A mi buena amiga
Sí, Constance, a ti dirijo esta obra; a la vez el ejemplo y el honor de tu sexo,
sumando al alma más sensible la mente más justa y la mejor iluminada, sólo a ti
corresponde conocer la dulzura de las lágrimas que arranca la Virtud infortunada.
Detestando los sofismas del libertinaje y de la irreligión, combatiéndolos incesantemente
con tus actos y tus discursos, no temo en absoluto para ti los que ha necesitado
en estas memorias el tipo de personajes trazados; el cinismo de algunas plumas
(suavizadas sin embargo lo más posible) no te horrorizará más; es el Vicio el
que, gimiendo por ser desvelado, se escandaliza así que se le ataca. El proceso
de Tartufo fue incoado por unos santurrones; el de Justine será obra de los libertinos.
Me inspiran escaso temor: mis razones, desveladas por ti, no serán condenadas;
tu opinión bata para mi gloria, y debo, después de haberte gustado, o gustar a
todo el mundo, o consolarme de todas las censuras.
La intención de esta novela (no tan novela como parece) es nueva sin duda; el
ascendiente de la Virtud sobre el Vicio, la recompensa del bien, el castigo del
mal, suele ser el desarrollo normal de todas las obras de este tipo; ¿no es algo
demasiado manido?
Pero ofrecer por doquier el Vicio triunfante y la Virtud víctima de sus sacrificios;
mostrar a una desdichada yendo de infortunio en infortunio; juguete de la maldad;
peto de todos los excesos; blanco de los gustos más bárbaros y más monstruosos;
aturdida por los sofismas mas osados, más retorcidos; víctima de las seducciones
más arteras, de los sobornos más irresistibles; teniendo únicamente para oponer
a tantos reveses, a tantos males, para rechazar tanta corrupción, un espíritu
sensible, una inteligencia natural y mucho valor; arrostrar en una palabra las
pinturas más atrevidas, las situaciones más extraordinarias, las máximas más
espantosas, las pinceladas más enérgicas, con la única intención de obtener
de todo ello una de las más sublimes lecciones de moral que el hombre haya recibido:
convendremos que era llegar al objetivo por un camino poco transitado hasta
ahora.
¿Lo habré conseguido, Constance? ¿Provocará una lágrima de tus ojos mi triunfo?
En una palabra, después de haber leído Justine, dirás: «¡Oh, cuán orgullosa de
amar la Virtud me siento con estos cuadros del Crimen! ¡Cuán sublime es en las
lágrimas! ¡Cómo la embellecen los infortunios!».
¡Oh, Constance! Que se te escapen estas palabras, y mis trabajos serán coronados.
EXPLICACION DE LA ESTAMPA
La Virtud, entre la Lujuria y la Irreligión. A su izquierda está la Lujuria, bajo
la figura de un joven cuya pierna rodea una serpiente, símbolo del autor de nuestros
males; aparta con una mano el velo del Pudor, que protegía a la Virtud de las
miradas de los profanos, y con la otra, así como con su pie derecho, dirige la
caída en la que quiere hacerla sucumbir. A la derecha está la Irreligión que retiene
con fuerza uno de los brazos de la Virtud, mientras que con mano pérfida saca
una serpiente de su seno para envenenarla. El abismo del Crimen se entreabre bajo
sus pasos. La Virtud, siempre dueña de su conciencia, alza la mirada al Eterno,
y parece decir:
¡Quién sabe, cuando el Cielo nos hiere con sus golpes, si la mayor desgracia no
es un bien para nosotros!
Edipo en casa de Admeto
¡Oh amigo mío! La prosperidad del Crimen es como el rayo, cuyos resplandores engañosos
sólo embellecen un instante la atmósfera para precipitar en los abismos de la
muerte al desdichado que han deslumbrado.
PRIMERA PARTE
La obra maestra de la filosofia sería desarrollar los medios de que se sirve la
Providencia para alcanzar los fines que se propone sobre el hombre, y trazar,
a partir de ahí, unos planes de conducta que puedan hacer conocer a ese desdichado
individuo bípedo el modo en que debe avanzar en la espinosa carrera de la vida
a fin de prevenir los caprichos extravagantes de esta fatalidad a la que se dan
veinte nombres diferentes, sin haber llegado todavía a conocerla ni a definirla.
Si, llenos de respeto por nuestras convenciones sociales, y sin apartarnos jamás
de los diques que nos imponen, ocurre, aun así, que sólo encontramos zarzas cuando
los malvados sólo recogen rosas, personas carentes de un fondo de virtudes lo
bastante probado como para superar tales observaciones ¿no considerarán entonces
que es preferible abandonarse al torrente que resistirlo? ¿No dirán que la virtud,
por hermosa que sea, se vuelve sin embargo el peor partido que pueda tomarse,
si resulta demasiado débil para luchar contra el vacío, y que, en un siglo totalmente
corrompido, lo más seguro es actuar como los demás? Algo más instruidos, si se
quiere, y abusando de las luces que han adquirido, ¿no dirán con el ángel Jesrad,
de Zadig, que no hay mal que por bien no venga, y que pueden, a partir de ahí,
entregarse al mal, ya que de hecho sólo es una de las maneras de producir el bien?
¿No añadirán que es indiferente al plan general que tal o cual sea preferentemente
bueno o malo; que si el infortunio persigue a la virtud y la prosperidad acompaña
al crimen, siendo ambas cosas iguales para los proyectos de la naturaleza, es
infinitamente mejor tomar partido entre los malvados, que prosperan, ' que entre
los virtuosos, que fracasan? Así pues, es importante prevenir esos peligrosos
sofismas de una falsa filosofia; esencial demostrar que los ejemplos de virtud
infortunada presentados a un alma corrompida, en la que permanecen sin embargo
unos cuantos buenos principios, pueden devolver esta alma al bien con tanta seguridad
como si se le hubiera mostrado en el camino de la virtud las palmas más brillantes
y las más halagüeñas recompensas. Es cruel, sin duda, tener que describir un montón
de infortunios abrumando a la mujer dulce y sensible que mejor respeta la virtud,
y por otra parte la afluencia de prosperidades sobre quienes aplastan o mortifican
a esa misma mujer. Pero si nace, no obstante, un bien del cuadro de esas fatalidades,
¿sentiremos remordimientos por haberlas ofrecido? ¿Podrá alguien molestarse por
haber compuesto unos hechos de los que se derivan para el sensato que lee con
provecho la muy útil lección de la sumisión a las órdenes de la Providencia, y
la advertencia fatal de que, a menudo, para devolvernos a nuestros deberes, el
cielo golpea a nuestro lado al ser que se nos antoja haber cumplido mejor los
suyos?
Tales son los sentimientos que dirigirán nuestros trabajos, y en consideración
a esos motivos pedimos indulgencia al lector por los sistemas erróneos que aparecen
en boca de varios de nuestros personajes, y por las situaciones a veces algo fuertes
que, por amor a la verdad, hemos tenido que colocar ante sus ojos.
La señora condesa de Lorsange era una de esas sacerdotisas de Venus cuya fortuna
es obra de una bonita cara y de una mala conducta, y cuyos títulos, por pomposos
que sean, sólo se encuentran en los archivos de Citeres, forjados por la impertinencia
con que los toma, y mantenidos en la necia credulidad que los concede: morena,
hermoso talle, ojos con una singular expresión; con esta incredulidad muy de moda,
que, confiriendo un atractivo más a las pasiones, hace buscar con mayor ahínco
a las mujeres en quienes se supone; un poco malvada, sin principio alguno, no
viendo mal en nada, y sin embargo sin la suficiente depravación en el corazón
como para haber extinguido la sensibilidad; orgullosa, libertina: así era la señora
de Lorsange.
Esta mujer había recibido, no obstante, la mejor educación: hija de un importantísimo
banquero de París, había sido educada con una hermana llamada Justine, tres años
menor que ella, en una de las más famosas abadías de esta capital, donde hasta
las edades de doce y quince años, ningún consejo, ningún maestro, ningún libro,
ningún talento habían sido negados a ambas hermanas.
En esta época, fatal para la virtud de las dos jóvenes, todo lo perdieron en un
solo día: una espantosa bancarrota precipitó a su padre en una situación tan cruel
que murió de pena. Su mujer le siguió un mes después a la tumba. Dos parientes
fríos y lejanos deliberaron acerca de lo que harían con las jóvenes huérfanas;
la parte que a cada una le correspondía de la herencia, mermada por las deudas,
escasamente llegaba a cien escudos. Como nadie se preocupaba de su custodia, les
abrieron la puerta del convento, les entregaron su dote y las dejaron libres de
ser lo que quisieran.
La señora de Lorsange, entonces llamada Juliette, y de un carácter e inteligencia
prácticamente tan formados como a los treinta años -edad que alcanzaba en el momento
que arranca la historia que vamos a relatar -, sólo pareció sensible al placer
de ser libre, sin meditar un instante en las crueles desgracias que habían roto
sus cadenas. A Justine, con doce años de edad como ya hemos dicho, su carácter
sombrío y melancólico le hizo percibir mucho mejor todo el horror de su situación.
Dotada de una ternura y una sensibilidad sorprendentes, en lugar de la maña y
sutileza de su hermana sólo contaba con una ingenuidad y un candor que presagiaba
que cayera en muchas trampas. Esta joven sumaba a tantas cualidades una fisonomía
dulce, absolutamente diferente de aquella con que la naturaleza había embellecido
a Juliette; de igual manera que se percibía el artificio, la astucia, la coquetería
en los rasgos de ésta, se admiraba el pudor, la decencia y la timidez en la otra;
un aire de virgen, unos grandes ojos azules, llenos de sentimiento y de interés,
una piel deslumbrante, un talle grácil y flexible, una voz conmovedora, unos dientes
de marfil y los más bellos cabellos rubios, así era el retrato de esta encantadora
menor, cuyas gracias ingenuas y rasgos delicados superan nuestros pinceles.
Les dieron a ambas veinticuatro horas para abandonar el convento, dejándoles la
tarea de instalarse, con sus cien escudos, donde se les antojara. Juliette, encantada
de ser su propia dueña, quiso por un momento enjugar las lágrimas de Justine,
viendo después que no lo conseguiría, comenzó a reñirla en vez de consolarla;
le dijo, con una filosofía muy superior a su edad, que en este mundo sólo había
que afligirse por lo que nos afectaba personalmente; que era posible encontrar
en sí misma unas sensaciones fisicas de una voluptuosidad harto intensa como para
poder apagar todos los afectos morales cuyo choque podría ser doloroso; que era
absolutamente esencial poner en práctica este procedimiento dado que la verdadera
sabiduría consistía infinitamente más en doblar la suma de los placeres que en
multiplicar la de las penas... En una palabra, que nada había que no se debiera
hacer para borrar en uno mismo esta pérfida sensibilidad, de la que únicamente
se aprovechan los demás, mientras que a uno sólo le aporta pesares. Pero difícilmente
se endurece un buen corazón, pues resiste a los razonamientos de una mala cabeza,
consolándose en sus propios goces de las falsas brillanteces de una mente instruida.
Utilizando otros recursos, Juliette dijo entonces a su hermana que, con la edad
y la cara que una y otra tenían, era imposible que se murieran de hambre. Citó
a la hija de una de sus vecinas, quien, habiéndose escapado de la casa paterna,
estaba hoy ricamente mantenida y mucho más dichosa, sin duda, que si hubiera seguido
en el seno de su familia; que había que dejar de creer que era el matrimonio lo
que hacía feliz a una joven; que, cautiva bajo las leyes del himeneo, sólo tendría,
a cambio de muchos malos humores que soportar, una levísima dosis de placeres;
mientras que, entregadas al libertinaje, podrían siempre asegurarse del humor
de los amantes, o consolarse de él mediante el número de éstos.
Justine sintió horror de tales discursos; dijo que prefería la muerte a la ignominia
y, pese a las nuevas peticiones que le formuló su hermana, se negó insistente
mente a vivir con ella en cuanto la vio decidida a una conducta que la hacía estremecerse.
Por consiguiente, las dos jóvenes se separaron, sin ninguna promesa de volver
a verse, dado que sus intenciones se revelaban tan diferentes. Juliette que, según
pretendía, se convertiría en una gran dama, ¿accedería a recibir a una muchacha
cuyas inclinaciones, virtuosas pero humildes, podrían deshonrarla? Y por su parte,
¿Justine aceptaría poner en peligro sus costumbres con la compañía de una criatura
perversa, que acabaría siendo víctima de la crápula y del desenfreno público?
Ambas se dieron, pues, un eterno adiós, y ambas abandonaron el convento al día
siguiente.
Mimada desde su infancia por la costurera de su madre, Justine cree que esta mujer
será sensible a su desdicha; la visita, le comunica sus infortunios, le pide trabajo...
Pero casi no la reconoce y la despiden duramente.
-¡Oh, cielos! -dice la pobre criatura -, íes preciso que los primeros pasos que
doy por el mundo estén ya marcados por la desgracia! Esta mujer me quería antes,
¿por qué me rechaza hoy? ¡Ay!, porque soy huérfana y pobre; porque ya no tengo
recursos en el mundo, y sólo se aprecia a las personas por las ayudas y los agrados
que se espera recibir de ellas.
Justine, llorosa, visita a su sacerdote; le describe su estado con el enérgico
candor de su edad... Llevaba un vestidito blanco; sus hermosos cabellos descuidadamente
recogidos bajo una gran cofia; su seno apenas insinuado, oculto debajo de dos
o tres varas de gasa; su linda cara algo pálida a causa de las penas que la devoraban;
algunas lágrimas caían de sus ojos y les conferían aún mayor expresión.
-Me veis, señor... -le dijo al santo eclesiástico -, sí, me veis en una situación
muy lamentable para una joven; he perdido a mi padre y mi madre... El cielo me
los arrebata en la edad en que más necesitaba su ayuda... Han muerto arruinados,
señor; no tenemos nada... Eso es todo lo que me han dejado -prosiguió, mostrando
sus doce luises -... y ni un rincón donde reposar mi pobre cabeza... Os apiadaréis
de mí, ¿verdad, señor? Sois ministro de la religión, y la religión siempre fue
la virtud de mi corazón; en nombre del Dios que adoro y del que sois la voz, decidme,
como un segundo padre, ¿qué debo hacer... qué tengo que ser?
El caritativo sacerdote contestó, examinando a Justine, que la parroquia estaba
muy cargada; que era difícil que pudiera hacerse cargo de nuevas limosnas, pero
que, si Justine quería servirle, si quería trabajar duro, siempre habría en su
cocina un pedazo de pan para ella. Y, mientras le decía eso, el intérprete de
los dioses le había pasado la mano bajo la barbilla, dándole un beso excesivamente
mundano para un hombre de Iglesia. Justine, que le había entendido demasiado bien,
le rechazó diciéndole:
-Señor, yo no os pido limosna ni un puesto de criada; hace demasiado poco que
he abandonado un estado por encima del que puede hacer desear esas dos mercedes
para verme reducida a implorarlas; solicito los consejos que mi juventud y mis
desgracias necesitan, y queréis hacérmelos comprar tal vez demasiado caros.
El pastor, avergonzado de verse descubierto, rápidamente expulsó a la joven criatura,
y la desdichada Justine, dos veces rechazada en el primer día en que se vio condenada
al aislamiento, entra en una casa en la que ve un cartel, alquila un pequeño apartamento
amueblado en la quinta planta, lo paga de antemano, y en él se entrega a unas
lágrimas aún más amargas por lo sensible que es y porque su pequeño orgullo acaba
de ser cruelmente maltratado.
¿Se nos permitirá abandonarla por algún tiempo aquí, para regresar a Juliette,
y para explicar cómo, del simple estado del que la vimos salir, y sin tener más
recursos que su hermana, llegó a ser, sin embargo, en quince años, mujer con título,
propietaria de una renta de treinta mil libras, bellísimas joyas, dos o tres casas
tanto en la ciudad como en el campo, y, por el instante, el corazón, la fortuna
y la confianza del señor de Corville, consejero de Estado, hombre del mayor crédito
y ministro en ciernes? No hay la menor duda de que su carrera fue espinosa: esas
damiselas prosperan gracias al aprendizaje más vergonzoso y más duro; y una que
ahora está en el lecho de un príncipe todavía lleva seguramente encima las marcas
humillantes de la brutalidad de los libertinos entre cuyas manos la arrojaron
su juventud e inexperiencia.
