Las Moradas
Santa Teresa
J H S
Pocas cosas que me ha mandado la obediencia se me han hecho tan dificultosas
como escribir ahora cosas de oración; lo uno, porque no me parece que me da el Señor
espíritu para hacerlo, ni deseo; lo otro, por tener la cabeza tres meses ha con un ruido
y flaqueza tan grande, que an los negocios forzosos escribo con pena; mas entendiendo
que la fuerza de la obediencia suele allanar cosas que parecen imposibles, la voluntad
se determina a hacerlo muy de buena gana, anque el natural parece que se aflige
mucho; porque no me ha dado el Señor tanta virtud, que el pelear con la enfermedad
contino y con ocupaciones de muchas maneras, se pueda hacer sin gran contradicción
suya. Hágalo el que ha hecho otras cosas más dificultosas por hacerme merced, en
cuya misericordia confío.
Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han
mandado escribir; antes temo que han de ser casi todas las mesmas, porque ansí como
los pájaros que enseñan a hablar, no saben más de lo que les muestran u oyen, y esto
repiten muchas veces, so yo al pie de la letra. Si el Señor quisiere diga algo nuevo, su
Majestad lo dará u será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho, que
an con esto me contentaría, por tenerla tan mala, que me holgaría de atinar a algunas
cosas; que decían estaban bien dichas, por si se hubieren perdido. Si tampoco me diere
el Señor esto, con cansarme y acrecentar el mal de cabeza, por obediencia, quedaré
con ganancia, anque de lo que dijere no se saque ningún provecho. Y ansí comienzo a
cumplir hoy día de la Santísima Trenidad, año de MDLXXVII, en este monesterio de
San Josef del Carmen en Toledo, adonde al presente estoy, sujetándome en todo lo que
dijere a el parecer de quien me lo manda escribir, que son personas de grandes letras.
Si alguna cosa dijere, que no vaya conforme a lo que tiene la santa Ilesia Católica
Romana, será por inorancia y no por malicia. Esto se puede tener por cierto, y que
siempre estoy y estaré sujeta por la bondad de Dios, y lo he estado, a ella. Sea por
siempre bendito, amén, y glorificado.
Díjome quien me mandó escribir, que como estas monjas de estos monesterios de
Nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las
declare, y que le parecía, que mejor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras, y
con el amor que me tienen les haría más al caso lo que yo les dijese, tiene entendido
por esta causa, será de alguna importancia si se acierta a decir alguna cosa, y por esta
causa iré hablando con ellas en lo que escribiré; y porque parece desatino pensar que
puede hacer al caso a otras personas, harta merced me hará Nuestro Señor si a
algunas dellas se aprovechare para alabarle algún poquito. Mas bien sabe su
Majestad, que yo no pretendo otra cosa; y está muy claro que cuando algo se atinare a
decir, entenderán no es mío, pues no hay causa para ello, si no fuere tener tan poco
entendimiento como yo habilidad para cosas semejantes, si el Señor por su
misericordia no la da.
Moradas primeras
Capítulo primero
Estando hoy suplicando a Nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa
que decir ni como comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré,
para comenzar con algún fundamento: que es, considerar nuestra alma como un castillo
todo de diamante u muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí como en el
cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el
alma del justo, sino un paraíso, adonde dice él tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece
que será el aposento a donde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de
todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un
alma y la gran capacidad. Y verdaderamente, apenas deben llegar nuestros
entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla; ansí como no pueden llegar a
considerar a Dios, pues él mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza. Pues si
esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de
este Castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios, que del Criador a la
criatura, pues es criatura, basta decir su Majestad, que es hecha a su imagen, para que
apenas podamos entender la gran divinidad y hermosura del ánima. Nos es pequeña
lástima y confusión, que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mesmos, ni
sepamos quién somos. ¿No sería gran inorancia, hijas mías, que preguntasen a uno
quién es, y no se conociese, ni supiese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra?
Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras,
cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos,
y ansí a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos
almas; mas qué bienes puede haber en esta alma, u quién está dentro de esta alma, u el
gran valor de ella, pocas veces lo consideramos, y ansí se tiene en tan poco procurar con
todo cuidado conservar su hermosura. Todo se nos va en la grosería del engaste u cerca
de este Castillo, que son estos cuerpos. Pues consideremos que este Castillo tiene, como
he dicho, muchas Moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el
centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de
mucho secreto entre Dios y el alma. Es menester que vais advertidas a esta
comparación; quizá será Dios servido pueda por ella daros algo a entender de las
mercedes que es Dios servido hacer a las almas y las diferencias que hay en ellas, hasta
donde yo hubiere entendido que es posible, que todas será imposible entenderlas nadie,
sigún son muchas, cuanto más quien es tan ruin como yo. Porque os será gran consuelo,
cuando el Señor os las hiciere, saber que es posible; y a quien no, para alabar su gran
bondad: que ansí como no nos hace daño considerar las cosas que hay en el cielo, y lo
que gozan los bienaventurados, antes nos alegramos y procuramos alcanzar lo que ellos
gozan, tampoco nos hará ver que es posible en este destierro comunicarse un tan gran
Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor, y amar una bondad tan buena, y una
misericordia tan sin tasa. Tengo por cierto, que a quien hiciere daño entender que es
posible hacer Dios esta merced en este destierro, que estará muy falta de humildad y del
amor del prójimo; porque si esto no es, ¿cómo nos podemos dejar de holgar de que haga
Dios estas mercedes a un hermano nuestro, pues no impide para hacérnoslas a nosotras,
y de que su Majestad dé a entender sus grandezas, sea en quien fuere? Que algunas
veces será sólo por mostrarlas, como dijo del ciego que dio vista, cuando le preguntaron
los apóstoles si era por sus pecados u de sus padres. Y ansí acaece, no las hacer por ser
más santos a quien las hace que a los que no, sino porque se conozca su grandeza, como
vemos en San Pablo y la Magdalena, y para que nosotros le alabemos en sus criaturas.
Podráse decir que parecen cosas imposibles y que es bien no escandalizar los flacos:
menos se pierde en que ellos no lo crean, que no en que se dejen de aprovechar a los que
Dios las hace; y se regalarán y despertarán a más amar a quien hace tantas
misericordias, siendo tan grande su poder y majestad. Cuanto más que sé que hablo con
quien no habrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios an muy mayores
muestras de amor. Yo sé que quien esto no creyere, no lo será por espiriencia; porque es
muy amigo de que no pongan tasa a sus obras; y ansí, hermanas, jamás os acaezca a las
que el Señor no llevare por este camino.
Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso Castillo, hemos de ver cómo podremos
entrar en él. Parece que digo algún disbarate; porque si este Castillo es el ánima, claro
está que no hay para qué entrar, pues se es el mesmo: como parecería desatino decir a
uno que entrase en una pieza, estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho
de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del Castillo, que es
adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro, ni saben qué
hay en aquel tan precioso lugar, ni quién está dentro, ni an qué piezas tiene. Ya habréis
oído en algunos libros de oración aconsejar a el alma que entre dentro de sí; pues esto
mesmo es. Decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración
como un cuerpo con perlesía u tollido, que anque tiene pies y manos no los puede
mandar; que ansí son que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas
esteriores, que no hay remedio, ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la
costumbre la tiene tal de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias que están en
el cerco del Castillo, que ya casi está hecha como ellas; y con ser de natural tan rica, y
poder tener su conversación, no menos que con Dios, no hay remedio. Y si estas almas
no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal,
por no volver la cabeza hacia sí, ansí como lo quedó la mujer de Lo por volverla.
Porque a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este Castillo es la oración y
consideración; no digo más mental que vocal, que como sea oración, ha de ser con
consideración; porque la que no advierte con quién habla, y lo que pide, y quién es
quien pide, y a quién, no la llamo yo oración, anque mucho menee los labrios; porque
anque algunas veces sí será anque no lleve este cuidado, más es habiéndole llevado
otras; mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de Dios, como hablaría
con su esclavo, que ni mira si dice mal, si no lo que se le viene a la boca y tiene
deprendido, por hacerlo otras veces, no la tengo por oración, ni plega a Dios que ningún
cristiano la tenga de esta suerte; que entre vosotras, hermanas, espero en su Majestad no
lo habrá, por la costumbre que hay de tratar de cosas interiores, que es harto bueno para
no caer en semejante bestialidad. Pues no hablemos con estas almas tullidas, que si no
viene el mesmo Señor a mandarlas se levanten, como al que había treinta años que
estaba en la picina, tienen harta mala ventura, y gran peligro, sino con otras almas, que,
en fin, entran en el Castillo, porque anque están muy metidas en el mundo, tienen
buenos deseos, y alguna vez, anque de tarde en tarde, se encomiendan a nuestro Señor,
y consideran quién son, anque no muy de espacio; alguna vez en un mes rezan llenos de
mil negocios, el pensamiento casi lo ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos,
que, como adonde está su tesoro se va allá el corazón, ponen por sí algunas veces de
desocuparse, y es gran cosa el propio conocimiento y ver que no van bien para atinar a
la puerta. En fin entran en las primeras piezas de las bajas, mas entran con ellas tantas
sabandijas, que ni le dejan ver la hermosura del Castillo, ni sosegar: harto hace en haber
entrado.
Pareceros ha, hijas, que es esto impertinente, pues por la bondad del Señor no sois de
éstas. Habéis de tener paciencia, porque no sabré dar a entender como yo tengo
entendido algunas cosas interiores de oración, sino es ansí, y an plega el Señor, que
atine a decir algo; porque es bien dificultoso lo que querría daros a entender, si no hay
espiriencia; si la hay, veréis que no se puede hacer menos de tocar en lo que, plega a el
Señor, no nos toque por su misericordia.
Capítulo segundo
Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis qué será ver este Castillo
tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida, que está plantado
en las mesmas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cay en un pecado mortal; no
hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan oscura y negra que no lo esté mucho más. No
queráis más saber de que con estarse el mesmo Sol, que le daba tanto resplandor y
hermosura, todavía en el centro de su alma, es como si allí no estuviese para participar
de él, con ser tan capaz para gozar de su Majestad como el cristal para resplandecer en
él el sol. Ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las buenas obras que
hiciere, estando ansí en pecado mortal, son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque
no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y
apartándonos de él, no puede ser agradable a sus ojos; pues, en fin, el intento de quien
hace un pecado mortal, no es contentarle, sino hacer placer al Demonio, que como es las
mesmas tinieblas, ansí la pobre alma queda hecha una mesma tiniebla. Yo sé de una
persona a quien quiso nuestro Señor mostrar cómo quedaba un alma cuando pecaba
mortalmente. Dice aquella persona que le parece, si lo entendiesen, no sería posible
ninguno pecar, anque se pusiese a mayores trabajos que se pueden pensar, por huir de
las ocasiones. Y ansí le dio mucha gana, que todos los entendieran; y ansí os la dé a
vosotras, hijas de rogar mucho a Dios por los que están en este estado, todos hechos una
escuridad, y ansí son sus obras; porque ansí como de una fuente muy clara lo son todos
los arroicos que salen della, como es un alma que está en gracia, que de aquí le viene ser
sus obras tan agradables a los ojos de Dios y de los hombres, porque proceden de esta
fuente de vida, adonde el alma está como un árbol plantado en ella, que la frescura y
fruto no tuviera, si no le procediere de allí, que esto le sustenta y hace no secarse, y que
dé buen fruto; ansí el alma que por su culpa se aparta desta fuente y se planta en otra de
muy negrísima agua y de muy mal olor, todo lo que corre della es la mesma desventura
y suciedad. Es de considerar aquí que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en
el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura, que siempre está dentro de ella
y cosa no puede quitar su hermosura; mas si sobre un cristal que está a el sol se pusiese
un paño muy negro, claro está que anque el sol dé en él no hará su claridad operación en
el cristal.
¡Oh, almas redemidas por la sangre de Jesucristo!, ¡entendeos y habed lástima de
vosotras! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuráis quitar esta pez de este
cristal? Mirá que si se os acaba la vida, jamás tornaréis a gozar de esta luz. ¡Oh Jesús!
¡Qué es ver a un alma apartada de ella! ¡Cuáles quedan los pobres aposentos del
Castillo! ¡Qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos! Y las
potencias, que son los alcaides y mayordomos y mastresalas, ¡con qué ceguedad, con
qué mal gobierno! En fin, como adonde está plantado el árbol, que es el Demonio, ¿qué
fruto puede dar? Oí una vez a un hombre espiritual que no se espantaba de cosas que
hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Dios, por su
misericordia, nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientra vivimos que merezca
este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin. Esto es, hijas, de
lo que hemos de andar temerosas, y lo que hemos de pedir a Dios en nuestras oraciones;
porque si él no guarda la ciudad, en vano trabajaremos, pues somos la mesma vanidad.
Decía aquella persona que había sacado dos cosas de la merced que Dios le hizo; la una,
un temor grandísimo de ofenderle, y ansí siempre le andaba suplicando no la dejase
caer, viendo tan terribles daños; la segunda, un espejo para la humildad, mirando cómo
cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde
está plantado este árbol de nuestras almas, y de este sol, que da calor a nuestras obras.
Dice que se le representó esto tan claro, que en haciendo alguna cosa buena, u viéndola
hacer, acudie a su principio, y entendía como sin esta ayuda no podíamos nada; y de
aquí le procedía ir luego a alabar a Dios, y lo más ordinario, no se acordar de sí en cosa
buena que hiciese. No sería tiempo perdido, hermanas, el que gastásedes en leer esto, ni
yo en escribirlo, si quedásemos con estas dos cosas, que los letrados y entendidos muy
bien las saben, mas nuestra torpeza de las mujeres todo lo ha menester, y ansí, por
ventura quiere el Señor que vengan a nuestra noticia semejantes comparaciones; ¡plega
a su bondad nos dé gracia para ello!
Son tan escuras de entender estas cosas interiores, que a quien tan poco sabe como
yo, forzado habrá de decir muchas cosas superfluas y an desatinadas, para decir alguna
que acierte. Es menester tenga paciencia quien lo leyere, pues yo la tengo para escribir
lo que no sé; que cierto algunas veces tomo el papel, como una cosa boba, que ni sé qué
decir ni cómo comenzar. Bien entiendo que es cosa importante para vosotras declarar
algunas interiores como pudiere, porque siempre oímos cuán buena es la oración, y
tenemos de costitución tenerla tantas horas; y no se nos declara más de lo que podemos
nosotras; y de cosas que obra el Señor en su alma, declárase poco, digo sobrenatural.
Diciéndose y dándose a entender de muchas maneras, sernos ha mucho consuelo
considerar este artificio celestial interior, tampoco entendido de los mortales, antes que
vayan muchos por él. Y anque en otras cosas que he escrito ha dado el Señor algo a
entender, entiendo que algunas no las había entendido como después acá, en especial de
las más dificultosas. El trabajo es que para llegar a ellas, como he dicho, se habrán de
decir muchas muy sabidas, porque no puede ser menos para mi rudo ingenio.
