A la memoria de AGUEDILLA,
la pobre loca de la calle del Sol
que me mandaba moras y claveles.
Prologuillo
Suele creerse que yo escribí Platero y yo para los niños, que es un libro para niños.
No. En 1913, "La Lectura", que sabía que yo estaba con ese libro, me pidió que adelantase un conjunto de sus páginas más idilicas para su "Biblioteca Juventud". Entonces, alterando la idea momentáneamente, escribí este prólogo:
ADVERTENCIA A LOS HOMBRES QUE LEAN ESTE LIBRO PARA NIÑOS
Este breve libro, en donde la legría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡ qué sé yo para quién ! ...para quien escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡ Qué bien !
"Dondequiera que haya niños - dice Novalis- , existe una edad de oro." Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca. ¡ Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y , a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer ! Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.
VI - LA MIGA
Si tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga,
aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el
burro de las Figuras de cera - el amigo de la Sirenita del Mar, que
aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a
ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento - ; más que el
médico y el cura de Palos, Platero.
Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡ eres tan
grandote y tan poco fino ! ¿ En qué sillita te ibas a sentar tú, en
qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían,
en qué lugar del corro ibas a cantar, di, el Credo ?
No. Doña Domitila - de hábito de Padre Jesús Nazareno,
morado todo con el cordón amarillo, igual que Reyes, el
besuguero - , te tendría, a lo mejor, dos horas de rodillas en un
rincón del patio de los plátanos, o te daría con su larga caña seca
en las manos, o se comería la carne de membrillo de tu merienda,
o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan
calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando
va a llover...
No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores
y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te
pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los
ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas
del río, con dos orejas dobles que las tuyas.
VII - EL LOCO
Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero
negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura
gris de Platero.
Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles, blancas
de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de
los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas,
corren detrás de nosotros, chillando largamente.
- ¡ El loco ! ¡ El loco ! ¡ El loco !
... Delante está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y
puro, de un incendiado añil, mis ojos
- ¡ tan lejos de mis oídos !- se abren noblemente, recibiendo
en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y
divina que vive en el sinfín del horizonte...
Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos,
velados finamente, entrecortados, jadeantes, aburridos...
- ¡ El lo... co ! ¡ El Lo... co !
VIII - JUDAS
¡ No te asustes, hombre ! ¿ Qué te pasa ? Vamos,
quietecito... Es que están matando a Judas, tonto.
Sí, están matando a Judas. Tenían puesto uno en el
Monturrio, otro en la calle de Enmedio, otro, ahí, en el Pozo del
Concejo. Yo los vi anoche, fijos como por una fuerza sobrenatural
en el aire, invisible en la oscuridad la cuerda que, de doblado a
balcón, los sostenía. ¡ Qué grotescas mescolanzas de viejos
sombreros de copa y mangas de mujer, de caretas de ministros y
miriñaques, bajo las estrellas serenas ! Los perros les ladraban sin
irse del todo, y los caballos, recelosos, no querían pasar bajo
ellos...
Ahora las campanas dicen, Platero, que el velo del altar
mayor se ha roto. No creo que haya quedado escopeta en el
pueblo sin disparar a Judas. Hasta aquí llega el olor de la pólvora.
¡ Otro tiro ! ¡ Otro !
... Sólo que Judas, hoy, Platero, es el diputado, o la maestra,
o el forense, o el recaudador, o el alcalde, o la comadrona; y cada
hombre descarga su escopeta cobarde, hecho niño esta mañana
del Sábado Santo, contra el que tiene su odio, en una
superposición de vagos y absurdos simulacros primaverales.
IX - LAS BREVAS
Fue el alba neblinosa y cruda, buena para las brevas, y, con
las seis, nos fuimos a comerlas a la Rica.
Aún, bajo las grandes higueras centenarios, cuyos troncos
grises enlazaban en la sombra fría, como bajo una falda, sus
muslos opulentos, dormitaba la noche; y las anchas hojas - que se
pusieron Adán y Eva- atesoraban un fino tejido de perlillas de
rocío que empalidecía su blanda verdura. Desde allí dentro se
veía, entre la baja esmeralda viciosa, la aurora que rosaba, más
viva cada vez, los velos incoloros del oriente.
... Corríamos, locos, a ver quién llegaba antes a cada
higuera. Rociillo cogió conmigo la primera hoja de una, en un
sofoco de risas y palpitaciones. - Toca aquí. Y me ponía mi mano,
con la suya, en su corazón, sobre el que el pecho joven subía y
bajaba como una menuda ola prisionera - . Adela apenas sabía
correr, gordinflona y chica, y se enfadaba desde lejos. Le arranqué
a Platero unas cuantas brevas maduras y se las puse sobre el
asiento de una cepa vieja, para que no se aburriera.
El tiroteo lo comenzó Adela, enfadada por su torpeza, con
risas en la boca y lágrimas en los ojos. Me estrelló una breva en la
frente. Seguimos Rociillo y yo y, más que nunca por la boca,
comimos brevas por los ojos, por la nariz, por las mangas, por la
nuca, en un griteró agudo y sin tregua, que caía, con las brevas
desapuntadas, en las viñas frescas del amanecer. Una breva le
dio a Platero, y ya fue él blanco de la locura. Como el infeliz no
podía defenderse ni contestar, yo tomé su partido; y un diluvio
blando y azul cruzó el aire puro, en todas direcciones, como una
metralla rápida.
Un doble reír, caído y cansado, expresó desde el suelo el
femenino rendimiento.
X - ¡ ÁNGELUS!
Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas
azules, rosas, blancas, sin color... Diríase que el cielo se deshace
en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros,
las manos...¿ Qué haré yo con tantas rosas ?
¿ Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no
sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja
dulcemente rosado, blanco y celeste - más rosas, más rosas- ,
como un cuadro de Fra Angélico, el que pintaba la gloria de
rodillas ?
De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a
la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se
quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira:
todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más
rosas, más rosas...
Parece, Platero, mientras suena el ángelus, que esta vida
nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro,
más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en
surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya
entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y
que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.
XI - EL MORIDERO
Tú, si te mueres antes que yo, no irás Platero mío, en el
carrillo del pregonero, a la marisma inmensa, ni al barranco del
camino de los montes, como los otros pobres burros, como los
caballos y los perros que no tienen quien que quiera. No serás,
descarnadas y sangrientas tus costillas por los cuervos - tal la
espina de un barco sobre el ocaso grana- , el espectáculo feo de
los viajantes de comercio que van a la estación de San Juan, en el
coche de las seis; ni, hinchado y rígido entre las almejas podridas
de la gavia, el susto de los niños que, temerarios y curiosos, se
asoman al borde de la cuesta, cogiéndose a las ramas, cuando
salen, las tardes de domingo, al otoño, a comer piñones tostados
por los pinares.
Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande
y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al
lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las
niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la
soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en
el naranjal y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz
eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verdones
te pondrán, el la salud perenne de la copa, un breve techo de
música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo de azul constante
de Moguel.
XII - LA PÚA
Entrando, en la dehesa de los Caballos, Platero ha
comenzado a cojear. Me he echado al suelo...
- Pero, hombre, ¿ qué te pasa ?
Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada,
mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el
casco la arena ardiente del camino.
Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón,
su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja.
Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como
un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de
Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al pobre al arroyo
de los lirios amarillos, para que el agua corriente la lama, con su
larga lengua pura, la heridilla.
Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él
detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la
espalda.