Al salir del convento, Juliette buscó a una mujer de la que había oído hablar
a una joven amiga vecina; pervertida como ella deseaba ser y pervertida por aquella
mujer, la aborda con su hatillo bajo el brazo, una levita azul muy desordenada,
los cabellos sueltos, la más bonita cara del mundo, si es cierto que ante determinados
ojos la indecencia pueda ser atractiva; cuenta su historia a esta mujer, y le
suplica que la proteja como ha hecho con su antigua amiga.
-¿Qué edad tienes? -le pregunta la Duvergier.
-Quince años dentro de unos días, señora -contestó Juliette.
-Y jamás ningún mortal... -prosiguió la matrona.
-¡Oh no, señora!, se lo juro -replicó Juliette.
-Pero es que a veces en esos conventos -dijo la vieja -... un confesor, una religiosa,
una compañera... Necesito pruebas seguras.
No tiene usted más que buscarlas, señora -contestó Juliette sonrojándose.
Y proveyéndose la dueña de unos lentes, y después de haber examinado minuciosamente
las cosas por todos los lados:
-Vamos -le dijo a la joven -, bastará con que te quedes aquí, prestes mucha atención
a mis consejos, presentes un gran fondo de complacencia y de sumisión con mis
clientes, limpieza, economía, franqueza conmigo, habilidad con tus compañeras
y astucia con los hombres, y antes de diez años te pondré en situación de retirarte
a un tercero con una cómoda, dos habitaciones, una criada; y el arte que habrás
adquirido en mi casa te servirá para procurarte el resto.
Hechas estas recomendaciones, la Duvergier se apodera del hatillo de Juliette;
le pregunta si tiene dinero y, como ésta le confiesa con excesiva sinceridad que
tenía cien escudos, la querida mamá se los confisca asegurando a su nueva pensionista
que invertirá este pequeño capital en la lotería para ella, pero que no conviene
que una joven tenga dinero.
-Es -le dice - un medio de hacer el mal, y en un siglo tan corrompido una muchacha
buena y bien nacida debe evitar cuidadosamente cuanto pueda arrastrar la hacia
alguna trampa. Te lo digo por tu bien, pequeña -añadió la dueña -, y debes agradecerme
lo que hago. Acabado este sermón, la nueva es presentada a sus compañeras; le
indican su habitación en la casa, y a partir del día siguiente sus primicias están
en venta.
En cuatro meses, la mercancía es vendida sucesivamente a cerca de cien personas;
unas se contentan con la rosa, otras más delicadas o más depravadas (pues la cuestión
no está zanjada) quieren abrir el capullo que florece al lado. En cada ocasión,
la Duvergier encoge, reajusta, y durante cuatro meses son siempre las primicias
lo que la bribona ofrece al público. Al término de este espinoso noviciado, Juliette
alcanza finalmente la condición de hermana conversa; a partir de este momento,
es oficialmente admitida como pupila de la casa, y comparte sus penas y sus beneficios.
Otro aprendizaje: si en la primera escuela, con escasas excepciones, Juliette
ha servido a la naturaleza, olvida sus leyes en la segunda y corrompe por entero
sus costumbres; el triunfo que ve cómo obtiene el vicio degrada por completo su
alma; siente que, nacida para el crimen, por lo menos debe llegar al mayor de
ellos y renunciar a languidecer en un estado subalterno que, haciéndole cometer
las mismas faltas, envileciéndola igualmente, no le acarrea, ni mucho menos, el
mismo beneficio. Gusta a un anciano caballero muy libertino que, en un principio,
sólo la reclama esporádicamente; ella posee el arte de hacerse mantener magníficamente
por él; aparece finalmente en los espectáculos, en los paseos, al lado de las
figuras de la orden de Citeres; la miran, la citan, la envidian, y la inteligente
criatura sabe hacerlo tan bien que en menos de cuatro años arruina a seis hombres,
el más pobre de los cuales tenía cien mil escudos de renta. No necesitaba más
para crearse una reputación; la ceguera de la gente de mundo es tal que cuanta
mayor deshonestidad ha demostrado una de esas criaturas, más deseosos están de
constar en su lista; parece que el grado de su envilecimiento y de su corrupción
se convierte en la medida de los sentimientos que se atreven a mostrar por ella.
Juliette acababa de alcanzar sus veinte años cuando un tal conde de Lorsange,
gentilhombre angevino, de unos cuarenta años de edad, se enamoró tanto de ella
que decidió darle su apellido: le reconoció doce mil libras de renta, le aseguró
el resto de su fortuna si moría antes que ella; le dio una casa, servicio, distinción,
y una especie de consideración en la sociedad que en dos o tres años consiguió
hacer olvidar sus comienzos.
Fue entonces cuando la desdichada Juliette, olvidando todos los sentimientos de
su nacimiento y de su buena educación, pervertida por malos consejos y libros
peligrosos, apresurada por disfrutar a solas, llevar un nombre y ninguna cadena,
osó entregarse a la culpable idea de abreviar los días de su marido. Una vez concebido
este odioso proyecto, lo mimó y lo consolidó desafortunadamente en uno de esos
momentos peligrosos en que las acciones físicas se ven impelidas por los errores
de la moral; instantes en que no nos negamos a casi nada ni nada se opone a la
irregularidad de las ansias o a la impetuosidad de los deseos, y se aviva la voluptuosidad
recibida en proporción a la cantidad de los frenos que rompe, o a su pureza. Desvanecido
el sueño, si nos volviéramos buenos, el inconveniente seria insignificante, sólo
se trataría de la historia de los errores de entendimiento; sabemos perfectamente
que no ofenden a nadie, pero, desgraciadamente, se llega mas lejos. ¿Qué significará
-nos atrevemos a preguntarnos -, la realización de esta idea, si su mera presencia
nos exalta, nos emociona tan intensamente? Entonces damos vida a la maldita quimera,
y su existencia acaba siendo un crimen.
La señora de Lorsange lo ejecutó, afortunadamente para ella, con tanto secreto
que estuvo al amparo de cualquier persecución, y sepultó junto con su esposo las
huellas del espantoso delito que le precipitaba a la tumba.
Viéndose libre y condesa, la señora de Lorsange recuperó sus antiguos hábitos;
pero creyéndose algo en el mundo, puso en su conducta un tanto menos de indecencia.
Ya no era una muchacha mantenida, era una rica viuda que daba estupendas cenas,
a las que tanto nobles como burgueses les encantaba ser admitidos; mujer decente
en una palabra, pero que aun así se acostaba por doscientos luises, y se entregaba
por quinientos al mes.
Hasta los veintiséis años, la señora de Lorsange siguió haciendo brillantes conquistas;
arruinó a tres embajadores extranjeros, cuatro recaudadores de im puestos, dos
obispos, un cardenal y tres caballeros de las órdenes reales; pero como es inusual
pararse después de un primer delito, sobre todo cuando se ha coronado felizmente,
la desgraciada Juliette se denigró con dos nuevos crímenes semejantes al primero;
uno para robar a uno de sus amantes, que le había confiado una suma considerable,
ignorada por la familia de ese hombre, y que la señora de Lorsange pudo ocultar
gracias a esta espantosa acción; el otro, para poseer cuanto antes un legado de
cien mil francos que uno de sus adoradores le hacía en nombre de un tercero, encargado
de devolver la cantidad después de la defunción. A esos horrores, la señora de
Lorsange juntaba tres o cuatro infanticidios. El temor de estropear su bonito
talle, el deseo de ocultar una doble intriga, todo ello le hizo tomar la decisión
de sofocar en su seno el fruto de sus excesos; y esas fechorías, tan desconocidas
como las anteriores, no fueron óbice para que esta mujer artera y ambiciosa encontrara
diariamente nuevas víctimas.
Es cierto, por tanto, que la prosperidad puede acompañar la peor conducta, y que
en el mismo centro del desorden y de la corrupción, cuanto los hombres denominan
la felicidad puede esparcirse sobre la vida; pero que no nos alarme esta cruel
y fatal verdad; que el ejemplo de la desdicha, persiguiendo por doquier a la virtud,
como no tardaremos en ofrecer, no atormente más a las personas honradas. Esta
felicidad del crimen es engañosa, sólo aparente; además del castigo reservado
sin duda por la Providencia a quienes han seducido sus éxitos, ¿no alimentan en
el fondo de sus almas un gusano que, royéndolos incesantemente, les impide regocijarse
con estos falsos fulgores, y sólo deja en sus almas, en lugar de delicias, el
recuerdo desgarrador de los crímenes que les han llevado donde están? En cambio,
el infortunado al que la suerte persigue, tiene su corazón como consuelo, y los
goces interiores que le procuran sus virtudes le compensan muy pronto de la injusticia
de los hombres.
Esa era, pues, la situación de la señora de Lorsange cuando el señor de Corville,
de cincuenta años de edad, gozando del crédito y de la consideración que antes
hemos descrito, decidió sacrificarse enteramente por esa mujer y retenerla para
siempre con él. Sea por las atenciones recibidas, sea por los procedimientos empleados,
o bien por la habilidad de la señora de Lorsange, el señor de Corville lo había
conseguido, y llevaba cuatro años viviendo con ella, exactamente como con una
esposa legítima, cuando la adquisición de una bellísima finca cerca de Montargis
les obligó a ambos a pasar algún tiempo en esa provincia.
Un atardecer, en que la bondad de la temperatura les animó a prolongar su paseo
desde la propiedad que habitaban hasta Montargis, encontrándose demasiado cansados
para decidir volver tal como habían venido, se detuvieron en la posada donde para
la diligencia de Lyon, con la intención de enviar desde ahí un hombre a caballo
a buscarles un coche. Reposaban en una sala baja y fresca, que daba al patio de
esta casa, cuando la diligencia de la que acabamos de hablar entró en la hospedería.
Es una diversión bastante natural contemplar cómo descienden los pasajeros de
una diligencia; es posible apostar por el tipo de personajes que salen de allí
y, si uno ha nombrado una ramera, un oficial, unos cuantos curas y un fraile,
puede estar casi siempre seguro de ganar. La señora de Lorsange se levanta, el
señor de Corville la sigue, y los dos se divierten viendo entrar en la posada
al traqueteado grupo. Parecía que ya no quedaba nadie en el coche cuando un jinete
de la gendarmería, bajando del pescante, recibió en sus brazos de uno de sus compañeros,
también situado en el mismo lugar, una joven de veintiséis a veintisiete años,
vestida con una mala chambra de india y envuelta hasta las cejas por una gran
manteleta de tafetán negro. Estaba maniatada como una criminal, y tan débil, que
seguramente habría caído si sus guardianes no la hubieran sostenido. Ante el grito
de sorpresa y de horror que suelta la señora de Lorsange, la joven se gira, y
deja ver junto al más bello talle del mundo, el rostro más noble, más agradable,
más interesante, todos los atractivos en suma más placenteros, hechos mil veces
aún más excitantes por la tierna y conmovedora aflicción que la inocencia añade
a los rasgos de la belleza.
El señor de Corville y su amante no pueden dejar de interesarse por la miserable
joven. Se acercan, preguntan a uno de los guardias qué ha hecho la infortunada.
-Se la acusa de tres delitos -contesta el jinete -: de asesinato, de robo y de
incendio; pero os confieso que mi compañero y yo jamás hemos conducido a un criminal
con tanta desgana; es la criatura más dulce, y aparentemente la más honesta.
-¡Ya, ya! -dijo el señor de Corville -, ¿no podría tratarse de uno de esos errores
habituales de los tribunales de segundo orden?... i.Y dónde se ha cometido el
delito?
-En una posada a pocas leguas de Lyon; la han juzgado en esta ciudad y, siguiendo
la costumbre, la trasladamos a París para la confirmación de su sentencia, ya
que volverá a Lyon para ser ejecutada.
La señora de Lorsange, que se había acercado y escuchaba este relato, comentó
al señor de Corville que desearía enterarse por boca de la propia joven de la
his toria de sus desdichas, y el señor de Corville, que compartía también el mismo
deseo, lo comunicó a los dos guardias presentándose ante ellos. Estos no consideraron
necesario oponerse. Decidieron que convenía pasar la noche en Montargis; pidieron
un alojamiento cómodo; el señor de Corville respondió de la prisionera, la desataron;
y cuando le hicieron tomar algunos alimentos, la señora de Lorsange, que no podía
dejar de sentir por ella el más vivo interés, y que sin duda se decía a sí misma:
«Esta criatura, tal vez inocente, es tratada, sin embargo, como una criminal,
mientras que alrededor de mí... que me he manchado con crímenes y horrores, todo
prospera», la señora de Lorsange, digo, al ver a la pobre muchacha algo mejorada,
algo consolada por las caricias que se apresuraban a hacerle, le rogó que contara
por qué acontecimiento, con una apariencia tan dulce, se hallaba en una circunstancia
tan funesta.
-Contaros la historia de mi vida, señora -dijo la bella infortunada, dirigiéndose
a la condesa -, es ofreceros el ejemplo más sorprendente de las desdichas de la
inocencia, es acusar a la mano del cielo, es quejarse de las voluntades del Ser
Supremo, es una especie de rebelión contra sus sagrados designios... No me atrevo...
Brotaron entonces abundantes lágrimas de los ojos de la interesante muchacha y,
después de haberlas dejado correr un instante, comenzó su relato en los siguientes
términos:
-Me permitiréis, señora, ocultar mi nombre y mi origen; sin -ser ilustres, fueron
honrados, y en nada me destinaban a la humillación en la que me veis reducida.
Perdí muy joven a mis padres; creí que con la poca ayuda -que me habían dejado
podría aguardar un empleo conveniente y, rechazando todos los que no lo eran,
me comí sin darme cuenta, en París, donde he nacido, lo poco que poseía; cuanto
más pobre me volvía, más despreciada era; cuanto más apoyo necesitaba, menos confiaba
en obtenerlo; pero de todas las durezas que experimenté en los comienzos de mi
infortunada situación, de todas las frases horribles que me dirigieron, sólo os
citaré lo que me ocurrió en casa del señor Dubourg, uno de los más ricos comerciantes
de la capital. La mujer en cuya casa me alojaba me encaminó hacia él, pues su
crédito y riquezas podían suavizar seguramente el rigor de mi suerte. Después
de una larga espera en la antecámara de ese hombre, me hicieron pasar: el señor
Dubourg, de cuarenta y ocho años de edad, acababa de salir de la cama, envuelto
en una bata flotante que apenas ocultaba su agitación; se disponían a peinarle,
ordenó que se retiraran y me preguntó qué quería.
-¡Ay!, señor -le contesté confusísima -, soy una pobre huérfana que todavía no
tiene catorce años y que ya conoce todos los grados del infortunio. Imploro vuestra
conmiseración, tened piedad de mí, os lo ruego.
Y entonces le detallé todos mis males, la dificultad de encontrar un trabajo,
quizás incluso la pena que sentía en buscarlo, al no haber nacido para ese estado.
La desgracia que había tenido, durante todo eso, de comerme lo poco que tenía...
La falta de trabajo. La esperanza que tenía de que él podría facilitarme los medios
de vivir. En suma, todo lo que dicta la elocuencia del infortunio, siempre presta
en un alma sensible, siempre remisa en la opulencia... Después de haberme escuchado
con escasa atención, el señor Dubourg me preguntó si yo había sido siempre buena.
No estaría tan pobre ni tan preocupada, señor -le contesté -, si hubiera querido
dejar de serlo.
-¿A título de qué -me replicó a eso el señor Dubourg - pretendes que las personas
ricas te ayuden si tú no les sirves para nada?
-¿Y a qué servicio se refiere usted, señor? -contesté -. No pido otra cosa que
prestar aquello que la decencia y mi edad me permiten cumplir.
-Los servicios de una criatura como tú son poco útiles en una casa -me contestó
Dubourg -. No tienes edad ni constitución para colocarte como pides. Mejor harías
en ocuparte de gustar a los hombres, y de trabajar en encontrar a alguien que
quiera ocuparse de ti. Esta virtud que tanto exhibes no sirve de nada en el mundo;
por mucho que te arrodilles ante sus altares, su inútil incienso no te alimentará.
