Historia de Roma desde su fundación

Tito Livio

Ab vrbe condita Titvs Livivs

Originales de Antonio Diego Duarte Sánchez, en >> Enlace

Libro 1, Libro 2, Libro 3, Libro 4, Libro 5. Libro 6, Libro 7, Libro 8, Libro 9, Libro 10

Libro 21 , Libro 22 , Libro 23, Libro 24 , Libro 25 , Libro 26: , Libro 27: , Libro 28: , Libro 29 , Libro 30: ,

Libro 31, Libro 32, Libro 33, Libro 34, Libro 35, Libro 36, Libro 37, Libro 38, Libro 39, Libro 40, Libro 41, Libro 42, Libro 43, Libro 44, Libro 45,

 

Libro 1: Las leyendas más antiguas de Roma

PREFACIO

[1.Prefacio] Puede que la tarea que me he impuesto de escribir una historia completa del pueblo romano desde el comienzo mismo de su existencia me recompense por el trabajo invertido en ella, no lo sé con certeza, ni creo que pueda aventurarlo. Porque veo que esta es una práctica común y antiguamente establecida, cada nuevo escritor está siempre persuadido de que ni lograrán mayor certidumbre en las materias de su narración, ni superarán la rudeza de la antigüedad en la excelencia de su estilo. Aunque esto sea así, seguirá siendo una gran satisfacción para mí haber tenido mi parte también en investigar, hasta el máximo de mis capacidades, los anales de la nación más importante del mundo, con un interés más profundo; y si en tal conjunto de escritores mi propia reputación resulta ocultada, me consuelo con la fama y la grandeza de aquellos que eclipsen mi fama. El asunto, además, es uno que exige un inmenso trabajo. Se remonta a más de 700 años atrás y, después de un comienzo modesto y humilde, ha crecido a tal magnitud que empieza a ser abrumador por su grandeza. No me cabe duda, tampoco, que para la mayoría de mis lectores los primeros tiempos y los inmediatamente siguientes, tienen poco atractivo; Se apresurarán a estos tiempos modernos en los que el poderío de una nación principal es desgastado por el deterioro interno. Yo, en cambio, buscaré una mayor recompensa a mis trabajos en poder cerrar los ojos ante los males de que nuestra generación ha sido testigo durante tantos años; tanto tiempo, al menos, como estoy dedicando todo mi pensamiento a reproducir los claros registros, libre de toda la ansiedad que pueden perturbar el historiador de su época, aunque no le puedan deformar la verdad.

La tradición de lo que ocurrió antes de la fundación de la ciudad o mientras se estaba construyendo, están más próximas a adornar las creaciones del poeta que las actas auténticas del historiador, y no tengo ninguna intención de establecer su verdad o su falsedad. Esta licencia se concede tanto a los antiguos, que al mezclarse las acciones humanas con la voluntad divina se confiere una mayor y augusta dignidad a los orígenes de los Estados. Ahora bien, si a alguna nación se le debe permitir reclamar un origen sagrado y apuntar a una paternidad divina, ésa nación es Roma. Porque tal es su fama en la guerra que cuando se elige para representar a Marte como su propio padre y su fundador, las naciones del mundo aceptan tal declaración con la misma ecuanimidad con que aceptan su dominio. Pero cualesquiera opiniones o críticas a estas y otras tradiciones, las considero como de poca importancia. Los temas a los que les pido a cada uno de mis lectores que dediquen su atención son estas -la vida y costumbres de la comunidad, los hombres y las cualidades por las que a través de la política interna y la guerra exterior se ganó y amplió su dominio. Entonces, conforme se degradan las costumbres, se sigue la decadencia del carácter nacional, observando cómo al principio lentamente se hunde, y luego se desliza hacia abajo más rápidamente, y finalmente comienza a sumirse en una prolongada ruina, hasta que llega a estos días, en los que podemos no soportar nuestras enfermedades ni sus remedios.

Existe una excepcionalmente benéfica y fructífera ventaja derivada del estudio del pasado, como se ve, al poner a la clara luz de la verdad histórica, ejemplos de cada posible índole. A partir de éstos, podrá seleccionar para uno y su país lo que imitar y también lo que, por ser malicioso en sus inicios y desastroso en sus términos, se debe evitar. A menos que, sin embargo, me engañe por el efecto de mi empresa, no ha existido ningún Estado con mayor potencia, con una moral más pura, o más fértil en buenos ejemplos; o cualquier otro en el que la avaricia y el lujo hayan tardado más en avanzar, o la pobreza y la frugalidad hayan sido tan alta y continuamente honradas, mostrando así claramente que cuanta menor riqueza poseen los hombres, menos codician. En estos últimos años la riqueza ha llevado a la avaricia, y el deseo ilimitada de placer ha creado en los hombres una pasión por arruinarse a sí mismos y todo lo demás a través de la auto-indulgencia y el libertinaje. Pero las críticas que serán mal acogidas, aun cuando tal vez fuesen necesarias, no deben aparecer en al principio de todos los eventos de esta extensa obra. Preferiremos empezar con presagios favorables, y si pudiésemos adoptar la costumbre de los poetas, habría sido mucho más agradable comenzar con las oraciones y súplicas a los dioses y diosas que garantizarían un resultado favorable y éxito a la gran tarea tenemos ante nosotros.

Libro 1: Las primeras leyendas

[1,1] Para empezar, se admite generalmente que después de la toma de Troya, mientras que el resto de los troyanos fueron masacrados, en contra de dos de ellos -Eneas y Antenor -los aqueos se negaron a ejercer el derecho de la guerra, en parte debido a los antiguos lazos de la hospitalidad, y en parte porque estos hombres habían estado siempre a favor de hacer la paz y entregar a Helena. Sus fortunas posteriores fueron distintas. Antenor navegó hasta la parte más alejada del Adriático, acompañado de cierto número de los de Eneas que habían sido expulsados de Paflagonia por una revolución, y que tras perder a su rey Pylamenes ante Troya estaban buscando un lugar donde asentarse y un jefe. La fuerza combinada de los de Eneas y los troyanos derrotaron a los Euganos, que habitaban entre el mar y los Alpes, y ocuparon sus tierras. El lugar donde desembarcaron fue llamado Troya, y el nombre se extendió a los alrededores, la nación entera fue llamada vénetos. Desgracias similares llevaron a Eneas a convertirse en un vagabundo, pero los hados estaban preparando un destino más alto para él. Visitó en primer lugar Macedonia, a continuación se llegó a Sicilia en busca de un lugar donde asentarse; de Sicilia, dirigió su rumbo hacia el territorio Laurentiano. Aquí también se encuentra el nombre de Troya, y aquí desembarcaron los troyanos, y como sus viajes casi infinitos no les habían dejado más que sus armas y sus naves, comenzaron a saquear la zona. Los aborígenes, que ocupaban el país, con su rey Latino a la cabeza, llegaron apresuradamente desde la ciudad y los distritos rurales a fin de repeler las incursiones de los extranjeros por la fuerza de las armas.

Desde este punto hay una doble tradición. Según el uno, Latino fue derrotado en la batalla, e hizo la paz con Eneas, y, posteriormente, una alianza familiar. Según la otra, mientras que los dos ejércitos se encontraban dispuestos a enfrentarse y a la espera de la señal, Latino avanzó desde sus líneas e invitó al líder de los extranjeros a conferenciar. Él le preguntó qué clase de hombres eran, de dónde venían, lo que había ocurrido para hacerles abandonar sus hogares, qué buscaban cuando llegaron al territorio de Latino. Cuando se enteró de que los hombres eran troyanos, que su jefe era Eneas, hijo de Anquises y Venus, que su ciudad había sido quemada, y que los exiliados sin hogar estaban buscando un lugar para asentarse y construir una ciudad, quedó tan impresionado con el porte noble de los hombres y su jefe, y su disposición a aceptar tanto la paz como la guerra, que ofreció su mano derecha como compromiso solemne de amistad para el futuro. Un tratado formal se realizó entre los dirigentes y se intercambiaron saludos entre los ejércitos. Latino recibió a Eneas como invitado en su casa, y allí, en presencia de sus deidades tutelares, completó la alianza política con otra doméstica y dio a su hija en matrimonio a Eneas. Este incidente confirmó a los troyanos en la esperanza de que habían llegado al término de sus viajes y ganado un hogar permanente. Construyeron una ciudad, que Eneas llamó Lavinia por su esposa. En poco tiempo nació un niño del nuevo matrimonio, a quien sus padres le dieron el nombre de Ascanio.

[1,2] En un corto período de tiempo los aborígenes y troyanos se vieron envueltos en una guerra con, el rey de los rútulos. Lavinia había sido prometida al rey antes de la llegada de Eneas, y, furioso porque un extraño fuera preferido a él, declaró la guerra contra ambos, Latino y Eneas. Ninguna de las partes pudo felicitarse por el resultado de la batalla: los rútulos fueron derrotados, pero los victoriosos aborígenes los y troyanos perdieron a su jefe Latino. Sintiendo la necesidad de aliados, Turno y los rútulos hubieron de recurrir a la fuerza célebre de los etruscos y Mecencio, su rey, que reinaba en Caere, una ciudad rica en aquellos días. Desde el principio, no sintió más que placer por el crecimiento de la nueva ciudad, pero ahora consideraba el crecimiento del Estado de Troya como demasiado rápido para la seguridad de sus vecinos, por lo que acogió con satisfacción la propuesta de unir fuerzas con los rútulos. Para mantener a los aborígenes con él frente a esta poderosa coalición y asegurarse de que estaban no sólo bajo las mismas leyes, sino bajo el mismo mando, Eneas denominó a ambas naciones con el nombre de Latinos. A partir de ese momento los aborígenes no estuvieron por detrás de los troyanos en su leal devoción a Eneas. Tan grande era el poder de Etruria que la fama de su pueblo había llegado no sólo a las partes interiores de Italia, sino también los distritos costeros a lo largo de las tierra desde los Alpes hasta el estrecho de Mesina. Eneas, no obstante, confiando en la lealtad de las dos naciones que fueron creciendo día a día como una sola, condujo a sus fuerzas al campo de batalla, en lugar de esperar al enemigo detrás de sus muros. La batalla terminó a favor de los latinos, pero fue el último acto mortal de Eneas. Su tumba -si así se le puede considerar -está situada en la orilla del Numicius. Se le llama "Júpiter Indigetes".

[1,3] Su hijo, Ascanio, no tenía la edad suficiente para asumir el gobierno, pero su trono permaneció seguro durante su minoría. En ese intervalo -tal era la fuerza de carácter de Lavinia -aunque una mujer fuese la regente, el Estado Latino, y el reino de su padre y su abuelo, se preservaron intactos para su hijo. No voy a discutir la cuestión (¿pues quién pudiera hablar con decisión sobre una cuestión de tan extrema antigüedad?) de si el hombre que quien la casa Julia proclama, bajo el nombre de Julo, ser su fundador, fue este Ascanio o uno más antiguo que él, nacido de Creusa, mientras Ilión aún estaba intacta, y después de la caída compartió la fortuna de su padre. Esta Ascanio, donde haya nacido, o cuál sea su madre (aunque se acepta generalmente que era el hijo de Eneas) dejó a su madre (o a su madrastra) la ciudad de Lavinio, que era por aquellos días una próspera y rica ciudad, con una población superabundante, y construyó una nueva ciudad, al pie de las colinas Albanas, que desde su posición, que se extiende a lo largo de la ladera de la colina, fue llamada "Alba Longa". Transcurrió un intervalo de treinta años entre la fundación de Lavinio y la colonización de Alba Longa. Tal había sido el crecimiento del poder latino, principalmente a través de la derrota de los etruscos, que ni a la muerte de Eneas, ni durante la regencia de Lavinia, ni durante los años inmaduros [minoría de edad.-N. del T.] del reinado de Ascanio, ni Mecencio, ni los etruscos o cualquier otro de sus vecinos se aventuró a atacarlos. Cuando se determinaron los términos de la paz, el río Albula, ahora llamado Tíber, se fijó como la frontera entre los etruscos y los latinos.

Ascanio fue sucedido por su hijo Silvio, que por casualidad había nacido en el bosque. Se convirtió en el padre de Eneas Silvio, quien a su vez tuvo un hijo, Latino Silvio. Él fundó varias colonias: los colonos fueron llamados prisci Latini. El sobrenombre de Silvio era común a todos los reyes de Alba restantes, cada uno de los cuales sucedió a su padre. Sus nombres son: Alba, Atis, Capis, Capeto, Tiberino, que fue ahogado en el cruce del Albula, y se dio su nombre al río, que en adelante se convirtió en el famoso Tíber. Luego vino su hijo, Agrippa, tras él su hijo Rómulo Silvio. Fue golpeado por un rayo y dejó la corona a su hijo Aventino, cuyo santuario estaba en la colina que lleva su nombre y ahora es parte de la ciudad de Roma. Fue sucedido por Proca, quien tuvo dos hijos, Numitor y Amulio. A Numitor, el mayor, le legó el antiguo trono de la casa Silvia. La violencia, sin embargo, resultó más fuerte que la voluntad paterna o que el respeto debido a la antigüedad de su hermano, pues su hermano Amulio le expulsó y se apoderó de la corona. Adñadiendo crimen sobre crimen, asesinó a los hijos de su hermano y convirtió a la hija, Rea Silvia, en virgen vestal; así, con apariencia de honrarla, la privó de toda esperanza de resurgir.

[1,4] Sin embargo, las Parcas habían, creo, ya decretado el origen de esta gran ciudad y de la fundación del más poderoso imperio bajo el cielo. La vestal fue violada por la fuerza y dio a luz gemelos. Declaró a Marte como su padre, ya sea porque realmente lo creía, o porque la falta pudiera parecer menos grave si una deidad fue la causa de la misma. Pero ni los dioses ni los hombres la protegieron a ella o sus niños de la crueldad del rey; la sacerdotisa fue enviada a prisión y se ordenó que los niños fuesen arrojados al río. Por un enviado del cielo, ocurrió que el Tiber desbordó sus orillas, y las franjas de agua estancada impidieron que se aproximaran al curso principal. Los que estaban llevando a los niños esperaban que esta agua estancada fuera suficiente para ahogarlos, por lo que con la impresión de estar llevando a cabo las órdenes del rey, expusieron los niños en el punto más cercano de la inundación, donde ahora se halla la higuera Ruminal (se dice que había sido anteriormente llamada Romular). El lugar era entonces un páramo salvaje.

La tradición continúa diciendo que, después que la cuna flotante, en la que los niños habían sido abandonados, hubiera sido dejada en tierra firme por las aguas que se retiraban, una loba sedienta de las colinas circundantes, atraída por el llanto de los niños, se acercó a ellos , les dio a chupar sus tetas y fue tan amable con ellos que el mayoral del rey la encontró lamiendo a los niños con su lengua. Según la historia, su nombre era Fáustulo. Se llevó a los niños a su choza y los dio a su esposa Larentia para que los criara. Algunos autores piensan que a Larentia, por su vida impura, se le había puesto el apodo de "Loba", entre los pastores, y que este fue el origen de la historia maravillosa. Tan pronto como los niños, así nacidos y criados, llegaron a ser hombres jóvenes que no descuidaban sus deberes pastoriles, pero su auténtico placer era recorrer los bosques en expediciones de caza. Como su fuerza y valor fueronse así desarrollando, solían no sólo acechar a los feroces animales de presa, sino que incluso atacaban a los bandidos cuando cargaban con el botín. Distribuían lo que llevaron entre los pastores con quienes, rodeados de un grupo cada vez mayor de jóvenes, se asociaron tanto en sus empresas serias como en sus deportes y pasatiempos.

[1,5] Se dice que la fiesta de la Lupercalia, que se sigue observando, ya se celebraba en aquellos días en la colina del Palatino. Este cerro se llamó originalmente Pallantium de una ciudad del mismo nombre, en Arcadia; el nombre fue cambiado posteriormente a Palatium. Evandro, un arcadio, había poseído aquel territorio muchos años antes, y había introducido un festival anual de Arcadia en el que los jóvenes corrían desnudos por deporte y desenfreno, en honor de a Pan Liceo, a quien los romanos más tarde llamaron Inuus. La existencia de este festival fue ampliamente reconocida, y fue mientras los dos hermanos se participaban en él cuando los bandidos, enfurecidos por la pérdida de su botín, los emboscaron. Rómulo se defendió con éxito, pero Remo fue hecho prisionero y llevado ante Amulio, sus captores lo acusaron descaradamente de sus propios crímenes. La acusación principal contra ellos fue la de invadir las tierras de Numitor con un cuerpo de jóvenes que habían reunido, y llevarlos a saquear como en la guerra regular. Remo, en consecuencia, fue entregado a Numitor para que lo castigara. Fáustulo había sospechado desde el principio que los que había criado eran de descendencia real, porque era consciente de que los niños habían sido expuestos por orden del rey y el tiempo en que los había tomado correspondía exactamente con el de su exposición. Había, sin embargo, rechazado divulgar el asunto antes de tiempo, hasta que se produjera una oportunidad adecuada o la necesidad exigiera su divulgación.

La necesidad se produjo antes. Alarmado por la seguridad de Remo, reveló el estado del caso a Rómulo. Sucedió además que Numitor, que tenía a Remo bajo su custodia, al enterarse de que él y su hermano eran gemelos y al comparar su edad y el carácter y porte tan diferentes a los de una condición servil, comenzó a recordar la memoria de sus nietos, y otras investigaciones lo llevaron a la misma conclusión que Fáustulo, nada más faltaba para el reconocimiento de Remo. Así el rey Amulio estaba acechado por todos los lados de propósitos hostiles. Rómulo rechazó un ataque directo con su cuerpo de pastores, porque no era rival para el rey en lucha abierta. Les instruyó para acercarse al palacio por diferentes vías y encontrarse allí en un momento dado, mientras que desde la casa de Numitor Remo les ayudaba con una segunda banda que había reunido. El ataque tuvo éxito y el rey fue asesinado.

[1,6] En el comienzo de la contienda, Numitor gritó que un enemigo había entrado en la ciudad y estaba atacando el palacio, para distraer a la soldadesca Albana a la ciudadela, para defenderles [a los atacantes.-N. del T.]. Cuando vio a los jóvenes que venían a felicitarle después del asesinato, convocó un consejo de su pueblo y explicó la infame conducta de su hermano hacia él, la historia de sus nietos, sus padres y su crianza y cómo él los reconoció. Luego procedió a informarles de la muerte del tirano y su responsabilidad en ella. Los jóvenes marcharon en formación por mitad de la asamblea y saludaron a su abuelo como rey; su acción fue aprobada por toda la población, que con una sola voz ratificaron el título y la soberanía del rey. Después de que el gobierno de Alba fuera así transferido a Numitor, Rómulo y Remo fueron poseidos del deseo de construir una ciudad en el lugar donde habían sido abandonados. A la población sobrante de los Albanos y los pueblos latinos se unieron los pastores: Fue natural esperar que con todos ellos, Alba y Lavinio serían más pequeñas en comparación con la ciudad que se iba a fundar. Estas buenas espectativas fueron desechas por anticipaciones agradable fueron perturbados por la maldición ancestral (la ambición) que condujo a una lamentable disputa sobre lo que al principio era un asunto trivial. Como eran gemelos y ninguno podía pretender tener prioridad basada en la edad, decidieron consultar a las deidades tutelares del lugar para que por medio de un augurio decidieran quién daría su nombre a la nueva ciudad y quién habría de regirla después de haber sido fundada. Rómulo, en consecuencia, seleccionó el Palatino como su lugar de observación, Remo el Aventino.

753 a.C.

[1,7] Se dijo que Remo había sido el primero en recibir un presagio: seis buitres se le aparecieron. Justo tras producirse el augurio, a Rómulo se le apareció el doble. Cada uno fue saludado como rey por su propio partido. Los unos basaron su aclamación en la prioridad de la aparición, los otros en el número de aves. Luego se siguió un violento altercado; el calor de la pasión condujo al derramamiento de sangre y, en el tumulto, Remo fue asesinado. La creencia más común es que Remo saltó con desprecio sobre las recién levantadas murallas y fue de inmediato asesinado por un Rómulo enfurecido, que exclamó: "Así será de ahora en adelante con cada uno que salte por encima de mis muros." Rómulo se convirtió así en gobernante único, y la ciudad fue nombrada tras él, su fundador. Su primer trabajo fue fortificar la colina Palatina, donde se había criado. El culto de las otras deidades se llevó a cabo de acuerdo con el uso de Alba, pero el de Hércules lo fue de conformidad con los ritos griegos, tal y como habían sido instituidos por Evandro. Fue en este barrio, según la tradición, donde Hércules, después de haber matado a Gerión, llevó a sus bueyes, que eran de una belleza maravillosa. Nadó a través del Tíber, llevando los bueyes delante de él y, cansado del camino, se acostó en un lugar cubierto de hierba, cerca del río, para descansar él y los bueyes, que disfrutaban de los ricos pastos. Cuando el sueño se había apoderado de él, al ser pesado por la comida y el vino, un pastor que vivía cerca, llamado Caco, abusando de su fuerza y cautivado por la belleza de los bueyes, decidió hacerse con ellos. Si se los llevaba delante de él dentro de la cueva, sus cascos habrían conducido a su propietario en su búsqueda en la misma dirección, de modo que arrastró a la mejor de ellas hacia atrás, por la cola, hacia su cueva. Con las primeras luces del alba, Hércules despertó y al inspeccionar su rebaño vió que algunos habían desaparecido. Él se dirigió hacia la cueva más cercana, para ver si alguna pista apuntaba en esa dirección, pero se encontró con que todos los cascos venían de la cueva y ninguno hacia ella. Perplejo y atónito, comenzó a conducir el rebaño lejos de barrio tan peligroso. Algunos de los animales, echando de menos a los que quedaron atrás, mugieron como solían y un mujido en respuesta sonó desde la cueva. Hércules se volvió en esa dirección, y como Caco trató de impedirle por la fuerza la entrada en la cueva, fue muerto por un golpe del garrote de Hércules, después de pedir en vano ayuda a sus compañeros

El rey del país en ese momento era Evandro, un refugiado del Peloponeso, que gobernó más por ascendiente personal que por el ejercicio del poder. Se le respetaba por su conocimiento de las letras (una cosa nueva y maravillosa para los hombres incivilizados) pero fue aún más reverenciado a causa de su madre Carmenta, de quien se creía que era un ser divino y a quien se consideraba, con asombro de todos, intérprete del destino, en los días anteriores a la llegada de la Sibila a Italia. Este Evandro, alarmado por una multitud de excitados pastores que rodeaban a un extranjero, a quien acusaban de asesinato, averiguó por ellos la naturaleza del hecho y qué le llevó a cometerlo. Como observara que el porte y la estatura del hombre eran más que humanas en grandeza y augusta dignidad, le preguntó quién era. Cuando oyó su nombre y supo quién era su padre y cuál su país, dijo, "Hércules, hijo de Júpiter, salve! Mi madre, que dice la verdad en nombre de los dioses, ha profetizado que has de unirte a la compañía de los dioses, y que aquí te será dedicado un santuario, que en los siglos venideros la más poderosa nación del mundo la llamará su Ara Maxima y la honrará con un culto de brillo especial. " Hércules tomó la mano derecha de Evandro y dijo que él cumpliría el presagio por sí mismo y completaría la profecía construyendo y consagrando el altar. Entonces, se tomó del rebaño una vaca de evidente belleza, y se ofreció el primer sacrificio. Los Potitios y Pinarios, las dos principales familias de aquellos lugares, fueron invitados por Hércules a ayudar en el sacrificio y en la fiesta que siguió. Sucedió que los Potitios llegaron en el momento señalado y se colocaron ante ellos las entrañas, Los Pinarios llegaron después que fueran consumidos y se quedaron para el resto del banquete. Se convirtió en una costumbre permanente, desde ese momento, que mientras la familia de los Pinarios perviviera no comerían de las entrañas de las víctimas. Los Potitios, tras ser instruidos por Evandro, presidieron el rito durante muchos siglos, hasta que que se entregó esta ocupación sacerdotal a funcionarios públicos; tras lo cual toda la raza de los Potitios se extinguió. Este, de todos los ritos extranjeros, fue el único que Rómulo adoptó, como si sintiera que la inmortalidad ganada a través del coraje, que áquel celebraba, sería un día su propia recompensa.

[1,8] Después que se hubieran cumplido las los deberes de la religión, Rómulo llamó a su gente a un concilio. Como nada podía unirlos en un solo cuerpo político, sino la observancia de las leyes y costumbres comunes, les dio un cuerpo de leyes, que pensaba que sólo serían respetadas por una raza de hombres incivilizados y rudos si les inspiraba temor al asumir los símbolos externos del poder. Se rodeó de los mayores signos de mando, y, en particular, llamó a su servicio doce lictores. Algunos piensan que fijó este número por la cantidad de aves que predijeron su soberanía, pero me inclino a estar de acuerdo con aquellos que piensan que como esta clase de funcionarios públicos fue tomada del mismo pueblo del que se adoptó la "silla curis" y la "toga pretexta" (sus vecinos, los etruscos) por lo que el número en sí también se tomó de ellos. Su uso entre los etruscos se remonta a la costumbre de las doce ciudades soberanas de Etruria, cuando conjuntamente elegían un rey, y le proporcionaban cada una un lictor. Mientras tanto, la ciudad fue creciendo y extendiendo sus murallas en varias direcciones; un aumento debido más a la previsión de su futuro crecimiento que a su población actual. Su siguiente medida fue para asegurar que un aumento de población al tamaño de la ciudad no resultase en fuente de debilidad. Había sido una antigua política de los fundadores de ciudades el reunir multitud de personas de origen oscuro y baja extracción y luego extender la ficción de que ellos eran originarios del terreno. De acuerdo con esta política, Rómulo abrió un lugar de refugio en el lugar donde, según se desciende desde el Capitolio, hay un espacio encerrado entre dos arboledas. Una multitud indiscriminada de hombres libres y esclavos, ansiosos de cambio, huyeron de los estados vecinos. Este fue el primer incremento de fortaleza a la naciente grandeza de la ciudad. Cuando estuvo satisfecho de su fortaleza, su siguiente paso fue para que tal fortaleza fuera dirigida sabiamente. Creó cien senadores, fuese porque ese número era el adecuado o porque sólo había un centenar de jefes [de gens]. En cualquier caso, se les llamó "Patres" en virtud de su rango, y sus descendientes fueron llamados "patricios".

[1,9] El Estado romano se había vuelto tan fuerte que era un buen partido para cualquiera de sus vecinos en la guerra, pero su grandeza amenazaba con durar sólo una generación, ya que por la ausencia de mujeres no había ninguna esperanza de descendencia, y no tenían derecho a matrimonios con sus vecinos. Siguiendo el consejo del Senado, Rómulo envió mensajeros entre las naciones vecinas para buscar una alianza y el derecho al matrimonio mixto en nombre de su nueva comunidad. Ciudades que, como las otras, surgieron de los más humildes comienzos y que, ayudadas por su propio valor y del favor del cielo, ganaron por sí mismos gran poder y gran renombre. En cuanto al origen de Roma, es bien sabido que, si bien había recibido la ayuda divina, el coraje y la confianza en sí misma no faltaron. No debió, por tanto, existir rechazo de los hombres a mezclar su sangre con sus semejantes. En ninguna parte recibieron los enviados una recepción favorable. Aunque sus propuestas fueron rechazadas, hubo al mismo tiempo una sensación general de alarma por el poder que tan rápidamente crecía entre ellos. Por lo general, se les despedía con la cuestión: "Si hubiérais abierto un asilo para las mujeres, ahora no tendríais que buscar matrimonios en igualdad de condiciones". La juventud romana mal podía soportar tales insultos, y la única solución empezó parecer el recurso a la fuerza. Para asegurar un lugar y momento propicios para tal intento, Rómulo, disimulando su resentimiento, hizo preparativos para la celebración de unos juegos en honor de "Neptuno Ecuestre", a los que llamó "los Consualia". Ordenó que se diera anuncio de la celebración entre las ciudades vecinas, y su pueblo lo apoyó para hacer la celebración tan espléndida como les permitiesen sus conocimientos y recursos, de modo que se produjo gran expectación. Se reunión una gran multitud; la gente estaba ansiosa por ver la nueva ciudad, todos sus vecinos más cercanos (los pueblos de Caenina, Antemnae y Crustumerium) estaban allí, y vino toda la población Sabina, con sus esposas y familias. Se les invitó a aceptar la hospitalidad en distintas casas, y tras examinar la situación de la ciudad, sus murallas y el gran número de casas de que incluía, se asombraron por la rapidez con que había crecido el Estado romano.

Cuando llegó la hora de celebrar los juegos, y sus ojos y mentes estaban fijos en el espectáculo ante ellos, se dió la señal convenida y los jóvenes romanos corrieron desde todas las direcciones para llevarse a las doncellas que estaban presentes. La mayor parte fue llevada de manera indiscriminada; pero algunas, especialmente hermosas, que habían sido elegidas para los patricios principales, fueron llevadas a sus casas por plebeyos a quienes se les encomendó dicha tarea. Una, notable entre todas por su gracia y su belleza, se dice que fue raptada por un grupo mandado por un Talassio determinados, y a las múltiples preguntas de a quién estaba destinada, siempre le contestaban: "Para Talassio. " De aquí el empleo de esta palabra en los ritos del matrimonio. La alarma y la consternación interrumpieron los juegos y los padres de las jóvenes huyeron, aturdidos por el dolor, lanzando amargos reproches a los infractores de las leyes de la hospitalidad y apelando al dios por cuyos solemnes juegos habían acudido, sólo para ser víctimas de pérfida impiedad. Las muchachas secuestradas estaban tan desesperadas como indignadas. Rómulo, sin embargo, se les dirigió en persona, y les señaló que todo era debido al orgullo de sus padres por negar el matrimonio a sus vecinos. Vivirían en honroso matrimonio y compartirían todos sus bienes y derechos civiles, y (lo más querido de todo a la naturaleza humana) serían madres de hombres libres. Él les rogó que dejasen a un lado sus sentimientos de resentimiento y dieran su afecto a los que la fortuna había hecho dueños de sus personas. Una ofensa había llevado a menudo a la reconciliación y el amor, encontrarían a sus maridos mucho más afectuosos, porque cada uno haría todo lo posible, por lo que a él tocaba, para compensarlas por la pérdida de padres y país. Estos argumentos fueron reforzados por la ternura de sus maridos, quienes excusaron su conducta invocando la fuerza irresistible de su pasión (una declaración más efectiva que las demás, al apelar a la naturaleza femenina).

[1.10] Los sentimientos de las muchachas secuestradas quedaron así totalmente serenados, pero no así los de sus padres. Vistieron de luto, e intentaron con sus denuncias llenas de lágrimas llevar a sus compatriotas a la acción. Tampoco limitaron sus protestas a sus propias ciudades, sino que acudían de todas partes a Tito Tacio, el rey de los sabinos, y le enviaron delegados, pues era el nombre más influyente en esas regiones. Los pueblos de Caenina, Crustumerium y Antemnae fueron los que más sufrieron; pensaban que Tacio y sus Sabinos actuaban muy lentamente, por lo que estas tres ciudades se prepararon para hacer la guerra conjuntamente. Tales, sin embargo, fueron la impaciencia y la ira de los Caeninensianos que hasta les parecía que ni los Crustuminianos ni los Antemnatios mostraban la suficiente energía, por lo que los hombres de Caenina realizaron un ataque sobre territorio romano por su propia cuenta. Mientras estaban diseminados por todas partes, saqueando y destruyendo, Rómulo vino sobre ellos con un ejército y después de un breve encuentro les enseñó que la ira es inútil sin la fuerza. Les puso en precipitada fuga, y persiguiéndoles, mató a su rey y despojó su cuerpo; Luego, tras matar a su jefe, tomó la ciudad en el primer asalto. Él no estaba menos ansioso por mostrar sus victorias que por sus magníficos hechos, así que, tras llevar a casa el ejército victorioso, subió al Capitolio con los despojos de su enemigo muerto llevados delante de él en un armazón construido a tal efecto. Los tendió allí sobre un roble, que los pastores consideraban como un árbol sagrado, y al mismo tiempo marcó el lugar para el templo de Júpiter, y dirigiéndose al dios por un nuevo título, pronunció la siguiente invocación: "¡Júpiter Feretrio! estas armas tomadas de un rey, yo, Rómulo rey y conquistador, te traigo, y en este dominio, cuyos límites he trazado por mi voluntad propósito, dedico un templo para recibir el 'spolia opima' [mejor despojo.-N. del T.] que la posteridad, siguiendo mi ejemplo, traerá aquí, tomado de los reyes y los generales de nuestros enemigos muertos en batalla ". Tal fue el origen del primer templo dedicado en Roma. Y los dioses decretaron que aunque su fundador no pronunció vanas palabras al declarar que la posteridad llevaría allí sus botines, el esplendor de tal ofrenda no debiera ser atenuada por aquellos que rivalizaban con sus logros. Porque después de haber transcurrido tantos años y haberse librado tantas guerras, sólo dos veces ha sido ofrendada la "spolia opima". Pues rara vez ha concedido la Fortuna tal gloria a los hombres.

[1.11] Mientras que los romanos estaban así ocupados, el ejército de la Antemnates aprovechó que su territorio no había sido ocupado y lanzó un ataque contra la frontera romana. Rómulo condujo a toda prisa su legión contra este nuevo enemigo y los sorprendió al estar dispersos por los campos. Al primer impulso y gritos del ejército, el enemigo fue derrotado y su ciudad capturada. Mientras Rómulo estaba exultante por esta doble victoria, su esposa, Hersilia, movida por los ruegos de las doncellas secuestradas, le imploró que perdonase a sus padres y les concediese la ciudadanía, porque así se lograría la concordia. Él rápidamente accedió a su petición. Avanzó luego contra los Crustuminianos, que habían dado comienzo a la guerra, pero su ímpetun había quedado disminuido por las sucesivas derrotas de sus vecinos, y no ofrecieron sino una ligera resistencia. Se fundaron colonias en ambos lugares; debido a la fertilidad de los suelos de la región Crustumina, la mayoría se ofreció para ocupar esa colonia. Por otra parte, hubo numerosas migraciones a Roma, en su mayoría de los padres y familiares de las doncellas secuestradas. La última de esas guerras fue iniciada por los sabinos y demostró ser la más grave de todas, porque nada se hizo con pasión o impaciencia; ocultaron sus planes hasta que la guerra empezó efectivamente. A sus designios añadieron el engaño, como muestra el siguiente incidente. Espurio Tarpeio estaba al mando de la ciudadela romana. Mientras su hija había salido de las fortificaciones a buscar agua para algunas ceremonias religiosas, Tacio la sobornó para que introdujera sus tropas dentro de la ciudadela. Una vez dentro, la mataron aplastándola bajo sus escudos, o para que la ciudadela paraciera haber sido tomada por asalto, o para que su ejemplo quedase como advertencia de que ninguna confianza debe guardarse con los traidores. Una historia más antigua dice que los Sabinos tenían costumbre de llevar pesados brazaletes de oro en sus brazos izquierdos, así como anillos con piedras preciosas, y que la muchacha les hizo prometer que le darían "lo que llevaban en sus brazos izquierdos"; por lo tanto, ellos le arrojaron los escudos que portaban en lugar de sus dorados adornos. Algunos dicen que en la negociación de lo que llevaban en su mano izquierda, ella pidió expresamente sus escudos, y ante la sospecha de ser traicionarlos, la hicieron víctima de sus propias palabras.

[1.12] Como quiera que fuese, los Sabinos se apoderaron de la ciudadela. Y no bajabron de ella al día siguiente, aunque el ejército romano estaba desplegado en orden de batalla sobre todo el terreno entre el Palatino y el Capitolio, hasta que, exasperados por la pérdida de su ciudadela, y decididos a recuperarla , los romanos pasaron al ataque. Avanzando antes que los demás, Mecio Curcio, del bando de los Sabinos, y Hostio Hostilio, por parte romana, se enfrentaron en combate singular. Hostio, luchando en un terreno desfavorable, sostuvo la fortuna de Roma por su valor intrépido, pero al final cayó; se rompió la línea romana y huyeron a lo que entonces era la puerta del Palatino. Incluso Rómulo fue arrastrado por la multitud de fugitivos, y alzando sus manos al cielo, exclamó: "Júpiter, fue por tu presagio que te obedecí al poner aquí, en el Palatino, los primeros cimientos de la ciudad. Ahora los Sabinos poseen la ciudadela, habiéndola alcanzado mediante el soborno, y de allí se han apoderado del valle y están presionando acá, en batalla. ¡Tú, padre de los dioses y los hombres, lleva de aquí a nuestros enemigos, destierra el terror de los corazones de romanos y haz que desaparezca nuestra verguenza! Aquí hago voto de un templo dedicado a ti, "Júpiter Stator", como recuerdo para las generaciones venideras de que es por tu ayuda presente que la Ciudad se ha salvado ". Luego, como si se hubiera dado cuenta de que su oración había sido escuchada, exclamó, "¡Volved, romanos! Júpiter Óptimo Máximus os ordena resistir y renovar el combate". Se detuvieron como si les mandase una voz divina (Rómulo recorrió la primera línea, así como Mecio Curtio había corrido hacia abajo desde la ciudadela al frente de los Sabinos y empujaron a los romanos en huida sobre la totalidad del suelo que ahora ocupa el Foro. Estaba no muy lejos de la puerta del Palatino y gritaba: "Hemos conquistado a nuestros infieles anfitriones, a nuestros cobardes enemigos; ahora saben que secuestrar doncellas en muy distinta cosa de combatir con hombres." En medio de tales jactancias, Rómulo, con un grupo compacto de valientes soldados, cargó sobre él. Mecio estaba a caballo, por lo que fue el que más fácilmente retrocedió; los romanos le persiguieron y, inspirados por el coraje de su rey, el resto del ejército romano derrotó a los sabinos. Mecio, incapaz de controlar su caballo, enloquecido por el ruido de sus perseguidores, cayó en un pantano. El peligro de su general distrajo la atención de los Sabinos por un momento de la batalla; gritaron e hicieron señales para alentarle, y así, animado a realizar un nuevo esfuerzo, logró salir con bien. Entonces los romanos y sabinos renovaron los combates en el centro del valle, pero la fortuna de Roma fue superior.

[1.13] Fue entonces cuando las Sabinas, cuyos secuestro había llevado a la guerra, despojándose de todo temor mujeril en su aflicción, se atrevieron en medio de los proyectiles con el pelo revuelto y las ropas desgarradas. Corriendo a través del espacio entre los dos ejércitos, trataron de impedir la lucha y calmar las pasiones excitadas apelando a sus padres en uno de los ejércitos y asus maridos en el otro, para que no incurriesen en una maldición por manchar sus manos con la sangre de un suegro o de un yerno, ni para legar a la posteridad la mancha del parricidio. "Si", gritaron, "están hastiados de estos lazos de parentesco, de estas uniones matrimoniales, vuelquen su ira sobre nosotras; somos nosotras la causa de la guerra, somos nosotras las que han herido y matado a nuestros maridos y padres. Mejor será para nosotras morir antes que vivir sin el uno o el otro, como viudas o huérfanas ". Ambos ejércitos y sus líderes fueron igualmente conmovidos por esta súplica. Hubo un repentino silencio y apaciguamiento. Entonces los generales avanzaron para disponer los términos de un tratado. No sólo resultó que se hizo la paz; ambas naciones se unieron en un único Estado, el poder efectivo se compartió entre ellos y la sede del gobierno de ambas naciones fue Roma. Después duplicar así la Ciudad, se hizo concesión a los Sabinos de la nueva denominación de Quirites, por su antigua capital de Curas [esta etimología es errónea; el término quirites proviene de quiris, lanza, y hace así referencia a la condición que como soldado tiene el ciudadano. Se solía emplear al dirigirse a los romanos en la Ciudad; fuera de ella empleaban el término de romanos.- N. del T.]. En conmemoración de la batalla, el lugar donde Curtio consiguió sacar su caballo de la profunca ciénaga a terreno más seguro se llamó el lago Curtio. La paz gozosa, que puso un final repentino a tan deplorable guerra, hizo a las Sabinas aún más caras a sus maridos y padres, y sobre todo a al propio Rómulo. En consecuencia, cuando se efectuó la distribución de la población en las treinta curias, le pusieron su nombre a las curias. Sin duda hubo muchas más de treinta mujeres, y la tradición no dice nada sobre si las personas cuyos nombres fueron dados a las acurias se eligieron en razón de la edad o por la distinción personal (fuera propia o de sus maridos) o simplemente por sorteo. El alistamiento de las tres centurias de caballeron tuvo lugar al mismo tiempo; Los Ramnenses fueron llamados así por Rómulo y los Titienses lo fueron por Tito Tacio. El nombre de los Luceres es de origen incierto. A partir de entonces los dos reyes ejercieron su soberanía conjunta en perfecta armonía.

[1.14] Algunos años más tarde los parientes del rey Tacio maltrataron a los embajadores de los Laurentinos. Vinieron a pedir reparación por ello, de conformidad con el derecho internacional, pero la influencia y poder de sus amigos pesaron más sobre Tacio que las peticiones de los laurentinos. La consecuencia fue que atrajo sobre sí el castigo que le correspondía a ellos, pues cuando fue al sacrificio anual en Lavinio, hubo un tumulto en el que fue asesinado. Se dice que Rómulo se afligió menos por este incidente de lo que exigía su posición; fuera por la infidelidad inherente a la soberanía compartida o porque pensara que había merecido su suerte. Él se negó, por lo tanto, a ir a la guerra, y pues ya que el daño hecho a los embajadores pudiera considerase expiado por el asesinato del rey, el tratado entre Roma y Lavinio se renovó. Si bien en este frente se garantizó una paz inesperada, la guerra estalló en un lugar mucho más cercano, de hecho, casi a las puertas de Roma. El pueblo de Fidenas consideró que el poder [de Roma.-N. del T.] estaba creciendo demasiado cerca de ellos, de modo que, tanto para acabar con su fuerza presente como con la futura, tomó la iniciativa de hacerle la guerra. Jóvenes armados invadieron y devastaron la región que se extiende entre la Ciudad y Fidenas. Desde allí se dirigieron a la izquierda (pues el Tíber impedia su avance a la derecha), saqueando y destruyendo, con gran alarma de las gentes del campo. El primer indicio de lo que estaba sucediendo fue un tumulto repentino que llegó desde el campo. Una guerra tan cerca de sus puertas no admitía demora, y Rómulo condujo a toda prisa su ejército y acamparon a cerca de una milla de Fidenas [1480 metros.-N. del T.]. Dejando a un pequeño destacamento de guardia en el campamento, siguió adelante con todas sus fuerzas; y mientras que a una parte se le ordenó que se emboscara en un lugar cubierto de densos matorrales, él avanzó con la mayor parte [de la infantería.-N. del T.] y toda la caballería hacia la ciudad , y cabalgando de modo provocativo y desordenado hasta las mismas puertas, consiguió atraer al enemigo. La caballería siguió esta táctica simulando que huían y, para que pareciese menos sospechoso, a su aparente vacilación entre luchar o huir se sumó la retirada de la infantería; el enemigo salió repentinamente de las puertas atestadas de gente, rompieron la línea romana y la presionaron ansiosamente hasta que fueron conducidos donde estaba dispuesta la emboscada. Entonces los romanos se levantaron repentinamente y atacaron al enemigo de flanco; su pánico [de los fidentinos.-N. del T.] fue aumentado por las tropas del campamento, que cayeron sobre ellos. Aterrorizados por los ataques que les amenazaban por todos lados, los fidentinos dieron la vuelta y huyeron apenas antes de que Rómulo y sus hombres volvieran de su huida simulada. Regresaron a su ciudad mucho más rápidamente de lo que poco antes habían salido a perseguir a quienes fingían huir, aunque su huida era ahora genuina. No obstante, no pudieron librarse de la persecución; tenían a los romanos pisándoles los talones y, antes de que las puertas pudieran estar cerradas, irrumpió el enemigo mezclado con ellos.

[1.15] El contagio del espíritu de la guerra en Fidenas infectó a los Veyentinos.

Este pueblo estaba unido por lazos de sangre con los Fidentinos, que también eran etruscos, y un incentivo adicional venía dado porque, dada la mera cercanía del lugar, Roma volvería sus armas contra todos sus vecinos. Hicieron una incursión en territorio romano, no tanto como por el botín sino como un acto de guerra regular. Después de obtener su botín regresaron con él a Veyes, sin fortificar su posición ni esperar al enemigo. Los romanos, por otra parte, al no encontrar al enemigo en su propio territorio, cruzaron el Tíber, preparados y decididos a librar una batalla decisiva. Al enterarse de que se habían fortificado y se preparaban para avanzar sobre su ciudad, los veyentinos salieron contra ellos, prefiriendo un combate en campo abierto a ser sitiados y tener que luchar desde las casas y las murallas. Rómulo obtuvo la victoria, no a través de artimañas, sino por la capacidad de su veterano ejército. Rechazó al enemigo a sus murallas, pero en vista de la fuerte posición y las fortificaciones de la ciudad, se abstuvo de asaltarla. En su marcha hacia su país devastó sus campos, más por venganza que por el beneficio del pillaje. La pérdida así sufrida, tamto como la derrota anterior, rompió el espíritu de los veyentinos y enviaron mensajeros a Roma para pedir la paz. Con la condición de una cesión de territorio, se les concedió una tregua durante cien años. Estos fueron los principales acontecimientos en el país y en la región que marcaron el reinado de Rómulo. De principio a fin (si tenemos en cuenta el valor que demostró en la recuperación de su trono ancestral, o la sabiduría exhibió al fundar la Ciudad e incrementar su fortaleza, por igual, mediante la guerra y la paz), no hallamos nada incompatible con la creencia en su origen divino y su acceso a la divina inmortalidad divina tras morir. Fue, de hecho, por la fortaleza que le proporcionó, que la ciudad fue lo bastante fuerte como para disfrutar de una paz segura durante cuarenta años después de su partida. Fue, sin embargo, más aceptado por el pueblo que por los patricios; pero, sobre todo, era el ídolo de sus soldados. Mantuvo un cuerpo de guardaespaldas de trescientos hombres en torno a él, tanto en la paz como en la guerra. Les llamó los "Celeres."

717 a.C.

[1.16] Su elevación a la inmortalidad se produjo cuando Rómulo pasaba revista a su ejército en el "Caprae Palus" [poste de la cabra.-N. del T.] en el Campo de Marte. Una violenta tormenta se levantó de pronto y envolvió al rey en una nube tan densa que le hizo casi invisible a la Asamblea. Desde ese momento ya no se volvió a ver a Rómulo sobre la Tierra. Cuando los temores de los jóvenes romanos se vieron aliviados por el regreso de un sol brillante y de la calma tras un tiempo tan temible, vieron que el asiento real estaba vacío. Creyendo plenamente la afirmación de los senadores, que habían estado situados cerca de él, de que había sido arrebatado al cielo en un torbellino, todavía quedaron, por el miedo y el dolor, algún tiempo sin habla como hombres repentinamente desconsolados. Por fin, después que algunos tomasen la iniciativa, todos los presentes aclamaron a Rómulo como "un dios, el hijo de un dios, el rey y Padre de la Ciudad de Roma". Suplicaron por su gracia y favor, y rezaron para que fuera propicio a sus hijos y les guardase y protegiese. Creo, sin embargo, que aun entonces hubo algunos que secretamente dieron a entender que había sido descuartizado por los senadores (una tradición en este sentido, aunque ciertamente muy tenue, ha llegado a nosotros). La otra, que yo sigo, ha prevalecido debido, sin duda, a la admiracón sentida por los hombre y la aprensión causada por su desaparición. Esta creencia generalmente aceptada fue reforzada por la disposición inteligente de un hombre. La tradición cuenta que Próculo Julio, un hombre cuya autoridad tenía peso en los asuntos de la mayor importante, viendo cuán profundamente sentía la plebe la pérdida del rey y lo indignados que estaban contra los senadores, se adelantó en la asamblea y dijo: "¡Quirites! al rayar el alba, hoy, el Padre de esta Ciudad de repente bajó del cielo y se me apareció. Mientras que, emocionado de asombro, quedé absorto ante él en la más profunda reverencia, rogando ser perdonado por mirarle, me dijo: "Ve y di a los romanos que es la voluntad del cielo que mi Roma debe ser la cabeza de todo el mundo". Que en adelante cultiven las artes de la guerra, y hazles saber con seguridad, y que transmitan este conocimiento a la posteridad, que ningún humano podrá resistir las armas romanas". Es prodigioso el crédido que se dio a la historia de este hombre [de Próculo Julio.- N. del T.], y cómo el dolor del pueblo y del ejército se calmó con el convencimiento que él creó sobre la inmortalidad de Rómulo.

[1.17] Surgieron disputas entre los senadores sobre el trono vacante. No era la envidia de los ciudadanos concretos, pues ninguno era lo suficientemente importante en un Estado tan joven, sino las rivalidades de las facciones en el Estado, las que llevaron a este conflicto. Las familias Sabinas temían perder su participación equitativa en el poder soberano, porque después de la muerte de Tacio no habían tenido representante en el trono; anhelaban, por lo tanto, que el rey se eligiese de entre ellas. Los antiguos romanos mal podían tolerar un rey extranjero; pero en medio de esta diversidad de puntos de vista políticos, todos deseaban la monarquía, pues aún no habían probado las mieles de la libertad. Los senadores empezaron a temer algún acto de agresión por parte de los Estados vecinos, ahora que la ciudad carecía de una autoridad central y el ejército de un general. Decidieron que debía haber algún jefe de Estado, pero nadie se decidía a reconocer tal dignidad a cualquier otra persona. El asunto fue resuelto por los cien senadores dividiéndose en diez decurias, y se eleigió a uno de cada decuria para ejercer el poder supremo. Diez, por lo tanto, ejercían el cargo, pero sólo uno a la vez tenía la insignia de la autoridad y los lictores. Su autoridad individual se limitó a cinco días y la ejercieron por rotación. Este lapso en la monarquía duró un año, y fue llamado por el nombre que aún hoy tiene: el de "interregno". Después de un tiempo la plebe empezó a murmurar que se multiplicaba su esclavitud, porque había un centenar de amos en lugar de uno sólo. Era evidente que insistirían en que fuese elegido un rey y que lo fuera por ellos. Cuando los senadores se dieron cuenta de esta determinación cada vez mayor, pensaron que sería mejor ofrecer de forma espontánea lo que estaban obligados a aceptar, por lo que, como un acto de gracia, entregaron el poder supremo en manos de la gente, pero de tal manera que no perdieran ningún privilegio de los que tenían. Para ello aprobaron un decreto por el cual, cuando el pueblo hubiera elegido un rey, su elección sólo sería válida después que el Senado la ratificara con su autoridad. El mismo procedimiento existe hoy en la aprobación de leyes y la elección de los magistrados, pero el poder de rechazo ha sido retirado; el Senado da su ratificación antes que el pueblo proceda a la votación, mientras que el resultado de la elección es todavía incierto. En ese momento el "interrex" convocaba a la asamblea y se le dirigía de la siguiente manera: "¡Quirites, elegid vuestro rey, y que el cielo bendiga vuestros afanes! Si elegís uno considerado digno de suceder a Rómulo, el Senado ratificará vuestra elección". Tan safisfecho quedó el pueblo ante tal propuesta que, para no parecer menos generosos, aprobaron una resolución para que fuera el Senado quien decretara quien debía reinar en Roma.

[1.18] Vivía, en esos días, en Cures, una ciudad sabina, un hombre de renombrada justicia y piedad: Numa Pompilio. Estaba tan versado como cualquier otro en esa época pudiera estarlo en todas las leyes divinas y humanas. Según la tradición, su maestro fue Pitágoras de Samos. Pero esto es erróneo, pues es generalmente aceptado que fue más de un siglo después, en el reinado de Servio Tulio, cuando Pitágoras reunió a su alrededor una multitud de estudiantes ansiosos, en la parte más distante de Italia, en la región de Metaponto, Heraclea, y Crotona. Ahora bien, incluso si hubiera sido contemporáneo de Numa, ¿cómo podría haber llegado a su reputación a los Sabinos? ¿De qué lugares, y en qué lengua común podría haber inducido a nadie a convertirse en su discípulo? ¿Quién podría haber garantizado la seguridad de un individuo solitario viajando a través de tantos países diferentes en el habla y el carácter? Yo creo más bien que las virtudes de Numa fueron el resultado de su carácter y auto-formación, moldeados no tanto por las influencias extranjeras como por el rigor y disciplina austera de los antiguos sabinos, que eran los más puros de los que existían en la antigüedad. Cuando se mencionaba el nombre de Numa, aunque los senadores romanos vieron que el equilibrio de poder estaría en el lado de los sabinos si el rey era elegido de entre ellos, nadie se atrevía a proponer un candidato propio, o a cualquier senador o ciudadano en vez de él. En consecuencia, por unanimidad acordaron que la corona debía ser ofrecida a Numa Pompilio. Fue invitado a Roma y siguiendo el precedente establecido por Rómulo, cuando obtuvo la corona por el augurio que sancionó la fundación de la ciudad, Numa ordenó que en su caso también los dioses debían ser consultados. Fue solemnemente llevado por un augur, que después fue honrado al convertirse en funcionario del Estado de por vida, a la Ciudadela, y se sentó sobre una piedra mirando al sur. El augur se sentó a su izquierda, con la cabeza cubierta, y sosteniendo en su mano derecha un bastón curvo, sin nudos, que se llama "Lituus". Después de examinar la perspectiva de la ciudad y los alrededores, ofreció oraciones y marcó las regiones celestes con una línea imaginaria de este a oeste, la del sur fue llamanada "la mano derecha", la del norte como "la mano izquierda". A continuación se concentró sobre un objeto, el más lejano de los que podía ver, como una marca de referencia, y pasando el lituus a su mano izquierda, colocó su mano derecha sobre la cabeza de Numa y ofreció esta oración: "Padre Júpiter, si es voluntad del cielo que este Numa Pompilio, cuya cabeza agarro, deba ser rey de Roma, signifícanoslo por signos seguros dentro de esos límites que he trazado ". Luego recitó del modo habitual el augurio que deseaba que le fuera enviado. Fueron enviados [los augurios.-N. del T.], y quedando revelado por ellos que Numa sería rey, bajaron del "santuario".

[1.19] Habiendo en esta forma obtenido la corona, Numa se dispuso a fundar, por decirlo así, de nuevo, por las leyes y las costumbres, la Ciudad que tan recientemente había sido fundada por la fuerza de las armas. Vio que esto sería imposible mientras estuviesen en guerra, pues la guerra embrutece a los hombres. Pensando que la ferocidad de sus súbditos podría ser mitigada por el desuso de las armas, construyó el templo de Jano, al pie del Aventino, como índice de la paz y la guerra, significando cuando estaba abierto que el Estado estaba bajo los brazos y las en que fue cerrada que todas las naciones circundantes estaban en paz. Dos veces desde su reinado ha sido cerrada, una vez después de la primera guerra púnica en el consulado de T. Manlio, la segunda vez, que el cielo ha permitido que nuestra generación sea de ella testigo, fue después de la batalla de Accio, cuando se obtuvo la paz en la tierra y el mar por el emperador César Augusto. Después de la ffirma de los tratados de alianza con todos sus vecinos y el cierre del templo de Jano, Numa dirigió su atención a los asuntos domésticos. La ausencia de todo peligro exterior podría inducir a sus súbditos a regodearse en la pereza, ya que dejaría de reprimirse por el temor de un enemigo o por la disciplina militar. Para evitar esto, se esforzó por inculcar en sus mentes el temor de los dioses, considerando ésta como la influencia más poderosa que podría actuar sobre un incivilizado y, en aquellos tiempos, bárbaro pueblo. Pero, ya que esto no produciría una profunda impresión sin cierta pretensión de sabiduría sobrenatural, fingió que había tenido conversaciones nocturnas con la ninfa Egeria: Y que fue por su consejo que estaba estableciendo el ritual más aceptables a los dioses y nombrando para cada deidad sus propios sacerdotes específicos. En primer lugar, dividió el año en doce meses, correspondientes a las revoluciones de la Luna. Pero como la Luna no completa treinta días de cada mes, y así hay menos días en el año lunar que en los medidos por el curso del sol, interpoló meses intercalares y los dispuso de modo que cada vigésimo año los días deberían coincidir con la misma posición del sol al empezar, quedando así completos los veinte años. También estableció una distinción entre los días en que se podrían efectuar los negocios jurídicos y aquellos en los que no se podía, porque a veces sería aconsejable que el pueblo no efectuase transacciones.

[1.20] A continuación, volvió su atención a la designación de los sacerdotes. Él mismo, sin embargo, llevó a cabo muchos servicios religiosos, especialmente los que pertenecen al flamen de Júpiter. Pero él pensó que en un estado tan belicoso habría más reyes del tipo de Rómulo que del de Numa, y que se encargaría del asunto en persona. Para protegerse, por lo tanto, de que los ritos sacrificiales que el rey realizaba fuesen interrumpidos, designó a un Flamen como sacerdote perpetuo de Júpiter, y ordenó que debía llevar un vestido distintivo y sentarse en la silla curul real. Nombró a dos flamines adicionales, una para Marte, y el otro para Quirino, y además escogió a vírgenes como sacerdotisas de Vesta. Este orden de sacerdotisas existió originalmente en Alba y estaba relacionado con el linaje de su fundador. Se les asignó un sueldo público para que pudieran dedicar todo su tiempo al templo, e hizo sus personas sagradas e inviolables, mediante un voto de castidad y otras sanciones religiosas. Del mismo modo eligió a doce "Salii" para Marte Gradivus, y se les asignó el vestido distintivo de una túnica bordada y sobre ella una coraza de bronce. Se les instruyó para marchar en procesión solemne por la ciudad, llevando los doce escudos llamado "Ancilia", y cantar himnos mientras bailaban una danza solemne en tiempo triple. El siguiente puesto a cubrir fue el de Pontifex Maximus (Pontífice Máximo). Numa nombró al hijo de Marco, uno de los senadores -Numa Marcio -y todos los reglamentos concernientes a la religión, escritos y sellados, se pusieron a su cargo. Aquí se estableció qué víctimas, en qué días y a qué los templos, debían ser ofrecidos los diversos sacrificios, y de qué fuentes se sufragarían los gastos relacionados con ellos. Puso todas las demás funciones sagradas, tanto públicas como privadas, bajo la supervisión del Pontífice (Máximo), con el fin de que pudiera haber una autoridad a la que el pueblo consultara, y así evitar todos los problemas y confusiones derivados de adoptar ritos extranjeros y de evitar el abandono de sus suyos ancestrales. Tampoco se limitó sus funciones a la dirección de la adoración de los dioses celestiales, sino a instruir al pueblo sobre cómo llevar a cabo los funerales y apaciguar a los espíritus de los difuntos, y cómo interpretar los prodigios enviados por un rayo o de cualquier otra manera, y también cómo debían ser atendidos y expiados. Para obtener estas señales de la voluntad divina, dedicó un altar a Júpiter Elicius en el Aventino, y consultó al dios a través de augurios, en cuanto a qué prodigios debían recibir atención.

[1.21] Las deliberaciones y acuerdos relativas a estos asuntos desvió a la gente de los pensamientos belicosos y les proporcionó amplia ocupación. La supervisión atenta de los dioses, que se manifiesta en la guía providencial de los asuntos humanos, había despertado en todos los corazones un tal sentimiento de piedad que el carácter sagrado de las promesas y la santidad de los juramentos fueron una fuerza de control para la comunidad no menos eficaz que el temor inspirado por las leyes y las sanciones. Y a pesar de sus súbditos moldeaban sus caracteres sobre el único ejemplo de su rey, las naciones vecinas, que hasta entonces habían creído que (Roma) era un campamento fortificado, y no una ciudad que fue puesta entre ellos para molestar la paz de todos, fueron ahora inducidos a respetarles tan altamente que pensaban que sería un pecado injuriar a un Estado tan enteramente dedicado al servicio de los dioses. Había un bosque en medio de un arroyo que fluía perenne, brotando de una cueva oscura. Aquí se retiraba frecuentemente Numa, en soledad, como si se fuera a encontrar con la diosa, y consagró el bosque a la Camaenae, porque fue allí donde tuvieron lugar sus encuentros con su esposa Egeria. También instituyó un sacrificio anual a la diosa Fides y ordenó que los flamines debían viajar a su templo en un carro cubierto, y debe realizar el servicio con sus manos cubiertas hasta los dedos, para significar que la fe debe ser protegido y que su asiento es santo, aún cuando esté en las manos derechas de los hombres. Hubo muchos otros sacrificios señalados por él y lugares designados para su ejecución por los pontífices llamados Argei. La mayor de todas sus obras fue la preservación de la paz y la seguridad de su reino a todo lo largo de su reinado. Así, por dos sucesivos reyes se acrecentó la grandeza del Estado, cada uno de una manera diferente: por la guerra, el primero; a través de la paz, el segundo. Rómulo reinó treinta y siete años, Numa cuarenta y tres años. El Estado era fuerte y disciplinado por las lecciones de la guerra y las artes de la paz.

674 a.C.

[1.22] La muerte de Numa fue seguida por un segundo interregno. Luego, fue elegido rey por el pueblo Tulio Hostilio, nieto del Hostilio que había luchado tan brillantemente a los pies de la ciudadela contra los sabinos, y su elección fue confirmada por el Senado. No sólo era diferente al último rey, sino que era un hombre de espíritu más guerrero incluso que Rómulo y su ambición se encendió por su propia energía juvenil y por los gloriosos logros de su abuelo. Convencido de que el vigor del Estado se estaba debilitando por la inacción, buscaba un pretexto para tener una guerra. Sucedió, pues, que los campesinos romanos tenían en esos tiempos el hábito de saquear el territorio Albano y los Albanos de saquear el territorio romano. Cayo Cluilio gobernaba por entonces en Alba. Ambas partes enviaron Legados casi al mismo tiempo a obtener reparación [por los saqueos mutuos. N. del T]. Tulio había dicho a sus embajadores que no perdieran tiempo en llevar a cabo sus instrucciones; estaba plenamente al tanto de que los Albanos negarían la satisfacción y así existiría una causa justa para declarar la guerra. Los Legados de Alba procedieron de una manera más pausada. Tulio les recibió con toda cortesía y los entretuvo con esplendidez. Mientras tanto, los romanos habían presentado sus demandas, y tras la negativa del gobernador Albano, habían declarado que la guerra comenzaría en treinta días. Cuando se informó de esto a Tulio, concedió a los Albanos una audiencia en la que iban a declarar el objeto de su visita. Ignorantes de todo lo que había sucedido, perdían el tiempo en explicar que era con gran reluctancia que debían decir algo que podría desagradar a Tulio, pero estaban obligados por sus instrucciones; que habían venido a demandar el resarcimiento y, que si les fuera negado, se les ordenaba declarar la guerra. "Dile a tu rey", respondió Tulio, "que el rey de Roma pide a los dioses que sean testigos de que cualquier nación que sea la primera en despedir con ignominia a los embajadores que llegaron para buscar reparación, verá todos los sufrimientos de la guerra ".

[1.23] Los Albanos informaron de esto su ciudad. Ambas partes hicieron preparativos extraordinarios para la guerra, que se parecía mucho a una guerra civil entre padres e hijos, porque ambos eran descendientes de Troyanos, pues Lavinium era vástaga de Troya, y Alba de Lavinium, y los romanos habían surgido del linaje de los reyes de Alba. El resultado de la guerra, sin embargo, hizo el conflicto menos deplorable, ya que no hubo ninguna batalla campal, y aunque una de las dos ciudades fue destruida, los dos países se mezclaron en uno solo. Los Albanos fueron los primeros en moverse, e invadieron el territorio romano con un ejército inmenso. Fijaron su campamento a cinco millas [7400 metros.- N. del T.] de la ciudad y lo rodearon con un foso, lo que se llamó durante siglos el "foso Cluiliano"por el nombre del general Albano, hasta que por el transcurso del tiempo el nombre y la cosa en sí desaparecieron. Mientras estaban acampados, Cluilio, el rey de Alba, murió, y los Albanos nombraron dictador a Mecio Fufecio. La muerte del rey hizo a Tulio más optimista que nunca sobre el éxito. Proclamó que la ira del cielo que había caído en primer lugar sobre la cabeza de la nación, lo haría sobre toda la raza de Alba como justo castigo por su impía guerra. Dejando atrás el campamento enemigo mediante una marcha nocturna, avanzó sobre el territorio de Alba. Esto sacó a Mecio de sus trincheras. Marchó tan cerca de su enemigo como pudo, y luego envió a un oficial para decir a Tulio que antes del enfrentamiento era necesario que conferenciasen. Si le satisfacía concediéndole una entrevista, estaba convencido de que los asuntos tratados serían tan del interés de Roma como de Alba. Tulio no rechazó la propuesta, pero por si la conferencia resultase vana, sacó a sus hombres en orden de batalla. Los Albanos hicieron lo mismo. Después de haberse detenido frente a frente, los dos comandantes, con una pequeña escolta de oficiales superiores, avanzaron entre las líneas. El general albano, frente a Tulio, dijo: "Creo haber escuchado decir a nuestro rey Cluilio que los actos de robo y la no restitución de los bienes sustraídos, en violación de los tratados existentes, fueron la causa de esta guerra, y no tengo dudas de que tú, Tulio, alegas la misma razón. Pero si hemos de decir lo que es verdadero, en lugar de lo que es plausible, debemos admitir que es el deseo del imperio lo que ha hecho a dos pueblos hermanos y vecinos tomar las armas. Sea con razón o sin ella, tal no juzgo; dejemos a quienes comenzaron la guerra ajustar ese asunto; yo sólo soy el que los Albanos han puesto al mando para conducir la guerra. Pero quiero advertirte algo, Tulio. Sabes, tú que en particular estás más cerca de ellos, de la grandeza del Estado Etrusco, que nos cerca a ambos y de su inmensa fuerza por tierra y aún más por mar. Recuerda ahora, una vez que hayas dado la señal para iniciar el combate, que nuestros dos ejércitos lucharán bajo su mirada, de modo que cuando estemos cansados y agotados podrán atacarnos a ambos, vencedores y vencidos. Si entonces, no contentos con la segura libertad que disfrutamos, nos determinamos a arriesgarnos a un juego de azar, donde las apuestas son la supremacía o la esclavitud, déjanos, en nombre del cielo, elegir algún método por el que, sin gran sufrimiento o derramamiento de sangre de ambas partes, se pueda decidir qué nación ha de ser dueña de la otra." Aunque, por temperamento natural y por la seguridad que sentía de la victoria, Tulio estaba ansioso por pelear, no desaprobaba la propuesta. Después de mucha consideración en ambos lados, se adoptó un método por el que la propia Fortuna proporcionó los medios necesarios.

[1.24] Resultó existir en cada uno de los ejércitos un triplete de los hermanos, bastante igualados en años y fortaleza. Hay acuerdo general en que fueron llamados Horacios y Curiacios. Pocos incidentes en la antigüedad han sido más ampliamente celebrados, pero a pesar de su celebridad hay una discrepancia en los registros sobre a qué nación pertenecía cada uno. Hay autoridades de ambos lados, pero me parece que la mayoría dan el nombre de Horacios a los romanos, y mis simpatías me llevan a seguirlos. Los reyes les propusieron que cada uno debía luchar en nombre de su país, y que donde cayese la victoria debía quedar la soberanía. No pusieron objeción, de modo que se fijó el momento y el lugar. Pero antes de que se enfrentasen se firmó un tratado entre Romanos y Albanos, determinando que la nación cuyos representantes quedasen victoriosos debían recibir la pacífica sumisión de la otra. Esta es el más antiguo tratado firmado, y como en todos los tratados, pese a las distintas condiciones que puedan contener, se concluye con las mismas fórmulas. Voy a describir las formas con las que éste se concluyó, como dictadas por la tradición. El Fecial ( Especie de Notario Mayor que estaba al frente del colegio de los Feciales, entre cuyas otras atribuciones se incluía ser garantes de la fe pública) plantea la cuestión formal a Tulio: "¿Me ordenas, rey, hacer un tratado con los Pater Patratus de la nación Albana?" A la respuesta afirmativa del rey, el Fecial dijo: "Exijo de ti, rey, algunos manojos de hierba." El rey respondió: "Toma ésas,pues son puras". El Fecial trajo hierba pura de la Ciudadela. Luego preguntó al rey: "¿Me constituyes en el plenipotenciario del pueblo de Roma, los Quirites, consagrando así mismo las vasijas y a mis compañeros?" A lo que el rey respondió: "Por cuanto puedo, sin dañarme a mí mismo y al pueblo de Roma, los Quirites, lo hago." El Fecial era M. Valerio. Designó a Espurio Furio como Pater Patratus tocándole en su cabeza y pelo con la hierba. Entonces el Pater Patratus, que es designando con el propósito de dar a los tratados la sanción religiosa de un juramento, lo hizo mediante una larga fórmula en verso que no vale la pena citar. Después de recitar las condiciones exclamó: "Oye, Júpiter, Oye tú, Pater Patratus de la gente de Alba! Oíd, también, pueblo de Alba! Pues estas condiciones han sido públicamente repasadas de la primera a la última de estas tablillas, en perfecta buena fe, y en la medida en que han sido aquí y ahora más claramente entendidas, que por tales condiciones el pueblo de Roma no será el primero de devolverlas [Las tablillas.-N. del T.]. Si ellos [Los romanos.-N. del T.], en su consejo nacional, con falsedad y malicia intentaran ser los primeros en devolverlas, entonces tú, Júpiter, en ese día, hieras al pueblo Roma, así como yo aquí y ahora heriré este puerco, y los herirás tanto más fuerte, cuanto mayor es tu poder y tu fuerza". Con estas palabras, golpeó al cerdo con una piedra. Con parecida sabiduría los Albanos recitaron sus juramentos y fórmulas a través de su propio dictador y sus sacerdotes.

[1.25] Tras la conclusión del tratado, los seis combatientes se armaron. Fueron recibidos con gritos de ánimo de sus compañeros, quienes les recordaron que los dioses de sus padres, su patria, sus padres, cada ciudadano, cada camarada, estaban ahora mirando sus armas y las manos que las empuñaban. Ansiosos por el combate y animados por el griterío en torno a ellos, avanzaron hacia el espacio abierto entre las líneas. Los dos ejércitos estaban situados delante de sus respectivos campamentos, libres de peligro personal pero no de la ansiedad, ya que de la suerte y el coraje del pequeño grupo pendía la cuestión del dominio. Atentos y nerviosos, contemplaban con febril intensidad un espectáculo en modo alguno divertido. La señal fue dada, y con las espadas en alto los seis jóvenes cargaron como en una línea de batalla con el coraje de un poderoso ejército. Ninguno de ellos pensó en su propio peligro, su único pensamiento era para su país, tanto si resultaban vencedores o vencidos, su única preocupación era que estaban decidiendo su suerte futura. Cuando, en el primer encuentro, las espadas alcanzaron los escudos de sus enemigos, un profundo escalofrío recorrió a los espectadores, y luego siguió un silencio absoluto, pues ninguno de ellos parecía estar obteniendo ventaja. Pronto, sin embargo, vieron algo más que los rápidos movimientos de las extremidades y el juego veloz de espadas y escudos: la sangre se hizo visible, fluyendo de las heridas abiertas. Dos de los romanos cayeron uno sobre el otro, danto el último aliento, resultando mientras heridos los tres Albanos. La caída de los romanos fue recibida con un estallido de júbilo del ejército Albano, mientras que las legiones romanas, que habían perdido toda esperanza, pero no la ansiedad, temblaban por su solitario campeón rodeado por los tres Curiacios. Dio la casualidad de que estaba intacto, y aunque no en igualdad con los tres juntos, confiaba en la victoria contra cada uno por separado. Por lo tanto, para poder enfrentarse a cada uno individualmente, echó a correr suponiendo que le seguirían tanto como se lo permitiesen sus heridas. Había corrido a cierta distancia del lugar donde comenzó la lucha, cuando, al mirar atrás, les vió siguiéndole con grandes intervalos entre sí, el primero no lejos de él. Se volvió y lanzó un ataque desesperado contra él, y mientras el ejército Albano gritaba a los otros Curiacios para que fuesen en ayuda de su hermano, el Horacio ya había matado a su enemigo e, invicto, estaba esperando el segundo encuentro. Entonces los romanos aclamaron a su campeón con un grito, como el de hombres en los que la esperanza sigue a la desesperación, y él se apresuró a llevar la lucha a su fin. Antes de que el tercero, que no estaba lejos, pudiera llegar, despachó al segundo Curiacio. Los supervivientes estaban igualados en número, pero lejos de la paridad tanto en confianza como en fortaleza. El uno, ileso después de su doble victoria, estaba ansioso por enfrentar el tercer combate, y el otro, arrastrándose penosamente, agotado por sus heridas y por la carrera, desmoralizado por la anterior masacre de sus hermanos, fue una conquista fácil para su victorioso enemigo. No hubo, en realidad, combate. El romano gritó exultante: "Dos he sacrificado para apaciguar las sombras [almas.-N. del T.] de mis hermanos, al tercero lo ofreceré por el motivo de esta lucha: para que los romanos puedan gobernar a los Albanos". Hendió la espada en el cuello de su oponente, que ya no podía levantar su escudo, y luego le despojó mientras yacía. Horacio fue bienvenido por los romanos con gritos de triunfo, aún más felices por los temores que habían sentido. Ambas partes se centraron en enterrar a sus campeones muertos, pero con sentimientos muy diferentes; los unos con la alegría por su ampliado dominio, los otros privados de su libertad y bajo el dominio extranjero. Las tumbas están en los sitios donde cayeron cada uno; las de los romanos, muy juntas, en la dirección de Alba; las tres tumbas de los Albanos, a intervalos en dirección a Roma.

[1.26] Antes de que se separasen los ejércitos, Mecio preguntó qué órdenes iba a recibir de conformidad con los términos del tratado. Tulio le ordenó mantener a los soldados de Alba en armas, ya que requeriría de sus servicios si hubiera guerra con los Veientinos. Ambos ejércitos se retiraron a sus hogares. Horacio marchaba a la cabeza del ejército romano, llevando ante él su triple botín. Su hermana, que había sido prometida a uno de los Curiacios, se reunió con él fuera de la puerta Capene. Reconoció, en los hombros de su hermano, el manto de su novio, que había hecho con sus propias manos y rompiendo en llanto se arrancó el pelo y llamó a su amante muerto por su nombre. El soldado triunfante se enfureció tanto por el estallido de dolor de su hermana, en medio de su propio triunfo y del regocijo del público, que sacó su espada y apuñaló a la chica. "¡Ve!", exclamó, en tono de reproche amargo, "ve con tu novio con tu amor a destiempo, olvidando a tus hermanos muertos, al que aún vive, y a tu patria! Así perezca cada mujer romana que llore por un enemigo!". El hecho horrorizó a patricios y plebeyos por igual, pero sus recientes servicios fueron una compensación a los mismos. Fue llevado ante el rey para enjuiciarle. Para evitar la responsabilidad de aprobar una dura condena, que sería repugnante para la población, y luego llevarlo a la ejecución, el rey convocó a una asamblea del pueblo y dijo: "nombrar a dos duumviros para juzgar la traición de Horacio conforme a la ley ". El lenguaje terrible de la ley era: "Los duumviros juzgarán los casos de traición a la patria, si el acusado apela contra los duumviros, la apelación será escuchada, si se confirma su sentencia, el lictor lo colgará de una cuerda en el árbol fatal, y se le flagelará ya sea dentro o fuera del pomerio [El límite sagrado de la ciudad, que se trazaba con un arado en la ceremonia fundacional.-N. del T.]. Los duumviros, nombrados de conformidad con esta ley, no creían que sus disposiciones tuvieran el poder de absolver incluso una persona inocente. En consecuencia se le condenó, y luego uno de ellos dijo: "Publio Horacio, te declaro culpable de traición. Lictor, ata sus manos." El lictor se había acercado y sujetando la cuerda, cuando Horacio, a propuesta de Tulio, que tenía una interpretación misericordiosa de la ley, dijo, "Apelo". El recurso se interpuso ante el pueblo.

Su decisión fue influenciada principalmente por Publio Horacio, el padre, quien declaró que su hija había sido justamente muerta; de no haber sido así, hubiera ejercido su autoridad como padre en castigar a su hijo. Entonces imploró que no despojaran de todos sus hijos al hombre que hasta tan poco antes había estado rodeado con tan noble descendencia. Mientras decía esto, abrazó a su hijo y, a continuación, señalando a los despojos de los Curiacios suspendida sobre el terreno que ahora se llama la Pila Horacia, dijo: "¿Podéis vosotros, Quirites, soportar el ver atado, azotado y arrastrado hasta la horca el hombre a quien habéis visto, recientemente, venir en triunfo adornado con el despojo de los enemigos? Pues así ni los mismos albanos podían soportar la vista de tan horrible espectáculo. Ve, lictor, ata tales manos que cuando estaban armadas, aún por breve tiempo, obtuvieron el poder para el pueblo romano. Ve, cubre la cabeza del Libertador de esta ciudad! Cuélgalo en el árbol fatal, azótalo en el pomerio, aunque sólo sea entre los trofeos de sus enemigos, o entre las tumbas de los Curiacios! ¿A qué lugar podréis llevar a esta juventud, donde los monumentos de sus espléndidas hazañas no los vindiquen con tan vergonzosos castigos? " Las lágrimas del padre y la valerosa disposición a correr cualquier peligro del joven soldado, fueron demasiado para el pueblo. Se lo absolvió porque admiraban su valor y no porque considerasen de justicia su comportamiento. Pero como un asesinato a plena luz del día exigía alguna expiación, se le mandó al padre hacer una expiación por su hijo a costa del Estado. Después de ofrecer ciertos sacrificios expiatorios erigió una viga a través de la calle e hizo que el joven pasara por debajo, como bajo un yugo, con la cabeza cubierta. Esta viga existe hoy en día, y siempre ha sido reparada a costa del Estado: se llama "La viga de la hermana." Se construyó una tumba de piedra labrada para Horatia en el lugar donde fue asesinada.

[1.27] Pero la paz con Alba no fue duradera. El dictador Albano había incurrido en el odio general por haber confiado la suerte del Estado a tres soldados, y esto tuvo un efecto malévolo en su carácter débil. Como sencillos consejos habían resultado tan desafortunados, trató de recuperar el favor popular, recurriendo a los corruptos, y como antes había hecho de la paz su objetivo en la guerra, ahora buscaba la ocasión de la guerra en la paz. Reconocía que su Estado tenía más coraje que fuerza, por lo tanto incitó a otros países a declarar la guerra abierta y formalmente, mientras mantuvo para su propio pueblo proclive a la traición, bajo la máscara de una alianza. El pueblo de Fidenas, donde existía una colonia romana, fue inducido a ir a la guerra por un pacto con los Albanos para desertar de ellos; los veyentinos fueron incluidos en el complot. Cuando Fidenas se declaró en abierta revuelta, Tulio convocó a Mecio y su ejército de Alba y marchó contra el enemigo. Tras cruzar el Anio acampó en el cruce de ese río con el Tíber. El ejército de los veyentinos había cruzado el río Tíber, en un lugar entre su campamento y Fidenas. En la batalla, formaron el ala derecha cerca del río mientras los fidenenses estaban a la izquierda más cerca de las montañas. Tulio formó sus tropas frente a los veyentinos y colocó los albanos contra la legión de los fidenenses. El general Albano mostró tan poco valor como fidelidad, tanto para mantener su terreno como para desertar abiertamente, y se retiró poco a poco hacia las montañas. Cuando le pareció que se había retirado lo suficiente, detuvo todo su ejército, y aún indeciso, empezó a formar a sus hombres para atacar, a modo de ganar tiempo, con la intención de lanzar su fuerza en el lado ganador. Los romanos, que habían sido estacionados junto a los albanos, quedaron asombrados cuando un jinete llegó a toda velocidad e informó al rey que los albanos abandonaban el campo y al ver que sus aliados se retiraban y dejaban sus flancos al descubierto. En esta situación crítica, Tulio hizo voto de fundar un colegio de doce Salios y construir templos al Miedo y al Pavor [Pallor et Pavor en el original: equivalentes a los Phobos y Deimos griegos.-N. del T.]. Luego, reprendió a los caballeros lo bastante alto como para que el enemigo lo escuchase y les ordenó unirse a la línea de combate, agregando que no había motivo de alarma, pues era por sus órdenes que el ejército albano estaba dando un rodeo para caer por la retaguardia desprotegida de los fidenenses. Al mismo tiempo ordenó a la caballeros que alzasen sus lanzas; esta acción ocultó al ejército albano en retirada de una gran parte de la infantería romana. Los que lo habían visto, pensando que lo que el rey había dicho era realmente la verdad, lucharon aún más esforzadamente. Ahora era el turno de los enemigos para alarmarse; habían oído con claridad las palabras del rey y, además, una gran parte de los fidenenses que anteriormente se habían unido los colonos romanos entendían latín. Ante el temor de ser separados de su ciudad por una carga repentina de los albanos de las colinas, se retiraron. Tulio se lanzó al ataque y, después de expulsar a los fidenenses, atacó a los veyentinos con mayor confianza pues ya estaban desmoralizados por el pánico de sus aliados. No esperon la carga sino que huyeron río arriba, contracorriente. Cuando llegaron al río, algunos, arrojando sus armas, se lanzaron a ciegas en el agua; otros, dudando si luchar o huir, fueron alcanzados y muertos. Nunca habían combatido los romanos en una batalla tan sangrienta.

[1.28] Luego, el ejército Albano, que había estado observando la lucha, descendió a la llanura. Mecio felicitó a Tulio por su victoria, Tulio respondió en tono amistoso, y como señal de buena voluntad, ordenó a los albanos que instalaran su campamento junto a los romanos e hizo los preparativos para un "sacrificio lustral" a la mañana siguiente. Tan pronto como vino el nuevo día e hicieron todos los preparativos, dio a ambos ejércitos la orden habitual para formar. Los heraldos comenzaron en el extremo del campamento, donde estaban los albanos, y los llamó en primer lugar; ellos, atraídos por la novedad de escuchar a los romanos dirigiendo a sus tropas, tomaron posiciones y quedaron rodeados por el ejército romano. Se había dado instrucciones secretas a los centuriones para que la legión romana estuviera bien armada detrás de ellos y que estuviesen preparados para ejecutar de inmediato las órdenes que recibieran. Tulio comenzó como sigue: "¡Romanos! Si en alguna guerra en que hayáis combatido ha habido motivo para agradecer, en primer lugar, a los dioses inmortales, y luego avuestro propio valor, ése fue la batalla de ayer. Porque además de enfrentaros con un enemigo franco, hubo un conflicto aún más grave y peligroso contra la traición y la perfidia de vuestros aliados. Pues he de desengañaros: no fue por mis órdenes que los albanos se retiraron a las montañas. Lo que oyeron no era una orden real, sino una fingida, que utilicé como un artificio para evitar que supiéseis que os abandonaban y descorazonárais en la batalla, y también para poner en el enemigo la alarma y el deseo de huir haciéndoles pensar que estaban siendo rodeados. La culpa que estoy denunciando no involucra a todos los albanos, sino sólo a su general, tal y como lo habría hecho yo de querer llevar mi ejército fuera del campo de batalla. Es Mecio quien guió esta marcha, Mecio quien pergeñó esta guerra, Mecio quien rompió el tratado entre Roma y Alba. Otros pueden aventurarse a prácticas similares, si no hago doy con este hombre una señal a todo el mundo." Los centuriones armados cercanos rodearon a Mecio, y el rey continuó: "Voy a tomar un decisión que traerá buena fortuna y felicidad al pueblo romano, a mí mismo y a vosotros, albanos; es mi intención de transferir toda la población de Alba a Roma, dar derecho de ciudadanía a los plebeyos y registrar los nobles en el Senado, y hacer una única ciudad, un único Estado. Pues antes el Estado Albano se dividió en dos naciones, así ahora volveremos a ser una sóla." Los soldados albanos escucharon estas palabras con sentimientos contradictorios, pero como estaban desarmados y rodeados por hombres armados, un miedo común los mantuvo en silencio. Luego, Tulio dijo: "¡Mecio Fufecio! Si pudieses aprender cómo mantener tu palabra y respetar los tratados, te lo enseñaría y respetaría la vida; pero pues tu carácter es incurable, enseña por lo menos con tu castigo a mantener sagradas las cosas que has ultrajado. Como ayer, en que tu interés estaba dividido entre los fidenenses y los romanos, hoy tu cuerpo será dividido y desmembrado. " Entonces se aparejaron dos cuádrigas y Metio fue atado a ellas. Los caballos tiraron en direcciones opuestas, llevándose las partes del cuerpo en cada carro donde los miembros habían sido asegurados por cuerdas. Todos los presentes apartaron los ojos del horrible espectáculo. Esta es la primera y última vez que se dió entre los romanos un castigo tan exento de humanidad. Entre otras motivos que componen la gloria de Roma, es también que ninguna nación se ha contentado nunca con penas más leves.

[1.29] Mientras tanto, la caballería había sido enviada de antemano para guiar a la población [de Alba.- N. del T.] a Roma; le siguieron las legiones, que fueron llevados allí para destruir la ciudad [de Alba.- N. del T.]. Cuando pasaron las puertas, no hubo más del ruido y el pánico que se encuentran generalmente en las ciudades conquistadas, donde, tras las puertas destrozadas o las paredes forzadas por el ariete o la ciudadela asaltada, los gritos del enemigo y el rumor de los soldados a través de las calles ponen todo en universal confusión con el fuego y la espada. Aquí, por el contrario, el silencio triste y un dolor más allá de las palabras petrificó las mentes de todos, que, olvidando en su terror lo que debían dejar atrás, lo que debían llevar con ellos, incapaces de pensar por sí mismos y pidiéndose unos a otros consejo, a ratos permanecían de pie en los umbrales o vagaban sin rumbo por sus casas, que veían por última vez. Pero ora eran despertados por los gritos de los jinetas que ordenaban su salida inmediata, ora por la caída de las casas en proceso de demolición, que se escuchaba en los más recónditos lugares de la ciudad, o por el polvo que aumentaba en varios lugares y lo cubría todo como una nube . Tomando apresuradamente lo que podían cargar, salieron de la ciudad, y dejaron atrás sus lares y penates [entidades sobrenaturales los lares y divinas los penates, tutelares del hogar.-N. del T.] y los hogares en los que habían nacido y crecido. Pronto una línea ininterrumpida de emigrantes llenó las calles, y conforme reconocían los unos en los otros su común miseria, se produjo un nuevo estallido de lágrimas. Gritos de dolor, especialmente de las mujeres, comenzaron a hacerse oír, al pasar delante de los templos venerados y verlos ocupados por las tropas, y sentían que se iban, dejando a sus dioses como prisioneros en manos del enemigo. Cuando los albanos hubieron dejado su ciudad, los romanos arrasaron todos los edificios privados y públicos, en todas direcciones; y en una simple hora quedaron destruidos cuatrocientos años de existencia de Alba. Los templos de los dioses, sin embargo, se salvaron, de conformidad con el edicto del rey.

[1.30] La caída de Alba llevó al crecimiento de Roma. El número de los ciudadanos se duplicó, el Celio se incluyó en la ciudad y, para que pudiera estar más poblada, Tulio lo eligió para edificar su palacio y luego vivió allí. Nombró nobles albanos para el Senado, de modo que este orden del Estado también pudo ser aumentado. Entre ellos estaban los Tulios, los Servilios, los Quinctios, los Geganios, los Curiacios, y los Cloelios. Para proporcionar un edificio consagrado, dado el aumento del número de senadores, construyó la Curia, que hasta el tiempo de nuestros padres fue conocida como Curia Hostilia. Con la nueva población aumentó la fuerza militar, formó diez turmas [fuerza de caballería de 30 hombres al mando de un decurión.-N. del T.] de los caballeros de Alba; y con la misma procedencia restituyó las antiguas legiones a su número completo y alistó otras nuevas. Impulsado por la confianza en su fuerza, que estas medidas inspiraron, Tulio declaró la guerra contra los sabinos, una nación en ese momento la siguiente sólo a los etruscos en número y fuerza militar. Cada lado había causado lesiones en la otra y rechazaban cualquier reparación. Tulio se quejó de que los comerciantes romanos habían sido arrestados en el mercado abierto en el santuario de Feronia; las quejas de los sabinos eran que algunos de sus habitantes habían buscado refugio en el Asylum [santuario sito donde hoy está la plaza del Campidoglio, y donde se ofrecía refugio a los perseguidos.-N. del T.] y Roma los protegía. Estos fueron los motivos aparentes de la guerra. Los sabinos estaban lejos de olvidar que una parte de sus fuerzas había sido trasladado a Roma por Tacio, y que el Estado romano había sido últimamente engrandecido por la inclusión de la población de Alba; por lo tanto, ellos por su parte empezaron a buscar ayuda exterior. Su vecino más cercano era Etruria, y, de los etruscos, los más cercanos a ellos eran los veyentinos. Sus pasadas derrotas todavía estaban en sus memorias, y los sabinos, instándolos a la rebelión, atrajeron a muchos voluntarios; otros, de las clases más pobres y sin hogar, fueron pagados para unirse a ellos. No se les proporcionó ayuda por el Estado. Con los veyentinos -no es tan sorprendente que las otras ciudades no prestaran ninguna ninguna ayuda -la tregua con Roma se consideraba aún en vigor. Aunque los preparativos se estaban realizando en ambos lados con la mayor energía, y parecía que el éxito dependería de qué lado fuera el primero en tomar la ofensiva, Tulio inició la campaña invadiendo el territorio sabino. Un fuerte combate se libró en Selva Maliciosa. Aunque que los romanos eran potentes en infantería, su fortaleza principal estuvo en su recientemente aumentada caballería. Una carga repentina de caballería sembró la confusión en las filas sabinas, que ni pudieron ofrecer una resistencia eficaz ni pudieron huir sin sufrir grandes pérdidas.

[1.31] La derrota de los sabinos aumentó la gloria del reinado de Tulio y de todo el Estado, y contribuyó considerablemente a su fortaleza. En ese momento se informó al rey y al Senado de que había habido una lluvia de piedras en el Monte de Alba. Como la cosa parecía poco creíble, se enviaron hombres a inspeccionar el prodigio; Mientras procedían a la inspección, una fuerte lluvia de piedras cayó del cielo, como granizo amontonadas por el viento. Creyeron, también, haber oído una voz muy fuerte desde la cumbre, ofrendando los albanos sus ritos sagrados a la manera de sus padres. Habían dado al olvido estas solemnidades, como si hubieran abandonado sus dioses al abandonar su país y adoptar tanto los ritos romanos que, como sucede a veces, amargados ante su suerte, habían abandonado el servicio de los dioses. Como consecuencia de este prodigio, los romanos establecieron la celebración pública de los novendiale [nueve días.-N. del T.], fuera -como afirma la tradición -a causa de la voz desde el Monte de Alba, o debido a la advertencia de los arúspices. En cualquier caso, sin embargo, quedó establecido de forma permanente que cada vez que se informara el mismo prodigio, se observaría la misma celebración pública. No mucho después, una peste causó gran angustia y los hombres quedaron imposibilitados para la dureza del servicio militar. El rey guerrero, sin embargo, no permitía descanso a los brazos; pensó, además, que sería más saludable para los soldados el campo que su hogar. Al fin él mismo fue postrado por una larga enfermedad, y ese espíritu feroz y agitado quedó tan roto por la debilidad del cuerpo que quien había creido que no había nada menos apropiado para un rey que la devoción a cuestiones sagradas, se vió repentinamente convertido en víctima de toda clase de terroes religiosos y llenó la Ciudad de observancias religiosas. Había un deseo general de recuperar la condición de las cosas como existían bajo Numa, pues los hombres sentían que la única ayuda que quedaba contra la enfermedad era obtener el perdón de los dioses y estar en paz con el cielo. La tradición conserva que el rey, mientras examinaba los comentarios de Numa, encontró allí una descripción de ciertos ritos secretos de sacrificio a Júpiter Elicius: se retiró a la privacidad, mientras se ocupaba con estos ritos, pero su ejecución fue defectuosa por omisiones o errores. No sólo no había, para él, señales del cielo, sino que despertó la ira de Júpiter por el falso culto que se le prestaba y quemó al rey y su casa con un rayo. Tulio había alcanzado gran renombre en la guerra y reinó durante treinta y dos años.

641 a.C.

[1.32] A la muerte de Tulio, el gobierno, de conformidad con la Constitución original, volvió al Senado. Se nombró a un interrex para llevar a cabo la elección. El pueblo eligió como rey a Anco Marcio, el Senado confirmó la elección. Su madre era la hija de Numa. Al principio de su reinado (recordando lo que hizo su glorioso abuelo, y reconociendo que el último reinado, tan espléndido en otros aspectos, había sido muy lamentable por el abandono de la religión o la mala ejecución de los ritos) estaba decidido a volver a los modos más antiguos de culto y a dirigir los asuntos oficiales de la religión como fueron organizados por Numa. Instruyó al Pontífice para que copiara los comentarios [de Numa.-N. del T.] y los expusiera en público. Los Estados vecinos y su propio pueblo, que anhelaban de paz, tuvieron la esperanza de que el rey seguiría a su abuelo en talante y política. En este estado de cosas, los latinos, con los que se había hecho un tratado en el reinado de Tulio, recuperaron la confianza y efectuaron una incursión en territorio romano. Al solicitar los romanos reparación, la rechazaron arrogantemente, pensando que el rey de Roma iba a pasar su reinado entre capillas y altares. En el temperamento de Anco había un poco de Rómulo, además de Numa. Se dio cuenta de que la gran necesidad del reinado de Numa fue la paz, especialmente para una nación joven y agresiva; pero vio, también, que sería difícil para él mantener la paz sin disminuirse. Su paciencia fue puesta a prueba, y no sólo puesta a prueba, sino despreciada; los tiempos exigían un Tulio en lugar de un Numa. Numa había instituido la práctica religiosa para tiempos de paz, él dictaría las ceremonias apropiadas para el estado de guerra. Para que, así pues, tales guerras fueran no sólo dirigidas sino proclamadas con cierta formalidad, dictó la ley, tomada de la antigua nación de los equícolos, con la que los Feciales se conducen hasta hoy cuando requieren la reparación por daños. El procedimiento es el siguiente: -

El embajador venda su cabeza con una orla de lana. Cuando se ha llegado a las fronteras de la nación de la que exige satisfacción, dice, "¡Oye, Júpiter! ¡Oìd, límites "(nombrando la nación que fuere de los que allí son)"¡Oye, Justicia! Soy el heraldo público del pueblo romano. Con razón y debidamente autorizado vengo; sea dada fe a mis palabras ". Luego recita los términos de la demanda, y pone a Júpiter por testigo: "Si exijo la entrega de tales hombres o tales bienes en contra al contrario de la justicia y la religión, no me permitas disfrutar nunca más de mi tierra natal". Él repite estas palabras a medida que cruza la frontera, las repite a quien fuere la primera persona que encuentra, las repite conforme atraviesa las puertas y después al entrar en el foro, con algunos ligeros cambios en la redacción de la fórmula. Si lo que demanda no es satisfecho al término de de treinta y tres días (que es el plazo de gracia fijado), se declara la guerra en los siguientes términos: «¡Escucha, Júpiter, y tú Jano Quirino, y todos vosotros dioses celestiales, y vosotros, dioses de la tierra y del mundo inferior, Oídme! Os pongo por testigos de que este pueblo" (mencionan su nombre) "es injusto y no cumple con sus obligaciones sagradas. Pero sobre estas cuestiones, debemos consultar a los ancianos en nuestra propia tierra sobre en qué manera podemos obtener nuestros derechos".

Con estas palabras el embajador vuelve a Roma para consultar. El rey inmediatamente consultaba al Senado con palabras del siguiente tenor: "En cuanto a los asuntos, demandas y causas, de los cuales los Pater Patratus del pueblo romano y Quirites se han quejado a los Pater Patratus y pueblo de los latinos priscos, que estaban obligados solidariamente a entregar, descargar y reparar, sin haber hecho ninguna de estas cosas, ¿cuál es tu opinión?". Aquel cuya opinión se preguntaba en primer lugar, respondía: "Yo soy de la opinión de que deben ser recuperados por una guerra justa y legal, por tanto, yo doy mi consentimiento y voto por ello". Luego se preguntaba a los otros por orden, y cuando la mayoría de los presentes se declaraban de la misma opinión, se acordaba la guerra. Era costumbre que el Fecial llevara a las fronteras enemigas una lanza con punta de hierro o quemada al extremo y manchada de sangre; y, en presencia de al menos tres adultos, proclamar: "En la medida en que los pueblos de los latinos priscos han sido considerados culpables de injusticia contra el pueblo de Roma y los Quirites;, y dado que el pueblo de Roma y la Quirites han ordenado que haya guerra con los latinos priscos, y el Senado del pueblo de Roma y los Quirites han determinado y decretado que habrá guerra con los latinos priscos, por lo tanto yo y el pueblo de Roma, declaramos y hacemos la guerra a los pueblos de los latinos priscos." Dichas estas palabras, arroja su lanza en su territorio. Esta fue la forma en que en tales tiempos fue exigida satisfacción a los latinos y se declaró la guerra, y la posteridad adoptó tal costumbre.

[1.33] Tras encargar el cuidado de los diversos ritos sacrificiales a los Flamines y otros sacerdotes, y alistar un nuevo ejército, Anco avanzó contra Politorio, una ciudad perteneciente a los latinos. La tomó al asalto, y siguiendo la costumbre de los primeros reyes que habían ampliado el Estado mediante la recepción de sus enemigos a la ciudadanía romana, transfirió la totalidad de la población a Roma. El Palatino había sido ocupado por los primeros romanos; los sabinos habían ocupado la colina del Capitolio, con la Ciudadela, en un lado del Palatino, y los albanos el Celio, en el otro, por lo que el Aventino fue asignado a los recién llegados. No mucho tiempo después hubo un incremento adicional del número de ciudadanos tras la captura de Telenas y Ficana. Politorio, después de su evacuación, fue capturada por los latinos y volvió a recuperarse; y ésta fue la razón por la que los romanos arrasaron la ciudad, para evitar que fuese un refugio permanente para el enemigo. Al final, toda la guerra se concentró alrededor de Medullia, y la lucha continuó durante cierto tiempo con resultado incierto. La Ciudad fue fortificada y su fuerza se incrementó con la presencia de una numerosa guarnición. El ejército latino se hallaba acampado en campo abierto y había tenido varios encuentros con los romanos. Al fin, Anco hizo un esfuerzo supremo con toda su fuerza y ganó una batalla campal, tras lo cual regresó con un inmenso botín a Roma, y muchos miles de latinos fueron admitidos a la ciudadanía. Con el fin de conectar el Aventino con el Palatino, se les asignó el distrito alrededor del altar de Venus Murcia. El Janículo fue también incorporado a los límites de la ciudad, no porque se necesitase el espacio sino para evitar que una posición tan fuerte fuese ocupado por un enemigo. Se decidió contactar esta colina con la Ciudad, no sólo llevando la muralla de la Ciudad en su alrededor, sino también por un puente, para la comodidad del tráfico. Este fue el primer puente construido sobre el Tíber, y fue conocido como el Puente Sublicio. La Fosa de los Quirites también fue obra del rey Anco, y ofrecía una protección considerable a las más bajas y por lo tanto más accesibles partes de la Ciudad. En medio de esta vasta población, ahora que el Estado se había visto tan grandemente aumentado, el sentido del bien y del mal se oscureció y se cometieron muchos crímenes en secreto. Para intimidar a la creciente anarquía, fue construida una prisión en el corazón de la ciudad, con vistas al Foro. Las adiciones hechas por este rey no se limitan a la Ciudad. El Bosque Mesio fue tomado a los vetentinos, y el dominio Romano se extendió hasta el mar; en la desembocadura del río Tíber se fundó la ciudad de Ostia; se construyeron salinas a ambos lados del río, y el templo de Júpiter Feretrius se amplió a consecuencia de los brillantes éxitos en la guerra.

[1.34] Durante el reinado de Anco un hombre rico y ambicioso llamado Lucumo se trasladó a Roma, principalmente con la esperanza y el deseo de ganar alta distinción, para lo que no existía oportunidad en Tarquinia, pues era de estirpe extranjera. Era el hijo de Demarato el Corintio, quien había sido expulsado de su hogar por una revolución y que pasó a establecerse en Tarquinia. Allí se casó y tuvo dos hijos, sus nombres eran Lucumo y Arruncio. Arruncio murió antes que su padre, dejando a su mujer embarazada; Lucumo sobrevivió a su padre y heredó todos sus bienes. Pero Demarato murió poco después de Arruncio, no sabiendo del estado de su nuera, y nada había dispuesto en su testamento respecto de su nieto. El niño, así excluido de cualquier parte de la herencia de su abuelo, fue llamado, por su pobreza, Egerio. Lucumo, por otra parte, heredero de todos los bienes, jubiloso por su riqueza, vio aumentada su ambición por su matrimonio con Tanaquil. Esta mujer era descendiente de una de las principales familias del Estado, y no podía soportar la idea de su posición al haberse casado con alguien de menor dignidad que ella por nacimiento. Los etruscos menospreciaban a Lucumo como hijo de un refugiado extranjero; ella no podía soportar esta indignidad, y olvidando todos los lazos del patriotismo, para que su marido pudiera alcanzar mayor honor, decidieron emigrar de Tarquinia. Roma parecía el lugar más adecuado para su propósito. Ella creía que entre una joven nación donde toda la nobleza era cosa de reciente creación y ganada por el mérito personal, habría lugar para un hombre de valor y energía. Recordó que el sabio Tacio había reinado allí, que Numa había sido llamado desde Cures para ocupar el trono, que Anco mismo había nacido de madre sabina y no podría remontar su nobleza más allá de Numa. La ambición de su marido y el hecho de que Tarquinia era su país de origen sólo por el lado materno, le hizo atender atentamente a sus propuestas. En consecuencia, empacaron sus bienes y se trasladaron a Roma.

Habían llegado hasta el Janículo cuando un águila vino volando suavemente hacia abajo, estando sentado junto a su mujer en el carrueje, y le quitó el sombrero; a continuación, giró alrededor del vehículo con fuertes gritos, como si los cielos le hubieran encomendado esa tarea, y volvió a ponerlo sobre su cabeza, elevándose en la distancia. Se dice que Tanaquil, que, como la mayoría de los etruscos, era una experta en la interpretación de los prodigios celestes, estaba encantada con el presagio. Se abrazó a su marido y le dijo que se le ofrecía un destino alto y majestuoso, que tal era la interpretación de la aparición del águila, de la parte concreta del cielo desde la que apareció, y de la deidad que la envió. El presagio se dirigió a la coronación y encumbramiento de su persona, el pájaro había levantado a lo alto un adorno puesto por manos humanas, para reemplazarlo como el regalo del cielo. Lleno de estas esperanzas y conjeturas entraron en la ciudad, y después de procurarse un domicilio, se anunció como Lucio Tarquinio Prisco. El hecho de ser un extranjero, y uno rico, le ganó notoriedad, y aumentó la suerte que la fortuna le proporcionó por su conducta cortés, su pródiga hospitalidad y los muchos actos de bondad mediante los que se ganó a todos los que podía, hasta que su fama llegó a Palacio. Una vez presentado en Palacio, pronto ganó la confianza del rey y se hizo tan familiar que era consultado tanto en asuntos de Estado como en asuntos privados, de paz como de guerra. Por fin, después de pasar todas las pruebas de carácter y capacidad, fue nombrado por el rey tutor de sus hijos.

616 a.C.

[1.35]
Anco reinó veinticuatro años, no superado por ninguno de sus predecesores en capacidad y reputación, ni en la guerra o la paz. Sus hijos casi habían llegado a la edad adulta. Tarquinio estaba muy ansioso por que la elección del nuevo rey se celebrara tan pronto como fuera posible. En el momento señalado para ello envió a los chicos fuera, en una expedición de caza. Se dice que fue el primero que se propuso para la corona y que pronunció un discurso para asegurarse el interés de la plebe. En él afirmó que no estaba haciendo una petición insólita, no era el primer extranjero que aspiraba al trono romano; si así fuera, cualquiera podría sentir sorpresa e indignación. Sino que era el tercero. Tacio no sólo era un extranjero, sino que fue hecho rey después de haber sido su enemigo; Numa, un completo desconocido de la Ciudad, había sido llamado al trono sin buscarlo por su parte. En cuanto a él, en cuanto fue dueño de sí mismo se había trasladado a Roma con su esposa y toda su fortuna; había vivido en Roma más tiempo que en su propia patria, desempeñando sus funciones de ciudadano, había aprendido las leyes de Roma, los ritos ceremoniales de Roma, tanto civiles como militares, bajo las órdenes de Anco, un maestro muy eficiente; que había sido insuperable en los deberes y servicios al rey, y que no había sido menos que el mismo rey en el trato generoso a los demás. Mientras estaba señalando estos hechos, que eran sin duda ciertos, el pueblo romano con entusiasta unanimidad lo eligió rey. Aunque en todos los demás aspectos un hombre excelente, su ambición, que lo impulsó a buscar la corona, le siguió en el trono; con el propósito de reforzarse él mismo tanto como de aumentar el Estado, nombró un centenar de nuevos senadores. Estos procedían de las tribus menores [minorum gentium en el original.-N. del T.] y formaron un cuerpo de incondicionales partidarios del rey, por cuyo favor habían entrado en el Senado. La primera guerra que tuvo fue con los latinos. Tomó la ciudad de Apiolas al asalto, y se llevaron mayor cantidad de botín de lo que hubiera podido esperarse del escaso interés mostrado en la guerra. Después de esto se llevado en carros a Roma, celebró los Juegos con mayor esplendor y en una escala mayor que sus predecesores. Entonces, por primera vez, se señaló un lugar en lo que es ahora el Circo Máximo. Se asignaron lugares a los patricios y caballeros donde cada uno de ellos pudiese construir sus tribunas, que fueron llamados "foros" [fori en el original.-

N.
del T.], desde las que pudieran contemplar los Juegos. Estas tribunas se plantaron sobre puntales de madera, elevádose a lo alto hasta cuatro metros [12 pies en el original. 1 pie romano = 29,62 cm.-N. del T.] de altura. Las competiciones fueron carreras de caballos y boxeo, los caballos y los boxeadores en su mayoría traídos de Etruria. Al principio se celebraban [los juegos] en ocasiones de especial solemnidad; luego se convirtieron en anuales y fueron llamados indistintamente los

"Romanos" o los "Grandes Juegos". Este rey también dividió el terreno alrededor del Foro para la construcción de sitios, portales y tiendas que allí se instalaron.

[1.36] Él también estaba haciendo los preparativos para rodear la ciudad con un muro de piedra cuando sus designios fueron interrumpidos por la guerra con los sabinos. Tan repentino fue el ataque que el enemigo estaba cruzando el Anio antes de que el ejército romano pudiera reunirse y detenerlos. Hubo gran alarma en Roma. La primera batalla no fue decisiva y hubo gran mortandad por ambos lados. La vuelta de los enemigos a su campamento dió tiempo a los romanos para hacer los preparativos de una nueva campaña. Tarquinio pensó que su ejército era más débil en caballería y decidió duplicar las centurias, que Rómulo había formado, de los ramnes, titienses y luceres, y distinguirlas por su propio nombre. Ahora bien, como Rómulo había actuado bajo la sanción de los auspicios, Atto Navio, un famoso augur de aquellos días, insistió en que ningún cambio podría hacerse, nada nuevo ser introducido, a menos que las aves dieran un augurio favorable. La ira del rey se despertó y, en burla de las habilidades del augur se dice que dijo: "Ven, adivino, averigua por tu augurio lo que ahora estoy pensando hacer". Atto, previa consulta a los augurios, declaró que sí podía. "Bueno", dijio el rey: "Pensaba que deberías cortar una piedra de afilar con una navaja. Tome éstas, y realiza la hazaña que tus aves presagian que se puede hacer ". Se dice que sin la menor vacilación, puedo efectuar el corte. Solía haber una estatua de Atto, representándole con la cabeza cubierta, en el Comitium, en los peldaños a la izquierda del Senado, donde ocurrió el incidente. La piedra de afilar, según quedó registrado, también se colocó allí para que recordase el milagro a las generaciones futuras. En todo caso, los augurios y el colegio de los augures ganaron tanto prestigio que nada se hacía en paz o guerra sin su sanción; la Asamblea de las Curias, la Asamblea de las Centurias, los asuntos de la mayor importancia, se suspendían o interrumpían si el presagio de los pájaros era desfavorable. Incluso en esa ocasión Tarquinio se abstuvo de hacer cambios en los nombres o los números de las centurias de los caballeros, sólo duplicó el número de hombres en cada una, de modo que las tres centurias alcanzaron mil ochocientos hombres. Aquellos que fueron agregados a las centurias llevaron su mismo nombre, sólo que se llamaron "los segundos" y las centurias así dobladas se llaman ahora "las seis centurias".

