Prologuillo remanso XXVIII paseo LVII
el otoño LXXXV el burro viejo CXIII
platero I idilio de abril XXIX los gallos LVIII el perro atado LXXXVI el alba CXIV
mariposas blancas II el canario vuela XXX

anochecer LIX

la tortuga griega LXXXVII florecillas CXV
juegos del anochecer III el demonio XXXI el sello LX tarde de octubre LXXXVIII navidad CXVI
el eclipse IV libertad XXXII la perra parida LXI Antonia LXXXIX la calle de la ribera CXVII
escalofrio V los húngaros XXXIII ella y nosotros LXII el racimo olvidado XC el invierno CXVIII
La miga VI la novia XXXIV gorriones LXIII almirante XCI leche de burra CXIX
el loco VII la sanguijuela XXXV frasco Vélez LXIV viñeta XCII noche pura CXX
el judas VIII Las tres viejas XXXVIV el verano LXV la escama XCIII la corona de perejil CXXI
las brevas IX la carretilla XXXVII fuego en los montes LXVI pinito XCIV los reyes magos CXXII
angelus X el pan  XXXVIII el arroyo LXVII el río XCV mons-urium CXXIII
el moridero XI Aglae XXXIX domingo LXVIII la granada XCVI el vino CXXIV
la púa XII el pino de la corona XL el canto del grillo LXIX el cementerio viejo XCVII la fábula CXXV
golondrinas XIII Darbón XLI
los toros LXX Lipiani XCVIII carnaval CXXVI
la cuadra XIV el niño y el agua XLII
tormenta LXXI el castillo XCIX León CXXVII
el potro castrado XV amistad XLIII
vendimia LXXII la plaza vieja de toros C el molino de viento CXXVIII
la casa de enfrente XVI la arrulladora XLIV
nocturno LXXIII el eco CI la torre CXXIX
el niño tonto XVII la tísica XLVI
sarito LXXIV susto CII los burros del arenero CXXX
la fantasma XVIII el rocío XLVII
última siesta LXXV la fuente vieja CIII madrigal CXXXI
paisaje grana XIX Ronsard XLVIII
los fuegos LXXVI camino CIV la muerte CXXXII
el loro XX el tío de las vistas XLIX
El vergel LXXVII piñones CV nostalgia CXXXIII
la azotea XXI la flor del camino L
la luna LXXVIII el toro huido CVI el borriquete CXXXIV
retorno XXII lord LI
alegría LXXIX idilio de noviembre CVII melancolía CXXXV
la verja cerrada XXIII el pozo LII
pasan los patos LXXX la yegua blanca CVIII a Platero en el cielo de Moguer CXXXVI
don José el cura XXIV albérchigos LIII
la niña chica LXXXI cencerrada CIX Platero de cartón CXXXVII
la primavera XXV la coz LIV
el pastor LXXXI los gitanos CX a Platero, en su tierra CXXXVIII
el aljibe XXVI asnografía LV
el canario se muere LXXXIII la llama CXI  
el perro sarnoso XXVII corpus LVI
la colina LXXXIV convalecencia CXII  

 

PLATERO Y

YO

A la memoria de AGUEDILLA,

la pobre loca de la calle del Sol

que me mandaba moras y claveles.

 

Prologuillo

Suele creerse que yo escribí Platero y yo para los niños, que es un libro para niños. 

No. En 1913, "La Lectura", que sabía que yo estaba con ese libro, me pidió que adelantase un conjunto de sus páginas más idilicas para su "Biblioteca Juventud". Entonces, alterando la idea momentáneamente, escribí este prólogo:

ADVERTENCIA A LOS HOMBRES QUE LEAN ESTE LIBRO PARA NIÑOS

Este breve libro, en donde la legría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡ qué sé yo para quién ! ...para quien escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡ Qué bien !

"Dondequiera que haya niños - dice Novalis- , existe una edad de oro." Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca. ¡ Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y , a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer ! Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.

 

I - PLATERO  
 

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negros.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas...

Lo llamo dulcemente: "¿ Platero ?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas, mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra.

Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

- Tien'asero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

 

 

II - MARIPOSAS BLANCAS  
 

La noche cae, brumosa ya y morada. Vagas claridades malvas y verdes perduran tras la torre de la iglesia. El camino sube, lleno de sombras, de cansancio y de anhelo. De pronto, un hombre oscuro, con una gorra y un pincho, roja un instante la cara fea por la luz del cigarro, baja a nosotros de una casucha miserable, perdida entre sacas de carbón. Platero se amedrenta.

- ¿ Ba argo ?

- Vea usted... Mariposas blancas...

El hombre quiere clavar su pincho de hierro en el seroncillo, y no lo evito. Abro la alforja y él no ve nada. Y el alimento ideal pasa, libre y cándido, sin pagar su tributo a los Consumos...

 

 

 

III - JUEGOS DEL ANOCHECER
 

Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...
Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes.


- Mi padre tié un reló e plata.
- Y er mío, un cabayo.
- Y er mío, una ejcopeta.


Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hombre, caballo que llevará a la miseria...
El corro, luego. Entre tanta negrura una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:


Yo soy laaa viudiiitaa
del Condeee de Oree...


... ¡ Sí, sí ! ¡ Cantad, soñad, niños pobres ! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.


- Vamos Platero...

 

 

 

 

 

 

 

IV - EL ECLIPSE

 

 

Nos metimos las manos en los bolsillos, sin querer, y la frente sintió el fino aleteo de la sombra fresca, igual que cuando se entra en un pinar espeso. Las gallinas se fueron recogiendo en su escalera amparada, una a una. Alrededor, el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase. Se vio, blanco, el mar lejano, y algunas estrellas lucieron, pálidas. ¡ Cómo iban trocando blancura las azoteas ! Los que estábamos en ellas nos gritábamos cosas de ingenio mejor o peor, pequeños y oscuros en aquel silencio reducido del eclipse. Mirábamos el sol con todo: con los gemelos de teatro, con el anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal ahumado; y desde todas partes: desde el mirador, desde la escalera del corral, desde la ventana del granero, desde la cancela del patio, por sus cristales granas y azules...

Al ocultarse el sol que, un momento antes, todo lo hacía dos, tres, cien veces más grande y mejor con sus complicaciones de luz y oro, todo, sin la transición larga del crepúsculo, lo dejaba solo y pobre, como si hubiera cambiado onzas primero y luego plata por cobre. Era el pueblo como un perro chico, mohoso y ya sin cambio. ¡ Qué tristes y qué pequeñas las calles, las plazas, la torre, los caminos de los montes !

Platero parecía, allá en el corral, un burro menos verdadero, diferente y recortado; otro burro...

 

 

 

 

V - ESCALOFRíO

 

La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras negras, entre las zarzamora... Alguien se esconde, tácito, a nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el camino asaeteado de estrellas de marzo... Un olor penetrante a naranjas... Humedad y silencio... La cañada de las Brujas...

- ¡ Platero, qué... frío !

Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo retenerlo, a su trote...

Y trota Platero, cuesta arriba, encogida la grupa cual si alguien le fuese a alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave, que parece que nunca llega, del pueblo que se acerca...

 

 

 

 

 

 

VI - LA MIGA

 

Si tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga,

aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el

burro de las Figuras de cera - el amigo de la Sirenita del Mar, que

aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a

ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento - ; más que el

médico y el cura de Palos, Platero.

Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡ eres tan

grandote y tan poco fino ! ¿ En qué sillita te ibas a sentar tú, en

qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían,

en qué lugar del corro ibas a cantar, di, el Credo ?

No. Doña Domitila - de hábito de Padre Jesús Nazareno,

morado todo con el cordón amarillo, igual que Reyes, el

besuguero - , te tendría, a lo mejor, dos horas de rodillas en un

rincón del patio de los plátanos, o te daría con su larga caña seca

en las manos, o se comería la carne de membrillo de tu merienda,

o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan

calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando

va a llover...

No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores

y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te

pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los

ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas

del río, con dos orejas dobles que las tuyas.

 

VII - EL LOCO

Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero

negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura

gris de Platero.

Cuando, yendo a las viñas, cruzo las últimas calles, blancas

de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de

los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas,

corren detrás de nosotros, chillando largamente.

- ¡ El loco ! ¡ El loco ! ¡ El loco !

... Delante está el campo, ya verde. Frente al cielo inmenso y

puro, de un incendiado añil, mis ojos

- ¡ tan lejos de mis oídos !- se abren noblemente, recibiendo

en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y

divina que vive en el sinfín del horizonte...

Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos,

velados finamente, entrecortados, jadeantes, aburridos...

- ¡ El lo... co ! ¡ El Lo... co !

 

 

 

VIII - JUDAS

 

¡ No te asustes, hombre ! ¿ Qué te pasa ? Vamos,

quietecito... Es que están matando a Judas, tonto.

Sí, están matando a Judas. Tenían puesto uno en el

Monturrio, otro en la calle de Enmedio, otro, ahí, en el Pozo del

Concejo. Yo los vi anoche, fijos como por una fuerza sobrenatural

en el aire, invisible en la oscuridad la cuerda que, de doblado a

balcón, los sostenía. ¡ Qué grotescas mescolanzas de viejos

sombreros de copa y mangas de mujer, de caretas de ministros y

miriñaques, bajo las estrellas serenas ! Los perros les ladraban sin

irse del todo, y los caballos, recelosos, no querían pasar bajo

ellos...

Ahora las campanas dicen, Platero, que el velo del altar

mayor se ha roto. No creo que haya quedado escopeta en el

pueblo sin disparar a Judas. Hasta aquí llega el olor de la pólvora.

¡ Otro tiro ! ¡ Otro !

... Sólo que Judas, hoy, Platero, es el diputado, o la maestra,

o el forense, o el recaudador, o el alcalde, o la comadrona; y cada

hombre descarga su escopeta cobarde, hecho niño esta mañana

del Sábado Santo, contra el que tiene su odio, en una

superposición de vagos y absurdos simulacros primaverales.

 

IX - LAS BREVAS

Fue el alba neblinosa y cruda, buena para las brevas, y, con

las seis, nos fuimos a comerlas a la Rica.

Aún, bajo las grandes higueras centenarios, cuyos troncos

grises enlazaban en la sombra fría, como bajo una falda, sus

muslos opulentos, dormitaba la noche; y las anchas hojas - que se

pusieron Adán y Eva- atesoraban un fino tejido de perlillas de

rocío que empalidecía su blanda verdura. Desde allí dentro se

veía, entre la baja esmeralda viciosa, la aurora que rosaba, más

viva cada vez, los velos incoloros del oriente.

... Corríamos, locos, a ver quién llegaba antes a cada

higuera. Rociillo cogió conmigo la primera hoja de una, en un

sofoco de risas y palpitaciones. - Toca aquí. Y me ponía mi mano,

con la suya, en su corazón, sobre el que el pecho joven subía y

bajaba como una menuda ola prisionera - . Adela apenas sabía

correr, gordinflona y chica, y se enfadaba desde lejos. Le arranqué

a Platero unas cuantas brevas maduras y se las puse sobre el

asiento de una cepa vieja, para que no se aburriera.

El tiroteo lo comenzó Adela, enfadada por su torpeza, con

risas en la boca y lágrimas en los ojos. Me estrelló una breva en la

frente. Seguimos Rociillo y yo y, más que nunca por la boca,

comimos brevas por los ojos, por la nariz, por las mangas, por la

nuca, en un griteró agudo y sin tregua, que caía, con las brevas

desapuntadas, en las viñas frescas del amanecer. Una breva le

dio a Platero, y ya fue él blanco de la locura. Como el infeliz no

podía defenderse ni contestar, yo tomé su partido; y un diluvio

blando y azul cruzó el aire puro, en todas direcciones, como una

metralla rápida.

Un doble reír, caído y cansado, expresó desde el suelo el

femenino rendimiento.

 

X - ¡ ÁNGELUS!

Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas

azules, rosas, blancas, sin color... Diríase que el cielo se deshace

en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros,

las manos...¿ Qué haré yo con tantas rosas ?

¿ Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no

sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja

dulcemente rosado, blanco y celeste - más rosas, más rosas- ,

como un cuadro de Fra Angélico, el que pintaba la gloria de

rodillas ?

De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a

la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se

quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira:

todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más

rosas, más rosas...

Parece, Platero, mientras suena el ángelus, que esta vida

nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro,

más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en

surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya

entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y

que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.

 

XI - EL MORIDERO

Tú, si te mueres antes que yo, no irás Platero mío, en el

carrillo del pregonero, a la marisma inmensa, ni al barranco del

camino de los montes, como los otros pobres burros, como los

caballos y los perros que no tienen quien que quiera. No serás,

descarnadas y sangrientas tus costillas por los cuervos - tal la

espina de un barco sobre el ocaso grana- , el espectáculo feo de

los viajantes de comercio que van a la estación de San Juan, en el

coche de las seis; ni, hinchado y rígido entre las almejas podridas

de la gavia, el susto de los niños que, temerarios y curiosos, se

asoman al borde de la cuesta, cogiéndose a las ramas, cuando

salen, las tardes de domingo, al otoño, a comer piñones tostados

por los pinares.

Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande

y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al

lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las

niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la

soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en

el naranjal y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz

eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verdones

te pondrán, el la salud perenne de la copa, un breve techo de

música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo de azul constante

de Moguel.

 

XII - LA PÚA

Entrando, en la dehesa de los Caballos, Platero ha

comenzado a cojear. Me he echado al suelo...

- Pero, hombre, ¿ qué te pasa ?

Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada,

mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el

casco la arena ardiente del camino.

Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón,

su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja.

Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como

un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de

Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al pobre al arroyo

de los lirios amarillos, para que el agua corriente la lama, con su

larga lengua pura, la heridilla.

Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él

detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la

espalda.

XIII - GOLONDRINAS

Ahí la tienes ya, Platero, negrita y vivaracha, en su nido gris

del cuadro de la Virgen de Montemayor, nido respetado siempre.

Está la infeliz como asustada. Me parece que esta vez se han

equivocado las pobres golondrinas, como se equivocaron, la

semana pasada, las gallinas, recogiéndose en su cobijo cuando el

sol de las dos se eclipsó. La primavera tuvo la coquetería de

levantarse este año más temprano, pero ha tenido que guardar de

nuevo, tiritando, su tierna desnudez en el lecho nublado de marzo.

¡ Da pena ver marchitarse, en capullo, las rosa vírgenes del

naranja !

Están ya aquí, Platero, las golondrinas y apenas se las oye,

como otros años, cuando el primer día de llegar lo saludan y lo

curiosean todo, charlando sin tregua en su rizado gorjeo. Le

contaban a las flores lo que habían visto en áfrica, sus dos viajes

por el mar, echadas en el agua, con el ala por vela, o en las jarcias

de los barcos; de otros ocasos, de otras auroras, de otras noches

con estrellas ...

No saben qué hacer. Vuelan mudas, desorientadas, como

andan las hormigas cuando un niño les pisotea el camino. No se

atreven a subir y bajar por la calle Nueva en insistente línea recta

con aquel adornito al fin, ni a entrar en sus nidos de los pozos, ni a

ponerse en los alambres del telégrafo, que el norte hace zumbar,

en su cuadro clásico de carteras, junto a los aisladores blancos... ¡

Se van a morir de frío, Platero !

XIV - LA CUADRA

Cuando, al mediodía, voy a ver a Platero, un transparente

rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata

blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el oscuro suelo,

vagamente verde, que todo lo contagia de esmeralda, el techo

viejo llueve claras monedas de fuego.

Diana, que está echada entre las patas de Platero, viene a

mí, bailarina, y me pone sus manos en el pecho, anhelando

lamerme la boca con su lengua rosa. Subida en lo más alto del

pesebre, la cabra me mira curiosa, doblando la fina cabeza de un

lado y de otro, con una femenina distinción. Entre tanto, Platero,

que, antes de entrar yo, me había ya saludado con un levantado

rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y alegre al mismo tiempo.

Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un

momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio. Luego,

subiéndome a una piedra, miro al campo.

El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y soñolienta, y

en el azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y

dulce, una campana.

 

XV - EL POTRO CASTRADO

Era negro, con tornasoles granas, verdes y azules, todo de

plata, como los escarabajos y los cuervos. En sus ojos nuevos

rojeaba a veces un fuego vivo, como en el puchero de Ramona, la

castañera de la plaza del Marqués. ¡ Repiqueteo de su trote corto,

cuando de la Friseta de arena, entraba, campeador, por los

adoquines de la calle Nueva ! ¡ Qué ágil, qué nervioso, qué agudo

fue, con su cabeza pequeña y sus remos finos !