La cosa que menos halaga a los hombres, aquella a la que prestan menos atención,
la que desprecian más soberanamente, es la decencia de vuestro sexo: aquí sólo
se aprecia, hija mía, lo que beneficia o lo que deleita. ¿Y qué beneficio puede
significar para nosotros la virtud de las mujeres? Son sus desórdenes los que
nos sirven y nos divierten, pero su castidad es lo que menos nos interesa. En
una palabra, cuando las personas de nuestra clase dan, sólo es para recibir. Ahora
bien, ¿cómo una chiquilla como tú puede agradecer lo que se hace por ella si no
es abandonando cuanto se quiera su cuerpo?
-¡Oh, señor! -contesté con el corazón henchido de suspiros -. ¿Ya no existe honradez
ni beneficencia entre los hombres?
-Muy pocas -replicó Dubourg -. Si se habla tanto de ellas, ¿cómo quieres que existan?
Estamos de vuelta de esta manía de ayudar a los demás gratuitamente; se ha reconocido
que los placeres de la caridad sólo eran goces del orgullo y, como nada se disipa
con mayor rapidez, se han querido sensaciones más reales. Se ha visto que con
una criatura como tú, por ejemplo, era mucho mejor quedarse como anticipo con
todos los placeres que puede ofrecer la lujuria que con los muy fríos y muy futiles
de aliviarla de manera desinteresada. La reputación de un hombre liberal, caritativo,
generoso, no es nada comparada, en el instante en que mejor se disfruta, con el
más ligero placer de los sentidos.
-¡Oh, señor! ¡Con semejantes principios, es necesario pues que el infortunado
perezca!
-Qué más da, hay un exceso de súbditos en Francia. Con tal de que la máquina tenga
siempre la misma elasticidad, ¿qué le importa al Estado el mayor o menor número
de los individuos que la aprietan?
-Pero ¿creéis que los hijos, cuando son así maltratados, respetarán a sus padres?
-¡¿Qué le importa a un padre el amor de unos hijos que le estorban?
-¡Sería mejor entonces que nos hubieran ahogado en la cuna!
-Probablemente. Es lo que se hace en muchos países; era la costumbre de los griegos
y es la de los chinos: allí los niños desgraciados son abandonados o se les da
muerte. ¿Para qué dejar vivir unas criaturas que ya no pueden contar con la ayuda
de sus padres, porque carecen de ellos, o porque no han sido reconocidos, cuando
en tal caso sólo sirven para sobrecargar al Estado con un producto que ya le sobra?
Los bastardos, los huérfanos, los niños deformes, deberían ser condenados a muerte
desde su nacimiento. Los primeros y los segundos porque, al no tener a nadie que
quiera o que pueda ocuparse de ellos, manchan la sociedad con unas heces que un
día u otro tiene que resultarle funesta; y los otros porque no pueden resultarle
de ninguna utilidad. Las dos clases son para la sociedad como excrecencias de
la carne que, alimentándose del jugo de los miembros sanos, los degradan y los
debilitan, o, si lo prefieres, como esos vegetales parásitos que, juntándose a
las plantas buenas, las deterioran y las roen adaptándose su simiente nutritiva.
A esas limosnas destinadas a alimentar a semejante escoria, esas casas dotadas
de todos los lujos que se tiene la extravagancia de construirles, son abusos escandalosos.
¡Como si la especie de los hombres fuera tan escasa, tan preciosa que hubiera
que conservar hasta su más vil porción! Pero dejemos una política de la que no
debes de entender nada, hija mía: ¿por qué quejarse de su suerte cuando sólo corresponde
a uno mismo remediarla?
-¡A qué precio, santo cielo!
-Al de una quimera, algo que sólo tiene el valor que tu orgullo le atribuye. Por
lo demás -prosiguió el bárbaro al mismo tiempo que se levantaba y abría la puerta
-, eso es todo lo que puedo hacer por ti. Consiente, o libérame de tu presencia.
No me gustan los mendigos...
Corrieron mis lágrimas, fue imposible retenerlas, y creeréis, señora, que en lugar
de enternecer a aquel hombre lo irritaron. Cierra la puerta y agarrándome por
el cuello del vestido, me dice brutalmente que me obligará a hacer a la fuerza
lo que no quiero concederle de buen grado. En este instante cruel, mi desgracia
me insufla valor. Me libero de sus manos y, abalanzándome hacia la puerta, le
digo mientras escapo:
-¡Hombre odioso, ojalá el cielo, tan gravemente ofendido por ti, te castigue un
día como mereces, por tu execrable crueldad! No eres digno ni de tus riquezas,
de las que haces tan vil uso, ni siquiera del aire que respiras en un mundo manchado
por tus barbaries. Me apresuré a contar a mi hospedera la acogida de la persona
a la que me había enviado, pero cual fue mi sorpresa al ver a esa miserable abrumarme
con reproches en lugar de compartir mi dolor.
-Miserable criatura -me dijo encolerizada -, ¿imaginas que los hombres son tan
necios como para dar limosnas a unas muchachitas como tú, sin exigir el interés
de su dinero? El señor Dubourg es demasiado bueno por haberse portado como lo
ha hecho; en su lugar yo no te habría dejado salir de mi casa sin haberme contentado.
Pero ya que no quieres aprovechar las ayudas que te ofrezco, arréglatelas como
quieras. Me debes dinero: o me lo das mañana, o te envío a la cárcel.
-Señora, tened piedad...
-Sí, sí, piedad... ¡Con la piedad uno se muere de hambre!
-Pero ¿qué queréis que haga?
-Volver a casa de Dubourg, satisfacerle y traerme dinero. Yo le veré y le avisaré.
Enmendaré, si puedo, tus tonterías. Le daré excusas tuyas, pero piensa en comportarte
mejor.
Avergonzada, desesperada, sin saber qué hacer, viéndome duramente rechazada por
todo el mundo, casi sin recursos, le dije a la señora Desroches (era el nombre
de mi hospedera) que estaba decidida a todo para satisfacerla. Se fue a casa del
financiero, y, a la vuelta, me dijo que lo había encontrado muy irritado; que
con mucho esfuerzo había conseguido inclinarlo a mi favor; que a fuerza de súplicas
había conseguido, sin embargo, convencerle de que volviera a verme la mañana siguiente;
pero que tuviera cuidado con mi conducta porque si la desobedecía una vez más,
ella misma se encargaría de hacerme encarcelar de por vida.
Llegué a su casa muy turbada. Dubourg estaba a solas, en un estado aún más indecente
que la víspera. La brutalidad, el libertinaje, todas las características del exceso
estallaban en sus miradas hipócritas.
-Agradece a la Desroches -me dice duramente - que quiera en su favor concederte
por un instante mis bondades. Tienes que sentir lo indigna que eres de ello después
de tu conducta de ayer. Desnúdate, y si sigues ofreciendo la más ligera resistencia
a mis deseos, dos hombres te esperan en mi antecámara para llevarte a un lugar
del que no saldrás en toda tu vida.
-¡Oh, señor! -digo llorando y precipitándome a las rodillas de aquel hombre bárbaro
-, cambiad de idea, os lo suplico. Mostraos generoso para ayudarme sin exigir
de mí lo que me cuesta tanto que os ofrecería mi vida antes que someterme a ello...
Sí, prefiero morir mil veces que infringir los principios que he recibido en mi
infancia... Señor, señor, no me obliguéis, os lo suplico. ¿Podéis concebir la
dicha en medio de disgustos y de lágrimas? ¿Os atrevéis a esperar el placer donde
sólo veréis repugnancias? Así que hayáis consumado vuestro crimen el espectáculo
de mi desesperación os colmará de remordimientos...
Pero las infamias a las que se entregaba Dubourg me impidieron continuar. ¿Cómo
había podido creerme capaz de enternecer a un hombre que ya encontraba en mi propio
dolor un acicate más a sus horribles pasiones? ¡Creeréis, señora, que inflamándose
con los agudos acentos de mis lamentos, saboreándolos con inhumanidad, el indigno
se preparaba él mismo para sus criminales tentativas! Se levanta, y mostrándose
finalmente ante mí en un estado en el que la razón triunfa raras veces, y en el
que la resistencia del objeto que la hace perder no es si no un alimento más al
delirio, me agarra con brutalidad, aparta impetuosamente los velos que todavía
siguen ocultando aquello de lo que arde por disfrutar. Sucesivamente, me injuria...
me halaga... me maltrata y me acaricia... ¡Oh, qué escena, Dios mío! ¡Qué mezcla
increíble de crueldad... de lujuria! ¡Parecía que el Ser Supremo quisiera, en
esta primera circunstancia de mi vida, grabar para siempre en mí todo el horror
que yo debía sentir por un tipo de delito del que debía nacer la afluencia de
los males que me amenazaban! Pero ¿debía de quejarme de ello entonces? No, sin
duda; a sus excesos debo mi salvación. Con menos desenfreno, yo habría sido una
muchacha manchada. Los ardores de Dubourg se apagaron en la efervescencia de sus
empresas, el cielo me vengó de las ofensas a las que el monstruo iba a entregarse,
y la pérdida de sus fuerzas, antes del sacrificio, me preservó de ser su víctima.
Con ello, Dubourg se volvió mas insolente. Me acusó de los daños de su debilidad...
Quiso repararlos con nuevos ultrajes y con invectivas aún más mortificadoras.
No hubo nada que no me dijera; nada que no intentara, nada que la pérfida imaginación,
la dureza de su carácter y la depravación de sus costumbres no le hiciera emprender.
Mi torpeza le impacientó; yo estaba lejos de querer actuar, ya hacía mucho con
prestarme: mis remordimientos no se han extinguido... Sin embargo, no consiguió
nada, mi sumisión dejó de enardecerle. Por mucho que pasara sucesivamente de la
ternura al rigor... de la esclavitud a la tiranía... de la apariencia de la decencia
a los excesos de la crápula, ambos nos encontramos agotados, sin que, afortunadamente,
él consiguiera recuperar lo que debía para asestarme más peligrosos ataques. Renunció
a ello, me hizo prometer que volvería al día siguiente, y para obligarme con mayor
seguridad sólo quiso darme la cantidad que yo debía a la Desroches. Así que regresé
a casa de esa mujer, ultrajada por semejante aventura y totalmente decidida, sucediera
lo que sucediera, a no exponerme a ella por tercera vez. Se lo advertí al pagarle,
mientras echaba todo tipo de maldiciones sobre ese malvado capaz de abusar tan
cruelmente de mi miseria. Pero mis imprecaciones, lejos de atraer sobre él la
cólera de Dios, sólo consiguieron aportarle fortuna: ocho días después, supe que
el insigne libertino acababa de obtener del gobierno un cargo de administrador
general que aumentaba sus ingresos en más de cuatrocientas mil libras de rentas.
Yo me encontraba absorbida en las reflexiones que nacen inevitablemente de semejantes
inconsecuencias de la suerte, cuando un rayo de esperanza pareció relucir un instante
ante mis ojos.
La Desroches me dijo un día que finalmente había encontrado una casa en la que
me recibirían con placer, siempre que me portara bien.
-¡Gracias a Dios, señora! -le dije, arrojándome entusiasmada a sus brazos -. Esta
es la condición que yo misma pondría, ¡figuraos si la acepto con gusto!
El hombre al que debía servir era un famoso usurero de París, que se había enriquecido
no sólo prestando con fianza, sino también robando impunemente a sus clientes
siempre que no corriera ningún peligro en ello. Vivía en un segundo piso de la
Rue Quincampoix, con una mujer de cincuenta años, a la que llamaba su esposa,
y que era no menos malvada que él.
-Thérèse -me dijo el avaro (ese era el nombre que yo había adoptado para ocultar
el mío) -, Thérèse, la primera virtud de mi casa, es la probidad. Si alguna vez
os lleváis de aquí la décima parte de un denario, os haré ahorcar, ya veis, hija
mía. El escaso bienestar del que disfrutamos mi mujer y yo, es el fruto de nuestros
inmensos trabajos y de nuestra perfecta sobriedad... ¡,Comes mucho, pequeña?
-Unas cuantas onzas de pan al día, señor -le contesté -, agua y un poco de sopa,
cuando soy tan afortunada de poder tomarla.
-¡Sopa, diantre, sopa! Oíd esto, amiga mía -dijo el usurero a su mujer -, asombraos
ante los progresos del lujo: está buscando colocación, se muere de hambre desde
hace un año, y quiere comer sopa. Nosotros, que trabajamos como galeotes, apenas
la cocinamos una vez cada domingo. Hija mía, tendrás tres onzas de pan al día,
media botella de agua de río, un viejo traje de mi mujer cada dieciocho meses,
y tres escudos de sueldo al cabo del año, siempre que estemos contentos de tus
servicios, que tu economía responda a la nuestra, y que finalmente hagas prosperar
la casa con el orden y el arreglo. Tu trabajo es poca cosa, se hace en un abrir
y cerrar de ojos. Se trata de fregar y limpiar tres veces por semana este apartamento
de seis habitaciones, de hacer las camas, de contestar a la puerta, de empolvar
mi peluca, de peinar a mi mujer, de cuidar del perro y de la cotorra, de fregar
la cocina y la vajilla, de ayudar a mi mujer cuando cocine, y de emplear cuatro
o cinco horas al día en coser ropa, medias, gorros y otras cositas de la casa.
Ya ves que no es nada, Thérèse; te sobrará mucho tiempo, te permitiremos utilizarlo
por tu cuenta, siempre que seas buena, hija mía, discreta y sobre todo ahorrativa,
que es lo esencial.
Podéis imaginar fácilmente, señora, que había que estar en estado tan horrible
como en el que yo me hallaba para aceptar semejante empleo. No sólo había infinitamente
más trabajo del que mis fuerzas me permitían emprender, sino que ¿cómo podía yo
vivir con lo que me ofrecían? Sin embargo, procuré no ofrecer resistencia, y me
instalé aquella misma noche.
Si mi cruel situación me permitiera divertiros un instante, señora, cuando sólo
debo pensar en enterneceros, me atrevería a contaros alguno de los rasgos de avari
cia de que fui testigo en aquella casa; pero a partir del segundo año me aguardaba
una catástrofe tan terrible que me resulta muy difícil detenerme en unos detalles
divertidos antes de relataros mis infortunios.
Sabréis, sin embargo, señora, que jamás había otra iluminación, en el apartamento
del señor Du Harpin que la que robaba a la farola felizmente colocada frente a
su habitación; jamás ninguno de los dos utilizaba ropa interior: almacenaban la
que yo cosía, no la tocaban en la vida; las mangas de la casaca del señor, así
como las del traje de la señora, llevaban un viejo par de manguitos cosidos encima
de la tela, que yo lavaba todos los sábados por la noche; nada de sábanas, nada
de toallas, para así evitar el lavado. En su casa jamás se bebía vino, pues el
agua clara, como decía la señora Du Harpin, es la bebida natural del hombre, la
más sana y menos peligrosa. Siempre que cortaban el pan colocaban una cesta debajo
del cuchillo, a fin de recoger las migas que caían: les añadían puntualmente todos
los restos que quedaban de las comidas, y este manjar, frito el domingo con un
poco de mantequilla, componía el yantar de los días festivos. Nunca había que
sacudir las ropas o los muebles, por miedo a gastarlos, sólo rozarlos ligeramente
con un plumero. Los zapatos del señor, así como los de la señora, reforzados con
hierro, eran los mismos que calzaron el día de su boda. Pero una práctica mucho
más extravagante era la que me obligaban a hacer una vez por semana: había en
el apartamento un gabinete bastante grande cuyas paredes no estaban tapizadas;
con un cuchillo tenía que raspar una cierta cantidad de yeso de esas paredes,
que luego pasaba por un fino tamiz: el resultado de esta operación eran los polvos
de tocador con que yo cubría cada mañana tanto la peluca del señor como el moño
de la señora. ¡Pero, ay, ojalá hubiera querido Dios que ésas fueran las únicas
torpezas a las que se entregaban esos malvados! Nada hay más natural que el deseo
de conservar los bienes, pero no lo es tanto el de aumentarlos con los del prójimo.
Y no tardé mucho en descubrir que sólo así se enriquecía Du Harpin.