XIII - GOLONDRINAS
Ahí la tienes ya, Platero, negrita y vivaracha, en su nido gris
del cuadro de la Virgen de Montemayor, nido respetado siempre.
Está la infeliz como asustada. Me parece que esta vez se han
equivocado las pobres golondrinas, como se equivocaron, la
semana pasada, las gallinas, recogiéndose en su cobijo cuando el
sol de las dos se eclipsó. La primavera tuvo la coquetería de
levantarse este año más temprano, pero ha tenido que guardar de
nuevo, tiritando, su tierna desnudez en el lecho nublado de marzo.
¡ Da pena ver marchitarse, en capullo, las rosa vírgenes del
naranja !
Están ya aquí, Platero, las golondrinas y apenas se las oye,
como otros años, cuando el primer día de llegar lo saludan y lo
curiosean todo, charlando sin tregua en su rizado gorjeo. Le
contaban a las flores lo que habían visto en áfrica, sus dos viajes
por el mar, echadas en el agua, con el ala por vela, o en las jarcias
de los barcos; de otros ocasos, de otras auroras, de otras noches
con estrellas ...
No saben qué hacer. Vuelan mudas, desorientadas, como
andan las hormigas cuando un niño les pisotea el camino. No se
atreven a subir y bajar por la calle Nueva en insistente línea recta
con aquel adornito al fin, ni a entrar en sus nidos de los pozos, ni a
ponerse en los alambres del telégrafo, que el norte hace zumbar,
en su cuadro clásico de carteras, junto a los aisladores blancos... ¡
Se van a morir de frío, Platero !
XIV - LA CUADRA
Cuando, al mediodía, voy a ver a Platero, un transparente
rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata
blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el oscuro suelo,
vagamente verde, que todo lo contagia de esmeralda, el techo
viejo llueve claras monedas de fuego.
Diana, que está echada entre las patas de Platero, viene a
mí, bailarina, y me pone sus manos en el pecho, anhelando
lamerme la boca con su lengua rosa. Subida en lo más alto del
pesebre, la cabra me mira curiosa, doblando la fina cabeza de un
lado y de otro, con una femenina distinción. Entre tanto, Platero,
que, antes de entrar yo, me había ya saludado con un levantado
rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y alegre al mismo tiempo.
Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un
momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio. Luego,
subiéndome a una piedra, miro al campo.
El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y soñolienta, y
en el azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y
dulce, una campana.
XV - EL POTRO CASTRADO
Era negro, con tornasoles granas, verdes y azules, todo de
plata, como los escarabajos y los cuervos. En sus ojos nuevos
rojeaba a veces un fuego vivo, como en el puchero de Ramona, la
castañera de la plaza del Marqués. ¡ Repiqueteo de su trote corto,
cuando de la Friseta de arena, entraba, campeador, por los
adoquines de la calle Nueva ! ¡ Qué ágil, qué nervioso, qué agudo
fue, con su cabeza pequeña y sus remos finos !
Pasó, noblemente, la puerta baja del bodegón, más negro
que él mismo sobre el colorado sol del Castillo, que era fondo
deslumbrante de la nave, suelto el andar, juguetón con todo.
Después, saltando el tronco de pino, umbral de la puerta, invadió
de alegría el corral verde y de estrépito de gallinas, palomos y
gorriones. Allí lo esperaban cuatro hombres, cruzados los velludos
brazos sobre las camisetas de colores. Lo llevaron bajo la
pimienta. Tras una lucha áspera y breve, cariñosa un punto, ciega
luego, lo tiraron sobre el estiércol y, sentados todos sobre él,
Darbón cumplió su oficio, poniendo un fin a su luctuosa y mágica
hermosura.
Thy unus'd beauty must be tomb'd with thee,
Which used, lives th'executor to be,
- dice Shakespeare a su amigo.
... Quedó el potro, hecho caballo, blando, sudoroso,
extenuado y triste. Un solo hombre lo levantó, y tapándolo con una
manta, se lo llevó, lentamente, calle abajo.
¡ Pobre nube vana, rayo ayer, templado y sólido ! Iba como
un libro descuadernado. Parecía que ya no estaba sobre la tierra,
que entre sus herraduras y las piedras, un elemento nuevo lo
aislaba, dejándolo sin razón, igual que un árbol desarraigado, cual
un recuerdo, en la mañana violenta, entera y redonda de
Primavera.
XVI - LA CASA DE ENFRENTE
¡ Qué encanto siempre, Platero, en mi niñez, el de la casa de
enfrente a la mía ! Primero, en la calle de la Ribera, la casilla de
Arreburra, el aguador, con su corral al sur, dorado siempre de sol,
desde donde yo miraba Huelva, encaramándome en la tapia.
Alguna vez me dejaban ir, un momento, y la hija de Arreburra, que
entonces me parecía una mujer y que ahora, ya casada, me
parece como entonces, me daba azamboas y besos... Después,
en la calle Nueva - luego Cánovas, luego Fray Juan Pérez- , la
casa de don José, el dulcero de Sevilla, que me deslumbraba con
sus botas de cabritilla de oro, que ponía en la pita de su patio
cascarones de huevos, que pintaba de amarillo canario con fajas
de azul marino las puertas de su zaguán, que venía, a veces, a mi
casa, y mi padre le daba dinero, y él le hablaba siempre del
olivar... ¡ Cuántas sueños le ha mecido a mi infancia, esa pobre
pimienta que, desde mi balcón, veía yo, llena de gorriones, sobre
el tejado de don José ! - Eran dos pimientas, que no uní nunca:
una, la que veía, copa con viento o sol, desde mi balcón; otra, la
que veía en el corral de don José, desde su tronco...
Las tardes claras, las siestas de lluvia, a cada cambio leve de
cada día o de cada hora, ¡ qué interés, qué atractivo tan
extraordinario, desde mi cancela, desde mi ventana, desde mi
balcón, en el silencio de la calle, el de la casa de enfrente.
XVII - EL NIÑO TONTO
Siempre que volvíamos por la calle de San José, estaba el
niño tonto a la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el
pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños a quienes no
llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño
alegre él y triste de ver; todo para su madre, nada para los demás.
Un día, cuando pasó por la calle blanca aquel mal viento
negro, no vi ya al niño en su puerta. Cantaba un pájaro en el
solitario umbral, y yo me acordé de Curros, padre más que poeta,
que, cuando se quedó sin su niño, le preguntaba por él a la
mariposa gallega:
Volvoreta d'aliñas douradas...
Ahora que viene la primavera, pienso en el niño tonto, que
desde la calle de San José se fue al cielo. Estará sentado en su
sillita, al lado de las rosas únicas, viendo con su ojos, abiertos otra
vez, el dorado pasar de los gloriosos.