Pasó, noblemente, la puerta baja del bodegón, más negro

que él mismo sobre el colorado sol del Castillo, que era fondo

deslumbrante de la nave, suelto el andar, juguetón con todo.

Después, saltando el tronco de pino, umbral de la puerta, invadió

de alegría el corral verde y de estrépito de gallinas, palomos y

gorriones. Allí lo esperaban cuatro hombres, cruzados los velludos

brazos sobre las camisetas de colores. Lo llevaron bajo la

pimienta. Tras una lucha áspera y breve, cariñosa un punto, ciega

luego, lo tiraron sobre el estiércol y, sentados todos sobre él,

Darbón cumplió su oficio, poniendo un fin a su luctuosa y mágica

hermosura.

Thy unus'd beauty must be tomb'd with thee,

Which used, lives th'executor to be,

- dice Shakespeare a su amigo.

... Quedó el potro, hecho caballo, blando, sudoroso,

extenuado y triste. Un solo hombre lo levantó, y tapándolo con una

manta, se lo llevó, lentamente, calle abajo.

¡ Pobre nube vana, rayo ayer, templado y sólido ! Iba como

un libro descuadernado. Parecía que ya no estaba sobre la tierra,

que entre sus herraduras y las piedras, un elemento nuevo lo

aislaba, dejándolo sin razón, igual que un árbol desarraigado, cual

un recuerdo, en la mañana violenta, entera y redonda de

Primavera.

 

XVI - LA CASA DE ENFRENTE

¡ Qué encanto siempre, Platero, en mi niñez, el de la casa de

enfrente a la mía ! Primero, en la calle de la Ribera, la casilla de

Arreburra, el aguador, con su corral al sur, dorado siempre de sol,

desde donde yo miraba Huelva, encaramándome en la tapia.

Alguna vez me dejaban ir, un momento, y la hija de Arreburra, que

entonces me parecía una mujer y que ahora, ya casada, me

parece como entonces, me daba azamboas y besos... Después,

en la calle Nueva - luego Cánovas, luego Fray Juan Pérez- , la

casa de don José, el dulcero de Sevilla, que me deslumbraba con

sus botas de cabritilla de oro, que ponía en la pita de su patio

cascarones de huevos, que pintaba de amarillo canario con fajas

de azul marino las puertas de su zaguán, que venía, a veces, a mi

casa, y mi padre le daba dinero, y él le hablaba siempre del

olivar... ¡ Cuántas sueños le ha mecido a mi infancia, esa pobre

pimienta que, desde mi balcón, veía yo, llena de gorriones, sobre

el tejado de don José ! - Eran dos pimientas, que no uní nunca:

una, la que veía, copa con viento o sol, desde mi balcón; otra, la

que veía en el corral de don José, desde su tronco...

Las tardes claras, las siestas de lluvia, a cada cambio leve de

cada día o de cada hora, ¡ qué interés, qué atractivo tan

extraordinario, desde mi cancela, desde mi ventana, desde mi

balcón, en el silencio de la calle, el de la casa de enfrente.

 

 

XVII - EL NIÑO TONTO

Siempre que volvíamos por la calle de San José, estaba el

niño tonto a la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el

pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños a quienes no

llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño

alegre él y triste de ver; todo para su madre, nada para los demás.

Un día, cuando pasó por la calle blanca aquel mal viento

negro, no vi ya al niño en su puerta. Cantaba un pájaro en el

solitario umbral, y yo me acordé de Curros, padre más que poeta,

que, cuando se quedó sin su niño, le preguntaba por él a la

mariposa gallega:

Volvoreta d'aliñas douradas...

Ahora que viene la primavera, pienso en el niño tonto, que

desde la calle de San José se fue al cielo. Estará sentado en su

sillita, al lado de las rosas únicas, viendo con su ojos, abiertos otra

vez, el dorado pasar de los gloriosos.

 

 

 

XVIII - LA FANTASMA

La mayor diversión de Anilla la Manteca, cuya fogosa y fresca juventud fue manadero sin fin de alegrones, era vestirse de fantasma. Se envolvía toda en una sábana, añadía harina al azucenón de su rostro, se ponía dientes de ajo en los dientes, y cuando, ya después de cenar, soñábamos, medio dormidos, en la salita, aparecía ella de improviso por la escalera de mármol, con un farol encendido, andando lenta, imponente y muda. Era, vestida ella de aquel modo, como si su desnudez se hubiese hecho túnica. Sí. Daba espanto la visión sepulcral que traía de los altos oscuros, pero, al mismo tiempo, fascinaba su blancura sola, con no sé qué plenitud sensual... Nunca olvidaré, Platero, aquella noche de setiembre. La tormenta palpitaba sobre el pueblo hacía una hora, como un corazón malo, descargando agua y pierda entre la desesperadora insistencia del relámpago y del trueno. Rebosaba ya el aljibe e inundaba el patio. Los últimos acompañamientos - el coche de las nueve, las ánimas, el cartero- habían ya pasado... Fui, tembloroso, a beber al comedor, y en la verde blancura de un relámpago, vi el eucalipto de las Velarde - el árbol del cuco, como le decíamos, que cayó aquella noche- , doblado todo sobre el tejado de alpende... De pronto, un espantoso ruido seco, como la sombra de un grito de luz que nos dejó ciegos, conmovió la casa. Cuando volvimos a la realidad, todos estábamos en sitio diferente del que teníamos un momento antes y como solos todos, sin afán ni sentimiento de los demás. Uno se quejaba de la cabeza, otro de los ojos, otro del corazón... Poco a poco fuimos tornando a nuestros sitios. Se alejaba la tormenta... La luna, entre unas nubes enormes que se rajaban de abajo a arriba, encendía de blanco en el patio el agua que todo lo colmaba. Fuimos mirándolo todo. Lord iba y venía a la escalera del corral, ladrando loco. Lo seguimos... Platero; abajo ya, junto a la flor de noche que, mojada, exhalaba un nauseabundo olor, la pobre Anilla, vestida de fantasma, estaba muerta, aún encendido el farol en su mano negra por el rayo.

XIX - PAISAJE GRANA

La cumbre. Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por

sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera. A su

esplendor, el pinar verde se agria, vagamente enrojecido; y las

hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman

el instante sereno de una esencia mojada, penetrante y luminosa.

Yo me quedo extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de

ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de

carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su boca en los

espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por

su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías aguas de

sangre.

El paraje es conocido, pero el momento lo trastorna y lo hace

extraño, ruinoso y monumental. Se dijera, a cada instante, que

vamos a descubrir un palacio abandonado... La tarde se prolonga

más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es

infinita, pacífica, insondable...

- Anda, Platero...

XX - EL LORO

Estábamos jugando con Platero y con el loro, en el huerto de

mi amigo, el médico francés, cuando una mujer joven,

desordenada y ansiosa, llegó, cuesta abajo, hasta nosotros. Antes

de llegar, avanzando el negro ver angustiado a mí, me había

suplicado:

- Zeñorito: ¿ ejtá ahí eze médico ?

Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, a cada

instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres

que traían a otro, lívido y decaído. Era un cazador furtivo de esos

que cazan venados en el coto de Doñana. La escopeta, una

absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había

reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo. Mi amigo se llegó,

cariñoso, al herido, le levantó unos míseros trapos que le habían

puesto, le lavó la sangre y le fue tocando huesos y músculos. De

vez cuando me decía:

- Ce n'est rien...

Caía la tarde. De Huelva llegaba un olor a marisma, a brea, a

pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus

apretados terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el

loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos

redondos.

Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas;

a veces, dejaba oír un ahogado grito. Y el loro:

- Ce n'est rien...

Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...

El pobre hombre:

- ¡ Aaaay !

Y el loro, entre las lilas:

- Ce n'est rien.. Ce n'est rien...

<

XXI - LA AZOTEA

Tú, Platero, no has subido nunca a la azotea. No puedes

saber qué honda respiración ensancha el pecho, cuando al salir a

ella de la escalerilla oscura de madera, se siente uno quemado en

el sol pleno del día, anegado de azul como al lado mismo del cielo,

ciego del blancor de la cal, con la que, como sabes, se da al suelo

de ladrillo para que venga limpia al aljibe el agua de las nubes.

