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100 - conclusión
El Decameron
Giovanni Boccaccio
Revisado por: Sergio Cortéz (1)
PROEMIO COMIENZA
EL LIBRO LLAMADO DECAMERóN, APELLIDADO PRÍNCIPE
GALEOTO(2)
EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ DíAS POR
SIETE MUJERES Y POR TRES HOMBRES JóVENES.
Humana cosa es tener compasión de
los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio
es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y
lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él
necesitado o le fue querido o ya de él recibió el
contento, me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este
tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y
noble amor (tal vez, por yo narrarlo, bastante más de lo que
parecería conveniente a mi baja condición aunque por
los discretos a cuya noticia llegó fuese alabado y reputado en
mucho(3)
no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por
crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la
mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún
razonable límite me dejaba estar contento, me hacía
muchas veces sentir más dolor del que había necesidad.
Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron las afables razones
de algún amigo y sus loables consuelos, que tengo la opinión
firmísima de que por haberme sucedido así no estoy
muerto. Pero cuando plugo a Aqué l que, siendo infinito, dio
por ley inconmovible a todas las cosas mundanas el tener fin, mi
amor, más que cualquiera otro ardiente y al cual no había
podido ni romper ni doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo
ni de vergüenza evidente ni ningún peligro que pudiera
seguirse de ello, disminuyó con el tiempo, de tal guisa que
sólo me ha dejado de sí mismo en la memoria aquel
placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a navegar en sus más
hondos piélagos, por lo que, habiendo desaparecido todos sus
afanes, siento que ha permanecido deleitoso donde en mísolía
doloroso estar. Pero, aunque haya cesado la pena, no por eso ha huido
el recuerdo de los beneficios recibidos entonces de aqué llos a
quienes, por benevolencia hacia mí, les eran graves mis
fatigas; ni nunca se irá, tal como creo, sino con la muerte. Y
porque la gratitud, según lo creo, es entre las demás
virtudes sumamente de alabar y su contraria de maldecir, por no
parecer ingrato me he propuesto prestar algún alivio, en lo
que puedo y a cambio de los que he recibido (ahora que puedo llamarme
libre), si no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen
necesidad de él por su cordura y por su buena suerte, al menos
a quienes lo hayan menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si
queremos llamarlo así , pueda ser y sea bastante poco para los
necesitados, no deja de parecerme que deba ofrecerse primero allí
donde la necesidad parezca mayor, tanto porque será más
útil como porque será recibido con mayor deseo. ¿Y
quién podrá negar que, por pequeño que sea, no
convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los
hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y
avergonzándose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán
mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado
y lo prueban); y además, obligadas por los deseos, los gustos,
los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los
maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño
circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no
queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos
que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos,
traída por algún fogoso deseo, les invade alguna
tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas
razones no la remueven, sin contar con ellas son mucho menos fuertes
que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como
podemos ver abiertamente nosotros. Ellos, si les aflige alguna
tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de
olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, oír y
ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o pescar, jugar y
mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de
recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del
doloroso pensamiento al menos por algún espacio de tiempo;
después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el
consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos
por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos
obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más
avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las
otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo
contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias,
como las queramos llamar, narradas en diez días, como
manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía
de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de
la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las
dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de
amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos
acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los
antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par
podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil
consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido
e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les
pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que
quiera Dios que así sea, den gracias a Amor que, librándome
de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres.
COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL
DECAMERÓN, EN QUE, LUEGO DE LA EXPLICACIÓN DADA POR EL
AUTOR SOBRE LA RAZóN POR QUE ACAECIó que SE REUNIESEN
LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE sí , SE RAZONA
BAJO EL GOBIERNO DE PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS AGRADA A
CADA UNO.
Cuando más graciosísimas
damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más
conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un
principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de
aquella pestífera mortandad pasada (4),
universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la
vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. Pero
no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre
suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso
comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una montaña
áspera y empinada después de la cual se halla escondida
una llanura hermosísima y deleitosa que les es más
placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Y
así como el final de la alegría suele ser el dolor, las
miserias se terminan con el gozo que las sigue. A este breve disgusto
(y digo breve porque se contiene en pocas palabras) seguirá
prontamente la dulzura y el placer que os he prometido y que tal vez
no sería esperado de tal comienzo si no lo hubiera hecho. Y en
verdad si yo hubiera podido decorosamente llevaros por otra parte a
donde deseo en lugar de por un sendero tan áspero como es
éste, lo habría hecho de buena gana; pero ya que la
razón por la que sucedieron las cosas que después se
leerán no se podía manifestar sin este recuerdo, como
empujado por la necesidad me dispongo a escribirlo. Digo, pues, que ya habían los años
de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios(5)
llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a
la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las
otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que
o por obra de los cuerpos superiores (6)
o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la
justa ira de Dios para nuestra corrección que había
comenzado algunos años antes en las partes orientales
privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose
sin descanso de un lugar en otro, se había extendido
miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún
saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas
inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición
de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados
para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes
súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez
sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al
principio de la primavera del año antes dicho empezó
horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos.
Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la
nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su
comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente
en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas
crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un
huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas
por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio
de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a
cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó
la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o
lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los
muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a
otros menudas y abundantes. Y así como la buba había
sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte
futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían.
Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni
aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna;
así , o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la
ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá
de los entendidos había proliferado grandísimamente el
número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían
tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué
era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no
solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del
tercer día de la aparición de las señales antes
dichas, quién antes, quién después, y la mayoría
sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia
tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se
abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro
modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando
se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal:
que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los
sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también
el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido
tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar
consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es
escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los
míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería
a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera
la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta
virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente
pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo
visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían
sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino
que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como
he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día
porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal
enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando
con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen
y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los
dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y
como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra
sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes más
semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e
imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a
un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus
cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía
la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban
que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía
ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía,
vivían separados de todos los demás recogiéndose
y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún
enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas
delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo
exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de
fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los
instrumentos y con los placeres que podían tener se
entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria,
afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el
beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose
y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse
y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo
ponían en obra como podían yendo de día y de
noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y
sin medida y mucho más haciendo en los demás casos
solamente las cosas que entendían que les servían de
gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente
porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había
abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más
de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el
extraño, si se le ocurría, como las habría usado
el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras,
huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran
aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda
autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda
caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los
otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado
tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno;
por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le
pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más
arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las
viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los
otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente,
según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse,
saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas
o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con
frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el
cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de
los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las
medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si
por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina
era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos
por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos,
muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias
casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las
ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a
seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste
y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de
los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía
quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos
que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos
se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de
ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo
cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos,
languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase
al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y
que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con
tanto espanto había entrado esta tribulación en el
pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al
otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas
veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble,
los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos,
evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran
una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún
otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que
había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos
salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no
se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y
mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal
servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a
los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían;
y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con
lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos,
los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se
siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer
por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba
tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle
sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra
manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la
necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue
razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió . Y
además, se siguióde ello la muerte de muchos que, por
ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los
que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no
podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la
ciudad la multitud de los que de día y de noche morían,
que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo.
Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras
costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos.
Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres
parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí,
con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte
delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus
vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del
muerto allí venía el clero, y él en hombros de
sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida
por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego
que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su
mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar.
Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían
las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la
otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los
piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes
fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más
acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía;
la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina
piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y eran
raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de
sus vecinos acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban
sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie
de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar
faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose
debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no
a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la
más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás
de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin
ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse
en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura
desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y
tal vez de la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha
mayor miseria, porque éstos, o por la esperanza o la pobreza
retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus
barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni
servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían
todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día
o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el
hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían
sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los
otros que por toda parte morían, una muchedumbre. Era sobre
todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el
temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que
por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos
o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla,
sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían
delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana,
hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese
paseado por allí) y allí hacían venir los
ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron
sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó
juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que
se habrían podido contar bastantes de los que la mujer y el
marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así
sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que,
andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o
cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de
ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar,
tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco eran éstos
con lágrimas o luces o compañía honrados, sino
que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se
cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora
de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que
aquello que el curso natural de las cosas no había podido con
sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se
debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de
los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados.
A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias,
todos los días y casi todas las horas, era conducida, no
bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y máxime
queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua
costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias,
después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas
en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en
aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en
capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se
llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los
detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con
un tiempo tan enemigo que corrióésta, no por ello se
ahorró algo al campo circundante; en el cual, dejando los
burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por
las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores
míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico
ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las
casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres
sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas
sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna
de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la
muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no
en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de
sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano.
Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos,
los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre,
sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los
campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya
recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía;
y muchos, como racionales, después que habían pastado
bien durante el día, por la noche se volvían saciados a
sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿qué más
puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que
tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los
hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por
ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el
miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas
humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que
dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal
vez antes del accidente mortífero no se habría estimado
haber dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios,
cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por
dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías
hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes,
cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas
riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos
valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos
jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates
o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus
parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con
sus antepasados en el otro mundo!
A mímismo me disgusta andar
revolviéndome tanto entre tantas miserias; por lo que,
queriendo dejar aquella parte de las que convenientemente puedo
evitar, digo que, estando en estos términos nuestra ciudad de
habitantes casi vacía, sucedió , así como yo
después oía una persona digna de fe, que en la
venerable iglesia de Santa María la Nueva, un martes de
mañana, no habiendo casi ninguna otra persona, oídos
los divinos oficios en hábitos de duelo, como pedían
semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres jóvenes,
todas entre sí unidas o por amistad o por vecindad o por
parentesco, de las cuales ninguna había pasado el vigésimo
año ni era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre
noble y hermosas de figura y adornadas con ropas y honestidad
gallarda. Sus nombres diría yo debidamente si una justa razón
no me impidiese hacerlo, que es que no quiero que por las cosas
contadas de ellas que se siguen, y por lo escuchado, ninguna pueda
avergonzarse en el tiempo por venir, estando hoy un tanto
restringidas las leyes del placer que entonces, por las razones antes
dichas, eran no ya para su edad sino para otra mucho más
madura amplísimas; ni tampoco dar materia a los envidiosos
(prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en ningún
modo la honestidad de las valerosas(7)
mujeres en conversaciones desconsideradas. Pero, sin embargo, para
que aquello que cada una dijese se pueda comprender pronto sin
confusión, con nombres convenientes a la calidad de cada una,
o en todo o en parte, entiendo llamarlas; de las cuales a la primera,
y la que era de más edad, llamaremos Pampínea y a la
segunda Fiameta, Filomena a la tercera y a la cuarta Emilia, y
después Laureta diremos a la quinta, y a la sexta Neifile, y a
la última, no sin razón, llamaremos Elisa(8)
Las cuales, no ya movidas por algún propósito sino por
el acaso, se reunieron en una de las partes de la iglesia como
dispuestas a sentarse en corro, y luego de muchos suspiros, dejando
de rezar padrenuestros, comenzaron a discurrir sobre la condición
de los tiempos muchas y variadas cosas; y luego de algún
espacio, callando las demás, así empezó a hablar
Pampínea:
Vosotras podéis, queridas
señoras, tanto como yo haber oído muchas veces que a
nadie ofende quien honestamente hace uso de su derecho. Natural
derecho es de todos los que nacen ayudar a conservar y defender su
propia vida tanto cuanto pueden, y concededme esto, puesto que alguna
vez ya ha sucedido que, por conservarla, se hayan matado hombres sin
ninguna culpa. Y si esto conceden las leyes, a cuya solicitud está
el buen vivir de todos los mortales, ¡cuán mayormente es
honesto que, sin ofender a nadie, nosotras y cualquiera otro, tomemos
los remedios que podamos para la conservación de nuestra vida!
Siempre que me pongo a considerar nuestras acciones de esta mañana
y de las ya pasadas y pienso cuántos y cuáles son
nuestros pensamientos, comprendo, y vosotras de igual modo lo podéis
comprender, que cada una de nosotras tema por sí misma; y no
me maravillo por ello, sino que me maravillo de que sucediéndonos
a todas tener sentimiento de mujer, no tomemos alguna compensación
de aquello que fundadamente tememos. Estamos viviendo aquí, a
mi parecer, no de otro modo que si quisiésemos y debiésemos
ser testigos de cuantos cuerpos muertos se llevan a la sepultura, o
escuchar si los frailes de aquídentro (el número de
los cuales casi ha llegado a cero) cantan sus oficios a las horas
debidas, o mostrar a cualquiera que aparezca, por nuestros hábitos,
la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y, si salimos de aquí,
o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos
aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las públicas
leyes condenó al exilio, escarneciéndolas porque oyeron
que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y con descompensado
ímpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra ciudad,
enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje
nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes, acusándonos
de nuestros males con deshonestas canciones. Y no otra cosa oímos
sino «los tales son muertos», y «los otros tales
están muriéndose»; y si hubiera quien pudiese
hacerlo, por todas partes oiríamos dolorosos llantos. Y si a
nuestras casas volvemos, no sé si a vosotras como a mí
os sucede: yo, de mucha familia, no encontrando otra persona en ella
que a mi criada, empavorezco y siento que se me erizan los cabellos,
y me parece, dondequiera que voy o me quedo, ver la sombra de los que
han fallecido, y no con aquellos rostros que solían sino con
un aspecto horrible, no sé en dónde extrañamente
adquirido, espantarme. Por todo lo cual, aquí y fuera de aquí,
y en casa, me siento mal, y tanto más ahora cuando me parece
que no hay persona que aún tenga pulso y lugar donde ir, como
tenemos nosotras, que se haya quedado aquísalvo nosotras. Y
he oído y visto muchas veces que si algunos quedan, aqué llos,
sin hacer distinción alguna entre las cosas honestas y las que
no lo son, sólo con que el apetito se lo pida, y solos y
acompañados, de día o de noche, hacen lo que mejor se
les ofrece; y no sólo las personas libres sino también
las encerradas en monasterios, persuadiéndose de que les
conviene aquello que en los otros no desdice, rotas las leyes de la
obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa pensando
salvarse, y se han hecho lascivas y disolutas. Y si así es,
como manifiestamente se ve, ¿qué hacemos aquí
nosotras?, ¿qué esperamos?, ¿qué soñamos?
¿Por qué somos más perezosas y lentas en nuestra
salvación que todos los demás ciudadanos? ¿Nos
reputamos de menor valor que todos los demás?, ¿o
creemos que nuestra vida está atada con cadenas más
fuertes a nuestro cuerpo que la de los otros, y así no debemos
pensar que nada tenga fuerza para ofenderla? Estamos equivocadas, nos
engañamos, qué brutalidad es la nuestra si lo creemos
así , cuantas veces queramos recordar cuántos y cuáles
han sido los jóvenes y las mujeres vencidos por esta cruel
pestilencia, tendremos una demostración clarísima. Y
por ello, a fin de que por repugnancia o presunción no
caigamos en aquello de lo que por ventura, queriéndolo,
podremos escapar de algún modo, no sé si os parecerá
a vosotras lo que a míme parece: yo juzgaría
óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos
han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta
tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos,
honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres
(en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella
alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en
ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos(9)
Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados
y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro
modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más
abiertamente; el cual, por muy enojado que esté, no por ello
nos niega sus bellezas eternas, que mucho más bellas son de
admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí,
a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas
que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más
abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí,
aunque también mueran los labradores como aquílos
ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son
las casas y los habitantes que en la ciudad. Y aquí, por otra
parte, si veo bien, no abandonamos a nadie, antes podemos con verdad
decir que fuimos abandonadas: porque los nuestros, o muriendo o
huyendo de la muerte, como si no fuésemos suyas nos han dejado
en tanta aflicción. Ningún reproche puede hacerse, por
consiguiente, a seguir tal consejo, mientras que el dolor y el
disgusto, y tal vez la muerte, podrían acaecernos si no lo
seguimos. Y por ello, si os parece, tomando nuestras criadas y
haciéndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en este sitio y
mañana en aqué l, la alegría y la fiesta que en
estos tiempos se pueda creo que estará bien que gocemos; y que
permanezcamos de esta guisa hasta que veamos (si primero la muerte no
nos alcanza) qué fin reserva el cielo a estas cosas. Y
recordad que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando gran
parte de los otros deshonestamente se quedan.
Habiendo escuchado a Pampínea las otras mujeres,
no solamente alabaron su razonamiento sino que, deseosas de seguirlo,
habían ya entre sí empezado a considerar el modo de
llevarlo a cabo, como si al levantarse de donde estaban sentadas
inmediatamente debieran ponerse en camino. Pero Filomena, que era
discretísima, dijo:
Señoras, por muy óptimamente
dicho que haya estado el razonamiento de Pampínea, no por ello
es cosa de correr a hacerlo así como parece que queréis.
Os recuerdo que somos todas mujeres y no hay ninguna tan moza que no
pueda conocer bien cómo se saben gobernar las mujeres juntas y
sin la providencia de algún hombre. Somos volubles,
alborotadoras, suspicaces, pusilánimes y miedosas(10)
cosas por las que mucho dudo que, si no tomamos otra guía más
que la nuestra, no se disuelva esta compañía mucho
antes y con menos honor para nosotras de lo que sería
menester: y por ello bueno es tomar providencias antes de empezar.
Dijo entonces Elisa: En verdad los hombres son cabeza de la mujer y sin
su dirección raras veces llega alguna de nuestras obras a un
fin loable: pero ¿cómo podemos encontrar esos hombres?
Todas sabemos que de los nuestros están la mayoría
muertos, y los otros que viven se han quedado uno aquíotro
allá en distinta compañía, sin que sepamos
dónde, huyéndole a aquello de que nosotras queremos
huir, y el admitir a extraños no sería conveniente; por
lo que, si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el
modo de organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos
encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y escándalo.
Mientras entre las mujeres andaban estos
razonamientos, he aquí
que entran en la iglesia tres jóvenes,
que no lo eran tanto que no fuese de menos de veinticinco años
la edad del más joven: ni la calidad y perversidad de los
tiempos, ni la pérdida de amigos y de parientes, ni el temor
por sí mismos había podido no sólo extinguir el
amor en ellos sino ni aun enfriarlos. De los cuales uno era llamado
Pánfilo y Filostrato el segundo y el último Dioneo(11)
todos afables y corteses; y andaban buscando, como su mayor consuelo
en tanta perturbación de las cosas, ver a sus damas, las
cuales estaban las tres por ventura entre las ya dichas siete, y de
las demás eran parientes de alguno de ellos. Pero primero
llegaron ellos a los ojos de éstas que éstas fueron
vistas por ellos; por lo que Pampínea, entonces, sonriéndose
comenzó:
He aquí que la fortuna es favorable a
nuestros comienzos y nos ha puesto delante a estos jóvenes
discretos y valerosos que nos harán con gusto de guías
y servidores si no dejamos de tomarles para este oficio.
Neifile, entonces, que toda se había sonrojado de
vergüenza porque era una de las amadas por los jóvenes,
dijo:
Pampínea, por Dios, mira lo que dices.
Reconozco abiertamente que nada más que cosas todas buenas
pueden decirse de cualquiera de ellos, y los creo capaces de muchas
mayores cosas de las que son necesarias para éstas, y
semejantemente creo que pueden ofrecer buena y honesta compañía
no solamente a nosotras sino a otras mucho más hermosas y
estimadas de lo que nosotras somos; pero como es cosa manifiesta que
están enamorados de algunas de las que aquíestán,
temo que se siga difamación y reproches, sin nuestra culpa o
la suya, si los llevamos con nosotras.
Dijo entonces Filomena:
Eso poca monta; allá donde yo honestamente
viva y no me remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en
contra: Dios y la verdad tomarán por mílas armas.
Pues, si estuviesen dispuestos a venir podríamos decir en
verdad, como Pampínea dijo, que la fortuna es favorable a
nuestra partida.
Las demás, oyendo a éstas hablar así ,
no solamente se callaron sino que con sentimiento concorde dijeron
todas que fuesen llamados y se les dijese su intención; y se
les rogase que quisieran tenerlas compañía en el dicho
viaje. Por lo que, sin más palabras, poniéndose en pie
Pampínea, que por consanguinidad era pariente de uno de ellos,
se dirigióhacia ellos, que estaban parados mirándolas
y, saludándolos con alegre gesto, les hizo manifiesta su
intención y les rogó en nombre de todas que con puro y
fraternal ánimo se quisiesen disponer a tenerlas compañía.
Los jóvenes creyeron primero que se burlaba, pero después
que vieron que la dama hablaba en serio declararon alegremente que
estaban prontos, y sin poner dilación al asunto, a fin de que
partiesen, dieron órdenes de lo que había que hacer
para disponer la partida. Y ordenadamente haciendo aparejar todas las
cosas oportunas y mandadas ya a donde ellos querían ir, la
mañana siguiente, esto es, el miércoles, al clarear el
día, las mujeres con algunas de sus criadas y los tres jóvenes
con tres de sus sirvientes, saliendo de la ciudad, se pusieron en
camino, y no más de dos pequeñas millas se habían
alejado de ella cuando llegaron al lugar primeramente decidido.
Estaba tal lugar sobre una pequeña montaña,
por todas partes alejado algo de nuestros caminos, con diversos
arbustos y plantas todas pobladas de verdes frondas agradable de
mirar; en su cima había una villa con un grande y hermoso
patio en medio, y con galerías y con salas y con alcobas todas
ellas bellísimas y adornadas con alegres pinturas dignas de
ser miradas, con pradecillos en torno y con jardines maravillosos y
con pozos de agua fresquísima y con bodegas llenas de
preciosos vinos: cosas más apropiadas para los bebedores
consumados que para las sobrias y honradas mujeres. La cual, bien
barrida y con las alcobas y las camas hechas, y llena de cuantas
flores se podían tener en la estación, y alfombrada con
esparcidas ramas de juncos, halló la compañía
que llegaba, con no poco placer por su parte. Y al reunirse por
primera vez, dijo Dioneo, que más que ningún otro joven
era agradable y lleno de agudeza:
Señoras, vuestra discreción más
que nuestra previsión nos ha guiado aquí; yo no sé
qué es lo que intentáis hacer de vuestros pensamientos:
los míos los dejé yo dentro de las puertas de la ciudad
cuando con vosotras hace poco me salí de ella, y por ello o
vosotras os disponéis a solazaros y a reír y a cantar
conmigo (tanto, digo, como conviene a vuestra dignidad) o me dais
licencia para que a por mis pensamientos retorne y me quede en
aquella ciudad atribulada.
A lo que Pampínea, no de otro modo que si
semejantemente hubiese arrojado de sí todos los suyos,
contestó alegre:
Dioneo, óptimamente hablas: hemos de vivir
festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir.
Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente,
yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha formado
esta buena compañía, pensando en la continuación
de nuestra alegría, estimo que es de necesidad elegir entre
nosotros a alguno como más principal a quien honremos y
obedezcamos como a mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el
cuidado de hacernos vivir alegremente. Y para que todos prueben el
peso de las preocupaciones junto con el placer de la autoridad, y por
consiguiente, llevado de una parte a la otra, no pueda quien no lo
prueba sentir envidia alguna, digo que a cada uno por un día
se atribuya el peso y con él el honor, y quien sea el primero
de nosotros se deba a la elección de todos; los que le
sucedan, al acercarse la hora del crepúsculo, sean aquel o
aquella que plazca a quien aquel día haya tenido tal señorío,
y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo de su
señorío, del lugar y el modo en el que hayamos de
vivir, ordene y disponga.
Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la
eligieron por reina del primer día, y Filomena, corriendo
prestamente hacia un laurel, porque muchas veces había oído
hablar de cuán grande honor sus frondas eran dignas y cuán
digno honor hacían a quien era con ellas meritoriamente
coronado, cogiendo algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien
arreglada que, poniéndosela en la cabeza, fue, mientras duró
aquella compañía, manifiesto signo a todos los demás
del real señorío y preeminencia.
Pampínea, hecha reina, mandó que todos
callasen, habiendo hecho ya llamar allí a los servidores de
los tres jóvenes y a sus criadas; y callando todos, dijo:
Para dar primero ejemplo a todos
vosotros para que, procediendo de bien en mejor, nuestra compañía
con orden y con placer y sin ningún deshonor viva y dure
cuanto lo deseemos, nombro primeramente a Pármeno(12)
criado de Dioneo, mi senescal, y a él encomiendo el cuidado y
la solicitud por toda nuestra familia y lo que pertenece al servicio
de la sala. Sirisco, criado de Pánfilo, quiero que sea
administrador y tesorero y que siga las órdenes de Pármeno.
Tíndaro, al servicio de Filostrato y de los otros dos, que se
ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en sus oficios, no
puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena, estarán
continuamente en la cocina y aparejarán diligentemente las
viandas que por Pármeno le sean ordenadas. Quimera, de
Laureta, y Estratilia, de Fiameta, queremos que estén
pendientes del gobierno de las alcobas de las damas y de la limpieza
de los lugares donde estemos. Y a todos en general, por cuanto
estimen nuestra gracia, queremos y les ordenamos que se guarden,
dondequiera que vayan, de dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que
sea lo que oigan o vean, de traer de fuera ninguna noticia que no sea
alegre. Y dadas sumariamente estas órdenes, que fueron
de todos encomiadas, enderezándose, alegres en pie, dijo:
aquí hay jardines, aquí hay prados, aquí hay
otros lugares muy deleitosos, por los cuales vaya cada uno a su gusto
solazándose; y al oír el toque de tercia, todos estén
aquípara comer con la fresca.
Despedida, pues, por la reciente reina, la alegre
compañía, los jóvenes junto con las bellas
mujeres, hablando de cosas agradables, con lento paso, se fueron por
un jardín haciéndose bellas guirnaldas de varias
frondas y cantando amorosamente. Y luego de haberse demorado así
cuanto espacio les había sido concedido por la reina, vueltos
a casa, encontraron que Pármeno había dado
diligentemente principio a su oficio, por lo que, al entrar en una
sala de la planta baja, allí vieron las mesas puestas con
manteles blanquísimos y con vasos que parecían de
plata, y todas las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta;
por lo que, dada el agua a las manos, como gustó a la reina,
según el juicio de Pármeno, todos fueron a sentarse.
Las viandas delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados vinos
finísimos, y sin más, en silencio los tres servidores
sirvieron las mesas. Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas
y ordenadas, con placentero ingenio y con fiesta comieron; y
levantadas las mesas, como sucedía que todas las damas sabían
bailar las danzas de carola, y también los jóvenes, y
parte de ellos tocar y cantar óptimamente, mandó la
reina que viniesen los instrumentos: y por su mandato, Dioneo tomó
un laúd y Fiameta una viola, comenzando a tocar suavemente una
danza. Por lo que la reina, con las otras damas, cogiéndose de
la mano en corro con los jóvenes, con lento paso, mandados a
comer los sirvientes, empezaron una carola: y cuando la terminaron, a
cantar canciones amables y alegres. Y de este modo estuvieron tanto
tiempo que a la reina le pareció que debían ir a
dormir; por lo que, dando a todos licencia, los tres jóvenes a
sus alcobas, separadas de las de las mujeres, se fueron; las cuales
con las camas bien hechas y tan llenas de flores como la sala
encontraron; y semejantemente las suyas las damas, por lo que,
desnudándose se fueron a reposar.
No hacía mucho que había sonado nona
cuando la reina, levantándose, hizo levantar a las demás
y de igual modo a los jóvenes, afirmando que era nocivo dormir
demasiado de día; y así se fueron a un pradecillo en
que la hierba era verde y alta y el sol no podía entrar por
ninguna parte; y allí, donde se sentía un suave
vientecillo, todos se sentaron en corro sobre la verde hierba así
como la reina quiso. Y ella les dijo:
Como veis, el sol está alto y el calor es
grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo
que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí
es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de
ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le
démás placer, encontrar deleite. Pero si en esto se
siguiera mi parecer, no jugando, en lo que el ánimo de una de
las partes ha de turbarse sin demasiado placer de la otra o de quien
está mirando, sino novelando (con lo que, hablando uno, toda
la compañía que le escucha toma deleite) pasaríamos
esta caliente parte del día. Cuando terminaseis cada uno de
contar una historia, el sol habría declinado y disminuido el
calor, y podríamos a donde más gusto nos diera ir a
entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que
estoy dispuesta a seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os
pluguiese, haga cada uno lo que más le guste hasta la hora de
vísperas.
Las mujeres por igual y todos los hombres alabaron el
novelar.
Entonces dijo la reina, si ello os
place, por esta primera jornada quiero que cada uno hable de lo que
más le guste.
Y vuelta a Pánfilo, que se sentaba a su derecha,
amablemente le dijo que con una de sus historias diese principio a
las demás; y Pánfilo, oído el mandato,
prestamente, y siendo escuchado por todos, empezó así :
NOVELA PRIMERA
El
seor Cepparello(14)
engaña a un santo fraile con una falsa confesión y
muere después, y habiendo sido un hombre malvado en vida, es,
muerto, reputado por santo y llamado San Ciapelletto.
Conviene, carísimas señoras, que a todo lo
que el hombre hace le dé principio con el nombre de Aqué l
que fue de todos hacedor; por lo que, debiendo yo el primero dar
comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar con uno de sus
maravillosos hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en
él como en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por
nosotros alabado su nombre.
Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son
todas transitorias y mortales, están en sí y por fuera
de sí llenas de dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a
infinitos peligros; a los cuales no podremos nosotros sin algún
error, los que vivimos mezclados con ellas y somos parte de ellas,
resistir ni hacerles frente, si la especial gracia de Dios no nos
presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de
creer que descienda por mérito alguno nuestro, sino por su
propia benignidad movida y por las plegarias impetradas de aquellos
que, como lo somos nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien
sus gustos mientras tuvieron vida, ahora se han transformado con él
en eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, como a
procuradores informados por experiencia de nuestra fragilidad, y tal
vez no atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias ante la
vista de tan grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos
oportunas. Y aún más en Él, lleno de piadosa
liberalidad hacia nosotros, señalemos que, no pudiendo la
agudeza de los ojos mortales traspasar en modo alguno el secreto de
la divina mente, a veces sucede que, engañados por la opinión,
hacemos procuradores ante su majestad a gentes que han sido arrojadas
por Ella al eterno exilio; y no por ello Aqué l a quien ninguna
cosa es oculta (mirando más a la pureza del orante que a su
ignorancia o al exilio de aqué l a quien le ruega) como si
fuese bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a quienes le
ruegan. Lo que podrá aparecer manifiestamente en la novela que
entiendo contar: manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino el
seguido por los hombres.
Se dice, pues, que habiéndose
Musciatto Franzesi(16)
convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en
caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra(17)
hermano del rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa
Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban, como
muchas veces lo están los de los mercaderes, muy intrincados
acá y allá, y que no se podían de ligero ni
súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a varias
personas, y para todos encontrócómo; fuera de que le
quedó la duda de a quién dejar pudiese capaz de
rescatar los créditos hechos a varios borgoñones.