[1.37] Después de que con esta división la fuerzas fuese aumentada, hubo un segundo combate con los sabinos en la que la incrementada fortaleza del ejército romano fue ayudada por un artificio. Se enviaron hombres a prender fuego a una gran cantidad de troncos depositados en las márgenes del Anio, y la mandaron flotando río abajo en balsas. El viento avivó las llamas, y conforme los troncos eran llevados contra los pilones y aderidos a ellos, prendieron fuego al puente. Este incidente, al producirse durante la batalla, creó el pánico entre los sabinos y condujo a su derrota, y al mismo tiempo evitó su fuga; muchos, después de escapar del enemigo, muerieron en el río. Sus escudos flotaron en el río Tíber hasta la Ciudad, y siendo reconocidos [como sabinos.-N. del T.], dejaron claro que había sido una victoria casi antes de que se pudiera anunciar. En esa batalla, la caballería se distinguió especialmente. Fueron situados en cada ala, y cuando la infantería en el centro estaba siendo obligada a retroceder, se dice que hicieron tan desesperada carga por ambos lados que no sólo detuvieron a las legiones sabinas que estaban presionando a los romanos en retirada, sino que las pusieron inmediatamente en fuga. Los sabinos, en el desorden, huyeron hacia las colinas, alcanzándolas muchos y, como se ha señalado anteriormente, fueron expulsados por la caballería hacia el río. Tarquinio decidió perseguirlos antes de que pudieran recuperarse de su pánico.

Él envió a los prisioneros y el botín a Roma; los despojos del enemigo fueron ofrecidos a Vulcano, amontonados en consecuencia en una enorme pila y quemados; luego procedió de inmediato a llevar el ejército al territorio sabino. A pesar de su reciente derrota y la desesperar de recuperarse, los sabinos se le enfrentaron con un ejército alistado a toda prisa, ya que no había tiempo para pergeñar un plan de operaciones. De nuevo fueron derrotados, y como llevaron al borde de la ruina, buscaron la paz.

[1,38] Collatia y todo el territorio de este lado [del Anio.-N. del T.] fue tomado a los sabinos; Egerio, sobrino del rey, quedó para mantenerlo. El procedimiento para la entrega de Collatia fue el siguiente: El rey preguntó: "¿Habéis sido enviados como embajadores y legados por el pueblo de Collatia para hacer entrega de vosotros mismos y del pueblo de Collatia? "Sí". "Y es el pueblo de Collatia un pueblo independiente?" "Lo es." "¿Os entregáis en mi poder y el del pueblo de Roma a vosotros mismos y al pueblo de Collatia, su ciudad, tierras, agua, fronteras, templos, vasos sagrados y todas las cosas divinas y humanas?" "Las entregamos." "Así pues, las acepto." Después concluir la guerra con los sabinosa Tarquinio volvió en triunfo a Roma. Después hizo la guerra a los latinos priscos. No hubo batalla campal, atacó cada uno de sus pueblos sucesivamente y sometió toda la nación. Las ciudades de Cornículo, Ficulea Vieja, Cameria, Crustumerio, Ameriola, Medullia y Normento fueron conquistadas a los latinos priscos o a los que se habían pasado a ellos. Luego se hizo la paz. Las obras de la paz fueron ahora empezadas con mayor energía incluso de la mostrada en la guerra, de modo que la gente no disfrutó de mayor quietud en casa de la que tuvo en el campo de batalla. Hizo los preparativos para completar las obras, que habían sido interrumpidas por la guerra con los sabinos, y encerrar la ciudad en aquellos lugares donde no existían aún fortificaciones, con un muro de piedra. Las partes bajas de la Ciudad, alrededor del Foro, y los otros valles entre las colinas, donde el agua no podía escapar, fueron drenados por cloacas que desembocaban en el río Tíber. Construyó con mampostería un espacio nivelado sobre el Capitolio como lugar para el templo de Júpiter que había ofrecido durante la guerra Sabina, y la magnitud de la obra reveló su anticipación profética de la futura grandeza del lugar.

[1.39] En ese momento se produjo un incidente tan maravilloso en su apariencia como se demostró en el resultado. Se dice que mientras que un niño llamado Servio Tulio dormía, su cabeza fue envuelta en llamas, ante los ojos de muchos de los que estaban presentes. El grito que estalló a la vista de tal maravilla despertó a la familia real, y cuando uno de los criados traía agua para apagar las llamas la Reina lo detuvo, y después de calmar la emoción le prohibió que molestasen al niño hasta que despertó por sí mismo. Al hacerlo, desaparecieron las llamas. Luego Tanaquil apartó a su esposo a un lado y le dijo: "¿Ves a este niño, al que estamos criando de un modo tan humilde? Puedes estar seguro de que algún día será una luz para nosotros en los problemas y la incertidumbre, y una protección para nuestra casa tambaleante. Así pues, porcedamos con todo cuidado e indulgencia de quien será fuente de gloria inconmensurable para el Estado y para nosotros mismos." Desde este momento el niño empezó a ser tratado como su hijo y entrenado en las cosas por las que los caracteres son estimulados a buscar un gran destino. La tarea fue fácil, ya que estaban llevando a cabo la voluntad de los dioses. El joven resultó tener una verdadera disposición Real, y cuando se buscó un yerno para Tarquinio ninguno de los jóvenes romanos se pudo comparar con él en ningún aspecto, por lo que el rey prometió a su hija con él. El otorgamiento de este gran honor, cualquiera que fuese la razón para ello, nos impide creer que era hijo de un esclavo, y, en su infancia, un esclavo él mismo. Me inclino más a la opinión de aquellos que dicen que en la captura de Cornículo, Servio Tulio, el gobernante de esa ciudad, fue asesinado, y su esposa, que estaba a punto de ser madre, fue reconocida entre las mujeres cautivas y, a consecuencia de su alto rango fue eximida de la servidumbre por la reina romana, y dio a luz a un hijo en la casa de Tarquinio Prisco. Este tipo de tratamiento reforzó la intimidad entre la mujer y el niño que, habiendo sido criado desde la infancia en la casa real, fue criado con afecto y honor. Fue este destino de su madre, quien cayó en manos del enemigo cuando su ciudad natal fue conquistada, lo que hizo que la gente pensase que era hijo de un esclavo.

[1.40] Cuando Tarquinio llevaba treinta y ocho años en el trono, Servio Tulio era estimado, con mucho, por encima de cualquier otro, no sólo por el rey, sino también por los patricios y la plebe. Los dos hijos de Anco siempre habían sentido intensamente haber sido privados del trono de su padre por la traición de su tutor; su ocupación [del trono.-N. del T.] por un extranjero que ni siquiera era de origen italiano, y mucho menos descendiente de romano, aumentaba su indignación; cuando vieron que ni incluso después de la muerte de Tarquinio volvería a ellos la corona, sino que descendería sobre un esclavo: ¡La corona que Rómulo, el hijo de un dios y él mismo un dios, había llevado mientras estaba en la tierra, ahora sería poseída por alguien nacido esclavo cien años más tarde! Pensaban que sería una desgracia para todo el pueblo romano, y especialmente para su casa, si, mientras que la descendencia masculina de Anco todavía estaba viva, la soberanía de Roma pudiera estar abierta no sólo a los extranjeros, sino incluso a los esclavos. Se determinaron, por lo tanto, a rechazar tal insulto por la espada. Pero fue sobre Tarquinio más que en Servio en quien buscaban vengar sus agravios: si el rey quedase con vida sería capaz de tomar una venganza más sumaria que un ciudadano común; y en caso de que Servio fuese asesinado, el rey sin duda elegiría a otro como yerno para que heredase la corona. Estas consideraciones les decidieron a tramar un un complot contra la vida del rey. Dos feroces pastores fueron seleccionados para la acción. Aparecieron en el vestíbulo del palacio, cada uno con sus herramientas habituales, y fingiendo una violenta y escandalosa pelea atrajeron la atención de todos los guardias reales. Luego, cuando ambos comenzaron a apelar al rey, y su clamor había penetrado en el palacio, fueron convocados ante el rey. Al principio trataron, gritándose el uno al otro, ver quién podía hacer más ruido, hasta que, después de ser reprimidos por el lictor, se les ordenó hablar por turno; se tranquilizaron y comenzaron a exponer su caso. Mientras la atención del rey estaba puesta en uno, el otro blandió su hacha y la clavó en la cabeza del rey, y dejando el arma en la herida ambos salieron corriendo del palacio.

578 a.C.

[1.41] Mientras los espectadores recogían al moribundo Tarquinio en sus brazos, los lictores capturaron a los fugitivos. Los gritos atrajeron a una multitud, preguntándose qué había sucedido. En medio de la confusión, Tanaquil ordenó que el palacio fuera despejado y las puertas cerradas, curó con cuidado la herida, pues tenía esperanza de salvar la vida del rey; al mismo tiempo, decidió tomar otras precauciones, por si el caso resultase sin esperanza, y convocó a toda prisa a Servio. Le mostró a su marido en la agonía de la muerte, y tomando su mano, le imploró que no dejara sin venganza la muerte de su suegro, ni permitiera que su suegra se convirtiese en entretenimiento de sus enemigos. "El trono es tuyo, Servio", dijo, "si eres un hombre; no pertenece a aquellos que han, por las manos de otros, cometido és que es el peor de los crímenes. ¡Arriba! ¡sigue la orientación de los dioses que presagiaron la exaltación de tal cabeza que fue una vez rodeada con el fuego divino! Deja que te inspiren las llamas enviadas por el cielo. ¡Aprestate con esta señal! Nosotros también, aunque extranjeros, hemos reinado. Sé consciente tú mismo no de dónde surgiste, sino de lo que eres. Si en esta situación de urgencia no te puedes decidir, sigue entonces mis consejos." Como el clamor y la impaciencia del pueblo no se podía contener, Tanaquil se acercó a una ventana en la parte superior del palacio que da a la Via Nova (el rey solía vivir en el templo de Júpiter Estator) y se dirigió al pueblo. Les rogó que se animasen, el rey había sido sorprendido por un golpe repentino, pero el arma no había penetrado a mucha profundidad, ya había recobrado el conocimiento, la sangre había sido lavada y examinada la herida, todos los síntomas eran favorables , estaba segura de que pronto volverían a verlo, mientras tanto, dio la orden que el pueblo debía reconocer la autoridad de Servio Tulio, quien se encargaría de administrar justicia y cumplir las demás funciones de la realeza. Servio apareció con su trabea [especie de toga, aunque más corta y estrecha que ésta.-N. del T.] y asistido por los lictores, y después de tomar asiento en la silla real decidió en algunos casos e interrumpió la presentación de otros con la excusa de consultar al rey. Así, durante varios días después de la muerte de Tarquinio, Servio continuó fortaleciendo su posición ejerciendo una autoridad delegada. Al fin, los gritos de duelos se oyeron en palacio y se divulgó el hecho de la muerte del rey. Protegido por un fuerte cuerpo de guardia, Servio fue el primero que ascendió al trono sin ser elegido por el pueblo, aunque sin la oposición del Senado. Cuando los hijos de Anco oyeron que los instrumentos de su crimen habían sido detenidos, que el rey estaba todavía vivo, y que Servio era tan poderoso, se exiliaron en Suessa Pomecia.

[1.42] Servio consolidó su poder tanto por sus favores privados como por sus decisiones públicas. Para protegerse contra los hijos de Tarquinio, tratándolos como Tarquinio había tratado a los de Anco, casó sus dos hijas con los descendientes de la casa real, Lucio y Arruncio Tarquinio. Los consejos humanos no podrían detener el curso inevitable del destino, ni tampoco Servio evitar que los celos que causó su ascenso al trono provocaran en su familia la infidelidad y el odio. La tregua con los veyentinos había expirado y la reanudación de la guerra contra ellos y otras ciudades etruscas llegó muy oportunamente para ayudar a mantener la tranquilidad en el interior. En esta guerra, el coraje y la buena fortuna de Tulio fueron evidentes, y regresó a Roma, después de derrotar a una inmensa fuerza del enemigo, sintiéndose bastante afirmado en el trono y seguro de la buena voluntad de los patricios y la plebe. Entonces se dedicó a la mayor de todas las obras en tiempos de paz. Del mismo modo que Numa había sido el autor de las leyes religiosas y las instituciones, así la posteridad ensalza a Servio como fundador de las divisiones y clases del Estado que supusieron una clara distinción entre los distintos grados de dignidad y fortuna. Él instituyó el censo, una institución de lo más beneficiosa en lo que iba a ser un gran imperio, para que por su medio se definieran los distintos deberes que se debáin asignar así en paz como en guerra, no como hasta entonces, de manera indiscriminada, sino en proporción a la cantidad de propiedades que cada uno poseía. De aquéllas designó las clases y las centurias y la siguiente distribución de las mismas, adaptadas para la paz o la guerra.

[1.43]
Aquellos cuyas propiedades alcanzaban o superaban las 100.000 libras de peso [1 libra romana = 327,45 gr. Por lo tanto cien mil libras eran unos 32.745 kilos.-

N.
del T.] en cobre fueron encuadrados en ochenta centurias, cuarenta de jóvenes y cuarenta de mayores [se piensa que originalmente esta división en iuniores y seniores reflejaba la edad respectiva de los componentes de cada centuria.-N. del

T.). Estos fueron llamados la Primera Clase. Los mayores estaban para defender la Ciudad, los más jóvenes para servir en campaña. La armadura de que debían proveerse constaba de casco, escudo redondo, grebas, y armadura [lorica en el original latino. Aunque se podría haber traducido como loriga, en castellano hace referencia a la armadura de escamas y para la época de que se habla era más normal el disco pectoral y espaldar o la coraza musculada, que la de escamas; así el término armadura engloba a varias de ellas por ser más general.-N. del T.], todo de bronce, para proteger sus personas. Sus armas ofensivas eran la lanza y la espada. A esta clase se les unió dos centurias de carpinteros, cuyo deber era hacer y mantener las máquinas de guerra, y carecían de armas. La segunda clase consistió en las personas cuyos bienes ascendían a entre 75.000 y 100.000 libras de peso de cobre, que fueron formados, mayores y jóvenes, en veinte centurias. Su armamento era el mismo que los de la Primera Clase, excepto que tenían un escudo oblongo de madera en lugar del redondo de bronce y armadura. La Tercera Clase se formó de aquellos cuya propiedad cayó a un mínimo de 50.000 libras, los cuales también formaron veinte centurias, divididas igualmente en mayores y jóvenes. La única diferencia en la armadura era que no llevaban grebas. En la Cuarta Clase se integraron aquellos cuyas propiedades estaban por debajo de 25.000 libras. También formaron veinte centurias; sus únicas armas eran una lanza y una jabalina. La Quinta Clase era la mayor y estaba formada por treinta centurias. Llevaban hondas y piedras, e incluían los supernumerarios, cornícines [tocadores del cuerno, instrumento de alarma.-N. del T.] y los trompetistas, que formaron tres centurias. Esta Quinta Clase se evaluó en 11.000 libras. El resto de la población cuya propiedad cayó por debajo de ésta última cantidad formó una centuria y estaba exenta del servicio militar.

Después de regular así el equipamiento y distribución de la infantería, reorganizó la caballería. Alistó de entre los principales hombres del Estado a doce centurias. De la misma manera creó otras seis centurias (aunque Rómulo sólo había alistado tres) bajo los mismos nombres con que habían sido creadas las primeras. Para la adquisición de los caballos, se destinaron 10.000 libras del tesoro público; mientras que para su mantenimiento se determinó que ciertas viudas pagarían 2.000 libras al año, cada una. La carga de todos estos gastos se trasladó de los pobres a los ricos. Luego fueron otorgados otros privilegios. Los antiguos reyes habían mantenido la Constitución como fue dictada por Rómulo, a saber: Sufragio universal en el que todos los votos por igual tenían el mismo peso y los mismos derechos. Servio introdujo una graduación; de modo que, si bien ninguno fue aparentemente privado de su voto, todo el poder del sufragio quedó en manos de los hombres principales del Estado. Los caballeros eran los primeros convocados para emitir su voto, después las ochenta centurias de la infantería de la Primera Clase; si sus votos estaban divididos, lo que rara vez ha sucedido, se dispuso que se citase a la Segunda Clase; en muy pocas ocasiones se extendió el voto a las clases más bajas. No debería sorprender a nadie que ahora, tras el establecimiento definitivo de treinta y cinco tribus y el doble de centurias de jóvenes y mayores, no coincidan con las que hizo Servio Tulio. Porque, después de dividir la Ciudad con sus distritos y las colinas que estaban habitadas en cuatro partes, llamó a estas divisiones "tribus", creo que a causa del tributo que pagaban, pues también introdujo la práctica de recaudar aplicando la misma tasa a cada valoración. Estas tribus no tenían nada que ver con la distribución y el número de las centurias.

[1.44] Los trabajos del censo se vieron acelerados por una ley en la que Servio disponía el encarcelamiento e incluso la pena capital contra los que evadieran la valoración [de sus bienes.-N. del T.]. Al terminarlo emitió una orden para que todos los ciudadanos de Roma, caballeros e infantería por igual, debían concurrir en el Campo de Marte, cada uno en sus centurias. Después de todo el ejército se hubiera concentrado allí, él lo purificó mediante una suovetaurilia [el sacrificio triple de un cerdo, una oveja y un buey.-N. del T.]. Esto se llamaba un sacrificio cerrado [conditum lustrum en el original latino.-N. del T.], porque con él el censo quedó concluido. Ochenta mil ciudadanos [no se contaban mujeres ni niños.-N. del T.] se dice que fueron incluidos en el censo. Fabio Pictor, el más antiguo de nuestros historiadores, afirma que este era el número de los que podían portar armas. Para contener esa población era evidente que la Ciudad tendría que ser ampliada. Añadió las dos colinas (el Quirinal y el Viminal) y luego hizo una adición posterior, incluyendo el Esquilino, y para darle más importancia vivió él mismo allí. Rodeó la ciudad con de tierra y fosos y la muralla, de esta manera amplió el pomerio [límite sagrado de la ciudad, dentro del que se efectuaban ciertos ritos y había que cumplir ciertas reglas: por ejemplo, no podía ser pisado por ejércitos en armas.-N. del T.] . Mirando sólo a la etimología de la palabra, se explica "pomoerium" como "postmoerium" [pasado el muro.-N. del T.]; aunque se trata, más bien, de una "circamoerium" [circundado por el muro.-N. del T.]. Así dicho por el espacio que los etruscos de la antigüedad, al fundar sus ciudades, consagraban de acuerdo con augurios y marcaban con mojones a intervalos por cada lado, como la parte donde el muro iba a ser construido, se mantenía vacío para que los edificios no pudieran estar en contacto con la pared interior (aunque ahora, por lo general, lo tocan), y en el exterior algo de terreno debía permanecer como tierra virgen para el cultivo. Este espacio, en el que estaba prohibido construir o arar, y que no podía decirse que detrás de la pared del muro hubiera ningún otro muro era lo que los romanos llamaban el pomerio. Según crecía la Ciudad, estos mojones sagrados siempre se avanzaron conforme se adelantaban las murallas.

[1.45] Después de que el Estado fuese ampliado con la expansión de la Ciudad y adoptados todos los acuerdos domésticos referentes a las necesidades tanto de paz como de guerra, Servio trató de extender su dominio mediante las obras públicas, en lugar de engrandecerla por las armas, y al mismo tiempo hizo una adición al embellecimiento de la Ciudad. El templo de Diana de Éfeso era famoso en ese momento, y se dice que fue construido con la cooperación de los Estados de Asia. Servio había tomado la precaución de formar lazos de hospitalidad y amistad con los jefes de la nación Latina, y solía hablar con los mayores elogios de esta cooperación y el reconocimiento común de la misma deidad. A fuerza de insistir en este tema, finalmente indujo a las tribus latinas para unirse al pueblo de Roma en la construcción de un templo de Diana, en Roma. Hacerlo así era una admisión de la preponderancia de Roma, una cuestión que tantas veces había sido cuestionada por las armas. Aunque los latinos, después de sus muchas experiencias desafortunadas en la guerra, habían dejado de lado como nación todo pensamiento de éxito, había entre los sabinos un hombre que pensabe que se le presentaba una oportunidad para recuperar la supremacía a través de su propia astucia. La historia cuenta que un padre de familia pertenecientes a esa nación tenía una vaca de gran tamaño y maravillosa belleza. La maravilla quedó atestiguada para tiempos posteriores mediante sus cuernos, que fueron fijados en el vestíbulo del templo de Diana. La criatura se veía como (y realmente lo fue) un prodigio, y los adivinos predijeron que, quien quiera que fuese que lo sacrificara a Diana, el Estado del que él fuese ciudadano debe sería sede de Imperio. Esta profecía había llegado a los oídos del magistrado a cargo del templo de Diana. Al llegar el primer día adecuado para poder ofrecer sacrificios, el sabino llevó la vaca a Roma, la condujo al templo y la colocó frente al altar. El magistrado en ejercicio era un romano e, impresionado por el tamaño de la víctima, cuya fama ya conocía, recordó la profecía y dirigiéndose al sabino, le dijo: "¿Por qué estás, extranjero, preparándote para hacer un sacrificio contaminado a Diana? Ve y báñate primero en agua corriente. El Tíber baja por allí, en el fondo del valle." Lleno de dudas, y ansioso por que todo se hiciese correctamente para que la predicción se cumpliera, el extranjero bajó rápidamente hasta el Tíber. Mientras tanto, los romanos sacrificaron la vaca a Diana. Esto fue motivo de gran satisfacción para el rey y su pueblo.

[1,46] Servio estaba ahora afirmado en el trono tras su larga posesión. Había, sin embargo, llegado a sus oídos que el joven Tarquinio estaba diciendo que reinaba sin el consentimiento del pueblo. Se aseguró, en primer lugar, la benevolencia de la plebe asignando a cada cabeza de familia una parcela de la tierra que había sido tomada al enemigo. Luego les propuso la cuestión de si era su voluntad y decisión que reinase. Fue aclamado rey por un tan voto unánime como ningún rey antes que él obtuvo. Esta acción no disminuyó en absoluto las esperanzas de Tarquinio de hacerse con el trono, antes al contrario. Era un joven audaz y ambicioso, y su esposa Tulia estimulaba su inquieta ambición. Supo que la concesión de tierras al pueblo se oponía a la opinión del Senado, y aprovechó la oportunidad que se le brindaba para difamar a Servio y el fortalecer su propia facción en esa Asamblea [el Senado. N. del T.]. Así sucedió que el palacio romano proporcionó un ejemplo del crimen que los poetas trágicos han descrito, con el resultado de que el odio sentido por los reyes aceleró el advenimiento de la libertad, y la corona ganada por la maldad fue la última en serlo.

Este Lucio Tarquinio (no está claro que fuese hijo o el nieto del rey Tarquinio Prisco; de seguir a los Autores antiguos, era su hijo) tenía un hermano, Arruncio Tarquinio, un joven de carácter dulce. Los dos Tulias, las hijas del rey, habían casado, como ya he dicho, con estos dos hermanos, y el carácter de cada una era el opuesto al de sus maridos. Fue, creo yo, la buena fortuna de Roma la que intervino para evitar que dos naturalezas violentas se unieran en matrimonio, y para que el reinado de Servio Tulio pudiera durar lo bastante como permitir al Estado asentarse en su nueva constitución. El feroz espíritu de una de las dos Tullias estaba desazonado porque nada había en su marido que pudiera llenar su codicia o ambición. Todos sus afectos se cambiaron al otro Tarquinio; él era a quien admiraba; él, dijo, era un hombre, él era verdaderamente de sangre real. Despreciaba a su hermana, pues teniendo a un hombre por su marido, éste no estaba animado por el espíritu de una mujer. Tal semejanza de carácter pronto les unió, pues lo malo suele buscar lo malo. Pero fue la mujer la iniciadora de las maldades. Constantemente mantenía entrevistas secretas con el marido de su hermana, a quien incansablemente vilipendiaba [a su hermana.-N. del T.] tanto como a su propio marido, afirmando que habría sido mejor para ella haber permanecido soltera y él soltero, que haber sido tan desigualmente desposados y llevados a la ociosidad por la cobardía de sus cónyuges. Si el cielo le hubiese dado el marido que merecía, pronto habría visto establecida en su propia casa la soberanía que su padre ejerció. Rápidamente infectó al joven con su propia imprudencia. Lucio Tarquino y Tulia la joven, con un doble asesinato, limpiaron en sus casas los obstáculos a un nuevo matrimonio; su boda fue celebrada con la aquiescencia tácita si no con la aprobación de Servio.

[1.47] Desde ese momento la vejez de Tulio se hizo más amarga, su reinado más infeliz. La mujer importunaba noche y día, sin dar reposo a su marido, por miedo a que los últimos asesinatos resultasen infructuosos. Lo que ella quería, dijo, no era un hombre que sólo fuese su marido en el nombre, o con quien fuera a vivir en resignada servidumbre; el hombre que necesitaba era alguien que se considerase digno de un trono, que recordase que era el hijo de Tarquinio Prisco, quien prefirió llevar una corona en lugar de vivir con la esperanza de ella. "Si eres el hombre con quien yo pensaba que estaba casada, entonces te llamo mi marido y mi rey; pero si no, he cambiado mi condición para peor, ya que no sólo eres un cobarde, sino un criminal. ¿Por qué no te dispones a actuar? No eres, como tu padre, natural de Corinto o de Tarquinia, ni es una corona extranjera la que tienes que ganar. Los penates de tu padre, la imagen de tus antepasados, el palacio real, el trono real dentro de él, el propio nombre Tarquinio, te declaran rey. Si no tienes el valor suficiente para ello, ¿por qué despiertas falsas esperanzas en el Estado? ¿Por qué te permites que te consideren miembro de la realeza? Vuelve a Tarquinia o a Corinto, vuelve a la posición desde la que surgísteis; tienes más la naturaleza de tu hermano que la de tu padre." Con frases como estas ella lo acosaba. Ella, también, estaba constantemente obsesionada con la idea de que mientras Tanaquil, una mujer de origen extranjero, había demostrado tal espíritu como para dar la corona a su marido y a su yerno después, bien que ella misma, aunque de ascendencia real, no tenía ningún poder para darla o quitarla. Incitado por las palabras furiosas de su mujer, Tarquinio empezó tantear y entrevistarse con los nobles y plebeyos; les recordó el favor que su padre les había mostrado, y les pidió que demostrasen su gratitud; se ganó a los más más jóvenes con regalos . Haciendo promesas tan magníficas en cuanto a lo que haría, y haciendo denuncias contra el rey, su causa se hizo más fuerte entre todos los órdenes.

Al final, cuando él pensó que había llegado el momento de actuar, apareció de repente en el foro con un grupo de hombres armados. Se produjo un pánico general, durante el cual se sentó en la silla real del Senado y ordenó que los los padres debían ser convocados por el pregonero "en presencia del rey Tarquinio." Ellos se reunieron a toda prisa, algunos ya preparados para lo que se avecinaba y otros, temerosos de que su ausencia pudiera despertar sospechas, y consternados por la extraordinaria naturaleza del incidente, estaban convencidos de que el destino de Servio estaba sellado. Tarquino recordó el linaje del rey, protestó diciendo que era un esclavo e hijo de un esclavo, y que después que su (del orador) padre fuera sido vilmente asesinado, tomó el trono, como regalo de una mujer, sin que fuese nombrado ningún interrex como hasta entonces lo había sido, sin haberse convocado ningún tipo de asamblea, sin que se emitiera ningún tipo de voto por el pueblo para adoptarlo ni confirmación alguna por el Senado. Sus simpatías estaban con la escoria de la sociedad de la que había surgido, y celoso de la nobleza a la que no pertenecía, había tomado la tierra de los hombres principales del Estado y la repartió entre los más viles; había descargado en ellos la totalidad de las cargas que antes habína sido sufragadas en común por todos; había instituido el censo para que el conocimiento de las fortunas de los ricos pudieran mover a envidia, y qeu fuesen una fuente de fácil acceso para repartir prebendas, cuando quisiera, a los más necesitados.

535 a.C.

[1,48] Servio había sido citado por un mensajero sin aliento, y llegó a la escena, mientras que Tarquinio estaba hablando. Tan pronto como llegó al vestíbulo, exclamó en voz alta: "¿Qué significa esto, Tarquinio? ¿Cómo te atreves, con tanta insolencia, a convocar al Senado o sentarte en esa silla mientras estoy vivo? " Tarquinio respondió violentamente que ocupaba el asiento de su padre, que el hijo de un rey era mucho más legítimo heredero al trono que un esclavo, y que él, Servio, en su juego imprudente, había insultado a sus amos el tiempo suficiente. Se oyeron gritos de sus partidarios respectivos, el pueblo se precipió en el Senado, y fue evidente que el quien ganase la lucha reinaría. Entonces Tarquinio, forzados por la apremiante necesidad a llegar al último extremo, agarró a Servio por la cintura, y siendo un hombre mucho más joven y fuerte, le sacó del Senado y lo arrojó escaleras abajo, hacia el Foro. Luego volvió a llamar al Senado al orden. Los magistrados y asistentes del rey habían huido. El mismo rey, medio muerto por la agresión, fue condenado a muerte por aquellos a quienes Tarquinio había enviado tras él. Se cree actualmente que esto se hizo por sugerencia de Tulia, pues estaba muy en consonancia con su maldad. En todo caso, hay acuerdo general en que conducía por el Foro en un carro de dos ruedas, y desvergonzada por la presencia de la multitud, llamó a su esposo fuera del Senado y fue la primera en saludarlo como rey. Le dijo que se saliera del tumulto, y cuando a su regreso había llegado tan lejos como a la parte superior de la Vicus Cyprius, donde estaba últimamente el templo de Diana, y doblaba a la derecha hacia el Clivus Urbius, para llegar al Esquilino, el conductor paró horrorizado y se detuvo, señalando a su señora el cadáver de Servio, asesinado. Entonces, cuenta la tradición, se cometió un crimen abominable y antinatural, el recuerdo del lugar aún conserva y por eso lo llaman el Vicus Sceleratus [execrable.-N. del T.]. Se dice que Tulia, incitada a la locura por los espíritus vengadores de su hermana y su marido, pasó el carro justo sobre el cuerpo de su padre, y llevó de vuelta un poco de la sangre de su padre en el carro y sobre ella misma, contaminada por si y por los penates de su marido, a través de cuya ira un reinado que comenzó con la maldad pronto fue llevado a su fin por una causa similar. Servio Tulio reinó cuarenta y cuatro años, e incluso un sucesor sabio y bueno habría tenido dificultades para ocupar el trono como él lo había hecho. La gloria de su reinado fue aún mayor porque con él pereció toda justa y legítima monarquía en Roma. Suave y moderado como fue su dominio, había sin embargo, según algunas autoridades, creado la tentación de declinarlo, pues se había concentrado [el poder.-

N. del T.] en una sóla persona, pero este propósito de devolver la libertad al Estado se vio interrumpido por este crimen doméstico.

[1.49] Lucio Tarquinio empezó ahora su reinado. Su conducta le procuró el apodo de "Soberbio", pues privó a su suegro de sepultura, con la excusa de que Rómulo no fue sepultado, y mató a los principales nobles de quienes sospechaba fuesen partidarios de Servio. Consciente de que el precedente que había establecido, al trono por la violencia, podría ser utilizado en su contra, se rodeó de un guardia armada. Pues él no tenía nada por lo que hacer valer sus derechos a la corona, excepto la violencia actual; estaba reinando sin haber sido elegido por el pueblo, o confirmado por el Senado. Como, por otra parte, no tenía ninguna esperanza de ganarse el afecto de los ciudadanos, tuvo que mantener su dominio mediante el miedo. Para hacerse más temido, llevó a cabo los juicios en casos de pena capital, sin asesores, y bajo su presidencia fue capaz de condenar a muerte, desterrar, o multar no sólo a aquellos de los que sospechaba o le resultaban antipáticos, sino también a aquellos de quienes sólo pretendía obtener su dinero. Su objetivo principal era reducir así el número de senadores, negándose a cubrir las vacantes, para que la dignidad del propio orden disminuyera junto con su número. Fue el primero de los reyes en romper la tradicional costumbre de consultar al Senado sobre todas las cuestiones, el primero en gobernar con el asesoramiento de sus favoritos de palacio. La guerra, la paz, los tratados, las alianzas se hicieron o rompieron por su voluntad, tal como a él le pareciera bien, sin autorización alguna del pueblo o del Senado. Hizo hincapié en asegurarse el apoyo de la nación Latina, para que a través de su poder y su influencia en el extranjero pudiera sentirse más seguro entre sus súbditos en el país; no sólo formalizó lazos de hospitalidad con sus hombres principales sino que estableció los lazos familiares. Dio a su hija en matrimonio a Octavio Mamilio de Tusculo, que era el hombre más importante de la raza latina, descendiente, si hemos de creer a las tradiciones, de Ulises y Circe la diosa; a través de esa relación se ganó muchos de los amigos y conocidos de su yerno.

[1,50] Tarquinio había adquirido una considerable influencia entre la nobleza de los latinos y les envió un mensaje para reunirse en una fecha fijada en el lugar llamado Ferentina, pues había asuntos de interés común sobre los que desea consultarles. Se reunieron en número considerable al amanecer; Tarquinio mantuvo su cita, es cierto, pero no llegó hasta poco antes del atardecer. El Consejo dedicó todo el día discutiendo de muchos asuntos. Turno Herdonio, de Aricia, hizo un feroz ataque contra el ausente Tarquinio. No es de extrañar, dijo, que en Roma se le hubiera atribuído el epíteto de "tirano" (pues esto era lo que le llamaba habitualmente el pueblo, aunque sólo en voz baja), ¿Podía algo mostrar mejor que era un tirano que el modo en que jugaba con toda la nación Latina? Después de convocar a los jefes desde sus distantes hogares, el hombre que había pedido el Consejo no estaba presente. En realidad estaba tratando de saber cuán lejos podía llegar, de modo que si se sometían al yugo él podría aplastarlos. ¿Quién no vería que estaba trazando su camino a la soberanía sobre los latinos? Aun suponiendo que sus propios compatriotas hicieran bien en confiarle el poder supremo (en el supuesto de que se lo hubieran otorgado, en vez de haberlo ganado con un parricidio), los latinos no debían, incluso en tal caso, ponerlo [el poder.-N. del T.] en manos de un extranjero. Pero si su propio pueblo se entristecía amargamente con su dominio, viendo cómo estaban siendo asesinados, enviados al exilio, despojados de todos sus bienes, ¿podían los latinos esperar mejor destino? Si hubieran seguido el consejo del orador, se habrían vuelto a sus casas y habrían hecho tanto caso de la citación al Consejo como lo había hecho quien lo convocó. Justo mientras estos y otros sentimientos eran expuestos por el hombre que había ganado su influencia en Aricia por la traición y el crimen, Tarquinio apareció en la escena. Esto puso fin a su discurso, y todos dieron la espalda al orador para saludar al rey. Cuando se restableció el silencio, Tarquinio fue aconsejado por los que estaban cerca para que explicase por qué había llegado tan tarde. Dijo que, habiendo sido elegido mediador entre un padre y un hijo, se había retrasado por sus esfuerzos por reconciliarlos, y como el asunto le había había tomado todo el día, presentaría al día siguiente las medidas que había decidido. Se dice que, pese a esta explicación, Turno no dejó de comentar: ningún caso, argumentó, podría ocupar menos tiempo que el de uno entre un padre y un hijo, que podría ser resuelto con pocas palabras; si el hijo no cumplía los deseos del padre, se metía en problemas.

[1.51] Con estas censuras sobre el rey romano dejó el consejo. Tarquinio se tomó el asunto más en serio de lo que aparentó y enseguida comenzó a planear la muerte de Turno, a fin de que aterrorizase a los latinos con el mismo terror con el cual había sojuzgado los espíritus de sus súbditos. Como no tenía poder para condenarle abiertamente a la muerte, ideó su destrucción mediante una falsa acusación. A través de algunos de los aricinos que se oponían a Turno, sobornó a un esclavo suyo para permitir que llevasen en secreto a sus cuarteles una gran cantidad de espadas. Este plan fue ejecutado en una noche. Poco antes del amanecer, Tarquinio convocó a los jefes de los latinosa su presencia, como si algo sucedido le hubiera producido gran alarma. Les dijo que su demora el día anterior había sido provocada por alguna providencia divina, pues había demostrado ser la salvación, tanto de ellos suya propia. Había sido informado de que Turno estaba planeando su asesinato y el de los hombres más importantes en las diferentes ciudades, para tener el poder absoluto sobre los latinos. Lo habría intentado el día anterior en el Consejo, pero el intento fue aplazado debido a la ausencia del convocante del Consejo, el principal objeto de su ataque. Por lo tanto las críticas formuladas contra él en su ausencia, pues debido a su retraso se habían frustrado sus esperanzas de éxito. Si las informaciones que le habían llegado eran cierta, no tenía ninguna duda de que, al inicio del Consejo al amanecer, Turno vendría armado y con muchos de los conspiradores. Se afirmó que se le había llevado un gran número de espadas. Si se trataba o no de un rumor podría comprobarse muy pronto y les pidió que lo acompañaran a ver a Turno. El carácter inquieto y ambicioso de Turno, su discurso del día anterior, y el retraso de Tarquinio, que explicaba fácilmente el aplazamiento de su asesinato, todo alimentaba sus sospechas. Fueron proclives a aceptar la declaración de Tarquinio, pero también a considerar toda la historia como carente de fundamento si las espadas no fuesen descubiertas. Cuando llegaron, Turno fue despertado y puesto bajo vigilancia, y los esclavos que por afecto a su amo se estaban preparando para su defensa fueron prendidos. Luego, cuando las espadas ocultas aparecieron por todos los rincones de su alojamiento, el asunto pareció demasiado cierto y Turno fue puesto en cadenas. En medio de gran tumulto se convocó en seguida un consejo de los latinos. La vista de las espadas, puestas en medio, despertó tan furioso resentimiento que fue condenado, sin ser oído en su defensa, a un modo de morir sin precedentes. Fue arrojado a la fuente Ferentina y ahogado poniendo sobre él una valla cargada con piedras.

[1.52] Después que los latinos volvieron a reunirse en el Consejo y que Tarquinio les hubiese agradecido el castigo infligido a Turno, acorde con sus designios parricidas [como los asesinables eran los Padres de los latinos, el crimen pergeñado merecía así el calificativo de parricidio. N. del T.], Tarquinio se dirigió a ellos de la siguiente manera: Fue en su mano ejercer un derecho de larga data pues , ya que todos los latinos remontaban su origen a Alba, estaban incluidos en el tratado hecho por Tulio por el cual el conjunto del Estado Albano con sus colonias pasaron bajo la soberanía de Roma. Pensaba, sin embargo, que sería más ventajoso para todas las partes si se renovaba ese tratado, a fin de que los latinos pudieran disfrutar de la prosperidad del pueblo romano, en lugar temer siempre al extranjero, o sufrir como ahora, la demolición de sus ciudades y la devastación de sus campos, como sucedió en el reinado de Anco y después, mientras su padre estaba en el trono. Los latinos fueron persuadidos sin mucha dificultad, aunque por el tratado Roma era el estado predominante, ya que vieron que los jefes de la Liga Latina daban su adhesión al rey, y Turno ofreceió un ejemplo del peligro en que incurría cualquiera que se opusiera a los deseos del rey. Así se renovó el tratado, y se emitieron órdenes de los jóvenes entre los latinos se reunieran bajo las armas, de conformidad con el Tratado, un día determinado en el lugar de Ferentina. Cumpliendo la orden, se juntaron los contingentes de los treinta pueblos, y con el fin de privarlos de su propio general, de un mando separado, o de sus propios estandartes, unió una centuria latina y una romana dentro de un mismo manípulo, componiéndose el manípulo de ambas unidades y doblando su fuerza total, y puso a un centurión al mando de cada centuria.

[1,53] Aunque tiránico en su gobierno interior, el rey no era un general despreciable; en habilidad militar habría rivalizado con cualquiera de sus predecesores si la degeneración de su carácter en otros sentidos no le hubiese impedido alcanzar distinción también en este terreno. Fue el primero en provocar la guerra con los volscos (una guerra que duró más de doscientos años tras él) y les tomó las ciudades de Pontino y Suessa. El botín fue vendido y se ingresaron cuarenta talentos [1 talento= 100 libras de 327,45 gr; o sea: 32,745 kg.-N. del T.] de plata. A continuación, concibió ampliar el templo de Júpiter, que por su tamaño debía ser digno del rey de los dioses y los hombres, digno del Imperio Romano y digno de la majestad de la Ciudad misma. Dispuso de la suma antes mencionada para su construcción. La siguiente guerra le ocupó más de lo esperado. No pudiendo tomar la vecina ciudad de los gabios por asalto y resultar inútil tratar de asediarla, luego de ser derrotado bajo sus muros, empleó contra ella métodos que no tenían nada de romanos, es decir, el fraude y el engaño. Fingió haber renunciado a todo pensamiento de guerra y que se dedicaba devotamente a poner los cimientos de su templo [de Júpiter.-N. del T.] y otros trabajos en la Ciudad. Mientras tanto, acordó que Sexto, el menor de sus tres hijos, se llegase a Gabii haciéndose pasar por refugiado, quejándose amargamente de la crueldad insoportable de su padre y declarando que había cambiado a su propia familia por la tiranía sobre los demás, e incluso consideró la presencia de sus hijos como una carga y que se preparaba a devastar a su propia familia tal como había devastado el Senado, de modo que no dejaría ningún descendiente, ni un solo heredero a la Corona. Había, dijo, escapado de la violencia asesina de su padre, y sentía que ningún lugar era seguro para él excepto entre los enemigos de Lucio Tarquinio. Que no se engañasen a sí mismos, la guerra que aparentemente había abandonado se ciernía sobre ellos, y a la primera oportunidad les atacaría cuando menos lo esperasen. Si entre ellos no hubiese lugar para los suplicantes, vagaría por el Lacio, suplicaría a los volscos, a los ecuos, a los hernios, hasta encontrar a los que supiesen proteger a los hijos contra la persecución cruel y antinatural de sus padres. Tal vez hallaría pueblos con espíritu suficiente para tomar las armas contra un tirano despiadado respaldado por un pueblo guerrero. Como parecía probable que lo hiciese si no le prestaban atención, por su mal humor, el pueblo de Gabii le recibió con benignidad. Le dijeron que no se sorprendiese si su padre trataba a sus hijos como había tratado a sus propios súbditos y aliados; habiendo acabado con los demás también podría terminar asesinándolo a él. Ellos mostraron satisfacción por su llegada y expresaron su convicción de que con su ayuda a la guerra cambiaría de las puertas de Gabii a las murallas de Roma.

[1.54] Fue admitido en las reuniones del Consejo Nacional. Si bien expresó su acuerdo con los ancianos de Gabii sobre otros temas, de los que estaban mejor informados, les instaba constantemente a la guerra, y afirmó hablar con autoridad especial, porque estaba familiarizado con la fuerza de cada nación, y sabía que la tiranía del rey, que incluso sus propios hijos habían encontrado insoportable, era ciertamente odiada por sus súbditos. Así que después de inducir gradualmente a los dirigentes de los gabios a la revuelta, fue personalmente con algunos de los más entusiastas de entre los jóvenes en expediciones de saqueo. Al actuar hipócritamente, tanto en sus palabras como en sus acciones, se ganó cada vez más su engañada confianza y, por fin, fue elegido como comandante en la guerra. Mientras que la masa de la población ignoraba lo que pretendía, tuvieron lugar los combates entre Roma y Gabii con ventaja, en general, para éstos, hasta que todos los gabios, desde el más alto hasta el más bajo creyeron firmemente que Sexto Tarquinio había sido enviado por el cielo para dirigirlos. En cuanto a los soldados, por compartir todos sus trabajos y peligros fue muy apreciado, y por la distribución abundante del botín, se convirtió tan poderoso en Gabii como el anciano Tarquinio lo era en Roma.

Cuando se creyó lo suficientemente fuerte como para tener éxito en cualquier cosa intentase, envió a uno de sus amigos a su padre en Roma para preguntarle qué deseaba que hiciese ahora que los dioses le habían concedido el poder absoluto en Gabii. A este mensajero no se le dio respuesta verbal, porque, creo, desconfiaba de él. El rey entró en el jardín de palacio, sumido en sus pensamientos, seguido del mensajero de su hijo. Mientras caminaba en silencio, se dice que golpeó el más alto de los capullos de adormidera con su bastón. Cansado de pedir y esperar una respuesta, y sintiendo que su misión era un fracaso, el mensajero regresó a Gabii e informó de lo que había dicho y visto, y agregó que el rey, fuese por temperamento, por aversión personal o por su arrogancia natural, no había pronunciado una sola palabra. Cuando se hizo evidente a Sextus lo que su padre deseaba de él por lo que hizo durante su misterioso silencio, procedió a deshacerse de todos los hombres del Estado difamando a algunos entre el pueblo, mientras que otros caían víctimas de su propia impopularidad. Muchos fueron ejecutados, algunos contra los que no habían cargos plausible fueron secretamente asesinados. A algunos se les permitió buscar la seguridad al huir o fueron enviados al exilio; sus propiedades, así como las de otros que fueron condenados a muerte, se repartieron en regalos y sobornos. La satisfacción que sintió cada receptor embotó su percepción sobre la agitación pública que se estaba forjando hasta que, privado de todo consejo y ayuda, el Estado de Gabii fue entregado al rey romano sin una sola batalla.

[1.55] Después de la toma de Gabii, Tarquinio hizo la paz con los ecuos y renovó el tratado con los etruscos. Luego volvió su atención a los asuntos de la Ciudad. Lo primero era el templo de Júpiter en el monte Tarpeyo, que estaba ansioso por legar como recuerdo de su reinado y de su nombre; todos los Tarquinios estaban interesados en su finalización, el padre lo había prometido, el hijo lo terminó. Para que el conjunto de la zona que el templo de Júpiter iba a ocupar pudiera ser enteramente dedicado a esa deidad, decidió desacralizar las capillas y sus terrenos circundantes, algunos de los cuales habían sido originalmente dedicados por el rey Tacio en la crisis de su batalla contra Rómulo y, posteriormente, consagrados e inaugurados. Dice la tradición que, al comienzo de estas obras, los dioses mandaron señales divinas sobre la grandeza futura del imperio, pues mientras que los presagios fueron favorables para la desacralización de todos los demás santuarios, resultaron desfavorables para la del templo de Terminus [dios protector de los límites.-N. del T.]. Esto fue interpretado en el sentido de que, como la morada de Terminus no fue movida y sólo a él, de entre todos los dioses, le dejaron sus límites consagrados, las fronteras del futuro imperio serían firmes e inconmovibles. Este augurio de largo dominio fue seguido por un prodigio que presagiaba la grandeza del imperio. Se dice que mientras se estaba excavando los cimientos del templo, salió a la luz una cabeza humana con la cara íntegra; esta aparición presagiaba inequívocamente que el lugar sería la cabeza del imperio. Esta fue la interpretación dada tanto por los adivinos en la ciudad como por los que habían sido llamados desde Etruria. Los augurios incitaron el ánimo del rey; de tal manera que su porción del botín de Pomecia, que había sido apartada para completar la obra, a duras penas podía ahora sufragar el costo de los cimientos. Esto hace que me incline a confiar en Fabio (que, además, es la autoridad más antigua) cuando dice que la cantidad fue de sólo cuarenta talentos, en lugar de en Pisón, quien afirma que se apartaron con este fin cuarenta mil libras de plata [1 talento = 100 libras; por tanto 40.000 libras serían 400 talentos.-N. del T.]. Porque no sólo es una suma mayor de la esperable del botín de una ciudad única en ese momento, sino que sería más que suficiente para los cimientos del edificio más suntuoso de la actualidad.

[1,56] Decidido a terminar el templo, mandó llamar obreros de todas partes de Etruria, y no sólo empleó el erario público para sufragar los gastos, sino que también obligó a los plebeyos a tomar parte en la obra. Este fue además de su servicio militar, y para nada resultó una carga ligera. Todavía se sufrían menos de una dificultad como construir los templos de los dioses con sus propias manos, como lo hicieron después, cuando fueron destinados a otras tareas menos imponentes pero de mayor fatiga (la construcción de plazas junto al Circo y la de la Cloaca Máxima, un túnel subterráneo para recibir todas las aguas residuales de la Ciudad). La magnificencia de estas dos obras difícilmente podría ser igualada por ninguna de la actualidad. Cuando los plebeyos ya no eran necesarios para estas obras, consideró que tal multitud de desempleados resultarían en una carga para el Estado, y como deseaba colonizar con más intensidad las fronteras del imperio, envió colonos a Signia y Circeii para que sirvieran de protección a la Ciudad por tierra y mar. Mientras estaba llevando a cabo estas empresas, ocurrió un presagio terrible: una serpiente salió de una columna de madera, provocando confusión y pánico en palacio. El propio rey no estaba tan aterrado como lleno de ansiosos presentimientos. Los adivinos etruscos eran empleados sólo para interpretar prodigios que afectasen al Estado; pero éste le incumbía a él personalmente y a su casa, por lo que decidió enviar a consultar al más famoso oráculo del mundo, en Delfos. Temeroso de confiar la respuesta del oráculo a cualquier otra persona, envió a dos de sus hijos a Grecia, a través de tierras desconocidas en ese tiempo y de mares mucho menos conocidos. Tito y Arruncio comenzaron su viaje. Tenían como un compañero de viaje a L. Junio Bruto, el hijo de la hermana del rey, Tarquinia, un joven de un carácter muy diferente del que fingía tener. Cuando se enteró de la masacre de los principales ciudadanos, entre ellos su propio hermano, por órdenes de su tío, determinó que su inteligencia debía dar el rey motivo de alarma, ni su fortuna provocar su avaricia, y que, ya que las leyes no le ofrecían protección, buscaría la seguridad en la oscuridad y el abandono. En consecuencia, cuidó tener el aspecto y el comportamiento de un idiota, dejando al rey hacer lo que quisiera con su persona y bienes, y ni siquiera protestar contra su apodo de "Brutus"; pues bajo la protección de ese apodo esperaba el espíritu que estaba destinado a liberar un día a Roma. La historia cuenta que cuando fue llevado a Delfos por los Tarquinios, más como un bufón para su diversión que como un compañero, llevaba un bastón de oro encerrado en el hueco de otro de madera y lo ofreció a Apolo como un emblema místico de su propio carácter. Después de cumplir el encargo de su padre, los jóvenes estaban deseosos de averiguar cuál de ellos heredaría el reino de Roma. Se oyó una voz desde lo más profundo de la caverna: "Quien de vosotros, jóvenes, sea el primero en besar a su madre, tendrá el poder supremo en Roma." Sexto se había quedado en Roma, y para mantenerlo en la ignorancia de este oráculo y así privarle de la oportunidad de llegar al trono, los dos Tarquinios insistió en mantener un silencio absoluto sobre el tema. Echaron a suertes cuál de ellos sería el primero en besar a su madre a su regreso a Roma. Bruto, pensando que la voz del oráculo tenía otro significado, fingió tropezar, y al caer besó el suelo, pues la tierra es, por supuesto, nuestra madre común. Luego regresó a Roma, donde se estaban haciendo enérgicos preparativos para una guerra con los rútulos.

[1.57] Este pueblo, que estaba en ese momento en posesión de Ardea, fue, considerando la naturaleza de su país y la época en que vivían, excepcionalmente rico. Esta circunstancia fue el motivo real de la guerra, porque el rey romano estaba deseoso de reparar su propia fortuna, que se había agotado por la escala de sus magníficas obras públicas, y también para conciliarse con sus súbditos mediante la distribución del botín de guerra. Su tiranía ya había producido descontento, pero lo que se trasladó el especial resentimiento fue la forma en el rey les había mantenido tanto tiempo en labores manuales e incluso en trabajos serviles. Se hizo un intento de tomar por asalto Ardea; al no poder, recurrió a asediar la ciuda para matar de hambre al enemigo. Cuando las tropas están quietas, como es el caso de los asedios, en vez de en campaña activa, es fácil de conceder permisos de salida, más a los oficiales, sin embargo, que a los soldados. Los príncipes reales a veces pasaban sus horas de ocio en fiestas y diversiones, y en una fiesta dada por Sexto Tarquinio Colatino en la que el hijo de Egerius estuvo presente, la conversación pasó a girar sobre sus esposas, y cada uno comenzó a hablar de la suya propia con extraordinarias palabras de alabanza. Encendidos con la discusión, Colatino dijo que no había necesidad de palabras, en pocas horas se podría comprobar hasta qué punto su Lucrecia era superior a las demás. "¿Por qué no", exclamó, "si tenemos algún vigor juvenil, montamos a caballo y hacemos a nuestras esposas una visita y veremos su condición según lo que estén haciendo? Como sea su comportamiento ante la llegada inesperada de su marido, así será la prueba más segura". Ellos se habían calentado con el vino, y todos gritaron: "¡Bien! ¡Vamos!" Espoleando a los caballos galoparon a Roma, a donde llegaron cuando la oscuridad comenzaba a cerrar. Desde allí fueron a Colacia, donde encontraron a Lucrecia empleada de manera muy diferente a como estaban las nueras del rey, a quienes habían visto pasar el tiempo entre fiestas y lujo, con sus conocidos. Ella [Lucrecia.-N. del T.] estaba sentada hilando la lana y rodeada de sus en medio de sus criadas. La palma en este concurso sobre la virtud de las esposas se otorgó a Lucrecia. Acogió con satisfacción la llegada de su marido y los Tarquinios, mientras que su esposo victorioso cortésmente invitaba a los príncipes a permanecer en calidad de huéspedes. Sexto Tarquinio, inflamado por la belleza y la pureza ejemplar de Lucrecia, tuvo la vil intención de deshonrarla. Y con el pensamiento de esta travesura juvenil regresó al campamento.

[1.58] Pocos días después Sexto Tarquinio fue, sin saberlo Colatino, con un compañero a Colacia. Fue recibido amablemente en el hogar, sin ninguna sospecha, y después de la cena fue conducido a un dormitorio separado para huéspedes. Cuando todo le pareció seguro y todo el mundo dormía, fue con la agitación de su pasión armado con una espada donde dormía Lucrecia, y poniendo la mano izquierda sobre su pecho, le dijo: "¡Silencio, Lucrecia! Soy Sexto Tarquinio y tengo una espada en mi mano, si dices una palabra, morirás". La mujer, despertada con miedo, vio que no había ayuda cercana y que la muerte instantánea la amenazaba; Tarquino comenzó a confesar su pasión, rogó, amenazó y empleó todos los argumentos que pueden influir en un corazón femenino. Cuando vio que ella era inflexible y no cedía ni siquiera por miedo a morir, la amenazó con su desgracia, declarando que pondría el cuerpo muerto de un esclavo junto a su cadáver y diría que la había hallado en sórdido adulterio. Con esta terrible amenaza, su lujuria triunfó sobre la castidad inflexible de Lucrecia y Tarquino salió exultante tras haber atacado con éxito su honor. Lucrecia, abrumada por la pena y el espantoso ultraje, envió un mensajero a su padre en Roma y a su marido en Ardea, pidiéndoles que acudieran a ella, cada uno acompañado por un amigo fiel; era necesario actuar, y actuar con prontitud , pues algo horrible había sucedido. Espurio Lucrecio llegó con Publio Valerio, el hijo de Voleso; Colatino, con Lucio Junio Bruto, a quien encontró regresando a Roma cuando estaba con el mensajero de su esposa. Encontraron a Lucrecia, sentada en su habitación y postrada por el dolor. Al entrar ellos, estalló en lágrimas, y al preguntarle su marido si todo estaba bien, respondió: "¡No! ¿Qué puede estar bien para una mujer cuando se ha perdido su honor? Las huellas de un extraño, Colatino, están en tu cama. Pero es sólo el cuerpo lo que ha sido violado, el alma es puro; la muerte será testigo de ello. Pero dame tu solemne palabra de que el adúltero no quedará impune. Fue Sexto Tarquino quien, viniendo como enemigo en vez de como invitado, me violó la noche pasada con una violencia brutal y un placer fatal para mí y, si sois hombres, fatal para él". Todos ellos, sucesivamente, dieron su palabra y trataron de consolar el triste ánimo de la mujer, cambiando la culpa de la víctima al ultraje del autor e insistiéndole en que es la mente la que peca, no el cuerpo, y que donde no ha habido consentimiento no hay culpa. "Es por ti", dijo ella, "el ver que él consigue su deseo, aunque a mí me absuelva del pecado, no me librará de la pena; ninguna mujer sin castidad alegará el ejemplo de Lucrecia". Ella tenía un cuchillo escondido en su vestido, lo hundió en su corazón, y cayó muerta en el suelo. Su padre y su marido se lamentaron de la muerte.

[1,59] Mientras estaban encogidos en el dolor, Bruto sacó el cuchillo de la herida de Lucrecia, y sujetándolo goteando sangre frente a él, dijo: "Por esta sangre (la más pura antes del indignante ultraje hecho por el hijo del rey) yo juro, y a vosotros, oh dioses, pongo por testigos de que expulsaré a Lucio Tarquinio el Soberbio, junto con su maldita esposa y toda su prole, con fuego y espada y por todos los medios a mi alcance, y no sufriré que ellos o cualquier otro vuelvan a reinar en Roma." Luego le entregó el cuchillo a Colatino y luego a Lucrecio y Valerio, que quedaron sorprendidos de su comportamiento, preguntándose dónde había adquirido Bruto ese nuevo carácter. Juraron como se les pidió; todo su dolor cambiado en ira, y siguieron el ejemplo de Bruto, quien les convocó a abolir inmediatamente la monarquía. Llevaron el cuerpo de Lucrecia de su casa hasta el Foro, donde a causa de lo inaudito de la atrocidad del crimen, reunieron una multitud. Cada uno tenía su propia queja sobre la maldad y la violencia de la casa real. Aunque todos fueron movidos por la profunda angustia del padre, Bruto les ordenó detener sus lágrimas y ociosos lamentos, y les instó a actuar como hombres y romanos, y tomar las armas contra sus insolentes enemigos. Esto animó a los hombres más jóvenes se presentaron armados, como voluntarios, el resto siguió su ejemplo. Una parte de este cuerpo fue dejado para guardar Colacia, y los guardias estaban apostados en las puertas para evitar que las noticias del movimiento alcanzaran al rey; el resto marchó armado a Roma con Bruto al mando. A su llegada, la visión de tantos hombres armados esparció el pánico y la confusión donde quiera que llegasen, pero al ver de nuevo el pueblo que los más importantes hombres del Estado guiaban la revuelta, se dieron cuenta de que el mo era de la mayor gravaedad. El terrible suceso [la violación y suicidio de Lucrecia.-N. del T.] no produjo menos indignación en Roma de la que había producido en Colacia; de todos los barrios de la Ciudad acudían gentes hacia el Foro. Cuando se hubieron reunido allí, el heraldo los convocó a atender al Tribuno de los Celeres [jefe de caballería..., ¿Cómo podían haber designado los romanos a un imbécil para que dirigiese su caballería en combate? -N. del T.]; que era la magistratura que Bruto detentaba por entonces. Hizo un discurso muy distinto del esperado al que, hasta ese día, se suponía a su carácter y temperamento. Insistió en la brutalidad y el desenfreno de Sexto Tarquinio, el infame atentado contra Lucrecia y su muerte lamentable, la pérdida sufrida por su padre, Tricipitino, a quien el motivo de la muerte de su hija era más vergonzoso y doloroso que la muerte por sí misma. Luego hizo hincapié en la tiranía del rey, los trabajos y sufrimientos de los plebeyos mantenenidos bajo tierra y limpiando zanjas y alcantarillas; ¡romanos, conquistadores de todas las naciones circundantes, vueltos de guerreros en artesanos y albañiles! Les recordó el asesinato vergonzoso de Servio Tulio y su hija conduciendo en su maldito carro sobre el cuerpo de su padre, y solemnemente invocó a los dioses como los vengadores de los padres asesinados. Al enumerar estos y, creo, otros incidentes aún más atroces que su agudo sentido de la injusticia actual le sugerían, pero que no es fácil explicar con detalle, incitó a la multitud indignada a despojar al rey de su soberanía y pronunciar un pena de expulsión contra Tarquinio con su esposa e hijos. Con un cuerpo selecto de los iuniores, que se ofreció a seguirlo, se fue al campamento de Ardea para incitar el ejército contra el rey, dejando el mando en la Ciudad a Lucrecio, que había sido prefecto de la Ciudad bajo el rey. Durante la conmoción Tulia huyó del palacio en medio de las maldiciones de todos los que la reconocían, hombres y mujeres por igual invocando contra ella el espíritu vengador de su padre.

509 a.C.

[1,60] Cuando la noticia de estos sucesos llegó al campamento, el rey, alarmado por el giro que tomaban los acontecimienots, se apresuró a volver Roma para sofocar el brote. Bruto, que estaba en el mismo camino, se había enterado de su aproximación y para evitar encontrarse con él tomó otro camino, de modo que él llegó a Ardea y Tarquinio a Roma casi al mismo tiempo, aunque de diferentes maneras. Tarquinio encontró las puertas cerradas y dictado un decreto de expulsión contra él; el Libertador de la Ciudad recibió una alegre bienvenida en el campamento y expulsaron de él a los hijos del rey. Dos de ellos siguieron a su padre en el exilio, en Caere, entre los etruscos. Sexto Tarquinio marchó a Gabii, que consideraba su reino, pero fue asesinado en venganza por las viejas rencillas que habían provocado su rapiña y asesinatos. Lucio Tarquinio el Soberbio reinó veinte y cinco años. La duración total de la monarquía desde la fundación de la Ciudad hasta su liberación fue de doscientos cuarenta y cuatro años. Fueron elegidos dos cónsules por la asamblea de las centurias, convocada por el prefecto de la Ciudad, de acuerdo con las normas de Servio Tulio. Eran Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino.

Fin del Libro 1.

Libro 2: Los primeros años de la República

Ir al Índice

[2,1] Es de la Roma libre de la que de ahora en adelante voy a escribir la historia (su administración pública y el desarrollo de sus guerras, de sus magistrados elegidos anualmente, de la supremacía de la autoridad de sus leyes sobre todos sus ciudadanos. La tiranía del último rey hizo esta libertad aún más bienvenida, pues tal había sido el gobierno de los reyes anteriores que no sin merecimientos pueden ser considerados como los fundadores de las divisiones, en todo caso, de la Ciudad; pues las ampliaciones que se hicieron fueron necesarias para asentar la incrementada población que ellos mismos habían aumentado. No hay duda de que el Bruto que ganó tanta gloria a través de la expulsión del Soberbio hubiese causado la más grave lesión al Estado si se hubiese arrogado la soberanía de cualquier de los antiguos reyes con la excusa del deseo de una libertad para la que el pueblo no estaba maduro. ¿Cuál hubiera sido el resultado si esa horda de pastores e inmigrantes, fugitivos de sus propias ciudades, que habían conseguido la libertad, o la impunidad de sus acciones, al amparo de un asilo inviolable si, digo, hubieran sido liberados del poder restrictivo de los reyes y, agitados por los disturbios del tribuno, hubieran empezado a fomentar querellas con los patricios en una Ciudad donde antes habían sido extranjeros, antes de que pasado el tiempo suficiente para crear lazos familiares o un creciente amor por su territorio se hubiera efectuado la unión de sus corazones? El Estado naciente habría sido despedazado por las disensiones internas. Pero fue, sin embargo, la autoridad moderada y tranquilizante de los reyes la que había fomentado el modo en que por fin llegaron los frutos de la libertad justo en la madurez de su fuerza. Pero el origen de la libertad se puede determinar en este momento más bien por la limitación de la autoridad consular a un año que por el debilitamiento de la autoridad que los reyes habían detentado. Los primeros cónsules conservaron toda la antigua jurisdicción e insignias de la magistratura; uno por turno, sin embargo, tuvo las fasces [o haz de lictores: unión de 30 varas ,una por cada curia de la antigua Roma, atadas de manera ritual con una cinta de cuero rojo formando un cilindro y que sujetaba en un lado un hacha común o labrys. Acompañaban a los magistrados curules como símbolo de la autoridad de su imperium y su capacidad para ejercer la justicia.-N. del T.], para evitar el temor que podría haber inspirado la doble visión de ambos con tales símbolos de terror. Por concesión de su colega, Bruto las tenido primero, y no fue menos celoso en la guarda de la libertad pública de lo que lo había sido en su consecución. Su primer acto fue garantizar que el pueblo, que ahora estaban celoso de su recién recuperada libertad, no fuese influido por ruegos o sobornos del rey. Por lo tanto, les hizo jurar que no sufrirían que ningún hombre reinase en Roma. El Senado había disminuído por la crueldad asesina de Tarquinio, y la preocupación siguiente de Bruto fue la de fortalecer su influencia mediante la selección de algunos de los principales hombres del orden ecuestre para llenar las vacantes; por este medio lo restauró a su antiguo número de trescientos. Los nuevos miembros fueron conocidos como "conscripti" [agregados.-N. del T.], los antiguos conservaron su denominación de "patres". Esta medida tuvo un efecto maravilloso en la promoción de la armonía en el Estado al llevar a los patricios y los plebeyos juntos al Senado.

[2,2] Después volvió su atención a los asuntos de la religión. Determinadas funciones públicas habían sido ejecutadas hasta entonces por los reyes en persona; con objeto de sustituirlos, instituyó en su lugar un "rex sacrorum" [rey de los sacrificios.-N. del T.], y para que no pudiera convertirse en rey en nada más que el nombre, y que no amenazase esa libertad que era su principal preocupación, su magistratura estaba subordinada a la del Pontífice Máximo. Creo que llegaron a medidas poco razonables para garantizar su libertad en todos los aspectos, hasta en los más nimios. El segundo cónsul (L. Tarquinio Colatino) llevaba un nombre impopular (este era su único delito) y los ciudadanos decían que los Tarquinios ya habían estado demasiado tiempo en el poder. Empezaron con Prisco; luego reinó Servio Tulio y después Tarquinio el Soberbio, que incluso después de esta interrupción no había perdido de vista el trono que antes ocupase, recuperado mediante el crimen y la violencia como posesión hereditaria de su linaje. Y ahora que había sido expulsado, su poder estaba siendo ejercido por Colatino; los Tarquinios no sabían cómo vivir como ciudadanos privados, su sólo nombre era ya un peligro para la libertad. Cuáles fueran los primeros rumores en convertirse en la comidilla de la ciudad, como la gente se estaba volviendo suspicaz y se alarmase, Bruto convocó una asamblea. En primer lugar repasó el juramento del pueblo, de que no sufrirían que ningún hombre reinase o viviese en Roma por quien las libertades públicas fueran puestas en peligro. Esto se debía procurar con el máximo cuidado, sin parar en medios para ello. El respeto personal le hacía reacio a hablar, y no lo habría hecho de no sentirse obligado por su afecto a la Comunidad. El pueblo romano consideraba que su libertad no estaba aún plenamente ganada; la estirpe real, el nombre real, todavía estaba allí, no sólo entre los ciudadanos, sino en el gobierno; en tal hecho se apreciaba una injuria, un obstáculo a la plena libertad. Volviéndose a su colega, dijo: "Estos temores son por tí, L. Tarquinio, para que vayas al destierro por tu propia voluntad. No hemos olvidado, te lo aseguro, que expulsaste a la gens del rey; termina bien tu obra y expulsa su mismo nombre. Tus conciudadanos, bajo mi responsabilidad, no sólo no pondrán la mano sobre tus propiedades sino que si necesitas cualquier cosa se te añadirá con generosidad abundante. Ve, como amigo nuestro, y alivia a la Comunidad de un miedo, quizá, sin fundamento: los ciudadanos están convencidos de que sólo con la marcha de toda la gens, la tiranía de los Tarquinios terminará." Al principio el cónsul se quedó mudo de asombro ante esta extraordinaria petición; después, cuando quiso empezar a hablar, los hombres principales de la comunidad le rodearon y le rogaban repetidamente lo mismo, aunque con poco éxito. No fue hasta que Espurio Lucrecio, su superior en edad y grado, y también su suegro, comenzó a emplear todos los medios de súplica y persuasión, que se rindió a la voluntad unánime. El cónsul, temiendo que después que hubiese expirado su año de mandato y regresase a la vida privada, le exigiesen lo mismo junto con la pérdida de sus propiedades y la ignominia de la expulsión, abdicó del consulado, y después de trasladar todas sus cosas a Lanuvio, se retiró. Un decreto del Senado facultó a Bruto para proponer al pueblo el exilio de todos los miembros de la casa de Tarquinio. Llevó a cabo la elección de un nuevo cónsul, y las centurias eligieron como su colega a Publio Valerio, que había actuado con él en la expulsión de la gens real.

[2,3] Aunque nadie dudaba de que la guerra con los Tarquinios era inminente, no llegó tan pronto como todos esperaban. Lo que no se esperaba, sin embargo, era que mediante la intriga y la traición estuviese todo a punto de perderse. Había en Roma algunos hombres jóvenes de alta cuna que durante el último reina habían hecho cuanto querían y, habiendo sido compañeros de juergas de los jóvenes Tarquinios, estaban acostumbrados a llevar una vida principesca. Ahora que todos eran iguales ante la ley, perdieron su antigua licencia y se quejaban de que la libertad que otros disfrutaba les había esclavizado; pues mientras que hubo un rey, hubo una persona de la que podían conseguir lo que querían, lícito o no, había lugar para la influencia personal y la amabilidad, podía mostrar severidad o indulgencia, podía discriminar entre sus amigos y sus enemigos. Pero la ley era una cosa, sorda e inexorable, más favorable a los débiles que a los poderosos, sin ninguna indulgencia o perdón para los transgresores; era peligroso confiar al error humano la pervivencia de la inocencia. Habiendo llegado ellos mismos a tal estado de descontento, llegaron legados de la gens real con una demanda para la devolución de sus bienes sin ninguna alusión a su posible retorno. Se les concedió una audiencia por el Senado, y el asunto se discutió durante algunos días; se expresaron temores de que la no devolución sería tomada como un pretexto para la guerra, mientras que si los devolvían les proporcionarían los medios para hacerla. Los legados, mientras tanto, se dedicaron a otro asunto: mientras que aparentaban ostensiblemente estar buscando sólo la devolución de los bienes, se dedicaban en secreto a intrigar para recuperar la corona. Mientras tanteaban a los nobles jóvenes en favor de su objetivo aparente, les sondearon sobre sus otros propósitos y, encontrándoles con disposición favorable, les entregaron cartas que les dirigían los Tarquinios y discutieron planes para introducirlos, secretamente por la noche, en la Ciudad.

[2,4] El proyecto fue confiado, al principio, a los hermanos Vitelios y Aquilios. La hermana de los Vitelios estaba casada con el cónsul Bruto, y tuvo hijos de este matrimonio: Tito y Tiberio. Sus tíos les introdujeron en la conspiración; había otros más, cuyos nombres se han perdido. Mientras tanto, la opinión de que las propiedades debían ser devueltas resultó aprobada por la mayoría del Senado, lo que permitió a los legados prolongar su estancia, pues los cónsules les pidieron tiempo para proporcionar vehículos con los que transportar las mercancías. Se emplearon su tiempo en consultas con los conspiradores e insistían en obtener una carta que entregarían a los Tarquinios, pues sin esa garantía, argumentaban, ¿cómo podían estar seguros de que sus legados no habían traído promesas vacías en cuestión de importancia tan grande? En consecuencia, se les entregó una carta como prenda de buena fe, y esto era lo que condujo al descubrimiento de la trama. El día anterior a la salida de los legados, sucedió que fueron a cenar a casa de los Vitelios. Después de todos los que no estaban en el secreto se hubieron marchado, los conspiradores discutieron muchos detalles respeto a su prevista traición a la patria, que fueron escuchados por uno de los esclavos que había sospechado que algo se tramaba, pero que estaba esperando el momento en que la carta fuese entregada, ya que su captura sería una prueba completa del complot. Después que hubo sido entregada, reveló el asunto a los cónsules. De inmediato procedieron a detener a los legados y a los conspiradores, y abortaron la conjura sin suscitar alarma alguna. Su primer ciudado fue asegurar la carta antes de que fuese destruida. Los traidores fueron inmediatamente enviados a prisión, había algunas dudas sobre el trato que dar a los legados, y a pesar de que evidentemente habían sido culpables de un acto hostil, se les concedió el derecho de gentes.

[2,5] La cuestión de la devolución de los bienes volvió a ser tratada por el Senado, que cediendo a sus sentimientos de ira prohibió su devolución y prohibió que se llevaran al Tesoro; se entregó como botín a la plebe, para que su participación en el expolio destruyese para siempre toda perspectiva de relaciones pacíficas con los Tarquinos. La tierra de los Tarquinios, que se extendía entre la ciudad y el Tíber, fue en lo sucesivo consagrada a Marte y conocida como el Campo de Marte. Ocurrió, según se dice, que había un cultivo de farro [gramínea parecida al trigo. Del latín fars vine el castellano harina.-N. del T.] que estaba maduro para la cosecha y, como habría sido un sacrilegio consumir lo que había crecido en el campo, se envió una gran cantidad de hombres a segarlo. Lo llevaron todo, incluída la paja, en cestas hasta el Tíber y lo tiraron al río. Era a la altura del verano y la corriente venía baja, por consiguiente el farro quedó atrapado en las aguas poco profundas y montones quedaron cubiertos de barro; gradualmente, a medida que los desechos que el río arrastraba se amontonaban allí, se formó una isla. Creo que se aumentó posteriormente y se reforzó para que la superficie tuviese la suficiente altura sobre las aguas y la suficiente firmeza como para sostener templos y columnatas. Después que se dispuso de las propiedades reales, se condenó y ejecutó a los traidores. Su castigo produjo una gran sensación, debido al hecho de que la magistratura consular impuso a un padre el deber de castigar a sus propios hijos; y quien no deberia habelo contemplado estaba destinado a ser el vigilase que fuera efectivamente cumplido. Los jóvenes pertenecientes a las más nobles gens estaban de pie, atados al poste, pero todas las miradas se dirigieron a los hijos del cónsul, a los demás no les prestaban. Los hombres no lloraban tanto por el castigo como por el delito en que habían incurrido: que hubiesen concebido la idea, aquel año sobre todos, de traicionar por alguien que había sido un tirano cruel y ahora un exiliado y un enemigo, a una patria recién liberada, a su padre, que la había liberado, al consulado que se había originado en la casa Junia, al Senado, a la plebe, a todo lo que Roma tenía de humano o divino. Los cónsules tomaron asiento, se ordenó a los lictores que ejecutasen la pena, azotando sus espaldas desnudas con varas y luego decapitándolos. Durante todo el tiempo, el rostro del padre traicionó a sus sentimientos, pero la severa resolución del padre fue todavía más evidente a medida que supervisó la ejecución pública. Después que el culpable pagase su pena, un ejemplo notable de diferente naturaleza actuó como disuasión para la delincuencia, al informante se le entregó una suma de dinero del Tesoro Público, se le dio la libertad y los derechos de ciudadanía. Se dice que fue el primero en ser liberado por "vindicta". Algunos suponen que esta designación se derivó de su nombre, Vindicius. Después de él, fue norma que a aquellos que fuesen liberados de esta manera se les admitiese en la ciudadanía.

[2,6] Un informe detallado de estos hechos llegó a Tarquinio. No sólo estaba furioso por el fracaso de los planes de los que había esperado tanto, sino que estaba lleno de ira al encontrar bloqueado el camino de sus intrigas secretas; por consiguiente, determinó ir a la guerra abierta. Visitó las ciudades de Etruria y solicitó ayuda; en particular, imploró a los pueblos de Veyes y Tarquinia que no permitieran que ante sus ojos muriese uno de su propia sangre, y que de ser un poderoso monarca quedase ahora, junto a sus hijos, sin hogar y derrocado. Otros, dijo, habían sido invitados desde el extranjero para reinar en Roma; él, el rey, mientras extendía el gobierno de Roma mediante guerra victoriosa, había sido expulsado por la más infame conspiración de sus parientes más cercanos. No tenían una sola persona entre ellos a quien considerasen digno de reinar, así que se habían repartido la autoridad real entre ellos y habían dado sus propiedades como botín al pueblo, para que todos estuviesen involucrados en el crimen. Quería recuperar su patria y su trono, y castigar a sus súbditos ingratos. Los veyentinos debían ayudarlo y proveerlo de suministros, debían mirar por vengar sus propios agravios: sus legiones a menudo despedazadas o los territorios que les tomaron. Esta llamada decidió a los veyentinos; todos y cada uno gritaban reclamando que se borrarían sus humillaciones y se recuperarían sus pérdidas ahora que tenían un romano para para guiarlos. El pueblo de Tarquinia se movilizó por el nombre y la nacionalidad del exiliado, pues se sentían orgullosos de que un compatriota fuese rey de Roma. Así que dos ejércitos de estas ciudades se unieron a Tarquinio para recuperar la corona y castigar a los romanos. Cuando hubieron entrado en territorio romano, los cónsules avanzaron contra ellos; Valerio con la infantería en cuatro formaciones, Bruto efectuando reconocimientos por delante con la caballería. Del mismo modo, la caballería del enemigo se encontraba por delante del cuerpo principal del ejército con Aruncio Tarquinio, hijo del rey, al mando de aquélla; el propio rey le seguía con sus legiones. Aunque todavía había distancia entre ellos, Aruncio distinguió al cónsul por su escolta de lictores; conforme se aproximaban, pudo distinguir claramente a Bruto por sus facciones, y en un arrebato de ira exclamó: "¡Ese es el hombre que nos expulsó de nuestro país; miradle avanzar, llevando con orgullo nuestra insignia! ¡Dioses, vengadores de reyes, ayudadme! " Con estas palabras, clavó espuelas en su caballo y se dirigió directamente hacia el cónsul. Bruto vio que que venía hacia él. Era asunto de honor en esos días que los líderes entablaran combate singular, así que aceptó el reto con entusiasmo y se cargaron con tal furia, sin pensar ninguno en protegerse como si sólo ellos pudiesen herir a su enemigo, que ambos chocaron sus lanzas al mismo tiempo contra el escudo contrario, y cayeron mortalmente heridos de sus capallos, con las lanzas ensartándoles. El resto de las caballerías se enfrentaron a continuación y no mucho después llegaron las infanterías. La batalla se combatió con distinta fortuna, ambos ejércitos estaban igualados; el ala derecha de cada uno salió victoriosa, el ala izquierda de cada uno fue derrotada. Los veyentinos, acostumbrados a la derrota de manos romanas, huyeron dispersándose, pero los tarquinios, un enemigo nuevo, no sólo mantuvo su posición, sino que obligó a los romanos a ceder terreno.

[2,7] Después que la batalla se desarrollase así, un inmenso pánico, tan grande, se apoderó de los tarquinios y los etruscos que ambos ejércitos de veyentinos y tarquinios, al llegar la noche, desesperaron de vencer, abandonaron el campo de batalla y volvieron a sus casas. Además de para una batalla, hubo lugar para el milagro. En el silencio de la noche siguiente a la batalla, se dice que fue oída una poderosa voz que venía del bosque de Arsia, creyeron que era la voz de Silvano [dios de los bosques, campos y granjeros.-N. del T.], que habló así: "Los caídos de los Tuscos [otro apelativo romano para etruscos.-N. del T.] son uno más que los de su enemigo; los romanos han ganado la batalla". En todo caso, los romanos abandonaron el campo de batalla como vencedores; los etruscos también se consideraban victoriosos, pues cuando llegó la luz del día no apareció un solo enemigo a la vista. P. Valerio, el cónsul, recogió el botín y regresó en triunfo a Roma. Celebró los funerales por su colega con toda la pompa posible en esos días; pero mucho mayor honor fue el hecho al muerto por el luto general, que resultó especialmente notable por el hecho de que las matronas llevasen luto por él durante todo un año, porque había sido designado como vengador de la castidad violada. Después de esto el cónsul sobreviviente, que había gozado del favor de la multitud, se vio (tal es la inconstancia de la plebe) no sólo impopular, sino objeto de sospecha, y una de carácter muy grave. Se rumoreaba que aspiraba a la monarquía, porque no había celebrado elecciones para sustituir a Bruto, y que se estaba construyendo una casa en la parte superior de la Velia, una fortaleza inexpugnable en esa posición alta y fuerte. El cónsul se sintió ofendido al ver que tales rumores eran tan extensamente creídos y convocó al pueblo a una asamblea. Al llegar él, las fasces se abatieron, para gran alegría de la multitud, que comprendió que era ante ellos que se abatían como confesión abierta de que la dignidad y poder del pueblo eran mayores que las del cónsul. Entonces, después de obtener el silencio, empezó a elogiar la buena fortuna de su colega que había encontrado la muerte, como libertador de su país, y que poseía el más alto honor que puede obtenerse: morir luchando por la república y que su gloria permaneciera intacta frente a los celos y la desconfianza. En cambio él mismo no sobrevivía a su gloria y había caído en días de sospecha y oprobio; de ser un libertador de su patria se había hundido hasta el nivel de los Aquilios y Vitelios. "¿Nunca habéis considerado", les gritó, "tan seguros los méritos de un hombre que fuera imposible mancharlo con sospechas? ¿Teméis que yo, el más decidido enemigo de los reyes, quiera a mi vez reinar? Incluso si yo morase en la Ciudadela del Capitolio, ¿creería posible que fuese temido por mis conciudadanos? ¿Me ha sido tal reputación colgada de hilos tan débiles? ¿Reposa vuestra confianza sobre tan débiles cimientos que os importa más dónde estoy que quién soy? La casa de Publio Valerio no será freno a vuestra libertad, Quirites. Vuestra Velia no será edificada. No sólo edificaré mi casa a nivel del suelo, sino que se moverá a la parte inferior de la colina que podáis vivir por encima de los ciudadanos de quienes sospecháis. Que los moradores de la Velia sean estimados como más amigos de la Libertad de Publio Valerio." Todos los materiales de construcción fueron llevados inmediatamente abajo de la Velia y su casa se construyó en la parte más inferior de la colina, donde ahora se levanta el templo de Vica Pota [diosa romana de la victoria y la conquista.- N. del T.].

[2,8] Se aprobaron leyes que no sólo apartaron toda sospecha del cónsul, sino que produjeron la reacción de ganarse el afecto de la gente, de ahí su sobrenombre de Publícola [amigo del pueblo.-N. del T.]. Las más populares de tales leyes fueron las que concedían el derecho de apelar al pueblo contra la sentencia de un magistrado y la que permitía consagrar a los dioses la persona y los bienes de cualquiera que albergase proyectos de convertirse en rey. Valerio obtuvo la aprobación de estas leyes mientras que todavía era cónsul en solitario, para que el pueblo sólo se sintiese agradecido a él; después convocó las elecciones para la designación de un colega. El cónsul elegido fue Espurio Lucrecio. Pero éste no tenía, debido a su avanzada edad, la fuerza suficiente para desempeñar las funciones de su cargo y a los pocos días murió. Fue elegido en su lugar Marco Horacio Pulvilo. No he encontrado mención, en algunos autores antiguos, a Lucrecio, apareciendo Horacio nombrado inmediatamente después de Bruto; como no pudo hacer nada digno de mención durante su magistratura, supongo, se perdió su memoria. Aún no se había consagrado el templo de Júpiter en el Capitolio, y los cónsules echaron a suerte quién lo dedicaría. La suerte cayó en Horacio. Publícola partió para la guerra contra los veyentinos. Sus amigos se mostraron molestos porque la dedicación de tan ínclito templo correspondiese a Horacio, y trataron por todos los medios de impedirlo. Cuando todo lo demás falló, trataron de alarmar el cónsul, mientras él sujetaba la jamba de la puerta durante la oración dedicatoria, con el mensaje perverso de que su hijo había muerto y que no podía consagrar el templo al ser su gens funesta. No se decide la tradición a decidir si él no creyó a los mensajeros o si su conducta simplemente mostró un extraordinario autocontrol, y los registros no ponen fácil la decisión. Sólo permitió que el mensaje le interrumpiese lo justo para ordenar que el cuerpo fuese incinerado; luego, con su mano aún en el marco de la puerta, terminó la oración y consagró el templo. Estos fueron los principales hechos que tuvieron lugar en casa y en la milicia durante el primer año tras la expulsión de los reyes. Los cónsules electos para el siguiente año -508 a.C.-fueron Publio Valerio, por segunda vez, y Tito Lucrecio.

[2,9] Los Tarquinios se habían refugiado con Lars Porsena, rey de Clusium, a quien trató de influir con ruegos mezclados de advertencias. En cierta ocasión le suplicaron que no permitiera que hombres de raza etrusca, de su misma sangre, sufrieran tan penoso exilio; en otra le advertían que no dejase sin castigo la nueva moda de expulsar a los reyes. La libertad, le decían, poseía suficiente fascinación por sí misma; a menos que los reyes defendieran su autoridad con tanta energía como la que mostraban sus súbditos para alcanzar la libertad, todas las cosas se igualarían, no habría ninguna cosa preeminente o o superior a las otras en el estado; sería pronto el fin del poder real, que es la más bella cosa tanto entre los dioses como entre los hombres. Porsena consideró que la presencia de un etrusco en el trono romano sería un honor para su nación; en consecuencia, avanzó con un ejército contra Roma. Nunca antes había estado el Senado en tal estado de alarma, tan grande en ese momento era el poder de Clusium y la reputación de Porsena. Temían no sólo al enemigo, sino incluso a sus propios conciudadanos, que la plebe, vencida por sus temores, admitiera a los Tarquinios en la ciudad y aceptasen la paz aunque significase la esclavitud. Muchas concesiones fueron hechas en ese momento a la plebe por el Senado. Su primer cuidado fue establecer la provisión de grano [annonae, en el original latino.- N. del T.], y se enviaron comisionados entre los volscos y los de Cumas para adquirirlo. La venta de la sal, hasta entonces en manos de particulares que habían subido mucho los precios, fue totalmente transferida al Estado. La plebe quedó exenta del pago del portazgo y de las tasas de guerra, que caerían sobre los ricos, que podrían asumir la carga; los pobres ya pagaban lo suficiente al Estado criando a sus hijos. Esta acción generosa del Senado mantuvo tan absolutamente la armonía de la república durante el sitio que se produjo y el hambre posterior, que el aborrecimiento del nombre de rey no fue menor entre los Patres que entre el pueblo; y ningún demagogo tuvo luego tanto éxito en hacerse popular con malas artes como lo logró entonces el Senado con su generosa legislación.

[2.10] Al presentarse el enemigo, los campesinos huyeron a la Ciudad lo mejor que pudieron. Los puntos débiles en las defensas fueron ocupados por guarniciones militares; en las otras partes, las muralles y el Tíber se consideraron suficiente protección. El enemigo habría forzado el paso por el puente Sublicio de no haber sido por un hombre, Horacio Cocles. La buena fortuna de Roma le convirtió, ese día memorable, en su baluarte. Sucedió que estaba de guardia en el puente cuando vió que el Janículo era tomado por un asalto repentino y el enemigo descendía desde allí hacia el río mientras que sus propios hombres, presas del pánico, abandonaban sus puestos y arrojaban sus armas. Les reprochó, uno tras otro, por su cobardía; trató de detenerlos, les pidió en nombre del cielo que mantuviesen la posición, les dijo que era en vano buscar la seguridad en la huida mientras dejaban el puente abierto tras ellos; por él llegaría antes la mayor parte del enemigo al Palatino y el Capitolio de lo que habían tardado por el Janículo. Así que les incitó, gritando, a derribar el puente por la espada o el fuego, o por cualquier medio que pudieran, y él se enfrentaría al ataque enemigo tanto tiempo como pudiera mantenerlo a raya. Se acercó a la cabeza del puente. Entre los fugitivos, cuyas espaldas sólo eran visibles para el enemigo, él llamaba la atención al enfrentárseles armado y dispuesto a la lucha cuerpo a cuerpo. El enemigo se admiraba de su valor sobrenatural. Dos hombres se guardaron, por sentido de la vergüenza, de abandonarle: Spurio Lucrecio y Tito Herminio, ambos hombres de alta cuna y reconocido valor. Con ellos sostuvo el primer choque tempestuoso, salvaje y confuso, durante un breve intervalo. Entonces, mientras que sólo se mantenía en pie una pequeña porción del puente, los que lo cortaban les urgían a que se retirasen y él dijo a sus compañeros que se marchasen. Mirando a su alrededor con ojos turbios de amenaza a los jefes etruscos, les retó a un combate singular, y reprochó a todos ellos ser los esclavos de reyes tiranos, y que sin preocuparse de su propia libertad viniesen a atacar la de otros. Durante algún tiempo dudaron, cada uno mirando a los demás para decidirse a empezar. Al final la vergüenza les llevó al combate y elevando un grito lanzaron sus javalinas a la vez sobre su único enemigo. Las detuvo con su escudo rectangular, y con resolución inquebrantable mantuvo su lugar en el puente con los pies firmemente plantados. Estaban tratando de desalojarlo mediante una sóla carga cuando el fragor del puente al romperse y el grito de los romanos al ver cómo conseguían su propósito suspendió el ataque y les llenó de un pánico repentino. Entonces Cocles dijo, "Padre Tíber, te ruego recibas en tu corriente propicia estas armas y este guerrero tuyo". Así, completamente armado, se arrojó al Tíber y aunque muchos proyectiles cayeron sobre él, pudo cruzar nadando a la seguridad de los suyos: un acto de audacia más famoso que creído por la posteridad. El Estado mostró su agradecimiento por esa valentía; su estatua se colocó donde se reunían los Comicios y se le otorgó tanta tierra como pudiese arar en círculo en un día. Además de este honor público, los ciudadanos individualmente mostraron su aprecio; pues a pesar de la gran escasez, cada uno en proporción a sus medios sacrificó lo que pudo de sus propios bienes como regalo a Cocles.

[2.11] Rechazado en su primer intento, Porsena cambió sus planes del asalto al asedio. Después de colocar un destacamento para custodiar el Janículo, asentó su campamento en el valle entre esa colina y el Tíber, y mandó buscar naves por todas partes, en parte para interceptar cualquier intento de introducir grano en Roma y en parte para llevar sus tropas a diferentes puntos en busca de botín, si se les presentaba oportunidad. En poco tiempo hizo tan inseguro el territorio alrededor de Roma que no solo se abandonaron los cultivos, sino que incluso todo el ganado se llevó dentro de la Ciudad y nadie se aventuraba a salir más allá de las puertas. La impunidad con la que los etruscos cometían sus robos se debía a una estrategia por parte de los romanos, más que al miedo. Pues el cónsul Valerio, decidido a obtener una oportunidad para atacarles cuando estuviesen dispersos en gran cantidad por los campos, permitió que saliera ganado a forrajear mientras él se reservaba para un ataque mayor. Así que para atraer a los saqueadores, dio órdenes a un cuerpo considerable de sus hombres para conducir el ganado fuera de la puerta del Esquilino, que era la más alejada del enemigo, esperando que se enterarían de la salida a través de los esclavos que desertasen debido a la escasez producida por el bloqueo. La información fue debidamente transmitida y, en consecuencia, cruzaron el río en número mayor de lo habitual, con la esperanza de hacerse con todo el ganado. Publio Valerio ordenó a Tito Herminio que con un pequeño cuerpo de tropas se ocultase en cierta posición, a una distancia de dos millas [2960 metros.-N. del T.] en la Via Gabina; mientras, Spurio Larcio, con algunas tropas ligeras de infantería, se situaba en la puerta Colina hasta que el enemigo les sobrepasó y después interceptaron su retirada hacia el río. El otro cónsul, Tito Lucrecio, con unos cuantos manípulos hizo una salida por la puerta Nevia; Valerio mismo llevó algunos cohortes escogidas desde la colina Caelia, y éstas fueron las primeras en atraer la atención del enemigo. Cuando Herminio advirtió que había empezado el combate, salió de su emboscada y atrapó al enemigo, cuya retaguardia se estaba enfrentando con Valerio. Contestando a los gritos que se elevaban a derecha e izquierda, desde las puertas Colina y Nevia, los saqueadores, cercados, en lucha desigual y con todas sus vías de escape bloqueadas, fueron destrozados. Esto puso fin a las salidas de saqueo que efectuaban los etruscos.

[2.12] El bloqueo, sin embargo, continuó y con ello una creciente escasez de grano a precios de hambre. Porsena todavía acariciaba la esperanza de capturar la Ciudad manteniendo el asedio. Había un joven noble, Cayo Mucio, que consideraba una vergüenza que mientras que Roma, en los días de servidumbre bajo los reyes, nunca había sido asediada en ninguna guerra ni por ningún enemigo, debía ahora, en el día de su libertad, ser sitiada por aquellos etruscos cuyos ejércitos a menudo había derrotado. Pensando que esta desgracia debía ser vengada por algún acto de gran audacia, determinó en primera instancia penetrar en el campamento del enemigo, bajo su propia responsabilidad. Pensándolo mejor, sin embargo, temió que si actuaba sin órdenes de los cónsules, o sin saberlo nadie, y le detenían en los puestos de vigilancia romanos, le podrían tomar por un desertor, una acusación que la situación de la Ciudad en aquellos momentos haría creíble. Así que se fue al Senado. "Me gustaría", dijo, "Padres, atravesar el Tíber a nado y, si puedo, entrar en el campamento del enemigo, no como un saqueador sino para castigarles por sus pillajes. Estoy proponiéndoos, con la ayuda del cielo, una gran hazaña." El Senado dio su aprobación. Escondiendo una espada en su túnica, partió. Cuando llegó al campamento se puso en la parte más densa de la multitud, cerca del Tribunal Real.

Sucedió que era el día de la paga de los soldados, y un secretario, sentado junto al rey y vestido casi exactamente como él, estaba muy ocupado con los soldados que llegaban hasta él sin cesar. Temeroso de preguntar cuál de los dos era el rey, porque su ignorancia no le traicionase, Mucio eligó al azar su objetivo y, atacándolo, mató al secretario en lugar de al rey. Trató de forzar la huida blandiendo su puñal manchado de sangre ante la gente consternada, pero los gritos produjeron una gran excitación en el lugar; fue detenido y arrastrado por los guardaespaldas del rey ante el Tribunal Real. Aquí, solo y desamparado, y en el mayor de los peligros, todavía era capaz de inspirar más miedo del que él mismo sentía. "Soy un ciudadano de Roma", dijo, "los hombres me llaman Cayo Mucio. Como enemigo, quería matar a un enemigo, y tengo suficiente valor como para enfrentar la muerte con tal de lograrlo. Es la naturaleza romana actuar con valentía y sufrir con valentía. No soy el único en haber tomado esta resolución en tu contra; detrás de mí hay una larga lista de aspirantes a la misma distinción. Si es tu deseo, prepárate para una lucha en la que habrás de combatir cada hora por tu vida y encontrar un enemigo armado en el umbral de tu tienda. Esta es la clase de guerra que nosotros, los jóvenes romanos, te declaramos. No temerás las formaciones, no temerás la batalla, es sólo cosa entre tú y cada uno de nosotros". El rey, furioso e iracundo, y al mismo tiempo aterrorizado por el peligro desconocido, le amenazó con que si no explicaba inmediatamente la naturaleza de la conjura que tan veladamente le acechaba, le quemaría vivo. "Mira", gritó Mucio, "y aprende cuán ligeramente consideran sus cuerpos aquellos que aspiran a una gran gloria". Entonces metió la mano derecha en el fuego que ardía en el altar. Mientras la mantuvo allí, quemándose, fue como si estuviese desprovisto de toda sensación; el rey, asombrado por su conducta sobrenatural, saltó de su asiento y ordenó que le retirasen del altar. "Vete", dijo, "Has sido peor enemigo de tí mismo que mío. Invocaría la bendición de los dioses a tu valor si se hubiese mostrado en favor de mi patria; como sea, te envio de vuelta y exento de todos los derechos de la guerra, ileso, y a salvo". Entonces Mucio, en reciprocidad, por así decirlo, a este trato generoso, le dijo: "Ya que honras el valor, debes saber que lo que no pudiste obtener con amenazas lo obtendrás con la bondad. Trescientos de nosotros, los más importante entre los jóvenes romanos, han jurado que te atacarían de esta manera. La suerte cayó primero sobre mí; el resto, por el orden de su suerte, vendrá a su turno, hasta que la fortuna nos de una oportunidad favorable."

[2.13]
Despedido Mucio, recibió luego el sobrenombre de Escévola [scaevus: zurdo.-

N.
del T.], por la pérdida de su mano derecha. Le siguieron a Roma legados de Porsena. Librado el rey por poco del primero de muchos atentados, que falló solo por el error de su atacante, y con la perspectiva de tener que enfrentar tantos ataques como conspiradores había, hizo propuestas de paz a Roma. Presentó una propuesta para la restauración de los Tarquinios, más para que se dijera que fueron ellos quienes rechazaron la propuesta que porque tuviese alguna esperanza de que la aceptaran. La demanda de restitución de su territorio a los veyentinos y la entrega de rehenes como condición para la retirada del destacamento del Janículo, fueron consideradas por los romanos como inevitables, y tras ser aceptadas se concluyó la paz; Porsena retiró sus tropas del Janículo y abandonó el territorio romano. Como reconocimiento de su valor el Senado concedió a Cayo Mucio unos terrenos más allá del río, que después fueron conocido como los Prados Mucianos. Tal honra concedida al valor incitó incluso a las mujeres a ejecutar cosas gloriosas para el Estado. El campamento etrusco estaba situado no lejos del río, y la virge Clelia, una de los rehenes, se escapó sin ser vista, a través de los guardias y a la cabeza de sus hermanas rehenes nadó a través del río en medio de una lluvia de jabalinas, devolviéndolas a la seguridad de sus gens. Cuando le llegó aviso de este incidente, el rey se enojó mucho inicialmente y envió a pedir la devolución de Clelia; las demás

no le importaban. Pero después sus sentimientos cambiaron a la admiración; dijo que su proeza superó las de Cocles y Mucio, y anunció que, si bien por un lado debía considerar roto el tratado si no se la devolvían, por otra parte, si se la devolvían, la devolvería incólume con su gente. Ambas partes se comportaron en forma honorable; los romanos la devolvieron como prenda de lealtad a los términos del tratado; el rey etrusco demostró que, con él, no sólo era el valor seguro, sino honrado; y después de elogiar la conducta de la muchacha, dijo que le regalaría la mitad de los rehenes restantes, y que ella elegiría a quién liberar. Se dice que después que todos hubiesen comparecido ante ella, eligió a los niños de más tierna edad; una elección acorde con su modestia virginal, y que fue aprobada por los propios rehenes, ya que consideraban que los que por edad están más expuestos a los malos tratos deben tener preferencia para ser rescatados. Después que la paz fue así restablecida, los romanos recompensaron el valor sin precedentes mostrado por una mujer con un honor sin precedentes, a saber, una estatua ecuestre. En la parte más alta de la Vía Sacra se erigió una estatua que representa a la doncella montada a caballo.

[2.14] Bastante incompatible con esta retirada pacífica de la Ciudad por parte del rey etrusco es la costumbre que, con otras formalidades, se ha transmitido desde la antigüedad hasta nuestra época de "vender los bienes del rey Porsena". Esta costumbre puede que se instaurase durante la guerra y se mantuviese después, o pudo tener un origen menos belicoso del que implicaría la descripción de los productos vendidos como "tomados al enemigo". La tradición más probable es que Porsena, sabiendo que la Ciudad estaba sin alimentos por el largo asedio, hizo a los romanos un regalo desde su campamento en el Janículo, donde tenía las provisiones que se habían cosechado en los fértiles campos vecinos de Etruria. Después, para impedir que el pueblo se aprovechase indiscriminadamente de las provisiones, se vendieron regularmente conforme a la descripción de "los bienes de Porsena", una descripción que indicaba más bien la gratitud del pueblo que una subasta de los bienes personales del rey, que nunca estuvieron a disposición de los romanos. Para evitar que su expedición pareciese totalmente inútil, Porsena, tras concluir la guerra con Roma, envió a su hijo Aruncio, con parte de su ejército, para atacar a Aricia. Al principio, los aricios quedaron sorprendidos por el inesperado ataque, pero los socorros que, en respuesta a su solicitud, fueron enviados desde las ciudades latinas y desde Cumas les alentaron tanto que se atrevieron a presentar batalla. Al comienzo de la acción los etruscos atacaron con tal vigor que derrotaron a los aricios en la primera carga. Las cohortes cumanas hicieron un movimiento estratégico por el flanco, y cuando el enemigo presionaba hacia delante en una desordenada persecución, les rodearon y les atacaron por la retaguardia. Así, los etruscos, cuando ya se creían victoriosos, se vieron cercados y destruidos. Un pequeño resto, después de perder a su general, marchó a Roma, pues no había cerca lugar más seguro. Sin armas, y con apariencia de suplicantes, fueron amablemente recibidos y distribuidos entre las diferentes casas. Después de recuperarse de sus heridas, algunos se fueron a sus casas, para contar la clase de hospitalidad que habían recibido; muchos se quedaron, por afecto hacia sus anfitriones y la Ciudad. Se les asignó un distrito para que lo habitaran, que posteriormente llevó el nombre de Vicus Tusco [barrio etrusco.- N. del T.].

[2.15] Los nuevos cónsules fueron Espurio Larcio y Tito Herminio. Este año -506 a.C.-, Porsena hizo el último intento para restaurar a los Tarquinios. Los embajadores que había enviado a Roma con este objeto fueron informados de que el Senado iba a enviar una embajada al rey, y que el más honorable de los senadores sería enviado de inmediato. Declararon que la razón por la cual le habían enviado un selecto número de senadores, en vez de darle una respuesta a sus embajadores en Roma, no era porque no pudieran dar la breve respuesta de que nunca permitirían reyes en Roma, sino simplemente para decirle que resultaba superfluo hablar de ello; pues ya que tras el intercambio de tan benignos actos no debía haber causa de irritación si a él, Porsena, se le decía que aquello era algo que iba contra la libertad de Roma. Los romanos, si no deseaban apresurar su propia ruina, debían rechazar la solicitud de uno a quien no deseaban negar nada. Roma no era una monarquía, sino una Ciudad libre, y habían tomado la decisión de abrir sus puertas a un enemigo antes que a un rey. Era deseo universal que todo lo que pusiera fin a la libertad de la Ciudad pusiera fin también a la misma Ciudad. Se le pidió, si deseaba que Roma estuviese segura, que le permitiese ser libre. Tocado por un sentimiento de simpatía y respeto, el rey les dijo: "Puesto que ésta es vuestra firme e inalterable determinación, no os acosaré con propuestas infructuosas, ni engañaré a los Tarquinios dándoles esperanzas de una ayuda que no les puedo prestar. En todo caso, tanto si insistían en la guerra o si preferían vivir tranquilamente, deberían buscar otro lugar de exilio, distinto del actual, para evitar cualquier interrupción de la paz entre ustedes y yo." Siguió sus palabras con pruebas aún más fuertes de amistad, pues devolvió los rehenes restantes y restauró el territorio veyentino que había tomado bajo los términos del tratado. Al perder toda esperanza de restauración, Tarquinio marchó con su yerno, Mamilio Octavio, a Túsculo. Así permaneció intacta la paz entre Roma y Porsena.

[2.16] Los nuevos cónsules fueron Marco Valerio y Publio Postumio. Ese año -505 a.C.-, se libró un combate victorioso contra los sabinos; los cónsules celebraron un triunfo. Entonces, los sabinos se prepararon para la guerra a mayor escala. Para enfrentarse a ellos y, al mismo tiempo, precaverse contra el peligro que podía venir desde Túsculo (con quien la guerra, aunque no abiertamente declarada, estaba preparándose), fueron elegidos cónsules Publio Valerio por cuarta vez y Tito Lucrecio por segunda -504 a.C.-. Un conflicto entre sabinos partidarios de la paz y partidarios de la guerra, llevó a un aumento de la fortaleza de los romanos. Atio Clauso, que fue posteriormente conocido en Roma como Apio Claudio, era un defensor de la paz, pero, incapaz de mantenerse contra la facción contraria, que estaban provocando la guerra, huyó a Roma con una gran cantidad de sus clientes. Fueron admitidos a la ciudadanía y recibieron terrenos más allá del Anio. Fueron llamados tribu Claudia antigua, y a ellos se añadieron nuevos miembros procedentes de las tribus de aquellos campos. Después de su elección para el Senado, no pasó mucho tiempo antes de Apio obtuviese una posición prominente en ese órgano. Los cónsules marcharon contra territorio sabino, y por su devastación del país y las derrotas que le infligieron, dejaron al enemigo tan debilitado que durante mucho tiempo no hubo que temer la reanudación de la guerra. Los romanos regresaron triunfantes. Al año siguiente -503 a.C.-, en el consulado de Agripa Menenio y Publio Postumio, murió Publio Valerio Publícola. Fue universalmente considerado el primero tanto en las artes de la guerra como en las de la paz, pero aunque disfrutaba de una reputación tan inmensa, su fortuna personal era tan escasa que no podía sufragar los gastos de su funeral. Fueron sufragados por el Estado. Las matronas hicieron duelo por él como un segundo Bruto. En el mismo año, dos colonias latinas: Pomecia y Cora, se rebelaron y unieron a los auruncios. Empezó la guerra, y tras la derrota de un inmenso ejército que había tratado de oponerse al avance de los cónsules dentro de su territorio, todas las hostilidades se concentraron alrededor de Pomecia. No hubo tregua, tanto en el derramamiento de sangre posterior a la batalla como durante el combate murieron muchos más de los que fueron hechos prisioneros; éstos fueron masacrados por doquier, incluso los rehenes, trescientos de los cuales tenían en sus manos, cayeron víctimas de la furia sanguinaria del enemigo. Este año también triunfó Roma.

[2.17] Los cónsules que les sucedieron, Opiter Verginio y Espurio Casio -502 a.C.-, intentaron en un principio tomar Pomecia al asalto, pero luego hubieron de recurrir al asedio. Movidos más por un odio mortal que por cualquier esperanza o posibilidad de éxito, los auruncios hicieron una salida. La mayor parte estaban armados con antorchas encendidas y con ellas llevaron las llamas y la muerte a todas partes. Quemaron los manteletes [tableros gruesos forrados de planchas de metal y a veces aspillerados, que servían de resguardo contra los tiros del enemigo.-N. del T.] , gran número de asediadores resultó muerto o herido y casi mataron a uno de los cónsules (las fuentes no mencionan su nombre), herido de gravedad, después de haber caído de su caballo. Después de este desastre, los romanos volvieron a casa, con gran número de heridos, entre ellos el cónsul, cuyo estado era crítico. Tras un periodo lo bastante largo para que se recuperasen los heridos y se reemplazasen las bajas en las filas, se reanudaron las operaciones contra Pomecia con más fuerza y mayor furia. Se repararon los manteletes y se mejoraron el resto de máquinas de guerra, y cuando todo estaba dispuesto para que los soldados asaltasen las murallas, la plaza se rindió. Los auruncios, sin embargo, no fueron tratados con menos rigor por haber rendido la ciudad que si hubiese sido tomada por asalto; los hombres principales fueron decapitados y el resto del pueblo vendido como esclavos. La ciudad fue arrasada y las tierras se vendieron. Los cónsules celebraron un triunfo, más por la terrible venganza que se habían tomado que por la importancia de la guerra ya finalizada.

[2.18] El año siguiente -501 a.C.-tuvo como cónsules a Postumio Cominio y Tito Larcio. Durante este año se produjo un incidente que, aunque pequeño en sí mismo, amenazó con llevar a la reanudación de una guerra aún más temible que la Guerra Latina. Durante los juegos en Roma algunas cortesanas fueron raptadas por jóvenes sabinos llenos de lascivia. Se juntó una multitud y se produjo una disputa que se convirtió casi en una batalla campal. La alarma se incrementó al tener conocimiento cierto de que, a instancias de Octavio Mamilio, las treinta ciudades de latinas habían formado una Liga. El Estado se sintió tan atemorizado por situación de tanta gravedad que se sugirió por primera vez que se nombrase un dictador -500 a.C.-. No se puede asegurar, sin embargo, con certeza en qué año fue creada esta magistratura, o quiénes eran los cónsules que habían perdido la confianza del pueblo por su adhesión a los Tarquinios (esto, también, forma parte de la tradición),

o quién fue el primer dictador. En la mayoría de los autores antiguos encuentro que fue Tito Larcio y que Espurio Casio fue su jefe de caballería [magistrum equitum, en el original.-N. del T.]. Sólo hombres de rango consular eran elegibles según la ley que regulaba el nombramiento. Esto me inclina aún más a creer que Larcio, que era de rango consular, fue nombrado por encima de los cónsules para restringir su poder y dirigirles con preferencia a Manlio Valerio, el hijo de Marco y niego de Voleso. Además, si hubiesen deseado que el dictador fuese elegido de una gens concreta, antes habrían preferido al padre, Marco Valerio, un hombre de valor probado y también de rango consular. Cuando, por vez primera, se nombró un dictador en Roma, cayó gran temor en el pueblo al ver las hachas que portaban delante de él y pusieron en adelante más cuidado en obedecer sus órdenes. Porque no había, como en el caso de los cónsules, en que cada uno de ellos tenía la misma autoridad que el otro, ninguna posibilidad de obtener la ayuda de uno contra el otro, ni había derecho de apelación alguno, ni en lo inmediato había seguridad más que en la obediencia estricta. Los sabinos se alarmaron aún más con el nombramiento de un dictador que los romanos, pues estaban convencidos de que había sido por ellos que se había nombrado. Por consiguiente, enviaron legados con propuestas de paz. Pidieron perdón al dictador y al Senado por lo que calificaron como error de adolescentes, pero se les contestó que a adolescentes se les podría perdonar pero no así a hombres adultos que continuamente estaban provocando nuevas guerras. Continuaron, sin embargo, las negociaciones y la paz podría haberse sellado si los sabinos hubiesen asumido la demanda de afrontar los gastos de la guerra. Se declaró la guerra; durante un año se mantuvo, sin embargo, una tregua informal sin choques.

