimento y descansar. En cuanto amaneció, el cónsul hizo dar la señal para la batalla y formó a sus hombres en un estrecho frente, para adaptarse a la angostura del terreno. Cuando el rey vio los estandartes del enemigo, hizo también formar a sus hombres. Situó frente a su empalizada a parte de su infantería ligera, para formar la primera línea. Detrás de ellos, para apoyarles, situó a los macedonios, conocidos como "sarisóforos" [portadores de la sarisa, la lanza larga.-N. del T.], desplegados para guardar las defensas. A la izquierda de estos, al mismo pie de las montañas, dispuso un grupo de lanzadores de jabalinas, arqueos y honderos, para que desde terreno más elevado pudieran hostgar el fanco desprotegido del enemigo. A la derecha de los macedonios, y hasta el final de sus líneas, donde el terreno se vuelve intransitable hasta el mar por culpa de los pantanos y las arenas movedizas, colocó a los elefantes con su escolta habitual, y detrás de ellos a la caballería; por último, un poco más atrás y con un breve espacio, al resto de sus tropas en segunda línea. Los macedonios, por delante de la muralla, no tenían inicialmente ninguna dificultad para resistr a los romanos, que trataban de abrirse paso por todas partes, y recibían una ayuda considerable que los que estaban en terreno más elevado, descargando sus hondas, y lanzando sus fechas y venablos todos a la vez, en una completa lluvia de proyectiles. Pero según se hacía mayor la presión del enemigo y se atacaba con más fuerza, fueron retrocediendo poco a poco en buen orden hacia su empalizada, formando allí prácticamente un segundo valladar con sus lanzas en ristre. La empalizada, debido a su moderada altura, no sólo ofrecía una posición más elevada desde la que luchar, sino que también les permita mantener al enemigo, por debajo, a su merced gracias a sus largas lanzas. Muchos resultaron atravesados, en su temerario intento por coronar la empalizada, y se tendrían que haber retirado en desorden, tras fracasar su asalto, o haber sufrido graves pérdidas, de no haber aparecido Marco Porcio sobre una colina que dominaba el campamento. Había desalojado a los etolios de la cima del Calídromo, matando a su mayor parte, tras atacarlos cuando estaban descuidados y casi todos dormidos.

[36,19] Flaco no tuvo tanta suerte y su intento de llegar a los puestos fortificados sobre el Tiquiunte y el Roduncia fue un fracaso. Los macedonios y las demás tropas en el campamento del rey, al principio, al distinguirse en la distancia solo una masa de hombres en movimiento, creyeron que los etolios habían visto el combate desde lejos y venían en su ayuda. Sin embargo, cuando reconocieron los estandartes y las armas de los que se aproximaban, descubrieron su error y se aterrorizaron de tal manera que huyeron tras arrojar sus armas. La persecución se vio obstaculizada por las trincheras del campamento y el reducido espacio por el que los perseguidores tenían que pasar; aunque los elefantes eran el mayor obstáculo, ya que era difcil para la infantería pasar a través de ellos, e imposible para la caballería; el atemorizados caballos crearon más confusión, de hecho, que la misma batalla. El saqueo del campamento aún retrasó más la persecución. No obstante, persiguieron al enemigo hasta Escarfea y luego regresaron al campamento. Gran número de hombres y caballos murieron o fueron capturados en el camino, y los elefantes, de los que no se pudieron apoderar, fueron muertos. Mientras tenía lugar la batalla, los etolios que habían estado guardando Heraclea lanzaron un ataque sobre el campamento romano, pero sin obtener ningún resultado en su empresa que, ciertamente, no careció de audacia. Sobre la tercera guardia de la noche siguiente, el cónsul envió a la caballería para que siguiera la persecución, haciendo marchar a las legiones al amanecer. El rey había logrado una ventaja inicial considerable, ya que no se detuvo en su precipitada carrera hasta llegar a Elacia. Aquí recogió lo que quedaba de su ejército tras la batalla y la huida, retrándose con un pequeño grupo de soldados a medio armar hacia Calcis. La caballería romana no logró alcanzar al mismo rey en Elacia, pero cayó sobre gran parte de sus soldados cuando, agotados, se detenían o cuando se perdían por los caminos de un país desconocido, cosa normal al carecer de guías. De todo el ejército no escapó ni un solo hombre, aparte de los quinientos que formaban la guardia personal del rey, un número insignificante aún si aceptamos la afirmación de Polibio, anteriormente mencionada, de que las fuerzas que el rey trajo con él desde Asia no excedían los diez mil hombres. ¿Qué podríamos decir, si hubiéramos de creer a Valerio Antas cuando escribe que había sesenta mil hombres en el ejército del rey, de los que cayeron cuarenta mil y se hicieron más de cinco mil prisioneros, capturándose doscientos treinta estandartes? En la propia batalla, las pérdidas romanas ascendieron a ciento cincuenta hombres, muriendo no más de cincuenta en la defensa del campamento contra los etolios.

[36,20] Aunque el cónsul estaba llevando a su ejército a través de la Fócide y Beocia, los ciudadanos de las ciudades rebeldes, conscientes de su culpa y temiendo ser tratados como enemigos, salieron fuera de las puertas de sus ciudades con atuendo de suplicantes. El ejército, sin embargo, desfiló delante de todas sus ciudades, una tras otra, sin causar ningún daño, como si estuvieran en territorio amigo, hasta que llegaron a Coronea. Aquí se despertó una gran indignación ante la visión de una estatua de Antioco erigida en el templo de Minerva Itonia, y se permitó a los soldados el saqueo de los dominios del templo. Sin embargo, después se consideró que, habiendo sido erigida allí por decisión de todos los beocios, era injusto tomar venganza únicamente sobre el territorio de Coronea. Hizo llamar inmediatamente de vuelta a sus soldados y se detuvo el pillaje, contentándose con reprender severamente a los beocios por su ingrattud para con Roma, después de los muchos beneficios que hacía tan poco habían recibido. En el momento de la batalla, diez de los barcos del rey, al mando del prefecto Isidoro, permanecían fondeadas en Tronio, en el golfo Malíaco. Alejandro de Acarnania, que había resultado gravemente herido, huyó hasta allí con la noticia de la derrota, y los barcos se apresuraron a navegar hasta Ceneo, en Eubea. Aquí murió y fue sepultado Alejandro. Tres barcos, que habían venido desde Asia e iban hacia el mismo puerto, al tener noticia del desastre que se había apoderado del ejército, regresaron a Éfeso. Isidoro dejó Ceneo en dirección a Demetríade, por si la huida llevaba al rey hacia allí. Durante todo este tiempo, Aulo Atilio, que estaba al mando de la flota romana, interceptó un gran convoy de suministros para el rey que había pasado por el estrecho entre Andros y Eubea. Hundió algunos de los barcos y capturó otros; los que estaban más a retaguardia variaron su rumbo hacia Asia. Atilio navegó de vuelta con su columna de naves capturadas y repartió la gran cantidad de grano que había a bordo entre los atenienses y otras ciudades aliadas de aquel territorio.

[36,21] Justo antes de la llegada del cónsul, Antioco dejó Calcis y se dirigió a Tenos, en primer lugar, y desde allí a Éfeso. Al acercarse el cónsul a Calcis, el prefecto del rey, Aristóteles, salió de la ciudad y se abrieron las puertas al cónsul. Todas las restantes ciudades de Eubea se entregaron sin lucha, y en pocos días quedó restablecida la paz en toda la isla, regresando el ejército a las Termópilas sin dañar una sola ciudad. Esta moderación, mostrada tras la victoria, fue mucho más digna de alabanza que la propia victoria. Para que el Senado y el pueblo pudieran recibir, mediante un testgo con autoridad, un informe sobre las operaciones efectuadas, el cónsul envió a Roma a Marco Catón. Esté navegó desde Creúsa, emporio de los tespienses situado en la parte más interior del golfo de Corinto, hasta Patras, en Acaya; desde Patras marchó a Corfú, bordeando las costas de Etolia y Acarnania, pasando desde allí hasta Otranto [la antigua Hidrunto.-N. del T.], en Italia. Desde allí viajó rápidamente por terra, y alcanzó Roma en cinco días. Entrando en la ciudad antes de que amaneciera, fue directamente a ver al pretor, Marco Junio, quien convocó una reunión del Senado al amanecer. Lucio Cornelio Escipión había sido enviado por el cónsul algunos días antes, encontrándose a su llegada que Catón se le había adelantado. Entró en el Senado mientras Catón estaba presentando su informe y ambos generales fueron llevados ante la Asamblea por orden del Senado, donde dieron los mismos detalles sobre la campaña etolia que habían expuesto ante el Senado. Se aprobó un decreto para ofrecer durante tres días una acción de gracias, debiendo sacrificar el pretor cuarenta víctimas adultas a los dioses que considerara conveniente. Marco Fulvio Nobilior, que había ido a Hispania dos años antes como pretor, entró por entonces en la Ciudad en Ovación. Llevó ante él ciento treinta mil monedas de plata acuñadas con la biga y doce mil libras de plata sin acuñar, además de ciento veintisiete libras de oro [507 y 3924 kilos de plata, respectivamente, y 41,53 kilos de oro.-N. del T.].

[36.22] Mientras Acilio estaba en las Termópilas, envió un mensaje a los etolios aconsejándoles, ahora que habían visto cuán vacías eran las promesas del rey, que volvieran a su sano juicio y devolvieran Heraclea, solicitando el perdón del Senado por su locura o su error. Otras ciudades de Grecia, les recordó, habían sido infieles a sus mejores amigos, los romanos, en esa guerra; pero después de la huida del rey, cuyas promesas les habían apartado de sus obligaciones, no agravaron su culpa mediante su voluntaria tozudez y habían sido recibidas inmediatamente como aliadas. Incluso en el caso de los etolios, a pesar de que no habían seguido al rey, sino que lo habían invitado, y que no fueron sus aliados en aquella guerra, sino sus guías, aún exista para ellos la posibilidad, si mostraban un verdadero arrepentimiento, de salir indemnes. Este mensaje se encontró con una respuesta desafiante; la cuestón, evidentemente, habría de quedar resuelta mediante las armas y estaba claro que, aunque el rey había sido derrotado, la guerra contra los etolios no había hecho más que empezar. En consecuencia, el cónsul desplazó su ejército desde las Termópilas hasta Heraclea, cabalgando el mismo día de su llegada alrededor de las murallas para determinar la situación de la ciudad. Heraclea se encuentra al pie del monte Eta; la ciudad misma está situada en una llanura y tiene una ciudadela que la domina desde una posición de altura considerable, cortada a pico por todos lados. Después de considerar cuidadosamente cuanto había observado, decidió lanzar un ataque simultáneo desde cuatro puntos diferentes. En dirección al río Asopo [al sureste de la ciudad.-N. del T., donde estaba el gimnasio, situó a Lucio Valerio al mando de las operaciones de asedio. Encargó a Tiberio Sempronio Longo el ataque contra la zona situada fuera de las murallas, casi más poblada que la propia ciudad. En el lado que daba al golfo Malíaco, donde la aproximación presentaba dificultades considerables, puso al mando a Marco Bebio. Hacia el arroyo que llaman Mélana, frente al templo de Diana, situó a Apio Claudio. Merced a los denodados esfuerzos de estos, tratando cada uno de superar a los demás, en pocos días quedaron completadas las torres, los arietes y demás preparativos para el asalto. El terreno que rodea Heraclea es pantanoso y está cubierto por árboles altos que proporcionan una fuente abundante de madera para toda clase de obras de asedio; como los etolios que vivían en el suburbio se habían refugiado en la ciudad, las casas desiertas proporcionaron materiales útiles para diversos propósitos, incluyendo no solo vigas y tablones, sino también ladrillos y piedras de todas las formas y tamaños.

[36.23] Los romanos, en su ataque a la ciudad, empleaban más las máquinas de asedio que las armas; los etolios, por el contrario, confiaban más en sus armas para defenderse. Cuando batan las murallas con los arietes, no desviaban, como es habitual, los golpes mediante el uso de lazos de cuerda, sino que efectuaban salidas con fuerzas considerables, llevando algunos antorchas encendidas para arrojar contra las obras de asedio. También había poternas en las murallas, y cuando reconstruían estas donde habían quedado destruidas, dejaban abiertas más de aquellas para permitr salidas más numerosas. Durante los primeros días del asedio, mientras sus fuerzas permanecieron intactas, fueron frecuentes e impetuosas estas salidas; conforme pasó el tiempo, se volvieron más escasas y débiles. Entre las muchas dificultades, la falta de sueño fue una de las que más les presionaban. Los romanos, debido a su número, podían disponer relevos regulares para sus hombres; pero los etolios eran pocos en comparación y al tener que estar continuamente de servicio los mismos hombres, noche y día, quedaban completamente agotados por el incesante esfuerzo. Durante veinticuatro días, sin un momento de respiro por el día ni por la noche, tuvieron que sostener los ataques del enemigo, que los lanzaba simultáneamente desde cuatro lugares distintos. Considerando el tiempo que llevaban atacando, y a la vista de la información llevada por los desertores, el cónsul se convenció de que los etolios estaban finalmente agotados e ideó el siguiente plan: Cuando llegara la media noche, daría la señal para retrarse y llamaría de vuelta a todos los soldados del asedio. Los mantendría tranquilos en el campamento hasta la hora tercia del día siguiente [sobre las 9 de la mañana.-N. del T.], cuando recomenzaría el ataque y lo sostendría hasta la media noche, cuando lo suspendería nuevamente hasta la hora tercia del día siguiente. Los etolios supondrían que el motivo para no continuar el asalto sería el mismo que les ocurría a ellos, es decir, el excesivo cansancio, y cuando se diera a los romanos la señal para retrarse, también ellos, como si les hubiesen llamado igualmente, abandonarían sus posiciones y no reanudarían las guardias en las murallas hasta la hora tercia del día siguiente.

[36.24] Tras la suspensión de las operaciones a media noche, el cónsul reanudó el asalto en la cuarta guardia, con extrema violencia y por tres lados. Ordenó a Tiberio Sempronio que mantuviera a sus soldados alerta y dispuestos en el cuarto lado, pues no tenía duda de que los etolios, en la confusión nocturna, correrían hacia los lugares donde escuchasen los gritos del combate. Algunos de los etolios estaban dormidos, agotados por el esfuerzo y la falta de descanso, pudiéndose levantar solo con gran dificultad; los que aún estaban despiertos, al escuchar el ruido de la batalla, se lanzaron a ella en la oscuridad. Los atacantes trataban de escalar sobre las partes caídas de la muralla hacia el interior de la ciudad, otros trataban de coronar el muro mediante escalas de asalto y los etolios se apresuraban a todas partes para enfrentarse al ataque. El único lado que quedó sin atacar y sin vigilar fue el de los edificios del suburbio; los que debían atacarlo esperaban con impaciencia la señal y nadie quedaba allí para defenderlo. Ya amanecía cuando el cónsul dio la señal y penetraron en la ciudad sin ninguna oposición; algunos sobre las murallas derruidas, otros, donde los muros estaban intactos, mediante escalas de asalto. En cuanto se oyeron los gritos que anunciaban que se había capturado la ciudad, los etolios abandonaron sus puestos y huyeron a la ciudadela.

El cónsul dio a sus tropas victoriosas permiso para saquear la ciudad, no como un acto de venganza, sino para que los soldados, a quienes se les había prohibido en tantas ciudades, pudieran probar, al menos en un único lugar, los frutos de la victoria. Hacia el mediodía, llamó de vuelta a sus hombres y los formó en dos grupos. Ordenó a uno de ellos que marchara alrededor de la falda de la montaña, hasta un pico que tenía la misma altura que la ciudadela y que estaba separado de esta por un barranco, como si la hubieran arrancado de ella. Las alturas estaban tan próximas la una a la otra que se podían arrojar proyectiles desde la cumbre sobre la ciudadela. Con el otro grupo, el cónsul trataría de subir hasta la ciudadela, esperando la señal de aquellos que debían coronal el otro pico. Sus gritos al ocupar la otra altura y el ataque del grupo restante desde la ciudad fueron demasiado para los etolios, con sus ánimos completamente quebrados y sin preparación para soportar un asedio en la ciudadela, que apenas podían sostener y mucho menos proteger, pues se habían congregado allí las mujeres, los niños y otros no combatentes. Así pues, al primer asalto depusieron sus armas y se rindieron. Entre ellos, junto a otros notables etolios, se encontraba Damócrito. Al comienzo de la guerra le había contestado a Tito Quincio, cuando este le pidió una copia del decreto de invitación a Antioco, que se lo daría en Italia, cuando los etolios hubieron acampado allí. Aquella muestra de arrogancia hizo su rendición aún más grata a los vencedores.

[36,25] Mientras los romanos se encontraban asediando Heraclea, Filipo, según lo acordado con el cónsul, atacaba Lamia. Había ido a las Termópilas para felicitar al cónsul y al pueblo de Roma por la victoria y, al mismo tiempo, para disculparse por la enfermedad que le impidió tomar parte en las operaciones contra Antioco. A continuación, ambos comandantes se separaron en distintas direcciones, para proceder al asedio simultáneo de ambas plazas. Distan unas siete millas entre sí [10360 metros.-N. del T.] y como Lamia se encuentra sobre un terreno elevado, mirando sobre todo hacia el monte Eta, parece que la distancia entre ellas es muy corta, viéndose desde una cuando sucede en la otra. Los romanos y los macedonios compiteron enérgicamente entre sí, tanto en las operaciones de asedio como en los mismos combates noche y día. Pero la tarea de los macedonios tenía mayor dificultad, pues las galerías y manteletes romanos, así como todas sus máquinas de asedio, estaban en terreno elevado, mientras que los macedonios dirigían el ataque mediante minas subterráneas en las que a menudo topaban con lugares arduos por culpa de rocas sobre las que sus herramientas de hierro hacían poca mella. Viendo que no progresaba mucho, el rey celebró conferencias con los dirigentes de la ciudad, esperando poder convencerles para que se rindieran. Estaba seguro de que, si Heraclea era tomada antes, se rendirían antes a los romanos que a él mismo y el cónsul se ganaría su grattud por haber levantado el sito. Su suposición resultó correcta, pues apenas se tomó Heraclea le llegó un mensaje pidiéndole que abandonara el asedio, pues habiendo sido los romanos quienes habían combatido contra los etolios en batalla campal, resultaba justo que fueran ellos quienes lograran el premio de la victoria. Así, tuvo lugar la retirada de Lamia y, gracias a la caída de la ciudad vecina, escapó de un destino similar.

[36.26] Poco antes de la caída de Heraclea, los etolios celebraron una asamblea en Hípata y resolvieron enviar embajadores a Antioco; entre ellos se encontraba Toante, que ya había sido enviado anteriormente. Se les ordenó que pidiesen al rey que llamase una vez más a sus fuerzas terrestres y navales y que cruzara a Grecia; si algo se lo impedía, entonces debían pedirle que enviara dinero y tropas, precisándole que importaba a su dignidad real y a su honor personal el no traicionar a sus aliados; si permita que los romanos, tras destruir a los etolios, quedaran con las manos totalmente libres y desembarcasen en Asia con todas sus fuerzas, pondría en peligro la seguridad de su propio reino. Cuanto dijeron era cierto y, por tanto, causaron la más profunda impresión en el rey. Les dio dinero para los gastos inmediatos de la guerra y se comprometó a enviar ayuda terrestre y naval. Retuvo junto a él a uno de los embajadores, Toante, que se alegró mucho de quedarse pues, permaneciendo allí, podría asegurar el cumplimiento de sus promesas.

[36.27] La caída de Heraclea, sin embargo, quebró el ánimo de los etolios. A los pocos días de su solicitud a Antioco, pidiéndole la reanudación de las hostlidades y su retorno a Grecia, dejaron de lado todos los planes bélicos y enviaron emisarios al cónsul para pedir la paz. Cuando empezaron a hablar, el cónsul les interrumpió al poco diciéndoles que había otras cuestones de las que se debía ocupar antes. A continuación les concedió una tregua de diez días y les ordenó regresar a Hípata acompañados por Lucio Valerio Flaco, ante el que debía plantear las cuestones que quisieran discutr con él, así como cualquier otro asunto del que quisieran hablar. A su llegada a Hípata, Flaco encontró a los líderes etolios reunidos en un consejo y deliberando entre ellos qué posición debían adoptar en las negociaciones con el cónsul. Se disponían a alegar los antiguos tratados vigentes y sus servicios a Roma, cuando Flaco les aconsejó que desisteran de recurrir a los tratados que ellos mismos habían violado y roto. Ganarían mucho más, les dijo, si confesaban sus faltas y se limitaban a pedir clemencia. Su única esperanza de seguridad residía no en la fuerza de su causa, sino en la clemencia del pueblo romano; si adoptaban una actitud suplicante, él estaría a su lado ante el cónsul y ante el Senado, en Roma, pues también tendrían que enviar allí a sus embajadores. Todos los presentes vieron que sólo un camino conducía a la seguridad, a saber, ponerse a merced de los romanos. Pensaban que, apareciendo como suplicantes, les causaría vergüenza dañarles y podrían seguir preservando su independencia si la fortuna les ofrecía algo mejor.

[36,28] Cuando se presentó ante el cónsul, Feneas, el jefe de la delegación, pronunció un largo discurso, compuesto en diversos modos para mitgar la ira del vencedor, y concluyó diciendo que los etolios sometan sus personas y cuanto poseían al honor y la buena fe del pueblo de romano. Cuando el cónsul escuchó esto, le dijo: "Mirad dos veces, etolios, estas condiciones en que os entregáis". Feneas, entonces, le mostró el decreto en el que se indicaba todo aquello detalladamente. "Así pues, -les respondió-ya que os entregáis en estos términos, os exijo que entreguéis de inmediato a Dicearco, vuestro compatriota, y a Menestas del Epiro -este era el hombre que había introducido un cuerpo de tropas en Lepanto e indujo a los ciudadanos a la rebelión-, así como a Aminandro y a los líderes atamanes que os convencieron para rebelaros contra nosotros". Feneas apenas dejó que el romano terminase su frase y le replicó: "No nos hemos entregado como esclavos, sino a tu protección y buena fe; y estoy seguro de que, al no conocernos, nos das órdenes contrarias a las costumbres de los griegos". A esto, el cónsul respondió: "Pues no, ¡por Hércules!, no me preocupa lo que los etolios consideren que son las costumbres de los griegos, pues yo sigo las costumbres de los romanos y doy mis órdenes a quienes, tras ser vencidos por la fuerza de las armas, acaban de entregarse por decisión propia. Así pues, si mi orden no se obedece de inmediato, mandaré ahora mismo que se os encadene". Ordenó entonces que se trajeran los grilletes y que los lictores rodearan a Feneas. Este, junto a los demás etolios, perdió toda su arrogancia, dándose finalmente cuenta de su situación, declarando Feneas que él y los etolios se daban cuenta de la necesidad de cumplir con las órdenes del cónsul, pero que era preciso que que se aprobara un decreto a tal efecto en una asamblea de los etolios. A fin de que se pudiera hacer esto, le pidieron una tregua de diez días. Flaco apoyó la solicitud, que fue concedida, y se volvieron a Hípata. Una vez aquí, Feneas informó al consejo restringido -conocido como apoklet-sobre las condiciones que se les había impuesto y el destino que habían estado a punto de sufrir él y sus colegas. Los notables deploraron la situación a que se veían reducidos, pero decidieron que su vencedor debía ser obedecido y que se debía convocar una reunión de los etolios de todas sus ciudades.

[36.29] Así, se reunió la asamblea de todos los ciudadanos etolios; al escuchar las condiciones se exasperaron de tal manera por lo duro y humillante de las imposiciones que, si hubieran estado en tiempo de paz, el estallido de ira los habría hecho lanzarse a la guerra. Además de la cólera que se levantó, hubo dificultades para llevar a cabo lo ordenado. ¿Cómo, se preguntaban, podrían ellos entregar al rey Aminandro? Y, además, la presencia de Nicandro, que acababa de regresar de su misión junto a Antioco, levantó vanas esperanzas de que se estaba preparando una guerra enorme por tierra y por mar. Después de un viaje de doce días desde Éfeso desembarcó en Falara, en el golfo Malíaco, de camino a Etolia. De allí pasó a Lamia, donde dejó el dinero que el rey les había dado, partendo después, a primera hora de la tarde y con una escolta de tropas ligeras, para seguir por caminos que conocía bien. Mientras recorría el territorio entre los campamentos romanos y macedonios, llegó hasta un puesto avanzado macedonio y fue conducido ante el rey. Filipo no había terminado de cenar, y cuando se le informó de la detención lo trató no como un enemigo, sino como un invitado, invitándole a sentarse y partcipar en el banquete [otras traducciones dicen que estaba comiendo.-N. del T.]. Luego, una vez despedidos los restantes invitados, se quedó a solas con él y le aseguró que no tenía nada que temer. Culpó a los etolios por sus desatinadas decisiones, que siempre se volvían en su contra, pues ellos fueron los que trajeron primero a los romanos a Grecia y después a Antioco. Llegó a decir que él olvidaría el pasado, que era más fácil de criticar que de modificar, y que no haría nada para ofender a los etolios en su desgracia; a cambio, ellos pondrían fin a su odio contra él y Nicandro, en particular, nunca olvidaría el día en que él había salvado su vida. A continuación, le asignó una escolta que lo llevaría a un lugar seguro, y Nicandro llegó a Hípata mientras que los etolios estaban debatendo la cuestón de la paz con Roma.

[36.30] El botín obtenido alrededor de Heraclea fue vendido por Manio Acilio o entregado a los soldados. Al enterarse de que en Hípata no se había llegado a la decisión de hacer la paz y que los etolios se habían concentrado en Lepanto, donde tenían intención de resistr todo el peso de la guerra, el cónsul envió a Apio Claudio con cuatro mil hombres para ocupar las alturas que dominaban los difciles pasos montañosos mientras él mismo ascendía al monte Eta. Ofreció allí sacrificios a Hércules, en un lugar llamado Pyra pues allí fue donde fue incinerado el cuerpo mortal del dios. Desde allí continuó su marcha con la totalidad de su ejército y progresando satsfactoriamente hasta llegar al Córace. Este es el pico más alto entre Galípoli y Lepanto y, mientras lo cruzaba, muchos de sus animales de tro se precipitaron con sus alforjas, produciéndose víctimas entre las tropas. Era fácil ver con cuán torpe enemigo habían de contender, pues no hicieron intento alguno de enviar fuerzas con el fin de cerrarles el paso, que era tan difcil y peligroso. Así las cosas, pese a haber sufrido bajas el ejército, el cónsul descendió a Lepanto. Estableció una posición fortificada frente a la ciudadela y sitó las partes restantes de la ciudad, distribuyendo las tropas según la situación de las murallas. Este asedio conllevó mucho más trabajo y esfuerzo que el de Heraclea.

[36,31] Mesenia, en el Peloponeso, se había negado a unirse a la Liga Aquea, y ahora los aqueos la sitaron. Había fuera de la Liga dos ciudades, Mesenia y Élide, cuyas simpatas estaban con los etolios. Los eleos, sin embargo, después de la salida de Antioco de Grecia, dieron una respuesta más conciliadora al enviado de los aqueos, diciéndole que cuando se retrase la guarnición del rey considerarían qué debían hacer. Los mesenios, por otra parte, despidieron a los delegados sin darles respuesta e iniciaron las hostlidades. Sin embargo, la devastación por doquier de sus tierras por el fuego y la espada, así como la contemplación del campamento aqueo cerca de su ciudad, los hizo temer por su seguridad y enviaron un mensaje a Tito Quincio, que estaba en Calcis, en el sentido de que, siendo él el autor de su libertad, los ciudadanos de Mesenia estaban dispuestos a abrir sus puertas a los romanos y entregar a ellos la ciudad, pero no a los aqueos. Al recibir este mensaje, Quincio dejó Calcis inmediatamente y envió recado a Diófanes, el pretor de los aqueos, para que retrase enseguida su ejército de Mesenia y se reuniera con él. Diófanes obedeció y levantó el sito; y luego, apresurando el avance de su ejército, se reunió con Quincio cerca de Andania, una pequeña población fortificada que se encuentra entre Megalópolis y Mesenia. Cuando empezó a explicar sus razones para atacar el lugar, Quincio, suavemente, le reprendió por dar un paso tan importante sin su consentimiento y le ordenó que licenciara a su ejército y no perturbara la paz que se había logrado para bien de todos. Ordenó a los mesenios que hicieran volver a sus ciudadanos exiliados y que se unieran a la liga aquea; si tenían que objetar algo, o deseaban alguna salvaguarda para el futuro, debían acudir a él en Corinto. Al mismo tiempo, ordenó a Diófanes que convocara inmediatamente para él una reunión de la Liga Aquea. En su discurso ante ella, señaló cómo se había tomado a traición la isla de Zacinto, y exigió su devolución a los romanos. La isla, explicó, había sido en otro tiempo parte de los dominios de Filipo, y este la había entregado a Aminandro como pago por haberle permitido marchar a través de Atamania hacia el norte de Etolia, resultando de esta expedición que los etolios abandonaron toda resistencia ulterior y pidieron la paz. Aminandro nombró a Filipo de Megalópolis prefecto de la isla. Posteriormente, cuando Aminandro se unió a Antioco en la guerra contra Roma, hizo llamar a este Filipo para encargarse de asuntos militares y envió a Hierocles de Agrigento para sucederlo.

[36.32] Después de la huida de Antioco de las Termópilas y de la expulsión de Aminandro de Atamania a manos de Filipo, Hierocles entró en negociaciones con Diófanes y entregó la isla a los aqueos previa entrega de una suma concertada. Los romanos la consideraban un justo premio bélico, pues Manio Acilio y las legiones romanas no lucharon en las Termópilas a beneficio de Diófanes y los aqueos. En su respuesta, Diófanes trató de disculparse él y su nación, presentando argumentos para justficar su acción. Algunos de los presentes protestaron, diciendo que desde el principio habían desaprobado aquel acto y que protestaban ahora contra la actitud pertinaz de su pretor. Consiguieron aprobar un decreto remitendo a Quincio la resolución de todo el asunto. Era Quincio tan severo con quienes se le oponían como benévolo con quienes cedían. Apartando de su mirada y su voz cualquier vestgio de ira, declaró: "Si yo pensara que la posesión de esa isla pudiera ser una ventaja para los aqueos, aconsejaría al Senado y al pueblo de Roma que os permiteran poder conservarla. Sin embargo, igual que cuando se ve una tortuga que se ha encogido completamente en su caparazón, segura contra cualquier golpe, así cuando muestra cualquier parte de su cuerpo, esta parte queda expuesta e indefensa. Lo mismo os ocurre a vosotros, aqueos. Mientras quedan todas vuestras partes cerradas por el mar, no tenéis dificultad en incorporar a vuestra liga cuanto está dentro de las fronteras del Peloponeso, y proteger después lo incorporado, pero si la pasión por el engrandecimiento os lleva a ir más allá de esas fronteras, todo cuanto poseéis fuera queda indefenso y a merced de cualquier agresor". Con la aprobación unánime del Consejo, pues Diófanes no se atrevió a plantear ninguna oposición, Zacinto fue entregada a los romanos.

[36.33] Cuando el cónsul estaba partendo hacia Lepanto, Filipo le preguntó si deseaba que él recuperase las ciudades que habían abandonado su alianza con Roma. Al recibir el consentimiento del cónsul, marchó con su ejército a Demetríade, pues estaba advertido de la confusión que reinaba allí. Los ciudadanos estaban desesperados, pues se veían abandonados por Antioco y sin esperanza de ayuda por los etolios, esperando cada día la llegada de su enemigo Filipo o de otro aún más implacable, los romanos, que aún tenían más motivo para estar enojados con ellos. Había en la ciudad un grupo desorganizado de soldados de Antioco, la pequeña fuerza que había dejado para mantener la ciudad, a la que se habían unido los fugitivos de la batalla que llegaron tras la derrota, en su mayoría, sin armas. No tenían ni la fuerza ni la resolución para sostener un asedio, y cuando los emisarios de Filipo les ofrecieron la esperanza de obtener el perdón, le mandaron a decir que las puertas estaban abiertas para el rey. Algunos de los hombres principales abandonaron la ciudad al entrar él; Euríloco se suicidó. De conformidad con la estpulación, los soldados de Antioco fueron enviados, a través de Macedonia y Tracia, a Lisimaquia bajo la protección de una escolta de macedonios. Había también en Demetríade unos cuantos barcos bajo el mando de Isidoro, a los que también se dejó partir con su prefecto. Filipo, después, marchó a reducir Dolopia, Aperancia y algunas ciudades de Perrebia.

[36,34] Mientras Filipo estaba ocupado con todo esto, Tito Quincio, tras la entrega de Zacinto por el consejo aqueo, navegó a Lepanto, donde ya hacía dos meses que se mantenía el asedio, aunque su caída estaba próxima. Parecía que su captura por la fuerza pudiera llevar a la ruina de toda la nación etolia. Quincio tenía toda la razón para estar encolerizado con ellos; no había olvidado que fueron el único pueblo que había hablado de él con desprecio cuando obtenía la gloría de liberar Grecia, habiendo rechazado su autoridad cuando trató de disuadirlos de su desatinado proyecto y les advirtó lo que les ocurriría, advertencia que los recientes acontecimientos habían demostrado ser cierta. Sin embargo, como se consideraba especialmente obligados a procurar que ninguna ciudad de la Grecia que él había liberado se viera totalmente destruida, decidió caminar hasta las murallas para que los etolios pudieran identficarle fácilmente. Fue reconocido inmediatamente por los puestos de avanzada, extendiéndose rápidamente entre las tropas la noticia de que Quincio estaba allí. Todos corrieron a las murallas; todo el pueblo levantaba sus manos en señal de súplica y con una sola voz lo llamaban por su nombre y le suplicaban que acudiera en su auxilio y los salvara. Se sintó profundamente conmovido por esta súplica, pero, al mismo tiempo, les hizo saber por señas que no estaba en su poder ayudarles. Luego, al verse con el cónsul, le dijo: "¿No ves lo que está pasando, Marco Acilio, o es que pese a verlo claramente no crees que afecte al supremo interés de la República?" Esto despertó el interés del cónsul, que le respondió: "¿Por qué no te explicas? ¿de qué se trata?" Quincio prosiguió: "¿No ves que, ahora que has derrotado a Antioco, estás perdiendo el tiempo asediando un par de ciudades cuando tu periodo en el cargo casi ha expirado? Mientras tanto, Filipo, que nunca ha visto los estandartes o la línea de batalla del enemigo, se está anexionando, no ya ciudades, sino pueblos enteros como Atamania, Perrebia, Aperancia y Dolopia. Y aún así, no es tan importante para nosotros que se debilite la fuerza y los recursos de los etolios, como el no permitr a Filipo que extenda indefinidamente sus dominios y obtenga todas esas ciudades mientras que tú y tus hombres, como premio por tu victoria, aún no tenéis dos ciudades".

[36.35] El cónsul se mostró de acuerdo, pero su amor propio le hacía considerar humillante el abandonar el asedio sin lograr nada. Por último, dejó en manos de Quincio el llegar a un acuerdo. Este regresó a aquella parte de las murallas desde las que los etolios habían estado dando voces. Todavía estaban allí, y empezaron a suplicarle aún más intensamente que se apiadara del pueblo de los etolios. Ante esto, les dijo que salieran a verle algunos de ellos; salieron enseguida Feneas y otros dirigentes suyos. Al postrarse a sus pies, les dijo: "Vuestra infeliz situación hace que contenga mi ira. Lo que os predije que pasaría ha venido a ocurrir en la realidad, y ni siquiera os queda el consuelo de pensar que no habéis merecido vuestro destino. Sin embargo, ya que, por así decirlo, parezco destinado a ser la nodriza de Grecia, no dejaré de mostrar bondad ni siquiera a aquellos que se han mostrado tan ingratos. Enviad una delegación al cónsul y pedidle una tregua durante la que de tiempo a enviar embajadores a Roma, por cuyo medio os entreguéis completamente a merced del Senado. Os apoyaré ante el cónsul, como vuestro abogado e intercesor". Ellos siguieron su consejo y el cónsul no hizo oídos sordos a su súplica; se les concedió un armistcio hasta que se conociera el resultado de su embajada en Roma; se levantó el asedio y se envió el ejército a Focea. El cónsul, acompañado por Tito Quincio, marchó por mar a Egio para asistr a una reunión del consejo aqueo. Los temas a debatr eran la entrada de los eleos en la liga y la devolución de los exiliados lacedemonios. Ninguna de esas cuestones quedó resuelta; los aqueos prefirieron reservarse la cuestón de los exiliados para ganar méritos ellos; en cuanto a los eleos, prefirieron que su incorporación a la liga fuera por propia iniciativa antes que por mediación de los romanos.

Una delegación de los epirotas visitó al cónsul. Había constancia de que no se habían mostrado leales al tratado de amistad pues, aunque no proporcionaron tropas a Antioco, se alegaba que le habían dado ayuda pecuniaria y ni siquiera negaban que habían iniciado negociaciones con el rey. Su petción de que se permitera seguir vigente al antiguo tratado de amistad, se enfrentó con la observación del cónsul de que no sabía si les debía considerar amigos o enemigos. El Senado lo decidiría; remitó toda su causa a Roma y, para ello, les concedió una tregua de noventa días. Cuando comparecieron los epirotas ante el Senado, estaban más preocupados por hablar de actos hostiles que no habían cometido que por responder a las acusaciones que se les hacían. La respuesta que recibieron fue en el sentido de darles a entender que habían sido perdonados, más que hubieran demostrado su inocencia. Justo antes de ellos, se presentó ante el Senado una delegación de Filipo para congratularse por la reciente victoria y solicitar que se les permitera ofrecer sacrificios en el Capitolio y colocar un presente de oro en el templo de Júpiter Óptimo Máximo. Tras recibir el permiso del Senado, depositaron una corona de oro que pesaba cien libras [32,7 kilos.-N. del T.]. No solo se les dio esta amable acogida, sino que se les devolvió al hijo de Filipo, Demetrio, que residía en Roma en calidad de rehén, para que lo llevaran de vuelta con su padre. Tal fue el cierre de la campaña que el cónsul Manio Acilio cabo contra Antioco en Grecia.

[36,36] El otro cónsul, Publio Cornelio Escipión, había obtenido la Galia como provincia en el sorteo. Antes de partir a la guerra que se avecinaba contra los boyos, pidió al Senado que votara la concesión de una suma de dinero para los Juegos que había ofrecido en la lo más duro de la batalla, durante su pretura en Hispania [en el 193 a.C. y, en realidad, era propretor.-N. del T.]. Consideraron su petción como algo sin precedentes e injustficable, aprobando una resolución en el sentido de que, pues él había ofrecido unos Juegos por propia iniciativa y sin consultar al Senado, él debería cubrir su costo a partir de los despojos del enemigo, si es que había alguna cantidad reservada con tal propósito, o soportar los gastos de su propia fortuna. Publio Cornelio celebró los Juegos durante diez días. También por entonces se dedicó el templo de la Gran Madre -del Ida-. Fue durante el consulado de Publio Cornelio Escipión, llamado después "Africano", y de Publio Licino [205 a.C.-N. del T.] cuando se trajo a la diosa de Asia y el arriba mencionado Publio Cornelio la condujo desde el puerto hasta el Palatino. Los censores, Marco Livio y Cayo Claudio, habían firmado el contrato para la construcción de conformidad con las instrucciones del Senado durante el consulado de Marco Cornelio y Publio Sempronio [el 204 a.C.-N. del T.]. Después de un lapso de trece años, Marco Junio Bruto lo dedicó, y los Juegos ofrecidos con este motivo fueron, según Valerio Antas, los primeros juegos escénicos llamados Megalesios. Otra dedicación fue la del templo de la Juventud en el Circo Máximo, que fue llevada a cabo por Cayo Licinio Lúculo. Marco Livio lo había ofrecido mediante voto el día que destruyó a Asdrúbal y a su ejército, habiendo firmado el contrato para su construcción siendo censor, durante el consulado de Marco Cornelio y Publio Sempronio. También se celebraron Juegos con motivo de esta dedicación, practcándose todo con la mayor solemnidad, en vista de la nueva guerra que se cernía con Antioco.

[36.37] A principios del año en el sucedieron los hechos relatados, antes de que Marco Acilio hubiera partido para la guerra y mientras Publio Cornelio estaba todavía en Roma, se anunciaron diversos portentos. Hay una tradición que dice que dos bueyes mansos, en las Carinas [barrio de la zona sur del Esquilino.-N. del T.], subieron por las escaleras hasta la azotea de un edificio. Los arúspices ordenó que fueran quemados vivos y sus cenizas arrojadas al Tíber. En Terracina y Pescara se contó que cayeron varias lluvias de piedras. En Menturnas, el templo de Júpiter y las tiendas de los alrededores del foro fueron alcanzados por el rayo; y en Volturno, dos barcos, en la desembocadura del río, que habían resultado igualmente alcanzados, se incendiaron. A consecuencia de estos portentos, el Senado dio órdenes a los decenviros para que consultaran los Libros Sibilinos, aquellos ordenaron que se debía insttuir un día de ayuno en honor a Ceres, a celebrar cada cinco años, que se ofrecieran sacrificios durante nueve días y rogativas solemnes durante uno, llevando los suplicantes coronal de laurel, y que el cónsul Publio Cornelio ofreciera sacrificios a los dioses que dijeren los decenviros, con las víctimas que ellos mandasen. Una vez apaciguados los dioses y debidamente expiados los presagios, el cónsul partió hacia su provincia. A su llegada, ordenó el procónsul Cneo Domicio que licenciara su ejército y marchara a Roma; él mismo llevó sus legiones hacia el territorio de los boyos.

[36.38] Poco antes de esto, los ligures habían reunido un ejército bajo una ley sagrada, y lanzaron un ataque nocturno por sorpresa contra el campamento que mandaba el procónsul Quincio Minucio. Este mantuvo a sus hombres formados junto a la empalizada, hasta el amanecer, para impedir que el enemigo rompiera sus líneas en algún punto. En cuanto hubo luz, efectuó una salida simultánea por dos de las puertas del campamento. Sin embargo, los ligures no resultaron, como él había esperado, rechazados en la primera carga y mantuvieron indecisa la lucha durante más de dos horas, sin que ninguna de ambas partes lograra ventaja. Al fin, como salieran una tras otra fuerzas de refresco para relevar a las que ya estaban exhaustas por el combate, los ligures, agotados y sufriendo sobre todo por la falta de sueño, se dieron la vuelta y huyeron. Murieron unos cuatro mil enemigos; los romanos y las fuerzas aliadas perdieron menos de trescientos. Unos dos meses más tarde, Publio Cornelio se enfrentó, con el mayor de los éxitos, contra el ejército de los boyos. Valerio Antas afirma que resultaron muertos veintocho mil enemigos, cayendo prisioneros tres mil cuatrocientos, y que el botín incluyó ciento veinticuatro estandartes, mil doscientos treinta caballos y doscientos cuarenta y siete carros; en el ejército victorioso, cayeron mil cuatrocientos ochenta y cuatro hombres. Aunque no podemos confiar mucho en este autor en lo que se refiere a las cantdades, pues no hay nadie más proclive a exagerarlas, fue claramente una gran victoria, pues el campamento de los boyos fue capturado y se rindieron inmediatamente después de la batalla. Aun más, el Senado ordenó que se ofrecieran acciones de gracias especiales y que se sacrificaran víctimas adultas con motivo de esta victoria.

[36.39] Marco Fulvio Nobilior, por estas fechas, entró en la Ciudad en ovación tras su regreso de Hispania Ulterior. Llevó más de diez mil libras de plata, ciento treinta mil denarios bigados de plata y ciento veintisiete libras de oro [o sea, 3270 kilos de plata sin acuñar, 507 kilos en denarios de plata acuñados con la biga y 41'529 kilos de oro.-N. del T.] . Después de recibir a los rehenes de los boyos, Publio Cornelio Escipión, a modo de castgo, confiscó casi la mitad de su territorio para que el pueblo romano, si así lo deseaba, pudiera establecer colonias en él. Cuando estaba a punto de marchar a Roma, donde esperaba confiadamente poder celebrar su triunfo, licenció a su ejército con órdenes de que estuviera en Roma el día del triunfo. Al día siguiente de su llegada, convocó al Senado en el templo de Belona y, tras dar cuenta de su campaña, solicitó que se le permitera entrar en triunfo en la Ciudad.

Uno de los tribunos de la plebe, Publio Sempronio Bleso, era de la opinión de que no se le podía negar el honor del triunfo, aunque se debía retrasar. Según dijo, las guerras con los ligures siempre estuvieron estrechamente relacionadas con las de los galos, pues aquellas naciones vecinas se prestaban mutuo auxilio. Si después de su derrota decisiva sobre los boyos, Escipión hubiera cruzado las fronteras de Liguria con su ejército victorioso o hubiera enviado una parte de sus fuerzas en ayuda de Quinto Minucio, que ya llevaba allí estancado tres años de guerra indecisa, la resistencia ligur podría haber quedado rota por completo. Con el fin de engrosar su triunfo, había traído unos soldados que podrían haber prestado un servicio inestimable a la república, y aún podrían hacerlo si el Senado acordaba reparar lo que, en su prisa por disfrutar de un triunfo, había dejado por hacer. Se debería ordenar al cónsul que regresara a su provincia con sus legiones y viera de someter completamente a los ligures; a menos que quedaran completamente sometidos al dominio del pueblo de Roma, los boyos estarían en constante estado de intranquilidad; resultaba imprescindible estar en paz o en guerra con ambas partes. Una vez hubiera sometido a los ligures, Publio Cornelio podría disfrutar de su triunfo unos meses después, siendo procónsul y siguiendo el ejemplo de muchos otros antes que él, que no celebraron su triunfo en el año de su mandato.

[36.40] El cónsul, en su respuesta, recordó al tribuno que él no recibió Liguria como su provincia, ni había librado la guerra contra los ligures, ni reclamaba un triunfo sobre los ligures. Estaba seguro de que Quinto Minucio pronto los sometería y luego solicitaría un triunfo, que se le concedería al merecerlo cumplidamente. Él estaba pidiendo un triunfo sobre los galos boyos, tras derrotarlos en el campo de batalla, privarlos de su campamento, recibir la sumisión de todo el pueblo tras dos días de combates y llevar de entre ellos rehenes como garantía de paz para el futuro. Como razón mucho más importante, estaba el hecho de que ningún otro general romano había luchado antes contra un número mayor de galos de los que resultaron muertos en la batalla; por lo menos, no contra tantos miles de boyos. De los cincuenta mil hombres, habían caído más de la mitad, muchos miles resultaron prisioneros y solo quedaban vivos entre los boyos viejos y niños. ¿Podía entonces alguien preguntarse por qué el ejército victorioso, después de no dejar ni un solo enemigo en la provincia, había venido a Roma para celebrar el triunfo de su cónsul? "Si -continuó-el Senado desea emplear estos soldados en otra campaña, ¿de qué otra manera creéis que estarán más dispuestos a afrontar nuevas fatgas y peligros? ¿Recompensándoles plenamente por los peligros y trabajos que ya han sufrido o enviándolos fuera con esperanzas de recompensas, y no realidades, tras haber defraudado las ya formadas? En cuanto a mí, yo tengo gloria suficiente para toda mi vida desde el momento en que el Senado me consideró el mejor y más digno de la república y me envió a recibir a la Madre del Ida. La imagen de Publio Escipión Nasica será honrada y respetada suficientemente solo por esta inscripción, sin necesidad de añadirle ni el consulado ni el triunfo".

No solo fue unánime el Senado al decretarle un triunfo, sino que indujo al tribuno de la plebe, mediante su prestgio, a retrar el veto. Así, Publio Cornelio celebró el triunfo sobre los boyos siendo aún cónsul. Durante el desfile triunfal, fueron llevados en carros galos toda clase de armaduras, armas, estandartes y botín, incluyendo vasos galos de bronce. También se llevó en la procesión mil cuatrocientos setenta y un torques de oro, doscientas cuarenta y siete libras de oro, dos mil trescientas cuarenta libras de plata, parte sin labrar y parte en vasijas labradas al modo nativo, no carente, así como doscientas treinta y cuatro mil denarios con la biga. Regaló ciento veintcinco ases a cada uno de los soldados que marchaba tras su carro, el doble a cada centurión y el triple a cada uno de los jinetes. Al día siguiente convocó una asamblea y, en su discurso, hizo una reseña de su campaña y de la injusta pretensión del tribuno, tratando de involucrarlo en una guerra fuera de su provincia y, de esta manera, robarle el fruto de la victoria que había logrado. Al término de su discurso, liberó a sus hombres de su juramento militar y los licenció.

[36.41] Durante todo este tiempo, Antioco estuvo detenido en Éfeso, bien despreocupado de la guerra con Roma, como si los romanos no tuvieran intención de desembarcar en Asia. Esta apata se debía tanto a la ceguera como a la adulación de la mayoría de sus consejeros. Aníbal, que en ese momento tenía gran infuencia sobre el rey, fue el único que le dijo la verdad. Dijo que no le cabía ninguna duda sobre que los romanos fueran a venir y que de lo que se asombraba era de que no estuviesen ya allí. El viaje, señaló, desde Grecia hasta Asia era más corto que desde Italia a Grecia, Antioco era un enemigo más peligroso que los etolios y las armas de Roma no eran menos poderosas en el mar que en terra. Su flota había estado navegando durante algún tiempo frente a Malea, y él había tenido noticia de que habían llegado desde Italia naves de refresco y un nuevo comandante. Por lo tanto, pedía a Antioco que renunciase a sus esperanzas de que lo dejaran en paz. En Asia y por Asia tendría que combatir por mar y terra; o bien arrebataba el poder absoluto a quienes perseguían todo el orbe, o bien había de perder su propio trono. El rey se dio cuenta de que Aníbal era el único que veía lo que se avecinaba y le decía la verdad desnuda. Siguiendo su consejo, el mismo rey llevó todos los barcos que estaban listos para el combate al Quersoneso, de modo que pudieran fortalecer sus plazas con guarniciones en caso de que los romanos llegaran por terra. Polixénidas recibió órdenes para armar el resto de la flota y hacerse a la mar, enviando cierto número de barcos de reconocimiento a inspeccionar las aguas que rodeaban las islas.

[36,42] Cayo Livio estaba al mando de la flota romana. Se dirigió con cincuenta barcos con cubierta a Nápoles, donde estaban las naves descubiertas que habían proporcionado, como obligaban sus tratados, las ciudades costeras. De allí se dirigió a Sicilia y navegó pasando el estrecho de Mesina; allí se le unieron seis barcos enviados por Cartago, así como los de Regio y Locrios, y los enviados por las otras ciudades obligadas por el mismo tratado, revistó la flota frente a Lacinio y puso rumbo a mar abierto. Al llegar a Corfú, que fue la primera ciudad griega a la que arribó, hizo preguntas sobre el estado de la guerra -pues no había paz en toda Grecia-y el paradero de la flota romana. Cuando se enteró de que el cónsul y el rey estaban acampados cerca del paso de las Termópilas, y que la flota romana estaba en el Pireo, estimó que no debía perder tiempo y zarpó inmediatamente hacia el Peloponeso. Como Same [es el antiguo nombre de Cefalonia.-N. del T.] y Zacinto habían tomado partido por los etolios, devastó aquellas islas y luego siguió su rumbo hacia Malea; como el tiempo le fuera favorable, llegó al Pireo en pocos días y encontró allí a la antigua flota. En las proximidades de Escileo salió a su encuentro el rey Eumenes con tres naves. Este había permanecido durante algún tiempo en Egina, sin poder decidirse sobre qué hacer, si regresar a su hogar y defender su reino, pues constantemente se le decía que Antioco estaba concentrando fuerzas navales y terrestres en Éfeso, o permanecer en estrecho contacto con los romanos, de quienes sabía que dependía su suerte. Aulo Atilio entregó a su sucesor los veinticuatro barcos con cubierta que estaban en el Pireo y partió después hacia Roma. Livio navegó a Delos con ochenta y un barcos con cubierta y muchos más pequeños, algunos sin cubierta y con espolón, y otras de reconocimiento, sin espolón.

[36.43] El cónsul, por aquel entonces, se encontraba sitando Lepanto. Livio quedó detenido en Delos durante varios días a causa de los vientos contrarios; las Cícladas están separadas entre sí por tramos marinos más o menos anchos, que a veces están batidos por fuertes vientos. Polixénidas fue informado, por las naves de reconocimiento que patrullaban aquellas aguas, de que la flota romana estaba fondeada en Delos y remitó esa información al rey. Antioco dejó de lado sus planes en el Helesponto y regresó a Éfeso a la mayor velocidad, llevando con él sus barcos con espolón. Convocó en el acto un consejo de guerra para decidir si debía arriesgarse a un enfrentamiento. Polixénidas se oponía a cualquier demora, diciendo que ciertamente debían enfrentárseles, antes de que el rey Eumenes y los rodios se unieran a la flota romana. En ese caso, ya no sería un combate tan desigual en número y podrían aventajarles en otros diversos aspectos como la velocidad de sus naves y la diversidad de tropas auxiliares, pues los barcos romanos eran de construcción torpe y resultaban lentos; como, además, habían viajado a un país enemigo, estarían pesadamente cargados con impedimenta, mientras que las del rey, no teniendo más que aliados alrededor, no llevarían más que soldados con sus equipos. También les resultaría de mucha ayuda tanto su conocimiento de aquel mar y las costas como su conocimiento de los vientos; el enemigo, por otra parte, ignorante de todo esto, sería presa de la confusión. El consejo aprobó por unanimidad la propuesta, pues el hombre que la presentó era también el que iba a llevarla a cabo.

Los preparativos llevaron dos días y al tercero zarparon rumbo a Focea con una flota de un centenar de barcos, setenta con cubierta y el resto sin ella, aunque todos eran de menor tamaño. Al saber que la flota romana se aproximaba, el rey, que no tenía intención de tomar parte en un combate naval, se retró a Magnesia del Sípilo para reunirse con sus fuerzas terrestres; la flota siguió navegando hacia Cisunte, el puerto de Eritras [Eritras está en la parte norte de la península de Cesme.-N. del T.], pues pareció el lugar más adecuado en el que esperar al enemigo. Los romanos habían quedado detenidos en Delos durante algunos días por los vientos del norte; cuando estos amainaron, zarparon de Delos y pusieron rumbo al puerto de Fanas, en el extremo sur de Quíos, frente al mar Egeo. Llevaron desde allí sus barcos a la ciudad y, tras aprovisionarse, navegaron hacia Focea. Eumenes, que había marchado junto a su flota en Elea, regresó a los pocos días con veinticuatro barcos con cubierta y un mayor número de los descubiertos; navegó hacia Focea, donde encontró a los romanos alistando sus barcos y haciendo todos los preparativos para el inminente combate naval. Desde Focea, se hicieron a la mar con ciento cinco naves cubiertas y unas cincuenta descubiertas. En un primer momento, los aquilones [vientos del norte.-N. del T.], soplando por su través, los arrastraban hacia tierra y se vieron obligados a navegar en una estrecha fila, casi uno detrás del otro; cuando el viento amainó, se las arreglaron para dirigirse al puerto de Córico, que está más allá de Cisunte.

[36,44] Cuando llegó a Polixénidas la noticia de la aproximación de la flota romana, se alegró ante la perspectiva de un combate. Desplegando su ala izquierda hacia mar abierto, ordenó a los capitanes de la derecha que desplegaran sus naves hacia terra, avanzando con este frente en línea al combate. Al ver esto, el comandante romano arrió las velas, bajó los mástiles, guardó los aparejos y esperó la llegada de las naves que venían detrás. Su línea frontal estaba ahora compuesta por treinta barcos, y para hacerla extenderse tanto como el ala izquierda enemiga, mandó izar los trinquetes [dolonibus, de dolon, en el original latino: era la vela que se colocaba sobre un mástil inclinado lanzado sobre la proa; en términos modernos, corresponde a la vela trinquete que se iza sobre el bauprés.-N. del T.] y dirigirse a mar abierto; ordenó que las posteriores, según llegaran, alinearan sus proas frente al ala derecha, cercana a terra. Eumenes cerraba la retaguardia, pero en cuanto vio el retro apresurado de mástiles y aparejos, hizo dar a sus naves toda la velocidad posible. Ya a la vista ambas flotas, dos de los barcos cartagineses se adelantaron a la flota romana, saliendo a su encuentro tres barcos del rey. La desigualdad numérica permitó que dos de estos cerraran sobre una de las naves cartaginesas; tras destrozar los órdenes de remos de ambas bandas, la abordaron y mataron o echaron por la borda a los defensores, capturando el buque. El otro barco cartaginés, que solo tenía un adversario, viendo capturada su nave hermana, huyó de nuevo hacia la flota romana antes de que los tres pudieran lanzar un ataque simultáneo sobre ella. Livio se enfureció y llevó su buque insignia directamente contra el enemigo; como los dos barcos que se habían apoderado del cartaginés se abalanzaran sobre él, esperando tener el mismo éxito, ordenó que hundieran los remos en el agua para estabilizar la nave. Luego ordenó que lanzaran sus garfios contra las naves enemigas y cuando convirteron el combate en uno de infantería, que recordaran el valor romano y no considerasen hombres a aquellos esclavos del rey. Este único barco, entonces, derrotó y capturó a los otros dos con mucha mayor facilidad de lo que estos habían capturado a uno solo anteriormente. Para aquel momento, las flotas se enfrentaban en toda la línea y los combates se producían con los barcos mezclados por todas partes. Eumenes, que había llegado después que hubiera comenzado la batalla, viendo que Livio había puesto en confusión al enemigo, atacó el ala derecha, donde la lucha estaba más igualada.

[36.45] No pasó mucho tiempo antes de que el ala izquierda enemiga se diera a la fuga, pues cuando Polixénidas vio que estaba claramente derrotado y que el valor de sus soldados disminuía, izó los trinquetes y huyó en desorden; aquellos que habían estado combatendo contra Eumenes, cerca de terra, hicieron muy pronto lo mismo. Mientras los remeros pudieron aguantar y hubo alguna posibilidad de acosar a los barcos de retaguardia, Eumenes y los romanos mantuvieron una vigorosa persecución. Pero, finalmente, al comprobar que debido a la velocidad de los barcos enemigos, que eran más ligeros que los suyos, cargados como iban con suministros, su intento de alcanzarlos era vano, desistó de la persecución tras la captura de trece barcos, con sus soldados y tripulaciones, el hundimiento de diez naves. El único buque que se perdió en la flota romana fue el cartaginés, dominado por dos atacantes al principio de la batalla. Polixénidas dejó de huir hasta llegar al puerto de Éfeso. Los romanos permanecieron durante ese día a Cisunte, desde donde había partido hacia el combate la flota del rey; al día siguiente continuó en seguimiento del enemigo. A mitad de camino en su ruta, se les unieron veintcinco barcos con cubierta de Rodas, bajo el mando Pausístrato, prefecto de la flota. Con sus flotas unidas, aún siguieron al enemigo y aparecieron en línea de batalla ante la entrada del puerto. Tras forzar de este modo al enemigo a admitr su derrota, se envió a casa a los rodios y a Eumenes, mientras que los romanos partieron hacia Quíos. Navegaron pasando Fenicunte, uno de los puertos de Eritrea, y anclaron por la noche. Al día siguiente se dirigieron a la isla, cerca de la ciudad misma. Allí permanecieron durante unos días, principalmente para dar descanso a los remeros, partendo después hacia Focea. Aquí se dejaron cuatro quinquerremes para guardar la ciudad y la flota siguió hasta Canas [situada unos kilómetros al este de Elea.-N. del T.], donde, como se aproximaba el invierno, se llevaron a tierra las naves y se rodearon con foso y empalizadas. A finales de año se celebraron las elecciones [para el 190 a.C.-N. del T.]. Los nuevos cónsules fueron Lucio Cornelio Escipión y Cayo Lelio, y todos ponían su atención en el Africano para que pusiera fin a la guerra con Antioco. El pretores elegidos al día siguiente fueron Marco Tucio, Lucio Aurunculeyo, Cneo Fulvio, Lucio Emilio, Publio Junio y Cayo Atinio Labeón.

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Libro 37: Derrota final de Antíoco

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[37,1] -190 a.C.-Después que los nuevos cónsules hubieran asumido el cargo y cumplido sus obligaciones religiosas, la situación de los etolios se impuso en orden de precedencia sobre el resto de temas a debatr en el Senado. Sus embajadores presionaban para conseguir una audiencia, pues el periodo del armistcio estaba llegando a su fin, y resultaron apoyados por Tito Quincio, que había regresado a Roma por entonces. Sabiendo que tenían más que esperar de la clemencia del Senado que de la fuerza de su caso, adoptaron una actitud suplicante y presentaron sus buenos servicios anteriores como contrapeso a su reciente mal comportamiento. Sin embargo, estando en la Curia fueron asediados a preguntas por todas partes, pues los senadores trataban de obtener, más que respuestas concretas, una confesión de culpabilidad; después de ello se les ordenó que se retrasen e iniciaron un debate muy animado. El resentimiento contra ellos era más fuerte que la compasión, pues el Senado estaba encolerizado contra ellos no solo como enemigos, sino como gente feroz e indomable. El debate se prolongó por varios días, y finalmente se decidió que ni se les concedería, ni se les negaría la paz. Se les ofrecieron dos alternativas: o bien ponerse sin reservas en manos del Senado o pagar una multa de mil talentos y tener los mismos amigos y enemigos que Roma. Cuando trataron de obtener alguna idea sobre las cuestones en las que estarían a disposición del Senado, no recibieron una respuesta definida. Se les despidió así, sin haber logrado la paz, y se les ordenó salir de Roma el mismo día y de Italia en quince días.

A continuación se trató de las provincias consulares. Ambos cónsules querían Grecia. Lelio poseía una gran infuencia en el Senado, y cuando se decidió que los cónsules echaran a suertes o llegaran a un acuerdo sobre sus provincias, observó que tanto él como su colega actuarían con mejor criterio dejando el asunto a juicio del Senado antes que a la suerte. Escipión dijo, en respuesta, que debía considerar qué debía hacer y, tras una conversación privada con su hermano [el Africano.-N. del T.], que insista en que dejara el asunto en manos del Senado, dijo a su colega que haría como él aconsejaba. El modo en que procedieron fue novedoso, o bien, por su antgüedad, no había quedado registro de los precedentes; Publio Escipión Africano declaró que si el Senado decidía que Grecia fuera para su hermano Lucio, él serviría bajo sus órdenes. Esta declaración se encontró con la general aprobación y puso fin a cualquier discusión posterior. El Senado tenía curiosidad por descubrir quién recibiría mayor asistencia, si Antioco del vencido Aníbal o el cónsul y las legiones de Roma de su vencedor Escipión; casi por unanimidad, decretó Grecia para Escipión e Italia para Lelio.

[37,2] A continuación, los pretores sortearon sus provincias. Lucio Aurunculeyo recibió la pretura urbana y Cneo Fulvio la peregrina; Lucio Emilio Regilo recibió el mando de la flota; Publio Junio Bruto recibió la administración de Etruria; Marco Tucio, Apulia y el Brucio; y Cayo Atinio, Sicilia. El cónsul al que se le había asignado Grecia, además del ejército de dos legiones que recibiría de Manio Acilio, se reforzaría con tres mil infantes romanos y cien jinetes, y tropas aliadas en número de cinco mil infantes y doscientos jinetes. Se decidió, además, que una vez hubiera llegado a su provincia podría, si lo consideraba conveniente, llevar su ejército a Asia. Al otro cónsul se le proporcionó un ejército completamente nuevo, dos legiones romanas y quince mil infantes y seiscientos jinetes de los aliados. Quinto Minucio había escrito para decir que su provincia estaba pacificada y que todos los ligures se habían rendido; se le ordenó entonces que llevara su ejército al territorio de los boyos y lo entregara al procónsul Publio Cornelio [Escipión Nasica.-N. del T.], que estaba tratando de expulsar a los boyos de los territorios que les habían sido confiscados. Las legiones urbanas que se habían alistado el año anterior debían ser entregadas al pretor Marco Tucio. Estas, reforzadas por quince mil infantes y seiscientos jinetes aliados y latinos, irían a ocupar Apulia y el Brucio. Aulo Cornelio, que había ejercido el mando en el Brucio el año anterior, recibió instrucciones para llevar sus legiones a Etolia, si el cónsul lo aprobaba, y entregarlas a Manio Acilio en caso de que este deseara permanecer allí; pero si Acilio prefería volver a Roma, Cornelio debería mantener ese ejército en Etolia. Se dispuso también que Cayo Atinio Labeón se haría cargo de la provincia de Sicilia y del ejército de ocupación que mandaba Marco Emilio, aumentándolo con refuerzos, si deseaba hacerlo, de la misma isla hasta un número de dos mil infantes y diez jinetes. Publio Junio Bruto debía alistar un nuevo ejército para servir en Etruria, consistente en una legión romana y diez mil infantes y cuatrocientos jinetes aliados. Lucio Emilio, a quien había correspondido el mando naval, debía recibir de su predecesor, Marco Junio, veinte barcos de guerra con sus tripulaciones y alistar, además, mil marineros aliados y dos mil soldados de infantería. Con su flota así dispuesta, debía partir hacia Asia y hacerse cargo de la flota que había mandado Cayo Livio. Los pretores al mando en las dos Hispanias seguirían en sus cargos y mantendrían sus ejércitos. Sicilia y Cerdeña debían proporcionar cada una dos décimas partes de su cosecha anual de grano; todo el grano de Sicilia sería llevado a Etolia para uso del ejército, el de Cerdeña iría parcialmente a Roma y parcialmente a Etolia, como el de Sicilia.


[37,3] Antes que los cónsules partieran para sus provincias, se decidió que debían ser expiados varios portentos de acuerdo con las órdenes de los pontifices. El templo de Juno Lucina, en Roma, fue alcanzado por el fuego del cielo con tanta intensidad que quedó dañado el frontón y las grandes puertas. En Pozzuoli, una de las puertas y muchas partes de la muralla fueron igualmente alcanzados y murieron dos hombres. En Norcia [la antigua Nursia.-N. del T.] se constató que, estando el cielo despejado, estalló repentinamente una tormenta; también allí murieron dos hombres libres. Los tusculanos contaron que en su país había llovido tierra y en Riet se contó que una mula había tenido un potro. Estos signos fueron debidamente expiados y se celebró otra vez el Festival latino por no haber recibido los laurentes la porción de carne que debían recibir del sacrificio. Para disipar los temores religiosos que despertaron estos distintos incidentes, se ofreció una solemne rogativa a las deidades que indicaron los decenviros tras consultar los Libros Sagrados. Intervinieron en estas diez niños nacidos libres y diez doncellas, cuyos padres y madres estaban vivos, y los decenviros de los Libros Sagrados ofrecieron por la noche sacrificios de víctimas lactantes. Antes de su partda, Publio Cornelio Escipión erigió un arco en el Capitolio, frente al camino que subía hasta el templo, con siete estatuas humanas doradas y dos ecuestres. Colocó, así mismo, dos fuentes de mármol delante del arco. Por este tiempo, llegaron a Roma, traídos por dos cohortes enviadas por Manio Acilio, cuarenta y tres notables de los etolios entre los que se encontraban Damócrito y su hermano. A su llegada, fueron arrojados a las Lautumias; después, el cónsul Lucio Cornelio ordenó a las cohortes que regresaran con el ejército. Llegó una delegación de los reyes Ptolomeo y Cleopatra para congratularse por la expulsión de Antioco de Grecia por el cónsul Acilio y para solicitar al Senado que enviase un ejército a Asia, pues no solo allí, sino también en Siria, existía una sensación general de alarma. Ambos soberanos declararon su disposición a llevar a cabo las órdenes del Senado, aprobándose para ellos un voto de agradecimiento. Cada miembro de la delegación recibió un regalo de cuatro mil ases [109 kilos de bronce.-N. del T.].

[37,4] Una vez finalizados los asuntos a tratar en Roma, Lucio Cornelio hizo notficar en la Asamblea que los hombres que había alistado como suplemento, y los que estaban con Aulo Cornelio en el Brucio, debían todos reunirse en Brindisi el quince de julio. También nombró tres generales [legados.-N. del T.], Sexto Digicio, Lucio Apusto y Cayo Fabricio Luscino, para que se hicieran cargo de los barcos de todas partes de la costa y los reunieran en el mismo lugar; habiendo quedado ya completados todos los preparativos, partió de la Ciudad vistendo el paludamento. Al menos cinco mil voluntarios, entre romanos y soldados aliados que habían cumplido su tiempo de servicio bajo Publio Africano como general, estaban esperando al cónsul en su lugar de partida y se alistaron de nuevo ["nomina dederunt" en el original latino, es decir, dieron sus nombres.-N. del T.]. En el momento de la partida del cónsul, mientras se estaban celebrando los Juegos Apolinares, el día se oscureció, aunque el cielo estaba despejado, al pasar la Luna bajo la órbita del Sol. También partió por entonces Lucio Emilio Regilo, para tomar el mando de la flota. El Senado encargó a Lucio Aurunculeyo la construcción de treinta quinquerremes y veinte trirremes. Se dio este paso con motivo de un informe que decía que, desde la anterior batalla naval, Antioco estaba preparando una flota mucho mayor que la de aquella ocasión. Cuando los enviados Etolia regresaron llevando la nueva de que no había esperanza de paz, y pese a que los aqueos estaban asolando todas sus costas que daban al Peloponeso, consideraron más el peligro que los daños y, con el fin de bloquear su ruta, ocuparon el monte Córace, pues no dudaban que los romanos regresarían en primavera y pondrían sito a Lepanto. Acilio sabía que esto era lo que esperaban y pensó que lo mejor sería hacer algo inesperado; así, inició un ataque contra Lamia. Este lugar había sido casi destruido por Filipo, y como los habitantes no esperaban la repetción de nada parecido, Acilio pensó que podría tener éxito mediante la sorpresa. Después de partir de Elacia, fijó su primer campamento en territorio enemigo en el Esperqueo; desde allí, hizo una marcha nocturna y al amanecer había rodeado completamente la plaza y atacó.

[37,5] Como era natural ante un ataque sorpresa, se produjo considerable confusión y pánico, pero presentaron una resistencia más recia de lo que nadie hubiera creído posible ante un peligro tan repentino. Los hombres lucharon en las murallas, las mujeres les llevaban piedras y proyectiles de toda clase, y aunque llegaron a situarse en muchos puntos de las murallas las escalas de asalto, la defensa resistó durante ese día. Hacia el mediodía, Acilio dio la señal de retirada y llevó a sus tropas de vuelta al campamento, donde repusieron fuerzas y descansaron. Antes de despedir a su estado mayor ["praetorium dimitteret", en el original latino, despedir a su pretorio.-N. del T.] , advirtó a sus hombres que estuvieran armados y dispuestos antes de alba, diciéndoles que hasta que no se hubiera tomado la ciudad no lo haría regresar al campamento. Como el día anterior, lanzó varios ataques simultáneos; y como la fuerza, las armas y, sobre todo, el coraje de los defensores empezaran a faquear, tomaron la ciudad en pocas horas. El botín allí capturado se vendió parcialmente y la otra parte se dividió entre los soldados. Después de la captura, se celebró un consejo de guerra para decidir qué se debía hacer a continuación. Nadie estuvo a favor de marchar hacia Lepanto mientras los etolios ocuparan el desfiladero del Córace. Sin embargo, para evitar perder el verano en la inacción y que los etolios disfrutaran de ella tras no haber logrado obtener la paz del Senado, Acilio decidió atacar Ámfisa [a unos 12 km. al noroeste de Delfos.-N. del T.]. Llevó al ejército hacia Heraclea, pasando sobre el Eta, y cuando llegó a la ciudad no intentó, como en Lamia, un asalto combinado sobre todo el perímetro de las murallas, sino que inició obras de asedio. Se llevaron los arietes contra varios puntos y, aunque las murallas estaban siendo batdas, los ciudadanos no hicieron ningún preparativo ni ingeniaron nada con lo que enfrentarse a aquel tipo de dispositivo. Todas sus esperanzas estaban puestas en sus armas y su valor; hacían frecuentes salidas y hostgaban los puestos contrarios, en especial a los hombres que se encontraban trabajando en las obras y los arietes.

[37,6] Sin embargo, las murallas habían sido derribadas en muchos lugares cuando llegaron noticias a Acilio de que su sucesor había desembarcado en Apolonia y avanzaba a través del Epiro y Tesalia. El cónsul venía con trece mil soldados de infantería y quinientos de caballería; ya había alcanzado el golfo Malíaco y había enviado un destacamento a Hípata para exigir la entrega de esa ciudad. La respuesta de sus habitantes fue que se negaban a hacerlo sin la sanción de toda la comunidad etolia. No queriendo perder el tiempo en el asedio de Hípata mientras aún continuaba el de Ámfisa, envió a su hermano, el Africano, por delante y marchó hacia Ámfisa. Ante su llegada, los ciudadanos abandonaron su ciudad, que por entonces estaba, en gran medida, desprovista de sus murallas, y se retraron todos, combatentes y no combatentes, hacia la ciudadela que consideraban inexpugnable. El cónsul acampó a unas seis millas de distancia del lugar [8880 metros.-N. del T.]. Llegó entonces una delegación de Atenas para interceder por los etolios, que se dirigió primero a Publio Escipión, quien, como hemos dicho, se había adelantado, y después al cónsul. Recibieron una respuesta conciliadora del Africano, que tenía la vista puesta en Asia y Antioco y trataba de hallar algún pretexto honorable para abandonar la guerra etolia. Les dijo que también debían tratar de convencer a los etolios, tanto como a los romanos, de que era preferible la paz a la guerra. Como consecuencia de las gestones de los atenienses, pronto llegó una numerosa delegación de etolios y mantuvieron una entrevista con el Africano. Sus esperanzas de paz aumentaron significativamente por cuanto les dijo, pues les señaló cómo muchas tribus y pueblos de Hispania, y luego de África, se habían puesto bajo su protección y cómo él había dejado por doquiera recuerdos más notables de su clemencia y amabilidad que de sus éxitos militares. Cuando todo aparentaba haber llegado a su final, llegaron ante el cónsul, que les dio la misma respuesta con que habían sido despedidos del Senado. Este tratamiento inesperado resultó un duro golpe para los etolios, pues consideraban que nada habían ganado, ni con la intermediación de los atenienses, ni con la considerada respuesta del Africano. Dijeron, pues, que deseaban consultar con los suyos.

[37,7] Volvieron a Hípata sin ver la manera de salir de sus dificultades. No tenían fondos con los que pagar los mil talentos y temían que, de rendirse incondicionalmente, sufrirían castgo en sus personas. Así pues, encargaron a la misma delegación que regresaran con el cónsul y el Africano, y que les imploraran, si estaban realmente dispuestos a concederles la paz y no simplemente fingirlo y defraudar a unos desdichados, que rebajaran la suma que se les había señalado o que ordenaran que las personas de los ciudadanos no resultaran afectadas por la rendición incondicional. No lograron convencer al cónsul para que cambiara de opinión y la delegación regresó nuevamente sin lograr nada. La delegación de Atenas les siguió a Hípata. Los etolios estaban completamente desmoralizados después de tantos desaires y deploraban con inútiles lamentos la difcil fortuna de su nación; entonces, Equedemo, el líder de la delegación ateniense, les hizo levantar el ánimo al sugerirles que pidieran una tregua de seis meses durante la que pudieran mandar embajadores a Roma. El retraso, señaló, en modo alguno agravaría su actual sufrimiento, que ya había alcanzado un punto extremo, pero entretanto podrían suceder muchas cosas que lo aliviasen. Actuando según su consejo, enviaron nuevamente a los mismos delegados. Lograron inicialmente una entrevista con Publio Escipión, y por su mediación lograron del cónsul una tregua durante el tiempo que solicitaron.

Manio Acilio levantó el sito de Ámfisa y, después de entregar su ejército al cónsul, abandonó la provincia. El cónsul regresó desde a Tesalia, con la intención de marchar a través de Macedonia y Tracia hacia Asia. Ámfisa En este sentido, el Africano hizo la siguiente observación a su hermano: "Apruebo completamente la ruta que estás eligiendo, Lucio Escipión, pero todo depende de la actitud de Filipo. Si nos es fiel, nos dejará paso libre y nos proporcionará suministros y todo lo necesario para un ejército durante una larga marcha. Si no nos ayuda, no encontrarás parte alguna segura en Tracia. Creo, por tanto, que nos debemos asegurar de las intenciones del rey. Para ello, lo mejor sería que un enviado tuyo le haga una visita por sorpresa". Tiberio Sempronio Graco, con mucho el más hábil y enérgico joven de su tiempo, fue encargado de la misión y, mediante el uso de relevos de caballos, viajó a una velocidad increíble y llegó a Pella tres días después de salir de Ámfisa. Encontró el rey en un banquete; el solo hecho de encontrarlo en tal relajamiento de ánimo eliminó cualquier sospecha de que estuviera contemplando algún cambio en su política. Su huésped recibió una acogida cortés y al día siguiente vio dispuestas con abundancia provisiones para el ejército, puentes tendidos sobre los ríos y reparados los caminos por donde resultaba difcil el transporte. Volviendo tan rápidamente como había llegado, se reunió con el cónsul en Táumacos e informó de cuanto había visto. El ejército se sintó más confiado y esperanzado, y marchó con la moral alta, encontrando en Macedonia que todo lo tenían preparado. El rey recibió a los que llegaban con real magnificencia, acompañándolos en su marcha. Mostró gran tacto y elegancia, cualidades muy apreciadas por el Africano quien, singularmente distinguido como era en otros aspectos, no se oponía a la cortesía, siempre que no fuera acompañada de extravagancia. Filipo les acompañó a través de Macedonia y también de Tracia; tenía dispuesto todo cuanto necesitaban y de esta manera llegaron al Helesponto.

[37,8] Después de la batalla naval frente a Corfú, Antioco dispuso libremente de todo el invierno para prepararse, tanto por mar como por terra, poniendo especial cuidado en las reparaciones de su flota para que no se le pudiera privar completamente del dominio del mar. Pensaba que su derrota se produjo durante la ausencia de la flota de Rodas; si ellos tomaran parte en la próxima batalla, y estaba seguro de que no volverían a cometer el error de llegar demasiado tarde otra vez, necesitaría de gran número de barcos para igualar al enemigo en tanto en naves como en hombres. En consecuencia, envió a Aníbal a Siria para que trajera los barcos fenicios y dio órdenes a Polixénidas para que, habiendo sido grande el fracaso anterior, fuera mayor el ahínco que pusiera en reparar los existentes y disponer otros nuevos. Antioco pasó el invierno en Frigia, reclutando fuerzas auxiliares de todas partes y habiendo enviado emisarios incluso a la Galogrecia [habitada por los gálatas, es la actual región turca de la Galacia.-N. del T.]. Sus habitantes estaban más belicosos por entonces que en años anteriores; aún retenían el temperamento galo y no habían perdido el carácter de sus gentes. Había dejado a su hijo Seleuco, con un ejército, en la Eólide para refrenar a las ciudades de la costa que Eumenes, por un lado, desde Pérgamo, y los romanos por otro, desde Focea, trataban de incitar a la rebelión. La flota romana, como ya se ha dicho, pasaba el invierno en Canas, y el rey Eumenes se dirigió allí a mediados de invierno con dos mil soldados de infantería y quinientos de caballería. Contó a Livio que se podría obtener gran cantidad de botín en el territorio próximo a Akhisar [la antigua Tiatira, en la Lidia Turca.-N. del T.] y lo convenció para enviarle en una expedición al mando de cinco mil hombres, que regresó a los pocos días trayendo una enorme cantdad.

[37,9] Mientras tanto, en Focea fue comenzada una rebelión por ciertos individuos que trataban de conseguir las simpatas del populacho para Antioco. Había varias quejas: la presencia de los barcos pasando el invierno fue una de ellas; el tributo de quinientas togas y quinientas túnicas era otra, y otra más y de mayor gravedad era la escasez de trigo, debido a la cual hubieron de abandonar el lugar las naves y las tropas romanas. En ese momento, el partido que arengaba a las masas a favor de Antioco se vio libre de todo temor. El Senado y la aristocracia estaban a favor de mantener la alianza con Roma, pero los revoltosos tenían más infuencia sobre las masas. Rodas, en compensación por su negligencia el verano anterior, se apresuró en enviar en el equinoccio de primavera al propio Pausístrato, prefecto de la flota, treinta y seis barcos. Livio dejó Canas con treinta naves, además de los siete cuatrirremes que el rey Eumenes había llevado con él, y puso rumbo al Helesponto con el fin de hacer los preparativos para transportar el ejército que, esperaba, llegaría por terra. Se dirigió primeramente hacia el puerto llamado "de los aqueos" [es el puerto de Troya, distante 4 km de la ciudad.-N. del T.]. Desde aquí se acercó a Ilión y ofreció sacrificios a Minerva, tras lo que concedió amablemente audiencia a delegaciones de las vecinas ciudades de Eleunte, Dárdano y Reteo, que llegaron para poner sus respectivas localidades bajo la protección de Roma. Desde allí navegó hasta la entrada,situó diez barcos frente a Abidos y navegó con el resto hasta la costa europea para atacar Sestos. Estaban ya sus hombres llegando al pie de las murallas cuando se encontraron con un grupo de hierofantes galos [el término latino original "fanatici", es traducido por fanaticios en la traducción castellana de 1794 y por místicos en la ed. de Gredos de 1993; dado el carácter de sacerdotes de la Gran Madre, asociada con Ceres, hemos preferido la traducción del término del original inglés, pues significa exactamente a estos sacerdotes.-N. del T.], vestidos con sus ropajes sacerdotales, que les anunciaron que venían por inspiración de la Madre de los Dioses y que, como servidores de la diosa, acudían a rogar a los romanos que salvaran la ciudad y sus murallas. No se hizo violencia a ninguno de ellos y al poco tiempo se presentó el senado y sus magistrados para entregar formalmente la ciudad. Desde allí la flota navegó a Abidos, donde se celebraron entrevistas con los ciudadanos para ganárselos; como no se recibiera una respuesta amistosa, los romanos hicieron los preparativos para un asedio.

[37,10] Durante estas operaciones en el Helesponto, Polixénidas, prefecto del rey -en realidad era un exiliado de Rodas-, recibió la noticia de que había partido de su país una flota de sus compatriotas, así como del modo insolente y despectivo en que Pausístrato había hablado de él en público. Esto convirtó el conficto entre ambos en algo personal, y Polixénidas, día y noche, no pensaba más que en cómo desmentr con hechos sus fanfarronadas. Envió a un hombre, bien conocido por Pausístrato, para decirle que, si se le permita, Polixénidas podía prestar un gran servicio a Pausístrato y a su patria, y podría Pausístrato devolverlo a su país. Pausístrato se sorprendió mucho y preguntó de qué manera podría esto lograrse. Cuando hubo dado al otro su palabra de colaborar en la operación o guardar silencio sobre ella, el intermediario le informó de que Polixénidas le entregaría toda la flota del rey o, en cualquier caso, la mayor parte de ella, y que la única recompensa que reclamaba por tan gran servicio era su regreso a la patria. La oferta era demasiado importante como para que Pausístrato pusiera en ella toda su confianza o para que la declinara completamente. Navegó hasta Panormo [pudiera tratarse de la bahía de Vathi.-N. del T.], un puerto en Samos, y se quedó allí para examinar la propuesta con más detenimiento. Iban y venían los mensajeros entre ellos, pero Pausístrato no quedó convencido hasta que Polixénidas hubo escrito, de su propia mano y en presencia del mensajero, los términos de la promesa, poniendo su sello en las tablillas que remitó. Pausístrato pensaba que, mediante aquel compromiso explícito, el traidor quedaría a su merced, pues viviendo Polixénidas bajo un autócrata, nunca se atrevería a presentar pruebas contra sí mismo, firmadas por su propia mano. Luego se organizó el plan de la supuesta traición. Polixénidas dijo que no iba a hacer ningún preparativo; no tendría alistados remeros ni marineros bastantes para la flota y llevaría a tierra algunos de los barcos, supuestamente para repararlos, mientras que dispersaría a los demás por los puertos vecinos y mantendría unos cuantos en la mar, cerca del puerto de Éfeso, para poder exponerlos a una batalla si lo obligaban las circunstancias. Cuando Pausístrato oyó que Polixénidas iba a dispersar su flota de este modo, siguió su ejemplo. Envió una parte de su flota a Halicarnaso en busca de suministros, a otra la despachó a Samos y él permaneció en Panormo, de modo que pudiera estar en disposición de atacar al recibir la señal del traidor. Polixénidas aumentó aún más su engaño sacando ciertos barcos a tierra y preparando los astlleros como si tuviera intención de sacar todavía más. Llamó de regreso a sus remeros desde sus cuarteles de invierno, pero no los envió a Éfeso, sino que los reunió en secreto en Magnesia.

[37.11] Resultó que llevó a Samos, para asuntos particulares, un soldado del ejército de Antioco. Fue detenido como espía y llevado ante el prefecto en Panormo. Cuando se le preguntó sobre lo que estaba sucediendo en Éfeso, ya fuera por miedo o porque traicionó a sus compatriotas, lo reveló todo y afirmó que la flota estaba en el puerto, completamente equipada y lista para entrar en acción, que todos los remeros habían sido concentrados en Magnesia, que solo unos pocos barcos habían sido varados, que las atarazanas estaban cubiertas y que se estaba atendiendo con más diligencia que nunca todo lo referente a la marina. Pausístrato estaba tan obcecado con el engaño en el que le habían hecho caer y las vanas esperanzas que entretenía, que no creyó lo que oía. Una vez hechos todos los preparativos, Polixénidas hizo venir a los remeros de Magnesia por la noche y botó rápidamente los barcos que estaban varados. Permaneció allí durante el día, no tanto para completar sus preparativos como para impedir que fuera vista la flota al salir del puerto. Partendo tras la puesta del sol con setenta barcos con cubierta, con viento de proa, llegó antes del amanecer al puerto de Pigela. Permaneció allí durante el día por la misma razón -para evitar ser observado-y partió por la noche hasta el punto más próximo del territorio de Samos. Desde allí, ordenó a un hombre llamado Nicandro, un capitán de piratas, que navegara con cinco naves cubiertas hasta Palinuro y llevara las tropas desde allí, por el camino más corto campo a través, hasta la retaguardia enemiga, mientras él mismo se dirigía hacia allí con su flota dividida en dos escuadrones, de modo que pudiera apoderarse de la entrada al puerto por ambos lados.

Pausístrato quedó al principio un tanto desconcertado por este giro inesperado de los acontecimientos, pero el viejo soldado pronto se recuperó y, pensando que se detendría más fácilmente al enemigo por tierra que por mar, envió dos agrupaciones de sus tropas para ocupar los promontorios que se adentraban en el mar como dos cuernos formando el puerto. Esperaba rechazar fácilmente al enemigo atacándolo con proyectiles por ambos flancos, pero la visión de Nicandro en el terreno deshizo su plan y, cambiando repentinamente de táctica, ordenó que todos subieran a bordo. Se produjo una terrible confusión entre los soldados y marineros, produciéndose algo así como una huída hacia los barcos cuando se vieron rodeados por tierra y mar al mismo tiempo. Pausístrato vio que su única posibilidad de salvación consista en lograr forzar el paso por el puerto, hacia mar abierto, y en cuanto vio que todos sus hombres estaban a bordo, ordenó a la flota que lo siguiera mientras él marcaba el camino con su nave remando a toda velocidad hacia la boca del puerto. Justo cuando estaba pasando la entrada, Polixénidas lo rodeó con tres quinquerremes; su nave, alcanzada por los espolones, resulta hundida, los defensores se ven abrumados por una lluvia de proyectiles y Pausístrato, que luchó muy valientemente, resultó muerto. De los barcos restantes, algunos fueron capturados fuera del puerto, otros en el interior, y algunos fueron tomados por Nicandro mientras trataban de alejarse de la costa. Solo escaparon cinco barcos de Rodas y dos de Cos, gracias al fuego prendido en braseros que, colgando de dos postes, se proyectaban sobre la proa; el espectáculo aterrador de estas llamas les permitó abrirse paso a través de los barcos atestados. Los trirremes eritreos, que venían para reforzar a la flota rodia, se encontraron a los barcos fugitivos no lejos de Samos y cambiaron entonces su rumbo hacia el Helesponto para unirse a los romanos. Justo antes de todo esto, Seleuco se apoderó, mediante un acto de traición, de la ciudad de Focea; uno de los soldados de la guardia le abrió una de sus puertas. Cime y otras ciudades de aquella costa se pasaron a él por miedo.

[37,12] Mientras tenían lugar estos hechos en Eólide, Abidos soportó durante bastantes días un asedio, siendo defendidas las murallas por la guarnición del rey. Finalmente, cuando ya todos estaban agotados por la lucha, Filotas, el prefecto de la guarnición, confió a los magistrados la tarea de iniciar negociaciones con Livio, con vistas a una rendición. La cuestón se retrasó al no ser capaces de acordar si se debía permitr que la guarnición saliera con sus armas o sin ellas. Mientras estaban discutendo este punto llegó la noticia de la derrota de Rodas. La cuestón se les fue de las manos, pues Livio, temiendo que Polixénidas, tras un éxito tan importante, sorprendiera a la flota en Canas, abandonó al instante el asedio de Abidos y la protección del Helesponto, haciendo botar las naves que había hecho varar allí. Eumenes marchó a Elea y Livio puso rumbo a Focea con la totalidad de su flota y dos trirremes de Mitlene que se le unieron. Al ser informado de que la plaza esta guardada por una fuerte guarnición del rey y que Seleuco estaba acampado no muy lejos, saqueó la costa y embarcó rápidamente el botín, que consista sobre todo en prisioneros, a bordo de sus barcos. Sólo esperó hasta que Eumenes llegó con su flota y después se dirigió a Samos. En Rodas, la noticia del desastre provocó pánico y dolor generalizado, pues además de las pérdidas en naves y hombres, se había perdido la for y nata de su juventud; en efecto, muchos de sus nobles se habían visto atraídos por el carácter de Pausístrato y por la gran y merecida fama que este tenía entre sus compatriotas. Pero su dolor dio paso a la cólera ante la idea de que habían sido víctimas de la traición y, lo que aún era peor, a manos de sus propios compatriotas. Enviaron de inmediato diez barcos, y otros diez unos días más tarde, todos bajo el mando de Eudamo, hombre en modo alguno igual a Pausístrato en habilidad militar pero que, según creían, resultaría un jefe más prudente al poseer un espíritu menos intrépido. Los romanos y Eumenes llevaron la flota primeramente hacia Eritrea, donde permanecieron una noche. Al día siguiente, siguieron su curso hasta el promontorio de Córico. Desde allí, trataron de cruzar al punto más próximo de Samos, pero como no esperaron el amanecer, los pilotos no pudieron comprobar el estado del cielo y navegaron con clima incierto. Cuando estaban a mitad de camino, el viento nordeste roló al norte y empezaron a ser zarandeados por las olas de un mar embravecido.

[37,13] Polixénidas sospechaba que el enemigo se dirigiría hacia Samos para unirse con la flota rodia. Partendo de Éfeso, se detuvo en primer lugar en Mioneso y desde allí puso rumbo a una isla llamada Macris, con el propósito de atacar a cualquier nave que perdiera el rumbo al paso de la flota o a la retaguardia del convoy. Cuando vio que la flota era dispersada por la tormenta, pensó que había llegado su oportunidad para atacarlos, pero al poco tiempo aumentó la violencia de la galerna y se levantó mar gruesa, haciéndole imposible el aproximarse a ellos. Puso proa entonces a la isla de Etalia [pudiera ser la isla de San Nicolás, en la bahía de Vathi.-N. del T.], para tratar de atacar desde allí, al día siguiente, a las naves que se dirigían hacia Samos desde alta mar. Hacia la noche, unos cuantos barcos romanos ganaron un puerto desierto de Samos; el resto de la flota, tras pasar la noche agitada violentamente en alta mar, alcanzó el mismo puerto. Allí se enteraron, por los campesinos, de que la flota enemiga se encontraba en Etalia, celebrándose un consejo de guerra para decidir si atacaban enseguida o esperaban al contingente de Rodas. Se decidió aplazar el encuentro y volvieron a su base en Córico. También Polixénidas, tras esperar en vano, volvió a Éfeso. Ahora que el mar estaba limpio de barcos enemigos, los romanos partieron hacia Samos. La flota de Rodas llegó pocos días después, y para demostrar que los romanos habían estado esperándoles, se trasladaron inmediatamente a Éfeso para librar un combate decisivo o, si el enemigo declinaba la batalla, forzar la admisión de que temía combatir, lo que infuiría muy significativamente en la actitud de las diversas ciudades. Formaron una larga línea de batalla, disponiendo todas las naves con la proa hacia el puerto. Como no apareció enemigo alguno, una división de la flota ancló ante la bocana del puerto y la otra desembarcó sus soldados, que procedieron a devastar el territorio a lo largo y lo ancho. Mientras regresaban con una enorme cantidad de botín, pasando cerca de las murallas, Andrónico, un macedonio que mandaba la guarnición de Éfeso, efectuó una salida, se apoderó de gran parte de su botín y los obligó a volver a las naves. Al día siguiente, los romanos planearon una emboscada como a mitad de camino entre la ciudad y la costa, avanzando en columna de marcha hacia la ciudad con el fin de sacar al macedonio al exterior de las murallas. Nadie salió, pues sospecharon lo que ocurría, y marcharon de vuelta a sus barcos. Como el enemigo rehusaba un combate, tanto por tierra como por mar, la flota regresó a Samos. Desde este puerto, el pretor despachó dos barcos pertenecientes a los aliados italianos y dos barcos de Rodas, bajo el mando de Epícrates de Rodas, para la protección del estrecho de Cefalania. Este mar estaba infestado por el pirata lacedemonio Hibristas y la juventud cefalania, impidiéndose el paso de los suministros procedentes de Italia.

[37,14] Lucio Emilio Regilo, que venía a relevar en el mando de la flota, fue recibido en el Pireo por Epícrates. Al enterarse de la derrota de los rodios, como él mismo solo tenía dos quinquerremes, llevó con él a Epícrates y sus cuatro naves a Asia; acompañándole algunas naves atenienses, cruzó el mar Egeo en dirección a Quíos. Timasícrates de Rodas llegó por la noche desde Samos con dos cuatrirremes y, tras ser llevado ante Emilio, explicó que se la había enviado como escolta porque las naves del rey hacían peligrosas aquellas aguas para los transportes, a causa de sus continuas salidas desde el Helesponto y desde Abidos. Mientras Emilio estaba cruzando de Quíos a Samos, se encontró con dos cuatrirremes rodios que le enviaba Livio, también se reunió con él el rey Eumenes con dos quinquerremes. Tras su llegada a Samos, Emilio relevó a Livio en el mando de la flota y, después de ofrecer en debida forma los sacrificios habituales, convocó un consejo de guerra. Se pidió su opinión a Livio en primer lugar. Este dijo que nadie podría dar consejos más sinceros que aquel que aconsejaba al otro hacer lo que él mismo haría, si estuviera en su lugar. Había tenido en mente navegar a Éfeso con la totalidad de su flota, incluyendo un cierto número de transportes cargados de lastre, y proceder al hundimiento de estos a la entrada del puerto. Este arrecife no resultaría difcil de hacer, pues la boca del puerto era como la de un río, larga, estrecha y llena de escollos. De esta manera se impediría al enemigo operar por mar y haría inútl su flota.

[37,15] Esta sugerencia no encontró partidarios. Eumenes preguntó: "¿Qué quieres decir? Cuando hayas bloqueado el acceso al mar con las naves hundidas, mientras tu propia flota queda libre, ¿vas a marcharte para ayudar a tus amigos y extender el miedo entre tus enemigos, o va a seguir con el bloqueo del puerto con todas tus naves? Si abandonas el lugar, ¿quién puede dudar de que el enemigo quitará los obstáculos hundidos y abrirá el puerto con menos dificultad de la que nos llevó cerrarlo? Y si te quedas aquí, ¿de qué sirve bloquear el puerto? Al contrario, el enemigo disfrutaría de un verano en un puerto completamente seguro, en una ciudad llena de riquezas y con todos los recursos de Asia a su disposición; entre tanto, los romanos, expuestos a las olas y las tormentas de mar abierto, y privados de todos los suministros, habrán de mantener una vigilancia constante, quedando ellos mismos más atados e impedidos de hacer lo que deben que el enemigo, a pesar de sus obstáculos". Eudamo, el prefecto de la flota de Rodas, expresó su desaprobación del plan sin decir qué pensaba que se debía hacer. Epícrates dio su opinión de que debían desentenderse de Éfeso por el momento y enviar una parte de la flota a Licia para ganarse a Pátara, la capital del país, como aliada. Esta opción tendría dos grandes ventajas: los rodios, con un país aliado frente a su isla, podrían dedicar sus enteras fuerzas a la guerra contra Antioco, impidiéndose además que la flota que se estaba armando en Cilicia se uniera a Polixénidas. Esta propuesta pesó más en el consejo; no obstante, se decidió que Regilo llevaría toda la flota hasta el puerto de Éfeso para aterrorizar al enemigo.

[37,16] Cayo Livio fue enviado a Licia con dos quinquerremes romanos, cuatro cuatrirremes de Rodas y dos barcos sin cubierta de Esmirna. Sus instrucciones eran visitar Rodas de camino y comunicar los planes al gobierno. Las ciudades por las que pasó en su viaje -Mileto, Mindo, Halicarnaso, Cnido y Coscumplieron plenamente todas sus órdenes. Cuando llegó a Rodas, explicó el objeto de su expedición y les pidió su opinión al respecto. Obtuvo la aprobación general y se le suministraron tres cuatrirremes adicionales para su flota, dirigiéndose a continuación hacia Pátara. Un viento favorable los llevó hasta la ciudad, y esperaban que lo repentino de su aparición pudiera provocar algún movimiento. Después, el viento roló y se levantó la mar con olas cruzadas. Lograron alcanzar tierra a base de remar duramente, pero no había ningún fondeadero seguro cerca de la ciudad y no podían aventurarse fuera de la bocana del puerto con una mar tan áspera y viniéndoseles encima la noche. Navegando hasta pasar las murallas de la ciudad, se dirigieron al puerto de Fenicunte, situado a menos de dos millas de distancia [2960 metros.-N. del T.]. Este puerto ofrecía un refugio seguro contra la violencia de las olas, pero estaba rodeado por altos acantlados que los habitantes, junto con las tropas del rey que formaban la guarnición, ocuparon rápidamente. Aunque la costa era rocosa y de difcil retirada, Livio envió contra ellos un contingente de iseos y de infantería ligera de Esmirna para desalojarlos. Mientras estas tropas ligeras sólo hubieron de hacer frente al lanzamiento de proyectiles y a pequeñas escaramuzas inconexas, lograron sostener el combate; pero poco a poco salían más y más fuerzas de la ciudad, en un fujo constante, terminando por salir toda la población apta para las armas; Livio empezó a temer que sus tropas ligeras fueran destrozadas y que incluso atacaran a los barcos desde la orilla. Así pues, envió al combate a todas sus fuerzas, a los marineros y hasta a los remeros, armados con cualquier clase de arma que pudieron conseguir. Incluso entonces siguió indecisa la batalla, resultando muerto Lucio Apusto, además de otros muchos buenos soldados, en aquella lucha tumultuosa. Los licios, sin embargo, fueron derrotados y expulsados hacia su ciudad, regresando victoriosos los romanos a sus barcos, aunque con considerables pérdidas. Se abandonó toda idea de atacar nuevamente Pátara; los rodios fueron enviados de vuelta a casa y Livio, navegando a lo largo de la costa de Asia, cruzó a Grecia para encontrarse con los Escipiones, que se encontraban por entonces en Tesalia. Luego regresó a Italia.

[37,17] Las inclemencias del tiempo habían obligado a Emilio a abandonar su puesto en Éfeso, y regresó, sin haber hecho nada, a Samos. Una vez aquí se enteró de que Livio había abandonado la campaña en Licia y se había marchado a Italia. Consideraba el fracaso ante Pátara como una humillación y decidió navegar hasta allí con toda su flota y atacar la ciudad con todas sus fuerzas. Navegó pasando Mileto y las demás ciudades aliadas de aquella costa, y desembarcó en la bahía de Bargilias, en dirección a Jaso. La ciudad estaba en manos de las tropas del rey, los romanos trataron la comarca como enemigos y la devastaron. Después, trataron de iniciar conversaciones, mediante mensajeros, con los magistrados y los principales ciudadanos, con intención de convencerlos para que se rindieran; pero una vez le aseguraron que ellos no tenían poder para hacerlo, se dispuso a asaltar la plaza. Había entre los romanos algunos refugiados de Jaso un buen número de ellos marcharon a Rodas y les imploraron que no permiteran que aquella pereciera aquella ciudad inocente, con la que guardaban vecindad y relaciones de parentesco. Alegaban que habían sido expulsados de su ciudad natal por el solo hecho de su fidelidad a Roma, y que los que aún permanecían allí estaban obligados por las mismas tropas reales que les habían expulsado a ellos. El único deseo que guardaba en su seno cada ciudadano de Jaso era escapar de la esclavitud al rey. Movidos por sus ruegos y con el apoyo del rey Eumenes, los rodios llevaron ante el cónsul sus comunes vínculos de parentesco con los situados y la miseria de la ciudad, asediada por la guarnición del rey, Logrando persuadirlo para que desistera de atacarla. Navegaron alejándose de allí, pues todas las demás ciudades eran amigas, y la flota bordeó la costa asiática alcanzando Lorima, un puerto situado frente a Rodas. Aquí, los tribunos militares hicieron comentarios, inicialmente en privado, pero que después llegaron a oídos de Emilio, en el sentido de que la flota se había retirado de Éfeso, de su propio teatro de guerra, de manera que el enemigo, a sus espaldas y con libertad de acción, pudo lanzar intentos contra todas las ciudades de las proximidades que eran aliadas de Roma. Emilio quedó tan infuenciado por estos comentarios que hizo convocar a los rodios y les preguntó si el puerto de Pátara podía albergar a toda la flota. Al asegurarle que no tenía capacidad, convirtó esto en causa para abandonar su proyecto y llevó sus barcos de vuelta a Samos.

[37,18] Por este tiempo, Seleuco, que había mantenido a su ejército en Etolia durante todo el invierno, dedicado en parte a prestar ayuda a sus aliados y en parte a devastar los territorios de aquellas ciudades que no había logrado capturar, decidió ahora cruzar las fronteras del rey Eumenes mientras estaba lejos de casa, ocupado en atacar las ciudades marítimas de Licia junto a los romanos y los rodios. Comenzó amenazando con un ataque de sus fuerzas sobre Elea, después, abandonando el asedio, asoló el territorio circundante y marchó luego a atacar Pérgamo, la capital y plaza fuerte del reino. Atalo dispuso tropas frente a la ciudad, enviando por delante escaramuzadores de caballería e infantería ligera para hostgando al enemigo más que enfrentándolo. Cuando vio que en tales enfrentamiento no estaba, en absoluto, a la altura de las fuerzas enemigas, se retró tras sus murallas y comenzó el asedio de la ciudad. Antioco dejó Apamea en aquellas mismas fechas, acampando primeramente en Sardes y después junto al nacimiento del río Caico, no lejos del campamento de Seleuco, con un vasto ejército procedente de diversas razas, siendo la más temible cuatro mil mercenarios galos. A estos, con una pequeña adición de otros soldados, los envió a devastar todo el territorio de Pérgamo. En cuanto llegaron estas nuevas a Samos, Eumenes, reclamado en su casa por esta guerra dentro de sus fronteras, navegó directamente a Elea, donde ya estaba dispuesto una fuerza de caballería e infantería ligera. Protegido por estos, se apresuró hacia Pérgamo antes de que el enemigo se diera cuenta e iniciara algún movimiento en su contra. Una vez aquí, nuevamente se limitó el combate a escaramuzas, pues Eumenes rehusaba firmemente librar una acción decisiva. Pocos días después, las flotas romana y rodia se desplazaron desde Samos hacia Elea para apoyar al rey. Cuando Antioco recibió información de que habían desembarcado fuerzas en Elea y que se había concentrado aquella gran fuerza naval en un solo puerto, teniendo noticia al mismo tiempo de que el cónsul y su ejército ya estaban en Macedonia y que se habían hecho todos los preparativos para cruzar el Helesponto, consideró que había llegado el momento de discutr los términos de la paz, antes de ser presionado por tierra y por mar. existía cierto terreno elevado delante de Elena y lo escogió para situar su campamento. Dejando allí toda su infantería y su caballería, de la que tenía seis mil jinetes, bajó a la llanura que se extendía hasta las murallas de Elea y envió un heraldo a Emilio para informarle que deseaba abrir negociaciones de paz con él.

[37,19] Emilio hizo venir a Eumenes desde Pérgamo y celebró un consejo, en el que estuvieron presentes tanto Eumenes como los rodios. Estos no rehusaban la paz, pero Eumenes dijo que no se podían contemplar honorablemente, en aquel momento, las propuestas de paz ni se podía llegar a ningún acuerdo final. "¿Cómo -preguntó-podemos escuchar con honor ningún término de paz, asediados y encerrados tras nuestras murallas? ¿Quién considerará válido ningún acuerdo de paz hecho sin el consentimiento del cónsul, la autoridad del Senado y por orden del pueblo de Roma? Te planteo esta pregunta: Si pactas la paz por t, ¿volverás inmediatamente a Italia, llevándote tu ejército y tu flota,

o esperarás a saber qué piensa el cónsul, qué decide el Senado y qué ordena el pueblo? Ocurrirá, entonces, que deberás permanecer en Asia y que se suspenderán todas las operaciones en curso, tendrás que enviar a tus tropas a sus cuarteles de invierno y agotarás los recursos de tus aliados al tener que aprovisionarte. Y luego, si así lo deciden quienes tienen el poder para ello, tendremos que iniciar nuevamente la guerra; por el contrario, si no se debilita o entorpece mediante retrasos nuestra poderosa ofensiva, podemos darle fin, si a los dioses les place, antes de que comience el invierno." Prevaleció este argumento y se comunicó a Antioco que no se podían discutr los términos de paz hasta que llegara el cónsul. Encontrando infructuosos sus esfuerzos para procurar la paz, Antioco procedió a devastar las tierras de Elea y luego las pertenecientes a Pérgamo. Dejó aquí a Seleuco y siguió su marcha con la intención de atacar Adramiteo [ciudad situada en la llanura que está al sur del monte Ida.-N. del T.], hasta que llegó al rico distrito conocido como la "Llanura de Tebas", celebrada en el poema de Homero. En ninguna otra localidad en Asia lograron las tropas del rey una mayor cantidad de botín. Emilio y Eumenes, bordeando con su flota, llegaron también ante Adramiteo para guarnecer la ciudad.

[37.20] Por aquel entonces, casualmente, llegaron a Elea unas fuerzas, procedentes de Acaya, compuestas por mil infantes y cien de caballería. Al desembarcar, se encontraron con un grupo enviado por Atalo para conducirles a Pérgamo. Todos ellos eran soldados veteranos con experiencia de guerra y bajo el mando de Diófanes, discípulo de Filopemen, el más notable general griego de su época. Se dedicaron dos días para el descanso de hombres y caballos, así como para mantener bajo observación los puestos de avanzada enemigos y para determinar en qué puntos y a qué horas llegaban o quedaban fuera de servicio. Las tropas del rey tomaron la costumbre de avanzar hasta el pie de la colina sobre la que estaba la ciudad. De esta manera, actuaban como pantalla para que no pudieran interceptar las partdas de saqueo que operaban a sus espaldas, pues ninguno salía de la ciudad ni siquiera para atacar a distancia con venablos los puestos avanzados. Una vez los ciudadanos se habían encerrado, intimidados, tras sus murallas, las tropas del rey los despreciaron y se volvieron descuidadas. Un gran número no mantenía ensillados ni embridados sus caballos; solo quedaron unos cuantos empuñando las armas, mientras el resto se dispersaba por la llanura, dedicándose algunos a deportes juveniles o libertinajes, comiendo otros bajo la sombra de los árboles y algunos, incluso, durmiendo acostados.

Diófanes observó todo esto desde lo alto de Pérgamo y ordenó a sus hombres que se armaran y estuvieran listos en la puerta. Fue luego a ver a Atalo y le dijo que había tomado la decisión de atacar al enemigo. Atalo le dio su consentimiento con mucha renuencia, pues veía que tendría que luchar con cien jinetes contra seiscientos y con mil infantes contra cuatro mil. Diófanes salió por la puerta, se situó no muy lejos de los puestos avanzados enemigos y esperó su oportunidad. Las gentes de Pérgamo lo consideraron más locura que valor y el enemigo, tras observarlos durante algún tiempo y no viendo movimiento alguno, regresó a su descuido habitual, ridiculizando incluso lo reducido de la fuerza de sus oponentes. Diófanes hizo que los suyos guardaran silencio durante un rato y luego, cuando vio que el enemigo había roto filas, ordenó a su infantería que lo siguieran lo más rápidamente posible; poniéndose a la cabeza de sus fuerzas de caballería, cargó contra el destacamento enemigo a toda velocidad, lanzando al mismo tiempo su grito de guerra tanto la infantería como la caballería. El enemigo fue presa del pánico, hasta los caballos se aterrorizaron y rompieron sus ronzales, creando confusión y alarma entre sus propios hombres. Unos cuantos no se asustaron y se quedaron donde estaban atados, pero incluso a estos no les resultó fácil a los jinetes embridar, ensillar y montar, pues los jinetes aqueos estaban provocando una alarma y un pánico fuera de toda proporción con su número. La infantería, cerrando con sus filas ordenadas, dispuesta a la batalla, atacó a un enemigo descuidadamente disperso y medio dormido. Toda la llanura quedó cubierta con los cuerpos de los muertos mientras por todas partes huían los hombres para salvar sus vidas. Diófanes sostuvo la persecución mientras resultó seguro, retrándose después al abrigo de las murallas de la ciudad tras ganar una gran gloria para los aqueos, pues tanto las mujeres como los hombres habían contemplado la acción desde las murallas de Pérgamo.

[37.21] Al día siguiente, los puestos avanzados del rey, con mejor orden y más cuidadosa formación, se atrincheraron media milla [740 metros.-N. del T.] más lejos de la ciudad, y los aqueos salieron a la misma hora y en el mismo lugar que el día anterior. Durante varias horas se mantuvieron alerta ambos bandos, como si esperasen un ataque inmediato. Cuando llegó la hora de regresar al campamento, justo antes del atardecer, las tropas del rey concentraron sus estandartes y se retraron más en orden de marcha que de combate. Mientras estuvo a su vista, Diófanes se mantuvo quieto, pero luego cargó tan violentamente contra su retaguardia como el día anterior, provocando tal confusión y pánico que, aunque estaban siendo despedazados por la espalda, no hicieron ningún intento por detenerse y enfrentar al enemigo. Fueron arrastrados a su campamento en gran desorden y con sus filas casi completamente rotas. Este golpe de audacia de los aqueos obligó a Seleuco a retrar su campamento de territorio de Pérgamo. Al saber que los romanos habían llegado para proteger Adramiteo, Antioco se mantuvo alejado de aquella ciudad y, tras asolar los campos, capturó al asalto la ciudad de Perea, una colonia de Mitlene. Cotón, Corileno, Afrodisias y Prinne fueron tomadas al primer asalto. Luego regresó a Sardis a través de Tiatra. Seleuco se mantuvo en la costa, aterrorizando a algunos y protegiendo a otros. La flota romana, en compañía de Eumenes y los rodios, navegó hasta Mitlene y, desde allí, a su base en Elea. Salieron de ese lugar hacia Focea, llegando a una isla llamada Baquio, que dominaba a los focenses y donde abundaban las obras de arte. En una ocasión anterior se habían salvado los numerosos templos y estatuas, pero ahora los trataron como propiedades del enemigo y los saquearon. Cruzaron después hacia la ciudad y tras repartr las tropas en diversos puntos dieron inicio al asalto. Parecía posible que se la pudiera capturar sin los acostumbrados trabajos de asedio, pero tras entrar en la ciudad un contingente de tres mil hombres que Antioco había enviado para defenderla, se abandonó el ataque de inmediato y la flota se retró hasta la isla sin lograr nada más allá del saqueo de la comarca vecina a la ciudad.

[37.22] Se decidió entonces que Eumenes marchara a casa y efectuara los preparativos necesarios para el cruce del cónsul y su ejército por el Helesponto, mientras que las flotas romana y rodia volvían a Samos y permanecían estacionadas allí para impedir que Polixénidas se moviera de Éfeso. El rey volvió a Elea y los romanos y rodios a Samos, donde murió Marco Emilio, el hermano del pretor. Una vez celebradas las honras fúnebres, los rodios navegaron hacia Rodas con trece de sus propios barcos, un quinquerreme de Cos y uno de Cnido. Fueron a poner allí su base con el objeto de estar preparados contra la flota que, según se rumoreaba, venía desde Siria. Dos días antes que llegara Eudamo con la flota desde Samos, un grupo de trece naves, junto a cuatro que habían estado protegiendo la costa de Caria, había sido enviado desde Rodas bajo el mando de Panflidas para enfrentarse a aquella misma flota siria, habiendo levantado el asedio de Dedala y de otras plazas fuertes, pertenecientes a Perea, que estaban asediando las fuerzas del rey. Eudamo recibido órdenes de salir inmediatamente. La flota que había llevado con él se había ampliado con seis barcos sin cubierta, y con esta fuerza, a la mayor velocidad posible, alcanzó a la otra en un puerto llamado Megiste [puerto situado en la actual isla de Castellorizo.-N. del T.]. Desde allí, las flotas combinadas navegaron hasta Faselis [próxima a la actual Terikova.-N. del T.], que parecía ser la mejor posición desde la que esperar al enemigo.

[37,23] Faselis está situada en la frontera entre Licia y Panfilia, y se levanta sobre un promontorio que se adentra en el mar. Es la primera tierra visible a los barcos que navegan desde Cilicia hacia Rodas, permitendo avistar los barcos desde muy lejos. Precisamente por este motivo se eligió esta posición, para encontrarse en la ruta de la flota enemiga. Una cosa, sin embargo, no se había previsto; y es que, debido a la insalubridad del lugar y a la estación del año -era pleno verano-, además del desacostumbrado olor hubo gran cantidad de enfermedades, especialmente entre los remeros. Alarmado por la propagación de esta epidemia, partieron y, pasando el golfo de Adalia [antiguo golfo Pamfilio.-N. del T.], anclaron en la desembocadura del Eurimedonte. Aquí, fueron informados por mensajeros de Aspendo que el enemigo se encontraba cerca de Sida. El avance de la flota del rey había sido retrasado por los vientos etesios, que en esa estación soplan casi únicamente del oeste [en realidad, los etesios soplan del noroeste entre junio y septiembre.-N. del T.]. La fuerza de Rodas estaba compuesta por treinta y dos cuatrirremes y cuatro trirremes; la flota del rey consista en treinta y siete naves de mayor tamaño, entre los que había tres hepteras y cuatro hexeras [serían naves con siete y seis órdenes de remeros, respectivamente.-N. del T.]. Había, además de estos, diez trirremes. También ellos, desde un puesto de observación, descubrieron que el enemigo no estaba lejos. Al día siguiente, al amanecer, ambas flotas levaron anclas, dispuestas a combatir aquel mismo día. En cuanto los rodios hubieron rodeado el punto que se proyecta hacia el mar desde Sida, las dos flotas llegaron enseguida a la vista una de otra. La división izquierda de la flota del rey, que se extendía hacia alta mar, estaba bajo mando de Aníbal, la derecha bajo el de Apolonio, uno de los nobles de la corte, y tenían ya sus barcos formados en línea. Los rodios llegaron en una larga columna; en cabeza iba la nave insignia de Eudamo, con Caríclito cerrando la retaguardia y Panflidas mandando el centro. Cuando Eudamo vio que el enemigo estaba en línea y dispuestos para combatir, se dirige él también hacia alta mar y ordena con señales a los barcos que le siguen que formen en línea y que mantengan el orden. Esto, en un primer momento, dio lugar a cierta confusión, pues no se habían adentrado suficientemente en el mar como para permitr que todos los barcos formaran en línea frente a terra; con las prisas, solo tenía consigo cinco naves al enfrentarse con Aníbal, pues las demás no lo seguían al haber recibido la orden de formar en línea. A los últimos de la columna no les quedaba ya espacio hacia terra, estando aún desordenados cuando dio inicio el combate en la derecha contra Aníbal.

[37,24] Sin embargo, la excelencia de sus barcos y de su experimentada marinería pronto hizo perder completamente el miedo a los rodios. Cada nave, por su parte, se dirigió hacia mar abierto dejando sito hacia el lado de tierra al que le seguía y, cada vez que alguna cerraba contra un buque enemigo, le atacaba con su espolón, le abría una vía en la proa, le quebraba los remos o bien pasaba libremente entre las filas y atacaba su popa. Lo que provocó la mayor alarma fue el hundimiento de una de las hepteras por el único impacto de un buque rodio de mucho menor tamaño; ante esto, el ala derecha se vio claramente obligada a huir. Aníbal, situado por el lado de mar abierto y apoyado en su mayor número, atacaba a Eudamo, pese a la superioridad rodia en los demás aspectos; y lo habría rodeado, de no ser porque la nave pretoria izó la señal generalmente usada para reagrupar la flota dispersa. Todas las naves que habían vencido en el lado derecho acudieron en auxilio de los suyos Ahora fue Aníbal y los barcos a su alrededor los que se dieron a la fuga; los rodios, sin embargo, no pudieron perseguirles porque, al estar enfermos la mayoría de remeros, se cansaban antes. Mientras reponían fuerzas en alta mar, donde se habían detenido, Eudamo vio cómo el enemigo remolcaba sus naves averiadas o a la deriva con las naves descubiertas, que eran poco más de veinte que se retraban indemnes. Desde lo alto de la torre de la nave capitana ordenó silencio y les dijo: "Levantaos y venid a contemplar esta maravillosa vista." Todos se levantaron y, tras ver la precipitada fuga de los enemigos, exclamaron casi con una sola voz que debían perseguirles. El propio barco de Eudamo tenía daños producidos por multitud de impactos, por lo que ordenó a Panflidas y Caríclito que mantuvieran la persecución mientras pudieran hacerlo con seguridad. La caza se prolongó durante bastante tiempo, pero cuando Aníbal se acercó a tierra temieron que el viento les empujara contra las costas enemigas y regresaron junto a Eudamo con la heptera capturada, que había sido golpeada al comienzo de la batalla, logrando remolcarla hasta Faselis con cierta dificultad. Desde allí navegado de vuelta a Rodas, enfadados unos con otros, más que alegrándose por su victoria, por no haber hundido o capturado toda la flota enemiga cuando habían tenido esa oportunidad. Tan profundamente sintó Aníbal esta única derrota que, aunque estaba deseando unirse a la inicial flota del rey en cuanto pudiera, no se atrevió a navegar más allá de la costa de Licia; además, para impedirle tener libertad de hacer esto, los rodios enviaron a Caríclito con veinte barcos con espolón a Pátara y al puerto de Megiste. Eudamo recibió órdenes de regresar con los romanos a Samos, con siete de los mayores barcos de su flota, y usar toda su infuencia y cualquier argumento que pudiera emplear para convencer a los romanos de que capturasen Pátara al asalto.

[37.25] Las noticias de la victoria, seguida por la aparición de los rodios, produjo gran regocijo entre los romanos; resultaba evidente que si los rodios se quitaban de encima aquella fuente de inquietud, podrían asegurar con tranquilidad todas las aguas de aquella parte del mundo. Pero la salida de Antioco de Sardes y el peligro de que se apoderara de las ciudades costeras impidió que abandonaran la defensa de las costas de Jonia y la Eólide. En consecuencia, enviaron a Panflidas con cuatro naves para reforzar la flota que estaba en las proximidades de Pátara. Antioco había estado muy ocupado reuniendo contingentes de todas las ciudades a su alrededor, y también había enviado una carta a Prusias, el rey de Bitinia. En esta misiva, se quejaba amargamente de la expedición romana a Asia; habían llegado, escribió, para privarles a todos ellos de sus coronas para que no existera más soberanía que la romana en el mundo; Filipo y Nabis habían sido reducidos a sumisión; él, Antioco, iba a ser la tercera víctima; como un incendio que se propagaba, todos se verían envueltos, según cada uno quedara más próximo al ya derrocado. Ahora que Eumenes había aceptado voluntariamente el yugo de la servidumbre, el siguiente tras él sería Bitinia. Prusias quedó muy preocupado por esta carta, pero cualquier duda o sospecha que pudiera haber albergado quedó disipada por una carta del cónsul Escipión, y aún mas por otra del Africano, el hermano del cónsul. En esta carta, le refería la perpetua costumbre del pueblo romano de acrecentar la dignidad de los reyes aliados, concediéndoles toda clase de honores, y citaba ejemplos de su propia familia con el fin de convencer a Prusias para que buscase su amistad. Los régulos que había tomado en Hispania bajo su protección eran reyes cuando los dejó; no solo había puesto a Masinisa en su trono y en el de Sífax, que lo había expulsado, sino que ahora era de lejos no solo el monarca más próspero de África, sino incluso el igual en grandeza y poder de cualquier monarca del mundo. Filipo y Nabis, que habían sido enemigos y a quienes Tito Quincio había derrotado, habían continuado en sus tronos; a Filipo, por cierto, se le había perdonado el pago del tributo del año anterior, se le había devuelto a su hijo, rehén, y se le había permitido recuperar algunas ciudades fuera de Macedonia, sin ninguna interferencia de los generales romanos. También Nabis habría conservado su honor y dignidad de no haberle resultado fatales, primero su propia locura y después la traición de los etolios. Lo que más decidió el ánimo del rey fue la visita de Cayo Livio, que anteriormente había mandado la flota como pretor. Llegó de Roma como embajador e hizo comprender al rey cuán más segura resultaba la posibilidad de victoria de los romanos que la de Antioco, y cuánto más inviolable y segura sería su amistad entre los romanos.

[37,26] Ahora que había perdido cualquier esperanza de una alianza con Prusias, Antioco partió de Sardes hacia Éfeso a fin de inspeccionar la flota, que llevaba varios meses equipada y lista. Su interés se debía a la imposibilidad de ofrecer una resistencia efectiva al ejército romano, con los dos Escipiones al mando, y no por las propias acciones navales, fuera por haberlas intentado con éxito en el pasado o porque tuviera ahora alguna confianza bien fundada. De momento, sin embargo, había algunas cuestones que lo animaban. Había oído que una gran parte de la flota de Rodas estaba en Pátara y que el rey Eumenes había marchado con todos sus barcos al Helesponto para encontrarse con el cónsul. La destrucción de la flota rodia en Samos, como resultado de la traición, también contribuyó a levantarle la moral. Estas consideraciones le llevaron a enviar a Polixénidas con su flota para probar suerte en un combate del modo que fuera, mientras él conducía sus fuerzas hacia Nocio. Este lugar pertenece a Colofón y está sobre el mar, a dos millas de distancia de ella [debe haber una errata en el texto latino, pues Nocio, que pasó a llamarse Colofón marítima para distinguirla de la propia Colofón, está realmente a unos 17 km, poco menos de doce millas romanas o 17760 metros.-N. del T.]. Quería que fuera suya esta ciudad precisamente, pues estaba tan cerca de Éfeso que no podría emprender ninguna acción por mar o tierra sin ser visto por las gentes de Colofón, que enseguida informarían a los romanos. Una vez los romanos supieran que Nocio estaba asediado, estaba seguro que llevarían su flota a Samos para ayudar a su aliada, proporcionando así a Polixénidas su oportunidad.

Por consiguiente, comenzó el ataque de la ciudad mediante obras de asedio; extendió sus fortificaciones por ambos extremos a la par, en dirección al mar; llevó por ambos lados los manteletes y el terraplén hasta las murallas, colocando en posición los arietes protegidos con sus tortugas [como en el libro 34,29, vuelve aquí a referirse Tito Livio a los "testudibinus arietes", o galerías que cubrían los arietes y sus operadores de los proyectiles enemigos.-N. del T.]. Aterrorizados por tales amenazas, las gentes de Colofón enviaron parlamentarios a Samos, ante Lucio Emilio, para implorarle la ayuda del pretor y del pueblo romano. Emilio no estaba cómodo con su larga inactividad en Samos y lo último que esperaba era Polixénidas, tras haber sido desafiado por él en vano dos veces, le fuera a ofrecer batalla. Consideraba también una humillación estar atado y obligado a prestar ayuda a la sitada Colofón, mientras que la flota de Eumenes estaba ayudando al cónsul a trasladar sus legiones a Asia. El rodio Eudamo, al que había mantenido en Samos cuando deseaba ir al Helesponto, le urgía ahora, junto con el resto de oficiales, a marchar a Colofón. Señalaban cuánto más satsfactorio resultaría aliviar a sus aliados e infigir una segunda derrota a una flota a la que ya habían vencido antes, arrebatando así el dominio del mar al enemigo, que no abandonar a sus aliados, abandonar su propio marco de acción navegando hacia el Helesponto, donde ya bastaba con la flota de Eumenes, y dejar Asia en manos de Antioco, tanto por mar como por terra.

[37,27] Como sus provisiones se hubieran consumido por completo, la flota romana partió de Samos con la intención de navegar hasta Quíos y obtener suministros. Esta isla era el almacén de grano de Roma y todos los transportes de Italia dirigían allí su rumbo. Navegaron desde la ciudad hasta el lado opuesto de la isla -el que mira hacía Quíos y Eritrea, expuesto al aquilón [viento del norte.-N. del T.]-, y estaban a punto de iniciar la navegación cuando el pretor recibió un despacho informándole de que había llegado a Quíos desde Italia una gran cantidad de grano, pero que las naves cargadas con vino habían sido retrasadas por las tormentas. Al mismo tiempo, llegó un informe en el sentido de que los Teanos habían aprovisionado con liberalidad a la flota del rey con suministros y habían prometido entregarles cinco mil vasijas de vino. Emilio estaba a mitad de camino de su travesía, pero desvió inmediatamente su rumbo hacia Teos [que se encuentra en la orilla jónica frente a Samos, hacia el norte.-N. del T.] con la intención de hacer uso de los suministros dispuestos para el enemigos con el consentimiento de sus ciudadanos o, de lo contrario, dispuesto a tratarlos como enemigos. A medida que ponían proa a terra, aparecieron ante su vista unos quince barcos a la altura de Mioneso. El pretor pensó al principio que eran parte de la flota del rey y comenzó a perseguirlos; después se hizo evidente que eran balandras y lembos piratas. Estos habían estado saqueando a lo largo de la costa de Quíos y regresaban con toda clase de botín. Cuando divisaron la flota se dieron a la fuga y debido a que sus barcos eran más ligeros y estaban construidos espacialmente con aquel propósito, así como por estar más próximos a terra, les ganaban en velocidad y escaparon de sus perseguidores. Antes de que la flota romana se aproximara se refugiaron en el puerto de Mioseno; y el pretor, con la esperanza de obligar a sus barcos fuera del puerto, los siguió a pesar de que no estaba familiarizado con el lugar. Mioneso se encuentra en un promontorio entre Teos y Samos; el lugar en sí es un cerro de forma cónica que sube desde una base bastante amplia hasta un agudo pico. Se accede desde el lado de tierra por un camino estrecho, desde el mar queda cerrado por acantlados, socavados por el mar hasta tal punto que a veces las rocas salientes se proyectan más allá de los barcos fondeados bajo ellas. Las naves romanas no se aproximaron, para no quedar expuestas a los ataques de los piratas situados por encima de ellos, perdiendo todo el día. Justo antes del anochecer abandonaron su infructuosa tarea, llegando a Teos al día siguiente. Una vez fondeados los barcos en el Gereástco -un puerto detrás de la ciudad-, el pretor envió a sus hombres a saquear el territorio alrededor de la ciudad.

[37,28] Cuando los teanos vieron ante sus ojos aquella devastación, mandaron una legación al romano, portando ínfulas y ramos de olivo [las ínfulas son adornos de lana blanca, a manera de venda, con dos tiras caídas a los lados, con que se ceñían la cabeza los sacerdotes de los gentiles y los suplicantes, y que se ponían también sobre las de las víctimas.-N. del T.]. En respuesta a sus protestas de inocencia sobre cualquier acto hostl de palabra u obra contra los romanos, él les acusó de haber prestado ayuda al enemigo proporcionándole los suministros que necesitaba y por la cantidad de vino que habían prometido a Polixénidas; si proporcionaban a la flota romana la misma cantdad, retraría a sus soldados del saqueo; de lo contrario, los trataría como enemigos. Al regresar los delegados con esta dura respuesta, los ciudadanos fueron convocados por los magistrados a una asamblea para poder consultarles sobre lo que debían hacer. Mientras tanto, Polixénidas había oído decir que los romanos habían salido de Samos y, después de perseguir a los piratas hasta Mioneso, habían anclado sus naves en el puerto de Gerestco y estaban saqueando el territorio de Teos. Así pues, ancló en un puerto oculto frente a Mioneso, en una isla que los marinos llaman Macris.

Desde su posición observó de cerca las acciones del enemigo, albergando al principio grandes esperanzas de derrotar a los romanos mediante la misma maniobra con la que había derrotado a la flota de Rodas en Samos, es decir, bloqueando la entrada del puerto. La naturaleza del lugar no es muy distinta: el puerto queda tan cerrado por los promontorios convergentes que resulta difcil que salgan de día dos barcos al mismo tiempo. Polixénidas intentó apoderarse de la entrada durante la noche y, después de situar diez barcos para atacar por el fanco a los barcos enemigos que salieran, desembarcar a las tropas del resto de su flota, como había hecho en Panormo, cayendo sobre los romanos tanto por tierra como por mar. Su plan hubiera tenido éxito de no ser por los movimientos de la flota romana pues, como los teanos se comprometeron a cumplir los requerimientos del pretor, consideraron que era más conveniente, a la hora de embarcar las provisiones, llevar la flota al puerto que está delante de la ciudad. Se afirma también que Eudamo se refirió a los inconvenientes del primer puerto después de que dos barcos hubieran roto sus remos, al enredarse unos con otros en la estrecha bocana. Otra consideración adicional, que pesó en el pretor y lo indujo a cambiar sus amarres, era el peligro que le amenazaba de la terra, pues Antioco tenía su campamento permanente a no mucha distancia.

[37,29] Una vez llevada la flota alrededor de la ciudad, los marineros y soldados desembarcaron para llevar a sus barcos su cuota de provisiones, y sobre todo el vino. Ni un solo hombre era consciente de la proximidad de Polixénidas. Hacia el mediodía, un campesino fue llevado ante el pretor, informándole de que una flota llevaba dos días fondeada frente a la isla de Macris y que hacía algunas horas que se habían visto movimientos en algunos de los barcos, como si se dispusieran a zarpar. El pretor, alarmado por esta inesperada notcia, ordenó que las trompetas tocaran a retreta, para que regresaran los que estaban dispersos por los campos, mientras que fueron enviados a la ciudad a los tribunos militares, con el fin de hacer volver a toda prisa a los soldados y marineros. El desorden fue como el causado por un incendio repentino o en la captura de una ciudad: algunos van corriendo a la ciudad para llamar a sus camaradas, otros salen fuera de ella para incorporarse a sus barcos, y entre las órdenes confusas, grandes gritos y el tronar de las trompetas, se produjo una oleada general hacia los barcos. Apenas podía alguno distinguir su propio barco o acercarse a él en el tumulto, la confusión podría haberse convertido en un grave peligro tanto por tierra como por mar de no haberse repartido rápidamente las tareas. Emilio salió de puerto en primer lugar con su nave pretoria, dirigiéndose a mar abierto; conforme llegaba cada nave, la colocaba en su puesto de la línea frontal. Eudamo, con sus rodios, permanecía próximo a la costa para que pudieran embarcar sin confusión y que cada buque partera en cuento estuviera listo. Así, la primera línea se formó bajo la mirada del pretor, los rodios cerraban la marcha, y la flota combinada navegaba hacia mar abierto en formación de combate, como si el enemigo estuviera realmente a la vista. Se encontraban entre Mioneso y el promontorio de Córico cuando avistaron al enemigo. La flota del rey, que avanzaba en una larga columna de a dos barcos, se desplegó también en línea y extendió su izquierda tan lejos como para poder envolver y aislar la derecha romana. Cuando Eudamo vio esto, dándose cuenta de que los romanos no podrían desplegar su línea con igual longitud que la del enemigo y que su derecha podría quedar rodeada, aceleró sus barcos, que eran con mucho los más rápidos de la flota, y tras extender su línea tanto como la del enemigo, puso su propia nave frente a la de Polixénidas.

[37.30] Ya habían entrado en combate ambas flotas por todas partes. Por el lado de los romanos se enfrentaban ochenta barcos, veintidós de los cuales eran rodios. La flota enemiga estaba compuesta por ochenta y nueve barcos, contando con tres hexeras y dos hepteras, que eran de las clases de naves más grandes. Las naves romanas eran superiores en solidez y valor de sus soldados, las rodias tenían la ventaja de su movilidad, la pericia de sus pilotos y la técnica de sus remeros. Pero lo que produjo mayor alarma entre el enemigo fueron sus naves que llevaban fuego delante; y estas, que fueron lo único que los salvó en Panormo, resultaron ser también aquí el medio más eficaz para lograr la victoria. Al echarse a un lado los barcos del rey, para que no chocasen las proas por temor a las llamas, eran incapaces de embestr con sus espolones a los barcos enemigos y dejaban expuestas sus bandas a los golpes; cualquier barco que fuera al choque con otro quedaba cubierto por el fuego que le echaban, provocando más confusión el fuego que el mismo combate. Sin embargo, como suele pasar en el combate, el valor de los soldados resultó el factor decisivo en la lucha. Los romanos rompieron a través del centro enemigo, y dando luego la vuelta, atacaron desde la retaguardia a las naves que se enfrentaban a los rodios; en un breve espacio de tiempo, el centro de Antioco y los barcos de la división izquierda fueron rodeados y hundidos. Los de la derecha, aún intactos, quedaron todavía más atemorizados por la derrota de sus camaradas que por el propio peligro. Así pues, cuando vieron a las demás naves rodeadas por los barcos enemigos y a Polixénidas abandonando a su flota y huyendo con todas sus velas desplegadas, izaron rápidamente sus gavias, pues el viento era favorable para dirigirse hacia Éfeso, y se dieron a la fuga tras perder cuarenta y dos naves en la batalla, trece de las cuales cayeron en manos enemigas y resultando las demás incendiadas o hundidas. De las romanas, dos naves quedaron destruidas y otras varias resultaron dañadas. Uno de los barcos de Rodas fue capturado en un incidente digno de mención: Al embestr con el espolón a un buque sidonio, el golpe hizo salir despedida el ancla de la nave hacia la proa de la otra, a la que quedó enganchada con su diente curvo como si se tratara de un garfio de hierro. En la confusión siguiente, los rodios remaron hacia atrás para soltarse del enemigo, se tensó el cable del ancla y se enredó en los remos, quebrando todos los de un costado de la nave. Debilitado de aquel modo, resultó capturado por el mismo buque al que había embestido y trabado. Tal fue, en sus rasgos principales, la batalla naval de Mioneso.

[37,31] Antioco quedó muy atemorizado. Perdido el dominio del mar, desesperaba de poder defender sus posesiones lejanas y, adoptando una política que los hechos posteriores demostrarían errónea, retró su guarnición de Lisimaquia para impedir que la destruyeran los romanos. No sólo habría sido fácil defender Lisimaquia contra un primer ataque de los romanos, sino que la plaza podría haber resistido un asedio durante todo el invierno, provocando incluso entre los asediantes una situación de grave caresta de provisiones. Mientras tanto, se podría haber producido alguna oportunidad de llegar a un acuerdo y lograr la paz. Tampoco fue Lisimaquia el único lugar que entregó al enemigo después de su derrota naval; también levantó el asedio de Colofón y se retró a Sardes. Desde allí envió mensajeros a Capadocia, a pedir ayuda a Ariarates [Ariarates IV, rey de Capadocia y yerno de Antioco.-N. del T.], así como a cualquier lugar donde pudiera reunir tropas. Su único objetivo se centraba ya en librar una batalla decisiva. Después de su victoria, Emilio Regilo navegó hasta Éfeso y formó sus naves en línea delante del puerto. Una vez hubo obligado así al enemigo a admitr su renuncia definitiva al dominio del mar, navegó a Quíos, hacia donde se estaba dirigiendo desde Samos antes de la batalla naval. Aquí fueron reparados los barcos dañados y, en cuanto se finalizó esta tarea, envió a Lucio Emilio Escauro al Helesponto con treinta naves para transportar al ejército. Dispuso la vuelta a su casa de los rodios, después de honrarles con parte del botín y de los despojos de la batalla naval. Antes de hacerlo, estos tomaron parte activa en el transporte de las tropas del cónsul, y no regresaron a casa hasta haberse completado esta misión. La flota romana zarpó de Quíos hacia Focea. Esta ciudad se encuentra en la parte más interior de una bahía; es de forma oblonga y los muros que la rodean tienen aproximadamente dos millas y media de largo [3700 metros.-N. del T.], luego se acercan sus extremos en una especie de cuña. Al vértce de esta cuña lo llaman Lamptera [es el nombre de la pequeña península sobre la que está construida la ciudad actual y de la zona donde empieza el promontorio.-N. del T.]. Aquí, la ciudad tiene una anchura de mil doscientos pasos, extendiéndose hacia el mar desde allí una lengua de tierra que divide casi por el centro la bahía, como en una línea. Cuando se acerca a la estrecha boca de la bahía, forma dos puertos excelentes y perfectamente seguros, mirando en direcciones opuestas. El que mira hacia el norte se llama Naustatmos, por dar cabida a gran número de barcos; el otro es el más próximo a Lamptera.

[37,32] Cuando la flota romana hubo ocupado estos puertos perfectamente protegidos, el pretor consideró conveniente, antes de que iniciar el ataque con escales y obras de asalto, enviar alguien para hacer propuestas a los magistrados y hombres principales de la ciudad. Al saber que estaban decididos a resistr, lanzó su ataque desde dos puntos diferentes. Uno de ellos contenía apenas unos cuantos edificios privados, con un espacio considerable ocupado por templos, y llevó los arietes en primer lugar a esta zona y comenzó a batr las murallas y torres. Cuando los ciudadanos se hubieron congregado allí para la defensa, se llevaron los arietes también contra la otra parte, derruyéndose entonces las murallas en ambas partes. Una vez hubieron caído, los soldados romanos empezaron a abrirse paso sobre las ruinas, pero los habitantes ofrecieron tan determinada resistencia que resultó evidente que encontraban más ayuda en sus armas y valor que en sus murallas. Al fin, el riesgo a que sus hombres estaban expuestos obligó el pretor a hacer tocar retirada, ya que no estaba dispuesto a exponerlos sin reparos a un enemigo enloquecido por la desesperación. Aunque la lucha en sí había terminado, ni siquiera entonces los defensores se permiteron descanso alguno: se reunieron de todas partes para reparar y reforzar lo que se había derruido. Quinto Antonio, que había sido enviado por el pretor, apareció entre ellos mientras estaban ocupados en esta labor y, después de censurar su obstinación, señaló que los romanos estaban más preocupados que ellos porque la lucha no terminase con la destrucción de su ciudad; si estaban dispuestos a desistr de su locura, podrían entregarla en los mismos términos que anteriormente habían obtenido de Cayo Livio para acogerse a su protección. Al saberlo, pidieron cinco días de armistcio para deliberar; entre tanto, trataron de averiguar qué posibilidades tenían de lograr la ayuda de Antioco. Los emisarios que habían enviado al rey regresaron diciendo de que no debían esperar ninguna ayuda de él y, ante esto, abrieron finalmente sus puertas tras estpular que no serían tratados como enemigos. Entrados los estandartes en la ciudad y expresada la voluntad del pretor de que se respetara a quienes se habían rendido, se levantaron gritos de protesta por parte de las tropas, furiosas porque los focenses, siempre enemigos encarnizados y nunca leales aliados, según decían, escaparan impunemente. A este grito, como si el pretor hubiera dado la señal, salen corriendo en todas direcciones para saquear la ciudad. En un principio, Emilio trató de detenerlos y llamarles de vuelta, diciéndoles que se saqueaba a las ciudades capturadas, no a las que se rendían, y aún en el caso de aquellas la decisión correspondía al general, no a los soldados. Cuando vio que la ira y la codicia podían más que su autoridad, mandó heraldos por toda la ciudad con la orden de convocar a todos los hombres libres en el foro, en torno a él, donde estarían a salvo de violencias; en cuanto a lo que de él dependió, mantuvo la palabra del pretor: Les devolvió su ciudad, sus tierras y sus leyes, y como el invierno ya se acercaba, escogió los puertos de Focea para que invernara la flota.

[37.33] Más o menos por entonces, el cónsul, que había marchado por los territorios de Eno y Maronea, recibió las noticias de la derrota de la flota del rey en Mioneso y del abandono de Lisimaquia. Esta última noticia le satsfizo más que la primera; sobre todo porque, cuando llegaron allí, la encontraron repleta con suministros de toda clase, como si se hubieran estado preparando para la llegada del ejército, ya que se habían hecho a la idea de tener que soportar los extremos de la falta de provisiones y los esfuerzos del asedio de una ciudad. El cónsul permaneció acampado aquí durante algunos días, para dar tiempo a que llegaran los bagajes así como también los enfermos que, agotados por la enfermedad y la duración de la marcha, había ido dejando en todas las ciudades fortificadas de Tracia. Una vez estuvieron todos reunidos, reanudaron su marcha por el Quersoneso y llegó al Helesponto. Aquí, gracias al rey Eumenes, ya se habían adoptado todas las medidas para la travesía y subieron a bordo de los barcos, cruzando sin trabas ni oposición, como si estuvieran en costas amigas y llevándolos a diferentes sitos. Los romanos habían esperado que esto fuera motivo de un graves combates, por lo que se animaron mucho cuando vieron que se les permita el paso a Asia. Permanecieron acampados algún tiempo en el Helesponto, al coincidir con los días sagrados durante los que se llevaban en procesión los Ancilia, inhábiles para marchar [los "ancilia" son los escudos sagrados de la Antigua Roma, que en número de once se guardaban en el templo de Marte a cargo de los sacerdotes saliares, instituidos para este fin. Según la leyenda, uno de ellos perteneció al dios Marte y se decía que había caído del cielo sobre el rey Numa Pompilio, al tiempo que se oía una voz que declaraba que Roma sería la dueña del mundo mientras se conservara el escudo. Se dice que Numa, por consejo de la ninfa Egeria, encargó otros once escudos, perfectamente idénticos al primero. Esto se hizo para que, si alguien intentaba robarlos como hizo Ulises con el paladio, no fuera capaz de distinguir el verdadero de los falsos. Se llevaban cada año, en el mes de marzo, en procesión alrededor de Roma, y en el 30º día del mes se colocaban de nuevo en su lugar.-N. del T.] Estas mismas fechas habían alejado del ejército a Publio Escipión, pues era uno de los saliares y retrasaron por él su avance hasta que se les unió.

[37,34] Durante este intervalo, Heráclides de Bizancio había llegado al campamento, con instrucciones de Antioco para negociar la paz. Los retrasos y las vacilaciones de los romanos le habían hecho albergar esperanzas de obtener condiciones favorables, pues había supuesto que una vez puesto el pie en Asia, marcharían inmediatamente contra el campamento del rey. Heráclides, no obstante, decidió que no se acercaría al cónsul antes de haberse entrevistado con Publio Escipión, siendo estas, por otra parte, las instrucciones que había recibido del rey. Sus esperanzas se basaban principalmente en Publio, pues la grandeza de espíritu de Escipión y el estar saciado de gloria le hacían más proclive a la clemencia. Todo el mundo, además, sabía en qué modo se había comportado cuando venció en Hispania y África, estando también el hecho de que su hijo había caído prisionero y estaba en manos del rey. En cuanto a dónde, cuándo o por qué circunstancia había sido hecho prisionero, difieren los autores, como lo hacen en tantos otros asuntos. Algunos afirman que fue al comienzo de la guerra, cuando fue interceptado por los barcos del rey en su viaje desde Calcis a Oreo; otros dicen que, después del desembarco en Asia, fue enviado con una turma de caballería fregelana para hacer un reconocimiento del campamento del rey y que, cuando salió a su encuentro un gran destacamento de caballería, se retró y cayó de su caballo en la refriega, siendo capturado junto con otros dos jinetes y conducido así a presencia del rey. Sí se admite generalmente que el joven no podría haber sido tratado con mayor amabilidad y generosidad, incluso de haberse mantenido la paz con Roma y si el rey hubiera mantenido vínculos personales de hospitalidad con los Escipiones. Por estas razones, el enviado esperó la llegada de Escipión y, cuando este llegó, se acercó al cónsul y le pidió que le concediera una audiencia en la que pudiera escuchar las propuestas que traía.

[37,35] Se convocó al consejo en pleno para escuchar lo que dijera el enviado. Este dijo que se habían enviado de una parte a la otra muchas embajadas para tratar sobre la cuestón de la paz, resultando infructuosas; esto mismo le inspiraba grandes esperanzas de lograr resultados donde los anteriores embajadores no consiguieron nada: en efecto, las dificultades en las anteriores discusiones habían residido en la posición de Esmirna, Lámpsaco, Alejandría de la Troade y la ciudad europea de Lisimaquia. De estas, Lisimaquia ya había sido evacuada por el rey, para que no se dijera que tenía alguna posesión en Europa. Estaba dispuesto a renunciar a las situadas en Asia y a aquellas otras que reclamaran los romanos, de los dominios del rey, porque se hubieran pasado a su bando. También estaba dispuesto a pagar la mitad de lo que les hubiera costado la guerra. Estas fueron las propuestas de paz. En el resto de su discurso, pidió al consejo que recordara la incertdumbre de los asuntos humanos, haciendo uso moderado de su buena fortuna y sin abusar de la desgracia ajena. Que limitaran su dominio a Europa, que aún así era inmenso; era más fácil extenderlo poco a poco que conservarlo unido en su integridad.

Si, no obstante, deseaban anexionarse alguna parte de Asia, siempre y cuando se establecieran claramente las fronteras, el rey podría, en bien de la paz y la concordia, permitr que su moderación y sentido de la equidad cedieran a la codicia de los romanos. Estos argumentos en favor de la paz, que el orador consideraba tan convincentes, fueron considerados insuficientes por los romanos. Estos pensaban que era justo que el rey, que era el responsable del comienzo de la guerra, asumiera el coste total de la misma; y que retrase sus guarniciones no solo de Jonia y la Eólide, sino de todas las ciudades de Asia, que deberían quedar tan libres como las ciudades liberadas de Grecia, lo que solo podría llevarse a cabo si Antioco entregaba todas sus posesiones asiáticas al oeste de la cordillera del Tauro.

[37.36] El enviado llegó a la conclusión de que, por lo que se refería al consejo, no estaba logrando ninguna condición aceptable y, de acuerdo con sus instrucciones, trató de tantear en privado el ánimo de Escipión. Empezó por decirle que el rey devolvería a su hijo sin rescate; después, ignorante tanto del carácter de Escipión como del uso romano, le ofreció una ingente cantidad de oro si obtenía la paz por su mediación y compartr totalmente su poder soberano, con la sola excepción del ttulo real. A esto, Escipión respondió: "Tu ignorancia de los romanos en su conjunto y de mí en particular, a quien has sido enviado, me sorprende menos cuando veo que ignoras la situación del hombre que te envía. Si teníais intención de pedir la paz a quienes considerabais preocupados por el resultado de la guerra, debíais haber conservado Lisimaquia para impedirnos entrar en el Quersoneso, o habernos hecho frente en el Helesponto para impedirnos el paso a Asia. Pero ahora que habéis dejado el paso libre en Asia y han aceptado no sólo las riendas, sino también el yudo, ¿qué queda por discutr en igualdad de condiciones, cuando habréis de someteros a nuestro mando? Yo obtendré de la generosidad del rey el más preciado de los regalos: mi hijo; en cuanto a sus otras ofertas, ruego a los dioses que nunca mi suerte precise de ellas, en todo caso, mi ánimo nunca lo hará. A ttulo particular, si desea un reconocimiento particular, lo tendrá por tan generoso acto hacia mi. En mi condición pública, nada tomaré de él y nada le daré. Lo que puedo dar ahora es un consejo sincero: Ve y dile en mi nombre que abandone las hostlidades y que no rechace ninguna condición de paz". Estas palabras no infuyeron en lo más mínimo en el ánimo del rey, pues consideraba que el azar de la guerra no tenía peligros desde el momento mismo en que se le imponían términos como si ya estuviera vencido. Por lo tanto, dejó de lado por el momento las menciones a la paz, y dedicó toda su atención a la preparación de la guerra.

[37.37]
Una vez estuvo todo listo para llevar a cabo sus planes, el cónsul levantó su campamento, llegó primero a Dárdano y luego a Reteo, saliendo a su encuentro los habitantes de ambas ciudades. Marchó después a Ilión y, tras fijar su campamento en una llanura bajo las murallas, subió a la ciudad y a la ciudadela donde ofreció sacrificios a Minerva, la diosa tutelar de la ciudadela. Los ilienses hicieron todo lo posible para demostrar con sus palabras y actos el orgullo que sentían por ser los romanos oriundos de su país, y los romanos se mostraban encantados de visitar su hogar original. Una marcha de seis días desde allí los llevó a la fuente del río Caico. Aquí se les unió el rey Eumenes; había tratado de llevar su flota de vuelta desde el Helesponto a sus cuarteles de invierno en Elea, pero el viento le fue contrario y durante varios días fue incapaz de doblar el cabo de Lecton [en la actual Babakale, Turquía.-N. del T.]. Deseoso de no perderse el inicio de la campaña. desembarcó en el punto más cercano y con un pequeño destacamento de tropas marchó a toda prisa hacia el campamento romano. Aquí se le envió de vuelta a Pérgamo para agilizar la entrega de suministros y, tras supervisar que el grano se entregaba a los señalados por el cónsul para recibirlo, volvió al campamento. Desde allí, como tuvieran raciones para muchos días, decidieron marchar en dirección al enemigo antes de que les alcanzara el invierno. El campamento del rey estaba cerca de Tiatra. Cuando este supo que Escipión estaba detenido en Elea por una enfermedad, envió unos legados para que le llevaran de vuelta a su hijo. No solo fue un gesto generoso para su ánimo de padre, sino que también ayudó a su recuperación. Una vez saciado de abrazar a su hijo, le dijo a la escolta: "Regresad y decid al rey que le doy las gracias; no puedo ahora mostrarle mi grattud de otro modo más que aconsejándole que no baje al campo de batalla hasta que sepa que he regresado al campamento". Aunque sus sesenta mil soldados de infantería y más de doce mil de caballería daban al rey esperanza de éxito en la batalla, Antioco se dejó infuir por la autoridad de hombre tan grande como aquel, sobre el que hacía descansar todas sus esperanzas de apoyo frente a los dudosos azares de la guerra. Retrándose más allá del río Frigio [es el actual Kum, afluente del Gediz.-

N.
del T.], acampó en las proximidades de Magnesia, la que está junto al Sípilo, y por si los romanos trataban de forzar sus líneas mientras esperaba, rodeó su campamento con un foso de seis codos de

hondo y doce de ancho [el codo romano equivale a 0,44 metros; así pues, el foso tenía 2,64 metros de profundidad por 5,28 metros de ancho.-N. del T.], levantó una doble empalizada en la parte de fuera del foso y en el borde interior construyó una muralla fanqueada a cortos intervalos por torres desde las que se podía impedir fácilmente al enemigo que cruzara el foso.

