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Juliette

Donatien Alphonse François, Marqués de Sade



PRIMERA PARTE

Justine y yo fuimos educadas en el convento de Panthemont. Ustedes ya conocen la celebridad de esta abadía, y saben que, desde hace muchos años, salen de ella las mujeres más bonitas y más libertinas de París. Es este convento tuve como compañera a Euphrosine, esa joven cuyas huellas quiero seguir y quien, viviendo cerca de la casa de mis padres, había abandonado la suya para arrojarse en brazos del libertinaje; y como de ella y de una religiosa amiga suya fue de quienes recibí los primeros principios de esta moral que han visto con asombro en mí, siendo tan joven, por los relatos de mi hermana, me parece que, antes de nada, debo hablaros de la una y de la otra... contaros exactamente estos primeros momentos de mi vida en los que, seducida, corrompida por estas dos sirenas, nació en el fondo de mi corazón el germen de todos los vicios.
La religiosa en cuestión se llamaba Mme. Delbène; era abadesa de la casa desde hacía cinco años, y frisaba los treinta cuando la conocí. No podía ser más bella: digna de un retrato, una fisonomía dulce y celeste, rubia, con unos grandes ojos azules llenos del más tierno interés, y el porte de las Gracias. Víctima de la ambición, la joven Delbène fue encerrada en un convento a los doce años, con el fin de hacer más rico a un hermano mayor al que ella detestaba. Encerrada a la edad en que comienzan a desarrollarse las pasiones, aunque Delbène no hubiese elegido todavía, amando el mundo y los hombres en general, sólo después de inmolarse a sí misma, después de triunfar en los más rudos combates, había conseguido que naciese en ella la obediencia. Muy avanzada para su edad, habiendo leído a todos los filósofos, habiendo reflexionado prodigiosamente, Delbène, al tiempo que se condenaba al retiro, había conservado dos o tres amigas. Venían a verla, la consolaban; y como era muy rica, seguían proporcionándole todos los libros y caprichos que pudiese desear, incluso aquéllos que debían excitar más una imaginación... ya muy exaltada, y que no enfriaba el retiro.
En cuanto a Euphrosine, tenía quince años cuando me uní a ella.; llevaba ya dieciocho meses como alumna de Mme. Delbène cuando me propusieron ambas que entrase en su sociedad, el día en que yo acababa de cumplir mis trece años. Euphrosine era morena, alta para su edad, muy delgada, con unos ojos muy bonitos, mucha gracia y vivacidad, pero menos bonita, mucho menos interesante que nuestra superiora.
No necesito deciros que la inclinación a la voluptuosidad es, en las mujeres recluidas, el único móvil de su intimidad; no es la virtud lo que las une; es el vicio; gustas a la que se inclina hacia ti, te conviertes en la amiga de la que te excita. Dotada del temperamento más vivo, desde la edad de nueve años había acostumbrado a mis dedos a que respondiesen a los deseos de mi cabeza, y, desde esta edad, no aspiraba más que a la felicidad de encontrar la oportunidad de instruirme y lanzarme a una carrera cuyas puertas me abría ya con tanta complacencia la naturaleza precoz. Euphrosine y Delbène me ofrecieron pronto lo que yo buscaba. La superiora, que quería hacerse cargo de mi educación, me invitó un día a comer... Euphrosine se hallaba allí, hacía un calor insoportable, y este ardor excesivo del sol les sirvió de excusa a ambas para el desorden en que las encontré: hasta tal punto era así que, excepto una blusa de gasa, sujeta simplemente con un gran lazo rosa, estaban prácticamente desnudas.
-Desde que entrasteis en esta casa -me dice Mme. Delbène, besándome negligentemente en la frente
- estoy deseando conoceros íntimamente. Sois muy bella, parecéis inteligente, y las jóvenes que se parecen a vos tienen derechos seguros sobre mí... Enrojecéis, pequeño ángel; os lo prohíbo: el pudor es una quimera, resultado únicamente de las costumbres y de la educación, es lo que se llama un hábito; si la naturaleza ha creado al hombre y a la mujer desnudos, es imposible que al mismo tiempo les haya infundido aversión o vergüenza por aparecer de tal forma. Si el hombre hubiese seguido siempre los principios de la naturaleza, no conocería el pudor: verdad fatal que prueba, querida hija mía, que hay virtudes cuya cuna no es otra que el olvido total de las leyes de la naturaleza. ¡En qué quedaría la moral cristiana si escrutásemos de esta forma todos los principios que la componen! Pero ya charlaremos de todo esto. Hablemos hoy de otra cosa, y desvestíos como nosotras.
Después, acercándose a mí, las dos bribonas, riéndose, me pusieron pronto en el mismo estado que ellas. Entonces los besos de Mme. Delbène tomaron un carácter muy diferente...
-¡Qué bonita es mi Juliette! -exclamó con admiración
-; ¡cómo empieza a hincharse su delicioso y pequeño seno! Euphrosine: lo tiene más grande que el tuyo... y, sin embargo, apenas tiene trece años. Los dedos de nuestra encantadora superiora acariciaban los pezones de mi seno, y su lengua se agitaba en mi boca. En seguida se dio cuenta de que sus caricias actuaban sobre mis sentidos con tal ímpetu que casi me sentía mal.
-¡Oh, joder! -dijo, sin contenerse ya y sorprendiéndome por la energía de sus expresiones
-. ¡Dios santo, qué temperamento! Amigas mías, dejemos de entorpecernos: ¡al diablo todo lo que todavía vela a nuestros ojos atractivos que la naturaleza no creó para que estuviesen ocultos!
A continuación, tirando las gasas que la envolvían, apareció a nuestra vista bella como la Venus que inmortalizaron los griegos. Imposible estar mejor hecha, tener una piel más blanca... más suave... unas formas más hermosas y mejor pronunciadas. Euphrosine, que la imitó casi en seguida, no me ofreció tantos encantos; no estaba tan rellena como Mme. Delbène; un poco más morena, quizás debía gustar menos en general; pero ¡qué ojos! ¡qué ingenio! Emocionada con tantos atractivos, muy solicitada por las dos mujeres que los poseían a que renunciase, como ellas, a los frenos del pudor, podéis creer que me rendí. Dentro de la más dulce embriaguez, la Delbène me lleva hasta su cama y me devora a besos.
-Un momento -dice, toda encendida - un momento, mis buenas amigas, pongamos un poco de orden en nuestros placeres, sólo se goza de ellos planeándolos. Tras estas palabras, me estira las piernas separándolas, y, acostándose en la cama boca abajo, con su cabeza entre mis muslos, me besa el sexo mientras que, ofreciendo a mi compañera las nalgas más hermosas que puedan contemplarse, recibe de los dedos de esta bonita muchacha los mismos servicios que me presta su lengua. Euphrosine, conocedora de los gustos de la Delbène, alternaba sus escarceos con vigorosos golpes sobre el trasero, cuyo efecto me pareció seguro sobre el físico de nuestra amable institutriz. Vivamente electrizada por el libertinaje, la puta devoraba el caudal que hacía brotar constantemente de mi pequeño coño. Algunas veces se paraba para mirarme... para observarme en el placer.
- ¡Qué hermosa es! -exclamaba la zorra -... ¡Oh! santo Dios, ¡qué interesante es! Sacúdeme, Euphrosine, menéame, amor mío; quiero morir embriagada de su jugo! Cambiemos todo -exclamaba un momento después
-; querida Euphrosine, debes querer lo mismo de mí; no pienso devolverte todos los placeres que tú me das... Esperad, mis pequeños ángeles, voy a masturbaros a ambas a la vez. Nos pone en la cama, una junto a la otra; siguiendo sus consejos, nuestras manos se cruzan, nos acariciamos mutuamente. Su lengua se introduce primero dentro de la crica de Euphrosine, y con sus manos nos cosquillea el agujero del culo; de vez en cuando deja la crica de mi compañera para venir a succionar la mía, y recibiendo cada una de esta forma tres placeres a la vez, podéis imaginar hasta qué punto echábamos copiosamente. Al cabo de unos momentos, la bribona nos da la vuelta. Le presentábamos nuestras nalgas, nos meneaba por debajo acariciándonos el ano. Alababa nuestros culos, los estrujaba, y nos hacía morir de placer. Saliendo de allí como una bacante:
-Hacedme todo lo que yo os hago -decía - meneadme las dos a la vez; estaré entre tus brazos, Juliette, besaré tu boca, nuestras lenguas se juntarán... se apretarán... se chuparán. Me hundirás este consolador en la matriz -prosigue mientras me da uno
-; y tú, Euphrosine mía, tú te encargarás de mi culo, me lo menearás con este pequeño instrumento; infinitamente más estrecho que mi crica, es todo lo que le hace falta... Tú, putuela mía -continuó mientras me besaba - tú no abandonarás mi clítoris; éste es la verdadera sede del placer en las mujeres: frótalo hasta que salte, soy dura... estoy agotada, necesito cosas fuertes; quiero destilar mi flujo con vosotras, quiero descargar veinte veces seguidas, si puedo. ¡Oh Dios! ¡cómo le devolvimos lo que nos prestaba! Es imposible trabajar con más ardor para proporcionar placer a una mujer... imposible encontrar otra que lo saborease mejor. Nos entregamos.
-Angel mío -me dice esta encantadora criatura - no puedo expresarte el placer que tengo en haberte conocido; eres una muchacha deliciosa; voy a asociarte a todos mis placeres, y verás que pueden saborearse algunos muy fuertes, aunque estemos privadas de la sociedad de los hombres. Pregunta a Euphrosine si está contenta conmigo.
-¡Oh, amor mío!, ¡mis besos te lo probarán! -dice nuestra joven amiga precipitándose sobre el seno de Delbène
-; a ti te debo el conocimiento de mi ser; tú has formado mi espíritu, lo has liberado de los estúpidos prejuicios de la infancia: sólo por ti existo en el mundo; ¡ah! ¡cuán feliz será Juliette, si te dignas tomarte las mismas molestias por ella.
-Sí -respondió Mme. Delbène
- sí, quiero encargarme de su educación, quiero disipar en ella, como lo hice en ti, esos infames vestigios religiosos que turban toda la felicidad de la vida, quiero reducirle a los principios de la naturaleza, y hacerle ver que todas las fábulas con las que han fascinado su alma no están hechas más que para ser despreciadas. Comamos, amigas mías, recuperémonos; cuando se ha descargado mucho, hay que reponer lo que se ha perdido. Una comida deliciosa, que hicimos desnudas, nos devolvió enseguida las fuerzas necesarias para volver a empezar. Volvimos a masturbarnos... volvimos a sumergir nos las tres, mediante mil nuevas posturas, en los últimos excesos de la lubricidad. Cambiando constantemente de papel, algunas veces éramos las esposas de las que un momento después nos convertíamos en maridos, y, engañando de este modo a la naturaleza, la forzamos un día entero a coronar con sus voluptuosidades más dulces todos los ultrajes a los que la sometimos. Pasó un mes de esta forma, al cabo del cual Euphrosine, enloquecida de libertinaje, dejó el convento y su familia para lanzarse a todos los desórdenes del putanismo y de la crápula. Volvió a vernos, nos pintó el cuadro de su situación y, demasiado corrompidas nosotras mismas para encontrar equivocado el camino que había tomado, nos abstuvimos de compadecerla o de aconsejarla que cambiase de rumbo.
-Ha hecho bien -me decía Mme. Delbène
-; he querido cien veces lanzarme a esa misma carrera, y lo hubiese hecho sin duda alguna si hubiese sentido dentro de mí que el gusto de los hombres superaba el gran amor que tengo por las mujeres; pero, mi querida Juliette, el cielo, al destinarme a una eterna clausura, me ha hecho muy feliz al no inspirarme más que un deseo muy mediocre por otro tipo de placeres que no sean los que me permite este retiro; es tan delicioso el placer que se dan las mujeres entre sí que no aspiro a casi nada más. Sin embargo, comprendo que pueda amarse a los hombres; entiendo a las mil maravillas que se haga cualquier cosa para conseguirlos; lo concibo todo en lo que se refiere al libertinaje... ¿Quién sabe si incluso no estaré por encima de lo que puede captar la imaginación?
-Los primeros principios de mi filosofía, Juliette -continuó Mme. Delbène, que estaba muy apegada a mí desde la pérdida de Euphrosine
- consisten en desafiar la opinión pública; no puedes imaginarte, querida mía, hasta qué punto me burlo de todo lo que puedan decir de mí ¿Y, por favor, cómo puede influir en la felicidad esta opinión del vulgo imbécil? Sólo nos afecta en razón de nuestra sensibilidad; pero si, a fuerza de sabiduría y de reflexión, llegamos a embotar esta sensibilidad hasta el punto de no sentir sus efectos, incluso en las cosas que nos afectan más directamente, será totalmente imposible que la opinión buena o mala de los otros pueda influir en nuestra felicidad. Esta felicidad debe estar dentro de nosotros mismos; no depende más que de nuestra conciencia, y quizás todavía un poco más de nuestras opiniones, que son las únicas en las que deben apoyarse las inspiraciones más firmes de la conciencia. Porque la conciencia -prosiguió esta mujer llena de inteligencia - no es algo uniforme; casi siempre es el resultado de las costumbres y de la influencia de los climas, puesto que es evidente que los chinos, por ejemplo, no sienten ninguna repugnancia por acciones que nos harían temblar en Francia. Luego, si este órgano flexible puede llegar a tales extremos, sólo en razón del grado de latitud, la verdadera sabiduría reside en adoptar un medio razonable entre extravagancias y quimeras, y en formarse opiniones compatibles a la vez con las inclinaciones que hemos recibido de la naturaleza y con las leyes del gobierno en que se vive; y tales opiniones deben crear nuestra conciencia. Por ello nunca es demasiado pronto para adoptar la filosofía - que se quiere seguir, ya que sólo ella forma nuestra conciencia, y a nuestra conciencia le corresponde regular todas las acciones de nuestra vida.
-¡Cómo! -digo a Mme. Delbène
- ¿habéis llevado esta indiferencia al punto de burlaros de vuestra reputación?
-Totalmente, querida mía; incluso confieso que interiormente gozo más con la convicción que tengo de que esta reputación es mala, que si supiese que es buena. ¡Oh Juliette! grábate bien esto: la reputación es un bien sin ningún valor, nunca nos compensa de los sacrificios que hacemos por ella. La que está celosa de su gloria experimenta tantos tormentos como la que la descuida: una tiene constantemente el temor de que se le escape, la otra tiembla por su despreocupación. Así pues, si hay tantas espinas en la carrera de la virtud como en la del vicio, ¿a qué viene atormentarse tanto por la elección, y a qué viene no entregarse plenamente a la naturaleza en lo que nos sugiere?
-Pero, al adoptar estas máximas -objeté yo a Mme. Delbène
- yo tendría miedo de romper demasiados frenos.
-En verdad, querida mía -me respondió
- ¡me gustaría tanto que me dijeras que tienes miedo de obtener demasiados placeres! Y entonces ¿cuáles son esos frenos? Atrevámosnos a considerarlos con sangre fría... Convenciones humanas, casi siempre promulgadas sin la sanción de los miembros de la sociedad, detestadas por nuestro corazón... contradictorias con el buen sentido: convenciones absurdas, que no tienen ninguna realidad más que para los tontos que quieren someterse a ellas, y que sólo son objeto de desprecio a los ojos de la sabiduría y de la razón... Charlaremos sobre todo esto. Te lo dije, querida mía: yo te educaré; tu candor e ingenuidad me demuestran que necesitas un guía en la espinosa carrera de la vida, y soy yo quien te serviré de guía. En efecto, no había nada más deteriorado que la reputación de Mme. Delbène. Una religiosa a la que yo estaba encomendada, disgustada por mis relaciones con la abadesa, me advirtió que era una mujer perdida; había corrompido a casi todas las pensionistas del convento, y mas de quince o dieciséis habían seguido, de acuerdo con su consejo, el mismo camino que Euphrosine. Me aseguraban que era una mujer sin fe, ni ley, ni religión, que pregonaba impúdicamente sus principios, y habrían tomado represalias contra ella de no ser por su dinero y su nacimiento. Yo me reía de estas exhortaciones; un sólo beso de la Delbène, uno sólo de sus consejos ejercían más fuerza sobre mí que todas las armas que pudiesen emplearse para separarme de ella. Aunque me llevase a un precipicio, me parecía que preferiría perderme con ella a instruirme con otra. ¡Oh amigos míos! Es delicioso alimentar este tipo de perversidad; arrastradas por la naturaleza hacia ella... si la razón fría nos aleja de ella por un instante, la mano de la voluptuosidad nos devuelve a esa perversidad y ya no podemos abandonarla. Pero nuestra amable superiora no tardó en hacerme ver que no era yo la única que atraía su atención, y pronto me di cuenta de que había otras que compartían placeres en los que había más libertinaje que delicadeza.