XVIII - LA FANTASMA
La mayor diversión de Anilla la Manteca, cuya fogosa y fresca juventud fue manadero sin fin de alegrones, era vestirse de fantasma. Se envolvía toda en una sábana, añadía harina al azucenón de su rostro, se ponía dientes de ajo en los dientes, y cuando, ya después de cenar, soñábamos, medio dormidos, en la salita, aparecía ella de improviso por la escalera de mármol, con un farol encendido, andando lenta, imponente y muda. Era, vestida ella de aquel modo, como si su desnudez se hubiese hecho túnica. Sí. Daba espanto la visión sepulcral que traía de los altos oscuros, pero, al mismo tiempo, fascinaba su blancura sola, con no sé qué plenitud sensual... Nunca olvidaré, Platero, aquella noche de setiembre. La tormenta palpitaba sobre el pueblo hacía una hora, como un corazón malo, descargando agua y pierda entre la desesperadora insistencia del relámpago y del trueno. Rebosaba ya el aljibe e inundaba el patio. Los últimos acompañamientos - el coche de las nueve, las ánimas, el cartero- habían ya pasado... Fui, tembloroso, a beber al comedor, y en la verde blancura de un relámpago, vi el eucalipto de las Velarde - el árbol del cuco, como le decíamos, que cayó aquella noche- , doblado todo sobre el tejado de alpende... De pronto, un espantoso ruido seco, como la sombra de un grito de luz que nos dejó ciegos, conmovió la casa. Cuando volvimos a la realidad, todos estábamos en sitio diferente del que teníamos un momento antes y como solos todos, sin afán ni sentimiento de los demás. Uno se quejaba de la cabeza, otro de los ojos, otro del corazón... Poco a poco fuimos tornando a nuestros sitios. Se alejaba la tormenta... La luna, entre unas nubes enormes que se rajaban de abajo a arriba, encendía de blanco en el patio el agua que todo lo colmaba. Fuimos mirándolo todo. Lord iba y venía a la escalera del corral, ladrando loco. Lo seguimos... Platero; abajo ya, junto a la flor de noche que, mojada, exhalaba un nauseabundo olor, la pobre Anilla, vestida de fantasma, estaba muerta, aún encendido el farol en su mano negra por el rayo.
XIX - PAISAJE GRANA
La cumbre. Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por
sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera. A su
esplendor, el pinar verde se agria, vagamente enrojecido; y las
hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman
el instante sereno de una esencia mojada, penetrante y luminosa.
Yo me quedo extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de
ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de
carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su boca en los
espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por
su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías aguas de
sangre.
El paraje es conocido, pero el momento lo trastorna y lo hace
extraño, ruinoso y monumental. Se dijera, a cada instante, que
vamos a descubrir un palacio abandonado... La tarde se prolonga
más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es
infinita, pacífica, insondable...
- Anda, Platero...
XX - EL LORO
Estábamos jugando con Platero y con el loro, en el huerto de
mi amigo, el médico francés, cuando una mujer joven,
desordenada y ansiosa, llegó, cuesta abajo, hasta nosotros. Antes
de llegar, avanzando el negro ver angustiado a mí, me había
suplicado:
- Zeñorito: ¿ ejtá ahí eze médico ?
Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, a cada
instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres
que traían a otro, lívido y decaído. Era un cazador furtivo de esos
que cazan venados en el coto de Doñana. La escopeta, una
absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había
reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo. Mi amigo se llegó,
cariñoso, al herido, le levantó unos míseros trapos que le habían
puesto, le lavó la sangre y le fue tocando huesos y músculos. De
vez cuando me decía:
- Ce n'est rien...
Caía la tarde. De Huelva llegaba un olor a marisma, a brea, a
pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus
apretados terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el
loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos
redondos.
Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas;
a veces, dejaba oír un ahogado grito. Y el loro:
- Ce n'est rien...
Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...
El pobre hombre:
- ¡ Aaaay !
Y el loro, entre las lilas:
- Ce n'est rien.. Ce n'est rien...
<Tú, Platero, no has subido nunca a la azotea. No puedes
saber qué honda respiración ensancha el pecho, cuando al salir a
ella de la escalerilla oscura de madera, se siente uno quemado en
el sol pleno del día, anegado de azul como al lado mismo del cielo,
ciego del blancor de la cal, con la que, como sabes, se da al suelo
de ladrillo para que venga limpia al aljibe el agua de las nubes.
¡ Qué encanto el de la azotea ! Las campanas de la torre
están sonando en nuestro pecho, al nivel de nuestro corazón, que
late fuerte; se ven brillar, lejos, en las viñas, los azadones, con una
chispa de plata y sol; se domina todo; las otras azoteas, los
corrales, donde la gente, olvidada, se afana, cada uno en lo suyo -
el sillero, el pintor, el tonelero- ; las manchas de arbolado de los
corralones, con el toro o la cabra; el cementerio, a donde a veces,
llega, pequeñito, apretado y negro, un inadvertido entierro de
tercera; ventanas con una muchacha en camisa que se peina,
descuidada, cantando; el río, con un barco que no acaba de
entrar; graneros, donde un músico solitario ensaya el cornetín, o
donde el amor violento hace, redondo, ciego y cerrado, de las
suyas...
La casa desaparece como un sótano. ¡ Qué extraña, por la
montera de cristales, la vida ordinaria de abajo: las palabras, los
ruidos, el jardín mismo, tan bello desde él; tú, Platero, bebiendo en
el pilón, sin verme, o jugando, como un tonto, con el gorrión o la
tortuga !
XXII - RETORNO
Veníamos los dos, cargados, de los montes: Platero, de
almoraduj; yo, de lirios amarillos.
Caía la tarde de abril. Todo lo que en el poniente había sido
cristal de oro, era luego cristal de plata, una alegoría, lisa y
luminosa, de azucenas de cristal. Después, el vasto cielo fue cual
un zafiro transparente, trocado en esmeralda. Yo volvía triste...
Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de refulgentes
azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto
monumental !. Parecía, de cerca, como una Giralda vista de lejos,
y mi nostalgia de ciudades, aguda con la primavera, encontraba
en ella un consuelo melancólico.
Retorno... ¿ adónde ?, ¿ de qué ?, ¿ para qué ?... Pero los
lirios que venían conmigo olían más en la frescura tibia de la
noche que se entraba; olían con un olor más penetrante y, al
mismo tiempo, más vago, que salía de la flor sin verse la flor, flor
de olor sólo, que embriagaba el cuerpo y el alma desde la sombra
solitaria.
- ¡ Alma mía, lirio en la sombra ! - dije. Y pensé, de pronto, en
Platero, que, aunque iba debajo de mí, se me había, como si fuera
mi cuerpo, olvidado.
XXIII - LA VERJA CERRADA
Siempre que íbamos a la bodega del Diezmo, yo daba la
vuelta por la pared de la calle de San Antonio y me venía a la verja
cerrada que da al campo. Ponía mi cara contra los hierros y
miraba a derecha e izquierda, sacando los ojos ansiosamente,
cuanto mi vista podía alcanzar. De su mismo umbral gastado y
perdido entre ortigas y malvas, una vereda sale y se borra,
bajando, en las Angustias. Y, vallado suyo abajo, va un camino
ancho y hondo por el que nunca pasé...
¡ Qué mágico embeleso ver, tras el cuadro de hierros de la
verja, el paisaje y el cielo mismos que fuera de ella se veían ! Era
como si una techumbre y una pared de ilusión quitaran de lo
demás el espectáculo, para dejarlo solo através de la verja
cerrada... Y se veía la carretera, con su puente y sus álamos de
humo, y el horno de ladrillos, y las lomas de Palos, y los vapores
de Huelva, y, al anochecer, las luces del muelle de Riotinto, y el
eucalipto grande y solo de los Arroyos sobre el morado ocaso
último...
Los bodegueros me decían, riendo, que la verja no tenía
llave... En mis sueños, con las equivocaciones del pensamiento
sin cauce, la verja daba a los más prodigiosos jardines, a los
campos más maravillosos... Y así como una vez intenté, fiado en
mi pesadilla, bajar volando la escalera de mármol, fui, mil veces,
con la mañana, a la verja, seguro de hallar tras ella lo que mi
fantasía mezclaba, no sé si queriendo o sin querer, a la realidad...