[37.38] Suponiendo el cónsul que el rey estaba en Tiatra, marchó durante cinco días seguidos y descendió a la llanura de Hircania. Al saber que había partido de allí, siguió sus pasos y acampó en la orilla occidental del Frigio, a una distancia de cuatro millas del enemigo [5920 metros.-N. del T.]. Aquí, una fuerza de unos mil jinetes, en su mayoría galogriegos junto con algunos dahas y arqueros montados de otras tribus, cruzaron el río y cargaron tumultuosamente contra los puestos avanzados romanos. Al principio, como no estaban preparados, hubo alguna confusión; pero conforme siguió la batalla y el número de los romanos fue en aumento con los refuerzos que llegaban del campamento, las tropas del rey, cansadas y en inferioridad numérica, trataron de retrarse hacia la orilla del río. Antes que entraran en la corriente, sin embargo, resultó muerto una cantidad considerable por parte de sus adversarios, que los perseguían de cerca. Durante los siguientes dos días todo estuvo tranquilo, sin que ninguna de las partes hiciera intento alguno de cruzar el río. Al tercer día, todo el ejército romano cruzó en bloque y acampó a unas dos millas y medio del enemigo [3700 metros.-N. del T.]. Mientras estaban medían y fortificaban el área del campamento, se produjo una considerable alarma y confusión por la aproximación de una fuerza escogida de tres mil infantes y caballería de las tropas del rey. Los que estaban de guardia eran muchos menos en número, pero mantuvieron por sí mismos una resistencia constante, sin que hubiera que llamar a un solo soldado de los que fortificaban el campamento; según avanzó la lucha, expulsaron al enemigo tras matar a cien de ellos y tomar cien prisioneros. Durante los siguientes cuatro días, ambos ejércitos permanecieron delante de sus empalizadas formados para la batalla; al quinto día, los romanos avanzaron hasta mitad de la llanura, pero Antioco no hizo ningún movimiento para avanzar sus estandartes y sus líneas frontales se mantuvieron en una posición a menos de una milla de su empalizada.

[37,39] Cuando el cónsul se dio cuenta de que declinaba dar batalla, convocó un consejo de guerra para el día siguiente, con el fin de decidir qué debía hacer si Antioco no daba oportunidad de combatir. Se acercaba el invierno, dijo; tendría que acampar a los soldados o, si deseaba marchar a cuarteles de invierno, se tendrían que suspender las operaciones hasta el verano. Por ninguno de sus enemigos sinteron nunca los romanos mayor desprecio. Todos le pidieron a grandes voces que los llevase a la batalla y que aprovechara al máximo el ardor de los soldados, que estaban dispuestos, si el enemigo no salía, a cargar sobre los fosos y la empalizada e irrumpir en el campamento, pues no era como si tuvieran que luchar contra tantos miles de hombres, sino más bien como si tuvieran que masacrar a miles de cabezas de ganado. Cneo Domicio fue enviado para reconocer el terreno y averiguar qué punto de la empalizada permita mejor aproximación; una vez que hubo llevado una información completa y segura, se decidió trasladar el campamento al día siguiente, más cerca del enemigo. Al tercer día, se avanzaron los estandartes hasta mitad de la llanura y se formaron las líneas. Antioco, por su parte, senta que no debería dudar más, para que no decayera el ánimo de sus propios hombres y aumentasen las esperanzas del enemigo de decidir la batalla. Condujo a sus fuerzas lo bastante lejos de su campamento como para dar la impresión de que tenía intención de combatir.

El ejército romano era prácticamente uniforme, tanto en lo referente a los hombres como a su equipamiento; había dos legiones romanas y dos de aliados y latinos, cada una compuesta por cinco mil hombres. Los romanos ocupaban el centro y los latinos las alas. Los estandartes de los asteros estaban en vanguardia, luego iban los de los príncipes y cerraban los de los triarios. Además de estas fuerzas, formadas por así decir de forma regular, el cónsul dispuso a su derecha, alineados con ellos, las fuerzas auxiliares del rey Eumenes que se incorporaron junto a los aqueos armados de cetra, con un total de unos tres mil hombres; más allá de estos, fueron situados casi tres mil de caballería, ochocientos de los cuales fueron proporcionados por Eumenes y el resto caballería toda romana. Más allá de estos colocó a los tralos y los cretenses, en número de quinientos cada uno de ellos. No se consideró que el ala izquierda necesitara tanto apoyo, pues descansaba sobre el río y estaba protegida por las orillas escarpadas; no obstante, se situaron en aquel extremo cuatro turmas de caballería [120 jinetes.-N. del T.]. Esta fue la fuerza total que los romanos llevaron al campo de batalla. Además de estos, sin embargo, existía una fuerza mixta de macedonios y tracios, dos mil en total, que los habían seguido como voluntarios y que quedaron para vigilar el campamento. Los dieciséis elefantes quedaron en reserva tras los triarios; posiblemente no podrían enfrentarse a los elefantes del rey, que contaba con cincuenta y cuatro, y los elefantes africanos no eran rival para los elefantes indios, aunque los igualasen en número, pues estos últimos eran mucho más grandes y combatan con más bravura.

[37.40] El ejército del rey era una fuerza heterogénea de muchas nacionalidades y presentaba gran diversidad, tanto en hombres como en sus equipos. Había dieciséis mil infantes armados al modo macedonio, llamados "falangitas". Estos formaban el centro y su frente estaba compuesto por diez divisiones; entre cada división había dos elefantes. Desde el frente hasta el fondo, tenían treinta y dos filas de profundidad. Esta era la fuerza principal del ejército del rey y presentaba un aspecto formidable, especialmente con los elefantes sobresaliendo de tanto en tanto por encima de los hombres. El efecto quedaba aumentado por las testeras, penachos y torres sobre las espaldas de los animales, sobre las que se encontraba el cornaca [el conductor.-N. del T.] acompañado por cuatro soldados. A la derecha de la falange, Antioco situó a mil quinientos infantes galogriegos, y junto a estos colocó a tres mil jinetes vestidos con armadura a los que llaman "catafractos". A estos se añadió otra ala de caballería en número de mil, a la que llamaban "agema"; esta era una fuerza de medos, hombres escogidos, así como hombres de muchas tribus de aquella parte del mundo. Detrás de estos, como apoyo, se situó una manada de dieciséis elefantes. Seguía en la línea la cohorte real llamada "argiráspides", por la clase de escudos que portaban [literalmente, portadores de escudos de plata.-N. del T.]. Venían luego los dahas, arqueros montados, en número de mil doscientos; después había tres mil infantes ligeros, la mitad de ellos cretenses y la otra mitad tralos. Más allá de estos estaban dos mil quinientos arqueros misios y, cerrando la línea, una fuerza mixta de cuatro mil hombres con honderos cirtos y arqueros elimeos.

A la izquierda de la falange estaban mil quinientos infantes galogriegos y dos mil capadocios, armados de manera similar y enviados por Ariarates, a continuación de ellos se colocó una fuerza, mezcla de toda clase de razas, de unos dos mil setecientos auxiliares. Venían luego tres mil catafractos y otros mil jinetes con protección más ligera que los del ala regia, tanto ellos como los caballos, pero sin diferenciarse en el resto de su equipamiento; estaban compuestos en su mayoría por sirios más una mezcla de frigios y lidios. Delante de esta masa de caballería había cuadrigas con hoces y camellos de los que llaman dromedarios. Sentados sobre estos iban arqueos árabes provistos de estrechas espadas de cuatro codos de largo, de manera que podían alcanzar al enemigo desde tan gran altura. Más allá de ellos había un contingentes de soldados igual al del ala derecha: primero los tarentinos, después dos mil quinientos jinetes galogriegos, mil neocretes, mil quinientos carios y cilicios armados de manera similar, y el mismo número de tralos. Iban luego cuatro mil armados con cetras, pisidios, panfilios y lidios, a continuación venían fuerzas cirtas y elimeas con la misma cantidad que en el ala derecha, y finalmente dieciséis elefantes a poca distancia.

[37.41] El rey mandaba personalmente la derecha, la izquierda la puso a cargo de su hijo Seleuco y del hijo de su hermano, Antpatro. El centro fue confiado a tres comandantes, Minión, Zeuxis y Filipo, mandando este último los elefantes. La bruma de la mañana, que según avanzaba el día se convirtó en nubes, oscureció la atmósfera, luego la humedad, como la que trae el viento del sur, lo mojó todo. Esto no molestó mucho a los romanos, pero fue una grave desventaja para las tropas del rey. Como la línea romana era sólo de moderada longitud, la falta de luz no les impedía la visión de todas las partes de su formación y, como estaba compuesta casi enteramente por tropas pesadas, la fina lluvia no afectó a sus armas, que eran espadas y pilos. La línea del rey, en cambio, era de longitud tan grande que resultaba imposible divisar las alas desde el centro, cuanto menos verse los extremos el uno al otro, y mojando la niebla húmeda sus arcos y hondas, así como las correas de sus lanzas arrojadizas. Además, los carros falcados con los que Antioco confiaba sembrar el pánico en las filas enemigas, volvieron el peligro en contra de los suyos. Estos carros estaban armados de la siguiente manera: a cada lado del timón, sobresaliendo diez codos [4,40 metros.-N. del T.] del yugo, iban ajustadas unas picas que se proyectaban como cuernos y que penetraban cuanto se cruzara en su camino; a cada extremo del yugo salían dos hoces, una a la misma altura que el yugo y la otra más baja, apuntando al suelo, la primera cortaba cuanto se encontraba a los lados y la segunda atrapaba a los caídos o a quienes se arrastraban. De modo similar, dos guadañas, apuntando en direcciones opuestas, estaban fijadas a cada extremo del eje de las ruedas.

Los carros así armados estaban situados, como ya he mencionado, delante de las líneas, pues de haber estado en la retaguardia o en el centro habrían tenido que pasar a través de sus propios hombres. Cuando Eumenes vio esto, familiarizado con su modo de lucha y sabedor de que le sería de mucha ayuda si aterrorizaba a los caballos, ordenó a los arqueros cretenses, a los honderos y lanzadores de jabalinas, junto a algunas turnas de caballería, que avanzasen no en orden cerrado, sino tan abiertos como pudieran y que lanzasen sus proyectiles simultáneamente desde todas partes. Este ataque tan tempestuoso, en parte por las heridas producidas por los proyectiles y en parte por los gritos salvajes de los atacantes, aterrorizó de tal manera a los caballos que se lanzaron a un galope frenétco sobre el campo de batalla, como si no llevaran riendas. La infantería ligera, los ágiles honderos y los veloces cretenses los evitaron fácilmente, y la caballería aumentó la confusión y el terror atemorizando a los caballos y aún a los camellos, añadiéndose a estos los gritos de quienes no habían entrado en acción. Los carros fueron sacados así del campo de batalla, y una vez deshecho tan inútl esperpento, se dio la señal por ambas partes y dio inicio la batalla regular.

[37,42] Aquella inútl acción, sin embargo, demostraría bien pronto ser la causa de una derrota real. Las tropas auxiliares que estaban situadas en reserva muy próximos, quedaron tan desmoralizadas por el pánico y la confusión de las cuadrigas que se dieron a la fuga y dejaron expuesta a toda la línea hasta los catafractos. Ahora que las reservas estaban rotas, la caballería romana cargó contra estos y no resisteron ni la primera carga: algunos huyeron y otros, paralizados por el peso de sus corazas y armas, fueron muertos. A continuación, cedió completamente el resto del ala izquierda, y cuando los auxiliares, que estaban situados entre la caballería y la falange, quedaron desordenados, la desmoralización llegó al centro. Aquí se rompieron las filas, impidiéndoseles emplear sus extraordinariamente largas lanzas -que los macedonios llamaban "sarisas"-sus propios camaradas, que corrían en busca de refugio entre ellos. Estando en este desorden, los romanos avanzaron contra ellos y lanzaron sus pilos. Ni siquiera los elefantes dispuestos entre las secciones de la falange asustaron a los soldados romanos, acostumbrados como estaban por las guerras africanas a evitar la carga de las bestias y atacar sus flancos con sus pilos o, si se podían acercar a ellos, seccionar el tendón de sus corvas con sus espadas. El centro del frente estaba ya casi totalmente hundido y las reservas, habiendo sido fanqueadas, fueron destrozadas desde la retaguardia. En esta coyuntura, los romanos escucharon en la otra parte del campo de batalla los gritos de sus propios hombres al huir, casi hasta las mismas puertas de su campamento. Antioco, desde su posición en su ala derecha, se había dado cuenta de que los romanos, confiando en la protección del río, habían situado allí sólo cuatro turmas de caballería; estas, al mantenerse junto a su infantería, habían dejado desguarnecida la orilla del río. Atacó esta parte de la línea con sus auxiliares y catafractos, no limitándose a presionar su frente sino que, rodeando a lo largo del río, presionó su fanco hasta que la caballería fue puesta en fuga y la infantería, que estaba junto a ella, fue empujada en desenfrenada carrera hasta su campamento.


[37.43] El campamento estaba a cargo de un tribuno militar, Marco Emilio, hijo del Marco Lépido que unos años más tarde fue nombrado Pontifice Máximo. Cuando vio que los fugitivos se dirigían hacia el campamento, se les enfrentó con toda la guarnición del campamento y les ordenó que se detuvieran; después, reprendiéndoles ásperamente por su cobarde huida, les amenazó para que regresaran al combate y les advirtó de que, si no le obedecían, se precipitaban ciegamente a su ruina. Finalmente, dio orden a sus hombres de que mataran a los primeros que llegaban y que obligasen a la multitud que les seguía, con sus espadas, a volver contra el enemigo. Este miedo, mayor, venció al menor. El peligro que les amenazaba por ambos lados los llevó, primero a detenerse y luego a regresar a la lucha. Emilio, con su guarnición del campamento -que estaba compuesta por dos mil valientes soldados-ofreció una firme resistencia al rey que les perseguía firmemente, y Atalo, el hermano del Eumenes, que estaba en la derecha romana donde el enemigo había sido puesto en fuga al primer choque, viendo a su izquierda la difcil situación de sus hombres y el tumulto alrededor del campamento, llegó oportunamente en aquel momento con doscientos jinetes. Cuando Antioco se encontró con que los hombres, cuyas espaldas había visto poco antes, reanudaban ahora el combate y que llegaban otros grupos de soldados desde el campo de batalla y desde el campamento, volvió grupas a su caballo y huyó. Así, los romanos salieron victoriosos en ambas alas. Abriéndose paso a través de los montones de cadáveres que yacían apilados, sobre todo en el centro, donde el valor de las mejores tropas del enemigo y el peso de sus armaduras les impedían huir, se lanzaron a saquear el campamento. Con la caballería de Eumenes en cabeza, seguida por el resto de las tropas montadas, fueron persiguiendo al enemigo por toda la llanura y matando a los últimos conforme los alcanzaban. Pero aún más estragos sufrieron los fugitivos por el hecho de ir mezclados entre los carros, los elefantes y los camellos; no solo fueron aplastados por los animales sino que, habiendo perdido todo orden, tropezaban ciegamente unos contra otros. Se produjo también una espantosa carnicería en el campamento, casi mayor que en la batalla. Los primeros fugitivos huyeron principalmente en aquella dirección y la guarnición del campamento, confiando en el gran número de los que llegaban, lucharon con la mayor determinación delante de su empalizada. Los romanos, que esperaban haber podido tomar al primer asalto las puertas y la empalizada, quedaron allí contenidos algún tiempo y, cuando por fin quebraron la defensa, por causa de su ira les infigieron una masacre aún mayor.

[37,44] Se dice que aquel día murieron cincuenta mil infantes y tres mil de caballería; mil quinientos resultaron prisioneros y se capturaron quince elefantes con sus cornacas. Muchos de los romanos sufrieron heridas, pero en realidad no cayeron más de trescientos de infantería, veinticuatro de caballería y veintcinco del ejército de Eumenes. Después de saquear el campamento enemigo, los romanos volvieron al suyo con una gran cantidad de botín; al día siguiente despojaron a los cuerpos de los muertos y reunieron a los prisioneros. Llegaron delegaciones desde Tiatra y Magnesia del Sípilo para entregar sus ciudades. Antioco, acompañado en su huida del campo de batalla por un pequeño número de sus hombres, así como de otros más que se le unieron por el camino, llegó a Sardis sobre la medianoche con un modesto grupo de tropas. Al enterarse de que su hijo Seleuco, con algunos de sus amigos, había llegado hasta Apamea, partió también él, con su esposa y su hija, en dirección a la misma ciudad tras encargar la defensa de Sardis a Xenón y nombrar a Timón gobernador de Lidia. Los habitantes y los soldados de la ciudadela hicieron caso omiso de su autoridad y, de mutuo acuerdo, enviaron delegados al cónsul.

[37.45] Casi simultáneamente a estos delegados, llegaron otros desde Aydin [la antigua Tralles.-N. del T.], desde la Magnesia que está sobre el Meandro y desde Éfeso para entregar sus ciudades. Polixénidas, al tener noticias de la batalla, había salido de Éfeso y llevado su flota hasta Pátara, en Licia; pero temiendo un ataque de la escuadra rodia que estaba situada cerca de Megiste, desembarcó y se dirigió por tierra hacia Siria con un pequeño contingente. Las ciudades de Asia Menor se pusieron bajo la protección del cónsul y el dominio de Roma. El cónsul estaba ahora en Sardes y Publio Escipión marchó allí desde Elea, tan pronto fue capaz de soportar la fatga del viaje. Por aquel mismo tiempo, llegó un heraldo de Antioco que, por mediación de Publio Escipión, logró el consentimiento del cónsul para el rey enviara portavoces. Unos días más tarde llegaron Zeuxis, quien había sido gobernador de Lidia, y Antpatro, sobrino del rey. Se entrevistaron primero con Eumenes, que suponían sería el más fuerte oponente a la paz debido a sus antiguas disputas con el rey, pero le encontraron con un ánimo más conciliador de lo que ellos o Antioco hubieran esperado. A continuación se acercaron a Escipión y, por su mediación, al cónsul. Se les concedió su petción de una reunión del consejo para hacer públicas las instrucciones que traían. Zeuxis habló primero: "No tenemos tanto que hablar nosotros -dijo-, como pediros a vosotros, romanos, que digáis de qué medios propiciatorios puede el rey expiar su error y obtener de vosotros, sus vencedores, la paz y el perdón. Siempre habéis mostrado la mayor magnanimidad al perdonar a los reyes y pueblos que habéis vencido. ¡Con cuánta mayor magnanimidad y serenidad actuaréis en este momento de victoria, que os ha convertido en los dueños del mundo! Conviene ahora que, terminadas las batallas contra los hombres, no menos que si fueseis dioses, proveáis y perdonéis a todo el género humano".

Antes de la llegada de los enviados ya se había decidido la respuesta que se les debía dar. Les plació que respondiera el Africano, y se dice lo que se expresó en los siguientes términos: "De todas las cosas que están en poder de los dioses inmortales, nosotros los romanos tenemos las que estos nos han concedido. Hemos mantenido nuestra fortaleza ánimo, que depende de nuestra razón, invariable ante cada giro de la fortuna hasta hoy; la prosperidad no la ha avivado y la adversidad no la ha deprimido. Por no mencionar ningún otro ejemplo, me gustaría poneros a Aníbal como prueba de esto, sino pudiera poneros a vosotros mismos. Una vez hubimos cruzado el Helesponto, antes de ver el campamento del rey, antes de ver su ejército formado en orden de combate, mientras Marte permanecía aún neutral y la suerte de la guerra incierta, os presentamos, cuando vinisteis a tratar la paz, condiciones de igual a igual. Ahora que somos vencedores, os ofrecemos las mismas condiciones como vencidos. Manteneos alejados de Europa; evacuar toda la parte de Asia que se encuentra a este lado de los montes Tauro. Por los gastos afrontados durante la guerra, nos daréis quince mil talentos euboicos [el talento euboico equivale a 25,92 kg.-N. del T.], quinientos ahora, dos mil quinientos en cuanto el senado y el pueblo de Roma hayan confirmado la paz, y luego mil al año durante doce años. Es también nuestra voluntad que se le paguen cuatrocientos talentos a Eumenes y el resto del trigo que se debía a su padre. Si convenimos en estas condiciones, y para tener la garantía de que las cumpliréis, nos entregaréis veinte rehenes escogidos por nosotros. Pero nunca nos sentremos seguros de que habrá paz con Roma donde esté Aníbal, y ante todo exigimos su entrega. También entregaréis al etolio Toante, el instgador de la guerra etolia, que os incitó a tomar las armas contra nosotros confiando en ellos, y a ellos los hizo armarse contra nosotros confiando en vosotros. Con él habréis de entregar a Mnasíloco el acarnane, así como a los calcidenses Filón y Eubúlidas. El rey hará la paz ahora en peores condiciones, pues lo hace más tarde de cuando pudo haberla hecho. Si vacila ahora, hacedle saber que resulta más difcil derribar el orgullo de los monarcas desde la cima de su grandeza a una posición modesta, que hacerlos caer desde esa modesta situación al más hondo de los abismos". Los enviados habían sido instruidos por el rey para que aceptaran cualquier condición. En consecuencia, se decidió enviar una embajada a Roma. El cónsul distribuyó a su ejército en cuarteles de invierno entre Magnesia del Meandro, en Aydin y en Éfeso. Pocos días después, llegaron a Éfeso, ante el cónsul, los rehenes y los embajadores que tenían que ir a Roma. Eumenes partió hacia Roma al mismo tiempo que los enviados, y fueron seguidos por las delegaciones de todos los pueblos de Asia.

[37,46] Mientras se estaban produciendo en Asia estos acontecimientos, dos de los procónsules regresaron a Roma: Publio Minucio desde Liguria y Manio Acilio desde Etolia. Ambos esperaban disfrutar de un triunfo, pero cuando el Senado hubo escuchado su relato de cuanto que habían hecho, rechazó la solicitud de Minucio y por unanimidad concedieron el triunfo a Acilio, que entró en la Ciudad celebrando su triunfo sobre Antioco y los etolios. Llevaron en la procesión doscientos treinta estandartes enemigos, tres mil libras de plata sin acuñar, de plata acuñada ciento trece mil tetracmas áticas, doscientos cuarenta y nueve mil cistóforos, así como muchos vasos de plata, cincelados y de gran peso; llevó también la vajilla de plata del rey y su magnífico vestuario. Llevó también cuarenta y cinco coronas de oro, regalo de varias ciudades aliadas, y despojos de toda clase; treinta y seis prisioneros de alto rango, los generales de Antioco y los etolios, también marcharon en la procesión del vencedor. Damócrito, el jefe de los etolios, había escapado de la cárcel un par de noches antes; los guardias lo persiguieron hasta la orilla del Tíber, donde se atravesó con la espada antes de que lo pudieran atrapar. Solo faltaron los soldados siguiendo el carro; por lo demás, fue un triunfo magnífico tanto por el espectáculo como por la celebración de una espléndida victoria.

Estos festejos de triunfo se vieron empañados por una triste noticia desde Hispania: seis mil hombres del ejército romano, bajo el mando del procónsul Lucio Emilio, habían caído en una desgraciada batalla contra los lusitanos, en la Bastetania, cerca de la ciudad de Licón [se la suele identificar con Pinos Puente-Ilurco (Granada) o con Castulo-Ilugo (Jaén), en ambos casos se presentan dificultades que pueden indicar una confusión de Tito Livio o sus fuentes.-N. del T.]. Los restantes huyeron tras la empalizada de su campamento, que defendieron con dificultad, para retrarse finalmente a marchas forzadas, como si fuesen fugitivos, hacia territorio amigo. Este fue el informe recibido de Hispania. Llegó una delegación procedente de Plasencia y Cremona, en la Galia, y fueron presentados en el Senado por el pretor Lucio Aurunculeyo. Estos se quejaron de la escasez de colonos: algunos habían sido víctimas de los azares de la guerra, otros de la enfermedad, y algunos se habían marchado de las colonias debido a las molestas producidas por sus vecinos, los galos. El senado decretó que el cónsul Cayo Lelio debía, si le parecía bien, elaborar una lista de seis mil familias que se distribuirían entre las dos colonias, debiendo nombrar Lucio Aurunculeyo los triunviros que asentarían a los nuevos colonos. Los nombrados fueron Marco Atilio Serrano, Lucio Valerio Flaco, hijo de Publio, y Lucio Valerio Tapón, hijo de Cayo.

[37.47] No mucho después, como se acercaba la fecha de las elecciones consulares, el cónsul Cayo Lelio regresó de la Galia. Este, en cumplimiento del decreto que el Senado había hecho antes de su llegada, inscribió los colonos para reforzar la población de Cremona y Plasencia, presentando además una propuesta, que el Senado aprobó, para la fundación de dos nuevas colonias en tierras que habían pertenecido a los boyos. Llegó por entonces un despacho del pretor Lucio Emilio dando cuenta de la batalla naval librada en Mioneso y afirmando que Lucio Escipión había llevado su ejército a Asia. Se decretó un día de acción de gracias por la victoria naval, y otro día más por ser la primera vez que se asentaba en suelo de Asia un ejército romano, para que este acontecimiento tuviera un final feliz y próspero para la república. El cónsul recibió instrucciones para sacrificar cada día veinte víctimas adultas. Se celebraron unas elecciones consulares muy reñidas. Marco Emilio Lépido era uno de los candidatos, pero era impopular en todas partes debido a que había abandonado su provincia de Sicilia para presentar su candidatura, sin consultar al Senado para poder hacerlo. Los otros candidatos eran Marco Fulvio Nobilior, Cneo Manlio Vulsón y Marco Valerio Mesala. Fulvio fue el único elegido, al no obtener ninguno de los otros el número preciso de centurias. Fulvio, al día siguiente, proclamó colega suyo a Cneo Manlio; Lépido había quedado descartado, pues Mesala se retró. Los nuevos pretores fueron dos Fabios, Labeón y Píctor -este último había sido consagrado famen quirinal ese año-, Marco Sempronio Tuditano, Espurio Postumio Albino, Lucio Plaucio Hipseo y Lucio Bebio Dives.

[37,48] Nos cuenta Valerio Antas que, una vez asumido el cargo por los nuevos cónsules -189 a.C.-, corrió por Roma un rumor, que se extendió ampliamente, en el sentido de que los dos Escipiones, Lucio y el Africano, invitados a una entrevista con el rey con motivo del regreso del joven Escipión, habían sido apresados, llegando enseguida el ejército del rey hasta el campamento romano, que fue capturado, y siendo completamente destruidas las fuerzas romanas. Se decía, además, que los etolios ganaron nuevos ánimos con esto y se negaron a obedecer las órdenes, marchando sus líderes a Macedonia, Tracia y Dardania para contratar mercenarios. Aulo Terencio Varrón y Marco Claudio Lépido habrían sido enviados por el propretor Aulo Cornelio desde Etolia para llevar estas noticias a Roma. Complementa este cuento informándonos de que se les preguntó en el Senado a los embajadores etolios, entre otros asuntos, a quién habían escuchado que los jefes romanos habían sido hechos prisioneros por Antioco y su ejército destruido, replicando los etolios que a ellos les habían informado así unos enviados suyos que estaban con el cónsul. No teniendo yo ninguna otra fuente sobre este rumor, la hago constar sin confirmarla ni pasarla por alto como infundada.

[37.49] Al comparecer los etolios ante el Senado, su propio interés y la situación en la que se encontraban aconsejaban que hubieran admitido toda su culpa o equivocación y hubiesen pedido humildemente perdón. En lugar de esto, empezaron por recordar los servicios que habían prestado al pueblo romano; rememorando, casi como un reproche, el valor que habían mostrado en la guerra contra Filipo, lograron ofender con su insolencia los oídos de su audiencia. Trayendo a colación viejos y olvidados incidentes, llegaron al extremo de recordar a los senadores cuánto habían hecho para perjudicar a Roma, mucho más que para beneficiarla. Así, aquellos hombres que necesitaban compasión y simpata sólo provocaron irritación y enojo. Preguntados por un senador si dejaban la decisión de su caso al pueblo romano, y por otro si tendrían como aliados y enemigos los mismos que Roma, al no dar respuesta alguna se les ordenó salir de aquel lugar sagrado ["templo" es el término que usa Livio; otras traducciones ofrecen "el recinto" o "el Senado" como alternativas; nos ha parecido que, aquí concretamente, puede querer indicar Livio que estas sesiones se celebraban en el templo de Belona, donde solían tener lugar las relacionadas con los asuntos bélicos, aunque le serviría también para enfatizar el hecho de que el lugar donde celebraba sus sesiones el Senado de Roma debía haber sido previamente consagrado.-N. del T.]. Casi todo el senado se expresó a grandes voces diciendo que los etolios estaban aún completamente del lado de Antioco y que su ánimo agresivo estaba pendiente únicamente de sus esperanzas en él; eran, indudablemente, enemigos de Roma y, como a tales, resultaba preciso combatirles y doblegar definitivamente la soberbia de sus ánimos desafiantes. Lo que les hizo enojar aún más fue la duplicidad de los etolios, pidiendo la paz a los romanos mientras hacían la guerra contra Dolopia y Atamania. Manio Acilio, el vencedor de Antioco y los etolios, propuso una resolución que el Senado aprobó, a saber, que se ordenara a los enviados salir de la Ciudad aquel mismo día y que abandonaran Italia en un plazo de quince días. Aulo Terencio Varrón fue enviado a escoltarlos por el camino, y se les advirtó de que si iba a Roma algún delegado etolio, excepto con el permiso del comandante romano que gobernara aquella provincia y acompañados por un legado romano, se les trataría como enemigos [se ha preferido dejar el término "legado", sin inclinarnos por "enviado" o "general", al no poder precisar si Livio quiere indicar que el acompañante debía ser un militar de rango superior o un ciudadano en misión oficial.-N. del T.]. Con esta advertencia fueron despedidos.

[37.50] A continuación, los cónsules llevaron ante el Senado la asignación de las provincias. Se decidió que sortearan entre Etolia y Asia. A quien correspondiera Asia se haría cargo del ejército de Lucio Escipión, así como de refuerzos consistentes en cuatro mil infantes y doscientos jinetes romanos, y ocho mil infantes y cuatrocientos jinetes proporcionados por los aliados y los latinos; con estas fuerzas debía llevar a cabo la guerra contra Antioco. El otro cónsul se haría cargo del ejército en Etolia y se le autorizaba a alistar refuerzos en el mismo número y proporción que su colega. También debería equipar y llevar con él los barcos que habían sido preparadas el año anterior, no limitando sus operaciones a Etolia, sino pasar también a la isla de Cefalonia. También se le pedía que marchara a Roma para celebrar las elecciones, si lo podía hacer sin detrimento para el estado, pues se decidió que, además de la designación de los magistrados anuales, también deberían ser elegidos los censores. Si las circunstancias le impidieran dejar su puesto, informaría al Senado de que no podía estar presente en ese momento. Etolia correspondió a Marco Fulvio y Asia a Cneo Manlio. Los pretores sortearon a continuación: Espurio Postumio Albino recibió las jurisdicciones urbana y peregrina; a Marco Sempronio Tuditano correspondió Sicilia; Quinto Fabio Píctor -el famen quirinal-obtuvo Cerdeña; a Quinto Fabio Labeón le correspondió el mando naval; Hispania Citerior fue para Lucio Plaucio Hipseo y la Ulterior para Lucio Bebio Dives. Se destinó una legión, así como la flota que ya estaba en la provincia, a Sicilia; también decidió que el nuevo pretor debía ordenar a los sicilianos que proporcionaran doble diezmo de trigo, uno para enviarlo a Asia y el otro a Etolia. Lo mismo se exigiría a los sardos, llevándose aquel trigo a los mismos ejércitos que el suministrado por Sicilia. Lucio Bebio recibió para Hispania refuerzos en número de mil soldados de infantería y quinientos de caballería, así como seis mil infantes y doscientos jinetes de los latinos y los aliados; A Plaucio Hipseo, en la Hispania Citerior, le asignaron mil infantes romanos, dos mil aliados latinos y doscientos jinetes; con estos refuerzos, cada una de las provincias hispanas dispondría de una legión cada una. De los magistrados del año anterior, Cayo Lelio conservó su provincia y su ejército por un año, así como también Publio Junio como propretor en Etruria, con el ejército que había en la provincia, y a Marco Tucio como propretor en el Brucio y Apulia.

[37.51] Antes de que los pretores partieran hacia sus provincias, surgió una disputa entre Publio Licinio, el Pontifice máximo, y el famen quirinal, Quinto Fabio Píctor. Muchos años antes se había producido una disputa similar entre Lucio Metelo y Postumio Albino. En aquel entonces, el Pontifice máximo Metelo había impedido a Albino, el cónsul recién elegido, que marchara a Sicilia, a la flota, con su colega Cayo Lutacio, para que atendiera a sus obligaciones religiosas. En la presente ocasión, Publio Licinio impidió al pretor marchar a Cerdeña. La cuestón fue objeto de acalorados debates, tanto en el Senado como en la Asamblea, por ambas partes se hizo valer la autoridad, se exigieron garantas, se impusieron multas, se invocó a los tribunos y se apeló al pueblo. Finalmente, prevalecieron las razones religiosas y se ordenó al Flamen que obedeciera las órdenes del Pontfice, aunque la multa que se le impuso fue perdonada por orden del pueblo. El pretor estaba muy enojado por perder su provincia y quería renunciar a su cargo, pero el Senado ejerció su autoridad para impedirlo y ordenó que ejerciera la jurisdicción peregrina. En pocos días quedaron completados los alistamientos, pues no quedaban tantos hombres por llamar, y los pretores partieron hacia sus provincias. Comenzaron después a extenderse rumores, sin fundamento y sin origen claro, sobre las operaciones en Asia, y pocos días después llegó a Roma información segura y una carta del comandante jefe. El júbilo a la llegada de esta supuso un alivio después de sus recientes temores, pues ya no tenían nada que temer del rey, vencido en Etolia, y sobre todo después de los viejos rumores, ya que al comienzo de la guerra se le había considerado un enemigo formidable, tanto por sus propias fuerzas como por contar con Aníbal para dirigir la campaña. Se mantuvo, sin embargo, la decisión de enviar el cónsul a Asia, considerándose que no era prudente reducir sus fuerzas en vista de la probabilidad de una guerra con los galos.

[37.52] Poco después de esto, llegaron a Roma Marco Aurelio Cota, lugarteniente de Lucio Escipión, acompañado por la delegación de Antioco, así como también Eumenes y los rodios. Cota presentó su informe, primero en el Senado y después, por orden de los senadores, ante la asamblea. Se decretó una acción de gracias de tres días y se ordenó que se sacrificaran cuarenta víctimas adultas. Luego, el senado recibió en audiencia, en primer lugar, a Eumenes. Comenzó con unas palabras de agradecimiento al Senado por haberlos liberado, a él y a su hermano, del asedio y por rescatar su reino de los ataques de Antioco. Pasó a felicitarlos por sus éxitos por mar y terra, y por haber expulsado de su campamento a Antioco, tras derrotarlo y ponerlo en fuga, primero en Europa y después de toda Asia a este lado del monte Tauro. De los servicios que él mismo había prestado, prefería que tuvieran noticia por sus propios generales antes que por él mismo. Sus palabras fueron escuchadas con la aprobación general, instándole los senadores a que, por esta vez, dejara de lado la modesta y les expusiera francamente qué reconocimiento consideraba merecer del senado y el pueblo de Roma; el senado, se le aseguró, obraría con la mayor disposición y generosidad, en cuanto pudiera, según sus méritos. Respondió el rey a esto que, si la elección de los reconocimientos se la ofrecieran otros, con el solo privilegio de consultar al senado romano habría hecho uso de los consejos que le diera tan alto estamento, porque no parecieran extravagantes sus petciones o carentes de modesta. Como, sin embargo, eran ellos los que iban a concederlas, pensaba que era mucho más conveniente que ellos mismos determinaran el alcance de su generosidad para con él y sus hermanos. A pesar de esta protesta, los padres conscriptos siguieron insisténdole para que declarase sus deseos. Esta amistosa disputa duró algún tiempo: con el Senado dispuesto a conceder lo que el rey pidiera y el rey manteniendo una modesta reserva, dejando cada uno la decisión al otro y remiténdose cada parte a la otra de manera cortés e interminable. Como no se llegara a una conclusión definitiva, salió finalmente el rey de la Cámara; los senadores se mantenían en su criterio de que era absurdo suponer que el rey no sabía qué expectativas tenía o que petciones había venido a hacer. Él sabía qué era lo más conveniente para su reino; estaba más familiarizado con Asia que el senado y, por lo tanto, se le debía llamar y obligarlo a expresar sus verdaderos sentimientos y deseos.

[37,53] El rey fue conducido nuevamente al Senado por el pretor y se le pidió que expresara su opinión. "Habría mantenido mi silencio, senadores, -comenzó-de no haber sido porque no tardaréis en llamar a los delegados de Rodas y, después de ser oídos, me habría sido necesario hablar. Me será entonces más difcil exponer mis petciones, pues sus demandas no parecerán opuestas a mis intereses, sino que tampoco parecerán afectar de algún modo a los suyos. Defenderán la causa de las ciudades griegas y dirán que deben ser declaradas libres. Si obtenen esto, ¿quién puede dudar que alejarán de nosotros no sólo las ciudades que sean declaradas libres, sino también a las que desde antiguo han sido nuestras tributarias? Después, tras quedar obligadas a ellos por tan gran servicio, las tendrán nominalmente como aliadas, pero quedarán en realidad sujetas completamente a su dominio. Y, si le place a los dioses, mientras ambicionan este inmenso poder, pretenderán que en modo alguno concierne a sus intereses y que únicamente estaréis haciendo lo que es correcto, adecuado y coherente con vuestra política pasada. Debéis estar en guardia para que nos os engañe este discurso; no sea que disminuyáis en exceso a unos aliados y engrandezcáis en demasía a otros, y sobre todo para que no pongáis en mejor posición a aquellos que han empuñado las armas contra vosotros respecto a los que han sido vuestros aliados y amigos. En cuanto a mí, prefiero que se piense de mi que cedo ante alguien, dentro de los límites de mis derechos, y que no me empeño excesivamente en mantenerlos; pero estando en cuestón el ser digno de vuestra amistad, el ofreceros pruebas de afecto y la consideración que nos tengáis, en tal caso no puedo resignarme a la derrota. Este es el patrimonio más valioso que he recibido de mi padre. Él fue el primero, de todos los que habitan en Grecia o Asia, en ser admitido en vuestra amistad, y la preservó con ininterrumpida y constante fidelidad hasta el fin de su vida. No solo fue un buen y fiel amigo de corazón, sino que tomó parte en todas las guerras que habéis librado en Grecia, os ayudó por mar y tierra y os proporcionó suministros de toda clase en una medida mayor de lo que hubiera hecho cualquier otro de vuestros aliados. Y por último, mientras estaba tratando de persuadir a los beocios para que aceptasen vuestra alianza, quedó inconsciente en pleno consejo y expiró poco después. Siguiendo sus pasos, no podría haber mostrado en modo alguna mayor buena voluntad o deseo más fuerte de honraros que él, pues eran insuperables. En lo que haya sido capaz de ir más lejos que él, en servicios prestados, en los sacrificios impuestos por el deber, se debe a las oportunidades presentadas por las circunstancias del momento, por Antioco y por vuestra guerra en Asia. Antioco, monarca entonces de Asia y de parte de Europa, ofreció darme su hija en matrimonio y devolver de inmediato las ciudades que se habían rebelado contra nosotros, haciéndome albergar grandes esperanzas de ampliar en el futuro mis dominios si me unía a él en su lucha contra vosotros".

"No me preciaré de no haberos fallado nunca; prefiero detenerme en aquellas cosas que son dignas de la muy antigua amistad entre mi casa y vosotros. Ayudé a vuestros comandantes con mis fuerzas terrestres y navales de una forma en la que ninguno de vuestros aliados se me puede comparar; os proporcioné suministros por tierra y por mar; partcipé en cada uno de los combates navales librados en distintos lugares; nunca reparé en esfuerzos o peligros; sufrí lo peor de la guerra, quedando asediado en Pérgamo con mi vida y mi reino en inminente peligro. Una vez liberado, a pesar del hecho de que Antioco, por un lado, y Seleuco por otro situaban sus campamentos rodeando la ciudadela de mi reino, dejé de lado mis propios intereses y marché con toda mi flota al Helesponto para reunirme con vuestro cónsul, Lucio Escipión, y ayudarle a transportar su ejército. Una vez que vuestro ejército hubo desembarcado en Asia, nunca me aparté del lado del cónsul. Ningún soldado romano fue más asiduo en el campamento que mis hermanos y yo; no hubo expedición o acción de caballería en la que no estuviera presente; ocupé mi puesto en la línea de batalla y ocupé el puesto que el cónsul me asignó.

"No preguntaré, padres conscriptos, quién se me puede comparar en servicios prestados durante esta guerra; nadie hay, entre todos los pueblos o monarcas a los que tenéis en alta consideración, con quien yo no me atreva a compararme. Masinisa fue vuestro enemigo antes de ser vuestro aliado; no fue a vuestro campamento a prestaros apoyo cuando su corona estaba segura, sino cuando era un fugitivo proscrito, había perdido todas sus fuerzas y llegó con una turma de caballería para refugiarse. Y, sin embargo, porque permaneció leal y activo a vuestro lado contra Sífax y los cartagineses, no solo le devolvisteis su reino, sino que, al agregarle la parte más rica de los dominios de Sífax, lo hicisteis el rey más poderoso de África. ¿Qué honor o recompensa merecemos entonces a vuestros ojos, nosotros que nunca hemos sido vuestros enemigos sino siempre amigos vuestros? No sólo en Asia hemos empuñado las armas mi padre, mis hermanos y yo en vuestro nombre, sino tan lejos del hogar como en el Peloponeso, en Beocia, en Etolia, en las guerras contra Filipo, Antioco y los etolios, tanto por mar como por terra. Alguien me dirá: "¿Qué pides, pues?" Como que insists, senadores, para que hable libremente, es preciso obedeceros. Si es vuestra intención, al alejar a Antioco más allá de las montañas del Tauro, el ocupar aquellos territorios vosotros mismos, os prefiero a vosotros como vecinos antes que a cualquier otro, ni puedo ver cómo pueda estar mi reino más seguro o menos propenso a la inestabilidad con otra clase de disposición. Pero si tenéis el propósito de retraros de allí y llevaros vuestros ejércitos, me atrevería a sugeriros que no hay ninguno de vuestros aliados más digno de ocupar los territorios que habéis conquistado que yo mismo. ¡Pero se me puede decir que resulta algo espléndido liberar ciudades de la esclavitud! Así lo creo yo también, si no han cometido ningún acto hostl contra vosotros; pero si han tomado partido por Antioco, ¿no es más digno de vuestra sabiduría y justicia el mirar por el interés de los aliados que os han hecho bien, antes que por el de vuestros enemigos?".

[37.54] El discurso del rey complació a los senadores, y era fácil ver que estaban dispuestos a obrar en todo con espíritu generoso y de buena voluntad. Como uno de los enviados de Rodas estuviera ausente, se introdujo la delegación de Esmirna, que fue muy elogiada por haber escogido soportar todos los sufrimientos antes que entregarse a Antioco. Después, se concedió audiencia a los rodios. Su portavoz empezó hablando de cómo se había iniciado su amistad con el pueblo romano y qué servicios les habían prestado los rodios, primero en la guerra contra Filipo y luego contra Antioco, siguiendo así: "de todo nuestro caso, padres conscriptos, nada nos resulta más difcil y penoso que tener que entrar en controversia con el rey Eumenes. Estamos obligados a él, por lazos de hospitalidad, más que a cualquier otro monarca, tanto personalmente como, lo que más nos importa, nuestra propia ciudad oficialmente. No son, sin embargo, nuestros sentimientos, padres conscriptos, sino la naturaleza misma de las cosas, fuerza de lo más poderosa, la que nos pone en desacuerdo; nosotros, que somos libres, estamos abogando por la libertad de otros, a los que los reyes desean sometidos y sumisos a su gobierno. Pero, como quiera que sea, encontramos mayor dificultad en el respeto y consideración que sentimos hacia el rey que en el hecho de que la discusión nos resulte compleja o que parezca que nos va a llevar a un debate confuso. Porque si no pudieseis honrar y recompensar a un monarca, que es vuestro amigo y aliado, y que os ha prestado buenos servicios en esta guerra, excepto entregando bajo su dominio ciudades libres, tendríais que elegir entre dos alternativas: O habríais de despedir, sin honrar ni recompensar, a un monarca aliado, u os deberíais apartar de vuestros principios y mancillaríais la gloria que habéis adquirido en la guerra con Filipo, esclavizando tantas ciudades. Pero vuestra buena fortuna os libera completamente de la disyuntiva de elegir entre la grattud a un amigo o empañar vuestra gloria. Gracias al favor de los dioses, vuestro éxito glorioso no lo es más por la gloria que por la riqueza de sus resultados, bastantes para cumplir lo que pudiera llamarse vuestra deuda para con él. Licaonia, Pisidia, el Quersoneso, y las zonas adyacentes de Europa están en vuestro poder, y la añadidura de cualquiera de estos países engrandecería los dominios del rey en muchas veces su tamaño actual; si se le concedieran todas, le pondrían al nivel del mayor de los monarcas. Por tanto, podéis enriquecer a vuestros aliados con el botín de la guerra y, al mismo tiempo, evitar desviaros de vuestros principios y tener en cuenta el motivo que alegasteis para vuestra guerra contra Filipo y la actual contra Antioco, así como la conducta que seguisteis tras la derrota de Filipo, que es la que deseamos y esperamos ahora que sigáis, no tanto por el hecho de que la sigáis sino porque es la correcta y apropiada. Son distintos para cada cual los motivos honrosos y razonables para tomar las armas. Los hay que luchan por ganar territorios, otros por pueblos, otros por ciudades fortificadas, otros por puertos y franja de costa. Vosotros no deseasteis tales cosas antes de poseerlas ni, probablemente, las ambicionáis ahora cuando todo el mundo está bajo vuestro dominio. Habéis combatido por el honor de vuestra república y la gloria de la que disfrutáis entre toda la raza del hombre, que durante tanto tiempo ha contemplado vuestra soberanía y vuestra fama, solo segundas a las de los dioses inmortales. Lograr y adquirir estas cosas ha sido una tarea ardua, y me inclino a pensar que es tarea aún más ardua el defenderlas. Os habéis comprometido a proteger de la tranía de los monarcas las libertades de un antiguo pueblo, famoso tanto por su reputación militar como por cuanto tiene de elogiable, en todos los aspectos, su civilización y su cultura. Ahora que esa nación, en su totalidad, se ha puesto bajo vuestra protección como cliente, es vuestra responsabilidad mostrar en todo momento vuestro patronazgo. Las ciudades griegas que están en su antiguo territorio no son en modo alguno más griegas que las colonias que de ellas partieron a Asia; cambiaron su terra, no su carácter ni su sangre. Nos hemos aventurado a competr en respetuosa rivalidad con nuestros padres y fundadores -cada ciudad con los suyos-en todas las artes honorables y en valor. La mayoría habéis visitado las ciudades de Grecia y Asia: no estamos en desventaja respecto a ellas, excepto en que estamos a mayor distancia de vosotros. Si el temperamento natural de los marselleses hubiera cedido a la infuencia del territorio, hace ya tiempo habrían sido convertidos en bárbaros por las tantas tribus indómitas que les rodean; sin embargo, tenemos entendido que los tenéis en tanta consideración y honor como si vivieran en el ombligo de Grecia. Y todo ello porque han conservado, íntegros y alejados de toda contaminación de sus vecinos, su idioma, su vestimenta, su apariencia externa y, sobre todo, sus leyes, sus costumbres y su carácter. Las montañas del Tauro forman ahora la frontera de vuestro imperio, y nada dentro de esa línea os debe parecer distante. Donde quiera que han entrado vuestras armas, han entrado también las leyes de Roma. Que los bárbaros mantengan sus reyes, pues siempre han tenido como ley las órdenes de sus amos y están contentos con ello; los griegos tienen su propio destino, pero su ánimo es el mismo que el vuestro. Hubo un tiempo en que también dominaron un imperio con sus propias fuerzas; ahora rezan porque el imperio siga donde está; consideran suficiente que vuestras armas protejan su libertad, ya que no les bastan las suyas·.

"Se podrá aducir que algunas ciudades se aliaron con Antioco. Sí, y antes lo hicieron otras con Filipo, y los Tarentinos con Pirro. Por no hablar de otros pueblos, Cartago permanece libre y bajo sus propias leyes. Ved, padres conscriptos, cómo estáis ligados por estos precedentes que vosotros mismos habéis establecido y seguramente os negaréis a conceder a la ambición de Eumenes lo que negasteis a la ira de vuestra justsima ira. Nosotros, los rodios, os dejamos juzgar cuán leales y efectivos servicios os hemos prestado en esta última guerra y en todas las que habéis emprendido en aquellas costas. Ahora que se ha asentado la paz, os sugerimos una política que, si la aprobáis, hará que el orbe entero recuerde el uso que hacéis de vuestra victoria como la prueba más contundente de vuestra grandeza, aún más que la misma victoria". Este discurso se consideró muy acorde con la grandeza de Roma.

[37,55] Después de los rodios, se llamó a los enviados de Antioco que adoptaron el tono habitual de los que piden perdón y, después de reconocer los errores del rey, imploraron a los senadores que su decisión se guiara más por su propia clemencia que por las faltas del rey, quien ya había sufrido un castgo más que suficiente. Terminaron rogando al senado que confirmara con su autoridad la paz concedida por Lucio Escipión en las condiciones que había impuesto. El Senado decidió que se mantuviera la paz en aquellos términos y, pocos días más tarde, el pueblo lo ratficó. En el Capitolio quedó sellado el tratado formal con Antpatro, el hijo del hermano del rey, que era el jefe de la delegación. Tras esto, se dio audiencia a otras delegaciones de Asia. Todos ellos recibieron la misma respuesta, a saber, que el Senado, de conformidad con la costumbre de los antepasados, enviaría diez delegados para investgar y resolver los asuntos en Asia. Las principales disposiciones de lo acordado, no obstante, eran las siguientes: Todo el territorio a este lado de las montañas del Tauro, que había estado dentro de los dominios de Antioco, sería entregado a Eumenes con la excepción de Licia y Caria hasta el Meandro; estas quedarían agregadas a la república de Rodas. De las restantes ciudades de Asia, las que habían sido tributarias de Atalo deberían pagar sus tributos a Eumenes, las que habían sido tributarias de Antioco quedarían libres de tributo a cualquier potencia extranjera. Los diez comisionados fueron: Quinto Minucio Rufo, Lucio Furio Purpurio, Quinto Minucio Termo, Apio Claudio Nerón, Cneo Cornelio Mérula, Marco Junio Bruto, Lucio Aurunculeyo, Lucio Emilio Paulo, Publio Cornelio Léntulo y Publio Elio Tubero.

[37.56] Se les dio plenos poderes para disponer lo que considerasen conveniente sobre el terreno; las directrices generales fueron determinadas por el senado. Toda la Licaonia, ambas Frigias, Misia, los bosques reales, los territorios de Lidia y Jonia con excepción de las plazas que eran libres el día de la batalla con Antioco, y especialmente Magnesia del Sípilo, la parte de Caria llamada Hidrela que limita con Frigia junto con sus castllos y aldeas hasta el Meandro, todas las ciudades que no eran libres antes de la guerra, y Telmeso y su campiña excepto lo que había pertenecido a Tolomeo de Telmeso, todos estos lugares arriba mencionados se ordenó que fueran entregados a Eumenes. A los rodios se les entregó Licia, con excepción de Telmeso y los campos y el territorio que había pertenecido a Tolomeo, que no fueron entregados ni a Eumenes ni a Rodas. También obtuvieron los rodios aquella parte de Caria que está al sur del Meandro y da a Roda, junto con las ciudades, aldeas, castllos y tierras fronterizas con Frigia, excluyendo las ciudades que habían sido libres antes de la batalla con Antioco. Los rodios expresaron su grattud por aquellas concesiones y a continuación presentaron la cuestón de la ciudad de Solos [a 11 km. de la actual Mersin, al sur de Turquía.-N. del T.], en Cilicia. Explicaron que este pueblo, al igual que ellos mismos, fueron originalmente una colonia de Argos y que debido a este parentesco siempre había existido un sentimiento de hermandad entre ellos; pedían ahora, como un favor especial, que esta ciudad quedara exenta de servidumbre bajo el rey. Se volvió a llamar a los enviados de Antioco y se discutó el asunto con ellos, pero se negaron a aceptar la propuesta. Antpatro apeló a las disposiciones del tratado y sostuvo que aquello las contravenía; los rodios trataban de garantzarse, además de Solos, toda la Cilicia, yendo más allá de los montes del Tauro. Al llamar nuevamente a los rodios, el senado les explicó que el enviado del rey se oponía firmemente a tal concesión, asegurándoles además que, si los rodios consideraban que la cuestón afectaba a su honor y dignidad, el senado encontraría fácilmente un modo de superar la obstinación de los embajadores. Dieron entonces las gracias aún más profusamente que antes; al mismo tiempo, declararon los rodios que estaban dispuestos a ceder a la intransigencia de Antpatro antes que dar un pretexto para que se perturbara la paz. Así, el estatus de Solos se mantuvo sin cambios.

[37,57] Por aquellos días, llegaron unos delegados de Marsella llevando noticia de que el pretor Lucio Bebio, cuando iba de camino a Hispania, había sido rodeado por los ligures, muriendo gran parte de su escolta y resultando herido él mismo. Logró escapar con unos pocos hombres y sin sus lictores, refugiándose en Marsella donde murió a los tres días de llegar. Al recibir estas nuevas, el senado decretó que Publio Junio Bruto, que estaba gobernando Etruria como propretor, debería entregar su mando y ejército a uno de sus legados, y partir inmediatamente hacia Hispania Ulterior, que sería su provincia. Se remitó a Etruria este senadoconsulto junto con una carta del pretor Espurio Postumio, partendo Publio Junio a Hispania como propretor. En esta provincia, Lucio Emilio Paulo, que años después ganaría gran reputación al derrotar a Perseo, había estado a cargo de la provincia y el año anterior no había obtenido buenos resultados; a pesar de esto, alistó apresuradamente un ejército y libró una batalla campal contra los lusitanos. El enemigo fue derrotado; murieron dieciocho mil, se hicieron dos mil trescientos prisioneros y se asaltó su campamento. La noticia de esta victoria tranquilizó las cosas de Hispania. El treinta de diciembre de este año, los triunviros Lucio Valerio Flaco, Marco Atilio Serrano y Lucio Valerio Tapón fundaron la colonia latina de Bolonia en cumplimiento de un senadoconsulto. Los colonos eran tres mil, recibiendo los caballeros setenta yugadas y los demás cincuenta [La ciudad era la antigua Bononia, recibiendo los colonos 18,9 y 13,5 Ha. respectivamente, según su orden.-N. del T.]. La tierra se tomó de aquella de la que los galos boyos habían expulsado antiguamente a los etruscos.

La censura de este año fue ambicionada por muchos hombres distinguidos y, como si esto no fuera lo suficientemente importante por sí mismo, provocó una competencia aún más violenta. Los candidatos rivales fueron Tito Quincio Flaminino, Publio Cornelio Escipión, Lucio Valerio Flaco, Marco Porcio Catón, Marco Claudio Marcelo y Manio Acilio Glabrión, el vencedor de Antioco y los etolios en las Termópilas. Este último era el candidato más popular, debido al hecho de que había tenido numerosas ocasiones de repartr muchos congiarios, haciendo así que le quedaran obligados muchos hombres. Muchos de los nobles se mostraron indignados por esta preferencia demostrada hacia un "hombre nuevo", y dos de los tribunos de la plebe, Publio Sempronio Graco y Cayo Sempronio Rutlo, señalaron un día para acusarlo de negligencia al no llevar en su procesión triunfal ni depositar en el erario público una parte del tesoro real y del botín obtenido en el campamento de Antioco. Las declaraciones prestadas por los lugartenientes y los tribunos militares resultaron contradictorias. Un notable testgo de los que se presentaron fue Marco Catón; la autoridad que había logrado con el modo de vida que siempre había llevado, quedaba algo disminuida por la toga cándida que vesta. En su declaración, testficó en el sentido de que no había visto en la procesión triunfal los vasos de oro y plata que había observado entre el tesoro real cuando se tomó el campamento. Glabrión, finalmente y con el fin de hacer que este candidato resultara especialmente odioso, declaró que retiraba su candidatura en vista de que un competidor, igualmente nuevo como él, lo acusaba, mediante un aborrecible perjurio, de aquello ante lo que se indignaban en silencio los nobles.

[37.58] Los acusadores solicitaron una multa de cien mil ases [2725 kg. de bronce.-N. del T.]. La discusión se produjo en dos ocasiones; a la tercera, como el acusado hubiera ya retirado su candidatura y el pueblo se negase a votar sobre la multa, los tribunos desisteron de seguir el proceso. Fueron elegidos censores Tito Quincio Flaminino y Marco Claudio Marcelo. Lucio Emilio Regilo, que había infigido la derrota decisiva al prefecto de la armada de Antioco [Polixénidas.-N. del T.], fue recibido en audiencia por el senado en el templo de Apolo, fuera de la Ciudad. Tras escuchar su informe sobre sus gestas, sobre las grandes flotas enemigas a las que se había enfrentado y cuántos de sus barcos había hundido

o capturado, el senado acordó para él, por unanimidad, un triunfo naval. Celebró su triunfo el primero de febrero, llevando en su procesión cuarenta y nueve coronas de oro y una suma de monedas mucho menor de la que se podría haber esperado de un triunfo sobre un rey: treinta y cuatro mil doscientos tetracmas áticos y ciento treinta y dos mil trescientos cistóforos. Mediante un senadoconsulto se ordenaron rogativas en agradecimiento por los éxitos logrados en Hispania por Lucio Emilio. No mucho tiempo después llegó Lucio Escipión a la Ciudad. Para no ser menos que su hermano, el Africano, en cuestón de sobrenombres, quiso ser llamado "Asiátco" [usa Livio aquí la forma tardía del cognomen, habiendo sido originalmente "Asiágeno" o "Asiagenes".-N. del T.]. Ante el senado y ante la asamblea expuso sus gestas. Algunas personas consideraron que la fama de la guerra superó a su auténtica dificultad; se le había dado fin en una batalla memorable y la gloria de aquella victoria se había marchitado en las Termópilas. Pero, juzgando con ecuanimidad, la batalla de las Termópilas se ganó más sobre los etolios que sobre el rey, pues ¿con qué proporción de sus fuerzas totales combató allí Antioco? En Asia se pusieron sobre el campo de batalla todas las fuerzas de Asia, congregándose las fuerzas extraídas de cada nación hasta los más lejanos límites de Oriente.


[37.59] Merecidamente, por lo tanto, se tributaron a los dioses inmortales los mayores honores posibles, al haber hecho incluso fácil una gloriosa victoria, decretándose además un triunfo para el comandante. Este lo celebró el último día del mes intercalar, el día antes del primero de marzo. En cuanto espectáculo ofrecido, su triunfo fue más grandioso que el de su hermano, el Africano; pero para cualquiera que recordase las circunstancias, considerando los riesgos y combates afrontados en ambas batallas, no se podía comparar entre ambas más de lo que se podía hacer entre los dos comandantes o entre el mando de Antioco y el de Aníbal. Fueron llevados en la procesión doscientos veinticuatro estandartes militares, ciento treinta y cuatro representaciones de ciudades, mil doscientos treinta y un colmillos de marfil, doscientas treinta y cuatro coronas de oro, ciento treinta y siete mil cuatrocientas veinte libras de plata, doscientas veinticuatro mil tetracmas áticas, trescientos veintún mil setenta cistóforos, ciento cuarenta mil filipos de oro, mil cuatrocientas veintitrés libras de vasos de plata, todos labrados, y mil veintitrés libras de vasos de oro. Entre los prisioneros, desfilaron delante del carro del vencedor treinta y dos generales, prefectos y nobles de la corte de Antioco. Cada soldado recibió 25 denarios, el doble para cada centurión y el triple para cada jinete, dándose a cada uno de ellos, tras el triunfo, doble paga y doble ración de trigo; el cónsul ya les había entregado la misma cantidad en Asia, después de la batalla. Su triunfo se celebró aproximadamente un año después de haber abandonado el cargo [es decir, sobre el 188 a.C.-N. del T.].

[37.60] El cónsul Cneo Manlio desembarcó en Asia y el pretor Quinto Fabio Labeo se unió a la flota casi al mismo tiempo; al cónsul, sin embargo, no le faltaban motivos para librar una guerra, en este caso contra los galos. Quinto Fabio, sin embargo, estaba considerando a qué se podía dedicar para que no pareciese que había recibido una provincia en la que nada había que hacer, pese a que la derrota de Antioco había limpiado el mar de enemigos. Pensó que lo mejor que podía hacer era navegar hacia Creta. Los cidonios estaban en guerra con los gortinios y los gnosios, y se decía que había por toda la isla un gran número de prisioneros romanos e italianos reducidos a esclavitud [Cidonia está ha en la costa noroeste de la isla, Gortinia en el sur y Gnosos al norte.-N. del T.] . Fabio zarpó de Éfeso, y en cuanto tocó la costa cretense envió mensajeros a las diversas ciudades para que depusieran las armas, buscaran a todos los prisioneros que hubiera en sus ciudades y pueblos y se los llevasen. Debían también enviarle representantes con los que pudiera resolver los asuntos de interés común para Creta y Roma. Los cretenses no hicieron gran caso a estas órdenes y, con excepción de Gortinia, ninguna ciudad devolvió a los prisioneros. Valerio Antas nos cuenta que se nos devolvieron unos cuatro mil prisioneros de toda la isla, por miedo a las amenazas de guerra, añadiendo que aquella fue la única razón por la que Fabio, que nada más había hecho, consiguió del senado un triunfo naval. Fabius se embarcó de vuelta a Éfeso y desde allí envió tres barcos a la costa de Tracia, con órdenes de retrar de Enos y Maronea las guarniciones de Antioco a fin de que estas ciudades pudieran ser libres.

Fin del libro 37.

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Libro 38: Acusación de Escipión el Africano

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[38,1] -189 a.C.-Mientras tenía lugar la guerra en Asia, ni siquiera Etolia quedó libre de perturbaciones. Los atamanes fueron la causa del problema. Tras la expulsión de Aminandro, Atamania quedó bajo una guarnición de Filipo y sus gobernadores, logrando mediante su gobierno arbitrario y despótco que el pueblo añorara la desaparición de Aminandro. Este pasaba sus días de exilio en Etolia; las cartas de sus amigos y sus relatos sobre la situación en Atamania le hicieron albergar esperanzas de recuperar su corona. Envió mensajeros a Knisovo [al antigua Argitea, en Albania.-N. del T.], su capital, para informar a sus dirigentes de que si se le aseguraba completamente la simpata de sus compatriotas, podría llegar a un acuerdo con los etolios para conseguir su ayuda y entrar en el país con los miembros del consejo etolio y su pretor, Nicandro. Cuando vio que estaban preparados para cualquier eventualidad, informó a los suyos del día n que tenía la intención de entrar en Atamania con un ejército. El movimiento contra los macedonios fue iniciado por cuatro hombres, seleccionando cada uno de ellos a seis compañeros; a continuación, no confiando en tan pequeño número, más apropiado para conspirar que para ejecutar su proyecto, doblaron el número de los conspiradores. Habiendo así llegado a cincuenta y dos, formaron cuatro grupos; uno fue a Heraclea, el segundo hacia Tetrafilia, donde se solía guardar el tesoro real, el tercero fue a Teudoria y el cuarto a Knisovo. Habían acordado todos mostrarse en los foros sin provocar ningún disturbio, como si hubiesen llegado para encargarse de asuntos particulares, debiendo congregar en un día determinado a las poblaciones de las diferentes ciudades y expulsar las guarniciones macedonias de sus ciudadelas. Cuando llegó el día y Aminandro se encontraba en la frontera con mil etolios, fueron expulsadas simultáneamente las guarniciones de Macedonia de las cuatro ciudades, enviándose cartas al resto de ellas instándolas a sacudirse la prepotente dominación de Filipo y recuperar la legítima monarquía de sus padres. Los macedonios fueron expulsados de todas partes del país. Xenón, el comandante de la guarnición de Teyo, interceptó el mensaje enviado a esa ciudad y ocupó la ciudadela. Finalmente, también aquella plaza se rindió a Aminandro y toda la Atamania, con excepción del castllo de Ateneo que estaba cerca de la frontera con Macedonia, quedó en su poder.

[38.2] Al tener noticia de la rebelión en Atamania, Filipo partió con una fuerza de seis mil hombres y, tras una marcha extraordinariamente rápida, llegó a Gonfos. Dejó aquí la mayor parte de su ejército, que no podía mantener estas largas marchas, y se dirigió con dos mil hombres hacia Ateneo, la única plaza que había sido retenida por sus tropas. Desde aquí trató de conquistar algunos lugares próximos, pero pronto descubrió que todos eran hostiles y regresó a continuación a Gonfos. Entro nuevamente en Atamania con todas sus fuerzas y envió a Xenón por delante, con mil infantes, para que ocupara Etopía, un buena posición desde la que se dominaba Argitea. Cuando Filipo vio que sus hombres ocupaban el lugar, acampó cerca del templo de Júpiter Acreo. Quedó allí detenido todo un día a causa de una terrible tormenta; al día siguiente, decidió avanzar contra Argitea. Estando ya en marcha sus hombres, vio de repente a los atamanes corriendo hacia cierto terreno elevado que dominaba su línea de marcha. Al verlos, los estandartes de cabeza hicieron alto y se produjo confusión en toda la columna, pues los hombres se preguntaban qué sucedería si la columna bajaba hacia el valle que estaba dominado por aquellas alturas. El rey habría deseado cruzar rápidamente aquel desfiladero, si sus hombres le hubieran seguido, pero el desorden que se había producido le obligó a llamar de vuelta la cabeza de la columna y ordenarles contramarchar por el camino que habían venido. Al principio, los atamanes les siguieron discretamente a cierta distancia, pero una vez se les hubieron unido los etolios, los dejaron siguiendo la retaguardia y ellos se desplegaron sobre sus flancos, adelantándose algunos por atajos que conocían y alcanzando los lugares de paso. La confusión entre los macedonios era tal que su cruce del río se pareció más a una huida precipitada que a una marcha ordenada, dejando atrás a muchos de sus hombres y armas. Aquí se detuvo la persecución y los macedonios pudieron regresar a salvo hacia Gonfos, retrándose desde allí hacia Macedonia. Los atamanes y los etolios marcharon desde todas partes a Etopía para expulsar a Xenón y sus mil macedonios. Considerando insegura su posición, había partido de Etopía y ocuparon una posición en un terreno más alto y escarpado. Los atamanes, sin embargo, encontraron vías de aproximación hacia allí y los desalojaron de las alturas. Dispersos y puestos en fuga, no pudieron encontrar una vía de escape a través de los fragosos matorrales y el terreno rocoso, siendo muertos o hechos prisioneros, despeñándose muchos por los precipicios y logrando escapar solo unos pocos, con Xenón, hasta el rey. Posteriormente se concedió una tregua para enterrar a los que habían caído.

[38,3] Recuperada su corona, Aminandro envió una delegación al Senado y otra a los Escipiones, que se encontraban en Éfeso después de la batalla con Antioco. Solicitaba la paz con Roma, excusándose por haber pedido la ayuda de los etolios para recobrar el trono de su padre y achacando toda la responsabilidad por la guerra a Filipo. Desde Atamania, los etolios entraron en Anfiloquia, quedando dueños de todo el país tras la rendición voluntaria de la mayoría de la población. Después de recuperar Anfiloquia, que en otro tiempo había pertenecido a los etolios, invadieron Aperancia con la esperanza de tener el mismo éxito, lo que lograron en gran medida al rendirse esta sin ofrecer resistencia. Los dólopes nunca había pertenecido a Etolia, sino que formaban parte de los dominios de Filipo. Al principio corrieron a las armas, pero al enterarse de que los anfiloquios se habían sumado a los etolios, que Filipo había huido de Atamania y que se había dado muerte a sus fuerzas, también ellos se rebelaron contra él y se unieron a los etolios. Con estos pueblos a su alrededor, los etolios se creían seguros contra los macedonios. Pero en medio de su confianza, les llegó la noticia de la derrota de Antioco en Asia, a manos de los romanos, y no mucho después regresaron sus embajadores de Roma sin traerles ninguna esperanza de paz y anunciándoles que el cónsul Fulvio había desembarcado en Asia con un ejército. Horrorizado por estas nuevas, rogaron a Rodas y a Atenas que enviaran embajadores a Roma para que, con el apoyo de estas naciones amigas, pudieran tener mejor acogida por el Senado las petciones recientemente rechazadas. Enviaron luego a sus dirigentes como su última esperanza, cuando no habían tomado precauciones para evitar la guerra hasta que el enemigo estuvo casi a la vista. Marco Fulvio había traído ya su ejército hasta Apolonia y estaba consultando con los dirigentes epirotas sobre dónde debía iniciase la campaña. Estos pensaban que la mejor opción era empezar con un ataque contra Ambracia, que se había unido por aquel entonces a la Liga Etolia. Señalaron que, si los etolios llegaban para liberarla, existan en los alrededores terrenos abiertos y llanos para luchar; si evitaban el combate, el asedio no resultaría difcil debido a la abundancia de madera en los alrededores con la que construir terraplenes y demás obras de asedio; el Aretonte, un río navegable y bien adaptado para transportar todos los materiales precisos, fuía al pie mismo de las murallas; por último, se aproximaba el verano, que era la estación apropiada para el desarrollo de las operaciones. Así persuadido, el cónsul avanzó a través del Epiro.

[38,4] Sin embargo, cuando llegó a Ambracia consideró que el asedio sería una empresa dificultosa. Ambracia se encuentra al pie de un collado escarpado al que los nativos llaman Perrante. La ciudad, por el lado donde la muralla bordea el río y la llanura, mira a occidente; la ciudadela construida sobre la colina está situada a oriente. El río Aretonte, que nace en Atamania, desemboca en el golfo llamado de Ambracia, por el nombre de la ciudad próxima. Además de la protección conferida por el río a un lado y por la colina al otro, la ciudad estaba rodeada por una fuerte muralla de más de cuatro millas de perímetro [se le calcula actualmente a la muralla una longitud de unos 5 km, siendo cuatro millas 5920 metros.-N. del T.]. Fulvio construyó dos campamentos en la llanura, a poca distancia el uno del otro, así como un castllo sobre una altura frente a la ciudadela. Hizo también lo necesario para conectar el conjunto mediante una empalizada y un foso, de manera que los cercados en la ciudad no pudieran salir de ella ni tampoco se pudieran introducir socorros desde el exterior. Cuando les llegó la noticia del sito de Ambracia, los etolios se reunieron en Estrato convocados por un edicto de su pretor Nicandro. Su primera intención fue la de marchar hasta allí con todas sus fuerzas e impedir el asedio, pero cuando vieron que una gran parte de la ciudad ya había sido rodeada con trabajos de sito y que los epirotas habían situado su campamento en el terreno llano al otro lado del río, dividieron sus fuerzas. Eupólemo, con mil soldados de infantería ligera, logró entrar en la ciudad por un punto donde las fortificaciones aún no se habían cerrado. Nicandro trató de lanzar un ataque nocturno, con el resto de las tropas, sobre el campamento epirota, pues a los romanos les resultaría difcil acudir en su ayuda al tener el río entre ellos. Pensándolo mejor, sin embargo, el riesgo pareció demasiado grande en caso de que los romanos dieran la alarma y amenazaran su retirada, por lo que se marchó para asolar Acarnania.

[38,5] Finalmente, quedaron cerradas las fortificaciones de circunvalación y las máquinas de asedio que el cónsul se disponía a llevar contra las murallas. Comenzó ahora un asalto simultáneo desde cinco puntos. Por el lado de la ciudad que dominaba la llanura, donde la aproximación era más fácil, llevó tres máquinas de asedio a igual distancia unas de otras, hasta un lugar llamado el Pirreo, otra cerca del Esculapio y la quinta contra la ciudadela [el Pirreo era el palacio de Pirro y el Esculapio era un santuario en lo alto del Perrante.-N. del T.]. Hacía temblar las murallas con los arietes y mantenía libres los parapetos mediante guadañas fijas en pértgas; los defensores se aterrorizaban y desconcertaban ante lo que veían, así como ante el terrible ruido de los golpes asestados por los arietes; mas cuando vieron que las murallas aún resistan, revivió su valor y mediante palancas derramaban sobre los arietes pesadas masas de plomo, grandes piedras y fuertes vigas de madera, sujetaban con garfios de hierro las hojas de las guadañas y quebraban sus mangos al trar de ellas hacia dentro de la muralla. Sus ataques nocturnos contra las guarniciones de las máquinas y los diurnos contra los puestos avanzados, sembraban el pánico en el otro bando. Estando así las cosas en Ambracia, los etolios regresaron a Estrado de su incursión de saqueo en Acarnania. Aquí, Nicandro con la esperanza de levantar el asedio, lanzó un golpe audaz. Su intención era introducir a un cierto Nicódamo en la ciudad, con quinientos etolios, fijando la noche y la hora en la que se lanzaría un ataque desde la ciudad sobre las fortificaciones enemigas que estaban frente al Pirreo, mientras que él mismo amenazaba el campamento romano. Mediante este doble ataque, tanto más alarmante por cuanto se haría por la noche, esperaba lograr un brillante éxito. Nicódamo avanzó en el silencio de la noche y, después de abrirse paso a través de algunos de los puestos avanzados sin ser visto, y de otros mediante un ataque decidido, escaló sobre las líneas que conectaban las diferentes obras de asedio y penetró en la ciudad. Su llegada despertó las esperanzas de los sitados y los animó a intentar cualquier aventura por peligrosa que fuere. Cuando llegó la noche señalada, lanzó un ataque repentino sobre las obras de asedio. Su intento no tuvo el éxito que correspondía a su concepción al no lanzarse ningún ataque desde el exterior, fuese porque el pretor temió moverse o porque considerase más importante llevar ayuda a Anfiloquia, reconquistada poco antes y que estaba siendo atacada con gran intensidad por Perseo, el hijo de Filipo, al que se había enviado para recuperar Dolopia y Anfiloquia.

[38,6] Como se ha dicho antes, las máquinas romanas se dirigieron contra el Pirreo desde tres lugares distintos, y contra cada uno de estos lanzaron los etolios ataques simultáneos, aunque ni con las mismas armas ni con igual violencia. Algunos llevaban antorchas encendidas, otros llevaban estopa, pez o dardos encendidos; toda su línea estaba iluminada por las llamas. A la primera acometda lograron abatr a muchos de los centinelas; después, cuando el ruido del tumulto y el griterío alcanzaron se oyeron desde el campamento, el cónsul dio la señal y los romanos, tomando sus armas, salieron por todas las puertas para auxiliar a sus camaradas. Sólo en un momento hubo una lucha real entre la espada y fuego, a los otros dos los etolios después de intentar, en vez de mantener, en un conficto se retraron sin efectuar ninguna. Se libró una lucha a hierro y fuego; aquí, ambos generales, Eupólemo y Nicódamo, a la cabeza de sus respectivas formaciones, animaban a los combatentes y les hacían albergar la esperanza, casi la seguridad, de que de un momento a otro aparecería Nicandro, como lo había prometido, y tomaría al enemigo por la retaguardia. Esta esperanza mantuvo durante algún tiempo sus ánimos, pero al no recibir la señal convenida de sus compañeros y ver que crecía el número de los enemigos, su valor se desvaneció y, finalmente, se dieron a la fuga cuando la retirada ya no era demasiado segura, huyendo en desorden hacia la ciudad. Lograron, sin embargo, incendiar algunas de las obras de asedio y causar muchas más bajas al enemigo que las sufridas por ellos. Si hubiera tenido éxito el plan establecido de operaciones, no hay duda de que por lo menos una sección de las fortificaciones de asedio podría haber sido tomada con gran mortandad para los romanos. Los ambracienses y los etolios de la ciudad abandonaron todo intento nocturno, e incluso durante el resto del asedio se mostraron mucho menos propensos a arriesgarse, como si sinteran que les habían traicionado. Ya no se efectuaron más incursiones contra las posiciones enemigas; se limitaron a combatir tras la relativa seguridad de las murallas y torres.

[38,7] Cuando Perseo se enteró de que se acercaban los etolios, levantó el sito de la ciudad que estaba atacando y, tras devastar sus campos, dejó Anfiloquia y regresó a Macedonia. También los etolios fueron atraídos por los estragos perpetrados en la costa. Pléurato, rey de los ilirios, había entrado en el Golfo de Corinto con sesenta lembos [naves ligeras a vela y remo.-N. del T.] reforzados por los barcos etolios de Patras, y estaba devastando los distritos marítimos de Etolia. Se envió contra él una fuerza de mil etolios, que lograban alcanzarle al tomar caminos directos hacia cualquier punto de la costa por la que viraba su flota, al ajustarse al contorno de la costa, tratando de efectuar un desembarco. En Ambracia los romanos habían derruido las murallas en varios lugares, dejando parcialmente al descubierto la ciudad, aunque no pudieron abrirse paso hacia ella. Tan pronto era destruido un lienzo de muralla, otro nuevo se alzaba en su lugar y los hombres, armados y en pie sobre los escombros, actuaban como bastones. Al comprobar que estaba haciendo muy pocos progresos mediante el asalto directo, el cónsul decidió construir un paso subterráneo oculto después de cubrir el sito donde empezaba con manteletes. Trabajando día y noche, lograron durante un tiempo considerable escapar de la observación del enemigo, no sólo mientras estaban cavando, sino también sacando fuera la terra. De repente, la visión de un montculo de tierra visibles los vecinos dio una indicación de lo que estaba pasando. La repentina aparición del montón de tierra puso en alerta a los habitantes y, para evitar el peligro de que minaran la muralla y se abriera una vía de acceso a la ciudad, empezaron a cavar una zanja por dentro de la muralla, frente al lugar cubierto con manteletes. Cuando hubieron excavado tan profundamente como debía estar la galería oculta, y colocando las orejas contra diferentes lugares, permanecían en absoluto silencia para captar el sonido de los zapadores enemigos. En cuanto los oyeron, se abrieron paso directamente hacia la galería. No tuvieron mucha dificultad para hacerlo, ya que se encontraron rápidamente con un hueco en el que la muralla estaba apuntalada por vigas puestas por el enemigo. Establecido ahora el contacto entre la trinchera y el túnel abierto por cada una de las dos partes, los zapadores de ambos iniciaron un combate con sus herramientas de zapa. Muy pronto se les unieron grupos armados de ambas partes en una batalla subterránea en la oscuridad. Los sitados cerraban en una parte el túnel mediante la colocación de pantallas de arpillera y tablazones a modo de barricada improvisada, adoptando un nuevo dispositivo contra el enemigo que resultó pequeño pero eficaz. Dispusieron un barril con un agujero en el fondo por el que se insertaba una tubería, así como un tubo de hierro y una plancha para el tonel, también de hierro, perforada en muchos puntos. El barril se llenaba con plumas muy ligeras y se colocaba con la boca en dirección a la galería, asomando por los agujeros de la tapa lanzas muy largas, de las llamadas "sarisas", con las que mantenían a raya al enemigo. Daban fuego a la pluma y reavivaban la llama con un fuelle de fragua sujeto al extremo de la tubería. El túnel se llenaba de un humo denso, que hacía aún más desagradable el horrible olor de las plumas quemadas y que apenas se podía soportar.

[38,8] Estando así las cosas en Ambracia, se presentaron ante el cónsul Feneas y Damóteles, como embajadores de los etolios e investidos de plenos poderes por un decreto de su pueblo. Su pretor, en vista del hecho de que, por un lado, Ambracia estaba sufriendo un asedio; que, por otro, les amenazaba en la costa una flota enemiga y, en tercer lugar, que Anfiloquia y Dolopia estaban siendo saqueadas por los macedonios y que los etolios no daban abasto para enfrentar tres guerras distintas, el pretor convocó una reunión de la Liga Etolia y consultó a los jefes de cada pueblo sobre qué se debía hacer. Todos fueron unánimemente de la opinión de que debían pedir la paz en condiciones de igualdad, si era posible, o por lo menos en condiciones tolerables. La guerra se había iniciado confiando en Antioco; ahora que este había sido derrotado tanto por tierra como por mar y expulsado más allá de la cordillera del Tauro casi hasta los confines del mundo, ¿qué esperanza había de mantener la guerra? Feneas y Damóteles debían dar los pasos que considerasen más adecuados para los intereses de Etolia y en consonancia con su propio honor, ¿pues qué otro consejo u opción les había dejado su suerte? Los embajadores, provistos de estas instrucciones, imploraron al cónsul que preservara la ciudad y tuviera piedad de un pueblo que fue una vez aliado y que había sido empujado por la locura, no dirían que por sus errores, a las miserables condiciones en que vivían. El castgo que merecían por su partcipación en la guerra con Antioco no debía oscurecer los servicios que habían prestado en la guerra contra Filipo. En aquel momento no se les había dado una recompensa generosa, tampoco ahora se les debía imponer una multa excesiva. El cónsul les replicó que los etolios habían pedido muy frecuentemente la paz, pero raramente con la sincera intención de mantenerla. Debían seguir el ejemplo de Antioco, al que ellos habían arrastrado a la guerra. Este había cedido, no solo en lo referente a aquellas pocas ciudades cuya libertad había sido motivo de discordia, sino sobre toda la Asia a este lado de los montes Tauros, un reino rico y fértl. Él no escucharía ninguna propuesta a menos que los etolios depusieran las armas. Debían, en primer lugar, entregar sus armas y todos sus caballos; deberían pagar después mil talentos, la mitad en el acto, si deseaban la paz. Y, además de estos términos, debería estpularse mediante un tratado que tendrían los mismos amigos y enemigos que Roma.

[38,9] Los embajadores consideraban aquellos términos onerosos y, como sabían del temperamento feroz y caprichoso de sus compatriotas, se marcharon sin dar ninguna respuesta definitiva. Querían discutr toda la situación a fondo con el pretor y los dirigentes, llegando a alguna decisión en cuanto a lo que se debía hacer. Se les recibió con clamorosas protestas y reproches. "¿Cuánto tiempo -les preguntaron-iban a prolongar las cosas, después de recibir órdenes expresar de volver con la paz a cualquier precio?" Su viaje de regreso a Ambracia fue un desastre. Los acarnanes, con los que estaban en guerra, les habían tendido una emboscada cerca del camino por el que viajaban; fueron hechos prisioneros y conducidos a Tirreo para su custodia [al sur del golfo de Arta, cerca de la aldea de Trifo.-N. del T.] y quedaron interrumpidas las negociaciones de paz. Los delegados que habían sido enviados desde Atenas y Rodas para apoyar a los etolios estaban ya con el cónsul cuando Aminandro, que había obtenido un salvoconducto, llegó al campamento romano. Estaba más preocupado por la ciudad de Ambracia, donde había pasado la mayor parte de sus años de exilio, que por los etolios. Cuando el cónsul supo por ellos lo que había sucedido a los embajadores etolios, dio órdenes de que se les trajera desde Tirreo, dando comienzo las negociaciones a su llegada. Aminandro, cuyo principal interés estaba en Ambracia, hizo todo lo posible para convencer a la plaza de que se rindiera. Se acercó a las murallas y mantuvo conversaciones con sus dirigentes, pero viendo que estaba haciendo ningún progreso, obtuvo finalmente el permiso del cónsul para entrar en la ciudad y conseguir convencerles, mediante razones y súplicas, para que se pusieran en manos de los romanos. Los etolios encontraron también un firme defensor también en Cayo Valerio, hijo del Levino que había sido el primero en establecer relaciones de amistad con ellos y que era hermano de madre del cónsul.

Tras acordar la partida a salvo de sus fuerzas de apoyo etolias, los ambracienses abrieron sus puertas. A continuación, los etolios aceptaron las siguientes condiciones: pagarían quinientos talentos euboicos [12960 kilos, no expresa el metal.-N. del T.]; doscientos en el acto y los trescientos restantes repartidos en seis años; los prisioneros y refugiados serían devueltos a los romanos; no retendrían dentro del territorio de su Liga a ninguna ciudad que hubiera sido capturada por los romanos o hubiera entrado en relaciones de amistad con ellos, desde el día en que Tito Quincio desembarcó en Grecia. A pesar de estas condiciones eran mucho menos gravosas de lo que esperaban, solicitaron que se les permitera exponerlas ante su consejo. En este se produjo un breve debate sobre la cuestón de las ciudades que se habían confederado con ellos. sentían profundamente su pérdida, pues era como si las arrancasen de un cuerpo vivo; no obstante, se mostraron unánimes al decidir que se debían aceptar todas las condiciones. Los ambracienses entregaron al cónsul una corona de oro de ciento cincuenta libras de peso [49,05 kilos.-N. del T.]. Se tomaron las estatuas en bronce y mármol y las pinturas con que Ambracia, como residencia real de Pirro, había sido más ricamente adornada que cualquier otra ciudad en aquella parte del mundo; aparte de eso, nada más fue tomada o dañada.

[38.10] El cónsul partió de Ambracia hacia el interior de Etolia, fijando su campamento próximo a Argos de Anfiloquia, a veintidós millas de Ambracia [32,560 metros.-N. del T.]. Aquí llegaron finalmente los delegados Etolia; el cónsul, entre tanto, se preguntaba qué les había retrasado. Al informarle de que el consejo etolio había aceptado las condiciones de paz, les dijo que marcharan a Roma para comparecer ante el Senado; se permita también que comparecieran los rodios y los atenienses para interceder por ellos, y el cónsul, además, disponía que les acompañara su hermano, Cayo Valerio. Tras su partda, cruzó a Cefalania. En Roma, los delegados encontraron los oídos y los ánimos de los principales predispuestos por las acusaciones que Filipo había interpuesto contra ellos. A través de sus representantes y mediante cartas afirmó en sus declaraciones que se le habían arrebatado Dolopia, Anfiloquia y Atamania, así como que se había expulsado a sus guarniciones, y hasta a su hijo Perseo, de Anfiloquia. El Senado, por consiguiente, se negó a escucharlos. Los rodios y los atenienses, sin embargo, consiguieron una audiencia. Se dice que el portavoz ateniense, Leonte, hijo de Hicesias, los impresionó con su elocuencia. Haciendo uso de un símil común, comparó al pueblo de Etolia con un mar en calma que había sido agitado por los vientos. "Mientras fueron fieles a Roma -dijo-su temperamento pacífico les mantuvo tranquilos; pero cuando Toante y Dicearco, desde Asia, y Menestas y Damócrito desde Europa enviaron un vendaval, entonces se levantó aquella tempestad que los lanzó sobre Antioco como sobre una roca".

[38.11] Tras un largo tira y afoja, los etolio finalmente consiguieron que se determinaran las condiciones de paz, que fueron las siguientes: "el pueblo de los etolios deberá reconocer honesta y sinceramente la majestad y soberanía del pueblo romano; no consentrán que pase en modo alguno, o se preste ayuda, a ningún ejército que pueda marchar contra los amigos y aliados de Roma; contarán como enemigos suyos a los de Roma y tomarán las armas y llevarán la guerra contra ellos de acuerdo con Roma; devolverán a los romanos y a sus aliados los desertores, los refugiados y los prisioneros, excepto a los repatriados que, vueltos a sus hogares, hubieran sido capturados por segunda vez, y a cualesquiera prisioneros de entre todos los que en cualquier momento hubieran combatido contra Roma cuando los etolios formaban parte de las guarniciones romanas. De los restantes, los que aparezcan en el plazo de cien días serán entregados sin reservas ni subterfugios a los magistrados de Corfú; los que no hayan sido descubiertos para entonces, serán entregados tan pronto como se los encuentre. Los etolios procederán a la entrega de cuarenta rehenes, que escogerá el cónsul según su criterio, no menores de doce años y no mayores de cuarenta años de edad. Ningún pretor, prefecto de caballería o escriba público será tomado como rehén, así como ningún otro que hubiera sido rehén de los romanos con anterioridad. Cefalania quedaría excluida de las condiciones de paz". En cuanto a la indemnización que debían pagar y la forma de pago, aprobaron el acuerdo con el cónsul. Si preferían pagar en plata en lugar de en oro, podrían hacerlo siempre que mantuviesen la equivalencia de una pieza de oro por diez de plata [la equivalencia en Roma, por entonces, estaba en 1 a 11.-N. del T.]. "Los etolios no tratarían de recuperar ninguna de las ciudades, los territorios o las poblaciones que en algún momento hubieran sido incorporadas a la Liga Etolia, o que hubieran sido capturadas o se hubiesen entregado voluntariamente a los romanos durante los consulados de Tito Quincio, Cneo Domicio o los cónsules que les siguieron. Los eníadas, con su ciudad y territorio, pertenecerían a los acarnanes". Estos fueron los términos en que se firmó el tratado con los etolios.

[38.12] El mismo verano, y casi en las mismas fechas en que Marco Fulvio llevaba a cabo estas operaciones en Etolia, el otro cónsul, Cneo Manlio, combata en Galogrecia [o Galacia, en el centro de la actual Turquía.-N. del T.]. Procederé ahora a narrar los acontecimientos de esta guerra. El cónsul marchó a Éfeso al comienzo de la primavera y se hizo cargo de las tropas de Lucio Escipión. Tras revistar al ejército se dirigió a los soldados. Comenzó elogiando su valenta al dar fin a la guerra con Antioco en una sola batalla, alentándolos a iniciar una nueva guerra contra los galos. Estos, les recordó, habían acudido en ayuda de Antioco y eran de temperamento tan indómito que la expulsión de Antioco más allá de los montes del Tauro sería inútl a menos que se quebrara el poder de los galos. Concluyó su discurso con unas palabras sinceras y sin faltar a la modesta sobre sí mismo. Los soldados se mostraron encantados y le aplaudieron con frecuencia; consideraban a los galos una mera parte del ejército de Antioco y, ahora que el rey estaba derrotado, no creían que les quedara mucha agresividad por sí mismos. Eumenes estaba en Roma en aquel momento y el cónsul consideró su ausencia un contratempo, pues estaba familiarizado con el país y su población, y estaba personalmente interesado en destruir el poder de los galos. Así pues, el cónsul hizo llamar a su hermano Atalo, que estaba en Pérgamo, y lo presionó para que tomara parte en la guerra. Atalo prometó su ayuda en su propio nombre y en el de sus súbditos, siendo enviado de regreso a casa para efectuar los preparativos necesarios. Pocos días después, habiendo partido el cónsul de Éfeso con dirección a Magnesia, le salió al encuentro Atalo con mil soldados de infantería y quinientos de caballería. Su hermano Ateneo tenía órdenes de seguirlo con el resto de las fuerzas, quedando confiada la defensa de Pérgamo a hombres que consideraba leales súbditos de su rey. El cónsul acogió con satsfacción los actos del joven y avanzó con todas sus fuerzas hacia el Meandro [es el actual Büyük Menderes Nehri, en Turquía.-N. del T.]. Una vez aquí acampó y, como el río resultaba invadeable, se reunieron embarcaciones para cruzar al ejército. Después de cruzar el Meandro marcharon hacia Hiera Come.

[38.13] Había aquí un templo de Apolo muy venerado y un santuario oracular; se dice que los sacerdotes entregaban las respuestas en suaves y elegantes versos. Desde este lugar, después de una marcha de dos días, llegaron al río Harpaso [es un afluente del Meandro.-N. del T.]. Aquí se encontraron con una delegación de Alabando, que venían a pedir a cónsul que obligara a regresar a su antigua obediencia a una fortaleza que hacía poco se había rebelado, fuera mediante su autoridad personal o con sus armas. También aquí llegó el hermano de Eumenes y Atalo, Ateneo, con el cretense Leuso y Corrago de Macedonia. Trajeron con ellos mil soldados de infantería de diversos pueblos y trescientos de caballería. El cónsul envió un tribuno militar con una pequeña fuerza para reducir la fortaleza, que se devolvió al pueblo de Alabando; él siguió su marcha y acampó en la Antoquía del Meandro. Este río nace en Celenas [sus ruinas están en la actual Dinar, Turquía.-N. del T.], ciudad que en otro tiempo fue la capital de Frigia. La población emigró a corta distancia de la antigua ciudad y construyó una nueva, que recibió el nombre de Apamea por Apama, la hermana del rey Seleuco [en realidad, se trataba de su esposa.-N. del T.]. El río Marsias, que nace no muy lejos de las fuentes del Meandro, desemboca en este río y cuenta la leyenda que fue en Celenas donde Marsias compitó con Apolo tocando la fauta. El Meandro nace en la parte más elevada de Celenas y fuye por el centro de la ciudad. Su curso discurre luego por Caria y Jonia, desembocando finalmente en la bahía entre Priene y Mileto.

Estando el cónsul acampado en Antoquía, llegó Seleuco, el hijo de Antioco, para suministrar trigo al ejército en cumplimiento de lo estpulado en el tratado concertado con Escipión. Se planteó una pequeña dificultad a cuenta de los auxiliares al mando de Atalo, pues Seleuco sostenía que Antioco solo había accedido a suministrar trigo a los soldados romanos. La disputa quedó resuelta por la firmeza del cónsul, quien envió un tribuno desde la tenda del pretorio para dar aviso de que los soldados romanos no tomaran su grano antes de que lo hubieran hecho las tropas auxiliares de Atalo. Desde Antoquía se dirigieron a un lugar llamado Gordiutco, y tras marchar otros tres días, los llevó hasta Tabas [Gordiutico está en la Caria oriental, mientras que Tabas está próxima a la actual Davas, en Turquía.-N. del T.]. Este lugar se encuentra dentro de las fronteras de Pisidia, en la parte que mira hacia el mar de Panfilia. Mientras este país mantuvo intactos sus recursos, su población mostró un ánimo belicoso. En esta ocasión lanzaron un vigoroso ataque contra la columna romana, creando al principio cierta confusión; pero cuando se hizo evidente que se les superaba en número y en valor, se les hizo retroceder hacia su ciudad y pidieron perdón por su error, ofreciendo entregar la ciudad. Se les impuso una multa de 25 talentos de plata y diez mil medimnos de trigo [o sea, a 25,92 kilos el talento euboico, 648 kilos de plata y a 51,80 litros el medimno x 0'800 gramos/litro para el trigo, hacen 414400 kilos de trigo.-N. del T.] , aceptándose su rendición bajo estos términos.

[38.14]
Tres días después llegaron al río Caso, desde donde avanzaron para atacar la ciudad de Eriza, que capturaron al primer asalto [el Caso es afluente del Indo, quedando Eriza al este de Tabas.-N. del T.] . continuando su marcha llegaron a Tabusio, un castllo que domina el río Indo. Este río recibe su nombre de un indio que cayó en él desde su elefante. No estaban ya muy lejos de la ciudad de Gülishar [la antigua Cibira.-N. del T.], pero no se presentó ninguna delegación de Moagete, tirano de aquella ciudad, poco de fiar y de trato importuno. A fin de averiguar sus intenciones, el cónsul envió por delante a Cayo Helvio con cuatro mil infantes y quinientos jinetes. Ya estaba entrando esta fuerza en su territorio cuando les salieron al encuentro delegados anunciando que el tirano estaba dispuesto a cumplir las órdenes del cónsul. Rogaron a Helvio que entrase pacíficamente en su territorio y que impidiera a sus soldados que saquearan los campos; llevaban también una corona de oro de quince libras [4,905 kilos.-

N.
del T.]. Helvio se comprometó a proteger sus campos del pillaje y les dijo que fueran a ver al cónsul. Una vez hubieron hablado a este de manera similar, el cónsul respondió: "Los romanos no hemos recibido del tirano pruebas de buena voluntad a nuestro favor, y de todos es sabido que por su manera de ser más pensamos en castgarlo que en tratarlo como a un amigo". Los enviados quedaron muy alarmados por estas palabras y se limitaron a pedirle que aceptara la corona de oro y permitera que el tirano le visitara personalmente, con libertad para hablarle y limpiar su hombre de sospechas. El cónsul concedió su permiso y al día siguiente llegó el tirano. Su vestimenta y su comitiva eran casi las de un ciudadano particular de modestos recursos; con su lenguaje, humilde y recortado, trataba de excusarse alegando la pobreza de sus ciudades y dominios. Poseía, además de Gülishar, Sileo y una ciudad llamada Limne; de estas ciudades, prometó, aunque algo dubitativo, recaudar 25 talentos a costa de despojarse a sí mismo y a sus súbditos. "¡Verdaderamente, -respondió el cónsul-esta burla es ya intolerable! Después de intentar engañarnos mediante tus enviados, sin sonrojarte, tienes ahora el descaro de persistr en tu insolencia. Dices que veintcinco talentos dejarán exhausta a tu tranía. Pues bien, a menos que pagues quinientos talentos al contado dentro de tres días, habrás de contemplar el saqueo de tus campos y el asedio de tu ciudad". Pese a que estaba aterrorizado por la amenaza, aún persista el tirano en fingir obstinadamente su pobreza. Arrastrando los pies, gimiendo y derramando lágrimas fingidas, logró llegar a una multa de cien talentos además de diez mil medimnos de trigo [414400 kilos de trigo.-N. del T.]. Todo esto fue recaudado en seis días.

[38.15] Desde Gülishar, el ejército fue llevado a través del territorio de Sinda, acampando tras cruzar el río Caular [pudiera tratarse del actual Tschavdir-Tschai.-N. del T.]. Al día siguiente, pasó las marismas de Caralits [pudiera ser el actual lago de Sögüt-Gölüt.-N. del T.] y se detuvo en Madampro. Al avanzar hacia Laco, sus habitantes huyeron de la ciudad llevados por el pánico; al hallarla deshabitada, pero llena de toda clase de riquezas, los romanos la saquearon. Siguieron desde allí hacia las fuentes del río Lisis y llegaron al día siguiente al Cobulato [pudiera ser el Istanoz-Su.-N. del T.]. Los termesenses habían capturado la ciudad de Isionda [a unos 70 km. de Gülishar.-N. del T.] y se encontraban ahora atacando la ciudadela. A los sitados no les quedaba más esperanza que recibir la ayuda de los romanos. Mandaron a implorar la ayuda del cónsul; encerrados en su ciudadela con sus mujeres e hijos, esperaban cada día la muerte, fuera por la espada o por el hambre. El cónsul aprovechó gustoso aquel pretexto para marchar hacia Panfilia, como deseaba, y levantó el asedio, concediendo la paz a Termeso a cambio de cincuenta talentos de plata [1296 kilos de plata, si eran talentos euboicos.-N. del T.]. Los aspendios y los demás pueblos de Panfilia fueron tratados de la misma manera. Dejando Panfilia y reanudando su marcha, acampó en el río Tauro, haciéndolo al día siguiente en un lugar llamado Xiline Come [entre Termeso y Cormasa.-N. del T.]. Marchó desde allí, sin interrumpir la marcha, hasta llegar a la ciudad de Cormasa. La siguiente ciudad era Darsa, que halló desierta y abandonada por sus aterrorizados habitantes, aunque abundantemente provista de toda clase de bienes. Mientras avanzaba bordando las marismas, llegó una delegación desde Lisínoe para entregar su ciudad. Alcanzaron desde este punto el territorio de Aglasun [la antigua Sagalasum.-N. del T.], una tierra fértl en toda clase de frutos. Sus habitantes pisidios eran, con mucho, los mejores soldados de aquella parte del mundo. Su superioridad militar, la fecundidad de su suelo, su gran población, y la situación excepcionalmente fuerte de su ciudad les hacían mantener alta la moral. Como no apareciera ningún embajador cuando el cónsul llegó a sus fronteras, envió partdas a saquear sus campos. Finalmente, se quebró su tozudez cuando vieron tomados sus ganados y llevados sus bienes. Los delegados que mandaron acordaron pagar una multa de cincuenta talentos, veinte mil medimnos de trigo y una cantidad igual de cebada, logrando la paz bajo aquellas condiciones

[los romanos recibieron 828800 kilos de trigo y 725200 de cebada. Sobre estas cantidades, siempre se planteará la cuestión de su transporte, teniendo en cuenta que la capacidad de carga de un carro tirado por una pareja de bueyes -a los que también había que alimentar-, por ejemplo, es de unos mil kilos. Resulta razonable pensar que el ejército transportaba una parte para su consumo inmediato y que otra se desviaba hacía depósitos permanentes de grano convenientemente dispuestos en el territorio conquistado. A este respecto, resulta reveladora la tesis doctoral de la Dra. J.A. Silva Salgado "Mecanismos de Abastecimiento del ejército romano. La procedencia de las provisiones militares (218105 a.C.)" editada por la Universidad de Pisa y consultable en http://es.scribd.com/doc/94229812/tesis-doctoral-J-Silva.-N. del T.]. Siguió el cónsul su avance hasta las fuentes Rotrinas, donde acampó en un pueblo llamado Apóridos Come [en nuestra edición latina aparece Acoridos, aunque la española de 1784 y todas las posteriores usan Apóridos, que nosotros seguimos.-N. del T.]. Al día siguiente llegó Seleuco desde Apamea. El cónsul envió a los enfermos y todos los bagajes innecesarios hacia Apamea y, una vez proporcionados guías por Seleuco, marchó aquel mismo día hacia las llanuras de Metrópolis, llegando al día siguiente a Dinias de Frigia. Una marcha a continuación lo llevó hasta Sínada. Todas las ciudades de los alrededores habían sido abandonadas por sus habitantes, marchando tan cargado el ejército con el botín capturado en todas ellas que le llevó todo un día recorrer las cinco millas hasta la que llaman Beudos la Vieja [7400 metros; una marcha normal, sin forzar el paso, podía recorrer fácilmente 25 o 30 kilómetros diarios.-N. del T.]. Su siguiente parada fue en Anabour [la Anabura antigua.-N. del T.]; al día siguiente acampó en las fuentes del Alandro, y al tercer día en Abasio. Habiendo llegado a las fronteras de los tolostobogios, permaneció allí en un campamento fijo durante varios días [los tolostobogios ocupaban la Galacia occidental, alrededor de Pesinunte.N. del T.].

[38.16] Un gran número de galos, ya fuera inducidos por la falta de tierras o por el deseo de saquear, y convencidos de que ninguno de los pueblos por donde tenían intención de pasar era rival para ellos con las armas, marcharon bajo la dirección de Breno hasta el país de los dárdanos [no confundir con el Breno que en 390 a.C. libra y gana la batalla de Alia, ver Libro 5.34-49.-N. del T.] . Se produjo aquí una disputa y veinte mil de ellos abandonaron a Breno y marcharon a Tracia bajo el mando de dos de sus régulos, Lonorio y Lutario. Lucharon aquí contra quienes se oponían a su avance y les impusieron tributos a los que les pidieron la paz, llegando a Bizancio. Aquí permanecieron durante algún tiempo, ocupando la costa de la Propóntde y haciendo tributarias suyas a todas las ciudades de aquella región. Cuando llegaron a sus oídos noticias de quienes conocían Asia sobre la fertlidad de sus suelos, les entraron ganas de cruzar allí y, tras capturar Lisimaquia mediante engaño y apoderarse de todo el Quersoneso, descendieron hacia el Helesponto. Allí se impacientaron todos por cruzar, al ver que solo los separaba un angosto estrecho, y mandaron mensajeros a Antpatro, el gobernador de la costa, para disponer su transporte. El asunto llevó más tiempo del esperado y estalló una nueva disputa entre los jefes. Lonorio, con la mayor parte de los hombres, regresó a Bizancio; Lutario tomó dos barcos con cubierta y tres lembos a unos macedonios que habían sido enviados por Antpatro para espiar bajo la apariencia de embajadores, y en esos barcos llevó un destacamento tras otro, de noche y de día, hasta que cruzó a todas sus fuerzas. No mucho después, Lonorio, con la ayuda del rey Nicomedes de Bitinia, cruzó desde Bizancio. Los galos, ya reunidos, ayudaron a Nicomedes en su guerra contra Zibeta, que se había apoderado de una parte de Bitinia, y gracias sobre todo a su ayuda fue derrotado Zibeta y puesta toda Bitinia bajo el imperio de Nicomedes.

Desde Bitinia se adentraron en Asia. De los veinte mil hombres, no más de diez mil llevaban armas; sin embargo, tan grande fue el terror que inspiraron a todos los pueblos a occidente del Tauro que, tanto aquellos que tenían experiencia de ellos como los que no, los que habían sido invadidos por ellos, los más remotos como los más próximos, todos se les someteron por igual. Estaban divididos en tres tribus: los tolostobogios, los trocmos y los tectosagos. Finalmente, dividieron el territorio conquistado de Asia en tres partes, cada una tributaria de una tribu. La costa del Helesponto fue entregada a los trocmos, a los tolostobogios correspondió la Eólide y Jonia, y los tectosagos recibieron los territorios del interior. Cobraban tributos que recaudaban en toda Asia a esta parte del Tauro, pero fijaron su sede a ambos lados del río Halis [el actual Kizil Irmak.-N. del T.]. Tal fue el terror que su nombre provocaba, porque además crecía de tal manera su número, que hasta los reyes de Siria, finalmente, no se atrevieron a rehusar el pago de tributos. El primer hombre de Asia en rechazarlo fue Atalo, el padre del rey Eumenes; contrariamente a lo que todos esperaban, la fortuna favoreció su valerosa acción y resultó vencedor en una batalla campal. Los galos, sin embargo, no se desalentaron tanto como para renunciar a su supremacía en Asia; su poder se mantuvo incólume hasta la guerra entre Antioco y Roma. Incluso entonces, después de la derrota de Antioco, tenían bastantes esperanzas de que, debido a su lejanía del mar, los romanos no llegaran hasta ellos.

[38.17] Como se había de combatir contra un enemigo tan temido por todos los pueblos en aquella parte del mundo, el cónsul pasó revista a sus soldados y les dirigió las siguientes palabras, en líneas generales: "Soy muy consciente, soldados, que de entre todas las naciones de Asia, los galos se distinguen por su fama de guerreros. Este pueblo feroz, después de vagar y guerrear a lo largo de casi todo el mundo, había sentado su morada entre la más amable y apacible raza de hombres. Su gran estatura, sus largos cabellos rojos, sus enormes escudos, sus espadas extraordinariamente largas y, aún más, sus cánticos al entrar en batalla, sus gritos y danzas guerreras y el horrísono estruendo de sus armas al sacudir sus escudos como hacían sus padres antes que ellos, todas estas cosas efectuaban para aterrorizar y espantar. Pero que les teman aquellos a quienes resultan extrañas y sorprendentes, como los griegos, los frigios y los carios. Nosotros, los romanos, ya estamos acostumbrados al tumulto galo y sabemos cómo se queda en nada. Solo en una ocasión, cuando nuestros antepasados se les enfrentaron por vez primera, huyeron de ellos junto al Alia; desde aquel momento, en los últimos doscientos años, los han derrotado, despedazado como ganado y puesto en fuga. Se han celebrado casi más triunfos sobre los galos que sobre el resto del mundo. Nuestra experiencia nos ha enseñado esto: si soportáis su primera carga, con su salvaje entusiasmo y su ciega furia, sus miembros sufren con el sudor y la fatga, sus armas resbalan, sus cuerpo faquean y, cuando se ha consumido su furia, también fojean sus ánimos, postrados por el sol, el polvo y la sed aunque no levantéis la espada contra ellos. No solo hemos enfrentado nuestras legiones contra ellos, sino también cuerpo a cuerpo. Tito Manlio y Valerio Marco han demostrado cómo el tenaz valor romano supera al frenesí galo. Marco Manlio, él solo, arrojó a los galos que estaban subiendo al Capitolio. Y, además, aquellos antepasados nuestros tuvieron que enfrentarse con auténticos galos, criados en su propia terra; estos son degenerados, una raza mestza a la que con razón se le llama galogriega. Igual que con las frutas y el ganado, la semilla no conserva tan bien sus condiciones como la naturaleza del suelo y del clima en que se crían tienen para cambiarla.

"Los macedonios que ocuparon Alejandría, Seleucia, Babilonia y todas sus otras colonias por todo el mundo, han degenerado en sirios, partos y egipcios. Marsella, situada entre los galos, se ha contagiado en algo del temperamento de sus vecinos. ¿Cuánto de la dura y terrible disciplina de Esparta ha sobrevivido entre los tarentinos? Todo crece con más vigor en su propio entorno; cuando se planta en terreno extraño, cambia su naturaleza y se transforma en aquello de lo que obtene su alimento. Igual que en la batalla contra Antioco despedazasteis a los frigios, pese a sus pesadas armas galas, así los destrozaréis ahora vosotros, los vencedores, a ellos, los vencidos. Temo más que obtengamos poca gloria en esta guerra a que logremos demasiada. Atalo a menudo los derrotó y puso en fuga. No penséis que las bestias salvajes son las únicas que conservan su ferocidad, recién capturadas, y que luego de ser alimentadas algún tiempo por los hombres se amansan. La naturaleza actúa de la misma manera ablandando la barbarie de los hombres. ¿Creéis que estos hombres son los mismos que fueron sus padres y sus abuelos? Expulsados de su hogar por falta de espacio vagaron por la accidentada costa de Iliria, atravesaron a todo lo largo la Peonia y la Tracia, abriéndose camino entre los pueblos más belicosos y ocuparon estas tierras. Después de endurecerse y enfurecerse por todo cuanto hubieron de pasar, han encontrado una tierra que les engorda con abundancia de todo. Toda la ferocidad que trajeron con ellos ha sido domesticada por un suelo más fértl, un clima más benigno y el apacible carácter de las gentes entre las que se han asentado. Creedme, vosotros, hijos de Marte, tendréis que estar en guardia contra los encantos de Asia y evitarlos desde el primer momento; tal poder tienen los placeres de otras tierras para debilitar y destruir vuestras energías, tan fácilmente pueden afectaros las costumbres y prácticas de los pueblos que os rodean. Es, sin embargo, una suerte para nosotros que, a pesar de que no puedan oponerse a vosotros con nada parecido a la fuerza que una vez tuvieron, sigan gozando de su antigua fama entre los griegos. De esta manera, ganaréis tanta gloria entre nuestros aliados al vencer como si los galos a los que derrotaréis hubieran conservado todo el valor de tiempos pasados".

[38.18] Después de disolver la asamblea, envió mensajeros a Eposognatos, que era el único de los régulos galos que había mantenido la amistad con Eumenes y se había negado a ayudar a Antioco contra los romanos. El cónsul reanudó su avance; en el primer día llegó al Alandro y el día siguiente a un pueblo llamado Tiscón. Aquí llegó una delegación de Oroanda [al este del lago Caralitis.-N. del T.] pidiendo la paz. Se les exigió el pago de doscientos talentos, permiténdoles el cónsul regresar a su patria para informar de su exigencia a su gobierno. Marchó desde allí a Plitendo, acampando después cerca de Aliatos [entre el río Sangario y el nacimiento del Meandro.-N. del T.]. Aquí se le reunieron los mensajeros enviados a Eposognato, acompañados por embajadores del régulo, que solicitaron al cónsul que no diera inicio a las hostlidades contra los tectosagos, pues él mismo iría a este pueblo y lo convencería para que se rindiera. Se le concedió su petción. A continuación, el ejército marchó a través de la región llamada Axilos [en griego, literalmente, "sin madera".-N. del T.]. Su nombre se deriva del carácter del terreno, donde no existe rastro alguno de madera, pues ni siquiera crecen aquí espinos, zarzas ni cualquier otra cosa que pueda servir como combustible. Los habitantes utlizan estércol de vaca en lugar de madera. Mientras estaban los romanos acampados en Cubalo, un castllo de Galogrecia, apareció un grupo de caballería enemiga con gran estruendo. Su ataque repentino no se limitó a provocar confusión entre los puestos de guardia romanos, sino que también les provocó algunas bajas. Al llegar el alboroto hasta el campamento, la caballería romana, precipitándose por todas las puertas, derrotó a los galos y los puso en fuga, dando muerte a un número considerable de fugitivos.

El cónsul, consciente de que ya se encontraba en territorio enemigo, avanzó con cautela, manteniendo bien juntas sus fuerzas y después de reconocer el terreno. Marchando sin parar, llegó hasta el río Sangario [el actual Sakarya, en Turquía.-N. del T.], y como no tuviera allí posibilidad de vadearlo, decidió construir un puente. El Sangario baja desde el monte Adoreo y fuye a través de Frigia, uniendo sus aguas con el Timbris en la frontera con Bitinia; con su caudal así crecido, discurre a través de Bitinia y desemboca en la Propóntde. Sin embargo, no resulta tan notable por su caudal como por la gran cantidad de peces que proporciona a sus ribereños. Una vez terminado el puente, el ejército cruzó el río y, según marchaban a lo largo de la orilla, se encontró con los sacerdotes galos de la Gran Madre, revestidos de sus insignias, que profetzaron con fanáticos cánticos que la diosa concedía a los romanos la victoria en la guerra y el dominio del país en el que se hallaban. El cónsul declaró que aceptaba el presagio y fijó su campamento en aquel mismo lugar para pasar la noche. Al día siguiente llegó a Gordio

[en efecto, se trata del lugar donde se produjo el episodio del "nudo gordiano" y Alejandro Magno.-N. del T.]. Es este un lugar no muy grande, pero que posee un mercado muy conocido y frecuentado; más grande, de hecho, que los de la mayoría de ciudades del interior. Está casi a la misma distancia de tres mares, el Helesponto, el de Sínope [la costa del Mar Negro.-N. del T.] y su opuesto, el mar que baña las costas de Cilicia; linda también con los territorios de varios y grandes pueblos, quienes por convenir a sus mutuos intereses comerciales habían hecho de este el centro de sus negocios. Los romanos la encontraron desierta, sus habitantes habían huido y estaba repleta de toda clase de provisiones. Mientras estaban acampados aquí, llegaron los enviados de Eposognato con la notica de que se había entrevistado con los régulos de los galos, pero que no pudo hacerlos entrar en razón: Estaban abandonando sus aldeas y granjas en el campo, marchando hacia el monte Olimpo y llevándose a sus esposas, hijos y cuando podían transportar o arrear. Tenían la intención de defenderse allí con sus armas y su fuerte posición.

[38.19] A continuación, llegó información más precisa de Oroanda en el sentido de que los tolostobogios habían ocupado Olimpo; que los tectosagos, marchando en distinta dirección, se habían establecido en otra montaña llamada Magaba [pudiera ser el Kurg-Dagh.-N. del T.] y que los trocmos habían dejado a sus esposas e hijos al cuidado de los tectosagos y marchaban en auxilio de los tolostobogios. Los régulos de estas tribus eran Ortagón, Combolomaro y Gauloto. Su razón principal para adoptar esta estrategia bélica era que, al apoderarse de las principales alturas del país y proveerlas de cuanto pudieran necesitar por tiempo indefinido, esperaban expulsar al enemigo por aburrimiento. Suponían que él nunca se atrevería a aproximárseles sobre terreno tan escarpado y difcil; si lo hiciera, creían que incluso una pequeña fuerza sería bastante para desalojarlo o hacerlo retroceder en desorden; por el contrario, si permanecía inactivo al pie de las montañas heladas, no podría soportar el frío ni el hambre. Aunque la altura de su posición era una protección por sí misma, cavaron trincheras y construyeron otras defensas alrededor de los picos donde se habían establecido. No se preocuparon casi de proveerse con armas arrojadizas, convencidos de que la naturaleza rocosa del terreno les proporcionaría piedras suficientes.

[38,20] Como el cónsul había previsto que el combate no sería a corta distancia, sino que implicaría atacar posiciones a distancia, hizo acumular jabalinas, lanzas para los vélites, fechas, glandes de plomo y pequeñas piedras apropiadas para lanzarlas con hondas. Provistos con estas armas arrojadizas, marchó hacia el Olimpo y acampó a cuatro millas de la montaña [5900 metros.-N. del T.]. A la mañana siguiente, salió con Atalo y cuatrocientos jinetes para reconocer el terreno y la situación del campamento galo. Estando en ello, salieron del campamento jinetes enemigos en doble número que los suyos y lo hicieron huir; algunos de sus hombres resultaron muertos y un número mayor quedó herido. Al tercer día, el cónsul salió de reconocimiento con toda su caballería y, como no saliera de sus fortificaciones ningún enemigo, recorrió las montañas sin incidentes. Se dio cuenta de que hacia el sur el terreno se elevaba en pendientes suaves de terra; al norte, las paredes eran rocosas y casi verticales. Había sólo tres caminos posibles -e inaccesible por cualquier otro lugar-; uno por en medio de la montaña, con el suelo de terra, y dos que resultaban difciles: una al sureste y la otra al noroeste. Tras practicar estas observaciones acampó el resto del día cerca del pie de las montañas. Al día siguiente, tras ofrecer sacrificios que desde las primeras víctimas presentaron presagios favorables, avanzó contra el enemigo. Dividió al ejército en tres divisiones; él mandaba personalmente la primera y comenzó el ascenso por donde resultaba más sencillo; su hermano, Lucio Manlio, recibió la orden de avanzar desde el lado sureste hasta donde el terreno se lo permitera hacer con seguridad, pero si llegaba a un lugar peligroso o de pendiente escarpada no debía luchar contra las dificultades del terreno ni tratar de abrirse paso a través de obstáculos insuperables. En tal caso, debía dar la vuelta y marchar por la cara de la montaña y unir su división con la que mandaba el cónsul. Cayo Helvio, con la tercera división, debía girar poco a poco por la base del monte y atacar luego con ella el lago noroeste. Dividió también en tres partes a las tropas auxiliares de Atalo y mandó al propio joven que fuese con él. Dejó a la caballería y los elefantes en el terreno llano más próximo a las colinas, teniendo órdenes sus comandantes de observar cuidadosamente el progreso de la acción y prestar asistencia inmediata allí donde se requiriera.

[38.21] Los galos, sinténdose seguros de que su posición era inaccesible por ambos lados, dirigieron su atención a la vertente sur. Para cerrar todo acceso por este lado, enviaron cuatro mil hombre para ocupar una altura que dominaba el camino y que distaba menos de una milla de su campamento; desde allí, como si de una fortaleza se tratara, podrían impedir el avance enemigo. Cuando vieron esto, los romanos se dispusieron para la batalla. Por delante de los estandartes iban los vélites y los arqueros cretenses de Atalo, así como los honderos tralos y tracios. Los estandartes de la infantería avanzaban lentamente, como lo aconsejaba el terreno, llevando los escudos por delante, no porque esperasen un combate cuerpo a cuerpo, sino para evitar los proyectiles. Dio comienzo la batalla con la descarga de proyectiles, librándose al principio en términos de igualdad al tener los galos la ventaja de su posición y los romanos la de la variedad y abundancia de sus armas arrojadizas. Según avanzaba el combate, sin embargo, dejaba de estar igualado; los escudos de los galos, aunque largos, no eran lo bastante anchos como para cubrir sus cuerpos y, al ser planos, proporcionaban una protección insuficiente. Por otra parte, no tenían más armas que sus espadas y, como no podían llegar al cuerpo a cuerpo, les resultaban inútiles. Trataron de emplear piedras, pero como no habían preparado ninguna, debieron emplear las que cada hombre, en la prisa y confusión, podía echar mano; poco acostumbrados a tales armas, no las podían emplear con efectividad, fuera por su habilidad o su fuerza. Eran alcanzados desde todas partes con fechas, balas de plomo y jabalinas que no podían evitar; cegados por la ira y el miedo, se vieron sorprendidos y se encontraron librando el tipo de combate para el que estaban peor equipados. En el combate cuerpo a cuerpo, donde podían recibir y causar heridas, su furia estimulaba su valor; pero cuando resultaban heridos por proyectiles lanzados desde lejos por un enemigo invisible, sin que hubiera nadie contra quien lanzar una ciega carga, se volvían contra sus propios compañeros, como bestias salvajes que hubieran sido alanceadas. Su costumbre de luchar siempre desnudos hacía más visibles sus heridas, y sus cuerpos son blancos y carnosos al no desnudarse nunca excepto en la batalla. Por consiguiente, fuía más sangre de ellos, las heridas abiertas parecían más horribles y la blancura de sus cuerpos contrastaba más con las manchas de la sangre oscura. Las heridas abiertas, sin embargo, no les preocupaban demasiado. A veces, cuando la herida es más ancha que profunda, consideran incluso que combaten más gloriosamente con cortes en la piel. Pero cuando les penetra la cabeza de una fecha

o se les hunde una bala de plomo, torturándoles con lo que parece una pequeña herida y desafiando todos sus esfuerzos para sacarlos, se arrojan al suelo avergonzados y furiosos porque tan pequeña lesión amenace con resultarles fatal. Así que yacían por todas partes; y algunos que se arrojaron a la carrera sobre sus enemigos fueron atravesados por todas partes por los proyectiles que les arrojaron; a los que llegaron al cuerpo a cuerpo, los atravesaron los vélites con sus espadas. Estos soldados llevan un escudo de tres pies de largo [unos 88 centimetros.-N. del T.], jabalinas en su mano derecha para emplearlas a distancia y una espada hispana en sus cinturones [gladius hispaniensis, en el original latino.-N. del T.]. Cuando tienen que pelear de cerca, cambian las jabalinas a la mano izquierda y desenvainan sus espadas [esto podría sugerir que su escudo disponía de una correa mediante la que podían colgárselo del hombro, al modo macedonio.-N. Del T.]. Ya sobrevivían pocos de los galos y, al verse derrotados por la infantería ligera y a las legiones aproximándose, huyeron en desorden hacia su campamento, que era presa del pánico al estar allí hacinadas las mujeres, los niños y el resto de no combatentes. Los romanos se apoderaron de las alturas de las que había huido el enemigo.

[38,22] Lucio Manlio y Cayo Helvio, entretanto, habían marchado hasta donde la ladera de la montaña ofrecía un camino; cuando llegaron a un punto en que resultaba imposible avanzar, se volvieron hacia el único lugar que resultaba accesible y, como si estuvieran de acuerdo, siguieron al cónsul a cierta distancia el uno del otro. La necesidad les obligó ahora a adoptar lo que habría sido la mejor opción desde el principio, pues sobre terreno tan dificultoso las tropas de apoyo ofrecen la ventaja de que, cuando ha sido desordenada la primera línea, la segunda puede protegerlos y entrar en acción frescos y con todas sus fuerzas. Cuando las primeras enseñas de las legiones hubieron llegado a las alturas que había capturado la infantería ligera, el cónsul ordenó a sus hombres que descansaran y recobraran el aliento. Señaló los cuerpos de los galos esparcidos por el suelo y dijo: "Si la infantería ligera pudo luchar como lo ha hecho, ¿qué no esperaré de las legiones, de los que están bien armados, del valor de mis valientes soldados? Ellos debían capturar el campamento, donde tembla de miedo el enemigo allí arrojado por la infantería ligera". Durante este alto, la infantería ligera había estado ocupada reuniendo los proyectiles que yacían por doquier, a fin de tener suministro suficiente; el cónsul, entonces, les ordenó avanzar. Según se acercaban al campamento, los galos, temiendo que sus fortificaciones no les brindasen protección suficiente, permanecían formados delante de la empalizada empuñando sus armas. Quedaron sobrepasados de inmediato por una descarga general de proyectiles, de los que fueron más los que hacían blanco que los que fallaban, a causa de su gran número y la poca distancia desde la que se arrojaron. En pocos minutos fueron rechazados al interior de su empalizada, dejando únicamente fuertes grupos para guardar las puertas del campamento. Se dirigió entonces una gran lluvia de proyectiles contra la masa que estaba en el campamento, demostrando los gritos mezclados con los llantos de las mujeres y los niños que muchos de ellos resultaron alcanzados. Contra los que guardaban las puertas, los legionarios arrojaron sus pilos. Estos no les hirieron, pero sus escudos quedaron perforados y, enredados así unos con otros sin remedio, no pudieron ya resistr la carga romana.

[38,23] Estando ya las puertas abiertas, los galos huyeron en todas direcciones antes de que irrumpan los vencedores. Se precipitan ciegamente por donde había camino y por donde no lo había; no les detenían ni los precipicios ni los despeñaderos; a nada temían más que al enemigo. Muchos de ellos se despeñaron desde las alturas, muriendo al golpearse o al quedar exánimes. El cónsul apartió a sus hombres del saqueo del campamento capturado, ordenándoles que hicieran todo lo posible para perseguir y acosar al enemigo para aumentar su angusta. Cuando llegó la segunda división, al mando de Lucio Manlio, también les prohibió entrar en el campamento y les envió de inmediato en persecución del enemigo. Después de confiar los prisioneros a los tribunos militares, él mismo se sumó a la persecución, pues creía que se le podía poner fin a la guerra si se daba muerte o se hacía prisionero al mayor número posible mientras se encontraban en tal estado de terror. Después de que el cónsul se hubo marchado, llegó Cayo Helvio con su división y no pudo impedir que sus hombres saquearan el campamento, quedando así el botín, mediante una injusta suerte, en manos de quienes no habían partcipado en los combates. La caballería quedó largo tiempo sin tener noticia alguna de la batalla ni de la victoria que habían obtenido sus camaradas. Después, subiendo hasta donde podían llegar sus caballos, cabalgaron tras los galos dispersos por la montaña, matándolos o haciéndolos prisioneros.

No fue fácil establecer el número de los muertos, pues la huída y la carnicería se extendió por todos los recovecos de la montaña, gran número se perdió y cayó por los precipicios más profundos; además, muchos murieron entre los bosques y los matorrales. Claudio, quien afirma que hubo dos batallas en el Olimpo, fija el número de muertos en cuarenta mil; Valerio Antas, que normalmente es más dado a la exageración, dice que no hubo más de diez mil. El número de prisioneros, sin duda, llegó a cuarenta mil, debido a que los galos habían llevado con ellos una muchedumbre de ambos sexos y de todas las edades, más como si fueran emigrantes que como hombres que iban a la guerra. Se juntó en una pila las armas del enemigo y se quemaron, ordenando el cónsul a las tropas que recogieran el resto del botín. Vendió la parte que tenía que ir al tesoro público; el resto lo distribuyó con la más escrupulosa equidad entre los soldados. Luego desfilaron y, después de encomiar sinceramente los servicios que todo el ejército había prestado, concedió recompensas a cada uno según su mérito, especialmente a Atalo, que fue unánimemente aplaudido por el valor ejemplar y la incansable energía que el joven príncipe había mostrado al hacer frente a las fatgas y peligros, solo igualadas por su modesta.

[38,24] Llegaba ahora el turno a la campaña contra los tectosagos, y el cónsul inició su avance contra ellos. En una marcha de tres días llegó a Ankara, ciudad de importancia en aquel territorio y con el enemigo a solo diez millas de ella [la ciudad es la antigua Ancira, y los galos estaban a 14800 metros de ella.-N. del T.]. Mientras estaba acampado aquí, tuvo lugar un incidente notable en relación con una prisionera. La esposa de un régulo llamado Orgiagonte, una mujer de belleza excepcional, estaba con otros cautivos bajo la custodia de un centurión libertino y avaricioso, como ya se sabe que son los militares. Este empezó tentando su ánimo, pero al ver era de completo rechazo a entregarse voluntariamente, forzó el cuerpo que la fortuna había hecho esclavo. Luego, para aplacar la indignidad del ultraje, ofreció a la mujer la posibilidad de regresar con los suyos; pero ni esto hizo a cambio de nada, como habría hecho un amante. Fijó cierta cantidad de oro, y para impedir que sus hombres tuvieran conocimiento alguno de ello, le permitó escoger a uno de los prisioneros y mandar por él un mensaje a los suyos. Se determinó un lugar en el río donde, a la noche siguiente, deberían presentarse no más de dos de los suyos con el oro y hacerse cargo de ella. Por casualidad, entre los prisioneros se encontraba uno de los esclavos de la mujer y el centurión llevó a este hombre más allá de las empalizados tan pronto se hizo la oscuridad. A la noche siguiente, dos de los suyos y el centurión con su cautiva se reunieron en el lugar. Mientras le estaban mostrando el oro, que ascendía a un talento átco -la suma acordada-[1 talento ático= 25,92 kilos.-N. del T.], la mujer, hablando en su propio idioma, les ordenó desenvainar sus espadas y matarlo mientras el centurión estaba pesando el oro. Envolviendo la cabeza del hombre muerto en sus ropas, llegó junto a su marido Orgiagonte, que había huido a su hogar desde el Olimpo. Antes de abrazarlo, arrojó la cabeza a sus pies y, mientras él se preguntaba de quién podría ser la cabeza o qué podría significar aquel acto tan poco femenino, ella le contó el ultraje que había padecido y la venganza que se había tomado por la violación de su virtud. Según se cuenta, mediante la pureza y el rigor de su vida posterior mantuvo hasta el último momento la gloria de una acción tan digna de una matrona.

[38,25] Mientras estaba el cónsul acampado en Ankara, fue visitado por embajadores de los tectosagos, quienes le rogaron que no avanzase más hasta haber mantenido una conferencia con sus régulos, asegurándole que no había términos de paz que no prefiriesen a una guerra. Se fijó el día siguiente para la entrevista; el lugar elegido era uno que parecía estar a medio camino entre Ankara y el campamento galo. El cónsul llegó allí a la hora fijada con una escolta de quinientos jinetes, no vio ningún galo y regresó al campamento. Volvieron a aparecer los mismos parlamentarios, excusando a los régulos por motivos religiosos; prometieron que vendrían algunos de sus hombres principales, con los que igualmente se podrían tratar todos los asuntos. El cónsul, por su parte, les dijo que enviaría Atalo para representarlo. Llegaron ambas partes, Atalo con una escolta de trescientos jinetes. Se discuteron los términos de paz, pero no se alcanzó ningún acuerdo en ausencia de los líderes, por lo que se dispuso que el cónsul se encontraría con los régulos al día siguiente. Los galos tenían un doble objetivo al demorar las negociaciones: en primer lugar, ganar tiempo para que pudieran trasladar sus bienes al otro lado del Halis, pues temían el peligro que pudieran correr, así como a sus esposas e hijos; en segundo lugar, porque estaban tramando una celada contra el cónsul, que no estaba tomando todas las precauciones contra una traición en la conferencia. Para este propósito, habían elegido de entre todas sus fuerzas a mil jinetes de probada audacia, y el plan habría tenido éxito si la fortuna no hubiera defendido el derecho de gentes que tenían intención de violar. Las tropas romanas encargadas de recoger forraje y madera fueron enviadas cerca del lugar de la conferencia, pues pareció a los tribunos militares el modo más prudente de actuar pues, de esta manera, la escolta del cónsul también les serviría de protección frente al enemigo. A pesar de ello, situaron a otro destacamento de seiscientos jinetes cerca de su campamento.

Al recibir garantía de Atalo de que vendrían los régulos y se podrían finalizar las negociaciones, el cónsul partió del campamento con la misma escolta que la vez anterior. Una vez recorridas unas cinco millas [7400 metros.-N. del T.] y no estando ya lejos del lugar de la cita, vio de pronto venir a los galos, lanzados al galope como en una carga contra el enemigo. Haciendo parar a su columna y dando órdenes a los suyos para que dispusieran armas y ánimos para la batalla, él mismo enfrentó la primera carga sin ceder terreno. Luego, ante el peso del número, comenzó a retrarse lentamente, sin descomponer sus filas; pero al final, como hubiera más peligro si permanecían en el campo que si mantenían el orden, rompieron las filas y huyeron. Estando así dispersos, los galos les presionaban duramente y les hacían pedazos, y gran parte de ellos habría quedado destruida de no haberse encontrado en su huída con los seiscientos a quienes se había enviado a proteger a los que estaban forrajeando. Habían oído los gritos de alarma entre sus compañeros y se apresuraron a disponer armas y caballos, llegando frescos al combate cuando este había casi terminado. Esto cambió la suerte del día y el pánico se trasladó de los vencidos a los vencedores. Los galos fueron derrotados en la primera carga, y como los forrajeadores llegaron corriendo desde los campos, el enemigo se vio rodeado por todas partes y casi sin una vía de escape practicable. Los romanos, sobre caballos frescos, perseguían los que estaban cansados y agotados, y pocos escaparon. No se hicieron prisioneros. La mayor parte de ellos pagó con la muerte el castgo por su falta de buena fe. Furiosos por esta traición, al día siguiente los romanos avanzaron con todas sus fuerzas contra el enemigo.

[38.26] El cónsul pasó dos días inspeccionando minuciosamente las características naturales de la montaña, para familiarizarse con todos los detalles. Al día siguiente, después de tomar los auspicios y ofrendar los sacrificios, sacó a su ejército formado en cuatro divisiones; con dos de ellas tenía intención de ocupar el centro de la montaña, las otras ascenderían por las laderas y tomarían a los galos por ambos flancos. La disposición del enemigo eran la siguiente: los tectosagos y los trocmos, que consttuían su fuerza principal y sumaban cincuenta mil hombres, formaban en el centro; la caballería, en número de diez mil, estaban desmontados, pues los caballos resultaban inútiles en aquel terreno, y formaba en el ala derecha; los capadocios, bajo el mando de Ariarates y los auxiliares morcios, en número de cuatro mil, estaban situados a la izquierda. El cónsul dispuso a su infantería ligera en primera línea, como había hecho en la batalla sobre el Olimpo, cuidando que tuvieran a mano un amplio suministro de proyectiles. Cuando se acercaron al enemigo, se repiteron todas las circunstancias de la anterior batalla, excepto porque los ánimos de uno de los bandos se habían incrementado con su reciente victoria y los del otro habían disminuido pues, aunque no fueron ellos los derrotados, consideraban aquella derrota como propia. Así iniciada la batalla, terminó de la misma forma. Una nube de proyectiles ligeros abrumó a la formación de los galos. Ninguno se atrevía a lanzarse fuera de las filas por temor a exponer su cuerpo desnudo a la certdumbre de resultar alcanzado desde todas partes; y así, mientras permanecían de pie en sus líneas, en formación cerrada, recibían más heridas cuanto más prietos estaban, como si se apuntaran precisamente contra cada hombre en particular. Pensó el cónsul que la vista de los estandartes de las legiones provocarían la inmediata huida de los ya desmoralizados galos; por consiguiente, retró a la infantería ligera y al resto de escaramuzadores tras las filas de las legiones y les ordenó avanzar.

[38.27] Los galos, aterrados por el recuerdo de la derrota de los tolostobogios, agotados por su larga permanencia y por sus heridas, con los proyectiles clavados en sus cuerpos, no esperaron a la primera carga y al grito de guerra de los romanos. Huyeron hacia su campamento, pero pocos ganaron el refugio de sus fortificaciones; la mayor parte fue más allá, por la derecha o por la izquierda, por donde les llevara su afán por escapar. Los vencedores los persiguieron hasta su campamento, tajándolos por la espalda; pero una vez en el campamento se detuvieron por su ansia de botín y ninguno siguió la persecución. Los galos se sostuvieron algún tiempo más en las alas, pues tardaron más en llegar hasta ellos; no esperaron, sin embargo, a la primera descarga de proyectiles. Como el cónsul pudo mantener a sus hombres alejados del saqueo del campamento, envió inmediatamente en persecución a las otras divisiones. Estas los siguieron hasta una distancia considerable, matando en total a unos ocho mil hombres en la huida, pues no hubo combate. Los supervivientes cruzaron el Halis. Una gran parte del ejército romano pasó la noche en el campamento enemigo; al resto, el cónsul lo llevó de vuelta a su propio campamento. Al día siguiente, el cónsul hizo recuento de prisioneros y botín; el montante del último fue tan grande como correspondía a un pueblo que siempre había estado dedicado a la rapiña y que lo había acumulado durante tantos años de poseer por la fuerza de las armas todo el país a occidente del Tauro. Tras haberse reunido los galos dispersos por su huida, la mayoría heridos, desarmados y despojados de todas sus pertenencias, enviaron parlamentarios para pedir la paz al cónsul. Manlio les ordenó ir a Éfeso. Él mismo, deseoso de salir del territorio frío próximo al Tauro -estaban ya a mediados del otoño-llevó a su victorioso ejército de vuelta a la costa, en su cuarteles de invierno.

[38,28] Mientras se desarrollaban estas operaciones en Asia, las cosas permanecieron tranquilas en las demás provincias. En Roma, los censores Tito Quincio Flaminino y Marco Claudio Marcelo revisaron las listas de los senadores. Publio Escipión Africano fue elegido por tercera vez Príncipe del Senado y solo cuatro miembros fueron eliminados de la lista, ninguna de los cuales había ocupado una magistratura curul. Los censores mostraron también mucha indulgencia en la revisión de la lista de los caballeros. Contrataron la construcción de los cimientos del Equimelio [lugar para el mercado de animales con destino al sacrificio doméstico.-N. del T.], sobre el Capitolio, así como la del empedrado de una calle desde la puerta Capena hasta el templo de Marte. Los campanos solicitaron al senado que decidiera dónde habían de censarse, decretándose que se censarían en Roma. Hubo inundaciones muy grandes este año; en doce ocasiones distintas, el Tíber inundó el Campo de Marte y las partes bajas de la Ciudad. Tras haber dado fin Cneo Manlio a la guerra contra los galos en Asia, el otro cónsul, Marco Fulvio, ahora que los etolios estaban derrotados, navegó hasta Cefalania y mandó dar a elegir a las diversas ciudades de la isla qué preferían: rendirse a los romanos o enfrentar la guerra. El miedo impidió que se negaran a rendirse y entregaron los rehenes que el cónsul les exigió en proporción a sus escasos recursos; los cranios, palenses y sameos entregaron veinte cada pueblo. Había amanecido en Cefalania la esperanza de una paz imprevista cuando, de repente, por alguna razón desconocida, la ciudad de los sameos se rebeló. Dijeron que, como su ciudad ocupaba una posición ventajosa, temían que los romanos los obligaran a irse a vivir a otro lugar. No se tiene la certeza de que se tratara de una invención por su parte y su quebrantamiento de la paz se debiera a temores imaginarios, o que la cuestón se hubiera discutido entre los romanos y hubiese llegado a sus oídos. Lo que sí se sabe con seguridad es que tras entregar rehenes cerraron sus puertas, y aunque el cónsul envió a aquellos rehenes ante las murallas para conmover las simpatas de sus conciudadanos y parientes, se negaron a abandonar su oposición. Como no dieran ninguna respuesta conciliadora, se inició el asedio de la ciudad. El cónsul hizo traer todas las máquinas de asedio desde Ambracia, completando rápidamente los soldados todos los trabajos que se debían hacer. Los arietes comenzaron a batr las murallas en dos puntos.

[38,29] Nada fue dejado de hacer por los sameos para defenderse de la máquinas de asedio o de los asaltos. Usaron, principalmente, de dos métodos de resistencia. Por una parte, allí donde era derruida la muralla construían incesantemente otra más fuerte por el lado de dentro; por la otra, practicaban frecuentes salidas, unas veces contra las obras de asedio y otras contra los puestos avanzados. En estas acciones, en muchas ocasiones, resultaron vencedores. Se ideó un sistema para mantenerlos atrás, simple y que casi no vale la pena mencionar. Se trajeron un centenar de honderos de Egio, Patras y Dime; estos hombres tenían la costumbre, como sus padres antes que ellos, de practicar con sus hondas lanzando al mar los cantos rodados que suele haber en la playa mezclados con la arena. De esta manera, lograban mayor precisión y mayor alcance que los honderos baleáricos. Sus hondas, además, no estaban hechas de una sola correa, como la de los baleares o las de otros pueblos, sino que constaban de tres capas cosidas juntas con fuertes costuras. Esto impedía que el proyectl girase al azar, cuando se soltaba la correa, y salía disparado recto y equilibrado como si se le hubiese lanzado con la cuerda de un arco. Solían atravesar, con sus piedras, anillos situados a gran distancia a modo de blancos, logrando así alcanzar no solo la cabeza, sino cualquier parte de la cara a la que apuntaran. Estas hondas impidieron a los sameos practicar aquellas frecuentes y osadas salidas; tanto se lo impidieron, de hecho, que pidieron desde las murallas a los aqueos que se retraran durante un tiempo y se quedaran mirando mientras ellos combatan contra los puestos avanzados romanos. Same resistó el sito durante cuatro meses. Día a día, una parte de su escaso número se reducía o resultaba herido, agotándose los defensores de fsica y anímicamente. Por fin, una noche, los romanos escalaron la muralla y se abrieron paso a través de la ciudadela que llaman Cineátde -pues, en efecto, la ciudad la extende hacia el oeste, bajando hacia el mar-y llegaron hasta el foro. Al ver los sameos que la ciudad estaba parcialmente ocupada por el enemigo, se refugiaron en la ciudadela mayor con sus esposas e hijos. Al día siguiente se rindieron; la ciudad fue saqueada y se vendió a toda su población como esclavos.

[38,30] Después de resolver la situación de Cefalania y dejar una guarnición de Same, el cónsul navegó hacia el Peloponeso, donde ya hacía tiempo que le reclamaban los pueblos de Egio y los lacedemonios. Ya fuera como una concesión a su importancia o a causa de su conveniente ubicación, Egio había sido desde sus inicios el lugar de celebración de las reuniones de la Liga Aquea. Este año, por primera vez, Filopemen trató de acabar con esta costumbre y se disponía a promulgar una ley para que la asamblea se celebrara por turno en cada ciudad de la Liga. Justo antes de la visita del cónsul, mientras que los demiurgos [pese a su posterior significación como "creador" en la filosofa platónica o como "principio activo" para los gnósticos, la palabra griega Δημιουργός, Dēmiurgos, significa literalmente "servidor público".-N. del T.], que eran los magistrados de mayor rango de las ciudades, habían convocado una asamblea de la Liga en Egio, el pretor Filopemen la había convocado en Argos. Ya que resultaba evidente que casi todos acudirían allí a reunirse, el cónsul, aunque estaba a favor de los egienses, marchó también a Argos. Aquí se discutó el asunto y, viendo que las cosas tomaban otro rumbo, desistó de su intención. Los lacedemonios, a continuación, llamaron su atención con sus propias quejas. La principal causa de inquietud para su ciudad era la actitud amenazante de los exiliados, muchos de los cuales vivían en castllos y aldeas de la costa de Laconia, de la que se habían visto completamente privados. Los lacedemonios estaban irritados ante aquel estado de cosas; querían tener acceso al mar por algún sito, por si alguna vez deseaban enviar embajadores a Roma o a cualquier otro lugar, y disponer también de un mercado y un almacén para los bienes importados para las necesidades del consumo. Lanzaron un ataque nocturno por sorpresa contra un pueblo de la costa llamado Las. Los aldeanos y los exiliados quedaron al principio aterrorizados por el ataque repentino, pero antes que se hiciera de día se reagruparon y, tras un pequeño combate, expulsaron a los lacedemonios. Entonces, se dio la alarma en toda la costa y todos los castllos, las aldeas y los exiliados que habían asentado allí sus hogares enviaron una embajada conjunta a los aqueos.

[38.31] Desde el principio, Filopemen había defendido la causa de los exiliados y había tratado siempre de convencer a los aqueos para que redujeran el poder e infuencia de los lacedemonios. Convocó ahora un consejo para dar audiencia a los embajadores y, por iniciativa de él, se aprobó un decreto en los siguientes términos: "Considerando que Tito Quicio y los romanos habían confiado a la buena fe y protección de los aqueos las aldeas y castllos de la costa de Laconia, y puesto que la aldea de Las ha sido atacada por los lacedemonios, que estaban comprometidos por un tratado a no interferir con ellos, habiéndose producido allí una matanza, decretamos que, a menos que los autores y cómplices de esta atrocidad sean entregados a los aqueos, se considerará roto el tratado". Se envió inmediatamente una misión a Lacedemonia para presentar esta exigencia. Tan arbitraria y arrogante la hicieron aparecer ante los ojos de los lacedemonios que de haber estado aquella ciudad en la posición que en otro tiempo ostentó, sin duda habrían tomado las armas. Lo que más temían era que, si se sometan al yugo al punto de cumplir con aquella exigencia inicial, Filopemen cumpliera con la política que había contemplado durante mucho tiempo de entregar Lacedemonia a los exiliados. En un arrebato de ira, dieron muerte a treinta hombres que pertenecían al partido de los que estaban de acuerdo con Filopemen y los exiliados, aprobando luego un decreto denunciando la alianza con los aqueos y ordenando la partida inmediata de una embajada a Cefalania para efectuar una rendición formal de Lacedemonia al cónsul y a Roma, rogándole que acudiera al Peloponeso y recibiera su ciudad bajo la protección y la soberanía del pueblo de romano.

[38,32] Cuando se informó de estas disposiciones a los aqueos, todas las ciudades de la Liga declararon unánimemente la guerra a los lacedemonios. El invierno impidió cualquier acción inmediata a gran escala, pero sí se lanzaron pequeñas expediciones de saqueo que devastaron sus territorios por tierra y por mar, con naves, más a la manera de los bandidos que de los soldados regulares. Estas agresiones hicieron venir al cónsul al Peloponeso, ordenando la convocatoria de una asamblea en Élide, a la que se convocó también a los lacedemonios para que expusieran su caso. La discusión pronto se convirtó en una acalorada disputa, a la que el cónsul puso fin. Este ansiaba contentar a ambas partes y tras haber dado respuestas que a nada le comprometan, advirtó a ambas partes que se abstuvieran de hostlidades hasta que hubieran comparecido sus embajadores ante el Senado, en Roma. Cada parte envió sus embajadores a Roma; los exiliados lacedemonios confiaron su causa a los aqueos. Los encargados de la embajada aquea fueron Diófanes y Licortas, ambos naturales de Megalópolis. Estos tenían opiniones políticas contrapuesta, y los discursos que pronunciaron mostraron igual divergencia. Diófanes era partidario de dejar la decisión de todos los puntos en manos del Senado, pues podría resolver los asuntos en disputa entre los aqueos y los lacedemonios de la mejor manera posible. Licortas, siguiendo instrucciones de Filopemen, reivindicó el derecho de los aqueos a ejecutar su decreto de conformidad con el Tratado y con sus leyes, y solicitó que el Senado les permitera ejercer sin menoscabo la libertad que les había garantzado. Por aquel entonces, los aqueos gozaban de una alta estima por parte de los romanos; se decidió, no obstante, que la situación de los lacedemonios no debía cambiar de ninguna manera. La respuesta del Senado fue tan ambigua que, mientras que los aqueos supusieron que tenían las manos libres respecto a los lacedemonios, los lacedemonios la interpretaron en el sentido de que los aqueos no habían obtenido lo que pedían. Los aqueos usaron sin escrúpulos y con exceso de la libertad que suponían se les había concedido. A Filopemen se le prorrogó su magistratura.

[38.33] Al principio de la primavera, Filopemen movilizó al ejército y estableció su campamento en territorio de los lacedemonios. Envió entonces embajadores para exigir la entrega de los responsables de la rebelión y prometó que si la ciudad los entregaba seguiría en paz, no sufriendo ningún castgo aquellos hombres hasta que se hubiera fallado su caso. El miedo mantuvo callado al resto; los que habían sido nombrados declararon su voluntad de ir, ya que habían recibido garantas de los embajadores de Filopemen de que estarían a salvo de violencia hasta de emisarios Filopemen de la garantía de que estarían a salvo de la violencia hasta que se les hubiese escuchado. Fueron también otros, hombres de posición notable, para apoyar a sus amigos y porque consideraban además que su causa afectaba al interés público. Nunca antes habían los aquellos llevado a los exiliados a territorio lacedemonio, pues consideraban que nada les indispondría tanto; ahora, casi iban en vanguardia de todo el ejército. Cuando los lacedemonios llegaron ante la puerta del campamento, los exiliados les salieron en grupo. Al principio se atacaron mediante insultos; luego, conforme se excitaban los ánimos por ambas partes, los más exaltados de los exiliados atacaron a los lacedemonios. Como estos apelaran a los dioses y a la palabra dada por los embajadores de Filopemen, estos y el mismo pretor trataron de apartar a la multitud y proteger a los lacedemonios, parando incluso a alguno que ya los estaba encadenando; se juntó una gran masa y aumentó confusión. Los aqueos corrieron a ver lo que estaba pasando, y los exiliados, protestando a gritos por el sufrimiento que habían soportado, imploraban su ayuda y les decían que si dejaban pasar esta oportunidad nunca tendrían otra más favorable. Que por culpa de aquellos hombres se había quebrado el tratado firmado en el Capitolio, en Olimpia y en la ciudadela de Atenas; que antes de comprometerse con otro tratado se debía castgar a los culpables. Este lenguaje excitó a la multitud y un hombre gritó "¡destrozadlos!"; empezaron a arrojar piedras contra ellos, siendo muertos diecisiete hombres que habían sido encadenados durante el tumulto. Al día siguiente, fueron detenidos sesenta y tres de los que Filopemen había protegido de la violencia, no porque le preocupara su seguridad, sino porque no quería que perecieran antes del día del juicio. víctimas de la furia de la multitud, poco pudieron hablar y a oídos contrarios. Todos fueron hallados culpables y entregados al suplicio.

[38,34] Habiendo aterrorizado así a los lacedemonios, les enviaron órdenes perentorias: en primer lugar, que debían destruir sus murallas; en segundo lugar, que todos los mercenarios extranjeros que habían servido bajo los tiranos debían abandonar el territorio de Laconia; en tercero, que todos los esclavos que habían liberado los tiranos, de los que existía un gran número, debían partir en una fecha dada; a cualquiera que se quedara, los aqueos tendrían el derecho de llevárselos y venderlos; por último, debían derogar las leyes y costumbres de Licurgo y someterse a las leyes e insttuciones de los aqueos, ya que de esta manera formarían un solo cuerpo y se pondrían de acuerdo más fácilmente en una política común. Con ninguna de estas exigencias cumplieron más fácilmente que con la que exigía la destrucción de sus murallas, y ninguna levantó más amargos sentimientos como la que exigía la restauración de los exiliados. Se aprobó un decreto para su retorno en un consejo de los aqueos en Tegea, y se dijo que los mercenarios extranjeros habían sido licenciados y que los "lacedemonios adscritos" [quizá "naturalizados" sería una expresión más exacta.-N. del T.], pues así se designó a los esclavos liberados por los tiranos, habían abandonado la ciudad y se habían dispersado por los alrededores. Al recibir esta información se decidió que, antes de que se desmovilizara el ejército, el pretor debería marchar con una fuerza de infantería ligera y arrestar a tales hombres, vendiéndolos como botín adquirido legítimamente. Muchos fueron capturados y vendidos. Con el dinero así obtenido se restauró, por sugerencia de los aqueos, el pórtico de Megalópolis que los lacedemonios habían destruido. Esta ciudad recuperó también el territorio de Belbina, del que se habían apoderado injustamente los tiranos de Lacedemonia; esto se efectuó en virtud de un antiguo decreto emitido por los aqueos durante el reinado de Filipo, el hijo de Amintas [este Filipo es el padre de Alejandro Magno.-N. del T.]. Por estas medidas, la ciudad de Lacedemonia perdió el nervio de sus fuerzas y quedó durante mucho tiempo a merced de los aqueos. Ninguna pérdida, sin embargo, les afectó más profundamente que la abolición de la disciplina de Licurgo, que habían mantenido durante ochocientos años.
[38,35] Después de la reunión de la asamblea en que se dilucidó la disputa entre los aqueos y los lacedemonios, el cónsul, Marco Fulvio, regresó a Roma con el propósito de celebrar las elecciones, pues el año estaba ya llegando a su fin. Proclamó cónsules a Marco Valerio Mesala y a Cayo Livio Salinator, desechando a Marco Emilio Lépido, enemigo suyo, que también fue candidato al consulado para aquel año -188 a.C.-. Los pretores electos fueron Quinto Marcio Filipo, Marco Claudio Marcelo, Cayo Estertinio, Cayo Atinio, Publio Claudio Pulcro y Lucio Manlio Acidino. Una vez finalizadas las elecciones, se decidió que Marco Fulvio regresaría a su ejército y mando, concediéndole una prórroga de su mando a él y a su colega Cneo Manlio por un año. Este año se hizo colocar una estatua de Hércules en el templo del dios, según las indicaciones de los decenviros [los custodios de los Libros Sagrados.-N. del T.]; Publio Cornelio emplazó un carro dorado con seis caballos en el Capitolio, con una inscripción declarando que había sido donada por el cónsul. También colocaron doce escudos dorados los ediles curules Publio Claudio Pulcro y Servio Sulpicio Galo, a partir de las multas impuestas a los mercaderes de grano que lo habían estado acaparando. El edil plebeyo, Quinto Fulvio Flaco, hizo colocar dos estatuas doradas procedentes de la multa de un solo acusado, pues los juicios se habían visto por separado. Su colega, Aulo Cecilio, no había condenado a nadie. Se celebraron tres veces los Juegos Romanos y cinco veces los Juegos Plebeyos. Inmediatamente después de tomar posesión del cargo los idus de marzo [el 15 de marzo.-N. del T.], los nuevos cónsules consultaron al Senado sobre la política a seguir respecto a las provincias y los ejércitos. No se hizo ningún cambio respecto a Etolia o Asia. Pisa y los ligures fueron asignadas a un cónsul y la Galia al otro. Recibieron instrucciones para que llegaran un acuerdo, o echaran a suertes, el reparto de las provincias; cada uno alistaría un nuevo ejército de dos legiones romanas y quince mil infantes y mil doscientos jinetes de los aliados italianos. Liguria correspondió a Mesala y la Galia a Salinator. A continuación, los pretores sortearon sus mandos. La pretura ciudadana recayó en Marco Claudio; la peregrina fue para Publio Claudio; Sicilia correspondió a Quinto Marcio; Cerdeña fue para Cayo Estertinio; la Hispania Citerior fue para Lucio Manlio y la Hispania Ulterior para Cayo Atinio.