-Ven mañana a merendar conmigo -me dijo un día -; Elisabeth, Mme. de Volmar y Sainte
-Elme estarán allí, seremos seis en total; quiero que hagamos cosas inconcebibles.
-¡Cómo! digo yo
- ¿así que te diviertes con todas esas mujeres?
-Claro. ¡Y qué! ¿Acaso crees que me limito a esto? Hay treinta religiosas en esta casa; veintidós han pasado por mis manos; hay diecinueve novicias: sólo una me es todavía desconocida; vosotras sois sesenta pensionistas: solamente tres se me han resistido; las voy poseyendo a medida que llegan, y no les doy más de ocho días para pensarlo. ¡Oh Juliette, Juliette!, mi libertinaje es una epidemia, ¡tiene que corromper todo lo que me rodea! Y la sociedad tiene una gran suerte en que yo me limite a esta dulce manera de hacer el mal; con mis inclinaciones y mis principios, quizás adoptase otra que sería mucho más fatal para los hombres.
-¿Y qué harías tú, amada mía?
-¡Y yo qué sé! ¿Acaso ignoras que los efectos de una imaginación tan depravada como la mía son como las riadas de un río que se desborda? La naturaleza quiere que provoquen desastres y lo hacen, no importa de qué manera.
-¿No estarás atribuyendo -respondo a mi interlocutora - a la naturaleza lo que sólo es obra de la depravación?
-Escúchame, ángel mío -me dice la superiora -, no es tarde y nuestras amigas no llegarán hasta las seis; quiero responder a tus frívolas objeciones antes de que lleguen. Nos sentamos.
-Como no conocemos las inspiraciones de la naturaleza -me dice Mme. Delbène
- más que por este sentido interno que llamamos conciencia, sólo mediante el análisis de la conciencia podremos llegar a profundizar con sabiduría en qué consisten los movimientos de la naturaleza que cansan, atormentan o hacen gozar a tal conciencia. Se llama conciencia, mi querida Juliette, a esa especie de voz interior que se eleva en nosotros por la infracción de algo prohibido, sea de la naturaleza que sea: definición muy simple y que, a primera vista, ya demuestra que esta conciencia no es más que la obra del prejuicio recibido por la educación, hasta tal punto que todo lo que se le prohíbe al niño le causa remordimientos en cuanto lo viola, y conserva esos remordimientos hasta que el prejuicio vencido le haya demostrado que no existía ningún mal real en la cosa prohibida. De la misma forma, la conciencia es pura y simplemente la obra de los prejuicios que nos infunden o de los principios que nos creamos. Esto es hasta tal punto cierto que es posible formarse con principios enérgicos una conciencia que nos atormentará, nos afligirá, siempre que no hayamos cumplido, en toda su extensión, todos los proyectos de diversiones, incluso viciosas... incluso criminales que nos habíamos prometido realizar para nuestra satisfacción. De aquí nace ese otro tipo de conciencia que, en un hombre por encima de todos los prejuicios, se eleva contra él cuando, para llegar a la felicidad, ha tomado un camino contrario al que debía conducirle a ella de una forma natural. Así, según los principios que nos hayamos construido, podemos arrepentirnos igualmente o de haber hecho demasiado mal o de no haberlo hecho en un grado suficiente. Pero tomemos la palabra en su acepción más simple y más común; en este caso, el remordimiento, es decir, el órgano de esta voz interior que acabamos de llamar conciencia, es una debilidad totalmente inútil, y cuya influencia debemos ahogar con toda la fuerza de que seamos capaces; porque el remordimiento, una vez más, sólo es obra del prejuicio engendrado por el temor de lo que puede sucedernos después de haber hecho algo prohibido, sea de la naturaleza que sea, sin examinar si está bien o mal. Eliminad el castigo, cambiad la opinión, aniquilad la ley, eliminad la influencia del clima en el sujeto, él crimen seguirá existiendo, pero el individuo no tendrá ya remordimientos. Así pues, el remordimiento no es más que una reminiscencia fastidiosa, resultado de las leyes y de las costumbres adoptadas, pero que de ninguna manera depende de la especie del delito. Y si no fuese así, ¿sería posible apagarlo? Y, sin embargo, ¿no es muy cierto que se consigue esto, incluso con las cosas que pueden tener las más graves consecuencias, en razón de los progresos del espíritu y de la forma en que se esfuerza uno por la extinción de sus prejuicios; de suerte que, a medida que estos prejuicios desaparecen con la edad, o que la costumbre de las acciones que nos hacían temblar llega a endurecer la conciencia, el remordimiento, que era tan sólo el efecto de la debilidad de esta conciencia, se aniquila completamente, y se llega así, en la medida que se desee, a los excesos más terribles? Pero quizás se me objete que la clase de delito debe hacer más o menos fuerte el remordimiento. Sin duda, porque el prejuicio de un gran crimen es más fuerte que el de uno pequeño... el castigo de la ley más severo; pero aprended a destruir todos los prejuicios por igual, aprended a poner todos los crímenes al mismo nivel, y, al convenceros de su igualdad, sabréis conformar el remordimiento a éstos, y, como habréis aprendido a hacer frente al más pequeño remordimiento, pronto aprenderéis a vencer el arrepentimiento más fuerte y a cometer todos los crímenes con igual sangre fría... Mi querida Juliette, el hecho de que estemos persuadidos del sistema de la libertad y digamos: ¡qué desgraciado soy por no haber actuado de manera diferente!, es lo que hace que sintamos remordimientos después de una mala acción. Pero si quisiésemos convencernos de que este sistema de libertad es una quimera, y que una fuerza más poderosa que nosotros nos empuja a todo lo que hacemos, si quisiésemos convencernos de que todo es útil en el mundo, y que el crimen del que nos arrepentimos se ha hecho para la naturaleza tan necesario como la guerra, la peste o el hambre con las que ella asola periódicamente los imperios, nos sentiríamos infinitamente más tranquilos acerca de todas las acciones de nuestra vida, y ni siquiera concebiríamos el remordimiento; y mi querida Juliette no diría que me equivoco atribuyendo a la naturaleza lo que sólo debe ser efecto de mi depravación. Todos los efectos morales -prosiguió Mme. Delbène responden a causas físicas. a las que están encadenados irresistiblemente. Es el sonido que resulta del choque del palillo con la piel del tambor: si no hay causa física, no hay choque, y, necesariamente, no hay efecto moral, es decir, no se produce el sonido. Ciertas disposiciones de nuestros órganos, el fluido nervioso más o menos irritado por la naturaleza de los átomos que respiramos... por el tipo o la cantidad de partículas nitrosas contenidas en los alimentos que tomamos, por el curso de los humores, y por otras mil causas externas, determinan a un hombre al crimen o la virtud y a ambos a la vez, con frecuencia en un mismo día: este es el choque del palillo, el resultado del vicio o de la virtud; cien luises robados del bolsillo de mi vecino, o dados del mío a un desgraciado, es el efecto del choque, o el sonido. ¿Somos dueños dé estos segundos efectos, cuando los necesitan las primeras causas? ¿Puede ser tocado el tambor sin que resulte de aquí un sonido? ¿Y podemos oponernos nosotros a este choque cuando él mismo es el resultado de cosas tan extrañas a nosotros, y tan dependientes de nuestra organización? Así pues, es una locura, una extravagancia, no hacer todo lo que nos apetece, y arrepentirnos de lo que hemos hecho. Según esto, el remordimiento no es más que una pusilánime debilidad que debemos vencer, en la medida que dependa de nosotros, por la reflexión, el razonamiento y la costumbre. Por otra parte, ¿qué cambio puede aportar el remordimiento a lo que se ha hecho? No puede disminuir su daño, puesto que nunca llega más que una vez cometida la acción; rara vez impide que se cometa de nuevo, y, por consiguiente, no sirve para nada. Una vez que se ha hecho el daño, suceden necesariamente dos cosas: o es castigado o no lo es. En esta segunda hipótesis, el remordimiento sería con toda seguridad una tontería vergonzosa: porque ¿de qué serviría arrepentirse de una acción, fuese de la naturaleza que fuese, que nos haya aportado una satisfacción muy intensa y que no haya tenido ninguna consecuencia enojosa? En un caso así, arrepentirse del daño que esta acción haya podido causar al prójimo sería amarlo más que a uno mismo, y es totalmente ridículo sentir lástima por la pena de los otros, cuando esta pena nos ha proporcionado placer, cuando nos ha servido, agradado, deleitado, en el sentimiento que sea. Consiguientemente, en este caso, el remordimiento no tiene razón de ser. Si la acción es descubierta y castigada, entonces, si queremos realmente analizarnos, tendremos que reconocer que no nos arrepentimos del daño causado al prójimo con nuestra acción, sino de la torpeza con que la hemos realizado para que haya sido descubierta; y entonces, sin duda, nos entregamos a las reflexiones resultantes de la lamentación de esta torpeza... sólo para aprender de ellas una mayor prudencia, si el castigo os deja vivir; pero estas reflexiones no son remordimientos, porque el remordimiento real es el dolor producido por el que se ha ocasionado a los otros, y las reflexiones de las que hablamos no son mas que los efectos del dolor producido por el daño que se hace uno mismo: lo que hace ver la extrema diferencia que existe entre cada uno de estos sentimientos, y, al mismo tiempo, la utilidad de uno y la ridiculez del otro. Cuando llevamos a cabo una mala acción, por muy atroz que pueda ser, ¡cómo nos compensa del daño que ha producido sobre nuestro prójimo la satisfacción que nos proporciona, o el beneficio que obtenemos de ella! Antes de cometer esta acción, ya habíamos previsto el daño que resultaría para los otros; sin embargo, este pensamiento no nos ha detenido: al contrario, con frecuencia nos produce placer. La mayor tontería que puede hacerse es insistir sobre este pensamiento una vez cometida la acción, o dejarle que actúe dentro de nosotros de manera diferente. Si esta acción influye en que nuestra vida sea desgraciada, porque ha sido descubierta, pongamos todo nuestro empeño en descubrir, en analizar las causas que han permitido que fuese descubierta; y sin arrepentirnos de algo que no podíamos hacer de otra forma, pongamos todo en práctica para que en el futuro no nos falte la prudencia, extraigamos de la desgracia que ha podido sobrevenirnos por esta equivocación la experiencia necesaria para mejorar nuestros medios, y asegurarnos en adelante la impunidad, corriendo un tupido velo sobre el involuntario desorden de nuestra conducta. Pero nunca llegaremos a extirpar los principios por vanos e inútiles remordimientos, porque ésta mala conducta, esta depravación, estos extravíos viciosos, criminales o atroces, nos han complacido, nos han deleitado, y no debemos privarnos de algo agradable. Sería como la locura de un hombre que porque un día le hubiese sentado mal la cena, quisiera dejar de cenar para siempre. La verdadera sabiduría, mi querida Juliette, no consiste en reprimir los vicios, porque, siendo los vicios casi la única felicidad de nuestra vida, sería un verdugo de sí mismo el que quisiera reprimirlos; la sabiduría consiste en entregarse a ellos con tal misterio, con tan grandes precauciones, que nunca *nos puedan sorprender. Y que nadie tema que esto disminuirá sus delicias: el misterio aumenta el placer. Por otra parte, una conducta semejante asegura la impunidad, ¿y no es la impunidad el alimento más delicioso de los libertinajes? Una vez que te he enseñado a dominar el remordimiento nacido del dolor de haber hecho el mal con demasiada evidencia, es esencial, mi querida amiga, que ahora te indique la manera de extinguir totalmente en uno esta voz confusa que, en los momentos de reposo de las pasiones, viene todavía algunas veces a protestar contra los extravíos a 'os que nos condujeron aquéllas; ahora bien, esta manera es tan segura como dulce, puesto que consiste en repetir tan a menudo lo que nos ha provocado los remordimientos que la costumbre de cometer esta acción, o de combinarla, impida toda posibilidad de lamentarse por ella. Esta costumbre, al aniquilar el prejuicio, al obligar a nuestra alma a moverse con frecuencia en la forma y la situación que primitivamente le desagradaban, acaba por hacerle fácil el nuevo estado adoptado, e incluso delicioso. El orgullo sirve de ayuda; no sólo hemos hecho algo que nadie se atrevería a hacer, sino que además nos hemos acostumbrado de tal forma a ello que ya no podemos existir sin esa cosa: éste es un primer goce. La acción cometida engendra otra; ¿y quién duda de que esta multiplicación de placeres no acostumbra pronto al alma a plegarse a la forma de ser que debe adquirir, por muy penoso que haya podido parecerle, al comenzar, la situación forzada en la que le ponía esta acción? ¿No sentimos lo que te digo en todos los pretendidos crímenes presididos por la voluptuosidad? ¿Por qué no nos arrepentimos nunca de un crimen de libertinaje? Porque el libertinaje pronto se convierte en una costumbre. Lo mismo puede decirse de todos los otros extravíos; como la lubricidad, todos pueden transformarse fácilmente en hábito, y, como la lujuria, todos pueden provocar en el sistema nervioso una excitación que, muy semejante a esta pasión, puede llegar a ser tan deliciosa como ella, y por consiguiente, como ella, metamorfosearse en necesidad. Oh Juliette; si quieres como yo vivir feliz en el crimen... y yo cometo muchos, querida mía... si quieres, digo, encontrar en él la misma felicidad que yo, trata de conseguirte, con el tiempo, una costumbre tan dulce que te sea imposible poder existir sin cometerlo; y que todas las convenciones humanas te parezcan tan ridículas que tu alma flexible, y a pesar de eso enérgica, se vaya acostumbrando imperceptiblemente a convertir en vicios todas las virtudes humanas y en virtudes todos los crímenes: entonces te parecerá que ante tus ojos se abre un nuevo universo; se filtrará por tus nervios un fuego devorador y delicioso, abrazará ese fluido, eléctrico donde reside el principio de la vida. Feliz por vivir en un mundo al que me exila mi triste destino, cada día te trazarás nuevos proyectos, y cada día su realización te colmará de una voluptuosidad que sólo será conocida por ti. Todos los seres que te rodean te parecerán otras tantas víctimas entregadas por la suerte a la perversidad de tu corazón; ni lazos ni cadenas, todo desaparecerá pronto bajo la llama de tus deseos, ya no se elevará ninguna voz en tu alma para ahogar el eco de su impetuosidad, ningún prejuicio militará ya en su favor, todo habrá sido suprimido por la sabiduría, y llegarás insensiblemente a los últimos excesos de la perversidad por un camino cubierto de flores. Entonces será cuando reconozcas la debilidad de lo que en otro tiempo te ofrecían como inspiraciones de la naturaleza; cuando te hayas burlado durante unos años de lo que los estúpidos llaman sus leyes, cuando para familiarizarte con su infracción te hayas complacido en pulverizarlas, entonces verás a la pícara naturaleza, encantada de haber sido violada, doblegarse bajo tus deseos, llegar por sí misma a ofrecerse a tus cadenas... presentarte las manos para que la hagas tu cautiva; convertida en tu esclava en lugar de ser tu soberana, enseñará delicadamente a tu corazón la forma de ultrajarla mucho mejor, como si se complaciese en el envilecimiento, y como si te indicase que el mejor modo de obedecer sus leyes es insultarla hasta el exceso. No te resistas nunca cuando hayas llegado a este punto; insaciable en sus pretensiones sobre ti, en cuanto hayas encontrado el medio de dominarla, te conducirá paso a paso de extravío en extravío; el último cometido no será mas que el principio de otro por el que se someterá a ti de nuevo; como la prostituta de Sybaris, que se entregaba bajo todas las formas y adoptaba todas las posturas para excitar los deseos del voluptuoso que la pagaba, igualmente te enseñará cien formas de vencerla, y todo esto para, a su vez, encadenarte con más fuerza. Pero una sola resistencia, te lo repito, una sola te haría perder todo el fruto de las últimas caídas; no conocerás nada si no lo conoces todo; pero si eres lo suficientemente tímida como para detenerte, se te escapará para siempre. Abstente sobre todo de la religión, nada como sus peligrosas inspiraciones para desviarte del buen camino: semejante a la hidra, cuyas cabezas renacen a medida que se las corta, te importunará sin cesar si tú no te cuidas de aniquilar constantemente sus principios. Temo que las extrañas ideas de ese Dios fantástico con que empozoñaron tu infancia vengan a perturbar tu imaginación en medio de sus más divinos extravíos: ¡Oh Juliette, olvídala, desprecia la idea de ese Dios vano y ridículo!; su existencia es una sombra que disipa en un momento el más débil esfuerzo del espíritu, y nunca estarás tranquila mientras que esa odiosa quimera no haya perdido sobre tu alma todas las facultades que le dio el error. Aliméntate constantemente de los grandes principios de Spinoza, de Vanini, del autor del Sistema de la Naturaleza; los estudiaremos, los analizaremos juntas; te prometí discusiones profundas sobre este tema, mantendré mi palabra: nos llenaremos las dos del espíritu de estos sabios principios. Si todavía te surgen dudas, me las comunicarás, yo te tranquilizaré: siendo tan firme como yo, pronto me imitarás, y como yo, nunca volverás a pronunciar el nombre de ese infame Dios más que para blasfemarlo y odiarlo. Confieso que la idea de tal quimera es la única equivocación que no puedo perdonarle al hombre; lo justifico en todos sus extravíos, lo compadezco en todas sus debilidades, pero no puedo pasarle por alto el que haya erigido a semejante monstruo, no le perdono que se haya forjado él mismo las cadenas religiosas que tan violentamente le han subyugado, y que él mismo haya presentado el cuello bajo el vergonzoso yugo que había preparado su estupidez. No acabaría nunca, Juliette, si tuviese que entregarme a todo el horror que me inspira el execrable sistema de la existencia de un Dios: mi sangre hierve ante su solo nombre; cuando lo oigo pronunciar, me parece ver alrededor de mí las sombras palpitantes de todos los desgraciados que esta abominable opinión ha destruido sobre la superficie del globo; me invocan, me conjuran a que utilice todas las fuerzas o el talento que haya podido recibir, para extirpar del alma de mis semejantes la idea del repugnante fantasma que les hizo perecer sobre la tierra. Aquí, Mme. Delbène me pregunta hasta dónde había llegado yo en estas cosas.