Y la razón de la duda era saber que
los borgoñones son litigiosos y de mala condición y
desleales, y a él no le venía a la cabeza quién
pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza
para que pudiese oponerse a su perversidad. Y después de haber
estado pensando largamente en este asunto, le vino a la memoria un
seor Cepparello de Prato que muchas veces se hospedaba en su casa de
París, que porque era pequeño de persona y muy
acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir
Cepparello, y creyendo que vendría a decir capelo, es
decir, guirnalda, como en su romance, porque era pequeño
como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por
Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como
Cepparello le conocían. Era este Ciappelletto de esta vida:
siendo notario, sentía grandísima vergüenza si
alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso; de
los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido
gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra clase muy bien
pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le pedía
como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia
grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por
hacerlos falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas
le pidiesen que jurara decir verdad por su fe.
Tenía otra clase de placeres (y mucho se empeñaba
en ello) en suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras
personas, males y enemistades y escándalos, de los cuales
cuantos mayores males veía seguirse, tanta mayor alegría
sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a
cualquier otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y
muchas veces se encontrógustosamente hiriendo y matando
hombres con las propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los
santos, y por cualquier cosa pequeña, como que era iracundo
más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás,
y a todos sus sacramentos como a cosa vil escarnecía con
abominables palabras; y por el contrario las tabernas y los otros
lugares deshonestos visitaba de buena gana y los frecuentaba. A las
mujeres era tan aficionado como lo son los perros al bastón,
con su contrario más que ningún otro hombre flaco se
deleitaba. Habría hurtado y robado con la misma conciencia con
que oraría un santo varón. Golosísimo y gran
bebedor hasta a veces sentir repugnantes náuseas; era solemne
jugador con dados trucados.
Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras?
Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad
largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto,
por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a
quienes con frecuencia injuriaba sino también de la justicia,
a la que siempre lo hacía, fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer
Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó
el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba la
maldad de los borgoñones; por lo que, llamándole, le
dijo así :
Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme
del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme con
los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé
quién pueda dejar más apropiado que tú para
rescatar de ellos mis bienes; y por ello, como tú al presente
nada estás haciendo, si quieres ocuparte de esto entiendo
conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que
rescates que sea conveniente.
Seor Cepparello, que se veía desocupado y mal
provisto de bienes mundanos y veía que se iba quien su sostén
y auxilio había sido durante mucho tiempo, sin ningún
titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin
dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que
quería hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo,
recibidos por seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales
del rey, partido micer Musciatto, se fue a Borgoña donde casi
nadie le conocía: y allí de modo extraño a su
naturaleza, benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer
aquello a lo que había ido, como si reservase la ira para el
final. Y haciéndolo así , hospedándose en la casa
de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de
micer Musciatto le honraban mucho, sucedió que enfermó,
con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir médicos
y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria para
recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era
ya viejo y había vivido desordenadamente, según decían
los médicos iba de día en día de mal en peor
como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho
se dolían y un día, muy cerca de la alcoba en que seor
Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.
¿qué haremos de éste? decía
el uno al otro. Estamos por su causa en una situación
pésima porque echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos
traería gran tacha y sería signo manifiesto de poco
juicio al ver la gente que primero lo habíamos recibido y
después hecho servir y medicar tan solícitamente para
ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos, echarlo
fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte.
Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá
confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y,
muriendo sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir
su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y si por
el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que
no los habrá semejantes y ningún fraile o cura querrá
ni podrá absolverle; por lo que, no absuelto, será
también arrojado a los fosos como un perro. Y si esto sucede,
el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece
inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo
que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y
gritará: «Estos perros lombardos a los que la iglesia no
quiere recibir no pueden sufrirse más», y correrán
en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los
haberes sino que pueden quitarnos también la vida; por lo que
de cualquiera guisa estamos mal si éste se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí
cerca de donde éstos estaban hablando, teniendo el oído
fino, como la mayoría de las veces pasa a los enfermos, oyó
lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:
No quiero que temáis por mí ni
tengáis miedo de recibir por mi causa algún daño;
he oído lo que habéis estado hablando de mí y
estoy certísimo de que sucedería como decís si
así como pensáis anduvieran las cosas; pero andarán
de otra manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor
Dios que por hacerle una más a la hora de la muerte poco se
dará. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y
valioso lo más que podáis, si hay alguno que lo sea, y
dejadme hacer, que yo concertaréfirmemente vuestros asuntos y
los míos de tal manera que resulten bien y estéis
contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha
esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que
algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un
lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile
anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y
hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en
grandísima y especial devoción, y lo llevaron con
ellos. El cual, llegado a la cámara donde el seor Ciappelletto
yacía, y sentándose a su lado empezóprimero a
confortarle benignamente y le preguntóluego que cuánto
tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el
seor Ciappelletto, que nunca se había confesado, respondió :
Padre mío, mi costumbre es de confesarme
todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que
me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado,
que son casi ocho días, no me he confesado, tanto es el
malestar que con la enfermedad he tenido.
Dijo entonces el fraile:
Hijo mío, bien has hecho, y así
debes hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te
confiesas, poco trabajo tendré en escucharte y preguntarte.
Dijo seor Ciappelletto:
Señor fraile, no digáis eso; yo no
me he confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no
quisiera hacer siempre confesión general de todos los pecados
que pudiera recordar desde el día en que nací hasta el
que me haya confesado; y por ello os ruego, mi buen padre, que me
preguntéis tan menudamente de todas las cosas como si nunca me
hubiera confesado, y no tengáis compasión porque esté
enfermo, que más quiero disgustar a estas carnes mías
que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en
perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su
preciosa sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le
parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que al
seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta práctica, empezó
a preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con
alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió suspirando:
Padre, en esto me avergüenzo de decir la
verdad temiendo pecar de vanagloria.
A lo que el santo fraile dijo:
Dila con tranquilidad, que por decir la verdad ni
en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
Ya que lo queréis así , os lo diré:
soy tan virgen como salídel cuerpo de mi madre.
¡Oh, bendito seas de Dios! dijo el
fraile, ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has
tenido tanto más mérito cuando, si hubieras querido,
tenías más libertad de hacer lo contrario que tenemos
nosotros y todos los otros que están constreñidos por
alguna regla.
Y luego de esto, le preguntósi había
desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando
mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas
veces; porque, como fuese que él, además de los ayunos
de la cuaresma que las personas devotas hacen durante el año,
todas las semanas tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al
menos tres días, se había bebido el agua con tanto
deleite y tanto gusto y especialmente cuando había sufrido
alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los
grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había
deseado comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres
cuando van al campo, y algunas veces le había parecido mejor
comer que le parecía que debiese parecerle a quien ayuna por
devoción como él ayunaba. A lo que el fraile dijo:
Hijo mío, estos pecados son naturales y son
asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia
más de lo necesario. A todos los hombres sucede que les
parezca bueno comer después de largo ayuno, y, después
del cansancio, beber.
¡Oh! dijo seor Ciappelletto,
padre mío, no me digáis esto por confortarme; bien
sabéis que yo sé que las cosas que se hacen en servicio
de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el ánimo:
y quien lo hace de otra manera, peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
Y yo estoy contento de que así lo entiendas
en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero
dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo
conveniente y teniendo lo que no debieras tener?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
Padre mío, no querría que
sospechaseis de míporque estoy en casa de estos usureros: yo
no tengo parte aquísino que había venido con la
intención de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este
abominable oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios no
me hubiese visitado de esta manera. Pero debéis de saber que
mi padre me dejórico, y de sus haberes, cuando murió,
di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi vida y poder
ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños mercadeos
y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los pobres de
Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a
mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello me
ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido
mis negocios.
Has hecho bien dijo el fraile, pero
¿con cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?
¡Oh! dijo seor Ciappelletto, eso
os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría
contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas
sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios?
Han sido muchas veces al día las que he querido estar mejor
muerto que vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y
oyéndolos jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las
iglesias y seguir más las vías del mundo que las de
Dios.
Dijo entonces el fraile:
Hijo mío, ésta es una ira buena y yo
en cuanto a míno sabría imponerte por ella penitencia.
Pero ¿por acaso no te habrá podido inducir la ira a
cometer algún homicidio o a decir villanías de alguien
o a hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió :
¡Ay de mí, señor!, vos que me
parecéis hombre de Dios, ¿cómo decís
estas palabras? Si yo hubiera podido tener aún un pequeño
pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que
crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los
asesinos y los criminales, de los que, siempre que alguno he visto,
he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».
Entonces dijo el fraile:
Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de
Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio
contra alguien, o dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin
consentimiento de su dueño?
Ya, señor, sí repuso seor
Ciappelletto que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino
que con la mayor sinrazón del mundo no hacía más
que golpear a su mujer tanto que una vez hablémal de él
a los parientes de la mujer, tan gran piedad sentípor aquella
pobrecilla que él, cada vez que había bebido de más,
zurraba como Dios os diga.
Dijo entonces el fraile:
Ahora bien, tú me has dicho que has sido
mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen
los mercaderes?
Por mi fe dijo seor Ciappelletto,
señor, sí , pero no sé quiénes eran: sino
que habiéndome dado uno dineros que me debía por un
paño que le había vendido, y yo puéstolos en un
cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran
cuatro reales más de lo que debía ser por lo que, no
habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un año
para devolvérselos, los di por amor de Dios.
Dijo el fraile:
Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo que
hiciste.
Y después de esto preguntóle el santo
fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la
misma manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución,
dijo seor Ciappelletto:
Señor mío, tengo todavía
algún pecado que aún no os he dicho. –El fraile
le preguntó cuál, y dijo: Me acuerdo que hice a
mi criado, un sábado después de nona, barrer la casa y
no tuve al santo día del domingo la reverencia que debía.
¡Oh! dijo el fraile, hijo mío,
ésa es cosa leve.
No dijo seor Ciappelletto, no he dicho
nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un día
así resucitóde la muerte a la vida Nuestro Señor.
Dijo entonces el fraile:
¿Alguna cosa más has hecho?
Señor mío, sí respondió
seor Ciappelletto, que yo, no dándome cuenta, escupí
una vez en la iglesia de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:
Hijo mío, ésa no es cosa de
preocupación: nosotros, que somos religiosos, todo el día
escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
Y hacéis gran villanía, porque nada
conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde
sacrificio a Dios.
Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por último
empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía
hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:
Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
¡Ay de mí, señor! Que me ha
quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza
me da decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me
parece muy cierto que Dios nunca tendrá misericordia de mí
por este pecado.
Entonces el santo fraile dijo:
¡Bah, hijo! ¿qué estás
diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del
mundo, y que deban hacer todos los hombres mientras el mundo dure,
fuesen todos en un hombre solo, y éste estuviese arrepentido y
contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de
Dios que, confesándose éste, se los perdonaría
liberalmente; así , dilo con confianza.
Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía llorando
mucho:
¡Ay de mí, padre mío! El mío
es demasiado grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras
plegarias no me ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.
A lo que le dijo el fraile:
Dilo con confianza, que yo te prometo pedir a Dios
por ti.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el
fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto
llorando un buen rato hubo tenido así suspenso al fraile,
lanzó un gran suspiro y dijo:
Padre mío, pues que me prometéis
rogar a Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era
pequeñito, maldije una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezóde nuevo a llorar
fuertemente. Dijo el fraile:
¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te
parece tan gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo
el día y si Él perdona de buen grado a quien se
arrepiente de haber blasfemado, ¿no crees que vaya a
perdonarte esto? No llores, consuélate, que por seguro si
hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz, teniendo la
contrición que te veo, te perdonaría Él.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
¡Ay de mí, padre mío! ¿qué
decís? La dulce madre mía que me llevó en su
cuerpo nueve meses día y noche, y me llevó en brazos
más de cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y
pecado muy grande es; y si no rogáis a Dios por mí, no
me será perdonado!
Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor
Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición
teniéndolo por hombre santísimo, como quien totalmente
creía ser cierto lo que seor Ciappelletto había dicho:
¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre
en peligro de muerte confesándose decir tales cosas? Y
después, luego de todo esto, le dijo:
Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios
estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra
bendita y bien dispuesta alma llamase a sí , ¿os
placería que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro
convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
Señor, sí , que no querría
estar en otro sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar
a Dios por mí, además de que yo he tenido siempre una
especial devoción por vuestra orden; y por ello os ruego que,
en cuanto estéis en vuestro convento, haced que venga a mí
aquel veracísimo cuerpo de Cristo que vos por la mañana
consagráis en el altar, porque aunque no sea digno, entiendo
comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa y última
unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera
como cristiano.
El santo hombre dijo que mucho le agradaba y él
decía bien, y que haría que de inmediato le fuese
llevado; y así fue.
Los dos hermanos, que temían mucho que seor
Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un
tabique que dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía
de otra y, escuchando, fácilmente oían y entendían
lo que seor Ciappelletto al fraile decía; y sentían
algunas veces tales ganas de reír, al oír las cosas que
le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se decían uno
al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni
enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún
de Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aquía
poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de
morir como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí ,
que recibiría la sepultura en la iglesia, de nada de lo otro
se preocuparon. Seor Ciappelletto comulgó poco después
y, empeorando sin remedio, recibió la última unción;
y poco después del crepúsculo, el mismo día que
había hecho su buena confesión, murió.
Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era
de él para que fuese honradamente sepultado y mandándolo
decir al convento, y que viniesen por la noche a velarle según
era costumbre y por la mañana a por el cuerpo, dispusieron
todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que lo había
confesado, al oír que había finado, fue a buscar al
prior del convento, y habiendo hecho tocar a capítulo, a los
frailes reunidos mostró que seor Ciappelletto había
sido un hombre santo según él lo había podido
entender de su confesión; y esperando que por él el
Señor Dios mostrase muchos milagros, les persuadió a
que con grandísima reverencia y devoción recibiesen
aquel cuerpo. Con las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos,
estuvieron de acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde
yacía el cuerpo de seor Ciappelletto, le hicieron una grande y
solemne vigilia, y por la mañana, vestidos todos con albas y
capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante,
cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y
solemnidad se lo llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo
todo de la ciudad, hombres y mujeres; y, habiéndolo puesto en
la iglesia, subiendo al púlpito, el santo fraile que lo había
confesado empezósobre él y su vida, sobre sus ayunos,
su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar
maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor Ciappelletto
como su mayor pecado, llorando, le había confesado, y cómo
él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios
quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a
reprender al pueblo que le escuchaba, diciendo:
Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna
de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su
Madre y de toda la corte celestial.
Y además de éstas, muchas otras cosas dijo
sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las
que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo metió
en la cabeza y en la devoción de todos los que allí
estaban que, después de terminado el oficio, entre los mayores
apretujones del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y
le desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose
por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y
convino que todo el día fuese conservado así , para que
por todos pudiese ser visto y visitado.
Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol
fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al día
siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas
y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de
cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de
su santidad y la devoción en que se le tenía que no
había nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese
promesas a otro santo que a él, y lo llamaron y lo llaman San
Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por él
y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora.
así pues, vivió y murió el seor
Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis
oído; y no quiero negar que sea posible que sea un
bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue
criminal y malvada, pudo en su último extremo haber hecho un
acto de contrición de manera que Dios tuviera misericordia de
él y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta,
razono sobre lo que es aparente y digo que más debe
encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el paraíso.
Y si así es, grandísima hemos de reconocer que es la
benignidad de Dios para con nosotros, que no mira nuestro error sino
la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un enemigo
suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien
verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su
gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente
y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos
y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole
reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades,
segurísimos de ser escuchados.
Y aquí, calló.
NOVELA SEGUNDA
El judío Abraham, animado por Giannotto de Civigní(18)
va a la corte de Roma y, vista la maldad de los clérigos,
vuelve a París y se hace cristiano.
La novela de Pánfilo fue en parte reída y
en todo celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente
escuchada y llegado a su fin, como estaba sentada junto a él
Neifile, le mandó la reina que, contando una, siguiese el
orden del comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no menos de
corteses maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso
que de buena gana, y comenzóde esta guisa:
Mostrado nos ha Pánfilo con su novelar la
benignidad de Dios que no mira nuestros errores cuando proceden de
algo que no nos es posible ver; y yo, con el mío, entiendo
mostraros cuánto esta misma benignidad, soportando
pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero
testimonio con obras y palabras y hacen lo contrario, es por ello
mismo argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos
con más firmeza de ánimo.
Tal como yo, graciosas señoras, he oído
decir, hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue
llamado Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran
negociante en el rango de la pañería; y tenía
íntima amistad con un riquísimo hombre judío
llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto
y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a
tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y
sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello
amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la
fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y
buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la
suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía
y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna
creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella
había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni
habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto
no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle
semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la
mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué
razones nuestra religión era mejor que la judaica.
Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran
maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con
Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu
Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al
judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto;
pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él
seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo,
hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias,
dijo:
Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga
cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero
primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el
vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus
costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me
parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos
comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has
ingeniado en demostrarme, haréaquello que te he dicho: y si
no fuese así , me quedaré siendo judío como soy.
Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior
desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido
he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente,
creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la
corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos,
no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se
hubiese hecho cristiano, sin falta volvería judío».
Y volviéndose a Abraham dijo:
Ah, amigo mío, ¿por qué
quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir
de aquía Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por
tierra, para un hombre rico como eres tú todo está
lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí
quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe
que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más
sabios allí que aquípara poderte esclarecer todo lo
que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea
tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los
prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto
mejores cuanto que aqué llos están más cerca del
pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te
servirá en otra ocasión para obtener algún
perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía.
A lo que respondió el judío:
Yo creo, Giannotto, que será como me
cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo
dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y
de otro modo no harénada nunca.
Giannotto, viendo su voluntad, dijo:
¡Vete con buena ventura! y pensó
para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese
visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.
El judío montó a caballo y lo antes que
pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos
honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno
por qué hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las
maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de
todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó,
como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le
informaron, encontró que todos, del mayor al menor,
generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo
en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún
freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las
meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era
poder pequeño. Además de esto, universalmente golosos,
bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de
animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció
abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan
avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también
la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios
o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con
ellas más comercio y empleando a más corredores de
mercancías que había en París en la pañería
o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía
manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la
gula el de «manutención», corno si Dios, no ya el
significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos
ánimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar
por el nombre de las cosas.
Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse,
desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio
y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso
retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber
Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que
se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes
fiestas; y después que hubo reposado algunos días,
Giannotto le preguntólo que pensaba del santo padre y de los
cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío
respondió prestamente:
Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te
digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna
devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna
otra cosa me parecióver en ningún clérigo, sino
lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas
semejantes y peores, si peores puede haberlas; me parecióver
en tanto favor de todos, que tengo aqué lla por fragua más
de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo
estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me
parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se
esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión
cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y
sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se
esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más
luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el
Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más
verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido
y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme
cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré
de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según
las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar.
Giannotto, que esperaba una conclusión
exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue
el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra
Señora de París yendo con él, pidió a los
clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el
bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron
prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó
Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en
nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre
bueno y valioso y de santa vida.
NOVELA TERCERA
El judío Melquisidech con una historia sobre tres anillos se
salva de una peligrosa trampa que le había tendido Saladino(19)
Después de que, alabada por todos la historia de
Neifile, callóésta, como gustó a la reina,
Filomena empezó a hablar así :
La historia contada por Neifile me trae a la memoria un
peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha hablado
tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los
sucesos y los actos de los hombres no se deberá hallar mal, y
vendréa narrárosla para que, oída, tal vez más
cautas os volváis en las respuestas a las preguntas que puedan
haceros.
Debéis saber, amorosas compañeras, que así
como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo
pone en grandísima miseria, así aparta la prudencia al
sabio de peligros gravísimos y lo pone en grande y seguro
reposo. Y cuán verdad sea que la necedad conduce del buen
estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no está
ahora en nuestro ánimo contar, considerando que todo el día
aparecen mil ejemplos manifiestos; pero que la prudencia sea ocasión
de consuelo, como he dicho, os mostrarébrevemente con un
cuentecillo.
Saladino, cuyo valer fue tanto que no
solamente le hizo llegar de hombre humilde a sultán de
Babilonia18
sino también lograr muchas victorias sobre los reyes
sarracenos y cristianos, habiendo en diversas guerras y en
grandísimas magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y
necesitando, por algún accidente que le sobrevino, una buena
cantidad de dineros, no viendo cómo tan prestamente como los
necesitaba pudiese tenerlos, le vino a la memoria un rico judío
cuyo nombre era Melquisidech, que prestaba con usura en Alejandría;
y pensó que éste tenía con qué poderlo
servir, si quería, pero era tan avaro que por voluntad propia
no lo hubiera hecho nunca, y no quería obligarlo por la
fuerza; por lo que, apretándole la necesidad se dedicó
por completo a encontrar el modo como el judío le sirviese, y
se le ocurrióobligarle con algún argumento verosímil.
Y haciéndolo llamar y recibiéndole familiarmente, le
hizo sentar con él y después le dijo:
Hombre honrado, he oído a muchas personas
que eras sapientísimo y muy avezado en las cosas de Dios; y
por ello querría saber cuál de las tres leyes reputas
por verdadera: la judaica, la sarracena o la cristiana.
El judío, que verdaderamente era un hombre sabio,
advirtiódemasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus
palabras para moverle alguna cuestión, y pensó que no
podía alabar a una de las tres más que a las otras sin
que Saladino saliese con su empeño; por lo que, como a quien
le parecía tener necesidad de una respuesta por la que no
pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio, le vino pronto a la
mente lo que debía decir; y dijo:
Señor mío, la cuestión que me
proponéis es fina, y para poder deciros lo que pienso de ella
querría contaros el cuentecillo que vais a oír. Si no
me equivoco, me acuerdo de haber oído decir muchas veces que
hubo una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas más
caras que tenía en su tesoro, tenía un anillo bellísimo
y precioso al que, queriendo hace honor por su valor y su belleza y
dejarlo perpetuamente a sus descendientes ordenó que aquel de
sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le fuese
encontrado aquel anillo, que se entendiese que él era su
heredero y debiese ser por todos los demás honrado y
reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por éste
guardó el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como
había hecho su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo
de mano en mano de muchos sucesores y últimamente llegó
a las mano de uno que tenía tres hijos hermosos y virtuosos y
muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y los
jóvenes, que conocían la costumbre del anillo, deseoso
cada uno de ser el más honrado entre los suyos, cada uno por
sí, como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya
viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase el
anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía
él mismo elegir a cuál debiese dejárselo y
pensó, habiéndoselo prometido a todos, en satisfacer a
los tres: y secretamente a un buen orfebre le encargó otros
dos, los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los
había hecho hacer apenas distinguía cuál fuese
el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente dio el suyo
a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la muerte del
padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y
negándoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo con
todo derecho, cada uno mostrósu anillo; y encontrados los
anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero
no sabía distinguirse, se quedópendiente la cuestión
de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue
pendiente todavía. Y lo mismo os digo, señor mío,
de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios padre sobre las
que me propusisteis una cuestión: cada uno su herencia, su
verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir,
pero de quién la tenga, como de los anillos, todavía
está pendiente la cuestión.
Conoció Saladino que éste había
sabido salir óptimamente del lazo que le había tendido
y por ello se dispuso a manifestarle sus necesidades y ver si quería
servirle; y así lo hizo, manifestándole lo que había
tenido en el ánimo hacerle si él tan discretamente como
lo había hecho no le hubiera respondido. El judío le
sirvió libremente con toda la cantidad que Saladino le pidió
y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además
de ello le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo
tuvo y en grande y honrado estado lo conservójunto a él.
NOVELA CUARTA
Un monje, caído en pecado digno de castigo gravísimo, se
libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad de aquella
misma culpa(20)
Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando
Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro
mandato, conociendo ya por el orden comenzado que a él le
tocaba tener que hablar, de tal guisa comenzó a decir:
Amorosas señoras, si he entendido bien la
intención de todas, estamos aquípara complacernos a
nosotros mismos novelando, y por ello, tan sólo porque contra
esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle lícito (y
así dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella
historia que más crea que pueda divertir; por lo que, habiendo
escuchado cómo por los buenos consejos de Giannotto de Civigní
salvósu alma el judío Abraham y cómo por su
prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las asechanzas
de Saladino, sin esperar que me reprendáis, entiendo contar
brevemente con qué destreza librósu cuerpo un monje de
gravísimo castigo.
Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de éste,
un monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo
es hoy, en el que, entre otros, había un monje joven cuyo
vigor y vivacidad ni los ayunos ni las vigilias podían
macerar. El cual, por acaso, un día hacia el mediodía,
cuando los otros monjes dormían todos, habiendo salido solo
por los alrededores de su iglesia, que estaba en un lugar asaz
solitario, alcanzó a ver a una jovencita harto hermosa, hija
tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que andaba por los
campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la había visto cuando
fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.
Por lo que, avecinándose, con ella trabó
conversación y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso
de acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se
apercibiese. Y mientras él, transportado por el excesivo
deseo, menos cautamente jugueteaba con ella, sucedió que el
abad, levantándose de dormir y pasando silenciosamente por
delante de su celda, oyó el alboroto que hacían los dos
juntos; y para conocer mejor las voces se acercó quedamente a
la puerta de la celda a escuchar y claramente conoció que
dentro había una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir;
luego pensó que convendría tratar aquello de otra
manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje saliera
fuera.
El monje, aunque con grandísimo
placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin
embargo de estar temeroso y, pareciéndole haber oído
algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el
ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad
escuchándole y comprendió muy bien que el abad había
podido oír que la joven estaba en su celda. De lo que,
sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió
desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de
su desazón, rápidamente imaginómuchas cosas
buscando hallar alguna que le fuera salutífera. Y se le
ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él
consiguiócerteramente) y fingiendo que le parecía
haber estado bastante con aquella joven le dijo:
Voy a salir a buscar la manera en que salgas de
aquídentro sin ser vista, y para ello qué date en
silencio hasta que vuelva.
Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue
directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal
como todos los monjes hacían cuando salían, le dijo con
rostro tranquilo:
Señor, yo no pude esta mañana traer
toda la leña que había cortado, y por ello, con vuestra
licencia, quiero ir al bosque y traerla.
El abad, para poder informarse más plenamente de
la falta cometida por él, pensando que no se había dado
cuenta de que había sido visto, se alegró con tal
ocasión y de buena gana tomó la llave y semejantemente
le dio licencia. Y después de verlo irse empezó a
pensar qué era mejor hacer: o en presencia de todos los monjes
abrir la celda de aqué l y hacerles ver su falta para que no
hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando
castigase al monje, o primero oír de él cómo
había sido aquel asunto. Y pensando para sí que aqué lla
podría ser tal mujer o hija de tal hombre a quien él no
quisiera hacer pasar la vergüenza de mostrarla a todos los
monjes, pensó que primero vería quién era y
tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda,
la abrió, entródentro, y volvió a cerrar la
puerta.
La joven, viendo venir al abad, palideciótoda, y
temblando empezó a llorar de vergüenza. El señor
abad, que le había echado la vista encima y la veía
hermosa y fresca, aunque él fuese viejo, sintió
súbitamente no menos abrasadores los estímulos de la
carne que los había sentido su joven monje, y para sí
empezó a decir:
«Bah, ¿por qué no tomar yo del
placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera,
me están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está
aquídonde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a
hacer mi gusto no sé por qué no habría de
hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá
nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así
no me sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de
sabios tomar el bien que Dios nos manda».
Y así diciendo, y habiendo del todo cambiado el
propósito que allí le había llevado, acercándose
más a la joven, suavemente comenzó a consolarla y a
rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó
a manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de
diamante, con bastante facilidad se plegó a los gustos del
abad: el cual, después de abrazarla y besarla muchas veces,
subiéndose a la cama del monje, y en consideración tal
vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven,
temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre
el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo
espacio se solazó con ella.
El monje, que había fingido irse al bosque,
habiéndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo
entrar en su celda, casi por completo tranquilizado, juzgó que
su estratagema debía surtir efecto; y, viéndole
encerrarse dentro, lo tuvo por certísimo. Y saliendo de donde
estaba, calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad
hizo o dijo lo oyó y lo vio.
Pareciéndole al abad que se había demorado
bastante con la jovencita, encerrándola en la celda, se volvió
a su alcoba; y luego de algún tiempo, oyendo al monje y
creyendo que volvía del bosque, pensó en reprenderlo
duramente y hacerlo encarcelar para poseer él solo la ganada
presa; y haciéndolo llamar, duramente y con mala cara le
reprendió , y mandó que lo llevaran a la cárcel.
El monje prestísimamente respondió :
Señor, yo no he estado todavía tanto
en la orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas;
y vos aún no me habíais mostrado que los monjes deben
acordar tanta preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las
vigilias; pero ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si
me perdonáis esta vez, no pecar más por esto y hacer
siempre como os he visto a vos.
El abad, que era hombre avisado, entendió
prestamente que aqué l no sólo sabía su hecho
sino que lo había visto, por lo que, sintiendo remordimientos
de su misma culpa, se avergonzóde hacerle al monje lo que él
también había merecido; y perdonándole e
imponiéndole silencio sobre lo que había visto, con
toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún
debe creerse que más veces la hicieron volver.
NOVELA QUINTA
La
marquesa de Monferrato con una invitación a comer gallinas y
con unas discretas palabras reprime el loco amor del rey de Francia.
La historia contada por Dioneo hirióprimero de
alguna vergüenza el corazón de las damas que la
escuchaban y dio de ello señal el honesto rubor que apareció
en sus rostros; mas luego, mirándose unas a otras, pudiendo
apenas contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final,
después de haberle reprendido con algunas dulces palabras,
queriendo mostrar que historias semejantes no debían contarse
delante de mujeres, la reina, vuelta hacia Fiameta (que junto a él
estaba sentada en la hierba), le mandó que continuase el orden
establecido, y ella galanamente y con alegre rostro, mirándola,
comenzó:
Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar
con las historias cuánta es la fuerza de las respuestas agudas
y prontas, como porque tan gran cordura es en el hombre amar siempre
a mujeres de linaje más alto que el suyo como es en las
mujeres grandísima precaución saber guardarse de caer
en el amor de un hombre de mayor posición que la suya, me ha
venido al ánimo, hermosas señoras, mostraros, en la
historia que me toca contar, cómo una noble dueña supo
con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.
Había el marqué s de
Monferrato, hombre de alto valor, gonfalonero de la Iglesia, pasado a
ultramar en una expedición general hecha por los cristianos a
mano armada(21)
y hablándose de su valor en la corte de Felipe el Tuerto(22)
que se preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedición,
fue dicho por un caballero que no había bajo las estrellas
otra pareja semejante a la del marqué s y su mujer: porque
cuanto destacaba en todas las virtudes el marqué s entre los
caballeros, tanto era la mujer entre las demás mujeres
hermosísima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal
modo en el ánimo del rey de Francia que, sin haberla visto
nunca, comenzó a amarla ardientemente, y se propuso no hacerse
a la mar, en la expedición en que iba, sino en Génova
para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo razonable para ir
a ver a la marquesa, pensando que, no estando el marqué s,
podría suceder que viniese a tener efecto su deseo. Y según
lo había pensado mandó que fuese puesto en ejecución;
por lo que, enviando delante a todos los hombres, él con poca
compañía y de hombres nobles, se puso en camino, y
acercándose a la tierra del marqué s, mandódecir
a la señora con anticipación de un día que a la
mañana siguiente le esperase a almorzar. La señora,
sabia y precavida, repuso alegremente que aqué l era un favor
superior a cualquier otro y que fuese bien venido.