[38.36] En relación con los ejércitos del extranjero, se decidió que las legiones de la Galia, que habían estado bajo el mando de Cayo Lelio, se deberían transferir al del propretor Marco Tucio para prestar servicio en el Brucio. Se licenciaría el ejército de Sicilia y el propretor Marco Sempronio traería la flota allí basada de vuelta a Roma. Se decretó que las legiones destacadas en cada una de las dos Hispanias seguirían allí y que los pretores llevarían cada uno con ellos, como refuerzos, a tres mil infantes y doscientos jinetes procedentes de los aliados. Antes de que los nuevos magistrados partieran para sus provincias, se celebraron rogativas especiales durante tres días en todos los cruces de caminos, por orden del colegio de los decenviros, como consecuencia de la oscuridad que se extendió entre las horas tercera y cuarta. También se ordenaron sacrificios durante nueve días a consecuencia de una lluvia de piedras sobre el Aventino. Los campanos habían sido obligados, por un senadoconsulto aprobado el año anterior, a censarse en Roma, pues anteriormente había habido dudas sobre dónde se debían censar. Solicitaban ahora que se les autorizara a casarse con ciudadanas romanas, y que a quien ya lo hubiera hecho se le permitera conservarla, así como que los niños ya nacidos tuvieran la consideración de legítimos herederos. Ambas solicitudes fueron concedidas. Uno de los tribunos de la plebe, Cayo Valerio Tapón, presentó una propuesta para que se concediera derecho al voto a los ciudadanos de Formia, Fundo y Arpino, que hasta entonces habían disfrutado de la ciudadanía sin el derecho a voto. Esta moción fue rechazada por cuatro de los tribunos, basándose en que no había recibido la sanción del Senado; cuando se les indicó que residía en el pueblo, y no en el Senado, la potestad de otorgar el derecho a quien quisiera, abandonaron su oposición . Los ciudadanos de Formia y Fundo votarían en la tribu Emilia, los de Arpino lo harían en la Cornelia. En estas tribus, por lo tanto, quedaron inscritas por vez primera en virtud del plebiscito Valerio. El censor Marco Claudio Marcelo, preferido por la suerte a Tito Quincio, cerró el lustro. El censo arrojó que el número de ciudadanos ascendía a doscientos cincuenta y ocho mil trescientos dieciocho. Una vez resuelto el censo, los cónsules partieron hacia sus provincias.

[38,37] Durante este invierno, Cneo Manlio, que pasaba la estación en Asia, primero como cónsul y después como procónsul, fue visitado por las delegaciones de todas las naciones y pueblos a esta parte del Tauro. Mientras que los romanos consideraban su victoria sobre Antioco como más notable que la posterior sobre los galos, los aliados asiáticos se alegraron más por la segunda que por la primera. El sometimiento al rey era cosa mucho más fácil de soportar que la ferocidad de los despiadados bárbaros, por la horrorosa incertdumbre diaria de no saber dónde llevaría la desolación aquella especie de tormenta. Habiendo recuperado su libertad mediante la expulsión de Antioco y la paz por el sometimiento de los galos, venían ahora ante el cónsul no solo para presentarle sus felicitaciones y darle las gracias, sino con coronas de oro, cada una según sus posibilidades. Llegaron también embajadores de Antioco, y hasta de los mismos galos, para conocer las condiciones de la paz. También envió embajadores Ariarates para pedir el perdón y ofrecer una expiación pecuniaria por su responsabilidad al haber ayudado a Antioco con tropas auxiliares. Se le ordenó pagar seiscientos talentos de plata [si se trataba de talentos eubóicos, serían 15552 kilos.-N. del T.], a los galos se les dijo que cuando llegara el rey Eumenes este les dictaría las condiciones de paz. Despidió las delegaciones de las diversas ciudades con amables respuestas y se marcharon aún más contentas que a su venida. Los embajadores de Antioco recibieron orden de llevar el dinero y el trigo a Panfilia, según lo acordado con Lucio Escipión; también allí se dirigiría el cónsul con su ejército.

Por lo tanto, al comienzo de la primavera y después de purificar al ejército con las lustraciones, inició su marcha y, después de ocho días, llegó a Apamea. Allí permaneció acampado durante tres días y entró luego en Panfilia, donde había ordenado a los embajadores del rey que depositaran el dinero y el trigo. Los dos mil quinientos talentos de plata se llevaron a Apamea y el trigo se distribuyó entre el ejército. Desde allí avanzó hasta Perga, la única ciudad de ese país que estaba ocupada por una guarnición de soldados del rey. A su llegada, salió a su encuentro el prefecto de la guarnición, quien le solicitó una tregua de treinta días para que pudiera consultar con Antioco sobre la entrega de la ciudad. Se le concedió aquel plazo y al trigésimo día la guarnición evacuó la plaza. Mientras el cónsul estaba en Perga, envió a su hermano Lucio Manlio con una fuerza de cuatro mil hombres a Oroanda, para recoger el resto del dinero que debía entregarse según lo estpulado. Al enterarse de que habían llegado a Éfeso el rey Eumenes y los diez comisionados de Roma, llevó su ejército a Apamea y ordenó a los embajadores de Antioco que lo siguieran.

[38,38] Los diez comisionados redactaron aquí el tratado, cuyos términos aproximados fueron los siguientes: "Habrá paz y amistad entre el rey Antioco y el pueblo romano sobre los siguientes términos y condiciones: el rey no permitrá el paso por sus territorios, ni por los que le estén sometidos, de ningún ejército que vaya a hacer la guerra al pueblo romano o a sus aliados, ni le ayudará con provisiones ni de ninguna otra forma. Los romanos y sus aliados actuarán de igual manera respecto a Antioco y quienes estén bajo su dominio. El rey Antioco no tendrá derecho a hacer la guerra a los que habitan en las islas ni a pasar a Europa. Procederá a retrarse de todas las ciudades, tierras, pueblos y fortalezas de este lado de las montañas del Tauro hasta el río Halis, así como desde el valle del Tauro hasta las cumbres de la ladera que da a Licaonia. Aparte de las armas, no se llevará nada de las mencionadas ciudades, tierras y fortaleza; si se hubiera llevado algo, lo devolverá debidamente a cualesquier lugar que perteneciera. No acogerá a ningún soldado ni otra persona alguna del reino de Eumenes. Si hay ciudadanos que pertenecen a las ciudades que dejan de estar bajo su dominio con Antioco o dentro de los límites de su reino, todos habrán de regresar a Apamea en una fecha determinada, sin excepción; si está con los romanos, o con alguno de sus aliados, cualquier súbdito de Antioco, serán libres de quedarse o de regresar. Devolverá a los romanos y a sus aliados los esclavos, fueran fugitivos o prisioneros de guerra, y a cualquier hombre libre que hubiera sido capturado o que fuera un desertor. Deberá renunciar a sus elefantes y no obtendrá ninguno más. Asimismo, entregará sus barcos de guerra con todos sus aparejos y no podrá tener más de diez naves ligeras, ninguna de ellas impulsada por más de treinta remos ni monere [con una sola bancada de remos.-N. del T.] alguna que pueda emplearse en alguna guerra que él piense hacer. No llevará sus barcos al oeste de los farallones del Calicado y Sarpedonio, excepto aquellos que deban transportar el dinero, el tributo, embajadores o rehenes. Antioco no tendrá derecho a contratar a mercenarios de los pueblos que estén bajo el dominio de Roma, ni los aceptará como voluntarios. Aquellas casas y edificios pertenecientes a los rodios y a sus aliados, que estén dentro de los dominios de Antioco, seguirán perteneciéndoles con el mismo derecho que antes de la guerra. Si se debiera cualquier dinero, les será abonado; si algo hubiera sido sustraído, tendrán derecho a buscarlo y recuperarlo. Cualquier ciudad de las que ha entregado y que estuviera en poder de alguien a quien se la hubiera dado Antioco, deberá ver retiradas sus guarniciones y asegurarse su entrega debidamente. Deberá pagar doce mil talentos áticos de plata de buena ley, en plazos iguales durante doce años -los talentos habrán de tener un peso mínimo de 80 libras romanas-y quinientos cuarenta mil modios de trigo [80 libras romanas equivalen a 26,16 kilos; el talento ático son 25,92 kilos; así pues, los romanos estaban imponiendo una sobretasa de casi el 1%. Respecto al trigo, son 4.725.000 kilos.-N. del T.] . Deberá pagar al rey Eumenes trescientos cincuenta talentos en un plazo de cinco años y, en lugar de trigo, pagará su valor en metálico, ciento veintisiete talentos. Entregará a los romanos veinte rehenes, que susttuirá por otros a los tres años; ninguno será menor de dieciocho años ni mayor de cuarenta y cinco. Si alguno de los aliados de Roma hace la guerra sin provocación a Antioco, este tendrá derecho a repelarlo por la fuerza de las armas, a condición de que no ocupe una ciudad por derecho de guerra ni la reciba como amiga. Los litgios se determinarán ante un tribunal y mediante árbitros o, si ambos así lo deciden, mediante la guerra". Se añadió una cláusula adicional respecto a la entrega de Aníbal el cartaginés, el etolio Toante, Mansíloco el acarnane y los calcidenses Eubúlidas y Filón; así mismo se indicó que si más adelante se decidiera agregar, derogar o modificar cualquiera de los puntos, se haría sin menoscabo de la validez del tratado.

[38.39] El cónsul prestó juramento de respetar el tratado, y Quinto Minucio Thermus y Lucio Manlio, que casualmente acababan de regresar de Oroanda, fuero a exigir el juramento del rey. El cónsul escribió también a Quinto Fabio Labeo, que estaba al mando de la flota, para que se dirigiera inmediatamente a Pátara y desguazase o quemase todos los barcos del rey que estaban allí estacionados. Así pues, saliendo de Éfeso, destruyó o quemó cincuenta naves con cubierta. Durante este viaje, recibió la rendición de Telmeso, cuyos habitantes se aterrorizaron ante la repentina aparición de la flota. Dejando Licia, siguió su viaje y pasando por entre las islas llegó a Grecia, permaneciendo unos pocos días en Atenas en espera de los barcos a los que había mandado que le siguieran desde Éfeso. En cuanto entraron en el Pireo, regresó con toda su flota a Italia. Entre las cosas que debía entregar Antioco estaban sus elefantes, que fueron todos regalados por Cneo Manlio a Eumenes. Luego se dispuso a examinar la situación de las diferentes ciudades, muchas de las cuales estaban confusas a causa de los cambios políticos. Ariarates fue acogido como amigo y, por aquel entonces, había comprometido a su hija con Eumenes; mediante los buenos oficios de este, se le perdonó la mitad de la indemnización que debía.

Una vez completada la investgación sobre la situación y circunstancias de las diferentes ciudades, los diez comisionados tomaron las decisiones correspondientes. A las que habían sido tributarias de Antioco, pero cuyas simpatas habían estado con Roma, se les concedió la exención de todos los tributos. A las que habían sido aliadas de Antioco o habían pagado tributo a Atalo, se les ordenó que lo pagaran a Eumenes. Los nativos de Colofón que vivían en Noto, junto con los cimeos y milasenos, recibieron también una mención especial de exención. A Clazomene se le entregó la isla de Drimusa [en el golfo de Esmirna.-N. del T.], así como la exención. Se devolvió a los milesios la llamada "terra sagrada", y a los ilienses les anexionaron Reteo y Gergito [están a oriente de Ilión, en el monte Ida.-N. del T.], no tanto por los servicios recientemente prestados, sino como a modo de reconocimiento por ser su hogar ancestral, concediéndose la libertad por este mismo motivo a Dárdano. Quíos, Esmirna y Eritrea, también, a cambio de la singular lealtad mostrada durante la guerra, recibieron territorios y fueron tratadas con honores y consideración especiales. Se devolvió a los focenses el territorio que poseían antes de la guerra y se les permitó gobernarse por sus antiguas leyes. Se confirmaron las donaciones hechas a Rodas en virtud de un decreto anterior; estas incluían Licia y Caria, hasta el Meandro, con excepción de Telmeso. Los dominios de Eumenes se ampliaron con la incorporación del Quersoneso, en Europa, y de Lisimaquia y los castllos, pueblos y territorio de la extensión que había ocupado Antioco; en Asia, las dos Frigias, la del Helesponto y la otra, llamada Frigia Mayor; Misia, que le había arrebatado Prusias, le fue devuelta junto con Licaonia, Milíade y Lidia, así como las ciudades de Tralo, Éfeso y Telmeso, que se citaron específicamente. Con respecto a Panfilia, surgió una dificultad entre Eumenes y los emisarios de Antioco, pues una parte de esta está a este lado del Tauro y la otra está del otro lado; el asunto se remitó al Senado.

[38.40] Una vez resueltas y aceptadas estas disposiciones, Manlio se dirigió al Helesponto con los diez comisionados y todo su ejército. Una vez aquí, convocó a los régulos galos y les informó de las condiciones bajo las que mantendrían la paz con Eumenes, advirténdoles de que habrían de poner fin a su costumbre de lanzar incursiones armadas y deberían quedarse dentro de los límites de sus propios territorios. Reunió luego sus naves a todo lo largo de la costa y, con la adición de la flota de Eumenes que fue traída desde Elea por su hermano Ateneo, el cónsul trasladó a Europa a la totalidad de sus fuerzas. El ejército iba pesadamente cargado con toda clase de botín y, por consiguiente, avanzó a través del Quersoneso a un ritmo moderado hasta que llegaron a Lisimaquia. Aquí descansaron durante algún tiempo para que sus animales de carga pudieran estar lo más fuertes y descansados que se pudiera antes de entrar en Tracia, pues generalmente se temía el tránsito por aquel país. El cónsul llegó al río Mélana el mismo día en que salió de Lisimaquia, arribando al día siguiente a Cipsela. Desde Cipsela, les esperaba una marcha de diez millas por un terreno quebrado, estrecho y rodeados por bosques. En vista de las dificultades de la ruta, el ejército formó en dos divisiones. A una de ellas se le ordenó marchar en vanguardia; a la otra, a considerable distancia, que cubriera la retaguardia. Entre ambas se situó la impedimenta. Esta incluía los carros que transportaban el dinero del erario y el botín de más valor. Mientras marchaban con este orden a través de un paso, un grupo de tracios procedentes de cuatro tribus -astos, cenos, maduatenos y Corelos-, en número no mayor de diez mil, se emboscaron a ambos lados de la carretera, en su parte más angosta. Todos pensaron que aquello se debió a la traición de Filipo, quien sabía que los romanos regresarían por Tracia y era también conocedor de la cantidad de dinero que transportaban.

El comandante marchaba con el grupo de vanguardia, inquieto por el terreno accidentado y difcil. Los tracios no se movieron mientras pasaban las tropas armadas; pero cuando observaron que la vanguardia había salido de la parte más estrecha del paso y que el grupo posterior aún no se acercaba, atacaron los bagajes y los equipos personales, y dando muerte a la escolta empezaron unos a saquear los carros y otros a trar de las acémilas con sus cargas. Los gritos y los gritos fueron escuchados en primer lugar por los que venían detrás y después por los que iban por delante. Desde ambas direcciones se acudió a toda prisa al centro, dando comienzo una lucha desordenada en varios puntos a la vez. El mismo botín expuso a los tracios a una masacre, pues su peso les estorbaba y muchos iban sin armas para disponer de ambas manos libres para el saqueo. Por otra parte, el terreno desfavorable dejaba expuestos a los romanos frente a los bárbaros, que corrían por senderos con los que estaban familiarizados o que se escondían en los recovecos de las rocas. También los equipajes y los carros estorbaban a los combatentes y obstruían los movimientos de unos y otros como por casualidad. Aquí cae un saqueador, allí otro que intenta recuperar el botín. La suerte de la batalla cambiaba primero para un lado y luego para el otro, según fuera el terreno favorable o desfavorable, según creciera o decreciera el valor de cada cual, o según el número, pues unos se habían encontrado con un grupo más numeroso y otros con uno menos numeroso. Cayeron muchos en ambos lados y ya se estaba haciendo la noche cuando los tracios se retraron, no porque escaparan heridos y muertos, sino porque ya tenían suficiente botín.

[38,41] Una vez fuera del paso, en terreno abierto, la división de cabeza del ejército romano acampó cerca del templo de Bendis [o Mendis, una deidad tracia equiparable a Artemisa o a Cibeles.-N. del T.]. El segundo grupo se mantuvo dentro del paso para proteger el tren de bagajes, al que rodearon con una doble empalizada. Al día siguiente, después de reconocer el paso, se unieron con la división de vanguardia. El combate se extendió prácticamente por todo el paso, perdiéndose una parte de los animales de carga y cayendo parte de los calones [eran los que transportaban impedimenta general o particular, en gran medida esclavos, así como quienes dirigían el tren de bagajes de las legiones: una heterogénea multitud que solo más adelante sería regularizada e incorporada a la organización legionaria con sus propios mandos.-N. del T.] y buen número de soldados. Sin embargo, la pérdida más grave fue la del valiente y esforzado soldado Quinto Minucio Termo. En el transcurso del día llegaron al Evro [el antiguo Hebro.-N. del T.], y desde allí marcharon hasta más allá de un templo de Apolo al que los nativos llaman Zerinto [se trata de una gruta en la que, según otros, se daba culto a Hécate.-N. del T.], en el país de los enios. Se debía cruzar otro desfiladero cerca Tempira -que así se llama el lugar-, no menos difcil que el anteriormente cruzado; pero como no había terreno boscoso alrededor, no ofrecía ocasión de ocultar una emboscada. Otra tribu tracia, los trausos, se habían concentrado también aquí, ávidos de botín; pero sus movimientos, al tratar de bloquear el paso, fueron detectados desde lejos a causa de la aridez del paisaje. Los romanos sufrieron menos miedo y desorden ya que, aunque el terreno no era muy propicio a las maniobras, sí podían desplegar sus estandartes y formar alineados. Cargando en orden cerrado y lanzando su grito de guerra, expulsaron al enemigo de sus posiciones y luego lo pusieron en fuga. La estrechez del obligó al hacinamiento de los fugitivos, produciéndose una gran masacre.

Los victoriosos romanos acamparon en una aldea maronita llamada Sale. Al día siguiente, marchando a través de terreno despejado, entraron en la llanura Priática. Allí permanecieron, haciendo acopio de trigo traído en parte de los campos maronitas por ellos mismos y en parte por los barcos de la flota, que iban cargados con todo tipo de pertrechos y que seguían sus movimientos. Un día de marcha les llevó hasta Apolonia y, desde aquí, a través del territorio de Abdera, llegaron a Neápolis. Toda esta parte de la marcha, a través de las colonias griegas, se efectuó pacíficamente; la otra parte, sin embargo, a través del corazón de la Tracia, aunque no presentó una oposición frontal, exigió una continua cautela tanto de día como de noche. Cuando este ejército recorrió esta misma ruta bajo el mando de Escipión encontró a los tracios menos agresivos; la única razón para esto fue que llevaban menos botín para saquear. No obstante, nos cuenta Claudio que un grupo de tracios, en número de unos quince mil, trató de oponerse a Mútines el númida, que estaba practicando un reconocimiento en vanguardia del ejército principal. Había cuatrocientos jinetes númidas y unos cuantos elefantes; el hijo de Mútines, con ciento cincuenta jinetes escogidos, cabalgó a través del enemigo; atacó después por la retaguardia al enemigo con el que ya se estaba enfrentado Mútines, con sus elefantes en el centro y su caballería en los flancos. Creó tal desorden entre ellos que nunca lograron acercarse al cuerpo principal de la infantería. Atravesando Macedonia, Cneo Manlio condujo a su ejército a Tesalia y llegó, finalmente, a Apolonia después de cruzar el Epiro. Allí permaneció durante el invierno, pues el estado del mar en aquella estación no era tan despreciable como para aventurarse a cruzarlo.

[38.42] Ya casi al final del año llegó el cónsul Marco Valerio desde Liguria para la elección de nuevos magistrados. No había hecho nada digno de mencionar en su provincia y que pudiera haber justficado que llegase en una fecha más tardía de lo habitual para celebrar las elecciones. Los comicios para elegir a los cónsules tuvieron lugar el dieciocho de febrero, resultando electos Marco Emilio Lépido y Cayo Flaminio -para el 187 a.C.-. Los pretores elegidos al día siguiente fueron Apio Claudio Pulcro, Servio Sulpicio Galba, Quinto Terencio Culeo, Lucio Terencio Masiliota, Quinto Fulvio Flaco y Marco Furio Crasípede. Una vez terminadas las elecciones, los cónsules pidieron al Senado que resolviera qué provincias se asignarían a los pretores. Se decretó que deberían quedar dos en Roma para la administración de justicia; dos fuera de Italia, en Sicilia y Cerdeña; dos en la misma Italia, en Tarento y en la Galia; y se ordenó que los pretores las sortearan de inmediato antes de asumir el cargo. La pretura urbana recayó en Servio Sulpicio y la peregrina en Quinto Terencio; Sicilia fue para Lucio Terencio, Cerdeña para Quinto Fulvio, Tarento correspondió a Apio Claudio y la Galia a Marco Furio. Durante aquel año, Lucio Minucio Mirtlo y Lucio Manlio fueron acusados de haber golpeado a los embajadores cartagineses. Fueron entregados a estos por los feciales y llevados a Cartago.

Había rumores de una guerra a gran escala en la Liguria, que iban creciendo de día en día. Como consecuencia de esto, el Senado decretó que ambos cónsules tendrían Liguria como su provincia. El cónsul Lépido se opuso a esta resolución y protestó contra el que ambos cónsules quedaran confinados a los valles de la Liguria. Marco Fulvio -dijo-y Cneo Manlio había estado actuando durante dos años, el uno en Europa y el otro en Asia, como su hubieran susttuido a Filipo y Antioco en sus tronos. Si el Senado deseaba que hubiera sendos ejércitos en aquellos países, resultaba más apropiado que a su frente estuvieran los cónsules y no ciudadanos particulares. Iban visitando y amenazando con la guerra a naciones contra las que se les había declarado, y vendiendo la paz por un precio. Si era necesario que tales ejércitos ocupasen aquellas provincias, entonces Cayo Livio y Marco Valerio, como cónsules, debían suceder a Fulvio y Manlio de la misma manera en que Lucio Escipión, cuando fue cónsul, sucedió a Manio Acilio y que Marco Fulvio y Cneo Manlio, al converitrse en cónsules, sucedieron a Lucio Escipión. Y en todo caso, ahora, una vez que la guerra en Etolia había llegado a su fin, que se había tomado Asia de Antioco y que se había subyugado a los galos, o se enviaban a los cónsules para mandar los ejércitos consulares regulares o se traían a casa las legiones y se devolvían a la república. Después de escuchar su discurso, el Senado mantuvo su decisión de que ambos cónsules tuvieran la Ligurio como provincia; decidió que Manlio y Fulvio debían dejar sus provincias y que retrasen de allí a sus ejércitos y volvieran a Roma.


[38,43] Marco Fulvio y Marco Emilio estaban en malos términos el uno con el otro, principalmente porque Emilio consideraba que había sido cónsul con dos años de retraso por culpa de Marco Fulvio. Con el fin de provocar envidia y enemistad contra él, presentó ante el Senado a algunos embajadores de Ambracia a los que había sobornado para que presentaran cargos contra él. Estos afirmaron que, habiendo estado en paz y habiendo hecho cuanto los anteriores cónsules les habían exigido, y estando dispuestos a mostrar la misma obediencia a Marco Fulvio, se les declaró la guerra, se asolaron sus campos, se provocó el terror a base de derramamientos de sangre y el pillaje alcanzó a su ciudad y les obligó a cerrar sus puertas. Luego fueron sitados, su ciudad tomada al asalto y se desataron sobre ellos todos los horrores de la guerra: incendios y masacres, sus casas demolidas, su ciudad completamente saqueada, sus esposas e hijos arrastrados a la esclavitud, arrebatadas sus propiedades y, lo que más amargamente sentían, los templos de su ciudad despojados de sus adornos, las estatuas de sus dioses, o más bien los mismos dioses, arrancados de sus santuarios y llevados. Todo lo que quedó a la ambracienses fueron las paredes desnudas y los pórticos para recibir su culto o escuchar sus súplicas y sus oraciones. Mientras estaban presentando estas quejas, el cónsul, como previamente se había dispuesto, les interrogaba sobre otras acusaciones y obtenía respuestas pronunciadas con aparente renuencia.

La Cámara quedó impresionada por estas declaraciones y el otro cónsul, Cayo Flaminio, se hizo cargo de la defensa de Fulvio. Señaló que los ambracienses habían recurrido a una antigua y desusada práctica, pues justo de aquella misma manera había sido acusado Marco Marcelo por los siracusanos y Quinto Fulvio por los campanos. ¿Por qué no dejaba el Senado que Filipo acusara, con similares motivos, a Tito Quincio; que Antioco lo hiciera contra Manio Acilio y Lucio Escipión, los galos contra Cneo Manlio, o los etolio y cefalanios contra el mismo Marco Fulvio? "Ambracia, -continuó diciendo-ha sido tomada por asalto, se han llevado las estatuas y ornamentos del templo, y ha sucedido cuanto generalmente ocurre en la captura de las ciudades. ¿Creéis, padres conscriptos, que yo, hablando en defensa de Marco Fulvio, lo negaré? ¿O que lo va a negar el mismo Marco Fulvio, cuando por todos estos hechos piensa solicitaros un triunfo y llevar delante de su carro y atar a los pilares de su casa la representación de la captura de Ambracia y las estatuas de cuyo robo se le acusa, así como otros bienes? No hay motivo para separar la causa de los ambracienses de la de los etolios, las circunstancias de unos son las mismas que las de los otros. Mi colega, por tanto, debe descargar su enemistad en alguna otra causa o, si prefiere la presente, debe retener a sus ambracienses hasta el regreso de Fulvio. No permitré que se apruebe ningún decreto ni respecto a los ambracienses ni respecto a los etolios en ausencia de Marco Fulvio".

[38,44] Emilio continuó atacando a su enemigo y declaró que su astucia y su malicia eran notorias, y que Fulvio se las arreglaría para retrasar las cosas de manera que no vendría a Roma mientras fuera cónsul su adversario. Dos días pasaron así disputando los cónsules. Era evidente que no se llegaría a ninguna decisión mientras se encontrara allí Flaminio. Aprovechando una ausencia de Flaminio por enfermedad, Emilio presentó una propuesta, que el Senado aprobó, en el sentido de que se devolverían todos sus bienes a los ambracienses y que serían libres para vivir bajo sus propias leyes; podrían percibir por tierra y mar los derechos de aduanas que desearan, a condición de quedar exentos de ellos los romanos y sus aliados latinos. Con respecto a las estatuas y ornamentos que según dijeron habían sido sustraídos de sus templos, se decidió que tras el regreso de Marco Fulvio a Roma se elevaría la cuestón al colegio de pontfices y se haría lo que este dictaminase. El cónsul no quedó satsfecho con esto; posteriormente, aprovechando una sesión de la Curia con poca asistencia, logró que se añadiera una cláusula afirmando que no existan pruebas de que Ambracia hubiera sido tomada al asalto. Como consecuencia de una grave epidemia que asoló la Ciudad y la campiña por igual, los decenviros decretaron que se debían ofrecer rogativas y sacrificios especiales durante tres días. Se celebraron después las Ferias Latinas. Una vez quedaron libres los cónsules de estos deberes religiosos y hubieron alistado a los hombres que precisaban -ambos prefirieron emplear tropas nuevas-, partieron para su provincia y licenciaron a las tropas veteranas. Después de su salida llegó Cneo Manlio a Roma, convocando el pretor Servio Sulpicio una reunión del Senado para concederle audiencia. Después de informar de los actos que había llevado a cabo, solicitó que, en reconocimiento por estos servicios, se rindieran honores a los dioses inmortales y se le diera permiso para entrar triunfante en la Ciudad. La mayoría de los diez comisionados que habían estado con él se opusieron a esta demanda, en especial Lucio Furio Purpurio y Lucio Emilio Paulo.

[38,45] Se les había nombrado, dijeron, para actuar como comisionados junto con Cneo Manlio con el propósito de concluir la paz con Antioco y establecer finalmente los términos del tratado que se había esbozado por Lucio Escipión. Cneo Manlio hizo todo lo posible para alterar las negociaciones y, de haber tenido oportunidad, habría cogido a Antioco en una trampa. Dándose cuenta el rey de las insidias del cónsul, y aunque le invitó frecuentemente a una entrevista personal, evitó no solo encontrarse con él, sino incluso simplemente verle. Estando el cónsul empeñado en cruzar la cadena del Tauro, resultó sumamente difcil para los comisionados convencerle contra la tentación de hacerlo así y que no quisiera experimentar la condena predicha por la Sibila para aquellos que sobrepasaban los límites fijados por el destino. No obstante, marchó con su ejército y acampó casi en las mismas alturas, allí donde se dividen las vertentes. Cuando vio que las tropas del rey se mantenían tranquilas y que nada había que justficara las hostlidades, llevó sus fuerzas contra los galogriegos, un pueblo contra el que no se había declarado la guerra ni bajo la autoridad del Senado ni por orden del pueblo. ¿Quién más se había atrevido a hacer tal cosa por propia decisión? Las guerras contra Antioco, Filipo, Aníbal y Cartago estaban frescas en la memoria de todos los hombres; en cada una de ellas, el Senado emitó un decreto y el pueblo lo ordenó; se habían enviado embajadores previamente en demanda de satsfacción y, como paso final, se declaró la guerra. "¿Cuál de estos preliminares -continuó el orador-has observado, Cneo Manlio, como para que nosotros consideremos tal guerra como librada por el pueblo de Roma y no simplemente como una expedición de saqueo por tu parte? ¿Te contentaste acaso con esto y marchaste con tu ejército directamente contra aquellos a quienes elegiste considerar como tus enemigos? ¿Por el contrario, no diste vueltas por caminos sinuosos, te detuviste en todos los cruces de caminos para que donde quiera que se dirigiera Atalo, el hermano de Eumenes, le pudieras seguir como un capitán mercenario tú, un cónsul con un ejército romano? ¿No visitaste cada lugar remoto y cada rincón de Pisidia, Licaonia y Frigia para cobrar a los tiranos y a los habitantes de los poblados apartados? ¿Qué necesidad tenías de interferir con los oroandeses o con los demás pueblos igualmente inocentes? Y sobre esta guerra, por la que estás solicitando un triunfo, ¿en qué manera la condujiste? ¿Combatste en terreno favorable y en el momento de tu elección? Estás verdaderamente en lo cierto al reclamar que se rindan honores a los dioses inmortales: En primer lugar, porque no permiteron que el ejército pagara la temeridad de su comandante al hacer la guerra desafiando el derecho de gentes; en segundo, porque nos pusieron delante bestias salvajes, no enemigos.

[38.46] "No creáis, senadores, que los galogriegos son una raza mixta solo de nombre; hace ya mucho que sus cuerpos y mentes se mezclaron y corrompieron. Si hubieran sido verdaderos galos, como aquellos contra los que hemos librado incontables batallas en Italia con resultado dispar, en cuanto dependió de vuestro general, hubiera regresado alguien para contarlo? Luchó contra ellos en dos ocasiones y en ambas avanzó contra ellos desde una posición desfavorable, formando el ejército más abajo, casi a los pies del enemigo que, casi sin tener que arrojarnos sus armas desde arriba, con solo haberse dejado caer con sus cuerpos desnudos, nos podría haber aplastado. ¿Qué sucedió entonces para que se evitara esto? ¡Pues que es grande la fortuna del pueblo romano, grande y terrible su nombre! Las recientes derrotas de Aníbal, de Filipo, de Antioco, tenían casi aturdidos a los galos. Por ser tan grandes sus cuerpos, fueron puestos en fuga por hondas y fechas, ni una espada del ejército se manchó con la sangre de un galo, que huyeron como bandadas de aves ante el primer zumbido de nuestros proyectiles. Y sí, ¡por Hércules!, también la fortuna nos advirtó de lo que nos hubiera entonces ocurrido si hubiésemos tenido un auténtco enemigo. En nuestra marcha de regreso caímos entre los bandidos tracios con los que nos encontramos, fuimos masacrados, puestos en fuga y despojados de nuestros bagajes. Quinto Minucio Termo cayó, junto con muchos hombres valientes, y su pérdida fue mucho más grave de lo que hubiera sido la de Cneo Manlio, por cuya temeridad ocurrió la catástrofe. El ejército que traía a casa el botín tomado de Antioco marchaba dividido en tres secciones y pernoctó entre matorrales y guaridas de bestias salvajes: la vanguardia por acá, la retaguardia allá y en otro lugar el tren de bagajes. ¿Es por estas hazañas por las que se pide un triunfo? Suponiendo que no se hubiera producido en Tracia esta ignominiosa derrota, ¿sobre qué enemigo pides el triunfo? Supongo que sobre aquellos que el Senado o el pueblo de Roma te hubiera designado como enemigos. Bajo tales términos se otorgó el triunfo a Lucio Escipión, a Manio Acilio sobre Antioco; a Tito Quincio, un poco antes, sobre Filipo, a Publio Africano sobre Aníbal, Cartago y Sifax. Y cuando ya el Senado haya votado a favor de la guerra, aún se hubieron de contemplar algunas cuestones menores como a quién se debería hacer la declaración de guerra, si inexcusablemente a los propios reyes o si bastaría con declararla ante alguna de sus guarniciones fronterizas. ¿Querremos pues, senadores, se que traten con desprecio todos estos trámites, que sea abolido el procedimiento solemne de los feciales y que se eliminen a los mismos feciales? Supongamos que se lancen a los vientos todos los escrúpulos religiosos -¡que los dioses me perdonen por decirlo!-; que se apropie de nuestros corazones el olvido de los dioses, ¿Aún así consideraríais apropiado que no se consultara al Senado sobre la guerra, o que no se planteara al pueblo si era su voluntad que se llevara a cabo la guerra contra los galos? En todo caso, recientemente, cuando los cónsules querían tener Grecia y Asia como provincias, vosotros mantuvisteis vuestra resolución de asignarles Liguria como provincia, y ellos se someteron a vuestra autoridad. Merecidamente, por lo tanto, os solicitarán un triunfo tras sus victorias, a vosotros por cuya autoridad la han alcanzado".

[38.47] Esta fue la sustancia de lo que dijeron Furio y Emilio. Según la información que he podido reunir, Manlio habló en los siguientes términos: "antiguamente, padres conscriptos, eran los tribunos de la plebe los que solían oponerse a quienes solicitaban un triunfo. Les agradezco que me rindan este homenaje, sea por mi persona o en reconocimiento de la grandeza de mis servicios, mostrando con su silencio su aprobación a que reciba este honor que, caso necesario, estaban dispuestos a solicitar del Senado. Es entre los diez comisionados donde están mis oponentes, aquellos que nuestros antepasados asignaron a sus comandantes con el propósito de recoger los frutos de sus victorias y aumentar su gloria. Lucio Furio y Lucio Emilio me impiden subir al carro triunfal y privan a mi frente de la corona, ellos, a quienes pensaba llamar como testigos de mis hazañas en caso de que los tribunos se opusieran a mi triunfo. No envidio a ningún hombre sus honores, padres conscriptos. El otro día, cuando los tribunos de la plebe, hombres esforzados y valerosos, trataron de impedir el triunfo de Quinto Fabio Labeo, vosotros los hicisteis desistr con vuestra autoridad. Y disfrutó de su triunfo, aún cuando sus enemigos le acusaron no ya de haber combatido en una guerra injusta, sino de no haber visto siquiera al enemigo. A mí, que he librado tantas batallas campales contra cien mil de nuestros más feroces enemigos, que he dado muerte o hecho prisioneros a cuarenta mil, que he asaltado dos de sus campamentos y que ha dejado todo el territorio de esta parte del Tauro más pacífico que el de Italia, a mí, padres conscriptos, no solo se me niega mi triunfo, sino que debo de hecho defenderme ante vosotros de las acusaciones de mis comisionados.

Como habéis comprobado, padres conscriptos, dos acusaciones presentan en mi contra: que no he hecho la guerra contra los galos y que la he dirigido de manera apresurada e imprudente. "Los Galos -dicen-no eran nuestros enemigos, pero tú los has atacado arbitrariamente mientras obedecían tranquilamente lo que se les mandaba". No voy os pediré, padres conscriptos, que juzguéis aplicable a los galos que habitan aquellas tierras lo que ya sabéis del salvajismo común a su raza y su odio mortal contra el nombre de Roma. Dejad aparte el carácter infame y odioso de esa raza en su conjunto y juzgarlos por sí mismos. Me gustaría que Eumenes estuviese aquí, que lo estuviesen todas las ciudades de Asia, y que pudieseis escuchar sus quejas en vez de mis acusaciones. ¡Vamos!, enviad comisionados que visiten todas las ciudades de Asia y que averigüen si se les liberó de una esclavitud más pesada al alejar a Antioco más allá del Tauro o al someter a los galos. Que traigan noticia de la frecuencia con que eran devastados los campos de aquellos pueblos, cuán a menudo se les llevaban a ellos y a sus propiedades, sin apenas oportunidad de rescatar a los cautivos y sabiendo que los sacrificaban como víctimas humanas e inmolaban a sus hijos Dejadme deciros que vuestros aliados pagaban tributo a los galos y que lo seguirían pagando ahora, aunque vosotros los liberasteis del yugo de Antioco, si yo no le hubiera puesto fin.

[38,48] Cuanto mayor fuese la distancia a la que se expulsó a Antioco, más tránicamente los galos se enseñoreasen sobre Asia; al expulsarlo, añadisteis todas las tierras de este lado del Tauro a sus dominios, no a los vuestros. Y me diréis "Suponiendo que esto sea cierto, ya en una ocasión despojaron los galos el oráculo de Delfos, oráculo común a toda la humanidad y ombligo del mundo, y no por ellos los romanos les declararon la guerra". No hay duda de ello; pero yo he considerado que había una considerable diferencia entre las condiciones existentes cuando Grecia y Asia no estaban aún bajo vuestra soberanía, en lo que respecta al interés que hay que poner en lo que sucede en esos territorios, y lo que suceda ahora; cuando establecisteis el Tauro como frontera de vuestros dominios, cuando habéis dado a las ciudades la libertad y la inmunidad de tributos, cuando estáis agrandando los territorios de unos y disminuyendo los de otros, castigando o imponiendo tributos; extendéis, disminuís, dais y quitáis reinos, considerando vuestra única responsabilidad que mantengan la paz tanto por tierra como por mar. No consideraríais liberada Asia si Antioco no hubiese retirado sus guarniciones, que estaban tranquilas en sus ciudadelas; ¿habrían sido efectivos vuestros regalos a Eumenes o habrían conservado las ciudades su libertad, si los ejércitos galos siguieran deambulando a lo largo y lo ancho?

Pero ¿por qué usar estos argumentos, como si yo hubiera convertido a los galos en enemigos y no los hubiera encontrado ya de tal condición? Apelo a t, Lucio Escipión, cuyo valor y buena fortuna he pedido para mí a los dioses inmortales -y no en vano-, cuando te sucedí en el mando; apelo a t, Publio Escipión, que aunque subordinado a tu hermano el cónsul aún tenías ante él y el ejército la autoridad de un colega; y os pregunto si supisteis que hubieran legiones galas en el ejército de Antioco, si visteis que estuvieran situados sus flancos de sus fuerzas, pareciendo casi que fueran el grueso de ellas; os pregunto si combatsteis contra ellos como enemigos regulares y les matasteis y trajisteis a casa sus despojos. Y sin embargo, la guerra que había decretado el Senado y ordenado el pueblo era una guerra contra Antioco, no contra los galos. Mas yo sostengo que el decreto y la orden incluían a todos los que formaran parte de su ejército; y entre aquellos -excepto Antioco, con quien Escipión había firmado la paz y a quien vosotros ordenasteis que se diera un trato especial-todos cuantos empuñaran las armas en su nombre fueron nuestros enemigos. Los galos fueron los que más apoyaron su causa, junto con algunos reyezuelos y tiranos. Con los otros, sin embargo, hice la paz y los obligué a pagar por sus faltas proporcionalmente a la dignidad de vuestro imperio; y traté de tantear sus intenciones por si se pudiera mitgar su innata ferocidad. Al ver que permanecían irreductibles e implacables, consideré que se les debía obligar por la fuerza de las armas.

Ahora que he refutado la acusación de agresión fagrante, procederé a explicar mi dirección de la guerra. Sobre este asunto me sentría seguro de mi defensa aunque no hablase ante el Senado romano, sino ante el cartaginés, donde se dice que crucifican a sus generales, aun cuando logran la victoria, si su estrategia ha resultado defectuosa. Sin embargo, al iniciar y ejecutar cualquier negocio, esta Ciudad acude a los dioses, pues no somete a la censura de ningún hombre lo que los dioses han sancionado; y cuando decreta una acción de gracias o un triunfo, emplea la solemne fórmula: "Considerando que ha administrado los asuntos de la república con éxito y acierto". Si, entonces, renunciando a cualquier afirmación de mis propios méritos, por arrogantes y presuntuosos, fuera yo a pedir en nombre de mi propia buena suerte y de la de mi ejército, por haber aplastado a tan poderosa nación sin pérdidas, que se rindieran honores a los dioses inmortales y que se me permitera subir en triunfo al Capitolio, desde el que part tras ofrecer debidamente mis votos y oraciones, ¿rehusaríais concedérmelo a mí y a los dioses inmortales?

[38,49] Pero dicen que combat en terreno desfavorable. Decidme, entonces ¿dónde podría haber combatido en mejor posición? El enemigo había ocupado la montaña y se mantuvieron tras sus líneas; era evidente que si quería vencer tendría que avanzar contra ellos. ¿Y si hubiesen tenido allí una ciudad y se hubieran mantenido dentro de sus murallas? Por supuesto que habría sido preciso asediarlos. ¿No se enfrentó Manio Acilio a Antioco en las Termópilas sobre terreno desfavorable? ¿Y en similares condiciones, no desalojó Tito Quincio a Filipo cuando ocupaba las alturas sobre el río Áoo? No se me alcanza a distinguir qué clase de enemigo se imaginaban que era o cómo quieren haceros creer que era. Si, como dicen, se había degenerado y enervado con la molicie y el lujo de Asia, ¿qué riesgo había en atacarlos, incluso aunque estuviésemos en una mala posición? Y de considerarlo formidable, por su ferocidad y su fuerza fsica, ¿negaréis el triunfo a tan gran victoria? La envidia, padres conscriptos, es ciega y no conoce otro método más que el de menospreciar el mérito y ensuciar sus honores y recompensas. Os pido que seáis indulgentes, padres conscriptos, si he alargado un tanto mi discurso, pero ha sido por la necesidad de defenderme de las acusaciones y no por querer proclamar mis alabanzas. ¿Estaba acaso en mi poder, cuando marché atravesando la Tracia, convertir los pasos angostos en terreno abierto, los caminos quebrados en terreno llano, los bosques en campos despejados? ¿Estaba en mi mano tomar las decisiones para impedir que los bandidos tracios se ocultaran en los escondites que conocían perfectamente, o que se robaran nuestros bagajes, o que se llevaran algún animal de carga de tan larga columna, o que fuera herido un solo hombre, o que aquel valiente soldado, Quinto Minucio, muriese de sus heridas? Dan gran importancia a este incidente en el que se produjo la tan triste desgracia de haber perdido a un ciudadano como él. Pero ¿y el hecho de que cuando cayó el enemigo sobre nuestra impedimenta, en un difcil desfiladero y en terreno desconocido, nuestras dos divisiones a un tiempo, la vanguardia y la retaguardia, cayeron sobre ellos dando muerte o apresando a miles de enemigos aquel día y a muchos más unos días después? ¿Piensan que si esto lo callan no lo habréis de saber después, cuando el ejército es testgo de lo que yo digo? Aún si nunca hubiera desenvainado la espada en Asia, ni llegado a ver allí a enemigo alguno, aún así habría merecido un triunfo por las dos batallas en Tracia. Pero ya he dicho lo suficiente y solo deseo solicitar, y espero recibir, vuestro perdón por haberos cansado al hablar con más detalle del que me hubiera gustado".

[38.50] Ese día habrían prevalecido las acusaciones sobre la defensa, de no ser porque el debate se prologó hasta hora tan tardía. Cuando el Senado levantó la sesión, la opinión general era que, con toda probabilidad, se habría rechazado el triunfo. Al día siguiente, los amigos y familiares de Cneo Manlio hicieron todo cuanto pudieron y los senadores de más edad lograron hacer valer su infuencia. Declararon que no se recordaba ningún antecedente de que un general que hubiera traído de vuelta a su ejército, tras someter a un enemigo peligroso y haber puesto en orden su provincia, entrase en la Ciudad sin el carro y los laureles del triunfo, como un ciudadano particular y sin honores. La indignidad de este proceder fue más fuerte que las calumnias de sus enemigos y el pleno del Senado decretó un triunfo para él. Todas las discusiones, e incluso el recuerdo de esta controversia, se perdieron por completo ante una controversia más violenta surgida a propósito de un hombre más importante y más distinguido. Según nos cuenta Valerio Antas, los dos Quintos Petlios iniciaron una acción judicial contra Publio Escipión Africano. Los hombres interpretaron aquello de distinta manera, según sus diversos talantes. Algunos culparon no sólo a los tribunos, sino el conjunto de los ciudadanos, por permitr que tal cosa fuera posible; las dos mayores ciudades del mundo, decían, habían demostrado ser, casi al mismo tiempo, ingrata con sus primeros ciudadanos. Roma fue la más ingrata de las dos: mientras que Cartago, después de su derrota, condenó al derrotado Aníbal al exilio, Roma expulsaba al Africano vencedor. Otros defendían que ningún ciudadano debía estar a tal altura que no pudiera ser obligado a responder ante la ley. Nada contribuía más a mantener la libertad de todos que el poder de someter a juicio al más poderoso de los ciudadanos. ¿Qué negocio, se preguntaban, por no mencionar el mando supremo de la república, podría ser confiado a un hombre, si no hubiera de dar cuenta de él? Si un hombre no se somete a las leyes, que son iguales para todos, no es ilegítimo usar la fuerza contra él. Así se fue discutendo el asunto hasta que llegó el día del juicio. Nunca nadie antes, ni siquiera el mismo Escipión cuando fue cónsul o censor, estuvo acompañado por mayor afuencia de gentes de todo orden y condición que el día en que acudió al Foro. Cuando se le invitó a defenderse, no aludió a ninguna de las acusaciones formuladas contra él, sino que habló de los servicios que había prestado en un tono tan elevado que resultó claro que jamás nadie había recibido elogios más altos ni más merecidos. Describió sus hazañas, en efecto, con el mismo espíritu y temperamento que las había ejecutado, y se le escuchó sin impaciencia, pues no las refería por vanagloria, sino para defenderse.

[38.51] A fin de apoyar las acusaciones que presentaron contra él, los tribunos sacaron a relucir la antigua historia sobre su vida licenciosa en sus cuarteles de invierno, en Siracusa, y los disturbios provocados por Pleminio en Locri. Pasaron luego a acusarlo de haber recibido sobornos, más sobre la base de sospechas que por pruebas directas; alegaron que a su hijo, quien había sido hecho prisionero, se la había liberado sin rescate; que Antioco había tratado por todos los medios de congraciarse con Escipión, como si la paz y la guerra con Roma estuvieran en sus únicas manos; que Escipión se había comportado con el cónsul en su provincia más como un dictador que como un subordinado; que había ido sin más objeto que dejar claro a Grecia, Asia y a todos los reyes y pueblos de Oriente lo que ya había dejado bien asentado en Hispania, la Galia, Sicilia y África: que solo él era la cabeza y el pilar del imperio romano; que bajo la sombra de Escipión descansaba protegida la Ciudad dueña del mundo y que un gesto suyo valía por todos los decretos de Senado y las órdenes del pueblo. No pudiendo achacarle nada vergonzoso, dada su reputación, hacen cuanto pueden para excitar el odio del pueblo contra él. Como los discursos se prolongaron hasta la noche, se suspendió el proceso para otro día. Cuando llegó el siguiente día para el juicio, los tribunos ocuparon sus asientos en los Rostra [muro de la tribuna de oradores del foro de Roma, decorado con los espolones -rostra-mandados arrancar a las naves enemigas el 338 a.C. por el cónsul Cayo Menio, tras la batalla naval de Anzio.-N. del T.] al amanecer. El acusado fue citado y, pasando por en medio de la asamblea, acompañado por gran cantidad de amigos y clientes, se acercó a los Rostra. Una vez se hizo el silencio, habló así:

"Tribunos de la plebe, y vosotros, Quirites, en tal día como hoy combat con éxito y buena fortuna en batalla campal contra Aníbal y los cartagineses. Por lo tanto, es justo y apropiado que en este día se dejen aparte todos los litgios y las disputas; yo subiré directamente desde aquí al Capitolio y a la Ciudadela, para rendir homenaje a Júpiter Óptimo Máximo, y a Juno y a Minerva, y a todas las demás deidades tutelares del Capitolio y la Ciudadela; y les daré las gracias por haberme concedido en este día, y en muchas otras ocasiones, la sabiduría y la fortaleza para prestar a la República un excepcional servicio. Aquellos de vosotros, Quirites, a los que venga bien hacerlo, venid conmigo. Venir y pedir a los dioses que siempre podáis tener dirigentes como yo, pues desde los diecisiete años hasta mi vejez siempre me habéis concedido honores antes de tener la edad y yo siempre me he adelantado con mis actos a vuestros honores". Desde los Rostra subió directamente hacia el Capitolio y toda la asamblea, dando la espalda a los tribunos, le siguió; hasta los secretarios y subalternos abandonaron a los tribunos, nadie quedó con ellos excepto sus esclavos y el pregonero que solía citar desde los Rostra a los acusados. Escipión no sólo subió al Capitolio, sino que visitó todos los templos de toda la Ciudad, acompañado por el pueblo romano. El entusiasmo de los ciudadanos y el reconocimiento de su verdadera grandeza hizo de aquel día uno casi tan glorioso para él que cuando entró en triunfo en la Ciudad tras sus victorias sobre Sífax y los cartagineses.

[38.52] Este espléndido día de gloria fue el último que brilló para Escipión. Previó los envidiosos ataques y enfrentamientos con los tribunos, y tras producirse un aplazamiento más largo del proceso, se retró a su propiedad en Literno [era una colonia romana, puerto de la Campania al norte de Cumas y a unos 170 km. de Roma.-N. del T.], firmemente resuelto a no comparecer para defenderse. Su espíritu era demasiado elevado, su carácter demasiado grande; estaba hecho a mejor fortuna como para que pudiera aceptar la posición de acusado o someterse a la posición humilde del que se ha de defender. Cuando llegó el día y se citó su nombre, Lucio Escipión se disculpó por su ausencia aduciendo su mala salud. Los tribunos acusadores no aceptaron la excusa y declararon que no acudía por el mismo espíritu soberbio y arrogante que le había hecho salir del juicio, abandonando a los tribunos y a la asamblea, rodeado por los mismos hombres a los que había privado del derecho y la libertad de dictar sentencia contra él, arrastrándolos luego como prisioneros de guerra, y había celebrado un triunfo sobre el pueblo de Roma, provocando aquel día una secesión con los tribunos de la plebe hacia el Capitolio. "Así que ahora -siguieron-tenéis la debida recompensa por vuestra temeridad; el hombre por cuya iniciativa y bajo cuya dirección nos abandonasteis, os abandona ahora a vosotros. De día en día mengua nuestro valor, de manera que, mientras hace diecisiete años nos atrevimos a enviar tribunos de la plebe y un edil para arrestarlo -cuando tenía bajo su mando un ejército y una flota-, ahora que es un ciudadano particular no nos atrevemos a ir a buscarlo en su casa de campo para defenderse en su juicio". Los tribunos de la plebe a quienes apeló Lucio Escipión aprobaron la siguiente resolución: "Ya que se alegaba como excusa la enfermedad, ellos proponían que se admitera tal justficación y que se aplazara el día del juicio". Tiberio Sempronio Graco era uno de los tribunos y había una enemistad política entre él y Escipión, habiéndose negado a que se agregara su nombre a la resolución. Todos esperaban que hiciera una propuesta más severa, pero él se manifestó en el sentido siguiente: "Ya que Lucio Escipión ha aducido la enfermedad como razón para la ausencia de su hermano, él la tenía por ser justficación bastante y no permitría que Publio Escipión fuera enjuiciado antes de su regreso a Roma; incluso entonces, si apelaba a él, lo apoyaría en todo lo posible para evitar que tuviera que defenderse en juicio. Escipión había alcanzado, por común acuerdo de los dioses y los hombres, una posición tan elevada por sus propias hazañas y por los honores que el pueblo romano le había otorgado, que tener que permanecer ante los Rostra como demandado y haber de escuchar los insultos de aquellos jovenzuelos, sería más ignominia para el pueblo de Roma que para él".

[38.53] Añadió a esto un discurso indignado: "¿Va a estar aquí a vuestros pies, tribunos, el gran Escipión, el conquistador de África? ¿Para esto desbarató y derrotó a cuatro ejércitos en Hispania, bajo los más famosos generales que tenía Cartago? ¿Para esto capturó a Sífax y aplastó a Aníbal, hizo a Cartago nuestra tributaria, expulsó a Antioco más allá del Tauro -pues su hermano Lucio le permitó compartr su gloria-? ¿Solo para que pudiera sucumbir ante los dos Petlios, para que vosotros pudieseis reclamar la palma de la victoria sobre Publio Africano? ¿No podrán nunca alcanzar los hombres ilustres, por sus propios méritos o por algún honor que les concedáis, un lugar seguro y, si se me permite decirlo, un asilo sagrado donde, ya que no resultar venerada, al menos descansar su vejez sin recibir ataques? Su resolución y el discurso la siguió hicieron su efecto sobre los demás tribunos, incluso entre los acusadores, quienes declararon que debían deliberar sobre cuáles eran sus obligaciones y su deber. Una vez disuelta la asamblea, se celebró una reunión del Senado. En esta, se aprobó por unanimidad un voto de sincero agradecimiento a Tiberio Graco, especialmente por aquellos hombres de rango consular y los senadores de más edad, por haber puesto los intereses de la república por delante de sus propios sentimientos; los Petlios fueron cubiertos de reproches por haber deseado brillar a costa de oscurecer la reputación de otros y enriquecerse mediante un triunfo sobre el Africano. Después de esto, nunca se volvieron a mencionar a Escipión. Pasó su vida en Literno, sin ningún deseo de regresar a la Ciudad, y se dice que en su lecho de muerte dio órdenes de que se le entierrase allí y que allí se erigiese su monumento funerario, de modo que no se pudieran celebrar los ritos funerarios en su patria ingrata. Fue un hombre extraordinario, más distinguido, sin embargo, en las artes de la guerra que en las de la paz. La primera parte de su vida fue más brillante que la posterior; como hombre joven, estuvo constantemente ocupado en la guerra; al pasar los años, la gloria de sus logros se disipó y no se ofreció terreno a su genio. ¿Qué lustre tuvo su segundo consulado, incluso sumando su censura, en comparación con el primero? ¿Qué distinción pudo ganar durante su mando subalterno en Asia, inutlizado por la enfermedad y entristecido por la desgracia que alcanzó a su hijo? Después, nuevamente, se vio tras su regreso en la necesidad de afrontar un proceso o ausentarse de él, alejándose así de su patria. Con todo, solo él obtuvo la gloria de dar fin a la Guerra Púnica, la mayor y más grave que hubieran nunca librado los romanos.

[38.54] Con la muerte del Africano se creció el valor de sus enemigos. El primero de ellos era Marco Porcio Catón, que incluso durante la vida de Escipión tuvo la costumbre de menospreciar su grandeza; se cree que los Petlios lo atacaron a instgación suya mientras estaba vivo. Después de su muerte, presentaron la siguiente moción ante la Asamblea: "En lo que respecta al dinero incautado, decomisado y recibido del rey Antioco y sus súbditos, ¿queréis y ordenáis, Quirites, que en referente a tal dinero que no ha sido ingresado en el tesoro, el pretor urbano, Servio Sulpicio, pueda consultar al Senado sobre a cuál de los actuales pretores designarán para investgar el asunto?". Los dos Mummios, Quinto y Lucio, interpusieron su veto a esta propuesta; consideraban que lo adecuado y correcto era que el Senado llevase a cabo la investgación, como lo había hecho siempre, sobre las cantdades no ingresadas en el erario. Los Petlios atacaban la preeminencia y el dominio que tenían los Escipiones sobre el Senado. Lucio Furio Purpurio, un hombre de rango consular, uno de los diez comisionados en Asia, consideraba que la investgación debía ir más allá. Para poder dañar a su enemigo Cneo Manlio, sugirió que se debería incluir no solo la cantidad recibida de Antioco, sino cuanto se había recibido de otros reyes pueblos. Lucio Escipión, quien como era evidente se disponía más a hablar en su propia defensa que en contra de la ley, se adelantó para oponerse a ella. Protestó enérgicamente porque se planteara esta cuestón después de la muerte de su hermano Publio Africano, de entre todos los hombres el más valiente y el más ilustre; No fue suficiente que no se hubiera hecho el elogio fúnebre de Publio Africano ante los Rostra, también debían acusarlo. Los propios cartagineses se contentaron con desterrar a Aníbal; pero el pueblo romano no estaba satsfecho con la muerte del Africano: su reputación debía ser hecha pedazos incluso sobre su tumba y, como añadido a su inquina, también debían sacrificar a su hermano. Marco Catón habló apoyando la moción -todavía existe su discurso "Sobre el dinero del rey Antioco-; El peso de su autoridad disuadió a los tribunos Mummios de su oposición y retraron su veto; así pues, la propuesta fue aprobada por el voto unánime de las tribus.

[38,55] Servio Sulpicio, a continuación, consultó al Senado sobre a quién se encargaría la investgación, resultando designado Quinto Terencio Culeo. Quienes afirman que Publio Cornelio murió y fue enterrado en Roma, pues también existe esta versión, afirman que este pretor era tan allegado a la familia de los Cornelios que, durante el funeral, fue por delante del féretro igual que marchó en el desfile del triunfo, tocado con el gorro de liberto; dicen también que distribuyó vino con miel en la puerta Capena a los que seguían al cortejo fúnebre, con el motivo de haber sido liberado en África por Escipión de entre los enemigos. Otros relatan que era claramente hostl a la familia y que, sabedores de esto, el partido opositor a los Escipiones lo eligió como aquel que debía llevar a cabo la investgación. Como quiera que fuese, ante este pretor excesivamente inclinado a su favor o en su contra fue llevado Lucio Escipión inmediatamente, como acusado. Fueron también denunciados y llevados ante el pretor sus generales Aulo y Lucio Hostlio Catón, así como el cuestor Cayo Furio Aculeo; de todo su personal, también se denunció a dos secretarios y a un asistente, para que pareciera que estaban implicadas en la malversación de fondos personas de todos los niveles. Lucio Hostlio, los secretarios y el asistente fueron todos absueltos antes de que se viera el caso de Escipión. Escipión, junto con Aulo Hostlio y Cayo Furio, fueron declarados culpables porque, para propiciar unas condiciones de paz más favorables a Antioco, Escipión recibió, además de las que ingresó en el Tesoro, seis mil libras de oro y cuatrocientas ochenta de plata; Aulo Hostlio por haberse apropiado de ochenta libras de oro y cuatrocientas tres de plata, y el cuestor fue hallado culpable de haber recibido ciento treinta libras de oro y doscientas de plata [o sea, 2030,67 kilos de oro y 354,14 de plata.-N. del T.]. Estas son las cantdades que encuentro referidas por Antas. En el caso de Lucio Escipión, lo cierto es que me inclino más a considerar estas cifras como un error del copista que a una falsedad por parte del autor, pues el peso de la plata debió ser, con toda probabilidad, mayor que el del oro; en efecto, es más probable que la cifra estimada fuera de cuatrocientos mil sestercios, más que de dos millones cuatrocientos mil, en especial si, como se afirmó, aquella fue la suma por la que se pidieron cuentas a Escipión en el Senado. Publio, después de mandar a su hermano Lucio en busca de su libro de cuentas, lo rompió con sus propias manos ante la vista del Senado, protestando indignado porque le pidieran cuentas por cuatrocientos mil sestercios cuanto había ingresado dos mil millones en el Tesoro [en el original latino que manejamos, las tres cifras anteriores se expresan, respectivamente como "quadrigiens", "ducentiens quadragiens" y "bis milliens". Literalmente, serían 400, 240 y 2000; la traducción castellana de 1794 da "cuatro cuentos", "cuarenta y cuatro" y "dos millones o cuentos"; la traducción de José Antonio Villar Pidal, para la Ed. Gredos -1993, indica "cuatro millones", "veinticuatro millones" y "doscientos millones". En el anterior libro [37.59] hemos visto las cantidades que Lucio Escipión hizo desfilar en su triunfo y las repartidas entre sus tropas; por todo ello, las nuestras nos parecen más acordes con el literal del texto, de una parte, y por otra con el contraste entre lo aportado al Tesoro y la cantidad reclamada, que debía parecer ridícula para provocar aquella reacción del Africano.-N. del T.]. Se afirma además que demostró la misma confianza en sí mismo cuando pidió la llave de la tesorería, cuando los cuestores no se atrevían a sacar dinero del erario en contra de la ley, diciendo que él abriría el tesoro, pues debido a él estaba cerrado.

[38,56] Hay muchos otros detalles en los que difieren los diversos autores, en especial en lo que respecta a sus últimos años, su enjuiciamiento, su muerte, su funeral y su tumba; por lo tanto, no sé qué tradiciones o qué escritos seguir. No hay acuerdo tampoco en cuanto a los acusadores: Algunos dicen que fue Marco Nevio quien inició el proceso, otros que los Petlios; ni siquiera lo hay sobre la fecha en que comenzó, ni sobre el año en que murió ni sobre dónde fue enterrado. Unos dicen que murió y fue enterrado en Roma, otros dicen que en Literno. En ambos lugares se pueden ver sus monumentos y sus estatuas. En Literno había un monumento coronado por una estatua, que vi personalmente hace poco, abatda por una tormenta. En Roma había tres estatuas sobre el monumento de los Escipiones; se dice que dos son las de Publio y Lucio, y que la tercera es la del poeta Quinto Enio. Y no sólo difieren entre sí los cronistas; también discrepan entre sí los de Publio Escipión y Tiberio Graco, si es que son realmente suyos los que se les atribuyen. El ttulo del discurso de Escipión nombra a Marco Nevio como tribuno de la plebe; pero no aparece el nombre en el mismo texto: unas veces lo llama bribón y otras trapacero. Tampoco el discurso de Graco hace mención de los Petlios como acusadores del Africano, ni de la fecha de la citación del Africano. Es necesario, empero, recoger otra versión totalmente distinta, concordante con el discurso de Graco y siguiendo a otros historiadores, según la cual el Africano estaba cumpliendo con una misión en Etruria en el momento en que se juzgaba y condenaba a Lucio Escipión por haber aceptado sobornos del rey; al enterarse de la desgracia sucedida a su hermano, se apresuró a regresar a Roma. Como le dijeron que su hermano estaba siendo conducido a prisión, marchó directamente al Foro, apartió al lictor del lado de su hermano y, reaccionando más por su afecto fraternal que como ciudadano, recurrió a la violencia contra los tribunos que trataron de apartarlo.

El mismo Tiberio Graco se queja precisamente de esto: que un particular desafiara con éxito la autoridad de los tribunos; al final de su discurso, en el que se comprometó a ayudar a Escipión, añade que es un precedente más tolerable el ver la potestad tribunicia y la autoridad de la república vencida por un tribuno de la plebe [él mismo.-N. del T.], que no por un ciudadano privado. Pero, mientras le reprocha amargamente la pérdida de su autocontrol en este acto de prepotencia ilegal, censurándolo por haber caído muy por debajo de sí mismo, atempera su actual reprensión al recordar y acumular elogios sobre su moderación y disciplina anteriores. Recordó a sus oyentes cómo Escipión reprendió severamente al pueblo por querer hacerlo cónsul y dictador perpetuo; como les impidió que levantaran estatuas suyas en los Comicios, en los Rostra, en la Curia, en el santuario de Júpiter y en el Capitolio; cómo impidió que se aprobara un decreto para que saliese su imagen, con los ropajes del triunfo, desde el templo de Júpiter Óptimo Máximo.

[38,57] Estas consideraciones, que incluso insertas en un elogio público seguirían siendo una prueba de la grandeza de espíritu de quien mantene sus honores dentro de los límites de un ciudadano, son la confesión de un adversario en el transcurso de un proceso. No hay discrepancia en cuanto a que la más joven de sus dos hijas se casó con este mismo Graco y que la mayor fue entregada por el padre a Publio Cornelio Nasica; no hay seguridad sobre si el compromiso y la boda fueron después de la muerte de su padre o si es cierta la historia según la cual, cuando Lucio Escipión era llevado a la cárcel y ninguno de sus colegas le ayudaba, Graco juró que su enemistad con los Escipiones continuaba y que él no actuaba para ganarse las simpatas de nadie, pero que no iba a permitr que un hermano del Africano fuese llevado a la misma prisión donde este había puesto a reyes y generales enemigos. Resultó que el Senado estaba celebrando aquella noche una cena en Capitolio y solicitó a Escipión que allí y entonces mismo prometera su hija a Graco. Una vez formalizado el compromiso en una celebración oficial, Escipión marchó a su casa. Al encontrarse con su mujer, Emilia, le dijo que había prometido a su hija menor; ella, naturalmente herida e indignada por no haber sido consultada en lo referente a su hija menor, le observó que, incluso si la entregaba a Tiberio Graco, su madre debería haber tenido voz en el asunto. Escipión se alegró al descubrir que estaban de acuerdo y le dijo que se la había prometido precisamente a aquel hombre. Es apropiado dejar testimonio de estos detalles, a pesar de las diferencias entre la tradición oral y la escrita, por tratarse de un hombre tan importante.

[38,58] Cuando el pretor Quinto Terencio dio fin a los procesos, Hostlio y Furio, que habían sido condenados, presentaron aquel día fiadores a los cuestores urbanos. Para Escipión, quien sostuvo enérgicamente que la totalidad del dinero que había recibido estaba en el tesoro y que no poseía nada que perteneciera al Estado, se ordenó prisión. Publio Escipión Nasica apeló oficialmente a los tribunos mediante un discurso lleno de gloriosos y verdaderos hechos de la familia Cornelia y, en particular, de su propia familia. Señaló que dos hombres distinguidos, Cneo y Publio Escipión, eran los padres, respectivamente, de él mismo y de Publio y Lucio Escipión, al que ahora se llevaba a la cárcel. Estos dos hombres, durante muchos años, habían combatido en Hispania contra numerosos generales y ejércitos de cartagineses e hispanos, y no sólo habían aumentado la gloria de Roma entre aquellos pueblos, sino que tras dar ejemplo de moderación y fidelidad habían terminado por dar sus vidas por la República. Ya habrían tenido bastante sus descendientes con mantener incólume su gloria para la posteridad, pero Publio Africano sobrepasó en tal manera la fama de su padre que los hombres no le creían hijo de padres humanos, sino de origen divino. En cuanto a Lucio Escipión, cuyo caso presenciaban, aparte de cuanto había hecho en Hispania y África como legado de su hermano, cuando fue cónsul el Senado lo consideró digno de encargársele la provincia de Asia y la guerra contra Antioco sin necesidad de sorteo. Su hermano, aunque había sido censor, dos veces cónsul y honrado con un triunfo, marchó con él para servirle como legado [legado militar, en este caso empleamos el término con esa acepción.-N. del T.] en Asia. Estando allí, para impedir que la grandeza y el esplendor del lugarteniente eclipsara la gloria del cónsul, sucedió que el día en que Lucio Escipión derrotó completamente a Antioco en la gran batalla de Magnesia, Publio Escipión se encontraba a varios días de viaje de distancia, enfermo en Elea. El ejército contra el que se enfrentó Lucio no era menor que aquel, mandando por Aníbal, contra el que se combató en África. Aníbal, que había ostentado el mando durante toda la Guerra Púnica, era también uno de los generales de Antioco. La dirección de la guerra fue tal que nadie podría haber achacado nada al capricho de la Fortuna. Se hacían las acusaciones a propósito de la paz, la paz que según decían se había vendido. De así era, también estaban involucrados los diez comisionados en la acusación, pues la paz se concedió según su consejo. Y aunque algunos de esos diez hombres se levantaron para acusar a Cneo Manlio, no solo no lograron aprobar su acusación, sino que ni siquiera pudieron retrasar su triunfo.

[38,59] Pero, ¡por Hércules!, en el caso de Escipión los términos mismos de la paz constituyeron la base de la sospecha por ser demasiado favorables a Antioco. "Su reino -decían-le ha sido dejado intacto y tras su derrota ha quedado en posesión de todo lo que le pertenecía antes de la guerra. Pese a que había poseído gran cantidad de oro y planta, nada de ello había sido entregado al tesoro, sino que pasó todo a manos privadas". ¿No había pasado a la vista de todos mayor cantidad de oro y plata, durante el triunfo de Lucio Escipión, que la suma total de otros diez triunfos juntos? ¿Y qué podré decir respecto a los límites de los dominios del rey? Antioco poseía toda Asia y las partes colindantes de Europa; todo el mundo sabía cuál era la extensión de aquella parte del mundo, desde el Tauro hasta el Egeo, cuántas ciudades y cuántos pueblos contenía. Esta extensión de territorio, con una longitud de más de treinta días de marcha y, de mar a mar, de diez días de marcha a lo ancho y extendiéndose hasta las montañas del Tauro, fue capturada a Antioco. A este se le había desterrado al rincón más remoto del mundo. ¿Qué más se le podría haber quitado, si es que la paz le había resultado grats? Después de la derrota de Filipo, se le dejó Macedonia del mismo modo que se dejó Lacedemonia a Nabis, y aún nadie había promovido una acusación contra Quincio. Sería porque no había tenido al Africano por hermano, cuya gran reputación debería haber ayudado a Lucio, en lugar de perjudicarlo por la envidia que suscitaba aquel. Se dijo en el juicio que la cantidad de oro y plata llevados a casa de Lucio Escipión fue mayor de la que se podría haber obtenido vendiendo todos sus bienes. ¿Dónde estaba, pues, aquel oro, aquella plata y tantas herencias como había recibido? En una casa cuyo tesoro no se había vaciado con gastos, debería seguramente haber aparecido aquel cúmulo de bienes. Lo que sus enemigos no habían podido sacar de sus propiedades esperaban sacarlo ahora de su persona y de sus espaldas, mediante el insulto y la tortura, para que un hombre tan ilustre esté encerrado con ladrones y salteadores en el más profundo calabozo y que expire su vida en la oscuridad, para que después se arroje su cuerpo desnudo delante de la prisión. Todo esto debería ser una profunda vergüenza, mas para la ciudad de Roma, no para la familia Cornelia.

[38,60] Terencio, en respuesta, leyó la propuesta Petlia, la decisión del Senado y la sentencia dictada contra Lucio Escipión. A menos que el importe fijado en la sentencia no fuera ingresado en el tesoro, él no podía hacer ninguna otra cosa más que ordenar el arresto e ingreso en prisión del condenado. Los tribunos se retraron a deliberar y, poco después, Cayo Fannio, en nombre de todos sus colegas excepto Graco, declaró que no intervendrían para impedir al pretor el ejercicio de su autoridad. Tiberio Graco expresó así su decisión: No se opondría a la acción del pretor en lo referente a la recuperación de la suma en cuestón, procedente de la venta de los bienes de Lucio Escipión; pero que en cuanto al propio Lucio Escipión, un hombre que había vencido a los más prósperos y ricos monarcas del mundo, que había llevado el dominio de Roma hasta el límite del mundo, que había hecho aliados de Roma al rey Eumenes, a los rodios y a tantas otras ciudades de Asia a base de los servicios prestados por el pueblo romano, y que había puesto en prisión a un gran número de generales enemigos tras hacerles desfilar en su triunfo, él no permitría que se encarcelase y encadenase a ese hombre junto a los enemigos del pueblo romano. Ordenaba, luego, que se le pusiera en libertad. Su decisión fue recibida con tanto entusiasmo por quienes la oyeron, y hubo tanta alegría ante la noticia de la liberación de Escipión, que apenas parecía posible que aquella fuese la misma Ciudad en la que hacía poco se había pronunciado la sentencia. El pretor, después, envió a los cuestores para incautarse de las propiedades de Lucio Escipión en nombre del Estado. No sólo no se halló vestgio alguno del oro del rey, sino que la cantidad total no alcanzaba ni de lejos la suma mencionada en la sentencia. Los familiares, amigos y clientes de Lucio Escipión contribuyeron con una cantidad suficiente, si la hubiera aceptado, para haberle hecho aún más rico que antes de su desgracia. Se negó a aceptar nada de aquello. Sus parientes más cercanos le proporcionaron lo imprescindible para vivir y la inquina contra los Escipiones se volvió ahora contra el pretor, los consejeros de este y los acusadores.

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Libro 39: Las bacanales en Roma y en Italia

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[39,1] Mientras se producían estos incidentes en Roma -si es que se produjeron verdaderamente durante este año [el 187 a.C.-N. del T.]-ambos cónsules libraron una guerra contra los ligures. Aquel enemigo que parecía haber nacido para mantener la disciplina militar de los romanos en los intervalos entre guerras más importantes; ninguna otra provincia estimulaba tanto los actos valerosos de los soldados. En Asia, los placeres de la vida ciudadana, el amplio surtido de lujos llegados por tierra y mar, la molicie del enemigo y las riquezas de los reyes servían más para enriquecer que para hacer más eficaces a los ejércitos. Especialmente, bajo el mando de Manlio se volvieron descuidados e indisciplinados al punto que una marcha algo más dura a través de Tracia y un enemigo más belicoso les hicieron aprender una muy necesaria lección mediante una severa derrota. En Liguria existía todo lo preciso para templar un soldado: un país duro y difcil, altas montañas que costaban tanto ocupar como desalojar de ellas al enemigo, caminos escabrosos en los que siempre existía el peligro de una emboscada, un enemigo armado a la ligera, rápido de movimientos, de apariciones repentinas y que nunca permita que ningún lugar, a ninguna hora, gozara de calma y quedara seguro. Cualquier ataque contra una posición fortificada implicaba mucho trabajo y peligro; poco se podía sacar de aquel país y los soldados se veían reducidos a una alimentación escasa, pues podían obtener poco botín. En consecuencia, no había lugar para vivanderos ni para largas columnas de animales de carga; nada más que las armas y los hombres que dependían exclusivamente de ellas. Nunca faltaban ocasiones para combatir, pues los nativos, impulsados por su pobreza, estaban habituados a atacar los campos de sus vecinos; nunca, sin embargo, se enzarzaban en una batalla campal.

[39,2] El cónsul Cayo Flaminio, tras librar varios combates con éxito contra los ligures friniates [habitaban el territorio comprendido entre las actuales Módena y Reggio Emilia.-N. del T.] , aceptó su rendición y los desarmó. Al no cumplir esta exigencia, tomó severas medidas contra ellos, por lo que abandonaron sus aldeas y se refugiaron en el monte Augino, con el cónsul persiguiéndoles de cerca. En partdas dispersas y la mayoría sin armas, huyeron precipitadamente por lugares escarpados e impracticables, donde su enemigo no les podía seguir, escapando de esta manera a través del Apenino. Los que se habían quedado en su campamento fueron rodeados y aplastados. Después, las legiones fueron conducidas a través del Apenino. Allí, los enemigos se defendieron durante un corto espacio de tiempo gracias a la altura de la montaña que habían ocupado, aunque pronto terminaron por rendirse. Esta vez se hizo una búsqueda más exhaustiva de armas y se les quitaron todas. Se trasladó luego la guerra al territorio de los ligures apuanos, cuyas continuas incursiones en los campos de Pisa y Bolonia hacían imposible cualquier cultivo. El cónsul, así mismo, los venció completamente y trajo la paz a los alrededores. Ahora que la provincia había cambiado del estado de guerra al de paz y tranquilidad, decidió que sus soldados no debían mantenerse ociosos y los empleó en la construcción de una carretera desde Bolonia hasta Arezzo. El otro cónsul, Marco Emilio, destruyó e incendió las granjas y las aldeas de los ligures que habitaban las tierras bajas y los valles; estos huyeron y ocuparon las alturas de Balista y Suismoncio [pudiera tratarse del Balestra y el Bismantova.-N. del T.]. A continuación, los atacó en las montañas, acosándoles mediante escaramuzas y obligándolos, finalmente, a un enfrentamiento regular donde los derrotó por completo. Durante la batalla, prometó con voto un templo a Diana. Como todas las tribus de este lado del Apenino quedaran sometdas, Emilio avanzó contra los tramontanos, incluyendo a aquellos de los friniates con los que no había establecido contacto Cayo Flaminio. Los sometó a todos, los privó de sus armas e hizo descender a toda la población desde las alturas al llano. Después de establecer la paz en Liguria, llevó a su ejército a la Galia e hizo construir una carretera desde Plasencia a Rímini [se trata de la Vía Emilia.-N. del T.] para enlazar con la Vía Flaminia. En la última batalla librada contra los ligures, prometó con voto un templo a Juno Reina. Estos fueron los acontecimientos del año en Liguria.

[39,3] En la Galia todo estaba tranquilo, pero el pretor Marco Furio, deseoso de hacer que pareciera como si estuviese en guerra, privó a los inofensivos cenomanos de sus armas. Estos fueron a Roma para quejarse por lo ocurrido ante el Senado, que los envió al cónsul Emilio, al que encargaron la investgación del caso. Se produjo un largo y acalorado debate con el pretor, pero mantuvieron en todo sus posiciones y se ordenó a Furio que les devolviera sus armas y abandonara la provincia. El Senado dio audiencia luego a las delegaciones de los aliados latinos que habían llegado desde todas las ciudades y colonias del Lacio. Se quejaban por el gran número de sus ciudadanos que habían emigrado a Roma y se habían censado allí. Quinto Terencio Culeo, uno de los pretores, se encargó de la tarea de encontrarlos y, a cualquiera que se demostrase que su padre o él se habían censado durante la censura de Cayo Claudio y Marco Livio [en el 204 a.C.-N. del T] o sus sucesores, se le ordenaría regresar a la ciudad en la que había sido registrado; a consecuencia de aquello, fueron devueltos a sus hogares doce mil latinos. Incluso entonces, la ciudad soportaba la carga de gran multitud de inmigrantes.

[39,4] Marco Fulvio regresó de Etolia antes de que los cónsules volvieran a Roma. El Senado le dio audiencia en el templo de Apolo, donde informó detalladamente de sus operaciones en Etolia y Cefalania. Solicitó luego al Senado que aprobara una resolución, si lo consideraba justo, por la que, en consideración al éxito y la buena fortuna con que había servido al Estado, se rindieran honores a los dioses inmortales y se decretase para él un triunfo. Marco Aburio, uno de los tribunos de la plebe, partcipó su intención de vetar la aprobación de cualquier decreto antes de la llegada de Marco Emilio. El cónsul quería oponerse y, al partir hacia su provincia, le había encargado al tribuno que se aplazase la discusión de aquel asunto hasta su regreso. Fulvio, argumentó, nada perdería con el retraso y el Senado podría aprobar el triunfo aún cuando estuviese presente el cónsul. Fulvio replicó así: "Incluso si la hostlidad de Emilio hacia él y el carácter arbitrario y dictatorial que mostraba contra sus adversarios no fueran asunto de general conocimiento, aún así resultaría intolerable que un cónsul ausente pudiera interponerse en la manera de rendir honores a los dioses inmortales y retrasar un triunfo merecido y justo, o que un general que había alcanzado brillantes éxitos debiera permanecer ante la puerta de la Ciudad con su ejército victorioso, el botín de guerra y los prisioneros hasta que al cónsul, que precisamente por ello se retrasaba, le placiera regresar a Roma. Y sin embargo, resultando tan conocidas y notorias sus diferencias con el cónsul, ¿Qué trato justo podría esperarse de alguien que había depositado en el erario [el templo de Saturno albergaba el erario y los archivos públicos de Roma.-

N. del T.] un senadoconsulto, aprobado casi a escondidas y aprovechando la poca asistencia, insinuando que Ambracia no se había capturado al asalto, que no se había atacado esa ciudad con terraplenes y manteletes, que cuando se incendiaron aquellas obras de asedio no se construyeron otras nuevas; que durante quince días se combató alrededor de las murallas, sobre el terreno, y también por debajo, y aún cuando los soldados hubieron sobrepasado las murallas siguió una lucha larga y dudosa desde la madrugada al anochecer; que murieron más de tres mil enemigos? ¿Qué era, además, aquella historia maliciosa con la que acudió a los pontfices en relación con el espolio de los templos de los dioses inmortales en la ciudad capturada? ¡A no ser que supongamos que es legítimo que adornen la Ciudad las obras de arte de Siracusa y las demás ciudades capturadas, y que se considere que Ambracia queda fuera del derecho de guerra!". Rogó a los senadores y pidió al tribuno que no hicieran de él un objeto de burla para su prepotente adversario.

[39,5] Los senadores le apoyaron como un solo hombre; algunos trataron de convencer al tribuno para que renunciara a su veto y otros lo asaltaban con amargos reproches. Fue, sin embargo, el discurso de su colega, Tiberio Graco, el que produjo en mayor efecto. Dijo que era un mal precedente que un hombre usara su cargo oficial como instrumento para sus enemistades personales; pero que un tribuno de la plebe se convirtera en agente de la venganza de otro hombre resultaba vergonzoso e indigno del poder e inviolabilidad del colegio tribunicio y de las leyes sagradas. Cada cual debía elegir por sí mismo a quién amar y a quién odiar, qué actos aprobar o desaprobar; no debía esperar la mirada o el gesto de otro hombre, ni dejarse llevar a una parte o a otra por los motivos o los estados de ánimo de otro hombre. Un tribuno no se debía convertir en herramienta de los enfados de un cónsul, teniendo presente lo que Marco Emilio le había confiado en privado, ni olvidar que el tribunado le había sido conferido por el pueblo de Roma, que le confiaba la protección de la libertad de los ciudadanos particulares, no la defensa de un cónsul autocrátco. No se daba cuenta de que lo que pasaría a la posteridad sería que, de dos miembros del mismo colegio de tribunos, uno subordinó sus disputas privadas a los intereses del Estado y el otro se involucró en un conficto que ni siquiera era suyo propio, sino encargado por otra persona. Agobiado por estos reproches, el tribuno abandonó la Curia y, a propuesta de Servio Sulpicio, se decretó un triunfo para Marco Fulvio. Este dio las gracias a los senadores y les comunicó que, el día en que tomó Ambracia, se había comprometido mediante voto a celebrar unos grandes juegos en honor de Júpiter Óptimo Máximo y que las ciudades habían contribuido con cien libras de oro para este fin. Solicitó al Senado que mandasen apartar esa cantidad del dinero que aportaría al tesoro, tras llevarlo en el triunfo. El Senado ordenó que se remitera al colegio de pontfices la cuestón de si era necesario que todo aquel oro fuera gastado en los Juegos. Respondieron que no era cosa relevante, a efectos religiosos, cuánto dinero se gastase en los Juegos; así pues, el Senado autorizó a Fulvio para que gastara cuanto quisiera en los Juegos, siempre la cantidad no excediera los ochenta mil sestercios.


Fulvio había fijado la fecha de su triunfo para enero; sin embargo, al saber que Marco Emilio había recibido una carta de Aburio diciéndole que había retirado su oposición y que venía de camino a Roma para impedir el triunfo, pero que se había detenido en su viaje por estar enfermo, adelantó la fecha para no tener que pelear más en el triunfo que durante la guerra. El veintitrés de diciembre celebró su triunfo sobre los etolios y Cefalania. Desfilaron ante su carro coronas de oro con un peso total de ciento doce libras, mil ochenta y tres libras de plata, doscientas cuarenta y tres libras de oro, ciento dieciocho mil tetracmas áticos y doce mil cuatrocientos veintidós filipos [moneda de oro con la efigie de Filipo II y un peso de 8,73gr.-N. del T.]; setecientas ochenta estatuas de bronce y doscientas treinta de mármol. Hubo una gran cantidad de armaduras, armas y demás despojos enemigos, así como catapultas, ballestas y toda clase de artillería. Desfilaron también en la procesión veintisiete jefes etolios, cefalanios y del ejército de Antioco que este abandonó allí. Antes de entrar efectivamente en la Ciudad, Fulvio otorgó recompensas a muchos de los tribunos militares, prefectos, caballeros y centuriones, tanto del ejército romano como de los contingentes aliados. Además del botín, dio a cada soldado veintcinco denarios, el doble a cada centurión y el triple a los jinetes.


[39,6] Se acercaba ya el momento de las elecciones y como Marco Emilio, a quien correspondía la obligación de celebrarlas, estaba incapacitado para ello [recordemos que había caído enfermo.-N. del T.], Cayo Flaminio fue a Roma para este propósito. Los cónsules electos fueron Espurio Postumio Albino y Quinto Marcio Filipo. Los nuevos pretores fueron Tito Menio, Publio Cornelio Sila, Cayo Calpurnio Pisón, Marco Licinio Lúculo, Cayo Aurelio Escauro y Lucio Quincio Crispino. Al cierre del año, una vez nombrados los nuevos magistrados, Cneo Manlio Vulso celebró su triunfo sobre los galos asiáticos el día cinco de marzo. La razón por la que aplazó su triunfo hasta fecha tan tardía fue su interés por evitar un enjuiciamiento en virtud de la ley Petlia mientras Quinto Terencio Culeo fuera pretor, así como la posibilidad de quedar atrapado entre las llamas de la sentencia que condenó a Escipión. Pensó que los jueces serían aún más hostiles hacia él de lo que habían sido hacia Escipión, a causa de los informes que habían llegado de Roma en los que se decía que había permitido a los soldados toda clase de libertades y que había destruido completamente la disciplina que su predecesor, Escipión, había mantenido. Y no eran las historias de lo sucedido en su provincia, lejos de la vista de los hombres, lo único que lo desacreditó; cosas aún peores se veían cada día entre sus soldados, pues los lujos extranjeros fueron introducidos en Roma por el ejército que prestó servicio en Asia. Aquellos hombres fueron los primeros en llevar a Roma lechos de bronce, costosas colchas, tapices y otros finos tejidos, así como mesas de un solo pie y aparadores, lo que en aquellos momentos se consideraron muebles magníficos. Se hicieron más atractivos los banquetes mediante la presencia de tañedoras de cítara y sambuca [es una especie de arpa.-N. del T.], así como otras formas de diversión; los mismos banquetes empezaron a prepararse con mayor cuidado y gasto. El cocinero, a quien los antiguos consideraron y trataron como al más humilde y menos valioso, fue aumentando de valor y lo que había sido considerado un oficio servil llegó a ser apreciado como un arte. Sin embargo, lo que por entonces apenas empezó a dejarse ver era el germen del lujo que se avecinaba.

[39,7] En su triunfo, Cneo Manlio hizo llevar delante de él doscientas coronas de oro, cada una de doce libras de peso, doscientas veinte mil libras de plata, dos mil ciento tres libras de oro, ciento veintisiete mil tetracmas áticos, doscientos cincuenta mil cistóforos [moneda de plata cuyo valor difiere, según el especialista al que se consulte, entre 1 didracma y 1 tetradracma, o sea, entre 8,6 y 17,2 gramos de plata.-N. del T.] y dieciséis mil trescientos veinte filipos de oro; también desfilaron, llevadas en carros, gran cantidad de armas y despojos capturados a los galos. Desfilaron también ante su carro cincuenta y dos de los jefes enemigos. Distribuyó entre los soldados cuarenta y dos denarios a cada legionario, el doble para los centuriones y el triple para los jinetes, así como una paga doble para todos. Desfilaron detrás de su carro muchos, de todas las graduaciones, que habían recibido recompensas militares, resultando evidente, por los versos de las canciones que cantaban los soldados, que lo consideraban un general indulgente y deseoso de popularidad, y que la celebración del triunfo era más apreciada entre los militares que por el pueblo. Sin embargo, los amigos de Manlio lograron ganarse también el favor del pueblo; mediante sus presiones, se aprobó un senadoconsulto ordenando que el dinero llevado en el triunfo se empleara en abonar la parte del préstamo, pendiente de pago, que el pueblo había hecho al Estado. Los cuestores, haciendo una escrupulosa y justa valoración, pagaron el veintcinco y medio por mil. Justo en aquel momento, llegaron dos tribunos militares con cartas de Cayo Atinio y Lucio Manlio, que gobernaban respectivamente en la Hispania Citerior y Ulterior. Al parecer, los celtiberos y los lusitanos estaban en armas y se dedicaban a asolar los territorios de los pueblos aliados. El Senado encargó a los nuevos magistrados la discusión sobre esta situación. Mientras se celebraban aquel año los Juegos Romanos por Publio Cornelio Cétego y Aulo Postumio Albino, un mástl mal asegurado del circo cayó sobre la estatua de Polencia [divinidad itálica, al parecer del poder o de la victoria, perteneciente a los dei indigetes.-N. del T.] y la derribó . Esto se consideró un presagio, decidiendo el Senado que los Juegos se celebraran durante un día más y que se debían erigir dos estatuas en lugar de la que había caído, siendo una de ellas dorada. Los Juegos plebeyos fueron prolongados un día más por los ediles Cayo Sempronio Bleso y Marco Furio Lusco.

[39,8] Durante el año siguiente -186 a.C.-, los cónsules Espurio Postumio Albino y Quinto Marcio Filipo vieron desviada su atención del ejército, las guerras y la administración de las provincias por la necesidad de sofocar una conspiración interna. Las provincias fueron adjudicadas a los pretores de la siguiente manera: la pretura urbana fue para Tito Menio y la peregrina para Marco Licinio Lúculo; Cerdeña correspondió a Cayo Aurelio Escauro, Sicilia a Publio Cornelio Sila, la Hispania Citerior fue para Lucio Quincio Crispino y la Ulterior para para Cayo Calpurnio Pisón. Se encargó a ambos cónsules la investgación de las conspiraciones secretas. El asunto comenzó con la llegada a Etruria de un griego de bajo nacimiento que no poseía ninguna de las numerosas artes que difundió entre nosotros el pueblo que con más éxito cultivó la mente y el cuerpo. Era una especie de practicante de cultos y adivino, pero no de aquellos que inducen a error a los hombres enseñando abiertamente sus superstciones por dinero, sino un sacerdote de misterios secretos y nocturnos. Al principio, estos se divulgaron solo entre unos pocos; después, empezaron a extenderse tanto entre hombres como entre mujeres, aumentando su atractivo mediante los placeres del vino y los banquetes para aumentar el número de sus seguidores. Una vez el vino, la noche, la promiscuidad de sexos y la mezcla de edades ternas y adultas calentaban sus ánimos, apagando todo el sentido del pudor, daban comienzo los excesos de toda clase, pues todos tenían a mano la satsfacción del deseo al que más le inclinaba su naturaleza. Y no se limitaba el daño a la violación general de hombres libres y mujeres; de la misma fuente salían falsos testimonios, la falsificación de sellos y testamentos, las falsas informaciones, y los filtros mágicos y muertes tan secretas que ni siquiera se podían encontrar los cadáveres para darles sepultura. Muchos crímenes fueron cometidos mediante engaños y muchos otros mediante la violencia, que quedaba oculta por el hecho de que, a causa de los gritos y el ruido de los tímpanos y címbalos, no se podía escuchar a los que pedían auxilio entre las violaciones y las muertes.


[39,9] Este mal desastroso se propagó desde Etruria a Roma como una enfermedad contagiosa. Al principio, el tamaño y la extensión de la Ciudad permiteron más espacio e impunidad para tales maldades y sirvieron para ocultarlas; pero, finalmente, llegaron noticias al cónsul y lo hicieron aproximadamente del siguiente modo: Publio Ebucio, cuyo padre había servido en la caballería con montura pública [es decir, pagada por el Estado.-N. del T.], había muerto, dejándole huérfano a edad temprana y al cuidado de tutores. Muertos estos también, se había educado bajo la tutela de Duronia, su madre, y de su padrastro, Tito Sempronio Rútlo. Como, por una parte, la madre estaba completamente sometida a su marido y, por la otra, su padrastro había ejercido su tutela de tal manera que no estaba en condiciones de dar cuentas adecuadamente de la misma, deseaba este quitarse de en medio a su pupilo o bien ponerlo a su merced mediante algo de lo que acusarlo. La única manera de corromper al joven eran las Bacanales. La madre dijo al muchacho que había hecho un voto en su nombre durante una enfermedad, a saber, que en cuanto se recuperase lo iniciaría en los misterios báquicos; ahora, comprometida por su voto por la bondad de los dioses, estaba obligada a cumplir con aquél. Él debía preservar su castidad durante diez días; tras la cena del décimo día, una vez bañado en agua pura, ella lo llevaría al lugar sagrado.

Había una liberta de nombre Hispala Fenecia que había sido una famosa cortesana y que no resultó digna de ser liberada pues, acostumbrada desde su niñez a tal actividad, incluso tras su manumisión siguió dedicándose a ella. Como sus casas estaban cerca una de la otra, había surgido cierta intimidad entre ella y Ebucio, que no resultaba en absoluto perjudicial ni para la reputación de él ni para su hacienda, pues ella buscaba su compañía y su amor desinteresadamente, manteniéndolo por su generosidad mientras sus padres se lo escatimaban todo. Su pasión por él había ido tan lejos que, una vez muerto su tutor y no estando ya bajo la tutela de nadie, solicitó a los tribunos y al pretor que nombraran un tutor para ella. Entonces, hizo testamento nombrando a Ebucio su único heredero.

[39.10] Con estas pruebas de su amor, ya no tenían secretos entre ellos y el joven le dijo en tono jocoso que no se sorprendiera si se ausentaba de ella durante algunas noches, pues tenía que cumplir un deber religioso: el cumplimiento de una promesa, hecha mientras estaba enfermo, por la que quería ser iniciado en los misterios de Baco. Al oír esto, quedó ella muy perturbada y exclamó "¡no lo consientan los dioses!. Mejor nos sería morir ambos antes que hagas tal cosa!". Lanzó luego maldiciones e imprecaciones sobre la cabeza de quien le hubiera aconsejado así. El joven, asombrado ante sus palabras y su gran emoción, le pidió que cesara en sus maldiciones, pues había sido su madre quien se lo había ordenado, con el consentimiento de su padrastro. "Pues entonces, tu padrastro -respondió ella-ya que puede que no sea justo acusar a tu madre, tiene prisa por arruinar con este acto tu virtud, tu reputación, tus esperanzas y tu vida". Aún más asombrado, él le preguntó qué quería decir. Rogando a los dioses que la perdonaran si, llevada por su amor hacía él, revelaba lo que se debía callar, le descubrió cuando era una sierva había acompañado a su ama a aquel lugar de iniciación, pero que nunca se había acercado por allí desde que era libre. Sabía que aquella era oficina para toda clase de corruptelas, teniendo constancia de que en los últimos dos años no se había iniciado a nadie mayor de veinte años. Cuando alguien era llevado allí se le entregaba como una víctima a los sacerdotes, quienes lo llevaban a un lugar que resonaba con gritos, cánticos y el percutr de címbalos y tímpanos, de modo que no se podían oír los gritos de auxilio de aquel a quien sometan a violencia sexual. Le rogaba y le suplicaba, por ello, que se saliera del asunto lo mejor que pudiese y que no se precipitase a ciegas en un lugar en el que habría de soportar, y luego cometer, toda clase de ultrajes concebibles. No le dejó marchar hasta que él no le hubo dado su palabra de que no tomaría parte en aquellos ritos.

[39,11] Después de llegar a casa, su madre trajo a colación el tema de la iniciación, diciéndole lo que tenía que hacer ese día y los días siguientes. Él le dijo que no haría nada de aquello y que no tenía intención de ser iniciado. Su padrastro estaba presente en la conversación. De inmediato, la madre exclamó que él no podía pasar diez noches fuera de los brazos de Hispala; tan hechizado estaba por los encantos venenosos de aquella víbora que no respetaba ni a su madre, ni a su padrastro ni a los dioses. Entre los reproches de su madre, por un lado, y su padrastro, por otro, con la ayuda de cuatro esclavos lo echaron de la casa. El joven, entonces, se marcho a casa de una ta paterna, Ebucia, y le explicó por qué había sido expulsado de su casa; por consejo de ella, al día siguiente informó sin testigos al cónsul Postumio sobre el asunto. Postumio le dijo que regresara nuevamente a los dos días; al mismo tiempo, preguntó a su suegra Sulpicia, mujer respetable y juiciosa, si conocía a una anciana llamada Ebucia, que vivía en el Aventino. Ella le respondió que la conocía como una mujer respetable y de estricta moral a la antigua usanza; el cónsul le dijo que era importante que se entrevistara con ella y que Sulpicia debía mandarle recado para que viniera. Ebucia vino a ver a Sulpicia y el cónsul, entrando como por casualidad, llevó la conversación hacia Ebucio, el hijo de su hermano. La mujer estalló en lágrimas y comenzó a lamentase de la desgracia del joven, a quien habían despojado de su fortuna los que menos debían haberlo hecho. Estaba -dijo-en su casa en aquellos momentos, pues su madre "lo había echado porque el virtuoso y respetable joven había rehusado -¡que los dioses me perdonen!-ser iniciado en unos misterios obscenos, según se decía".

[39.12] Considerando el cónsul que había comprobado lo suficiente sobre el testimonio de Ebucio y que la evidencia era fiable, despidió a Ebucia y pidió a su suegra que mandara llamar a Hispala, una liberta, muy conocida en el Aventino, pues había ciertas cuestones que deseaba preguntarle también a ella. Se perturbó Hispala ante el recado, al ser convocada a presencia de una mujer tan noble y respetable sin saber el motivo; y ya, cuando vio en el vestibulo a los lictores, a los asistentes del cónsul y al mismo cónsul, casi se desmayó. La llevaron a una habitación interior con el cónsul y en presencia de su suegra, por si servía para hacer que dijera la verdad; el cónsul le dijo que nada tenía que temer, podía confiar en la palabra de una mujer como Sulpicia y en la suya propia, pero debía darle una descripción detallada de lo que solía ocurrir en los ritos báquicos nocturno en el bosque de Simila [se identifica a esta deidad con Sémele; dicho bosque estaba entre el Aventino y la puerta Trigémina, cerca del Tíber.-N. del T.]. Al oír esto, la mujer fue presa de tanto miedo y tales temblores en todos sus miembros que no pudo abrir la boca en bastante rato. Recuperó finalmente sus nervios y contó que había sido iniciada siendo esclava y aún muy niña, junto a su ama; pero que desde que la manumiteron, hacía ya algunos años, no sabía nada más de lo que allí pasaba. El cónsul la elogió por haber confesado que había sido iniciada y le rogó que fuera igualmente veraz en el resto de su historia. Al asegurar ella que no sabía nada más, el cónsul le advirtó que no recibiría la misma consideración y perdón si alguien la refutaba que si confesaba libremente, pues la persona que le había oído hablar de aquellas cosas se lo había revelado todo a él.

[39.13] La mujer, totalmente convencida, y con razón, de que era Ebucio el informante, se arrojó a los pies de Sulpicia y le imploró que no permitera que una conversación entre una liberta y su amante fuera considerada como una asunto no solo grave, sino incluso capital. Cuanto ella le había dicho, lo fue con el fin de asustarlo, no porque ella supiera nada realmente. Postumio se encolerizó y le dijo entonces que quizá se imaginaba que estaba bromeando con su amante, y no hablando en la casa de una mujer respetabilísima y en presencia del cónsul. Sulpicia levantó a la aterrorizada mujer del suelo, le habló dulcemente y, al tiempo, trataba de calmar la cólera de él. Al fin se hizo la calma, y después de quejarse amargamente de la traición de Ebucio, que así le pagaba todo lo que había hecho por él, declaró que temía grandemente a los dioses, por desvelar sus misterios, pero que temía aún más a los hombres, que la despedazarían si se converta en delatora. Así, ella rogaba a Sulpicia y al cónsul que la llevaran a algún lugar fuera de las fronteras de Italia, donde pudiera vivir con seguridad el resto de sus días. El cónsul la instó a tener buen ánimo, pues él se encargaría de que viviese segura en Roma. Hispala, entonces, dio cuenta del origen de aquellos misterios.

Inicialmente, se trataba de un santuario reservado a las mujeres, donde era costumbre no admitr a ningún hombre; había tres días al año en los que, durante el día, se iniciaba en los misterios de Baco; se solía elegir por tuno a matronas como sacerdotsas. Paculla Annia, una sacerdotsa de la Campania, había efectuado cambios radicales, como por inspiración divina, pues fue la primera en admitr hombres e inició a sus propios hijos, Minio y Herenio Cerrinio. Al mismo tiempo, hizo que el rito fuera nocturno y que en vez de tres días al año se celebrara cinco veces al mes. Una vez los misterios hubieron asumido aquel carácter promiscuo, con los hombres mezclados con las mujeres en licenciosas orgías nocturnas, no quedó ningún crimen y ninguna acción vergonzosa por perpetrarse allí. Se producían más prácticas vergonzantes entre hombres que entre hombres y mujeres. Quien no se sometera al ultraje o se mostrara remiso a los malos actos, era sacrificado como víctima. No considerar nada como impío o criminal era la misma cúspide de su religión. Los hombres, como posesos, gritaban profecías entre las frenéticas contorsiones de sus cuerpos; las matronas, vestdas como bacantes, con los cabellos en desorden, se precipitaban hacia el Tíber con antorchas encendidas, las metan en las aguas y las sacaban aún encendidas, pues contenían azufre vivo y cal. Los hombres ataban a algunas personas a máquinas y las echaban en cuevas ocultas, y se decía por ello que habían sido arrebatadas; se trataba de quienes se habían negado a unirse a su conspiración, tomar parte en sus crímenes o someterse a los ultrajes sexuales. Era una inmensa multitud, casi una segunda población, y entre ellos se encontraban algunos hombres y mujeres de familias nobles. Se ha convertido en costumbre, durante los dos últimos años, que nadie de más de veinte años fuera iniciado; solo captaban a los de edad más susceptible de engaño y corrupción.

[39,14] Cuando hubo terminado de dar su testimonio, cayó de rodillas y de nuevo le rogó al cónsul que la enviara al extranjero. Este pidió a su suegra que desocupara alguna parte de su casa donde pudiera trasladarse Hispala. Se le asignó una habitación en la parte superior a la que se accedía por una escalera desde la calle, que se bloqueó, abriéndose un acceso desde el interior de la casa. Se llevaron allí de inmediato todos los enseres de Fecenia, así como sus esclavos, y se ordenó a Ebucio que se mudara a casa de un cliente del cónsul. Una vez tenía a sus dos informantes bajo su control, Postumio informó del asunto al Senado. Explicó todo detallada y ordenadamente, primero la información que había recibido y después lo que había averiguado con su investgación. Los senadores fueron presa de un intenso pánico, tanto por la seguridad pública en el caso de que aquellas ocultas conspiraciones y reuniones nocturnas pudieran suponer un peligro para el Estado, como por ellos mismos en lo que pudiera atañer a los suyos en caso de estar implicados. Aprobaron no obstante un voto de gracias al cónsul por haber conducido sus investgaciones tan cuidadosamente, sin provocar una alteración del orden público. A continuación, otorgando a los cónsules poderes extraordinarios, pusieron en sus manos la investgación sobre cuanto sucedía durante las bacanales y los ritos nocturnos. Deberían cuidar de que Ebucio y Fenecia no sufrieran daño alguno por la información que habían proporcionado, así como también ofrecer recompensas para que otros denunciaran. Se debía buscar a los sacerdotes de aquellos ritos, fuesen hombres o mujeres, no solo en Roma, sino en cualquier foro o lugar de reunión en que se los pudiera hallar, para ponerlos a disposición de los cónsules. Además, se publicaron edictos en Roma, y se enviaron por toda Italia, prohibiendo que todo el que ya hubiera sido iniciado en el culto a Baco se reuniera para celebrar sus misterios o practicar cualquier rito de similar carácter; y, sobre todo, que se investgase rigurosamente contra aquellos que se hubiesen conjurado para cometer alguna inmoralidad

o algún delito. Estas fueron las medidas que decretó el Senado. Los cónsules ordenaron a los ediles curules que buscasen a todos los sacerdotes de aquellos ritos y, cuando los hubieran detenido, los mantuvieran bajo custodia como mejor les pareciera para proceder a la investgación. Los ediles plebeyos cuidarían de que no se llevara a cabo ningún rito en lugar cerrado; a los triunviros capitolinos se les encargó que situaran guardias por toda la Ciudad y que procurasen que no tuvieran lugar reuniones nocturnas; como precaución añadida contra los fuegos, se nombraron cinco hombres para ayudar a los triunviros y hacerse cargo de los edificios que se les asignaran en cada sector a uno y otro lado del Tíber.

[39,15] Cuando los diversos magistrados quedaron instruidos de sus obligaciones, los cónsules convocaron la Asamblea y subieron a los Rostra. Después de recitar la solemne oración que suelen pronunciar los cónsules antes de dirigirse al pueblo, Postumio habló así: "Quirites, en ninguna reunión anterior de la Asamblea había sido esta plegaria a los dioses tan adecuada, y yo diría que hasta tan necesaria. Porque nos recuerda que son estos los dioses a los que nuestros antepasados determinaron que se diese culto, se reverenciara y se rezara; y no a aquellos dioses que llevan las mentes, mediante ritos extranjeros y envilecedores, como empujadas por las Furias, a toda clase de crímenes y desenfrenos. En verdad que no sé hasta qué punto debo guardar silencio o hasta dónde he de llegar en lo que tengo que deciros. Pues me temo que si quedáis ignorantes de alguna cosa se me pueda acusar de negligencia, mientras que si os lo revelo todo os pueda aterrorizar en exceso. Por mucho que pueda decir, podéis estar seguros de que será poco en comparación con la enormidad y gravedad de los hechos. Procuraré que sea lo suficiente como para poneros en guardia. Estoy seguro de que ya sabéis, no solo por lo que se comenta sino por los ruidos y gritos nocturnos que se producen por toda la Ciudad, de que las Bacanales se han extendido por toda Italia y ahora también por muchas partes de Roma; pero no creo que sepáis realmente qué es lo que ello significa. Algunos de vosotros os imaginaréis que es alguna forma privada de culto a los dioses; otros creen que es algún tipo permitido y admisible de distracción, y que sea como sea, concierne solo a unos cuantos. Respecto a su número, será natural que os alarméis si os digo que se trata de muchos miles, aún antes de explicaron quiénes son y cuál es su calaña.

"En primer lugar, en efecto, la mujeres constituyen la mayor parte, y fueron ellas el origen de este mal. Están luego los hombres, totalmente afeminados, cometendo y recibiendo las mismas perversiones, exaltados y desenfrenados, fuera de sí por las noches sin sueño, por el vino, los gritos y el alboroto nocturno. La conspiración no tiene aún ninguna fuerza, pero su número se incrementa rápidamente día a día y su fuerza es cada vez mayor. Vuestros antepasados decidieron que ni siquiera vosotros os reunieseis en Asamblea de manera irregular y sin motivo, sino que, izando el estandarte en la ciudadela, se mandase salir al ejército, que los tribunos ordenasen al pueblo que se reuniera o que uno de los magistrados hubiera convocado en debida forma a la Asamblea. Consideraban, así mismo, que siempre que el pueblo se reuniera debería haber allí alguna autoridad legítima presidiéndolo. ¿Os imagináis cómo serán estas reuniones nocturnas, esta promiscuidad de hombres y mujeres? Si supieseis a qué edad se inician los varones, no solo os compadeceríais de ellos, también os avergonzaríais. ¿Consideráis, Quirites, que a jóvenes iniciados en juramentos como este se les puede convertir en soldados? ¿Que se les puede confiar las armas a estos que salen de un santuario de obscenidad? Serán estos hombres, apestando a sus propias impurezas y a las de quienes tienen alrededor, los que esgrimirán sus espadas en defensa de la castidad de vuestras mujeres e hijos?

[39.16] "Y el daño no sería tan grave, empero, si solo se hubieran afeminado ellos con su libertinaje, pues entonces la deshonra caería principalmente sobre ellos mismos, y hubiesen mantenido libres sus manos de ultrajes y sus ánimos de engaños. Nunca ha habido un mal tan grave en la República, ni que afectara a un número mayor de personas o que haya causado más crímenes. Podéis estar completamente seguros de que todos los delitos producidos en estos últimos años, en forma de lujuria, traición o crímenes, han tenido su origen en aquel santuario de ritos profanos. Y aún no se han revelado todas las maldades para las que han conspirado. Hasta ahora, su impía asociación se limitaba a crímenes individuales, pues aún no tiene fuerza bastante para destruir la república. Pero la maldad sigue infiltrándose sigilosamente, creciendo día a día, ya es demasiado grande como para limitarse a los intereses privados y apunta al Estado. A menos que toméis precauciones, Quirites, a esta Asamblea legalmente convocada por un cónsul a la luz del día, se enfrentará otra asamblea que se reúne en la oscuridad de la noche. Por ahora, desunidos, ellos os temen a vosotros, unidos en Asamblea; pero en cuanto os hayáis dispersado hacia vuestros hogares y granjas, celebrarán la suya y tramarán su propia seguridad y vuestra ruina. Será entonces vuestro turno, separados como estaréis, de temer su unión.

"Debéis, por tanto, rezar cada uno de vosotros porque vuestros amigos hayan conservado su sensatez. Si alguno se ha precipitado a tal abismo de lujuria desenfrenada y exasperante, debéis considerarlo no como uno de los vuestros, sino como alguien que se ha sumado a los juramentados para ejecutar toda clase de maldades. No estoy seguro, incluso, de que alguno de vosotros no hayáis sido engañados, pues nada hay que presente una apariencia más engañosa que una falsa religión. Cuando los delitos se cobijan bajo el nombre de la voluntad de los dioses, siempre existe el temor a que, castigando la hipocresía de los hombres, estemos violentando algo sagrado relacionado con las leyes divinas. De estos escrúpulos quedáis liberados por las innumerables decisiones de los pontfices, senadoconsultos y respuestas de los augures. ¡Cuán a menudo, en tiempos de vuestros padres y abuelos, se ha encargado a los magistrados la tarea de prohibir todos los ritos y ceremonias extranjeros, impedir que los sacrificadores y adivinos entrasen al Foro, al Circo o a la Ciudad, buscando y quemando todos los libros de falsas profecías, y aboliendo cualquier rito sacrifical que no estuviera de acuerdo con la costumbre romana! Y es que aquellos hombres, tan prácticos en todo lo referente al amor divino y humano, consideraban que nada tendía tanto a destruir la religión como la realización de sacrificios no a la manera de nuestros padres, sino según las modas importadas del extranjero. Pensé que debería deciros esto de antemano, de modo que a ninguno de vosotros le angustaran los temores religiosos cuando vea demolidas las sedes de las bacanales y dispersadas sus impías reuniones. Todo lo que vamos a hacer será hecho con la sanción de los dioses y obedeciendo su voluntad. Para mostrar su descontento por el insulto hecho a su majestad mediante tales apettos sexuales y crímenes, los han arrastrado fuera de sus oscuros escondrijos, a plena luz del día, y quisieron que quedasen expuestos a dicha luz no para que gozaran de impunidad, sino para que fuesen castgados y aplastados. El Senado nos ha otorgado, a mi colega y a mí mismo, poderes extraordinarios para llevar a cabo una investgación sobre este asunto. Haremos uso enérgicamente de ellos y hemos encargado a los magistrados menores de la vigilancia nocturna por toda la Ciudad. Es justo que vosotros mostréis también la misma energía al cumplir con vuestro deber en cualquier puesto en que se os destine y ante cualquier orden que recibáis, así como que ayudéis en que no se provoque ningún peligro ni altercados por culpa de la conjura secreta de unos criminales".

[39.17] Ordenaron a continuación que se diera lectura a las resoluciones del Senado, ofreciendo una recompensa a cualquiera que llevara un culpable ante los cónsules o que diera su nombre si se encontraba ausente. En el caso de que alguno hubiera sido denunciado y hubiese huido, le fijarían un día para responder de la acusación y, si no comparecía, sería condenado en ausencia; cualquiera que estuviese fuera del territorio de Italia en aquel momento, vería ampliado el plazo fijado para que pudiera defenderse. Publicaron después un edicto prohibiendo que nadie vendiera o comprase nada con el propósito de huir, ni que se recibiera, almacenara o en modo alguno se auxiliara a quienes huyeran. Una vez disuelta la Asamblea, toda la Ciudad fue presa de un gran terror. Tampoco se limitó el pánico al interior de las murallas de la Ciudad o a las fronteras de Roma; cundió la inquietud y la consternación por toda Italia según iban llegando las cartas de inmigrantes que relataban las resoluciones del Senado, lo sucedido en la Asamblea y el edicto de los cónsules. Durante la noche siguiente a la exposición de los hechos en la Asamblea, se apostaron guardias en todas las puertas, siendo arrestados por los triunviros, y obligados a volver, muchos que intentaron escapar. Se denunciaron muchos nombres y algunos de ellos, tanto hombres como mujeres, se suicidaron Se afirmó que más de siete mil personas de ambos sexos estaban implicadas en la conspiración. Los cabecillas fueron, al parecer, los dos Atinios, Marco y Cayo, miembros ambos de la plebe; Lucio Opicernio, de Falerio, y Minio Cerrinio, un campano. Ellos fueron los instgadores y organizadores de todos los crímenes y ultrajes, los sumos sacerdotes y fundadores de aquel culto. Se procuró arrestarlos lo antes posible y al comparecer ante los cónsules lo confesaron todo inmediatamente.

[39,18] Fue tan grande, sin embargo, el número de los que huyeron de la Ciudad que, al quedar sin efecto las incautaciones y acusaciones, y viéndose obligados los pretores Tito Menio y Marco Licinio, por intervención del Senado, a aplazar sus juicios treinta días para permitr a los cónsules completar sus investgaciones. Debido al hecho de que las personas cuyos nombres estaban en la lista no respondieron a la citación y no se les encontró en Roma, los cónsules tenían que visitar las poblaciones rurales, investgar y juzgar sus casos en ellas. Aquellos que simplemente habían sido iniciados, esto es, los que habían repetido, tras dictarla el sacerdote, la forma prescrita de la imprecación por la que se comprometa a toda forma de maldad e impureza, pero que no habían partcipado ni activa ni pasivamente en ninguno de los hechos a los que sus juramentos los ataban, los dejaban en la cárcel. Aquellos que se habían contaminado mediante indignidades o asesinatos, o que se habían manchado con falsos testimonios, falsos sellos y testamentos, así como otras prácticas fraudulentas, fueron condenados a muerte. El número de los ejecutados superó el número de los condenados a penas de prisión; en ambas grupos hubo gran cantidad tanto de hombres como de mujeres. Las mujeres que habían sido declaradas culpables fueron entregadas a sus familiares o tutores para que actuaran contra ellas en privado; si no había nadie con potestad para infigir el castgo, este se aplicaba en público. La siguiente tarea a afrontar por los cónsules fue la destrucción de los santuarios del culto de Baco, empezando por Roma y siguiendo luego por todo lo largo y lo ancho de Italia; solo se exceptuó aquellos donde existía un altar antiguo o una imagen consagrada. Después se aprobó un senadoconsulto por el cual, en el futuro, no habría bacanales en Roma ni en Italia. Si alguien consideraba que esta forma de culto era una obligación solemne y necesaria, y que no podía prescindir de ella sin sentrse culpable de impiedad, debería efectuar una declaración ante el pretor urbano; el pretor debería consultar al Senado y, si el Senado lo autorizaba estando presentes no menos de cien senadores, podría observar los ritos a condición de que no tomasen parte en ellos más de cinco personas, que no tuviesen fondo común, ni maestro de ceremonias ni sacerdote [el CIL I,581 recoge el hallazgo, el siglo XVII, de una pieza de bronce con el Senativsconsvltivm de Bacchanalibvs.-N. del T.].

[39.19] El cónsul Quinto Marcio presentó otra propuesta, relacionada con esto y que fue objeto de un decreto, a saber, los casos de quienes los cónsules habían empleado como informantes. Se decidió que se dejaría la cuestón para ser tratada en cuanto Espurio Postumio hubiera cerrado su investgación y estuviese de regreso en Roma. El Senado decidió que el campano Minio Cerrinio fuera enviado a Ardea para ser encerrado, advirténdose a sus magistrados que lo mantuvieran bajo estrecha vigilancia para impedir no solo su fuga, sino cualquier intento de suicidio. Espurio Postumio regresó a Roma bastante después. Presentó a discusión la cuestón de las recompensas que se debían otorgar a Publio Ebucio y a Hispala Fecenia, pues gracias a su ayuda se habían podido descubrir las bacanales. El Senado decidió que el pretor urbano entregaría a cada uno de ellos cien mil ases del Tesoro y que el cónsul debería acordar con los tribunos que se propusiera a la plebe, a la primera oportunidad, que Publio Ebucio quedara exento del servicio militar y que no se le obligara, a menos que él lo deseara, a servir ni en infantería ni en caballería. Se concedió a Fecenia el derecho a disponer de sus propiedades como le placiera, a casarse fuera de su gens y a elegir a su propio tutor, como si se lo hubiera asignado un marido mediante su testamento. Tendría también libertad para casarse con un hombre nacido libre, sin que ninguno que se casase con ella sufriese merma en su reputación o posición. Y aún más, los cónsules y pretores entonces en activo, así como aquellos que les sucedieran, cuidarían que no se infigiera ningún daño a la mujer, sino que viviera con seguridad. Estas propuestas eran las que el Senado consideraba justas y deseaba que se procediera de aquel modo. Todas ellas fueron presentadas a la plebe, resultando confirmada la resolución del Senado; en lo referente a la inmunidad y recompensas de otros informadores, se dejó la decisión en manos de los cónsules.

[39.20] Había por entonces terminado Publio Marcio su investgación en el distrito que se le encomendó, y se preparaba para marchar a su provincia de Liguria. Se le reforzó con tres mil infantes romanos y ciento cincuenta jinetes, junto a un contingente de aliados latinos de cinco mil infantes y doscientos jinetes. Esta provincia también se le había decretado a su colega, en unión con él, y también recibió el mismo número de soldados de infantería y de caballería. Se hicieron cargo de los ejércitos que habían mandado los cónsules anteriores, alistando dos nuevas legiones previa autorización del Senado. Exigieron a los aliados latinos que proporcionasen veinte mil infantes y ochocientos jinetes, llamando así mismo a tres mil infantes y a ochocientos jinetes romanos. A todas estas fuerzas, con excepción de las legiones, se las destinó a reforzar los ejércitos en Hispania. Mientras los cónsules estuvieron ocupados con sus investgaciones, nombraron a Tito Menio para supervisar el alistamiento de las tropas. Publio Marcio fue el primero en terminar su investgación y partió de inmediato contra los ligures apuanos. Cuando se hallaba siguiéndolos hasta las profundidades de bosques escondidos, donde solían refugiarse y ocultarse, el enemigo tomó un estrecho desfiladero y lo rodeó en una posición desventajosa. Se perdieron cuatro mil hombres, tres estandartes de la segunda legión y once de los aliados latinos cayeron en manos enemigas, junto con gran cantidad de armas que los fugitivos, al ver que obstaculizaban su fuga, arrojaron por doquier en los caminos del bosque. El enemigo detuvo su persecución antes que los romanos su huída. En cuanto el cónsul salió del territorio enemigo, y para evitar que se conociera la extensión de sus pérdidas, licenció al ejército. No pudo, sin embargo, borrar el recuerdo de la derrota sufrida: El paso donde los ligures lo habían puesto en fuga recibió después el nombre de "paso de Marcio".

[39,21] No bien se habían difundido las nuevas de Liguria, se recibió una carta de Hispania que produjo sentimientos mezclados de alegría y dolor. Cayo Atinio, que dos años antes había ido a la provincia como propretor, libró una batalla campal contra los lusitanos en las proximidades de Hasta [la actual Mesas de Asta, en el término de Jerez de la Frontera, Cádiz.-N. del T.]. Se dio muerte a seis mil enemigos, siendo el resto derrotados y expulsados de su campamento. Llevó después a las legiones a un ataque contra la ciudad fortificada de hasta, que capturó con tan poca dificultad como la que halló para capturar el campamento. Sin embargo, mientras se aproximaba a las murallas un tanto imprudentemente, resultó alcanzado por un proyectl, muriendo en pocos días de sus heridas. Cuando se leyó la carta que comunicaba su muerte, el Senado fue de la opinión de que se debía enviar un correo al pretor Cayo Calpurnio, en el puerto de Luna, e informarle de que el Senado le aconsejaba apresurar su partda, pues aquella provincia no podía quedar sin un administrador. El correo llegó a Luna en cuatro días, pero Calpurnio había partido unos días antes. En la Hispania Citerior también se produjeron combates: Lucio Manlio Acidino luchó contra los celtiberos justo en el momento en que Cayo Atinio llegaba a la provincia. La batalla resultó indecisa, excepto porque los celtiberos desplazaron su campamento a la noche siguiente y el enemigo permitó así a los romanos que enterraran a sus muertos y recogieran los despojos de los enemigos. Unos días más tarde, los celtiberos, tras reunir una fuerza mayor, tomaron la iniciativa y atacaron a los romanos cerca de la ciudad de Calahorra [la antigua Calagurris.-N. del T.]. La tradición no da ninguna explicación de por qué, pese al aumento de su número, demostraron ser más débiles. Fueron derrotados en la batalla; murieron doce mil, se hizo prisioneros a dos mil y los romanos se apoderaron de su campamento. Si su sucesor no hubiera detenido el victorioso avance de Calpurnio, los celtiberos habrían sido sometidos. El nuevo pretor trasladó ambos ejércitos a sus cuarteles de invierno.


[39.22] En el momento en que se recibieron estas noticias de Hispania, se celebraron durante dos días, y por motivos religiosos, los juegos Taurios [presuntamente establecidos por Tarquinio el Soberbio en honor de los dioses infernales, para conjurar una epidemia.-N. del T.]. A estos les siguieron los juegos que Marco Fulvio había ofrendado durante la guerra Etolia y que se celebraron con gran magnificencia durante diez días. Llegaron de Grecia muchos artistas con ocasión de ellos, siendo también la primera vez que se vieron en Roma certámenes atléticos. Constituyó una novedad la caza de leones y panteras, presentándose todo el espectáculo casi con tanto esplendor y variedad como los de la actualidad. Cayó una lluvia de piedras en Piceno, que duró tres días, y se cuenta que en diversos lugares se precipitó fuego desde el cielo, quemando principalmente las ropas de muchas personas. Como consecuencia de estos signos, se celebró un novenario religioso al que se añadió un día adicional por orden de los pontfices debido a que el templo de Ops, en el Capitolio, fue alcanzado por un rayo. Los cónsules sacrificaron víctimas adultas y purificaron la Ciudad. Casi al mismo tiempo, llegó un informe desde Umbría comunicando el hallazgo de un niño de nueve años de edad que era hermafrodita. Horrorizados ante tal portento, ordenaron que fuera sacado cuanto antes de territorio romano y que se le diera muerte.

Aquel años pasado a Venecia algunos galos transalpinos, quienes sin provocar daño alguno ni intentar hostlidades. Tomaron posesión de ciertos terrenos no lejos de donde ahora está Aquilea, fundando una ciudad fortificada. Se enviaron embajadores romanos más allá de los Alpes para recabar información sobre aquel hecho, siendo informados de que la migración se había producido sin autorización de su tribu, no sabiéndose qué estaban haciendo en Italia. Por aquel tiempo, Lucio Escipión celebró durante diez días los Juegos que había prometido con voto en la guerra contra Antioco; el coste se sufragó con el dinero aportado por los reyes y ciudades de Asia. Según Valerio Antas, fue enviado, después de su condena y la venta de sus propiedades, como embajador especial para resolver las diferencias entre Antioco y Eumenes, y fue durante el transcurso de esta misión cuando recibió las aportaciones económicas y reunió actores de todas partes de Asia. Solo tras el cumplimiento de su misión se trató en el Senado el asunto de estos Juegos a los que no se había referido tras la finalización de la guerra en que decía haberlos ofrendado.

[39,23] Como el año ya llegaba a su fin, Quinto Marcio iba a dejar su cargo estando ausente; Espurio Postumio, que ya había completado las investgaciones que había dirigido con la más escrupulosa imparcialidad, celebró las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Apio Claudio Pulcro y Marco Sempronio Tuditano [para el 185 a.C.-N. del T.]. Al día siguiente se eligieron los pretores: Publio Cornelio Cétego, Aulo Postumio Albino, Cayo Afranio Estelión, Cayo Atilio Serrano, Lucio Postumio Tempsano y Marco Claudio Marcelo. Espurio Postumio había informado de que, al mismo tiempo que efectuaba sus investgaciones, había recorrido ambas costas de Italia y había hallado despobladas dos colonias: Siponto en el Adriátco y Buxentum en el Tirreno. El pretor urbano, Tito Menio, en virtud de un decreto del Senado, nombró triunviros para alistar colonos con aquel destino a Lucio Escribonio Libón, Marco Tucio y Cneo Bebio Tánfilo. La guerra que se aproximaba contra Perseo y los macedonios no tuvo su origen en lo que la mayoría imagina, ni tampoco en el mismo Perseo. Los primeros movimientos fueron hechos por Filipo y, de haber vivido más tiempo, él mismo la hubiera emprendido. Una vez le hubieron sido impuestas las condiciones de paz tras su derrota, lo que más lo irritó fue la negativa del Senado ante su pretensión de castgar a aquellos de los macedonios que se habían rebelado contra él durante la guerra. Al establecer las condiciones de paz, Quincio había dejado este punto para una posterior consideración, por lo que albergó esperanzas de ver satsfecha su reclamación. Un segundo motivo de queja fue que, cuando Antioco resultó derrotado en las Termópilas y ambos ejércitos se separaron, avanzando el cónsul Acilio contra Heraclea y Filipo contra Lamia, se le ordenó retrarse frente a las murallas de Lamia, tras la captura de Heraclea, y la ciudad se rindió a los romanos. El cónsul, que a toda prisa se dirigía a Lepanto, donde se habían concentrado los etolios después de su huida, apaciguó la ira de Filipo permiténdole hacer la guerra a Atamania y a Aminandro, incorporando a su reino las ciudades que los etolios habían arrebatado antes a los tracios. Expulsó a Aminandro de Atamania sin muchos problemas y tomó algunas de sus ciudades. También redujo a Demetrias, una ciudad fuerte y bien situada en todos los aspectos, y puso bajo su dominio a la tribu de los magnetes. En Tracia, además, había algunas ciudades muy revueltas debido a las disputas de sus dirigentes y el mal uso de una libertad a la que no estaban acostumbrados; a estas se las aseguró apoyando a la parte más débil en tales confictos internos.

[39,24] Por el momento, estos éxitos disiparon la ira del rey contra los romanos. Nunca, sin embargo, desvió su atención de acumular durante los años de paz tantas fuerzas como pudo, para cuando se le presentase una oportunidad favorable para emplearla en una guerra. Elevó los impuestos que gravaban los productos agrícolas y aumentó la cuanta de los tribunos sobre las importaciones y las exportaciones; abrió nuevamente antiguas minas en desuso de oro y plata, y comenzó la explotación de otras nuevas. Con el fin de compensar la pérdida de población provocada por las guerras, obligó a todos sus súbditos a procrear y criar hijos. Asimismo, trasladó un gran número de tracios a Macedonia y de esta manera, durante todo el tiempo que no tuvo que intervenir en ninguna guerra, dedicó todos sus pensamientos y cuidados a incrementar el poder y recursos de su reino. Posteriormente, se produjeron nuevos incidentes que contribuyeron a reavivar su indignación contra los romanos. Los tesalios y los perrebios protestaron porque retuviera su soberanía sobre sus ciudades; los embajadores del rey Eumenes también se quejaron por la ocupación forzosa de ciudades de Tracia y el traslado de población a Macedonia. La acogida de estas protestas dejó claro que no serían ignoradas. Lo que más preocupó en el Senado fue la noticia de que tenía la intención de apoderarse de Eno y Maronea; los tesalios les preocupaban menos. También aparecieron delegados de Atamania para quejarse, no ya por la pérdida de una parte de su país o del quebrantamientos de las fronteras, sino del sometimiento de toda Atamania a la autoridad del rey. Habían llegado, además, algunos refugiados maronitas de los que resultaron expulsados por haber tratado de defender su libertad contra la guarnición del rey. Estos declararon que tanto Maronea como Eno estaban en poder de Filipo. También llegaron enviados de Filipo para defenderlo contra estos cargos. Afirmaron que no se había hecho nada sin autorización de los generales romanos; que las ciudades de los tesalios, perrebios y magnetes, así como los pueblos de Atamania con su rey Aminandro, estaban en el mismo caso que los etolios porque, cuando tras la expulsión de Antioco, el cónsul se ocupó en el asedio de las ciudades de Etolia, envió a Filipo para tomar las ciudades en cuestón; ahora estaban sometdas por las armas. El Senado, para no llegar a ninguna decisión en ausencia del rey, dispuso el envío de Quinto Cecilio Metelo, Marco Bebio Tánfilo y Tiberio Sempronio, como delegados especiales, para resolver la controversia. Con antelación a su llegada, se mandó aviso a todas las ciudades concernidas por sus diferencias con el rey de que se celebraría una conferencia en Tempe, en Tesalia.

[39,25] Cuando todos hubieron ocupado sus asientos -los comisionados romanos como árbitros; los tesalios, perrebios y atamanes, como abiertos acusadores; y Filipo, que tenía que escuchar las acusaciones que se le hacían, como parte demandada-los jefes de las distintas delegaciones revelaron sus caracteres según la actitud que asumieron hacia Filipo, fuera de simpata o de más o menos violento antagonismo. La discusión giró en torno a la situación de las ciudades de Gonfos, Tríkala, Faloria, Eurímenas [Gonfos pudiera ser la antigua Filipópolis, a no confundir con la ciudad Tracia que luego sería la actual Plovdiv, en Bulgaria; Tríkala es la antigua Trica.-N. del T.], y las otras ciudades próximas. La cuestón era si pertenecían de pleno derecho a Tesalia, pese a haber sido capturadas y tomadas mediante la fuerza por los etolios -pues se admita que era a los etolios a quienes se las había arrebatado Filipo-o si desde siempre habían sido ciudades etolias. Se argumentaba que Acilio se las había concedido al rey en el bien entendido de que pertenecieran los etolios y se hubieran sumado a ellos voluntariamente, no bajo la coacción de las armas. Una cuestón similar se planteó con respecto a las ciudades de Perrebia y Magnesia, ya que los etolios, al apoderarse de estas ciudades cuando tuvieron ocasión, habían mezclado en un mismo conjunto los derechos de todas ellas. Se añadían a estas controversias las quejas de los tesalios, que señalaban que si aquellas ciudades se les devolvían tal y como estaban, les serían devueltas saqueadas y despobladas. Pues, en efecto, además de los perdidos por la guerra, se había llevado a quinientos de los principales jóvenes a Macedonia, donde malgastaban sus energía en trabajos serviles, y aquello que se vio obligado a devolver a Tesalia procuró hacerlo en un estado inservible. En épocas anteriores, el único puerto mercantl próspero al que tenían acceso los tesalios era Tebas Ftas, del que obtenían ganancias e ingresos. El rey había dispuesto una flota mercante que, dejando de lado Tebas, hacía la ruta hacia Demetrias y apartaba de esa manera el tráfico marítimo de aquel puerto. Las cosas habían llegado ya a tal punto que no vacilaba en hacer violencia a sus embajadores, que estaban protegidos por el derecho de gentes; les había asaltado y capturado cuando estaban de camino para ver a Tito Quincio. La totalidad de Tesalia, por tanto, estaba tan intimidada que nadie se atrevía a abrir la boca, ni en sus ciudades ni en su asamblea nacional. Los romanos, los defensores de sus libertades, estaban muy lejos; a su lado tenían un tirano opresivo que les impedía gozar de los beneficios que el pueblo de Roma les había concedido. ¿Qué libertad había allí si faltaba la libertad de palabra? Incluso entonces, y gracias a que confiaban en el apoyo de los comisionados, podían quejarse más que hablar. A menos que los romanos tomaran alguna medida para controlar la audacia de Filipo y aliviar los miedos de los griegos vecinos de Macedonia, de nada serviría la derrota de aquel y su liberación. Si no obedecía al freno, habría que sujetarlo apretando un poco más el bocado. Estas fueron las amargas invectivas de los últimos que hablaron; los primeros oradores habían intentado suavizar la ira del rey pidiendo al rey que perdonara a quienes hablaban en defensa de sus libertades. Expresaron la esperanza de que dejara de lado el rigor del amo y se resignara a converitrse en su amigo y aliado, siguiendo así el ejemplo de los romanos, que preferían extender sus alianzas mediante el afecto antes que por el miedo. Tras los tesalios, los perrebios expusieron su caso. Estos alegaron que Gonocóndilo, a la que Filipo había rebautzado como Olimpia, había pertenecido a Perrebia y solicitaban su devolución. Pedían lo mismo respecto a Malea y Ericinio. Los atamanes trataban de recuperar su independencia y los puestos fortificados de Ateneo y Petineo.

[39.26] Filipo apareció más como acusador que como demandado. Empezó por acusar a los tesalios de capturar Menelaide por las armas, en Dolopia, una plaza que pertenecía a su reino, y de capturar, en unión con los perrebios, Petra, en Pieria. Incluso Xinias, una ciudad etolia más allá de toda, quedó bajo dominio de los tesalios, y se adueñaron de Paraqueloide, que pertenecía a Atamania, sin ningún ttulo legal. En cuanto a las acusaciones que se le hacían sobre haber emboscado a unos embajadores y de provocar el uso o el abandono de puertos de mar, esta segunda resultaba absurda al no ser él responsable de las preferencias de los comerciantes o los patrones por determinados puertos; en cuanto a la primera, aquello era completamente contrario a su carácter. Durante todos aquellos años, se le había acusado constantemente tanto ante los generales romanos como ante el Senado de Roma. ¿A alguno se le había maltratado, siquiera de palabra? Hablaban de una vez en se había emboscado a los que iban a ver a Quincio, pero no añadían qué les había ocurrido. Aquellas eran las acusaciones de los hombres que buscan falsos cargos, pues no los tienen verdaderos. Los tesalios, insolentemente, abusaban de la indulgencia del pueblo de Roma; como quienes tras un largo periodo de sed bebían vino ansiosamente, se habían embriagado con la libertad. Al igual que los esclavos repentinamente manumitidos, querían mostrar su libertad sin poner freno alguno a su lenguaje y se preciaban de insultar a sus antiguos amos. A continuación, en un acceso de cólera, exclamó: "¡Aún no se ha puesto el sol de todos los días!" Tanto los tesalios como los romanos tomaron aquello como una amenaza dirigida contra ellos. Cuando los murmullos de desaprobación ante estas palabras se hubieron disipado, replicó a los enviados perrebios y atamanes sosteniendo que las ciudades que representaban estaban en la misma situación que las demás: Acilio y los romanos se las habían entregado a él en un momento en que estaban en el bando enemigo. Si los donantes querían volverse atrás de lo que habían concedido, él sabía que tendría que renunciar a ellas; pero, en tal caso, se estarían congraciando con aliados inconstantes e inútiles, y cometendo una injusticia con un amigo mejor y que lo merecía más. Ningún agradecimiento tenía una vida más corta que el sentido por el don de la libertad, especialmente entre aquellos que estaban dispuestos a abusar de ella y malgastarla. Después de escuchar a todas las partes, los comisionados anunciaron su decisión: Deberían ser retiradas las guarniciones del rey de las ciudades en disputa y su reino se limitaría a las antiguas fronteras de Macedonia. En cuanto a las denuncias que cada parte hacía contra la otra, se debería consttuir un tribunal de arbitraje para resolver las diferencias entre estos pueblos y los macedonios.

[39,27] Dejando al rey intensamente molesto, los comisionados marcharon a Tesalónica para examinar la cuestón de las ciudades de Tracia. Aquí se reunieron con los enviados de Eumenes, quienes les dijeron que ellos, por respeto, nada tenían que decir si los romanos deseaban la libertad de Eno y Maronea, pero que les recomendaban que esa libertad fuera real y no solo de nombre, y que no permiteran que nadie les robara esa concesión. Pero si pensaban que la cuestón de las ciudades de Tracia tenía relativamente poca importancia, sería mucho más razonable que aquellas que habían estado bajo el dominio de Antioco quedaran como botín de guerra para Eumenes, en vez de para Filipo. Esto sería un pago a Eumenes por los servicios prestados por Atalo, su padre, durante la guerra librada por el pueblo romano contra aquel mismo Filipo, además de por aquellos que él mismo había prestado al partcipar de todos los trabajos y peligros, tanto por tierra como por mar, en la guerra contra Antioco. Más aún, tenía también Eumenes a su favor la decisión que habían tomado los diez comisionados, pues al concederle el Quersoneso y Lisimaquia le habían concedido también sin duda Eno y Maronea, pues esas dos ciudades, por su proximidad, formaban como apéndices de la concesión principal."¿Qué servicio prestado al pueblo romano, o qué derecho soberano podría aducir Filipo que justficara el que hubiera forzado la entrada de sus guarniciones en estas ciudades, tan alejadas de las fronteras de Macedonia? Podían llamar a los maronitas, y así podrían enterarse exactamente sobre todo los referido al estado de ambas ciudades". Entonces fueron llamados los representantes de los maronitas. Estos contaron a los comisionados que las fuerzas del rey no se habían confinado en una zona de la ciudad, como en otras poblaciones, sino esparcidos por doquier; toda la ciudad estaba llena de macedonios. Los partidarios del rey se habían hecho los amos; solo a ellos se les permita hablar en el senado y en la asamblea, asegurándose todos los puestos para ellos y sus amigos. Todo ciudadano respetable que tuviera algún respeto por la libertad y la ley había sido expulsado de su tierra natal o, deshonrado y a merced de la turba, fue obligado a permanecer en silencio. Explicaron brevemente cuáles eran sus legítimas fronteras, afirmando que cuando Quinto Fabio Labeo estuvo en aquellas tierras, había fijado como frontera al rey Filipo el antiguo camino real que lleva a Parorea, en Tracia, sin torcer nunca hacia el mar; posteriormente, Filipo construyó una nueva vía mediante la que abarcó las ciudades y tierras de los maronitas.

[39,28] Filipo respondió siguiendo un curso muy diferente en su réplica del que había adoptado respecto a los tesalios y los perrebios. "Mi controversia -comenzó-no es con los maronitas o con Eumenes, sino con vosotros, los romanos. Hace ya tiempo que me doy cuenta de que no recibo nunca un trato justo por vuestra parte. Consideraba justo y apropiado que me fueran devueltas las ciudades macedonias que se rebelaron contra mí durante la suspensión de hostlidades, y no porque ello fuera a significar un gran aumento de mi reino, ya que son lugares pequeños situados en los mismos confines, sino porque aquel ejemplo sería de gran importancia para contener al resto de macedonios. Esto me fue negado. Durante la guerra Etólica, Manio Acilio me ordenó atacar Lamia y cuando, tras largos y agotadores trabajos de asedio y combates, estaba ya por fin coronando las murallas, con la ciudad casi tomada, el cónsul me hizo llamar y me obligó a retrar mis tropas. Como una especie de consuelo por esta injusticia, se me permitó capturar algunas plazas en Tesalia, Perrebia y Atamania -fuertes, más que ciudades. Son esos mismos lugares que tú, Quinto Cecilio, me has quitado hace pocos días.

"Hace solo un momento, los enviados de Eumenes, según place a los dioses, afirmaban como algo fuera de toda duda que sería más justo que Eumenes poseyera lo que perteneció a Antioco, no yo. Mi opinión es muy diferente. A menos que los romanos no hubieran vencido, no ya intervenido, en aquella guerra, Eumenes no habría podido permanecer en su trono. Así que es él quien está en deuda con vosotros, y no vosotros con él. Tan lejos estaba ninguna zona de mi reino de verse amenazada, que cuando Antioco trató de comprar mi apoyo prometéndome tres mil talentos, cincuenta naves con cubierta y todas las ciudades de Grecia que anteriormente le habían pertenecido, yo rechacé su oferta y me declaré su enemigo, aún antes de que Manio Acilio desembarcara en Grecia con su ejército. De acuerdo con él, me hice cargo de las operaciones bélicas que me asignó; y cuando su sucesor, Lucio Escipión, decidió llevar a su ejército por tierra al Helesponto, no solo le permit paso libre por mis dominios, sino que dispuse carreteras, construí puentes y le proporcioné suministros, no solo a través de Macedonia, sino también por Tracia donde, entre otras cosas, hube de asegurar el comportamiento pacífico de los bárbaros. A cambio de estas pruebas de mi buena voluntad hacia vosotros -no las llamaré servicios-¿qué era lo adecuado que hicierais vosotros: añadir y ampliar mi reino con vuestra generosidad o quitarme, como ahora hacéis, lo que era mío por derecho o por concesión vuestra? No se me devuelven las ciudades de Macedonia que, vosotros mismos lo admits, formaban parte de mis dominios. Eumenes ha venido aquí para despojarme como si yo fuera Antioco; y tiene el descaro de presentar la decisión de los diez comisionados para encubrir sus deshonestas intrigas: en efecto, mediante esa misma decisión se le puede refutar con toda eficacia. Se dice muy clara y explícitamente en ella que el Quersoneso y Lisimaquia se conceden a Eumenes. ¿Dónde se mencionan las ciudades tracias, Eno y Maronea? ¿Va a obtener de vosotros lo que no se atrevió a pedirles a ellos, como si se lo hubieran concedido? Para mí, resulta importante saber en qué consideración me tenéis. Si tenéis intención de perseguirme como a un enemigo, seguid como habéis comenzado; pero si sents algún respeto hacia mí, como rey aliado y amigo, os ruego que no me consideréis digno de tan gran injusticia".

[39.29] El discurso del rey impresionó un tanto a los comisionados. Así pues, dejaron el asunto sin decidir y dieron una respuesta de compromiso: Si las ciudades en cuestón fueron entregadas a Eumenes por el dictamen de los diez comisionados, dijeron, ellos no harían cambio alguno; si Filipo las había capturado durante la guerra, las conservaría como botín de guerra; si no se daban ninguno de los dos supuestos anteriores, la cuestón se remitría al Senado para su consideración. Con el fin de que las cosas quedasen como estaban, deberían retrarse las guarniciones que estaban en aquellas ciudades. Estas fueron las razones principales por las que Filipo se volvió contra los romanos. Así pues, no fue Perseo el que inició la guerra por motivos nuevos, sino que podría considerarse como un legado de su padre. En Roma no se pensaba en una guerra contra Macedonia. El procónsul Lucio Manlio había regresado de Hispania. El Senado se reunió en el templo de Bellona y aquel presentó su solicitud para que se le permitera celebrar su triunfo. La magnitud de las empresas afrontadas justficaba su petción, pero existan precedentes en su contra: la costumbre inmemorial era que ningún comandante gozaría de un triunfo a menos que hubiera traído con él a su ejército, o por lo menos que hubiese dejado a su sucesor una provincia completamente dominada y pacificada. Sin embargo, se concedió a Manlio el honor intermedio de entrar en Roma y recibir la ovación. Fueron llevadas en su procesión cincuenta y dos coronas de oro, ciento treinta y dos libras de oro y dieciséis mil libras de plata; anunció ante el Senado que su cuestor, Quinto Fabio, llevaba diez mil libras de plata y ochenta de oro que también serían depositadas en el tesoro [en total, sin contar las coronas, 69,32 kilos de oro y 8600 de plata.-N. del T.]. Aquel año se produjo en Apulia una gran revuelta de esclavos. El pretor Lucio Postumio tenía la administración de la provincia de Tarento; investgó y procedió con gran energía contra una banda de pastores que habían vuelto inseguros los caminos y los pastos públicos, llegando a condenar a cerca de siete mil personas. Muchos dieron a la fuga y otros muchos fueron ejecutados. Los cónsules, que durante largo tiempo habían estado retenidos en las cercanías de Roma por el alistamiento de las tropas, partieron finalmente hacia sus provincias.

[39,30] En Hispania, a comienzos de la primavera, los pretores Cayo Calpurnio y Lucio Quincio sacaron a sus fuerzas de los cuarteles de invierno y unieron sus fuerzas en Beturia [la región comprendida entre los ríos Guadiana y Guadalquivir -Annas y Betis, en latin-N. del T.] ; como el enemigo estaba acampado en la Carpetania, avanzaron hacia allí dispuestos a dirigir sus operaciones de mutuo acuerdo. El combate se inició, entre partdas de forrajeadores, en un lugar no muy lejos de las ciudades de Dipo [esta Dipo resulta desconocida, pues aquella de la que se tiene noticia está situada entre Mérida y Ebora.-N. del T.]

y Toledo; recibieron refuerzos de ambos campamentos y gradualmente se vio arrastrada a la lucha la totalidad de ambos ejércitos. En aquella lucha desorganizada, el enemigo se vio ayudado por su conocimiento del terreno y las características el combate. Los dos ejércitos romanos fueron derrotados y obligados a retroceder hasta su campamento. El enemigo no presionó a sus desmoralizados adversarios. Los comandantes romanos, temiendo que el campamento pudiera ser asaltado a la mañana siguiente, retraron a sus ejércitos en silencio durante la noche. Los hispanos formaron en orden de combate al amanecer y marcharon contra la empalizada; sorprendidos al encontrar el campamento vacío, entraron en él y se apoderaron de cuanto fue dejado atrás en la confusión de la noche. Después de esto, regresaron a su propio campamento y permanecieron inactivos durante algunos días. Las pérdidas de los romanos y los aliados en la batalla ascendieron a cinco mil muertos, armándose el enemigo con los despojos de sus cuerpos. Luego se trasladaron hasta el río Tajo.

Los generales romanos, mientras tanto, dedicaron todo su tiempo a alistar tropas auxiliares hispanas de las ciudades aliadas y a restaurar la moral de sus hombres tras el pánico de la derrota. Cuando consideraron que ya eran lo bastante fuertes y los propios soldados les pedían enfrentarse al enemigo y limpiar su deshonra, avanzaron y fijaron su campamento a una distancia de doce millas del río Tajo [17760 metros.-N. del T.]. Luego, a la tercera guardia, partieron con los estandartes desplegados, y en formación de cuadro llegaron al Tajo al amanecer. El campamento enemigo estaba sobre una colina al otro lado del río. Había dos lugares por los que se podía vadear el río y por ellos fueron llevados rápidamente los ejércitos: Calpurnio por el de la derecha y Quincio por el de la izquierda. El enemigo permaneció inmóvil, desconcertado por el repentino avance de los romanos y preguntándose qué hacer cuando podrían haber atacado a los romanos y ponerlos en desorden mientras atravesaban el río. Mientras tanto, los romanos habían hecho cruzar sus bagajes y los habían reunido en un solo punto. No quedaba tiempo para montar un campamento atrincherado y, viendo que el enemigo se había puesto en movimiento, se desplegaron en línea de batalla. Dos legiones, la quinta, del ejército de Calpurnio, y la octava, del de Quincio, formaron en el centro, la posición más fuerte de todo el ejército. El terreno era llano y despejado hasta el campamento enemigo, sin que se pudieran temer sorpresas o emboscadas.

[39,31] Cuando los hispanos vieron las dos columnas romanas a este lado del río, decidieron enfrentárseles antes de que pudieran formar un frente unido y, saliendo de su campamento, corrieron a la batalla. La batalla se inició con mucha dureza, pues los hispanos estaban plenos de moral tras su reciente victoria y a los romanos les aguijoneaba una humillación a la que no estaban habituados. El centro romano, formado por dos de las más agresivas legiones, peleó con gran valor; y el enemigo, viéndose incapaz de desalojarlos de cualquier otra manera, formó en cuña y, concentrados así y cada vez más numerosos, presionaban sobre el centro. Cuando el pretor Calpurnio vio que la formación tenía problemas allí, envió a los lugartenientes Tito Quintlio Varo y Lucio Juvencio Talna, cada uno a una legión, con orden de restaurar su ánimo y hacerles recordar que todas sus esperanzas de victoria y de mantener su dominio sobre Hispania residían en ellos; si cedían, ni un solo hombre vería no ya Italia, sino ni siquiera la otra orilla del Tajo. Él mismo, con la caballería de ambas legiones, dio un pequeño rodeo y cargó contra el fanco de la cuña enemiga que presionaba el centro; Quincio, con la caballería aliada, lanzó una carga similar por el otro fanco. Sin embargo, la caballería bajo el mando de Calpurnio luchó con mayor determinación, y el pretor más que nadie. Él fue el primero en cargar contra el enemigo, moviéndose de tal manera entre las filas de combatentes que resultaba difcil reconocer a qué bando pertenecía. El notable valor del pretor encendió el de la caballería, y el de la caballería encendió el de la infantería. Los centuriones principales, viendo al pretor en medio de los proyectiles arrojados por el enemigo, sinteron que su honor propio estaba en juego y cada uno de ellos urgió a su signífero, gritándoles para que hicieran avanzar sus estandartes y apremiando a sus soldados para que los siguieran de inmediato. Se elevó nuevamente el grito de guerra de todo el ejército y todos se lanzaron hacia delante, como si cargaran desde un terreno más elevado. Igual que un torrente, se precipitan y abaten a su desconcertado enemigo, y les resulta imposible resistr su ataque en cargas continuadas. La caballería persiguió a los fugitivos hasta su campamento e irrumpió en él, mezclada con la masa de enemigos. Aquí dio comienzo un nuevo combate entre los que habían quedado para vigilar el campamento y los jinetes romanos, que se vieron obligados a desmontar y luchar a pie. La quinta legión se unió entonces a los combatentes, subiendo el resto tan rápidamente como pudo. Los hispanos fueron destrozados por todas partes del campamento; no escaparon más de cuatro mil hombres. De estos, alrededor de tres mil, que habían conservado sus armas, ocuparon una monte próximo y el resto, solo a medio armar, se dispersó por los campos. La cantidad de enemigos había ascendido a más de treinta y cinco mil, de los que solo sobrevivió a la batalla aquel pequeño número. Se capturaron ciento treinta y dos estandartes. De los romanos y los aliados, cayeron poco más de seiscientos; de los auxiliares de la provincia, alrededor de ciento cincuenta. La pérdida de cinco tribunos militares y unos pocos caballeros romanos dio la impresión de una victoria notablemente sangrienta [preferimos traducir aquí por caballeros, en vez de jinetes, porque la "impresión de una victoria notablemente sangrienta" se debía a la pérdida de bastantes nobles, que servían como oficiales superiores o en la caballería, cuya pérdida se publicitaba más en aquella sociedad profundamente clasista que la de los simples ciudadanos y porque se tendía a suponer que unas bajas elevadas entre los nobles implicaban otras, aún más elevadas, entre la plebe.-N. del T.]. Como no habían tenido tiempo de fortificar su propio campamento, se quedaron en el del enemigo. Al día siguiente, Calpurnio dirigió unas palabras de agradecimiento y elogio a la caballería, regalando fáleras [discos de metal que servían a modo de coraza.-N. del T.] a los jinetes. Les dijo que la derrota del enemigo y la captura de su campamento se debió principalmente a su actuación. El otro pretor, Quincio, regaló cadenas y fbulas a sus jinetes. También recibieron recompensas los centuriones de ambos ejércitos, especialmente aquellos que habían ocupado el centro de la formación.