¡ Qué encanto el de la azotea ! Las campanas de la torre

están sonando en nuestro pecho, al nivel de nuestro corazón, que

late fuerte; se ven brillar, lejos, en las viñas, los azadones, con una

chispa de plata y sol; se domina todo; las otras azoteas, los

corrales, donde la gente, olvidada, se afana, cada uno en lo suyo -

el sillero, el pintor, el tonelero- ; las manchas de arbolado de los

corralones, con el toro o la cabra; el cementerio, a donde a veces,

llega, pequeñito, apretado y negro, un inadvertido entierro de

tercera; ventanas con una muchacha en camisa que se peina,

descuidada, cantando; el río, con un barco que no acaba de

entrar; graneros, donde un músico solitario ensaya el cornetín, o

donde el amor violento hace, redondo, ciego y cerrado, de las

suyas...

La casa desaparece como un sótano. ¡ Qué extraña, por la

montera de cristales, la vida ordinaria de abajo: las palabras, los

ruidos, el jardín mismo, tan bello desde él; tú, Platero, bebiendo en

el pilón, sin verme, o jugando, como un tonto, con el gorrión o la

tortuga !

 

XXII - RETORNO

Veníamos los dos, cargados, de los montes: Platero, de

almoraduj; yo, de lirios amarillos.

Caía la tarde de abril. Todo lo que en el poniente había sido

cristal de oro, era luego cristal de plata, una alegoría, lisa y

luminosa, de azucenas de cristal. Después, el vasto cielo fue cual

un zafiro transparente, trocado en esmeralda. Yo volvía triste...

Ya en la cuesta, la torre del pueblo, coronada de refulgentes

azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora pura, un aspecto

monumental !. Parecía, de cerca, como una Giralda vista de lejos,

y mi nostalgia de ciudades, aguda con la primavera, encontraba

en ella un consuelo melancólico.

Retorno... ¿ adónde ?, ¿ de qué ?, ¿ para qué ?... Pero los

lirios que venían conmigo olían más en la frescura tibia de la

noche que se entraba; olían con un olor más penetrante y, al

mismo tiempo, más vago, que salía de la flor sin verse la flor, flor

de olor sólo, que embriagaba el cuerpo y el alma desde la sombra

solitaria.

- ¡ Alma mía, lirio en la sombra ! - dije. Y pensé, de pronto, en

Platero, que, aunque iba debajo de mí, se me había, como si fuera

mi cuerpo, olvidado.

XXIII - LA VERJA CERRADA

Siempre que íbamos a la bodega del Diezmo, yo daba la

vuelta por la pared de la calle de San Antonio y me venía a la verja

cerrada que da al campo. Ponía mi cara contra los hierros y

miraba a derecha e izquierda, sacando los ojos ansiosamente,

cuanto mi vista podía alcanzar. De su mismo umbral gastado y

perdido entre ortigas y malvas, una vereda sale y se borra,

bajando, en las Angustias. Y, vallado suyo abajo, va un camino

ancho y hondo por el que nunca pasé...

¡ Qué mágico embeleso ver, tras el cuadro de hierros de la

verja, el paisaje y el cielo mismos que fuera de ella se veían ! Era

como si una techumbre y una pared de ilusión quitaran de lo

demás el espectáculo, para dejarlo solo através de la verja

cerrada... Y se veía la carretera, con su puente y sus álamos de

humo, y el horno de ladrillos, y las lomas de Palos, y los vapores

de Huelva, y, al anochecer, las luces del muelle de Riotinto, y el

eucalipto grande y solo de los Arroyos sobre el morado ocaso

último...

Los bodegueros me decían, riendo, que la verja no tenía

llave... En mis sueños, con las equivocaciones del pensamiento

sin cauce, la verja daba a los más prodigiosos jardines, a los

campos más maravillosos... Y así como una vez intenté, fiado en

mi pesadilla, bajar volando la escalera de mármol, fui, mil veces,

con la mañana, a la verja, seguro de hallar tras ella lo que mi

fantasía mezclaba, no sé si queriendo o sin querer, a la realidad...

XXIV - DON JOSÉ, EL CURA

Ya, Platero, va ungido y hablando con miel. Pero la que, en

realidad, es siempre angélica, es su burra, la señora.

Creo que lo viste un día en su huerta, calzones de marinero,

sombrero ancho, tirando palabrotas y guijarros a los chiquillos que

le robaban las naranjas. Mil veces has mirado, los viernes, al

pobre Baltasar, su casero, arrastrando por los caminos la

quebradura, que parece el globo del circo, hasta el pueblo, para

vender sus míseras escobas o para rezar con los pobres por los

muertos de los ricos...

Nunca oí hablar más mal a un hombre ni remover con sus

juramentos más alto el cielo. Es verdad que él sabe, sin duda, o al

menos así lo dice en su misa de las cinco, dónde y cómo está allí

cada cosa... El árbol, el terrón, el agua, el viento, la candela, todo

esto tan gracioso, tan blando, tan fresco, tan puro, tan vivo, parece

que son para él ejemplo de desorden, de dureza, de frialdad, de

violencia, de ruina. Cada día, las piedras todas del huerto reposan

la noche en otro sitio, disparadas, en furiosa hostilidad, contra

pájaros y lavanderas, niños y flores.

A la oración, se trueca todo. El silencio de don José se oye

en el silencio del campo. Se pone sotana, manteo y sombrero de

teja, y casi sin mirada, entra en el pueblo oscuro, sobre su burra

lenta, como Jesús en la muerte...

XXV - LA PRIMAVERA

¡ Ay, qué relumbres y olores!

¡ Ay, cómo rien los prados!

¡ Ay, qué alboradas se oyen!

Romance Popular

En mi duermevela matinal, me malhumora una endiablada

chillería de chiquillos. Por fin, sin poder dormir más, me echo,

desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la

ventana abierta, me doy cuenta de que los que alborotan son los

pájaros.

Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡ Libre

concierto de picos, fresco y sin fin ! La golondrina riza, caprichosa,

su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de

fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz

ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto; y, en el pino

grande, los gorriones discuten desaforadamente.

¡ Cómo está la mañana ! El sol pone en la tierra su alegría de

plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes,

entre las flores, por la casa - ya dentro, ya fuera- , en el manantial.

por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un

hervidero de vida sana y nueva.

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz,

que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.

XXVI - EL ALJIBE

Míralo; está lleno de las ultimas lluvias, Platero. No tiene eco,

ni se ve, allá en su fondo, como cuando está bajo, el mirador con

sol, joya policroma tras los cristales amarillos y azules de la

montera.

Tú no has bajado nunca al aljibe, Platero. Yo sí; bajé cuando

lo vaciaron, hace años. Mira; tiene una galería larga, y luego un

cuarto pequeñito. Cuando entré en él, la vela que llevaba se me

apagó y una salamandra se me puso en la mano. Dos fríos

terribles se cruzaron en mi pecho cual dos espadas que se

cruzaran como dos fémures bajo una calavera... Todo el pueblo

está socavado de aljibes y galerías, Platero. El aljibe más grande

es el del patio del Salto del Lobo, plaza de la ciudadela antigua del

Castillo. El mejor es éste de mi casa que, como ves, tiene el brocal

esculpido en una pieza sola de mármol alabastrino. La galería de

la Iglesia va hasta la viña de los Puntales y allí se abre al campo,

junto al río. La que sale del Hospital nadie se ha atrevido a

seguirla del todo, porque no acaba nunca...

Recuerdo, cuando era niño, las noches largas de lluvia, en

que me desvelaba el rumor sollozante del agua redonda que caía,

de la azotea, en el aljibe... Luego, a la mañana, íbamos, locos, a

ver hasta dónde había llegado el agua. Cuando estaba hasta la

boca, como está hoy, ¡ qué asombro, qué gritos, qué admiración !

... Bueno, Platero. Y ahora voy a darte un cubo de esta agua

pura y fresquita, el mismo cubo que se bebía de una vez Villegas,

el pobre Villegas, que tenía el cuerpo achicharrado ya del coñac y

del aguardiente...

XXVII - EL PERRO SARNOSO

Venía, a veces, flaco y anhelante, a la casa del huerto. El

pobre andaba siempre huido, acostumbrado a los gritos y a las

pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba

otra vez, en el sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el

guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la

escopeta, disparó contra él. No tuvo tiempo de evitarlo. El mísero,

con el tiro el las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en

un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo un acacia.

Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana,

temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda,

arrepentido quizás, daba largas razones no sabía a quién,

indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un

velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo

pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado.

Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban, más

reciamente cada vez hacia la tormenta, en el hondo silencio

aplastante que la siesta tendía por el campo aún de oro, sobre el

perro muerto.