XXIV - DON JOSÉ, EL CURA
Ya, Platero, va ungido y hablando con miel. Pero la que, en
realidad, es siempre angélica, es su burra, la señora.
Creo que lo viste un día en su huerta, calzones de marinero,
sombrero ancho, tirando palabrotas y guijarros a los chiquillos que
le robaban las naranjas. Mil veces has mirado, los viernes, al
pobre Baltasar, su casero, arrastrando por los caminos la
quebradura, que parece el globo del circo, hasta el pueblo, para
vender sus míseras escobas o para rezar con los pobres por los
muertos de los ricos...
Nunca oí hablar más mal a un hombre ni remover con sus
juramentos más alto el cielo. Es verdad que él sabe, sin duda, o al
menos así lo dice en su misa de las cinco, dónde y cómo está allí
cada cosa... El árbol, el terrón, el agua, el viento, la candela, todo
esto tan gracioso, tan blando, tan fresco, tan puro, tan vivo, parece
que son para él ejemplo de desorden, de dureza, de frialdad, de
violencia, de ruina. Cada día, las piedras todas del huerto reposan
la noche en otro sitio, disparadas, en furiosa hostilidad, contra
pájaros y lavanderas, niños y flores.
A la oración, se trueca todo. El silencio de don José se oye
en el silencio del campo. Se pone sotana, manteo y sombrero de
teja, y casi sin mirada, entra en el pueblo oscuro, sobre su burra
lenta, como Jesús en la muerte...
XXV - LA PRIMAVERA
¡ Ay, qué relumbres y olores!
¡ Ay, cómo rien los prados!
¡ Ay, qué alboradas se oyen!
Romance Popular
En mi duermevela matinal, me malhumora una endiablada
chillería de chiquillos. Por fin, sin poder dormir más, me echo,
desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la
ventana abierta, me doy cuenta de que los que alborotan son los
pájaros.
Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡ Libre
concierto de picos, fresco y sin fin ! La golondrina riza, caprichosa,
su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de
fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz
ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino
grande, los gorriones discuten desaforadamente.
¡ Cómo está la mañana ! El sol pone en la tierra su alegría de
plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes,
entre las flores, por la casa - ya dentro, ya fuera- , en el manantial.
por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un
hervidero de vida sana y nueva.
Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz,
que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.
XXVI - EL ALJIBE
Míralo; está lleno de las ultimas lluvias, Platero. No tiene eco,
ni se ve, allá en su fondo, como cuando está bajo, el mirador con
sol, joya policroma tras los cristales amarillos y azules de la
montera.
Tú no has bajado nunca al aljibe, Platero. Yo sí; bajé cuando
lo vaciaron, hace años. Mira; tiene una galería larga, y luego un
cuarto pequeñito. Cuando entré en él, la vela que llevaba se me
apagó y una salamandra se me puso en la mano. Dos fríos
terribles se cruzaron en mi pecho cual dos espadas que se
cruzaran como dos fémures bajo una calavera... Todo el pueblo
está socavado de aljibes y galerías, Platero. El aljibe más grande
es el del patio del Salto del Lobo, plaza de la ciudadela antigua del
Castillo. El mejor es éste de mi casa que, como ves, tiene el brocal
esculpido en una pieza sola de mármol alabastrino. La galería de
la Iglesia va hasta la viña de los Puntales y allí se abre al campo,
junto al río. La que sale del Hospital nadie se ha atrevido a
seguirla del todo, porque no acaba nunca...
Recuerdo, cuando era niño, las noches largas de lluvia, en
que me desvelaba el rumor sollozante del agua redonda que caía,
de la azotea, en el aljibe... Luego, a la mañana, íbamos, locos, a
ver hasta dónde había llegado el agua. Cuando estaba hasta la
boca, como está hoy, ¡ qué asombro, qué gritos, qué admiración !
... Bueno, Platero. Y ahora voy a darte un cubo de esta agua
pura y fresquita, el mismo cubo que se bebía de una vez Villegas,
el pobre Villegas, que tenía el cuerpo achicharrado ya del coñac y
del aguardiente...
XXVII - EL PERRO SARNOSO
Venía, a veces, flaco y anhelante, a la casa del huerto. El
pobre andaba siempre huido, acostumbrado a los gritos y a las
pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba
otra vez, en el sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.
Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el
guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la
escopeta, disparó contra él. No tuvo tiempo de evitarlo. El mísero,
con el tiro el las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en
un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo un acacia.
Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana,
temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda,
arrepentido quizás, daba largas razones no sabía a quién,
indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un
velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo
pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado.
Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban, más
reciamente cada vez hacia la tormenta, en el hondo silencio
aplastante que la siesta tendía por el campo aún de oro, sobre el
perro muerto.
XXVIII - REMANSO
Espérate, Platero... O pace un rato en ese prado tierno, si lo
prefieres. Pero déjame ver a mí este remanso bello, que no veo
hace tanto años...
Mira cómo el sol, pasando su agua espesa, le alumbra la
honda belleza verdeoro, que los lirios de celeste frescura de la
orilla contemplan extasiados... Son escaleras de terciopelo,
bajando en repetido laberinto; grutas mágicas con todos los
aspectos ideales que una mitología de ensueño trajese a la
desbordada imaginación de un pintor interno; jardines venustianos
que hubiera creado la melancolía permanente de una ruina loca
de grandes ojos verdes; palacios en ruinas, como aquel que vi en
aquel mar de la tarde, cuando el sol poniente hería, oblicuo, el
agua baja... Y más, y más, y más; cuanto el sueño más difícil
pudiera robar, tirando a la belleza fugitiva de su túnica infinita, al
cuadro recordado de una hora de primavera con dolor, en un
jardín de olvido que no existiera del todo... Todo pequeñito, pero
inmenso, porque parece distante; clave de sensaciones
innumerables, tesoro del mago más viejo de la fiebre...
Este remanso, Platero, era mi corazón antes. Así me lo
sentía, bellamente envenenado, en su soledad, de prodigiosas
exuberancias detenidas... Cuando el amor humano lo hirió,
abriéndole su dique, corrió la sangre corrompida, hasta dejarlo
puro, limpio y fácil, como el arroyo de los Llanos, Platero, en la
más abierta dorada y caliente hora de abril.
A veces, sin embargo, una pálida mano antigua me lo trae a
su remanso de antes, verde y solitario, y allí lo deja encantado,
fuera de él, respondiendo a las llamadas claras, «por endulzar su
pena», como Hylas a Alcides en el idilio de Chénier, que ya te he
leído, con una voz «desentendida y vana»...
XXIX - IDILIO DE ABRIL
Los niños han ido con Platero al arroyo de los chopos, y
ahora lo traen trotando, entre juegos sin razón y risas
desproporcionadas, todo cargado de flores amarillas. Allá abajo
les ha llovido - aquella nube fugaz que veló el prado verde con sus
hilos de oro y plata, en los que tembló, como en una lira de llanto,
el arco iris- . Y sobre la empapada lana del asnucho, las
campanillas mojadas gotean todavía.
¡ Idilio fresco, alegre, sentimiental ! ¡ Hasta el rebuzno de
Platero se hace tierno bajo la dulce carga llovida ! De cuando en
cuando, vuelve la cabeza y arranca las flores a que su bocota
alcanza. Las campanillas, níveas y gualdas, le cuelgan, un
momento, entre el blanco babear verdoso y luego se le van a la
barrigota cinchada. ¡ Quién, como tú, Platero, pudiera comer
flores..., y que no le hicieran daño !