Pues tornemos ahora a nuestro Castillo de muchas Moradas. No habéis de entender
estas Moradas una en pos de otra, como cosa en hilada, sino poné los ojos en el centro,
que es la pieza o palacio adonde está el Rey, y considerad como un palmito, que para
llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan; ansí acá
en rededor de esta pieza están muchas, y encima lo mesmo, porque las cosas del alma
siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza, pues no le levantan
nada, que capaz es de mucho más que podremos considerar, y a todas partes de ella se
comunica este sol, que está en este palacio. Esto importa mucho a cualquier alma que
tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete; déjela andar por estas
Moradas, arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dinidad; no se estruje en
estar mucho tiempo en una pieza sola, u que si es en el propio conocimiento, que con
cuan necesario es esto, miren que me entiendan, an a las que las tiene el Señor en la
mesma Morada que él está, que jamás por encumbrada que esté le cumple otra cosa, ni
podrá anque quiera; que la humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel,
que sin esto todo va perdido. Mas consideremos que la abeja no deja de salir a volar
para traer flores, ansí el alma en el propio conocimiento; créame, y vuele algunas veces
a considerar la grandeza y majestad de su Dios. Aquí hallará su bajeza mejor que en sí
mesma y más libre de las sabandijas adonde entran en las primeras piezas, que es el
propio conocimiento, que anque, como digo, es harta misericordia de Dios que se
ejercite en esto, tanto es lo de más como lo de menos, suelen decir. Y créanme, que con
la virtud de Dios obraremos muy mejor virtud que muy atadas a nuestra tierra. No sé si
queda dado a bien entender, porque es cosa tan importante este conocernos, que no
querría en ello hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos; pues
mientra estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y
ansí torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el
aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás, porque este es el camino; y si
podemos ir por lo seguro y llano, ¿para qué hemos de querer alas para volar?; mas que
busque cómo aprovechar más en esto. Y a mi parecer, jamás nos acabamos de conocer,
si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza acudamos a nuestra bajeza, y
mirando su limpieza veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos
cuán lejos estamos de ser humildes. Hay dos ganancias de esto: la primera está claro que
parece una cosa blanca muy más blanca cabe que la negra, y al contrario la negra cabe
la blanca; la segunda es porque nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y
más aparejado para todo bien, tratando, a vueltas de sí, con Dios; y si nunca salimos de
nuestro cieno de miserias es mucho inconveniente. Ansí como decíamos de los que
están en pecado mortal cuán negras y del mal olor son sus corrientes, ansí acá, anque no
son como aquellas, Dios nos libre, que esto es comparación, metidos siempre en la
miseria de nuestra tierra, nunca el corriente saldrá de cieno de temores, de
pusilanimidad y cobardía, de mirar si me miran no me miran, si yendo por este camino
me sucederá mal, si osaré comenzar aquella obra, si será soberbia, si es bien que una
persona tan miserable trate de cosa tan alta como la oración, si me ternán por mejor, si
no voy por el camino de todos, que no son buenos los estremos, aunque sea en virtud,
que como soy tan pecadora será caer de más alto, quizá no iré adelante y haré daño a los
buenos, que una como yo no ha menester particularidades. ¡Oh, válame Dios, hijas, qué
de almas debe el Demonio de haber hecho perder mucho por aquí!, que todo esto les
parece humildad, y otras muchas cosas que pudiera decir, y viene de no acabar de
entendernos; tuerce el propio conocimiento, y si nunca salimos de nosotros mesmos, no
me espanto que esto y más se puede temer. Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos
en Cristo nuestro bien, y allí desprenderemos la verdadera humildad, y en sus santos, y
ennoblecerse ha el entendimiento como he dicho, y no hará el propio conocimiento
ratero y cobarde; que anque es la primera Morada, es muy rica, y de tan gran precio, que
si se descabulle de las sabandijas de ella, no se quedará sin pasar adelante. Terribles son
las ardides y mañas del Demonio para que las almas no se conozcan ni entiendan sus
caminos.
Destas Moradas primeras podré yo dar muy buenas señas de espiriencia; por eso
digo que no consideren pocas piezas, sino un mollón, porque de muchas maneras entran
almas aquí, unas y otras con buena intención; mas como el Demonio siempre la tiene
tan mala, debe tener en cada una muchas legiones de demonios para combatir que no
pasen de unas a otras, y como la pobre alma no lo entiende, por mil maneras nos hace
trampantojos. Lo que no puede tanto a las que están más cerca de donde está el Rey; que
aquí, como an se están embebidas en el mundo, y engolfadas en sus contentos, y
desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma, que
son los sentidos y potencias que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son
vencidas, anque anden con deseos de no ofender a Dios, y hagan buenas obras. Las que
se vieren en ese estado, han menester acudir a menudo, como pudieren, a su Majestad,
tomar a su bendita Madre por intercesora y a sus santos, para que ellos peleen por ellas,
que sus criados poca fuerza tienen para se defender. A la verdad, en todos estados es
menester que nos venga de Dios. Su Majestad nos la dé por su misericordia, amén. ¡Qué
miserable es la vida en que vivimos! Porque en otra parte dije mucho del daño que nos
hace, hijas, no entender bien esto de la humildad y propio conocimiento, no os digo más
aquí, anque es lo que más nos importa; y an plega el Señor haya dicho algo que os
apreveche.
Habéis de notar que en estas Moradas primeras an no llega casi nada la luz que sale
del palacio donde está el Rey, porque anque no están escurecidas y negras, como
cuando el alma está en pecado, está escurecida en alguna manera, para que no la pueda
ver, el que está en ella digo, y no por culpa de la pieza que no sé darme a entender, sino
porque con tantas cosas malas de culebras y víboras y cosas emponzoñosas, que
entraron con él, no le dejan advertir a la luz. Como si uno entrase en una parte adonde
entra mucho sol, y llevase tierra en los ojos, que casi no los pudiese abrir; clara está la
pieza, mas él no lo goza por el impedimento u cosas de estas fieras y bestias, que le
hacen cerrar los ojos para no ver sino a ellas. Ansí me parece que debe ser un alma, que
anque no está en mal estado, está tan metida en cosas del mundo, y tan empapada en la
hacienda u honra u negocios, como tengo dicho, que anque en hecho de verdad se
querría ver y gozar de su hermosura, no le dejan, ni parece que puede escabullirse de
tantos impedimentos. Y conviene mucho para haber de entrar a las segundas Moradas,
que procure dar de mano a las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su
estado. Que es cosa que le importa tanto para llegar a la Morada principal, que si no
comienza a hacer esto, lo tengo por imposible, y an estar sin mucho peligro en la que
está, anque haya ésta entrado en el Castillo, porque entre cosas tan ponzoñosas, una vez
u otra es imposible dejarle de morder.
¿Pues qué sería, hijas, si a las que ya están libres de estos tropiezos, como nosotras, y
hemos ya entrado muy más dentro a otras Moradas secretas del Castillo, si por nuestra
culpa tornásemos a salir a estas baraúndas, como por nuestros pecados debe haber
muchas personas, que las ha hecho mercedes, y por su culpa las echan a esta miseria?
Acá libres estamos en lo esterior; en lo interior plega el Señor que lo estemos, y nos
libre. Guardaos, hijas mías, de cuidados ajenos. Mirá que en pocas Moradas de este
Castillo dejan de combatir los demonios. Verdad es que en algunas tienen fuerza las
guardas para pelear, como creo he dicho, que son las potencias; mas es mucho menester
no nos descuidar para entender sus ardides, y que no nos engañe hecho ángel de luz, que
hay una multitud de cosas con que nos puede hacer daño entrando poco a poco, y hasta
haberle hecho no le entendemos. Yo os dije otra vez, que es como una lima sorda, que
hemos menester entenderle a los principios. Quiero decir alguna cosa para dároslo
mejor a entender. Poned en una hermana varios ímpetus de penitencia, que le parece no
tiene descanso, sino cuando se está atormentando. Este principio bueno es; mas si la
priora ha mandado que no hagan penitencia sin licencia, y le hace parecer que en cosa
tan buena bien se puede atrever, y escondidamente se da tal vida que viene a perder la
salud, y no hacer lo que manda su Regla, ya veis en qué paró este bien. Poné a otra un
celo de la perfección muy grande; esto muy bueno es; mas podría venir de aquí, que
cualquier faltita de las hermanas le pareciese una gran quiebra, y un cuidado de mirar si
las hacen, y acudir a la priora; y an a las veces podría ser no ver las suyas, por el gran
celo que tiene de la relisión: como las otras no entienden lo interior y ven el cuidado,
podría ser no la tomar tan bien.
Lo que aquí pretende el Demonio no es poco, que es enfriar la caridad y el amor de
unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfeción verdadera
es amor de Dios y del prójimo, y mientra con más perfeción guardaremos estos dos
mandamientos, seremos más perfetas. Toda nuestra Regla y Costituciones no sirven de
otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfeción. Dejémonos de celos
indiscretos, que nos pueden hacer mucho daño: cada una se mire a sí. Porque en otra
parte os he dicho harto sobre esto, no me alargaré. Importa tanto este amor de unas con
otras, que nunca querría que se os olvidase; porque de andar mirando en las otras unas
9/87
naderías, que a las veces no será imperfeción, sino como sabemos poco quizá lo
echaremos a la peor parte, puede el alma perder la paz y an inquietar la de otras; mirá si
costaría caro la perfeción. También podría el Demonio poner esta tentación con la
priora, y sería más peligrosa. Para esto es menester mucha discreción; porque si fuesen
cosas que van contra la Regla y Costitución, es menester que no todas veces se eche a
buena parte, sino avisarla; y si no se enmendare, a el perlado: esto es caridad. Y también
con las hermanas, si fuese alguna cosa grave; y dejarlo todo por miedo si es tentación,
sería la mesma tentación. Mas hase de advertir mucho, porque no nos engañe el
Demonio, no lo tratar una con otra, de que aquí puede sacar el Demonio gran ganancia y
comenzar costumbre de mormuración, sino con quien ha de aprovechar, como tengo
dicho. Aquí, gloria a Dios, no hay tanto lugar, como se guarda tan contino silencio, mas
bien es que estemos sobreaviso.
Moradas segundas
Capítulo único
Ahora vengamos a hablar cuáles serán las almas que entran a las segundas Moradas
y qué hacen en ellas. Querría deciros poco, porque lo he dicho en otras partes bien
largo, y será imposible dejar de tornar a decir otra vez mucho de ello, porque cosa no se
me acuerda de lo dicho; que si se pudiera guisar de diferentes maneras, bien sé que no
os enfadárades, como nunca nos cansamos de los libros que tratan de esto, con ser
muchos.
Es de los que ya han comenzado a tener oración y entendido lo que les importa, no se
quedar en las primeras Moradas; mas no tienen an determinación para dejar muchas
veces de estar en ella, porque no dejan las ocasiones, que es harto peligro. Mas harta
misericordia es que algún rato procuren huir de las culebras y cosas emponzoñosas y
entiendan que es bien dejarlas. éstos, en parte, tienen harto más trabajo que los
primeros, anque no tanto peligro; porque ya parece lo entienden, y hay gran esperanza
de que entrarán más adentro. Digo que tienen más trabajo, porque los primeros son
como mudos, que no oyen, y ansí pasan mejor su trabajo de no hablar, lo que no
pasarían sino muy mayor, los que oyesen y no pudiesen hablar; mas no por eso se desea
más lo de los que no oyen, que, en fin, es gran cosa entender lo que nos dicen. Ansí
éstos entienden los llamamientos que les hace el Señor; porque, como van entrando más
cerca de donde está su Majestad es muy buen vecino, y tanta su misericordia y bondad,
que an estándonos en nuestros pasatiempos y negocios y contentos y baraterías del
mundo, y an cayendo y levantando en pecados, porque estas bestias son tan ponzoñosas,
y peligrosa su compañía, y bulliciosas, que por maravilla dejarán de tropezar en ellas
para caer, con todo esto, tiene en tanto este Señor nuestro que le queramos y
procuremos su compañía, que una vez u otra no nos deja de llamar, para que nos
acerquemos a él; y es esta voz tan dulce, que se deshace la pobre alma en no hacer
luego lo que le manda; y ansí, como digo, es más trabajo que no lo oír. No digo que son
estas voces y llamamientos como otras que diré después, sino con palabras que oyen a
gente buena, u sermones, u con lo que leen en buenos libros, y cosas muchas que habéis
oído, por donde llama Dios, u enfermedades, trabajos, y también con una verdad que
enseña en aquellos ratos que estamos en la oración, sean cuan flojamente quisierdes,
tiénelos Dios en mucho. Y vosotras, hermanas, no tengáis en poco esta primer merced,
ni os desconsoléis, anque no respondáis luego al Señor, que bien sabe su Majestad
aguardar muchos días y años, en especial cuando ve perseverancia y buenos deseos.
Esta es lo más necesario aquí, porque con ellas jamás se deja de ganar mucho. Mas es
terrible la batería que aquí dan los demonios, de mil maneras, y con más pena del alma
que an en la pasada; porque acullá estaba muda y sorda, al menos oía muy poco y
resestía menos, como quien tiene, en parte, perdida la esperanza de vencer. Aquí está el
entendimiento más vivo y las potencias más hábiles: andan los golpes y la artillería de
manera que no lo puede el alma dejar de oír. Porque aquí es el representar los demonios
estas culebras de las cosas del mundo y el hacer los contentos de él casi eternos: la
estima en que está tenido en él, los amigos y parientes, la salud en las cosas de
penitencia, que siempre comienza el alma que entra en esta Morada a desear hacer
alguna, y otras mil maneras de impedimentos. ¡Oh Jesús, qué es la baraúnda que aquí
ponen los demonios y las afliciones de la pobre alma, que no sabe si pasar adelante u
tornar a la primera pieza! Porque la razón, por otra parte, le representa el engaño que es
pensar que todo esto vale nada en comparación de lo que pretende; la fe la enseña cuál
es lo que le cumple; la memoria le representa en lo que paran todas estas cosas,
trayéndole presente la muerte de los que mucho gozaron estas cosas que ha visto; cómo
algunas ha visto súpitas, cuán presto son olvidados de todos, cómo ha visto a algunos
que conoció en gran prosperidad pisar debajo de la tierra, y an pasado por la sepultura él
muchas veces, y mirar que están en aquel cuerpo hirviendo muchos gusanos, y otras
hartas cosas que le pueden poner delante. La voluntad se inclina a amar adonde tan
innumerables cosas y muestras ha visto de amor, y querría pagar alguna; en especial se
le pone delante, cómo nunca se quita de con él este verdadero amador, acompañándole,
dándole vida y ser. Luego el entendimiento acude con darle a entender que no puede
cobrar mejor amigo, anque viva muchos años; que todo el mundo está lleno de falsedad,
y estos contentos que le pone el Demonio de trabajos y cuidados y contradiciones, y le
dice que esté cierto, que fuera de este Castillo no hallará siguridad ni paz; que se deje de
andar por casas ajenas, pues la suya es tan llena de bienes, si la quiere gozar, que quién
hay que halle todo lo que ha menester como en su casa, en especial teniendo tal huésped
que le hará señor de todos los bienes, si él quiere no andar perdido, como el hijo
pródigo, comiendo manjar de puercos. Razones son éstas para vencer los demonios.