En el piso de arriba vivía una persona muy acomodada, que poseía unas alhajas
bastante bonitas, y cuyas pertenencias, sea a causa de la vecindad, sea por haber
pasado por las manos de mi amo, eran muy conocidas por él; le oía a menudo lamentarse
con su mujer de una cierta caja de oro de treinta a cuarenta luises, con la que
se habría quedado, decía, de haber sabido actuar con mayor destreza. Para consolarse
al fin de haber devuelto esa caja, el honrado señor Du Harpin proyectó robarla,
y a mí se me encargó la negociación.
Después de haberme hecho un gran discurso sobre la indiferencia del robo, sobre
la utilidad misma que ejercía en el mundo, ya que restablecía en él una espe cie
de equilibrio, que alteraba por completo la desigualdad de las riquezas; sobre
la escasez de los castigos, ya que estaba demostrado que de veinte ladrones no
perecían más de dos; después de haberme demostrado, con una erudición de la que
no habría creído capaz al señor Du Harpin, que el robo era honrado en toda Grecia,
que varios pueblos seguían admitiéndolo, favoreciéndolo y recompensándolo como
una acción atrevida que demostraba tanto el valor como la destreza (dos virtudes
esenciales para cualquier nación guerrera); en una palabra, después de haberme
garantizado que, si era descubierta, su crédito me salvaría de todo, el señor
Du Harpin me entregó dos llaves falsas una de las cuales debía abrir el apartamento
del vecino y la otra el escritorio donde se hallaba la caja en cuestión, y me
rogó insistentemente que encontrara esa caja, porque por un servicio tan esencial
aumentaría mi sueldo en un escudo durante dos años.
-¡Oh, señor! -exclamé estremeciéndome ante su proposición -. ¿Cómo es posible
que un amo se atreva a corromper así a su criado? ¿Qué me impedirá volver contra
vos las armas que ponéis en mis manos, y qué podríais objetarme si un día os hiciera
víctima de vuestros propios métodos?
Du Harpin, confundido, se refugió en un torpe subterfugio: me dijo que sólo lo
había hecho con la intención de ponerme a prueba, que tenía mucha suerte de haber
resistido a sus proposiciones... que estaría perdida si hubiera sucumbido... Me
conformé con esta mentira, pero descubrí inmediatamente el error que había cometido
al responder con tanta firmeza: a los malhechores no les gusta encontrar resistencia
en quienes intentan seducir. No existe desdichadamente un punto medio, en cuanto
tienes la mala suerte de haber recibido sus proposiciones: tienes que convertirte
necesariamente en su cómplice -lo cual es peligroso -, o en su enemigo -que todavía
lo es más -. Con algo más de experiencia, yo habría abandonado la casa a partir
de ese instante, ¡pero ya estaba escrito en el cielo que cada uno de mis gestos
honestos sería recompensado con nuevos infortunios!
El señor Du Harpin dejó pasar cerca de un mes, o sea más o menos hasta la época
del final del segundo año de mi estancia en su casa, sin decir palabra y sin mostrar
el más ligero resentimiento por el rechazo que había recibido, pero una noche,
cuando me retiraba a mi habitación para saborear unas horas de reposo, oí de repente
que abrían mi puerta, y vi, no sin terror, al señor Du Harpin acompañado de un
comisario y cuatro soldados de patrulla frente a mi cama.
-Cumplid con vuestro deber, señor -dijo al hombre de la justicia -. Esta desgraciada
me ha robado un diamante de mil escudos. Lo encontraréis en su aposento o entre
sus ropas, el hecho es seguro.
-¿Robaros yo, señor? -dije, saltando turbadísima de mi cama -. ¡Yo, santo Dios!
¡Ay! ¿Quién mejor que vos sabe lo contrario? ¿Quién puede estar más convencido
que vos de cuánto me repugna esta acción y saber mejor la imposibilidad de que
yo la haya cometido?
Pero el señor Du Harpin, haciendo mucho ruido para que mis palabras no fueran
oídas, siguió ordenando los registros, y el maldito anillo apareció en mi colchón.
Ante pruebas de esta categoría, no había nada que replicar. Al instante fui prendida,
agarrotada y llevada a la cárcel, sin que me fuera posible hacer escuchar una
sola palabra en mi favor.
El proceso de una desdichada que carece de crédito y protección no lleva mucho
tiempo en un país donde se considera a la virtud incompatible con la miseria,
donde el infortunio es una prueba decisiva contra el acusado. En esa cuestión,
una injusta prevención lleva a creer que el que ha debido de cometer el crimen,
lo ha cometido; los sentimientos se miden por el estado en que se encuentra el
culpable; y a partir del momento que el oro o los títulos no establecen su inocencia,
la imposibilidad de que pueda ser inocente queda entonces demostrada.
Por mucho que me defendiera, por mucho que ofreciera los mejores argumentos al
abogado de oficio que me dieron por un instante, mi amo me acusaba, el dia mante
había sido hallado en mi habitación: estaba claro que yo lo había robado. Cuando
quise mencionar el horrible proyecto del señor Du Harpin, y demostrar que la desdicha
que me sobrevenía sólo era el fruto de su venganza y la consecuencia del deseo
que tenía de deshacerse de una criatura que, poseedora de su secreto, se convertía
en su dueña, trataron mis protestas de recriminación, me dijeron que el señor
Du Harpin era reconocido desde hacía más de veinte años como un hombre íntegro,
incapaz de semejante horror. Fui trasladada a la Conciergerie, donde me vi en
la situación de tener que pagar con mi vida el rechazo de participar en un crimen;
iba a morir; sólo un nuevo delito podía salvarme: la providencia quiso que el
crimen sirviera, por lo menos una vez, de égida a la virtud, que la preservara
del abismo donde iba a arrojarla la inepcia de los jueces.
Tenía a mi lado una mujer de unos cuarenta años, tan celebrada por su belleza
como por la variedad y cantidad de sus fechorías; la llamaban Dubois, y estaba,
al igual que la desdichada Thérése, en vísperas de su ejecución: sólo el método
preocupaba a los jueces. Habiéndose manifestado culpable de todos los crímenes
imaginables, estaban casi obligados a inventar para ella un suplicio nuevo, o
a hacerle sufrir uno del que está exento nuestro sexo. Yo había inspirado una
especie de interés en aquella mujer, interés criminal, sin duda, ya que su fundamento
era, como después supe, el extremo deseo de convertirme en su prosélita.
Una noche, tal vez dos días antes de aquel en que ambas debíamos perder la vida,
la Dubois me dijo que no me acostara, y que con ella aguardase lo más cerca posible
de las puertas de la prisión.
-Entre las siete y las ocho -prosiguió - el fuego prenderá en la Conciergerie,
me he encargado de que así sea. Sin duda, muchas personas se abrasarán, pero no
importa, Thérèse -se atrevió a decirme la malvada -. La suerte de los demás no
cuenta cuando se trata de nuestra propia salvación. Lo seguro es que nos salvaremos;
cuatro hombres, cómplices y amigos, se reunirán con nosotras, y yo respondo de
tu libertad.
Ya os he dicho, señora, que la mano del cielo que acababa de castigar mi inocencia,
sirvió al crimen favoreciendo a mi protectora. El fuego prendió, el incendio fue
horrible, hubo veintiuna personas abrasadas, pero nosotras escapamos. Aquel mismo
día llegamos a la choza de un cazador furtivo del bosque de Bondy, íntimo amigo
de nuestra banda.
-Ya estás libre, Thérèse -me dijo entonces la Dubois -, ahora puedes elegir el
tipo de vida que te guste, pero si tuviera que darte un consejo, te diría que
renunciaras a unas prácticas virtuosas que, como ves, jamás te han favorecido.
Una delicadeza impropia te ha llevado a los pies del cadalso, un crimen espantoso
te salva de él: mira de qué sirven las buenas acciones en el mundo, ¡y si vale
la pena inmolarse por ellas! Eres joven y bonita, Thérèse: en dos años yo me hago
cargo de tu fortuna. Pero no imagines que te conduciré a su templo por los senderos
de la virtud: cuando alguien quiere abrirse paso, mi querida muchacha, hay que
emprender más de un oficio y servirse de más de una intriga. Así que decídete,
en esta choza no estamos seguras y tenemos que irnos dentro de pocas horas.
-¡Oh, señora! -le dije a mi bienhechora -, os debo grandes favores, y nada mas
lejos que querer olvidarlos. Me habéis salvado la vida, y es espantoso para mí
que haya sido gracias a un crimen. Creed que si hubiera tenido que cometerlo,
habría preferido mil muertes al dolor de participar en él. Soy consciente de todos
los peligros que he corrido por haberme abandonado a los sentimientos honrados
que siempre permanecerán en mi corazón. Pero sean cuales sean, señora, las espinas
de la virtud, las preferiré en cualquier momento a los peligrosos favores que
acompañan al crimen. Tengo grabados unos principios religiosos que, gracias al
cielo, no me abandonarán jamás. Si la Providencia me hace penosa la carrera de
la vida, es para compensarme de ello en un mundo mejor. Esta esperanza me consuela,
endulza mis penas, apacigua mis quejas, me refuerza en la adversidad, y me lleva
a desafiar todos los males que Dios quiera enviarme. Esta alegría se apagaría
inmediatamente en mi alma si yo acabara por mancillarla con crímenes, y junto
al temor de los castigos de este mundo, me perseguiría la dolorosa visión de los
suplicios del otro, que no me abandonaría un instante en la tranquilidad que deseo.
-Son sistemas absurdos que no tardarán en llevarte al hospicio, hija mía -replicó
la Dubois enarcando las cejas -. Créeme, deja de lado la justicia de Dios, sus
castigos o sus recompensas futuras. Todas esas tonterías sólo sirven para que
muramos de hambre. ¡Oh, Thérèse!, la dureza de los ricos legitima el mal comportamiento
de los pobres: que sus bolsas se abran a nuestras necesidades, que la humanidad
reine en su corazón, y las virtudes podrán establecerse en el nuestro; pero en
tanto que nuestro infortunio, nuestra paciencia para soportarlo, nuestra buena
fe, nuestra servidumbre, sólo sirvan para aumentar nuestros grilletes, nuestros
crímenes son obra suya, y seríamos muy tontos en negárnoslos cuando pueden aliviar
el yugo con que su crueldad nos sobrecarga. La naturaleza nos ha hecho nacer a
todos iguales, Thérèse; si la suerte se complace en estorbar este primer plan
de las leyes generales, a nosotros nos corresponde corregir sus caprichos y reparar,
mediante nuestra habilidad, las usurpaciones del más fuerte. Me gusta oír a la
gente rica, a la gente con título, a los magistrados, a los curas, ¡me gusta verles
predicarnos la virtud! Es muy difícil asegurarse contra el robo cuando se tiene
tres veces más de lo que hace falta para vivir; muy incómodo no concebir jamás
el asesinato, cuando se está rodeado de aduladores o de esclavos para quienes
nuestras voluntades son leyes; muy penoso, a decir verdad, ser moderado y sobrio,
cuando a cada hora se está rodeado de los manjares más suculentos; les cuesta
mucho ser sinceros, ¡cuando no tienen ningún interés en mentir!... Pero nosotros,
Thérèse, nosotros a quienes esta Providencia bárbara, con la que cometes la locura
de convertirla en tu ídolo, ha condenado a arrastrarnos por la humillación como
la serpiente por la hierba; nosotros, a los que se nos mira sólo con menosprecio,
porque somos pobres; a los que se tiraniza, porque somos débiles; nosotros, cuyos
labios sólo prueban la hiel, y cuyos pasos sólo encuentran abrojos, ¡quieres que
nos privemos del crimen cuando sólo su mano nos abre la puerta de la vida, nos
mantiene en ella, nos conserva en ella, y nos impide perderla! ¡Quieres que perpetuamente
sometidos y degradados, mientras la clase que nos domina tiene para sí todos los
favores de la Fortuna, nos reservemos sólo la pena, el abatimiento y el dolor,
la necesidad y las lágrimas, la deshonra y el cadalso! No, Thérèse, no: o esta
Providencia que tú reverencias sólo merece nuestro desprecio, o no son éstas en
absoluto sus voluntades. Conócela mejor, hija mía, y convéncete de que si nos
pone en situaciones en las que el mal nos resulta necesario, y nos deja al mismo
tiempo la posibilidad de ejercerlo, es porque ese mal sirve tanto a sus leyes
como el bien, y gana tanto con uno como con el otro. Si nos ha creado a todos
en el estado de la igualdad, quien la altera no es más culpable que quien procura
restablecerla. Ambos actúan de acuerdo con los impulsos recibidos, ambos deben
seguirlos y disfrutar.
Confieso que si alguna vez me sentí perturbada fue por las seducciones de esta
mujer astuta, pero una voz, más fuerte que ella, combatía estos sofismas en mi
corazón. A ella me rendí y manifesté a la Dubois que estaba decidida a no dejarme
corromper jamás.
-¡Bien! -me contestó -, haz lo que quieras. Te abandono a tu mala suerte. Pero
si alguna vez te atrapan y te llevan a la horca, destino del que probable mente
no podrás escapar, por esa fatalidad que salva inevitablemente al crimen inmolando
a la virtud, acuérdate por lo menos de no hablar jamás de nosotros.
Mientras razonábamos así, los cuatro compañeros de la Dubois bebían con el cazador
furtivo, y como el vino apresta el alma del malhechor a nuevos crímenes y le hace
olvidar los antiguos, al enterarse los malvados de mis resoluciones decidieron
convertirme en una víctima, ya que no podían tenerme como cómplice. Sus principios,
sus costumbres, el sombrío reducto en que estábamos, la especie de seguridad en
la que se creían, su borrachera, mi edad, mi inocencia, todo les estimuló. Se
alzan de la mesa, celebran consejo, consultan a la Dubois, actitudes cuyo lúgubre
misterio me hace estremecer de horror, y toman el acuerdo de que tengo que prestarme
inmediatamente a satisfacer los deseos de los cuatro, de buen grado, o a la fuerza.
Si lo hago de buen grado, cada uno de ellos me pagará un escudo para mis propios
usos; si tienen que utilizar la violencia, lo harán igual, pero, para que el secreto
quede mejor guardado, me apuñalarán después de haberse solazado y me enterrarán
al pie de un árbol.
No necesito describiros el efecto que me causó esta cruel proposición, señora,
lo comprendéis fácilmente. Me arrojé a las rodillas de la Dubois, le imploré que
fuera por segunda vez mi protectora. La deshonesta criatura sólo se rió de mis
lágrimas.
-¡Oh, pero vamos! -me dijo -, ¡vaya desgracia la tuya!... ¡,Cómo? ¿Te estremeces
ante la obligación de servir sucesivamente a cuatro buenos mozos como éstos? ¡No
sabes que hay diez mil mujeres en París que darían la mitad de su oro o de sus
joyas por ocupar tu lugar! Escucha -añadió sin embargo después de una breve reflexión
-, yo tengo bastante dominio sobre esos truhanes para conseguir tu perdón, siempre
que te hagas digna de él.
-¡Ay, señora! ¿Qué debo hacer? -exclamé llorando -. Ordenádmelo, estoy dispuesta
a todo. -Seguirnos, alistarte con nosotros, y cometer los mismos actos sin la
más ligera repugnancia: sólo a este precio yo te libraré del resto.
Creí que no debía titubear. Al aceptar esta cruel condición, corría nuevos peligros,
de acuerdo, pero serían menos perentorios que éstos. Es posible que pudiera prevenirlos,
mientras que nada era capaz de sustraerme a los que me amenazaban.
-Iré a todas partes, señora -dije apresuradamente a la Dubois -, iré a todas partes,
os lo prometo. Sal
vadme de la furia de estos hombres, y no os abandonaré en toda mi vida.
-Hijos míos -dijo la Dubois a los cuatro bandidos -, esta joven ya es de la banda,
yo la recibo y protejo en ella. Os suplico que no la violentéis. No la asqueemos
de su oficio desde el primer día. Ya veis que su edad y su aspecto pueden sernos
útiles, utilicémosla para nuestros intereses y no la sacrifiquemos a nuestros
placeres.