-Todavía no he hecho mi primera comunión -le digo.
- ¡Ah!, mucho mejor
-me respondió abrazándome
-; ángel mío, yo te evitaré tal idolatría; respecto a la confesión, cuando te hablen de ella, responde que no estás preparada. La madre de las novicias es amiga mía, depende de mí, te recomendaré a ella y no te molestarán. En cuanto a la misa, tenemos que ir a ella a pesar de todo; pero, toma: ¿ves esta bonita colección de libros? -me dice mostrándome unos treinta volúmenes encuadernados en piel roja -; te prestaré estas obras, y su lectura, durante el abominable sacrificio, te compensará de la obligación de ser testigo de él.
- ¡Oh amiga mía! -digo a Mme. Delbène
- ¡Cuántas cosas te debo! Mi corazón y mi espíritu ya se habían adelantado a tus consejos... no respecto a la moral, puesto que acabas de decirme cosas demasiado fuertes y demasiado nuevas como para que se me hubiesen ocurrido ya a mí; pero no te había esperado para detestar, como tú, la religión, y cumplía los horribles deberes religiosos con la mayor repugnancia. ¡Qué feliz me haces prometiéndome ampliar mis luces! ¡Ay de mí al no haber oído nada sobre estos objetos supersticiosos!, el costo de mi pequeña impiedad no se debe todavía más que a la naturaleza.
-¡Ah!, sigue sus inspiraciones, ángel mío... son las únicas que nunca te engañarán.
-Sabes -proseguí
- que todo lo que acabas de enseñarme es muy fuerte, y que es extraño estar tan instruida a tu edad. Permíteme que te diga, amada mía, que es difícil que la conciencia haya alcanzado el grado que parece tener la tuya sin algunas acciones muy extraordinarias; y ¿cómo, perdona mi pregunta, cómo, en tu interior, tuviste la ocasión de los delitos capaces de endurecerte hasta ese punto?
-Algún día sabrás todo eso -me respondió la superiora levantándose.
-¿Y por qué esta tardanza?... ¿Temes?
-Sí, horrorizarte.
-¡Nunca, nunca! Y el ruido de las amigas que llegaban impidió que Delbène me aclarase aquello que yo ardía en deseos de saber.
-¡Chist, chist! -me dice
-, ahora pensemos en el placer... Bésame, Juliette, te prometo que algún día tendrás mi confianza. Pero nuestras amigas aparecieron; es preciso que os las pinte. Mme. de Volmar acababa de tomar los hábitos hacía alrededor de seis meses. Con apenas veinte años, alta, delgada, esbelta, muy blanca, de pelo castaño, y el cuerpo más hermoso que pueda imaginarse, Volmar, dotada de tantos encantos, era con razón una de las alumnas preferidas de Mme. Delbène, y, después de ella, la más libertina de todas las mujeres que iban a asistir a nuestras orgías. Sainte
-Elme era una novicia de diecisiete años, con un rostro encantador, muy animosa, ojos hermosos, un pecho bien moldeado, y el conjunto excesivamente voluptuoso. Elisabeth y Flavie eran dos pensionistas, la primera de apenas trece años, la segunda de dieciséis. El rostro de Elisabeth era fino, con rasgos muy delicados, formas agradables y ya pronunciadas. En cuanto a Flavie, tenía el rostro más celeste que se pueda ver en todo el mundo: no existe una risa más bonita, unos dientes más hermosos, un pelo más bello; nadie posee un talle más perfecto, una piel más dulce y más fresca. ¡Ah!, amigas mías, si tuviese que pintar a la diosa de las flores, no elegiría jamás a otra modelo. Los primeros saludos no fueron largos; sabiendo todas el motivo de la reunión, no tardaron en ir al grano; pero confieso que sus propósitos me asombraron. Ni en un burdel se realizan unos actos de libertinaje con la soltura y la facilidad de estas jóvenes; y nada era tan agradable como el contraste de su modestia, de su recato en el mundo, y su gran indecencia en estas reuniones lujuriosas.
-Delbène -dice Mme. de Volmar según entra - te desafío a que me hagas manar hoy; estoy agotada, querida; he pasado la noche con Fontenille... Adoro a esa bribonzuela; ¡en mi vida me lo han movido mejor... nunca he vertido tanto líquido, con tanta abundancia... tan deliciosamente'. ¡Oh, querida, qué cosas hemos hecho!
-Increíbles, ¿verdad? -dice Delbène
-. Pues bien, quiero que nosotras hagamos esta noche otras mil veces más extraordinarias.
- ¡Oh, joder!, apresurémonos -dice Sainte
-Elme
-, yo estoy excitada; no soy como Volmar, me he acostado sola. Y levantándose el vestido: Mirad, ved mi coño... ¡ved cómo necesita ayuda!
-Un momento -dice la superiora -, esta es una ceremonia de recepción. Admito a Juliette en nuestra sociedad: es preciso que cumpla las formalidades de rigor.
-¿Quién? ¿Juliette? -dice como aturdida Flavie, que todavía no me había visto
- ¡Ah!, apenas si conozco a esta bonita muchacha... Así pues, ¿te excitas, corazón mío? -continuó acercándose a besarme en la boca -... Así que eres libertina... ¿eres lesbiana como nosotras? Y la bribona, sin más preliminares, me agarra el coño y el pecho a la vez.
-Déjala -dice Volmar, que, levantándome la falda por detrás, examinaba mis nalgas
-, déjala, tiene que ser recibida antes de que nos sirvamos de ella.
-Mira, Delbène -
-dice Elisabeth
-, mira cómo besa Volmar el culo de Juliette: la toma como a un muchacho; ¡la zorra quiere darle por el culo! (Observad que la que hablaba así era la más joven)
-¿No sabes -dice Sainte
-Elme
- que Volmar es un hombre? Tiene un clítoris de tres pulgadas, y, destinada a ultrajar a la naturaleza, sea cual sea el sexo que ella adopte, es preciso que la puta sea alternativamente lesbiana y tipo; no conoce término medio. Después, aproximándose a su vez y examinándome por todos lados, en vista de que Flavie mostraba mi delantero y Volmar mi trasero:
-Es cierto -prosiguió
- que la zorrilla está bien hecha, y juro que antes de que acabe el día conoceré cómo sabe su jugo.
-¡Un momento, un momento, señoritas! -dice Delbène intentando restablecer el orden.
-¡Eh, santo Dios!, date prisa -dice Sainte
-Elme
-, ¡me voy yo sola! ¿A qué esperas para empezar? ¿Tenemos que rezar nuestras oraciones antes de excitarnos el coño? ¡Fuera los vestidos, amigas mías!... Y al momento veríais seis jóvenes muchachas, más bellas que el sol, admirarse... acariciarse desnudas y formar entre ellas los grupos más agradables y variados.
- ¡Oh!, de momento -respondió Delbène con autoridad
- no podéis negarme un poco de orden... Escuchadme: Juliette va a tumbarse en la cama, y cada una de vosotras irá, alternativamente, a probar el placer que queráis obtener con ella; yo, al frente de la operación, os recibiré a todas a medida que la vayáis dejando, y las lujurias iniciadas con Juliette acabarán en mí; pero yo no me daré prisa, mi líquido eyaculará cuando tenga a las cinco sobre mí.
La gran veneración que sentían por las órdenes de la superiora hizo que éstas se realizasen con la más precisa exactitud. No es difícil que comprendáis lo que cada una de estas criaturas, siendo tan libertinas, exigió de mí. Como llegaban siguiendo el orden de edad, Elisabeth pasó la primera. La bonita bribona me examinó por todas partes, y, después de cubrirme de besos, se entrelazó entre mis muslos, se frotó contra mí, y ambas nos extasiamos. Flavie fue la siguiente; hizo más tanteos. Después de mil deliciosos preliminares, nos tendimos en sentido inverso, y; con nuestras lenguas cosquilleantes, hicimos brotar torrentes de flujo. Sainte
-Elme se acerca, se tiende sobre la cama, hace que me siente sobre su cara, y, mientras que su nariz excita el agujero de mi culo, su lengua se sumerge, en mi coño. Doblada encima de ella, puedo acariciarla de la misma manera; lo hago: mis dedos excitan su culo, y cinco eyaculaciones seguidas me prueban que la necesidad de la que hablaba no era ilusoria. La correspondí por completo; nunca hasta entonces había sido yo tan voluptuosamente chupada. Volmar sólo desea mis nalgas, las devora a besos, y, preparando la vía estrecha con su lengua de rosa, la libertina se pega a mí, me hunde su clítoris en el culo, entra y sale durante mucho tiempo, da la vuelta a mi cabeza, besa mi boca con ardor, chupetea mi lengua y me excita dándome por el culo. La maldita no se detiene aquí: con un consolador que me ató a la cintura, se presenta a mis embestidas, y, dirigiéndolas hacia el trasero, la zorra es sodomizada; mientras la excitaba pensaba que iba a morir de placer.


Después de esta última incursión, me situé en el puesto que me esperaba sobre el cuerpo de la Delbène. Así es como la puta dispuso el grupo:
Elisabeth, de espaldas, estaba situada al borde de la cama. Delbène, entre sus brazos, se hacía excitar el clítoris por ella. Flavie, de rodillas, con las piernas colgando, la cabeza a la altura del coño de la superiora, se lo besaba y le apretaba los muslos. Por encima de Elisabeth, Sainte
-Elme, con el culo encima de la cara de esta última, ofrecía su coño a los besos de Delbène, a la que Volmar daba por el culo con su clítoris ardiente. Me esperaban para completar el grupo. Un poco doblada cerca de Sainte
-Elme, yo presentaba para lamer lo contrario de lo que aquélla besaba por delante. Delbène pasaba sin plan fijo y rápidamente del coño de Sainte
-Elme al agujero de mi culo, lamía, chupaba ardientemente uno y otro, y, removiéndose con la agilidad más increíble bajo los dedos de Elisabeth, la lengua de Flavie y el clítoris de Volmar, la zorra no dejaba ni un sólo momento de derramar torrentes de flujo.
-¡Oh, Dios! -dice Delbène, retirándose de allí roja como una bacante
- ¡redios! ¡cómo he soltado! No importa, sigamos nuestras operaciones; ahora colocaos cada una de vosotras en la cama; Juliette exigirá de vosotras, una por una, lo que le convenga, estáis obligadas a prestaros a ello; pero como todavía es nueva, la aconsejaré; el grupo se formará sobre ella, como acaba de hacerse conmigo, y la haremos que eyacule su flujo hasta que pida que la dejemos.
Elisabeth es la primera que se ofrece a mi libertinaje.
-Colócala -me dice Delbène que me aconsejaba de manera que tú puedas besar su bonita boquita mientras que ella te excita; y, para que seas acariciada por todas partes, yo me encargo del agujero de tu culo durante toda la sesión.
Flavie sustituye a Elisabeth.
-Te aconsejo los bonitos pezones de esta muchachita -me dice la abadesa - chúpaselos, mientras que ella te excita... A causa de los gustos de Volmar, tienes que hundir tu lengua en su culo, mientras que, inclinada sobre ti, la bribona te besará... En cuanto a Sainte
-Elme, -prosiguió la superiora - ¿sabes que haré con ella? Me colocaré de forma que pueda chuparle a la vez el culo y el coño, mientras que ella hará lo mismo contigo... Y en cuanto a mí, ordena, vida mía, estoy a tus órdenes.
Calentada por lo que había visto hacer a Volmar:
-Quiero darte por el culo -digo
- con este consolador.
-Hazlo, amada mía, hazlo, -me responde humildemente Delbène ofreciéndose a mis golpes
- este es mi culo, te lo entrego.
- ¡Y bien! -digo mientras sodomizo a mi instructora -, puesto que el grupo debe colocarse sobre mí, que empiece enseguida. Querida Volmar -continué
- que tu clítoris devuelva a mi culo lo que yo hago al de Delbène; no puedes imaginarte hasta qué punto se exalta mi temperamento con esta manera de gozar. Con cada una de mis manos, excitaré a Elisabeth y a Sainte
-Elme, mientras que chupo el coño de Flavie.
Ya que las órdenes de la superiora eran agotarme, no me tomé el trabajo de decir nada: las situaciones cambiaron siete veces, y siete veces mi flujo corrió entre sus brazos.