Y enseguida se puso a pensar qué querría
decir que un tal rey, no estando su marido, viniese a visitarla; y no
la engañó en esto la sospecha de que la fama de su
hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer de pro se dispuso a
honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que allí
habían quedado, dio con su consejo las órdenes
oportunas para todos los preparativos: pero la comida y los manjares
quiso prepararlos ella misma. Y sin demora hizo reunir cuantas
gallinas había en la comarca, y tan sólo con ellas
indicó a sus cocineros que preparasen varios platos para el
convite real.
Vino, pues, el rey el día dicho y fue recibido
por la señora con gran fiesta y honor; y a él, más
de lo que había imaginado por las palabras del caballero, al
mirarla le parecióhermosa y valerosa y cortés, y se
maravillógrandemente y mucho la estimó, encendiéndose
tanto más en su deseo cuanto más sobrepasaba la señora
la estima que él había tenido de ella. Y luego de algún
reposo tomado en cámaras adornadísimas con todo lo que
es necesario para recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el
rey y la marquesa se sentaron a una mesa, y los demás según
su condición fueron en otras mesas honrados.
Aquí, siendo el rey servido sucesivamente con
muchos platos y vinos óptimos y preciosos, y además de
ello mirando de vez en cuando con deleite a la hermosísima
marquesa, gran placer tenía. Pero llegando un plato tras el
otro, comenzó el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que,
por muy diversos que fueran los guisos, no lo eran tanto que no
fuesen todos hechos de gallina. Y como supiese el rey que el lugar
donde estaba era tal que debía haber abundancia de variados
animales salvajes, y que con haberle avisado de su venida había
dado a la señora espacio suficiente para poder mandar a
cazarlos, como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasión
de hacerla hablar de otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre
rostro se volvió hacia ella y le dijo:
Dama, ¿nacen en este país solamente
gallinas sin ningún gallo?
La marquesa, que entendió óptimamente la
pregunta, pareciéndole que según su deseo Nuestro Señor
la había mandado momento oportuno para poder mostrar su
intención, hacia el rey que le preguntaba resueltamente
vuelta, repuso:
No, monseñor; pero las mujeres, aunque en
vestidos y en honores algo varíen de las otras, todas sin
embargo son igual aquíque en cualquier parte.
El rey, oídas estas palabras, bien entendió
la razón de la invitación a gallinas y la virtud que
escondían aquellas palabras y comprendió que en vano se
gastarían las palabras con tal mujer y que no era el caso de
usar la fuerza; por lo que, así como imprudentemente se había
encendido en su amor, así era sabio apagar por su honor el mal
concebido fuego. Y sin bromear más, temeroso de sus
respuestas, almorzófuera de toda esperanza, y terminado el
almuerzo, le pareció que con el pronto partir disimularía
su deshonesta venida, y agradeciéndole por haberle honrado,
encomendándolo ella a Dios, se fue a Génova.
NOVELA SEXTA
Confunde
un buen hombre con un dicho ingenioso la malvada hipocresía de
los religiosos.
Emilia, que estaba sentada junto a Fiameta, habiendo
sido ya alabado por todas el valor y la cortés reprensión
hecha por la marquesa al rey de Francia, como agradó a su
reina, comenzó a decir con animosa franqueza:
Yo tampoco callaréuna lección que dio un
buen hombre laico a un religioso avaro con una agudeza no menos
divertida que digna de loa.
Hubo, pues, queridos jóvenes, no
hace mucho tiempo, en nuestra ciudad, un fraile menor, inquisidor de
la depravación herética que, por mucho que se ingeniase
en parecer santo y tierno amante de la fe cristiana (como todos
hacen), no era menos buen investigador de quien tenía la bolsa
llena que de quien sintiera tibieza en la fe. Y llevado por su
solicitud encontró por acaso un buen hombre, bastante más
rico en dineros que en juicio, el cual no ya por falta de fe sino
hablando simplemente, tal vez con el vino o por la alegría de
la abundancia calentado, había llegado a decir un día a
la compañía con quien estaba que tenía un vino
tan bueno que de él bebería Cristo. Lo que, siéndole
contado al inquisidor y entendiendo éste que sus haberes eran
grandes y que tenía bien abultada la bolsa, cum gladiis et
fustibus(23)
corrió impetuosísimamente a echarle encima una
gravísima acusación, entendiendo no que de ella debiese
resultar un alivio a la incredulidad del procesado sino una afluencia
de florines a su mano, como sucedió . Y, haciéndolo
llamar, le preguntósi era verdad lo que le había dicho
contra él. El buen hombre contestó que sí , y le
dijo el modo. A lo que el inquisidor santísimo y devoto de San
Juán Barba de Oro(24)
dijo:
¿De modo que has hecho a
Cristo bebedor y aficionado a los buenos vinos, como si fuese
Cinciglione(25)
o algún otro de vosotros, bebedores borrachos y tabernarios, y
ahora, hablando humildemente, ¿quieres hacer ver que es una
cosa sin importancia? No es como te parece; has merecido el fuego por
ello, si es que queremos comportarnos contigo como debemos.
Y con éstas y con otras bastantes palabras, con
rostro amenazador, como si aqué l hubiese sido un epicúreo
negando la eternidad del alma, le hablaba; y, en resumen, tanto lo
asustó, que el buen hombre, por algunos intermediarios, le
hizo con una buena cantidad de la grasa de San Juan Barba de Oro
ungir las manos (lo que mucho mejora la enfermedad de la pestilente
avaricia de los clérigos, y especialmente de los frailes
menores que no osan tocar el dinero) para que se condujese con él
misericordiosamente. La cual unción, aunque Galeno no habla de
ella como muy eficaz en ninguna parte de sus libros, tanto le
aprovechó , que el fuego que le amenazaba se permutó en
una cruz: y como si hubiera de ir a la expedición de ultramar,
para hacer una bella bandera, se la puso amarilla sobre lo negro. Y
además de esto, recibidos ya los dineros, le retuvo junto a sí
unos días más, poniéndole por penitencia que
todas las mañanas oyese una misa en Santa Cruz y que a la hora
de comer se presentase delante de él, y que lo restante del
día podía hacer lo que más le gustase.
Y, haciendo el dicho hombre estas cosas diligentemente,
sucedió que una de las mañanas oyó en misa un
evangelio en el que se cantaban estas palabras: «Recibiréis
ciento por uno y recibiréis la vida eterna», que retuvo
firmemente en la memoria; y según la obligación
impuesta, viniendo a la hora de comer ante el inquisidor, lo encontró
almorzando. El inquisidor le preguntósi había oído
misa aquella mañana y él, prontamente, le respondió :
Sí, señor mío.
A lo que el inquisidor dijo:
¿Has oído, en ella, alguna cosa de
la que dudes o quieras preguntarme?
En verdad repuso el buen hombre de
nada de lo que he oído dudo, y todo firmemente lo creo
verdadero; y algo he oído que me ha hecho y me hace tener de
vos y de los otros frailes grandísima compasión,
pensando en el mal estado en que vais a estar allá en la otra
vida.
Dijo entonces el inquisidor:
¿Y qué es lo que te ha movido a
tener esta compasión de nosotros?
El buen hombre respondió :
Señor mío, fueron aquellas palabrasdel Evangelio que dicen: «Recibiréis el ciento por uno».
A lo que el inquisidor dijo:
así es; pero ¿por qué te han
conmovido estas palabras?
Señor mío dijo el buen
hombre, yo os lo diré. Desde que vengo aquí, he
visto todos los días dar aquíafuera a muchos pobres a
veces uno y otras dos calderos de sopa, que se os quita a vos y a los
frailes de vuestro convento como superflua; por lo que si por cada
uno os van a dar ciento en el más allá tanta tendréis
que allí dentro todos vais a ahogaros.
Y como todos los que estaban sentados a la mesa del
inquisidor se echaran a reír, el inquisidor, sintiendo que se
transparentaba la hipocresía de sus sopicaldos, se enojó
todo, y si no fuese porque ya se le reprochaba lo que le había
hecho, otra acusación le habría echado encima por lo
que con aquel chiste había reprobado a él y a sus
holgazanes invitados; y, con ira, le ordenó que hiciese lo que
más le gustara sin ponérsele más delante.
NOVELA SÉPTIMA
Bergamino,
con una historia sobre Primasso y el abad de Cligny, reprende
donosamente la rara avaricia en que cayó el señor Cane
della Scala(26)
Movió la donosura de Emilia y su novela a la
reina y a todos los demás a reír y encomiar la insólita
amonestación hecha al cruzado, pero después de que las
risas se apaciguaron y se tranquilizaron todos, Filostrato, a quien
tocaba novelar, empezó a hablar de esta guisa:
Buena cosa es, valerosas señoras, acertar en un
blanco que nunca se mueve; pero raya en lo maravilloso cuando un
arquero da súbitamente en alguna cosa no usada que aparece de
pronto. La viciosa y sucia vida de los clérigos, en muchas
cosas firme blanco de maldad, sin demasiada dificultad da que hablar,
que amonestar y que reprender a quienquiera que desee hacerlo: y por
ello, aunque bien hizo el hombre valiente que la hipócrita
caridad de los frailes que dan a los pobres lo que convendría
dar a los puercos o tirarlo, echó en cara al inquisidor,
bastante más estimo que ha de alabarse aquel del cual debo
hablar (llevándome a ello la precedente historia), quien al
señor Cane della Scala, magnífico señor, de una
súbita y desusada avaricia aparecida en él, reprendió
con una ingeniosa historia, representando en otros lo que sobre él
y sobre sí mismo quería decir; la cual es ésta:
así como lo extiende su fama por
todo el mundo, el señor Cane della Scala, a quien en hartas
cosas fue favorable la fortuna, fue uno de los más notables y
magníficos señores del emperador Federico II(27)
de los que se tuviese noticia en Italia. El cual, habiendo dispuesto
hacer una notable y maravillosa fiesta en Verona, a la que muchas
gentes y de diversas partes habían venido, y sobre todo
hombres de corte de toda clase, de súbito, fuese cual fuese la
razón, se retrajo de ello y recompensó con algo a los
que habían venido y les dio licencia. Sólo uno llamado
Bergamino(28)
hablador agudo y florido más de lo que puede creer quien no lo
ha oído, como no se le había dado nada ni se le había
despedido, se quedó, esperando que no sin alguna utilidad
futura para él se había hecho aquello. Pero se le había
puesto en el pensamiento al señor Cane que cualquier cosa que
diese a éste era peor que perderla o que arrojarla al fuego: y
no por ello le decía o hacía decir cosa alguna.
Bergamino, después de algunos días, viendo que no le
llamaban ni le solicitaban para nada que fuese propio de su oficio, y
además de ello que se estaba arruinando en el albergue con sus
caballos y sus criados, empezó a desazonarse; pero sin embargo
esperaba, no pareciéndole bien irse.
Y habiendo llevado consigo tres trajes
buenos y ricos que le habían sido dados por otros señores,
para comparecer honradamente en la fiesta, queriendo pagar a su
huésped, primeramente le dio uno y luego, demorándose
todavía mucho más, se vio en necesidad, si quería
estar más con su huésped, de darle el segundo; y empezó
a comer del tercero, dispuesto a quedarse a ver qué pasaba
cuanto le durase aqué l, e irse luego. Ahora, mientras comía
del tercer traje sucedió que, estando almorzando el señor
Cane(29)
llegó un día ante él con aspecto muy
entristecido; lo que al ver el señor Cane, más por
escarnecerlo que por tomar deleite de algún dicho suyo, dijo:
Bergamino, ¿qué te pasa? ¡Estás
tan triste! Cuéntanos alguna cosa.
Bergamino, entonces, sin pararse un punto a pensar, como
si mucho tiempo pensado lo hubiera, súbitamente acomodándola
a su caso, contó esta historia:
Señor mío, debéis
saber que Primasso(30)
fue un gran entendido en gramática, y fue, más que
cualquier otro, grande e improvisado versificador; las cuales cosas
le hicieron tan notable y tan famoso que, aunque en persona no fuese
conocido en todas partes, por nombre y por fama no había casi
nadie que no supiese quién era Primasso. Ahora bien, sucedió
que encontrándose él una vez en París en pobre
estado, como lo estaba la mayor parte del tiempo, porque su mérito
poco era estimado por los que son poderosos, oyóhablar de un
abad de Cligny, que se cree que sea el prelado más rico en
riquezas propias que tenga la Iglesia de Dios, del papa para abajo; y
oyódecir de él maravillosas y magníficas cosas
de que siempre tenía reunida su corte y nunca había
negado, a cualquiera que anduviese allá donde él estaba
ni de comer ni de beber, si llegaba a pedirlo cuando el abad estaba
comiendo. Lo que, oyendo Primasso, como hombre que se complacía
en ver a los hombres y señores valiosos, deliberóir a
ver la magnificencia de este abad y preguntócuán cerca
de París vivía. A lo que le fue contestado que a unas
seis millas en una de sus posesiones; adonde Primasso pensó
poder llegar, poniéndose en camino de mañana a buena
hora, a la hora de comer.
Haciéndose, pues, enseñar el camino, no
encontrando a nadie que fuese allí, temió que por
desgracia pudiera extraviarse e ir a parar en parte donde no
encontraría de comer tan pronto; por lo que, por si ello
ocurriera, para no padecer penuria de comida, pensó en llevar
tres panes, considerando que agua, que le gustaba poco, encontraría
de beber en cualquier parte. Y metiéndoselos en el seno, tomó
el camino y tuvo tanta suerte que antes de la hora de comer llegó
a donde estaba el abad. Y, entrado dentro, estuvo mirando por todas
partes y vista la gran multitud de las mesas puestas y el gran
aparato de la cocina y las demás cosas preparadas para
almorzar, se dijo a sí mismo: «Verdaderamente éste
es tan magnífico como se dice».
Y estando a todas estas cosas atento, el senescal del
abad, porque era hora de comer mandó que se diese agua a las
manos; Y, dada el agua, sentó a todos a la mesa. Y sucedió
por ventura que Primasso fue puesto precisamente enfrente de la
puerta de la cámara por donde el abad debía salir para
venir al comedor. Era costumbre en aquella corte que sobre las mesas
ni vino, ni pan, ni nada de comer o de beber se ponía nunca si
primero no había venido el abad a sentarse a la mesa.
Habiendo, pues, el senescal puesto las mesas, hizo decir
al abad que, cuando le pluguiese, la comida estaba presta. El abad
hizo abrir la cámara para venir a la sala, y al venir miró
hacia adelante, y por ventura el primer hombre en quien puso los ojos
fue Primasso, que bastante pobre estaba de arreos y a quien él
no conocía en persona; y al verlo, incontinenti le vino al
ánimo un pensamiento mezquino y que nunca había tenido,
y se dijo: «¡Mira a quién doy a comer lo mío!».
Y, volviéndose dentro, mandó que cerrasen
la cámara y preguntó a los que estaban con él si
alguno de ellos conocía a aquel bellaco que frente a la puerta
de su cámara se sentaba a la mesa. Todos contestaron que no.
Primasso, que tenía ganas de comer como quien había
caminado y no estaba acostumbrado a ayunar, habiendo ya esperado un
rato y viendo que el abad no venía, se sacódel seno
uno de los tres panes que había llevado y empezó a
comérselo. El abad, después que pasó algún
tanto, mandó a uno de sus familiares que mirase si se había
ido este Primasso. El familiar respondió :
No, mi señor, sino que come pan, lo que
muestra que lo ha traído consigo.
Dijo entonces el abad:
Pues que coma de lo suyo, si tiene, que del
nuestro no comerá hoy.
Habría querido el abad que Primasso se hubiese
ido por sí mismo, porque despedirlo no le parecía bien.
Primasso, como se había comido un pan y el abad no venía,
empezó a comer el segundo, lo que igualmente fue dicho al
abad, que había mandado mirar si se había ido. Por
último, no viniendo el abad, Primasso, comido el segundo,
empezó a comer el tercero, lo que también dijeron al
abad. El cual empezó a pensar y a decirse:
«Ah, ¿qué novedad es esta que me ha
venido hoy al ánimo?, ¿qué avaricia?, ¿qué
encono?, ¿y por causa de quién? Yo he dado de comer de
lo mío, desde hace muchos años, a quien lo ha querido
comer, sin mirar si gentilhombre o villano, pobre o rico, mercader o
tendero, haya sido; y con mis ojos lo he visto despedazar a infinitos
bellacos y nunca al ánimo me vino este pensamiento que por
éste me ha venido hoy; no me debe de haber atacado tan
firmemente la avaricia por un hombre de poco: algún gran
personaje debe ser este que me parece bellaco, pues que así se
me ha embotado el ánimo para honrarlo».
Y, dicho así , quiso saber quién era: y
vino a saber que era Primasso, que había venido aquía
ver lo que había oído de su magnificencia. Y como el
abad le conocía por su fama hacía mucho tiempo como
hombre sabio, se avergonzó y, deseoso de enmienda, de muchas
maneras se ingenió en honrarlo. Y después de comer,
como convenía al valor de Primasso, le hizo vestir noblemente,
y dándole dineros y un palafrén, dejó a su
arbitrio irse o quedarse; de lo que, contento Primasso, habiéndole
dado las gracias mayores que pudo, a París, de donde había
salido a pie, volvió a caballo.
El señor Cane, que era buen entendedor, sin
ninguna otra explicación entendió óptimamente lo
que quería decir Bergamino, y sonriendo le dijo:
Bergamino, asaz finamente has mostrado tus
agravios, tu virtud y mi avaricia y lo que de mídeseas; y en
verdad nunca sino ahora contigo he sido asaltado por la avaricia,
pero la arrojaréde mícon aquel bastón que tú
mismo has inventado.
Y haciendo pagar al huésped de Bergamino, le hizo
restituir los tres trajes, y a él, vestido nobilísimamente
con un rico traje suyo, dándole dineros y un palafrén,
dejó por aquella vez en libertad de quedarse o de irse.
NOVELA OCTAVA
Guiglielmo
Borsiere, con discretas palabras, reprende la avaricia del señor
Herminio de los Grimaldi.
Se sentaba junto a Filostrato Laureta, la cual, después
de que hubo oído alabar el ingenio de Bergamino y advirtiendo
que le correspondía a ella contar alguna cosa, sin esperar
ningún mandato, placenteramente empezó a hablar así .
La novela precedente, queridas compañeras, me
induce a contar cómo un hombre bueno, también cortesano
y no sin fruto, reprendió la codicia de un mercader riquísimo;
y ésta, aunque se asemeje al argumento de la pasada, no deberá
por eso seros menos gustosa, pensando que va a acabar bien.
Hubo, pues, en Génova, ya hace mucho
tiempo, un gentilhombre llamado señor Herminio de los
Grimaldi(13)
que, según era estimado por todos, por sus grandísimas
posesiones y dineros superaba con mucho la riqueza de cualquier otro
ciudadano riquísimo de quien entonces se supiera en Italia; y
tanto como superaba en riqueza a cualquier itálico que fuese,
tanto en avaricia y miseria sobresalía sobre cualquier
miserable y avaro que hubiese en el mundo(47)
por lo que no solamente para honrar a otros tenía la bolsa
cerrada, sino en las cosas necesarias a su propia persona, contra la
costumbre general de los genoveses que acostumbran a vestir
noblemente, mantenía él, por no gastar, privaciones
grandísimas, y del mismo modo en el comer y el beber. Por lo
que merecidamente su apellido de Grimaldi le había sido
quitado y nadie le llamaba otra cosa que Herminio Avaricia.
Sucedió que en este tiempo en que
él, no gastando, multiplicaba lo suyo, llegó a Génova
un valeroso hombre de corte(31)
cortés y buen decidor, llamado Guiglielmo Borsiere(32)
en nada semejante a los de hoy que, no sin gran vergüenza de las
corruptas y vituperables costumbres de quienes quieren hoy ser
llamados y reputados por nobles y por señores, parecen más
bien asnos educados en la torpeza de toda la maldad de los hombres
más viles que en las cortes. Y mientras en otros tiempos solía
ser su ocupación y consagrarse su cuidado a concertar paces
donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres nobles, o
a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas
y discretas recrear los ánimos de los fatigados y solazar las
cortes, y con agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir
los defectos de los malos, y todo esto por premios asaz ligeros; hoy
en contar mal de unos a otros, en sembrar cizaña, en decir
maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas en presencia de
los hombres, en echarse en cara los males, las vergüenzas y las
tristezas, verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos
halagos hacer volver los ánimos nobles a las cosas viles y
malvadas, se ingenian en consumir su tiempo.
Y más es tenido en amor y más honrado y
exaltado con premios altísimos por los señores
miserables y descorteses aquel que más abominables palabras
dice o acciones comete: gran vergüenza y digna de reprobación
del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes, volando
de aquíabajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los
míseros vivientes.
Pero, volviendo a lo que comenzado había, de lo
que el justo enojo me ha apartado más de lo que pensaba, digo
que el ya dicho Guiglielmo fue honrado y de buena gana recibido por
todos los hombres nobles de Génova y que, habiéndose
quedado algunos días en la ciudad y habiendo oído
muchas cosas sobre la miseria y la avaricia del señor
Herminio, lo quiso ver. El señor Herminio había ya oído
que este Guiglielmo Borsiere era hombre honrado y habiendo aún
en él, por avaro que fuese, alguna chispita de cortesía,
con palabras asaz amistosas y con alegre gesto le recibió y
entró con él en muchos y variados razonamientos, y
conversando le llevó consigo, junto con otros genoveses que
con él estaban, a una casa nueva suya que había mandado
hacer muy hermosa; y después de habérsela mostrado
toda, dijo:
Ah, señor Guiglielmo, vos que habéis
visto y oído tantas cosas, ¿me sabríais mostrar
alguna cosa que nunca haya sido vista, que yo pudiese mandar pintar
en la sala de esta casa mía?
A lo que Guiglielmo, oyendo su modo de hablar poco
discreto, repuso:
Señor, algo que nunca se haya visto no
creeréis que yo pueda mostraros, si no son estornudos y otras
cosas semejantes; pero si os place, bien os enseñaré
una cosa que vos no creo que hayáis visto nunca.
El señor Herminio dijo:
Ah, os lo ruego, decidme cuál es no
esperando que él iba a contestarle lo que le contestó.
A lo que Guiglielmo entonces contestó
prestamente:
Mandad pintar la Cortesía.
Al oír el señor Herminio estas palabras se
sintióinvadido por una vergüenza tan grande que tuvo
fuerza para hacerle cambiar el ánimo a todo lo contrario de lo
que hasta aquel momento había sido, y dijo:
Señor Guiglielmo, la haré pintar de
manera que nunca ni vos ni otro con razón podáis
decirme que no la haya visto y conocido.
Y de entonces en adelante (con tal virtud
fueron dichas las palabras de Guiglielmo) fue el más liberal y
más generoso gentilhombre(33)
y el que honró a los forasteros y a los ciudadanos más
que ningún otro que hubiera en Génova en su tiempo.
NOVELA NOVENA
El
rey de Chipre(34)
reprendido por una dama de Gascuña, de cobarde se transforma
en valeroso.
Para Elisa quedaba el último mandato de la reina;
y ella, sin esperarlo, festivamente comenzó:
Jóvenes señoras, ha sucedido
muchas veces que aquello que varias reprensiones y muchos castigos
impuestos a alguno no han podido enseñarle, unas palabras
(muchas veces dichas por acaso), no ex propósito,lo
han logrado. Lo que bien aparece en la novela contada por
Laureta, y yo, además, con otra muy breve entiendo demostraros
porque, como sea que las cosas buenas siempre pueden servir de algo,
deben seguirse con ánimo atento, sea quien sea quien las dice.
Digo, pues, que en tiempos del primer rey
de Chipre, después de la conquista de los Santos Lugares hecha
por Godofredo de Bouillón(35)
sucedió que una noble señora de Gascuña fue en
peregrinación al Sepulcro, y volviendo de allí, llegada
a Chipre, por algunos hombres criminales fue villanamente ultrajada;
de lo que ella, doliéndose sin hallar consuelo, pensó
ir a reclamar al rey; pero alguien le dijo que se cansaría en
balde porque él era de una vida tan abúlica y tan
apocada que, no es que no vengase con su justicia los ultrajes de
otros, sino que soportaba infinitos a él hechos con
vituperable vileza, mientras que quien sufría algún
agravio lo desahogaba haciéndole alguna afrenta o vergüenza.
Oyendo lo cual la dama, desesperando de la venganza, para tener algún
consuelo en su dolor, se propuso reprender la miseria del dicho rey;
y yéndose llorando ante él, dijo:
Señor, no vengo a tu presencia porque
espere venganza de la injuria que me ha sido hecha; sino que en
satisfacción de ella te ruego que me enseñes cómo
sufres las que entiendo te son hechas, para que, aprendiendo de ti,
pueda soportar la mía pacientemente, la cual, sábelo
Dios de buena gana te daría puesto que eres tan buen portador
de ellas.
El rey, que hasta entonces había sido lento y
perezoso, como si se despertase de un sueño, empezando por la
injuria hecha a aquella señora, que vengó duramente, se
hizo severísimo de allí en adelante persecutor de
cualquiera que cometiese alguna cosa contra el honor de su corona.
NOVELA DÉCIMA
El maestro Alberto de Bolonia hace discretamente avergonzar a una señora
que quería avergonzarle a él por estar enamorado de ella.
Quedaba, al callarse Elisa, el último trabajo del
novelar a la reina, la cual, con femenina gracia empezando a hablar,
dijo:
Nobles jóvenes, como en las claras noches son las
estrellas adorno del cielo y en la primavera las flores de los verdes
prados, así lo son las frases ingeniosas de las loables
costumbres y las conversaciones placenteras; las cuales, porque son
breves, convienen mucho más a las mujeres que a los hombres,
porque más de las mujeres que de los hombres desdice el hablar
mucho y largo (cuando pueda pasarse sin ello), a pesar de que hoy
pocas o ninguna mujer puede que se entienda en agudezas o que, si las
oyese, supiera contestarlas: y vergüenza general es para
nosotras y para cuantas están vivas. Porque aquella virtud que
estuvo en el ánimo de nuestras antepasadas, las modernas la
han convertido en adornos del cuerpo, y la que se ve sobre las
espaldas los paños más abigarrados y variegados y con
más adornos, se cree que debe ser tenida en mucho más y
mucho más que otras honrada, no pensando que si en lugar de
sobre las espaldas sobre los lomos los llevase, un asno llevaría
más que alguna de ellas: y no por ello habría que
honrarle más que a un asno.
Me avergüenza decirlo porque no puedo nada decir de
las demás que contra míno diga: ésas tan
aderezadas, tan pintadas, tan abigarradas, o como estatuas de mármol
mudas e insensibles están o, así responden, si se les
dirige la palabra, que mucho mejor fuera que se hubiesen callado; y
nos hacen creer que de pureza de ánimo proceda el no saber
conversar entre señoras y con los hombres corteses, y a su
gazmoñería le han dado nombre de honestidad como si
ninguna señora honesta hubiera sino aquella que con la
camarera o con la lavandera o con su cocinera hable; porque si la
naturaleza lo hubiera querido como ellas quieren hacerlo creer, de
otra manera les hubiera limitado la charla. La verdad es que, como en
las demás cosas, en ésta hay que mirar el tiempo y el
modo y con quién se habla, porque a veces sucede que, creyendo
alguna mujer o algún hombre con alguna frasécula aguda
hacer sonrojar a otro, no habiendo bien medido sus fuerzas con las de
quien sea, aquel rubor que sobre otro ha querido arrojar contra sí
mismo lo ha sentido volverse.
Por lo cual, para que sepáis guardaros y para que
no se os pueda aplicar a vosotras aquel proverbio que comúnmente
se dice por todas partes de que las mujeres en todo cogen lo peor
siempre, esta última novela de las de hoy, que me toca decir,
quiero que os adiestre, para que así como en nobleza de ánimo
estáis separadas de las demás, así también
por la excelencia de las maneras separadas de las demás os
mostréis.
No han pasado todavía muchos años
desde que en Bolonia hubo un grandísimo médico y de
clara fama en todo el mundo, y tal vez vive todavía, cuyo
nombre fue maestro Alberto(36)
el cual, siendo ya viejo de cerca de setenta años, tanta fue
la nobleza de su espíritu que, habiéndosele ya del
cuerpo partido casi todo el calor natural, no se rehusó a
recibir las amorosas llamas habiendo visto en una fiesta a una
bellísima señora viuda llamada, según dicen
algunos, doña Malgherida de los Ghisolieri; y agradándole
sobremanera, no de otro modo que un jovencillo las recibió en
su maduro pecho, hasta tal punto que no le parecía bien
descansar de noche si el día anterior no hubiese visto el
hermoso y delicado rostro de la bella señora. Y por ello,
empezó a frecuentar, a pie o a caballo según lo que más
a mano le venía, la calle donde estaba la casa de esta señora.
Por lo cual, ella y muchas otras señoras se
apercibieron de la razón de su pasar y muchas veces hicieron
bromas entre ellas al ver a un hombre tan viejo, de años y de
juicio, enamorado, como si creyeran que esta pasión tan
placentera del amor solamente en los necios ánimos de los
jóvenes y no en otra parte entrase y permaneciese. Por lo que,
continuando el pasar del maestro Alberto, sucedió que un día
de fiesta, estando esta señora con otras muchas señoras
sentada delante de su puerta, y habiendo visto de lejos venir al
maestro Alberto hacia ellas, todas con ella se propusieron recibirlo
y honrarle y luego gastarle bromas por este su enamoramiento; y así
lo hicieron.
Por lo que, levantándose todas e invitado él,
le condujeron a un fresco patio donde mandaron traer finísimos
vinos y dulces; y al final, con palabras ingeniosas y corteses le
preguntaron cómo podía ser aquello de estar él
enamorado de esta hermosa señora sabiendo que era amada de
muchos hermosos, nobles y corteses jóvenes.
El maestro, sintiéndose gentilmente embromado,
puso alegre gesto y respondió :
Señora, que yo ame no debe maravillar a
ningún sabio, y especialmente a vos, porque os lo merecéis.
Y aunque a los hombres viejos les haya quitado la naturaleza las
fuerzas que se requieren para los ejercicios amorosos, no les ha
quitado la buena voluntad ni el conocer lo que deba ser amado, sino
que naturalmente lo conocen mejor porque tienen más
conocimiento que los jóvenes. La esperanza que me mueve a
amaros, yo viejo a vos amada de muchos jóvenes, es ésta:
muchas veces he estado en sitios donde he visto a las mujeres
merendando y comiendo altramuces y puerros; y aunque en los puerros
nada es bueno, es menos malo y más agradable a la boca la
cabeza, pero vosotras, generalmente guiadas por equivocado gusto, os
quedáis con la cabeza en la mano y os coméis las hojas,
que no sólo no valen nada sino que son de mal sabor. ¿Y
qué séyo, señora, si al elegir los amantes no
hacéis lo mismo? Y si lo hicieseis, yo sería el que
sería elegido por vos, y los otros despedidos.