Mas, ¡oh Señor y Dios mío, que la costumbre en las cosas de vanidad, y el ver que todo
el mundo trata de esto, lo estraga todo! Porque está tan muerta la fe, que queremos más
lo que vemos que lo que ella nos dice. Y, a la verdad, no vemos sino harta mala ventura
en los que se van tras estas cosas visibles; mas eso han hecho estas cosas emponzoñosas
que tratamos, que, como si a uno muerde una víbora, se emponzoña todo y se hincha,
ansí es acá: no nos guardamos; claro está que es menester muchas curas para sanar, y
harta merced nos hace Dios si no morimos de ello. Cierto pasa el alma aquí grandes
trabajos, en especial si entiende el Demonio que tiene aparejo en su condición y
costumbres para ir muy adelante; todo el infierno juntará para hacerle tornar a salir
fuera. ¡Ah, Señor mío, aquí es menester vuestra ayuda, que sin ella no se puede hacer
nada! Por vuestra misericordia, no consintáis que esta alma sea engañada para dejar lo
comenzado. Dadle luz para que vea cómo está en esto todo su bien y para que se aparte
de malas compañías; que grandísima cosa es tratar con los que tratan de esto; allegarse
no sólo a los que viere en estos aposentos que él está, sino a los que entendiere que han
entrado a los de más cerca; porque le será gran ayuda, y tanto les puede conversar, que
le metan consigo. Siempre esté con aviso de no se dejar vencer; porque si el Demonio le
ve con una gran determinación de que antes perderá la vida y el descanso y todo lo que
le ofrece que tornar a la pieza primera, muy más presto le dejará. Sea varón, y no de los
que se echaban a beber de buzos cuando iban a la batalla, no me acuerdo con quién, sino
que se determine, que va a pelear con todos los demonios, y que no hay mejores armas
que las de la Cruz.
Anque otras veces he dicho esto, importa tanto, que lo torno a decir aquí; es que no
se acuerde que hay regalos en esto que comienza, porque es muy baja manera de
comenzar a labrar un tan precioso y grande edificio; y si comienza sobre arena, darán
con todo en el suelo; nunca acabarán de andar desgustados y tentados; porque no son
estas las Moradas adonde se llueve la maná; están más adelante, adonde todo sabe a lo
que quiere un alma, porque no quiere sino lo que quiere Dios. Es cosa donosa, que an
nos estamos con mil embarazos y imperfeciones, y las virtudes que an no saben andar,
sino que ha poco que comenzaron a nacer, y an plega a Dios estén comenzadas, ¿y no
habemos vergüenza de querer gustos en la oración y quejarnos de sequedades? Nunca
os acaezca, hermanas; abrazaos con la Cruz que vuestro esposo llevó sobre sí y
entended que ésta ha de ser vuestra empresa: la que más pudiere padecer, que padezca
más por él, y será la mejor librada. Lo demás, como cosa acesoria, si os lo diere el
Señor, dadle muchas gracias. Pareceros ha que para los trabajos esteriores bien
determinadas estáis, con que os regale Dios en lo interior. Su Majestad sabe mejor lo
que nos conviene; no hay para qué le aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con
razón decir que no sabemos lo que pedimos. Toda la pretensión de quien comienza
oración, y no se os olvide esto, que importa mucho, ha de ser trabajar y determinarse y
desponerse con cuantas diligencias pueda a hacer su voluntad conformar con la de Dios,
y, como diré después, estad muy cierta que en esto consiste toda la mayor perfeción que
se puede alcanzar en el camino espiritual. Quién más perfetamente tuviere esto, más
recebirá del Señor y más adelante está en este camino; no penséis que hay aquí más
algarabías ni cosas no sabidas y entendidas, que en esto consiste todo nuestro bien. Pues
si erramos en el principio quiriendo luego que el Señor haga la nuestra, y que nos lleve
como imaginamos, ¿qué firmeza puede llevar este edificio? Procuremos hacer lo que es
en nosotros, y guardarnos de estas sabandijas ponzoñosas, que muchas veces quiere el
Señor que nos persigan malos pensamientos y nos aflijan, sin poderlos echar de
nosotras, y sequedades, y an algunas veces permite que nos muerdan, para que nos
sepamos mejor guardar después, y para probar si nos pesa mucho de haberlo ofendido.
Por eso no os desaniméis si alguna vez cayerdes, para dejar de procurar ir adelante, que
an de esa caída sacará Dios bien, como hace el que vende la triaca para probar si es
buena, que bebe la ponzoña primero. Cuando no viésemos en otra cosa nuestra miseria,
y el gran daño que nos hace andar derramados, sino en esta batería que se pasa para
tornarnos a recoger, bastaba. ¿Puede ser mayor mal que no nos hallemos en nuestra
mesma casa? ¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en
las propias no podemos sosegar? Sino que tan grandes y verdaderos amigos y parientes,
y con quien siempre, anque no queramos, hemos de vivir, como son las potencias, esas
parecen nos hacen la guerra, como sentidas de las que a ellas les han hecho nuestros
vicios. Paz, paz, hermanas mías, dijo el Señor, y amonestó a sus apóstoles tantas veces;
pues creéme que si no la tenemos y procuramos en nuestra casa, que no la hallaremos en
los estraños. Acábese ya esta guerra; por la sangre que derramó por nosotros lo pido yo
a los que no han comenzado a entrar en sí, y a los que han comenzado, que no baste
para hacerlos tornar atrás. Miren que es peor la recaída que la caída; ya ven su pérdida;
confíen en la misericordia de Dios y no nada en sí, y verán cómo su Majestad le lleva de
unas Moradas a otras, y le mete en la tierra adonde estas fieras ni le puedan tocar ni
cansar, sino que él las sujete a todas y burle de ellas y goce de muchos más bienes que
podría desear, an en esta vida digo. Porque, como dije al principio, os tengo escrito
cómo os habéis de haber en estas turbaciones, que aquí pone el Demonio, y cómo no ha
de ir a fuerza de brazos el comenzarse a recoger, sino con suavidad, para que podáis
estar más continuamente, no lo diré aquí, mas que de mi parecer hace mucho al caso
tratar con personas espirimentadas; porque en cosas que son necesario hacer, pensaréis
que hay gran quiebra: como no sea el dejarlo, todo lo guiará el Señor a nuestro
provecho, anque no hallemos quien nos enseñe, que para este mal no hay remedio, si no
se torna a comenzar, sino ir perdiendo poco a poco cada día más el alma, y an plega a
Dios que lo entienda. Podría alguna pensar, que si tanto mal es tornar atrás, que mejor
será nunca comenzarlo, sino estarse fuera del Castillo. Ya os dije al principio, y el
mesmo Señor lo dice, que quien anda en el peligro en él perece, y que la puerta para
entrar en este Castillo es la oración. Pues pensar que hemos de entrar en el Cielo y no
entrar en nosotros, conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a
Dios, y pidiéndole muchas veces misericordia es desatino. El mesmo Señor dice:
Ninguno subirá a mi Padre sino por mí (no sé si dice así, creo que sí), y quien me ve a
mí, ve a mi Padre. Pues si nunca le miramos y consideramos lo que le debemos, y la
muerte que pasó por nosotros, no sé cómo le podemos conocer ni hacer obras en su
servicio. Porque la fe sin ellas y sin ir llegadas al valor de los merecimientos de
Jesucristo, bien nuestro, ¿qué valor pueden tener? ¿Ni quién nos despertará a amar a
este Señor? Plega a su Majestad nos dé a entender lo mucho que le costamos y cómo no
es más siervo que el Señor, y que hemos menester obrar para gozar su gloria y que para
esto no es necesario orar, para no andar siempre en tentación.
Moradas terceras
Capítulo primero
A los que por misericordia de Dios han vencido estos combates y, con la
perseverancia, entrado a las terceras Moradas, ¿qué les diremos, sino: bienaventurado el
varón que teme al Señor? No ha sido poco hacer su Majestad que entienda yo ahora qué
quiere decir el romance de este verso a este tiempo, según soy torpe en este caso. Por
cierto, con razón le llamaremos bienaventurado, pues si no torna atrás, a lo que
podemos entender, lleva camino seguro de salvación. Aquí veréis, hermanas, lo que
importa vencer las batallas pasadas; porque tengo por cierto que nunca deja el Señor de
ponerle en siguridad de conciencia, que no es poco bien. Digo en siguridad, y dije mal,
que no hay en esta vida, y por eso siempre entended que digo: si no torna a dejar el
camino comenzado. Harto gran miseria es vivir en vida que siempre hemos de andar
como los que tienen enemigos a la puerta, que ni pueden dormir ni comer sin armas, y
siempre con sobresalto, si por alguna parte pueden desportillar esta fortaleza. ¡Oh Señor
mío y bien mío! ¡Cómo queréis que se desee vida tan miserable, que no es posible dejar
de querer y pedir nos saquéis de ella, si no es con esperanza de perderla por Vos, u
gastarla muy de veras en vuestro servicio, y, sobre todo, entender que es vuestra
voluntad! Si lo es, Dios mío, muramos con Vos, como dijo Santo Tomás, que no es otra
cosa, sino morir muchas veces, vivir sin Vos y con estos temores de que puede ser
posible perderos para siempre. Por eso digo, hijas, que la bienaventuranza que hemos de
pedir es estar ya en siguridad con los bienaventurados; que con estos temores, ¿qué
contento puede tener quien todo su contento es contentar a Dios? Y considerá que éste y
muy mayor tenían algunos santos que cayeron en graves pecados, y no tenemos seguro
que nos dará Dios la mano para salir de ellos y hacer la penitencia que ellos (entiéndese
del ausilio particular). Por cierto, hijas mías, que estoy con tanto temor escribiendo esto
que no sé cómo lo escribo ni cómo vivo cuando se me acuerda, que es muy muchas
veces. Pedidle, hijas mías, que viva su Majestad en mí siempre, porque si no es ansí,
¿qué siguridad puede tener una vida tan mal gastada como la mía? Y no os pese de
entender que esto es ansí, como algunas veces lo he visto en vosotras cuando os lo digo,
y procede de que quisiérades que hubiera sido muy santa, y tenéis razón: también lo
quisiera yo; ¡mas qué tengo de hacer!, si lo perdí por sola mi culpa; que no me quejaré
de Dios, que dejó de darme bastantes ayudas para que se cumplieran vuestros deseos;
que no puedo decir esto sin lágrimas y gran confusión de ver que escriba yo cosa para
las que me puedan enseñar a mí. ¡Recia obidiencia ha sido! Plega al Señor que, pues se
hace por él, sea para que os aprovechéis de algo, porque le pidáis que perdone a esta
miserable atrevida. Mas bien sabe su Majestad que sólo puedo presumir de su
misericordia, y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio sino
llegarme a ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, Madre suya, cuya
hábito indinamente trayo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta
Señora verdaderamente; y ansí no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues
tenéis tan buena Madre. Imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta
Señora y el bien de tenerla por patrona, pues no han bastado mis pecados, y ser la que
soy, para dislustrar en nada esta sagrada Orden. Mas una cosa os aviso: que no por ser
tal y tener tal Madre estéis siguras, que muy santo era David, y ya veis lo que fue
Salomón; ni hagáis caso del encerramiento y penitencia en que vivís, ni os asegure el
tratar siempre de Dios y ejercitaros en la oración tan contino y estar tan retiradas de las
cosas del mundo y tenerlas a vuestro parecer aborrecidas. Bueno es todo esto, mas no
basta, como he dicho, para que dejemos de temer, y ansí continúa este verso y traedle en
la memoria muchas veces: veatus vir, qui timed Dominum.
Ya no sé lo que decía, que me he divertido mucho, y en acordándome de mí, se me
quiebran las alas para decir cosa buena, y ansí lo quiero dejar por ahora, tornando a lo
que os comencé a decir, de las almas que han entrado a las terceras Moradas, que nos
las ha hecho el Señor pequeña merced en que hayan pasado las primeras dificultades,
sino muy grande. De éstas, por la bondad del Señor, creo hay muchas en el mundo: son
muy deseosas de no ofender a su Majestad, an de los pecados veniales se guardan, y de
hacer penitencia amigas, sus horas de recogimiento, gastan bien el tiempo, ejercítanse
en obras de caridad con los prójimos, muy concertadas en su hablar y vestir y gobierno
de casa los que las tienen. Cierto, estado para desear, y que, al parecer, no hay por qué
se les niegue la entrada hasta la postrera Morada, ni se la negara el Señor, si ellos
quieren, que linda dispusición es para que les haga toda merced. ¡Oh Jesús! y ¿quién
dirá que no quiere un tan gran bien, habiendo ya en especial pasado por lo más
trabajoso? No, ninguna. Todas decimos que lo queremos; mas como an es menester
más, para que del todo posea el Señor el alma, no basta decirlo, como no bastó a el
mancebo cuando le dijo el Señor que si quería ser perfeto. Desde que comencé a hablar
en estas Moradas le trayo delante, porque somos ansí al pie de la letra, y lo más
ordinario vienen de aquí las grandes sequedades en la oración, anque también hay otras
causas, y dejo unos trabajos interiores que tienen muchas almas buenas, intolerables, y
muy sin culpa suya, de los cuales siempre las saca el Señor con mucha ganancia, y de
las que tienen melancolía y otras enfermedades. En fin, en todas las cosas hemos de
dejar aparte los juicios de Dios. De lo que yo tengo para mí que es lo más ordinario, es
lo que he dicho; porque como estas almas se ven, que por ninguna cosa harían un
pecado, y muchas que an venial, de advertencia, no le harían, y que gastan bien su vida
y su hacienda, no pueden poner a paciencia que se les cierre la puerta para entrar adonde
está nuestro Rey, por cuyos vasallos se tienen, y lo son; mas anque acá tenga muchos el
Rey de la tierra, no entran todos hasta su cámara. Entrad, entrad, hijas mías, en lo
interior; pasá adelante de vuestras obrillas, que por ser cristianas debéis todo eso y
mucho más, y os basta que seáis vasallas de Dios: no queráis tanto que os quedéis sin
nada. Mirad los santos que entraron a la cámara de este Rey, y veréis la diferencia que
hay de ellos a nosotras. No pidáis lo que no tenéis merecido ni había de llegar a nuestro
pensamiento, que por mucho que sirvamos, lo hemos de merecer los que hemos
ofendido a Dios. ¡Oh humildad, humildad! No sé qué tentación me tengo en este caso,
que no puedo acabar de creer a quien tanto caso hace de estas sequedades, sino que es
un poco de falta de ella. Digo que dejo los trabajos grandes interiores que he dicho, que
aquéllos son mucho más que falta de devoción. Probémonos a nosotras mesmas,
hermanas mías, u pruébenos el Señor, que lo sabe bien hacer, anque muchas veces no
queremos entenderlo, y vengamos a estas almas tan concertadas; veamos qué hacen por
Dios, y luego veremos como no tenemos razón de quejarnos de su Majestad; porque si
le volvemos las espaldas y nos vamos tristes, como el mancebo del Evangelio, cuando
nos dice lo que hemos de hacer para ser perfetos, ¿qué queréis que haga su Majestad,
que ha de dar el premio conforme a el amor que le tenemos? Y este amor, hijas, no ha
de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras, y no penséis que ha
menester nuestras obras, sino la determinación de nuestra voluntad. Parecernos ha que
las que tenemos hábitos de relisión y le tomamos de nuestra voluntad, y dejamos todas
las cosas del mundo y lo que teníamos por él (anque sea las redes de san Pedro, que
harto le parece que da quien da lo que tiene), que ya está todo hecho. Harto buena
dispusición es, si persevera en aquello y no se torna a meter en las sabandijas de las
primeras piezas, anque sea con el deseo, que no hay duda, sino que si persevera en esta
desnudez y dejamiento de todo, que alcanzará lo que pretende. Mas ha de ser con
condición, y mirá que os aviso de esto, que se tenga por siervo sin provecho, como dice
san Pablo, u Cristo, y crea que no ha obligado a nuestro Señor para que le haga
semejantes mercedes; antes, como quien más ha recibido, queda más adeudado. ¿Qué
podemos hacer por un Dios tan generoso, que murió por nosotros y nos crió y da ser,
que no nos tengamos por venturosos en que se vaya desquitando algo de lo que le
debemos, por lo que nos ha servido (de mala gana dije esta palabra, mas ello es ansí,
que no hizo otra cosa todo lo que vivió en el mundo), sin que le pidamos mercedes de
nuevo y regalos? Mirad mucho, hijas, algunas cosas que aquí van apuntadas, anque
arrebujadas, que no lo sé más declarar; el Señor os lo dará a entender, para que saquéis
de las sequedades humildad, y no inquietud, que es lo que pretende el Demonio; y creé
que adonde la hay de veras, que anque nunca dé Dios regalos, dará una paz y
conformidad con que anden más contentas que otros con regalos, que muchas veces,
como habéis leído, los da la divina Majestad a los mas flacos, anque creo de ellos que
no los trocarían por las fortalezas de los que andan con sequedad. Somos amigos de
contentos más que de cruz. Pruébanos tú, Señor, que sabes las verdades, para que nos
conozcamos.
