autor anónimo
Capítulo I
Nací, pero como no sabría decir como, cuándo o dónde, y por lo tanto debo
permitirle al lector que acepte esta afirmación mía y que la crea si bien le
parece. Otra cosa es asimismo cierta: el hecho de mi nacimiento no es ni
siquiera un átomo menos cierto que la veracidad de estas memorias, y si el
estudiante inteligente que profundice en estas páginas se pregunta cómo sucedió
que en el transcurso de mi paso por la vida —o tal vez hubiera debido decir mi
brinco por ella— estuve dotada de inteligencia, dotes de observación y poderes
retentivos de memoria que me permitieron conservar el recuerdo de los
maravillosos hechos y descubrimientos que voy a relatar, únicamente podré
contestarle que hay inteligencias insospechadas por el vulgo, y leyes naturales
cuya existencia no ha podido ser descubierta todavía por los más avanzados
científicos del mundo. Oí decir en alguna parte que mi destino era pasarme la
vida chupando sangre. En modo alguno soy el más insignificante de los seres que
pertenecen a esta fraternidad universal, y si llevo una existencia precaria en
los cuerpos de aquellos con quienes entro en contacto, mi propia experiencia
demuestra que lo hago de una manera notablemente peculiar, ya que hago una
advertencia de mi ocupación que raramente ofrecen otros seres de otros grados en
mi misma profesión. Pero mi creencia es que persigo objetivos más nobles que el
de la simple sustentación de mi ser por medio de las contribuciones de los
incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mío, y con un alma que está
muy por encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido
escalando alturas de percepción mental y de erudición que me colocaron para
siempre en el pináculo de la grandeza en el mundo de los insectos. Es el hecho
de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al describir
las escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme
para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de
discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, al través de mis
elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia. De esta suerte
se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto, cuando se
tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la
familiaridad conque he conllevado el trato con las más altas personalidades, y
la forma en que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará
en convenir conmigo que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los
insectos. Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba
en el interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y
monótonos que me llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he
aprendido a calibrar la verdadera importancia de tales influencias, y las
actitudes de los devotos las tomo ahora como manifestaciones exteriores de un
estado emocional interno, por lo general inexistente. Estaba entregado a mi
tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una jovencita de alrededor
de catorce años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como el aroma de
su... pero estoy divagando. Poco después de haber dado comienzo tranquila y
amistosamente a mis pequeñas atenciones, la jovencita, así como el resto de la
congregación, se levantó y se fue. Como es natural, decidí acompañarla. Tengo
muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el momento
en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la
jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre
Bella, bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y
pude ver que también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor.
Iba con su tía, una señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba
entrar en relaciones de intimidad. Bella era una preciosidad de apenas catorce
años, y de figura perfecta. No obstante su juventud, sus dulces senos en capullo
empezaban ya a adquirir proporciones como las que placen al sexo opuesto. Su
rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave como los perfumes
de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Bella sabía, desde luego, cuáles
eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como
pudiera hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al
observar las miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces
también los hombres ya más maduros. En el exterior del templo se produjo un
silencio general, y todos los rostros se volvieron a mirar a la linda Bella,
manifestaciones que hablaban mejor que las palabras de que era la más admirada
por todos los ojos, y la más deseada por los corazones masculinos. Sin embargo,
sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de todos los
días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su
alcoba. No diré que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la
gentil jovencita alzaba una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la
otra con el fin de desatarse las elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin
apartar una de otra sus rollizas pantorrillas, Bella se quedó viendo la misiva
plegada que yo advertí que el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse
luego en la oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se
reunían con su hermoso bajo vientre para casi impedir la vista de una fina
hendidura color durazno, que apenas asomaba sus labios por entre las sombras. De
pronto Bella dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad
de leerla también. los incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mío,
y con un alma que está muy por encima de los vulgares instintos de los seres de
mi raza, he ido escalando alturas de percepción mental y de erudición que me
colocaron para siempre en el pináculo de la grandeza en el mundo de los
insectos. Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que
quiero evocar al describir las escenas que presencié, y en las que incluso tomé
parte. No he de detenerme para exponer por qué medios fui dotada de poderes
humanos de observación y de discernimiento. Séales permitido simplemente darse
cuenta, al través de mis elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en
consecuencia. De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga
vulgar. En efecto, cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy
acostumbrado a frecuentar, la familiaridad conque he conllevado el trato con las
más altas personalidades, y la forma en que trabé conocimiento con la mayoría de
ellas, el lector no dudará en convenir conmigo que, en verdad, soy el más
maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el
interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos
que me llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a
calibrar la verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los
devotos las tomo ahora como manifestaciones exteriores de un estado emocional
interno, por lo general inexistente. Estaba entregado a mi tarea profesional en
la regordeta y blanca pierna de una jovencita de alrededor de catorce años, el
sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como el aroma de su... pero estoy
divagando. Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis
pequeñas atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se
levantó y se fue. Como es natural, decidí acompañarla. Tengo muy aguzados los
sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el momento en que cruzaba el
pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la jovencita una hoja
doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Bella, bordado en la
suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que también
dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una
señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de
intimidad. Bella era una preciosidad de apenas catorce años, y de figura
perfecta. No obstante su juventud, sus dulces senos en capullo empezaban ya a
adquirir proporciones como las que placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una
candidez encantadora; su aliento era suave como los perfumes de Arabia, y su
piel parecía de terciopelo. Bella sabía, desde luego, cuáles eran sus encantos,
y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera hacerlo una
reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las
miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también los
hombres ya más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio
general, y todos los rostros se volvieron a mirar a la linda Bella,
manifestaciones que hablaban mejor que las palabras de que era la más admirada
por todos los ojos, y la más deseada por los corazones masculinos. Sin embargo,
sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de todos los
días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su
tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su
alcoba. No diré que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la
gentil jovencita alzaba una de sus exquisitas piernas para cruzaría sobre la
otra con el fin de desatarse las elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin
apartar una de otra sus rollizas pantorrillas, Bella se quedó viendo la misiva
plegada que yo advertí que el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se
desplegaban hacia arriba hasta las jarreteras, firmemente sujetas, para perderse
luego en la oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se
reunían con su hermoso bajo vientre para casi impedir la vista de una fina
hendidura color durazno, que apenas asomaba sus labios por entre las sombras. De
pronto Bella dejó caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad
de leerla también.
"Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar". Eran las únicas
palabras escritas en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para
ella. puesto que se mantuvo en la misma postura por algún tiempo en actitud
pensativa. Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de
la interesante joven, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de
continuar en tan placentera promiscuidad, me apresuré a permanecer
tranquilamente oculta en un lugar recóndito y cómodo, aunque algo húmedo, y no
salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de los acontecimientos,
hasta que se aproximó la hora de la cita. Bella se vistió con meticulosa
atención, y se dispuso a trasladarse al jardín que rodeaba la casa de campo
donde moraba, fui con ella. Al llegar al extremo de una larga y sombreada
avenida la muchacha se sentó en una banca rústica, y esperó la llegada de la
persona con la que tenía que encontrarse. No pasaron más de unos cuantos minutos
antes de que se presentara el joven que por la mañana se había puesto en
comunicación con mi deliciosa amiguita. Se entabló una conversación que, sí debo
juzgar por la abstracción que en ella se hacía de todo cuanto no se relacionara
con ellos mismos, tenía un interés especial para ambos. Anochecía, y estábamos
entre dos luces. Soplaba un airecillo caliente y confortable, y la joven pareja
se mantenía entrelazada en el banco, olvidados de todo lo que no fuera su
felicidad mutua. —No sabes cuánto te quiero, Bella -murmuró el joven, sellando
tiernamente su declaración con un beso depositado sobre los labios que ella
ofrecía. —Sí, lo sé —contestó ella con aire inocente—. ¿No me lo estás diciendo
constantemente? Llegaré a cansarme de oír esa canción. Bella agitaba
inquietamente sus lindos pies, y se veía meditabunda. —¿Cuándo me explicarás y
enseñarás todas esas cosas divertidas de que me has hablado? —preguntó ella por
fin, dirigiéndole una mirada, para volver luego a clavar la vista en el suelo.
—Ahora —repuso el joven—. Ahora, querida Bella, que estamos a solas y libres de
interrupciones. ¿Sabes, Bella? Ya no somos unos chiquillos. Bella asintió con un
movimiento de cabeza. —Bien; hay cosas que los niños no saben, y que los amantes
no sólo deben conocer, sino también practicar. —¡Válgame Dios! —dijo ella, muy
seria. — Sí —continuó su compañero—. Hay entre los que se aman cosas secretas
que los hacen felices, y que son causa de la dicha de amar y ser amado. —¡Dios
mío! —exclamó Bella—. ¡Qué sentimental te has vuelto, Carlos! Todavía recuerdo
cuando me decías que el sentimentalismo no era más que una patraña. —Así lo
creía, hasta que me enamoré de ti —replicó el joven. —¡Tonterías! —repuso
Bella—. Pero sigamos adelante, y i cuéntame lo que me tienes prometido. —No te
lo puedo decir si al mismo tiempo no te lo enseño —contestó Carlos—. Los
conocimientos sólo se aprenden observándolos en la práctica. —¡Anda, pues!
¡Sigue adelante y enséñame! —exclamó la muchacha, en cuya brillante mirada y
ardientes mejillas creí- descubrir que tenía perfecto conocimiento de la clase
de instrucción que demandaba. En su impaciencia había un no sé qué cautivador.
El joven cedió a este atractivo y, cubriendo con su cuerpo el de la bella
damita, acercó sus labios a los de ella y la besó embelesado. Bella no opuso
resistencia; por el contrario colaboró devolviendo las caricias de su amado.
Entretanto la noche avanzaba; los árboles desaparecían tras. la oscuridad, y
extendían sus altas copas como para proteger a los jóvenes contra la luz que se
desvanecía. De pronto Carlos se deslizó a un lado de ella y efectuó un ligero
movimiento. Sin oposición de parte de Bella pasó su mano por debajo de las
enaguas de la muchacha. No satisfecho con el goce que le causó tener a su
alcance sus medias de seda, intentó seguir más arriba, y sus inquisitivos dedos
entraron en contacto con las suaves y temblorosas carnes de los muslos de la
muchacha. El ritmo de la respiración de Bella se apresuró ante este poco
delicado ataque a sus encantos. Estaba, empero, muy lejos de resistirse;
indudablemente le placía el excitante jugueteo. -Tócalo -murmuró—. Te lo
permito. Carlos no necesitaba otra invitación. En realidad se disponía a seguir
adelante, y captando en el acto el alcance del permiso, introdujo sus dedos más
adentro. La complaciente muchacha abrió sus muslos cuando él lo hizo, y de
inmediato su mano alcanzó los delicados labios rosados de su linda rendija.
Durante los diez minutos siguientes la pareja permaneció con los labios pegados,
olvidada de todo. Sólo su respiración denotaba la intensidad de las sensaciones
que los embargaba en aquella embriaguez de lascivia. Carlos sintió un delicado
objeto que adquiría rigidez bajo sus ágiles dedos, y que sobresalía de un modo
que le era desconocido. En aquel momento Bella cerró sus ojos, y dejando caer su
cabeza hacia atrás se estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía
ligero y lánguido, y su cabeza buscaba apoyo en el brazo de su amado. —¡Oh,
Carlos! —murmuró—. ¿Qué me estás haciendo? ¡Qué deliciosas sensaciones me
proporcionas! El muchacho no permaneció ocioso, pero habiendo ya explorado todo
lo que le permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y
comprendiendo la necesidad de satisfacer la pasión que con sus actos había
despertado, le rogó a su compañera que le permitiera conducir su mano hacia un
objeto querido, que le aseguró era capaz de producirle mucho mayor placer que el
que le habían proporcionado sus dedos. Nada renuente, Bella se asió a un nuevo y
delicioso objeto y, ya fuere porque experimentaba la curiosidad que simulaba, o
porque realmente se sentía transportada por deseos recién nacidos, no pudo
negarse a llevar de la sombra a la luz el erecto objeto de su amigo. Aquellos de
mis lectores que se hayan encontrado en una situación similar, podrán comprender
rápidamente el calor puesto en empuñar la nueva adquisición, y la mirada de
bienvenida con que acogió su primera aparición en público.