¡ Tarde equívoca de abril !... Los ojos brillantes y vivos de
Platero copian toda la hora de sol y lluvia en cuyo ocaso, sobre el
campo de San Juan, se ve llover, deshilachada, otra nube rosa.
XXX - EL CANARIO VUELA
Un día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su
jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que
yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre
o de frío, o de que se lo comieran los gatos.
Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto en el
pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la
mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves
vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero, holgaba junto a los
rosales, jugando con una mariposa.
A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y
allí se quedó largo tiempo, latiendo en el tibio sol que declinaba.
De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula,
otra vez alegre.
¡ Qué alborozo en el jardín ! Los niños saltaban, tocando las
palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los
seguía, ladránadole a su propia y riente campanilla; Platero,
contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo,
hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y
poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y suave...
XXXI - EL DEMONIO
De pronto, con un duro y solitario trote, doblemente sucio en
una alta nube de polvo, aparece, por la esquina del Trasmuro, el
burro. Un momento después, jadeantes, subiéndose los caídos
pantalones de andrajos, que les dejan fuera las oscuras barrigas,
los chiquillos, tirándole rodrigones y pierdas...
Es negro, grande, viejo, huesudo - otro arcipreste- , tanto,
que parece que se le va a agujerear la piel sin pelo por doquiera.
Se para y, mostrando unos dientes amarillos, como habones,
rebuzna a lo alto ferozmente, con una energía que no cuadra a su
desgarbada vejez... ¿ Es un burro perdido ? ¿ No lo conoces,
Platero ? ¿ Qué querrá ? ¿ De quién vendrá huyendo, con ese
trote desigual y violento ?
Al verlo, Platero hace cuerno, primero, ambas orejas con una
sola punta, se las deja luego una en pie y otra descolgada, y se
viene a mí, y quiere esconderse en la cuneta, y huir, todo a un
tiempo. El burro negro pasa a su lado, le da un rozón, le tira la
albarda, lo huele, rebuzna contra el muro del convento y se va
trotando, Trasmuro abajo...
... Es en el calor, un momento extraño de escalofrío - ¿ mío,
de Platero ?- en el que las cosas parecen trastornadas, como si la
sombra baja de un paño negro ante el sol ocultarse, de pronto, la
soledad deslumbradora del recodo del callejón, en donde el aire,
súbitamente quieto, asfixia... Poco a poco, lo lejano nos vuelve a
lo real. Se oye, arriba, el vocerío mudable de la plaza del Pescado,
donde los vendedores que acaban de llegar de la Ribera exaltan
sus asedías, sus salmonetes, sus brecas, sus mojarras, sus
bocas; la campana de vuelta, que pregona el sermón de mañana;
el pito del amolador...
Platero tiembla aún, de vez en cuando, mirándome,
acoquinado, en la quietud muda en que nos hemos quedado los
dos, sin saber por qué...
- Platero; yo creo que ese burro no es un burro...
Y Platero, mudo, tiembla de nuevo todo él de un solo
temblor, blandamente ruidoso, y mira, huido, hacia la gavia, hosca
y bajamente...
XXXII - LIBERTAD
Llamó mi atención, perdida por las flores de la vereda, un
pajarillo lleno de luz, que, sobre el húmedo prado verde, abría sin
cesar su preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo
delante, Platero detrás. Había por allí un bebedero umbrío, y unos
muchachos traidores le tenían puesta una red a los pájaros. El
triste reclamillo se levantaba hasta su pena, llamando, sin querer,
a sus hermanos del cielo.
La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del
pinar vecino un leve concierto de trinos exaltados, que venía y se
alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento marero que ondulaba
las copas. ¡ Pobre concierto inocente, tan cerca del mal corazón !
Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en
un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la sombría cúpula
frondosa, batí palmas, canté, grité. Platero, contagiado, rebuznaba
una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían, hondos y
sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron
a otro pinar, cantando.
Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos
violentos, rozaba su cabezota peluda contra mi corazón, dándome
las gracias hasta lastimarme el pecho.
XXXIII - LOS HÚNGAROS
Míralos, Platero, tirados en todo su largor, cómo tienden los
perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera.
La muchacha, estatua de fango, derramada su abundante
desnudez de cobre entre el desorden de sus andrajos de lanas
granas y verdes, arranca la hierbaza seca a que sus manos,
negras como el fondo de un puchero, alcanzan. La chiquilla, pelos
toda, pinta en la pared, con cisco, alegorías obscenas. El chiquillo
se orina en su barriga como una fuente en su taza, llorando por
gusto. El hombre y el mono se rascan, aquél la greña,
murmurando, y éste las costillas, como si tocase una guitarra.
De vez en cuando, el hombre se incorpora, se levanta luego,
se va al centro de la calle y golpea con indolente fuerza el
pandero, mirando un balcón. La muchacha, pateada por el
chiquillo, canta, mientras jura desgarradamente, una desentonada
monotonía. Y el mono, cuya cadena pesa más que él, fuera de
punto, sin razón, da una vuelta de campana y luego se pone a
buscar entre los chinos de la cuenta uno más blando.
Las tres... El coche de la estación se va, calle Nueva arriba.
El sol, solo.
- Ahí tienes, Platero, el ideal de familia de Amaro... Un
hombre como un roble, que se rasca; una mujer, como una parra,
que se echa; dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza, y un
mono, pequeño y débil como el mundo, que les da de comer a
todos, cogiéndose las pulgas...
XXXIV - LA NOVIA
El claro viento del mar sube por la cuesta roja, llega al prado
del cabezo, ríe entre las tiernas florecillas blancas; después, se
enreda por los pinetes sin limpiar y mece, hinchándolas como
velas sutiles, las encendidas telarañas celestes, rosas, de oro...
Toda la tarde es ya viento marino. Y el sol y el viento ¡ dan un
blando bienestar al corazón !
Platero me lleva, contento, ágil, dispuesto. Se dijera que no
le peso. Subimos, como si fuésemos cuesta abajo, a la colina. A lo
lejos, una cinta de mar, brillante, incolora, vibra, entre los últimos
pinos, en un aspecto de paisaje isleño. En los prados verdes, allá
abajo, saltan los asnos trabados, de mata en mata.
Un estremecimiento sensual vaga por las cañadas. De
pronto, Platero yergue las orejas, dilata las levantadas narices,
replegándolas hasta los ojos y dejando ver las grandes
habichuelas de sus dientes amarillos. Está respirando largamente,
de los cuatro vientos, no sé qué honda esencia que debe transirle
el corazón. Sí. Ahí tiene ya, en otra colina, fina y gris sobre el cielo
azul, a la amada. Y dobles rebuznos, sonoros y largos, desbaratan
con su trompetería la hora luminosa y caen luego en gemelas
cataratas.
He tenido que contrariar los instintos amables de mi pobre
Platero. La bella novia del campo lo ve pasar, triste como él, con
sus ojazos de azabache cargados de estampas... ¡ Inútil pregón
misterioso, que ruedas brutalmente, como un instinto hecho carne
libre, por las margaritas !
Y Platero trota indócil, intentando a cada instante volverse,
con un reproche en su refrenado trotecillo menudo:
- Parece mentira, parece mentira, parece mentira...
XXXV - LA SANGUIJUELA
Espera. ¿ Qué es eso, Platero ? ¿ Qué tienes ?