[39,32] Una vez finalizados el alistamiento de tropas y los demás asuntos que debían ser resueltos en Roma, los cónsules marcharon a Liguria, su provincia, al mando del ejército. Sempronio avanzó desde Pisa contra los ligures apuanos y, tras devastar sus campos y quemar sus aldeas y poblados fortificados, dejó paso libre hacia el río Macra y el puerto de Luna. Los enemigos se asentaron en un monte donde antiguamente lo habían hecho sus antepasados, pero aunque la aproximación resultaba muy difcil fueron expulsados de allí por la fuerza. En valor y buena fortuna, Apio Claudio no estaba por detrás de su colega. Logró varias victorias sobre los ligures ingaunos, tomó seis de sus ciudades al asalto e hizo prisioneros a varios miles de sus habitantes; capturó también a cuarenta y tres de los principales instgadores de la guerra, que fueron decapitados. Se acercaba ya la época de las elecciones. Correspondió a Sempronio su celebración, pero Claudio llegó a Roma antes que él, ya que su hermano Publio Claudio se presentaba al consulado. Los otros candidatos patricios eran Lucio Emilio, Quinto Fabio y Servio Sulpicio Galba. No habían tenido éxito en las anteriores elecciones, y todos consideraban que tenían mayor derecho al cargo por haberles sido negado con anterioridad. Sólo uno de los cónsules podía ser patricio y por esto la campaña resultó más reñida. Los candidatos plebeyos eran todos hombres populares: Lucio Porcio, Quinto Terencio Culeo y Cneo Bebio Tánfilo; todos ellos, también, esperaban alcanzar por fin el honor diferido por derrotas anteriores. De todos los candidatos, Claudio era el único que se presentaba por primera vez. La opinión general daba como segura la elección de los candidatos Quinto Fabio Labeo y de Lucio Porcio Licinio. Pero el cónsul Claudio, sin la escolta de sus lictores, hacía campaña a favor de su hermano por cada rincón del Foro, a pesar de las fuertes protestas de sus oponentes y de la mayoría de los senadores, quienes le decían que debía tener en cuenta que él era cónsul del pueblo de Roma antes que hermano de Publio. "¿Por qué -preguntaban-no ocupa su silla en el tribunal y se muestra como árbitro o espectador silencioso de las elecciones?" A pesar de todo, no se le pudo impedir su esforzado celo. Las elecciones se vieron de tanto en tanto perturbadas por acaloradas disputas entre los tribunos de la plebe; algunos estaban en contra de los actos del cónsul y otros lo apoyaban. Finalmente, Apio logró su propósito de ver elegido cónsul a su hermano Publio Claudio Pulcro, derrotando a Fabio, pese a lo que él mismo y el resto esperaban. Lucio Porcio Licinio obtuvo su cargo debido a que entre los plebeyos el debate se llevó a cabo con moderación y no con el apasionamiento de los Claudios. Al día siguiente, fueron elegidos pretores Cayo Decimio Flavo, Publio Sempronio Longo, Publio Cornelio Cétego, Quinto Nevio Mato, Cayo Sempronio Bleso y Aulo Terencio Varrón. Estos fueron los principales sucesos civiles y militares ocurridos durante el año del consulado de Apio Claudio y Marco Sempronio -185 a.C.-.

[39,33] Al inicio del siguiente año -184 a.C.-, una vez presentaron su informe los comisionados Quinto Cecilio, Marco Bebio y Tiberio Sempronio, que habían sido enviados para resolver las diferencias entre el rey Filipo y el rey Eumenes y las ciudades tracias, los cónsules presentaron ante el Senado a los embajadores de los dos monarcas y de las ciudades. Los mismos argumentos que habían empleado ante los comisionados en Grecia, fueron repetidos por ambas partes. El Senado dispuso que debía ir a Grecia y Macedonia una nueva comisión, encabezada por Apio Claudio, para comprobar si se habían devuelto las ciudades a los tesalios y a los perrebios. Se les encomendó, así mismo, que fueran retiradas las guarniciones de Eno y Maronea, así como que quedaran libres de Filipo y los macedonios toda la zona costera de Tracia. También se ordenó a los comisionados que visitaran el Peloponeso, al que los anteriores comisionados habían dejado en una situación más insatsfactoria que si no hubiesen estado allí, pues habían partido sin recibir ninguna garantía y el Consejo de la Liga Aquea había negado su solicitud para celebrar una entrevista. Quinto Cecilio se había quejado muy enérgicamente por aquella conducta y los lacedemonios, al mismo tiempo, se lamentaron por la destrucción de sus murallas, la deportación de sus habitantes a Acaya, donde los vendieron como esclavos, y la abolición de las leyes de Licurgo, sobre las que había descansado hasta aquel día la estabilidad de su Estado. Los aqueos justficaban su negativa a reunir el Consejo citando una ley que prohibía su convocatoria excepto cuando se tratase de una cuestón de paz o guerra, o cuando llegasen enviados del Senado con cartas o credenciales por escrito. Para que no pudieran excusarse de aquel modo en el futuro, el Senado les indicó que era su deber procurar que los enviados romanos tuviesen en todo momento la oportunidad de dirigirse a su Consejo, del mismo modo que el Senado les había concedido audiencia a ellos siempre que la habían solicitado.

[39,34] Las delegaciones fueron despedidas y Filipo fue informado por sus enviados de que debía retrarse y sacar sus guarniciones de las ciudades. Furioso como estaba con todo el mundo, descargó su venganza sobre los maronitas. Mandó instrucciones a Onomasto, el gobernador de la zona costera, que diera muerte a los dirigentes del partido que se le oponía. Había un tal Casandro, uno de los cortesanos del rey, que estaba viviendo en Maronea desde hacía ya un tiempo. Por su mediación, un grupo de tracios fue admitido por la noche, a lo que siguió una matanza general, como si la plaza hubiera sido tomada al asalto. Los comisionados romanos lo censuraron por tanta crueldad para con los inofensivos maronitas y por mostrarse tan desafiante hacia el pueblo romano; aquellos a los que el Senado había garantzado su libertad, él los había asesinado como si fuesen enemigos. Filipo declaró que ni él ni ninguno de los suyos tenían nada que ver con aquellos hechos; se había desatado entre ellos una lucha interna: unos por querer llevar la ciudad con él y otros por querer llevarla con Eumenes; los comisionados podrían comprobar fácilmente los hechos preguntando a los propios maronitas. Hizo esta sugerencia completamente convencido de que los maronitas habían quedado tan aterrorizados por la reciente masacre que nadie se atrevería a abrir la boca contra él. Apio respondió que no habría ninguna investgación, como si hubiera alguna duda sobre hechos ya lo bastante claros. Si Filipo deseaba eliminar toda sospecha, debía enviar a Roma a los que se decía habían sido los autores del crimen, Onomasto y Casandro, para que el Senado pudiera interrogarlos. En un primer momento, el rey quedó tan sorprendido ante esto que el color huyó de su rostro. Luego, recuperando su presencia de ánimo, prometó que enviaría a Casandro, si así lo deseaba, pues este había estado en Maronea; sin embargo, preguntó, ¿cómo podría estar Onomasto relacionado con el asunto, no habiendo estado en Maronea y ni siquiera en las proximidades? Trataba de mantener a Onomasto fuera de todo peligro, por ser amigo y de más alto rango, y temía cualquier testimonio que pudiera prestar al haber mantenido frecuentes conversaciones con él y haberlo tenido como colaborador y cómplice en muchos actos parecidos. En cuanto a Casandro, se cree fue hecho envenenar, para impedir que pudiera salir alguna información, por personas mandadas a escoltarle a través del Epiro hasta el mar.

[39,35] Los comisionados salieron de la entrevista con Filipo sin ocultar su insatsfacción por todo lo sucedido; Filipo, por su parte, no tenía ninguna duda de que habría de reanudar las hostlidades. Sus recursos aún no eran suficientes y, con el fin de ganar tiempo, decidió enviar a su hijo menor, Demetrio, a Roma con el objeto de exculparle de las acusaciones formuladas contra él y, al mismo tiempo, aplacar la cólera del Senado. Tenía bastantes esperanzas de que, pese a su juventud, el príncipe, que ya había dado pruebas de un carácter propio de un rey mientras estuvo en Roma como rehén, tuviera una considerable infuencia allí. Mientras tanto, con el pretexto de llevar auxilio a los bizantinos, pero realmente para para intimidar a los régulos tracios, avanzó contra estos últimos y los derrotó completamente en una sola batalla, haciendo prisionero a su jefe, Amodoco. Previamente, había enviado mensajes a los bárbaros de las orillas del Danubio [el Histro, o Istro, en el original latino.-N. del T.], instgándolos para que invadieran Italia. Los comisionados romanos tenían órdenes de marchar desde Macedonia hacia Acaya, esperándose su llegada al Peloponeso. El pretor Licortas convocó una reunión especial de la Asamblea Nacional para decidir la política que se debía adoptar. El tema de discusión fueron los lacedemonios. De ser enemigos, se habían convertido en acusadores, y exista el temor de que resultasen más peligrosos ahora, cuando habían sido derrotados, que cuando tomaban parte en la guerra. En esa guerra, los aqueos habían encontrado en los romanos unos útiles aliados; ahora, aquellos mismos romanos se mostraban más favorables hacia los lacedemonios que hacia los aqueos. Areo y Alcibíades, ambos exiliados y repatriados por los buenos oficios de los aqueos, habían de hecho marchado en una misión a Roma en contra de los intereses del pueblo al que tanto debían, habiendo hablado en un tono tan hostl que se pudiera pensar que habían sido expulsados, y no restaurados, de su país. De toda la Asamblea surgió un grito unánime exigiendo que se presentara una propuesta particular respecto a ellos. Como todo estaba dominado por el rencor, y no por la razón, se les condenó a muerte. Unos días más tarde llegaron los comisionados romanos y se convocó una Asamblea Nacional en Clitor, en Arcadia, para reunirse con ellos.

[39,36] Antes de que empezaran las discusiones, los aqueos vieron cómo Areo y Alcibíades, que habían sido condenados a muerte, acompañaban a los comisionados. Quedaron muy alarmados y consideraron que el debate no les resultaría demasiado favorable; ninguno, sin embargo, se atrevió a abrir la boca. Apio señaló cómo las diversas cosas que se quejaban los lacedemonios eran vistas con desagrado por el Senado: el asesinato en Compasio de los delegados que, por invitación de Filopemen, habían acudido para hacer su defensa y, tras esta crueldad para con los hombres, haber llegado al límite del salvajismo al derribar los muros de una ciudad nobilísima y anular las leyes inmemoriales, suprimiendo la famosa consttución de Licurgo. Después de este discurso, Licortas en su calidad de pretor y también como defensor de Filopemen, el principal responsable de todo cuanto había ocurrido en Lacedemonio, le levantó para responder: "Es más difcil para nosotros -comenzó-hablar ante t, Apio Claudio, de lo que fue hace poco hacerlo ante el Senado romano. Pues entonces tuvimos que responder a las acusaciones de los lacedemonios y ahora sois vosotros nuestros acusadores, ante quienes hemos de defender nuestra causa. Mas, aún partendo con esta desventaja, esperamos todavía que dejes de lado la animosidad que hace poco nos mostraste y que nos escuches con el ánimo de un juez. En todo caso, por lo que respecta a las denuncias que los lacedemonios presentaron ante Quinto Cecilio y después en Roma, y que tú mismo acabas de repetr, es a ellos y no a t a quienes supongo que debo responder.

"Nos acusáis del asesinato de los delegados que habían sido invitados por Filopemen para defenderse. Según mi parecer, nunca se nos debería acusar de esto, romanos, y menos aún en vuestra presencia. ¿Y esto por qué? Pues porque quedó establecido en el tratado de alianza con vosotros que los lacedemonios no interferirían con las ciudades costeras. De haber estado Tito Quincio en el Peloponeso, de haber estado allí un ejército romano, como antes, cuando los lacedemonios tomaron las armas y atacaron aquellas ciudades a las que se habían comprometido a dejar en paz, sus habitantes, desde luego, habrían buscado refugio entre los romanos. Pero, estando vosotros lejos, ¿con quién podrían haber buscado refugio, sino con nosotros, vuestros aliados? Ya nos habían visto auxiliar a Giteo y atacar a Lacedemón, junto a vosotros y por motivos similares. En vuestro nombre, pues, emprendimos la guerra como algo justo, llevados por nuestro sentido del deber. Y aquello por lo que otros nos felicitan y a lo que ni siquiera los lacedemonios pueden hallar tacha, pues hasta los mismos dioses lo aprueban habiéndonos concedido la victoria, ¿cómo se podrá discutr lo que ejecutamos por derecho de guerra? Además, aquello sobre lo que más énfasis ponen no nos incumbe en modo alguno. Somos responsables de haber llamado a juicio a los hombres que habían incitado a la población a tomar las armas, a quienes habían tomado al asalto y saqueado las ciudades costeras, masacrando a sus principales ciudadanos; pero de su muerte, mientras venían de camino al campamento, soy responsables vosotros, Areo y Alcibíades, ¡por los dioses!, y no nosotros a quienes ahora acusáis de ello. Los refugiados lacedemonios, y con ellos estos dos hombres, estaban con nosotros en aquel momento, y debido a que habían escogido la ciudades costeras para residir en ellas, pensaban que sus vidas corrían peligro; en represalia, lanzaron un ataque contra aquellos con quienes estaban resentidos por considerarlos culpables de su desterro, sin tener siquiera la seguridad de envejecer a salvo en el exilio. No fueron, por lo tanto, aqueos, sino lacedemonios los que dieron muerte a lacedemonios; y si fue de modo justo o injusto no es cosa que debamos de discutr nosotros.

[39,37] Y también decís "Bien, pues; pero es obra vuestra, aqueos, por lo menos, la abolición de las leyes y consttuciones de Licurgo, que han llegado desde la remota antgüedad, así como la destrucción de las murallas". Ahora bien, ¿cómo pueden acusarnos de estas dos cosas a un tiempo las mismas personas? Pues las murallas no fueron construidas por Licurgo, sino hace unos pocos años y, precisamente, para terminar con las leyes de Licurgo. Los tiranos las levantaron muy recientemente a modo de baluarte y defensa para ellos mismos, no para la ciudad; y si Licurgo levantara hoy la cabeza de entre los muertos, se alegraría de verlas en ruinas y podría decir que ahora sí que reconocía a su vieja Esparta. Eran como marcas que os señalaban como esclavos, y vosotros mismos debisteis haberlas derribado y derruido con vuestras propias manos, lacedemonios, para borrar todo vestgio del gobierno del tirano sin esperar a que lo hicieran Filopemen y los aqueos. Mientras pasasteis ochocientos años sin murallas, fuisteis libres y durante algún tiempo el primer pueblo de Grecia; pero cuando os rodeasteis de murallas, como si os ataseis con cadenas, fuisteis esclavos durante cien años. En cuanto a la privación de vuestras leyes y vuestra consttución, considero que fueron los tiranos quienes privaron a los lacedemonios de sus antiguas leyes; no las abolimos nosotros, pues ningunas tenían; mas les dimos nuestras propias leyes, y tampoco les causamos daño alguno cuando los hicimos miembros de nuestra asamblea y los incorporamos a nuestra Liga, de manera que pudieran formar parte de un todo polítco, con una única asamblea para todo el Peloponeso. Si nosotros hubiésemos estado regidos, en aquel momento, por unas leyes distintas de aquellas que les impusimos, entonces sí podrían quejarse, en mi opinión, y sentrse justamente indignados por no disfrutar de los mismos derechos que nosotros.

"Soy muy consciente, Apio Claudio, de que el lenguaje que hasta ahora se ha empleado no es aquel en que se hablan los aliados, ni corresponde a un pueblo de hombres libres; en realidad, es el apropiado para un esclavo que se justfica ante su amo. Si algo significaban aquellas palabras del heraldo, por las que ordenasteis que los aqueos fuesen los primeros de entre todos los griegos en ser libres, si vuestro tratado aún está en vigor, si los términos de amistad y alianza se conservan en términos de igualdad por ambas partes, ¿Por qué no debería yo preguntaros, romanos, qué hicisteis al tomar Capua, cuando nos pedís cuentas por lo que hicimos los aqueos al tomar Lacedemonia, tras vencerlos en la guerra? Algunos de ellos fueron muertos, supongamos que por nosotros. ¿Y qué? ¿No decapitasteis vosotros a los senadores campanos? Hemos destruido sus murallas; vosotros privasteis a los campanos no solo de sus murallas, sino de toda su ciudad y sus campos. Diréis que el tratado solo es entre iguales desde un punto de vista formal, pero que los aqueos, de hecho, disfrutan de una libertad otorgada a modo de gracia, correspondiendo el poder supremo a los romanos. Yo soy muy consciente de ello y no protestaré a no ser que se me obligue; pero te suplico, a pesar de cuán grande sea la diferencia entre los romanos y los aqueos, que no permitas que nuestros enemigos comunes permanezcan en una posición tan favorable ante t como nosotros, que somos tus aliados; todavía más, que estén en posición más favorable. Nosotros los pusimos en condiciones de igualdad cuando les dimos nuestras leyes y les hicimos pertenecer a la Liga Aquea. Lo que satsface a los vencedores es demasiado poco para los vencidos; lo que exigen los enemigos en más de lo que reciben los aliados. El acuerdo que fue jurado y grabado en la piedra de un monumento perpetuo, como algo sagrado e inviolable, se preparan para anularlo convirténdonos en perjuros. Sentimos un profundo respeto por vosotros, romanos, y si lo deseáis os temeremos; pero respetamos y tememos aún más profundamente a los dioses inmortales".

Su discurso fue recibido con aprobación general, reconociendo todos que había hablado como correspondía a la alta posición que ostentaba, de manera que resultaba evidente que los romanos no podrían mantener su autoridad si no actuaban de manera firme. Apio dijo que recomendaba encarecidamente a los aqueos que se mostraran indulgentes mientras pudieran hacerlo por propia voluntad, no fuera que pronto estuvieran obligados a hacerlo a la fuerza y mediando coacción. Estas palabras provocaron una murmullo general, pero tenían miedo de lo que pudiera suceder si se negaban a cumplir con las exigencias de Roma. Sólo pidieron a los romanos para hicieran los cambios que considerasen necesarios respecto a los lacedemonios, quitando a los aqueos el escrúpulo del perjurio al dejar ellos mismos sin efecto cuando habían jurado. La única decisión a la que se llegó fue la anulación de la sentencia contra de Areo y Alcibíades.

[39,38] En la asignación de las provincias, al comienzo de aquel año [seguimos en el 184 a.C.-N. del T.], para los cónsules y los pretores, Liguria, que era el único país donde había guerra, fue asignada a los cónsules. La asignación de las provincias a los pretores fue la siguiente: la pretura urbana recayó en Cayo Decimio Flavo y la peregrina en Publio Cornelio Cétego; Cayo Sempronio Bleso se hizo cargo de Sicilia, Publio Nevio Mato de Cerdeña así como de la investgación sobre unos supuestos casos de envenenamiento; Aulo Terencio Varrón se hizo cargo de la Hispania Citerior y Publio Sempronio Longo de la Ulterior. De estas dos últimas provincias, llegaron a Roma los generales Lucio Juvencio Talna y Tito Quincio Varo, y tras explicar ante el Senado la magnitud de la guerra en Hispania que acababa de terminar, solicitaron, por tan gran éxito, que se rindieran honores a los dioses inmortales y que se permitera a los pretores que trajeran sus ejércitos de vuelta a casa. Se decretaron dos días de acción de gracias; respecto al regreso de las legiones, al tratarse de ejércitos de cónsules y pretores, el Senado decidió que se aplazara el asunto para un debate posterior. A los pocos días se aprobó un decreto mediante el que se transfería a cada uno de los dos cónsules los ejércitos que habían mandado Apio Claudio y Marco Sempronio. La cuestón de los ejércitos de Hispania dio lugar a un serio conficto entre los nuevos pretores y los amigos de los pretores que estaban en Hispania. Cada parte fue apoyada por unos tribunos de la plebe y por uno de los cónsules. Un partido amenazaba con vetar cualquier senadoconsulto que ordenara el regreso de los ejércitos; el otro declaraba que, si se interponía aquel veto, impedirían cualquier otra resolución. Los intereses de los pretores en el exterior resultaron vencidos y se aprobó un senadoconsulto por el que los nuevos pretores podrían alistar, como fuerzas que les acompañarían, cuatro mil infantes y trescientos jinetes romanos, y de entre los aliados latinos cinco mil infantes y quinientos jinetes. Cuando se hubieran incorporado a Hispania las cuatro legiones, de manera que cada legión no tuviera más de cinco mil infantes y trescientos jinetes, licenciarían en primer lugar a los que hubiesen cumplido su tiempo de servicio militar, y después a los que hubieran demostrado un valor excepcional en la batalla bajo el mando de Calpurnio y Quincio.

[39,39] No bien se hubo resuelto esta disputa, surgió una nueva al producirse la muerte del pretor Cayo Decimio. Los candidatos para el puesto vacante eran Cneo Sicinio y Lucio Pupio, que había sido ediles durante el año anterior; Cayo Valerio, famen de Júpiter, y Quinto Fulvio Flaco, que era edil curul designado y que por ello no vesta la toga cándida, aunque era el más activo de todos y rivalizaba con el famen. Al principio todos estaban igualados, pero cuando este último parecía ser el vencedor, algunos de los tribunos de la plebe declararon que no aceptarían los votos por él, pues nadie podía aceptar o desempeñar dos magistraturas, especialmente las curules, al mismo tiempo. Otros tribunos pensaban que resultaba justo que se le eximiera de tal exigencia legal para que el pueblo tuviera libertad de elegir como pretor a quien quisiera. Lucio Porcio, el cónsul, no estaba al principio dispuesto a permitr que se votara por él; después, para contar con la autoridad del Senado al hacer esto, convocó a los senadores y dijo que someta a su autoridad la cuestón de la elección como pretor de un edil curul electo, como no ajustada a derecho, y que además sentaría un precedente inadmisible en una Ciudad libre [recordemos que la pretura urbana, que había quedado vacante por la muerte de C. Decimio y que era por la que competan los candidatos, era la más importante, ya que a ella correspondía el máximo poder en la Ciudad en ausencia de los cónsules.-N. del T.]. Por lo que a él se refería, a menos que considerasen preferible otra opción, trataría de celebrar la elección de acuerdo a la ley. El Senado decidió que el cónsul Lucio Porcio debería hablar con Quinto Fulvio para convencerlo de que no se opusiera a que se celebrase la elección de un pretor, de acuerdo a la ley, en susttución de Cayo Decimio. Actuando según este senadoconsulto, el cónsul habló con Flaco, quien respondió que nada pensaba hacer que fuera indigno de él. Quienes interpretaron esta respuesta evasiva según sus propios deseos, albergaron la esperanza de que cedería a la autoridad del Senado. El día de la elección, mostró una actitud más decidida que nunca haciendo campaña y acusó al cónsul y al Senado de tratar de privarlo de la buena voluntad y la simpata del pueblo de Roma, acusándolo de querer acumular cargos, como si no fuera más que evidente que tan pronto fuese elegido pretor renunciaría a la edilidad. Cuando el cónsul vio que se obstinaba cada vez más y que el sentimiento popular crecía en su favor, suspendió las elecciones y convocó una reunión del Senado. En una sesión muy concurrida, se decidió que, ya que al autoridad del Senado no había tenido ninguna infuencia con él, se llevase ante el pueblo el asunto de Flaco. La Asamblea se reunió y el cónsul expuso ante ella esta cuestón. Ni siquiera entonces mudó Flaco en su determinación. Expresó su agradecimiento al pueblo romano por su apoyo entusiasta y su deseo de hacerlo pretor siempre que se les dio oportunidad de expresar su voluntad. No tenía ninguna intención de renunciar aquella muestra de confianza que le concedían sus conciudadanos. La firme determinación así expresada encendió el entusiasmo popular hasta tal punto que, sin duda, se habría convertido en pretor de haber estado el cónsul dispuesto a aceptar los votos en su favor. Tuvo lugar una acalorada discusión entre los tribunos, y entre éstos y el cónsul, hasta que en una reunión del Senado convocada por el cónsul se decretó que, ya que la tozudez de Quinto Fulvio y la penosa parcialidad del pueblo impedía que la elección se llevara a cabo conforme a la ley, el Senado consideraba que ya había un número suficiente de pretores. Publio Cornelio ejercería ambas jurisdicciones [la urbana y la peregrina.-

N. del T.] e igualmente celebraría los Juegos de Apolo.

[39,40] Habiendo quedado así suspendidos estos comicios por la sensatez y el coraje del Senado, le siguieron otros en que estuvieron en juego intereses más importantes y aparecieron competidores más numerosos e infuyentes. Se trataba de la elección a la censura. Se presentaban los patricios Lucio Valerio Flaco, los dos Escipiones, Publio y Lucio, Cneo Manlio Vulso, Lucio Furio Purpurio; y los siguientes plebeyos: Marco Porcio Catón, Marco Fulvio Nobilior, Tiberio Sempronio Longo y Marco Sempronio Tuditano. Aunque la competencia era muy animada, Marco Porcio Catón aventajaba con mucho a los demás, patricios y plebeyos por igual, e incluso a los pertenecientes a las más nobles familias. Poseía este hombre tal capacidad y fuerza de carácter que se tenía la impresión de que, en cualquier posición social que hubiera nacido, habría conseguido ser un hombre afortunado y de éxito. Poseía todos los conocimientos necesarios para desempeñar cualquier función, fuera pública o privada, estando igualmente versado en las cuestones de la vida urbana y de la rural. Algunos hombres han alcanzado los puestos más altos mediante sus conocimientos de derecho, otros a través de la elocuencia y otros por la gloria militar. El versátl genio de este hombre lo hizo igualmente capaz para todo, de tal manera que fuera cual fuese la actividad que desarrollaba, se diría que había nacido expresamente para ella. En la guerra era un combatente muy valeroso y se distinguió en muchas acciones notables; cuando llegó a los puestos más altos, demostró ser un consumado general. En la paz, si se le consultaba, se hallaría en él a un capaz abogado y, de tener que defender una causa, a uno de los más elocuentes; pero no de aquellos cuya oratoria es afamada durante su vida y de cuya elocuencia no queda ninguna memoria; la suya sigue viva y fuerte, consagrada en escritos de todo género. Quedan gran número de discursos pronunciados en su propia defensa, defendiendo a otros y también en contra de otros, pues acosaba a sus oponentes tanto si acusaba como si defendía. Las querellas personales -demasiadas de ellas-lo mantuvieron ocupado y él mismo se encargó de mantenerlas vivas; de modo que sería difcil decir quién mostró mayor energía: la nobleza en perseguirlo a él o él en perseguir a la nobleza. Fue, sin duda, un hombre de carácter áspero y amargo, con una lengua desenfrenada y demasiado franca, dueño absoluto de sus pasiones, de infexible integridad e indiferente por igual a la riqueza y la popularidad. Vivió una vida de frugalidad, capaz de soportar la fatga y el peligro, férreo de cuerpo y mente, al que ni siquiera la vejez, que todo lo debilita, llegó a quebrar. A sus ochenta y seis años defendió un caso, escribió y pronunció su propia defensa y a los noventa años sometó a Servio Galba a juicio ante el pueblo.

[39,41] Este era el hombre que se presentaba como candidato a la censura y la nobleza intentó ahora, como lo había hecho durante toda su vida, acabar con él. Con la excepción de Lucio Flaco, que había sido su colega en el consulado, todos los candidatos se combinaron para dejarlo fuera del cargo; no tanto porque lo quisieran para sí mismos o porque no se resignaran a ver como censor a un hombre nuevo [la expresión latina "homo novus" se refería a aquella persona que era la primera de su linaje en ocupar magistraturas en Roma.-N. del T.], sino porque suponían que su censura sería estricta, severa y perjudicial para la reputación de muchos; la mayoría de ellos le habían atacado antes y ahora estaría deseoso de tomar represalias. Incluso durante su candidatura adoptó un tono amenazante y acusó a sus oponentes de tratar de impedir su elección, porque tenían miedo de un censor que actuaría con imparcialidad y valenta. Al mismo tiempo, él apoyaba la candidatura de Lucio Valerio, pues lo consideraba el único hombre con el que, como colega, podría reprimir los vicios de la época y restaurar la antigua moral. Sus discursos despertaban el entusiasmo general y el pueblo, en contra del deseo de la nobleza, lo eligió censor y aún le dio a Lucio Valerio como colega. Inmediatamente después de terminar la elección de los censores, los cónsules y los pretores partieron para sus provincias. Quinto Nevio, sin embargo, no marchó a Sicilia hasta cuatro meses después, ya que estuvo ocupado con la tarea de investgar las acusaciones de envenenamiento. Los procesos se llevaron a cabo, en su mayoría, en municipios y centros de población fuera de Roma, al haberlo considerado un arreglo más conveniente. Si hemos de creer a Valerio Antas, sentenció a más de dos mil personas. Lucio Postumio, a quien se le había asignado Tarento como provincia, aplastó grandes movimientos de pastores rebeldes y practcó una detallada y cuidadosa investgación de los restantes casos relacionados con las Bacanales. Muchos de los que habían sido llamados a Roma no habían comparecido, o habían dado por perdidas sus fianzas y se escondían en aquella parte de Italia. Detuvo a algunos y los envió a Roma para que los examinase el Senado, a otros los condenó como culpables; Publio Cornelio los encarceló a todos.

[39,42] En Hispania Ulterior las cosas permanecieron tranquilas, al haberse quebrado la fuerza de los lusitanos en la última guerra. En la Hispania Citerior, Aulo Terencio asedió y tomó, empleando manteletes, la ciudad de Corbio [pudiera hallarse en el valle de Sangüesa, en Navarra, o entre este y el río Ebro.-N. del T.], perteneciente a los suesetanos, y vendió a los prisioneros. Después de esto, también la Hispania Citerior permaneció tranquila durante el invierno. Los pretores salientes regresaron a Roma y el Senado, por unanimidad, decretó un triunfo para cada uno de ellos. Cayo Calpurnio celebró su triunfo sobre los lusitanos y los celtiberos; hizo llevar en su procesión ochenta y tres coronas de oro y doce mil libras de plata [3924 kilos.-N. del T.]. Unos días más tarde, Lucio Quincio Crispino celebró su triunfo sobre las mismas naciones, llevando en su procesión una cantidad similar de oro y plata. Los censores Marco Porcio y Lucio Valerio, en medio de mucha expectación y miedo, revisaron las listas del Senado. Quitaron siete nombres, entre ellos el de un hombre de rango consular, Lucio Quincio Flaminino, distinguido por su alta cuna y los cargos que había desempeñado. Se dice que en tiempos de nuestros padres quedó establecido que los censores debían escribir las razones de la exclusión junto al nombre de los excluidos del Senado. Se conservan de Catón algunos duros discursos contra aquellos a quienes sacó de la lista del Senado o a quienes quitó el caballo [se refiere a quienes tenían derecho a recibir un caballo del Estado.-N. del T.]; empero, el más agresivo es el que hizo contra Lucio Quincio. Si Catón hubiera pronunciado este discurso como acusador antes de que el nombre fuera borrado, y no como censor después de haberlo quitado, ni siquiera su hermano Tito Quincio, de haber sido censor en su momento, podría haberlo mantenido en las listas del Senado.

Entre otros cargos de los que le acusó, estuvo el de haberse llevado de Roma a su provincia de la Galia, mediante grandes sobornos, a un joven llamado Filipo el cartaginés, atractivo y famoso prosttuto. Este muchacho solía a menudo reprochar al cónsul, entre sus juegos lascivos, el habérselo llevado de Roma para cumplir las pasiones del cónsul por un alto precio, justo antes de un espectáculo de gladiadores. Sucedió que, mientras estaban en un banquete y ya calientes por el vino, se anunció mediante un mensaje que se había presentado un noble boyo con sus hijos, pidiendo refugio y solicitando ver al cónsul para obtener de él, personalmente, garantas de protección. Fue llevado a la tenda y empezó a dirigirse al cónsul mediante un intérprete. Mientras el boyo estaba hablando, el cónsul se volvió hacia su amante y le dijo: "Ya que te has perdido el espectáculo de los gladiadores, ¿te gustaría ver morir ahora mismo a este galo?" Hablando apenas en serio, el joven asintó. El cónsul tomó una espada que estaba colgando por encima de él y, mientras el galo seguía hablando, lo hirió en la cabeza. Luego, mientras se daba la vuelta para huir, implorando la protección del pueblo romano y de los que estaban presentes, el cónsul le atravesó el costado con la espada.

[39,43] Valerio Antas, quien es probable que nunca hubiera leído el discurso de Catón y que se limita a dar crédito a una historia sin autor conocido, expone el incidente de modo distinto, aunque parecido al anterior en cuanto a lujuria y crueldad. Según él, el cónsul invitó a una mujer de mala reputación, de la que estaba locamente enamorado, a un banquete en Plasencia. Durante este, haciendo alarde de sus hazañas, le contó a la prosttuta, entre otras cosas, que él había sido un riguroso investgador y que en la cárcel tenía a gran cantidad de condenados a los que pensaba cortar la cabeza. Ella, que estaba recostada a su lado, le comentó que nunca había visto una ejecución y que le gustaría ver una. Entonces, el enamorado, por complacerla, ordenó que trajeran a su presencia a uno de aquellos infelices y le cortó la cabeza. Sucediera el incidente como se describe en el discurso del censor o como lo narra Valerio, fue en cualquier caso un crimen cruel y una brutalidad el que durante un banquete, donde se acostumbra a verter libaciones a los dioses y desear toda clase de felicidad a los huéspedes, se sacrificara una víctima humana y se salpicara de sangre la mesa para deleitar los ojos de una desvergonzada prosttuta tendida entre los brazos de un cónsul. Catón cerraba su discurso presentando a Quincio una disyuntiva: podía negar los cargos y defenderse tras presentar una fianza, o podía admitr los hechos y considerar si alguien lloraría su caída en desgracia después que se hubiera divertido, perdido el sentido por el vino y la lujuria, mediante el derramamiento de la sangre de un ser humano durante un banquete.

[39,44] Al revisarse la lista de los caballeros, se le quitó el caballo a Lucio Escipión Asiagenes [ver 37,58.-

N. del T.]. También en el establecimiento de los ingresos se mostró dura y servera la censura con todas las clases. Se dieron órdenes a los tasadores jurados para que registrasen, multplicando su valor por diez, los adornos y vestidos femeninos, así como los vehículos valorados en más de quince mil ases. Del mismo modo, los esclavos menos de veinte años de edad que hubieran sido vendidos desde el último censo en diez mil ases o más, debían valorarse en diez veces esa cantdad, imponiéndose sobre estas tasaciones un impuesto de un tres por mil. Los censores quitaron todos los suministros públicos de agua desde los acueductos hasta las casas o tierras particulares; donde los propietarios privados habían construido apoyándose en edificios o sobre suelo público, se obligó a demoler las construcciones en un plazo de treinta días. Después, con el dinero destinado para ellos, adjudicaron los contratos para las obras públicas: revestimiento con piedra de los depósitos, limpieza de las alcantarillas que lo precisaran y construcción de una nueva en el Aventino y en otros lugares donde no exista ninguna. Por su parte, Flaco hizo construir dique en las Aguas de Neptuno, para que pudieran pasar las gentes, y una vía a lo largo de los montes de Formia. Catón adquirió para el Estado dos atrios en las Lautumias, el Menio y el Ticio, así como cuatro tiendas, haciendo construir en aquel sito una basílica que recibió el nombre de Porcia. Adjudicaron la recaudación de impuestos al mejor postor y los suministros del estados al de precio más bajo. El Senado, cediendo a los ruegos y lamentos de los adjudicatarios de las subastas, anuló estos acuerdos y ordenó que se realizaron otros nuevos. Los censores volvieron a celebrar las subastas, excluyendo de las mismas mediante un edicto a quienes habían despreciado el cumplimiento de las anteriores, y volvieron a conceder las adjudicaciones consiguiendo un precio un poco más bajo. Esta censura fue notable y llena de rencillas, y por su rigor, atribuido a Marco Porcio, le ganó enemistades de por vida. Dos colonias se fundaron este año: una en Potenza Picena, en el Piceno, y otra en Pesaro, en territorio galo [originalmente Potentia y Pisauro, respectivamente.-N. del T.]. Se asignaron seis yugadas a cada colono [1,62 Ha.-N. del T.], siendo los triunviros que supervisaron la asignación de lotes Quinto Fabio Labeo, Marco Fulvio Flaco y Quinto Fulvio Nobilior. Los cónsules de este año no hicieron nada digno de mención ni política ni militarmente.

[39.45] Los cónsules elegidos para el año siguiente -183 a.C.-fueron Marco Claudio Marcelo y Quinto Fabio Labieno. En el día en que tomaron posesión del cargo -el quince de marzo-presentaron ante el Senado la cuestón de la asignación de sus provincias y las de sus pretores. Liguria fue asignada a los dos cónsules con los mismos ejércitos habían tenido sus predecesores, Publio Claudio y Lucio Porcio. Los pretores electos fueron Cayo Valerio, el famen de Júpiter que había sido candidato el año anterior, y Espurio Postumio Albino, Publio Cornelio Sisenna, Lucio Pupio, Lucio Julio y Cneo Sicinio. Al sortear las provincias los nuevos pretores, las dos Hispanias se reservaron para los pretores del año anterior, que mantuvieron sus ejércitos. Se ordenó que se celebrara el sorteo reservando para Cayo Valerio una de las dos preturas de Roma, escogiendo este luego la peregrina. Para las demás provincias, el reparto fue el siguiente: la pretura urbana fue para Publio Cornelio Sisenna, Sicilia correspondió a Espurio Postumio, Apulia fue para Lucio Pupio, la Galia para Lucio Julio y Cerdeña para Cneo Sicinio. Se ordenó a Lucio Julio que acelerara su partda. Los galos transalpinos, que, como se ha indicado anteriormente, habían descendido hacia Italia por una vía de montaña hasta entonces desconocida, estaban construyendo una ciudad fortificada en el territorio que ahora pertenece a Aquilea. El pretor recibió instrucciones para que evitara que lo hiciesen, de ser posible sin guerra; si se lo tenía que impedir por la fuerza de las armas, debía informar a los cónsules y uno de ellos conduciría las legiones contra los galos. Hacia el final del año anterior se produjo la elección de un augur para ocupar el lugar de Cneo Cornelio Léntulo, que había muerto, resultando elegido Espurio Postumio Albino.

[39.46] Al comienzo de este año murió Publio Licinio Craso, el Pontifice Máximo. Marco Sempronio Tuditano fue cooptado como Pontifice para ocupar la vacante en el colegio y se eligió a Cayo Servilio Gémino como Pontifice Máximo. El día de los funerales por Publio Licinio se hizo una distribución pública de carne y combateron ciento veinte gladiadores, se celebraron juegos fúnebres durante tres días y, al terminar los juegos, un banquete público. Estando ya extendidos los triclinios por todo el Foro, estalló una violenta tormenta de viento y lluvia que obligó a la mayor parte de las personas a levantar tiendas de campañas y buscar refugio en ellas. Al escampar se retró todo al poco y se dice que la gente comentaba que se había cumplido el presagio de los adivinos, que profetzaron que sería necesario levantar tiendas de campaña en el Foro. No bien se hubieron liberado de este temor religioso, otro les sobrevino al llover sangre durante dos días seguidos en la plaza de Vulcano, ordenando los decenviros de los Libros Sagrados rogativas especiales para expiar el prodigio. Antes de que los cónsules partieran hacia sus provincias, presentaron diversas delegaciones extranjeras ante el Senado. Nunca antes se habían reunido tantas personas de aquella parte del mundo en Roma. En cuanto se difundió entre las tribus que habitaban en Macedonia que las quejas contra Filipo no habían caído en oídos sordos y que a muchos les había compensado encontrar el valor para presentar sus denuncias, acudieron a Roma ciudades, tribus y hasta demandantes individuales, cada cual con su propia reclamación, pues Filipo resultaba un incómodo vecino para todos, con la esperanza de obtener la reparación de sus agravios o el alivio de sus sufrimientos. El rey Eumenes envió también a su hermano Ateneo con una delegación para quejarse de que no se habían retirado las guarniciones de Tracia y de que Filipo había ayudado a Prusias en su guerra contra Eumenes, enviando fuerzas auxiliares a Bitinia.

[39,47] Demetrio, que era por entonces un hombre muy joven, tuvo que hacer frente a todas las acusaciones. No le resultaba fácil, en modo alguno, mantener en su memoria los detalles de las acusaciones ni la respuesta más adecuada que se les debía dar. Y es que no solo eran muy numerosas, sino que la mayoría de ellas resultaban totalmente triviales, como disputas sobre lindes, robos de ganado y hombres, administración arbitraria de justicias, jueces corrompidos mediante sobornos o intimidados mediante amenazas de violencia. Al ver los senadores que Demetrio no se explicaba con claridad suficiente y que no podían obtener de él una información precisa, conmovidos por su aspecto avergonzado al no saber qué decir, ordenaron que se le preguntara si no había recibido de su padre algún memorando sobre aquellos asuntos. Ante su contestación afirmando que sí había recibido uno, consideraron que lo más adecuado sería tener las respuestas del propio rey a cada uno de los puntos planteados. Mandaron pedir el libro y permiteron que el propio joven lo leyera. Sin embargo, no contenía más que concisas explicaciones sobre cada asunto. Según decía, algunas de las cosas que había hecho estaban de acuerdo con los dictados de los comisionados; respecto a otros, explicaba que no era culpa suya el no haberlos efectuado, sino de los mismos que se los imputaban. Intercalaba también, en la exposición, sus protestas en contra de la parcialidad en las decisiones de los comisarios y la forma injusta en la que se había desarrollado la discusión ante Cecilio, así como los inmerecidos e indignos insultos que recibió por todas partes. El Senado tomó estas quejas como muestra de la irritación del rey; sin embargo, como el joven príncipe se excusara por algunas cosas y se comprometera a que en el futuro todo se realizaría a voluntad del Senado, este decidió que se le debía dar la siguiente respuesta: "De cualquier manera en que se hubieran desarrollado los acontecimientos, nada habría podido complacer más al Senado que el haber deseado dar satsfacción a Roma mediante su hijo Demetrio. El Senado podría cerrar los ojos, dando por olvidadas muchas cosas, y creían que podrían confiar en Demetrio; aunque lo devolvían en persona a su padre, consideraban que retenían como rehén a sus sentimientos, pues sabían que era amigo del pueblo romano en la medida en que pudiera serlo sin menoscabo del afecto por su padre. En consideración a él, enviarían delegados a Macedonia, para que se remediara todo lo que no se hubiera hecho, incluso sin ningún tipo de sanción por anteriores omisiones". El Senado deseaba también que Filipo supiera que sus relaciones con el pueblo de Roma seguían plenamente vigentes gracias a su hijo Demetrio.

[39.48] Esto último, que se hizo para acrecentar la dignidad del joven príncipe, despertó inmediatamente los celos en su contra y finalmente resultó ser su ruina. A continuación se presentaron los lacedemonios. Se discuteron muchos puntos, la mayoría insignificantes; hubo otras, sin embargo, de gran importancia como, por ejemplo, si se debía devolver o no a los aqueos los que habían sido condenados, o si los que habían sido ejecutados lo habían sido justa o injustamente; y también si los lacedemonios debía permanecer en la Liga Aquea o si, como ya había sido el caso, habría una ciudad en todo el Peloponeso que se rigiera por sus propias leyes aparte. Se decidió que los exiliados debían ser devueltos y anuladas las sentencias dictadas contra ellos, así como que Lacedemonia debería permanecer en la Liga Aquea. Se puso por escrito este decreto y se decidió que fuera suscrito por lacedemonios y aqueos. Quinto Marcio fue enviado como comisionado especial a Macedonia, con órdenes para que examinara la situación en el Peloponeso. Aún reinaban allí los disturbios por las anteriores disensiones y Mesenia se había separado de la Liga Aquea. Si tuviera que entrar en el origen y el progreso de esta guerra, debería olvidar mi resolución de no tratar sobre los asuntos exteriores salvo en la medida en que están conectados con los de Roma.

[39,49] Hubo un incidente digno de ser recordado: A pesar de que los aqueos iban ganando la guerra, su pretor Filopemen fue tomado prisionero. Estaba de camino para ocupar Corone, contra la que ya estaba avanzando el enemigo, y mientras atravesaba un valle por un terreno difcil y quebrado, con una pequeña escolta de caballería, resultó sorprendido por el enemigo. Se dice pudo haber escapado con la ayuda de los tracios y los cretenses, pero el honor le impidió abandonar a su caballería, hombre de buena familia a los que él mismo había escogido. Mientras él cerraba la retaguardia, para enfrentarse a la aparición del enemigo y dar así tiempo a su caballería a escapar a través del estrecho paso, su caballo tropezó y, entre la propia caída y el peso del caballo sobre él, quedó casi muerto en el acto. Tenía ya setenta años y sus fuerzas se habían visto muy afectadas por una larga enfermedad de la que estaba entonces recuperándose. El enemigo, rodeándolo mientras estaba tendido en el suelo, lo hizo prisionero. En cuanto lo reconocieron, el enemigo, por respeto personal hacia él y recordando sus grandes servicios, lo trataron como si hubiera sido su propio general: lo levantaron con cuidado, le dieron reconstituyentes y lo llevaron desde el apartado valle hasta el camino alto, creyendo apenas en la buena suerte que les había sonreído. Algunos de ellos enviaron de inmediato mensajeros a Mesenia para anunciar que la guerra había terminado y que llevaban prisionero a Filopemen. La cosa pareció en un primer momento tan increíble que no solo no querían creer la mensajero, sino que lo tomaron por loco. Como llegaran uno tras otro, trayendo todos la misma historia, la creyeron finalmente; y antes de saber con seguridad que se acercaba a la ciudad, toda la población, ciudadanos y esclavos, hasta los niños y las mujeres, salieron a verlo. La multitud había bloqueado la puerta, y parecía como si cada uno quisiera ver la evidencia por sus propios ojos antes de poder creerse que hubiera tenido lugar, verdaderamente, tan gran acontecimiento. Los que llevaban a Filopemen tuvieron muchas dificultades para abrirse paso hacia la ciudad a través de la multitud. Una aglomeración igual de densa impedía el tránsito por el resto del camino y, como la mayoría no podían ver nada, corrieron hacia el teatro que estaba cerca de la vía y todos a una gritaron que se le llevara allí, donde la gente pudiera verlo. Los magistrados y los ciudadanos principales temían que la compasión levantada por la contemplación de un hombre tan importante provocara algún disturbio, al contrastar algunos su antigua grandeza con su situación actual y al recordar otros todo lo que había hecho por ellos. Se lo colocó, pues, donde se le podía ver a distancia, apartándolo después de la vista de los hombres, aduciendo el pretor Dinócrates que existan ciertas cuestones, relacionadas con la dirección de la guerra, sobre las que los magistrados deseaban interrogarlo. Lo llevaron luego a la curia y convocaron al senado, empezando las deliberaciones.

[39,50] Caía ya la tarde y no solo no pudieron ponerse de acuerdo en otros asuntos, sino ni siquiera en cuanto a dónde lo podrían custodiar con seguridad durante la noche. Estaban abrumados por la grandeza y el valor de aquel hombre, por lo que no se atrevían a llevarlo a sus casas ni a confiar su custodia a una sola persona. Alguien les recordó que el tesoro público estaba en una cámara subterránea recubierta por bloques de piedra labrada. Aquí se le puso, encadenado, y se le colocó encima mediante poleas una gran piedra que sirvió de cierre. Habiendo considerado así preferible confiar su custodia a un lugar, en vez de a cualquier hombre, esperaron al próximo día. A la mañana siguiente, toda la población, o por lo menos la más cabal, teniendo en cuenta sus anteriores servicios a su ciudad, consideró que se le debía perdonar y buscar, con su mediación, una solución a sus actuales problemas. Los autores de la rebelión, que controlaban el gobierno, celebraron una reunión secreta y, por unanimidad, decidieron que se le debía dar muerte, aunque no pudieron acordar si debían hacerlo inmediatamente o no. La parte que estaba ansiosa por darle muerte se impuso y se envió un hombre a llevarle el veneno. Se dice que tomó la taza y se limitó a preguntar si Licortas -el otro general de los aqueos-y sus jinetes habían podido escapar. Cuando se le aseguró que estaban a salvo, dijo: "Está bien"; y sin la menor señal de miedo vació el cuenco y poco después expiró. Los autores de esta crueldad no se felicitaron durante mucho tiempo por su muerte. Mesenia fue tomada durante en la guerra y, por exigencia de los aqueos, se entregó a los criminales. Los restos de Filopemen les fueron devueltos y todo el Consejo Aqueo estuvo presente en su funeral. Se le tributaron todos los honores humanos y no se le rehuyeron tampoco los divinos. Los historiadores griegos y latinos rinden a este hombre tan alto homenaje que algunos de ellos, para destacar este año, transmiteron a la tradición que durante aquel año murieron tres ilustres generales: Filopemen, Aníbal y Publio Escipión. Hasta aquel punto lo pusieron en igualdad con los más grandes generales de las naciones más poderosas del mundo.

[39,51] Prusias había caído, desde hacía algún tiempo, bajo las sospechas de Roma; en parte por haber dado cobijo a Aníbal tras la huída de Antioco y en parte porque había iniciado una guerra contra el rey Eumenes. Por consiguiente, se le envió a Tito Quincio Flaminino en una comisión especial. Acusó a Prusias, entre otras cosas, de admitr en su corte a quien, de entre todos los hombres vivos, era el más mortal enemigo del pueblo de Roma; a quien había instgado primero a su patria y después, quebrado el poder de esta, al rey Antioco para que llevara la guerra contra Roma. Ya fuera debido al lenguaje amenazante de Flaminino o porque quisiera congraciarse con este y los romanos, tomó la decisión de dar muerte a Aníbal o entregarlo a ellos. En cualquier caso, inmediatamente después de su primera entrevista con Flaminino envió soldados para vigilar la casa en la que vivía Aníbal. Aníbal había siempre había concebido en su ánimo tal fin para su vida, pues era totalmente consciente del odio implacable que los romanos sentían hacia él y no tenía confianza alguna en la lealtad de los monarcas. Ya había experimentado la fragilidad del carácter de Prusias y temía la llegada de Flaminio como algo fatal para él. Para precaverse frente a los peligros que lo acosaban por todas partes, trató de mantener abiertas varias vías de escape y, con esto presente, hizo construir siete salidas desde su casa, algunas de ellas ocultas para que no pudieran ser bloqueadas por guardias. Pero inmenso poder de los reyes no deja que quede oculto nada de lo que desean descubrir. Los guardias rodearon la casa tan de cerca que nadie podía escapar de ella. Cuando Aníbal fue informado de que los soldados del rey estaban en el vestibulo, trató de escapar por una salida lateral [para el término latino original "devium" las traducciones más antiguas dicen "salida trasera" o "por detrás", mientras que la de José Antonio Villar Vidal emplea "lateral"; habrían sido igualmente aceptables los términos "a trasmano" o "desviada".-N. del T.] y escondida por la que podía quedar más oculta la salida. Se encontró con que esta también estaba vigilada muy de cerca y que los guardias estaban situados alrededor de todo el lugar. Finalmente, pidió el veneno que desde hacía tiempo tenía dispuesto en previsión de una emergencia como aquella y exclamó: "Vamos, -dijo-aliviemos a los romanos de la ansiedad que tanto tiempo han experimentado, ya que no tienen paciencia para para esperar a la muerte de un anciano. La victoria que Flaminino obtendrá sobre un fugitivo indefenso y traicionado no será ni grande ni memorable; este día demostrará por sí mismo cuán enormemente han cambiado las costumbres del pueblo romano. Sus antepasados advirteron a Pirro, cuando tenía un ejército en Italia, que se precaviera contra el veneno; ahora mandan a un hombre de rango consultar para que convenza a Prusias de asesinar a su huésped". A continuación, maldiciendo a Prusias y a su reino y apelando a los dioses que protegen los usos de la hospitalidad para que castgaran su perfidia, apuró la copa. Tal fue el final de la vida de Aníbal.

[39.52] Según Polibio y Rutlio, este fue el año en que murió Escipión. Yo no estoy de acuerdo con ninguno de estos autores ni con Valerio, pues me he encontrado con que, durante la censura de Marco Porcio y Lucio Valerio, el mismo Valerio fue elegido príncipe del Senado, aunque el Africano había ocupado aquel cargo durante las dos censuras anteriores; y a menos que asumamos que se le borró de las listas senatoriales -y no hay registro alguno de que una deshonra así se añadiera a su nombre-, no se habría elegido a ningún otro hombre para este cargo de haber seguido vivo. Se demuestra la equivocación de Valerio Antas por las siguientes consideraciones: Durante el tribunado plebeyo de Marco Nevio, Escipión pronunció un discurso que todavía se conserva; En las listas de los magistrados aparece que este Nevio fue tribuno de la plebe en el consulado de Publio Claudio y Lucio Porcio -184 a.C.-, pero entró en funciones el diez de diciembre -185 a.C.-, cuando eran cónsules Apio Claudio y Marco Sempronio. Desde esa fecha hasta el quince de marzo, cuando entraron en funciones Publio Claudio y Lucio Porcio, pasaron tres meses. Así pues, parece que Escipión estaba vivo cuando Nevio fue tribuno y pudo haber sido llevado a juicio por este, pero murió antes de que Lucio Valerio y Marco Porcio fueran censores. Podemos trazar una correspondencia entre la muerte de estos tres hombres, los más ilustres de sus respectivos pueblos, pues, aunque no murieron al mismo tiempo, todos tuvieron un final indigno del esplendor de sus vidas. Ninguno de ellos murió, ni a ninguno se le enterró, en suelo patrio. Aníbal y Filopemen murieron mediante el veneno; Aníbal fue un exiliado y fue traicionado por su anfitrión, Filopemen fue un prisionero y murió encadenado en la cárcel. Aunque Escipión no había sido desterrado ni condenado a muerte, al no comparecer a juicio el día fijado para este, debidamente citado, el mismo se impuso un desterro perpetuo, no solo de por vida, sino también tras su funeral.

[39,53] Mientras tenían lugar en el Peloponeso los acontecimientos de los que me he separado durante mi digresión, Demetrio y los delegados habían regresado a Macedonia. Este retorno afectó de diferente manera los ánimos de unos y otros. La mayor parte de la población macedonia, aterrorizada ante la perspectiva de una guerra inminente contra Roma, apoyaba con entusiasmo a Demetrio. Lo contemplaban como artifice de la paz y consideraban segura su sucesión al trono tras la muerte de su padre. Aunque menor que Perseo, él era hijo legítimo mientras que el otro era el hijo de una concubina. El otro, engendrado en un cuerpo que se había entregado a muchos, no tenía ningún rasgo particular de semejanza con su padre, mientras que Demetrio mostraba un notable parecido con Filipo; aún más, Perseo no era apreciado por los romanos y a estos les gustaría poner a Demetrio en el trono de su padre. Tales eran los comentarios generales. Perseo, por tanto, estaba inquieto al considerar que su mayor edad, por si sola, le serviría de poco ante su hermano, que lo aventajaba en todos los demás aspectos. El propio Filipo, además, poco convencido de que fuera él quien hubiera de decidir a quién dejar como heredero al trono, llegaba a comentar que su hijo menor estaba empezando a ser una amenaza más seria de lo que le gustaría. Le molestaba la manera en que los macedonios recurrían a Demetrio y consideraba humillante la existencia de una segunda corte real mientras él aún vivía. El joven príncipe, por su parte, había vuelto a casa con una conciencia mucho más alta de su propia importancia, basándose en los elogios emitidos por el Senado y en que se le había concedido a él lo que se le había negado a su padre. Cada alusión que hacía a los romanos elevaba su prestgio entre los macedonios, pero provocaban un rechazo equivalente tanto de su hermano como de su padre. Esto resultó ser así, especialmente, cuando llegaron de Roma los nuevos delegados y Filipo se vio obligado a evacuar Tracia, retrar sus guarniciones y llevar a cabo las demás medidas exigidas por los comisionados anteriores y las nuevas órdenes del Senado. Todas estas cosas eran una fuente de dolor y amargura para él, tanto más porque veía que su hijo tenía mucho más contacto con los romanos que con él mismo. No obstante todo esto, se mostró obediente a las órdenes de Roma para que no pudiera haber pretexto alguno al inicio de hostlidades. Pensando en desviar cualquier sospecha que pudieran albergar los romanos sobre sus planes, llevó su ejército al interior de Tracia, contra los odrisas, los denteletos y los besos [los odrisas vivían en el valle del río Hebro, Maritsa para los búlgaros, y los denteletos en el curso alto del Estrimón.-N. del T.]. Tomó la ciudad de Filipópolis, que había sido abandonada por sus habitantes y que con sus familias se habían refugiado en las montañas cercanas. Aceptó la rendición de los bárbaros que vivían en las llanuras después de asolar sus tierras. Dejando una guarnición en Filipópolis, que fue expulsada poco después por los odrisas, inició la construcción de una ciudad en el Deuríopo -un distrito de Peonia-, cerca del río Erígono que, naciendo en Iliria, fuye a través de Peonia hasta en río Axio [el actual Wardar.-N. del T.], no lejos de la antigua ciudad de Estobos. Ordenó que la nueva ciudad fuera llamada Perseide en honor a su hijo mayor.

[39,54] Mientras sucedían estos acontecimientos en Macedonia, los cónsules partan hacia sus provincias. Marcelo envió un mensaje a Lucio Porcio, el procónsul, para pedirle que llevara sus legiones hacia la ciudad que los galos acababan de construir. A la llegada del cónsul, los galos se rindieron. Doce mil de ellos tenían armas, la mayoría tomadas a la fuerza por los campos. Se les requisaron estas, así como todo aquello de lo que se habían apoderado al saquear los campos o que habían traído con ellos. Enviaron emisarios a Roma para quejarse por estas medidas y el pretor Cayo Valerio los introdujo en el Senado donde explicaron cómo, debido a la superpoblación, la falta de tierra y la miseria general, se habían visto obligados a cruzar los Alpes en busca de un hogar. Al ver tierras deshabitadas y sin cultivar, se establecieron sin hacer daño a nadie. Incluso habían comenzado a construir una ciudad fortificada, una prueba clara de que no iban con intenciones agresivas contra ninguna ciudad ni pueblo. Marco Claudio les había enviado recientemente un mensaje amenazándoles con hacerles la guerra si no se rendían. Al preferir una paz segura, aunque no fuera atractiva, antes que las incertdumbres de la guerra, se habían puesto bajo la protección, más que bajo el dominio, del pueblo romano. Pocos días después, se les ordenó evacuar la ciudad y el territorio, y su intención era partir tranquilamente y asentarse en aquella parte del mundo que pudieran. A continuación se les arrebataron las armas y, por último, todo lo que poseían, sus bienes y su ganado. Ellos imploraban al Senado y al pueblo de Roma que no tratasen a quienes se habían rendido sin hacer daño a nadie con más severidad de la que trataban a sus enemigos.

Ante estas razones, el Senado ordenó que se les diera la siguiente respuesta: ellos habían actuado ilegalmente al venir a Italia y tratar de construir una ciudad en un territorio que no era suyo sin el permiso del magistrado romano que tenía a su cargo aquella provincia; Por otra parte, no complacía al Senado que, después de haberse rendido, se les hubiera despojado de sus bienes y posesiones. El Senado enviaría a su vuelta unos comisionados al cónsul para ordenarle que se les devolvieran todas sus pertenencias siempre que regresaran a su lugar de origen. Los comisionados deberían también cruzar los Alpes y advertr a las comunidades galas para mantuvieran su población en su país; Los Alpes se extendían entre ellos como una frontera casi intransitable y, desde luego, no les iría mejor que a los primeros que abrieron una vía de paso en ellos. Se envió como comisionados a Lucio Furio Purpurio, Quinto Minucio y Lucio Manlio Acidino. Después de que se les devolviera todo aquello que era suyo, sin pérdida para ninguno, los galos salieron de Italia.

[39.55] Las tribus transalpinas dieron una amable respuesta a los comisionados. Sus ancianos criticaron la excesiva indulgencia de los romanos al haber dejado marchar sin castgo a unos hombres que, sin la autorización de su tribu, habían salido a ocupar territorio perteneciente al gobierno romano y habían tratado de fundar una ciudad en unas tierras que no les pertenecían; deberían haber pagado un alto precio por su temeridad. La indulgencia mostrada al devolverles sus bienes podría, se temían, invitar a otros a empresas similares. La hospitalidad que mostraron hacia los comisionados fue tan generosa que los colmaron de regalos. Una vez que los galos se hubieron retirado de su provincia, Marco Claudio a desarrollar sus planes para una guerra contra Histria. Escribió al Senado pidiendo permiso para llevar sus legiones a Histria y el Senado lo autorizó a hacerlo. Se estaba discutendo por entonces la cuestón del envío de colonos a Aquilea, considerándose si debía ser una colonia latina o se debía enviar ciudadanos romanos. Finalmente, se decidió que se fundase una colonia latina. Para supervisar el asentamiento, se nombró triunviros a Publio Escipión Nasica, Cayo Flaminio y Lucio Manlio Acidino. También en ese año fueron fundadas las colonias de Módena [la antigua Mutina.-N. del T.] y Parma, ambas por ciudadanos romanos. Se asentaron en cada colonia dos mil hombres, en tierras que recientemente habían pertenecido a los boyos y anteriormente a los etruscos. Los de Parma recibieron ocho yugadas cada uno y los de Módena cinco [2,16 y 1,35 Ha., respectivamente.-N. del T.]. La asignación de la tierra fue llevada a cabo por Marco Emilio Lépido, Tito Ebucio Caro y Lucio Quincio Crispino. También se fundó una colonia de ciudadanos romanos en Saturnia, bajo la supervisión de Quinto Fabio Labeo, Cayo Afranio Estelio y Tiberio Sempronio Graco. Se asignaron diez yugadas a cada colono [2,7 Ha.-N. del T.].

[39,56] Durante el mismo año, el procónsul Aulo Terencio libró algunos combates victoriosos contra los celtiberos, no lejos del Ebro, en territorio ausetano, asaltando algunas plazas que se habían hecho fuertes allí. La Hispania Ulterior permaneció más tranquila aquel año debido a la larga enfermedad de Publio Sempronio; los lusitanos, que no fueron provocados por nadie, siguieron estando, afortunadamente, tranquilos. Tampoco Quinto Fabio hizo nada digno de mención en la Liguria. Marco Marcelo fue llamado de Histria y su ejército fue licenciado. Regresó a Roma para llevar a cabo las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Cneo Bebio Tánfilo y Lucio Emilio Paulo -para el 182 a.C-. Este último había sido edil curul con Marco Emilio Lépido, que cinco años antes había ganado su consulado después de dos derrotas anteriores. Los nuevos pretores fueron Quinto Fulvio Flaco, Marco Valerio Levino, Publio Manlio, por segunda vez, Marco Ogulnio Gallo, Lucio Cecilio Denter y Cayo Terencio Istra. Al final del año se efectuaron rogativas a causa de ciertos prodigios. Se creyó firmemente que durante dos días había llovido sangre en el recinto del templo de la Concordia, y se informó de que no lejos de Sicilia había surgido una nueva isla del mar, donde no la había. Valerio Antas es nuestra autoridad para afirmar que Aníbal murió este año, y que, además de Tito Quincio Flaminino, cuyo nombre es mencionado con frecuencia en relación con este asunto, Lucio Escipión Asiátco y Publio Escipión Nasica fueron también enviados a Prusias con aquel propósito.

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Libro 40: Perseo y Demetrio

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[40,1] A principios del año siguiente -182 a.C.-los cónsules y pretores sortearon sus provincias. Liguria fue la única provincia consular y se asignó a ambos cónsules. El resultado del sorteo otorgó la pretura urbana a M. Ogulnio Gallo, la pretura peregrina fue para Marco Valerio, la Hispania Citerior correspondió a Quinto Fulvio Flaco, la Hispania Ulterior fue para Publio Manlio, Sicilia para Lucio Cecilio Denter y Cerdeña para Cayo Terencio Istra. Los cónsules recibieron instrucciones para proceder al alistamiento de tropas. Quinto Fabio había escrito desde Liguria para comunicar que los apuanos estaban contemplando una reanudación de hostilidades y que había peligro de que atacaran el territorio de Pisa. En las provincias hispanas también había problemas: el Senado tuvo conocimiento de que la Hispania Citerior estaba en armas y que se estaba combatiendo contra los celtíberos; en la Hispania Ulterior, debido a la larga y continuada enfermedad del pretor, se había relajado la disciplina militar por culpa de la vida cómoda y la ociosidad. En estas circunstancias, se decidió que debían alistarse nuevos ejércitos: cuatro legiones para la Liguria, compuestas cada una por cinco mil doscientos infantes y doscientos jinetes, además de quince mil infantes y ochocientos jinetes procedentes de los aliados latinos [esto nos da un total de 20.800 romanos -4 legiones-y 15.000 italianos -3 legiones-, lo que podría indicar que el ejército de Fabio estaba sobrado de italianos.-N. del T.]. Todas estas fuerzas constituyeron los dos ejércitos consulares. Además, se encargó a los cónsules que llamaran a filas a siete mil infantes y cuatrocientos jinetes aliados y latinos, y enviarlos a la Galia, con Marco Marcelo, cuyo mando allí se había visto prorrogado al término de su consulado. Para las dos provincias hispanas se debería alistar una fuerza de cuatro mil infantes y doscientos jinetes romanos, junto a siete mil infantes y trescientos jinetes de los aliados latinos. A Quinto Fabio Labeo se le prorrogó su mando en Liguria y mantendría el ejército que ya tenía.

[40.2]
La primavera de ese año fue tormentosa. En la víspera de la Parilia [festividad en honor de Pales, diosa de los pastores, que se celebraba el 21 de abril.-N. del T.], hacia el mediodía, se desató una terrible tormenta de viento y lluvia que destruyó muchos edificios, tanto sagrados como profanos. Se derribaron las estatuas de bronce del Capitolio, arrancó la puerta del templo de la Luna en el Aventino y la arrojó contra la pared trasera del templo de Ceres. Otras estatuas fueron volcadas en el Circo Máximo, junto con sus pedestales. Varios pináculos cayeron desde los techos de los templos, quedando destrozados sin remisión. Por consiguiente, se consideró esta tormenta como un presagio y se llamó a los augures para que dirigieran la expiación que precisaba. Se exigió otra expiación adicional a consecuencia de la noticia llegada a Roma sobre el nacimiento de una mula, en Rieti [la antigua Reate.-N. del T.], con solo tres patas, así como un informe llegado desde Formia participando que el templo de Apolo, en Gaeta [la antigua Cayeta.-N. del T.], había sido alcanzado por un rayo. A consecuencia de estos signos, se sacrificaron veinte víctimas adultas y se ofrecieron rogativas durante un día. Por un despacho remitido por Aulo Terencio se pudo establecer que Publio Sempronio, después de más de un año de enfermedad, había muerto en la Hispania Ulterior. Los pretores recibieron la orden de partir hacia Hispania tan pronto como les fuera posible. Se concedió audiencia en el Senado a legaciones llegadas de ultramar. Primero fueron recibidas las de los reyes Eumenes y Farnaces, y las de los rodios. Estos últimos se quejaron de la masacre de los habitantes de Sínope [en el norte de la actual Turquía, en la costa central del mar Negro.-

N.
del T.]. Al mismo tiempo, llegaron a Roma embajadores de Filipo y de los lacedemonios. Después de escuchar a Marcio, quien había sido enviado para determinar el estado de las cosas en Grecia y Macedonia, el Senado dio su respuesta. A los dos soberanos y a los rodios se les informó de que el Senado enviaría una comisión para revisar aquella situación.

[40,3] Marcio había reclamado mayor atención a cuanto se refería a Filipo. Admitió que Filipo había cumplido con las medidas en las que insistió el Senado, pero de tal manera que dejaba bien claro su intención de no cumplirlas más tiempo del que se viera obligado. No cabía duda de que iba a reanudar la guerra, y que todas sus palabras y actos iban en esa dirección. Había trasladado casi toda la población de las ciudades costeras al territorio que ahora se llamaba Ematia, antes conocido como Peonia [otros autores antiguos, como Estrabón y Plinio, consideran Emacia como el antiguo nombre de Macedonia.-N. del T.], y que había entregado aquellos ciudades a los tracios y a otros bárbaros, considerando que podía fiarse más de aquellos pueblos en caso de una guerra con Roma. Estas disposiciones levantaron fuertes protestas por toda Macedonia; al llegar el momento de abandonar a sus penates, junto a sus mujeres e hijos, pocos eran los que contenían silenciosamente su dolor. Por todas partes se escuchaban entre las multitudes maldiciones contra el rey, pudiéndoles más la ira que el miedo. Furioso por todo esto, Filipo empezó a sospechar de todas las personas, todos los sitios y todos los momentos por igual; por fin, terminó declarando públicamente que solo estaría seguro cuando tuviera bajo custodia y en lugar seguro a los hijos de aquellos a los que había ejecutado. Entonces podría darles muerte a cada cual a su debido tiempo.

[40,4] Esta brutalidad, espantosa como era, se hizo aún más odiosa por el aniquilamiento de una familia en particular. Herodico, un dirigente de Tesalia, había sido ejecutado por Filipo hacía ya varios años; tras ello, dio muerte a sus yernos y sus dos hijas, Teóxena y Arco, quedaron viudas y cada una con un hijo pequeño. Teóxena tuvo varias ofertas de matrimonio, pero las rechazó todas. Arco se casó con un hombre llamado Poris, que era la persona más importante entre los enianes. Ella le dio varios hijos, pero murió mientras todavía eran pequeños. A fin de que los hijos de su hermana pudieran ser educados bajo su propio cuidado, Teóxena se casó con Poris y cuidó a su hijo y a los de su hermana como si ella los hubiera parido a todos. Cuando se enteró del edicto del rey sobre la detención de los hijos de los que habían sido ejecutados, consideró seguro que los niños serían víctimas no solo de la lujuria del rey, sino incluso de las pasiones de sus guardias. Tomó una terrible decisión y se atrevió a decir que prefería matarlos con su propia mano antes que dejarlos caer en poder de Filipo. Poris se horrorizó ante la mera mención de tal acto y dijo que los enviaría con algunos amigos de confianza en Atenas, acompañándolos en su exilio. Partieron de Tesalónica hacia Enea, donde en aquel momento se llevaba a cabo un sacrificio, que se celebraba con gran pompa cada cuatro años en honor de Eneas, el fundador de la ciudad. Después de pasar el día en el festejo tradicional, esperaron hasta la tercera guardia, cuando todos dormían, y marcharon a bordo de un buque que Poris había dispuesto, en apariencia para regresar a Tesalónica pero, en realidad, para cruzar hacia Eubea. Sin embargo, el amanecer los sorprendió no muy lejos de tierra, tratando en vano de avanzar contra un viento contrario; las tropas del rey, que estaban de guardia en el puerto, enviaron un lembo armado para capturar aquella nave y con órdenes estrictas de no regresara sin ella. Poris, mientras tanto, hacía todo lo que posible para animar a los remeros y marineros, alzando de tanto en tanto sus manos al cielo para implorar la ayuda de los dioses. En todo ello, la feroz mujer, volviendo al propósito que hacía tiempo se había formado y disolviendo cierta cantidad de veneno, puso la copa donde se pudiera ver y, desenvainando las espadas, exclamó: "La muerte es lo único que nos puede liberar. Aquí hay dos formas de enfrentarla, elegid cada uno la que queráis para escapar de la tiranía del rey. Adelante, hijos míos, los que sois mayores debéis ser los primeros en empuñar la espada o en beber el veneno, si queréis una muerte más lenta". Por un lado estaban los enemigos, cada vez más próximos a ellos, por otro estaba su madre, dándoles prisa e incitándolos a morir. Algunos escogieron una muerte, algunos la otra, pero aún medio vivos son lanzados fuera de la nave. Luego, la propia madre, abrazando a su marido, se arrojó también con él al mar. Las tropas del rey se apoderaron de un buque sin dueños.


[40,5] El horror de este hecho avivó nuevamente, por decirlo así, las llamas del odio contra el rey; por todas partes se acumulaban las maldiciones contra él y sus hijos, llegando al punto estas terribles imprecaciones a oídos de todos los dioses, que le hicieron volver entonces toda la crueldad contra su propia sangre. Viendo Perseo que cada día iba creciendo más la popularidad e influencia de su hermano Demetrio entre la población de Macedonia, así como su favor entre los romanos, y sintiendo que ya no le quedaban más esperanzas para conseguir la corona que la perpetración de un crimen, dedicó a su realización todos sus pensamientos. Al no considerarse lo bastante fuerte como para llevar a cabo el propósito que trataba su mente débil y cobarde, empezó a tantear a los amigos de su padre, uno por uno, dejando caer insinuaciones y dudas en sus conversaciones con ellos. Algunos, al principio, hicieron parecer a primera vista que rechazaban todo aquello, pues tenían más esperanzas en Demetrio. Pero como el rencor de Filipo contra los romanos iba a más cada día, rencor que Perseo alentaba y que Demetrio hacía todo lo posible por refrenar, previendo la ruina del joven que no se precavía contra las intrigas de su hermano, se decidieron al fin a ayudar a lo que inevitablemente había de ocurrir, siguiendo las esperanzas del más fuerte, y se pusieron del lado de Perseo. Dejaron el resto de medidas para otro momento más adecuado y, por el momento, determinan emplear todos sus esfuerzos en inflamar al rey contra los romanos y convencerle para que acelere los planes de guerra a la cual ya estaba por sí mismo inclinado. Para agravar las sospechas contra Demetrio, solían sacar a colación el tema de los romanos con él. Entonces, algunos se burlaban de sus costumbres e instituciones, otros hablaban con ligereza sobre sus logros militares, otros del aspecto de la Ciudad, con su falta de adornos en los edificios públicos y privados, y otros, al fin, hablando con desprecio de sus más notables ciudadanos. El joven, desechando toda prudencia, tanto por su devoción al nombre de Roma como por su oposición a su hermano, defendía en todo a los romanos y se hacía así objeto de sospecha ante su padre, exponiéndose a las acusaciones de deslealtad. El resultado fue que su padre le excluyó de todas las consultas sobre asuntos relativos a Roma y volcó en Perseo toda su confianza, discutiendo estos temas con él día y noche.

Resultó que regresaron los enviados a quienes había mandado al país de los bastarnos [habitaban el margen izquierdo del Danubio.-N. del T.] para buscar tropas auxiliares, regresando acompañados por algunos jóvenes nobles entre los que había algunos de sangre real. Uno de ellos se comprometió a dar a su hermana en matrimonio al hijo de Filipo, y el rey estaba muy entusiasmado con la idea de una alianza con aquella nación. Perseo, ante esto, le dijo: "¿Qué ventaja hay en eso? Tendremos poca protección con el apoyo extranjero, en comparación con el peligro de una traición en casa. Tenemos entre nosotros, no lo llamaré un traidor, pero sí un espía; desde que fue rehén en Roma, los romanos se han apoderado de su corazón y de su alma, aunque nos hayan devuelto su cuerpo. Los ojos de casi todos los macedonios están vueltos hacia él, completamente convencidos de que no tendrán más rey que aquel que les den los romanos". La perturbada mente del anciano rey se inquietó aún más por estas palabras, a las que tomó más en serio de lo que su aspecto dejó traslucir.

[40,6] Justo entonces llegó el momento de la purificación del ejército [esta se iniciaba el 23 de marzo con ritos en honor del dios Xantos.-N. el T.] cuya ceremonia es como sigue: Se corta el cuerpo de una perra por la mitad; la parte delantera, con la cabeza, se coloca al lado derecho de la carretera y la parte trasera, con las entrañas, a la izquierda; luego, las tropas marchan entre ellas con sus armas. Al frente de la columna se llevan las armas y estandartes de todos los reyes de Macedonia, desde su más remoto origen; siguen luego el rey y sus hijos, a continuación la propia cohorte real y su cuerpo de guardia, marchando en retaguardia la falange macedonia. Los dos príncipes cabalgaban a cada lado de su padre; Perseo tenía ya treinta años y Demetrio era cinco años menor que él, el primero en pleno vigor de la juventud y el último en la flor de la juventud. Descendientes adultos de un afortunado padre, de haber gozado de una mente sana. Una vez completado el rito de purificación, era costumbre que el ejército marchara de maniobras y, tras formar en dos conjuntos, se enfrentaran en un simulacro de combate. Los dos príncipes fueron designados para mandar esta batalla simulada; pero no resultó un combate fingido, sino que cargaron como si estuvieran peleando por la corona. Se produjeron muchas heridas con los palos y no faltó sino las espadas para ofrecer la apariencia de una batalla auténtica. La división que mandaba Demetrio resultó ser, con mucho, la mejor. Perseo sufrió intensamente por esto, pero sus amigos, más sabios, estaban contentos, pues decían que esta misma circunstancia daría motivos para incriminar al joven.

[40,7] Demetrio invitó a Perseo a cenar al final del día, pero este rehusó acudir y cada uno ofreció un banquete a quienes habían sido sus camaradas en el simulacro de batalla. Tal y como correspondía a aquel día festivo, la generosidad de la invitación y el buen humor de la juventud llevó a ambas partes a beber con liberalidad. Dieron en revivir la batalla y hacer chistes a expensas de sus rivales, de los que ni sus jefes quedaron exentos. Uno de los invitados de Perseo, enviado como espía para escuchar estas conversaciones, como se comportara un tanto imprudentemente resultó detenido por algunos jóvenes que se hallaban en la sala del banquete y sufrió malos tratos. Demetrio, que nada sabía de esto, dijo a sus compañeros: "Si mi hermano está todavía furioso después de la batalla, ¿por qué no vamos con él para seguir la diversión y apaciguarlo con nuestra alegría y buen humor?" Todos ellos gritaron que irían, excepto los que tenían miedo a una venganza inmediata por haber maltratado al espía. Demetrio hizo que también esos fuesen con él, y ellos ocultaron espadas bajo sus ropas para defenderse en caso de que los atacaran. Nada puede mantenerse en secreto en una disputa familiar y ambas casas estaban llenas de espías y traidores. Un delator se adelantó corriendo e informó a Perseo de que cuatro hombres jóvenes, de los que venían con Demetrio, llevaban espadas ocultas. A pesar de que debía conocer el motivo, pues había sido informado también de que estos habían golpeado a su invitado, aprovechó para convertir aquel asunto en algo más grave y ordenó atrancar la puerta, impidiéndoles desde el piso y ventanas de arriba, que daban a la calle, la entrada como si vinieran a matarlo. Demetrio, que estaba bajo los efectos del vino, protestó a gritos durante algún tiempo de que no le dejaran entrar y luego regresó a su banquete, sin saber la causa de todo aquello.

[40,8] En cuanto tuvo ocasión de ver a su padre, al día siguiente, Perseo entró en el palacio y, con expresión demudada, se quedó parado a cierta distancia de su padre. "¿Estás bien? -le preguntó Filipo-¿Por qué ese rostro sombrío?" "Para bien tuyo estoy vivo -le contestó-que es más de lo que pudiera esperar ahora. Ya no se ejecutan por lo secreto los planes de mi hermano para quitarme la vida, pues vino a mi casa por la noche, con gente armada para matarme. Sólo atrancando las puertas pude resguardarme de su furia tras las paredes de la casa". Después de sorprender y asustar así a su padre, prosiguió: "Así es, y si me pudieras escuchar te haré ver claramente toda esta situación". Filipo le dijo que sin duda le escucharía y dio órdenes para que se convocara de inmediato a Demetrio. Mandó a buscar también a dos de sus viejos amigos, que nada tenían que ver en la disputa entre los hermanos y que no solían visitar mucho palacio: Lisímaco y Onomasto, pues deseaba que estuvieran presentes como consejeros. Mientras los esperaba, se puso a caminar de un lado para otro, a solas con sus pensamientos y con su hijo esperando de pie a cierta distancia. Cuando le anunciaron su llegada, se retiró con ellos y dos de sus guardias a una habitación interior, permitiendo que cada uno de sus hijos entrase con tres compañeros desarmados. Después de tomar asiento, les dijo: "Aquí estoy, el más infeliz de los padres, sentado como juez entre mis dos hijos, acusando el uno al otro de fratricidio y teniendo yo que hallar culpable a uno de mis propios hijos, sea de una falsa acusación o de una tentativa criminal. Es verdad que ya hace algún tiempo que temía la inminencia de esta tormenta, viendo vuestras miradas, sin nada de amor fraterno en ellas, y escuchando ciertas expresiones vuestras. Me atrevía a veces a esperar que se extinguiría vuestra ira y que se podrían aclarar las sospechas, pues incluso naciones enemigas han llegado a deponer las armas y firmar la paz, y muchos hombres han logrado poner fin a sus querellas privadas. Imaginaba que algún día recordaríais que sois hermanos, la intimidad confiada de vuestros días de niños y las enseñanzas que os daba, que me temo han caído en oídos sordos. ¡Cuántas veces os habré hablado de mi odio a las disputas fraternales, a los terribles resultados a que conducen y con cuánta frecuencia han arruinado familias, casas y reinos! También he puesto ante vosotros ejemplos del otro tenor: las relaciones amistosas entre los dos reyes de Esparta, que durante siglos han resultado una salvaguardia para ellos y su patria, y que en cuanto se implantó la costumbre de tratar cada uno de lograr el poder absoluto para sí, solo devino en la destrucción de su Estado. Mirad a esos dos monarcas, Eumenes y Atalo, que desde comienzos tan pequeños que casi no se les puede dar el título de rey, se han convertido en iguales de Antíoco y míos, y todo gracias a su mutuo entendimiento fraterno. Ni siguiera dejé de daros los ejemplos romanos que había visto y oído: los dos Quincios, Tito y Lucio; los dos Escipiones, Publio y Lucio, que vencieron a Antíoco; su padre y su tío, cuya armonía durante toda su vida quedó sellada por la muerte. Y no obstante los malos ejemplos que he mencionado en primer lugar y los nefastos resultados de su conducta, no he logrado disuadiros de vuestras insensatas desavenencias; tampoco la sensatez y buena suerte de los segundos os han llevado al buen juicio. Mientras estoy todavía vivo y con aliento, con vuestra criminal ambición habéis querido tomar mi herencia. Deseáis que yo viva lo suficiente para que, sobreviviendo a uno de vosotros, luego por mi muerte quede el otro rey indiscutible. No podéis soportar ni a vuestro padre ni a vuestro hermano. No guardáis ningún afecto, a nada consideráis sagrado; solo hay en vuestros corazones un deseo insaciable por la corona, que ha sustituido a todo lo demás. Adelante, pues, afligid y deshonrad los oídos de vuestro padre, discutid mediante acusaciones lo que pronto dirimiréis con la espada; hablad abiertamente y decid cuanto de cierto podáis o cuanta falsedad os plazca inventar. Mis oídos están ya abiertos para vosotros, en adelante estarán cerrados a cualquier acusación que os podáis hacer por separado". Pronunció estas últimas palabras en tono lleno de ira, echándose a llorar todos los presentes; se produjo luego un largo y doloroso silencio.

[40,9] Entonces habló Perseo: "Crees, entonces, que debía haber abierto la puerta, dejado entrar a los convidados armados y haber presentado mi cuello a la espada; pues no se cree el delito si no es consumado y, después de ser acosado por la traición, he de oír de ti el mismo lenguaje que se dirige a un ladrón o a un traidor. No en vano dicen las gentes que Demetrio es tu único hijo, al tiempo que a mí me llaman hijo supuesto [existía el rumor de que Demetrio era hijo de una esclava.-N. del T.] y nacido de una concubina. Y no hablan sin motivo, porque si a tus ojos tuviera yo el rango y el afecto debidos a un hijo, no descargarías tu ira sobre mí cuando me quejo de una traición demostrada, sino contra quien la ha cometido; ni tendría mi vida para ti tan poco valor como para mostrarte indiferente ante el peligro pasado

o los venideros si quedan impunes los conspiradores. Así pues, si he de morir sin protestar, callaré, excepto por una plegaria a los dioses para que el crimen que se inició conmigo termine también en mí, para que el golpe que me mata no te alcance a ti. Pero si lo que la naturaleza otorga a los que están rodeados en un lugar desierto, implorando la ayuda de hombres a los que nunca han visto, también a mí me es permitido, cuando veo una espada desenvainada sobre mí, apelar ante ti, por ti mismo y como padre -y ya sabes tú desde hace tiempo para cuál de nosotros dos es más sagrado ese nombre-, para que me escuches como si te hubieses despertado por mis gritos o llantos nocturnos y hubieras acudido en mi ayuda, habiendo hallado a Demetrio en el vestíbulo de mi casa, a altas horas de la noche, con sus compañeros armados. Lo que hubiera gritado entonces, en el momento del peligro evidente, lo digo ahora como queja al día siguiente.

"Hermano, hace mucho tiempo que no vivimos como aquellos que se intercambian invitaciones a comer. A toda costa deseas ser rey, pero a esta esperanza tuya se opone mi edad, el derecho de los pueblos y las antiguas costumbres de los macedonios. No podrás superar estos obstáculos sino a costa de mi sangre. Lo están intentando todo, todo lo estás tramando. Hasta ahora, mi vigilancia o mi buena suerte han sido un impedimento para tu parricidio. Ayer, con ocasión de la purificación, en las maniobras y el simulacro de pelea, estuviste a punto de provocar un combate fatal y solo impidió mi muerte el hecho de que permití que me derrotaras a mí y a mis hombres. Después de aquel combate como enemigos quisiste llevarme a tu banquete, como si solo hubiera sido un juego entre hermanos. ¿Crees, padre, que debería haber cenado entre mis invitados desarmados, cuando vinieron armados al banquete de mi casa? ¿Crees que no corrí anoche el peligro de sus espadas, después de haberme casi matado a palos mientras estabas tú mirando? ¿Por qué, Demetrio, viniste a esas horas de la noche? ¿por qué viniste como enemigo ante quien está de mal humor? ¿Y quieres que te recibiera cuando venías acompañado por jóvenes armados con espadas? No me atreví a confiarme a ti como invitado, ¿lo debería hacer cuando vienes con una banda armada? De haber abierto mi puerta, padre, ahora estarías organizando mis funerales en vez de escuchando mis quejas. No actúo como un acusador, ni presento evidencias discutibles. ¿Por qué tendría que hacerlo? Seguramente no negará que llegó ante mi puerta con una gran multitud, o que iba acompañado por hombres armados con espadas ocultas. Manda llamar a los hombres cuyos nombres te daré. Los que han osado hasta ahora llegar a cualquier extremo, sin embargo, no se atreverán a negar. Si los hubiera capturado en mi vestíbulo con sus espadas y te los hubiese traído, lo habrías considerado un caso probado; toma su confesión, si la hacen, como si se les hubiera capturado.

[40,10] "Puedes ahora maldecir el anhelo ardiente de tu corona, despertar las furias que vengan la sangre de un hermano; pero que no caigan a ciegas tus maldiciones, padre; distingue entre el traidor y la víctima de la traición, y déjalas caer sobre la cabeza del culpable. Que el que trataba de asesinar a su hermano sienta la ira de los dioses protectores de los padres; que quien iba a perecer víctima de su hermano encuentre refugio en la justicia y la compasión de su padre. Pues, ¿dónde más podría yo encontrar refugio, cuando no se está a salvo ni en la ceremonia de purificación del ejército, ni en casa, ni en el banquete ni en la noche, don de la naturaleza para el reposo de los mortales? Si yo hubiera aceptado la invitación de mi hermano, ello hubiera sido mi muerte; si yo hubiera dejado entrar a mi hermano tras mis puertas, ello hubiera sido mi muerte. Ni marchándome ni quedándome puedo escapar a la emboscada. De nadie he buscado el favor, padre, salvo el tuyo y el de los dioses; ni siquiera puedo huir con los romanos: ellos buscan mi perdición porque me molestan las injusticias de que eres objeto, porque me molesta que te priven de tantas ciudades, de tantos pueblos sometidos, y ahora de la costa de Tracia. Mientras tú o yo estemos vivos, no tendrán esperanzas de que Macedonia sea suya. Si la mano asesina de mi hermano me lleva y a ti lo hace la vejez, si es que esperan a que esto ocurra, saben que el rey y el reino de Macedonia serán suyos. Si los romanos te hubiesen dejado algo más allá de las fronteras de Macedonia, lo podría incluso considerar también un refugio para mí.

"Pero se me dirá que tengo suficiente protección con la de los macedonios. Ayer viste cómo me atacaron los soldados. ¿Qué les faltaba, excepto las armas? Lo que les faltó durante el día a los clientes de mi hermano, lo llevaron con ellos por la noche. ¿Y por qué no hablar de la mayoría de nuestros notables, que han puesto todas sus esperanzas de fortuna y poder en los romanos y en el hombre que goza de toda la influencia entre los romanos? ¡Por Hércules!, que no es solo que lo sitúen por encima de mí, el hermano mayor, sino que pronto lo pondrán por encima de ti, su padre y rey. Es él, desde luego, el responsable de que los romanos levanten la sanción que te iban a imponer; él es quien te protege de las armas de Roma, el que considera justo que tu ancianidad esté a merced y en deuda con su juventud. A su lado están los romanos y todas las ciudades que han sido liberadas de tu gobierno, con los macedonios disfrutando de la paz con Roma. ¿A quién me confiaré sino a ti, padre? ¿qué esperanza o seguridad tengo en ninguna parte?

[40,11] "¿Qué crees que significa esa carta que te acaba de enviar Tito Quincio, en la que te dice que has actuado en pro de tus intereses al enviar a Roma a Demetrio, y te urge a enviarlo de nuevo con una embajada más numerosa que incluya a los hombres más notables de Macedonia? Tito Quincio es ahora el consejero y maestro en todo de este; él ha renunciado a ti, su padre, y lo ha puesto en tu lugar. Con él dispusieron de antemano todos los planes secretos; cuando te pide que envíes con él más hombres notables, lo que busca son colaboradores que lo ayuden en la realización de esos planes. Saldrán de aquí leales y fieles, pensando que tienen un rey en Filipo; volverán contaminados y envenenados por los halagos romanos. Demetrio lo es todo para los romanos, y se dirigen ya a él como rey mientras su padre está aún vivo. Y si muestro mi indignación ante todo esto, he de escuchar inmediatamente la acusación de que ambiciono la corona, y no solo de otros sino incluso de ti, mi padre. En cuanto a mí, si se me mezcla en esa acusación, la rechazo. ¿Pues, a quién arrebato su lugar para ponerme en su puesto? Solo mi padre está delante de mí, y ruego al cielo para que sea así por mucho tiempo. Si le sobrevivo -y así será si mis méritos hacen que él desee que yo viva-, recibiré la herencia del reino si mi padre me lo entrega. Codicia el reino y lo codicia él de un modo criminal, pues está ansioso por saltarse el orden establecido por la edad, por la naturaleza, por la costumbre de los macedonios y por el derecho de los pueblos. "Mi hermano mayor -dice para sí mismo-, a quien por derecho y por deseo de mi padre pertenece la corona, se interpone en mi camino: eliminémoslo. No será el primero que llega al trono a costa de la sangre de un hermano. Mi padre, un hombre anciano, sin el apoyo de su hijo mayor temerá demasiado por sí mismo como para pensar en vengar la muerte de su hijo. Los romanos se alegrarán, aprobarán lo sucedido y lo defenderán. Son estas esperanzas inciertas, pero no carentes de fundamento. Pues estando así las cosas, padre, puedes rechazar el peligro que amenaza mi vida castigando a quienes han empuñado la espada para matarme; si alcanzan su propósito criminal, no tendrás poder para vengar mi muerte".

[40,12] Cuando Perseo hubo terminado, todos los presentes miraron a Demetrio, esperando su inmediata respuesta. Se produjo un largo silencio y todo el mundo vio que estaba bañado en lágrimas y sin poder hablar. Al fin le dijeron que tenía que hablar y, obligado a reprimir su dolor, comenzó así: "Todo cuanto los acusados pueden emplear en su defensa, padre mío, ha sido ya usado por mi acusador. Las lágrimas fingidas para provocar la ruina del contrario han levantado en ti la sospecha sobre las mías sinceras. Desde mi regreso de Roma se ha dedicado día y noche a tramar contra mí planes secretos junto con sus cómplices, y ahora se adelanta y me quiere presentar no solo como un conspirador, sino incluso como un bandido y un asesino manifiesto. Te atemoriza con su propio peligro para poder apresurar a través de ti la destrucción de su hermano inocente. Dice que ya no le queda sitio donde refugiarse en todo el mundo, para que yo no pueda albergar ninguna esperanza de seguridad contigo. Acosado por los enemigos, abandonado por los amigos, escaso de cualquier recurso, me hace cargar con el odio que provoca el favor de que gozo en el extranjero, que me perjudica más de lo que me beneficia. ¡Cómo se convierte en acusador!; mezcla en su relato los acontecimientos de anoche con un duro ataque sobre el resto de mi vida -para hacer sospechoso este incidente del que ahora conocerás su verdadera cara-a partir de otras situaciones, y al mismo tiempo, para apoyar esa descripción falta y escandalosa de mis esperanzas, deseos y proyectos, presenta estas pruebas falsas infundadas y falsas. Y al mismo tiempo, trata de hacer como si sus acusaciones fueran improvisadas, en el calor del momento, consecuencia de la alarma y el tumulto de esta noche. Sin embargo, Perseo, si yo fuera un traidor a mi padre y a mi reino, si yo hubiera intrigado con los romanos o con cualquier de los enemigos de mi padre, no deberías haber esperado a la ficción de anoche, sino que deberías haberme acusado antes de traición. Si esa acusación, aparte de esta de ahora, carente de fundamente y que más que mi culpabilidad lo que mostraría sería tu malquerencia hacia mí, también la debieras haber dejado aparte o para otra ocasión; de manera que lo que se aclarase fuera si yo a ti o tú a mí nos acechábamos con una muestra inaudita de odio. En todo caso, en la medida en que sea capaz de hacerlo en esta repentina confusión, separaré lo que has mezclado y revelaré la trama de la noche pasada para demostrar de quién fue el complot, tuyo o mío.

"El quiere hacer que parezca que tramado un plan contra su vida para que, evidentemente, después de la eliminación del hermano mayor, a quien según dice pertenece el trono según el derecho de los pueblos, la tradición macedónica y tu deseo, sea yo, el hijo menor, el que pudiera ocupar el sitio de aquel a quien yo había matado. ¿Cuál es entonces el sentido de esa parte siguiente de su discurso, en el que dice que yo busqué el favor de los romanos y que la confianza en ellos me llevó a concebir la esperanza de reinar? Porque si yo hubiera creído que los romanos tenían tanta influencia como para poder imponer en Macedonia el rey que ellos quisieran y si hubiera tenido entre ellos tanta influencia, ¿qué necesidad tendría yo de cometer parricidio? ¿Para llevar una diadema manchada con la sangre de un hermano asesinado? ¿Para convertirme en algo execrable y odioso ante los mismos hombres cuyo favor me he ganado por mi honestidad, sea auténtica o fingida? Tal vez supones que Tito Quincio, por cuyo virtuoso consejo dices que me rijo, me ha impulsado a convertirme en el asesino de mi hermano, aunque él mismo viva en tan fraternal unión con el suyo propio. Perseo ha juntado en su discurso no solo mi posición favorable a los romanos, sino también los sentimientos de los macedonios y el sentir casi unánime tanto de los dioses como de los hombres, y todo ello le ha llevado a pensar que no eras rival para mí. Y, sin embargo, como si en todo fuera yo inferior a él, sostiene que yo he puesto en el crimen mi última esperanza. ¿Quieres que se plantee la cuestión a juzgar de esta manera: que se considere que tomó la decisión de aplastar a su hermano aquel que haya temido que el otro pareciera merecer más la corona?

[40,13] "Sigamos ahora el orden en que han sido expuestos los cargos, aunque hayan sido inventados. Dijo que se habían producido numerosos atentados contra su vida y que se intentaron todos los métodos en un solo día. Yo quería, según dice, matarlo a plena luz del día tras la purificación, cuando nos enfrentamos en el simulacro de combate y precisamente, ¡por los dioses!, el mismo día de la purificación. Quise luego eliminarlo con veneno, evidentemente, cuando lo invité a cenar. Y más tarde, al ir a comer con él, quise darle muerte con el hierro cuando me acompañaron algunos invitados armados con espadas. ¿Te das cuenta de qué ocasiones se ha seleccionado para el asesinato: maniobras militares, un banquete y un festín? ¿Y qué clase de día era? Un día en el que se purifica el ejército, en la que se marcha entre las dos mitades de la víctima, con las armas reales de todos los reyes de Macedonia precediéndolos en procesión, nosotros dos solos al frente, escoltando tus flancos, padre, y siguiéndonos la falange macedonia. Aun cuando yo hubiera cometido previamente algún pecado que precisara expiación, ¿podría yo, tras haber sido purificado y absuelto en este solemne rito, precisamente mientras contemplaba la víctima colocada a cada lado de nuestro camino, podría yo haber albergado en mi mente pensamientos de asesinatos, venenos o espadas dispuestas para un festín? ¿Con qué otros ritos podría entonces haber limpiado una conciencia manchada por los peores delitos? Pero en su ciego afán por lanzar acusaciones y arrojar sospechas sobre todo lo que hice, contradice unas cosas con otras. Porque si yo pensaba eliminarte mediante el veneno durante el banquete, ¿qué habría podido servir menos a mi propósito que despertar tu ira con un combate encarnizado que te diera motivo justo para rechazar mi invitación? ¿Qué habría debido hacer tras tu irritada negativa? ¿Debía tratar de aplacar tu ira para tener luego otra oportunidad, ya que tenía dispuesto el veneno? ¿o debería, por así decir, saltar de ese plan a otro, para matarte con la espada y justamente el mismo día, con la excusa de un festín? Si yo hubiera creído que evitabas cenar conmigo al temer por tu vida, ¿cómo no podría suponer que por ese mismo temor evitarías también el festín?

[40.14] "No es algo de lo que avergonzarse, padre, si en un día tan festivo bebí algo más de la cuenta con mis compañeros. Me gustaría que pudieras comprobar con cuánta alegría y diversión transcurrió el banquete de ayer por la noche en mi casa, y cuán encantados estábamos -quizá de modo un tanto inapropiado- por el hecho de que nuestro bando no hubiera sido el peor en la competición con armas. Esta situación lamentable y mis temores han disipado rápidamente los efectos del vino; de no ser por ella, nosotros, los conspiradores, estaríamos ahora profundamente dormidos. Si yo hubiera ido a atacar a su casa y tras apoderarme de ella matar al propietario, ¿no nos habríamos abstenido mis soldados y yo del vino, siquiera por un día? Y para que no esté yo solo en esta defensa simple e ingenua, mi hermano, que no es en absoluto persona sospechosa, dice: "Lo único que sé, lo único que digo, es que vinieron a mi casa armados con espadas". Y si yo te preguntara cómo sabes precisamente eso tendrías que confesar que,

    1. o bien que mi casa estaba llena de tus espías, o que mis compañeros llevaban sus espadas tan abiertamente que todo el mundo los vio. Y para que no pareciese que él había realizado alguna investigación o que me acusaba con calumnias, quiere ahora que preguntes a las personas cuyos nombres te de él si llevaban espadas, como si hubiera alguna duda al respecto. Luego, después de ser interrogados sobre algo que todos admiten, se les trataría como a personas declaradas culpables después del juicio. ¿Por qué no les pidas que se sometan a la pregunta de si tomaron las espadas con el propósito de asesinarte y si yo lo sabía y los instigué? Esto es lo que tú quieres que se crea, y no lo que ellos admiten abiertamente. Sin embargo, ellos declaran que tomaron sus espadas para su propia protección. ¿Tuvieron motivos para esto? Ellos mismos deben responder de sus propios actos. No mezcles mi caso, que nada tiene que ver con lo que ellos hicieron. O explica, más bien, si te íbamos a atacar en secreto o abiertamente. Porque si lo íbamos a hacer abiertamente, ¿por qué no llevábamos todos espadas? ¿Por qué solo llevaban armas los que habían golpeado a tu espía? Y te íbamos a atacar en secreto, ¿qué clase de plan se había tramado? Una vez terminada la cena y cuando yo me hubiera despedido, ¿se habrían quedado los cuatro a la mesa contigo para atacarte cuando estuvieses dormido?, ¿cómo podrían haber pasado desapercibidos, siendo como eran extranjeros pertenecientes a mi partido, y, sobre todo, sospechosos al haber estado combatiendo contra ti no mucho antes? ¿Cómo, además, podrían haber escapado después de asesinarte? ¿Podría haberse asaltado tu casa y capturada con solo cuatro espadas?

    2. [40,15] "¿Por qué no dejas ya esta historia sobre lo que pasó anoche y vuelves a lo que realmente te duele y de consume de envidia? ¿Por qué, Demetrio, hay gente que habla de ti para ser rey? ¿Por qué pareces a ojos de algunas personas un sucesor más digno de la fortuna de su padre que yo? ¿Por qué enturbias mis esperanzas, cuando si tú no existieras estarían aseguradas? Así piensa Perseo, pero no habla de ello. Esto es lo que lo convierte en mi enemigo y mi acusador, esto es lo que inunda tu palacio y tu reino con la calumnia y la sospecha. Respecto a mí, padre, no debo esperar ahora la corona ni, seguramente, deba entrar en disputas por ella, ya que soy el más joven y es tu deseo que ceda mi lugar al mayor; pero siento que hay algo que era antes mi deber y también lo es ahora: no mostrarme jamás indigno de ti, padre mío,
  1. o indigno de mi pueblo. Pues esto sería lo que lograría con mi comportamiento inadecuado, no con la modestia de ceder paso al que tiene el derecho y la justicia de su lado. Me acusas por mi relación con los romanos y conviertes en un crimen lo que debería ser un motivo de orgullo. Nunca pedí que se me entregara a los romanos como rehén, ni que se me enviara a Roma como embajador; pero cuando me enviaste no me negué a ir. En ambas ocasiones me conduje de modo que ni tú, ni tu reino, ni el pueblo de Macedonia se pudieran avergonzar de mí. Así pues, padre, tú fuiste la causa de mi amistad con los

romanos; mientras haya paz entre tú y ellos, yo me mostraré también favorable a ellos. Pero si estalla la guerra yo, que he sido un rehén y un embajador útil para mi padre, seré su enemigo más determinado. No pretendo sacar ventaja hoy de mi amistad con los romanos, pero sí espero que no me perjudique, pues no comenzó en un tiempo de guerra ni está reservada para tiempo de guerra. Yo era una garantía de paz, fui enviado como embajador para mantener la paz: nada de esto se me puede atribuir ni como mérito ni como culpa. Si he sido culpable de conducta desobediente hacia ti, padre mío, o de conducta criminal hacia mi hermano, estoy dispuesto a someterme a cualquier castigo. Pero si soy inocente, te ruego que no me dañe la envidia, ya que la acusación no lo puede hacer.

"No es hoy la primera vez que mi hermano me acusa, pero sí es la primera vez que lo hace tan abiertamente aunque yo no haya hecho nada para merecerlo. Si nuestro padre estuviera enojado conmigo, sería tu deber, como hermano mayor, interceder por el más joven para que se me perdonara mi delito en consideración de mi juventud. Donde debiera encontrar protección encuentro la determinación de destruirme. He sido arrastrado medio dormido, después de un banquete y una fiesta, para responder a una acusación de parricidio. Sin abogado y sin amigos que me aconsejen, me veo obligado a defenderme por mí mismo. Si hubiera tenido que defender a otro habría dispuesto de tiempo para pensar y organizar mi discurso, ¿y qué otra cosa me habría jugado, excepto mi reputación como un hábil orador? Inadvertido de la razón por la que se me convocaba, te encuentro de mal humor y ordenándome que me defienda de las acusaciones que mi hermano lanza contra mí. Me ha acusado mediante un discurso cuidadosamente preparado y largamente meditado; yo solo he dispuesto del tiempo que él ha tardado en proferir sus acusaciones para enterarme de qué se trataba todo el asunto. ¿Qué iba a hacer en esos momentos, escuchar a mi acusador o pensar en mi defensa? Estupefacto por tan repentino e inesperado peligro, apenas podía comprender los cargos de los que se me acusaba, y aún menos podía vislumbrar la forma apropiada en que defenderme de ellos. ¿Qué esperanza me quedaría si no tuviera a mi padre como juez? Si mi hermano goza de una parte mayor de su cariño, yo, que me he de defender, debo tener en todo caso una parte no menor de su compasión. Te estoy rogando que me guardes en tu propio interés tanto como en el mío; él te exige que me des muerte para su propia seguridad. ¿Qué crees que hará cuando le hayas dejado el trono, si incluso ahora piensa que lo justo es que mi vida sea sacrificada por él?

[40,16] Las lágrimas y sollozos le impidieron decir más. Filipo ordenó que se retiraran, y después de una breve consulta con sus amigos dio su veredicto: No quería, dijo, dictar sentencia sobre el uno o el otro basándose en lo dicho durante una sola hora de discusión; lo haría tras una investigación acerca de la vida y el carácter de cada uno y tras una atenta indagación de sus palabras y actos en todas las cuestiones, importantes o no. Con esto, todo el mundo comprendió que las acusaciones surgidas a raíz de los sucesos de la última noche habían quedado fácilmente refutados, pero que la excesiva cercanía de Demetrio con los romanos había despertado sospechas. Estos incidentes, que tuvieron lugar en vida de Filipo, se convirtieron, por así decir, en las semillas de la guerra de Macedonia, que se libró principalmente contra Perseo.

Ambos cónsules partieron para Liguria, que era por entonces la única provincia consular, y en razón de sus victorias allí se ordenó una acción de gracias durante un día. Unos dos mil ligures llegaron hasta el más extremo confín de la Galia, donde estaba acampado Marcelo, rogándole que aceptara su rendición. Marcelo les dijo que permanecieran donde estaban y que esperasen hasta que se hubiera comunicado con el Senado. El Senado encargó al pretor, Marco Ogulnio, que informara a Marcelo por carta de que los cónsules que estaban al mando de la provincia serían los más adecuados, en vez del Senado, para decidir la conducta que más interesara al Estado. Al mismo tiempo, el Senado solo consideraba aceptable una rendición incondicional de los ligures; si Marcelo la aceptaba, debería desarmarlos y remitir la cuestión a los cónsules. Los pretores asumieron sus respectivos mandos al mismo tiempo. Publio Manlio marchó a la la Hispania Ulterior, que ya había gobernado en su anterior pretura; Quinto Fulvio Flaco se dirigió a la Hispania Citerior y se hizo cargo del ejército de Aulo Terencio, pues debido a la muerte de Publio Sempronio la Hispania Ulterior se había quedado sin magistrado. Mientras Fulvio Flaco estaba sitiando una ciudad hispana llamada Urbicua fue atacado por los celtíberos [esta Urbicua podría ser la actual Concud, población del municipio de Teruel.-N. del T.]. Se produjeron encarnizados combate, con graves pérdidas en muertos y heridos entre los romanos. Venció finalmente la tenacidad de Fulvio, a quien no hubo fuerza capaz de alejarlo del asedio. Agotados por tantas batallas, los celtíberos se retiraron y la ciudad, una vez desaparecida la ayuda, fue tomada en pocos día y saqueada. El pretor dio el botín a los soldados. Aparte de esta captura, Fulvio no hizo nada más digno de mención, ni tampoco Publio Manlio, más allá de concentrar sus fuerzas dispersas. Ambos retiraron sus ejércitos a sus cuarteles de invierno. Estos fueron los hechos de este verano en Hispania. Terencio, tras ceder su mando allí, entró en la Ciudad en ovación. Llevó a casa nueve mil trescientas veinte libras de plata, ochenta y dos libras de oro y siete coronas doradas con un peso de sesenta libras [o sea, 3047,64 kilos de plata y 46,4 kilos de oro.-N. del T.].

[40,17] Durante aquel año, una comisión viajó de Roma para ejercer un arbitraje entre el gobierno cartaginés y el rey Masinisa a cuenta de la reclamación sobre cierto territorio que Gala, el padre de Masinisa, había tomado a los cartagineses. Sífax había expulsado a Gala del mismo y después se lo entregó a los cartagineses para congraciarse con su suegro, Asdrúbal. El asunto se debatió ante los romanos tan acaloradamente con argumentos como lo había sido antes con la espada. Masinisa decía que él había recuperado el territorio, como parte de los dominios de su padre, y que lo mantenía por el derecho universal de los pueblos; el suyo era el más fuerte de los dos, tanto por el título como por la posesión efectiva. En lo único que temía poder estar en desventaja era en que los romanos se mostrasen demasiado escrupulosos, por no querer favorecer a un monarca que era su amigo y aliado a costa de un pueblo que era enemigo común de ambos por igual. Los comisionados no decidieron nada en cuanto al derecho de posesión y remitieron todo el asunto al Senado. Tampoco se produjo ninguna novedad en Liguria. Los galos se retiraron a los bosques impenetrables y se dispersaron luego entre sus pueblos y fortalezas. Los cónsules también querían licenciar su ejército y consultaron al Senado sobre el modo de hacerlo. El Senado ordenó que uno de ellos licenciara su ejército y regresara a Roma para la elección de los magistrados del siguiente año; el otro invernaría con sus legiones en Pisa. Había rumores de que los galos transalpinos se estaban armando y no se sabía por qué parte de Italia podrían descender, de manera que los cónsules acordaron que Cneo Bebio marchara para celebrar las elecciones, pues su hermano Marco era uno de los candidatos.

[40.18] Los nuevos cónsules fueron Marco Bebio Tánfilo y Publio Cornelio Léntulo -para el año 181 a.C.-. Se les asignó la Liguria como provincia. En la elección de pretores fueron elegidos dos Fabios, Quinto Máximo y Quinto Buteo, así como Tiberio Claudio Nerón, Quinto Petilio Espurino, Marco Pinario Rusca y Lucio Duronio. El sorteo distribuyó las provincias como sigue: la pretura urbana correspondió a Quinto Petilio, la peregrina fue para Fabio Máximo, la Galia fue para Quinto Fabio Buteo, Sicilia para Tiberio Claudio Nerón, Cerdeña para Marco Pinario y la Apulia correspondió a Lucio Duronio, quien también añadiría a los Histros, pues se recibieron avisos desde de Tarento y Brindisi acerca de que los campos de la costa están siendo saqueadas por piratas de ultramar. La misma queja fue hecha por Marsella, acerca de las naves de los ligures. Se pasó luego a establecer las necesidades militares: Se asignaron cuatro legiones a los cónsules, cada una compuesta por cinco mil doscientos infantes y tres cientos jinetes romanos, así como quince mil infantes y ochocientos jinetes alistados de los aliados latinos. Se les prorrogó el mando a los anteriores pretores en Hispania, con los ejércitos que ya tenían, y se les enviaron refuerzos en número de tres mil ciudadanos romanos de a pie y doscientos jinetes, junto a seis mil infantes y trescientos jinetes aliados. No se descuidaron los asuntos navales. Los cónsules designaron dos duunviros [los duunviros navales no eran por entonces mandos permanentes, se elegían para armar las flotas y mandarlas.-N. del T.], que se encargarían de botar veinte naves tripuladas por ciudadanos romanos que antes hubieran sido esclavos y con la oficialidad compuesta únicamente por ciudadanos nacidos libres. Los duunviros se encargarían de la defensa de la costa, cada uno al mando de diez naves, quedando sus demarcaciones divididas por el promontorio de Minerva [se trata de la punta Campanella, frente a la isla de Capri, donde existía un templo dedicado a aquella diosa.-N. del T.] , donde se situaba la divisoria; el área de operaciones de uno se extendía desde aquel punto hacia el oeste, hacia Marsella; el del otro iba hacia el sur y el este, hasta Bari [la antigua Bario.-N. del T.].

[40,19] Muchos fueron testigos de terribles presagios en Roma este año, informándose de otros en el exterior. Llovió sangre donde los templos de Vulcano y la Concordia, anunciando los pontífices que se habían agitado las lanzas [se supone que Livio se refiere aquí a las doce lanzas del templo de Marte.-N. del T.] y que la imagen de Juno Sospita en Lanuvio había derramado lágrimas. Se propagó una epidemia tan grave por los mercados, la Ciudad y los campos que Libitina apenas fue capaz de suministrar lo preciso para los funerales [Libitina es una diosa del inframundo, los muertos y los entierros; tenía su santuario en un bosque sagrado sobre el Esquilino, donde se podía encontrar cuanto los enterradores precisaban para su oficio.-N. del T.]. Muy alarmados por estos signos y por los estragos de la peste, los senadores decretaron que los cónsules debían proceder al sacrificio de víctimas adultas a las deidades que considerasen convenientes, así como que los decenviros consultaran los Libros Sibilinos. Por decreto de los decenviros se ofrecieron rogativas especiales en todos los santuarios durante todo un día. También por su consejo, el Senado aprobó y los cónsules ordenaron mediante un edicto la ofrenda de rogativas y la suspensión del trabajo durante tres días en toda Italia. Debido a una revuelta en Córcega y a los ataques de los ilienses en Cerdeña [pueblo que habitaba la zona montañosa de la isla.-N. del T.], se decidió alistar ocho mil infantes y trescientos jinetes aliados para que el pretor Marco Pinario los llevara consigo a Cerdeña; pero fue tal la extensión y la mortal naturaleza de la peste que los cónsules informaron de que no se pudo alcanzar aquel número por culpa de la gran mortandad y extensión de la enfermedad. Se ordenó al pretor que tomase de Cayo Bebio, que estaba invernando en Pisa, los soldados que le faltaban y que desde allí navegara a Cerdeña. El pretor Lucio Duronio, a quien había correspondido la provincia de Apulia, se le encargó además una investigación sobre las Bacanales, algunos remanentes de las cuales habían salido a la luz el año anterior, como brotes surgidos de las anteriores. Lucio Pupio, el pretor anterior, había iniciado una investigación pero no se había llegado a una conclusión definitiva. El Senado dio órdenes a los nuevos pretores para que cortasen el mal para que no se extendiera nuevamente. Bajo la autoridad del Senado, los cónsules presentaron ante el pueblo una propuesta de ley para impedir el fraude electoral [fue la llamada Lex Cornelia Baebia de ambitu, que se vino a unir a la Lex Poetelia (358 a.C.) y a la que seguirían la lex Acilia Calpurnia (67 a.C.), la Lex Tullia (63 a.C.), la lex Licinia (55 a.C.) y La lex Pompeia (52 a.C.) en tiempos republicanos.-N. del T.].

[40,20] Fueron después presentadas algunas delegaciones ante el Senado. Las primeras en ser recibidas fueron las de los reyes Eumenes, Ariarates de Capadocia y Farnaces del Ponto. Solo se les respondió que se enviarían comisiones para examinar y resolver las reclamaciones que presentaban. A estas les siguieron los embajadores de los refugiados lacedemonios y los aqueos; a los exiliados se les dio esperanzas de que el Senado escribiría a los aqueos para que los repatriaran. Los aqueos informaron, para satisfacción de la Curia, sobre la recuperación de Mesene y cómo se habían resuelto allí las cosas. También llegaron dos embajadores enviados por Filipo de Macedonia: Filocles y Apeles. No fueron enviados para obtener nada del Senado, sino simplemente para observar cuanto ocurría y averiguar cuáles eran aquellas conversaciones que Perseo había acusado a Demetrio de mantener con los romanos, particularmente con Tito Quincio, sobre la sucesión al trono en perjuicio de su hermano. El rey había enviado a estos hombres en la creencia de que eran imparciales y no estaban sesgados a favor de ninguno; sin embargo, también ellos eran agentes y cómplices en la traición de Perseo contra su hermano. Demetrio, ignorante de todas las intrigas de su hermano contra él, salvo de la que recientemente había salido a la luz, no albergaba ni muchas ni pocas esperanzas sobre una reconciliación con su padre; poco a poco, su confianza en los sentimientos de su padre fue menguando al ver que solo tenía oídos para su hermano. Para no dar pie a más sospechas, era más prudente en todo lo que decía y hacía, poniendo especial cuidado en abstenerse de mencionar a los romanos o de cualquier relación con ellos, llegando al extremo de ni siquiera escribirles, al ver que su padre se mostró especialmente molesto por acusaciones como esas.

[40,21] Para evitar que sus soldados se desmoralizasen por la inactividad, así como para evitar cualquier sospecha sobre sus planes de una guerra con Roma, Filipo ordenó a su ejército que se concentrara en Estobos, en Peonia, y desde allí lo condujo hacia Médica. Se había apoderado de él un gran deseo de ascender al monte Hemo, pues compartía la creencia general de que desde aquel punto se podían observar al mismo tiempo el Ponto y el Adriático, el río Histro y los Alpes; pensaba que poder disponer ante sus ojos de esta perspectiva serviría, en no poca medida, a sus planes de guerra contra Roma. Preguntó a los que conocían el país sobre el ascenso al Hemo, coincidiendo todos en que resultaba imposible para un ejército, aunque existía un camino, extremadamente difícil, por el que podrían subir unos cuantos que no llevasen mucho equipo. Había decidido no llevar con él a su hijo menor y, para consolarlo, mantuvo una conversación cariñosa con él preguntándole, tras exponerle las dificultades de la marcha, si debía seguir la marcha o abandonar la empresa. Si continuaba, no obstante, no podía olvidar el ejemplo de Antígono, del que se decía que, estando en medio de una violenta tormenta y con toda su familia a bordo del mismo barco que él, ordenó a sus hijos que recordaran siempre y transmitieran a su posteridad el precepto de que nunca deberían exponerse al peligro al mismo tiempo que toda su familia. Por este motivo, él no expondría a sus dos hijos al mismo tiempo a la posibilidad de un accidente durante lo que se proponía hacer; ya que iba a llevar con él a su hijo mayor, enviaría a Macedonia al más joven para asegurar el futuro y guardar el reino. Demetrio sabía muy bien que la razón por la que se le enviaba de vuelta era para que no estuviera presente en las deliberaciones del consejo de guerra, con el teatro de operaciones a la vista, sobre la ruta más rápida hacia el Adriático y la futura dirección de la guerra. No solo estaba obligado a obedecer la orden de su padre, sino a mostrar su aprobación de la misma, no fuese que un cumplimiento a desgana pudiera levantar sospechas. Para garantizar la seguridad de su viaje a Macedonia, Didas, uno de los pretores reales, que era gobernador de Peonia, recibió órdenes de acompañarlo con una pequeña fuerza. Este hombre también había sido atraído por Perseo a la conspiración contra su hermano, una vez hubo resultado evidente para todos cuál de los hijos gozaba de las preferencias del rey como heredero al trono. Didas recibió instrucciones para ganarse la confianza de Demetrio mediante toda clase de halagos y que con un trato más íntimo pudiera enterarse de todos sus secretos y de sus más escondidos pensamientos. Así, Demetrio partió rodeado por una escolta que suponía para él mayor peligro que si hubiera viajado solo.

[40.22] Filipo, en primer lugar cruzó la Médica. De allí marchó a través del desolado territorio entre Médica y el Hemo, alcanzando al cabo de siete días el pie de la cordillera. Permaneció aquí acampado durante un día para elegir a los que iba a llevar consigo y al día siguiente reanudó su marcha. La primera parte de la ascensión no implicó mucho esfuerzo, pero conforme ganaban terrenos más altos los parajes se volvían más boscosos e impracticables; además, una parte de su ruta transcurría por un paso tan oscuro, por culpa de lo denso del follaje y las ramas entrelazadas, que apenas resultaba visible el cielo. Al acercarse a la cima, todo estaba envuelto en nubes, un acontecimiento poco común en las grandes alturas, y tan densas que se encontraron marchando con tanta dificultad como si fuera de noche. Por fin, al tercer día llegaron a la cumbre. Tras su descenso no dijeron nada para contradecir la creencia popular; sospecho que esto fue más para evitar que la inutilidad de su marcha se convirtiera en objeto de burlas, que porque verdaderamente hubieran podido contemplar desde un solo punto mares, ríos y montañas tan separados en la realidad. Todos estaban agotados por las dificultades de la marcha, y el rey más que ninguno debido a su edad. Levantó allí dos altares, a Júpiter y al Sol, en los que ofreció sacrificios, y comenzó luego el descenso, que le llevó dos días mientras que el ascenso le llevó tres. Temía las frías noches que, aunque estaba en mitad de la canícula, resultaban tan frías como en invierno.

Después de todas las dificultades contra las que había tenido que luchar durante esos cinco días, se encontró una situación poco favorable en el campamento, donde les faltaba de todo. Esto resultaba inevitable en un territorio desierto por todas partes. Después de dar un día de descanso en el campamento a los hombres que había llevado con él, se apresuró a marchar hacia el territorio de los denteletos a tal velocidad que daba la impresión de que estaba huyendo. Este pueblo era aliado suyo, pero debido a la falta de alimentos los macedonios los saquearon como si se encontrasen en territorio enemigo. No contentos con robar los caseríos, devastaron algunas de las aldeas y el rey tuvo que escuchar, profundamente avergonzado, cómo sus aliados invocaban infructuosamente a los dioses que velan por los tratados y su propio nombre. Llevándose de allí un suministro de trigo, regresó a Médica y trató de atacar una ciudad llamada Petra [de impreciso emplazamiento.-N. del T.]. Situó su campamento en una llanura que se extendía en dirección a la ciudad y envió a Perseo, dando un rodeo, con una pequeña fuerza para atacar la plaza desde un terreno más elevado. Amenazados con peligros por todas partes, los habitantes entregaron rehenes y rindieron el lugar por el momento, aunque tan pronto como el ejército se hubo retirado olvidaron a los rehenes, abandonaron la ciudad y huyeron a sus fortalezas montañosas. Filipo regresó a Macedonia con sus hombres agotados en vano por innumerables trabajos y penalidades, y con la mente llena de sospechas hacia su hijo por la astucia y la traición de Didas.

[40.23] Este hombre, como ya he mencionado anteriormente, había sido enviado como escolta de Demetrio. El joven e imprudente príncipe estaba enojado, y no sin razón, por la forma en que los suyos le trataban. Didas le adulaba y fingía estar indignado por su situación; ofreciéndole su ayuda en todos los aspectos, le prometió lealtad y, de esta manera, logró arrancarle sus pensamientos secretos. Demetrio estaba meditando el huir con los romanos, y tenía esperanza de escapar de manera segura a través de Peonia. Que el gobernador de esta provincia hubiera ofrecido su ayuda le parecía una bendición caída del cielo. Esta intención fue inmediatamente delatada a su hermano y, por su consejo, comunicada a su padre. En primer lugar se envió una carta a Filipo mientras estaba sitiando Petra. En consecuencia, Herodoro, el principal de los amigos de Demetrio, fue puesto en prisión y se dieron órdenes de vigilar discretamente a Demetrio. Esto más, más que ninguna otra cosa, entristeció al rey a su llegada a Macedonia. Le molestaba mucho esta nueva acusación, pero consideraba que debía esperar el regreso de los que había enviado a Roma para informarse de todo. Durante algunos meses en suspenso, y al fin regresaron sus enviados, después de haber permanecido un tiempo en Macedonia preparando el informe que presentarían tras la vuelta de Roma. Además de todas las demás acusaciones, entregaron al rey una carta sellada con el sello falsificado de Tito Quincio. La carta trataba de disculpar cualquier juicio severo del joven si, en su afán por la corona, había mantenido alguna comunicación con él; pero ni el joven estaba dispuesto a hacer nada que perjudicara a los suyos ni era el presunto autor de la carta hombre capaz de tolerar ninguna conducta desleal. Esta carta hizo más creíbles las acusaciones de Perseo. De inmediato se sometió a torturas a Herodoro, quien murió sin implicar a nadie.

[40,24] Perseo lanzó nuevas acusaciones contra Demetrio ante su padre. Alegó los preparativos de su huida y los sobornos de algunos de los que iban a acompañarlo. La carta falsificada supuestamente procedente de Tito Quincio, dijo, era la mejor prueba de su culpabilidad. No se pronunció, sin embargo, ninguna sentencia referente a la imposición de un severo castigo; la intención era, más bien, condenarlo a muerte en secreto, aunque no porque Filipo sintiera ninguna inquietud por ello, sino para que los planes contra los romanos no quedaran expuestos por una condena pública. Filipo estaba dirigiéndose desde Tesalónica a Demetrias y envió a Demetrio, aún acompañado por Didas, hacia Astreo, en Peonia, y a Perseo a Anfípolis, para recibir los rehenes de los tracios. Se dice que cuando Didas se despedía de él, Filipo le dio instrucciones sobre la muerte de su hijo. Didas organizó un sacrificio, o fingió hacerlo, e invitó a Demetrio al banquete sacrificial, quien se trasladó desde Astreo a Heraclea para tal fin [pudiera tratarse de cualquiera de las dos Heracleas, la Síntica o la Pelagonia.-N. del T.]. Según se dice, el veneno le fue suministrado durante el banquete, dándose cuenta de ello en cuanto bebió la copa. Muy pronto empezó con grandes dolores y, abandonando la mesa, se retiró a su habitación. Una vez en ella entró en agonía, lamentándose contra la crueldad de su padre, acusando a su hermano de parricidio y a Didas de deslealtad. Entonces, entraron en su habitación un tal Tirsis de Estuberra y Alejandro de Berea, quienes lo asfixiaron cubriéndole la cabeza y el cuello con mantas. De esta manera fue asesinado el inocente joven, al que sus enemigos no se contentaron con matar de una sola manera.

[40,25] Durante estos acontecimientos en Macedonia, Lucio Emilio Paulo, cuyo mandato se había ampliado al término de su consulado, marchó contra los ligures ingaunos al comienzo de la primavera. En cuanto hubo acampado en territorio enemigo, llegaron hasta él embajadores que eran realmente espías venidos con la excusa de pedir la paz. Paulo les comunicó que solo llegaría a un acuerdo con los que se rindieran. No rechazaron definitivamente sus condiciones, pero le explicaron que necesitarían tiempo para convencer a su pueblo, que eran gentes rústicas. Se les concedió un armisticio durante diez días y pasaron entonces a solicitar que los soldados no fueran a recoger forraje ni leña más allá de los montes próximos al campamento, pues había allí tierras de cultivo que formaban parte de su territorio. También lograron su consentimiento a esto, concentrando inmediatamente un enorme ejército detrás de aquellas mismas montañas de las que habían mantenido alejado a su enemigo. Lanzaron un violento ataque sobre el campamento romano, asaltando todas las puertas a la vez y sosteniendo el ataque con la mayor violencia durante todo el día. Los romanos no disponían de espacio para avanzar contra ellos, pues no quedaba terreno bastante para formar su línea de batalla. Amontonados en las puertas, defendieron el campamento estorbando más que combatiendo. Al atardecer, el enemigo se retiró y Paulo envió dos jinetes al procónsul, en Pisa, con un despacho en el que le informaba de que su campamento estaba asediado, en violación de un armisticio, y le pedía que acudiera en su ayuda lo antes posible. Bebio había entregado a su ejército al pretor Marco Pinario, que iba de camino a Cerdeña; sin embargo, escribió al Senado informando de que Lucio Emilio estaba bloqueado en su campamento por los ligures y lo hizo también a Marco Claudio Marcelo, cuya provincia era contigua, para que si lo consideraba prudente pudiera él trasladar su ejército de la Galia a la Liguria y liberar a Lucio Emilio de su asedio. Esta ayuda llegaría tarde. Al día siguiente, los ligures renovaron su ataque contra el campamento. Aunque Lucio Emilio sabía que vendrían, y aunque podría haber hecho formar a sus hombres en línea de batalla, se mantuvo dentro de su empalizada para retrasar el combate hasta que Bebio pudiera llevar con su ejército desde Pisa.

[40,26] La carta de Bebio provocó considerable alarma en Roma, se aumentó por la llegada de Marcelo a los pocos días. Este había entregado su ejército a Fabio y le dijo al Senado que no había esperanza de que el ejército en la Galia pudiera trasladarse a Liguria, pues estaba enfrentándose con los histros, que trataban de impedir la formación de la colonia de Aquilea. Fabio, explicó, había marchado hasta allí y no podía volver sobre sus pasos ahora que la guerra había comenzado. Existía una posibilidad de enviar ayuda que, sin embargo, tardaría más de lo que la urgencia exigía, a saber, que los cónsules se apresurasen a marchar a la provincia. Todos los senadores les exigían que lo hicieran. Los cónsules declararon que no partirían hasta que terminase el alistamiento de las tropas y que el retraso no se debía a ninguna negligencia suya, sino a la virulencia de la epidemia. No pudieron, sin embargo, resistir la unánime determinación del Senado y partieron de la Ciudad vistiendo el paludamento, después de haber señalado un día para que los inscritos se concentraran en Pisa. Se facultó a los cónsules para ir alistando indiscriminadamente a los hombres según avanzaban y llevarlos con ellos. Los pretores Quinto Petilio y Quinto Fabio recibieron órdenes de alistar nuevas tropas; Petilio alistaría de urgencia dos legiones de ciudadanos romanos y tomaría el juramento militar a todos los menores de cincuenta años; Fabio requeriría de los aliados latinos quince mil infantes y ochocientos jinetes. Cayo Matieno y Cayo Lucrecio fueron nombrados duunviros navales y se les proporcionó naves equipadas. A Matieno, que estaría al mando de la costa hasta el golfo de la Galia, se le ordenó que llevara su flota tan pronto pudiera a la costa de Liguria, por si pudiera ser de alguna ayuda para Lucio Emilio y su ejército.

[40.27] Como no había signos de recibir ayuda por ninguna parte, Emilio supuso que sus mensajeros a caballo habían sido interceptados y consideró que ya no podía demorar más tiempo sin probar fortuna por sus propios medios. Los ataques del enemigo mostraban menos ánimo y fuerza por lo que, antes de que lanzaran el próximo, formó su ejército tras las cuatro puertas de manera que una vez dada la señal pudieran efectuar una salida simultánea por todas ellas. Añadió otras dos a las cuatro cohortes extraordinarias [los extraordinarii eran soldados escogidos, a los que Polibio llama aplektoi, procedentes de pueblos amigos y aliados de Roma, que solían acompañar al cónsul formando parte de su guardia; los aliados, además de los contingentes principales, proporcionaban cuatro cohortes extraordinarias así como dos alas, también extraordinarias, en número de 1680 y 600 hombres, respectivamente.-N. del T.], con Marco Valerio, uno de sus legados, al mando y les ordenó salir por la puerta pretoria. En la puerta principal derecha situó a los asteros [esta es la traducción castellana correcta del hastati latino que, además, refleja precisamente el tipo de armamento ofensivo portado por el soldado, en contraste con el pilo; en castellano antiguo es todavía más precisa la traducción al emplearse el vocablo "astado/s".-N. del T.] de la primera legión, quedando los príncipes de esta legión en reserva; encargó del mando de todos estos a los tribunos militares Marco Servilio y Lucio Sulpicio. La tercera legión formó de manera similar ante la puerta principal izquierda, con la diferencia de que los príncipes formaron al frente y los asteros en reserva; el mando de esta legión se lo entregó a los tribunos militares Sexto Julio César y Lucio Aurelio Cotta. Quinto Fulvio Flaco, un legado, quedó al mando del ala derecha, formada en la puerta cuestoria. Ordenó que dos cohortes y los triarios de las dos legiones permanecieran protegiendo el campamento. El general recorrió personalmente todas las puertas para arengar a sus hombres, despertando su belicosidad contra el enemigo con todos los argumentos que podía. Acusó de traición a un enemigo que, después de pedir la paz y conseguir una suspensión de hostilidades, se había lanzado a atacar el campamento mientras estaba aún en vigor la tregua, violando el derecho de las naciones. Les remarcaba también que era una vergüenza que un ejército romano estuviera acorralado por ligures, que eran más una horda de ladrones que un ejército regular. Y continuaba: "Si llegáis a salir de aquí por la ayuda de otros y no por vuestro propio valor, ¿con qué cara os enfrentaréis, no digo ya a los soldados que derrotaron a Aníbal, Filipo o Antíoco, sino a aquellos que tantas veces persiguieron y destrozaron a estos mismos ligures que huían asustados como ganado por sus desfiladeros impenetrables? Lo que no se atreverían a hacer los hispanos, los galos, los macedonios o los cartagineses, lo están haciendo hoy estos ligures a los que todavía ayer nos costaba encontrar cuando se escondía entre quebradas ocultas: ¡aproximarse a la empalizada romana y hasta atacar nuestro campamento!" Estas palabras suyas eran respondidas por los gritos unánimes de sus soldados que exclamaban que no era culpa suya que nadie hubiera dado la señal para efectuar una salida; que la diera ahora, y pronto vería que los romanos y los ligures eran iguales que antes.

[40.28] Los dos campamentos de los ligures estaban a este lado de las montañas. Durante los primeros días solían de sus campamentos, marchando en una apropiada formación; luego, no tomaban las armas hasta después de haberse atiborrado de comida y bebida; salían de sus campamentos sin ningún orden, desperdigados por los campos y confiados en que su enemigo no saldría de su empalizada. Cuando se estaban aproximando de esta manera desordenada, se elevó de pronto el grito de guerra que todos a la vez lanzaron en el campamento, incluyendo a los vivanderos y calones, y los romanos salieron contra ellos por todas las puertas. Tanto sorprendió esto a los ligures que pronto se vieron en tanta confusión como su hubieran caído en una emboscada. Durante cierto tiempo hubo alguna apariencia de batalla, se produjo luego una huída en desorden y una masacre de fugitivos por todas partes. Se dio la señal a la caballería para que montase sus caballos y no dejara que ninguno escapase; se empujó a todo el enemigo hacia su campamento y luego se le expulsó de él. Aquel día se dio muerte a más de quince mil ligures y dos mil trescientos cayeron prisioneros. Tres días después se presentó toda la tribu de los ingaunos, rindiéndose y entregando rehenes. Se buscó a los pilotos y marineros que habían estado en los barcos piratas, y se les puso a todos en prisión. Treinta y dos de estos barcos fueron capturados por Matieno frente a la costa de Liguria. Lucio Aurelio Cotta y Cayo Sulpicio Galo fueron enviados a Roma para informar de lo sucedido, así como para solicitar que a Lucio Emilio, habiendo puesto en orden su provincia, se le permitiera partir, trayendo con él a sus soldados y licenciarlos después. Ambas peticiones fueron concedidas por el Senado, que decretó tres días de acciones de gracias en todos los santuarios. Se ordenó a Petilio que licenciara las legiones de ciudadanos y a Fabio que suspendiera el alistamiento de tropas aliadas y latinas. El pretor urbano también recibió órdenes del Senado para que escribiera a los cónsules y les informara de que el Senado consideraba adecuado proceder cuanto antes al licenciamiento de los hombres que se habían alistado apresuradamente.

[40.29] Ese año se fundó una colonia en Gravisca [sobre la vía Aurelia, al suroeste de Cosa y próxima a la actual San Clementino.-N. del T.], en Etruria, sobre un territorio tomado tiempo atrás a los tarquinios.

A cada colono se le asignaron cinco yugadas; los triunviros encargados del asentamiento fueron Cayo Calpurnio Pisón, Publio Claudio Pulcro y Cayo Terencio Istra. El año estuvo marcado por la sequía y el fracaso de las cosechas. Dice la tradición que no llovió ni una vez durante seis meses. Durante este año, mientras cavaban a cierta profundidad los cultivadores en unas tierras pertenecientes a Lucio Petilio, un escribano que vivía a los pies del Janículo, se descubrieron dos arcas de piedra de unos ocho pies de largo por cuatro de ancho [2,32 x 1,16 metros.-N. del T.], con las tapas sujetas con plomo. Cada una llevaba una inscripción en latín y griego; una afirmando que allí yacía Numa Pompilio, hijo de Pompo y rey de los romanos, y la otra diciendo que contenía los libros de Numa Pompilio. Cuando el dueño del terreno, por sugerencia de sus amigos, las abrió, encontró vacía la que según la inscripción contenía el cuerpo del rey, sin el menor vestigio de cuerpo humano o de ninguna otra cosa, al haberse descompuesto todo completamente después de tanto tiempo. En el otro había dos paquetes, atados con cuerdas impregnadas en cera, cada uno con siete libros, no solo intactos, sino de apariencia bastante nueva. Había siete en latín, sobre las leyes de los pontífices, y siete en griego que trataban sobre la filosofía de aquella época. Valerio Antias, además, cuenta que había libros pitagóricos, con lo que confirmaba, mediante una mentira verosímil, la creencia general de que Numa fue discípulo de Pitágoras.

Los libros fueron examinados en primera lugar por los amigos que estaban presentes. Al ir creciendo el número de los que los leían, y haciéndose de conocimiento general, Quinto Petilio, el pretor urbano, deseando leer los libros, se los pidió a Lucio. Estaban en términos muy amistosos entre sí, porque cuando Quinto Petilio fue cuestor había proporcionado un puesto a Lucio como escriba de la decuria [como se aprecia por el nomen de ambos, pertenecían a la misma gens.-N. del T.]. Después de leer los pasajes más importantes se dio cuenta de que la mayoría de ellos resultaban perniciosos para la religión. Lucio prometió que tiraría los libros al fuego, pero le dijo que, antes de hacerlo, le permitiría presentar una reclamación por si consideraba tener algún derecho de propiedad, y que aquella reclamación la podría presentar sin que por ello se perturbaran sus relaciones de amistad. El escribano acudió a los tribunos y los tribunos remitieron el asunto al examen del Senado. El pretor declaró que estaba dispuesto a declarar bajo juramento que los libros no debían ser leídos ni preservados. El Senado consideró suficiente la aseveración del pretor y dictaminó que los libros deberían ser quemados lo antes posible en el comicio; Se le abonaría al propietario, como indemnización, la suma que el pretor y la mayoría de tribunos considerase justa. El escribano se negó a aceptarla. Los libros fueron quemados en el comicio, ante la vista del pueblo, en un fuego preparado por los victimarios.

[40,30] Aquel verano se desencadenó una violenta guerra en la Hispania Citerior; los celtíberos habían reunido unos treinta y cinco mil hombres, cifra que casi nunca antes habían alcanzado. Quinto Fulvio Flaco estaba al mando de la provincia. Al oír que los celtíberos estaban armando a sus guerreros, alistó entre los aliados todas las tropas que pudo, pero aún así resultó ser muy inferior numéricamente al enemigo. En los primeros días de la primavera llevó su ejército a la Carpetania y fijó su campamento cerca de la ciudad de Cuerva [la antigua Ebura, luego Libora, en la actual provincia de Toledo.-N. del T.], enviando un pequeño destacamento para ocupar la ciudad. Pocos días después, los celtíberos acamparon al pie de una colina próxima, a unas dos millas de distancia [2960 metros.-N. del T.]. Cuando el pretor romano se dio cuenta de su presencia, envió a su hermano Marco Fulvio con dos turmas de caballería nativa para reconocer el campamento enemigo. Sus instrucciones consistían en acercarse lo más posible a la empalizada para hacerse una idea del tamaño del campamento, pero si veía aproximarse a la caballería enemiga, debía retirarse sin combatir. Obedeció estas órdenes. Durante algunos días no sucedió nada más, aparte de la aparición de estas dos turmas que siempre se retiraban cuando la caballería enemiga salía de su campamento. Finalmente, los celtíberos salieron de su campamento con toda su infantería y caballería, formaron en línea de batalla a medio camino entre los dos campamentos y permanecieron así. El terreno era llano y adecuado para una batalla. Allí les esperaron firmes los hispanos, mientras el general romano mantenía a sus hombres tras su empalizada. Durante cuatro días sucesivos el enemigo formó en el mismo lugar en orden de combate, pero los romanos no se movieron. Después de esto, los celtíberos permanecieron descansando en su campamento, ya que no tenían oportunidad de luchar; solo la caballería salía y tomaba posiciones como en posición de avanzada, por si se producía algún movimiento por parte del enemigo. Ambas partes salían para forrajear y recoger madera en la retaguardia de sus campamentos, no interfiriendo los unos con los otros.

[40,31] Cuando el pretor romano se hubo cerciorado de que, tras tantos días de inactividad, el enemigo no esperaba que él tomase la iniciativa, ordenó a Lucio Acilio que tomase la división de tropas aliadas y a seis mil auxiliares nativos, y que rodeara la montaña que estaba detrás del campamento enemigo. Cuando oyera el grito de guerra, debía cargar hacia abajo contra su campamento. Partiría de noche, para no ser observado. Al amanecer, Flaco envió a Cayo Escribonio, el prefecto de las tropas aliadas, con su caballería extraordinaria del ala izquierda, contra la empalizada enemiga. Cuando los celtíberos vieron que se aproximaban hasta más cerca y con mayores fuerzas de lo que habían solido hacer antes, toda su caballería salió del campamento y dieron así mismo a su infantería la señal para avanzar. Escribonio, actuando según sus instrucciones, en cuanto oyó el estrépito del avance de la caballería enemiga, hizo dar la vuelta a sus caballos y se dirigió hacia su campamento. El enemigo le persiguió a toda velocidad. Iba por delante la caballería, con la infantería a poca distancia y no dudando de que aquel día asaltarían el campamento romano. Ya estaban a no más de media milla de la empalizada. En cuanto Flaco consideró que estaban lo bastante lejos de la protección de su propio campamento, ordenó que salieran sus fuerzas, que habían permanecido formadas tras la empalizada, por tres sitios a la vez. Hizo que lanzaran el grito de guerra con toda la fuerza que pudieran, no solo para estimular el ardor de los combatientes, sino también para que les oyeran los que se encontraban entre las colinas. Estos se lanzaron a la carga de inmediato, como se les había ordenado, contra el campamento enemigo donde no quedaban más de cinco mil hombres de retén. La fuerza de los asaltantes, en comparación con la escasez de su propio número, y la rapidez del ataque los aterrorizaron de tal manera que se tomó el campamento con poca o ninguna resistencia. Una vez capturado, Acilio le prendió fuego por aquella parte en que mejor podría ser visto desde el campo de batalla.

[40.32] Los celtíberos que estaban en la retaguardia fueron los primeros en divisar las llamas; después se corrió la noticia por toda la línea de que el campamento se había perdido y era pasto de las llamas. Esto aumentó el pánico en los enemigos y elevó el ánimo de los romanos. Por un lado les llegaban los gritos victoriosos de sus camaradas y por el otro contemplaban en llamas el campamento enemigo. Los celtíberos dudaron durante unos momentos qué hacer, pues al no quedarles ningún refugio en caso de ser derrotados y estando su única esperanza en sostener la lucha, reiniciaron el combate con mayor determinación. Su centro estaba muy presionado por la quinta legión, pero avanzaron con más confianza contra el ala izquierda romana, donde veían situados a los auxiliares provinciales, que eran de su propia raza, y que habría sido derrotada de no haber llegado en su ayuda la séptima legión. Estando en medio de la batalla, aparecieron las tropas que habían quedado en Cuerva y Acilio se aproximó por la retaguardia del enemigo. Tomados entre ambos, los celtíberos fueron despedazados y los supervivientes huyeron en todas direcciones. Se envió a la caballería tras ellos, dividida en dos grupos, y provocó entre ellos una gran carnicería. Murieron hasta veintitrés mil hombres aquel día y se hizo prisioneros a cuatro mil setecientos; se capturaron quinientos jinetes y ochenta y ocho estandartes militares. Fue una gran victoria, pero no resultó incruenta. De las dos legiones, cayeron algo más de doscientos soldados romanos, ochocientos treinta de los aliados latinos y dos mil cuatrocientos de los auxiliares extranjeros. El pretor llevó a su ejército victorioso de vuelta al campamento. Se ordenó a Acilio que permaneciera en el campamento que había capturado. Al día siguiente, se reunieron los despojos y se recompensó ante todo el ejército a los que habían demostrado notable valor.

[40.33] Los heridos fueron llevados a Cuerva y las legiones marcharon a través de la Carpetania hasta Contrebia [en las proximidades de Daroca, en la provincia de Zaragoza.-N. del T.]. Al ser asediada esta ciudad, sus habitantes pidieron ayuda a los celtíberos. Esta se demoró, no por alguna clase de renuencia por parte de los celtíberos, sino debido a que no pudieron avanzar por los caminos intransitables y ríos desbordados por culpa de las lluvias. Desesperados de recibir ninguna ayuda de sus compatriotas, los habitantes se rindieron. El propio Flaco se vio obligado por las terribles tormentas a trasladar todo su ejército dentro de la ciudad. Los celtíberos, mientras tanto, habían partido desde sus casas ignorantes de la rendición; una vez cesó la lluvia lograron, finalmente, cruzar los ríos y llevaron ante Contrebia. No vieron ningún campamento fuera de las murallas por lo que, pensando que lo habían trasladado a otro lugar o que el enemigo se había retirado, se aproximaron a la ciudad sin tomar ninguna precaución ni mantener la adecuada formación. Los romanos lanzaron una salida por las dos puertas y, atacándolos mientras estaban desordenados, los derrotaron. Lo mismo que les hizo imposible resistir, es decir, su no marchar en un solo grupo o formando junto a sus estandartes, ayudó a que la mayoría huyera, pues todos los fugitivos se dispersaron por los campos y en ninguna parte pudieron los romanos interceptar a un número considerable de ellos juntos. No obstante, los muertos ascendieron a doce mil y los prisioneros a más de cinco mil; también se capturaron cuatrocientos caballos y sesenta y dos estandartes. Los fugitivos dispersos se dirigieron a sus hogares y al encontrarse con otro cuerpo de celtíberos, que marchaban hacia Contrebia, los detuvieron y les informaron de la rendición de la plaza y de su propia derrota. Rápidamente, todos se dispersaron y volvieron a sus fortalezas y pueblos. Partiendo de Contrebia, Flaco llevó las legiones a través de la Celtiberia, devastando el país según marchaba y asaltando muchos de los castillos hasta que la mayor parte de aquel pueblo vino a rendirse.


[40,34] Tales fueron los hechos ocurridos este año en Hispania Citerior. En la Hispania Ulterior, el pretor Manlio libró varios combates con éxito contra los lusitanos. Aquel año se fundó la colonia latina de Aquilea, una ciudad situada en tierras pertenecientes a los galos, que recibió un grupo de colonos en número de tres mil infantes, a los que se asignaron cincuenta yugadas mientras que los centuriones recibieron cien y los de caballería recibieron ciento cuarenta [13,5 Ha, 27 Ha y 37,8 Ha, respectivamente.-N. del T.]. Los triunviros que la fundaron fueron Publio Cornelio Escipión Nasica, Cayo Flaminio y Lucio Manlio Acidino. Se dedicaron dos templos durante el año, uno a Venus Ericina, en la puerta Colina -este templo había sido prometido por Lucio Porcio durante la guerra Ligur y fue consagrado por su hijo-; el otro era el templo de la Piedad, en el foro de las verduras. Manio Acilio Glabrión, el duunviro, dedicó este templo y erigió una estatua dorada de su padre Glabrión, la primera de este tipo erigida en Italia [como señala José Antonio Villar Vidal en su traducción para la editorial Gredos, se trataba de una estatua ecuestre de un hombre, pues las anteriores estatuas doradas eran solo de dioses.-N. del T.]. Él mismo había prometido este templo el día de su batalla contra Antíoco, en las Termópilas, y se había encargado también de la adjudicación de su construcción, de conformidad con un senadoconsulto. Por los mismos días en que se dedicaron estos templos, el procónsul Lucio Emilio Paulo celebró su triunfo sobre los ligures ingaunos. Llevó en su procesión veinticinco coronas de oro, sin ningún otro oro ni plata más en el triunfo. Muchos jefes ligures caminaron como prisioneros delante de su carro. Entregó a cada soldado, como su parte en el botín, trescientos ases. Su triunfo fue notable por la presencia de embajadores ligures, que habían venido a suplicar una paz perpetua; tan firmemente se había decidido el pueblo ligur a no tomar las armas, excepto a petición del pueblo romano. Por orden del Senado, el pretor les respondió que no resultaba nueva aquella petición por parte de los ligures: ellos mismos eran los más interesados en mostrar un nuevo ánimo e inclinación en consecuencia con aquella. Deberían presentarse a los cónsules y hacer lo que les ordenasen, pues el Senado no creería más que a los cónsules respecto a la sinceridad de la petición de paz de los ligures. Se hizo la paz en Liguria. En Córcega hubo enfrentamientos con los nativos, Marco Pinario mató a dos mil de ellos en combate. Por esta derrota, se vieron obligados a entregar rehenes y cien mil libras de cera [32700 kilos.-N. del T.]. Pinario llevó a su ejército a Cerdeña y libró combates victoriosos contra los ilienses, una tribu que a día de hoy aún no está completamente pacificado. En el transcurso de este año, fueron devueltos a los cartagineses cien rehenes, concediéndoles el pueblo romano la paz no solo en su nombre, sino en el de Masinisa, cuya guarnición ocupaba el territorio en disputa.

[40,35] La provincia de los cónsules se mantuvo tranquila. Marco Bebio fue llamado de vuelta a Roma para celebrar las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Aulo Postumio Albino Lusco y Cayo Calpurnio Pisón. Fueron elegidos pretores Tiberio Sempronio Graco, Lucio Postumio Albino, Publio Cornelio Mámula, Tiberio Minucio Molículo, Aulo Hostilio Mancino y Cayo Menio. Todos estos magistrados tomaron posesión de sus cargos el quince de marzo -180 a.C.-. Al comienzo del año de consulado de Aulo Postumio Albino y Cayo Calpurnio Pisón, el cónsul Aulo Postumio presentó ante el Senado al general

[legativs: el comandante de una legión, aunque el nombre también designaba a un embajador.-N. del T.]

Lucio Minucio y a dos tribunos militares, Tito Menio y Lucio Terencio Masiliota, que habían venido desde la Hispania Citerior enviados por Quinto Fulvio Flaco. Informaron de las dos batallas victoriosas, la rendición de los celtíberos y el cumplimiento de la misión ordenada; también comunicaron al Senado que aquel año no había necesidad de enviar la paga que habitualmente se remitía ni tampoco suministrar al ejército trigo para aquel año. Solicitaron luego que se tributaran honores por estos éxitos a los dioses inmortales y que se permitiera a Quinto Fulvio que trajera de vuelta de Hispania, a su regreso, el ejército cuyo valor tantos servicios le había prestado a él y a tantos pretores antes que él. Y no solo porque se les debiera esto, sino porque resultaba casi inevitable al estar los soldados tan determinados que resultaba prácticamente imposible retenerles más tiempo en la provincia; si no se les licenciaba, estaban dispuestos a partir sin órdenes o, de ser mantenidos allí a cualquier precio, rebelarse peligrosamente.

El Senado ordenó a los cónsules que tuviesen Liguria como su provincia. A continuación, los pretores sortearon las suyas. La Hispania Citerior correspondió a Tiberio Sempronio. Como iba a relevar a Quinto Fulvio, no quería que la provincia quedara despojada de soldados veteranos y, en consecuencia, pronunció en el Senado el siguiente discurso: "Te pregunto, Lucio Minucio, ya que informas de que la provincia está en orden, si crees que los celtíberos se mantendrán fieles hasta el extremo de que se pueda sostener la provincia sin la presencia un ejército. Si no nos puedes asegurar ni darnos garantía alguna de que permanezcan siempre en paz y que, en todo caso, se debe mantener allí un ejército, ¿aconsejarías que el Senado enviase refuerzos para relevar solamente a los soldados que han cumplido ya su periodo de servicio, incorporando los reclutas al antiguo ejército, o dirías que se deberían retirar las legiones veteranas, alistando y enviando allí otras nuevas, sabiendo que el desprecio por los bisoños puede alentar la reanudación de las hostilidades incluso a los bárbaros menos agresivos? Declarar la pacificación y ordenación de una provincia, cuyos habitantes son de natural bélico y agresivo, parece más fácil de decir que de hacer. Según lo que he alcanzado a oír, solo unas pocas comunidades, sobre todo en las que hemos establecido nuestros cuarteles de invierno, están sometidas a nuestra autoridad; las más alejadas están en armas. Bajo estas circunstancias, padres conscriptos, yo declaro desde el principio que estoy dispuesto a tomar el gobierno de la provincia con ejército que está allí ahora mismo. Si Flaco trae con él sus legiones yo escogeré para mis cuarteles de invierno lugares pacificados y no expondré a mis nuevos soldados al más feroz de los enemigos".