Era la primera vez que Bella contemplaba un miembro masculino en plena
manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido así, el que yo podía ver
cómodamente era de tamaño formidable. Lo que más le incitaba a profundizar en
sus conocimientos era la blancura del tronco y su roja cabeza, de la que se
retiraba la suave piel cuando ella ejercía presión. Carlos estaba igualmente
enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía recorriendo el juvenil tesoro
del que había tomado posesión. Mientras tanto los jugueteos de la manecita sobre
el juvenil miembro con el que había entrado en contacto habían producido los
efectos que suelen observarse en circunstancias semejantes en cualquier
organismo sano y vigoroso, como el del caso que nos ocupa. Arrobado por la suave
presión de la mano, los dulces y deliciosos apretones, y la inexperiencia con
que la jovencita tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante
fruta, para descubrir su roja cabeza encendida por el deseo, y con su diminuto
orificio en espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven
estaba enloquecido de lujuria, y Bella era presa de nuevas y raras sensaciones
que la arrastraban hacia un torbellino de apasionada excitación que la hacía
anhelar un desahogo todavía desconocido. Con sus hermosos ojos entornados,
entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente y enardecida a causa de los
desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona, era víctima
propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad. y quisiera
lograr sus favores y arrancarle su delicada rosa juvenil. No obstante su
juventud. Carlos no era tan ciego como para dejar escapar tan brillante
oportunidad. Además su pasión, ahora a su máximo, lo incitaba a seguir adelante,
desoyendo los consejos de prudencia que de otra manera hubiera escuchado.
Encontró palpitante y bien húmedo el centro que se agitaba bajo sus dedos;
contempló a la hermosa muchacha tendida en una invitación al deporte del amor,
observó sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar sus senos, y las fuertes
emociones sensuales que daban vida a las radiantes formas de su joven compañera.
Las suaves y turgentes piernas de la muchacha estaban expuestas a las
apasionadas miradas del joven. A medida que iba alzando cuidadosamente sus ropas
íntimas, Carlos descubría los secretos encantos de su adorable compañera, hasta
que sus ojos en llamas se posaron en los rollizos miembros rematados en las
blancas caderas y el vientre palpitante. Su ardiente mirada se posó entonces en
el centro mismo de atracción, en la rosada hendidura escondida al pie de un
turgente monte de Venus, apenas sombreado por el más suave de los vellos. El
cosquilleo que le había administrado, y las caricias dispensadas al objeto
codiciado, habían provocado el flujo de humedad que suele suceder a la
excitación, y Bella ofrecía una rendija que se antojaba un durazno, bien rociado
por el mejor y más dulce lubricante que pueda ofrecer la naturaleza. Carlos
captó su oportunidad, y apartando suavemente la mano con que ella le asía el
miembro, se lanzó furiosamente, sobre la reclinada figura de ella. Apresó con su
brazo izquierdo su breve cintura; abrazó las mejillas de la muchacha con su
cálido aliento, y sus labios apretaron los de ella en un largo, apasionado y
apremiante beso. Tras de liberar a su mano izquierda, trató de juntar los
cuerpos lo más posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el
placer sensual, esforzándose ansiosamente por completar la unión. Bella sintió
por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con los
labios de su rosado orificio. Tan pronto como percibió el ardiente contacto con
la dura cabeza del miembro de Carlos se estremeció perceptiblemente, y
anticipándose a los placeres de los actos venéreos, dejó escapar una abundante
muestra de su susceptible naturaleza. Carlos estaba embelesado, y se esforzaba
en buscar la máxima perfección en la consumación del acto. Pero la naturaleza,
que tanto había influido en el desarrolló de las pasiones sexuales de Bella,
había dispuesto, que algo tenía que realizarse antes de que fuera cortado tan
fácilmente un capullo tan tempranero. Ella era muy joven, inmadura —incluso en
el sentido de estas visitas mensuales que señalan el comienzo de la pubertad— y
sus partes, aun cuando estaban llenas de perfecciones
y de frescura, estaban poco preparadas para la admisión de los miembros
masculinos, aun los tan moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa, se
luchaba en aquel momento por buscar alojamiento en ellas. En vano se esforzaba
Carlos presionando con su excitado miembro hacia el interior de las delicadas
partes de la adorable muchachita. Los rosados pliegues del estrecho orificio
resistían todas las tentativas de penetración en la mística gruta. En vano
también la linda Bella, en aquellos momentos inflamada por una excitación que
rayaba en la furia, y semienloquecida por efecto del cosquilleo que ya había
resentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven
amante. La membrana era fuerte y resistía bravamente. Al fin, en un esfuerzo
desesperado por alcanzar el objetivo propuesto, el joven se hizo atrás por un
momento, para lanzarse luego con todas sus fuerzas hacia adelante, con lo que
consiguió abrirse paso taladrando en la obstrucción, y adelantar la cabeza y
parte de su endurecido miembro en el sexo de la muchacha que yacía bajo él.
Bella dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a
sus secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para
resistir el dolor con la esperanza del alivio que parecía estar a punto de
llegar. Se ha dicho que ce n’est que le premier coup qui coute, pero cabe alegar
que también es perfectamente posible que quelquejois il cauto trops, como puede
inferir el lector conmigo en el caso presente. Sin embargo. y por muy extraño
que pueda parecer, ninguno de nuestros amantes tenía la menor idea al respecto,
pues entregados por entero a las deliciosas sensaciones que se habían apoderado
de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos que ambos
sentían que iban a llevarlos a un éxtasis. Todo el cuerpo de Bella se estremecía
de delirante impaciencia, y de sus labios rojos se escapaban cortas
exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregada en cuerpo y alma a
las delicias del coito. Sus contracciones musculares en el arma que en aquellos
momentos la tenía ya ensartada, el firme abrazo con que sujetaba el
contorsionado cuerpo del muchacho, la delicada estrechez de la húmeda funda,
ajustada como un guante, todo ello excitaba los sentidos de Carlos hasta la
locura. Hundió su instrumento hasta la raíz en el cuerpo de ella, hasta que los
dos globos que abastecían de masculinidad al campeón alcanzaron contacto con los
firmes cachetes de las nalgas de ella. No pudo avanzar más, y se entregó de
lleno a recoger la cosecha de sus esfuerzos.
Pero Bella, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la
completa unión Que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y
caliente miembro le proporcionaba, estaba demasiado excitada para interesarse o
preocuparse por lo que pudiera ocurrir después. Poseída por locos espasmos de
lujuria, se apretujaba contra el objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos
de su amado, con apagados quejidos de intensa emoción extática y grititos de
sorpresa y deleite, dejo escapar una copiosa emisión que, en busca de salida,
inundó los testículos de Carlos. Tan pronto como el joven pudo comprobar el
placer que le procuraba a la hermosa Bella, y advirtió el flujo que tan
profusamente había derramado sobre él, fue presa también de un acceso de furia
lujuriosa. Un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas. Su
instrumento se encontraba totalmente hundido en las entrañas de ella. Echándose
hacia atrás, extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a
hundirlo. Sintió un cosquilleo crispante, enloquecedor. Apretó el abrazo que le
mantenía unido a su joven amante, y en el mismo instante en que otro grito de
arrebatado placer se escapaba del palpitante pecho de ella, sintió su propio
jadeo sobre el seno de Bella, mientras derramaba en el interior de su agradecida
matriz un verdadero torrente de vigor juvenil. Un apagado gemido de lujuria
satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Bella, al sentir en su interior
el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de la emisión
le arrancó a Carlos un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido
con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual. El grito fue la
señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las ramas de
los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de
pie delante de los jóvenes amantes.
El horror heló la sangre de ambos. Carlos, escabulléndose del que había sido
su lúbrico y cálido refugio, y con un esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió
ante la aparición, como quien huye de una espantosa serpiente. Por su parte la
gentil Bella, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se cubrió el
rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su
goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar
la tormenta que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse, a ella con toda la
presencia de ánimo de que era capaz. No se prolongó mucho su incertidumbre.
Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al
jovencito por el brazo, mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que
pusiera orden en su vestimenta. —¡Muchacho imprudente! —murmuró entre dientes—.
¿Qué hiciste? ¿Hasta qué extremos te ha arrastrado tu pasión loca y salvaje?
¿Cómo podrás enfrentarte a la ira de tu ofendido padre? ¿Cómo apaciguarás su
justo resentimiento cuando yo, en el ejercicio de mi deber moral, le haga saber
el daño causado por la mano de su único hijo? Cuando terminó de hablar,
manteniendo a Carlos todavía sujeto por la muñeca, la luz de la luna descubrió
la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, bajo, gordo y
más bien corpulento. Su rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más
atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache,
lanzaban en torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento. Vestía
hábitos clericales, cuyo sombrío aspecto y limpieza hacían resaltar todavía más
sus notables proporciones musculares y su sorprendente fisonomía, Carlos estaba
confundido por completo, y se sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el
fiero intruso se volvió hacia su joven compañera de goces libidinosos.
—En cuanto a ti, infeliz muchacha, sólo puedo expresarte mi máximo horror y
mí justa indignación. Olvidándote de los preceptos de nuestra santa madre
iglesia, sin importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso
muchacho que pruebe la fruta prohibida. ¿Qué te queda ahora? Escarnecida por tus
amigos y arrojada del hogar de tu tío, tendrás que asociarte con las bestias del
campo, y. como Nabucodonosor, serás eludida por los tuyos para evitar la
contaminación, y tendrás que implorar por los caminos del Señor un miserable
sustento. ¡Ah, hija del pecado, criatura entregada a la lujuria y a Satán! Yo te
digo que... El extraño había ido tan lejos en su amonestación a la infortunada
muchacha, que Bella, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió
lágrimas y súplicas en demanda de perdón para ella y para su joven amante, —No
digas más —siguió, al cabo. el fiero sacerdote—. No digas más. Las confesiones
no son válidas, y las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa. Mi mente no
acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si
obedeciera los dictados de mis actuales inclinaciones me encaminaría
directamente hacia tus custodios naturales para hacerlas saber de inmediato las
infamias que por azar he descubierto. —;Por piedad! ¡Compadeceos de mí! —suplicó
Bella, cuyas lágrimas se deslizaban por unas mejillas que hacía poco habían
resplandecido de placer. —¡Perdonadnos. padre! ¡Perdonadnos a los dos! Haremos
cuanto esté en nuestras manos como penitencia. Se dirán seis misas y muchos
padrenuestros sufragados por nosotros, Se emprenderá sin duda la peregrinación
al sepulcro de San Engulfo, del que me hablabais el otro día. Estoy dispuesto a
cualquier sacrificio si perdonáis a mi querida Bella. El sacerdote impuso
silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un tono piadoso que
contrastaba con sus maneras resueltas y su natural duro. —¡Basta! —dijo—.
Necesito tiempo. Necesito invocar la ayuda de la Virgen bendita, que no conoce
e] pecado, pero que, sin experimentar el placer carnal de la copulación de los
mortales, trajo al mundo al niño Jesús en el establo de Belén. Pasa a yerme
mañana a la sacristía, Bella. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es
la voluntad divina con respecto a tu pecado. En cuanto a ti, joven impetuoso, me
reservo todo juicio y toda acción hasta el día siguiente, en el que te espero a
la misma hora. Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes
cuando el padre les advirtió que debían marcharse ya. La noche hacía mucho que
había caído, y se levantaba el relente. —Entretanto, buenas noches, y que la paz
sea con vosotros. Vuestro secreto está a salvo conmigo hasta que nos volvamos a
ver —dijo el padre antes de desaparecer.
Capítulo II
Curiosa por saber el desarrollo de una aventura en la que ya estaba
verdaderamente interesada, al propio tiempo que por la suerte de la gentil y
amable Bella, me sentí obligada a permanecer junto a ella, y por lo tanto tuve
buen cuidado de no molestarla con mis atenciones, no fuera a despertar su
resistencia y a desencadenar un ataque a destiempo, en un momento en el que para
el buen éxito de mis propósitos necesitaba estar en el propio campo de
operaciones de la joven. No trataré de describiros el mal rato que pasó mi joven
protegida en el intervalo transcurrido desde el momento en que se produjo el
enojoso descubrimiento del padre confesor y la hora señalada por éste para
visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre el sino de la infortunada
Bella. Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se
presentó ante la puerta de aquélla y llamó. La puerta se abrió y apareció el
padre en el umbral. A un signo del sacerdote Bella entró, permaneciendo de pie
frente a la imponente figura del santo varón. Siguió un embarazoso silencio que
se prolongó por algunos segundos. El padre Ambrosio lo rompió al fin para decir:
—Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hija mía. La estricta obediencia del
penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino. Al oír
aquellas bondadosas palabras Bella cobró aliento y pareció descargarse de un
peso que oprimía su corazón.