Los placeres de la mesa siguieron a los del amor: nos esperaba una soberbia comida. Al calentar nuestras cabezas diferentes tipos de vinos y de licores, volvimos al libertinaje; se perfilaron tres grupos. Sainte
-Elme, Delbène y Volmar, como las de más edad, eligieron cada una a una excitadora; por azar o por predilección Delbène no me abandonó; Elisabeth fue elegida por Sainte
-Elme, y Flavie por Volmar. Los grupos estaban colocados de manera que cada uno gozase de la vista de los placeres del otro. No pueden hacerse una idea de lo que hicimos. ¡Oh! ¡Cuán deliciosa era Sainte
-Elme! Apasionadas ardientemente la una por la otra, nos excitábamos ambas hasta el agotamiento: no dejábamos de hacer cualquier cosa que imaginásemos. Por último, todo se mezcló, y las dos últimas horas de este voluptuoso libertinaje fueron tan lascivas, que quizás en ningún burdel se hayan cometido tantas lujurias.
Una cosa me había sorprendido: el extremo cuidado que tenían por la virginidad de las pensionistas. Sin duda no se observaban las mismas leyes respecto a aquéllas cu ya vocación era muy pronunciada; pero se respetaba, hasta un punto que yo no podía comprender, a aquéllas que se destinaban al mundo.
-Su felicidad depende de eso me dice Delbène, cuando le pregunté sobre esta reserva - queremos divertirnos con estas muchachas, pero ¿por qué perderlas? ¿por qué hacerles detestar los momentos que han pasa do junto a nosotras? No, nosotras tenemos esa virtud, y por muy corrompidas que nos creas, nunca comprometemos a nuestras amigas.
Estos procedimientos me parecieron magníficos; pero creada por la naturaleza para proporcionar la maldad sobre todo lo que me rodease, un día el deseo de des honrar a una de mis compañeras me calentó la cabeza por lo menos tanto como el de ser deshonrada a mi vez. Delbène se dio cuenta enseguida de que yo prefería a Sainte
-Elme a ella. Efectivamente, adoraba a esta encantadora muchacha; me era imposible dejarla; pero como era infinitamente menos inteligente que la superiora, una inclinación natural me llevaba invenciblemente hacia ésta.
-Como te veo devorada por la pasión de desvirgar a una muchacha, o por serlo -me dice un día esta encantadora mujer
- no me cabe la menor duda de que Sainte -Elme te ha concedido estos placeres, o te los promete para pronto. De ninguna manera hay peligro con ella, porque está destinada como yo a pasar el resto de sus días en el claustro; pero, Juliette, si ella hace contigo otro tanto, nunca podrás casarte, y ¡cuántas desgracias podrían sobrevenirte como consecuencia de esta falta'. Sin embargo, escúchame, ángel mío, sabes que te adoro, sacrifica a Sainte
-Elme y yo satisfago al instante todos los placeres que tú desees. Elegirás en el convento a aquélla cuyas primicias quieras recoger, y seré yo la que mancillaré las tuyas... Los desgarramientos... las heridas... tranquilízate, yo arreglaré todo. Pero estos son grandes misterios; para ser iniciada en ellos, necesito tu juramento de que a partir de este momento, no volverás a hablar a Sainte
-Elme: de otra forma, no pondré límites a mi venganza. Como amaba demasiado a esa encantadora muchacha para comprometerla, y como, además, ardía en deseos de probar los placeres que me esperaban si renunciaba a ella, lo prometí todo.
- ¡Y bien! -me dice Delbène al cabo de un mes de prueba -, ¿has hecho tu elección? ¿A quién quieres desvirgar?
Y aquí, amigos míos, ¡no adivinaríais en vuestra vida sobre qué objeto se había detenido con complacencia mi libertina imaginación! Sobre esta muchacha que tenéis ante vuestros ojos... sobre mi hermana. Pero Mme. Delbène la conocía demasiado bien como para no hacerme desistir del proyecto.
- ¡Pues bien! -digo
- dame a Laurette. Su infancia (apenas si tenía diez años), su bonita carita despierta, la altura de su cuna, todo me excitaba... todo me inflamaba hacia ella; y la superiora, viendo que casi no había obstáculos, en vista de que esta huerfanita no tenía como protector en el convento más que a un viejo tío que vivía a cien leguas de París, me aseguró que ya podía dar por sacrificada la víctima que mis deseos inmolaban por adelantado. El día ya estaba elegido; Mme. Delbène, haciéndome ir la víspera a pasar la noche en sus brazos, hizo recaer la conversación sobre las materias religiosas.
-Mucho me temo -me dice
- que hayas ido muy lenta, hija mía; tu corazón, engañado por tu mente, todavía no está en el punto que yo desearía. Esas infames supersticiones te fastidian todavía, lo juraría. Escucha, Juliette, préstame toda tu atención, y procura que en el futuro tu libertinaje, apoyado en excelentes principios, pueda con desfachatez, como en mí, entregarse a todos los excesos sin remordimientos. El primer dogma que se me ocurre, cuando se habla de religión, es el de la existencia de Dios: comenzaré razonablemente con su examen puesto que es la base de todo el edificio.
¡Oh Juliette! no hay ninguna duda de que sólo a las limitaciones de nuestro espíritu se debe la quimera de un Dios; al no saber a quién atribuir lo que vemos, en la extrema imposibilidad de explicar los ininteligibles misterios de la naturaleza, gratuitamente hemos erigido por encima de ella un ser revestido del poder de producir todos los efectos cuyas causas nos eran desconocidas.
Tan pronto como se consideró a este abominable fantasma el autor de la naturaleza, hubo que verlo igualmente como el del bien y el del mal. La costumbre de creer que estas opiniones eran verdaderas y la comodidad que se hallaba en esto para satisfacer a la vez la pereza y la curiosidad, hicieron que pronto se diese a esta fábula el mismo grado de creencia que a una demostración geométrica; y la persuasión llegó a ser tan fuerte, la costumbre tan arraigada, que se necesitó toda la fuerza de la razón para preservarse del error. No hay más que un paso de la extravagancia que admite un Dios a la que hace adorarlo: nada más sencillo que implorar a lo que se teme; nada más natural que este procedimiento que quema incienso en los altares del mágico individuo que se constituye a la vez en el motor y el dispensador de todo. Lo creían malo, porque resultaban malos efectos de la necesidad de las leyes de la naturaleza; para apaciguarlo se necesitan víctimas: y de ahí los ayunos, las laceraciones, las penitencias, y todas las otras imbecilidades, frutos del temor de unos y del engaño de otros; o, si lo prefieres, efectos constantes de la debilidad de los hombres, porque es cierto que allí donde éstos se encuentran se hallarán también dioses engendrados por el terror de tales hombres, y homenajes rendidos a tales dioses, resultados necesarios de la extravagancia que los erige. Mi querida amiga, no hay duda de que esta opinión de la existencia y del poder de un Dios distribuidor de bienes y males es la base de todas las religiones de la tierra. Pero, ¿cuál de estas tradiciones es preferible? Todas alegan revelaciones hechas en su favor, todas citan libros, obras de sus dioses, y todas quieren ser la que prevalezca sobre las demás. Para aclararme en esta difícil elección no tengo más guía que mi razón, y en cuanto examino a su luz todas estas pretensiones, todas estas fábulas, ya no veo más que un montón de extravagancias y de simplezas que me impacientan y sublevan.
Después de haber dado un rápido recorrido a las absurdas ideas de todos los pueblos sobre este importante tema, me detengo por fin en lo que piensan los judíos y los cristianos. Los primeros me hablan de un Dios, pero no me explican nada de él, no me dan ninguna idea suya, y no veo más que alegorías pueriles sobre la naturaleza del Dios de este pueblo, indignas de la majestad del ser al que quieren que yo admita como el creador del universo; el legislador de esta nación me habla de su Dios sólo con contradicciones sublevantes, y los rasgos con los que me lo pinta son mucho más propios para hacer que lo deteste que para que lo sirva. Viendo que es este mismo Dios el que habla en los libros que me citan para explicármelo, me pregunto cómo es posible que un Dios haya podido dar de su persona nociones tan propias para conseguir que los hombres lo desprecien. Esta reflexión me impulsa a estudiar tales libros con mayor cuidado: ¿qué ocurre cuando no puedo impedir ver, al examinarlos, que no solamente no pueden estar dictados por el espíritu de un Dios, sino que además están escritos mucho tiempo después de la existencia del que se atreve a afirmar que los ha transmitido de acuerdo con el Dios mismo? ¡Y bien!, ¡así es como me engañan! exclamé al final de mis investigaciones; estos libros santos que me quieren presentar como la obra de un Dios no son más que obra de algunos charlatanes imbéciles, y en ellos se ve, en lugar de huellas divinas, el resultado de la estupidez y de la bobería. Y en efecto, ¿hay mayor necedad que la de presentar por todas partes, en estos libros, un pueblo favorito del soberano recién creado por él, que anuncia a las naciones que sólo a él habla Dios; que sólo se interesa por su suerte; que sólo por él cambia el curso de los astros, separa los mares, aumenta el rocío: cómo si no le hubiese sido mucho más fácil a ese Dios penetrar en los corazones, iluminar los espíritus, que cambiar el curso de la naturaleza, y como si esta predilección en favor de un pequeño pueblo oscuro, abyecto, ignorado, pudiese estar de acuerdo con la majestad suprema del ser al que vosotros queréis que yo conceda la facultad de haber creado el universo? Pero por más que yo quisiera estar de acuerdo con lo que me enseñan estos libros absurdos, pregunto si el silencio universal de todos los historiadores de las naciones vecinas sobre los hechos extraordinarios que en ellos se consignan, no debería bastar para que dudase de las maravillas que me anuncian. ¿Qué debo pensar, por favor, cuando es en el seno del mismo pueblo que tan fastuosamente me habla de su Dios donde encuentro la mayor cantidad de incrédulos? ¡Qué! ¿Este Dios colma a su pueblo de favores y de milagros, y este pueblo querido no cree en su Dios? ¡Qué! ¿ ¿Este Dios truena desde lo alto de una montaña con la más imponente aparatosidad, dicta sobre esta montaña leyes sublimes al legislador de este pueblo, que, en la llanura, duda de él, y se elevan ídolos en esta llanura para mofarse del Dios legislador que truena sobre la montaña? Por fin muere, ese hombre singular que acaba de ofrecer a los judíos tan magnífico Dios, expira; un milagro acompaña su muerte: ¡y los descendientes de los que fueron testigos de tantos milagros no creen en Dios! Pero, más incrédulos que sus padres, la idolatría derriba en pocos años los vacilantes altares del Dios de Moisés, y los desgraciados judíos oprimidos no se acuerdan de la quimera de sus ancestros más que cuando recobran su libertad. Entonces, nuevos jefes les hablan: desgraciadamente las promesas hechas no se corresponden con los acontecimientos. Los judíos, según estos nuevos jefes, deberían ser felices si fuesen fieles al Dios de Moisés: nunca lo respetaron tanto, y nunca la desgracia los oprimió con mayor dureza. Expuestos a la cólera de los sucesores de Alejandro, no escapan a los hierros de éstos más que para caer bajo los de los romanos, quienes, cansados por fin de su eterna rebelión, derriban su templo y los dispersan. ¡Y así es como les sirve su Dios! ¡Y así es como ese Dios, que los ama, que sólo en su favor modifica el orden sagrado de la naturaleza, así es como los trata, así es como mantiene lo que les ha prometido!
Así pues, no será entre los judíos donde buscaré el Dios poderoso del Universo; al no encontrar en esta miserable nación más que un repugnante fantasma, nacido de la imaginación exaltada de algunos ambiciosos, aborreceré al Dios despreciable ofrecido por la maldad, y dirigiré mis miradas hacia los cristianos.
¡Qué nuevos absurdos se presentan aquí! Ya no son los libros de un loco sobre una montaña los que deben servirme de reglas; el Dios del que ahora se trata se hace anunciar por un embajador mucho más noble, ¡y el bastardo de María es mucho más respetable que el hijo abandonado de Jocabed! Así pues, examinemos a este impostor: ¿qué hace, qué imagina para probarme su Dios?, ¿cuáles son sus credenciales? Piruetas, comidas de putas, curaciones de charlatanes, juegos de palabras y engañifas. Se me anuncia como el hijo de Dios, ese patán que ni siquiera sabe hablarme y que, desde ese día, no escribió ni una línea; es el Dios mismo, debo creerlo porque él lo ha dicho. El zorro es colgado, ¿qué importa?, lo abandona su secta, }o;' todo esto da igual: sólo él es el Dios del universo. Solo pudo engendrarse en una judía, sólo pudo nacer en un establo; es por la abyección, la pobreza, la impostura por lo que debe convencerme: y si no le creo ¡tanto peor para mí, me esperan eternos suplicios! ¿Puede esto definir a un Dios y hay ay en él un solo rasgo que eleve el alma y la persuada? ¡Es el colmo de la contradicción! La nueva ley se apoya sobre la antigua, y sin embargo, la nueva aniquila a la antigua. Entonces, ¿cuál será la base de esta nueva? Entonces, ¿ahora es Cristo el legislador al que hay que creer? Solo él va a explicarme el Dios que me lo envía; pero si Moisés tenía interés en predicarme un Dios del que obtenía su fuerza, ¡cuál no será el interés del Nazareno en hablarme de Dios, del que dice que desciende! Por supuesto, el legislador moderno sabía mucho más que el antiguo: al primero le bastaba charlar familiarmente con su amo; el segundo es de su misma sangre. Moisés, atribuyéndose milagros de la naturaleza, persuade a su pueblo de que el rayo sólo se enciende para él; Jesús, mucho más astuto, hace él mismo el milagro; y si los dos merecen el eterno desprecio de sus contemporáneos hay que convenir al menos en que el nuevo supo, con más picardía, conseguir la estima de los hombres; y la posteridad que los juzga < asignando a uno una sala en los manicomios, no podrá, sin embargo, abstenerse de dar al otro ano de los primeros puestos en el patíbulo.
Puedes ver, Juliette, en qué círculo vicioso caen los hombres en cuanto su cabeza se pierde por estos absurdos... La religión prueba al profeta, y el profeta a la religión.
Al no haberse mostrado todavía este Dios, ni en la secta judía, ni en la otra secta tan despreciable de los cristianos, lo busco de nuevo, llamo a la razón en mi ayuda, y analizo a ésta para que me engañe menos. ¿Qué es la razón? Es esa facultad que me ha sido dada por la ; naturaleza para determinarme hacia tal objeto y huir de tal otro, en proporción a la dosis de placer o de daño recibido de esos objetos: cálculo sometido de modo absoluto a mis sentidos, puesto que sólo de ellos recibo las impresiones comparativas que constituyen o los dolores de los que quiero huir o el placer que debo buscar. Como dice Fréret, la razón no es más que la balanza con la que pesamos los objetos, y por la cual, poniendo en el peso aquellos objetos que están lejos de nuestro alcance, conocemos lo que debemos pensar por la relación existente entre ellos, de tal forma que sea siempre la apariencia del mayor placer lo que gane. Puedes ver que esta razón, en nosotros como en los animales, que también la tienen, no es más que el resultado del mecanismo más tosco y más material. Pero como no tenemos otra antorcha, sólo a ella podemos someter esa fe, imperiosamente exigida por los bribones, hacia objetos sin realidad, o tan l prodigiosamente envilecidos por sí mismos, que sólo me
- recen nuestro desprecio. Ahora bien, sabes, Juliette, que el primer efecto de esta razón es establecer una diferencia esencial entre el objeto que se manifiesta y el objeto que es percibido. Las percepciones representativas de un' objeto son de diferentes tipos. Si nos muestran los objetos como ausentes, pero como presentes en otro tiempo a nuestra mente, es lo que llamamos memoria, recuerdo. Si nos presentan los objetos sin expresarnos ausencia, entonces es lo que llamamos imaginación, y esta imaginación es la causa de todos nuestros errores. Pues la fuente más abundante de estos errores reside en que suponemos una existencia propia a los objetos de estas percepciones interiores, una existencia separada de nosotros, de la misma forma que las concebimos separadamente. Por consiguiente, yo daría, para que me entiendas, daría, digo, a esta idea separada, a esta idea surgida del objeto que imaginamos, el nombre de idea objetiva, para diferenciarla de la que está presente, y que yo llamaría real. Es muy importante no confundir estos dos tipos de existencia; no puedes ni imaginarte en qué torbellino de errores se cae cuando no se tienen en cuenta estas distinciones. El punto dividido hasta el infinito, tan necesario en geometría, pertenece a la clase de las existencias objetivas; y los cuerpos, los sólidos, a la de las existencias reales. Por muy abstracto que esto te parezca, querida mía, tienes que seguirme si quieres llegar conmigo al final al que quiero conducirte por mis razonamientos.