XXVIII - REMANSO

Espérate, Platero... O pace un rato en ese prado tierno, si lo

prefieres. Pero déjame ver a mí este remanso bello, que no veo

hace tanto años...

Mira cómo el sol, pasando su agua espesa, le alumbra la

honda belleza verdeoro, que los lirios de celeste frescura de la

orilla contemplan extasiados... Son escaleras de terciopelo,

bajando en repetido laberinto; grutas mágicas con todos los

aspectos ideales que una mitología de ensueño trajese a la

desbordada imaginación de un pintor interno; jardines venustianos

que hubiera creado la melancolía permanente de una ruina loca

de grandes ojos verdes; palacios en ruinas, como aquel que vi en

aquel mar de la tarde, cuando el sol poniente hería, oblicuo, el

agua baja... Y más, y más, y más; cuanto el sueño más difícil

pudiera robar, tirando a la belleza fugitiva de su túnica infinita, al

cuadro recordado de una hora de primavera con dolor, en un

jardín de olvido que no existiera del todo... Todo pequeñito, pero

inmenso, porque parece distante; clave de sensaciones

innumerables, tesoro del mago más viejo de la fiebre...

Este remanso, Platero, era mi corazón antes. Así me lo

sentía, bellamente envenenado, en su soledad, de prodigiosas

exuberancias detenidas... Cuando el amor humano lo hirió,

abriéndole su dique, corrió la sangre corrompida, hasta dejarlo

puro, limpio y fácil, como el arroyo de los Llanos, Platero, en la

más abierta dorada y caliente hora de abril.

A veces, sin embargo, una pálida mano antigua me lo trae a

su remanso de antes, verde y solitario, y allí lo deja encantado,

fuera de él, respondiendo a las llamadas claras, «por endulzar su

pena», como Hylas a Alcides en el idilio de Chénier, que ya te he

leído, con una voz «desentendida y vana»...

XXIX - IDILIO DE ABRIL

Los niños han ido con Platero al arroyo de los chopos, y

ahora lo traen trotando, entre juegos sin razón y risas

desproporcionadas, todo cargado de flores amarillas. Allá abajo

les ha llovido - aquella nube fugaz que veló el prado verde con sus

hilos de oro y plata, en los que tembló, como en una lira de llanto,

el arco iris- . Y sobre la empapada lana del asnucho, las

campanillas mojadas gotean todavía.

¡ Idilio fresco, alegre, sentimiental ! ¡ Hasta el rebuzno de

Platero se hace tierno bajo la dulce carga llovida ! De cuando en

cuando, vuelve la cabeza y arranca las flores a que su bocota

alcanza. Las campanillas, níveas y gualdas, le cuelgan, un

momento, entre el blanco babear verdoso y luego se le van a la

barrigota cinchada. ¡ Quién, como tú, Platero, pudiera comer

flores..., y que no le hicieran daño !

¡ Tarde equívoca de abril !... Los ojos brillantes y vivos de

Platero copian toda la hora de sol y lluvia en cuyo ocaso, sobre el

campo de San Juan, se ve llover, deshilachada, otra nube rosa.

XXX - EL CANARIO VUELA

Un día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su

jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que

yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre

o de frío, o de que se lo comieran los gatos.

Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto en el

pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la

mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves

vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero, holgaba junto a los

rosales, jugando con una mariposa.

A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y

allí se quedó largo tiempo, latiendo en el tibio sol que declinaba.

De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula,

otra vez alegre.

¡ Qué alborozo en el jardín ! Los niños saltaban, tocando las

palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los

seguía, ladránadole a su propia y riente campanilla; Platero,

contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo,

hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y

poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y suave...

XXXI - EL DEMONIO

De pronto, con un duro y solitario trote, doblemente sucio en

una alta nube de polvo, aparece, por la esquina del Trasmuro, el

burro. Un momento después, jadeantes, subiéndose los caídos

pantalones de andrajos, que les dejan fuera las oscuras barrigas,

los chiquillos, tirándole rodrigones y pierdas...

Es negro, grande, viejo, huesudo - otro arcipreste- , tanto,

que parece que se le va a agujerear la piel sin pelo por doquiera.

Se para y, mostrando unos dientes amarillos, como habones,

rebuzna a lo alto ferozmente, con una energía que no cuadra a su

desgarbada vejez... ¿ Es un burro perdido ? ¿ No lo conoces,

Platero ? ¿ Qué querrá ? ¿ De quién vendrá huyendo, con ese

trote desigual y violento ?

Al verlo, Platero hace cuerno, primero, ambas orejas con una

sola punta, se las deja luego una en pie y otra descolgada, y se

viene a mí, y quiere esconderse en la cuneta, y huir, todo a un

tiempo. El burro negro pasa a su lado, le da un rozón, le tira la

albarda, lo huele, rebuzna contra el muro del convento y se va

trotando, Trasmuro abajo...

... Es en el calor, un momento extraño de escalofrío - ¿ mío,

de Platero ?- en el que las cosas parecen trastornadas, como si la

sombra baja de un paño negro ante el sol ocultarse, de pronto, la

soledad deslumbradora del recodo del callejón, en donde el aire,

súbitamente quieto, asfixia... Poco a poco, lo lejano nos vuelve a

lo real. Se oye, arriba, el vocerío mudable de la plaza del Pescado,

donde los vendedores que acaban de llegar de la Ribera exaltan

sus asedías, sus salmonetes, sus brecas, sus mojarras, sus

bocas; la campana de vuelta, que pregona el sermón de mañana;

el pito del amolador...

Platero tiembla aún, de vez en cuando, mirándome,

acoquinado, en la quietud muda en que nos hemos quedado los

dos, sin saber por qué...

- Platero; yo creo que ese burro no es un burro...

Y Platero, mudo, tiembla de nuevo todo él de un solo

temblor, blandamente ruidoso, y mira, huido, hacia la gavia, hosca

y bajamente...

XXXII - LIBERTAD

Llamó mi atención, perdida por las flores de la vereda, un

pajarillo lleno de luz, que, sobre el húmedo prado verde, abría sin

cesar su preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo

delante, Platero detrás. Había por allí un bebedero umbrío, y unos

muchachos traidores le tenían puesta una red a los pájaros. El

triste reclamillo se levantaba hasta su pena, llamando, sin querer,

a sus hermanos del cielo.

La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del

pinar vecino un leve concierto de trinos exaltados, que venía y se

alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento marero que ondulaba

las copas. ¡ Pobre concierto inocente, tan cerca del mal corazón !

Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en

un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la sombría cúpula

frondosa, batí palmas, canté, grité. Platero, contagiado, rebuznaba

una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían, hondos y

sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron

a otro pinar, cantando.

Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos

violentos, rozaba su cabezota peluda contra mi corazón, dándome

las gracias hasta lastimarme el pecho.

XXXIII - LOS HÚNGAROS

Míralos, Platero, tirados en todo su largor, cómo tienden los

perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera.

La muchacha, estatua de fango, derramada su abundante

desnudez de cobre entre el desorden de sus andrajos de lanas

granas y verdes, arranca la hierbaza seca a que sus manos,

negras como el fondo de un puchero, alcanzan. La chiquilla, pelos

toda, pinta en la pared, con cisco, alegorías obscenas. El chiquillo

se orina en su barriga como una fuente en su taza, llorando por

gusto. El hombre y el mono se rascan, aquél la greña,

murmurando, y éste las costillas, como si tocase una guitarra.

De vez en cuando, el hombre se incorpora, se levanta luego,

se va al centro de la calle y golpea con indolente fuerza el

pandero, mirando un balcón. La muchacha, pateada por el

chiquillo, canta, mientras jura desgarradamente, una desentonada

monotonía. Y el mono, cuya cadena pesa más que él, fuera de

punto, sin razón, da una vuelta de campana y luego se pone a

buscar entre los chinos de la cuenta uno más blando.

Las tres... El coche de la estación se va, calle Nueva arriba.

El sol, solo.

- Ahí tienes, Platero, el ideal de familia de Amaro... Un

hombre como un roble, que se rasca; una mujer, como una parra,

que se echa; dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza, y un

mono, pequeño y débil como el mundo, que les da de comer a

todos, cogiéndose las pulgas...

XXXIV - LA NOVIA

El claro viento del mar sube por la cuesta roja, llega al prado

del cabezo, ríe entre las tiernas florecillas blancas; después, se

enreda por los pinetes sin limpiar y mece, hinchándolas como

velas sutiles, las encendidas telarañas celestes, rosas, de oro...