Pero las pasiones llegan a tener un grado de intensidad en el hombre en el que
ya nada puede retenerlas. Las personas que tenía enfrente eran incapaces de atender
a nada, me rodearon los cuatro, devorándome con sus miradas inflamadas, amenazándome
de una manera aún más terrible, dispuestos a atraparme, dispuestos a inmolarme.
-Es preciso que pase por ahí -dijo uno de ellos -, no podemos darle cuartel, ¿o
es que para formar parte de una banda de ladrones hay que dar pruebas de virtud?
¿No nos será igual de útil desvirgada que virgen? Ya os dais cuenta, señora, de
que suavizo las expresiones. Atenuaré de igual manera las descripciones, porque,
¡ay!, la obscenidad de su color es tal que vuestro pudor sufriría con su crudeza
tanto como mi timidez. Víctima dulce y temblorosa, ¡ay!, yo me estremecía aterrorizada.
Apenas tenía fuerzas de respirar. Arrodillada ante los cuatro, a veces mis débiles
brazos se levantaban para implorarles y otras para conmover a la Dubois.
-Un momento -dijo un tal «Corazón-de-Hierro» que parecía el jefe de la banda,
hombre de treinta y seis años, con la fuerza de un toro y apariencia de sátiro
-; un momento, amigos míos. Podemos contentar a todo el mundo. Como la virtud
de esta chiquilla le es tan preciosa, y, si como dice muy bien la Dubois, esta
cualidad, utilizada de otra manera, podría resultarnos necesaria, dejémosla. Ahora
es preciso que nos apacigüemos. No perdamos la calma, Dubois, porque en el estado
en que nos encontramos, es posible incluso que te degolláramos si te opusieras
a nuestros deseos.
Que Thérése se quede al instante tan desnuda como el día que vino al mundo, y
que se preste de ese modo a las diferentes posiciones que se nos antoje exigirle,
mientras, la Dubois apagará nuestros ardores y quemará el incienso en esos altares
cuya entrada nos niega esta criatura.
-¡Desnudarme! -exclamé -. ¡Oh, cielos! ¿Qué me exigís? Cuando me vea entregada
de esta manera a vuestras miradas, ¿quién podrá asegurarme que...?
Pero «Corazón-de-Hierro», que no parecía de humor para mas concesiones ni de retener
sus deseos, me maltrató golpeándome de una manera tan brutal que comprendí que
la obediencia era la única solución. Se entregó en manos de la Dubois, puesta
por él más o menos en el mismo desorden que yo, y así que estuve como él deseaba,
después de hacerme colocar los brazos en el suelo, lo que me dejaba en una posición
parecida a un animal, la Dubois apagó sus ardores acercando a una especie de monstruo
exactamente a los peristilos de uno y otro altar de la naturaleza, de tal modo
que a cada sacudida ella tuvo que golpear fuertemente estas partes con su mano
abierta, al igual que antaño el ariete las puertas de las ciudades asediadas.
La violencia de los primeros ataques me hizo recular; «Corazón-de-Hierro», enfurecido,
me amenazó con tratamientos más duros si me sustraía a aquéllos. La Dubois recibe
la orden de empujar con mayor fuerza, uno de esos libertinos sujeta mis hombros
y me impide tambalearme a causa de los empujones: son tan rudos que acabo magullada,
y sin poder evitar ninguno.
-A decir verdad -dijo «Corazón-de-Hierro» balbuceando -, en su lugar, preferiría
abrir las puertas que verlas así quebrantadas, pero si no quiere, no asistiremos
a su rendición... ¡Con fuerza... con fuerza, Dubois!...
Y el estallido de los fuegos de ese libertino, casi tan violento como el del rayo,
se aniquiló sobre las brechas que embistió sin llegarlas a entreabrir.
El segundo me hizo arrodillar entre sus piernas, y mientras la Dubois le apaciguaba
como al otro, dos acciones le ocupaban por entero: a veces golpeaba con la palma
abierta, pero de manera muy nerviosa, bien mis mejillas o bien mi seno, y otras
su boca impura hurgaba en la mía. Mi rostro y mi pecho se volvieron al instante
del color de la púrpura... Yo sufría, le pedía gracia, y las lágrimas caían de
mis ojos. Le irritaron; aumentó su esfuerzo. En ese momento, me mordió la lengua,
y las dos fresas de mis senos estaban tan magulladas que me eché hacia atrás,
pero algo me sujetaba. Me echaron sobre él, me sentí abrazada con mayor fuerza
por todas partes, y alcanzó el éxtasis...
El tercero me hizo subir a dos sillas alejadas, y sentándose debajo, excitado
por la Dubois colocada entre sus piernas, me obligó a agacharme hasta que su boca
quedara perpendicular al templo de la naturaleza. No podéis imaginaros, señora,
lo que este obsceno se atrevió a desear: con ganas o sin ellas, tuve que satisfacer
mis necesidades menores... ¡Santo cielo! ¡Qué hombre tan depravado puede sentir
un instante de placer en semejantes cosas!... Hice lo que quería, lo inundé, y
mi absoluta sumisión consiguió de ese malvado una ebriedad que nada habría logrado
sin esta infamia.
El cuarto me ató unos cordeles a todas las partes donde era posible fijarlos y
sostenía el ovillo en su mano, sentado a siete u ocho pies de mi cuerpo, fuertemente
excitado por los manoseos y los besos de la Dubois. Yo estaba de pie, y el salvaje
aumentaba su placer tirando fuertemente de cada una de las cuerdas. Me tambaleaba,
perdía a cada instante el equilibrio, y él se extasiaba con cada uno de mis traspiés.
Al fin, tiró de todos los cabos a un tiempo, con tanta precipitación, que caí
al suelo a su lado. Ese era su único objetivo, y mi frente, mi seno y mis mejillas
recibieron las pruebas de un delirio que sólo debía a esta manía.
Eso fue lo que soporté, señora, pero mi honor se vio por lo menos respetado, aunque
mi pudor no lo fuera. Algo más calmados, los bandidos hablaron de reanudar el
camino, y aquella misma noche llegaron al Tremblay con la intención de acercarse
a los bosques de Chantilly, donde confiaban dar algunos buenos golpes.
Nada igualaba mi desesperación al verme obligada a acompañarlos, y sólo lo hice
absolutamente decidida a abandonarlos en cuanto pudiera hacerlo sin riesgos. Al
día siguiente nos acostamos en los alrededores de Louvres, en unos almiares. Yo
quise ampararme en la Dubois, y pasar la noche a su lado, pero me pareció que
ella tenía la intención de dedicarla a una cosa distinta a preservar mi virtud
de los ataques que yo temía. La rodearon tres, y la abominable criatura se entregó
a los tres al mismo tiempo. El cuarto se acercó a mí, era el jefe.
-Hermosa Thérése -me dijo -, confío en que no me negaras por lo menos el placer
de pasar la noche a tu lado. -Y como se dio cuenta de mi extraordinaria repugnancia,
añadió -: No temas, charlaremos, y no haré nada en contra de tu voluntad. Pero,
Thérèse -continuó abrazándome -, ¿no es una gran insensatez tu pretensión de mantenerte
pura con nosotros? Aunque llegáramos a consentirlo, ¿cómo compaginarlo con los
intereses de la banda? Es inútil que te lo ocultemos, querida niña, pero hemos
pensado que, cuando vivamos en las ciudades, cazaremos a nuestras víctimas con
las trampas de tus encantos.
-Pues bien, señor -contesté -, ya que está claro que preferiré la muerte a esos
horrores, ¿para qué puedo serviros?, ¿por qué os oponéis a mi huida?
-Claro que nos oponemos a eso, ángel mío -contestó «Corazón-de-Hierro» -, tienes
que servir a nuestros intereses o a nuestros placeres. Tus desgracias te impo
nen ese yugo, debes sufrirlo. Pero ya sabes, Thérèse, que no hay nada en el mundo
que no tenga remedio. Atiéndeme, pues, y decide tú misma tu suerte: accede a vivir
conmigo, querida, consiente en pertenecerme y te evitaré el triste papel que tienes
adjudicado.
-¡Yo, señor! -exclamé -, ¡convertirme en la querida de un...!
-Pronuncia la palabra, Thérèse, pronúnciala, de un bribón, ¿no es cierto? Lo confieso,
pero no puedo ofrecerte otros títulos. Ya puedes imaginarte que nosotros no nos
casamos. El himeneo es un sacramento, Thérèse, y puesto que sentimos igual desprecio
por todos, jamás nos acercamos a ninguno. Sin embargo, razona un poco: en la inevitable
necesidad en que te hallas de perder lo que tanto quieres, ¿no es mejor sacrificarlo
a un solo hombre, que se convertirá a partir de entonces en tu apoyo y tu protector,
que prostituirse a todos?
-Pero ¿cómo es posible -contesté - que no haya otra solución?
-Porque estás en nuestras manos, Thérèse, y la razón del más fuerte siempre es
la mejor, como dijo hace tiempo La Fontaine. A decir verdad -prosiguió rápidamente
-, ¿no es una ridícula extravagancia conceder, como tú haces, tanto valor a la
más banal de las cosas? ¿Cómo puede ser una muchacha tan necia como para creer
que la virtud depende de una mayor o menor amplitud en una de las partes de su
cuerpo? ¿Eh? ¿Qué puede importar a los hombres o a Dios que esta parte esté intacta
o ajada? Y te digo más: si la intención de la naturaleza es que cada individuo
cumpla aquí abajo las funciones para las que ha sido formado, y la única razón
de existir de las mujeres es servir de goce a los hombres, resistir de ese modo
a la función que te ha encomendado es insultarla abiertamente. Es querer ser una
criatura inútil para el mundo y, por consiguiente, despreciable. Esta quimérica
castidad, que desde tu infancia han cometido la absurdidad de presentártela como
una virtud y que, muy lejos de ser útil a la naturaleza y a la sociedad, ultrajaba
visiblemente a ambas, no es más que una testarudez reprensible de la que una persona
tan inteligente como tú no debiera sentirse culpable. Pero no importa y sigue
escuchándome, querida muchacha, porque voy a demostrarte el deseo que tengo de
complacerte y de respetar tu debilidad. No tocaré, Thérèse, ese fantasma cuya
posesión tanto te deleita. Una muchacha tiene más de un favor que conceder, y
Venus puede ser celebrada en ella en más de un templo. Me contentaré con el más
mediocre. Ya sabes, querida, que al lado de los altares de Cipris, hay un antro
oscuro donde acuden a aislarse los Amores para seducirnos con mayor energía; ese
será el altar donde quemaré el incienso. Allí no hay el menor inconveniente. Si
los embarazos te asustan, Thérèse, de esa manera no pueden producirse: tu bonito
talle no se deformará jamás. Y las primicias que te resultan tan dulces se conservarán
sin quebranto, y sea cual sea el uso que de ellas quieras hacer, podrás ofrecerlas
puras. Nada puede traicionar a una muchacha desde ese punto de vista, por rudos
y múltiples que sean los ataques. Así que la abeja ha libado el jugo, el cáliz
de la rosa se cierra, y nadie es capaz de imaginar que alguna vez haya podido
entreabrirse. Hay muchachas que han disfrutado diez años de esta manera, e incluso
con varios hombres, y no por ello han dejado de casarse después y pasado por intactas.
¡Cuántos padres, cuántos hermanos, han abusado así de sus hijas o de sus hermanas,
sin que ellas se hayan vuelto menos dignas de sacrificar después su himeneo! ¡A
cuántos confesores también no ha servido esta misma ruta para solazarse, sin que
los padres tuvieran la menor idea! En una palabra, es el asilo del misterio, donde
se encadena a los Amores con los vínculos de la prudencia... ¿Tengo que decirte
más, Thérèse? Aunque este templo sea el más secreto, también es el más voluptuoso.
Ahí sólo se encuentra lo necesario para la felicidad, y la vasta comodidad de
su vecino está muy lejos de valer los excitantes atractivos de un local que se
alcanza con esfuerzo, y en el que te alojas con trabajo. Hasta las mujeres ganan
con ello, y aquellas a las que la razón obliga a conocer este tipo de placeres,
jamás lamentarán los otros. Pruébalo, Thérèse, pruébalo, y los dos estaremos contentos.
-¡Oh, señor! -contesté -, no tengo ninguna experiencia sobre ese terreno, pero
he oído decir que el extravío que preconizáis, señor, ultraja a las mujeres de
una manera aún más sensible... ofende más gravemente la naturaleza. La mano del
cielo se venga en este mundo, y Sodoma puede servir de ejemplo.
-¡Qué inocencia, querida, qué chiquillada! -prosiguió el libertino -. ¿Quién te
ha enseñado estas cosas? Préstame un poco más de atención, Thérèse, y te haré
cambiar de idea. La pérdida de la semilla destinada a propagar la especie humana,
hija mía, es el único crimen posible. En este caso, si esta semilla ha sido metida
en nuestro cuerpo con el único fin de la propagación, acepto que desviarla sea
una ofensa. Pero si queda demostrado que al colocar esta semilla en nuestros riñones,
la naturaleza está muy lejos de haber tenido el objetivo de emplearla por entero
en la propagación, ¿qué más da, en este caso, Thérèse, que se pierda en un lugar
o en otro? El hombre que entonces la desvía no ocasiona mayor daño que la naturaleza,
que tampoco la emplea. Ahora bien, estas pérdidas de la naturaleza que a nosotros
sólo nos corresponde imitar, ¿acaso no se producen en muchísimos casos? En principio,
la posibilidad de hacerlas es una primera prueba de que no la ofenden en absoluto.
Estaría en contra de todas las leyes de la equidad y de la profunda sabiduría,
que le reconocemos en todo, que permitiera lo que la ofende. En segundo lugar,
estas pérdidas son ejecutadas cien y hasta cien millones de veces todos los días
por ella misma. Las poluciones nocturnas, la inutilidad de la semilla en la época
de los embarazos de la mujer, ¿no son pérdidas autorizadas por sus leyes? Las
cuales nos demuestran que, indiferente al destino de este licor al que cometemos
la estupidez de conceder tanta importancia, nos permite malgastarlo con la misma
despreocupación con que ella la practica todos los días; que tolera la propagación,
pero siempre que la propagación entre en sus cálculos; que sí quiere que nos multipliquemos,
pero que, no ganando más en este acto que en su contrario, la elección que nosotros
hagamos le es indiferente; que, dejándonos dueños de crear, de no crear o de destruir,
no la contentaremos ni la ofenderemos en mayor medida adoptando, ante una u otra
opción, la que más nos convenga; y que la que elijamos, al no ser más que el resultado
de su poder y de su acción sobre nosotros, es mucho más probable que le guste
que susceptible de ofenderle. Ah, puedes creer, Thérèse, que la naturaleza se
inquieta muy poco ante esos misterios a los que nosotros cometemos la extravagancia
de consagrarles un culto. Sea cual sea el templo en el que se sacrifica, si permite
que el incienso arda en él, es que el homenaje no la ofende. El mal uso o las
pérdidas de la semilla que sirve para la reproducción, la extinción de esta semilla
cuando ha germinado, el aniquilamiento de este germen incluso mucho tiempo después
de su formación, todo eso, Thérèse, son crímenes imaginarios que no interesan
para nada a la naturaleza, y de los que se ríe como de todas nuestras instituciones
que, con frecuencia, la ultrajan en lugar de servirla.
«Corazón-de-Hierro» se excitaba al exponer sus pérfidas máximas, y no tardé en
verle en el estado que tanto me había asustado la víspera. Quiso, para dar más
peso a la lección, juntar inmediatamente la práctica al precepto; y sus manos,
pese a mis resistencias, se perdían hacia el altar por donde el traidor quería
penetrar... ¿Tendré que confesároslo, señora? Pues bien, obcecada por las seducciones
de aquel malvado; contenta, al ceder un poco, de salvar lo que parecía más esencial;
sin pensar ni en las inconsecuencias de sus sofismas, ni en lo que yo misma iba
a arriesgar, ya que aquel deshonesto hombre, poseedor de unas medidas gigantescas,
ni siquiera tenía la posibilidad de visitar una mujer en el lugar más permitido,
y llevado por su maldad natural, no tenía seguramente otro objetivo que el de
lisiarme; con los ojos fascinados por todo eso, digo, estaba a punto de abandonarme
y, por virtud, convertirme en criminal; mis resistencias se debilitaban; ya dueño
del trono, el insolente vencedor sólo se ocupaba de instalarse en él, cuando en
el camino real se oyó el rumor de un carruaje. «Corazón-de-Hierro» abandona al
instante sus placeres por sus deberes, reúne a sus gentes y vuela hacia nuevos
crímenes. Poco después oímos unos gritos, y los malvados, ensangrentados, regresan
triunfantes y cargados de trofeos.