El padre Ambrosio siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo
cojín que cubría una gran arca de roble. —He pensado mucho en ti, y también
rogado por cuenta tuya, hija mía. Durante algún tiempo no encontré manera alguna
de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la de acudir a tu protector
natural para revelarle el espantoso secreto que involuntariamente llegué a
poseer. Hizo una pausa, y Bella, que sabía muy bien el severo carácter de su
tío, de quien además dependía por completo, se echó a temblar al oír tales
palabras. Tomándola de la mano y atrayéndola de manera que tuvo que arrodillarse
ante él, mientras su mano derecha presionaba su bien torneado hombro, continuó
el padre: —Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran
seguido a tal revelación, y pedí a la Virgen Santísima que me asistiera en tal
tribulación. Ella me señaló un camino que, al propio tiempo que sirve a las
finalidades de la sagrada iglesia, evita las consecuencias que acarrearía el que
el hecho llegase a conocimiento de tu tío. Sin embargo, la primera condición
necesaria para que podamos seguir este camino es la obediencia absoluta. Bella,
aliviada de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el
acto obedecer ciegamente las órdenes de su padre espiritual. La jovencita estaba
arrodillada a sus pies. El padre Ambrosio inclinó su gran cabeza sobre la
postrada figura de ella. Un tinte de color enrojecía sus mejillas, y un fuego
extraño iluminaba sus ojos. Sus manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron
sobre los hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente
su espíritu estaba conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir
adelante con el cumplimiento estricto de su deber, y los tortuosos pasos con que
pretendía evitar su cruel exposición. El santo padre comenzó luego un largo
sermón sobre la virtud de la obediencia, y de la absoluta sumisión a las normas
dictadas por el ministro de la santa iglesia. Bella reiteró la seguridad de que
seria muy paciente, y de que obedecería todo cuanto se le ordenara. Entretanto
resultaba evidente para mí que el sacerdote era víctima de un espíritu
controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba
totalmente de ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y
ardientes labios. El padre Ambrosio atrajo más y más a su hermosa penitente,
hasta que sus lindos brazos descansaron sobre sus rodillas y su rostro se
inclinó hacia abajo con piadosa resignación, casi sumido entre sus manos. —Y
ahora, hija mía —siguió diciendo el santo varón— ha llegado el momento de que te
revele los medios que me han sido señalados por la Virgen bendita como los
únicos que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha
confiado el alivio de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los
siervos de la iglesia tienen prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda
necesitan satisfacer. Se encuentran estos pocos elegidos entre aquellos que ya
han seguido el camino del desahogo carnal. A ellos se les confiere el solemne y
sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra comunidad religiosa,
dentro del más estricto secreto. Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo
que sus amplias manos descendían de los hombros de la muchacha hasta su cintura,
el padre susurró: —Para ti, que ya probaste el supremo placer de la copulación,
está indicado el recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será
borrado y perdonado el pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar
legítimamente de esos deliciosos éxtasis, de esas insuperables sensaciones de
dicha arrobadora que en todo momento encontrarás en los brazos de sus fieles
servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales, sin incurrir en las
penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a cada uno
de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de
sus ministros, y serás premiada y sostenida en tu piadosa labor por la
contemplación —o mejor dicho, Bella, por la participación en ellas— de las
intensas y fervientes emociones que el delicioso disfrute de tu hermosa persona
tiene que provocar. Bella oyó la insidiosa proposición con sentimientos
mezclados de sorpresa y placer. Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente
naturaleza despertaron en el acto ante la descripción ofrecida a su fértil
imaginación. ¿Cómo dudar? El piadoso sacerdote acercó su complaciente cuerpo
hacia ella, y estampó un largo y cálido beso en sus rosados labios. —Madre Santa
—murmuró Bella, sintiendo cada vez más excitados sus instintos sexuales—. ¡Es
demasiado para que pueda soportarlo! Yo quisiera... me pregunto... ¡no sé qué
decir! —Inocente y dulce criatura. Es misión mía la de instruirte. En mi persona
encontrarás el mejor y más apto preceptor para la realización dc los ejercicios
que de hoy en adelante tendrás que llevar a cabo. El padre Ambrosio cambió de
postura. En aquel momento Bella advirtió por vez primera su ardiente mirada de
sensualidad, y casi le causó temor descubrirla. También fue en aquel instante
cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que descollaba en la parte
frontal de la sotana del padre santo. El excitado sacerdote apenas se tomaba ya
el trabajo de disimular su estado y sus intenciones. Tomando a la hermosa
muchacha entre sus brazos la besó larga y apasionadamente. Apretó el suave
cuerpo de ella contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para entrar
en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura. Al cabo, consumido por la
lujuria, perdió los estribos, y dejando a Bella parcialmente en libertad, abrió
el frente de su sotana y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven penitente
y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y
rigidez la dejaron completamente confundida. Es imposible describir las
sensaciones despertadas en Bella por el repentino descubrimiento de aquel
formidable instrumento. Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que
el padre, advirtiendo su asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla
alguna de alarma o de temor, lo colocó tranquilamente entre sus manos. El
entablar contacto con tan tremenda cosa se apoderó de Bella un terrible estado
de excitación. Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro
de moderadas proporciones de Carlos, tan notable fenómeno despertó rápidamente
en ella la mayor de las sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo
mejor que pudo con sus manecitas se acercó a él embargada por un deleite sensual
verdaderamente extático. —Santo Dios! ¡Esto es casi el cielo! —murmuró Bella—. ¡Oh,
padre, quién hubiera creído que iba yo a ser escogida para semejante dicha! Esto
era demasiado para el padre Ambrosio. Estaba encantado con la lujuria de su
linda penitente y por el éxito de su infame treta. (En efecto, él lo había
planeado todo, puesto que facilitó la entrevista de los jóvenes, y con ella la
oportunidad de que se entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos
menos de él, que se agazapó cerca del lugar de la cita para contemplar con
centelleantes ojos el combate amoroso). Levantándose rápidamente alzó el ligero
cuerpo de la joven Bella, y colocándola sobre el cojín en el que estuvo sentado
él momentos antes levantó sus rollizas piernas y separando lo más que pudo sus
complacientes muslos, contempló por un instante la deliciosa hendidura rosada
que aparecía debajo del blanco vientre. Luego, sin decir palabra, avanzó su
rostro hacía ella, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como pudo en
la húmeda vaina dióse a succionar tan deliciosamente, que Bella, en un gran
éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de
placer, eyaculó abundantemente, emisión que el santo padre engulló cual si fuera
un flan. Siguieron unos instantes de calma. Bella reposaba sobre su espalda. con
los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza caída hacia atrás, en actitud de
delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocas por el lujurioso
proceder del reverendo padre. Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de
sus transportes, y sus hermosos ojos permanecían entornados en lánguido reposo.
El padre Ambrosio era de los contados hombres capaces de controlar sus instintos
pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia
en espera de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos
sus actos, y la cautela convencional propia de la orden a la que pertenecía, no
se habían borrado por completo no obstante su temperamento fogoso, y aunque de
natural incompatible con la vocación sacerdotal, y de deseos tan violentos que
caían fuera de lo común, había aprendido a controlar sus pasiones hasta la
mortificación. Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero
carácter de este hombre. Lo hago respetuosamente, pero la verdad debe ser dicha.
El padre Ambrosio era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba
en realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos animales, su
ardiente y vigorosa constitución, al igual que su indomable naturaleza, lo
identificaban con la imagen física y mental del sátiro de la antigüedad. Pero
Bella sólo lo conocía como el padre santo que no sólo le había perdonado su
grave delito, sino que le habla también abierto el camino por el que podía
dirigirse, sin pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en
su juvenil imaginación. El osado sacerdote, sumamente complacido por el éxito de
una estratagema que había puesto en sus manos lujuriosas una víctima y también
por la extraordinaria sensualidad de la naturaleza de la joven, y el evidente
deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus deseos, se disponía en
aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería, y disfrutaba lo
indecible con la idea de que iba a poseer todos los delicados encantos que Bella
podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria. Al fin era suya, y al tiempo
que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando todavía en sus labios la
muestra de la participación que había tenido en el placer experimentado por
ella, su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza reluciente a
causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos. Tan pronto
como la joven Bella se hubo recuperado del ataque que acabamos de describir,
inferido por su confesor en las partes más sensibles de su persona, y alzó la
cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar
con el gran tronco que el padre mantenía impúdicamente expuesto. Bella pudo ver
el largo y grueso mástil blanco, y la mata de negros pelos rizados de donde
emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que
sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de
su mano. Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz
de resistir la tentación la tomó de nuevo entre sus manos. La apretó, la
estrujó, y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para observar
la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contempló el agujerito que aparecía
en su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo, palpitante, junto a su
cara. —¡Oh. padre! ¡Qué cosa tan maravillosa! —exclamó—. ¡Qué grande! ¡ Por
favor, padre Ambrosio, decidme cómo debo proceder para aliviar a nuestros santos
ministros religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y
que hasta dolor les causan! El padre Ambrosio estaba demasiado excitado para
poder contestar, pero tomando la mano de ella con la suya le enseñó a la
inocente muchacha cómo tenía que mover sus dedos de atrás y adelante en su
enorme objeto. Su placer era intenso, y el de Bella no parecía ser menor. Siguió
frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras contemplaba
con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le
proporcionaba gran placer, y si por lo tanto tenía qué seguir actuando tal como
lo hacía. Entretanto, el gran pene del padre Ambrosio engordaba y crecía todavía
más por efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía la jovencita. —Espera
un momento. Si sigues frotándolo de esta manera me voy a venir —dijo por lo
bajo—. Será mejor retardarlo todavía un poco. —¿Se vendrá, padrecito? —inquirió
Bella ávidamente—. ¿Qué quiere decir eso? —¡Ah, mi dulce niña, tan adorable por
tu belleza como por tu inocencia! ¡Cuán divinamente llevas a cabo tu excelsa
misión! —exclamó Ambrosio, encantado de abusar de la evidente inexperiencia de
su joven penitente, y de poder así envilecería—. Venirse significa completar el
acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo y supone
el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior de la cosa
que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al
que la arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe. Bella recordó
a Carlos y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el padre se refería. —¿Y
este derrame le proporcionaría alivio, padre? —Claro que sí, hija mía, y por
ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me proporciones ese alivio
bienhechor, como bendito sacrificio de uno de los más humildes servidores de la
iglesia. —¡Qué delicia! —murmuró Bella—. Por obra mía correrá esa rica
corriente, y es únicamente a mí a quien el santo varón reserva ese final
placentero. ¡Cuánta felicidad me proporciona poderle causar semejante dicha!
Después de expresar apasionadamente estos pensamientos, inclinó la cabeza. El
objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir. Depositó sus
húmedos labios sobre su extremo superior, cubrió con su adorable boca el pequeño
orificio, y luego besó ardientemente el reluciente miembro. —¿Cómo se llama ese
fluido? —preguntó Bella, alzando una vez más su lindo rostro. —--Tiene varios
nombres —replicó el santo varón—. Depende de la clase social a la que pertenezca
la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hija mía, lo llamaremos leche.
—¿Leche? —repitió Bella inocentemente, dejando escapar el erótico vocablo por
entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba
natural. —Sí, hija mía, la palabra es leche. Por lo menos así quisiera que lo
llamaras tú. Y enseguida te inundaré con esta esencia tan preciosa. —¿Cómo tengo
que recibirla? —preguntó Bella, pensando en Carlos, y en la tremenda diferencia
relativa entre su instrumento y el gigantesco pene que en aquellos instantes
tenía ante sí. —Hay varios modos para ello, todos los cuales tienes que
aprender. Pero ahora no estamos bien acomodados para el principal de los actos
del rito venéreo, la copulación permitida de la que ya hemos hablado. Por
consiguiente debemos sustituirlo por otro medio más sencillo, así que en lugar
de que descargue esta esencia llamada leche en el interior de tu cuerpo,
teniendo en cuenta que la suma estrechez de tu hendidura provocaría que fluyera
con extrema abundancia, empezaremos con la fricción por medio de tus obedientes
dedos, hasta que llegue el momento en que se aproximen los espasmos que
acompañan a la emisión. Llegado el instante, a una señal mía tomarás entre tus
labios lo más que quepa en ellos de la cabeza de este objeto. hasta que,
expelida la última gota, me retire satisfecho, por lo menos temporalmente.
Bella, cuyo lujurioso instinto le había permitido disfrutar la descripción hecha
por el confesor, y que estaba tan ansiosa como él mismo por llevar a
cumplimiento el atrevido programa, manifestó rápidamente su voluntad de
complacer. Ambrosio colocó una vez más su enorme pene en manos de Bella.
Excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que
tenía asido entre ambas manos con verdadero deleite, la joven se dio a
cosquillear. frotar y exprimir el enorme y tieso miembro, de manera que
proporcionaba al licencioso cura el mayor de los goces. No contenta con
friccionarlo con sus delicados dedos, Bella, dejando escapar palabras de
devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza a sus rosados labios, y la
introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus
toques y con las suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que debía
sobrevenir. Esto era más de lo que el santo varón había esperado, ya que nunca
supuso que iba a encontrar una discípula tan bien dispuesta para el irregular
ataque que había propuesto. Despertadas al máximo sus sensaciones por el
delicioso cosquilleo de que era objeto, se disponía a inundar la boca y la
garganta de la muchachita con el flujo de su poderosa descarga. Ambrosio comenzó
a sentir que no tardaría en venirse, con lo que iba a terminar su placer. Era
uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho
mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don
de poder repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con
que terminaba su placer era tan tremenda como desusada. La superabundancia
parecía estar en relación con la proporción con que hubieran sido despertadas
sus pasiones animales, y cuando sus deseos libidinosos habían sido prolongados e
intensos, sus emisiones de semen lo eran igualmente. Fue en estas circunstancias
que la dulce Bella había emprendido la tarea de dejar escapar los contenidos
torrentes de lujuria de aquel hombre. Iba a ser su dulce boca la receptora de
los espesos y viscosos torrentes que hasta el momento no había experimentado, e
ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansiosa estaba
de administrar, la hermosa doncella deseaba la consumación de su labor, y el
derrame de leche del que le había hablado el buen padre. El exuberante miembro
engrosaba y se enardecía cada vez más, a medida que los excitantes labios de
Bella apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno al pequeño
orificio. Sus blancas manos lo privaban de su dúctil piel, o cosquilleaban
alternativamente su extremo inferior. Dos veces retirá Ambrosio la cabeza de su
miembro de los rosados labios de la muchacha, incapaz ya de aguantar los deseos
de venirse al delicioso contacto de los mismos. Al fin Bella, impaciente por el
retraso, y habiendo al parecer alcanzado un máximo de perfección en su técnica,
presionó con mayor energía que antes el tieso dardo. Instantáneamente se produjo
un envaramiento en las extremidades del buen padre. Sus piernas se abrieron
ampliamente a ambos lados de su penitente. Sus manos se agarraron
convulsivamente del cojín. Su cuerpo se proyectó hacia delante y se enderezó.
—¡Dios santo! ¡Me voy a venir! —exclamó al tiempo que con los labios
entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente
víctima. Después se estremeció profundamente, y entre lamentos y entrecortados
gritos histéricos su pene, por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó
a expeler torrentes de espeso y viscoso fluido. Bella, comprendiendo por los
chorros que uno tras otro inundaban su boca y resbalaban garganta abajo, así
como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al máximo los efectos
de lo que ella había provocado, siguió succionando y apretujando hasta que,
llena de las descargas viscosas, y semiasfixiada por su abundancia, se vio
obligada a soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros
sobre su rostro. -¡Madre santa! —exclamó Bella, cuyos labios y cara estaban
inundados de la leche del padre—. ¡Qué placer me ha provocado! Y a usted, padre
mío, ¿no le he proporcionado el preciado alivio que necesitaba? El padre
Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar, atrajo a la gentil muchacha
hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con húmedos
besos de gratitud y de placer. Transcurrió un cuarto de hora en reposo
tranquilo, que ningún signo de turbación exterior vino a interrumpir. La puerta
estaba bajo cerrojo, y el padre había escogido bien el momento. Mientras tanto
Bella, terriblemente excitada por la escena que hemos tratado de describir,
había concebido el extravagante deseo de que el rígido miembro de Ambrosio
realizara con ella misma la operación que había sufrido con el arma de moderadas
proporciones de Carlos. Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su
confesor, le susurró tiernas palabras de invitación, observando, al hacerlo, el
efecto que causaban en el instrumento que adquiría ya rigidez entre sus piernas.
—Me dijisteis que la estrechez de esta hendidura —y Bella colocó la ancha mano
de él sobre la misma, presionándola luego suavemente— os haría descargar una
abundante cantidad de leche que poseéis. ¿Por qué no he de poder, padre mío,
sentirla derramarse dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja? Era
evidente lo mucho que la hermosura de la joven Bella, así como la inocencia e
ingenuidad de su carácter, inflamaban el natural ya de por sí sensual del
sacerdote. Saberse triunfador, tenerla absolutamente impotente entre sus manos,
la delicadeza y refinamiento de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para
despertar sus licenciosos instintos y desenfrenados deseos. Era suya, suya para
gozarla a voluntad, suya para satisfacer cualquier capricho de su terrible
lujuria, y estaba lista a entregarse a la más desenfrenada sensualidad. —¡Por
Dios, esto es demasiado! —exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo encendida,
volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud—. Dulce muchachita, no sabes
lo que pides. La desproporción es terrible, y sufrirás demasiado al intentarlo.
—Lo soportaré todo —replicó Bella— con tal de poder sentir esta cosa terrible
dentro de mí, y gustar de los chorros de leche. —¡Santa madre de Dios! Es
demasiado para ti, Bella. No tienes idea de las medidas de esta máquina, una vez
hinchada, adorable criatura, nadarían en un océano de leche caliente. —-Oh
padrecito! ¡Qué dicha celestial! —Desnúdate, Bella. Quítate todo lo que pueda
entorpecer nuestros movimientos, que te prometo serán en extremo violentos.
Cumpliendo la orden, Bella se despojó rápidamente de sus vestidos, y buscando
complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su
miembro se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se
despojó de hasta la más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al
mundo. El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que
se ofrecían a su vista. La amplitud de sus caderas, los capullos de sus senos,
la nívea blancura de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y
lo rotundo de sus muslos, el blanco y plano vientre con su adorable monte, y,
por sobre todo, la encantadora hendidura rosada que destacaba debajo del mismo,
asomándose tímidamente entre los rollizos muslos, hicieron que él se lanzara
sobre la joven con un rugido de lujuria. Ambrosio atrapó a su víctima entre sus
brazos. Oprimió su cuerpo suave y deslumbrante contra el suyo. La cubrió de
besos lúbricos, y dando rienda suelta a su licenciosa lengua prometió a la
jovencita todos los goces del paraíso mediante la introducción de su gran
aparato en el interior de su vulva. Bella acogió estas palabras con un gritito
de éxtasis, y cuando su excitado estuprador la acostó sobre sus espaldas sentía
ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco presionando los calientes
y húmedos labios de su orificio casi virginal. El santo varón, encontrando
placer en el contacto de su pene con los calientes labios de la vulva de Bella,
comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la gran nuez de
la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina. La pasión
enfervorizaba a Bella. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la cabeza de
su miembro entre los húmedos labios de su rendija en lugar de disuadiría la
espoleaban hasta la locura, y finalmente, profiriendo un débil grito, se inclinó
hacia adelante y expulsó el viscoso tributo de su lascivo temperamento. Esto era
exactamente lo que esperaba el desvergonzado cura. Cuando la dulce y caliente
emisión inundó su enormemente desarrollado pene, empujó resueltamente, y de un
solo golpe introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior de la
hermosa muchacha. Tan pronto como Bella se sintió empalada por la entrada del
terrible miembro en el interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que
conservaba, y olvidándose del dolor que sufría rodeó con sus piernas las
espaldas de él, y alentó a su enorme invasor a no guardarle consideraciones. —Mi
tierna y dulce chiquilla —murmuró el lascivo sacerdote—. Mis brazos te rodean,
mi arma está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del
paraíso. —Lo sé; lo siento. No os hagáis hacia atrás; dadme el delicioso objeto
hasta donde podáis. —Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien
dotado para poder penetrarte fácilmente. Tal vez te reviente. pero ahora ya es
demasiado tarde. Tengo que poseerte... o morir. Las partes de Bella se relajaron
un poco, y Ambrosio pudo penetrar unos centímetros más. Su palpitante miembro,
húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia el interior de la
jovencita. Su placer era intenso, y la cabeza de su instrumento estaba
deliciosamente comprimida por la vaina de Bella. —Adelante, padrecito. Estoy en
espera de la leche que me habéis prometido. El confesor no necesitaba de este
aliento para inducirlo a poner en acción todos sus tremendos poderes
copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo esfuerzo
sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo
enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de Bella. Esta furiosa
introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil víctima,
animada por sus propios deseos, pudo soportar. Con un desmayado grito de
angustia física, Bella anunció que su estuprador había vencido toda la
resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro, y la
tortura de la forzada introducción de aquella masa borro la sensación de placer
con que en un principio había soportado el ataque. Ambrosio lanzó un grito de
alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente había mordido. Gozaba
con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete. Sentía el enloquecedor
contacto con inexpresable placer. Veía a la muchacha estremecerse por la
angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero.
Pasare lo que pasare, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus
brazos el cuerpo de la hermosa muchacha, y la agasajó con toda la extensión de
su inmenso miembro. —Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes
que disfrutar. Te daré la leche de que te hablaba. Pero antes tengo que
despertar mi naturaleza con este lujurioso cosquilleo. Bésame, Bella, y luego la
tendrás. Y cuando mi caliente leche me deje para adentrarse en tus juveniles
entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy sintiendo yo.
¡Aprieta. Bella! Déjame también empujar, chiquilla mía! Ahora entra de nuevo, ¡Oh...!
¡Oh...! Ambrosio se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo a causa
del cual la linda hendidura de Bella estaba en aquellos momentos
extraordinariamente distendida. Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina,
y saboreando profundamente la suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en
los que estaba encajado, empujó sin preocuparse del dolor que su miembro
provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo deleite posible. No era hombre
que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos de piedad, en
aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que febrilmente
rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios de la pobre Bella. Por
espacio de unos minutos no se oyó Otra cosa que los jadeos y sacudidas con que
el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción, y el glu-glu de su
inmenso pene cuando alternativamente entraba y salía del sexo de la bella
penitente. No cabe suponer que un hombre como Ambrosio ignorara el tremendo
poder de goce que su miembro podía suscitar en una persona del sexo opuesto, ni
que su tamaño y capacidad de descarga eran capaces de provocar las más
excitantes emociones en la joven sobre la que estaba accionando. Pero la
naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Bella. El
dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de
placer provocada por la vigorosa arma del santo varón, y no tardaron los
quejidos y lamentos de la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio
sofocados en lo más hondo de su ser, que expresaban su deleite. —¡Padre mío!
¡Padrecito, mi querido y generoso padrecito! Empujad, empujad: puedo soportarlo.
Lo deseo. Estoy en el cielo. ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan
ardiente! ¡Oh, corazón mío! ¡Oh... oh! Madre bendita, ¿qué es lo que siento?
Ambrosio veía el efecto que provocaba. Su propio placer llegaba a toda prisa. Se
meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando a Bella a cada
nueva embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados
pelos que cubrían sus testículos. Al cabo, Bella no pudo resistir más, y
obsequió al arrebatado violador con una cálida emisión que inundó todo su rígido
miembro. Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos
momentos se apoderó de la joven y encantadora Bella. Se aferró con desesperación
al fornido cuerpo del sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso angelical cuerpo
con toda la fuerza y poderío de sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha
y resbalosa vaina hasta los testículos. Pero ni aún en su éxtasis Bella perdió
nunca de vista la perfección del goce. El santo varón tenía que expeler su semen
en el interior de ella, tal como lo había hecho Carlos, y la sola idea de ello
añadió combustible al fuego de su lujuria. Cuando, por consiguiente, el padre
Ambrosio pasó sus brazos en torno a su esbelta cintura, y hundió hasta los pelos
su pene de semental en la vulva de Bella, para anunciar entre suspiros que al
fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo que pudo,
y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en sus órganos
vitales.
Así permaneció él por espacio de dos minutos enteros,
durante los que se iban sucediendo las descargas, cada una de las cuales era
recibida por Bella con profundas manifestaciones de placer, traducidas en gritos
y contorsiones.
Capítulo III
No creo que en ninguan otra ocasión haya tenido que sonrojarme con mayor
motivo que en esta oportunidad. Y es que hasta una pulga tenía que sentirse
avergonzada ante la proterva visión de lo que acabo de dejar registrado. Una
muchacha tan joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones
y deseos tan lascivos. Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de
llameante sensualidad convertida por el accidental curso de los acontecimientos
en un activo volcán de lujuria. Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de
la antigüedad: ‘¡Oh, Moisés!", o como el más práctico descendiente del
patriarca: "¡Por las barbas del profeta!" No es necesario hablar del cambio que
se produjo en Bella después de las experiencias relatadas. Eran del todo
evidentes en su porte y su conducta. Lo que pasó con su juvenil amante, lamas me
he preocupado por averiguarlo, pero me inclino a creer que el padre Ambrosio no
permanecía al margen de esos gustos irregulares que tan ampliamente le han sido
atribuidos a su orden, y que también el muchacho se vio inducido poco a poco, al
igual que su joven amiga, a darle satisfacción a los insensatos deseos del
sacerdote. Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne a la
linda Bella. Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar,
y me impuse la obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción
de todos los pasajes amatorios que consideré pudieran tener interés para los
buscadores de la verdad. Podemos escribir —por lo menos puede hacerlo esta
pulga, pues de otro modo estas páginas no estarían bajo los ojos del lector— y
eso basta. Transcurrieron varios días antes de que Bella encontrara la
oportunidad de volver a visitar a su clerical admirador, pero al fin se presentó
la ocasión, y ni qué decir tiene que ella la aprovechó de inmediato. Había
encontrado el medio de hacerle saber a Ambrosio que se proponía visitarlo, y en
consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para
recibir a su linda huésped como la vez anterior. Tan pronto como Bella se
encontró a solas con su seductor se arrojó en sus brazos, y apresando su gran
humanidad contra su frágil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias. Ambrosio
no se hizo rogar para devolver todo el calor de su abrazo, y así sucedió que la
pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y
reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado a que aludimos anteriormente.