Toda la tarde es ya viento marino. Y el sol y el viento ¡ dan un

blando bienestar al corazón !

Platero me lleva, contento, ágil, dispuesto. Se dijera que no

le peso. Subimos, como si fuésemos cuesta abajo, a la colina. A lo

lejos, una cinta de mar, brillante, incolora, vibra, entre los últimos

pinos, en un aspecto de paisaje isleño. En los prados verdes, allá

abajo, saltan los asnos trabados, de mata en mata.

Un estremecimiento sensual vaga por las cañadas. De

pronto, Platero yergue las orejas, dilata las levantadas narices,

replegándolas hasta los ojos y dejando ver las grandes

habichuelas de sus dientes amarillos. Está respirando largamente,

de los cuatro vientos, no sé qué honda esencia que debe transirle

el corazón. Sí. Ahí tiene ya, en otra colina, fina y gris sobre el cielo

azul, a la amada. Y dobles rebuznos, sonoros y largos, desbaratan

con su trompetería la hora luminosa y caen luego en gemelas

cataratas.

He tenido que contrariar los instintos amables de mi pobre

Platero. La bella novia del campo lo ve pasar, triste como él, con

sus ojazos de azabache cargados de estampas... ¡ Inútil pregón

misterioso, que ruedas brutalmente, como un instinto hecho carne

libre, por las margaritas !

Y Platero trota indócil, intentando a cada instante volverse,

con un reproche en su refrenado trotecillo menudo:

- Parece mentira, parece mentira, parece mentira...

XXXV - LA SANGUIJUELA

Espera. ¿ Qué es eso, Platero ? ¿ Qué tienes ?

Platero está echando sangre por la boca. Tose y va

despacio, más cada vez. Comprendo todo en un momento. Al

pasar esta mañana por la fuente de Pinete, Platero estuvo

bebiendo en ella. Y, aunque siempre bebe en lo más claro y con

los dientes cerrados, sin duda una sanguijuela se le ha agarrado a

la lengua o al cielo de la boca...

- Espera, hombre. Enseña...

Le pido ayuda a Raposo, el aperador, que baja por allí del

Almendral, y entre los dos intentamos abrirle a Platero la boca.

Pero la tiene como trabada con hormigón romano. Comprendo con

pena que el pobre Platero es menos inteligente de lo que yo me

figuro... Raposo coge un rodrigón gordo, lo parte en cuatro y

procura atravesarle un pedazo a Platero entre las quijadas... No es

fácil la empresa. Platero alza la cabeza al cenit levantándose

sobre las patas, huye, se revuelve... Por fin, en un momento

sorprendido, el palo entra de lado en la boca de Platero. Raposo

se sube en el burro y con las dos manos tira hacia atrás de los

salientes del palo para que Platero no lo suelte.

Si, allá adentro tiene, llena y negra, la sanguijuela. Con dos

sarmientos hechos tijera se la arranco...Parece un costalillo de

almagra o un pellejillo de vino tinto; y, contra el sol, es como el

moco de un pavo irritado por un paño rojo. Para que no saque

sangre a ningún burro más, la corto sobre el arroyo, que en un

momento tiñe de la sangre de Platero la espumela de un breve

torbellino...

XXXVI - LAS TRES VIEJAS

Súbete aquí en el vallado, Platero. Anda, vamos a dejar que

pasen esas pobres viejas...

Deben venir de la playa o de los montes. Mira. Una es ciega

y las otras dos la traen por los brazos. Vendrán a ver a dos Luis, el

médico, o al hospital... Mira qué despacito andan, qué cuido, qué

mesura ponen las dos que ven en su acción. Parece que las tres

temen a la misma muerte. ¿ Ves cómo adelantan las manos cual

para detener el aire mismo, apartando peligros imaginarios, con

mimo absurdo, hasta las más leves ramitas en flor, Platero ?

Que te caes, hombre... Oye qué lamentables palabras van

diciendo. Son gitanas. Mira sus trajes pintorescos, de lunares y

volantes. ¿ Ves ? Van a cuerpo, no caída, a pesar de la edad, su

esbeltez.Renegridas, sudorosas, sucias, perdidas en el polvo con

sol del mediodía, aún una flaca hermosura recia las acompaña,

como un recuerdo seco y duro...

Míralas a las tres, Platero. ¡ Con qué confianza llevan la

vejez a la vida, penetradas por la primavera esta que hace florecer

de amarillo el cardo en la vibrante dulzura de su hervoroso sol !


XXXVII - LA CARRETILLA  
 

En el arroyo grande, que la lluvia había dilatado hasta la viña, nos encontramos, atascada, una vieja carretilla, perdida toda bajo su carga de hierba y de naranjas. Una niña, rota y sucia, lloraba sobre una rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pechillo en flor al borricuelo, más pequeño ¡ ay !, y más flaco que Platero. Y el borriquillo se despechaba contra el viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla. Era vano su esfuerzo, como el de los niños valientes, como el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores.

Acaricié a Platero, y, como puede, lo enganché a la carretilla, delante del borrico miserable. Le obligué, entonces, con un cariñoso imperio, y Platero, de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero, y les subió la cuesta.

¡Qué sonreír el de la chiquilla! Fue como si el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas.

Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil, como dulce consuelo; otra a Platero, como premio áureo.

 
platero y yo la carreta



XXXVIII - EL PAN

Te he dicho, Platero que el alma de Moguer es el vino, ¿

verdad ? No; el alma de Moguer es el pan. Moguer es igual que un

pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y dorado en

torno - ¡ oh sol moreno !- como la blanda corteza.

A mediodía, cuando el sol quema más, el pueblo entero

empieza a humear y a oler a pino y a pan calentito. A todo el

pueblo se le abre la boca. Es como una gran boca que come un

gran pan. El pan se entra en todo: en el aceite, en el gazpacho, en

el queso y la uva, para dar sabor a beso, en el vino, en el caldo,

en el jamón, en él mismo, pan con pan. También solo, como la

esperanza, o con una ilusión...

Los panaderos llegan trotando en sus caballos, se paran en

cada puerta entornada, tocan las palmas y gritan: "¡ El panaderooo

!"... Se oye el duro ruido tierno de los cuarterones que, al caer en

los canastos que brazos desnudos levantan, chocan con los

bollos, de las hogazas con las roscas...

Y los niños pobres llaman, al punto, a las campanillas de la

cancelas o a los picaportes de los portones, y lloran largamente

hacia adentro: ¡ Un poquiiito paaan !...

XXXIX - AGLAE

¡ Qué reguapo estás hoy, Platero ! Ven aquí... ! Buen jaleo te

ha dado esta mañana la Macaria ! Todo lo que es blanco y todo lo

que es negro en ti luce y resalta como el día y como la noche

después de la lluvia. ¡ Qué guapo estás, Platero !

Platero, avergonzado un poco de verse así, viene a mí, lento,

mojado aún de su baño, tan limpio que parece una muchacha

desnuda. La cara se le ha aclarado, igual que un alba, y en ella

sus ojos grandes destellan vivos, como si la más joven de las

Gracias les hubiera prestado ardor y brillantez.

Se lo digo, y en un súbito entusiasmo fraternal, le cojo la

cabeza, se la revuelvo en cariñoso apretón, le hago cosquillas...

él, bajos los ojos, se defiende blandamente con las orejas, sin irse,

o se liberta, en breve correr, para pararse de nuevo en seco, como

un perrillo juguetón.

- ¡ Qué guapo estás, hombre ! - le repito.

Y Platero, lo mismo que un niño pobre que estrenara un traje,

corre tímido, hablándome, mirándome en su huida con el regocijo

de las orejas, y se queda, haciendo que come unas campanillas

coloradas, en la puerta de la cuadra.

Aglae, la donadora de bondad y de hermosura, apoyada en

el peral que ostenta triple copa de hojas, de peras y de gorriones,

mira la escena sonriendo, casi invisible en la trasparencia del sol

matinal.

XL - EL PINO DE LA CORONA

Dondequiera que paro, Platero, me parece que paro bajo el

pino de la Corona. A donde quiera que llego - ciudad, amor, gloriame

parece que llego a su plenitud verde y derramada bajo el gran

cielo azul de nubes blancas. Es el faro rotundo y claro en los

mares difíciles de mi sueño, como lo es de los marineros de

Moguer en las tormentas de la barra; segura cima de mis días

difíciles, en lo alto de su cuesta roja y agria, que toman los

mendigos, camino de Sanlúcar.