Capítulo segundo
Yo he conocido algunas almas, y an creo puedo decir hartas, de las que han llegado a
este estado, y estado y vivido muchos años en esta retitud y concierto alma y cuerpo, a
lo que se puede entender, y después de ellos, que ya parecen habían de estar señores del
mundo, al menos bien desengañados dél, probarlos su Majestad en cosas no muy
grandes y andar con tanta inquietud y apretamiento de corazón, que a mí me trayan
tonta, y an temerosa harto. Pues darles consejo no hay remedio, porque como ha tanto
que tratan de virtud, paréceles que pueden enseñar a otros y que les sobra razón en
sentir aquellas cosas. En fin, que yo no he hallado remedio, ni le hallo para consolar a
semejantes personas, si no es mostrar gran sentimiento de su pena, y a la verdad se tiene
de verlos sujetos a tanta miseria, y no contradecir su razón, porque todas las conciertan
en su pensamiento, que por Dios las sienten, y ansí, no acaban de entender que es
imperfeción; que es otro engaño para gente tan aprovechada, que de que lo sientan no
hay que espantar, anque a mi parecer había de pasar presto el sentimiento de cosas
semejantes. Porque muchas veces quiere Dios que sus escogidos sientan su miseria, y
aparta un poco su favor, que no es menester más, que ausadas que nos conozcamos bien
presto. Y luego se entiende esta manera de probarlos, porque entienden ellos su falta
muy claramente, y a las veces les da más pena ésta de ver que sin poder más, sienten
cosas de la tierra, y no muy pesadas, por lo mesmo de que tienen pena. Esto téngolo yo
por gran misericordia de Dios, y anque es falta, muy gananciosa para la humildad. En
las personas que digo no es ansí, sino que canonizan, como he dicho, en sus
pensamientos, estas cosas, y ansí querrían que otros las canonizasen. Quiero decir
algunas de ellas, porque nos entendamos y nos probemos a nosotras mesmas antes que
nos pruebe el Señor, que sería muy gran cosa estar apercebidas y habernos entendido
primero.
Viene a una persona rica sin hijos ni para quien querer la hacienda, una falta della;
mas no es de manera que en lo que le queda le puede faltar lo necesario para sí y para su
casa, y sobrado; si éste anduviese con tanto desasosiego y inquietud, como si no le
quedara un pan que comer, ¿cómo ha de pedirle nuestro Señor que lo deje todo por él?
Aquí entra el que lo siente porque lo quiere para los pobres. Yo creo que quiere Dios
más que yo me conforme con lo que su Majestad hace, y anque lo procure, tenga quieta
mi alma, que no esta caridad. Y ya que no lo hace, porque no ha llegádole el Señor a
tanto, enhorabuena; mas entienda que le falta esta libertad de espíritu, y con esto se
disporná para que el Señor se la dé, porque se la pedirá. Tiene una persona bien de
comer, y an sobrado; ofrécesele poder adquirir más hacienda: tomarlo si se lo dan,
enhorabuena, pase; mas procurarlo, y después de tenerlo procurar más y más, tenga
cuan buena intención quisiere, que si debe tener, porque, como he dicho, son estas
personas de oración y virtuosas, que no hayan miedo que suban a las Moradas más
juntas a el Rey. De esta manera es, si se les ofrece algo de que los desprecien u quiten
un poco de honra, que anque les hace Dios merced de que lo sufran bien muchas veces,
porque es muy amigo de favorecer la virtud en público, porque no padezca la mesma
virtud en que están tenidos y an será porque le han servido, que es muy bueno este Bien
nuestro, allá les queda una inquietud, que no se pueden valer ni acaba de acabarse tan
presto. ¡Válame Dios! ¿No son éstos los que ha tanto que consideran como padeció el
Señor y cuán bueno es padecer y an lo desean? Querrían a todos tan concertados como
ellos train sus vidas, y plega a Dios que no piensen que la pena que tienen es de la culpa
ajena y la hagan en su pensamiento meritoria. Pareceros ha, hermanas, que hablo fuera
de propósito y no con vosotras, porque estas cosas no las hay acá, que ni tenemos
hacienda, ni la queremos, ni procuramos, ni tampoco nos injuria nadie; por eso las
comparaciones no es lo que pasa, mas sácase de ellas otras muchas cosas que pueden
pasar, que ni sería bien señalarlas ni hay para qué; por éstas entenderéis si estáis bien
desnudas de lo que dejastes, porque cosillas se ofrecen, anque no tan de esta suerte, en
que os podéis muy bien probar y entendé si estáis señoras de vuestras pasiones. Y
creéme que no está el negocio en tener hábito de relisión u no, sino en procurar ejercitar
las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo, y que el concierto de nuestra
vida sea lo que su Majestad ordenare de ella, y no queramos nosotras que se haga
nuestra voluntad, sino la suya. Ya que no hayamos llegado aquí, como he dicho,
humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque si la hay de veras, anque tarde
algún tiempo, verná el zurujano, que es Dios, a sanarnos.
Las penitencias que hacen estas almas son tan concertadas como su vida; quiérenla
mucho, para servir a nuestro Señor con ella, que todo esto no es malo, y ansí tienen gran
discreción en hacerlas, porque no dañen a la salud. No hayáis miedo que se maten,
porque su razón está muy en sí. No está an el amor para sacar de razón; mas querría yo
que la tuviésemos para no nos contentar con esta manera de servir a Dios siempre a un
paso que nunca acabaremos de andar este camino. Y como nuestro parecer siempre
andamos y nos cansamos, porque creed que es un camino brumador, harto bien será que
no nos perdamos. Mas ¿paréceos, hijas, si yendo a una tierra desde otra pudiésemos
llegar en ocho días, que sería bueno andarlo en un año, por ventas y nieves y aguas y
malos caminos? ¿No valdría más pasarlo de una vez?, porque todo esto hay y peligros
de serpientes. ¡Oh, qué buenas señas podré yo dar de esto! Y plega a Dios que haya
pasado de aquí, que hartas veces me parece que no. Como vamos con tanto seso, todo
nos ofende, porque todo lo tememos, y ansí, no osamos pasar adelante, como si
pudiésemos nosotras llegar a estas Moradas y que otros anduviesen el camino. Pues no
es esto posible, esforcémonos, hermanas mías, por amor del Señor: dejemos nuestra
razón y temores en sus manos; olvidemos esta flaqueza natural, que nos puede ocupar
mucho. El cuidado de estos cuerpos ténganle los perlados; allá se avengan; nosotras de
sólo caminar apriesa para ver este Señor, que anque el regalo que tenéis es poco u
nenguno, el cuidado de la salud nos podría engañar. Cuanto más, que no se terná más
por esto, yo lo sé, y también sé que no está el negocio en lo que toca a el cuerpo, que
esto es lo menos, que el caminar que digo es con una grande humildad; que si habéis
entendido, aquí creo está el daño de las que no van adelante, sino que nos parezca que
hemos andado pocos pasos, y lo creamos ansí, y los que andan nuestras hermanas nos
parezcan muy presurosos, y no sólo deseemos, sino que procuremos nos tengan por la
más ruin de todas. Y con esto este estado es ecelentísimo, y si no, toda nuestra vida nos
estaremos en él, y con mil penas y miserias; porque, como no hemos dejado a nosotras
mesmas, es muy trabajoso y pesado, porque vamos muy cargadas desta tierra de nuestra
miseria, lo que no van los que suben a los aposentos que faltan. En éstos no deja el
Señor de pagar como justo, y an como misericordioso, que siempre da mucho más que
merecemos con darnos contentos harto mayores que los podemos tener en los que dan
los regalos y detraimientos de la vida. Mas no pienso que da muchos gustos, si no es
alguna vez para convidarlos con ver lo que pasa en las demás Moradas, porque se
dispongan para entrar en ellas. Pareceros ha que contentos y gustos, todo es uno; ¿que
para qué hago esta diferencia en los nombres? A mí paréceme que la hay muy grande;
ya me puedo engañar. Diré lo que en esto entendiere en las Moradas cuartas, que vienen
tras éstas, porque como se habrá de declarar algo de los gustos que allí da el Señor,
viene mejor. Y anque parece sin provecho, podrá ser de alguno, para que, entendiendo
lo que es cada cosa, podáis esforzaros a seguir lo mejor, y es mucho consuelo para las
almas que Dios llega allí, y confusión para las que les parece que lo tienen todo, y si son
humildes moverse han a hacimiento de gracias. Si hay alguna falta de esto, darles ha un
deabrimiento interior y sin propósito, pues no está la perfeción en los gustos, sino en
quien ama más, y el premio lo mesmo, y en quien mejor obrare con justicia y verdad.
Pareceros ha que ¿de qué sirve tratar destas mercedes interiores y dar a entender cómo
son, si es esto verdad, como lo es? Yo no lo sé; pregúntese a quien me lo manda
escribir, que yo no soy obligada a disputar con los superiores, sino a obedecer, ni sería
bien hecho. Lo que os puedo decir con verdad es que cuando yo no tenía, ni an sabría
por espiriencia, ni pensaba saberle en mi vida, y con razón, que harto contento fuera
para mí saber u por conjeturas entender que agradaba a Dios en algo, cuando leía en los
libros de estas mercedes y consuelos que hace el Señor a las almas que le sirven, me le
daba grandísimo, y era motivo para que mi alma diese grandes alabanzas a Dios. Pues si
la mía, con ser tan ruin, hacía esto, las que son buenas y humildes le alabarán mucho
más, y por sola una que le alabe una vez, es muy bien que se diga a mi parecer, y que
entendamos el contento y deleites que perdemos por nuestra culpa. Cuanto más que, si
son de Dios, vienen cargados de amor y fortaleza, con que se puede caminar más sin
trabajo y ir creciendo en las obras y virtudes. No penséis que importa poco que no
quede por nosotros, que cuando no es nuestra falta, justo es el Señor, y su Majestad os
dará por otros caminos lo que os quita por éste, por lo que su Majestad sabe, que son
muy ocultos sus secretos; al menos será lo que más nos conviene, sin duda nenguna.
Lo que me parece nos haría mucho provecho a las que, por la bondad del Señor,
están en este estado, que, como he dicho, no les hace poca misericordia, porque están
muy cerca de subir a más, es estudiar mucho en la prontitud de la obediencia, y anque
no sean relisiosos, sería gran cosa, como lo hacen muchas personas, tener a quien
acudir, para no hacer en nada su voluntad, que es lo ordinario en que nos dañamos, y no
buscar otro de su humor, como dicen, que vaya con tanto tiento en todo, sino procurar
quien esté con mucho desengaño de las cosas del mundo, que en gran manera aprovecha
tratar con quien ya le conoce, para conocernos. Y porque algunas cosas que nos parecen
imposibles, viéndolas en otros tan posibles, y con la suavidad que las llevan, anima
mucho y parece que con su vuelo nos atrevemos a volar, como hacen los hijos de las
aves cuando se enseñan, que anque no es de presto dar un gran vuelo, poco a poco
imitan a sus padres, en gran manera aprovecha esto: yo lo sé. Acertarán, por
determinadas que estén, en no ofender a el Señor personas semejantes, no se meter en
ocasiones de ofenderle; porque como están cerca de las primeras Moradas, con facilidad
se podrán tornar a ellas, porque su fortaleza no está fundada en tierra firme, como los
que están ya ejercitados en padecer, que conocen las tempestades del mundo, cuán poco
hay que temerlas ni que desear sus contentos, y sería posible con una persecución
grande volverse a ellos, que sabe bien urdirlas el Demonio para hacernos mal, y que,
yendo con buen celo, quiriendo quitar pecados ajenos, no pudiese resistir lo que sobre
esto se le podría suceder. Miremos nuestras faltas y dejemos las ajenas, que es mucho
de personas tan concertadas espantarse de todo; y, por ventura, de quien nos espantamos
podríamos bien deprender en lo principal, y en la compostura esterior y en su manera de
trato le hacemos ventajas; y no es esto lo de más importancia, anque es bueno, ni hay
para qué querer luego que todos vayan por nuestro camino, ni ponerse a enseñar el del
espíritu quien por ventura no sabe qué cosa es, que con estos deseos que nos da Dios,
hermanas, del bien de las almas, podemos hacer muchos yerros, y ansí, es mejor
llegarnos a lo que dice nuestra Regla: en silencio y esperanza procurar vivir siempre,
que el Señor terná cuidado de sus almas; como no nos descuidemos nosotras en
suplicarlo a su Majestad, haremos harto provecho con su favor. Sea por siempre
bendito.