[2.19] Los cónsules siguientes fueron Servio Sulpicio y Manlio Tulio. Nada digno de recuerdo fue llevado a cabo. Los cónsules del año siguiente -499 a.C.-fueron Tito Ebucio y Cayo Vetusio. Durante su consulado Fidenas fue sitiada; Crustumeria capturada; Palestrina [Preneste, en el original.- N. del T.] se rebeló contra los latinos, a favor de Roma. La Guerra Latina, que había estado amenazando desde hacía algunos años, estalló finalmente. Nombraron dictador -498 a.C.-a Aulo Postumio y jefe de caballería a Tito Ebucio; avanzaron con un gran ejército de infantería y caballería al lago Regilo, en la comarca de Tusculo y se encontraron con el principal ejército del enemigo. Al enterarse de que los Tarquinios estaban en el ejército de los latinos, las ira de los romanos se encendió tanto que determinaron combatir enseguida. En la batalla que siguió se combatió con más obstinación y desesperación de lo que nunca se hizo en ninguna de las anteriores. Pues los jefes no sólo se dedicaron a dirigir el combate, sino que lucharon personalmente uno contra otro, y casi ninguno de los jefes de ambos ejércitos, con excepción del dictador romano, dejó el campo de batalla incólume. Tarquinio el Soberbio, aunque ahora debilitado por la edad, espoleó su caballo contra Postumio, que en vanguardia de las líneas dirigía y formaba a sus hombres; Fue herido en un costado y retirado por sus hombres a lugar seguro. Del mismo modo, en la otra ala, Ebucio, jefe de caballería, dirigió su ataque contra Octavio Mamilio; el jefe túsculo lo vio venir y se dirigió a él a toda velocidad. Tan terrible fue el choque que el brazo de Ebucio fue traspasado por la lanza túscula; Mamilio, también con lanza, fue atravesado por el pecho y retirado por los latinos a segunda línea. Ebucio, incapaz de sostener un arma con su brazo herido, se retiró de la lucha. El jefe latino, en modo alguno desalentado por su herida, infundió nueva energía en el combate pues, viendo a sus hombres vacilantes, llamó a la cohorte de romanos exiliados, que fueron encabezados por Lucio Tarquinio. La pérdida de su patria y su fortuna les hizo luchar aún más desesperadamente; durante un breve periodo reanudaron la batalla y los romanos que se les oponían empezaron a ceder terreno.

[2.20] Marco Valerio, el hermano de Publícola, viendo al fogoso joven Tarquino hacerse destacar en primera línea, picó espuelas a su caballo y se dirigió a él con la lanza baja, deseoso de aumentar la gloria de su linaje, pues que la gens que se jactaba de haber expulsado los Tarquinios podría tener la gloria de matarlos. Tarquinio eludió a su enemigo retirándose detrás de sus hombres. Valerio, introduciéndose entre las filas de los exiliados, fue atravesado por una lanza por la espalda. Esto no detuvo al caballo y el romano cayó, muriendo en el suelo y siendo despojado de sus armas. Cuando el dictador Postumio vio que uno de sus principales oficiales había caído, y que los exiliados se precipitaban furiosamente en una masa compacta mientras que sus hombres se desmoralizaban y cedían terreno, ordenó a su propia cohorte (una fueza escogida que formaba su guardia personal) que amenazasen a cualquiera de los suyos a quien viesen huyendo del enemigo. Amenazados a vanguardia y retaguardia, los romanos dieron la vuelta y enfrentaron al enemigo, cerrando sus filas. La cohorte del dictador, fresca física y anímicamente, entró ahora en acción y atacó a los agotados exiliados, haciéndoles gran masacre. Se produjo otro combate singular entre jefes; el general latino vio la cohorte de los exiliados casi cercada por el dictador romano y se lanzó al frente con algunos manípulos de las reservas. Tito Herminio los vio venir y reconoció a Mamilio por sus ropajes y armas. Atacó al general enemigo más fieramente de lo que antes lo hizo el jefe de caballería; tanto, de hecho, que le mató atravesándole de lado a lado con su lanza. Mientras despojaba el cuerpo, él mismo fue alcanzado por una jabalina y después de ser llevado de vuelta al campamento, expiró mientras vendaban su herida. Entonces, el dictador fue rápidamente donde la caballería y les ordenó que ayudasen a la infantería, agotada con la lucha, desmontando y combatiendo a pie. Obedecieron, descabalgaron, se pusieron en primera línea y protegiéndose con sus parmas [escudos ovalados, usualmente empleados por la caballería.-N. del T.] combatieron delante de los estandartes. La infantería recuperó a su vez el valor cuando vio a la flor de la nobleza combatiendo como ellos y compartiendo los mismos peligros que ellos. Por fin, los latinos fueron obligados a dar la vuelta, vacilaron y, finalmente, rompieron sus filas. Trajeron los caballos para que la caballería pudiese perseguirlos y la infantería les siguió. Se dice que el dictador, sin omitir nada que pudiera garantizar la ayuda divina o la humana, se comprometió, durante la batalla, a dedicar un templo a Castor y prometió recompensas a quienes fuesen el primero y segundo en asaltar el campamento enemigo. Tal fue el ardor que los romanos mostraron, que con la misma carga que desbarataron al enemigo, alcanzaron su campamento. Así fue la batalla en el lago Regilo. El dictador y el jefe de caballería volvieron triunfantes a la Ciudad.

[2.21] Durante los tres años siguientes no hubo ni guerra abierta ni paz concertada. Los cónsules fueron Quinto Cloelio y Tito Larcio -498 a.C.-. Les sucedieron Aulo Sempronio y Marco Minucio -497 a.C.-. Durante su consulado, se dedicó un templo a Saturno y fueron instituidas las Saturnales [Saturnalia en latín: fiestas en honor a Saturno, celebradas del 19 al 25 de diciembre (con un claro significado agrícola y astronómico), en que se daban raciones extras a los esclavos, se intercambiaban regalos y se celebraba el "renacimiento del sol" o Sol Invictus.-N. del T.] . Los siguientes cónsules fueron Aulo Postumio y Tito Verginio -496 a.C.-. He hallado que algunos autores fechan en este año la batalla del lago Regilo, y que Aulo Postumio renunció a su consulado por sospecharse de la fidelidad de su colega, designándose por este motivo un dictador. Esta es la causa de que se produzcan tantos errores en las fechas, debido a las variaciones en el orden de la sucesión de los cónsules, y que la lejanía en el tiempo tanto de los sucesos como de las autoridades hace imposible determinar qué cónsules sucedieron a cuáles o en qué año concreto sucedió algún hecho. Apio Claudio y Publio Servilio -495 a.C.-fueron los siguientes cónsules. Este año es memorable por la noticia de la muerte de Tarquinio. Su muerte tuvo lugar en Cumas, donde se había retirado, buscando la protección del tirano Aristodemo, tras la derrota de las fuerzas latinas. La noticia fue recibida con satisfacción tanto por el Senado como por la plebe. Pero la euforia de los patricios les llevó al exceso. Hasta ese momento habían tratado al pueblo con la mayor deferencia, pero ahora sus dirigentes comenzaron a cometer injusticias contra ellos. El mismo año fue enviada una nueva partida de colonos para completar el número de Signia, una colonia fundada por el rey Tarquinio. El número de tribus en Roma se elevó a veintiuna. El templo de Mercurio fue consagrado el 15 de mayo.

[2.22] Las relaciones con los volscos durante la Guerra Latina no fueron ni amistosas ni abiertamente hostiles. Los volscos habían reunido un ejército habrían enviado en ayuda de los latinos si no se les hubiese anticipado el dictador por la rapidez de sus movimientos; una velocidad debida a su ansiedad por evitar una batalla con ambos ejércitos combinados. Para castigarlos, los cónsules condujeron a las legiones contra el país de los volscos. Este movimiento inesperado paralizó a los volscos, que no esperaban una respuesta a lo que había sido sólo una intención. Incapaces de ofrecer resistencia, dieron como rehenes a trescientos niños pertenecientes a la nobleza, traidos desde Cora y Pomecia. Las legiones, en consecuencia, se marcharon de regreso sin luchar. Aliviados del peligro inmediato, los volscos pronto volvieron a su antigua política, y después de formar una alianza armada con los hernicios, se prepararon secretamente para la guerra. También enviaron legados a lo largo y ancho del Lacio para inducir a esa nación a unírseles. Pero, después de su derrota en el Lago Regilo, los latinos se indignaron tanto contra quienes abogaban por la reanudación de la guerra que no sólo rechazaron a los legados volscos, sino que los detuvieron y los condujeron a Roma. Allí fueron entregados a los cónsules y se aportaron pruebas que demostraban que volscos y hernicios se estaban preparando para la guerra con Roma. Cuando el asunto fue llevado ante el Senado, éste quedó tan complacido por la acción de los latinos que liberó a seis mil prisioneros de guerra y puso a la consideración de los nuevos magistrados el asunto de un tratado que hasta entonces se habían negado persistentemente a considerar. Los latinos se felicitaron por al actitud que habían adoptado y los autores de la paz recibieron grandes honores. Enviaron una corona de oro como regalo a Júpiter Capitolino. La delegación que trajo el regalo fue acompañada por gran número de los prisioneros liberados, quienes visitaron las casas en que trabajaron como esclavos para agradecer a sus antiguos amos la amabilidad y consideración que les mostraron en su infortunio, y establecieron lazos de hospitalidad con ellos. En ninguna época anterior estuvo la nación latina en mejores términos de amistad, tanto política como personalmente, con el gobierno romano.

[2.23] Pero la guerra con los volscos era inminente y el Estado se dividió con disensiones internas; los patricios y los plebeyos se eran amargamente hostiles, debido principalmente a la situación desesperada de los deudores. Se quejaban de que mientras combatían en el exterior por la libertad y el imperio, ellos eran oprimidos y esclavizados en sus propias casas por sus conciudadanos; su libertad estaba más segura en la guerra que en la paz, más segura entre los enemigos que entre su propio pueblo. El descontento, que crecía día tras día, se acrecentaba aún más por los signos de infortunio de un sólo individuo. Un anciano, mostrando pruebas visibles de todos los males que había sufrido, apareció de repente en el Foro. Su ropa estaba cubierta de suciedad, su apariencia personal era aún más repugnante por su hedor corporal y su palidez, la barba y pelo descuidados le hacían parecer un salvaje. A pesar de este desfiguramiento fue reconocido por los conmovidos testigos; dijeron que había sido centurión y mencionaron varias de sus condecoraciones militares. Se descubrió el pecho y mostró las cicatrices que atestiguaban las muchas luchas en que combatió honorablemente. La multitud había crecido hasta casi convertirse en una Asamblea del pueblo. Le preguntaron: "¿De dónde vienen esos vestidos y esa degradación?" Dijo que mientras servía en la Guerra Sabina, no sólo perdió el producto de sus tierras por las depredaciones del enemigo, sino que su granja había sido incendiada, toda su propiedad confiscada, sus ganados expoliados y los impuestos de guerra se llevaron cuanto fue capaz de pagar, quedando al fin como deudor. Esta deuda había aumentado considerablemente por la usura y le habían despojado, en primer lugar, de la granja de su padre y abuelo y después de sus otras propiedades, para por fin le atacara la peste. No sólo había sido esclavizado por su acreedor, sino puesto en un trabajo bajo tierra: una muerte en vida. Luego mostró su espalda escairada con las marcas recientes de los azotes.

Al ver y oír todo esto, se levantó un gran clamor; la emoción no se limitaba al Foro y se extendió por toda la ciudad. Los hombres que estaban esclavizados por deudas y los que habían sido puestos en libertad corrían por todos lados, en la vía pública, e invocaban "la protección de los Quirites." Todo el mundo se dirigía gritando al Foro. Aquellos senadores que estaban en el Foro y se encontraron con la multitud, vieron sus vidas en peligro. Se habría ejercido violencia abierta si los cónsules, Publio Servilio y Apio Claudio -495 a.C.-no hubiersen intervenido para quebrar el alboroto.

La multitud, a su alrededor, les mostró sus cadenas y otras marcas de la degradación. Éstos, dijeron, eran sus premios por haber servido a su país;recordaron sarcásticamente a los cónsules las campañas en las que habían combatido y les demandaban imperiosamente que se convocase al Senado. Entonces cercaron la Curia, decididos a ser ellos mismos los árbitros y directores de los asuntos públicos. Un número muy pequeño de senadores, que resultaron estar disponible, se unieron a los cónsules; los demás, que tenían miedo de ir hasta el Foro, aún más temían llegar al Senado. Ningún asunto podía tratarse, por no estar presentes el número mínimo de senadores. La gente empezó a pensar que jugaban con ellos y tratando quitárselos de encima; que los senadores ausentes no lo estaban por accidente o miedo, sino para impedir cualquier reparación de sus agravios y que los propios cónsules se regodeaban y reían de su miseria. La cuestión estaba llegando a un punto en que ni siquiera la majestad de los cónsules podría mantener a raya a la gente enfurecida; entonces llegaron los ausentes, indecisos por no saber el riesgo que corrían, y entraron finalmente al Senado. Ya había quórum, y se manifestó una división de opiniones no sólo entre los senadores, sino entre ambos cónsules. Apio, un hombre de temperamento apasionado, era de la opinión de que el asunto debía resolverse mediante una demostración de autoridad por parte de los cónsules; si se arrestaba a uno o dos de los amotinados, el resto se calmaría. Servilio, más inclinado a las medidas suaves, pensaba que cuando las pasiones de los hombres se excitaban, era más seguro y más fácil de doblegarlos que romperlos.

[2.24] En medio de estos disturbios, se produjo nueva alarma cuando llegaron jinetes latinos con la inquietante noticia de que un ejército volsco estaba en marcha para atacar la Ciudad. Esta noticia afectó a los patricios de modo muy distinto que a los plebeyos; hasta tal punto había dividido al Estado la discordia. Los plebeyos estaban exultantes: decían que los dioses se disponían a vengar la tiranía de los patricios; se animaban para evitar el alistamiento, pues les sería mejor morir unidos que perecer uno por uno. "Dejad que los patricios tomen las armas, que sirvan como soldados rasos, que los que se quedan con los despojos de la guerra sufran sus peligros." El Senado, por el contrario, temeroso tanto del pueblo como del enemigo, imploró al cónsul Servilio, con quien simpatizaba más la plebe, que liberase al Estado de los peligros que le acechaban por todas partes. Abandonó el Senado y se dirigió a la Asamblea de la plebe. Una vez allí les habló de cuán interesado estaba el Senado en procurar por los intereses de la plebe, pero sus deliberaciones respecto a ello fueron sólo una parte, si bien la más larga, de cuanto hablaron considerando la seguridad del Estado en su conjunto. El enemigo estaba casi a las puertas, y nada podía anteponerse a la guerra; pero, incluso si se aplazaba el ataque, no sería honorable por parte de los plebeyos negarse a tomar las armas para luchar por su país hasta ser recompensados por hacerlo, ni sería decoroso para el Senado que se dijese que había tomado ciertas medidas por miedo en vez de movido por su buena voluntad para con sus angustiados conciudadanos. Convenció a la Asamblea de su sinceridad mediante la emisión de un decreto por el que nadie podría coaccionar o encadenar a un ciudadano romano, impidiéndole prestar el servicio militar; nadie podría embargar o vender los bienes de un soldado mientras estuviese en campaña

o detener a sus hijos o nietos. Tras la promulgación de este decreto aquellos deudores que estaban presentes dieron en seguida sus nombres para alistarse, y una multitud de personas proveniente de todos los barrios de la Ciudad, desde los lugares donde estaban detenidos, corrieron a juntarse en el Foro y prestaron el juramento militar. Entre todos formaron una unidad de fuerza considerable, y ninguna fue más notable por su valor y sus acciones en la Guerra Volsca. El cónsul condujo sus tropas contra el enemigo y acamparon a corta distancia de ellos.

[2.25] La noche siguiente, los volscos, confiados por las disensiones entre los romanos, hicieron un intento de asalto en la oscuridad, confiando que se produjeran deserciones o que alguien traicionase al campamento. Los centinelas les detectaron, el ejército fue alertado y tomaron las armas al darse la alarma, de modo que el intento volsco fracasó; durante el resto de la noche ambas partes se mantuvieron tranquilas. El día siguiente, al amanecer, los volscos rellenaron las trincheras y atacaron el vallado [los campamentos romanos para una sóla noche se disponían en el interior de un espacio, generalmente rectangular, delimitado por un foso y un vallado de estacas elevado sobre la tierra extraída al hacer aquél.-N. del T.]. Ya estaba siendo derribado por todos los lados, pero el cónsul, a pesar de los gritos de todo el ejército (sobre todo de los deudores) que le pedían ordenar el ataque, lo retrasó durante un tiempo para poner a prueba el temple de su hombres. Cuando quedó satisfecho de su coraje y determinación, dió la señal de cargar y puso en marcha sus soldados, deseosos de enfrentarse al enemigo. Fueron derrotados al primer choque, los fugitivos fueron derribados a medida que la infantería les alcanzaba y después la caballería llevó la confusión a su campamento. Presas del pánico, lo abandonaron, las legiones llegaron al punto, lo rodearon, capturaron y saquearon. Al día siguiente, las legiones marcharon a Suesa Pomecia, donde el enemigo había huido, y en unos pocos días fue capturada y entregada para el saqueo por los soldados. Esto, en cierta medida, alivió la pobreza de los soldados. El cónsul, cubierto de gloria, regresó con su ejército victorioso a Roma. Mientras marchaban fue visitado por los legados de los volscos de Ecetra, que estaban preocupados por su propia seguridad tras la captura de Pomecia. Por un decreto del Senado, se les concedió la paz y se les tomó algún territorio.

[2,26] Inmediatamente después, una nueva alarma se produjo en Roma por culpa de los sabinos, pero se trató más de una correría que de guerra abierta. Llegaron noticias durante la noche de que un ejército sabino había llegado hasta el Anio en una expedición de saqueo y que las granjas de las cercanías habían sido expoliadas y quemadas. Aulo Postumio, que había sido el dictador durante la Guerra Latina, fue enviado enseguida con la totalidad de la caballería; el cónsul Servilio le siguió con un cuerpo selecto de infantería. La mayoría de los enemigos fueron rodeados por la caballería mientras estaban dispersos por los campos; la legión sabina no ofreció resistencia al avance de la infantería. Cansados tras la marcha y el saqueo nocturno (gran parte de ellos estaban en las granjas, saciados de comida y vino) apenas tenían fuerzas para huir. La Guerra Sabina fue declarada y concluída en una noche, y hubo grandes esperanzas de que la paz se hubiese alcanzado por todas partes. Al día siguiente, sin embargo, los legados de los auruncos llegaron para demandar la evacuación del territorio volsco o de lo contrario les declararían la guerra. El ejército de los auruncos había comenzado su avance al tiempo de la salida de los legados para su misión, y el informe de haberlo visto no lejos de Aricia creó tanto revuelo como confusión entre los romanos, ya que era imposible que el Senado tomase en consideración oficial el asunto, ni siquiera para dar respuesta favorable a aquellos que habían abierto las hostilidades, pues ellos mismos se estaban armando para rechazarlos. Marcharon contra Aricia; no lejos de allí se enfrentaron a los auruncos y con una batalla terminó la guerra.

[2.27] Después de la derrota de los Auruncos, los romanos, que en pocos días habían luchado con éxito en tantas guerras, esperaban el cumplimiento de las promesas que el cónsul les había hecho bajo la autoridad del Senado. Apio, en parte por su inclinación natural a la tiranía y en parte para socavar la confianza que tenían en su colega, dictó las penas más duras que pudo cuando los deudores se presentaron ante él. Uno tras otro, todos los que habían empeñado sus personas como fianza fueron entregados a manos de sus acreedores y se obligó a otros a prestar esa fianza Un soldado que se vió en esta situación apeló al colega de Apio. Una multitud se congregó en torno a Servilio, le recordaban sus promesas, le hacían ver los servicios que habían prestado y las heridas que habían recibido, y le pedían que obtuviese del Senado la aprobación de una ley o que, como cónsul, protegiera a su pueblo y como general a sus soldados. El cónsul simpatizaba con ellos, pero en aquellas circunstancias se veía obligado a contemporizar; no sólo su colega, sino también toda la nobleza se oponían imprudentemente a su política. Al tomar un camino intermedio, ni escapó al odio de la plebe ni se ganó el favor de los patricios. Estos lo consideraban débil y ambicioso, la plebe lo consideraba alguien falaz y pronto se hizo evidente que era tan detestado como Apio.

Había surgido una controversia entre los cónsules en cuanto a cuál de ellos debía dedicar el templo de Mercurio. El Senado trasladó la cuestión al pueblo, y ordenó que quien fuese elegido para efectuar la consagración presidiera la anona e instituyera un colegio de mercaderes y llevase a cabo ciertas solemnidades en sustitución del Pontífice Máximo. El pueblo designó para la dedicación del templo a Marco Letorio, centurión primipilo [oficial al mando de la 1ª centuria del 1er. manípulo de la 1ª cohorte de una legión; soldado, siempre de enorme experiencia, cuya opinión y presencia eran obligadas en los consejos de guerra previos a la batalla.-N. del T.] de la legión, elección hecha, obviamente, no tanto para honrar a aquel hombre confiriéndole una magistratura tan por encima de su condición, como para desacreditar a los cónsules. Uno de ellos, en todo caso, estaba enojado en exceso, al igual que el Senado; pero el valor de la plebe también se había levantado y adoptaron un método muy distinto del que emplearon en un principio. Al no esperar ninguna ayuda de los cónsules o del Senado, se ocuparon de sus propios intereses y siempre que veían un deudor ante el tribunal acudían allí desde todas partes y con gritos y protestas impedían que se escuchase la sentencia de los cónsules, y cuando la pronunciaban, nadie la obedecía. Recurrieron a la violencia, y todo el miedo y el peligro por la libertad personal pasó de los deudores a los acreedores, que fueron rudamente tratados ante los ojos del cónsul. Además de todo esto, crecían los temores de una guerra con los sabinos. Se decretó el alistamiento, pero nadie dió su nombre. Apio estaba furioso; acusó a su colega de procurar el favor del pueblo, lo denunció como traidor a la república por negarse a dictar sentencia cuando los deudores se presentaban ante él y además se negó a alistar tropas después que el Senado hubiera decretado una leva. Sin embargo, declaró, la nave del Estado no estaba totalmente abandonada ni la autoridad consular esparcida al viento; él, por su propia mano, justificaría su propia dignidad y la del Senado. Mientras la multitud diaria habitual le rodeaba, cada vez más audaces en sus excesos, ordenó que arrestasen a uno de los líderes visibles de los agitadores. Mientras era arrastrado por los lictores, apeló. No había ninguna duda acerca de qué sentencia obtendría del pueblo; estaba tan determinado a arrostrar el odio popular que se habría obstinado en impedir la apelación, pese al clamor de la plebe, de no haber sido por la prudencia y autoridad del Senado. Aumentaba el malestar día tras día, no sólo con protestas evidentes sino, lo que era aún más peligroso, a través de la secesión y encuentros secretos. Al fin, los cónsules, detestados como eran por la plebe, dejaron sus magistraturas: Servilio, odiado de ambos órdenes por igual y Apio con el favor agradecido de los patricios.

[2.28] Luego Aulo Verginio y Tito Vetusio asumieron el cargo -494 a.C.-. Como los plebeyos estaban indecisos sobre la tendencia de estos cónsules, y estaban ansiosos por evitar cualquier acción precipitada o errónea que se pudiera adoptar en el Foro, empezaron a reunirse por la noche, algunos en el Esquilino y otros en el Aventino. Los cónsules consideraron que este estado de cosas estaba lleno de peligros, como así era, y emitieron un informe oficial al Senado. Pero cualquier discusión ordenada de su informe estaba fuera de lugar debido a la exaltación y griterío con que los senadores lo recibieron, y a la indignación que sentían hacia los cónsules, a los que acusaban de echar sobre sus hombres la decisión sobre medidas que debían haber tomado ellos con su autoridad consular. "Seguramente", se decía, "si hubiera realmente magistrados a cargo del Estado, no habría habido ninguna reunión en Roma, más allá de la asamblea de la plebe; ahora el Estado está roto en mil senados y asambleas, unos reunidos en el Esquilino y otros en el Aventino. Un hombre fuerte, como Apio Claudio, que valía más que cualquier cónsul, habría dispersado esas discusiones en un momento." Cuando los cónsules, tras haber sido así censurados, les preguntarón qué deseaban que hiciesen, pues estaban preparados para actuar con toda la energía y determinación que decidiese el Senado, se les aprobó un decreto para que se efectuase la leva en el menor tiempo posible, pues el pueblo estaba cayendo más y más en la ociosidad. Tras abandonar el Senado, los cónsules subieron al tribunal y llamaron por su nombre a los más jóvenes. Ni un solo hombre respondió a su llamada. El pueblo, todo en pie como si estuviera en una asamblea oficial, declaró que nunca más obedecería la plebe ni obtendrían los cónsules un solo soldado hasta que se cumpliese la promesa efectuada en nombre del Estado. Antes de que los hombres empuñasen las armas se les debía restituir la libertad, para que pudiesen combatir por su patria y sus conciudadanos en vez de por amos tiránicos. Los cónsules eran bastante conscientes de las instrucciones que habían recibido del Senado, pero también eran conscientes de que ninguno de los que habían hablado con tanta valentía en el recinto del Senado estaban ahora presentes para compartir el odio en que estaban incurriendo. Parecía inevitable un conflicto desesperado con la plebe. Antes de tomar medidas extremas decidieron consultar nuevamente al Senado. Entonces, los senadores más jóvenes se levantaron de sus asientos y gritando alrededor de las sillas de los cónsules, les conminaron a dimitir de sus magistraturas y deponer una autoridad que no habían tenido el valor de sostener.

[2.29] Habiendo tenido bastante, por un lado, al tratar de coaccionar a la plebe, y por otro persuadir al Senado para que adoptase una política más suave, los cónsules dijeron finalmente: "Padres Conscriptos, para que no podáis decir que no se os ha prevenido, os advertimos que está a punto de suceder un serio disturbio. Exigimos que quienes más gritan acusándonos de cobardía nos apoyen mientras efectuamos la recluta. Vamos a actuar con toda la firmeza que proponéis, ya que ése es vuestro deseo." Volvieron al tribunal y deliberadamente llamaron por su nombre a uno de los presentes. Como permanecía en silencia, y cierot número de hombres le rodeaba para impedir que se lo llevasen, los cónsules enviaron un lictor contra él. El lictor fue apartado, y aquellos senadores que estaban con los cónsules proclamaron que aquello era un ultraje y bajaron corriendo del tribunal para ayudar al lictor. La hostilidad de la multitud se desvió desde el lictor, a quien simplemente habían impedido efectuar el arresto, hacia los senadores. La interposición de los cónsules finalmente calmó el conflicto. No se había, sin embargo, arrojado piedras o empleado armas; por ello resultó ser más el ruido y las palabras airadas que no lesiones personales. El Senado fue convocado y reunido en desorden; su proceder fue aún más desordenado. Aquellos que habían sido tratados con rudeza exigieron una investigación, y la totalidad de los senadores más violentos apoyaron la demanda tanto con sus gritos y protestas como con sus votos. Cuando, por fin, el entusiasmo se hubo calmado, los cónsules les reprocharon mostrar tan poca serenidad de juicio en el Senado como la que tuvieron en el Foro. Entonces, el debate se desarrolló en orden. Se defendieron tres clases de medidas. Publio Valerio no creía que se debiera plantear la cuestión de modo general; pensaba que solamente debían considerar el caso de aquellos que, de acuerdo con la promesa del cónsul Publio Servilio, hubieran servido en las Guerras Volsca, Auruncia y Sabina. Tito Larcio consideró que el tiempo de recompensar sólo a los que hubiesen servido en esas guerras había pasado; toda la plebe estaba abrumada por las deudas y el mal no se cortaría a menos que la medida tuviese carácter universal. Cualquier intento de hacer diferencias entre las diversas clases sólo avivaría la discordia en lugar de aliviarla. Apio Claudio, duro por naturaleza y ahora exasperado, de una parte, por el odio de la plebe, y de otro por las alabanzas del Senado, afirmó que estas reuniones sediciosas no eran el resultado de la miseria sino de la permisividad, la plebe estaba actuando más por libertinaje que por ira. Este era el daño que había surgido del derecho de apelación, pues los cónsules sólo podían amenazar sin capacidad para hacer cumplir sus amenazas, mientras los criminales pudiesen apelar a sus colegas. "Muy bien", dijo, "creemos un dictador contra el que no haya apelación y pronto se acabará esta locura que está incendiándolo todo. Veremos entonces si alguno ataca a un lictor, sabiendo que su libertad y hasta su vida misma están únicamente en manos del hombre cuya autoridad viola".

[2,30] Para muchos, los sentimientos que Apio mostraba les parecían crueles y monstruosos, y lo eran realmente. Por otra parte, las propuestas de Verginio y Larcio sentarían un peligroso precedente, la de Larcio sobre todo, pues destruiría toda confianza. El consejo dado por Verginio fue considerado como el más moderado, siendo una propuesta intermedia entre las otras dos. Pero por la fuerza de su partido y sus intereses personales, que siempre habían lesionado y siempre lesionarían el orden público, Apio resultó vencedor ese día. Estaba muy cerca de ser él mismo nombrado dictador, una designación que habría, más que cualquier otra cosa, distanciado a la plebe en el más inoportuno de los momentos, cuando los volscos, los ecuos y los sabinos se aliaron bajo las armas. Los cónsules y los patricios más ancianos, sin embargo, se encargaron de que una magistratura revestida de poderes tan grandes se confiase a un hombre de temperamento moderado. Nombraron a Marco Valerio, el hijo de Voleso, dictador. Aunque los plebeyos se dieron cuenta de que el dictador había sido nombrado en su contra, todavía, pues mantenían el derecho de apelación por la ley que había dictado su hermano, no temían tratos humillantes o tiránicos de esa gens. Sus esperanzas se vieron confirmadas por un decreto emitido por el dictador, muy similar al realizado por Servilio. Aquel edicto había sido ineficaz, pero ellos pensaban que podrían confiar más en la persona y poder del dictador por lo que, dejando toda oposición, dieron sus nombres para el alistamiento. Se formaron diez legiones, el mayor ejército que nunca se hubiese alistado. Tres de ellas fueron asignadas a cada uno de los cónsules, el dictador tomó el mando de cuatro.

La guerra ya no podía retrasarse. Los ecuos habían invadido el territorio latino. Los legados enviados por los latinos pidieron al Senado que les ayudase o les permitiese tomar las armas para defender sus fronteras. Consideraron más seguro defender a los latinos desarmados que permitirles volver a armarse. Se envió al cóncul Vetusio y ése fue el fin de las correrías. los ecuos se retiraron de las llanuras, y confiando más en la naturaleza del país que en sus armas, buscaron refugio en la espesura de las montañas. El otro cónsul avanzó contra los volscos, y para no perder tiempo, devastó sus campos para obligarlos a que acercasen su campamento y poder enfrentarlos. Los dos ejércitos estaban frente a frente, en el espacio abierto entre los campamentos. Los volscos tenían una ventaja numérica considerable, y por ellos se mostraron desordenados y despreciativos hacia sus enemigos. El cónsul romano mantuvo su ejército inmóvil, les prohibió contestar a sus provocaciones y les ordenó permanecer con sus lanzas quietas en el suelo, y cuando el enemigo se puso al alcance, mandó que hiciesen todo el uso posible de sus espadas. Los volscos, cansados por sus carreras y gritos, se abalanzaron sobre los romanos como si éstos fuesen hombres atemorizados, pero cuando notaron la fortaleza del contraataque y vieron las espadas blandidas ante ellos, retrocedieron confusamente como si hubiesen sido tomados en una emboscada, y debido a la velocidad con la que entraron en combate casi no les quedaron fuerzas para huir. Los romanos, por otra parte, que al comienzo de la batalla se habían mantenido en silencio de pie, estaban frescos y vigorosos y fácilmente superaron a los agotados volscos, corrieron hacia su campamento, los expulsaron y los persiguieron hasta Velitras, donde entraron, vencedores y vencidos, en desorden. Hubo allí mayor matanza que en la propia batalla; a unos pocos que tiraron sus armas y se rindieron se les dio cuartel.

[2.31] Mientras estos hechos ocurrían entre los volscos, el dictador, después de entrar en territorio sabino, donde se produjo la parte más grave de la guerra, derrotó y puso en fuga al enemigo y los expulsó de su campamento. Una carga de caballería había roto el centro del enemigo que, debido a la prolongación excesiva de las alas, se vio debilitado por una insuficiente profundidad de filas, y tras quedar así desordenados la infanteria les cargó. En la misma carga se capturó el campamento y se dio fin a la guerra. Desde la batalla del lago Regilo no se había efectuado una acción más brillante en aquellos años. El dictador entró en triunfo en la Ciudad. Además de las distinciones habituales, se le asignó un lugar en el Circo Máximo a él y a su descendencia, desde el que ver los Juegos, y se puso allí la silla curul [silla habitualmente construida en marfil, con patas curvadas formando una amplia X. No poseía respaldo, sus brazos eran bajos y se podía plegar. Era empleada por magistrados con imperium: dictador, magister equitum, cónsul, pretor, edil; y por el flamen dialis (sacerdote de Júpiter) aunque no lo poseyera.-N. del T.] Después de la subyugación de los volscos, el territorio de Velitras fue anexado y se enviaron ciudadanos romanos a colonizar la ciudad. Algún tiempo después, tuvo lugar un combate con los ecuos. El cónsul no quería luchar en un terreno que le era desfavorable, pero sus soldados lo obligaron a combatir. Lo acusaron de prolongar la guerra para que el mandato del dictador expirase antes de que ellos regresasen, en cuyo caso sus promesas ya no tendrían valor, como aquellas que antes había hecho. Le obligaron a hacer subir a su ejército a los peligros de la montaña; pero debido a la cobardía del enemigo esta maniobra imprudente terminó con éxito. Estaban tan asombrados por la audacia de los romanos que antes de que llegasen al alcance de sus armas abandonaron su campamento, que estaba en una posición muy fuerte, y se precipitaron hacia el valle por la parte de atrás. Así que los vencedores lograron una victoria con gran botín y sin derramamiento de sangre.

Si bien estas tres guerras fueron conducidas victoriosamente, el curso de los asuntos internos seguía siendo fuente de inquietud tanto para los patricios como para los plebeyos. Los prestamistas poseían tal influencia y habían tomado tan hábiles precauciones que engañaron, no sólo al pueblo, sino al propio dictador. Después que el cónsul Vetusio hubiera regresado, Valerio presentó, como el más importante asunto a considerar por el Senado, el tratamiento a dar a los hombres que habían conseguido la victoria, y propuso una resolución en cuanto a la decisión que debían tomar respecto a los deudores insolventes. Su moción fue denegada y, ante ello, les dijo, "No soy aceptable como defensor de la concordia. Confio en que muy pronto el pueblo tenga patrones tan fieles somo yo. En lo que a mí respecta, no voy a animar a mis conciudadanos con esperanzas vacías, ni voy a ser un dictador en vano. Los desórdenes internos y las guerras exteriores hicieron necesaria esta magistratura para la república; ahora se ha asegurado la paz exterior, pero la interior se ha hecho imposible. Prefiero verme involucrado en la sedición como un ciudadano privado que como dictador." Y diciendo esto, abandonó el edificio y renunció a su dictadura. Para el pueblo, la razón esta muy clara; había renunciado a la magistratura porque estaba indignado por la forma en que fueron tratados. El incumplimiento de su promesa no no fue por su culpa; consideraron que hizo cuanto pudo para mantener su palabra y lo siguieron con aplausos en su vuelta a casa.

[2.32] El Senado empezó a temer que, una vez abandonasen el ejército, los ciudadanos volviesen a las conspiraciones y las reuniones secretas. Aunque era el dictador quien había efectuado de hecho el alistamiento, los soldados habían jurado obediencia a los cónsules. Recordándoles que seguían bajo el juramento militar, el Senado ordenó a las legiones que marchasen fuera de la Ciudad con la excusa de que se había reanudado la guerra con los ecuos. Esta decisión precipitó la sedición. Se dice que la primera idea fue dar muerte a los cónsules, para desligarse de su juramento; pero, comprendiendo que que ninguna obligación religiosa podría disolverse mediante un crimen, decidieron, por instigación de un tal Sicinio, ignorar a los cónsules y retirarse al Monte Sacro, que está al otro lado del Anio, a tres millas [4440 metros.-N. del T.] de la Ciudad. Esta es una tradición aceptada más comúnmente que la defendida por Pisón y que dice que la separación se hizo en el Aventino. Allí, sin jefe alguno y en un campamento fortificado con valla y foso, se retiraron sin nada más que lo básico para vivir y se mantuvieron varios días, ni efectuar ni recibir ninguna provocación. Un gran pánico se apoderó de la Ciudad, la desconfianza mutua llevó a un estado de parálisis general. Los plebeyos que habían sido dejados por sus compañeros en la Ciudad temían la violencia de los patricios; los patricios temían a los plebeyos que aún permanecían en la ciudad, y no sabían decidir si preferían que se quedasen o que se marchasen. "¿Cuánto tiempo", se preguntaban, "permanecerá tranquila la multitud que se ha separado? ¿Qué pasaría si, entre tanto, estallase alguna guerra exterior?" Creían que todas sus esperanzas residían en la concordia entre los ciudadanos, y que esta debía ser restaurada a cualquier precio.

El Senado decidió, por tanto, enviar a Menenio Agripa como portavoz, un hombre elocuente y aceptable para la plebe, pués el mismo era de origen plebeyo. Fue admitido en el campamento, y se cuenta que él, simplemente, les contó la siguiente fábula en forma primitiva y tosca: "En los días en que todas las partes del cuerpo humano vivían, no juntas como ahora, sino cada miembro por su lado y hablando sólo de lo suyo, se indignaron todos contra el vientre y decían que todo lo que hacían era únicamente en beneficio suyo mientras éste estaba ocioso y no hacía más que disfrutar de todo. Y conspiraron contra él: las manos no llevarían comida a la boca, la boca no aceptaría la comida que se le ofreciese, los dientes no la masticarían. Mientras, en su resentimiento, estaban ansiosos por obligar al vientre mediante el hambre, ellos mismos se debilitaron y todo el cuerpo quedó al fin exhausto. Entonces se hizo evidente que el vientre no era un holgazán y que el alimento que recibía no era mayor que el que devolvía a todas las partes del cuerpo para que viviesen y se fortaleciesen, distribuyéndolo equitativamente entre las venas tras haberlo madurado con la digestión de los alimentos." Mediante esta comparación, y mostrando cómo las discordias internas entre las partes del cuerpo se parecían a la animosidad de los plebeyos contra los patricios, logró conquistar a su audiencia.

[2.33] Se empezó a negociar buscando la reconciliación. Se llegó al acuerdo de que la plebe debía tener sus propios magistrados, cuyas personas serían inviolables, y que tendrían derecho de auxilio contra los cónsules. Y, además, no se le permitiría a ningún patricio el ejercicio de dicho cargo. Se eligieron dos tribunos de la plebe, Cayo Licinio y Lucio Albino. Estos eligieron a tres colegas. En general se acepta que Sicinio, el instigador de la secesión, fue uno de ellos, pero no se sabe quiénes fueron los otros dos. Algunos dicen que sólo se nombreron dos tribunos en el Monte Sacro y que fue allí donde se aprobó la Lex Sacrata. Durante la secesión de la plebe Espurio Casio y Postumio Cominio -493 a.C.-tomaron posesión de su consulado. En su año de magistratura se firmó un tratado de paz con las ciudades latinas, permaneciendo en Roma uno de los cónsules con éste propósito. El otro fue enviado a la guerra contra los volscos. Derrotó un ejército volsco de Ancio, y los persiguió hasta Longula, de la que se apoderó. Luego avanzó hacia Polusca, que también pertenecía a los volscos, y la capturó; después atacó Corioli con gran fuerza.

Uno de los más destacados entre los jóvenes soldados del campamento era Cneo Marcio, un joven de buen juicio y simpre dispuesto a la acción, quien más tarde recibió el sobrenombre de Coriolano. Durante el transcurso del asedio, mientras el ejército romano dedicaba su atención a toda la gente del pueblo que estaba cercada dentro de sus murallas y no a la detección de posibles movimientos hostiles exteriores, fueron repentinamente atacados por las legiones volscas que habían marchado desde Anzio. Al mismo tiempo, hicieron una salida desde la ciudad. Marcio resultó estar de guardia, y con un cuerpo selecto de hombres no sólo rechazó la salida sino que hizo una incursión audaz por la puerta abierta, y tras hacer gran matanza en aquella parte de la ciudad, tomó un poco de fuego e incendió los edificios que lindaban con la muralla. Los gritos de los ciudadanos, que se mezclaban con los de las mujeres y los niños aterrorizados, envalentonaron a los romanos y desmoralizó a los volscos, que pensaron que la ciudad a la que habían venido a ayudar ya había sido capturada. Así, las tropas de Ancio fueron derrotados y Corioli capturada. La fama que ganó Marcio eclipsó tan completamente la del cónsul que, de no haber sido inscrito el tratado con los latinos (pues debido a la ausencia de su colega había sido firmado sólo por Espurio Casio) en una columna de bronce y así quedar permanentemente registrado, cualquier recuerdo de que fuera Postumio Cominio quién dirigió la guerra con los volscos habría perecido. En el mismo año murió Menenio Agripa, un hombre que durante toda su vida fue igualmente apreciado por los patricios y los plebeyos, y se hizo aún más querido de los plebeyos después de su secesión. Sin embargo, el negociador y árbitro de la reconciliación, el que actuó como el embajador de los patricios ante la plebe y devolvió a la Ciudad, no disponía de suficiente dinero para sufragar los gastos de su funeral. Fue enterrado por los plebeyos, cada uno aportando una sextante [moneda romana de cobre de dos onzas (54,56 gr) de peso (sexta parte de un as).-N. del T.]

a su costa.

[2.34] Los nuevos cónsules fueron Tito Geganio y Publio Minucio -492 a.C.-. En este año, mientras que en el extranjero todo estuvo tranquilo y en el interior las disensiones civiles se calmaron, la república fue atacada por otro mal mucho más grave: en primer lugar, carestía de alimentos, debido a los campos sin cultivar durante la secesión, y luego una hambruna como la que sufriría una ciudad sitiada. Esto, en todo caso, habría conllevado la desaparición de los esclavos, y probablemente también habrían muerto muchos plebeyos, de no haber hecho frente los cónsules a la emergencia enviando comisionados a varios lugares para comprar grano. Marcharon no sólo a lo largo de la costa a la derecha de Ostia, en Etruria, sino también a la izquierda, pasado el país de los volscos, hasta llegar a Cumas. Su búsqueda se extendió incluso hasta Sicilia; a tal punto la hostilidad de sus vecinos los obligó a buscar ayuda tan lejos. Cuando el grano hubo sido comprado en Cumas, los barcos fueron detenidos por el tirano Aristodemo a modo de embargo en compensación sobre las propiedades romanas de Tarquinio, de quien era heredero. Entre los volscos y en el distrito de Pontino fue incluso imposible negociar la compra de grano, los comerciantes estuvieron a punto de ser atacados por la población. Desde Etruria llegó un poco de grano por el Tiber; esto sirvió para auxilio de los plebeyos. Habían sido acosados por una guerra, doblemente inoportuna al resultar tan escasas las provisiones, si los volscos, que ya estaban en marcha, no hubieran sido azonados por una terrible pestilencia [en la época, cualquier enfermedad contagiosa, solía ser calificada como "peste" o "pestilencia".-N. del T.]. Este desastre intimidó al enemigo tan eficazmente que incluso cuando se hubo calmado su virulencia siguieron en cierta medida sobrecogidos; los romanos incrementaron el número de colonos en Velitras y establecieron una nueva colonia en Norba, en las montañas, para servir como bastión en el territorio de Pomptina.

Durante el consulado de Marco Minucio y Aulo Sempronio -491 a.C.-una gran cantidad de grano llegó desde Sicilia, la cuestión se debatió en el Senado: ¿a qué precio se le debía dar a la plebe? Muchos opinaban que había llegado el momento de ejercer presión sobre los plebeyos y recuperar los derechos que habían sido arrebatados al Senado mediante la secesión y la violencia que la acompañó. El principal de ellos fue Marcio Coriolano, un enemigo declarado de la potestad tribunicia. "Si", sostuvo, "quieren su grano al precio antiguo, que devuelvan al Senado sus antiguos poderes. ¿Por qué, entonces, debería, tras haber sido subyugado y rescatado como si estuviese entre bandidos, ver a los plebeyos detentar magistraturas, o contemplar a un Sicinio en el poder? ¿Voy a soportar estas humillaciones un instante más? ¿Yo, que no pude soportar a un Tarquinio como rey, soportaré a un Sicinio? ¡Dejad que se marchen ahora! ¡que llamen a sus plebeyos! ¡abiertas están las vías al Monte Sacro! ¡Dejad que se lleven el grado de nuestros campos como hicieron hace dos años; dejadles disfrutar de la escasez que con su locura han provocado! Me atrevo a decir que después de haber sido domesticados por estos sufrimientos, más preferirán trabajar como braceros en los campos que impedir que sean cultivadas por culpa de una secesión armada". Es más fácil decir lo que debía haberse hecho que creer que se podía haber llevado a cabo: que los senadores podrían haber logrado, bajando el precio del grano, la abrogación del poder tribunicio y de todas las restricciones legales que se les impuso contra su voluntad.

[2.35] El Senado consideró estas intenciones muy peligrosas y los plebeyos, en su exasperación, casi corrieron a por las armas. El hambre, dijeron, estaba siendo usada como arma contra ellos, como si fueran enemigos; estaban siendo engañados con los alimentos y el sustento; el grano extranjero, que la fortuna les había dado de forma inesperada como su único medio de sustento, les iba a ser arrancado de sus bocas a menos que sus tribunos fueron entregados encadenados a Cneo Marcio, a menos que pudiera hacer caer su voluntad sobre las espaldas de los plebeyos romanos. En él veían surgir un nuevo verdugo, que les ordenaría morir o vivir como esclavos. Habría sido atacado al salir de la curia si los tribunos, muy oportunamente, no hubiesen fijado un día para su procesamiento. Esta medida disipó la cólera; cada hombre se vio como juez con poder de vida y muerte sobre su enemigo. Al principio, Marcio trató las amenazas de los tribunos con desprecio; éstos tenían el poder de proteger, no de castigar: eran los tribunos de la plebe, no de los patricios. Pero la ira de los plebeyos había sido tan excitada que los patricios pensaron que sólo podrían salvarse a sí mismos castigando a uno de su clase. Se resistieron, sin embargo, a pesar del odio: trataron de ejercer todos los poderes que poseían, tanto colectiva como individualmente. Al principio trataron de impedir el procedimiento situando grupos de sus clientes para disuadir a los individuos de que acudieran a las asambleas y reuniones. Luego actuaron colectivamente (como si todos los patricios estuviesen procesados) y rogaban a los plebeyos que si se negaban a absolver a un hombre inocente, al menos se lo entregasen a los senadores como culpable. Como él no hizo acto de presencia el día de su juicio, su resentimiento siguió inalterado y fue condenado en ausencia. Marchó al exilio entre los volscos, profiriendo amenazas contra su patria y dominado por el odio contra ella. Los volscos le recibieron de buen grado y se hizo más popular conforme su resentimiento contra sus compatriotas se volvía más encarnizado, escuchándose cada vez con más frecuencia sus quejas y amenazas. Disfrutó de la hospitalidad de Atio Tulio, que era el hombre más importante en ese momento entre los volscos y enemigo de Roma durante toda su vida. Impulsados ambos por motivos parecidos: el uno por un antiguo odio y el otro por uno reciente, hicieron planes para hacer la guerra a Roma. Tenían la impresión de que no se podría inducir fácilmente al pueblo, tras tantas derrotas, a tomar las armas de nuevo y que, después de sus pérdidas en tantas guerras y las últimas por la pestilencia, estaban desmoralizados. Había pasado tiempo suficiente para que se calmase la hostilidad; era necesario, por tanto, tramar un engaño por el cual se volvieran a exacerbar los ánimos.

[2.36] Sucedió que se estaban haciendo preparativos para una repetición de los grandes juegos [Ludi Romani o Ludi maximi.-N. del T.]. La razón de su repetición era que por la mañana temprano, antes del comienzo de los Juegos, un padre de familia después de azotar a su esclavo le había arrastrado por en medio del Circo Máximo. Luego los Juegos empezaron, como si el incidente no tuvo importancia religiosa. No mucho después, Tito Latino, un miembro de la plebe, tuvo un sueño. Júpiter se le apareció y le dijo que el bailarín que inició los Juegos le resultó desagradable, y agregó que a menos que estos Juegos se repitieran con la debida magnificencia, el desastre caería sobre la Ciudad, y que él tenía que ir e informar a los cónsules. A pesar de que no estaba en absoluto libre de escrúpulos religiosos, temía también decírselo a los cónsules para que no le hicieran objeto de escarnio público. Esta vacilación le costó cara porque en pocos días perdió a su hijo. Para que no cupiese duda en cuanto a la causa de esta repentina calamidad, la misma forma se apareció nuevamente al afligido padre en su sueño y le dijo que si no creía haber sido suficientemente castigado por su negligencia al cumplir la voluntad divina, otra más terrible le esperaba si no iba inmediatamente a informar a los cónsules. Aunque el asunto se hacía cada vez más urgente, siguió retrasándose y, mientras así lo iba postergando, fue atacado por una enfermedad grave en forma de parálisis súbita. Ahora, la ira divina le alarmó, y fatigado por su pasada desgracia así como por la actual, llamó a sus amistades y les contó lo que había visto y oido; la repetida aparición de Júpiter en sus sueños y las amenazas y la caida de la ira del cielo sobre él por sus dudas. Con la firme recomendación de todos los presentes fue llevado en una litera ante los cónsules, en el Foro, y desde allí, por orden de los cónsules, al Senado. Después de repetir la misma historia a los senadores, para gran sorpresa de todos, se produjo otro milagro. La tradición cuenta que quien había sido llevado a la curia con todo su cuerpo paralizado, volvió a casa, después de cumplir con su deber, por sus propios pies.

[2.37] El Senado decretó que los Juegos debían celebrarse con el mayor esplendor. A sugerencia de Atio Tulio, un gran número de volscos acudió a ellos. De conformidad con un acuerdo previo con Marcio, Tulio se llegó a los cónsules, antes de que empezasen los juegos, y les dijo que había ciertos asuntos concernientes al Estado que deseaba discutir con ellos en privado. Cuando todos los demás se retiraron, comenzó: "No me gusta tener que hablar mal de mi pueblo. No vengo, sin embargo, para acusarlos de haber cometido realmente un delito, sino a tomar precauciones contra la comisión de uno. El carácter de nuestros ciudadanos es más voluble de lo que yo querría; lo hemos experimentado en muchas derrotas, por lo debemos nuestra actual seguridad no a nuestros méritos, sino a vuestra indulgencia. Aquí, en este momento, hay una gran multitud de volscos, los Juegos están en marcha y toda la Ciudad está pendiente del espectáculo. Recuerdo que un atentado fue cometido por los jóvenes sabinos en una ocasión similar y me estremezco al pensar que pudiera ocurrir algún incidente imprudente y temerario. Por nuestro bien y el vuestro, cónsules, pensé que lo correcto era advertirles. En lo que a mí respecta, tengo la intención de marcharme en seguida a mi casa no sea que, si me quedo, me vea envuelto en cualquier disturbio". Con estas palabras, se marchó. Estas alusiones vagas, pronunciadas al parecer de buena fuente, fueron trasladadas por los cónsules al Senado. Como generalmente sucede, la autoridad de la fuente, en lugar de los hechos efectivos, los indujo a tomar precauciones incluso excesivas. Se aprobó un decreto por el que los volscos debían abandonar la Ciudad; se enviaron pregoneros para que se les ordenase a todos ellos salir antes del anochecer. Su primer sentimiento fue de pánico a medida que iban a sus alojamientos respectivos para retirar sus pertenencias; pero cuando habían empezado a marcharse, se apoderó de ellos un sentimiento de indignación al ser expulsados de los Juegos, de un festival que era a modo de reunión entre los dioses y los hombres, como si estuviesen impuros o fuesen criminales.

[2,38] A medida que se iban en un flujo casi continuo, Tulio, que se había adelantado, los esperaba en la Fuente Ferentina. Abordando a sus hombres más importantes a medida que llegaban, con tono de queja e indignación los condujo, con la ira de sus propias palabras y sus propios sentimientos de enojo, hacia la llanura que se extendía por debajo de la carretera. Allí comenzó su discurso: "Aunque olvidáseis todos los males que Roma os ha causado y las derrotas que el pueblo volsco ha sufrido, aunque lo olvidáseis todo, ¿con qué carácter, quisiera saber, ¿sufriréis este insulto de ayer, cuando comienzan sus juegos haciéndonos esta ignominia? ¿No creéis que hoy han triunfado sobre nosotros? ¿Que al salir fuísteis un espectáculo para el pueblo, para los extranjeros, para todas las poblaciones vecinas; que vuestras esposas, vuestros hijos, fueron exhibidos como espectáculo ante los ojos de todos? ¿Qué creéis que pensaban aquellos que escucharon la voz de los pregoneros, los que nos miraban partir, los que se encontraron con esta cabalgata ignominiosa? ¿Qué pueden haber pensado, sino que había alguna culpa terrible en nosotros, que si hubiésemos estado presentes en los Juegos los habríamos profanado y hecho necesaria una expiación, y que esta es la razón por la que hemos sido expulsados de las casas de esta buena y religiosa gente y de toda relación y asociación con ellos? ¿No se os ocurre que debemos nuestras vidas a la premura con la que partimos, si es que podemos llamarlo partida y no huída? ¿Y os dáis cuenta de que esta Ciudad no es más que la Ciudad de vuestros enemigos donde, habiendo residido un sólo día, habéis estado a punto de morir? Os ha sido declarada la guerra, para gran mal de quienes os la han declarado si es que sois realmente hombres". Así que marcharon a sus hogares, con su resentimiento amargado por esta arenga. Ellos instigaron tanto los sentimientos de sus compatriotas, cada uno en su propia ciudad, que todo el pueblo volsco se sublevó.

[2.39] Por voto unánime de todos los generales, se confió la dirección de la guerra a Atio Tulio y a Cneo Marcio, el exiliado romano, en quien pusieron todas sus esperanzas. Él justificó totalmente sus expectativas, pues se hizo bastante evidente que la fuerza de Roma residía más en sus generales que en su ejército. Marchó en primer lugar contra Circeio, expulsó a los colonos romanos y se la entregó a los volscos como ciudad libre. Luego tomó Satrico, Longula, Polusca y Corioli, pueblos que los romanos habían capturado recientemente. Marchando a través del país por la Vía Latina, recuperó Lavinio y después, sucesivamente, Corbión, Vetelia, Trebio, Labico y Pedum [actual Gallicano.-N. del T.]. Por último, avanzó desde Pedum contra la Ciudad. Atrincheró su campamento en las fosas Cluilias, a unas cinco millas de distancia [7400 metros.-N. del T.], y desde allí asoló el territorio romano. Las incursiones fueron acompañadas por hombres cuya misión era asegurarse de que las tierras de los patricios no fueran afectadas; una medida tomada bien porque su ira se dirigiese principalmente contra los plebeyos, bien porque esperase que surgiesen disturbios entre ellos y los patricios. Estos sin duda se habrían producido (a tal punto estaban los tribunos excitando a la plebe contra los hombres más importantes del Estado) de no haber sido porque el temor al enemigo que estaba fuera (el más fuerte lazo de unión) les unió a pesar de sus mutuas sospechas y aversión. En un punto que no estaban de acuerdo; el Senado y los cónsules ponían sus esperanzas únicamente en las armas, los plebeyos preferían cualquier cosa a la guerra. Espurio Nautio y Sexto Furio -488 a.C.-eran ahora cónsules. Mientras estaban revistando las legiones, guarneciendo las muralles y posicionando tropas en varios lugares, se reunió una enorme multitud. Al principio alarmaron a los cónsules con gritos sediciosos, y al final les obligaron a convocar el Senado y presentar una moción para enviar embajadores a Cneo Marcio. Como el valor de la plebe estaba, evidentemente, cediendo, el Senado aceptó la moción, y se enviaron embajadores a Marcio con propuestas de paz. Regresaron con la respuesta: Si se devolvía el territorio capturado a los volscos podrían hablar de paz; pero si deseaban disfrutar del botín de guerra a su placer, él no se había olvidado de los daños infligidos por sus compatriotas ni de la amabilidad que habían mostrado quienes ahora eran sus anfitriones, y se esforzaría por dejar claro que su espíritu se había despertado, no roto, con el exilio. Los mismos legados fueron enviados por segunda vez, pero no se les permitió la entrada en el campamento. Según la tradición, los sacerdotes, envueltos con sus ropajes, fueron como suplicantes al campamento enemigo, pero no tuvieron más influencia con él que la delegación anterior.

[2.40] Después se juntaron las matronas y fueron ver a Veturia, la madre de Coriolano, y a su esposa Volumnia. No puedo asegurar si esto fue consecuencia de un decreto del Senado, o simplemente a causa del miedo de las mujeres, pero en todo caso tuvieron éxito convenciendo a Veturia para que fuese con Volumnia y sus dos hijos pequeños al campamento enemigos. Mientras que los hombres eran incapaces de proteger a la ciudad por las armas, las mujeres buscaron hacerlo con sus lágrimas y oraciones. A su llegada al campamento, se envió recado a Coriolano de que se había presentado una gran cantidad de mujeres. Había permanecido impasible ante la majestad del Estado en la persona de sus embajadores, ante el llamamiento que a sus ojos y ánimo hicieron los sacerdotes; aún más dura fue para con las lágrimas de las mujeres. Entonces, uno de sus amigos, que había reconocido a Veturia, de pie entre su nuera y sus nietos, y visible entre todos ellos por su gran dolor, le dijo: "Si no me engañan mis ojos, tu madre, tu esposa y tus hijos están aquí". Coriolano, casi como un loco, saltó de su asiento para abrazar a su madre. Ella, cambiando de tono de súplica a la ira, le dijo: "Antes de permitir tu abrazo, déjame saber he venido ante un hijo o ante un enemigo, si estoy en tu campamento como tu prisionera o como tu madre. Haber tenido una larga vida y una vejez infeliz me ha llevado a esto, ¿Que tenga que verte exiliado y convertido en enemigo? ¿Tendrás el corazón de arrasar este tierra en la que naciste y que te ha alimentado? ¿Cómo no cedió la ira hostil y amenazante con que llegaste al entrar en su territorio? ¿No te decías al posar tus ojos en Roma, 'Dentro de esas murallas está mi casa, mis dioses familiares, mi madre, mi esposa, mis hijos?'. Si yo no hubiese parido, ningún ataque habría recibido Roma; Si nunca hubiese tenido un hijo, habría terminado mis días como una mujer libre en un país libre. Pero no hay nada que yo pueda sufrir ahora que no te traiga a tí más desgracia de la que me has causado; cualquiera que sea la infelicidad que me espera, no será por mucho tiempo. Mira a éstos, a los cuales, si insistes en tus acciones actuales, les espera una muerte prematura o una larga vida de esclavitud". Cuando cesó, su esposa e hijos lo abrazaron, y todas las mujeres lloraban y se lamentaban de su destino y del de su país. Por fin, cedió y se compadeció. Abrazó a su familia, los despidió y levantó su campamento. Después de retirar sus legiones del territorio romano, se dice que cayó víctima del resentimiento que su acción despertó; pero en cuanto al momento y las circunstancias de su muerte, las tradiciones varían. Encuentro en Fabio, que es con mucho la mayor autoridad, que llegó a la ancianidad; dice de él que a menudo exclamaba en sus últimos años que un hombre no era viejo hasta que no sentía la completa miseria del exilio. Los maridos romanos no guardaron rencor a sus esposas por la gloria que habían ganado, tan absolutamente libres del espíritu de la envidia y la maledicencia estaban por aquellos días. Se construyó y consagró un templo a la Fortuna de las Mujeres que sirviera como recuerdo de su acción. Posteriormente, las fuerzas combinadas de los volscos y los ecuos volvieron a entrar en el territorio romano. Los ecuos, sin embargo, se negaron a aceptar por más tiempo el generalato de Atio Tulio, surgió una disputa en cuanto a qué nación debía proporcionar el comandante del ejército unido, y esto resultó en una sangrienta batalla. Aquí, la buena fortuna de Roma destruyó los dos ejércitos de sus enemigos en un conflicto tan ruinoso como obstinado. Los nuevos cónsules fueron Tito Sicinio y Cayo Aquilio -487 a.C.-. A Sicinio se le asignó la campaña contra los volscos, a Aquilio contra los hérnicos, pues también estaban en armas. En ese año fueron sometidos los hérnicos y la campaña contra los volscos terminó indecisa.

[2,41] Para el año siguiente -486 a.C.-, fueron elegidos cónsules Espurio Casio y Próculo Verginio. Se firmó un tratado con los hérnicos, se les quitó dos tercios de su territorio. De ésta, Casio destinó la mitad a los latinos y la otra mitad a la plebe romana. Contempló añadir a esas tierras otras que, alegó, aunque eran tierras del Estado, estaban ocupadas por particulares. Esto alarmó a muchos de los patricios, los ocupantes actuales, pues ponía en peligro la seguridad de sus bienes. Sobre los terrenos públicos, también se sentían inquietos, ya que consideraban que mediante esta generosidad el cónsul estaba creando un poder peligroso para la libertad. Entonces, por primera vez, se promulgó una ley agraria, y desde entonces hasta hoy nunca se ha sido debatida sin grandes conmociones. El otro cónsul se opuso a la propuesta. En esto fue apoyado por el Senado, mientras que la plebe estaba lejos de mostrarse unánime en favor de la ley. Estaban empezando a mirar con recelo que un don tan barato fuese compartido entre ciudadanos y aliados, y a menudo escuchaban decir al cónsul Verginio, en sus discursos públicos, que el regalo de su colega estaba lleno de malicia, que las tierras en cuestión traerían la esclavitud para quien las tomase y que estaba preparándose el camino para alcanzar el trono. ¿Por qué, preguntó, se había incluido a los aliados y a la Liga Latina? ¿Qué necesidad había de devolver una tercera parte del territorio de los hérnicos, tan recientemente nuestros enemigos, a menos que esas dos naciones quisieran tener como jefe a Casio, en lugar de Coriolano? El oponente de la Ley Agraria comenzó a ser popular. Entonces, ambos cónsules trataron de ir lo más lejos posible para complacer a la plebe. Verginio dijo que consentiría con la cesión de las tierras a condición de que se asignasen solamente a ciudadanos romanos. Casio había pretendido la popularidad entre los aliados mediante su inclusión en la distribución y por esto se hundió su estima entre sus conciudadanos. Para recuperar su favor, dio órdenes para que el dinero que habían recibido para el grano de Sicilia fuese devuelto al pueblo. La plebe consideró con desprecio esta oferta, como si fuese sólamente el precio del trono. Debido a su desconfianza innata de que estaba pretendiendo la monarquía, sus regalos fueron rechazados por completo, como si tuvieran abundancia de todo. En general, se afirma que inmediatamente después de dejar su magistratura fue condenado y ejecutado. Algunos afirman que su propio padre fue el autor de su castigo, que lo ejecutó en privado en su casa, y después de la flagelación le dio muerte y consagró sus propiedades privadas a Ceres [diosa de la agricultura, cosechas y fecundidad.-N. del T.]. Allí erigió una estatua de la diosa con la inscripción "Donada por la familia Casia." He visto que algunos autores dan un relato mucho más probable, es decir, que fue procesado por los cuestores Cesón Fabio y Lucio Valerio ante el pueblo y condenado por traición a la patria, dando orden de que su casa fuese demolida. Se encontraba (la casa) en el espacio abierto en frente del templo de Tellus. En cualquier caso, tanto si el juicio fue público o privado, su condena se llevó a cabo en el consulado de Servio Cornelio y Quinto Fabio -485 a.C.-.

[2.42] La ira popular contra Casio no duró mucho. La Ley Agraria resultó lo bastante atractiva, aunque fuera destituido de su autor, para despertar por sí misma el deseo de la plebe, y su avidez aumentó con la falta de escrúpulos del Senado, quien engañó a los soldados sobre su parte del botín que les correspondía sobre lo ganado ese año a los volscos y ecuos. Todo lo capturado al enemigo fue vendido por el cónsul Fabio y el importe se depositó en el Tesoro Público. A pesar del odio que esto produjo en la plebe contra todo el nombre Fabio, los patricios consiguieron que Cesón Fabio fuera elegido cónsul, para el año siguiente -484 a.C.-, junto con Lucio Emilio. Este disgustó aún más a la plege y los disturbios internos llevaron a una guerra exterior. Por el momento, se suspendieron las querellas civiles, los patricios y los plebeyos sólo tenían en la cabeza resistir a los ecuos y los volscos, y Emilio dirigió un combate que terminó en victoria. El enemigo sufrió más pérdidas durante la retirada que en la batalla, con tanto ardor fueron perseguidos por la caballería. En el mismo año, el 15 de julio, se consagró el templo de Cástor. Había sido prometido por el dictador Postumio durante la Guerra Latina; su hijo fue nombrado duunviro para consagrarlo. En este año, también, el atractivo de cuanto la Ley Agraria les prometía alteró al pueblo y los tribunos consiguieron hacer más apreciada por el pueblo su magistratura insistiendo constantemente en la aplicación de tan popular medida. Los patricios, creyendo que ya había más que suficientes alteraciones en la pleba, vieron con horror aquellos sobornos e incitaciones a la imprudencia. Los cónsules decidieron mostrar una resistencia más decidida, y el Senado ganó la partida. No fue sólo una victoria momentánea, pues eligieron como cónsules para el año siguiente -483 a.C.-a Marco Fabio , el hermano de Cesón, y a Lucio Valerio, que era objeto de un odio especial por parte de la plebe por su persecución de Espurio Casio. El enfrentamiento con los tribunos continuó durante todo el año; la Ley siguió siendo letra muerta y los tribunos, con sus promesas infructuosas, se convirtieron en holgazanes jactanciosos. La gens Fabia ganó una inmensa reputación tras los tres consulados sucesivos de miembros suyos, todos los cuales habían tenido, invariablemente, éxito en su resistencia a los tribunos. La magistratura permaneció durante un tiempo, como una inversión segura, oficina se mantuvo como una inversión segura, en la gens. Empezó una guerra con Veyes y resurgió la de los volscos. El pueblo contaba con fuerza más que suficiente para afrontar las guerras exteriores, pero la desperdiciaron en conflictos internos. La inquietud general se vio agravada por signos sobrenaturales que, casi a diario, se sucedían por igual en la Ciudad y en el campo. Los augures, que fueron consultados por el Estado y por particulares, declararon que la ira divina se debía sólo a la profanación de las funciones sagradas. Estos avisos dieron lugar al castigo de Oppia, una virgen vestal, que fue declarada culpable de fornicación.

[2.43] Los siguientes cónsules Quinto Fabio y Cayo Julio -482 a.C.-. Durante este año, las disensiones civiles siguieron tan vivas como siempre, y la guerra asumió un cariz más serio. Los ecuos se levantaron en armas, y los veyentinos hicieron estragos en el territorio romano. En medio de la creciente incertidumbre sobre estas guerras Cesón Fabio y Espurio Furio -481 a.C.-fueron nombrados cónsules. Los ecuos estaban atacando a Ortona, una ciudad latina; los veyentinos, cargados con el botín, amenazaban ahora con atacar la propia Roma. Esta condición alarmante de los asuntos debía haber limitado, aunque en realidad aumentó, la hostilidad de la plebe, y volvieron al viejo método de rechazar el servicio militar. Esta reacción no fue espontánea; Espurio Licinio, uno de sus tribunos, pensando que era un buen momento para forzar al Senado, por pura necesidad, para que se cumpliese la Ley Agraria, había asumido la tarea de obstruir el reclutamiento. Todo el odio, sin embargo, excitado por este mal uso del poder tribunicio recayó sobre el autor: sus propios colegas estaban tan en contra de él como de los cónsules; con su ayuda pudieron los cónsules completar el alistamiento. Se levantó un ejército para cubrir dos guerras al mismo tiempo: uno contra los veyentinos, bajo el mando de Fabio, y el otro contra los ecuos, bajo el mando de Furio. En esta última campaña no ocurrió nada digno de mención. Fabio, sin embargo, tuvo muchos más problemas con sus propios hombres que con el enemigo. Él, el cónsul, en solitario, sostuvo entonces la República mientras su ejército, con su odio al cónsul, hizo cuanto pudo por traicionarlo. Porque, aparte de sus demás habilidades como jefe militar, de las que había dado sobradas muestras en sus preparativos para la guerra y en la dirección de la misma, había dispuesto de tal manera a sus tropas que derrotó al enemigo con el sólo envío contra él de la caballería. La infantería se negó a iniciar la persecución; no sólo desoyeron los llamamientos de su odiado general sino que llevaron sobre ellos la pública desgracia y la infamia, y hasta el peligro que se hubiera podido producir si el enemigo hubiera dejado de correr o se hubiese reorganizado. Se retiraron desobedeciendo las órdenes y, con la mirada triste (se podría suponer que habían sido derrotados), volvieron al campamento, maldiciendo a su jefe por el trabajo que había hecho la caballería [hay que tener presente que la táctica de Fabio suponía una acción que invertía los términos habituales de las batallas de la época: habitualmente era la infantería la que rompía las líneas enemigas y la caballería la que efectuaba la persecución de los derrotados.-N. del T.] Contra este ejemplo de desmoralización general no pudo el general oponer ningún recurso; hasta tal punto pueden los hombres carecer de la capacidad de gobernar a su propio pueblo, aunque sepan vencer al enemigo. El cónsul regresó a Roma, pero no había acrecentado su reputación militar tanto como se había agravado y hecho más amargo el odio que sus soldados sentían por él. El Senado, sin embargo, logró mantener el consulado en la gens de los Fabios; nombraron cónsul a Marco Fabio y Cneo Manlio fue elegido como su colega -480 a.C.-.

[2.44] Este año también hubo un tribuno que abogó por la Ley Agraria. Era Tiberio Pontificio. Adoptó la misma actitud que Espurio Licinio y durante un corto espacio de tiempo impidió el alistamiento. El Senado se volvió a perturbar, pero Apio Claudio les dijo que el poder de los tribunos había sido vencido el año anterior y así seguía, de hecho, en ese momento, y el precedente así establecido regiría para el futuro, pues era evidente que se había quebrado su fortaleza. Pues nunca faltaría un tribuno deseoso de triunfar sobre su colega y asegurarse el favor del mejor partirdo para bien del Estado. Si se necesitaban más, había más dispuestos a acudir en ayuda de los cónsules, siendo incluso sólo uno suficiente, contra el resto. Los cónsules y los líderes del Senado sólo tenían que tomarse la molestia de asegurarse de que, si no todos, al menos alguno de los tribunos estaría al lado de la República y del Senado. Los senadores siguieron este consejo, y al mismo tiempo, todos a la vez, trataron a los tribunos con cortesía y amabilidad; los hombres de rango consular, en cada demanda privada que establecían lograron que, en parte por influencia personal, en parte por la autoridad que su rango les daba, los tribunos ejercieran su poner en beneficio del Estado. Cuatro de los tribunos se opusieron a quien constituía un obstáculo para el bien público; con su ayuda, los cónsules pudieron hacer el alistamiento.

Luego partieron a la campaña contra Veyes. Habían llegado socorros a esta ciudad desde todas las zonas de Etruria, no tanto por ayudar a los veyentinos como por las esperanzas que tenían en que se disolviera el estado romano por sus discordias intestinas. En las asambleas públicas de las ciudades de Etruria, los jefes proclamaban en voz alta que el poder romano sería eterno a menos que sus ciudadanos cayeran en la locura de luchar entre sí. Esto, decían, ha demostrado ser el único veneno, la única plaga de los Estados poderosos, que hizo morir a los grandes imperios. Tales males habían sido controlados durante largo tiempo, en parte por la sabia política del Senado, en parte por la paciencia de la plebe, pero ahora las cosas habían llegado al extremo. El Estado unido se había dividido en dos, cada uno con sus propios magistrados y con sus propias leyes. Al principio, los alistamientos produjeron reyertas, pero cuando ya se encontraban en el servicio los hombres obedecían a sus generales. Mientras la disciplina militar se mantuvo el mal pudo ser detenido, cualquiera que fuese el estado de cosas en la Ciudad, pero ahora la costumbre de desobedecer a los magistrados se estaba extendiendo entre los soldados romanos en campaña. Durante la última guerra, en la misma batalla, en el momento crucial, la victoria pasó a los ecuos vencidos por la actitud común de todo el ejército: abandonaron los estandartes, abandonaron a su general sobre el campo de batalla y las tropas volvieron al campamento en contra de sus órdenes. De hecho, si se forzaban las cosas, Roma podría ser vencida por medio de sus propios soldados; sólo se necesitaba una declaración de guerra, una demostración de actividad militar y el destino y los dioses harían el resto. Previsiones de tal índole habían dado nuevas fuerzas a los etruscos, tras sus muchas vicisitudes de victoria y derrota.

[2.45] Los cónsules romanos, también, nada temían más que a sus propias fuerzas y sus propias armas. El recuerdo del precedente funesto establecido en la última guerra les disuadía de cualquier acción, y en virtud de ello temían un ataque simultáneo de dos ejércitos. Se confinaron en sus campamentos, y ante el doble peligro evitaron el enfrentamiento, esperando que el tiempo y las circunstancias pudieran quizá calmar las pasiones exaltadas y calmar los ánimos. Los veyentinos y los etruscos trataron por todos los medios de forzar la batalla; se acercaban al campamento y desafiaban a los romanos para que luchasen. Al final, ya que no conseguían nada con burlas e insultos ni contra el ejército ni contra los cónsules, declararon que los cónsules estaban usando el pretexto de las discordias internas para encubrir la cobardía de sus hombres, que desconfiaban de su valor más que dudaban de su lealtad. El silencio y la inactividad entre los hombres alistados era un nuevo tipo de sedición. También les gritaban, con verdades y mentiras, cosas sobre el origen reciente de su estirpe. Gritaban todo esto cerca de las murallas y puertas del campamento. Los cónsules se lo tomarom con calma, pero los soldados rasos se indignaron y avergonzaron, apartando sus pensamientos de los problemas internos. No querían que el enemigo siguiese impune, tampoco estaban dispuestos a que los patricios y los cónsules se salieran con la suya; el odio contra el enemigo trataba de imponerse al odio hacia sus compatriotas. Por fin, prevaleció el primero, tan despectiva e insolente se volvieron las burlas del enemigo. Se reunieron en multitud alrededor de las tiendas de los generales, insistiendo en combatir y pidiendo que dieran la señal para la acción. Los cónsules acercaron sus cabezas, como si deliberasen, y permanecieron así algún tiempo. Estaban ansiosos por luchar, pero tenían que reprimir y ocultar su ansiedad de modo que el entusiasmo de los soldados, una vez despertado, aumentase con la oposición y el retraso. Les dijeron que las cosas no estaban maduras, que aún no era el momento adecuado para la batalla y que debían permanecer dentro del campamento. A continuación, dictaron la orden de que no debía lucharse, y que cualquier que luchase contra las órdenes emitidas sería tratado como un enemigo. Los soldados, despedidos con esta respuesta, ansiaban aún más combatir cuanto que pensaban que los cónsules no lo deseaban. El enemigo se volvió aún más atrevido cuando se supo que los cónsules habían decidido no combatir; se imaginaban que podrían insultarles ahora con impunidad, pues no confiaban en los soldados y las cosas podrían alcanzar el estado de motín, llegando a su fin el dominio de Roma. En esta confianza corrían hacia las puertas, les lanzaban epítetos oprobiosos y casi llegaron a asaltar el campamento. Naturalmente, los romanos no pudieron tolerar esos insultos más tiempo y fueron desde todas partes del campamento a ver a los cónsules; no hicieron sus peticiones a través de los centuriones principales, como antes, sino en medio de un gran griterío. Los ánimos estaban maduros, pero todavía los cónsules se retraían. Por fin, Cneo Manlio, temeroso de que la creciente agitación provocase un motín, cedió, y Fabio, después de ordenar que tocasen las trompetas para imponer silencio, se dirigió a su colega así: "Yo sé, Cneo Manlio, que estos hombres pueden vencer; y no es sino por su culpa que yo no supiese si deseaban hacerlo. Por tanto, se ha decidido y determinado no dar la señal para el combate a menos que juren que saldrán victoriosos de esta batalla. Un cónsul romano fue ya una vez fue engañado por sus soldados, pero no podrán engañar a los dioses". Entre los centuriones principales que habían pedido ser llevados a la batalla estaba Marco Flavoleyo. "Marco Fabio," dijo, "Volveré victorioso de la batalla." Invocó la ira del padre Júpiter, de Marte Gradivus [el que precede o guía al ejército en combate.-N. del T.] y de otros dioses si él rompía su juramento. Todo el ejército repitió el juramento, hombre por hombre, después de él. Cuando hubieron jurado, se dio la señal, tomaron sus armas y entraron en acción, furiosos de rabia y seguros de la victoria. Les dijeron a los etruscos que se atrevieran a seguir con sus insultos, a ver si estaban igual de dispuestos a enfrentarse a ellos con las armas como lo estaban para hacerlo con sus lenguas Todos, patricios y plebeyos por igual, demostraron un notable valor ese día, el nombre Fabio se cubrió especialmente de gloria. Habían decidido recuperar, en esta batalla, la estima del pueblo, que habían perdido tras muchas contiendas políticas.

[2.46] Se formó la línea de batalla; ni los veyentinos ni las legiones etruscas rechazaron el combate. Estaban casi seguros de que los romanos no serían más combativos que contra los ecuos, y aún pensaban que podría sucederles algo todavía más grave considerando el estado de irritación en que estaban y la doble oportunidad que ahora se les presentaba. Las cosas tomaron un rumbo muy diferente, pues en ninguna otra guerra anterior los romanos habían entrado en acción con determinación más severa, tan excitados estaban por los insultos del enemigo y las tácticas dilatorias de los cónsules. Los etruscos apenas habían tenido tiempo para formar sus filas cuando, tras que las jabalinas hubieran sido arrojadas desordenadamente en vez de con regularidad, los guerreros entraron al cuerpo a cuerpo con las espadas, la clase más desesperada de lucha. Entre los más destacados estuvieron los Fabios, que dieron un espléndido ejemplo a seguir a sus compatriotas. Quinto Fabio (el que había sido cónsul dos años antes) cargó, ajeno al peligro, contra la masa Veyentina, y mientras estaba combatiendo con un gran número de enemigos, un toscano de fuerza enorme y espléndidamente armado hundió su espada en el pecho, y al sacarla Fabio cayó sobre la herida. Ambos ejércitos acusaron la caída de este hombre, y los romanos comenzaron a ceder terreno, entonces Marco Fabio, el cónsul, saltando por encima del cuerpo caído y sosteniendo su escudo, les gritó, "¿Es esto lo que jurásteis, soldados, que volverías huyendo al campamento? ¿Teméis más a este enemigo cobarde que a Júpiter y Marte, por quienes jurásteis? Yo, que no he jurado, volveré victorioso, o caeré luchando por tí, Quinto Fabio. " Luego, Cesón Fabio, el cónsul del año anterior dijo al cónsul, "¿Con estas palabras, hermano, crees que les harás luchar? Los dioses, por los que juraron, lo harán; nuestro deber como jefes, si queremos ser dignos del nombre Fabio, es encender el coraje de nuestros soldados con el combate en lugar de con arengas". Así los dos Fabios se abalanzaron con sus lanzas en ristre y arrastraron con ellos a toda la línea.

[2.47] Mientras la batalla se recuperaba en un ala, el cónsul Cneo Manlio mostraba no menos de energía en la otra, donde la suerte del día dio un giro similar. Porque, como Quinto Fabio en el otro extremo, el cónsul Manlio estaba aquí conduciendo a sus hombres frente al enemigo cuando fue gravemente herido y se retiró del frente. Pensando que había muerto, cedieron terreno, y hubieran abandonado sus posiciones si el otro cónsul no llegase al galope tendido con algunas fuerzas de caballería, gritándoles que su colega estaba vivo y que él mismo había derrotado la otra ala enemiga, consiguiendo detener la retirada romana. Manlio también se mostró ante ellos, para reanimar a sus hombres. La conocidas voces de los dos cónsules dieron a los soldados nuevos ánimos. Al mismo tiempo, la línea enemiga estaba debilitada pues, confiados en su superioridad numérica, se habían desprendido de sus reservas y las habían enviado a asaltar el campamento. Éstas no encontraron sino una ligera resistencia y, mientras pensaban más en saquear que en combatir, los triarios romanos, que no habían podido resistir el primer ataque, enviaron mensajeros al cónsul para decirle cómo estaban las cosas y entonces, retirándose en orden al Pretorio [lugar del campamento donde se situaba la tienda del jefe de la fuerza.-N. del T.] y reiniciando la lucha sin esperar órdenes. El cónsul Manlio había vuelto al campamento, y envió tropas a todas las puertas para bloquear la huída del enemigo. La situación desesperada despertó en los etruscos la locura en vez del valor; se lanzaron en cada dirección donde les parecía haber esperanza, y durante algún tiempo sus esfuerzos fueron infructuosos.

Por fin, un cuerpo compacto de jóvenes soldados atacaron al propio cónsul, visible por sus armas. Las primeras armas fueron detenidas por los que estaban a su alrededor, pero no pudieron aguantar mucho tiempo la violencia de su ataque. El cónsul cayó mortalmente herido y quienes le rodeaban fueron dispersados. Los etruscos se envalentonaron, los romanos huyeron presa del pánico a lo largo del campamento y las cosas podrían haberse descontrolado completamente si los miembros de la guardia del cónsul no hubiesen recuperado rápidamente su cuerpo y hubieran abierto una vía a través del enemigo hasta una de las puertas. Irrumpieron los etruscos a través de ella y, en una confusa masa, se encontraron con el otro cónsul que había ganado la batalla; allí fueron nuevamente masacrados y dispersados en todas direcciones. Se ganó una victoria gloriosa aunque triste por la muerte de dos hombres ilustres. El Senado decretó un triunfo, pero el cónsul respondió que si el ejército podía celebrar un triunfo sin su comandante, con mucho gusto les permitía hacerlo a cambio de su espléndido servicio en la guerra. Pero como su gens estaba de luto por su hermano, Quinto Fabio, y el Estado había sufrido parcialmente por la pérdida de uno de sus cónsules, no podía aceptar laureles para sí mismo que eran ensombrecidos por el público y privado. Fue más celebrado por declinar el triunfo que si lo hubiese celebrado, pues a veces la gloria desdeñada vuelve aumentada con el tiempo. Después dirigió las exequias de su colega y su hermano, y pronunció la oración fúnebre de cada uno. En la mayor parte de los elogios que les concedía, tenía parte él mismo. No había perdido de vista el objetivo que se propuso al comienzo de su consulado, la reconciliación con la plebe. Para promoverlo, se distribuyó entre los patricios el cuidado de los heridos. Los Fabios se hicieron cargo de un gran número y en ningún lugar se les mostró mayor atención. A partir de este momento comenzó a ser popular; y su popularidad fue ganada por métodos que no eran incompatibles con el bienestar del Estado.

[2.48] Por lo tanto la elección de Cesón Fabio como cónsul, junto con Tito Verginio -479 a.C.-, fue bien recibida tanto por la plebe como por los patricios. Ahora que existía una perspectiva favorable de concordia, subordinó todos los proyectos militares a la tarea unir a patricios y plebeyos a la mayor brevedad. Al comienzo de su año de magistratura, propuso que antes de que cualquier tribuno llegase a abogar por la Ley Agraria, el Senado debería anticiparse, tomar bajo su control la empresa y distribuir las tierras capturadas en la guerra entre los plebeyos tan justamente como fuese posible. Era justo que éstos obtuviesen aquello que se habían ganado con su sangre y su sudor. Los patricios trataron la propuesta con desprecio, algunos incluso se quejaron de que la mente una vez enérgica de Cesón se estaba volviendo débil y extravagante por el exceso de gloria que había ganado. No hubo luchas partidistas en la Ciudad. Los latinos estaban siendo acosados por las incursiones de los ecuos. Cesón fue enviado allí con un ejército, cruzaron la frontera hacia territorio ecuo y lo asolaron. Los ecuos se retiraron a sus ciudades y se mantuvieron tras sus murallas. No hubo ninguna batalla de importancia. Pero la temeridad del otro cónsul costó una derrota a manos de los Veyentinos, y sólo la llegada de Cesón Fabio con refuerzos salvó al ejército de la destrucción. A partir de ese momento no hubo ni paz ni guerra con los veyentinos, cuyos métodos bélicos eran muy parecidos a los de los bandidos. Se retiraban a sus ciudades ante las legiones romanas; luego, al saber que se habían retirado, hacían correrías por los campos; evitaban la guerra manteniéndose tranquilos pero impidiendo con la guerra la tranquilidad. Así que el asunto ni se podía abandonar y se podía terminar. La guerra amenazaba también en otros lugares; alguna parecía inminente, como en el caso de los ecuos y los volscos, que permanecían tranquilos sólo hasta que pasasen los efectos de su reciente derrota, mientras era evidente que los sabinos, perpetuos enemigos de Roma, y toda la Etruria estarían pronto en movimiento. Sin embargo, los veyentinos, un enemigo tan persistente como formidable, producían más molestias que alarma porque nunca resultaba seguro ignorarles o prestar atención a otro lugar. En estas circunstancias, los Fabios acudieron al Senado y el cónsul, en nombre de su casa, habló así: "Como sabéis, senadores, la Guerra Veyentina requiere más de persistencia que de un gran ejército. Cuidad vosotros de las otras guerras y dejad que los Fabios hagan frente a los veyentinos. Os garantizamos que en esto quedará siempre salva la majestad de Roma. Nos proponemos llevar a cabo esa guerra como cosa privada y a nuestra costa. Que el Estado se ahorre dinero y hombres." Se aprobó un voto de agradecimiento muy cordial; el cónsul abandonó la Curia y regresó a su casa acompañado por todos los Fabios, que se encontraban en el vestíbulo esperando la decisión del Senado. Después de recibir instrucciones para encontrarse a la mañana siguiente, armados, ante la casa del cónsul, se separaron para ir a sus hogares.

[2,49] La noticia de lo sucedido se extendió por toda la Ciudad, se puso a los Fabios por las nubes; la gente decía "Una gens ha asumido la carga del Estado, la Guerra Veyentina se ha convertido en un asunto privado, una disputa privada. Si hubiera dos gens en la Ciudad con la misma fuerza, y una reclamase la cuestión veyentina como propia mientras la otra lo hacía con la cuestión ecua, entonces serían subyugados los estados vecinos mientras la propia Roma permanecía en profunda tranquilidad". Al día siguiente, los Fabios tomaron sus armas y se reunieron en el lugar designado. El cónsul, con su paludamentum [capa rectangular, roja o púrpura, distintiva de legados y cónsules en campaña.-N. del T.], salió al vestíbulo y vio a la totalidad de su gens, dispuesta en orden de marcha. Tomando su lugar en el centro, dio orden de avanzar. Nunca había desfilado por la Ciudad un ejército más pequeño ni con tan brillante reputación o más universalmente admirado. Trescientos seis soldados, todos patricios, todos miembros de una gens, ni uno solo de los cuales el Senado, incluso en sus más prósperos días, habría considerado inadecuado para el alto mando, avanzaron amenazando ruina a los veyentinos con la fuerza de una sola familia. Fueron seguidos por una multitud; compuesta en parte por sus propios familiares y amigos, que no estaban preocupados con la natural ansiedad y esperanza sino llenos de los mejores augurios, y en parte de los que compartían la inquietud general y no podían encontrar palabras para expresar su afecto y admiración. "Adelante", gritaban, "valientes, adelante, y ojalá seáis afortunados; que el resultado final iguale este comienzo y acudid luego a nosotros en busca de consulados, triunfos y toda clase de recompensas". Conforme pasaban por la Ciudadela, el Capitolio y otros templos, sus amigos rezaban a cada dios cuya estatua o santuario veían, de modo de encomendaban aquella fuerza con todos los presagios favorables para el éxito y pedían que les devolviesen salvos a su patria y sus familias. ¡En vano fueron hechas las oraciones! Continuaron su infortunado camino por la arcada derecha de la puerta Carmental, y alcanzaron las orillas del Crémera. Ésta les parecó un lugar adecuado para una posición fortificada. Lucio Emilio y Cayo Servilio fueron los siguientes cónsules -478 a.C.-. En la medida en que sólo se trataba de hacer incursiones y correrías, los Fabios eran lo bastante fuertes como para proteger su puesto fortificado y, además, efectuar patrullas a ambos lados de la frontera entre los romanos y los territorios etruscos, haciendo que todo el territorio resultase seguro para ellos mismos y peligroso para el enemigo. Cesaron brevemente estos ataques cuando los veyentinos, después de reunir un ejército de Etruria, asaltaron el puesto fortificado en el Crémera. Fueron enviadas las legiones romanas al mando de Lucio Emilio y combatieron en una batalla campal contra las fuerzas etruscas. Los veyentinos, sin embargo, no tuvieron tiempo de formar sus líneas, y durante la confusión, mientras los hombres formaban y las reservas se situaban, un ala [fuerza de caballería compuesta de 300 jinetes al mando de un tribuno y que se dividía en 10 turmas de 30 jinetes al mando de un decurión.-N. del T.] atacó por sorpresa el flanco y no les dió oportunidad de empezar la batalla o siguiera de tomar posiciones. Fueron rechazados hasta su campamento en Saxa Rubra y pidieron la paz. La obtuvieron, pero su inconstancia natural les hizo rechazarla antes de que la guarnición romana abandonara la Crémera.

[2.50] Los conflictos entre los Fabios y el Estado de Veyes se reanudaron sin que hubiesen aumentado los preparativos militares sobre los que ya había. No sólo se dieron incursiones y ataques por sorpresa sobre ambos territorios, sino que a veces alcanzaban el nivel de batallas campales y esta única gens romana a menudo obtuvo la victoria sobre la que era en ese momento la ciudad más poderosa de Etruria. Esta era una amarga mortificación para los veyentinos, y fueron obligados por las circunstancias a planear una emboscada en la que atrapar a su audaz enemigo; incluso se alegraron de que las numerosas victorias de los Fabios les hubiese hecho más confiados. En consecuencia, pusieron manadas de ganado, como por casualidad, en el camino de las partidas de saqueo, los campesinos abandonaron los campos y los destacamentos de tropas enviados a repeler a los incursores huyeron en desbandada más a menudo de lo que solía suceder. En ese momento los Fabios habían concebido tal desprecio por sus enemigos que estaban convencidos de que bajo ninguna circunstacia, ni en ninguna ocasión o lugar podrían resistir a sus armas invencibles. Este orgullo les llevó tan lejos que, viendo algunas cabezas de ganado al otro lado de la ancha llanura que se extendía desde el campamento, corrieron hacia abajo para capturarlas, aunque muy pocos de los enemigos eran visibles. No sospechando peligro y sin mantener el orden se introdujeron en la emboscada que habían montado a cada lado del camino; al dispersarse tratando de capturar el ganado, que en su espanto corría de un lado a otro, fueron repentinamente atacados por el enemigo que surgió de su escondite. Al principio se alarmaron por los gritos a su alrededor; después empezaron a llover jabalinas sobre ellos desde todas las direcciones. Como los etruscos les habían rodeado, se vieron estrechados en un círculo de combatientes; y cuanto más les presionaba el enemigo menos espacio les quedaba para formar sus estrechos cuadros. Esto hizo contrastar fuertemente su escaso número contra la cantidad de los etruscos, cuyas filas se multiplicaban conforme las suyas se reducían. Después de un tiempo, dejaron de dar frente en todas las direcciones y adoptaron un sólo frente en formación en cuña, para forzar el paso a base de espada y músculo. El camino seguía hasta una elevación, y aquí se detuvieron. Cuando el terreno más elevado les dio espacio para respirar libremente y recuperarse de la sensación de desesperación, rechazaron a quienes subieron al ataque; y gracias a la ventaja de la posición podrían haber empezado a ganar la victoria de no haber alcanzado la cumbre algunos veyentidos enviados a rodear la colina. Así que el enemigo tuvo de nuevo la ventaja. Los Fabios quedaron reducidos a un sólo hombre, y capturaron su fuerte. Hay acuerdo general en que perecieron trescientos seis hombres, y que uno sólo, un joven inmaduro, quedó como reserva de la gens Fabia para ser el mayor auxilio de Roma en sus momentos de peligro, tanto exterior como interior.

[2,51] Cuando sucedió este desastre eran cónsules Cayo Horacio y Tito Menenio -477 a.C.-. Menenio fue enviado enseguida contra los etruscos,era a la vez envió contra los toscanos, exultalntes por su reciente victoria. Se libró otro combate sin éxito y el enemigo se apoderó del Janículo. La Ciudad, que sufría por la escasez tanto como por la guerra, podría haber sido invadida (pues los etruscos habían cruzado el Tíber) si no hubiesen reclamado al cónsul Horacio de entre los volscos. Los enfrentamientos se acercaron tanto a las murallas que la primera batalla, de resultado indeciso, tuvo lugar cerca del templo de Spes [diosa de la esperanza.-N. del T.], y el segundo en la puerta Colina. En este último, aunque los romanos obtuvieron sólo una ligera ventaja, los soldados recuperaron algo de su antiguo valor y ganaron experiencia para futuras campañas. Los siguientes cónsules fueron Aulo Verginio y Espurio Servilio -476 a.C.-. Después de su derrota en la última batalla, los veyentinos rehusaron combatir y efectuaron incursiones. Desde el Janículo y desde la ciudadela hacían correrías por todo el territorio romano; en ninguna parte estuvo segura la gente ni el ganado. Finalmente cayeron en la misma estratagema en que cayeron los Fabios. Algunos animales fueron llevados a propósito en diferentes direcciones, como un señuelo; los veyentinos lo siguienron y cayeron en una emboscada; y al ser mayor su número, mayor fue la masacre. Su rabia por esta derrota fue la causa y el inicio de una más grave. Cruzaron el río Tíber por la noche y marcharon a atacar el campamento de Servilio, pero fueron derrotados con grandes pérdidas y con gran dificultad alcanzaron el Janículo. El propio cónsul cruzó inmediatamente el Tíber y se atrincheró a los pies del Janículo. La confianza inspirada por su victoria del día anterior, y todavía más la escasez de grano, le hizo adoptar una medida inmediata aunque precipitada. Condujo a su ejército al amanecer por el lado del Janículo hacia el campamento enemigo; pero fue rechazado de modo más desastroso que lo que él había hecho el día antes. Fue sólo por la intervención de su colega que se salvaron él y su ejército. Los etruscos, atrapados entre los dos ejércitos, y retirándose ante cada uno de ellos respectivamente, fueron aniquilados. Así la Guerra Veyentina fue terminada repentinamente gracias a un exitoso acto temerario.

[2,52] Junto con la paz, llegó el alimento a la Ciudad con mayor libertad. Se trajo grano de Campania, y como el miedo a la escasez inmediata había desaparecido, cada uno sacó lo que había acumulado. El resultado de la comodidad y la abundancia fue una nueva inquietud, y ya que habían desaparecido los antiguos males, los hombres comenzaron a buscarlos en casa. Los tribunos empezaron a envenenar la mente de los plebeyos con la Ley Agraria y les excitaron contra los senadores que se oponían a ella, no solo contra todo el Senado, sino contra cada uno de sus miembros individualmente. Quinto Considio y Tito Genucio, que abogaban por la Ley, establecieron un día para el juicio de Tito Menenio. El sentimiento popular se despertó en su contra por la pérdida de la fortaleza de Crémera ya que, como cónsul, tenía su campamento no muy lejos de ella. Esto lo quebrantó, aunque los senadores se esforzaron para él no menos de lo que lo habían hecho por Coriolano y la popularidad de su padre Agripa no se había desvanecido. Los tribunos se contentaron con una multa, aunque se le había acusado de un cargo capital y la cuantía se fijó en 2000 ases [as: moneda romana, de bronce, que inicialmente pesaba 327,5 gr. y se denominaba aes grave; su peso fue variando con el tiempo.-N. del T.]. Esto resultó ser una sentencia de muerte, porque dicen que, incapaz de soportar la vergüenza y el dolor, cayó enfermo de gravedad y falleció. Espurio Servilio fue el siguiente en ser procesado. Su acusación, conducida por los tribunos Lucio Cedicio y Tito Estacio, se produjo inmediatamente después de cesar en su magistratura, al comienzo del consulado de Cayo Naucio y Publio Valerio -475 a.C.-. Cuando llegó el día del juicio, el se enfrentó a las acusaciones de los tribunos, no como Menenio, haciendo llamamientos a su misericordia o a la de los senadores, sino confiando absolutamente en su inocencia y su influencia personal. Se le acusaba por su conducta en la batalla contra los etruscos, en el Janículo; pero el mismo valor que mostró entonces, cuando el Estado estaba en peligro, lo mostró ahora que era su propia vida la que peligraba. Enfrentando sus acusación con otras, hizo recaer sobre los tribunos y toda la plebe la culpa por la condena y muerte de Tito Menenio; el hijo, les recordó, del hombre por cuyos esfuerzos los plebeyos habían recuperado su posición en el Estado y disfrutaban ahora de aquellas magistraturas y leyes que les permitían mostrase crueles y vengativos. Con su audacia disipó el peligro, y su colega Verginio, que se presentó como testigo, le ayudó achacándole algunos de sus propios servicios al Estado. Lo que más le ayudó, sin embargo, fue la sentencia dictada contra Menenio que tan completamente había cambiado el sentimiento popular.

[2.53] Los conflictos internos llegaron a su fin; y empezó de nuevo la guerra con los veyentinos, con quien los Sabinos habían hecho una alianza militar. Se convocó a los auxiliares latinos y hérnicos y se envió al cónsul Publio Valerio, con un ejército, a Veyes. Él atacó inmediatamente el campamento sabino, que estaba situado en frente de las murallas de sus aliados, y creó tal confusión que, mientras pequeños grupos de defensores estaban haciendo salidas en varias direcciones para repeler el ataque, la puerta contra la que se hizo el primer asalto fue forzada, y una vez dentro de las murallas lo que se produjo fue una masacre, no una batalla. El ruido en el campamento llegó incluso hasta la ciudad, y los veyentinos corrieron a tomar las armas en un estado tal de alarma como si la propia Veyes fuese asaltada. Algunos acudieron en ayuda de los sabinos, otros atacaron a los romanos, que estaban totalmente ocupados en su asalto al campamento. Por unos momentos fueron rechazados y desordenados; luego, dando frente en todas direcciones, mantuvieron una firme resistencia mientras que el cónsul ordenaba a la caballería que cargase y derrotaba a los etruscos, poniéndolos en fuga. En la misma hora, dos ejércitos, los dos más poderosos de los estados vecinos, fueron vencidos. Mientras esto ocurría en Veyes, los volscos y ecuos habían acampado en el territorio latino y estaban causando estragos en sus fronteras. Los latinos, junto a los hérnicos, los obligaron a abandonar su campamento sin que hubiera de intervenir un general romano o tropas de Roma. Recuperaron sus propios bienes y obtuvieron además un inmenso botín. Sin embargo, el cónsul Cayo Naucio fue enviado desde Roma contra los volscos. No estaban de acuerdo, creo, con la costumbre de que los aliados fuesen a la guerra con sus propias fuerzas y sus propias formas de luchar, sin ningún general romano al mando o sin estar al lado de un ejército romano. No hubo insulto o injuria que dejase de lanzarse contra los volscos; sin embargo, rehusaron dar batalla.

[2.54] Lucio Furio y Cayo Manlio fueron los siguientes cónsules -474 a.C.-. Se le asignó a Manlio la provincia de Veyes. No obstante, no hubo guerra; por solicitud de ellos, se firmó una tregua de cuarenta años; se les ordenó entregar grano y pagar un tributo. A la paz en el exterior le siguió inmediatamente la discordia doméstica. Los tribunos se sirvieron de la Ley Agraria para incitar a la plebe hasta un estado de peligrosa excitación. Los cónsules, nada intimidados por la condena de Menenio o el peligro en que había estado Servilio, se resistieron con la mayor violencia. Al cesar en sus magistraturas, el tribuno Genucio les procesó. Fueron sucedidos por Lucio Emilio y Opiter Verginio -473 a.C.-. He visto en algunos anales que aparece Vopisco Julio en vez de Verginio. Cualquiera que fuese el cónsul, fue en este año cuando Furio y Manlio, que iban a ser juzgados ante el pueblo, aparecieron vestidos de luto entre los jóvenes patricios más que entre el pueblo. Les instaron a mantenerse alejados de los altos cargos del Estado y de la administración de la república, y a que considerasen las fasces consulares, la pretexta y la silla curul sólo como las pompas fúnebres, pues cuando fuesen revestidos con tales insignias estarían adornados como las víctimas de un sacrificio. Si el consulado les atraía tanto, debían comprender claramente que esa magistratura había sido dominada y quebrada por el poder tribunicio; el cónsul debía actuar en todo a la entera disposición del tribuno, como si fuese su ayudante. Si tomaban una línea activa, si mostraban cualquier respeto por los patricios, si pensaban que algo que no fuese la plebe formaba parte de la república, debían fijarse antes en la expulsión de Cneo Marcio y en la condena y muerte de Menenio. Inflamados por estas palabras, los senadores celebraban encuentros en privado, fuera de la Curia, con sólo unos pocos invitados. Como el único punto en el que estaban de acuerdo era que los dos que estaban procesados debían ser liberados, por métodos legales o ilegales, el plan más desesperado se convirtió en el más aceptable, habiendo hombres que abogaban por el crimen más audaz. En consecuencia, el día del juicio, mientras la plebe estaba en el Foro, impaciente de expectación, quedó sorprendida cuando el tribuno no compareció ante ellos. El creciente retraso les hizo sospechar; creyeron que había sido intimidado por los jefes del senado y se quejaban de que la causa del pueblo había sido abandonada y traicionada. Por fin algunos de los que habían estado esperando en el vestíbulo de la casa del tribuno mandaron recado de que había sido encontrado muerto en su casa. Cuando se propagó esta noticia por la asamblea, se dispersaron en todas direcciones, como un ejército derrotado que ha perdido a su general. Los tribunos estaban especialmente alarmados, pues quedaron advertidos, por la muerte de su colega, de lo absolutamente ineficaces que resultaban las leyes sagradas para su protección. Los patricios, en cambio, mostraron una satisfacción poco moderada; tan lejos estaba cualquiera de ellos de lamentar el crimen, que incluso aquellos que no habían tomado parte en él se dieron prisa en aparentar que sí lo habían hecho, y se aseguraba públicamente que el poder tribunicio debía ser castigado con la sumisión.

[2.55] Aunque la impresión producida por este ejemplo terrible de crimen impune estaba aún fresca, se dieron órdenes de proceder a un alistamiento; y como los tribunos estaban completamente intimidados, los cónsules lo llevaron a cabo sin impedimento alguno por su parte. Pero ahora los plebeyos estaban más enojados con el silencio de los tribunos que en el ejercicio de la autoridad por parte de los cónsules. Dijeron que se había puesto fin a su libertad, que habían vuelto al viejo estado de cosas y que el poder tribunicio estaba muerto y enterrado con Genucio. Debían pensar y aprobar otro sistema para resistir a los patricios, y el único posible era que el pueblo se defendiera a sí mismo, pues no tenían otra ayuda. Veinticuatro lictores auxiliaban a los cónsules, y todos estos hombres procedían de la plebe. Nada les resultaba más despreciable y frágil que ellos, si hubiese alguno que les pudiese tratar con desprecio, pero cada cual les imaginaba autores de cosas enormes y terribles. Tras haberse alentado los unos a los otros con estos discursos, Volero Publilio, un plebeyo, dijo que no debía servir como soldado raso después de haber servido como centurión. Los cónsules le enviaron un lictor. Volero apeló a los tribunos. Ninguno acudió en su ayuda, por lo que los cónsules ordenaron que le desnudaran mientras se preparaban las varas. "Apelo al pueblo,", dijo, "pues los tribunos prefieren antes ver a un ciudadano romano azotado ante sus ojos que ser asesinados en sus camas por vosotros." Cuanto más gritaba, más tiraba el lictor de su toga para desnudarlo. Entonces Volero, que de por sí era un hombre de fuerza inusual, ayudado por aquellos a los que apeló, empujó al lictor y, entre las protestas indignadas de sus partidarios, se retiró entre la multitud gritando "¡Apelo al pueblo en mi auxilio! ¡Ayuda, conciudadanos! ¡Ayuda, compañeros de armas! No podéis esperar nada de los tribunos; son ellos mismos los que necesitan vuestra ayuda". Los hombres, muy excitados, se dispusieron como para la batalla; y era una de lo más importante y amenazante, donde nadie mostraría el menor respeto por los derechos públicos o privados. Los cónsules trataron de retener la furia de la tormenta, pero pronto se dieron cuenta de que poca seguridad ofrecía la autoridad sin el auxilio de la fuerza. Los lictores fueron acosados, las fasces rotas, y los cónsules expulsados del Foro hasta la Curia, sin saber hasta qué punto llevaría Volero su victoria. Como el tumulto estaba cediendo convocaron al Senado, y cuando se reunió se quejaron del ultraje recibido, de la violencia de la plebe y de la audaz insolencia de Volero. Después de hacer muchos discursos violentos, prevaleció la opinión de los senadores de más edad; desaprobaban que a la intemperancia de la plebe se opusiese el resentimiento airado de los patricios.

[2,56] Volero tenía ahora el favor de la plebe, y en la siguiente elección le nombraron tribuno. Lucio Pinario y Publio Furio fueron los cónsules de ese año -472 a.C.-. Todo el mundo supuso que Volero emplearía todo el poder de su tribunado para hostigar a los cónsules del año anterior. Por el contrario, subordinó sus quejas privadas a los intereses del Estado, y sin decir una sola palabra de crítica a los cónsules, propuso al pueblo una ley para que los magistrados de la plebe fuesen elegidos por la Asamblea de las tribus. A primera vista, esta medida parecía ser inofensiva, pero privaría a los patricios de todo el poder de elegir a través de los votos de sus clientes a quienes deseaban como tribunos. Fue más bienvenida por los plebeyos, pero los patricios se resistieron cuanto pudieron. Fueron incapaces de garantizar el único medio eficaz de resistencia, es decir, induciendo a uno de los tribunos, por influencia de los cónsules o de los líderes de los patricios, a interponer su veto. El peso y la importancia de la cuestión hizo que la controversia se prolongase durante todo el año. La plebe reeligió a Volero. Los patricios, percibiendo que la cuestión se acercaba rápidamente a una crisis, nombraron a Apio Claudio -471 a.C.-, el hijo de Apio, quien, desde los conflictos que su padre tuvo con ellos, había sido odiado por ellos, y a cambio también les odiaba cordialmente. Desde el mismo comienzo del año, la Ley tuvo precedencia sobre todos los demás asuntos. Volero había sido el primero en presentarla, pero su colega Letorio, aunque más tarde, fue un partidario aún más enérgico de la misma. Se había ganado una reputación enorme en la guerra, porque nadie era mejor luchador, y esto lo convirtió en un fuerte adversario. Volero en sus discursos se limitó estrictamente a discutir la Ley y se abstuvo de todo abuso contra los cónsules. Pero Letorio comenzó acusando a Apio y a su familia de tiranía y crueldad ante la plebe; dijo que no habían elegido un cónsul, sino un verdugo para acosar y torturar a los plebeyos. La lengua sin entrenamiento del soldado no podía expresar la libertad de sus sentimientos; como le faltasen las palabras, dijo: "no puedo hablar con tanta facilidad como puedo probar la verdad de lo que he dicho; venid aquí mañana, pereceré ante vuestros ojos o sacaré adelante la Ley".

Al día siguiente los tribunos ocuparon en el templo, los cónsules y la nobleza estaban alrededor de la Asamblea para impedir la aprobación de la Ley. Letorio dio órdenes para que todos, a excepción de los votantes efectivos, se retirasen. Los jóvenes patricios se mantuvieron en sus lugares y no hicieron caso a las órdenes del tribuno; a continuación Letorio ordenó que arrestasen a algunos. Apio insistió en que los tribunos no tenían jurisdicción más que sobre los plebeyos, no eran magistrados de todo el pueblo, sino sólo de la plebe; ni siquiera él podría, de acuerdo con las costumbres de sus antepasados, molestar a ningún hombre en virtud de su autoridad, mediante la fórmula ejecutiva: "Si os parece bien, Quirites, ¡partid!" Al hacer comentarios despectivos sobre su jurisdicción, pudo fácilmente desconcertar a Letorio. El tribuno, encendido de furia, envió a su ayudante contra el cónsul, el cónsul envio un lictor contra el tribuno, gritando que él era un ciudadano privado sin ninguna autoridad su ordenador con el cónsul, el cónsul envió un lictor a la tribuna, gritando que era un ciudadano, no un magistrado, sin ningún tipo de autoridad. El tribuno habría sido tratado indignamente si no se hubiese alzado toda la Asambolea para defender al tribuno contra el cónsul, mientras que la gente corría en multitud desde todas partes de la Ciudad hacia el Foro. Apio desafió la tormenta con inflexible determinación, y el conflicto habría terminado con derramamiento de sangre si el otro cónsul, Quincio, encargase a los consulares la tarea de llevarse, por la fuerza si es necesario, a su colega del Foro. Rogó a los furiosos plebeyos que se calmasen, e imploró a los tribunos que disolviesen la Asamblea; debían dejar que se enfriasen los ánimos, el retraso no les privaría de su poder, sino que añadiría prudencia a su fortaleza; el Senado se sometería a la autoridad del pueblo y los cónsules a la del Senado.