La noble señora, juntamente con las otras,
avergonzándose un tanto, dijo:
Maestro, asaz bien y cortésmente nos habéis
reprendido de nuestra presuntuosa empresa; con todo, vuestro amor me
es caro, como de hombre sabio y de pro debe serlo, y por ello,
salvaguardando mi honestidad, como a cosa vuestra mandadme todos
vuestros gustos con confianza.
El maestro, levantándose con sus compañeros,
agradeció a la señora y despidiéndose de ella
riendo y con fiesta, se fue. así , la señora, no mirando
de quién se chanceaba, creyendo vencer fue vencida; de lo que
vosotras, si sois prudentes, óptimamente os guardaréis.
Ya estaba el sol inclinado hacia el ocaso y disminuido
en gran parte el calor, cuando las narraciones de las jóvenes
y de los jóvenes llegaron a su fin; por lo cual, su reina
placenteramente dijo:
Ahora ya, queridas compañeras, nada queda a
mi gobierno durante la presente jornada sino daros una nueva reina
que, en la venidera, según su juicio, su vida y la nuestra
disponga para una honesta recreación, y mientras el día
dure de aquí hasta la noche (porque quien no se toma algún
tiempo por delante no parece que bien pueda prepararse para el
porvenir) y para que aquello que la nueva reina delibere que sea
oportuno para mañana pueda disponerse, a esta hora me parece
que deben empezar las jornadas siguientes. Y por ello, en reverencia
a Aquel por quien todas las cosas viven y es nuestro consuelo, en
esta segunda jornada Filomena, joven discretísima, como reina
guiará nuestro reino.
Y dicho esto, poniéndose en pie y quitándose
la guirnalda de laurel, con reverencia a ella se la puso, y ella
primero y después todas las demás y semejantemente los
jóvenes la saludaron como a reina, y a su señorío
con complacencia se sometieron. Filomena, un tanto sonrojada de
vergüenza, viéndose coronada en aquel reino y acordándose
de las palabras poco antes dichas por Pampínea, para no
parecer gazmoña, recobrada la osadía, primeramente
confirmólos cargos dados por Pampínea y dispuso lo que
para la mañana siguiente y para la futura cena debía
hacerse y quedándose aquídonde estaban, empezó
a hablar así .
Carísimas compañeras(37)
aunque Pampínea, por su cortesía más que por mi
virtud, me haya hecho reina de todos vosotros, no me siento yo
dispuesta a seguir solamente mi juicio sobre la forma de nuestro
vivir, sino el vuestro junto con el mío, y para que lo que a
míme parece hacer sepáis, y por consiguiente añadir
y disminuir podáis a vuestro gusto, con pocas palabras
entiendo mostrároslo. Si hoy he reparado bien, los modos
seguidos por Pampínea me parece que han sido todos igualmente
loables y deleitosos; y por ello, hasta que, o por demasiada
repetición o por otra razón, no nos causen tedio, no
pienso cambiarlos. Habiendo ya, pues, comenzado las órdenes de
lo que hayamos de hacer, levantándonos de aquí, nos
iremos a pasear un rato, y cuando el sol estéponiéndose
cenaremos con la fresca y, luego de algunas cancioncillas y otros
entretenimientos, bien será que nos vayamos a dormir. Mañana,
levantándonos con la fresca, semejantemente iremos a
solazarnos a alguna parte como a cada uno le sea más agradable
hacer, y como hoy hemos hecho, igual a la hora debida volveremos a
comer; bailaremos, y cuando nos levantemos de la siesta, aquí
donde hoy hemos estado volveremos a novelar, en lo que me parece
haber grandísimo placer y utilidad a un tiempo. Y lo que
Pampínea no ha podido hacer, por haber sido ya tarde elegida
para el gobierno, quiero comenzar a hacerlo, es decir, a restringir
dentro de algunos límites aquello sobre lo cual debamos
novelar y decíroslo anticipadamente para que cada uno tenga
tiempo de poder pensar en alguna buena historia sobre el asunto
propuesto para poderla contar; el cual, si os place, sea esta vez
que, puesto que desde el principio del mundo los hombres han sido
empujados por la fortuna a casos diversos, y lo serán hasta el
fin, todos debemos contar algo sobre ello: sobre alguien que,
perseguido por diversas contrariedades, haya llegado contra toda
esperanza a buen fin.
Las mujeres y los hombres, todos por igual, alabaron
esta orden y aprobaron que se siguiese; solamente Dioneo, todos los
otros habiendo callado ya, dijo:
Señora mía, como todos éstos
han dicho, también digo yo que es sumamente placentera y
encomiable la orden por vos dada; pero como gracia especial os pido
un don, que quiero que me sea confirmado mientras nuestra compañía
dure, y es éste: que yo no sea obligado por esta ley de tener
que contar una historia según un asunto propuesto si no
quiero, sino sobre aquello que más me guste contarlo. Y para
que nadie piense que quiero esta gracia como hombre que no tenga a
mano historias, desde ahora me contentarécon ser él
último que la cuente.
La reina, que lo conocía como hombre divertido y
festivo, comprendió justamente que no lo pedía sino por
poder a la compañía alegrar con alguna historia
divertida si estuviesen cansados de tanta narración, y con
consentimiento de los demás, alegremente le concedió la
gracia; y levantándose todos, hacia un arroyo de agua
clarísima que de un montecillo descendía a un valle
sombreado con muchos árboles, entre piedras lisas y verdes
hierbecillas, con despacioso paso se fueron. Allí descalzos y
metiendo los brazos desnudos en el agua, empezaron a divertirse entre
ellos de varias maneras.
Y al acercarse la hora de la cena volvieron hacia la
villa y cenaron con gusto; después de la cena, hechos traer
los instrumentos, mandó la reina que se iniciase una danza, y
conduciéndola Laureta, que Emilia cantase una canción,
acompañada por el laúd de Dioneo. Por cuya orden,
Laureta, prestamente, comenzó una danza y la dirigió,
cantando Emilia amorosamente la siguiente canción:
Tanto me satisface mi hermosura
que en otro amor jamás
ni pensaré ni buscaré ternura.
En ella veo siempre en el espejo
el bien que satisface el intelecto(38)y ni accidente nuevo o pensar viejo
el bien me quitará que me es dilecto
pues ¿qué otro amable objeto
podré mirar jamás
que dé a mi corazón nueva ternura?
No se escapa este bien cuando deseo,
por sentir un consuelo, contemplarlo,
pues mi placer secunda, y mi recreo
de tan suave manera, que expresarlo
no podría, ni podría experimentarlo
ningún mortal jamás
que no hubiese
abrasado tal ternura.
Y yo, que a cada instante más me
enciendo,
cuanto más en él fijo la mirada,
toda
me doy a él, toda me ofrendo
gustando ya de su promesa
amada;
y tanto gozo espero a mi llegada
junto a él, que
jamás
ha sentido aquínadie tal ternura.
Terminada esta balada, que todos habían coreado
alegremente, aunque a muchos les hiciese cavilar su letra, luego de
algunas carolas, habiendo pasado ya una partecilla de la breve noche,
plugo a la reina dar fin a la primera jornada, y mandando encender
las antorchas, ordenó que todos se fuesen a descansar hasta la
mañana siguiente; por lo que, cada uno, volviéndose a
su cámara, así hizo.
TERMINA LA PRIMERA JORNADA
SEGUNDA JORNADA
COMIENZA LA SEGUNDA JORNADA DEL DECAMERóN, EN LA
QUE, BAJO EL GOBIERNO DE FILOMENA, SE RAZONA SOBRE QUIENES,
PERSEGUIDOS POR DIVERSAS CONTRARIEDADES, HAN LLEGADO, CONTRA TODA
ESPERANZA, A BUEN FIN.
Ya había el sol llevado a todas partes el nuevo
día con su luz y los pájaros daban de ello testimonio a
los oídos cantando placenteros versos sobre las verdes ramas,
cuando todas las jóvenes y los tres jóvenes, habiéndose
levantado, se entraron por los jardines y, hollando con lento paso
las hierbas húmedas de rocío, haciéndose bellas
guirnaldas acá y allá, recreándose durante largo
rato estuvieron. Y tal como habían hecho el día
anterior hicieron el presente: habiendo comido con la fresca, luego
de haber bailado alguna danza se fueron a descansar y, levantándose
de la siesta después de la hora de nona, como le plugo a su
reina, venidos al fresco pradecillo, se sentaron en torno a ella. Y
ella, que era hermosa y de muy amable aspecto, coronada con su
guirnalda de laurel, después de estar callada un poco y de
mirar a la cara a toda su compañía, mandó a
Neifile que a las futuras historias diese, con una, principio; y
ella, sin poner ninguna excusa, así , alegre, empezó a
hablar:
NOVELA PRIMERA
Martellino, fingiéndose tullido, simula curarse sobre la tumba de San
Arrigo y, conocido su engaño, es apaleado; y después de
ser apresado y estar en peligro de ser colgado, logra por fin
escaparse.
Muchas veces sucede, carísimas señoras,
que aquel que se ingenia en burlarse de otro, y máximamente de
las cosas que deben reverenciarse, se ha encontrado sólo con
las burlas y a veces con daño de sí mismo; por lo que,
para obedecer el mandato de la reina y dar principio con una historia
mía al asunto propuesto, entiendo contaros lo que, primero
desdichadamente y después (fuera de toda su esperanza) muy
felizmente, sucedió a un conciudadano nuestro.
Había, no hace todavía mucho
tiempo, un tudesco en Treviso llamado Arrigo que, siendo hombre
pobre, servía como porteador a sueldo a quien se lo solicitaba
y, a pesar de ello, era tenido por todos como hombre de santísima
y buena vida. Por lo cual, fuese verdad o no, sucedió al morir
él, según afirman los trevisanos, que a la hora de su
muerte, todas las campanas de la iglesia mayor de Treviso empezaron a
sonar sin que nadie las tocase. Lo que, tenido por milagro, todos
decían que este Arrigo era santo(39)
y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa en que yacía
su cuerpo, lo llevaron a guisa de cuerpo santo a la iglesia mayor,
llevando allícojos, tullidos y ciegos y demás
impedidos de cualquiera enfermedad o defecto, como si todos debieran
sanar al tocar aquel cuerpo.
En tanto tumulto y movimiento de gente
sucedió que a Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos,
de los cuales uno se llamaba Stecchi, otro Martellino y el tercero
Marchese(40)
hombres que, yendo por las cortes de los señores, divertían
a la concurrencia distorsionándose y remedando a cualquiera
con muecas extrañas. Los cuales, no habiendo estado nunca
allí, se maravillaron de ver correr a todos y, oído el
motivo de aquello, sintieron deseos de ir a ver y, dejadas sus cosas
en un albergue, dijo Marchese:
Queremos ir a ver este santo, pero en cuanto a mí,
no veo cómo podamos llegar hasta él, porque he oído
que la plaza está llena de tudescos y de otra gente armada que
el señor de esta tierra, para que no haya alboroto, hace estar
allí, y además de esto, la iglesia, por lo que se dice,
está tan llena de gente que nadie más puede entrar.
Martellino, entonces, que deseaba ver aquello, dijo:
Que no se quede por eso, que de llegar hasta el
cuerpo santo yo encontrarébien el modo.
Dijo Marchese:
¿Cómo?
Repuso Martellino:
Te lo diré: yo me contorsionarécomo
un tullido y tú por un lado y Stecchi por el otro, como si no
pudiese andar, me vendréis sosteniendo, haciendo como que me
queréis llevar allípara que el santo me cure: no habrá
nadie que, al vernos, no nos haga sitio y nos deje pasar.
A Marchese y a Stecchi les gustó el
truco y, sin tardanza, saliendo del albergue, llegados los tres a un
lugar solitario, Martellino se retorció las manos de tal
manera, los dedos y los brazos y las piernas, y además de ello
la boca y los ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de
ver; no habría habido nadie que lo hubiese visto que no
hubiese pensado que estaba paralítico y tullido. Y sujetado de
esta manera, entre Marchese y Stecchi, se enderezaron hacia la
iglesia, con aspecto lleno de piedad, pidiendo humildemente y por
amor de Dios a todos los que estaban delante de ellos que les
hiciesen sitio, lo que fácilmente obtenían; y en breve,
respetados por todos y todo el mundo gritando: «¡Haced
sitio, haced sitio!», llegaron allídonde estaba el
cuerpo de San Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban a su
alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el cuerpo
para que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la salud.
Martellino, como toda la gente estaba mirando lo que
pasaba con él, comenzó, como quien lo sabía
hacer muy bien, a fingir que uno de sus dedos se estiraba, y luego la
mano, y luego el brazo, y así todo entero llegar a estirarse.
Lo que, viéndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de San
Arrigo hacían que un trueno no habría podido oírse.
Había por acaso un florentino cerca que conocía muy
bien a Martellino, pero que por estar así contorsionado cuando
fue llevado allíno lo había reconocido. El cual,
viéndolo enderezado, lo reconoció y súbitamente
empezó a reírse y a decir:
¡Señor, haz que le duela! ¿Quién
no hubiera creído al verlo venir que de verdad fuese un
lisiado?
Oyeron estas palabras unos trevisanos que, incontinenti,
le preguntaron:
¡Cómo! ¿No era éste
tullido?
A lo que el florentino repuso:
¡No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan
derecho como nosotros, pero sabe mejor que nadie, como habéis
podido ver, hacer estas burlas de contorsionarse en las posturas que
quiere.
Como hubieron oído esto, no necesitaron otra
cosa: por la fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar:
¡Coged preso a ese traidor que se burla de
Dios y de los santos, que no siendo tullido ha venido aquí
para escarnecer a nuestro santo y a nosotros haciéndose el
tullido!
Y, diciendo esto, le echaron las manos encima y lo
hicieron bajar de donde estaba, y cogiéndole por los pelos y
desgarrándole todos los vestidos empezaron a darle puñetazos
y puntapiés, y no se consideraba hombre quien no corría
a hacer lo mismo. Martellino gritaba:
¡Piedad, por Dios!
Y se defendía cuanto podía, pero no le
servía de nada: las patadas que le daban se multiplicaban a
cada momento. Viendo lo cual, Stecchi y Marchese empezaron a decirse
que la cosa se ponía mal; y temiendo por sí mismos, no
se atrevían a ayudarlo, gritando junto con los otros que le
matasen, aunque pensando sin embargo cómo podrían
arrancarlo de manos del pueblo. Que le hubiera matado con toda
certeza si no hubiera habido un expediente que Marchese tomó
súbitamente: que, estando allífuera toda la guardia de
la señoría, Marchese, lo antes que pudo se fue al que
estaba en representación del corregidor y le dijo:
¡Piedad, por Dios! Hay aquíalgún
malvado que me ha quitado la bolsa con sus buenos cien florines de
oro; os ruego que lo prendáis para que pueda recuperar lo mío.
Súbitamente, al oír esto, una docena de
soldados corrieron a donde el mísero Martellino era
trasquilado sin tijeras y, abriéndose paso entre la
muchedumbre con las mayores fatigas del mundo, todo apaleado y todo
roto se lo quitaron de entre las manos y lo llevaron al palacio del
corregidor, adonde, siguiéndole muchos que se sentían
escarnecidos por él, y habiendo oído que había
sido preso por descuidero, no pareciéndoles hallar más
justo título para traerle desgracia, empezaron a decir todos
que les había dado el tirón también a sus
bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del corregidor, que era un
hombre rudo, llevándoselo prestamente aparte le empezó
a interrogar.
Pero Martellino contestaba bromeando, como
si nada fuese aquella prisión; por lo que el juez, alterado,
haciéndolo atar con la cuerda(41)
le hizo dar unos buenos saltos, con ánimo de hacerle confesar
lo que decían para después ahorcarlo. Pero luego que se
vio con los pies en el suelo, preguntándole el juez si era
verdad lo que contra él decían, no valiéndole
decir no, dijo:
Señor mío, estoy presto a confesaros
la verdad, pero haced que cada uno de los que me acusan diga dónde
y cuándo les he quitado la bolsa, y os dirélo que yo
he hecho y lo que no.
Dijo el juez:
Que me place.
Y haciendo llamar a unos cuantos, uno decía que
se la había quitado hace ocho días, el otro que seis,
el otro que cuatro, y algunos decían que aquel mismo día.
Oyendo lo cual, Martellino dijo:
Señor mío, todos estos
mienten con toda su boca: y de que yo digo la verdad os puedo dar
esta prueba, que nunca había estado en esta ciudad y que no
estoy en ella sino desde hace poco; y al llegar, por mi desventura,
fui a ver a este cuerpo santo, donde me han trasquilado todo cuanto
veis; y que esto que digo es cierto os lo puede aclarar el oficial
del señor que registrómi entrada, y su libro(42)
y también mi posadero. Por lo que, si halláis cierto lo
que os digo, no queráis a ejemplo de esos hombres malvados
destrozarme y matarme.
Mientras las cosas estaban en estos términos,
Marchese y Stecchi, que habían oído que el juez del
corregidor procedía contra él sañudamente, y que
ya le había dado tortura, temieron mucho, diciéndose:
Mal nos hemos industriado; le hemos sacado de la
sartén para echarlo en el fuego.
Por lo que, moviéndose con toda
presteza, buscando a su posadero, le contaron todo lo que les había
sucedido; de lo que, riéndose éste, les llevó a
ver a un Sandro Agolanti(43)
que vivía en Treviso y tenía gran influencia con el
señor, y contándole todo por su orden, le rogó
que con ellos interviniera en las hazañas de Martellino, y así
se hizo. Y los que fueron a buscarlo le encontraron todavía en
camisa delante del juez y todo desmayado y muy temeroso porque el
juez no quería oír nada en su descargo, sino que, como
por acaso tuviese algún odio contra los florentinos, estaba
completamente dispuesto a hacerlo ahorcar y en ninguna guisa quería
devolverlo al señor, hasta que fue obligado a hacerlo contra
su voluntad.
Y cuando estuvo ante él, y le hubo dicho todas
las cosas por su orden, pidió que como suma gracia le dejase
irse porque, hasta que en Florencia no estuviese, siempre le
parecería tener la soga al cuello. El señor rió
grandemente de semejante aventura y, dándoles un traje por
hombre, sobrepasando la esperanza que los tres tenían de salir
con bien de tal peligro, sanos y salvos se volvieron a su casa.
NOVELA SEGUNDA
Rinaldo
de Asti, robado, va a parar a Castel Guiglielmo y es albergado por
una señora viuda, y, desagraviado de sus males, sano y salvo
vuelve a su casa.
De las desventuras de Martellino contadas por Neifile
rieron las damas desmedidamente, y sobre todo entre los jóvenes
Filostrato, a quien, como estaba sentado junto a Neifile, mandó
la reina que la siguiese en el novelar; y sin esperar, comenzó:
Bellas señoras, me siento inclinado
a contaros una historia sobre cosas católicas44)
entremezcladas con calamidades y con amores, la cual será por
ventura útil haberla oído, especialmente a quienes por
los peligrosos caminos del amor son caminantes, de los cuales quien
no haya rezado el padrenuestro de San Julián(45)
muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda mal.
Había, pues, en tiempos del marqué s
Azzo de Ferrara(46)
un mercader llamado Rinaldo de Asti que, por sus negocios, había
ido a Bolonia; a los que habiendo provisto y volviendo a casa, le
sucedió que, habiendo salido de Ferrara y caminando hacia
Verona, se topó con unos que parecían mercaderes y eran
unos malhechores y hombres de mala vida y condición y,
discurriendo con ellos, siguióincautamente en su compañía.
Éstos, viéndole mercader y juzgando que
debía llevar dineros, deliberaron entre sí que a la
primera ocasión le robarían, y por ello, para que no
sintiera ninguna sospecha, como hombres humildes y de buena
condición, sólo de cosas honradas y de lealtad iban
hablando con él, haciéndose todo lo que podían y
sabían humildes y benignos a sus ojos, por lo que él
reputaba por gran ventura haberlos encontrado ya que iba solo con su
criado y su caballo. Y así caminando, de una cosa en otra,
como suele pasar en las conversaciones, llegaron a discurrir sobre
las oraciones que los hombres dirigen a Dios. Y uno de los
malhechores, que eran tres, dijo a Rinaldo:
Y vos, gentilhombre, ¿qué oración
acostumbráis a rezar cuando vais de camino?
A lo que Rinaldo repuso:
En verdad yo soy hombre asaz
ignorante y rústico, y pocas oraciones tengo a mano como que
vivo a la antigua y cuento dos sueldos por veinticuatro dineros(48)
pero no por ello he dejado de tener por costumbre al ir de camino
rezar por la mañana, cuando salgo del albergue, un
padrenuestro y un avemaría por el alma del padre y de la madre
de San Julián, después de lo que pido a Dios y a él
que la noche siguiente me deparen buen albergue. Y ya muchas veces me
he visto, yendo de camino, en grandes peligros, y escapando a todos
los cuales, he estado la noche siguiente en un buen lugar y bien
albergado; por lo que tengo firme fe en que San Julián, en
cuyo honor lo digo, me haya conseguido de Dios esta gracia; no me
parece que podría andar bien el día, ni llegar bien la
noche siguiente, si no lo hubiese rezado por la mañana.
A lo cual, el que le había preguntado dijo:
Y hoy de mañana, ¿lo habéis
dicho?
A lo que Rinaldo respondió :
Ciertamente.
Entonces aqué l, que ya sabía lo que iba a
sucederle, dijo para si «Falta te hará, porque, si
no fallamos, vas a albergarte mal según me parece». Y
luego le dijo:
Yo también he viajado mucho y
nunca lo he rezado, aunque lo haya oído a muchos recomendar, y
nunca me ha sucedido que por ello dejase de albergarme bien; y esta
noche por ventura podréis ver quién se albergará
mejor, o vos que lo habéis dicho o yo que no lo he dicho. Bien
es verdad que yo en su lugar digo el Dirupisti o la Intemerata
o el De Profundis(49)
que son, según una abuela mía solía decirme, de
grandísima virtud.
Y hablando así de varias cosas y continuando su
camino, y esperando lugar y ocasión para su mal propósito,
sucedió que, siendo ya tarde, del otro lado de Castel
Guiglielmo, al vadear un río aquellos tres, viendo la hora
tardía y el lugar solitario y oculto, lo asaltaron y lo
robaron, y dejándolo a pie y en camisa, yéndose, le
dijeron:
Anda y mira a ver si tu San Julián te da
esta noche buen albergue, que el nuestro bien nos lo dará.
Y, vadeando el río, se fueron. El criado de
Rinaldo, viendo que lo asaltaban, como vil, no hizo nada por
ayudarle, sino que dando la vuelta al caballo sobre el que estaba, no
se detuvo hasta estar en Castel Guiglielmo, y entrando allí,
siendo ya tarde, sin ninguna dificultad encontró albergue.
Rinaldo, que se había quedado en camisa y
descalzo, siendo grande el frío y nevando todavía
mucho, no sabiendo qué hacerse, viendo llegada ya la noche,
temblando y castañeteándole los dientes, empezó
a mirar alrededor en busca de algún refugio donde pudiese
estar durante la noche sin morirse de frío; pero no viendo
ninguno porque no hacía mucho que había habido guerra
en aquella comarca y todo había ardido, empujado por el frío,
se enderezó, trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo
sin embargo que su criado hubiese huido allío a ningún
otro sitio, y pensando que si pudiera entrar allí, algún
socorro le mandaría Dios.
Pero la noche cerrada le cogiócerca de una milla
alejado del burgo, por lo que llegó allí tan tarde que,
estando las puertas cerradas y los puentes levantados, no pudo entrar
dentro. Por lo cual, llorando doliente y desconsoladamente, miraba
alrededor dónde podría ponerse que al menos no le
nevase encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo
algo saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pensó quedarse
hasta que fuese de día; y yéndose allíy
habiendo encontrado una puerta bajo aquel saledizo, como estaba
cerrada, reuniendo a su pie alguna paja que por allícerca
había, triste y doliente se quedó, muchas veces
quejándose a San Julián, diciéndole que no era
digno de la fe que había puesto en él.
Pero San Julián, que le quería bien, sin
mucha tardanza le deparó un buen albergue. Había en
este burgo una señora viuda, bellísima de cuerpo como
la que más, a quien el marqué s Azzo amaba tanto como a
su vida y aquía su disposición la hacía estar.
Y vivía la dicha señora en aquella casa bajo cuyo
saledizo Rinaldo se habla ido a refugiar. Y el día anterior
por acaso había el marqué s venido aquípara
yacer por la noche con ella, y en su casa misma secretamente había
mandado prepararle un baño y suntuosamente una cena.
Y estando todo presto, y nada sino la llegada del
marqué s esperando ella, sucedió que un criado llegó
a la puerta que traía nuevas al marqué s por las cuales
tuvo que ponerse en camino súbitamente; por lo cual, mandando
decir a la señora que no lo esperase, se marchó
prestamente. Con lo que la mujer, un tanto desconsolada, no sabiendo
qué hacer, deliberómeterse en el baño preparado
para el marqué s y después cenar e irse a la cama; y
así , se metió en el baño. Estaba este baño
cerca de la puerta donde el pobre Rinaldo estaba acostado fuera de la
ciudad; por lo que, estando la señora en el baño,
sintió el llanto y la tiritona de Rinaldo, que parecía
haberse convertido en cigüeña. Y llamando a su criada, le
dijo:
Vete abajo y mira fuera de los muros al pie de esa
puerta quién hay allí, y quién es y lo que hace.
La criada fue y, ayudándola la claridad del aire,
vio al que en camisa y descalzo estaba allí, como se ha dicho,
y todo tiritando; por lo que le preguntóquién era. Y
Rinaldo, temblando tanto que apenas podía articular palabra,
quién fuese y cómo y por qué estaba allí,
lo más breve que pudo le dijo y luego lastímeramente
comenzó a rogarle que, si fuese posible, no lo dejase allí
morirse de frío durante la noche. La criada, sintiéndose
compadecida, volvió a la señora y todo le dijo; y ella,
también sintiendo piedad, se acordó que tenía la
llave de aquella puerta, que algunas veces servía a las
ocultas entradas del marqué s, y dijo:
Ve y ábrele sin hacer ruido; aquí
está esta cena que no habría quien la comiese, y para
poderlo albergar hay de sobra.
La criada, habiendo alabado mucho la humanidad de la
señora, fue y le abrió; y habiéndolo hecho
entrar, viéndolo casi yerto, le dijo la señora:
Pronto, buen hombre, entra en aquel baño,
que todavía está caliente.
Y él, sin esperar más invitaciones, lo
hizo de buena gana, y todo reconfortado con aquel calor, de la muerte
a la vida le parecióhaber vuelto. La señora le hizo
preparar ropas que habían sido de su marido, muerto poco
tiempo antes, y cuando las hubo vestido parecían hechas a su
medida; y esperando qué le mandaba la señora, empezó
a dar gracias a Dios y a San Julián que de una noche tan mala
como la que le esperaba le habían librado y a buen albergue,
por lo que parecía, conducido. Después de esto, la
señora, algo descansada, habiendo ordenado hacer un grandísimo
fuego en la chimenea de uno de sus salones, se vino allíy
preguntóqué era de aquel buen hombre. A lo que la
criada respondió :
Señora mía, se ha vestido y es un
buen mozo y parece persona de bien y de buenas maneras.
Ve, entonces dijo la señora, y
llámalo, y dile que se venga aquíal fuego, y así
cenará, que sé que no ha cenado.
Rinaldo, entrando en el salón y viendo a la
señora y pareciéndole principal, la saludó
reverentemente y las mayores gracias que supo le dio por el beneficio
que le había hecho. La señora lo vio y lo escuchó ,
y pareciéndole lo que la criada le había dicho, lo
recibió alegremente y con ella familiarmente le hizo sentarse
al fuego y le preguntósobre la desventura que le había
conducido allí, y Rinaldo le narrótodas las cosas por
su orden. Había la señora, por la llegada del criado de
Rinaldo al castillo, oído algo de ello por lo que enteramente
creyó en lo que él le contaba, y también le dijo
lo que de su criado sabía y cómo fácilmente
podría encontrarlo a la mañana siguiente.
Pero luego que la mesa fue puesta como la señora
quiso, Rinaldo con ella, lavadas las manos, se puso a cenar. Él
era alto de estatura, y hermoso y agradable de rostro y de maneras
asaz loables y graciosas, y joven de mediana edad; y la señora,
habiéndole ya muchas veces puesto los ojos encima y
apreciándolo mucho, y ya, por el marqué s que con ella
debía venir a acostarse teniendo el apetito concupiscente
despierto en la mente, después de la cena, levantándose
de la mesa, con su criada se aconsejósi le parecía
bien que ella, puesto que el marqué s la había burlado,
usase de aquel bien que la fortuna le había enviado. La
criada, conociendo el deseo de su señora, cuanto supo y pudo
la animó a seguirlo; por lo que la señora, volviendo al
fuego donde había dejado solo a Rinaldo, empezando a mirarlo
amorosamente, le dijo:
¡Ah, Rinaldo!, ¿por qué estáis
tan pensativo? ¿No creéis poder resarciros de un
caballo y de unos cuantos paños que habéis perdido?
Confortaos, poneos alegre, estáis en vuestra casa; y más
quiero deciros: que, viéndoos con esas ropas encima, que
fueron de mi difunto marido, pareciéndome vos él mismo,
me han venido esta noche más de cien veces deseos de abrazaros
y de besaros, y si no hubiera temido desagradaros por cierto que lo
habría hecho.
Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el relampaguear
de los ojos de la mujer, como quien no era un mentecato, se fue a su
encuentro con los brazos abiertos y dijo:
Señora mía, pensando que por vos
puedo siempre decir que estoy vivo, y mirando aquello de donde me
sacasteis, gran vileza sería la mía si yo todo lo que
pudiera seros agradable no me ingeniase en hacer; y así ,
contentad vuestro deseo de abrazarme y besarme, que yo os abrazaré
y os besarémás que a gusto.
Después de esto no necesitaron más
palabras. La mujer, que ardía toda en amoroso deseo,
prestamente se le echó en los brazos; y después que mil
veces, estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras
tantas fue besada por él, levantándose de allí
se fueron a la alcoba y sin esperar, acostándose, plenamente y
muchas veces, hasta que vino el día, sus deseos cumplieron.
Pero luego que empezó a salir la aurora, como
plugo a la señora, levantándose, para que aquello no
pudiera ser sospechado por nadie, dándole algunas ropas asaz
mezquinas y llenándole la bolsa de dineros, rogándole
que todo aquello tuviese secreto, habiéndole enseñado
primero qué camino debiese seguir para llegar dentro a buscar
a su criado, por aquella portezuela por donde había entrado le
hizo salir.