Moradas cuartas
Capítulo primero
Para comenzar a hablar de las cuartas Moradas bien he menester lo que he hecho,
que es encomendarme a el Espíritu Santo, y suplicarle de aquí adelante hable por mí
para decir algo de las que quedan, de manera que lo entendáis, porque comienzan a ser
cosas sobrenaturales, y es dificultosísimo de dar a entender, si su Majestad no lo hace,
como en otra parte que se escribió, hasta donde yo había entendido, catorce años ha,
poco más u menos; anque un poco más luz me parece tengo destas mercedes que el
Señor hace a algunas almas, es diferente el saberlas decir. Hágalo su Majestad, si se ha
de seguir algún provecho, y si no, no. Como ya estas Moradas se llegan más adonde está
el Rey, es grande su hermosura, y hay cosas tan delicadas que ver y que entender, que el
entendimiento no es capaz para poder dar traza cómo se diga siquiera algo que venga
tan al justo que no quede bien escuro para los que no tienen espiriencia, que quien la
tiene muy bien lo entenderá, en especial si es mucha. Parecerá que para llegar a estas
Moradas se ha de haber vivido en las otras mucho tiempo, y anque lo ordinario es que
se ha de haber estado en la que acabamos de decir, no es regla cierta, como ya habréis
oído muchas veces, porque da el Señor cuando quiere y como quiere y a quien quiere,
como bienes suyos, que no hace agravio a nadie. En estas Moradas pocas veces entran
las cosas ponzoñosas, y si entran, no hacen daño, antes dejan con ganancia; y tengo por
muy mejor cuando entran y dan guerra en este estado de oración, porque podría el
Demonio engañar, a vueltas de los gustos que da Dios, si no hubiese tentaciones, y
hacer mucho más daño que cuando las hay, y no ganar tanto el alma, por lo menos
apartando todas las cosas que la han de hacer merecer, y dejarla en un embebecimiento
ordinario. Que cuando lo es en un ser, no le tengo por siguro, ni me parece posible estar
en un ser el espíritu del Señor en este destierro. Pues hablando de lo que dije que diría
aquí de la diferencia que hay entre contentos en la oración, u gustos, los contentos me
parece a mí se pueden llamar los que nosotros adquirimos con nuestra meditación y
peticiones a nuestro Señor, que procede de nuestro natural, anque, en fin, ayuda para
ellos Dios, que hase de entender en cuanto dijere que no podemos nada sin él, mas
nacen de la mesma obra virtuosa que hacemos, y parece a nuestro trabajo lo hemos
ganado, y con razón nos da contento habernos empleado en cosas semejantes. Mas si lo
consideramos, los mesmos contentos ternemos en muchas cosas que nos pueden suceder
en la tierra. Ansí en una gran hacienda que de presto se provea alguno; como de ver una
persona que mucho amamos, de presto; como de haber acertado en un negocio
importante y cosa grande, de que todos dicen bien; como si a alguna le han dicho que es
muerto su marido u hermano u hijo, y le ve venir vivo. Yo he visto derramar lágrimas
de un gran contento, y an me ha acaecido alguna vez. Paréceme a mí que ansí como
estos contentos son naturales, ansí en los que nos dan las cosas de Dios, sino que son de
linaje más noble, anque estotros no eran tampoco malos; en fin, comienzan de nuestro
natural mesmo y acaban en Dios: los gustos comienzan de Dios, y siéntelos el natural, y
goza tanto dellos como gozan los que tengo dichos y mucho más. ¡Oh Jesús, y qué
deseo tengo de saber declararme en esto! Porque entiendo a mi parecer muy conocida
diferencia, y no alcanza mi saber a darme a entender; hágalo el Señor. Ahora me
acuerdo en un verso que decimos a Prima al fin del postrer Salmo, que al cabo del verso
dice: Cun dilatasti cor meum. A quien tuviese mucha espiriencia, esto le basta para ver
la diferencia que hay de lo uno a lo otro, a quien no es menester más. Los contentos que
están dichos, no ensanchan el corazón, antes lo más ordinariamente parece aprietan un
poco, anque con contento todo de ver que se hace por Dios; mas vienen unas lágrimas
congojosas que en alguna manera parece las mueve la pasión. Yo sé poco destas
pasiones del alma, que quizá me diera a entender, y lo que procede de la sensualidad y
de nuestro natural, porque soy muy torpe; que yo me supiera declarar, si como he
pasado por ello lo entendiera. Gran cosa es el saber y las letras para todo. Lo que tengo
de espiriencia de este estado, digo de estos regalos y contentos en la meditación, es que
si comenzaba a llorar por la Pasión, no sabía acabar hasta que se me quebraba la cabeza;
si por mis pecados, lo mesmo; harta merced me hacía nuestro Señor, que no quiero yo
ahora esaminar cuál es mejor lo uno u lo otro, sino la diferencia que hay de lo uno a lo
otro querría saber decir. Para estas cosas, algunas veces van estas lágrimas y estos
deseos ayudados del natural y como está la despusición; mas, en fin, como he dicho,
vienen a parar en Dios, anque sea esto. Y es de tener en mucho, si hay humildad, para
entender que no son mejores por eso; porque no se puede entender si son todos efetos
del amor, y cuando sea, es dado de Dios. Por la mayor parte tienen estas devociones las
almas de las Moradas pasadas, porque van casi contino con obra de entendimiento
empleadas en discurrir con el entendimiento y en meditación; y van bien, porque no se
les ha dado más, anque acertarían en ocuparse un rato en hacer atos, y en alabanzas de
Dios, y holgarse de su bondad, y que sea el que es, y en desear su honra y gloria, esto
como pudiere, porque despierta mucho la voluntad; y estén con gran aviso, cuando el
Señor les diere estotro, no lo dejar por acabar la meditación que se tiene de costumbre.
Porque me he alargado mucho en decir esto en otras partes no lo diré aquí; sólo quiero
que estéis advertidas, que para aprovechar mucho en este camino y subir a las Moradas
que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y ansí, lo que más
os dispertare a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar, y no me espantaré
mucho, porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear
contentar en todo a Dios y procurar en cuanto pudiéramos no le ofender, y rogarle que
vaya siempre adelante la honra y la gloria de su Hijo y el aumento de la Ilesia Católica.
éstas son las señales del amor, y no penséis que está la cosa en no pensar otra cosa y
que si os divertís un poco va todo perdido. Yo he andado en esto de esta baraúnda del
pensamiento bien apretada algunas veces, y habrá poco más de cuatro años que vine a
entender por espiriencia que el pensamiento, u imaginación, porque mejor se entienda,
no es el entendimiento, y preguntélo a un letrado, y díjome que era ansí, que no fue para
mí poco contento; porque como el entendimiento es una de las potencias del alma,
hacíaseme recia cosa estar tan tortolito a veces, y lo ordinario vuela el pensamiento de
presto, que sólo Dios puede atarle, cuando nos ata ansí, de manera que parece que
estamos en alguna manera desatados de este cuerpo. Yo vía a mi parecer las potencias
del alma empleadas en Dios y estar recogidas con él, y, por otra parte, el pensamiento
alborotado: traíame tonta. ¡Oh, Señor, tomad en cuenta lo mucho que pasamos en este
camino por falta de saber! Y es el mal que, como no pensamos que hay que saber más
que pensar en Vos, an no sabemos preguntar a los que saben, ni entendemos qué hay
que preguntar, y pásanse terribles trabajos, porque no nos entendemos, y lo que no es
malo, sino bueno, pensamos que es mucha culpa. De aquí proceden las afliciones de
mucha gente que trata de oración, y el quejarse de trabajos interiores, a lo menos mucha
parte en gente que no tiene letras, y vienen las melancolías y a perder la salud, y an a
dejarlo del todo, porque no consideran que hay un mundo interior acá dentro, y ansí
como no podemos tener el movimiento del cielo, sino que anda apriesa con toda
velocidad, tampoco podemos tener nuestro pensamiento; y luego metemos todas las
potencias del alma con él, y nos parece que estamos perdidas, y gastado mal el tiempo
que estamos delante de Dios, y estáse el alma por ventura toda junta con él en las
Moradas muy cercanas, y el pensamiento en el arrabal del Castillo, padeciendo con mil
bestias fieras y ponzoñosas, y mereciendo con este padecer. Y ansí, ni nos ha de turbar
ni lo menos de dejar, que es lo que pretende el Demonio, y por la mayor parte, todas las
inquietudes y trabajos vienen de este no nos entender. Escribiendo esto, estoy
considerando lo que pasa en mi cabeza del gran ruido de ella, que dije al principio, por
donde se me hizo casi imposible poder hacer lo que me mandaban de escribir. No
parece sino que están en ella muchos ríos caudalosos, y, por otra parte, que estas aguas
se despeñan; muchos pajarillos y silbos, y no en los oídos, sino en lo superior de la
cabeza, adonde dicen que está lo superior del alma; yo estuve en esto harto tiempo, por
parecer que el movimiento grande del espíritu hacia arriba subía con velocidad. Plega a
Dios que se me acuerde en las Moradas por adelante decir la causa desto, que aquí no
viene bien, y no será mucho que haya querido el Señor darme este mal de cabeza para
entenderlo mejor, porque con toda esta baraúnda de ella no me estorba a la oración ni a
lo que estoy diciendo, sino que el alma se está muy entera en su quietud y amor y
deseos y claro conocimiento. Pues si en lo superior de la cabeza está lo superior del
alma, ¿cómo no la turba? Eso no lo sé yo, mas sé que es verdad lo que digo. Pena da
cuando no es la oración con suspensión, que entonces, hasta que se pasa, no se siente
ningún mal, mas harto mal fuera si por este impedimento lo dejara yo todo. Y ansí, no
es bien que por los pensamientos nos turbemos ni se nos dé nada, que si los pone el
Demonio, cesarán con esto, y si es, como lo es, de la miseria que nos quedó del pecado
de Adán, con otras muchas, tengamos paciencia y sufrámoslo por amor de Dios. Pues
estamos también sujetas a comer y dormir, sin poderlo escusar, que es harto trabajo,
conozcamos nuestra miseria y deseemos ir adonde naide nos menosprecia. Que algunas
veces me acuerdo haber oído esto que dice la Esposa en los Cantares, y verdaderamente
que no hallo en toda la vida cosa adonde con más razón se pueda decir, porque todos los
menosprecios y trabajos que puede haber en la vida no me parece que llegan a estas
batallas interiores. Cualquier desasosiego y guerra se puede sufrir con hallar paz adonde
vivimos, como ya he dicho; mas que queremos venir a descansar de mil trabajos que
hay en el mundo, y que quiera el Señor aparejarnos el descanso, y que en nosotras
mesmas esté el estorbo, no puede dejar de ser muy penoso y casi insufridero. Por eso,
¡llévanos, Señor, adonde no nos menosprecien estas miserias, que parecen algunas veces
que están haciendo burla del alma! An en esta vida la libra el Señor de esto, cuando ha
llegado a la postrera Morada, como diremos si Dios fuere servido. Y no darán a todos
tanta pena estas miserias ni las acometerán, como a mí hicieron muchos años por ser
ruin, que parece que yo mesma me quería vengar de mí. Y como cosa tan penosa para
mí, pienso que quizá será para vosotras ansí, y no hago sino decirlo de un cabo y en
otro, para si acertase alguna vez a daros a entender como es cosa forzosa, y no os traiga
inquietas y afligidas, sino que dejemos andar esta tarabilla de molino, y molamos
nuestra harina, no dejando de obrar la voluntad y el entendimiento. Hay más y menos en
este estorbo, conforme a la salud y a los tiempos. Padezca la pobre alma, anque no tenga
en esto culpa, que otras haremos, por donde es razón que tengamos paciencia. Y porque
no basta lo que leemos y nos aconsejan, que es que no hagamos caso de estos
pensamientos, para las que poco sabemos no me parece tiempo perdido todo lo que
gasto en declararlo más y consolaros en este caso; mas hasta que el Señor nos quiera dar
luz poco aprovecha. Mas es menester y quiere su Majestad que tomemos medios y nos
entendamos, y lo que hace la flaca imaginación y el natural y demonio no pongamos la
culpa a el alma.
Capítulo segundo
¡Válame Dios, en lo que me he metido! Ya tenía olvidado lo que trataba, porque los
negocios y salud me hacen dejarlo al mejor tiempo, y como tengo poca memoria, irá
todo desconcertado, por no poder tornarlo a leer. Y an quizá se es todo desconcierto
cuanto digo; al menos es lo que siento. Paréceme queda dicho de los consuelos
espirituales, como algunas veces van envueltos con nuestras pasiones. Train consigo
unos alborotos de zollosos, y an a personas he oído que se les aprieta el pecho, y an
vienen a movimientos esteriores, que no se pueden ir a la mano, y es la fuerza de
manera que les hace salir sangre de narices, y cosas ansí penosas. Desto no sé decir
nada, porque no he pasado por ello, mas debe quedar consuelo, porque, como digo, todo
va a parar en desear contentar a Dios y gozar de su Majestad. Los que yo llamo gusto de
Dios, que en otra parte lo he nombrado oración de quietud, es muy de otra manera,
como entenderéis las que lo habéis probado por la misericordia de Dios. Hagamos
cuenta para entenderlo mejor que vemos dos fuentes con dos pilas que se hinchen de
agua, que no me hallo cosa más a propósito para declarar algunas de espíritu que esto de
agua, y es, como sé poco y el ingenio no ayuda, y soy tan amiga de este elemento, que
le he mirado con más advertencia que otras cosas; que en todas las que crió tan gran
Dios, tan sabio, debe haber hartos secretos, de que nos podemos aprovechar, y ansí lo
hacen los que lo entienden, anque creo que en cada cosita que Dios crió hay más de lo
que se entiende, anque sea una hormiguita. Estos dos pilones se hinchen de agua de
diferentes maneras: el uno viene de más lejos por muchos arcaduces y artificio; el otro
está hecho en el mesmo nacimiento del agua, y vase hinchendo sin nengún ruido, y si es
el manantial caudaloso, como éste que hablamos, después de henchido este pilón
procede un gran arroyo; ni es menester artificio, ni se acaba el edificio de los arcaduces,
sino siempre está procediendo agua de allí. Es la diferencia que la que viene por
arcaduces es, a mi parecer, los contentos que tengo dicho que se sacan con la
meditación, porque traemos con los pensamientos, ayudándonos de las criaturas en la
meditación y cansando el entendimiento, y como viene, en fin, con nuestras diligencias,
hace ruido cuando ha de haber algún hinchimiento de provechos que hace en el alma,
como queda dicho.
Estotra fuente viene el agua de su mesmo nacimiento, que es Dios, y ansí como su
Majestad quiere, cuando es servido, hacer alguna merced sobrenatural, produce con
grandísima paz y quietud y suavidad, de lo muy interior de nosotros mesmos, yo no sé
hacia dónde ni cómo, ni aquel contento y deleite se siente como los de acá en el
corazón, digo en su principio, que después todo lo hinche: vase revertiendo este agua
por todas las Moradas y potencias, hasta llegar al cuerpo, que por eso dije que comienza
de Dios y acaba en nosotros, que cierto, como verá quien lo hubiere probado, todo el
hombre esterior goza de este gusto y suavidad.
Estaba yo ahora mirando, escribiendo esto, que en el verso que dije: Dilatasti cor
meum, dice que se ensanchó el corazón, y no me parece que es cosa, como digo, que su
nacimiento es del corazón, sino de otra parte an más interior, como una cosa profunda;
pienso que debe ser el centro del alma, como después he entendido y diré a la postre,
que cierto veo secretos en nosotros mesmos que me train espantada muchas veces, ¡y
cuántos más debe haber! ¡Oh Señor mío y Dios mío, qué grandes son vuestras
grandezas! Y andarnos acá como unos pastorcillos bobos, que nos parece alcanzamos
algo de Vos, y debe ser tanto como nonada, pues en nosotros mesmos están grandes
secretos que no entendemos. Digo tanto como nonada, para lo muy mucho que hay en
Vos, que no porque no son muy grandes las grandezas que vemos, an de lo que
podemos alcanzar de vuestras obras. Tornando a el verso, en lo que me puede
aprovechar, a mi parecer, para aquí, es en aquel ensanchamiento, que ansí parece que,
como comienza a producir aquella agua celestial de este manantial que digo, de lo
profundo de nosotros, parece que se va dilatando y ensanchando todo nuestro interior y
produciendo unos bienes que no se pueden decir, ni an el alma sabe entender que es lo
que se le da allí. Entiende una fraganza, digamos ahora, como si en aquel hondón
interior estuviese un brasero adonde se echasen olorosos perfumes; ni se ve la lumbre ni
donde está, mas el calor y humo oloroso penetra toda el alma, y an hartas veces, como
he dicho, participa el cuerpo. Mirá, entendedme, que ni se siente calor ni se huele olor,
que más delicada cosa es que estas cosas, sino para dároslo a entender. Y entiendan las
personas que no han pasado por esto que es verdad que pasa ansí, y que se entiende y lo
entiende el alma más claro que yo lo digo ahora; que no es esto cosa que se puede
antojar, porque por diligencias que hagamos, no lo podemos adquirir, y en ello mesmo
se ve no ser de nuestro metal, sino de aquel purísimo oro de la sabiduría divina. Aquí no
están las potencias unidas, a mi parecer, sino embebidas y mirando como espantadas
qué es aquello.