[40,36] En respuesta a estas preguntas, el legado dijo que ni él ni nadie podía adivinar cuáles eran las intenciones de los celtíberos en aquel momento o cuáles serían en el futuro. Por tanto, no podía negar que lo mejor sería que se enviase un ejército, pues aún los nativos que habían quedado sometidos no estaban todavía acostumbrados a que se les dominara. Pero la conveniencia de que se precisara un ejército veterano o uno nuevo correspondía decidirla a quien estuviera en condiciones de saber en qué medida los celtíberos iban a respetar la paz y, al tiempo, a quien se hubiera asegurado definitivamente si los soldados permanecerían tranquilos si se les retenía más tiempo en la provincia. Si se debían inferir sus sentimientos a partir de lo que hablaban entre sí o de lo que gritaban cuando su general se les dirigía durante una revista, entonces debía saberse que habían manifestado abiertamente y a gritos que o volvían a Italia con su general o lo mantenían en la provincia con ellos. Esta discusión fue interrumpida por los cónsules, quienes declararon que lo más apropiado sería proceder a la dotación de su provincia antes de decidir sobre el ejército del pretor. Se asigno un ejército totalmente nuevo para los cónsules; dos legiones romanas completas para cada uno, con su correspondiente caballería y la proporción usual de infantes y jinetes aliados y latinos, es decir, quince mil infantes y ochocientos jinetes. Con este ejército, se les encargó hacer la guerra a los ligures apuanos. Se dispuso que Publio Cornelio y Marco Bebio conservaran sus mandos hasta que llegasen los cónsules y que luego, tras licenciar a su ejército, regresaran a Roma.

Entonces se pasó a resolver la cuestión del ejército de Tiberio Sempronio. Se ordenó a los cónsules que alistasen para él una legión nueva, con cinco mil doscientos infantes y cuatrocientos jinetes, junto con una fuerza adicional de mil infantes romanos y cincuenta de caballería. También se les ordenó que exigieran a los aliados latinos siete mil infantes y trescientos jinetes. Tal era el ejército con el que se decidió que Tiberio Sempronio debía marchar a la Hispania Citerior. Se dio permiso a Quinto Flaco para que llevase con él, si lo consideraba adecuado, a aquellos soldados, fueran ciudadanos romanos o aliados, que hubieran sido trasladados a Hispania antes del consulado de Espurio Postumio y Quinto Marcio [antes del 186 a.C.-N. del T.]; también a los que, una vez incorporado el suplemento de tropas, superaran en las dos legiones la cifra de diez mil cuatrocientos infantes y seiscientos jinetes, y de doce mil infantes y seiscientos jinetes aliados y latinos; con los valerosos servicios de estos había contado Flaco en los dos combates victoriosos contra los celtíberos. También se decretó una acción de gracias por sus buenos servicios al Estado. Los restantes pretores fueron enviados a sus provincias seguidamente; Quinto Fabio Buteo vio prorrogado su mando en la Galia. Se decidió que aquel año solo deberían estar en servicio ocho legiones, además del antiguo ejército de la Liguria que sería licenciado en breve. Incluso aquella fuerza costó alistarla con dificultad, debido a la epidemia que desde hacía tres años estaba devastando Roma e Italia.

[40.37] La muerte del pretor Tiberio Minucio, y no mucho después la del cónsul Cayo Calpurnio, a las que siguieron las de muchos hombres distinguidos de todos los órdenes, llegó a considerarse un presagio. Se encargó a Cayo Servilio, el Pontífice Máximo, que indagara el método para aplacar la ira de los dioses y, a los decenviros, que consultaran los Libros Sibilinos. Se ordenó al cónsul que prometiera con voto regalos y estatuas doradas a Apolo, Esculapio y Salus, lo que hizo así. Los decenviros de los Libros Sagrados determinaron que se debían practicar rogativas durante dos días en la Ciudad, así como en todos los lugares de mercado y los lugares de uso público. Todos los mayores de doce años de edad deberían tomar parte en las rogativas, llevando guirnaldas y portando ramos de laurel en las manos. Los ciudadanos comenzaron a sospechar que aquello era algo intencionado, y el Senado ordenó que se investigara algunos casos de presunto envenenamiento. Se encargó de esta investigación al pretor Cayo Claudio, que había sido elegido para sustituir a Tiberio Minucio, tanto en la Ciudad como dentro de un radio de diez millas a partir de ella; los hechos cometidos a partir del décimo miliario serían investigados en los lugares de mercado y de uso público por el pretor Cayo Menio antes de partir para su provincia de Cerdeña. La muerte del cónsul despertó fuertes sospechas. Se decía que lo había asesinado su esposa, Cuarta Hostilia. Cuando su hijo Quinto Fulvio Flaco fue declarado cónsul en puesto de su padrastro, la muerte de Pisón levantó aún más murmuraciones. Aparecieron, además, testigos que afirmaban que después que hubieran sido proclamados cónsules Albino y Pisón, en una elección en que Flaco resultó derrotado, su madre le había reprochado que hubiese fracasado tres veces en su candidatura al consulado, llegando a decirle que se preparase para desempeñar el cargo, pues ella se encargaría de que en menos de dos meses se le nombrase cónsul. Este comentario de ella, entre otras muchas pruebas, tuvo bastante peso en el caso, confirmado sobradamente por lo que luego ocurrió, para asegurar la condena de Hostilia. Al inicio de aquella primavera, habiendo sido elegido en Roma un cónsul y habiendo muerto su compañero, debiendo alistar nuevas tropas y siendo preciso que se celebrasen elecciones para elegir al cónsul que faltaba, los cónsules partieron algo más tarde de lo acostumbrado. Publio Cornelio y Marco Bebio, que durante su consulado no habían hecho nada digno de mención, llevaron entonces sus ejércitos contra los ligures apuanos.

[40,38] Esta tribu de Liguria, que no esperaba el inicio de las hostilidades antes de la llegada de los nuevos cónsules, fue tomada completamente por sorpresa y, tras una aplastante derrota, se rindieron en número de doce mil hombres. Previa consulta al Senado, por carta, Cornelio y Bebio decidieron llevarlos desde sus montañas hasta algún territorio llano y abierto, lejos de sus casas, desde donde no tuvieran esperanzas de regresar, pues no veían otro modo de dar fin a la guerra ligur. Había ciertas tierras en el Samnio que formaban parte de las propiedades del Estado y que habían antes pertenecido a Taurasi [la antigua Taurasia, en la actual provincia de Avellino, sometida por Roma en el 298 a.C.]. Los cónsules deseaban asentar a los ligures en aquel territorio por lo que les ordenaron que descendieran desde Anido y sus hogares en las montañas, con sus mujeres e hijos, llevando con ellos todas sus propiedades. Los ligures les suplicaron insistentemente mediante sus embajadores, pidiendo que no se les obligara a abandonar a sus penates, los hogares donde habían nacido y las tumbas de sus antepasados, prometiendo entregar las armas y rehenes. Cuando vieron que todas sus súplicas resultaban infructuosas y sabiendo que no tenían la suficiente fuerza como para hacer la guerra, obedecieron el edicto de los cónsules. Unos cuarenta mil hombres libres, con sus esposas e hijos, fueron trasladados a expensas del Estado; se les proporcionó ciento cincuenta mil denarios de plata para que pudieran adquirir lo necesario para sus nuevos hogares [unos 585 kilos de plata.-N. del T.]. Cornelio y Bebio también fueron autorizados a distribuir y asignar la tierra; solicitaron, sin embargo, que se nombraran cinco delegados para ayudarles, lo que hizo el Senado. Después de terminar esta labor, llevaron su ejército de veteranos a Roma, donde el Senado decretó un triunfo para ellos. Estos hombres fueron los primeros en disfrutar de un triunfo sin haber librado ninguna guerra. Sólo llevaron delante de su carro a las víctimas para el sacrificio; no hubo prisioneros, ni botín ni nada que repartir entre los soldados.

[40,39] Como su sucesor tardó un poco en llegar a Hispania, Fulvio Flaco sacó a sus ejércitos de los cuarteles de invierno y empezó a devastar las zonas más alejadas de la Celtiberia, donde sus habitantes no habían llegado a rendirse. Mediante esta acción, irritó más que intimidó a los indígenas, que secretamente reunieron una fuerza y bloquearon el paso Manlio [se trata del puerto de Morata, no lejos de la actual Calatayud, provincia de Zaragoza, en el valle del Jalón.-N. del T.], por donde estaban casi seguros que marcharían los romanos. Graco había encargado a su colega, Lucio Postumio Albino, que informara a Quinto Fulvio de que debía llevar su ejército a Tarragona, donde tenía intención de licenciar a los soldados veteranos, incorporar los refuerzos a las distintas unidades y reorganizar todo el ejército. Fulvio también fue informado de que estaba próxima la fecha de la llegada de su sucesor. Esta información obligó a Flaco a abandonar sus proyectadas operaciones y retirar a toda prisa su ejército de la Celtiberia. Los bárbaros, ignorantes de la verdadera razón y pensando que se había dado cuenta de su ausencia y de que se habían armado secretamente, pusieron aún más empeño en el bloqueo del paso. Cuando la columna romana entró en el puerto, el enemigo se precipitó sobre ellos desde ambos lados. En cuanto Flaco vio esto, se apresuró a controlar los primeros síntomas de desorden en la columna, dando a los centuriones la orden de que todos los hombres se mantuvieran donde estaban y dispusieran sus armas. Reuniendo en un solo punto los bagajes y los animales de carga, logró por sus propios esfuerzos, los de sus legados y sus tribunos militares, disponer sus fuerzas en la formación de combate que requería el momento y el lugar, sin alterarse en absoluto. Recordó a sus hombres que se enfrentaban a aquellos que ya se habían rendido dos veces, personas traidoras y viles en las que hasta entonces no había crecido ninguna virtud ni valor. Con aquello, el enemigo les había dado la posibilidad de alcanzar un regreso glorioso y memorable; llevaría en triunfo a Roma las espadas enrojecidas por la sangre de los enemigos y el botín goteando su sangre. El tiempo no le permitió decir más, el enemigo estaba sobre ellos y los combates habían empezado ya en los puntos más alejados. A continuación, las dos líneas chocaron.

[40.40] La batalla resultó porfiada en todos los sectores, pero con suerte diversa. Los legionarios lucharon espléndidamente y las dos alas tampoco pusieron menos empeño. Los auxiliares extranjeros no pudieron mantener sus posiciones, al enfrentarse a quienes, aunque armados de la misma manera que ellos, les superaban como guerreros. Cuando los celtíberos vieron que en una batalla regular y con sus líneas formadas resultaban inferiores a la legiones, lanzaron un ataque en formación de cuña, maniobra que les daba tal fuerza que resultaban imposibles de resistir, fuera cual fuese el terreno al que los llevase su presión. También ahora provocaron el desorden en las legiones y casi rompieron la línea romana. Fulvio, viendo este desorden, galopó hasta la caballería legionaria y les dijo: "A menos que vengáis al rescate, este ejército estará acabado". Todos le gritaron que por qué no les decía qué quería que hiciesen, que ellos estaban prontos a cumplir sus órdenes. Él les respondió: "que doblen las turmas [se refiere una maniobra por la que forma una turma detrás de otra, dando profundidad a la línea de caballería y, por lo tanto, potencia de choque a la masa de jinetes.-N. del T.] los jinetes de ambas legiones y lanzad a vuestros caballos donde la cuña enemiga está presionando a los nuestros. Vuestra carga tendrá más fuerza si lanzáis los caballos sin riendas, como se dice que hicieron muchas veces los jinetes romanos cubriéndose de gloria. Quitaron el bocado a los caballos y cargaron contra la cuña desde ambas direcciones en dos veces, a la ida y a la vuelta, provocando una gran masacre entre el enemigo y quebrando sus lanzas. Cuando fracasó la cuña en la que habían puesto todas sus esperanzas, los celtíberos se desanimaron por completo y abandonaron casi cualquier intento de lucha, empezando a buscar a su alrededor un modo de escapar. Cuando la caballería auxiliar vio la notable hazaña de los jinetes romanos, también ellos, encendidos por el valor de los otros y sin esperar órdenes, espolearon sus caballos contra el enemigo que estaba ya completamente desordenado. Esto resultó ser decisivo, los celtíberos huyeron precipitadamente en todas direcciones y el comandante romano, viendo como volvían la espalda, prometió un templo a la Fortuna Ecuestre y la celebración de solemnes Juegos en honor a Júpiter Óptimo Máximo. Los celtíberos, dispersándose al huir, fueron despedazados por todo el paso. Se afirma que ese día murieron diecisiete mil enemigos y que se capturó con vida a más de tres mil setecientos, junto con setenta y siete estandartes militares y cerca de seiscientos caballos. El ejército victorioso permaneció acampado aquel día en su propio campamento. La victoria no se alcanzó sin pérdidas: perecieron en el campo de batalla cuatrocientos setenta y dos soldados romanos, mil diecinueve aliados y latinos, así como tres mil auxiliares. Con su antigua gloria así renovada, el ejército victorioso marchó hacia Tarragona. Tiberio Sempronio, que había llegado dos días antes, salió al encuentro de Fulvio y le felicitó por haber prestado un brillante servicio a la República. Con el mayor acuerdo entre ellos, decidieron qué soldados debían ser licenciados y cuáles debían continuar. Tras relevar a los que ya habían cumplido su tiempo de servicio, Fulvio se embarcó con ellos para Italia y Sempronio condujo las legiones a la Celtiberia.

[40.41] Los dos cónsules avanzaron contra los ligures por diferentes vías. Postumio, con la primera y la tercera legión, se aproximó rodeando los montes de Balista y Leto y envió destacamentos para que bloqueasen los pasos. Cortando así los suministros del enemigo y reduciéndolos a una completa miseria, los obligó a someterse. Fulvio partió desde Pisa con la segunda y la cuarta legión, marchó contra aquellos de los ligures apuanos que habitaban en las proximidades del río Macra y, tras recibir su rendición, hizo embarcar a unos siete mil de ellos que, tras navegar a lo largo del mar Tirreno [el mar etrusco, en el original latino.-N. del T.], fueron desembarcados en Nápoles. Desde allí fueron trasladados al Samnio, asignándoseles tierras entre sus propios compatriotas. Los ligures que habitaban en las montañas, vieron cortadas sus viñas e incendiados sus trigales por Aulo Postumio; tras haber sufrido todas las miserias de la guerra, fueron obligados a presentar y entregar sus armas. Desde allí, Postumio navegó en una gira de inspección a lo largo de la costa ocupada por los ligures ingaunos y los intemelios [es la zona donde se encuentra la actual Vintimiglia, que deriva su nombre de ellos.-N. del T.]. Aulo Postumio estaba al mando de este ejército, que se encontraba concentrado en Pisa, antes de que se incorporasen los nuevos cónsules. El hermano de Quinto Fulvio, Marco Fulvio Nobilior, que era tribuno militar en la segunda legión, durante sus meses al mando licenció a la legión tras haber hecho jurar a los centuriones que entregarían la paga a los cuestores, con destino al tesoro público. En cuanto Aulo tuvo noticia de esto en Plasencia, donde resultó estar por entonces, siguió a los soldados licenciados y reprendió severamente a aquellos a los que alcanzaba, llevándolos luego a Pisa y dando cuenta al cónsul de los demás. El cónsul llevó este asunto ante el Senado, que aprobó un senadoconsulto disponiendo que Marco Fulvio debía ser relegado a alguna parte de Hispania más allá de Cartagena, enviándole una carta el cónsul, que se debía entregar a Publio Manlio en la Hispania Ulterior. A los soldados se les ordenó que se volvieran a unir a sus estandartes; se dieron órdenes a los cónsules de que, en el caso de que algún soldado no regresara con el ejército, se les vendiera como esclavos a ellos junto con todos sus bienes. Como consecuencia de su vergonzoso comportamiento, se decretó que esta legión sólo recibiría la paga para seis meses de aquel año.
[40,42] Lucio Duronio, el pretor que había estado al mando en Iliria, regresó este año a Brindisi con diez naves. Dejando las naves en el puerto, llegó a Roma y, al presentar el informe de sus actos, achacó toda la culpa por la piratería a Gencio, el rey de Iliria, pues todos los barcos que habían estado devastando las costas del mar Adriático [el mar superior, en el original latino.-N. del T.] procedían de sus dominios. Afirmó, además, que había enviado emisarios al rey para tratar sobre el asunto, pero no habían tenido oportunidad de reunirse con él. Una embajada de Gencio llegó a Roma y explicó que, en el momento en que los romanos salieron a encontrarse con el rey, este casualmente yacía enfermo en la parte más alejada de su reino. Aquel solicitaba al Senado que no creyera las falsas acusaciones que en su contra hacían sus enemigos. En respuesta a esto, Duronio indicó que, además de los daños provocados a muchos ciudadanos romanos y aliados latinos en sus dominios, se había informado de que había ciudadanos romanos detenidos en Corfú. El Senado decidió que todos ellos deben ser llevados a Roma y que el pretor Claudio Cayo debería investigar su caso. Hasta entonces, no se debe dar respuesta a Gencio o a sus embajadores.

Entre los muchos que este año se vieron arrastrados por la epidemia se encontraban algunos sacerdotes. Murió el pontífice Lucio Valerio Flaco, siendo nombrado en su lugar Quinto Fabio Labeo; el triunviro epulón Publio Manlio [o sea, uno de los encargados de los banquetes rituales de Júpiter.-N. del T.] , que acababa de regresar de la Hispania Ulterior, cayó también víctima de la epidemia, siendo sustituido mediante cooptación por Quinto Fulvio, el hijo de Marco, y que aún llevaba la pretexta [la toga praetexta; lo que quiere decir que aún era menor de edad.-N. del T.]. La elección del sustituto para la vacante producida por la muerte de Cneo Cornelio Dolabela, el rey de los sacrificios, llevó a un enfrentamiento entre el Pontífice Máximo, Cayo Servilio, y Lucio Cornelio Dolabela, uno de los duunviros navales. El pontífice le exigía la renuncia a su cargo antes de consagrarlo. Al negarse a hacerlo, el Pontífice le impuso una multa y su apelación a la misma se debatió ante la Asamblea. Cuando varias de las tribus habían declarado con sus votos que el duunviro naval debía cumplir con la exigencia del pontífice, y que si renunciaba a su cargo se le retiraría la multa, sobrevino una señal del cielo indicando que se había producido en el procedimiento un defecto de forma que dejaba sin efecto la asamblea. Por este motivo, los pontífices sintieron escrúpulos religiosos para consagrar a Dolabela, haciéndolo en su lugar con Publio Clelio Sículo, que obtuvo el segundo mayor número de votos. Hacia el final del año murió el Pontífice Máximo. Cayo Servilio Gémino no sólo era Pontífice Máximo, sino también uno de los decenviros de los Libros Sagrados. Quinto Fulvio Flaco fue cooptado como pontífice por el colegio y Marco Emilio Lépido fue elegido Pontífice Máximo en puesto de Gémino de entre muchos candidatos distinguidos. Para ocupar su puesto como decenviro de los Libros Sagrados fue elegido Quinto Marcio Filipo. También murió el augur Espurio Postumio, y los demás augures cooptaron a Publio Escipión, el hijo del Africano, para ocupar la vacante.
Durante aquel año, los cumanos enviaron una solicitud, que les fue concedida, para que se les permitiera utilizar el latín como lengua, también se permitió a sus pregoneros que usaran el latín para las subastas.

[40,43] Pisa ofreció tierras para la fundación de una colonia latina, lo que les fue agradecido por el Senado. Los triunviros que la fundaron fueron Quinto Fabio Buteo y Marco y Publio Popilio Lenato. Cayo Menio, a quien había correspondido Cerdeña, también había sido encargado de investigar los casos de envenenamiento que habían sucedido a más de diez millas de la Ciudad [14800 metros.-N. del T.]. Se recibió una carta suya informando de que había condenado a tres mil criminales y que, debido a las pruebas acumuladas, debería ampliarse la investigación; o bien abandonaba la investigación, o bien renunciaba a su provincia. Quinto Fulvio Flaco regresó a Roma con una gran reputación después des hazañas en Hispania. Mientras se encontraba aún fuera de la Ciudad, esperando su triunfo, fue elegido cónsul junto a Lucio Manlio Acidino -para el 179 a.C.-, entrando pocos días después triunfante en la Ciudad, junto a los soldados que había traído consigo. En la procesión fueron llevadas ciento veinticuatro coronas de oro, treinta y un libras de oro, ---de plata sin labrar y ciento setenta y tres mil doscientas monedas acuñadas en Huesca [se trata de la antigua Osca, con su conocido argentum oscense que Manuel Gómez Moreno (1949, «Nota sobre numismática ibérica», Misceláneas, Historia-Arte Arqueología, Madrid, p. 183.), aclara en el sentido de que se trataría de dracmas ibéricas de imitación empuritana, con un peso de 4,20 a 4,70 gramos por pieza; en cuanto al oro, las 31 libras mencionadas equivalen a 10,137 kilos de oro.-N. del T.]. Entregó cincuenta denarios a cada legionario, a cuenta del botín, el doble a los centuriones y el triple a la caballería, con las mismas cantidades para los hombres de los aliados latinos. A todos les fue concedida paga doble.

[40.44] Aquel año se aprobó por primera vez una ley fijando la edad en que se podía ser candidato a una magistratura y ejercerla. Fue presentada por Lucio Vilio, un tribuno de la plebe, de quien su familia recibió el sobrenombre de Anales. Después de muchos años, se eligieron cuatro pretores según la ley Bebia, que establecía que se debían elegir cuatro pretores cada dos años. Los elegidos fueron Cneo Cornelio Escipión, Cayo Valerio Levino, y dos hijos de Marco Escévola, Quinto y Publio. Los nuevos cónsules tuvieron asignadas la misma provincia, como sus predecesores, así como la misma cantidad de infantería y caballería, romana y aliada. En las dos Hispanias, Tiberio Sempronio y Lucio Postumio vieron prorrogados sus mandos y conservaron sus ejércitos. Como refuerzo, se ordenó a los cónsules que alistaran tres mil infantes y trescientos jinetes romanos, así como cinco mil infantes y cuatrocientos jinetes aliados latinos. Publio Mucio Escévola recibió la pretura urbana, encargándose también de la investigación sobre los casos de envenenamiento en la Ciudad y dentro de las diez millas desde ella. Cneo Cornelio Escipión obtuvo la pretura peregrina; Quinto Mucio Escévola recibió Sicilia y Cayo Valerio Levino, Cerdeña. Antes de que Quinto Fulvio comenzara sus funciones como cónsul, declaró que deseaba descargarse a él y al Estado de obligaciones religiosas procediendo al cumplimiento de sus votos; el día de su última batalla contra los celtíberos había prometido unos juegos a Júpiter Óptimo Máximo, así como un templo a la Fortuna Ecuestre, habiendo reunido dinero aportado por los hispanos con tal propósito. Se promulgó un decreto aprobando la celebración de los juegos y nombrando duunviros para adjudicar la construcción del templo. El estableció un límite de gasto para los Juegos: No debería exceder de la suma que se había dispuesto para la celebración de los Juegos, tras la Guerra Etolia, por Fulvio Nobilior; se prohibió al cónsules que requisara, gravara o aceptara nada que contraviniera la resolución aprobada por el Senado durante el consulado de Lucio Emilio y Cneo Bebio [en el 182 a.C.-N. del T.]. El Senado emitió su decreto de esta forma a consecuencia de los extravagantes gastos en que se incurrió durante los Juegos exhibidos por Tiberio Sempronio cuando fue edil; su coste resultó gravoso no solo para Italia y los aliados latinos, sino también para las provincias de fuera [de Italia.-N. del T.].

[40.45] El invierno de aquel año resultó muy duro por culpa de las tormentas de nieve y de toda clase de inclemencias: Los árboles, expuestos a los vientos helados, quedaron destruidos y la estación fría se prolongó más de lo habitual. Una consecuencia de todo ello fue que el Festival Latino quedó interrumpido por una terrible tormenta que estalló repentinamente sobre el monte Albano, ordenando los pontífices que se celebrara de nuevo. La misma tormenta derribó algunas estatuas en el Capitolio y varios edificios quedaron dañados por el rayo, entre ellos el templo de Júpiter en Terracina, el templo Blanco y la Puerta romana en Capua. En muchos sitios fueron derribadas las almenas de las murallas. Mientras tenían lugar todos estos prodigios, llegó noticia de Rieti [la antigua Reate.-N. del T.] diciendo que había nacido una mula con solo tres patas. Se hizo que los decenviros consultaran los Libros Sagrados, y estos anunciaron a qué dioses había que propiciar y qué víctimas se debían ofrecer, ordenando también rogativas especiales durante un día. Después de esto, se exhibieron durante diez días y con gran fastuosidad los juegos que había prometido con voto Quinto Fulvio. Tuvo lugar a continuación la elección de los censores. Los nuevos censores fueron Marco Emilio Lépido, Pontífice Máximo, y Marco Fulvio Nobilior, el que había celebrado su triunfo sobre los etolios. Entre estos dos distinguidos hombres había una enemistad que había causado a menudo muchos enfrentamientos violentos entre ellos en el Senado y ante la Asamblea. Una vez celebrada la elección y según la antigua costumbre, los censores tomaron asiento en las sillas curules en el Campo de Marte, delante del templo de este dios. De repente, se presentaron los senadores principales, acompañados por un gran número de ciudadanos, y Quinto Cecilio Metelo se dirigió a ellos en los siguientes términos:

[40.46] "No hemos olvidado, censores, que acabáis de ser elegidos por el conjunto del pueblo romano para vigilar nuestras costumbres y que somos nosotros los que debemos ser corregidos y regulados por vosotros, no vosotros por nosotros. Estamos, sin embargo, obligados a señalar lo que en vosotros ofende a todos los buenos ciudadanos o lo que, en todo caso, sería preferible que se cambiase. Cuando os contemplamos a cada uno de vosotros por separado, Marco Emilio y Marco Fulvio, sentimos que no hay nadie entre los ciudadanos a los que diéramos preferencia sobre vosotros si se nos llamases nuevamente a votar. Pero cuando os vemos a los dos juntos, no podemos evitar el temor a que no os llevéis bien y que el voto unánime en vuestro favor no beneficie a la república tanto como la dañaría la ausencia de concordia entre vosotros. Durante muchos años habéis mantenido sentimientos de violenta enemistad el uno contra el otro, y existe el peligro de que puedan resultar más peligrosos para nosotros y la república que para vosotros. Muchas consideraciones podría aducir sobre los motivos de nuestros temores, a menos que vuestros corazones estuvieran presos de una ira implacable. Todos nosotros, con una sola voz, os imploramos que pongáis fin este día y en esta tierra sagrada a tales disputas; os pedimos que los hombres a quienes el pueblo romano ha unido mediante su voto, puedan por nosotros reconciliarse entre sí. Que con un solo ánimo y un solo parecer hagáis la lista del Senado, reviséis los caballeros, hagáis el censo y cerréis el lustro; que creáis y queráis verdaderamente que se haga realidad la fórmula que repetiréis en casi todas las plegarias: 'que este acto resulte ser bueno y de provecho para mi colega y para mí'. En la misma Ciudad donde se enfrentaron en combate, reinaron juntos en concordia Tito Tacio y Rómulo. No solo tienen fin las querellas particulares, sino incluso las guerras; los más mortales enemigos llegan a ser, con frecuencia, los más fieles aliados y, a veces, se convierten hasta en conciudadanos. Con la destrucción de Alba, los albanos fueron trasladados a Roma; los latinos y los sabinos recibieron la ciudadanía. Llegó a ser un proverbio, porque era cierta, la frase común de que "las amistades deben ser inmortales y las enemistades, mortales".

Se escucharon murmullos de aprobación y después las voces de todos, pidiendo lo mismo, ahogaron la del orador. Tras esto, Emilio se quejó, entre otras cosas, de que había sido rechazado dos veces por Marco Fulvio como candidato al consulado, cuando estaba seguro de ganar. Fulvio, por su parte, protestó por haber recibido constantes provocaciones de Emilio y de haber efectuado diversas promesas para deshonrarle. No obstante, cada uno de ellos señaló que, si el otro estaba dispuesto, cederían a la autoridad de ciudadanos tan notables. Como todos los presentes insistieron en su demanda, los censores tomaron cada uno las manos del otro y dieron su palabra de disipar todo sentimiento de ira y poner fin a sus disputas. Fueron llevados a continuación, en medio del aplauso general, hasta el Capitolio, donde el Senado elogió y aprobó tanto la preocupación de los principales como la flexibilidad de los censores. Los censores solicitaron que se les concedieran fondos para gastarlos en obras públicas y se les asignaron los ingresos de un año.

[40.47] Los propretores en Hispania, Lucio Postumio y Tiberio Sempronio, acordaron un plan conjunto de operaciones: Albino marcharía a través de la Lusitania contra los vacceos y regresaría luego a la Celtiberia; de estallar una guerra más importante, Graco se encontraría en las fronteras más lejanas de la Celtiberia. Este se apoderó al asalto de la ciudad de Munda, mediante un ataque nocturno por sorpresa. Después de tomar rehenes y poner una guarnición en la ciudad, siguió su marcha, asaltando los castillos y quemando los cultivos, hasta llegar a otra ciudad de excepcional fuerza, a la que los celtíberos llamaban Cértima [dado que Munda se suele identificar con la actual Montilla (ver Libro 24.42), en la provincia de Córdoba, y Cértima con la actual Cártama, en la de Málaga, se puede conjeturar que la campaña de Graco se desarrolló en una dirección bien lejos de la Celtiberia.-N. del T.]. Se encontraba ya aproximando sus máquinas contra las murallas cuando llegó una delegación de la ciudad. Sus palabras mostraban la sencillez de los antiguos, pues no trataron de ocultar su intención de seguir la lucha si disponían de los medios. Pidieron permiso para visitar el campamento celtíbero y pedir ayuda; si se les rehusaba, decidirían por sí mismos. Graco les dio permiso y regresaron a los pocos días, trayendo con ellos diez enviados. Era el mediodía, y la primera petición que hicieron al pretor fue que ordenara que se les diera algo para beber. Después de vaciar las tazas pidieron más, ante lo que los presentes estallaron en carcajadas por su rudeza e ignorancia del comportamiento adecuado. A continuación, los más ancianos entre ellos hablaron así: "Hemos sido enviados por nuestro pueblo -dijeron-para averiguar qué es lo que te hace sentir confianza para atacarnos". Graco les contestó diciéndoles que él confiaba en su esplendido ejército y que si deseaban verlo por sí mismos, para poder dar completa cuenta a los suyos de él, les daría la oportunidad de hacerlo. Dio luego orden a los tribunos militares para que todas las fuerzas, tanto de infantería como de caballería, se equiparan al completo y maniobrasen con sus armas. Después de esta exposición, se despidió a los enviados y estos disuadieron a sus compatriotas de enviar cualquier tipo de socorro a la ciudad sitiada. Los habitantes de la ciudad, después de tener fuegos encendidos en lo alto de las torres de vigilancia, que era la señal acordada, viendo que era en vano y que les había fallado su única esperanza de ayuda, se rindieron. Se les impuso un tributo de guerra de dos millones cuatrocientos mil sestercios. Asimismo, debían renunciar a cuarenta de sus más nobles jóvenes caballeros; pero no como rehenes, pues iban a servir en el ejército romano, sino como garantía de su fidelidad.

[40.48] Desde allí avanzó hasta la ciudad de Alce [en las proximidades de Campo de Criptana, provincia de Ciudad Real.-N. del T.], donde estaba el campamento de los celtíberos del que habían llegado poco tiempo atrás los enviados. Durante algunos días se limitó a hostigar al enemigo mediante el envío de escaramuzadores contra sus puestos avanzados, pero cada día los enviaba en mayor cantidad para intentar sacar todas las fuerzas enemigas fuera de sus fortificaciones. Cuando vio que había logrado su objetivo, ordenó a los prefectos de las tropas auxiliares que presentaran poca resistencia y luego se dieran la vuelta, huyendo precipitadamente hacia su campamento, como si fueran superados numéricamente. Él, mientras tanto, dispuso a sus hombres en cada una de las puertas del campamento. No había pasado mucho tiempo cuando vio a sus hombres huyendo de vuelta, con los bárbaros persiguiéndoles en desorden. Mantuvo hasta este punto a sus hombres detrás de su empalizada y entonces, esperando únicamente hasta que los fugitivos encontraron refugio en el campamento, lanzó el grito de guerra y los romanos irrumpieron por todas las puertas de forma simultánea. El enemigo no pudo hacer frente a este ataque inesperado. Habían llegado para asaltar el campamento romano y ahora ni siquiera pudieron defender el suyo. Derrotados, puestos en fuga e impulsados por el pánico detrás de sus empalizadas, perdieron finalmente su campamento. Aquel día murieron nueve mil hombres, fueron capturados trescientos veinte prisioneros y se tomaron ciento doce caballos y treinta y siete estandartes militares. Del ejército romano, cayeron ciento nueve hombres.

[40.49] Después de esta batalla, Graco llevó las legiones a la Celtiberia, que devastó y saqueó. Cuando los nativos vieron tomados sus bienes y ganados, sometiéndose voluntariamente algunas tribus y otras por miedo, en pocos días aceptó la rendición de ciento tres ciudades y consiguió una enorme cantidad de botín. Marchó después de vuelta a Alce y comenzó el asedio de aquel lugar. Al principio los habitantes resistieron los asaltos, pero cuando se vieron atacados por máquinas de asedio además de por armas, dejaron de confiar en la protección de sus murallas y se retiraron todos a la ciudadela. Por último, enviaron emisarios poniéndose ellos y todos sus bienes a merced de los romanos. Aquí se capturó una gran cantidad de botín, así como muchos de sus nobles, entre los que se encontraban dos hijos y la hija de Turro. Este hombre era el régulo de aquellos pueblos, y con mucho el hombre más poderoso de Hispania. Al enterarse del desastre a sus compatriotas, mandó a solicitar un salvoconducto para visitar a Graco en su campamento. Cuando llegó, su primera pregunta fue si se les permitiría vivir a su familia y a él. Al responderle el pretor que sus vidas estarían a salvo, le preguntó, además, si se le permitiría luchar del lado de los romanos. Graco también le concedió esa petición y él le dijo: "Te seguiré contra mis antiguos aliados, ya que ellos no han querido tomar las armas para defenderme". A partir de entonces, estuvo junto a los romanos y en muchas ocasiones sus valientes y fieles servicios resultaron útiles a la causa romana.

[40.50] Tras esto, la noble y poderosa ciudad de Ergavica [o Ercávica, en Cañaveruelas, provincia de Cuenca.-N. del T.], alarmada por los desastres sufridos por sus vecinos, abrió sus puertas a los romanos. Algunos autores afirman que aquellas rendiciones no se hicieron de buena fe y que una vez Graco retiraba sus legiones, se renovaban las hostilidades; cuentan además que él libró una gran batalla contra los celtíberos en el monte Cauno, que duró desde el amanecer hasta el medio día, con muchas bajas por ambos lados [el monte pudiera ser el Moncayo, en la provincia de Zaragoza; en cuanto a la duración del combate, el texto latino indica literalmente "desde la hora primera hasta la sexta".-N. del T.]. No se debe suponer de esto que los romanos hubieran alcanzado ninguna gran victoria, más allá del hecho de que, al día siguiente, desafiaron al enemigo que se mantenía detrás de su empalizada y pasaron la jornada recogiendo despojos. Afirman, además, que al tercer día se libró una batalla aún mayor y que entonces, por fin, los celtíberos sufrieron una derrota decisiva; su campamento fue capturado y saqueado, murieron veintidós mil enemigos, se tomaron más de trescientos prisioneros y casi el mismo número de caballos, así como setenta y dos estandartes militares. Esto dio fin a la guerra y se firmó una paz real, no indecisa como antes, con los celtíberos. Según estos autores, Lucio Postumio luchó dos veces con éxito aquel verano contra los vacceos, en la Hispania Ulterior, matando a treinta y cinco mil enemigos y apoderándose de su campamento. Se acerca más a la verdad la versión que cuenta que llegó a su provincia demasiado avanzado el verano como para llevar a cabo una campaña.

[40,51] Los censores mantuvieron la concordia en la revisión de la lista del Senado. Fue elegido príncipe de la Cámara el propio censor Marco Emilio Lépido, que también era Pontífice Máximo. Tres fueron excluidos de las listas y Lépido mantuvo en ellas a algunos que habían sido dejados fuera por su colega. Las sumas que se les habían concedido para las obras públicas se emplearon como sigue: Lépido construyó un dique en Terracina, obra que resultó impopular porque él tenía allí propiedades y estaba cargando al erario público lo que debería haber sido un gasto privado [otras traducciones indican que construyó "canalizaciones" o, incluso, un "baluarte"; la palabra latina original es "molem", que indica más una construcción tipo presa o dique que una canalización propiamente dicha.-N. del T.]. Adjudicó el contrato para la construcción de un teatro y un proscenio junto al templo de Apolo, así como la pulimentación y el enlucido del templo de Júpiter en el Capitolio y las columnas a su alrededor. También retiró las estatuas mal colocadas delante de las columnas, que impedían la vista, quitando todos los escudos y estandartes militares que estaban colgados allí. Marco Fulvio contrató obras más numerosas y de mayor utilidad. Construyó un muelle sobre el Tíber e hizo colocar los pilares de un puente sobre los que, algunos años después, los censores Publio Escipión y Lucio Mumio adjudicaron la colocación de arcadas [esto sería el 142 a.C.-N. del T.]. Construyó una basílica detrás de las nuevas tiendas de los cambistas, un mercado de pescado rodeado por puestos que vendió a particulares, una plaza de mercado rodeada por columnas fuera de la puerta Trigémina y otro pórtico detrás de las atarazanas, junto al templo de Hércules, detrás del templo de la Esperanza, en el Tíber, y junto al templo de Apolo Médico. Además de las sumas asignadas a cada uno de ellos, había una cierta cantidad para su empleo en común, y esta la dedicaron a la construcción de un acueducto sobre sus arcadas. Marco Licinio Craso puso dificultades para la construcción de esta obra, al no permitir que pasara a través de sus tierras. También impusieron diversas tasas e impuestos aduaneros, y fijaron las rentas a percibir por el uso de las tierras públicas. Muchos particulares se habían apropiado de bastantes capillas y edificios públicos; los censores procuraron que aquellos conservaran su carácter sagrado y que fueran accesibles al pueblo. Revisaron el sistema de votación, reordenando a las tribus por distritos y basando a las personas según su clase, situación y rentas.


[40.52] Uno de los censores, Marco Emilio, solicitó al Senado que se decretase una cantidad de dinero para la celebración de los Juegos con motivo de la dedicación de los templos de la Reina Juno y Diana, que había prometido con voto ocho años antes, durante la Guerra Ligur. Se le concedió la suma de veinte mil ases. Dedicó los dos templos, situados ambos en el Circo Flaminio, y ofreció unos juegos escénicos durante tres días tras la dedicación del templo de Juno y durante dos tras la del templo de Diana. También dedicó un templo a los Lares del Mar en el Campo de Marte. Este templo había sido prometido con voto por Lucio Emilio Regilo once años antes, durante la batalla naval contra los prefectos del rey Antíoco. Encima de los batientes de las puertas se colocó una tablilla con esta inscripción: "A Lucio Emilio, hijo de Marco Emilio, que partió para poner fin a una importante guerra y someter a los reyes... esta batalla se sirvió para obtener la paz... bajo sus auspicios, afortunado mando y su dirección, entre Éfeso, Samos y Quíos, en presencia del mismo rey Antíoco, de todo su ejército con su caballería y de los elefantes, la flota hasta entonces invicta fue dispersada, derrotada y obligada a huir. Aquel día se capturaron cuarenta y dos barcos de guerra con todas sus tripulaciones; y, una vez librada la batalla, el rey Antíoco y su reino... Por lo cual, a causa de esta acción, prometió con voto un templo a los Lares del Mar". Una tablilla similar se fijó por encima de las puertas del templo de Júpiter en el Capitolio.

[40.53] Dos días después de que los censores hubieran terminado de revisar la lista del Senado, el cónsul Quinto Fulvio partió para la Liguria. Después de atravesar con su ejército montañas impracticables, valles y bosques muy despoblados y peligrosos, libró una batalla campal contra el enemigo, al que no solo derrotó, sino que tomó su campamento el mismo día; Murieron tres mil doscientos enemigos y se sometió todo aquel territorio. El cónsul les hizo bajar a las llanuras y situó destacamentos guardando las montañas. Se enviaron cartas rápidamente a Roma, decretándose una acción de gracias durante tres días y sacrificando los pretores víctimas adultas. El otro cónsul, Lucio Manlio, no hizo nada digno de mención en Liguria. Tres mil galos transalpinos cruzaron los Alpes hacia Italia sin producir ningún daño, y solicitaron a los cónsules y al Senado que se les concedieran tierras donde pudieran vivir en paz bajo la soberanía del pueblo romano. El Senado les ordenó salir de Italia y Quinto Fulvio se encargó de buscar y tomar medidas contra los principales instigadores de este movimiento a través de los Alpes.

[40.54] En el transcurso de este año murió el rey Filipo de los macedonios, agotado por la edad y el dolor por la muerte de su hijo. Pasó el invierno en Demetrias, atormentándose por la muerte de su hijo y lleno de remordimientos por su propia crueldad. Sus sentimientos se amargaban aún más por la conducta de su otro hijo que, en su propia opinión y en la de los demás, era ya rey indudable, pues todos los ojos se volvían hacia él, habiéndole abandonado a él en su vejez, unos esperando su muerte y otros sin apenas esperar a ella. Esta era la mayor fuente de inquietud para él, como también lo era para Antígono, el hijo de Ecécrates, que llevaba el nombre de su tío paterno, Antígono, que había sido tutor de Filipo, un hombre de regia dignidad que también se distinguió por su conducta en la famosa batalla contra Cleómenes, el lacedemonio. Los griegos lo llamaron "el Tutor", para distinguirlo con este sobrenombre de otros reyes. El sobrino de este hombre, Antígono, de entre todos aquellos a los que Filipo había honrado con su amistad, fue el único que permaneció fiel, y esta lealtad había convertido a Perseo, que nunca había sido su amigo, en su peor enemigo. Previendo el peligro en que se vería por la sucesión en el trono de Perseo, y viendo que cambiaban los sentimientos del rey al oírle lamentar la pérdida de su hijo, solía permanecer junto a él escuchándolo, unas veces en silencio y otras sacando a colación algún comportamiento no premeditado, mostrando así su compasión por el dolor del rey. Y como la verdad suele terminar descubriéndose mediante varios signos, él procuraba hacer todo lo posible para que salieran a la luz lo antes posible. Las sospechas apuntaban principalmente a Apeles y a Filocles como autores del crimen; ellos eran los que habían viajado a Roma como embajadores y los que habían traído la carta falsificada con el nombre Flaminio que había resultado ser fatal para Demetrio.

[40,55] En palacio era un rumor bien extendido que la carta era una falsificación inventada por uno de los secretarios y sellada con un sello falsificado. Se trataba, sin embargo, más de una sospecha que de una evidencia clara; ocurrió que, por entonces, Xico se encontró con Antígono, siendo al punto arrestado por este y llevado a palacio. Lo dejó allí bajo la custodia de la guardia y se adelantó para ir a ver a Filipo, a quien le dijo: "Creo haber entendido de mis muchas conversaciones contigo que valorarías grandemente el tener la oportunidad de conocer toda la verdad sobre tus hijos y saber cuál fue víctima de la traición y las conjuras del otro. Está ahora en tu poder el único hombre en todo el mundo que puede desentrañar el nudo: Xico. Me encontré con él por casualidad y lo he traído a palacio: ordena que le llamen". Al comparecer, empezó negándolo todo, pero vacilaba de tal manera que resultaba obvio que informaría de todo a poco que se le amedrentase. No pudo soportar la vista del verdugo con sus azotes y explicó con todo detalle la vileza de los dos embajadores y el modo en que lo habían empleado a él mismo. Se enviaron inmediatamente hombres para detenerles. Filocles fue capturado en aquel lugar; Apeles, que había sido enviado en persecución de un tal Quereas, pasó a Italia al enterarse de que Xico le había delatado. No se sabe con seguridad cuál fue el destino de Filocles; según algunos autores, al principio lo negó todo rotundamente pero después, frente a Xico, ya no resistió. Otros dicen que mantuvo su inocencia incluso cuando se le sometió a tortura. El dolor y la angustia de Filipo volvieron y crecieron nuevamente al pensar que su desgracia a causa de sus hijos se hacía más dolorosa al haber sobrevivido el otro.

[40.56] Tras ser informado de que todo se había descubierto, Perseo, sintiéndose lo bastante fuerte, no consideró necesario huir; procuró, no obstante, mantenerse a distancia y se dispuso a protegerse de las llamas de la ira de su padre mientras este viviese. Filipo, desesperando de apoderarse de su hijo para castigarlo, recurrió a su única opción: impedir que disfrutara del fruto de su maldad además de haber escapado a su castigo. En consecuencia, llamó a Antígono, a quien debía el descubrimiento del parricidio y del que consideraba, además, que sería un rey del que no se avergonzarían los macedonios y a los que no decepcionaría, dada la reciente gloria obtenida por su tío Antígono. "Antígono -comenzó-, ahora que mi situación es tal que me veo obligado a considerar algo deseable la falta de hijos, que otros padres consideran como una maldición, he resuelto dejarte el reino que tu valiente tío me pasó, no solo defendiéndolo, sino aumentándolo con su cuidado y fidelidad. Eres es el único a quien juzgo digno de la corona; si no tuviese a nadie, antes preferiría que se perdiera y desapareciera mi reino a lo obtuviera Perseo como premio a su criminal intento. Si te pudiera dejar en su puesto sería para mí como si Demetrio hubiera regresado de la muerte, el único que ha derramado lágrimas por la muerte de una víctima inocente de mi terrible error".

A partir de este momento le fue concediendo un honor tras otro. Mientras Perseo se encontraba en Tracia, Filipo hizo un viaje por las ciudades de Macedonia y les recomendaba a Antígono como su gobernante; de haber vivido más tiempo, sin duda lo habría dejado en posesión de la corona. Tras dejar Demetrias se detuvo durante un tiempo considerable en Tesalónica. Desde allí viajó a Anfípolis, y aquí enfermó de gravedad. Sin embargo, consta que su enfermedad era más moral de física. Era presa de sombríos temores y falta de sueño; una y otra vez le perseguía el espectro y el fantasma de su hijo asesinado, provocándole violenta inquietud, y murió profiriendo terribles maldiciones contra el otro. Antígono podría haber sido advertido, sin embargo, de haberse encontrado próximo o si se hubiese anunciado abiertamente en palacio la muerte del rey. El médico Calígenes, ocultó la muerte a cuantos no estaban en palacio; al agravarse la situación y ver que ya nada se podía hacer, cumpliendo lo que habían acordado, envió noticia a Perseo mediante relevos de caballos dispuestos de antemano.

[40,57] Perseo tomó a todos por sorpresa, pues no tenían conocimiento de lo que había sucedido y se apoderó del trono que había obtenido mediante su delito. La muerte de Filipo se produjo muy oportunamente, sirviendo para aplazar las hostilidades y concentrar recursos para la guerra. A los pocos días, la tribu de los bastarnos, después de reiteradas invitaciones, abandonó sus hogares y cruzaron el Histro con una gran fuerza de infantería y caballería. Antígono y Cotón, un noble bastarno, se adelantaron a informar al rey. Antígono era uno de los cortesanos del rey y había sido enviado con este mismo Cotón en otras ocasiones para inducir a los bastarnos a moverse. No muy lejos de Anfípolis les llegaron rumores, y poco después noticia segura, sobre la muerte del rey. Esto alteró por completo sus planes. Se había acordado que Filipo permitiría el paso seguro a través de Tracia, proporcionándoles provisiones. Para garantizarlo, había sobornado a los jefes de los distritos que deberían recorrer, comprometiendo su palabra de que los bastarnos pasarían pacíficamente. La intención era exterminar a los dárdanos y asentar a los bastarnos en el territorio de aquellos. Habría una doble ventaja en esto: los dárdanos, que siempre habían sido enemigos acérrimos de Macedonia, siempre dispuestos a arrojarse sobre ella en los momentos de infortunio, quedarían eliminados y los bastarnos podrían dejar en Dardania a sus mujeres e hijos, siendo enviados los hombres a devastar Italia. El camino hacia el Adriático e Italia pasaba por territorio de los escordiscos; esta era la única ruta practicable para un ejército y se esperaba que los escordiscos permitieran paso libre a los bastarnos sin ponerles dificultades, pues no diferían ni en costumbres ni en lengua y se esperaba que unieran sus fuerzas con ellos al ver que iban a conseguir botín de una nación muy rica. Desde ese punto, los planes de Filipo quedaban pendientes de la evolución de los hechos. Si los bastarnos eran derrotados por los romanos, el exterminio de los dárdanos, el saqueo de lo que quedaba de los bastarnos y la posesión indiscutible de Dardania le quedarían a modo de compensación; si, por el contrario, tenían éxito y se llamaba a los romanos para que regresasen e hicieran la guerra a los bastarnos, podría recuperar nuevamente lo que había perdido en Grecia. Estos eran los planes de Filipo.

[40,58] En un principio, los bastarnos marcharon de forma pacífica y ordenada. Sin embargo, después de que Cotón y Antígono los hubiesen dejado y tras la llegada de la noticia de la muerte de Filipo a los pocos días, los tracios empezaron a poner dificultades en la venta de provisiones. Los bastarnos no podían comprar lo que necesitaban y no se les podía mantener dentro de su columna sin que se rezagasen. Esto dio lugar a actos de violencia por ambas partes y, como fueran más agresivos cada día, estalló la guerra. Al final, los tracios, viéndose incapaces de enfrentar el número y la ferocidad de los agresores, abandonaron sus aldeas en la llanura y se retiró a una montaña de gran altura llamada Donuca. Mientras los bastarnos se estaban preparando para seguirlos, y conforme se acercaban a la cumbre, estalló sobre ellos una tormenta similar a la que se dice que destruyó a los galos mientras saqueaban Delfos. Se vieron sobrepasados por un diluvio de lluvia, seguida por una fuerte tormenta de granizo acompañada con el estruendo de los truenos y los destellos cegadores de los rayos. El rayo caía por todas partes a su alrededor; parecía como si estuviesen apuntados contra los hombres, pues resultaron alcanzados no solo los soldados rasos, sino también sus jefes. Y así se hundían y caían, sin saber cómo, mientras huían a ciegas entre los escarpados riscos y eran perseguidos de cerca por los tracios; los bastarnos se decían que los dioses eran la causa de su huida y que los cielos estaban derrumbándose sobre sus cabezas [si los bastarnos eran de la misma lengua y costumbres que los escordiscos, a quienes en la Períoca 63 se les define como galos, no extraña aquel temor a que el cielo cayera sobre sus cabezas y que hoy en día se ha hecho tan famoso gracias a Goscinny y Uderzo.-N. del T.]. Despedazados por la tormenta como náufragos, alcanzaron por fin su campamento habiendo perdido en su mayoría las armas, empezando luego a deliberar sobre lo que debían hacer. Las opiniones estaban divididas: algunos estaban a favor de regresar a casa y otros querían invadir Dardania. Alrededor de treinta mil hombres, liderados por Clondico, lograron llegar a Dardania; el resto de la multitud volvió sobre sus pasos y se abrieron camino por Apolonia y Mesembria [la edición latina que manejamos dicta "Apolloniam Mesembriamque repetit"; otras traducciones señalan que el regreso fue "hacia el norte" o "de la otra parte del Danubio".-

N. del T.]. Después de hacerse con el trono, Perseo dio orden de matar a Antígono. Mientras fortalecía su posición en el trono envió una embajada a Roma para renovar la amistad que existía en tiempos de su padre y de pedir al Senado que lo reconociera como rey. Estos fueron los acontecimientos del año en Macedonia.

[40,59] Quinto Fulvio celebró su triunfo sobre los ligures, pero en general se cree que este triunfo le fue concedido más por su popularidad que por la importancia de sus victorias. Llevó en su procesión una gran cantidad de armas enemigas, pero ninguna suma considerable de dinero. Sin embargo, distribuyó trescientos ases a cada uno de los legionarios, el doble a cada centurión y el triple a cada uno de los jinetes. Lo más llamativo de este triunfo fue que resultó ser celebrado el mismo día en que se celebró su triunfo como pretor el año anterior. Inmediatamente después de su triunfo quedó fijado el día para las elecciones, resultando elegidos como nuevos cónsules Marco Junio Bruto y Aulo Manlio Vulso [para el 178 a.C.-N. del T.]. Se había elegido ya a tres de los pretores cuando una tormenta interrumpió el proceso. Los tres restantes fueron elegidos al día siguiente, doce de marzo, a saber, Marco Titinio Curvo, Tiberio Claudio Nerón y Tito Fonteyo Capito. Los ediles curules Cneo Servilio Cepión y Apio Claudio Cento hicieron empezar de nuevo los Juegos Romanos que habían quedado interrumpidos a consecuencia de ciertos portentos que habían ocurrido. Hubo un terremoto; Mientras se celebraba un lectsternio en los templos públicos, las divinidades que estaban en sus lechos volvían la cabeza ante las ofrendas y cayó al suelo el plato y los cubiertos colocados delante de Júpiter. Fue también considerado un presagio el que los ratones se hubieran comido las aceitunas colocadas ante los dioses. A modo de expiación de estos portentos no se hizo más que repetr los Juegos.

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Libro 41: Perseo y los Estados de Grecia

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[Se ha perdido el comienzo del Libro XLI, en el que se daría cuenta de la asignación de magistraturas y ejércitos para el año 178 a.C. Siguiendo la puntualización de José Antonio Villar Vidal, en la edición de Gredos 1994, según lo relatado en la Períoca XLI y cuanto se describe en el Liber Prodigiorum, de Julio Obsecuente, también se relatarían el incendio del Foro, la extinción del fuego sagrado de Vesta, la celebración del lustro y las victorias de Tiberio Sempronio Graco y Lucio Postumio Albino en Hispania. Se continuaría con la relación de la guerra contra los histros, que habían recuperado la independencia perdida en 220 a.C. y amenazaban la colonia de Aquilea, fundada en el 181 a.C.-N. del T.]

[41,1]. . . Se dice que llamó a las armas a los guerreros que su padre había mantenido en paz y que tenía mucha popularidad entre ellos, pues estaban ansiosos de pillaje y botín. El cónsul [Aulo Manlio Volso.-N. del T.] celebró un consejo de guerra para discutr sobre la guerra de Histria. Algunos pensaban que se debía emprender de inmediato, antes de que el enemigo pudiera concentrar sus fuerzas; otros pensaban que se debía consultar antes al Senado. Se impuso la opinión favorable a una acción inmediata. Desde Aquilea, el cónsul avanzó hasta el Lago Timavo, que está muy cerca del mar. Cayo Furio, uno de los duunviros navales, se dirigió allí con diez naves. Su colega y él debían actuar contra la flota iliria y proteger las costas del mar Superior [el Adriático.-N. del T.] con veinte barcos. Su mando tenía base en Ancona; Lucio Cornelio tenía a su cargo la defensa de las costas a la derecha, hasta Tarento, y Cayo Furio las de la izquierda hasta Aquilea. Aquellos barcos, junto con los de carga y gran cantidad de suministros, se habían enviado al puerto más cercano a las fronteras de Histria. El cónsul los siguió con las legiones y fijó su campamento a unas cinco millas del mar [7400 metros.-N. del T.]. Rápidamente surgió un concurrido mercado en el puerto, llevándose todos los suministros desde el mar hasta el campamento. Para asegurar este aún más, se dispusieron puestos de vigilancia por cada lado del campamento. Por el lado que daba a Histria se situó permanentemente la cohorte alistada de improviso en Plasencia; se ordenó a Marco Ebucio, uno de los tribunos militares, que llevara dos manípulos [unos 120 hombres.-N. del T.] de la Segunda Legión a la orilla del río entre el campamento y el mar, para proteger las partdas de aguada; otros dos tribunos militares, Lucio y Cayo Elio, llevaron la Tercera Legión a lo largo de la carretera que llevaba a Aquilea para proteger a los que recogían forraje y leña. En esa dirección estaba el campamento de los galos, como a una milla de distancia [1480 metros.-

N. del T.]. El régulo Catmelo estaba al mando de no más de tres mil hombres armados.

[41,2] En cuanto el ejército romano empezó a moverse hacia el lago del Timavo, los histros ocuparon una posición oculta tras una colina y siguieron su marcha por caminos transversales, sin dejar de vigilar nada de lo que ocurriera en busca de cualquier oportunidad; no escapaba a su observación nada de lo que sucedía por mar o terra. Cuando vieron que delante del campamento solo estaban situados débiles piquetes, y que entre el mar y el campamento se acumulaba una multitud de comerciantes desarmados que solo se ocupaba de sus negocios, sin protección alguna por el lado que daba al mar ni por el de terra, lanzaron un ataque simultáneo sobre los piquetes, la cohorte plasentina y los manípulos de la Segunda Legión. Sus movimientos quedaron inicialmente ocultos por la niebla matutina. Como esta empezó a dispersarse bajo los cálidos rayos del sol, esa luz en aumento pero todavía incierta hizo, como suele ocurrir a menudo, que todo se viera más grande. De esta manera, los romanos quedaron confundidos al considerar al ejército enemigo mayor de lo que realmente era. Los hombres de ambos puestos de vigilancia huyeron aterrados hacia el campamento. El pánico que extendieron aquí fue mayor que el que llevaban consigo, pues no podían explicar por qué habían huido, ni daban respuesta alguna a quienes les preguntaban. Se escucharon gritos desde las puertas, ya que no había puestos de guardia para ofrecer resistencia, y los que corrían tropezaban entre sí por culpa de la niebla, resultando imposible saber si el enemigo estaba dentro del campamento o no. Se oyó una voz entre el griterío exclamando "¡Al mar!", dando lugar a que este grito lanzado quizás por un solo individuo empezara a repetrse por todas partes del campamento. Y empezaron así a correr hacia el mar, como si se les hubiera ordenado; inicialmente en pequeños grupos, algunos con armas y la mayoría desarmados; luego en mayor cantdad, hasta que por fin casi todos los hombres se hubieron marchado, incluyendo al propio cónsul, a quien le fue imposible detener a los fugitivos; sus órdenes, su autoridad y sus ruegos resultaron infructuosos. El único que se quedó fue Marco Licinio Estrabón, un tribuno militar adscrito a la Segunda Legión, al que se había dejado allí con tres manípulos de su legión. Los histros lanzaron su ataque contra el campamento vacío y, al no encontrar resistencia armada, cayeron sobre él cuando estaba formando y arengando a sus hombres junto al pretorio. La lucha fue más tenaz de lo que hubiera podido esperarse del escaso número de los defensores, y no terminó hasta que el tribuno y todos los que lo rodeaban hubieron caído. Tras derribar el pretorio y saquear cuanto contenía, el enemigo se dirigió a la tenda del cuestor, el foro y la vía Quintana. Encontraron allí a su disposición una gran cantidad de todo, y en la tenda del cuestor dieron con los lechos dispuestos para un banquete. El régulo se recostó y empezó a darse un festin; pronto los demás, olvidándose de cualquier enemigo armado, hicieron lo mismo y, no acostumbrados a tan abundantes alimentos, cargaron sus estómagos de comida y vino con gran avidez.

[41,3] Las cosas presentaban aspecto muy diferente entre los romanos. Todo estaba en desorden, tanto en tierra como en el mar. Los marineros desmontan sus tiendas y llevan de vuelta a bordo las provisiones que se habían desembarcado en la playa; los soldados se dirigen, presas del pánico, hacia los barcos que estaban en la orilla del agua; algunos de los marineros, temiendo que sus barcos se sobrecarguen, tratan de detener a la multitud mientras que otros empujan sus naves hacia aguas más profundas. Todo esto dio lugar a una lucha, que pronto se generalizó, entre soldados y marineros -derramándose sangre por ambas partes-hasta que, por orden del cónsul, la flota se retró a cierta distancia de terra. Se dispuso luego a separar a los que tenían armas de los que carecían de ninguna. Del total de la fuerza, apenas quedaban mil doscientos todavía armados; muy pocos de los jinetes habían traído con ellos a sus caballos y el resto era una turba desordenada, como si fuesen vivanderos y porteadores, prontos a caer presa del enemigo si este se hubiera acordado de combatir. Por último, se mandó un mensajero para llamar de vuelta a la Tercera Legión y al contingente galo, empezando a situarse las tropas alrededor del campamento, decididos a recuperarlo y borrar la mancha de su vergüenza. Los tribunos militares de la Tercera Legión ordenaron descargar a los animales de madera y forraje, mandando a los centuriones que pusieran a los hombres más ancianos en parejas sobre las mulas liberadas de su carga, debiendo montar los jinetes cada uno a un hombre de los más jóvenes sobre sus caballos. Les dijeron a sus hombres que resultaría una gran gloria para su legión si, por su solo valor, recuperaban el campamento que se había perdido por la pusilanimidad de la Segunda Legión. Que bien lo podrían recuperar si sorprendían a los bárbaros en medio del saqueo, quitándoselo igual que ellos lo habían capturado. Sus palabras fueron acogidas con entusiasmo por todos los soldados, se adelantaron rápidamente los estandartes y los legionarios los siguieron sin perder un instante. No obstante, el primero en aproximarse a la empalizada fue el cónsul, con las tropas que traía desde la costa. Lucio Acio, primer tribuno de la Segunda Legión, con el fin de alentar a sus hombres, les señaló que si los histros victoriosos tuvieran la intención de mantener el campamento con las mismas armas que lo habían tomado, habrían perseguido inicialmente hasta el mar a los enemigos que huían hacia allí, colocando luego vigías en la empalizada. Con toda probabilidad estarían yaciendo hundidos en el vino y el sueño.

[41,4] Después, ordenó a su signífero, Aulo Beculonio, hombre famoso por su valor, que avanzase con su estandarte. Beculonio replicó diciéndoles que si le seguían a él y a su estandarte, el haría que lo consiguieran aún más rápidamente. A continuación, arrojó el estandarte con todas sus fuerzas por encima de la empalizada y él mismo fue el primero en atravesar la puerta del campamento. Mientras tanto, por el otro lado del campamento, llegaron los tribunos militares Tito y Cayo Elio con la caballería de la Tercera Legión. Casi inmediatamente les siguieron los hombres montados sobre los animales de carga, y luego el cónsul con la totalidad del ejército. Solo unos pocos de los histros, los que habían bebido vino con moderación, procuraron escapar; para el resto, el sueño se prolongó con la muerte y los romanos recuperaron todas sus pertenencias intactas, a excepción del vino y la comida que se habían consumido. Incluso los enfermos que habían quedado en el campamento, a ver a sus camaradas dentro de la empalizada, se apoderaron de sus armas y provocaron una gran masacre. Se distinguió entre todos un jinete, Cayo Popilio, cuyo sobrenombre era Sabelón. Había quedado atrás con un pie herido y fue quien dio muerte a un mayor número de enemigos. Hasta ocho mil histros murieron y no se tomó ni un prisionero; la ira y la vergüenza hicieron a los romanos indiferentes al botín. El régulo de los histros, sin embargo, borracho como estaba, fue arrancado a toda prisa del lecho y, arrastrado por sus hombres a lomos de un caballo, escapó de aquel modo. De los vencedores, cayeron doscientos treinta y siete; perecieron más durante la derrota matutina que durante la reconquista del campamento.

[41,5] Sucedió que Cneo y Lucio Gavilio Novelo estaban ya llegando con suministros desde Aquilea, ignorantes de cuanto había sucedido, y estuvieron casi a punto de entrar en el campamento mientras estaba en poder de los histros. Abandonaron sus bienes y huyeron de vuelta a Aquilea, extendiendo la alarma y la confusión no solo en aquella ciudad, sino en la misma Roma. Los informes que llegaron a la Ciudad eran ciertos en lo referido a la captura del campamento por el enemigo y la huida de los defensores, pero solo rumores sin fundamente en cuanto a la aniquilación y pérdida de todo el ejército. Como solía ocurrir en momentos de confusión e inquietud, se ordenó un alistamiento extraordinario en la Ciudad y a todo lo largo y ancho de Italia. Fueron llamadas a las armas dos legiones de ciudadanos romanos y, de los aliados latinos, diez mil infantes con un complemento de quinientos jinetes. El cónsul, Marco Junio, recibió órdenes de marchar a la Galia y movilizar de las poblaciones de aquella provincia a tantos soldados como pudieran proporcionar. Se decretó que el pretor Tiberio Claudio avisaría a los hombres de la Cuarta Legión, a los cinco mil infantes aliados y a los doscientos cincuenta jinetes de que se concentraran en Pisa, encargándosele la defensa de aquella provincia en ausencia del cónsul. El pretor Marco Titinio, recibió instrucciones de ordenar a la Primera Legión y al mismo número de infantería aliada que se reunieran en Rímini [la antigua Ariminum.-N. del T.]. Nero, vistendo su paludamento, partió hacia Pisa; Titinio, tras enviar a Cayo Casio, uno de los tribunos militares, para tomar el mando de la legión en Rímini, llegó a Aquilea. Allí fue informado de que el ejército estaba a salvo, por lo que envió de inmediato una carta a Roma para acallar la confusión y la alarma. A continuación, hizo regresar a los contingentes que había requerido de los galos y marchó a reunirse con su colega. Hubo gran regocijo en Roma ante la inesperada notcia, se suspendió el alistamiento de todas las tropas y se liberó de sus obligaciones a quienes ya habían tomado el juramento militar. También fue licenciado y enviado a casa el ejército que estaba en Rímini y que había estado padeciendo una epidemia. Los histros estaban acampados en gran número no muy lejos del campamento del cónsul, al tener noticia de que había llegado el otro cónsul con un ejército de refresco se dispersaron por todas partes hacia sus ciudades. Los cónsules llevaron las legiones de vuelta a Aquilea, a los cuarteles de invierno.

[41,6] Una vez aquietada por fin la revuelta histra, el Senado aprobó una resolución para que los cónsules acordaran entre ellos cuál debía regresar a Roma para celebrar las elecciones. Dos tribunos de la plebe, Licinio Nerva y Cayo Papirio Turdo, atacaban a Manlio en su ausencia y presentaron una moción para que no se le prorrogara el mando después del quince de marzo -pues ya se les había prorrogado su mando durante un año-, de manera que se le pudiera someter a juicio inmediatamente después de dejar el cargo. Su colega, Quinto Elio, se opuso a la moción y después de largas y violentas disputas impidió que prosperase. A su regreso de Hispania, Marco Titinio, el pretor, presentó a Tiberio Sempronio Graco y Lucio Postumio Albino ante el Senado, que les concedió audiencia en el templo de Bellona. Informaron de su administración y solicitaron que se rindieran honores a los dioses inmortales y que a ellos se les concedieran los que merecían. El pretor Tito Ebucio, que estaba al mando en Cerdeña, dio cuenta mediante una carta que llevó su hijo, sobre graves disturbios ocurridos en la isla. Los ilienses, con ayuda de tropas auxiliares de los bálaros, habían invadido la provincia, que estaba en paz; el ejército, diezmado y debilitado por una epidemia, no pudo ofrecer resistencia. Llevaron embajadores de los sardos con las mismas notcias; imploraban que el Senado enviase ayuda al menos a las ciudades, pues ya era demasiado tarde para salvar los campos.

Se remitó a los cónsules la decisión sobre qué respuesta debía darse a estos embajadores y sobre la decisión de cuanto se refería a Cerdeña. Igualmente trágico era el informe presentado por una embajada de los licios, llegada para quejarse de la cruel tranía de los rodios bajo cuyo gobierno habían sido puestos por Lucio Cornelio Escipión. Anteriormente habían estado bajo el gobierno de Antioco y aseguraban al Senado que, en comparación con su situación actual, aquella esclavitud parecía una gloriosa libertad. No se trataba solo de la opresión en sus relaciones políticas, era una verdadera esclavitud; ellos, sus esposas e hijos eran víctimas de la violencia: sus opresores descargaban su ira sobre sus cuerpos y sus espaldas, su buen nombre era mancillado y deshonrado, lo que les resultaba inadmisible; cometan actos detestables para hacer valer sus propios derechos y hacerles comprender que no había diferencia alguna entre ellos y los esclavos comprados con dinero. Conmovidos por este relato, el Senado entregó a los licios una carta, para entregar a los rodios, dando a entender que no era del agrado del Senado que ni los licios ni ningún otro hombre libre pudiera verse reducido a la esclavitud por los rodios ni por cualquier otro pueblo. Los licios poseían los mismos derechos bajo la soberanía y la protección de Rodas que las ciudades aliadas tenían bajo la soberanía de Roma.

[41,7] Tuvo lugar después la celebración de dos triunfos sobre los hispanos; en primer lugar lo hizo Sempronio Graco por su victoria sobre los celtiberos y sus aliados, y al día siguiente celebró Lucio Postumio el suyo sobre los lusitanos y los pueblos vecinos. En la procesión de Graco se llevaron cuarenta mil libras de plata y en la de Postumio veinte mil [13080 y 6540 kilos, respectivamente.-N. del T.]. Cada uno de los legionarios recibió veintcinco denarios, los centuriones el doble y los jinetes el triple, las tropas aliadas recibieron la misma cantdad. El cónsul, Marco Junio, llegó entonces a Roma para celebrar las elecciones. Dos tribunos de la plebe, Papirio y Licinio, acosaron al cónsul a preguntas en el Senado sobre lo que había ocurrido en Histria, llevándolo luego ante la Asamblea. El cónsul explicaba que no había estado en esa provincia más de once días y que, como ellos, sólo conocía por referencias lo sucedido en su ausencia. Entonces le preguntaron "¿Por qué, en ese caso, no había venido Aulo Manlio a Roma, en vez de Junio, para explicar al pueblo romano por qué había dejado la provincia de la Galia, que era la que se le había asignado, para ir a Histria? ¿Cuándo había decretado el Senado aquella guerra? ¿Cuándo la había ordenado el pueblo romano? "Y ¡por Hércules!, si aún se pudiera decir que la guerra, llevada a cabo por una decisión particular, se hubiera conducido con valor y prudencia. Mas, por el contrario, resulta imposible decir si resultó más equivocada la decisión de emprenderla o más temeraria el modo de dirigirla. Dos puestos de guardia fueron sorprendidos por los histros, se capturó un campamento romano y las tropas que estaban en él resultaron destrozadas; el resto arrojó sus armas y huyó en desorden hacia el mar y las naves, con el cónsul en primer lugar. Tendría que dar cuenta de todo estos como un ciudadano privado, ya que no lo quiso hacer como cónsul".

[41,8] A continuación se celebraron las elecciones. Los nuevos cónsules fueron Cayo Claudio Pulcro y Tiberio Sempronio Graco [para el año 177 a.C.-N. del T.]; los nuevos pretores eran Publio Elio Tubero (por segunda vez), Cayo Quincio Flaminino, Cayo Numisio, Lucio Mummio, Cneo Cornelio Escipión y Cayo Valerio Levino. Tubero recibido la pretura urbana y Quincio la peregrina. Sicilia recayó en Numisio y Cerdeña en Mumio; esta última, sin embargo, a causa de la gravedad de la guerra fue designada provincia consular. La Galia se dividió en dos provincias, que correspondieron a Escipión y Levino. El quince de marzo, cuando Sempronio y Claudio tomaron posesión del cargo, se discutó únicamente de las provincias de Cerdeña e Histria y de los instgadores de la guerra en ambas. Al día siguiente, la embajada sarda, que se había remitido a los nuevos cónsules, junto con Lucio Minucio Termo, que había sido el segundo al mando con el cónsul Manlio en Histria, comparecieron ante el Senado e informaron del la importancia de la guerra que exista en aquellas provincias. Los embajadores de los aliados latinos, después de innumerables recursos a los censores y finalmente a los cónsules, lograron finalmente que el Senado les concediera audiencia. La esencia de su queja era que muchos de sus ciudadanos, que estaban censados en Roma, habían emigrado a la Ciudad. Si se permita esto, en pocos lustros quedarían desiertos los pueblos y campos, e incapaces de proporcionar hombre alguno al ejército. Los samnitas y los pelignos contaban que cuatro mil de sus familias se habían marchado de Fregellas y que, pese a ello, no disminuía la cantidad de contingentes que ellos tenían que proporcionar ni aumentaba la de Fregellas. Las personas habían puesto en práctica dos tpos de fraude para cambiar de ciudad. La ley permita a los aliados latinos que dejaban en sus hogares descendencia masculina, pasar a converitrse en ciudadanos romanos. Esta ley resultaba en un abuso que perjudicaba a los aliados y al pueblo romano. Pues, con el fin de evitar que su descendencia masculina quedara en sus hogares, entregaban sus hijos como esclavos a cualquier romano, con la condición de que serían manumitidos, y al tratarse de hombres nacidos libres se convertan en ciudadanos; mientras, por otra parte, los que no tenían descendencia masculina ...[hay aquí una laguna en el texto, pudiera ser que se indicara que "adoptaban hijos para cumplir con la ley y, así,".-N. del T.] se convertan en ciudadanos romanos. Posteriormente, ya incluso sin cumplir con esta ficción legal, en contra de la ley y aún sin descendientes varones, emigraban a Roma y se censaban en la Ciudad. Los delegados solicitaban que se detuviera esto para el futuro y que se ordenara regresar a sus hogares a quienes habían emigrado. Pidieron, además, que se aprobase una ley por la que resultara ilegal que nadie adoptara o manumitera a nadie con el fin de cambiar su ciudadanía, exigiendo también que los que se habían convertido en ciudadanos romanos por este medio perdieran su ciudadanía. El Senado concedió lo que pedían.

[41,9] A continuación, el Senado decretó que las provincias que estaban en estado de guerra -Cerdeña e Histria-debían ser asignadas a los cónsules. Se ordenó el alistamiento de dos legiones con destino a Cerdeña, cada una compuesta por cinco mil doscientos soldados de infantería y trescientos de caballería; los aliados latinos deberían proporcionar doce mil de infantería y seiscientos de caballería. En caso de que el cónsul quisiera tomar naves de los astlleros, se pondrían a su disposición diez quinquerremes. Se decretaron las mismas fuerzas, de infantería y de caballería, tanto para Histria como para Cerdeña. Los cónsules también recibieron instrucciones para enviar una fuerza de una legión, con su complemento de caballería y cinco mil infantes y doscientos cincuenta jinetes aliados, a Marco Titinio en Hispania. Antes de que los cónsules sortearan sus provincias se tuvo noticia de varios portentos. Una piedra cayó del cielo en el bosque de Marte, en territorio crustumino; en territorio romano nació un niño sin miembros y se vio una serpiente con cuatro patas; en Capua, numerosos edificios en el foro resultaron alcanzados por el rayo; en Pozzuoli, dos naves se incendiaron por la misma causa. Mientras se informaba de todo esto, un lobo entró en la Ciudad por la Puerta Colina en pleno día, siendo perseguido por una gran cantidad de gentes hasta que escapó por la Puerta Esquilina. Como consecuencia de estos signos, los cónsules sacrificaron víctimas adultas y se efectuaron rogativas especiales en todos los santuarios durante un día. Una vez cumplidas debidamente las obligaciones religiosas, los cónsules partieron hacia sus provincias. Histria correspondió a Claudio y Cerdeña a Sempronio. Luego, de conformidad con un decreto del Senado, el cónsul Cayo Claudio presentó una ley por la que se ordenaba que aquellos de los aliados latinos, ellos mismos o sus antepasados, que se hubieran censado entre los aliados latinos durante o después de la censura de Marco Claudio y Tito Quincio, deberían regresar todos a sus ciudades antes del primero de noviembre. El pretor Lucio Mummio se encargó de investgar los casos de los que no cumplieran con ello encontrándose en esa situación. Además de esta nueva ley y del edicto del cónsul, se aprobó un senadoconsulto ordenando que cuando se manumitera o declarase libre a alguien, el dictador, cónsul, interrex, censor o pretor que hubiera entonces haría jurar al que manumita que no lo hacía con la intención de proceder a un cambio de ciudadanía; en caso de que rehusara prestar tal juramento, el Senado podría declarar inválida dicha manumisión. Esta resolución fue adoptaba con vistas a futuros procedimientos, y siendo instados por un edicto del cónsul Cayo Claudio ... [hay una laguna en el texto, que la versión castellana de 1794 completa con "por causa de conservar la jurisdicción y señorío de las provincias del estado Romano"; la traducción de la reconstrucción del texto efectuada por Madvig sería "a volver a sus ciudades; la investigación acerca de quienes no lo hiciesen así...".-N. del T.]. fue asignada a Claudio.

[41,10] Mientras tenía lugar todo esto en Roma, los cónsules del año anterior, Marco Junio y Aulo Manlio, que habían pasado el invierno acuartelados en Aquilea, llevaron su ejército a Histria al comienzo de la primavera. Extendieron su devastación a lo largo y a lo ancho; el dolor y la indignación por la pérdida de sus bienes, más que cualquier esperanza cierta de tener bastantes fuerzas como para enfrentarse a dos ejércitos consulares, hicieron reaccionar a los histros. Reunieron apresuradamente a sus jóvenes de entre todos sus pueblos en un ejército improvisado, el cual mostró mucho más ímpetu en el inicio de la batalla que firmeza para sostenerla. Cuatro mil de ellos cayeron en el campo de batalla; el resto abandonó toda resistencia y se dispersó hacia sus ciudades, desde las que llevaron delegados al campamento romano para pedir la paz, entregando rehenes cuando se les fueron exigidos. Cuando en Roma se tuvo conocimiento de todo esto por las cartas de los procónsules, Cayo Claudio, temiendo que esta victoria le privase de su provincia y su ejército, marchó allí a toda prisa sin ofrecer las ofrendas habituales, sin sus lictores vistendo de militar y en el silencio de la noche, siendo su colega el único en estar al tanto de su intención. Su conducta después de su llegada fue más imprudente aún que la forma en que había partido hacia su provincia. Dirigiéndose a las tropas reunidas en asamblea, habló en contra de Aulo Manlio por su huida del campamento, entre la intensa hostlidad de los soldados que, precisamente, habían sido los primeros en huir, atacando luego a Marco Junio por sumarse a la deshonra de su colega y terminando por ordenar a ambos que abandonasen la provincia. Ellos prometieron que obedecerían la orden en cuanto el cónsul hubiera partido de la ciudad conforme a la costumbre de los antepasados, es decir, tras haber efectuado los votos en el Capitolio y con sus lictores vestidos de militar. Claudio, fuera de sí de cólera, llamó al que servía como cuestor de Manlio y le pidió unas cadenas, amenazando tanto a Manlio como a Junio con llevarlos a Roma encadenados. También aquel ignoró la orden del cónsul; su determinación a no obedecer quedó reforzada por los soldados, que rodearon a sus comandantes. Finalmente, el cónsul, sobrepasado por los insultos individuales y las burlas de todo el ejército -pues, de hecho, se estaban riendo de él-, regresó a Aquilea en el mismo buque en que había llegado. Desde allí envió un mensaje a su colega para que promulgase un edicto por el que se ordenase la concentración en Aquilea de los nuevos soldados alistados para prestar servicio en Histria, de modo que nada le impidiese salir de Roma vistendo el paludamento [forma de referirse al traje militar, pues para aquella época no se puede hablar propiamente de uniforme, empleando el término de la capa distintiva del magistrado con imperio militar.-N. del T.] , una vez hubiera pronunciado los votos habituales. Su colega llevó a cabo con deferencia sus instrucciones y ordenó a las tropas que se reuniesen en una fecha próxima. Claudio llegó casi al mismo tiempo que su carta. A su llegada, convocó a la Asamblea y expuso ante ella el caso de Manlio y Junio. Su estancia en Roma duró solo tres días y a continuación, con sus lictores vistendo de militar y después de ofrecer los votos en el Capitolio, partió hacia su provincia con tanta precipitación como la vez anterior.

[41.11] Unos días antes de su llegada, Junio y Manlio habían dado comienzo a un determinado ataque contra la ciudad de Visazzi [la antigua Nesatum.-N. del T.], a la cual se habían retirado los jefes de los histros junto con su régulo, Epulón. Claudio trajo las dos legiones recién alistadas y, tras licenciar al antiguo ejército y a sus comandantes, asedió la ciudad y procedió a atacarla con manteletes. Había un río que fuía por la ciudad, obstaculizando a los asaltantes y proporcionando agua a los histros. Después de muchos días de trabajo, desvió el río por un nuevo cauce y les cortó el suministro de agua a los nativos, que se aterrorizaron de un prodigio como aquel. Pero incluso entonces no mostraron intención de pedir la paz; se habían decidido a dar muerte a sus esposas e hijos y que este acto horrible fuera un espectáculo para el enemigo, arrojándolos por las murallas tras haberlos degollado a la vista de todos. En medio de los gritos de las mujeres y los niños, y los indescriptibles horrores de la masacre, los romanos franquearon las murallas y entraron en la ciudad. Cuando el régulo escuchó los gritos aterrados de los que huían, y comprendiendo por el desorden que la cuidad había sido tomada, se hundió la espada en el pecho para que no le pudieran capturar con vida. Los demás fueron muertos o hechos prisioneros. A esto le siguió el asalto y destrucción de otras dos ciudades, Mútla y Faveria. El botín, teniendo en cuenta la pobreza de los indígenas, superó las expectativas y fue entregado en su totalidad a los soldados; se vendió como esclavos a cinco mil seiscientos treinta y dos prisioneros. Los principales instgadores de la guerra fueron azotados y decapitados. El exterminio de estas tres ciudades y la muerte del régulo llevaron la paz a toda Histria; todos los pueblos, por todas partes, entregaron rehenes y se someteron. Justo después que hubiera finalizado la guerra Histria, los ligures empezaron a celebrar consejos de guerra.

[41,12] Tiberio Claudio, que había sido pretor el año anterior y que ahora, en calidad de procónsul, ostentaba el mando de una legión en Pisa, informó de los movimientos en Liguria al Senado, que decidió remitr su carta a Cayo Claudio, pues el otro cónsul había desembarcado en Cerdeña, autorizándole a trasladar su ejército, si lo consideraba conveniente ahora que Histria estaba pacificada, a Liguria. Después de recibir el informe del cónsul sobre sus operaciones en Histria, se decretaron dos días de acción de gracias. El otro cónsul, Tiberio Sempronio, también tuvo éxito en Cerdeña. Marchó hacia el interior del territorio de los sardos ilienses y, al encontrarse con una gran cantidad de bálaros que habían acudido en ayuda de los ilienses, libró una batalla campal contra ambas tribus. El enemigo fue derrotado, puesto en fuga y expulsado de su campamento, resultando muertos doce mil hombres armados. El cónsul ordenó que se recogieran todas las armas al día siguiente y se las pusiera en una pila, quemándolas después como ofrenda votiva a Vulcano. El ejército victorioso se retró a sus cuarteles de invierno en las ciudades aliadas. Al recibir la carta de Tiberio Claudio y las órdenes del Senado, Cayo Claudio llevó sus legiones a la Liguria. El enemigo había descendido a los valles y estaba acampado junto al río Panaro [el antiguo Scultenna, afluente del Po.-N. del T.]. Aquí se libró la batalla, en la que murieron quince mil enemigos y se hicieron setecientos prisioneros, tanto en el campo de batalla como en el campamento -que fue asaltado-y se capturaron cincuenta y un estandartes militares. Los ligures que sobrevivieron a esta masacre huyeron a las montañas, sin que el cónsul encontrase resistencia alguna según atravesaba las tierras de la llanura, saqueándolas por todas partes. Después de obtener victorias sobre dos pueblos y someter dos provincias durante su año de magistratura -cosa que muy pocos habían hecho-, Claudio regresó a Roma.

[41,13] Aquel año se tuvo noticia de algunos portentos. En tierras crustumias, un ave a la que llaman "sancual" [Festo la identifica con el quebrantahuesos, que está consagrada al dios itálico Sanco.-N. del T.] rompió una piedra con su pico; en Campania había hablado una vaca; en Siracusa, una vaca de bronce fue cubierta por un toro que se había escapado de su manada y que derramó sobre ella su semen. Se ofrecieron rogativas especiales en Crustumno y la vaca de Campania se entregó para su alimentación a cargo del Estado. El portento de Siracusa fue expiado mediante sacrificios a los dioses indicados por los arúspices. Uno de los pontfices, Marco Claudio Marcelo, que había sido cónsul y censor, murió este año. Su hijo, Marcelo Marco, fue nombrado Pontifice en su lugar. Dos mil ciudadanos romanos se asentaron como colonos en Luna; la colonia fue fundada por los triunviros Publio Elio, Marco Emilio Lépido y Cneo Sicinio. A cada colono se entregaron cincuenta y una yugadas y media [13,905 Ha.-N. del T.]. La tierra había sido arrebatada a los ligures y anteriormente había sido propiedad de los etruscos.

Tras su regreso a la Ciudad, el cónsul Cayo Claudio dio cuenta ante el Senado de sus victorias en Histria y Liguria y, tras solicitarlo, se le decretó un triunfo. Desempeñando aún el cargo, celebró un doble triunfo sobre los dos pueblos. Llevó en la procesión trescientos siete mil denarios y ochenta y cinco mil setecientos dos victoriados [moneda de plata, con un peso habitual a partir del 217 a.C. de 2,92 g y un valor de 7 1/2 ases, contra los 10 ases del denario con su peso de 3,9 g; llevaba una representación de la diosa Victoria coronando una panoplia.-N. del T.]. Se entregaron quince denarios a cada legionario, el doble a los centuriones y el triple a los jinetes. Las tropas aliadas recibieron sólo la mitad que los ciudadanos y, como forma de demostrar su enojo, siguieron el carro del triunfador en silencio.

[41,14] Mientras se celebraba este triunfo sobre los ligures, al darse estos cuenta de que no solo se había llevado a Roma el ejército del cónsul, sino que Tiberio Claudio, en Pisa, también había licenciado su legión, pusieron en marcha en secreto un ejército al verse libres de temor. Bajaron a las llanuras tras atravesar las montañas por caminos transversales, devastando el territorio de Módena y tomando la propia colonia en un asalto por sorpresa. Al tenerse conocimiento en Roma de estas notcias, el Senado decretó que el cónsul Cayo Claudio convocara cuanto antes las elecciones y que, una vez se proclamaran los magistrados del año siguiente, regresara a su provincia y recuperara la colonia de manos enemigas. Tal como había decidido el Senado, se celebraron las elecciones resultando elegidos cónsules Cneo Cornelio Escipión Hispalo y Quinto Petlio Espurino. A continuación se eligió a los pretores, que resultaron ser Marco Popilio Lenate, Publio Licinio Craso, Marco Cornelio Escipión, Lucio Papirio Maso, Marco Aburio y Lucio Aquilio Galo. Se prorrogó el mando al cónsul Cayo Claudio por un año, así como la provincia de la Galia, disponiéndose que trasladase a Histria a los aliados latinos que había traído de la provincia con motivo del triunfo. Mientras los nuevos cónsules se encontraban sacrificando un buey cada uno a Júpiter, el día siguiente a su toma de posesión [el 16 de marzo de 176 a.C.-N. del T.], en la víctima que estaba sacrificando Quinto Petlio no se encontró la protuberancia del hígado. Al informar de esto al Senado, le ordenaron que siguiera sacrificando hasta que la víctima ofreciera un augurio favorable. A continuación se consultó al Senado sobre las provincias, decidiéndose que Pisa y Liguria debían ser provincias consulares, y que aquel a quien correspondiera Pisa debería ser el que regresara y celebrase las elecciones cuando llegara el momento. Asimismo, se decretó que los cónsules debían alistar dos nuevas legiones y trescientos jinetes para cada una, y de los aliados latinos diez mil infantes y seiscientos de caballería. Tiberio Claudio conservaría su mando hasta que llegara a su provincia el nuevo cónsul.

[41,15] Mientras se trataban estos asuntos en el Senado, Cneo Cornelio salió de la Cámara, llamado por un asistente. A su regreso, con la faz demudada, explicó a los padres conscriptos que el hígado del buey sescenario [se desconoce el significado de este término, aunque se suele relacionar con el culto religioso.-N. del T.], que él había sacrificado, estaba destrozado. Cuando el victimario le informó de esto no le creyó y ordenó que sacaran del caldero el agua donde se cocían las entrañas. Vio que todas las partes estaban completas pero que, por algún motivo inexplicable, el hígado estaba totalmente corrompido. Los senadores quedaron muy alarmados por este inquietante incidente, acrecentándose su inquietud por la declaración del otro cónsul, que informó de haber sacrificado tres bueyes en sucesión, sin obtener ningún presagio favorable al faltarles a los tres la protuberancia del hígado. El Senado les ordenó a ambos que siguieran sacrificando hasta que los augurios fueran favorables. Se dice se lograron finalmente augurios favorables para todas las deidades, pero que Petlio no los obtuvo para la Salud.

Después, los cónsules y los pretores sortearon sus provincias. Pisa correspondió a Cneo Cornelio y Liguria a Petlio, la pretura urbana fue para Lucio Papirio Maso y la peregrina para Marco Aburio. Marco Cornelio Escipión Maluginense obtuvo la Hispana Ulterior y Lucio Aquilio Galo recibió Cerdeña. Dos solicitaron no ir a sus provincias: Marco Popilio alegó como razón para no marchar a Cerdeña que Graco estaba pacificando aquella provincia y que el pretor Tito Ebucio estaba, por orden del Senado, ayudándole en aquella tarea. Resultaría, dijo, de lo más inconveniente que se interrumpiera aquella política cuando su éxito dependía principalmente de que permaneciera en las mismas manos. Entre el traspaso de la autoridad y el tiempo que precisaría la nueva persona en hacerse con el estado de cosas antes de emprender cualquier acción, se perderían muchas oportunidades de alcanzar el éxito. El Senado admitó sus razones. Publio Licinio Craso, a quien había correspondido la Hispania Citerior, alegó que se lo impedían sus deberes religiosos. Sin embargo, se le ordenó que marchase o que jurase ante la Asamblea que se lo impedía un solemne sacrificio. Una vez arreglado de esta manera el caso de Publio Licinio, Marco Cornelio Escipión les pidió que aceptaran también su juramento para no marchar a la Hispania Ulterior. Ambos pretores prestaron el juramento empleando la misma fórmula. Se ordenó a Marco Titinio y a Tito Fonteyo, que estaban al mando de aquella provincia como procónsules, que siguieran en Hispania con la misma autoridad que antes y se les enviaron refuerzos en número de tres mil infantes romanos y doscientos jinetes, junto a cinco mil infantes y trescientos jinetes de los aliados.

[41.16] El cinco de mayor se celebraron las Ferias Latinas; en su transcurso surgieron problemas religiosos al omitr el magistrado de Lanuvio el rogar, sobre una de las víctimas, "por el pueblo romanos de los Quirites". Se dio cuenta de esta irregularidad al Senado y este lo remitó al colegio de los pontifices. Los pontfices decidieron que no se habían celebrado debidamente las Ferias Latinas, debiendo celebrarse de nuevo y que el pueblo de Lanuvio, cuyo error había hecho necesaria la repetción, proporcionaría las víctimas. A todo aquello se vino a sumar una nueva desgracia: El cónsul Cneo Cornelio, mientras regresaba desde el Monte Albano, se cayó del caballo y sufrió una parálisis parcial. Marchó a los baños de Cumas, pero al poco tiempo se agravó su estado y murió en Cumas. El cuerpo fue llevado a Roma y recibió un funeral magnífico. También había sido pontfice. Se ordenó al cónsul Quinto Petlio que celebrase los comicios para la elección de un colega en cuanto obtuviera los presagios favorables, y que fijara la fecha de las Ferias Latinas. Señaló las elecciones para el día tres de agosto y las Ferias Latinas para el once de agosto [mes que, en aquel momento, aún recibía el nombre de sextilis.-N. del T.].

Estando los ánimos de todos llenos de temores religiosos, llegaron noticias de nuevos prodigios. En Túsculo se vio caer del cielo un tzón ardiendo; en Gabios resultaron alcanzados por el rayo el templo de Apolo y varios edificios particulares, sucediendo lo mismo en la muralla y una de las puertas de Graviscas [cerca de Civitavecchia.-N. del T.]. Los senadores ordenaron que se expiaran aquellos prodigios siguiendo las instrucciones de los pontifices. Durante este tiempo, al estar ocupados los dos cónsules en los asuntos religiosos y después, cuando la muerte de uno de ellos obligó al otro a la elección de un sucesor y a presidir la Ferias Latinas, produciéndose tanto retraso, Cayo Claudio llevó su ejército hasta Módena, de la que se habían apoderado los ligures el año anterior. Después de asediarla durante tres días, recuperó la plaza y la devolvió a los colonos; ocho mil ligures murieron dentro de las murallas. Envió de inmediato una carta a Roma en la que daba cuenta de sus operaciones, jactándose además de que por su buena fortuna y valor ya no quedaba a este lado de los Alpes ningún enemigo de Roma, habiéndose conquistado una considerable cantidad de tierras que se podría distribuir entre miles de personas.

[41.17] Después de varios combates victoriosos, Tiberio Sempronio sometó finalmente Cerdeña; murieron quince mil enemigos y todas las tribus sardas rebeldes fueron obligadas a someterse. Las que eran antes estpendiarias, hubieron de pagar ahora el doble; el resto lo hizo con trigo. Una vez restablecida la paz en la provincia, y habiendo tomado rehenes de todas partes de la isla con un total de doscientos treinta, se envió una delegación a roma para anunciar el sometimiento de la isla y solicitar al Senado que se rindieran honores a los dioses inmortales por el éxito alcanzado bajo el mando y los auspicios de Tiberio Sempronio, así como que se le autorizase a traer de vuelta a su ejército cuando él dejara la provincia. El Senado recibió el informe de la delegación en el templo de Apolo y decretó dos días de acción de gracias; también se ordenó a los cónsules que ofrecieran en sacrificio a cuarenta víctimas adultas. Tiberio Sempronio debería permanecer en la provincia con su ejército como procónsul. La elección para cubrir la vacante en el consulado se celebró el día señalado: el tres de agosto. Cayo Valerio Levino fue elegido como colega de Quinto Petlio y entraría en funciones de inmediato. Durante mucho tiempo había estado deseando obtener una provincia y, muy oportunamente para sus deseos, llegó un despacho a Roma comunicando que los ligures se habían rebelado nuevamente. Al recibir esta notcia, el Senado ordenó su partida inmediata y él abandonó la Ciudad, vistendo el paludamento, el cinco de agosto. Se ordenó a la Tercera Legión que se uniera a Cayo Claudio en la Galia y a los duunviros navales que se dirigieran a Pisa, costeando la Liguria y provocando el pánico también desde el mar. Quinto Petlio, anteriormente, había señalado la fecha para la concentración del ejército en Pisa. Cayo Claudio, al enterarse de que los ligures renovaban las hostlidades, alistó una fuerza de emergencia además de las que ya tenía consigo y marchó hacia las fronteras de la Liguria.

[41.18] El enemigo no se había olvidado de que fue Cayo Claudio el que los había derrotado y puesto en fuga en el río Escultena, por lo que se dispusieron a defenderse contra aquellas fuerzas, de las que habían tenido tan infeliz experiencia, más mediante la fortificación de su posición que por sus armas. Con este objeto, ocuparon las alturas de dos montañas, el Leto y el Balista, y las rodearon con un muro. Algunos de los que tardaron demasiado en abandonar sus campos fueron capturados, pereciendo mil quinientos de ellos; el resto se mantuvieron en las montañas. Pero no estaban lo bastante intimidados como para olvidar su innata ferocidad y saciaron su crueldad sobre el botín logrado en Módena. Dieron muerte a los prisioneros en medio de horribles torturas y mataron el ganado en sus templos más a modo de carnicería que como sacrificio. Cuando se hubieron saciado con la masacre de los vivos se volvieron hacia los objetos inanimados, arrojando contra las paredes vasijas de toda clase, tanto las de uso común como las de adorno. Quinto Petlio no deseaba que se pusiera fin a la guerra mientras él estaba ausente, por lo que envió instrucciones escritas a Cayo Claudio para que fuera a reunirse con él en la Galia con su ejército, partcipándole que debía esperarle en los Campos Macros [cerca de la población actual de Magerta, próxima a Módena.-N. del T.]. Al recibir la carta, Cayo Claudio dejó Liguria y entregó el mando de su ejército al cónsul en los Campos Macros. Pocos días después llegó también el otro cónsul, Cayo Valerio. Una vez aquí, y antes de que los dos ejércitos se separasen, efectuaron una lustración de ambos [es decir, purificaron los ejércitos con los debidos ritos.-N. del T.]. Como los cónsules habían decidido no atacar por el mismo sito al enemigo, sortearon desde qué dirección avanzaría cada uno. Se acepta que Valerio sacó su suerte apropiadamente, dentro del espacio consagrado. En el caso de Petlio, los augures declararon posteriormente que se había producido un error pues, aunque había sacado su suerte de la urna que estaba en el espacio consagrado, él se encontraba fuera cuando debería haber estado también dentro del mismo.

partieron a continuación en direcciones contrarias. Petlio fijó su campamento frente a las cumbres gemelas de Balista y Leto, que están conectadas por una dorsal ininterrumpida. Dicen los escritos que, mientras estaba dirigiendo unas palabras de ánimo a sus tropas, hizo la predicción de que aquel día tomaría el Leto, sin percatarse del doble sentido de sus palabras [en latin, "letum" significa también muerte.-N. del T.]. Avanzó a continuación hacia las montañas en dos divisiones. La que mandaba él personalmente avanzó con gran rapidez; pero el enemigo obligó a retroceder a la otra y el cónsul, para restaurar las líneas, se adelantó cabalgando hasta allí. Sin embargo, al exponerse imprudentemente por delante de los estandartes, resultó alcanzado por un proyectl y cayó atravesado. El enemigo no fue consciente de la muerte del comandante, siendo ocultado su cuerpo por los pocos de sus hombres que lo habían visto, sabiendo que la victoria dependía de ello. El resto de los soldados -tanto infantería como caballería-expulsaron al enemigo de sus posiciones y tomaron las alturas sin su comandante; murieron cinco mil ligures y cincuenta y dos romanos. Además de sus palabras de mal agüero, a las que su muerte dio un significado claro, se conoció por declaraciones del pollero [pullarius en el original latino; era el sacerdote encargado de alimentar a los pollos sagrados.-N. del T.] que hubo un vicio en la toma de los auspicios y que el cónsul tenía conocimiento de ello.

. . . . . . . . [Existe aquí un vacío en el texto provocado por la pérdida de una parte del códice; en lo perdido se debía indicar, entre otras cosas, la elección de magistrados para el año 175 a.C., cuando fueron cónsules Publio Mucio Escévola y Marco Emilio Lépido, junto con la asignación de provincias y ejércitos.-

N. del T.] Los expertos en derecho religioso y público declararon que, al haber muerto los dos cónsules debidamente elegidos para aquel año, uno por enfermedad y el otro por la espada, el cónsul susttuto no podía celebrar legalmente las elecciones.

. . . . . . . .

[41,19] . . . A este lado de los Apeninos habían estado asentados los gárulos, los lapicinos y los hergates, y al otro lado, más acá del río Audena [pudiera tratarse de un afluente del Magra, aunque se desconoce tanto el río como los pueblos.-N. del T.], los friniates. Publio Mucio hizo la guerra a los que habían asolado Luna y Pisa, despojándoles de sus armas tras someterlos completamente. Por estos éxitos en la Galia y la Liguria, bajo el mando y los auspicios de los dos cónsules, el Senado decretó tres días de acción de gracias y el sacrificio de cuarenta víctimas. Los disturbios en la Galia y Liguria, que habían estallado a principios de año, habían sido sofocados sin grandes dificultades y ahora la inquietud del pueblo se dirigía al peligro de una guerra en Macedonia, pues Perseo trataba de involucrar a los dárdanos y los bastarnos en el conficto. Los comisionados que habían sido enviados a Macedonia para investgar la situación habían regresado e informaron de que había guerra en Dardania. Al mismo tiempo, llegaron embajadores de Perseo diciendo, en su nombre, que él no había abordado a los bastarnos y que no habían hecho nada por instgación suya. El Senado no les acusó ni les absolvió de aquella acusación; se limitó a ordenar que se le advirtera de que procurase guardar religiosamente el tratado entre él y los romanos.

Cuando los dárdanos se encontraron con que los bastarnos no evacuaban su territorio, como habían esperado, sino que se volvían de día en día más agresivos y estaban recibiendo ayuda de sus vecinos tracios y de los escordiscos, pensaron que debían intentar algo más audaz. Reunieron todas sus fuerzas armadas en una ciudad próxima al campamento de los bastarnos. Era invierno y eligieron esa estación esperando que los tracios y los escordiscos regresaran a su propio país. Sucedió como esperaban y, cuando se enteraron de que los bastarnos estaban solos, dividieron sus fuerzas; una parte lanzaría un ataque frontal y la otra daría un rodeo para tomar al enemigo por la retaguardia. Los combates empezaron, sin embargo, antes de que pudieran rodear al enemigo y los dárdanos fueron derrotados y empujados a una ciudad que estaba a unas doce millas de distancia del campamento de los bastarnos [17760 metros.-N. del T.]. Los vencedores les persiguieron de cerca y asediaron el lugar, bastante confiados en que podrían tomarlo al día siguiente, por asalto o por rendición. Mientras tanto, la otra división, ignorando el desastre sufrido por sus compañeros, se apoderó del campamento de los bastarnos, que habían dejado sin vigilancia.

. . . . . . . . [Existe aquí otra laguna en la que, según Orosio, HISTORIAS IV 20,34, se narraría el final de los bastarnos al hundirse en el Danubio tras quebrarse a su paso la capa de hielo de su superficie (tomado de la edición de Gredos, 1994).-N. del T.].


[41,20]. . . Sentado, según la costumbre romana, en una silla de marfil, solía administrar justicia y resolver los pleitos sobre las diferencias más insignificantes. Al pasar constantemente de un modo de vida a otro, estaban tan lejos de mantenerse constante en uno cualquiera de ellos que ni él ni nadie podía estar seguro de cuál era su verdadera personalidad. No hablaba a sus amigos, sonreía amablemente a personas casi desconocidas; se burlaba de sí mismo y de los demás con una liberalidad fuera de lugar. A ciertas personas de alto rango y con gran autoestima les hacía regalos infantiles, como dulces y juguetes; a otros, que nada esperaban, los enriquecía. Algunas personas pensaban que no sabía lo que quería, otros decían que solo se estaba divirtiendo y otros que, sin duda, estaba loco. No obstante, mostraba un ánimo verdaderamente propio de un rey en dos aspectos de gran importancia y honorabilidad: su generosidad hacia las ciudades y el cuidado del culto divino. Se comprometó a construir una muralla alrededor de Megalópolis, asumiendo la mayor parte del gasto para ello.
En Tegea comenzó la construcción de un magnífico teatro de mármol. En Cícico proporcionó vasijas de oro para una mesa en el Pritaneo, que es el templo central de la ciudad donde comen a costa del tesoro público aquellos a quienes se les ha concedido tal privilegio. En el caso de los rodios, les proporcionó todo tipo de cosas con que satisfacer sus diversas necesidades, aunque ninguna de ellas era de un valor excesivo. La espléndida generosidad que mostró hacia los dioses queda atestiguada por el templo de Júpiter Olímpico, en Atenas, el único en el mundo que se inició a una escala proporcional a la grandeza del dios.
Adornó Delos con espléndidos altares y un gran conjunto de estatuas.
Proyectó en Antoquía un magnífico templo a Júpiter Capitolino, en el cual no solo el techo estaría cubierto de oro, sino también todas sus paredes. Se comprometió a construir muchos edificios públicos en otros lugares, pero la brevedad de su reinado le impidió cumplir sus promesas. Superó a todos los reyes anteriores en la magnificencia de los espectáculos de toda clase que ofreció, con gran abundancia de artistas griegos y otros de tradición local. Ofreció exhibiciones de gladiadores a la moda romana, que asustaron más que agradaron a los espectadores, que no estaban habituados a tales espectáculos. Al ofrecer frecuentemente estas exhibiciones, en las que los gladiadores a veces solo se herían entre sí, pero que en otras luchaban hasta la muerte, acostumbró los ojos de su pueblo a dichos espectáculos y aprendieron a disfrutar de ellos. De esta manera, despertó entre la mayoría de los jóvenes la pasión por las armas y mientras al principio contrataba a los gladiadores en Roma, a gran costo, ahora con su

. . . . . . [Se produce aquí otra laguna en el texto, donde se narraría la elección de los magistrados para el año 174 a.C., con Espurio Postumio Albino y Quinto Mucio Escévola como cónsules y el pretor Cayo Casio Longino, además de los que siguen.-N. del T.].

[41,21] . . . Lucio Cornelio Escipión, la pretura peregrina. La provincia de Cerdeña correspondió a Marco Atilio, aunque se le ordenó navegar hacia Córcega con la nueva legión que habían alistado los cónsules, con cinco mil infantes y trescientos jinetes. Se prorrogó el mando a Cornelio en Cerdeña mientras seguía allí la guerra. Se destinaron tres mil infantes romanos y ciento cincuenta jinetes, así como cinco mil infantes aliados y tres cientos jinetes, para Cneo Servilio en la Hispania Ulterior y Publio Furio Filo en la Citerior. Lucio Claudio no recibió refuerzos para Sicilia. Además de estas tropas, se ordenó a los cónsules que alistaran dos nuevas legiones al completo de personal, tanto en infantería como en caballería, además de diez mil infantes y seiscientos jinetes de los aliados latinos. La tarea del alistamiento resultó de lo más dificultosa para los cónsules por culpa de la peste que el año anterior había atacado al ganado y que ahora se había convertido en una epidemia entre los hombres; quienes caían presas de ella raramente sobrevivían al séptimo día y quienes lo hacían quedaban postrados por secuelas que duraban mucho tiempo, especialmente fiebres cuartanas. Las muertes se produjeron principalmente entre los esclavos, encontrándose sus cuerpos insepultos por las calles. Libitina [ver libro 40,19.-N. del T.] apenas podía llevar a cabo decentemente los ritos fúnebres de la población libre. Los cadáveres, que ni perros ni buitres tocaban, se pudrían lentamente y se pudo observar que ni aquel año ni el anterior apareció ningún buitre en parte alguna, pese a la abundancia de ganado y hombres.

Por culpa de la epidemia, murieron varios miembros de los colegios sacerdotales: el Pontifice Cneo Servicio Cepión, padre del pretor; Tiberio Sempronio Longo, decenviro de los Libros Sagrados; Publio Elio Peto, el augur; Tiberio Sempronio Graco; Cayo Atelo Mamilio, el Curión Máximo [el Curión Máximo era el sacerdote encargado de fijar las fechas para ciertas fiestas que carecían de un día preciso para su celebración o Indictitiae.-N. del T.] y el Pontifice Marco Sempronio Tuditano. Cayo Sulpicio Galba fue elegido Pontifice en lugar de Cepión, . . . en lugar de Tuditano. Los nuevos augures fueron Tito Veturio Graco Semproniano, en lugar de Graco, y Quinto Elio Peto, en lugar de Publio Elio. Cayo Sempronio Longo fue nombrado decenviro de los Libros Sagrados, y Cayo Escribonio Curio fue nombrado Curión Máximo. Como la epidemia continuara incesante, el Senado decidió que los decenviros debían consultar los Libros Sibilinos. De conformidad con su dictamen, se celebraron rogativas especiales durante un día y el pueblo, reunido en el Foro, hizo un voto solemne, según la fórmula dictada por Marcio Filipo, por el que si se expulsaba la peste y la enfermedad del suelo romano ellos guardarían dos días de fiesta y una acción de gracias. En el distrito de Veyes nació un niño con dos cabezas; en Mondragone [la antigua Sinuesa.-N. del T.] nació un niño con una sola mano; en Osimo [la antigua Áuximo.-N. del T.] nació una niña con dientes; en el Foro, y a plena luz de un día con un cielo sin nubes, se observó un arco iris sobre el templo de Saturno; aquella misma noche se vieron muchas estrellas fugaces. Los lanuvinos y cérites contaron que había aparecido en su ciudad una serpiente con cresta y cubierta de manchas doradas, comprobándose con certeza que en territorio campano había hablado un buey.

[41.22] La comisión que había partido hacia Cartago, y que antes se entrevistó con el rey Masinisa, regresó el cinco de junio. Habían recibido del rey una información mucho más precisa de cuanto ocurría en Cartago que de los propios cartagineses. Aseguraron, como hecho fehaciente, que habían llegado a Cartago embajadores del rey Perseo y que el senado les había concedido una audiencia nocturna en el templo de Esculapio. El rey afirmaba que Cartago había enviado embajadores a Macedonia, lo que negaban los cartagineses. El Senado de Roma decidió que que ellos también mandarían embajadores a Macedonia, enviando a tres de ellos: Cayo Lelio, Marco Valerio Mesala y Sexto Digicio. Por aquel entonces, algunos de los dólopes se negaron a obedecer las órdenes de Perseo y apelaron a los romanos para que mediaran entre sus diferencias. Perseo avanzó contra ellos con su ejército y redujo a toda la nación a su completa obediencia. A continuación, cruzó el monte Eta y marchó hacia Delfos para consultar al oráculo sobre ciertas cuestones religiosas que lo inquietaban. Su repentina aparición en el centro de Grecia provocó la alarma general, no solo entre los pueblos vecinos, sino también en Asia, donde se había enviado rápida noticia de lo que ocurría al rey Eumenes. Perseo no permaneció más de tres días en Delfos, y pasando por la Ftótde, Acaya y Tesalia, regresó a su reino sin provocar daños ni perjuicios a los territorios por los que pasó. No se contentó con ganarse la voluntad de las ciudades por las que transcurrió su ruta; envió también cartas o mensajeros a los distintos pueblos de Grecia pidiéndoles que desecharan de sus mentes cualquier sentimiento hostl que pudiera haber existido entre ellos y su padre. Les instó a que su no considerasen sus disputas tan graves como para no poder darles fin con él. Por lo a él se refería, nada había que pudiera perturbar sus relaciones o impedir una amistad leal y sincera. Estaba ansioso, sobre todo, por encontrar algún modo de congraciarse con los aqueos.

[41.23] Este pueblo y el de la ciudad de Atenas era el único de entre toda la Grecia que había llevado su animosidad tan lejos como para prohibir que los macedonios entrasen en su territorio. Macedonia, en consecuencia, se había convertido en refugio para todos los esclavos que huían de Acaya, pues como los aqueos habían cerrado sus fronteras con Macedonia, ellos mismos no podían aventurarse en este reino. Cuando Perseo tuvo conocimiento de esto, detuvo a los fugitivos y envió una carta . . . [he aquí otra laguna en el texto que, según la propuesta de Carlo Sigonio, indicaría a los aqueos mediante una carta que les remitiría a los esclavos que se habían pasado a él; la versión castellana de 1796 señala justamente lo contrario: "que mandó cartas concediendo la libertad a quienes desde las otras provincias se pasasen a su bando".-N. del T.] "También ellos, sin embargo, debían tratar por todos los medios de impedir la huida de los esclavos en el futuro". La carta fue leída por el pretor Jenarco durante una reunión de su consejo, pues andaba ansioso de hacer méritos ante el rey. La mayoría de los presentes, en especial aquellos que pensaban que iban a recuperar a los esclavos fugitivos a quienes habían dado por perdidos, pensaron que estaba escrita en un tono equitativo y generoso. Entre los que pensaban que la seguridad de su pueblo dependía del mantenimiento de su tratado con Roma, se encontraba Calícrates. Este hizo el siguiente discurso ante el Consejo: "Algunos consideran este asunto, aqueos, como algo menor y de poca importancia; yo, sin embargo, la considero la más importante y más grave de todas las que se someten a discusión, de hecho diría más, creo que en cierto modo ya se ha decidido sobre ella. Porque aunque hemos impedido que entren en nuestro territorio los reyes de Macedonia y a los mismos macedonios, y al estar en vigor este decreto impedimos la entrada a embajadores y comunicaciones de sus reyes que pudieran infuir indebidamente en alguno de nosotros, nos hallamos ahora escuchando las palabras del rey como si nos estuviese arengando sin estar presente y hasta ¡válganme los dioses!, aprobando su discurso. Y mientras los animales salvajes rehuyen o rechazan en su mayoría los cebos que se les coloca, nosotros en nuestra ceguera nos dejamos atraer por el señuelo de un insignificante beneficio, permitendo que nuestra propia libertad sea minada y manipulada en la esperanza de recuperar algunos esclavos miserables y de poco valor. ¿Quién no ve que se intenta llevarnos a una alianza con el rey, violando así el tratado con Roma, del que dependen todos nuestros intereses? A menos, en efecto, que alguien dude de que una guerra entre Perseo y los romanos es inevitable, y que lo que se esperaba en vida de Filipo y que quedó interrumpido por su muerte, se producirá ahora que Filipo ha muerto. Filipo, como todos sabéis, tuvo dos hijos: Demetrio y Perseo. Demetrio superaba con creces a su hermano, por su ascendencia materna, tanto en valor, como en capacidad y popularidad entre sus compatriotas. Pero Filipo había destinado la corona a modo de recompensa por el odio de los romanos, por lo que dio muerte a Demetrio sin más delito que el de su amistad con Roma. A Perseo, que ya sabía que heredaría una guerra contra Roma casi antes que la propia corona, lo hizo rey. ¿Qué otra cosa ha estado haciendo desde la muerte de su padre, sino preparándose para la guerra? Envió primero a los bastarnos a Dardania para atemorizarnos a todos. Si hubieran permanecido asentados allí, Grecia se habría encontrado con unos vecinos más peligrosos que los galos para Asia. Aunque aquí sus expectativas se vieron frustradas, no abandonó sus proyectos bélicos; en vez de eso, para decir la verdad, ha dado comienzo ya a la guerra y ha sometido Dolopia por la fuerza de las armas, rehusando escuchar su propuesta de remitr sus diferencias al arbitrio de Roma. Cruzó después el monte Eta se acercó a Delfos, para aparecer en el mismo centro de Grecia. ¿Cuál pensáis que era su objetivo al transitar una ruta que no es la habitual? Atravesó después la Tesalia, y lo hizo sin dañar a ninguno de los que odiaba, lo que me hace temer alguna clase de maniobra. Y ahora nos envía una carta en lo que parece un acto de generosidad, aconsejándonos estudiar para el futuro cómo podemos prescindir de ella, es decir, derogando el decreto por el que se mantene a los macedonios fuera del Peloponeso, que demos audiencia a los embajadores del rey y que renovemos las relaciones de hospitalidad con sus notables. En poco tiempo tendremos al ejército macedonio y al propio rey entrando en el Peloponeso de camino a Delfos, ¡¿pues qué anchura tiene el estrecho que hay en medio?! Por último, nos veremos entre las filas de los macedonios que ya se están armando contra Roma. Mi opinión es que no hagamos ningún nuevo decreto, sino que dejemos todo tal y como está hasta que estemos completamente seguros de que estos temores míos carecen de base o están justficados. Si la paz entre Macedonia y Roma se mantene intacta, que haya relaciones de amistad entre nosotros; por el momento, me parece prematuro y peligroso pensar en modificar nuestra política".

[41.24] Arcón, el hermano de Jenarco, habló después de él en los siguientes términos: "Difcil nos ha puesto Calícrates, a mí y a quienes discrepamos con él, dar una respuesta. Al asumir la defensa de nuestra alianza con Roma y afirmar que se la está atacando y amenazando, cuando nadie la ataca ni la amenaza, ha hecho que cualquiera que no esté de acuerdo con él parezca como si estuviera hablando en contra de los romanos. Para empezar, sabe y proclama cada acuerdo secreto, como si en lugar de estar aquí, entre nosotros, hubiera venido directamente de la curia romana o del consejo privado del rey. Llega incluso a adivinar lo que habría pasado si Filipo hubiera vivido; bajo qué circunstancias ha heredado el trono Perseo; qué preparativos están haciendo los macedonios y cuáles son los planes de los romanos. Nosotros, sin embargo, que no conocemos la causa ni las circunstancias de la muerte de Demetrio, ni lo que Filipo habría hecho de seguir con vida, nos vemos obligados a formular nuestra política de acuerdo con los hechos públicos y notorios.

"Lo que nosotros sabemos, por ahora, es que Perseo recibió el trono y fue reconocido como rey por el pueblo romano; tuvimos noticia de que los embajadores romanos visitaron al rey y fueron amablemente recibidos por él. A mi juicio, todo esto es señal de paz y no de guerra; tampoco creo que los romanos se ofendan si, igual que hemos seguido su ejemplo en la guerra, lo seguimos ahora como partidarios de la paz. No veo por qué hemos de ser los únicos en todo el mundo que libren una guerra implacable contra el reino de Macedonia. ¿Porque estamos tan cerca como para poder recibir un ataque? ¿Porque somos los más débiles de todos, como los dólopes, a los que ha sometido recientemente? No, todo lo contrario; estamos a salvo tanto por nuestra propia fuerza, gracias al favor de los dioses, como por la distancia que nos separa. Pero supongamos que estamos tan abiertos a la invasión como los tesalios o los etolios; ¿no tendremos más infuencia y peso entre los romanos, ya que siempre hemos sido sus aliados y amigos, que los etolios, que hasta no hace mucho combatan contra ellos? También nosotros debemos disfrutar de la misma relación jurídica que existe entre los macedonios y los etolios, los tesalios y los epirotas; con Grecia entera, en realidad. ¿Por qué hemos de ser solo nosotros los que mantengamos esta abominable interferencia con los derechos comunes a todos los hombres? Concediendo que Filipo hubiera hecho algo que provocara nuestro decreto en su contra cuando estaba en armas y en guerra, Perseo, ahora en el trono, nada nos ha hecho y diluye con su amabilidad la enemistad contra su padre. ¿Qué ha hecho él para que solo nosotros de entre todos los pueblos seamos sus enemigos? Podría también señalar lo siguiente: los servicios que los anteriores reyes de Macedonia nos han prestado han sido tan grandes que la ofensa que Filipo nos ha infigido, por grande que fuese, se ha de olvidar, especialmente ahora que está muerto. Sabéis que cuando la flota romana estaba fondeada en Céncreas y el cónsul estaba con su ejército en Elacia, estuvimos tres días reunidos en consejo para decidir si seguiríamos a Filipo o a los romanos. Incluso si la presión del peligro inminente provocado por la presencia de los romanos no hubiera alterado en absoluto nuestras opiniones, hay algo que prolongó nuestras deliberaciones y fue nuestra antigua relación con los macedonios y los grandes servicios que durante tantos años nos habían prestado sus reyes. Que esos mismos motivos pesen ahora en nosotros, no para hacernos sus amigos, sino para que no nos señalemos como sus enemigos. No finjamos, Calícrates, que estamos discutendo seriamente una propuesta que nadie ha presentado. Nadie sugiere que deberíamos establecer nuevas alianzas o elaborar un nuevo tratado con el que nos obliguemos sin más consideración. Que haya libre intercambio entre nosotros, un reconocimiento mutuo de derechos recíprocos; impidamos que, al cerrar nuestras fronteras, se nos impida también a nosotros el acceso a los dominios del rey; que nuestros esclavos no puedan encontrar refugio en parte alguna. ¿Qué hay en todo esto que entre en conficto con los términos de nuestro pacto con Roma? ¿Por qué hacemos tanto de tan pequeña cuestón y arrojamos sospechas sobre algo tan simple? ¿Por qué suscitar problemas sin fundamento? ¿Por qué queremos convertir a otros en sospechosos y odiosos y así tener nosotros ocasión de halagar a los romanos? Si hubiera de haber guerra, ni el mismo Perseo pone en duda que estaremos del lado de Roma. En la medida en que haya paz, aunque no se eliminen los sentimientos de odio, que al menos se atenúen". Los que habían aprobado la carta del rey se mostraron en pleno acuerdo con este discurso. Los notables estaban indignados por el hecho de que Perseo, mediante una carta de pocas líneas, lograse algo que no le había parecido lo bastante importante como para enviar una embajada formal a presentar su demanda. El debate se suspendió y no se aplazó la decisión. Posteriormente, el rey envió embajadores mientras el Consejo estaba reunido en Megalópolis y los que temían una ruptura con Roma tomaron medidas para que no se les recibiera.

[41.25] Mientras sucedía todo esto, los etolios volvieron su rabia contra sí mismos y parecía que las matanzas por ambas partes darían como resultado la total destrucción de la nación. Finalmente, ambas facciones, cansadas de la carnicería, enviaron misiones a Roma e iniciaron una aproximación entre ellas en la esperanza de poder restablecer la paz y la concordia. Sin embargo, estas negociaciones resultaron infructuosas al producirse una nueva ofensa que hizo despertar las viejas pasiones: A los refugiados de Hípata, incluyendo a ochenta ilustres ciudadanos que pertenecían al partido de Próxeno, se les había asegurado el regreso a su país de origen en virtud de la palabra empeñada por Eupólemo, el hombre más importante de la ciudad. Cuando regresaban a sus hogares, toda la población, incluyendo el propio Eupólemo, salió a su encuentro; les saludaron amablemente y les ofrecieron la mano derecha en signo de amistad. Pero cuando estaban entrando por las puertas los asesinaron a todos, a pesar de sus llamamientos a los dioses como testigos de la palabra dada por Eupólemo. Después de esto se reinició la guerra de manera más feroz que nunca. Cayo Valerio Levino, Apio Claudio Pulcro, Cayo Memio, Marco Popilio y Lucio Canuleyo fueron enviados por el Senado para arbitrar entre las partes contendientes. Los delegados de ambas partes comparecieron ante ellos en Delfos, donde se debató vivamente y dio la impresión de que Próxeno llevó ventaja por la justicia de su causa y la elocuencia de su discurso. Unos días más tarde fue envenenado por su esposa Ortóbula. Ella resultó condenada por el crimen y se le exilió. La misma locura partdista surgió entre los cretenses. Cuando Quinto Minucio, al que se había enviado con diez barcos para resolver sus disputas, llegó a la isla, abrigaron esperanzas de paz. Hubo una tregua durante solo seis meses; después sin embargo, se volvió a encender un conficto aún más violento. Por aquel entonces, los licios fueron acosados por los rodios. Sin embargo, no es cosa de relatar en detalle estas guerras que libraron entre sí las naciones extranjeras, pues ya tengo ante mí la tarea, suficientemente fatigosa, de describir los hechos de los romanos.

[41,26] En Hispania, los celtiberos, que se habían sometido a Tiberio Graco después de ser derrotados, permanecieron tranquilos durante el gobierno en la provincia de Marco Titinio. A la llegada de Apio Claudio se reanudaron las hostlidades, que se iniciaron mediante un repentino ataque contra el campamento romano. El día apenas había amanecido cuando los centinelas de la empalizada y los vigías de las puertas vieron al enemigo avanzando en la distancia y dieron la alarma. Apio Claudio mandó izar la señal para el combate y, tras dirigir unas pocas palabras a los soldados, lanzó una salida simultánea por tres de las puertas. Los celtiberos se les enfrentaron según salían y durante un corto espacio de tiempo el combate estuvo igualado por ambos lados, ya que a causa del poco espacio los romanos no podían entrar todos en acción. En cuanto se alejaron de la empalizada, pues a fuerza de empujar unos a otros consiguieron adelantarse y desplegar en línea, ampliaron su frente a la misma longitud que la del enemigo que los rodeaba. Lanzaron a continuación una carga tan repentina que los celtiberos no pudieron resistrla. Estos fueron derrotados en menos de dos horas; murieron o fueron hechos prisioneros quince mil de ellos y se tomaron treinta y dos estandartes. Su campamento fue asaltado el mismo día y la guerra llegó a su fin. Los supervivientes de la batalla se dispersaron hacia sus diversas ciudades y después de esto se someteron pacíficamente a la autoridad de Roma.


[41,27] Quinto Fulvio Flaco y Aulo Postumio Albino fueron elegidos censores este año -174 a.C.-y revisaron las listas del Senado. Marco Emilio Lépido, el Pontifice Máximo, fue elegido príncipe del Senado. Nueve nombres fueron eliminados de la lista, resaltando la nota censoria de Marco Cornelio Maluginense, que había sido pretor en Hispania dos años antes; la de Lucio Cornelio Escipión, que ejercía por entonces las preturas urbana y peregrina, y Lucio Fulvio, el hermano del censor y, según Valerio Antas, coheredero de la hacienda familiar. Después de los acostumbrados votos en el Capitolio,

los cónsules partieron hacia sus provincias. El Senado encargó a uno de ellos Marco Emilio [se consigna aquí erróneamente a Marco Emilio Lépido como cónsul, cargo que había desempeñado el año anterior.-

N. del T.] la tarea de reprimir en Venecia la rebelión de los patavinos que, según informaron sus propios representantes, habían sido empujados a la guerra civil por la lucha de distintas facciones rivales. Los comisionados que habían ido a Etolia para poner fin a disturbios semejantes a aquellos, regresaron contando que no se podía sofocar la cólera de la población. La llegada del cónsul resultó en la salvación de los patavinos, y como no tenía nada más que hacer en su provincia volvió a Roma.

Estos censores fueron los primeros en adjudicar el empedrado de las calles de la Ciudad, así como la colocación de una capa de grava y la construcción de arcenes en los caminos del exterior de la Ciudad; también construyeron puentes en diversos lugares. Proporcionaron a los pretores y ediles un escenario, colocaron barreras de separación en el circo y situaron bolas ovaladas para marcar el número de vueltas, metas para marcar los giros en la pista y puertas de hierro para las jaulas por las que se llevaban los animales hasta la arena [el texto original latino presenta un considerable deterioro en esta zona; al parecer, con cada una de las siete vueltas que componían una carrera, se eliminaba uno de los siete "huevos" de una columna.-N. del T.]. Se encargaron también del empedrado de la subida desde el Foro hasta el Capitolio y de la construcción de una columnata desde el templo de Saturno hasta el Senáculo


[el senaculum, o “pequeño Senado” era un edificio donde se reunían los senadores antes de las sesiones.-N. del T.], en el Capitolio, y luego más arriba, hasta la Curia. Fuera de la puerta Trigémina, empedraron el mercado y lo rodearon con una empalizada; repararon además el pórtico Emilio e hicieron una escalera de piedra en la ladera que va desde el mercado al Tíber. Ya por dentro de la misma puerta, empedraron el pórtico que va hasta el Aventino y . . . desde el templo de Venus. Estos censores también adjudicaron la construcción de las murallas en Calacia y en Osimo, gastando el dinero percibido por la venta de terrenos del estado en la construcción de tiendas alrededor de los foros en ambas ciudades. Postumio declaró que, sin órdenes del senado romano o del pueblo, no gastaría su dinero, de manera que Fulvio Flaco, en solitario, construyó un templo a Júpiter en Pisauro y en Fundi, haciendo también una conducción de agua a Potenza. También hizo empedrar una calle en Pisauro. En Mondragone [la antigua Sinuesa.-N. del T.] . . . construyó en estas ciudades alcantarillas y las circundó con murallas, cerró el foro con pórticos y tiendas y colocó allí tres estatuas de Jano. Estas obras, adjudicadas por solo uno de los censores, fueron muy agradecidas por los colonos. Los censores fueron muy estrictos y minuciosos en la regulación de la moral; a varios de los caballeros se les privó de sus caballos.

[41,28] Hacia el final del año se celebró un día de acción de gracias por las victorias logradas en Hispania bajo los auspicios y mando de Apio Claudio, ofreciéndose en sacrificio veinte víctimas adultas. Al día siguiente, se ofrecieron rogativas especiales en los templos de Ceres, Liber y Libera, a causa de la noticia de que había ocurrido un violento terremoto en territorio sabino, que había dejado en ruina numerosos edificios. Al regreso de Apio Claudio desde Hispania, el Senado decretó que debía entrar en la Ciudad en ovación. Ya se acercaban las elecciones consulares y se produjo una intensa competencia debido a la gran cantidad de candidatos. Resultaron elegidos Lucio Postumio Albino y Marco Popilio Lenas [para el año 173 a.C.-N. del T.]. Los nuevos pretores fueron Numerio Fabio Buteo, Marco Mateno, Cayo Cicereyo, Marco Furio Crásipo por segunda vez, Aulo Atilio Serrano por segunda vez y Cayo Cluvio Sáxula también por segunda vez. Una vez terminadas las elecciones, Apio Claudio Cento celebró su ovación por el triunfo sobre los celtiberos; llevó al tesoro diez mil libras de plata y cinco mil de oro [es decir, 3270 kilos de plata y 1635 de oro.-N. del T.]. Cneo Cornelio fue consagrado como famen de Júpiter.

Aquel año se colocó una tablilla en el templo de Mater Matuta con la siguiente inscripción: "Bajo los auspicios y el mando del cónsul Tiberio Sempronio Graco, las legiones del ejército del pueblo de Roma someteron Cerdeña. Murieron o fueron hechos prisioneros, en aquella provincia, más de ochenta mil enemigos. Sirvió a la república con todo éxito, liberó ... [la traducción inglesa completa el texto faltante con "a los aliados de Roma".-N. del T.], restauró los tributos y llevó a su ejército de regreso a casa, sano y salvo, cargado con un enorme botín. A su vuelta entró en triunfo en Roma por segunda vez. Por todo esto, dedica esta placa como ofrenda a Júpiter". Figuraba en la misma una representación de la isla e imágenes de las batallas. Se ofrecieron aquel año varias exhibiciones de gladiadores, la mayoría de poca importancia; la única que ofreció Tito Flaminio superó a las demás. Con ocasión de la muerte de su padre, exhibió un espectáculo durante cuatro días, acompañándolo con una distribución de carne, un festin fúnebre y juegos escénicos. Pero, incluso en esta magnífica exposición, el número total de hombres que lucharon fue de sólo setenta y cuatro.

Fin del libro 41.

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Libro 42: La Tercera Guerra Macedónica

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[42,1] La primera labor de los nuevos cónsules -173 a.C.-fue a consultar al Senado acerca de sus provincias y de los ejércitos. Se decretó que ambos tendrían Liguria como provincia y que cada uno debería alistar dos nuevas legiones para prestar servicio en aquella provincia, así como diez mil infantes y seiscientos jinetes de los aliados latinos. También se les ordenó alistar a tres mil infantes y doscientos jinetes romanos para reforzar el ejército en Hispania. Así mismo, se alistaría una fuerza adicional de mil quinientos infantes y cien jinetes para las operaciones en Córcega [otras traducciones ofrecen la cifra de quinientos infantes; nuestro texto latino de referencia, sin embargo, emplea claramente la expresión "mille et quingent pedites Romani"; además, la proporción infantería-caballería resulta correcta en nuestra traducción y con un exceso de caballería en las otras.-N. del T.]. Marco Atilio continuaría como pretor en Cerdeña, hasta que llegara su sucesor. A continuación, los pretores sortearon sus provincias. Aulo Atilio Serrano recibió la pretura urbana y Cayo Cluvio Sáxula la peregrina; La Hispania Citerior fue para Numerio Fabio Buteo y la Hispania Ulterior para Cayo Mateno; Sicilia correspondió a Marco Furio Crásipes y Cerdeña fue para Cayo Cicereyo. Antes de que partieran los magistrados hacia sus provincias, el Senado decidió que Lucio Postumio debía marchar a Campania para fijar los límites entre las tierras públicas y las tierras privadas; pues había constancia de que los particulares, mediante el paulatino adelantamiento de los mojones, habían ido ocupando partes de las primeras. Postumio estaba irritado con los prenestinos [los habitantes de la actual Palestrina.-N. del T.] porque habiendo ido él allí en cierta ocasión, como ciudadano particular, para ofrecer un sacrificio en el templo de la Fortuna, no había recibido ningún honor, ni público ni privado. Así que, antes de salir de Roma, envió una carta a Palestrina ordenando que saliera un magistrado a recibirlo, que dispusieran un lugar donde alojarse a cargo de la comunidad, que procurasen tener dispuestos animales de carga para el momento de su partda. Ningún cónsul antes que él había resultado una carga o un gasto en absoluto para los aliados. Se proporcionaba a los magistrados mulas, tiendas de campaña y demás impedimenta militar, simplemente para que no pidieran nada de esto a los aliados; Mantenían relaciones particulares de hospitalidad, tratando a sus huéspedes cortés y consideradamente, estando sus casas en Roma abiertas a todos aquellos en cuya casa solían alojarse. Cuando se enviaban embajadores a algún lugar debido a cualquier emergencia repentina, solo se exigía un jumento a cada una de las ciudades por las que transcurría su viaje; ningún otro gasto era causado a los aliados por los magistrados romanos. El resentimiento del cónsul, aunque hubiera tenido justficación, en ningún caso debiera haberse mostrado mientras desempeñaba su cargo. Los palestrinenses, desgraciadamente, ya fuera por modesta o por timidez, consinteron que esto sucediese sin protestar y este silencio confirió a los magistrados, a modo de precedente incuestonable, el derecho a imponer estas demandas, cada vez más gravosas.

[42,2] A principios de año, regresaron los comisionados que habían visitado Etolia y Macedonia, trayendo noticia de que no se les había dado ocasión de reunirse con Perseo. En algunas ocasiones se adujo que estaba enfermo; en otras que estaba fuera ausente; y en ambos casos eran excusas inventadas por igual. Quedó, sin embargo, bien claro que estaban en marcha preparativos bélicos y que no pasaría mucho tiempo antes de que Perseo recurriera a las armas. En Etolia, los disturbios internos crecían en violencia día tras día, y su autoridad no había bastado para aquietar a los líderes de las facciones opuestas. Como ya se esperaba que hubiera guerra contra Macedonia, se decidió que se debían expiar los prodigios y ofrecer oraciones para lograr "la paz de los dioses" mencionados en los Libros del destino [la "pax deorum" o paz de los dioses se mantene mediante el sacrificio, el voto o la oración, que son ofrecidos por un magistrado o por el pater familias en el ámbito privado, a modo de reconocimiento de la superioridad divina y como medio de conseguir su benevolencia.-N. del T.]. Se decía que en Lanuvio había sido vista una gran flota en los cielos; en Priverno había brotado lana oscura de la tierra y que en territorio de Veyes, cerca de Remente, habían llovido piedras; todo el territorio pontino había quedado cubierto por lo que parecían nubes de langostas y en un campo de la Galia, mientras se trabajaba la terra, surgieron peces bajo los terrones levantados por el arado. Como consecuencia de estos signos, se consultaron los Libros del destino [los Libros del destino deben ser los Libros Sibilinos, o Libros Sagrados, pues son los mismos decenviros y con el mismo procedimiento los encargados de su consulta y posterior dictamen.-N. del T.] y los decenviros comunicaron a qué deidades y con qué víctimas se debían ofrecer los sacrificios; ordenaron también rogativas especiales para la expiación de los portentos y otras más para cumplir el voto ofrecido el año anterior por el pueblo con ocasión de la peste. Todo se cumplió según ordenaban los Libros Sagrados.


[42,3] Fue este año cuando se levantó el tejado del templo de Juno Lacinia. Quinto Fulvio Flaco, el censor, estaba construyendo el templo de la Fortuna Ecuestre, que había ofrecido mediante voto cuando era pretor en Hispania, y mostraba gran determinación en que fuera el más grande y magnífico templo de Roma. Había prometido este templo durante la guerra Celtibérica, siendo pretor en Hispania. Pensó que sería mayor la belleza del templo si estaba cubierto con tejas de mármol, y con este objeto descendió al Brucio y levantó la mitad del tejado del templo de Juno Lacinia, pues consideró que bastaría para proporcionar la cubierta del que estaba construyendo. Los barcos estaban preparados para su transporte, y los aliados, intimidados por la autoridad del censor, no fueron capaces de impedir aquel sacrilegio. Al regreso del censor, se descargaron las tejas y se llevaron al nuevo templo. Aunque no se dio ninguna indicación sobre su procedencia, resultó imposible ocultarla. Se escucharon las correspondientes protestas en la Curia y se produjo una exigencia general para que los cónsules presentaran la cuestión ante el Senado. Se convocó al censor y se le cubrió por todas parte de reproches al presentarse en la Curia: No contento, se le dijo, con violar el templo más venerable de aquel territorio, al que tanto Pirro como Aníbal habían respetado, había cometido la infamia de despojarlo del tejado y casi destruirlo. Al quitarle la cubierta, con su techumbre al descubierto y expuesto a las lluvias, terminaría por pudrirse. ¿Para eso se había creado un censor encargado de velar por la moral pública? El encargado, según la costumbre de los mayores, de que los edificios del culto público estuvieran correctamente cerrados y de encargar su reparación, ¡este mismo hombre vagaba rondando las ciudades de nuestros aliados, arruinando sus templos y despojando de sus techos a sus edificios sagrados! ¡Si ya resultaría vergonzosa esta conducta en el caso de edificios particulares, qué no sería la demolición de los templos de los dioses inmortales! Y lo hacía involucrando al pueblo romano en un delito de impiedad, al construir y embellecer un templo mediante la ruina de otro, como si los dioses inmortales no fuesen los mismos en todas partes y se debiera honrar y adornar a unos con los despojos de los demás. Aunque ya antes de votar la moción estaba bien claro el sentir de la Cámara, al votarse fue unánime la decisión de devolver las tejas al templo y que se ofrecieran sacrificios expiatorios a Juno. Se cumplieron escrupulosamente las obligaciones religiosas; por lo que respecta a las tejas, los contratistas informaron que las habían dejado en la explanada del templo, al no haber ningún artesano que viera el modo de reponerlas.

[42,4] Uno de los pretores, Numerio Fabio, estando de camino para hacerse cargo de la provincia de Hispania Citerior, murió en Marsella. Al recibir la noticia de su muerte, el Senado decretó que Publio Furio y Cneo Servilio, cuyos sucesores ya habían sido designados, deberían decidir por sorteo cuál de ellos vería prorrogado su mando y administraría la Hispania Citerior. Le correspondió, afortunadamente, a Publio Furio, que ya había estado en aquella provincia. existía cierta cantidad de tierras, tomadas durante las guerras contra los ligures y los galos, que permanecían baldías, por lo que se aprobó un senadoconsulto para que se distribuyeran en lotes individuales. Para dar cumplimiento a esta resolución, el pretor urbano nombró decenviros, para la supervisión de la adjudicación de lotes, a Marco Emilio Lépido, Cayo Casio, Tito Ebucio Parro, Cayo Tremellio, Publio Cornelio Cetego, Quinto y Lucio Apuleyo, Marco Cecilio, Cayo Salonio y Cayo Menacio. Cada ciudadano romano recibió diez yugadas y cada aliado latino, tres [o sea 2,7 Ha. los ciudadanos romanos y apenas 0,81 Ha. los aliados latinos.-N. del T.]. Por este tiempo, fue a Roma una delegación etolia para dar cuenta de sus luchas partdistas y querellas; llegó también otra desde Tesalia para informar del estado de las cosas en Macedonia.

[42,5] Perseo daba vueltas en su cabeza a la guerra ya en vida de su padre, tratando de ganarse las simpatas no solo de los pueblos, sino también de las ciudades griegas mediante el envío de embajadas y más con promesas que con concesiones. existía también una gran cantidad de gentes favorables a él y mucho más dispuestas hacia él que hacia Eumenes, pese a que la mayor parte de las ciudades y la mayoría de sus notables estaban obligados con Eumenes por su liberal generosidad y porque, además, había ejercido su autoridad real de tal manera que ninguna de las ciudades que estaban bajo su dominio habrían cambiado su situación por la de cualquiera de las ciudades libres. Por otra parte, se produjeron rumores de que Perseo había matado a su esposa con sus propias manos y había asesinado en secreto a Apeles. Este había sido su instrumento para deshacerse a traición de su hermano y, al buscarle Filipo para llevarlo al suplicio, se había exiliado del país para escapar al castgo. Tras la muerte de su padre, Perseo lo había inducido a regresar mediante la promesa de una generosa recompensa por haberle ayudado en tan trascendente empresa, asesinándolo a continuación. Aunque era conocido por muchos otros asesinatos, tanto de sus propios súbditos como de extranjeros, y aunque no poseía ninguna virtud encomiable, las ciudades le preferían, en general, antes que a un rey que se había mostrado tan considerado con sus allegados, tan justo hacia sus súbditos y tan generoso para con todos. Y, todo esto, ya porque estuvieran tan impresionadas por el prestgio y grandeza de Macedonia como para despreciar un reino recién fundado, porque estuvieran deseosas de un cambio en la situación o porque no quisieran estar a merced de Roma.

Pero no era solo en Etolia donde se habían producido disturbios a causa del gran peso de las deudas, también la Tesalia se hallaba en la misma situación y el daño se había extendido como una epidemia hasta Perrebia. Al llegar la noticia de que los tesalios estaban en armas, el Senado envió inmediatamente a Apio Claudio para examinar la situación y arreglar las cosas. Este reprendió severamente a los líderes de ambas partes. Con el consentimiento de quienes la habían aumentado tanto, redujo la deuda que se había incrementado con intereses ilegales y estableció luego la amortzación de los préstamos legales, dividida en diez anualidades. Mediante el mismo procedimiento y de la misma manera arregló los asuntos en Perrebia. Marcelo asistó a la sesión del Consejo Etolio en Delfos y escuchó los argumentos de ambas partes, que los presentaron con la misma hostlidad que habían mostrado en la guerra civil. Viendo que competan en temeridad y osadía, y no queriendo que por una sentencia suya se condenara ni absolviera a ninguna de las dos partes, requirió a ambas para que se abstuvieran de disputar y relegasen sus viejas rencillas al olvido. Se garantzaría esta reconciliación mediante el mutuo intercambio de rehenes, determinándose que sería Corinto el lugar donde estos residirían.

[42,6] Dejando Delfos y el Consejo Etolio, Marcelo marchó al Peloponeso, donde, mediante un edicto, había convocado una reunión del Consejo Aqueo. Una vez allí, los elogió por haber mantenido firmemente el antiguo tratado que prohibía a los reyes de Macedonia cualquier aproximación a sus territorios, dejando bien claro el odio de los romanos hacia Perseo. Para precipitar el estallido de ese odio, el rey Eumenes fue a Roma llevando consigo un informe que había elaborado durante su investgación sobre los preparativos bélicos en marcha. Al mismo tiempo, se enviaron al rey cinco embajadores para que comprobaran por sí mismos el estado de cosas en Macedonia, ordenándoles visitar también Alejandría y renovar las relaciones de amistad entre Tolomeo y Roma [Tolomeo VI Filométor -"el que ama a su madre"-, hijo de Tolomeo V Epífanes -"el ilustre" o también "manifestación de un dios"-, tenía por entonces unos 14 años.-N. del T.]. Los miembros de la embajada fueron Cayo Valerio, Cneo Lutacio Cerco, Quinto Bebio Sulca, Marco Cornelio Mámula, y Marco Cecilio Denter. Por la misma fecha llegaron embajadores del rey Antioco. Su jefe, Apolonio, cuando fue recibido por el Senado, presentó muchas y convincentes razones para disculpar a su rey por no haber pagado su tribuno en la fecha señalada. No obstante, había llevado con él la suma total, por lo que no hubo necesidad más que de disculpar al rey por la demora. Traía también consigo un regalo consistente en quinientas libras en vasos de oro [163,5 kilos.-N. del T.]. El rey solicitaba que el pacto de alianza y amistad que se había establecido con su padre fuera renovado con él, y que el pueblo romano le pidiera cuanto pudiera proporcionar un monarca amistoso y leal, pues nunca dejaría de cumplir con su obligación. Durante su estancia en Roma, recordó a la Cámara, la amabilidad del Senado y la simpata del trato de los jóvenes, habían hecho que el trato de todas las clases hacia él resulta más el de un rey que el de un rehén. Se dio a la embajada una amable respuesta y se ordenó al pretor urbano, Aulo Atilio, que renovara con Antioco la alianza que había existido con su padre. El tributo se entregó a los cuestores urbanos y los vasos de oro se entregaron a los censores para que los depositaran en los templos que creyeran conveniente. El jefe de la embajada recibió un regalo de cien mil ases, una residencia para alojarse y una asignación para sus gastos durante todo el tiempo que permaneciera en Italia [los 100 000 ases equivaldrían, en esa época, a 2750 kilos de bronce. Para el año 86 a.C., un áureo de 9,11 gramos de oro equivalía a 25 denarios de 3,9 gramos de plata o 400 ases de 13,5 gramos de bronce; para el año 173 a.C. en que nos encontramos, con un peso para el as de 27,5 gramos de bronce pero con la proporción vigente entonces de 1 áureo=25 denarios=250 ases, podemos suponer una equivalencia en oro de unos 11 kilos.-N. del T.]. Los embajadores que habían estado en Siria declararon al regresar que Apolonio disfrutaba de gran consideración ante el rey y se le consideraba un fiel amigo de Roma.

[42,7] Los principales hechos ocurridos este año en las provincias fueron los siguientes: Cayo Cicereyo libró una batalla campal en Córcega, muriendo siete mil de los enemigos y haciéndose más de mil setecientos prisioneros. Durante la batalla, el pretor prometó mediante voto dedicar un templo a Juno Moneta. Después de esta, los corsos pidieron la paz, que se les concedió con la condición de que pagaran un tributo de doscientas mil libras de cera [65 400 kilos.-N. del T.]. Después de someter Córcega, Cicereyo navegó hacia Cerdeña. También se produjo una batalla en la Liguria cerca de la ciudad de Caristo, en territorio de Estatela. Allí se había concentrado un gran contingente de ligures. En un primer momento, al llegar el cónsul Marco Popilio a la plaza, se mantuvieron tras sus murallas, pero cuando vieron que los romanos se disponían al asedio, formaron su línea de batalla delante de sus puertas. Esto había sido el objetivo del cónsul al amenazar con el asedio, por lo que no perdió tiempo en iniciar el combate. Lucharon durante más de tres horas, sin que hubiera una perspectiva cierta de victoria por ninguna de las partes. Cuando el cónsul comprobó que los ligures no cedían terreno en parte alguna del campo de batalla, ordenó a la caballería que montara y lanzase una carga contra tres partes de la línea enemiga para provocar tanto desorden como pudieran. Una buena porción se abrió paso por el centro del enemigo y se situó por detrás de su línea de batalla. Esto provocó el pánico entre los ligures, que se dispersaron y huyeron en todas direcciones, llegando muy pocos hasta la ciudad al interceptarlos la caballería en su mayor parte. Lo encarnizado de los combates resultó muy costoso para los ligures, resultando también una gran mortandad durante la huída: se dice que murieron diez mil hombres y que se hicieron más de setecientos prisioneros, capturándose ochenta y dos estandartes militares. La victoria tampoco se logró sin derramamiento de sangre romana: más de tres mil hombres murieron, sobre todo en las primeras filas, al no ceder terreno ninguna de ambas partes.

[42,8] Después de la batalla, los ligures se recuperaron de su huída y se concentraron en un solo lugar. Al ver que el número de bajas superaba al de supervivientes -no quedaban más de diez mil hombres-, se rindieron incondicionalmente con la esperanza de que el cónsul no les trataría con mayor severidad que la mostrada por anteriores generales. Sin embargo, él les privó a todos de sus armas, destruyó su ciudad y los vendió junto con sus bienes. Envió un informe de cuanto había hecho al Senado. Como el otro cónsul, Postumio, estaba ocupado con la revisión de tierras en Campania, la carta fue leída en la Cámara por el pretor Aulo Atilio. Los senadores consideraron un acto de extrema crueldad que los estatelates, que eran los únicos de entre los ligures que se habían negado a tomar las armas contra Roma, hubieran sido atacados también ahora sin provocación alguna, y que después de haberse confiado a la protección del pueblo romano se les hubiera torturado hasta la muerte con toda clase de crueldades. Que tantos miles de personas nacidas libres, inocentes de cualquier delito, hubieran sido vendidos como esclavos a pesar de sus apelaciones al honor de Roma, era un terrible precedente y una advertencia contra los que pensaran en una rendición; y que, quienes se habían mantenido pacíficos, se vieran ahora arrastrados a compartr el destino de los que antes fueran enemigos declarados de Roma, dispersos por todas partes. Movidos por estas consideraciones, el Senado determinó que el cónsul Marco Popilio debía restaurar los ligures a la libertad y reembolsar el precio de compra, procurando que se les devolvieran cuantas de sus propiedades se pudieran recuperar; también se les devolverían sus armas. Todo esto debía hacerse lo antes posible; el cónsul no debía abandonar su provincia hasta que hubiera resttuido a sus hogares a los ligures que se habían rendido. Se le recordó que la gloria de la victoria se obtenía al vencer al enemigo en una lucha justa, no mediante la crueldad con aquellos que no se podían defender.

[42,9] El mismo carácter arrogante que el cónsul había mostrado hacia los ligures, lo mostró ahora al negarse a obedecer al Senado. Envió inmediatamente a las legiones a sus cuarteles de invierno en Pisa y regresó a Roma lleno de ira contra el Senado y furioso con el pretor. Inmediatamente después de su llegada, convocó al Senado en el templo de Belona donde lanzó un largo y agrio discurso contra el pretor. Declaró que este debía haber solicitado al Senado que se rindieran honores a los dioses inmortales por los éxitos obtenidos, en vez de haber pedido al Senado que aprobara un senadoconsulto en su contra y favorable al enemigo; casi trasladaba la victoria a los ligures y ordenaba que el cónsul se les entregase. Por lo tanto, le impuso una multa y solicitó a los senadores que revocaran la resolución en su contra, así como que, ahora que estaba en Roma, aprobaran inmediatamente lo que debían haber decretado al recibir su carta, a saber, una solemne acción de gracias, en primer lugar para honrar a los dioses inmortales y después como muestra de alguna consideración hacia él. Algunos de los senadores lo atacaron estando presente con tanta severidad como hicieron en su ausencia, regresando a su provincia sin que se le concediera ninguna de sus demandas. El otro cónsul, Postumio, pasó el verano dedicado a la revisión de las tierras públicas y regresó a Roma para celebrar las elecciones sin haber visto siquiera su provincia. Los nuevos cónsules fueron Cayo Popilio Lenas y Publio Elio Ligur [para el 172 a.C.-N. del T.]. Los nuevos pretores fueron Cayo Licinio Craso, Marco Junio Peno, Espurio Lucrecio, Espurio Cluvio, Cneo Sicinio, y Cayo Memio por segunda vez.

[42.10] Aquel año se cerró el lustro. Los censores eran Quinto Fulvio Flaco y Aulo Postumio Albino; Postumio cerró el lustro. Según el censo, el número de ciudadanos romanos era de doscientos sesenta y nueve mil quince, un número algo menor que en el anterior. Esto se debió al hecho de que, según explicó el cónsul Lucio Postumio a la Asamblea, todos los que tuvieron que regresar a sus ciudades de acuerdo con el edicto del cónsul Cayo Claudio, fueron censados en sus propios lugares de residencia y ninguno de ellos en Roma. Los censores desempeñaron sus funciones en perfecta armonía y en el mejor interés de la república. Convirteron en erarios [se les privó del derecho a voto, pero no de la obligación de pagar ciertos impuestos.-N. del T.] y expulsaron de las tribus a todos los que eliminaron de las listas del Senado o degradaron del orden de los caballeros; ninguno dio su apoyo a nadie que hubiera sido rechazado por el otro. Fulvio dedicó el templo de la Fortuna Ecuestre, que había prometido mediante voto seis años atrás, siendo procónsul en Hispania, cuando combató contra las legiones de los celtiberos. Exhibió también Juegos Escénicos durante cuatro días y circenses durante uno. Lucio Cornelio Léntulo, uno de los decenviros de los Libros Sagrados, murió este año, siendo nombrado Aulo Postumio Albino en su lugar. Apulia recibió desde el mar unas nubes de langostas que cubrieron sus campos a lo largo y lo ancho, cubriendo sus enjambres gran parte de ellos. Para impedir la destrucción de los cultivos, se envió a Cneo Sicinio, como pretor con plenos poderes, a Apulia, donde aunque reunió a un gran número de hombres, tardó un tiempo considerable en eliminar la plaga.