Él, al aclararse el día, dando muestras de
venir de más lejos, abiertas las puertas, entró en
aquel burgo y encontró a su criado; por lo que, vistiéndose
con ropas suyas que en el equipaje tenía, y pensando en
montarse en el caballo del criado, casi por milagro divino sucedió
que los tres malhechores que la noche anterior le habían
robado, por otra maldad hecha después, apresados, fueron
llevados a aquel castillo y, por su misma confesión, le fue
restituido el caballo, los paños y los dineros y no perdió
más que un par de ligas de las medías de las que no
sabían los malhechores qué habían hecho.
Por lo cual Rinaldo, dándole gracias a Dios y a
San Julián, montó a caballo, y sano y salvo volvió
a su casa; y a los tres malhechores, al día siguiente, los
llevaron a agitar los pies en el aire.
NOVELA TERCERA
Tres
jóvenes, malgastando sus bienes, se empobrecen; y un sobrino
suyo, que al volver a casa desesperado tiene como compañero de
camino a un abad, encuentra que éste es la hija del rey de
Inglaterra, la cual le toma por marido y repara los descalabros de
sus tíos restituyéndoles en su buen estado.
Fueron oídas con admiración las aventuras
de Rinaldo de Asti por las señoras y los jóvenes y
alabada su devoción, y dadas gracias a Dios y a San Julián
que le habían prestado socorro en su mayor necesidad, y no fue
por ello (aunque esto se dijese medio a escondidas) reputada por
necia la señora que había sabido coger el bien que Dios
le había mandado a casa. Y mientras que sobre la buena noche
que aqué l había pasado se razonaba entre sonrisas
maliciosas, Pampínea, que se veía al lado de
Filostrato, apercibiéndose, así como sucedió ,
que a ella le tocaba la vez, recogiéndose en sí misma,
empezó a pensar en lo que debía contar; y luego del
mandato de la reina, no menos atrevida que alegre empezó a
hablar así :
Valerosas señoras, cuanto más se habla de
los hechos de la fortuna, tanto mas, a quien quiere bien mirar sus
casos, queda por contar; y de ello nadie debe maravillarse si
discretamente piensa que todas las cosas que nosotros neciamente
nuestras llamamos están en sus manos y por consiguiente, por
ella, según su oculto juicio, sin ninguna pausa, de uno en
otro y de otro en uno sucesivamente sin ningún orden conocido
por nosotros son cambiadas. Lo que, aunque con plena fidelidad, en
todas las cosas y todo el día se muestre, y además haya
sido antes mostrado en algunas historias, no dejaré(ya que
place a nuestra reina que de ello se hable), tal vez no sin utilidad
de los oyentes, de añadir a las contadas una historia más,
que pienso que deberá agradaros.
Hubo en nuestra ciudad un caballero cuyo
nombre era micer Tebaldo, el cual, según quieren algunos, fue
de los Lamberti y otros afirman haber sido de los Agolanti,
fundándose tal vez, más que en otra cosa, en el oficio
que sus hijos después de él han hecho, conforme al que
siempre los Agolanti han hecho y hacen(50)
Pero dejando a un lado a cuál de las dos casas perteneciese,
digo que fue éste en sus tiempos riquísimo caballero y
tuvo tres hijos, el primero de los cuales tuvo por nombre Lamberto,
el segundo Tebaldo y el tercero Agolante, ya hermosos y corteses
jóvenes, aunque el mayor no llegase a dieciocho años,
cuando este riquísimo micer Tebaldo vino a morir, y a ellos,
como a sus herederos legítimos, todos sus bienes muebles e
inmuebles dejó.
Los cuales, viéndose quedar riquísimos en
campesinos y en posesiones, sin ningún otro gobierno sino su
propio placer, sin ningún freno ni contención empezaron
a gastar teniendo numerosísimos criados y muchos y buenos
caballos y perros y aves y continuamente huéspedes, dando y
justando y haciendo no solamente lo que a gentileshombres
corresponde, sino también aquello que en su apetito juvenil
les venía en gana hacer. Y no habían llevado mucho
tiempo tal vida cuando el tesoro dejado por el padre disminuyó
y no bastándoles para los comenzados gastos sus rentas,
comenzaron a empeñar y a vender las posesiones; y hoy una,
mañana otra vendiendo, apenas se dieron cuenta cuando se
vieron venidos a la nada y se abrieron a la pobreza sus ojos, que la
riqueza había tenido cerrados.
Por lo cual Lamberto, llamando un día a los otros
dos, les dijo cuán grande había sido la honorabilidad
del padre y cuánta la suya, y cuánta su riqueza y cuál
la pobreza a la que por su desordenado gastar habían venido; y
lo mejor que supo, antes de que más aparente fuese su miseria,
les animó a vender con él mismo lo poco que les quedaba
y a irse; y así lo hicieron.
Y sin despedirse ni hacer ninguna pompa, salidos de
Florencia, no se detuvieron hasta que estuvieron en Inglaterra, y
allí, tomando una casita en Londres, haciendo pequeñísimos
gastos, duramente comenzaron a prestar a usura; y tan favorable les
fue la fortuna en este lugar que en pocos años una grandísima
cantidad de dineros ganaron. Por lo cual, con ellos, sucesivamente
uno u otro volviendo a Florencia, gran parte de sus posesiones
volvieron a comprar y muchas otras compraron además de
aqué llas, y tomaron mujer; y, para continuar prestando en
Inglaterra, a atender sus negocios mandaron a un joven sobrino suyo
que tenía por nombre Alessandro, y ellos tres en Florencia,
habiendo olvidado a qué partido les había llevado el
desmedido gasto otras veces, a pesar de que con familia todos habían
venido, más que nunca excesivamente gastaban y tenían
sumo crédito con todos los mercaderes y por cualquier cantidad
grande de dinero.
Los cuales gastos unos cuantos años
ayudó a sostener la moneda que les mandaba Alessandro, que se
había puesto a prestar a barones sobre sus castillos y otras
rentas suyas, los cuales con grandes rendimientos bien le respondían.
Y mientras así los tres hermanos abundantemente gastaban y
cuando les faltaba dinero lo tomaban en préstamo, teniendo
siempre su esperanza en Inglaterra, sucedió que, contra la
opinión de todos, comenzó en Inglaterra una guerra
entre el rey y un hijo suyo por la cual se dividió toda la
isla(51)
y quién apoyaba a uno y quién al otro: por la cual cosa
fueron todos los castillos de los barones quitados a Alessandro y no
había ninguna otra renta que de algo le respondiese. Y
esperándose que cualquier día entre el hijo y el padre
debía hacerse la paz y por consiguiente todas las cosas
restituidas a Alessandro, rendimientos y capital, Alessandro de la
isla no se iba, y los tres hermanos, que en Florencia estaban, en
nada sus gastos grandísimos limitaban, tomando prestado más
cada día. Pero luego de que en muchos años ningún
efecto se vio seguir a la esperanza tenida, los tres hermanos no sólo
el crédito perdieron sino que, queriendo aquellos a quienes
debían ser pagados, fueron súbitamente presos; y no
bastando sus posesiones para pagar, por lo que faltaba quedaron en
prisión, y de sus mujeres y los hijos pequeños quién
se fue al campo y quién aquí y quién allá
con bastante pobres avíos, no sabiendo ya qué debiesen
esperar sino mísera vida siempre.
Alessandro, que en Inglaterra la paz muchos
años esperado había, viendo que no llegaba y
pareciéndole que se quedaba allíno menos con peligro
de su vida que en vano, habiendo deliberado volver a Italia solo, se
puso en camino. Y por acaso, al salir de Brujas, vio que salía
igualmente un abad blanco(52)
acompañado de muchos monjes y con muchos criados y precedido
de gran equipaje; junto al cual venían dos caballeros viejos y
parientes del rey, a los cuales; como a conocidos, acercándose
Alessandro, por ellos en su compañía fue de buena gana
recibido. Caminando, pues, Alessandro con ellos, graciosamente les
preguntóquiénes fuesen los monjes que con tanto
séquito cabalgaban delante y a dónde iban. A lo que uno
de los caballeros repuso:
Este que cabalga delante es un joven pariente
nuestro, recientemente elegido abad de una de las mayores abadías
de Inglaterra; y porque es más joven de lo que las leyes
mandan para tal dignidad, vamos nosotros con él a Roma a
impetrar del santo padre que, a pesar de su tierna edad, lo dispense
y luego en la dignidad lo confirme: porque esto no se puede tratar
con nadie más.
Caminando, pues, el novel abad ora delante de sus
criados ora junto a ellos, así como vemos que hacen todos los
días por los caminos los señores, le sucedió ver
a Alessandro junto a él al caminar, el cual era asaz joven, en
la persona y en el rostro hermosísimo y, cuanto cualquiera
podía serlo, cortés y agradable y de buenas maneras; el
cual maravillosamente le gustó a primera vista más que
nada le había gustado nunca, y llamándolo junto a sí ,
con él empezó a conversar placenteramente y a
preguntarle quién era, de dónde venía y adónde
iba. A lo cual Alessandro todo sobre su condición francamente
dijo y satisfizo sus preguntas, y él mismo a su servicio,
aunque poco pudiese, se ofreció. El abad, oyendo su conversar
bello y ordenado y más detalladamente considerando sus
maneras, y pensando para sí que a pesar de que su oficio había
sido servil, era gentilhombre, más en su agrado se encendió ;
y ya lleno de compasión por sus desgracias, asaz familiarmente
le confortó y le dijo que tuviera buena esperanza porque, si
hombre de pro era, aún Dios le repondría en donde la
fortuna le había arrojado y aún más arriba; y le
rogó que, puesto que hacia Toscana iba, quisiera quedarse en
su compañía, como fuese que él también
allíiba. Alessandro le dio gracias por el consuelo y le dijo
que estaba pronto a todos sus mandatos. Caminando, pues, el abad, en
cuyo pecho se revolvían extrañas cosas sobre el visto
Alessandro, sucedió que después de algunos días
llegaron a una villa que no estaba demasiado ricamente provista de
albergues, y queriendo allí albergar al abad, Alessandro en
casa de un posadero que le era muy conocido le hizo desmontar y le
hizo preparar una alcoba en el lugar menos incómodo de la
casa. Y, convertido ya casi en mayordomo del abad, como quien estaba
muy avezado a ello, como mejor pudo alojando por la villa a todo el
séquito, quién aquí y quién allí,
habiendo ya cenado el abad y ya siendo noche cerrada, y todos los
hombres idos a dormir, Alessandro preguntó al posadero dónde
podría dormir él. A lo que el posadero le respondió :
En verdad que no lo sé ; ves que todo está
lleno, y puedes ver a mis criados dormir en los bancos, pero en la
alcoba del abad hay unos arcones a los que te puedo llevar y poner
encima algún colchó n y allí, si te parece bien,
como mejor puedas acuéstate esta noche.
A lo que Alessandro dijo:
¿Cómo voy a ir a la alcoba del abad,
que sabes que es pequeña y por su estrechez no ha podido
acostarse allíninguno de sus monjes? Si yo me hubiera dado
cuenta de ello cuando se corrieron las cortinas habría hecho
dormir sobre los arcones a sus monjes y yo me habría quedado
donde los monjes duermen.
A lo que el posadero dijo:
Pero así está el asunto, y puedes,
si quieres, estar allílo mejor del mundo; el abad duerme y
las cortinas están corridas, yo te traerésin hacer
ruido una manta, ve a dormir.
Alessandro viendo que esto podía hacerse sin
ninguna molestia para el abad, dio su acuerdo, y lo más
calladamente que pudo se acomodó allí. El abad, que no
dormía, sino que pensaba vehementemente en sus extraños
deseos, oía lo que el posadero y Alessandro hablaban, y
también había oído dónde se había
acostado Alessandro; por lo que entre sí , muy contento, empezó
a decir:
Dios ha mandado ocasión a mis deseos; si no
la aprovecho, por acaso no volverá en mucho tiempo.
Y decidiéndose del todo a aprovecharla,
pareciéndole todo reposado en el albergue, con baja voz llamó
a Alessandro y le dijo que se acostase junto a él; el cual,
luego de muchas negativas, desnudándose se acostó allí.
El abad, poniéndole la mano en el pecho le empezó a
tocar no de otra manera que suelen hacer las deseosas jóvenes
a sus amantes; de lo que Alessandro se maravillómucho, y dudó
si el abad, impulsado por deshonesto amor, se movía a tocarlo
de aquella manera. La cual duda, o por presumirla o por algún
gesto que Alessandro hiciese, súbitamente conoció el
abad, y sonrió: y prontamente quitándose una camisa que
llevaba encima tomó la mano de Alessandro y se la puso sobre
el pecho diciéndole:
Alessandro, arroja fuera tus pensamientos necios,
y buscando aquí, conoce lo que escondo.
Alessandro, puesta la mano sobre el pecho del abad,
encontródos teticas redondas y firmes y delicadas, no de otro
modo que si hubieran sido de marfil; encontradas las cuales y
conocido en seguida que éste era mujer, sin esperar otra
invitación, abrazándola prontamente la quería
besar, cuando ella le dijo:
Antes de que te acerques, escucha lo que quiero
decirte. Como puedes conocer, soy mujer y no hombre; y, doncella, me
partíde mi casa y al papa iba a que me diera marido: o por tu
ventura o por mi desdicha, al verte el otro día, así me
hizo arder por ti Amor como mujer no hubo nunca que tanto amase a un
hombre; y por ello he deliberado quererte por marido antes que a
ningún otro. Si no me quieres por mujer, salte de aquí
en seguida y vuelve a tu sitio.
Alessandro, aunque no la conocía,
considerando la compañía que llevaba, estimó que
debía ser noble y rica, y hermosísima la veía;
por lo que, sin demasiado largo pensamiento, repuso que, si le placía
aquello, a él mucho le agradaba. Ella entonces, levantándose
y sentándose sobre la cama, delante de una tablilla donde
estaba la efigie de Nuestro Señor, poniéndole en
la mano un anillo, se hizo desposar por él y después,
abrazados juntos, con gran placer de cada una de las partes, cuanto
quedaba de aquella noche se solazaron.
Y conviniendo entre ellos el modo y la manera para los
hechos futuros, al venir el día, Alessandro por el mismo lugar
de la alcoba saliendo que había entrado, sin saber ninguno
dónde hubiese dormido durante la noche, alegre sobremanera,
con el abad y con su compañía se puso en camino, y
luego de muchas jornadas llegaron a Roma. Y allí, después
de que algunos días se hubieron quedado, el abad con los dos
caballeros y con Alessandro, sin nadie más, entraron a ver al
papa; y hecha la debida reverencia, así comenzó a
hablar el abad:
Santo padre, así como vos mejor que nadie
debéis saber, todos los que iban y honestamente quieren vivir
deben, en cuanto pueden, huir toda ocasión que a obrar de otro
modo pudiese conducirles; lo cual para que yo, que honestamente vivir
deseo, pudiese hacer cumplidamente, en el hábito en que me
veis escapada secretamente con grandísima parte de los tesoros
del rey de Inglaterra, mi padre, el cual al rey de Escocia, señor
viejísimo, siendo yo joven como me veis, me quería dar
por mujer, para venir aquí, a fin de que vuestra santidad me
diese marido, me puse en camino. Y no me hizo tanto huir la vejez del
rey de Escocia cuanto el temor de hacer, por la fragilidad de mi
juventud, si con él fuese casada, algo que fuese contra las
divinas leyes y contra el honor de la sangre real de mi padre. Y así
dispuesta viniendo, Dios, el cual sólo óptimamente
conoce lo que cada uno ha menester, creo que por su misericordia, a
aquel a quien a Él placía que fuese mi marido me puso
delante de los ojos: y aqué l fue este joven y mostró
a Alessandro que vos veis junto a mí, cuyas costumbres y
mérito son dignos de cualquier gran señora, aunque
quizá la nobleza de su sangre no sea tan clara como es la
real. A él, pues, he tomado y a él quiero, y no tendré
nunca a nadie más, parézcale lo que le parezca de ello
a mi padre o a los demás, por lo que la principal razón
que me movió ha desaparecido; pero me complació
completar el camino, tanto por visitar los santos lugares y dignos de
reverencia, de los cuales está llena esta ciudad, como a
vuestra santidad, y también para que por vos el matrimonio
contraído entre Alessandro y yo solamente en la presencia de
Dios, hiciera yo público ante la vuestra y consiguientemente
ante la presencia de los demás hombres. Por lo que
humildemente os ruego que aquello que a Dios y a míha placido
os sea grato y que me deis vuestra bendición, para que con
ella, como con mayor certidumbre del placer de Aquel del cual sois
vicario, podamos juntos, a honor de Dios y vuestro, vivir y
finalmente morir.
Maravillóse Alessandro oyendo que su mujer era
hija del rey de Inglaterra, y se llenóde extraordinaria
alegría oculta; pero más se maravillaron los dos
caballeros y tanto se enojaron que si en otra parte y no delante del
papa hubieran estado, habrían a Alessandro y tal vez a la
mujer hecho alguna villanía.
Por otra parte, el papa se maravillómucho tanto
del hábito de la mujer como de su elección; pero
sabiendo que no se podía dar vuelta atrás, quiso
satisfacer su ruego y primeramente consolando a los caballeros, a
quienes sabía airados, y poniéndolos en buena paz con
la señora y con Alessandro, dio órdenes para hacer lo
que hubiera menester. Y el día fijado por él siendo
llegado, ante todos los cardenales y otros muchos grandes hombres de
pro, los cuales invitados a una grandísima fiesta preparada
por él habían venido, hizo venir a la señora
regiamente vestida, la cual tan hermosa y atrayente parecía
que merecidamente era por todos alabada, y del mismo modo Alessandro
espléndidamente vestido, en apariencia y en modales nada
parecía un joven que a usura hubiese prestado sino más
bien de sangre real, y por los dos caballeros muy honrado; y aquí
de nuevo hizo celebrar solemnemente los esponsales, y luego, hechas
bien y magníficamente las bodas, con su bendición los
despidió .
Plugo a Alessandro, y también a la señora,
al partir de Roma venir a Florencia donde ya había llegado la
fama de la noticia; y allí, recibidos por los ciudadanos con
sumo honor, hizo la señora liberar a los tres hermanos,
habiendo hecho primero pagar a todo el mundo y devolverles sus
posesiones a ellos y sus mujeres. Por lo cual, con buenos deseos de
todos, Alessandro con su mujer, llevándose consigo a Agolante,
se fue de Florencia y llegados a París, honorablemente fueron
recibidos por el rey. De allíse fueron los dos caballeros a
Inglaterra, y tanto se afanaron con el rey que les devolvió su
gracia y con grandísima fiesta recibió a ella y a su
yerno; al cual poco después hizo caballero y le dio el condado
de Cornualles.
Y él fue tan capaz, y tanto supo hacer que
reconcilió al hijo con el padre, de lo que se siguió
gran bien a la isla y se ganó el amor y la gracia de todos los
del país y Agolante recobrótodo lo que le debían
enteramente, y rico sobremanera se volvió a Florencia,
habiéndolo primero armado caballero el conde Alessandro. El
conde, luego, con su mujer gloriosamente vivió , y según
lo que algunos dicen, con su juicio y valor y la ayuda del suegro
conquistóluego Escocia de la que fue coronado rey.
NOVELA CUARTA
Landolfo
Rúfolo, empobrecido, se hace corsario y, preso por los
genoveses, naufraga y se salva sobre una arqueta llena de joyas
preciosísimas, y recogido en Corfúpor una mujer, rico
vuelve a su casa.
Laureta estaba sentada junto a Pampínea; y
viéndola llegar al triunfal final de su historia, sin esperar
otra cosa empezó a hablar de esta guisa:
Graciosísimas damas, ninguna obra de la fortuna,
según mi juicio, puede verse mayor que ver a alguien desde la
extrema miseria al estado real elevarse, como la historia de Pampínea
nos ha mostrado que sucedió a su Alessandro. Y por ello, a
cualquiera que sobre la propuesta materia de aquíen adelante
novelare, le será necesario contar algo más acá
de estos límites y no me avergonzaréyo de contar una
historia que, aunque contenga mayores miserias, no tenga tan
espléndido desenlace. Bien sé que, teniendo aqué lla
presente, será la mía escuchada con menor diligencia;
pero como no puedo hacer de otro modo, serédisculpada por
ello.
Se cree que el litoral desde Reggio a Caeta es la parte
más deleitosa de Italia; en la cual, junto a Salerno hay un
acantilado que avanza sobre el mar al que los habitantes llaman la
costa de Amalfi, llena de pequeñas ciudades, de jardines y de
fuentes, y de hombres ricos y emprendedores en empresas mercantiles
tanto como ningunos otros. Entre las cuales ciudadecillas hay una
llamada Ravello en la que, si hoy hay hombres ricos, había
hace tiempo uno que fue riquísimo, llamado Landolfo Rúfolo;
al cual, no bastándole su riqueza, deseando duplicarla, estuvo
a punto de perderse con toda ella a sí mismo. Este, pues, así
como suele ser el uso de los mercaderes, hechos sus cálculos,
compró un grandísimo barco y con sus dineros lo cargó
todo de varias mercancías y anduvo con él a Chipre.
Allí, con aquella misma calidad de mercancías
que él había llevado, encontró que habían
llegado otros barcos; por la cual razón no solamente tuvo que
vender a bajo precio aquello que llevado había, sino que, para
colocar sus cosas, tuvo casi que tirar algunas; con lo que cerca
estuvo de arruinarse. Y sintiendo por ello grandísima
pesadumbre, no sabiendo qué hacerse y viéndose de
hombre riquísimo en breve tiempo convertido en casi pobre,
decidió o morir o robando resarcirse de sus males, para que
allíde donde rico había partido no fuese a volver
pobre.
Y encontrando un comprador de su gran barco, con
aquellos dineros y con los otros que le había valido su
mercancía, compró un barquito ligero para piratear, y
con todas las cosas necesarias a tal servicio lo armó y lo
guarnecióóptimamente, y se dio a apropiarse las cosas
de los demás, y máximamente de los turcos. En cuya
tarea le fue la fortuna mucho más benévola que le había
sido en comerciar. Quizás en un solo año robó y
prendió tantos barcos de turcos que se encontró con que
no sólo había vuelto a ganar lo suyo que había
perdido en el comercio, sino que con mucho lo había duplicado.
Por lo cual, enseñado por el dolor
de la primera pérdida, conociendo que tenía bastante,
para no caer en la segunda, se aconsejó a sí mismo que
aquello que tenía, sin querer más, debía
bastarle, y por ello se dispuso a volver con ello a su casa: y
temeroso del comercio no se molestó en invertir de otra manera
sus dineros sino que en aquel barquito con el cual los había
ganado, haciendo los remos a la mar, emprendió el regreso.
Y ya al Archipiélago(53)
llegado, levantóse por la noche un siroco que no solamente era
contrario a su ruta sino que hacía una mar gruesísima y
su pequeño barco no hubiera podido soportarlo, y en un
entrante del mar que tenía una islita, de aquel viento al
cubierto se recogió, proponiéndose allí
esperarlo mejor.
En la cual caleta, estando poco rato, dos
grandes cocas(54)
de genoveses que venían de Constantinopla, para huir de lo
mismo que Landolfo huido había, llegaron con trabajo; y sus
gentes, visto el barquichuelo y cortándole el camino para
poder irse, oyendo de quién era y ya por la fama sabiéndole
riquísimo, como hombres que eran naturalmente deseosos de
pecunia y rapaces, a tomarlo se dispusieron.
Y, haciendo bajar a tierra parte de sus gentes, con
ballestas y bien armadas, las hicieron ir a lugar tal que del
barquichuelo ninguna persona, si no quería ser asaeteada,
podía descender; y ellos haciéndose remolcar por las
chalupas y ayudados por el mar, se acostaron al pequeño barco
de Landolfo, y con poco trabajo en poco tiempo, con toda su chusma y
sin perder un solo hombre, se apoderaron de él a mansalva; y
haciendo venir a Landolfo sobre una de las dos cocas y cogiendo todo
lo que había en el barquichuelo, lo hundieron, apresándole
a él, cubierto sólo de un pobre justillo.
Al día siguiente, habiendo mudado el viento, las
naves viniendo hacia Poniente, izaron las velas, y todo aquel día
prósperamente vinieron su camino; pero al caer la tarde se
levantó un viento tempestuoso, que haciendo las olas altísimas
separó a una coca de la otra. Y por la fuerza de este viento
sucedió que aquella en que iba el mísero y pobre
Landolfo, con grandísimo ímpetu cerca de la isla de
Cefalonia chocó contra un arrecife y no de otra manera que un
vidrio golpeado contra un muro se abriótoda y se hizo
pedazos; por lo que los desdichados miserables que en ella estaban,
estando ya el mar todo lleno de mercancías que flotaban y de
cajones y de tablas, como en casos semejantes suele suceder, aun
cuando oscurísima la noche estuviese y el mar gruesísimo
e hinchado, nadando quienes sabían nadar, empezaron a asirse a
las cosas que por azar se les paraban delante.
Entre los cuales el mísero Landolfo, aun cuando
el día anterior había llamado a la muerte muchas veces,
prefiriendo quererla mejor que retornar a casa pobre como se veía,
al verla cerca tuvo miedo de ella; y como los demás, al
venirle a las manos una tabla se asió a ella, por si Dios,
retardando él el ahogarse, le mandase alguna ayuda en su
salvación: y a caballo de aqué lla como mejor podía,
viéndose arrastrado por el mar y el viento ora acá ora
allá se sostuvo hasta el clarear del día. Venido el
cual, mirando en torno, ninguna cosa sino nubes y mar veía y
un cofre que, flotando sobre las olas del mar, a veces con grandísimo
temor suyo se le acercaba: temiendo que aquel cofre le golpease de
modo que lo ahogara, y siempre que junto a él venía,
cuanto podía, con la mano, aunque pocas fuerzas le quedaran,
lo alejaba.
Pero como quiera que fuesen las cosas sucedió
que, desencadenándose de súbito en el aire un nudo de
viento y habiendo penetrado en el mar, en aquel cofre un golpe tan
fuerte dio, y el cofre en la tabla sobre la que Landolfo estaba, que,
volcada por la fuerza, soltándola Landolfo fue bajo las olas y
volvió arriba nadando, más por el miedo que por las
fuerzas ayudado, y vio muy alejada de él la tabla; por lo que,
temiendo no poder llegar a ella, se acercó al cofre, que
estaba bastante cerca, y puesto el pecho sobre su tapa, como mejor
podía con los brazos la conducía derecha.
Y de esta manera, arrojado por el mar ora aquí
ora allí, sin comer, como quien no tiene qué , y
bebiendo más de lo que habría querido, sin saber dónde
estuviese ni ver otra cosa que olas, permaneciótodo aquel día
y noche siguiente. Y al día siguiente, o por placer de Dios o
porque la fuerza del viento así lo hiciera, éste,
convertido en una esponja, agarrándose fuerte con ambas manos
a los bordillos del cofre a guisa de lo que vemos hacer a quienes
están por ahogarse cuando cogen alguna cosa, llegó a la
playa de la isla de Corfú, donde una pobre mujercita lavaba y
pulía por acaso sus cacharros con la arena y el agua salada.
La cual, al verle avecinarse, no distinguiendo en él forma
alguna, temiendo y gritando retrocedió .
Él no podía hablar y poco veía, y
por ello nada le dijo; pero mandándolo hacia la tierra el mar,
ella apercibió la forma del cofre, y mirando después
más fijamente y viendo distinguióprimeramente los
mismos brazos sobre el cofre, y luego reconoció la cara y ser
lo que era se imaginó. Por lo que, a compasión movida,
adentróse un tanto por el mar que estaba ya tranquilo y,
agarrándolo por los cabellos, con todo el cofre lo arrastró
a tierra, y allícon trabajo las manos del cofre
desenganchándole, y puesto éste al cuidado de una hija
suya que con ella estaba, lo llevó a tierra como a un niño
pequeño y, poniéndolo en un baño caliente, tanto
lo refregó y lavó con el agua caliente, que volvió
a él el perdido calor y algunas de las fuerzas desaparecidas;
y cuando le parecióoportuno le atendió y con algo de
buen vino y de confituras le reconfortó, y algunos días
lo tuvo lo mejor que pudo hasta que él, recuperadas las
fuerzas, se dio cuenta de dónde estaba.
Por lo que a la buena mujer le pareciódeber
devolverle su cofre, que ella había salvado, y decirle que en
adelante se buscase su ventura; y así lo hizo. Él, que
de ningún cofre se acordaba, lo cogiósin embargo,
visto que se lo daba la buena mujer, pensando que no debía
valer tan poco que no le sirviese para los gastos de algún
día; y al encontrarlo muy ligero, asaz menguósu
esperanza. Pero no por ello, no estando en casa la buena mujer, dejó
de desclavarlo para ver lo que habla dentro, y encontró en el
muchas piedras preciosas, engarzadas y sueltas, de las que algo
entendía. Y viendo las cuales y conociéndolas de gran
valor, alabando a Dios que aún no había querido
abandonarle, todo se reconfortó; pero como quien en poco
tiempo había sido fieramente asaeteado por la fortuna dos
veces, temiendo la tercera, pensó que le convenía tener
mucha cautela para poder llevar aquellas cosas a su casa; por lo que
en algunos harapos, como mejor pudo, envolviéndolas, dijo a la
buena mujer que no necesitaba ya el cofre, pero que, si le placía,
le diera un saco y se quedase con él.
La buena mujer lo hizo de buena gana; y él,
dándole las mayores gracias que podía por el beneficio
recibido de ella, guardándose el saco en el regazo, de ella se
separó; y subido a una barca, pasó a Brindisi y desde
allí, de costa en costa se dirigió a Trani, donde,
encontrando a unos ciudadanos suyos que eran pañeros, como por
amor de Dios le vistieron, habiéndoles contado antes todas sus
aventuras, salvo la del cofre; y además prestándole
caballo y dándole compañía hasta Ravello donde
para siempre decía querer volver, le enviaron.
Aquí, pareciéndole estar seguro, dándole
gracias a Dios que lo había guiado allí, desató
su saquito, y con más diligencia buscando todo que nunca había
hecho antes, se encontró que tenía tantas y tales
piedras que, vendiéndolas a su precio y aun a menos, era dos
veces más rico que cuando se había ido. Y encontrando
el modo de despachar sus piedras, hasta Corfúmandó una
buena cantidad de dineros, por valerlos el servicio recibido, a la
buena mujer que lo había sacado del mar; y lo mismo hizo a
Trani a quienes le habían dado de vestir; y lo restante, sin
querer comerciar ya más, lo retuvo y honorablemente vivió
hasta el fin.
NOVELA QUINTA
A Andreuccio de Perusa, llegado a Nápoles a
comprar caballos, le suceden en una noche tres graves desventuras, y
salvándose de todas, se vuelve a casa con un rubí.
Las piedras preciosas encontradas por Landolfo empezó
Fiameta, a quien le tocaba la vez de novelar me han traído
a la memoria una historia que no contiene menos peligros que la
narrada por Laureta, pero es diferente de ella en que aqué llos
tal vez en varios años y éstos en el espacio de una
noche se sucedieron, como vais a oír.