Podrá ser que en estas cosas interiores me contradiga algo de lo que tengo dicho en
otras partes; no es maravilla, porque en casi quince años que ha que lo escribí, quizá me
ha dado el Señor más claridad en estas cosas, de las que entonces entendía, y ahora y
entonces puedo errar en todo, mas no mentir, que por la misericordia de Dios antes
pasaría mil muertes: digo lo que entiendo.
La voluntad bien me parece que debe estar unida en alguna manera con la de Dios;
mas en los efetos y obras de después se conocen estas verdades de oración, que no hay
mejor crisol para probarse. Harto gran merced es de nuestro Señor si la conoce quien la
recibe, y muy grande si no torna atrás. Luego queréis, mis hijas, que como he dicho, no
acaba de entender el alma las que allí la hace el Señor y con el amor que la va acercando
más a Sí, que cierto está desear saber cómo alcanzaremos esta merced. Yo os diré lo que
en esto he entendido. Dejemos cuando el Señor es servido de hacerla, porque su
Majestad quiere y no por más; él sabe el porqué; no nos hemos de meter en eso.
Después de hacer lo que los de las Moradas pasadas, humildad, humildad; por ésta se
deja vencer el Señor a cuanto dél queremos, y lo primero en que veréis si la tenéis es en
no pensar que merecéis estas mercedes y gustos del Señor, ni los habéis de tener en
vuestra vida. Diréisme que de esta manera que ¿cómo se han de alcanzar no los
procurando? A esto respondo que no hay otra mejor de la que os he dicho, y no los
procurar por estas razones: la primera, porque lo primero que para esto es menester es
amar a Dios sin interese; la segunda, porque es un poco de poca humildad pensar que
por nuestros servicios miserables se ha de alcanzar cosa tan grande; la tercera, porque el
verdadero aparejo para esto es deseo de padecer y de imitar al Señor, y no gustos, los
que, en fin, le hemos ofendido; la cuarta, porque no está obligado su Majestad a
dárnoslos, como a darnos la gloria si guardamos sus mandamientos, que sin esto nos
podremos salvar, y sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y quién le ama de
verdad, y ansí es cosa cierta, yo lo sé, y conozco personas que van por el camino del
amor como han de ir, por sólo servir a su Cristo crucificado, que no sólo no le piden
gustos ni los desean, mas le suplican no se los dé en esta vida: esto es verdad; la quinta
es porque trabajaremos en balde, que, como no se ha de traer esta agua por arcaduces,
como la pasada, si el manantial no la quiere producir, poco aprovecha que nos
cansemos. Quiero decir, que anque más meditación tengamos, anque más nos
estrujemos y tengamos lágrimas, no viene este agua por aquí: sólo se da a quien Dios
quiere y cuando más descuidada está muchas veces el alma. Suyas somos, hermanas;
haga lo que quisiere de nosotras; llévenos por donde fuere servido; bien creo que quien
de verdad se humillare y desasiere (digo de verdad, porque no ha de ser por nuestros
pensamientos, que muchas veces nos engañan, sino que estemos desasidas del todo) que
no dejará el Señor de hacernos esta merced y otras muchas que no sabremos desear. Sea
por siempre alabado y bendito. Amén.
Capítulo tercero
Los efetos de esta oración son muchos; algunos diré, y primero otra manera de
oración, que comienza casi siempre primero que ésta, y por haberla dicho en otras
partes, diré poco: Un recogimiento que también me parece sobrenatural, porque no es
estar en escuro, ni cerrar los ojos, ni consiste en cosa esterior, puesto que sin quererlo se
hace esto de cerrar los ojos y desear soledad; y sin artificio, parece que se va labrando el
edificio para la oración que queda dicha, porque estos sentidos y cosas esteriores parece
que van perdiendo de su derecho, porque el alma vaya cobrando el suyo, que tenía
perdido. Dicen que el alma se entra dentro de sí y otras veces se sube sobre sí: por este
lenguaje no sabré yo aclarar nada, que esto tengo malo, que por el que yo lo sé decir
pienso que me habéis de entender, y quizá será sola para mí. Hagamos cuenta que estos
sentidos y potencias, que ya he dicho que son la gente deste Castillo, que es lo que he
tomado para saber decir algo, que se han ido fuera y andan con gente estraña, enemiga
del bien de este Castillo días y años, y que ya se han ido, viendo su perdición, acercando
a él, anque no acaban de estar dentro, porque esta costumbre es recia cosa, sino no son
ya traidores y andan alrededor. Visto ya el gran Rey, que está en la Morada de este
Castillo, su buena voluntad, por su gran misericordia quiérelos tornar a él, y como buen
pastor, con un silbo tan suave que an casi ellos mesmos no lo entienden, hace que
conozcan su voz y que no anden tan perdidos, sino que se tornen a su Morada; y tiene
tanta fuerza este silbo del pastor, que desamparan las cosas esteriores, en que estaban
enajenados, y métense en el Castillo. Paréceme que nunca lo he dado a entender como
ahora, porque para buscar a Dios en lo interior, que se halla mejor y más a nuestro
provecho que en las criaturas (como dice san Agustín que le halló, después de haberle
buscado en muchas partes) es gran ayuda cuando Dios hace esta merced. Y no penséis
que es por el entendimiento adquirido, procurando pensar dentro de sí a Dios, ni por la
imaginación, imaginándole en sí; bueno es esto y ecelente manera de meditación,
porque se funda sobre verdad, que lo es estar Dios dentro de nosotros mesmos; mas no
es esto, que esto cada uno lo puede hacer, con el favor del Señor, se entiende, todo. Mas
lo que digo es en diferente manera; y que algunas veces antes que se comience a pensar
en Dios, ya esta gente está en el Castillo, que no sé por dónde ni cómo oyó el silbo de su
pastor, que no fue por los oídos, que no se oye nada, mas siéntese notablemente un
encogimiento suave a lo interior, como verá quien pasa por ello, que yo no lo sé aclarar
mejor; paréceme que he leído que como un erizo o tortuga cuando se retiran hacia sí, y
debíalo de entender bien quien lo escribió; mas éstos, ellos se entran cuando quieren;
acá no está en nuestro querer, sino cuando Dios nos quiere hacer esta merced. Tengo
para mí que cuando su Majestad la hace, es a personas que van ya dando de mano a las
cosas del mundo; no digo que sea por obra los que tienen estado, que no pueden sino
por el deseo, pues los llama particularmente para que estén atentos a las interiores, y
ansí creo que si queremos dar lugar a su Majestad, que no dará sólo esto a quien
comienza a llamar para más. Alábele mucho quien esto entendiere en sí, porque es muy
mucha razón que conozca la merced; y hacimiento de gracias por ella hará que se
disponga para otras mayores. Y es dispusición para poder escuchar, como se aconseja
en algunos libros, que procuren no discurrir, sino estarse atentos a ver qué obra el Señor
en el alma; que si su Majestad no ha comenzado a embebernos, no puedo acabar de
entender cómo se pueda detener el pensamiento de manera que no haga más daño que
provecho, anque ha sido contienda bien platicada entre algunas personas espirituales; y
de mí confieso mi poca humildad, que nunca me han dado razón para que yo me rinda a
lo que dicen. Uno me alegró con cierto libro del santo fray Pedro de Alcántara, que yo
creo lo es, a quien yo me rindiera, porque sé que lo sabía, y leímoslo, y lo mesmo que
yo, anque no por estas palabras, mas entiéndese en lo que dice que ha de estar ya
despierto el amor. Ya puede ser que yo me engañe, mas voy por estas razones:
La primera, que en esta obra de espíritu, quien menos piensa y quiere hacer, hace
más: lo que habemos de hacer es pedir como pobres necesitados delante de un grande y
rico emperador, y luego bajar los ojos y esperar con humildad; cuando por sus secretos
caminos parece que entendemos que nos oye, entonces es bien callar, pues nos ha
dejado estar cerca dél, y no será malo procurar no obrar con el entendimiento, si
podemos, digo; mas si este Rey an no entendemos que nos ha oído, ni nos ve, no nos
hemos de estar bobos; que lo queda harto el alma cuando ha procurado esto, y queda
mucho más seca y, por ventura, más inquieta la imaginación con la fuerza que se ha
hecho a no pensar nada; sino que quiere el Señor que le pidamos y consideremos estar
en su presencia, que él sabe lo que nos cumple. Yo no puedo persuadirme a industrias
humanas en cosas que parece puso su Majestad límite, y las quiso dejar para Sí; lo que
no dejó otras muchas que podemos con su ayuda, ansí de penitencias, como de obras,
como de oración, hasta adonde puede nuestra miseria.
La segunda razón es que estas obras interiores son todas suaves y pacíficas; y hacer
cosa penosa, antes daña que aprovecha; llamo penosa cualquiera fuerza que nos
queramos hacer, como sería para detener el huelgo; sino dejarse el alma en las manos de
Dios, haga lo que quisiere de ella, con el mayor descuido de su provecho que pudiere y
mayor resinación a la voluntad de Dios.
La tercera es que el mesmo cuidado que se pone en no pensar nada, quizá despertará
el pensamiento a pensar mucho.
La cuarta es que lo más sustancial y agradable a Dios es que nos acordemos de su
honra y gloria y nos olvidemos de nosotros mesmos, y de nuestro provecho y regalo y
gusto. Pues como está olvidado de sí el que con mucho cuidado está, que no se osa
bullir, ni an deja a su entendimiento y deseos que se bullan a desear la mayor gloria de
Dios ni que se huelgue de la que tiene, cuando su Majestad quiere que el entendimiento
cese ocúpale por otra manera, y da una luz en el conocimiento tan sobre la que podemos
alcanzar, que le hace quedar absorto, y entonces, sin saber cómo, queda muy mejor
enseñado que no con todas nuestras diligencias para echarle más a perder; que pues
Dios nos dio las potencias para que con ellas trabajásemos, y se tiene todo su premio, no
hay para qué las encantar, sino dejarlas hacer su oficio hasta que Dios las ponga en otro
mayor. Lo que entiendo que más conviene que ha de hacer el alma que ha querido el
Señor meter a esta Morada, es lo dicho, y que sin ninguna fuerza ni ruido procure atajar
el discurrir, del entendimiento, mas no el suspenderle, ni el pensamiento, sino que es
bien que se acuerde que está delante de Dios y quién es este Dios. Si lo mesmo que
siente en sí le embebiere, enhorabuena; mas no procure entender lo que es, porque es
dado a la voluntad; déjela gozar sin ninguna industria mas de algunas palabras
amorosas, que anque no procuremos aquí estar sin pensar nada, se está muchas veces,
anque muy breve tiempo. Mas, como dije en otra parte, la causa porque en esta manera
de oración (digo en la que comencé esta Morada, que he metido la de recogimiento con
ésta que había de decir primero, y es muy menos que la de los gustos que he dicho de
Dios, sino que es principio para venir a ella, que en la del recogimiento no se ha de dejar
la meditación ni la obra del entendimiento en esta fuente manantial, que no viene por
arcaduces) él se comide, u le hace comedir ver que no entiende lo que quiere, y ansí
anda de un cabo a otro como tonto, que en nada hace asiento. La voluntad le tiene tan
grande en su Dios, que la da gran pesadumbre su bullicio, y ansí, no ha menester hacer
caso dé él, que la hará perder mucho de lo que goza, sino dejarle y dejarse a sí en los
brazos del amor, que su Majestad la enseñará lo que ha de hacer en aquel punto, que
casi todo es hallarse indina de tanto bien y emplearse en hacimiento de gracias.
Por tratar de la oración de recogimiento, dejé los efetos u señales que tienen las
almas a quien Dios nuestro Señor da esta oración. Ansí como se entiende claro un
dilatamiento u ensanchamiento en el alma, a manera de como si el agua que mana de
una fuente no tuviese corriente, sino que la mesma fuente estuviere labrada de una cosa,
que mientra más agua manase, más grande se hiciese el edificio, ansí parece en esta
oración, y otras muchas maravillas que hace Dios en el alma, que la habilita y va
dispuniendo, para que quepa todo en ella. Ansí esta suavidad y ensanchamiento interior
se ve en el que le queda, para no estar tan atada como antes en las cosas del servicio de
Dios, sino con mucho más anchura; ansí en no se apretar con el temor del infierno,
porque anque le queda mayor de no ofender a Dios, el servil piérdese aquí: queda con
gran confianza que le ha de gozar. El que solía tener para hacer penitencia, de perder la
salud, ya le parece que todo lo podrá en Dios; tiene más deseos de hacerla que hasta allí.
El temor que solía tener a los trabajos, ya va más templado, porque está más viva la fe,
y entiende que, si los pasa por Dios, su Majestad le dará gracia para que los sufra con
paciencia, y an algunas veces lo desea, porque queda también una gran voluntad de
hacer algo por Dios. Como va más conociendo su grandeza, tiénese ya por más
miserable; como ha probado ya los gustos de Dios, ve que es una basura lo del mundo;
vase poco a poco apartando de ellos y es más señora de sí para hacerlo. En fin, en todas
las virtudes queda mejorada, y no dejará de ir creciendo si no torna atrás ya a hacer
ofensas de Dios, porque entonces todo se pierde, por subida que esté un alma en la
cumbre. Tampoco se entiende que de una vez u dos que Dios haga esta merced a un
alma, quedan todas estas hechas si no va perseverando en recibirlas, que en esta
perseveranza está todo nuestro bien.
De una cosa aviso mucho a quien se viere en este estado: que se guarde muy mucho
de ponerse en ocasiones de ofender a Dios, porque aquí no está an el alma criada, sino
como un niño que comienza a mamar, que si se aparta de los pechos de su madre, ¿qué
se puede esperar de él sino la muerte? Yo he mucho temor que a quien Dios hubiere
hecho esta merced y se apartare de la oración, que será ansí, si no es con grandísima
ocasión u si no retorna presto a ella, porque irá de mal en peor. Yo sé que hay mucho
que temer en este caso, y conozco algunas personas que me tienen harto lastimada, y he
visto lo que digo, por haberse apartado de quien con tanto amor se le quería dar por
amigo y mostrárselo por obras. Aviso tanto que no se pongan en ocasiones, porque pone
mucho el Demonio más por un alma de éstas que por muy muchas a quien el Señor no
haga estas mercedes; porque le pueden hacer gran daño con llevar otras consigo y hacer
gran provecho, podría ser, en la Ilesia de Dios. Y anque no haya otra cosa sino ver el
que su Majestad las muestra amor particular, basta para que él se deshaga porque se
pierdan; y ansí son muy combatidas, y an mucho más perdidas que otras, si se pierden.