Platero está echando sangre por la boca. Tose y va
despacio, más cada vez. Comprendo todo en un momento. Al
pasar esta mañana por la fuente de Pinete, Platero estuvo
bebiendo en ella. Y, aunque siempre bebe en lo más claro y con
los dientes cerrados, sin duda una sanguijuela se le ha agarrado a
la lengua o al cielo de la boca...
- Espera, hombre. Enseña...
Le pido ayuda a Raposo, el aperador, que baja por allí del
Almendral, y entre los dos intentamos abrirle a Platero la boca.
Pero la tiene como trabada con hormigón romano. Comprendo con
pena que el pobre Platero es menos inteligente de lo que yo me
figuro... Raposo coge un rodrigón gordo, lo parte en cuatro y
procura atravesarle un pedazo a Platero entre las quijadas... No es
fácil la empresa. Platero alza la cabeza al cenit levantándose
sobre las patas, huye, se revuelve... Por fin, en un momento
sorprendido, el palo entra de lado en la boca de Platero. Raposo
se sube en el burro y con las dos manos tira hacia atrás de los
salientes del palo para que Platero no lo suelte.
Si, allá adentro tiene, llena y negra, la sanguijuela. Con dos
sarmientos hechos tijera se la arranco...Parece un costalillo de
almagra o un pellejillo de vino tinto; y, contra el sol, es como el
moco de un pavo irritado por un paño rojo. Para que no saque
sangre a ningún burro más, la corto sobre el arroyo, que en un
momento tiñe de la sangre de Platero la espumela de un breve
torbellino...
XXXVI - LAS TRES VIEJAS
Súbete aquí en el vallado, Platero. Anda, vamos a dejar que
pasen esas pobres viejas...
Deben venir de la playa o de los montes. Mira. Una es ciega
y las otras dos la traen por los brazos. Vendrán a ver a dos Luis, el
médico, o al hospital... Mira qué despacito andan, qué cuido, qué
mesura ponen las dos que ven en su acción. Parece que las tres
temen a la misma muerte. ¿ Ves cómo adelantan las manos cual
para detener el aire mismo, apartando peligros imaginarios, con
mimo absurdo, hasta las más leves ramitas en flor, Platero ?
Que te caes, hombre... Oye qué lamentables palabras van
diciendo. Son gitanas. Mira sus trajes pintorescos, de lunares y
volantes. ¿ Ves ? Van a cuerpo, no caída, a pesar de la edad, su
esbeltez.Renegridas, sudorosas, sucias, perdidas en el polvo con
sol del mediodía, aún una flaca hermosura recia las acompaña,
como un recuerdo seco y duro...
Míralas a las tres, Platero. ¡ Con qué confianza llevan la
vejez a la vida, penetradas por la primavera esta que hace florecer
de amarillo el cardo en la vibrante
dulzura de su hervoroso sol
!
Te he dicho, Platero que el alma de Moguer es el vino, ¿
verdad ? No; el alma de Moguer es el pan. Moguer es igual que un
pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y dorado en
torno - ¡ oh sol moreno !- como la blanda corteza.
A mediodía, cuando el sol quema más, el pueblo entero
empieza a humear y a oler a pino y a pan calentito. A todo el
pueblo se le abre la boca. Es como una gran boca que come un
gran pan. El pan se entra en todo: en el aceite, en el gazpacho, en
el queso y la uva, para dar sabor a beso, en el vino, en el caldo,
en el jamón, en él mismo, pan con pan. También solo, como la
esperanza, o con una ilusión...
Los panaderos llegan trotando en sus caballos, se paran en
cada puerta entornada, tocan las palmas y gritan: "¡ El panaderooo
!"... Se oye el duro ruido tierno de los cuarterones que, al caer en
los canastos que brazos desnudos levantan, chocan con los
bollos, de las hogazas con las roscas...
Y los niños pobres llaman, al punto, a las campanillas de la
cancelas o a los picaportes de los portones, y lloran largamente
hacia adentro: ¡ Un poquiiito paaan !...
XXXIX - AGLAE
¡ Qué reguapo estás hoy, Platero ! Ven aquí... ! Buen jaleo te
ha dado esta mañana la Macaria ! Todo lo que es blanco y todo lo
que es negro en ti luce y resalta como el día y como la noche
después de la lluvia. ¡ Qué guapo estás, Platero !
Platero, avergonzado un poco de verse así, viene a mí, lento,
mojado aún de su baño, tan limpio que parece una muchacha
desnuda. La cara se le ha aclarado, igual que un alba, y en ella
sus ojos grandes destellan vivos, como si la más joven de las
Gracias les hubiera prestado ardor y brillantez.
Se lo digo, y en un súbito entusiasmo fraternal, le cojo la
cabeza, se la revuelvo en cariñoso apretón, le hago cosquillas...
él, bajos los ojos, se defiende blandamente con las orejas, sin irse,
o se liberta, en breve correr, para pararse de nuevo en seco, como
un perrillo juguetón.
- ¡ Qué guapo estás, hombre ! - le repito.
Y Platero, lo mismo que un niño pobre que estrenara un traje,
corre tímido, hablándome, mirándome en su huida con el regocijo
de las orejas, y se queda, haciendo que come unas campanillas
coloradas, en la puerta de la cuadra.
Aglae, la donadora de bondad y de hermosura, apoyada en
el peral que ostenta triple copa de hojas, de peras y de gorriones,
mira la escena sonriendo, casi invisible en la trasparencia del sol
matinal.
XL - EL PINO DE LA CORONA
Dondequiera que paro, Platero, me parece que paro bajo el
pino de la Corona. A donde quiera que llego - ciudad, amor, gloriame
parece que llego a su plenitud verde y derramada bajo el gran
cielo azul de nubes blancas. Es el faro rotundo y claro en los
mares difíciles de mi sueño, como lo es de los marineros de
Moguer en las tormentas de la barra; segura cima de mis días
difíciles, en lo alto de su cuesta roja y agria, que toman los
mendigos, camino de Sanlúcar.
¡ Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo !
Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único
que ha sido mayor cada vez. Cuando le cortaron aquella rama que
el huracán le tronchó, me pereció que me habían arrancado un
miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de
improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.
La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y
como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han
descansado razas y razas por siglos, como sobre el agua, bajo el
cielo y en la nostalgia de mi corazón. Cuando, en el descuido de
mis pensamientos, las imágenes arbitrarias se colocan donde
quieren, o en estos instantes en que hay cosas que se ven cual en
una visión segunda y a un lado de lo distinto, el pino de Colona,
transfigurado en no sé qué cuando de eternidad, se me presenta,
más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a
descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi
viaje por la vida.
XLI - DARBÓN
Darbón, el médico de Platero, es grande como el buey pío,
rojo como una sandía. Pesa once arrobas. Cuenta, según él, tres
duros de edad.
Cuando habla, le faltan notas, cual a los pianos viejos; otras
veces, en lugar de palabra, le sale un escape de aire. Y estas
pifias llevan un acompañamiento de inclinaciones de cabeza, de
manotadas ponderativas, de vacilaciones chochas, de quejumbres
de garganta y salivas en el pañuelo, que no hay más que pedir. Un
amable concierto para antes de le cena.
No le queda muela ni diente y casi sólo come migajón de
pan, que ablanda primero en la mano. Hace una bola y ¡ a la boca
roja ! Allí la tiene, revolviéndola, una hora. Luego otra bola, y otra.
Masca con las encías, y la barba le llega, entonces, a la aguileña
nariz.