El año siguiente, en el que Cayo Popilio y Publio Elio fueron cónsules [el 172 a.C.-N. del T.], se inició con la disputa pendiente del año anterior. Los senadores querían debatr el asunto de los ligures y que se reafirmara el senadoconsulto. El cónsul Elio presentó el asunto a discusión; Popilio, en nombre de su hermano, trató de disuadir tanto a su colega como al Senado de que adoptaran nuevas medidas, declarando públicamente que si se tomaba cualquier decisión él la vetaría. Disuadió a su colega de ir más lejos; pero el Senado, irritado contra ambos cónsules, insistó en proseguir con mayor empeño. Así, cuando llegó el momento de asignar las provincias, con los cónsules deseando la de Macedonia al ser ya inminente una guerra contra Perseo, el Senado decretó la Liguria como provincia para ambos cónsules, negándose a decretarles Macedonia a menos que se debatera el caso de Marco Popilio. Luego, cuando los cónsules solicitaron que se les permitera alistar nuevos ejércitos o refuerzos para los antiguos, les fueron denegadas ambas solicitudes. Dos de los pretores pidieron refuerzos: Marco Junio para la Hispania Citerior y Espurio Lucrecio para la Hispania Ulterior. También se denegaron sus petciones. Cayo Licinio Craso había recibido la pretura urbana y Cneo Sicinio la peregrina; Cayo Memio recibió Sicilia y a Espurio Cluvio correspondió Cerdeña. Los cónsules estaban enojados con el Senado por las medidas que habían adoptado y, tras fijar las Ferias Latinas para la fecha más temprana posible, hicieron saber que debían partir para sus provincias y que no tenían intención de tratar más asunto público que la administración de estas.

[42,11] Escribe Valerio Antas que Atalo, el hermano del rey Eumenes, fue a Roma durante este consulado, como embajador, para presentar cargos contra Perseo e informar sobre sus preparativos para la guerra. La mayoría de los analistas, y ciertamente aquellos a los que uno da más credibilidad, afirman que vino Eumenes en persona. Así pues, llegado Eumenes a Roma, fue recibido con todos los honores por el pueblo romano, en consideración tanto a sus propios méritos como a los numerosos servicios que había acumulado con tanta profusión. Después de ser introducido en el Senado por el pretor, declaró que su visita a Roma se debía a dos motivos: uno de ellos era su gran deseo de conocer a los dioses y a los hombres a cuyo favor debía su prosperidad actual, tanta que casi ni se atrevía a desear nada más. El otro motivo era el poder alertar al Senado de la necesidad de frustrar los proyectos de Perseo. Comenzando con una revisión de la política de Filipo, describió las circunstancias de la muerte de Demetrio, quien se oponía a la guerra con Roma. "Los bastarnos -continuó-fueron inducidos a abandonar sus hogares, confiados en que les ayudaría para invadir Italia. Aunque le sorprendió la muerte mientras aún daba vueltas en su mente a estos proyectos, dejó la corona a quien él sabía que era el mayor enemigo de los romanos. De este modo, su padre había dejado en herencia a Perseo la guerra, legándosela junto con el trono, y desde el primer día de su gobierno todos sus planes se dedicaron a alimentarla y favorecerla. Contaba con abundantes recursos, los largos años de paz habían generado una numerosa generación de hombres en edad militar; aún más, el mismo estaba en la plenitud de su vida, con toda su fuerza y vigor, y con su ánimo fortalecido y disciplinado por el estudio y la práctica de la guerra. Ya desde su niñez había compartido la tenda de su padre, por lo que había adquirido experiencia no sólo en guerras fronterizas, sino incluso en las guerras con Roma durante las distintas expediciones a las que su padre le había enviado. Desde el día en que ascendió al trono había tenido un extraordinario éxito cumpliendo muchas de las cosas que su padre, pese a intentarlas por todos los medios, no pudo lograr ni por la fuerza ni por la astucia; su poder se había visto aumentado por su autoridad personal, esa que solo se adquiere en el transcurso del tiempo, por grandes y numerosos méritos.

[42,12] "Por otra parte, todas las ciudades de Grecia y Asia respetaban su dignidad. No veo por qué méritos o generosidad se le rendía aquel homenaje, ni podría decir con certeza si esto era debido a su buena fortuna personal o si era, aunque no se atrevía a decirlo, porque su odio contra los romanos le granjeaba las simpatas. Incluso entre los mismos monarcas poseía gran prestgio: se había casado con la hija de Seleuco, y no porque pidiera él su mano, sino que se la habían ofrecido; por otra parte, casó a su hermana con Prusias en respuesta a sus insistentes petciones. En la celebración de estos dos matrimonios, recibió felicitaciones y regalos de boda por parte de los embajadores de innumerables estados de las más orgullosas naciones, que arroparon, por así decir, las ceremonias nupciales. Los beocios, a pesar de todos los intentos de Filipo, nunca llegaron a establecer un tratado oficial de amistad; hoy estaban registrados los términos de la alianza con Perseo en tres lugares: uno en Tebas, otro en Delos, el más sagrado y famoso de los templos, y el tercero en Delfos. En la reunión del Consejo Aqueo casi habían llegado al punto de dejarle paso libre, hasta que la intervención de unos cuantos amenazó al resto con el poderío de roma. Después de todos los servicios que han prestado a aquel pueblo, ¡y por Hércules, que le resultaba difcil decir si eran mayores los de orden oficial o los privados!, habían decaído los honores que se me rendían, en parte por falta de interés y en parte por hostlidad. ¿Quién no sabía ya que, en sus confictos internos, los etolios acudían al arbitraje de Perseo y no al de los romanos? Aunque contaba con estas amistades y alianzas como apoyo, Perseo había hecho tan amplios preparativos para la guerra en su país como para no necesitar la ayuda externa. Había almacenado trigo para alimenta a treinta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería durante diez años, de manera que no necesitaría acudir a sus cosechas ni a las del enemigo. Poseía ya tanto dinero que sus reservas bastaban para pagar diez mil soldados mercenarios, además de sus fuerzas macedonias, durante el mismo periodo. Y, todo esto, independientemente de los ingresos procedentes de las minas reales. En los arsenales, se habían acumulado armas para dotar a tres ejércitos como aquel. Tenía a Tracia como fuente inagotable de la que obtener hombres para el combate, suponiendo que le fallara el suministro de macedonios".

[42,13] Cerró su discurso con una grave exhortación: "Estos hechos que os expongo, padres conscriptos, no son algo basado en vagos rumores, ni habladurías contra un enemigo que os presento a modo de acusaciones que desearía fuesen ciertas; cuanto os he relatado es fruto de mis propias indagaciones y descubrimientos, efectuados como si me hubieseis enviado en una misión de espionaje y os estuviera informando de cuanto he visto con mis propios ojos. No habría dejado mi reino, al que habéis concedido tanta grandeza y prestgio, para emprender tan largo viaje, cruzando el mar, simplemente para perder toda mi credibilidad ante vosotros contándoos historias sin fundamento. Vi a las más famosas ciudades de Grecia y Asia dejar traslucir sus intenciones día tras día; pronto, si se les permite, habrán llegado tan lejos que no habrá lugar al arrepentimiento. He visto cómo Perseo no se limitaba a sus propias fronteras, capturando por las armas diversas plazas y, en aquellas que no pudo por la fuerza, ganándolas mediante favores y benevolencia. He observado cuán desigual era la situación; él preparándose para la guerra contra vosotros y vosotros asegurándole la paz, aunque lo cierto es que a mí me parecía que más que preparando la guerra estaba, en realidad, ya haciéndola. Echó de su reino a Abrúpolis, vuestro amigo y aliado [rey de los tracios sapios.-N. del T.]. A Artetauro, el ilirio que era vuestro amigo y aliado, lo hizo matar al descubrir os que había escrito. Se encargó de quitar de en medio a Eversa y a Calícrito, hombres principales de Tebas, por haber hablado demasiado francamente contra él, en la asamblea de los beocios, y por haber hecho saber que os informarían sobre cuanto estaba sucediendo. Envió ayuda a los bizantinos, violando el tratado; llevó la guerra a Dolopia; marchó con su ejército atravesando Tesalia y Doris para que, si estallaba la guerra civil, pudiera quebrar al bando mejor ayudando al peor. Provocó el desorden generalizado en Tesalia y Perrebia ante la perspectiva de la cancelación de todas las deudas, de manera que la masa de deudores pudiera aplastar a la aristocracia que era su acreedora. Como habéis permanecido inactivos y le habéis consentido todo esto, y en vista de que, por lo que a vosotros respecta, Grecia le ha sido entregada a él, da por sentado que nadie reunirá grupos armados para oponérsele antes de que haya desembarcado en Italia. Debéis considerar hasta qué punto resulta honorable y seguro para vosotros el seguir con esta política. Yo, en todo caso, consideré que sería vergonzoso para mí el que Perseo llegara y llevara la guerra a Italia antes de que yo, vuestro aliado, viniera y os hubiera advertido para que os pusierais en guardia. He cumplido con el deber que me correspondía y me he aliviado de lo que preocupaba a mi lealtad. ¿Qué puedo hacer más, salvo rezar a dioses y diosas para que cuidéis tanto del verdadero interés de vuestra república como de nosotros, vuestros aliados y amigos, que dependemos de vosotros?".

[42.14] Este discurso causó una gran impresión en los padres conscriptos; pero, de momento, nadie fuera de ella pudo enterarse de nada más que del hecho de que el rey estaba en la Curia, con tanto silencio se rodeó el recinto del Senado. Sólo cuando hubo terminado la guerra se supo lo que había dicho el rey y lo que le había respondido el Senado. Pocos días después se concedió audiencia a los embajadores del rey Perseo. Pero como las mentes, tanto como los oídos, de los senadores habían sido captadas por el rey Eumenes, todo cuanto dijeron los embajadores macedonios a modo de justficación

o disculpa no encontró audiencia. El descaro de Harpalo, el jefe de la embajada, exasperó aún más los ánimos. Dijo que el rey estaba ansioso de que se le creyera cuando decía que no había dicho ni hecho nada hostl. Si, no obstante, veía que ellos se empeñaban en encontrar un pretexto para la guerra, se defendería con resolución y valor; en cambio, vio que estaban obstinadamente empeñado en encontrar un pretexto para la guerra, que debe depender de sí mismo con la resolución y valor; Marte es el mismo para todos y el resultado de la guerra es incierto.

Todas las ciudades de Grecia y Asia estaban muy interesadas por cómo se habían desempeñado tanto Eumenes como los embajadores de Perseo ante el Senado. La mayoría de ellas, al enterarse de la llegada a Roma del hombre que, en su opinión, más podría infuir en los romanos en cuanto al desarrollo de los acontecimientos, enviaron delegaciones, aparentemente para discutr otras cuestones. Una de ellas fue Rodas, pues su jefe, Sátro, estaba seguro de que Eumenes había incluido a su ciudad en la acusación contra Perseo. En consecuencia, hizo todo lo posible a través de sus amigos y clientes para poder tener la oportunidad de enfrentarse al rey con sus argumentos ante el Senado. Al no tener éxito en esto, denunció al rey con desmedidas invectivas, diciendo que él había levantado a los licios contra los rodios y resultaba una opresión mayor para Asia de lo que nunca lo había sido Antioco. Empleó palabras que complacían a los pueblos de Asia, pues hasta allí habían llegado las simpatas por Perseo, pero que no resultaron aceptables al Senado ni le fueron de utlidad a él ni a sus conciudadanos. La hostlidad mostrada contra Eumenes por las distintas ciudades decidió aún más a los romanos a su favor; acumularon sobre él todos los honores y le hicieron los regalos más valiosos, incluyendo una silla curul y un cetro de marfil.

[42,15] Tras despedir a las delegaciones, Hárpalo regresó a Macedonia a la mayor brevedad posible e informó al rey de que había dejado a los romanos sin preparar aún la guerra, desde luego, pero tan resentidos contra él que era indudable que empezarían a hacerlo en breve. El propio Perseo creía también que los acontecimientos tomarían este giro, e incluso deseaba que ocurriera así pues consideraba que se encontraba en lo más alto de su poder. Eumenes era el hombre al que más odiaba de todos, por lo que se decidió a iniciar la guerra mediante el derramamiento de su sangre. Para ello, sobornó a Evandro de Creta, general de las milicias auxiliares, y a tres macedonios que solían colaborar en crímenes de esta clase, para matar al rey, entregándoles una carta para Praxo, con la que tenía relaciones de hospitalidad y la mujer más rica e infuyente de Delfos. Había certeza de que Eumenes subiría a Delfos para ofrecer un sacrificio a Apolo. Lo único que los asesinos precisaban para ejecutar su plan era un lugar apropiado, por lo que ellos y Evandro se adelantaron a explorar los alrededores para encontrar uno.

Según se sube al templo desde Cirra [así se llama el puerto de Delfos, en la desembocadura del río Pleisto.-N. del T.], antes de llegar a la parte más edificada, existe a la izquierda un pequeño muro que corre paralelo a un camino, algo apartado de su base y tan estrecho que solo permite el paso en fila de a uno; a la derecha, un corrimiento de tierras había provocado un brusco terraplén de cierta profundidad. Los conspiradores se ocultaron detrás de este muro y colocaron allí unos escalones a los que encaramarse, de modo que pudieran lanzar sus proyectiles contra el rey cuando pasara por debajo, como si estuvieran en una muralla. Cuando llegó desde el mar, iba rodeado por una multitud compuesta por sus amigos y guardaespaldas; luego, como el camino se estrechara, solo unos pocos podían caminar lado a lado. Cuando llegaron al lugar por el que tenían que pasar de uno en uno, Pantaleón, uno de los notables etolios con el que había entablado conversación el rey, fue el primero en entrar por el camino. En este momento, los asesinos se dejaron ver sobre el muro y dejaron caer dos enormes piedras: una alcanzó al rey en la cabeza y la otra en su hombro. Perdido el conocimiento por el golpe, rodó por el sendero hacia la pendiente y le cayeron después muchas piedras por encima mientras yacía tendido. Todos los demás, guardias y amigos, huyeron, con la excepción de Pantaleón, que se quedó valerosamente para proteger al rey.

[42.16] Los asesinos podrían haber dado la vuelta al muro para acabar fácilmente con el rey; pero, en lugar de esto, huyeron hacia la cima del Parnaso [se trata, en efecto, de la montaña sagrada asociada al culto de Apolo y las Musas, al sur de Delfos y con una altura de 2457 metros.-N. del T.] como si hubieran dando fin a su plan, y con tantas prisas que los otros dieron muerte a uno de ellos, que los retrasaba en su huida, para impedir que los delatara si le capturaban. En primer lugar los amigos del rey, seguidos luego por los guardias y esclavos, corrieron a donde yacía su cuerpo. Lo levantaron, todavía aturdido por el golpe e inconsciente, aunque vivo, y comprendiendo por el calor de su cuerpo y el aliento que aún quedaba en sus pulmones que aún quedaba alguna esperanza, aunque remota de que se recuperara. Algunos de los guardias siguieron las huellas de los asesinos y ascendieron hasta la cima del Parnaso, pero su trabajo fue en vano y tuvieron que regresar de su infructuosa búsqueda. Los macedonios, tras haber planeado el crimen con tanta determinación como audacia, lo abandonaron de manera irrefexiva y cobarde. Al día siguiente, el rey había recuperado la consciencia y fue llevado a la nave. Se dirigieron en primer lugar a Corinto y después, desde allí, metendo los barcos por el cuello del Istmo, siguieron viaje a Egina. Aquí se le atendió con tanto secreto, sin admitr visita alguna en su habitación, que llegó a Asia el rumor de que había muerto. Incluso Atalo lo creyó, y con más rapidez de lo que correspondía a la armonía entre los hermanos, pues habló con la esposa de su hermano y con el prefecto de la ciudadela como si fuera ya el indiscutible heredero del reino. Eumenes no se olvidó de esto, y aunque había decidido disimular su resentimiento y guardar silencio, no pudo contenerse y, en su primera reunión, le reprochó sus prisas por cortejar a su esposa. El rumor de su muerte llegó incluso a Roma.

[42,17] Más o menos por esa época, Cayo Valerio, que había sido enviado a Grecia como embajador para ver cómo estaban las cosas y enterarse de los planes de Perseo, regresó con un informe que concordaba en todos sus puntos con las acusaciones presentadas por Eumenes. Había traído consigo de vuelta desde Delfos a Praxo, la mujer cuya casa había sido el lugar de reunión de los asesinos, y también a Lucio Ramio, un natural de Brindisi que presentó la siguiente información ante el Senado: Ramio era un destacado ciudadano de Brindisi que solía alojar en su casa a los generales romanos y a los embajadores distinguidos de los pueblos extranjeros, en especial a los miembros de familias reales. Por este motivo, aunque no directamente, había entrado en relación con Perseo, y cuando recibió una carta que le ofrecía la posibilidad de una relación más cercana y, por lo tanto, de una gran fortuna, fue a visitar al rey. En poco tiempo entró en relaciones muy estrechas con él, partcipando con más frecuencia de lo que hubiera deseado en conversaciones confidenciales. De hecho, el rey le insistó con persistencia, y prometéndole grandes recompensas, para que, ya que todos los generales romanos y los embajadores aceptaban habitualmente su hospitalidad, dispusiera que se le administrase veneno a las personas cuyos nombres Perseo le proporcionara. Sabía que la preparación de algo así resultaba muy difcil y peligroso, pues hay que contar con muchos para su ejecución y, además, nunca se sabe a ciencia cierta si los medios son lo bastante eficaces o seguros contra cualquier descubrimiento. Por lo tanto, él le proporcionaría un veneno que no podía ser detectado en modo alguno, ni mientras se suministraba ni después. Ramio temía que, si se negaba, pudiera ser el primero con el que se probara el veneno, por lo que prometó hacer lo que el rey le pedía y partió hacia su casa. Sin embargo, no deseaba regresar a Brindisi sin haber visto a Cayo Valerio, de quien le dijeron que estaba en las cercanías de Calcis. Expuso aquellos hechos ante él y, siguiendo sus instrucciones, volvió con él a Roma donde, introducido en el Senado, narró lo que había ocurrido.

[42,18] Esta información, añadida a la que había proporcionado Eumenes, aceleró su conclusión de que Perseo era un enemigo; reconocieron que no había estado planeando una guerra honorable con la actitud propia de un rey, sino que seguía su camino usando de todos los medios criminales como el asesinato y el envenenamiento. Se dejó la dirección de la guerra a los nuevos cónsules. Por el momento, sin embargo, se decidió que Cneo Sicinio alistara una fuerza que debería ser trasladada a Brindisi, desde donde navegaría a la mayor brevedad posible hacia Apolonia y el Epiro, ocupando las ciudades de la costa para que el cónsul al que correspondiera Macedonia pudiera hallar fondeadero seguro y desembarcar sus hombres cómodamente. Eumenes había estado detenido durante un tiempo considerable en Egina, pues la naturaleza peligrosa de sus heridas hizo su recuperación lenta y difcil. En cuanto le resultó seguro moverse, marchó hacia Pérgamo y empezó a realizar los preparativos con el mayor empeño. El reciente atentado de Perseo aumentó su vieja enemistad con él y resultó ser un poderoso acicate. Llegaron hasta allí unos embajadores de Roma para felicitarlo por haber escapado a un peligro tan grande para su vida. La guerra de Macedonia se aplazó aquel año y casi todos los pretores partieron hacia sus provincias, con la excepción de Marco Junio y Espurio Lucrecio. A estos les habían correspondido las provincias de Hispania y, después de reiteradas petciones, consiguieron finalmente que el Senado permitera que se reforzara su ejército. Se les dio órdenes de alistar tres mil infantes y ciento cincuenta jinetes romanos y cinco mil infantes y trescientos jinetes aliados. Esta fuerza fue trasladada a Hispania junto con los nuevos pretores.

[42,19] Durante este año, gracias a la revisión efectuada por el cónsul Postumio, se recuperó para el Estado gran cantidad de tierras públicas en Campania de las que se habían apropiado los particulares; Marco Lucrecio, uno de los tribunos de la plebe, presentó una propuesta de ley para que los censores sacaran a subasta las tierras campanas para ser cultivadas, lo que no se había llevado a cabo desde la caída de Capua, resultando en consecuencia que la codicia de los ciudadanos particulares se apropió de las tierras no ocupadas. La guerra ya estaba decidida, aunque todavía no se había declarado, y el Senado estaba a la espera de ver cuáles de los monarcas apoyaban su causa y cuáles a Perseo. Justo entonces llegó una embajada de Ariarates, trayendo con ellos al hijo, aún niño, del rey. Explicaron que el rey había enviado a su hijo para ser educado en Roma, de manera que desde su infancia se pudiera familiarizar con las costumbres y las gentes de Roma. Pedía que le permiteran quedarse no solo a cargo de amigos particulares, que lo alojarían, sino también, por así decirlo, bajo la tutela del Estado. El Senado se mostró muy satisfecho por la propuesta y promulgó un decreto para que el pretor Cneo Sicinio dispusiera una mansión donde pudieran vivir el hijo del rey y su séquito. También llegaron embajadores de Tracia, junto con los medos, cepnates y astos, para pedir alianza y amistad. Se les concedió su petción y se entregó a cada uno un regalo de dos mil ases. Hubo gran satisfacción al recibir a estos pueblos como aliados, ya que la Tracia quedaba en la retaguardia de Macedonia. No obstante, para tener completo conocimiento de la situación en Asia y las islas, se envió a Tiberio Claudio Nerón y a Marco Decimio con instrucciones de visitar Creta y Rodas, renovar las relaciones de amistad y, al mismo tiempo, averiguar si los aliados de Roma habían sido alterados por Perseo.

[42,20] Mientras la Ciudad estaba esperaba tensamente una nueva guerra, un rayo destruyó de arriba abajo la columna rostral erigida en el Capitolio durante la Guerra Púnica con motivo de la victoria del cónsul Marco Emilio, que tuvo por colega a Servio Fulvio [es decir, durante la Primera Guerra Púnica, el año 255 a.C., en que ambos fueron cónsules.-N. del T.]. Este suceso fue considerado un prodigio y sometido a la consideración del Senado. Los decenviros de los Libros Sagrados anunciaron que la Ciudad debía someterse a una lustración; se debían ofrecer rogativas o oraciones especiales y se debían sacrificar víctimas adultas tanto en Roma, en el Capitolio, como en Campania, en el promontorio de Minerva. Además, en cuanto fuera posible se debían celebrar unos juegos durante diez días en honor de Júpiter Óptimo Máximo. Todas estas prescripciones fueron cumplidas escrupulosamente. La respuesta de los augures fue en el sentido de que el signo era favorable, ya que presagiaba la ampliación de las fronteras y la destrucción de los enemigos, pues los espolones de los barcos que la tormenta había derribado se habían tomado como botín al enemigo. Otros incidentes aumentaron el temor religioso. Se informó de que durante tres días estuvo lloviendo sangre en Saturnia; nació un asno con tres patas y un toro, junto con cinco vacas, murieron alcanzados por un solo rayo en Calacia; en Osimo había llovido terra. En expiación de estos signos, se ofrecieron sacrificios y rogativas especiales durante un día, celebrándose unas ferias.

[42,21] Hasta este momento, los cónsules no habían partido hacia su provincia, pues no cumplían la decisión del Senado de discutr la cuestón de la actitud de Popilio y los senadores estaban decididos a no adoptar ninguna otra resolución hasta que se resolviera aquel asunto. Su disgusto con Popilio se acentuó al recibir una carta suya en la que notficaba que había librado otra batalla contra los ligures estatelates y que había dado muerte a seis mil de ellos. Esta acción inicua condujo a que el resto de los ligures se levantara en armas. Ahora, sin embargo, no solo se atacaba al ausente Popilio por, con desprecio de todo derecho humano y divino, haber comenzado una guerra de agresión contra un pueblo que se había sometido; también se censuraba gravemente a los dos cónsules por no haber partido hacia su provincia. Esta actitud del Senado determinó a dos de los tribunos de la plebe, Marco Marcio Sermo y Quinto Marcio Escila, a advertr a los cónsules de que si no marchaban para su provincia les impondrían una multa. También leyeron ante el Senado los términos de una propuesta de ley que tenían la intención de presentar en relación con el tratamiento a los ligures que se habían sometido. En ella se disponía que si antes del próximo primero de agosto no se devolvía la libertad a cualquiera de los estatelos que se habían rendido, El Senado bajo juramente debía encargar a un magistrado que buscara y castgara a aquellos por cuyo criminal comportamiento se les hubiera reducido a esclavitud. Promulgaron este proyecto de ley con la sanción del Senado. Antes de que los cónsules dejaran la Ciudad, el Senado concedió audiencia a Cayo Cicereyo en el templo de Belona. Este, tras informar de sus operaciones en Córcega, solicitó un triunfo, que se le negó, y lo celebró en el monte Albano sin la sanción del Senado, cosa que se había vuelto muy habitual [nos dice José Antonio Villar Vidal, en su traducción para la edición de Gredos, que este modo de actuar no era contrario a la ley y se hacía sin la sanción del Senado, pudiendo quedar registrado en los fastos; por nuestra parte, añadiremos que el hecho de que se celebrase fuera de la Ciudad y sin el ritual correspondiente a los celebrados en ella, disminuiría sin duda su espectacularidad.-N. del T.]. La plebe acogió y aprobó por gran mayoría la propuesta de Marcio acerca de los ligures. En cumplimiento de esta sanción, Cayo Licinio consultó al Senado sobre a quién se elegiría para llevar a cabo la investgación, ordenándole el Senado que la efectuara él mismo.

[42,22] Entonces, por fin, los cónsules partieron hacia su provincia y se hicieron cargo del ejército de Marco Popilio. Este, sin embargo, no se atrevió a regresar a Roma, donde el Senado le era hostiles y el pueblo todavía más, por temor a tener que comparecer a juicio ante el pretor que había presentado ante el Senado la resolución en su contra. Su reluctancia llevó a que los tribunos de la plebe amenazaran con la presentación de una segunda propuesta por la que, si no se presentaba en la Ciudad antes de los idus de noviembre [el 13 de noviembre.-N. del T.], Cayo Licinio le juzgaría en ausencia y pronunciaría su veredicto. Obligado a volver por esta amenaza, se presentó ante el Senado en un ambiente de antpata. Después de muchos de los senadores le hubieran atacado con amargas invectivas, la Cámara aprobó una resolución por la que los pretores Cayo Licinio y Cneo Sicinio debían encargarse de devolver la libertad a todos los ligures que no se habían alzado en armas contra Roma desde el consulado de Quinto Fulvio y Lucio Manlio, así como de que el cónsul Cayo Popilio les asignara tierras al otro lado del Po. Gracias a este senadoconsulto, mucho miles recobraron la libertad y se les trasladó al otro lado del Po, donde se les asignaron tierras. Marco Popilio, en virtud de la Ley Marcia, compareció dos veces ante Cayo Licinio. A la tercera ocasión, el pretor, por congraciarse con el cónsul y cediendo a los ruegos de la familia Popilia, ordenó al acusado que compareciese nuevamente el quince de marzo, día en que los nuevos magistrados tomarían posesión del cargo, por lo que no tendría ya que pronunciarse al haberse convertido en un ciudadano particular. De esta manera se evadió el decreto sobre los ligures mediante un subterfugio.

[42.23] Se encontraban por entonces en Roma unos embajadores cartagineses, al igual que Gulusa [quien sería padre de Masiva y to de Yugurta o Jugurta.-N. del T.], hijo de Masinisa. Se produjo una acalorada discusión entre ellos en el Senado. La queja de los cartagineses era que, además del territorio sobre el que se había enviado desde Roma una comisión para estudiar la situación sobre el terreno, Masinisa se había apoderado por la fuerza, durante los últimos dos años, de más de setenta ciudades y fortalezas sobre suelo cartaginés, cosa fácil para un hombre sin escrúpulos como él. Tal y como les obligaba el tratado, los cartagineses no tomaron medida alguna, pues les estaba prohibido llevar sus armas más allá de sus fronteras, aún sabiendo que si expulsaban a los númidas de allí estarían combatendo dentro de sus propias fronteras. Les detenía, sin embargo, aquella cláusula bien clara del tratado que les prohibía expresamente hacer la guerra contra los aliados de Roma. Sin embargo, los cartagineses expresaron que ya no podían seguir soportando su insolencia, crueldad y avaricia, exponiendo que habían sido enviados para implorar al Senado que les concediera una de estas tres petciones: que arbitrasen entre ellos y Masinisa, decidiendo con justicia qué pertenecía a cada uno de ellos; que dieran a los cartagineses libertad para defenderse a sí mismos contra los ataques injustficados mediante una guerra justa y legítima, o, finalmente, si en los senadores pesaban más las simpatas personales que la verdad, que señalaran de una vez para siempre qué posesiones ajenas deseaban regalar a Masinisa. El Senado, en todo caso, haría su regalo con más moderación y ellos podrían saber cuánto se había otorgado, mientras que Masinisa no se pondría más límite que el determinado por su codicia y ambición. Si no fueran a obtener ninguna de estas petciones y si habían faltado de algún modo después que Publio Escipión les concediera la paz, que fuesen entonces los propios romanos los que los castgasen; preferían la seguridad de la servidumbre bajo Roma, antes que la libertad expuestos a los abusos de Masinisa. De hecho, sería mejor para ellos perecer de una vez antes que seguir alentando a merced de un cruel verdugo. Tras estas palabras, rompieron a llorar y se postraron sobre sus rostros, postrados como estaban allí, despertaron tanta compasión sobre ellos mismos como animadversión contra el rey.

[42.24] El Senado decidió pedir a Gulusa una respuesta a estos cargos o, si lo prefería, que expusiera antes cuál era el objeto de su venida a Roma. Gulusa contestó diciendo que se encontraba en un aprieto al tener que enfrentarse con cuestones sobre las que no había recibido instrucciones de su padre, aunque tampoco a este le habría resultado fácil darle tales instrucciones, pues los cartagineses no le habían dado indicación alguna de que fuesen a plantear tal asunto ni de su intención de visitar Roma. Durante varias noches, su Consejo se había reunido en el interior del templo de Esculapio donde, entre otras cosas, se decidió mandar embajadores a Roma con instrucciones selladas. Esta fue la razón por la que su padre lo envió a Roma, para que pidiera al Senado que no diera ningún crédito a las acusaciones que sus comunes enemigos presentaran en su contra; la única razón para su odio era su inquebrantable lealtad al pueblo de Roma. Después de dar audiencia a ambas partes, el Senado debató sobre las petciones de los cartagineses y ordenó que se les diera la siguiente respuesta: "Place al Senado que Gulusa parta de inmediato hacia Numidia y anuncie a su padre que debe mandar embajadores a Roma en cuanto pueda para que atendan a las quejas de los cartagineses; deberá además advertr a los cartagineses para que comparezcan y expongan su caso. El Senado está dispuesto a conceder en el futuro a Masinisa tantos honores como en el pasado, pero no podía permitr que el respeto personal susttuyera a la justicia. Era su deseo que cada cual poseyera su propia tierra y no era su intención fijar nuevas fronteras, sino preservar las antiguas. Cuando los cartagineses fueron vencidos, se les permitó conservar su ciudad y su territorio; por esto no se les debía robar en tiempo de paz aquello de lo que no se les había desposeído según el derecho de guerra". Así, se despidió al joven príncipe y a los cartagineses, se entregó a cada parte los regalos habituales, tratándoseles por otra parte con hospitalidad y cortesía.

[42.25] Por esta misma época regresaron de su misión Cneo Servilio Cepión, Apio Claudio Cento y Tito Annio Lusco, los tres embajadores que habían sido enviados a exigir satisfacción y a romper el tratado de amistad con Perseo. Su informe de cuanto habían visto y escuchado aumentó todavía más los ánimos de los senadores contra Perseo. Contaron que habían sido testigos de los más activos preparativos para la guerra en todas las ciudades de Macedonia. Cuando fueron a visitar al rey, no se les concedió la oportunidad de verlo durante muchos días; finalmente, considerando que esperar una entrevista era algo sin esperanza, partieron hacia casa; solo entonces fueron llamados y admitidos a la presencia del rey. El resumen de la esencia del discurso que le dirigieron era que se había firmado un tratado con Filipo y, tras la muerte de su padre, se había renovado con él; que en aquel había unas cláusulas que le prohibían expresamente llevar sus armas más allá de sus fronteras o provocar mediante ataques armados a los aliados de Roma. Le repiteron a continuación cuando habían oído declarar a Eumenes ante el Senado, todo lo cual resultó ser cierto. Además, recordaron al rey que durante varios días había mantenido entrevistas secretas en Samotracia con delegados de las ciudades de Asia. El Senado consideraba justo que diera una satisfacción por estos actos ilícitos y que devolviera a ellos y a sus aliados cuanto el rey les había arrebatado a despecho de las cláusulas del tratado.

Ante todo esto, el rey encendió en cólera y habló de forma inmoderada. Acusó a los romanos de codicia y arrogancia, protestando airadamente por mandarle una embajada tras otra para espiar sus palabras y actos, pues consideraban que tenían derecho a que él dijera e hiciera todo como en obediencia a sus órdenes. Por fin, después de una larga y violenta arenga, les dijo que regresaran al día siguiente, pues quería darles su respuesta por escrito. En esta venía a decir que el tratado concluido con su padre en nada le afectaba a él; que había consentido en su renovación no porque lo aprobara, sino porque cuando se acaba de acceder al trono hay que consentrlo todo. Si querían firmar un nuevo tratado con él, se tendrían que poner de acuerdo en cuanto a sus términos; Si estaban dispuestos a establecer un tratado en términos de igualdad, él vería que debía hacer y estaba seguro de que ellos, por su parte, actuarían según los mejores intereses de su República. Tras esto, se apresuró a salir y se empezó a hacer salir a todos de la sala de audiencias, aunque no antes de que los embajadores replicaran que ellos denunciaban formalmente el tratado de alianza y amistad. Ante aquellas palabras, él se detuvo y en un acceso de cólera les advirtó para que abandonases sus dominios antes de tres días. Bajo tales circunstancias abandonaron el país, sin haber recibido atención u hospitalidad alguna durante toda su estancia. A continuación, se otorgó audiencia a los embajadores de Tesalia y Etolia. El Senado, con el objeto de saber con qué generales podría contar la República, mandó órdenes escritas a los cónsules para que uno de ellos, el que pudiera, regresara a Roma para celebrar las elecciones de magistrados.

[42,26] Durante aquel año, los cónsules no habían hecho por la República nada digno de ser recordado, pues había parecido que lo más conveniente a los intereses del Estado sería calmar la exasperación de los ligures. Estándose ya a la espera de la guerra con Macedonia, cayó también bajo sospecha Gencio, el rey de los ilirios. Unos embajadores de los iseos [de la isla de Isa, actual Vis/Lissa, perteneciente a Croacia; no confundir con la Issa próxima a la actual Iskenderun o Alejandreta, en la actual provincia turca de Hatay.-N. del T.] habían presentado quejas contra él ante el Senado por haber causado estragos en sus fronteras, afirmando que él y Perseo estaban en completa armonía entre sí y que estaban planeando la guerra contra Roma en estrecha cooperación. Se habían enviado espías ilirios a Roma por instgación de Perseo, aparentemente como embajadores pero, en realidad, para averiguar cuanto estuviera ocurriendo. Se convocó a los embajadores ilirios ante el Senado; estos declararon que habían sido enviados por el rey para descargarlo de las acusaciones que los iseos pudieran hacer en su contra. Se les preguntó entonces por qué, en tal caso, no se habían presentado a los magistrados apropiados, de manera que se les hubiese proporcionado alojamiento y que el motivo de su llegada se hubiera hecho de conocimiento público. Como no supieran qué contestar, se les ordenó que abandonasen el Senado y se acordó que no se les daría contestación como embajadores, pues no habían efectuado ninguna solicitud formal para presentarse ante la Cámara. Se decidió que se mandarían embajadores a Gencio para informarle de las quejas presentadas contra él por los aliados y hacerle saber que el Senado consideraba que actuaba indebidamente al no abstenerse de dañar a los aliados de Roma. Los embajadores fueron Aulo Terencio Varrón, Cayo Pletorio y Cayo Cicereyo. Los delegados a quienes se había enviado para visitar a los monarcas aliados, regresaron de Asia informando de que se habían entrevistado con Eumenes en Egina, con Antioco en Siria y con Tolomeo en Alejandría; contaron que Perseo se había aproximado a todos ellos, pero que se mantenían completamente fieles a sus compromisos con Roma y que se comprometieron a hacer cuando el pueblo romano considerase necesario. También habían visitado las ciudades aliadas, quedando satisfechos de su fidelidad con una sola excepción: Rodas. Allí se encontraron a sus ciudadanos vacilantes e imbuidos por las ideas de Perseo. Habían llegado unos embajadores de Rodas para exculpar a su ciudad de las acusaciones que sabían se estaban lanzando contra ellos; el Senado, no obstante, decidió no concederles audiencia hasta que hubieran entrado en funciones los nuevos cónsules.

[42.27] Se decidió no retrasar los preparativos para la guerra. Se ordenó al pretor Cayo Licinio que seleccionara, de los viejos quinquerremes varados en los astlleros de Roma, aquellos susceptibles de ser puestos en servicio, reparando y equipando cincuenta barcos. Si no podía recuperar aquel número, debía escribir a su colega Cayo Memio, en Sicilia, para hiciera reacondicionar y preparar para el servicio los barcos que estaban en aguas de Sicilia, de manera que se pudiesen enviar lo antes posible a Brindisi. Cayo Licinio debía alistar tripulaciones para veintcinco barcos, de entre los ciudadanos romanos libertos; para las otras veintcinco naves, Cneo Sicinio reclamaría el mismo número de los aliados, obteniendo además de ellos una fuerza de ocho mil infantes y quinientos jinetes. Aulo Atilio Serrano, que había sido pretor el año anterior, fue escogido para hacerse cargo de aquellos soldados en Brindisi y llevarlos a Macedonia. Para que Cneo Sicinio pudiera tener un ejército ya dispuesto al embarque, Cayo Licinio fue autorizado por el Senado para escribir al cónsul Cayo Popilio, pidiéndole que diera órdenes a la Segunda Legión, cuya mayor parte había estado sirviendo en Liguria, y a un contingente aliado de cuatro mil infantes y doscientos jinetes, para que se encontraran en Brindisi el trece de febrero. Se ordenó a Cayo Sicinio que, con esta flota y ejército, mantuviese la provincia de Macedonia hasta que llegara su sucesor, prorrogándose su mando durante un año. Todas las medidas que decidió el Senado fueron cumplidas con pronttud. -N. del T.], y se puso al mando de ellos a Lucio Porcio Licinio con la misión de llevarlos a Brindisi; desde Sicilia se enviaron doce. Sexto Digicio, Tito Juvencio y Marco Cecilio fueron enviados a Apulia y Calabria para compara trigo con destino a la flota y al ejército. Cuando todos los preparativos se completaron, Cneo Sicinio abandonó la Ciudad, vistendo el paludamento, de camino a Brindisi.

[42,28] Hacia el final del año regresó a Roma el cónsul Cayo Popilio, con mucho retraso a cuando el Senado consideraba que lo debía haber hecho, en vista de la urgencia por elegir nuevos magistrados y la inminencia de una guerra tan grave. Por ello, no tuvo una acogida muy favorable cuando, en el templo de Belona, dio cuenta de sus actos en Liguria. Se le interrumpió frecuentemente, preguntándole por qué no había devuelto su libertad a los ligures después del injusto trato al que los sometó su hermano. Se fijó la fecha para los comicios consulares, que se llevaron a cabo once días antes de las calendas de marzo [o sea, el 18 de febrero.-N. del T.]. Los nuevos cónsules fueron Publio Licinio Craso y Cayo Casio Longino -171 a.C.-. Al día siguiente, fueron elegidos pretores Cayo Sulpicio Galba, Lucio Furio Filo, Lucio Canuleyo Dives, Cayo Lucrecio Galo, Cayo Caninio Rebilo y Lucio Vilio Annal. Las provincias asignadas a estos pretores fueron las dos preturas de Roma, la urbana y la peregrina, Hispania [desde el 197 a.C., la península Ibérica había estado dividida en dos provincias: Citerior, o más próxima a Roma, y Ulterior, o más lejana; parece que ahora se unen bajo un único mando para liberar un pretor, aunque en el 167 a.C. volverían a ser divididas como anteriormente.-N. del T.], Sicilia y Cerdeña; un pretor quedaría exento del sorteo, para que el Senado pudiera disponer de él. El Senado ordenó a los cónsules electos que ofreciesen los obligados sacrificios de víctimas adultas, con preces para que la guerra que el pueblo romano tenía en mente acometer tuviera un desenlace favorable. En la misma sesión, el Senado decretó que el cónsul Cayo Popilio debe hacer una promesa mediante voto, para que si la república permanecía sin pérdidas ni cambios durante diez años, se celebrarían unos Juegos en honor de Júpiter Óptimo Máximo durante diez días y se efectuarían ofrendas en todos los altares. De conformidad con este decreto, el cónsul prometó con voto en el Capitolio la celebración de los Juegos y la ofrenda en todos los altares, con el gasto que determinase el Senado en una sesión en la que estuvieran presentes no menos de ciento cincuenta senadores. Lépido, el Pontifice Máximo, dictó las palabras del juramento que luego repeta el cónsul. Aquel año murieron dos sacerdotes del culto público, Lucio Emilio Papo, decenviro de los Libros Sagrados, y el Pontifice Quinto Fulvio Flaco, que había sido censor el año anterior. Este último tuvo una muerte trágica. Sus dos hijos estaban sirviendo con las armas en Iliria, y él recibió noticias de que uno había muerto y que el otro estaba gravemente enfermo. Entre el dolor y la ansiedad, su ánimo se derrumbó y, por la mañana, al entrar los esclavos en su habitación, lo encontraron colgado con una cuerda al cuello. Corría la opinión, hacia el final de su censura, de que no estaba en sus cabales y decían las gentes que Juno Lacinia, en venganza por haber expoliado su templo, le había arrebatado la razón. Marco Valerio Mesala fue nombrado decenviro de los Libros Sagrados en lugar de Emilio, y Cneo Domicio Ahenobarbo, un hombre joven, fue elegido para suceder a Fulvio como pontfice.

[42,29] Cuando Publio Licinio y Cayo Casio comenzaron su consulado, no sólo la Ciudad de Roma, sino todos los reyes y las ciudades de Europa y Asia estaban preocupados por la inminente guerra entre Roma y Macedonia. Eumenes había considerado durante mucho tiempo a Macedonia como su enemiga, y ahora tenía un nuevo incentivo a su hostlidad al haber escapado por poco de ser sacrificado como una víctima en Delfos, a causa de la traición del rey. Prusias, el rey de Bitinia, había decidido no tomar parte en el conficto, sino esperar tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos, pues estaba seguro de que los romanos no considerarían justo que él tomase las armas contra su cuñado; y si Perseo salía victorioso, contaba con lograr su favor a través de su hermana. Ariarates, rey de Capadocia, además de haber prometido personalmente ayudar a los romanos, ahora que estaba emparentado por matrimonio con Eumenes comparta en todo su política, tanto en la paz como en la guerra. Antioco estaba amenazando a Egipto, menospreciando la niñez del rey y la ignorancia y negligencia de sus tutores, pensando que, al plantear la cuestón de Celesiria, tendría un buen pretexto para la guerra, a la que podría dar buen fin por estar los romanos ocupados en la guerra con Macedonia. Había hecho, sin embargo, todo tipo de promesas de ayuda para la guerra al Senado, bien mediante sus propios embajadores en Roma o personalmente, a los embajadores que Roma le había enviado. Debido a su edad, Tolomeo estaba bajo tutela; sus tutores se estaban preparando para la guerra contra Antioco, para mantener su dominio de Celesiria, y al mismo tiempo prometan a los romanos toda su ayuda en la guerra contra Macedonia. Masinisa prestó su ayuda mediante el suministro de trigo, y se disponía en enviar a la guerra una fuerza de auxiliares provista de elefantes, así como a su propio hijo, Misagenes. Había trazado sus planes, no obstante, para cubrirse ante cualquier giro de la fortuna: si la victoria caía del lado de los romanos, las cosas seguirían como estaban, sin necesidad de hacer ningún otro avance, pues los romanos no permitrían ninguna agresión contra los cartagineses. Si se rompía el poder de Roma -la única protección de los cartagineses-toda África sería suya. Gencio, rey de los ilirios, había atraído sobre sí las sospechas, pero sin llegar tan lejos como para dejar claro a qué bando apoyaría; daba la impresión de que, a quien quiera que apoyase, lo haría más por impulsividad que por política. El tracio Cots, rey de los odrisas, hacía ya tiempo que había tomado partido por Macedonia.

[42,30] Estas eran las posiciones de los monarcas respecto a la guerra. Entre las naciones libres y los pueblos, la gente común, como de costumbre, estaba prácticamente a favor de la parte peor y apoyaba al rey y a los macedonios. Entre las clases dirigentes se podían observar diversidad de opiniones y simpatas. Una parte llegaba tan lejos en su admiración por los romanos que vio deteriorada su infuencia por culpa de su excesiva parcialidad; a otros les atraía la justicia del dominio romano y a otro grupo, más numeroso, la posibilidad de obtener el poder en sus propias ciudades mediante notables servicios. Otra parte estaba formada por los aduladores del rey: a unos les movía la presión de sus deudas y la desesperanza por su situación en caso de que las cosas siguieran como estaban; a otros los empujaba la volubilidad de su carácter, pues apoyaban a Perseo por puro capricho a causa de su popularidad. Un tercer grupo, compuesto por los hombres más sensatos y respetables, preferían, en caso de que hubieran de elegir un amo, a los romanos antes que al rey. De haber estado en libertad para elegir su condición, no habrían deseado que ninguna de las partes viniera a ser más poderosa mediante la derrota de la otra, sino que las fuerzas de ambas hubieran quedado equilibradas y que se estableciese una paz duradera mediante un acuerdo en condiciones de igualdad. De esta manera, sus ciudades, situadas entre los dos poderes, estarían en las mejores condiciones al contar siempre para protegerles con la ayuda de una contra los abusos de la otra. Siendo estos sus sentimientos, contemplaban en silencio y sin tomar partido las rivalidades de los que apoyaban a una y otra parte.

El día en que los cónsules tomaron posesión del cargo [el 15 de marzo de 171 a.C.-N. del T.], en cumplimiento de la resolución del Senado, visitaron todos los santuarios donde durante la mayor parte del año existía un lectsternio y ofrecieron sacrificios de víctimas adultas; tras obtener el augurio de que sus oraciones habían sido aceptadas por los dioses, informaron seguidamente al Senado de que se habían ofrecido debidamente las preces y los sacrificios por la guerra. Los arúspices hicieron el siguiente anuncio: si se iba a comenzar alguna nueva empresa, debería hacerse sin demora, pues todos los presagios señalaban la victoria, el triunfo y la ampliación de las fronteras. Los senadores decidieron que, por el bien, la fortuna y la prosperidad del pueblo romano, los cónsules que convocaran al pueblo, reunido en comicios centuriados, la siguiente propuesta: Por cuanto Perseo, hijo de Filipo y rey de Macedonia, ha roto el tratado concertado con su padre y renovado con él, llevando las armas contra los aliados de Roma, devastando los campos y ocupando sus ciudades; y puesto que ha formado planes de guerra contra el pueblo de roma, y con este fin ha reunido armas, soldados y barcos, si no ofrecía satisfacción por estos hechos se emprendería la guerra contra él". Esta propuesta fue sometida a la Asamblea.

[42.31] A continuación, el Senado decidió que los cónsules debían acordar mutuamente el reparto de sus provincias de Italia y Macedonia; en su defecto, recurrirían a las suertes. Aquel a quien correspondiese Macedonia haría la guerra contra el rey Perseo y los que le apoyasen, a menos que dieran satisfacción al pueblo de Roma. Se decidió alistar cuatro nuevas legiones, dos para cada cónsul. Se estableció una disposición especial para Macedonia. Mientras que para el otro cónsul, según la antigua costumbre, se disponían dos legiones de cinco mil dos cientos infantes, las destinadas a Macedonia encuadrarían cada una seis mil infantes, con un complemento para cada una de las cuatro legiones de trescientos de caballería. El número de los contingentes aliados también se incrementó para este cónsul: debería trasladar a Macedonia dieciséis mil infantes y ochocientos jinetes, además de los seiscientos jinetes que había llevado Cneo Sicinio. Para Italia, se consideró suficiente una fuerza de doce mil infantes y seiscientos jinetes aliados. Se encareció al cónsul que fuese a estar al mando en Macedonia para que alistase tantos centuriones y soldados veteranos como quisiera, hasta los cincuenta años de edad. Para esta guerra en Macedonia, este año se adoptó una innovación con relación a los tribunos militares. Los cónsules recibieron instrucciones del Senado para proponer a la Asamblea que ese año no eligiese mediante sufragio a los tribunos militares, sino que dejase el nombramiento a la libre designación de los cónsules y los pretores. Los mandos de los pretores quedaron repartidos así: El pretor al que le correspondiera quedar a disposición del Senado, sin provincia, debería inspeccionar las tripulaciones aliadas de la flota en Brindisi y, tras licenciar a los que no fueran aptos, seleccionaría libertos para ocupar su lugar, con la salvedad de que las dos terceras partes deberían consistr en ciudadanos romanos y el resto sería proporcionado por los aliados. Sicilia y Cerdeña debían proporcionar suministros para la flota y las legiones, y se encargó a los pretores al mando en esas islas que recaudaran un segundo diezmo en trigo a los nativos, para llevarlo al ejército en Macedonia. Sicilia correspondió a Cayo Caninio Rebilo, Cerdeña fue para Lucio Furio Filo, Hispania para Lucio Canuleyo, la pretura urbana recayó en Cayo Sulpicio Galba y la peregrina en Lucio Vilio Annal. Cayo Lucrecio Galo fue el pretor que quedó a disposición del Senado.

[42.32] Los cónsules tenían un desacuerdo, aunque no una disputa grave, acerca de su provincia. Casio decía que iba a escoger Macedonia sin necesidad de votación, pues su colega no podía votar contra él sin violar su juramento. Cuando fue nombrado pretor, hizo un juramento ante la Asamblea, para no ir a su provincia, declarando que debía efectuar unos sacrificios en un lugar y fechas señalados, que no se podían ofrecer debidamente en su ausencia; la posibilidad de celebrarlos debidamente no era mayor en ausencia del cónsul que en ausencia del pretor, a no ser que el Senado considerase que había que tener más en cuenta los deseos de Publio Licinio ahora que era cónsul que su juramento como pretor; él, en todo caso, se inclinaría a la autoridad del Senado. Consultados los padres y sometida la cuestón a votación, se consideró que resultaría prepotente negar una provincia a quien el pueblo de Roma no había negado el consulado y se ordenó a los cónsules que procedieran al sorteo. Publio Licinio obtuvo Macedonia y Cayo Casio, Italia. Echaron luego suertes para las legiones: la Primera y la Tercera se llevarían a Macedonia y la Segunda y la Cuarta permanecerían en Italia. Los cónsules llevaron a cabo la movilización con mucho más cuidado que en otras ocasiones. Licinio llamó a los soldados y centuriones veteranos, y muchos voluntarios dieron sus nombres al ver que aquellos que habían servido en la anterior guerra de Macedonia o contra Antioco eran hombres ricos. Como los tribunos militares ... [hay aquí una laguna que la edición de 1796 rellena con "citaban los centuriones cogidos uno a uno".-N. del T.], sino que los alistaban por el orden en que llegaban, veintitrés de ellos que habían sido primipilos apelaron a los tribunos de la plebe cuando fueron alistados. Dos miembros del colegio tribunicio, Marco Fulvio Nobilior y Marco Claudio Marcelo, eran partidarios de remitr el asunto a los cónsules, en razón de que la decisión del caso debía corresponder a quienes estaban encargados de la movilización. El resto dijo que atenderían a los motivos de la apelación y que, si se les había hecho alguna injusticia, vendrían en ayuda de unos ciudadanos.

[42.33] El caso fue presentado ante los bancos de los tribunos; acudieron Marco Popilio, varón consular, como consejero de los centuriones, estos y el cónsul. El cónsul exigió que el asunto se presentase antes en la Asamblea, por lo que se convocó al pueblo. Marco Popilio, que había sido cónsul dos años antes, habló en nombre de los centuriones. Recordó a la Asamblea que esos hombres habían completado su período de servicio militar, y se encontraban agotados por la edad y las continuas fatgas. Aún así, en modo alguno se negaban a prestar servicio al Estado, se limitaban a protestar porque se les hubiera asignado una posición inferior a la que tenían cuando estaban en servicio activo. El cónsul Publio Licinio ordenó que las resoluciones aprobadas se pasaran al Senado para su lectura; primero aquella por la que el Senado decidía la guerra contra Perseo, y luego la otra por la que se determinaba que se debía convocar para la guerra a tantos centuriones veteranos como se pudiera, sin exceptuar a ningún hombre que no tuviera más de cincuenta años de edad. Pidió luego con firmeza que, ante una nueva guerra tan próxima a Italia y contra un monarca tan poderoso, no se pusieran obstáculos a los tribunos militares en su misión de alistar nuevas tropas, ni se impidiera al cónsul asignar a cada uno el rango que considerase acorde al mejor interés de la República. Si aún se tenía alguna duda al respecto, que se remitera al Senado.

[42.34] Después que el cónsul hubo dicho lo que quería decir, uno de los que apelaban a los tribunos, Espurio Ligustino, rogó al cónsul y a los tribunos que le permiteran dirigir unas palabras a la Asamblea. Con el permiso de todos ellos habló, según se dice, en estos términos: "Quirites, yo soy Espurio Ligustino, sabino por nacimiento y miembro de la tribu crustumina. Mi padre me dejó una yugada de tierra y un pequeño tugurio [parvum tugurium en el original latino; merece conservarse el sustantivo que deriva etimológicamente de aquel y que significa exactamente lo mismo en español moderno, contra lo que se pudiera pensar: choza o casilla de pastores. -N. del T.] en el que nací y me crié, y donde aún vivo hoy. En cuanto alcancé la mayoría de edad, mi padre me dio como esposa a la hija de su hermano. Nada trajo con ella excepto su condición libre y su honestdad, y junto a estas dotes, además, una fecundidad que habría sido suficiente incluso para una casa de ricos. Tenemos seis hijos y dos hijas. Cuatro de nuestros hijos visten ya la toga viril, dos llevan la pretexta y las hijas están casadas. Me hice soldado en el consulado de Publio Sulpicio y Cayo Aurelio [en el 200 a.C.-N. del T.]. Fui soldado raso en el ejército durante dos años, combatendo contra Filipo en Macedonia; al tercer año, en recompensa por mi valor, Tito Quincio Flaminio me concedió el mando del décimo orden de asteros [otras traducciones dan "décimo manípulo".-N. del T.]. Después que fueron vencidos Filipo y los macedonios, tras ser traídos de vuelta a Italia y licenciados, me presenté voluntario inmediatamente para marchar con el cónsul Marco Porcio a Hispania. Quienes han tenido experiencia con él y con otros generales durante algún tiempo, saben que de todos los jefes vivos ninguno ha demostrado ser un observador más agudo, ni un juez más riguroso, del valor militar. Fue este comandante el que me consideró digno de recibir el mando de la primera centuria de asteros. Serví nuevamente, por tercera vez, como voluntario en el ejército que fue enviado contra Antioco y los etolios. Manio Acilio me nombró primer centurión de la primera centuria de príncipes. Tras la expulsión del rey Antioco y el sometimiento de los etolios, fuimos traídos de vuelta a Italia. Después de eso, serví dos veces en las legiones en periodos de un año. Presté después servicio en Hispania, una vez bajo Quinto Fulvio Flaco y otra, nuevamente, bajo Tiberio Sempronio Graco. Flaco me trajo de vuelta a casa entre aquellos a quienes, en recompensa por su valenta, concedió el favor de llevarlos en su desfile triunfal. Acompañé a Tiberio Graco a su provincia, a petción suya. Cuatro veces, en el transcurso de pocos años, serví como centurión primipilo [el grado máximo al que en esa época se podía llegar, partiendo de soldado raso y sin ser noble.-N. del T.]; treinta y cuatro veces he sido premiado por mi valor por mis comandantes y he recibido seis coronas cívicas [se concedían por salvar la vida a un ciudadano.-N. del T.]. He servido durante veintidós años en el ejército y tengo más de cincuenta años. Pero incluso si no hubiera cumplido con todo mi tiempo de servicios y la edad no me eximiera, aún así, Publio Licinio, sería justo que se me licenciase, ya que os puedo proporcionar cuatro soldados en mi lugar. Pero quiero que toméis cuanto he dicho como algo que me atañe exclusivamente a mí. Mientras yo me considere apto para el servicio, nunca alegaré excusas para quedar exento del servicio, sea quien sea el que haga el alistamiento. Qué rango merezca es algo que han de decidir los tribunos militares; ya procuraré yo que ningún hombre me supere en valor, y mis jefes y camaradas son testigos de que siempre he actuado así. En cuanto a vosotros, camaradas míos, aunque os limitáis a ejercer vuestro derecho de apelación, como siendo tan jóvenes nunca habéis hecho nada contra la autoridad de los magistrados y del Senado, es justo que también ahora os pongáis a disposición del Senado y de los cónsules, y que consideréis honorable cualquier puesto en el que se os sitúe para la defensa de la República".

[42,35] Cuando terminó de hablar de esta manera, el cónsul lo elogió calurosamente y se lo llevó de la Asamblea al Senado. También allí le fueron dadas las gracias por el Senado, siendo nombrado por los tribunos militares primipilo de la Primera Legión en consideración a su valor. Los demás centuriones abandonaron su apelación y respondieron obedientemente al alistamiento. Para permitr que los magistrados pudieran partir antes hacia sus provincias, las Ferias Latinas se celebraron el primero de junio. Una vez terminada dicha celebración, el pretor Cayo Lucrecio envió por delante todo cuanto precisaba la flota y partió luego hacia Brindisi. Además de los ejércitos que estaban alistando los cónsules, se encargó al pretor Cayo Sulpicio Galba que alistara cuatro legiones urbanas con su dotación completa de infantería y caballería, escogiendo de entre los senadores a cuatro tribunos militares para mandarlas. Debía además exigir a los aliados de derecho latinos que proporcionaran quince mil soldados de infantería y mil doscientos de caballería, de modo que este ejército estuviese listo para servir donde decidiera el Senado. Además de las fuerzas de ciudadanos romanos y tropas aliadas, se proporcionó al cónsul Publio Licinio, a petción suya, los siguientes contingentes auxiliares: dos mil ligures, un cuerpo de arqueros cretenses -sin especificar el número, los que enviasen de Creta previa petción-, así como caballería númida y elefantes. Se envió como embajadores ante Masinisa y Cartago, para disponer todo esto, a Lucio Postumio Albino, Quinto Terencio Culeo y Cayo Aburio. Con el mismo propósito, fueron enviados a Creta Aulo Postumio Albino, Cayo Decimio y Aulo Licinio Nerva.

[42,36] Durante esta época llegaron unos embajadores de Perseo. Se decidió que no se les debía permitr entrar en la Ciudad, pues el Senado y el pueblo habían decidido ya la guerra contra su rey y los macedonios. Se les concedió audiencia en el templo de Belona y allí pronunciaron unas palabras por las que informaban de que Perseo se preguntaba extrañado del por qué se habían enviado ejércitos a Macedonia. Si pudiera convencer al Senado para que los hicieran volver, él daría cualquier satisfacción que el Senado considerase apropiada para subsanar cualquier abuso del que se quejaran los aliados de Roma. Espurio Carvilio había sido enviado de vuelta desde Grecia por Cneo Sicinio, por este mismo motivo, y se encontraba presente en esta sesión. Informó al Senado sobre cómo Perrebia había sido tomada por asalto y capturadas otras ciudades de Tesalia, así como también del resto de operaciones que estaba ejecutando el rey. Se instó a los embajadores para que contestaran a estas acusaciones; vacilaron y declararon que no habían recibido más instrucciones. Por lo tanto, se les ordenó que regresaran nuevamente con su rey y le anunciaran que en poco tiempo estaría en Macedonia el cónsul Publio Licinio con su ejército; si el rey tenía realmente la intención de dar una satisfacción, le podría enviar embajadores a él. Sería inútl que los enviase a Roma, pues a ninguno de ellos se le permitría ya atravesar Italia. Con esta respuesta fueron despedidos, y se ordenó a Publio Licinio que los conminase a abandonar Italia en un plazo de diez días y que enviara a Espurio Carvilio para que los vigilara hasta que embarcaran. Cneo Sicinio, que antes de abandonar el cargo había sido enviado con la flota y el ejército en Brindisi, había desembarcado cinco mil infantes y trescientos jinetes en el Epiro, y estaba ahora acampado cerca de Ninfeo, el territorio de Apolonia. Desde allí, envió tribunos al mando de dos mil hombres para que ocupasen los castllos de los desarecios y los ilirios, pues aquellos mismos pueblos estaban solicitando tropas que los guardasen, para poder quedar más seguros contra cualquier ataque de sus vecinos macedonios.

[42.37] A los pocos días, Quinto Marcio, Aulo Atilio, los dos Léntulos, Publio y Servio, así como también Lucio Decimio, marcharon a Grecia como embajadores y se llevaron con ellos a Corfú mil soldados de a pie. Allí dispusieron qué territorios visitarían y qué fuerzas llevaría cada uno consigo. Decimio fue enviado ante Gencio, el rey de los ilirios, para averiguar si todavía tenía algún respeto por su antigua amistad con Roma, con instrucciones para que, si así fuera, lo mantuviera así e incluso que tratase de inducirlo a tomar parte activa en la guerra como aliado. Los dos Léntulos fueron enviados a Cefalania, con instrucciones para que cruzaran el Peloponeso y bordearan la costa occidental antes del invierno. Se encargó a Marcio y a Atilio la visita de Epiro, Etolia y Tesalia, tras las que se les ordenó estudiar el estado de Beocia y Eubea, navegando luego hacia el Peloponeso. Una vez allí se proponían reunirse con los Léntulos. Antes de separarse en Corfú, recibieron una carta de Perseo en la que preguntaba la razón para el desembarco de un ejército en Grecia y la ocupación de las ciudades. Se decidió que no se le debía responder por escrito, pero que se debía indicar al portador de la carta que los romanos lo hacían para proteger a las propias ciudades. Al visitar a los distintos pueblos, los Léntulos instaban a todos para que dieran el mismo cordial y leal apoyo a los romanos contra Perseo que el que les habían proporcionado durante la guerra contra Filipo y, posteriormente, contra Antioco. Durante sus reuniones escucharon murmullos de descontento entre los aqueos; estos se quejaban porque, mientras que desde el principio de la guerra de Macedonia ellos habían prestado toda su ayuda a los romanos, se les tuviera en la misma consideración que a los mesenios y los elios, que habían sido enemigos de los romanos en la guerra contra Filipo, que después, además, habían combatido por Antioco contra Roma, y que, tras haberse incorporado a la Liga Aquea recientemente, se quejaban por haber sido entregados como botín de guerra a sus vencedores aqueos.

[42,38] Cuando Marcio y Atilio llegaron a Melvino [la antigua Gitana, en la actual Albania.-N. del T.], ciudad del Epiro a unos diez kilómetros del mar, donde se reunió una asamblea de epirotas en la que recibieron una audiencia favorable y se decidió el envío de cuatrocientos jóvenes a los orestas, como protección contra los macedonios de quienes se les había liberado por el Senado. De allí marcharon a Etolia, donde se quedaron unos días hasta que se procedió a la elección de un pretor en lugar del que había fallecido. Resultó elegido Licisco, que era conocido por ser partidario de los romanos, y cruzaron a Tesalia tras su elección. Una vez allí fueron visitados por unos enviados de Acarnania y unos exiliados de Beocia. Se dijo a los acarnanes que anunciaran a los suyos que ahora tenían oportunidad de expiar todos los errores que habían cometido contra el pueblo romano, engañados por las falsas promesas de los reyes, primero en la guerra contra Filipo y después en la guerra contra Antioco. Si después de su mal comportamiento habían experimentado la paciencia del pueblo romano, que ahora se ganasen la generosidad de Roma prestándole un buen servicio. A los beocios se les censuró con severidad por haber formado una alianza con Perseo. Ellos echaron la culpa a Ismenias [strategós en 173/172, quien encabezaba el partido favorable a Perseo.-N. del T.], el líder de la facción contraria, y declararon que algunas ciudades habían sido arrastradas a su posición en contra de la voluntad de la mayoría de los ciudadanos. Marcio les respondió que todo esto se aclararía, pues darían a cada ciudad la oportunidad de decidir por sí mismas.

Se celebró en Larisa una asamblea de los tesalios; en esta tuvieron una buena ocasión para agradecer a los romanos el regalo de su libertad, y los enviados romanos para expresar su agradecimiento por la ayuda que, de todo corazón, habían recibido de los tesalios en las guerras contra Filipo y Antioco. Este mutuo reconocimiento de los servicios prestados hizo que la asamblea se enardeciera y se mostrara más que dispuesta a adoptar cuantas medidas desearan los romanos. Tras el término de esta asamblea llegó una delegación de Perseo, quien basaba sus esperanzas, principalmente, en el vínculo personal de hospitalidad que exista entre su padre y Marcio. Después de invocar los delegados dicho vínculo, solicitaron que se concediera al rey una entrevista personal. Marcio contestó diciendo que, efectivamente, había oído mencionar a su padre aquel vínculo de amistad y hospitalidad con Filipo, y que teniéndolo en cuenta había aceptado aquella embajada [de las palabras de Marcio parece desprenderse que el vínculo, en realidad, exista entre Filipo y el padre del embajador.-N. del T.] . En lo referente a la entrevista, y si su salud no se resenta, no tenía pensado aplazarla; por lo pronto, su intención era ir en cuanto pudiera hasta el río Peneo, en el lugar de cruce hacia Dión, según se venía de Homolio [próxima a la moderna Omolios.-N. del T.], y mandar antes mensajeros al rey para anunciar su llegada.

[42,39] Ante esto, Perseo dejó Dión y volvió al interior de Macedonia, animado por un soplo de esperanza al haber oído que Marcio había dicho que había aceptado la embajada por consideración a él. Se encontraron en el lugar señalado pocos días después. El rey acudió acompañado por un gran séquito compuesto por sus amigos personales y sus escoltas; los romanos comparecieron con una escolta no menos numerosa, a la que seguían muchas personas de Larisa y delegaciones de varias ciudades, que deseaban tener información fidedigna de lo que oyeran. Las gentes, naturalmente, sentían la curiosidad propia de todos los mortales por presenciar la entrevista entre un famoso monarca y los representantes del principal pueblo del mundo. Cuando se detuvieron, a la vista el uno del otro con solo el río entre ellos, se produjo un ligero retraso mientras se resolvía mediante mensajes cuál de las partes debía cruzar el río. Una parte consideraba que se debía dar cierta precedencia a la majestad del rey; la otra pensaba que se debía conceder a la grandeza del pueblo de Roma, y particularmente por el hecho de que había sido Perseo quien había solicitado la entrevista. Mientras dudaban en todo aquello, Marcio resolvió la situación con una broma: "Que vaya el más joven al encuentro de los de más edad -exclamóy el hijo -pues él llevaba el sobrenombre de Filipo-al padre" [en realidad, Marcio ejecuta un juego de palabras entre Filos/ Φἰλος (amigo) e Ippos/ ἵππος (caballo), que es la auténtica etimología del nombre Filipo, y Filopátor, "que ama a su padre".-N. del T.]. Con esto, el rey quedó inmediatamente convencido. Surgió luego una nueva dificultad sobre el número de quienes debían acompañarles. El rey consideraba que debía cruzar con todo su séquito, pero los romanos dijeron que debía cruzar solo con tres acompañantes o, si iba a cruzar toda aquella gente, debería dar garantas contra la comisión de alguna traición durante la conferencia. Entregó como rehenes a Hipias y Pantauco, los más importantes de entre sus amigos y a los que había enviado anteriormente como embajadores [el ttulo de "amigo del rey", que pudiera considerarse equivalente al de "amigo del pueblo romano", corresponde a un ttulo oficial de determinados miembros de la corte macedonia.-N. del T.]. El motivo de exigir rehenes no era tanto garantzar la buena fe del rey, como dejar en claro ante los aliados que el encuentro entre el monarca y los embajadores no se producía en absoluto en pie de igualdad. Se saludaron, no como enemigos, sino en un tono amable y cordial, sentándose luego en unos asientos que se dispusieron.

[42,40] Tras unos momentos de silencio, Marcio habló así: "Supongo que esperas que te dé una contestación a la carta que enviaste a Corfú, en la que nos preguntabas por qué nosotros, llegados como embajadores, hemos venido acompañados de soldados y estamos disponiendo guarniciones en cada ciudad. Me temo que no darte ninguna respuesta haría que se me considerase arrogante, aunque darte una sincera te heriría al escucharla. Sin embargo, como aquel que rompe un tratado debe ser castgado de palabra o por la fuerza de las armas, y por mucho que me hubiera gustado que la guerra contra t se hubiese encargado a otro distinto de mí, cumpliré con mi deber de dirigir algunas duras palabras a mi huésped, como cuando los médicos administran remedios desagradables para restaurar la salud de un enfermo.

"En cuanto subiste al trono hiciste algo que, según opinión del Senado, estuvo bien hecho: mandaste una embajada a Roma para renovar el tratado, aunque considera que hubiese sido mejor que no lo hubieras renovado a que lo violaras después de haberlo hecho. Expulsaste a Abrópolis, un aliado y amigo de Roma, de su reino. Protegiste a los asesinos de Artetauro, demostrando que te alegraban -y no diré más-de su muerte. El hombre al que asesinaron era uno de los príncipes ilirios más fieles a la causa de Roma. Marchaste con un ejército a través de Tesalia y el territorio maliense hasta Delfos, contra lo dispuesto en el tratado, y enviaste también tropas auxiliares como ayuda a los bizantinos. Firmaste un tratado secreto y por separado, ratficado mediante juramento, con nuestros aliados beocios, lo que estaba prohibido. En cuanto a los embajadores de Tebas, Eversas y Calícrito, que fueron asesinados cuando iban de camino a Roma, prefiero preguntar quién los mató antes que acusar a nadie de su muerte. ¿A quiénes se les podría considerar los principales responsables de la guerra civil en Etolia y de la muerte de sus líderes, sino a los de tu partido? La devastación de Dolopia fue obra tuya personalmente. Cuando el rey Eumenes regresaba de Roma a su reino, escapó por poco de ser asesinado en Delfos, como una víctima en tierra consagrada ante los altares. Me abstengo de decir a quién acusa de ello. Sobre todos los atentados ocultos que nos reveló tu huésped de Brindisi, creo que ya te los han contado por escrito desde Roma y que ya te han informado tus embajadores La única forma de que yo no te dijera todo esto habría sido no preguntándome por qué han entrado ejércitos en Macedonia y por qué estamos situando guarniciones en la ciudades. Pero, ya que lo has preguntado, habría sido mayor arrogancia por nuestra parte el guardar silencio que el decirte la verdad. En consideración a la amistad que hemos heredado de nuestros padres te escucharé favorablemente, y solo deseo que me des algunos motivos para suplicar por tu causa ante el Senado".

[42.41] A todo esto, el rey le contestó: "Defender mi causa ante unos jueces imparciales estaría bien, aunque ahora he de hacerlo ante quienes son a la vez jueces y acusadores. En cuanto a las acusaciones que presentáis contra mí, de algunas pienso que debo más bien estar orgulloso; otras no me avergüenza admitrlas y las hay que, siendo meras afirmaciones, me basta con negarlas. Si me juzgaseis según vuestras leyes, ¿qué pruebas podrían presentar contra mí el informante de Brindisi o el rey Eumenes que hicieran parecer verdaderas las acusaciones, en vez de falsas y maliciosas? Eumenes, que oprime a tantos de sus súbditos tanto en público como en privado, supongo que no ha tenido más enemigo que yo; y yo, por lo que parece, no he sido capaz de encontrar para mis crímenes un secuaz más adecuado que Ramio, un hombre al que nunca antes había visto y al que nunca más volvería a ver. También he de explicar las muertes de los tebanos, cuando todo el mundo sabe que se ahogaron en el mar, y la de Artetauro; en esta, sin embargo, no se me acusa de nada, aparte del hecho de que sus asesinos se refugiaron en mis dominios. No protestaré contra la injusticia de este planteamiento si vosotros, por vuestra parte, admits la culpa de los crímenes por los que se refugian en Italia o Roma los exiliados por delitos de los que han sido declarados culpables. Si vosotros, al igual que el resto de los pueblos, rehusáis admitr esto, yo entonces haré como todos los demás. ¡Por Hércules! ¿De qué vale que un hombre tenga la opción de marchar al exilio, si no hay lugar alguno al que pueda ir un exiliado? No obstante, en cuanto recibí vuestro aviso y me cercioré de que esos hombres estaban en Macedonia, ordené que se los buscara, que abandonaran el reino y les prohibí cruzar mis fronteras.

"Estas acusaciones se han presentado contra mí como si yo fuera un acusado en un juicio penal; pero pasemos ahora a las que me corresponden como rey, por la interpretación del tratado que hay entre nosotros. Si ese tratado dice expresamente que ni siquiera en el caso de que alguien me ataque se me permite defenderme a mí y a mi reino, entonces debo admitr que he violado el tratado al defenderme con las armas contra Abrúpolis, un aliado de Roma. Sin embargo, si el tratado permite, como además lo establecen las normas del derecho de los pueblos, que se rechacen las armas con las armas, ¿qué tenía yo que hacer después que Abrúpolis devastara las fronteras de mi reino hasta Anfpolis, llevándose a muchos hombres libres, gran número de esclavos y varias miles de cabezas de ganado? ¿Tenía que quedarme quieto y permitrle seguir, hasta que hubiera llegado con sus armas a Pella y se hubiese apoderado de mi palacio? Quizá le enfrenté en una guerra justa, pero no debía haberlo vencido y hacerle padecer todos los males que recaen sobre los vencidos. Si yo, que fui el atacado sin justficación, corrí el riesgo de sufrir todos estos males, ¿cómo puede quejarse de que le sucediera a él, que fue el causante de la guerra? No defenderé mi represión de los dólopes con los mismos motivos, romanos; pues aún en el caso de que no lo hubieran merecido hice uso de mi derecho soberano: ellos son mis súbditos, forman parte de mis dominios y fueron asignados a mi padre por un decreto vuestro. Si tuviese que dar cuenta de mi conducta, no sería ni a vosotros ni a vuestros aliados, sino solamente a aquellos que censuran la severidad de la justicia hasta para con los esclavos, que podrían considerar mi severidad como excesiva y tránica; porque ellos mataron a Eufranor, a quien les nombré como prefecto, haciéndolo con tanta crueldad que la misma muerte fue el menor de sus sufrimientos.

[42,42] "Pero como cuando salí de allí para visitar las ciudades de Larisa, Antronas [cerca de la actual Glifa, frente a la isla de Eubea.-N. del T.] y Pteleos, pasaba cerca de Delfos, fui a Delfos con el propósito de ofrecer un sacrificio que había prometido con voto mucho tiempo antes. Y para agravar todavía más esta acusación, se afirma que fui con un ejército para hacer, por supuesto, aquello de lo que yo ahora me quejo: ocupar las ciudades y situar guarniciones en las ciudadelas. Convocad una reunión de las ciudades griegas por las que pasé: si una sola se queja de algún desmán de mis soldados, no me importará que se diga que mi presencia para ofrecer un sacrificio era una excusa para otros propósitos. Hemos enviado tropas para ayudar a los etolios y los bizantinos, y hemos establecido relaciones de amistad con los beocios. Bajo cualquier luz que se consideren estas medidas, no solo os las hice conocer a través de mis embajadores, sino que en varias ocasiones se defendieron ante vuestro Senado, donde no tenía críticos tan justos o equitativos como tú, Quinto Marcio, el amigo y huésped de mi padre. Sin embargo, aún no había llegado Eumenes a Roma.

"Este hombre, acusándome mediante la tergiversación y distorsionando todos mis actos, los hacía parecer sospechosos y traicioneros e intentaba convenceros de que Grecia no sería realmente libre, ni disfrutaría de la bendición de la libertad que le otorgasteis, mientras el reino de Macedonia siguiera intacto. Pues bien, este cerco se irá cerrando y pronto habrá quien diga que fue en vano que se hizo retroceder a Antioco más allá del Tauro. Dirán que el rey Eumenes es un opresor de Asia mucho mayor de lo que Antioco lo fuera alguna vez, que vuestros aliados no tendrán descanso mientras haya un palacio real en Pérgamo, pues se yergue como una fortaleza para gobernar todas las ciudades a su alrededor. Bien sé que las acusaciones que vosotros, Quinto Marcio y Aulo Atilio, habéis presentado en mi contra, y las contestaciones que he dado a ellas, dependerán solo de los oídos y el ánimo de quienes las escuchen; y que lo importante no es mi conducta o mis motivos, sino la luz bajo las que los contempláis. Yo no soy consciente de haber cometido ninguna falta a sabiendas: cualquier desliz que pueda haber cometido por imprudencia podrá, estoy seguro, ser corregido y enmendado tras estas severas amonestaciones. En todo caso, no he hecho nada que no se puede remediar, nada de lo que debáis pensar que se precisa obtener una reparación por la fuerza de las armas. De lo contrario, la fama de vuestra clemencia y magnanimidad se habrá extendido en vano por el mundo si, por motivos que no vale la pena discutr o que no merecen una queja, tomáis las armas y declaráis la guerra a reyes que son vuestros aliados".

[42,43] Marcio escuchó su discurso con signos de aprobación y le aconsejó que enviara una embajada a Roma. Los amigos de Perseo pensaban que se debían intentar todos los medios posibles y que nada que supusiera una esperanza debía ser dejado de hacer. Lo único que quedaba por discutr era cómo asegurar a los embajadores un viaje seguro. Se consideró necesario pedir un armistcio; esto era lo que deseaba en particular Marcio, pues había sido su principal objetivo al conceder la entrevista, pero puso dificultades a ello para hacer ver que concedía un gran favor al concederla. La verdad era que los romanos estaban en aquel momento muy poco preparados para la guerra, sin ejército y sin general, mientras que Perseo había hecho ya todos sus preparativos y estaba completamente equipado para la guerra; de no haberle cegado las esperanzas de paz, podría haber dado inicio a las hostlidades en el mejor momento para él y el peor para sus enemigos. Una vez se declaró la tregua, los embajadores romanos decidieron marchar de inmediato a Beocia, pues había allí mucha inquietud y algunos pueblos ya habían empezado a abandonar la liga Beocia al oír lo que habían dicho los embajadores romanos, en cuanto a que pronto se vería qué pueblos se oponían a la liga secreta con el rey. Primero los delegados de Queronea y después algunos de Tebas, se encontraron con los embajadores mientras aún estaban de viaje, asegurándoles que no estuvieron presentes en la reunión del Consejo durante el que se formó aquella liga. Los embajadores no les dieron respuesta en aquel momento y les invitaron a seguirles hasta Calcis.

En Tebas había estallado una violenta disputa por otro asunto. Se había producido la elección de pretores y beotarcas, y el partido derrotado, en venganza, reunió una muchedumbre y aprobó un decreto por el que no se admitría a los beotarcas en ninguna de las ciudades. Fueron a Tespias, exiliados, donde se les admitó sin ninguna vacilación. Los tebanos cambiaron de opinión y los hicieron llamar; entonces, se aprobó un decreto para que se exiliara a los doce que, siendo ciudadanos particulares, celebraron una reunión privada y convocaron la asamblea sin autoridad. Después, el nuevo pretor -que era Ismenias, un hombre de familia noble y de gran infuencia-, emitó un decreto condenando a muerte a los ausentes. Estos habían huido a Calcis y, desde esa ciudad, fueron al encuentro de los embajadores romanos en Larisa, achacando a Ismenias toda la responsabilidad por el acuerdo secreto con Perseo y que de aquel había surgido el conficto. Ante los embajadores romanos concurrieron los enviados de ambas partes: los exiliados y los acusadores de Ismenias por una parte, y el propio Ismenias por otra.

[42,44] En cuanto llegaron a Calcis, los principales de las diferentes ciudades aliadas, de conformidad con los decretos de sus respectivos consejos y para gran satisfacción de los romanos, denunciaron la liga con Perseo. Ismenias era de la opinión de que la mejor opción que podía adoptar el pueblo beocio consista en ponerse bajo la soberanía de Roma. Esto llevó a una pelea, en la que estuvo a punto de morir a manos de los exiliados y sus partidarios, de no haberse refugiado a duras penas en el tribunal de los embajadores. La misma Tebas, la capital de Beocia, estaba en un estado de gran agitación, con una facción tratando de ganar la ciudad para el rey y otra para los romanos. Los pueblos de Coronea y Haliarto habían acudido en masa a Tebas para defender el decreto de alianza con el rey. Sin embargo, los notables se mantuvieron firmes y señalaron que las derrotas finales de Filipo y Antioco demostraban el poder y buena suerte del gobierno romano, convenciendo finalmente a los ciudadanos. Se decretó que se debía poner fin a la alianza con el rey, enviando para que se disculpara con los embajadores a todos los que habían abogado por la amistad con Perseo; también ordenaron que la ciudad se pusiera bajo la protección de los embajadores. Marcio y Atilio se alegraron de escuchar esta decisión de los tebanos, y les aconsejaron a ellos y a las demás ciudades que enviaran sus propias embajadas a Roma para renovar las relaciones de amistad. Como primera medida, devolvieron a los exiliados y emiteron su propio decreto condenando a los autores de la alianza con Perseo. De esta manera se llevó a efecto lo que más deseaban por encima de todo: la disolución de la Liga Beocia. Abandonaron a continuación el Peloponeso, después de hacer venir a Calcis a Servio Cornelio. Se convocó un consejo para reunirse con ellos en Argos. Sólo pidieron a los aqueos que les proporcionaran mil soldados, a los que mandaron a guarnecer Calcis hasta que desembarcara el ejército romano en Grecia. Habiendo finalizado así su misión en Grecia, Marcio y Atilio regresaron a Roma al comienzo del invierno.

[42,45] Al mismo tiempo, desde Roma se envió una embajada a visitar Asia y las islas adyacentes. Los tres embajadores fueron Tiberio Claudio, Espurio Postumio y Marco Junio. Estos, según visitaban a los aliados, los instaban a unirse a los romanos en la guerra contra Perseo, poniendo más atención en las ciudades más ricas y poderosas, pues las más pequeñas seguirían el ejemplo de las mayores. A los rodios se los consideraba los más importantes de todos, pues estaban en condiciones de prestar ayuda material y no únicamente moral. Habían dispuesto, siguiendo el consejo de Hegesíloco, cuarenta barcos listos para el servicio. Aquel, cuando desempañaba la "pritanía", como llamaban a su magistratura suprema, habían logrado convencer a los rodios, tras muchos discursos, para que abandonaran la esperanza de halagar a los reyes, lo que tan a menudo había resultado inútl, y mantener la alianza con Roma, la única ciudad en todo el mundo en la que, por su potencia y lealtad, podían confiar. La guerra con Perseo era inminente y los romanos pronto les pedirían el mismo armamento naval que poco antes se había visto en la guerra contra Antioco y en la anterior contra Filipo. De no comenzar de inmediato a equipar sus naves y proveerlas de tripulaciones, se verían luego apretados para que su flota se hiciera a la mar, con prisas y desorden, cuando llegara el momento. Era de la mayor importancia que todo quedara dispuesto cuanto antes, de manera que pudieran presentarlo como prueba de la falsedad de las acusaciones que Eumenes había presentado contra ellos. Estos argumentos hicieron efecto y, cuando llegaron los embajadores romanos, se les mostró una flota de cuarenta naves listas para zarpar, una prueba clara de que no habían esperado a que los romanos se lo pidieran. La labor de estos embajadores, al asegurarse el apoyo de las ciudades de Asia resultó de la mayor importancia. Solo Decimio regresó sin lograr ningún éxito, sospechándose que había recibido sobornos de Gencio y los, era sospechoso de haber recibido sobornos de los reyes ilirios.

[42.46] Tras regresar a Macedonia, Perseo mandó embajadores a Roma para continuar las negociaciones de paz que había iniciado con Marcio, haciéndoles llevar a Bizancio, Rodas y ... [esta laguna de texto es completada por algunas traducciones con "cartas" "otras ciudades".-N. del T.] . El contenido de las cartas era el mismo en todas: había tenido una entrevista con los embajadores de los romanos; de cuanto había oído y de lo que había dicho, lo redactó de tal manera que dio la impresión de que había llevado la mejor parte en la discusión. Al dirigirse a los rodios, sus embajadores dijeron que el rey estaba seguros de que habría paz, ya que les mandaba a Roma por consejo de Marcio y Atilio. Si los romanos iniciaban la guerra, contraviniendo el tratado, los rodios entones deberían emplear toda su infuencia y todo su poder en restablecer la paz; pero si sus llamamientos resultaban infructuosos, debía luego hacer cuanto pudieran para impedir que el poder y la autoridad sobre el mundo entero pasara a manos de un solo pueblo. Ello concernía a todos los pueblos, pero especialmente a los rodios pues, al superar en tanto a las otras naciones en grandeza y prosperidad, esta posición se volvería en otra de esclavitud y desamparo si llegaban a depender exclusivamente de los romanos. La carta y el discurso de los embajadores recibieron una audiencia favorable, pero no pudieron lograr que los rodios cambiaran de opinión, imponiéndose finalmente la opinión y autoridad de la parte mejor. Se decidió responderles en el sentido de que los rodios deseaban la paz; si había guerra, el rey no debía esperar ni pedir nada de ellos, pues estaría tratando de quebrar la ya larga amistad entre ellos y los romanos, una amistad que era fruto de muchos y valiosos servicios que se habrían prestado tanto en paz como en guerra.

A su regreso de Rodas, visitaron algunas de las ciudades de Beocia -Tebas, Coronea y Alíartos [la antigua Haliarto.-N. del T.]-, que se suponía habían sido obligadas contra su voluntad a abandonar su alianza con Perseo y a unirse a los romanos. No lograron convencer a los tebanos, aunque entre ellos exista un fuerte sentimiento en contra de los romanos debido a las graves condenas contra sus líderes y el regreso de los exiliados. Pero en Coronea y en Alíartos exista una especia de afecto innato hacia la dinasta real, y enviaron una embajada a Macedonia para solicitar una guarnición que les pudiera proteger contra la soberbia de los tebanos. El rey les respondió que, como exista una tregua entre él y los romanos, no les podía enviar tropa alguna; con todo, les aconsejaba que se defendieran de cualquier agresión que los tebanos les hicieran de tal manera que no dieran a los romanos un pretexto para usar su crueldad contra ellos.

[42.47] A su regreso a Roma, Marcio y Atilio informaron de los resultados de su embajada al Senado, en el Capitolio, y mostrándose sumamente satisfechos por la manera en que habían engañado al rey al darle esperanzas de paz firmando la tregua. Estaba tan completamente equipado con todos los medios para la guerra, mientras que ellos no tenían nada dispuesto, que podría haber ocupado todas las posiciones estratégicas antes de que sus ejércitos hubiesen desembarcado en Grecia. El tiempo que durase el armistcio, sin embargo, les pondría en igualdad de condiciones; él no estaría mejor preparado de lo que ya lo estaba y los romanos podrían iniciar la guerra mejor pertrechados en todos los sentidos. Habían tenido también la habilidad de quebrar la unidad de la Liga Beocia, de manera que en adelante les resultaría imposible entenderse para unirse con los macedonios. Una buena parte de los senadores aprobaron aquellas gestones, considerándolas un modelo de gran diplomacia. Los senadores más ancianos y los que no habían olvidado las antiguas costumbres de los romanos, sin embargo, dijeron que no reconocían nada del carácter romano en aquellas negociaciones. "Nuestros antepasados -dijeron-no habían hecho sus guerras mediante emboscadas ni ataques nocturnos, ni fingiendo huidas para regresar sobre el enemigo cuando había bajado la guardia. No se enorgullecían más de su astucia que de su valor y era su costumbre declarar la guerra antes de iniciarla, avisando a veces incluso al enemigo sobre la hora y el lugar en que lucharían. Este sentido de honor fue el que hizo advertr a Pirro en contra de su médico, que estaba conspirando contra su vida, y el que hizo que se entregara a los faliscos al hombre que había traicionado a sus hijos. Este era el auténtco espíritu romano; nada de la doblez púnica o la astucia de los griegos, que se enorgullecen más de engañar a un enemigo que de vencerle en justo combate. En alguna ocasión puede lograrse más, en el momento, por el engaño que por el valor; pero es solo cuando se obliga al enemigo a reconocer que ha sido vencido por la fuerza, cuerpo a cuerpo y en una guerra justa, cuando se logra una victoria moral completa y una paz duradera". Tales fueron las opiniones de los senadores de más edad, que no veían con buenos ojos aquellas nuevas maneras [la palabra latina original es "sapientia", que en unas traducciones aparece como "sabiduría", en su literalidad, y en otras como "políticas"; nosotros hemos preferido "maneras" porque nos parece que lo que expresa Livio es el disgusto de aquellos ancianos con un nuevo sistema para tratar los asuntos exteriores.-N. del T.], pero se impuso la mayoría que prefería la conveniencia al honor y dieron su aprobación a la embajada desempeñada por Marcio. Se decidió que debía ser enviado de vuelta a Grecia con las cincuenta quinquerremes y que dispusiera de plena libertad para actuar como mejor le pareciera en interés de la República. Atilio Aulo también fue enviado a ocupar Larisa, en Tesalia, pues exista el peligro de que Perseo mandara una guarnición a la expiración del armistcio y lograra así mantener en su poder la capital de Tesalia. Atilio recibió órdenes de tomar dos mil infantes del ejército de Cneo Sicinio para llevar a cabo aquella misión. A Publio Léntulo, que había regresado de Acaya, se le proporcionaron trescientos jinetes italianos para que marchase a Tebas y mantuviera el control de la Beocia.

[42,48] Una vez llevadas a cabo estas medidas preliminares, y aunque ya se habían dispuesto las cosas con vista a la guerra, se acordó no obstante que el Senado daría audiencia a los embajadores del rey. Los embajadores repiteron casi los mismos argumentos que el rey había utlizado en su conferencia con Marcio. Su respuesta a la acusación de conspirar contra la vida de Eumenes fue la parte más laboriosa de su discurso y la que hizo la menor mella, pues los hechos resultaban indiscutibles. El resto de su discurso consistó en ruegos y disculpas, pero su audiencia se negó a ser convencida o persuadida. Se les advirtó que abandonaran inmediatamente el recinto amurallado de Roma y que salieran de Italia antes de treinta días. Al cónsul, Publio Licinio, a quien había correspondido Macedonia como provincia, le se ordenó que señalara para lo antes posible el día de concentración del ejército. El pretor Cayo Lucrecio, que había sido puesto al mando de la flota, salió de Roma con sólo cuarenta quinquerremes, pues se decidió que algunos de los barcos reacondicionados debían permanecer en la Ciudad para diversos propósitos. El pretor envió a su hermano Marco, con una quinquerreme, para tomar los barcos que los aliados estaban obligados a proporcionar mediante un tratado y unirse a la flota en Cefalania. Reggio proporcionó un trirreme, Locri entregó dos y los urites entregaron cuatro. Navegando a lo largo de la costa de Italia, dobló la punta más lejana de Calabria y cruzó el mar Jónico hasta Durres [la antigua Dirraquio.-N. del T.]. Una vez aquí, se encontró con diez naves de la propia Durres, doce de Ios iseos, y cincuenta y cuatro lembos del rey Gencio; haciendo creer que habían sido convocadas para el uso de los romanos, se las llevó todas y llegó a Corfú después de un viaje de tres días, marchando luego directamente a Cefalania. El pretor Cayo Lucrecio zarpó de Nápoles, cruzó el estrecho y llegó a Cefalania en cinco días. Aquí fondeó la flota, esperando hasta que hubieran cruzado las fuerzas terrestres y esperando también que se reincorporase las naves de transporte que se habían separado durante la travesía por alta mar.

[42.49] Fue entonces cuando el cónsul Publio Licinio, después de pronunciar los votos en el Capitolio, salió de la ciudad vistendo el paludamento. Estas partdas estaban siempre revestdas de la mayor dignidad y grandeza, sin embargo, especialmente en esta ocasión, los ojos y corazones de todos acompañaban al cónsul como si lo escoltaran en su camino para enfrentarse a un enemigo poderoso, cuya reputación de valor y éxito se extendía por todas partes. Y no era solo para honrar a su suprema magistratura por lo que los ciudadanos se habían congregado, sino también para ver al líder a cuya sabiduría y autoridad habían confiado la suprema defensa de la República. Tenían en cuenta los vaivenes de la guerra, el capricho de la fortuna, los riesgos e incertdumbres de la batalla y lo voluble de Marte en la batalla, las derrotas y victorias del pasado: ocurriendo a menudo las derrotas por la ignorancia y temeridad de los comandantes, y obteniendo las victorias por su habilidad y valor. ¿Quién de entre los mortales podía conocer de la capacidad del cónsul al que mandaban a la guerra o de la fortuna que le tocaría? ¿Se le vería regresar con su ejército victorioso, subiendo hasta el Capitolio en procesión triunfal para rendir homenaje a los dioses de los que ahora se aparta, o permitrían aquellos mismos dioses tal felicidad al enemigo? Porque ese rey Perseo, contra quien se marchaba, gozaba de gran fama tanto por la reputación guerrera del pueblo macedonio como por las hazañas de su padre Filipo, quien, entre otras, se distinguió por su guerra con Roma. En cuanto al propio rey, desde que subió al trono el nombre de Perseo estaba continuamente en los labios de los hombres mientras hablaban de la inminente guerra. Con estos pensamientos en su mente, hombres de toda clase y condición asisteron a la partida del cónsul. Cayo Claudio y Quinto Mucio, antiguos cónsules, fueron enviados con él como tribunos militares, así como tres jóvenes nobles, Publio Léntulo, y los dos Manlios Acidino, el uno hijo de Marco y el otro hijo de Lucio. El cónsul se unió a su ejército en Brindisi y navegó con todas sus fuerzas hacia Ninfeo, fijando su campamento en las proximidades de Apolonia [que estaba próxima al actual pueblo de Poji, en la orilla derecha del río Viosa, en la actual Albania.-N. del T.].

[42.50] Unos cuantos días después, al ver el rey Perseo, por el relato de sus embajadores retornados, que debía renunciar a sus esperanzas de paz, celebró un consejo de guerra, donde hubo bastante discusión a causa de los opuestos puntos de vista. Algunos pensaban que debían consentr en el pago de una indemnización, en el caso de que se les impusiera, o ceder una parte de su territorio si así se les exigía; de hecho, creían que por el bien de la paz resultaba necesario hacer cualquier sacrificio, y no se debía dar ningún paso que expusiera al rey y a sus súbditos a los vaivenes de la fortuna cuando se trataba de cuestones tan vitales. Si se le dejaba indiscutido en posesión de su reino, muchos cosas podían ocurrir en el futuro que le permiteran no solo recuperar lo perdido, sino incluso de hacerse temer por aquellos que ahora le intimidaban. La mayoría, sin embargo, sostenía una postura mucho más desafiante. Cualquier concesión que hiciera, decían, implicaría la pérdida del reino. Los romanos no tenían necesidad de dinero o territorio, ya sabían esto, pero también sabían que todos los asuntos humanos están expuestos a muchas vicisitudes, y especialmente los reinos e imperios. Habían quebrado el poder de los cartagineses y los habían cargado con un monarca muy poderoso que los mantenía sometidos. Habían enviado a Antioco y a sus descendientes al desierto más allá de las montañas del Tauro. Solo permanecía el reino de Macedonia, un vecino próximo y preparado, y capaz de devolver su antiguo valor a sus reyes a poco que Roma perdiera la buena fortuna que disfrutaba. Por lo tanto, mientras su reino estuviera intacto, Perseo se debía decidir entre dos alternativas: O bien se mostraba dispuesto a desprenderse de todo su poder, haciendo una concesión tras otra, rogando a los romanos, tras ser expulsado de su reino al exilio, que le permiteran sobrevivir a su reinado en Samotracia o alguna otra isla, envejeciendo como un particular, desgraciado y pobre; o bien reivindicaba su condición y su fortuna mediante las armas, enfrentando como haría un hombre valeroso todas situaciones que pudiera traer la guerra y, si resultaba victorioso, librando al mundo de su sometimiento a Roma. La expulsión de los romanos de Grecia no era algo menos sorprendente que la expulsión de Aníbal de Italia. Y, ¡por Hércules!, no podían comprender por qué él, que se había resistido hasta el extremo al intento ilegal de su hermano por apoderarse de la corona, sería tan incoherente como para entregarla a extranjeros tras obtenerla justamente. Finalmente, en la discusión entre la paz y la guerra, todos estuvieron de acuerdo en que nada había más vergonzoso que entregar el trono sin combatir, ni más glorioso para un rey que afrontar todos los riesgos en defensa de su dignidad soberana y majestad.

[42.51] Este consejo se celebró en Pela, en el antiguo palacio real de Macedonia. "Vayamos entonces a la guerra -dijo Perseo-con la ayuda benevolente de los dioses, ya que tal es vuestro parecer". Se enviaron órdenes escritas a todos sus generales y reunió a la totalidad de sus fuerzas en Cicio, una ciudad en Macedonia [al norte del río Haliacmón, entre Pela y Berea.-N. del T.]. partió para Cicio, acompañado por su séquito de cortesanos y escoltas, después de efectuar él mismo un magnífico sacrificio de cien víctimas a Minerva, a la que llaman Alcidemos [defensora del pueblo.-N. del T.]. Ya se había concentrado allí todo el ejército, tanto macedonios como auxiliares. El campamento se estableció delante de la ciudad y él formó a todos sus soldados en la llanura. El número total de los que llevaban armas ascendía a cuarenta y tres mil, la mitad de los cuales formaban en falanges que estaban al mando de Hipias de Berea. De entre todos los armados con cetra, fueron seleccionados dos mil hombres, por su fuerza y juventud, para formar un cuerpo llamado "agema" y cuyos prefectos fueron Leonato y Trasipo

[en el Libro 37,40 se describe otra "agema" formada, en aquella ocasión, por un "ala de caballería en número de mil, a la que llamaban "agema"; esta era una fuerza de medos...".-N. del T.] Antfilo de Edesa estaba al mando del resto de los armados con cetra, alrededor de tres mil hombres. Los peonios, procedentes de Paroria y Parastrimonia, lugares fronteros con Tracia, así como los agrianes, incluyendo algunos inmigrantes tracios, componían una fuerza de alrededor de tres mil hombres. Habían sido armados y reunidos por Didas de Peonia, el asesino del joven Demetrio. También había dos mil galos bajo el mando de Asclepiódoto de Heraclea de Síntce [en la margen derecha del río Estrimón.-N. del T.]. Tres mil tracios libres formaban bajo su propio jefe y un número aproximadamente igual de cretenses seguían a sus propios generales: Suso de Falasarnas y Silo de Cnosos. Leónides, el lacedemonio, mandaba una fuerza de quinientos soldados de Grecia. Se decía que era de sangre real, condenado en una asamblea general de los aqueos al desterro tras haberse capturado una carta suya a Perseo. Los etolios y beocios, cuyo total no superaba los quinientos hombres, estaban bajo el mando del prefecto Licón de Acaya. Con todos estos contingentes, procedentes de tantos pueblos y tribus, se formó una fuerza de unos doce mil hombres. En cuanto a la caballería, Perseo había reunido tres mil jinetes de toda Macedonia. Cots, el hijo de Seutes, que era rey de los odrisas, había acudido con una fuerza escogida de mil jinetes y aproximadamente el mismo número de infantes. Así, el número total del ejército constaba de treinta y nueve mil soldados de infantería y cuatro mil de caballería. Era indudable que, desde el ejército que Alejandro Magno había llevado a Asia, ningún rey macedonio había alistado nunca una fuerza tan grande.

[42.52] Hacía veintséis años que se había concedido a Filipo el tratado de paz que había pedido. Durante todo ese tiempo, Macedonia había permanecido tranquila y una nueva generación había crecido y estaba ya en edad apropiada para el servicio militar; habían estado sobre las armas continuamente a causa de las pequeñas guerras contra sus vecinos tracios, que más que agotarlos les habían servido como entrenamiento. La perspectiva de una guerra con Roma, que durante tanto tiempo había sido considerada tanto por Filipo como, luego, por Perseo, había llevado a que todo estuviera listo y dispuesto. El ejército formado realizó unos cuantos movimientos, no unas auténticas maniobras, sino solo para evitar dar la sensación de haber estado en pie bajo las armas. Perseo entonces los llamó, armados como estaban, para que formaran alrededor y ascendió a una tribuna con sus dos hijos a su lado; el mayor, Filipo, hermano suyo por nacimiento e hijo suyo por adopción; el más joven, Alejandro, era su hijo por nacimiento. Exhortó a sus soldados para que mostraran su coraje en la guerra y los agravios que los romanos habían infigido a su padre y a él mismo. Su padre se había visto obligado a reanudar las hostlidades a causa de todas las humillaciones que había sufrido; cuando estaba a mitad de los preparativos, le golpeó el destino. Los romanos le habían enviado embajadores para negociar, y al mismo tiempo mandaron soldados para ocupar las ciudades de Grecia. Luego se perdió el invierno en conferencias, aparentemente para lograr una solución pacífica, pero en realidad para conseguir tiempo para completar sus preparativos. Y ahora, el cónsul venía con dos legiones romanas, con unos seis mil infantes cada una y su complemento de 300 jinetes, y contingentes aliados en aproximadamente la misma cantdad. Aun cuando se contaran las tropas enviadas por Eumenes y Masinisa, no serían más de treinta y siete mil infantes y dos mil jinetes. El rey prosiguió diciéndoles que, una vez que habían sabido de las fuerzas del enemigo, debían mirar a su propio ejército, su superioridad en número y calidad de sus soldados, en comparación con aquellos reclutas alistados a toda prisa para esta guerra, no como ellos que, desde su niñez, se habían adiestrado en la escuela de la guerra, disciplinados y endurecidos por tantas campañas. Lidios, frigios y númidas proporcionaban tropas auxiliares a los romanos; nosotros tenemos a nuestro lado a los tracios y a los galos, los pueblos más belicosos. Sus armas eran solo aquellas que cada soldado, en su pobreza, se había podido conseguir; a los macedonios se las suministraban los arsenales reales, de aquellas armas fabricadas a lo largo de todo aquellos años bajo la dirección de su padre y a su propia costa. Ellos tenían que traer sus suministros desde gran distancia, expuestos a todos los accidentes de la mar; nosotros tenemos dinero y trigo almacenado para diez años, además de los ingresos procedentes de las minas. De cuanto había proporcionado la benevolencia de los dioses, o el cuidado y previsión de su rey, los macedonios tenían almacenado con toda abundancia. Debían tener el valor de sus antepasados, cuando después de someter toda Europa cruzaron a Asia y abrieron con sus armas un mundo desconocido, sin parar nunca en sus conquistas hasta que se vieron rodeados por el Mar Rojo [en realidad, se trataba del Golfo Índico.-N. del T.] y ya no quedaba nada más por conquistar. Pero ahora, ¡por Hércules!, la fortuna quería que combateran no por las más remotas costas de la India, sino por la posesión de Macedonia. Cuando los romanos hicieron la guerra a mi padre pusieron el engañoso pretexto de que estaban liberando Grecia; ahora tienen como objetivo declarado la esclavización de Macedonia, para que Roma no tenga ningún rey en sus fronteras ni dejar armas en manos de un pueblo famoso por la guerra. Si renunciaban a la guerra y a seguir sus órdenes, deberían entregar sus armas, su rey y su reino a tales amos, altivos y arrogantes.

[42,53] Se produjeron frecuentes estallidos de aplausos durante todo el discurso, pero en aquel punto se levantó como un grito de indignación y desafo, lanzando vítores al rey para que tuviera confianza, de manera que puso fin a su discurso añadiendo solo que deberían estar dispuestos a marchar, pues se había informado de que los romanos avanzaban ya desde Ninfeo tras levantar su campamento. Una vez disueltas las tropas, procedió a dar audiencia a las delegaciones de las ciudades macedonias que habían hecho ofrecimientos de dinero y trigo, cada una según su capacidad. Les dio las gracias a todas ellas y las eximió de hacer ninguna otra contribución, pues los almacenes reales bastaban para todas las necesidades. Lo único que les pidió fue que proporcionasen las carretas para transportar la artillería, la enorme cantidad de proyectiles que se habían preparado, así como el resto de material bélico. partió entonces con todo el ejército en dirección a Eordea y acampó junto al lago Begorrits [se desconoce su ubicación.-N. del T.]. Al día siguiente llegó al río Haliacmón, en Elimea. Desde allí, cruzó los montes llamados Cambunios y, atravesando un estrecho paso, bajó hacia Azoro, Pitoo y Dolique; los naturales llaman a estas tres ciudades Trípolis [o sea, "las tres ciudades"; siguiendo la edición de Gredos de 1994, anotamos que Dolique está entre los montes Cambunios y el monte Olimpo, Azoro está al sur de Dolique, en el curso alto del Europo, y Pitoo está en la ladera noroeste del Olimpo.-N. del T.] . Aquí sufrió un pequeño retraso, pues estas habían entregado rehenes a los lariseos; una vez a la vista, sin embargo, ante el peligro que les amenazaba, se rindieron. Aceptó su rendición con buenas maneras, seguro de que también los de Perrebia harían lo mismo. Los habitantes no trataron de resistr y capturó la ciudad en cuanto llegó allí. Se vio obligado a atacar Cirecias, donde el asalto del primer día fue rechazado por una fuerte carga de hombres armados desde las puertas. Al día siguiente atacó con todas sus fuerzas y antes de la noche recibió la sumisión de toda la población.

[42,54] Milas, la siguiente población a la que llegó, estaba tan bien fortificada que la confianza en la inexpugnabilidad de sus murallas hacía particularmente desafiantes a los habitantes de la ciudad; no contentos con cerrar sus puertas al rey, lanzaban incluso provocaciones e insultos contra él y los macedonios. Esto hizo que su enemigo acometera con aún más furia el asalto y a los ciudadanos, al no esperar clemencia, aún más firmes en su defensa. Así, la ciudad fue atacada durante tres días con la mayor determinación por ambas partes. El gran número de los macedonios les hacía fácil relevarse durante el combate; los defensores, por su parte, eran siempre los mismos a la hora de guardar las murallas, noche y día, y terminaron agotándose no solo por sus muchas heridas, sino también por la falta de sueño y el incesante esfuerzo. Al cuarto día, mientras se elevaban las escalas de asalto contra las murallas y se atacaba la puerta con más violencia de lo habitual, los habitantes, tras rechazar el peligro de las murallas, corrieron a defender la puerta y lanzaron una salida repentina. Esta se debió más a la impetuosidad y a la rabia que a una confianza bien fundamentada en sus fuerzas; al estar en inferioridad numérica y con sus cuerpos agotados y cansados, fueron rechazados por el enemigo que se encontraba fresco y con todo su vigor. Dieron media vuelta y huyeron, y al dar la espalda permiteron que entrase el enemigo a través de la puerta abierta. De esta manera, la ciudad fue tomada y saqueada; además, hasta los hombres libres que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos.

Después de derruir e incendiar la mayor parte de la ciudad, Perseo marchó hacia Falana y, al día siguiente, llegó a Girtón [Falana está al norte de Larisa y Girtón al este de Falana, en la desembocadura del Peneo y junto al monte Pelión.-N. del T.]. Al enterarse de que Tito Minucio Rufo y el pretor Hipias de los tesalios habían entrado en la ciudad con una guarnición, no intentó siquiera un asalto, sino que siguió su marcha y recibió la rendición de Elacia y Gono, cuyos habitantes quedaron atemorizados por su inesperada aparición. Ambas ciudades están situadas en las gargantas por las que se entra en el valle del Tempe, especialmente Gono más al interior. Las guarnicionó con unas fuerzas más poderosas de caballería e infantería, defendiéndolas además con un triple foso y una empalizada. Marchando hasta Sicurio, decidió esperar allí al enemigo y ordenó al ejército que recogiera trigo por todas las partes del territorio enemigo. Sicurio está al pie del Monte Osa, que por su lado sur domina las llanuras de Tesalia; por el otro lado se encuentran Macedonia y Magnesia [aunque la misma ciudad está en la falda oeste del monte.-N. del T.]. Además de estas ventajas, posee un clima sano y un suministro permanente de agua que fuye en abundancia de muchos manantales alrededor.

[42,55] Por estas mismas fechas, el cónsul romano se dirigía con su ejército a Tesalia. Mientras marchaba por el Epiro se encontró en terreno expedito y abierto, pero una vez hubo cruzado las fronteras de Atamania tuvo que avanzar por un terreno accidentado y casi intransitable. Solo luchando con las mayores dificultades y en cortas marchas fue capaz de llegar a Gonfos. Si se hubiera encontrado con el rey, en momento y terreno tan favorables, con sus soldados y caballos tan cansados y siendo su ejército tan bisoño, los propios romanos no niegan que habrían sufrido una terrible derrota si hubiesen tenido que combatir. Una vez llegados a Gonfos sin ninguna lucha, no solo se alegraron por haber superado un paraje peligroso, sino que incluso experimentaron un sentimiento de desprecio hacia un enemigo tan ciego ante sus oportunidades. Después de realizar debidamente los sacrificios y repartr trigo a los soldados, el cónsul permaneció allí unos días dando descanso tanto a hombres como a bestas. Al enterarse de que los macedonios estaban dispersos por todas partes y saqueando los campos de sus aliados, llevó a sus soldados, que ya estaban suficientemente descansados, hacia Larisa. Cuando estaba a unas tres millas de aquel lugar, fijó su campamento en las proximidades de la Trípolis a la que sus habitantes llaman Escea-, junto al río Peneo. Por aquellas fechas, llegó Eumenes con sus barcos a Calcis. Estaba acompañado por sus hermanos Atalo y Ateneo; el otro hermano, Filetero, se quedó en Pérgamo para proteger el reino. Desde Calcis, marchó con Atalo y una fuerza de cuatro mil infantes y mil jinetes para unirse con el cónsul, dejando dos mil de infantería en Calcis bajo el mando del Ateneo. Llegaron también otros contingentes auxiliares procedentes de todos los estados griegos, la mayoría de ellos tan pequeños que han pasado al olvido. Apolonia envió trescientos jinetes y cien infantes; la caballería de toda Etolia formaba el equivalente a un ala [para la época, trescientos jinetes.-N. del T.], y los tesalios, de quienes se esperaba que mandasen toda su caballería, no tenían a más de trescientos jinetes en el campamento romano. Los aqueos proporcionaron unos mil quinientos jóvenes, armados en su mayoría al modo cretense.

[42,56] El pretor Cayo Lucrecio, al mando de la flota en Cefalania, ordenó por aquellas fechas a su hermano Marco que llevara sus barcos hacia Calcis, doblando el cabo Maleo. Él mismo subió a bordo de un trirreme y partió hacia el Golfo de Corinto, con el objetivo de controlar la situación en Beocia. Su travesía resultó un tanto lenta por culpa de su estado de salud. Cuando Marco Lucrecio llegó a Calcis, tuvo noticia de que Haliarto estaba siendo atacada por Publio Léntulo y le envió un mensaje ordenándole, en nombre del pretor, que levantara el sito. El legado [empleamos aquí el término original, y no el que usualmente empleamos de "general", que usamos cuando los legados estaban al frente de su propia legión.-N. del T.], que había dado inicio a las operaciones con aquellos jóvenes beocios que estaban de parte de los romanos, se retró entonces de las murallas. El abandono de este ataque dejó el terreno libre para otro; Marco Lucrecio, a su vez, asedió el lugar con una fuerza de marina, diez mil hombres, y dos mil soldados del rey que estaban bajo el mano de Ateneo. Cuando estaban ya dispuestos a lanzar el asalto, apareció el pretor procedente de Creusa. Los barcos proporcionados por los aliados estaban concentrados en Calcis: dos quinquerremes púnicos, dos trirremes de la Heraclea del Ponto, cuatro de Calcedonia, el mismo número de Samos así como también cinco cuatrirremes de Rodas. Como no había guerra naval en parte alguna, el pretor envió las naves de vuelta a los distintos aliados. Quinto Marcio también llegó a Calcis con su flota después de capturar Álope de Ftótde y asaltar Larisa Cremaste. Mientras tenía lugar todo esto en Beocia, Perseo, como se ha indicado anteriormente, estaba acampado en Sicurio. Después de haber recogido el trigo de todo el territorio circundante, envió un destacamento a saquear los campos de Feras [a unos 20 km al norte de Fársalo.-N. del T.], esperando poder tomar por sorpresa a los romanos si los obligaba a alejarse de su campamento para auxiliar a las ciudades de sus aliados. Al encontrase, sin embargo, con que sus correrías no les inducía a moverse, procedió a distribuir el botín, en el que no había sino algunos pocos prisioneros, compuesto en su mayoría de ganado con el que les proporcionó un festin.

[42.57] El cónsul y el rey celebraron sendos consejos de guerra, para decidir por dónde iniciar las operaciones. Los macedonios se había vuelto cada vez más audaces, tras descubrir que el enemigo les permita asolar el territorio de Feras sin oponer resistencia alguna, y pensaron que se debían dirigir directamente hacia el campamento romano y no dar lugar a más demoras. Los romanos, por otra parte, consideraban que su inactividad estaba dañando su prestgio entre sus aliados, y estaban particularmente disgustados por no haber prestado ayuda a los fereos. Mientras discutan sobre qué medidas debían tomar -estaban presentes, además, Eumenes y Atalo-, llegó un mensajero aterrorizado con la noticia de que el enemigo se acercaba con un gran ejército. El consejo de guerra quedó inmediatamente disuelto y se dio la señal para que los soldados tomaran las armas. Entretanto, se envió un centenar de jinetes y el mismo número de lanzadores de jabalinas, de las fuerzas auxiliares del rey, para reconocer el terreno. Era la hora cuarta [sobre las diez de la mañana.-N. del T.] y, cuando estaba a poco más de una milla del campamento romano, Perseo ordenó a la infantería que se detuviera mientras él mismo se adelantaban cabalgando con la caballería y la infantería ligera; también se adelantaron junto a él Cots y los comandantes de las demás fuerzas auxiliares. Estaban a media milla del campamento cuando se divisó a la caballería enemiga. Estaba compuesta por dos alas, en su mayoría galos bajo el mando de Casignato, y unos ciento cincuenta de infantería ligera, en parte misios y en parte cretenses armados a la ligera. El rey se detuvo, incierto en cuanto a la fuerza del enemigo. Hizo luego adelantarse del cuerpo principal a dos turnas de tracios y dos de caballería macedonia, junto con dos cohortes de cretenses y otras dos de tracios. Como ambas partes estaban igualadas numéricamente y no llegaron tropas de refuerza a ninguno de los dos lados, el enfrentamiento terminó sin que se decidiera la victoria. Murieron una treintena de los hombres de Eumenes, entre ellos Casignato, el comandante galo. Perseo llevó entonces sus fuerzas de vuelta a Sicurio. Al día siguiente, el rey les hizo ir al mismo lugar y a la misma hora. Esta vez seguían a las tropas carros con agua, pues en las doce millas de marcha [según el texto, hizo caminar 17760 metros a sus tropas.-N. del T.] no tenían agua y les cubría el polvo; resultaba evidente que si debían luchar en cuanto llegaran a la vista del enemigo, lo habrían de hacer sufriendo la sed. Los romanos retraron sus puestos avanzados detrás de su empalizada y permanecieron tranquilos; ante aquello, las tropas del rey regresaron a su campamento. Repiteron esto durante varios días, esperando que la caballería romana atacaría su retaguardia durante el regreso; los atraerían a considerable distancia de su propio campamento y, a continuación, las tropas del rey, que eran superiores en caballería e infantería ligera, los podrían enfrentar dondequiera que estuviesen.

[42.58] Como no había tenido éxito en su intento de hacer salir a los romanos, el rey trasladó su campamento a una distancia de cinco millas del enemigo [14480 metros.-N. del T.]. Al amanecer, la infantería fue desplegada en el mismo lugar que antes y toda la caballería y la infantería ligera marchó hacia el campamento romano. La vista de una mayor cantidad de tropas enemigas y una nube de polvo más próxima de lo habitual provocó cierto desconcierto entre los romanos. Al principio casi no se dio crédito a quien daba la notcia, pues en todas las anteriores ocasiones el enemigo nunca había aparecido antes de la cuarta hora del día, y ahora lo hacía al amanecer. Cuando todas las dudas quedaron disipadas por los muchos gritos y los hombres corriendo desde las puertas, hubo gran confusión. Los tribunos militares, los prefectos y los centuriones salieron corriendo hacia el pretorio, los soldados corrieron hacia sus propias tiendas. Perseo había formado a sus hombres a menos de quinientos pasos de la empalizada romana, alrededor de una colina llamada Calínico [y que daría nombre a la batalla.-N. del T.]. El rey Cots estaba al frente del ala izquierda, con todas las fuerzas de su pueblo; la infantería ligera estaba situada entre las filas de la caballería. A la derecha estaba la caballería macedonia, con los cretenses mezclados entre sus turnas de la misma forma. Este ala estaba bajo el mando de Midón de Berea; el mando supremo de todas las fuerzas de caballería entero estaba en manos de Menón de Antgonea. Contguas a ambas alas estaban la caballería real y una fuerza mixta de élite formada por auxiliares de distintas nacionalidades. Patrocles de Antgonea y Didas, el gobernador de Peonia, estaban respectivamente al frente de estas tropas. En el centro de toda la línea se encontraba el rey, rodeado por la "agema" y los jinetes de la caballería sagrada. Delante de estos situó a los honderos y lanzadores de jabalinas, cuatrocientos en todas, bajo el mando de Ión de Tesalónica y al dólope Artemón. Este fue el orden de batalla del rey. El cónsul hizo formar a la infantería dentro de la empalizada y mandó salir a la totalidad de la caballería y la infantería ligera; estas formaron delante de la empalizada. El ala derecha la mandaba Cayo Licinio Craso, el hermano del cónsul, y estaba compuesta por toda la caballería itálica, con los vélites mezclados entre ellos. A la izquierda se encontraba Marco Valerio, mandando la caballería y la infantería ligera de las distintas ciudades griegas. El centro estaba a cargo de Quinto Mucio, con un cuerpo escogido de jinetes voluntarios. Por delante de ellos se situaron doscientos jinetes galos y trescientos cirtos de las tropas auxiliares de Eumenes; cuatrocientos jinetes tesalios formaron a corta distancia por delante del ala izquierda. Atalo y Eumenes se situaron por detrás con todas sus fuerzas, entra la última línea y la empalizada.

[42.59] Formados de esta manera, casi igualadas en número su caballería y su infantería ligera, se enfrentaron los ejércitos. La batalla fue iniciada por los honderos y los lanzadores de jabalina, que se encontraban delante de las líneas. En primer lugar los tracios, como animales salvajes encerrados en jaulas a los que de pronto se libera, se lanzaron con un griterío ensordecedor contra el ala derecha, los jinetes itálicos, con tal furia que sembraron el desconcierto entre ellos a pesar de su experiencia en la guerra y su natural imperturbabilidad. La infantería de ambos lados rompió las lanzas de la caballería con sus espadas, seccionó el corvejón de los caballos o los apuñalaba por los flancos. Perseo, cargando por el centro de las líneas, desaloja a los griegos a la primera embestda y los siguió presionando con fuerza cuando dieron la espalda. La caballería de Tesalia había permanecido en reserva, a poca distancia del ala izquierda, limitándose al principio a observar; pero luego, cuando el día empezó a presentarse mal contra ellos, prestaron un gran servicio. Al retrarse poco a poco y manteniendo ordenadas sus líneas, tras unirse con las tropas de Eumenes, ofrecieron así un refugio seguro dentro de sus filas a los aliados que huían en desorden. Como el enemigo había aclarado sus líneas en la persecución, se atrevieron incluso a avanzar y dar protección a muchos de los que huían en dirección contraria. Las tropas del rey, dispersadas por la persecución en todas direcciones, no se atrevieron a enfrentarse con hombres que avanzaban en formación y con tanta firmeza. El rey, victorioso en esta acción de caballería, gritaba a sus hombres que con un poco más de ayuda en esta acción habría terminado la guerra; muy oportunamente, como en respuesta a su arenga, apareció en escena la falange que Hipias y Leonato, al oír del éxito de la caballería, se apresuraron a traer por propia iniciativa para que pudiera tomar parte en una acción tan audazmente iniciada. Cuando el rey se debata entre la esperanza y el miedo a intentar una empresa tan grande, llegó corriendo junto a él Evandro, el cretense que había sido su instrumento en el atentado contra la vida de Eumenes en Delfos. Había visto cómo avanzaba la infantería con los estandartes desplegados, y le advirtó solemnemente para que no se dejase llevar por la euforia y lo aventurase todo a una sola oportunidad, cuando no tenía necesidad de correr aquel riesgo. Si se contentaba con la brillante victoria obtenida y se mantenía quieto aquel día, o bien lograría una paz honorable o bien, si prefería la guerra, tendría muchísimos más aliados que seguirían su buena fortuna. El ánimo de rey estaba más inclinado a este curso de acción, por lo que después de agradecer a Evandro sus consejos, ordenó que se replegaran los estandartes, que la infantería marchara de vuelta al campamento y se se ordenase tocar a retirada para la caballería.

[42.60] Aquel día cayeron, del lado de los romanos, doscientos jinetes y no menos de dos mil infantes; fueron hechos prisioneros unos seiscientos. Del ejército del rey, murieron veinte de caballería y cuarenta de infantería. A su regreso al campamento, los vencedores estaban todos de muy buen humor, aunque a todos superaban los tracios en la insolencia de su alegría. Estos volvieron al campamento cantando y llevando las cabezas de sus enemigas clavadas en sus lanzas. Entre los romanos no solo había dolor por su derrota, sino el temor a que el enemigo atacara de inmediato su campamento. Eumenes instó al cónsul a trasladar el campamento a la orilla opuesta del Peneo, de manera que pudieran tener la protección del río hasta que los aterrados soldados recobrasen la moral. El cónsul tenía vergüenza por admitr que senta miedo; pero cedió a la razón e hizo cruzar a sus fuerzas en la oscuridad de la noche y en silencio, fortificándose en la otra orilla. Al día siguiente, el rey marchó para provocar a su enemigo para que combatera. Cuando se dio cuenta de que habían llevado su campamento de forma segura al otro lado del río, se dio cuenta de su equivocación al no haberles acosado el día anterior, pero aún más por haber permanecido inactivo durante la noche; en efecto, de haber enviado simplemente a su infantería ligera contra el enemigo, durante la confusión provocada por el cruce del río, habría eliminado a gran parte de sus fuerzas. Ahora que su campamento estaba en una posición segura, los romanos quedaban liberados del peligro de un ataque inmediato, aunque también mucho más desanimados, especialmente por su pérdida de prestgio. En el consejo de guerra, en presencia del cónsul, todos echaban la culpa a los etolios: con ellos empezó el pánico y la huida, y el resto de las fuerzas griegas siguieron el ejemplo de los etolios. Cinco jefes etolios, que habían sido los primeros en volver la espalda, según se decía, fueron enviados a Roma. A los tesalios se los felicitó delante de la asamblea [el ejército reunido.-N. del T.] y sus mandos fueron recompensados por su valor.

[42.61] Se llevaron ante el rey los despojos de los caídos, que los entregó a sus soldados; a algunos entregó espléndidas armaduras; dio caballos a otros, y a otros, prisioneros. Había más de mil quinientos escudos, las cotas de malla y las corazas superaban las mil; los cascos, las espadas y los proyectiles de toda clase eran mucho más numerosos. El valor de estos despojos, ya de por sí grande y satisfactorio, fue realzado por el discurso que el rey dirigió a su ejército. "Esto os permitrá -les dijo-juzgar el resultado de la guerra. Habéis derrotado a la caballería, la parte mejor del ejército romano y con la que solían jactarse de ser invencibles. En su caballería sirve la for de su juventud, es el vivero de sus senadores, los hombres cuyos padres son elegidos como cónsules, de entre los que eligen a sus comandantes; esos son los hombres cuyos despojos hemos distribuido ahora entre vosotros. Y no de menor importancia es la victoria que habéis logrado sobre su infantería, esas legiones que, puestas fuera de vuestro alcance con una huida nocturna, llenó el río con su confusión y desorden, como si fuesen náufragos que nadasen aterrados de acá para allá. Cruzar el Peneo nos será más fácil a nosotros, que los perseguimos, de lo que lo fue para ellos en su prisa por escapar; y en cuanto lo hayamos cruzado atacaremos su campamento, que hoy habríamos capturado si no hubiesen huido. O, si estuviesen dispuestos a combatir en campo abierto, O si están dispuestos a luchar en campo abierto, contad con un triunfo igual en un combate de infantería como el que habéis conseguido en el de caballería". Aquellos que habían tomado parte en la victoria y llevaban el botín del enemigo sobre sus hombros escuchaban atentamente la narración de sus hazañas y basaban en lo recién sucedido sus esperanzas para el futuro. La infantería, además, y especialmente los soldados de las falanges, estaban enardecidos por la gloria que habían ganado sus camaradas, buscando la oportunidad de prestar a su rey un servicio señalado y ganar la misma gloria sobre su enemigo vencido. Los soldados rompieron filas y al día siguiente marcharon y fijaron su campamento en Mopselo, que es una colina situada a la entrada del valle del Tempe y está a medio camino entre Larisa y Gono.

[42.62] Los romanos, sin dejar la ribera del Peneo, trasladaron su campamento a una posición más segura. Y, mientras estaban allí, llegó el númida Misagenes con mil de caballería, el mismo número de infantes y veintidós elefantes. El rey estaba por entonces celebrando un Consejo para decidir sobre la futura dirección de la guerra; como ya se había enfriado su alegría por su victoria, algunos de sus amigos se atrevieron a aconsejarle. Le aconsejaron que resultaría provechoso para él aprovecharse de su buena fortuna y lograr ahora una paz honorable, antes que arriesgarse a una situación irrevocable fundado en vanas esperanzas. Limitar por sí mismo su prosperidad y no confiar demasiado en los recientes favores de la fortuna, es propio de los hombres sabios y merecedores de su buena fortuna. Que mandase embajadores al cónsul con poderes para plantear nuevas propuestas de paz en los mismos términos que su padre Filipo había aceptado del victorioso Tito Quincio. No podría darme un fin más grandioso a aquella guerra que el de la última y memorable batalla, ni motivos más seguros para la esperanza de una paz duradera que aquellas que harían que los romanos, desalentados por su derrota, estuviesen dispuestos a llegar a un acuerdo. Si los romanos entonces, por su natural terquedad, rechazaban unos términos justos, tanto los dioses como los hombres serían testigos de la moderación de Perseo y de la invencible soberbia de los romanos.

El rey, por naturaleza, no se mostraba nunca contrario a consejos de esta naturaleza y esta política resultó aprobada por la mayoría del Consejo. Se envió una embajada al cónsul, que fue recibida en audiencia ante el Consejo en pleno. Pidieron la paz, y prometieron que Perseo entregaría a los romanos el mismo tributo que se había acordado con Filipo, retrándose cuanto antes de las ciudades, territorios y plazas de los que se había retirado su padre. Tales eran sus instrucciones. Se hizo salir a los embajadores y, en el debate que siguió, se impuso entre los romanos la opción de la firmeza. Así se acostumbraba por entonces: aparentar prosperidad en las circunstancias adversas y contener los sentimientos en los momentos de prosperidad. La respuesta que se decidió dar fue que se concedería la paz a condición de que el rey dejara en manos del Senado la decisión sobre el conjunto de la situación y la determinación sobre la condición particular de él y de toda Macedonia. Cuando la legación dio a conocer esta respuesta, aquellos que no estaban familiarizados con el carácter romano la consideraron como una asombrosa muestra de obstinación, siendo muchos los que deseaban que se prohibiera cualquier ulterior alusión a la paz. Aquellos que ahora despreciaban la paz que se les ofrecía -decían-, pronto vendrán a pedirla. Era esta misma obstinación a la que Perseo temía, pues era consecuencia de su confianza en sus propias fuerzas; tanteando la posibilidad de comprar la paz a un precio mayor, no dejó de sondear el ánimo del cónsul. Como el cónsul se mantuviera firme en su primera respuesta, Perseo desesperó de lograr la paz y volvió a Sicurio, dispuesto a enfrentar una vez más los peligros de la guerra.

[42.63] Las noticias sobre la batalla se extendieron a través de toda Grecia, y por la forma en que se recibieron se pudo descubrir con quién estaban las esperanzas y simpatas de las gentes. No sólo los partidarios abiertos de Macedonia, sino la mayoría de los que tenían las mayores obligaciones hacia Roma por los servicios que habían recibido, e incluso algunos que habían experimentado la violencia y tranía de Perseo, se mostraron encantados de escucharlas por ninguna otra razón más que por ese mismo afán morboso que muestra la muchedumbre al ver los concursos atléticos y ponerse de parte del más débil y el menos diestro. Mientras tanto, en Beocia, el pretor Lucrecio apretaba el sito de Haliarto con la mayor energía. A pesar de que los sitados no habían tenido ni esperaban ninguna ayuda externa, aparte de los jóvenes coroneos que habían entrado en el recinto amurallado al comienzo del asedio, mantuvieron su resistencia más a base de su valor y determinación que por sus fuerzas efectivas. Lanzaban frecuentes salidas contra las obras de asedio; además, cuando se aproximaba un ariete, daban con él en terra, unas veces arrojando encima de él piedras y otras echándole encima masas de plomo. Cuando no eran capaces de desviar los golpes, susttuían la antigua muralla con otra nueva que construían rápidamente con las piedras del muro caído. Al ser tan lento el progreso de las obras de asedio, el pretor ordenó que se distribuyeran escalas de asalto entre los manípulos, pues tenía la intención de hacer un asalto simultáneo por toda la muralla. Consideraba que su número bastaría para ello, pues no tenía ningún objeto ni resultaba posible atacar la ciudad por aquel lado en que estaba rodeada por las marismas. Llevó una fuerza escogida de dos mil hombres a un punto en que se habían derrumbado dos torres y el lienzo de muralla entre ellas, para que mientras él se abría paso por la brecha y los defensores se concentraban para oponérsele, cierta porción de las murallas quedara sin vigilancia y se la pudiera escalar con éxito. Los habitantes se dispusieron a salir a su encuentro. Sobre el terreno cubierto por el derrumbe de la muralla amontonaron leña de matorrales, a pie firme y sosteniendo en sus manos antorchas encendidas, amenazaban con prender fuego a aquella barricada, de manera que pudiesen disponer de tiempo para levantar un muro por la parte interior mientras el fuego mantenía alejados a sus enemigos. Un golpe de suerte impidió que ejecutaran este plan, pues descargó repentinamente un fuerte aguacero que hacía casi imposible encender la leña y, cuando se encendía, extinguía el fuego. Se abrió un paso echando fuera los haces humeantes y, como todos habían ya concentrado su atención en defender ese único punto, las murallas pudieron ser escaladas por muchos sitos. En los primeros instantes de confusión, siguientes a la captura de la ciudad, todos los ancianos y niños con los que se encontraron resultaron muertos. Los que estaban armados se refugiaron en la ciudadela y, como perdieran toda esperanza, se rindieron y fueron vendidos en subasta. Hubo unos dos mil quinientos de ellos. Los ornamentos de la ciudad, las estatuas, pinturas y todo el botín valioso fueron embarcados y se arrasó el lugar hasta los cimientos. Desde allí, el ejército marchó a Tebas, que fue capturada sin ningún tipo de lucha, y el cónsul entregó la ciudad a los exiliados y al partido romano. Mandó vender en subasta las familias y bienes de los hombres del partido contrario y de los que estaban a favor del rey y eran simpatzantes de Macedonia. Después de realizar estas hazañas, regresó al mar y a las naves.

[42,64] Mientras ocurrían estos sucesos en Beocia, Perseo permaneció durante varios días acampado en Sicurio. Estando aquí se enteró de que los romanos estaban ocupados segando y llevándose el trigo de los campos; luego, cada cual delante de su tenda, se ocupaban en cortar con hoces las espigas para moler más limpiamente el grano, habiéndose formado por todo el campamento grandes montones de paja. Esto le pareció una buena oportunidad para incendiar el campamento, por lo que dio órdenes para preparar antorchas, resina y proyectiles cubiertos con pez. partió a medianoche, con la intención de tomar al enemigo por sorpresa al amanecer, pero todo resultó inútl. Los puestos avanzados fueron sorprendidos, pero sus gritos y la confusión sirvieron de alarma para el resto. Se dio instantáneamente la señal de alarma y los soldados formaron de inmediato en las puertas y en la empalizada. Pesaroso por haber iniciado sin pensarlo su plan contra el campamento, Perseo hizo contramarchar a su ejército, ordenando que fuese en cabeza la impedimenta seguida por los estandartes de la infantería. Él mismo formó con su caballería e infantería ligera para cerrar la columna, esperando, como resultó ser el caso, que el enemigo les seguiría para acosar a su retaguardia. La infantería ligera libró algunos combates dispersos, principalmente contra la cabeza de los perseguidores; la caballería y la infantería regresaron al campamento en orden.

Una vez segado el trigo de los alrededores, los romanos se trasladaron a Cranón [en el centro de la Tesalia, al sur del Peneo y a unos 25 km al sudoeste de Larisa.-N. del T.], donde sus campos estaban aún intactos. Aquí permanecieron acampados durante algún tiempo, seguros contra ataques a causa, en parte, a la distancia que había desde Sicurio y en parte a la dificultad de encontrar agua en el camino. De repente, una mañana, al amanecer, quedaron sorprendidos al divisar en lo alto de las colinas a la caballería del rey y a su infantería ligera. Estas habían partido desde Sicurio al mediodía del día anterior y al despuntar el alba habían dejado a la infantería en las llanuras más cercanas. Perseo se detuvo durante algún tiempo sobre las colinas, pensando si podría arrastrar a los romanos a un combate de caballería. Como estos no hicieran ningún movimiento, envió un jinete con órdenes para que la infantería marchara de vuelta a Sicurio, siguiéndolos él mismo poco tiempo después. La caballería romana los siguió a una distancia moderada por si tenían oportunidad de atacar a los rezagados. Cuando vieron que la infantería marchaba concentrada y guardando la formación, regresaron a su vez a su campamento.

[42.65] Molesto el rey por el largo trayecto que tenía que recorrer, adelantó luego su campamento hasta Mopselo. Los romanos, una vez segado el grano alrededor de Cranón, se trasladaron al territorio de Falana. El rey supo por un desertor que los romanos estaban dispersos por todo el territorio, segando el grano y sin protección armada. partió con mil jinetes y dos mil tracios y cretenses y, marchando a la máxima velocidad posible, atacó a los romanos cuando menos se lo esperaban. Fueron capturados cerca de 1000 carros con sus yuntas, la mayoría de ellos totalmente cargados, así como seiscientos prisioneros. Entregó el botín a trescientos cretenses para que lo escoltaran de vuelta a su campamento; a continuación, hizo regresar a la caballería y al resto de la infantería, que se encontraba masacrando al enemigo, y los condujo contra el destacamento más próximo, pensando que lo aplastaría sin demasiados problemas. Mandaba el destacamento Lucio Pompeyo, tribuno militar, quien retró a sus soldados, que se habían desmoralizado ante la repentina aparición del enemigo, hasta una colina cercana que le serviría como posición defensiva, debido a su inferioridad en número y fuerzas. Una vez aquí, hizo que sus soldados adoptaran una formación circular, tocándose con los escudos, de manera que les sirvieran de defensa contra las fechas y las jabalinas.

Perseo rodeó la colina con sus tropas y ordenó a un grupo que iniciara el ascenso y llegara al choque con el enemigo, mientras los demás descargaban sus proyectiles a distancia. Los romanos estaban en gran peligro, ya que no podían luchar para expulsar a los que trataban de subir la colina, y si salían de sus filas y corrían hacia ellos quedarían expuestos a las jabalinas y las fechas. Sufrieron principalmente el ataque de los cestrosphendones, una nueva clase de arma inventada durante aquella guerra. Estaba compuesta por una punta de hierro de dos palmos de larga, atada a un astl de madera de pino, de medio codo de longitud y del grosor de un dedo [unos 15 cm la punta y unos 22 cm el astil.-N. del T.]. Alrededor del astl se fijaban tres aletas de abeto, como se suele hacer con las fechas, y lo ponían en el centro de una honda que tenía dos correas desiguales. Cuando el proyectl se colocaba en el centro de la honda, el hondero la hacía girar con gran fuerza y aquel salía despedido como si fuese una bala de plomo. Estas armas y los demás proyectiles habían herido a muchos soldados, encontrándose todos tan cansados que apenas podían sostener las armas. Al ver esto, el rey les instó a rendirse, les dio su palabra de respetar su seguridad y hasta les prometó recompensas. Pero todos siguieron firmes y ni un solo hombre pensó en la rendición. Ya se habían hecho a la idea de morir, cuando apareció un inesperado rayo de esperanza. Algunos de los forrajeadores, que habían huido hasta el campamento, informaron al cónsul de que aquel destacamento estaba rodeado. Preocupado por la seguridad de tantos ciudadanos -pues había cerca de 800, todos los romanos-, salió del campamento con una fuerza de caballería e infantería ligera, incluyendo a los nuevos refuerzos de infantería y caballería númida, así como con los elefantes. Se ordenó a los tribunos militares que les siguieran con los estandartes de la infantería. Incorporó los vélites a la infantería ligera, para reforzarla, y se adelantó hacia la colina. Eumenes, Atalo y Misagenes, el régulo de los númidas, cubrían los flancos del cónsul.

[42,66] En cuanto tuvieron a la vista las primeras enseñas de sus camaradas, los ánimos de los romanos resurgieron de su profunda desesperación. En primer lugar, Perseo debería haberse contentado con aquel éxito fortuito, después de haber capturado y dado muerte a cierto número de forrajeadores, y no haber perdido el tiempo atacando al destacamento. Pero, en segundo lugar, una vez hecho esto, debió abandonar el campo mientras pudo hacerlo con seguridad, pues sabía que no llevaba con él infantería pesada. Eufórico por su éxito, no solo esperó hasta que apareció el enemigo, sino que mandó luego llamar a la falange. Se les llamó demasiado tarde para aquella circunstancia. La falange, puesta en marcha apresuradamente y en desorden por la velocidad a la que avanzaba, no pudo formar apropiadamente sus tropas para enfrentar la batalla con quienes ya estaban formados y dispuestos. El cónsul, que fue el primero en llegar, entabló combate inmediatamente con el enemigo. Durante un corto espacio de tiempo, los macedonios mantuvieron sus posiciones, pero pronto fueron totalmente superados y, tras perder trescientos infantes y veinticuatro jinetes de élite del "ala sagrada", incluyendo a su prefecto Antmaco, trataron de abandonar el campo de batalla. Pero su retirada resultó casi más desordenada que el propio combate. La falange, llamada a toda prisa, acudía a la carrera, pero se encontró atascada donde se estrechaba el paso por el grupo de prisioneros y carros cargados de trigo. Se produjo un inmenso desorden: nadie esperó que la columna terminase de pasar del modo que fuese; los soldados lanzaban los carros por el precipicio para abrirse paso y los animales, desbocados, aumentaban la confusión general. Apenas acababan de librarse de la columna de prisioneros cuando se encontraron con las tropas del rey y su derrotada caballería, que les gritan que se replieguen y den la vuelta. Esto provocó una conmoción casi tan grande como un desastre; si el enemigo hubiera seguido la persecución y se hubiese adentrado en el desfiladero, le podría haber provocado una terrible derrota. Tras rescatar al destacamento de la colina, el cónsul se dio por satisfecho con este pequeño éxito y regresó al campamento. Según algunos autores, aquel día se libró una gran batalla en la que murieron ocho mil enemigos, entre ellos dos de los generales del rey, Sópatro y Antpatro, haciéndose dos mil ochocientos prisioneros y capturándose veintisiete estandartes militares. Tampoco resultó una victoria incruenta, muriendo más de cuatro mil trescientos del ejército del cónsul y perdiéndose cinco estandartes del ala izquierda.

[42.67]
Aquella jornada revivió el ánimo de los romanos y se hundió el de Perseo, hasta el punto de que, tras permanecer unos días en Mopselo para dar sepultura a los hombres que había perdido, estableció una guarnición lo bastante fuerte en Gono y retró sus tropas a Macedonia. Uno de los prefectos reales, Timoteo, quedó en Fila con una pequeña fuerza, con instrucciones de ganarse a los magnetes mientras estaba cerca. Al llegar a Pela, Perseo envió su ejército a sus cuarteles de invierno y él marcho luego con Cots a Tesalónica. Le llegó la noticia de que Autilesbis, un régulo tracio, y Corrago, prefecto de Eumenes, habían invadido los dominios de Cots, ocupando un territorio llamado Marene. Consideró que debía dejar marchar a Cots, por lo que le despidió y le dejó ir a defender su reino. Al partr, le hizo varios valiosos regalos. Solo para su caballería, entregó doscientos talentos [4094 kg, para el talento ptolemaico, que para entonces se había extendido también por el Ática, o 1,200.000 dracmas de plata.-

N.
del T.], la paga de medio año, aunque al principio se había comprometido a darles un año de sueldo.

Cuando el cónsul supo que Perseo se había ido, movió su campamento hasta Gono por si podía apoderarse de la ciudad. Este lugar se encuentra delante de Tempe, a la misma entrada del desfiladero, y forma una defensa segura contra la invasión de Macedonia al tiempo que permite a los macedonios una entrada conveniente en Tesalia. Como la ciudadela, debido a su posición y a la fuerza de su guarnición, resultaba inexpugnable, el cónsul abandonó el intento. Torciendo su ruta hacia Perrebia, se apoderó de Malea al primer asalto y saqueó la ciudad. Después de recuperar Trípolis y el resto de Perrebia, volvió a Larisa. Eumenes y Atalo marcharon a casa y el cónsul asentó a Misagenes y sus númidas en las ciudades más cercanas de Tesalia para invernar. Distribuyó a parte de su ejército entre todas las ciudades de Tesalia, de modo que tuvieran cómodos cuarteles de invierno y sirvieran como guarnición para las ciudades. El legado Quinto Mucio fue enviado con dos mil hombres para guarnecer Ambracia y el cónsul despidió a todas las tropas de las ciudades griegas aliadas, con excepción de los aqueos. Avanzando con una parte de su ejército sobre la Acaya Ftótde, arrasó la ciudad de Pteleos hasta los cimientos, abandonada tras huir sus habitantes, y aceptando la rendición voluntaria de Antronas. Llevó después su ejército hasta Larisa [Larisa Cremaste.-N. del T.]. La ciudad estaba vacía, pues toda la población se había refugiado en la ciudadela, y lanzó un ataque contra esta. La guarnición macedonia del rey, temerosa, había sido la primera en marcharse; los habitantes, abandonados por ellos, se rindieron enseguida. Dudó entonces el cónsul entre atacar Demetrias o comprobar la situación en Beocia, pero entonces Los tebanos le pidieron que acudiese en su ayuda, pues los coroneos les estaban hostgando. Tanto para atender su solicitud, como por resultar más conveniente aquel territorio que Magnesia para establecer sus cuarteles de invierno, llevó su ejército a Beocia.

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Libro 43: La Tercera Guerra Macedónica – Cont.

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[43,1] -171 a.C.-Durante el verano en que ocurrieron estos hechos en Tesalia, el cónsul envió al legado ... [falta el nombre del mismo.-N. del T.] al Ilírico, donde asedió dos ricas y prósperas ciudades. Cerenia se vio obligada a rendirse y permitó a sus habitantes que conservaran sus posesiones; mediante este ejemplo de clemencia, esperaba inducir al pueblo de Carnunte a entregarse. No pudo, sin embargo, ni obligarlos a rendirse ni a tomar la plaza por asedio, de manera que, para que sus hombres se llevaran de regreso algo más que las fatgas de dos asedios, saqueó la ciudad que había dejado previamente intacta. Cayo Casio, el otro cónsul, al que se le había encomendado la Galia, no hizo allí nada digno de mención y trató, sin éxito, de llevar sus legiones a Macedonia a través de Iliria. El Senado se enteró de su propuesta expedición por una embajada enviada desde Aquilea. Se quejaban de que la suya era una colonia reciente y que aún no estaba lo bastante bien fortificada, pues estaba situada entre dos pueblos hostiles, los histros y los ilirios. Pidieron al Senado que considerase cómo se podía proteger la colonia. Al preguntárseles si les gustaría que se encargase del asunto el cónsul Cayo Casio, contestaron que este había reunido su ejército en Aquilea y había partido hacia Macedonia a través de Iliria; esto les resultó al principio increíble, y muchos senadores supusieron que, probablemente, había iniciado las hostlidades contra los carnos o los histros. Entonces, los aquileos les dijeron que lo único que sabían y que se atrevían a afirmar era que se había hecho entrega a los soldados de trigo para treinta días, y que habían encontrado y llevado consigo guías que conocían las rutas desde Italia hacia Macedonia. El Senado quedó profundamente indignado al ver que el cónsul se había atrevido a tanto como a abandonar su provincia y pasar a la del otro, conduciendo su ejército por una ruta desconocida y peligrosa a través de pueblos extranjeros, dejando a tantas naciones una vía abierta hacia Italia. Decidieron en una sesión plenaria que el pretor Cayo Sulpicio debía nombrar a tres senadores que deberían partir aquel mismo día, recorriendo su camino a la mayor velocidad posible y, encontrando al cónsul dondequiera que estuviese, le advertrían para que no efectuara ningún movimiento hostl contra pueblo alguno sin la autorización del Senado. Los senadores elegidos fueron Marco Cornelio Cetego, Marco Fulvio y Publio Marcio Rex. Los temores por el cónsul y el ejército impidieron por el momento que se prestara ninguna atención a la fortificación de Aquilea.

[43,2] Después de esto, se introdujo en el Senado una embajada de pueblos de ambas provincias de Hispania. Se quejaban de la codicia y la opresión de los magistrados romanos, y cayendo de rodillas rogaron al Senado que no permitera que ellos, los aliados de Roma, fuesen robados y maltratados de un modo más vergonzoso incluso del que lo eran sus enemigos. Se quejaban además de otros tratos indignos, pero el más evidente era el de extorsión de dinero. Se encargó a Lucio Canuleyo, el pretor a quien había correspondido Hispania, que designara cinco recuperadores [estos jueces, elegidos siempre en número impar, tuvieron al principio competencia solo en litigios con carácter internacional para casos de restitución o devolución. Los nombraba el pretor de entre los senadores, para atender los casos presentados por pueblos extranjeros por concusión, ya que correspondía al Senado la supervisión de las relaciones entre Roma y los pueblos extranjeros.-N. del T.] a partir del orden senatorial, para tratasen con cada uno de aquellos a quienes los hispanos exigían reparación, dando igualmente permiso a los demandantes para que eligieran a quien quisiesen como abogado. Se llamó al Senado a los embajadores y se les leyó el decreto, invitándoles a nombrar sus abogados. Designaron a cuatro: Marco Porcio Catón, Publio Cornelio Escipión, hijo de Cneo, Lucio Emilio Paulo, y Cayo Sulpicio Galo. Los recuperadores empezaron con el caso de Marco Titinio, que había sido pretor de la Hispania Citerior durante el consulado de Aulo Manlio y Marco Junio [178 a.C.-N. del T.]. El proceso resultó aplazado en dos ocasiones y, en la tercera, el acusado fue absuelto. Se produjo una diferencia entre los embajadores, pues los procedentes de la Hispania Citerior eligieron como abogados a Marco Catón y a Publio Escipión, mientras que los procedentes de la Hispania Ulterior eligieron a Lucio Paulo y a Sulpicio Galo. Los de la Citerior llevaron ante los recuperadores a Publio Furio Filo y los de la Ulterior a Marco Macieno. Filo había sido pretor tres años antes, durante el consulado de Espurio Postumio y Quinto Mucio, y Marco Macieno lo fue al año siguiente, durante el consulado de Lucio Postumio y Marco Popilio. Ambos fueron acusados de gravísimos delitos; se suspendieron los procedimientos y, cuando llegó el momento de iniciarlos nuevamente desde el principio, fueron sobreseídos al haber marchado los acusados al exilio voluntario, Furio a Palestrina y Macieno a Tívoli. Corrió el rumor de que los patronos se oponían a que se convocara a los nombres o personas infuyentes, sospechas que se acrecentaron por la acción de Canuleyo. Este abandonó completamente el asunto y se dedicó al alistamiento de tropas; después, de repente, partió hacia su provincia para impedir que fueran más los acusados por los hispanos. Quedó enterrado el pasado de aquel modo, aunque el Senado tomó medidas para el futuro accediendo a la demanda de los hispanos y promulgando una norma por la que los magistrados romanos no fijarían el valor del trigo ni obligarían a los hispanos a vender su vigésima al precio que ellos quisieran; tampoco se les impondrían a sus pueblos los prefectos para la recaudación de impuestos y tributos [Las provincias debían suministrar a los magistrados romanos cierta cantidad de trigo; algunos, sin embargo, exigían su valor en dinero después de tasar el grano a muy bajo precio, lo que se conocía como frumentum aestimatum. Como a cada magistrado se le entregaba una determinada cantidad de dinero para la adquisición de una cantidad también determinada de grano, al tasar el grano a un precio muy inferior al real lograban quedarse con la diferencia entre lo abonado a los hispanos y lo recibido por el Estado. Estas leyes conseguidas por los hispanos lograron que, en adelante, los pretores recibieran el trigo en especie o que el precio se estableciera según el del mercado.-N. del T.].

[43,3] Llegó otra embajada de Hispania, enviada esta vez por una nueva clase de gentes. Se declaraban hijos habidos entre los soldados romanos y mujeres españolas con las que no había derecho de matrimonio. Había más de cuatro mil de ellos y pedían que se les entregara una ciudad en la que vivir. El Senado decretó que diesen sus nombres a Lucio Canuleyo, y los que el pretor manumitese serían enviados a Carteya [y así se fundaría el primer municipio de derecho latino fuera de Italia, al tener los hijos el estatuto jurídico de la madre y ser peregrinos, en la actual Bahía de Algeciras, en el actual término municipal de San Roque, provincia de Cádiz.-N. del T.], a las orillas del Océano. A los carteyenses que no desearan abandonar sus hogares, se les permitría continuar con los nuevos colonos y se les asignarían tierras. Este lugar se convirtó en una colonia latina, que fue llamada la "Colonia de los Libertos". Por aquellas fechas llegó de África el régulo Gulusa, hijo de Masinisa, enviado por su padre, al mismo tiempo que una delegación de cartagineses. Se concedió audiencia en primer lugar a Gulusa. Este procedió a describir en primer lugar la naturaleza de las fuerzas que su padre había enviado a la guerra de Macedonia, prometendo que, si el Senado quería pedir más, las suministraría en agradecimiento por los beneficios que el pueblo romano le había otorgado. A continuación, advirtó al Senado para que estuviese en guardia contra la mala fe de los cartagineses; habían tomado la determinación de preparar una gran flota, aparentemente para ayudar a los romanos contra los macedonios. Una vez estuviera equipada y dispuesta, estarían en libertad para escoger a quién querían como enemigo o a quién tener como aliado. Esta. . . [Seguimos la edición de Gredos, de 1994, al indicar que hay aquí una considerable laguna en el texto, al haberse perdido cuatro cuaterniones del manuscrito Vindobonense. Se describirían aquí las elecciones a nuevos magistrados en el 170 a.C. y la distribución de las provincias para ese año: al cónsul Aulo Hostilio Mancino le correspondió Macedonia y a Aulo Atilio Serrano, Italia. Al pretor Lucio Hortensio le correspondió el mando de la flota, y a Quinto Menio y Marco Recio, las preturas urbanas y peregrinas, respectivamente. Se indicarían también las incidencias de la nueva campaña: la rebelión de los epirotas, los éxitos de Perseo frente a Hostilio, los dárdanos y los ilirios, así como la sublevación de Hispania promovida por Olonico, con la que enlazan las primeras palabras del capítulo 4. Todos estos extremos son relatados en las versiones castellanas antiguas de 1796 y 1889 como si el texto no se hubiese perdido-N. del T.]