Hubo, según he oído, en Perusa, un joven
cuyo nombre era Andreuccio de Prieto, tratante en caballos, el cual,
habiendo oído que en Nápoles se compraban caballos a
buen precio, metiéndose en la bolsa quinientos florines de
oro, no habiendo nunca salido de su tierra, con otros mercaderes allá
se fue; donde, llegado un domingo al atardecer e informado por su
posadero, a la mañana siguiente bajó al mercado, y
muchos vio y muchos le pluguieron y entró en tratos sobre
muchos, pero no pudiendo concertarse sobre ninguno, para mostrar que
a comprar había ido, como rudo y poco cauto, muchas veces en
presencia de quien iba y de quien venia sacófuera la bolsa
donde tenía los florines.
Y estando en estos tratos, habiendo mostrado su bolsa,
sucedió que una joven siciliana bellísima, pero
dispuesta por pequeño precio a complacer a cualquier hombre,
sin que él la viera pasócerca de él y vio su
bolsa, y súbitamente se dijo:
¿Quién estaría mejor que yo
si aquellos dineros fuesen míos? y siguió
adelante.
Y estaba con esta joven una vieja igualmente siciliana
la cual, al ver a Andreuccio, dejando seguir la joven, afectuosamente
corrió a abrazarlo; lo que viendo la joven, sin decir nada,
aparte la empezó a esperar. Andreuccio volviéndose
hacia la vieja la conoció y le hizo grandes fiestas
prometiéndole ella venir a su posada, y sin quedarse allí
más, se fue, y Andreuccio volvió a sus tratos; pero
nada compró por la mañana.
La joven, que primero la bolsa de Andreuccio y luego la
familiaridad de su vieja con él había visto, por probar
si había modo de que ella pudiese hacerse con aquellos
dineros, o todos o en parte, cautamente empezó a preguntarle
quién fuese él y de dónde, y qué hacía
aquí y cómo le conocía. Y ella, todo con todo
detalle de los asuntos de Andreuccio le dijo, como con poca
diferencia lo hubiera dicho él mismo, como quien largamente en
Sicilia con el padre de éste y luego en Perusa había
estado, e igualmente le contódónde paraba y por qué
había venido.
La joven, plenamente informada del linaje de él y
de los nombres, para proveer a su apetito, con aguda malicia, fundó
sobre ello su plan; y, volviéndose a casa, dio a la vieja
trabajo para todo el día para que no pudiese volver a
Andreuccio; y tomando una criadita suya a quien había enseñado
muy bien a tales servicios, hacia el anochecer la mandó a la
posada donde Andreuccio paraba. Y llegada allí, por acaso a él
mismo, y solo, encontró a la puerta, y le preguntó por
él mismo; a lo cual, diciéndole él que él
era, ella llevándolo aparte, le dijo:
Señor mío, una noble dama de esta
tierra, si os pluguiese, querría hablar con vos.
Y él, al oírla, considerándose bien
y pareciéndole ser un buen mozo, pensó que aquella tal
dama debía estar enamorada de él, como si otro mejor
mozo que él no se encontrase entonces en Nápoles, y
prontamente repuso que estaba dispuesto y le preguntódónde
y cuándo aquella dama quería hablarle. A lo que la
criadita respondió :
Señor, cuando os plaza venir, os espera en
su casa.
Andreuccio, prestamente y sin decir nada en la posada,
dijo:
Pues vamos, ve delante; yo irétras de ti.
Con lo que la criadita a casa de aqué lla le
condujo, que vivía en un barrio llamado Malpertuggio que cuán
honesto barrio era, su nombre mismo lo demuestra. Pero él, no
sabiéndolo ni sospechándolo, creyéndose que iba
a un honestísimo lugar y a una señora honrada, sin
precauciones, entrada la criadita delante, entró en su casa; y
al subir las escaleras, habiendo ya la criadita a su señora
llamado y dicho: «¡Aquíestá Andreuccio!»,
la vio arriba de la escalera asomarse y esperarlo.
Y ella era todavía bastante joven, alta de
estatura y con hermosísimo rostro, vestida y adornada asaz
honradamente. Y al aproximarse a ella Andreuccio, bajótres
escalones a su encuentro con los brazos abiertos y echándosele
al cuello un rato lo estuvo abrazando sin decir nada, como si una
invencible ternura le impidiese hacerlo; después, derramando
lágrimas le besó en la frente, y con voz algo rota
dijo:
¡Oh, Andreuccio mío, sé bien
venido!
Éste, maravillándose de caricias tan
tiernas, todo estupefacto repuso:
¡Señora, bien hallada seáis!
Ella, después, tomándole de la mano le
llevó abajo a su salón y desde allí, sin nada
más decir, con él entró en su cámara, la
cual a rosas, a flores de azahar y a otros olores olía toda, y
allívio un bellísimo lecho encortinado y muchos paños
colgados de los travesaños según la costumbre de allí,
y otros muy bellos y ricos arreos; por las cuales cosas, como
inexperto que era, firmemente creyó que ella no era menos que
gran señora. Y sentándose sobre un arca que estaba al
pie de su lecho, así empezó a hablarle:
Andreuccio, estoy segura de que te
maravillas de las caricias que te hago y de mis lágrimas, como
quien no me conoce y por ventura nunca me oíste recordar: pero
pronto oirás algo que tal vez te haga maravillarte más,
como es que yo soy tu hermana; y te digo que, pues que Dios me ha
hecho tan grande gracia que antes de mi muerte haya visto a alguno de
mis hermanos, aunque deseo veros a todos, no me moriré en hora
que, consolada, no muera. Y si esto tal vez nunca lo has oído,
te lo voy a decir. Pietro, padre mío y tuyo, como creo que
habrás podido saber, vivió largamente en Palermo, y por
su bondad y agrado fue y todavía es por quienes le conocieron
amado; pero entre otros que mucho le amaron, mi madre, que fue una
mujer noble y entonces era viuda, fue quien más le amó,
tanto, que depuesto el temor a su padre, a sus hermanos y su honor,
de tal guisa se familiarizó con él que nacíyo,
y estoy aquícomo me ves. Después, llegada la ocasión
a Pietro de irse de Palermo y volver a Perusa, a mi, siendo muy niña,
me dejó con mi madre, y nunca más, por lo que yo sé ,
ni de mí ni de ella se acordó: por lo que yo, si mi
padre no fuera, mucho le reprobaría, teniendo en cuenta la
ingratitud suya hacia mi madre mostrada, y no menos el amor que a mí,
como a su hija no nacida de criada ni de vil mujer, debía
tener; y que ella, sin saber de otra manera quién fuese él,
movida por fidelísimo amor puso sus cosas y ella misma en sus
manos. Pero ¿qué ? Las cosas mal hechas y pasadas ha
mucho tiempo son más fáciles de reprochar que de
enmendar; así fueron las cosas sin embargo. Él me dejó
en Palermo siendo niña donde, crecida casi como soy, mi madre,
que era muy rica, me dio por mujer a uno de Agrigento, gentilhombre y
honrado, que por amor de mi madre y de mívino a vivir en
Palermo; y allí, como muy güelfo, comenzó a
concertar algún trato con nuestro rey Carlos(55)
Lo que, sabido del rey Federico(56)
antes de que pudiese llevarse a cabo, fue motivo de hacerle huir de
Sicilia cuando yo esperaba ser la mayor señora que hubiera en
aquella isla donde, tomadas las pocas cosas que podíamos tomar
(digo pocas con respecto a las muchas que teníamos), dejadas
las tierras y los palacios en esta tierra nos refugiamos, donde al
rey Carlos hacia nosotros encontramos tan agradecido que, reparados
en parte los daños que por él recibido habíamos,
nos ha dado posesiones y casas, y da continuamente a mi marido, y a
tu cuñado que es, buenos gajes, tal como podrás ver: y
de esta manera estoy aquídonde yo, por la buena gracia de
Dios y no tuya, dulce hermano mío, te veo.
Y dicho así , empezó a abrazarlo otra vez,
y otra vez llorando tiernamente, le besó en la frente.
Andreuccio, oyendo esta fábula tan ordenada y tan
compuestamente contada por aquella a la que en ningún momento
moría la palabra entre los dientes ni le balbuceaba la lengua,
acordándose ser verdad que su padre había estado en
Palermo, y por sí mismo conociendo las costumbres de los
jóvenes, que de buen agrado aman en la juventud, y viendo las
tiernas lágrimas, el abrazarle y los honestos besos, tuvo
aquello que ésta decía por más que verdadero. Y
después que calló, le repuso:
Señora, no os debe parecer gran cosa que me
maraville; porque en verdad, sea que mi padre, por lo que lo hiciese,
de vuestra madre y de vos no hablase nunca, o sea que, si habló
de ello a mi conocimiento no haya venido, yo por mítal
conocimiento tenía de vos como si no hubieseis existido; y me
es tanto más grato aquí haber encontrado a mi hermana
cuanto más solo estoy aquí y menos lo esperaba. Y en
verdad no conozco a nadie de tan alta posición a quien no
debieseis ser querida, y menos a míque soy un pequeño
mercader. Pero una cosa quiero que me aclaréis: ¿cómo
supisteis que estaba aquí?
A lo que respondió ella:
Esta mañana me lo hizo saber una pobre
mujer que mucho me visita porque con nuestro padre, por lo que ella
me dice, largamente en Palermo y en Perusa estuvo: y si no fuera que
me parecía más honesto que tú vinieses a mí
a tu casa que no yo fuese a ti a la de otros, hace mucho rato que yo
hubiera ido a ti.
Después de estas palabras, empezó ella a
preguntar separadamente sobre todos los parientes, por su nombre; y
sobre todos le contestó andreuccio, creyendo por esto más
todavía lo que menos le convenía creer. Habiendo sido
la conversación larga y el calor grande, hizo ella venir vino
de Grecia y dulces e hizo dar de beber a Andreuccio; el cual, luego
de esto, queriéndose ir porque era la hora de la cena, en
ninguna guisa lo sufrió ella, sino que poniendo semblante de
enojarse mucho, abrazándole le dijo:
¡Ay, triste de mí!, que asaz claro
conozco que te soy poco querida. ¿Cómo va a pensarse
que estés con una hermana tuya nunca vista por ti, y en su
casa, donde al venir aquídebías haberte albergado, y
quieras salir de ella para ir a cenar a la posada? En verdad que
cenarás conmigo: y aunque mi marido no estéaquí,
de lo que mucho me pesa, yo sabrébien, como mujer, hacerte
los honores.
A lo que Andreuccio, no sabiendo qué otra cosa
responder, dijo:
Vos me sois querida como debe serlo una hermana,
pero si no me voy seré esperado durante toda la noche para
cenar y cometeréuna villanía.
Y ella entonces dijo:
Alabado sea Dios, ¿no tengo yo en casa por
quien mandar a decir que no seas esperado? Y aún harías
mayor cortesía, y tu deber, en mandar a decir a tus compañeros
que viniesen a cenar, y luego, si quisieras irte, podríais
todos iros en compañía.
Andreuccio respondió que de sus compañeros
no quería nada por aquella noche, pero que, pues ello le
agradaba, dispusiese de él a su gusto. Ella entonces hizo
semblante de mandar a decir a la posada que no le esperasen para la
cena; y luego, después de muchos otros razonamientos,
sentándose a cenar y espléndidamente servidos de muchos
manjares, astutamente la hizo durar hasta la noche cerrada: y
habiéndose levantado de la mesa, y Andreuccio queriéndose
ir, ella dijo que en ninguna guisa lo sufriría porque Nápoles
no era una ciudad para andar por la calle de noche, y máxime
un forastero, y que lo mismo que había mandado a decir que no
le esperasen a cenar, lo mismo había hecho con el albergue.
El, creyendo esto, y agradándole, engañado
por la falsa confianza, quedarse con ella, se quedó. Fue,
pues, después de la cena, la conversación mucha y
larga, y no mantenida sin razón: y habiendo ya pasado parte de
la noche, ella, dejando a Andreuccio dormir en su alcoba con un
muchachito que le ayudase si necesitaba algo, con sus mujeres se fue
a otra cámara. Y era el calor grande; por lo cual Andreuccio,
al ver que se quedaba solo, prontamente se quedó en justillo y
se quitó las calzas y las puso en la cabecera de la cama; y
siéndole menester la natural costumbre de tener que disponer
del superfluo peso del vientre, dónde se hacía aquello
preguntó al muchachito, quien en un rincón de la alcoba
le mostró una puerta, y dijo:
Id ahíadentro.
Andreuccio, que había pasado dentro con
seguridad, fue por acaso a poner el pie sobre una tabla la cual, de
la parte opuesta desclavada de la viga sobre la que estaba,
volcándose esta tabla, junto a él se fue de allí
para abajo: y tanto lo amóDios que ningún mal se hizo
en la caída, aun cayendo de bastante altura; pero todo en la
porquería de la cual estaba lleno el lugar se ensució.
El cual lugar, para que mejor entendáis lo que se ha dicho y
lo que sigue, cómo era os lo diré. Era un callejón
estrecho como muchas veces lo vemos entre dos casas: sobre dos
pequeños travesaños, tendidos de una a la otra casa, se
habían clavado algunas tablas y puesto el sitio donde
sentarse; de las cuales tablas, aquella con la que él cayó
era una.
Encontrándose, pues, allá abajo en el
callejón Andreuccio, quejándose del caso comenzó
a llamar al muchacho: pero el muchacho, al sentirlo caer corrió
a decirlo a su señora, la cual, corriendo a su alcoba,
prontamente mirósi sus ropas estaban allíy
encontradas las ropas y con ellas los dineros, los cuales, por
desconfianza tontamente llevaba encima, teniendo ya aquello a lo que
ella, de Palermo, haciéndose la hermana de un perusino, había
tendido la trampa, no preocupándose de él, prontamente
fue a cerrar la puerta por la que él había salido
cuando cayó.
Andreuccio, no respondiéndole el muchacho,
comenzó a llamar más fuerte, pero sin servir de nada;
por lo que, ya sospechando y tarde empezando a darse cuenta del
engaño, súbito subiéndose sobre una pared baja
que aquel callejón separaba de la calle y bajando a la calle,
a la puerta de la casa, que muy bien reconoció, se fue y allí
en vano llamó largamente, y mucho la sacudió y golpeó.
Sobre lo que, llorando como quien clara veía su desventura,
empezó a decir:
¡Ay de mí, triste!, ¡en qué
poco tiempo he perdido quinientos florines y una hermana!
Y después de muchas otras palabras, de nuevo
comenzó a golpear la puerta y a gritar; y tanto lo hizo que
muchos de los vecinos circundantes, habiéndose despertado, no
pudiendo sufrir la molestia, se levantaron, y una de las domésticas
de la mujer, que parecía medio dormida, asomándose a la
ventana, reprobatoriamente dijo:
¿Quién da golpes abajo?
¡Oh! dijo Andreuccio, ¿y
no me conoces? Soy Andreuccio, hermano de la señora Flordelís.
A lo que ella respondió :
Buen hombre, si has bebido de más ve a
dormirte y vuelve por la mañana; no sé qué
Andreuccio ni qué burlas son esas que dices: vete en buena
hora y déjame dormir, si te place.
¿Cómo? dijo Andreuccio,
¿no sabes lo que digo? sí lo sabes bien; pero si así
son los parentescos de Sicilia, que en tan poco tiempo se olvidan,
devuélveme al menos mis ropas que he dejado ahí, y me
irécon Dios de buena gana.
A lo que ella, casi riéndose, dijo:
Buen hombre, me parece que estás soñando.
Y el decir esto y el meterse dentro y
cerrar la ventana fue todo uno. Por lo que la gran ira de Andreuccio,
ya segurísimo de sus males, con la aflicción estuvo a
punto de convertirse en furor, y con la fuerza se propuso reclamar
aquello que con las palabras recuperar no podía, por lo que,
para empezar, cogiendo una gran piedra, con mucho mayores golpes que
antes, furiosamente comenzó a golpear la puerta. Por lo cual,
muchos de los vecinos antes despertados y levantados, creyendo que
fuese algún importuno que aquellas palabras fingiese para
molestar a aquella buena mujer(57)
fastidiados por el golpear que armaba, asomados a la ventana no de
otra manera que a un perro forastero todos los del barrio le ladran
detrás, empezaron a decir:
Es gran villanía venir a estas horas a casa
de las buenas mujeres a decir estas burlas; ¡bah!, vete con
Dios, buen hombre; déjanos dormir si te place; y si algo
tienes que tratar con ella vuelve mañana y no nos des este
fastidio esta noche.
Con las cuales palabras tal vez tranquilizado uno que
había dentro de la casa, alcahuete de la buena mujer, y a
quien él no había visto ni oído, se asomó
a la ventana y con una gran voz gruesa, horrible y fiera dijo:
¿Quién está ahíabajo?
Andreuccio, levantando la cabeza a aquella voz, vio uno
que, por lo poco que pudo comprender, parecía tener que ser un
pez gordo, con una barba negra y espesa en la cara, y como si de la
cama o de un profundo sueño se levantase, bostezaba y
refregaba los ojos. A lo que él, no sin miedo, repuso:
Yo soy un hermano de la señora de ahí
dentro.
Pero aqué l no esperó a que Andreuccio
terminase la respuesta sino que, más recio que antes, dijo:
¡No sé qué me detiene que no
bajo y te doy de bastonazos mientras vea que te estás
moviendo, asno molesto y borracho que debes ser, que esta noche no
nos vas a dejar dormir a nadie!
Y volviéndose adentro, cerró la ventana.
Algunos de los vecinos, que mejor conocían la condición
de aqué l, en voz baja decían a Andreuccio:
Por Dios, buen hombre, ve con Dios; no quieras que
esta noche te mate éste; vete por tu bien.
Por lo que Andreuccio, espantado de la voz de aqué l
y de la vista, y empujado por los consejos de aqué llos, que le
parecía que hablaban movidos por la caridad, afligido cuanto
más pudo estarlo nadie y desesperando de recuperar sus
dineros, hacia aquella parte por donde de día había
seguido a la criadita, sin saber dónde ir, tomó el
camino para volver a la posada.
Y disgustándose a sí mismo por el mal olor
que de él mismo le llegaba, deseoso de llegar hasta el mar
para lavarse, torció a mano izquierda y se puso a bajar por
una calle llamada la Ruga Catalana; y andando hacia lo alto de la
ciudad, vio que por acaso venían hacia él dos con una
linterna en la mano, los cuales, temiendo que fuesen de la guardia de
la corte u otros hombres a hacer el mal dispuestos, por huirlos, en
una casucha de la cual se vio cerca, cautamente se escondió .
Pero éstos, como si a aquel mismo lugar fuesen enviados,
dejando en el suelo algunas herramientas que traía, con el
otro empezó a mirarlas, hablando de varias cosas sobre ellas.
Y mientras hablaban dijo uno:
¿qué quiere decir esto? Siento el
mayor hedor que me parece haber sentido nunca.
Y esto dicho, alzando un tanto la linterna, vieron al
desdichado de Andreuccio y estupefactos preguntaron:
¿Quién está ahí?
Andreuccio se callaba; pero ellos, acercándose
con la luz, le preguntaron que qué cosa tan asquerosa estaba
haciendo allí, a los que Andreuccio, lo que le había
sucedido les contó por entero. Ellos, imaginándose
dónde le podía haber pasado aquello, dijeron entre sí :
Verdaderamente en casa del matón
de Buottafuoco(58)
ha sido eso.
Y volviéndose a él, le dijo uno:
Buen hombre, aunque hayas perdido tus dineros,
tienes mucho que dar gracias a Dios de que te sucediera caerte y no
poder volver a entrar en la casa; porque, si no te hubieras caído,
está seguro de que, al haberte dormido, te habrían
matado y habrías perdido la vida con los dineros. ¿Pero
de qué sirve ya lamentarse? No podrías recuperar un
dinero como que hay estrellas en el cielo: y bien podrían
matarte si aqué l oye que dices una palabra de todo esto.
Y dicho esto, hablando entre sí un momento, le
dijeron:
Mira, nos ha dado compasión de ti, y por
ello, si quieres venir con nosotros a hacer una cosa que vamos a
hacer, parece muy cierto que la parte que te toque será del
valor de mucho más de lo que has perdido.
Andreuccio, como desesperado, repuso que
estaba pronto. Había sido sepultado aquel día un
arzobispo de Nápoles, llamado micer Filippo Minútolo(59)
y había sido sepultado con riquísimos ornamentos y con
un rubíen el dedo que valía más de quinientos
florines de oro, y que éstos querían ir a robar; y así
se lo dijeron a Andreuccio, con lo que Andreuccio, más
codicioso que bien aconsejado, con ellos se puso en camino. Y andando
hacia la iglesia mayor, y Andreuccio hediendo muchísimo, dijo
uno:
¿No podríamos hallar el modo de que
éste se lavase un poco donde sea, para que no hediese tan
fieramente?
Dijo el otro:
Sí, estamos cerca de un pozo en el que
siempre suele estar la polea y un gran cubo; vamos allá y lo
lavaremos en un momento.
Llegados a este pozo, encontraron que la soga estaba,
pero que se habían llevado el cubo; por lo que juntos
deliberaron atarlo a la cuerda y bajarlo al pozo, y que él
allí abajo se lavase, y cuando estuviese lavado tirase de la
soga y ellos le subirían; y así lo hicieron. Sucedió
que, habiéndolo bajado al pozo, algunos de los guardias de la
señoría (o por el calor o porque habían corrido
detrás de alguien) teniendo sed, a aquel pozo vinieron a
beber; los que, al ver a aquellos dos incontinenti se dieron a la
fuga, no habiéndolos visto los guardias que venían a
beber.
Y estando ya en el fondo del pozo Andreuccio lavado,
meneó la soga. Ellos, con sed, dejando en el suelo sus escudos
y sus armas y sus tú nicas, empezaron a tirar de la cuerda,
creyendo que estaba colgado de ella el cubo lleno de agua. Cuando
Andreuccio se vio del brocal del pozo cerca, soltando la soga, con
las manos se echó sobre aqué l; lo cual, viéndolo
aqué llos, cogidos de miedo súbito, sin más
soltaron la soga y se dieron a huir lo más deprisa que podían.
De lo que Andreuccio se maravillómucho, y si no se hubiera
sujetado bien, habría otra vez caído al fondo, tal vez
no sin gran daño suyo o muerte: pero salió de allí
y, encontradas aquellas armas que sabía que sus compañeros
no habían llevado, todavía más comenzó a
maravillarse.
Pero temeroso y no sabiendo de qué , lamentándose
de su fortuna, sin nada tocar, deliberóirse; y andaba sin
saber adónde. Andando así , vino a toparse con aquellos
sus dos compañeros, que venían a sacarlo del pozo; y,
al verle, maravillándose mucho, le preguntaron quién
del pozo le había sacado. Andreuccio respondió que no
lo sabía y les contóordenadamente cómo había
sucedido y lo que había encontrado fuera del pozo. Por lo que
ellos, dándose cuenta de lo que había sido, riendo le
contaron por qué habían huido y quiénes eran
aquellos que le habían sacado.
Y sin más palabras, siendo ya medianoche, se
fueron a la iglesia mayor, y en ella muy fácilmente entraron,
y fueron al sepulcro, el cual era de mármol y muy grande; y
con un hierro que llevaba la losa, que era pesadísima, la
levantaron tanto cuanto era necesario para que un hombre pudiese
entrar dentro, y la apuntalaron. Y hecho esto, empezó uno a
decir:
¿Quién entrará dentro?
A lo que el otro respondió :
Yo no.
Ni yo dijo aqué l, pero que
entre Andreuccio.
Eso no lo haréyo dijo Andreuccio.
Hacia el cual aqué llos, ambos a dos vueltos,
dijeron:
¿Cómo que no entrarás? A fe
de Dios, si no entras te daremos tantos golpes con uno de estos
hierros en la cabeza que te haremos caer muerto.
Andreuccio, sintiendo miedo, entró, y al entrar
pensó:
«Ésos me hacen entrar para engañarme
porque cuando les haya dado todo, mientras estétratando de
salir de la sepultura se irán a sus asuntos y me quedaré
sin nada».
Y por ello pensó quedarse ya con su parte; y
acordándose del precioso anillo del que les había oído
hablar, cuando ya hubo bajado se lo sacódel dedo al arzobispo
y se lo puso él; y luego, dándoles el báculo y
la mitra y los guantes, y quitándole hasta la camisa, todo se
lo dio, diciendo que no había nada más.
Ellos, afirmando que debía estar el anillo, le
dijeron que buscase por todas partes; pero él, respondiendo
que no lo encontraba y fingiendo buscarlo, un rato les tuvo
esperando. Ellos que, por otra parte, eran tan maliciosos como él,
diciéndole que siguiera buscando bien, en el momento oportuno,
quitaron el puntal que sostenía la losa y, huyendo, a él
dentro del sepulcro lo dejaron encerrado. Oyendo lo cual lo que
sintió andreuccio cualquiera puede imaginarlo. Trató
muchas veces con la cabeza y con los hombros de ver si podía
alzar la losa, pero se cansaba en vano; por lo que, de gran valor
vencido, perdiendo el conocimiento, cayósobre el muerto
cuerpo del arzobispo; y quien lo hubiese visto entonces malamente
hubiera sabido quién estaba más muerto, el arzobispo o
él.
Pero luego que hubo vuelto en sí , empezó a
llorar sin tino, viéndose allísin duda a uno de dos
fines tener que llegar: o en aquel sepulcro, no viniendo nadie a
abrirlo, de hambre y de hedores entre los gusanos del cuerpo muerto
tener que morir, o viniendo alguien y encontrándolo dentro,
tener que ser colgado como ladrón. Y en tales pensamientos y
muy acongojado estando, sintió por la iglesia andar gentes y
hablar muchas personas, las cuales, como pensaba, andaban a hacer lo
que él con sus compañeros habían ya hecho; por
lo que mucho le aumentó el miedo.
Pero luego de que aqué llos tuvieron el sepulcro
abierto y apuntalado, cayeron en la discusión de quién
debiese entrar, y ninguno quería hacerlo; pero luego de larga
disputa un cura dijo:
¿qué miedo tenéis? ¿Creéis
que va a comeros? Los muertos no se comen a los hombres; yo entraré
dentro, yo.
Y así dicho, puesto el pecho sobre el borde del
sepulcro, volvió la cabeza hacia afuera y echó dentro
las piernas para tirarse al fondo.
Andreuccio, viendo esto, poniéndose en pie, cogió
al cura por una de las piernas y fingió querer tirar de él
hacia abajo. Lo que sintiendo el cura, dio un grito grandísimo
y rápidamente del arca se tiró afuera: de lo cual,
espantados todos los otros, dejando el sepulcro abierto, no de otra
manera se dieron a la fuga que si fuesen perseguidos por cien mil
diablos. Lo que viendo Andreuccio, alegre contra lo que esperaba,
súbitamente se arrojófuera y por donde había
venido salió de la iglesia.
Y aproximándose ya el día, con aquel
anillo en el dedo andando a la aventura, llegó al mar y de
allíse enderezó a su posada, donde a sus compañeros
y al posadero encontró, que habían estado toda la noche
preocupados por lo que podría haber sido de él. A los
cuales contándoles lo que le había sucedido, pareció
por el consejo de su posadero que él incontinenti debía
irse de Nápoles; la cual cosa hizo prestamente y se volvió
a Perusa, habiendo invertido lo suyo en un anillo cuando a lo que
había ido era a comprar caballos.
NOVELA SEXTA
Madama
Beritola, con dos cabritillos en una isla encontrada, habiendo
perdido dos hijos, se va de allí a Lunigiana, allí,
uno de los hijos va a servir a su señor y con la hija de éste
se acuesta, y es puesto en prisión; Sicilia rebelada contra el
rey Carlos, y reconocido el hijo por la madre, se casa con la hija de
su señor y encuentra a su hermano, y vuelven a tener una alta
posición(60)
Habían las señoras al igual que los
jóvenes reído mucho de los casos de Andreuccio por
Fiameta narrados, cuando Emilia, advirtiendo la historia terminada,
por mandato de la reina así comenzó:
Graves cosas y dolorosas son los movimientos varios de
la fortuna, sobre los cuales (porque cuantas veces alguna cosa se
dice, tantas hay un despertar de nuestras mentes, que fácilmente
se adormecen con sus halagos) juzgo que no desagrade tener que oír
tanto a los felices como a los desgraciados, por cuanto a los
primeros hace precavidos y a los segundos consuela. Y por ello,
aunque grandes cosas hayan sido dichas antes, entiendo contaros una
historia no menos verdadera que piadosa, la cual, aunque alegre fin
tuviese, fue tanta y tan larga su amargura, que apenas puedo creer
que alguna vez la dulcificase la alegría que la siguió:
Carísimas señoras, debéis
saber que después de la muerte de Federico II el emperador,
fue coronado rey de Sicilia Manfredo(61)
junto al cual en grandísima privanza estuvo un hombre noble de
Nápoles llamado Arrighetto Capece, el cual tenía por
mujer a una hermosa y noble dama igualmente napolitana llamada madama
Beritola Caracciola(62)
El cual Arrighetto, teniendo el gobierno de la isla en las manos,
oyendo que el rey Carlos primero había vencido en Benevento y
matado a Manfredo, y que todo el reino se volvía a él,
teniendo poca confianza en la escasa lealtad de los sicilianos no
queriendo convertirse en súbdito del enemigo de su señor,
se preparaba huir. Pero conocido esto por los sicilianos, súbitamente
él y muchos otro amigos y servidores del rey Manfredo fueron
entregados como prisionero al rey Carlos, y el dominio de la isla
después.
Madama Beritola, en tan gran mudanza de las cosas, no
sabiendo que fuese de Arrighetto y siempre temiendo lo que había
sucedido, por temor a ser ultrajada, dejadas todas sus cosas, con un
hijo suyo de edad de unos ocho años llamado Giuffredi, y
preñada y pobre, montando en una barquichuela, huyó a
Lípari, y allíparióotro hijo varón al
que llamó el Expulsado; y tomada una nodriza, con todos en un
barquichuelo montópara volverse a Nápoles con sus
parientes. Pero de otra manera sucedió que como pensaba;
porque por la fuerza del viento el barco, que a Nápoles ir
debía, fue transportado a la isla de Ponza, donde, entrados en
una pequeña caleta, se pusieron a esperar oportunidad para su
viaje. Madama Beritola, tomando tierra en la isla como los demás,
y en ella un lugar solitario y remoto encontrado, allí a
dolerse por su Arrighetto se retirósola. Y haciendo lo mismo
todos los días, sucedió que, estando ella ocupada en su
aflicción, sin que nadie, ni marinero ni otro, se diese
cuenta, llegó una galera de corsarios, quienes a todos
capturaron a mansalva y se fueron.
Madama Beritola, terminado su diario lamento, volviendo
a la playa para ver de nuevo a sus hijos, como acostumbraba hacer, a
nadie encontró allí, de lo que se maravilló
primero, y luego, súbitamente sospechando lo que había
sucedido, los ojos hacia el mar dirigió y vio la galera,
todavía no muy alejada, que remolcaba al barquichuelo, por lo
que óptimamente conoció que, al igual que al marido,
había perdido a los hijos; y pobre y sola y abandonada, sin
saber dónde a nadie pudiese encontrar jamás, viéndose
allí, desmayada, llamando al marido y a los hijos, cayó
sobre la playa.