Digo que es grande como el buey pío. En la puerta del
banco, tapa la casa. Pero se enternece, igual que un niño, con
Platero. Y si ve una flor o un pajarillo, se ríe de pronto, abriendo
toda su boca, con una gran risa sostenida, cuya velocidad y
duración él no puede regular, y que acaba siempre en llanto.
Luego, ya sereno, mira largamente del lado del cementerio viejo:
- Mi niña, mi pobrecita niña...
XLII - EL NIÑO Y EL AGUA
En la sequedad estéril y abrasada de sol del gran corralón
polvoriento que, por despacio que se pise, lo llena a uno hasta los
ojos de su blanco polvo cernido, el niño está con la fuente, en
grupo franco y risueño, cada uno con su alma. Aunque no hay un
solo árbol, el corazón se llena, llegando, de un nombre, que los
ojos repiten escrito en el cielo azul Prusia con grandes letras de
luz: Oasis.
Ya la mañana tiene color de siesta y la chicharra sierra su
olivo, en el corral de San Francisco. El sol le da al niño en la
cabeza; pero él, absorto en el agua, no lo siente. Echado en el
suelo, tiene la mano bajo el chorro vivo, y el agua le pone en la
palma un tembloroso palacio de frescura y de gracia que sus ojos
negros contemplan arrobados. Habla solo, sobre su nariz, se
rasca aquí y allá entre sus harapos, con la otra mano. El palacio,
igual siempre y renovado a cada instante, vacila a veces. Y el niño
se recoge entonces, se aprieta, se sume en sí, para que ni ese
latido de la sangre que cambia, con un cristal movido solo, la
imagen tan sensible de un calidoscopio, le robe al agua la
sorprendida forma primera.
- Platero, no sé si entenderás o no lo que te digo: pero ese
niño tiene en su mano mi alma.
XLIII - AMISTAD
Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me lleva
siempre adonde quiero.
Sabe Platero que, al llegar al pino de la Corona, me gusta
acercarme a su tronco y acariciárselo, y mirar el cielo al través de
su enorme y clara copa; sabe que me deleita la veredilla que va,
entre céspedes, a la Fuente vieja; que es para mí una fiesta ver el
río desde la colina de los pinos, evocadora, con su bosquecillo
alto, de parajes clásicos. Como me adormile, seguro, sobre él, mi
despertar se abre siempre a uno de tales amables espectáculos.
Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se torna
fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo
engaño, lo hago rabiar... él comprende bien que lo quiero, y no me
guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he
llegado a creer que sueña mis propios sueños.
Platero se me ha rendido como una adolescente apasionada.
De nada protesta. Sé que soy su felicidad. Hasta huye de los
burros y de los hombres...
XLIV - LA ARRULLADORA
La chiquilla del carbonero, bonita y sucia cual una moneda,
bruñidos los negros ojos y reventando sangre los labios prietos
entre la tizne, está a la puerta de la choza, sentada en una teja,
durmiendo al hermanito.
Vibra la hora de mayo, ardiente y clara como un sol por
dentro. En la paz brillante, se oye el hervor de la olla que cuece en
el campo, la brama de la dehesa de los Caballos, la alegría del
viento del mar en la maraña de los eucaliptos.
Sentida y dulce, la carbonera canta:
Mi niiiño se va a dormiii
en graaasia de la Pajtoraaa...
Pausa. El viento en las copas...
... y pooor dormirse mi niñooo,
se duermeee la arruyadoraaa...
El viento... Platero, que anda, manso, entre los pinos
quemados, se llega, poco a poco... Luego se echa en la tierra
fosca y, a la larga copla de madre, se adormila, igual que un niño.
XLV - EL ÁRBOL DEL CORRAL
Este árbol, Platero, esta acacia que yo mismo sembré, verde
llama que fue creciendo, primavera tras primavera, y que ahora
mismo nos cubre con su abundante y franca hoja pasada de sol
poniente, era, mientras viví en esta casa, hoy cerrada, el mejor
sostén de mi poesía. Cualquier rama suya, engalanada de
esmeralda por abril o de oro por octubre, refrescaba, sólo con
mirarla un punto, mi frente, como la mano más pura de una musa.¡
Qué fina, qué grácil, qué bonita era !
Hoy Platero es dueña casi de todo el corral. ¡ Qué basta se
ha puesto ! No sé si se acordará de mí. A mí me parece otra. En
todo este tiempo en que la tenía olvidada, igual que si no
existiese, la primavera la ha ido formando, año tras año, a su
capricho, fuera del agrado de mi sentimiento.
Nada me dice hoy, a pesar de ser árbol, y árbol puesto por
mí. Un árbol cualquiera que por primera vez acariciamos, nos
llena, Platero, de sentido el corazón. Un árbol que hemos amado
tanto, que tanto hemos conocido, no nos dice nada vuelto a ver,
Platero. Es triste; más es inútil decir más. No, no puedo mirar ya
en esta fusión de la acacia y el ocaso, mi lira colgada. La rama
graciosa no me trae el verso, ni la iluminación interna de la copa el
pensamiento. Y aquí, a donde tantas veces vine de la vida, con
una ilusión de soledad musical, fresca y olorosa, estoy mal, y
tengo frío, y quiero irme, como entonces del casino, de la botica o
del teatro, Platero.
XLVI - LA TÍSICA
Estaba derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual
un nardo ajado, en medio de la encalada y fría alcoba. Le había
mandado el médico salir al campo, a que le diera el sol de aquel
mayo helado; pero la pobre no podía.
- Cuando yego ar puente - me dijo- , ¡ ya v'usté, zeñorito, ahí
ar lado que ejtá !, máhogo...
La voz pueril, delgada y rota, se le caía, cansada, como se
cae, a veces, la brisa en el estío.
Yo le ofrecí a Plateo para que diese un paseíto. Subida en él,
¡ qué risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y
dientes blancos !
... Se asomaban las mujeres a las puertas a vernos pasar.
Iba Platero despacio, como sabiendo que llevaba encima un frágil
lirio de cristal fino. La niña, con su hábito cándido de la Virgen de
Montemayor, lazado de grana, transfigurada por la fiebre y la
esperanza, parecía un ángel que cruzaba el pueblo, camino del
cielo del sur.
XLVII - EL ROCÍO
Platero - le dije- ; vamos a esperar las Carretas. Traen el
rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las
ánimas, la frescura de las Madres y de los Frenos, el olor de la
Rocina...
Me lo llevé, guapo y lujoso, a que piropeara a las muchachas
por la calle de la Fuente, en cuyos bajos aleros de cal se moría,
en una vaga cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos
pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el
camino de los Llanos.
Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de
los Rocíos caía sobre las viñas, de una pasajera nube malva. Pero
la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.
Pasaron, primero, en burros, mulas y caballos ataviados a la
moruna y la crin trenzada, las alegres parejas de novios, ellos
alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se
alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía
luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado.
Detrás, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con las
muchachas, morenas, duras y floridas, sentadas bajo el dosel,
repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más
burros... Y el mayordomo - ¡ Viva la Virgen del Rocíoooo ! ¡
Vivaaaaa !- calvo, seca y rojo, el sombrero ancho a la espalda y la
vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado
por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus
frontales de colorinas y espejos, en los que chispeaba el trastorno
del sol mojado, cabeceando con la desigual tirada de la yunta, el
Sin Pecado, amatista y de plata en su carro blanco, todo en flor,
como un cargado jardín mustio.
Se oía ya la música, ahogada entre el campaneo y los
cohetes negros y el duro herir de los cascos herrados en las
piedras...