[2.57] Con dificultad, Quincio logró calmar a los plebeyos; a los senadores le costó mucho más apaciguar a Apio. Por fin, la Asamblea fue disuelta y los cónsules celebraron una reunión con el Senado. Se expresaron muy distintas opiniones, según predominase el miedo o la ira, pero cuanto mas pasaba el tiempo desde la acción impulsiva a la deliberación tranquila, más contrarios se volvían a prolongar el conflicto; tanto fue así, de hecho, que aprobaron un voto de agradecimiento a Quincio por haber disipado con sus esfuerzos los disturbios. Apio fue llamado para que diese su consentimiento para que se limitase la autoridad consular para acomodarla a la armonía común. Se les urgió a los tribunos y los cónsules, pues mientras cada uno trataba de poner bajo su control su parte respectiva, no había base para la acción común; el Estado se rasgó en dos, y lo único que importaba era quién debería gobernarlo, no cómo se podría preservar su seguridad. Apio, por otro lado, puso a los dioses y los hombres por testigos de que el Estado estaba siendo traicionado y abandonado por miedo; no era el cónsul quien estaba fallando al Senado, sino el Senado el que estaba fallando al cónsul; las condiciones que ahora se dictaban eran peores que las que presentaron los que se retiraron al Monte Sacro. Sin embargo, fue vencido por el sentimiento unánime del Senado y así calló. La ley fue aprobada en silencio. Entonces, por primera vez, los tribunos fueron elegidos por la Asamblea de las Tribus. Según Pisón, se añadieron otros tres, pues antes sólo había habido dos. Dice que fueron Cneo Siccio, Lucio Numitorio, Marco Duelio, Espurio Icilio y Lucio Mecilio.

[2.58] Durante los disturbios en Roma, estalló nuevamente la guerra con los volscos y los ecuos. Habían asolado los campos, a fin de que si hubiera una secesión de la plebe pudieran encontrar refugio con ellos. Cuando se restableció la tranquilidad, movieron más lejos su campamento. Apio Claudio fue enviado contra los volscos, los ecuos se le encargaron a Quincio. Apio mostró en campaña el mismo temperamento salvaje que había mostrado en casa, sólo que aún más desenfrenado, pues no estaba encadenado por los tribunos. Odiaba a la plebe con un odio más intenso del que su padre había sentido, porque habían conseguido lo mejor de él y habían aprobado su ley a pesar de que fue elegido cónsul como el único hombre que podría frustrar el poder tribunicio (una ley, también, que los antiguos cónsules, de los que el Senado esperaba menos que de él, habían obstruido con menos problemas). La ira y la indignación ante todo esto incitaban a su naturaleza imperiosa para acosar a su ejército con una disciplina implacable. Ninguna medida violenta, sin embargo, podría someterlos, tal era el espíritu de oposición que les llenaba. Hacían todo de manera superficial, ociosa, descuidada y desafiante; no les retenía ningún sentimiento de vergüenza o miedo. Si quería que la columna se moviese más rápidamente, ellos machaban más lentamente; si venía a incitarles a apresurar sus trabajos, holgazaneaban cuando antes se habáin mostrado enérgicos por sí mismos; en su presencia miraban hacia abajo y cuando pasaba ante ellos le maldecían; así que el valor que no cedió ante el odio de la plebe fue a veces agitado. Después de usar vanamente duras medidas de todo tipo, se abstuvo de cualquier otra relación con sus soldados, dijo que el ejército había sido corrompido por los centuriones, y a veces los llamaba, en tono burlón, tribunos de la plebe y Voleros.

[2,59] Nada de esto escapó a la atención de los veyentinos, y presionaron con más fuerza en la esperanza de que el ejército romano mostraría el mismo espíritu de desafección hacia Apio que había manifestado hacia Fabio. Pero la desafección fue mucho más violenta con Apio de lo que había sido cib Fabio, pues los soldados no sólo no deseaban vencer, como el ejército de Fabio, sino que deseaban ser vencidos. Cuando se llevó al combate, rompieron filas en una vergonzosa fuga y se dirigieron al campamento, y no ofrecieron resistencia, de hecho, hasta que vieron a los volscos atacar sus trincheras y que en su retaguardia se producía una masacre. Entonces se vieron obligados a luchar, para poder desalojar al enemigo victorioso de su muralla;, resultó, sin embargo, bastante evidente que los soldados romanos sólo luchaban para impedir la captura de su campamente; de no ser así, se regocijaban con su ignominiosa derrota. La furiosa determinación de Apio no se debilitó por esto, pero cuando pensaba en adoptar medidas aún más severas y convocar una asamblea de sus tropas, sus legados y tribunos le rodeadon y le advirtieron que en ningún caso pusiera en juego su autoridad, pues ésta dependía enteramente del libre consentimiento de quienes debían obedecerle. Dijeron que los soldados, como un solo hombre, rechazaban acudir a la asamblea y por todas partes se escuchaba su petición de retirarse del territorio volsco; sólo un poco antes el enemigo victorioso había logrado casi entrar en el campamento. No eran sólo sospechas de un grave motín, la evidencia estaba ante ellos.

Apio cedió finalmente a sus protestas. Sabía que ellos no ganarían nada, más que un retraso en su castigo, y consintió en renunciar a la asamblea. Con las primeras luces se dió la orden de partida. Cuando el ejército había salido del campamento y estaba formando en orden de marcha, los volscos, como si obedeciesen la misma señal, cayeron sobre la retaguardia. La confusión así producida se extendió a las filas de vanguardia y produjo tal pánico en todo el ejército que fue imposible que se escuchasen las órdenes o que se formase una línea de batalla. Nadie pensaba en nada más que huir. Se abrieron paso sobre montones de cuerpos y armas con tan apresurado salvajismo que el enemigo cesó en la persecución antes de que los romanos dejasen de huir. Por fin, después de que el cónsul hubiese tratado en vano de seguir y reunir a sus hombres, las tropas dispersas se reunieron de nuevo y asentaron su campamento en un territorio no alterado por la guerra. Convocó los hombres a una asamblea, y tras lanzar invectivas, con perfecta justicia, contra un ejército que había faltado a la disciplina militar y abandonado sus estandartes [la pérdida del estandarte, y más si era por deserción, resultaba la mayor ignominia imaginable para un soldado o ciudadano romano. Lo siguiente en gravedad era la pérdida de las armas.-N. del T.], les preguntó por separado dónde estaban sus estandartes, dónde estaban sus armas. Ordenó que azotasen y decapitasen a los soldados que habían arrojado sus armas, a los portaestandartes que habían perdido sus insignias, y además de éstos a los centuriones y duplicarios [oficiales que recibían doble paga, solían ser los tenientes de los centuriones.-N. del T.] que habían desertado de sus filas. De cada diez hombres, se eligió uno por sorteo para recibir suplicio.

[2.60] Justo lo contrario sucedió con el ejército en campaña contra los ecuos, donde el cónsul y sus soldados competían entre sí en actos de bondad y compañerismo. Quincio era de naturaleza más suave, y la desafortunada severidad de su colega le hizo más proclive a seguir su inclinación afable. Los ecuos no se atrevieron a enfrentarse con un ejército en el que reinaba tal armonía entre el general y sus hombres; así permitieron que su enemigo devastase su territorio en todas direcciones. En ninguna guerra anterior se habían saqueado más territorios que en aquella. La totalidad de los mismos se entregó a los soldados, y con ellas las palabras de elogio que, no menos que las recompensas materiales, alegraron el ánimo de los soldados. El ejército volvió a casa en los mejores términos con su general, y a través de él con los patricios; dijeron que mientras el Senado les había dado un padre a ellos, al otro ejército les había dado un tirano. El año, que había trascurrido con los distintos azares de la guerra y con las furiosas disensiones, tanto en casa como en el extranjero, fue memorable sobre todo por la Asamblea de las Tribus, que fue más importante por la victoria en sí que por cualesquiera ventaja adquirida. Porque con la retirada de los patricios de su Consejo, la Asamblea perdió más en dignidad de cualquier fortaleza que la plebe hubiese ganado o perdido los patricios.

[2.61] Lucio Valerio y Tiberio Emilio fueron nombrados cónsules para el próximo año -470 a.C.-, que fue todavía más tormentoso debido, en primer lugar, a la lucha entre los dos órdenes a cuenta de la Ley Agraria, y en segundo lugar al enjuiciamiento de Apio Claudio. Fue acusado por los tribunos, Marco Duellio y Cneo Siccio, sobre la base de su decidida oposición a la Ley, y también porque se opuso a la ocupación de las tierras públicas, como si se tratara de un tercer cónsul. Nunca antes había sido nadie llevado a juicio ante el pueblo, a quien la plebe hubiese detestado tan profundamente, tanto por él mismo como por su padre. Pero a casi nadie se esforzaron más los propios patricios en salvar que a él, a quien consideraban el campeón del Senado y vindicador de su autoridad, el baluarte contra los tumultos de los tribunos o la plebe; y ahora le veían expuesto a la ira de los plebeyos, simplemente por haber ido demasiado lejos en la lucha. El mismo Apio Claudio, pese a los ruegos de todos los patricios, miró a los tribunos, a la plebe y a su propio juicio como si no le importasen. Ni las amenazas de los plebeyos ni las súplicas del Senado pudieron inclinarle (no digo ya a cambiar su atuendo y presentarse como un suplicante) a suavizar y dominar en cierta medida la acostumbrada aspereza de su lengua cuando tuvo que hacer su defensa ante el pueblo. Tenía la misma expresión, la misma mirada desafiante, el mismo tono orgulloso al expresarse; de modo que un gran número de los plebeyos quedó no menos atemorizado por Apio en su juicio de lo que lo estuvieron cuando fue cónsul. Él sólo habló una vez en su defensa, pero en el mismo tono agresivo que siempre había adoptado, y su firmeza dejó tan atónitos a los tribunos y a la plebe, que aplazaron el caso por su propia voluntad y lo dejaron dilatarse. No pasó mucho tiempo, sin embargo. Antes que llegase la fecha del nuevo juicio, murió de enfermedad. Los tribunos trataron de impedir que se pronunciase se oración fúnebre, pero los plebeyos no permitirían que se despojasen las exequias de un hombre tan grande de los honores acostumbrados. Escucharon el panegírico del muerto con tanta atención como habían escuchado las acusaciones contra el vivo, y una gran multitud le siguió hasta la tumba.

[2.62] En el mismo año, el cónsul Valerio avanzó con un ejército contra los ecuos, pero no pudiendo atraer al enemigo al combate, inició un ataque a su campamento. Una tormenta terrible de trueno y granizo, enviada por el Cielo, le impidió continuar el ataque. La sorpresa fue mayor cuando, tras ordenarse la retirada, volvió el clima tranquilo y luminoso. Pensó que sería un acto de impiedad atacar una segunda vez un campo defendido por algún poder divino. Volvió sus energías guerreras a la devastación del país. El otro cónsul, Emilio, llevó a cabo una campaña entre los sabinos. Allí, también, como el enemigo se mantuvo detrás de sus murallas, fueron devastados sus campos. La quema no sólo de granjas dispersas, sino también de pueblos con poblaciones numerosas llevó a los sabinos a la acción. Se encontraron con los que algareaban, se combatió en una batalla indecisa y después trasladadon su campamento a un lugar más seguro. El cónsul viendo que dejaba al enemigo como derrotado, consideró esto razón suficiente y regresó, abandonando la guerra.

[2.63] Tito Numicio Prisco y Aulo Verginio fueron los nuevos cónsules -469 a.C.-. Los disturbios interiores siguieron pese a estas guerras y los plebeyos ya no iban, evidentemente, a tolerar más retrasos respecto a la Ley Agraria, y se estaban preparando para tomar medidas extremas cuando el humo de granjas quemadas y la huída de la gente del campo anunció la aproximación de los volscos. Esto detuvo la revolución que ya estaba madura y a punto de estallar. El Senado fue convocado a toda prisa, y los cónsules condujeron a los hombres disponibles para el servicio activo a la batalla, quedando así el resto de la plebe con el ánimo apaciguado. El enemigo se retiró precipitadamente, sin haber hecho otra cosa más que llenar con grandes temores infundados a los romanos. Numicio avanzó contra los volscos en Anzio y Verginio contra los ecuos. Allí fue emboscado y escapó con dificultad de una grave derrota; el valor de los soldados cambió la suerte del día, que la negligencia del cónsul había hecho peligrar. Un generalato más hábil se mostró contra los volscos; el enemigo fue derrotado en el primer combate y puesto en fuga hacia Anzio que era, por aquellos días, una ciudad muy rica. El cónsul no se atrevió a atacarla, sin embargo tomó Cenon a los acíates, que en absoluto era un lugar tan rico. Mientras los ecuos y volscos mantenían los ejércitos romanos ocupados, los sabinos extendieron sus correrías hasta las puertas de la ciudad. En pocos días los cónsules invadieron su territorio, y, atacados con ferocidad por ambos ejércitos, sufrieron pérdidas mayores que las que habían infligido.

[2.64] Hacia el final del año hubo un breve intervalo de paz, pero, como de costumbre, estuvo marcado por la lucha entre los patricios y plebeyos. La plebe, en su desesperación, se negó a tomar parte en la elección de los cónsules, Tito Quincio y Quinto Servilio fueron elegidos cónsules por los patricios y sus clientes -468 a.C.-. Tuvieron un año similar al anterior: agitación durante la primera parte, y luego calma a causa de la guerra exterior. Los Sabinos rápidamente atravesaron las llanuras de Crustumerio, y pasaron a sangre y fuego la zona regada por el Anio, pero fueron rechazados cuando estaban casi alcanzaban la puerta Colina y las murallas de la Ciudad. Tuvieron éxito, sin embargo, en llevarse un inmenso botín, tanto de hombres como de ganado. El cónsul Servilio les persiguió con un ejército ansioso de venganza, y aunque no pudo enfrentarse con su fuerza principal en campo abierto, efectuó sus estragos a una escala tan amplia que no dejó parte intacta por la guerra y regresó con un botín muchas veces mayor que el que obtuvo el enemigo. Entre los volscos, además, la causa de Roma fue espléndidamente servida por los esfuerzos de generales y soldados por igual. Para empezar, se enfrentaron en campo abierto y tuvo lugar una batalla con inmensas pérdidas en ambos bandos, tanto en muertos como en heridos. Los romanos, cuya escasez numérica hacía más sensibles sus pérdidas, se hubieran retirado de no haberles dicho sus cónsules que el enemigo, al otro extremo, huía, y con esta oportuna mentira incitaron al ejército a un nuevo esfuerzo. Cargaron y convirtieron una victoria supuesta en una victoria real. El cónsul, temiendo si llevaba el ataque demasiado lejos se reanudase la lucha, dio señal de retirarse. Durante los siguientes días ambas partes se mantuvieron tranquilas, como si hubiera un acuerdo tácito. Durante este intervalo, un cuerpo inmenso de hombres de todas las ciudades volscas y ecuas llegó al campamento, esperando que cuando los romanos escuchasen de su llegada, harían una retirada nocturna. En consecuencia, sobre la tercera guardia marcharon a atacar el campamento. Después de aclararse la confusión causada por la súbita alarma, Quincio ordenó a los soldados que permanecieran en silencio en sus tiendas, envió una cohorte de hérnicos a los puestos de avanzada, subió a los cornetas y trompetas a caballo y les ordenó que hicieran sus toques de llamada y mantener al enemigo en estado de alerta hasta el amanecer. Durante el resto de la noche todo estuvo tan tranquilo en el campamento que los romanos pudieron incluso dormir a gusto. La vista de la infantería armada, que los volscos tomaron por romanos, y más numerosos de lo que eran en realidad, el ruido y el relinchar de los caballos, inquietos bajo sus jinetes inexpertos y excitados por el sonido de las trompetas, mantuvo al enemigo en el temor constante de un ataque.

[2.65] Al amanecer, los romanos, descansados tras su sueño continuado, fueron conducidos al combate, y en la primera carga quebraron a los volscos, en pie toda la noche y faltos de sueño. Fue, sin embargo, una retirada, más que una derrota; a su retaguardia había colinas a las que todos los que había detrás del frente se retiraron con seguridad. Cuando llegaron donde se elevaba el terreno, el cónsul detuvo su ejército. Los soldados fueron retenidos con dificultad, gritaban para que se les dejase perseguir al enemigo derrotado. La caballería insistía aún más, se amontonaban alrededor del general y en voz alta gritaban que irían por delante de la infantería. Mientras el cónsul, seguro del valor de sus hombres pero sin confiarse a causa de la naturaleza del terreno, aún vacilaba, gritaron que iban a continuar y a sus palabran hicieron seguir un avance. Hincando sus lanzas en el suelo, para poder subir más ligeros, echaron a correr. Los volscos lanzaron sus javalinas a la primera aproximación y luego les arrojaron las piedras que tenían dispuestas a sus pies, conforme el enemigo se acercaba. Muchos fueron alcanzados, y fue tal el desorden creado que fueron obligados a retirarse del terreno más elevado. De esta manera el ala izquierda romana estaba casi derrotada, pero el cónsul con sus palabras les reprochó su temeridad y también su cobardía, haciendo que el miedo diera paso a la vergüenza. Al principio se afianzaron y resistieron con firmeza; luego, cuando manteniendo el terreno lograron recuperar fuerzas, se aventuraron a avanzar. Con un grito renovado toda la línea fue hacia delante, y presionando con una segunda carga superaron las dificultades de la ascensión; estaban a punto de llegar a la cumbre cuando el enemigo se dio la vuelta y huyó. Con una carrera salvaje, perseguidores y perseguidos se precipitaron casi juntos en el campamento, que fue tomado. Los volscos que lograron escapar fueron hacia Anzio, allí se dirigió el ejército romano. Tras unos pocos días de asedio, la ciudad se rindió, no debido a algún esfuerzo inusual por parte de los asaltantes, sino simplemente porque después de la batalla perdida y la captura de su campamento el enemigo se había desmoralizado.

Fin del libro 2

Libro 3: El Decemvirato

Ir al Índice

[3,1] Para el año siguiente a la captura de Anzio, Tiberio Emilio y Quincio Fabio fueron nombrados cónsules -467 a.C.-. Este era el Fabio que resultó único superviviente tras la extinción de su gens en el Crémera. Emilio, en su anterior consulado, ya había abogado por la concesión de tierras a la plebe. Como ya era cónsul por segunda vez, el Partido Agrario abrigaba esperanzas de que la Ley se cumpliría; los tribunos se ocuparon del asunto con la firme esperanza de que tras tantos intentos podrían tener éxito ahora que un cónsul estaba de su parte; el punto de vista del cónsul sobre el asunto no había cambiado. Quienes poseían las tierras (la mayoría de los patricios) se quejaron de que la jefatura del Estado estaba adoptando los métodos de los tribunos y ganando popularidad a base de regalar la propiedad ajena, y de esta manera cambiaron sus odios de los tribunos al cónsul. Se daban todos los indicios de que iba a producirse un serio conflicto, pero Fabio los ahuyentó con una sugerencia aceptable para ambas partes, a saber, que como había una considerable cantidad de tierras tomadas a los volscos el año anterior, bajo el feliz generalato de Tito Quincio, debía asentarse una colonia en Anzio, la cual, como ciudad portuaria, resultaba adecuada para tal propósito. Esto permitiría a los plebeyos poseer terrenos públicos sin injusticia para los que ya poseían, y así se restableció la armonía en el Estado. Se aprobó esta proposición. Nombró como delegados para la distribución de la tierra a Tito Quincio, Aulo Verginio y Publio Furio. Se ordenó que quienes deseasen recibir tierras diesen sus nombres. Como de costumbre, la abundancia produjo asco, y tan pocos dieron en sus nombres que se tuvo que completar el número de colonos añadiendo volscos. El resto del pueblo quería las tierras en Roma, no en otra parte. El ecuos solicitaron la paz a Quinto Fabio, que había marchado contra ellos, pero la rompieron con una repentina incursión en territorio latino.

[3,2] El año siguiente -466 a.C.-, Quinto Servilio (que era cónsul junto a Espurio Postumio) fue enviado contra los ecuos, y sentó su campamento en territorio latino. Su ejército fue atacado por una epidemia y obligado a permanecer inactivo. La guerra se prolongó hasta su tercer año, cuando Quinto Fabio y Tito Quincio fueron cónsules -465 a.C.-. Como Fabio, tras su victoria, había asegurado la paz con los ecuos, mediante un edicto especial le fue encargado este asunto. Partió con la firme convicción de que la fama de su nombre les dispondría a la paz; en consecuencia, envió emisarios a su Consejo Nacional que se encargaron de llevar un mensaje del cónsul Quinto Fabio en el sentido de que como él llevase la paz con los ecuos a Roma, ahora llevaba la guerra de Roma a los ecuos con la misma mano derecha, ahora armada, que les había dado antes como promesa de paz. Los dioses eran ahora testigos y pronto serían los vengadores de los responsables de aquella perfidia y aquel perjurio. En cualquier caso, sin embargo, él prefería que los ecuos se arrepintiesen por su propia voluntad a que sufriesen de manos del enemigo; si se arrepentían, con seguridad podrían encomendarse a su clemencia, que ya habían experimentado, pero si encontraban placer en perjudicarse a sí mismos, entonces más estarían siendo beligerantes contra los enojados dioses que contra sus enemigos terrenales.

Estas palabras, sin embargo, tuvieron tan poco efecto que los enviados escaparon ilesos por poco, y enviaron un ejército al Monte Álgido contra los romanos. Cuando se informó de esto en Roma, los sentimientos de indignación en lugar de los de aprehensión por el peligro urgieron al otro cónsul a salir de la Ciudad. Así que dos ejércitos bajo el mando de los cónsules avanzaron contra el enemigo en formación de batalla, para encarar un inmediato enfrentamiento. Pero sucedio que no quedaba mucha luz, y un soldado les increpó desde los puestos de avanzada de los enemigos: "Así, romanos, hacéis demostración de fuerza, sin combatir. Formáis vuestro frente cuando la noche está a punto de llegar; necesitamos más luz diurna para la batalla. Cuando mañana nazca el Sol, volved a formar. ¡No temáis, tendréis amplia oportunidad de combatir!" Picados por estas burlas, los soldados se marcharon de regreso en el campamento para esperar el día siguiente. Ellos pensaban que la noche que se avecina sería larga, pues se había retrasado la confrontación; tras volver al campamento se rehicieron con la comida y el sueño. Cuando amaneció, al día siguiente, la línea romana formó un poco antes que la del enemigo. Por fin, los ecuos avanzaron. La lucha fue feroz en ambos lados; los romanos lucharon con ira y odio; los ecuos, conscientes del peligro en que sus fechorías les había puesto, y sin esperanza de que se volviesen a fiar de ellos, se vieron obligados a hacer un último y desesperado esfuerzo. Sin embargo, no mantuvieron su posición contra el ejército romano, sino que fueron derrotados y obligados a retirarse dentro de sus fronteras. El ánimo de las tropas permanecía intacto y ni un ápice más inclinado a la paz. Criticaron a sus generales por jugárselo todo en una batalla campal, un modo de luchar en que sobresalían los romanos, mientras que los ecuos, dijeron, eran mejores en las incursiones destructivas y correrías; numerosos grupos, actuando en todas direcciones, tendrían más éxito que se amontonaban en un gran ejército.

[3,3] En consecuencia, dejando un destacamento para vigilar el campamento, salieron e hicieron tales correrías en el territorio romano que el terror que causaron se extendió incluso a la Ciudad. La alarma fue aún mayor debido a que en absoluto se esperaban esas tácticas. Para nada les parecía menos de temer, de un enemigo que había sido derrotado y casi rodeado en su campamento, que pensasen en dedicarse a incursiones de pillaje; mientras el pánico de los campesinos afectados, llegando a las puertas de la Ciudad y exagerándolo todo con su alarma salvaje, exclamaba que no eran simples correrías o pequeños grupos de saqueadores, sino ejércitos completos enemigos los que se acercaban, preparándose para abatirse con violencia sobre la Ciudad. Los que estaban más cerca trasladaban a otros lo que oían, y los vagos rumores se hicieron cada vez mayores y más falsos. Las carreras y gritos de los hombres gritando "¡A las armas!" causaron un pánico casi tan grande como si la Ciudad hubiese sido realmente tomada. Afortunadamente, el consul Quincio regresó a Roma desde Álgido. Esto alivió sus temores, y después de calmar la excitación y reprenderles por temer a un enemigo derrotado, estacionó tropas para proteger las puertas. El Senado fue convocado, y por su autoridad se proclamó la suspensión de todos los negocios; tras lo cual se dedicó a proteger la frontera, dejando a Quinto Servilio como prefecto de la ciudad. Sin embargo, no encontró al enemigo. El otro cónsul logró un éxito brillante. Se informó de cuáles rutas usaría el enemigo, les atacó mientras iban cargados con el botín (obstaculizados así sus movimientos) y convirtió sus correrías de saqueo en fatales para ellos. Pocos enemigos escaparon y se recuperó todo el botín. El regreso del cónsul puso fin a la suspensión de los negocios, que duró cuatro días. Entonces se hizo el censo y Quincio cerró el lustro. Los números del censo expuesto fueron de ciento cuatro mil setecientos catorce, con exclusión de viudas y huérfanos. Nada más de importancia ocurrió entre los ecuos. Se retiraron a sus ciudades y miraban pasivamente el saqueo y el incendio de sus hogares. Después de marchar en varias ocasiones a lo largo y ancho del territorio enemigo y llevar la destrucción por todas partes, el cónsul regresó a Roma con gran gloria e inmenso botín.

[3,4] Los siguientes cónsules fueron Aulo Postumio Albo y Espurio Furio Fuso -464 a.C.-. Algunos autores llaman a los Furios, Fusios. Digo esto por si acaso alguien supone erróneamente que nombres distintos denotan personas diferentes. En cualquier caso, uno de los cónsules continuó la guerra con los ecuos. Éstos enviaron a pedir ayuda a los volscos de Écetra. Tal era la rivalidad entre ellos en cuanto a quién debía mostrar la más inveterada enemistad con Roma, que la ayuda se concedio de buena gana y llevaron a cabo los preparativos para la guerra con la mayor energía. Los hérnicos se dieron cuenta de lo que estaba pasando y alertaron a los romanos de que Ecetra se había rebelado y unido a los ecuos. Se sospechó también de la colonia de Anzio, porque tras la captura de esa ciudad un gran número de sus habitantes [de los originarios.-N. del T.-] se había refugiado entre los ecuos, y fueron los soldados más eficaces en toda la guerra. Cuando los ecuos fueron devueltos a sus ciudades amuralladas, esta multitud fue disuelta y regresó a Anzio. Allí se encontraron a los colonos dispuestos de por sí a la traición y lograron separarlos completamente de Roma. Antes de que los asuntos estuviesen maduros, llegó al Senado la noticia de que se preparaba una revuelta, y se indicó a los cónsules que convocasen a Roma a los jefes de la colonia y se les preguntase qué estaba pasando. Vinieron sin vacilar, pero después de haber sido llevados al Senado por los cónsules, dieron respuestas tan insatisfactorias que dejaron aún mayores sospechas a su marcha que a su llegada. La guerra era segura. Espurio Furio, el cónsul a quien se encargó la dirección de la guerra, marchó contra los ecuos y los encontró efectuando correrías en territorio hérnico. Ignorante de su fuerza, porque no estaban a la vista todos a la vez, se lanzó temerariamente a la batalla con fuerzas inferiores. Fue rechazado en el primer choque y se retiró a su campamento, pero no quedó allí a salvo del peligro. Durante esa noche y el día siguiente, el campamento fue atacado con tal fuerza que ni siquiera pudo enviar un mensajero a Roma. La noticia del desafortunado combate y de la acción del cónsul y su ejército llegó a través de los hérnicos, produciendo tal alarma en el Senado que se emitió un decreto de una manera nunca usada hasta entonces, excepto en casos de extrema urgencia. Encargaron a Postumio que "mirara porque la repúbica no sufriese daño". Se pensaba que lo mejor era que el cónsul permaneciese en Roma para alistar a todo el que pudiese empuñar un arma, mientras que Tito Quincio era enviado como legado proconsular [En el original latino: pro consule T. Qvintivm; es decir, general de un ejército de tamaño consular (2 legiones) con los poderes militares o imperium de un cónsul pero que no podía tomar decisiones políticas que correspondiesen a los cónsules anuales, al Senado o al pueblo.-N. del T.] para liberar el campamento con un ejército suministrado por los aliados. Esta fuerza estaría integrada por los latinos y los hérnicos, mientras que la colonia en Anzio debía proporcionar subitarios (designación que se aplica a tropas alistadas apresuradamente).

[3,5] Numerosas maniobras y escaramuzas tuvieron lugar durante esos días, porque el enemigo con su superioridad numérica era capaz de atacar a los romanos desde muchos lugares y agotar sus fuerzas, pues no pudieron hallarlos juntos en ningún sitio. Mientras una parte de su ejército atacaba el campamento, otra fue enviado a devastar el territorio romano, y, si se presentaba una oportunidad favorable, intentarlo en la propia Ciudad. Lucio Valerio se quedó para proteger a la ciudad y se envió al cónsul Postumio a repeler las incursiones en la frontera. No se omitió ninguna precaución ni se ahorró ningún esfuerzo; se situaron destacamentos ante las puertas, los veteranos guarnecieron las murallas y, como medida necesaria en momentos de tal perturbación, se suspendieron los asuntos públicos durante algunos días. En el campamento, mientras tanto, el cónsul Furio, después de permanecer inactivo durante los primeros días del asedio, hizo una salida por la puerta decumana y sorprendió al enemigo, y aunque pudo haberlos perseguido, se abstuvo de hacerlo, temiendo que el campamento pudiera ser atacado desde el otro lado. Furio, general [legatum en el original latino: general de una legión y subordinado del cónsul, cuyo ejército consultar constaba de dos legiones.-N. del T.]

y hermano del cónsul, llegó demasiado lejos en la carga y no se dio cuenta, en la emoción de la persecución, de que sus hombres estaban regresando y que el enemigo venía sobre él desde atrás. Al ver cortada la retirada, tras muchos intentos infructuosos por abrirse camino hasta el campamento, cayó luchando desesperadamente. El cónsul, al oír que su hermano estaba rodeado, volvió a la lucha, fue herido al sumergirse en el fragor de la refriega y con dificultad pudo ser rescatado por quienes le rodeaban. Este incidente amortiguó el coraje de sus hombres y acrecentó el de los enemigos, que tomaron tanto ánimo por la muerte de un general y por herir a un cónsul que los romanos, que habían sido rechazados a su campamento y estaban nuevamente sitiados, no volvieron a ser enemigo para ellos, ni en moral ni en fortaleza. Fracasaron sus mayores esfuerzos para contener al enemigo, y habrían estado en extremo peligro si Tito Quincio no hubiera llegado en su ayuda con las tropas aliadas, un ejército integrado por contingentes latinos y hérnicos. Como los ecuos estaban dirigiendo toda su atención al campamento romano y mostraban exultantes la cabeza del general al que habían atacado por la espalda, a una señal del cónsul Tito Quincio se efectuó simultáneamente una salida desde el campamento y quedó rodeada una gran cantidad de enemigos.

Entre los ecuos que estaban en territorio romano hubo menos pérdidas en muertos y heridos, pero fueron puestos en fuga rápidamente. Mientras estaban dispersos por todo el país con su botín, Postumio los atacó en varios lugares donde había situado destacamentos. Su ejército [de los ecuos.-N. del T.] quedó así dividido en varios cuerpos de fugitivos y en su huida se encontraron con Quincio, que volvía de su victoria con el cónsul herido. El ejército del cónsul luchó en una brillante acción y vengó las heridas de los cónsules y la muerte del legado y sus cohortes. Durante esos días se infligieron y recibieron grandes pérdidas por ambas partes. En un asunto de tanta antigüedad, es difícil hacer una declaración exacta del número de los que lucharon o de los que cayeron. Valerio de Anzio, sin embargo, se atreve a dar los totales definitivos. Dice que los romanos caídos en territorio hérnico eran 5800, y los antiates muertos por Aulo Postumio mientras corrían el territorio romano fueron 2400. El resto, que se encontró con tiempo Quincio cuando se llevaban su botin, se dispersó con pérdidas más pequeñas; da el número exacto de sus muertos: 4230. Al regresar a Roma, se revocó la orden para el cese de todos los asuntos públicos. El cielo parecía estar todo encendido y también fueron vistos otros portentos, o la gente, en su miedo, imaginó que los veían. Para apartar estos presagios alarmantes, fueron ordenadas intercesiones públicas durante tres días, durante los cuales todos los templos se llenaron de multitud de hombres y mujeres, implorando la protección de los dioses. Después de esto las cohortes latinas y hérnicas recibieron el agradecimiento del Senado por sus servicios y fueron enviadas a sus hogares. Los mil soldados de Anzio, que habían llegado después de la batalla, demasiado tarde para ayudar, fueron enviados de vuelta casi con ignominia [un soldado al servicio de Roma podía recibir la "honesta missio" o licencia honrosa, la "causaria missio" o licencia médica, o la "ignominiosa missio" o licencia sin honor, que no le permitiría recibir ventajas políticas o fiscales (como obtener la ciudadanía en el caso de tropas auxiliares).- N. del T.].

[3.6] A continuación se celebraron las elecciones, Lucio Ebucio y Publio Servilio fueron elegidos cónsules -463 a.C.-; tomaron posesión de sus cargos el 1º de agosto, que era entonces el comienzo del año consular. Ese año fue notable por la gran pestilencia que asoló tanto la Ciudad como los distritos rurales y afectó a los ganados tanto como a los seres humanos. La virulencia de la epidemia fue agravada por el hacinamiento en la Ciudad de la gente del campo y su ganado, por el temor a las correrías enemigas. Esta colección promiscua de animales de todo tipo se hizo ofensiva para los ciudadanos, por el olor inusual, y la gente del campo, constreñida como estaba en las viviendas, se afligían con el calor opresivo que no les dejaba conciliar el sueño. El contacto continuo entre ellos contribuyó a propagar la enfermedad. Mientras apenas eran capaces de soportar la presión de esta calamidad, los enviados de los hérnicos anunciaron que los ecuos y los volscos habían unido sus fuerzas, habían atrincherado su campamento dentro de su territorio [de los hérnicos.-N. del T.] y devastaban su frontera con un ejército inmenso. Los aliados de Roma no sólo vieron en el poco concurrido Senado una indicación de los sufrimientos causados por la epidemia, sino que también hubieron de llevar la melancólica respuesta de que los hérnicos debían, junto a los latinos, defenderse por sí mismos. La ciudad de Roma estaba siendo devastada por la peste enviada por la ira de los dioses; pero si el mal daba algún respiro, entonces enviarían socorro a sus aliados como lo habían hecho el año antes y en anteriores ocasiones. Los aliados partieron, llevando a casa en respuesta a las tristes noticias de que habían traído una respuesta aún más triste, porque quedaba en sus propias fuerzas en la que apenas tendrían igualdad sin el apoyo del poder de Roma. El enemigo ya no se limitó al país de los hérnicos, fueron a destruir los campos de Roma, que ya estaban devastados sin haber sufrido los estragos de la guerra. No encontraron a nadie, ni siquiera un campesino desarmado, y tras recorrer el país lo abandonaron como ya lo había sido por sus defensores y dejado sin cultivar, alcanzando la tercera piedra miliar [casi 4,5 km.-N. del T.] desde Roma en la via Gabia. El cónsul Ebucio murió; su colega Servilio aún respiraba, pero con pocas esperanzas de recuperación; la mayoría de los hombres principales fueron afectados, también la mayoría de los senadores y casi todos los hombres en edad militar; de modo que no sólo era su fuerza menor que la necesaria para una expedición como la que requerían los acontecimientos, sino que difícilmente permitiría guarnecer la Ciudad para su defensa. Los deberes de centinela fueron encomendadas por los senadores a personas que por su edad y salud pudieran efectuarlas; los ediles de la plebe se encargaron de su inspección. En estos magistrados se había transferido la autoridad consular y el control supremo de todos los asuntos.

[3,7] Toda desierta, privada de su jefatura y de toda su fortaleza, fue salvada la Ciudad por sus dioses tutelares y por la Fortuna, que hicieron que los volscos y los ecuos pensasen más en el botín que en su enemigo. Pues nunca tuvieron esperanza siquiera de aproximarse a las murallas de Roma, y aún menos de capturarla. La visión lejana de sus casas y colinas, lejos de fascinarles, les repelió. Por todas partes de su campamento se levantaron furiosas protestas: "¿Por qué estaban perdiendo el tiempo sin hacer nada en una tierra desierta y devastada, en medio de hombres y bestias apestados, mientras había sitios libres de la epidemia y con grandes riquezas en territorio de Túsculo?". Tomaron rápidamente sus estandartes, y marchando a través de los campos de los labicanos alcanzaron las colinas de Túsculo. Toda la violencia y la devastación de la guerra marchó en esta dirección. Mientras tanto, los hérnicos y los latinos unieron a sus fuerzas y se dirigieron a Roma. Actuaron así no sólo por un sentimiento de piedad, sino también porque la desgracia caería sobre ellos si no ofrecían ninguna oposición a su enemigo común mientras éste avanzaba para atacar a Roma y no llevaban ningún auxilio a quienes fueron sus aliados. Al no encontrar al enemigo allí, siguieron la información que les proporcionaban sus huellas, y les encontraron cuando estaban bajando desde las colinas de Túsculo al valle de Alba. Aquí combatieron por su propio impulso, y su fidelidad a sus aliados encontró, por el momento, poco éxito. La mortandad en Roma, por la epidemia, no era menor a la de los aliados por la espada. El cónsul superviviente murió; entre otras víctimas ilustres, murieron Marco Valerio y Tito Verginio Rutilo, los augures, y Servio Sulpicio, el Curio Máximo

[antiguo sacerdote que supervisaba las Curias (o a los curios, jefes de éstas), agrupación de ciudadanos que, originalmente, pudieron haber sido las tribus.-N. del T.]. Entre el pueblo, la violencia de la epidemia hizo grandes estragos. El Senado, privado de toda ayuda humana, propuso al pueblo que se entregase a las oraciones; que ellos, con sus mujeres y niños, procesionasen como como suplicantes y rogasen misericordia a los dioses. Convocados por la autoridad pública para hacer lo que la miseria de cada cual le permitiese, abarrotaron todos los templos. Matronas postradas, barriendo con sus cabellos despeinados el suelo de los templos, iban por todas partes implorando el perdón de los ofendidos Cielos y rogando que por fin acabase la pestilencia.

[3,8] Fuera que los dioses respondieron graciosamente a los orantes o que hubiese pasado la estación insana, la gente poco a poco se recuperó de la epidemia y la salud pública se volvió más satisfactoria. La atención se volvió una vez más a los asuntos de Estado, y tras haber pasado uno o dos interregnos [periodo de cinco días durante los cuales se hacía cargo de la jefatura del Estado el "interrex", que era un magistrado temporal, y se procedía la elección del dictador, generalmente en el segundo periodo aunque hubo excepciones.-N. del T.], Publio Valerio Publícola, que había sido interrex durante dos días, llevó a cabo la elección de Lucrecio Tricipitino y Tito Veturio Gémino (o Vetusio) como cónsules -462 a.C-. Tomaron posesión el 11 de agosto, y el Estado fue entonces lo bastante fuerte, no sólo para defender sus fronteras, sino tomar la ofensiva. En consecuencia, cuando los hérnicos anunciaron que el enemigo había cruzado sus fronteras, se les envió ayuda inmediatamente. Dos ejércitos consulares fueron alistados. Veturio fue enviado a actuar contra los volscos, Tricipitino tenía que proteger al país de los aliados de las incursiones depredatorias y no avanzar más allá de la frontera hérnica. En la primera batalla Veturio venció y puso en fuga al enemigo. Aunque Lucrecio estaba acampado entre los hérnicos, un destacamento de saqueadores lo evitó marchando por las montañas de Preneste, y descendiendo hacia las llanuras devastaron los campos de los prenestinos y gabios, luego volvieron a las colinas de Túsculo. Se produjo una gran alarma en Roma, más por la sorprendente rapidez del movimiento que por falta de fortaleza para repeler cualquier ataque. Quinto Fabio era el prefecto de la Ciudad. Armando a los hombres más jóvenes y guarneciendo las defensas, devolvió la tranquilidad y la seguridad en todas partes. El enemigo no se atrevió a atacar la Ciudad, pero regresó dando un rodeo con el botín que había obtenido de la vecindad. Cuanto mayor era su distancia de la Ciudad, con mayor descuido marchaban; y en tal estado dieron con el cónsul Lucrecio, que había reconocido la ruta que habían tomado y estaba en formación de combate, ansioso por luchar. Como ya estaban alertados y dispuestos contra el enemigo, los romanos, aunque considerablemente menos en número, los derrotaron y masacraron a la gran hueste, a quien el inesperado ataque confundió, llevó a los profundos valles e impidió su fuga. La nación volsca casi desapareció allí. Encuentro en algunos anales que cayeron entre la batalla y la persecución 13.470 hombres y que 1.750 fueron tomados prisioneros, mientras que se capturaron veintisiete estandartes militares. Aunque puede haber cierta exageración, ciertamente se produjo una gran masacre. El cónsul, después de obtener enorme botín, regresó victorioso a su campamento. Los dos cónsules, después, unieron sus campamentos; los volscos y los ecuos también concentraron sus destrozadas fuerzas. Una tercera batalla tuvo lugar ese año; de nuevo la Fortuna dio la victoria a los romanos, los enemigos fueron derrotados y su campamento capturado.

[3,9] Los asuntos domésticos volvían a su antiguo estado; los éxitos en la guerra de inmediato provocaban trastornos en la Ciudad. Cayo Terentilio Harsa era ese año uno de los tribunos de la plebe. Pensando que la ausencia de los cónsules ofrecía una buena oportunidad para la agitación tribunicia, pasó varios días arengando a la plebe sobre la prepotente arrogancia de los patricios. En particular, arremetió contra la autoridad de los cónsules como excesiva e intolerable en un Estado libre, pues mientras que nominalmente era menos injusto, en realidad era casi más duro y opresivo de lo que lo había sido el de los reyes; pues ahora, decía, tenían dos amos en lugar de uno sólo, con poderes ilimitados e incontrolados que, sin nada que les frenase, dirigían todas las amenazas y sanciones de las leyes contra la plebe. Para evitar que esta tiranía sin límites se hiciese eterna, dijo que propondría una ley para que se nombrase una comisión de cinco personas para que escribiesen las leyes que regulaban el poder de los cónsules. Cualesquiera fuesen los poderes sobre ellos mismos que el pueblo diese al cónsul, sólo serían aquéllos los que podría ejercer; no podría imponer su propio gusto y capricho como ley. Cuando esta medida fue promulgada, los patricios temieron que, en ausencia de los cónsules, ellos hubieran de aceptar el yugo. Quinto Fabio, el prefecto de la Ciudad, convocó una reunión del Senado. Hizo un ataque tan violento contra la proposición de ley propuesta y su autor, que las amenazas y la intimidación contra el tribuno no podrían haber sido mayores incluso si ambos cónsules hubieran estado en la tribuno, amenazando su vida. Lo acusó de planear traición, de aprovechar un momento favorable para planear la ruina de la república. "Si los dioses", continuó, "nos hubiesen concedido un tribuno así el año pasado, durante la peste y la guerra, nada podría haberlo detenido. Tras la muerte de los dos cónsules, mientras el Estado estaba abatido, podría haber aprobado leyes, en medio de la confusión universal, para privar a la república del poder de los cónsules, habría llevado a los volscos y los ecuos a atacar la Ciudad. ¿Es que, si los cónsules se comportaban de manera tiránica o cruel contra cualquier ciudadano, no podía él señalar día para llevarlo a juicio ante tales jueces para ser acusados por aquellos contra los que se hubiera actuado con tal severidad? Su acción estaba haciendo que el poder tribunicio, y no la autoridad consular, se volviera odioso e intolerable, y que después de haber sido ejercido pacíficamente y en armonía con los patricios, tal poder volviese ahora a sus viejas malas prácticas". En cuanto a Terentilio, no se disuadió de seguir como empezó. En cuanto a vosotros", dijo Fabio," los demás tribunos, os rogamos que reflexionéis que en primera instancia vuestro poder os fue conferido para el auxilio de ciudadanos individuales, no para su ruina; habéis sido elegidos tribunos de la plebe, no enemigos de los patricios. Para nosotros es preocupante, para vosotros es una fuente de odio que la república sea así atacada mientras faltan sus jefes. No perjudicaréis vuestros derechos, sino que menguará el odio que se os tiene, si disponéis con vuestro colega que todo el asunto quede interrumpido hasta la llegada de los cónsules. Incluso los ecuos y los volscos, después que la epidemia se hubiese llevado a los cónsules el pasado año, no nos acosaron con guerra tan cruel y despiadada". Los tribunos llegaron a un entendimiento con Terentilio, el procedimiento aparentemente se suspendió aunque, de hecho, fue abandonado. Se hizo regresar inmediatamente a los cónsules.

[3.10] Lucrecio regresó con una inmensa cantidad de botín, y con una reputación aún más brillante. Él incrementó este prestigio a su llegada, exponiendo todo el botín en el Campo de Marte durante tres días y que cada persona pudiese reconocer y llevarse lo que fuese de su propiedad. El resto, para lo que no apareció propietario, fue vendido. Por asentimiento general se otorgó un triunfo al cónsul, pero se retrasó a causa del tribuno [Terentilio.-N. del T.], que estaba presionando para debatir su propuesta. El cónsul consideró que ésta era la cuestión más importante. Durante algunos días el tema fue debatido tanto en el Senado como en la asamblea popular. Por fin, el tribuno cedió a la autoridad superior del cónsul y abandonó su propuesta. Entonces, el cónsul y su ejército recibieron el honor que se merecían; a la cabeza de sus legiones victoriosas, celebró su triunfo sobre los volscos y ecuos. Al otro cónsul se le permitió entrar en la ciudad sin sus tropas y disfrutar de una ovación [forma inferior al triunfo, para honrar una victoria contra un enemigo menor,por ejemplo, o sin que hubiese guerra declarada.-N. del T.]. Al año siguiente -461 a.C.-, los nuevos cónsules, Publio Volumnio y Servio Sulpicio, se enfrentaron al proyecto de ley de Terentilio, que ahora fue presentado por todo el colegio de tribunos. Durante el año, el cielo parecía estar en llamas, hubo un gran terremoto, y se creyó que un buey había hablado (el año anterior no se dio crédito a este mismo rumor). Entre otros portentos, llovió carne, y se dice que gran número de aves se apoderó de ella mientras estaban volando; lo que cayó al suelo permaneció allí durante varios días sin producir mal olor. Los libros sibilinos fueron consultados por los duumviros

[duumviros en el original. Magistrados ordinarios anuales con diversos cometidos: convocar y presidir comicios, realizar censos y otros. En las ciudades bajo dominio romano eran el equivalente a los cónsules.-N. del T.] y se halló una predicción de los peligros que resultarían de una alianza de extranjeros, atentados a los puntos más altos de la Ciudad y el consiguiente derramamiento de sangre. Entre otras advertencias, hubo una para que se abstuviesen de sediciones. Los tribunos alegaron que esto se hizo para impedir la aprobación de la Ley y parecía inminente un conflicto desesperado.

Como para mostrar cómo las cosas se repetían año tras año, los hérnicos advirtieron que los volscos y los ecuos, a pesar de su agotamiento, estaban equipando nuevos ejércitos. Anzio era el centro del movimiento; los colonos de Anzio celebraron reuniones públicas en Écetra, la capital y principal potencia de la guerra. Cuando llegó esta información al Senado, se dieron órdenes para proceder a un alistamiento. Se repartieron las operaciones entre los cónsules; los volscos fueron la provincia de uno y los ecuos del otro. Los tribunos, incluso delante de los cónsules, llenaron el Foro con sus gritos de que la historia de una guerra contra los volscos era una comedia convenida y que los hérnicos se habían preparado de antemano para el papel que debían desempeñar; las libertades de los romanos no estaban siendo reprimidas por una oposición directa, sino que estaban tratando de engañarles. Era imposible convencerlos de que los volscos y los ecuos, después de haber sido casi exterminados, podían iniciar por sí mismos las hostilidades; por lo tanto, se estaba buscando un nuevo enemigo; a una colonia que había sido un vecino leal se estaba cubierto de infamia. Se declaró así la guerra contra el pueblo inofensivo de Anzio; pero fue contra la plebe romana, realmente, contra quien se libraba la batalla. Después de cargarles con las armas les llevarían a toda prisa fuera de la Ciudad, y se vengarían de los tribunos condenando a sus conciudadanos al destierro. De este modo (que puede ser bien cierto) la Ley sería derrotada; a menos que, mientras que la cuestión estuviese aún por decidir y ellos aún permanecieran en casa sin alistar, tomasen medidas para impedir que les expulsasen de la Ciudad y les forzasen al yugo de la esclavitud. Si mostraban coraje no precisarían ayuda, fue la opinión unánime de los tribunos. No había motivo de alarma, no había peligro en el exterior. Los dioses se había ocupado, el año anterior, de que sus libertades fuesen protegidas con seguridad.

[3.11] Esto por parte de los tribunos. Los cónsules, en el otro extremo del Foro, sin embargo, colocaron sus sillas a la vista de los tribunos y procedieron al alistamiento. Los tribunos corrieron hacia allí, llevando a la Asamblea con ellos. Unos pocos fueron citados, aparentemente como una tentativa, y de inmediato se produjo un tumulto. Tan pronto como alguien era prendido por orden de los cónsules, un tribuno ordenaba que fuese liberado. Ninguno de ellos se mantuvo dentro de los límites de sus derechos legales; confiando en su fortaleza querían conseguir a la fuerza lo que deseaban. Los métodos de los tribunos para impedir el alistamiento fueron seguidos por los patricios para obstruir la Ley, que fue presentada cada día que se reunió la Asamblea. El problema comenzó cuando los tribunos hubieron ordenado al pueblo que procediera a la votación y los patricios se negaron a retirarse. Los miembros más veteranos del orden estaban generalmente ausentes de los procedimientos que estaban seguros que no se controlarían mediante la razón, sino por la imprudencia y los excesos; los cónsules, también, se alejaron para que la dignidad de su magistratura no se viera expuesta a insultos. Ceso era un miembro de la gens Quincia, y su ascendencia noble, gran estatura y gran fuerza física le hacían un joven atrevido e intrépido. A estos dones de los dioses, agregaba brillantes cualidades militares y elocuencia como orador público, de modo que nadie en el Estado se preciaba de superarlo, fuera con la palabra o en la acción. Cuando asumió su puesto en medio de un grupo de patricios, visible entre todos ellos, llevando, por así decirlo, en su voz y en su fortaleza personal todas las dictaduras y consulados combinados, fue el único en resistir los ataques de los tribunos y las tormentas de indignación popular. Bajo su liderazgo, los tribunos fueron a menudo expulsados del Foro, los plebeyos derrotados y expulsados, cualquiera que se interpusiera en su camino era desnudado y golpeado. Se hizo evidente que si se dejaba seguir con este tipo de cosas, la Ley sería derrotada. Cuando los otros tribunos estaban casi desesperados, Aulo Verginio, uno de los colegiados, acusó a Ceso de un crimen capital. Este procedimiento inflamó, más que intimidó, a su carácter violento; se opuso a la Ley y hostigó a los plebeyos con más ferocidad que nunca, y declaró la guerra a los tribunos. Su acusador le dejó correr a su ruina y avivar la llama del odio popular, suministrando así nuevos cargos a las acusaciones que se le imputaban. Mientras tanto, continuó presentando la Ley, no tanto con la esperanza de aprobarla como para provocar que Ceso cometiese una mayor temeridad. Muchos discursos salvajes y excesos de los jóvenes patricios se achacaron a Ceso para reforzar las sospechas contra él. Sin embargo la oposición a la Ley se mantuvo. Aulo Verginio decía con frecuencia a los plebeyos: "¿Sois conscientes, Quirites, de que no podéis tener la ley que queréis y a Ceso, como ciudadano, juntos? Sin embargo, ¿por qué hablar de la Ley? Él es un enemigo de la libertad y supera a todos los Tarquinios en tiranía. Esperad a verlo, al hombre que ahora, en su condición privada, actúa con la audacia y violencia de un rey, esperad a verlo convertido en cónsul o dictador." Sus palabras fueron apoyadas por muchos, que se quejaron de haber sido golpeados, y se urgió a los tribunos para que tomasen una decisión sobre el asunto.

[3.12] El día del juicio estaba próximo, y era evidente que el pueblo creía que su libertad dependía de la condena de Ceso. Por último, para su gran indignación, se vio obligado a acercarse a los miembros individuales de la plebe; fue seguido por sus amigos, que estaban entre los hombres más importantes de todo el Estado. Tito Quincio Capitolino, que había sido tres veces cónsul, tras describir sus numerosas propias distinciones y las de su familia, afirmó que ni en la gens Quincia ni en el Estado romano existía tal ejemplo de mérito personal y valor juvenil. Él había sido el soldado más importante en su ejército; a menudo había combatido bajo sus propios ojos. Espurio Furio dijo que Ceso había sido enviado por Quincio Capitolino en su ayuda cuando estaba en dificultades, y que ninguna persona había hecho más para recuperar la fortuna de aquel día. Lucio Lucrecio, el cónsul del año anterior, en el esplendor de su recién conquistada gloria, asoció a Ceso con su propio derecho a la distinción, enumeró las acciones en las que había tomado parte, contó sus brillantes hazañas en la marcha y en el campo, y se esforzó por persuadirlos para que conservasen como conciudadano a un joven adornado con tantos dones como podía conceder la naturaleza y la fortuna, que sería un inmenso poder para cualquier estado del que se convirtiese en miembro, en vez de arrojarlo a un pueblo extranjero. En cuanto a lo que había dado lugar a tal delito (su temperamento y audacia), estas fallas menguaban continuamente; lo que le faltaba (prudencia) iba en aumento día a día. Pues sus faltas decrecían y sus virtudes maduraban, debían permitir que un hombre así viviese con ellos hasta la vejez. Entre los que hablaron en su favor estuvo su padre, Lucio Quincio Cincinato. No volvió a repasar todos sus méritos, por temor a agravar el odio contra él, pero les rogó indulgencia por los errores de la juventud; él mismo nunca había ofendido a nadie, ya sea de palabra o de obra, y por su propio bien, les imploró el perdón para su hijo. Algunos se negaron a escuchar sus ruegos, para no desagradar a sus amigos; otros se quejaron de los malos tratos que habían recibido, y por sus respuestas enojadas mostraron de antemano cuál sería su veredicto.

[3.13] Más allá de la exasperación general, un cargo en particular pesaba en su contra. Marco Volscio Fictor, que unos años antes había sido tribuno de la plebe, se había presentado a declarar que no mucho después de que la epidemia hubiera visitado la ciudad, había encontrado con unos jóvenes paseando por el Suburra. Se inició una lucha y su hermano mayor, todavía débil por la enfermedad, fue derribado por un puñetazo de Ceso, y llevado a casa en un estado crítico, murió después, según él, a consecuencia del golpe. Los cónsules no le habían permitido, durante los años transcurridos, obtener reparación judicial por el ultraje. Mientras Volscio estaba contando esta historia en un tono alto de voz, se produjo tal excitación que Ceso estuvo a punto de perder la vida a manos de la gente. Verginio ordenó que fuera detenido y llevado a la cárcel. Los patricios enfrentaron la violencia con la violencia. Tito Quincio reclamó que cuando se establecía la fecha del juicio para alguien acusado de un crimen capital y que estaba presente, no se podía limitar su libertad personal antes de que fuese oído el caso y emitida la sentencia. El tribuno respondió que no iba a infligir castigo a un hombre que no había sido hallado culpable; pero debía mantenerlo en prisión hasta el día del juicio, para que el pueblo romano pudiera estar en condiciones de sancionar a aquel que hubiese tomado la vida de un hombre. Se apeló a los demás tribunos, y éstos salvaron sus prerrogativas mediante un compromiso; impidieron que fuera llevado a prisión, y anunciaron que su decisión era que el acusado compareciese ante el tribuno, y que si no lo hacía, debía pagar una multa al pueblo. La pregunta era, ¿qué suma era justa? El asunto fue remitido al Senado y el acusado quedó detenido en la Asamblea, mientras los senadores deliberaban. Decidieron que debía prestar fianza, y tal fianza ascendía a 3000 ases. Se dejaba a los tribunos la decisión de cuántos serían los fiadores; fijaron el número en diez. El fiscal liberó al acusado bajo fianza. Ceso fue el primero que prestó fianza en un juicio público. Después de abandonar el Foro, marchó la noche siguiente al exilio entre los etruscos. Cuando llegó el día del juicio, se declaró en defensa de su no comparecencia que había cambiado su domicilio para ir al exilio. Verginio, sin embargo, continuó con el procedimiento, pero sus colegas, a quienes se apeló, disolvieron la Asamblea. Se exigió, sin piedad, el dinero a su padre, que tuvo que vender todos sus bienes y vivir durante algún tiempo como un hombre desterrado en una choza al lado del Tíber.

[3.14] Este juicio y los debates sobre la Ley mantuvieron ocupado al Estado; hubo un respiro con los problemas exteriores. Los patricios quedaron intimidados por el destierro de Ceso, y los tribunos, que, según pensaban, habían obtenido la victoria, consideraban que la ley había quedado prácticamente aprobada. En lo que se refiere a los senadores veteranos, abandonaron el control de los asuntos públicos, pero los miembros más jóvenes, sobre todo aquellos que habían sido íntimos Ceso, aumentaron su ira contra los plebeyos y no se desanimaron. Ganaron más al efectuar sus ataques de un modo metódico. La primera vez que la ley fue presentada tras la huida de Ceso, se organizaron con una excusa y cuando los tribunos les mandaron retirarse, les atacaron con un enorme ejército de clientes, de tal modo que a nadie en especial se pudo achacar acción especial de gloria u odiosa. Los plebeyos se quejaron de que por un Ceso habían surgido miles. Mientras que los tribunos no presentaban la Ley, nada era más tranquilo o pacífico que aquellos mismos hombres [los jóvenes patricios.-N. del T.]; trataban afablemente a los plebeyos, conversaban con ellos, les invitaban a sus casas y cuando estaban en el Foro siempre permitían a los tribunos tratar de cualquier otra cuestión sin interrumpirles. Nunca eran desagradables con nadie, fuese en público o en privado, excepto cuando se inició una discusión sobre la Ley; en todas las demás ocasiones eran amistosos con el pueblo. No sólo los tribunos trataron sus otros asuntos tranquilamente, sino que incluso pudieron ser reelegidos para el año siguiente sin que se hiciese ningún comentario ofensivo ni se ejerciese violencia alguna. Con su comportamiento amable suavizaron el trato con la plebe y con aquellos ardides evitaron durante todo el año la aprobación de la Ley.

[3.15] Los nuevos cónsules, Cayo Claudio, el hijo de Apio, y Publio Valerio Publícola, se hicieron cargo el Estado en una situación más tranquila que de costumbre -460 a.C.-. El nuevo año no trajo nada nuevo. El interés político se centraba en la discusión de la ley. Cuanto más se congraciaban los jóvenes senadores con la plebe, más feroz era la oposición de los tribunos. Éstos trataron de despertar sospechas en su contra, alegando que se había formado una conspiración; que Ceso estaba en Roma, que se había planeado asesinar a los tribunos y masacrar a los plebeyos; y además, que los senadores de alto rango habían encargado a los miembros más jóvenes del Senado la misión de abolir la autoridad tribunicia a fin de que las condiciones políticas volvieran a ser las mismas que antes de la ocupación del Monte Sacro. La guerra con los volscos y los ecuos se había convertido ya en algo habitual, de recurrencia casi anual, y se esperaba con aprensión. Una nueva desgracia sucedió cerca de casa. Los refugiados políticos y un número de esclavos, unos 2.500 en total, bajo la dirección de Apio Herdonio Sabino, se apoderaron de la Ciudadela y del Capitolio por la noche. Los que se negaron a unirse a los conspiradores fueron inmediatamente asesinados, otros en la confusión bajaron completamente aterrorizados hasta el Foro; se oyeron varios gritos de "¡A las armas!" "¡El enemigo está en la ciudad!". Los cónsules temían tanto armar a la plebe como dejarla desarmada. Inciertos en cuanto a la naturaleza del problema que se había apoderado de la ciudad, si era causado por ciudadanos o por extranjeros, por amargura de la plebe o por traición de los esclavos, intentaron calmar el tumulto y no consiguieron sino incrementarlo; en su estado de terror e inseguridad, no se pudo controlar al pueblo. Sin embargo, se distribuyeron armas, no indiscriminadamente, sino sólo, al tratarse de un enemigo desconocido, para garantizar la protección suficiente para cualquier emergencia. El resto de la noche la pasaron apostando hombres en todos los lugares convenientes de la Ciudad, mientras que su incertidumbre en cuanto a la naturaleza y el número de los enemigos les mantenían en suspenso. La luz del día, por fin, dio a conocer el enemigo y su jefe. Apio Herdonio estaba llamando desde el Capitolio a los esclavos para ganar su libertad, diciendo que él había abrazado la causa de todos los condenados a fin de restablecer los exiliados que habían sido injustamente expulsados y eliminar el pesado yugo de los cuellos de los esclavos. Él preferiría que esto se hiciera por ofrecimiento del pueblo romano, pero si eso fuese imposible, correría todos los riesgos y levantaría a los volscos y los ecuos.

[3.16] La situación se hizo más clara a los senadores y cónsules. Temían, sin embargo, que detrás de tales objetivos abiertamente declarados, hubiera alguna trampa de los veyentinos o los sabinos, y que mientras dentro de la Ciudad se mantenía esta fuerza hostil, las legiones etruscas y sabinas apareciesen, y luego los volscos y los ecuos, sus enemigos declarados, vinieran contra la misma Ciudad, que estaba ya parcialmente tomada, y no a rapiñar su territorio. Muchos y diversos eran sus temores. Lo que más temían era un levantamiento de esclavos, en el cual cada hombre tendría un enemigo en su propia casa y en el que sería igualmente peligroso confiar como no confiar, pues la pérdida de la confianza sería un enemigo aún mayor. Peligros tan amenazantes y abrumadores sólo se podrían superar mediante la unidad y la concordia, y ningún temor era mayor que el que tenían a los tribunos o a la plebe. Este miedo se vio mitigado, pues sólo desapareció cuando el resto de los males dieron un respiro, y se pensó que había disminuido por el temor a una agresión extranjera. Sin embargo, más que cualquier otra cosa, contribuyó a disminuir la suerte del Estado zozobrante. Pues tal locura se apoderó de los tribunos que sostenían que no había tal guerra, sino un simulacro, en el Capitolio para distraer los pensamientos del pueblo de la Ley. Aquellos amigos, decían, y clientes de los patricios saldrían más silenciosamente de lo que habían llegado, si se frustraba su ruidosa demostración con la aprobación de la ley. Luego convocaron al pueblo para que dejasen las armas y formase una Asamblea con el propósito de aprobar la Ley. Mientras tanto, los cónsules, más alarmados por la acción de los tribunos que por el enemigo nocturno, convocaron una reunión del Senado.

[3.17] Cuando se informó de que se habían dejado las armas y que los hombres estaban abandonando sus puestos, Publio Valerio dejó a su colega guardando el Senado y se dirigió apresuradamente a los tribunos, en el Templo. "¿Qué significa esto, tribunos?", preguntó, ¿Vais a derrocar el Estado, bajo la dirección de Apio Herdonio? ¿Ha tenido éxito ése hombre, cuya llamada no ha levantado un sólo esclavo, en corromperos? ¿Decidís deponer las armas y discutir las leyes cuando el enemigo está sobre nuestras cabezas?". Después, dirigiéndose a la Asamblea, dijo, "Si no os preocupáis, Quirites, por la Ciudad ni por vosotros mismos, ¡aún deberíais hacerlo por vuestros dioses, cautivos del enemigo! Júpiter Optimo Máximo, Juno Reina y Minerva, con otros dioses y diosas, están siendo asediados; un campamento de esclavos tiene en su poder a vuestros dioses tutelares. ¿Es esta la apariencia que creéis que debe tener un Estado en sus cabales? No sólo con una fuerza hostil dentro de las murallas, sino en la misma Ciudadela, sobre el Foro, sobre la Curia, mientras se celebra una Asamblea en el Foro y con el Senado reunido en la Curia, como si hubiese paz y tranquilidad, y los Quirites en la Asamblea procediendo a votar. ¿No sería más propio que cada hombre, patricios y plebeyos por igual, cónsules y tribunos, dioses y hombres, acudieran, todos y cada uno, con sus armas al rescate, a correr al Capitolio y restaurar la libertad y poner sosiego en la más que venerable morada de Júpiter Óptimo Máximo? ¡Oh, Padre Rómulo, concede a tus hijos ese espíritu con el que recuperaste de aquellos mismos sabinos la Ciudadela que había sido capturada mediante el oro! Hazles tomar el mismo camino por el que tu guiaste a tu ejército. Y yo, el cónsul, seré el primero en seguir tus pasos en tanto que un hombre pueda seguir a un dios." Terminó su discurso diciendo que tomaría las armas y exhortó a todos los Quirites para también se armasen. Si alguien trataba de impedírselo, ignoraría los límites de su autoridad consular, la autoridad de los tribunos y las leyes que les hacían inviolables, y a quien

o donde quiera que fuese, tanto en el Capitolio como en el Foro, los trataría como a enemigos públicos. Los tribunos tenían mejores armas para emplear contra Publio Valerio, el cónsul, pues les prohibían usarlas contra Apio Herdonio. Él se atrevería a hacer, con el asunto de los tribunos, lo que el primero de su familia [Se refiere al Publio Valerio Publícola que había acompañado a Lucio Junio Bruto y a los otros tres en el primer año del consulado.-N. del T.] había hecho en el de los reyes. Pareció que se iba a recurrir a la fuerza, y que el enemigo disfrutaría del espectáculo de un motín en Roma. Sin embargo, la Ley no pudo ser sometida a votación, ni el cónsul ir al Capitolio, pues la noche puso fin al peligroso conflicto. Como llegó la noche, los tribunos se retiraron, temerosos de las armas del cónsul. Cuando los autores de la alteración hubieron desaparecido, los senadores fueron entre los plebeyos y mezclándose con distintos grupos les señalaban la gravedad de la crisis; les invitaban a reflexionar sobre la peligrosa posición a la que estaban llevando al Estado. No era una lucha entre patricios y plebeyos; sino que patricios y plebeyos por igual, la Ciudadela, los templos de los dioses, las deidades guardianas del Estado y las de cada casa estaban siendo entregados al enemigo. Mientras se tomaban estas medidas para borrar del Foro el espíritu de discordia, los cónsules habían ido a inspeccionar las puertas y murallas, por si se producía cualquier movimiento por parte de los sabinos o los veyentinos.

[3.18] La misma noche, llegaron mensajeros a Túsculo con noticias de la captura de la Ciudadela y el Capitolio, y de los disturbios en la Ciudad. Lucio Mamilio era en ese momento el dictador de Túsculo. Después de convocar a toda prisa el Senado y presentar a los mensajeros, instó enérgicamente a los senadores para que no esperasen la llegada de los enviados de Roma pidiendo ayuda; la certeza del peligro y la gravedad de la crisis, los dioses que vigilaban las alianzas y la lealtad a los tratados, todo exigía una acción inmediata. Nunca más los dioses nos presentarían ocasión tan favorable para ganar la obligación de un Estado tan poderoso ni tan cercano. Decidieron que se enviaría ayuda, los hombres en edad militar fueron reclutados y se distribuyeron las armas. Conforme se acercaban a Roma, en la madrugada, parecían en la distancia como si fuesen enemigos; parecía como si viniesen los volscos o los ecuos. Cuando se aclaró esta alarma infundada, se les dejó entrar en la Ciudad y llegaron desfilando hasta el Foro donde Publio Valerio, que había dejado a su colega mandando las tropas que guarnecían las puertas, estaba disponiendo su ejército para la batalla. Era su autoridad la que había logrado este resultado; declaró que si, cuando el Capitolio fuese recuperado y la Ciudad pacificada, le permitían descubrirles la deshonestidad de la Ley que los tribunos les proponían, no se opondría a la celebración de la Asamblea del pueblo, pues él tenía presentes a sus antepasados y al nombre que llevaba, el cual hizo de la protección del pueblo, por así decir, una tarea hereditaria. Siguiendo su guía, en medio de las protestas inútiles de los tribunos, marcharon en orden de batalla a la colina del Capitolio, la legión de Túsculo marchaba con ellos. Los romanos y sus aliados compitieron por ver quién tendría la gloria de recuperar la Ciudadela. Cada uno de los jefes animaba a sus hombres. Entonces, el enemigo se desmoralizó, su confianza sólo se apoyaba en la fortaleza de su posición; mientras desfallecían así, los romanos y los aliados avanzaron para cargar. Ya habían forzado su entrada al vestíbulo del templo cuando Publio Valerio, que estaba en primera línea animando a sus hombres, fue muerto. Publio Volumnio, un hombre de rango consular, lo vio caer. Dirigió a sus hombres para proteger el cuerpo, corrió al frente y sustituyó al cónsul. En el calor de su carga, los soldados no se dieron cuenta de la pérdida que había sufrido; obtuvieron la victoria antes de saber que estaban luchando sin general. Muchos de los exiliados profanaron el templo con su sangre, muchos fueron hechos prisioneros y Herdonio fue muerto. Así se recuperó el Capitolio. Se castigó a los prisioneros de acuerdo a su condición, tanto esclavos como libres; se concedió un voto de agradecimiento a los tusculanos; el Capitolio fue limpiado y solemnemente purificado. Se afirma que los plebeyos lanzaron cuadrantes [moneda de bronce o cobre, valía un cuarto de as.-N. del T.] a la casa del cónsul para que pudiese tener un funeral aún más espléndido.

[3.19] No bien se había restaurado el orden y la tranquilidad, los tribunos comenzaron a presionar a los senadores con la necesidad de hacer honor a la promesa hecha por Publio Valerio; urgieron a Claudio para que liberase a los manes de su colega de penar por decepción, permitiendo que la Ley se votase. El cónsul se negó hasta que se hubiera asegurado la elección de un colega. La disputa siguió hasta que se llevó a cabo la elección. En el mes de diciembre, después de los mayores esfuerzos por parte de los patricios, Lucio Quincio Cincinato, el padre de Ceso, fue elegido cónsul, y de inmediato tomó posesión de su cargo. Los plebeyos se sintieron consternados ante la perspectiva de tener como cónsul a un hombre enfurecido contra ellos; y poderoso por el caluroso apoyo del Senado, por sus propios méritos personales y por los de sus tres hijos, ninguno de los cuales era inferior a Ceso en la elevación de sus mentes y sí eran superiores a él exhibiendo prudencia y moderación cuando era necesario. Cuando tomó posesión de su magistratura, lanzaba continuamente arengas desde la tribuna, en las que censuraba el Senado tan enérgicamente como contenía a la plebe. Era, dijo, por culpa de la apatía de aquél estamento, que los tribunos de la plebe, ahora perpetuamente en su magistratura, se portaban como reyes en sus discursos y acusaciones, como si vivieran, no en la república de Roma, sino en alguna familia miserable y mal gobernada. El valor, la resolución, todo lo que hace que los jóvenes se distinguiesen en casa y en el campo de batalla, había sido expulsado y desterrado de Roma con su hijo Ceso. Agitadores locuaces, sembradores de discordia, nombramientos como tribunos por segunda y tercera vez consecutiva, se vivía en medio de prácticas infames de libertinaje Real. "¿Merece ese hombre,", preguntó, "Aulo Verginius, aunque no estuviera en el Capitolio, menos castigo que Apio Herdonio? ¡Mucho más, por Hércules! si se piensa bien. Herdonio, aún si no hiciera otra cosa, se declaró enemigo y con ello os avisó para tomar las armas; este hombre, negando la existencia de una guerra, os privó de vuestras armas y os expuso, sin defensa, a merced de vuestros esclavos y de los exiliados. Y a vosotros, sin faltar al respeto a Cayo Claudio ni al fallecido Publio Valerio, os pregunto: ¿avanzasteis contra el Capitolio antes de haber limpiado el Foro de tales enemigos? Es un ultraje, a los dioses y a los hombres, que cuando había enemigos en la Ciudadela y en el Capitolio, y el líder de los esclavos y de los exiliados, después de profanarlo todo, había establecido su cuartel en el mismo santuario de Júpiter Óptimo Máximo, fuese en Túsculo y no en Roma donde se tomasen las armas. No se sabía si la Ciudadela de Roma sería liberada por el general túsculo, Lucio Mamilio, o por los cónsules Publio Valerio y Cayo Claudio. Nosotros, que no habíamos permitido que los latinos se armasen, ni siquiera para defenderse contra una invasión, podíamos haber sido conquistados y destruidos si esos mismos latinos no hubiesen tomado las armas espontáneamente. ¡A esto, tribunos, es a lo que llamáis proteger a la plebe, exponerla a ser masacrada impotente por el enemigo! Si el más humilde miembro de vuestra plebe, a la que habéis separado del resto del pueblo y habéis convertido en una provincia, si tal persona, digo, os dijese que su casa estaba rodeada por esclavos armados pensaríais, supongo, que se le debe ayudar; ¿Y no merecía Júpiter Óptimo Máximo, tomado por esclavos armados y exiliados, recibir ayuda humana alguna? ¿Demandan tales individuos que sus personas sean sagradas e inviolables, cuando ni los propios dioses lo son ante sus ojos? Pero, incursos como estáis en crímenes contra los dioses y los hombres, proclamáis que váis a aprobar vuestra Ley este año. Entonces, por Hércules, con toda seguridad os digo que, si la proponéis, el día en que fui hecho cónsul será con mucho peor para el Estado que aquel en que murió Publio Valerio. Ahora tengo que daros un aviso, Quirites: la primera cosa que mi colega y yo pretendemos hacer es marchar con las legiones contra los volscos y los ecuos. Por una extraña fatalidad, resulta que los dioses nos son más propicios cuando estamos en guerra que cuando estamos en paz. Es mejor deducir de lo que ha ocurrido en el pasado que aprender por experiencia presente cuán grande pudo haber sido el peligro para aquellos Estados de los que se ha sabido que su Capitolio estuvo en poder de los exiliados".

[3.20]
El discurso del cónsul produjo gran impresión en la plebe; los patricios se animaron y consideraron que se había restablecido el Estado. El otro cónsul, que mostró más coraje en el apoyo que en la propuesta, estaba muy contento de que su colega diera el primer paso en un asunto de tanta importancia, y que para su ejecución se hiciera plenamente responsable como cónsul. Los tribunos se rieron ante lo que consideraban palabras vanas; y constantemente preguntaban: "¿Cómo van los cónsules a alistar un ejército, cuando ninguno de nosotros se lo va a permitir?". "No hace falta", dijo Quincio, "hacer un nuevo reclutamiento. En el momento en que Publio Valerio dio armas al pueblo para recuperar el Capitolio, todos ellos hicieron el juramento de ponerse a las órdenes del cónsul y no disolverse hasta que se les ordenase. Por lo tanto, doy la orden de que todos los que prestaron el juramento se reúnan, mañana, en el lago Regilio." Entonces, los tribunos quisieron liberar al pueblo de su juramento mediante una sutileza. Argumentaron que no era Quincio cónsul cuando se tomó el juramento. Pero el abandono de los dioses, que prevalece en nuestra época, todavía no había aparecido, ni interpretaban los hombres sus juramentos y leyes sólo en el sentido que más les convenían; prefirieron comportarse cumpliendo la exigencia. Los tribunos, viendo que no tenían esperanza de obstruirlo, se dedicaron a retrasar la salida del ejército. Lo intentaron con ahínco, pues se había extendido el rumor de que los augures habían recibido órdenes de consagrar un lugar en el Lago Regilio, tras tomar los auspicios, donde asistiera el pueblo y se pudieran discutir sus asuntos; los hasta entonces votados en Roma, debido a la violencia de los tribunos, serían derogados allí mediante comicios. Esto permitiría que todas las medidas que se habían aprobado por el ejercicio violento de la autoridad tribunicia fuesen rechazadas en la Asamblea ordinaria de las Tribus. Todos votarían como los cónsules deseaban, porque el derecho de apelación no se extendía a más allá de una milla de la ciudad [1480 m.-

N.
del T.], y los propios tribunos, si iban con el ejército, estarían sujetos a la

autoridad de los cónsules. Estos rumores eran alarmantes, pero lo que les llenó con el mayor temor fueron las repetidas afirmaciones de Quincio de que no se debía celebrar la elección de los cónsules; los males del Estado eran tales que ningún recurso habitual los podría remediar; la república necesitaba un dictador, para que todo el que quisiera alterar la Constitución supiese que contra las decisiones de un dictador no había apelación.

[3.21] El Senado estaba en el Capitolio. Allá fueron los tribunos, acompañados por los plebeyos muy perturbados. Gritaban pidiendo ayuda, en primer lugar a los cónsules y luego a los senadores, pero no conmovieron la determinación del cónsul, hasta que los tribunos hubieron prometido que se someterían a la autoridad del Senado. Los cónsules presentaron ante el Senado las exigencias de la plebe y sus tribunos, y se aprobaron decretos sobre que los tribunos no deberían presentar su ley durante el año, ni los cónsules deberían llevar el ejército fuera de la ciudad. El Senado también consideró que iba en contra de los intereses del Estado que la duración del ejercicio de un magistrado se prolongase o que los tribunos fuesen reelegidos. Los cónsules cedieron a la autoridad del Senado, pero los tribunos, pese a las protestas de los cónsules, fueron reelegidos. A este respecto, el Senado, para no dar ninguna ventaja a la plebe, quiso reelegir también a Lucio Quincio como cónsul. Nada de cuanto ocurrió aquel año indignó al cónsul tanto como este proceder de los suyos. "¿Me puedo sorprender,", exclamó, "Padres Conscriptos, si vuestra autoridad tiene poco peso para la plebe? Vosotros mismos la debilitáis. Porque, en verdad, ellos han hecho caso omiso al decreto del Senado que prohíbe la continuación de un magistrado en el cargo, y vosotros mismos queréis que sea desobedecido, pues no vais a la zaga del populacho en obstinación irreflexiva, pues aunque poseéis mayor poder en el Estado, no mostráis menos ligereza y anarquía. Sin duda, es lo más tonto e inapropiado para acabar con las propias disposiciones que cualquier otra cosa. Imitáis, Padres Conscriptos, a la multitud desconsiderada; pecáis siguiendo el ejemplo de otros, vosotros que debíais ser un ejemplo para los demás, en vez de que los otros sigan el vuestro; pues yo no imitaré a los tribunos ni permitiré volver a ser cónsul en desafío a la resolución del Senado. A tí, Cayo Claudio, apelo encarecidamente, para que también tú impidas que el pueblo romano caiga en esta anarquía. En cuanto a mí, estad seguros de que voy a aceptar vuestra acción en la convicción de que no os habéis interpuesto en el progreso de mi carrera política, sino que tendré más gloria al rechazarlo y eliminaré el odio que mi permanencia en la magistratura pudiera haber provocado". Entonces los dos cónsules emitieron un decreto conjunto para que nadie pudiera nombrar cónsul a Lucio Quincio; si alguno lo intentaba, no se le permitiría votar.

[3.22] Los cónsules electos fueron Quinto Fabio Vibulano, por tercera vez, y Lucio Cornelio Maluginense -459 a.C.-. En ese año se celebró el censo, y debido a la toma del Capitolio y la muerte del cónsul, el lustro se clausuró por motivos religiosos [se refiere el autor a que no se celebraron sacrificios; el lustro era una ceremonia religiosa de purificación en la que se celebraban varios sacrificios.-N. del T.]. Durante su consulado los asuntos se trastornaron desde el mismo principio del año. Los tribunos comenzaron a instigar a la plebe. Los latinos y y los hérnicos informaron de que los voscos y los ecuos habían empezado la guerra a gran escala; las legiones volscas ya estaban en Anzio y había grandes temores de que la propia colonia se rebelase. Con gran dificultad se convenció a los tribunos para que permitiesen que la guerra tuviese precedencia sobre su Ley. Luego se repartieron las misiones a los cónsules: Fabio fue encargado de llevar las legiones a Anzio; Cornelio se encargó de proteger Roma e impedir que los destacamentos enemigos llegasen a efectuar expediciones de saqueo, como era costumbre de los ecuos. A los hérnicos y latinos se les ordenó proporcionar tropas, de acuerdo con el tratado; dos tercios del ejército se componían de aliados, el resto de ciudadanos romanos. Los aliados llegaron en el día señalado, y el cónsul acampó fuera de la puerta Capena. Cuando se completó la lustración [ceremonia purificadora.-N. del T.] del ejército, se dirigió a Anzio y se detuvo a corta distancia de la ciudad y del campamento enemigo al pie de ella. Como el ejército ecuo no había llegado, los volscos no se aventuraron a combatir y se dispusieron a actuar a la defensiva y proteger su campamento. Al día siguiente, Fabio formó sus tropas alrededor de las murallas enemigas, no mezclando los ejércitos aliados y ciudadanos, sino cada nación en un cuerpo separado, permaneciendo él mismo en el centro con las legiones romanas. dio órdenes de observar cuidadosamente sus señales, para que todos avanzaran y se retirasen (cuando se diera la señal de retirada) al mismo tiempo. La caballería se situó tras sus respectivos cuerpos. Con esta triple formación asaltó el campamento por tres lugares, y los voslcos, incapaces de enfrentarse al ataque simultáneo, fueron desalojados de los parapetos. Penetrando entre sus líneas, sembró el pánico entre la multitud que presionaba en una sola dirección: fuera de su campamento. La caballería, incapaz de superar los parapetos, había sido hasta el momento mera espectadora de la lucha; ahora alcanzaron al enemigo y los destrozaron conforme huían en desorden sobre la llanura y así gozaron de una participación en la victoria. Hubo una gran masacre, tanto en el campamento como en la persecución, pero aún mayor cantidad de botín, pues es enemigo apenas pudo llevarse sus armas. Su ejército habría sido aniquilado si los fugitivos no se hubieran refugiado en el bosque.

[3.23] MIentras estos acontecimientos sucedían en Anzio, los ecuos enviaron en avanzada algunas de sus mejores tropas y mediante un ataque nocturno capturaron la ciudadela de Túsculo; el resto de su ejército se detuvo no lejos de las murallas, para distraer al enemigo. La noticia de esto llegó rápidamente a Roma, y de Roma llegó al campamento frente a Anzio, donde produjo tanta excitación como si hubiese sido tomado el Capitolio. El servicio que Túsculo había prestado tan recientemente y la similar naturaleza entre el peligro anterior y el actual, exigían un envío de ayuda parecido. Fabio tomó como su primer objetivo el llevar el botín del campamento a Anzio; dejando allí un pequeño destacamento, se apresuró a marchas forzadas a Túsculo. A los soldados no se les permitió llevar nada excepto sus armas y el pan que tenían a mano, el cónsul Cornelio envió suministros desde Roma. La lucha continuó durante algunos meses en Túsculo. Con una parte de su ejército del cónsul atacó el campamento de los ecuos, el resto lo dejó con los tusculanos para la reconquista de su ciudadela. Ésta no podía tomarse por un asalto directo. En última instancia, fue el hambre lo que obligó al enemigo a evacuarla, y después de ser reducido al último extremo, todos ellos fueron despojados de sus armas y ropas, y hechos pasar bajo el yugo. Mientras volvían a sus hogares en esta situación ignominiosa, el cónsul romano les alcanzó en el Álgido y dio muerte a todos. Después de esta victoria, llevó su ejército a un lugar llamado Columen, donde asentó su campamento. Como las murallas de Roma ya no estaban expuestas al peligro después de la derrota del enemigo, el otro cónsul también salió de la Ciudad. Los dos cónsules entraron en territorio de los enemigos por caminos separados, y cada uno trató de superar al otro devastando las tierras voslcas, por un lado, y los territorios ecuos por el otro. He visto que la mayor parte de los autores relatan que Anzio se sublevó ese año; el cónsul Lucio Cornelio dirigió una expedición y recapturó la ciudad. No me atrevería a asegurarlo, pues no hay mención de ello en los autores más antiguos.

[3,24] Cuando esta guerra hubo llegado a su fin, los temores de los patricios se despertaron a causa de la guerra que los tribunos empezaron en casa. Proclamaron que el ejército estaba siendo retenido en el extranjero con mala intención; que se tenía la intención de frustrar la aprobación de la Ley; todos tratarían de terminar lo que habían empezado. Lucio Lucrecio, el prefecto de la Ciudad [en aquella época, asumía los poderes de los cónsules cuando éstos no estaban en la Ciudad.-N. del T.], logró, sin embargo, convencer a los tribunos para que aplazasen la decisión hasta la llegada de los cónsules. Surgió una nueva fuente de problemas. Aulo Cornelio y Quinto Servilio, los cuestores [inicialmente no eran magistrados permanentes y juzgaban casos de asesinato o traición.-N. del T.], acusaron a Marco Volscio de haber prestado, indudablemente, falso testimonio contra Ceso. Se había sabido por muchas fuentes que después que el hermano de Volscio enfermó, no sólo no había sido nunca visto en público, sino que ni siquiera abandonó su cama y su muerte fue debida a una enfermedad que duró varios meses. En la fecha en que el testigo precisaba el crimen, Ceso no fue visto en Roma, mientras que los que habían servido con él declararon que había estado constantemente en su puesto en filas, con ellos, y no había disfrutado ningún permiso. Muchas personas instaron a Volscio a iniciar una demanda privada ante un juez. Como no se atrevió a hacerlo, y todas las pruebas mencionadas anteriormente señalaban a la misma conclusión, su condena no fue más dudosa que lo había sido la de Ceso con el testimonio que había prestado. Los tribunos lograron retrasar el asunto; dijeron que no permitirían que los cuestores llevasen al acusado ante la Asamblea a menos antes se la convocase para aprobar la Ley. Ambas cuestiones fueron aplazadas hasta la llegada de los cónsules. Cuando hicieron su entrada triunfal a la cabeza de su ejército victorioso, nada se dijo sobre la Ley; la mayoría de la gente supuso, por lo tanto, que se amenazó a los tribunos. Pero ya era el final del año, y optaban a su cuarto año de magistratura, convirtieron la aprobación de la Ley en asunto de debate electoral. A pesar de que los cónsules se habían opuesto a la continuación de los tribunos en su magistratura tan vigorosamente como si la Ley se hubiera propuesto en detrimento de su autoridad, la victoria quedó de parte de los tribunos. En el mismo año, los ecuos pidieron y obtuvieron la paz. El censo, iniciado el año anterior, se completó, y el lustro, que se había clausurado, se dice que fue el décimo desde la fundación de la Ciudad. El número de los censados ascendió a 117.319 ciudadanos. Los cónsules de ese año ganaron gran reputación tanto en el hogar como en la guerra, pues aseguraron la paz exterior y, aunque no hubo armonía en el hogar, la república sufrió menos perturbaciones que en otras ocasiones.

[3.25] Los nuevos cónsules, Lucio Minucio y Cayo Naucio -458 a.C.-, se hicieron cargo de los dos asuntos que permanecían desde el año anterior. Como antes, obstruyeron la Ley y los tribunos impidieron el proceso de Volscio; pero los nuevos cuestores tenían mayor energía y mayor peso. Tito Quincio Capitolino, que había sido cónsul tres veces, fue cuestor con Marco Valerio, el hijo de Valerio y nieto de Voleso. Como Ceso no podía ser devuelto a la casa de la Quincios, ni el más grande de sus soldados devuelto al Estado, Quincio estaba obligado en justicia y por la lealtad a su familia a perseguir al testigo falso que había privado a un hombre inocente de poder alegar en su propia defensa. Como Verginio, y la mayoría de los tribunos, estaba agitando en favor de la Ley, se concedió a los cónsules dos meses para examinar la misma, a fin de que cuando hicieran comprender al pueblo la insidiosa falsedad que contenía, le dejarían votarla. Durante este intervalo, las cosas estuvieron tranquilas en la Ciudad. Los ecuos, sin embargo, no dieron mucho respiro. En violación del tratado hecho con Roma el año anterior, hicieron incursiones depredadoras en territorio de los labicos y luego en el de Túsculo.

Habían puesto al mando a Graco Cloelio, su hombre más importante en esos momentos. Después de cargar con el botín, asentaron su campamento en el Monte Álgido. Quinto Fabio, Publio Volumnio, y Aulo Postumio fueron enviados desde Roma a exigir satisfacción, según los términos del tratado. La tienda del general estaba situada bajo un enorme roble y él dijo a los legados romanos que las instrucciones que habían recibido del Senado se las contasen al roble bajo cuya sombra se sentaban, que él estaba muy ocupado. Al retirarse, uno de ellos exclamó: "¡Que este roble sagrado, o cualquier otra deidad ofendida, sepa que habéis roto el tratado! ¡Que atiendan ahora nuestras quejas y presten ayuda a nuestras armas cuando tratemos de reparar el ultraje hecho así a los dioses como a los hombres!" Al regreso de los enviados, el Senado ordenó a uno de los cónsules que marchase contra Graco en Álgido; al otro se le ordenó que devastase el territorio de los ecuos. Como de costumbre, los tribunos intentaron obstruir el alistamiento y es probable que al final hubieran tenido éxito, si no se hubiese producido un nuevo motivo de alarma.

[3.26] Un inmenso ejército de sabinos llegó con sus estragos casi hasta las murallas de la ciudad. Los campos estaban en ruinas y la Ciudad aterrorizada. Ahora, los plebeyos tomaron las armas de buen grado, los tribunos protestaron en vano y se alistaron dos grandes ejércitos. Naucio dirigió uno de ellos contra los sabinos, construyó un campamento atrincherado y enviaba, generalmente por la noche, pequeños destacamentos que produjeron tal destrucción en territorio sabino que las fronteras romanas parecieron, en comparación, indemnes por la guerra. Minucio no fue tan afortunado, ni dirigió su campaña tampoco con la misma energía; después de ocupar una posición atrincherada no lejos del enemigo, se mantuvo tímidamente en su campamento, a pesar de que no había sufrido ninguna derrota importante. Como de costumbre, el enemigo se sintió alentado por la falta de coraje del otro bando. Hicieron un ataque nocturno a su campamento, pero al conseguir poca cosa con el asalto directo, procedieron a sitiarlo. Antes de que todas las salidas estuviesen cerradas por la circunvalación, cinco jinetes pasaron a través de los puestos exteriores del enemigo y llevaron a Roma las noticias de que el cónsul y su ejército estaban bloqueados. Nada podía haber ocurrido tan inesperado, tan inopinado; el pánico y la confusión fueron tan grandes como si hubiera sido la ciudad y no el campamento lo que habían sitiado. El cónsul Naucio fue llamado de regreso, pero como no actuó de acuerdo a la gravedad de la emergencia, decidieron nombrar un dictador para enfrentar la peligrosa situación. Por el consenso unánime, Lucio Quincio Cincinato fue nombrado para el puesto -458 a.C.-.

Vale la pena que aquellos que desprecian todos los intereses humanos en comparación con la riqueza, y creen que no hay posibilidades de honores o de virtud excepto cuando la riqueza es abundante, escuchen esta historia. La única esperanza de Roma, Lucio Quincio, solía cultivar un campo de cuatro yugadas

[yugada: cantidad de tierra que araba en un día una pareja de bueyes, equivale a unas 0,27 Ha. 4 yugadas: 1,08 Ha aprox.-N. del T.] al otro lado del Tíber, justo enfrente del sitio donde están ahora los astilleros y el arsenal; lleva el nombre de Prados Quincios. Allí fue encontrado por la delegación del Senado, atareado con la excavación de una zanja o en la labranza, en todo caso, como se conviene en general, dedicado a la agricultura. Después de saludarse mutuamente, se le requirió para que vistiese su toga, pues debía escuchar el mandato del Senado y expresaron la esperanza de que todo ello fuese en bien suyo y del Estado. Les preguntó, sorprendido, si todo iba bien, y mando a su esposa, Racilia, a que le trajese rápidamente su toga de la casita [es de suponer que se trataría de una pequeña cabaña o casa de aperos y descanso, tan comunes en todo el Mediterráneo.-N. del T.]. Limpiándose el polvo y el sudor, se la puso y se adelantó, a lo que la Diputación le saludó como dictador y lo felicitó, lo invitó a la ciudad y le explicaron el estado de temor en que se hallaba el ejército. Se había dispuesto una nave para él y, después de haber cruzado, recibió la bienvenida de sus tres hijos, que habían salido a su encuentro. Les siguieron otros familiares y amigos, y la mayoría del Senado. Escoltado por esta reunión numerosa y precedido por los lictores, fue conducido a su casa. También hubo una enorme concentración de la plebe, pero no estaban en absoluto tan contentos de ver a Quincio; consideraban excesivo el poder con el que se le había investido, y al hombre aún más peligroso que a su poder. Nada más se hizo esa noche, aparte de proveer la adecuada protección de la Ciudad.

[3.27] La mañana siguiente el dictador fue, antes del amanecer, al Foro y nombró como su jefe de caballería [magistrum equitum, en el original.-N. del T.] a Lucio Tarquinio, miembro de una gens patricia, pero que por su pobreza había servido en la infantería, donde estaba considerado de lejos el mejor de los soldados romanos. Acompañado por el jefe de caballería, del dictador se dirigió a la Asamblea, proclamó la suspensión de todos los asuntos públicos, ordenó que se cerrasen las tiendas en toda la Ciudad y prohibió la ejecución de cualquier negocio privado. Luego ordenó a todos los que estaban en edad militar que acudieran completamente armados al Campo de Marte antes de la puesta del sol, cada uno con provisiones para cinco días y doce estacas. Los que estaban pasaban de esa edad fueron requeridos para cocinar las raciones de sus vecinos mientras éstos disponían sus armas y buscaban las estacas. Así que los soldados se dispersaron en busca de las estacas; las tomaron de los sitios más próximos, a nadie se le impidió y obedecieron prontos el edicto del dictador. La formación del ejército se adoptó de manera que fuese igualmente apta para la marcha o, si las circunstancias lo exigieran, para combatir; el dictador dirigió personalmente las legiones, el jefe de caballería iba al frente de sus jinetes. A ambos cuerpos se dirigieron arengas adecuadas a la emergencia, exhortándoles a avanzar a marchas forzadas, pues había que apresurarse si querían alcanzar al enemigo de noche; un ejército romano con su cónsul llevaba asediado ya tres días, y no era fácil adivinar lo que el día o la noche traerían, y muchos grandes problemas se habían resuelto en un instante. Los hombres se gritaban unos a otros, "¡a toda prisa, abanderado!" "¡Seguid, soldados!" para gran satisfacción de sus líderes. Llegaron a Álgido a la medianoche, y viendo que estaban cerca del enemigo, se detuvieron.

[3.28] El dictador, después de montar y dar una vuelta de reconocimiento a la posición y forma del campamento enemigo, mandó a los tribunos militares que ordenasen juntar la impedimenta y a los soldados con sus armas y estacas que formasen en sus puestos en las filas. Sus órdenes se ejecutaron. Luego, manteniendo la formación en la que habían marchado, todo el ejército, en una larga columna, rodeó las líneas enemigas. Con una señal, a todos se les ordenó lanzar el grito de guerra; tras lanzar el grito, cada hombre cavó una trinchera frente a él e hincó sus estacas. Una vez transmitida la orden, se dio la señal. Los hombres obedecieron la orden, y el grito de guerra pasó sobre los enemigos y llegó al campamento del cónsul. En unos produjo pánico, en otros alegría. Los romanos reconocieron el grito de guerra de sus conciudadanos y se felicitaban mutuamente por la ayuda que estaba cercana. Incluso efectuaron salidas desde sus puestos avanzados contra el enemigo, incrementando así su alarma. El cónsul dijo que no debía haber ninguna demora, pues aquel grito no sólo significaba que sus amigos habían llegado sino que estaban combatiendo y le sorprendería si no estaban siendo ya atacadas las líneas exteriores del enemigo. Ordenó a sus hombres que empuñasen sus armas y le siguiesen. Empezó una batalla nocturna. Advirtieron, con sus gritos, a las legiones del dictador de que por su lado ya había comenzado la lucha. Los ecuos ya se estaban preparando para evitar ser rodeados cuando el enemigo asediado empezó la batalla; para impedir que rompiesen sus líneas, se volvieron desde los que les estaban rodeando hacia los de dentro, y así dejaron al dictador libre, toda la noche, para completar su tarea. La lucha contra el cónsul continuó hasta el amanecer. En ese momento estaban totalmente rodeados por el dictador, y apenas fueron capaces de mantener la lucha contra un ejército. Entonces, sus líneas fueron atacados por el ejército de Quincio, que había completado la circunvalación y retomado sus armas. Habían de mantener un nuevo frente mientras que el anterior no se había debilitado en absoluto. Bajo la presión del doble ataque, se convirtieron de guerreros en suplicantes, e imploraron al dictador por un lado y al cónsul por otro no hacer de su exterminio el precio de la victoria, sino que les permitiesen deponer sus armas y marcharse. El cónsul les mandó al dictador, el cual, en su ira, determinó humillar al enemigo derrotado. Ordenó que a Graco Cloelio y a otros de sus hombres principales que se les cargasen de cadenas, y a la ciudad de Corbión que fuese evacuada. Dijo a los ecuos que no quería su sangre, que eran libres de partir; pero que, como muestra evidente de la derrota y sometimiento de su nación, tendrían que pasar bajo el yugo. Este se hizo con tres lanzas, dos fijadas en el suelo, en posición vertical, y la tercera unida a ellas en su parte superior. Bajo este yugo hizo pasar el dictador a los ecuos.

[3,29] Encontraron su campamento lleno de toda clase de cosas (pues habían sido expulsados casi desnudos) y el dictador entregó todo el botín únicamente a sus propios soldados. Se dirigió al cónsul y a su ejército en tono de severa reprimenda: "Vosotros, soldados", dijo, "os quedaréis sin vuestra parte del botín, pues vosotros mismos sois parte del botín arrancado al enemigo; y tú, Lucio Minucio, mandarás estas legiones como general hasta que muestres el ánimo de un cónsul." Minucio abandonó su consulado y se quedó con el ejército bajo las órdenes del dictador. Pero tal ciega obediencia prestaban en aquellos días los soldados a la autoridad, cuando se ejercía con eficacia y sabiduría, que los soldados, conscientes del servicio que él había prestado y no del castigo que se les impuso, votaron para el dictador una corona de oro de una libra de peso, y cuando salió le saludaron como su patrono [lo que significaba reconocerse a sí mismos como clientes; ésta era una relación de dependencia personal sólo posible entre ciudadanos libres, por la cual el patrono "gestionaba" los problemas de sus clientes mientras éstos le prestaban diversos servicios: escolta, votos, propaganda. Con todos los matices que se quiera, es una versión temprana del vasallaje medieval.-N. del T.]. Quinto Fabio, el prefecto de la Ciudad, convocó una reunión del Senado, y se decretó que Quincio, con el ejército que regresaba a casa, debía entrar en la Ciudad en procesión triunfal. Los jefes del enemigo irían al frente, luego los estandartes militares por delante del carro del general y le seguiría el ejército cargado con el botín. Se dice que se distribuyeron mesas con viandas por todas las casas, y que los festejantes siguieron al carro con canciones sobre el triunfo y las bromas y pasquines habituales. Ese día, fue entregada la ciudad de Túsculo a Lucio Mamilio, con la aprobación general. El dictador habría abandonado enseguida su magistratura si no se lo hubiera impedido la Asamblea que debía juzgar a Marco Volscio: el miedo al dictador evitó que los tribunos lo obstruyeran. Volscio fue condenado y marchó al exilio en Lanuvio. Quincio renunció al decimosexto día de la dictadura que le había sido concedida por seis meses. Durante ese período, el cónsul Naucio se enfrentó en una brillante acción con los sabinos en Eretum, quienes sufrieron una severa derrota además de la destrucción de sus campos. Fabio Quinto fue enviado a relevar en el mando a Minucio en Álgido. Hacia el final del año, los tribunos comenzaron a agitar la Ley, sino como había dos ejércitos desplegados en el exterior, el Senado logró impedir que se sometiera a la plebe cualquier medida. Esta última obtuvo algo, sin embargo, al asegurarse la reelección por quinta vez de los tribunos. Se dice que fueron vistos, en el Capitolio, lobos perseguidos por perros; este prodigio hizo necesaria su purificación. Tales fueron los acontecimientos del año.

[3.30] Los cónsules siguientes fueron Quinto Minucio y Marco Horacio Pulvilo -457 a.C.-. Como había paz en el exterior a principios de año, los problemas internos comenzaron de nuevo; los mismos tribunos haciendo campaña a favor de la misma Ley. Las cosas podrían haber ido más lejos (tan encendidas estaban las pasiones en ambos lados) si no hubiesen llegado noticias, como si se hubiese planeado deliberadamente, de la pérdida de la guarnición de Corbión en un ataque nocturno de los ecuos. Los cónsules convocaron una reunión del Senado; se les ordenó encuadrar una fuerza con todos los que pudiesen llevar armas y que marchasen hacia Álgido. La disputa sobre la Ley quedó suspendida y comenzó otra por el alistamiento. La autoridad consular estaba a punto de ser aplastada por la interferencia de los tribunos, cuando se produjo una nueva alarma. Un ejército sabino había descendido sobre los campos romanos para saquearlos, y se acercaban a la Ciudad. Muy asustados, los tribunos permitieron el alistamiento; no, empero, sin insistir en un acuerdo para alcanzar en adelante el número de diez tribunos de la plebe electos, ya que durante cinco años habían sido frustrados y muy poca había sido la protección de los plebeyos. La necesidad obligó al Senado a aceptar esto, con la única condición de que en el futuro no se verían los mismos tribunos en dos años sucesivos. Las elecciones para elegir tribunos se celebraron de inmediato, para evitar que también este acuerdo quedara sin efecto tras finalizar la guerra. La magistratura del tribunado había existido durante treinta y seis años cuando se nombraron diez por vez primera, dos de cada clase. Se dispuso definitivamente que ésa debería ser la norma en todas las elecciones futuras. Cuando el alistamiento se completó, Minucio avanzó contra los sabinos, pero no encontró al enemigo. Después de masacrar a la guarnición de Corbión, los ecuos habían capturado Ortona; Horacio les combatió en Álgido, causándoles gran masacre, y los expulsó no sólo de Álgido, sino también de Corbión y de Ortona; destruyó completamente Corbión por haber traicionado a la guarnición.

[3.31] Marco Valerio y Espurio Verginio fueron los nuevos cónsules -456 a.C.-. Todo estaba tranquilo en casa y en el extranjero. Debido al exceso de lluvias hubo escasez de provisiones. Se aprobó una ley por la que se convertía al Aventino en parte del dominio del Estado. Se reeligieron a los tribunos de la plebe. Estos hombres, al año siguiente -455 a.C.-, cuando Tito Romilio y Cayo Veturio fueron cónsules, hicieron continuamente de la Ley el añadido de todas sus arengas, y decían que deberían avergonzarse de que se hubiera aumentado su número sin ningún resultado, si este asunto progresase tan poco durante sus dos años de magistratura como durante los cinco anteriores. Mientras la agitación estaba en su apogeo, un mensaje urgente llegó de Túsculo, avisando de que los ecuos estaban en territorio tusculano. Los buenos servicios que esa nación había rendido hacía tan poco tiempo, avergonzó al pueblo de retrasar el envío de ayuda. Ambos cónsules fueron enviados contra el enemigo, y lo encontraron en su posición usual en el Álgido. Se combatió allí; cerca de 7000 enemigos murieron y el resto fue puesto en fuga; se capturó un enorme botín. Este, debido a la mala situación de la hacienda pública, fue vendido por los cónsules. Su acción, sin embargo, creó malestar en el ejército, y ofreció a los tribunos una causa en la que basar una acusación contra ellos. Por consiguiente, cuando dejaron la magistratura, en la que fueron sucedidos por Espurio Tarpeyo y Aulo Aternio -454 a.C.-, fueron ambos acusados; Romilio por Cayo Calvio Cicerón, tribuno de la plebe, y Veturio por Lucio Alieno, edil de la plebe

[lo que indica una predisposición a liquidar el asunto con una multa, pues ésta era la única clase de procesos en que podían intervenir los ediles de la plebe.-N. del T.]. Para intensa indignación del partido senatorial, ambos fueron condenados y multados; Romilio tuvo que pagar diez mil ases y Veturio, quince mil. La suerte de sus predecesores no debilitó la resolución de los nuevos cónsules; dijeron que, si bien era muy posible que a ellos también se les condenase, no iba a ser posible que la plebe y sus tribunos aprobasen la Ley. Después de tan largas discusiones, se había quedado obsoleta, los tribunos la usaban ahora como arma arrojadiza y se acercaron a los patricios con un espíritu menos agresivo. Les instaron a que pusieran fin a sus controversias, y ya que se oponían a las medidas aprobadas por los plebeyos, debían consentir en el nombramiento de un cuerpo de legisladores, elegidos a partes iguales entre plebeyos y patricios, para promulgar lo que fuese útil a ambos órdenes y asegurase la igualdad de libertades para cada uno. Los patricios pensaban que la propuesta merecía ser considerada; dijeron, sin embargo, que nadie debía legislar a menos que fuese un patricio, pues ellos estaban de acuerdo con las leyes y sólo diferían en quién debía promulgarlas. Enviaron una legación a Atenas con instrucciones de hacer una copia de las famosas leyes de Solón y estudiar las instituciones, costumbres y leyes de los demás estados griegos. Sus nombres eran Espurio Postumio Albo, Aulo Manlio y Publio Sulpicio Camerino.

[3.32] Por lo que respecta a la guerra en el exterior, el año fue tranquilo. Al año siguiente -453 a.C.-, cuando fueron cónsules Publio Curiacio y Sexto Quintilio, fue aún más tranquilo a causa del persistente silencio de los tribunos. Esto se debió a dos causas: en primer lugar, que esperaban el regreso de los comisionados que habían ido a Atenas y las leyes extranjeras que iban a traer; y en segundo lugar, dos terribles desastres vinieron juntos, el hambre y la peste, que fueron fatales para los hombres y para el ganado. Los campos quedaron asolados, la Ciudad se agotó con una serie ininterrumpida de muertes, muchas de las más ilustres casas vistieron de luto. Murió el Flamen Quirinal [sacerdote de Quirino, de la categoría de los mayores junto al de Marte y al de Júpiter.-N. del T.], Servio Cornelio, murió también el augur Cayo Horacio Pulvilo, en cuyo lugar los augures eligieron a Cayo Veturio, tanto más impaciente cuanto que había sido condenado por la plebe. El cónsul Quintilio y cuatro tribunos de la plebe murieron. El año fue sombrío por las numerosas pérdidas. Hubo un respiro por parte de los enemigos exteriores. Los siguientes cónsules fueron Cayo Menenio y Publio Sestio Capitolino -452 a.C.-. Este año también estuvo libre de la guerra en el extranjero, pero empezaron los problemas en casa. Los legados habían vuelto con las leyes de Atenas; los tribunos, en consecuencia, insistieron más en que se debería empezar a compilar las leyes. Se decidió que se debía crear un conjunto de diez hombres (de ahí el nombre "decenviros"), contra los que no debería caber ningún recurso y que todas los demás magistrados debían suspenderse durante el resto del año. Hubo una larga controversia acerca de si debían ser admitidos los plebeyos; al fin cedieron a los patricios, a condición de que la Ley Icilia sobre el Aventino y las demás leyes sagradas no pudieran ser derogadas.