Vosotras, hermanas, libres estáis de estos peligros, lo que podemos entender; de
soberbia y vanagloria os libre Dios; y de que el Demonio quiera contrahacer estas
mercedes, conocerse ha en que no hará estos efetos, sino todo al revés. De un peligro os
quiero avisar, anque os lo he dicho en otra parte, en que he visto caer a personas de
oración, en especial mujeres, que como somos más flacas, ha más lugar para lo que voy
a decir; y es, que algunas, de la mucha penitencia y oración y vigilias, y an sin esto,
sonse flacas de complesión; en tiniendo algún regalo, sujétales el natural, y como
sienten contento alguno interior, y caimiento en lo esterior, y una flaquedá, cuando hay
un sueño que llaman espiritual, que es un poco más de lo que queda dicho, parecerles
que es lo uno como lo otro, y déjanse embebecer; y mientras más se dejan, se
embebecen más, porque se enflaquece más el natural, y en su seso les parece
arrobamiento; y llámole yo abobamiento, que no es otra cosa más de estar perdiendo
tiempo allí, y gastando su salud. A una persona le acaecía estar ocho horas, que ni están
sin sentido ni sienten cosa de Dios; con dormir y comer y no hacer tanta penitencia, se
le quitó a esta persona; porque hubo quien la entendiese, que a su confesor traía
engañado, y a otras personas, y a sí mesma; que ella no quería engañar. Bien creo que
haría el Demonio alguna diligencia para sacar alguna ganancia, y no comenzaba a sacar
poca. Hase de entender que cuando es cosa verdaderamente de Dios, que anque hay
caimiento interior y esterior, que no le hay en el alma, que tiene grandes sentimientos de
verse tan cerca de Dios, ni tampoco dura tanto, sino muy poco espacio. Bien que se
torna a embebecer, y en esta oración, si no es flaqueza, como he dicho, no llega a tanto
que derrueque el cuerpo, ni haga nengún sentimiento esterior en él. Por eso tengan
aviso, que cuando sintieren esto en sí, lo digan a la perlada, y diviértanse lo que
pudieren, y hágalas no tener horas tantas de oración, sino muy poco, y procure que
duerman bien y coman, hasta que se les vaya tornando la fuerza natural, si se perdió por
aquí. Si es de tan flaco natural que no le baste esto, créanme que no la quiere Dios sino
para la vida ativa, que de todo ha de haber en los monesterios; ocúpenla en oficios, y
siempre se tenga cuenta que no tenga mucha soledad, porque verná a perder del todo la
salud. Harta mortificación será para ella; aquí quiere probar el Señor el amor que le
tiene en cómo lleva esta ausencia, y será servido de tornarle la fuerza después de algún
tiempo, y sino, con oración vocal ganará, y con obedecer, y merecerá lo que había de
merecer por aquí, y por ventura más. También podría haber algunas de tan flaca cabeza
y imaginación, como yo las he conocido, que todo lo que piensan les parece que lo ven;
es harto peligroso, porque quizá se tratará de ello adelante, no más aquí; que me he
alargado mucho en esta Morada, porque es en la que más almas creo entran; y como es
también natural junto con lo sobrenatural, puede el Demonio hacer más daño; que en las
que están por decir no le da el Señor tanto lugar. Sea por siempre alabado, amén.
Moradas quintas
Capítulo primero
¡Oh hermanas! ¿Cómo os podría yo decir la riqueza y tesoros y deleites, que hay en
las quintas Moradas? Creo fuera mejor no decir nada de las que faltan, pues no se ha de
saber decir, ni el entendimiento lo sabe entender, ni las comparaciones pueden servir de
declararlo, porque son muy bajas las cosas de la tierra para este fin. Enviá, Señor mío,
del Cielo luz, para que yo pueda dar alguna a estas vuestras siervas; pues sois servido de
que gocen algunas de ellas tan ordinariamente de estos gozos, porque no sean
engañadas, transfigurándose el Demonio en ángel de luz, pues todos sus deseos se
emplean en desear contentaros.
Y anque dije algunas, bien pocas hay que entren en esta Morada que ahora diré. Hay
más y menos, y a esta causa digo, que son las más las que entran en ellas. En algunas
cosas de las que aquí diré, que hay en este aposento, bien creo que son pocas; mas
anque no sea sino llegar a la puerta, es harta misericordia la que las hace Dios; porque
puesto que son muchos los llamados, pocos son los escogidos. Ansí digo ahora que
anque todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la
oración y contemplación, porque este fue nuestro principio, desta casta del Monte
Carmelo, que en tan gran soledad, y con tanto desprecio del mundo buscaban este
tesoro, esta preciosa margarita de que hablamos, pocas nos disponemos para que nos la
descubra el Señor. Porque cuanto a lo esterior vamos bien para llegar a lo que es
menester en las virtudes; para llegar aquí hemos menester mucho, mucho, y no nos
descuidar poco ni mucho; por eso, hermanas mías, alto a pedir al Señor, que pues en
alguna manera podemos gozar del Cielo en la tierra, que nos dé su favor para que no
quede por nuestra culpa, y nos muestre el camino y dé fuerzas en el alma para cavar
hasta hallar a este tesoro escondido, pues es verdad que le hay en nosotras mesmas; que
esto querría yo dar a entender, si el Señor es servido que sepa. Dije «fuerzas en el
alma», porque entendáis que no hacen falta las del cuerpo a quien Dios Nuestro Señor
nos la da; no imposibilita a ninguno para comprar sus riquezas; con que dé cada uno lo
que tuviere se contenta. Bendito sea tan gran Dios. Mas mirá, hijas, que para esto que
tratamos no quiere que os quedéis con nada; poco u mucho, todo lo quiere para sí, y
conforme a lo que entendierdes de vos que habéis dado, se os harán mayores u menores
mercedes. No hay mejor prueba para entender si llega a unión u si no nuestra oración.
No penséis que es cosa soñada, como la pasada; digo soñada, porque ansí parece está el
alma como adormizada, que ni bien parece está dormida ni se siente despierta. Aquí,
con estar todas dormidas y bien dormidas a las cosas del mundo y a nosotras mesmas
(porque en hecho de verdad, se queda como sin sentido aquello poco que dura, que ni
hay poder pensar anque quieran), aquí no es menester con artificio suspender el
pensamiento hasta el amar; si lo hace, no entiende cómo, ni qué es lo que ama, ni qué
querría, en fin, como quien de todo punto ha muerto al mundo para vivir más en Dios;
que ansí es una muerte sabrosa, un arrancamiento del alma de todas las operaciones que
puede tener, estando en el cuerpo: deleitosa, porque anque de verdad parece se aparta el
alma de él, para mejor estar en Dios; de manera, que an no sé yo si le queda vida para
resolgar. Ahora lo estaba pensando y paréceme que no; al menos, si lo hace, no se
entiende si lo hace. Todo su entendimiento se querría emplear en entender algo de lo
que siente, y como no llegan sus fuerzas a esto, quédase espantado, de manera que, si no
se pierde del todo, no menea pie ni mano, como acá decimos de una persona que está
tan desmayada que nos parece está muerta. ¡Oh secretos de Dios! Que no me hartaría de
procurar dar a entenderlos, si pensase acertar en algo, y ansí diré mil desatinos, por si
alguna vez atinase, para que alabemos mucho a el Señor. Dije que no era cosa soñada,
porque en la Morada que queda dicha, hasta que la espiriencia es mucha, queda el alma
dudosa de qué fue aquello, si se le antojó, si estaba dormida, si fue dado de Dios, si se
trasfiguró el Demonio en ángel de luz. Queda con mil sospechas, y es bien que las
tenga, porque como dije, an el mesmo natural nos puede engañar allí alguna vez; porque
anque no hay tanto lugar para entrar las cosas emponzoñosas, unas lagartijillas sí, que
como son agudas, por do quiera se meten; y anque no hacen daño, en especial si no
hacen caso de ellas, como dije, porque son pensamentillos que proceden de la
imaginación, y de lo que queda dicho, importunan muchas veces. Aquí por agudas que
son las lagartijas, no pueden entrar en esta Morada; porque ni hay imaginación ni
memoria ni entendimiento que pueda impedir este bien. Y osaré afirmar, que si
verdaderamente es unión de Dios, que no puede entrar el Demonio, ni hacer ningún
daño; porque está su Majestad tan junto y unido con la esencia del alma, que no osará
llegar, ni an debe de entender este secreto. Y está claro: pues dicen que no entienden
nuestro pensamiento, menos entenderán cosa tan secreta que an no lo fía Dios de
nuestro pensamiento. ¡Oh, gran bien! ¡Estado adonde este maldito no nos hace mal!
Ansí queda el alma con tan grandes ganancias, por obrar Dios en ella, sin que nadie le
estorbe, ni nosotros mesmos. ¿Qué no dará quien es tan amigo de dar, y puede dar todo
lo que quiere?
Parece que os dejo confusas en decir si es unión de Dios, y que hay otras uniones. ¡Y
cómo si las hay! Anque sean en cosas vanas, cuando se aman mucho, también las
trasportará el Demonio, mas no con la manera que Dios, ni con el deleite y satisfación
del alma y paz y gozo. Es sobre todos los gozos de la tierra, y sobre todos los deleites, y
sobre todos los contentos, y más, que no tiene que ver adonde se engendran estos
contentos u los de la tierra, que es muy diferente su sentir, como los ternéis
espirimentado. Dije yo una vez que es como si fuesen en esta grosería del cuerpo, u en
los tuétanos, y atiné bien, que no sé como lo decir mejor. Paréceme que an no os veo
satisfechas, porque os parecerá que os podéis engañar, que esto interior es cosa recia de
esaminar; y anque para quien ha pasado por ello basta lo dicho, porque es grande la
diferencia, quiéroos decir una señal clara, por donde no os podréis engañar, ni dudar si
fue de Dios, que su Majestad me la ha traído hoy a la memoria, y a mi parecer, es la
cierto. Siempre en cosas dificultosas, anque me parece que lo entiendo y que digo
verdad, voy con este lenguaje de que «me parece», porque si me engañare, estoy muy
aparejada a creer lo que dijeren los que tienen letras muchas. Porque anque no hayan
pasado por estas cosas, tienen un no sé qué grandes letrados, que como Dios los tiene
para luz de su Ilesia, cuando es una verdad, dásela para que se admita, y si no son
derramados, sino siervos de Dios, nunca se espantan de sus grandezas, que tienen bien
entendido que puede mucho más y más. Y en fin, anque algunas cosas no están
declaradas, otras deben hallar escritas, por donde ven que pueden pasar éstas. De esto
tengo grandísima espiriencia, y también la tengo de unos medio letrados espantadizos,
porque me cuestan muy caro; al menos creo que quien no creyere que puede Dios
mucho más, y que ha tenido por bien, y tiene algunas veces comunicarlo a sus criaturas,
que tiene bien cerrada la puerta para recibirlas. Por eso, hermanas, nunca os acaezca,
sino creer de Dios mucho más y más, y no pongáis los ojos en si son ruines u buenos a
quien las hace, que su Majestad lo sabe, como os lo he dicho; no hay para qué nos meter
en esto, sino con simpleza de corazón y humildad servir a su Majestad y alabarle por sus
obras y maravillas.
Pues tornando a la señal que digo es la verdadera: ya veis esta alma que la ha hecho
Dios boba del todo para imprimir mejor en ella la sabiduría, que ni ve ni oye ni entiende
en el tiempo que está ansí, que siempre es breve, y an harto más breve le parece a ella
de lo que debe de ser. Fija Dios a sí mesmo en lo interior de aquel alma de manera, que
cuando torna en sí, en ninguna manera pueda dudar que estuvo en Dios y Dios en ella;
con tanta firmeza le queda esta verdad, que anque pase años sin tornarle Dios a hacer
aquella merced, ni se le olvida, ni puede dudar que estuvo; an dejemos por los efetos
con que queda, pues éstos diré después; esto es lo que hace mucho al caso. Pues
diréisme, ¿cómo lo vio u cómo lo entendió, si no ve ni entiende? No digo que lo vio
entonces, sino que lo ve después claro; y no porque es visión, sino una certidumbre que
queda en el alma, que sólo Dios la puede poner. Yo sé de una persona que no había
llegado a su noticia que estaba Dios en todas las cosas por presencia y potencia y
esencia, y de una merced que le hizo Dios de esta suerte, lo vino a creer de manera, que
anque un medio letrado, de los que tengo dichos, a quien preguntó cómo estaba Dios en
nosotros (él lo sabía tan poco como ella antes que Dios se lo diese a entender), le dijo
que no estaba más de por gracia, ella tenía ya tan fija la verdad que no le creyó, y
preguntólo a otros que le dijeron la verdad, con que se consoló mucho. No os habéis de
engañar pareciéndoos que esta certidumbre queda en forma corporal, como el cuerpo de
Nuestro Señor Jesucristo, está en el Santísimo Sacramento, anque no le vemos; porque
acá no queda ansí, sino de sola la Divinidad. Pues ¿cómo lo que no vimos se nos queda
con esa certidumbre? Eso no lo sé yo, son obras suyas, mas sé que digo verdad, y quien
no quedare con esta certidumbre, no diría yo que es unión de toda el alma con Dios,
sino de alguna potencia y otras muchas maneras de mercedes que hace Dios a el alma.
Hemos de dejar en todas estas cosas de buscar razones para ver cómo fue; pues no llega
nuestro entendimiento a entenderlo, ¿para qué nos queremos desvanecer? Basta ver que
es todo poderoso el que lo hace, y pues no somos ninguna parte, por diligencias que
hagamos, para alcanzarlo, sino que es Dios el que lo hace, no lo queramos ser para
entenderlo. Ahora me acuerdo sobre esto que digo de que no somos parte, de lo que
habéis oído, que dice la Esposa en los Cantares: -Llevóme el rey a la bodega del vino (u
metióme, creo que dice). Y no dice que ella se fue. Y dice también que andaba buscando
a su Amado por una parte y por otra. Esta entiendo yo es la bodega donde nos quiere
meter el Señor, cuando quiere y como quiere, mas por diligencias que nosotros
hagamos, no podemos entrar; su Majestad nos ha de meter y entrar en el centro de
nuestra alma, y para mostrar sus maravillas mejor, no quiere que tengamos en ésta más
parte de la voluntad, que del todo se le ha rendido, ni que se le abra la puerta de las
potencias y sentidos, que todos están dormidos; sino entrar en el centro del alma sin
ninguna, como entró a sus discípulos, cuando dijo: Pas vobis, y salió del sepulcro sin
levantar la piedra. Adelante veréis cómo su Majestad quiere que le goce el alma en su
mesmo centro, an más que aquí mucho en la postrera Morada. ¡Oh, hijas, qué mucho
veremos si no queremos ver más de nuestra bajeza y miseria y entender que no somos
dinas de ser siervas de un Señor tan grande, que no podemos alcanzar sus maravillas!
Sea por siempre alabado, amén.
Capítulo segundo
Pareceros ha que ya está todo dicho lo que hay que ver en esta Morada, y falta
mucho, porque, como dije, hay más y menos. Cuanto a lo que es unión, no creo saber
decir más; mas cuando el alma, a quien Dios hace estas mercedes, se dispone, hay
muchas cosa que decir de lo que el Señor obra en ellas; algunas diré, y de la manera que
queda. Para darlo mejor a entender, me quiero aprovechar de una comparación que es
buena para este fin; y también para que veamos cómo, anque en esta obra que hace el
Señor no podemos hacer nada más, para que su Majestad nos haga esta merced,
podemos hacer mucho dispuniéndonos. Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría
la seda, que sólo él pudo hacer semejante invención, y cómo de una simiente, que es a
manera de granos de pimienta pequeños (que yo nunca la he visto, sino oído, y ansí si
algo fuere torcido, no es mía la culpa), con el calor, en comenzando a haber hoja en los
morares, comienza esta simiente a vivir, que hasta que haya este mantenimiento de que
se sustenta, se está muerta; y con hojas de morar se crían, hasta que, después de grandes,
les ponen unas ramillas, y allí con las boquillas van de sí mesmos hilando la seda, y
hacen unos capuchillos muy apretados, adonde se encierran; y acaba este gusano, que es
grande y feo, y sale del mesmo capucho una mariposica blanca muy graciosa. Mas si
esto no se viese sino que nos lo contaran de otros tiempos, ¿quién lo pudiera creer? ¿Ni
con qué razones pudiéramos sacar que una cosa tan sin razón como es un gusano, y una
abeja, sean tan diligentes en trabajar para nuestro provecho y con tanta industria, y el
pobre gusanillo pierda la vida en la demanda? Para un rato de meditación basta esto,
hermanas, anque no os diga más, que en ello podéis considerar las maravillas y
sabiduría de nuestro Dios. Pues ¿qué será si supiésemos la propiedad de todas las cosas?