Platero, entonces, dobló sus manos, y, como una mujer, se
arrodilló - ¡ una habilidad suya !- , blando, humilde y consentido.
XLVIII - RONSARD
Libre ya Platero del cabestro, y paciendo entre las castas
margaritas del pradecillo, me he echado yo bajo un pino, he
sacado de la alforja moruna un breve libro, y, abriéndolo por una
señal, me he puesto a leer en alta voz:
Comme on voit sur la blanche au mois de maii la
rose
En sa belle jeunesse, en sa premiere fleur,
Rendre le ciel jaloux de...
Arriba, por las ramas últimas, salta y pía un leve pajarillo, que
el sol hace, cual toda la verde cima suspirante, de oro. Entre vuelo
y gorjeo, se oye el partirse de las semillas que el pájaro se está
almorzando.
... jaloux de sa vive couleur,
Una cosa enorme y tibia avanza, de pronto, como una proa
viva, sobre mi hombro... Es Platero, que, sugestionado, sin duda,
por la lira de Orfeo, viene a leer conmigo. Leemos:
... vive couleur,
Quand l'aube de ses pleurs au point du jour l'a...
Pero el pajarillo, que debe digerir aprisa, tapa la palabra, con
una nota falsa.
Ronsard, olvidado un instante de su soneto «Quand en
songeant ma follatre j'accolle»..., se debe haber reído en el
infierno...
XLIX - EL TÍO DE LAS VISTAS
De pronto, sin matices, rompe el silencio de la calle el seco
redoble de un tamborcillo. Luego, una voz cascada tiembla un
pregón jadeoso y largo. Se oyen carreras, calle abajo... Los
chiquillos gritan: ¡ El tío de las vistas ! ¡ Las vistas ! ¡ Las vistas !
En la esquina, una pequeña caja verde con cuatro banderitas
rosas, espera sobre su catrecillo, la lente al sol. El viejo toca el
tambor. Un grupo de chiquillos sin dinero, las manos en el bolsillo
o a la espalda, rodean, mudos, la cajita. A poco, llega otro
corriendo, con su perra en la palma de la mano. Se adelanta, pone
sus ojos en la lente...
- ¡ Ahooora se verá... al general Prim... en su caballo
blancoooo... ! - dice el viejo forastero con fastidio, y toca el tambor.
- ¡ El puerto... de Barcelonaaaa... ! - y más redoble.
Otros niños van llegado con su perra lista, y la adelantan al
punto al viejo, mirándolo absortos, dispuestos a comprar su
fantasía. El viejo dice:
- ¡ Ahooora se verá... el castillo de la Habanaaaa ! - y toca el
tambor.
Platero, que se ha ido con la niña y el perro de enfrente a ver
las vistas, mete su cabezota por entre las de los niños, por jugar.
El viejo, con un súbito buen humor, le dice: ¡ Venga tu perra !
Y los niños sin dinero se ríen todos sin ganas, mirando al
viejo con una humilde solicitud aduladora...
L - LA FLOR DEL CAMINO
¡ Qué pura, Platero, y qué bella esta flor del camino ! Pasan a
su lado todos tropeles - los toros, las cabras, los potros, los
hombres- , y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y
fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna.
Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú
la has visto en su puesto verde. Ya tiene su lado un pajarillo, que
se levanta - ¿ por qué ?- al acercarnos; o está llena, cual una
breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el
robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa.
Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo
podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como
una primavera de mi vida... ¿ Qué le diera yo al otoño, Platero, a
cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el
ejemplo sencillo y sin término de la nuestra ?
LI - LORD
No sé si tú, Platero, sabrás ver una fotografía. Yo se las he
enseñado a algunos hombres del campo y no veían nada en ella.
Pues éste es Lord, Platero, el perrillo foxterrier de que a veces te
he hablado. Míralo. Está ¿ lo ves ? en un cojín de los del patio de
mármol, tomando, entre las macetas de geranios, el sol de
invierno.
¡ Pobre Lord ! Vino de Sevilla cuando yo estaba allí pintando.
Era blanco, casi incoloro de tanta luz, pleno como un muslo de
dama, redondo e impetuoso como el agua en la boca de la caño.
Aquí y allá, mariposas posadas, unos toques negros. Sus ojos
brillantes eran dos breves inmensidades de sentimientos de
nobleza. Tenían vena de loco. A veces, sin razón, se ponía a dar
vueltas vertiginosas entre las azucenas del patio de mármol, que
en mayo lo adornan todo, hojas, azules, amarillas de los cristales
traspasados del sol de la montera, como los palomos que pinta
don Camilo... Otras se subía a los tejados y promovía un alboroto
piador en los nidos de los aviones... La Macaria lo enjabonaba
cada mañana y estaba tan radiante siempre como las almenas de
la azotea sobre el cielo azul, Platero.
Cuando se murió mi padre, pasó toda la noche velándolo
junto a la caja. Una vez que mi madre se puso mala, se echó a los
pies de su cama y allí se pasó un mes sin comer ni beber...
Vinieron a decir un día mi casa que un perro rabioso lo había
mordido... Hubo que llevarlo a la bodega del Castillo y atarlo allí al
naranjo, fuera de la gente.
La mirada que dejó atrás por la callejilla cuando se lo
llevaban sigue agujereando mi corazón como entonces, Platero,
igual que la luz de una estrella muerta, viva siempre, sobre
pasando su nada con la exaltada intensidad de su doloroso
sentimiento... Cada vez que un sufrimiento material me punza el
corazón, surge ante mí, larga como la vereda de la vida a la
eternidad, digo, del arroyo al pino de la Corona, la mirada que
Lord dejó en él para siempre cual una huella macerada.
LII - EL POZO
¡ El pozo !... Platero, ¡ qué palabra tan honda, tan verdinegra,
tan fresca, tan sonora ! Parece que es la palabra la que taladra,
girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.
Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al
alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una
flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el
nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de
esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una pierda a su quietud, se
enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.
(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo,
adornada de volubles estrellas. ¡ Silencio ! Por los caminos se ha
ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se
ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir
de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del
mundo. ¡ Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante,
magnético salón encantado !)
- Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por
matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.
Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale,
asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.
LIII - ALBÉRCHIGOS
Por el callejón de la Sal, que retuerce su breve estrechez,
violeta de cal con sol y cielo azul, hasta la torre, tapa de su fin,
negra y desconchada de esta parte del sur por el constante golpe
del viento de la mar; lentos, vienen niño y burro. El niño,
hombrecito enanillo y recortado, más chico que su caído sombrero
ancho, se mete en su fantástico corazón serrana que le da coplas
y coplas bajas:
... con grandej fatiguiiiyaaa
yo je lo pedíaaa...
Suelto, el burro mordisquea la escasa yerba sucia del
callejón, levemente abatido por la carguilla de albérchigos. De vez
en cuando, el chiquillo, como si tornara un punto a la calle
verdadera, se para en seco, abre y aprieta sus desnudas
piernecillas terrosas, como para cogerle fuerza, en la tierra, y,
ahuecando la voz con la mano, canta duramente, con una voz en
la que torna a ser niño en la e:
- ¡ Albéeerchigooo !...
Luego, cual si la venta le importase un bledo - como dice el
padre Díaz- , torna a su ensimismado canturreo gitano:
... yo a ti no te cuurpooo,
ni te curparíaaa...
Y le da varazos a las piedras, sin saberlo...
Huele a pan calentito y a pino quemado. Una brisa tarda
conmueve levemente la calleja. Canta la súbita campanada gorda