¡ Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo !

Es lo único que no ha dejado, al crecer yo, de ser grande, lo único

que ha sido mayor cada vez. Cuando le cortaron aquella rama que

el huracán le tronchó, me pereció que me habían arrancado un

miembro; y, a veces, cuando cualquier dolor me coge de

improviso, me parece que le duele al pino de la Corona.

La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y

como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han

descansado razas y razas por siglos, como sobre el agua, bajo el

cielo y en la nostalgia de mi corazón. Cuando, en el descuido de

mis pensamientos, las imágenes arbitrarias se colocan donde

quieren, o en estos instantes en que hay cosas que se ven cual en

una visión segunda y a un lado de lo distinto, el pino de Colona,

transfigurado en no sé qué cuando de eternidad, se me presenta,

más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a

descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi

viaje por la vida.

XLI - DARBÓN

Darbón, el médico de Platero, es grande como el buey pío,

rojo como una sandía. Pesa once arrobas. Cuenta, según él, tres

duros de edad.

Cuando habla, le faltan notas, cual a los pianos viejos; otras

veces, en lugar de palabra, le sale un escape de aire. Y estas

pifias llevan un acompañamiento de inclinaciones de cabeza, de

manotadas ponderativas, de vacilaciones chochas, de quejumbres

de garganta y salivas en el pañuelo, que no hay más que pedir. Un

amable concierto para antes de le cena.

No le queda muela ni diente y casi sólo come migajón de

pan, que ablanda primero en la mano. Hace una bola y ¡ a la boca

roja ! Allí la tiene, revolviéndola, una hora. Luego otra bola, y otra.

Masca con las encías, y la barba le llega, entonces, a la aguileña

nariz.

Digo que es grande como el buey pío. En la puerta del

banco, tapa la casa. Pero se enternece, igual que un niño, con

Platero. Y si ve una flor o un pajarillo, se ríe de pronto, abriendo

toda su boca, con una gran risa sostenida, cuya velocidad y

duración él no puede regular, y que acaba siempre en llanto.

Luego, ya sereno, mira largamente del lado del cementerio viejo:

- Mi niña, mi pobrecita niña...

XLII - EL NIÑO Y EL AGUA

En la sequedad estéril y abrasada de sol del gran corralón

polvoriento que, por despacio que se pise, lo llena a uno hasta los

ojos de su blanco polvo cernido, el niño está con la fuente, en

grupo franco y risueño, cada uno con su alma. Aunque no hay un

solo árbol, el corazón se llena, llegando, de un nombre, que los

ojos repiten escrito en el cielo azul Prusia con grandes letras de

luz: Oasis.

Ya la mañana tiene color de siesta y la chicharra sierra su

olivo, en el corral de San Francisco. El sol le da al niño en la

cabeza; pero él, absorto en el agua, no lo siente. Echado en el

suelo, tiene la mano bajo el chorro vivo, y el agua le pone en la

palma un tembloroso palacio de frescura y de gracia que sus ojos

negros contemplan arrobados. Habla solo, sobre su nariz, se

rasca aquí y allá entre sus harapos, con la otra mano. El palacio,

igual siempre y renovado a cada instante, vacila a veces. Y el niño

se recoge entonces, se aprieta, se sume en sí, para que ni ese

latido de la sangre que cambia, con un cristal movido solo, la

imagen tan sensible de un calidoscopio, le robe al agua la

sorprendida forma primera.

- Platero, no sé si entenderás o no lo que te digo: pero ese

niño tiene en su mano mi alma.

XLIII - AMISTAD

Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me lleva

siempre adonde quiero.

Sabe Platero que, al llegar al pino de la Corona, me gusta

acercarme a su tronco y acariciárselo, y mirar el cielo al través de

su enorme y clara copa; sabe que me deleita la veredilla que va,

entre céspedes, a la Fuente vieja; que es para mí una fiesta ver el

río desde la colina de los pinos, evocadora, con su bosquecillo

alto, de parajes clásicos. Como me adormile, seguro, sobre él, mi

despertar se abre siempre a uno de tales amables espectáculos.

Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se torna

fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo

engaño, lo hago rabiar... él comprende bien que lo quiero, y no me

guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he

llegado a creer que sueña mis propios sueños.

Platero se me ha rendido como una adolescente apasionada.

De nada protesta. Sé que soy su felicidad. Hasta huye de los

burros y de los hombres...

XLIV - LA ARRULLADORA

La chiquilla del carbonero, bonita y sucia cual una moneda,

bruñidos los negros ojos y reventando sangre los labios prietos

entre la tizne, está a la puerta de la choza, sentada en una teja,

durmiendo al hermanito.

Vibra la hora de mayo, ardiente y clara como un sol por

dentro. En la paz brillante, se oye el hervor de la olla que cuece en

el campo, la brama de la dehesa de los Caballos, la alegría del

viento del mar en la maraña de los eucaliptos.

Sentida y dulce, la carbonera canta:

Mi niiiño se va a dormiii

en graaasia de la Pajtoraaa...

Pausa. El viento en las copas...

... y pooor dormirse mi niñooo,

se duermeee la arruyadoraaa...

El viento... Platero, que anda, manso, entre los pinos

quemados, se llega, poco a poco... Luego se echa en la tierra

fosca y, a la larga copla de madre, se adormila, igual que un niño.

XLV - EL ÁRBOL DEL CORRAL

Este árbol, Platero, esta acacia que yo mismo sembré, verde

llama que fue creciendo, primavera tras primavera, y que ahora

mismo nos cubre con su abundante y franca hoja pasada de sol

poniente, era, mientras viví en esta casa, hoy cerrada, el mejor

sostén de mi poesía. Cualquier rama suya, engalanada de

esmeralda por abril o de oro por octubre, refrescaba, sólo con

mirarla un punto, mi frente, como la mano más pura de una musa.¡

Qué fina, qué grácil, qué bonita era !

Hoy Platero es dueña casi de todo el corral. ¡ Qué basta se

ha puesto ! No sé si se acordará de mí. A mí me parece otra. En

todo este tiempo en que la tenía olvidada, igual que si no

existiese, la primavera la ha ido formando, año tras año, a su

capricho, fuera del agrado de mi sentimiento.

Nada me dice hoy, a pesar de ser árbol, y árbol puesto por

mí. Un árbol cualquiera que por primera vez acariciamos, nos

llena, Platero, de sentido el corazón. Un árbol que hemos amado

tanto, que tanto hemos conocido, no nos dice nada vuelto a ver,

Platero. Es triste; más es inútil decir más. No, no puedo mirar ya

en esta fusión de la acacia y el ocaso, mi lira colgada. La rama

graciosa no me trae el verso, ni la iluminación interna de la copa el

pensamiento. Y aquí, a donde tantas veces vine de la vida, con

una ilusión de soledad musical, fresca y olorosa, estoy mal, y

tengo frío, y quiero irme, como entonces del casino, de la botica o

del teatro, Platero.

XLVI - LA TÍSICA

Estaba derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual

un nardo ajado, en medio de la encalada y fría alcoba. Le había

mandado el médico salir al campo, a que le diera el sol de aquel

mayo helado; pero la pobre no podía.

- Cuando yego ar puente - me dijo- , ¡ ya v'usté, zeñorito, ahí

ar lado que ejtá !, máhogo...

La voz pueril, delgada y rota, se le caía, cansada, como se

cae, a veces, la brisa en el estío.

Yo le ofrecí a Plateo para que diese un paseíto. Subida en él,

¡ qué risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y

dientes blancos !

... Se asomaban las mujeres a las puertas a vernos pasar.

Iba Platero despacio, como sabiendo que llevaba encima un frágil

lirio de cristal fino. La niña, con su hábito cándido de la Virgen de

Montemayor, lazado de grana, transfigurada por la fiebre y la

esperanza, parecía un ángel que cruzaba el pueblo, camino del

cielo del sur.

XLVII - EL ROCÍO

Platero - le dije- ; vamos a esperar las Carretas. Traen el

rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las

ánimas, la frescura de las Madres y de los Frenos, el olor de la

Rocina...

Me lo llevé, guapo y lujoso, a que piropeara a las muchachas

por la calle de la Fuente, en cuyos bajos aleros de cal se moría,

en una vaga cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos

pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el

camino de los Llanos.

Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de

los Rocíos caía sobre las viñas, de una pasajera nube malva. Pero

la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.

Pasaron, primero, en burros, mulas y caballos ataviados a la

moruna y la crin trenzada, las alegres parejas de novios, ellos

alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se

alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía

luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado.

Detrás, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con las

muchachas, morenas, duras y floridas, sentadas bajo el dosel,

repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más

burros... Y el mayordomo - ¡ Viva la Virgen del Rocíoooo ! ¡

Vivaaaaa !- calvo, seca y rojo, el sombrero ancho a la espalda y la

vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado

por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus

frontales de colorinas y espejos, en los que chispeaba el trastorno

del sol mojado, cabeceando con la desigual tirada de la yunta, el

Sin Pecado, amatista y de plata en su carro blanco, todo en flor,

como un cargado jardín mustio.

Se oía ya la música, ahogada entre el campaneo y los

cohetes negros y el duro herir de los cascos herrados en las

piedras...

Platero, entonces, dobló sus manos, y, como una mujer, se

arrodilló - ¡ una habilidad suya !- , blando, humilde y consentido.

XLVIII - RONSARD

Libre ya Platero del cabestro, y paciendo entre las castas

margaritas del pradecillo, me he echado yo bajo un pino, he

sacado de la alforja moruna un breve libro, y, abriéndolo por una

señal, me he puesto a leer en alta voz:

Comme on voit sur la blanche au mois de maii la

rose

En sa belle jeunesse, en sa premiere fleur,

Rendre le ciel jaloux de...

Arriba, por las ramas últimas, salta y pía un leve pajarillo, que

el sol hace, cual toda la verde cima suspirante, de oro. Entre vuelo

y gorjeo, se oye el partirse de las semillas que el pájaro se está

almorzando.

... jaloux de sa vive couleur,

Una cosa enorme y tibia avanza, de pronto, como una proa

viva, sobre mi hombro... Es Platero, que, sugestionado, sin duda,

por la lira de Orfeo, viene a leer conmigo. Leemos:

... vive couleur,

Quand l'aube de ses pleurs au point du jour l'a...

Pero el pajarillo, que debe digerir aprisa, tapa la palabra, con

una nota falsa.

Ronsard, olvidado un instante de su soneto «Quand en

songeant ma follatre j'accolle»..., se debe haber reído en el

infierno...

XLIX - EL TÍO DE LAS VISTAS

De pronto, sin matices, rompe el silencio de la calle el seco

redoble de un tamborcillo. Luego, una voz cascada tiembla un

pregón jadeoso y largo. Se oyen carreras, calle abajo... Los

chiquillos gritan: ¡ El tío de las vistas ! ¡ Las vistas ! ¡ Las vistas !

En la esquina, una pequeña caja verde con cuatro banderitas

rosas, espera sobre su catrecillo, la lente al sol. El viejo toca el

tambor. Un grupo de chiquillos sin dinero, las manos en el bolsillo

o a la espalda, rodean, mudos, la cajita. A poco, llega otro

corriendo, con su perra en la palma de la mano. Se adelanta, pone

sus ojos en la lente...

- ¡ Ahooora se verá... al general Prim... en su caballo

blancoooo... ! - dice el viejo forastero con fastidio, y toca el tambor.

- ¡ El puerto... de Barcelonaaaa... ! - y más redoble.

Otros niños van llegado con su perra lista, y la adelantan al

punto al viejo, mirándolo absortos, dispuestos a comprar su

fantasía. El viejo dice:

- ¡ Ahooora se verá... el castillo de la Habanaaaa ! - y toca el

tambor.

Platero, que se ha ido con la niña y el perro de enfrente a ver

las vistas, mete su cabezota por entre las de los niños, por jugar.

El viejo, con un súbito buen humor, le dice: ¡ Venga tu perra !

Y los niños sin dinero se ríen todos sin ganas, mirando al

viejo con una humilde solicitud aduladora...

L - LA FLOR DEL CAMINO

¡ Qué pura, Platero, y qué bella esta flor del camino ! Pasan a

su lado todos tropeles - los toros, las cabras, los potros, los

hombres- , y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y

fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna.

Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú

la has visto en su puesto verde. Ya tiene su lado un pajarillo, que

se levanta - ¿ por qué ?- al acercarnos; o está llena, cual una

breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el

robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa.

Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo

podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como

una primavera de mi vida... ¿ Qué le diera yo al otoño, Platero, a

cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el

ejemplo sencillo y sin término de la nuestra ?

LI - LORD

No sé si tú, Platero, sabrás ver una fotografía. Yo se las he

enseñado a algunos hombres del campo y no veían nada en ella.

Pues éste es Lord, Platero, el perrillo foxterrier de que a veces te

he hablado. Míralo. Está ¿ lo ves ? en un cojín de los del patio de

mármol, tomando, entre las macetas de geranios, el sol de

invierno.

¡ Pobre Lord ! Vino de Sevilla cuando yo estaba allí pintando.

Era blanco, casi incoloro de tanta luz, pleno como un muslo de

dama, redondo e impetuoso como el agua en la boca de la caño.

Aquí y allá, mariposas posadas, unos toques negros. Sus ojos

brillantes eran dos breves inmensidades de sentimientos de

nobleza. Tenían vena de loco. A veces, sin razón, se ponía a dar

vueltas vertiginosas entre las azucenas del patio de mármol, que

en mayo lo adornan todo, hojas, azules, amarillas de los cristales

traspasados del sol de la montera, como los palomos que pinta

don Camilo... Otras se subía a los tejados y promovía un alboroto

piador en los nidos de los aviones... La Macaria lo enjabonaba

cada mañana y estaba tan radiante siempre como las almenas de

la azotea sobre el cielo azul, Platero.

Cuando se murió mi padre, pasó toda la noche velándolo

junto a la caja. Una vez que mi madre se puso mala, se echó a los

pies de su cama y allí se pasó un mes sin comer ni beber...

Vinieron a decir un día mi casa que un perro rabioso lo había

mordido... Hubo que llevarlo a la bodega del Castillo y atarlo allí al

naranjo, fuera de la gente.

La mirada que dejó atrás por la callejilla cuando se lo

llevaban sigue agujereando mi corazón como entonces, Platero,

igual que la luz de una estrella muerta, viva siempre, sobre

pasando su nada con la exaltada intensidad de su doloroso

sentimiento... Cada vez que un sufrimiento material me punza el

corazón, surge ante mí, larga como la vereda de la vida a la

eternidad, digo, del arroyo al pino de la Corona, la mirada que

Lord dejó en él para siempre cual una huella macerada.

LII - EL POZO

¡ El pozo !... Platero, ¡ qué palabra tan honda, tan verdinegra,

tan fresca, tan sonora ! Parece que es la palabra la que taladra,

girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al

alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una

flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el

nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de

esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una pierda a su quietud, se

enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.

(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo,

adornada de volubles estrellas. ¡ Silencio ! Por los caminos se ha

ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se

ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir

de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del

mundo. ¡ Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante,

magnético salón encantado !)

- Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por

matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale,

asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

LIII - ALBÉRCHIGOS

Por el callejón de la Sal, que retuerce su breve estrechez,

violeta de cal con sol y cielo azul, hasta la torre, tapa de su fin,

negra y desconchada de esta parte del sur por el constante golpe

del viento de la mar; lentos, vienen niño y burro. El niño,

hombrecito enanillo y recortado, más chico que su caído sombrero

ancho, se mete en su fantástico corazón serrana que le da coplas

y coplas bajas:

... con grandej fatiguiiiyaaa

yo je lo pedíaaa...

Suelto, el burro mordisquea la escasa yerba sucia del

callejón, levemente abatido por la carguilla de albérchigos. De vez

en cuando, el chiquillo, como si tornara un punto a la calle

verdadera, se para en seco, abre y aprieta sus desnudas

piernecillas terrosas, como para cogerle fuerza, en la tierra, y,

ahuecando la voz con la mano, canta duramente, con una voz en

la que torna a ser niño en la e:

- ¡ Albéeerchigooo !...

Luego, cual si la venta le importase un bledo - como dice el

padre Díaz- , torna a su ensimismado canturreo gitano:

... yo a ti no te cuurpooo,

ni te curparíaaa...

Y le da varazos a las piedras, sin saberlo...

Huele a pan calentito y a pino quemado. Una brisa tarda

conmueve levemente la calleja. Canta la súbita campanada gorda