Pero Bella no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido,
por experiencia sabía que el padre podía proporcionárselo. Ambrosio no estaba
menos excitado. Su sangre afluía rápidamente, sus negros ojos llameaban por
efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse en
su hábito denunciaba a las claras el estado de sus sentidos. Bella advirtió la
situación: ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el padre no se
preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar mayormente su
deseo, antes que en apaciguarlo. Sin embargo, pronto demostró Ambrosio que no
requería incentivos mayores, y deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente
dilatada en forma tal, que su sola vista despertó deseos frenéticos en Bella. En
cualquiera otra ocasión Ambrosio hubiera sido mucho más prudente en darse gusto,
pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos habían superado su capacidad
de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los juveniles encantos
que se le ofrecían. Estaba ya sobre su cuerpo. Su gran humanidad cubría por
completo el cuerpo de ella. Su miembro en erección se clavaba en el vientre de
Bella, cuyas ropas estaban recogidas hasta la cintura. Con una mano temblorosa
llegó Ambrosio al centro de la hendidura objeto de su deseo; ansiosamente llevó
la punta caliente y carmesí hacia los abiertos y húmedos labios. Empujó, luchó
por entrar.., y lo consiguió. La inmensa máquina entró con paso lento pero
firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro. Unas cuantas firmes y
decididas embestidas completaron la conjunción, y Bella recibió en toda su
longitud el inmenso y excitado miembro de Ambrosio. El estuprador yacía jadeante
sobre ella, en completa posesión de sus más íntimos encantos. Bella, dentro de
cuyo vientre se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al máximo los
efectos del intruso, cálido y palpitante. Entretanto Ambrosio había comenzado a
moverse hacia atrás y hacia adelante. Bella trenzó sus blancos brazos en torno a
su cuello, y enroscó sus lindas piernas enfundadas en seda sobre sus espaldas,
presa de la mayor lujuria. —¡Qué delicia! —murmuró Bella, besando
arrolladoramente sus gruesos labios—. Empujad más.., todavía más. ¡Oh, cómo me
forzáis a abrirme, y cuán largo es! ¡Cuán cálido. cuan.., oh... oh! Y soltó un
chorro de su almacén, en respuesta a las embestidas del hombre, al mismo tiempo
que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito. El
sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro
anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería
prolongar su placer hasta el máximo. Bella comprimió el terrible dardo
introducido hasta lo más intimo de su persona, y sintió crecer y endurecerse
todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su juvenil matriz.
Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más
tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente
de su viscoso líquido. —¡Oh, viene de vos! —gritó la excitada muchacha—. Lo
siento a chorros. ¡Oh, dadme ....... más! ¡Derramadlo en mi interior.., empujad
más, no me compadezcáis. . .! ¡Oh, otro chorro! ¡Empujad! -Desgarradme si
queréis, pero dadme toda vuestra leche! Antes hablé de la cantidad de semen que
el padre Ambrosio era capaz de derramar, pero en esta ocasión se excedió a sí
mismo. Había estado almacenado por espacio de una semana, y Bella recibía en
aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella descarga parecía más
bien emitida por una jeringa, que la eyaculación de los órganos genitales de un
hombre. Al fin Ambrosio desmontó de su cabalgadura, y cuando Bella se puso de
pie nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido pegajoso que descendía
por sus rollizos muslos. Apenas se había separado el padre Ambrosio cuando se
abrió la puerta que conducía a la iglesia, y aparecieron en el portal otros dos
sacerdotes. El disimulo resultaba imposible. —Ambrosio —exclamó el de más edad
de los dos, un hombre que andaría entre los treinta y los cuarenta años—. Esto
va en contra de las normas y privilegios de nuestra orden, que disponen que toda
clase de juegos han de practicarse en común. —Tomadla entonces —refunfuñó el
aludido—. Todavía no es demasiado tarde. Iba a comunicaros lo que había
conseguido cuando... —. . . cuando la deliciosa tentación de esta rosa fue
demasiado fuerte para ti, amigo nuestro —interrumpió el otro, apoderándose de la
atónita Bella al tiempo que hablaba, e introduciendo su enorme mano debajo de
sus vestimentas para tentar los suaves muslos de ella. —Lo he visto todo al
través del ojo de la cerradura —susurró el bruto a su oído—. No tienes nada qué
temer; únicamente queremos hacer lo mismo contigo. Bella recordó las condiciones
en que se le había ofrecido consuelo en la iglesia, y supuso que ello formaba
parte de sus nuevas obligaciones. Por lo tanto permaneció en los brazos del
recién llegado sin oponer resistencia. En el ínterin su compañero había pasado
su fuerte brazo en torno a la cintura de Bella, y cubría de besos las mejillas
de ésta. Ambrosio lo contemplaba todo estupefacto y confundido. Así fue como la
jovencita se encontró entre dos fuegos, por no decir nada de la desbordante
pasión de su posesor original. En vano miraba a uno y después a otro en demanda
de respiro, o de algún medio de escapar del predicamento en que se encontraba. A
pesar de que estaba completamente resignada al papel al que la había reducido el
astuto padre Ambrosio, se sentía en aquellos momentos invadida por un poderoso
sentimiento de debilidad y de miedo hacia los nuevos asaltantes. Bella no leía
en la mirada de los nuevos intrusos más que deseo rabioso, en tanto que la
impasibilidad de Ambrosio la hacía perder cualquier esperanza de que el mismo
fuera a ofrecer la menor resistencia. Entre los dos hombres la tenían
emparedada, y en tanto que el que habló primero deslizaba su mano hasta su
rosada vulva, el otro no perdió tiempo en posesionarse de los redondeados
cachetes de sus nalgas. Entrambos, a Bella le era imposible resistir. —Aguardad
un momento —dijo al cabo Ambrosio—. Sí tenéis prisa por poseerla cuando menos
desnudadla sin estropear su vestimenta, como al parecer pretendéis hacerlo.
—Desnúdate, Bella —siguió diciendo—. Según parece, todos tenemos que
compartirte, de manera que disponte a ser instrumento voluntario de nuestros
deseos comunes. En nuestro convento se encuentran otros cofrades no menos
exigentes que yo, y tu tarea no será en modo alguno una sinecura, así que será
mejor que recuerdes en todo momento los privilegios que estás destinada a
cumplir, y te dispongas a aliviar a estos santos varones de los apremiantes
deseos que ahora ya sabes cómo suavizar. Así planteado el asunto, no quedaba
alternativa. Bella quedó de píe, desnuda ante los tres vigorosos sacerdotes, y
levantó un murmullo general de admiración cuando en aquel estado se adelantó
hacía ellos. Tan pronto como el que había llevado la voz cantante de los recién
llegados —el cual, evidentemente, parecía ser el Superior de los tres— advirtió
la hermosa desnudez que estaba ante su ardiente mirada, sin dudarlo un instante
abrió su sotana para poner en libertad un largo y anchuroso miembro, tomó en sus
brazos a la muchacha, la puso de espaldas sobre el gran cofre acojinado, brincó
sobre ella, se colocó entre sus lindos muslos, y apuntando rápidamente la cabeza
de su rabioso campeón hacia el suave orificio de ella, empujó hacia adelante
para hundirlo por completo hasta los testículos. Bella dejó escapar un pequeño
grito de éxtasis al sentirse empalada por aquella nueva y poderosa arma. Para el
hombre la posesión entera de la hermosa muchacha suponía un momento extático, y
la sensación de que su erecto pene estaba totalmente enterrado en el cuerpo de
ella le producía una emoción inefable. No creyó poder penetrar tan rápidamente
en sus jóvenes partes, pues no había tomado en cuenta la lubricación producida
por el flujo de semen que ya había recibido. El Superior, no obstante, no le dio
oportunidad de reflexionar, pues dióse a atacar con tanta energía, que sus
poderosas embestidas desde largo produjeron pleno efecto en su cálido
temperamento, y provocaron casi de inmediato la dulce emisión. Esto fue
demasiado para el disoluto sacerdote. Ya firmemente encajado en la estrecha
hendidura, que te quedaba tan ajustada como un guante, tan luego como sintió la
cálida emisión dejó escapar un fuerte gruñido y descargó con furia. Bella
disfrutó el torrente de lujuria de aquel hombre, y abriendo las piernas cuanto
pudo lo recibió en lo más hondo de sus entrañas, permitiéndole que saciara su
lujuria arrojando las descargas de su impetuosa naturaleza. Los sentimientos
lascivos más fuertes de Bella se reavivaron con este segundo y firme ataque
contra su persona, y su excitable naturaleza recibió con exquisito agrado la
abundancia de líquido que el membrudo campeón había derramado en su interior.
Pero, por salaz que fuera, la jovencita se sentía exhausta por esta continua
corriente, y por ello recibió con desmayo al segundo de los intrusos que se
disponía a ocupar el puesto recién abandonado por el superior. Pero Bella quedó
atónita ante las proporciones del falo que el sacerdote ofrecía ante ella. Aún
no había acabado de quitarse la ropa, y ya surgía de su parte delantera un
erecto miembro ante cuyo tamaño hasta el padre Ambrosio tenía que ceder el paso.
De entre los rizos de rojo pelo emergía la blanca columna de carne, coronada
por una brillante cabeza colorada, cuyo orificio parecía constreñido para evitar
una prematura expulsión de jugos. Dos grandes y peludas bolas colgaban de su
base, y completaban un cuadro a la vista del cual comenzó a hervir de nuevo la
sangre de Bella, cuyo juvenil espíritu se aprestó a librar un nuevo y
desproporcionado combate. —¡Oh, padrecito ¡ ¿Cómo podré jamás albergar tamaña
cosa dentro de mi personita? —Preguntó acongojada—. ¿Cómo me será posible
soportarlo una vez que esté dentro de mí? Temo que me va a dañar terriblemente.
—Tendré mucho cuidado, hija mía. Iré despacio. Ahora estás bien preparada por
los jugos de los santos varones que tuvieron la buena fortuna de precederme.
Bella tentó el gigantesco pene. El sacerdote era endiabladamente feo, bajo y
obeso, pero sus espaldas parecían las de un Hércules. La muchacha estaba poseída
por una especie de locura erótica. La fealdad de aquel hombre sólo servía para
acentuar su deseo sensual. Sus manos no bastaban para abarcar todo el grosor del
miembro. Sin embargo, no lo soltaba; lo presionaba y le dispensaba
inconscientemente caricias que incrementaban su rigidez. Parecía una barra de
acero entre sus suaves manos. Un momento después el tercer asaltante estaba
encima de ella, y la joven, casi tan excitada como el padre, luchaba por
empalarse con aquella terrible arma. Durante algunos minutos la proeza pareció
imposible, no obstante la buena lubricación que ella había recibido con las
anteriores inundaciones de su vaina. Al cabo, con una furiosa embestida,
introdujo la enorme cabeza y Bella lanzó un grito de dolor. Otra arremetida y
otra más; el infeliz bruto, ciego a todo lo que no fuera darse satisfacción,
seguía penetrando. Bella gritaba de angustia, y hacía esfuerzos sobrehumanos por
deshacerse del salvaje atacante. Otra arremetida, otro grito de la víctima, y el
sacerdote penetró hasta lo más profundo en su interior. Bella se había
desmayado. Los dos espectadores de este monstruoso acto de corrupción parecieron
en un principio estar prestos a intervenir, pero al propio tiempo daban la
impresión de experimentar un cruel placer al presenciar aquel espectáculo. Y
ciertamente así era, como lo evidenciaron después sus lascivos movimientos y el
interés que pusieron en observar el más minucioso de los detalles. Correré un
velo sobre las escenas de lujuria que siguieron, sobre los estremecimientos de
aquel salvaje a medida que, seguro de estar en posesión de la persona de la
joven y bella muchacha, prolongó lentamente su gocé hasta que su enorme y
férvida descarga puso fin a aquel éxtasis, y cedió el paso a un intervalo para
devolver la vida a la pobre muchacha. El fornido padre había descargado por dos
veces en su interior antes de retirar su largo y vaporoso miembro, y el volumen
de semen expelido fue tal, que cayó con ruido acompasado hasta formar un charco
sobre el suelo de madera. Cuando por fin Bella se recobró lo bastante para poder
moverse, pudo hacerse el lavado que los abundantes derrames en sus delicadas
partes hacían del todo necesario.
Capítulo IV
Se sacaron algunas botellas de vino, de una cosecha rara y añeja, y bajo su
poderosa influencia Bella fue recobrando poco a poco su fortaleza. Transcurrida
una hora, los tres curas consideraron que había tenido tiempo bastante para
recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a
gozar de su persona. Excitada tanto por los efectos del vino como por la vista y
el contacto con sus lascivos compañeros, la jovencita comenzó a extraer de
debajo las sotanas los miembros de los tres curas. los cuales estaban
evidentemente divertidos con la escena, puesto que no daban muestra alguna de
recato. En menos de un minuto Bella tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos
objetos. Los besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba
de cada uno, y manoseando aquellos enardecidos dardos con toda el ansia de una
consumada Chipriota. —Déjanos joderte —exclamó piadosamente el Superior, cuyo
pene se encontraba en aquellos momentos en los labios de Bella. —Amén —cantó
Ambrosio. El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto
amenazaba al cielo. Bella fue invitada a escoger su primer asaltante en esta
segunda vuelta. Eligió a Ambrosio, pero el Superior interfirió.