De gran provecho es ocuparnos en pensar estas grandezas y regalarnos en ser esposas de
Rey tan sabio, y poderoso. Tornemos a lo que decía. Entonces comienza a tener vida
este gusano, cuando con la calor del Espíritu Santo se comienza a aprovechar del ausilio
general que a todos nos da Dios, y cuando comienza a aprovecharse de los remedios que
dejó en su Ilesia, ansí de acontinuar las confesiones, como con buenas liciones y
sermones, que es el remedio que un alma, que está muerta en su descuido y pecados y
metida en ocasiones, puede tener. Entonces comienza a vivir, y vase sustentando en esto
y en buenas meditaciones, hasta que está crecida, que es lo que a mí me hace al caso,
que estotro poco importa. Pues crecido este gusano, que es lo que en los principios
queda dicho de esto que he escrito, comienza a labrar la seda y edificar la casa adonde
ha de morir. Esta casa querría dar a entender aquí que es Cristo. En una parte me parece
he leído u oído que nuestra vida está escondida en Cristo, u en Dios, que todo es uno, u
que nuestra vida es Cristo. En que esto sea o no, poco va para mi propósito.
¡Pues veis aquí, hijas, lo que podemos con el favor de Dios hacer! ¡Que su Majestad
mesmo sea nuestra morada, como lo es en esta oración de unión, labrándola nosotras!
Parece que quiero decir que podemos quitar y poner en Dios, pues digo que él es la
Morada, y la podemos nosotros fabricar para meternos en ella. Y ¡cómo si podemos, no
quitar de Dios ni poner, sino quitar de nosotros y poner como hacen estos gusanitos!;
que no habremos acabado de hacer en esto todo lo que podemos, cuando este trabajillo,
que no es nada, junte Dios con su grandeza y le dé tan gran valor que el mesmo Señor
sea el premio de esta obra. Y ansí como ha sido el que ha puesto la mayor costa, ansí
quiere juntar nuestros trabajillos con los grandes que padeció su Majestad y que todo
sea una cosa. Pues, ea, hijas mías, priesa a hacer esta labor y tejer este capuchillo,
quitando nuestro amor propio y nuestra voluntad, el estar asidas a ninguna cosa de la
tierra, puniendo obras de penitencia, oración, mortificación, obediencia, todo lo demás
que sabéis; que ansí obrásemos como sabemos y somos enseñadas de lo que hemos de
hacer. Muera, muera este gusano, como lo hace en acabando de hacer para lo que fue
criado, y veréis como vemos a Dios y nos vemos tan metidas en su grandeza como lo
está este gusanillo en este capucho. Mirá que digo ver a Dios como dejo dicho que se da
a sentir en esta manera de unión. Pues veamos qué se hace este gusano, que es para lo
que he dicho todo lo demás; que cuando está en esta oración bien muerto está a el
mundo, sale una mariposita blanca. ¡Oh, grandeza de Dios, y cuál sale un alma de aquí,
de haber estado un poquito metida en la grandeza de Dios, y tan junta con él, que, a mi
parecer, nunca llega a media hora! Yo os digo de verdad que la mesma alma no se
conoce así; porque mirá la diferencia que hay de un gusano feo a una mariposita blanca,
que la mesma hay acá. No sabe de dónde pudo merecer tanto bien; de dónde le pudo
venir, quise decir, que bien sabe que no le merece; vese con un deseo de alabar a el
Señor, que se querría deshacer, y de morir por él mil muertes. Luego, le comienza a
tener de padecer grandes trabajos, sin poder hacer otra cosa. Los deseos de penitencia
grandísimos, el de soledad, el de que todos conociesen a Dios; y de aquí le viene una
pena grande de ver que es ofendido. Y anque en la Morada que viene se tratará más
destas cosas en particular, porque anque casi lo que hay en esta Morada y en la que
viene después es todo uno, es muy diferente la fuerza de los efetos; porque, como he
dicho, si después que Dios llega a un alma aquí se esfuerza a ir adelante, verán grandes
cosas. ¡Oh, pues ver el desasosiego de esta mariposita, con no haber estado más quieta y
sosegada en su vida!, es cosa para alabar a Dios, y es que no sabe adónde posar y hacer
su asiento, que, como le ha tenido tal, todo lo que ve en la tierra le descontenta, en
especial cuando son muchas las veces que la da Dios de este vino; casi de cada una
queda con nuevas ganancias. Ya no tiene en nada las obras que hacía siendo gusano,
que era poco a poco tejer el capucho; hanle nacido alas, ¿cómo se ha de contentar,
pudiendo volar, de andar paso a paso? Todo se le hace poco cuanto puede hacer por
Dios, según son sus deseos. No tiene en mucho lo que pasaron los santos, entendiendo
ya por espiriencia cómo ayuda el Señor y transforma un alma, que no parece ella, ni su
figura; porque la flaqueza que antes le parecía tener para hacer penitencia, ya la halla
fuerte, el atamiento con deudos u amigos u hacienda, que ni le bastaban atos, ni
determinaciones, ni quererse apartar, que entonces le parecía se hallaba más junta, ya se
ve de manera que le pesa estar obligada a lo que, para no ir contra Dios, es menester
hacer. Todo le cansa, porque ha probado que el verdadero descanso no le pueden dar las
criaturas. Parece que me alargo, y mucho más podría decir, y a quien Dios hubiere
hecho esa merced verá que quedo corta, y ansí no hay que espantar que esta mariposilla
busque asiento de nuevo, ansí como se halla nueva de las cosas de la tierra. Pues
¿adónde irá la pobrecita?, que tornar adonde salió no puede, que, como está dicho, no es
en nuestra mano, anque más hagamos, hasta que es Dios servido de tornarnos a hacer
esta merced. ¡Oh, Señor, y qué nuevos trabajos comienzan a esta alma! ¿Quién dijera tal
después de merced tan subida? En fin, fin, de una manera u de otra ha de haber cruz
mientras vivimos. Y quien dijere que después que llegó aquí siempre está con descanso
y regalo, diría yo que nunca llegó sino que por ventura fue algún gusto, si entró en la
Morada pasada, y ayudado de flaqueza natural, y an por ventura, del Demonio, que le da
paz para hacerle después mucha mayor guerra. No quiero decir que no tienen paz los
que llegan aquí, que sí tienen y muy grande, porque los mesmos trabajos son de tanto
valor y de tan buena raíz que, con serlo muy grandes, de ellos mesmos sale la paz y el
contento. Del mesmo descontento que dan las cosas del mundo nace un deseo de salir
dél, tan penoso, que si algún alivio tiene es pensar que quiere Dios viva en este
destierro, y an no basta, porque an el alma, con todas esta ganancias, no está tan rendida
en la voluntad de Dios, como se verá adelante, anque no deja de conformarse, mas es
con un gran sentimiento, que no puede más, porque no le han dado más y con muchas
lágrimas; cada vez que tiene oración es esta su pena. En alguna manera, quizá procede
de la muy grande que le da de ver que es ofendido Dios, poco estimado en este mundo,
y de las muchas almas que se pierden, ansí de herejes como de moros; anque las que
más la lastiman son las de los cristianos, que, anque ve es grande la misericordia de
Dios, que por mal que vivan se pueden enmendar y salvarse, teme que se condenan
muchos. ¡Oh, grandeza de Dios, qué pocos años antes estaba esta alma, y an quizá días,
que no se acordaba sino de sí! ¿Quién la ha metido en tan penosos cuidados? Que anque
queramos tener muchos años de meditación tan penosamente como ahora esta alma lo
siente, no lo podremos sentir. Pues, ¡válame Dios!, si muchos días y años yo me procuro
ejercitar en el gran mal que es ser Dios ofendido, y pensar que estos que se condenan
son hijos suyos y hermanos míos, y los peligros en que vivimos, ¿cuán bien nos estará
salir de esta miserable vida, no bastará? Que no, hijas; no es la pena que se siente aquí
como las de acá; que eso bien podríamos, con el favor del Señor, tenerla, pensando
mucho esto; mas no llega a lo íntimo de las entrañas, como aquí, que parece desmenuza
un alma y la muele, sin procurarlo ella, y an a veces sin quererlo. Pues ¿qué es esto?
¿De dónde procede? Yo os lo diré. ¿No habéis oído, que ya aquí lo he dicho otra vez,
anque no a este propósito de la Esposa, que la metió Dios a la bodega del vino, y ordenó
en ella la caridad? Pues esto es que, como aquel alma ya se entrega en sus manos y el
gran amor la tiene tan rendida, que no sabe ni quiere más de que haga Dios lo que
quisiere de ella. Que jamás hará Dios, a lo que yo pienso, esta merced, sino a alma que
ya toma muy por suya; quiere que sin que ella entienda cómo, salga de allí sellada con
su sello; porque verdaderamente el alma allí no hace más que la cera cuando imprime
otro el sello, que la cera no se le imprime a sí; sólo está dispuesta, digo blanda, y an
para esta dispusición tampoco se ablanda ella, sino que se está queda y lo consiente.
¡Oh, bondad de Dios, que todo ha de ser a vuestra costa! Sólo, queréis nuestra voluntad
y que no haya impedimento en la cera.
Pues veis aquí, hermanas, lo que nuestro Dios hace aquí para que esta alma ya se
conozca por suya; da de lo que tiene, que es lo que tuvo su Hijo en esta vida: no nos
puede hacer mayor merced. ¿Quién más debía querer salir desta vida? Y ansí lo dijo su
Majestad en la Cena: -«Con deseo he deseado». Pues ¿cómo, Señor, no se os puso
delante la trabajosa muerte que habéis de morir, tan penosa y espantosa? -No, porque el
grande amor que tengo y deseo de que se salven las almas, sobrepujan sin comparación
a esas penas; y las muy grandísimas que he padecido y padezco, después que estoy en el
mundo, son bastantes para no tener ésas en nada en su comparación. Es ansí que muchas
veces he considerado en esto, y sabiendo yo el tormento que pasa y ha pasado cierta
alma que conozco, de ver ofender a nuestro Señor, tan insufridero que se quisiera
mucho más morir que sufrirlo, y pensando si un alma con tan poquísima caridad
comparada a la de Cristo, que se puede decir casi nenguna en esta comparación, sentía
este tormento tan insufridero, ¿qué sería el sentimiento de nuestro Señor Jesucristo, y
qué vida debía pasar, pues todas las cosas que le eran presentes, y estaba siempre viendo
las grandes ofensas que se hacían a su Padre? Sin duda creo yo que fueron muy mayores
que las de su sacratísima Pasión; porque entonces ya vía el fin de estos trabajos, y con
esto, y con el contento de ver nuestro remedio con su muerte, y demostrar el amor que
tenía a su Padre en padecer tanto por él, moderaría los dolores, como acaece acá a los
que con fuerza de amor hacen grandes penitencias: que no las sienten casi, antes
querrían hacer más y más, y todo se le hace poco. ¿Pues qué sería a su Majestad,
viéndose en tan gran ocasión, para mostrar a su Padre cuán cumplidamente cumplía el
obedecerle, y con el amor del prójimo? ¡Oh, gran deleite padecer en hacer la voluntad
de Dios! Mas en ver tan continuo tantas ofensas a su Majestad hechas, y ir tantas almas
al Infierno, téngolo por cosa tan recia, que creo, si no fuera más de hombre, un día de
aquella pena bastaba para acabar muchas vidas, cuanto más una.
Capítulo tercero
Pues tornemos a nuestra palomica, y veamos algo de lo que Dios da en este estado.
Siempre se entiende que ha de procurar ir adelante en el servicio de nuestro Señor y en
el conocimiento propio; que si no hace más de recibir esta merced, y como cosa ya
segura descuidarse en su vida y torcer el camino del cielo, que son los mandamientos,
acaecerle ha lo que a la que sale del gusano, que echa la simiente para que produzcan
otras, y ella queda muerta para siempre. Digo que echa la simiente, porque tengo para
mí que quiere Dios que no sea dada en balde una merced tan grande, sino que ya no se
aprovecha de ella para sí, aproveche a otros. Porque como queda con estos deseos y
virtudes dichas, el tiempo que dura en el bien, siempre hace provecho a otras almas, y
de su calor les pega calor; y an cuando le tienen ya perdido, acaece quedar con esa gana
de que se aprovechan otras, y gusta de dar a entender las mercedes que Dios hace a
quien le ama y sirve. Yo he conocido persona que le acaecía ansí, que estando muy
perdida gustaba de que se aprovechasen otras con las mercedes que Dios le había hecho,
y mostrarles el camino de oración a las que no lo entendían, y hizo harto provecho,
harto. Después la tornó el Señor a dar la luz. Verdad es que an no tenía los efetos que
quedan dichos. Mas ¿cuántos debe haber que los llama el Señor a el apostolado, como a
Judas, comunicando con ellos, y los llaman para hacer reyes, como Saúl, y después por
su culpa se pierden? De donde sacaremos, hermanas, que para ir mereciendo más y más,
y no perdiéndonos como éstos, la seguridad que podemos tener es la obediencia y no
torcer de la ley de Dios; digo a quien hiciere semejantes mercedes, y an a todos.
Paréceme que queda algo oscura, con cuanto he dicho, esta Morada; pues hay tanta
ganancia de entrar en ella, bien será que no parezca quedan sin esperanza a los que el
Señor no da cosas tan sobrenaturales; pues la verdadera unión se puede muy bien
alcanzar, con el favor de nuestro Señor, si nosotros nos esforzamos a procurarla, con no
tener voluntad, sino atada con lo que fuere la voluntad de Dios. ¡Oh, qué dellos habrá
que digamos esto, y nos parezca que no queremos otra cosa, y moriríamos por esta
verdad, como creo ya he dicho! Pues yo os digo, y lo diré muchas veces, que cuando lo
fuere que habéis alcanzado esta merced del Señor, y ninguna cosa se os dé de estotra
unión regalada que queda dicha, que lo que hay de mayor precio en ella es por proceder
de esta que ahora digo, y por no poder llegar a lo que queda dicho, sino es muy cierta la
unión de estar resinada nuestra voluntad en la de Dios. ¡Oh, qué unión ésta para desear!
Venturosa el alma que la ha alcanzado, que vivirá en esta vida con descanso, y en la otra
también; porque ninguna cosa de los sucesos de la tierra la afligirá si no fuere, si se vee
en algún peligro de perder a Dios, u ver si es ofendido, ni enfermedad, ni pobreza, ni
muerte, si no fuere de quien ha de hacer falta en la Ilesia de Dios, que ve bien esta alma,
que él sabe mejor lo que hace que ella lo que desea. Habéis de notar, que hay penas y
penas; porque algunas penas hay, producidas de presto de la naturaleza; y contentos lo
mesmo, y an de caridad de apiadarse de los prójimos, como hizo nuestro Señor, cuando
resucitó a Lázaro, y no quitan éstas el estar unidos c