[3.33] Por segunda vez (en el año 301º de la fundación de Roma) cambió la forma de gobierno; la autoridad suprema fue transferida de los cónsules a los decenviros, igual que antes pasó de los reyes a los cónsules -451 a.C.-. El cambio fue menos notable debido a su corta duración, pues el comienzo feliz de este régimen se convirtió en una creciente lujuria; de aquí su temprano fracaso y la vuelta a la vieja práctica de cargar a dos hombres con el nombre y oficio de cónsul. Los decenviros fueron Apio Claudio, Tito Genucio, Publio Sestio, Lucio Veturio, Cayo Julio, Aulo Manlio, Publio Sulpicio, Publio Curiacio, Tito Romilio, y Espurio Postumio. Como Claudio y Genucio eran los cónsules designados para ese año, recibieron este honor en lugar del honor del que fueron privados. Sestio, uno de los cónsules del año anterior, fue honrado por haber, en contra de su colega, llevado el asunto ante el Senado. Junto a ellos estaban los tres comisionados que habían ido a Atenas, como recompensa por haberse comprometido con una embajada tan lejana, y también porque se pensaba que estarían familiarizados con las leyes de otros Estados extranjeros que podrían resultar útiles al compilar las nuevas. Se dice que en la votación final para completar el número con los cuatro restantes, los electores escogieron hombres de edad para evitar cualquier oposición violenta a las decisiones del resto. La presidencia de todo el grupo, de conformidad con los deseos de la plebe, fue confiada a Apio. Había asumido como un nuevo carácter, de ser un enemigo severo y amargo del pueblo, de pronto aparecía como su defensor, y desplegaba sus velas para captar cada aliento del favor popular. Ellos administran justicia cada diez días por turno, el que presidía el tribunal ese día era precedido por los doce lictores, los demás disponían sólo de un ordenanza para cada uno. Reinaba, no obstante, entre ellos una singular armonía (una armonía que en otras circunstancias podría resultar peligrosa para las personas) mostraban con los demás la más perfecta ecuanimidad. Será suficiente con un sólo ejemplo como prueba de la moderación con que actuaron. Un cadáver había sido descubierto y desenterrado en la casa de Sestio, miembro de una gens patricia. Fue llevado a la Asamblea. Como era evidente que se había cometido un crimen atroz, Cayo Julio, un decenviro, acusó a Sestio y compareció en persona ante el pueblo para acusarle, aún cuando tenía derecho a ejercer como único juez en el caso. Él renunció a su derecho a fin de que la libertad del pueblo ganase el poder que él cedía.

[3,34] Mientras, así los más encumbrados como los más humildes disfrutaban de su rápida e imparcial administración de justicia, como emitida por un oráculo, y al mismo tiempo prestaban atención a la elaboración de las leyes. Estaban especialmente interesados en que las leyes fuesen al fin escritas en diez tablas que serían exhibidas en una Asamblea especialmente convocada para ese fin. Deseando que su trabajo aportase bienestar y felicidad al Estado, a ellos y a sus hijos, los decenviros les propusieron ir y leer las leyes que se exhibían. "Tanto como lo permite la sabiduría y previsión de diez hombres, han establecido leyes iguales para todos, tanto los que más tienen como los que menos; pero será de más ayuda que la multitud las debata. Deberá cada uno examinar cada ley por separado, discutirla con los demás y presentar al debate público lo que parezca superfluo o incorrecto de cada decreto. Las futuras leyes de Roma deben ser tales que parezcan haber sido unánimemente propuestas por el propio pueblo, en vez de que éste las haya ratificado a propuesta de otros." Cuando parecía que habían sido suficientemente modificadas de acuerdo con lo que todos habían expresado, las Leyes de las Diez Tablas fueron aprobadas por los comicios centuriados [en el modo organizativo por centurias, de origen militar y económico -cada soldado se encuadraba según su fortuna-, las centurias de caballeros votaban las primeras y solían decidir el resultado.-N. del T.]. Incluso en la enormidad de la legislación actual, donde las leyes se apilan unas sobre otras en un confuso montón, aún son la fuente de toda la jurisprudencia pública y privada. Después de su ratificación, corrió el rumor de que faltaban dos tablas; si fuesen añadidas, el cuerpo, por así decir, de las leyes romanas quedaría completo. Conforme se acercaba el día de las elecciones, esta impresión produjo el deseo de nombrar decenviros para un segundo año. Los plebeyos habían aprendido a detestar el título de "cónsul" tanto como el de "rey", y ahora que los decenviros admitían apelar a uno de ellos contra la decisión de otro, no necesitaban más la ayuda de sus tribunos.

[3,35] Sin embargo, después de notificar que la elección de decenviros se celebraría el tercer día de mercado, tantos desearon estar entre los elegidos, que hasta los más principales hombres del Estado iniciaron un postulado individual como humildes suplicantes de una magistratura a la que antes se habían opuesto con todas sus fuerzas, buscándola entre las manos de cualquier plebeyo con el que hasta entonces había estado enfrentado. Creo que temían que si no acaparaban aquellos puestos de gran autoridad, quedarían abiertos a hombres que no serían dignos de ellos. Apio Claudio era plenamente consciente de que podría no ser reelegido, a pesar de su edad y los honores que había disfrutado. Difícilmente se podría decir si lo consideraban como un decemvir o como un candidato. A veces parecía más alguien que buscase una magistratura que uno que de hecho ya la detentaba; acusaba a la nobleza y exaltaba a cualquier candidato pese a su bajo nacimiento o poca importancia; solía alborotar en el Foro, rodeado por ex-tribunos de los Duelios e Icilios, y a través de ellos hacía propuestas a los plebeyos; hasta que sus colegas, que hasta entonces le eran completamente afectos, empezaron a preguntarse qué era lo que pretendía. Estaban convencidos de que no había sinceridad en su comportamiento, pues un hombre tan orgulloso no exhibe tanta afabilidad por nada. Consideraban que este degradarse a sí mismo y codearse con vulgares particulares era la acción de un hombre que no estaba dispuesto a abandonar su magistratura y trataba de alcanzar algún modo para prolongarla. Sin atreverse a frustrar abiertamente sus intenciones, intentaron moderar su violencia a base de complacerle. Como él era el miembro más joven de la institución [del decenvirato.-

N. del T.], unánimemente se le confirió el cargo de presidir los comicios. Mediante este artificio esperaban impedir que se eligiese a sí mismos; cosa que nadie, excepto los tribunos de la plebe, había hecho nunca, estableciendo así el peor de los precedentes. Sin embargo, él se dió cuenta de que, si todo iba bien, podría asegurar las elecciones, y convirtió lo que debía haber sido un impedimento en una gran oportunidad para llevar a cabo su propósito. Mediante la formación de una coalición, se aseguró el rechazo de los dos Quincios, Capitolino y Cincinato, de su propio tío, Cayo Claudio, uno de los más firmes partidarios de la nobleza, y otros ciudadanos del mismo rango. Consiguió la elección de hombres que estaban muy lejos de ser sus iguales, fuera política o socialmente, él en primer lugar; esto fue algo que los hombres respetables desaprobaban, sobre todo porque ninguno le creía capaz de ello. Con él fueron elegidos Marco Cornelio Maluginense, Marco Sergio, Lucio Minucio, Quinto Fabio Vibulano, Quinto Petelio, Tito Antonio Merenda, Cesón Duilio, Espurio Opio Corniceno, y Manlio Rabuleyo -450 a.C.-.

[3.36] Allí dejó Apio de llevar la máscara de alguien que no era. A partir de ese momento su conducta fue acorde con su disposición natural, y comenzó a manejar a sus nuevos compañeros, incluso antes de que tomasen posesión, de acuerdo con su propio carácter. Mantenían a diario reuniones privadas; luego, siguiendo planes urdidos en absoluto secreto para ejercer sin freno el poder, ya sin problemas para disimular su tiranía, se hicieron de difícil acceso, duros y severos para con aquellos a los que concedían audiencias. Así continuaron las cosas hasta mediados de mayo. Ese día, el 15 de mayo, era en el que los magistrados tomaban solemne posesión de sus cargos. En primer lugar, el primer día de su gobierno estuvo marcado por una manifestación que provocó grandes temores. Porque, mientras que los anteriores decenviros habían observado la norma de que sólo uno llevara las fasces y hacían que este emblema de la realeza se llevase por turno, ahora los diez aparecieron de pronto cada uno con sus doce lictores. El Foro estaba lleno de ciento veinte lictores, y llevaban las hachas atadas con las fasces [las hachas simbolizaban el poder de aplicar la pena de muerte que tenía el magistrado escoltado por los lictores.-N. del T.]. Los decenviros lo justificaron diciendo que ya que habían sido investidos con poder absoluto sobre la vida y la muerte, no había razón para que se quitasen las hachas. Presentaban el aspecto de diez reyes, y muchos temores fueron abrigados no sólo por las clases más bajas, sino incluso por los senadores más importantes. Se consideró que estaban buscando un pretexto para comenzar el derramamiento de sangre, de manera que si alguien pronunciaba, fuera en el Senado o entre el pueblo, una sola palabra que les recordara la libertad, las varas y las hachas se dispondrían inmediatamente contra él para intimidar al resto. Porque no sólo no había ya protección para el pueblo, ahora que el derecho de apelar se había eliminado, sino que los decenviros habían acordado entre ellos no interferir en las sentencias de los otros; mientras que los anteriores habían permitido que sus decisiones judiciales pudieran ser revisadas en apelación por otro colega, y determinados asuntos, al ser considerados jurisdicción del pueblo, le habían sido remitidos a éste. Durante algún tiempo inspiraron terror a todos por igual, poco a poco éste quedó solamente en la plebe. Los patricios no eran molestados; era el hombre de vida humilde al que reservaron su arbitrariedad y el trato cruel. Actuaron únicamente por motivos personales, no por la justicia de una causa, pues las influencias tenían con ellos la fuerza de la equidad. Celebraban sus juicios en sus casas y pronunciaban las sentencias en el Foro; si alguno apelaba a uno de sus colegas, abandonaba la presencia de éste último lamentándose de no haber aceptado la primera sentencia. Se había extendido la creencia, no atribuible a ninguna fuente de autoridad, de que su conspiración contra la ley y la justicia no se ceñía sólo al momento actual; existía un acuerdo secreto y sagrado entre ellos para no celebrar ninguna elección, sino mantenerse en el poder ahora que lo habían conseguido, haciendo perpetuo el decenvirato.

[3.37] Empezaron entonces los plebeyos a observar a los patricios, para captar algún pequeño destello de libertad en los hombres de quienes habían temido la esclavitud, pese a que tal temor había llevado la república a aquella condición. Los principales entre los patricios odiaban a los decenviros y odiaban a la plebe; no aprobaban lo que les estaba sucediendo, pero pensaban que los plebeyos se lo merecían totalmente y no querían ayudar a hombres que por correr demasiado en pos de la libertad, habían caído en la esclavitud. Incluso aumentaron los males que sufrían, para que por su impaciencia y malestar ante las condiciones presentes, deseasen volver al antiguo estado de cosas, con los dos cónsules como antaño. Ya había transcurrido la mayor parte del año; se habían añadido dos tablas a las diez del año anterior; si estas leyes restantes eran aprobadas por los comicios centuriados ya no habría razón para que el decenvirato fuese considerado necesario más tiempo. Los hombres se preguntaban cuánto tardarían en anunciar las elecciones de cónsules; la única inquietud de los plebeyos era acerca del método por el que podrían restablecer aquel baluarte de sus libertades, la potestad tribunicia, que ahora estaba suspensa. Mientras tanto, nada se decía acerca de ninguna elección. Al principio, los decenviros habían buscado la popularidad ante la plebe compareciendo rodeados de ex-tribunos, pero ahora iban acompañados por una escolta de jóvenes patricios que se jactaban ante los tribunales, maltrataban a los plebeyos y saqueaban sus bienes; y siendo los más fuertes, alcanzaron a obtener todo aquello de lo que se encaprichaban. No se detenían en ejercer la violencia con las personas, algunos fueron azotados, otros decapitados y esto no era sin motivo, pues al castigo seguía la confiscación de los bienes. Corrompida por tales sobornos, los jóvenes nobles no sólo se negaban a oponerse a la ilegalidad de los decenviros, sino que preferían abiertamente su propia libertad a la libertad pública.

[3.38] El quince de mayo llegó, el periodo de la magistratura de los decenviros expiró, pero no se nombraron nuevos magistrados. Aunque ahora eran sólo ciudadanos particulares, los decenviros se mostraron tan determinados como siempre para hacer valer su autoridad y conservar todos los emblemas del poder. Ahora, en verdad, era una monarquía descarada. La Libertad se consideró perdida para siempre, nadie se levantó para reclamarla ni parecía probable que alguien lo hiciera. No sólo el pueblo se había sumido en el desaliento, sino que empezaban a ser despreciados por sus vecinos, que despreciaba la idea de que el poder soberano existiese donde no había libertad. Los sabinos hicieron una fuerte incursión en territorio romano haciendo grandes destrozos, llevándose una inmensa cantidad de hombres y ganado a Ereto, donde reunieron sus fuerzas dispersas y acamparon con la esperanza de que el estado de cosas en Roma impidiera el alistamiento de un ejército. No sólo los mensajeros que traían las noticias, también los campesinos que huían a la Ciudad sembraron el pánico. Los decenviros, odiados por igual por el Senado y por la plebe, se quedaron sin apoyo alguno, y mientras celebraban consultas para adoptar las medidas necesarias, la Fortuna añadió un nuevo motivo de alarma. Los ecuos, avanzando en una dirección diferente, se habían atrincherado en Álgido, y desde allí hacían incursiones de saqueo en el territorio de Túsculo. Las nuevas fueron presentadas por los enviados de Túsculo, que imploraba ayuda. El pánico producido inquietó a los decenviros, y viendo la Ciudad enzarzada en dos guerras distintas se vieron obligados a consultar al Senado. Ordenaron convocar a los senadores, muy conscientes de que les esperaba una tormenta de resentimiento y de que sólo a ellos se haría responsables por la devastación del territorio y los peligros que amenazaban. Esto, esperaban, llevaría a un intento de privarlos de la magistratura, a menos que ofrecieron una resistencia unánime y que por un agudo ejercicio de la autoridad sobre algunos de los espíritus más audaces pudieran reprimir las intenciones de los demás.

Cuando la voz del pregonero se escuchó en el Foro, convocando a los patricios a la Curia para encontrarse con los decenviros, esta novedad tras tan largo tiempo de suspensión del Senado, llenó de asombro a los plebeyos. "¿Qué ha pasado", se preguntaban, "¿para revivir una práctica tan en desuso? Debemos estar agradecidos al enemigo que nos amenaza con la guerra, pues ha provocado algo que es propio de un Estado libre." Buscaban por el Foro algún senador, pero no reconocieron casi a ninguno; luego vieron la Curia y la soledad alrededor de los decenviros. Esto último se atribuyó al odio universal que sentían hacia su autoridad, los plebeyos lo explicaban diciendo que los senadores no se presentaron porque los ciudadanos privados no tenían derecho a convocarlos. Si la plebe hacía causa común con el Senado, aquellos que estaban empeñados en recuperar su libertad tendrían quienes les guiasen; y como los senadores no acudieron a la convocatoria, la plebe debía negarse al alistamiento para el servicio. Así expresaban su opinión los plebeyos. En cuanto a los senadores, apenas se hallaba uno de ellos en el Foro, y muy pocos en la Ciudad. Disgustado con el estado de cosas, se habían retirado a sus casas de campo y se ocupaban de sus propios asuntos, habiendo perdido todo interés en los del Estado. Pensaban que cuanto más alejados se mantuvieran de cualquier reunión y relación con sus tiránicos amos, más seguros estarían. Como, habiendo sido citados, no vinieron, se les envió ujieres a sus casas para exigir las multas por no asistir y comprobar si se ausentaban a propósito. Volvieron diciendo que el Senado estaba en el campo. Esto fue menos desagradable para los decenviros que si hubieran estado en la Ciudad y hubiesen rechazado reconocer su autoridad. Se dieron órdenes de que se citase a todos para el día siguiente. Asistieron en mayor número de lo que ellos mismos esperaban. Esto llevó a los plebeyos a pensar que su libertad había sido traicionada por el Senado, ya que había obedecido a los hombres cuyo mandato había expirado y que, a pesar de la fuerza a su disposición, sólo eran ciudadanos particulares, reconociendo así su derecho a convocar al Senado.

[3,39] Esta obediencia, sin embargo, se mostró más por su llegada a la Curia que por cualquier servilismo en los pareceres que expresaron. Queda memoria de que después que Apio Claudio presentase la cuestión de la guerra, y antes de que empezase la discusión formal, Lucio Valerio Potitio hizo un inciso para pedir que se le permitiese hablar de la situación política, pero al negárselo los decenviros en tono amenazante declaró que se presentaría ante el pueblo. Marco Horacio Barbato se opuso abiertamente, llamando a los decenviros "diez Tarquinios" y recordándoles que fue bajo la guía de los Valerios y de los Horacios cuando se expulsó de Roma a la monarquía. No era del nombre de rey de lo que los hombres se habían cansado, ya que era el título propio de Júpiter; Rómulo, el fundador de la Ciudad y sus sucesores fueron llamados reyes, y éste nombre aún se conservaba por razones religiosas . Era la tiranía y la violencia de los reyes lo que los hombres detestaban. Si éstos eran insoportables en un rey o en el hijo de un rey, ¿quién lo soportaría de diez ciudadanos particulares? Ellos debían velar por esto, pues ellos no lo hacían; al prohibir hablar en la Curia les obligaban a hacerlo fuera de sus muros. No podía ver cómo era menos admisible que él, como ciudadano privado, convocase la Asamblea del pueblo, que para ellos convocar el Senado. Hallarían que en todas partes será mayor su dolor para vengar su libertad que su codiciosa ambición de la tiranía. Traían la cuestión de la guerra con los sabinos como si el pueblo romano no tuviese otra guerra más importante que aquella contra los hombres que, nombrados para elaborar las leyes, no dejaban vestigio alguno de ley o justicia en el Estado; los que habían abolido las elecciones, los magistrados anuales, la sucesión regular de gobernantes, los que eran garantes de la libertad igual para todos; quienes, aunque simples ciudadanos, aún retenían las fasces y del poder despótico de los monarcas. Después de la expulsión de los reyes, los magistrados eran patricios; después de la secesión de la plebe, fueron nombrados magistrados plebeyos. "¿A qué partido pertenecían estos hombres?" , preguntó. "¿Al partido popular? ¿Por qué? ¿qué han hecho en unión de la plebe? ¿A la nobleza? "¡¿Qué?! , ¿éstos hombres, que no han celebrado una reunión del Senado en casi un año y ahora, que están celebrando una, prohiben que se hable sobre la situación política? No confiéis demasiado en los temores ajenos. Los males que padecen ahora mismo los hombres les parecen mucho más graves que cualquier temor que alberguen sobre el futuro."

[3.40] Mientras Horacio estaba pronunciando tan apasionado discurso, y los decenviros dudaban hasta dónde irían, fuera hacia la agria resistencia o hacia la concesión, y sin poder ver cuál sería el resultado, Cayo Claudio, el tío del decenviro Apio, hizo un discurso más orientado a la súplica que a la censura. Él le rogó, por el alma de su padre, que pensase más en el orden social bajo el que había nacido que en los nefastos acuerdos hechos con sus colegas. Hacía este ruego, dijo, mucho más por el bien de Apio que por el del Estado, pues el Estado podría hacer valer sus derechos a pesar suyo, si no podía hacerlo con su consentimiento. Pero las grandes controversias, en general, encienden grandes y amargas pasiones, y lo que temía es a lo que éstas podrían conducir. Aunque los decenviros prohibieron la discusión de cualquier asunto, aparte del que habían presentado, su respeto por Claudio les impidió interrumpirle, por lo que el concluyó con una resolución por la que el Senado no debía aprobar ningún decreto. Este se interpretó por todos como que Claudio les consideraba meros ciudadanos privados, y muchos de los consulares [quienes habían sido alguna vez cónsules.-N. del T.] expresaron su acuerdo. Otra propuesta, aparentemente más drástica, pero en realidad menos eficaz, fue que el Senado debería ordenar que los patricios se reunieran para nombrar un "interrex". Pues para votar esto, decidieron que quienes estaban presidiendo el Senado eran magistrados legales, quienes quiera que fuesen, mientras que la propuesta que habían aprobado antes para que no se emitiese ningún decreto les convertía en ciudadanos privados.

La causa de los decenviros estaba a punto de derrumbarse cuando Lucio Cornelio Maluginense, el hermano del decenviro Marco Cornelio, que había sido deliberadamente elegido de entre los cónsules para cerrar el debate, emprendió la defensa de su hermano y de los colegas de éste mediante la expresión de grandes inquietudes acerca de la guerra. Se preguntaba, dijo, qué fatalidad había ocurrido para que los decenviros tuviesen que ser atacados por aquellos que habían pretendido ésa misma magistratura o por sus aliados o por aquellos hombres en particular; o por qué, durante todos los meses en que la república estuvo tranquila, nadie puso en cuestión si eran magistrados legítimos o no, hasta ahora, cuando el enemigo estaba casi a las puertas, y ellos azuzaban la discordia civil (a menos que supusieran que la naturaleza de su proceder sería menos evidente en medio de la confusión general). Nadie estaba justificado para producir un perjuicio así en un momento en que estaban preocupados por temores muchos más graves. Dio así su opinión de que la cuestión planteada por Valerio y Horacio, a saber, que los decenviros habían cesado en sus funciones el 15 de mayo, debía presentarse al Senado para su votación una vez que la guerra hubiera llegado a su fin y se hubiese restaurado la tranquilidad del Estado. Y, además, que Apio Claudio debía a la vez comprender que debía prepararse para desconvocar las elecciones de decenviros, indicando tanto que habían sido elegidos sólo para un año, o hasta el tiempo necesario para que las leyes fuesen aprobadas. En su opinión, todos los asuntos, menos la guerra, debían apartarse por el momento. Si pensaban que los informes que llegaban de fuera eran falsos y que, no sólo los mensajeros que habían venido sino también los legados túsculos, se habían inventado un cuento, entonces debían mandar partidas de reconocimiento para traer noticias exactas. Sin embargo, si creían que los mensajeros y los legados, debían hacer el alistamiento tan pronto como pudieran, los decenviros mandarían los ejércitos donde se juzgase mejor y nada debía tener más prioridad.

[3.41] Mientras se dividían las opiniones y los jóvenes senadores iban aceptando esta propuesta, Valerio y Horacio se levantaron de nuevo muy airados y a gritos exigieron que se les dejase examinar la situación política. Si, dijeron, aquella facción del Senado se lo impedía, lo harían ante el pueblo, pues los ciudadanos particulares no tenían poder para silenciarlos ni en la Curia ni en la Asamblea, y ellos no cederían antes las fasces de unos supuestos magistrados. Apio consideró que a menos que enfrentase su violencia con igual audacia, su autoridad había prácticamente llegado a su fin. "Será mejor", dijo, "que no se hable de ningún otro tema salvo del que ahora estamos considerando"; y como Valerio insistió en que no guardaría silencio por orden de un ciudadano particular, Apio ordenó a un lictor que fuese por él. Valerio corrió a las puertas de la Curia, e invocó "la protección de los Quirites." Lucio Cornelio puso fin a la escena abrazando a Apio como para proteger a Valerio, pero realmente para proteger a Apio de más daños. Obtuvo el permiso para que Valerio dijese lo que quisiera, y como esta libertad no fue más allá de las palabras, los decenviros lograron su propósito. Los cónsules y los senadores mayores notaron que la potestad tribunicia, a la que aún recordaban con asco, era más anhelada por el pueblo que la restauración de la autoridad consular; así que casi preferirían que los decenviros renunciasen voluntariamente a su magistratura tras un periodo, a que la plebe recuperase su poder a causa de su impopularidad. Si las cosas se pudieran solucionar con tranquilidad y restaurar a los cónsules sin alteraciones populares, pensaban que tanto la preocupación por la guerra como el ejercicio moderado del poder por parte de los cónsules harían que la plebe olvidase a sus tribunos. Se anunció el alistamiento sin ningún tipo de protesta del Senado. Los hombres en edad para el servicio activo respondieron a sus nombres, pues no se podía apelar contra la autoridad de los decenviros. Cuando las legiones fueron alistadas, los decenviros se repartieron sus mandos respectivos. Los más importantes de entre ellos fueron Quinto Fabio y Apio Claudio. La guerra doméstica amenazaba con ser más seria que la del exterior, y el carácter violento de Apio se consideró más adecuado para reprimir altercados en la Ciudad mientras que el de Fabio se consideraba más inclinado a las malas prácticas que a beneficiarles en algo. Este hombre, en otro tiempo tan distinguido en la Ciudad como en el campo de batalla, había cambiado tanto con la magistratura y por influencia de sus colegas que prefería hacer de Apio su modelo antes que ser fiel a sí mismo. Se le confió la guerra contra los sabinos, y se le asoció a Manlio Rabuleyo y a Quinto Petilio para dirigirla. Marco Cornelio fue enviado a Álgido junto con Lucio Minucio, Tito Antonio, Céson Duilio y Marco Sergio. Se decretó que Espurio Opio debería ayudar a Apio Claudio en la defensa de la Ciudad, con una autoridad coordinada a la de los otros decenviros.

[3.42] Las operaciones militares no fueron más satisfactorias que la administración doméstica. Los comandantes tenían indudablemente la culpa de haberse vuelto detestables a los ciudadanos, pero también fueron culpables todos los soldados que, para impedir que nada tuviese éxito bajo el mando y los auspicios de los decenviros, se deshonraron a sí mismos y a sus generales dejándose derrotar. Ambos ejércitos habían sido derrotados, uno por los sabinos en Ereto, el otro por los ecuos en Álgido. Huyendo de Ereto en el silencio de la noche, se habían atrincherado en un terreno elevado cerca de la Ciudad, entre Fidenas y Crustumeria. Ellos se negaron a enfrentarse con el enemigo perseguidos en igualdad de condiciones, y confiaron su seguridad a sus trincheras y a la naturaleza del terreno antes que a sus armas o a su valor. En Álgido se comportaron de modo aún más vergonzoso, sufrieron una derrota más dura e incluso perdieron su campamento. Privados de todas sus vituallas, los soldados se dirigieron a Túsculo, fiando la subsistencia a la buena fe y compasión de sus anfitriones, y su confianza no fue defraudada. Tan alarmantes informes llegaron a Roma que el Senado, dejando a un lado sus sentimientos contra los decenviros, resolvió que se establecieran guardias en la Ciudad, ordenó que todos los que estaban en edad de portar armas debían guarnecer las murallas y pusieron puestos avanzados ante las puertas, y decretaron que se debía enviar armas a Túsculo para reemplazar las que se habían perdido y que los decenviros evacuarían Túsculo y mantendrían acampados a sus hombres. El otro campamento debía trasladarse desde Fidenas hasta territorio sabino, y pasando a la ofensiva se disuadiría al enemigo de cualquier proyecto de ataque a la Ciudad.

[3.43] A estas derrotas a manos del enemigo hubieron de añadirse dos crímenes infames por parte de los decenviros. Lucio Sicio estaba sirviendo en la campaña contra los sabinos. Al ver el resentimiento contra los decenviros, solía hablar en secreto con la soldadesca y aludía a la restauración de los tribunos y a la necesidad de una secesión. Fue enviado para seleccionar y examinar un sitio para un campamento, y los soldados a los que se les dijo que le acompañasen recibieron instrucciones para elegir una oportunidad favorable en que atacarle y matarle. Ellos no cumplieron su propósito con impunidad, algunos de los asesinos le rodearon mientras él se defendía con un valor igual a su fuerza, que era excepcional. Los demás llevaron al campamento la noticia de que Sicio había caído en una emboscada y había muerto luchando bravamente y que algunos soldados habían muerto con él. Al principio se les creyó; pero, posteriormente, una cohorte que había salido con permiso de los decenviros para enterrar a los caídos, no encontró, al llegar al lugar, ningún cuerpo despojado, sino que el cuerpo de Sicio reposaba en el centro completamente armado y rodeado por los demás vueltos hacia él, mientras que no había ningún cuerpo del enemigo ni señal de que se hubiesen retirado. Trajeron el cuerpo de vuelta y declararon que, sin duda ninguna, había sido asesinado por sus propios hombres. El campamento estaba lleno de un profundo resentimiento y se decidió que Sicio debía ser llevado inmediatamente a Roma. Los decenviros dieron solución a esto decidiendo enterrarle a toda prisa con honores militares a costa del Estado. Los soldados manifestaron profundo dolor en su funeral, y se tenían las peores sospechas posibles contra los decenviros.

[3.44] A esto le siguió una segunda atrocidad, resultado de una lujuria brutal, que ocurrió en la Ciudad y llevó a consecuencias no menos trágicas que las que tuvo el ultraje y muerte de Lucrecia, que había provocado la expulsión de la familia real. No sólo tuvieron los decenviros el mismo final que los reyes, sino que la causa para que perdiesen el poder fue el mismo en ambos casos. Apio Claudio había concebido una pasión culpable por una virgen de nacimiento plebeyo. El padre de la niña, Lucio Verginio, tenía un alto rango en el ejército en Álgido; era un hombre de carácter ejemplar, tanto en casa como en el campo de batalla. Su esposa había sido educada en principios igualmente altos, y sus hijos fueron criados en la misma forma. Había prometido a su hija con Lucio Icilio, que había sido tribuno, un hombre activo y enérgico cuyo valor se había demostrado en sus luchas en favor de la plebe. Esta muchacha, ahora en la flor de su juventud y belleza, excitó las pasiones de Apio y trató de prevalecer sobre ella mediante regalos y promesas. Cuando se encontró con que su virtud era a prueba contra toda tentación, recurrió a la violencia brutal y sin escrúpulos. Encargó a un cliente, Marco Claudio, que reclamase a la muchacha como su esclava y que no cediese a ninguna demanda de los amigos de la joven para retenerla hasta que el caso fuese juzgado, pues pensaba que la ausencia del padre le daba una buena ocasión para este desafuero. Cuando la chica iba a su escuela en el Foro (las escuelas de gramáticas tenían allí sus locales), el secuaz del decenviro la agarró y manifestó que ella era hija de un esclavo suyo, y ella misma esclava. Luego le ordenó que le siguiera y la amenazó, si vacilaba, con llevársela por la fuerza. Mientras la muchacha quedaba paralizada por el miedo, los gritos de su criada, invocando "la protección de los Quirites", consiguieron atraer una multitud. Los nombres de su padre, Verginio, y de Icilio, su prometido, gozaban del respeto general. Al recordárselos sus amigos, los sentimientos de indignación valieron a la doncella el apoyo de la multitud. Ahora estaba a salvo de la violencia; el hombre que la reclamó dijo que estaba actuando de acuerdo con la ley, no por la violencia, y que no había necesidad de que se excitase la multitud. Citó a la muchacha ante el tribunal. Sus partidarios le aconsejaron seguirlo y llegaron ante el tribunal de Apio. El reclamante había ensayado una historia que ya conocía perfectamente al juez, pues éste había sido el autor del argumento. Cómo había hacido la muchacha en su casa, robada de ella, llevada a casa de Verginio y presentada como su hija; tales alegaciones se apoyarían en pruebas definitivas y se lo probaría al mismo Verginio, quien era en verdad el más afectado, pues se le había injuriado. Mientras tanto, instó, era justo que una esclava fuese con su amo. Los defensores de la muchacha manifestaron que Verginio estaba ausente, sirviendo al Estado, y que podría presentarse en dos días si se le enviaba aviso, y que era contrario a derecho que en su ausencia se pusiera en riesgo a sus hijos. Pidieron que se interrumpiese el procedimiento hasta la llegada del padre, y que de acuerdo con la ley que él mismo había redactado, se entregase la custodia de la muchacha a quienes asegurasen su libertad, y que no pudiese una doncella en plenitud sufrir peligro en su reputación al comprometerse su libertad [pues, como "esclava", su amo podría disponer de ella sexualmente sin cortapisas.- N. del T.].

[3.45] Antes de dictar sentencia, Apio demostró cómo la libertad era defendida por la misma ley a la que los amigos de Verginia habían apelado en apoyo de su demanda. Pero, continuó diciendo, garantizaba la libertad sólo en la medida en que sus disposiciones se respeten estrictamente en lo concerniente a las personas y cosas. Pero ya que la libertad personal era la causa de la reclamación, la proposición le parecía bien, pues todos debían poder alegar legítimamente, pero en el caso de quien aún estaba bajo la potestad del padre, nadie excepto éste podía renunciar a su posesión. Su decisión, por tanto, fue que se citase al padre y, en el entretanto, el hombre que la reclamaba no debía renunciar a su derecho a llevarse a la muchacha y dar seguridad de que se presentaría con ella a la llegada de su presunto padre. La injusticia de esta sentencia levantó muchas murmuraciones, pero nadie se atrevió a protestar abiertamente hasta que Publio Numitorio, el abuelo de la chica, e Icilio, su prometido, aparecieron en el lugar. La intervención de Icilio parecía ofrecer la mejor oportunidad de frustrar a Apio y la multitud le abría paso. El lictor le dijo que se había pronunciado sentencia, y como Icilio siguiera protestando a gritos, aquél trató de expulsarlo. Una injusticia así habría encendido hasta al más templado. Exclamó: "Por tus órdenes, Apio, se me expulsa a punta de espada para ahogar cualquier comentario sobre lo que quieres mantener oculto. Me voy a casar con esta doncella, y estoy decidido a tener una esposa casta. Convoca todos los lictores de todos tus colegas, da orden de que alisten fasces y hachas, que la prometida de Icilio no quedará fuera de la casa de su padre. Incluso si nos has privado de las dos defensas de nuestra libertad, la ayuda de nuestros tribunos y el derecho de apelar al pueblo de Roma, esto no te da derecho sobre nuestras mujeres e hijos, las víctimas de tu lujuria. Desahoga tu crueldad en nuestras espaldas y cuellos; pero deja a salvo, al menos, el honor de las mujeres. Si se hace violencia a esta muchacha, invocaré aquí la ayuda de los Quirites para mi prometida, Verginio la de los soldados para su única hija; todos invocaremos la ayuda de los dioses y los hombres, y no podrás ejecutar tal sentencia sino al precio de nuestras vidas. ¡Reflexiona, Apio, te lo pido, el paso que das! Cuando Verginio haya venido, él deberá decidir qué acción tomar acerca de su hija; si accede a la pretensión de este hombre, tendrá que buscar otro marido para ella. Mientras tanto, reivindico su libertad al precio de mi vida, antes que sacrificar mi honor."

[3.46] La gente estaba alterada y parecía inminente un enfrentamiento. Los lictores habían rodeado a Icilio, pero las cosas no habían pasado de las amenazas por ambas partes cuando Apio declaró que la defensa de Verginia no era la preocupación principal de Icilio; era un intrigante incansable, que aún aspiraba a restaurar el tribunado y buscaba la ocasión para provocar una sedición. Él no quería, sin embargo, darle motivo para ello ése día; pero que supiera que no estaba cediendo a causa su insolencia, sino por esperar al ausente Verginio, supuesto padre, y por la libertad, y no se pronunciaría ni emitiría sentencia alguna en ese momento. Pediría a Marco Claudio que renunciase a su derecho, y permitió que la muchacha continuase bajo la custodia de sus amigos hasta la mañana siguiente. Si el padre no aparecía para entonces, advirtió a Icilio y a quienes iban con él que ni como legislador podía traicionar su propia ley, ni como devenviro dejaría de ser firme en su ejecución. Él, por cierto, no llamaría a los lictores de sus colegas para reprimir a los cabecillas de la rebelión, sino que los contendría sólo con los suyos. Quedó así aplazado el momento para perpetrar esta ilegalidad y, tras retirarse los partidarios de la muchacha, se decidió que lo más importante era que el hermano de Icilio y uno de los hijos de Númitor, ambos jóvenes enérgicos, atravesaran inmediatamente las puertas y llegaran al campamento de Verginio a la mayor velocidad. Sabían que la seguridad de la muchacha dependía de que su protector contra el desafuero se presentase a tiempo. Se marcharon, y cabalgando a toda velocidad llevaron las noticias al padre. Mientras el reclamante de la chica estaba presionando a Icilio para que contestase a su demanda y diese el nombre de sus fiadores, Icilio le entretenía diciéndole que todo se estaba disponiendo y ganaba tiempo para que los mensajeros pudiesen llegar al campamento, la muchedumbre por todas partes le estrechaba las manos para mostrarle que cada uno de ellos estaba dispuesto a salir en su favor. Con lágrimas en los ojos, les decía: "Es muy amable de tu parte. Mañana puedo necesitar tu ayuda, por ahora tengo garantías suficientes". Así, Verginia quedó a salvo con sus familiares. Apio permaneció algún tiempo en el tribunal, para que no pareciese que sólo había ido allí para atender ese asunto en particular. Cuando se enteró de que, debido al interés general por este único asunto, no se habían presentado otros litigantes, se retiró a su casa y escribió a sus colegas en el campamento para que no diesen permiso a Veginio para dejar su puesto y que, de hecho, lo arrestasen. Este universal en este único caso no aparecieron otros pretendientes, se retiró a su casa y escribió a sus colegas en el campo de no conceder el permiso de ausencia para Verginio, y de hecho para mantenerlo bajo arresto. Este consejo malicioso llegó, sin embargo, demasiado tarde, como merecía; Verginio ya había obtenido permiso y lo inició en la primera guardia. La carta ordenando su detención fue entregada a la mañana siguiente y, así, resultó inútil.

[3,47] En la Ciudad, los ciudadanos esperaban, con gran expectación, en el Foro desde la madrugada. Verginio, de luto, llevó a su hija vestida de manera similar y acompañada por cierto número de matronas, al Foro. Una multitud inmensa de simpatizantes les rodearon. Pasó entre la gente, les cogía las manos y pedía su ayuda, no sólo por compasión sino porque aquello también les concernía; él permanecía en el frente un día tras otro, defendiendo a sus hijos y esposas; de ningún otro hombre escucharían más hazañas ni actos de tenacidad que de él. ¿De qué servía todo eso, les preguntaba, si mientras la Ciudad quedaba a salvo, sus hijos estaban expuestos a un destino peor que si hubiesen sido realmente capturados? Los hombres se reunieron alrededor de él, mientras que él hablaba como si se dirigiera a la Asamblea. Icilio le seguía con la misma tensión. Las mujeres que le acompañaban producían una impresión más profunda con su silencio que con cualquier palabra que pudieran haber pronunciado. Insensible a todo esto (pues, con seguridad, era la locura y no el amor lo que había nublado su juicio), Apio constituyó el tribunal. El demandante comenzó con una breve protesta contra las actuaciones del día anterior; el juicio, dijo, no tuvo lugar por culpa de la parcialidad del juez. Pero antes de poder seguir con su demanda o de que Verginio tuviese oportunidad de responder, Apio intervino. Es posible que los escritores antiguos hayan descrito adecuadamente los considerandos de su sentencia, pero no he encontrado en ninguna parte motivo alguno para justificar su inicua resolución. Lo único en lo que todos están de acuerdo es en la sentencia que dio. Resolvió que la niña era una esclava. Al principio, todos quedaron estupefactos y asombrados ante esta atrocidad, y por unos momentos hubo un silencio de muerte. Entonces, como Marco Claudio se acercase a las matronas que rodeaban a la muchacha para apoderarse de ella entre sus gritos y lágrimas, Verginio, señalando con el brazo extendido a Apio, gritó: "¡Es a Icilio y no a ti, Apio, a quien he prometido a mi hija; la he criado para el matrimonio, no para el ultraje. ¿Estás decidido a satisfacer tus brutales deseos como el ganado y las bestias salvajes? Si esta gente se conforma con ello, no lo sé, pero espero que quienes tengan armas lo rechacen". Mientras que el hombre reclamaba a la joven era rechazado por el grupo de mujeres y los que estaban alrededor, el pregonero pidió silencio.

[3.48] El decenviro, totalmente poseído por su pasión, se dirigió a la multitud y les dijo que había comprobado, no sólo por el insolente abuso de Icilio el día antes y por la violencia de Verginio que el pueblo romano podía atestiguar, sino por una información definitiva que le había llegado, que durante la noche se habían celebrado reuniones en la Ciudad para organizar un movimiento sedicioso. Avisado del riesgo de disturbios, había venido al Foro con una escolta armada, no para herir a ciudadanos pacíficos, sino para afianzar la autoridad del gobierno acabando con los perturbadores de la tranquilidad pública. "Por lo tanto,-prosiguió-," ser mejor para vosotros que guardéis silencio. Ve, lictor, disuelve a la multitud y despeja el camino para que el amo tome posesión de su esclava." Como había rugido estas palabras en un arrebato de ira, la gente retrocedió y dejó a la niña abandonada a la injusticia. Verginio, no viendo ayuda por ninguna parte, se dirigió al tribunal. "Perdóname, Apio, te lo ruego, si te he hablado sin respeto, perdona el dolor de un padre. Permíteme que interrogue aquí a su nodriza, en presencia de la doncella, por los hechos exactos del asunto; pues si he sido llamado padre con engaño, podré dejarla marchar con la mayor resignación." Habiendo obtenido el permiso, llevó a la muchacha y a su ama de cría junto a las tiendas [taberna en el original latino; se refería más a tiendas que a establecimientos de bebidas; véase a continuación que el padre toma un cuchillo de carnicero, presumiblemente de una carnicería sita junto a él.-N. del T.] cercanas al templo de Venus Cloacina, que ahora se conocen como "Tiendas Nuevas", y allí, empuñando un cuchillo de carnicero, lo hundió en su pecho diciendo: "Hija mía, ésta es la única forma en que puedo darte la libertad". Entonces, mirando hacia el tribunal, dijo: "Por esta sangre, Apio, dedico tu cabeza a los dioses infernales". Alarmado por las protestas que surgieron de este hecho terrible, el decenviro ordenó que detuviesen a Verginio. Blandiendo el cuchillo, se abrió paso delante de él, protegido por una multitud de simpatizantes, y llegó a la puerta de la ciudad. Icilio y Numitorio tomaron el cuerpo sin vida y lo mostraron al pueblo; lamentaron la vileza de Apio, la mortal belleza de la muchacha y la terrible presión bajo la que había actuado el padre. Las matronas, que le habían seguido con gritos de cólera, preguntaban: "¿Bajo estas condiciones iban a criar hijos, era ésta la recompensa de la modestia y la pureza?". Y así con otras manifestaciones de femenino pesar que, por su mayor sensibilidad, exhibían más abiertamente y se expresaban con las maneras y movimientos más penosos. Los hombres, y especialmente Icilio, no hablaban más que de la abolición de la potestad tribunicia y del derecho de apelación y protestaban airadamente por el estado de los asuntos públicos.

[3,49]. La gente estaba indignada, en parte por la atrocidad de lo ocurrido y en parte por la oportunidad que se le ofrecía de recuperar sus libertades. Apio ordenó en primer lugar que se citase a Icilio para comparecer ante él, después, al negarse, ordenó que le arrestasen. Como los lictores no pudieron acercarse a él, el propio Apio junto a un grupo de jóvenes patricios se abrió paso a través de la multitud y ordenó que fuera conducido a la cárcel. En esos momentos, Icilio no sólo estaba rodeado por la gente sino que también estaban allí los líderes del pueblo, Lucio Valerio y Marco Horacio. Rechazaron a los lictores y dijeron que, si iban a proceder con arreglo a la ley, ellos asumirían la defensa de Icilio contra quien sólo era un ciudadano particular; pero que si deseaban emplear la fuerza, también les enfrentarían. Se inició una furiosa reyerta; los lictores del decenviro atacaron a Valerio y a Horacio, sus fasces fueron quebrados por la gente; Apio subió a la tribuna y Horacio y Valerio le siguieron; la Asamblea les escuchó mientras que Apio fue abucheado. Valerio, con tono lleno de autoridad, ordenó a los lictores que dejasen de ayudar a quien no ostentaba ningún cargo oficial; a lo que Apio, completamente acobardado y temiendo por su vida, envolvió su cabeza con la toga y se retiró a su casa cerca del Foro sin que sus enemigos percibiesen su huida. Espurio Opio irrumpió por el otro lado del Foro para apoyar a su colega y vió que su autoridad fue superada por una fuerza superior. Sin saber qué hacer y distraído por los consejos contradictorios que le daban por todas partes, ordenó que se convocase al Senado. Como se pensaba que gran número de senadores desaprobaban la conducta de los decenviros, el pueblo esperaba que se pusiera fin a su poder a través de la acción del Senado y, en consecuencia, se tranquilizó. El Senado decidió que no debía hacerse nada que irritase a la plebe y, lo que era mucho más importante, que se debían tomar todas las precauciones para impedir que la llegada de Verginio crease una conmoción en el ejército.

[3.50] En consecuencia, algunos de los senadores más jóvenes fueron enviados al campamento, que estaba por entonces en el Monte Vecilio. Informaron a los tres decenviros que estaban al mando que por todos los medios posibles impidieran que los soldados se amotinasen. Verginio causó mayor conmoción en el campamento que la que había dejado tras él en la Ciudad. La vista de su llegada desde la Ciudad, con un grupo de cerca de 400 hombres que llenos de indignación se habían alistado a sí mismos como sus camaradas, empuñando aún el arma en su mano y con las ropas ensangrentadas, llamó la atención de todo el campamento. Las vestiduras civiles por todas partes del campamento hizo que la cantidad de ciudadanos que le habían acompañado pareciera mayor de lo que era. Interrogado sobre lo sucedido, Verginio tardó en hablar, impedido por el llanto; por fin, cuando los que le habían rodeado se hubieron callado y estaban en silencio, les explicó todo en el orden en que sucedió. Entonces, alzando sus manos al cielo, apeló a ellos como sus camaradas y les imploró que no le atribuyeron lo que realmente era el crimen de Apio, ni que le mirasen con horror por considerarlo el asesino de sus hijos. La vida de su hija era para él más querida que la suya propia, si se le hubiera permitido vivirla en libertad y con pureza; cuando la vio arrastrada como una esclava para ultrajarla, pensó que sería mejor perder a su hija por la muerte que por la deshonra. Fue por la compasión que sintió por ella que había caído en lo que parecía crueldad, ni la habría sobrevivido de no abrigar la esperanza de vengar su muerte con la ayuda de sus camaradas. Pues ellos, también, tenían hijas, hermanas y esposas; la lujuria de Apio no se había extinguido con la vida de su hija, antes bien, cuanta mayor fuera su impunidad, más desenfrenado sería su deseo. A través de los sufrimientos de otro habían sido advertidos de cómo protegerse a sí mismos contra un mal similar. En cuanto a él, su esposa le había sido arrebatada por el destino; su hija, al no poder ya vivir en castidad, había encontrado una lamentable, aunque honrosa, muerte. Ya no había en su casa posibilidad alguna de que Apio satisficiera; de cualquier otra violencia de aquel hombre podría defenderse él con la misma resolución con que había defendido a su niña; los demás debían preocuparse por sí mismos y por sus hijos.

A este llamamiento apasionado de Verginio, la multitud respondió con un grito que no le faltarían en su dolor ni en la defensa de su libertad. Los civiles que se mezclaban con la multitud de soldados contaron la misma trágica historia y cómo fue aún más escandalosa de contemplar que de oír; al mismo tiempo, les participaban la funesta confusión de los asuntos en Roma y que algunos les habían seguido al campamento con las noticias de que Apio, tras casi haber sido asesinado, había marchado al exilio. El resultado fue un llamado general a las armas, se apoderaron de los estandartes y marcharon hacia Roma. Los decenviros, alarmados por lo que vieron y por lo que habían oído sobre el estado de cosas en Roma, fueron a distintas partes del campamento para tratar de calmar la excitación. En donde usaban de la persuasión, no obtenían respuestas; y donde trataron de emplear su autoridad, la respuesta fue: "Somos hombres y tenemos armas". Se marcharon en orden de combate hacia la Ciudad y ocuparon el Aventino. A todo el que se encontraban le instaban para recuperar las libertades de la plebe y a nombre tribunos; aparte de esto, no se escucharon llamamientos a la violencia. La reunión del Senado fue presidida por Espurio Opio. Se decidió no adoptar medidas de dureza, pues había sido por culpa de los decenviros que había surgido la rebelión. Se enviaron tres legados de rango consular a inquirir en nombre del Senado bajo qué órdenes habían abandonado su campamento y que significaba aquella forzada ocupación del Aventino con las armas, cambiando la guerra desde los enemigos hacia sus propios conciudadanos. Se marcharon sin respuesta, por no haber quien la diera, pues no habían nombrado un jefe y los oficiales no se atrevían a exponerse a los peligros de tal situación. La única respuesta fue una demanda fuerte y general para que se les enviase a Lucio Valerio y Marco Horacio, a estos hombres darían una respuesta formal.

[3.51] Tras despedir a los legados, Verginio señaló a los soldados que, pocos momentos antes, se habían sentido avergonzados en un asunto de poca importancia al ser una multitud sin cabeza; y la respuesta que habían dado, aunque servía por el momento, era más el resultado del sentir del momento que de una intención pensada. Él era de la opinión de que se debía elegir a diez hombres para el mando supremo, y que en virtud de su rango militar debían ser llamados tribunos militares

[tribunos militum en el original: tribunos de los soldados en traducción literal; el término asentado de tribunos militares emplea el adjetivo en el sentido genitivo propio del original.-N. del T.]. Él mismo fue el primero a quien se ofreció esta distinción, pero respondió: "Reservad la opinión que os habéis formado de mí hasta que estemos en circunstancias más favorables; mientras mi hija no haya sido vengada, ningún honor me proporcionará placer ni en el presente estado de confusión de la república hay ventaja alguna en que los que os manden sean hombres desagradables a la malicia de las partes. Si he de ser de alguna utilidad lo seré, no obstante, sólo a título privado". A continuación se nombraron diez tribunos militares. El ejército que actuaba contra los sabinos no permaneció inactivo. Allí, también, a instancias de Icilio y Numitorio, se produjo una rebelión contra los decenviros. Los sentimientos de los soldados se despertaron por el recuerdo del asesinado Sicio no menos que por la reciente noticia de la doncella a quien se había hecho víctima de una loca lujuria. Cuando Icilio oyó que se habían elegido tribunos militares en el Aventino, anticipando que la Asamblea de la plebe seguiría el precedente de la Asamblea militar y nombraría sus propios tribunos de la plebe de entre los tribunos militares ya nombrados. Como él mismo aspiraba al tribunado, tuvo cuidado de que por sus hombres se nombrase el mismo número y con el mismo poder, antes de entrar en la Ciudad. Ellos hicieron su entrada por la puerta Colina en orden de marcha, con los estandartes desplegados y desfilando por el corazón de la Ciudad hacia el Aventino. Allí, unidos ambos ejércitos, se pidió a los veinte tribunos militares que eligiesen a dos de entre ellos para encargarse del mando supremo. Se nombró a Marco Opio y a Sexto Manlio. Alarmado por el cariz que tomaban las cosas el Senado se reunió diariamente, pero pasaban el tiempo haciéndose reproches mutuos en vez de deliberar. Se acusó abiertamente a los decenviros del asesinato de Sicio, del libertinaje de Apio y de la deshonra militar. Se propuso que Valerio y Horacio fuesen al Aventino, pero se negaron a ir a menos que los decenviros entregasen las insignias de una magistratura que había expirado el año anterior. Los decenviros protestaron contra este intento de coacción, y dijeron que no abdicarían de su autoridad hasta que las leyes que habían elaborado fuesen adecuadamente promulgadas.

[3.52] Marco Duilio, un antiguo tribuno, informó a la plebe que debido a las incesantes discusiones nada se estaba decidiendo en el Senado. No creía que los senadores se preocuparían hasta que viesen la Ciudad desierta; el Monte Sacro les recordaría la firme determinación que ya una vez mostró la plebe, y comprenderían que a menos que se restaurase la potestad tribunicia, no habría concordia en el Estado. Los ejércitos dejaron el Aventino y, saliendo por la Vía Nomentana (o como se llamaba entonces, la Ficolense), acamparon en el Monte Sacro, imitando la moderación de sus padres al abstenerse de toda violencia. Los plebeyos civiles siguieron al ejército, ninguno cuya edad se lo permitiera dejó de ir. Sus esposas e hijos les siguieron, preguntándoles en tono lastimero por qué les dejaban en la Ciudad, donde ni su pudor ni su libertad serían respetadas. La inusitada soledad daba un aspecto triste y abandonado a toda Roma; en el Foro sólo quedaban unos cuantos de los patricios más ancianos, y cuando el Senado se reunía quedaba totalmente abandonado. Muchos, además de Horacio y Valerio, se preguntaban ahora airadamente: "¿A qué esperáis, senadores? Si los decenviros no cesan en su obstinación, ¿permitiréis que todo se destruya y arruine? ¿Y cuál es ésa autoridad, decenviros, a la tanto que os aferráis? ¿Vais a administrar justicia a las paredes y techos? ¿No os da vergüenza ver en el Foro más lictores que ciudadanos? ¿Qué haréis si el enemigo se aproxima a la Ciudad? ¿O si la plebe, viendo que su secesión no tiene efecto, viene contra nosotros empuñando las armas? ¿Quieres poner fin a vuestro poder con la caída de la Ciudad? O bien tendréis que prescindir del pueblo o tendréis que aceptar a sus tribunos; antes de quedarse sin sus magistrados, nosotros nos quedaremos sin los nuestros. Ese poder que arrancaron de nuestros padres, cuando era una novedad sin práctica, no se lo dejarán ahora arrebatar, toda vez que han probado sus ventajas y que nosotros no hacemos un uso moderado de nuestro poder que impida su necesidad de protección." Protestas como éstas se oían por toda la Curia; al final, los decenviros, sobrepasados por la oposición general, afirmaron que ya que era el deseo de todos, se someterían a la autoridad del Senado. Lo único que pidieron fue que se les protegiese de la ira popular; advirtieron al Senado para que el pueblo no se acostumbrase con sus muertes a castigar a los patricios.

[3,53] Valerio y Horacio fueron luego enviados a la plebe con los términos que, según pensaban, conducirían a su vuelta y al cese de todas las diferencias; se les encargó que obtuviesen garantías de protección para los decenviros contra cualquier violencia popular. Fueron recibidos en el campamento con grandes expresiones de alegría, porque de principio a fin del conflicto fueron indudablemente considerados como liberadores. Se les dio las gracias a su llegada. Icilio fue el portavoz. Antes de su llegada habían acordado su política, por lo que al empezar la discusión de los términos y preguntar los enviados cuáles eran las peticiones de la plebe, Icilio presentó unas propuestas de tal naturaleza que demostraban claramente que depositaban sus esperanzas en la justicia de su causa más que en recurrir a las armas. Pidieron el restablecimiento del poder tribunicio y del derecho de apelación, que antes de la institución de los decenviros habían sido sus principales garantías. También pedían una amnistía para los que habían incitado a los soldados o la plebe a recuperar su libertad mediante la secesión. La única demanda de carácter vengativo que hicieron fue en relación con el castigo de los decenviros. Insistieron, como un acto de justicia, en que debían serles entregados, y amenazaron con quemarlos vivos. Los enviados respondieron a estas demandas de la siguiente manera: "Las peticiones que habéis presentado como resultado de vuestras deliberaciones son tan justas que sin duda se os habrían ofrecido, pues las pedís como salvaguarda de vuestras libertades y no como licencia para atacar a otros. Vuestra ira se puede excusar y perdonar; pues ha sido por el odio a la crueldad por lo que os abocáis ahora también vosotros a la crueldad, y casi que antes que liberaros a vosotros mismos deseáis tiranizar a vuestros enemigos. ¿Es que nuestro Estado nunca disfrutará de un descanso de los castigos infligidos por los patricios a la plebe romana, o por la plebe a los patricios? Necesitáis el escudo en vez de la espada. Ya vive suficientemente humillado quien lo hace en el Estado bajo leyes justas, sin infligir ni sufrir lesión alguna. Incluso si llegara el momento en que consiguieseis, tras recuperar vuestros magistrados y leyes, tener poder legal sobre nuestras vidas y propiedades (aún si sentenciaseis cada caso por sus méritos), por ahora es suficiente con que recuperéis vuestras libertades."

[3.54] Se les autorizó a obrar como considerasen mejor y los enviados anunciaron que volverían en breve, una vez que se acordasen todo. Cuando expusieron las demandas de la plebe ante el Senado, los demás decenviros, al comprobar que no se hacía mención de infligir castigo sobre ellos, no plantearon objeción alguna. El severo Apio, quien era el más detestado, midiendo el odio de los demás por el suyo hacia ellos, dijo: "Soy muy consciente del destino que se cierne sobre mí. Veo que el ataque contra nosotros queda sólo aplazado hasta que nuestras armas estén en manos de nuestros oponentes. Su ira debe ser apaciguada con sangre. Sin embargo, ni siquiera yo vacilaré en renunciar a mi decenvirato". Se aprobó un decreto para que los decenviros dimitieran lo antes posible, que Quinto Furio, el Pontífice Máximo, nombrara tribunos de la plebe y para que se garantizase una amnistía por la secesión de los soldados y de la plebe. Tras aprobar estos decretos, el Senado se disolvió y los decenviros se dirigieron a la Asamblea y renunciaron formalmente a su magistratura, para inmensa alegría de todos. De todo esto se informó a la plebe en el Monte Sacro. Los enviados que lograron el acuerdo fueron seguidos por todos los que se quedaron en la Ciudad; esta masa de personas se encontró con otra multitud alegre que salía del campamento. Intercambiaron felicitaciones mutuas por la restauración de la libertad y la concordia. Los enviados, dirigiéndose a la multitud como si fuera una Asamblea, dijeron: "¡Prosperidad, Fortuna y Felicidad para vosotros y para el Estado! ¡Regresad a vuestra patria, vuestros hogares, vuestras esposas y vuestros hijos! Pero llevad a la Ciudad la misma continencia que habéis mostrado aquí, donde no ha sido dañada la tierra de nadie a pesar de la gran necesidad de tantas cosas que tiene una multitud tan grande. Id al Aventino, de donde llegasteis; allí, en el lugar feliz donde empezó vuestra libertad, nombraréis a vuestros tribunos; el Pontífice Máximo estará presente para celebrar las elecciones". Grande fue la alegría y el entusiasmo con que aplaudieron. Tomaron los estandartes y se dirigieron a Roma, superando a los que se encontraban en su alegría. Marchando con las armas por la Ciudad en silencio, llegaron al Aventino. Allí, el Pontífice Máximo procedió en seguida a celebrar la elección de tribunos. El primero en ser elegido fue Lucio Verginio; a continuación, los organizadores de la secesión, Lucio Icilio y Publio Numitorio, el tío de Verginio; después, Cayo Sicinio, el hijo del hombre consignado como el primero de los elegidos tribunos en el Monte Sacro, y Marco Duilio, que había ocupado con distinción el cargo antes del nombramiento de los decenviros y que, pese a todos los conflictos con ellos, nunca había dejado de apoyar a la plebe. Después de éstos nombraron a Marco Titinio, Marco Pomponio, Cayo Apronio, Apio Vilio y Cayo Opio; a todos se les eligió por su esperada futura utilidad más que por los servicios que hasta allí hubiesen prestado. Una vez tomó posesión de su tribunado, Lucio Icilio en seguida propuso una resolución, que la plebe aceptó, para que nadie fuese perseguido por la secesión. Marco Duilio inmediatamente presentó una propuesta para que se eligieran cónsules y restablecer el derecho de apelación. Todas estas medidas fueron aprobadas en una Asamblea de la plebe que se celebró en las praderas Flaminias, que ahora se llaman Circo Flaminio.

[3.55] La elección de los cónsules se llevó a cabo bajo la presidencia de un interrex. Los elegidos fueron Lucio Valerio y Marco Horacio, que enseguida tomaron posesión -449 a.C.-. Su consulado fue muy popular y no se cometió injusticia contra los patricios, aunque les miraban con recelo, pues cuanto se había hecho en salvaguarda de las libertades de la plebe lo consideraban como una violación de sus propias competencias. En primer lugar, como que era dudoso desde cierto punto de vista jurídico que los patricios estuviesen obligados por los decretos de la plebe, presentaron una ley en los comicios centuriados para que lo que aprobase la plebe en sus Asambleas de las Tribus fuese vinculante para todo el pueblo. Con esta ley se puso en manos de los tribunos un arma muy eficaz. Después, no sólo se restauró, sino que se reforzó para el futuro con una nueva redacción, otra ley consular confirmando el derecho de apelación, como única defensa de la libertad, que había sido anulado por los decenviros. Ésta prohibía el nombramiento de un magistrado ante quien no hubiese derecho de apelación, y establecía que cualquiera que lo hiciese podría ser justa y legalmente condenado a muerte y que el hombre que le diese muerte no podría ser declarado culpable de asesinato. Cuando hubieron reforzado suficientemente a la plebe mediante el derecho de apelación, por un lado, y con la protección otorgada mediante los tribunos por el otro, procedieron a asegurar la inviolabilidad de los propios tribunos. El recuerdo de esto casi se había perdido, por lo que lo renovaron con ciertos ritos sagrados recuperados del lejano pasado y, además de asegurar su inviolabilidad con la sanción de la religión, promulgaron una ley por la que a cualquiera que ofendiese a los magistrados de la plebe, fuesen tribunos, ediles o jueces decenviros, se le consagrase la cabeza a Júpiter [tras separarla antes de su cuerpo por medios cortantes, claro.-N. del T.], vendidas sus posesiones y sus ingresos asignados a los templos de Ceres, Liber y Libera [tríada de naturaleza agrícola que forma una agrupación correspondiente a la griega compuesta por Démeter, Dionisos y Perséfone; el 17 de marzo se celebraban las liberalia, cuando habitualmente vestían los muchachos por vez primera la toga viril.-N. del T.]. Los juristas dicen que, a causa de esta ley, ninguno resultaba realmente sacrosanto sino que cuando se ofendía a cualquiera de los arriba mencionados el ofensor era considerado maldito. Si un edil, por ejemplo, fuera detenido y enviado a prisión por magistrados superiores, aunque esto no se podía hacer legalmente (pues por esta ley no sería lícito que se les ofendiese), aún así sería una prueba de que un edil no es considerado sacrosanto, mientras que los tribunos de la plebe eran sacrosantos a causa del antiguo juramento tomado por los plebeyos cuando se creó por primera vez la magistratura. Hubo quienes interpretaron que esta Ley Horacia abarcaba incluso a los cónsules en sus disposiciones, y a los pretores, pues eran elegidos bajo los mismos auspicios que los cónsules, pues se apelaba al cónsul como juez. Esta interpretación se ve refutada por el hecho de que en aquellos tiempos era costumbre que un juez se llamase pretor y no cónsul. Estas fueron las leyes promulgadas por los cónsules. También ordenaron que los decretos del Senado, que solían al principio ser manipulados y suprimidos a gusto de los cónsules, de ahora en adelante se entregarían a los ediles de la plebe en el templo de Ceres. Marco Duilio, el tribuno, propuso una resolución, que aprobó la plebe, por la que quien dejase a la plebe sin tribunos, o quien crease una magistratura ante la que no cupiese apelación, sería azotado y decapitado. Todas estas disposiciones desagradaban a los patricios, pero no se opusieron activamente a ellas, pues ninguno había sido aún acusado por procesos vengativos.

[3.56] El poder de los tribunos y las libertades de la plebe tenían ahora una base segura. Los tribunos dieron el siguiente paso, pues pensaban que había llegado el momento en que podían proceder con seguridad contra las individualidades. Eligieron a Verginio para ocuparse del primer proceso, que fue el de Apio. Cuando se hubo fijado el día y Apio había bajado al Foro con una guardia de jóvenes patricios, su vista y la de sus satélites recordó a todos los presentes el poder que tan vilmente había ejercido. Verginius comenzó: "La oratoria se inventó para los casos dudosos. No perderé, por tanto, el tiempo ante vosotros con una larga acusación contra un hombre por cuya crueldad os rebelasteis vosotros mismos por la fuerza de las armas, ni le permitiré añadir a sus otros crímenes el de una defensa descarada. Así que voy a pasar por alto, Apio Claudio, todas las cosas malas e impías que tuvo la audacia de cometer, una tras otra, durante los últimos dos años. Sólo haré una acusación contra tí: que en contra de la ley condenaste a la esclavitud a una persona libre, y a menos que nombres un juez ante el que puedas demostrar tu inocencia, ordenaré que seas llevado a la cárcel". Apio no tenía nada que esperar de la protección de los tribunos o del veredicto de la gente. Sin embargo, hizo un llamamiento a los tribunos, y cuando nadie intervino para suspender el procedimiento y era tomado por un ujier, dijo: "Apelo". Esta sola palabra, protección de la libertad, pronunciada por los labios que tan poco antes había judicialmente a una persona privada de su libertad, produjo un silencio general. Entonces el pueblo se dijo que había dioses, después de todo, que no descuidaban los asuntos de los hombres; la arrogancia y la crueldad eran visitadas por castigos que, aunque lentos en llegar, no eran leves; el hombre que apelaba era el que había derogado la capacidad de apelación; el hombre que imploraba la protección del pueblo era el que había pisoteado sus derechos; perdía su propia libertad y era encarcelado aquél que condenó a la esclavitud a una persona libre. En medio del murmullo de la Asamblea, se oyó la voz del mismo Apio implorando "la protección del pueblo romano."

Comenzó enumerando los servicios de sus antepasados para con el Estado, tanto en casa como en la milicia; su propia desafortunada devoción a la plebe, que le llevó a renunciar a su consulado a fin de que se promulgasen leyes justas para todos, presentando así la mayor ofensa a los patricios; sus leyes todavía estaban en vigor, aunque a su autor lo estuviesen llevando a la cárcel. En cuanto a su propia conducta personal y sus buenas y malas obras, sin embargo, los pondría a examen cuando tuviese la oportunidad de defender su causa. De momento, reclamó el derecho común de un ciudadano romano a alegar el día señalado Por el momento se reclamó el derecho común de un ciudadano romano que se le permita alegar en el día señalado y someterse al juicio del pueblo romano. No temía tanto a la opinión pera tan temeroso de la opinión general en su contra como para abandonar toda esperanza en la imparcialidad y la simpatía de sus conciudadanos. Si iba a ser trasladado a la prisión antes de que su caso fuese oído, apelaría una vez más a los tribunos, y les advertía contra imitar el ejemplo de aquellos a quienes odiaban. Si ellos admitían que se habían comprometido a abolir el derecho de apelación, como acusaban a los decenviros de haber hecho, el apelaría al pueblo e invocaría las leyes que tanto los cónsules como los tribunos habían promulgado ese mismo año para proteger tal derecho. Porque, si no se podía apelar antes que el caso fuese oído y dictada la sentencia, ¿quién podría apelar? ¿Qué plebeyo, hasta el más humilde, encontraría protección en las leyes, si Apio Claudio no pudo? Su caso demostraría si era tiranía o libertad lo que traían las nuevas leyes, o si el derecho de impugnar y apelar contra la injusticia de los magistrados eran palabras vacías o algo efectivo.

[3.57] Verginio respondió. Apio Claudio, dijo, en solitario estaba fuera de la ley, fuera de las obligaciones que mantenían unido el Estado o las mismas sociedades humanas. Dejemos que los hombres posen sus ojos en este tribuno, castillo de todas las maldades, en ese decenviro perpetuo, rodeado de verdugos, que no lictores; despreciado por igual de dioses y hombres, descargó su venganza sobre los bienes, las espaldas y las vidas de los ciudadanos, amenazándoles a todos indistintamente con varas y hachas; y después, cuando su mente se desvió de la rapiña y el asesinato hacia la lujuria, arrancó a una joven doncella libre de brazos de su padre, ante los ojos de Roma, y la entregó a un cliente, ministro de sus intrigas, a un tribunal donde por culpa de una cruel sentencia y un infame juicio un padre levantó su mano armada contra su hija, donde ordenó que aquellos que tomaron el cuerpo sin vida de la doncella (su traicionado prometido y su abuelo) fuesen encarcelados, movido menos por su muerte que por satisfacer su deseo criminal. Para él, tanto como para otros, se había construido aquella prisión que solía llamar "el domicilio de la plebe romana." Dejadle apelar cuanto quiera, él (Verginio) siempre le llevaría ante un juez acusado de haber condenado a la esclavitud a una persona libre. Si no ante un juez, ordenaría que fuese encarcelado hasta que se le hallase culpable. Fue, pues, metido en la cárcel y, aunque en realidad nadie se opuso a este paso, había una sensación general de ansiedad, ya que incluso los plebeyos pensaban que era un uso excesivo de su libertad el infligir tan gran castigo así a un hombre tan distinguido. El tribuno suspendió el día del juicio. Durante estos hechos, llegaron embajadores de los latinos y hérnicos para presentar sus felicitaciones por el restablecimiento de la armonía entre el patriciado y la plebe. En conmemoración de ello, trajeron una ofrenda a Júpiter Optimo Máximo en forma de una corona de oro. No era una grande, pues no eran Estados ricos; su observancia religiosa se caracterizaba más por la devoción que por la magnificencia. También trajeron la información de que los ecuos y los volscos estaban dedicando todas sus energías a prepararse para la guerra. Se ordenó entonces a los cónsules que organizasen sus respectivas misiones. Los sabinos fueron encargados a Horacio y los ecuos a Valerio. Anunciaron un alistamiento para estas guerras, y tan favorable fue la actitud de la plebe que no sólo los hombres sujetos al servicio dieron prontamente sus nombres, sino que una gran parte del alistamiento consistió en hombres que ya habían servido su periodo de tiempo y acudieron como voluntarios. De esta manera, el ejército se reforzó no sólo numéricamente, sino en la calidad de los soldados pues los veteranos ocuparon su lugar en filas. Antes de salir de la Ciudad, las leyes de los decenviros, conocidas como las "Doce Tablas", fueron grabadas en bronce y exhibidas públicamente; algunos autores afirman que los ediles cumplieron con esta tarea bajo las órdenes de los tribunos.

[3.58] Cayo Claudio, por el odio hacia los crímenes de los decenviros y la ira que él, más que cualquier otro, sentía por la conducta tiránica de su sobrino, se había retirado a Regilo, su antigua patria. A pesar de su avanzada edad, regresó a la Ciudad para aliviar los peligros que amenazaban al hombre cuyas prácticas viciosas le habían obligado a huir. Bajando al Foro de luto, acompañado por los miembros de su casa y por sus clientes, se dirigía individualmente a los ciudadanos y les imploraba que no manchasen la gens Claudia con la indeleble vergüenza de considerarlos merecedores de prisión y cadenas. ¡Pensar que un hombre cuya imagen sería tenida en el más alto honor por la posteridad, el artífice de su legislación y fundador de la jurisprudencia romana, debía acostarse encadenado entre ladrones nocturnos y saqueadores! Les hacía abandonar por un instante sus sentimientos de ira y entregarse con calma a la reflexión, perdonando a Apio por la intercesión de tantos Claudios a pesar del odio que sentían por él. Tan lejos llegaría él por el honor de su gens y de su nombre, aunque no se había reconciliado con el hombre cuya angustia tanto deseaba aliviar. Habían recuperado sus libertades mediante su valor, mediante la clemencia se fortalecería la armonía entre los órdenes del Estado. Convenció a algunos, aunque más por el cariño que mostraba por su sobrino que por consideración hacia el hombre por el que rogaba. Pero Verginio suplicó con lágrimas que guardasen su compasión para él y para su hija; que no escuchasen los ruegos de los Claudios, que habían asumido el poder soberano sobre la plebe, sino a los tres tribunos, parientes de Verginia, quienes tras ser elegidos para proteger a los plebeyos buscaban ahora su protección. Se estimó este alegato como más justo. Habiendo perdido toda esperanza, Apio se suicidó antes que llegase el día del juicio.

Poco después, Spurio Opio fue procesado por Publio Numitorio. Sólo era menos odiado que Apio, pues él estaba en la Ciudad cuando su colega pronunció su inicua sentencia. Más indignación, sin embargo, producía una atrocidad cometida por Opio que el no haber impedido una. Apareció un testigo que, tras veintisiete años de servicio y ocho condecoraciones por otras tantas muestras de valentía, se presentó ante el pueblo llevando todas sus condecoraciones. Desgarrando su vestido expuso su espalda lacerada por el sarmiento [en la castigatio, se azotaba con sarmientos al reo.-N. del T.]. Él pedía sólo que Opio presentase pruebas de alguna acusación contra él; si tal prueba aparecía, Opio, aunque ahora sólo era un ciudadano privado, podría repetir su crueldad para con él. Opio fue llevado a prisión y allí, antes de la fecha del juicio, puso fin a su vida. Su propiedad y la de Claudio fueron confiscadas por los tribunos. Sus colegas dejaron sus casas para ir al exilio y sus propiedades también fueron confiscadas. Marco Claudio, que había sido el reclamante de Verginia, fue juzgado y condenado; el propio Verginio, sin embargo, se negó a presionar para obtener la pena máxima, por lo que se le permitió exiliarse a Tíbur. Verginia fue más afortunada tras su muerte que en su vida; su espíritu, tras vagar por tantas casas buscando venganza, al fin pudo descansar al no quedar ya vivo ningún culpable.

[3.59] Se apoderó una gran alarma de los patricios; la vista de los tribunos se volvía ahora a quienes habían sido decenviros. Marco Duilio, el tribuno, impuso un control saludable a su ejercicio abusivo de autoridad. "Hemos ido", dijo, "lo bastante lejos en la afirmación de nuestra libertad y el castigo de nuestros oponentes, así que para el resto del año no dejaré que ningún hombre sea juzgado o encarcelado. Desapruebo que los antiguos crímenes, ya olvidados, sean traídos nuevamente a colación ahora que los recientes han sido penados con el castigo de los decenviros. La constante preocupación que se toman los cónsules en proteger vuestras libertades es garantía de que nada se hará que merezca el poder de los tribunos". Este espíritu de moderación mostrado por el tribuno alivió los temores de los patricios, pero también aumentó su resentimiento contra los cónsules, pues parecían estar tan totalmente dedicados a la plebe que la seguridad y libertad de los patricios eran una cuestión de interés más inmediato para los plebeyos que para los magistrados patricios. Parecía como si sus adversarios se cansasen de castigarles antes que los cónsules de frenar su insolencia. Se afirmó, por lo general, que mostraron debilidad, ya que sus leyes habían sido sancionadas por el Senado, y no quedaba duda de que habían cedido a la presión de las circunstancias.

[3.60] Tras haber resuelto los asuntos de la Ciudad y quedar asegurada la posición de la plebe, los cónsules partieron a sus respectivas provincias. Valerio sabiamente suspendió las operaciones contra las fuerzas combinadas de ecuos y volscos. Si se hubiera aventurado a un enfrentamiento, me pregunto si, teniendo en cuenta el carácter de los romanos y el del enemigo después del mando desafortunado de los decenviros, no habría sufrido una grave derrota. Tomó una posición a un kilómetro y medio del enemigo [mille pasuum en el original: 1 471 metros.-N. del T.] y mantuvo a sus hombres en el campamento. El enemigo formó para presentar batalla y ocupó el espacio entre ambos campamentos, pero no hallaron respuesta a su desafío por parte romana. Cansados finalmente de formar y esperar en vano la batalla, y considerando que prácticamente les habían concedido la victoria, ambas naciones fueron a devastar los territorios de hérnicos y latinos. La fuerza que dejaron detrás era suficiente para proteger el campamento, pero no para sostener un combate. Al ver esto el cónsul, hizo que el terror lo sufriesen los enemigos y sacó a sus hombres en orden de batalla, desafiándolos a pelear. Como eran conscientes de su menor fuerza, rehusaron el enfrentamiento y el valor de los romanos creció enseguida, pues consideraban vencidos a los hombres que se mantenían tímidamente tras sus líneas. Después de permanecer todo el día ansiosos por combatir, se retiraron al caer la noche; el enemigo, en un estado anímico muy diferente, mandó llamar rápidamente de todas partes a las partidas de saqueo; los que estaban más cerca regresaron a toda prisa al campamento, los más distantes no fueron localizados. Tan pronto como amaneció, los romanos salieron, preparados para asaltar su campamento si no les presentaban batalla. Cuando el día estaba muy avanzado, sin ningún movimiento por parte del enemigo, el cónsul dio la orden de avanzar. Conforme avanzó la línea, los ecuos y volscos, indignados ante la perspectiva de ver sus ejércitos victoriosos protegidos por terraplenes en vez de por el valor y las armas, clamó para que le diesen señal de batalla. Se dio, y parte de su fuerza ya había salido por la puerta del campamento mientras que otros bajaban en orden y formaban en sus posiciones asignadas; pero antes de que el enemigo pusiese sobre el campo toda su fuerza, el cónsul romano lanzó su ataque. No habían salido todos del campamento, quienes lo habían hecho no fueron capaces de desplegarse en línea y, hacinados como estaban, empezaron a flaquear y Habían no todos salieron del campamento, quienes lo habían hecho no estaban en condiciones de desplegar en línea, y hacinados como estaban, comenzaron a flaquear y ceder. Mientras miraban a su alrededor sin poderse ayudar unos a otros, indecisos sobre qué hacer, los romanos lanzaron su grito de guerra y el enemigo cedió terreno; luego, tras recuperar su presencia de ánimo y que sus generales les instasen a no ceder terreno ante aquellos a quien habían derrotado, se reinició la batalla.

[3.61] En el otro lado, el cónsul hizo recordar a los romanos que aquel día combatían por vez primera como hombres libres y en nombre de una Roma libre. Conquistaban para ellos mismos y los frutos de su victoria no serían para los decenviros. La batalla no se libraba a las órdenes de un Apio, sino bajo su cónsul Valerio, descendiente de los libertadores del pueblo romano y un liberador él mismo. Tenían que demostrar las anteriores derrotas fueron por culpa de los generales, no de los soldados; sería una desgracia que mostrasen más valor contra sus propios conciudadanos que contra un enemigo extranjero, o que temiesen más la esclavitud en casa que fuera. En tiempo de paz, sólo estuvo en peligro la castidad de Verginia, sólo el libertinaje de Apio resultaba peligroso; pero en el vaivén de la guerra, todos y cada uno de sus hijos estarían en peligro ante esos miles de enemigos. Él no presagiaría los desastres que ni Júpiter ni su Padre Marte permitirían a una Ciudad fundada bajo tan felices auspicios. Les recordó el Aventino y el Monte Sacro, y les rogó que volviesen con tan irreprochable dominio a ese lugar donde unos meses antes se habían ganado su libertad. Debían dejar claro que los soldados romanos tenían las mismas cualidades ahora que los decenviros habían sido expulsados que antes de que fuesen nombrados, y que el valor romano no se había debilitado por el hecho de que las leyes fuesen iguales para todos.

Tras arengar así a la infantería, galopó hasta donde estaba la caballería. "¡Vamos, jóvenes!", gritó, "demostrad que sois superiores a los infantes en valor, igual que lo sois en rango y honor. Han rechazado al enemigo al primer encuentro, cabalgad entre ellos y expulsadlos del campamento. No aguantarán vuestra carga, ahora mismo están vacilando en vez de resistir." Con las riendas aflojadas, espolearon sus caballos contra el enemigo que ya estaba confundido por el choque con la infantería, y abriéndose paso a través de sus filas llegaron a la retaguardia. Algunos , girando en terreno abierto, lo atravesaron y se dirigieron a los fugitivos que desde todas partes iban hacia su campamento. La línea de infantería, con el propio cónsul, y todo el combate se inclinó en persona y el conjunto de la batalla rodó en la misma dirección, que tomó posesión del campamento con una pérdida inmensa para el enemigo, pero el botín fue aún mayor que la carnicería. Las noticias de esta batalla no sólo llegaron a la Ciudad, sino hasta el otro ejército que estaba entre los sabinos. En la ciudad se celebró la victoria con fiestas públicas, pero en el otro campamento indujo a los soldados a emularla. Horacio les entrenó para que confiasen en sí mismos mediante las incursiones y puso a prueba su valor en escaramuzas, en vez de dejarles pensar en las derrotas que sufrieron bajo los decenviros, y con esto les hizo confiar en la victoria final. Los sabinos, envalentonados por sus éxitos del año anterior, les provocaban sin cesar y les retaban a luchar, preguntándoles por qué malgastaban su tiempo con pequeñas incursiones y retiradas, como si fueran bandidos, en vez de enzarzarse en un combate decisivo y no en pequeños enfrentamientos. ¿Por qué, les preguntaban sarcásticamente, no se enfrentaban con ellos en batalla campal y confiaban de una vez en la fortuna de la guerra?

[3.62] Los romanos no sólo habían recuperado su valor, sino que ardían de indignación. El otro ejército, decían, estaba a punto de regresar a la Ciudad en triunfo, mientras ellos estaban aguantando las burlas de un enemigo insolente. ¿Cuándo iban a combatir al enemigo, si no era ahora? El cónsul se dio cuenta de estos murmullos de descontento y después de reunir a los soldados en una asamblea, se dirigió a ellos así: "Supongo que habréis oído, soldados, cómo se libró la batalla del Álgido. El ejército se comportó como se supone debe comportarse el ejército de un pueblo libre. La victoria se obtuvo por el mando de mi colega y la valentía de sus soldados. En lo que a mí respecta, estoy dispuesto a adoptar ese plan de operaciones que vosotros, mis soldados, tendréis el coraje de ejecutar. La guerra puede ser prolongada con ventaja o terminada de una vez. Si hubiera de prolongarse, seguiré el método de entrenamiento con que he empezado, para que vuestra moral y valor aumenten día a día. Si deseáis un combate decisivo, vamos ahora, gritad ahora como en la batalla, en prueba de vuestra voluntad y valor". Después de haber gritado con gran ardor, él les aseguró que, con la bendición del cielo, cumpliría sus deseos y les guiaría a la batalla por la mañana. El resto del día lo pasaron aprestando armas y armaduras. Tan pronto como los sabinos vieron a los romanos formando en orden de batalla a la mañana siguiente, ellos también marcharon hacia el combate que tanto habían ansiado. La batalla fue como cabría esperar entre dos ejércitos tan llenos de confianza en sí mismos; el uno orgulloso de su antiguo e invicto renombre y el otro encendido por su reciente victoria. Los sabinos buscaron el auxilio de la estrategia pues, tras dar a su línea una extensión igual a la de su enemigo, mantuvieron dos mil hombres en reserva para lanzar un ataque al flanco izquierdo romano cuando la batalla estaba en su apogeo. Mediante este ataque casi rodearon y estaban empezando a dominar ese ala, cuando la caballería de ambas legiones (unos seiscientos jinetes) saltó de sus monturas y se lanzó al frente para apoyar a sus compañeros que estaban cediendo. Frenaron el avance enemigo y levantaron, al mismo tiempo, el ánimo de la infantería al compartir sus peligros; apelaron a su amor propio, demostrándoles que mientras la caballería podía combatir tanto a pie como a caballo, la infantería, entrenada para combatir a pie, era inferior incluso a la caballería desmontada.

[3.63] Y así se reanudó la lucha que daban por perdida y recuperaron el terreno cedido; en un momento, no sólo se reinició la batalla, sino que incluso obligaron a retroceder a los sabinos de esa ala. La caballería volvió a sus caballos, protegida por la infantería a través de cuyas filas pasaron, y se alejó al galope a la otra ala para anunciar su victoria a sus compañeros. Al mismo tiempo, cargaron al enemigo que estaba ahora desmoralizado por la derrota de su ala más fuerte. Ninguno demostró un valor más brillante en esa batalla. Los ojos del cónsul estaban en todas partes, felicitó a los valientes, tuvo palabras de reproche donde la batalla parecía aflojar. Aquellos a quienes censuró recuperaron enseguida el valor, estimulados en su amor propio como los otros lo fueron por sus elogios. Se volvió a lanzar el grito de guerra, y con un esfuerzo conjunto de todo el ejército rechazaron al enemigo; el ataque romano era imparable. Los sabinos se dispersaron en todas direcciones a través de los campos, y dejaron su campamento como botín para el enemigo. Lo que los romanos encontraron que no fueron las propiedades de sus aliados, como había sido el caso en Álgido, sino las suyas, que se habían perdido en el saqueo de sus hogares. Por esta doble victoria, ganada en dos batallas por separado, el Senado decretó maliciosamente una acción de gracias a favor de los cónsules para el mismo día. El pueblo, sin embargo, sin recibir órdenes, fue al segundo día también en grandes multitudes a los templos, y esta no autorizada y espontánea acción de gracias se celebró con casi más entusiasmo que la primera.

Los cónsules se aproximaron de común acuerdo a la Ciudad durante esos dos días y convocaron una reunión del Senado en el Campo de Marte. Mientras estaban rindiendo su informe sobre la dirección de las campañas, los líderes del Senado protestaron por celebrar esta sesión en medio de las tropas a fin de intimidarlos. Para no dar motivo a esta acusación, los cónsules de inmediato citaron el Senado en los Prados Flaminios, donde ahora está el templo de Apolo (luego llamado el Apolinar). El Senado por una gran mayoría se negó a conceder a los cónsules el honor de un triunfo, con lo cual Lucio Icilius, como tribuno de la plebe, llevó la cuestión ante el pueblo. Muchos se acercaron para oponerse, en particular Cayo Claudio, que exclamó en un tono exaltado que los cónsules no querían celebrar su triunfo sobre los enemigos, sino sobre el Senado. Se exigía como acto de gratitud por un servicio privado prestado a un tribuno y no en honor al mérito. Nunca antes había sido ordenado un triunfo por el pueblo, siempre había residido en el Senado la decisión de concederlo o no; ni siquiera los reyes habían infringido la prerrogativa del primer orden del Estado. Los tribunos no debían hacer que su poder prevaleciese sobre todas las cosas hasta hacer imposible la existencia de un Consejo de Estado. El Estado sólo será libre, las leyes ecuánimes, a condición de que cada orden conserve sus propios derechos, su propio poder y su dignidad. En el mismo sentido hablaron muchos de los miembros principales del Senado, pero las tribus aprobaron por unanimidad la propuesta. Esa fue la primera vez en que se celebró un triunfo por orden del pueblo, sin la autorización del Senado.

[3,64] Esta victoria de los tribunos y de la plebe casi produjo un peligroso abuso de poder. Se produjo un acuerdo secreto entre los tribunos para ser reelegidos, y para evitar que su ambición fuese demasiado evidente, aseguraron también la continuación de los cónsules en su magistratura. Alegaron, como justificación, el acuerdo del Senado para socavar los derechos de la plebe mediante el desaire que habían hecho a los cónsules. "¿Qué", argumentaron, "pasaría si, antes de que las leyes hubieran adquirido firmeza, los patricios atacasen a los nuevos tribunos a través de cónsules de su propia facción? Pues los cónsules no siempre serían hombres como Valerio y Horacio, que subordinaban sus propios intereses a la libertad de la plebe". Por una feliz casualidad le tocó en suerte a Marco Duilio presidir las elecciones. Era un hombre sagaz, y previó la deshonra en que se incurriría de seguir en el cargo los actuales magistrados. Al manifestar con no aceptaría votos para los antiguos tribunos, sus colegas insistieron que debía dejar que las tribus votasen a quien quisieran o ceder el control de la votación a sus colegas, quienes la dirigirían conforme a la ley y no conforme a la voluntad de los patricios. Como se había planteado una disyuntiva, Duilio mandó preguntar a los cónsules qué pensaban hacer con respecto a las elecciones consulares. Ellos respondieron que elegirían nuevos cónsules. Habiendo así ganado adeptos entre el pueblo para una medida en absoluto popular, fue en su compañía a la Asamblea. Aquí los cónsules fueron puestos frente al pueblo y se les sometió la cuestión: "Si el pueblo romano, al recordar cómo recuperasteis su libertad para él en casa, recordando también vuestros servicios y logros en la guerra, os hiciera cónsules por segunda vez, ¿qué pensáis hacer?" Declararon su resolución sin cambiar de opinión, y Duilio, aplaudiendo a los cónsules por mantener su actitud hasta el final, a diferencia de los decenviros, procedió a celebrar la elección. Sólo fueron elegidos cinco tribunos, pues debido a los evidentes esfuerzos de los nueve tribunos para controlar el escrutinio, los demás candidatos no pudieron obtener la mayoría necesaria de votos. Disolvió la Asamblea y no celebró una segunda elección, en base a que había satisfecho los requisitos de la ley, que en ninguna parte fijaba el número de tribunos y que sólo decía que la magistratura de tribuno no podía quedar vacante. Ordenó a los que habían sido elegidos que nombrasen a sus colegas y recitó la fórmula que regía el caso y es como sigue: "Si os requiero para que elijáis diez tribunos de la plebe; si en este día habéis elegido menos de diez, entonces aquellos que escojáis serán legalmente tribunos de la plebe por la misma ley, de igual modo que aquellos a quienes habéis elegido hoy tribunos de la plebe". Duilio insistió en afirmar hasta el final que la república no podía tener quince tribunos, y renunció a su magistratura tras haberse ganado la buena voluntad de los patricios y de los plebeyos por igual, al frustrar los ambiciosos designios de sus colegas.

[3.65] Los nuevos tribunos de la plebe consideraron los deseos del Senado al elegir a sus colegas; incluso admitieron a dos patricios de rango consular, Espurio Tarpeyo y Aulo Eternio. Los nuevos cónsules fueron Espurio Herminio y Tito Verginio Celiomontano -448 a.C.-, que no eran partidarios violentos de patricios ni de plebeyos. Mantuvieron la paz tanto en casa como en el extranjero. Lucio Trebonio, un tribuno de la plebe, estaba enojado con el Senado porque, como él decía, había sido engañado por ellos en la cooptación de los tribunos, y dejado en la estacada por sus colegas. Presentó una propuesta para que cuando fueran a elegir tribunos de la plebe, el magistrado presidente debía mantener la celebración de elecciones hasta que se hubieran elegido diez tribunos. Pasó sus años de mandato inquietando a los patricios, lo que hizo que recibiera el apodo de "Asper" (es decir, "el cascarrabias"). Los siguientes cónsules fueron Marco Geganio Macerino y Cayo Julio -447 a.C.-. Aplacaron las querellas que habían estallado entre los tribunos y los jóvenes nobles, sin interferir con los poderes de los primeros ni comprometer la dignidad de los patricios. El Senado había decretado un alistamiento para servir contra los volscos y los ecuos, pero dejaron en paz a la plebe sin llevarlo a efecto diciendo públicamente que cuando la Ciudad estaba en paz, todo en el exterior se mantenía tranquilo; por el contrario, la discordia civil envalentonaba al enemigo. Su preocupación por la paz trajo la armonía en el hogar. Pero un orden estaba siempre inquieto cuando el otro mostraba moderación. Si bien la plebe permanecía tranquila, empezó a ser objeto de actos de violencia por parte de los jóvenes patricios. Los tribunos trataron de proteger al lado más débil, pero lograron poco al principio, y pronto ni ellos se libraron de los malos tratos, especialmente en los últimos meses de su año de mandato. Los acuerdos secretos de la parte más fuerte dieron como resultado la anarquía, y el ejercicio de la autoridad tribunicia fue más débil hacia final del año. Todas las esperanzas de los plebeyos pudieran tener en sus tribunos dependían de tener hombres como Icilio; durante los dos últimos años sólo habían tenido nombres. Por otra parte, los patricios mayores se daban cuenta de que sus miembros más jóvenes eran demasiado agresivos, pero si tenían que cometerse excesos preferían que lo hicieran los de su propio bando en vez del de sus oponentes. Tan difícil es observar moderación en defensa de la libertad, mientras cada hombre en presencia de la igualdad se levanta solamente para mantener a los demás bajo él, y por precaverse en exceso contra el miedo se hacen temibles, y al devolver las ofensas que se nos hacen las hacemos a los demás; de modo que no había alternativa entre hacer el mal y sufrirlo.

[3.66] Tito Quincio Capitolino y Agripa Furio fueron los siguientes cónsules elegidos, el primero por cuarta vez -446 a.C.-. No se encontraron, al tomar posesión del cargo, disturbios en casa ni guerra en el extranjero, aunque ambos conflictos amenazaban. Ya no se podían controlar las disensiones de los ciudadanos, pues tanto los tribunos como la plebe estaban exasperados contra los patricios debido a que la Asamblea se veía constantemente alterada con nuevos altercados siempre que se procesaba a algún noble. Al primer signo de disturbios, los ecuos y volscos, como si se hubiese dado una señal, se levantaron en armas. Sobre todo sus dirigentes, ávidos de botín, se convencieron de que había sido imposible efectuar el alistamiento ordenado hacía ya dos años, porque la plebe rehusó obedecer y por esto no se envió ningún ejército contra ellos; la disciplina militar se había quebrado por la insubordinación; Roma ya no era considerada la patria común; toda su ira contra los enemigos extranjeros la volvían el uno contra el otro. Ahora era la oportunidad para destruir a esos lobos cegados por la locura del odio mutuo. Con sus fuerzas unidas, en primer lugar asolaron totalmente el territorio latino; luego, al no encontrar a nadie que controlase sus depredaciones, llegaron de hecho hasta las murallas de Roma, con gran alegría de los que habían fomentado la guerra. Extendiendo sus estragos en dirección a la puerta del Esquilino, saquearon y acosaron a la vista de la Ciudad. Después que se hubieron marchado tranquilamente con su botín a Corbión, el cónsul Quincio convocó al pueblo a una Asamblea.

[3,67] He visto que él habló allí de la siguiente manera: "Aunque, Quirites, mi propia conciencia está limpia, vengo sin embargo ante vosotros con los más profundos sentimientos de vergüenza. ¡Que se sepa (pues será transmitido a la posteridad) que los ecuos y los volscos, que últimamente no fueron rival para los hérnicos, llegaron armados e impunes, en el cuarto consulado de Tito Quincio, hasta las murallas de Roma! De haber yo sabido que esta desgracia estaba reservada para este año, entre todos los demás, aunque hubiéramos estado comportándonos de este modo y los asuntos públicos fuesen de tal índole que no pudiera yo augurar nada bueno, habría yo evitado mediante el exilio o la muerte, de no tener otro medio, el honor de un consulado. Porque entonces, si aquellas armas hubieran estado en manos de hombres dignos de ese nombre, ¡Roma habría sido tomada mientras yo era cónsul! He tenido suficientes honores; suficiente y más que bastante tiempo de vida, ¡yo debería haber muerto en mi tercer consulado! ¿Por quién sentían más desprecio aquellos enemigos negligentes? ¿por nosotros, los cónsules, o por vosotros, Quirites? Si es culpa nuestra, deponednos de una magistratura que no somos dignos de ostentar y, si no fuese bastante, castigadnos. Si la culpa es vuestra, puede que no haya nadie, hombre o dios, que castigue vuestros pecados; ¡Sólo vosotros os podéis arrepentir de ellos! No fue vuestra cobardía lo que provocó su desprecio, ni su valor lo que les dio confianza; han sido tantas veces derrotados, puestos en fuga, expulsados de sus fortificaciones, privados de su territorio o pasados bajo el yugo, como para que no lo sepan tan bien como vosotros. Son las disputas entre los dos órdenes, las querellas entre patricios y plebeyos lo que envenena la vida de esta Ciudad. Mientras nuestro poder no tenga límites, mientras vuestra libertad no conozca restricción, mientras no aguantéis a los patricios ni nosotros a los magistrados plebeyos, durante todo ese tiempo aumentará el coraje de nuestros enemigos. ¿Qué queréis, en nombre del Cielo? Resolvisteis de corazón tener tribunos de la plebe; cedimos, en aras de la paz. Anhelábais decenviros, y consentimos en su nombramiento; se hartaron completamente de ellos, y les obligamos a renunciar. Vuestro odio les persiguió hasta su vida privada; para contentaros permitimos que los más nobles y distinguidos de nuestra clase sufriesen la muerte o marchasen al exilio. Quisisteis volver a nombrar tribunos de la plebe; los habéis nombrado. Aunque vimos lo injusto que era para los patricios que hombres dedicados a vuestros intereses fueran elegidos cónsules, hemos contemplado incluso cómo se concedían privilegios patricios por el favor de la plebe. La autoridad protectora de los tribunos, el derecho de apelación del pueblo, las resoluciones de la plebe que obligan a los patricios, la supresión de nuestros derechos y privilegios con el pretexto de hacer las leyes iguales para todos; a todas esas cosas nos hemos sometido y nos sometemos. ¿Cuándo se acabarán estas discordias? ¿Cuándo podremos tener una Ciudad unida, una patria común? Nosotros, que hemos perdido, mostramos más calma y serenidad de carácter que vosotros, que habéis ganado. ¿No es suficiente que nos hayan hecho temerles? Fue en contra nuestra que tomaron el Aventino, contra nosotros ocuparon el Monte Sacro. Cuando el Esquilino era todo lo que quedaba por capturar y los volscos trataban de escalar la muralla, nadie les desalojó. Contra nosotros os mostráis hombres; contra nosotros tomáis las armas.

[3,68] "Pues bien entonces, ahora que habéis sitiado la Curia, y tratado al Foro como territorio enemigo, y llenado la prisión con nuestros hombres más insignes, mostrad el mismo valor haciendo una salida por la puerta Esquilina; o si ni siquiera tenéis valor para esto, subid a las murallas y mirad vuestras tierras devastadas desgraciadamente a fuego y espada, el botín saqueado y el humo elevándose por doquier desde vuestras casas ardiendo. Pero se me dirá que son los intereses generales los perjudicados por esto; la tierra quemada, la Ciudad sitiada, la gloria de la guerra con el enemigo. ¡Santo cielo! ¿En qué estado están vuestros propios intereses particulares? Dentro de poco os dirán las pérdidas sufridas en vuestros campos. ¿Qué tenéis en vuestros hogares para compensar el daño? ¿Os devolverán y repondrán los tribunos cuanto habéis perdido? Os darán muchas palabras y discursos y acusaciones contra los líderes, y ley tras ley y convocatorias a las Asambleas. Pero de esas reuniones ni uno de vosotros volverá más rico a su casa. ¿Quién ha llevado a su mujer e hijos algo que no sea resentimiento y odio, lucha partidista y querellas personales de las que tenéis que protegeros, no por vuestro propio valor e intenciones honestas, sino con la ayuda de los demás? Pero dejadme decíroslo: cuando luchabais bajo nosotros, los cónsules, no bajo los tribunos, en el campo de batalla y no en el Foro, cuando vuestro grito de guerra atemorizaba al enemigo y no a los patricios de Roma en la Asamblea, entonces obteníais botín, arrebatabais territorios al enemigo y volvíais a vuestras casas y vuestros penates triunfantes, cargados de riquezas y cubiertos de gloria para el Estado y para vosotros mismos. Ahora dejáis que el enemigo se aleje cargado con vuestros bienes. ¡Venga! acudid a vuestras reuniones en la Asamblea, pasad la vida en el Foro, aunque os perseguirá la necesidad, de la que huís, de recuperar vuestras tierras. Era demasiado para vosotros marchar contra los ecuos y volscos; ahora la guerra está a vuestras puertas. Si no se les rechaza, entrarán dentro de las murallas, escalarán la Ciudadela y el Capitolio y seguirán hasta vuestros hogares. Han pasado dos años desde que el Senado ordenó un alistamiento y que el ejército marchase al Álgido; aún estamos sentados en casa sin hacer nada, discutiendo unos con otros como un grupo de mujeres, encantados con la paz momentánea y cerrando los ojos al hecho de que pronto habremos de pagar muchas veces por nuestra inacción ante la guerra.

"Sé que hay otras cosas más agradables de las que hablar que éstas, pero la necesidad me obliga, aunque el sentido del deber no lo hiciera, a deciros lo que es verdad en vez de lo que es agradable. Mucho me gustaría, Quirites, complaceros; pero me gustaría mucho más veros a salvo, pese a lo que podáis sentir luego hacia mí. La naturaleza ha dispuesto las cosas de manera que el hombre que se dirige a la multitud con lo que ésta quiere es mucho más popular que quien no piensa más que en el bien general. Puede que creáis que es en vuestro interés por lo que esos demagogos halagan a la plebe y no os dejan vivir en paz ni tomar las armas, os excitan e inquietan. Sólo lo hacen para ganar notoriedad o en su beneficio, y como ven que cuando los dos órdenes están en armonía ellos no son nadie, desean más liderar una mala causa que no ninguna y provocar disturbios y sediciones. Si hay alguna posibilidad de que estéis, por fin, cansados de este estado de cosas; si estáis dispuestos a recuperar el carácter que marcó a vuestros padres y a vosotros mismos tiempo atrás, en vez de estas nuevas costumbres, entonces no habrá castigo al que no me someta si en pocos días no pongo en desordenada fuga a esos destructores de nuestros campos y llevo de nuestras puertas y murallas a las suyas esta guerra terrible que ahora os espanta".

[3,69] Nunca fue el discurso de un tribuno de la plebe tan favorablemente recibido por los plebeyos como lo fue el de este severo cónsul. Los hombres en edad militar, que en similares emergencias habían hecho del rechazo a alistarse el arma más efectiva contra el Senado, volvieron ahora su atención a las armas y a la guerra. Los fugitivos de los distritos rurales, los que habían sido heridos y sufrido el saqueo en el campo, informaban del más terrible estado de cosas más allá de lo que se veía desde las murallas y llenaban a toda la Ciudad con sed de venganza. Cuando el Senado se reunió, todos los ojos miraban a Quincio como al único que podía defender la majestad de Roma. Los líderes de la Cámara declararon en sus discursos que era digno del cargo que ocupaba como cónsul, digno de los muchos consulados que había desempeñado, digno de toda su vida, rica como había sido en honores, muchos ya disfrutados y muchos más que merecía. Otros cónsules, dijeron, habían halagado a la plebe traicionando la autoridad y privilegios de los patricios o, al insistir demasiado severamente en los derechos de su orden, incrementando la oposición de las masas; Tito Quincio, en su discurso, había mantenido visible la autoridad del Senado, la concordia de ambos órdenes y, sobre todo, las circunstancias del momento. Se pidió a él y a su colega que se hicieran cargo de la dirección de los asuntos públicos, e hicieron un llamamiento a los tribunos para que fuesen uno con los cónsules en su deseo de ver alejarse la guerra de las murallas de la Ciudad y que indujesen a la plebe, en una crisis tal, a ceder a la autoridad del Senado. La patria común, proclamaron, estaba llamando a los tribunos e implorando su ayuda ahora, cuando sus campos estaban siendo arrasados y la Ciudad asediada.

Por consenso universal se decretó un alistamiento y se llevó a cabo. Los cónsules dieron aviso público de que no había tiempo para investigar reclamaciones de exención, y que todos los hombres obligados a servir se presentarían al día siguiente en el Campo de Marte. Cuando terminase la guerra darían ocasión a investigar los casos de quienes no se hubiesen alistado, y a los que no demostrasen tener justificación se les consideraría desertores. Todos los que estaban obligados a servir se presentaron al día siguiente. Cada cohorte escogió a sus propios centuriones y se puso a dos senadores al mando de cada cohorte. Entendemos que estas disposiciones se llevaron a cabo con tanta rapidez que los estandartes, que se recogieron en el Tesoro y fueron llevados por los cuestores al Campo de Marte por la mañana, abandonaron el Campo a la hora cuarta del mismo día, y el ejército recién alistado se detuvo en la décima piedra miliar, seguido por unas cuantas cohortes de veteranos como voluntarios. El día siguiente los llevó a la vista del enemigo y establecieron su campamento cerca del de los enemigos, en Corbión. Los romanos estaban encendidos de ira y rencor; el enemigo, consciente de su culpa después de tantas revueltas, perdió la esperanza de perdón. No habría, por tanto, retraso en afrontar el asunto.

[3.70] En el ejército romano, los dos cónsules tenían la misma autoridad. Agripa, sin embargo, renunció voluntariamente el mando supremo a favor de su colega (una decisión muy beneficiosa cuando se trataba de asuntos de gran importancia) y éste, así promovido por la generosa renuncia de su colega, respondió cortésmente haciéndole partícipe de sus planes y tratándole en todos los sentidos como a un igual. Cuando formaban en orden de batalla, Quincio mandaba del ala derecha y Agripa la izquierda. El centro se asignó al legado Espurio Postumio Albo, al mando de medio ejército; el otro legado, Publio Sulpicio, fue puesto al mando de la caballería. La infantería en el ala derecha luchó espléndidamente, pero tropezó con fuerte resistencia en el lado de los volscos. Publio Sulpicio con su caballería rompió el centro del enemigo. Podría haber regresado al cuerpo principal antes de que el enemigo rehiciese sus quebradas filas pero decidió atacarles por la retaguardia, y los hubiera dispersado en un momento, atacados como habrían estado por el frente y la retaguardia, si la caballería de los ecuos y volscos, adoptando la misma táctica, no les hubiese interceptado y mantenidos ocupados. Le gritó a sus hombres que no había tiempo que perder, que les rodearían y aislarían de su fuerza principal si no hacían todo lo posible para dar fin al combate de caballería; no era suficiente ponerlos en fuga, debían conseguir que ni hombres ni bestias pudieran regresar luego al campo de batalla para reanudar el combate. No pudieron resistir ante aquellos a quienes no pudo detener una línea de infantería.

Sus palabras no cayeron en oídos sordos. Con un choque derrotaron a toda la caballería, desmontando a muchos y dieron muerte con sus lanzas tanto a jinetes como a caballos. Ese fue el final del combate de las caballerías. A continuación atacaron a la infantería por la retaguardia, y cuando su línea empezó a oscilar enviaron un informe a los cónsules de lo que habían efectuado. Las noticias dieron nuevos ánimos a los romanos, que ahora estaban ganando, y desanimaron a los ecuos en retirada. Su derrota se inició en el centro, donde la carga de la caballería les había desordenado. Después comenzó el rechazo de su ala izquierda por parte del cónsul Quincio. El ala derecha dio más problemas. Aquí, Agripa, cuya edad fuerza le hacían temerario, viendo que las cosas marchaban mejor en el resto de secciones de la batalla que en la suya, quitó los estandartes a los portaestandartes y avanzó él mismo con ellos, lanzando incluso alguno de ellos entre las masas del enemigo. Enardecidos por el miedo y temor a perderlos, sus hombres lanzaron una nueva carga contra el enemigo, y así por todas partes fueron los romanos igualmente victoriosos. En ese momento llegó un mensaje de Quincio, diciendo que había salido victorioso y que ahora amenazaba el campamento enemigo, pero que no lo atacaría hasta saber que la lucha en el ala izquierda se había decidido. Si Agripa había derrotado al enemigo se reuniría con él, de modo que todo el ejército unido pudiera hacerse con el botín. El victorioso Agripa, en medio de las felicitaciones mutuas, se dirigió donde estaba su colega y el campamento enemigo. Los pocos defensores fueron derrotados en un momento y el atrincheramiento forzado sin resistencia alguna. El ejército se marchó de vuelta a su propio campamento después de conseguir un inmenso botín y recuperar sus propios bienes, que habían perdido en el saqueo de sus tierras. No puedo encontrar escrito ni que los cónsules solicitasen un triunfo ni que el Senado se lo concediese; ni si dejaron de pedir tal honor porque suponían que no se lo darían o que no se lo dieran porque no lo solicitaron. Hasta donde yo puedo suponer después de tanto tiempo, la razón parece que sería que como el Senado rechazó conceder el triunfo a los cónsules Valerio y Horacio, quienes aparte de vencer a volscos y ecuos habían dado término a la Guerra Sabina, los cónsules actuales tuvieron vergüenza de pedir un triunfo por conseguir sólo la mitad, como mucho, no fuese que si lo obtenían pareciera que se apreciaba más a los hombres que a sus servicios.

[3,71] Esta honorable victoria obtenida sobre un enemigo de honor fue manchada por una vergonzosa decisión del pueblo respecto al territorio de sus aliados. Los habitantes de Aricia y Ardea habían ido con frecuencia a la guerra a causa de algunas tierras en disputa; cansados finalmente de sus muchas y recíprocas derrotas, recurrieron al arbitrio de Roma. Los magistrados convocaron una Asamblea para tratar el asunto, y cuando llegaron para exponer sus posiciones debatieron largamente. Cuando terminaron de alegar y llegó el momento de que las tribus fuesen llamadas a votar, Publio Escapcio, un plebeyo de edad, se levantó y dijo: "cónsules, si se me permite hablar en asuntos de alta política, no dejaré que la plebe yerre en este asunto". Los cónsules le negaron una audiencia, por ser un hombre de ningún crédito, y cuando exclamó en voz alta que la república estaba siendo traicionada le ordenaron retirarse. Él apeló a los tribunos. Los tribunos, que casi siempre estaban gobernados por la multitud en vez de gobernarla, al considerar que la plebe estaba ansiosa de oírle, autorizaron a Escapcio a decir lo que quisiese. Así que empezó diciendo que él estaba ahora en su octogésimo tercer año y había prestado servicio en ese territorio que estaba en litigio, no como un hombre joven sino como un veterano con veinte años de antigüedad, cuando la guerra contra Corioli. Por lo tanto, él consideraba un hecho, olvidado por el transcurso del tiempo pero profundamente impreso en su propia memoria, que el territorio en disputa formaba parte del de Corioli y, al ser tomada esa ciudad, pasó por derecho de guerra a ser parte del dominio público de Roma. Los ardeatinos y aricios nunca lo habían reclamado mientras Corioli fue independiente, y él se preguntaba cómo podían esperar tomárselo al pueblo de Roma, a quien acudían como árbitros en vez de como propietarios. No le quedaba mucho tiempo de vida, pero no podía, viejo como era, resignarse a dejar de usar su única arma, su voz, para asegurar el derecho sobre ese territorio que había ganado como soldado. Recomendaba encarecidamente al pueblo que no se pronunciase, por una falsa sensación de delicadeza, contra una causa que en realidad era la suya propia.