En primer lugar, observamos, antes de ir más lejos, que no hay nada más común ni más ordinario que engañarse torpemente entre la existencia real de los cuerpos que están fuera de nosotros y la existencia objetiva de las percepciones que están en nuestra mente. Nuestras mismas percepciones se diferencian de nosotros, y entre sí, según que perciban los objetos presentes, sus relaciones, y las relaciones de estas relaciones. Son pensamientos en tanto que nos aportan las imágenes de las cosas ausentes; son ideas en tanto que nos aportan imágenes que están dentro de nosotros. Sin embargo, todas estas cosas no son más que modalidades, o formas de existir de nuestro ser, que no se distinguen ya entre sí, ni de nosotros mismos, más de lo que la extensión, la solidez, la figura, el color, el movimiento de un cuerpo, se distinguen de ese cuerpo. A continuación, se imaginaron forzosamente términos que conviniesen de manera general a todas las ideas particulares que eran semejantes; se ha dado el nombre de causa a todo ser que produce algún cambio en otro ser distinto de él, y efecto a todo cambio producido en un ser por una causa cualquiera. Como estos términos excitan en nosotros al menos una imagen confusa de ser, de acción, de reacción, de cambio, la costumbre de servirnos de ellas ha hecho creer que teníamos una percepción clara y distinta, y por último hemos llegado a imaginar que podía existir una causa que no fuese un ser o un cuerpo, una causa que fuese realmente distinta de cualquier cuerpo, y que, sin movimiento y sin acción, pudiese producir todos los efectos imaginables. No hemos querido reflexionar sobre el hecho de que todos los seres, actuando y reaccionando constantemente unos sobre otros, producen y sufren al mismo tiempo cambios; la íntima progresión de los seres que han sido sucesivamente causa y efecto pronto cansó la mente de aquellos que sólo quieren encontrar la causa en todos los efectos: sintiendo que su imaginación se agotaba ante esta larga secuencia de ideas, les pareció más breve remontar todo de una vez a una primera causa, imaginada como la causa universal, siendo las causas particulares efectos suyos, y sin que ella sea, a su vez, el efecto de ninguna causa.
Este es el Dios de los hombres, Juliette; esta es la estúpida quimera de su débil imaginación. Ves cuál ha sido el encadenamiento de sofismas con el que han llegado a crearla; y, según la definición particular que te he dado,', ves que este fantasma, al no tener más que una existencia objetiva, no podría estar fuera de la mente de los que lo consideran, y por consiguiente no es más que un puro efecto de la turbación de su cerebro. Sin embargo, ¡este es el Dios de los mortales, este es el ser abominable que han inventado, y en cuyos templos han hecho correr tanta sangre!
Si me he extendido -prosiguió Mme. Delbène
- sobre las diferencias esenciales entre las existencias reales y las existencias objetivas, es, querida mía, porque era urgente que te demostrase las variedades que se encuentran en las opiniones prácticas y especulativas de los hombres, y para hacerte ver que dan existencia real a muchas cosas que sólo tienen una existencia especulativa: ahora bien, al producto de esta existencia especulativa es a lo que los hombres han dado el nombre de Dios. Si todo esto sólo tuviese como consecuencia falsos razonamientos, el inconveniente sería mínimo; pero desgraciadamente tiene mayor alcance: la imaginación se inflama, se crea la costumbre, y nos habituamos a considerar como algo real lo que sólo es obra de nuestra debilidad. Todavía no nos hemos convencido de que la voluntad de este ser quimérico es causa de todo lo que nos sucede, cuando ya estamos empleando todos los medios para serle agradables, todas las formas de implorarle.
Así pues, sólo podemos decidirnos a adoptar un Dios después de reflexionar sobre lo que acaba de ser dicho, y con la iluminación de reflexiones más maduras, persuadámonos de que, al no poder presentarse la idea de Dios más que de una manera objetiva, sólo pueden resultar de ella ilusiones y fantasmas. Por muchos sofismas que aleguen los partidarios absurdos de la divinidad quimérica de los hombres, no os dicen más que no hay efecto sin causa; pero no os de muestran que sea preciso llegar a una primera causa eterna, causa universal de todas las causas particulares, y que ella misma sea causa creadora e independiente de cualquier otra causa. Estoy de acuerdo con que no comprendemos la relación, la secuencia y la progresión de todas las causas; pero la ignorancia de un hecho nunca es motivo suficiente para creer o determinar otro. Aquellos que quieren convencernos de la existencia de su abominable Dios se atreven con descaro a decirnos que, porque nosotros no podemos asignar la verdadera causa de los efectos, tenemos que admitir necesariamente la causa universal. ¿Se puede razonar tan imbécilmente? ¡Como si no fuese preferible aceptar la ignorancia a admitir una cosa absurda!; ¡o como si la admisión de esta cosa absurda se convirtiese en una prueba de su existencia! La confesión de nuestra debilidad no tienen ningún inconveniente, no hay duda alguna; la adopción del fantasma está lleno de escollos contra los que chocaremos constantemente si somos sabios, pero contra los que nos romperemos la cabeza si ésta se exalta: y las quimeras exaltan siempre. Si se quiere, concedamos por un momento a nuestros antagonistas la existencia del vampiro que les da la felicidad (1). En esta hipótesis, yo les pregunto si la ley, la regla, la voluntad con la que Dios conduce a los seres, es de la misma naturaleza que nuestra voluntad y nuestra fuerza, si Dios, en las mismas circunstancias, puede querer y no querer, si la misma cosa puede gustarle y disgustarle, si no cambia de sentimientos, si la ley por la que se conduce es inmutable. Si es ella la que lo conduce, no hay más que ejecutarla: y desde ese mismo momento, no hay ninguna fuerza superior. Esta ley necesaria, ¿qué es en sí misma?, ¿es distinta de él o inherente a él? Si, por el contrario, este ser puede cambiar de sentimiento y de voluntad, pregunto por qué cambia. Es evidente que necesita un motivo, y un bien más razonable que los que nos determinan, porque Dios debe ganarnos en sabiduría, como nos supera en prudencia; ahora bien, ¿puede imaginarse este motivo sin alterar la perfección del ser que cede a él? Digo más: si Dios sabe de antemano que cambiará de voluntad, ¿por qué, desde el momento en que todo lo puede, no ha dispuesto las circunstancias de forma que esta mutación siempre fatigosa, y que siempre prueba una cierta debilidad, se haga innecesaria?, y si lo ignora, ¿qué es un Dios que no prevé lo que debe hacer? Si lo prevé, y puesto que no puede equivocarse, como hay que creer para tener de él una idea correcta, está obligado entonces, independientemente de su voluntad, a actuar de tal o tal forma; ahora bien, ¿cuál es esta ley que sigue su voluntad?, ¿dónde está?, ¿de dónde saca su fuerza? (1) El vampiro chupaba la sangre de los cadáveres. Dios hace correr la de los hombres; ambos se muestran quiméricos a un simple examen: ¿nos engañaríamos si diésemos a uno el nombre del otro? Si vuestro Dios no es libre, si está determinado a actuar siguiendo leyes que lo dominan, entonces es una fuerza semejante al destino, a la fortuna, a la que no afectarán los deseos, no doblegarán las oraciones, no apaciguarán las ofrendas, y a la que es preferible despreciar eternamente que implorar con tan escaso éxito. Pero si, más peligroso, más malvado y más feroz todavía, vuestro execrable Dios ha ocultado a los hombres lo que era necesario para su felicidad, entonces su proyecto no era hacerlos felices; entonces no los ama, entonces no es ni justo ni bienhechor. Me parece que un Dios no debe querer nada que no sea posible, y no lo es el que el hombre observe leyes que lo tiranizan o que le son desconocidas. Este Dios villano hace todavía más: odia al hombre por haber ignorado lo que no le ha enseñado; lo castiga por haber transgredido una ley desconocida, por haber seguido inclinaciones que sólo procedían de él. ¡Oh Juliette! -
-exclamó mi instructora -, ¿puedo concebir a ese infernal y detestable Dios de otra forma que no sea como un tirano, un bárbaro, un monstruo, al que debo todo el odio, toda la furia, todo el desprecio que pueden exhalar a la vez mis facultades físicas y morales? De este modo, deben llegar a demostrarme... probarme la existencia de Dios; deben lograr convencerme de que ha dictado leyes, que ha elegido hombres para ponerlos de testigos ante los mortales; hacerme ver que reina la más completa armonía en todas las relaciones que proceden de él: nada podría probarme que le complazco siguiendo sus leyes, porque, si no es bueno, puede engañarme, y mi razón, que procede de él, no me tranquilizará, puesto que entonces puede habérmela dado para precipitarme con mayor seguridad al error. Prosigamos. Ahora os pregunto a vosotros, los deístas, cómo se conducirá ese Dios, que admito por un momento, frente a los que no poseen ningún conocimiento de sus leyes. Si Dios castiga la ignorancia invencible de aquellos a los que no se les han anunciado sus leyes, es injusto; si no puede instruirlos, carece de poder. Es cierto que la revelación de las leyes del Eterno deben llevar en sí caracteres que prueben el Dios del que emanan; ahora bien, yo pregunto, ¿cuál, de todas las re velaciones que nos han llegado, lleva ese carácter tan evidente como indispensable? Así pues, por la religión se destruye el Dios que anuncia esa misma religión; ahora bien, ¿qué ocurrirá con esta religión cuando el Dios que establece sólo tenga ya existencia en la cabeza de los imbéciles? Poco importa para la felicidad de la vida que los conocimientos humanos sean reales o falsos; pero no ocurre lo mismo cuando se trata de la religión. Cuando los hombres han hecho suyos los objetos imaginarios que ella presenta, se apasionan por estos objetos, se persuaden de que estos fantasmas que revolotean en su mente existen realmente, y, desde ese momento, nada puede contenerlos. Cada día hay nuevos motivos para temblar: tales son los únicos efectos que produce en nosotros la peligrosa idea de un Dios. Esta sola idea causa los males más perniciosos de la vida del hombre; ella es la que lo obliga a privarse de los más dulces placeres de la vida, en el terror de provocar la ira de ese repugnante fruto de su imaginación delirante. Así pues, mi querida amiga, es necesario liberarse lo antes posible de los terrores que infunde esta quimera; y para eso, sin duda, sólo hay que descargar la hoz sobre el ídolo, sólo hay que pulverizarla con energía. La idea que quieren darnos los curas de la divinidad no es otra que la de una causa universal, de la que son efectos todas las otras. Los imbéciles, a los que se han dirigido estos impostores, han creído que existía tal causa... que podía existir separadamente de los efectos particulares que ella produce, como si las modalidades de un cuerpo pudiesen ser separa das de ese cuerpo, como si siendo la blancura una de las cualidades de la nieve, fuese posible separar de ésta tal cualidad. ¿Acaso abandonan las modificaciones los cuerpos que modifican? ¡Y bien!, vuestro Dios no es masque una modificación de la materia en perpetua acción por su esencia: esa acción que creéis poder separar de ella, esa energía de la materia, ese es vuestro Dios. ¡Examinad ahora, estúpidos adoradores de un ser semejante, de qué homenaje es digno! Los que sólo atribuyen a la primera causa el movimiento local de los cuerpos, y dan a nuestras mentes la posibilidad de determinarse, limitan esta causa y la despojan de su universalidad, para reducirla a lo más bajo que hay en la naturaleza, es decir, a la simple función de poner en movimiento a la materia. Pero como todo está relacionado en la naturaleza, porque los sentimientos espirituales provocan movimientos en los cuerpos vivos, y los movimientos de los cuerpos excitan sentimientos en las almas, no se puede recurrir a esta suposición para establecer o defender el culto religioso. Sólo como consecuencia de la percepción de los objetos que se nos presentan tenemos voluntad; sólo con motivo del movimiento excitado en nuestros órganos tenemos percepciones: por lo tanto, la causa del movimiento es la de nuestra voluntad. Si esta causa ignora el efecto que producirá en nosotros el movimiento, ¡qué indigna es la idea de un Dios! Si lo sabe, es su cómplice, y consiente en él; si, sabiéndolo, no consiente en él, se ve obligado a hacer lo que no quiere; por consiguiente, existe algo más poderoso que él: y está obligado a seguir leyes. Como nuestras voluntades provocan algunos movimientos, Dios está obligado a competir con nuestra voluntad; por tanto, está en el brazo del parricida, en la llama del incendiario, en el coño de la prostituta. Dios no lo consiente y entonces ahí lo tenemos, menos fuerte que nosotros, obligado a obedecernos. Por tanto, por mucho que se diga, hay que confesar que no existe causa universal; o si deseáis con todas las fuerzas que exista una, tenemos que convenir que consiente todo lo que nos sucede y nunca quiere nada distinto; tenéis que confesar además que no puede amar ni odiar a ninguno de los seres particulares que emanan de ella, porque todos le obedecen por igual, y que, según esto, las palabras de castigos, recompensas, leyes, prohibiciones, orden, desorden, no son más que palabras alegóricas, sacadas de lo que ocurre entre los hombres.
Si no estamos obligados a considerar a Dios como un ser esencialmente bueno, como un ser que ama a los hombres, podemos creer que ha querido engañarlos. De esta forma, aunque fuesen verdaderos todos los prodigios sobre los que se basan los que pretenden conocer las leyes que ha revelado a algunos hombres, como todos nos confirman que es un ser injusto, inhumano, no tenemos ninguna seguridad de que no haga tales prodigios con el fin expreso de engañarnos, y nada nos autoriza a creer que la más estricta observación de sus leyes pueda convertirme nunca en amigó suyo. Si no castiga a los que han observado estas leyes, su observación es inútil; y como esta observación es punible, vuestro Dios, al promulgarla, se ha hecho culpable de inutilidad y de maldad: entonces, os pregunto si éste es un ser digno de nuestros homenajes. Por otra parte, estas leyes no tienen nada de respetable: son absurdas, contrarias a la razón, repugnan a la moral, afligen al cuerpo; los que las anuncian, las violan constantemente; y si hay algunos individuos en el mundo a los que se les ocurre poner fe en ellas, escrutemos su espíritu detenidamente: pronto los reconoceremos como imbéciles. Cuando quiero profundizar en las pruebas de ese fárrago de misterios y de leyes dictadas por ese Dios ridículo, no las encuentro apoyadas más que sobre tradiciones confusas, inseguras, y siempre victoriosamente combatidas por los adversarios.
Digámoslo claramente: de todas las religiones establecidas entre los hombres, no hay ninguna que legítimamente pueda prevalecer sobre las otras; ni una que no esté llena de fábulas, de mentiras, de perversidades, y que no ofrezca al tiempo los peligros más inminentes, junto a las contradicciones más palpables. Cuando los locos quieren imponer sus sueños, apelan en su ayuda a los milagros: de donde resulta que, siempre en el mismo círculo, en ese momento el milagro prueba la religión, mientras que hasta entonces la religión probaba el milagro. Como si no hubiese más que una que pudiese apoyarse en prodigios: pero todas los citan, todas los ofrecen.

Y el hermoso cisne de Leda
bien vale la paloma de Marta.

A pesar de todo, si aceptamos que todos estos crímenes son ciertos, resulta necesariamente que Dios ha permitido que sean hechos tanto por las falsas religiones como por las verdaderas, y, según esto, el error lo conmueve tanto como la verdad. Lo que es gracioso es que cada secta esté igualmente convencida de la realidad de sus prodigios. Si todos son falsos, tenemos que concluir que naciones enteras han podido creer prodigios supuestos: por consiguiente, en el capítulo de los prodigios, la firme persuasión de una nación entera no prueba su verdad. Pero no tenemos más que la persuasión de los que creen en ellos para probar la verdad. por consiguiente, no hay ninguno cuya verdad esté suficientemente demostrada; y como estos prodigios son los únicos medios que tienen para obligarnos a creer en una religión, debemos concluir que ninguno está probado, y considerarlos como obra del fanatismo, del engaño, de la impostura y del orgullo.