No había aquíquien con agua
fría o con otro medio a las desmayadas fuerzas llamase, por lo
que a su albedrío pudieron los espíritus andar vagando
por donde quisieron(63)
pero después de que en el mísero cuerpo las partidas
fuerzas junto con las lágrimas y el llanto volvieron,
largamente llamó a los hijos y mucho por todas las cavernas
los anduvo buscando. Pero luego que conoció que se fatigaba
inútilmente y vio caer la noche, esperando y no sabiendo qué ,
por sí misma se preocupó un tanto y, yéndose de
la playa, a aquella caverna donde acostumbraba a llorar y a dolerse
volvió .
Y luego de que la noche con mucho miedo y con
incalculable dolor fue pasada y el nuevo día venido, y ya
pasada la hora de tercia, como la noche antes cenado no había,
obligada por el hambre, se dio a pacer la hierba; y paciendo como
pudo, llorando, a diversos pensamientos sobre su futura vida se
entregó . Y mientras estaba en ellos, vio venir una cabrilla y
entrar allícerca en una caverna, y luego de un poco salir de
ella e irse por el bosque; por lo que, levantándose, allí
entródonde había salido la cabrilla, y vio dos
cabritillos tal vez nacidos el mismo día, los cuales le
parecieron la cosa más dulce del mundo y la más
graciosa; y no habiéndosele todavía del reciente parto
retirado la leche del pecho, los cogiótiernamente y se los
puso al pecho.
Los cuales, no rehusando el servicio, así mamaban
de ella como hubiesen hecho de su madre, y de entonces en adelante
entre la madre y ella ninguna distinción hicieron; por lo que,
pareciéndole a la noble señora haber en el desierto
lugar alguna compañía encontrado, pastando hierbas y
bebiendo agua y tantas veces llorando cuantas del marido y de los
hijos y de su pretérita vida se acordaba, allí a vivir
y a morir se había dispuesto, no menos familiar con la
cabrilla vuelta que con los hijos. Y, viviendo así , la noble
señora en fiera convertida, sucedió que, después
de algunos meses, por fortuna llegó también un barquito
de pisanos allídonde ella había llegado antes, y se
quedóvarios días.
Había en aquel barco un hombre noble
llamado Currado de los marqueses de Malaspina(64)
con una mujer suya valerosa y santa; y venían en peregrinación
de todos los santos lugares que hay en el reino de Apulia(65)
y a su casa volvían. El cual, por entretener el aburrimiento,
junto con su mujer y con algunos servidores y con sus perros, un día
a bajar a la isla se puso; y no muy lejano del lugar donde estaba
madama Beritola, empezaron los perros de Currado a seguir a los dos
cabritillos, los cuales, ya grandecitos, andaban paciendo; los cuales
cabritillos, perseguidos por los perros, a ninguna parte huyeron sino
a la caverna donde estaba madama Beritola. La cual, viendo esto,
poniéndose en pie y cogiendo un bastón, hizo retroceder
a los perros; y allíCurrado y su mujer, que a sus perros
seguían, llegando, viéndola morena y delgada y peluda
como se había puesto, se maravillaron, y ella mucho más
que ellos.
Pero luego de que a sus ruegos hubo Currado sujetado a
sus perros, después de muchas súplicas le hicieron que
dijese quién era y qué hacía aquí, la
cual enteramente toda su condición y todas sus desventuras y
su rigurosa resolución les comunicó. Lo que, oyendo
Currado, que muy bien a Arrighetto Capece conocido había,
lloróde compasión y con muchas palabras se ingenió
en apartarla de decisión tan rigurosa, ofreciéndola
llevarla a su casa o tenerla consigo con el mismo honor que a su
hermana, y que allí se quedase hasta que Dios más
alegre fortuna le deparara. A cuyas ofertas no plegándose la
señora, Currado dejó con ella a su mujer y le dijo que
mandase traer aquíde qué comer, y a ella, que estaba
en harapos, con alguno de sus vestidos vistiese, e hiciese todo para
llevarla con ellos.
Quedándose con ella la noble señora,
habiendo primero con madama Beritola llorado mucho de sus
infortunios, hechos venir vestidos y viandas, con la mayor fatiga del
mundo a tomarlos y a comer la indujo: y por fin, luego de muchos
ruegos, afirmando ella nunca querer ir a donde conocida fuera, la
indujo a irse con ellos a Lunigiana junto con los dos cabritillos y
con la cabrilla, la que en aquel entretanto había vuelto y no
sin gran maravilla de la noble señora le había hecho
grandísimas fiestas. Y así , venido el buen tiempo,
madama Beritola con Currado y con su mujer en su barco montó,
y junto con ellos la cabrilla y los dos cabritillos; por los cuales
no sabiendo todos su nombre, fue Cabrilla llamada; y, con buen
viento, pronto llegaron hasta la desembocadura del Magra, donde
bajándose, a sus castillos subieron.
Allí, junto a la mujer de Currado, madama
Beritola, en trajes de viuda, como una damisela suya, honesta y
humilde y obediente estuvo, siempre a sus cabritillos teniendo amor y
haciéndoles alimentar.
Los corsarios que habían en Ponza tomado el barco
en que madama Beritola había venido dejándola a ella
como a quien no habían visto, con toda la demás gente
se fueron a Génova; y allídividida la presa entre los
amos de la galera, tocó por ventura, entre otras cosas, en
suerte a un micer Guasparrino de Oria la nodriza de madama Beritola y
los dos niños con ella; el cual, a ella junto con los dos
niños mandó a su casa para tenerlos como siervos en los
trabajos de la casa.
La nodriza, sobremanera afligida por la
pérdida de su ama y por la mísera fortuna en la que
veía haber caído a los dos niños, lloró
amargamente; pero después que vio que las lágrimas de
nada servían y que ella era sierva junto con ellos, aunque
pobre mujer fuese, era sin embargo sabia y sagaz; por lo que,
consolándose lo mejor que pudo, y mirando a donde habían
llegado, pensó que si los dos niños eran reconocidos,
por acaso podrían con facilidad recibir molestias(66)
y además de ello, esperando que, cuando fuese podría
cambiar la fortuna y ellos podrían, si vivos estuvieran, al
perdido estado volver, pensóno descubrir a nadie quiénes
fueran, si no veía que fuese oportuno: y a todos decía
(los que le habían preguntado por ello) que eran sus hijos. Y
al mayor, no Giuffredi, sino Giannotto de Prócida llamaba; al
menor no se preocupóde cambiarle el nombre; y con suma
diligencia enseñó a Giuffredi por qué le había
cambiado el nombre y en qué peligro podía estar si
fuera reconocido, y esto no una vez sino muchas y con frecuencia le
recordaba: lo que el muchacho, que era buen entendedor, según
la enseñanza de la sabia nodriza óptimamente hacía.
Se quedaron, pues, mal vestidos y peor calzados,
ocupados en todos los trabajos viles, junto con la nodriza,
pacientemente muchos años los dos muchachos en casa de micer
Guasparrino. Pero Giannotto, ya de edad de dieciséis años,
teniendo mayor ánimo del que pertenecía a un siervo,
desdeñando la vileza de la condición servil, subiendo a
unas galeras que iban a Alejandría, del servicio de micer
Guasparrino se fue y anduvo en muchos lugares, sin poder mejorar en
nada. Al final después de unos tres o cuatro años de
haberse ido de casa de micer Guasparrino, siendo un buen mozo y
habiéndose hecho grande de estatura, y habiendo oído
que su padre, al que creía muerto, estaba todavía vivo
aunque en cautividad tenido por el rey Carlos, casi desesperando de
la fortuna, andando vagabundo, llegó a Lunigiana, y allí
entró por acaso como criado de Currado Malaspina sirviéndole
con diligencia y agrado.
Y como raras veces a su madre, que con la señora
de Currado estaba, viese, ninguna la conoció, ni ella a él:
tanto la edad al uno y al otro, de lo que solían ser cuando se
vieron por última vez, había transformado.
Estando, pues, Giannotto al servicio de Currado, sucedió
que una hija de Currado cuyo nombre era Spina, que había
enviudado de Niccolb de Grignano, volvió a casa del padre; la
cual, siendo muy bella y agradable y joven de poco más de
dieciséis años, por ventura le echó los ojos
encima a Giannotto y él a ella, y ardentísimamente el
uno del otro se enamoraron. El cual amor no estuvo largamente sin
efecto, y muchos meses pasaron antes de que nadie se apercibiese; por
lo cual, ellos, demasiado seguros, comenzaron a actuar de manera
menos discreta que la que para tales hechos se requería.
Y yendo un día por un hermoso bosque de muchos
árboles, la joven junto con Giannotto, dejando a toda la demás
compañía, se fueron delante, y pareciéndoles que
habían dejado muy lejos a los demás, en un lugar
deleitoso y lleno de hierbas y flores, y rodeado de árboles,
descansando, a tomar el amoroso placer el uno del otro empezaron. Y
cuando ya habían estado juntos largo tiempo, que el gran
deleite les hizo encontrar muy breve, en esto por la madre de la
joven primero, y luego por Currado, fueron alcanzados. El cual,
afligido sobremanera al ver esto, sin nada decir del porqué , a
los dos hizo coger por tres de sus servidores y a un castillo suyo
llevarlos atados; y de ira y de disgusto gimiendo andaba, dispuesto a
hacerles vilmente morir.
La madre de la joven, aunque muy enojada estuviese y
digna reputase a su hija por su falta de cualquier cruel penitencia,
habiendo por algunas palabras de Currado comprendido cuál era
su intención respecto a los culpables, no pudiendo soportar
aquello, apresurándose alcanzó al airado marido y
comenzó a rogarle que quisiese agradarla no corriendo
furiosamente a convertirse en su vejez en homicida de su hija y a
mancharse las manos con la sangre de un criado suyo, y que encontrase
otra manera de satisfacer su ira, así como hacerles encarcelar
y en la prisión penar y llorar por el pecado cometido. Y tanto
estas y otras palabras le estuvo diciendo la santa mujer que apartó
de su ánimo el propósito de matarlos; y mandó
que en distintos lugares cada uno de ellos fuese encarcelado, y allí
guardado bien, y con poca comida y muchas incomodidades mantenidos
hasta que decidiese hacer otra cosa de ellos; y así se hizo.
Y cuál fuese su vida en cautiverio y
en continuas lágrimas y en más largos ayunos de los que
serían menester, cualquiera puede pensarlo. Llevando, pues,
Giannotto y Spina una vida tan dolorosa, y habiendo ya un año
sin acordarse Currado de ellos pasado, sucedió que el rey
Pedro de Aragó n, por un acuerdo con micer Gian de Prócida,
sublevó a la isla de Sicilia y la quitó al rey Carlos(67)
por lo que Currado, como gibelino, hizo una gran fiesta. De la que
oyendo hablar Giannotto a alguno de aquellos que le custodiaban, dio
un gran suspiro y dijo:
¡Ay, triste de mí!, ¡que hace
hoy ya catorce años que ando arrastrándome por el
mundo, no esperando otra cosa que ésta, y ahora que es venida,
y para que ya no espere tener ningún bien, me ha encontrado en
prisión, de la que nunca sino muerto espero salir!
¿Y qué ? dijo el carcelero.
¿qué te importa a ti lo que hagan los altísimos
reyes? ¿qué tienes tú que hacer en Sicilia?
A lo que Giannotto dijo:
Parece que se me rompe el corazón
acordándome de lo que mi padre tuvo que hacer allí, el
cual, aunque yo niño chico era cuando huíde allí,
aún me acuerdo que lo vi señor en vida del rey
Manfredo.
Siguió el carcelero:
¿Y quién fue tu padre?
Mi padre dijo Giannotto puedo ya asaz
seguramente manifestarlo pues que me veo a cubierto del peligro que
temía descubriéndolo, se llamó y se llama aún,
si vive, Arrighetto Capece, y yo no Giannotto sino Giuffredi me
llamo; y nada dudo, si de aquísaliera, que volviendo a
Sicilia, no tuviese allítodavía una altísima
posición.
El buen hombre, sin más decir, en cuanto hubo
lugar todo se lo contó a Currado. Lo que oyendo Currado,
aunque mostróno preocuparse del prisionero, se fue a ver a
madama Beritola y placenteramente le preguntósi había
tenido algún hijo de Arrighetto que se llamase Giuffredi. La
señora, llorando, respondió que, si el mayor de los dos
suyos que había tenido estuviera vivo, así se llamaría
y sería de edad de veintidós años. Oyendo esto,
Currado pensó que podía de una vez hacer una gran
misericordia y borrar su vergüenza y la de su hija dándosela
a aqué l por mujer; y por ello, haciendo venir secretamente a
Giannotto, le examinódetalladamente sobre toda su pasada
vida. Y hallando abundancia de indicios manifiestos de que
verdaderamente era Giuffredi, hijo de Arrighetto, le dijo:
Giannotto, sabes cuán grande y cuál
ha sido la ofensa que me has hecho en mi propia hija cuando,
habiéndote yo tratado bien y amistosamente, como debe hacerse
con los servidores, debías mi honor y el de mis cosas siempre
buscar y servir; y muchos serían los que si tú les
hubieras hecho lo que a míme hiciste, con vituperio te
habrían hecho morir, lo que mi piedad no sufrió. Ahora,
puesto que así como me dices eres hijo de un hombre noble y de
una noble señora, quiero a tus angustias, si tú lo
quieres, poner fin y quitarte de la miseria y del cautiverio en los
que estás, y al mismo tiempo tu honor y el mío
reintegrar a su debido sitio. Como sabes, Spina, a quien con amorosa
(aunque poco conveniente para ti y para ella) amistad tomaste, es
viuda, y su dote es grande y buena; cuáles sean las costumbres
de su padre y de su madre las conoces, de tu presente estado nada
digo. Por lo que, cuando quieras, estoy dispuesto a que, ya que
deshonestamente fue tu amiga se convierta honestamente en tu mujer, y
que a guisa de hijo mío aquíconmigo y con ella cuanto
te plazca vivas.
Había la prisión macerado las carnes de
Giannotto, pero el generoso ánimo propio de su origen no había
disminuido nada en él, ni tampoco el verdadero amor que tenía
a su mujer; y aunque fervientemente desease lo que Currado le ofrecía
y lo viese a su alcance, en nada atenuólo que la grandeza de
su ánimo le mostraba tener que decir, y repuso:
Currado, ni avidez de señorío ni
deseo de dineros ni alguna otra razón me hizo nunca contra tu
vida y tus cosas obrar como traidor. Améa tu hija y la amo y
la amarésiempre, porque la reputo digna de mi amor; y si yo
con ella me conduje menos que honestamente según la opinión
de los vulgares, aquel pecado cometíque siempre lleva
aparejada la juventud, y que si se quisiera hacer desaparecer habría
que hacer desaparecer a la juventud, y éste, si los viejos se
quisieran acordar de haber sido jóvenes y los defectos de los
demás midiesen con los suyos, no sería tenido por grave
como lo es por ti y por otros muchos; y como amigo, no como enemigo,
lo cometí. Lo que me ofreces hacer, siempre lo deseé, y
si hubiera creído que me habría podido ser concedido,
largo tiempo hace que lo habría pedido; y tanto más
caro me será ahora cuando la esperanza de ello es menor. Si no
tienes en el ánimo lo que tus palabras demuestran, no me
alimentes con vanas esperanzas; hazme volver a la prisión, y
hazme allí afligir cuanto te plazca, que mientras ame a Spina
te amaréa ti por amor suyo, hagas lo que hagas, y te tendré
reverencia.
Currado, habiéndole oído, se maravilló
y le tuvo por de gran ánimo y reputó a su amor como
ardiente, y más lo quiso: por ello, poniéndose en pie,
lo abrazó y lo besó, y sin poner más dilación
a la cosa, mandó que aquífuese Spina traída
secretamente. Ella en la prisión se había puesto
delgada y pálida y débil, y otra mujer distinta de la
que solía y parecía ser, y del mismo modo Giannotto
otro hombre; los cuales, en presencia de Currado, con consentimiento
mutuo contrajeron los esponsales según nuestra costumbre. Y
luego que pasaron algunos días sin que nadie se enterase de lo
que pasado había y les hubo proporcionado todo aquello que
necesitaban y les placía, pareciéndole tiempo de hacer
alegrarse a las dos madres, llamando a su mujer y a la Cabrilla así
les dijo:
¿qué diríais, señora,
si yo os devolviera a vuestro hijo mayor casado con una de mis hijas?
A lo que la Cabrilla respondió :
No podría deciros sino que, si pudiese
estaros más obligada de lo que os estoy, tanto más os
estaría cuanto vos una cosa que me es querida más que
yo misma me devolveríais; y devolviéndomela en la guisa
que decís, algo haríais de volver a mími
perdida esperanza.
Y llorando, se calló. Entonces dijo Currado a su
mujer:
¿Y a ti qué te parecería,
mujer, si te diese un tal yerno?
A lo que la señora respondió :
No uno de ellos, que son nobles, sino cualquier
miserable si a vos os pluguiese, me placería.
Entonces dijo Currado:
Espero dentro de pocos días haceros alegrar
por ello.
Y viendo ya a los dos jóvenes vueltos a su
anterior aspecto, vistiéndolos honradamente, preguntó a
Giuffredi:
¿qué te gustaría más,
además de la alegría que tienes, si vieses aquí
a tu madre?
A lo que Giuffredi respondió :
No me es posible creer que los dolores de sus
desventurados accidentes la hayan dejado viva: pero si así
fuese, sumamente me gustaría, como a quien aún, con su
consejo, creería que podría recobrar en Sicilia gran
parte de mis bienes.
Entonces Currado hizo venir allí a la una y la
otra señora. Las dos hicieron maravillosas fiestas a la recién
casada, maravillándose no poco de la inspiración a que
podía deberse que Currado hubiese llegado a ser tan benigno
que hubiese hecho su pariente a Giannotto; al cual, madama Beritola,
por las palabras oídas a Currado, empezó a mirar, y,
por oculta virtud, se despertó en ella algún recuerdo
de las pueriles facciones del rostro de su hijo, sin esperar otra
demostración, con los brazos abiertos se le echó al
cuello, ni el desbordante amor y la alegría materna le
permitieron poder decir palabra alguna, sino que la privaron de toda
virtud sensitiva hasta tal punto que como muerta cayó en los
brazos del hijo.
El cual, aunque mucho se maravillase de
haberla visto muchas veces antes en aquel mismo castillo sin nunca
reconocerla, no dejóde conocer incontinenti el aroma materno(68)
y reprochándose su pretérito descuido, recibiéndola
en sus brazos llorando, tiernamente la besó. Pero luego de que
madama Beritola, piadosamente ayudada por la mujer de Currado y por
Spina y con agua fría y con otras artes suyas le devolvieron
las desmayadas fuerzas empezóde nuevo a abrazar al hijo con
muchas lágrimas y muchas dulces palabras; y llena de piedad
materna mil veces más le besó, y él y a ella
reverentemente mucho la miró y la abrazó. Pero después
de que los honestos y alegres agasajos se repitieron tres o cuatro
veces, no sin contento y placer de los circunstantes, y el uno hubo
al otro narrado sus desventuras, habiendo ya Currado a sus amigos
comunicado, con gran placer de todos, el nuevo parentesco por él
contraído, y ordenando una hermosa y magnífica fiesta
le dijo Giuffredi:
Currado, me habéis contentado con muchas
cosas y largamente habéis honrado a mi madre: ahora, para que
nada, en lo que podáis, quede por hacer, os ruego que a mi
madre, a mis invitados y a míalegréis con la presencia
de mi hermano, que como siervo tiene en su casa micer Guasparrino de
Oria, quien, como ya os he dicho, de él y de míse
apoderópirateando y luego, que mandéis a Sicilia para
que se informe plenamente de las condiciones y del estado del país,
y averigüe lo que ha sido de Arrighetto, mi padre, si está
vivo o muerto, y si está vivo, en qué estado; y
plenamente informado de todo, vuelva a nosotros.
Plugo a Currado la petición de Giuffredi, y sin
tardanza alguna a discretísimas personas mandó a Génova
y a Sicilia. El que fue a Génova, hallado micer Guasparrino,
de parte de Currado le rogó vehementemente que al Expulsado y
a su nodriza le enviase, contándole lo que Currado había
hecho con Giuffredi y con su madre. A lo que Micer Guasparrino se
maravillómucho oyéndolo, y dijo:
Es verdad que harépor Currado cualquier
cosa que estéen mi poder que le agrade; y ciertamente he
tenido en casa, desde hace catorce años, al muchacho que me
pides y a su madre, los cuales te enviaréde buena gana; pero
le dirás de mi parte que cuide de no haber creído
demasiado o de no creer las fábulas de Giannotto, que dices
que hoy se hace llamar Giuffredi, porque es mucho más malo de
lo que él piensa.
Y dicho esto, haciendo honrar al valiente hombre, hizo
llamar a la nodriza en secreto, y cautamente la interrogó
sobre aquel asunto. La cual, habiendo oído la rebelió n
de Sicilia y oyendo que Arrighetto estaba vivo, desechando el miedo
que hasta entonces había tenido, ordenadamente le contó
todo y le mostró las razones por las que aquella manera de
conducirse había seguido. Micer Guasparrino, viendo que las
cosas dichas por la nodriza con las del embajador de Currado se
convenían óptimamente, empezó a dar fe a las
palabras; y de una manera y de otra, como hombre astutísimo
que era, haciendo averiguaciones sobre este asunto y cada vez
encontrando más cosas que más le hacían creer en
ello, avergonzándose del vil trato que le había dado al
muchacho, para enmendarlo, teniendo una bella hija de once años
de edad, sabiendo quién Arrighetto había sido y era,
con una gran dote se la dio por mujer, y luego de una gran fiesta,
con el muchacho y con la hija y con el embajador de Currado y con la
nodriza, subiendo a una galera bien armada, se vino a Lérici;
donde recibido por Currado, con toda su compañía se fue
a un castillo de Currado no muy alejado de allí, donde estaba
preparada una gran fiesta.
qué fiestas hizo la madre al volver a ver a su
hijo, cuáles las de los dos hermanos, cuál la de los
tres a la fiel nodriza, cuál la hecha por todos a micer
Guasparrino y a su hija, y por él a todos, y de todos juntos
con Currado y su mujer y con sus hijos y sus amigos, no se podría
explicar con palabras, ni con pluma escribir; por lo que a vosotras,
señoras, os dejo que lo imaginéis. Para lo cual, para
que fuese completa, quiso Dios, generosísimo donante cuando
empieza, hacer llegar las alegres nuevas de la vida y el buen estado
de Arrighetto Capece.
Por lo que, siendo grande la fiesta y los
convidados, las mujeres y los hombres estando a la mesa todavía
al primer plato, llegó aquel que había sido enviado a
Sicilia, y entre otras cosas contóde Arrighetto, que, estando
en Catania encarcelado por el rey Carlos, cuando se levantó
contra el rey la revuelta en aquella tierra, el pueblo enfurecido
corrió a la cárcel y, matando a los guardias, le habían
sacado de allí, y como a capital enemigo del rey Carlos lo
habían hecho su capitán y le habían seguido en
expulsar y matar a los franceses; por la cual cosa, se había
hecho sumamente grato al rey Pedro, quien todos sus bienes y todo su
honor le había restituido, por lo que estaba en grande y buena
posición; añadiendo que a él le había
recibido con sumo honor y había hecho indecibles fiestas por
las noticias de su mujer y del hijo, de los cuales después de
su prisión nada había sabido, y además de ello,
mandaba a por ellos una saetía(69)
con algunos gentileshombres, que venían detrás.
Fue con gran alegría y fiesta éste
recibido; y prontamente Currado con algunos de sus amigos salieron al
encuentro de los gentileshombres que a por madama Beritola y por
Giuffredi venían, y recibidos alegremente, a su banquete, que
todavía no estaba mediado, les introdujo. allí a la
señora y a Giuffredi y además de a ellos a todos los
otros con tanta alegría los vieron, que nunca mayor fue oída;
y ellos, antes de sentarse a comer, de parte de Arrighetto saludaron
y agradecieron como mejor supieron y pudieron a Currado y a su mujer
por el honor hecho a su mujer y a su hijo, y a Arrighetto y a
cualquier cosa que por medio de él se pudiese hacer pusieron a
su disposición. Luego, volviéndose a micer Guasparrino,
cuyos favores eran inesperados, dijeron que estaban certísimos
de que, en cuanto lo que habían hecho por el Expulsado supiese
Arrighetto, gracias semejantes y mayores le daría. Después
de lo cual, muy contentos, en el banquete de las recién
casadas y con los recién casados comieron.
Y no sólo aquel día festejóCurrado
al yerno y a sus otros parientes amigos, sino muchos otros; y después
que hubieron cesado los festejos, pareciéndole a madama
Beritola y a Giuffredi y a los demás que tenían que
irse, con muchas lágrimas de Currado y de su mujer y de micer
Guasparrino subiendo a la saetía, llevándose consigo a
Spina, se fueron. Y teniendo próspero el viento, pronto
llegaron a Sicilia, donde con tan gran fiesta por Arrighetto (todos
por igual, los hijos y las mujeres) fueron en Palermo recibidos que
decir no se podría; y allíse cree que mucho tiempo
todos vivieron feliz mente, y reconocidos por el beneficio recibido,
en amistad con Dios Nuestro Señor.
NOVELA SÉPTIMA
El
sultán de Babilonia manda a una hija suya como mujer al rey
del Algarbe, la cual, por diversas desventuras, en el espacio de
cuatro años llega a las manos de nueve hombres en diversos
lugares, por último, restituida al padre como doncella, vuelve
de su lado al rey del Algarbe como mujer, como primero iba(70)
Tal vez no se habría extendido mucho más
la historia de Emilia sin que la compasión sentida por las
jóvenes por los casos de madama Beritola no les hubiera
conducido a derramar lágrimas. Pero luego de que a aqué lla
se puso fin, plugo a la reina que Pánfilo siguiera, contando
la suya; por lo cual él, que obedientísimo era,
comenzó:
Difícilmente, amables señoras,
puede ser conocido por nosotros lo que nos conviene, por lo que, como
muchas veces se ha podido ver, ha habido muchos que, estimando que si
se hicieran ricos podrían vivir sin preocupación y
seguros, lo pidieron a Dios no sólo con oraciones sino con
obras, no rehusando ningún trabajo ni peligro para buscar
conseguirlo: y cuando lo hubieron logrado, encontraron que por deseo
de tan gran herencia fueron a matarles quienes antes de que se
hubieran enriquecido deseaban su vida. Otros, de bajo estado subidos
a las alturas de los reinos por medio de mil peligrosas batallas, por
medio de la sangre de sus hermanos y de sus amigos, creyendo estar en
ellas la suma felicidad, además de los infinitos cuidados y
temores de que llenas las vieron y sintieron, conocieron (no sin su
muerte) que en el oro de las mesas reales se bebía el veneno(71)
Muchos hubo que la fuerza corporal y la belleza, y ciertos ornamentos
con apetito ardentísimo desearon, y no se percataron de haber
deseado mal hasta que aquellas cosas no les fueron ocasión de
muerte o de dolorosa vida.
Y para no hablar por separado de todos los humanos
deseos, afirmo que ninguno hay que con completa precaución,
como por seguro de los azares de la fortuna pueda ser elegido por los
vivos; por lo que, si queremos obrar rectamente, a tomar y poseer
deberíamos disponernos lo que nos diese Aqué l que sólo
lo que nos hace falta conoce y nos puede dar. Pero si los hombres
pecan por desear varias cosas, vosotras, graciosas señoras,
sobremanera pecáis por una, que es por desear ser hermosas,
hasta el punto de que, no bastándoos los encantos que por la
naturaleza os son concedidos, aún con maravilloso arte buscáis
acrecentarlos, y me place contaros cuán desventuradamente fue
hermosa una sarracena que, en unos cuatro años, tuvo, por su
hermosura, que contraer nuevas bodas nueve veces.
Ya ha pasado mucho tiempo desde que hubo un
sultán en Babilonia que tuvo por nombre Beminedab, al que en
sus días bastantes cosas de acuerdo con su gusto sucedieron.
Tenía éste, entre sus muchos hijos varones y hembras,
una hija llamada Alatiel que, por lo que todos los que la veían
decían, era la mujer más hermosa que se viera en
aquellos tiempos en el mundo; y porque en una gran derrota que había
causado a una gran multitud de árabes que le habían
caído encima, le había maravillosamente ayudado el rey
del Algarbe(72)
a éste, habiéndosela pedido él como gracia
especial, la había dado por mujer; y con honrada compañía
de hombres y de mujeres y con muchos nobles y ricos arneses la hizo
montar en una nave bien armada y bien provista, y mandándosela,
la encomendó a Dios. Los marineros, cuando vieron el tiempo
propicio, dieron al viento las velas y del puerto de Alejandría
partieron y muchos días navegaron felizmente; y ya habiendo
pasado Cerdeña, pareciéndoles que estaban cerca del fin
de su camino, se levantaron súbitamente un día
contrarios vientos, los cuales, siendo todos sobremanera impetuosos,
tanto azotaron a la nave donde iba la señora y los marineros
que muchas veces se tuvieron por perdidos.
Pero, como hombres valientes, poniendo en obra toda arte
y toda fuerza, siendo combatidos por el infinito mar, resistieron
durante dos días; y empezando ya la tercera noche desde que la
tempestad había comenzado, y no cesando ésta sino
creciendo continuamente, no sabiendo dónde estaban ni pudiendo
por cálculo marinesco comprenderlo ni por la vista, porque
oscurísimo de nubes y de tenebrosa noche estaba el cielo,
estando no mucho más allá de Mallorca, sintieron que se
resquebrajaba la nave. Por lo cual, no viendo remedio para su
salvación, teniendo en el pensamiento cada cual a sí
mismo y no a los demás, arrojaron a la mar una chalupa, y
confiando más en ella que en la resquebrajada nave, allí
se arrojaron los patrones, y después de ellos unos y otros de
cuantos hombres había en la nave (aunque los que primero
habían bajado a la chalupa con los cuchillos en la mano
trataron de impedírselo) se arrojaron, y creyendo huir de la
muerte dieron con ella de cabeza: porque no pudiendo con aquel mal
tiempo bastar para tantos, hundiéndose la chalupa, todos
perecieron.
Y la nave, que por impetuoso viento era empujada, aunque
resquebrajada estuviese y ya casi llena de agua no habiéndose
quedado en ella nadie más que la señora y sus mujeres,
y todas por la tempestad del mar y por el miedo vencidas, yacían
en ella como muertas corriendo velocísimamente, fue a
vararse en una playa de la isla de Mallorca, con tanto y tan gran
ímpetu que se hundió casi entera en la arena, a un tiro
de piedra de la orilla aproximadamente; y allí, batida por el
mar, sin poder ser movida por el viento, se quedódurante la
noche. Llegado el día claro y algo apaciguada la tempestad, la
señora, que estaba medio muerta, alzó la cabeza y, tan
débilmente como estaba empezó a llamar ora a uno ora a
otro de su servidumbre, pero en vano llamaba: los llamados estaban
demasiado lejos.