[3,72] Cuando los cónsules vieron que Escapcio era escuchado no sólo en silencio, sino incluso con aprobación, pusieron a los dioses a los hombres como testigos de que se iba a cometer una monstruosa injusticia y mandaron a buscar a los notables del Senado. Acompañados por ellos se fueron hacia las tribus y les imploraron que no cometiesen el peor de los crímenes y estableciesen un precedente aún más pésimo al pervertir la justicia en su propio beneficio. Incluso suponiendo que fuera admisible que un juez mirase por su propio interés, podían estar seguros de que nunca ganarían tanto apropiándose del territorio en disputa como perderían al enajenarse los sentimientos de sus aliados por su injusticia. El daño hecho a su buen nombre y crédito sería incalculable. ¿Qué iban a decir los embajadores al volver a sus casas, qué iban a decir a todo el mundo, qué llegaría a oídos de amigos y enemigos? ¡Con cuánto dolor los escucharían los primeros y con cuánta alegría los últimos! ¿Suponían que las naciones vecinas harían responsable sólo a Escapcio, un orador senil? Para él podría ser una muestra de nobleza, pero al pueblo romano lo estamparía con el carácter del fraude y del engaño. ¿Pues qué juez se había nunca adjudicado a sí mismo la propiedad en litigio? Ni siquiera Escapcio lo haría, aunque ya hubiera perdido cualquier asomo de vergüenza. A pesar de estos severos llamamientos hechos por los cónsules y senadores, la codicia de Escapcio, su instigador, prevalecido. Las tribus, al ser llamadas a votar, decidieron que las tierras eran parte del dominio público de Roma. No se puede negar que el resultado habría sido el mismo si el caso se hubiera visto ante otros jueces; pero tal como fue, la desgracia vinculada a la sentencia no estaba en último grado aligerada por la justicia del caso, ni pareció más amarga y tiránica a los pueblos de Aricia y Ardea de lo que resultó al Senado romano. El resto del año fue tranquilo en casa y en el extranjero.

Fin del Libro 3.

Ir al Índice

Libro 4: El creciente poder de la plebe

Ir al Índice

[4,1] Los cónsules que siguieron fueron Marco Genucio y Cayo Curcio -445 a.C.-. El año resultó problemático, tanto en casa como en el extranjero. A comienzos del año, Cayo Canuleyo, un tribuno de la plebe, presentó una ley relativa al matrimonio entre patricios y plebeyos. Los patricios consideraban que su sangre se contaminaría y se desfigurarían los derechos de las gens. Entonces los tribunos empezaron a proclamar que un cónsul debía ser elegido de la plebe, y las cosas llegaron tan lejos que nueve tribunos presentaron una ley para que la plebe tuviese capacidad de elegir cónsules a quien quisiesen, tanto de entre los plebeyos como de entre los patricios. Los patricios creían que, si esto ocurría, el poder supremo no sólo sería degradado al ser compartido con lo más bajo del pueblo, sino que pasaría completamente de los hombres más importantes del Estado a manos de la plebe. El Senado no lamentó, por lo tanto, saber que Ardea se había rebelado como consecuencia de la injusta decisión sobre el territorio [ver libro 3,72.-N. del T.], que los Veyentinos habían devastado los distritos de la frontera romana, y que volscos y ecuos protestaban contra la fortificación de Verrugo; hasta tal punto preferían la guerra, aunque no se venciese, a una paz ignominiosa. Al recibir esos informes (que eran un tanto exagerados), el Senado trató de ahogar la voz de los tribunos en el fragor de tantas guerras, ordenando un alistamiento y que se hicieran los preparativos para la guerra con todo vigor, más aún, si fuera posible, que durante el consulado de Tito Quincio. Entonces Cayo Canuleyo se dirigió al Senado con un discurso breve y airado. Era, dijo, inútil que los cónsules esgrimieran las amenazas con la esperanza de distraer la atención de la plebe de las proposiciones de ley; mientras él viviese, nunca harían un alistamiento hasta que la plebe hubiese aprobado las medidas presentadas por él mismo y por sus colegas. En el acto convocó una Asamblea.

[4.2] Los cónsules empezaron a apremiar al Senado para tomar medidas contra los tribunos, y al mismo tiempo los tribunos provocaban agitación contra los cónsules. Los cónsules declararon que los procedimientos revolucionarios de los tribunos ya no serían tolerados, los asuntos habían llegado al punto de crisis y había una guerra en casa aún más amarga que la del extranjero. Esto no era tanto culpa de la plebe como del Senado, ni más de los tribunos que de los cónsules. Las cosas que más se desarrollan en un Estado son las que se alientan con recompensas; es así como los hombres vienen buenos ciudadanos en tiempos de paz y buenos soldados en tiempos de guerra. En Roma, se conseguían las mayores recompensas mediante las agitaciones sediciosas, éstas habían supuesto siempre honores a la gente, tanto individualmente como en conjunto. Los presentes deberían reflexionar sobre la grandeza y la dignidad del Senado, cómo la habían recibido de sus padres y considerar lo que iban a entregar a sus hijos, para que pudieran ser capaces de sentir orgullo al extender y hacer crecer su influencia, como la plebe se sentía orgullosa de las suyas. No había ninguna solución definitiva a la vista, ni la habría mientras a los agitadores se les honrase en proporción al éxito de su agitación. ¡Qué tremendas cuestiones había planteado Cayo Canuleyo! Abogaba por la confusión de las gens, manipulándolas con los auspicios, tanto los del Estado como los individuales, para que nada puro quedase, nada sin contaminación, y en la desaparición de las distinciones de rango nadie sabría distinguir a sus parientes. ¿Qué otro resultado tendrían los matrimonios mixtos, excepto hacer que las uniones entre patricios y plebeyos fuesen casi como la asociación promiscua de los animales? Los hijos de esos matrimonios no sabrían qué sangre corría por sus venas, qué ritos sagrados deberían oficiar; mitad patricios, mitad plebeyos, ni siquiera estaría en armonía consigo mismos. Y como si fuera un asunto sin importancia poner todas las cosas divinas y humanas en confusión, los perturbadores del pueblo se abalanzaban ahora sobre el consulado. En un primer momento, la cuestión de que uno de los cónsules fuera elegido por el pueblo se discutía sólo en conversaciones privadas, ahora se presentaba una moción dando poder al pueblo para elegir cónsules a quienes quisieran, patricios o plebeyos. Y no había sombra de duda de que elegirían a los más peligrosos revolucionarios de la plebe; Canuleyos e Icilios serían cónsules. ¡Ojalá que Júpiter Óptimo Máximo nunca permita que un poder tan verdaderamente real por su majestad caiga tan bajo! Preferirían morir mil muertes antes que sufrir la perpetración de tal ignominia. Si sus antepasados hubiesen adivinado que todas sus concesiones sólo servirían para hacer a la plebe más exigente, no más amistosa, pues su primer éxito sólo les había empujado a hacer más y más exigencias, era evidente que habrían antes resistido hasta el final que permitir que les obligasen con aquellas leyes. Al haberse hecho una vez una concesión en el asunto de los tribunos, se había hecho de nuevo; no había fin para ellas. Los tribunos de la plebe y el Senado no podían existir en el mismo Estado, esa magistratura o este orden (es decir, la nobleza) debían desaparecer. Debían oponerse a su insolencia y temeridad, y mejor tarde que nunca. ¿Se les iba a permitir con impunidad que indujeran a nuestros vecinos a la guerra al sembrar la semilla de la discordia e impedir así que el Estado se armase y defendiese contra quienes ellos habían despertado, y al fin convocado, al no permitir que se alistasen los ejércitos contra el enemigo? ¿Iba Canuleyo, en verdad, a tener la osadía de proclamar ante el Senado que hasta que no estuviesen dispuestos a aceptar sus condiciones, como las de un conquistador, impediría el alistamiento? ¿Qué otra cosa era aquello sino amenazar con traicionar a su país y permitir que fuera atacado y capturado? ¿¡Qué valor inspirarían sus palabras, no en la plebe romana, sino en los volscos, ecuos y Veyentinos!? ¿Qué no esperarían éstos, con Canuleyo como su líder, sino poder escalar el Capitolio y la Ciudadela, si los tribunos, después de despojar al Senado de sus derechos y su autoridad, le privaban también de su valor? Los cónsules estaban dispuestos dirigirles contra ciudadanos criminales antes que contra el enemigo en armas.

[4,3] En el momento mismo en que esto sucedía en el Senado, Canuleyo pronunció el siguiente discurso en defensa de sus leyes y en oposición a los cónsules: "Me imagino, Quirites, que a menudo he observado en el pasado cuán grandemente os despreciaban los patricios, cuánto les indignaba considerar que vivían en la misma Ciudad que ellos y dentro de las mismas murallas. Ahora, sin embargo, es perfectamente obvio, viendo con cuánta amargura se levantan para oponerse a nuestros proyectos de ley. ¿Porque, cuál es nuestro propósito al presentarlas, salvo recordarles que somos sus conciudadanos, y que aunque no tenemos el mismo poder, aún habitamos el mismo país? En una de estas leyes, exigimos el derecho a matrimonios mixtos, un derecho que normalmente se concede a vecinos y extranjeros (de hecho, les hemos concedido la ciudadanía, que es más que los matrimonios mixtos, incluso a un enemigo vencido); en otra no proponemos nada nuevo, simplemente pedimos que vuelva al pueblo lo que es del pueblo y reclamamos que el pueblo romano pueda otorgar sus honores a quien quiera. ¿Por qué motivo se debieran implicar los cielos y la tierra? ¿por qué recientemente, en la Curia, fui yo objeto de violencia personal? ¿por qué manifiestan que no estarán quietos y amenazan con atacar nuestra autoridad inviolable? ¿No pervivirá la Ciudad, acabará nuestro dominio si se permite votar libremente al pueblo romano y que confíe el consulado a quien quiera, si se impide a cualquier plebeyo tener la esperanza de alcanzar el más alto honor si lo merece? ¿Tiene la frase "Que ningún plebeyo sea cónsul" el mismo significado que "ningún esclavo o liberto sea cónsul"? ¿Alguna vez se dan cuenta del desprecio en que viven? Robarían si pudieran vuestra parte de luz diurna. Están indignados porque respiráis, habláis y tenéis la forma de hombres. ¡Y aún, si a los dioses place, dicen que sería un acto de impiedad que un plebeyo fuese nombrado cónsul! Aunque no se nos permite el acceso a los Fastos [calendario en que se anotaban las fechas de celebraciones, fiestas, juegos y los acontecimientos memorables.-N. del T.], o a los registros de los pontífices, os ruego que nos digáis si se nos permitirá saber lo que se permite saber a los extranjeros: que los cónsules han tomado el lugar de los reyes y que no poseen ningún derecho o privilegio que antes no hubiese correspondiendo a los reyes. ¿Supongo que nunca habéis oído decir que Numa Pompilio, que no sólo no era patricio sino ni siquiera ciudadano romano, fue llamado de la tierra de los sabinos y tras ser aceptado por el pueblo y confirmado por el Senado, reinó como rey de Roma? ¿O que, después de él, Lucio Tarquinio, que no sólo no pertenecía a ninguna gens romana sino ni siquiera a una italiana, siendo hijo de Demarato de Corinto, que se había asentado en Tarquinia, fue nombrado rey mientras los hijos de Anco estaban aún vivos? ¿O que, después de él, otra vez, Servio Tulio, el hijo ilegítimo de una esclava capturada en Cornículo, ganó la corona sólo por el mérito y la capacidad? ¿Tengo que mencionar al sabino Tito Tacio, con quien el propio Rómulo, el Padre de la Ciudad, compartió su trono? Mientras no se rechace a ninguna persona adornada de méritos notables, crecerá el poder de Roma. ¿Considerarán entonces con disgusto a un cónsul plebeyo, cuando nuestros antepasados no mostraron aversión a tener extranjeros como reyes? Ni siquiera después de la expulsión de los reyes se cerró la Ciudad al mérito extranjero. La gens Claudia, en todo caso, que emigró de entre los sabinos, fue recibida por nosotros no sólo a la ciudadanía, sino incluso entre las filas de los patricios. ¿Podrá ser patricio un hombre que era extranjero, y después cónsul, y a un ciudadano romano, si pertenece a la plebe, impedírsele toda esperanza al consulado? ¿Creemos que es imposible que un plebeyo sea valiente, enérgico y capaz, tanto en la paz como en la guerra? ¿o si existe un hombre así le impediremos tomar el timón del Estado? ¿hemos de tener, preferiblemente, cónsules como los decenviros, los más viles de los mortales (quienes, no obstante, eran todos patricios) en vez de hombres que recuerden a los mejores reyes, hombres nuevos como ellos? quienes si hay un hombre, ¿no le permitiera tocar el timón del Estado, vamos a tener, de preferencia, como los cónsules decenviros, los más vil de los mortales -que, sin embargo, eran patricios -y no los hombres que se parecen a los mejores de los reyes, hombres nuevos si se tratara?

[4.4] "Pero, se me puede decir, ningún cónsul, desde la expulsión de los reyes, ha sido elegido entre la plebe. ¿Y qué, entonces? ¿No se ha de introducir ninguna novedad? ¿y porque algo no se haya hecho aún (y en un nuevo pueblo hay muchas cosas que todavía no se han hecho), no se ha de hacer aún cuando sea algo favorable? En el reinado de Rómulo, no había pontífices, ni colegio de augures; fueron creados por Numa Pompilio. No había censos en el Estado, ni registro de clases y centurias, sino que fueron hechos por Servio Tulio. Nunca hubo cónsules; se crearon al expulsar a los reyes. No existía ni el poder ni el nombre de dictador; tuvo su origen en el Senado. No había tribunos de la plebe, ni ediles, ni cuestores; se decidió que debían crearse esas magistraturas. En los últimos diez años hemos designado decenviros a quienes encargamos poner por escrito las leyes, y luego suprimimos su magistratura. ¿Quién duda de que en una Ciudad fundada para siempre y sin límites a su crecimiento se han de nombrar nuevas autoridades, nuevos sacerdocios, modificaciones tanto en los derechos y privilegios de las gens como en los de los ciudadanos? ¿No hicieron esta prohibición de matrimonios mixtos entre patricios y plebeyos, que provoca tan serio daño a la república y tan gran injusticia a la plebe, los decenviros en estos últimos años? ¿Puede haber un mayor o más evidente signo de desgracia que una parte de la comunidad sea considerada indigna por la otra de celebrar matrimonios mixtos, como si estuviera contaminada? ¿Qué es esto sino sufrir el exilio y el destierro dentro de las propias murallas? Están vigilantes para no relacionarse con nosotros por afinidad o parentesco, para que nuestra sangre no se mezcle con la suya. ¿Por qué? la mayoría sois descendientes de albanos y sabinos y esta nobleza vuestra no la tenéis por nacimiento o sangre sino por cooptación en las filas patricias, habiendo sido elegidos para tal honor tanto por los reyes o, tras su expulsión, por mandato del pueblo. Si vuestra nobleza es contaminada por la unión con nosotros, ¿no la podríais haber mantenido pura mediante normas privadas, o no buscando novias entre la plebe y no sufriendo que vuestras hermanas o hijas se casen fuera de vuestro orden? Ningún plebeyo violentará a una virgen patricia, son los patricios quienes se entregan a tales prácticas criminales. Ninguno de nosotros ha obligado a otro a casarse en contra de su voluntad. Pero, en realidad, que esto pueda prohibirse por ley y que el matrimonio entre patricios y plebeyos se imposibilite es, de hecho, insultante para la plebe. ¿Por qué no se unen para prohibir los matrimonios entre ricos y pobres? En todas partes y en todas las épocas ha habido el consenso de que una mujer podía casarse en cualquier casa con la que se le hubiera prometido, y que un hombre podía casarse con una mujer de cualquier casa con la que se le hubiera prometido; y si este acuerdo encadenáis con la más insolente de las leyes, con ella quebraréis la sociedad y dividiréis en dos al Estado. ¿Por qué no redactáis una ley para que ningún plebeyo pueda ser vecino de un patricio, o que pueda caminar por su mismo camino, o sentarse junto a él en un banquete o permanecer en el mismo Foro? Porque, de hecho, ¿qué diferencia hay en que un patricio se case con una mujer plebeya o en que un plebeyo se case con una patricia? ¿Qué derechos se vulneran, por favor? Por supuesto, los hijos siguen el padre. No hay nada que busquemos en los matrimonios mixtos con vosotros, excepto que ahora se cuente con nosotros entre los hombres y los ciudadanos; no hay nada que podáis hacer, a menos que dejéis de disfrutar tratando de ver cuánto nos podéis insultar y degradarnos.

[4,5] "En una palabra, ¿os pertenece a vosotros el poder supremo o al pueblo romano? ¿Supuso la expulsión de los reyes vuestra absoluta supremacía o la libertad e igualdad para todos? ¿Es correcto y apropiado que el pueblo romano promulgue una ley si así lo desea, o vais, siempre que se proponga algo, a ordenar un alistamiento como forma de castigo? ¿Voy a llamar a las tribus a votar y, tan pronto como empiece, vais los cónsules a convocar a los aptos para el servicio para que pronuncien el juramento militar y luego enviarlos fuera al campamento, amenazando por igual a la plebe y a los tribunos? ¿No habéis comprobado en dos ocasiones qué valen vuestras amenazas contra una plebe unida? Me pregunto si era por nuestro bien que os abstuvisteis de un conflicto abierto; ¿pudiera ser que no quisierais la lucha porque el partido más firme era también el más modesto? Tampoco habrá ningún conflicto ahora, Quirites; ellos siempre tantearán vuestro ánimo, pero nunca vuestra fuerza. Y así, cónsules, los plebeyos están listos para seguiros a esas guerras, sean reales o imaginarias, a condición de que al restaurar el derecho a los matrimonios mixtos por fin se una esta república, que puedan unirse con vosotros por lazos familiares, que la esperanza de alcanzar altas magistraturas se afirme para los hombres de capacidad y energía, que esté abierto para ellos el asociarse a vosotros compartiendo el gobierno, y (lo que es la esencia de la justa libertad) regir y obedecer cuando corresponda, en la sucesión anual de magistrados. Si alguno va a obstaculizar estas medidas, podéis hablar de guerras y exagerarlas con rumores, nadie dará su nombre, nadie tomará las armas, nadie va a luchar por amos dominadores con quienes no tienen derecho en la vida pública a igualdad y honores, ni en la vida privada a los matrimonios mixtos."

[4,6] Después que los dos cónsules se hubieran presentado en la Asamblea, los discursos dieron lugar a un altercado personal. El tribuno preguntó por qué no era adecuado que un plebeyo fuese elegido cónsul. Los cónsules dieron una respuesta que, aunque tal vez resultase cierta, resultó desafortunada en vista de la controversia que se mantenía. Dijeron: "Debido a que un plebeyo no podía tomar los auspicios, y la razón por la que los decenviros pusieron fin a los matrimonios mixtos fue para impedir que los auspicios quedasen contaminados por la incertidumbre de la descendencia". Esta respuesta exasperó amargamente a los plebeyos, pues creyeron que se les consideraba incompetentes para tomar los auspicios porque resultaban odiosos a los dioses inmortales. En la medida en que tenían en su tribuno al más enérgico líder y le apoyaban con la máxima determinación, la controversia terminó con la derrota de los patricios. Éstos consintieron con que se aprobase la ley del matrimonio mixto; principalmente porque creían que, con esto, o los tribunos abandonaban la demanda de cónsules plebeyos o, por lo menos, la pospondrían hasta después de la guerra, y que los plebeyos, contentos con lo que habían obtenido, se dispondrían a alistarse. Debido a su victoria sobre los patricios, Canuleyo era ahora inmensamente popular. Impulsados por su ejemplo, los demás tribunos lucharon con la mayor energía para garantizar la aprobación de su propuesta; y a pesar de que los rumores de guerra se hacían cada día más graves, ellos obstruían el alistamiento. Como ningún negocio podía ser tramitado en la Curia debido a la intervención de los tribunos, los cónsules celebraron los consejos con los notables en sus propias casas.

Era evidente que tendrían que ceder la victoria, fuese a sus enemigos extranjeros o a sus propios compatriotas. Valerio y Horacio fueron los únicos hombres de rango consular que no asistieron a estos consejos. Cayo Claudio estaba a favor de facultar a los cónsules para usar la fuerza armada contra los tribunos; los Quincios, Cincinatos y Capitolinos estaban en contra de herir o derramar la sangre de aquellos a los que en su tratado con la plebe habían consentido considerar inviolables. El resultado de sus deliberaciones fue que permitieron que los tribunos militares con poderes consulares fuesen elegidos tanto entre los patricios como entre los plebeyos; no se hizo ningún cambio en la elección de los cónsules. Este acuerdo satisfizo a los tribunos y a la plebe. Se notificó que se celebraría una Asamblea para la elección de tres tribunos con poderes consulares. No bien se hubo hecho este anuncio, cuando todos los que habían actuado o hablado fomentando la sedición, especialmente los que habían sido tribunos, se presentaron como candidatos y empezaron a moverse por el Foro en busca de votos. A los patricios, al principio, se disuadían de pretender la elección, pues al ver el estado de ánimo exasperado de los plebeyos consideraban que no tenían esperanzas, y estaban disgustados ante las perspectiva de tener que ocupan un cargo junto a aquellos hombres. Por último, bajo presión de sus líderes, para que no pareciese que se habían retirado de toda participación en el gobierno, consintieron en presentarse. El resultado de las elecciones demostró que cuando los hombres luchaban por la libertad y el derecho a desempeñar cargos, sus ánimos eran distintos de cuando ya había pasado la disputa y se podían formar un juicio imparcial. El pueblo estaba satisfecho ahora que se permitía votar a los plebeyos y no eligió a nadie sino a los patricios. ¿Cuándo en estos días se encontraría en un sólo individuo la moderación, la justicia y nobleza de espíritu que caracterizó entonces a todo el pueblo?

[4,7] En el tricentésimo décimo año después de la fundación de Roma -444 a.C-, los tribunos militares con poderes consulares asumieron su cargo por primera vez. Sus nombres eran Aulo Sempronio Atratino, Lucio Atilio, y Tito Cecilio, y durante su permanencia en el cargo la concordia en casa aseguró la paz en el extranjero. Algunos autores omiten toda mención a la propuesta de elegir cónsules de entre la plebe, y afirman que la creación de tres tribunos militares investidos con la insignia y la autoridad de los cónsules se hizo necesaria por la incapacidad de los dos cónsules para hacer frente al mismo tiempo a la Guerra Veyentina además de la guerra con los ecuos y los volscos y la deserción de Ardea. La jurisdicción de esa magistratura no estaba aún, sin embargo, firmemente establecida, por lo que a consecuencia de la decisión de los augures dimitieron de su cargo después de tres meses, debido a alguna irregularidad en su elección. Cayo Curtius, que había presidido su elección, no había ocupado correctamente su posición para tomar los auspicios. Llegaron embajadores de Ardea para quejarse de la injusticia cometida contra ellos; prometieron que si se corregía mediante la restauración de su territorio, se regirían por el tratado y seguirían siendo buenos amigos de Roma. El Senado respondió que ellos no tenían poder para anular una sentencia del pueblo, no existía precedente o ley que lo permitiera y que la necesidad de preservar la armonía entre los dos órdenes lo hacía imposible. Si los Ardeatinos estaban dispuestos a esperar que llegase el momento oportuno y a dejar la reparación de sus agravios en manos del Senado, luego se felicitarían por su moderación y descubrirían que los senadores estaban tan ansiosos porque no se les hiciera ninguna injusticia como porque la que se hubiera hecho se reparase rápidamente. Los embajadores dijeron que trasladarían todo el asunto de nuevo ante su Senado, luego fueron cortésmente despedidos.

Como el Estado estaba ahora sin ningún magistrado curul, los patricios se reunieron y nombraron a un interrex. Debido a una disputa acerca de si debían elegirse cónsules o tribunos militares, el interregno duró varios días. El interrex y el Senado trataron de asegurar la elección de cónsules; la plebe y sus tribunos la de tribunos militares. Ganó el Senado, pues los plebeyos estaban seguros de conferir cualquiera de los honores a los patricios y se abstuvieron de protestas vanas; mientras, sus líderes preferían una elección en la cual no tuvieran que dar sus votos a alguien indigno de desempeñar la magistratura. Los tribunos, también, renunciaron a una infructuosa protesta en beneficio de los líderes del Senado. Tito Quincio Barbado, el interrex, eligió como cónsules a Lucio Papirio Mugilano y a Lucio Sempronio Atratino -444 a.C.-. Durante su consulado se renovó el tratado con Ardea. Esta es la única prueba de que fueron los cónsules de ese año, pues no se les encuentra en los antiguos anales ni en la lista oficial de magistrados. La razón, según yo creo, fue que al haber al comienzo del año tribunos militares, los nombres de los cónsules que les sustituyeron fueron omitidos, como si los tribunos hubieran seguido en ejercicio durante todo el año. Según Licinio Macer, sus nombres se encontraron en la copia del tratado con Ardea, así como en los Libros Linteos del templo de Moneta [eran estos unos libros de tela o lienzo sobre tabla. Su uso en asuntos públicos está atestiguado hasta el siglo IV.-N. del T.]. A pesar de los síntomas alarmantes de disturbios entre las naciones vecinas, las cosas transcurrieron tranquilas, tanto en el extranjero como en casa.

[4,8] Tanto si hubo tribunos ese año como si fueron sustituidos por los cónsules, no hay duda de que al año siguiente -443 a.C.-los cónsules fueron Marco Geganio Macerino y Tito Quincio Capitolino; el primero fue cónsul por segunda vez, el último por quinta. Este año vio el comienzo de la censura, un cargo que, a partir de un comienzo modesto, llegó a ser de tal importancia que tenía la regulación de la conducta y la moral de Roma, el control del Senado y del orden ecuestre; la potestad para elevar y degradar también estaba en manos de estos magistrados; los derechos legales relativos a los lugares públicos y la propiedad privada, y los ingresos del pueblo romano, estaban bajo su control absoluto. Su origen se debió al hecho de que no se había celebrado un censo del pueblo durante muchos años, y ya no podía posponerse; pero los cónsules, con tantas guerras inminentes, no se sentían con plena libertad para afrontar la tarea. Se sugirió en el Senado que, como el asunto resultaría complicado y laborioso, no del todo adecuado para los cónsules, se necesitaba un magistrado especial que supervisara y custodiara las listas y tablas de registro y fijara la valoración de la propiedad y la situación de los ciudadanos a su discreción. Al no ser una propuesta de gran importancia, el Senado la aprobó gustosamente, ya que aumentaría el número de magistrados patricios del Estado, y yo creo que ellos preveían lo que realmente sucedió, que la influencia de quienes desempeñaran el cargo pronto aumentaría su autoridad y dignidad. Los tribunos, también, mirando más a la necesidad que ciertamente había de tal cargo que al prestigio de proporcionaría su administración, no se opusieron, para que no pareciese que se oponían hasta en los asuntos más pequeños. Los hombres más notables del Estado declinaron el honor, así que Papirio y Sempronio (sobre cuyos consulados hay dudas) fueron elegidos por el sufragio del pueblo para realizar el censo. Su elección para esta magistratura se hizo para recompensar el carácter incompleto de su consulado. Por las tareas que tenían que cumplir fueron llamados censores.

[4,9] Mientras esto ocurría en Roma, llegaron los embajadores de Ardea reclamando, en nombre de la antigua alianza y el tratado recientemente renovado, ayuda para su ciudad que había quedado casi destruida. No se les permitió, dijeron, disfrutar de la paz que en cumplimiento de la más sólida política habían mantenido con Roma, debido a conflictos internos. El origen y motivo de éstos se dice que fueron en parte unas luchas, que habían sido y serían más ruinosas para la mayoría de los Estados que las guerras exteriores o el hambre y la peste, o cualquiera de las otras cosas que se atribuyen a la ira de los dioses y que son los últimos males que un Estado pueda sufrir. Dos jóvenes cortejaban a una muchacha de origen plebeyo, célebre por su belleza. Uno de ellos, igual a la muchacha en nacimiento, era favorecido por sus tutores, que pertenecían a su misma clase; el otro, un joven noble cautivado únicamente por su belleza, era animado por la simpatía y buena voluntad de la nobleza. Este sentimiento incluso penetró parcialmente en la casa de la doncella, pues su madre, que deseaba para su hija un matrimonio tan alto como fuera posible, prefería al joven noble; mientras, los tutores, llevando su partidismo incluso hasta estos asuntos, trabajaban en favor del hombre de su propia clase. Como el asunto no se pudo resolver dentro de los muros de la casa, lo llevaron a juicio. Después de escuchar los razonamientos de la madre y de los tutores, los magistrados sentenciaron que se dispusiera el matrimonio de la muchacha de conformidad con los deseos de la madre. Pero fue más poderosa la violencia; pues lo tutores, tras arengar a cierto número de sus partidarios en el Foro sobre la iniquidad de la sentencia, reunieron un grupo de hombres y se llevaron a la doncella de casa de su madre. Fueron recibidos por una tropa aún más decidida de nobles, reunidos para acompañar a su joven compañero, que estaba furioso por el ultraje. Estalló una lucha desesperada y los plebeyos llevaron la peor parte. Con un espíritu muy diferente al de la plebe romana, marcharon completamente armados fuera de la ciudad y se apoderaron de una colina desde la que atacaron las tierras de los nobles y las asolaron a fuego y espada. Una multitud de artesanos, que no habían tomado parte previamente en el conflicto, excitados por la esperanza del saqueo, se unió a ellos y se hicieron los preparativos para sitiar la ciudad. Todos los horrores de la guerra estaban presentes en la ciudad, como si se hubiera infectado con la locura de los dos jóvenes que buscaban con las nupcias mortales la ruina de su país. Ambas partes consideraron la necesidad de reforzar sus fuerzas; los nobles acudieron a los romanos para que ayudaran a su sitiada ciudad; la plebe indujo a los volscos para que se les unieran en el ataque a Ardea. La volscos, bajo la dirección de Cluilio, el ecuo, fueron los primeros en llegar y establecieron líneas de circunvalación alrededor de los murallas enemigas. Cuando las noticias de esto llegaron a Roma, el cónsul Marco Geganio partió en seguida con un ejército y situó su campamento a tres millas [4440 metros.-N. del T.] del enemigo, y como el día ya declinaba ordenó a sus hombres que descansaran. En la cuarta vigilia [un poco antes del amanecer; la noche se dividía en cuatro vigilias o guardias.-N. del T.] ordenó avanzar, y con tanta rapidez se efectuó y completó la orden, que al amanecer los volscos se vieron cercados por una circunvalación aún más fuerte que la que ellos habían realizado alrededor de la ciudad. En otra parte, el cónsul construyó un camino cubierto hasta la muralla de Ardea por la que sus amigos en la ciudad pudieran ir y venir.

[4.10] Hasta ese momento, el comandante volsco no había dispuesto reservas de provisiones, pues había podido alimentar a su ejército con el grano que llevaban cada día desde los campos vecinos. Ahora, sin embargo, al verse de pronto encerrado por las líneas romanas, se encontró desprovisto de todo. Invitó al cónsul a una conferencia, y le dijo que si el motivo por el que habían venido los romanos era levantar el sitio, él retiraría a los volscos. El cónsul respondió que correspondía a la parte derrotada someterse a las condiciones, no imponerlas, y que como los volscos habían venido por su propia voluntad a atacar a los aliados de Roma, no se marcharían en los mismos términos. Les exigió deponer sus armas, entregar a su general y reconocer su derrota poniéndose a sus órdenes; de lo contrario, tanto se quedasen como se marchasen, él se mostraría como un enemigo implacable pues antes quería llevar a Roma una victoria sobre ellos que no una paz fingida. La única esperanza de los volscos estaba en sus armas, y aunque no eran muchas, se arriesgaron. El terreno les era desfavorable para luchar, y más aún para huir. Como eran masacrados por todas partes, pidieron cuartel, pero sólo se les permitió salir después que su general se hubo rendido, hubieron entregado las armas y se pusieron bajo el yugo. Apesadumbrados por la desgracia y el desastre, se marcharon cubiertos con una sola prenda cada uno. Se detuvieron cerca de la ciudad de Túsculo, y debido a un viejo rencor que esa ciudad guardaba contra ellos, les atacaron por sorpresa, e indefensos como estaban, sufrieron un severo castigo, dejando unos pocos para llevar noticia de la catástrofe. El cónsul resolvió los problemas en Ardea decapitando a los cabecillas de los desórdenes y confiscando sus bienes en beneficio del tesoro de la ciudad. Los ciudadanos consideraban que la injusticia de la reciente decisión [ver libro 3,72.-N. del T.] quedó compensada por el gran servicio que Roma les había prestado, pero el Senado pensada que aún se debía hacer algo para borrar el recuerdo de la avaricia pública. El cónsul Quincio logró la difícil tarea de rivalizar en su administración civil con la gloria militar de su colega. Mostró tanto cuidado en mantener la paz y la concordia administrando justicia equitativamente a los más altos y a los más bajos, que mientras el Senado le consideraba un cónsul severo, los plebeyos lo tenían por uno indulgente. Se mantuvo firme contra los tribunos más por su autoridad personal que con hechos concretos. Cinco consulados marcados por el mismo tenor de conducta, toda una vida vivida de una manera digna de un cónsul, investido el hombre mismo con casi más reverencia que el cargo que ocupaba. Mientras estos dos hombres fueron cónsules no se habló de tribunos militares.

[4.11] Los nuevos cónsules fueron Marco Fabio Vibulano y Postumio Ebucio Cornicine -442 a.C.-. El año anterior fue considerado por los pueblos vecinos, fueran amistosos u hostiles, como el más memorable debido a la dificultad de los problemas asumidos para ayudar a Ardea en su peligro. Los nuevos cónsules, conscientes de que sucedían a hombres que se habían distinguido tanto en casa como en el exterior, estaban ansiosos por borrar de la mente de los hombres la infame sentencia. En consecuencia, obtuvieron un decreto senatorial ordenando que como la población de Ardea había sido gravemente reducida por los disturbios internos, un cuerpo de colonos se enviaría allí como protección contra los volscos. Este fue el motivo alegado en el texto del decreto, para ocultar su intención de anular la sentencia sin que sospechase la plebe y los tribunos. Habían acordado privadamente, no obstante, que la mayoría de los colonos serían rutulianos, que no se les daría otras tierras que las que se habían apropiado bajo la sentencia infame, y que ni un terrón se asignaría a un romano hasta que todos los rutulianos hubieran recibido su lote. Así volvió la tierra a los ardeatinos. Agripa Menenio, Tito Cluilio Sículo y Marco Ebucios Helva fueron los triunviros designados para supervisar el asentamiento de la colonia. Su cargo resultó no sólo muy impopular, sino que ofendió mucho a la plebe al repartir a los aliados tierras que la plebe había declarado oficialmente de su propiedad. Ni siquiera contaron con el favor de los líderes de los patricios, porque rehusaron dejarse influir por ellos. Los tribunos les encausaron, pero evitaron las actuaciones vejatorias al inscribirse a sí mismos entre los colonos y permaneciendo en la colonia que ahora poseían como testimonio de su justicia e integridad.

[4.12] Hubo paz en el extranjero y en el hogar durante este año y el año siguiente, cuando Cayo Furio Pacilo y Marco Papirio Craso fueron cónsules -441 a.C.-. Los Juegos Sagrados, que de acuerdo con un decreto senatorial habían sido dedicados por los decenviros con ocasión de la secesión de la plebe, se celebraron ese año. Petilio, que volvió a plantear la cuestión de la división del territorio, fue nombrado tribuno. Hizo esfuerzos infructuosos para provocar una sedición, y fue incapaz de prevalecer sobre los cónsules para llevar la cuestión ante el Senado. Después de gran lucha logró que el Senado debiera ser consultado tanto para las siguientes elecciones de cónsules como de tribunos consulares. Ordenaron que se eligieran cónsules. Se rieron de las amenazas del tribuno cuando amenazó con obstruir el alistamiento en un momento en que los estados vecinos estaban en paz y no había necesidad de guerra ni de prepararse para ella. Próculo Geganio Macerino y Lucio Menenio Lanato fueron los cónsules para el año -440 a.C.-que siguió a este estado de tranquilidad; un año notable por los múltiples desastres y peligros, sediciones, hambre y riesgo inminente de que el pueblo fuese sobornado e inclinase su cuello ante un poder despótico. Sólo faltaba una guerra extranjera. Si ésta hubiera ocurrido, para agravar el malestar universal, no habría sido posible resistir aún con la ayuda de todos los dioses.

Las desgracias empezaron con una hambruna, debida según unos a que el año no había sido favorable para los cultivos, o a que los cultivos habían sido abandonados por la atracción de los asuntos políticos y la vida en la Ciudad; ambos motivos fueron aducidos. El Senado culpó a la pereza de la plebe, los tribunos acusaban a los cónsules unas veces de falta de honradez y otras de negligencia. Por fin indujeron a la plebe, con la aquiescencia del Senado, para que nombrasen como Prefecto de la Anona [Praefectus Annonae en el original latino: encargado del suministro de grano a la Ciudad. Aún no se trataba de una magistratura anual y regular sino, más bien, de un cargo extraordinario.-N. del T.] a Lucio Minucio. En ese puesto tuvo más éxito como vigilante de la libertad que en el desempeño de su cargo, aunque al final se ganó merecidamente la gratitud y la reputación de haber aliviado la escasez. Envió a numerosos agentes por mar y tierra para visitar a las naciones vecinas pero, con la única excepción de Etruria, que presentó una oferta reducida, su misión fue infructuosa y no alivió el mercado. Se dedicó entonces a administrar cuidadosamente la escasez, y obligó a todos los que tenían algún grano a declarar la cantidad, y tras detraer el suministro de un mes para su propio consumo, vendió el resto al Estado. Reduciendo las raciones diarias de los esclavos a la mitad, sometiendo a los comerciantes de grano a la execración pública, con métodos rigurosos e inquisitoriales puso al descubierto la escasez y también la alivió. Muchos de la plebe perdieron toda esperanza, y en vez de arrastrar una vida de miseria se cubrieron la cabeza y se arrojaron al Tíber.

[4.13] Fue por ese tiempo cuando Espurio Melio, miembro del orden ecuestre y un hombre muy rico para esos días, se dio a una empresa, útil en sí misma, pero que sentaba un muy mal precedente y estaba dictada por motivos aún peores. A través de la intermediación de sus clientes y amigos extranjeros compró grano en Etruria, y esta misma circunstancia, creo, obstaculizó los esfuerzos del Gobierno por abaratar el mercado. Distribuyó gratuitamente ese grano y así se ganó el corazón de los plebeyos con su generosidad, de modo que donde quiera que fuese le acompañaba mucha gente que le veía como si fuera más que un simple mortal, y su popularidad parecía un presagio seguro de un consulado. Pero las mentes de los hombres nunca están satisfechas con las promesas de la Fortuna, y empezó a codiciar los más altos e inalcanzables objetivos; sabía que el consultado tendría que ganarse contra el deseo de los patricios, así que empezó a soñar con la realeza. Consideraba ésta como la única recompensa digna de sus grandes esfuerzos y gestiones. Las elecciones consulares estaban a punto de celebrarse, y como sus planes aún no habían madurado, esta circunstancia mostró ser su ruina. Tito Quincio Capitolino, un hombre muy difícil para cualquiera que pensase en una revolución, fue elegido cónsul por sexta vez, y Agripa Menenio, apodado Lanato, le fue asignado como colega -439 a.C.-. Lucio Minucio fue nombrado de nuevo Prefecto de la Anona, o bien su designación inicial lo era por tiempo indefinido mientras lo exigiesen las circunstancias; no hay nada definitivamente establecido más allá del hecho de que el nombre del prefecto fue incluido en los Libros Linteos entre los magistrados de ambos años. Minucio se encontraba desempeñando la misma función como funcionario del Estado que Melio había adoptado como ciudadano privado, y la misma clase de personas frecuentaban las dos casas. Hizo un descubrimiento que puso en conocimiento del Senado, a saber, que se estaban reuniendo armas en casa de Melio y que éste estaba manteniendo reuniones secretas donde se estaba planeando, sin duda, establecer una monarquía. El momento de para la acción no ha sido aún fijado, pero todo lo demás se había acordado; se había comprado a los tribunos para que traicionasen las libertades del pueblo, y a estos jefes del populacho se les había encargado diversas partes. Había, dijo, retrasado la presentación del informe casi hasta resultar demasiado tarde para la seguridad pública, para que no aparecer como autor de sospechas vagas y sin fundamento.

Al oír esto los líderes del Senado censuraron a los cónsules del año anterior por haber permitido las distribuciones gratuitas de trigo y las reuniones secretas subsiguientes, y fueron igualmente severos con los nuevos cónsules por haber esperado hasta que el Prefecto de la Anona hubiera hecho su informe, pues un asunto de tanta importancia no sólo tendría que haber sido denunciado por ellos, sino que también debían haberse ocupado de él. En respuesta, Quincio dijo que la censura contra los cónsules era inmerecida ya que, obstaculizados como estaban por las leyes que daban derecho de apelación, que se aprobaron para debilitar su autoridad, estaban lejos de poseer tanto poder como voluntad de castigar a los atroces con la severidad que merecían. Lo que se quería era no sólo un hombre fuerte, sino uno que fuera libre de actuar, sin ataduras legales. Él, por lo tanto, debía proponer a Lucio Quincio como dictador, pues tenía el coraje y la resolución que exigían tan grandes poderes. Todos aprobaron esta propuesta. Quincio al principio se negó y les preguntó qué pretendían exponiéndolo al final de su vida a una lucha tan amarga. Por fin, después que de todas partes de la Cámara le llovieran bien merecidos elogios y se le asegurase que "en mente de tanta edad no sólo había más sabiduría, sino también más valor que en todas las demás", mientras el cónsul se adhería a su decisión, consintió. Después de una orar a los dioses inmortales para que en momento de tanto peligro su vejez no resultase fuente de dato o descrédito para la república, Cincinato fue nombrado dictador. Nombró a Cayo Servilio Ahala como jefe de caballería -439 a.C.-.

[4.14] Al día siguiente, después de situar guardias en diferentes puntos, bajó al Foro. La novedad y el misterio de la cuestión atrajo hacia él la atención de la plebe. Melio y sus aliados se dieron cuenta de que este tremendo poder se dirigía contra ellos, mientras que los que no sabían nada de la trama preguntaban qué disturbios o guerra repentina requerían de la suprema autoridad de un dictador, y aún que Quincio, a sus ochenta años, asumiese el gobierno de la república. Servilio, el jefe de caballería, fue enviado por el dictador a Melio con un mensaje: "El dictador te convoca". Alarmado por la citación, le preguntó qué significaba. Servilio le explicó que tenía que afrontar su juicio y defenderse de la acusación formulada contra él por Minucio en el Senado. En éstas, Medio se retiró entre su grupo de seguidores y mirando alrededor de ellos empezó a escabullirse; entonces un funcionario, por orden del jefe de caballería, le atrapó y empezó a llevárselo. Los espectadores lo rescataron, y mientras huía imploró "la protección de la plebe romana", y dijo que era víctima de una conspiración entre los patricios porque había actuado con generosidad hacia la plebe. Él los invitó a venir en su ayuda en esta crisis terrible, y no sufrir que lo masacraran ante sus ojos. Mientras él hacía estos llamamientos, Servilio le persiguió y lo mató. Salpicado con la sangre del hombre muerto y rodeado por un grupo de jóvenes patricios, regresó donde estaba el dictador y le informó de que Melio, tras ser convocado a comparecer ante él, había rechazado a su funcionario e incitado al populacho a un motín, y que ahora había recibido el castigo que merecía. "¡Bien hecho!", dijo el dictador "Cayo Servilio, has salvado a la República".

[4.15] El pueblo no sabía qué hacer respecto a estos hechos y estaba cada vez excitado. El dictador ordenó que se le convocara a una Asamblea. Les declaró abiertamente que Melio había sido muerto legalmente, incluso si no hubiera sido culpable del cargo de aspirar al poder real, porque se negó a presentarse ante el dictador cuando fue convocado por el jefe de caballería. Que él, Cincinato, se había dedicado a investigar el caso; que después que lo hubiera investigado, Melio habría sido tratado de acuerdo con el resultado. Que al emplear la fuerza, para que no se le pudiera citar a juicio, se le tuvo que obligar a la fuerza. Ni se debía proceder con él como con un ciudadano que, habiendo nacido en un Estado libre bajo leyes y derechos asentados, en una Ciudad de la que él sabía que se había expulsado la monarquía; y que en el mismo año, a los hijos de la hermana del rey y a los hijos del cónsul que liberó a su patria les había condenado a muerte su propio padre, al descubrirse que habían conspirado para restaurar la realeza en la Ciudad; una Ciudad en que a Colatino Tarquinio el cónsul, odiado por su nombre, se le ordenó dimitir de su magistratura y marchar al exilio; en la que se ejecutó a Espurio Casio varios años después por hacer planes para asumir la soberanía; en la que los decenviros fueron recientemente condenados con la confiscación, el exilio y la muerte por su tiranía y despotismo; ¡en esa Ciudad Melio había planeado obtener el poder Real! ¿Y quién era este hombre? Porque ni la nobleza de nacimiento, ni los honores, ni los servicios al Estado abrían el camino de ningún hombre al poder soberano; ni aún a los Claudios ni a los Casios, por sus consulados, sus decenviratos, sus propios méritos y los de sus antepasados, ni por el esplendor de sus familias, se les permitió que aspirasen a alturas a las que resultaba impío elevarse. Pero Espurio Melio, para quien el tribunado de la plebe era más un objeto de deseo que una aspiración, un rico mercader de grano, había concebido la esperanza de comprar la libertad de sus compatriotas por dos libras de farro; había supuesto que un pueblo victorioso sobre todos sus vecinos podía ser arrastrado a la servidumbre arrojándole unos puñados de comida; ¡que a una persona a quien el Estado difícilmente podría digerir como senador, la toleraría como rey, en posesión de las insignias y autoridad de Rómulo, su fundador, que había descendido y luego regresado entre los dioses! Su acción debía ser considerada más una monstruosidad que un delito; y para expiar tal monstruosidad no bastaba con su sangre: se debían arrasar hasta allanarlo los muros entre los que se concibió tal locura, y su propiedad, contaminada por el precio de la traición, debía ser confiscada por el Estado. Ordenó, por lo tanto, que los cuestores vendieran esta propiedad y depositaran los beneficios en el Tesoro.

[4.16] A continuación dio órdenes para que la casa fuese inmediatamente arrasada y que el lugar donde estuvo fuese un perpetuo recordatorio de las impías esperanzas aplastadas. Posteriormente fue llamado el Equimelio. Lucio Minucio se presentó con la imagen de un buey de oro a las afueras de la puerta Trigemina. Como distribuyera el grano que había pertenecido a Melio al precio de un as por modio [el modio civil equivalía a unos 8,752 litros; el militar a 17,504 litros.-N. del T.], la plebe no planteó ninguna objeción a que se le honrase así: Encuentro dicho por algunos autores que este Minucio se pasó de los patricios a los plebeyos y que, después de ser elegido como undécimo tribuno, sofocó un disturbio que se produjo como consecuencia de la muerte de Melio. Resulta, sin embargo, difícilmente creíble que el Senado hubiera permitido este incremento en el número de los tribunos; o que un patricio, sobre todo, hubiera sentado tal precedente; ni que la plebe, tras serle concedida, no la mantuviera o por lo menos lo intentase. Pero la refutación más concluyente de la falsedad de la inscripción de la estatua se halla en la disposición legal, aprobada unos años antes, por la cual no era legal que los tribunos eligiesen un colega. Quinto Cecilio, Quinto Junio y Sexto Ticinio fueron los únicos miembros del colegio de tribunos que no apoyaron la propuesta de honrar a Minucio; y nunca dejaron de atacarles, unas veces a Minucio y otras a Servilio, ante la Asamblea ni de acusarles de la muerte inmerecida de Melio. Tuvieron éxito al asegurarse, en las siguientes elecciones, el nombramiento de tribunos militares en vez de cónsules, pues no tenían dudas de que para las seis vacantes (el número que se podía elegir en ese momento) serían elegidos algunos plebeyos, al darse cuenta de que ellos podrían vengar la muerte de Melio. Pero a pesar de la inquietud de los plebeyos por las muchas conmociones del año, no consiguieron nombrar más que tres tribunos con poderes consulares; entre ellos, Lucio Quincio, el hijo del Cincinato que, como dictador, levantó tanto odio que dio pretexto para los disturbios. Mamerco Emilio, hombre de la mayor dignidad, consiguió el mayor número de votos y Lucio Julio quedó en tercer lugar -438 a.C.-.

[4.17] Durante su magistratura, Fidenas, una colonia romana, se rebelaron y entregaron a Lars Tolumnio, rey de los veyentinos. La revuelta se agravó por un delito, a saber: Cayo Fulcinio, Clelio Tulio, Espurio Ancio y Lucio Roscio, que fueron enviados como embajadores para conocer las razones de este cambio de política, fueron asesinados por orden de Tolumnio. Algunos tratan de exculpar al rey, alegando que mientras jugaba a los dados hizo un lanzamiento afortunado y empleó una expresión ambigua que podía haber sido tomada como una orden para matarlos, y que los fidenenses lo tomaron así y esta fue la causa de la muerte de los embajadores. Esto resulta increíble; no es posible creer que cuando los fidenenses, sus nuevos aliados, llegasen para consultarle el cometer un asesinato que violaba el derecho de gentes, él hubiera vuelto sus pensamientos al juego, o que luego hubiera imputado el crimen a un malentendido. Es mucho más probable que él desease implicar a los fidenenses en tan horrible crimen, para que no les fuera posible esperar una reconciliación con Roma. Las estatuas de los embajadores asesinados se pusieron en los Rostra [tribuna desde la que se hacían los discursos en el Foro y que, desde el año 338 a.C., estaba adornada con los "rostra" o espolones de los navíos tomados a los anciates.-N. del T.]. Debido a la proximidad entre veyentinos y fidenenses, y todavía más por el nefasto crimen mediante el que habían comenzado la guerra, la lucha se presumía atroz. La intranquilidad por la seguridad nacional mantuvo tranquila a la plebe, y sus tribunos no plantearon dificultad para la elección de Marco Geganio Macerino como cónsul por tercera vez y de Lucio Sergio Fidenas, quien, según creo, fue así llamado por la guerra que después llevó a cabo -437 a.C.-. Él fue el primero que venció en un combate contra el rey de Veyes, a este lado del Anio. La victoria que obtuvo no fue de ninguna manera incruenta; hubo más duelo por los compatriotas muertos que alegría por la derrota enemiga. Debido la situación crítica de los asuntos públicos, el Senado ordenó que Mamerco Emilio fuera proclamado dictador. Eligió como su jefe de caballería a Lucio Quincio Cincinato, que había sido su colega en el colegio de tribunos consulares el año anterior, un hombre joven digno de su padre. A las fuerzas alistadas por los cónsules se añadió un cierto número de centuriones veteranos, expertos en la guerra, para completar el número de los que se perdieron en la última batalla. El dictador ordenó a Tito Quincio Capitolino y a Marco Fabio Vibulano que lo acompañaran como segundos al mando. El mayor poder del dictador, en manos de un hombre digno del mismo, desalojó al enemigo del territorio romano y lo envió al otro lado del Anio. Ocupó la línea de colinas entre Fidenas y el Anio, donde se atrincheró, y no bajó a las llanuras hasta las legiones de los faliscos llegaron en su apoyo. Luego, se levantó el campamento de los etruscos ante las murallas de Fidenas. El dictador romano eligió una posición no muy lejos de ellos, en la desembocadura del Anio en el Tíber, y extendió sus líneas tanto como pudo de un río al otro. Al día siguiente presentó batalla.

[4.18] Entre el enemigo había diversidad de opiniones. Los de Faleria, impacientes por estar sirviendo tan lejos de su hogar y llenos de autoconfianza, deseaban combatir; los de Veyes y Fidenas tenían más esperanzas en una prolongación de la guerra. Aunque Tolumnio estaba más inclinado a la opinión de sus propios hombres, anunció daría batalla al día siguiente, por si los faliscos se negasen a servir en una campaña larga. Esta vacilación por parte del enemigo dio al dictador y a los romanos nuevos ánimos. Al día siguiente, mientras los soldados decían que si no tenían la oportunidad de luchar atacarían el campamento enemigo y la ciudad, ambos ejércitos avanzaron sobre el terreno entre sus respectivos campamentos. El general veyentino, que era muy superior en número, envió un destacamento alrededor de la parte posterior de las colinas para atacar el campamento romano durante la batalla. Los ejércitos de los tres Estados estaban situados así: Los veyentinos ocupaban el ala derecha, los faliscos la izquierda y los fidenenses el centro. El dictador llevó a su ala derecha contra los faliscos, Quincio Capitolino condujo el ataque de la izquierda contra los veyentinos mientras el jefe de caballería avanzó con sus jinetes contra el centro enemigo. Por unos instantes todo quedó en silencio e inmóvil, pues los etruscos no iniciarían la lucha a menos que se vieran obligados, y el dictador estaba mirando la Ciudadela de Roma y esperando la señal convenida de los augures, tan pronto como los augurios resultasen favorables. Tan pronto vio la señal, lanzó a la caballería que, dando un fuerte grito de guerra, cargó; la infantería la siguió en un ataque furioso. En ningún sitio aguantaron las legiones etruscas la carga romana; su caballería ofreció la mayor resistencia y el rey, con mucho el más valiente de ellos, cargó contra los romanos y mientras los perseguía en todas direcciones prolongó así el combate.

[4.19] Hubo ese día en la caballería un tribuno militar llamado Aulo Cornelio Coso, un hombre muy bien parecido y también muy distinguido por su fortaleza y valor, orgulloso de su nombre que, ilustre cuando lo heredó, aún lo sería más cuando lo legase a la posteridad. Cuando vio a los escuadrones romanos deshechos en todas partes por las repetidas cargas de Tolumnio montó, y reconociéndole por sus vestiduras reales al galopar entre sus líneas, exclamó: "¡¿Es éste el quebrantador de los tratados entre los hombres, el violador del derecho de gentes?! Si es voluntad del Cielo que exista algo sagrado en la tierra, mataré a este hombre y lo ofreceré en sacrificio a los manes de los embajadores asesinados". Picando espuelas a su caballo arremetió con la lanza en ristre contra este único enemigo, y habiéndole alcanzado y desmontado, saltó al suelo con ayuda de su lanza. Como el rey intentaba levantarse, le empujó de nuevo con el umbo de su escudo y lo clavó en tierra con repetidos golpes de lanza. Luego despojó el cuerpo sin vida y cortando su cabeza la hincó en su lanza, y llevándola en triunfo derrotó al enemigo que se aterró por la muerte del rey. Así la caballería enemiga, que por sí sola había puesto en duda el resultado de la batalla, se unió a la desbandada general. El dictador persiguió de cerca a las legiones que huían y las empujó a su campamento con gran mortandad. La mayoría de los fidenenses, que estaban familiarizados con el país, huyeron a las colinas. Coso, con la caballería, cruzó el Tíber y llevó a la Ciudad una enorme cantidad de botín del país de los veyentinos. Durante la batalla, también hubo un combate en el campamento romano con el destacamento que, como ya se dijo, Tolumnio había enviado para atacarlo. Fabio Vibulano, en un primer momento, se limitó defender la empalizada; luego, mientras la atención del enemigo se concentraba en forzar la valla, hizo una salida por la Puerta Principal con los triarios, a la derecha, y su ataque por sorpresa produjo tanto pánico al enemigo que aunque hubo menos muertos, por el menor número implicado, la huída fue tan desordenada como la del combate principal.

[4.20] Victorioso en todas partes, el dictador regresó a casa para disfrutar el honor de un Triunfo concedido por decreto del Senado y resolución de la plebe. Con mucho, la mejor visión del desfile resultó ver a Coso llevando los mejores despojos

[spolia opima en el original latino: las armas y/o armadura u otros artículos tomados del enemigo derrotado; constituían la más preciada recompensa de un guerrero romano y sólo se reconocieron en tres ocasiones.-N. del T.] del rey a quien había dado muerte. Los soldados cantaban canciones groseras en su honor y le ponían a la altura de Rómulo. Dedicó solemnemente el botín a Júpiter Feretrio y los puso en su templo, cerca de los de Rómulo, que al ser los únicos en aquellos días, eran llamados prima opima [primeros mejores (despojos).- N. del T.]. Todas las miradas se volvían del carro del dictador a él; casi monopolizó los honores de la jornada. Por orden del pueblo, se encargó una corona de oro a expensas públicas, y fue colocada por el dictador en el Capitolio como ofrenda a Júpiter. Siguiendo a todos los escritores antiguos, he presentado a Coso como un tribuno militar llevando los segundos mejores despojos al templo de Júpiter Feretrio. Pero la denominación de spolia opima está restringida a aquellas que un comandante en jefe arrebata a otro comandante en jefe; también sabemos que no hay más comandante en jefe que aquel que dirige la guerra bajo los auspicios, y yo y los escritores antiguos nos vemos además refutados por la actual inscripción en los despojos, que declara que Coso las obtuvo cuando era cónsul. César Augusto, el fundador y restaurador de todos los templos, reconstruyó el templo de Júpiter Feretrio, que había caído en la ruina a causa de la edad, y una vez le oí decir que después de entrar en él leyó esa inscripción en los Libros Linteos con sus propios ojos. Después de eso, me pareció que sería casi un sacrilegio dejar de otorgar a Coso las pruebas sobre su botín dadas por el César, que restauró que templo. El error, si lo hay, puede haber surgido del hecho de que los antiguos anales y los Libros Linteos (las listas de magistrados conservados en el templo de Moneta que Licinio Macer cita frecuentemente como autoridades [hoy diríamos que las cita "como fuentes".-N. del T.] tienen un Aulo Cornelio Coso como cónsul junto a Tito Quincio Peno, diez años después; sobre esto que cada hombre juzgue por sí mismo. Porque la única razón para que esta famosa batalla no se pueda retrasar a dicha fecha posterior es que durante los tres años que precedieron y siguieron al consulado de Coso fue imposible la guerra, por culpa de la peste y el hambre; de manera que varios de los anales, como si fueran registros de defunciones, no dan más que los nombres de los cónsules. El tercer año después de su consulado aparece el nombre de Coso como tribuno consular, y en el mismo año se le presenta como jefe de caballería, en cuyo desempeño combatió en otra brillante acción de caballería. Cada uno es libre de formar sus propias conjeturas; estos puntos dudosos, en mi opinión, pueden sustentar cualquier opinión. El hecho es que el hombre que libró el combate puso el botín recién ganado en el santuario sagrado cerca del mismo Júpiter, a quien fueron consagrados, con Rómulo a la vista (dos testigos poco dudosos de cualquier falsificación) y que se describió a sí mismo en la inscripción como "Aulo Cornelio Coso, cónsul".

[4.21] Marco Cornelio Maluginense y Lucio Papirio Craso fueron los siguientes cónsules -436 a.C.-. Se condujo a los ejércitos a territorio de los veyentinos y los faliscos, capturando hombres y ganado. No se halló enemigo en campo abierto, ni hubo ocasión alguna de luchar. Sus ciudades, sin embargo, no fueron atacados, pues el pueblo sufrió una epidemia. Espurio Melio, un tribuno de la plebe, trató de provocar alborotos, pero no lo consiguió. Basándose en la popularidad de su nombre, acusó a Minucio y presentó una propuesta para que se confiscaran las propiedades de Servilio Ahala, con el pretexto de que Melio había sido víctima de una falsa acusación por Minucio, mientras que Servilio era culpable de condenar a muerte a un ciudadano sin juicio. La gente prestó menos atención a estas acusaciones, incluso, que a su autor; estaban mucho más preocupados por el aumento de la virulencia de la epidemia y por los terribles presagios; la mayor parte de ellos versaban sobre terremotos que arruinaron las casas de distritos enteros del país. Por lo tanto, el pueblo ofreció una súplica solemne, dirigida por los duumviros

[pudiera tratarse de los duumviri sacrorum, que guardaban e interpretaban los oráculos de las sibilas y prescribían las ceremonias para los sacrificios.- N. del T.]. El año siguiente -435 a.C.-, cuando fueron cónsules Cayo Julio por segunda vez, y Lucio Verginio, fue aún más grave y se produjo tan alarmante desolación en la Ciudad y en el campo que ninguna partida de saqueo partió de territorio romano ni tampoco el Senado o la plebe pensaban en tomar la ofensiva. Los fidenenses, sin embargo, que al principio habían permanecido en sus montañas y pueblos amurallados, bajaron hasta territorio romano y lo devastaron. Como no se pudo inducir a los faliscos para que reanudaran la guerra, ni por las peticiones de sus aliados ni por el hecho de que Roma estaba postrada por la epidemia, los fidenenses invitaron al ejército veyentino y ambos Estados cruzaron el Anio y desplegaron sus estandartes no lejos de la Puerta Colina. La alarma fue tan grande en la Ciudad como en los distritos rurales. El cónsul Julio dispuso sus tropas en el terraplén y la muralla; Verginius convocó al Senado en el templo de Quirino. Decretaron que Quinto Servilio debía ser nombrado dictador. Según una tradición, se apellidaba Prisco; según otra, Estructo. Verginio esperó hasta que pudo consultar a su colega; al obtener su consentimiento, nombró al dictador por la noche -434 a.C.-. Éste nombró a Postumio Ebucio Helva como jefe de caballería.

[4.22] El dictador emitió una orden para que todos se reunieran fuera de la Puerta Colina al amanecer. Cada hombre lo bastante fuerte para portar las armas estaba presente. Los estandartes fueron trasladados rápidamente desde el Tesoro hasta donde estaba el dictador. Mientras se tomaban estas disposiciones, el enemigo se retiró a los pies de las colinas. El dictador les siguió con un ejército ansioso por combatir y se les enfrentó no lejos de Nomento. Las legiones etruscas fueron derrotadas y expulsadas hasta Fidenas; el dictador sitió la plaza con empalizadas de circunvalación. Pero, debido a su elevada posición y grandes fortificaciones, la ciudad no podía ser tomada al asalto; un bloqueo resultaba bastante poco eficaz, pues a la ciudad se le había suministrado grano suficiente para sus necesidades actuales y también tenían llenos sus almacenes con antelación. Así que abandonaron cualquier esperanza de rendir la plaza por asalto o por hambre. Al estar cerca de Roma, la naturaleza del terreno era bien conocida y el dictador era consciente de que el lado de la ciudad más alejado de su campamento estaba más débilmente fortificado debido a su fortaleza natural. Decidió hacer una mina desde ese lado hasta la ciudadela. Formó su ejército en cuatro divisiones, que se turnaban en la lucha; al mantener un ataque constante sobre las murallas desde todas direcciones, día y noche, impedía que el enemigo se diera cuenta de la obra. Por fin la colina fue horadada y quedó abierto el camino desde el campamento romano hasta la ciudadela. Mientras desviaban la atención de los etruscos, mediante ataques fingidos, del peligro real, los gritos del enemigo sobre sus cabezas les advirtieron de que la ciudad había sido tomada. Ese año, los censores Cayo Furio Pacilo y Marco Geganio Macerino asentaron la Villa Pública en el Campo de Marte

[Villam Publicam en el original latino: edificio destinado a usos públicos como el archivo del censo, recepción de embajadores, etcétera.-N. del T.], y se hizo por primera vez el censo del pueblo.

[4,23] Encuentro en Licino Macer que los mismos cónsules fueron reelegidos para el año siguiente, Julio por tercera vez y Verginio por segunda -433 a.C.-. Valerio Antias y Quinto Tubero dan a Marco Manlio y a Quinto Sulpicio como los cónsules de ese año. A pesar de esta discrepancia, tanto Tubero como Macer dicen basarse en la autoridad de los Libros Linteos; ambos admiten que en los historiadores antiguos se afirmaba que hubo tribunos militares ese año. Licinio considera que debemos seguir sin vacilar los Libros Linteos; Tubero no termina de decidirse sobre cuál es la verdad. Pero entre los muchos puntos oscuros que dejó el transcurso del tiempo, éste también queda sin resolver. La captura de Fidenas produjo alarma en Etruria. No sólo temían los veyentinos un destino similar, sino que tampoco los faliscos habían olvidado la guerra que habían empezado aliados a ellos, aunque no hubiesen tomado parte en su reanudación. Los dos Estados enviaron delegados a los doce pueblos y, en cumplimiento de su solicitud, se convocó una reunión del Consejo Nacional de Etruria, a celebrar en el templo de Voltumna [sito en Volsines (hoy Bolsena).-N. del T.]. Como parecía inminente un gran conflicto, el Senado decretó que Mamerco Emilio debía ser nuevamente designado dictador. Aulo Postumio Tuberto fue nombrado jefe de caballería. Los preparativos para la guerra se hicieron ahora con más energía que la última vez, pues se esperaba más daño desde toda la Etruria junta que de sólo dos de sus ciudades.

[4.24] Las cosas transcurrieron más tranquilamente de lo que nadie esperaba. Unos comerciantes trajeron la noticia de que se había negado la ayuda a los veyentinos; se les dijo que prosiguieran con sus propios medios la guerra que habían comenzado por su cuenta y que no buscaran, ahora que estaban en dificultades, aliados entre aquellos en quienes no quisieron confiar cuando eran las cosas les iban bien. El dictador estaba privado de toda oportunidad de adquirir fama en la guerra, pero él estaba ansioso de conseguir algo por lo que se recordase su dictadura y que evitase que pareciese un nombramiento innecesario; por consiguiente, tomó disposiciones para acortar el tiempo de la censura, fuese por pensar que tenía demasiado poder o porque le pareciese peor su larga duración, que no la grandeza del cargo. En consecuencia, convocó a la Asamblea y dijo que como los dioses se habían encargado de conducir los asuntos exteriores del Estado y asegurar todas las cosas, él haría lo necesario intramuros y se ocuparía de las libertades del pueblo romano. Estas libertades estaban más debidamente protegidas cuando lo la mayoría de los que tenían las grandes potencias no tienen ellos de largo, y cuando las oficinas que no podrían ser limitados en su jurisdicción fueron limitados en su tenencia. Mientras que las demás magistraturas eran anuales, la censura era quinquenal. Resultaba un agravio tener que vivir a merced de los mismos hombres durante tantos años, de hecho durante una parte considerable de la vida de uno. Él iba a promulgar una ley para que la censura no durase más que dieciocho meses. Promulgó la ley al día siguiente, entre la aprobación entusiasta de la gente, y luego hizo el siguiente anuncio: "Para que sepáis realmente, Quirites, cuánto desapruebo una gobernación prolongada, renuncio ahora a mi dictadura". Después de abdicar así de su propia magistratura y haber limitado la otra, fue acompañado a su casa entre muestras de buena voluntad y sinceras felicitaciones del pueblo. Los censores se mostraron indignados con Mamerco por haber limitado el poder de un magistrado romano; lo expulsaron de su tribu, incrementaron ocho veces su censo. Quedó registrado que lo sobrellevó magnánimo, pensando más en la causa que condujo a la ignominia que le infligían, que a la ignominia en sí. Los principales hombres entre los patricios, a pesar de desaprobar la limitación impuesta a la jurisdicción de la censura, quedaron sorprendidos por tan duro ejercicio del poder, pues cada uno reconocía que estaría sujeto al poder censorial más frecuentemente y por más tiempo de lo que podrían ejercer ellos mismos el cargo. En todo caso, el pueblo, según se dice, se sintió más indignado que nadie; pero Mamerco tenía la autoridad suficiente para proteger a los censores de la violencia.

[4.25] Los tribunos de la plebe celebraron constantes reuniones de la Asamblea con miras a impedir la elección de los cónsules, y después de plantear asuntos casi hasta el nombramiento de un interrex, lograron que se eligieran tribunos militares consulares. Buscaron plebeyos a los que elegir como recompensa a sus esfuerzos, pero no se presentó ninguno; todos los elegidos fueron patricios. Sus nombres eran: Marco Fabio Vibulano, Marco Folio, y Lucio Sergio Fidenas. La peste de ese año -433 a.C.-mantuvo todo en calma. Los duumviros ejecutaron muchas cosas, prescritas por los libros sagrados, para apaciguar la ira de los dioses y eliminar la peste del pueblo. La tasa de mortalidad, no obstante, fue elevada tanto en la Ciudad como en los distritos agrarios; hombres y bestias perecieron por igual. Debido a las pérdidas entre los agricultores, se temió por una hambruna a consecuencia de la peste y se enviaron agentes a Etruria, al territorio pontino y Cumas, y luego hasta a Sicilia para obtener grano. No se hizo mención de la elección de los cónsules; fueron nombrados tribunos militares consulares, todos patricios. Sus nombres eran Lucio Pinario Mamerco, Lucio Furio Medulino y Espurio Postumio Albo. En este año -432 a.C.-la violencia de la epidemia disminuyó y no hubo escasez de grano, debido a la provisión que se había hecho. Se discutieron proyectos de guerra en los consejos nacionales de los volscos y ecuos y, en Etruria, en el templo de Voltumna. Allí, la cuestión se aplazó por un año y se aprobó un decreto para que no se celebrara ningún Consejo hasta trascurrido el año, a pesar de las protestas de los veyentinos, quienes declararon que el mismo destino que se había apoderado de Fidenas los amenazaba.

En Roma, mientras tanto, los dirigentes de la plebe, al ver que no tenían esperanzas de alcanzar mayores dignidades mientras hubiera paz en el exterior, se reunieron en las casas de los tribunos donde discutieron sus planes en secreto. Se quejaban de que habían sido tratados con tal desprecio por la plebe, que aunque ahora se habían elegido tribunos militares consulares durante varios años, ni un solo plebeyo había alcanzado dicho cargo. Sus antepasados habían mostrado mucha previsión al asegurarse de que las magistraturas plebeyas no estuviesen abiertas a los patricios; de lo contrario, deberían haber tenido a patricios como tribunos de la plebe, pues tan insignificantes eran a ojos de su propio orden que eran menospreciados por los plebeyos tanto como por los patricios. Otros exculpaban al pueblo y echaban la culpa a los patricios, porque su falta de escrúpulos y su ambición cerraban la carrera de honores [ad honorem iter en el original: sinónimo del cursus honorum o carrera pública en la que se comenzaban desempeñando cargos menores hasta alcanzar el consulado o la censura.- N. del T.] a los plebeyos. Si a la plebe se le daba un respiro de sus amenazas y súplicas, podrían pensar en los de su propio partido cuando fueran a votar, y por sus esfuerzos unidos ganarían cargos y poder. Se decidió que, con el fin de acabar con los abusos de los escrutinios, los tribunos debían presentar una ley prohibiendo a cualquier que blanqueara su toga cuando se presentara como candidato. Para nosotros, ahora, la cuestión puede parecer trivial y que no merecía la pena un debate serio; pero, por entonces, encendió un tremendo conflicto entre patricios y plebeyos. Los tribunos, sin embargo, lograron promulgar su ley y fue evidente que, irritados como estaban, los plebeyos apoyarían a sus propios hombres. Para que no tuvieran libertad de hacerlo, se aprobó una resolución en el Senado para que se celebrasen las elecciones para nombrar a los próximos cónsules.

[4.26] La razón de esta decisión fue el anuncio que hicieron los latinos y los hérnicos de un repentino levantamiento entre los volscos y los ecuos. Tito Quincio Cincinato, apodado Peno e hijo de Lucio, y Cayo Julio Mento fueron nombrados cónsules -431 a.C.-[otras fuentes dan Cneo como praenomen, pero hemos elegido Cayo por ser habitual en los Julios, no serlo Cneo y saberse que cada gens usaba sólo unos pocos nombres de pila.-N. del T.]. La guerra estalló enseguida. Tras haber ordenado el alistamiento bajo la Lex Sacrata, que era el medio más poderoso que tenían para obligar a los ciudadanos a que sirvieran, partieron así ambos ejércitos [los de cada cónsul.-N. del T.] y se encontraron en el Álgido; allí se habían atrincherado los ecuos y los volscos en campamentos separados. Sus generales pusieron más cuidado que en ocasiones anteriores al construir sus fortificaciones y al entrenar sus tropas. La noticia de esto aumentó el terror en Roma. En vista del hecho de que estas dos naciones, después de sus numerosas derrotas, renovaban ahora la guerra con más energía que la que antes habían empleado y, además, que una considerable cantidad de romanos aptos para el servicio había causado baja durante la epidemia, el senado decidió designar un dictador. Pero el mayor temor fue provocado por la perversa obstinación de los cónsules y sus constantes altercados en el Senado. Algunos autores afirman que estos cónsules combatieron sin éxito en una batalla en el Álgido y que por esta razón se nombró un dictador. Hay acuerdo, sin embargo, en que aunque los cónsules no estaban de acuerdo en otros asuntos, sí lo estuvieron en oponerse al Senado e impedir que se nombrase un dictador. Al final, cuando cada noticia que llegaba era más alarmante que la anterior y los cónsules rechazaban aceptar la autoridad del Senado, Quinto Servilio Prisco, que había desempeñado las más altas magistraturas del estado con distinción, exclamó: "¡Tribunos de la plebe! Ahora que las cosas han llegado al extremo, el Senado os exhorta para que en esta crisis de la república, en virtud de la autoridad de vuestro cargo, obliguéis a los cónsules a nombrar un dictador."

Al oír este llamamiento, los tribunos consideraron que se les presentaba una oportunidad favorable para aumentar su autoridad y se retiraron a deliberar. Entonces, declararon formalmente en nombre de todo el colegio de tribunos que era su decisión que los cónsules debían someterse al deseo del Senado; si ofrecían ulterior resistencia a la decisión unánime del más augusto orden, ellos, los tribunos, ordenarían que se les llevara a prisión. Los cónsules preferían la derrota a manos de los tribunos en vez de a las del Senado. Si, dijeron, los cónsules podían ser coaccionados por los tribunos en virtud de su autoridad, e incluso enviados a la cárcel (¿y qué podía temer un ciudadano privado más que ésto?), entonces el Senado había traicionado los derechos y privilegios de la más alta magistratura del Estado, y hecho una rendición ignominiosa al poner el consulado bajo el yugo del poder tribunicio. Ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo sobre quién debía nombrar al dictador, así que lo echaron a suertes y le tocó hacerlo a Tito Quincio. Este nombró a Aulo Postumio Tuberto, su suegro, que era un severo jefe militar. El dictador designó a Lucio Julio como jefe de caballería. Se dieron órdenes de proceder a un alistamiento y para que todos los negocios en la Ciudad, legales y de otro tipo, se suspendieran, a excepción de los preparativos para la guerra. La tramitación de las solicitudes de exención del servicio militar se aplazaron hasta el final de la guerra, así que incluso en los casos dudosos los hombres prefirieron dar sus nombres. Se ordenó a los hérnicos y a los latinos que proporcionaran tropas; ambas naciones llevaron a cabo las órdenes del dictador con gran celo.

[4.27] Todos estos preparativos se completaron con extraordinaria diligencia. El cónsul Cayo Julio quedó a cargo de las defensas de la ciudad; Lucio Julio, el jefe de caballería, tomó el mando de las reservas para atender cualquier emergencia repentina y para evitar que las operaciones se retrasaran por la insuficiencia de los suministros en el frente. Como la guerra era tan grave, el dictador ofreció, con la fórmula establecida por el Pontífice Máximo, Aulo Cornelio, celebrar los Grandes Juegos si salían victoriosos. Dividió al ejército en dos cuerpos, asignó uno de ellos al cónsul Quincio y con sus fuerzas unidad avanzó hacia la posición enemiga. A ver que los campamentos adversarios estaban separados entre sí por una corta distancia, ellos también asentaron dos campamentos a una milla del enemigo [1480 metros.-N. del T.], el dictador situó el suyo en dirección a Túsculo y el cónsul más cerca de Lanuvio. Los cuatro ejércitos, por tanto, habían ocupado posiciones separadas, con una llanura entre ellos lo bastante amplia no sólo para pequeñas escaramuzas, sino como para que ambos ejércitos se desplegaran en orden de batalla. Desde que los campamentos habían quedado enfrentados entre sí no habían cesado los pequeños combates, y el dictador pacientemente soportaba que sus hombres confrontaran así sus fuerzas con el enemigo, para que conservaran la esperanza de una victoria decisiva y final. El enemigo, sin esperanza de vencer en una batalla campal, decidió jugárselo todo a la opción de un ataque nocturno contra el campamento del cónsul. El grito que se oyó repentinamente, no sólo sorprendió a los puestos de avanzada del cónsul y a todo el ejército, sino que incluso despertó el dictador. Todo dependía de una acción rápida: el cónsul mostró valor y sangre fría; parte de sus tropas reforzaron la guardia en las puertas del campamento, el resto se alineó en las trincheras. En el campamento del dictador no fue atacado, a éste le fue más fácil ver qué debía hacerse. Se mandó enseguida ayuda al cónsul con el general [legatus en el original latino: se puede traducir sin error como general cuando se refiere a un mando militar sin potestad política, como sería el caso del cónsul, pues a ellos se les encargaba el mando de una legión. Un ejército consular estaba compuesto por dos legiones y tropas auxiliares de la misma entidad; habría, por tanto, 4 legados o generales al mando del cónsul.-N. del T.] Espurio Postumio, y el dictador en persona, con parte de su fuerza, se situó en un lugar alejado de la lucha actual, desde donde poder hacer un ataque contra la retaguardia enemiga. Dejó al general Quinto Sulpicio, a cargo del campamento, y dio el mando de la caballería al general Marco Fabio, les ordenó no mover sus fuerzas antes del amanecer por la dificultad de manejarlas en la confusión de un ataque nocturno.

Además de adoptar todas las medidas que cualquier general prudente y enérgico hubiese tomado en estas circunstancias, el dictador dio un ejemplo notable de su valor y capacidad de mando, que merece un especial elogio, cuando, al determinar que el enemigo había salido de su campamento con la mayor parte de su fuerza, envió a Marco Geganio con algunas cohortes escogidas para asolarlo. Los defensores estaban pensando más en la peligrosa empresa de sus compañeros que en tomar precauciones para su propia seguridad; incluso descuidaron sus puestos de avanzada y piquetes. Así, los romanos atacaron y capturaron el campamento casi antes de que el enemigo se diese cuenta de que le atacaban. Cuando el dictador vio el humo (la señal convenida) gritó que se había capturado el campo enemigo, y ordenó que la noticia se anunciase por todas partes.

[4.28] Cada vez había más luz y todo quedaba a la vista. Fabio condujo su ataque con la caballería y el cónsul había efectuado una salida contra el enemigo, que ahora vacilaba. El dictador, desde el otro lado, había atacado la segunda línea de reservas, y mientras el enemigo se enfrentaba a las cargas y a los gritos de confusión, él atravesó sus líneas con sus victoriosas caballería e infantería. Estaban ya rodeados y habrían pagado por la reanudación de la guerra si un volsco, Vetio Mesio, hombre más distinguido por sus hechos que por su linaje, se levantó exaltado entre sus camaradas, que ya estaban convirtiéndose en una masa indefensa. Les gritó "¿Así os vais a convertir en blancos de las jabalinas enemigas, sin resistencia, indefensos? ¿Para qué entonces habéis tomado las armas? ¿por qué habéis empezado una guerra sin provocación? ¡Vosotros que siempre sois revoltosos en la paz y holgazanes en la guerra! ¿Qué esperáis ganar aquí de pie? ¿Creéis que algún dios os va a proteger y librar del peligro? Tendréis que construir el camino con la espada. Seguidme por donde yo vaya. Los que tengáis la esperanza de volver a vuestras casas, con vuestros padres y mujeres e hijos, venid conmigo. No es una muralla ni una empalizada lo que tenéis enfrente; a las armas se les enfrenta con las armas. Los igualáis en valor, pero los superáis por la fuerza de vuestra necesidad, que es la última y más grande de armas." A continuación, se adelantó y sus hombres le siguieron, lanzando nuevamente su grito de guerra cargaron hacia donde Postumio Albo había interpuesto sus cohortes. Obligaron a retroceder a los vencedores, hasta que el dictador se llegó hasta sus hombres en retirada y toda la batalla giró hacia esa parte del campo. La suerte del enemigo se apoyaba exclusivamente en Mesio. Por todas partes muchos fueron heridos y otros muchos resultaron muertos. Para esos momentos, incluso los generales romanos estaban heridos. Postumio, con el cráneo fracturado por una piedra, fue el único que abandonó el campo de batalla. El dictador fue herido en el hombro, Fabio tenía el muslo casi clavado a su caballo, el cónsul tenía el brazo amputado; pero todos se negaron a retirarse mientras la batalla estuvo indecisa.

[4,29] Mesio, con un grupo de sus más valientes soldados, cargó a través de los montones de muertos y llegó hasta el campamento volsco, que aún no había sido capturado; todo el ejército le siguió. El cónsul les persiguió en su huida desordenada hasta la empalizada y empezó a atacar el campamento mientras el dictador llevó sus tropas al otro lado del mismo. El asalto del campamento fue tan furioso como lo había sido la batalla. De hecho, se dijo que el cónsul arrojó un estandarte dentro de la empalizada para provocar el asalto de sus hombres y que al tratar de recuperarlo produjeran la primera brecha. Cuando la empalizada fue derribada y el dictador hubo llevado el combate al interior del campamento, el enemigo empezó por doquier a arrojar sus armas y rendirse. Después de la captura de este campamento, los enemigos, con la excepción de los senadores, fueron vendidos como esclavos. Una parte del botín comprendía los bienes arrebatados a los latinos y hérnicos; tras ser identificados se les devolvió y el resto fue vendido por el dictador en subasta [vender algo "sub hasta": vender bajo la lanza, pues con una lanza se señalaba el lugar donde se vendía el botín de guerra.- N. del T.]. Después de poner al cónsul al mando del campamento, entró en Triunfo en la Ciudad en señal de triunfo y luego depuso su dictadura. Algunos autores han arrojado una sombra sobre la memoria de esta gloriosa dictadura al reseñar una tradición sobre el hijo del dictador que, viendo una oportunidad para combatir con ventaja, había dejado su puesto en las filas contra las órdenes de su padre y fue decapitado por éste a pesar de la victoria. Prefiero no creer esta historia, y estoy en libertad de hacerlo ya que las opiniones difieren. Un argumento en contra es que una exhibición tan cruel de la autoridad es llamada "Manlia", no "Postumia", pues fue al primer hombre que practicó tal severidad a quien se achacó el estigma. Por otra parte, Manlio recibió el sobrenombre de "Dominante" [Imperioso en el original latino.-N. del T.]; Postumio no fue señalado con ningún epíteto denigrante. El otro cónsul, Cayo Julio, dedicó el templo de Apolo en ausencia de su colega, sin esperar a sortear con él sobre quién debía hacerlo. Quincio estaba muy enojado por esto, y después de haber disuelto su ejército y regresado a la Ciudad, presentó una queja ante el Senado, pero no resultó nada de ella. En este año tan memorable por sus grandes logros se produjo un incidente que en aquel momento parecía tener poco que ver con Roma. Debido a ciertos disturbios entre los sicilianos, los cartagineses, que serían un día tan poderosos enemigos, llevaron un ejército a Sicilia por primera vez para ayudar a una de las partes contendientes.

[4.30] En la Ciudad, los tribunos hicieron grandes esfuerzos para asegurar la elección de tribunos consulares para el año siguiente, pero fracasaron. Lucio Papirio Craso y Lucio Julio fueron nombrados cónsules -430 a.C.-. Llegaron legados de los ecuos para solicitar del Senado un tratado como federados; en vez de esto, se les ofreció la paz a condición de que reconociesen la supremacía de Roma; consiguieron una tregua de ocho años. Después de la derrota que habían sufrido los volscos en Álgido, su Estado se distrajo en obstinadas y amargas disputas entre los partidarios de la guerra y los de la paz. Hubo calma para Roma en todas partes. Los tribunos estaban preparando una medida popular para fijar la gradación de las multas, pero uno de ellos reveló el hecho a los cónsules, quienes se anticiparon a los tribunos presentándola ellos mismos. Los nuevos cónsules fueron Lucio Sergio Fidenas, por segunda vez, y Hostio Lucrecio Tricipitino -429 a.C.-. Nada digno de mención se llevó a cabo en su consulado. Fueron seguidos por Aulo Cornelio Coso, y Tito Quincio Peno, por segunda vez -428 a.C.-. Los veyentinos hicieron correrías en territorio romano, y se rumoreó que algunos jóvenes fidenenses habían tomado parte en ellas. Lucio Sergio, Quinto Servilio y Mamerco Emilio fueron comisionados para investigar el asunto. Algunos fueron internados en Ostia, ya que no pudieron explicar satisfactoriamente su ausencia de Fidenas en esos momentos. El número de colonos aumentó, y se les asignó las tierras de aquellos que habían perecido en la guerra.

Este año se produjo una gran dificultad causada por una sequía. No sólo faltó el agua de los cielos, sino que la tierra, sin su humedad natural, apenas pudo mantener el flujo de los ríos. En algunos casos la falta de agua hizo morir de sed al ganado junto a los manantiales secos y arroyos, otras veces murieron por la sarna. Esta enfermedad se extendió a los hombres que habían estado en contacto con el ganado; en un primer momento atacó a los esclavos y los agricultores, luego se infectó la Ciudad. Y no sólo el cuerpo resultaba afectado por la plaga, la mente de los hombres también fue presa de todo tipo de supersticiones, la mayoría extranjeras. Falsos augures trataron de introducir nuevas clases de sacrificios e hicieron un pingüe negocio entre las víctimas de la superstición, hasta que por fin la vista de inusitadas y foráneas ceremonias de expiación por las calles y capillas, para propiciar el favor de los dioses, llevó a casa de los primeros ciudadanos de la república el escándalo público que causaban. Se ordenó a los ediles que velasen para no sólo se adorasen deidades romanas, y sólo en los modos establecidos. Las hostilidades con los veyentinos fueron pospuestas hasta el año siguiente, cuando Cayo Servilio Ahala y Lucio Papirio Mugilano fueron cónsules -427 a.C.-. Incluso entonces, la declaración formal de guerra y el envío de tropas se retrasó por motivos religiosos: se consideró necesario que los feciales [sacerdotes entre cuyas otras atribuciones se incluía ser garantes de la fe pública.-N. del T.] fuesen enviados previamente en demanda de satisfacción. Había habido batallas recientes con los veyentinos en Nomento y Fidenas, y se había pactado una tregua, no una paz duradera, pero antes que expirase la tregua ellos reanudaron las hostilidades. Los feciales, sin embargo, fueron enviados, pero cuando presentaron sus demandas, de conformidad con los usos antiguos, se les negó audiencia. Se planteó entonces la cuestión de si la guerra debía ser declarada por mandato del pueblo o si bastaba una resolución aprobada por el Senado. Las tribunas amenazaron con impedir el alistamiento de tropas y lograron obligar al cónsul Quincio a remitir la cuestión al pueblo. Las centurias votaron unánimemente por la guerra. La plebe obtuvo una victoria añadida al impedir la elección de cónsules para el siguiente año.

[4.31] Fueron elegidos cuatro tribunos consulares: Tito Quincio Peno, que había sido cónsul, Cayo Furio, Marco Postumio y Aulo Cornelio Coso -426 a.C.-. Coso, quedó a cargo de la Ciudad; los otros tres, después de completar el alistamiento, avanzaron contra Veyes y demostraron cuán inútil es un mando dividido en la guerra. Al insistir cada uno en sus propios planes, teniendo todos opiniones diferentes, dieron al enemigo su oportunidad. Porque mientras el ejército estaba confuso por las diferentes órdenes, unos dando orden de avanzar y otros ordenando la retirada, los veyentinos aprovecharon la oportunidad para lanzar un ataque. Desbandándose en una huida desordenada, los romanos buscaron refugios en su campamento, que estaba cerca; sufrieron más vergüenza que pérdidas. La república, no acostumbrada a la derrota, se sumió en el dolor; odiaban a los tribunos y exigía un dictador; todas sus esperanzas descansaban en eso. También en este caso se encontró un impedimento religioso, pues un dictador sólo podía ser nombrado por un cónsul. Se consultó a los augures, que eliminaron la dificultad. Aulo Cornelio nombró a Mamerco Emilio como dictador, él mismo fue nombrado por éste jefe de caballería. Esto demostró la impotencia de la acción de los censores para impedir que a un miembro de una familia injustamente degradada se le encomendase el poder supremo, cuando las necesidades del Estado exigían auténtico valor y capacidad. Eufóricos por su éxito, los veyentinos mandaron emisarios a los pueblos de Etruria, jactándose de que tres generales romanos habían sido derrotados por ellos en una sola batalla. Como, sin embargo, no pudieron inducir al Consejo Nacional a unírseles, recogieron voluntarios de todos los distritos, atraídos por la perspectiva de un botín. Solo los fidenenses decidieron tomar parte en la guerra, y como aunque ellos pensaban que era impío comenzar la guerra de otra manera que con un crimen, mancharon sus armas con la sangre de los nuevos colonos, como habían hecho anteriormente con la sangre de los embajadores romanos. Luego se unieron a los veyentinos. Los jefes de los dos pueblos consultaron si debían tener la base de operaciones en Veyes o en Fidenas. Fidenas pareció la más adecuada; los veyentinos, en consecuencia, cruzaron el Tíber y transfirieron la guerra a Fidenas. Grande fue el terror en Roma. El ejército, desmoralizado por su mal desempeño, fue llamado de Veyes; se estableció un campamento atrincherado frente a la Puerta Colina, se guarneció la muralla, se cerraron tribunales y tiendas y se ordenó el cese de todos los negocios en el Foro. Toda la Ciudad adoptó la apariencia de un campamento.

[4.32] El dictador envió pregoneros por las calles para convocar a los ansiosos ciudadanos a una Asamblea. Cuando estuvieron reunidos les recriminó por dejar que sus sentimientos estuvieran tan dominados por los pequeños cambios de la fortuna, tras sufrir un revés insignificante debido, no al valor del enemigo o a la cobardía del ejército romano, sino a la falta de armonía entre los generales; y que estuvieran en tal estado de pánico por los veyentinos, a quienes habían derrotado seis veces, y por Fidenas, que había sido capturada casi más frecuentemente de lo que había sido atacada. Tanto los romanos como los enemigos eran los mismos que habían sido durante tantos siglos; su coraje, su destreza y sus armas eran lo que siempre habían sido. Tenían como dictador al mismo Emilio Mamerco que en Nomento venció a las fuerzas combinadas de Veyes, Fidenas y el apoyo de los faliscos; el jefe de caballería sería en las batallas por venir el mismo Aulo Cornelio que dio muerte a Lars Tolumnio, rey de Veyes, ante los ojos de dos ejércitos y llevó los mejores despojos al templo de Júpiter Feretrio. Debían tomar las armas, recordando que de su lado estaban los triunfos y los despojos de la victoria; y que del lado del enemigo estaba el crimen contra el derecho de gentes, al asesinar a los embajadores y masacrar durante el tiempo de paz a los colonos en Fidenas, una tregua rota y una séptima revuelta sin éxito; teniendo todo esto en cuenta, debían tomar las armas. Una vez que entraran en contacto con el enemigo, él confiaba que el enemigo culpable ya no se regocijaría con la desgracia que se había apoderado del ejército romano, y que el pueblo de Roma vería cuánto mejor servicio rendían a la república aquellos que le habían nombrado dictador por tercera vez, que no aquellos que habían arrojado una mancha sobre su segunda dictadura al haber privado a los censores de su poder autocrático.

Después ofrecer los votos habituales, marchó y fijó su campamento a una milla y media [2220 metros.-N. del T.] de este lado de Fidenas, con las colinas a su derecha y el Tíber a su izquierda. Ordenó a Tito Quincio que asegurase las colinas y que se situase oculto en en alguna altura a la retaguardia enemiga. Al día siguiente, los etruscos avanzaron a la batalla con la moral alta por su éxito anterior, que se había debido más a la buena suerte que a su capacidad guerrera. Después de esperar un tiempo hasta que los exploradores le informaron que Quincio había ganado una altura cerca de la ciudadela de Fidenas, el dictador ordenó el ataque y llevó a la infantería en una rápida carga a paso rápido contra el enemigo. Dio instrucciones al jefe de caballería para que no empezase a combatir hasta que recibiera sus órdenes; cuando necesitase ayuda de la caballería le daría la señal, y entonces debía iniciar su parte de la acción, inspirado por la memoria de su combate con Tolumnio, de los mejores despojos y de Rómulo y Júpiter Feretrio. Las legiones cargaron con gran impetuosidad. Los romanos expresaron su ardiente odio tanto con las palabras como con los hechos;, llamaron "traidores" a los fidenenses, y a los veyentinos "bandidos", "quebrantadores de treguas", "manchados con el horrible asesinato de los embajadores y la sangre de los colonos romanos", "infieles como aliados y cobardes como soldados".

[4.33] El enemigo se retrajo un tanto al primer contacto, cuando de repente las puertas de Fidenas se abrieron y un extraño ejército salió, nunca visto ni oído antes. Una inmensa multitud, armada con teas, y todos agitando las antorchas, corrió como posesa hacia la línea romana. Por un momento, este modo extraordinario de luchar asustó a los romanos. Entonces el dictador llamó al jefe de caballería con sus jinetes, y envió orden a Quincio para que regresase de las colinas; mientras, él mismo, animando a sus hombres, cabalgó hacia el ala izquierda, que parecía más un incendio que un cuerpo de combatientes y que habían cedido terreno por el terror a las llamas. Les gritó: "¿Estáis superados por el humo, como un enjambre de abejas? ¿Vais a dejar que un enemigo desarmado os arroje de vuestro campo? ¿Es que no vais a apagar el fuego con vuestras espadas? ¿Si tenéis que combatir con el fuego, no con armas, no arrancaríais esas antorchas y los atacaríais con sus propias armas? ¡Venga! recordad el nombre de Roma y el valor que habéis heredado de vuestros padres; volved ese fuego sobre la ciudad del enemigo y destruid con sus propias llamas la Fidenas que no habéis podido aplacar con vuestros beneficios. La sangre de los embajadores y los colonos, vuestros compatriotas, y la devastación de vuestras fronteras os exigen que procedáis así."

Por orden del dictador, toda la línea avanzó; algunas de las antorchas fueron capturadas conforme se las arrojaban y otras fueron arrancadas de los portadores; ambos ejércitos estaban armados con fuego. El jefe de caballería también, por su parte, inventó un nuevo modo de luchar para su caballería. Ordenó a sus hombres que quitasen los frenos de los caballos y, golpeando a su propio caballo con la cabeza y picándole espuelas, se lanzó en medio de las llamas al tiempo que los demás caballos, lanzados al galope tendido, llevaron a sus jinetes contra el enemigo. El polvo que levantaban, mezclado con el humo, cegaba tanto a los caballos como a los hombres. La visión que había aterrorizado a la infantería no asustaba a los caballos. Donde quiera que fuese la caballería, dejaban montones de muertos. En este momento se escuchó un nuevo griterío, produciendo asombro en ambos ejércitos. El dictador gritó que Quincio y sus hombres habían atacado el enemigo en la retaguardia, y al renovarse los gritos él también renovó su ataque con más vigor. Cuando los dos cuerpos de tropas en dos diferentes ataques habían forzado a los Etruscos a retroceder tanto en su vanguardia como en su retaguardia, cercándolos de manera que no podían escapar ni a su campamento ni a las colinas (pues en esa dirección el enemigo descansado les había interceptado) y los caballos, con las riendas sueltas, llevaban a los jinetes por todas partes, la mayoría de los veyentinos corrieron salvajemente hacia el Tíber; los supervivientes de entre los fidenenses lo hicieron hacia su ciudad. La huida de los veyentinos les condujo en medio de la masacre; algunos fueron muertos en las orillas, otros llegaron dentro del río y fueron llevados por la corriente; incluso los buenos nadadores fueron arrastrados por las heridas, el miedo y el agotamiento; muy pocos lograron cruzar. El otro cuerpo de tropas se abrió paso a través de su campamento hasta su ciudad, con los romanos persiguiéndoles de cerca, especialmente Quincio y sus hombres, que acababan de bajar de las colinas y que habiendo llegado hacia el final de la lucha, estaban más frescos para la persecución.

[4.34] Este último entró por las puertas mezclado con el enemigo, y tan pronto como alcanzaron las murallas hicieron señal a sus camaradas de que la ciudad había sido tomada. El dictador había llegado al campamento abandonado de los enemigos y sus soldados estaban ansiosos por dispersarse en busca de botín, pero cuando vio la señal les recordó que había un botín más rico en la ciudad y los llevó hasta la puerta. Una vez dentro de las murallas se dirigió a la ciudadela, hacia la que vio dirigirse la multitud de fugitivos. La masacre en la ciudad no fue menor que la de la batalla, hasta que, arrojando sus armas, se rindieron al dictador y le rogaron que por lo menos respetaran sus vidas. La ciudad y el campamento fueron saqueados. Al día siguiente, caballeros y centuriones recibieron un prisionero cada uno, seleccionados por sorteo, como esclavos; quienes habían destacado por su valor recibieron dos y el resto fue vendido mostrado su destacada gallardía, dos, el resto fueron vendidos bajo la corona [sub corona en el original latino: Siempre en el ámbito militar, como la venta sub hasta, puede referirse a que se vendían dentro de un cercado, a modo de corona, o a que se les ponía una corona como un tipo de elemento distintivo.-N. del T.]. El dictador llevó en Triunfo a Roma a su ejército victorioso, cargado con el botín. Después de ordenar al jefe de caballería que renunciase a su cargo, él hizo lo mismo al decimosexto día después de su nombramiento, rindiendo en medio de la paz el poder soberano que había asumido en un momento de guerra y peligro. En algunos anales se refleja un combate naval con los veyentinos en Fidenas, incidente que resulta tan difícil como increíble. Aún hoy, el río no es lo suficientemente amplio para ello, y sabemos por los escritores antiguos que entonces era más estrecho. Posiblemente, en su deseo de una inscripción de vanagloria, como sucede a menudo, magnificaron un acopio de naves para impedir el paso del río y lo convirtieron en una victoria naval.

[4.35] Al año siguiente tuvo por tribunos consulares a Aulo Sempronio Atratino, Lucio Quincio Cincinato, Lucio Furio Medulino y Lucio Horacio Barbato -425 a.C.-. Se concedió una tregua por dieciocho años a los veyentinos y una por tres años a los ecuos, aunque habían pedido una más larga. Hubo también un respiro respecto a los disturbios civiles. El año siguiente -424 a.C.-, aunque no estuvo marcado ni por guerras en el exterior ni por problemas domésticos, resultó memorable por la celebración de los Juegos dedicados con ocasión de la guerra de hacía siete años; éstos se desarrollaron con gran magnificencia por los tribunos consulares y asistió gran número de ciudades vecinas. Los tribunos consulares fueron Apio Claudio Craso, Espurio Naucio Rutilo, Lucio Sergio Fidenas y Sexto Julio Julo. El espectáculo resultó aún más atractivo para los visitantes por la cortés recepción que públicamente se había decidido darles. Cuando los Juegos terminaron, los tribunos de la plebe comenzaron a pronunciar discursos sediciosos. Reprochaban al populacho que dirigiesen su estúpida admiración a aquellos que, en realidad, odiaban por tenerlos en servidumbre perpetua. No sólo les faltaba el valor de reclamar su participación en la oportunidad de ascender hasta el consulado, sino que hasta en la elección de tribunos consulares, que estaba abierta tanto a patricios como a plebeyos, nunca pensaban en sus tribunos o en su partido. Que no se sorprendieran si nadie se interesaba ya por el bienestar de la plebe. Sería más apropiado reservar tales trabajos y peligros para otros asuntos por los que se pudieran obtener beneficios y honores. No había nada que los hombres no intentasen si las recompensas fuesen proporcionales a la grandeza del esfuerzo. Pero que cualquier tribuno de la plebe se abocase a ciegas en protestas que conllevaban enormes riesgos y no traían ninguna ventaja, que con certeza harían que los patricios les persiguiesen con furia implacable, mientras los plebeyos en cuyo nombre luchaban no les honraban en lo más mínimo, era cosa que no se podía esperar ni exigir. Grandes honores hacían grandes hombres. Cuando los plebeyos empezaran a ser respetados, cada plebeyos se respetaría a sí mismo. Seguramente, podrían hacer el experimento una o dos veces, para demostrar si un plebeyo podía alcanzar la máxima magistratura o si sería poco menos que un milagro que alguien encontrase entre la plebe un hombre enérgico y capaz. Después de una lucha desesperada, habían logrado que los plebeyos fuesen elegibles para el cargo de tribunos militares con poderes consulares. Hombres de probada capacidad, tanto en paz como en guerra, se presentaron candidatos. Los primeros años fueron golpeados, rechazados y tratados con desprecio por los patricios; al final, declinaban exponerse a tales afrentas. No veían razón para que no se derogase una ley que sólo legalizaba lo que nunca iba a suceder. Tendrían que estar menos avergonzados de la injusticia de la ley que de haber pasado de las elecciones como si fuesen indignos de ocupar esa magistratura.

[4.36] Arengas de este tipo se escuchaban con aprobación, y algunos fueron inducidos a presentarse a un tribuno consular, cada uno de ellos con la promesa de cuidar, en cierta medida, por el interés de la plebe. Se dieron esperanzas de que habría reparto de tierras, asentamiento de colonias y aumento de la paga de los soldados mediante un impuesto sobre los propietarios de latifundios. Los tribunos consulares esperaron hasta que el habitual éxodo de la ciudad permitió celebrar una reunión del Senado, que se celebró en ausencia de los tribunos de la plebe, y cuyos miembros que estaban en el campo fueron convocados mediante un aviso clandestino. Se aprobó una resolución por la que, debido a los rumores de una invasión del territorio hérnico por los volscos, los tribunos consulares debían ir y averiguar qué estaba sucediendo, y que en la próximas elecciones se debían elegir cónsules. A su partida dejaron a Apio Claudio, el hijo del decemviro, como Prefecto de la Ciudad [Praefectus urbis en el original latino: oficial, sustituto del magistrado, que gobernaba la ciudad en ausencia del rey o del cónsul.-N. del T.]; era éste un joven enérgico e imbuido desde su infancia de odio a la plebe y sus tribunos. Los tribunos no tenía nada por lo que protestar, ni a los tribunos militares, que estaban ausentes, ni a los autores del decreto ni a Apio, ya que la cuestión había quedado resuelta.

[4.37] Los cónsules electos fueron Cayo Sempronio Atratino y Quinto Fabio Vibulano -423 a.C.-. Se hizo constar durante este año un incidente que ocurrió en un país extranjero pero lo bastante importante para ser mencionado, es decir, la captura de Volturno, una ciudad etrusca que ahora se llama Capua, por los samnitas. Se dice que fue llamada Capua por el nombre de su general, Capys, pero es más probable que se llamara así por su situación en una campiña (campus). La capturaron después de que los etruscos, debilitados por una larga guerra, les concediesen la ocupación conjunta de la ciudad y su territorio. Durante una fiesta, mientras que los antiguos habitantes estaban llenos de vino y manjares, los nuevos colonos les atacaron por la noche y los masacraron. Después de los sucesos descritos en el capítulo anterior, los recién nombrados cónsules tomaron posesión del cargo el trece de diciembre. En aquel momento se sabía de la inminencia de una guerra con los volscos, no sólo por los informes de quienes habían sido enviados a investigar, sino también por los de los latinos y hérnicos, cuyos legados informaron de que los volscos estaban poniendo más esfuerzos que nunca en elegir a sus generales y alistar sus fuerzas. El clamor general entre ellos (los volscos) era que, o bien daban al olvido eterno todos sus pensamientos de guerra y se sometían al yugo, o se enfrentaban en valor, resistencia y capacidad militar a aquellos con quienes contendían por la supremacía.

Estos informes no eran sin fundamento, pero no sólo el Senado los trató con indiferencia, sino que Cayo Sempronio, a quien correspondió ese teatro de operaciones, pensó que como mandaba las fuerzas de un pueblo victorioso contra aquellos a quienes ya habían vencido, la fortuna de la guerra no podría cambiar. Confiando en ello, demostró tal temeridad y negligencia en todas sus medidas que había más disciplina romana en el ejército volsco que en el propio ejército romano. Como sucede a menudo, la fortuna esperaba al virtuoso. En la primera batalla Sempronio desplegó sus fuerzas sin plan ni previsiones, la línea de combate no se fortaleció con reservas, ni colocó la caballería en una posición adecuada. Los gritos de guerra fueron el primer indicio de cómo se desarrollaba el combate; los del enemigo eran más animados y sostenidos; los romanos eran irregulares, intermitentes, sonando más débiles a cada repetición y traicionando su menguante valor. Oyendo esto, el enemigo atacó con mayor fuerza, empujó con sus escudos y blandió sus espadas. En el otro lado, los cascos caían conforme los hombres miraban a su alrededor buscando apoyo; los hombres vacilaron, se detuvieron y apretaron buscando mutua protección; en un momento, los estandartes que permanecían en su terreno eran abandonados por la primera fila, al siguiente se retiraban entre sus respectivos manípulos. Hasta el momento no había ninguna huida real, no se había decidido la victoria. Los romanos estaban defendiéndose más que luchando y los volscos avanzaban, forzando a sus líneas a retroceder; se veían más romanos muertos que huidos.

[4,38] Ahora cedían por todas partes; en vano les alentaba y reprendía el cónsul Sempronio, ni su autoridad ni su dignidad sirvieron de nada. Habrían sido pronto completamente derrotados si Sexto Tempanio, decurión de la caballería, no hubiese dado la vuelta con su valor a la desesperada situación. Gritó a los jinetes que saltasen de sus caballos si querían salvar la república, y todas las fuerzas de caballería siguieron sus órdenes como si fuesen las del cónsul. "A menos", continuó, "que esta cohorte soporte el ataque del enemigo, éste es el final de nuestra independencia. ¡Seguid mi lanza como si fuera vuestro estandarte! Mostrar por igual a romanos y volscos que no hay caballería que os iguale como jinetes ni infantería que os iguale como infantes!". Esta conmovedora llamada fue contestada con gritos de aprobación, y él caminó a largos pasos sosteniendo erecta la lanza. Por donde iban, forzaban el paso; manteniendo al frente sus parmas [escudos redondos muy usados por la caballería.-N. del T.], iban por aquellos sectores del campo de batalla donde veían en mayores dificultades a sus camaradas; allá donde marchaban restauraban la situación del combate y, sin duda, si tan pequeño cuerpo hubiera podido atacar a la vez toda la línea, el enemigo habría sido derrotado.

[4.39] Como era imposible resistirlos en ninguna parte, el general volsco dió orden de que se abriera un pasillo a su nueva cohorte armada de parmas, hasta que por el ímpetu de su carga se les pudo separar del cuerpo principal. Tan pronto como esto sucedió, no pudieron regresar por donde habían avanzado pues el enemigo se había concentrado allí fuertemente. Cuando el cónsul y las legiones romanas perdieron de vista a los hombres que habían sido el escudo de todo el ejército, se esforzaron por evitar a toda costa que tan valientes compañeros fuesen rodeados y abrumados por el enemigo. Los volscos formaron dos frentes; en una dirección, se enfrentaron al ataque del cónsul y las legiones; por la otra, presionaron a Tempanio y sus soldados. Cuando éstos últimos, después de varios intentos, se vieron incapaces de regresar a su cuerpo principal, tomaron posesión de un terreno elevado, y formando un círculo se defendieron, no sin infligir pérdidas al enemigo. La batalla no terminó hasta el anochecer. El cónsul también combatió al enemigo, sin cesar la intensidad del combate mientras hubo luz. La noche, por fin, dio término a la indecisa situación y la ignorancia del resultado produjo tal pánico en ambos campamentos que los dos ejércitos, pensando que estaban derrotados, abandonaron sus heridos y la mayor parte de su impedimenta y se retiraron a las colinas cercanas. Sin embargo, la elevación de la que Tempanio se había apoderado permaneció rodeada hasta pasada la medianoche, cuando se anunció al enemigo que su campamente había sido abandonado. Considerando esto como prueba de que su ejército había sido derrotado, huyeron en todas direcciones, donde en la oscuridad les llevaba su miedo. Tempanio, temiendo ser sorprendido, mantuvo unidos a sus hombres hasta el amanecer. Luego bajó con unos cuantos para hacer un reconocimiento, y después averiguar por los enemigos heridos que el campamento volsco había sido abandonado, lleno de alegría dijo a sus hombres que bajasen y marcharon hacia el campamento romano. Aquí se encontró una triste desolación; todo presentaban el mismo aspecto miserable que el campamento enemigo. Antes de que el descubrimiento de su error pudiera atraer nuevamente a los volscos, reunió a todos los heridos que pudo llevar con él, y como no sabía qué dirección había tomado el dictador, se dirigió por el camino más directo a la Ciudad.