[43,4] Entraron en el campamento mostrando las cabezas [se trataría de las cabezas de Olonico y su compañero, que penetraron en el campamento romano con la intención de dar muerte al pretor y resultaron muertos por un centinela.-N. del T.] y provocaron tal pánico que, de haber llevado al ejército inmediatamente, se podría haber tomado el campamento. Incluso así, se produjo una huida generalizada y algunos pensaron que se debían mandar emisarios a suplicar que les concediesen la paz. Al enterarse de lo sucedido, se entregó un gran número de ciudades. Trataron de disculparse a sí mismas echando toda la culpa a la locura de dos hombres que se habían ofrecido al castgo espontáneamente. El pretor las perdonó y partió de inmediato a visitar otras ciudades. En todas partes se encontró con que sus órdenes estaban siendo obedecidas y su ejército no tuvo que ejecutar ninguna acción. El territorio por donde pasaba, que tan poco tiempo antes había sido un hervidero de agitación y desorden, estaba ahora tranquilo y en paz. Aquella clemencia del pretor, que había logrado frenar sin derramamiento de sangre el carácter de una nación tan belicosa, agradó tanto más al pueblo y al Senado cuanto que, en Grecia, el cónsul Licinio y el pretor Lucrecio habían conducido la guerra del modo más cruel y codicioso. Los tribunos de la plebe incitaban el odio contra el ausente Lucrecio en sus discursos, aunque se justficase su ausencia por estar prestando un servicio a la república. Pero la gente en aquellos días permanecía ignorante hechos tan cercanos como que, en aquel mismo momento, Lucrecio estaba residiendo en su finca de Anzio y que, con el producto de la venta del botín, estaba acometendo una traída de aguas desde el río Cacamele [el antiguo Loracina.-N. del T.] hasta Anzio. Se dice que adjudicó esta obra en ciento treinta mil ases. También decoró el santuario de Esculapio con cuadros que habían formado parte del botín.

La envidia y la infamia que habían recaído sobre Lucrecio se desviaron luego sobre su sucesor, Hortensio, pues llegó a Roma una embajada de Abdera, llorando a las puertas del Senado y quejándose de que su ciudad había sido asaltada y saqueada por Hortensio. La causa de la destrucción era que se les había ordenado entregar cien mil denarios y cincuenta mil modios de trigo [si se trata de modios civiles, serían unos 350 000 kilos de cereal.-N. del T.], por lo que pidieron tiempo para mandar embajadores al cónsul Hostlio y a Roma. Apenas habían llegado donde estaba el cónsul cuando se enteraron de que su ciudad había sido tomada al asalto, se había decapitado a sus dirigentes y se había vendido como esclavos al resto de la población. El Senado consideró este hecho como algo vergonzoso y adoptó en el caso de los abderitas la misma decisión que tomaron el año anterior en el caso de los coroneos, ordenando al pretor Quinto Menio que la anunciara ante la asamblea del pueblo. Se envió a dos delegados, Cayo Sempronio Bleso y Sexto Julio César, para devolver la libertad a los abderitas y para informar a Hostlio y Hortensio de que el Senado consideraba injusto el ataque efectuado contra Abdera y justo que se buscase a todas las personas vendidas como esclavas y que se les devolviera la libertad.

[43,5] Por aquellos días, se presentaron acusaciones también contra Cayo Casio, que había sido cónsul el año anterior y que servía ahora como tribuno militar en Macedonia con Aulo Hostlio. El hermano del rey de los galos, Cincibilo, encabezaba la delegación y se quejó de Casio ante el Senado, por haber devastado los campos de las tribus alpinas aliadas de Roma, llevándose a muchos miles de hombres como esclavos. Llegaron también entonces las embajadas de los carnos, los histros y los yápides, quienes, en primer lugar, informaron al Senado de que el cónsul Casio les había exigido que proporcionasen guías que le indicasen la ruta a seguir, mientras estaba al frente de su ejército, hacia Macedonia. Había abandonado su territorio en paz, siendo al parecer su intención el hacer la guerra en otros lugares, pero luego, a mitad de su marcha, dio la vuelta, invadió su país, hostgándolos como enemigos y provocando por todas partes derramamiento de sangre, rapiñas e incendios, sin que hasta la fecha supieran por qué el cónsul los había tratado como enemigos. La respuesta que el Senado dio a estas delegaciones y al régulo galo fue que no tenía conocimiento previo de que hubieran tenido lugar los hechos de los que se quejaban y que, si habían sucedido, no los aprobaban. No obstante, resultaría injusto acusar y condenar en su ausencia a un hombre de rango consular, ya que el motivo de la ausencia era que estaba sirviendo a la república. Cuando Cayo Casio hubiera regresado de Macedonia, si deseaban acusarlo en su presencia, el Senado investgaría los hechos y se encargaría de darles satisfacción. Pero no se limitaron a dar una respuesta verbal a estos pueblos; decidieron además que se enviarían embajadores, dos al régulos transalpino y tres a los otros pueblos, para darles a conocer la decisión del Senado. Convinieron también en que se debían entregar regalos a cada uno de los embajadores por valor de dos mil ases. Por lo que respecta al hermano del régulo, se le entregaron dos torques de oro de cinco libras de peso, cinco vasos de plata de veinte libras, dos caballos enjaezados con los palafreneros, armadura ecuestre y capotes militares, y prendas de vestr para sus acompañantes, libres y esclavos. Pidieron, y se les concedió, poder comprar diez caballos y sacarlos de Italia. Los embajadores que acompañaron a los galos al otro lado de los Alpes fueron Cayo Lelio y Marco Emilio Lépido; los que marcharon ante los otros pueblos fueron Cayo Sicinio, Publio Cornelio Blasio y Tito Memio.

[43,6] Por aquel mismo tiempo, llegaron a Roma numerosos embajadores procedentes de ciudades de Grecia y Asia. Los atenienses fueron los primeros en obtener una audiencia. Estos explicaron que habían enviado al cónsul Publio Licinio y al pretor Cayo Lucrecio los barcos y soldados que tenían. Sin embargo, no habían hecho uso de ellos y les habían exigido cien mil modios de trigo [700 000 kilos.-N. del T.]. Aunque la tierra que cultivaban era árida e incluso tenían que alimentar a sus propios campesinos con grano importado, habían reunido aquella cantidad para no faltar con su obligación y estaban dispuestos a suministrar aquellas otras cosas que pudieran resultar necesarias. El pueblo de Mileto, sin mencionar haber aportado nada, expresó no obstante su disposición a obedecer las órdenes que le pudiera dar el Senado respecto a la guerra. El pueblo de Alabanda declaró que había construido un templo dedicado a "La ciudad de Roma", insttuyendo juegos anuales en honor a esa deidad. Además, habían traído una corona de oro de cincuenta libras de peso [16,35 kilos.-N. del T.] para depositarla como ofrenda a Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio, así como trescientos escudos de caballería que entregarían a quien el Senado dispusiera. Pidieron que se les permitera depositar el regalo en el Capitolio y ofrecer allí sacrificios. La embajada de Lámpsaco, que había traído una corona de ochenta libras de peso [26,16 kilos.-N. del T.], hizo la misma petción. Recordaron que, aunque habían estado bajo el gobierno de Perseo y de su padre Filipo antes que él, se rebelaron en cuanto el ejército romano apareció en Macedonia. En consideración a esto y por haber prestado toda la ayuda que podían a los comandantes romanos, lo único que pedían era ser admitidos entre los amigos de Roma y que, si se hacía la paz con Perseo, quedaran ellos fuera de los términos del tratado para no caer de nuevo bajo el poder del rey. A las demás legaciones se les dio una respuesta amable; en el caso de los lampsacenos, se ordenó al pretor Quinto Mucio que los inscribiera entre los pueblos aliados. Cada uno de los embajadores recibió un regalo de dos mil ases cada uno. A los alabandenses se les dijo que llevaran los escudos a Aulo Hostlio, en Macedonia.

Llegaron al mismo tiempo a Roma embajadores de Cartago y de Masinisa. Declararon que ya sabían que este regalo, al que ellos consideraban un deber, era menos de lo que correspondía a los servicios que el pueblo romano les había prestado y a lo que a ellos les gustaría haberles podido entregar; sin embargo, en otras ocasiones más prósperas para ambos pueblos, habían cumplido con el deber propio de aliados fieles y agradecidos. Los embajadores de Masina, por su parte, prometieron proporcionar la misma cantidad de trigo, mil doscientos jinetes y doce elefantes, pidiendo al Senado que les dijera si necesitaban algo más y él lo proporcionaría con la misma buena disposición con que había ofrecido todo lo anterior. Se dieron las gracias tanto a los cartagineses como al rey y se les pidió que enviasen los suministros al cónsul Hostlio, en Macedonia. Cada miembro de las embajadas recibió un regalo de dos mil ases.

[43,7] Los embajadores de Creta aseguraron al Senado que habían enviado a Macedonia la cantidad de arqueros que el cónsul Publio Licinio les había exigido. Al ser interrogados, no negaron que el número de sus arqueros al servicio de Perseo era mayor del que servía con los romanos. El Senado, en respuesta a esto, dijo a los cretenses que si prefirieran con seriedad y honestdad la amistad de Roma a la de Perseo, el Senado de Roma los trataría como fieles aliados. Mientras tanto, llevarían a su pueblo la contestación del Senado: los cretenses deberían considerar el llamar de vuelta cuanto antes a los soldados que tenían prestando servicio con Perseo. Se despidió con esta respuesta a los cretenses y se llamó a los calcidenses. La entrada de esta legación causó una gran impresión, pues su líder, Micición, era transportado en una litera al haber perdido el uso de sus piernas. En seguida se comprendió que la situación debía ser verdaderamente grave si, afectado como estaba, no había considerado oportuno excusarse en su salud para evitar aquel viaje o que se lo hubiesen negado, si es que lo había intentado. Comenzó por decir que nada quedaba vivo en él, excepto su lengua, para deplorar las calamidades de su patria, pasando luego a enumerar los servicios que había prestado a los generales romanos y a sus ejércitos, tanto en el pasado como ahora en la guerra contra Perseo. Describió luego la tranía, la codicia y el trato brutal que pretor romano Cayo Lucrecio había otorgado a sus compatriotas, antes, así como el que, de hecho en aquel mismo momento, estaba dándoles el cónsul Lucio Hortensio. Aunque pensaban que era mejor sufrir aquellas cosas, y aún otras peores, antes que abandonar su lealtad hacia ellos, estaban convencidos que, por lo que se refería a Lucrecio y Hortensio, les habría sido más seguro cerrarles sus puertas antes que dejarles entrar en su ciudad. Las ciudades que les habían cerrado las puertas, Emacia, Anfpolis, Maronea, Eno, resultaron indemnes; en su caso, los templos habían sido despojados de sus ornatos y el sacrílego botín había sido trasladado por Lucrecio en sus naves hasta Anzio; se había arrastrado a los hombres libres a la esclavitud y se habían saqueado, y se seguían saqueando, las propiedades de los aliados de Roma. Porque, siguiendo el precedente sentado por Cayo Lucrecio, Hortensio mantuvo sus tripulaciones alojadas en casas particulares, tanto en invierno como en verano; sus hogares estaban ocupados por marineros ruidosos viviendo entre ellos, sus esposas y sus hijos, hombres que no cuidaban en absoluto sus palabras ni sus actos.

[43,8] El Senado decidió convocar a Lucrecio para que pudiera enfrentarse personalmente a sus acusadores y exculparse de las acusaciones. Sin embargo, cuando compareció tuvo que escuchar muchas más acusaciones más que las realizadas en su ausencia, sumándose además dos acusadores de mayor peso y autoridad en las personas de dos tribunos de la plebe, Marco Juvencio Talna y Cneo Aufidio. No se contentaron con abrumarlo ante el Senado, sino que lo obligaron a comparecer ante la Asamblea y, tras exponerlo achacarle muchos actos deshonrosos, le fijaron fecha para juzgarlo. A través del pretor Quinto Menio, el Senado dio la siguiente respuesta a la calcidenses: "Con respecto a los servicios que declaraban haber prestado a Roma, el Senado era consciente de la verdad de su declaración y les daba las gracias tanto por los pasados como por los de la presente guerra. En cuanto a las quejas por el comportamiento de Cayo Lucrecio y Lucio Hortensio, pretores romanos, ¿podría concebirse que hubieran ocurrido, o estuviesen sucediendo, por voluntad de aquel pueblo romano que inició la guerra contra Perseo y contra su padre antes que él en nombre de la libertad de Grecia, y no para que sus amigos y aliados sufrieran aquel trato de manos de sus magistrados?. Enviarían una carta al pretor Lucio Hortensio informándole de la desaprobación del Senado por los hechos de los que se quejaban los calcidenses; si se había hecho esclavo a cualquier hombre libre, el pretor debería ocuparse de que se le buscase y se le devolviese la libertad a la mayor brevedad. El Senado prohibía el alojamiento en casas particulares de los marineros, con excepción de los capitanes. Por orden del Senado, se le partcipó todo esto a Hortensio por escrito. Cada uno de los embajadores recibió un regalo de dos mil ases, y se alquilaron carruajes a cargo del Estado para transportar cómodamente a Micición hasta Brindisi. Cuando llegó el día del juicio, los tribunos acusaron a Lucrecio ante la Asamblea y pidieron que se le impusiera una multa de un millón de ases. Convocados los comicios, las treinta y cinco tribus, por unanimidad, lo declararon culpable.


[43,9] En Liguria no se hizo aquel año nada digno de mención; el enemigo no efectuó ningún movimiento hostl y el cónsul no llevó sus legiones a aquel país. Una vez se aseguró de que habría paz aquel año, licenció a los soldados de las dos legiones romanas a los dos meses de su llegada a su provincia. Los aliados latinos de su ejército fueron pronto llevados a sus cuarteles de invierno de Luna y Pisa, mientras él con su caballería visitaba la mayoría de las ciudades de la provincia de la Galia. No había guerra en parte alguna, excepto en Macedonia. Sin embargo, Gencio, el rey de los ilirios, había caído bajo sospecha. En consecuencia, el Senado emitó una orden para que se enviasen desde Brindisi a Isa ocho barcos completamente equipados y tripulados a Cayo Furio, quien con otros dos barcos proporcionados por los iseos, estaba al mando de la isla. Se embarcaron en los ocho barcos a dos mil soldados que habían sido alistados por el pretor Marco Recio, según órdenes del Senado, en aquella parte de Italia que se encuentra a Iliria. El cónsul Hostlio envió a Apio Claudio, con cuatro mil infantes, a Iliria para proteger a las poblaciones colindantes del Ilírico. No sinténdose satisfecho con las fuerzas que había llevado con él, Claudio hizo que las ciudades aliadas le proporcionaran tropas y logró armar una fuerza de ocho mil hombres de diversa procedencia. Después de marchar por todo aquel territorio, se estableció en Ocrida [la antigua Licnido, al suroeste de la actual república de Macedonia, junto al lago del mismo nombre.-N. del T.] de los desarecios.

[43.10] No lejos de allí estaba el pueblo de Uscana [pudiera ser la actual Debar, o bien Kicevo.-N. del T.], que pertenecía al territorio y soberanía de Perseo. Tenía una población de diez mil habitantes y un pequeño destacamento de cretenses estaba allí de guarnición para protegerlo. Se presentaron a Claudio unos mensajeros, en secreto, asegurándole que si se acercaba a la ciudad habría gentes dispuestos a entregarla y que era algo que merecía la pena, pues con el botín podría enriquecerse no solo él, sino también sus amigos y los soldados. Claudio se cegó de tal manera con el cebo presentado a su codicia, que no detuvo a un solo mensajero, ni tampoco pidió rehenes como garantía de que no se produciría una traición durante el desarrollo del plan, y ni siquiera envió a nadie para reconocer el terreno ni insistó en que se hiciera un juramento para asegurarse la buena fe de los que le hacían la oferta. Simplemente, dejó Ocrida y avanzó el día señalado hasta un lugar situado a unas doce millas de la ciudad [17760 metros.-N. del T.], donde acampó. Emprendió la marcha al inicio de la cuarta guardia, dejando unos mil hombres para custodiar el campamento. Sus fuerzas alcanzaron la ciudad sin orden alguno, extendidos en una larga columna y escasos en número, habiéndose separado unos de otros durante la oscuridad de la noche. Su descuido aumentó al ver que no había hombres armados en las murallas. Sin embargo, en cuanto se pusieron a tro de proyectl, desde ambas puertas se efectuó una salida simultánea. Por encima de los gritos de los que salían se elevó un terrible ruido desde las murallas, provocado por las mujeres que gritaban y golpeaban vasijas de bronce, mientras que en el aire resonaban los gritos discordantes de una muchedumbre de gentes del pueblo y esclavos. Estas visiones y sonidos terribles, que se multplicaban desde todas direcciones, hizo que los romanos no pudieran soportar la primera salida que cayó sobre ellos como una tormenta. Murieron más durante la huida que en los combates, apenas dos mil hombres, entre los que estaba el propio Claudio, llegaron a alcanzar su campamento. La distancia que tenían que cubrir hacía más fácil para el enemigo el darles alcance, agotados como estaban. Apio ni siquiera permaneció en su campamento para reunir a los fugitivos, lo que habría permitido salvar a muchos que estaban dispersos por los campos, y condujo a los restos de sus fuerzas de vuelta a Ocrida.

[43,11] De estas y otras operaciones desafortunadas en Macedonia se tuvo noticia por Sexto Digicio, un tribuno militar que había llegado a Roma para ofrecer un sacrificio. Los senadores temían que se pudiera caer en alguna humillación aún peor, por lo que enviaron a Marco Fulvio Flaco y a Marco Caninio Rebilo a Macedonia para averiguar qué estaba ocurriendo y que les informasen. Se ordenó al cónsul Aulo Atilio que hiciera anunciar que las elecciones consulares se celebrarían en enero y que regresara a la Ciudad en cuanto le fuera posible. En el ínterin, el pretor Marco Recio se encargó de llamar de vuelta a Roma a todos los senadores de Italia, excepto a los que estaban a cargo de asuntos oficiales, así como de prohibir que ninguno de los que estaban en Roma se alejara más de una milla de la Ciudad. Se cumplió con todas estas disposiciones. Las elecciones consulares se celebraron el 28 de enero, siendo los nuevos cónsules Quinto Marcio Filipo, por segunda vez, y Cneo Servilio Cepión -169 a.C.-; dos días después fueron elegidos los pretores: Cayo Decimio, Marco Claudio Marcelo, Cayo Sulpicio Galo, Cayo Marcio Figulo, Servio Cornelio Léntulo y Publio Fonteyo Capito. Se les asignaron cuatro provincias, además de la pretura urbana, a saber: Hispania, Cerdeña, Sicilia y el mando de la flota.

Hacia finales de febrero regresaron de Macedonia los comisionados. Describieron estos los éxitos que había logrado Perseo durante el verano anterior y la alarma que sentían los aliados de Roma a ver las muchas ciudades que habían caído en manos del rey. El ejército del cónsul estaba muy reducido numéricamente, debido a la indiscriminada concesión de permisos a los soldados; el cónsul echaba la culpa de esto a los tribunos militares y estos se la echaban al cónsul. El Senado se dio cuenta de que los comisionados no daban importancia a la ignominiosa derrota de Claudio; entre quienes sucumbieron, se explicó, había muy pocas tropas italianas, y las de esta procedencia se habían alistado en una recluta apresurada. En cuanto los nuevos cónsules tomaron posesión del cargo, se les ordenó que presentasen la cuestón de Macedonia; Italia y Macedonia les fueron asignadas como provincias. Este año que terminaba -170 a.C.-fue uno intercalar, las calendas intercalares fueron insertadas dos días después de los Terminalia [el año del calendario de Numa, prejuliano, vigente hasta el 46 a.C., tenía 355 días; para hacerlo coincidir con el año solar, cada dos años se hacía terminar febrero el día 23 (o Terminalia, porque terminaba el año) y se añadía un mes conocido como intercalar, que duraba 27 y 28 días alternativamente. Así, cada año intercalar venía a tener 377 o 378 días. Los pontfices tenían facultad para darle el número de días que considerasen necesario, y abusaban de esta facultad según su interés o el de sus amigos; por esta razón terminaron trasladados los meses fuera de sus estaciones respectivas. Los meses de invierno en otoño y los del otoño en verano. Para corregir este desorden, suprimió Julio César su origen, el uso de las intercalaciones, y arregló el año según el curso del Sol.-N. del T.] . Durante su transcurso murieron los sacerdotes Lucio Flaminio ... [hay aquí una breve laguna en la que constaría qué sacerdocio habría desempeñado y quién le sustituyó.-N. del T.] ... fallecieron dos de los pontfices, Lucio Furio Filo y Cayo Livio Salinator; Los pontfices elegidos fueron Tiberio Manlio Torcuato en lugar de Furio y Marco Servilio en lugar de Livio.

[43,12] Cuando, a principios del nuevo año, los cónsules consultaron al Senado sobre sus provincias, se decidió que debían llegar a un acuerdo en cuanto fuera posible o sortear Macedonia e Italia. Antes de que la suerte emitera su resultado y con la cuestón todavía indecisa, de manera que los prejuicios personales no pudieran infuir en el Senado, se decretaron los refuerzos necesarios para cada provincia; a Macedonia irían seis mil infantes romanos y otros seis mil alistados entre los aliados latinos, así como doscientos cincuenta jinetes romanos y otros trescientos aliados. Se licenció a los soldados veteranos, de manera que no hubiera en cada legión romana más de seis mil infantes y trescientos jinetes. Para el otro cónsul, no se le determinó ninguna cantidad de ciudadanos romanos que pudiera elegir a modo de refuerzo; solo se le ordenó que alistase dos legiones, cada una con cinco mil doscientos infantes y trescientos jinetes. Para él se decretó una proporción mayor de tropas aliadas y latinas que para su colega: diez mil infantes y seiscientos jinetes. Se alistaría para el servicio a otras cuatro legiones adicionales, para llevarlas donde se requiriese. No se permitría que los cónsules escogiesen los tribunos militares de estas legiones, sino que lo haría el pueblo. Se exigió a los aliados latinos que proporcionasen dieciséis mil soldados de infantería y mil de caballería. Se pretendía que esta fuerza estuviera simplemente dispuesta a partir a donde las circunstancias exigieran su presencia. Macedonia fue la causa principal de preocupación. Se alistaron mil ciudadanos romanos de la clase de los libertos y quinientos del resto de Italia para tripular la flota; el mismo número se alistaría en Sicilia, y el magistrado al que correspondiera aquella provincia recibió órdenes para llevarlos a Macedonia, allá donde estuviera la flota. Se enviaron tres mil soldados de infantería y trescientos de caballería para reforzar las fuerzas en Hispania. Se fijó para las legiones de allá el número de cinco mil doscientos infantes y trescientos jinetes. Se ordenó al pretor que tuviese el mando en Hispania que exigiera a los aliados cuatro mil soldados de infantería y trescientos de caballería.

[43,13] Soy muy consciente de que el espíritu indiferente, que en estos días hace que los hombres se nieguen a creer que los dioses nos advierten a través de signos, impide también que se haga público ningún presagio y que se registren en los anales. Pero según narro los acontecimientos de los tiempos remotos, me veo como poseído por el espíritu antiguo y un sentimiento religioso me obliga a considerar dignos de atención, y merecedores de un lugar en mis páginas, a aquellos acontecimientos que la sabiduría de nuestros mayores consideraron dignos de publicidad. En Anagnia se anunciaron aquel año dos prodigios: se había visto en el cielo una antorcha de fuego y una vaca había hablado; a la vaca se le estaba alimentando a costa del erario público. En Minturnas, el aspecto del cielo fue tal como si estuviera en llamas. En Riet [la antigua Reate.-N. del T.] se produjo una lluvia de piedras. En Cumas, en la ciudadela, Apolo lloró durante tres días y tres noches. En Roma, los vigilantes de dos templos anunciaron portentos: uno declaró que una serpiente con crestas había sido vista por varias personas en el templo de la Fortuna; otro contó que se habían producido dos prodigios diferentes en el templo de la Fortuna Primigenia, en el Quirinal: había nacido una palmera en la explanada del templo y se había producido una lluvia de sangre durante el día. Se produjeron dos prodigios que no se tuvieron en cuenta, uno al suceder en terreno particular y otro por ocurrir en territorio extranjero. El primero fue notficado por Tito Marcio Figulo, que una palmera había nacido en el pato interior de su casa; el último lo contó Lucio Atreo, que dijo que en su casa de Fregellas, permaneció en llamas durante dos horas una lanza que había comprado para su hijo soldado, pero que ninguna parte de ella quedó consumida por el fuego. Los decenviros de los Libros Sagrados consultaron sobre aquellos portentos que afectaban al Estado y dieron los nombres de las divinidades a las que había que propiciar. Ordenaron que los cónsules debían sacrificar en expiación a cuarenta víctimas mayores; todos los magistrados debían unirse a la práctica de sacrificios similares en cada templo; que se ofrecieran rogativas especiales y que el pueblo se tocara con coronas. Se cumplieron escrupulosamente estas órdenes.

[43.14] A continuación se convocó la elección de censores. Se presentaban como candidatos algunos de los principales hombres de la república, como Cayo Valerio Levino, Lucio Postumio Albino, Publio Mucio Escévola, Marco Junio Bruto, Cayo Claudio Pulcro y Tiberio Sempronio Graco. Los dos últimos fueron elegidos censores por el pueblo de Roma. Aunque, debido a la guerra de Macedonia, se mostraba más cuidado del habitual en el alistamiento de tropas, los cónsules se quejaron en el Senado de que los más jóvenes de entre los plebeyos estaban evitando el reclutamiento. Los dos pretores, Cayo Sulpicio y Marco Claudio se encargaron de la defensa de la plebe. La dificultad se encontraba en los cónsules, y no porque fuesen cónsules, sino porque deseaban conquistar el afecto del pueblo y no alistaban a ningún soldado contra su voluntad. Para que los padres conscriptos pudiesen comprobar por sí mismos cuán cierto era esto, ellos se ofrecían a realizar el alistamiento, si el Senado lo aprobaba, aun cuando solo eran pretores y tenían mucha menos autoridad que los cónsules. El Senado dio su aprobación y encargó a los pretores de la tarea, no sin deshonra para los cónsules. Para reforzarles en esta medida, los censores anunciaron en una Asamblea del pueblo que harían una norma para la realización del censo por la que, además del juramento prestado por todos los ciudadanos, se debería contestar a las siguientes preguntas: "¿Eres menor de cuarenta y seis años de edad? ¿Te has presentado para ser alistado como exige el edicto de los censores, Cayo Claudio y Tiberio Sempronio? Mientras desempeñen el cargo estos censores, ¿te presentarás cada vez que se vayan a reclutar tropas, si no has sido alistado?" Además, debido a que muchos hombres de las legiones que estaban en Macedonia se encontraban ausentes del ejército, por haber concedido los comandantes, para lograr popularidad, permisos por toda clase de motivos dudosos, emiteron un decreto para que todos los soldados alistados durante el consulado de Publio Elio y Cayo Popilio, o después de él, y que se encontrasen por entonces en Italia, debían regresar a Macedonia en un plazo de treinta días después de haberse presentado ante los censores para apuntarse. Los que estuviesen bajo la autoridad de su padre o de su abuelo, deberían dar los nombres de estos a los censores. Los censores tenían intención de investgar los motivos de los licenciamientos y ordenar que se reincorporasen a filas aquellos que, según ellos, hubieran logrado la licencia como un favor. Se enviaron el edicto y la carta de los censores a todos los mercados y centros de reunión de Italia, acudiendo a Roma tal cantidad de jóvenes en edad militar que la multitud llegó a representar una grave carga para la Ciudad.

[43,15] Además de las fuerzas que tenían que alistarse como refuerzos, el pretor Cayo Sulpicio alistó otras cuatro legiones, quedando completo el reclutamiento en un plazo de once días. Entonces, los cónsules procedieron a sortear sus provincias; los pretores ya lo habían hecho anteriormente, al exigirlo la administración de justicia. La pretura urbana correspondió a Cayo Sulpicio y la peregrina a Cayo Decimio; Hispania fue para Marco Claudio Marcelo, Sicilia para Servio Cornelio Léntulo, Cerdeña para Publio Fonteyo Capito y el mando de la flota para Cayo Marcio Figulo. De las dos provincias consulares, Italia correspondió a Cneo Servilio y Macedonia a Quinto Marcio, quien partió en cuento finalizaron las Ferias Latinas. En cuanto a la consulta que efectuó Cepión al Senado, sobre cuáles dos de las cuatro legiones recién alistadas debía llevar con él a la Galia, el Senado decretó que los pretores Cayo Sulpicio y Marco Claudio entregarían al cónsul las legiones que quisieran de entre las que habían reclutado. El cónsul se indignó mucho por quedar así sometido a la voluntad de los pretores, levantó la sesión del Senado y, en pie ante la tribuna de los pretores, pidió que se le entregasen dos legiones según el senadoconsulto. Los pretores le dejaron la libertad de elegirlas. A continuación, los censores revisaron las listas del Senado. Nombraron a Marco Emilio Lépido como príncipe de la Cámara, y fueron los terceros censores en hacerlo así. Siete nombres fueron eliminados de la lista. Al revisar el censo de los ciudadanos, descubrieron a partir de los regresados cuántos hombres del ejército de Macedonia estaban ausentes de sus enseñas, los censores los obligaron a regresar a sus puestos. Investgaron los motivos del licenciamiento, exigiendo contestar, bajo juramento, la siguiente pregunta en todos los casos en que no aparecía ninguna causa justa para aquel: "¿Prometes, de buena fe y sin engaños, regresar a Macedonia en cumplimiento del edicto de los censores, Cayo Claudio y Tiberio Sempronio?"

[43.16] La revisión de las listas de los caballeros resultó especialmente rigurosa y estricta. Se privó a muchos del caballo y esto provocó el malestar de todo el orden ecuestre. El descontento así provocado se agravó por un edicto que publicaron los censores, mediante el que se prohibía a cualquiera que hubiera arrendado los impuestos públicos o hubiese tenido contratos de obras públicas, durante la censura de Cayo Claudio o Tiberio Sempronio, presentarse a subastas o converitrse en socio o partcipe en una adjudicación. A pesar de sus persistentes protestas, los antiguos publicanos no pudieran convencer al Senado para que impusiera restricciones al poder de los censores. Finalmente, consiguieron que un tribuno de la plebe, Publio Rutlio, que era enemigo de los censores por un asunto particular, defendiera su causa. Los censores habían ordenado a un cliente suyo, un liberto, que derribara un muro que daba a la Vía Sacra, frente a los edificios públicos, ya que había sido construido en un terreno de propiedad pública. El dueño apeló a los tribunos. Como ninguno, excepto Rutlio, interpusiera su veto, los censores hicieron que se cobrase una fianza y ante la Asamblea impusieron una multa al ciudadano particular. Se produjo una fuerte disputa y, cuanto los antiguos publicanos recurrieron al tribuno, este presentó de repente y en solitario una nueva medida por la cual quedaban anuladas todas las adjudicaciones de impuestos y obras públicas efectuadas por Cayo Claudio y Tiberio Sempronio; deberían hacerse de nuevo y todo el mundo podría tener la oportunidad de licitar en igualdad de condiciones. El tribuno fijó una fecha para que se votara la propuesta en la Asamblea. Al llegar el día, los censores se levantaron para oponerse a la medida; Se hizo el silencio mientras Graco estaba hablando, pero Claudio se hubo de enfrentar con interrupciones y murmullos, por lo que ordenó al heraldo que impusiera el silencio para que se le pudiera escuchar. Ante esto, el tribuno declaró que se le había desautorizado ante la Asamblea y abandonó de inmediato el Capitolio, donde se había reunido la Asamblea [nadie tenía derecho a ocupar la presidencia de una asamblea convocada por los tribunos, cosa que, según Aulo Gelio, sí se permita a algunos magistrados en otras asambleas.-N. del T.]. Al día siguiente se dedicó a provocar graves disturbios. En primer lugar, consagró las propiedades de Tiberio Graco a los dioses infernales [esta "consagración" era empleada a veces por los tribunos como una manera de confiscación; desde ese momento, el propietario quedaba sin derecho sobre ellos. Pero se había abusado tanto de esta medida que, con frecuencia, no se hacía caso de ella.-N. del T.], pues al imponer una multa y embargar a un hombre que había apelado a un tribuno, no había respetado el derecho de veto y había menospreciado la autoridad tribunicia. Acusó formalmente a Cayo Claudio por haberle desautorizado ante la Asamblea, declarando que llevaría a juicio a ambos censores por alta traición, pidiendo al pretor urbano Cayo Sulpicio que fijara fecha para convocar a los comicios para conocer y pronunciarse sobre el caso. Los censores no se opusieron a que el pueblo les juzgara tan pronto como fuera posible, fijándose para el juicio por alta traición los días octavo y séptimo antes de las calendas de octubre. De inmediato subieron hasta el Atrio de la Libertad [el juicio había sido fijado para el veinticuatro y veinticinco de septiembre; el atrio de la libertad estaba en el Aventino y en él se encontraban los archivos y locales de los censores.-N. del T.] , sellaron los registros, cerraron la oficina, despidieron a su personal y declararon que no gestonarían ningún asunto público hasta que el pueblo no hubiera emitido su veredicto. El caso de Claudio fue visto en primer lugar. Ocho de las doce centurias de caballeros y algunas otras de las otras de la primera clase lo condenaron a pagar una multa. No bien se tuvo conocimiento de esto, varios de los ciudadanos principales se quitaron sus anillos de oro y cambiaron sus ropas para dirigirse como suplicantes a la plebe. Se dice, no obstante, que el cambio de opinión se debió principalmente a Tiberio Graco. Cuando por todas partes se oían los gritos de la plebe exclamando que "Graco no estaba en peligro", este juró, usando la fórmula solemne, que si su colega resultaba condenado, él le acompañaría en su exilio sin esperar a su propio juicio. Poco faltó, no obstante, para que Claudio perdiera toda esperanza de absolución, pues solo faltaron los votos de ocho centurias para asegurar su condena. Absuelto Claudio, el tribuno declaró que no mantendría la acusación contra Graco.

[43.17] Llegó aquel año una delegación de Aquilea solicitando que se aumentara el número de colonos, haciéndose una lista de mil quinientas familias en virtud de un decreto del Senado. Los triunviros comisionados para asentar a estos colonos fueron Tito Annio Lusco, Publio Decio Subulo y Marco Cornelio Cetego. Los dos miembros de la embajada enviada a Grecia, Cayo Popilio y Cneo Octavio, dieron a conocer, primero en Tebas y luego por todas las ciudades del Peloponeso, la orden del Senado para que ninguna hiciera más contribución a los diversos magistrados romanos que las que hubiera fijado el Senado. Esta orden generó la esperanza de que en el futuro se aliviara a las ciudades del incesante drenaje que las cargas y gastos habían impuesto sobre ellas. Se dirigieron a continuación al Consejo de los aqueos, que se había reunido en Egisto para encontrarse con ellos, con el más amistoso de los ánimos; encontraron una recepción igualmente amistosa y abandonaron aquella leal nación dejándola completamente tranquila y segura en cuanto a su futura situación. Desde allí pasaron a Etolia, donde aunque no había ningún conficto abierto todavía, reinaba un ambiente de general desconfianza y mutuas recriminaciones. Ante tales circunstancias, exigieron la entrega de rehenes, pero fueron incapaces de alcanzar ningún acuerdo. Marcharon desde allí a Acarnania, reuniéndose una asamblea en Tirreo [al sur de Limnea, la moderna Kervasará.-N. del T.] para encontrarse con ellos. También allí exista conficto entre diversas facciones y algunos de sus líderes solicitaron que se pusieran guarniciones en sus ciudades para refrenar la locura de quienes trataban de arrastrarlos del lado de Macedonia; otros objetaban que sería una vergüenza para las pacíficas y amistosas ciudades que se las sometera a la misma humillación que a las ciudades enemigas y a las capturadas en la guerra. Se consideró razonable esta objeción. Los embajadores regresaron a Larisa, junto al procónsul Hostlio, que era quien los había enviado. Este retuvo consigo a Octavio y mandó a Popilio, con unos mil soldados, a los cuarteles de invierno de Ambracia.

[43,18] [se produce aquí una vuelta atrás en la narración, situándonos en el invierno de 170-169 a.C.-N. del T.] En los primeros días del invierno, Perseo no se aventuró más allá de sus fronteras por temor a que los romanos lanzaran una invasión mientras él estaba ausente de su reino. Sobre mediados de invierno, sin embargo, cuando la nieve había bloqueado los puertos de montaña por el lado de Tesalia, pensó que era una buena oportunidad para aplastar las esperanzas y ánimos de sus vecinos; así no habría peligro para los macedonios por parte de aquellos, mientras él centraba toda su atención en la guerra contra Roma. Cots garantzaba la paz desde el lado de Tracia y Céfalo, tras su repentina deserción de Roma, lo hacía por la parte del Epiro; los dárdanos habían visto doblegado su valor en la última guerra. Macedonia, según lo consideraba Perseo, quedaba expuesta solo a ataques desde Iliria. Los ilirios estaban cada vez más inquietos y estaban permitendo el paso a los romanos; Perseo, por tanto, pensaba que si derrotaba a los ilirios más cercanos el rey Gencio, que durante tanto tiempo se había mostrado vacilante, podría converitrse en su aliado. En consecuencia, marchó hacia Estuberra con una fuerza de diez mil infantes, algunos pertenecientes a la falange, dos mil de infantería ligera y quinientos jinetes. Después de haber hecho provisión suficiente de trigo para varios días y dado orden de que le siguieran las máquinas de asedio, acampó cerca de Uscana, la mayor ciudad del territorio penestano, tras una marcha de tres días. Antes de recurrir a la fuerza, sin embargo, envió emisarios para sondear la lealtad de los prefectos de la guarnición -que estaba compuesta por un destacamento romano junto a algunas tropas ilirias-, así como el sentir de los habitantes del lugar. Como sus emisarios no regresaron con palabras de paz, dio inicio al ataque y trató de capturar la plaza mediante un estrecho asedio. Día y noche, sin interrupción, las tropas se iban relevando, acercando algunos escalas de asalto a las murallas y tratando otros de incendiar las puertas. Los defensores, sin embargo, se defendían contra aquella tormenta desatada por los atacantes; esperaban que los macedonios no pudieran soportar mucho tiempo el invierno a la intemperie y que el ejército romano no dejaría que el rey se detuviera allí demasiado tiempo. Sin embargo, cuando vieron que acercaban manteletes y levantar las torres [de asalto.-N. del T.], cedieron en su resolución. Aparte del hecho de que su fuerza era inferior a la del enemigo, no les quedaban suministros bastantes ni de grano ni de otra cosa alguna, ya que no habían esperado un asedio. Como cualquier ulterior resistencia resultaba ahora inútl, el espoletino Cayo Carvilio y Cayo Afranio fueron enviados por la guarnición romana para pedir a Perseo que les dejara marchar con sus armas y pertenencias; si esto se rechazaba, le pedirían que les garantzara la vida y la libertad. El rey se mostró más generoso prometendo que cumpliendo su promesa, pues tras decirles que podían salir y llevarse sus pertenencias, lo primero que hizo fue desarmarlos y luego les quitó la libertad. Después de la salida de los romanos, la cohorte de ilirios, que eran unos quinientos hombres, se rindió y luego lo hicieron los uscanenses, que rindieron su ciudad.

[43,19] Perseo situó una guarnición allí e hizo llevar a toda la población, casi igual en número a un ejército, a Estuberra. Las tropas romanas, en número de cuatro mil, con excepción de sus oficiales, fueron distribuidos entre diferentes ciudades para ser custodiados; los uscanenses y los ilirios fueron vendidos como esclavos. Después de esto, se llevó a su ejército contra los penestas para someter la ciudad de Oeneo [pudiera haber estado en el valle del Axio, donde ahora está la moderna Tetovo, en la actual república de Macedonia.-N. del T.] y ponerla bajo su autoridad, ya que tenía una situación muy conveniente para él por, entre otras cosas, resultar punto de paso hacia el territorio de los labeates, sobre quienes reinaba Gencio. Mientras estaba pasando ante una plaza fortificada y muy poblada llamada Draudaco; algunas personas que eran buenas conocedoras de aquellas tierras le aseguraron que no ganaría nada capturando Oeneo si Draudaco no estaba también en su poder, pues su posición resultaba más ventajosa en todos los sentidos. Mandó avanzar a sus tropas y la ciudad se rindió enseguida. Quedó entusiasmado al apoderarse del lugar mucho más rápidamente de lo que había esperado y, al ver el terror que provocaba la aproximación de su ejército, marchó a reducir otros once puestos fortificados en la misma forma. De ellos, muy pocos tuvieron que ser asaltados y el resto se rindió voluntariamente; se hizo prisioneros a mil quinientos soldados romanos que estaban destinados en estas fortalezas. El espoletino Carvilio le había resultado muy útl en las negociaciones de rendición al afirmar que ni él ni sus hombres habían sido tratados con crueldad o severidad. A continuación llegó ante Oeneo. Este lugar sólo podía ser tomado mediante un asedio en regla; era considerablemente más fuerte que los otros lugares, tanto por el número de sus defensores como por sus murallas. Por un lado estaba rodeada por el río Artato [no hay acuerdo sobre la identificación de este río: pudiera ser el Fani, el Velck o el Vardar.-N. del T.], y por el otro por una montaña muy elevada y casi intransitable. Estas ventajas proporcionaron a sus habitantes el valor para resistr.

Perseo circunvaló completamente la ciudad y empezó a construir sobre la parte más alta un terraplén que se elevara sobre las murallas. Mientras se procedía a terminar esta obra, se produjeron continuos combates y salidas en las que los habitantes trataban de defender sus propias murallas y, al mismo tiempo, impedir el progreso de las obras de asedio enemigas. Una gran parte de la población sucumbió a causa de diversos lances bélicos y los supervivientes no fueron de utlidad a causa de sus heridas y de los incesantes trabajos y esfuerzos, tanto durante el día como por la noche. En cuanto el terraplén quedó conectado a las murallas, la cohorte real, a quienes ellos llaman "nicatores" [los vencedores.-N. del T.], saltaron al interior mientras se escalaban las murallas por muchos puntos, lanzándose un ataque simultáneo contra todas las partes de la ciudad. Todos los hombres adultos fueron pasados a cuchillo, sus esposas y los niños fueron puestos bajo guardia y el resto del botín se entregó a los soldados. Después de esta victoria, regresó a Estuberra y envió a Pleurato, un ilirio que vivía exiliado junto a él, y al macedonio Adeo de Berea como embajadores ante Gencio. Sus instrucciones consistan en informar de las campañas de verano e invierno de Perseo contra los romanos y los dárdanos, dando cuenta también del resultado de su expedición invernal en Iliria. Debían instar a Gencio para que se aliara en amistad con él y los macedonios.

[43,20] Estos enviados cruzaron las cumbres del monte Escordo y se abrieron paso a través de las regiones desiertas de Iliria, que los macedonios habían despoblado mediante sus sistemáticos saqueos para impedir que los dárdanos encontrasen un paso fácil tanto hacia Iliria como hacia Macedonia. Finalmente, y con la mayor dificultad, llegaron a Escútari. El rey se encontraba en Alessio [la antigua Lissus, al norte de Dirraquio; Escútari es la antigua Scodra y el monte Escordo pudiera ser el actual Schar-Dagh.-N. del T.] Se les invitó a ir allí y se les escuchó amablemente mientras informaban de cuanto se les había ordenado que contaran. Su respuesta, sin embargo, fue una evasiva; les dijo que no le faltaba voluntad de partcipar en la guerra contra Roma, pero que tenía gran falta de dinero y que aquello le impedía acometer lo que deseaba. Llevaron esta respuesta al rey justo cuando este se encontraba dedicado a la venta de los prisioneros ilirios. Hizo que regresaran inmediatamente los mismos embajadores, acompañados por Glaucias, uno de los miembros de su guardia, pero sin hacer mención al dinero, que era lo único que podría arrastrar a la guerra a un bárbaro falto de recursos. Tras devastar Ancira, Perseo llevó su ejército a Penesta y se apoderó de Uscana, así como de todas las plazas fortificadas a su alrededor con sus guarniciones, tras lo cual regresó a Macedonia.

[43,21] Lucio Celio estaba al mando en Iliria como legado romano. No se atrevió a hacer ningún movimiento mientras el rey permaneció en aquella zona, pero tras su salida intentó recuperar Uscana de los macedonios que estaban de guarnición allí. Sin embargo, fue rechazado y resultaron heridos muchos de sus hombres, tras lo que llevó de vuelta sus fuerzas a Ocrida. Pocos días después, envió al fregelano Marco Trebelio a Penesta, con unas fuerzas bastante numerosas, para hacerse cargo de los rehenes de las ciudades que habían permanecido leales; debía luego pasar al territorio de los partinos, que también se habían comprometido a entregar rehenes. Ambas naciones se los entregaron sin presentarle dificultades. Los de los penestinos fueron enviados a Apolonia; los de los partinos se enviaron a Dirraquio, más conocido entonces por los griegos como Epidamno. Apio Claudio estaba ansioso por acabar con la vergüenza de su derrota en Iliria y se dirigió a atacar Fanote, que era una plaza fuerte del Epiro [cerca de la actual Kardhiq, al sur de la actual Albania.-N. del T.]. Llevó con él tropas de caonios y tesprotas, unos seis mil hombres, además del ejército romano. El intento fue un completo fracaso, pues Perseo había dejado allí a Clevas con una fuerte guarnición para defenderla.

Perseo por su parte, marchó hacia Elimea, y después de revistar su ejército en los alrededores de la ciudad, marchó hacia Estrato ante la llamada de los epirotas. Estrato era, por entonces, la ciudad más fuerte de Etolia; se encuentra más allá del Golfo de Ambracia, cerca del río Ínaco [afluente del Aqueloo.-

N. del T.]. Debido a la estrechez y aspereza de los caminos, Perseo llevaba con él una fuerza relativamente pequeña de diez mil infantes y trescientos jinetes. Llegó al tercer día al monte Cicio que, debido a la nieve, le costó mucho cruzar; solo después de mucho trabajo pudo encontrar una posición adecuada para su campamento [puede tratarse del paso de Milia, a 1536 metros de altitud.-N. del T.]. Reanudó enseguida la marcha, más por la dificultad de permanecer allí que porque el camino o el clima fueran soportables; acampó al día siguiente, después de muchas penalidades y sufrimientos, en especial para los animales, junto a un templo dedicado a Júpiter, llamado Niceo ["vencedor".-N. del T.]. Desde allí efectuó una muy larga marcha hasta el río Arato, donde la profundidad del río le obligó a permanecer allí hasta que se pudo construir un puente. Una vez que sus tropas hubieron cruzado el río, avanzó en una marcha de un día y se encontró con Arquidamo, un magnate etolio que estaba intentando que se le entregara Estrato.

[43.22] Acampó aquel día en la frontera de Etolia y al día siguiente se presentó ante Estrato. Fijando su campamento cerca del río Ínaco, esperó expectante que los etolios salieran en tropel por todas las puertas implorando su protección. Pero se encontró con que las puertas estaban cerradas y que la noche antes de su llegada se había admitido al interior de la ciudad una guarnición romana bajo el mando del legado Cayo Popilio. Mientras Arquidamo estuvo en la ciudad, gozó de la suficiente infuencia como para obligar al partido de los aristócratas a invitar al rey; sin embargo, una vez que partió para encontrarse con él, mostraron menos entusiasmo y dieron ocasión al partido opositor de hacer venir a Popilio desde Ambracia con mil soldados de infantería. También llegó Dinarco, el prefecto de la caballería de los etolios, en el momento justo con seiscientos infantes y cien jinetes. Estaba claro que había ido a Estrato con la intención de apoyar a Perseo, cambiando luego de idea al cambiar las circunstancias y uniéndose a los romanos a quienes venía a combatir. Rodeado de gente tan voluble, Popilio no descuidó ninguna precaución. Se hizo cargo inmediatamente de las llaves de las puertas y de la defensa de las murallas; trasladó a la ciudadela, con la aparente misión de defenderla, a Dinarco y sus etolios, así como a los jóvenes de Estrato. Perseo intentó parlamentar desde las colinas que dominaban la parte alta de la ciudad, pero cuando vio que su determinación era inquebrantable y que incluso le impedían avanzar más mediante el lanzamiento de proyectiles, se retró a un lugar distante cinco millas de la ciudad, al otro lado del río Pettaro, donde fijó su campamento [a unos 7400 metros; el Petitaro pudiera ser el actual Kriekuki, afluente del Aqueloo.-N. del T.]. Una vez aquí, celebró un consejo de guerra. Arquidamo y los tránsfugas epirotas le insistan para que permaneciera allí, pero los jefes macedonios eran de la opinión de que no debía enfrentarse a las inclemencias de la estación sin reservas de suministros, pues los sitadores sufrirían los efectos de la escasez antes que los sitados. Lo que más inquietaba a Perseo era que los cuarteles de invierno del enemigo no estaban muy lejos, por lo que trasladó su campamento a Aperancia. Arquidamo gozaba de gran infuencia y popularidad entre los aperantos, por lo que aquellas gentes dieron buena acogida a la presencia entre ellos de Perseo. -N. del T.], que quedó allí con una fuerza de ochocientos hombres.

[43.23] El retorno del rey de Macedonia provocó tantos sufrimientos a hombres y bestias como los padecidos durante la ida. Sin embargo, la noticia de la marcha de Perseo hacia Estrato bastó para que Apio abandonara el asedio de Fanote. En su retirada fue perseguido por Clevas, quien con un destacamento de jóvenes fuertes e incansables lo siguió por las casi intransitables estribaciones de la cordillera, dando muerte a unos mil hombres que iban retrasados y haciendo prisioneros a doscientos. Apio logró salir de aquellos desfiladeros, permaneciendo algunos días acampado en lo que se conoce como llanura de Meleón. Clevas, que mientras tanto se había sumado a Filostrato, quien tenía el mando de una fuerza de seiscientos epirotas, invadió el territorio de Saraqinisht [la antigua Antigonea, en Albania.-N. del T.]. Los macedonios salieron a saquear el territorio y Filostrato, con su cohorte, se apostó emboscado en un paraje sombrío. Cuando las tropas de Saraqinisht salieron para atacar a los saqueadores que estaban dispersos, se precipitaron en la vaguada donde estaban emboscados los enemigos; murieron unos seiscientos e hicieron prisioneros a unos cien de ellos. Habiendo logrado el éxito en todas partes, trasladaron su campamento cerca del campamento permanente de Apio, para impedir que el ejército romano pudiera causar ningún daño a las ciudades que eran aliadas suyas. Cansado Apio de perder inútlmente el tiempo en aquel territorio, mandó a sus casas a los caonios, trespocios y demás epirotas que tenía con él; regresó a Iliria con sus soldados italianos y los repartió por cuarteles de invierno en las distintas ciudades, regresando él a Roma para ofrecer un sacrificio. Perseo retró a mil infantes y doscientos jinetes de Penesta, enviándolos como guarnición a Casandrea. Regresaron los embajadores que había enviado nuevamente a Gencio, con la misma respuesta, pero Perseo persistó en enviar embajadores nuevos una vez tras otra; veía claramente lo valioso que le resultaría su apoyo, pero no fue capaz de decidirse a invertr dinero en una empresa que tenía la mayor importancia en todos los aspectos.

Ir al Índice Libro 44: La batalla de Pidna y la caída de Macedonia

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[44,1] -169 a.C.-Al principio de la primavera siguiente al invierno en que sucedieron los hechos anteriores, llegó a Brindisi el cónsul Quinto Marcio Filipo, con los cinco mil hombres que debían reforzar sus legiones. Marco Popilio, un ex cónsul, y algunos jóvenes de nacimiento igualmente noble, acompañaron al cónsul como tribunos militares de las legiones en Macedonia. Cayo Marcio Fígulo, que estaba al mando de la flota, llegó a Brindisi al mismo tiempo que el cónsul, dejando ambos Italia juntos. Al día siguiente llegaron a Corfú y al otro arribaron a Accio, puerto marítimo de Acarnania. El cónsul desembarcó en Ambracia y se dirigió por tierra hacia Tesalia. Fígulo navegó hasta doblar el Léucate y pasó por el golfo de Corinto. Dejando su barco en Creusa, atravesó el centro de Beocia -en una marcha de un día sin llevar los bagajes-para unirse a la flota en Calcis. Aulo Hostlio tenía por entonces su campamento cerca de Paleofarsalo, en Tesalia. No había librado ninguna acción importante pero, no obstante, sí se había enfrentado con la licenciosidad y desorden de sus soldados, llevándolos a un estado de completa disciplina militar, comportándose honorablemente con los aliados y protegiéndolos de injusticias y desmanes. Al enterarse de la llegada de su sucesor, pasó una cuidadosa revista de las armas, los hombres y los caballos, y marchó con su ejército completamente equipado para encontrarse con el cónsul. Su primera reunión estuvo acorde con el rango de ambos y su condición de romanos, trabajando posteriormente en perfecta armonía mientras el procónsul permaneció junto al ejército.

Pocos días después, el cónsul se dirigió a sus tropas. Empezó hablándoles del parricidio cometido por Perseo contra su hermano y el planeado contra su padre, pasando luego a describirles cómo se había apoderado del trono tras su crimen, recurriendo al veneno y el derramamiento de sangre; les contó cómo había tramado un infame complot contra Eumenes, cómo había injuriado al pueblo romano y cómo había saqueado las ciudades de los aliados de Roma, violando el tratado existente entre ellos. En la ruina de sus empresas vería cuán odiosa resultaba a los dioses aquella conducta suya; pues los dioses otorgaban su favor a la piedad y a la fidelidad del pueblo romano, con la que tan alta posición en el mundo habían logrado. Hizo luego una comparación entre la fuerza de Roma, que abarcaba ya el mundo entero, y la de Macedonia, ejército contra ejército. "¡Cuánto mayores -exclamó-fueron las fuerzas de Filipo y Antioco! y aún así quedaron destrozadas por ejércitos no más fuertes que estos nuestros de hoy".

[44,2] Después de encender los ánimos de sus hombres mediante una arenga de este estilo, consultó con su personal sobre la estrategia a seguir en la guerra. También estuvo presente Cayo Mario, el pretor, quien había asumido el mando de la flota. Se decidió no perder más tiempo en Tesalia y avanzar de inmediato hacia Macedonia, mientras el pretor lanzaba al mismo tiempo ataques navales contra la costa enemiga. Tras despedir al pretor, el cónsul dio órdenes a los soldados para que llevaran suministro de trigo para un mes. Diez días después de asumir el mando del ejército, levantó el campamento y, al final de la primera jornada de marcha, reunió a los guías y les pidió que explicaran al Consejo qué ruta elegiría cada uno de ellos. Una vez que los guías se hubieron retrado, preguntó al Consejo cuál consideraba que era la mejor. Algunos preferían la ruta que atravesaba Pitoo; otros estaban a favor de seguir la ruta que atravesaba los montes Cambinios, y que había empleado el cónsul Hostlio el año anterior, mientras que otros se decantaban por seguir la orilla del lago Ascúride [por la actual Nezero, pues el lecho del lago está hoy desecado.-N. del T.]. Como todas estas rutas compartan un considerable tramo, se aplazó la decisión hasta que se llegase el punto en que divergían. Marchó desde allí hacia Perrebia, viniendo a acampar entre Azoro y Dolique, donde celebró una segunda consultar para ver cuál era la mejor ruta a seguir. Durante todo este tiempo Perseo había tenido noticias de que el enemigo se aproximaba, pero no sabía qué ruta iba a tomar. Decidió apostar destacamentos en todos los pasos y envió a diez mil de infantería ligera, bajo el mando de Asclepiódoto, para ocupar la cima de los montes Cambunios, cuyo nombre local es Volustana [y que hoy es Vigla.-N. del T.]. Situó a Hipias, con doce mil macedonios, defendiendo el paso desde un puesto fortificado que domina el lago Ascáride, en un lugar llamado Lapatunte [próximo a la actual Rapsani.-N. del T.]. El propio Perseo, con el resto de sus fuerzas, acampó primero en las proximidades de Dión. Una vez aquí, pareciendo casi como si no supiera qué hacer y estuviera falto de ideas, dio en recorrer la costa con la caballería ligera hacia Heraclea, unas veces, o hacia Fila en otras, regresando luego a Dión sin detenerse.

[44.3] Mientras tanto, el cónsul había tomado la decisión de marchar a través del desfiladero próximo a Otolobo [en lo que hoy es Cuculi; seguimos la edición de Gredos cuando nos precisa que no es la misma que aparece en el libro XXXI, 36.-N. del T.] donde había fijado su campamento el general del rey; no obstante, mandó por delante a cuatro mil hombres armados para que ocupasen las posiciones más ventajosas, bajo el mando de Marco Claudio y Quinto Marcio, el hijo del cónsul. El resto de las fuerzas les siguieron muy poco después. El camino, sin embargo, era tan difcil, áspero y pedregoso que las tropas ligeras enviadas por delante apenas pudieron cubrir quince millas [22200 metros.-N. del T.] en dos días y con gran dificultad, estableciendo su campamento para descansar en un lugar llamado Diero. Al día siguiente avanzaron siete millas [10360 metros.-N. del T.] y, después de apoderarse de una posición elevada no muy lejos del campamento enemigo, enviaron noticia al cónsul de que habían encontrado al adversario y que se habían situado en un lugar seguro, en una posición extremadamente ventajosa, y que se diera prisa en acudir a la mayor velocidad posible. El mensajero encontró al cónsul en el lago Ascúride, bastante inquieto por la dificultad de la ruta que había elegido y, también, por el destino de aquellas pocas tropas que había mandado por delante, hacia las posiciones ocupadas por el enemigo. Se sintó muy aliviado al escuchar el mensaje que le mandaron y, marchando con todas sus fuerzas, las reunió a todas acampando sobre la ladera de la altura más ventajosa. Su altura era tal que dominaba visualmente no solo el campamento enemigo, que no estaba a más de una milla de distancia, sino todo el territorio hasta Dión y Fila, así como la extensa línea costera. El ánimo de los soldados se entusiasmó al ver ante ellos, y tan próximos, todo el escenario de la guerra, las fuerzas del rey y el territorio enemigo. Urgieron al cónsul para que les llevara de inmediato contra el enemigo, pero él les dio todavía un día de descanso tras los esfuerzos de la marcha. Al día siguiente, dejando un destacamento para vigilar el campamento, los condujo a la batalla.

[44,4] Hipias, que recientemente había sido enviado por el rey para guardar el paso, tan pronto como vio el campamento romano sobre aquella altura dispuso a sus hombres para la batalla y marchó al encuentro de la columna enemiga que se aproximaba. Los romanos entraron en combate expeditos de equipo; las fuerzas enemigas también eran ligeras; estas tropas eran las más adecuadas para iniciar la acción. Al llegar al alcance una fuerza de la otra, inmediatamente descargaron sus proyectiles; muchos resultaron heridos, pero solo murieron unos cuantos. Al día siguiente se enzarzaron con más fuerzas y más encarnizamiento; de haber habido más espacio para desplegar sus líneas se habría librado una acción decisiva. La cumbre de la montaña, estrechándose hacia la cumbre en forma de cuña, apenas dejaba espacio para formar un frente de más de tres filas de combatentes por cada lado. Así, mientras solo unos pocos combatan en la práctica, los demás, especialmente la infantería pesada, permanecían en su sito y miraban. La infantería ligera era capaz de avanzar, corriendo a través de las revueltas de la montaña, y atacar los flancos de la infantería ligera enemiga, tanto donde el terreno resultaba favorable como donde no. La noche puso fin a un combate donde más resultaron heridos que muertos.

Al día siguiente, el comandante romano tuvo que adoptar una determinación decisiva. Permanecer en lo alto de la montaña resultaba imposible; también le era imposible retrarse sin deshonor, e incluso sin peligro en caso de que el enemigo le atacara desde un terreno más elevado. Solo le quedaba un curso de acción para corregir el atrevimiento de su acción: seguir con la osadía que le había llevado a entrar en ella, cosa que a veces resulta ser lo más prudente. A tal punto habían llegado las cosas que, si el cónsul hubiera tenido como enemigo a uno de los antiguos reyes de Macedonia, podría haber sufrido una aplastante derrota. Sin embargo, mientras el rey cabalgaba con su caballería por Dión, a lo largo de la costa, y casi podía oír a doce millas de distancia el ruido y fragor de los combates, no reforzó su línea mediante el envío de tropas nuevas que relevaran a las que habían soportado el peso del combate, ni -lo más importante de todo-hizo él mismo acto de presencia en el campo de batalla. El comandante romano, por el contrario, con más de sesenta años de edad y excesivo peso sobre él, cumplió en persona y con energía inagotable todas sus obligaciones militares. Sostuvo tenazmente hasta el final la misma audacia que mostró al principio: dejando a Popilio para que guardase la cubre, él se dispuso a cruzar la cordillera y envió hombres para abrir un camino por donde antes no había sino caminos impracticables. Ordenó a Atalo y Misagenes que cubrieran con contingentes de sus dos pueblos a los que abrían paso por el desfiladero. La caballería y los bagajes formaron la vanguardia de la columna, siguiéndoles el cónsul con sus legiones.

[44,5] Es imposible describir la fatga y la dificultad que experimentaron al bajar la montaña, con constantes caídas de animales e impedimenta. Apenas habían recorrido cuatro millas [5920 metros.-N. del T.], cuando lo único que habrían deseado, de haber sido posible, era regresar a su punto de partda. Los elefantes provocaron casi tanto desorden en la columna como podría haberlo hecho el enemigo; cuando llegaban a sitos por los que no podían cruzar, traban a sus conductores y provocaban gran terror con sus horrísonos barritos, especialmente entre los caballos, hasta que finalmente se encontró el modo de hacerlos avanzar. Se calculó la inclinación de la pendiente y se hincaron firmemente por su parte inferior dos fuertes y largas estacas, separadas entre sí un poco más que el largo del animal. En la parte superior de los maderos colocaron tablas de unos treinta pies de largo [8,88 metros.-N. del T.], formando como una plataforma, y las cubrieron con terra. Se construía otra plataforma similar a poca distancia, luego una tercera y así sucesivamente donde el descenso resultase abrupto. El elefante pasaba a la plataforma desde terreno firme y, justo antes de que llegase a su extremo, se cortaban las estacas, de manera que caía la plataforma y el animal se veía obligado a dejarse deslizar con suavidad hasta la siguiente. Algunos elefantes lo hacían afianzándose sobre sus patas y otros sentándose sobre sus cuartos traseros. Le hacían entonces experimentar otra caída, semejante a la primera, y de este modo lograron llevar a los elefantes hasta un terreno más nivelado.

Los romanos avanzaron poco más de siete millas [10360 metros.-N. del T.] aquel día. Muy poco de este camino fue recorrido con sus pies; progresaron, en su mayor parte, echándose a rodar con sus armas y el resto del equipo de la manera más penosa e incómoda; tanto fue así que incluso el propio general responsable de la elección de la ruta tuvo que admitr que todo el ejército podría haber sido aniquilado por un pequeño grupo de atacantes. Al caer la noche llegaron a una pequeña llanura encerrada por todos lados. Habían llegado finalmente a un terreno que les ofrecía una superficie sólida de apoyo, aunque no les quedó mucho tiempo para explorar los alrededores y ver cuán expuesta era su situación. Al día siguiente tuvieron que esperar a Popilio y a sus tropas en este valle; también a estos hombres, aunque no fueron amenazados por el enemigo, las dificultades del descenso los dejaron malparados como si fueran un adversario. El ejército, nuevamente reunido, marchó al día siguiente a través del desfiladero al que los lugareños llaman Calipeuce ["Pinar Hermoso"; está al sur del monte Olimpo y al norte del lago Ascúride.-N. del T.]. Al cuarto día, descendieron por un camino tan escarpado como el anterior, pero la experiencia adquirida se lo hizo más fácil y se mostraron más confiados, tanto por la ausencia del enemigo como por su cercanía al mar. Una vez alcanzado terreno llano, establecieron su campamento entre Heracleo y Libetro. La mayor parte de la infantería ocupaba un terreno elevado; aquella parte de la llanura donde situó sus tiendas la caballería quedó rodeada por una empalizada.

[44,6] Se cuenta que el rey estaba tomando un baño cuando le llegó la noticia de la llegada del enemigo. Al oírlo, saltó aterrorizado de su bañera y salió corriendo, gritando que le habían vencido sin lucha. En medio de su pánico, empezó a tomar disposiciones y a dar órdenes contradictorias; envió a dos amigos suyos, uno a Pela para arrojar al mar los tesoros guardados en Faco, y el otro a Tesalónica para que prendiese fuego a los astlleros. Llamó de vuelta a Asclepiódoto e Hipias, y a sus tropas, de las posiciones que ocupaban y dejó abiertas al enemigo todas las vías de aproximación a Macedonia. Todas las estatuas de oros fueron retiradas de Dión para impedir que cayeran en manos del enemigo, obligando a sus habitantes a trasladarse a Pidna. Así, lo que podría haberse considerado una imprudencia por parte del cónsul, al avanzar hacia un lugar del que no cabía retrarse si el enemigo no quería, quedó en realidad como un acto de audacia cuidadosamente planificado. Los romanos tenían dos pasos por los que podían salir de su posición actual: uno a través de Tempe, hacia Tesalia, y el otro dejando a un lado Dión y entrando en Macedonia; ambos estaban guardados por tropas del rey. Por consiguiente, de haber habido un defensor intrépido que hubiese aguantado sin echarse a templar lo que a primera vista parecía una amenaza que se aproximaba, a los romanos no les habría quedado ninguna ruta de retirada abierta, por Tempe hacia Tesalia, ni posibilidad de hacerse llevar suministros; el paso de Tempe, en efecto, resulta difcil de atravesar aún sin estar ocupado por un enemigo: Además de la estrechez del camino durante cinco millas, en el que apenas hay espacio para un animal cargado, existen a ambos lados escarpados acantlados, tan vertginosos que no se puede mirar hacia abajo sin marearse de vista y ánimo. Se suma al temor, el rugir y la profundidad del río Peneo, que fuye por el centro de la garganta. Este terreno, tan hostl por naturaleza, estaba guardado por destacamentos de tropas del rey en cuatro lugares diferentes. Uno de ellos estaba situado en la boca del paso, junto a Gono; el segundo estaba en Cóndilo, una fortaleza inexpugnable; el tercero estaba en Lapato, al que ellos llaman Carax; el cuarto estaba sobre el camino, a la altura de la mitad del valle y donde es más estrecho, en aquella posición incluso solo diez hombres armados podrían defenderlo con éxito.

Estando así cortados tanto su aprovisionamiento como su propio regreso a través de Tempe, debían tomar el camino de vuelta hacia las montañas por las que habían llegado. Antes habían escapado a la observación del enemigo; ahora no podrían hacerlo, con sus tropas dominando las alturas, y las dificultades experimentadas destruirían todas sus esperanzas. No quedaba más opción en esta aventura temeraria que abrirse paso entre el enemigo hacia Dión y entrar en Macedonia; esto, si los dioses no habían privado al rey de su sentido común, era también una tarea de enorme dificultad. Las estribaciones de Olimpo dejaban una anchura de solo una milla entre la montaña y el mar. La mitad de este espacio está ocupado por los anchos pantanos de la desembocadura del río Potoki [el antiguo Bafiro.-N. del T.], el resto del terreno está ocupado en parte por el templo de Júpiter y en parte por la propia ciudad. El poco espacio restante podría haberse bloqueado mediante un pequeño foso y una empalizada; había por los alrededores tal cantidad de piedras y madera que incluso se podría haber construido un muro y levantar unas torres. Cegado por el súbito peligro, el rey no tomó en consideración ninguna de estas opciones; retró sus guarniciones, dejando todos los lugares abiertos e indefensos, y huyó a Pidna.

[44,7] El cónsul vio que la conducta insensata y cobarde de su enemigo eran la mayor garantía de seguridad y la mayor esperanza para él y su ejército. Envió un mensajero de vuelta a Larisa con órdenes para Espurio Lucrecio de que se apoderase de las posiciones fortificadas, que el enemigo había abandonado alrededor de Tempe, enviando a Popilio a reconocer los pasos en los alrededores de Dión. Cuando comprobó que todo el territorio estaba libre en todas direcciones, avanzó y tras marchar durante dos días llegó a Dión. Ordenó que buscara un lugar para el campamento debajo mismo del templo, de manera que en modo alguno se pudiera violar la santidad del lugar. Él entró en la ciudad, encontrando que, aunque no era muy grande, estaba sin embargo muy bien dotada de lugares públicos, multitud de estatuas y muy bien fortificada; le costó trabajo creer que el abandono sin motivo de tanta riqueza y esplendor no escondiera alguna trampa. Después de pasar un día entero explorando a fondo los alrededores, reanudó su avance y, en la creencia de que tendría un abundante suministro de grano en Pieria, marchó hasta el río Mavroneri [el antiguo río Mitis.-N. del T.] y siguió la marcha al día siguiente hasta llegar a Agasas [pudiera tratarse de Paleostene, al norte de Pidna.-N. del T.]. Su población se rindió y él, para producir una impresión favorable al resto de los macedonios, se contentó con exigir rehenes y abandonó la ciudad sin ponerle guarnición, prometendo que los ciudadanos estarían exentos de tributos y vivirían bajo sus propias leyes. Una marcha de un día lo llevó hasta el río Krasupoli [el antiguo Ascordo.-N. del T.], a cuyas orillas acampó. Como veía que cuanto más se alejaba de Tesalia más difcil le resultaba obtener suministros de cualquier clase, regresó a Dión, sin que a nadie le quedase dudas sobre cuánto habría tenido que sufrir si hubiera perdido su vía de suministros desde Tesalia, dado el peligro de alejarse demasiado de ella. Perseo reunió a todas sus tropas, junto con sus generales, y lanzó severos reproches sobre los comandantes de las guarniciones, sobre todo contra Asclepiódoto e Hipias, diciendo que habían entregado las llaves de Macedonia a los romanos, acusación que nadie merecía más que él mismo. Cuando el cónsul divisó la flota que venía de alta mar, concibió la esperanza de que trajeran suministros, pues tenía gran escasez de alimentos y casi se habían agotado. Sin embargo, por los que ya habían atracado en el puerto supo que los barcos de carga se habían quedado atrás, en Magnesia. Indeciso sobre qué hacer -a tal punto era imprescindible lidiar con las dificultades de la situación, aparte de lo que el enemigo pudiera hacer para agravarla-, le fue entregada una carta de Espurio Lucrecio en la que le decía que había descubierto que las fortalezas que dominaban el valle de Tempe, así como las que estaban en los alrededores de Fila, tenían abundancia de trigo y otros suministros necesarios.

[44,8] El cónsul sintó una gran satisfacción al recibir esta información y marchó desde Dión a Fila, para reforzar la guarnición allí y, al mismo tiempo, distribuir trigo entre sus soldados, pues su transporte por mar se efectuaba con lenttud. Este movimiento provocó comentarios nada favorables. Algunos dijeron que se había retirado por temor al enemigo, pues de haberse quedado en Pieria habría tenido que presentar batalla. Otros sostenían que, ignorando los constantes cambios de la fortuna, había desperdiciado cuantas ocasiones se presentaron, escapándose entre sus dedos unas oportunidades que no se volverían a presentar. Al abandonar Dión despertó al enemigo que, entonces por primera vez, se dio cuenta de la necesidad de recuperar lo que anteriormente había perdido por su propia culpa.

Cuando se enteró de la retirada del cónsul, Perseo regresó a Dión, reparó cuanto había sido destrozado y saqueado por los romanos, repuso las almenas caídas, reforzó las murallas en todas partes y, finalmente, asentó su campamento a cinco millas de la ciudad, a este lado del río Mavrolongo [o sea, a 7400 metros; el río es el antiguo Elpeo.-N. del T.]. Este río es sumamente peligroso de cruzar, lo que sirvió para proteger su campamento. Nace al pie del monte Olimpo y en verano es un arroyo de poco caudal; pero cuando se crece por las lluvias del invierno, se precipita sobre las rocas con enormes remolinos y produce pozas profundas y orillas escarpadas, al ir vaciando el lecho por la parte central. Creyendo Perseo que este río detendría el avance del enemigo, tenía intención de dejar pasar el resto del verano. Mientras tanto, el cónsul envió a Popilio con dos mil hombres desde Fila a Heracleo. Este lugar está a unas cinco millas de Fila, a medio camino entre Dión y Tempe, situado sobre un saliente que domina un río [el Apilas.-N. del T.].

[44,9] Antes de que Popilio iniciara el asalto, trató de convencer a los magistrados y notables para que pusieran a prueba la buena fe y la clemencia de los romanos antes que su fuerza. Sus consejos no surteron ningún efecto en ellos, pues en la distancia podían ver los fuegos del campamento del rey junto al Mavrolongo. Comenzó entonces el ataque por tierra y por mar, pues la flota estaba apostada frente a la costa, tanto mediante asaltos directos como mediante el empleo de máquinas de asedio y artillería. Algunos jóvenes romanos adaptaron unos juegos de circo a las necesidades de la guerra y llegaron de este modo al pie de la muralla. Antes de la actual costumbre extravagante de llenar el circo con animales traídos de todas partes del mundo, se tenía costumbre de practicar varias formas de diversión, pues entre las carreras de carros y los caballistas acróbatas apenas se cubría poco más de una hora. Entre otras exhibiciones, se solían presentar grupos de unos sesenta jóvenes, aunque en juegos más elaborados llegaban a ser mayores, completamente armados. En parte representaban un ejército en batalla y en parte se entregaban a combates vistosos con movimientos más hábiles, que más que militares se parecían a los combates de gladiadores Después de ejecutar varias maniobras, formaron un cuadro compacto con sus escudos sobre sus cabezas, juntando unos con otros; los de la fila frontal los mantenían erectos; los de la segunda, ligeramente inclinados; los de la tercera y cuarta, más y más inclinados; finalmente, los de la última fila hacían rodilla en terra. De esta manera, formaron una "tortuga" [testudo, en el original latino.-N. del T.], que se inclinaba como el techo de una casa. Desde una distancia de cincuenta pies [14,8 metros.-N. del T.], dos hombres totalmente armados corrían hacia delante y, fingiendo acometerse el uno al otro, ascendían desde la parte inferior hasta la superior de la "tortuga", apoyándose en los escudos estrechamente unidos; así, aparentaban en un momento asumir una actitud desafiante sobre los bordes, para luego correr por en medio como si saltaran sobre terreno sólido.

Un testudo formado de esta manera se acercó hasta la parte más baja de la muralla. Cuando los soldados que estaban montados sobre aquel se acercaron hasta la muralla se encontraron a la misma altura que los defensores; una vez expulsados estos, dos manípulos lograron saltar dentro en la ciudad [unos 320 hombres.-N. del T.]. La única diferencia, respecto al juego de circo, fue que los de la primera fila y los de los laterales no pusieron sus escudos encima de sus cabezas, por temor a exponerse, manteniéndolos al frente como en una batalla. De esta manera no resultaron alcanzados por los proyectiles arrojados desde las murallas, desviándose los arrojados sobre la "tortuga" sin causar daños hacia terra, como la lluvia sobre el tejado de una casa. Una vez se hubo capturado Heracleo el cónsul acampó allí, aparentemente con intención de marchar a Dión y, tras expulsar de allí al rey, hasta Pieria. Pero estaba ya haciendo sus preparativos con vistas al invierno, y ordenó que se construyeran carreteras para transportar suministros desde Tesalia, que se eligieran lugares apropiados para los graneros y que se edificaran alojamientos donde se pudieran alojar los que traían los suministros.

[44,10] Cuando Perseo se recuperó de su pánico, empezó a desear que no se hubiesen obedecido sus órdenes cuando, aterrorizado, ordenó que se arrojara al mar su tesoro de Pela y que se incendiaran sus arsenales en Tesalónica. Andrónico, que había sido enviado a Tesalónica, había retrasado el cumplimiento de sus órdenes para dar tiempo, como sucedió, a que el rey rectficara. En Pela, Nicias no fue tan prudente y había arrojado al mar parte del dinero que había en Faco; el error resultó no ser irremediable, pues casi todo el dinero fue recuperado por buceadores. El rey estaba tan avergonzado de su reacción temerosa que ordenó que se asesinara en secreto a los buceadores, alcanzando la misma suerte a Andrónico y Nicias, de modo que no quedase nadie vivo que tuviera conocimiento de sus desatinadas órdenes. Cayo Marcio navegó con su flota desde Heracleo a Tesalónica y, desembarcando hombres armados en muchos puntos a lo largo de la costa, devastó el territorio por todas partes. Se enfrentó con éxito a las tropas que salieron de la ciudad y las rechazó, aterrorizadas, al interior de la ciudad, tras el abrigo de sus murallas. Y empezó a amenazar a la propia ciudad, pero los ciudadanos situaron artillería de toda clase en las murallas, resultando alcanzados por las piedras arrojadas no solo aquellos que se aventuraban cerca de las murallas, sino incluso los hombres que estaban a bordo de las naves. Por tanto, ordenó que las tropas reembarcaran y se abandonó el asedio de Tesalónica. Navegaron desde allí hasta Enia, distante unas quince millas [22200 metros.-N. del T.] y situada frente a Pidna, que posee un suelo fértl. Luego de devastar este territorio, navegó costeando hasta Antgonea [que está al sur de Enia, en la costa, había otra en el Epiro.-N. del T.]. Aquí bajaron a terra, saqueando inicialmente los campos y llevando una considerable cantidad de botín a los barcos. Luego, mientras estaban dispersos, fueron atacados por fuerzas macedonias de infantería y caballería que los pusieron en fuga y los persiguieron cuando huían hacia la costa, matando a unos quinientos y haciendo prisioneros a otros tantos. Al verse impedidos de llegar al refugio seguro de sus naves, la misma gravedad de su situación reavivó el valor de los romanos y, entre la vergüenza y la desesperación de salvarse por otros medios, renovaron el combate en la playa. Los que estaban en los barcos los ayudaron y dieron muerte a unos doscientos macedonios, haciendo prisioneros a un número igual. La flota navegó desde Antgonea rumbo al territorio de Palene, donde desembarcaron para saquear. Este distrito, con mucho el más fértl de todos los de la costa por la que habían navegado, pertenecía a Casandrea. Aquí se les reunió Eumenes, que había zarpado de Elea con veinte barcos con cubierta, y otras cinco enviadas también por Prusias.

[44.11] Al reunir estas fuerzas, el pretor se sintó con ánimos para intentar la toma de Casandrea. Esta ciudad fue fundada por Casandro sobre el estrecho istmo que une el distrito de Palene con el resto de Macedonia, está bañada por un lado por el golfo de Torone y, por el otro, por el golfo de Macedonia. La lengua de tierra sobre la que se levanta se proyecta hacia el mar, formando un promontorio de igual extensión que el imponente monte Atos. En dirección a Magnesia presenta dos promontorios, de los cuales el mayor se llama Posideo y el menor es el cabo Canastreo [al oeste y al este, respectivamente.-N. del T.]. Se dividieron los puntos sobre los que atacar; el comandante romano lo hizo por el llamado Clitas, prolongando las fortificaciones desde el golfo de Macedonia hasta el de Torone, sembrando por todas partes "ciervos" [cervi, en el original latino: son estacas bifurcadas, terminadas en puntas de hierro, que clavaban en el suelo como defensa contra la caballería, formando a modo de empalizadas y afianzando los terraplenes; otras estructuras parecidas, pero compuestas generalmente por cuatro extremidades, reciben el nombre de "Caballos de Frisia".-N. del T.]. En el otro lado había un canal, y allí era donde operaba Eumenes. Los romanos se enfrentaron con grandes dificultades para rellenar un foso que Perseo había hecho excavar recientemente para defensa de la ciudad. El pretor, al no ver tierra amontonada por parte alguna, preguntó a dónde se había llevado la tierra extraída de la fosa. Le mostraron entonces algunos arcos abovedados que no habían sido construidos con la misma anchura que la antigua muralla, sino con una sola hilera de ladrillos. Ideó entonces el plan de abrirse paso hacia la ciudad horadando por allí la pared, pensando que podría hacerlo sin ser visto si se atacaba por otros lugares con las escalas de asalto, de modo que los defensores acudieran a esos puntos amenazados. La guarnición de Casandrea estaba compuesta, además de por la juventud de la ciudad, por una fuerza nada desdeñable de ochocientos agrianos y dos mil ilirios de Peneste que habían sido enviados por Pleurato, todos ellos avezados combatentes. Mientras estos defendían las murallas por donde los romanos hacían todos los esfuerzos por coronarlas, la obra de fábrica de los arcos fue derruida en un momento y la ciudad quedó abierta. De haber estado armados los que habían abierto la brecha, podrían haber tomado la plaza inmediatamente. Cuando se partcipó a los soldados que se había completado aquella operación, lanzaron su grito de guerra y se lanzaron a penetrar en la ciudad por varios puntos.

[44,12] Por un momento, el enemigo no supo a qué se debía aquel repentino grito. Luego, al enterarse de que la ciudad estaba abierta, los prefectos de la guarnición, Pitón y Filipo, pensando que esto resultaría en una ventaja para el primero que lanzase un ataque, efectuaron una salida con un fuerte destacamento de agrianes e ilirios, cargando contra los romanos que venían desde todas partes y que se estaban concentrando con intención de avanzar contra la ciudad. Al no poder presentarles un frente firme ni una línea de combate apropiada, fueron puestos en fuga y perseguidos hasta el foso, donde cayeron amontonados según les empujaban. Murieron cerca de seiscientos, resultando heridos casi todos los que quedaron atrapados entre la muralla y el foso. Vencido su intento por sus propias armas, el pretor se mostró más cauto en sus planes. También resultó infructuoso el ataque que, por tierra y mar, estaba efectuando Eumenes. Así pues, se decidió situar fuertes destacamentos a ambos lados de la ciudad para impedir que le llegaran socorros desde Macedonia; después, como había fallado el ataque directo, se empezó un asedio en regla. Mientras se estaban preparando para ello, fueron enviados desde Tesalónica diez lembos de la flota de Perseo, con una fuerza escogida de auxiliares galos a bordo. Cuando tuvieron a la vista la flota romana que permanecía en mar abierto, esperaron hasta lo más oscuro de la noche y, navegando en línea, se mantuvieron lo más próximos que pudieron a la costa y entraron así en la ciudad. La noticia de este aumento en los defensores obligó a Eumenes y los romanos a levantar el asedio. Doblando el promontorio, llegaron cerca de Torone. Se dispusieron a atacar también esta plaza, pero al descubrir que tenía una fuerte guarnición para defenderla, abandonaron el intento y partieron rumbo a Demetrias. Al aproximarse a sus murallas vieron que estaban llenas de hombres completamente armados, por lo que navegaron hacia Yolco [próxima a la actual Volos.-N. del T.], con intención de atacar Demetrias desde aquel lado tras devastar su territorio.

[44.13] Mientras tanto, y para no permanecer completamente inactivo en territorio enemigo, el cónsul envió a Marco Popilio con cinco mil hombres para atacar Melibea. Esta ciudad se encuentra al pie de las estribaciones del monte Osa, mirando hacia Tracia y en una posición que dominaba Demetrias. Al principio, la aparición del enemigo alarmó a los habitantes pero, recuperándose de su sobresalto, corrieron a las armas y ocuparon puertas y murallas, por donde quiera que sospechaban que podía forzarse la entrada, poniendo fin de esta manera a cualquier esperanza de que la ciudad se pudiera capturar al primer asalto. En consecuencia, se hicieron los preparativos para un asedio y se comenzó la construcción de las obras necesarias. Perseo tuvo noticia de que Melibea estaba siendo atacada por el ejército del cónsul y de que la flota estaba fondeada cerca de Yolco, preparando un ataque sobre Demetrias. Envió hacia Melibea a uno de sus generales, un hombre llamado Eufranor, con una fuerza escogida de dos mil hombres. Ordenó a este oficial que, en caso de que expulsara a los romanos de Melibea, marchara discretamente hacia Demetrias y entrase en la ciudad antes de que los romanos avanzaran contra ella desde Yolco. Su repentina aparición sobre el terreno que dominaba las líneas romanas creó una gran alarma entre los sitadores de Melibea, que abandonaron rápidamente las obras y las incendiaron. Así tuvo lugar la retirada de Melibea. Habiendo levantado así el asedio de la ciudad, Eufranor se apresuró a marchar hacia Demetrias. Atravesó sus murallas, sinténdose sus habitantes tan animados que creyeron poder defender no solo la ciudad, sino también los campos del saqueo enemigo. Lanzaron incursiones y atacaron a los grupos dispersos de saqueadores, hiriendo a muchos de ellos. Sin embargo, el pretor y el rey Eumenes cabalgaron alrededor de las murallas, examinando la situación de la ciudad para ver si podían hacer un intento por alguna parte, fuese mediante obras de asedio o con un asalto. Corrió el rumor de que Cidante de Creta y Antmaco, que tenía el mando en Demetrias, estaban gestonando el establecimiento de relaciones de amistad entre Perseo y Eumenes. En todo caso, los romanos se retraron de Demetrias. Eumenes zarpó para visitar al cónsul y, tras felicitarle por su entrada en Macedonia, marchó a continuación a Pérgamo. El pretor Marcio Fígulo envió parte de su flota a Esciatos, a los cuarteles de invierno; con el resto de sus naves se dirigió hacia Oreo, en Eubea, pues consideraba aquella ciudad la base más adecuada para enviar suministros a los ejércitos que operaban en Macedonia y Tesalia. En lo que respecta a Eumenes, se dan versiones muy distintas. Si hemos de creer lo que cuenta Valerio Antas, el pretor no recibió ninguna ayuda de su flota, aunque le había escrito a menudo pidiendo su cooperación; además, cuando partió hacia Asia, no quedó en buenos términos con el cónsul, disgustado porque no se le permitera acampar con los romanos, ni pudo el cónsul convencerlo para que le dejase la caballería gala que había traído con él. Por el contrario, Atalo se mantuvo junto al cónsul, siéndole completamente leal y prestando espléndidos servicios en aquella guerra.

[44,14] Mientras se desarrollaba la guerra en Macedonia, llegaron embajadores de un régulo galo llamado Balanos -dieron su nombre, pero no el de su tribu-, ofreciendo tropas auxiliares para la guerra macedónica. El Senado les dio las gracias y les hizo entrega de unos presentes consistentes en un torque de oro de dos libras de peso, cuatro páteras de oro de cuatro libras y un caballo con todos sus arreos y una armadura ecuestre completa [en total, 5,89 kilos de oro.-N. del T.]. A los galos les siguió una embajada de Panfilia, que presentó una corona de oro hecha con veinte mil filipos y que solicitaron que se colocara como ofrenda en el templo de Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio [lo desmesurado de la cantidad, que supondría un peso de 174,6 kilos, hace pensar en algún error del copista.-N. del T.] . Se les concedió el permiso y, como también querían renovar su amistad con Roma, el Senado entregó a cada uno un regalo de dos mil ases. A continuación, se concedió audiencia a los embajadores del rey Prusias y poco después a los de Rodas. Ambas embajadas se refirieron al mismo asunto y, aunque desde diferentes puntos de vista, ambas abogaron por la paz con Perseo. El tono de los representantes de Prusias era más de súplica que de exigencia. Declaraba Prusias que había permanecido junto a los romanos hasta aquel momento, y que seguiría haciéndolo hasta que terminara la guerra, pero que cuando se le habían acercado los embajadores de Perseo con el objetivo de dar fin a la guerra con Roma, él le había prometido que intercedería ante el Senado. Les rogaba que, si podían dejar de lado su resentimiento, le considerasen favorablemente como un instrumento para procurar la paz. Así hablaron los enviados del rey.

Los rodios fueron más soberbios, enumerando los servicios que habían prestado al pueblo de Roma y reclamando, prácticamente, la mayor parte de la gloria en la victoria, por lo menos, sobre Antioco. Mientras hubo paz entre Macedonia y Roma, ellos establecieron relaciones de amistad con Perseo. En contra de su voluntad se había roto esa amistad, sin haber hecho nada para merecer ese trato, pues los romanos habían considerado apropiado arrastrarlos como aliados a la guerra. Durante tres años había estado sufriendo muchos de los males de la guerra; la isla carecía de recursos y, sin poder recibir suministros por mar, estaba en un estado de indigencia. No podían soportar mucho más tiempo aquel estado de cosas, por lo que habían enviado mensajeros a Macedonia para decirle a Perseo que a los rodios les gustaría que llegase a un acuerdo con Roma, y que habían enviado sus embajadores a Roma con una misión similar. Rodas examinaría cómo habría de actuar contra quienes impidieran que se pusiera fin a la guerra. Estoy seguro de que ni siquiera hoy se podría leer o escuchar algo así sin sentir indignación. Ya se puede imaginar cuál sería entonces el estado de ánimo de los senadores al oír aquello.

[44,15] Según Claudio, no se les dio respuesta alguna y simplemente se les leyó el senadoconsulto mediante el que el pueblo de Roma ordenaba que fuesen libres los carios y los licios, informándose inmediatamente por carta de este decreto a ambos pueblos. Al oír esto, el jefe de la legación, cuyo lenguaje jactancioso apenas se había podido soportar en la Cámara, cayó sin conocimiento. Otros autores afirman la respuesta que recibió fue en el sentido siguiente: "Al comienzo de la guerra, el pueblo romano había comprobado mediante pruebas fehacientes que los rodios habían hechos planes secretos junto a Perseo contra la república; pero si hubiese quedado antes alguna duda, el lenguaje empleado por los embajadores la había convertido en certdumbre. La mala fe, por prudente que quiera ser al principio, acaba siempre por revelarse a la larga. Actuaba Rodas ahora en calidad de árbitros de la paz y la guerra en el mundo; los romanos deberían tomar o dejar las armas según un simple gesto de Rodas, no se tomaría ya a los dioses por testigos y custodios de los tratados, sino a los rodios. ¿No era efectivamente así? A no ser que obedecieran las órdenes de Rodas y retrasen sus ejércitos de Macedonia, ¿eran los rodios los que considerarían qué medidas habían de tomar? Lo que fueran a hacer los rodios, ellos lo sabrían mejor que nadie; pero el pueblo de Roma tendría en cuenta, una vez derrotado Perseo -lo que esperaban ocurriera en no mucho tiempo-, qué recompensa darían a cada ciudad, según sus méritos en aquella guerra". No obstante, se entregó a cada uno de ellos un obsequio de dos mil ases; pero se negaron a aceptarlo.

[44.16] El siguiente asunto fue la lectura en el Senado de una carta del cónsul Quinto Marcio, en la que describía su feliz cruce del desfiladero y su entrada en Macedonia. Había acumulado allí suministros procedentes de otros lugares, con vistas a pasar el invierno, y había recibido de los epirotas veinte mil modios de trigo y diez mil de cebada [140 000 kilos de trigo y 61 250 de cebada.-N. del T.], con la condición de que el dinero por dicho grano sería pagado a sus agentes en Roma. Se precisaba el envío desde Roma de ropa para los soldados; se necesitaban unos doscientos caballos, preferiblemente númidas, pues no tenía posibilidad de conseguirlos allí. Se emitó un senadoconsulto ordenando que se diera cumplimiento a todo aquello, según la carta del cónsul. El pretor Cayo Sulpicio adjudicó mediante subasta el suministro de seis mil togas, treinta mil túnicas y doscientos caballos, que serían transportados a Macedonia y entregados al cónsul, sujetos a su aprobación. Pagó también a los representantes epirotas el importe del trigo y presentó ante el Senado a Onésimo, el hijo de Pitón, un noble macedonia que siempre había aconsejado la paz al rey y que, igual que su padre Filipo acostumbró, hasta los últimos días de su vida, a leer dos veces al día el texto de su tratado con Roma, así también lo debía hacer él, si no todos los días, al menos con cierta frecuencia. Cuando vio que no podía disuadirlo de la guerra, se fue retrando él mismo poco a poco para no verse involucrado en planes con los que no estaba de acuerdo. Finalmente, cuando vio que había sospechas contra él y que incluso a veces se levantaban acusaciones de traición, se pasó a los romanos, resultando de gran utlidad al cónsul.

Al ser introducido en la Curia, refirió estas circunstancias y el Senado dio orden de que se le inscribiera entre los aliados, facilitándole alojamiento y hospitalidad, y entregándole 200 yugadas de tierras públicas en territorio tarentino [54 Hectáreas.-N. del T.], así como la adquisición de una casa para él en Tarento. Se encargó al pretor Cayo Decimio del cumplimiento de esta orden. Los censores efectuaron el censo los idus de diciembre [el 13 de diciembre.-N. del T.], con mayor severidad que en la última ocasión. Quitaron el caballo a muchos caballeros, entre ellos a Publio Rutlio, quien como tribuno de la plebe les había acusado tan violentamente. Quedaba ahora expulsado de su tribu e inscrito entre los erarios. Según una disposición del Senado, el cuestor les entregaría la mitad de los ingresos de aquel año para la ejecución de obras públicas. De la suma que se le asignó, Tiberio Sempronio adquirió para el Estado la casa de Publio Africano que estaba detrás de las "Tiendas Viejas", cerca de la estatua de Vortumno [este dios es de origen etrusco, personifica la mutación y cambio de la vegetación durante las estaciones, y su estatua de bronce había sido traída desde Volsinio; seguimos la edición de Gredos al precisar que aquellas tiendas eran "viejas" al haber sido reconstruidas tras el incendio de 209 a.C. y por contraposición a las situadas al norte del foro, que lo habían sido sobre el 192 a.C.-N. del T.], así como las carnicerías y tiendas adyacentes. Adjudicó también la construcción de una basílica que luego se llamó Sempronia.

[44,17] Se aproximaba ya el final del año y, como todos estaban preocupados por la guerra en Macedonia, discutan con profusión sobre a quiénes elegirían como cónsules para el año siguiente con el objetivo de poner fin a la guerra. En consecuencia, el Senado aprobó una resolución para que Cneo Servilio regresara lo antes posible para celebrar las elecciones. El pretor Sulpicio remitó la resolución al cónsul, recibiéndose unos días después una carta suya que se leyó en el Senado y en la que convocaba las elecciones para el ... [hay aquí una laguna, en la que se supone que figuraría la fecha de la convocatoria de elecciones.-N. del T.] El cónsul se dio prisa en llegar y las elecciones se celebraron el día fijado. Los nuevos cónsules fueron Lucio Emilio Paulo, por segunda vez y catorce años después de su primer consulado, y Cayo Licinio Craso -para el año 168 a.C.-. Siguió la elección de pretores, resultando elegidos Cneo Bebio Tánfilo, Lucio Anicio Galo, Cneo Octavio, Publio Fonteyo Balbo, Marco Ebucio Helva y Cayo Papirio Carbón. La preocupación por la guerra en Macedonia hizo que el Senado acelerase todas sus actividades. Así pues, se decidió que los magistrados sorteasen inmediatamente sus provincias, de manera que en cuanto se supiera a qué cónsul correspondía Macedonia y qué pretor mandaría la flota, pudieran de inmediato trazar sus planes y efectuar todos los preparativos para la guerra; en caso de necesidad, consultarían cualquier duda al Senado. Una vez tomaron posesión de su cargo, los magistrados deberían celebrar las Ferias Latinas en la fecha más temprana que permitesen las obligaciones religiosas, de manera que nada pudiera detener al cónsul que debiera marchar a Macedonia. Cumplidas estas disposiciones por decreto, Macedonia correspondió a Emilio e Italia, la otra provincia consular, a Licinio. Las provincias de los pretores quedaron asignadas de la siguiente manera: Cneo Bebio recibió la pretura urbana y Lucio Anicio la peregrina; este último quedaría a disposición del Senado para cualquier servicio especial. Cneo Octavio tomaría el mando de la flota, Publio Fonteyo iría a Hispania, Marco Ebucio a Sicilia y Cayo Papirio a Cerdeña.

[44,18] Enseguida resultó evidente que Lucio Emilio dirigiría la guerra con toda energía; pues amén de militar, dedicó toda su atención, día y noche, a cuanto preparativo debía ser efectuado [la expresión "militar", se toma a partir de cierto hueco dudoso presente en el original latino al que siguen las palabras "aliis vir erat" y que otras traducciones inglesas y españolas concuerdan en traducir como "aparte de ser militar" o "además de ser un militar".-N. del T.]. Lo primero que hizo fue solicitar al Senado que enviase una delegación a Macedonia para inspeccionar el ejército y la flota, informando personalmente de cuanto considerasen necesario para las fuerzas de tierra y mar. Debían también averiguar cuanto pudieran sobre las tropas del rey, cuánto de su territorio estaba bajo nuestro control y cuánto bajo el del rey; también debían informar si los romanos estaban aún acampados en un terreno montañoso y difcil, o si habían atravesado los desfiladeros y estaban ya en terreno abierto. Luego, con respecto a nuestros aliados, deberían asegurarse de cuáles nos eran todavía fieles, cuáles hacían depender su lealtad del desarrollo de la guerra y qué ciudades eran abiertamente hostiles. También debían enterarse de qué cantidad de suministros se habían acumulado; de qué fuentes, por mar o por terra, se podrían llevar más vituallas y cuáles habían sido los resultados de la campaña del año anterior por tierra y por mar. Una vez se hubiera recibido información precisa sobre estos puntos, se podrían precisar los planes para el futuro. El Senado autorizó al cónsul Cneo Servilio para que enviase como delegados a Macedonia a tres hombres de la confianza de Lucio Emilio. Los elegidos fueron Cneo Domicio Ahenobarbo, Aulo Licinio Nerva y Lucio Bebio, que partieron a los dos días. Estando el año a punto de terminar, llegaron noticias de dos lluvias de piedras: una en territorio romano y otra en el de Veyes. Por dos veces, y durante nueve días, se realizaron intercesiones y se ofrecieron sacrificios. Aquel año murieron los sacerdotes Publio Quintlio Varo, famen de Marte, y Marco Claudio Marcelo, decenviro de los Libros Sagrados, para cuyo puesto se nombró a Cneo Octavio. Se dejó constancia escrita, como signo del creciente lujo, de que en los juegos celebrados por los ediles curules, Publio Cornelio Escipión Nasica y Publio Léntulo, tomaron parte en el espectáculo sesenta y tres panteras africanas y cuarenta osos y elefantes.

[44.19] Los nuevos cónsules, Lucio Emilio Paulo y Cayo Licinio, tomaron posesión de su cargo los idus de marzo [el 15 de marzo de 168 a.C.-N. del T.]. El Senado deseaba conocer lo que el cónsul encargado de Macedonia tenía que informar sobre su provincia. Paulo les dijo que no tenía nada que contarles, pues los comisionados aún no habían regresado; se encontraban ya en Brindisi, después de haber visto desviado dos veces su rumbo hacia Dirraquio. Cuando hubiera recibido la información que más le interesaba conocer, lo que sería en pocos días, presentaría su informe. Para que nada pudiera retrasar su partda, había señalado la víspera de los idus de abril para la celebración de las Ferias Latinas [estas celebraciones, que tendrían lugar ese año el 12 de abril, tenían lugar en el monte Albano y se hacían en honor de Júpiter Laciar, cuyo culto era común a romanos y latinos.-N. del T.] . Una vez efectuado el preceptivo sacrificio, él y Cneo Octavio partrían tan pronto como el Senado autorizase su marcha. En su ausencia, su colega Cayo Licinio debería procurar que estuviese preparado cuanto tuviera que disponerse y de que se despachara hacia aquella guerra cuanto se precisara. Mientras tanto, se podía recibir en audiencia a las embajadas de los pueblos extranjeros.

Los primeros en ser llamados fueron los embajadores de Alejandría enviados por los dos reyes, Tolomeo y Cleopatra. vestidos con ropas de luto, se presentaron con las barbas y los cabellos sin cortar, llevando las ramas de olivo de los suplicantes y postrándose en el suelo. Su discurso resultó aún más humilde que su aspecto. Antioco, el rey de Siria, que había estado en Roma como rehén, bajo el pretexto de restaurar al mayor de los Tolomeos en el trono, hacía la guerra al hermano menor de este, que tenía por entonces el poder en Alejandría. Había obtenido una victoria naval frente a Pelusio y, tras hacer construir rápidamente un puente sobre el Nilo y cruzarlo con su ejército, estaba aterrorizando Alejandría con un asedio, pareciendo casi seguro que se apoderaría de tan opulentsimo reino. Después de narrar estos sucesos, los embajadores imploraron al Senado que fuera en ayuda del reino y de sus gobernantes, que eran amigos de Roma. Insisteron en que los buenos servicios que el pueblo romano había prestado a Antioco, así como su autoridad entre todos los reyes y pueblos, eran tales que, si le mandaban embajadores para decirle que el Senado desaprobaba la guerra que hacía contra los reyes amigos suyos, él abandonaría de inmediato las murallas de Alejandría y se llevaría su ejército de vuelta a Siria. Si el Senado vacilaba en esto, pronto habrían de llegar Tolomeo y Cleopatra a Roma, expulsados de su reino, para vergüenza del pueblo romano por no haberles ayudado cuando su posición era tan extrema. Los senadores quedaron muy conmovidos por el llamamiento de los alejandrinos, y dispusieron la marcha inmediata, como embajadores, de Cayo Popilio Lenas, Cayo Decimio y Cayo Hostlio para poner fin a aquella guerra entre los reyes. Se les ordenó que se dirigiesen primero a Antioco y después a Tolomeo, anunciándoles que si no se abstenían de hacer la guerra, no se consideraría amigo ni aliado al que continuara con ella.

[44.20] Los embajadores romanos, acompañados por los alejandrinos, partieron en el plazo de tres días. El último día de las Quinquatrías [fiesta en honor de Minerva, celebrada entre el 19 y el 23 de marzo.-N.

del T.] llegaron de Macedonia los delegados. Su retorno se esperaba con tanta impaciencia que, de no haber tenido lugar al anochecer, los cónsules habrían convocado de inmediato al Senado. Se convocó el Senado para el día siguiente y se les dio audiencia. Informaron de que el cruce por el ejército de desfiladeros intransitables se había traducido en más peligros que ventajas. Habían avanzado hasta la Pieria, pero el rey dominaba el país y los ejércitos estaban en tan estrecho contacto que solo los separaba el río Mavrolongo. El rey no presentaba ocasión de combatir, ni tampoco nuestros hombres eran lo bastante fuertes como para forzar la batalla; el invierno, además, había detenido las operaciones; nuestros hombres vivían en medio de la ociosidad y no tenían grano para más de seis días. Se decía que las fuerzas macedonias ascendían a treinta mil hombres armados. Si Apio Claudio hubiera tenido en Licnido fuerzas suficientes, el rey podría haber sido tomado entre dos frentes. En aquellos momentos, Apio y sus fuerzas se encontraban en el mayor de los peligros, si no se les enviaba de inmediato un ejército en regla o se retraban de allí aquellas fuerzas. Al dejar el campamento se dirigieron hacia la flota. Allí se enteró de que a algunos de los marinos se los había llevado una enfermedad; otra parte, en su mayoría sicilianos, habían regresado a sus casas y dejado sin tripulación a los barcos; los que permanecían en ellos no habían recibido su paga y no tenían vestuario adecuado. El rey Eumenes y su flota había llegado y había partido sin ninguna razón aparente, como si los hubiera arrastrado el viento; no se podía contar con la buena disposición de aquel rey. Mientras que todos los movimientos de Eumenes despertaban dudas, Atalo se estaba comportando con una fidelidad ejemplar.

[44,21] Una vez escuchados los delegados, Lucio Emilio declaró ante la Cámara que se abría el debate sobre la dirección de la guerra. El senado decretó que los cónsules y el pueblo deberían nombrar cada uno el mismo número de tribunos militares para las ocho legiones, pero sin que se nombrase aquel año a ninguno que no hubiera ocupado antes una magistratura; Lucio Emilio debería elegir de entre el número total a los que él quisiera para las dos legiones de Macedonia y, cuando hubiera terminado la Feria Latina, el cónsul y Cneo Octavio, el pretor al mando de la flota, partrían para sus respectivos mandos. Además de esto, Lucio Anicio, que tenía la pretura peregrina, debería marchar a Iliria y suceder a Apio Claudio en el mando en el Licnido. Se encargó al cónsul Cayo Licinio de la tarea de alistar nuevas tropas. Se le ordenó que alistase siete mil ciudadanos romanos de infantería y doscientos de caballería; de los aliados latinos tendría que alistar a siete mil infantes y cuatrocientos jinetes. Debía también enviar instrucciones por escrito a Cneo Servilio, en la Galia, para que reclutase a seiscientos de caballería. En cuanto le fuera posible, debería enviar este nuevo ejército a su colega en Macedonia. En esa provincia no había más de dos legiones: se deberían reforzar ambas hasta elevar la fuerza de cada una a seis mil soldados de infantería y trescientos jinetes; el resto de la infantería y la caballería se distribuiría entre las distintas guarniciones; de estos, se licenciaría a los que no fuesen aptos para el servicio militar. Se contaba, además, con los diez mil infantes y ochocientos jinetes proporcionados por los aliados. Se ordenó a Anicio que transportara estas fuerzas a Macedonia, aparte de las dos legiones que tenía orden de transportar allí y que estaban compuestas cada una por cinco mil doscientos infantes y tres cientos jinetes. También se alistó a cinco mil marinos para la flota. Se ordenó al cónsul Licinio que se encargara de su provincia con dos legiones y los diez mil infantes y ochocientos jinetes de los aliados.

[44,22] Una vez tomadas todas aquellas decisiones por el Senado, el cónsul Lucio Emilio abandonó la Curia y se dirigió a la Asamblea, donde efectuó el siguiente discurso: "Tengo la impresión, quirites, de que cuando la suerte me deparó Macedonia como provincia me felicitasteis más vivamente que cuando se me eligió cónsul o cuando tomé posesión de la magistratura. Y la única razón para esto, creo, es que pensasteis que yo sería el medio para dar a esta prolongada guerra un final digno de la grandeza de Roma. Espero que el resultado del sorteo sea considerado favorablemente también por los dioses y que me ayuden a cumplir la tarea que se me presenta. Me atrevo a creerlo así y a esperarlo. Pero sí puedo afirmar con absoluta certeza que haré cuanto esté a mi alcance para que las esperanzas que habéis depositado en mí no sean en vano. Ya se han tomado todas las medidas necesarias para la guerra y, habiéndose decidido que parta inmediatamente, sin que nada me lo impida, mi distinguido colega, Cayo Licinio, afrontará el resto de cuestones con la misma energía como si fuera él mismo a dirigir la guerra.

"Dad crédito exclusivamente a lo que yo escriba al Senado o a vosotros; no prestéis vuestra credulidad a los rumores vanos y sin autor conocido. Sé bien que, por lo general y especialmente en esta guerra, nadie hay que desprecie tanto la opinión pública como para que esta no pueda minar su valor y energía. En todos los lugares públicos donde se congregan las personas, y hasta ¡válganme los dioses! en los banquetes privados, siempre hay alguno que sabe cómo dirigir los ejércitos en Macedonia, dónde se deben situar los campamentos y qué posiciones estratégicas se deben ocupar, cuándo y por cuáles pasos se ha de entrar en Macedonia, dónde se tienen que situar los almacenes y qué medios de transporte se necesitan por tierra y por mar para llevar los suministros, en qué ocasiones hay que combatir y en cuáles es mejor permanecer inactivos. Y no solo establecen lo que se debe hacer, sino que cuando algo se hace en contra de su opinión, acusan al cónsul como si lo estuvieran sometendo a juicio ante la Asamblea. Estos comentarios interfieren grandemente con quienes están a cargo de la dirección de la guerra, pues no todo el mundo muestra tanda firmeza y resolución al afrontar la crítica hostl como Quinto Fabio [se refiere a Quinto Fabio Máximo Cunctator, dictador en el 217 a.C., durante la Segunda Guerra Púnica.-N. del T.]; él prefirió ver debilitada su autoridad por la ignorancia y el capricho del pueblo, antes que lograr popularidad y servir mal a la república. No soy yo, quirites, de los que piensan que los generales no deben ser aconsejados; al contrario, el hombre que siempre actúa según su propio criterio, a mi juicio, muestra más arrogancia que sabiduría. ¿En qué queda entonces la cuestón? Los comandantes deben, en primer lugar, aconsejarse de personas competentes y expertas en los asuntos militares; a continuación, por aquellos que están partcipando en las operaciones, por los que conocen el país y saben reconocer una oportunidad favorable cuando se presenta, y por quienes, como los compañeros de viaje, comparten los mismos peligros. Si, desde luego, hay alguno que considere que me puede dar buenos consejos sobre la guerra que voy a dirigir, que no niegue su ayuda a la república y venga conmigo a Macedonia. Yo le proporcionaré pasaje en un barco, un caballo, una tenda y correré incluso con los gastos del viaje. A quien todo esto le parezca demasiado molesto, que no trate de actuar como piloto desde terra. Ya ofrece suficientes temas de conversación la propia Ciudad; que limiten su locuacidad a estos y estén seguros de que yo me satisfaré con las deliberaciones de los consejos celebrados en nuestro campamento". Tras pronunciar este discurso y ofrecer el sacrificio habitual en el monte Albano durante la celebración de la Feria Latina la víspera de las calendas de abril [o sea, el 31 de marzo.-N. del T.], el cónsul partió hacia Macedonia, acompañado por el pretor Cneo Octavio. Según registra la tradición, el cónsul fue acompañado por una multitud más numerosa de lo habitual; y el pueblo, con una esperanza que era casi una certeza, esperaban el término de la guerra de Macedonia, así como el rápido regreso y el glorioso triunfo del cónsul.

[44,23] Mientras tenían lugar estos hechos en Italia, Perseo no terminaba de decidirse a llevar a cabo su proyecto de ganarse a Gencio, el rey de los ilirios, como aliado, pues debía hacer un gasto de dinero para lograrlo. Pero cuando vio que los romanos habían atravesado los pasos y que se acercaba el momento decisivo de la guerra, consideró que no debía aplazar más tiempo este asunto. A través de Hipias, que actuó como enviado suyo, accedió a pagar trescientos talentos de plata [7776 kilos, si eran talentos euboicos.-N. del T.] a condición de que se efectuara un intercambio de rehenes. Pantauco, uno de sus amigos más fieles, fue enviado para cerrar el acuerdo. En Meteón [próximo a la actual Medun.-N. del T.], en territorio de los labeatos, Pantauco se encontró con el rey ilirio, donde recibió el juramento del rey y los rehenes. Gencio envió a un hombre llamado Olimpio como embajador, para requerir de Perseo su juramento y los rehenes. Envió a otros hombres con él para recibir el dinero y, a sugerencia de Pantauco, los elegidos para acompañar como embajadores a los macedonios a Rodas fueron Parmenio y Morco. Sus instrucciones eran no ir a Rodas hasta que hubieran recibido el juramento del rey, el dinero y los rehenes, pues con la petción de ambos reyes se podría convencer a los rodios para que declarasen la guerra a Roma. La adhesión de aquella ciudad, que por entonces detentaba el poder naval absoluto, dejaría a los romanos sin esperanza alguna de victoria, ni por mar, ni por terra. Perseo salió de su campamento con toda su caballería, siguiendo por la orilla del río Mavrolongo, y se reunió con los ilirios en Dión. Allí, con la caballería formada a su alrededor, ambas partes cumplieron con lo acordado; Perseo consideraba que su presencia en aquella solemne ratficación les daría nuevos ánimos. Luego se intercambiaron los rehenes a la vista de todos; los que debían recibir el dinero fueron enviados al tesoro real en Pela, los que habían de acompañar a los embajadores ilirios a Rodas recibieron instrucciones de embarcar en Tesalónica. Se encontraba allí Metrodoro, que acababa de llegar de Rodas y que afirmó, basándose en la autoridad de Dinón y Poliarato, hombres principales de aquella ciudad, que los rodios estaban preparados para la guerra. Fue nombrado jefe de la legación conjunta de macedonios e ilirios.

[44.24] Al mismo tiempo, envió a Eumenes y Antioco un mismo mensaje, según sugerían las condiciones políticas del momento. Perseo les recordó que las ciudades libres y las monarquías, por su propia naturaleza, resultaban antagónicas. Roma les estaba atacando uno por uno y, lo que era peor, empleaba el poder de los reyes para atacar a los reyes. Su propio padre había sido derrotado con la ayuda de Atalo; el ataque contra Antioco se había efectuado con la ayuda de Eumenes y, en cierta medida, de su propio padre Filipo; y ahora Eumenes y Prusias estaban en armas contra él mismo. Si quedaba suprimida la monarquía en Macedonia, luego sería el turno de Asia; ya se habían convertido en los dueños de algunas zonas de ella, bajo el pretexto de liberar a las ciudades. A continuación, vendría Siria. Se tenía ahora a Prusias en mayor consideración que a Eumenes y se mantenía a Antioco fuera de Egipto, su recompensa en la guerra. Les instaba a refexionar sobre estas cuestones y a que insisteran a los romanos para que hicieran la paz con él o, si persistan en hacer contra él aquella guerra injusta, que los considerasen enemigos comunes de todos los reyes. La comunicación fue enviada a Antioco abiertamente; a Eumenes se le envió el emisario con el supuesto objetivo de organizar una rescate de prisioneros. De hecho, aún se mantenían negociaciones más secretas que, en aquellos momentos, hicieron a Eumenes aún más sospechoso y odioso para los romanos, dando lugar a más graves, aunque infundadas, acusaciones contra él: se le consideró un traidor y casi un enemigo declarado a causa de la disputa en avaricia y engaños con la que se acosaban ambos reyes. Había un cretense llamado Cidas, amigo íntimo de Eumenes. Este hombre había mantenido algunas conversaciones en Anfpolis con un tal Quimaro, paisano suyo, que servía por entonces con Perseo, y luego en Demetrias, al pie mismo de las murallas de la ciudad, primero con Menécrates y después con Antmaco, ambos generales de Perseo. También Hierofonte, que era el emisario para aquella ocasión, había desempeñado anteriormente dos misiones ante Eumenes. Estas conversaciones secretas y las misiones secretas suscitaron sospechas, pero aún no se tenía conocimiento del objeto y resultado de aquellos tratos entre los reyes. Los hechos tuvieron lugar así:

[44,25] Eumenes no deseaba que Perseo venciera, ni tenía intención alguna de ayudarle en la guerra; no tanto por las diferencias que tuvo con su padre como por la aversión personal y el hijo y él mismo sentían el uno hacia el otro. La rivalidad entre ambos monarcas era tal que Eumenes no podía ver complacido el nivel de poder y gloria que obtendría Perseo si este derrotaba a los romanos. También sabía que, desde el comienzo de la guerra, Perseo había intentado por todos los medios conseguir la paz, y que cuanto más próximo estaba el peligro más dedicaba todos sus actos y pensamientos, día y noche, a este objetivo. En lo referente a los romanos, creía que como la guerra se había prolongado más de lo previsto, tanto sus generales como el Senado no se opondrían a dar fin a una guerra tan desagradable y difcil. Habiendo así descubierto lo que ambas partes deseaban, y considerando que a este resultado se podía llegar sin su partcipación a causa de la fatga del más fuerte y el miedo del más débil, quiso poner precio a su colaboración para el restablecimiento de la paz. Establecía su recompensa, unas veces por no ayudar a los romanos, ni por tierra ni por mar, y otras por mediar a favor de la paz. Por negar su ayuda pedía mil talentos; por propiciar la paz, mil quinientos. En ambos casos, se mostraba dispuesto no solo a prestar juramento, sino también a entregar rehenes. Impulsado por sus temores, Perseo se apresuró a dar comienzo a las negociaciones y no quería retrasar la entrega de rehenes; se acordó que aquellos que recibiera serían enviados a Creta. Pero cuando se llegaba a tratar la cuestón del dinero, entonces vacilaba y decía que, en el caso de la primera condición y entre reyes de tanto prestgio, el pago de dinero resultaría algo sórdido e indecoroso, tanto para el que lo hiciera como para el que lo aceptase. No rehusaba el pago por la esperanza de lograr la paz con Roma, aunque solo entregaría el dinero cuando se hubiera cerrado el acuerdo; entre tanto, lo depositaría en el templo de Samotracia. Como esa isla pertenecía a Perseo, Eumenes no veía ninguna diferencia entre que el dinero estuviese allí o en Pela, y lo que intentaba era quedarse en el acto con alguna parte. Así, después de intentar sin éxito engañarse el uno al otro, no lograron más que descrédito.

[44.26] No fue esta la única oportunidad que Perseo dejó escapar por su avaricia. De haber pagado, es posible que hubiera logrado la paz por mediación de Eumenes, lo que hubiese merecido la pena aún a costa de parte de su reino; o, si Eumenes le hubiera engañado, podría haber descubierto a su enemigo aún cargado con el oro, haciendo que los romanos lo considerasen con razón su enemigo. Pero la avaricia le hizo malograr la alianza que ya había acordado con Gencio y también el inestimable apoyo de los galos que se habían extendido por la Iliria. Vinieron a ofrecerle sus servicios un numeroso cuerpo de diez mil de caballería y el mismo número de infantes; estos últimos corrían junto a los caballos y, durante el combate, montaban sobre los caballos cuyos jinetes caían. Estos hombres habían accedido a servir por diez monedas de oro, al contado, para cada jinete, cinco de oro para cada infante y mil para su jefe. Al acercarse estos, Perseo salió con la mitad de sus fuerzas de su campamento en el Mavrolongo y comenzó a dar aviso a todos los pueblos y ciudades situadas cerca de su ruta para que dispusieran un amplio suministro de trigo, vino y ganado. Llevó con él algunos caballos con sus arreos y capas militares como regalo para sus oficiales, así como una pequeña cantidad de oro para distribuirla entre algunos de los soldados, confiando en que atraería la masa restante con la esperanza de más. Llegó hasta la ciudad de Almana y fijó su campamento junto al río Vardar [Almana pudiera haber estado cerca de Idomene y el Vardar es el antiguo Axio.-N. del T.]. El ejército galo estaba acampado en las proximidades de Desudaba [próxima a la actual Kumanovo.-N. del T.] esperando el pago acordado. Perseo envió allí a Antgono, uno de los nobles de su corte, para ordenar a los soldados galos que trasladaran su campamento a Titov Beles [la antigua Bilazora.-N. del T.], que es una localidad de Peonia, y que los jefes, en grupo, se presentaran a él. Estaban a setenta y cinco millas [111 kilómetros.-N. del T.] de distancia del campamento del rey en el Vardar. Una vez que Antgono les notficó estas instrucciones, y después de referirles la abundancia de provisiones que la atención del rey les había dispuesto por todas partes, se refirió a los regalos de ropa, plata y caballos que el rey había dispuesto para sus oficiales cuando llegaran. Los galos contestaron que verían entonces aquellas promesas; pero preguntaron si había llevado consigo el oro que se había de repartr a cada jinete y a cada infante. A esto no se dio ninguna respuesta; entonces, su régulo Clondico le dijo: Márchate, pues, y dile al rey que los galos no darán un paso hasta que reciban el oro y los rehenes". Al informarse de esto al rey, convocó un consejo de guerra. Al resultar evidente cuál sería el consejo unánime, el rey, mejor custodio de su dinero que de su reino, empezó a disertar sobre la perfidia y el salvajismo de los galos, que ya muchos pueblos habían experimentado para su desgracia. Resultaría un peligro admitr a tan vasta multitud en Macedonia y los encontrarían más problemáticos como aliados que como enemigos; bastarían cinco mil jinetes para emplearlos en la guerra, y no serían demasiados como para consttuir un peligro.

[44.27] Resultaba evidente para todos que lo único que temía el rey era tener que pagar a tan gran ejército; y como nadie tuvo el valor para tratar de disuadirlo, se envió de vuelta a Antgono para decirles que el rey solo podría emplear a cinco mil de sus jinetes y que no retenía a los demás. Cuando los bárbaros oyeron esto, se levantaron murmullos de indignación entre el resto del ejército, por haber sido sacados de sus hogares sin ningún propósito. Clondico volvió a preguntar si pagaría la cantidad estpulada a los cinco mil. Al ver que a esta pregunta también se respondía de manera un tanto evasiva, Clóndico despidió al falaz mensajero sin causarle ningún daño, lo que ni siquiera este tenía esperanzas de que sucediera. Los galos dieron la vuelta en dirección al Histro, asolando aquellas zonas de Tracia que quedaban próximas a su línea de marcha. Todas estas fuerzas podrían haber sido dirigidas contra los romanos en Tesalia, a través del paso de Perrebia, mientras el rey continuaba tranquilamente en el Mavrolongo; y no solo habrían saqueado y arrasado los campos, para que los romanos no pudieran haber dispuesto de suministros en aquellos territorios, sino que podrían haber destruido también las ciudades, mientras Perseo mantenía a los romanos en el Mavrolongo para impedir que ofrecieran ayuda a sus aliados. Los romanos habrían tenido que pensar en su propia seguridad, ya que no podrían haberse quedado donde estaban al haberse perdido la Tesalia que alimentaba a su ejército, ni podría haber efectuado ningún movimiento con el campamento de los macedonios frente a ellos. Al perder una oportunidad como esta, Perseo alentó a los romanos y desanimó en gran medida a los macedonios, que habían puesto muchas esperanzas en esta toma de partido.

Aquel mismo comportamiento mezquino volvió a Gencio en su contra. Después de haber pagado los trescientos talentos a los emisarios de Gencio en Pella, les permitó poner su sello sobre el dinero. Luego, envió diez talentos a Pantauco con orden de entregárselos inmediatamente al rey. En cuanto al resto del dinero, sobre el que habían colocado los sellos, dijo a sus portadores que lo llevasen en etapas cortas y que, cuando llegaran a la frontera de Macedonia, se detuviera y esperasen allí sus instrucciones. Una vez que Gencio hubo recibido la parte menor del dinero, Pantauco le estuvo urgiendo a que provocara a los romanos mediante algún acto hostl; como consecuencia de ello, encarceló a los dos embajadores romanos que se acababan de presentar ante él y que resultaron ser Marco Perpena y Lucio Petlio. Al tener noticia de esto, Perseo pensó que Gencio estaba ya, en todo caso y forzado por las circunstancias, en guerra con Roma; en esta creencia envió un mensaje para que regresara el encargado de transportar el dinero. Parecía como si su único pensamiento fuera reservar a los romanos todo el botín posible para después de su propia derrota. Herofonte regresó también de su visita a Eumenes, sin que se supiera el resultado de las conversaciones secretas entre ellos. Los macedonios dijeron públicamente que habían tratado sobre el intercambio de prisioneros, y Eumenes dio la misma explicación al cónsul para disipar sus sospechas.

-N. del T.]-a Ténedos para proteger los barcos con trigo que hacían su ruta hacia Macedonia, dispersos entre las islas Cícladas. Los barcos fueron botados en Casandreo, en los dos puertos que están bajo el monte Atos, y desde allí navegados hacia Ténedos en un mar en calma. Una vez allí, dejaron marchar sin daño e incluso con un trato amisto, a algunas naves sin cubierta rodias que estaban surtas en el puerto, así como a su prefecto Eudamo. Al enterarse de que cincuenta de sus transportes estaban bloqueados al otro lado de la isla por navíos con espolón de Eumenes, que estaban apostados en la bocana del puerto bajo el mando de Damio, Antenor se dirigió rápidamente allí e hizo que se retrasen las naves enemigas ante su aparición. Mandó diez lembos para escoltar los transportes a Macedonia, con orden de regresar a Ténedos una vez los pusieran a salvo. Ocho días después se reunieron con la flota, que estaba ahora anclada en Sigeo [al noreste de Ténedos, en la costa de Asia Menor.-N. del T.]. Desde allí se dirigieron a Subota, una isla situada entre Elea y Quíos. El día después de su llegada, acertaron a pasar treinta y cinco barcos llamados "hipagogos" ["para llevar caballos"; tenían capacidad para unos 30 animales cada nave.-N. del T.], que transportaban caballos galos y a sus jinetes con rumbo a Fanas, un promontorio de Quíos; llevaban rumbo a Fanos, un promontorio de Quíos, y pretendían navegar desde allí a Macedonia. Los enviaba Eumenes a Atalo. Cuando Antenor recibió de los vigías una señal de que estos barcos estaban en alta mar, partió de Subota y les salió al encuentro en la parte más estrecha del canal que hay entre el cabo de Eritras y Quíos [próxima a la actual ciudad turca de Çeşme.-N. del T.]. La última cosa que esperaban los prefectos de Eumenes es que la flota de Macedonia estuviera patrullando aquellas aguas. Primero pensaron que eran romanos, luego que se trataba de Atalo o de alguien enviado por Atalo desde el campamento Romano, y que iban de camino a Pérgamo. Pero cuando, por la forma de los lembos, con las proas apuntándoles y los remos bogando vivamente, ya no pudo dudarse más de su procedencia y de que eran enemigos al ataque, el terror se apoderó de la flota. La pesada naturaleza de sus barcos, junto a la dificultad de mantener tranquilos a los galos, destruyeron cualquier esperanza de resistr. Algunos de los que estaban más cerca de tierra nadaron hasta Eritras; otros dieron todo el trapo, y dirigieron las naves a Quíos, donde abandonaron los caballos y se dirigieron en completa confusión hacia la ciudad. Sin embargo, los barcos de Macedonia, tomando una ruta más corta, desembarcaron sus tropas cerca de la ciudad y masacraron a los galos, a unos mientras huían y a otros delante de las puertas de la ciudad; los habitantes de Quíos habían cerrado sus puertas al no saber quiénes eran los que huían y quiénes los que les perseguían. Murieron cerca de ochocientos galos y se apresó a doscientos de ellos. Algunos de los caballos se perdieron con los barcos hundidos, a otros los desjarretaron los macedonios en la playa. Había veinte caballos de excepcional belleza, y Antenor ordenó a los mismos diez lembos que había mandado antes, que llevaran a aquellos y a los prisioneros hasta Tesalónica, regresando lo antes posible; él los esperaría en Fanas. La flota estuvo anclada tres días frente a Quíos y luego se dirigió a Fanas. Los diez barcos regresaron antes de lo que se esperaba; a continuación, toda la flota se hizo a la mar y cruzaron el mar Egeo hasta Delos.

[44,29] Mientras tenían lugar todas aquellas operaciones, los delegados romanos, Cayo Popilio, Cayo Decimio y Cayo Hostlio, partieron de Calcis con tres quinquerremes y llegaron a Delos. Allí encontraron a los cuarenta lembos macedonios y a las cinco quinquerremes pertenecientes a Eumenes. La santidad del templo y el carácter sagrado de la isla les garantzaba la inviolabilidad a todos. Los romanos, los macedonios y las tripulaciones de los barcos de Eumenes estuvieron mezclados por la ciudad y el templo, protegidos por la tregua que les ofrecía aquel lugar sagrado. Antenor, el prefecto de Perseo, recibía de tanto en tanto una señal de que se había divisado en alta mar algún navío de carga. Parta entonces en su persecución, personalmente con algunos de sus lembos o bien mediante los que estaban dispersos entre el resto de las islas Cícladas. Hundía o saqueaba todas las naves, con excepción de las que dirigían a Macedonia. Popilio intentó salvar todas las que pudo, tanto con las suyas como con las de Eumenes, pero los lembos macedonios se le escapaban navegando por la noche en grupos de dos o tres

[recuérdese que los lembos eran naves militares rápidas, mucho más ligeras y maniobrables que los quinquerremes.-N. del T.]. Por estas fechas llegaron a Rodas los embajadores macedonios e ilirios. Su misión se vio reforzada por la aparición de las naves macedonias que patrullaban entre las Cícladas y el Egeo, la acción conjunta entre Perseo y Gencio, y el rumor de que los galos venían de camino con una gran fuerza de infantería y caballería. Dinón y Poliarato, los líderes de la facción favorable a Perseo, se sentían ahora lo suficientemente fuertes como para enviar una respuesta favorable a los dos monarcas, llegando incluso a proclamar públicamente que tenían la autoridad suficiente como para poner fin a la guerra; los reyes, por lo tanto, debían mostrar la apropiada moderación y disponerse a aceptar los términos de paz.

[44,30] Era ya el comienzo de la primavera y los nuevos generales habían llegado a sus provincias. El cónsul Emilio se encontraba en Macedonia, Octavio estaba con la flota en Oreo y Anicio estaba en Iliria, donde dirigiría la guerra contra Gencio. Los padres de Gencio eran Pleurato, anterior rey de Iliria, y Eurídice. Tenía Gencio dos hermanos: Plator, hijo de los mismos padres, y el otro, de nombre Caravancio, que era su hermano por parte de madre. No senta inquietud respecto a este último, pues su padre era un hombre de humilde extracción, pero para asegurar aún más su trono dio muerte a Plator y a dos amigos suyos, Etrito y Epícado, ambos hombres capaces y competentes. Se solía comentar que sus celos venían de los esponsales de Plator con Etuta, una hija de Monuno, el rey de los dárdanos, y de la suposición del apoyo que este le podría prestar; el que, después de la muerte de su hermano Plator, se casara con ella dio verosimilitud a esta conjetura. Una vez desaparecidos todos los temores respecto a su hermano, Gencio empezó a oprimir a su pueblo mientras su carácter naturalmente violento se encendía por su incontinencia con el vino. Sin embargo, como he dicho antes, estaba empeñado en una guerra contra Roma y reunió a todas sus fuerzas en Lezhë [la actual Lissos, en Albania, también conocida como Alesio.-N. del T.]. Su número ascendía a quince mil hombres armados. Envió a su hermano Caravancio con mil soldados de infantería y cincuenta jinetes para someter a los cavios, fuera mediante la intimidación o la fuerza, mientras él mismo avanzaba contra Basania, una ciudad que distaba quince millas [22 200 metros.-N. del T.] de Lezhë. La ciudad era aliada de Roma y, cuando Caravancio envió mensajeros para pedir la rendición, decidieron enfrentar el asedio antes que rendirse. Una de las ciudades pertenecientes a los cavios, Durnio, le abrió sus puertas; otra, Caravandis, se las cerró y, cuando Caravancio empezó a devastar intensamente sus campos, los campesinos se sublevaron y dieron muerte a un número considerable de soldados dispersos.

En aquellos momentos, Apio Claudio, que había reforzado su ejército con los contingentes auxiliares de bulinos [entre Orico y Apolonia.-N. del T.], apoloniatas y dirraquinos, había abandonado sus cuarteles de invierno y estaba acampado cerca del río Skumbi [el antiguo Genuso.-N. del T.]. Al llegarle noticias de la alianza que Gencio había acordado con Perseo, así como del escandaloso trato con que ofendieron a los enviados de Roma, se irritó por la violación del derecho de gentes y se dispuso a iniciar las hostlidades contra él. El pretor Anicio, que estaba por entonces en Apolonia, se enteró de lo que estaba sucediendo en Iliria y envió un mensaje a Apio pidiéndole que le esperase en el Skumbi; llegó tres días después al campamento. Tras unir a sus fuerzas auxiliares dos mil infantes y doscientos jinetes enviados por los partinos -la infantería estaba al mando de Epicado y la caballería al de Algalso-se dispuso a marchar a la Iliria con el objetivo principal de forzar el levantamiento del asedio de Basania. La invasión planeada se retrasó por el informe de que había ochenta lembos que estaban asolando la costa. Estos habían sido enviados por Gencio, siguiendo el consejo de Pantauco, para devastar los campos de Apolonia y Dirraquio. Entonces, la flota ... [se perdió una hoja del manuscrito, en la que se contaría la victoria naval de Anicio.-N. del T.] ... se rindieron.

[44.31] Una tras otra, las ciudades de aquella región hacían lo mismo; sus inclinaciones naturales se vieron reforzadas por la clemencia y la equidad mostradas por el pretor romano hacia todos. Marchó luego a Scodra, el lugar más importante en la guerra. Gencio la había escogido como la fortaleza, por así decirlo, de todo su reino, además de por ser con mucho la más fortificada entre todas las ciudades del territorio de los labeates, además de resultar de difcil acceso. Está rodeada por dos ríos, el Kiri en lado oriental y el Bojana en el lado occidental, que nace en el lago Labeátde; estos dos ríos se unen y vierten sus aguas en el Drin [los antiguos Clausal, Barbana y Oriunde, respectivamente.-N. del T.], que nace en el monte Escordo y, aumentado por muchos afuentes, desemboca en el Adriátco. El monte Escordo es, con diferencia, la montaña más alta de aquel territorio; a su este se extende la Dardania, Macedonia lo hace por el sur y el Ilírico por el oeste. Aunque la ciudad estaba protegida por su situación y defendida por todas las fuerzas de Iliria bajo el mando del mismísimo rey, el pretor romano decidió atacarla. Como sus primeras operaciones habían tenido éxito, creía que le acompañaría la misma suerte y que un golpe repentino obraría el mismo efecto, por lo que avanzó hasta las murallas con el ejército formado en orden de batalla. De haberse mantenido cerradas las puertas y los defensores apostados en las murallas y torres, su intento habría fracasado y se habría expulsado a los romanos de los muros. Sin embargo, lanzaron una salida puertas afuera y entablaron combate en campo abierto, poniendo más valor en darle inicio que luego en sostenerlo. Fueron rechazados, y más de doscientos hombres mientras se apretaban al huir, a través del estrecho espacio de la puerta. Esto provocó tal terror que Gencio envió a dos de los hombres más notables de todo el país, Teutco y Belo, como parlamentarios ante el pretor, para pedir un cese de las hostlidades que le proporcionara tiempo para considerar su situación. Se le concedieron tres días y, como el campamento estaba a solo quinientos pasos de distancia, subió a una embarcación y navegó por el río Bojana hasta el lago Labeátde, como si buscase un lugar alejado donde refexionar. En realidad, como luego se demostró, se engañó con la esperanza de la próxima llegada de su hermano Caravancio con varios miles de hombres que había reclutado en el país al que se le había enviado. Una vez comprobado que el rumor era infundado, bajó tres días después en el mismo barco hasta Escodra, siguiendo la corriente del río, y solicitó envió unos mensajeros para solicitar una entrevista con el pretor. Se le concedió su petción y marchó hasta el campamento. Comenzó su discurso reconociendo su propia culpa y luego, cayendo de rodillas, se puso en manos del pretor entre lágrimas y súplicas. Se le dijo que debía tener buen ánimo, e incluso recibió una invitación para cenar. Regresó a la ciudad para ver a sus amigos, y aquel día se le trató con todos los honores en la mesa del pretor. Pero a continuación se le entregó a la custodia de Cayo Casio, uno de los tribunos militares. Él, un rey, había recibido diez talentos de otro rey, apenas la paga de un gladiador, solo para llegar a caer en aquella condición.

[44.32] Tras la captura de Escodra, lo primero que hizo Anicio fue ordenar que se hallara a los dos embajadores, Petlio y Perpena, y que los llevaran ante él. Se les proporcionaron las ropas e insignias de su cargo, y se envió a Perpena de inmediato para detener a los amigos y parientes del rey. Este fue a Metone y llevó consigo al campamento, en Escodra, a Etleva [en 30,4 la ha llamado Etuta.-N. del T.], la esposa, con sus dos hijos Escerdiledo y Pleurato, así como a su hermano Caravancio. Anicio había dado fin a la guerra en Iliria en menos de un mes y Perpena fue enviado a Roma para anunciar su victoria. Unos días más tarde envió a Gencio a Roma junto con su madre, su esposa, sus hijos y su hermano, así como también a algunos de los principales hombres de Iliria. Esta es la única guerra de cuyo fin se tuvo noticia en Roma antes de saber que había empezado. Durante todo este tiempo, Perseo, por su parte, estaba en un estado de gran inquietud debido al avance del cónsul Emilio quien, según tenía entendido, se estaba aproximando de un modo muy peligroso; lo mismo ocurría con el pretor Octavio y el temor que provocaba la flota romana amenazando la costa. Eumenes y Atenágoras estaban al mando de Tesalónica con una pequeña fuerza de dos mil hombres armados de cetra. Envió allí también al pretor Androcles con órdenes de permanecer acampados cerca del arsenal naval; mandó mil jinetes con Creonte a Enea, para proteger la costa, de modo que pudieran prestar ayuda a los habitantes del campo en cualquier lugar donde escucharan que los amenazaban los barcos enemigos; se envió a cinco mil macedonios como guarnición a Pitos y Petra bajo el mando de Histeo, Teógenes y Midón. Una vez hubieron partido, el propio Perseo se dedicó a fortificar la orilla del Mavrolongo, que ahora se podía cruzar fácilmente al estar seco su cauce. Para que todas sus fuerzas estuviesen disponibles para esta tarea, reclutó mujeres en las ciudades vecinas para que se encargasen del suministro de alimentos. Se ordenó a los soldados que, de los bosques cercanos. . . [seguimos aquí la edición de Gredos de 1994, para reseñar que en este punto se produjo la pérdida de dos hojas del códice en las que, seguramente, se detallarían los preparativos de Perseo y las medidas adoptadas por el cónsul una vez llegado al campamento de Fila.-N. del T.].

[44,33] . . . Por último ordenó a los aguadores que lo siguieran hasta el mar, que estaba a menos de trescientos pasos de distancia, y que cavaran hoyos en la orilla a cortos intervalos entre sí. La altura de las montañas le llevó a esperar que, como no corrían riachuelos desde los terrenos altos, existeran manantales subterráneos que corrieran hasta el mar y verteran en él sus aguas. Apenas se removió la superficie de la arena cuando aforaron fuentes, primero de aguas escasas y turbias, pero pronto de clara y abundante agua, como si se tratase de un regalo de los dioses. Este descubrimiento aumentó mucho el prestgio del general y su autoridad entre los soldados. A continuación, se dieron órdenes a las tropas para que tuviesen dispuestas sus armas mientras que el cónsul, acompañado por los tribunos militares y los primeros centuriones, marchaba a examinar el lugar por donde iban a cruzar, por dónde podrían descender más fácilmente los hombres con sus armas y por dónde presentaba menos dificultad el ascenso a la orilla opuesta. Tras quedar satisfecho sobre estos puntos, la primera preocupación del cónsul fue que todo se hiciera de forma ordenada y sin confusión, obedeciendo al punto las órdenes del general. Cuando se daba una orden a todas las tropas, no era escuchada con claridad y al mismo tiempo por todos; ante la duda sobre lo que se les había mandado, algunos hacían más de lo ordenado, añadiendo cosas de propia iniciativa, mientras que otros hacían menos. Se levantaban entonces gritos confusos por todas partes y el enemigo se enteraba de las intenciones del general antes que ellos. Por lo tanto, dio instrucciones para que los tribunos militares comunicasen las órdenes al primipilo de la legión y que este notficaría lo que se debía hacer a cada uno de los centuriones más próximos; estos la irían transmitendo tanto desde la vanguardia hacia la retaguardia de la columna como desde atrás hacia delante. Tomó también la novedosa decisión de que los centinelas no llevasen el escudo durante las guardias nocturnas; un centinela no estaba para combatir, por lo que no tenía que hacer uso de las armas, sino para vigilar; de manera que al advertr la llegada del enemigo, debía retrarse y llamar a los demás a las armas. Solían permanecer de pie, con los cascos colocados y los escudos verticales frente a ellos; luego, cuando se sentían cansados, se apoyaban en el pilo, descansando su cabeza sobre el borde de sus escudos y dormitaban de pie; de tal manera que el brillo de sus armas los hacían visibles al enemigo mientras ellos no veían nada. Modificó también las normas respecto a los puestos avanzados. En estos, se solía estar todo el día bajo las armas; la caballería, con los caballos embridados, bajo un sol abrasador y sin nubes los días de verano, quedaban ellos y las monturas tan agotados y desfallecidos por el calor después de tantas horas que, a menudo, cuando les atacaba un pequeño grupo de enemigos que estaban frescos y descansados, resultaban derrotados aunque fuesen muy superiores en número. Por lo tanto, dio orden de que los que entrasen al amanecer deberían dejar sus puestos a mediodía y ser relevados por otros, que entrarían de guardia para el resto del día; de esta manera, ya no sería posible que los atacara, estando fatgados, un enemigo fresco y descansado.

[44,34] Una vez que Emilio convocó la asamblea de soldados y les indicó su decisión de que se cumpliera con aquellas disposiciones, les dirigió un discurso concordante con el que había pronunciado antes en Roma. Les recordó que era solo al general a quien competa prever y disponer las operaciones precisas, fuera por sí mismo o de acuerdo con aquellos a quienes convocara al consejo. Los que no fueran llamados al consejo no tenían por qué dar sus propias opiniones, ni en público ni en privado. El soldado debía preocuparse de estas tres cosas: mantener su cuerpo tan fuerte y ágil como fuera posible; mantener sus armas en buen estado y tener sus víveres dispuestos para marchar ante cualquier orden repentina de su jefe. Para el resto de cuestones, debían comprender que estaban bajo el cuidado de los dioses y de su general. No exista seguridad alguna en un ejército donde los soldados tomaban sobre sí el dar consejos y el general estaba dominado por las opiniones de la multitud. Él, como general suyo, cumpliría con su deber y les daría ocasión de vencer al enemigo. No era cosa suya el preguntar qué había de ocurrir; solo debían hacer cuanto cumplía a un soldado en cuanto se diera la señal.

Una vez dadas estas órdenes, disolvió la asamblea, e incluso los veteranos solían confesar que aquel día habían, por vez primera y como si fuesen reclutas, aprendido lo que significaba el servicio militar. Y no solo demostraron con palabras lo mucho que apreciaban las palabras del cónsul, sino también con sus actos inmediatos. Al poco tiempo ya no se veía a nadie inactivo en el campamento; unos afilaban sus espadas, otros frotaban sus cascos y carrilleras, otros lo hacían con sus escudos y corazas, otros se ajustaban las armas y comprobaban su agilidad con ellas puestas, otros blandían el pilo y otros esgrimían sus espadas y probaban su punta y corte. Así pues, cualquiera podía ver fácilmente que, a la primera oportunidad de llegar al cuerpo a cuerpo con el enemigo, darían fin a la guerra con una gloriosa victoria o con una muerte memorable. Perseo, por su parte, cuando vio que tras la llegada del cónsul -que ocurrió al comienzo de la primavera-todo era bullicio y movimiento entre el enemigo, como si se tratase de una nueva campaña, que el campamento se trasladó desde Fila hasta la orilla del río y que su general efectuaba rondas, a veces para inspeccionar sus trabajos y buscando un lugar por donde se pudiera cruzar el río, y otras . . . [seguimos la edición de Gredos para hacer constar que, en esta laguna, debida a la pérdida de una hoja del manuscrito, se narrarían los preparativos del rey y del cónsul junto al Mavrolongo, así como la difusión de la derrota de Gencio.-N. del T.].

[44.35] Esta noticia levantó los ánimos de los romanos y produjo una considerable alarma entre los macedonios y su rey. Este, al principio, trató de ocultar aquel suceso enviando mensajeros a Pantauco, que venía desde allí, para que no se aproximara al campamento; sin embargo, algunos jóvenes que habían estado como rehenes entre los ilirios ya habían sido visitados por sus familiares. Además, suele ocurrir que cuanto más empeño ponen los reyes en ocultar algo, más fácilmente se filtre por la locuacidad de quienes están a su servicio. Justo después de esto, llegaron al campamento romano los embajadores de Rodas, que traían con ellos la mismas propuestas de paz que tanta indignación habían levantado en el Senado de Roma. Estos fueron ahora escuchados con mucha mayor hostlidad por aquel consejo de guerra. Aunque algunos pensaban que se les debía expulsar a viva fuerza del campamento, el cónsul dijo que les daría una respuesta en un plazo de quince días. Mientras tanto, para que quedase claro cuánta infuencia había tenido la autoridad de los rodios con su propuesta de paz, empezó a discutr el plan de operaciones con su consejo. Algunos, sobre todo los oficiales más jóvenes, estaban a favor de asaltar la orilla opuesta del Mavrolongo y sus fortificaciones. Después haber sido expulsados el año anterior de lugares más altos y mejor fortificados, consideraban que los macedonios serían incapaces de resistr un ataque general lanzado con todas sus fuerzas. Otros opinaban que Octavio debía llevar su flota hasta Tesalónica y devastar la costa. Amenazando así su retaguardia, podrían obligar al rey a dividir sus fuerzas para proteger el interior de su reino, dejando así desguarnecido algún paso del río. El cónsul consideraba que la orilla del río era infranqueable, debido a su pendiente y a las obras de defensa; aparte de que había posiciones de artillería por todas partes, había oído que el enemigo usaba con la mayor habilidad y precisión los proyectiles.

El cónsul había decidido adoptar otro curso de acción y disolvió el consejo. Había dos comerciantes perrebios, Ceno y Menófilo, en cuya honestdad y sagacidad sabía que podía confiar. Envió a buscarlos y les preguntó en privado sobre los pasos que llevaban a Perrebia. Estos le dijeron que no eran difciles de atravesar, pero que estaban guardados por tropas del rey. Al oír esto, pensó que un ataque nocturno por sorpresa, lanzado con tropas lo bastante fuertes y cuando el enemigo no lo esperase, podría desalojar de allí las guarniciones y obligarlas a retroceder. Las jabalinas, las fechas y los demás proyectiles resultaban inútiles en la oscuridad, pues era imposible ver dónde se apuntaba; era en la lucha cuerpo a cuerpo con espada, en el tumulto de la batalla, donde el soldado romano resultaba tenía ventaja. Decidió llevar a estos mercaderes como guías y mandó llamar a Octavio, al que explicó sus planes, ordenándole que navegara hasta Heracleo y tuviese dispuesta comida cocinada para diez días y para mil hombres. Envió por tierra hasta Heracleo a Publio Escipión Nasica y a Quinto Fabio Máximo, su propio hijo, con cinco mil soldados escogidos, con el objetivo aparente de embarcarse para devastar la costa de Macedonia Central; esta propuesta se había discutido en el consejo. En privado, les informó que, para evitar cualquier retraso, se habían dispuesto raciones para estas tropas a bordo de la flota. Ordenó a los dos guías que regulasen el recorrido de cada jornada de marcha, de forma que se pudiera lanzar un ataque contra Pitoo en la cuarta guardia de la tercera jornada.

Para evitar que el rey pusiera su atención en cualquier otra parte, el cónsul, al amanecer del día siguiente, inició una operación contra los puestos avanzados enemigos en medio del cauce del río; el combate fue sostenido por la infantería ligera de ambos bandos, pues las tropas más pesadas no podían combatir en un terreno tan irregular. Desde la parte superior de cada orilla hasta el cauce del río había unos trescientos pasos en descenso; la corriente, en el centro, tenía una profundidad variable según los lugares y un ancho de más de una milla. Allí, en medio de la corriente, tuvo lugar el combate, que fue contemplado por el rey desde las fortificaciones de su orilla y por el cónsul desde la empalizada de la suya, rodeado por sus legionarios. Mientras lo hacían a distancia y con sus armas arrojadizas, los hombres del rey luchaban con ventaja; pero cuando se llegaba a la lucha cuerpo a cuerpo, los romanos guardaban mejor el equilibrio y estaban mejor protegidos, fuera con el escudo redondo o con el escudo ligur [escudo ovalado con espina longitudinal y pequeño broquel central.-N. del T.]. Cerca del mediodía, el cónsul ordenó que se tocara retirada, de manera que aquel día se interrumpió el combate con no pocas bajas por ambas partes. Al día siguiente, se reanudó la lucha al amanecer con mayor encarnizamiento, pues los ánimos estaban caldeados por el combate anterior. Los romanos resultaban heridos no solo por aquellos contra los que luchaban, sino en mucho mayor grado por los proyectiles de toda clase, sobre todo piedras, que arrojaba la multitud que estaba apostada en lo alto de las torres. Cada vez que se acercaban a la orilla en poder del enemigo, los proyectiles que lanzaban sus máquinas llegaban hasta las últimas filas. El cónsul hizo retrar a sus hombres algo más tarde aquel día, tras sufrir

pérdidas mucho mayores que el anterior. Al tercer día se abstuvo de combatir y descendió hasta la zona más baja del campamento, como si fuera a intentar el paso por aquella parte de las líneas enemigas que se extendía hasta el mar. Perseo . . . . [seguimos nuevamente la edición de Gredos de 1994, cuando nos indica que se perdieron aquí cuatro hojas del códice, en las que se narraría la expedición a través del paso de Petra y el repliegue de Perseo desde el Mavrolongo hasta Pidna, donde lo siguió Emilio Paulo después de reunir sus tropas con las de Escipión Nasica.-N. del T.] a lo que estaba a la vista ...

[44.36] Ya había pasado el solstcio [de verano.-N. del T.], estaba próximo el mediodía y la marcha se había efectuado entre nubes de polvo y bajo un sol abrasador. Ya se sentían el cansancio y la sed, y era evidente que se agravarían con el mediodía. El cónsul estaba decidido a no exponer a sus hombres, mientras estuviesen sometidos a tales condiciones, a un enemigo que estaba fresco y en plenitud de fuerzas. Pero era tal el deseo de sus hombres por combatir como fuera, que resultó precisa toda la habilidad del cónsul tanto para manejar a sus hombres como para engañar al enemigo. La línea de batalla no estaba completamente formada, por lo que instó a los tribunos militares para acelerasen su formación; él mismo recorría las filas y excitaba el ansia por combatir de sus hombres. Estos, al principio, le demandaban impacientes que diera la señal de ataque; después, bajo el creciente calor, sus caras fueron mostrando menos ánimo y sus voces se volvían más débiles; algunos se doblaban sobre el escudo y se apoyaban sobre el pilo. Entonces, finalmente, dio orden a los centuriones de la primera fila para que trazaran la línea frontal de un campamento y que depositaran los bagajes. Al darse cuenta los soldados de lo que sucedía, expresaron algunos abiertamente su alegría por no haberse visto obligados a combatir, exhaustos como estaban por la fatigosa marcha y el intenso calor. Los legados y generales de los contingentes auxiliares, entre ellos Atalo, que rodeaban al comandante, se mostraron de acuerdo con su decisión mientras creyeron que iba a presentar batalla, pues ni siquiera a ellos les había revelado su intención de retrasar el combate. El súbito cambio de planes hizo que casi todos ellos guardasen silencio. Solo Nasica tuvo el valor de advertr al cónsul para que no dejara escapar entre las manos a un enemigo que varias veces había burlado la experiencia de los generales que le precedieron con su habilidad para evitar el combate. Si Perseo escapaba aquella noche, se temía que habría que ir tras él con infinitos trabajos y peligros, hasta el corazón de Macedonia, pasando el verano como habían hecho los anteriores generales: atravesando los desfiladeros y caminos de montaña de Macedonia. Él recomendaba encarecidamente al cónsul que atacase al enemigo mientras lo tenía en campo abierto y que no dejase pasar la oportunidad que se le ofrecía de vencer. El cónsul no se sintó en absoluto ofendido por la franca advertencia de tan distinguido joven. "Nasica, -le contestó-también yo he pensado antes como lo haces tú ahora; y un día tú pensaras como ahora lo hago yo. He aprendido, a través de los muchos accidentes de la guerra, cuándo hay luchar y cuándo hay que abstenerse de hacerlo. No es momento ahora, cuando estamos en el campo de batalla, para explicarte por qué es mejor descansar hoy. Ya preguntarás mis razones en otro momento; por ahora, conténtate con someterte a la autoridad de un viejo general". El joven quedó en silencio, seguro de que su general veía algunos obstáculos en la batalla que a él no le resultaban evidentes.

[44,37] Cuando Emilio Paulo vio que se habían marcado las líneas del campamento y que se habían reunido los bagajes, hizo que primero se retrasen en silencio los triarios de la retaguardia y luego los príncipes, dejando a los asteros en vanguardia por si el enemigo intentaba algún movimiento. Por último, retró también a estos; empezando por los del ala derecha y manípulo por manípulo. De esta manera, la infantería se retró sin desorden, dejando a la caballería y a la infantería ligera dando frente al enemigo. No hizo volver a la caballería de sus posiciones hasta que no estuvieron completamente terminados el sector frontal de la empalizada del campamento y el foso. El rey estaba dispuesto a dar la batalla aquel día, pero quedó satisfecho con que sus hombres fueran conscientes de que el retraso se debía a la retirada del enemigo y los llevó de vuelta al campamento. Una vez terminada la fortificación del campamento, Cayo Sulpicio Galo, un tribuno militar adscrito a la segunda legión y que había sido pretor el año anterior, obtuvo el permiso del cónsul para convocar los soldados a una asamblea. Procedió a explicar que durante la noche siguiente se eclipsaría la luna desde la hora segunda hasta la cuarta, y que nadie debía considerar esto como un prodigio, pues este fenómeno ocurría según el orden natural de las cosas a intervalos determinados, por lo que podían ser conocidos de antemano y predichos. Así pues, del mismo modo que no se extrañaban de que el Sol y la Luna salieran y se pusieran, ni de que cambiase el brillo y tamaño de la Luna, tampoco debían tomar por un presagio el hecho de que se oscureciera al quedar oculta por la sombra de la Tierra. Durante la noche que siguió a la víspera de las nonas de septembre [la noche del 3 al 4 de septiembre.-N. del T.] tuvo lugar el eclipse a la hora indicada, y los soldados consideraron que Galo poseía una sabiduría casi divina. Sobre los soldados macedonios tuvo el efecto de un prodigio funesto, como a modo de presagio de la caída de su reino, y tampoco sus adivinos dieron ninguna otra interpretación. Se oyeron gritos y lamentos en el campamento macedonio hasta que salió de nuevo la Luna con su propio brillo. Tanto afán mostraban ambos bandos por enfrentarse que algunos de sus propios hombres reprocharon tanto a Perseo como al cónsul el haberse retirado sin combatir; a la mañana siguiente, el rey podía justficarse con que era el enemigo quien había rehusado presentar batalla y había retirado sus tropas al campamento; además, había colocado a sus fuerzas en un terreno sobre el que la falange no podía avanzar, pues hasta la menor irregularidad del terreno anulaba su eficacia. En cuanto al cónsul, no sólo parecía como si hubiera dejado escapar la oportunidad de luchar el día anterior y dado al enemigo la oportunidad, si lo deseaba, de alejarse durante la noche, sino que ahora parecía que perdía el tiempo bajo el pretexto de que tenía que ofrecer un sacrificio, cuando debía haber dado la señal al amanecer y sacado sus fuerzas al campo de batalla. No convocó al consejo hasta la tercera hora, una vez realizados debidamente los sacrificios; en él, con preguntas y comentarios fuera de lugar, dio pie a que algunos considerasen que perdía un tiempo que debía emplearse en el campo de batalla.