-Pero -interrumpí yo, llegado a este punto
-, si no hay ni Dios, ni religión, entonces, ¿quién gobierna el universo? MI querida amiga -respondió Mme. Delbene . el universo se mueve por su propio impulso, y las leyes eternas de la naturaleza, inherentes a ella misma, son suficientes, sin una causa primera, para producir todo lo que vemos; el perpetuo movimiento de la materia lo explica todo: ¿qué necesidad hay de suponer un motor para lo que siempre está en movimiento? El universo es un conjunto de seres diferentes que actúan y reaccionan recíproca y sucesivamente unos sobre otros; yo no descubro ninguna limitación en esto, sólo veo un paso continuo de un estado a otro, en relación a los seres que adquieren sucesivamente varias formas nuevas, pero no creo en una causa universal, distinta de él, que le dé su existencia y que produzca las modificaciones de los seres particulares que lo componen: incluso confieso que veo todo lo contrario, y creo haberlo demostrado. No nos inquietemos en absoluto por sustituir las quimeras por otra cosa, y no admitamos nunca como causa de lo que no comprendemos algo que comprendemos todavía menos. Después de haberte demostrado la extravagancia del sistema deísta -prosiguió esta encantadora mujer
- no me costará mucho trabajo, sin duda, destruir en ti los prejuicios inculcados desde la infancia sobre el principio de nuestra vida. En efecto, ¿hay algo más extraordinario que la superioridad que se arrogan los hombres sobre los otros animales? En cuanto se les pregunta en qué se basa esta superioridad, responden estúpidamente: nuestra alma. Pero si les ruegas que te expliquen lo que entienden por esta palabra alma, ¡oh!, entonces los verás balbucir, contradecirse: es una sustancia desconocida, dicen; es una fuerza secreta distinta de su cuerpo; es un espíritu sobre el que nada sabemos. Pregúntales cómo ha podido ese espíritu, al que, como a su Dios, suponen totalmente desprovisto de extensión, cómo ha podido combinarse con su cuerpo extenso y material; os dirán que no saben nada de él, que es un misterio, que esta combinación es producto de la omnipotencia de Dios. Estas son las ideas claras que se forma la imbecilidad sobre su sustancia oculta, o más bien imaginaria, de la que ha hecho el móvil de todas sus acciones. A esto yo sólo respondo una cosa: si el alma es una sustancia esencialmente diferente del cuerpo y que no puede tener ninguna relación con él, su unión es algo imposible; por otra parte, al ser esta alma una sustancia esencialmente diferente del cuerpo, debería actuar necesariamente de forma diferente a él; sin embargo, vemos que los movimientos experimentados por el cuerpo repercuten sobre esa pretendida alma, y que estas dos sustancias, diversas en su esencia, actúan siempre de común acuerdo. Nos dirán todavía que esta armonía es un misterio, y yo responderé que no veo mi alma, que lo único que conozco y siento es mi cuerpo, que es el cuerpo el que siente, piensa, juzga, sufre, goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios de su mecanismo y su organización. Aunque a los hombres les sea imposible hacerse la menor idea de su alma, aunque todo les pruebe que no sienten, no piensan, no adquieren ideas, no gozan y no sufren más que por medio de los sentidos o de los órganos materiales del cuerpo, sin embargo están convencidos de que esta alma desconocida está exenta de la muerte. Pero, aun suponiendo la existencia de esta alma, decidme, por favor, si puede impedirse reconocer que ella depende totalmente del cuerpo, y que sufre conjuntamente con él todas las vicisitudes por las que éste atraviesa. Y sin embargo, se lleva el absurdo hasta creer que, por su naturaleza, no tiene ningún parecido con él; se pretende que pueda actuar y sentir sin la ayuda de este cuerpo; en una palabra, se pretende que, privada de este cuerpo y liberada de los sentidos, esta alma sublime podrá vivir para sufrir, gozar del bienestar o sentir terribles tormentos. Y sobre parecido montón de conjeturas absurdas es sobre lo que se ha construido la maravillosa opinión de la inmortalidad del alma.
Si pregunto qué motivos hay para suponer al alma inmortal, me responden con prontitud: es que el hombre, por su propia naturaleza, desea ser inmortal. Pero, replicaré yo, ¿se convierte vuestro deseo en una prueba de su realización? ¿Por qué extraña lógica se atreven a decidir que una cosa no puede dejar de suceder solamente porque se la desea? Los impíos
-continúan ellos
-, privados de las halagüeñas esperanzas de otra vida, desean ser aniquilados. ¡Y bien!, ¿no tienen ellos el mismo derecho que vosotros de concluir que serán aniquilados, así como vosotros os sentís autorizados a creer que existiréis simplemente porque lo deseáis?
¡Oh Juliette! -prosiguió esta mujer filósofa con toda la fuerza de la persuasión
- ¡Oh, mi querida amiga!, no te quepa la menor duda de que morimos por completo, y de que el cuerpo humano, una vez que la Parca ha cortado el hilo, no es más que una masa incapaz de producir los movimientos que constituían la vida. No vemos entonces ni circulación, ni respiración, ni digestión, ni palabra, ni pensamiento. Pretenden que, en ese momento, el alma se ha separado del cuerpo; pero decir que esta alma desconocida es el principio de la vida es no decir nada, es decir sólo que una fuerza desconocida es el principio oculto de movimientos imperceptibles. Nada más natural y más sencillo que creer que el hombre muerto ya no existe; nada más extravagante que creer que el hombre muerto está todavía en vida. Nos reímos de la simpleza de algunos pueblos cuya costumbre es enterrar provisiones junto con los muertos: así pues, ¿es más absurdo creer que los hombres comerán después de la muerte, que imaginarse que pensarán, que tendrán ideas agradables o molestas, que gozarán, sufrirán, sentirán arrepentimiento o alegría, cuando los órganos, propios para proporcionarles sentimientos o ideas, estén disueltos y reducidos a polvo? Decir que las almas humanas serán felices o desgraciadas después de la muerte es como pretender que los hombres podrán ver sin ojos, oír sin oídos, gustar sin paladar, oler sin nariz, tocar sin manos, etc. Sin embargo, naciones que se creen muy razonables adoptan ideas parecidas. El dogma de la inmortalidad del alma supone que el alma es una sustancia simple, en una palabra, un espíritu: pero seguiré preguntando qué es un espíritu.
-Me enseñaron -respondí a Mme. Delbène
- que un espíritu era una sustancia privada de extensión, incorruptible, y que no tiene nada en común con la materia.
-Pero si es así -respondió vivamente mi institutriz
-, ¿cómo nace tu alma, crece, se fortalece, se altera, envejece, en las mismas proporciones que tu cuerpo? Siguiendo el ejemplo de todos los imbéciles que tuvieron los mismos principios, me responderás que todo eso son misterios. Pero, imbéciles, si son misterios, entonces no comprenderéis nada de ellos, y si no comprendéis nada, ¿cómo podéis decidir afirmativamente una cosa de la que sois incapaces de formaros una idea? Para creer o afirmar algo, hace falta saber al menos en qué consiste lo que se cree o se afirma. Creer en la inmortalidad del alma es decir que se está convencido de la existencia de algo de lo que es imposible formarse una verdadera idea, es creer en palabras sin poder darles ningún sentido; afirmar que algo es tal como se ha dicho es el colmo de la locura y de la vanidad. ¡Cuán extraños razonadores son los teólogos! En cuanto no pueden adivinar las causas naturales de las cosas, inventan causas sobrenaturales, imaginan espíritus, dioses, causas ocultas, agentes inexplicables, o más bien palabras más oscuras que las cosas que se esfuerzan por explicar. Permanezcamos en la naturaleza cuando queramos darnos cuenta de los efectos de la naturaleza; no nos alejemos de ella cuando queramos explicar sus fenómenos; ignoremos las causas demasiado separadas de nosotros para ser comprendidas por nuestros órganos, y convenzámonos de que, si nos salimos de la naturaleza, nunca encontraremos la solución de los problemas que la naturaleza nos presenta. En la hipótesis misma de la teología, es decir, suponiendo un motor omnipotente de la materia, ¿con qué derecho negarían los teólogos a su Dios el poder de dar a esta materia la facultad de pensar? ¿Le sería más difícil crear esas combinaciones de materia, de las que resulta el pensamiento, que espíritus que piensan? Al menos, suponiendo una materia que pensase, tendríamos algunas nociones del sujeto del pensamiento o de lo que piensa en nosotros; mientras que al atribuir el pensamiento a un ser inmaterial, nos es imposible hacernos la menor idea de él. Se nos objeta que el materialismo hace del hombre una pura máquina, lo que se considera muy humillante para la especie humana; pero, ¿será más honrada esta especie humana porque se diga que el hombre actúa por impulsos secretos de un espíritu o de un cierto no sé qué que sirve para animarlo sin que se sepa cómo? Es fácil darse cuenta de que la superioridad que se ha dado al, espíritu sobre la materia, o al alma sobre el cuerpo, se basa sólo en la ignorancia que se tiene de la naturaleza de esta alma, mientras que se está más familiarizado con la materia o el cuerpo, que se cree conocer y cuyos resortes se imaginan descubiertos; pero los movimientos más simples de nuestro cuerpo son, para todo hombre que los medite, enigmas tan difíciles de adivinar como el pensamiento. El aprecio que tiene tanta gente por la sustancia espiritual no parece tener otro motivo que la imposibilidad en que se encuentran de definirla de una manera inteligible; el poco caso que prestan los teólogos a la materia no procede más que del hecho de que la familiaridad engendra el desprecio. Cuando nos dicen que el alma es mejor que el cuerpo no nos dicen nada, sólo que aquello que no conocen de ninguna manera debe ser mucho más hermoso que aquello de lo que tienen alguna idea. Constantemente nos enorgullecemos de la utilidad del dogma de la otra vida; se pretende que, aunque sea una ficción, sería ventajosa porque se impondría a los hombres y los conduciría a la virtud. A esto yo pregunto si es verdad que ese dogma hace a los hombres más prudentes y más virtuosos. Por el contrario, me atrevo a afirmar que no sirve más que para volverles locos, hipócritas, malvados, atrabiliarios, y que se encuentran más virtudes, mejores costumbres en los pueblos que no tienen ninguna de estas ideas que en aquéllos en que constituyen la base de las religiones. Si los que están encargados de enseñar y de gobernar a los hombres tuviesen luces y virtudes, los gobernarían mucho mejor con realidades que con quimeras; pero bribones, ambiciosos, corrompidos, los legisladores han encontrado más fácil adormecer a las naciones mediante fábulas que enseñándoles verdades... que desarrollarles su razón, que impulsarles a la virtud por motivos sensibles y reales... que gobernarles, en fin, de una forma razonable.
No hay ninguna duda de que los curas han tenido sus motivos para imaginar la ridícula fábula de la inmortalidad del alma: ¿hubiesen puesto a los moribundos a contribución sin estos sistemas? ¡Ah! si estos espantosos dogmas de un Dios... de un alma que nos sobrevive, no son de ninguna utilidad para el género humano, convengamos que al menos son de una necesidad imperiosa para aquellos que se han encargado de infectar con ellos la opinión pública (2). (2) ¿Sobrevivirían sin estos medios? Sólo dos clases de individuos deben adoptar los sistemas religiosos: primero, la de aquéllos que maquinan estos absurdos y, la de los imbéciles que creen eternamente todo lo que se les dice sin profundizar nunca en nada. Apuesto a que ningún ser razonable y espiritual puede afirmar que cree de buena fe en las atrocidades religiosas.
-Pero -objeté a Mme. Delbène
- ¿no es consolador para el desgraciado el dogma de la inmortalidad del alma?, ¿no es un bien para el hombre creer en que podrá sobre vivirse a sí mismo, y gozar algún día en el cielo de la felicidad que se le ha negado en la tierra?
-En verdad -me respondió mi amiga - no veo que el deseo de tranquilizar a algunos imbéciles desgraciados valga la pena de envenenar a millones de gentes honradas. Por otra parte, ¿es razonable hacer de sus deseos la medida de la verdad? Tened un poco más de valentía, doblegaos a la ley general, resignaos al orden del destino cuyos decretos son que, al igual que todos los seres, caeréis en el crisol de la naturaleza para salir de él bajo otras formas. Porque, en realidad, nada perece en el seno de esta madre del género humano; los elementos que nos componen se unirán bajo otras combinaciones; un eterno laurel crece sobre la tumba de Virgilio. Esta transmigración gloriosa, ¿no es, imbéciles deistas, tan dulce como vuestra alternativa del infierno o el paraíso? Porque si este último es consolador, tendréis que estar de acuerdo conmigo en que el otro es terrible. Imbéciles cristianos ¿acaso no decís que para salvarse se necesitan gracias que vuestro Dios no concede más que a muy poca gente? Por cierto que son ideas muy consoladoras; ¿y no es cien veces preferible ser aniquilado que arder eternamente? Según esto ¿quién se atreverá a sostener que la opinión que libera de estos temores no es mil veces más agradable que la incertidumbre en que nos deja la admisión de un Dios que, dueño de sus gracias, no las concede más que a sus favoritos, y que permite que todos los demás se hagan dignos de los suplicios eternos? Sólo el entusiasmo a la locura puede hacer que se prefieran conjeturas improbables que desesperan a un sistema evidente que tranquiliza.
-Pero ¿qué será de mí? -digo todavía a Mme. Delbène
-; esta oscuridad me aterra, ese eterno anonadamiento me atemoriza.
-¿Y qué eras tú, por favor, antes de nacer? -me respondió esta mujer genial
-. Unas porciones llenas de materia no organizada, que no había recibido todavía ninguna forma, o que habían recibido una de la que no puedes acordarte. ¡Y bien! Volverás a las mismas porciones de materia, listas para organizar nuevos seres, en el momento en que las leyes de la naturaleza lo crean conveniente. ¿Gozabas? No. ¿Sufrías? No. Entonces ¿es un estado tan penoso, y ¿cuál es el ser que no estaría de acuerdo en sacrificar todos sus goces a la certeza de no tener nunca penas? ¿Qué sería si pudiese concluir este trato? Un ser inerte, sin movimiento. ¿Qué será después de la muerte? Positivamente lo mismo. Entonces, ¿de qué sirve afligirse, puesto que la ley de la naturaleza nos condena positivamente al estado que aceptaríais de buena gana, si tuvieseis la posibilidad? ¡Y bien! Juliette, la certeza de no existir siempre ¿es más desesperante que la de no haber existido siempre? Ya, ya, tranquilízate, ángel mío; el terror de dejar de existir no es un mal real más que para la imaginación creadora del absurdo dogma de otra vida.
El alma, o, si se quiere, ese principio activo... vivificante, que nos ama, que nos mueve, nos determina, no es otra cosa que la materia sutilizada hasta un cierto punto, medio por el que ha adquirido las facultades que nos maravillan. Es evidente que todas las porciones de materia no serían capaces de producir los mismos efectos; pero combinadas con las que componen nuestros cuerpos, se hacen susceptibles de ello, de la misma manera que el fuego puede convertirse en llama cuando se combina con cuerpos grasos o inflamables. En una palabra, el alma no puede ser considerada más que bajo estos dos sentidos, como principio activo y como principio pensante; ahora bien, bajo uno u otro aspecto, vamos a demostrar que es materia por dos silogismos sin réplica. 1° Como principio activo, se divide; porque el corazón conserva su movimiento mucho tiempo después de su separación del cuerpo. Ahora bien, todo lo que se divide es materia; el alma, como principio activo, se divide: luego es materia. 2° Todo lo que periclita es materia; lo que fuese esencialmente espíritu no podría periclitar. Ahora bien, el alma sigue las impresiones del cuerpo: es débil en la tierna edad, agobiada en la edad decrépita; luego siente las influencias del cuerpo; sin embargo, todo lo que periclita es materia: el alma periclita, luego es materia.