Huyamos rápidamente -dijo «Corazón-de-Hierro» -, hemos matado a tres hombres,
los cadáveres están en el camino y ya no hay seguridad para nosotros.
Reparten el botín. «Corazón-de-Hierro» quiere que yo tenga mi parte. Ascendía
a veinte luises, y me fuerzan a tomarlos. Yo me estremezco ante la obligación
de conservar ese dinero; sin embargo, nos acucian, todos se preparan y partimos.
Al día siguiente nos encontrábamos a resguardo en el bosque de Chantilly. Durante
la cena, contaron lo que les había valido su última operación, y evaluando sólo
en doscientos luises la totalidad de la presa, uno de ellos dijo:
-¡A decir verdad, no valía la pena cometer tres asesinatos por una suma tan pequeña!
-Calma, amigos míos -contestó la Dubois -. No era por la cantidad por lo que yo
misma os he exhortado a no perdonar a esos viajeros, sino sólo por nuestra seguridad.
Son las leyes las culpables de estos crímenes, no nosotros: mientras ajusticien
tanto a los ladrones como a los asesinos, jamás se cometerán robos sin asesinatos.
Como los dos delitos se castigan en igual medida, ¿por qué negarse al segundo
si puede encubrir el primero? ¿De dónde sacáis además -prosiguió esta horrible
criatura - que doscientos luises no valgan tres asesinatos? Siempre hay que calcular
las cosas por la relación que guardan con nuestros intereses. La pérdida de la
vida de cada uno de los seres sacrificados tiene un valor nulo en relación con
nosotros. Probablemente no daríamos ni un óbolo para que esos individuos siguieran
vivos o en la tumba; por consiguiente, si el interés más mínimo se nos ofrece
con uno de los casos, debemos sin ningún remordimiento decidirlo preferentemente
a nuestro favor; pues, ante una cosa totalmente indiferente, debemos, si somos
prudentes y podemos permitírnoslo, inclinarla claramente del lado que nos resulte
ventajoso, pasando por alto todo lo que en ella pueda perder el adversario, porque
no hay ninguna proporción razonable entre lo que nos afecta y lo que afecta a
los demás. Lo primero lo sentimos físicamente, lo segundo sólo moralmente, y las
sensaciones morales son engañosas mientras que la verdad sólo está en las sensaciones
físicas. Así, no sólo doscientos luises compensan los tres asesinatos, sino que
treinta sueldos también los habrían compensado, pues los treinta sueldos nos habrían
procurado una satisfacción que, aunque pequeña, debe de todos modos afectarnos
mucho más vivamente de lo que puedan hacerlo los tres asesinatos, que para nosotros
no son nada, y de cuya lesión sólo nos llega un rasguño. La debilidad de nuestras
voces, la ausencia de reflexión, los malditos prejuicios en los que se nos ha
educado, los vanos terrores de la religión o de las leyes, eso es lo que frena
a los necios en la carrera del crimen, lo que les impide ir a lo grande. Pero
todo individuo dotado de fuerza y de vigor, provisto de un espíritu enérgicamente
organizado, que se prefiere, como es debido, a los demás, sabrá sopesar sus intereses
en la balanza de los propios, burlarse de Dios y de los hombres, desafiar la muerte
y despreciar las leyes; y totalmente convencido de que sólo a él debe referirlo
todo, sentirá que el número más amplio imaginable de lesiones ajenas, que no le
duelen fisicamente en absoluto, no puede ser comparado con el más leve de los
goces comprados con este conjunto increíble de fechorías. El placer le halaga,
está en su interior: el efecto del crimen no le afecta, está fuera de él. Ahora
bien, yo os pregunto ¿qué hombre razonable no preferirá lo que lo deleita a lo
que le es extraño, y no accederá a cometer esta cosa extraña que no le produce
ninguna molestia, para granjearse aquella que lo conmueve agradablemente?
-¡Oh, señora! -dije a la Dubois, pidiéndole permiso para responder a sus execrables
sofismas -, ¿no os dais cuenta de que vuestra condena está escrita en lo que se
os acaba de escapar? Sólo a un ser tan poderoso como para no tener que temer nada
de los demás podrían convenir semejantes principios, pero nosotros, señores, perpetuamente
en el temor y la humillación, nosotros, proscritos de todas las gentes honradas,
condenados por todas las leyes, ¿debemos admitir estos sistemas que sólo pueden
afilar contra nosotros la espada que cuelga sobre nuestras cabezas? Si no nos
encontráramos en esta triste posición, si estuviéramos en el centro de la sociedad...
si nos halláramos, en fin, donde deberíamos hallarnos, sin nuestra mala conducta
y sin nuestras desdichas, ¿no creéis que tales máximas podrían resultarnos más
convenientes? ¿Cómo queréis que no perezca aquel que, por un ciego egoísmo, pretende
luchar a solas contra los intereses de los demás? ¿Acaso la sociedad no está autorizada
a no soportar jamás en su seno al que se manifiesta en contra de ella? Y el individuo
que se aísla, ¿puede luchar contra todos?, ¿puede vanagloriarse de vivir feliz
y tranquilo si, por no aceptar el pacto social, no consiente en ceder una pequeña
-parte de su felicidad para garantizar la restante? La sociedad sólo se sostiene
mediante intercambios perpetuos de favores, que son los vínculos que la cimentan;
aquel que, en lugar de esos favores, sólo ofrezca crímenes, deberá ser temido
a partir de entonces, y será necesariamente atacado, si es el más fuerte, y sacrificado
por el primero al que ofenda, si es el más débil; pero destruido en cualquier
caso por la poderosa razón que obliga al hombre a asegurar su reposo y a dañar
a los que quieren turbarlo. Esta es la razón que hace casi imposible la duración
de las asociaciones criminales: al oponer únicamente unas puntas aceradas a los
intereses de los demás, todos deben reunirse sin demora para mellar su aguijón.
Incluso entre nosotros, señora, me atrevo a añadir, ¿cómo os vanagloriaréis de
mantener la concordia cuando aconsejáis a cada uno que atienda únicamente sus
propios intereses? ¿Podréis a partir de entonces objetar algo justo a aquel de
nosotros que quiera apuñalar a los demás, y que lo haga, para hacerse sólo él
con la parte de sus compañeros? ¡Ay! ¡Qué mejor elogio de la virtud que la prueba
de su necesidad, incluso en una sociedad criminal... que la certidumbre de que
esa sociedad no se sostendría ni un momento sin la virtud!
-Eso que argumentas, Thérèse, sí que son sofismas terció «Corazón-de-Hierro» -,
y no lo que había dicho la Dubois. No es en absoluto la virtud lo que sostiene
nuestras asociaciones criminales: es el interés, el egoísmo. Así que es totalmente
falso ese elogio de la virtud que has deducido de una hipótesis quimérica. En
absoluto es por virtud por lo que, creyéndome, como supongo, el más fuerte de
la banda, no apuñalo a mis camaradas para arrebatarles su parte; es, más bien,
porque, encontrándome solo, me privaría de los medios que espero de su ayuda para
asegurarme la fortuna. Este motivo es, igualmente, el único que retiene su brazo
en contra de mí. Ahora bien, como ves, Thérèse, este motivo sólo es egoísta y
no tiene la mas ligera apariencia de virtud. Dices que quien quiere luchar a solas
contra los intereses de la sociedad tiene que dar por supuesto que perecerá. ¿No
perecerá con mucha mayor seguridad si sólo tiene para existir su miseria y el
abandono de los demás? Lo que llamamos interés de la sociedad no es otra cosa
que la suma de los intereses particulares reunidos, pero sólo cediendo este interés
particular se puede coincidir y colaborar con los intereses generales. Ahora bien,
¿qué quieres que ceda el que no tiene nada? Si lo hace, no me negaras que su error
ha sido mucho mayor al dar infinitamente más de lo que recibe, y en tal caso la
desigualdad de la transacción debe impedir que la cumpla. Atrapado en esta situación,
lo mejor que puede hacer ese hombre ¿no es alejarse de esta sociedad injusta para
conceder los derechos a una sociedad diferente que, situada en la misma posición
que él, tenga interés en combatir, con la reunión de sus pequeños poderes, el
poder más amplio que quería obligar al desdichado a ceder lo poco que tenía para
no recibir nada de los demás? Pero de ahí nacerá, me dirás, un estado de guerra
perpetuo. ¡De acuerdo! ¿Acaso no es el de la naturaleza? ¿El único que nos conviene
realmente? Todos los hombres nacieron aislados, envidiosos, crueles y déspotas,
deseosos de tenerlo todo y no ceder nada, y luchando incesantemente por mantener
tanto su ambición como sus derechos. Llegó el legislador y dijo: «Dejad de enfrentaros
así; al ceder un poco de uno y otro lado, renacerá la tranquilidad». Yo no censuro
en absoluto la existencia de este pacto, pero sostengo que hay dos tipos de individuos
que jamás debieron someterse a él: aquellos que, sintiéndose más fuertes, no tenían
necesidad de ceder nada para ser felices, y aquellos que, siendo los más débiles,
tenían que ceder infinitamente más de lo que se les otorgaba. Y el caso es que
la sociedad sólo está compuesta de seres débiles y de seres fuertes. Ahora bien,
si el pacto tuvo que disgustar a los fuertes y a los débiles, estaba claro que
no convenía a la sociedad, y el estado de guerra, que existía antes, debía resultar
infinitamente preferible, ya que dejaba a cada cual el libre ejercicio de sus
fuerzas y de su ingenio, de los que se veían privados por el pacto injusto de
una sociedad, que siempre quitaba demasiado a uno y jamás concedía suficiente
a otro. Así que el ser realmente sensato es aquel que, con el riesgo de reanudar
el estado de guerra que reinaba antes del pacto, se revuelve irrevocablemente
contra él, lo viola cuanto puede, convencido de que lo que obtendrá de estas lesiones
siempre será superior a lo que podrá perder, si es el más débil, pues también
lo era respetando el pacto: puede convertirse en el más fuerte violándolo y, si
las leyes lo devuelven a la clase de la que ha querido escapar, el mal menor es
perder la vida, que representa una desdicha infinitamente menor que la de vivir
en el oprobio y la miseria. Esas son, pues, las dos alternativas para nosotros:
o el crimen que nos hace felices, o el cadalso que nos impide ser desgraciados.
Pregunto si cabe titubear, hermosa Thérèse. ¿Descubrirá tu inteligencia un razonamiento
capaz de rebatir éste?
-¡Oh, señor! -contesté con la vehemencia que da tener la razón -, hay mil, pero,
por otra parte, ¿debe ser esta vida el único objetivo del hombre? ¿Es algo más
que un pasaje del que cada uno de los peldaños que recorre debe, si es razonable,
conducirle a la felicidad eterna, premio garantizado de la virtud? Supongo con
vos (lo que, sin embargo, es raro y choca con todas las luces de la razón, pero
no importa), os concedo por un instante que el crimen pueda hacer feliz en este
mundo al malvado que se abandona a él: ¿imagináis que la justicia de Dios no espera
a este hombre deshonesto en el otro mundo para vengar lo que ha hecho en éste?...
Ay, no creáis lo contrario, señor, no lo creáis -añadí sollozando -, es el único
consuelo del infortunado, no se lo arrebatéis; cuando los hombres nos abandonan,
¿quién nos vengará si no es Dios?
-¿Quién? Nadie, Thérèse, nadie en absoluto. No es de ningún modo necesario que
el infortunio sea vengado. Tú te ufanas de ello porque lo deseas, esta idea te
consuela, pero no por ello es menos falsa. Más aún, es esencial que el infortunado
sufra; su humillación y sus dolores figuran entre las leyes de la naturaleza,
y su existencia es útil al plan general, tanto como la de la prosperidad de quien
lo aplasta. Esta es la verdad, que debe sofocar el remordimiento tanto en el alma
del tirano como en la del malhechor. Que no se coarte, que se entregue ciegamente
a cuantas maldades se le ocurran: la voz de la naturaleza sólo le sugiere esta
idea, el único modo posible con que ella nos convierte en agentes de sus leyes.
Cuando sus inspiraciones secretas nos predisponen al mal, es porque el mal le
es necesario, lo quiere, lo exige, porque no siendo la suma de crímenes completa
ni suficiente para las leyes del equilibrio, las únicas que la gobiernan, exige
un mayor número de éstos para el complemento de la balanza. Por consiguiente,
que no se asuste ni se detenga aquel cuya alma se sienta inclinada al mal; que
lo cometa sin temor, en el momento en que ha sentido su impulso: sólo resistiéndosele
ofendería a la naturaleza. Pero abandonemos por un instante la moral, ya que prefieres
la teología. Debes saber pues, joven inocente, que la religión en la que te amparas,
no siendo más que la relación del hombre con Dios, culto que la criatura creyó
deber rendir a su creador, quedó aniquilada en cuanto la propia existencia de
tal creador fue demostrada como quimérica. Los primeros hombres, asustados por
unos fenómenos que los impresionaron, tuvieron que creer necesariamente que un
ser sublime y desconocido por ellos había dirigido su marcha y su influencia.
Es propio de la debilidad suponer o temer la fuerza. La mente del hombre, todavía
demasiado infantil para buscar y para encontrar en el seno de la naturaleza las
leyes del movimiento, único resorte de todo el mecanismo que le asombraba, creyó
más simple suponer un motor a esta naturaleza que verla motora de sí misma, y
sin pensar que le costaría un esfuerzo mucho mayor edificar y definir este amo
gigantesco que buscar en el estudio de la naturaleza la causa de lo que le sorprendía,
admitió el ser soberano y le dedicó sus cultos. A partir de ese momento, cada
nación los compuso análogos a sus costumbres, a sus conocimientos y a su clima.
No tardaron en haber en la Tierra tantas religiones como pueblos, tantos dioses
como familias. Sin embargo, debajo de todos esos ídolos era fácil reconocer al
fantasma absurdo, fruto primero de la ceguera humana. Lo vestían de diferente
manera, pero siempre era lo mismo. Ahora bien, dime, Thérèse: porque unos imbéciles
construyan disparates sobre la erección de una indigna quimera y sobre la manera
de servirla, ¿hay que deducir que el hombre sensato deba renunciar a la dicha
segura y presente de su vida? ¿Debe, como el perro de Esopo, abandonar el hueso
a cambio de su sombra, y renunciar a sus placeres reales a cambio de unas ilusiones?
No, Thérèse, no, Dios no existe: la naturaleza se basta a sí misma. No tiene ninguna
necesidad de autor. Este supuesto autor no es más que una descomposición de sus
propias fuerzas, más que lo que en la escuela llamamos una petición de principios.
Un Dios supone una creación, o sea un instante en el que no hubo nada, o bien
un instante en el que todo estuvo en el caos. Si uno u otro de esos estados era
un mal, ¿por qué tu Dios lo dejaba subsistir? Si era un bien, ¿por qué lo cambia?
Ahora bien, si es inútil, ¿puede ser poderoso? Y si no es poderoso, ¿puede ser
Dios? Si la naturaleza se mueve a sí misma, ¿de qué sirve el motor? Y si el motor
actúa sobre la materia moviéndola, ¿cómo no es materia él mismo? ¿Puedes concebir
el efecto del espíritu sobre la materia, y la materia recibiendo el movimiento
de un espíritu que carece en sí mismo de movimiento? Examina por un instante,
con frialdad, todas las cualidades ridículas y contradictorias con que los fabricantes
de esta execrable quimera se han visto obligados a revestirla, y comprobaras que
se destruyen y anulan mutuamente; admitirás que este fantasma deificado, nacido
del temor de unos y de la ignorancia de todos, no es mas que una simpleza escandalosa,
que no merece de nosotros ni un instante de fe ni un minuto de examen; una miserable
extravagancia que repugna a la mente, que escandaliza el corazón, y que sólo emergió
de las tinieblas para volver a hundirse en ellas para siempre jamás.