Entretanto, aseguradas las puertas, los tres sacerdotes se desnudaron,
ofreciendo así a la mirada de Bella tres vigorosos campeones en la plenitud de
la vida, armado cada uno de ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgía
enhiesto de su parte frontal, y que oscilaba amenazante. —~Uf! ;Vaya monstruos!
—exclamó la jovencita, cuya vergüenza no le impedía ir tentando,
alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos. A continuación la
sentaron en el borde de la mesa, y uno tras otro succionaron sus partes nobles,
describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno a la húmeda hendidura
colorada. en la que poco antes habían apaciguado su lujuria. Bella se abandonó
complacida a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo.
—Sugiero que nos lo chupe uno tras otro —propuso el Superior. —Bien dicho
—corroboró el padre Clemente, el pelirrojo de temible erección—. Pero hasta el
final. Yo quiero poseerla una vez mas. —De ninguna manera, Clemente —dijo el
Superior—. Ya lo hiciste dos veces; ahora tienes que pasar a través de su
garganta, o conformarte con nada. Bella no quería en modo alguno verse sometida
a otro ataque de parte de Clemente, por lo cual cortó la conversación por lo
sano asiendo su voluminoso miembro, e introduciendo lo más que pudo de él entre
sus lindos labios. La muchacha succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo
de la azulada nuez, haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más
posible en el interior de sus húmedos labios. Sus lindas manos se cerraban
alrededor del largo y voluminoso dardo, y lo agarraban en un trémulo abrazo,
mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se endurecía cada vez más por
efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de sus toques. No
tardó Clemente ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se
asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas
de pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través
de la garganta de la muchacha.
Bella retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro basta la
última gota. El fluido de Clemente era tan espeso y cálido como abundante. y
chorro tras chorro derramó todo el líquido en la boca de ella. Bella se lo tragó
todo.
—He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía
—dijo el Superior cuando, a continuación, Bella aplicó sus dulces labios a su
ardiente miembro. —Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero
los caminos de Venus son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados
gradualmente. —Me someteré a todas las pruebas, padrecito —replicó la muchacha—.
Ahora ya tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las
elegidas para aliviar los deseos de los buenos padres. —Así es, hija mía, y
recibes por anticipado la bendición del cielo citando obedeces nuestros más
insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por extrañas
e irregulares que parezcan. Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos
brazos y la llevó una vez más al cofre acojinado, colocándola de cara a él, de
manera que dejara expuestas sus desnudas y hermosas nalgas a los tres santos
varones. Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la
cabeza de su tieso miembro hacía el pequeño orificio situado entre las rotundas
nalgas de Bella, y empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a
penetrar en su orificio, de manera novedosa y antinatural. —¡Oh, Dios! —gritó
Bella—. No es ése el camino. Las-....... ¡Por favor...! ¡Oh, por favor...!
¡Ah...! ¡Tened piedad! ¡Ob, compadeceos de mí! . . . ¡Madre santa! . . . ¡Me
muero! Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa
embestida del Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental
hasta la raíz. Bella sintió que se había metido en el interior de su cuerpo
hasta los testículos. Pasando su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó
Contra su dorso, y comenzó a restregarse contra sus nalgas con el miembro
insertado tan adentro del recto de ella como le era posible penetrar. Las
palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del henchido miembro y,
Bella, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho que bien
sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo. Los otros dos
sacerdotes vejan aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una lenta
masturbación. El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella
nueva y deliciosa vaina, accioné en torno a las nalgas de Bella hasta que, con
una embestida final, llenó sus entrañas con una cálida descarga. Después, al
tiempo que extraía del cuerpo de ella, su miembro, todavía erecto y vaporizante,
declaré que había abierto una nueva ruta para el placer, y recomendó al padre
Ambrosio que la aprovechara. Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos
deben ser mejor imaginados que descritos, ardía de deseo. El espectáculo del
placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado gradualmente un
estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción. —De acuerdo
—grité—. Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú llenarás con tu
robusto centinela el de Venus. —Di mejor que con placer legítimo —repuso el
Superior con una mueca sarcástica—. Sea como dices. Me placerá disfrutar
nuevamente esta estrecha hendidura Bella yacía todavía sobre su vientre, encima
del lecho improvisado, con sus redondeces posteriores totalmente expuestas, más
muerta que viva como consecuencia del brutal ataque que acababa de sufrir. Ni
una sola gota del semen que con tanta abundancia había sido derramado en su
oscuro nicho había salido del mismo, pero por debajo su raja destilaba todavía
la mezcla de las emisiones de ambos sacerdotes. Ambrosio la sujetó. Colocada a
través de los muslos del Superior, Bella se encontré con el llamado del todavía
vigoroso miembro contra su colorada vulva. Lentamente lo guió hacia su interior,
hundiéndose sobre él. Al fin entré totalmente, basta la raíz. Pero en ese
momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para
atraerla sobre sí y dejar sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso
miembro de Ambrosio, que se encaminó directamente hacía la ya bien humedecida
abertura entre las dos lomas. Hubo que vencer las mil dificultades que se
presentaron, pero al cabo el lascivo Ambrosio se sintió enterrado dentro de las
entrañas de su víctima. Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia
adelante del bien lubricado canal. Retardé lo más posible su desahogo. Y pudo
así gozar de las vigorosas arremetidas con que el Superior embestía a Bella por
delante. De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y
Bella sintió su sexo rápidamente invadido por la leche. No pudo resistir más y
se vino abundantemente, mezclándose su derrame con los de sus asaltantes.
Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a
la linda muchacha fuertemente empalada. Clemente no pudo resistir la oportunidad
que le ofrecía el hecho de que el Superior se hubiera retirado para asearse, y
se lanzó sobre el regazo de Bella para conseguir casi enseguida penetrar en su
interior, ahora liberalmente bañado de viscosos residuos. Con todo y lo enorme
que era el monstruo del pelirrojo, Bella encontré la manera de recibirlo y
durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los
suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes. En un momento dado sus
movimientos se hicieron más agitados. Bella sentía como que cada momento era su
último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba insertado en su conducto
posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de Clemente
echaba espuma de nuevo en el interior de su vagina. La joven era sostenida por
los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y sustentada por la
presión, ora del (rente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con que
los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.
Cuando Bella estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y
la tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de
descargar, y unos momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el
gigantesco pene enviaba en viscosos chorros. —¡Ah...! ¡Me vengo! —gritó
Clemente, y diciendo esto inundó el interior de Bella, con gran deleite de parte
de ésta. —¡A mí también me llega! —gritó Ambrosio, alojando más adentro su
poderoso miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los
intestinos de Bella. Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus
cuerpos en el interior del de Bella, a la que proporcionaron con esta doble
sensación un verdadero diluvio de goces. Cualquiera puede comprender que una
pulga de inteligencia mediana tenía que estar ya asqueada de espectáculos tan
desagradables como los que presencié y que creí era mi deber revelarlos. Pero
ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Bella me impulsaron a
permanecer aún en su compañía. Los sucesos vinieron a darme la razón y, como
veremos mas tarde, determinaron mis movimientos en el futuro. No habían
transcurrido más de tres días cuando la joven, a petición de ellos, se reunió
con los tres sacerdotes en el mismo lugar. En esta oportunidad Bella había
puesto mucha atención en su "toilette", y como resultado de ello aparecía más
atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas botas de cabritilla,
y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto de las
vestimentas. Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la
recibieron tan calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó a] rostro,
inflamándolo de deseo. Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al
suelo los paños menores de Ion sacerdotes, y Bella se vio rodeada por el trío y
sometida a las más diversas caricias, al tiempo que contemplaba sus miembros
desvergonzadamente desnudos y amenazadores. El Superior fue el primero en
adelantarse con intención de gozar de Bella. Colocándose descaradamente frente a
ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos besos sus labios y su rostro.
Bella estaba tan excitada como él. Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó
de sus prendas interiores, conservando puestos su exquisito vestido, sus medias
de seda y sus lindos zapatitos de cabritilla. Así se ofreció a la admiración y
al lascivo manoseo de los padres. No pasó mucho antes de que el Superior,
sumiéndose deliciosamente sobre su reclinada figura, se entregara por completo a
sus juveniles encantos, y se diera a calar la estrecha hendidura, con resultados
evidentemente satisfactorios. Empujando, prensando, restregándose contra ella,
el Superior inició deliciosos movimientos, que dieron como resultado despertar
tanto su susceptibilidad como la de su compañera. Lo revelaba su pene, cada vez
más duro y de mayor tamaño. —¡Empuja! Oh, empuja más hondo! —murmuró Bella.
Entretanto Ambrosio y Clemente, cuyo deseo no admitía espera, trataron de
apoderarse de alguna parte de la muchacha. Clemente puso su enorme miembro en la
dulce mano de ella, y Ambrosio, sin acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la
punta de su voluminoso pene a sus delicados labios. Al cabo de un momento el
Superior dejó de asumir su lasciva posición. Bella se alzó sobre el canto del
cofre. Ante ella se encontraban los tres hombres, cada uno de ellos con el
miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de Clemente
estaba casi volteada contra su craso vientre. El vestido de Bella estaba
recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y muslos, y entre éstos
la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y excitada por los
rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior. —¡Un momento!
—ordenó éste—. Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta hermosa muchacha nos
tiene que dar satisfacción a los tres: por lo tanto es menester que regulemos
nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que
desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero
como Ambrosio se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde
penetra, propongo pasar yo por delante. Desde luego, Clemente debería ocupar el
tercer lugar, ya que con su enorme miembro puede partir en dos a la muchacha, y
echaremos a perder nuestro juego. —La vez anterior yo fui el tercero —exclamó
Clemente—. No veo razón alguna para que sea yo siempre el último. Reclamo el
segundo lugar. —Está bien, así será —declaró el Superior—. Tú, Ambrosio,
compartirás un nido resbaladizo. —No estoy conforme —replicó el decidido
eclesiástico....... Si tú vas por delante, y Clemente tiene que ser el segundo,
pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y así verteré mi ofrenda
por otra vía. —¡Hacerlo como os plazca! —gritó Bella—. Lo aguantaré todo; pero,
padrecitos, daos prisa en comenzar. Una vez más el Superior introdujo su arma,
inserción que Bella recibió con todo agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y
recibió los chorros de su eyaculación con verdadera pasión extática de su parte.
Seguidamente se presentó Clemente. Su monstruoso instrumento se encontraba ya
entre las rollizas piernas de la joven Bella. La desproporción resultaba
evidente, pero el cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y
tras de varias tentativas violentas e infructuosas, consiguió introducir-se. y
comenzó a profundizar en las partes de ella con su miembro de mulo. No es
posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de
aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Bella, como vano sería también
intentar describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y
distendida por el inmenso órgano genital del padre Clemente. Después de una
lucha que se llevó diez minutos completos, Bella acabó por recibir aquella
ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano. Bella se
abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo
de sus encantos. Clemente no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y
tardó un cuarto de hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas
descargas. Bella las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una
copiosa emisión de su parte con los espesos derrames del lujurioso padre. Apenas
había retirado Clemente su monstruoso miembro del interior de Bella, cuando ésta
cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio, De acuerdo con lo que había
manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque a las nalgas, y con
bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre los
tiernos pliegues del orificio trasero. En vano batallaba para poder alojarlo. La
ancha cabeza de su arma era rechazada a cada nuevo asalto, no obstante la brutal
lujuria con que trataba de introducirse, y el inconveniente que representaba el
que se encontraban de pie. Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó
una y otra vez, hasta que en uno de sus ataques consiguió alojar la punta del
pene en el delicioso orificio. Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar
unos cuantos centímetros más, y de una sola embestida el lascivo sacerdote
consiguió enterrarlo hasta los testículos. Las hermosas nalgas de Bella ejercían
un especial atractivo sobre el lascivo sacerdote. Una vez que hubo logrado la
penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se sintió excitado en grado
extremo, Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con verdadero éxtasis,
sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder
experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y
juveniles partes íntimas de ella. Bella lanzó un grito aterrador al sentirse
empalada por el tieso miembro de su brutal violador, y empezó una desesperada
lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando sus forzudos brazos en torno
a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del febricitante
cuerpo de Bella, sin cejar en su esfuerzo invasor. Paso a paso, empeñada en esta
lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que Ambrosio dejara de tenerla
empalada por detrás. Como es lógico. este lascivo espectáculo tenía que surtir
efecto en los espectadores. Un estallido de risas surgió de las gargantas de
éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor de su compañero, cuyo rostro, rojo y
contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras emociones. Pero el
espectáculo despertó. además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos.
cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban
satisfechos. En su caminata, Bella había llegado cerca del Superior, el cual la
tomó en sus brazos, circunstancias que aprovechó Ambrosio para comenzar a mover
su miembro dentro de las entrañas de ella, cuyo intenso calor le proporcionaba
el mayor de los deleites. La posición en que se encontraban ponía los encantos
naturales de Bella a la altura de los labios del Superior, el cual
instantáneamente los pegó a aquellos, dándose a succionar en la húmeda rendija.
Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por
lo que, tirando de la muchacha para que se arrodillara, al mismo tiempo que él
tomaba asiento en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo
introdujo rápidamente dentro del suave vientre de ella. Así, Bella se encontró
de nuevo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del padre Ambrosio por la
retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del padre
Superior en otra dirección. Ambos nadaban en un mar de deleites sensuales: ambos
se entregaban de lleno en las deliciosas sensaciones que experimentaban,
mientras que su víctima, perforada por delante y por detrás por sus engrosados
miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible sus excitados
movimientos. Pero todavía le aguardaba a la hermosa otra prueba de fuego, pues
no bien el vigoroso Clemente pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus
compañeros, se sintió inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás
del Superior, y tomando la cabeza de la pobre Bella depositó su ardiente arma en
sus rosados labios. Después avanzando su punta, en cuya estrecha apertura se
apercibían ya prematuras gotas, la introdujo en la linda boca de la muchacha,
mientras hacía que con su suave mano le frotara el duro y largo tronco.
Entretanto Ambrosio sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por
delante por el Superior, mientras que el de éste, igualmente excitado por la
acción trasera del padre, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la
eyaculación. Empero, Clemente fue el primero en descargar, y arrojó un abundante
chaparrón en la garganta de la pequeña Bella. Le siguió Ambrosio, que, echándose
sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en sus intestinos, al propio
tiempo que el Superior inundaba su matriz.
Así rodeada, Bella recibió la descarga unida de los tres
vigorosos sacerdotes.
Capítulo V
Tres días despues de los acontecimientos relatados en las páginas
precedentes, Bella compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el
salón de recibimiento de su tío. En el ínterin, mis movimientos habían sido
erráticos, ya que en modo alguno era escaso mi apetito, y cualquier nuevo
semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que me hace no prolongar
demasiado la residencia en un solo punto. Fue así como alcancé a oír una
conversación que no dejó de sorprenderme algo, y que no vacilo en revelar pues
está directamente relacionada con los sucesos que refiero. Por medio de ella
tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto padre Ambrosio.
No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición
ventajosa. Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y
que informe acerca de sus objetivos. Era manifestó que Ambrosio estaba
inconforme y desconcertado por la súbita participación de sus cofrades en la
última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y diabólico plan para frustrar
su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él como completamente
ajeno a la maniobra. En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al
tío de Bella, y le relató cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven
amante en el abrazo de Cupido, en forma que no dejaba duda acerca de que había
recibido el último testimonio de la pasión del muchacho, y correspondido a ella.
Al dar este paso el malvado sacerdote presequía una finalidad ulterior. Conocía
sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una
parte importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío. En
efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes
pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Bella. Este último
se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus confesiones había
revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda alguna de
que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado. Los ojos del señor
Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su sobrina. Se lo había
confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a la realidad
de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza hacia
el sexo opuesto. La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor
espiritual, y le pidió consejo . El santo varón le dio a entender que había
llegado su oportunidad, y que redundaría en ventaja para ambos compartir el
premio. Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la
cual Ambrosio no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce
sensual, o ponerle más encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula
carnal, y completar luego su satisfacción con una segunda penetración de su
parte, para eyacular en el cuerpo del propio paciente. El pacto quedó así
sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario secreto (la tía de
Bella era una minusválida que no salía de su habitación>, y Ambrosio preparó a
Bella para el suceso que iba a desarrollarse. Después de un discurso preliminar,
en el que le advirtió que no debía decir una sola palabra acerca de su intimidad
anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién sabe por qué
conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los proyectos
que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su
tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su
profundo resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen
los que fuesen. El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución,
que rondaba los cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había
inspirado profundo respeto a Bella, sentimiento en el que estaba mezclado algo
de temor por su autoritaria presencia. Se había hecho cargo de ella desde la
muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con afecto, tampoco con despego,
aunque con reservas que eran naturales dado su carácter. Evidentemente Bella no
tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una ocasión tal, ni
siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella. No me explayaré en el
primer cuarto de hora, las lágrimas de Bella, el embarazo con que recibió los
abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras. La
interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó
a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito
que se había formulado de poseerla.
—No debes ofrecer una resistencia tonta, Bella —explicó su tío—. No dudaré ni
aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación,
para que posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó
ya con tu consentimiento. Bella estaba profundamente confundida. Aunque sensual,
como hemos visto ya, y hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna
como la suya, se había educado en el seno de las estrictas conveniencias creadas
por el severo y repelente carácter de su pariente. Todo lo espantoso del delito
que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera la presencia y supuesta
aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con que contemplaba la
terrible proposición que se le hacía abiertamente. Bella temblaba de sorpresa y
de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta nueva actitud la
ofendía. El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre
había lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con
reverencia, y aquel ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa
de conceder a otro, la afectó profundamente, aturdiéndola y disgustándola
Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle
tiempo para reflexionar. y cuya excitación era visible en múltiples aspectos,
tomó a su joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su
cara y su garganta de besos apasionados y prohibidos. Ambrosio, hacia el cual se
había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le proporcionó alivio; antes al
contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción ajena, alentaba a
aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su placer y
su lujuria. En tales circunstancias adversas toda resistencia se hacía difícil.
Bella era joven e infinitamente impotente, por comparación. bajo el firme abrazo
de su pariente. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que
se permitía, Verbouc se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona
de su sobrina. Sus nerviosos dedos apresaban va el hermoso satín de sus muslos.
Otro empujón firme, y no obstante que Bella sequía cerrándolos firmemente en
defensa de su sexo, la lasciva mano alcanzó los rosados labios del mismo, y los
dedos temblorosos separaron la cerrada y húmeda hendidura, fortificación que
defendía su recato.
Hasta ese momento Ambrosio no había sido más que un callado observador del
excitante conflicto. Pero no llegar a este punto se adelantó también, y pasando
su poderoso brazo izquierdo en torno a la esbelta cintura de la muchacha,
encerró en su derecha las dos pequeñas manos de ella, las que, así sujetas, la
dejaban fácilmente a merced de las lascivas caricias de su pariente. —Por
caridad —suplico ella, jadeante por sus esfuerzos—. ¡Soltadme! ¡Es demasiado
horrible! ¡Es monstruoso! ¿Cómo podéis ser tan crueles? ¡Estoy perdida! —En modo
alguno estás perdida linda sobrina —replicó el tío—. Sólo despierta a los
placeres que Venus reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos
que tienen la valentía de disfrutadlos mientras les es posible hacerlo. —He sido
espantosamente engañada —gritó Bella, poco convencida por esta ingeniosa
explicación—. Lo veo todo claramente. ¡Qué vergüenza! No puedo permitíroslo. no
puedo! ¡Oh, no de ninguna manera! ¡Madre santa! ¡Soltadme, tío! ¡Oh! ¡Oh!
—Estate tranquila, Bella, Tienes que someterte. Sí no me lo permites de otra
manera, lo tomaré por la fuerza. Así que abre estas lindas piernas; déjame
sentir el exquisito calorcito de estos suaves y lascivos muslos; permíteme que
ponga mí mano sobre este divino vientre... ¡Estate quieta, loquita! Al fin eres
mía. ¡Oh, cuánto he esperado esto, Bella! Sin embargo, Bella ofrecía todavía
cierta resistencia, que sólo servía para excitar todavía más el anormal apetito
de su asaltante, mientras Ambrosio la seguía sujetando firmemente. —¡Oh, qué
hermosas nalgas! —exclamó Verbouc, mientras deslizaba sus intrusas manos por los
aterciopelados muslos de la pobre Bella, y acariciaba los redondos mofletes de
sus posaderas—. ¡Ah, qué glorioso coño! Ahora es todo para mí, y será
debidamente festejado en el momento oportuno. —¡Soltadme! —gritaba Bella—. ;Oh.
oh! Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta de la atormentada
muchacha mientras entre los dos hombres se la forzaba a ponerla de espaldas
sobre un sofá próximo. Cuando cayó sobre él se vio obligada a recostarse, por
obra del forzudo Ambrosio, mientras el señor Verbouc, que había levantado los
vestidos de ella para poner al descubierto sus piernas enfundadas en medias de
seda, y las formas exquisitas de su sobrina, se hacía para atrás por un momento
para disfrutar la indecente exhibición que Bella se veía forzada a hacer. —Tío
¿estáis loco? -gritó Bella una vez más, mientras que con sus temblorosas
extremidades luchaba en vano por esconder las lujuriosas desnudeces exhibidas en
toda su crudeza—. ¡Por favor, soltadme! —Sí, Bella, estoy loco, loco de pasión
por ti, loco de lujuria por poseerte, por disfrutarte, por saciarme con tu
cuerpo. La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y disfrutaré de estos
lindos encantos; en el interior de esta estrecha y pequeña funda. Al tiempo que
decía esto, el señor Verbouc se aprestaba al acto final del incestuoso drama.
Desabrochó sus prendas inferiores, y sin consideración alguna de recato exhibió
licenciosamente ante los ojos de su sobrina las voluminosas y rubicundas
proporciones de su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia ella con
aire amenazador. Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente
sostenida sobre sus espaldas por el sacerdote, y aplicando su arma rampante
contra el tierno orificio, trató de realizar la conjunción insertando aquel
miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su sobrina. Pero las
continuas contorsiones del lindo cuerpo de Bella, el disgusto y horror que se
habían apoderado de la misma, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras
partes, constituían efectivos impedimentos para que el tío alcanzara la victoria
que esperó conseguir fácilmente, Nunca deseé más ardientemente que en aquellos
momentos contribuir a desarmar a un campeón, y enternecida por los lamentos de
la gentil Bella, con el cuerpo de una pulga, pero con el alma de una avispa, me
lancé de un brinco al rescate. Hundir mi lanceta en la sensible cubierta del
escroto del señor Verbouc fue cuestión de un segundo, y surtió el efecto
deseado. Una aguda sensación de dolor y comezón le hicieron detenerse. El
intervalo fue fatal, ya que unos momentos después los muslos y el vientre de la
joven Bella se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su
incestuoso pariente. Las maldiciones, dichas no en voz alta, pero sí desde lo
más hondo, siguieron a este inesperado contratiempo. El aspirante a violador
tuvo que retirarse de su ventajosa posición e, incapaz de proseguir la batalla,
retiró el arma inútil. No bien hubo librado el señor Verbouc a su sobrina de la
molesta situación en que se encontraba, cuando el padre Ambrosio comenzó a
manifestar la violencia de su propia excitación, provocada por la pasiva
contemplación de la erótica escena. Mientras daba satisfacción al sentido del
acto, manteniendo firmemente asida con su poderoso abrazo a Bella, su hábito no
pedía disimular por la parte delantera del estado de rigidez que su miembro
había adquirido. Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones
impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con
su redonda cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute. —¡Ah! exclamó
el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su confesor—. He
aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizo —y tomándolo
deliberadamente en sus manos, dióse a manipularlo con evidente deleite. — ;Qué
monstruo! ¡Cuán fuerte es y cuán tieso se mantiene! El padre Ambrosio se
levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo encendido cíe1 rostro, y
colocando a la asustada Bella en posición más propicia, llevó su roja
protuberancia a la húmeda abertura, y procedió a introducirla dentro con
desesperado esfuerzo. Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el
sistema nervioso de la víctima de su lujuria a cada nuevo empujón. Aunque no era
esta la primera vez que el padre Ambrosio haba tocado entradas como aquélla,
cubierta de musgo, el hecho de que estuviera presente su tío, lo indecoroso de
toda la escena, el profundo convencimiento —que por vez primera se le hacía
presente— del engaño de que habla sido víctima por parte del padre y de su
egoísmo, fueron elementos que se combinaron para sofocar en su interior aquellas
extremas sensaciones de placer que tan poderosamente se habían manifestado
otrora. Pero la actuación de Ambrosio no le dio tiempo a Bella para reflexionar,
ya que al sentir la suave presión, como la de un guante, de su delicada vaina,
se apresuró a completar la conjunción lanzándose con unas pocas vigorosas y
diestras embestidas a hundir su miembro en el cuerpo de ella hasta los
testículos. Siguió un intervalo de refocilamiento bárbaro, de rápidas acometidas
y presiones, firmes y continuas, hasta que un murmullo sordo en la garganta de
Bella anunció que la naturaleza reclamaba en ella sus derechos, y que el combate
amoroso había llegado a la crisis exquisita, en la que espasmos de
indescriptible placer recorren rápida y voluptuosamente el sistema nervioso; con
la cabeza echada hacia atrás, los labios partidos y los dedos crispados, su
cuerpo adquirió la rigidez inherente a estos absorbentes efectos, en el curso de
los cuales la ninfa derrama su juvenil esencia para mezclarla con los chorros
evacuados por su amante. El contorsionado cuerpo de Bella, sus ojos vidriosos y
sus manos temblorosas, revelaban a las claras su estado, sin necesidad de que lo
delatara también el susurro de éxtasis que se escapaba trabajosamente de sus
labios temblorosos. La masa entera de aquella potente arma, ahora bien
lubricada, trabajaba deliciosamente en sus juveniles partes. La excitación de
Ambrosio iba en aumento por momentos, y su miembro, rígido como el hierro,
amenazaba a cada empujón con descargar su viscosa esencia. —¡Oh, no puedo
aguantar más! ¡Siento que me viene la leche, Verbouc! Tiene usted que joderla.