Atrevámonos a decirlo y volverlo a decir constantemente no hay nada asombroso en el fenómeno del pensamiento, o al menos nada que pruebe que este pensamiento sea distinto de la materia, nada que demuestre que la materia, sutilizada o modificada de tal o cual forma, no pueda producir el pensamiento; esto es infinitamente menos difícil de comprender que la existencia de un Dios. Si este alma sublime fuese efectivamente la obra de Dios ¿por qué sufriría todos los diferentes cambios o accidentes del cuerpo? Me parece que, como obra de Dios, esta alma debería ser perfecta y no lo es el modificarse al igual que una materia tan llena de defectos. Si esta alma fuese la obra de un Dios, no tendría que sentir ni experimentar sus gradaciones; ni podría ni debería; se uniría al embrión totalmente formado, y desde la cuna, habrían podido componer Cicerón sus Tusculanas, Voltaire su Alcira, etc. Si esto no ocurre ni puede ocurrir, entonces el alma observa las mismas gradaciones que el cuerpo. Luego, tiene partes, puesto que crece, baja, aumenta o disminuye; ahora bien, todo lo que tiene partes es materia: luego el alma es materia, puesto que está compuesta de partes. Convengamos en que es absolutamente imposible que el alma pueda existir sin el cuerpo, y éste sin la otra.
Por lo demás, no hay nada de maravilloso en el poder absoluto del alma sobre el cuerpo; no es más que un mismo todo, compuesto de partes iguales, estoy de acuerdo, pero en el que, sin embargo, las partes groseras deben estar sometidas a las partes sutiles, por la misma razón del poder que tiene la llama, que es materia, sobre el cirio que consume, que es igualmente materia; y éste es el ejemplo, como en nuestro cuerpo, de dos materias enfrentadas, en las que la más sutil domina a la más grosera.
Y aquí tienes, Juliette, más de lo que te hace falta para convencerte, me imagino, de la nada de la existencia de Dios y del dogma de la inmortalidad del alma. ¡Qué habilidad la de aquellos que inventaron estos dos monstruosos dogmas! ¡Y qué no emprenderían sobre un pueblo, erigiéndose en los ministros de un Dios cuyo odio o amor poseía tanto interés para la vida futura! ¡Qué crédito debían tener sobre el espíritu de las gentes que, temiendo las penas o las recompensas futuras, estaban obligadas a recurrir a estos bribones, como a los mediadores de un Dios, únicos capaces de evitar unas y conseguir otras! Así pues, todas estas fábulas no son más que el fruto de la ambición, del orgullo y de la demencia de algunos individuos, alimentadas por la absurdidad de otros, pero que sólo merecen nuestro desprecio... la extinción... absorbidas por nosotros, hasta el punto de que nunca más vuelvan a aparecer. ¡Oh!, ¡hasta qué punto te exhorto, mi querida Juliette, a que las detestes conmigo! Se dice que estos sistemas conducen a la degradación de las costumbres. ¡Y!, luego, ¿son más importantes las costumbres que las religiones? Sometidas de un modo absoluto al grado de latitud de un país, sólo dependen de la arbitrariedad. Nada nos está prohibido por la naturaleza: sólo las leyes se creen autorizadas a imponer ciertos límites al pueblo, relativos a la temperatura del aire, a la riqueza o pobreza del clima, a la especie de hombres a los que dominan. Pero estos frenos, puramente populares, no tienen nada de sagrado, de legítimo a los ojos de la filosofía, cuya luz disipa todos los errores, y sólo deja en el hombre sabio las inspiraciones de la naturaleza. Ahora bien, nada es más inmoral que la naturaleza: ella nunca nos impuso frenos; nunca nos dictó leyes. ¡Oh Juliette! me encontrarás tajante, enemiga total de todas las cadenas; pero voy a rechazar completamente esta obligación tan infantil como absurda que nos dice no hacer a los otros lo que no quieras que te hagan a ti. Es precisamente todo lo contrario de lo que nos aconseja la naturaleza, puesto que su único precepto es deleitarnos, no importa a costa de quien. Puede suceder, sin duda, que nuestros placeres turben la felicidad de los otros: ¿serán menos intensos por eso? Esta pretendida ley de la naturaleza, a la que quieren someternos los estúpidos, es, pues, tan quimérica como la de los hombres, y nosotros sabemos convencernos íntimamente de que no hacemos mal en pisotear a unas y a otras. Pero volveremos sobre estos temas, y me enorgullezco de convencerte en moral como creo haberte persuadido en religión. Ahora, pongamos nuestros principios en práctica, y después de haberte demostrado que puedes hacer cualquier cosa sin incurrir en un crimen, cometamos alguna villanía para convencernos de que lo podemos hacer todo. Electrizada por este discurso, me arrojo a los brazos de mi amiga; le doy mil gracias por los cuidados que se toma por mi educación.
- ¡Te debo más que la vida, mi querida Delbène! -exclamé
- porque ¿qué es la existencia sin la filosofía? ¿Acaso merece la pena vivir cuando se languidece bajo el yugo de la mentira y de la estupidez? Bien -proseguí con calor
- ahora me siento digna de ti, y sobre tu seno juro por lo más sagrado que nunca más volveré a las quimeras que tu tierna amistad acaban de destruir en mí. Sigue enseñándome, dirigiendo mis pasos hacia la felicidad; me entrego a tus consejos; harás de mí lo que quieras, y ten por seguro que nunca habrás tenido una alumna más ardiente, ni más sumisa que Juliette. La Delbène estaba embriagada: para un espíritu libertino, no hay mayor placer que el hacer prosélitos. Se goza con los principios que se inculcan; se deleitan con mil sentimientos diversos al ver a los otros entregarse a la corrupción que nos mina. ¡Ah_!, ¡cómo se ama esa influencia obtenida sobre su alma, obra únicamente de nuestros consejos y nuestras seducciones! Delbène me devolvió todos los besos con los que yo la colmaba; me dijo que me convertiría en una muchacha perdida, como ella, una muchacha sin costumbres, una atea, y que ella, como única causante de mi desorden, tendría que responder ante Dios del alma que le robaba. Y al ser sus caricias cada vez más ardientes, pronto encendimos el fuego de las pasiones con la llama de la filosofía.
-Toma -me dice Delbène puesto que quieres ser desvirgada, voy a satisfacerte al momento. Borracha de lujuria, la bribona se arma al punto con un consolador; me excita para adormecer en mí el dolor que, dice ella, va a causarme, y a continuación me embiste tan terriblemente que mi virginidad desapareció al segundo golpe. No puede decirse lo que sufrí; pero, a los punzantes dolores de esta terrible operación, pronto sucedieron los más dulces placeres. Delbène, a la que nada agotaba, estaba lejos de sentirse cansada; abrazada a mí, su lengua sumergida en mi boca, y acariciando mi trasero con sus manos, hacía una hora que yo descargaba en sus brazos, cuando al fin le pedí una tregua.
-Devuélveme todo lo que acabo de hacerte -me dijo en seguida -... estoy devorada por la lujuria, yo no he gozado mientras tú te deleitabas; quiero descargar a mi vez.
De querida amada me convertí en el amante más apasionado: encoño a Delbène, la froto. ¡Dios!, ¡qué extravío! Ninguna mujer había sido tan digna de ser amada, ninguna se había dejado llevar por el placer como ella; diez veces seguidas se extasió la bribona en mis brazos, creí que se derretiría en flujo.
-¡Oh amada mía! -le digo
-, ¿no es cierto que cuanta más inteligencia se tiene mejor se saborean las delicias de la voluptuosidad?
-Evidentemente -me respondió Delbène
- y la razón de eso es muy sencilla: la voluptuosidad no admite ninguna cadena, nunca goza mejor que cuando las ha roto todas; ahora bien, cuanto más inteligente es un ser, más cadenas rompe: luego el hombre inteligente será más propicio que ningún otro para los placeres del libertinaje.
-Creo que la extrema delicadeza de los órganos también contribuye mucho a ello -respondí.
-No hay duda -
-dice Mme. Delbène
-: cuanto más pulido está el espejo, mejor recibe y refleja los objetos que se le presentan.
Por fin, agotadas ambas, recordé a mi instructora la promesa que me había hecho de desvirgar a Laurette. -No la he olvidado en absoluto -me respondió Mme. Delbène
-, es para esta noche. En cuanto todas estén en los dormitorios, tú te escaparás, Volmar y Flavie harán otro tanto. No temas por lo demás; ahora ya estás iniciada en nuestros misterios: mantente firme, sé valiente, Juliette, y te haré ver cosas asombrosas.
Dejé a mi amiga para volver a la casa; pero pensad cuál no sería mi sorpresa cuando oí contar que una pensionista se había escapado del convento; enseguida pregunté su nombre: era Laurette.
-¡Laurette! -exclamé
-; escapada: ¡Oh Dios!, con la que yo contaba; ella, que me había encendido hasta tal punto!... Pérfidos deseos, así pues, ¿os habré concebido en vano? Pido más detalles, nadie puede dármelos; vuelo hasta Delbène para informarla, su puerta está cerrada, me es imposible hallarla antes de la hora a la que me ha citado. ¡Cuán larga me pareció esta hora! Por fin suena; Volmar y Flavie se me habían adelantado; estaban ya en el cuarto de Delbène (3). (3) No olvidemos que Volmar es una encantadora religiosa de veintiún años v que Flavie es tina pensionista de dieciséis, con el rostro más delicioso que pueda imaginarse.
-Y bien -digo a la superiora -, ¿cómo cumplirás la palabra que me diste? Laurette no está aquí: ¿por quién sustituirla ahora?
Y después, con un poco de acritud:
-¡Ah! Ya veo claramente que nunca gozaré del placer que me has prometido.
-Juliette -me dice Mme. Delbène con aspecto muy serio
-
-, la primera de las leyes de la amistad es la confianza: si quieres ser de las nuestras, querida, tienes que ser más reservada y menos suspicaz. ¿Sería verosímil que yo te hubiese prometido un placer que no pudiese hacerte saborear? ¿Y no debía creerme con la suficiente habilidad... creerme con el suficiente crédito en esta casa para que, al depender solamente de mí los medios de estas voluptuosidades, nunca tuvieses que temer no gozar de ellos? Síguenos, todo está en orden. ¿Acaso no te había dicho que te haría ver cosas singulares?
Delbène enciende una pequeña linterna; va delante de nosotras; Volmar, Flavie y yo la seguimos. Una vez que llegamos a la iglesia, ¡cuál no sería mi asombro al ver que la superiora abre una tumba y penetra en el asilo de los muertos! Mis compañeras la siguen en silencio; doy muestras de un cierto terror, Volmar me tranquiliza; Delbène vuelve a bajar la piedra. Y hénos aquí en los subterráneos destinados a servir de sepultura a todas las mujeres que muriesen en el convento. Avanzamos, levantan una piedra, y después de bajar unos quince o dieciséis escalones, llegamos a una especie de sala con techo bajo artísticamente decorada, que se ventilaba con aire del jardín. ¡Oh amigas mías! Adivinad quién estaba allí... Laurette, preparada como las vírgenes que antiguamente se inmolaban en el templo de Baco... el abad Ducroz, vicario del arzobispado de París, hombre de unos treinta años, con un rostro muy agradable, encargado especialmente de la vigilancia de Panthémont, y el padre Téléme, religioso, moreno, guapo, de treinta años, confesor de las novicias y las pensionistas.
-Tiene miedo -dice Delbène acercándose a ambos hombres y presentándome a ellos
- aprende, joven inocente -continuó mientras me besaba - que sólo nos reunimos aquí para joder... para entregarnos a horrores... a atrocidades. Si nos sumergimos en el fondo de la región de los muertos, es para estar lo más lejos posible de los vivos. Cuando se es tan libertino, tan depravado, tan criminal, se desearía estar en las entrañas de la tierra, con el fin de poder huir mejor de los hombres y de sus absurdas leyes. Por muy adelantada que estuviese yo en la carrera de la lubricidad, confieso que este principio me intimidó.
-¡Oh cielos! -digo completamente emocionada ¿qué vamos a hacer en estos subterráneos?
-Crímenes -me dice Mme. Delbène
-; vamos a mancharnos con ellos ante tus ojos, vamos a enseñarte a que nos imites... ¿Temes alguna debilidad?... ¿Me habré equivocado al responder de ti?
-No temas -respondí yo con prontitud
-, juro entre tus manos que no me aterrorizaré por lo que pueda ocurrir.
Enseguida, Delbène ordena a Volmar que me desnude.
-Tiene el culo más bonito del mundo -dice el gran vicario en cuanto me ha visto completamente desnuda. Y enseguida cubren mis nalgas con besos... caricias, después, pasando una de sus manos por mi montecillo, el hombre de Dios trataba de que su miembro pudiese frotarse fuertemente contra mi trasero para excitarse lúbricamente: pronto penetra casi sin trabajo, y en ese mismo momento Télème enfila mi coño. Los dos se corren, y confieso que los sigo enseguida.
Juliette -me dice la superiora - acabamos de proporcionarte los dos mayores placeres de los que puede gozar una mujer: es preciso que nos digas con toda franqueza con cuál de los dos te has deleitado mejor.
-En verdad, señora -respondí
-, ambos me han dado tanto placer que me sería imposible pronunciarme al respecto. Todavía siento, por reminiscencia, sensaciones al mismo tiempo tan confusas y voluptuosas que difícilmente podría asignarles su verdadero valor.
-Hay que hacerla recomenzar -dice Télème
- el abad y yo cambiaremos nuestros ataques, rogaremos a la bella Juliette que examine sus sensaciones, y nos dé un informe más exacto de ellas.
-¡Y bien! de buena gana -respondí
-, creo como vos que sólo recomenzando me será posible decidir.
-Es encantadora -dice la superiora -; tiene madera para que hagamos de ella la putilla más bonita que hemos formado desde hace mucho tiempo. Pero es preciso disponer todo esto no solamente para que Juliette goce deliciosamente, sino además para que repercuta sobre nosotros algo de los placeres que va a experimentar.
Como consecuencia de estos libertinos proyectos, así es cómo se dispuso el cuadro: Télème, que acababa de joder mi coño, se colocó en mi culo; lo tenía un poco más gordo que su compañero, pero, sin duda la naturaleza me ha creado para estos placeres, porque no sufrí la diferencia, siendo tan novicia como era. Yo estaba tendida boca abajo sobre la superiora, de forma que mi clítoris reposase sobre su boca, y la bribona, cómodamente tumbada en el suelo, lo chupaba separando los muslos. Entre sus piernas, Laurette, inclinada, le devolvía lo que me hacía a mí, y el placer que la zorra recibía, lo hacía repercutir voluptuosamente sobre Volmar y Flavie, a las que masturbaba a derecha e izquierda. Ducroz, detrás de Laurette, se restregaba ligeramente sobre sus nalgas, pero sin penetrar dentro: el honor del uno y la virginidad del otro, de esta muchacha, me pertenecían exclusivamente. Todas las escenas de fornicación comienzan con un momento de calma: parece que se quiera saborear la voluptuosidad por entero y que se tema dejarla escapar al hablar. Me habían aconsejado que gozase con atención, con el fin de comparar; yo estaba en un éxtasis delicioso; y tengo que confesar que los increíbles placeres que recibía de las vivas y reiteradas sacudidas del pene de Télème en el agujero de mi culo, las angustias lúbricas en que me sumergían los lengüetazos de la abadesa sobre mi clítoris, las escenas lujuriosas por las que estaba rodeada, por último, tantos episodios lascivos juntos, tenían a mis sentidos en un delirio en el que habría querido vivir eternamente. Télème fue el primero que trató de hablar, pero sus susurros, sus suspiros entrecortados, expresaban mucho menos sus ideas que su desorden. Todo lo que pudimos comprender es que juraba mucho, y que el extremado calor y la presión de mi ano le hacían saborear grandes placeres.