»Así pues, no te inquietes, Thérèse, con la esperanza o el temor de un mundo futuro,
fruto de estas primeras mentiras, y deja sobre todo de considerarlos como frenos
para nosotros. Débiles porciones de una materia vil y bruta, cuando muramos, es
decir, en la reunión de los elementos que nos componen con los elementos de la
masa general, aniquilados para siempre cualquiera que haya sido nuestro comportamiento,
pasaremos durante un instante por el crisol de la naturaleza para resurgir bajo
otras formas, y eso sin que haya más prerrogativas para el que ha incensado de
manera insensata la virtud como para el que se ha entregado a los más vergonzosos
excesos, porque no hay nada que ofenda a la naturaleza, y todos los hombres igualmente
salidos de su seno, que han actuado durante su vida a partir de sus impulsos,
encontrarán después de su existencia el mismo final y la misma suerte.
Me disponía a seguir contestando a estas espantosas blasfemias cuando el rumor
de un jinete se hizo oír cerca de nosotros. «¡A las armas!», exclamó «Corazón-de-Hierro»,
más deseoso de poner en práctica sus sistemas que de consolidar sus fundamentos.
Vuelan... y al cabo de un instante traen a un infortunado viajero al bosquecillo
donde se hallaba nuestro campamento.
Interrogado acerca del motivo que le llevaba a viajar solo y tan de madrugada
por un camino aislado, y acerca de su edad y profesión, el caballero respondió
que se llamaba Saint-Florent, uno de los primeros negociantes de Lyon, que tenía
treinta y seis años, y regresaba de Flandes por unos asuntos relacionados con
su comercio; llevaba poco dinero encima pero sí muchos pagarés. Añadió que su
lacayo le había abandonado la víspera, y que, para evitar el calor, viajaba de
noche con la intención de llegar aquel mismo día a París, donde tomaría un nuevo
criado y concluiría una parte de sus negocios; si, además, seguía un camino solitario,
continuó, era porque, según creía, se había dormido sobre su caballo y se había
extraviado. Y dicho eso, pide la vida, ofreciendo a cambio todo lo que poseía.
Examinaron su cartera y contaron su dinero: la presa no podía ser mejor. Saint-Florent
llevaba cerca de medio millón pagable a su presentación en la capital, unas cuantas
joyas y alrededor de cien luises.
-Amigo -le dijo «Corazón-de-Hierro», acercándole la punta de la pistola a las
narices -, comprenderéis que después de un robo semejante no podemos dejaros en
vida.
-¡Oh, señor! -exclamé arrojándome a los pies de aquel malvado -, os lo imploro,
no me hagáis presenciar, el día de mi incorporación a la banda, el horrible espectáculo
de la muerte de este desdichado. Dejadle con vida, no me neguéis el primer favor
que os pido.
Y, recurriendo inmediatamente a una astucia bastante singular, a fin de legitimar
el interés que parecía sentir por aquel hombre, añadí calurosamente:
-El apellido que acaba de pronunciar el caballero me lleva a creer que es un deudo
bastante próximo. No os asombréis, señor -añadí dirigiéndome al viajero -, de
encontrar una pariente en esta situación. Ya os lo explicaré más adelante. Por
esta razón -seguí implorando de nuevo a nuestro jefe -, por esta razón, señor,
concededme la vida de este miserable. Agradeceré este favor con la entrega mas
absoluta a todo lo que pueda servir vuestros intereses.
-Ya sabes con qué condiciones puedo concederte el favor que me pides, Thérèse
-me contestó «Corazón-de-Hierro» -, ya sabes lo que exijo de ti...
-Bien, señor, lo haré todo -exclamé interponiéndome entre aquel desdichado y nuestro
jefe, siempre dispuesto a degollarlo... -. Sí, lo haré todo, señor, lo haré todo,
salvadle.
-Dejadlo con vida -dijo «Corazón-de Hierro» -, pero que se enrole con nosotros.
Esta última cláusula es indispensable. No puedo hacer nada sin ella, mis camaradas
se opondrían.
El sorprendido comerciante no entendía nada del parentesco que yo establecía,
pero, al ver salvada la vida si aceptaba sus proposiciones, creyó que no debía
titu bear ni un instante. Le dejaron descansar y, como nuestra gente sólo quería
abandonar aquel lugar de día, «Corazón-de-Hierro» me dijo:
-Thérèse, recojo tu promesa, pero como esta noche estoy agotado descansa tranquila
al lado de la Dubois. Te llamaré cuando se haga de día, y si titubeas, la vida
de este bellaco me vengará de tu artimaña.
-Dormid, señor, dormid -contesté -, y creed que ésta, a la que habéis colmado
de agradecimiento, no tiene más deseo que el de cumplir.
Nada más lejos de mis intenciones, pero si alguna vez creí permitido el fingimiento
era exactamente en esta ocasión. Nuestros bribones, llenos de una confianza excesiva,
siguen bebiendo y se duermen, dejándome en plena libertad al lado de la Dubois
que, borracha como los demás, no tardó en cerrar igualmente los ojos.
Aprovechando entonces con vivacidad el primer momento del sueño de los malvados
que nos rodeaban, le dije al joven lionés:
-Señor, la más horrible de las catástrofes me ha arrojado a pesar mío entre estos
ladrones. Los detesto tanto como al instante fatal que me trajo a su banda. La
verdad es que no tengo el honor de ser pariente vuestra. He utilizado esta treta
para salvaros y escapar con vos, si os parece bien, de estos miserables. El momento
es propicio -proseguí -, huyamos. Veo vuestra cartera, recojámosla; renunciemos
al dinero en metálico, está en sus bolsillos y no conseguiríamos recuperarlo sin
peligro. Vayámonos, señor, vayámonos. Ya veis lo que hago por vos, me entrego
a vuestras manos, tened piedad de mi suerte. No seáis, sobre todo, más cruel que
esta gente. Dignaos a respetar mi honor, os lo confío, pues es mi único tesoro.
Dejádmelo, ellos no me lo han arrebatado.
Me costaría trabajo describir el supuesto agradecimiento de Saint -Florent. No
sabía qué términos emplear para demostrármelo, pero no teníamos tiempo de hablar:
se trataba de huir. Me apodero diestramente de la cartera, se la doy y, franqueando
rápidamente el bosquecillo y abandonando el caballo, por miedo a que el ruido
que habría hecho despertara a nuestras gentes, nos dirigimos, con diligencia,
al sendero que debía sacarnos del bosque. Tuvimos la suerte de salir de él cuando
amanecía, y sin que nadie nos siguiera. Llegamos antes de las diez de la mañana
a Luzarches, y allí, al abrigo de cualquier temor, sólo pensamos en descansar.
Hay momentos en la vida en que te consideras muy rico sin tener, no obstante,
nada de qué vivir: era el caso de Saint-Florent. Llevaba quinientos mil francos
en su cartera, y ni un escudo en su faltriquera. Esta reflexión le detuvo antes
de entrar en la posada...
-Tranquilícese, señor -le dije al ver su apuro -, los ladrones que abandono no
me han dejado sin dinero. Ahí tenéis veinte luises, tomadlos, por favor, utilizadlos
y dad el resto a los pobres. Por nada en el mundo querría yo conservar un oro
adquirido mediante asesinatos. Saint -Florent, que fingía delicadeza, pero que
estaba muy lejos de tener la que yo le suponía, no quiso en absoluto tomar lo
que le ofrecí. Me preguntó qué proyectos tenía, me dijo que se obligaba a cumplirlos,
y que no deseaba otra cosa que quedar en paz conmigo.
-Os debo la fortuna y la vida, Thérèse -añadió besándome las manos -. ¿Qué mejor
puedo hacer que ofreceros la una y la otra? Aceptadlas, os lo ruego, y permitid
que el Dios del himeneo estreche los nudos de la amistad.
No sé bien si por presentimiento o simple frialdad, yo estaba tan lejos de creer
que lo que había hecho por aquel joven pudiera provocar tales sentimientos por
su parte, que le dejé leer en mi semblante el rechazo que no me atrevía a expresar.
Lo entendió, no insistió más, y se limitó a preguntarme únicamente qué podía hacer
por mí.
-Señor -le dije -, si realmente mi actuación no carece de méritos a vuestros ojos,
os pido por toda recompensa que me llevéis con vos a Lyon, y que allí me coloquéis
en alguna casa honesta, donde mi pudor ya no tenga que sufrir.
-Es lo mejor que podríais hacer -contestó Saint-Florent -, y nadie mas capacitado
que yo para prestaros ese servicio: tengo veinte parientes en esa ciudad.
Y el joven comerciante me rogó entonces que le contara las razones que me llevaban
a alejarme de París, donde le había dicho que había nacido. Lo hice con tanta
confianza como ingenuidad.
-Bien, si sólo es eso -dijo el joven -, podré seros útil antes de llegar a Lyon.
No temáis nada, Thérèse, vuestro caso estará olvidado. Ya nadie os buscará, y
menos que en ningún lugar, seguramente, en el asilo donde voy a colocaros. Tengo
una pariente cerca de Bondy, vive en una campiña encantadora de los alrededores.
Estoy seguro de que sentirá un gran placer de teneros a su lado; mañana os la
presento.
Llena de agradecimiento a mi vez, acepto un proyecto que tanto me conviene. Descansamos
el resto del día en Luzarches, y al día siguiente nos proponemos llegar a Bondy,
que sólo está a seis leguas de allí. -Hace buen tiempo -me dijo Saint-Florent
-. Si os parece, Thérèse, nos dirigiremos a pie al castillo de mi pariente. Le
contaremos nuestra aventura, y creo que esta manera imprevista de llegar despertará
su interés hacia vos.
Muy alejada de sospechar las intenciones de aquel monstruo y de imaginar que me
ofrecía aún menos seguridad que la infame compañía que abandonaba, lo acepto todo
sin temor, sin ninguna repugnancia. Almorzamos y comemos juntos. No se opone en
absoluto a que para la noche tome una habitación separada de la suya, y después
de haber dejado pasar el mayor calor, segura por lo que dice de que bastan cuatro
o cinco horas para llegar a casa de su pariente, abandonamos Luzarches y nos dirigimos
a pie a Bondy.
Alrededor de las cinco de la tarde entramos en el bosque. Saint -Florent todavía
no se había descubierto ni por un instante: siempre la misma honestidad, siempre
el mismo deseo de demostrarme su agradecimiento. De haber estado con mi padre,
no me habría creído más segura. Las sombras de la noche comenzaban a esparcir
por el bosque aquella especie de horror religioso que hace nacer simultáneamente
el temor en las almas tímidas y el proyecto del crimen en los corazones feroces.
Sólo caminábamos por senderos, y yo delante. Me vuelvo para preguntar a Saint
-Florent si realmente hay que seguir esos caminos apartados, si por casualidad
no se ha extraviado, si cree, en fin, que falta mucho para llegar.
-Ya hemos llegado, puta -me contestó aquel malvado, arrojándome al suelo de un
bastonazo en la cabeza que me priva del conocimiento...
¡Oh, señora!, yo no sé lo que dijo ni lo que hizo aquel hombre; pero el estado
en que me encontré me obligó a saber hasta qué punto había sido su víctima. Cuando
recuperé el sentido era totalmente de noche; estaba al pie de un árbol, al margen
de todos los caminos, magullada, ensangrentada... deshonrada, señora. Esta era
la recompensa por cuanto acababa de hacer por aquel desalmado; y, llevando la
infamia al máximo, el malvado, después de haber hecho conmigo todo lo que había
querido, después de haber abusado de todas las maneras, hasta de aquella que más
ultraja la naturaleza, se había llevado mi bolsa... aquel mismo dinero que yo
le había ofrecido tan generosamente. Había desgarrado mis ropas, la mayoría estaban
hechas girones a mi lado, iba casi desnuda, y con varias partes de mi cuerpo ámoratadas.
Podéis imaginaros mi situación: rodeada de tinieblas, sin recursos, sin honor,
sin esperanza, expuesta a todos los peligros. Quise terminar con mis días: si
me hubieran ofrecido un arma, la habría empuñado y abreviado esta desdichada vida,
que sólo me ofrecía calamidades.
«¡Qué monstruo! ¿Qué le habré hecho yo», me decía, «para merecer por su parte
un trato tan cruel? Le salvo la vida, le devuelvo su fortuna, ¡me arrebata lo
que más quiero! ¡Hasta un animal salvaje hubiera sido menos cruel! ¡Oh hombre,
así eres cuando sólo atiendes a tus pasiones! Los tigres en el fondo de los desiertos
más salvajes se horrorizarían de tus fechorías.»
Unos minutos de abatimiento siguieron a mis primeros impulsos de dolor; mis ojos,
anegados en lágrimas, se elevaron maquinalmente al cielo; mi corazón se lanzó
a los pies del Maestro que lo habita... Aquella bóveda pura y brillante... el
silencio imponente de la noche... el terror que helaba mis sentidos... aquella
imagen de la naturaleza en paz, comparada con la alteración de mi alma extraviada,
todo esparce en mí un tenebroso horror del que no tarda en nacer la necesidad
de rezar. Me precipito a las rodillas de ese Dios poderoso, negado por los impíos,
esperanza del pobre y del afligido.
-Ser santo y majestuoso -exclamé entre lágrimas -, tú que te dignas llenar en
este momento terrible mi alma de una alegría celestial, que, sin duda, me has
impedido atentar contra mis días, oh, mi protector y guía, aspiro a tus bondades,
imploro tu clemencia: contempla mi miseria y mis tormentos, mi resignación y mis
deseos. ¡Dios omnipotente! Tú sabes que soy inocente y débil, que he sido traicionada
y maltratada; he querido hacer el bien a ejemplo tuyo, y tu voluntad me castiga.
¡Que se cumpla, oh, Dios mío! Amo todos sus sagrados efectos, los respeto y ceso
de quejarme; pero si aquí en la tierra sólo debo encontrar abrojos, ¿será ofenderte,
oh, mi soberano Maestro, suplicar que tu poder me llame hacia ti, para rezarte
sin turbación, para adorarte lejos de esos hombres perversos que, ¡ay de mí!,
sólo me han hecho conocer males, y cuyas manos sanguinarias y pérfidas hunden
a placer mis tristes días en el torrente de las lágrimas y en el abismo de los
dolores?
La oración es el más dulce consuelo del desdichado; se siente más fuerte cuando
ha cumplido con este deber. Me alzo llena de valor, recojo los harapos que el
malvado me ha dejado, y me introduzco en un bosquecillo para pasar la noche con
menos riesgo. La seguridad en que me hallaba, la satisfacción que acababa de saborear
acercándome a mi Dios, todo ello contribuyó a hacerme reposar unas cuantas horas,
y el sol ya estaba alto cuando mis ojos se volvieron a abrir: el instante del
despertar es espantoso para los infortunados; la imaginación, refrescada por las
dulzuras del sueño, se ocupa con mucha mayor rapidez y más lúgubremente de los
males cuyo recuerdo le han hecho perder unos instantes de un reposo engañoso.
«Bien», me dije entonces examinándome, «ies cierto, por tanto, que existen criaturas
humanas a las que la naturaleza rebaja a la misma condición que las bestias feroces!
Oculta en mi reducto, huyendo como ellas de los hombres, ¿qué diferencia existe
ahora entre ellas y yo? ¿Vale la pena nacer para una suerte tan lastimera?...»
Y mis lágrimas corrieron en abundancia mientras formulaba estas tristes reflexiones;
acababa de terminarlas cuando oigo un ruido a mi alrededor; poco a poco, distingo
a dos hombres. Presto atención:
-Ven, querido amigo -dice uno de ellos -. Aquí estaremos a las mil maravillas.
La cruel y fatal presencia de una tía que aborrezco no me impedirá saborear un
momento contigo esos placeres que me resultan tan dulces.