Es deliciosa. Su vaina me ajusta como un guante. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Más vigorosas y
más frecuentes embestidas —un brinco poderoso— una verdadera sumersión del
robusto hombre dentro de la débil figurita de ella, un abrazo apretado, y Bella,
con inefable placer, sintió la cálida inyección que su violador derramaba en
chorros espesos y viscosos muy adentro de sus tiernas entrañas. Ambrosio retiro
su vaporizante pene con evidente desgano, dejando expuestas las relucientes
partes de la jovencita, de las cuales manaba una espesa masa de secreciones.
—Bien —exclamó Verbouc, sobre quien la escena había producido efectos sumamente
excitantes—. Ahora me llegó el turno, buen padre Ambrosio. Ha gozado usted a mi
sobrina bajo mis ojos conforme lo deseaba, y a fe mía que ha sido bien violada.
Ella ha compartido los placeres con usted; mis previsiones se han visto
confirmadas; puede recibir y puede disfrutar, y uno puede saciarse en su cuerpo.
Bien. Voy a empezar. Al fin llegó mi oportunidad; ahora no puede escapárseme.
Daré satisfacción a un deseo largamente acariciado. Apaciguaré esa insaciable
sed de lujuria que despierta en mí la hija de mí hermano. Observad este miembro;
ahora levanta su roja cabeza. Expresa mi deseo por ti, Bella. Siente, mi querida
sobrina, cuánto se han endurecido los testículos de tu tío. Se han llenado para
ti. Eres tú quien ha logrado que esta cosa se haya agrandado y enderezado tanto:
eres tú la destinada a proporcionarle alivio. ¡Descubre su cabeza, Bella!
Tranquila, mi chiquilla; permitidme llevar tu mano. ¡Oh, déjate de tonterías!
Sin rubores ni recato. Sin resistencia. ¿Puedes advertir su longitud? Tienes que
recibirlo todo en esa caliente rendija que el padre Ambrosio acaba de rellenar
tan bien. ¿Puedes ver los grandes globos que penden por debajo, Bella? Están
llenos del semen que voy a descargar para goce tuyo y mío. Sí, Bella, en el
vientre de la hija de mi hermano. La idea del terrible incesto que se proponía
consumar ana-día combustible al fuego de su excitación, y le provocaba una
superabundante sensación de lasciva impaciencia, revelada tanto por su
enrojecida apariencia, como por la erección del dardo con el que amenazaba las
húmedas partes de Bella. El señor Verbouc tomó medidas de seguridad. No había,
en realidad, y tal como lo había dicho, escapatoria para Bella. Se subió sobre
su cuerpo y le abrió las piernas, mientras Ambrosio la mantenía firmemente
sujeta. El violador vio llegada la oportunidad. El camino estaba abierto, los
blancos muslos bien separados, los rojos y húmedos labios del coño de la linda
jovencita frente a él. No podía esperar más. Abriendo los labios del sexo de su
sobrina, y apuntando la roja cabeza de su arma hacia la prominente vulva, se
movió hacia adelante, y de un empujón y con un alarido de placer sensual la
hundió en toda su longitud en el vientre de Bella. —¡Oh, Dios! ¡Por fin estoy
dentro de ella! —chillaba Verbouc—. ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué placer! ¡Cuán hermosa es!
¡Cuán estrecho! ¡Oh! El buen padre Ambrosio sujetó a Bella más firmemente. Esta
hizo un esfuerzo violento, y dejó escapar un grito de dolor y de espanto cuando
sintió entrar el turgente miembro de su tío que, firmemente encajado en la
cálida persona de su víctima, comenzó una rápida y briosa carrera hacia un
placer egoísta. Era el cordero en las fauces del lobo, la paloma en las garras
del águila. Sin piedad ni atención siquiera por los sentimientos de ella, atacó
por encima de todo hasta que, demasiado pronto para su propio afán lascivo,
dando un grito de placentero arrobo, descargó en el interior de su sobrina un
abundante torrente de su incestuoso fluido. Una y otra vez los dos infelices
disfrutaron de su víctima. Su fogosa lujuria, estimulada por la contemplación
del placer experimentado por el otro, los arrastró a la insania. Bien pronto
trató Ambrosio de atacar a Bella por las nalgas, pero Verbouc, que sin duda
tenía sus motivos para prohibírselos, se opuso a ello. El sacerdote, empero. sin
cohibirse, bajó la cabeza de su enorme instrumento para introducirlo por detrás
en el sexo de ella. Verbouc se arrodilló por delante para contemplar el acto, al
concluir el cual —con verdadero deleite— dióse a succionar los labios del bien
relleno coño de su sobrina. Aquella noche acompañé a Bella a la cama, pues a
pesar de que mis nervios habían sufrido el impacto de un espantoso choque, no
por ello había disminuido mi apetito, y fue una fortuna que mi joven protegida
no poseyera una piel tan irritable como para escocerse demasiado por mis afanes
para satisfacer mi natural apetito. El descanso siguió a la cena con que repuse
mis energías, y hubiera encontrado un retiro seguro y deliciosamente cálido en
el tierno musgo que cubría el túmulo de la linda Bella, de no haber sido porque,
a medianoche, un violento alboroto vino a trastornar mi digno reposo. La
jovencita había sido sujetada por un abrazo rudo y poderoso, y una pesada
humanidad apisonaba fuertemente su delicado cuerpo. Un grito ahogado acudió a
los atemorizados labios de ella, y en medio de sus vanos esfuerzos por escapar,
y de sus no más afortunadas medidas para impedir la consumación de los
propósitos de su asaltante, reconocí la voz y la persona del señor Verbouc. La
sorpresa había sido completa, y al cabo tenía que resultar inútil la débil
resistencia que ella podía ofrecer. Su tío, con prisa febril y terrible
excitación provocada por el contacto con sus aterciopeladas extremidades, tomó
posesión de sus más secretos encantos y presa de su odiosa lujuria adentró su
pene rampante en su joven sobrina. Siguió a continuación una furiosa lucha, en
la que cada uno desempeñaba un papel distinto. El violador, igualmente
enardecido por las dificultades de su conquista, y por las exquisitas
sensaciones que estaba experimentando, enterró su tieso miembro en la lasciva
funda, y trató por medio de ansiosas acometidas de facilitar una copiosa
descarga, mientras que Bella, cuyo temperamento no era lo suficientemente
prudente como para resistir la prueba de aquel violento y lascivo ataque, se
esforzaba en vano por contener los violentos imperativos de la naturaleza
despertados por la excitante fricción, que amenazaban con traicionaría, hasta
que al cabo, con grandes estremecimientos en sus miembros y la respiración
entrecortada, se rindió y descargó su derrame sobre el henchido dardo que tan
deliciosamente palpitaba en su interior.
El señor Verbouc tenía plena conciencia de lo ventajoso de su situación, y
cambiando de táctica como general prudente, tuvo buen cuidado de no expeler
todas sus reservas, y provoco un nuevo avance de parte de su gentil adversaria.
Verbouc no tuvo gran dificultad en lograr su propósito, si bien la pugna pareció
excitarlo hasta el frenesí. La cama se mecía y se cimbraba: la habitación entera
vibraba con la trémula energía de su lascivo ataque; ambos cuerpos se
encabritaban y rodaban, convirtiéndose en una sola masa. La injuria, fogosa e
impaciente, los llevaba hasta el paroxismo en ambos lados. El daba estocadas,
empujaba, embestía, se retiraba hasta dejar ver la ancha cabeza enrojecida de su
hinchado pene junto a los rojos labios de las cálidas partes de Bella, para
hundirlo luego hasta los negros pelos que le nacían en el vientre, y se
enredaban con el suave y húmedo musgo que cubría el monte de Venus de su
sobrina, hasta que un suspiro entrecortado delató el dolor y el placer de ella.
De nuevo el triunfo le había correspondido a él, y mientras su vigoroso miembro
se envainaba hasta las raíces en el suave cuerpo de ella, un tierno, apagado y
doloroso grito habló de su éxtasis cuando, una vez más, el espasmo de placer
recorrió todo su sistema nervioso. Finalmente, con un brutal gruñido de triunfo,
descargó una tórrida corriente de líquido viscoso en lo más recóndito de la
matriz de ella. Poseído por el frenesí de un deseo recién renacido y todavía no
satisfecho con la posesión de tan linda flor, el brutal Verbouc dio vuelta al
cuerpo de su semidesmayada sobrina, para dejar a la vista sus atractivas nalgas.
Su objeto era evidente, y lo fue más cuando, untando el ano de ella con la leche
que inundaba su sexo, empujó su índice lo más adentro que pudo. Su pasión había
llegado de nuevo a un punto febril. Encaminó su pene hacia las rotundas nalgas,
y encimándose sobre su cuerpo recostado, situó su reluciente cabeza sobre el
pequeño orificio, esforzándose luego por adentrarse en él. Al cabo consiguió su
propósito, y Bella recibió en su recto, en toda su extensión, la vara de su tío.
La estrechez de su ano proporcionó al mismo el mayor de los placeres, y siguió
trabajando lentamente de atrás hacía adelante durante un cuarto de hora por lo
menos, al cabo de cuyo lapso su aparato habla adquirido la rigidez del hierro, y
descargó en las entrañas de su sobrina torrentes de leche. Ya había amanecido
cuando el señor Verbouc soltó a su sobrina del abrazo lujurioso en que había
saciado su pasión, logrado lo cual se deslizó exhausto para buscar abrigo en su
trío lecho. Bella, por su parte, ahíta y rendida, se sumió en un pesado sueño,
del que no despertó hasta bien avanzado el día. Cuando salió de nuevo de su
alcoba. Bella había experimentado un cambio que no le importaba ni se esforzaba
en lo más mínimo por analizar. La pasión se había posesionado de ella para
formar parte de su carácter; se habían despertado en su interior fuertes
emociones sexuales, y les había dado satisfacción. El refinamiento en la entrega
a las mismas había generado la lujuria, y la lascivia había facilitado el camino
hacia la satisfacción de los sentidos sin comedimiento, e incluso por vías no
naturales. —Bella —casi una chiquilla inocente hasta bacía bien poco— se había
convertido de repente en una mujer de pasiones vio-. lentas y de lujuria
incontenible.
Capítulo VI
No he de incomodar al lector con el relato de cómo sucedió que
un día me encontré cómodamente oculto en la persona del buen padre Clemente; ni
me detendré a explicar cómo fue que estuve presente cuando el mismo eclesiástico
recibió en confesión a una elegante damita de unos veinte años de edad. Pronto
descubrí, por la marcha de su conversación, que aunque relacionada de cerca con
personas de rango, la dama no poseía títulos, si bien estaba casada con uno de
los más ricos terratenientes de la población. Los nombres no interesan aquí. Por
lo tanto suprimo el de esta linda penitente. Después que el confesor hubo
impartido su bendición tras de poner fin a la ceremonia por medio de la cual
había entrado en posesión de lo más selecto de los secretos de la joven
se-flora, nada renuente, la condujo de la nave de la iglesia a la misma pequeña
sacristía donde Bella recibió su primera lección de copulación santificada. Pasó
el cerrojo a la puerta y no se perdió tiempo. La dama se despojó de sus ropas, y
el fornido confesor abrió su sotana para dejar al descubierto su enorme arma,
cuya enrojecida cabeza se alzaba con aire amenazador. No bien se dio cuenta de
esta aparición, la dama se apoderó del miembro, como quien se posesiona a como
dé lugar de un objeto de deleite que no le es de ninguna manera desconocido. Su
delicada mano estrujó gentilmente el enhiesto pilar que constituía aquel tieso
músculo, mientras con los ojos lo devoraba en toda su extensión y sus henchidas
proporciones. —Tienes que metérmelo por detrás —comentó la dama—. En leorette.
Pero debes tener mucho cuidado, ¡es tan terriblemente grande! Los ojos del padre
Clemente centelleaban en su pelirroja cabezota, y en su enorme arma se produjo
un latido espas