-¡Estoy listo para correrme en el más divino de los traseros! -exclamó por fin
-; no sé si Juliette se deleitará más con el recibimiento de mi semen en su culo que con la eyaculación en su coño; pero en lo que a mí respecta, juro que siento mil veces más sodomizándola de lo que sentí en el fondo de su vagina.
-Es cuestión de gustos -dice Ducroz, que se excitaba con el culo de Laurette y besando a Flavie.
-Es filosofía, es razón -dice Volmar excitada fuertemente por Delbène y lengüeteando a Ducroz
- aunque mujer, pienso igual, y juro que si yo fuese hombre no jodería nunca más que por el culo. Y la voluptuosa criatura se corre nada más pronunciar estas impuras palabras. Téléme la sigue al momento; se pone furioso; al volver mi cabeza hacia él, sumerge su lengua en mi boca; Delbène me chupa tan voluptuosamente mientras tanto que yo me abandono. Quiero gritar de placer, pero la cosquilleante lengua de Téléme rechaza mis palabras, el libertino se traga mis suspiros; inundo los labios y el gaznate de mi chupadora quien, a su vez, lanza torrentes en la boca de Laurette; pronto se une a nosotros Flavie, y la encantadora libertina pierde su jugo jurando como un carretero.
-Pasemos a otra cosa dice Delbène levantándose
-. Ducroz, encoña a Juliette; ella se acostará en vuestros brazos; Volmar, igualmente boca abajo, le acariciará el culo; yo me deslizaré debajo de Volmar para succionarle el clítoris; mientras que Téléme me encoña, Flavie se las arreglará con Téléme, el cual acariciará el coño de Laurette, y todo esto mientras me jode. Nuevas libaciones a Cypris pusieron fin a esta segunda prueba, y me preguntaron.
-¡Oh amiga mía! -digo a Delbène que me preguntaba - puesto que tengo que responder la verdad, diré, que el miembro que se ha introducido en mi trasero me ha producido sensaciones infinitamente más agudas y más delicadas que el que ha recorrido mi delantero. Soy joven, inocente, tímida, poco acostumbrada a los placeres con los que acabo de ser colmada; puede ser que me equivoque sobre la especie y la naturaleza de estos placeres en sí mismos, pero me habéis preguntado lo que he sentido y os lo digo.
-Vena besarme, ángel mío -me dice Mme. Delbéne eres una muchacha digna de nosotros. No hay duda -prosiguió con entusiasmo
- no hay duda de que no existe ningún placer comparable al del culo: ¡desgraciadas las muchachas lo suficientemente simples, suficientemente imbéciles, para no atreverse a estos lúbricos extravíos: nunca serán dignas de hacer sacrificios a Venus, y nunca la diosa de Pafos las llenará de favores (4)! (4) Dulces y voluptuosas criaturas a las que el libertinaje, la pereza o la adversidad reduce a la lucrativa y deliciosa posición de putas, imbuíos de estos consejos; podéis ver que sólo son el fruto de la sabiduría y la experiencia; fornicad por el culo, amigas mías, es el único medio de enriqueceros y de divertiros. Esposas delicadas y sensibles, recibid el mismo consejo; convertíos en Proteas con vuestro maridos, si queréis retenerlos.
-¡Ah! que me den por el culo -exclama la puta arrodillándose sobre un canapé
-. Volmar, Flavie, Juliette, armaos con consoladores; vosotros, Ducroz y Téléme, excitaos, que vuestros pitos se entrelacen con los miembros postizos de estas zorras; aquí está mi culo: ¡jodedlo todos! Laurette estará delante de mí durante este tiempo y le haré todo lo que se me pase por la cabeza.
Se obedecen sus órdenes. Por la forma en que la libertina recibe tales ataques, se ve fácilmente hasta qué punto está acostumbrada a ellos; mientras uno de los actores la trabaja, otro, inclinándose sobre ella, le frota el clítoris o la parte interna del monte. La voluptuosidad aumenta con la unión de ambos actos; no es completa hasta que una dulce masturbación por delante viene a dar, a las intromisiones del culo, la sal picante que puede resultar de este goce. A fuerza de excitación, Delbène se puso furiosa; las pasiones hablaban impetuosamente en esta mujer ardiente, y no tardamos en darnos cuenta de que la pequeña Laurette servía más bien a sus furores que a sus caricias; la mordía, le daba pellizcos, la arañaba.
- ¡Santo cielo! -exclamó al fin, sodomizada por Teléne, acariciada por Volmar
- ¡Oh! ¡joder, me corro! ¡me habéis hecho morir de voluptuosidad! Sentémonos y hablemos. No está todo en sentir emociones, hay que analizarlas además. Algunas veces, es tan dulce saber hablar de ellas como gozarlas, y cuando ya no se puede más en este sentido, es divino lanzarse al otro. Hagamos un círculo. Juliette, cálmate, ya leo tu inquietud en tus miradas; ¿acaso tienes miedo de que faltemos a la palabra? Esta es tu víctima -continuó, mostrándome a Laurette
-; la encoñarás, le darás por el culo, no hay ninguna duda: las promesas de los libertinos son sólidas como su desenfreno. Téléme, y vos, Ducroz, poneos cerca de mí; quiero manosear vuestros penes mientras hablo, quiero hacer que se erecten, quiero que la energía que encuentren bajo mis dedos se comunique a mis discursos, y veréis cómo crece mi elocuencia, no como la de Cicerón, en razón de los movimientos del pueblo que rodea la tribuna en las arengas, sino como la de Safo, en proporción al flujo que obtenía de Damofila. Confieso -
-nos dice Delbène, una vez que se puso en estado de discurrir
- que no hay nada en el mundo que me asombre tanto como la educación moral que se da a las jóvenes: parece que los principios que se les inculca no tienen otro fin que contrariar en ellas todos los movimientos de la naturaleza. Me gustaría que alguno me respondiese para qué sirve una mujer buena en el mundo, y si hay algo más inútil que esas prácticas de virtud con las que no dejan de aturdir a nuestro sexo: existimos en dos situaciones en las que se recomiendan tales prácticas, y voy a intentar probar su inutilidad en ambas épocas de nuestra vida.
¿Para qué sirve, pregunto, que una muchacha conserve su virginidad hasta su matrimonio? ¿Y cómo puede llevarse la extravagancia hasta el punto de creer que una criatura femenina debe valer más por el hecho de que tenga una parte de su cuerpo un poco más o menos abierta? ¿Con qué objeto ha creado la naturaleza a todos los humanos? ¿Acaso no es para ayudarse mutuamente, y por consiguiente para proporcionarse todos los placeres que dependen de ellos? Ahora bien, si es cierto que un hombre debe esperar grandes placeres de una muchacha, ¿no contrariáis las leyes de la naturaleza imponiendo a esta pobre muchacha una virtud feroz que le prohíbe prestarse a los deseos impetuosos de este hombre? ¿Podéis permitiros semejante barbarie sin justificarla con algo? Ahora bien, ¿qué me alegáis para convencerme de que esta muchacha hace bien en guardar su virginidad? ¿Vuestra religión, vuestras costumbres, vuestros hábitos? ¿Y hay algo, por favor, más despreciable que todo esto? No hablo de la religión, os conozco lo suficiente a todos como para estar convencida del poco caso que la hacéis. Pero las costumbres, ¿qué son las costumbres, me atrevo a preguntaros? Me parece que se llama así al tipo de conducta de los individuos de una nación, entre sí y con los otros. Ahora bien, estas costumbres, estaréis de acuerdo con esto, deben estar basadas en la felicidad individual; si no aseguran esta felicidad, son ridículas; si la ahogan, son atroces, y una nación inteligente debe trabajar por la rápida reforma de estas costumbres, desde el momento en que ya no sirven para la felicidad general. Ahora bien, pido que se me pruebe que hay algo en nuestras costumbres francesas que, relativo al placer de la carne, pueda cooperar a la felicidad de la nación: ¡en virtud de qué obligáis a esta joven a conservar su virginidad, a pesar de la naturaleza, que le dicta que la pierda, y a pesar de su salud, que la prudencia trastorna! Me responderéis que es para que llegue pura a los brazos de su esposo: pero esta pretendida necesidad, ¿es otra cosa que la historia de los prejuicios? ¡Qué!, ¿es preciso que esta desgraciada se sacrifique diez años para que un hombre goce del frívolo placer de cosechar primicias; es preciso que apene a quinientos individuos para deleitar tristemente a uno solo? ¡Dónde se ha inmolado el interés general más cruelmente que en leyes tan absurdas! ¡Vivan para siempre las naciones que, lejos de estas puerilidades, no estiman a las jóvenes de nuestro sexo más que en razón de sus desórdenes! Sólo en esta multiplicidad reside la verdadera virtud de una muchacha: cuanto más se entrega, mas digna es de ser amada; cuanto más jode, más felices hace, y más útil es a la felicidad de sus conciudadanos. Por consiguiente, que renuncien, estos bárbaros maridos, al vano placer de coger una rosa, derecho despótico que sólo se arrogan a expensas de la felicidad de los otros hombres; que dejen de subestimar a una muchacha que, al no conocerlos, no pudo esperarlos para hacerles el presente de lo más precioso que tenía, ¡y que ciertamente no lo sería si hubiese consultado a la naturaleza! ¿Examinamos la necesidad de la virtud de los seres de nuestro sexo bajo su segundo aspecto, quiero decir, cuando estamos casadas? Esto nos conduce al adulterio, y quiero tratar a fondo este pretendido delito.
Nuestras costumbres, nuestras religiones, nuestras leyes, todas esas viles consideraciones locales no merecen ninguna consideración en este examen: la cuestión no estriba en saber si el adulterio es un crimen a los ojos del lapón que lo permite, o del francés que lo prohíbe, sino en si la humanidad y la naturaleza se sienten ofendidas por esta acción. Para poder admitir semejante hipótesis, sería necesario desconocer la extensión de los deseos físicos con los que esta madre común de los hombres ha dotado a ambos sexos. Sin duda, si un hombre bastase a los deseos de una sola mujer, o que una mujer pudiese contentar los ardores de un solo hombre, entonces, en esta hipótesis, todo lo que violase la ley ultrajaría también a la naturaleza. Pero si la inconstancia y la insaciabilidad de estos deseos son tales que la pluralidad de hombres sea tan necesaria a la mujer como la de mujeres a los hombres, me confesaréis que, en este caso, toda ley que se oponga a sus deseos se vuelve tiránica y se aleja visiblemente de la naturaleza. Esta falsa virtud a la que se da el nombre de castidad, al ser con toda seguridad el más ridículo de todos los prejuicios, en la medida en que esta manera de ser no coopera en nada a la felicidad de los otros y perjudica infinitamente la prosperidad general, puesto que las privaciones que impone esta virtud son necesariamente muy crueles, esta falsa virtud, repito, al ser el ídolo al que se inciensa, con el temor de que cometa adulterio, debe ser colocada, por todo ser sensato, entre los frenos más odiosos con los que el hombre ha querido cargar a las inspiraciones de la naturaleza. Atrevámonos a descubrir el velo; la necesidad de fornicar no es de menor importancia que la de beber y comer, y estas dos últimas se permiten sin la menor restricción. Estamos completamente seguros de que el origen del pudor no fue más que un refinamiento lujurioso: se estaba de acuerdo con desear durante más tiempo para excitarse más, y en seguida los estúpidos tomaron por una virtud lo que no era más que un refinamiento del libertinaje (5). Es tan ridículo decir que la castidad es una virtud, como lo sería el pretender que también lo es el privarse de alimentación. Que se observe con cuidado: casi siempre es la necia importancia que ponemos en cierta cosa lo que acaba por erigirla en virtud o en vicio; renunciemos a nuestros imbéciles prejuicios sobre esto; que sea tan simple decir a una muchacha, a un muchacho, o a una mujer, que se tiene ganas de divertirse con ella, como lo es, en una casa extraña, pedir los medios de apaciguar su hambre o su sed, y pronto veréis que el prejuicio desaparecerá, que la castidad dejará de ser una virtud y el adulterio un crimen. ¡Y!, ¿qué daño hago, por favor, qué ofensa cometo, al decir a una hermosa criatura, cuando me encuentro con ella: ¿me prestáis un momento la parte de vuestro cuerpo que puede satisfacerme?, y gozad, si eso os complace, de la parte que pueda seros más agradable del, mío. (5) El hombre no se ruboriza por nada cuando está solo; el pudor empieza en él sólo cuando se le sorprende, lo que prueba que el pudor es un prejuicio ridículo, absolutamente desmentido por la naturaleza. El hombre nació impúdico, la impudicia pertenece a la naturaleza; la civilización puede cambiar estas leyes, pero nunca las ahoga en el alma del filósofo. Huminem planto, decía Diógenes mientras jodía a la orilla de un camino. ¿Y por qué ocultarse cuando se planta a un hombre más que cuando se planta una col?
¿En qué puede dañar mi proposición a esta criatura, cualquiera que pueda ser? ¿En qué medida se perjudicará aceptándola? Si yo no tengo nada de lo que necesita para ser complacida, entonces que el interés sustituya al placer, y que, mediante una compensación convenida, me conceda al instante el goce de su cuerpo, y que se me permita emplear la fuerza y todos los malos tratos que trae consigo, si, satisfaciéndola en la medida que pueda, con mi bolsa o con mi cuerpo, no se atreve a darme al momento lo que estoy en mi derecho de exigirle. Sólo ella ofende a la naturaleza negando lo que puede satisfacer a su prójimo: no la ultrajo yo cuando propongo comprar lo que me conviene de ella, y pagar lo que me cede al precio que ella pueda desear. ¡Y no, no!, una vez más, la castidad no es una virtud; no es más que una convención, cuyo origen primero no fue más que un refinamiento del libertinaje; no está de ninguna manera en la naturaleza, y una muchacha, o un muchacho, una mujer que concediese sus favores al primero que llega, que se prostituyese con descaro en todos los sentidos, en todos los sitios, a cualquier hora, sólo cometería algo contrario, estoy de acuerdo con eso, a los hábitos del país en que quizás habite ese individuo; pero no ofendería en nada ni a su prójimo, al que más que ultrajar lo serviría, ni a la naturaleza, siguiendo a la cual no ha hecho más que complacerla al entregarse a los últimos excesos del libertinaje. Estad bien seguros de qué la continencia no es más que la virtud de los estúpidos y los entusiastas; tiene muchos peligros y ningún efecto bueno; es tan perniciosa para los hombres como para las mujeres; es perjudicial para la salud, en la medida en que acumula en los riñones el semen destinado a ser expulsado, como las demás secreciones. En una palabra, la más terrible corrupción de las costumbres tiene infinitamente menos inconvenientes, y los pueblos más célebres de la tierra, así como los hombres que más la honraron, fueron incontestablemente los más libertinos. La `comunidad de mujeres es el primer designio de la naturaleza es general en el mundo, los animales nos dan ejemplo de esto; es absolutamente contrario a las inspiraciones de este agente universal unir a un hombre con una mujer, como en Europa, y a una mujer con varios hombres, como en ciertos países de Africa, o a un hombre con varias mujeres, como en Asia y en la Turquía europea; todas estas instituciones son indignantes, contrarían los deseos, fuerzan a los humores, encadenan las voluntades, y, de estas infames costumbres, sólo desgracias pueden resultar. ¡Oh vosotros, que os metéis a gobernar a los hombres, absteneos de unir a ninguna criatura! Dejadla que haga sola sus combinaciones, dejadla que se busque ella misma lo que le conviene y pronto os daréis cuenta de que todo funciona mejor.
Entonces, ¿qué falta hace, dirán todos los hombres razonables, que la necesidad de perder un poco de semen me ligue a una criatura a l