[4.40] Allí habían llegado ya los rumores de una batalla desfavorable y del abandono del campamento. Por encima de todo, se lamentó el destino de la caballería y la comunidad entera sintió su pérdida como si fuese la de sus familias. Hubo pánico por toda la Ciudad, y el cónsul Fabio situó piquetes a las puertas cuando descubrieron a la caballería en la distancia. Su aspecto produjo terror, pues no sabían quiénes eran; luego fueron reconocidos y los miedos dieron paso a tanta alegría que la Ciudad sonaba son gritos de felicitación por que la caballería hubiese vuelto sana y victoriosa. El pueblo se congregó en las calles, fuera de los hogares que justo antes habían estado de luto y llenos de lamentos por los muertos; madres ansiosas y esposas, olvidando con su alegría el decoro, corrieron hasta la columna de jinetes, abrazando a sus propios amigos y casi sin controlar sus mentes ni sus cuerpos por la felicidad. Los tribunos de la plebe establecieron el día para el juicio de Marco Postumio y de Tito Quincio, en base a su derrota en Veyes, y pensaban que era una buena ocasión para dirigir la opinión pública contra ellos por el odio que ahora tenían a Sempronio. Por lo tanto, convocaron a la Asamblea y en tono emocionado declararon que la república había sido traicionada en Veyes por sus generales, y que por no haber sido llamados a rendir cuentas, el ejército que luchaba contra los volscos había sido traicionado por el cónsul, su caballería había sido masacrada y se había abandonado vergonzosamente el campamento. Cayo Junio, uno de los tribunos, ordenó que Tempanio fuese llamado y se dirigió a él de este modo: "Sexto Tempanio, te pregunto, ¿consideras que el cónsul Cayo Sempronio comenzó la acción en el momento oportuno, reforzó sus líneas, o dejó de cumplir con los deberes de un buen cónsul? Cuando las legiones romanas estaban en la peor posición, ¿hiciste desmontar por tu propia autoridad a la caballería y restauraste la situación? ¿Y cuando la caballería y tú fuisteis separados del cuerpo principal, envió el cónsul ayuda o intentó prestaros auxilio? Más aún, ¿recibiste refuerzos al día siguiente o forzasteis el paso hacia el campamento con sólo vuestro valor? ¿Encontrasteis algún cónsul, algún ejército en el campamento, o estaba abandonado y con los soldados heridos dejados a su suerte? Tu honor y lealtad, que por sí solos han mantenido a la República en esta guerra, requieren que declares hoy estas cosas. Por último, ¿dónde está Cayo Sempronio? ¿Dónde están nuestras legiones? ¿Fuiste abandonado o has abandonado tú al cónsul y al ejército? En una palabra, ¿estamos derrotados, o hemos salido victoriosos?".

[4.41] Se dice que el discurso de Tempanio en contestación estuvo completamente desprovisto de elegancia, pero lleno de la dignidad de un soldado, libre de autoalabanzas y sin demostrar placer al culpar a otros. "No es cosa de un soldado", dijo,"criticar a su general o juzgar cuál sea su competencia militar; eso es algo que corresponde al pueblo romano cuando lo eligen cónsul. Por tanto, no deben exigirle de él que diga qué tácticas debe adoptar un general, o que capacidades debe mostrar un cónsul; ésos eran asuntos que hasta las más grandes mentes e intelectos sopesaban muy cuidadosamente. Él podía, no obstante, relatar lo que vio. Antes de quedar separado del cuerpo principal vio al cónsul peleando en primera línea, animando a sus hombres, yendo y viniendo entre los estandartes romanos y los proyectiles del enemigo. Después que él, el orador, perdiera de vista a sus compañeros, supo por el ruido y los gritos que el combate siguió hasta la noche; no creía que se pudiera haber abierto camino hasta la altura que él había tomado, debido al gran número de enemigos. Dónde estuviera el ejército, él no lo sabía; pensaba que como, en un momento de tan gran peligro, había encontrado abrigo para él y sus hombres en la naturaleza del terreno, el cónsul habría elegido una posición más fuerte para su campamento donde guarnecer su ejército. No creía que los volscos estuviesen en mejor situación que los romanos; la diversa fortuna de la lucha y la caída de la noche dio lugar a toda clase de errores por ambas partes." Luego les suplicó que no le tuvieran allí por más tiempo, pues estaba agotado por sus esfuerzos y sus heridas; tras esto fue despedido en medio de fuertes elogios de su modestia, no menos que por su valor. Mientras esto ocurría, el cónsul había alcanzado la vía Labicana y estaba en el santuario de Quietas [diosa de la calma o la tranquilidad.-N. del T.]. Desde la Ciudad se le enviaron carruajes y bastimentos para el transporte del ejército, que estaba agotado por la batalla y por la marcha nocturna. Poco después, el cónsul entró en la Ciudad, deseando dar a Tempanio los elogios que tanto merecía como descargar la culpa de sus hombros. Mientras los ciudadanos estaban de duelo por sus reveses y enojados con sus generales, Marco Postumio, que como tribuno consular tuvo el mando en Veyes, fue llevado a juicio. Fue condenado a una multa de 10.000 ases. Su colega, Tito Quincio, que había vencido a los volscos, bajo los auspicios del dictador Postumio Tuberto, y también en Fidenas como segundo del otro dictador, Mamerco Emilio, echó toda la culpa del desastre de Veyes a su colega, que ya había sido condenado. Fue absuelto por el voto unánime de las tribus. Se dice que el recuerdo de su venerado padre, Cincinato, le fue de mucha ayuda, como también lo fue el ahora ya anciano Capitolino Quincio, quien les rogó encarecidamente que no permitiesen que él, por la poca vida que le quedaba, hubiese de ser el portador de tan tristes noticias a Cincinato.

[4.42] La plebe eligió como tribunos, en su ausencia, a Sexto Tempanio, a Aulo Selio, a Sexto Antistio y a Espurio Icilio, todos los cuales habían sido, por consejo de Tempanio, elegidos por los caballeros para servir como centuriones. La exasperación contra Sempronio había hecho ofensivo el nombre mismo de cónsul, por lo que el Senado ordenó que se eligieran tribunos militares con potestad consular. Sus nombres eran Lucio Manlio Capitolino, Quinto Antonio Merenda y Lucio Papirio Mugilano. Al comienzo del año -422 a.C.-, Lucio Hortensio, un tribuno de la plebe, designó un día para el juicio de Cayo Sempronio, el cónsul del año anterior. Sus cuatro colegas le rogaron, públicamente, a la vista de todo el pueblo romano, que no enjuiciase a su inofensivo jefe, contra el que no se podía alegar más que mala suerte. Hortensio se enojó, porque consideró esta petición como un intento de poner a prueba su perseverancia y que las instancias de los tribunos eran únicamente para guardar las apariencias; y estaba convencido el cónsul no confiaba en sus ruegos, sino en que interpusieran el veto. Volviéndose a Sempronio, le preguntó: "¿Dónde está tu espíritu patricio y el valor que se apoya en la seguridad de la propia inocencia? ¡Un ex-cónsul protegido de hecho bajo el ala de los tribunos!" Luego se dirigió a sus colegas: "Y vosotros, ¿qué haréis si sigo con la acusación? ¿Privaréis al pueblo de su jurisdicción y subvertiréis el poder de los tribunos?". Ellos le replicaron que la autoridad del pueblo tenía la supremacía sobre Sempronio y sobre cualquier otro; no tenían ni el deseo ni la potestad de acabar con el derecho del pueblo a juzgar, pero si sus súplicas en nombre de su jefe, que era como un segundo padre para ellos, resultaban infructuosas, se pondrían de su lado. Entonces Hortensio les respondió: "La plebe romana no verá a sus tribunos en tal situación; desisto de todas las acusaciones contra Cayo Sempronio, pues ha vencido, durante su mandato, al lograr ser tan querido por sus soldados." Así, plebeyos y patricios quedaron satisfechos por el leal afecto de los cuatro tribunos, y tanto más por la forma en que Hortensio había cedido a sus justas protestas.

[4.43] Los cónsules para el siguiente año fueron Numerio Fabio Vibulano y Tito Quincio Capitolino, el hijo de Capitolino -421 a.C.-. Los ecuos habían reclamado la dudosa victoria de los volscos como propia, pero la fortuna no les favoreció. La campaña contra de ellos se encargó a Fabio, pero no ocurrió nada digno de mención. Su desmoralizado ejército no había hecho más que acto de presencia, siendo derrotado y puesto en vergonzosa huida, por lo que el cónsul no ganó mucha gloria en esta acción. Se le negó, por tanto, un triunfo; pero como había borrado la desgracia de la derrota de Sempronio, se le permitió disfrutar de una ovación. Como, contrariamente a las expectativas, la guerra terminó con menos lucha de la temida, la calma en la Ciudad fue rota por graves e inesperados disturbios entre la plebe y los patricios, que empezaron con la duplicación del número de cuestores. Se propuso crear, además de los cuestores de la Ciudad, otros dos para ayudar a los cónsules en diversas tareas relacionadas con la guerra. Cuando esta propuesta fue presentada por los cónsules ante el Senado y hubo recibido el efusivo apoyo de la mayoría de la Cámara, los tribunos de la plebe insistieron en que la mitad debía ser elegida de entre los plebeyos; hasta aquel momento sólo se habían elegido patricios. A esta demanda, en un principio, se opusieron resueltamente el Senado y los cónsules; después cedieron tanto como para permitir la misma libertad en la elección de los cuestores como ya tenía el pueblo en la de los tribunos consulares. A lo ganar nada con esto, desistieron de la propuesta paritaria de aumento numérico de cuestores. Los tribunos presentaron otras muchas propuestas revolucionarias, en rápida sucesión, incluyendo una Ley Agraria. Como consecuencia de estas conmociones, el Senado quería que se eligiesen cónsules en vez de tribunos, pero debido al veto de los tribunos no se pudo aprobar una resolución formal y, al expirar el año de magistratura de los cónsules, siguió un interregno; e incluso éste no transcurrió sin gran lucha, pues los tribunos vetaban cualquier reunión de los patricios.

La mayor parte del año siguiente -420 a.C.-se perdió en los conflictos entre los nuevos tribunos de la plebe y algunos de los interreges. Unas veces intervenían los tribunos para impedir que se reunieran los patricios y eligiesen un interrex, otras veces interrumpían al interrex y le impedían obtener un decreto para elegir cónsules. Por último, Lucio Papirio Mugilano, que había sido nombrado interrex, reprendió severamente al Senado y a los tribunos, y les recordó que de la tregua con Veyes y la inactividad de los ecuos, y sólo de éstas, dependía la seguridad del Estado, que había sido olvidada y abandonada por los hombres, aunque protegida por el cuidado providencial de los dioses. "¿Os gustaría que el Estado fuese tomado por sorpresa si se produjese alguna alarma por aquel lado, sin ningún magistrado patricio, sin ningún ejército ni general para alistarlo? ¿Iban a repeler una guerra exterior mediante una civil? Si ambas vinieran juntas, la destrucción de Roma no podía evitarse, ni siquiera con la ayuda de los dioses. ¡Que tratasen de establecer la concordia haciendo concesiones por ambos lados: los patricios, permitiendo que se eligieran tribunos consulares en vez de cónsules; los tribunos de la plebe, no interfiriendo con la libertad del pueblo para elegir cuatro cuestores, fuesen patricios o plebeyos!".

[4.44] La elección de los tribunos consulares fue la primera en celebrarse. Todos ellos fueron patricios: Lucio Quincio Cincinato, por tercera vez, Lucio Furio Medulino, por segunda, Marco Manlio y Aulo Sempronio Atratino. Éste último llevó a cabo la elección de los cuestores. Entre otros candidatos plebeyos, estaba el hijo de Antistio, tribuno de la plebe, y un hermano de Sexto Pompilio, otro tribuno. Su autoridad e interés no eran, sin embargo, lo bastante fuertes como para impedir que los votantes prefiriesen a aquellos de alta cuna a cuyos padres y abuelos habían visto ocupar la silla consular. Todos los tribunos de la plebe estaban furiosos, y Pompilio y Antistio, sobre todo, estaban indignados por la derrota de sus familiares. "¿¡Qué significa todo esto?!", exclamaron airados. "A pesar de nuestros buenos oficios, a pesar de los males cometidos por los patricios, con toda la libertad de que ahora disfrutan para ejercer poderes que no tenían antes, ¡ni un solo miembro de la plebe ha sido elevado a la cuestura, por no hablar del tribunado consular! Las apelaciones de un padre en nombre de su hijo, de un hermano en nombre de su hermano, no han servido de nada aunque fuesen tribunos e investidos de la autoridad inviolable para proteger vuestras libertades. Tiene que haber habido fraude en esto; Aulo Sempronio debe haber usado más artimañas en las elecciones de lo que era compatible con el honor." Lo acusaron de haber apartado a sus hombres de las magistraturas por medios ilegales. Como no le podían atacar directamente, protegido como estaba por su inocencia y su cargo oficial, volvieron su resentimiento contra Cayo Sempronio, el tío de Atratino, y tras haber obtenido el apoyo de su colega, Marco Canuleyo, le acusaron en base a la desgracia sucedida en la guerra contra los volscos.

Estos mismos tribunos frecuentemente presentaban en la Senado la cuestión de la distribución de tierras públicas, a la que Cayo Sempronio siempre se resistía con firmeza. Pensaron, y con razón, como probaron los hechos, que cuando llegase el día del juicio, abandonaría su oposición y así perdería influencia con los patricios o, de persistir en ella, ofendería a los plebeyos. Optó por lo último, y prefirió incurrir en el odio de sus adversarios y perjudicar su propia causa antes que traicionar el interés del Estado. Insistió en que "no debe haber concesiones de tierras, que sólo aumentarán la influencia de los tres tribunos; lo que ahora querían no eran tierras para la plebe sino que le odiaran a él. Como otros, enfrentaría la tormenta con ánimo valeroso; ni él ni ningún otro ciudadano debía tener tanto peso en el Senado como para que cualquier muestra de clemencia hacia un particular resultase desastrosa para la comunidad". Cuando llegó el día del juicio no ablandó su tono, se hizo cargo de su propia defensa y, aunque los patricios trataron por todos los medios de ablandar a los plebeyos, fue condenado a pagar una multa de 15.000 ases. En este mismo año Postumia, una virgen vestal, tuvo que responder a una acusación por falta de castidad. Aunque inocente, había dado motivos de sospecha por su atuendo amanerado y sus modos liberales impropios de una doncella. Después de haber sido remitida y finalmente absuelta por el Pontífice Máximo, éste, en nombre de todo el colegio de sacerdotes, le ordenó abstenerse de frivolidad y vivir santamente en lugar de ocuparse de su apariencia. Este mismo año, Cumas, por aquel entonces en poder de los griegos, fue capturada por los campanos.

[4.45] El año siguiente -419 a.C.-tuvo como tribunos militares con poderes consulares a Agripa Menenio Lanato, Publio Lucrecio Tricipitino y Espurio Naucio Rutilo. Gracias a la buena fortuna de Roma, el año estuvo marcado por un grave peligro más que por un desastre real. Los esclavos habían urdido un complot para prender fuego a la Ciudad en varios puntos y, mientras la gente estuviera intentando salvar sus casas, apoderarse del Capitolio. Júpiter frustró su proyecto nefasto, dos de ellos informaron del asunto y los verdaderos culpables fueron detenidos y castigados. Los informantes recibieron una recompensa de 10.000 ases (una gran suma en aquella época), con cargo a la hacienda pública, y su libertad. Después de esto los ecuos empezaron a prepararse para reanudar las hostilidades, y se supo en Roma de buena fuente que un nuevo enemigo, los labicos, se estaban aliando con sus antiguos enemigos. La república había llegado a considerar las hostilidades con los ecuos casi como una constante anual. Se enviaron embajadores a Labico. Les respondieron con evasivas; era evidente que, si bien no había preparativos bélicos inmediatos, la paz no duraría mucho. Se pidió a los tusculanos que estuviesen alertas ante cualquier movimiento de los labicos. Los tribunos militares con potestad consular para el año siguiente -418 a.C.-fueron Lucio Sergio Fidenas, Marco Papirio Mugilano y Cayo Servilio, el hijo del Prisco en cuya dictadura se tomó Fidenas. Justo al comienzo de su mandato, llegaron mensajeros de los túsculos e informaron de que los labicos habían tomado las armas y que en unión de los ecuos habían, después de asolar el territorio túsculo, asentado su campamento en el Álgido. Así pues, se declaró la guerra y el Senado decretó que dos tribunos debían partir a la guerra mientras el otro quedaba a cargo de la Ciudad. A su vez, esto condujo a una disputa entre los tribunos. Cada uno pidió a sus superiores tener el mando de la guerra y consideraban el quedar a cargo de la Ciudad como algo innoble y de poca gloria. Mientras los senadores contemplaban asombrados esta lucha indecorosa entre colegas, Quinto Servilio dijo: "Ya que no mostráis respeto ni por esta cámara ni por el Estado, la autoridad de los padres ha de poner fin a esta disputa. Mi hijo, sin tener que recurrir a las suertes, se hará cargo de la Ciudad. Confío en que aquellos que tanto ansían el mando de la guerra, la conducirán con espíritu más amigable y sensato del que han mostrado en su afán por obtenerlo".

[4.46] Se decidió no se alistaría indiscriminadamente a toda la población; se eligieron diez tribus por sorteo; de éstas, los dos tribunos alistaron los hombres en edad militar y los condujeron a la guerra. Las querellas que habían comenzado en la Ciudad se calentaron aún más en el campamento, pues ambos tribunos seguían ambicionando el mando. No se pusieron de acuerdo en nada, porfiaban por sus propias opiniones y querían que sólo se llevasen a cabo sus propios planes y órdenes, despreciándose mutuamente. Por fin, por las protestas y reproches de los generales, se arreglaron las cosas de manera que acordaron ostentar el mando en días alternos. Cuando se informó a Roma de este estado de cosas, se dice que Quinto Servilio, advertido por la edad y la experiencia, ofreció una oración solemne para que el desacuerdo entre los tribunos por resultase aún más dañino para el Estado de lo que había sido en Veyes; luego, como la catástrofe era, sin duda, inminente, urgió a su hijo para que alistase tropas y armas. No resultó ser un falso profeta.

Sucedió que a Lucio Sergio le tocaba detentar el mando y el enemigo, mediante una huida fingida, logró conducir las fuerzas del tribuno a un terreno desfavorable cercano a su campamento, con la vana esperanza de asaltarlo. Entonces los ecuos hicieron una carga por sorpresa y les forzaron hasta un valle escarpado donde los romanos fueron sobrepasados en número y masacrados en lo que no fue tanto una huida como un amontonarse los unos sobre los otros. Con dificultad alcanzaron su campamento ese día; al siguiente, después que el enemigo hubiese rodeado gran parte del campamento, lo evacuaron mediante una fuga vergonzosa por la puerta trasera. Los jefes y los generales y todos los que estaban más cercanos a los estandartes se marcharon a Túsculo; los demás se dispersaron por los campos en todas direcciones y marcharon a Roma extendiendo las noticias de una derrota más grave de lo que realmente fue. Se sintió menos preocupación por ser el resultado que todos temían y por los refuerzos y medidas tomadas de antemano por el tribuno consular. Por orden suya, después que los magistrados inferiores tranquilizasen las cosas, se enviaron partidas de reconocimiento a explorar el terreno; éstas informaron de que los generales y el ejército estaban en Túsculo y que el enemigo no había abandonado su campamento. Lo que más hizo para restaurar la confianza fue el nombramiento, por decreto senatorial, de Quinto Servilio Prisco como dictador. Los ciudadanos ya habían tenido experiencia previa de su visión política en muchas crisis, y la de esta guerra ofreció una nueva prueba, pues sólo él previó el peligro que supondrían las disensiones entre los tribunos antes que tuviese lugar el desastre. Nombró como su jefe de caballería al tribuno por el que había sido nombrado dictador, o sea, a su propio hijo. Esto al menos es lo que dicen algunos autores, otros dicen que Ahala Servilio fue el jefe de caballería ese año. Con su nuevo ejército se dirigió al núcleo de la guerra y, tras recobrar las tropas que se encontraban en Túsculo, seleccionó una posición para su campamento distante dos millas [2960 metros.- N. del T.] del enemigo.

[4.47] La arrogancia y el descuido que habían mostrado los generales romanos se trasladaron a los ecuos en el momento de su victoria. El resultado de esto se vio en la primera batalla. Tras desordenar el frente enemigo con una carga de caballería, el dictador ordenó que se adelantasen rápidamente los estandartes de las legiones; como uno de los abanderados [signiferum en el original latino; soldado de especial valor y serenidad encargado de portar y defender los estandartes de las centurias. Livio usa signiferum y no aquilifer, como sería de esperar para los portadores de los estandartes de las legiones; fuera porque en la época que relata no se usara tal distinción, fuera por error o generalización del concepto “portador de estandarte”.- N. del T.] dudase, él mismo le mató. Tan ansiosos estaban los romanos por combatir que los ecuos no pudieron resistir el choque. Expulsados del campo de batalla, huyeron hacia su campamento; el asalto de éste llevó menos tiempo y supuso menos lucha, de hecho, que la propia batalla. El dictador entregó el botín del campamento a los soldados. La caballería, que había perseguido a los enemigos que huían, trajo la noticia de que todos los labicos derrotados y gran parte de los ecuos había huido a Labico. Por la mañana, el ejército marchó a Labico y, después rodear completamente la ciudad, la asaltaron y saquearon. Tras volver a casa con su ejército victorioso, el dictador renunció a su magistratura sólo una semana después de haber sido nombrado. Antes de que los tribunos de la plebe tuviesen tiempo de sembrar divisiones sobre la división del territorio labico, el Senado, en una sesión plenaria, aprobó una resolución para que un grupo de colonos se asentasen en Labico. Se enviaron mil quinientos colonos, y cada uno recibió un lote de dos yugadas [unos 5400 metros cuadrados.-N. del T.]. Al año siguiente a la captura de Labico -417 a.C.-fueron tribunos militares con potestad consultar Menenio Lanato, Lucio Servilio Estructo, Publio Lucrecio Tricipitino (todos por segunda vez) y Espurio Veturio Craso. Para el año siguiente -416 a.C.-fueron nombrados Aulo Sempronio Atratino (por tercera vez) y Marco Papirio Mugilano y Espurio Naucio Rutilo, por segunda vez cada uno. Durante estos dos años, los asuntos extranjeros estuvieron en calma, pero en casa hubo discordia a propósito de las leyes agrarias.

[4.48] Los instigadores de los disturbios fueron Espurio Mecilio, que era tribuno de la plebe por cuarta vez, y Marco Metilio, tribuno por tercera vez; ambos habían sido elegidos en ausencia. Presentaron una propuesta para que un territorio capturado al enemigo se adjudicara a propietarios individuales. Si esto se aprobase las fortunas de gran parte de la nobleza se confiscarían. Pues, ya que hasta la misma Ciudad se había fundado sobre suelo extranjero, difícilmente poseían algún terreno que no hubiera sido ganado por las armas, o que nadie aparte del pueblo poseería algo que hubiera sido vendido o públicamente asignado. Aquello tenía todo el aspecto de un amargo conflicto entre la plebe y los patricios. Los tribunos consulares, después de discutir el asunto en el Senado y en reuniones privadas de patricios, estaban perdidos sobre qué hacer, y fue entonces cuando Apio Claudio, el nieto del antiguo decemviro antiguo y el senador en activo más joven, se levantó para hablar. Se le representa diciendo que iba a traer un viejo consejo, bien conocido en su familia. Su abuelo, Apio Claudio, había señalado al Senado la única manera de romper el poder de los tribunos, es decir, mediante la interposición del veto de sus colegas. Los hombres que habían surgido de las masas eran fácilmente inducidos a cambiar de opinión por la autoridad personal de los dirigentes del Estado, con sólo abordárseles en un lenguaje adecuado a la ocasión en vez de a la categoría del orador. Sus sentimientos cambiaban con sus fortunas. Cuando veían que aquellos de sus colegas que eran los primeros en proponer cualquier medida se apropiaban de todo el crédito de la plebe y no dejaban lugar para ellos, no tenían problema en aproximarse al bando del Senado y así ganar el favor de todo el orden y no sólo el de sus dirigentes. Sus puntos de vista contaron con la aprobación universal; Quinto Servilio Prisco fue el primero en felicitar al joven por no haber desmerecido a los antiguos Claudios. Se encargó a los líderes del Senado que persuadieran a cuantos tribunos pudiesen para que interpusieran su veto. Tras el cierre de la sesión, sondearon a los tribunos. Usando de la persuasión, las advertencias y las promesas, les mostraron cuán agradable les resultaría esa medida a ellos, individualmente, y a todo el Senado. Así lograron convencer a seis.

Al día siguiente, de conformidad con un acuerdo anterior, la atención del Senado se dirigió a la agitación que Mecilio y Metilius estaban causando al proponer un soborno del tipo de trabajo posible. Se pronunciaron discursos por los líderes del Senado, declarando cada uno por turno que no podían sugerir ningún curso de acción, y que no veían más recurso que la asistencia de los tribunos. Para la protección de ese poder, el Estado en su vergüenza, como un impotente ciudadano privado, corría en busca de ayuda. Era gloria de los tribunos y de la autoridad que ejercían, que poseyeran tanta fuerza para resistir a colegas maliciosos como para acosar al Senado y producir disensiones entre ambos órdenes. Surgieron gritos por todas partes del Senado y se llamaba a los tribunos desde cada esquina de la Cámara. Cuando el silencio se restableció, los tribunos que habían sido ganados dejaron en claro que ya que el Senado opinaba que la medida propuesta conduciría a la desintegración de la República, ellos debían interponer su veto sobre ella. Se les dio oficialmente las gracias por el Senado. Los proponentes de la medida convocó a una reunión en la que acusaron de abuso a sus colegas, llamándolos "traidores a los intereses de la plebe" y "esclavos de los cónsules", entre otros epítetos insultantes. Luego, retiraron la propuesta.

[4.49] Los tribunos militares con potestad consular para el año siguiente -415 a.C.-fueron Publio Cornelio Coso, Cayo Valerio Potito, Quinto Quincio Cincinato y Numerio Fabio Vibulano. Habría habido dos guerras ese año si los jefes veyentinos no hubiesen aplazado las hostilidades debido a escrúpulos religiosos. Sus tierras habían sufrido una inundación del Tíber que destruyó sobre todo sus granjas. Los bolanos, un pueblo de la misma nación que los ecuos, había efectuado incursiones en el territorio vecino de Labico y atacó a los colonos recién asentados con la esperanza de evitar las consecuencias al recibir el apoyo de los ecuos. Pero la derrota que sufrieron tres años antes les disuadió de ayudarles; los bolanos, abandonados por sus amigos, perdieron ciudad y territorio tras un asedio y un insignificante combate en una guerra que ni siquiera merece la pena reseñar. Lucio Decio, un tribuno de la plebe, trató de presentar una propuesta para que se enviasen colonos a Bola como ya se hizo en Labico, pero fue derrotado por la intervención de sus colegas, que dejaron claro que no permitirían que se aprobase ninguna resolución de la plebe, excepto con autorización del Senado.

Los tribunos militares con poderes consulares para el año siguiente -414 a.C.-fueron Cneo Cornelio Coso, Lucio Valerio Potito, Quinto Fabio Vibulano (por segunda vez) y Marco Postumio Albino. Los ecuos recapturaron Bola y fortalecieron la ciudad al asentar nuevos colonos. La guerra contra los ecuos fue confiada a Postumio, un hombre de carácter violento y obstinado que, sin embargo, mostró más en la hora de la victoria que durante la guerra. Después de marchar con su apresuradamente alistado ejército hacia Bola y quebrantar el espíritu de los ecuos con algunas acciones insignificantes, se abrió finalmente paso dentro de la ciudad. Luego desvió la contienda del enemigo hacia sus propios conciudadanos. Durante el asalto había ordenado que el botín sería para los soldados, pero tras capturar la ciudad faltó a su palabra. Yo me inclino a creer que éste fue el motivo real para el resentimiento que sentía el ejército, pues en una ciudad que había sido recientemente saqueada y donde hacía poco se había asentado una nueva colonia, la cantidad de botín sería menor de la que el tribuno había supuesto. Después de haber regresado a la Ciudad, convocado por sus colegas a causa de los desórdenes excitados por los tribunos de la plebe, el odio contra él aumentó por una expresión estúpida y casi loca que profirió en una Asamblea. El tribuno Marco Sextio estaba presentando una ley agraria y mencionaba que una de sus disposiciones era que se asentarían colonos en Bola. "Aquellos," dijo,"que habían capturado Bola merecían que la ciudad y su territorio se les entregase". Postumio exclamó: "¡Mala cosa será para mis soldados si no guardan silencio!". Esta exclamación resultó tan ofensiva para los senadores, cuando se enteraron de ella, como lo fue para la Asamblea. El tribuno de la plebe era un hombre inteligente y un no mal orador; se encontraba ahora entre sus oponentes con un hombre de carácter insolente y lengua caliente, a quien podía irritar y provocar para que dijera cosas que atraerían el odio no sólo sobre él sino, por su culpa, también sobre todo su orden. A ninguno de los tribunos consulares citaba más a menudo en los debates que a Postumio. Después de que el antes citado profiriese una tosca y brutal expresión, Sextio dijo: "¿Oís, Quirites, cómo amenaza este hombre a sus soldados, como si fueran esclavos? ¿Os parecerá este monstruo más digno de su alto cargo que los hombres que están intentando enviaros como colonos para recibir gratis el regalo de una ciudad y su tierra y daros un lugar de descanso en vuestra vejez? ¿Más que quienes pelean valientemente por vuestros intereses contra tan salvajes e insolentes oponentes? Ahora ya podéis empezar a preguntaros por qué tan pocos asumen la defensa de vuestra causa. ¿Qué han de esperar de vosotros? ¿Altos cargos? Preferís conferirlos a vuestros enemigos antes que a los campeones del pueblo romano. Sólo murmuráis indignados ahora que oís lo que ha dicho este hombre. ¿Qué diferencia hay? Si tuvieseis que votar ahora, preferiríais a este hombre que os amenaza con castigaros antes que a los que os aseguran tierras, hogar y propiedad".

[4,50] Cuando se informó de esta expresión a los soldados del campamento, éstos se indignaron aún más. "¡¿Pues qué?! , dijeron, "¿Amenaza con castigar a sus soldados el estafador de botines, el ladrón?" Aún con tan abiertas expresiones de odio, el cuestor Publio Sestio trató de reprimir la excitación con la misma muestra de violencia que la había provocado. Se mandó un lictor contra un soldado que estaba gritando y esto provocó el alboroto y el desorden. El cuestor fue alcanzado por una piedra y lo retiraron de la multitud; el hombre que lo había herido exclamó que el cuestor había conseguido lo que merecía el comandante que amenazaba a sus soldados. Postumio fue enviado para hacer frente al estallido; empeoró la irritación general por la forma despiadada en que condujo su investigación y la crueldad de los castigos que infligió. Al final, cuando su ira rebasó todos los límites y una multitud se había congregado a los gritos de los que él había condenado a morir a latigazos, él mismo bajó de su tribuna frenéticamente, yendo hacia quienes estaban interrumpiendo la ejecución; los lictores y centuriones trataban de dispersar a la multitud, llevándola a tal estado de exasperación que el tribuno quedó sepultado por una lluvia de piedras lanzadas por su propio ejército. Cuando este hecho terrible se supo en Roma, los tribunos consulares instaron al Senado para que ordenase una investigación sobre las circunstancias de la muerte de su colega, pero los tribunos de la plebe interpusieron su veto. Esta cuestión estaba estrechamente relacionada con otro asunto controvertido. El Senado temía que los plebeyos, fuera por temor a una investigación o por ira, eligieran a los tribunos consulares de entre ellos mismos así que hicieron cuanto pudieron para garantizar la elección de cónsules en su lugar. Como los tribunos de la plebe no permitían que el Senado aprobase tal decreto y vetaban la elección de cónsules, la cuestión quedó en un interregno. El Senado, finalmente, consiguió la victoria.

[4.51] Quinto Fabio Vibulano, como interrex, presidió las elecciones. Los cónsules electos fueron Aulo Cornelio Coso y Lucio Furio Medulino. Al comienzo de su año de mandato -413 a.C.-, se aprobó una resolución por el Senado que facultaba a los tribunos para someter ante la plebe, a la mayor brevedad posible, el tema de una investigación sobre las circunstancias de la muerte de Postumio, permitiendo que la plebe eligiese quién sería el que presidiría la investigación. La plebe, por unanimidad, votó remitir el asunto a los cónsules. Cumplieron su deber con la mayor moderación y clemencia; sólo unos cuantos fueron castigados, y había buenas razones para creer que ésos se dieron muerte ellos mismos. No pudieron evitar, sin embargo, que su actuar fuese agriamente rechazado por la plebe, quien se quejaba de que las medidas que iban en su provecho fuesen diferidas y que las que tocaban al castigo y muerte de sus miembros se aplicaban inmediatamente. Después que se hubiera impuesto la justicia sobre el motín, habría sido un paso de lo más político aplacar su resentimiento distribuyendo el territorio conquistado de Bola. Si el Senado hubiese acometido esto, habría disminuido el afán por una ley agraria que se proponía expulsar a los patricios de su injusta ocupación de los dominios del Estado. Así las cosas, la sensación de injuria fue aún más aguda porque la nobleza no sólo estaba determinada a conservar por la fuerza las tierras públicas, que ya poseían, sino que de hecho rehusaban distribuir el territorio sin dueño recientemente conquistado que sería pronto, como todo lo demás, objeto de apropiación por unos pocos. Durante este año el cónsul Furio condujo las legiones contra los volscos, que estaban asolando el territorio hérnico. Como no encontraron al enemigo allí, avanzaron contra Ferentino, donde gran número de volscos se habían retirado, y la tomaron. Hubo menos botín del que esperaban encontrar pues, como tenían pocas esperanzas de defender la plaza, los volscos se llevaron sus bienes y la evacuaron por la noche. Al día siguiente, cuando la capturaron, estaba casi desierta. La ciudad y su territorio fueron entregados a los hérnicos.

[4.52] Ese año que, gracias a la moderación de los tribunos, había estado libre de perturbaciones, fue seguido por otro en el que Lucio Icilio fue tribuno y los cónsules fueron Quinto Fabio Ambusto y Cayo Furio Pacilo -412 a.C.-. Al comenzar el año, aquel asumió la labor de agitación como si se tratara de la misión asignada a su nombre y a su familia, y anunció propuestas que abordarían la cuestión de la tierra. Debido al estallido de una epidemia que, sin embargo, produjo más alarma que mortandad, los pensamientos de los hombres se desviaron de las luchas políticas del Foro a sus hogares y a la necesidad de cuidar a los enfermos. La peste fue considerada menos dañina de lo que habría sido la agitación agraria. La comunidad se escapó con muy pocas muertes teniendo en cuenta el gran número de casos. Como suele suceder, la peste trajo una hambruna al año siguiente, debido a los campos dejados sin cultivar. Los nuevos cónsules fueron Marco Papirio Atratino y Cayo Naucio Rutilo -411 a.C.-. El hambre habría sido más grave que la peste si no se hubiera aliviado la escasez enviando comisionados a todas las ciudades situadas en el Tirreno y el Tíber para comprar grano. Los samnitas, que ocupaban Capua y Cumas, se negaron con términos insolentes a cualquier comunicación con los comisionados; por otra parte, el Tirano de Sicilia prestó una generosa ayuda. Los mayores suministros fueron traídos por el Tíber, gracias a los buenos oficios de los etruscos. Como consecuencia de la prevalencia de la enfermedad en la República, los cónsules apenas encontraron hombres disponibles; como sólo se pudo comisionar a un senador para cada misión, se vieron obligados a adjuntarles dos caballeros. Aparte de la pestilencia y el hambre, no hubo problemas ni en casa ni en el extranjero durante estos dos años; pero tan pronto como esas causas de preocupación desaparecieron, todas las fuentes habituales de discordias en la república (disturbios en casa y guerras exteriores) estallaron de nuevo.

[4,53] Marco Emilio y Cayo Valerio Potito fueron los nuevos cónsules -410 a.C.-. Los ecuos hicieron preparativos para la guerra y los volscos, sin la sanción de su gobierno, tomaron las armas y les ayudaron como voluntarios. Al saberse de estos movimientos hostiles (ya habían cruzado a los territorios latinos y hérnicos), el cónsul Valerio empezó a reclutar tropas. Fue obstruido por Marco Menenio, el proponente de una ley agraria, y bajo la protección de este tribuno, a ninguno que se opuso a servir le tomaron el juramento. De repente llegó la noticia de que la fortaleza de Carvento había sido capturada por el enemigo. Esta humillación le dio el Senado la excusa para despertar el resentimiento popular contra Menenio, mientras que proporcionaba a los demás tribunos, que ya estaban preparados para vetar su ley agraria, mayor justificación para oponerse a su colega. Tuvo lugar una larga y enojosa discusión. Los cónsules pusieron a dioses y hombres como testigos de que Menenio, al obstruir el alistamiento, era el único responsable de cualquier desgracia y derrota que resultase o estuviese a punto de suceder de manos enemigas. Menenio, por su parte, protestó airadamente diciendo que si los que ocuparon las tierras públicas cesaban en su ocupación ilegal, él no pondría ningún obstáculo para el alistamiento. Los nueve tribunos pusieron fin a la disputa mediante la interposición de una resolución formal, declarando que era intención del colegio apoyar al cónsul a despecho del veto de su colega, tanto si imponía multas [el cónsul.-N. del T.] o adoptaba otras formas de coerción sobre quienes rechazasen servir en la campaña. Armado con este decreto, el cónsul ordenó que los pocos que reclamaban la protección del tribuno fuesen detenidos y llevados ante él; lo que atemorizó a los demás y prestaron el juramento militar.

El ejército se dirigió a la fortaleza de Carvento y, aunque descontentos y resentidos contra el cónsul, apenas llegaron al lugar expulsaron a los defensores y recuperaron la ciudadela. El ataque fue facilitado por la ausencia de parte de la guarnición, que por la laxitud de sus generales estaba fuera robando, en una expedición de saqueo. El botín, que habían reunido en sus incesantes ataques y almacenaban aquí para asegurarlo, fue considerable. Así pues, el cónsul ordenó la venta en subasta [ver Libro 4,29.-N. del T.] ordenando a los cuestores que ingresasen lo obtenido en el Tesoro. Anunció que el ejército sólo tendría participación del botín cuando no hubieran rechazado servir. Esto aumentó la exasperación de la plebe y de los soldados contra el cónsul. El Senado le decretó una ovación y, mientras hacía su entrada ceremonial en la Ciudad, los soldados recitaban versos groseros, con su acostumbrada libertad, en los que el cónsul era insultado y Menenio alabado en pareados, con aplausos y vítores de los espectadores cada vez que se pronunciaba el nombre del tribuno. Esta última circunstancia produjo más inquietud en el Senado que la licencia de los soldados, que era casi una práctica habitual; y como no había duda de que si Menenio se presentaba candidato sería elegido tribuno consular, se le impidió mediante la elección de cónsules.

[4.54] Los dos elegidos fueron Cneo Cornelio Coso y Lucio Furio Medulino -409 a.C.-. En ninguna otra ocasión se indignó más la plebe por no permitírsele elegir tribunos consulares. Mostraron su indignación en la elección de los cuestores, y tuvieron su venganza, porque fue la primera vez que se resultaron elegidos cuestores plebeyos; y tan lejos llevaron su resentimiento que de los cuatro que fueron elegidos sólo quedó un puesto para un patricio, Cesón Fabio Ambusto. Los tres plebeyos, Quinto Silio, Publio Elio y Publio Pupio, fueron elegidos con preferencia a los descendientes de las familias más ilustres. Fueron los Icilios, me parece, quienes indujeron al pueblo a mostrar su independencia en la votación; esa familia era la más hostil a los patricios y tres de sus miembros fueron elegidos tribunos ese año al alentar las esperanzas del pueblo en muchas e importantes reformas. Declararon que no iban a dar un solo paso si el pueblo no tenía el valor suficiente para elegir incluso a los cuestores que asegurasen el buen fin que tanto tiempo habían deseado y que las leyes habían puesto a su alcance, pues vieron que ésta era la única magistratura que el Senado había dejado abierta tanto a patricios como a plebeyos. Los plebeyos consideraron esto como una espléndida victoria; valoraban la cuestura no por lo que era en sí misma, sino como un camino abierto a los hombres nuevos [homo novus en el original latino; se refiere a los que no poseían un rancio abolengo, por así decir.-N. del T.] hacia el consulado y los triunfos. Los patricios, por otra parte, estaban indignados; más que compartiéndolo, sentían más que estaban perdiendo todo el poder sobre el Estado. Y decían: "Si así van a ser las cosas, no se formará a los niños; pues si se les va a impedir ocupar las vacantes de sus mayores y ver mientras a otros en posesión de las dignidades que les pertenecen por derecho, se quedarán, privados de cualquier autoridad y poder, para actuar como salios o flámines [sacerdotes salios: creados por Numa para custodiar los escudos sagrados, llamados anciles; sacerdotes flámines: también instituidos por Numa, se encargaban de mantener el fuego del altar del dios al que estaban adscritos.-N. del T.], sin más obligación que la de ofrecer sacrificios por el pueblo". Ambas partes estaban irritadas, y como los plebeyos cobraran nuevos ánimos y tuviesen tres jefes de nombre ilustre para la causa popular, los patricios vieron que el resultado de todas las elecciones sería el mismo que la de los cuestores, donde el pueblo tenía libertad de elección. Se esforzaron, por tanto, en asegurar la elección de cónsules, que aún no estaba abierta a ambos órdenes; por su parte, los Icilios dijeron que se debían elegir tribunos consulares y que antes o después deberían compartir los más altos honores con la plebe.

[4.55] Pero, hasta entonces, los cónsules no habían hecho nada para impedirlo y que arrebatasen las deseadas concesiones de los patricios. Por una maravillosa clase de buena suerte, llegaron noticias de que los volscos y ecuos habían hecho una incursión de rapiña en los territorios de los latinos y los hérnicos. El Senado decretó un alistamiento para esta guerra pero, cuando los cónsules comenzaron, los tribunos se les opusieron enérgicamente y declararon que ellos mismos y la plebe tenían ahora su oportunidad. Había tres de ellos, todos muy enérgicos, a los que se podría considerar de tan buena familia como les fuera posible, en tanto que plebeyos. Dos de ellos asumieron la misión de mantener una estrecha vigilancia sobre cada uno de los cónsules; al tercero se le encargó la obligación de azuzar y tranquilizar, alternativamente, al pueblo con sus arengas. Los cónsules no podían continuar con el alistamiento, ni los tribunos podían seguir con las votaciones que ansiaban. La Fortuna, finalmente, se puso del lado de la plebe, pues llegaron noticias de que, mientras las fuerzas de la fortaleza de Carvento estaban dispersas en busca de botín, los ecuos les habían atacado y, tras matar a los pocos que quedaron de guardia, destrozaron a los que se retiraban apresuradamente y dispersaron a los demás por los campos. Este incidente, tan desafortunado para el Estado, fortaleció las manos de los tribunos. Se hicieron intentos infructuosos para que en tal emergencia se abstuvieran de oponerse a la guerra, pero no cedieron ni en vista del peligro para el Estado, ni por el odio que les pudiese acarrear; y finalmente consiguieron forzar al Senado a aprobar un decreto para la elección de tribunos militares. Fue, sin embargo, expresamente establecido que no serían elegibles para dicho puesto ninguno de los actuales tribunos de la plebe, ni serían reelegidos el año siguiente como tribunos de la plebe. Esta se dirigía, sin duda, contra los Icilios, de quienes el Senado sospechaba que aspiraban al consulado como recompensa por sus esfuerzos como tribunos. Luego, con el consentimiento de ambos órdenes, se llevó a cabo el alistamiento y empezaron los preparativos para la guerra. Difieren los autores antiguos en cuanto a si ambos cónsules marcharon contra la fortaleza Carventina o si uno de ellos se quedó para proceder a las elecciones. No hay ninguna disputa, sin embargo, en cuanto a que los romanos se retiraron de la fortaleza de Carvento tras un largo e ineficaz asedio y que recuperaron Verrugo tras efectuar grandes rapiñas y obtener gran botín, tanto de territorios volscos como ecuos.

[4.56] En Roma, mientras la plebe había logrado asegurar la elección de quien prefería, el resultado de la misma fue una victoria para el Senado. Contrariamente a todas las expectativas, tres patricios fueron elegidos tribunos consulares, a saber, Cayo Julio Julo, Publio Cornelio Coso y Cayo Servilio Ahala -408 a.C.-. Se dijo que los patricios recurrieron a un truco; los Icilios, de hecho, les acusaron de ello en ese momento. Fueron acusados de haber introducido un grupo de candidatos indignos entre los que sí eran dignos de ser elegidos, y que el disgusto que sintieron los plebeyos por los indignos se extendió a todos los candidatos plebeyos. Después de esto, se recibió la información de que los volscos y los ecuos estaban haciendo preparativos para la guerra con la mayor de las energías. Esto pudo ocurrir porque el hecho de mantener en su poder la fortaleza de Carvento les había levantado los ánimos, o porque la pérdida del destacamento de Verrugo les enfureciese. Se dice que los ancios fueron los principales instigadores; sus embajadores habían ido por las ciudades de ambas naciones reprochándoles su cobardía al esconderse tras sus murallas el año anterior y permitir que los romanos corriesen sus campos por todas partes y destruyesen la guarnición de Verrugo. No sólo se les enviaron ejércitos, sino que incluso se habían establecido colonos en su territorio. No sólo los romanos se habían repartido sus propiedades entre ellos, sino que incluso habían regalado Ferentino a los hérnicos, tras haberla capturado. Estos reproches encendieron el espíritu guerrero en cada ciudad, y se alistó gran número de combatientes. Una fuerza reunida de entre todos los Estados se concentró en Ancio; allí fijaron su campamento y esperaron al enemigo. Noticia de estos acontecimientos llegaron a Roma y produjeron más inquietud de la que los hechos realmente permitían inferir; el Senado ordenó inmediatamente que se nombrase un dictador, el último recurso para casos de peligros inminentes. Se dice que Julio y Cornelio se mostraron indignados con esta decisión, y las cosas siguieron en medio de la amargura de ambos. Los líderes del Senado censuraron a los tribunos consulares por no reconocer la autoridad de la Cámara y, haciendo inútiles sus protestas, terminaron apelando finalmente a los tribunos de la plebe y les recordaron cómo en una ocasión parecida su autoridad había servido de freno a los cónsules. Los tribunos, encantados con la disensión entre los senadores, dijeron que no prestarían ninguna ayuda a quienes no les consideraban ciudadanos ni, incluso, hombres. Si los honores del Estado estuviesen siempre abiertos a ambos órdenes y ellos compartieran el gobierno, entonces podrían tomar medidas para impedir que las decisiones del Senado fueran anuladas por la arrogancia de cualquier magistrado; hasta entonces, los patricios, desprovistos de cualquier respeto por los magistrados o las leyes, podían hacer frente por sí mismos a los tribunos consulares.

[4,57] Esta controversia ocupó los pensamientos de los hombres en el momento más inoportuno, cuando una grave guerra estaba a punto de ocurrir. Por fin, después de que Julio y Cornelio hubieran, uno tras otro, argumentado largamente que ellos eran suficientes para dirigir aquella guerra y que era injusto que se les privara del honor que el pueblo les había conferido, Ahala Servilio, el otro tribuno militar, intervino en el conflicto. Había, dijo, permanecido en silencio tanto tiempo, no porque albergase alguna duda (¿pues qué buen ciudadano podría separar su interés del de la república?), sino porque habría querido que sus colegas se hubieran sometido a la autoridad del Senado sin tener que invocar contra ellos el poder de los tribunos de la plebe. Incluso ahora, les habría dado gustosamente tiempo para abandonar su actitud intransigente si las circunstancias lo permitiesen. Sin embargo, las necesidades de la guerra no esperaban a los Consejos de los hombres, y la república le importaba más que la buena voluntad de sus colegas. Si, por tanto, el Senado apoyaba su decisión, él nombraría un dictador la noche siguiente, y si alguien vetaba la aprobación del decreto del Senado, él se complacería en actuar de acuerdo a su resolución. Al adoptar esta actitud, se ganó la merecida alabanza y simpatía de todos, y tras nombrar como dictador a Publio Cornelio, él mismo fue nombrado jefe de caballería. Ahala proporcionó un ejemplo a sus colegas, pues compararon su posición con la de él, el modo en que los altos cargos y la popularidad llegan a veces más fácilmente a quienes no los codician. La guerra estaba lejos de ser algo memorable. El enemigo fue derrotado con una gran masacre en Ancio, en una sola batalla que se ganó fácilmente. El ejército victorioso devastó el territorio volsco. La fortaleza en el lago de Fucino fue asaltada, y se hizo prisionera a la guarnición de 3000 hombres mientras que el resto de los volscos fueron expulsados hasta sus ciudades amuralladas, dejando sus campos a merced del enemigo. Después usar tanto como pudo de los favores de la Fortuna en la dirección de la guerra, el dictador volvió a casa con más éxito que gloria y dejó el cargo. Los tribunos militares rechazaron todas las propuestas para elegir cónsules (debido, según creo, a su resentimiento por el nombramiento de un dictador), y dieron órdenes para la elección de tribunos militares con potestad consular. Esto aumentó la inquietud de los senadores, porque veían que su causa estaba siendo traicionada por hombres de su propio partido. En consecuencia, como el año anterior habían excitado la indignación contra todos los candidatos plebeyos, incluso contra los dignos, por medio de los que eran perfectamente indignos, ahora los líderes de Senado se presentaron candidatos, rodeados de cuanto les proporcionara distinción

o reforzase su influencia personal. Se aseguraron todos los puesto e impidieron la elección de cualquier plebeyo. Se eligió a cuatro de ellos, todos los cuales habían ocupado anteriormente el cargo, a saber: Lucio Furio Medulino, Cayo Valerio Potito, Numerio Fabio Vibulano y Cayo Servilio Ahala. Este último debió su continuidad en el cargo tanto a la popularidad que se había ganado por su singular moderación como a sus otros méritos.

[4.58] Durante este año -407 a.C.-, expiró el armisticio con Veyes y se enviaron embajadores y feciales en demanda de satisfacción. Cuando llegaron a la frontera fueron recibidos por una delegación de Veyes, que les rogó que no pasasen de allí antes de que ellos mismos tuviesen una audiencia del senado romano. Obtuvieron del Senado la retirada de la demanda de satisfacción, debido a los problemas internos que Veyes estaba sufriendo. Tan lejos estaban ellos de hacer, en las desgracias ajenas, medrar sus propios intereses. Se produjo un desastre en territorio volsco, al perderse la guarnición de Verrugo. Tanto dependió aquí de unas pocas horas, que los soldados que estaban siendo asediados por los volscos y que rogaban ayuda podrían haber sido rescatados si se hubiesen adoptado medidas a tiempo. Así las cosas, la fuerza de rescate sólo llegó a tiempo para sorprender al enemigo que, recién terminada la masacre de la guarnición, estaba disperso en busca de botín. La responsabilidad por el retraso fue más del Senado que de los tribunos; habiendo oído que estaban ofreciendo la más determinada resistencia, no consideraron que hay límites a la resistencia humana que el valor no puede superar. Los valientes soldados no quedaron sin venganza, fuera en sus vidas o en sus muertes.

El año siguiente -406 a.C.-fueron tribunos militares con potestad consular Publio Cornelio Coso, Cneo Cornelio Coso, Numerio Fabio Ambusto y Lucio Valerio Potitus. Debido a la acción del Senado de Veyes, amenazaba guerra con esa ciudad. Los enviados de Roma que fueron en demanda de satisfacción recibieron la respuesta insolente de que a menos que marchasen rápidamente de la ciudad y cruzasen las fronteras, los veyentinos les harían lo mismo que les había hecho Lars Tolumnio. El Senado se indignó y aprobó un decreto para que los tribunos militares sometieran al pueblo lo antes posible una propuesta para declarar la guerra contra Veyes. Tan pronto como se presentó el asunto, los hombres susceptibles de ser movilizados protestaron. Se quejaron de que no se hubiera dado término a la guerra contra los volscos, se hubiera aniquilado la guarnición de dos fortalezas y que éstas, aunque vueltas a capturar, se mantuvieran con dificultad; que no había un año en que no tuviesen que combatir y que ahora, como si no tuviesen bastante, se tenían que preparar para una nueva guerra contra un poderoso enemigo que levantaría a toda la Etruria. Este descontento entre la plebe fue avivado por los tribunos, que continuamente decían que la guerra más grave era la que se daba entre el Senado y la plebe; que eran acosados adrede con la guerra y expuestos a ser muertos por el enemigo y mantenidos como en el destierro, lejos de la tranquilidad de sus hogares por temor a que la tranquilidad de la vida en la Ciudad despertase la memoria de sus libertades y les llevase a discutir los sistemas de distribución de las tierras públicas entre colonos y asegurarles el libre ejercicio de sus derechos. Se llegaron a los veteranos, contaron las campañas de cada hombre así como sus heridas y cicatrices y preguntaron cuánta sangre les quedaba para derramarla por el Estado. Planteando estos temas en discursos públicos y en conversaciones privadas, produjeron entre los plebeyos un sentimiento de oposición a la proyectada guerra. El asunto se apartó por el momento, ya que era evidente en aquel estado de opinión que, si se presentase, sería rechazado.

[4.59] Mientras tanto, los tribunos militares decidieron conducir al ejército a territorio volsco; Cneo Cornelio fue dejado a cargo de la Ciudad. Los tres tribunos comprobaron que no había ningún campamento de los volscos por parte alguna y que no se arriesgarían a una batalla, así que dividieron sus fuerzas en tres grupos separados para asolar el país. Valerio hizo de Ancio su objetivo; Cornelius eligió Ecetra. Dondequiera que marchaban destruían las granjas y los cultivos a lo largo y a lo ancho, dividiendo las fuerzas de los volscos. Fabio marchó contra Anxur, que era el objetivo principal, sin perder tiempo en devastar el país. Esta ciudad se llama ahora Terracina; fue construida en la ladera de una colina y se extendía hacia los marjales. Fabius hizo un amago de atacar la ciudad por ese lado. Se enviaron cuatro cohortes al mando de Cayo Servicio Ahala para dar un rodeo y tomar la colina que dominaba la ciudad por el otro lado. Después de hacerlo así lanzaron un ataque, en medio de fuertes gritos y algarabía, desde su posición más elevada sobre la parte de la ciudad en que no había defensas. Los que defendían la parte baja de la ciudad contra Fabio quedaron estupefactos y asombrados al oír el ruido, y esto le dio tiempo para colocar sus escalas de asalto. Los romanos estuvieron enseguida por todas partes de la ciudad, y durante algún tiempo se produjo una despiadada masacre de fugitivos y combatientes, de hombres armados y desarmados por igual. Como no había esperanza de cuartel, el enemigo vencido se vio obligado a seguir luchando, hasta que de pronto se dio orden de que sólo se hiriese a quienes empuñasen armas. Al oír esto, toda la población arrojó las armas; se tomaron prisioneros en número de 2500. Fabio no permitió que sus hombres arrebatasen el botín de guerra antes de que llegasen sus colegas, pues aquellos ejércitos también habían tomado parte en la captura de Anxur al impedir que los volscos llegasen en su socorro. A su llegada, los tres ejércitos saquearon la ciudad que, debido a su larga prosperidad, poseía muchas riquezas. Esta generosidad por parte de los generales fue el primer paso hacia la reconciliación entre la plebe y el Senado. Le siguió el regalo que el Senado, en el momento más oportuno, otorgó a los plebeyos. Antes de que la cuestión fuese debatida por la plebe o por sus tribunos, el Senado decretó que los soldados recibirían una paga del erario público. Anteriormente, cada hombre había servido a su propia costa. [Es decir, se había pagado su propio equipo y se costeaba su mantenimiento en campaña.- N. del T.]

[4,60] Nada, según se cuenta, fue nunca más bienvenido por la plebe ni con más deleite; rodearon la casa del Senado, tomaban las manos de los senadores que salían y reconocían que eran justamente llamados "Padres"; les declaraban que tras lo que habían hecho ninguno dejaría de poner su sangre o sus personas al servicio de tan generoso país. Vieron con agrado que sus propiedades privadas no se verían afectadas durante el tiempo en que estaban dedicados a servir a la república; y el hecho de que se ofreciese espontáneamente tal regalo, sin petición previa de sus tribunos, incrementó su inmensa gratitud y felicidad. Las únicas personas que no compartían el sentimiento general de alegría y buena voluntad eran los tribunos de la plebe. Afirmaron que el acuerdo se convertiría en una cosa menos agradable para el Senado y menos beneficiosa para la comunidad de lo que suponían. Aquella política era más atractiva a primera vista de lo que resultaría en la práctica. ¿De qué fuente, preguntaron, saldría el dinero, sino imponiendo un tributo al pueblo? Ellos eran muy generosos a expensas de los demás. Además, aquellos que habían cumplido su tiempo de servicio no permitirían, incluso si los demás lo aprobaban, que el resto sirviera en condiciones más favorables de lo que ellos mismos lo habían hecho y, después de haber tenido que mantenerse a su propia costa, tener ahora que costear el servicio de otros. Estos argumentos influyeron sobre algunos plebeyos. Por fin, después que se impusiera el tributo, los tribunos de hecho advirtieron que ellos protegerían a cualquiera que rehusara contribuir al impuesto de guerra. Los senadores estaban decididos a mantener una medida tan felizmente inaugurada; ellos mismos eran los primeros en contribuir y, como aún no se usaba la moneda acuñada, llevaron el cobre al peso, en vagones, al Tesoro, llamando así la atención del pueblo sobre el hecho de su contribución. Después de los senadores hubieran contribuido conscientemente con la totalidad de lo que se les había fijado, los jefes plebeyos, amigos personales de los nobles, empezaron a pagar su parte como se había acordado. Cuando la multitud vio a estos hombres aplaudidos por el Senado y vistos como patriotas por los hombres en edad militar, rápidamente rechazaron la protección que les ofrecían los tribunos y competían unos con otros en su afán por contribuir. La propuesta autorizando la declaración de guerra contra Veyes se aprobó y los nuevos tribunos militares con potestad consular marcharon hacia allí con un ejército compuesto en gran medida por hombres que se ofrecieron voluntariamente para el servicio.

[4,61] Estos tribunos fueron Tito Quincio Capitolino, Quinto Quincio Cincinato, Cayo Julio Julo (por segunda vez), Aulo Manlio, Lucio Furio Medulino (por tercera vez) y Marco Emilio Mamerco -405 a.C.-. Veyes fue cercada por ellos. Inmediatamente después de que el sitio hubiera comenzado, tuvo lugar una concurrida reunión del Consejo Nacional Etrusco en el templo de Voltumna, pero no se tomó una decisión sobre si los veyentinos debían ser defendidos por las armas de toda la nación. Al año siguiente -404 a.C.-, prosiguió el sitio con menos vigor debido a que se llamó a alguno de los tribunos y a parte del ejército para la guerra contra los volscos. Los tribunos militares con potestad consular de ese año fueron Cayo Valerio Potito (por tercera vez), Manio Sergio Fidenas, Publio Cornelio Maluginense, Cneo Cornelio Coso, Céson Fabio Ambusto y Espurio Naucio Rutilo (por segunda vez). Se libró una batalla campal contra los volscos entre Ferentino y Écetra, que terminó con victoria romana. Después, los tribunos empezaron con el asedio de Artena, una ciudad volsca. Al intentar una salida, se rechazó al enemigo hacia la ciudad, dando así una oportunidad a los romanos para forzar la entrada y capturando el lugar con excepción de la ciudadela. Parte del enemigo se retiró a la ciudadela, que estaba protegida por la naturaleza de su posición; bajo ella, muchos fueron muertos o hechos prisioneros. La ciudadela quedó rodeada, pero no se pudo tomar al asalto al ser suficientes los defensores para cubrir todas las fortificaciones, ni había esperanza de que se rindiesen al haber llevado allí todo el grano de los almacenes públicos antes que la ciudad fuera capturada. Los romanos se habrían retirado con pesar de no haber traicionado un esclavo a los sitiados. Los soldados, guiados por él a través de un terreno escarpado, capturaron el lugar y, tras masacrar a quienes estaban de guardia, rindieron a los demás. Tras haber demolido la ciudad y su ciudadela, las legiones fueron retiradas del territorio volsco y toda la fuerza de Roma se dirigió contra Veyes. El traidor fue recompensado no sólo con su libertad, sino también con la propiedad de dos familias, y se le llamó Servio Romano. Algunos suponen que Artena pertenecía a los veyentinos y no a los volscos. El error proviene del hecho de que había una ciudad del mismo nombre entre Caere y Veyes, pero fue destruida en tiempos de los reyes de Roma y pertenecía a Caere, no a Veyes. La otra ciudad del mismo nombre, cuya destrucción he relatado, se encontraba en territorio de los volscos.

Fin del libro 4.

Ir al Índice

Libro 5: La guerra con Veyes, la destrucción de Roma por los galos

Ir al Índice

[5,1] Mientras que la paz reinaba en otros lugares, Roma y Veyes se enfrentan mediante las armas, animados por tanta furia y odio que, claramente, sólo la ruina esperaba a los vencidos. Cada una elegía a sus magistrados, pero según principios totalmente diferentes. Los romanos aumentaron el número de sus tribunos militares con potestad consular [tribunorum militum consulari potestate en el original latino; a veces el autor lo abrevia en tribunorum militum. La traducción literal y correcta sería "tribunos militares con potestad consular"; sin embargo, la tradición traductora se refiere a esta magistratura abreviándola en tribunos consulares o tribuno consular para el singular, y es la que seguiremos aquí.-N. del T.] a ocho, el número más grande que nunca hubieran elegido. Fueron Marco Emilio Mamerco (por segunda vez), Lucio Valerio Potito (por tercera vez), Apio Claudio Craso, Marco Quintilio Varo, Lucio Julio Julo, Marco Postumio, Marco Furio Camilo y Marco Postumio Albino -403 a.C.-. Los veyentinos, por otra parte, cansados de votar cada año para elegir magistrado, eligieron un rey. Esto ofendió gravemente a los pueblos etruscos, debido a su odio por la monarquía y su aversión personal al que fue elegido. Él ya resultaba a la nación por el orgullo que mostraba por su riqueza, por su temperamento autoritario y por haber puesto abrupto fin a la fiesta de los Juegos, lo que era un acto de impiedad. Su candidatura para el sacerdocio no había tenido éxito, otro resultó preferido por el voto de los doce pueblos y, en venganza, de repente, retiró a los participantes, muchos de los cuales eran sus propios esclavos, en medio de los Juegos. Los etruscos, como nación, se distinguieron sobre todas las demás por su devoción a las prácticas religiosas, ya que sobresalían en el conocimiento y en la dirección de ellas, y decidieron, en consecuencia, que no se debía prestar ninguna ayuda a los veyentinos mientras estaviesen bajo un rey. La noticia de esta decisión se ocultó en Veyes por miedo al rey; éste trataba a quienes mencionasen cosas por el estilo no como autores de cuentos ociosos, sino como cabecillas de sedición. Aunque los romanos habían recibido información de inteligencia diciendo que no había ningún movimiento por parte de los etruscos, aún así, como se informaba de que el asunto se discutía en cada uno de sus consejos, dispusieron sus líneas como para presentar una doble cara: la una frente a los veyos para prevenir salidas de la ciudad y la otra mirando a Etruria, para interceptar cualquier socorro de ese lado.

[5,2] Como los generales romanos empezaban a confiar más en un bloqueo que en un asalto, empezaron a construir barracones para invernar [hibernaculum en el texto latino original: alojamientos más protegidos (de adobe, ladrillo o piedra) que las contubernia de piel.-N. del T.], una novedad para el soldado romano. Su plan era mantener la guerra durante el invierno. Los tribunos de la plebe, durante mucho tiempo, habían sido incapaces de hallar un pretexto para provocar una revuelta. Sin embargo, cuando esta noticia llegó a Roma, se apresuraron a la Asamblea y promovieron gran excitación al declarar que esta era la razón por la que se había dispuesto el pago de l de este fue llevado a Roma, que corrió a la Asamblea y produjo gran emoción al declarar que esta era la razón por la que se había resuelto al pago de las tropas. Ellos, los tribunos, no habían estado ciegos ante el hecho de que este regalo de sus adversarios podría resultar envenenado. Se había hecho un cambalache con las libertades del pueblo, sus hombres capaces habían sido enviados fuera permanentemente, desterrados de la Ciudad y del Estado, sin importar que fuese invierno o verano ni tener la posibilidad de visitar sus hogares o cuidad sus propiedades. ¿Cuál creían que era la razón para esta campaña continua? Con seguridad no era otra más que el miedo de que si una gran cantidad de tales hombres, que constituían la mayor fortaleza de la plebe, estuviesen presentes, sería posible discutir reformas en favor de los plebeyos. Además, estaban sufriendo más carencias y opresión que los veyentinos, porque éstos pasaban el invierno bajo sus techos, en una ciudad protegida por sus magníficas murallas y su fuerte posición natural; mientras, los romanos, entre trabajos y fatigas, enterrados en el hielo y la nieve, esperando pacientemente bajo sus toscas tiendas de piel sin poder abandonar sus armas ni en invierno, cuando hay un descanso en todas las guerras, sean por tierra o por mar. Esta forma de esclavitud, al hacer perpetuo el servicio militar, nunca fue impuesta por los reyes, ni por los cónsules que tan dominantes eran antes de la institución del tribunado, ni bajo el severo gobierno del dictador o el de los decenviros sin escrúpulos: eran los tribunos consulares quienes ejercían tal despotismo real sobre la plebe romana. ¿Qué escandalosas crueldades no habrían hecho estos hombres de haber sido cónsules o dictadores, teniendo en cuenta de que su autoridad proconsular es sólo una sombra de las otras? Pero el pueblo había tenido lo que se merecía. Ni un plebeyo había sido elegido para uno de los ocho tribunados militares. Hasta ahora, con los mayores esfuerzos, los patricios sólo ocupaban tres puestos a la vez; ahora había ocho de ellos empeñados en mantener su poder. Ni siguiera había salido un plebeyo de entre aquella multitud, aunque sólo hiciera eso, para advertir a sus colegas de que aquellos que servían como soldados eran sus propios conciudadanos y no esclavos, y que debían ser devueltos, en todo caso para el invierno, a sus casas y hogares para que en algún momento del año visitasen a sus familias y esposas e hijos, y que ejerciesen sus derechos como ciudadanos libres al elegir a los magistrados.

[5,3] Aunque se complacían en declamaciones de este tipo, encontraron un oponente de su altura en Apio Claudio. Éste, desde joven, había tomado parte en los enfrentamientos con la plebe, como ya se ha indisu temprana juventud confrontado con la plebeSe había tomado desde su juventud su participación en los concursos con la plebe, y como se ha indicado anteriormente, algunos años antes había recomendado el Senado para romper el poder de los tribunos, garantizando la intervención de sus colegas. No sólo era un hombre de mente rápida y versátil sino, en aquel momento, un experimentado polemista. Pronunció el siguiente discurso en esta ocasión: -"Si, Quirites, siempre ha habido dudas sobre si era en vuestro interés

o en el suyo que los tribunos siempre se mostraban partidarios de la sedición, me parece evidente que este año ha dejado de haberlas. Si bien me alegro de que al fin se haya puesto término a un engaño de tan larga data, os felicito, y en vuestro nombre a todo el Estado, de que su desaparicióneliminación se ha efectuado justo en el momento en que sus circunstancias son las más prósperas. ¿Hay alguien que dude de que cualesquiera males que hayáis sufrido en algún momento, nunca molestaron tanto y provocaron a los tribunos como el generoso tratamiento recibido por la plebe del Senado al establecer el sistema de paga a los soldados? ¿Qué otra cosa creéis que temían entonces, y que hoy con gusto cambiarían, sino la armonía entre ambos órdenes, que creían mayoritariamente que se dirigía a destruir su poder? Son, en realidad, como tantos medicastros en busca de trabajo, siempre ansiosos por encontrar alguna cosa enferma en la república por la que les llaméis a curarla". Luego, dirigiéndose a los tribunos, les dijo: "¿Estáis defendiendo o atacando a la plebe? ¿Estáis tratando de lesionar a los hombres en el servicio o está pidiendo su causa? O quizá sea esto lo que queréis decir: "Sea lo que sea que haga el senado, tanto en interés del pueblo como contra él, nos oponemos". Así como los amos prohíben a los extranjeros que tengan comunicación con sus esclavos, pues creen que es justo que se abstengan de mostrarles tanto bondad como maldad, así vosotros prohibís a los patricios todo trato con la plebe, no sea que se les muestre nuestra bondad y generosidad y se nos hagan leales y obedientes. ¿Cuánto más respetuoso habría sido por vuestra parte mostrar una pizca, no diré ya de patriotismo, sino de humanidad común, al comtemplar con agrado, tanto como pudiéseis, que los patricios y la plebe estuviesen en buen que hubiera sido de usted, si usted ha tenido una chispa - No voy a decir de patriotismo, pero - de la humanidad común, que ve con buenos ojos, y en cuanto a fijar en ti, que fomentó la amabilidad los sentimientos de los patricios y agradece la buena voluntad de la plebe! Y si esta armonía resultase duradera, ¿Quién no se atrevería a asegurar que este Imperio en poco tiempo sería el más grande entre los Estados vecinos?".

[5,4] "Yo, por lo tanto, os muestro no sólo la conveniencia, sino incluso la necesidad de la política que mis colegas han adoptado de negarse a retirar al ejército de Veyes hasta que hayan alcanzado su objetivo. Por el momento, prefiero hablar de las condiciones reales en que está sirviendo; y si yo no estuviera hablando sólo ante vosotros, sino también ante el campamento enterio, creo que lo que digo parecería justo y equitativo a juicio de los propios soldadospero sólo en el campo, así, creo que lo que digo parece justo y equitativo en la sentencia de los soldados sí mismos. Incluso si no se presentaran los mismos argumentos ante mi, hallaría los de mis adversarios más que suficientes para mi propósito. Decían últimamente que no se debía entregar una paga a los soldados, porque nunca se les había dado. ¿Cómo entonces pueden ahora indignarse porque a los que han obtenido beneficios adicionales profesan indignación a los que han obtenido beneficios adicionales que se deben someterse a un esfuerzo adicional en proporción? En ningún lugar hallamos trabajo sin recompensa, ni, por regla general, la recompensa, sin parte de los gastos de mano de obra. Trabajo y placer, completamente diferentes por naturaleza, han sido unidos entre si por la naturaleza en una especie de asociación. Anteriormente, el soldado consideraba un agravio tener que prestar servicio al Estado a su propia costa; tenía la satisfacción, no obstante, de poder cultivar sus tierras durante parte del año y adquirir los medios para sostenerse él y su familia tanto si estaba en su hogar como si estaba de servicio. Ahora tenía la satisfacción de saber que el Estado resultaba una fuente de ingresos para él, y se alegraba de recibir su paga. Bien puede esperar pacientemente estar ausente un poco más de su hogar y su propiedad, sobre las que no caen ahora tan fuertes gastos. Si el Estado tuviese que reclamarle un cálculo exacto, no estaría justificado que dijese: "Recibes un año de paga, debes dar un año de trabajo. ¿Creéis que es justo recibir doce meses de paga completa por seis meses de servicio?". Con renuencia, Quirites, insisto en este tema, porque son los que emplean mercenarios quienes suelen tratar las cosas así; pero queremos tratar con vosotros como conciudadanos, y creemos que lo justo es que vosotros tratéis con nosotros como con vuestra patria.

"Puede que esta guerra no se debiera haber empezado, pero ahora debe conducirse como corresponde a la dignidad de Roma y terminarla tan pronto como se pueda. Sin duda, le daremos un final si presionamos con el asedio, pero no si nos retiramos antes de haber cumplido nuestras esperanzas con la captura de Veyes. Si, ¡por Hércules! no hubiera otra razón, el mismo desprestigio de la retirada debería inspirarnos a perseverar. Una ciudad fue una vez sitiada por toda la Grecia durante diez años, por culpa de una mujer, ¡y a cuánta distancia de sus casas, y con cuántas tierras y mares entre ellos! ¿Nos estamos cansando de mantener un asedio durante un año, a menos de veinte millas de distancia [29.600 metros.-N. del T., casi a la vista de la Ciudad? Supongo que pensáis que el motivo de la guerra es trivial y que no sentimos el suficiente resentimiento como para perseverar. Siete veces han reanudado la guerra contra nosotros; nunca han mantenido fielmente los términos de la paz; han asolado nuestros campos mil veces; han obligado a los Fidenenses a rebelarse; han asesinado a los colonos que asentamos allí; han instigado el impío asesinato de nuestros embajadores, violando el derecho de gentes; han querido levantar contra nosotros a toda la Etruria y aún están en ello; cuando les enviamos embajadores a pedir satisfacción, casi les ultrajaron.

[5,5] "¿A éstos debe hacerse la guerra sin entusiasmo y con dilaciones? Si tales razones no son bastantes para mover vuestro odio, ¿no lo serán tampoco, os lo ruego, las siguientes? La ciudad está cercada por una inmensa fábrica de asedio que confina al enemigo dentro de sus muros. No ha labrado sus tierras, y lo que había trabajado antes se ha visto devastado por la guerra. Si hacemos regresar otra vez a nuestro ejército, ¿alguien tiene la menor duda de que invadirán nuestro territorio? No sólo por sed de venganza, sino también por la pura necesidad de saquear lo de otros al haber perdido lo suyo. Si aprobamos vuestra política no aplazaremos la guerra, simplemente la trasladaremos dentro de nuestras propias fronteras. Bueno, y ahora, ¿qué hay de los soldados en los que esos dignos tribunos se han interesado de pronto después de tratar en vano de robarles sus salarios? ¿qué hay de ellos? Han construido una rampa y un foso, trabajos inmensos cada uno de ellos, sobre toda esa extensión de terreno; han construido fuertes, pocos al principio, pero muy numerosos conforme crecía el ejército; han levantado defensas no sólo contra la ciudad, sino también como una barrera contra Etruria por si llegaba ayuda de allí. ¿Hace falta describir las torres, los manteletes, los testudos y otros ingenios usados para asaltar ciudades? Ahora que tanto trabajo se ha hecho y que por fin se le ha dado fin, ¿creéis que se debe abandonar para que el próximo verano nos agotemos otra vez construyéndolos de nuevo? ¡Cuánto menos problema hay en defender lo ya construido, en seguir adelante y perseverar y así terminar con nuestras preocupaciones y trabajos! Porque de cierto que la empresa no será larga si se realiza con un esfuerzo continuo, y si no retrasamos el cumplimento de nuestras esperanzas con nuestras propias interrupciones y paros".

"He estado hablando de los trabajos y de la pérdida de tiempo. Ahora se reúne frecuentemente el Consejo Nacional de Etruria para discutir la cuestión del envío de ayuda a Veyes. ¿Nos hará esto olvidar el peligro en que caemos al prolongar la guerra? En el estado actual de cosas, ellos están enojados, resentidos, y dicen que no enviarán ninguna ayuda; por lo que a ellos respecta, Veyes puede ser capturada. Pero, ¿quién garantiza que si la guerra se prolonga seguirán pensando igual? Porque, si le damos respiro a los veyentinos, enviarán una embajada más numerosa e influyente y lo que ahora produce disgusto a los etruscos, es decir, la elección de un rey, puede luego ser anulado, sea por el actuar unánime de los ciudadanos para ganarse la simpatía de Etruria, o mediante la abdicación voluntaria del propio rey, para no permitir que su corona ponga en peligro la seguridad de su pueblo. "Ved cuántas consecuencias desastrosas se derivan de la política que recomendáis: sacrificar las obras construidas con tanto esfuerzo; la amenaza de devastación de nuestras fronteras; una guerra con el conjunto de Etruria, en lugar de una sóla contra Veyes. Este, tribunos, es el precio de vuestras propuestas; mucho, según mi opinión; como si uno fuese a tentar a una persona enferma, que sometiéndose a un estricto tratamiento pudiera recuperarse rápidamente, para que se de a la comida y la bebida y alargue y haga quizá incurable su enfermedad".

[5.6] "Aunque no afectase a esta guerra, aún sería de la mayor importancia para la disciplina militar que nuestros soldados se acostumbrasen no sólo a disfrutar de la victoria una vez lograda, sino también, cuando la campaña progresa más lentamente, a lidiar con el tedio y a esperar la consecución de sus esperanzas, aunque se retrasen. Si una guerra no ha terminado en verano tienen que aprender a pasar el invierno y no, como las aves de paso, a buscar techos para protegerse al llegar el otoño. La pasión y el placer de la caza lleva a los hombres a través del hielo y la nieve hasta los bosques y las montañas. Por tanto, les ruego que me digan si no vamos a emplear en las exigencias de la guerra la misma capacidad de persistencia que usamos para el deporte o el placer. ¿Debemos suponer que los cuerpos de nuestros soldados están tan afeminados y sus espíritus son tan endebles que no pueden permanecer en el campamento o mantenerse fuera de sus hogares durante un solo invierno? ¿Debemos creer que, al igual que los que luchan en la guerra naval, tienen que mirar las estaciones y buscar el tiempo favorable y por tanto estos hombres no pueden soportar momentos de frío y de calor? ¡Vergüenza deberían tener quienes así piensen!; y más habrían de sostener resueltamente que tanto en cuerpo como en espíritu con capaces de resistir duramente y mantenerse en campaña tanto en invierno como en verano. Deberían deciros que no os han nombrado sus tribunos para que actuéis como protectores de los afeminados o de los indolentes, ni que fue bajo frescas sombras o techos protectores donde sus antepasados crearon este poder tribunicio. El valor de vuestros soldados, la dignidad de Roma, demandan que no limitemos nuestras miras a Veyes y a la presente guerra, sino que busquemos la reputación para tiempos venideros en relación con otras guerras y entre todas las demás naciones".

"¿Creéis que la opinión que los hombres se formen de nosotros en esta crisis es asunto de poca importancia? ¿Da igual que nuestros vecinos recuerden a Roma como una ciudad de la que, una vez se soporta su primer ataque, no hay nada que temer? ¿o que, al contrario, nuestro nombre provoque el terror de quien no se cansa de un largo sitio, sin temor al invierno, ni retira un ejército del asedio de una ciudad hasta que la ha capturado, que no pone fin a una guerra si no es con la victoria y que conduce sus campañas más con la perseverancia que con el arrebatamiento? La perseverancia es necesaria en toda clase de operación militar, pero especialmente en la conducción de los asedios pues la mayoría de las ciudades son inexpugnables, debido a la fuerza de sus fortificaciones y a su posición, y es el tiempo quien las vence por hambre y sed, y las captura como capturará Veyes a menos que los tribunos de la plebe extiendan su protección al enemigo y los veyentinos encuentren en Roma el apoyo que vanamente van buscando en Etruria. ¿Puede pasar algo más de acuerdo con los deseos veyentinos, sino que la ciudad de Roma se llene de rebeliones y que éstas se contagien al campo? Porque entre el enemigo hay en realidad tanto respeto por la ley y el orden que no han sido incitados a la revolución ni por el cansancio del sitio ni por su aversión a la monarquía absoluta, ni han mostrado exasperación ante la negativa de ayuda de Etruria. El hombre que defienda la rebelión será condenado a muerte en ese mismo lugar, y a nadie se le permitirá decir las cosas que impunemente se dicen entre vosotros. Entre nosotros, el hombre que abandona su estandarte o deserta de su puesto merece ser apaleado hasta la muerte, pero aquellos que le incitan a abandonar los estandartes y desertar del campamento son escuchados no sólo por uno o por dos; tienen a todo el ejército como audiencia. A tal punto os habéis habituado a escuchar tranquilamente cualquier cosa que un tribuno de la plebe pueda decir, incluso si significa la traición de vuestra patria y la destrucción de la república. Cautivados por la atracción que ese cargo tiene para vosotros, permitís que toda clase de males se cobijen a su sombra. Lo único que les queda es llevar al campamento, ante los soldados, los mismos argumentos que tan notoriamente han expuesto aquí y así corromper al ejército para que no deseen obedecer a sus jefes. Pues, evidentemente, la libertad en Roma simplemente significa que los soldados dejen de sentir respeto por el Senado, o por los magistrados, o por las leyes o las tradiciones de sus antepasados, o por las instituciones de sus padres o la disciplina militar".

[5,7] Ya hasta en las asambleas del pueblo estaba Apio a la altura de los tribunos, y ahora su victoria sobre ellos quedó asegurada por el más inesperado desastre, a consecuencias del cual se unieron todos los órdenes en una vehemente voluntad de proseguir el asedio de Veyes aún más vigorosamente. Se había construido una rampa que ya casi llegaba hasta la ciudad y el mantelete estaba casi situado en contacto con las murallas; pero se había prestado más atención a su construcción durante el día que a protegerlas durante la noche. De repente las puertas se abrieron y una enorme multitud, en su mayoría armados con antorchas, lanzó los misiles en llamas a las obras, y en sólo una hora las llamas consumieron tanto la rampa como el mantelete, que tantos días de trabajo habían costado. Muchos pobres hombres que en vano trataron de ayudar, perecieron en las llamas o por la espada. Cuando la noticia de esto llegó a Roma hubo luto general, y el Senado se llenó de temor porque llegaran a estallar disturbios en la ciudad o el campamento que no pudieran reprimir, y porque los tribunos de la plebe se burlaran de la vencida república. De pronto, sin embargo, cierta cantidad de hombres a los que, aunque habían sido considerados como caballeros, no se les había provisto de caballos, tras acordar un plan común de acción se dirigieron a la Curia [así se llamaba al edificio donde habitualmente se reunía el Senado.-N. del T.] y declararon que servirían como jinetes a sus expensas y en sus propios caballos. El Senado les dio las gracias en los términos más corteses. Cuando la noticia de este incidente se extendió por el Foro y la Ciudad, los plebeyos se reunieron apresuradamente ante la Curia y declararon que ellos ahora formaban parte de las fuerzas de infantería y que, aunque no era su turno de ser alistados, prometían prestar servicio a la república marchando a Veyes o a cualquier otro sitio donde se les mandase. Dijeron que, si se les llevaba a Veyes, no regresarían hasta que la ciudad fuese tomada.

Al oír esto, el Senado con dificultad pudo refrenar su alegría. No hicieron, como en el caso de los caballeros, una resolución de agradecimiento para ser transmitida a través de los magistrados presidentes, ni se convocó a nadie a la Curia para recibir su réplica, ni siquiera permanecieron dentro del recinto del edificio. Salieron al espacio abierto frente a la Curia y cada uno por separado dieron a entender al pueblo que estaba en los comicios, con sus voces y sus gestos, la alegría que sentían, y expresaron su confianza en que esta unidad de sentimientos haría de Roma una Ciudad bendita, invencible y eterna. Aplaudieron a los caballeros, aplaudieron al pueblo, llovieron los elogios al día mismo y admitieron francamente que el Senado había sido superado en cortesía y amabilidad. Los senadores y plebeyos por igual derramaron lágrimas de alegría. Por fin, se reanudó la sesión y se aprobó una resolución por la que los tribunos consulares con potestad consular debían convocar una asamblea pública y dar gracias a la infantería y a los caballeros, y decirles que el Senado nunca olvidaría esta prueba de su amor por su país. Se decidió además que las pagas se abonarían a partir de aquel día a quienes, aunque no habían sido llamados a filas, se presentaron a servir voluntariamente. Se asignó una cantidad fija a cada caballero; aquella fue la primera vez que los caballeros recibieron paga militar. El ejército de voluntarios marchó a Veyes, y no sólo reconstruyó las obras que se habían perdido sino que construyó otras nuevas. Se puso gran cuidado en llevar suministros desde la Ciudad, para que nada faltase a un ejército que tan bien se había comportado.

[5,8] Los tribunos consulares con potestad consular del año siguiente fueron Cayo Servilio Ahala (por tercera vez), Quinto Servilio, Lucio Verginio, Quinto Sulpicio, Aulo Manlio (por segunda vez) y Manio Sergio (también por segunda vez) -402 a.C.-. Durante su mandato, mientras todos estaban preocupados por la guerra Veyentina, se perdió Anxur. La guarnición se había debilitado por la ausencia de los hombres con licencia y los comerciantes volscos fueron admitidos sin control, con el resultado de que la guardia ante las puertas estaban sorprendidos y el puesto fortificado fue capturado. La pérdida en hombres fue escasa pues, con excepción de los enfermos, todos ellos estaban dispersos por los campos y las ciudades vecinas dedicados a sus negocios particulares. En Veyes, el principal punto de interés, las cosas no fueron mucho mejor. No sólo se enfrentaban los comandantes romanos entre sí con más fuerza que la que oponían el enemigo: la guerra adquirió un carácter más serio con las llegada repentina de los capenates y los faliscos. Dado que estos dos Estados eran los más cercanos, creyeron que si caía Veyes ellos serían los siguientes a quienes Roma haría la guerra. Los faliscos tenían sus propias razones para temer las hostilidades, pues ya habían participado en la guerra anterior contra Fidenas. Así, ambos Estados, después de despachar mutuamente embajadores al efecto, juraron aliarse entre si y sus dos ejército llegaron inesperadamente a Veyes. Sucedió que atacaron las trincheras por el lado donde Manio Sergio estaba al mando y crearon una gran alarma, pues los romanos estaban convencidos de que toda Etruria se había levantado y se presentaba con gran fuerza. De la misma opinión fueron los veyentinos en la ciudad, de modo que el campamento romano fue atacado desde dentro y desde fuera. Corriendo de un lado a otro para enfrentar primero un ataque y luego el otro, no fueron capaces de confinar suficientemente a los veyentinos en sus fortificaciones ni de repeler el asalto de sus propias obras y defenderse del enemigo exterior. Su única esperanza era que llegase ayuda del campamento principal de modo que las legiones pudiesen combatir espalda contra espalda, unos contra los capenates y faliscos y los otros contra los que salían de la ciudad. Pero Verginio estaba al mando de ese otro campamento, y él y Sergio se detestaban mutuamente el uno al otro. Cuando se le informó de que la mayor parte de los fuertes habían sido atacados, que las líneas que los conectan habían sido superadas y que el enemigo se abría paso desde ambos lados, mantuvo a sus hombres parados y con las armas listas, declarando en repetidas ocasiones que si su colega necesitaba ayuda que se la pidiera. Este egoísmo suyo fue acompañado por la obstinación del otro, pues Sergio, para no dar la impresión de haber pedido ayuda a un enemigo personal, prefirió la derrota a manos del enemigo antes que deber la victoria a un compatriota. Durante algún tiempo los soldados fueron sacrificados entre las dos fuerzas atacantes; por fin, un pequeño número abandonó sus líneas y alcanzó el campamento principal; el propio Sergio, con la mayor parte de su fuerza, se dirigió a Roma. Una vez aquí echó toda la culpa a su colega, y se decidió que se debía convocar a Verginio del campamento y que sus lugartenientes quedasen al mando en su ausencia. El caso fue debatido en el Senado; pero pocos miraron el interés de la república y la mayoría de los senadores apoyaban a uno u otro de los litigantes según sus simpatías particulares o preferencias de partido.

[5,9] Los líderes del Senado dieron su opinión de que aunque la vergonzosa derrota hubiera sido culpa del infortunio de los jefes, no se debía esperar hasta las próximas elecciones y se debía proceder en seguida a nombrar nuevos tribunos consulares, para que tomasen posesión del cargo el primero de octubre. Al proceder a la votación de esta propuesta, los otros tribunos consulares no ofrecieron ninguna oposición pero, por extraño que parezca, Sergio y Verginio (los mismos hombres de cuyo desempeño como magistrados, obviamente, el Senado no estaba nada satisfecho), tras protestar contra tal humillación, vetaron la resolución. Declararon que no renunciarían al cargo antes del 13 de diciembre, el día en que habitualmente asumían el cargo los nuevos magistrados. Al oír esto, los tribunos de la plebe, que habían mantenido un silencio renuente mientras el Estado disfrutaba de concordia y prosperidad, atacaron ahora repentinamente a los tribunos consulares y amenazaron, si no se sometían a la autoridad del Senado, con ordenar que les encarcelasen. A esto, Cayo Servilio Ahala, el tribuno consular, respondió: "En cuanto a vosotros, tribunos de la plebe, y vuestras amenazas, tienen tan poca fuerza legal como vosotros valor para llevarlas a cabo, porque es un error atacar la autoridad del Senado. Dejad, por lo tanto, de buscar ocasión para meter cizaña en nuestras disputas; o mis colegas actuarán conforme a la resolución del Senado o, si persisten en su obstinación, yo nombraré en seguida un dictador que les pueda obligar a dimitir". Este discurso fue recibido con general aprobación y el Senado se alegró al ver que había otro método más eficaz para ejercer presión sobre los magistrados, sin necesidad de introducir el fantasma del poder de los tribunos de la plebe. En deferencia al sentir general, los dos tribunos recalcitrantes celebraron una elección a tribunos consulares, quienes tomarían posesión el primero de octubre, habiendo ellos previamente dimitido de su cargo.

[5.10] Los tribunos recién elegidos fueron Lucio Valerio Potito (por cuarta vez), Marco Furio Camilo (por segunda vez), Marco Emilio Mamerco (por tercera vez), Cneo Cornelio Coso (por segunda vez), Cesón Fabio Ambusto y Lucio Julio Julo. Su año -401 a.C.-en el cargo estuvo marcado por numerosos incidentes tanto en casa como en el extranjero. Hubo varias guerras al mismo tiempo: en Veyes, en Capena, en Faleria y contra los volscos para recuperar Anxur. En Roma las demandas simultáneas para el alistamiento y para el tributo de guerra provocaron dificultades; hubo un litigio sobre la cooptación de los tribunos de la plebe y el juicio a dos hombres que hacía poco habían ostentado la potestad consultar provocó gran expectación. Los tribunos consulares hicieron del alistamiento su primera tarea. No sólo fueron inscritos los jóvenes, también a los veteranos se les obligó a dar sus nombres para actuar como guardas de la Ciudad. Pero el aumento en el número de soldados necesitaba un incremento correspondiente del dinero necesario para pagarles, y quienes quedaban en casa no estaban dispuestos a aportar su parte porque, además, se les iba a cargar con obligaciones militares en la defensa de la Ciudad, como servidores del Estado. Esto era en sí una queja grave, pero lo pareció aún más por culpa de las arengas sediciosas de los tribunos de la plebe, que afirmaban que la razón por la que se estableció la paga militar fue para que la mitad de la plebe estuviese obligada por el tributo de guerra y la otra por el servicio militar. Una sola guerra estaba alargándose en su tercer año, y estaba siendo mal conducida, deliberadamente, para prolongarla tanto como pudieran. Luego, una vez más, se movilizaron los ejércitos en un único alistamiento para enfrentar cuatro guerras, arrancando incluso de sus hogares a los muchachos y a los ancianos. Ya no había diferencia entre verano e invierno, para que los miserables plebeyos no tuviesen nunca un respiro. Y ahora, para colmo, incluso tendrían que pagar un impuesto de guerra, de manera que cuando regresaran, agotados por el esfuerzo, las heridas y al fin por la edad, encontrasen todas sus tierras sin cultivar por la ausencia del propietario y hubiesen de afrontar los impuestos de su gastada propiedad y devolver al Estado varias veces sus pagas de soldados, como si se les hubiese prestado en usura. El alistamiento, el impuesto de guerra y la preocupación de los hombres con aún más graves asuntos, hicieron imposible que se pudiesen elegir a todos los tribunos de la plebe. Empezó entonces una lucha para garantizar la cooptación de los patricios a los puestos vacantes. Esto resultó ser imposible, pero con el fin de debilitar la autoridad de la Ley Trebonia ["Si en un día de elección no se había podido elegir el número completo de los tribunos (10), los que hubieran sido elegidos los primeros tendrían derecho a nombrar sus colegas".-N. del T.] se acordó, sin duda por influencia de los patricios, que Cayo Lucerio y Marco Acucio debían ser cooptados como tribunos de la plebe.

[5.11] El azar quiso que Cneo Trebonio fuera tribuno de la plebe ese año y se presentó como defensor de la Ley Trebonia, al parecer como un deber para con su familia y el nombre que llevaba. Declaró en tono emocionado que la posición que el Senado había asaltado, a pesar de haber sido rechazado en su primer intento, había sido finalmente tomada por los tribunos consulares. La Ley Trebonia había sido derogada y los tribunos de la plebe no habían sido elegidos por el voto del pueblo sino por cooptación, por orden de los patricios, de manera las cosas habían llegado a tal punto que ahora debían tener a patricios o a secuaces de los patricios como tribunos de la plebe. Las sagradas leyes les estaban siendo arrebatadas, se les quitaba el poder y la autoridad de sus tribunos. Esto, afirmaba, se hacía por las artimañas y astucias de los patricios y por la traicionera villanía de sus colegas. La llama de la indignación popular empezó a inflamar no sólo al Senado, sino incluso a los tribunos de la plebe, cooptados y cooptantes por igual, cuando tres miembros del colegio tribunicio, Publio Curiacio, Marco Metilio y Marco Minucio, temiendo por su propia seguridad, iniciaron una acusación contra Sergio y Verginio, los tribunos consulares del año anterior. Al fijar una fecha para enjuiciarles, desviaron de ellos mismos hacia aquellos hombres la ira y odio de la plebe. Recordaron al pueblo que aquellos que habían soportado la carga del alistamiento, el tributo de guerra y la duración excesiva de ésta, los que estaban dolidos por la derrota sufrida ante Veyes, aquellos cuyas casas estaban de luto por la pérdida de hijos, hermanos y familiares, todos ellos tenían el derecho y la potestad de cargar sobre dos cabezas culpables su dolor personal y el de todo el Estado. La responsabilidad de todas sus desgracias caía en Sergio y en Verginio; ni siquiera el acusador lo probaba mejor que los propios acusados pues, siendo ambos culpables, cada uno echaba la culpa al otro: Verginio denunciaba la huida de Sergio y Sergio la traición de Verginio. Se habían comportado con locura tan increíble que, con toda probabilidad, aquello era un plan concertado y llevado con la complicidad general de los patricios. Estos hombres habían proporcionado primero a los veyentinos una salida para prender fuego a las obras de asedio, y ahora habían traicionado al ejército y entregado el campamento romano a los faliscos. Todo se había hecho para que los jóvenes envejecieran ante Veyes e imposibilitar que sus tribunos les asegurasen la ayuda de toda la Asamblea en la Ciudad, tanto en su resistencia a la acción concertada del Senado, como en sus propósitos concernientes al reparto de tierra y otras medidas en interés de la plebe. Ya se había sometido a los acusados a juicio por el Senado, el pueblo de Roma y sus propios colegas, habiendo votado el Senado para destituirlos de su cargo; fueron sus propios colegas quienes, ante su rechazo a dimitir, les obligaron con la amenaza de un dictador, y fue el pueblo quien eligió tribunos consulares para tomar posesión, no el día usual, el 13 de diciembre, sino inmediatamente tras la elección, el primero de octubre, pues la república na no estaría segura si tales hombres seguían en sus cargos. Y todavía, destrozados como estaban por tantas sentencias adversas y condenados de antemiano, se presentaban a juicio creyendo que habían pagado su pena y sufrido un castigo adecuado con el retiro a la vida privada dos meses antes de tiempo. No entendían que no se trataba de una sanción, sino simplemente de impedirles seguir haciendo más daño, pues sus colegas también hubieron de dimitir sin, en todo caso, haber cometido ningún delito. Los tribunos siguieron: "Olvidad los sentimientos, Quirites, que os produjo oír el desastre que sufrimos al ver el ejército fugitivo tambalearse por las puertas, presa del pánico, cubierto de heridas y acusando no la la Fortuna o a cualquier dios, sino a sus jefes. Estamos seguros de que no hay un hombre en esta Asamblea que ese día no maldijera las personas, casas y fortunas de Lucio Verginio y Manio Sergio. Sería absolutamente incoherente que no usaseis vuestro poder, cuando es vuestro derecho y deber hacerlo, contra los hombres sobre los que habéis implorado la ira de los cielos. Los dioses nunca ponen ellos mismos las manos sobre los culpables, se contentan con dar al injuriado la oportunidad de la venganza.

[5.12] Estos discursos excitaron a la plebe y condenaron a cada acusado a pagar diez mil ases cada uno, pese al intento de Sergio de echarle la culpa a la Fortuna y a los azares de la guerra, y a las quejar de Verginio de que no debía ser más desafortunado en casa de lo que había sido en la campaña. Al tornarse hacia ellos la indignación popular, quedó en la sombra la memoria de la cooptación de los tribunos y el fraude contra la Ley Trebonia. Como recompensa a los plebeyos por la sentencia que habían aprobado, los victoriosos tribunos en seguida promulgaron una Ley Agraria. También impidieron que se pagasen las contribuciones del impuesto de guerra, aunque los salarios eran necesarios en todos los ejércitos, y el modo en que se obtuvieron tales éxitos sólo sirvió para impedir que se terminase cualquiera de las guerras en marcha. El campamento en Veyes, que se había perdido, fue recuperado y fortalecido con fuertes y hombres para guarnecerlos. Los tribunos consulares, Marco Emilio y Céson Fabio, estaban al mando. Marco Furio en el territorio falisco y Cneo Cornelio en el de Capena no encontraron ningún enemigo fuera de sus murallas; se trasladó el botín, las tierras fueron arrasadas y las granjas y los cultivos fueron quemados. Las ciudades fueron atacadas, pero no invadidas; Anxur, sin embargo, en territorio volsco y situado en un terreno elevado, desafió todos los asaltos, y después de que un ataque directo resultase infructuosa se inició la construcción de una rampa y un foso. La conducción de la campaña volsca recayó sobre Valerio Potito.

Mientras los asuntos militares se encontraban en este punto, los problemas internos resultaron más difíciles de manejar que las guerras extranjeras. Debido a los tribunos [de la plebe.- N. del T.], no se pudo recaudar el impuesto de guerra ni enviar los fondos necesarios a los comandantes; los soldados clamaban por su paga y parecía como si el campamento estuviese contaminado por el contagio del espíritu sedicioso que prevalecía en la Ciudad. Aprovechándose de la exasperación de la plebe contra el Senado, los tribunos les dijeron que había llegado el momento tan esperado de asegurar sus libertades y hacer que el más alto cargo del Estado pasara de gente como Sergio y Verginio a plebeyos fuertes y enérgicos. No obstante, ellos no buscaban tanto el ejercicio de sus derechos como asegurarse la elección de un miembro de la plebe como tribuno militar con potestad consular, a saber, Publio Licinio Calvo y sentar un precedente; el resto fueron patricios: Publio Manlio, Lucio Titino, Publio Melio, Lucio Furio Medulino y Lucio Publilio Volsco -400 a.C.-. Los plebeyos quedaron tan sorprendidos de su éxito como el propio tribuno electo; él no había desempeñado antes ningún alto cargo en el Estado y era sólo un senador veterano y de edad ya avanzada. Nuestros autores no están de acuerdo en cuanto a la razón por la que fue el primero en ser elegido para degustar las mieles de esta nueva dignidad. Algunos creen que fue empujado a tan alta posición por la popularidad de su hermano, Cneo Cornelio, que había sido tribuno consular el año anterior y había concedido paga triple a los caballeros. Otros la atribuyen a un oportuno discurso que pronunció sobre la concordia entre ambos órdenes y que fue bien acogido tanto por patricios como por plebeyos. En su exaltación por la victoria electoral, los tribunos de la plebe autorizaron el impuesto de guerra y así eliminaron la mayor dificultad política que existía. Se recaudó sin un murmullo y se envió al ejército.

[5.13] La Anxur volsca fue recapturada debido a la laxitud de la guardia durante un festival. El año fue notable por un invierno tan frío y nevado que las carreteras quedaron bloqueadas y no se pudo navegar por el Tíber. No hubo cambios en el precio del grano gracias a la acumulación previa de suministros. Publio Licinio había ganado su posición sin provocar ningún disturbio, más para deleite de la plebe que para molestia del Senado, y desempeñó su cargo de tal modo que hubo un deseo general, para la próxima elección, de elegir los tribunos consulares de entre los plebeyos. El único candidato patricio que se aseguró un puesto fue Marco Veturio. El resto, que eran plebeyos, recibió el apoyo de casi todas las centurias. Sus nombres eran Marco Pomponio, Cneo Duilio, Volero Publilio y Cneo Genucio -399 a.C.-. Fuera a consecuencia de las insalubres condiciones meteorológicas ocasionadas por el súbito cambio del frío al calor o por cualquier otro motivo, al severo invierno le siguió un pestífero verano que resultó fatal para hombres y bestias. Como no se podía hallar ni la causa ni la cura para sus estragos mortales, el Senado ordenó que se consultasen los Libros Sibilinos [Libros custodiados en un cofre de piedra bajo el tempo de Júpiter capitolino y que, según la tradición fueron ofrecidos por la Sibila de Cumas a Tarquinio Prisco o a Tarquinio el Soberbio. Se consideraba que estos libros contenían los secretos mediante los que el poderío romano podría extenderse y mantenerse.-N. del T.] Los sacerdotes que estaban a su cargo decretaron, por primera vez en Roma, una de ellos designados por primera vez en Roma, un lectisternio [Culto que los antiguos romanos tributaban a sus dioses colocando sus estatuas en bancos alrededor de una mesa con manjares.-N. del T.]. Apolo y Latona, Diana y Hércules, Mercurio y Neptuno fueron propiciados durante ocho días en tres sofás cubiertos de las más hermosas colchas que se pudieron obtener. Las solemnidades se llevaron a cabo también en las casas particulares. Se afirma que en toda la Ciudad las puertas de las casas fueron abiertas y colocado todo tipo de cosas para su uso público en espacios descubiertos; con todos los visitantes, conocidos o desconocidos, se compartió la hospitalidad. Los hombres que habían sido enemigos mantenían amigables y educadas conversaciones entre sí y cesaban de todo litigio; durante este periodo, se quitaron los grilletes a los prisioneros y luego pareció un acto de impiedad volver a poner las cadenas a hombres que habían obtenido esa medida de los dioses. Entre tanto, en Veyes la inquietud fue a más por culpa de que las tres guerras se combinaron en una sola. Resultó que llegaron los hombres de Capena y Faleria para aliviar la ciudad y, como en la ocasión anterior, los romanos hubieron de combatir en una batalla espalda contra espalda, alrededor de las trincheras, contra tres ejércitos. Lo que más les ayudó fue el recuerdo de la condena de Sergio y Verginio. Desde el campamento principal, donde en la ocasión anterior hubo inacción, se llevaron rápidamente las fuerzas alrededor y atacaron a los capenatos por la retaguardia, mientras su atención se concentraba en las líneas romanas. La lucha que siguió provocó también el pánico en las filas faliscas y, mientras estaban indecisos, una más que oportuna carga desde el campamento les puso en fuga y los vencedores, persiguiéndoles, causaron enormes pérdidas entre ellos. No mucho después, las tropas que estaban devastando el territorio de Capena se encontraron con los supervivientes como por casualidad y los masacraron cuando se creían a salvo. También muchos de los veyentinos que huían hacia la ciudad resultaron muertos frente a las puertas, al no poder entrar, que habían sido cerradas para impedir que los romanos irrumpiesen.

[5.14] Tales fueron los sucesos del año. Y ahora se aproximaba el momento de la elección de los tribunos consulares. El Senado estaba casi más preocupado por esto que por la guerra, pues reconocían que no estaban simplemente compartiendo el poder supremo con la plebe, sino que casi lo habían perdido por completo. Se llegó a un compromiso por el cual sus miembros más distinguidos se presentarían candidatos; creyeron que se les votaría por vergüenza. Además de esto, echaron mano de todos sus recursos, como si cada uno de ellos fuese candidato, y llamaron en su ayuda no solo a los hombres, sino hasta a los mismos dioses. Hicieron de las dos últimas elecciones una cuestión religiosa. El año anterior, dijeron, se sufrió un invierno intolerablemente severo, en lo que parecía ser una advertencia divina; en el último año no hubo advertencias, sino sólo los propios juicios. La peste que visitó los distritos rurales y la Ciudad era sin duda una señal de disgusto divino, pues se habían encontrado en los libros del destino que para evitar ese azote los dioses debían ser apaciguados. Se tomaron los auspicios previos a cada elección, y los dioses consideraron un insulto que los cargos más elevados se convirtieran en comunes y que se confundiese la distinción de clases. Los hombres se atemorizaron, no sólo por la dignidad y el rango de los candidatos, sino por el aspecto religioso de la cuestión y eligieron a todos los tribunos militares con poder consular de entre los patricios, siendo en su mayoría hombres muy distinguidos. Los elegidos fueron Lucio Valerio Potito (por quinta vez), Marco Valerio Máximo, Marco Furio Camilo (por segunda vez), Lucio Furio Medulino (por tercera vez), Quinto Servilio Fidenate (por segunda vez) y Quinto Sulpicio Camerino (por segunda vez) -398 a.C.-. Durante el año de su magistratura no se hizo nada de importancia en Veyes; toda su actividad se limitó a realizar correrías. Dos de los comandantes en jefe consiguieron saquear una enorme cantidad de botín: Potito de Faleria y Camilo de Capena. No dejaron atrás nada que pudiera destruirse con el fuego o con la espada.

[5.15] Durante este período se tuvo noticia de muchos prodigios, pero al descansar en el testimonio de individuos aislados y no habiendo adivinos a los que consultar sobre el modo de expiarlos, por la actitud hostil de los Etruscos, por lo general se despreció tales noticias y no se las creyó. Un incidente, sin embargo, provocó inquietud general. El lago Albano se elevó a una altura inusual, sin lluvia u otra causa que impidiese creer que el fenómeno no tenía un origen sobrenatural. Se enviaron orantes al oráculo de Delfos para averiguar por qué enviaban los dioses el portento. Sin embargo, apareció una explicación más a mano. Un anciano veyentino fue impulsado por el destino a anunciar, en trance profético y en medio de las burlas de los soldados romanos y etruscos de los puestos avanzados, que los romanos nunca se apoderarían de Veyes hasta que el agua hubiese sido drenada del lago Albano. Esto se consideró al principio como algo propio de salvajes, pero luego se empezó a hablar de ello. Debido a la duración de la guerra había frecuentes conversaciones entre las tropas de ambas partes, y un romano de un puesto de guardia preguntó a un ciudadano que estaba próximo a él quién era el hombre que lanzaba aquellas insinuaciones sobre el lago Albano. Cuando se enteró de que era un arúspice, siendo él mismo un hombre no exento de temores religiosos, invitó al profeta a una entrevista con el pretexto de querer consultarle, si tenía tiempo, sobre un portento que exigía su expiación personal. Cuando los dos se habían apartado a cierta distancia de sus respectivas líneas, desarmados y sin temor, el romano, un hombre joven de inmensa fuerza, se apoderó del hombre anciano y débil a la vista de todos y, a pesar de las protestas de los etruscos, se lo llevó a sus líneas. Fue llevado ante el comandante en jefe y luego enviado al Senado en Roma. En respuesta a la pregunta sobre qué quería que la gente entendiese con su comentario sobre el lago Albano, dijo que los dioses sin duda debían estar enojados con el pueblo de Veyes el día en que le inspiraron la decisión de divulgar la ruina que los Hados habían preparado para su ciudad natal. De lo que había entonces predicho bajo inspiración divina, no podía ahora arrepentirse o desdecirse, y quizá incurriese en mayor pecado guardando silencio sobre las cosas que eran la voluntad de los cielos que revelando lo que debía ser ocultado. Tanto los libros del Destino como la oculta ciencia Etrusca aseguraban que cada vez que el agua del lago Albano se desbordase y los romanos la drenasen del modo adecuado, la victoria sobre los veyentinos les sería segura; hasta que no ocurriese así, los dioses no abandonarían las murallas de Veyes. Luego explicó el modo prescrito para drenar las aguas. El Senado, sin embargo, no le consideró de suficiente confianza en asunto de tal importancia, y decidieron esperar el regreso de su embajada con la respuesta del oráculo Pythio.

[5.16] Antes de su regreso y antes de descubrir el modo de tratar con el portento albano, los nuevos tribunos consulares tomaron posesión del cargo. Eran Lucio Julio Julo, Lucio Furio Medulino (por cuarta vez), Lucio Sergio Fidenas, Aulo Postumio Regilense, Publio Cornelio Maluginense y Aulo Manlio -397 a.C.-. Este año surgió un nuevo enemigo. El pueblo de Tarquinia vio que los romanos estaban ocupados en numerosas campañas -contra los volscos en Anxur, donde la guarnición estaba bloqueada; contra los ecuos en Labici, que atacaban a los colonos romanos, y, además de estos, en Veyes, Faleria y Capena, mientras que, debido a las disputas entre la plebe y el Senado, las cosas no estaban más tranquilas dentro de las murallas de la ciudad. Considerando así que había una oportunidad favorable, enviaron algunas cohortes ligeramente armadas para saquear el territorio romano, en la creencia de que los romanos dejarían pasar el ultraje sin castigo para evitar echar otra guerra a sus espaldas o se enfrentarían a ellos con una fuerza débil y pequeña. Los romanos se sintieron más indignados que inquietos por la correría, y sin hacer ningún gran esfuerzo tomaron medidas inmediatas para vengarse. Aulo Postumio y Lucio Julio dispusieron una fuerza, no mediante un alistamiento regular (pues fueron obstruidos por los tribunos de la plebe) sino con voluntarios a los que habían inducido con enérgicas arengas a seguirles. Con éstos avanzaron a marchas forzadas a través del territorio de Cere y sorprendieron a los tarquinios cuando regresaban pesadamente cargados con el botín. Mataron a gran número de ellos, les despojaron de todos sus bagajes y regresaron a Roma con los bienes recuperados de sus granjas. Dieron dos días a los propietarios para identificar sus bienes; lo que quedó sin reclamar, que en su mayor parte era del enemigo, al tercer día fue vendido en subasta y el producto se distribuyó entre los soldados. La marcha de las otras guerras, especialmente la de contra Veyes, aún estaba indecisa, y los romanos ya estaban desesperando de vencer por sus propios esfuerzos y buscaban en los hados y en los dioses, cuando regresó la embajada de Delfos con la sentencia del oráculo. Concordaba con la respuesta dada por el arúspice veyentino y rezaba así:

"Guárdate, romano, de que el creciente flujo en Alba sea contenido en sus orillas y que no lleguen sus aguas por su cauce hasta el mar. Sin daño, por los campos dispérsalas a través de arroyuelos. Luego presiona fuertemente sobre las murallas de vuestro enemigo, Pues ahora los hados os han dado la victoria. Esa ciudad que habéis sitiado durante largos años será ahora vuestra. Y cuando la guerra haya terminado, Tú, el vencedor, lleva un generoso regalo a mi templo, y los ritos ancestrales hoy en desuso, mira de celebrarlos de nuevo con toda su acostumbrada pompa".