[44.38] El cónsul se dirigió al consejo de la siguiente manera: "De todos los que estaban a favor de dar batalla ayer, solo Publio Nasica, un joven distinguido, fue el único que me reveló su pensamiento; y luego permaneció en silencio, por lo que podría parecer que estaba de acuerdo conmigo. Hubo otros que prefirieron criticar a su comandante en lugar de ofrecer sus consejos en su presencia. No tengo objeción alguna a explicar mis razones para retrasar la batalla ni a t, Publio Nasica, ni a quienes pensaban igual que tú pero no lo demostraron abiertamente; estoy tan lejos de lamentar nuestra inacción de ayer que, de hecho, pienso que con ella he salvado al ejército. Si alguno de vosotros piensa que no tengo motivos para sostener este criterio, le pido que refexione conmigo sobre cuántas cosas estaban a favor del enemigo y en contra nuestra. En primer lugar, en cuanto a su superioridad numérica, estoy completamente seguro de que todos vosotros la conocíais antes y ayer resultó evidente, al ver el despliegue de sus líneas. Aparte de nuestro escaso número, una cuarta parte de nuestros hombres habían quedado para proteger los bagajes, y ya sabéis que no se encarga de ello a los menos valerosos. Pero, aún suponiendo que hubiésemos dispuesto de todas nuestras fuerzas, ¿podemos dejar de tener en cuenta que desde este campamento, en el que hemos pasado la noche sin ser molestados, podemos salir al campo de batalla hoy, o a lo sumo mañana, con la ayuda de los dioses? ¿Es que resulta indiferente que se ordene a un soldado que tome sus armas un día en que no se ha fatgado por una dura marcha y los trabajos de fortificación, cuando ha estado descansando tranquilamente en su tenda, y llevarlo así al campo de batalla en plenitud de fuerzas mentales y fsicas; o que se le exponga, fatgado por una larga marcha, cansado por su carga, empapado de sudor, con la garganta reseca de sed, los ojos llenos de polvo y bajo el sol abrasador de mediodía, a un enemigo fresco y descansado, con todas sus fuerzas intactas al no haber hecho antes ningún esfuerzo? ¿Quién, ¡en nombre de los dioses!, aunque sea un incompetente y un inútl para la guerra, no vencería al más valiente de los hombres? Después de que el enemigo, muy a su gusto, hubiera formado sus líneas, se hubiera dispuesto anímicamente para la batalla y ocupase cada cual su puesto ordenadamente, ¿creéis que debíamos nosotros formar precipitada y confusamente en orden de combate y enfrentarnos con ellos cuando estábamos desordenados?

[44,39] "Y ¡por Hércules!, incluso si hubiésemos tenido una formación desordenada, ¿no habríamos fortificado un campamento, dispuesto el suministro de agua y tropas que protegieran el acceso a ella? ¿O habríamos luchado sin tener nuestro nada más que el suelo desnudo sobre el que combatir? Vuestros antepasados consideraban el campamento como un seguro contra cualquier desgracia del ejército; un puerto desde el que marchar a la batalla o un refugio al que regresar tras la tempestad y en el que cobijarse. Por eso, después de rodearlo de fortificaciones, lo aseguraban con una fuerte guarnición y consideraban derrotado al que perdía su campamento, incluso si vencía sobre el campo de batalla. Un campamento es un lugar de descanso para el vencedor, un refugio para el vencido. ¿Cuántos ejércitos, a los que la suerte de la batalla ha sido poco favorable y han sido rechazados dentro de sus empalizadas, a veces al poco tiempo y a veces casi inmediatamente han efectuado una salida y rechazado a su enemigo victorioso? Esta es la segunda patria del soldado, la empalizada son sus murallas y la tenda de cada uno es su hogar y sus penates. ¿Tendríamos que haber combatido como vagabundos, sin un lugar seguro al que retrarnos después de nuestra victoria?

"En respuesta a estas dificultades y obstáculos para presentar batalla se aduce lo siguiente: ¿qué habría ocurrido si el enemigo se hubiese marchado durante esta noche? ¿Cuántas fatgas más habríamos tenido que soportar si lo seguíamos hasta el interior de Macedonia? Estoy totalmente seguro de que si hubiese decidido partr, ni nos habría esperado a nosotros ni habría desplegado sus tropas del campo de batalla. ¡Cuánto más fácil le hubiera sido alejarse cuando estábamos lejos, que no ahora que estamos cerca de él y no se puede retrar, ni de día ni de noche, sin que lo sepamos! ¿Qué más podemos desear sino que, en lugar de vernos obligados a atacar su campamento protegido por la orilla de un río y rodeado por una empalizada con numerosas torres, poder atacarlos por la retaguardia, en terreno abierto y mientras marchan desordenados tras dejar sus fortificaciones? Estas fueron mis razones para posponer la batalla de ayer a hoy, porque también es mi intención dar la batalla; pero como el camino hacia el enemigo a través del Mavrolongo está bloqueado, he abierto uno nuevo tras desalojar las guarniciones enemigas que las ocupaban; no me detendré hasta que haya dado fin a la guerra".

[44,40] Cuando terminó se guardó silencio; unos callaban porque estaban de acuerdo con su punto de vista, otros temían ofenderle innecesariamente al criticar la pérdida de una oportunidad que, en todo caso, ya no tenía remedio. Pero, en realidad, ni el rey ni el cónsul deseaban combatir aquel día. El rey no lo haría porque ya no se enfrentaría a un enemigo cansado por la marcha, que formaba a toda prisa el frente de batalla y estaba poco organizado; el cónsul, porque aún no se había llevado suficiente leña y forraje al campamento recién levantado y gran parte de sus tropas estaban fuera, recogiéndolos por los campos cercanos. Contra la intención de ambos comandantes, la Fortuna, que puede más que los planes de los hombres, provocó el combate. Había un río, no muy grande y más cerca del campamento enemigo, del que se aprovisionaban de agua tanto los romanos como los macedonios, protegidos por destacamentos estacionados en la orilla para su seguridad. En el lado romano había dos cohortes, una de marrucinos y otra de pelignos, así como dos turmas de caballería samnita, bajo el mando de Marco Sergio Silo [el abuelo del famoso Catilina.-N. del T.]. Otro destacamento estaba situado delante del campamento, al mando de Cayo Cluvio, y compuesto por tres cohortes de firmianos, vestinos y cremonenses, con dos turmas de caballería, una plasentina y otra esernia. Aunque todo estaba tranquilo en el río, pues ninguna de las dos partes hacía ninguna provocación, alrededor de las tres de la tarde [hora nona, en el original latino.-N. del T.] una mula se escapó de sus cuidadores y huyó a la orilla opuesta. Tres soldados fueron detrás de ella por la corriente, que llegaba hasta las rodillas. Dos tracios se hicieron con el animal sobre el centro del cauce y traban de él hacia su orilla; los tres soldados les persiguieron, dieron muerte a uno de ellos y luego de recuperar la mula regresaron a sus puestos. Había unos ochocientos tracios custodiando la orilla opuesta; Algunos de ellos, enfurecidos al ver cómo se daba muerte a un compañero suyo ante sus propios ojos, corrieron cruzando el río en persecución de los que lo habían matado; los siguieron luego otros más, y por último todos, y con el destacamento. . .

[Se perdieron aquí dos hojas del manuscrito original, en las que se relataría el inicio de la batalla.-N. del T.].

[44,41] . . . conduce a la batalla [se refiere, muy probablemente, a Emilio Paulo.-N. del T.]. Sus hombres estaban profundamente impresionados por la majestad del mando, la gloria de aquel hombre y, sobre todo, su edad, pues teniendo más de sesenta años, tomaba sobre sí en gran medida los trabajos y peligros más propios de los hombres jóvenes. El intervalo entre los armados con cetra y la falange fue ocupado por la legión, rompiendo así la línea enemiga. Los armados con cetra quedaron a su retaguardia, teniendo a su frente a los armados con escudos, los llamados "calcáspides". Lucio Albino, un ex cónsul, recibió orden de llevar la segunda legión contra la falange de los "leucáspides", que consttuía el centro de la línea enemiga. Frente a la derecha romana, donde había empezado la batalla, cerca del río, colocó a los elefantes y a las cohortes aliadas. Fue aquí donde primero empezó la huida de los macedonios. Porque, así como las cosas más novedosas entre los hombres parecen valiosas de palabra, luego, cuando se llevan a la práctica, se revelan inútiles; lo mismo sucedió con las tropas contra-elefantes macedonias, que resultaron ineficaces. Las tropas aliadas latinas siguieron la carga de los elefantes e hicieron retroceder a su ala izquierda. La segunda legión, a la que se había enviado contra el centro, rompió la falange. La explicación más probable de la victoria reside en que se fueron lanzando, al mismo tiempo, varios ataques contra la falange, que primero la desordenaron y después terminaron por romperla completamente. Mientras se mantene unida, con su frente erizado de lanzas erectas, su fuerza resulta irresistible. Pero si se la ataca en varios puntos, obligándola a llevar sus lanzas de una dirección a otra -que por su peso y longitud resultan incómodas y difciles de manejar-, se mezclan en una masa desordenada; por otra parte, si resuena por los flancos o la retaguardia el sonido de un ataque repentino, terminan cayendo como si se derrumbaran. De esta manera, se vieron obligados a enfrentarse con los repetidos ataques de pequeños grupos de tropas romanas, dislocándose su frente en muchos puntos y abriendo huecos por los que se introducían los romanos entre sus filas. Si toda la línea hubiera lanzado un ataque general contra la falange cuando aún estaba intacta, como hicieron los pelignos al comienzo de la acción contra los armados con cetra, se habrían atravesado a sí mismos contra sus lanzas y habrían resultado impotentes contra su formación compacta.

[44.42] La infantería caía muerta por todo el campo de batalla, salvándose solo aquellos que traron sus armas y lograron huir. La caballería, por su parte, abandonó el campo sin apenas pérdidas, siendo el propio rey uno de los primeros en huir. Se dirigía desde Pidna a Pela con sus alas de "caballería sagrada", siguiéndolo poco después Cots y los jinetes odrisas. El resto de la caballería macedonia escapó también con sus fuerzas intactas, debido a que la infantería quedó entre ella y el enemigo, que estaba tan ocupado masacrando a la infantería que se olvidaron de perseguir a la caballería. La falange pasó largo tiempo siendo masacrada por el frente, los flancos y la retaguardia. Por fin, los que habían escapado de las manos del enemigo arrojaron sus armas y huyeron a la costa; algunos, incluso, se echaron al agua y, extendiendo sus manos suplicantes a los que estaban en los barcos, les imploraban que salvaran sus vidas. Cuando vieron que desde los barcos salían botes de remo que se acercaban al lugar donde estaban, creyendo que venían a hacerlos prisioneros, y no a matarlos, se adentraron muchos más en el agua, algunos incluso nadando. Pero al encontrarse con que desde los botes se les daba muerte sin compasión, los que podían nadaban de vuelta a tierra para enfrentarse a un destino aún más miserable; en efecto, los elefantes, obligados por sus guías a ir hasta la orilla del agua, los pisoteaban y los aplastaban al salir del agua. Todos los autores coinciden al reconocer que nunca hubo tantos macedonios muertos por los romanos en una sola batalla. Perecieron no menos de veinte mil hombres; seis mil de los que huyeron hacia Pidna cayeron en manos del enemigo y cinco mil fueron hechos prisioneros cuando estaban dispersos al huir. De los vencedores no murieron más de cien, en su mayoría pelignos, siendo el número de heridos mucho mayor. De haberse iniciado antes la batalla y hubiese quedado suficiente luz natural para que los vencedores continuaran la persecución, se habría eliminado a todas las fuerzas enemigas. Tal y como ocurrieron las cosas, la llegada de la noche protegió a los fugitivos e hizo que los romanos detuvieran su persecución sobre un terreno desconocido.

[44,43] Perseo huyó a la selva de Pieria, siguiendo el camino militar acompañado de su comitiva real y un numeroso grupo de caballería. Nada más entras en la selva, como había varios caminos que divergían y se aproximaba la noche, se separó del camino principal con un pequeño grupo de los más fieles a él. La caballería, abandonada y sin un jefe, se dispersó a sus diversas ciudades; unos cuantos llegaron a Pela antes que el propio Perseo, al seguir el camino directo y más fácil. Hasta la medianoche estuvo sufriendo el rey, debido a los extravíos y las considerables dificultades para encontrar el camino. Eucto y Euleo, los gobernadores de Pela, junto con los pajes reales, estaban en palacio a disposición del rey; sin embargo, a pesar de sus repetdas convocatorias, no se presentó ante él ninguno de los amigos que habían sobrevivido a la batalla. Sólo hubo tres que estuvieron a su lado y lo habían acompañado en su huida: el cretense Evandro, el beocio Neón y el etolio Arquidamo. Ante el temor de que aquellos que se negaban a presentarse ante él se atreviesen pronto a dar un paso más grave, huyó durante la cuarta guardia seguido por, como mucho, unos quinientos cretenses. Su intención era ir a Anfpolis; pero había dejado Pela durante la noche, ansioso por cruzar el Vardar antes del amanecer, pues pensaba que la dificultad en cruzar el río pondría fin a la persecución romana.

[44.44] A su regreso al campamento, la alegría del cónsul por su victoria se veía turbada por su inquietud por la suerte de su hijo menor. Este era Publio Escipión, hijo natural del cónsul Paulo y que fue luego adoptado como nieto de Escipión el Africano; él mismo recibió el ttulo de Africano por la destrucción de Cartago, que sucedió en años posteriores. Tenía solo diecisiete años en aquel momento, motivo más para aumentar su inquietud; cuando estaba en plena persecución de los enemigos, fue arrastrado por la masa en dirección equivocada. Regresó al campamento al final del día y su padre, al verlo sano y salvo, sintó por fin el cónsul la plena alegría por su gran victoria. La noticia de la batalla ya había llegado a Anfpolis, y las matronas acudían al templo de Diana, el llamado Taurópolo [porque se representaba en él a Artemisa montada sobre un toro.-N. del T.] , para invocar su ayuda. Diodoro, el gobernador de la ciudad, temía que la guarnición de tracios, unos dos mil hombres [otras traducciones dan una fuerza de doscientos, pero nuestro texto latino de referencia indica "duo milia" y otras traducciones inglesas y españolas coinciden también en nuestra traducción.-N. del T.] , aprovecharan el tumulto y la confusión para saquear la ciudad. Así pues, concibiendo un engaño, contrató a un hombre para que se hiciera pasar por mensajero y le entregara una carta cuando estaba en el centro del foro. En ella se decía que los soldados de la flota ro mana acababan de desembarcar en la costa de la Emacia, que estaban devastando los campos inmediatos y que los prefectos de Emacia le imploraban que enviase la guarnición para hacer frente a los saqueadores. Después de leer el despacho, instó a los tracios para que fuesen a defender la costa de Emacia; podrían causar una gran masacre entre los romanos, mientras estaban dispersos por los campos, y también obtener un gran botín. Al mismo tiempo, quitó importancia al informe sobre la derrota; si fuese cierto, dijo, habría llegado fugitivo tras fugitivo inmediatamente después de la batalla. De este modo, se deshizo de los tracios y, en cuanto vio que habían cruzado el Estrimón, cerró las puertas.

[44.45] Tres días después de la batalla, Perseo llegó a Anfpolis y desde esa ciudad envió parlamentarios a Paulo portando el caduceo [la fecha es el el 24 de junio del 169 a.C., y el caduceo era el símbolo de quienes llevan propuestas de paz.-N. del T.]. Mientras tanto, Hipias, Midón, y Pantauco, los principales amigos del rey, que habían huido del campo de batalla hacia Berea, se presentaron ante el cónsul y se entregan a los romanos. También otros, incitados por su temor, hicieron lo mismo. El cónsul envió a su hijo Quinto Fabio, junto con Lucio Léntulo y Quinto Metelo, a Roma, llevando cartas que anunciaban su victoria. Entregó los despojos del ejército enemigo, que yacían por el campo de batalla, a los soldados de infantería, y el botín de los campos de alrededor a los de caballería, con la condición de que no se ausentaran del campamento más de dos noches. Trasladó el campamento a las proximidades de Pidna, a un lugar más cerca del mar. En el plazo de dos días se le rindieron Berea, en primer lugar, y a continuación Tesalónica y Pela, y casi la totalidad de Macedonia, ciudad a ciudad. Los habitantes de Pidna, que eran los que estaban más cercanos al cónsul, aún no habían enviado sus embajadores, pues la muchedumbre de gentes de diferentes naciones y la multitud que se refugió allí huyendo del campo de batalla, impedía a los habitantes deliberar y tomar una decisión Las puertas no solo estaban cerradas, sino también tapiadas. Midón y Pantauco fueron enviados hasta la muralla para entrevistarse con Solón, el comandante de la guarnición; por su mediación se obtuvo la salida de los soldados. La ciudad rendida fue entregada al pillaje de los soldados. La única esperanza de Perseo residía en la ayuda de los bisaltas [pueblo que vivía al oeste del Estrimón.-N. del T.], ante quienes había enviado emisarios; pero, tras fracasar esta, se presentó ante la asamblea de ciudadanos de Anfpolis llevando con él a su hijo Filipo y con la intención de fortalecer los ánimos tanto de los propios anfipolitanos como de los soldados de infantería y caballería que le habían acompañado o que habían llegado allí huyendo. Pero todas las veces que trató de hablar se lo impidieron las lágrimas y, viendo que no podía artcular palabra, le dijo a Evandro lo que quería comunicar al pueblo y bajó del templo [otras traducciones ofrecen "recinto sagrado"; el original latino especifica "de templo descendit" y también nos parece más lógico que el lugar que Perseo estaba usando a modo de tribuna fuese la plataforma elevada de un templo -que formaría parte, naturalmente, de su recinto-, y por cuyas escalinatas bajaría.-N. del T.] . La contemplación del rey y de su angustoso llanto movió al propio pueblo a los gemidos y las lágrimas, pero no quisieron escuchar a Evandro. Algunos, en mitad de la asamblea, se atrevieron a gritar: "¡Marchaos de aquí, no sea que por vuestra culpa perezcamos los pocos que hemos sobrevivido!" Su posición desafiante mantuvo cerrados los labios de Evandro. Entonces, el rey se retró a su casa y, tras colocar cierta cantidad de oro y plata a bordo de algunos lembos anclados en el Estrimón, bajó él mismo hasta el río. Los tracios no se atrevieron a confiar sus vidas a los barcos y se dispersaron hacia sus hogares, como hizo el resto de soldados; los cretenses, atraídos por el dinero, lo siguieron. Como efectuar un reparto entre ellos podría provocar más rencores que agradecimientos, colocaron cincuenta talentos en la orilla para que se los distribuyeran entre ellos. Al subir a bordo tras el reparto, desordenados, sobrecargaron tanto un lembo que se hundió en la desembocadura del río. Aquel día llegaron a Galepso [puerto al norte de Anfpolis.-N. del T.] y al día siguiente alcanzaron Samotracia, que era hacia donde se dirigían. Se dice que llevaron hasta allí dos mil talentos [51 840 kilos.-N. del T.].

[44,46] Paulo colocó hombres al mando de todas las ciudades que se habían rendido, de manera que el bando derrotado no pudiera ser objeto de malos tratos ahora que se había establecido la paz. Mantuvo junto a él a los parlamentarios de Perseo y, como desconocía la huída del rey, envió a Publio Nasica con un pequeño destacamento de soldados de caballería e infantería hasta Anfpolis, con el propósito de asolar Síntice y frustrar cualquier movimiento que pudiera hacer el rey. Al mismo tiempo, Cneo Octavio capturó y saqueó Melibea. Cneo Anicio fue enviado a Eginio [cerca de la actual Milia.-N. del T.], pero como los habitantes no sabían que la guerra había terminado, hicieron una salida y los romanos perdieron doscientos hombres. Al día siguiente, el cónsul dejó Pidna con todo su ejército y estableció su campamento a dos millas [2960 metros.-N. del T.] de Pela. Permaneció allí varios días, observando la ciudad desde todos los lados y comprobando que no había sido elegida como residencia real sin buenos motivos. Está situada en la ladera suroeste de una colina y rodeada por una marisma formado por las aguas que se desbordan de los ríos, demasiado profunda como para ser atravesada a pie, tanto en verano como en invierno. Faco, la ciudadela, está próxima a la ciudad y se encuentra en la propia marisma a modo de una isla, construida sobre un enorme terraplén lo bastante fuerte como para construir sobre él una muralla e impedir cualquier daño producido por la erosión de las aguas de la marisma. Desde la distancia, parece unida a la muralla de la ciudad, pero en realidad está separada por un canal que fluye entre ambas murallas y conectada a la ciudad por un puente. De esta manera se cortan los accesos a cualquier enemigo externo y, si el rey encierra allí a alguien, no tiene más posibilidad de escape que por el puente, que es muy fácil de guardar. Allí estaba el tesoro real, pero nada se encontró en aquel momento aparte de los trescientos talentos destinados al rey Gencio y que luego retuvo. Durante el tiempo en que el campamento permaneció en Pela, se recibieron numerosas embajadas de felicitación, la mayoría procedentes de Tesalia. Al tener noticia de que Perseo había navegado hacia Samotracia, el cónsul abandonó Pela y, tras cuatro días de marcha, llegó a Anfpolis. El hecho de que toda la población saliera a su encuentro fue una prueba suficiente de que no se consideraban privados de un rey bueno y justo . . . [se perdió la última hoja que contenía el final del libro XLVI, en el que seguramente se narraría la entrada de Emilio Paulo en Anfpolis y la expedición a la Odomántica.-N. del T.]

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Libro 45: La hegemonía de Roma en el Oriente

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[45,1] -168 a.C.-Los heraldos de la victoria, Quinto Fabio, Lucio Léntulo y Quinto Metelo, viajaron a Roma a la mayor velocidad posible, pero a su llegada se encontraron con que la alegría por la victoria se les había adelantado. Cuatro días después de la batalla, mientras se celebraban unos juegos en el Campo de Marte, empezó de pronto a susurrarse un rumor entre todos los espectadores, en el sentido de que había tenido lugar una batalla en Macedonia con el resultado de la completa derrota del rey. Poco a poco se fue haciendo más intenso el rumor hasta que, por último, todos estallaron en vítores y aplausos como si les hubieran llegado noticias seguras de la victoria. Los magistrados quedaron sorprendidos y preguntaban quién había comenzado aquel arrebato de alegría. Como no se pudo señalar a nadie, lo que habían tomado como algo seguro no se confirmó, pero aún así todos estaban convencidos de que aquello era un buen presagio, que se verificó después tras la llegada de Fabio, Léntulo y Metelo, los auténticos mensajeros. Todos quedaron muy contentos, tanto por la propia victoria como por su certeza corazonada. Según la tradición, aunque no menos verosímil, se produjo también una segunda explosión de alegría de la multitud en el circo. El día quince antes de las calendas de octubre [el 17 de septiembre.-N. del T.], durante el segundo día de los Juegos Romanos, mientras el cónsul Cayo Licinio subía para dar la salida de las cuadrigas, un mensajero que decía venir de Macedonia le entregó una carta envuelta en laurel. Una vez las cuadrigas hubieron iniciado la carrera, el cónsul montó en su propio carro y, mientras cruzaba el circo hacia el palco oficial, iba mostrando al pueblo las tablillas laureadas. Al verlos, el pueblo se olvidó de las carreras y se precipitó hacia el cónsul en medido del circo. El cónsul convocó al Senado allí mismo y, tras obtener su sanción, leyó la carta a los espectadores que estaban en sus asientos. Anunció que su colega Lucio Emilio había librado una batalla decisiva contra Perseo, que el ejército de Macedonia había sido derrotado y puesto en fuga, que el rey con algunos de sus seguidores había huido y que todas las ciudades de Macedonia habían pasado a estar bajo el poder de Roma. Al oír esto, estallaron en vítores y aplausos frenéticos, la mayoría de los hombres abandonaron los Juegos y marcharon a sus casas para llevar la feliz noticia a sus esposas e hijos. Esto sucedió trece días después de haberse librado la batalla en Macedonia.

[45,2] Al día siguiente hubo una reunión del Senado en la Curia y se decretó una acción de gracias pública. Los senadores también aprobaron un senadoconsulto por el que, con excepción de los soldados regulares y los marineros de la flota, el cónsul debía licenciar a los que habían prestado el juramento militar ante él [el juramento militar podía ser prestado "in consulis uerba", o sea, personalmente a convocatoria normal del cónsul; mediante un juramento colectivo por motivos de urgencia, o incluso como "euocati", tras haber cumplido con el periodo de servicio prescrito.-N. del T.]. La cuestón del licenciamiento de los soldados y marineros se aplazó hasta la llegada de los enviados de Lucio Emilio, que habían mandado por delante al mensajero. El sexto día antes de las calendas de octubre, alrededor de la hora segunda [el 25 de septiembre, sobre las 8 de la mañana.-N. del T.], entraron en la ciudad los enviados. Una gran multitud había salido a reunirse con ellos en varios puntos y acompañarlos en su regreso a la Ciudad. Llevando a la multitud junto a ellos, marcharon directamente al Foro y desde ahí al Senado. Resultó que se celebraba una sesión en la Curia, y el cónsul hizo pasar a los enviados. Solamente se les retuvo el tiempo necesario para que informasen de cuántas eran las fuerzas del rey, tanto de caballería como de infantería, el número de muertos y prisioneros, las pocas bajas que costó aquella masacre entre el enemigo y el pánico con el que había huido el rey. Pensaban que, probablemente, se dirigiría a Samotracia, y que la flota estaba preparada para perseguirle; no le sería posible escapar ni por tierra ni por mar. Poco después se les llevó ante la asamblea del pueblo, donde hicieron la misma declaración; al anunciar el cónsul que se abrirían todos los edificios sagrados, estalló de nuevo la alegría y, desde la asamblea, marchó cada uno a dar gracias personalmente a los dioses. Todos los templos de los dioses inmortales, en toda la Ciudad, se llenaron de una multitud tanto de hombres como de mujeres. Los senadores fueron nuevamente convocados al Senado y se emitó un decreto para ofrecer una acción de gracias en todos los santuarios durante cinco días, en agradecimiento por la importante victoria del cónsul Lucio Emilio, y debiéndose sacrificar víctimas adultas. Se dieron órdenes para que se vararan y guardaran en los astlleros los barcos que estaban en el Tíber, ya completamente equipados para el servicio y dispuestos a ser enviados a Macedonia si era preciso; las tripulaciones recibirían la paga de un año y serían licenciadas, así como todos los que hubieran prestado el juramento militar al cónsul. Por lo que respecta a las tropas estacionadas en Corfú, Brindisi y la costa del Adriátco, y las del territorio de Larino -se había distribuido un ejército por todos aquellos lugares como reserva que Cayo Licinio podría llevar en apoyo de su colega, de ser preciso-se ordenó su licenciamiento. Se hizo proclamar ante la asamblea del pueblo que se celebraría una acción de gracias durante cinco días, a iniciar a partir del quinto día antes de las calendas de octubre, incluyendo este [o sea, el once de octubre.-N. del T.].

[45,3] Los dos embajadores que habían sido enviados a Iliria informaron a su regreso de que el ejército ilirio había sido destruido y Gencio hecho prisionero, así como que Iliria estaba bajo el dominio del pueblo romano. Por estos éxitos, logrados bajo el mando y los auspicios del pretor Lucio Anicio, el Senado ordenó tres días de acción de gracias cuya celebración dispuso el cónsul para el cuarto, tercer y segundo día antes de los idus de noviembre [el 10, 11 y 12 de noviembre.-N. del T.]. Algunos autores afirman que los enviados de Rodas, que todavía estaban en Roma, fueron convocados ante el Senado, tras el anuncio de la victoria, como para burlarse de su estúpida arrogancia. Se cuenta que su jefe, Agépolis, declaró que habían sido enviados por el gobierno de Rodas para mediar en la paz entre Perseo y los romanos, pues aquella guerra resultaba onerosa y perjudicial para el conjunto de Grecia, así como costosa y poco rentable para los propios romanos. Ahora que la guerra había terminado de otro modo, por la buena fortuna que presidía al pueblo romano, les había dado a ellos la oportunidad de felicitar a los romanos por su espléndida victoria. Así habló el rodio. El Senado respondió que los rodios no habían enviado aquella embajada ni para proteger los intereses de Grecia ni por los gastos del pueblo romano, sino solo por el interés de Perseo. De haberse preocupado realmente por aquellas dos cuestones, como pretendían, entonces deberían haber enviado los embajadores cuando Perseo llevó su ejército a Tesalia y durante dos años estuvo atacando las ciudades de Grecia, algunas mediante asedios y otras mediante la intimidación; no hicieron entonces los rodios mención alguna a la paz. No enviaron sus embajadores hasta que se enteraron de que se habían cruzado los pasos de montaña y que los romanos habían invadido Macedonia, con la única intención de salvar a Perseo de los peligros que se cernían sobre él. Con esta respuesta se despidió a los embajadores.

[45,4] Por aquellos días, Marco Marcelo, que estaba de camino desde Hispania, capturó la importante ciudad de Marcolica y llevó al tesoro diez libras de oro y una cantidad de plata por valor de un millón de sestercios. El cónsul Emilio Paulo estaba, como ya he dicho, aún en el campamento de Seres, en el territorio odomántco [la antigua Sira, al este del río Estrimón, en el curso bajo de este.-N. del T.] , cuando recibió una carta de Perseo mediante tres emisarios desconocidos. Se dice que también el cónsul, al ver el llanto de los emisarios, vestidos de duelo, derramó unas lágrimas por la condición humana; pues el hombre que no hacía mucho no se contentaba con su reino de Macedonia y atacaba a los dárdanos e ilirios, y llamaba en su auxilio a los bastarnas, aquel mismo hombre había perdido ahora su ejército, estaba exiliado de su reino, como un vagabundo sin hogar y obligado a refugiarse en una pequeña isla donde, como un suplicante, estaba resguardado por la protección del templo y no por ninguna fuerza que poseyera. Sin embargo, cuando leyó "el rey Perseo saluda al cónsul Paulo", la ceguera con que aquel hombre ignoraba su situación deshizo cualquier sentimiento de compasión. En consecuencia, aunque el resto de la carta contenía súplicas indignas de un rey, despidió a los mensajeros sin ninguna respuesta, ni de palabra ni escrita. Perseo comprendió que debía renunciar a su ttulo real, pues estaba vencido, y envió una segunda carta que encabezaba solo con su nombre. Suplicaba en esta que se le enviasen algunas personas con las que poder hablar sobre su situación y de su destino futuro. Se le envió a Publio Léntulo, Aulo Postumio Albino y Aulo Antonio. Nada resultó de esta entrevista: Perseo se aferraba desesperadamente a su ttulo real y Paulo estaba determinado a que se sometera, él y todo cuanto poseía, a la merced y la clemencia del pueblo romano.

[45,5] Mientras tanto, la flota de Cneo Octavio llegó a Samotracia. Octavio pensaba que la presencia de la flota intimidaría Perseo, y trató de inducirlo a rendirse apelando sucesivamente a sus esperanzas y temores. Un incidente, resultado ya de sus planes o sucedido por accidente, vino a secundar sus esfuerzos. Un joven distinguido, Lucio Atilio, advirtó que el pueblo de Samotracia estaba celebrando una asamblea, y pidió a los magistrados que le permiteran dirigir unas palabras al pueblo. Obtenido el permiso, comenzó así: "Amigos y anfitriones de Samotracia, ¿Es verdad o no que esta isla es sagrada y que su tierra es venerable e inviolable en su totalidad?" Todos se mostraron unánimes en que así era, como él decía, y prosiguió: "¿Por qué, entonces, la contamina y viola un asesino con la sangre del rey Eumenes? Y mientras que prohibís que se aproxime a vuestros templos sagrados todo aquel que no tenga las manos limpias antes de iniciar cualquier rito, ¿vais a permitr que queden contaminados por la presencia del cuerpo de un asesino manchado de sangre?" Era bien sabido por todas las ciudades de Grecia que el asesinato del rey Eumenes en Delfos había estado a punto de ser consumado por Evandro. Eran conscientes de que el templo y toda la isla estaban a merced de los romanos, y sabían, también, que los reproches de Atilio no carecían de fundamento. Así pues, enviaron a Teondas, que era su magistrado supremo -al que dan el ttulo de "rey"-, ante Perseo para informarle de que el cretense Evandro estaba acusado de asesinato y que en su país se estaban incoando procesos, según los usos de sus antepasados, para juzgar a quienes eran acusados de haber traspasado los límites sagrados del templo con las manos impuras. Si Evandro estaba seguro ser inocente del delito por el que se le acusaba, que acudiera a defenderse; pero si no se atrevía a afrontar su juicio, que liberase al templo de su sacrilegio y atendiera a su seguridad personal. Perseo llamó a Evandro a su lado y le aconsejó que de ninguna manera se sometera a un juicio; estaría en inferioridad ante sus acusadores, tanto por el fondo del asunto como por el poco crédito que tenía. Estaba obsesionado por el temor de que, si se encontraba culpable a Evandro, este lo señalara como instgador de aquel crimen infame. ¿Qué le quedaba por hacer, sino morir con valor? Evandro no planteó ninguna objeción abiertamente, pero después de decir que prefería morir antes por el veneno que por la espada, hizo los preparativos para huir en secreto. Al llegar esto a oídos del rey, temió que los samotracios volcaran su ira sobre él si creían que había estado en connivencia con su huida. Por lo tanto, dio orden de matar a Evandro. Una vez cometido aquel imprudente asesinato, de repente pensó que, sin duda, había atraído sobre sí el delito de sangre que antes había recaído sobre Evandro. Eumenes había sido herido por Evandro en Delfos y ahora él había dado muerte a Evandro en Samotracia. Así, él era el único responsable de la profanación con sangre humana de los dos templos más sagrados del mundo. Evitó esta terrible acusación sobornando a Teondas para que anunciara al pueblo que Evandro se había suicidado.

[45,6] Sin embargo, al cometer este crimen contra el único amigo que le quedaba, cuya amistad se había probado durante tantas desgracias y al que había traicionado porque no le había traicionado a él, se enajenó las simpatas de todos. Pensando cada cual en sí mismo, se pasaban a los romanos y, al dejarlo prácticamente solo, lo obligaron a hacer planes para huir. Había un cretense llamado Oroandes que estaba familiarizado con la costa de Tracia a causa de sus viajes comerciales. Perseo lo llamó para que lo embarcase en un lembo y lo llevase junto a Cots. Exista una bahía formada por uno de los promontorios de Samotracia, llamada Demetrio por el cercano templo de Démeter, donde estaba fondeado el lembo. Justo después de la puesta del sol llevaron hasta allí todo lo necesario para su uso, así como la mayor cantidad de dinero que se pudo trasladar sin llamar la atención, y lo subieron a bordo. El rey, acompañado por tres que le seguían en su huida, partió sobre la medianoche a través de una puerta trasera, bajó a un jardín que estaba cerca de su habitación y, después de escalar dificultosamente la pared, lograron alcanzar la orilla. Oroandes esperó sólo hasta que el dinero estuvo a bordo y, en cuanto oscureció, levó anclas y se hizo a la mar en dirección a Creta. Al no encontrar ningún barco en el puerto, Perseo vagó durante algún tiempo por la orilla. Por último, temiendo la proximidad del día, no se atrevió a regresar a donde se alojaba y se escondió en un rincón oscuro junto a la pared de un templo. Los hijos de los nobles macedonios que eran elegidos para atender al rey recibían el nombre de "pajes reales". Estos habían seguido al rey en su fuga, y ni siquiera entonces se apartaban de su lado, hasta que Cneo Octavio hizo anunciar, por medio de un pregonero, que tanto los pajes reales como cualquier macedonio que se pasara a los romanos conservaría la vida, la libertad y todas sus propiedades, así las que llevasen con ellos como las que hubieran dejado en Macedonia. Después de esta proclama, se pasaron todos y fueron dando sus nombres a Cayo Postumio, uno de los tribunos militares. Ión de Tesalia también entregó a Octavio los hijos pequeños del rey, de modo que nadie quedó junto al rey, excepto su hijo Filipo. Entonces, Perseo, arremetendo contra la fortuna y los dioses en cuyo templo se encontraba por no haber atendido sus súplicas, fue a entregarse a sí mismo y a su hijo en manos de Octavio. Se ordenó que se le pusiera a bordo de la nave pretoria junto con lo que quedaba del dinero. La flota partió inmediatamente de regreso a Anfpolis. Desde allí, Octavio envió al rey hasta el campamento del cónsul, habiéndole remitido antes una carta en la que comunicaba que tenía al rey en su poder y que se lo enviaba prisionero.

[45,7] Paulo consideró la captura del rey como una segunda victoria, pues verdaderamente lo era, y al recibir la noticia ofreció sacrificios; convocó luego a su consejo y les leyó la carta del pretor. Envió a Quinto Elio Tubero al encuentro del rey y ordenó a los demás que permaneciesen junto en la tenda del pretorio. Nunca se congregó multitud tan grande para contemplar espectáculo alguno. En la generación de sus padres, el rey Sífax fue llevado cautivo al campamento romano. Pero no se le puede comparar con Perseo, ni por su gran fama ni por la de su nación, además de que aquel solo jugó un papel subordinado en la Guerra Púnica, como Gencio lo había hecho en la Macedonia. Por el contrario, Perseo era la cabeza de la guerra; y no solo se dirigían hacia él todos los ojos por su propia reputación, la de su padre, su abuelo y todos los demás con quienes estaba unido por la sangre o la raza; también por ser el heredero de la gloria de Filipo y Alejandro Magno, quienes hicieron del imperio macedonio el mayor del mundo. Perseo, acompañado únicamente por su hijo, entró en el campamento vestido de luto y sin estar acompañado por ninguno de los suyos que, al compartr su desgracia, lo haría más digno de compasión. Debido a la multitud que lo rodeaba, fue incapaz de avanzar hasta que el cónsul envió a sus lictores para que le abrieran paso hasta el pretorio. Tras pedir al resto que siguieran sentados, el cónsul se adelantó unos pasos y tendió su mano al rey cuando entraba; cuando este fue a postrarse, lo incorporó y, sin dejarle que abrazara sus rodillas como un suplicante, lo hizo entrar en la tenda y lo invitó a sentarse enfrente de los reunidos en el consejo.

[45,8] La primera pregunta fue qué agravio había sufrido como para obligarle a comenzar la guerra contra el pueblo romano con ánimo tan hostl, poniendo así en peligro su propia existencia y la de su reino. Mientras todos esperaban su respuesta, él mantuvo los ojos fijos en el suelo y lloró en silencio durante un tiempo. Luego, el cónsul continuó: "Si hubieras recibido la corona en tu juventud, me habría sorprendido menos que no supieras qué importancia tiene la amistad o enemistad del pueblo romano. Sin embargo, tras haber estado con tu padre durante su guerra contra nosotros y la paz que siguió, y recordando bien la completa fidelidad que le mostramos, ¿cuál podría ser el motivo para que eligieras la guerra, antes que la paz, contra aquellos cuya fuerza en la guerra y su fidelidad en la paz ya habías experimentado? " Como no contestaba a la pregunta ni a la acusación, el cónsul prosiguió: "Pues bien, no obstante esto haya sido provocado por la ceguera de la naturaleza humana, por casualidad o por decreto del destino, debes mantener buen ánimo. La clemencia del pueblo romano, que se ha demostrado ante las desgracias de muchos reyes y pueblos, ofrece no solo una esperanza, sino la casi absoluta certeza respecto a tu seguridad personal". Todo esto se lo dijo a Perseo en griego; luego, volviéndose al consejo, dijo en latin: "Aquí veis un notable ejemplo de la mutabilidad de los asuntos humanos. Os hablo especialmente a vosotros, los jóvenes; en la prosperidad, no debemos adoptar medidas arrogantes o agresivas contra nadie, ni confiar en la fortuna del momento, pues no se sabe por la mañana lo que la tarde puede traer. El hombre verdaderamente digno de serlo es aquel que no se enorgullece con la prosperidad ni se rompe con la adversidad". Una vez se disolvió el consejo, la custodia del rey se confió a Quinto Elio. Aquel día fue invitado a cenar por el cónsul, mostrándosele todas las consideraciones que se podían tener con alguien en su posición. A continuación, se envió al ejército a los cuarteles de invierno.

[45,9] Anfpolis alojó a su mayor parte, siendo repartido el resto por las ciudades vecinas. Tal fue el final de la guerra que se libró durante cuatro años consecutivos entre los romanos y Perseo; fue también el final de un reino renombrado desde mucho tiempo atrás en toda Asia y la mayor parte de Europa. Desde Carano, que fue el primer rey, con Perseo se contaron veinte monarcas. Él recibió la corona durante el consulado de Lucio Fulvio y Lucio Manlio -179 a.C.-, y fue reconocido como rey por el Senado mientras eran cónsules Marco Junio y Aulo Manlio -178 a.C.-. Su reinado duró once años. La nación de los macedonios era casi desconocida hasta la época de Filipo, el hijo de Amintas [reyes, respectivamente, entre el 359 a.C. -336 a.C. y el 393 a.C. -369 a.C.-N. del T.] . Desde ese momento, comenzó a extenderse bajo su gobierno, pero todavía manteniéndose dentro de los límites de Europa, abarcando toda Grecia y partes de Tracia e Iliria. A continuación se expandió hacia Asia y, durante los trece años del reinado de Alejandro [el Magno.-N. del T.], sometó primero la inmensa extensión del territorio que formaba antes parte del imperio de los persas y después recorrió como vencedor la Arabia, la India y las comarcas más apartadas de la tierra que abraza el mar Rojo. En aquellos días, el imperio de Macedonia fue el más grande del mundo, pero después de la muerte de Alejandro fue dividido en numerosos reinos, disputándose cada uno el poder para sí hasta agotar su fuerza en los confictos internos y hundiéndose desde las más altas cumbres de su prosperidad en su desaparición final. Se mantuvo durante unos ciento cincuenta años [155 años, en realidad.-N. del T.].

[45,10] Cuando la noticia de la victoria de Roma se extendió a Asia, Antenor, que se encontraba con su flota de lembos frente a Fanos, partió de aquel lugar con dirección a Casandrea. Cayo Popilio estaba en Delos para escoltar a los barcos de suministro que se dirigían a Macedonia, y cuando se enteró de que la guerra en Macedonia había llegado a su fin y que los lembos enemigos se habían retrado, mandó a casa las naves de los aliados que estaban bajo su mando y puso rumbo a Egipto para llevar a cabo la embajada que se le había encargado. Deseaba alcanzar a Antioco antes de acercarse a las murallas de Alejandría. Costeando a lo largo de las costas de Asia, los embajadores llegaron a Lorima, un puerto situado frente a la ciudad de Rodas y a poco más de veinte millas [29 600 metros.-N. del T.] de esta. Aquí habían llegado, para encontrarse con ellos, algunos de los dirigentes rodios -pues para entonces ya había llegado a Rodas la noticia de la victoria-, que les rogaron que se desviaran hacia Rodas. Dijeron que estaban profundamente preocupados por el buen nombre y la seguridad de su ciudad, por lo que los embajadores debían ver por sí mismos lo que había sucedido y lo que estaba ocurriendo, para contar en Roma lo que habían comprobado personalmente, y no los rumores que se habían extendido. Se negaron durante bastante tiempo, pero finalmente accedieron a un breve retraso en su viaje por el bien de una ciudad aliada. Una vez entraron en Rodas, aquellos mismos hombres los convencieron, a fuerza de ruegos, para que se presentasen ante la asamblea. Sin embargo, la aparición de los embajadores aumentó los temores de los ciudadanos, en lugar de disiparlos, ya que Popilio recordó todos los discursos y actos hostiles que habían cometido durante la guerra, fuera individual o colectivamente. Al ser un hombre de carácter áspero, con su expresión hosca y la severidad de su voz hizo parecer las cosas de las que hablaba aún más graves. Así, aunque ninguna ofensa personal había sufrido de la ciudad de Rodas, del amargo tono que empleaba contra ellos un senador romano podían deducir cuál era el sentir general del Senado hacia ellos. El discurso de Cayo Decimio fue mucho más moderado. Con respecto a la mayoría de las cosas que Popilio había mencionado, declaró que la culpa no recaía en el pueblo, sino en unos cuantos que agitaron a la masa y que, logrando sus votos mediante sobornos, habían aprobado decretos llenos de halagos al rey y habían enviado una embajada de la que los rodios sentrían siempre tanta vergüenza como pesar. Todo esto, si el pueblo lo consideraba con sensatez, caería sobre las cabezas de los culpables. Sus palabras fueron muy aplaudidas, puesto que no solo exculpaba a la gran masa de ciudadanos, sino que culpaba a quienes eran los verdaderos responsables. Cuando, por consiguiente, hablaron en respuesta los dirigentes de los rodios, los que trataron de excusar las acusaciones que había hecho Popilio no fueron escuchados con el mismo agrado que aquellos que se mostraron de acuerdo con Decimio en que los autores del daño debían pagar su culpa. Se aprobó inmediatamente un decreto por el que se condenó a muerte a todos aquellos que eran culpables de haber hablado o actuado a favor de Perseo o en contra de los romanos. Algunos habían abandonado la ciudad antes de que llegaran los romanos y otros se suicidaron. Los embajadores no se quedaron más que cinco días en Rodas y partieron después hacia Alejandría. Su partida no hizo que los rodios se mostraran menos diligentes en la instrucción de los juicios en cumplimiento del decreto aprobado cuando estaban presentes los embajadores; la suavidad de Decimio sirvió a este propósito tanto como la gravedad de Popilio.

[45,11] Mientras ocurrían estas cosas, Antioco se había adueñado del resto de Egipto después de haberse retirado tras un fracasado intento contra las murallas de Alejandría. El mayor de los Tolomeos [Tolomeo IV.-N. del T.], cuyo regreso al trono era el único objetivo que pretendía alcanzar Antioco al invadir Egipto, fue dejado en Menfis mientras Antioco retró su ejército hacia Siria, dispuesto a atacar al hermano que resultara victorioso. Tolomeo sabía de su intención y esperaba que, jugando con el temor de su hermano ante un asedio, podría él regresar a Alejandría con la ayuda de su hermana y si los amigos de su hermano no se oponían. Comenzó, por tanto, un intercambio de cartas con su hermana y con los amigos de su hermano, hasta que llegó a un acuerdo con ellos. Lo que le hizo sospechar de Antioco fue que, tras haberle entregado el resto de Egipto, había dejado una fuerte guarnición en Pelusio [se encontraba cerca de la actual Tell el Farama, sobre el extremo nordeste del delta del Nilo, en la desembocadura más oriental del Nilo llamada boca Pelusia.-N. del T.]. Era obvio que Antioco mantenía la llave de Egipto con la intención de poder efectuar una nueva invasión siempre que quisiera; para Tolomeo, el enzarzarse en una lucha intestina contra su hermano resultaría ser su ruina, pues, aún cuando quedara vencedor, no estaría en condiciones de medirse con Antioco después de una guerra agotadora. Estas sabias refexiones del hermano mayor se encontraron con la aprobación de su hermano menor y sus amigos; su hermana le ayudó en gran medida gracias a sus consejos y ruegos a su hermano. Así se hizo la paz y fue admitido en Alejandría con el consentimiento de todos; ni siquiera el pueblo se opuso, pues se había visto gravemente afectado por la escasez de recursos, no solo durante la invasión, sino también después de la retirada del enemigo ante las murallas, pues no llegaba ninguna ayuda a Egipto. Esto debería haber producido la mayor de las satisfacciones en Antioco, si su motivo para llevar su ejército a Egipto hubiera sido verdaderamente el restablecimiento en el trono de Tolomeo, pues este fue el pretexto que adujo en todas sus comunicaciones con las ciudades de Grecia y Asia, así como en sus respuestas a las embajadas. Pero estaba tan intensamente molesto por lo que había sucedido, que empezó a hacer los preparativos para la guerra con un ánimo mucho más agresivo y feroz contra los dos hermanos que el que había mostrado antes contra uno solo. Mandó de inmediato su flota a Chipre y en los primeros días de la primavera puso en marcha a su ejército hacia Egipto, avanzando hasta Celesiria. Cuando estaba cerca de Rinocolura fue recibido por los embajadores de Tolomeo, quienes le dieron las gracias en su nombre por la recuperación del trono paterno y le rogaron que expresara sus deseos, no convirténdose de aliado en enemigo al atacarles mediante las armas. Antioco respondió que no retraría su flota ni su ejército a no ser que se le cedieran Chipre, Pelusio y todo el territorio que rodeaba la desembocadura pelusia del Nilo. Fijó asimismo un día límite para recibir una respuesta sobre la aceptación de las condiciones.

[45,12] Cuando hubo transcurrido el tiempo de la tregua, emprendió la marcha a través del desierto de Arabia mientras su flota navegaba hasta la desembocadura del Nilo en Pelusio. Después de recibir la sumisión de los habitantes de Menfis y del resto de egipcios, algunos voluntariamente y otros por miedo, marchó en cortas etapas hacia Alejandría. Después de cruzar el río en Eleusis, a unas cuatro millas [5920 metros.-N. del T.] de Alejandría, fue recibido por los embajadores romanos, a los que saludó, tendiendo la mano a Popilio. Este, sin embargo, colocó en su mano las tablillas en las que estaba escrito el decreto del Senado y le dijo que leyera aquello en primer lugar. Después de leerlas hasta el final, les dijo que convocaría a su consejo para considerar lo que debía hacer. Popilio, entonces, fiel a su carácter, dibujó un círculo alrededor del rey con el bastón que llevaba y le dijo: "Antes de salir de ese círculo darme una respuesta para llevarla al Senado". Por unos instantes dudó, asombrado por aquella orden perentoria, y al fin respondió: "Haré lo que demanda el Senado". Sólo entonces extendió Popilio su mano al rey, como a un amigo y aliado. Antioco evacuó Egipto en la fecha señalada, y los embajadores ejercieron su autoridad para establecer una concordia duradera entre los dos hermanos, ya que apenas habían logrado alcanzar un acuerdo de paz entre sí. Navegaron luego hasta Chipre y mandaron a casa la flota de Antioco, que había derrotado a la egipcia en una batalla naval. La labor de los embajadores ganó gran renombre entre las naciones, pues a ellos se debía, sin duda, el que Egipto fuese rescatado de las manos de Antioco y que la corona fuera devuelta a la dinasta Tolemaica. Mientras uno de los cónsules de aquel año había remarcado su consulado con una brillante victoria, el otro quedó en una relativa oscuridad al no tener oportunidad para distinguirse. Ya al principio, cuando fijó la fecha para que se reunieran sus legiones, entró en el lugar consagrado sin haber tomado los auspicios. El asunto se remitó a los augures, quienes anunciaron que el procedimiento no era válido. Después de su partida a la Galia, escogió un lugar cerca de los Campos Macros, a los pies de los montes Sicimina y Papino, para establecer un campamento permanente, pasando luego allí el invierno junto a las tropas de los aliados latinos ya que las legiones romanas, al haberse señalado irregularmente la fecha de su convocatoria, quedaron en Roma. Los pretores, con la excepción de Cayo Papirio Carbón, marcharon a sus respectivas provincias. A este le había correspondido Cerdeña, pero el Senado decidió que debía encargarse de ejercer la pretura peregrina en Roma, ya que también le había correspondido esta tarea.

[45.13] Regresaron a Roma los embajadores que habían sido enviados a Antioco, y Popilio informó al Senado que se habían resuelto las diferencias entre los reyes y que el ejército había regresado a Siria desde Egipto. Posteriormente llegaron los embajadores de los propios monarcas. Los de Antioco aseguraron al Senado que su rey consideraba la paz que el Senado había impuesto preferible a cualquier otra victoria, y que había obedecido las órdenes de los embajadores romanos como si se tratase de un mandato de los dioses. Les ofrecieron después su felicitación por la victoria, a la que su rey habría ayudado con su apoyo en caso de que se lo hubieran exigido. Los embajadores de Tolomeo dieron las gracias en nombre del rey y de Cleopatra; se consideraban más en deuda con el Senado y el pueblo romano que con sus antepasados o con los dioses inmortales, pues gracias a ellos se habían visto liberados de las miserias de un asedio y habían recuperado el trono cuando ya estaba casi perdido. El Senado respondió que Antioco había hecho lo correcto al obedecer a los embajadores y que esto agradaba al Senado y al pueblo de Roma; por lo que respecta a los monarcas de Egipto, Tolomeo y Cleopatra, cualquier beneficio que hubiera resultado de su intervención alegraba profundamente al senado, y harían cuanto pudieran para que ambos reyes comprendieran que el mejor y más leal protector de su reino sería el pueblo romano. Se encargó a Cayo Papirio de la tarea de entregar los regalos habituales a los embajadores. Llegó luego una carta de Macedonia que acrecentó la alegría por la victoria, pues comunicaba que el rey Perseo estaba en poder del cónsul.

La partida de los embajadores fue seguida por la llegada de las delegaciones de Pisa y Luna, entre las que exista una disputa. Los pisanos se quejaban de que habían sido expulsados de su territorio por los colonos romanos; los de Luna aseveraban que las tierras en cuestón se las habían asignado los triunviros. El Senado envió cinco comisionados para investgar los hechos y fijar los límites, a saber, Quinto Fabio Buteo, Publio Cornelio Blasio, Tito Sempronio Musca, Lucio Nevio Balbo y Cayo Apuleyo Saturnino. Llegó también una embajada conjunta de los hermanos Eumenes, Atalo y Ateneo para ofrecer sus felicitaciones por la victoria. Masgaba, el hijo de Masinisa, había desembarcado en Pozzuoli y se envió al cuestor Lucio Manlio a su encuentro, con una suma de dinero, para llevarle a Roma a expensas del Estado. Inmediatamente después de su llegada a Roma, el Senado le concedió una audiencia. El joven príncipe habló de tal manera que hizo aún más agradable de oír aquello que ya lo era de por sí. Detalló las fuerzas de caballería e infantería, el número de elefantes y la cantidad de grano que su padre había enviado a Macedonia durante los últimos cuatro años. Pero dos cosas le hacían ruborizarse: una era que el Senado, mediante sus embajadores, le hubiera pedido, en lugar de ordenarle, lo que debía proporcionar para la guerra; lo otro fue que hubiera enviado dinero para pagar el grano. Masinisa, dijo, no había olvidado que debía su reino y su posterior ampliación a los romanos; se daba por muy satisfecho con el usufructo del mismo y era plenamente consciente de que la propiedad legítima de aquel correspondía a quien se lo había entregado. Así pues, consideraba que era justo que tomasen, no que le pidiesen o le pagaran, parte de los productos del territorio que le habían concedido. Lo que le sobrase al pueblo romano le bastaba a Masinisa entonces y le bastaría en lo sucesivo. A continuación, informó al Senado que después de dejar a su padre, que le dio estas instrucciones, fue alcanzado por mensajeros a caballo que le informaron de la derrota final de Macedonia y le ordenaron que ofreciera las felicitaciones de su padre al Senado, mandándole decir que tanto se alegraba por ello que, si el Senado le daba permiso, deseaba ir a Roma y ofrecer sacrificios y acciones de gracias a Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio.

[45,14] En respuesta, se dijo al príncipe que resultaba noble y digno de un corazón generoso el dar, como hacía Masinisa, tanto valor a un beneficio que se le debía. El pueblo de Roma había recibido su leal y poderosa ayuda en la Guerra Púnica, y fue gracias a sus buenos servicios por lo que ganó su corona. En este intercambio equitativo auxilios, posteriormente había prestado toda la ayuda posible en las guerras sucesivas contra tres reyes. No podía extrañar que la victoria de Roma complaciera al rey, en vista de cómo había asociado su propia suerte y la de su reino con la causa del pueblo romano. Que ofreciera, pues, sus acciones de gracia en casa ante sus propios penates; en Roma lo haría su hijo en representación suya. Bastarían las felicitaciones que este había ofrecido en su propio nombre y en el de su padre. El Senado no consideraba que fuera en su interés ni en el del pueblo romano el que abandonara su reino y saliera de África, pues ningún beneficio especial se obtendría con ello. Masgaba solicitó a continuación que se obligara a los cartagineses a entregar como rehén a Hanón, hijo de Amílcar, en lugar de ... [falta el nombre propio.-N. del T.]; el Senado, sin embargo, le contestó que no le parecía justo exigir rehenes a conveniencia de Masinisa. Un senadoconsulto dispuso que se instruyera al cuestor para que adquiriese regalos para el príncipe por valor de cien libras de plata [32,7 kilos.-N. del T.], que lo escoltara a Pozzuoli y sufragara todos sus gastos mientras estuviera en Italia; debía también alquilar dos barcos en los que él y su séquito pudieran ser trasladados a África. Se regalaron prendas de vestr a todos sus asistentes, incluyendo a los esclavos. No mucho tiempo después se recibió una carta con noticias sobre Misagenes, el segundo hijo de Masinisa, en la que se comunicaba que, tras la derrota de Perseo, Lucio Paulo le había mandado de regreso a África con su caballería, pero que la flota se había dispersado durante la travesía por el Adriátco y él había sido llevado, enfermo, hasta Brindisi con tres naves. Se envió al cuestor Lucio Estertinio a Brindisi, con regalos por el mismo valor que los efectuados a su hermano en Roma y el encargo de poner a su disposición una casa donde alojarse.

. . . . [Existe aquí una laguna en el texto, provocada por la pérdida de una hoja, en el que se daría cuenta de la elección de nuevos magistrados -para el año 167 a.C.-, los actos de los censores Tiberio Sempronio Graco y Cayo Claudio Pulcro, y la adscripción de los libertos a las cuatro tribus urbanas.-N. del T.]

[45.15] Los libertos habían sido distribuidos entre las cuatro tribus urbanas, con excepción de los que tuviesen un hijo natural mayor de cinco años -a estos se les ordenó que se censasen donde hubieran estado inscritos en el último lustro-y de los que poseyeran una o varias fincas rústicas por valor de más de treinta mil sestercios, ... "a quienes se les concedió el derecho a inscribirse en las tribus rurales" [hay aquí una pequeña laguna que todas las traducciones completan con un texto semejante al de nuestro entrecomillado.-N. del T.]. Como estuvieran en vigor estas disposiciones, Claudio sostenía que “un censor no podía, sin orden del pueblo, quitar el derecho de sufragio a un solo hombre y mucho menos a una clase entera. Porque si el censor pudiera expulsarlo de una tribu, que era lo que significaba ordenarle cambiar de tribu, podría también expulsarlo de las otras treinta y cinco, lo que vendría a suponer el privarlo de sus derechos de ciudadano y de hombre libre: no se limitaba a indicar dónde había de censarse, sino que lo excluía del censo”. Esta fue la cuestón sobre la que discuteron entre ellos. Llegaron finalmente a un compromiso: se elegiría por sorteo público, celebrado en el Atrio de la Libertad, una de las cuatro tribus urbanas, a la que quedarían adscritos todos los que habían sido esclavos. La suerte cayó sobre la tribu del Esquilino y Tiberio Graco anunció que se decidió que todos los libertos debían inscribirse en esa tribu. Esta decisión de los censores fue muy apreciada por el Senado, que decretó un voto de agradecimiento a Sempronio, por su perseverancia en tan justa y sabia iniciativa, y a Claudio, por no oponerse a ella. Los nombres eliminados de las listas del Senado fueron más que con los anteriores censores, así como aquellos a quienes se ordenó vender sus caballos [o sea, a los que se eliminó del orden ecuestre.-N. del T.]. Ambos censores estuvieron de acuerdo en excluirlos de su tribu y privar de sus derechos civiles a las mismas personas, sin que ninguno de los dos aliviase la nota infamante que hubiera puesto el otro. Pidieron que se prorrogara su mandato -dieciocho meses-, para comprobar la restauración de edificios y la finalización de las obras que habían contratado, pero un tribuno de la plebe, Cneo Tremelio, interpuso su veto porque no había sido elegido para el Senado. Durante este año, Cayo Cicereyo dedicó el templo de Moneta en el monte Albano, cinco años después de haberlo prometido con voto, y Lucio Postumio Albino fue consagrado como famen de Marte aquel año.

[45,16] Cuando los nuevos cónsules, Quinto Elio y Marco Junio, llevaron ante el Senado la asignación de provincias -167 a.C.-, la Cámara decidió que Hispania se dividiría nuevamente en dos provincias -pues durante la Guerra de Macedonia había formado una sola-y que Lucio Paulo y Lucio Anicio conservarían Macedonia e Iliria hasta que, de acuerdo con los comisionados, se hubiera disipado la confusión provocada por la guerra y se hubiera dado a estos países una consttución distinta de la monárquica. Pisa y la Galia fueron asignadas a los cónsules y, a cada uno, dos legiones compuestas por cinco mil infantes y cuatrocientos de caballería. El resultado del sorteo entre los pretores dio la pretura urbana a Quinto Casio, la peregrina a Marco Juvencio Talna, Sicilia a Tiberio Claudio Nerón, la Hispania Citerior a Cneo Fulvio y la Ulterior a Cayo Licinio Nerva. Cerdeña había correspondido a Aulo Manlio Torcuato, pero no pudo ir a su provincia al retenerle la investgación sobre unos delitos capitales que le había ordenado el Senado. A continuación se consultó al Senado sobre varios presagios de los que se había tenido notcia: El templo de los Penates, en el monte Velio, había sido alcanzado por un rayo, así como también dos puertas y una porción de muralla en la ciudad de Minervio. En Anagnia había llovido tierra y en Lanuvio se había visto un cometa en el cielo. En Calacia, en terrenos del Estado, el ciudadano romano Marco Valerio informó de que había goteado sangre de su hogar durante tres días y dos noches. Principalmente a causa de este último signo, se ordenó a los decenviros que consultaran los Libros, determinando la celebración de rogativas especiales durante un día y el sacrificio de cincuenta cabras en el Foro. En expiación de los restantes portentos, se celebrarían rogativas en todos los templos durante un segundo día, sacrificios de víctimas adultas y se purificaría la Ciudad. Además, con el propósito de honrar a los dioses inmortales, el Senado aprobó el siguiente decreto: "Considerando que nuestros enemigos han sido vencidos y que los reyes Perseo y Gencio, junto con Macedonia e Iliria, han pasado bajo el poder del pueblo de Roma, los pretores Quinto Casio y Manio Juvencio se encargarán de que se presenten ofrendas en todos los templos, iguales a las ofrecidas tras la derrota de Antioco durante el consulado de Apio Claudio y Marco Sempronio".

[45.17] Se procedió seguidamente a nombrar los comisionados que aconsejarían a Lucio Paulo y Lucio Anicio sobre el arreglo de los asuntos en las provincias conquistadas. El Senado decretó que fuesen diez para Macedonia y cinco para Iliria. Los de Macedonia fueron los primeros en ser elegidos, siendo nombrados Aulo Postumio Lusco, Cayo Claudio -ambos habían sido censores-, Quinto Fabio Labeón, Quinto Marco Filipo y Cayo Licinio Craso, que había sido colega de Paulo en el consulado y estaba en aquel momento al mando de la Galia, al haberle sido prorrogado su proconsulado. Todos estos eran antiguos cónsules, añadiéndose a su número Cneo Domicio Ahenobarbo, Servio Cornelio Sila, Lucio Junio, Tito Numisio Tarquiniense y Aulo Terencio Varrón. Los cinco nombrados para la Iliria fueron Publio Elio Ligo, excónsul, Cayo Cicereyo y Cneo Bebio Tánfilo -este había sido pretor el año anterior y Cicereyo muchos años antes-, Publio Terencio Tuscivicano y Publio Manilio. El Senado aconsejó a los cónsules que acordaran o sortearan sus provincias lo antes posible, pues uno de ellos debía relevar a Cayo Licinio en la Galia debido a su nombramiento como comisionado. Sortearon y Pisa correspondió a Marco Junio. Decidió, antes de partir hacia su provincia, introducir en el Senado a varias embajadas que habían llegado a Roma de todas partes para ofrecer sus felicitaciones. La Galia correspondió a Publio Elio. Aunque los quince comisionados eran hombres de un nivel tal que se podía esperar razonablemente que los generales que obrasen según su consejo no tomarían ninguna decisión indigna de la clemencia o la dignidad del pueblo romano, los principios políticos fundamentales fueron discutidos en el Senado con el fin de que los comisionados pudieran llevar un esquema de ellos a los generales.

[45,18] En primer lugar, se decidió que los macedonios y los ilirios serían pueblos libres, de manera que para todos quedase claro que las armas de Roma no llevaban la esclavitud a los hombres libres sino, por el contrario, la libertad a los esclavizados; de aquel modo, los pueblos que gozaban de libertad comprobarían que la seguridad y perdurabilidad de su libertad gozaba de la protección de Roma, mientras que aquellos que vivían bajo el dominio de reyes se convencerían de que sus reyes eran tanto más justos y misericordiosos cuanto mayor era el respeto que sentían por Roma; además, si alguna vez había guerra entre sus soberanos y Roma, su resolución traería la victoria para Roma y la libertad para ellos. También se decidió suprimir todos los contratos de explotación de las minas de Macedonia, que otorgaban una renta considerable, así como los de las fincas reales, pues no se podían mantener sin publicanos; por otro lado, allí donde forecía el publicano disminuía la autoridad de la ley o perdían los aliados su libertad. Tampoco estaban los macedonios en condiciones de explotar ellos tales recursos, pues nunca faltarían motivos para revueltas y disturbios donde hubiera un botín al alcance de los administradores. Se suprimió el Consejo Nacional, para evitar que algún alborotador sin escrúpulos de las masas convirtese la segura y razonable libertad que se les concedía en una peligrosa y fatal licenciosidad. Macedonia quedaría dividida en cuatro regiones, cada una con su propio consejo, pagando al pueblo romano la mitad del tributo que solían pagar al rey. Se tomaron las mismas disposiciones respecto a Iliria. El resto de medidas se dejó a criterio de los generales y comisionados, pues al ocuparse de los asuntos sobre el terreno podrían apreciar con más seguridad las decisiones a tomar.

[45,19] Entre las numerosas embajadas de los reyes, naciones y pueblos, Atalo, el hermano del rey Eumenes, atrajo sobre si las miradas y atención de todos. Fue recibido por los hombres que habían partcipado con él en la guerra con una bienvenida tan cordial como si hubiera venido el propio Eumenes. Dos asuntos le habían llevado a Roma, ambos en apariencia honorables: uno era el ofrecer sus felicitaciones por una victoria que él mismo había ayudado a ganar; el otro era presentar una queja por una incursión de los galos, la derrota que había sufrido y la seria amenaza contra su reino. Pero, por debajo de ello, estaba también la secreta esperanza de recibir honores y recompensas del Senado, lo que difcilmente podría ocurrir sino a expensas de su hermano. Hubo ciertos romanos, malos consejeros, que animaron sus ambiciones. Estos hombres le hicieron creer que la opinión predominante en Roma con respecto a Átalo y Eumenes era que el primero resultaba un amigo fiel de los romanos, mientras que al otro se le consideraba como un hombre del que ni los romanos ni Perseo se podían fiar como aliado. Era difcil, por lo tanto, decidir si le resultaría más fácil conseguir del Senado las petciones que hiciera en su propio nombre o las que presentara en contra de su hermano, tan inclinada estaba la Cámara a concederle todo a uno y denegárselo al otro. Atalo, como demostraron los hechos, era uno de esos hombres que tratan de obtener todo lo que les prometen sus esperanzas; sin embargo, en este caso los sabios consejos de un amigo pusieron freno, por así decir, a un temperamento que se había exaltado por la popularidad. Estaba en su séquito un médico llamado Estracio al que Eumenes, que se senta inquieto, había enviado especialmente a Roma para que observara atentamente la conducta de su hermano y que, si observaba alguna infidelidad hacia su hermano, lo aconsejara lealmente. Cuando Estracio llegó se encontró con que Atalo ya había prestado oídos e inclinaba su ánimo a pérfidos consejos, pero aprovechó los momentos favorables para conversar con él, restaurando con estas conversaciones una situación que se había vuelto casi imposible. Vino a recordarle que los diferentes reinos se habían fortalecido mediante diversos medios; su reino era nuevo y no estaba basado en un poder largamente asentado; se sostenía sobre la concordia fraterna, pues aunque el ttulo real y el distintivo en la cabeza los llevara uno, todos sus hermanos reinaban con él. ¿Quién no consideraba ya rey a Atalo, el siguiente en edad? Y no solo porque se viera ahora en tan poderosa posición, sino porque estaba próximo el día en que ascendería al trono debido a la edad y debilidad de Eumenes, que no tenía ningún hijo legítimo (pues aún no había reconocido al que luego le sucedió) [el futuro Atalo III.-N. del T.]. ¿Para qué tratar de obtener por la violencia lo que en breve le llegaría por sí solo? Había llegado, además, una nueva tormenta al reino con la invasión de los galos, a la que incluso con los esfuerzos combinados y armónicos de ambos hermanos costaría resistrse. "Sin embargo, la resistencia sería imposible si, además de a un enemigo extranjero, hubiera que afrontar luchas internas; todo lo que ganaría sería que su hermano perdiera la corona antes de su muerte y quedarían destruidas todas sus esperanzas de reinar. Incluso suponiendo que le reportara tanta gloria salvar el reino para su hermano como lograrlo para sí, aún así le sería preferible el mérito por preservar el reino, a lo que se uniría el afecto fraterno. Así pues, ya que una de las alternativas era detestable y suponía cometer parricidio, ¿qué duda podía haber sobre el camino a tomar? ¿Tratar de conseguir una parte del reino o privar a su hermano de todo él? En el primer caso, pues, se dividiría vuestro poder, ambos os debilitaríais y quedaríais expuestos a cualquier daño y ultraje. En el último, ¿estaba dispuesto a mandar a su hermano mayor a la vida privada o al desterro, viejo y enfermo como se encontraba, o en último extremo ordenaría su muerte? Y, por no recordarle el trágico fin que cuentan las fábulas sobre los hermanos impíos, basta la advertencia que muestra el destino de Perseo, que depuso a los pies de su vencedor, en el templo de Samotracia, la diadema manchada con la sangre de su hermano, como si los dioses que fueron testigos del asesinato exigieran ahora su castgo. Los mismos hombres que ahora le impulsaban, no por ser sus amigos, sino porque son enemigos de Eumenes, esos mismos aplaudirán tu afecto y constancia si mantenes hasta el final la lealtad hacia tu hermano".

[45,20] Estas razones prevalecieron en el ánimo de Atalo. En consecuencia, cuando se presentó ante el Senado, ofreció sus felicitaciones por la victoria, aludió a sus servicios y a los de sus hermanos, si alguno había, y a continuación describió los graves disturbios entre los galos que habían provocado una revuelta, pidiendo al Senado que enviara embajadores que con su autoridad los indujeran a deponer las armas. Habiendo presentado estas demandas en interés de su reino, pidió para él Eneo y Maronea. Así, para decepción de los que suponían que tras acusar a su hermano pediría que el reino fuese dividido entre ambos, abandonó el Senado. Rara vez en momento alguno ha sido escuchado un rey o un ciudadano particular con tan general agrado y aprobación; llovieron sobre él toda clase de honores y regalos durante su estancia, y su partida fue presenciada por grandes multitudes. Entre las numerosas delegaciones griegas, la de Rodas despertó el mayor interés. Aparecieron con vestimentas blancas, como correspondía a su embajada de felicitación, pues si hubieran venido vestidos de luto habría podido parecer que lamentaban la caída de Perseo. Cuando el cónsul, Marco Junio, consultó al Senado sobre si les proporcionaría alojamiento gratuito, hospitalidad y una audiencia, la Cámara decidió que, en su caso, no había motivo alguno para respetar con ellos las obligaciones de la hospitalidad. Los embajadores, entre tanto, permanecían en el comicio, y cuando el cónsul salió de la Curia le dijeron que habían venido a ofrecer sus felicitaciones por la victoria y para refutar las acusaciones de traición contra su patria, solicitando que el Senado les concediera una audiencia. El cónsul les dijo claramente que los romanos tenían costumbre de dar una acogida hospitalaria a los amigos y aliados, y concederles audiencia en el Senado. La conducta de los rodios durante la guerra no había sido tal que les hiciera merecedores de ser contados entre los amigos y aliados del pueblo romano. Al oír esto, se postraron todos en el suelo y rogaban al cónsul y a todos los presentes que considerasen si era justo y apropiado que las recientes y faltas acusaciones contra ellos pesaran por encima de sus servicios en el pasado, servicios que los propios romanos podían atestguar. No perdieron tiempo en ponerse ropas de luto y visitar las casas de los hombres más notables, a quienes imploraron que no les condenaran sin escucharles.

[45,21] Marco Juvencio Talna, que era el pretor peregrino, estaba incitando al pueblo contra los rodios y había propuesto una resolución para que se declarase la guerra a Rodas y que uno de los magistrados de aquel año fuera elegido para mandar la flota, en la esperanza de que le nombrasen a él mismo. Dos de los tribunos de la plebe, Marco Antonio y Marco Pomponio, se opusieron a esta resolución. El mismo pretor había actuado contraviniendo peligrosamente un precedente, pues presentaba la propuesta de propia iniciativa, sin consultar al Senado ni informar a los cónsules de la petción que iba a presentar, es decir, si era voluntad y orden del pueblo romano que se declarase la guerra a Rodas. Hasta entonces, siempre se había consultado antes al Senado sobre los asuntos de la guerra; después, si el Senado lo sancionaba, se remita el asunto a la asamblea del pueblo. Lo mismo sucedía en el caso de los tribunos de la plebe, pues la costumbre era que ninguno pusiera el veto a una medida hasta que los ciudadanos hubieran tenido oportunidad de hablar en favor o en contra. Por todo ello, a menudo había ocurrido que quienes estaban convencidos de que no interpondrían su veto a una propuesta, lo hicieron después de que quienes se oponían hubieran hecho patentes los defectos de esta; también, por el contrario, había pasado que quienes llegaban dispuestos a interponer el veto a una medida, quedaban convencidos por los argumentos de sus partidarios y lo retraban. En esta ocasión, los pretores y los tribunos compiteron entre sí para ver quien actuaba con más precipitación; los tribunos se antciparon al pretor interponiendo su veto antes de tiempo . . . [se ha perdido la última hoja, en la que se relata el final del enfrentamiento entre el pretor y los tribunos, así como el inicio del discurso de Astmedes, el embajador rodio.-N. del T.] a la llegada del general.

[45,22] "... Pero aunque hasta ahora resulte dudoso que seamos o no culpables de ningún delito, ya estamos sufriendo todas las humillaciones y castgos. En el pasado, cuando visitamos Roma después de la derrota de los cartagineses, después de que hubiera sido derrotado Filipo o Antioco, nos dirigíamos desde una residencia del Estado hacia el Senado, para presentar nuestras felicitaciones, marchando desde allí al Capitolio para llevar regalos a vuestros dioses. Ahora tenemos que partir desde una miserable posada, donde apenas logramos que nos admiteran pagando, y se nos ordena permanecer fuera de la Ciudad, casi como si fuésemos enemigos. En esta difcil y miserable situación nos hemos presentado ante la Curia nosotros, los rodios a quienes no hace tanto concedisteis las provincias de Licia y Caria, y a los que habéis concedido las mayores distinciones y recompensas. Según lo que oímos, estáis ordenando que los macedonios e ilirios sean libres, aunque antes de estar en guerra con vosotros eran esclavos -y no es que envidiemos la buena suerte de nadie, por el contrario, reconocemos la clemencia del pueblo romano-; ¿y a los rodios, que se limitaron a no hacer nada durante esta guerra, los convertréis de amigos en enemigos? Seguramente sois los mismos romanos que alardean de que sus guerras son victoriosas porque son justas y se enorgullecen, no tanto de terminarlas victoriosos ,como de iniciarlas con razón. El ataque a Mesina, en Sicilia, convirtó a los cartagineses en enemigos vuestros; su ataque a Atenas, su intento de esclavizar Grecia y la ayuda que Filipo prestó a Aníbal con dinero y tropas, lo convirtó en vuestro enemigo. Antioco, llamado por los etolios, vuestros enemigos, navegó personalmente con su flota desde Asia a Grecia, capturó Demetrias, Calcis y el paso de las Termópilas, tratando de despojaros de vuestro imperio. Vuestras razones para la guerra contra Perseo fueron los ataques a vuestros aliados o el asesinato de los régulos y los notables de varias naciones y pueblos. ¿Qué pretexto o justficación habrá para nuestra ruina, si es que todos los rodios somos culpables? Hasta ahora no he hecho ninguna diferencia entre el caso de nuestra ciudad de Rodas y el de Polícrates, Dinón y los otros ciudadanos que hemos traído con nosotros para entregároslos. Aunque todos los rodios fuésemos igualmente culpables, ¿de qué nos acusaríais respecto a esta guerra? Decís que nos hemos puesto del lado de Perseo, igual que durante las guerras contra Filipo y Antioco estuvimos de vuestro lado en contra de estos monarcas, y que hemos estado junto al rey contra vosotros. Preguntadle a los comandantes de vuestras flotas en Asia, Cayo Livio y Lucio Emilio Regilo, la forma en que solemos ayudar a nuestros aliados y con cuánta energía entramos en una guerra. Vuestros barcos nunca lucharon sin nuestra ayuda; hemos combatido en solitario en Samos, y una segunda vez en Panfilia contra Aníbal como comandante. Y esta victoria resultó aún más gloriosa para nosotros porque, después de perder gran parte de nuestros barcos y la for de nuestra juventud en la derrota de Samos, no nos dejamos intimidar por tal desastre y nos enfrentamos a la flota del rey en su ruta hacia Siria. No estoy contando estos incidentes con espíritu de jactancia -pues nuestras circunstancias actuales no lo permiten-, sino para recordar cómo suelen ayudar los rodios a sus aliados.

[45,23] "Tras la derrota final de Filipo y de Antioco hemos recibido de vosotros las más espléndidas recompensas. Si la buena fortuna que ahora tenéis, gracias a la bondad de los dioses y a vuestro propio valor, la hubiese tenido Perseo y hubiéramos ido a Macedonio para encontrarnos con el rey victorioso y pedirle recompensas, ¿qué le podríamos haber dicho nosotros? ¿Que le habíamos ayudado con dinero o con trigo? ¿Con fuerzas auxiliares navales o terrestres? ¿O que habíamos defendido para él alguna posición fortificada? ¿Que habíamos librado alguna batalla para él, al mando de sus generales o por nosotros mismos? Si preguntase dónde había uno de nuestros soldados entre los suyos, o dónde uno de nuestros barcos en una flota suya, tendríamos, quizás, que defendernos delante del vencedor del mismo modo que ahora lo hacemos ante vosotros. Esto es lo que hemos logrado mandando embajadores a ambas partes para instar a la paz: la grattud de ninguna e incurrir en las peligrosas sospechas de una de ellas. Y, sin embargo, Perseo puede presentar contra nosotros, con razón, una acusación que vosotros no podéis hacer. Y es que, padres conscriptos, al comienzo de la guerra os enviamos una embajada para prometeros nuestra ayuda en cuanto fuera necesario para la guerra, y os aseguramos que todo estaba dispuesto: nuestras fuerzas navales, nuestras armas y nuestra juventud, igual que en las guerras anteriores. Fuisteis vosotros los que rehusasteis nuestra aportación, pues por la razón que fuese no quisisteis nuestra ayuda. Así que no solo no mostramos hostlidad alguna hacia vosotros, sino que no faltamos a nuestro deber como fieles aliados, pues vosotros nos prohibisteis cumplir con él.

"Alguno podrá decir "¿Y entonces qué, rodios? ¿No se ha hecho ni dicho en vuestra ciudad nada que no quisieseis y por lo que el pueblo romano se sintera ofendido con razón? No estoy ahora aquí para defender lo que se ha hecho -no estoy tan loco-pero intentaré separar la causa del Estado de la de los particulares. No hay ciudad alguna que no tenga en algún momento malos ciudadanos y, en todo momento, una masa ignorante. He oído que incluso entre vosotros ha habido hombres que hicieron carrera adulando a la masa, y que en alguna ocasión se ha producido una secesión de la plebe, escapando de vuestras manos el control del Estado. Si tales cosas pueden ocurrir en una Ciudad regida por leyes tan sabias como esta, ¿podrá alguien sorprenderse de que haya entre nosotros unos cuantos hombres que, en su deseo por lograr la amistad del rey, hayan desviado a nuestra plebe con sus malos consejos? Esos mismos no lograron más que hacernos permanecer inactivos. Pero no pasaré por encima de la que resulta la más grave acusación contra nosotros respecto a esta guerra: Enviamos embajadas a vosotros y a Perseo, al mismo tiempo, para mediar por la paz. Esta decisión resultó desafortunada, y la estultcia de nuestro embajador la convirtó en una locura, pues hemos sabido que os habló en el mismo tono que empleó Cayo Popilio, embajador vuestro, para intimar a los reyes Antioco y Tolomeo para que depusieran las armas. Sin embargo, aquel comportamiento, se considere arrogante o estúpido, fue el mismo que mostramos hacia Perseo.

"Las ciudades, como las personas, tienen su propio carácter; algunas tienen mal genio, otras son audaces y emprendedoras, algunas son timidas y otras más proclives al vino y otros placeres de Venus. Al pueblo de Atenas se le considera generalmente rápido e impulsivo, al arriesgarse en empresas que están más allá de sus fuerzas; de los lacedemonios se dice que son lentos en la acción y remisos a partcipar incluso en empresas de las que están completamente seguros. Admito que Asia, en su conjunto, produce caracteres un tanto superficiales y que el lenguaje de mis compatriotas resulta un tanto ampuloso, pues nos creemos superiores a nuestras ciudades vecinas. Y esto, en sí mismo, se debe más a los honores que nos habéis considerado dignos de recibir, que a cualquier fuerza que tengamos por nosotros mismos. Seguramente, aquella embajada ya recibió suficiente castgo al ser despedida con vuestra severa respuesta. Si la humillación entonces infigida no fue suficiente, la actitud humilde y suplicante de esta embajada, en todo caso, debería bastar para expiar incluso a otra más insolente que aquella. La arrogancia, especialmente en el lenguaje, es profundamente ofensiva para los iracundos, pero solo merece la risa de las personas sensatas, en particular cuando se muestra de un inferior hacia un superior, pero nadie la considera un delito capital. Puede que alguno pensara que los rodios despreciaban a los romanos, pero hay incluso algunos hombres que increpan a los dioses con un lenguaje presuntuoso y no tenemos noticias de que nadie, por eso, haya sido alcanzado por un rayo.

[45,24] "Si no se nos puede acusar de ningún acto hostl, si el lenguaje pomposo de nuestro embajador, aunque ofensivo a vuestros oídos, no merecía la destrucción de nuestra ciudad, ¿qué más queda por lo que disculparnos? He oído, padres conscriptos, que en vuestras conversaciones privadas se discute sobre nuestras intenciones ocultas. Se afirma que nuestras simpatas estaban con el rey y que hubiésemos preferido verlo victorioso; por lo tanto, algunos de vosotros consideráis que se nos debe castgar con la guerra; otros creen que ese, efectivamente, era nuestro deseo, pero que no hay que castgarnos con una guerra por ello. En ninguna ciudad se ha establecido, ni por la costumbre ni por la ley, que haya de sufrir la pena capital quien desee la destrucción de un enemigo, pero no haga nada para conseguirlo. A estos de vosotros que nos liberan de la pena, aunque no de la acusación, les estamos en verdad agradecidos; pero nosotros nos aplicamos este principio: si deseamos, como se afirma, todo aquello de cuanto se nos acusa, que se nos castgue a todos y no se distinga entre voluntad y hechos. Si algunos de nuestros líderes de pusieron de vuestro lado y otros de parte del rey, no pido que los partidarios del rey gocen de inmunidad en consideración hacia los que os apoyamos; lo que os pido es que perezcamos nosotros por su culpa. Vosotros no les sois más hostiles que su propia ciudad; precisamente porque sabían esto, la mayoría han huido o se han quitado la vida; pondremos en vuestras manos, padres conscriptos, a otros a los que hemos hallado culpables. Aunque la conducta del resto de nosotros durante la guerra no ha merecido ninguna grattud, desde luego, no ha merecido tampoco el castgo. Que la suma de nuestros antiguos servicios compensen esta falta al cumplir con nuestro deber. Durante estos últimos años habéis estado en guerra con tres reyes; no dejéis que el hecho de no haberos ayudado en una de ellas pese más contra nosotros que el de haber combatido por vosotros en dos guerras. Que Filipo, Antioco y Perseo sean como tres veredictos; dos nos absuelven y uno es dudoso. Si ellos fueran nuestros jueces, pesaría más este último y nos declararían culpables; vosotros, padres conscriptos, decidiréis si Rodas permanecerá sobre la tierra o si será completamente destruida. La cuestón sobre la que discutréis no es la guerra: podéis declararla, pero no podréis continuarla, pues ni un solo rodio tomará las armas contra vosotros. Si persiste vuestra ira contra nosotros, os solicitamos un tiempo para llevar a casa las noticias de esta funesta embajada. Todos nosotros, cada persona libre, todo hombre y mujer en Rodas, embarcaremos en nuestros barcos con todo nuestro dinero, diremos adiós a nuestros penates públicos y privados, y vendremos a Roma. Amontonaremos en el Comicio y en el vestibulo de vuestra Curia todo el oro y la plata, del Estado y de los ciudadanos, y nos entregaremos nosotros mismos, con nuestras esposas e hijos, dispuestos a sufrir lo que sea que nos tengáis reservado. Que nuestra ciudad sea incendiada y saqueada lejos de nuestros ojos. Los romanos pueden pensar que los rodios son sus enemigos, pero no pueden hacer que lo sean; pues nosotros, al examinar nuestra conciencia, cualquiera que sea el rigor de los males que hayamos de sufrir, jamás realizaremos contra vosotros ningún acto hostl ni nos consideraremos vuestros enemigos".

[45.25] Después de un discurso como este, todos se postraron nuevamente, suplicantes, agitando sus ramas de olivo. Finalmente, se levantaron y salieron de la Curia. A continuación se pidió a los senadores que expusieran su parecer. Los enemigos más encarnizados de los rodios eran aquellos que habían tomado parte en la guerra como cónsules, pretores o generales. El que más hizo por ayudarles fue Marco Porcio Catón, quien aunque de natural severo e infexible, actuó en esta ocasión como un senador indulgente y conciliador. No daré aquí muestra de su carácter elocuente transcribiendo su discurso, que se conserva íntegro en el libro quinto de sus "Origines". La respuesta dada a los rodios se redactó de tal forma que ni se les declaraba enemigos ni se les conservaba la condición de aliados. Los jefes de la embajada fueron Filócrates y Astmedes. Algunos de los embajadores decidieron acompañar a Filócrates de vuelta a Roma con el informe de sus actuaciones, otros escogieron permanecer en Roma con Astmedes, para enterarse de cuanto ocurriera e informar a sus compatriotas. Por el momento, solo se les obligó a retrar sus gobernadores de Licia y de Caria antes de una fecha determinada. Esto, que en sí mismo habría resultado un hecho lamentable, fue recibido con alegría en Rodas en la medida en que se aliviaba el temor a una guerra. Por ello, de inmediato decretaron que Teódoto, el prefecto de la flota, llevase a Roma una corona valorada en veinte mil monedas de oro. Se quería pedir una alianza con Roma, pero de tal manera que no se consultara al pueblo ni se pusiera por escrito, porque si la petción no se concedía, la humillación sería aún mayor. El prefecto de la flota tenía plenos poderes para negociar estos asuntos sin la previa aprobación de un decreto formal. Durante todos aquellos años, en realidad, habían mantenido relaciones amistosas con Roma sin obligarse a sí mismos mediante un tratado expreso de alianza, por la única razón de no quitarles a los reyes esperanzas de recibir ayuda, si en alguna ocasión la precisaban, ni a sí mismos las de recoger los frutos de la benevolencia y la buena fortuna de los monarcas. En las actuales circunstancias, parecía especialmente deseable que se estableciera una alianza; no para darles más seguridad contra otros -pues a nadie temían, excepto a los romanos-, sino para hacerles menos sospechosos ante los propios romanos. Por aquella época, los caunios se rebelaron contra ellos y los milasenses tomaron varias plazas fortificadas de los euromenses. El gobierno de Rodas no estaba tan desanimado como para darse cuenta de que si la Licia y la Caria le habían sido arrebatadas por Roma, el resto de pueblos sometidos podrían también obtener su libertad rebelándose o siendo tomadas por sus vecinos, quedando ellos mismos confinados en una pequeña y estéril isla que era incapaz de sostener la población de una ciudad tan grande. Así pues, se enviaron tropas de inmediato con las que someteron a los caunios a su autoridad, pese a que habían recibido ayuda de los cibiratas. Derrotaron también en batalla campal a los milasenses y alabandenses, cerca de Ortosia, quienes habían unido sus fuerzas para arrebatarles la provincia de Euromos.

[45,26] Mientras sucedían todos estos acontecimientos en Caria, Macedonia y Roma, Lucio Anicio hacía campaña en Iliria. Después de hacer prisionero al rey Gencio, como ya hemos dicho, puso una guarnición en Escodra, donde había estado el palacio real, al mando de Gabinio; puso también guarniciones en Rizón y Olcinio, ciudades importantes, al mando de Cayo Licinio. Luego avanzó con el resto de su ejército al Epiro. La primera ciudad que se le rindió fue Fánote, donde salió a su encuentro toda la población llevando las ínfulas alrededor de sus frentes. Puso guarnición al lugar y marchó hacia la Molóside. Se rindieron todas las ciudades, con cuatro excepciones: Pasarón, Tecmón, Fílace y Hórreo. Pasarón fue la primera que atacó. Los dirigentes de esta ciudad eran Antinoo y Teódoto, quienes se habían distinguido por su apoyo a Perseo y su odio hacia los romanos; ellos habían sido los responsables de que toda su nación se rebelase contra los romanos. Sabiendo que la culpa recaía personalmente sobre ellos, y sin esperanza de obtener el perdón, cerraron las puertas para ser enterrados en la ruina general de su patria y exhortaron a los habitantes a preferir la muerte a la esclavitud. Nadie se atrevió a abrir los labios contra aquellos poderosos hombres. Por fin, un tal Teódoto, joven de noble cuna cuyo temor a los romanos resultaba ser mayor que el miedo a sus jefes, exclamó "¡Qué locura os posee para convertir a todos los ciudadanos en cómplices del delito de solo dos hombres? Muchas veces he oído hablar de hombres que han afrontado la muerte en nombre de su país; pero estos son los primeros que consideran que es mejor que la patria perezca en su lugar. ¿Por qué no abrimos nuestras puertas y aceptamos la soberanía que todo el mundo ha aceptado?" Como toda la multitud le siguió tras decir esto, Antinoo y Teódoto se precipitaron contra el puesto avanzado más próximo del enemigo y, ofreciéndose ellos mismos a los golpes, murieron allí por las heridas recibidas; la ciudad se rindió a los romanos. En Tecmón, su magistrado, Cefalón, se mostró igualmente desafiante y cerró las puertas. Se le condenó a muerte y la plaza se rindió; ni Fílace ni Hórreo resisteron el asedio.

Una vez quedó el Epiro finalmente pacificado y se repartió al ejército entre las ciudades apropiadas para establecer los cuarteles de invierno, Anicio regresó a Escodra, en el Ilírico, a la que habían llegado los cinco comisionados de Roma. Allí convocó a los principales magistrados de toda la provincia a una conferencia. Ascendiendo a la tribuna, efectuó el siguiente anuncio según lo acordado con los comisionados: "Por orden del Senado y el Pueblo de Roma, los ilirios serán una nación libre. Retraré mis guarniciones de todas vuestras ciudades, ciudadelas y fortalezas. A los isenos, los taulancios y a los pirustas de Dasarecia, a los rizonitas y a los olcianos, se les concede la libertad y la exención de todo tributo, pues se pasaron a los romanos cuando Gencio estaba todavía en el poder. Igual exención se concede también a los daorsos, pues abandonaron a Caravancio para pasarse con sus armas a los romanos. A los escodrenses, dasarenses y selepitanos, así como al resto de ilirios, se les impone un tributo igual a la mitad del que pagaban al rey". Anunció a continuación una triple división de Iliria. La primera estaba compuesta por todo el territorio al norte de Dicta, la segunda comprendía todo el país de los labeatas y la tercera incluía a los agravonitas, los rizonitas, los olciniatas y sus vecinos. Establecido así este ordenamiento en Iliria, regresó a Pasarón, en el Epiro, a sus cuarteles de invierno.


[45,27] Mientras ocurría todo esto en Iliria, Paulo, antes de la llegada de los diez comisionados, envió a su hijo, Quinto Máximo, quien había regresado de Roma, para que saqueara las ciudades de Eginio y Agasas; la última debido a que tras rendirse al cónsul Marcio y pedir voluntariamente una alianza, se había pasado nuevamente con Perseo. El delito de los eginenses era más reciente. No dieron crédito alguno al informe sobre la victoria de los romanos y trataron como enemigos a algunos de los soldados que habían entrado en la ciudad. Lucio Postumio mandó también saquear la ciudad de los enios, que habían mostrado más obstinación en su resistencia que las ciudades vecinas. Como se aproximaba el otoño, el cónsul decidió usar esta estación para efectuar una gira por Grecia y visitar los sitos a los que la fama ha engrandecido por encima de lo que la vista permite contemplar. Puso a Cayo Sulpicio Galba al mando del campamento y partió con una pequeña escolta, con su hijo Escipión y Ateneo, el hermano de Eumenes, cabalgando a su lado. Atravesando la Tesalia se dirigió a Delfos, donde estaba el famoso oráculo. Ofreció allí sacrificios a Apolo y reservó para sus estatuas, en conmemoración de su victoria, algunas columnas sin terminar que estaban en el vestibulo y sobre las que se había previsto colocar las de Perseo. También visitó el templo de Júpiter Trofonio en Lebadia y vio allí la boca de la gruta por la que bajan los que desean consultar el oráculo. Hay aquí un templo dedicado a Júpiter y Hercinna, donde ofreció sacrificios. A continuación, pasó a Calcis para contemplar el Euripo y el puente que conecta a la gran isla de Eubea con el continente. De allí pasó a Áulide, distante tres millas [4440 metros.-N. del T.], y contempló el puerto, famoso por ser el fondeadero de las mil naves de Agamenón, así como el templo de Diana, en cuyo altar el famoso "rey de reyes" sacrificó a su hija para que su flota tuviera una favorable travesía hacia Troya. A continuación pasó a Oropo, en Ática, donde un antiguo adivino es adorado como un dios y donde hay un antiguo templo cuyas fuentes y arroyos hacen el entorno delicioso. De allí se dirigió a Atenas. Esta ciudad está llena de fama por sus antiguas glorias; tiene, no obstante, muchas cosas que vale la pena ver: la ciudadela [se refiere a la Acrópolis, claro.-N. del T.], sus puertos, las murallas que unían la ciudad con el Pireo, los astlleros, los monumentos de grandes generales, espléndidas estatuas de dioses y hombres, magníficamente labradas en toda clase de materiales y en toda clase de estilos artisticos.

[45.28] Después de sacrificar a la diosa Minerva, la deidad tutelar de la Acrópolis [o sea, Palas Atenea; por cierto, fue en esta ciudad donde Paulo Emilio pidió a los atenienses su filósofo más notable para instruir a sus hijos y un pintor excelente para que trabajase en la decoración de su triunfo. Los atenienses eligieron a Metrodoro, a quien consideraban el mejor para desempeñar aquella doble tarea, opinión que pronto compartió el propio Paulo Emilio.-N. del T.], marchó a Corinto, donde llegó al día siguiente. Por aquel entonces, antes de su destrucción, era una ciudad gloriosa. La ciudadela y el Istmo componían un espectáculo impresionante: con la ciudadela levantándose a una gran altura en el interior de las murallas, abundante en fuentes, y el istmo que separaba mediante una estrecha franja de tierra dos mares que se ceñían por el este y el oeste. Sición y Argos fueron la siguientes ciudades que visitó, ambas famosas; a continuación de estas fue a Epidauro, no tan rica como las anteriores pero famosa por el espléndido templo de Esculapio, a cinco millas de la ciudad [7400 metros.-N. del T.], repleto en la actualidad de restos de antiguas ofrendas, que le fueron arrebatadas, y rico entonces por las ofrendas que los enfermos habían ofrecido al dios como pago agradecido por su recuperación. Marchó desde allí a Lacedemonia, una ciudad inolvidable, no por la magnificencia de sus edificios, sino por su disciplina y sus insttuciones. Se acercó desde allí a Olimpia, pasando por Megalópolis. Aquí, entre los diferentes objetos que atrajeron su atención, quedó profundamente impresionado al contemplar la estatua de Júpiter, como si el propio dios estuviera allí, y dio órdenes para disponer un sacrificio más suntuoso que de costumbre, como si fuera a sacrificar en el Capitolio.

Durante este viaje a través de Grecia, tuvo cuidado en evitar hacer nada que pudiera inquietar a los pueblos aliados de Roma, sin entrar a averiguar qué sentimientos habían manifestado las ciudades o las personas durante la guerra contra Perseo. A su regreso a Demetrias fue recibido por una multitud de etolios vestidos de luto. Al preguntarles, sorprendido, qué era lo que sucedía, le dijeron que quinientos cincuenta de sus principales ciudadanos habían sido muertos por Licisco y Tisipo, después de haber sido rodeado el senado por un cordón de soldados romanos enviados por Aulo Bebio, el prefecto de la guarnición; otros habían partido al exilio, y se habían confiscado las propiedades tanto de los ejecutados como de los desterrados. Dio órdenes para que los acusados le esperasen en Anfpolis, se reunió en Demetrias con Cneo Octavio y, mientras estaba allí, le llegó la noticia de que los diez comisionados habían desembarcado en Grecia, por lo que, dejando a un lado todos los demás asuntos, se dirigió a Apolonia. Por la negligencia de su guardia, Perseo pudo ir hasta allí desde Anfpolis, pues solo hay un día de viaje. Se dice que Emilio le habló en un tono amable, pero cuando llegó al campamento, en Anfpolis, reprendió severamente a Cayo Sulpicio; en primer lugar por haber permitido que Perseo pudiera vagar tan lejos por la provincia y, en segundo lugar, por haber mostrado tanta indulgencia con sus soldados que hasta les permitó quitar las tejas de las murallas de la ciudad para cubrir sus barracones de invierno. Ordenó que se devolvieran las tejas y que se restaurasen las partes descubiertas a su estado anterior. Perseo y su hijo mayor, Filipo, fueron entregados a Aulo Postumio para mantenerlos bajo custodia; en cuanto a la hija y el hijo menor, Emilio hizo que los trasladaran de Samotracia a Anfpolis, tratándolos con todas las consideraciones.

[45,29] Emilio dio aviso para que diez consejeros de todas las ciudades se reunieran en Anfpolis, llevando con ellos todos los documentos que se hubieran depositado, donde quiera que estuviesen, y todo el dinero perteneciente al rey. Cuando llegó el día, se dirigió al tribunal, donde tomó asiento junto a los diez comisionados y rodeado de una vasta multitud de macedonios. A pesar de que estaban acostumbrados a la demostración del poder real, esta nueva forma de poder soberano les llenó de miedo: el tribunal, la apertura de paso separando a la gente a ambos lados, el heraldo, los asistentes, todo aquello resultaba extraño a sus ojos y oídos, capaz de atemorizar incluso a los aliados de Roma, cuánto más a un enemigo vencido. Una vez que el heraldo impuso el silencio, Paulo, hablando en latin, expuso los acuerdos tomados por el Senado y por él mismo de acuerdo con los diez comisionados; el pretor Cneo Octavio, que también estaba presente, tradujo el discurso al griego. En primer lugar, se disponía que los macedonios serían un pueblo libre, poseerían sus ciudades y territorios como antes, disfrutarían de sus propias leyes y costumbres y elegirían a sus magistrados anuales. Tendrían que pagar al pueblo de Roma la mitad de los tributos que habían pagado al rey. En segundo lugar, Macedonia quedaría dividida en cuatro regiones. La primera abarcaría el territorio entre el río Estrimón y el Nesto [el antiguo Nesus.-N. del T.]; a esta se añadiría la zona que estaba más allá del Nesto, hacia el este, con todas las fortalezas, ciudades y pueblos que había dominado Perseo, con excepción de Eno, Maronea y Abdera; de este lado del Estrimón, hacia el oeste, toda la Bisáltica junto con la Heraclea que los nativos llamaban Síntce. La segunda región tendría como límite oriental el Estrimón, excepto la Heraclea Síntce y la Bisáltica; el límite occidental sería el río Axio, con la adición de los peonios que vivían al este del Axio. La tercera región era la comprendida entre el Axio por el este y el Peneo por el oeste, con el monte Bermión [el antiguo Bora.-N. del T.] cerrando por el norte. Este territorio se aumentaría con la adición de la parte de Peonia que se extende hacia el oeste, más allá del río Axio; Edesa y Berea se incorporaron a esta región. La cuarta estaba al otro lado del monte Bermión, frontera por un lado con Iliria y por el otro con el Epiro.

Emilio les designó, como capitales donde se celebrarían las Asambleas de las diferentes regiones, a Anfpolis para la primera, Tesalónica para la segunda, Pela para la tercera y Pelagonia para la cuarta. En ellas se convocarían las asambleas de cada región, se depositarían los tributos y se elegiría cada año a los magistrados. Su siguiente anuncio fue que se prohibía el derecho de matrimonio y el de comercio de tierras o casas entre los habitantes de las diferentes regiones, fuera de los límites de la de cada cual. No se permita la explotación de las minas de oro y plata, pero sí el de las de hierro y cobre. Los que explotaban las minas tendrían que pagar la mitad de los tributos que habían abonado al rey. Se prohibió también el consumo de sal importada. Los dárdanos reclamaban la Peonia, aduciendo que una vez les había pertenecido y que, además, compartan frontera; el cónsul les dijo que se concedía la libertad política a todos los que hubieran sido súbditos del rey Perseo. Pero, aunque se había negado a darles la Peonia, sí les concedió el derecho a comerciar con la sal, ordenó que la tercera región la llevara a Estobos y fijó el precio al que se vendería. Prohibió a los macedonios cortar maderas para barcos o permitr que otros lo hicieran. Permitó a las regiones fronteras con los bárbaros, que eran todas menos la tercera, que mantuviesen fuerzas armadas en sus extremos más alejados.

[45.30] Estos anuncios, realizados el primer día de la reunión, produjeron diversos sentimientos entre la audiencia. El inesperado regalo de la libertad y el aligeramiento de los tributos anuales fue un gran alivio para ellos, pero la prohibición de las relaciones mutuas entre las diferentes regiones les parecía que desgarraba Macedonia como a un animal al que se privaba de unos miembros que se necesitan unos a otros; tanto ignoraban los propios macedonios lo grande que era Macedonia, la facilidad con que se prestaba a ser dividida y lo autónoma que era cada parte por sí misma. La primera región incluía a los bisaltas, un pueblo guerrero que vive al otro lado del Nesto y a ambas orillas del Estrimón, con frutos tpicos muy variados, minerales y la ciudad de Anfpolis, que se levanta cerrando todos los accesos desde del este. Por otra parte, la segunda región comprende las populosas ciudades de Tesalónica y Casandrea, así como el fértl territorio de Palene. Dispone también de las instalaciones marítimas de numerosos puertos: los de Torone, el monte Atos, Enea y Acantos, orientados unos hacia Tesalia y Eubea, y otros hacia el Helesponto. La tercera región incluye las famosas ciudades de Edesa, Berea y Pela, el belicoso pueblo de los vetos y una gran población de galos e ilirios, agricultores laboriosos. La cuarta región está poblada por los eordeos, los lincestas y los pelagones, junto con las ciudades de Atintania, Tinfeide y Elimea [respectivamente, en el Epiro norte, a este del Aoo, al oeste de la frontera con Tesalia, al sur del Haliacmón, y entre Eordea, Perrebia y Tinfeide.-N. del T.] . Toda aquella franja del país es fría, dura y difcil de cultivar, con unos habitantes cuyo carácter se corresponde con el del país. Sus vecinos bárbaros contribuyen a hacerlos aún más feroces, a veces con la guerra y, en tiempos de paz, introduciendo sus propios ritos y costumbres. Por lo tanto, esta división de Macedonia puso de relieve cuán grande era al poner de relieve las ventajas de cada parte por separado.

[45.31] Una vez organizada Macedonia, el cónsul anunció su intención de darles leyes y citó a los etolios para que comparecieran. La investgación se dirigió más a averiguar quién había estado a favor de los romanos y quién a favor del rey, que a descubrir quiénes habían causado o sufrido injusticias. Los asesinos fueron absueltos, se confirmó el exilio de los desterrados y las muertes de los ejecutados; el único al que se encontró culpable fue a Aulo Bebio, pues había proporcionado soldados romanos para que fueran los instrumentos de la masacre. Este resultado del caso de los etolios tuvo el efecto de hacer crecer los ánimos de los partidarios de los romanos, en todas las ciudades y pueblos de Grecia, hasta un punto de insoportable insolencia; quedaron indefensos y a sus pies todos aquellos de los que se pudiera sospechar que habían estado a favor del rey. Existan en las ciudades tres clases entre los hombres principales: dos de ellas estaban compuestas por aquellos hombres que, a base de adular a los romanos

o al rey, ganaban infuencia para sí mismos entre sus propios conciudadanos; la tercera trató de defender sus libertades y sus leyes oponiéndose a las otras dos. Sobre estos últimos, cuanto mayor era el afecto que sentían por ellos sus compatriotas, menos se les apreciaba en el extranjero. Eufóricos por la victoria de los romanos, los simpatzantes de este bando quedaron en posesión exclusiva de todas las magistraturas y embajadas. Muchos de ellos procedían del Peloponeso, de Beocia y de otras ligas de Grecia, y se dedicaron a llenar de acusaciones los oídos de los diez comisionados. Les contaban que los partidarios de Perseo no eran solo aquellos que con ánimo vanidoso alardeaban de ser huéspedes y amigos de Perseo, sino un grupo aún más numeroso que había abrazado secretamente su causa y que, bajo el pretexto de defender sus libertades, habían estado incitando por todas partes a las asambleas para que actuasen contra Roma. La única forma de mantener la lealtad de los diferentes pueblos era aplastar a estas facciones y fortalecer la autoridad de aquellos cuyo único objetivo era apoyar el poder de Roma. Estos hombres proporcionaron una lista de nombres y el general envió cartas a Acarnania, Etolia, Epiro y Beocia, ordenando que los nombrados lo siguieran a Roma para defenderse. Dos de los comisionados, Cayo Claudio y Cneo Domicio, fueron personalmente a Acaya para publicar esta orden. Había dos razones para ello: una de ellas era su creencia de que los aqueos desobedecerían la orden por culpa de su exceso de confianza y mayor coraje, aparte de que, seguramente, corrían peligro las vidas de Calícrates y del resto de delatores. La otra era que, si bien en el caso de los dirigentes de los otros Estados se habían descubierto cartas en los archivos reales, no se había hallado ninguna prueba en el caso de los aqueos. Una vez se retraron los etolios, se llamó a la delegación acarnania. En su caso, no se hizo ningún cambio aparte de apartar la Leúcade de la Liga acarnania. A continuación, los comisionados ampliaron el alcance de su investgación, sobre quiénes habían apoyado oficial o particularmente al rey, hasta Asia. Labeo fue enviado a destruir la ciudad de Antsa, en la isla de Lesbos, y trasladar sus habitantes a Metmna; la razón para tomar esta medida fue que habían admitido al prefecto de la flota del rey, Antenor, en su puerto y le habían ayudado con suministros mientras navegaba frente a Lesbos. Fueron decapitados dos de sus notables: Andrónico, hijo de Andrónico, un etolio, porque había secundado a su padre y tomó las armas contra Roma, y Neón, un tebano, que había sido el principal culpable de que establecieran una alianza con Perseo.

[45.32] La asamblea de los macedonios, que había sido interrumpida por estas investgaciones, fue nuevamente convocada. En primer lugar se definió la condición de Macedonia; se debería elegir senadores -ellos los llamaban "sinedros"-, que formarían un consejo para dirigir el gobierno. A continuación se leyó una lista con los nombres de los notables macedonios que se había decidido que marchasen por delante a Italia, acompañados por sus hijos de más de quince años de edad. A primera vista, esta podía parecer una medida cruel, pero pronto resultó evidente a los macedonios que se tomaba para proteger sus libertades. Los nombres de la lista eran los de los amigos y nobles de la corte del rey, los generales de sus ejércitos, los prefectos de sus flotas y guarniciones, acostumbrados todos a servirle sumisamente y mandar a los demás con arrogancia. Algunos eran extraordinariamente ricos, otros no lo eran tanto como aquellos, pero los igualaban en sus gastos; sus mesas y ropajes eran los de unos reyes, pero carecían del espíritu del ciudadano, eran incapaces de someterse a la ley o de aceptar una libertad igual para todos. Así pues, a cada uno de los que habían estado empleados al servicio del rey, incluso los que habían sido enviados como embajadores, se les ordenó que abandonaran Macedonia y que se dirigieran a Italia, amenazando con la muerte a quien se negara a obedecer. Las leyes que Emilio les dio a los macedonios habían sido tan cuidadosamente elaboradas y consideradas que podría pensarse que las promulgaba no para enemigos vencidos, sino para aliados que habían prestado buenos servicios; y ni siquiera después de un largo periodo de uso, que es lo único que las cambia, se encontró necesidad de enmendarlas. Después de atender a los asuntos serios, celebró en Anfpolis unos juegos, que se habían preparado durante largo tiempo, con gran esplendor. Se había mandado aviso de ellos a las ciudades de Asia y a los reyes, y Emilio informó sobre ellos a los dirigentes durante su viaje por las ciudades de Grecia. Hubo una gran concentración de artistas dedicados a toda clase de artes escénicas, un gran conjunto de atletas de todas partes del mundo y caballos famosos por haber ganado numerosas carreras. Se presentaron también delegaciones de ciudades con sus animales para sacrificar; todo, en suma, de cuanto suele formar parte de estas celebraciones en honor de los dioses y los hombres. Las actuaciones fueron tan buenas que no sólo la magnificencia del espectáculo, sino la habilidad demostrada en su presentación levantaron la admiración, pues los romanos por entonces carecían de experiencia sobre este arte. El mismo cuidado se puso en los ricos y suntuosos banquetes preparados para las todas las delegaciones. Se citaba a menudo una observación del propio cónsul: "el hombre que sabe cómo ganar una guerra, sabe también cómo preparar un banquete y ofrecer unos juegos".

[45,33] Cuando finalizaron los Juegos, el general ordenó que se cargaran en las naves los escudos de bronce y que se hiciera un gran montón con el resto de armas de todo tpo. Después, ofreció oraciones a Marte, Minerva, la Madre Lúa y al resto de dioses a quienes se deben dedicar solemnemente los despojos del enemigo, aplicando el propio general a continuación una antorcha a la pila, prendiéndole fuego; luego aplicó la suya a la de cada uno de los tribunos militares que estaban alrededor. Resultó un hecho notable que, en este gran encuentro entre Europa y Asia, donde se había reunido una multitud procedente de todas partes del mundo, unos para ofrecer sus felicitaciones y otros para contemplar el espectáculo, concentradas tantas fuerzas navales y terrestres, hubiera tanta abundancia de toda clase de mercancías y fueran tan baratas las provisiones; de modo que el general regaló, tanto a particulares como a ciudades, y hasta a naciones enteras, de todas aquellas cosas lo suficiente no solo para usarlo en aquel momento, sino incluso para llevar a sus casas. La multitud de espectadores se mostró tan interesada en las representaciones teatrales como en los combates entre los atletas, las carreras de carros y la exhibición de los despojos de Macedonia. Estos se expusieron en su totalidad: estatuas, pinturas, tejidos, artculos de oro, plata, bronce y marfil labrados con sumo cuidado, todo lo cual había sido encontrado en el palacio, donde no se había colocado, como los que llenaban el palacio de Alejandría, para un adorno temporal, sino para su uso constante y duradero. Todo esto se embarcó en la flota y se encargó a Cneo Octavio que lo transportara a Roma. Paulo, después de despedir cortésmente a las embajadas, cruzó el Estrimón y fijó su campamento de una milla de distancia de Anfpolis [1480 metros.-N. del T.]. Una marcha de cinco días más lo llevó a Pela. Pasando la ciudad, llegó a un lugar llamado Peleo, donde permaneció durante dos días. Durante su estancia envió a Publio Nasica y a su hijo Quinto Máximo para devastar aquella parte de Iliria que había ayudado a Perseo, ordenándoles que se reuniesen luego con él en Orico. Él mismo tomó el camino de Epiro y después de una marcha de quince días llegó a Pasarón.

[45,34] El campamento de Anicio no estaba lejos y el cónsul le mandó una carta advirténdole para que no efectuara ningún movimiento ante lo que iba a suceder, pues el Senado había concedido a su ejército el botín de aquellas ciudades del Epiro que se habían pasado a Perseo. Se enviaron centuriones a cada una de las ciudades para comunicar que habían venido para retrar las guarniciones, de manera que los epirotas fuesen libres como ya lo eran los macedonios. Llamó a diez notables de cada ciudad y les advirtó que sacaran a un lugar público el oro y la plata, mandando después sus cohortes a las distintas ciudades. Las que iban a los lugares más alejados partieron antes que las que debían ir a los más cercanos, llegando todos a sus destinos el mismo día. Los tribunos y centuriones habían recibido instrucciones sobre lo que debían hacer. Todo el oro y la plata fue sacado por la mañana y, a la hora cuarta [sobre las diez de la mañana.-N. del T.], se dio la señal a los soldados para proceder al saqueo de las ciudades. Tan grande fue la cantidad de botín obtenida que del reparto resultaron cuatrocientos denarios para cada jinete y doscientos para cada infante [1560 y 780 gramos de plata, respectivamente; aunque para hacernos una idea algo más aproximada, señalaremos que mucho tiempo después, durante el principado de Augusto, el sueldo de un legionario raso era de 225 denarios anuales.-N. del T.] , tomándose ciento cincuenta mil cautivos. A continuación se derruyeron las murallas de las ciudades saqueadas, unas setenta, se vendió el botín y se repartió la cantidad obtenida entre los soldados. Paulo bajó hasta el puerto de Orico, pero sus soldados estaban lejos de haber quedado satisfechos; se mostraban indignados por no haber partcipado del botín real, como si no hubiesen tomado parte en la guerra de Macedonia. En Orico, se encontró con las tropas que había enviado con Escipión y Quinto Máximo, hizo embarcar a su ejército y navegó hasta Italia. Unos días más tarde, Anicio, que había convocado las asambleas de epirotas y acarnanes, ordenó que le siguieran a Italia aquellos de sus dirigentes cuyos casos se había reservado para el examen del Senado. Esperó a los barcos que habían sido utlizados para trasladar al ejército desde Macedonia y, a su llegada, regresó también a Italia.

Mientras tenían lugar estos acontecimientos en Macedonia y en el Epiro, desembarcó en Asia la embajada que se había mandando para acompañar a Atalo con el objetivo de poner fin a la guerra entre los galos y Eumenes. Se había acordado una tregua mientras durase en invierno: los galos se habían ido a sus casas y el rey se había retirado a sus cuarteles de invierno en Pérgamo, donde había estado gravemente enfermo. El comienzo de la primavera sacó a los galos de sus hogares y los llevó hasta Sínada, mientras que Eumenes había concentrado un ejército en Sardes con tropas procedentes de todas partes de su reino. Al saber los romanos que también se encontraba en Sínada el jefe de los galos, Solovecio, decidieron dirigirse allí para entrevistarse con él; Atalo los acompañó, pero decidieron que no entrase en el campamento galo para que no se agriase el debate. El excónsul Publio Licinio mantuvo una conversación con su líder, y regresó contando que todos los intentos por persuadirlo solo lograron volverlo más desafiante; expresó su asombro porque las palabras de los embajadores romanos hubieran logrado apaciguar las luchas entre monarcas tan poderosos como Antioco y Tolomeo, y no hubieran tenido ningún efecto sobre los galos.

[45.35] Los primeros en llegar a Roma fueron los monarcas cautivos, Perseo y Gencio, junto con sus hijos, quedando todos bajo custodia. A estos les siguieron los macedonios y los dirigentes de Grecia a los que se había ordenado que fuesen a Roma. En el caso de estos últimos, la convocatoria abarcó no sólo a los que se encontraban en su lugar de residencia, sino que también se citó por carta a aquellos que se encontraban con los reyes. Pocos días después, Paulo remontó el Tíber hasta la Ciudad en el barco del rey, un buque de enorme tamaño propulsado por dieciséis filas de remos y adornado con los despojos de Macedonia, magníficas armas y preciosas telas halladas en el palacio del rey. Las orillas del río estaban llenas de multitudes que salían a saludar su llegada. Anicio y Octavio, con su flota, llegaron poco después. El Senado decretó un triunfo para los tres, encargando al pretor Quinto Casio que se pusiera de acuerda con los tribunos de la plebe para que propusieran una resolución a la asamblea, a instancias del Senado, para que conservaran todos su imperio [imperio en el sentido de la más alta autoridad política, religiosa y militar en campaña.-N. del T.] el día en que entrasen en triunfo en la Ciudad. Los hombres mediocres escapan a la envidia, que suele apuntar habitualmente a lo más alto: no se vaciló sobre la concesión del triunfo a Anicio y Octavio; pero la calumnia se centró en Paulo, con el que ni siquiera ellos se habrían atrevido a compararse sin ruborizarse. Había mantenido entre sus soldados la disciplina a la antigua usanza; había entregado a sus tropas mucho menos botín del que esperaban, teniendo en cuenta la inmensa riqueza de Perseo; sin embargo, de haber satisfecho sus demandas, no habría quedado nada para el tesoro. Todo el ejército de Macedonia estaba airado con su comandante y, por lo tanto, no tenían intención de darle su apoyo en los comicios para que se aprobase la resolución. Servio Sulpicio Galba, que había servido en Macedonia como tribuno militar en la Segunda Legión y tenía una enemistad personal con su comandante, había estado yendo personalmente entre los soldados de su propia legión, solicitando de ellos e incitando a los demás para que acudieran en masa a votar contra la resolución, pues así lograrían vengarse de su despótco y avaro general. "La plebe de la Ciudad seguiría el ejemplo de los soldados. Él no había podido entregarles dinero -dijo-, ¿deberían los soldados, entonces, conferirle el honor? No debía esperar cosechar el fruto de una grattud que no se había ganado".

[45.36]
Irritados de este modo, se reunieron en el Capitolio. Cuando Tiberio Sempronio presentó la resolución y se dio libertad a los ciudadanos para hablar, ni una sola persona salió a apoyarla, como si se diera por sentado que se aprobaría. De repente, Servio Galba se adelantó y dijo que, siendo ya la hora octava [sobre las cuatro de la tarde.-N. del T.] y no quedando tiempo bastante para que presentara sus razones por las que se debía rechazar la concesión del triunfo a Publio Emilio, solicitaba a los tribunos de la plebe que se aplazara la asamblea para el día siguiente, cuando comenzaría su exposición por la mañana, ya que necesitaría un día entero para hacer su exposición. Los tribunos le dijeron que expusiera en aquel momento y lugar lo que deseara decir. Alargó entonces su discurso hasta el anochecer, recordando a su audiencia el rigor con que se había impuesto el cumplimiento de todos los deberes militares; se les había hecho pasar más trabajos y peligros de los que exigían las circunstancias mientras que, a la hora de las recompensas y distinciones, se había mostrado avaro con ellos; si tal clase de comandantes iban a salirse con la suya, la guerra se volvería más dura y repulsiva para quienes partcipaban en ella, al no lograr ganancias ni honores ni siquiera al llegar la victoria. Los macedonios estaban mejor que los soldados romanos. Si venían al día siguiente para votar en contra de la resolución, los hombres poderosos comprenderían que no todo depende del general y que algo está también en manos de los soldados. Incitados por este lenguaje, los soldados acudieron al Capitolio en tal número que no quedó sito para que nadie más diera su voto. Cuando las tribus que fueron llamadas a votar en primer lugar comenzaron a hacerlo en contra de la propuesta, los notables de la Ciudad corrieron a toda prisa hacia el Capitolio, gritando que resultaba indigno aquel proceder. A Lucio Paulo, decían, el vencedor de una guerra tan grande, le estaba siendo robado su triunfo y se estaba dejando a los comandantes a merced de la indisciplina y codicia de la tropa. La corrupción política ya había sido la causa de demasiados crímenes, ¿qué pasaría si se colocaba a los soldados, como amos, por encima de sus comandantes? Todos abrumaron a Galba con sus reproches. Quedó finalmente aplacado aquel tumulto y Marco Servilio, que había sido cónsul y Jefe de la Caballería, rogó a los tribunos que iniciaran nuevamente el proceso y le dieran ocasión de dirigirse al pueblo. Los tribunos se retraron a deliberar y, por deferencia al prestgio de los príncipes del Senado ["auctoritatibus principum", en el original latino.-

N.
del T.], se dispusieron a iniciar desde el principio el debate y anunciaron su intención de llamar nuevamente a votar a las tribus que ya lo habían hecho, una vez hubieran expuesto sus opiniones Marco Servilio y cualquier otro ciudadano particular que deseara hacerlo.

[45.37] A continuación comenzó Servilio: "Ciudadanos, si no hubiese ningún otro indicio para apreciar los talentos militares de Lucio Emilio, bastaría para juzgar a tan eminente general el considerar que, teniendo en su campamento soldados tan levantscos y dispuestos a la sedición, un enemigo personal tan ilustre y emprendedor, tan elocuente como para sublevar a la multitud, no se haya producido en su ejército ningún amotinamiento. El ejercicio severo de esa misma autoridad, que ahora aborrecen, los mantuvo unidos entonces. Sujetos así por la antigua disciplina, ni pronunciaron una palabra sediciosa, ni cometeron actos sediciosos. En cuanto a Servilio Galba, si deseaba ensayar sus fuerzas y acusar a Lucio Paulo dando muestras de su elocuencia, no debía, por lo menos, haberse opuesto a su triunfo; sino por otro motivo, al menos porque el Senado lo había considerado justo y apropiado. Tendría que haber esperado hasta el día siguiente a su triunfo, cuando ya sería un ciudadano particular y podría acusarlo ante un juez, o hasta más tarde, cuando él mismo hubiera asumido las funciones de una magistratura y pudiera llevar a juicio a su enemigo y acusarlo ante el pueblo. De esa manera, se habría recompensado a Lucio Paulo con un triunfo por haber cumplido con su deber al dirigir la guerra con tanta gloria, y se le habría castgado por cualquier acto que hubiera cometido y que fuera indigno de su antigua fama y de su recién adquirida gloria. Pero, ¡mirad!, como nada podía decir para acusarle ni para deshonrarle, trató de mancillar su reputación. Ayer por la tarde pidió todo un día para exponer sus acusaciones contra Lucio Paulo, y empleó las cuatro horas que quedaban del día en su discurso. ¿Qué acusado fue jamás tan culpable que no bastasen tantas horas para enumerar sus crímenes? Y, sin embargo, ¿qué cargos presentó contra Lucio Paulo que este hubiera querido negar si se defendiese?

"Supongamos un momento que se forman dos asambleas: una compuesta por los soldados que sirvieron en Macedonia; la otra imparcial, con el juicio libre de favoritsmo o de odio, la asamblea de todo el pueblo romano. Supongamos que el acusado es presentado en primer lugar ante la asamblea de los ciudadanos vistendo sus togas. ¿Qué dirás tú, Servilio Galba, ante los Quirites de Roma? No podrías entonces decir: "tus puestos de guardia eran demasiado duros y tensos; las rondas de vigilancia de las guardias nocturnas eran incesantes y rigurosas; los trabajos fueron más pesados que antes, pues el propio general hacía las rondas de vigilancia. Durante el mismo día, tuvisteis una marcha y librasteis una batalla; e incluso después de haber logrado la victoria no se os permitó descansar: se os mandó de inmediato en persecución del enemigo. Cuando estaba en su poder el hacerte rico, él decidió llevar el dinero del rey en su triunfo e ingresarlo en el tesoro público". Esta clase de frases puede servir para aguijonear a hombres que piensan que no se ha concedido demasiado a su indisciplina y codicia. Sin embargo, no habría servido de nada con el pueblo romano. Puede que este no recuerde los viejos relatos escuchados de sus padres, las derrotas sufridas por los comandantes que deseaban ser populares y las victorias logradas con una disciplina severa y estricta; pero, en todo caso, no han olvidado aún la última Guerra Púnica, la diferencia entre Marco Minucio, el Jefe de la Caballería, y Quinto Fabio Máximo, el Dictador. Así pues, resulta evidente que el acusador nada habría tenido que decir y que cualquier defensa de Paulo habría resultado superfua. Pero veamos ahora la otra asamblea. Y creo que no os debo llamar Quirites, sino soldados, si al menos ese ttulo os puede provocar algo de rubor y vergüenza por la forma en que habéis insultado a vuestro comandante.

[45,38] "Ahora que imagino estar dirigiéndome al ejército, me siento de un modo muy distinto a unos momentos antes, cuando dirigía mis palabras a los ciudadanos. ¿Qué decir entonces, soldados? ¿Hay un solo hombre en Roma, aparte de Perseo, que no desee que se celebre el triunfo sobre los macedonios, y no lo estáis destrozando con las mismas armas con que vencisteis a los macedonios? El hombre que os impide entrar en triunfo en la Ciudad os habría impedido, de haber estado en su poder, que ganaseis la guerra. Os equivocáis, soldados, si creéis que un triunfo es un honor solo para el general, y no también para los soldados y para todo el pueblo de Roma. No es solo la gloria de Paulo lo que está aquí en juego, pues muchos que no pudieron lograr la sanción del Senado han celebrado el triunfo en el monte Albano; tan imposible es arrebatarle la gloria a Paulo de haber dado fin a la Guerra de Macedonia, como quitársela a Cayo Lutacio por la Primera Guerra Púnica o a Publio Cornelio por la Segunda. Un triunfo no va a disminuir o aumentar la grandeza de Lucio Paulo como comandante: es la justa fama de los soldados y el pueblo de Roma lo que está en cuestón. Procurad que esta acción no se considere como ejemplo de envidia e ingrattud hacia nuestros más nobles ciudadanos y parezca que copiáis a los atenienses, que persiguieron a sus hombres más notables porque celaban de su grandeza. Bastante mal actuaron vuestros antepasados en el caso de Camilo, al que trataron injustamente, sin embargo haberlo injuriado antes de que rescatase la Ciudad de los galos con su mediación; y bastante mal actuasteis vosotros mismos en el caso de Publio Africano. Hemos de enrojecer de vergüenza al recordar que está en Literno la casa y residencia del hombre que dominó África, y que en Literno sea mostrada su tumba. Si la gloria de Lucio Paulo está a la par con la de ellos, no dejéis que se le muestre el mismo trato injusto que a ellos. Comencemos entonces por borrar esa infamia, tan vergonzosa a los ojos de otras naciones como funesta para nosotros mismos; ¿quién desearía parecerse al Africano o a Paulo en una nación que es tan ingrata y hostl para con sus buenos ciudadanos? Y si no se tratase ya de la vergüenza, sino tan solo de la gloria, ¿qué triunfo, os pregunto, no conlleva una gloria que cada romano comparte? Todos aquellos triunfos sobre los galos, sobre los hispanos, sobre los cartagineses, ¿decimos que solo lo han sido de los generales, o de todo el pueblo de Roma? De la misma manera que no lo fueron tanto sobre Pirro o Aníbal, personalmente, como sobre los epirotas y los cartagineses, tampoco lo fueron tanto de Manlio Curio o Publio Cornelio sobre ellos, como de los propios romanos. Y esto es especialmente cierto dicho de los soldados: Con sus coronas de laurel, cada uno con sus condecoraciones, avanzan por la Ciudad invocando su Triunfo y cantando sus alabanzas y las de su comandante. Si en alguna ocasión no se han traído a los soldados de la provincia para el triunfo, han murmurado; pero aún así consideran que han tomado parte en él porque fueron sus manos las que lograron la victoria. Si alguien os preguntase, soldados, por qué razón se os trajo de vuelta a Italia y no se os licenció en cuanto se puso orden en la provincia, por qué habéis venido a Roma en completa formación bajo vuestros estandartes, por qué permanecéis aquí y no os dispersáis a vuestros hogares, ¿qué responderéis, sino que queréis desfilar en el triunfo? Vosotros, sin duda, debíais querer ser vistos como vencedores.

[45,39] "No hace mucho que se celebraron los triunfos sobre Filipo, padre de este hombre, y sobre Antioco; ambos estaban en el trono cuando tuvieron lugar. ¿No se celebrará el triunfo sobre Perseo, al que se ha traído aquí prisionero con sus hijos? Suponed que Lucio Paulo, vistendo su toga como un ciudadano más y confundido entre la multitud, contemplara a Lucio Anicio y a Cneo Octavio, cubiertos de oro y púrpura, subiendo en su carro hacia el Capitolio y les preguntara: "¿Quién creéis que merece más el triunfo, vosotros o yo?" Me parece que ambos descenderían avergonzados de sus carros y le entregarían a él sus insignias. ¿Preferís, Quirites, ver antes a Gencio en el triunfo que a Perseo? ¿Preferís que se celebre un triunfo sobre un episodio de la guerra antes que sobre toda ella? Las legiones de Iliria entrarán en la Ciudad llevando sus coronas de laurel, igual que los marineros de la flota. ¿Van a contemplar las legiones de Macedonia el triunfo de los otros después que le hayan negado el suyo? ¿Qué pasará con ese abundante botín, con esos ricos despojos de la victoria? ¿Dónde se guardarán los muchos miles de armas y armaduras arrancadas de los cuerpos de los muertos? ¿Se las devolverá acaso a Macedonia? ¿Dónde irán las estatuas de oro, mármol y marfil, las pinturas, todo el oro, la plata y la inmensa suma de dinero que pertenecía al rey? ¿Se llevarán al tesoro por la noche, como si fueran el producto de un robo? Y entonces, ¿dónde se mostrará al pueblo victorioso el mayor espectáculo de todos: el más rico y famoso de los monarcas, ahora prisionero? La mayoría de nosotros recordamos las multitudes que se reunieron para ver cautivo al rey Sífax, que desempeñó un papel secundario en la Guerra Púnica; ¿y se mantendrá a Perseo, un monarca prisionero, con sus hijos Filipo y Alejandro -cuyos nombres llevaron poderosos monarcas-, fuera de la vista de los ciudadanos? Los ojos de todos los ciudadanos están anhelando ver a Lucio Paulo, cónsul por segunda vez, el vencedor de Grecia, entrando en la Ciudad sobre su carro. Este fue el motivo por el que le hicimos cónsul, para que diera fin a una guerra que, para nuestra vergüenza infinita, se había estado prolongando durante cuatro años. ¿Vamos a negar un triunfo al hombre a quien, cuando la suerte le asignó la provincia, augurábamos la victoria y el triunfo al verlo partir de la Ciudad? ¿Le defraudaremos a él y también a los dioses? Vuestros antepasados los invocaban cuando iniciaban cualquier gran empresa, y también lo hacían cuando las habían llevado a cabo. Cuando un cónsul o un pretor marcha a su provincia con sus lictores, vestidos con el paludamento, recita sus oraciones en el Capitolio; cuando la guerra ha terminado y desfila vencedor en su triunfo hacia el Capitolio, lleva los presentes que les son debidos a los mismos dioses a quienes ofreció las oraciones. No son las víctimas que preceden a su carro la parte menos importante del desfile, para que todos puedan ver que el comandante vuelve para dar gracias a los dioses por los éxitos que han concedido a la República. Tomad todas esas víctimas que ha destinado para su procesión triunfal y sacrificadlas vosotros mismos en otro lugar y momento. ¿Vais a interrumpir, por instgación de Servio Galba, los preparativos para el solemne banquete del Senado, que no tiene por objeto la sola satisfacción de los hombres, sino honrar a los hombres y a los dioses, y que no se puede celebrar en ninguna casa particular ni en ningún edificio no consagrado, sino en el Capitolio? ¿Se cerrarán las puertas de la Ciudad al triunfo de Lucio Paulo? ¿Se dejará a Perseo, el rey de los macedonios, junto con sus hijos, los demás prisioneros y el botín de Macedonia, en el Circo Flaminio? ¿Tendrá que regresar Lucio Paulo a su casa, a su patria, como un ciudadano común mientras que vosotros, centuriones y legionarios, lucís las condecoraciones que Paulo os ha otorgado?

"Escuchad el decreto del Senado, en lugar de las historias que cuenta Servio Galba. Escuchad lo que yo os digo, no lo que os dice él, que nada ha aprendido excepto a hacer discursos con los que solo insulta y calumnia. Yo he luchado veintitrés veces contra el enemigo, respondiendo a desafos, y de todos ellos me llevé los despojos. Mi cuerpo está cubierto de cicatrices honorables, todas ellas recibidas siempre de frente". Se cuenta que después de esto se desvistó y explicó en qué guerra había recibido cada una de ellas. Mientras las mostraba, dejó al descubierto lo que debe ser ocultado, donde una hinchazón en la ingle provocó la risa de los que estaban más cerca a él. Y entonces continuó: "Esto de lo que os reís lo obtuve cabalgando noche y día, y no me avergüenzo más de esto que de mis otras cicatrices; nunca me han impedido servir a la república fielmente, ni en casa ni en el campo de batalla. He mostrado este cuerpo mío de viejo soldado, herido por la espada, a los más jóvenes. Que Galba se desnude ahora y muestre su piel suave y sin cicatriz alguna sobre ella. "Si os parece bien, tribunos, volved a llamar a las tribus para que voten. Yo, soldados, junto a vosotros..." [falta aquí una hoja del manuscrito en la que

constaría el final del discurso de Servilio y la descripción de gran parte del desfile triunfal.-N. del T.]

[45,40] Afirma Valerio Antas que el valor de todo el oro y la plata llevados en la procesión ascendía a ciento veinte millones de sestercios; pero si calculamos en función del número de carros y el peso que cada uno llevaba, el total, sin duda, debió haber superado esa cantdad. También se afirmaba que una segunda suma igual a ésta había sido gastada en la guerra o perdida por el rey durante su huida a Samotracia; y esto resulta aún más sorprendente, ya que todo ese dinero se había acumulado durante los treinta años transcurridos desde el fin de la guerra contra Filipo, ya sea como ganancias de las minas

o de otras fuentes de ingresos, de modo que mientras que Filipo siempre anduvo muy corto de dinero, Perseo pudo iniciar su guerra contra Roma con un tesoro desbordante. El último de todos fue el propio Paulo, majestuoso tanto por la dignidad de su persona como por la que le añadían sus años. Tras su carro marchaban muchos hombres distinguidos, entre ellos sus dos hijos, Quinto Máximo y Publio Escipión. Venía luego la caballería, formada por turmas, y detrás los legionarios, formados por cohortes. Los legionarios recibieron cien denarios cada uno, los centuriones el doble y la caballería el triple. Se cree que habría duplicado estas cantdades si no hubieran tratado de arrebatarle el honor, o si al anunciar aquellas cantdades hubieran mostrado su agradecimiento con aclamaciones [hemos de consignar aquí la nota del traductor de la edición de 1889, que dice así: "Paulo Emilio ni siquiera quiso ver aquellos inmensos tesoros que hizo entregar al cuestor para el del Estado. Solamente permitió a sus hijos, que eran amantes del estudio, conservar para ellos los libros de la biblioteca de Perseo. Al distribuir los premios al valor, no dio a su yerno Tuberón más que una copa de plata, de cinco libras de peso, siendo este el primer objeto de este metal que entró en la familia de los Elios. De todos los tesoros de Perseo no entró en casa de Paulo Emilio más que gloria inmortal para su nombre y virtud".-N. del T.].

Perseo, sin embargo, no fue el único ejemplo en aquellos días de triunfo de los cambios repentinos en las fortunas de los hombres. Él, es cierto, fue llevado encadenado a través de la Ciudad de sus enemigos, delante del carro de su vencedor; pero Paulo, resplandeciente en oro y púrpura, también hubo de sufrir. De los dos hijos que mantuvo con él, como herederos de su nombre y de los ritos familiares -pues había dado a dos en adopción-, el más joven, un muchacho de unos doce años, murió cinco días antes de su triunfo, y el mayor, un muchacho de catorce, falleció tres días después. Se les debería haber visto viajando en el carro de su padre, vistendo la pretexta y antcipando triunfos similares al suyo. Pocos días después, Marco Antonio, un tribuno de la plebe, convocó una reunión de la Asamblea para que Emilio pudiera dirigirse a ella. Siguiendo la costumbre de otros generales, dio cuenta de sus hazañas, resultando su discurso memorable y digno de un dirigente romano:

[45,41] "No creo, Quirites, que ignoréis con cuánta fortuna he servido al interés de la República, ni los dos rayos que estos últimos días han alcanzado mi casa, pues habéis sido testigos de mi triunfo, primero, y después de los funerales por mis hijos; os pido, con todo, que me permitáis comparar, con los sentimientos que me embargan, la prosperidad del Estado y mi suerte personal. A mi salida de Italia, ordené a la flota que partera de Brindisi al amanecer, llegando a Corfú a los nueve días con todos mis barcos. Cinco días más tarde ofrecía un sacrificio a Apolo en Delfos, en mi propio nombre y en el vuestras flotas y ejércitos. Cuatro días me llevó marchar de Delfos hasta el campamento donde, tras hacerme cargo del ejército, introduje cambios en ciertas cuestones que suponían una seria interferencia con nuestras posibilidades de victoria. Como el campamento enemigo resultaba inexpugnable y no se podía obligar al rey a combatir, avancé y forcé el paso de Petra, a pesar de la fuerza situada para defenderla. Una vez aquí, obligué al rey a presentar batalla y lo derroté cerca de Pidna. Macedonia se sometó al pueblo romano y terminé en quince días una guerra que, durante cuatro años, tres cónsules antes de mi habían dirigido de tal manera que, al final, entregaban a su sucesor una tarea más difcil de la que habían recibido. Los frutos de esa victoria derivaron en nuevos éxitos: se rindieron las ciudades de Macedonia, cayó en nuestras manos el tesoro real, se capturó al propio rey con sus hijos en un templo de Samotracia, casi como si los dioses nos lo entregasen. Incluso yo empecé a considerar mi buena fortuna como algo excesivo, y por lo tanto desconfié de ella. Temí primero los peligros del mar, mientras embarcaba los tesoros reales hacia Italia y trasladaba a mi ejército victorioso.

"Pero tuvimos una travesía favorable y llegamos a Italia después de todo; no me restaba sino rezar para que se cumpliera mi ardiente deseo de que el acostumbrado giro de la fortuna afectara a mi casa y no a la República. Espero, por tanto, que vuestra prosperidad futura haya quedado asegurada gracias a mi extraordinario infortunio. Como si el destino se burlase de mi, hube de celebrar mi triunfo entre la muerte de mis dos hijos. Tanto Perseo como yo podemos ser tomados como ejemplos notables de la inconstancia de la Fortuna. Siendo él mismo un cautivo, ha visto a sus hijos conducidos delante de él como prisioneros, pero, con todo, sanos y salvos; Yo, que he triunfado sobre él, después del funeral de uno de mis hijos desfilé sobre mi carro hasta el Capitolio, regresando para encontrarme al otro a punto de morir. De todos mis hijos, ninguno queda para llevar el nombre de Lucio Emilio Paulo; pues aunque tuve una familia numerosa, ya no queda más Paulo que yo mismo [tuvo, en total, siete hijos.-N. del T.], dos fueron adoptados por las familias Cornelia y Fabia [el mayor de sus hijos, Quinto Fabio Máximo Emiliano, fue cónsul en el 145 a.C. y vencedor de Viriato en una ocasión del año siguiente; el segundo de ellos fue Publio Cornelio Escipión Emiliano, futuro destructor de Cartago en el 146 a.C. y de Numancia en el 133 a.C., nieto adoptivo de Publio Cornelio Escipión Africano.-N. del T.] . Sin embargo, vuestra felicitad y la prosperidad de la República me consuelan de la ruina de mi casa". La entereza mostrada durante este discurso produjo entre su audiencia una impresión mucho mayor que si hubiera irrumpido en lágrimas lamentándose por su pérdida.

[45.42] En las calendas de diciembre [el 1º de diciembre.-N. del T.], Cneo Octavio celebró un triunfo naval sobre el rey Perseo. Ese triunfo se celebró sin cautivos y sin botín. Entregó setenta y cinco denarios a cada miembro de la tripulación, los pilotos recibieron el doble y los capitanes el cuádruple. Se convocó después una reunión del Senado y los senadores decidieron que Quinto Casio debería llevar a Perseo y a su hijo Alejandro a Alba, donde permanecerían bajo custodia. Al rey se le permitó conservar su séquito, su dinero, su vajilla de plata, su mobiliario y sus enseres. Bits, el hijo de Cots, rey de los tracios, fue enviado junto con los rehenes a Carseoli [a unos 5 km de la actual Caroli.-N. del T.], para quedar allí internados. El resto de los cautivos que habían desfilado en la procesión triunfal fueron encerrados en prisión. A los pocos días, llegó una embajada de Cots llevando una suma de dinero para el rescate de su hijo y de los restantes rehenes. Recibieron audiencia del Senado, donde pronunciaron un discurso en el que adujeron, sobre todo, que Cots no había ayudado a Perseo por su propia voluntad, sino que se le había obligado a entregar rehenes, por lo que imploraban que les permitera rescatarlos por la suma que fijaran los propios senadores. El Senado encargó al pretor darles la siguiente respuesta: "Que el Senado tenía en cuenta las relaciones de amistad que habían existido entre Roma y Cots, así como con los antepasados de Cots y la nación Tracia. La misma entrega de los rehenes era el delito y no se podía alegar como excusa, pues los tracios no tenían nada que temer de Perseo estando en paz, y mucho menos cuando estaba enfrascado en una guerra contra Roma. No obstante, aunque Cots hubiera preferido el favor de Perseo a la amistad de Roma, esta se comportaría más en consonancia a lo que correspondía a su propia dignidad que a los méritos del rey y le devolvería a su hijo y a los rehenes. Los beneficios del pueblo romano eran gratuitos; prefería dejar el valor del rescate a criterio de los corazones de aquellos que los recibían en lugar de fijar una cantidad por ellos. Se nombró tres comisionados, Tito Quincio Flaminio, Cayo Licinio Nerva y Marco Caninio Rebilo, para llevar a los rehenes de vuelta a Tracia, recibiendo cada uno de los embajadores tracios un regalo de dos mil ases. Bits, con el resto de los rehenes, fue hecho venir desde Carseoli y enviado con su padre. Los barcos del rey, que eran los mayores que jamás se hubiesen visto hasta entonces, fueron llevados al Campo de Marte.

[45,43] Estando aún fresco en la mente de todos, y casi ante su vista, el triunfo sobre Macedonia, Lucio Anicio celebró su triunfo sobre Gencio y los ilirios en día de las Quirinalias [el 17 de febrero.-N. del T.] El espectáculo en su conjunto mostró un aspecto parecido al del triunfo de Paulo, pero no igual en sus detalles. El propio general era un hombre de menor categoría, y el pueblo comparaba la posición de la casa de Anicio y su autoridad como pretor con el alto linaje de Emilio y su cargo de cónsul; y no cabía comparación entre Gencio y Perseo, o entre los ilirios y los macedonios, ni entre los despojos y riquezas llevadas en las dos procesiones o la cantidad entregada como donativo a los soldados en ambos ejércitos. Pero aunque el reciente triunfo eclipsaba a este, quedaba claro para los espectadores que, en sí mismo, no resultaba en absoluto despreciable. Los ilirios eran un pueblo formidable, tanto por tierra como por mar, que se sentían seguros en sus posiciones fortificadas, y Anicio los había sometido en un par de días, capturando al rey y a toda su familia. Se llevaron en la procesión muchos estandartes capturados, junto con otros despojos y los muebles del palacio, veintisiete libras de oro y diecinueve de plata, además de trece mil denarios y ciento veinte mil piezas de moneda iliria de plata [8,83 kilos de oro y 6,21 kilos de plata sin labrar; las monedas pesarían 50,7 kilos, los denarios, y 516 kilos de plata, en caso de que se tratase de dracmas alejandrinos.-N. del T.]. Ante su carro caminó Gencio con su esposa e hijos, su hermano Caravancio y varios nobles ilirios. Además del botín, cada legionario recibió cuarenta y cinco denarios, los centuriones el doble y la caballería el triple. Anicio entregó a los aliados latinos tanto como a los romanos, recibiendo los marineros lo mismo que los soldados de infantería. La tropa marchó con mucha más alegría en este triunfo, siendo el propio general objeto de muchos cantos laudatorios. Según Antas, se obtuvo la cantidad de doscientos mil sestercios por la venta de aquel botín, además del oro y la plata depositados en el tesoro, aunque no me queda claro cómo se consiguió esta cifra; me limito a citar lo que declara este autor, sin darlo como un hecho cierto. Un senadoconsulto dispuso que Gencio, con su esposa, hijos y hermano, quedara internado en Espoleto [la antigua Spoletium.-N. del T.]; el resto de cautivos quedó encarcelado en Roma. Como los espoletinos se negaron a responsabilizarse de su custodia, la familia real fue trasladada a Gubbio [la antigua Iguvium, en la Umbría.-N. del T.]. El resto del botín de Iliria estaba compuesto por doscientos veinte lembos. El Senado ordenó a Quinto Casio que los distribuyese entre los corcireos, los apoloniatas y los dirraquinos.

[45.44] Los cónsules para el año no habían hecho nada digno de mención en Liguria; el enemigo no salió en campaña, por lo que se limitaron a devastar el país. Volvieron a Roma para las elecciones, resultando elegidos el primer día Marco Claudio Marcelo y Cayo Sulpicio Galo como cónsules -para el 166 a.C.-. Al día siguiente tuvo lugar la elección de los pretores, siendo elegidos Lucio Julio, Lucio Apuleyo Saturnino, Aulo Licinio Nerva, Publio Rutlio Calvo, Publio Quintlio Varo y Marco Fonteyo. Respectivamente, las provincias asignadas a cada uno fueron: las dos preturas, las dos provincias de Hispania, Sicilia y Cerdeña

[la pretura urbana siempre precede en orden e importancia a la peregrina; así mismo, la Hispania Citerior precede siempre a la Ulterior.-N. del T.]. Este año fue intercalar, añadiéndose los días adicionales a continuación de los Terminalia [el 23 de febrero; ver Libro 43,11 sobre los Terminalia.-N. del T.]. Uno de los augures, Claudio Cayo, murió este año; los augures eligieron a Tito Quincio Flaminio en su lugar; murió también Quinto Fabio Pictor, famen de Quirino. Aquel mismo año llegó a Roma Prusias con su hijo Nicomedes. Entró en la Ciudad con un gran séquito y se dirigió por las calles hasta el tribunal de Quinto Casio, el pretor. Como le rodeara una gran multitud, declaró que había venido para venerar a los dioses de la Ciudad, saludar al Senado y al pueblo de Roma y a felicitarlos por su victoria sobre Perseo y Gencio, así como por el incremento de sus dominios al someter a los macedonios y los ilirios. Al informarle el pretor de que el Senado le concedería una audiencia aquel mismo día, si lo deseaba, solicitó que se le permitera una espera de dos días para poder visitar los templos de los dioses, ver la Ciudad y efectuar visitas a sus anfitriones y amigos. Lucio Cornelio Escipión, el cuestor que había sido enviado a reunirse con él en Capua, fue nombrado como guía suyo, alquilándose una residencia donde él y su séquito pudieron encontrar un amplio alojamiento. Tres días después recibió audiencia del Senado. Tras felicitar a los senadores por la victoria, enumeró sus propios servicios durante la guerra y pidió permiso para sacrificar diez víctimas adultas en el Capitolio, como cumplimiento de un voto, y una a la Fortuna en Palestrina; había ofrecido estos votos por la victoria de Roma. También pidió que se renovara la alianza con él y que se le concediera un territorio capturado a Antioco, que los romanos aún no habían asignado a nadie y que estaba ocupado por los galos. Por último, encomendó a su hijo bajo el cuidado y protección del Senado.

Todos cuando habían desempeñado el mando en Macedonio apoyaron sus peticiones y, con una sola excepción, todas le fueron concedidas. Con respecto al territorio, sin embargo, se le dijo que se enviaría una comisión para investigar la cuestión de su propiedad. Si el territorio resultase pertenecer a Roma y no se le hubiera concedido a nadie, consideraban que nadie resultaba más merecedor de aquel que Prusias. No obstante, si resultaba que no había pertenecido a Antioco y, por lo tanto, que no había pasado a ser propiedad del pueblo romano, o si había sido asignado a los galos, Prusias debería disculpar que el pueblo romano no le quisiera hacer un regalo en perjuicio de otros. Nadie puede recibir con agrado un regalo cuando sabe que el donante se lo puede quitar cuando quiera. El Senado aceptó la recomendación de su hijo Nicomedes; el cuidado con que el pueblo de Roma protegía a los hijos de los monarcas amigos se demostró en el caso de Tolomeo, el rey de Egipto. Con esta respuesta se despidió a Prusias. Se ordenó que se le entregaran regalos por valor de . . . sestercios y vasos de plata con un peso de cincuenta libras [16,35 kilos.-N. del T.]. El Senado decidió también que se debían hacer a Nicomedes regalos por el mismo valor que los realizados a Masgaba, el hijo de Masinisa, y que las víctimas para los sacrificios y los demás requisitos para estos, tanto si deseaba ofrecerlos en Roma como en Palestrina, le serían proporcionados al rey por el erario público, igual que en el caso de los magistrados romanos. De la flota que estaba en Brindisi, se le asignaron veinte barcos para que dispusiera de ellos. Hasta que el rey hubiera llegado a la flota que le habían regalado, Lucio Cornelio Escipión le acompañaría constantemente y sufragaría todos los gastos suyos y de su séquito. Dicen que el rey quedó maravillado con la amabilidad que el pueblo romano había mostrado hacia él; rehusó aceptar cualquier regalo para sí mismo, pero ordenó a su hijo que aceptara los que le hacía el pueblo romano. Esto es lo que cuentan nuestros historiadores sobre Prusias. Polibio sostiene que el rey no era digno de la majestad de su ttulo real; solía acudir a las reuniones con los embajadores tocando su cabeza en el píleo [el gorro distintivo de los libertos.-N. del T.], con la cabeza rapada y presentándose como un liberto del pueblo de Roma, vistiendo las ropas distintivas de aquel estamento social. En Roma, también, cuando entró en el Senado, se postró y besó el umbral y llamó a los senadores sus dioses protectores, expresándose en el resto de su discurso de manera menos aduladora para su audiencia que deshonrosa para sí mismo. Después de una estancia de no más de treinta días en la Ciudad y sus cercanías, marchó hacia su reino. En Asia, se inició una guerra entre Eumenes y los galos. . . [falta el final del capítulo y del libro, aunque no serían más que unas pocas líneas.-N. del T.].

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