Se acercan, se colocan tan enfrente de mí que ninguna de sus frases, ninguno de
sus movimientos, puede escapárseme, y veo... ¡Santo cielo, señora! -dijo Thérèse
interrumpiéndose -, ¡cómo es posible que la suerte me haya colocado siempre en
situaciones tan críticas, que resulte tan difícil a la virtud escuchar su relato
como al pudor hacerlo! Aquel crimen horrible que ultraja tanto la naturaleza como
las convenciones sociales, aquella fechoría, en una palabra, sobre la cual la
mano de Dios ha caído tantas veces, legitimada por «Corazón-de-Hierro», propuesta
por él a la desdichada Thérèse, consumada sobre ella involuntariamente por el
verdugo que acaba de inmolarla, aquella execración repugnante en fin, ¡la vi practicar
bajo mis ojos con todas las desviaciones impuras, todos los episodios espantosos,
que puede introducir en ella la depravación más exquisita! Uno de los hombres,
el que se ofrecía, tenía veinticuatro años de edad, suficientemente bien vestido
como para hacer pensar en la elevación de su rango, y el otro, más o menos de
su misma edad, parecía uno de sus criados. El acto fue escandaloso y prolongado.
Con las manos apoyadas en la cresta de un pequeño montículo frente al bosquecillo
donde yo me hallaba, el joven amo exponía desnudo a su compañero de libertinaje
el impío altar del sacrificio, y éste, lleno de ardor ante el espectáculo, acariciaba
a su ídolo, a punto de inmolarlo con un puñal mucho más espantoso y mucho más
gigantesco que aquel con el que yo había sido amenazada por el jefe de los bandidos
de Bondy; pero el joven amo, en absoluto temeroso, parece desafiar impunemente
la espada que se le presenta; la provoca, la excita, la cubre de besos, se apodera
de ella, se la introduce él mismo, se deleita absorbiéndola. Entusiasmado por
sus criminales caricias, el infame se debate bajo ella y parece lamentar que no
sea aún más imponente; desafía sus golpes, los previene, los rechaza... Dos tiernos
y legítimos esposos se acariciarían con menos ardor... Sus bocas se juntan, sus
suspiros se confunden, sus lenguas se entrelazan, y los veo a los dos, ebrios
de lujuria, encontrar en el centro de las delicias el complemento de sus pérfidos
horrores. El homenaje se renueva, y, para encender de nuevo el incienso, todo
es válido para el que lo exige; besos, manoseos, masturbaciones, refinamientos
del más insigne libertinaje, todo se utiliza para devolver las fuerzas que se
apagan, y con ello consigue reanimarlas por cinco veces consecutivas, pero sin
que ninguno de los dos cambiara de papel. El joven amo fue siempre mujer, y aunque
se pudiera descubrir en él la posibilidad de ser hombre a su vez, ni siquiera
tuvo la apariencia de concebir por un instante tal deseo. Si bien visitó el otro
altar semejante a aquel donde se sacrificaba en él, fue en favor del otro ídolo,
y jamás ningún ataque tuvo el aire de amenazarlo.
¡Qué largo se me hizo el tiempo! No me atrevía a moverme, por miedo a que me descubrieran.
Finalmente, los criminales actores de esta indecente esce na, ahítos sin duda,
se levantaron para volver al camino que debía conducirlos a su casa cuando el
amo se acerca al bosquecillo que me protege; mi gorro me traiciona... Lo ve...
-Jasmín -dice a su criado -, nos han descubierto... Una joven ha visto nuestros
secretos... Acércate, saquemos de ahí a esa buscona, y averigüemos qué hace aquí.
Les ahorré la molestia de sacarme de mi refugio abandonándolo inmediatamente yo
misma y, cayendo a sus pies, exclamé, extendiendo los brazos hacia ellos:
-Oh, señores, dignaos a compadeceros de una desdichada cuya suerte es más lamentable
de lo que suponéis. Existen pocos reveses capaces de igualar los míos; que la
situación en que me habéis encontrado no os despierte ninguna sospecha sobre mí.
Es consecuencia de mi miseria, mucho más que de mis errores. Lejos de aumentar
los males que me abruman, dignaos a disminuirlos facilitándome los medios de escapar
de las calamidades que me persiguen.
El corazón del conde de Bressac (así se llamaba el joven), en cuyas manos caí,
con un gran fondo de maldad y de libertinaje en la mente, no estaba dotado precisamente
de una gran dosis de conmiseración. Por desgracia es muy común ver cómo el libertinaje
ahoga la piedad en el hombre y habitualmente sólo sirve para endurecerlo: sea
porque la mayor parte de sus extravíos necesita la apatía del alma, sea porque
la violenta sacudida que esta pasión imprime a la masa de los nervios disminuye
la fuerza de su acción, la verdad es que un libertino rara vez es un hombre sensible.
Pero a esta dureza, natural en la clase de personas cuyo carácter esbozo, se unía
además en el señor de Bressac una repugnancia tan inveterada por nuestro sexo,
un odio tan fuerte por todo lo que lo caracterizaba, que era muy difícil que yo
consiguiera introducir en su alma los sentimientos con los que quería conmoverla.
-Tórtola del bosque -me dijo el conde con dureza -, si buscas víctimas, has elegido
mal: ni mi amigo ni yo sacrificamos jamás en el templo impuro de tu sexo. Si es
limosna lo que pides, busca personas que amen las buenas obras, nosotros jamás
las hacemos de ese tipo... Pero habla, miserable, ¿has visto lo que ha ocurrido
entre el señor y yo?
-Os he visto charlar sobre la hierba -contesté -, nada más, señor, os lo aseguro.
-Por tu bien, quiero creerlo -dijo el joven conde -. Si imaginara que podías haber
visto otra cosa, jamás saldrías de este matorral... Jasmín, es pronto, tenemos
tiempo de escuchar las aventuras de esta joven, y después veremos lo que hay que
hacer.
Se sientan, me ordenan que me coloque cerca de ellos, y ahí les relato con ingenuidad
todas las desdichas que me abruman desde que estoy en el mundo.
-Vamos, Jasmín -dice el señor de Bressac levantándose cuando hube terminado -,
seamos justos por una vez. Si la equitativa Temis ha condenado a esta criatara,
no toleremos que los deseos de la diosa se vean tan cruelmente frustrados. Hagamos
sufrir a la delincuente la condena de muerte en que había incurrido. Este homicidio,
muy lejos de ser un crimen, será una reparación del orden moral. Ya que a veces
tenemos la desgracia de alterarlo, restablezcámoslo valerosamente por lo menos
cuando se presenta la ocasión...
Y los crueles, arrebatándome de mi sitio, me arrastran hacia el bosque, riéndose
de mis lloros y de mis gritos.
-Atémosla por los cuatro miembros a cuatro árboles que formen un extenso cuadrado
-dice Bressac, desnudándome.
Luego, con sus corbatas, sus pañuelos y sus ligas, confeccionan unas cuerdas con
las que me atan al instante como han previsto, esto es en la más cruel y más dolorosa
actitud que quepa imaginar. Imposible explicar lo que sufrí; me parecía que me
arrancaban los miembros, y que mi estómago, que estaba en el aire, dirigido por
su peso hacia el suelo, tuviera que entreabrirse a cada instante. El sudor caía
de mi frente, yo sólo existía por la violencia de mi dolor; si éste hubiera dejado
de comprimirme los nervios, me habría invadido una angustia mortal. Los desalmados
se divirtieron con esta posición, me contemplaban y aplaudían.
-Ya basta -dijo finalmente Bressac -, permito que por una vez le baste con el
miedo. Thérèse -prosiguió mientras me desataba y ordenaba que me vistiera -, sé
discreta y síguenos: si quieres unirte a mí, no tendrás ocasión de arrepentirte.
Mi tía necesita una segunda doncella, voy a creerme tu relato y presentarte a
ella. Le responderé de tu conducta, pero si abusas de mis bondades, si traicionas
mi confianza, o no te sometes a mis propósitos, mira estos cuatro árboles, Thérèse,
fijate en el terreno que limitan, y que debía servirte de sepulcro. Recuerda que
este funesto lugar sólo está a una legua del castillo donde te llevo y que, a
la más ligera falta, volverás aquí al instante.
Olvido de inmediato mis desgracias, me arrojo a las rodillas del conde, le prometo,
entre lágrimas, un buen comportamiento, pero, tan insensible a mi alegría como
a mi dolor, Bressac añade:
-Vámonos, tu comportamiento hablará por ti, sólo de él dependerá tu suerte.
Nos vamos. Jasmín y su amo hablan en voz baja, yo los sigo humildemente sin decir
palabra. En algo menos de una hora llegamos al castillo de la señora marquesa
de Bressac, cuya magnificencia y multitud de lacayos me hacen suponer que cualquier
puesto que tenga en esta casa será, sin duda, más ventajoso para mí que el de
gobernanta del señor Du Harpin. Me hacen esperar en una antecocina, donde Jasmín
me ofrece amablemente cuanto puede reconfortarme. El joven conde entra en los
aposentos de su tía, la avisa, y él mismo viene a buscarme media hora después
para presentarme a la marquesa.
La señora de Bressac era una mujer de cuarenta y seis años, todavía muy hermosa,
y que me pareció honesta y sensible, aunque introdujera una cierta severidad en
sus normas y en su conversación. Viuda desde hacía dos años del tío del joven
conde, que se había casado con ella sin mayor fortuna que el bello apellido que
le daba, de ella dependían todos los bienes que podía esperar el señor de Bressac,
pues lo que había recibido de su padre apenas servía para pagar sus placeres.
La señora de Bressac le pasaba una pensión considerable, pero aun así insuficiente:
nada hay tan caro como las voluptuosidades del conde; es posible que se paguen
menos que las otras, pero se multiplican mucho mas. En aquella casa había cincuenta
mil escudos de renta, y todos debían ser para el señor de Bressac. Jamas habían
podido convencerle a hacer algo; todo lo que le apartaba de su libertinaje le
resultaba tan insoportable que no podía aceptar la sujección. La marquesa habitaba
aquella propiedad tres meses al año, y pasaba el resto del tiempo en París; y
los tres meses que exigía que su sobrino estuviera con ella eran una especie de
suplicio para un hombre que aborrecía a su tía y que consideraba como perdidos
todos los momentos que pasaba alejado de una ciudad que significaba para él el
centro de sus placeres.
El joven conde me ordenó que contara a la marquesa las cosas que yo le había relatado,
y una vez hube terminado la señora de Bressac me dijo:
-Tu candor y tu ingenuidad no me permiten dudar de que dices la verdad. No pediré
más informaciones sobre ti que la de saber si eres realmente la hija del hombre
que me indicas. Si es así, yo he conocido a tu padre, y será para mí una razón
de más para interesarme por tu persona. En cuanto al caso de Du Harpin, me encargo
de resolverlo en dos visitas a casa del canciller, amigo mío desde hace siglos.
Es el hombre más íntegro que existe en el mundo; basta con demostrarle tu inocencia
para anular todo lo que se ha hecho en tu contra. Pero piénsatelo bien, Thérèse.
Todo lo que te prometo en este momento sólo es a cambio de una conducta intachable;
de modo que los efectos del agradecimiento que exijo se volverán siempre en tu
favor.
Me arrojé a los pies de la marquesa, le aseguré que quedaría satisfecha de mí;
me hizo levantar con bondad y me confió inmediatamente el puesto de segunda camarera
a su servicio.
Al cabo de tres días, llegaron las informaciones pedidas a París por la señora
de Bressac; eran tal como yo podía desear. La marquesa me elogió por no haberla
engañado, y todas las sombras de desgracias se desvanecieron finalmente de mi
espíritu para ser sustituidas únicamente por la esperanza de los más dulces consuelos
que cabía esperar. Sin embargo, no estaba escrito en el cielo que la pobre Thérèse
tuviera que ser feliz alguna vez, y si unos pocos momentos de paz nacían fortuitamente
para ella era sólo para hacerle más amargos los de horror que debían seguirlos.
Apenas llegamos a París la señora de Bressac se apresuró a intervenir en mi favor.
El primer presidente quiso verme y escuchó con interés el relato de mis infortunios;
las calumnias de Du Harpin fueron reconocidas aunque en vano quisieron castigarlo:
Du Harpin, que había organizado un negocio de billetes falsos con el que arruinaba
a tres o cuatro familias, y ganaba él cerca de dos millones, acababa de irse a
Inglaterra. Respecto al incendio de las prisiones de París, se convencieron de
que, si bien yo me había aprovechado de este acontecimiento, no había participado
para nada en él, y mi caso fue sobreseído, sin que los magistrados que se ocupaban
de él creyeran tener que emplear más formalidades, según me explicaron. No supe
nada más y me contenté con lo que me dijeron: no tardaréis en comprobar hasta
qué punto me equivoqué.
Es fácil imaginar cómo semejantes favores me obligaban a la señora de Bressac.
Aunque no hubiera tenido conmigo, además, todo tipo de bondades, ¿cómo no iban
a unirme semejantes acciones para siempre a una tan preciosa protectora? Muy lejos,
sin embargo, de la intención del conde encadenarme tan íntimamente a su tía...
Pero ha llegado el momento de describiros a ese monstruo.
El señor de Bressac unía a los encantos de la juventud el más seductor de los
rostros; si su talle o sus facciones tenían algunos defectos, era porque se parecían
en exceso al desenfado y la blandura propia de las mujeres. Parecía que prestándole
los atributos de aquel sexo, la naturaleza le hubiera inspirado también sus gustos...
¡Qué alma, sin embargo, rodeaba estos atractivos femeninos! Aparecían en ella
todos los vicios que caracterizan la de los desalmados: jamás nadie llevó tan
lejos la maldad, la venganza, la crueldad, el ateísmo, el desenfreno, el menosprecio
de todos los deberes, y principalmente de aquellos con los que la naturaleza parece
deleitarnos. Además de todas sus culpas, el señor de Bressac contaba fundamentalmente
con la de detestar a su tía. La marquesa hacía cuanto podía por encaminar a su
sobrino por los senderos de la virtud: puede que utilizara para ello un rigor
excesivo. Resultaba de ahí que el conde, más excitado por los efectos mismos
de esta severidad, se entregaba a sus gustos aún con mayor ímpetu, y la pobre
marquesa sólo obtenía de sus insistencias un odio más encarnizado.
-No te creas -me decía muy frecuentemente el conde - que por su natural mi tía
interviene en todo lo que te concierne, Thérèse. Si yo no la acuciara en todo
momento, ella apenas se acordaría de las atenciones que te ha prometido. Presume
ante ti de todos sus pasos, mientras que en realidad son obra mía. Sí, Thérèse,
sí, sólo a mí debes agradecimiento, y el que exijo de ti debe parecerte tanto
más desinteresado cuando, por muy bella que seas, sabes muy bien que no son tus
favores lo que pretendo. No, Thérèse, los servicios que espero de ti son muy diferentes,
y cuando estés totalmente convencida de lo que he hecho para tu tranquilidad,
confío en que encontraré en tu alma lo que tengo derecho a esperar.
Estos discursos me parecían tan oscuros que no sabía qué respuesta darles. La
daba, sin embargo, por si acaso, y tal vez con excesiva facilidad. ¿Tengo que
confesároslo? ¡Ay de mí, sí! Disimularos mis culpas sería engañar vuestra confianza
y responder mal al interés que mis desdichas os han inspirado. Sabed pues, señora,
la única falta voluntaria que puedo reprocharme... ¿Digo una falta? Una locura,
una extravagancia... como no hubo jamás otra, pero por lo menos no es un crimen,
es un simple error, que sólo me ha castigado a mí, y del que parece que la mano
justiciera del cielo se ha servido para sumirme en el abismo que se abrió poco
después bajo mis pasos. Cualesquiera que fueren los indignos comportamientos que
el conde de Bressac tuvo conmigo el primer día que lo conocí, me había sido imposible
verlo, sin embargo, sin sentirme atraída hacia él por un invencible sentimiento
de ternura que nada había podido vencer. Pese a todas las reflexiones sobre su
crueldad, sobre su alejamiento de las mujeres, sobre la depravación de sus gustos,
sobre las distancias morales que nos separaban, nada del mundo conseguía apagar
esta pasión naciente, y si el conde me hubiera pedido mi vida, se la habría sacrificado
mil veces. Estaba lejos de sospechar mis sentimientos... Estaba lejos, el ingrato,
de descubrir la causa de las lágrimas que derramaba todos los días; pero le resultaba
imposible, no obstante, ignorar el deseo que sentía de ir al encuentro de cualquier
cosa que pudiera gustarle. Era imposible que no entreviera mis deferencias; demasi