[5.17] A partir de ese momento el profeta cautivo comenzó a tenerse en muy alta estima, y los tribunos consulares, Cornelio y Postumio, comenzaron a emplearle para la expiación del portento albano y con el método apropiado para aplacar a los dioses. Al fin se descubrió por qué los dioses estaban visitando a los hombres por ceremonias olvidadas y deberes religiosos no cumplidos. En realidad, no se debía a otra cosa más que al hecho de que había un error en la elección de los magistrados, y por consiguiente no se había proclamado el festival de la Liga Latina ni se había hecho el sacrifico en el Monte Albano con los ritos adecuados. Sólo había un modo posible de expiación, y era que los tribunos consulares debían renunciar el cargo, debían tomarse nuevamente los auspicios y se debía nombrar un interrex. Todas estas medidas se tomaron en base a un decreto del Senado. Hubo tres interrex en sucesión: Lucio Valerio, Quinto Servilio Fidenas y Marco Furio Camilo. Durante todo este tiempo hubo disturbios incesantes debido a que los tribunos de la plebe obstaculizaron las elecciones hasta que se llegó a un compromiso para que la mayoría de los tribunos consulares fuesen elegidos de entre los plebeyos. Mientras esto ocurría, el Consejo Nacional de Etruria se reunió en el templo de Voltumna. Los capenatos y los faliscos exigieron que todos los pueblos de Etruria se unieran en una acción común para levantar el asedio de Veyes; se les contestó que se había rechazado previamente ayudar a los veyentinos poque no tenían derecho a recibir ayuda de aquellos cuyos consejos no habían seguido en asunto de tanta importancia. Ahora, sin embargo, eran sus desgraciadas circunstancias y no su voluntad lo que les obligó a rehusar. Los galos, una raza extraña y desconocida, había invadido recientemente la mayor parte de Etruria y no estaban en condiciones de paz cierta ni de guerra abierta con ellos. Ellos, sin embargo, harían tanto como pudieran por los de su sangre y nombre, considerando el peligro inminente de sus parientes, no impidiendo a ninguno de sus jóvenes que acudiesen voluntariamente a la guerra. La noticia que se difundió en Roma fue que un gran número de ellos había llegado a Veyes y, como de costumbre, la alarma general calmó las disensiones internas.

[5.18] Las centurias prerogativas [se trataba de las primeras centurias en votar.-N. del T.] eligieron tribuno consular a Publio Licinio Calvo, aunque no era candidato. Su nombramiento no era en absoluto desagradable para el Senado, pues cuando había desempeñado el cargo anteriormente se había mostrado como un hombre de opiniones moderadas. Era, sin embargo, de edad avanzada. A medida que avanzaba la votación se hizo evidente que todos los que habían sido antes sus colegas en el cargo estaban siendo nombrados de nuevo uno tras otro. Eran Lucio Titinio, Publio Menio, Quinto Manlio, Cneo Genucio y Lucio Atilio -396 a.C.-. Después de que las tribus hubieran sido debidamente convocadas para escuchar el resultado del escrutinio, pero antes que que fuese efectivamente publicado, Publio Licino Calvo, con permiso del interrex, habló así: "Veo, Quirites, que al recordar nuestro antiguo desempeño del cargo buscáis en estas elecciones un presagio de concordia para el próximo año, algo de lo más necesario en el actual estado de cosas. Pero aunque mis antiguos compañeros, a quienes ahora habéis elegido, son ahora más sabios y fuertes con la experiencia, ya no veis en mi al hombre que fui, sino sólo una simple sombra y el nombre de Publio Licinio. Mis fuerzas se han agotado, mi vista y oido se han endurecido, me falla la memoria y mi energía mental se ha embotado. "Aquí", dijo, tomando a su hijo con la mano, "hay un hombre joven, la imagen y la contraparte de aquel a quien en días pasados elegisteis tribuno consular de entre las filas de la plebe. Este joven a quien he formado y moldeado, ahora entrego y dedico a la República para tomar mi lugar, y os ruego, Quirites, que confiráis este honor, que yo no he buscado, a él que lo está buscando y cuya candidatura apoyo y promuevo con mis oraciones". Su petición fue concedida, y su hijo Publio Licinio fue nombrado oficialmente tribuno consular en unión de los anteriormente mencionados. Titinio y Genucio marcharon contra faliscos y Capenatos, pero procedieron con más valor que prudencia y cayeron en una emboscada. Genucio expió su temeridad con una muerte honorable y cayó luchando destacadamente delante de los estandartes. Titinio agrupó a sus hombres, desde el desorden en que habían caído, y ganó cierto terreno elevado donde rehizo sus líneas, pero no bajó para seguir luchando en términos de igualdad.

Se sufrió más deshonor que pérdidas, pero casi terminó en un terrible desastre por la terrible alarma que produjo en Roma, donde se recibieron noticias muy exageradas, así como en el campamento frente a Veyes. Aquí se propagó el rumor de que tras la destrucción de los generales y sus ejércitos, los victoriosos capenatos y faliscos y toda las fuerzas militares de Etruria se encaminaban hacia Veyes y no estaban muy lejos; a consecuencia de esto, difícilmente se puedo retener a los soldados e impedir que huyeran. Rumores aún más inquietantes corrían por Roma; unas veces imaginaban que el campamento frente a Veyes había sido asaltado, otras que una parte de las fuerzas enemigas estaban en marcha hacia la Ciudad. Se apresuraron a las murallas; las matronas, a quienes la alarma general había sacado de sus casas, rezaban y suplicaban en los templos; se ofrecían solemnes peticiones a los dioses para que evitaran la destrucción de los hogares y templos de la Ciudad y las murallas de Roma, y que volviesen aquellos miedos e inquietudes contra Veyes si los ritos sagrados habían sido debidamente restaurados y expiados los portentos.

[5.19] Por entonces se habían celebrado de nuevo los Juegos y el festival Latino, y se habían drenado las aguas del lago Albano por los campos y ahora el hado fatal se abatía sobre Veyes. En consecuencia, el comandante destinado por los hados para la destrucción de esa ciudad y la salvación de su país (Marco Furio Camilo) fue nombrado dictador. Nombró como su jefe de caballería a Publio Cornelio Escipión. Con el cambio en el mando, de repente todo cambió; las esperanzas y el espíritu de los hombres eran diferentes, incluso la suerte de la Ciudad presentaba un aspecto diferente. Su primera medida fue la de castigar según la disciplina militar a los que habían huido del campamento por el pánico, e hizo que los soldados se dieran cuenta de que no era al enemigo a quien más debían temer. Designó entonces un día para alistar las tropas y entretanto fue a Veyes para animar a los soldados, después volvió a Roma para disponer el nuevo ejército. Ni un hombre trató de evitar el alistamiento. Incluso las tropas extranjeras, latinos y hérnicos, vinieron a ofrecer su ayuda para la guerra. El dictador les dio las gracias formalmente en el Senado, y como todos los preparativos para la guerra estaban suficientemente avanzada, se comprometió, en virtud de un decreto senatorial, a que tras la captura de Veyes celebraría los grandes juegos y restauraría y dedicaría el templo de Mater Matuta

[diosa del amanecer, así como de los bebés recién nacidos, el mar y los puertos; su fiesta se celebraba el 11 de junio.-N. del T.], que había sido dedicado originalmente por Servio Tulio. Partió de la Ciudad con su ejército en medio de una sensación general de ansiosa expectación más que de esperanzada confianza, y su primer enfrentamiento fue contra los faliscos y capenatos en territorio de Nepete [actual Nepi.-N. del T.]. Como siempre que algo se hacía con maestría consumada y prudencia, el éxito llegó. No sólo derrotó al enemigo en el campo de batalla, sino que le arrebató su campamento y se hizo con un inmenso botín. La mayor parte fue vendida y los beneficios entregados al cuestor, el resto menor se dio a los soldados. Desde allí, el ejército fue llevado a Veyes. Construyó las fortificaciones más juntas entre sí. Se habían producido frecuentes escaramuzas, al azar, en el espacio entre las murallas y las líneas romanas, así que publicó un edicto para que nadie combatiese sin órdenes, manteniendo así a los soldados ocupados en la construcción de las obras de asedio. Con mucho, la mayor y más difícil de ellas fue una mina que inició con la finalidad de introducirse en la ciudadela enemiga. Para que los trabajos no sufriesen interrupción y que no se empleasen siempre las mismas fuerzas, dividió el ejército en seis partes. Cada división trabajó en turnos de seis horas; los trabajos siguieron sin interrupción hasta que lograron abrirse camino hasta la ciudadela.

[5,20] Cuando el dictador vio que la victoria estaba a su alcance, que una ciudad muy rica estaba a punto de capturarse y que habría más botín del que se había acumulado en todas las guerras anteriores, quiso por un lado evitar incurrir en la ira de los soldados con una distribución muy mezquina del mismo, y por otro no provocar los celos del Senado con una concesión demasiado generosa. Envió un despacho al Senado en el que afirmaba que por el favor del cielo, su propio mérito y la perseverancia de sus soldados, Veyes estaría en muy pocas horas en poder de Roma, y les pedía su decisión en cuanto a la disposición del botín. El Senado se dividió. Se dice que el anciano Publio Licinio, a quien su hijo pidió opinión en primer lugar, urgió a que se diera noticia pública al pueblo de que cualquiera que quisiera participar en el saqueo debería ir al campamento ante Veyes. Apio Claudio tomó la línea opuesta. Estigmatizó la propuesta generosidad como algo sin precedentes, despilfarradora, injusta y temeraria. Si, dijo, alguna vez consideraban pecaminoso que el dinero tomado al enemigo fuese a parar al Tesoro, que había sido drenado por las guerras, el aconsejaría que la paga de los soldados se proveyese de aquella fuente para que la plebe tuviese que pagar mucha menos cantidad del impuesto de guerra. "Todos los hogares debían sentir por igual el común beneficio, las recompensas ganadas por los valientes guerreros no serían robadas por las manos ociosas de la ciudad, siempre ávidas de botín, pues sucedía constantemente que aquellos que buscaban los lugares mas peligrosos y de más penalidad eran los menos activos a la hora de apropiarse de los despojos". Licinio, por otra parte, dijo que "este dinero se vería siempre con sospechas y aversión, y daría motivos de acusación ante la plebe, y por tanto provocaría disturbios y medidas revolucionarias. Era mejor, por tanto, conciliarse con la plebe mediante este regalo, que aquellos que habían sido aplastados y agotados por tantos años de impuestos fuesen liberados y obtuviesen algún placer de los despojos de una guerra en la que tantos habían casi envejecido. Cuando alguien trae a casa algo tomado al enemigo con sus propias manos, le da más placer y satisfacción que si hubiese recibido muchas veces su valor por una cosa capturada por otro. El dictador había remitido la cuestión al Senado porque quería evitar el odio y las malas interpretaciones que podría ocasionar; el Senado, a su vez, debía confiarla a la plebe y permitir a cada uno guardar lo que la fortuna de la guerra le hubiera dado". Este se consideró el camino más seguro, y también el que haría más popular al Senado. Por consiguiente, se dio aviso de que aquellos que lo creyesen oportuno debían ir ante el dictador, en el campamento, para participar en el saqueo de Veyes.

[5.21] Una enorme multitud se marchó y llenó el campamento. Después de que el dictador hubiera tomado los auspicios y dado órdenes a los soldados de armarse para la batalla, pronunció esta oración: "Apolo Pítico, guiados e inspirados por ti, saldré para destruir la ciudad de Veyes y te dedicaré una décima parte del botín. También a ti, reina Juno, que ahora habitas en Veyes, te suplico que nos sigas, después de nuestra victoria, a la Ciudad que está presta a ser la tuya, donde un templo digno de tu majestad te recibirá". Después de esta oración, viéndose superior numéricamente, atacó la ciudad por todas partes para distraer la atención de los enemigos del peligro inminente de la mina. Los veyentinos estaban todos ignorantes de que su destino ya había sido sellado por sus propios profetas y por oráculos extranjeros, de que algunos de sus dioses ya habían sido invitados a participar en el botín mientras que otros, exhortados por oraciones para que abandonasen su ciudad, buscaban nuevas moradas en los templos de sus enemigos; todos seguían inconscientes de estar pasando su último día, sin la menor sospecha de que sus murallas habían sido minadas y su ciudadela estaba llena de enemigos, y se apresuraron con sus armas hasta las murallas, cada uno lo mejor que pudo, preguntándose qué había pasado para que los romanos, tras no haberse movido de sus líneas durante tantos días, se abalanzaban imprudente y temerariamente contra las murallas, como poseídos de una repentina locura.

En este punto se cuenta una historia fabulosa, en el sentido de que mientras el rey de los veyentinos estaba ofreciendo un sacrificio, el arúspice declaró que la victoria sería para quien cortase las entrañas de la víctima. Al escucharse esto dentro de la mina, incitó a los soldados romanos para salir abruptamente de la mina, tomar las entrañas y llevárselas al dictador. Pero en cuestiones de tan remota antigüedad, deberíamos conformarnos con admitir como cierto sólo aquello que tenga aspecto de serlo. Relatos como éste, más apropiados para representar en un escenario que deleite con milagros que para inspirar verosimilitud, no merecen ser afirmados o negados. La mina, que estaba ahora llena de soldados escogidos, descargó su fuerza armada dentro del templo de Juno, que estaba dentro de la ciudadela de Veyes. Algunos atacaron por detrás al enemigo de las murallas, otros forzaron los travesaños de las puertas, otros prendieron fuego a las casas desde donde las mujeres y los esclavos lanzaban piedras y baldosas. Todo resonaba con el sonido confuso de las terribles amenazas y los gritos de angustia y desesperación que se mezclaban con el llanto de mujeres y niños. En un tiempo muy corto, los defensores fueron expulsados de las murallas y las puertas de la ciudad se abrieron. Algunos entraron rápidamente en orden cerrado, otros escalaron los muros desiertos; la ciudad se llenó de romanos y la lucha siguió por todas partes. Por fin, después de una gran carnicería, el combate declinó y el dictador ordenó a los heraldos proclamar que se perdonaría a los que estuviesen desarmados. Esto puso fin al derramamiento de sangre, los que estaban desarmados empezaron a rendirse y los soldados se dispersaron, con autorización del dictador, en busca de botín. Este superó con creces todas las expectativas, tanto en cantidad como en valor, y cuando el dictador lo tuvo ante él, se dice que levantó las manos al cielo y rezó por que si este éxito suyo y del pueblo romano parecía excesivo a algún dios o a algún hombre, debía permitirse al pueblo romano apaciguar esos celos con tan poco daño como se pudiese para con él o para con el pueblo de Roma. La tradición dice que mientras estaba dando vueltas durante esta devoción, tropezó y cayó. Para aquellos que juzgaron después el evento, parecía como si ese augurio señalase la propia condena de Camilo y la posterior captura de Roma por los galos que ocurrieron unos pocos años después. Ese día transcurrió entre la masacre del enemigo y el saqueo de la ciudad con su enorme riqueza.

[5.22] Al día siguiente el dictador vendió como esclavos a todos los hombres libres que habían sido perdonados. El dinero así obtenido fue lo único que se ingresó en el tesoro público, pero incluso esto levantó las iras de la plebe. En cuanto a los despojos que se trajeron a casa, no reconocían tener ninguna obligación por él ni con su general, quien, pensaban, había sometido un asunto de su propia competencia al Senado con la esperanza de apoyar con la autoridad de aquel su mezquindad, ni sentían tampoco gratitud alguna hacia el Senado. Era a la familia Licinia a quien daban todo el mérito, pues fue el padre quien defendió la medida popular y el hijo quien llevó el dictamen del Senado sobre ella. Cuando todo lo perteneciente a los hombres hubo sido llevado fuera de Veyes, se empezó a sacar de los templos los presentes votivos hechos a los dioses y después se sacó a los propios dioses; pero esto lo hicieron más como fieles que como saqueadores. El traslado de la reina Juno a Roma fue confiado a un grupo de hombres seleccionados de entre todo el ejército, que después de realizar sus abluciones y ataviarse con vestiduras blancas, entraron reverentemente en el templo y pusieron sus manos en la estatua con santo temor pues, de acuerdo con la costumbre etrusca, sólo el sacerdote de cierta familia concreta estaba autorizado a tocarla. Entonces, uno de ellos, fuera en virtud de repentina inspiración o con alegre espíritu juvenil, dijo: "¿Estás dispuesta, Juno, para ir a Roma?" El resto se le unió exclamando que la diosa había asentido con la cabeza. Se añadió a la historia, en este sentido, que se le escuchó decir: "Estoy dispuesta". En todo caso, resultó que se pudo trasladar usando sólo máquinas de poca potencia, siendo ligera y fácil de transportar, como si lo fuese por su propia voluntad. Fue llevada sin contratiempos al Aventino, su sede eterna, a donde las oraciones del dictador romano la habían llamado y donde esa misma tarde Camilo le dedicó el templo que había ofrecido. Así fue la caída de Veyes, la ciudad más rica de la liga etrusca, mostrando su grandeza incluso en su derrota final, ya que después de ser sitiada durante diez veranos e inviernos y provocar más pérdidas de las que sufrió, sucumbió finalmente al destino, pues cayó por una mina y no por un asalto directo.

[5,23] Cuando llegaron las nuevas de la captura de Veyes, aunque los prodigios habían sido expiados y tanto las respuestas de los adivinos como las del oráculo eran de dominio público, y aunque todo lo que podían hacer los hombres fue hecho bajo la guía de Marco Furio, el mejor de todos los comandantes, tras tantos años de guerra indecisa y tantas derrotas, el regocijo fue tan grande como si no hubiese habido esperanza de victoria. Anticipándose a la orden del Senado, todos los templos se llenaron de matronas romanas dando gracias a los dioses. El Senado ordenó que la acción de gracias pública debía durar cuatro días, un periodo más largo que el de cualquier otra guerra anterior. La llegada del dictador, a quien todos los órdenes salieron a cumplimentar, fue también bienvenida por una multitud mayor que cualquier otra anterior. Su triunfo fue mucho más allá de la forma habitual de celebrar tal día; siendo él mismo lo más llamativo de todo, fue llevado a la Ciudad por una yugada de caballos blancos, lo que se consideraba impropio de cualquier hombre mortal y aún menos adecuado para un ciudadano romano. Se vio con supersticiosa alarma que el dictador se pusiera a un nivel igual al de Júpiter y el Sol, y esta sola circunstancia hizo de su triunfo algo más brillante que popular. Después de esto, firmó un contrato para la construcción del templo de la reina Juno en el Aventino y dedicó uno a Mater Matuta. Después de haber cumplido así sus deberes para con los dioses y los hombres, renunció a su dictadura. Posteriormente surgió una dificultad acerca de la ofrenda a Apolo. Camilo dijo que había prometido una décima parte del botín a la deidad y el colegio de pontífices decidió que el pueblo debía cumplir sus obligaciones religiosas. Pero no era fácil encontrar una manera de ordenar a la gente que devolviese su parte del botín para que se pudiera dedicar la parte debida a la ofrenda sagrada. Al final se recurrió a lo que pareció ser el plan más suave, es decir, que cualquiera que desease cumplir con su obligación y la de su familia debería hacer una valoración de su parte y contribuir con el valor de la décima parte de ella al tesoro público, para que con lo resultante se pudiera hacer una corona de oro digna de la grandeza del templo y de la augusta divinidad del dios, tal y como lo exigía el honor del pueblo romano. Esta contribución alejó aún más los sentimientos de los plebeyos hacia Camilo. Durante estos acontecimientos llevaron embajadores de los volscos y ecuos a pedir la paz. La consiguieron, no tanto por merecérselo como porque la república, cansada de una guerra tan larga, debía disfrutar de un reposo.

[5.24] El año siguiente -395 a.C.-a la captura de Veyes tuvo como dos de los seis tribunos militares con potestad consular a los Publios Cornelios, es decir, Coso y Escipión, a Marco Valerio Máximo (por segunda vez), a Cesón Fabio Ambusto (por tercera vez), a Lucio Furio Medulino (por quinta vez) y a Quinto Servilio (por tercera vez). La guerra contra los faliscos fue encargada a los Cornelios y la guerra contra Capena se adjudicó a Valerio y a Servilio. No hicieron ningún intento de tomar las ciudades, ni por asalto ni por asedio, sino que se limitaron a devastar el campo y llevarse las propiedades de los campesinos; ni un solo árbol frutal o de otra clase se dejó en la tierra. Estas pérdidas quebraron la resistencia de los capenatos, pidieron la paz y se les concedió. Contra los Faliscos, la guerra continuó. En Roma, mientras tanto, surgieron disturbios por diversos asuntos. Con el fin de calmarlos, se había decidido fundar una colonia en la frontera volsca, y para ello se dieron los nombres de 3.000 ciudadanos romanos. Se nombraron triunviros para dividir la tierra en lotes de 3 yugadas y 7/12 por hombre [0,9675 hectárea, siendo 1 yugada = 0,27 hectáreas aprox.-N. del T.] . Esta donación comenzó a ser mirada con desprecio, pues la consideraban como una concesión ofrecida para impedirles esperar algo mejor. "¿Por qué", se preguntaban, "iban a enviar a los plebeyos al destierro entre los volscos cuando la espléndida ciudad de Veyes y sus territorios estaban a la vista, más fértiles y más amplios que el territorio de Roma?" Ya fuera por su situación o por la magnificencia de sus edificios públicos y privados y sus espacios abiertos, preferían esta ciudad sobre Roma. Incluso presentaron una propuesta, que aún reunió más apoyo tras la captura de Roma por los Galos, para emigrar a Veyes. Pretendían, sin embargo, que Veyes debía ser habitada por una parte de la plebe y una parte del Senado; pensaban que era un proyecto viable que dos ciudades separadas fuesen habitadas por el pueblo romano y formasen un Estado. En oposición a estas propuestas, la nobleza llegó tan lejos como a declarar que prefería morir ante los ojos del pueblo romano a que ninguna de esas propuestas fuese sometida a votación. Si, argumentaban, había tanta disensión en una ciudad, ¿cuánta no habría en dos? ¿Podía alguien preferir una ciudad vencida sobre una vencedora y permitir que Veyes disfrutase de mejor fortuna tras su captura que antes de ella? Es posible que al final sus conciudadanos les dejasen atrás en su Ciudad natal; pero ningún poder sobre la Tierra podría obligarles a abandonar su Ciudad y a sus conciudadanos para seguir a Tito Sicinio (el que propuso aquella medida) a Veyes, como su nuevo fundador, y abandonar así a Rómulo, un dios e hijo de un dios, el padre y el creador de la Ciudad de Roma.

[5,25] Este debate fue aliñado por peleas vergonzosas, pues el Senado había atraído a una parte de los tribunos de la plebe a sus puntos de vista, y la única cosa que impedía a los plebeyos ejercer la violencia personal era el uso que los patricios hacían de su influencia personal. Cada vez que se levantaba un clamor para iniciar una revuelta, los líderes del Senado eran de los primeros en mezclarse con la multitud y decirles que soltaran su ira sobre ellos, que los golpeasen y matasen. La multitud se abstuvo de ejercer violencia sobre hombres de su edad, rango y distinción, y este sentir les impidió atacar a los demás patricios. Camilo fue por todas partes lanzando arengas y diciendo que no era de extrañar que los ciudadanos se hubiesen vuelto locos, porque, aunque obligados por un voto, ellos se preocupaban por todo excepto por cumplir con sus obligaciones religiosas. Él no decía nada acerca de la contribución, que en realidad era una ofrenda sagrada y no un diezmo, y puesto que cada individuo se obligó a pagar el diezmo, el Estado, como tal, estaba libre de esa obligación. Pero su conciencia no le permitió guardar silencio acerca de la afirmación de que el diezmo sólo se aplicaba a los bienes muebles y que nada se dijo de la ciudad y su territorio, que en realidad también estaban incluidos en el voto. Como el Senado consideró la cuestión de difícil resolución, la remitieron a los pontífices y Camilo fue invitado a discutirla con ellos. Se decidió que de todo lo que había pertenecido a los veyentinos antes de que el voto se pronunciase, y que posteriormente pasó a poder de Roma, una décima parte estaba consagrada a Apolo. Así, la ciudad y el territorio entraron en la estimación. El dinero fue sacado del tesoro y se comisionó a los tribunos consulares para que comprasen oro con él. Como no había suficiente, las matronas, después de una reunión para hablar sobre el asunto, prometieron sus joyas y ornamentos a los tribunos y los enviaron al tesoro. El Senado se sintió altamente agradecido por ello, y la tradición dice que en compensación por esta generosidad, a las matronas se les otorgó el honor de acudir en coches cerrados a los actos sagrados y a los juegos, y en coches abiertos al ir a festivales en días laborables. Se valoró el oro de cada uno, para que se pudiese pagar la cantidad adecuada de dinero por él, y se decidió que se haría una copa de oro y se llevaría a Delfos como regalo a Apolo. Cuando la cuestión religiosa ya no colmó su atención, los tribunos de la plebe renovaron su agitación; las pasiones de la plebe se levantó contra todos los hombres importantes, y sobre todo contra Camilo. Decían que al dedicar el botín de Veyes al Estado y a los dioses, les había reducido a la nada. Atacaron a los senadores con furia en su ausencia; cuando estaban presentes y se enfrentaban a su ira, la vergüenza les mantenía en silencio. Tan pronto como los plebeyos vieron que el asunto se prolongaría hasta el año siguiente, volvieron a nombrar como tribunos a los que apoyaban la propuesta; los patricios se dedicaron a asegurarse el mismo apoyo de aquellos que habían vetado la propuesta. En consecuencia, fueron reelegidos casi los mismos tribunos de la plebe.

[5.26] En la elección de los tribunos consulares, los patricios lograron con el mayor esfuerzo garantizar el regreso de Marco Furio Camilo. Fingieron que en vista de las guerras se proveían de un general; su verdadero objetivo era conseguir un hombre que se opusiese a la corrupta política de los tribunos plebeyos. Sus compañeros en el tribunado fueron Lucio Furio Medulino (por sexta vez), Cayo Emilio, Lucio Valerio Publícola, Espurio Postumio y Publio Cornelio (por segunda vez). A principios de año -394 a.C.-los tribunos de la plebe no hicieron ningún movimiento hasta que Camilo se marchó para las operaciones contra los faliscos, que era el teatro de guerra que se le había asignado. Este retraso aflojó su intención de provocar agiración, mientras que Camilo, el adversario al que más temían, se cubría de nueva gloria contra los faliscos. Al principio, el enemigo se mantuvo dentro de sus murallas pensando que este era el proceder más seguro; pero al devastar sus campos y quemar sus granjas, le forzó a salir de su ciudad. Temían ir muy lejos, y establecieron su campamento a una milla de distancia [1480 metros.-N. del T.]; lo único que les daba sensación de seguridad era la dificultad para aproximarse, pues todo el terreno alrededor era quebrado y ásperos y los caminos estrechos a veces y escarpados otras. Camilo, sin embargo, había obtenido información de un prisionero capturado en la vecindad y le obligó a actuar como guía. Tras dejar el campamento en medio de la noche, llegó al amanecer a una posición considerablemente más alta que la del enemigo. Los romanos de la tercera línea empezaron a atrincherarse mientras el resto del ejército permanecía dispuesto para la batalla. Cuando el enemigo trató de obstaculizar la labor de atrincheramiento, los derrotó y los puso en fuga, y tal pánico se apoderó de los faliscos que en su desbandada pasaron más allá de su propio campamento, que estaba más próximo a ellos, y se dirigieron a su ciudad. Muchos fueron muertos y heridos antes de que pudieran atravesar las puertas. Se tomó el campamento, se vendió el botín y los beneficios se entregaron a los cuestores para gran indignación de los soldados; pero fueron intimidados por la dureza de la disciplina de su general y, aunque odiaban su firmeza, al mismo tiempo la admiraban. La ciudad quedó entonces cercada y se construyeron obras de asedio. Durante algún tiempo, los habitantes de la ciudad solían atacar los puestos de avanzada romanos siempre que veían oportunidad y se producían frecuentes escaramuzas. Pasó el tiempo y la esperanza no se inclinaba hacia ninguna de las partes; el grano y otros suministros habían sido previamente cosechados y los sitiados estaban mejor provistos que los sitiadores. El asedio parecía que iba a ser tan largo como lo había sido en Veyes si la fortuna no hubiera dado al comandante romano una oportunidad de mostrar de nuevo la grandeza de espíritu de la que ya había hecho gala en asuntos de guerra y que le aseguraría una pronta victoria.

[5.27] Era costumbre de los faliscos emplear a la misma persona como maestro y sirviente de sus hijos, y solían encomendar a varios muchachos al cuidado de un único hombre; una costumbre que aún persiste en Grecia en la actualidad. Naturalmente, el hombre que tenía la mejor reputación en cuanto a la enseñanza era el que se encargaba de instruir a los hijos de los hombres principales. Este hombre había tomado la costumbre, en tiempos de paz, de ir con los muchachos fuera de las murallas, para jugar y ejercitarlos, y mantuvo la costumbre después de comenzada la guerra, llevándolos unas veces más cerca y otras más lejos de las puertas de la ciudad. Aprovechando una oportunidad favorable, prolongó los juegos y las conversaciones más de lo habitual, siguiendo hasta que estuvo en medio de los puestos de avanzada romanos. A continuación, los llevó al campamento y llegó hasta la tienda de de mando de Camilo. Allí agravó su malévolo acto con un ultraje aún peor. Había, dijo, puesto a los faliscos en manos romanas pues estos muchachos, cuyos padres estaban al frente de los asuntos de la ciudad, estaban ahora en su poder. Al oír esto Camilo le respondió: "Tú, malvado, no pienses que has llegado con tu traición ante un jefe o una nación como tú. Entre nosotros y los faliscos no hay unión como la basada en un pacto formal entre hombres, pero sí existe la unión que se basa en el instinto natural y seguirá existiendo. Hay derechos de guerra como hay derechos de paz, y hemos aprendido a librar nuestras guerras con tanta justicia como valor. Nosotros no usamos nuestras armas contra aquellos que por su edad están a salvo incluso en la captura de una ciudad, sino contra los que están armados como nosotros y los que sin ofensa o provocación nuestra atacaron el campamento romano en Veyes. Con estos hombres has hecho cuanto podías para vencerlos por un acto de traición sin precedentes; Yo los venceré como vencí a Veyes, por las artes romanas: valor, estrategia y fortaleza de las armas". A continuación, ordenó que lo desnudaran y que le atasen las manos a la espalda, y lo entregaron a los niños para que lo llevasen de vuelta a Faleria, dándoles unos bastones con los que azotar al traidor hasta la ciudad. El pueblo fue en masa a ver el espectáculo, los magistrados, entonces, convocaron al Senado para discutir tan extraordinario incidente y, al fin, tuvo lugar tal cambio de parecer que la misma gente que en la locura de su ira y odio casi prefería compartir el destino de Veyes antes que disfrutar de la paz que gozaba Capena, ahora se veían junto al resto de la ciudad pidiendo la paz. El sentido romano del honor y el amor del tribuno por la justicia estaban en boca de todos los hombres en el foro y en el Senado y, de acuerdo con el deseo general, se enviaron embajadores a Camilo en el campamento, y con su permiso al Senado de Roma, para proceder a la rendición de Faleria.

Al ser presentados ante el Senado, se cuenta que hicieron el siguiente discurso: "¡Senadores! Vencidos por vosotros y por vuestro general con una victoria que nadie, ni hombre ni dios, puede censurar, nos rendimos a vosotros, pues creemos que es mejor vivir bajo vuestro imperio que bajo nuestras propias leyes, y ésta es la mayor gloria que un vencedor puede obtener. Mediante esta guerra, se han sentado dos saludables precedentes para la humanidad. Habéis preferido el honor del soldado a una victoria que estaba a vuestro alcance; nosotros, desafiados por vuestra buena fe, os hemos dado voluntariamente la victoria. Estamos a vuestra disposición; enviad hombres a recibir nuestras armas, a recibir los rehenes, a recibir la ciudad cuyas puertas están abiertas para vosotros. Nunca tendréis motivos de queja de nuestra lealtad, ni nosotros de vuestro gobierno". Tanto el enemigo como sus propios compatriotas dieron las gracias a Camilo. Se ordenó a los faliscos que proveyesen la paga de las tropas ese año, a fin de que el pueblo romano se viese libre del impuesto de guerra. Después que la paz les fue concedida, el ejército marchó de regreso a Roma.

[5.28] Después de haber así sometido al enemigo mediante la justicia y la buena fe, Camilo volvió a la Ciudad investido de una gloria aún más noble que cuando fue llevado por caballos blancos en su triunfo. El Senado no podía soportar el delicado reproche de su silencio, pero enseguida procedieron a liberarlo de su voto. Lucio Valerio, Lucio Sergio y Aulo Manlio fueron nombrados para llevar la copa de oro, hecha como regalo a Apolo, a Delfos, pero el solitario buque de guerra en el que navegaban fue capturado por piratas liparienses, no lejos del estrecho de Sicilia, y les llevaron a las islas de Lipari. La piratería era considerada como una especie de institución del Estado, y era costumbre del gobierno distribuir el botín así obtenido. Ese año la magistratura suprema la ostentaba Timasiteo, un hombre por su carácter más afín a los romanos que a sus propios compatriotas. Como él mismo reverenciaba el nombre y el cargo de los embajadores, el regalo que tenían a cargo y el dios al que iba dedicado, inspiró a la multitud, que habitualmente compartía el parecer de su gobernante, con un profundo sentido religioso del propio deber. La delegación fue conducida a la casa de invitados del Estado y, desde allí, se les envió a Delfos con una escolta adecuada de buques, luego los trajeron de regreso salvos a Roma. El Estado estableció relaciones amistosas con él [con Timasiteo.-N. del T.] y se le otorgaron presentes.

Durante este año hubo guerra con los ecuos, de tan indeciso resultado que es difícil decir quién resultó vencedor y quién vencido. Los dos tribunos consulares, Cayo Emilio y Espurio Postumio, estaban al mando del ejército romano. Al principio realizaban operaciones conjuntas; después que el enemigo hubo sido derrotado en batalla, acordaron que Emilio tomaría Verrugo mientras Postumio devastaba su territorio. Mientras marchaba de modo un tanto descuidado tras su victoria, con sus hombres en desorden, fue atacado por los ecuos y tanto cundió el pánico que sus fuerzas fueron arrastradas a las colinas cercanas, extendiéndose la alarma incluso hasta al otro ejército, en Verrugo. Tras haberse retirado a una posición segura, Postumio convocó una asamblea de sus hombres y les reprendió severamente por su pánico y su huida, y por haber sido derrotados por un enemigo tan cobarde y fácil de vencer. Con una sola voz el ejército exclamó que se merecían sus reproches; se habían comportado de modo vergonzoso, pero ellos mismos repararían su falta y el enemigo ya no tendría más motivo de regocijo. Le pidieron que les llevara enseguida contra el campamento enemigo (que estaba a plena vista en la llanura) y ningún castigo sería demasiado severo si no lograban tomarlo antes del anochecer. Postumio elogió su afán y les ordenó que se refrescaran y estuviesen listos en la cuarta guardia [la última antes del amanecer.-N. del T.]. El enemigo, esperando que los romanos intentasen una huida nocturna de su colina, se posicionaron para cortarles el camino en dirección a Verrugo. La acción comenzó antes del amanecer pero, como hubo luna toda la noche, la batalla tuvo tanta visibilidad como si se hubiera combatido de día. Los gritos llegaron a Verrugo, y pensaron que el campamento romano estaba siendo atacado. Esto creó tal pánico que, a pesar de todos los llamamientos de Emilio en su esfuerzo por detenerlos, la guarnición se marchó y huyó en grupos dispersos a Túsculo. Desde allí llegó a Roma el rumor de que Postumio y su ejército había sido aniquilado. Tan pronto como la naciente aurora disolvió todos los temores de una sorpresa en caso de que la persecución llegase demasiado lejos, Postumio bajó por las filas demandando el cumplimiento de su promesa. El entusiasmo de la tropa era tan grande que los ecuos no pudieron resistir el ataque. Luego siguió una masacre de los fugitivos, como era de esperar cuando los hombres se dejan llevar más por la ira que por el valor; el ejército [ecuo.-N. del T.] fue destruido. El lúgubre informe de Túsculo y los temores infundados en la Ciudad dieron paso a un laureado informe de Postumio anunciando la victoria de Roma y la aniquilación del ejército ecuo.

[5.29] Como los disturbios de los tribunos de la plebe no habían obtenido hasta ahora ningún resultado, los plebeyos se esforzaron por asegurarse de la continuación en el cargo de los proponentes de la ley agraria, mientras que los patricios procuraron la reelección de aquellos que la habían vetado. Los plebeyos, sin embargo, vencieron en las elecciones y el Senado, en venganza por esa mortificación, aprobó una resolución para proceder al nombramiento de cónsules, magistratura que la plebe detestaba. Después de quince años, se volvió a elegir cónsules en las personas de Lucio Lucrecio Flavio y Servio Sulpicio Camerino. A principios de año -393 a.C.-, como ninguno de su colegio estaba dispuesto a interponer su veto, los tribunos se pusieron de acuerdo en un esfuerzo decidido para aprobar su medida mientras los cónsules, por la misma razón, ofrecieron una resistencia no menos decidida. Mientras todos los ciudadanos estaban preocupados por esta contienda, los ecuos atacaron con éxito la colonia romana de Vitelia, que estaba situada en su territorio. La mayoría de los colonos resultaron ilesos, pues el haber tenido lugar la traicionera captura por la noche les dio ocasión de huir en dirección opuesta al enemigo y llegar a Roma. Ese campo de operaciones se encargó a Lucio Lucrecio. Avanzó contra el enemigo y lo derrotó en una batalla regular, y luego regresó victorioso a Roma, donde le esperaba un problema todavía más grave.

Se había fijado fecha para el procesamiento de Aulo Verginio y Quinto Pomponio, que habían sido tribunos de la plebe dos años antes. El Senado acordó por unanimidad que a su honor ocupaba su defensa, pues nadie había presentado ningún cargo contra ellos por su vida privada ni por su acción pública; la única base para la acusación era que habían tratado de complacer al Senado al ejercer su derecho de veto. La influencia del Senado, sin embargo, fue vencida por el airado temperamento de la plebe, y aún se sentó un precedente todavía más vicioso al condenar a aquellos hombres inocentes a una multa de diez mil ases cada uno. El Senado quedó muy angustiado. Camilo acusó abiertamente a los plebeyos de traición por volverse contra sus propios magistrados, porque no veían que con aquella sentencia inicua habían desposeído a sus tribunos del poder de veto y con ello se habían privado a sí mismos de su poder. Se engañaban si esperaban que el Senado se contuviera de ascender ante la ausencia de ninguna restricción por parte del poder de aquella magistratura. Si a la violencia tribunicia no se la pudiera enfrentar con el veto de los tribunos, el senado hallaría otra arma. Culpó también a los cónsules por haber permitido en silencio que se comprometiera el honor del Senado en el caso de los tribunos que habían seguido las instrucciones del Senado. Repitiendo abiertamente estas acusaciones, amargó cada vez más el ánimo del populacho.

[5.30] Por otra parte, incitaba permanentemente al Senado a oponerse a la medida. No debían, les dijo, bajar al Foro, cuando llegase el día de la votación, con ánimo distinto al de hombres que se han dado cuenta de que tienen que luchar por sus hogares y altares, por los templos de los dioses y aún por el suelo sobre el que habían nacido. En cuanto a él, si osase pensar en su propia reputación cuando la existencia de su país que estaba en juego, sería en verdad un honor que la ciudad que había tomado fuera densamente poblada, que ese monumento a su gloria le diera gozo diario, que pudiera tener ante sus ojos la ciudad que había llevado en su procesión triunfal y que todos pisaran el rastro de su fama. Sin embargo, consideraba que era una ofensa contra el cielo que una ciudad fuese repoblada tras haber quedado desierta y abandonada por los dioses, y para el pueblo romano el habitar un suelo esclavizado y cambiar la patria conquistadora por otra conquistada. Estimulados por los llamamientos de su líder, los senadores, viejos y jóvenes, bajaron todos al Foro cuando la propuesta se sometía a votación. Se dispersaron entre las tribus, y cada uno tomó sus compañeros de tribu de la mano, implorándoles con lágrimas que no abandonasen la patria por la que ellos y sus padres habían luchado tan valientemente y con tanto éxito. Señalaban el Capitolio, el templo de Vesta y los demás templos alrededor de ellos, y les rogaban que no les permitieran conducir al pueblo romano, como exiliados sin hogar, fuera de su tierra ancestral y de sus dioses nacionales hasta la ciudad de sus enemigos. Llegaron tan lejos como a decir que habría sido mejor que nunca se hubiese tomado Veyes a que se abandonase Roma. Como no recurrieron a la violencia, sino a los ruegos, e intercalaban entre ellos frecuentes menciones a los dioses, se convirtió para la mayoría en una cuestión religiosa y la propuesta fue derrotada por mayoría de una tribu. El Senado quedó tan contento con su victoria que al día siguiente aprobó una resolución, a propuesta de los cónsules, para que se adjudicaran siete yugadas [1,89 hectáreas aprox.-N. del T.] de territorio veyentino a cada plebeyo; y no sólo a los pater familias, sino a todas las personas libres de cada casa, para que con esta esperanza estuviesen dispuestas a criar a sus hijos.

[5,31] Esta recompensa calmó los sentimientos de la plebe y no se opuso a la elección de cónsules. Los dos elegidos fueron Lucio Valerio Potito y Marco Manlio, que más tarde recibió el título de Capitolino -392 a.C.-. Ellos se encargaron de celebrar los Grandes Juegos que Marco Furio había ofrendado cuando fue dictador durante la guerra Veyentina. Ese mismo año, el templo de la reina Juno, que se había prometido al mismo tiempo, fue dedicado, y la tradición dice que su consagración produjo gran interés entre las matronas, que estuvieron presentes en gran número. Se llevó a cabo una campaña de importancia contra los ecuos en Álgido; el enemigo fue derrotado casi antes de llegar al cuerpo a cuerpo. Valerio mostró la mayor de las energías al perseguir a los fugitivos; por esto se le concedió un triunfo y a Manlio una ovación. El mismo año hubo una nueva guerra con los volsinios. Debido a la hambruna y la peste en los campos de Roma, por el excesivo calor y la sequía, fue imposible que saliese el ejército. Esto incitó a los volsinios, en conjunción con los sapinatos, a hacer incursiones en territorio romano. Entonces se declaró la guerra contra los dos Estados. Cayo Julio, el censor, murió, y Marco Cornelio fue nombrado en su lugar. Este procedimiento fue posteriormente considerado como un delito contra la religión porque fue durante ese lustro cuando Roma fue tomada y desde entonces nunca se ha designado a censor a nadie en sustitución de uno muerto. Los cónsules fueron atacados por la epidemia, por lo que se decidió que los auspicios deben tomarse de nuevo por un interrex. En consecuencia, los cónsules dimitieron de su cargo en cumplimiento de una resolución del Senado y Marco Furio Camilo fue nombrado interrex. Nombró a Publio Cornelio Escipión como su sucesor, y Escipión designó a Lucio Valerio Potito. Éste último nombró seis tribunos consulares, de modo que si alguno de ellos quedaba incapacitado por enfermedad, aún pudiera haber una cantidad suficiente de magistrados para administrar la república.

[5.32] Se trataba de Lucio Lucrecio, Servio Sulpicio, Marco Emilio, Lucio Furio Medulino (por séptima vez), Agripa Furio y Cayo Emilio (por segunda vez). Tomaron posesión del cargo el 1º de julio -391 a.C.-. Lucio Lucrecio y Cayo Emilio fueron encargados de la campaña contra los volsinios; a Agripa Furio y a Servio Sulpicio se les encargó de la campaña contra los sapinatos. La primera acción se llevó a cabo contra los volsinios; se enfrentó a un número inmenso de enemigos, pero el combate no fue en absoluto grave. Su línea quedó dispersa al primer choque; ocho mil, que fueron rodeados por la caballería, depusieron las armas y se rindieron. Al enterarse de esta batalla, los sapinatos no tuvieron confianza en librar una batalla campal y buscaron la protección de sus murallas. Los romanos saquearon en todas partes, tanto en territorio volsinio como sapinato, sin encontrar resistencia alguna. Al fin, los volsinios, cansados de la guerra, obtuvieron una tregua por veinte años a condición de pagar un año de salario del ejército y una indemnización por sus anteriores incursiones. Fue en este año cuando Marco Cedicio, miembro de la plebe, informó a los tribunos que mientras estaba en la Vía Nova, donde está ahora la capilla, por encima del templo de Vesta, oyó en el silencio de la noche una voz, más poderosa que cualquier voz humana, ordenándole advertir a los magistrados que los galos se acercaban. No se tuvo en cuenta, en parte debido al rango humilde del informante y en parte porque los galos eran una nación lejana y, por tanto, poco conocida. Y no sólo se ignoraron las admoniciones de los dioses sobre el destino que amenazaba. La única ayuda humana que tenían para enfrentarlo, Marco Furio Camilo, fue expulsado de la Ciudad. Fue acusado por el tribuno de la plebe, Lucio Apuleyo, cuyo hijo adolescente había muerto por entonces, por su actuación en relación con el botín de Veyes. Camilo invitó a los miembros de su tribu y a sus clientes, que formaban una parte considerable de la plebe, a su casa y sondeó sus sentimientos hacia él. Le dijeron que pagarían cualquier multa que le impusieran, pero que les era imposible absolverlo. Entonces se fue al exilio, después de ofrecer una oración a los dioses inmortales diciendo que "si tal ultraje se le hacía sin merecerlo, dieran pronto ocasión a sus desagradecidos conciudadanos de lamentar su ausencia". Fue condenado en ausencia a pagar una multa de quince mil ases.

[5.33] Después de la expulsión de tal ciudadano, cuya presencia, si hay algo seguro en los asuntos humanos, habría hecho imposible la captura de Roma, el destino de la sentenciada Ciudad se aproximó rápidamente. Llegaron embajadores desde Clusium [actual Chiusi.-N. del T.] pidiendo ayuda contra los galos. La tradición es que esta nación, atraída por las noticias de los deliciosos frutos y sobre todo del vino (un placer nuevo para ellos) cruzó los Alpes y ocupó las tierras antes cultivadas por los etruscos, y que Aruncio de Clusium importó vino a la Galia para atraerlos a Italia. Su esposa había sido seducida por Lucumo, que había sido su tutor, y de quien, por ser un hombre joven de considerable influencia, era imposible conseguir una reparación sin ayuda del extranjero. En venganza, Aruncio guió a los galos a través de los Alpes y los llevó a atacar Clusium. No voy a negar que los galos fueran guiados hasta Clusium por Aruncio o por alguna otra persona que viviera allí, pero es evidente que quienes atacaron la ciudad no fueron los primeros que cruzaron los Alpes. De hecho, los galos entraron en Italia dos siglos antes de que atacasen Clusium y tomasen Roma. Tampoco fueron los clusinos los primeros etruscos con cuyos ejércitos chocaron los galos; parece ser que mucho antes ya habían combatido los galos con los etruscos que moraban entre los Apeninos y los Alpes. Antes de la supremacía romana, el poder de los etruscos se había extendido ampliamente, tanto por mar como por tierra. Hasta qué punto se extendió por los dos mares por los que Italia está rodeada como una isla, queda demostrado por los nombres de esos mares, pues las naciones de Italia llaman a uno el "mar etrusco" [mar tirreno, en la actualidad.-N. del T.] y al otro el "adriático", que viene de "Atria", una colonia etrusca. Los griegos también los llaman el Tirreno y el Adriático. Las tierras que se extienden entre ambos mares estaban habitadas por ellos. Se asentaron primero a este lado de los Apeninos, en el mar occidental, en doce ciudades; después fundaron doce colonias más allá de los Apeninos, correspondientes al número de las ciudades madre. Estas colonias poseían todo el país entre el Po y los Alpes, con excepción de la esquina habitada por los vénetos, que habitaban alrededor de un brazo de mar. Las tribus de los Alpes son, sin duda, del mismo tronco, especialmente los retios, que por la naturaleza de su país se han vuelto tan incivilizados que no guardan la menor traza de su condición original excepto su lengua, e incluso ésta no está libre de corrupción.

[5,34] He aquí lo que hemos aprendido sobre la entrada de los galos en Italia. Mientras Tarquinio Prisco era rey de Roma, el poder supremo entre los celtas, que formaban una tercera parte de toda la Galia, estaba en manos de los biturigos; de entre ellos solía nombrarse el rey de toda la raza celta. Ambigato era el rey en ese momento, un hombre eminente por su valor personal y su riqueza tanto como por sus dominios. Durante su gobierno, las cosechas fueron tan abundantes y la población creció tan rápidamente en la Galia que el gobierno de un número tan vasto parecía casi imposible. Era ya un hombre anciano, y ansioso por aliviar su reino de la carga del exceso de población. Con este objeto manifestó su intención de enviar a los hijos de su hermana, Beloveso y Segoveso, ambos hombres jóvenes, a asentarse en cualquier lugar que los dioses les asignasen mediante augurios. Fueron a invitar a tantos como quisieran acompañarlos, suficientes para impedir que cualquier nación rechazase su llegada. Una vez tomados los auspicios, el bosque Hercinio le tocó a Segoveso; a Beloveso los dioses concedieron el más dulce camino a Italia. Invitó a la población excedente de seis tribus: los biturigos, los avernos, los senones, los eduos, los ambarros, los carnutos y los aulercios. Desplazándose con una enorme fuerza de caballería e infantes, llegaron donde los triscatinos. Más allá se extendía la barrera de los Alpes, y no me sorprende que les parecieran insuperables, pues nunca antes habían sido atravesados, al menos hasta donde alcanzaba la memoria, a menos que se crean las fábulas acerca de Hércules. Mientras las altas cumbres contenían a los galos y buscaban por todas partes un paso por el que cruzar las montañas que llegaban al cielo y así llegar a un nuevo mundo, fueron impedidos de seguir avanzando por un sentido de obligación religiosa al llegarles noticia de que algunos extranjeros que buscaban tierras estaban siendo atacados por los salvuos [comprobar este gentilicio, por favor.-N. del T.]. Los atacados eran masaliotas [de Massilia, actual Marsella.-N. del T.] que habían salido de Focea. Los galos, viendo en esto un presagio de su propia fortuna, fueron en su ayuda y así pudieron fortificar el lugar donde habían primeramente desembarcado, sin que los salvuos les molestasen. Después de cruzar los Alpes por los pasos de los taurinos y el valle de los durios [comprobar esta frase, por favor.-N. del T.], derrotaron a los etruscos en una batalla no lejos de Ticino, y cuando se dieron cuenta de que el país en el que se habían establecido pertenecía a los ínsubros, un nombre que también llevaba un cantón de los eduos, aceptaron el presagio del lugar y construyeron una ciudad a la que llamaron Mediolanum [actual Milán.- N. del T.].

[5,35] Posteriormente otra parte, compuesta por los cenomanos bajo el mando de Elitovio, siguió el camino de los anteriores y cruzaron los Alpes por el mismo paso, con el visto bueno de Beloveso. Ellos tenían sus asentamientos donde ahora están las ciudades de Verona y Brixia. Luego llegaron los Libuanos y los saluvios; se asentaron cerca de la antigua tribu de los ligures levios, que vivían alrededor de Ticino. Luego los boyos y lingones cruzaron los Alpes Peninos, y como todo el país entre el Po y los Alpes estaba ocupado, cruzaron el Po en balsas y expulsaron no sólo a los etruscos sino también a los umbros. Permanecieron, sin embargo, al norte de los Apeninos. Entonces, los senones, los últimos en llegar, ocuparon el país entre el Utente [comprobar nombre del río, por favor.-N. del T.] y el Aesis [actual Esino.-N. del T.]. Fue esta última tribu, me parece, la que llegó hasta Clusium, y de allí a Roma; pero no es seguro que llegaran solos o ayudados por contingentes de todos los pueblos Cisalpinos. El pueblo de Clusium quedó aterrorizado por esta nueva guerra al ver el número y el extraño aspecto de aquellos hombres, la clase de armas que usaban y al oír que las legiones de Etruria habían sido a menudo derrotadas por ellos a ambos lados del Po. A pesar de que no tenían ningún tratado de amistad o alianza con Roma, a no ser el no haber ayudado a sus parientes de Veyes contra los romanos, enviaron embajadores a Roma para solicitar al Senado su ayuda. No obtuvieron ayuda directa. Fueron enviados como embajadores los tres hijos de Marco Fabio Ambusto, para negociar con los galos y advertirles de que no atacasen a aquellos de quienes no habían recibido ninguna ofensa, que eran amigos y aliados de Roma y a los que, si las circunstancias les obligaban, defendería Roma con las armas. Preferían evitar la presente guerra y les gustaría entablar tratos con los galos, que eran extraños para ellos, más en son de paz que de guerra.

[5,36], Era una misión bastante pacífica, si no hubieran figurado en ella legados de carácter violento, más parecido a los galos que a los romanos. Después de haber cumplido con sus instrucciones ante el consejo de los galos, se les dio la siguiente respuesta: "Aunque acabamos de oir hablar por vez primera de los romanos, creemos sin embargo que sois hombres valientes, pues los clusinos están solicitando vuestra ayuda al verse en peligro. Dado que preferís proteger a vuestros aliados contra nosotros más con negociación que por las armas, nosotros por nuestra parte no rechazamos la paz que ofrecéis, a condición de que los clusinos nos cedan a los galos, que estamos necesitados de tierras, una parte del territorio que poseen, que es más de lo que pueden cultivar. En cualquier otra condición, no podemos acordar la paz. Deseamos recibir su respuesta en vuestra presencia, y si se nos niegan esas tierras lucharemos, mientras aún estéis aquí, para que podáis informar a los vuestros hasta qué punto superan los galos en valor a todos los demás hombres". Los romanos les preguntaron qué derecho tenían para exigir, bajo amenaza de guerra, las tierras de quienes eran sus propietarios, y qué intereses tenían los galos en Etruria. La respuesta arrogante que les dieron fue que su derecho estaba en sus armas y que todas las cosas eran propiedad de los hombres valientes. Se encendieron los ánimos por ambos lados, corieron a las armas y empezó el combate. Entonces, contrariamente al derecho de gentes, los embajadores empuñaron sus armas, pues los hados ya empujaban a Roma a su ruina. El hecho de que tres de los más nobles y bravos romanos lucharan en las filas etruscas no se pudo ocultar, tan llamativo fue su valor. Y lo que es más, Quinto Fabio se adelantó hacia un jefe galo, que cargaba con ímpetu justo contra los estandartes etruscos, lo atravesó de lado con su lanza y lo mató. Mientras estaba despojando el cuerpo, los galos lo reconocieron y todo el ejército se enteró de que se trataba de un embajador romano. Olvidando su ira contra los clusinos y gritando amenazas contra los romanos, dieron voz de retirada.

Algunos querían avanzar inmediatamente contra Roma. Los ancianos pensaron que primero se debían mandar embajadores a Roma para presentar una queja formal y exigir la entrega de los Fabios como satisfacción por la violación del derecho de gentes. Después que los embajadores hubieran expuesto su caso, el Senado, al tiempo que desaprobaba la conducta de los Fabios y reconocía la justicia de la demanda que hacían los bárbaros, se abstuvo, por intereses políticos, de registrar sus convicciones en forma de un decreto, dado el alto rango de los hombres implicados. Por lo tanto, para que la culpa de cualquier derrota que se pudiera sufrir en una guerra contra los galos no recayese dsobre ellos, remitieron las exigencias de los galos a la consideración del pueblo. Aquí se impuso la popularidad personal y la influencia de los acusados, y aquellos mismos hombres cuyo castigo se discutía fueron elegidos tribunos militares con potestad consular para el año siguiente. Los galos consideraron esto como se merecía, es decir, como un acto hostil, y tras amenazar abiertamente con la guerra, volvieron junto a su pueblo. Los otros tribunos consulares elegidos con los Fabios fueron Quinto Sulpicio Longo, Quinto Servilio (por cuarta vez) y Publio Cornelio Maluginense (por segunda vez) -390 a.C.-.

[5.37] Hasta tal punto ciega la Fortuna los ojos de los hombres cuyas fuerzas desea quebrantar, que aunque el peso de tal catástrofe se cernía sobre el Estado, no se tomaron medidas especiales para evitarla. En las guerras contra Fidenas, Veyes y otros Estados vecinos, se había designado muchas veces un dictador como último recurso. Pero ahora, cuando un enemigo, al que nunca antes habían visto ni del que habían oído hablar, levantaba una guerra desde el océano y los rincones más remotos del mundo, no se recurrió a un dictador ni se hicieron esfuerzos extraordinarios. Fueron elevados al mando supremo y elegidos tribunos los hombres por cuya temeridad se había producido la guerra; y el alistamiento que llevaron a cabo no fue tan extenso como lo había sido en otras campañas ordinarias, incluso lo hicieron menor, a la luz de la gravedad de la guerra. Mientras tanto, los galos vieron que su embajada había sido tratada con desprecio y que se habían otorgado honores a los hombres que habían violado el derecho de gentes. Ardiendo de ira (como nación que no puede controlar sus pasiones), tomaron sus estandartes y se pusieron rápidamente en marcha. Al ruido de su tumulto mientras se desplazaban, las atemorizadas ciudades se apresuraron a tomar las armas y los campesinos huían. Caballos y hombres, extendidos a lo largo y lo ancho, cubrían una inmensa extensión del campo; donde quiera que iban daban a entender con grandes voces que se dirigían a Roma. Pero a pesar de que fueron precedidos por rumores, por los mensajes de Clusium y luego por los mensajes de cada ciudad por la que pasaban, fue la rapidez de su marcha lo que produjo mayor alarma en Roma. Un ejército alistado a toda prisa por una recluta masiva salió a su encuentro. Las dos fuerzas se enfrentaron apenas a once millas [16.280 metros.-N. del T.] de Roma, en un lugar donde el Alia, fluyendo por un cauce muy profundo desde las montañas crustuminianas [ver esta ubicación, por favor.-N. del T.], se une al Tíber un poco por debajo de la carretera. El país entero, al frente y alrededor, estaba plagado de enemigos que, siendo una nación dada a salvajes explosiones, llenaba todo con el ruido espantoso de sus horribles gritos y su clamor discordante.

[5.38] Los tribunos consulares no habían asegurado la posición de su campamento, no habían construido trincheras tras las que poder retirarse y habían mostrado tanta falta de atención a los dioses como al enemigo, pues formaron su línea de batalla sin haber obtenido auspicios favorables. Extendieron sus líneas para evitar que sus flancos fuesen desbordados, pero aún así no consiguieron igualar el frente enemigo y, adelgazando así sus líneas, debilitaron el centro de manera que apenas podría soportar el choque. A su derecha había una pequeña elevación en la que decidieron colocar las reservas; y esta disposición, cuando empezó el pánico y la huida, resultó ser la única medida que dio seguridad a los fugitivos. Pero Brenno, el rey galo

[regulus gallorum en el original latino; no hemos empleado el castellano régulo porque el sentido actual no responde a la realidad de aquel momento en el que Brenno era más el jefe político-militar de una gran confederación de tribus que, como lo define hoy el diccionario de la Real Academia, un "Rey o señor de un territorio pequeño y atrasado".-N. del T.], temiendo que hubiera un engaño en el escaso número de los enemigos, y pensando que la elevación del terreno había sido ocupada para que las reservas pudiesen atacar el flanco y la retaguardia galas mientras su frente combatía a las legiones, dirigió su ataque contra las reservas, confiando en que, si les expulsaba de su posición, su superioridad numérica le daría una fácil victoria en el terreno bajo. Así que tanto las tácticas como la Fortuna estaban de parte de los bárbaros. En el otro ejército, nada había que recordase que era romano, ni entre los generales ni entre los soldados. Estaban aterrados y en lo único que pensaban era en huir; y tan completamente perdieron la cabeza que la mayor parte huyó a Veyes, una ciudad enemiga, aunque el Tíber les quedaba al paso y no siguieron el camino directo a Roma, hacia sus esposas e hijos. Durante un corto lapso de tiempo las reservas quedaron protegidas por su posición. El resto del ejército, tan pronto escucharon el grito de guerra en su flanco los más próximos a las reservas, y luego al ser oído por la otra parte de la línea a sus espaldas, huyó al completo e ilesos, casi antes de haber visto a sus enemigos, sin intentar luchar ni aún devolver el grito de guerra. En realidad, ninguno fue muerto al combatir; fueron heridos por detrás mientras se obstaculizaban la huida unos a otros en una masa que se esforzaba confusa. A lo largo de la orilla del Tíber, por donde había huido toda el ala izquierda tras arrojar sus armas, se produjo una gran masacre. Muchos, que fueron incapaces de nadar o se vieron obstaculizados por el peso de sus corazas y otras defensas, fueron tragados por la corriente. La mayor parte, sin embargo, llegó a Veyes a salvo, pero no sólo no enviaron desde allí a las tropas para defender la Ciudad sino que ni siquiera mandaron un mensajero para informar a Roma de la derrota. Todos los hombres del ala derecha, que habían sido colocados a cierta distancia del río y más cerca de la base de la colina, volvieron a Roma y se refugiaron en la Ciudadela sin siquiera cerrar las puertas de la Ciudad.

[5.39] Los galos, por su parte, estaban casi mudos de asombro ante tan repentina y extraordinaria victoria. Al principio no se atrevían a moverse del lugar, como si estuviesen desconcertados por lo que había ocurrido, después empezaron a temer una sorpresa y por fin empezaron a despojar a los muertos apilando, como es su costumbre, las armas en montones. Por último, como se veía ningún movimiento hostil por ninguna parte, reiniciaron su marcha y llegaron a Roma poco antes del atardecer. La caballería, que cabalgaba al frente, informó que las puertas no estaban cerradas, que no había destacamentos de guardia frente a ellas ni tropas en las murallas. Esta segunda sorpresa, tan extraordinaria como la anterior, les hizo retraerse y, temiendo un combate nocturno en las calles de una Ciudad desconocida, detenerse para acampar entre Roma y el Anio. Enviaron partidas de reconocimiento para examinar el circuito de las murallas y las otras puertas, así como para informarse de los planes que hacían sus enemigos ante su situación desesperada. En cuanto a los romanos, ya que la mayor parte había huido del campo de batalla en dirección de Veyes en lugar de hacia Roma, todos creían que los únicos supervivientes eran los que se habían refugiado en Roma; el luto por todos los que se habían perdido, vivos o muertos, llenó toda la Ciudad con llantos de lamentación. Pero los gemidos del dolor personal quedaron acallados por el terror general al saberse que el enemigo estaba encima. Ahora se oían los alaridos y salvajes gritos de guerra de las turmas [aquí emplea T. Livio una expresión romana para referirse a las unidades de caballería galas; una turma eran treinta jinetes.-N. del T.] que cabalgaban alrededor de las murallas. Todo el tiempo, hasta el amanecer del día siguiente, los ciudadanos se encontraban en tal estado de incertidumbre que esperaban de un momento a otro un ataque a la Ciudad. Lo esperaron, al principio, cuando el enemigo se aproximó a las murallas, pues no suponían que su objetivo fuese permanecer en el Alia; luego, justo antes de la puesta de sol, pensaron que el enemigo atacaría porque no quedaba mucha luz; y más tarde, tras caer la noche, imaginaron que el ataque se había retrasado hasta entonces para crear aún mayor terror. Por último, la aproximación del día siguiente les dejó atónitos; la entrada por las puertas de los estandartes enemigos fue el terrible clímax de un temor que no había conocido tregua.

Pero durante toda esa noche y el día siguiente los ciudadanos ofrecieron un contraste total con los que habían huido aterrorizados en el Alia. Consciente de la inutilidad de intentar cualquier defensa de la Ciudad con el pequeño número de los que quedaban, decidieron que los hombres en edad militar y las personas sanas entre los senadores debían, con sus esposas e hijos, encerrarse en la Ciudadela y el Capitolio, y después de conseguir en los almacenes armas y alimentos, defenderían desde esas posiciones a sus dioses, a sí mismos y el nombre de Roma. El Flamen y las sacerdotisas de Vesta pusieron los objetos sagrados del Estado lejos de los derramamientos de sangre y del fuego, y no se abandonaría el culto sagrado mientras quedase una sola persona para observarlo. Si sólo la Ciudadela y el Capitolio, la morada de los dioses; si sólo el Senado, cabeza directora de la política nacional; si sólo los hombres en edad militar sobreviviesen a la ruina inminente de la Ciudad, entonces podría fácilmente superarse la pérdida de la multitud de ancianos que quedaron abandonados en la Ciudad; de todas formas, tenían ya la certeza de que iban a perecer. Para conformar a los ancianos plebeyos con su destino, los hombres que habían sido cónsules y disfrutado triunfos se dieron cuenta que debían enfrentar su hado hombro con hombro junto a ellos y no cargar las escasas fuerzas de los guerreros con cuerpos demasiado débiles para llevar armas o defender su patria.

[5.40] Así buscaron consuelo unos con otros, estos hombres ancianos condenados a muerte. Luego se volvieron con palabras de aliento a los hombres más jóvenes que iban camino a la ciudadela y el Capitolio, y solemnemente encomendaron a su fuerza y coraje todo lo que quedaba de la fortuna de una Ciudad que durante 360 años había salido victoriosa en todas sus guerras. Cuando aquellos que llevaban consigo toda esperanza y socorro finalmente se separaron de los que habían resuelto no sobrevivir a la caída de la Ciudad, la miseria del paisaje se vio acentuada por la angustia de las mujeres. Sus lágrimas, sus carreras sin sentido según perseguían primero a sus maridos, luego a sus hijos, sus ruegos implorándoles que no las abandonasen a su destino, pintaban un cuadro en el que no faltaba ningún elemento del infortunio humano. Una gran parte de ellas, en realidad, siguió a sus hijos al Capitolio, sin que nadie se lo prohibiese o las invitase, pues aunque disminuir el número de los no combatientes habría ayudado a los sitiados, resultaba una medida demasiado inhumana de tomar. Otra multitud, principalmente de plebeyos, para la que no había sitio en tan pequeño cerro ni suficiente comida en parco almacén de grano, salió la ciudad en una fila continua y se dirigió hacia el Janículo. Desde allí se dispersaron, algunos por la campiña, otros hacia las ciudades vecinas, sin nadie que les guiara y sin coordinación alguna, cada cual siguiendo sus propios intereses y sus propias ideas, despreocupándose todos de la seguridad pública. Mientras todo esto ocurría, el flamen de Quirino y las vírgenes vestales, sin pensar en sus propiedades particulares, deliberaban sobre cuáles de los objetos sagrados debían conservar con ellos y cuáles dejar atrás, pues no tenían bastantes fuerzas para llevarlas todas, y también sobre cuál sería el lugar más seguro para custodiarlas. Pensaron que lo mejor para ocultar lo que no podían llevar sería ponerlo en pequeñas tinajas y enterrarlas bajo la capilla próxima a la casa del Flamen, donde ahora está prohibido escupir. El resto lo repartieron entre ellos y se lo llevaron, tomando la carretera que conduce desde el puente Sublicio al Janículo. Mientras subían esa colina, fueron vistos por Lucio Albinio, un plebeyo romano que abandonaba la Ciudad con el resto de la multitud que no era apta para la guerra. Incluso en esa hora crítica, no se olvidó la distinción entre lo sagrado y lo profano. Llevaba con él, en una carreta, a su mujer e hijos, y le pareció un acto de impiedad que se le viera junto a su familia en un vehículo mientras los sacerdotes nacionales avanzaban penosamente a pie, llevando los vasos sagrados de Roma. Ordenó a su esposa e hijos que bajasen, puso a las vírgenes y a su sagrada carga en la carreta y los llevó a Caere, su destino.

[5.41] Después de haber tomado todas las medidas que permitían las circunstancias para la defensa del Capitolio, los ancianos regresaron a sus respectivos hogares y, plenamente dispuestos a morir, esperaron la llegada del enemigo. Los que habían desempeñado magistraturas curules [los cónsules, dictadores, censores, pretores y ediles curules tenían derecho a sentarse en la llamada silla curul, que dio nombre a este tipo de magistratura. La ley Ovinia del siglo V a.C. reconoció el derecho a ser senador a quienes hubieran ejercido una magistratura curul.-N. del T.] decidieron enfrentar su destino llevando las insignias de su antiguo cargo, honor y distinciones. Vistieron las espléndidas vestiduras que llevaban al conducir los carros de los dioses

o al cabalgar en triunfo por la Ciudad; y así ataviados, se sentaron en sus sillas de marfil en el vestíbulo de sus casas [medio aedium en el original latino: en medio de la habitación; se traduce como "en el vestículo de sus casas" para dar consistencia al hecho que se relata más adelante acerca de la visión de los senadores por los galos.- N. del T.]. Algunos autores afirman que, guiados por Marco Fabio, el Pontífice Máximo, recitaron la fórmula solemne por la que se ofrecían a morir por su patria y los Quirites. Como los galos estaban frescos tras una noche de descanso después de una batalla que en ningún momento había resultado muy disputada, y como no estaban tomando entonces la ciudad por asedio o asalto, su entrada al día siguiente no estuvo marcada por ningún signo de ira o ardor. Pasando la puerta Colina, que estaba abierta, llegaron al Foro y mirabanque llegaron a la redonda del Foro y miraban los templos y la Ciudadela, que era lo único que mostraba alguna apariencia de guerra. Dejaron allí un pequeño destacamento de guardia para protegerse de cualquier ataque desde la ciudadela o el Capitolio; luego se dispersaron por las calles en las que no se veía un alma, en busca de botín. Algunos se precipitaban a la vez en las casas cercanas, otros se dirigían a las más distantes, esperando encontrarlas intactas y llenas de despojos. Consternados por la misma desolación del lugar y temiendo que alguna estratagema pudiera sorprender a los rezagados, regresaron a las inmediaciones del Foro en orden cerrado. Las casas de los plebeyos estaban atrancadas, los atrios de los patricios estaban abiertos; pero sentían más indecisión a la hora de entrar en las casas abiertas que en las cerradas. Contemplaban con auténtica veneración a los hombres que permanecían sentados en los vestíbulos de sus mansiones, no sólo por la sobrehumana magnificencia de sus vestiduras, por su porte y su comportamiento, sino también por la majestuosa expresión de sus rostros, que semejaba la apariencia de los dioses. Así quedaron, en pie, mirándolos como si fueran estatuas, hasta que, según se dice, uno de los patricios, Marco Papirio, suscitó la ira de un galo, que empezó a tirarle de la barba (que en aquellos tiempos todos llevaban larga), al golpearle en la cabeza con su bastón de marfil. Él fue el primero en ser asesinado, los otros fueron luego masacrados en sus sillas. Después de esta masacre de los principales, no quedó nadie con vida; las casas fueron saqueadas y luego les prendieron fuego.

[5,42] Ahora bien, fuese que no todos los galos estuviesen animados por el ardor de destruir la Ciudad, que sus jefes hubiesen, por un lado, decidido que el espectáculo de unos cuantos fuegos intimidaría a los sitiados para rendirse deseando salvar sus hogares, o por otro, que al abstenerse de un combate general mantenían en su poder lo que quedaba de la Ciudad como una promesa con la que debilitar la determinación del enemigo, lo cierto es que los incendios estuvieron lejos de ser tan indiscriminados o extensos como se habría esperado del primer día de una ciudad conquistada. Cuando los romanos observaron, desde la Ciudadela, la Ciudad llena de enemigos corriendo por todas las calles, cómo sucedían a cada momento nuevos desastres, primero en un barrio y luego en otro, no pudieron controlar más sus ojos y oídos, ni mucho menos sus pensamientos y sentimientos. En cualquier dirección, su atención era atraída por los gritos del enemigo, los chillidos de las mujeres y los niños, el rugir de las llamas y el desplome de las casas al caer; donde quiera que volviesen sus ojos y mentes, eran como espectadores obligados por la Fortuna a contemplar la caída de su patria, impotentes para proteger nada de lo que tenían, más allá de sus vidas. Eran mucho más dignos de lástima que cualquier otro que hubiera sufrido un asedio, separados como estaban de su tierra natal y viendo todo lo que había sido suyo en poder del enemigo. El día que había pasado en una tal miseria fue seguido por una noche sin un ápice de descanso, y luego de nuevo por otro día de angustia; no hubo ni una hora libre de la visión de alguna nueva calamidad. Y, sin embargo, no obstante agobiados y abrumados con tantas desgracias, habiendo visto todo caer en llamas y ruinas, ni por un momento declinaron su determinación de defender con su valor el único punto que les restaba de libertad: la colina que poseían, por pequeña y pobre que pudiera ser. Por fin, al prolongarse este estado de cosas día tras día, se acostumbraron a este estado de miseria y volvían sus pensamientos, de las circunstancias que les rodeaban, a sus armas y a sus espadas en la mano derecha, a las que miraban como lo único que podía darles esperanza.

[5.43] Durante algunos días los galos se limitaron a hacer una guerra inútil por las casas de la Ciudad. Ahora que ya no sobrevivía nada entre las ruinas y las cenizas de la capturada Ciudad, excepto un enemigo armado al que ya no espantaban todos esos desastres y que no tenía intención de rendirse sin combatir, decidieron como último recurso hacer un asalto contra la Ciudadela. Al amanecer se dio la señal y todos formaron en el Foro. Lanzando su grito de guerra y juntando sus escudos sobre sus cabezas, avanzaron. Los romanos esperaban el ataque sin excitación ni miedo, se reforzaron los destacamentos para guardar todas las vías de aproximación, y en cualquier dirección que viesen avanzar al enemigo apostaban un cuerpo selecto de hombres que permitía al enemigo escalar, pues cuanto más subían los escaladores más fácil resultaba tirarlos abajo por la pendiente. Hacia la mitad de la colina los galos se detuvieron; luego, desde el terreno elevado que casi les lanzaba, los romanos cargaron y derrotaron a los galos con tales pérdidas que nunca más intentaron aquel modo combatir, fuese con grupos o al completo de su fuerza. Perdieron cualquier esperanza, por tanto, de forzar el paso por asalto directo y se prepararon para un bloqueo. Hasta ese momento nunca habían pensado en ello; todo el grano de la Ciudad había quedado destruido en los combates mientras que el de los campos de alrededor se había llevado apresuradamente a Veyes desde la ocupación de la Ciudad. Así que los galos decidieron dividir sus fuerzas; una parte se dedicaría a asediar la Ciudadela y la otra a forrajear entre los estados vecinos para abastecer de grano a los que estaban dedicados al asedio. Fue la propia Fortuna la que llevó a los galos, tras salir de la Ciudad, hacia Ardea, para que pudieran tener alguna experiencia del coraje romano. Camilo estaba viviendo allí como exiliado, más dolido por la suerte de su patria que por la suya, comiéndose el corazón con reproches a los dioses y a los hombres, preguntándose con indignación dónde estaban los hombres con los que él había conquistado Veyes y Faleria; hombres cuyo valor en aquellas guerra fue mayor que su fortuna. De pronto, se enteró de que el ejército galo se acercaba y que los ardeates deliberaban inquietos sobre ello. Generalmente, había evitado las reuniones del Consejo; pero ahora, apoderado de una inspiración en cierto modo divina, se dirigió apresuradamente a los consejeros reunidos y se dirigió a ellos como sigue:

[5,44] "¡Hombres de Ardea! antiguos amigos y ahora mis conciudadanos (pues vuestra bondad así lo dispuso y mi buena fortuna lo alcanzó), que nadie piense que vengo aquí habiendo olvidado mi posición. La fuerza de las circunstancias y el peligro común empujan a cada hombre a aportar lo que pueda para ayudar a resolver la crisis. ¿Cuándo iba a ser capaz de mostrar mi gratitud por todos los favores que me habéis otorgado si no cumplo ahora con mi deber? ¿Cuándo seré de alguna utilidad para vosotros, si no es en la guerra? Fue por eso por lo que mantuve mi posición en mi Ciudad natal, pues jamás conocí la derrota; en tiempos de paz, mis ingratos compatriotas me desterraron. Ahora se os brinda la oportunidad, hombres de Ardea, de demostrar vuestra gratitud por cuantas bondades Roma os ha mostrado (no habéis olvidado cuán grande es, ni necesito mencionarlo a quienes tan bien lo recuerdan); se os brinda la oportunidad de ganar para vuestra ciudad una notable fama en la guerra a expensas de nuestro común enemigo. Esos que vienen hacia aquí de forma libre y desordenada son una raza cuya naturaleza produce cuerpos y mentes más grandes y fuertes que firmes. Es éste el motivo de que en cada batalla presenten más una apariencia aterradora que una fuerza real. Tomad como ejemplo el desastre de Roma. Tomaron la ciudad porque ya estaba abierta para ellos; una pequeña fuerza les expulsó de la Ciudadela y el Capitolio. Ya el aburrimiento de un asedio ha resultado ser demasiado para ellos y están vagando dispersos por los campos, arriba y abajo. Cuando están atiborrados con la comida y el vino que beben tanta voracidad, se lanzan como fieras; al llegar la noche se dejan caer por las orillas, sin atrincherarse ni apostar guardias o escuchas avanzados. Y ahora, después de su éxito, están más descuidados que nunca. Si es vuestra intención de defender vuestras murallas y no permitir que todo este país se convierta en una segunda Galia, tomad las armas, reunid vuestras fuerzas en la primera vigilia y seguidme a lo que será una masacre, no una batalla. Si no los pongo en vuestras manos, encadenados por el sueño, para ser sacrificados como ganado, estoy dispuesto a aceptar el mismo destino en Ardea que el que enfrenté en Roma".

[5,45] Amigos y enemigos, por igual, estaban convencidos en aquel tiempo de que en ninguna otra parte había maestro en la guerra tan señalado. Después que se levantase el consejo, se refrescaron y esperaron impacientes que se diera la señal. Cuando ésta se dio en el silencio de la noche todos fueron a las puertas, junto a Camilo. Tras marchar a no mucha distancia de la ciudad, llegaron hasta el campamento de los galos, desprotegido como él les había dicho y abierto con descuido por todas partes. Lanzaron un tremendo grito y se precipitaron dentro; no hubo batalla, sino pura masacre; los galos, indefensos y disueltos en el sueño, fueron muertos donde reposaban. Los que estaban en el otro extremo del campamento, sin embargo, sorprendidos en sus cubiles y sin saber qué o por dónde les atacaban, huyeron aterrorizados y alguno hasta se precipitó, sin darse cuenta, entre los asaltantes. Un número considerable llegó a la vencindad de Anzio, donde fueron rodeados por sus ciudadanos. Una masacre parecida de etruscos tuvo lugar en el territorio de Veyes. Tan lejos estaba aquel pueblo que simpatizar con una Ciudad de la que había sido vecina durante cerca de cuatro siglos, y que ahora estaba quebrada por un enemigo nunca oído o visto hasta entonces, que escogieron aquel momento para hacer incursiones en territorio romano y, después de cargar con el botín, trataron de atacar Veyes, el baluarte y única esperanza de que sobreviviera el nombre romano. Los soldados romanos en Veyes les habían visto dispersos por los campos, y después, reunidas sus fuerzas, llevando su botín frente a ellos. Primero desesperaron y luego se indignaron y la rabia se apoderó de ellos. "¿Todavía van los etruscos," exclamaron, "de quienes hemos desviado las armas de los galos sobre nosotros, a burlarse de nuestras desgracias?" Se contuvieron con dificultad de atacarlos. Quinto Cedicio, un centurión al que habían puesto al mando, les convenció para retrasar las operaciones hasta el anochecer. Lo único que les faltaba era un jefe como Camilo, en todos los demás aspectos la disposición del ataque y el éxito fueron los mismas que si hubiera estado presente. No contento con esto, hizo que algunos prisioneros de entre los que habían sobrevivido a la matanza nocturna actuasen como guías y, conducido por ellos, sorprendió a otro grupo de etruscos en las salinas y les causó aún mayores pérdidas. Exultantes por esta doble victoria volvieron a Veyes.

[5.46] Durante estos días no sucedía nada importante en Roma; el asedio se mantenía con poco esfuerzo; ambas partes se mantenían tranquilas y los galos, principalmente, trataban de impedir que algún enemigo se deslizase a través de sus líneas. Repentinamente, un guerrero romano atrajo sobre sí la admiración unánime de amigos y enemigos. La gens Fabia hacía un sacrificio anual en el Quirinal, y Cayo Fabio Dorsuo, llevando su toga ceñida con el ceñido gabino [el cinturón gabino o ceñido gabino era un modo peculiar de vestir la toga; consistía en que parte de la propia toga formase una faja ciñendo el cuerpo con su borde exterior y atándola con un nudo al frente; al mismo tiempo se cubría la cabeza con la otra parte de la prenda. Su origen es etrusco, como su propio nombre indica.-N. del T.] y portando en sus manos las vasijas sagradas, bajó desde el Capitolio, pasó a través de los grupos de enemigos que estaban inmóviles, fuera por el desafío o por la amenaza, y llegó hasta el Quirinal. Allí cumplió debidamente con los solemnes ritos y volvió con la misma expresión grave y el mismo andar, seguro de la bendición divina, pues ni el miedo a la muerte le había hecho descuidar el culto a los dioses; finalmente, volvió a entrar en el Capitolio y se reunión con sus camaradas. Puede que los galos quedasen atónitos por su extraordinaria audacia, o puede que se frenasen por respeto religioso pues, como nación, no dejaban de atender las obligaciones de la religión. En Veyes se acrecentó continuamente su fortaleza, así como su valor. No sólo se juntaron allí los romanos que se habían dispersado tras la derrota y captura de la Ciudad, también fueron allí voluntarios del Lacio para participar en el reparto del botín. El momento parecía propicio para recuperar su Ciudad natal de las manos del enemigo. Pero aunque el cuerpo era fuerte, carecía de una cabeza. El mismo lugar recordó a los hombres el nombre de Camilo; la mayoría de los soldados habían luchado con éxito bajo sus auspicios y mando, y Cedicio declaró que no daría ocasión a nadie, hombre o dios, para que finalizase su mando antes que él, consciente de su rango, convocase el nombramiento de un general. Se decidió por consenso general que se debía llamar a Camilo desde Ardea, pero se debía consultar primero al Senado; a tal punto estaba todo regulado por el respeto a la ley que se observaban las consideraciones propias de cada cosa, aún cuando las mismas cosas se hubiesen casi perdido.

Esto acarreaba un gran riesgo, pues para efectuarse había que atravesar los puestos de avanzada enemigos. Poncio Cominio, un buen soldado, se ofreció para la tarea. Apoyándose con un flotador de corcho, fue llevado por el Tíber a la Ciudad. Eligiendo el camino más cercano desde la orilla del río, escaló una roca escarpada que, debido a su pendiente, el enemigo había dejado sin vigilancia, y se abrió camino hasta el Capitolio. Al ser llevado ante los magistrados al mando, comunicó las instrucciones que el ejército le había dado. El mensajero regresó por la misma ruta y llevó a Veyes el decreto emitido por el Senado, en el sentido de que, tras haber sido llamado del exilio por los comicios curiados, Camilo debía ser inmediatamente nombrado dictador por orden del pueblo y los soldados tendrían el jefe que deseaban. Se envió una delegación a Ardea para llevar a Camilo hasta Veyes. Se aprobó la ley, por los comicios curiados, anulando su exilio y nombrándole dictador y esto es, según creo, más probable a no que él esperase en Ardea hasta que supiese que la ley se había aprobado; porque él no podía cambiar su residencia sin la sanción del pueblo, ni podía tomar los auspicios en nombre del ejército hasta que hubiera sido debidamente nombrado dictador.

[5.47] Mientras estas cosas pasaban en Veyes, la Ciudadela y el Capitolio de Roman estaban en peligro inminente. Puede que los galos hubiesen visto las huellas dejadas por el mensajero de Veyes o que hubieran descubierto por sí mismos una vía de ascenso relativamente fácil por la escarpadura hasta el templo de Carmentis. Escogieron una noche en la que había un tenue rayo de luz y enviaron un hombre desarmado en avanzada para probar el camino; luego, llevando unos las armas de los otros cuando el camino se volvía difícil y apoyándose y empujándose entre sí cuando el terreno lo requería, llegaron finalmente a la cumbre. Tan silenciosamente se habían desplazado que no sólo pasaron desapercibidos a los centinelas, sino también a los propios perros, animales particularmente sensibles a los ruidos nocturnos. Pero no escaparon a la atención de los gansos, que eran sagrados para Juno y que estaban intactos a pesar de la escasez de alimentos. Esto resultó ser la salvación de la guarnición, pues su clamor y el ruido de sus alas despertaron a Marco Manlio, el distinguido soldado que había sido cónsul tres años antes. Cogió sus armas y corrió a dar la alarma al resto; dejándolos atrás, golpeó con el umbo de su escudo a un galo que había conseguido coronar la cumbre y lo derribó. Cayó sobre los que estaban detrás y les estorbó, y Manlio mató a otros que habían dejado a un lado sus armas y se aferraban a las rocas con sus manos. En ese momento ya se le habían unido otros y comenzaron a desalojar al enemigo con una lluvia de piedras y lanzas hasta que todo el grupo cayó sin poder hacer nada hasta el fondo. Cuando el escándalo se desvaneció, el resto de la noche se dedicaron a dormir tanto como pudieron en circunstancias tan inquietantes, pues el peligro, aunque pasado, aún les inquietaba.

Al amanecer, los soldados fueron convocados por el sonido de la trompeta a un consejo en presencia de los tribunos, para otorgar las recompensas debidas a la buena y la mala conducta. En primer lugar, fue felicitado Manlio por su valentía, y recompensado no sólo por los tribunos, sino por todo el conjunto de soldados, pues cada hombre le llevó desde sus cuarteles, que estaban en la Ciudadela, media libra de farro y un quartario de vino [163,5 gr de harina de cebada y 0,1368 litros de vino.-

N. del T]. Esto puede no parecer mucho, pero la escasez lo convertía en una prueba abrumadora del afecto que sentían por él, ya que cada cual quitó los alimentos de su propia ración y contribuyó con lo que le era necesario para vivir en honor de aquel hombre. A continuación, se llamó a los centinelas que habían estado de guardia en el lugar por donde el enemigo había subido sin que lo notaran. Quinto Sulpicio, el tribuno consular, declaró que se debía castigar a todos según la ley marcial. Desistió, sin embargo, de esta intención ante los gritos de los soldados, que estuvieron todos de acuerdo en echar la culpa a un solo hombre. Como no había ninguna duda de su culpabilidad, fue lanzado desde la cima del acantilado en medio de la probación general. Se guardaba ahora una vigilancia más estricta en ambos lados; por los galos, ya que se había sabido que los mensajeros pasaban entre Roma y Veyes; por los romanos, que no habían olvidado el peligro en que estuvieron aquella noche.

[5.48] Pero el mayor de todos los males derivados del asedio y la guerra fue la hambruna que empezó a afectar a los dos ejércitos, mientras que los galos también fueron visitados por la peste. Tenían éstos su campamento en las tierras bajas, entre las colinas, que habían sido arrasadas por los fuegos y estaban infestadas de malaria; al menor soplo de viento no sólo se levantaba el polvo, sino también las cenizas. Acostumbrados como nación a lo húmedo y frío, no podían soportar todo esto y, torturados como estaban por el calor y el sofoco, la enfermedad hizo estragos entre ellos y morían como ovejas. Pronto se cansaron de enterrar a sus muertos por separado, de modo que apilaron los cuerpos indiscriminadamente y los quemaron; el lugar se hizo célebre y fue posteriormente conocido como "Piras Galas". Posteriormente hicieron una tregua con los romanos y, con la autorización de sus jefes, conversaban los unos con los otros. Los galos les hablaban continuamente del hambre que debían estar pasando y que debían ceder a la necesidad y rendirse. Para quitarles esa impresión, se dice que arrojaron pan desde muchos lugares del Capitolio a los vigías enemigos. Pero pronto el hambre dejó de poder ser ocultada, ni soportada por más tiempo. Así, al mismo tiempo que el dictador alistaba sus tropas en Ardea, ordenaba a su jefe de caballería, Lucio Valerio, que retirase su ejército de Veyes y preparaba una fuerza suficiente para atacar al enemigo en términos de igualdad, el ejército del Capitolio, agotado por el constante servicio pero todavía sobreponiéndose al desánimo, no dejaba que el hambre le superase y esperaba ansiosamente alguna señal de ayuda del dictador. Por fin, no sólo les faltó el alimento, también la esperanza. Cada vez que los centinelas entraban de servicio, sus débiles cuerpos apenas podían soportar el peso de la armadura; el ejército insistió en que debían rendirse o comprar su rescate en los mejores términos que pudiesen, pues los galos estaban dando inequívocas señales de que les podía inducir a abandonar el sitio por una cuantía moderada. Se mantuvo entonces una reunión del Senado y se facultó a los tribunos consulares para que establecieran los términos. Tuvo lugar una conferencia entre Quinto Sulpicio, el tribuno consular, y Breno, el jefe galo, y se llegó a un acuerdo por el que se fijó en mil libras de oro [327 kilos.-N. del T.] el rescate del pueblo que al poco tiempo estaría destinado a gobernar el mundo. Esta humillación ya era lo bastante grande, pero fue agravada por la despreciable mezquindad de los galos que usaron pesos trucados, y cuando protestaron los tribunos, el insolente galo arrojó su espada sobre la balanza y usó de una expresión intolerable para los oídos romanos: "¡Ay de los vencidos!"

[5.49] Pero los dioses y los hombres, a un tiempo, impidieron que los romanos viviesen como un pueblo rescatado. Pero cambió la Fortuna antes de que se completase el infame rescate y se pesase todo el oro; mientras aún discutían, apareció en escena el dictador y ordenó que se quitase el oro y que se marchasen los galos. Como se negaban a hacerlo y protestaban diciendo que se había llegado a un acuerdo definitivo, les informó de que una vez que él había sido nombrado dictador no resultaba válido ningún acuerdo hecho por ningún magistrado inferior sin su sanción. Luego advirtió a los galos que se preparasen a la batalla y ordenó a sus hombres que apilasen sus bagajes, dispusiesen sus armas y reconquistasen la patria con el hierro, no con el oro. Debían contemplar los templos de los dioses, a sus esposas e hijos y al suelo de su patria, desfigurados por los estragos de la guerra; todo, en una palabra, lo que debían defender, recuperar o vengar. A continuación, dispuso a sus hombres en la mejor formación que el terreno, naturalmente desigual y medio quemado, permitía y tomó todas las medidas que su competencia militar le indicaba para asegurar la ventaja de la posición y el movimiento de sus hombres. Los galos, alarmados por el giro que habían tomado las cosas, tomaron sus armas y se lanzaron contra los romanos con más rabia que método. La suerte había cambiado y ahora la ayuda divina y la habilidad humana estaban de parte de Roma. Al primer choque, los galos fueron derrotados tan fácilmente como habían vencido en el Alia. En una segunda y más larga batalla, mantenida en la octava piedra miliar de la carretera de Gabii [a 11768 metros de Roma.-N. del T.], donde se reunieron tras su huida, fueron nuevamente derrotados bajo el mando y los auspicios de Camilo. Aquí la matanza fue completa; se tomó su campamento y no se dejó a un sólo hombre que llevase noticia de la catástrofe. Tras recuperar así su patria del enemigo, el dictador volvió en triunfo a la Ciudad y, entre las bromas que los soldados solían gastar, le llamaban con palabras no exentas de alabanza "Rómulo", "Padre de la Patria" y "Segundo Fundador de la Ciudad". Había salvado a su patria en la guerra y, ahora que se había restaurado la paz, demostró, más allá de toda duda ser nuevamente su salvador, al impedir la migración a Veyes. Los tribunos de la plebe insistían en esto con más fuerza que nunca, ahora que la ciudad había sido incendiada, y la plebe estaba también más inclinada a ello. Este movimiento y el llamamiento urgente que el Senado le hizo para que no abandonara la República mientras que la situación de los asuntos públicos eran tan inestables, le determinaron a no deponer su dictadura tras su triunfo.

[5.50] Como era de lo más escrupuloso en el cumplimiento de las obligaciones religiosas, las primeras medidas que presentó en el Senado fueron las relativas a los dioses inmortales. Consiguió que el Senado aprobase una resolución con las siguientes disposiciones: Todos los templos, al haber estado en poder del enemigo, debían ser restaurados y purificados y sus límites nuevamente señalados; las ceremonias de purificación se determinarían por los duunviros a partir de los libros sagrados. Se debían establecer relaciones amistosas con el pueblo de Cere, como ya había entre ambos estados, pues habían cobijado a los tesoros sagrados de Roma y a sus sacerdotes, y por este acto de bondad habían impedido la interrupción del culto divino. Se instituirían los Juegos Capitolinos, porque Júpiter Óptimo Máximo había protegido a su morada y la Ciudadela de Roma en los momentos de peligro, y el dictador crearía un colegio de sacerdotes con tal objeto de entre las personas que vivían en el Capitolio y en la Ciudadela. También se hizo mención de la ofrenda propiciatoria por la negligencia hacia la voz nocturna que se oyó, anunciando el desastre, antes que empezase la guerra, y se dieron órdenes para construir un templo a Ayo Locucio [AIVS LOCVTIVS en latín; este dios, o diosa, lleva en su nombre una doble referencia al habla o la capacidad de hablar y sólo se manifestó en esta ocasión en toda la historia romana.-N. del T.] en la Vía Nova. El oro que se había rescatado de los galos y el que durante la confusión se había traído de otros templo, se había reunido en el templo de Júpiter. Como nadie recordaba qué proporción debía volver a los otros templos, todo él se declaró sacrado y se ordenó que se depositara bajo el trono de Júpiter. El sentimiento religioso de los ciudadanos ya se había demostrado en el hecho de que cuando no hubo suficiente oro en el tesoro para juntar la cantidad acordada con los galos, aceptaron la contribución de las matronas para evitar tocar lo que era sagrado. Las matronas recibieron un agradecimiento público, y se les confirió la distinción de que se les pronunciase oración fúnebre como a los hombres. No fue hasta después de quedar resueltos esos asuntos referentes a los dioses, y que por tanto estaban dentro de la competencia del Senado, que Camilo volviese su atención a los tribunos, que hacían incesantes arengas para persuadir a la plebe de que abandonase las ruinas y emigraran a Veyes, que estaba a su disposición. Al fin, se acercó a la Asamblea, seguido por la totalidad del Senado, y pronunció el siguiente discurso:

[5,51] "Son tan dolorosas para mí, Quirites, las controversias con los tribunos de la plebe que, de todo el tiempo que viví en Ardea, el único consuelo en mi amargo exilio era que estaba muy lejos de tales conflictos. Por lo que a ellos respecta, yo nunca habría regresado, incluso si me hubieseis llamado con mil decretos senatoriales y votos populares. Y ahora he vuelto, pero no ha cambiado mi voluntad sino que os obligó el cambio de la Fortuna. Lo que se jugaba era más si mi patria iba a permanecer inamovible en su posición y no tanto si yo iba a regresar a mi país a cualquier precio. Incluso ahora a gusto callaría y me estaría tranquilo, si no se tratase de luchar otra vez por mi patria. Pero faltarle a ella, mientras quede vida, sería para los demás hombres una vergüenza y para Camilo un absoluto pecado. ¿Por qué nos ganamos el volver? ¿por qué nosotros, cuando estábamos acosados por el enemigo, la libramos de sus manos si, ahora que la hemos recuperado, la abandonamos? Mientras que los galos poseían victoriosos toda la ciudad, los dioses y los hombres de Roma aún permanecían, aún vivían en el Capitolio y la Ciudadela. Y ahora que los romanos son victoriosos y se recuperó la Ciudad, ¿se va a abandonar la Ciudadela y el Capitolio? ¿Va a provocar nuestra buena fortuna una desolación mayor a esta Ciudad que nuestra mala fortuna? Incluso si no hubiera habido establecidas instituciones religiosas cuando se fundó la Ciudad y no se nos hubiesen transmitido, aún así, tan claramente ha intervenido la Providencia en los asuntos de Roma en esta ocasión, que yo pensaría que todas las negligencias en el culto divino han sido desterrados de la vida humana. Mirad las alternancias de prosperidad y adversidad durante estos últimos años; veréis que todo fue bien para nosotros mientras seguimos las guía divina y que todo nos fue desastroso cuando nos descuidamos. Ved lo primero de todo la guerra con Veyes. ¡Durante cuánto tiempo y con qué inmenso esfuerzo se llevó a cabo! No llegó a su fin hasta que se extrajo el agua del lago Albano, por amonestación de los dioses. ¿Y qué decir, otra vez, de este desastre sin precedentes para nuestra Ciudad? ¿Se abatió sobre nosotros antes de que se tratase con desprecio la Voz enviada por el cielo para anunciar la aproximación de los galos, antes de que nuestros embajadores ultrajasen el derecho de gentes, antes de que hubiésemos, con el mismo espíritu irreligioso, perdonado tal ultraje cuando debíamos haberlo castigado? Y así fue que, derrotados, capturados, rescatados, hemos recibido tal castigo a manos de los dioses y los hombres que será una lección para el mundo entero. Entonces, en nuestra adversidad, recapacitamos sobre nuestros deberes religiosos. Huimos haciaa los dioses en el Capitolio, en la sede de Júpiter Óptimo Máximo; entre las ruinas de todo lo que poseíamos escondimos bajo tierra nuestros tesoros sagrados, el resto lo llevamos lejos de la vista del enemigo a ciudades vecinas; ni siquiera abandonados como estábamos por los dioses y los hombres, interrumpimos el culto divino. Por haber actuado así hemos recuperado nuestra Ciudad natal, la victoria y la fama que habíamos perdido; y contra el enemigo que, ciego de avaricia, rompió los tratados y la palabra dada en el pesaje del oro, enviaron el terror, la derrota y la muerte.

[5,52] "Cuando ves las consecuencias tan trascendentales para los asuntos humanos que se derivan de la adoración o el descuido de los dioses, ¿no os dáis cuenta, Quirites, en qué gran pecado estáis pensando cuando aún no habéis salido de un tal naufragio causado por vuestra antigua culpa y calamidad? Poseemos una Ciudad que fue fundada con la aprobación divina revelada en augurios y auspicios; y no hay en ella lugar libre de asociación religiosa y de la presencia de un dios; los sacrificios regulados tienen sus sitios asignados así como sus días señalados. ¿Vais, Quirites, a abandonar todos esos dioses, a los que honra el Estado, a los que adoráis, cada uno en vuestros propios altares? ¿En qué se parece vuestra acción a la del glorioso joven Cayo Fabio, durante el asedio, que fue contemplada por el enemigo con no menos admiración que por vosotros, cuando bajó de la Ciudadela entre los proyectiles de los galos y celebró el sacrificio debido por su gens Fabia en el Quirinal? Mientras que los ritos sagrados de las gens patricias no se interrumpen ni en tiempo de guerra, ¿estaréis satisfechos de ver abandonados los cargos religiosos del Estado y a los dioses de Roma en tiempo de paz? ¿Serán más negligentes los pontífices y flámines en sus funciones públicas que los ciudadanos privados en las obligaciones religiosas de sus hogares?

"Alguien puede responder que, posiblemente, que puedan desempeñar esas funciones en Veyes o enviar sacerdotes a que las cumplan aquí. Pero nada de esto se puede hacer si no se realizan adecuadamente los ritos. Por no hablar de todas las ceremonias y todas las deidades de forma individual. ¿Dónde, me gustaría preguntar, sino en el Capitolio puede prepararse el lecho [pulvinar en latín; pequeño lecho en que se recostaban las estatuas de los dioses.- N. del T.] de Júpiter el día de su banquete festivo? ¿Necesito hablaros del fuego perpetuo de Vesta y la imagen, promesa de nuestro dominio, que se custodia en su templo? Y de Marte Gradivus [el que precede al ejército en la batalla.-N. del T.] y del padre Quirino, ¿necesito hablaros de sus escudos sagrados? ¿Es vuestro deseo de que todas estas cosas santas, coetáneas de la Ciudad y algunas aún más antiguas, se abandonen y dejen en suelo impío? Ved, también, cuán grande es la diferencia entre nosotros y nuestros antepasados. Ellos nos dejaron ciertos ritos y ceremonias que sólo podemos desempeñar debidamente en el Monte Albano o en Lavinio. Si era un asunto religioso que estos ritos no se cambiasen a Roma desde ciudades que estaban en poder del enemigo, ¿los cambiaremos de aquí a Veyes, ciudad enemiga, sin ofender a los cielos? Tened en cuenta, os lo ruego, con qué frecuencia se repiten las ceremonias porque, sea por negligencia o accidente, se ha omitido algún detalle de los rituales ancestrales. ¿Qué remedio hubo para la República, cuando estaba paralizada por la guerra con Veyes tras el portento del lago Albano, excepto la recuperación de los ritos sagrados y la toma de nuevos auspicios? Y más que eso, como si después de todo lo que reverenciamos las religiones antiguas, llevamos deidades extranjeras a Roma y creamos otras nuevas. Trajimos recientemente de Veyes a la reina Juno y la consagramos en el Aventino, ¡y cuán espléndidamente se celebró aquel día con el entusiasmo de nuestras matronas! Ordenamos construir un templo a Ayo Locucio porque se oyó la Voz divina en la Vía Nova. Hemos añadido a nuestros festivales anuales los Juegos Capitolinos, y por la autoridad del Senado hemos fundado un colegio de sacerdotes para supervisarlos. ¿Qué necesidad había de hacer todo esto si teníamos intención de dejar la Ciudad de Roma al mismo tiempo que los galos? ¿si no hubiera sido por nuestra propia y libre voluntad que nos mantuvimos en Capitolio todos estos meses y no por miedo al enemigo?

"Estamos hablando de los templos, de los ritos sagrados y las ceremonias. ¿Hablamos también sobre los sacerdotes? ¿No os dais cuenta que se cometería un pecado atroz? Para las Vestales no hay más que una morada, de la que nada se ha movido sino hasta la captura de la Ciudad. Al Flamen de Júpiter le está prohibido por ley divina pasar una sola noche fuera de la ciudad. ¿Vas a hacer de ellos sacerdotes veyentinos en vez de romanos? ¿Abandonarán a Vesta las vestales? ¿Va a cargar el Flamen sobre si y sobre el Estado de nuevos pecados por cada noche que permanezca fuera? Pensad en todos los otros ritos que, tras haberse tomado debidamente los auspicios, llevamos a cabo casi enteramente dentro de los límites de la Ciudad ¡y que condenaríamos al olvido y al descuido! Los comicios curiados, que otorga el mando supremo, los comicios centuriados, donde elegís los cónsules y los tribunos consulares, ¿dónde se celebrarían y se tomarían los auspicios, excepto donde se deben realizar? ¿Vamos a cambiarlas a Veyes, o el pueblo, cuando deba celebrarse una asamblea, se va a trasladar con tantas molestias a esta Ciudad después que la abandonen dioses y hombres?

[5.53] "Pero, podríais decir, es obvio que toda la Ciudad está contaminada y que ningún sacrificio expiatorio puede purificarla; las propias circunstancias nos obligan a abandonar una Ciudad devastada por el fuego y totalmente arruinada, y emigrar a Veyes donde todo está intacto. No debemos angustiar a la debilitada construyendo aquí. Me parece, sin embargo, Quirites, que es evidente para vosotros, sin que yo lo diga, que esta sugerencia es una excusa plausible en lugar de una verdadera razón. ¿Recordáis cómo se debatió anteriormente esta misma cuestión de emigrar a Veyes, antes de que llegaran los galos, mientras los edificios públicos y privados estaban a salvo y la Ciudad segura? Y ved, tribunos, cuán ampliamente difiere mi opinión de la vuestra. Pensáis que aunque no hubiera sido aconsejable hacerlo entonces, ahora sí era aconsejable hacerlo. Yo, por el contrario (y no os sorprendáis de lo que digo antes de haber captado todo su significado) soy de la opinión de que aunque hubiera sido justo emigrar entonces, cuando la Ciudad estaba totalmente intacta, no debemos abandonar ahora estas ruinas. Porque en aquel momento el motivo de nuestra emigración a una ciudad capturada habría sido una gloriosa victoria para nosotros y para nuestra posteridad, pero ahora esta emigración sería gloriosa para los galos, pero vergonzosa y amarga para nosotros. Porque no se pensaría que habíamos abandonado nuestra Ciudad natal como vencedores, sino que la perdimos por haber sido vencidos; y parecería que la huida del Alia, la captura de la Ciudad y el asedio del Capitolio nos habían obligado a abandonar a nuestros dioses nacionales y condenado al destierro de un lugar que fuimos incapaces de defender. ¿Era posible para los galos derrocar Roma y se considera imposible que los romanos la restauren?

"¿Qué más queda, salvo que vengan de nuevo con nuevas fuerzas (y todos sabemos que su número es incontable) y elijan vivir en esta Ciudad que capturaron y vosotros abandonasteis, sino que vosotros se lo permitáis? ¿Por qué, si no fueran los galos emigraran a Roma sino vuestros viejos enemigos, los volscos y los ecuos, preferiríais que ellos fuesen romanos y vosotros veyentinos? ¿Os gustaría mejor que esto fuese un desierto vuestro en vez de la ciudad de vuestros enemigos? No veo qué podría ser más infamante. ¿Estáis dispuestos a permitir este crimen y soportar esta desgracia por la dificultad de la reconstrucción? Si no se pudiesen construir mejores viviendas o más espaciosas, en toda la Ciudad de Roma, que la de nuestro Fundador, ¿no sería mejor vivir en chozas a la manera de pastores y campesinos, rodeados de nuestros templos y dioses, que salir como una nación de exiliados? Nuestros antepasados, los pastores y los refugiados, construyeron una nueva ciudad en pocos años, cuando no había nada en estas partes excepto bosques y pantanos; ¿Vamos a evitar el trabajo de reconstrucción de lo que se ha quemado a pesar de que la Ciudadela y el Capitolio están intactos y que los templos de los dioses siguen en pie? Lo que cada uno ha hecho en su caso, habiéndose incendiado nuestros hogares, ¿rehusaremos hacerlo como comunidad con la Ciudad incendiada?

[5,54] "Pues bien, suponed que por crimen o accidente se produjera un incendio en Veyes y que las llamas, como es bastante posible, avivadas por el viento arrasaran gran parte de la ciudad; ¿Buscaríamos Fidenas, o Gabii o cualquier otra ciudad que gustéis, como lugar al que emigrar? ¿Tan poca ascendencia tiene sobre nosotros esta tierra natal que llamamos nuestra patria? ¿El amor por nuestra patria lo es sólo hacia sus edificios? Desagradable como me resulta recordar mis sufrimientos, y aún más vuestra injusticia, os confesaré sin embargo que siempre que pensaba en mi Ciudad natal venían a mi cabeza todas aquellas cosas: las colinas, las llanuras, el Tíber, sus paisajes familiares, el cielo bajo el que nací y crecí. Y rezo porque ellas ahora os muevan por el amor que inspiran a permanecer en vuestra Ciudad y no que luego, tras haberla abandonado, os hagan languidecer con nostalgia. No sin buenas razones eligieron los dioses y los hombres este lugar como el sitio para una Ciudad, con sus saludables colinas, su oportuno río, por medio del cual llegan los productos de las tierras del interior y suministros desde el mar; un mar lo bastante cercano para todo propósito útil, pero no tanto como para estar expuestos al peligro de las flotas extranjeras; un país en el mismo centro de Italia; en una palabra, una situación particularmente adaptada por la naturaleza para la expansión de una ciudad. El mero tamaño de una ciudad tan joven es prueba de ello. Este es el 365º año de la Ciudad [lo que nos daría el 755 a.C. como fecha fundacional.-N. del T.], Quirites; sin embargo, en todas las guerras que durante tanto tiempo han venido librándose contra todos estos pueblos antiguos (por no mencionar las ciudades individuales), los volscos en unión de los ecuos y todas sus ciudades fuertemente amuralladas, la totalidad de Etruria, tan poderosa por tierra y mar, y extendiéndose por Italia de mar a mar, ninguno ha demostrado ser adversario para vosotros en la guerra. Esta ha sido hasta ahora vuestra fortuna; ¿qué sentido puede haber, ¡Dios nos libre! en tratar de probar otra? Aun admitiendo que vuestro valor se pueda trasladar a otro lugar, desde luego la buena Fortuna no se podrá. Aquí está el Capitolio, donde en los tiempos antiguos se halló una cabeza humana y fue declarado que esto era un presagio, porque en ese lugar se situaría la cabeza y el poder soberano del mundo. Aquí fue donde, mientras el Capitolio se purificaba con los ritos augurales, Juventas y Terminus [dioses de la juventud y las fronteras, respectivamente.-N. del T.], para gran alegría de vuestros padres, no se dejaron mover. Aquí está el fuego de Vesta, aquí están los Escudos enviados por el cielo; aquí están todos los dioses que, si os quedáis, os serán propicios".

[5.55]
Se afirma que este discurso de Camilo produjo una profunda impresión, sobre todo la parte en que apeló a los sentimientos religiosos. Pero mientr