Por lo que, no oyéndose responder por nadie ni
viendo a nadie, se maravillómucho y empezó a tener
grandísimo miedo; y como mejor pudo levantándose, a las
damas que eran de su compañía y a las otras mujeres vio
yacer, y a una ahora y a otra después sacudiendo, luego de
mucho llamar a pocas encontró que tuvieran vida, como que por
graves angustias de estómago y por miedo se habían
muerto: por lo que el miedo de la señora se hizo mayor. Pero
no obstante, apretándole la necesidad de decidir algo, puesto
que allísola se veía (no conociendo ni sabiendo dónde
estuviera), tanto animó a las que vivas estaban que las hizo
levantarse; y encontrando que ellas no sabían dónde los
hombres se hubiesen ido, y viendo la nave varada en tierra y llena de
agua, junto con ellas dolorosamente comenzó a llorar. Y llegó
la hora de nona antes de que a nadie vieran, por la orilla o en otra
parte, a quien pudiesen provocar piedad y les diese ayuda.
Llegada nona, por azar volviendo de una tierra suya pasó
por allíun gentilhombre cuyo nombre era Pericón de
Visalgo, con muchos servidores a caballo; el cual, viendo la nave,
súbitamente se imaginólo que era y mandó a uno
de los sirvientes que sin tardanza procurase subir a ella y le
contase lo que hubiera. El sirviente, aunque haciéndolo con
dificultad, allísubió y encontró a la noble
joven, con aquella poca compañía que tenía, bajo
el pico de la proa de la nave, toda tímida escondida. Y ellas,
al verlo, llorando pidieron misericordia muchas veces, pero
apercibiéndose de que no eran entendidas y de que ellas no le
entendían, por señas se ingeniaron en demostrarle su
desgracia. El sirviente, como mejor pudo mirando todas las cosas,
contó a Pericón lo que allí había, el
cual prontamente hizo traer a las mujeres y las más preciosas
cosas que allí había y que pudieron coger, y con ellas
se fue a un castillo suyo; y allícon víveres y con
reposo reconfortadas las señoras, comprendió , por los
ricos arneses, que la mujer que había encontrado debía
ser una grande y noble señora, y a ella la conoció
prestamente al ver los honores que veía a las otras hacerle a
ella sola. Y aunque pálida y asaz desarreglada en su persona
por las fatigas del mar estuviese entonces la mujer, sin embargo sus
facciones le parecieron bellísimas a Pericón, por lo
cual deliberósúbitamente que si no tuviera marido la
querría por mujer, y si por mujer no pudiese tenerla, la
querría tener por amiga.
Era Pericón hombre de fiero aspecto y muy
robusto; y habiendo durante algunos días a la señora
hecho servir óptimamente, y por ello estando ésta toda
reconfortada, viéndola él sobremanera hermosísima,
afligido desmedidamente por no poder entenderla ni ella a él,
y así no poder saber quién fuera, pero no por ello
menos desmesuradamente prendado de su belleza, con obras amables y
amorosas se ingenió en inducirla a cumplir su placer sin
oponerse. Pero era en vano: ella rehusaba del todo sus
familiaridades, y mientras tanto más se inflamaba el ardor de
Pericón. Lo que, viéndolo la mujer, y ya durante
algunos días estando allíy dándose cuenta por
las costumbres de que entre cristianos estaba, y en lugar donde, si
hubiera sabido hacerlo, el darse a conocer de poca cosa le servía,
pensando que a la larga o por la fuerza o por amor tendría que
llegar a satisfacer los gustos de Pericón, se propuso con
grandeza de ánimo hollar la miseria de su fortuna, y a sus
mujeres, que más de tres no le habían quedado, mandó
que a nadie manifestasen quiénes eran, salvo si en algún
lugar se encontrasen donde conocieran que podrían encontrar
una ayuda manifiesta a su libertad; además de esto,
animándolas sumamente a conservar su castidad, afirmando
haberse ella propuesto que nunca nadie gozaría de ella sino su
marido. Sus mujeres la alabaron por ello, y le dijeron que
observarían en lo que pudieran su mandato.
Pericón, inflamándose más de día
en día, y tanto más cuanto más cerca veía
la cosa deseada y muchas veces negada, y viendo que sus lisonjas no
le valían, preparó el ingenio y el arte, reservándose
la fuerza para el final. Y habiéndose dado cuenta alguna vez
que a la señora le gustaba el vino, como a quien no estaba
acostumbrada a beber, porque su ley se lo vedaba, con él, como
ministro de Venus pensó que podía conseguirla, y,
aparentando no preocuparse de que ella se mostrase esquiva, hizo una
noche a modo de solemne fiesta una magnífica cena, a la que
vino la señora; y en ella, siendo por muchas cosas alegrada la
cena, ordenó al que la servía que con varios vinos
mezclados le diese de beber. Lo que él hizo óptimamente;
y ella, que de aquello no se guardaba, atraída por el agrado
de la bebida, más tomóde lo que habría
requerido su honestidad; por lo que, olvidando todas las advertencias
pasadas, se puso alegre, y viendo a algunas mujeres bailar a la moda
de Mallorca, ella a la manera alejandrina bailó.
Lo que, viendo Pericón, estar cerca le pareció
de lo que deseaba, y continuando la cena con más abundancia de
comidas y de bebidas, por gran espacio durante la noche la prolongó .
Por último, partiendo los convidados, solo con la señora
entró en su alcoba; la cual, más caliente por el vino
que templada por la honestidad, como si Pericón hubiese sido
una de sus mujeres, sin ninguna contención de vergüenza
desnudándose en presencia de él, se metió en la
cama. Pericón no dudó en seguirla sino que, apagando
todas las luces, prestamente de la otra parte se echó junto a
ella, y cogiéndola en brazos sin ninguna resistencia, con ella
empezó amorosamente a solazarse. Lo que cuando ella lo hubo
probado, no habiendo sabido nunca antes con qué cuerpo
embisten los hombres, casi arrepentida de no haber accedido antes a
las lisonjas de Pericón, sin esperar a ser invitada a tan
dulces noches, muchas veces se invitaba ella misma, no con palabras,
con las que no se sabía hacer entender, sino con obras. A este
gran placer de Pericón y de ella, no estando la fortuna
contenta con haberla hecho de mujer de un rey convertirse en amiga de
un castellano, opuso una amistad más cruel.
Tenía Pericón un hermano de
veinticinco años de edad, bello y fresco como una rosa, cuyo
nombre era Marato; el cual, habiéndola visto y habiéndole
agradado sumamente, pareciéndole, según por sus actos
podía comprender, que gozaba de su gracia, y estimando que lo
que él deseaba nada se lo vedaba sino la continua guardia que
de ella hacía Pericón, dio en un cruel pensamiento: y
al pensamiento siguiósin tregua el criminal efecto. Estaba
entonces, por acaso, en el puerto de la ciudad, una nave cargada de
mercancía para ir a Clarentza, en Romania(73)
de la que eran patrones dos jóvenes genoveses, y tenía
ya la vela izada para irse en cuanto buen viento soplase; con los
cuales concertándose Marato, arreglócómo la
siguiente noche fuese recibido con la mujer. Y hecho esto, al hacerse
de noche, a casa de Pericón, quien de él nada se
guardaba, secretamente fue con algunos de sus fidelísimos
compañeros, a los cuales había pedido ayuda para lo que
pensaba hacer, y en la casa, según lo que habían
acordado, se escondió . Y luego que fue pasada parte de la
noche, habiendo abierto a sus compañeros, allá donde
Pericón con la mujer dormía se fue, y abriéndola,
a Pericón mataron mientras dormía y a la mujer,
despierta y gimiente, amenazándola con la muerte si hacía
algún ruido, se llevaron; y con gran cantidad de las cosas más
preciosas de Pericón, sin que nadie les hubiera oído,
prestamente se fueron al puerto, y allísin tardanza subieron
a la nave Marato y la mujer, y sus compañeros se dieron la
vuelta.
Los marineros, teniendo viento favorable y
fresco, se hicieron a la mar. La mujer, amargamente de su primera
desgracia y de ésta se dolió mucho; pero Marato, con el
SanCrescencioenmano(74)
que Dios le había dado empezó a consolarla de tal
manera que ella, ya familiarizándose con él, olvidó
a Pericón; y ya le parecía hallarse bien cuando la
fortuna le aparejónuevas tristezas, como si no estuviese
contenta con las pasadas. Porque, siendo ella hermosísima de
aspecto, como ya hemos dicho muchas veces, y de maneras muy dignas de
alabanza, tan ardientemente de ella los dos patrones de la nave se
enamoraron que, olvidándose de cualquier otra cosa, solamente
a servirla y a agradarla se aplicaban, teniendo cuidado siempre de
que Marato no se apercibiese de su intención. Y habiéndose
dado cuenta el uno de aquel amor del otro, sobre aquello tuvieron
juntos una secreta conversación y convinieron en adquirir
aquel amor común, como si Amor debiese sufrir lo mismo que se
hace con las mercancías y las ganancias.
Y viéndola muy guardada por Marato, y por ello
impedido su propósito, yendo un día la nave con vela
velocísima, y Marato estando sobre la popa y mirando al mar,
no sospechando nada de ellos, se fueron a él de común
acuerdo y, cogiéndolo prestamente por detrás lo
arrojaron al mar; y estuvieron más de una milla alejados antes
de que nadie se hubiera dado cuenta de que Marato había caído
al mar; lo que oyendo la mujer y no viendo manera de poderlo
recobrar, nuevo duelo empezó a hacer en la nave. Y a su
consuelo los dos amantes vinieron incontinenti, y con dulces palabras
y grandísimas promesas, aunque ella poco los entendiese, a
ella, que no tanto por el perdido Marato como por su desventura
lloraba, se ingeniaban en tranquilizar. Y luego de largas
consideraciones una y otra vez dirigidas a ella, pareciéndoles
que la habían consolado, vino la hora de discutir entre sí
cuál de ellos la fuera a llevar primero a la cama.
Y queriendo cada uno ser el primero y no
pudiendo en aquello llegar a ningún acuerdo entre ambos,
primero con palabras graves y duras empezaron un altercado y
encendiéndose en ira con ellas, echando mano a los cuchillos,
furiosamente se echaron uno sobre el otro; y muchos golpes, no
pudiendo los que en la nave estaban separarlos, se dieron uno al
otro, de los que uno cayómuerto incontinenti, y el otro en
muchas partes de su cuerpo gravemente herido, quedó con vida;
lo que desagradómucho a la mujer, como a quien allí
sola, sin ayuda ni consejo alguno se veía, y mucho temía
que contra ella se volviese la ira de los parientes y de los amigos
de los dos patrones; pero los ruegos del herido y la pronta llegada a
Clarentza del peligro de muerte la libraron. Donde junto con el
herido descendió a tierra, y estando con él en un
albergue, súbitamente corrió la fama de su gran belleza
por la ciudad, y a los oídos del príncipe de Morea(75)
que entonces estaba en Clarentza, llegó : por lo que quiso
verla, y viéndola, y más de lo que la fama decía
pareciéndole hermosa, tan ardientemente se enamoróde
ella que en otra cosa no podía pensar.
Y habiendo oído en qué guisa había
llegado allí, se propuso conseguirla para él, y
buscándole las vueltas y sabiéndolo los parientes del
herido, sin esperar más se la mandaron prestamente; lo que al
príncipe fue sumamente grato y otro tanto a la mujer, porque
fuera de un gran peligro le pareció estar. El príncipe,
viéndola además de por la belleza adornada con trajes
reales, no pudiendo de otra manera saber quién fuese ella,
estimó que sería noble señora, y por lo tanto su
amor por ella se redobló; y teniéndola muy
honradamente, no a guisa de amiga sino como a su propia mujer la
trataba. Lo que, considerando la mujer los pasados males y
pareciéndole bastante bien estar, tan consolada y alegre
estaba mientras sus encantos florecían que de nada más
parecía que hubiera que hablar en Romania.
Por lo cual, al duque de Atenas, joven y bello y
arrogante en su persona, amigo y pariente del príncipe, le
dieron ganas de verla: y haciendo como que venía a visitarle,
como acostumbraba a hacer de vez en cuando, con buena y honorable
compañía se vino a Clarentza, donde fue honradamente
recibido con gran fiesta. Después, luego de algunos días,
venidos a hablar de los encantos de aquella mujer, preguntó al
duque si eran cosa tan admirable como se decía; a lo que el
príncipe respondió :
Mucho más; pero de ello no mis palabras
sino tus ojos quiero que den fe.
A lo que, invitando al duque el príncipe, juntos
fueron allá donde ella estaba; la cual, muy cortésmente
y con alegre rostro, habiendo antes sabido su venida, les recibió.
Y habiéndola hecho sentar entre ellos, no se pudo de hablar
con ella tomar ningún agrado porque poco o nada de aquella
lengua entendía; por lo que cada uno la miraba como a cosa
maravillosa, y mayormente el duque, el cual apenas podía creer
que fuese cosa mortal, y sin darse cuenta, al mirarla, con el amoroso
veneno que con los ojos bebía, creyendo que su gusto
satisfacía mirándola, se enviscó a sí
mismo, enamorándose de ella ardentísimamente.
Y luego que de ella, junto con el príncipe, se
hubo partido y tuvo espacio de poder pensar por sí solo,
juzgaba al príncipe más feliz que a nadie teniendo una
cosa tan bella a su disposición; y luego de muchos y diversos
pensamientos, pesando más su fogoso amor que su honra,
determinó, sucediera lo que fuese, privar al príncipe
de aquella felicidad y hacerse feliz con ella a sí mismo si
pudiese. Y, teniendo en el ánimo apresurarse, dejando toda
razón y toda justicia aparte, a los engaños dispuso
todo su pensamiento; y un día, según el malvado plan
establecido por él, junto con un secretísimo camarero
del príncipe que tenía por nombre Ciuriaci,
secretísimamente todos sus caballos y sus cosas hizo preparar
para irse, y viniendo la noche, junto con un compañero, todos
armados, llevado fue por el dicho Ciuriaci a la alcoba del príncipe
silenciosamente. Al que vio que, por el gran calor que hacía,
mientras dormía la mujer, él todo desnudo estaba a una
ventana abierta al puerto, tomando un vientecillo que de aquella
parte venía; por la cual cosa, habiendo a su compañero
antes informado de lo que tenía que hacer, silenciosamente fue
por la cámara hasta la ventana, y allícon un cuchillo
hiriendo al príncipe en los riñones, lo traspasó
de una a otra parte, y cogiéndolo prestamente, lo arrojó
por la ventana abajo.
Estaba el palacio sobre el mar y muy alto, y aquella
ventana a la que estaba entonces el príncipe daba sobre
algunas casas que habían sido derribadas por el ímpetu
del mar, a las cuales raras veces o nunca alguien iba; por lo que
sucedió , tal como el duque lo había previsto, que la
caída del cuerpo del príncipe ni fue ni pudo ser oída
por nadie. El compañero del duque, viendo que aquello estaba
hecho, rápidamente un cabestro que llevaba para aquello,
fingiendo hacer caricias a Ciuriaci, se lo echó a la garganta
y tiróde manera que Ciuriaci no pudo hacer ningún
ruido; y reuniéndose con él el duque, lo estrangularon,
y adonde el príncipe arrojado había, lo arrojaron. Y
hecho esto, manifiestamente conociendo que no habían sido
oídos ni por la mujer ni por nadie, tomó el duque una
luz en la mano y la levantósobre la cama, y silenciosamente a
la mujer toda, que profundamente dormía, descubrió; y
mirándola entera la apreciósumamente, y si vestida le
había gustado sobre toda comparación le gustó
desnuda. Por lo que, inflamándose en mayor deseo, no espantado
por el reciente pecado por él cometido, con las manos todavía
sangrientas, junto a ella se acostó y con ella toda
soñolienta, y creyendo que el príncipe fuese, yació.
Pero luego de que algún tiempo con grandísimo
placer estuvo con ella, levantándose y haciendo venir allí
a algunos de sus compañeros, hizo coger a la mujer de manera
que no pudiera hacer ruido, y por una puerta falsa, por donde entrado
había él, llevándola y poniéndola a
caballo, lo más silenciosamente que pudo, con todos los suyos
se puso en camino y se volvió a Atenas. Pero como tenía
mujer, no en Atenas sino en un bellísimo lugar suyo que un
poco a las afueras de la ciudad tenía junto al mar, dejó
a la más dolorosa de las mujeres, teniéndola allí
ocultamente y haciéndola honradamente, de cuanto necesitaba,
servir.
Habían a la mañana siguiente los
cortesanos del príncipe esperado hasta la hora de nona a que
el príncipe se levantase; pero no oyendo nada, empujando las
puertas de la cámara que solamente estaban entornadas, y no
encontrando allí a nadie, pensando que ocultamente se hubiera
ido a alguna parte para estarse algunos días a su gusto con
aquella su hermosa mujer, más no se preocuparon. Y así
las cosas, sucedió que al día siguiente, un loco,
entrando entre las ruinas donde estaban el cuerpo del príncipe
y el de Ciuriaci, por el cabestro arrastró afuera a Ciuriaci,
y lo iba arrastrando tras él. El cual, no sin maravilla fue
reconocido por muchos, que con lisonjas haciéndose llevar por
el loco allíde donde lo había arrastrado, allí,
con grandísimo dolor de toda la ciudad, encontraron el del
príncipe, y honrosamente lo sepultaron; e investigando sobre
los autores de tan grande delito, y viendo que el duque de Atenas no
estaba, sino que se había ido furtivamente, estimaron, como
era, que él debía haber hecho aquello y llevádose
a la mujer.
Por lo que prestamente sustituyendo a su príncipe
con un hermano del muerto, le incitaron con todo su poder a la
venganza; el cual, por muchas otras cosas confirmado después
haber sido tal como lo habían imaginado, llamando en su ayuda
a amigos y parientes y servidores de diversas partes, prontamente
reunió una grande y buena y poderosa hueste, y a hacer la
guerra al duque de Atenas se enderezó.
El duque, oyendo estas cosas, en su defensa
semejantemente aparejótodo su ejército, y vinieron en
su ayuda muchos señores, entre los cuales, enviados por el
emperador de Constantinopla, estaban Costanzo su hijo y Manovello su
sobrino con buenas y grandes gentes, los cuales fueron recibidos
honradamente por el duque, y más por la duquesa, porque era su
hermana. Aprestándose las cosas para la guerra más de
día en día, la duquesa, en tiempo oportuno, a ambos a
dos hizo venir a su cámara, y allícon lágrimas
bastantes y con muchas palabras toda la historia les contó,
mostrándoles las razones de la guerra y la ofensa hecha contra
ella por el duque con la mujer a la que creía tener
ocultamente; y doliéndose mucho de aquello, les rogó
que al honor del duque y al consuelo de ella ofreciesen la reparación
que pensasen mejor. Sabían los jóvenes cómo
había sido todo aquel hecho y, por ello, sin preguntar
demasiado, confortaron a la duquesa lo mejor que supieron y la
llenaron de buena esperanza, e informados por ella de dónde
estaba la mujer, se fueron.
Y habiendo muchas veces oído hablar de la mujer
como maravillosa, desearon verla y al duque pidieron que se la
enseñase; el cual, mal recordando lo que al príncipe
había sucedido por habérsela enseñado a él,
prometióhacerlo: y hecho aparejar en un bellísimo
jardín, en el lugar donde estaba la mujer, un magnífico
almuerzo, a la mañana siguiente, a ellos con algunos otros
compañeros a comer con ella los llevó. Y estando
sentado Costanzo con ella, la comenzó a mirar lleno de
maravilla, diciéndose que nunca había visto nada tan
hermoso, y que ciertamente por excusado podía tenerse al duque
y a cualquiera que para tener una cosa tan hermosa cometiese traición
o cualquier otra acción deshonesta: y una vez y otra
mirándola, y celebrándola cada vez más, no de
otra manera le sucedió a él lo que le había
sucedido al duque. Por lo que, yéndose enamorado de ella,
abandonado todo el pensamiento de guerra, se dio a pensar cómo
se la podría quitar al duque, óptimamente a todos
celando su amor. Pero mientras él se inflamaba en este fuego,
llegó el tiempo de salir contra el príncipe que ya a
las tierras del duque se acercaba; por lo que el duque y Costanzo y
todos los otros, según el plan hecho en Atenas saliendo,
fueron a contender a ciertas fronteras, para que más adelante
no pudiera venir el príncipe.
Y deteniéndose allímuchos días,
teniendo siempre Costanzo en el ánimo y en el pensamiento a
aquella mujer, imaginando que, ahora que el duque no estaba junto a
ella, muy bien podría venir a cabo de su placer, por tener una
razón para volver a Atenas se fingiómuy indispuesto en
su persona; por lo que, con permiso del duque, delegado todo su poder
en Manovello, a Atenas se vino junto a la hermana, y allí,
luego de algunos días, haciéndola hablar sobre la
ofensa que del duque le parecía recibir por la mujer que
tenía, le dijo que, si ella quería, él la
ayudaría bien en aquello, haciendo de allídonde estaba
sacarla y llevársela. La duquesa, juzgando que Costanzo por su
amor y no por el de la mujer lo hacía, dijo que le placía
mucho siempre que se hiciese de manera que el duque nunca supiese que
ella hubiera consentido en esto. Lo que Costanzo plenamente le
prometió; por lo que la duquesa consintió en que él
como mejor le pareciese hiciera.
Costanzo, ocultamente, hizo armar una barca ligera, y
aquella noche la mandócerca del jardín donde vivía
la mujer, informados los suyos que en ella estaban de lo que habían
de hacer, y junto con otros fue al palacio donde estaba la mujer,
donde por aquellos que allí al servicio de ella estaban fue
alegremente recibido, y también por la mujer; y con ésta,
acompañada por sus servidores y por los compañeros de
Costanzo, como quisieron, fueron al jardín. Y como si a la
mujer de parte del duque quisiera hablarle, con ella, hacia una
puerta que salía al mar, solo se fue; a la cual, estando ya
abierta por uno de sus compañeros, y allícon la señal
convenida llamada la barca, haciéndola coger prestamente y
poner en la barca, volviéndose a sus criados, les dijo:
Nadie se mueva ni diga palabra, si no quiere
morir, porque entiendo no robar al duque su mujer sino llevarme la
vergüenza que le hace a mi hermana.
A esto nadie se atrevió a responder; por lo que
Costanzo, con los suyos en la barca montado y acercándose a la
mujer que lloraba, mandó que diesen los remos al agua y se
fueran; los cuales, no bogando sino volando, casi al alba del día
siguiente llegaron a Egina. Bajando aquía tierra y
descansando Costanzo con la mujer, que su desventurada hermosura
lloraba, se solazó; y luego, volviéndose a subir a la
barca, en pocos días llegaron a Quíos, y allí,
por temor a la reprensión de su padre y para que la mujer
robada no le fuese quitada, plugo a Costanzo como en seguro lugar
quedarse; donde muchos días la mujer llorósu
desventura, pero luego, consolada por Costanzo, como las otras veces
había hecho, empezó a tomar el gusto a lo que la
fortuna le deparaba.
Mientras estas cosas andaban de tal guisa, Osbech,
entonces rey de los turcos, que estaba en continua guerra con el
emperador, en aquel tiempo vino por acaso a Esmirna, y oyendo allí
cómo Costanzo en lasciva vida, con una mujer suya a quien
robado había, sin ninguna precaución estaba en Quíos,
yendo allícon unos barquichuelos armados una noche y
ocultamente con su gente entrando en la ciudad, a muchos cogió
en sus camas antes de que se diesen cuenta de que los enemigos habían
llegado; y por último a algunos que, despertándose,
habían corrido a las armas, los mataron, y, prendiendo fuego a
toda la ciudad, el botín y los prisioneros puestos en las
naves, hacia Esmirna se volvieron.
Llegados allí, encontrando Osbech, que era hombre
joven, al revisar el botín, a la hermosa mujer, y conociendo
que aqué lla era la que con Costanzo había sido cogida
durmiendo en la cama, se puso sumamente contento al verla; y sin
tardanza la hizo su mujer y celebró las bodas, y con ella se
acostó contento muchos meses.
El emperador, que antes de que estas cosas sucedieran
había tenido tratos con Basano, rey de Capadocia, para que
contra Osbech bajase por una parte con sus fuerzas y él con
las suyas le asaltara por la otra, y no había podido cumplirlo
aún plenamente porque algunas cosas que Basano pedía,
como menos convenientes no había podido hacerlas, oyendo lo
que a su hijo había sucedido, triste se puso sobremanera y sin
tardanza lo que el rey de Capadocia le pedía hizo, y él
cuanto más pudo solicitó que descendiese contra Osbech,
aparejándose él de la otra parte a irle encima. Osbech,
al saber esto, reunido su ejército, antes de ser cogido en
medio por los dos poderosísimos señores, fue contra el
rey de Capadocia, dejando en Esmirna al cuidado de un fiel familiar y
amigo a su bella mujer; y con el rey de Capadocia enfrentándose
después de algún tiempo combatió y fue muerto en
la batalla y su ejército vencido y dispersado.
Por lo que Basano, victorioso, se puso libremente a
venir hacia Esmirna; y al venir, toda la gente como a vencedor le
obedecía. El familiar de Osbech, cuyo nombre era Antíoco,
a cargo de quien había quedado la hermosa mujer, por templado
que fuese, viéndola tan bella, sin observar a su amigo y señor
lealtad, de ella se enamoró; y sabiendo su lengua (lo que
mucho le agradaba, como a quien varios años a guisa de sorda y
de muda había tenido que vivir, por no haberla entendido nadie
y ella no haber entendido a nadie), incitado por el amor, comenzó
a tomar tanta familiaridad con ella en pocos días que, no
después de mucho, no teniendo consideración a su señor
que en armas y en guerra estaba, hicieron su trato no solamente en
amistoso sino en amoroso transformarse, tomando el uno del otro bajo
las sábanas maravilloso placer.
Pero oyendo que Osbech estaba vencido y muerto, y que
Basano venía pillando todo, tomaron juntos por partido no
esperarlo allísino que cogiendo grandísima parte de
las cosas más preciosas que allítenía Osbech,
juntos y escondidamente, se fueron a Rodas; y no habían vivido
allímucho tiempo cuando Antíoco enfermóde
muerte. Estando con el cual por acaso un mercader chipriota muy amado
por él y sumamente su amigo, sintiéndose llegar a su
fin, pensó que le dejaría a él sus cosas y su
querida mujer. Y ya próximo a la muerte, a ambos llamó,
diciéndoles así :
Veo que desfallezco sin remedio; lo que me duele,
porque nunca tanto me gustóvivir como ahora me gustaba. Y
cierto es que de una cosa muero contentísimo, porque, teniendo
que morir, me veo morir en los brazos de las dos personas a quienes
amo más que a ninguna otra que haya en el mundo, esto es en
los tuyos, carísimo amigo, y en los de esta mujer a quien más
que a mímismo he amado desde que la conocí. Es verdad
que doloroso me es saber que se queda forastera y sin ayuda ni
consejo, al morirme yo; y más doloroso me sería todavía
si no te viese a ti que creo que cuidado de ella tendrás por
mi amor como lo tendrías de mi mismo; y por ello, cuanto más
puedo te ruego que, si me muero, que mis cosas y ella queden a tu
cuidado, y de las unas y de la otra haz lo que creas que sirva de
consuelo a mi alma. Y a ti, queridísima mujer, te ruego que
después de mi muerte no me olvides, para que yo allá
pueda envanecerme de que soy amado aquípor la más
hermosa mujer que nunca fue formada por la naturaleza. Si de estas
dos cosas me dieseis segura esperanza, sin ninguna duda me iré
consolado.
El amigo mercader y semejantemente la mujer, al oír
estas palabras, lloraban; y habiendo callado él, le
confortaron y le prometieron por su honor hacer lo que les pedía,
si sucediera que él muriese; y poco después murió
y por ellos fue hecho sepultar honorablemente. Después, luego
de pocos días, habiendo el mercader chipriota todos sus
negocios en Rodas despachado y queriendo volverse a Chipre en una
coca de catalanes que allí había, preguntó a la
hermosa mujer que qué quería hacer, como fuera que a él
le convenía volverse a Chipre.
La mujer repuso que con él, si le pluguiera, iría
de buena gana, esperando que por el amor de Antíoco sería
tratada y mirada por él como una hermana. El mercader repuso
que de lo que a ella gustase estaría contento: y, para de
cualquier ofensa que pudiese sobrevenirle antes de que a Chipre
llegasen, defenderla, dijo que era su mujer. Y subido a la nave,
habiéndoles dado un camarote en la popa, para que las obras no
pareciesen contrarias a las palabras, con ella en una litera bastante
pequeña dormía. Por lo que sucedió lo que ni por
el uno ni por el otro había sido acordado al partir de Rodas;
es decir que, incitándoles la oscuridad y la comodidad y el
calor de la cama, cuyas fuerzas no son pequeñas, olvidada la
amistad y el amor por Antíoco muerto, atraídos por
igual apetito, empezando a hurgonearse el uno al otro, antes de que a
Pafos llegasen, de donde era el chipriota, se habían hecho
parientes; y llegados a Pafos, mucho tiempo estuvo con el mercader.
Sucedió por acaso que a Pafos llegó por
algún asunto suyo un gentilhombre cuyo nombre era Antígono,
cuyos años eran muchos pero cuyo juicio era mayor, y pocas las
riquezas, porque habiéndose en muchas cosas mezclado al
servicio del rey de Chipre, la fortuna le había sido
contraria. El cual, pasando un día por delante de la casa
donde la hermosa mujer vivía, habiendo el mercader chipriota
ido con su mercancía a Armenia, le sucedió por ventura
ver a una ventana de su casa a esta mujer; a quien, como era
hermosísima, empezó a mirar fijamente, y empezó
a querer acordarse de haberla visto otras veces, pero dónde de
ninguna manera acordarse podía.
La hermosa mujer, que mucho tiempo habla sido juguete de
la fortuna, acercándose al término en que sus males
debían hallar fin, al ver a Antígono se acordó
de haberlo visto en Alejandría al servicio de su padre, en no
baja condición; por lo cual, concibiendo súbita
esperanza de poder aún volver al estado real con sus consejos,
no sintiendo a su mercader, lo antes que pudo hizo llamar a Antígono.
Al cual, venido a ella, tímidamente preguntósi él
fuese Antígono de Famagusta, como creía. Antígono
repuso que sí , y además de ello dijo:
Señora, a míme parece conoceros,
pero por nada puedo acordarme de dónde; por lo que os ruego,
si no os es enojoso, que a la memoria me traigáis quién
sois.
La mujer, oyendo que era él, llorando fuertemente
le echó los brazos al cuello, y, luego de un poco, a él,
que mucho se maravillaba, le preguntósi nunca en Alejandría
la había visto. Cuya pregunta oyendo Antígono reconoció
incontinenti que era aqué lla Alatiel la hija del sultán
que muerta en el mar se creía que había sido, y quiso
hacerle la reverencia debida; pero ella no lo sufrió, y le
rogó que con ella se sentase un poco. Lo que, hecho por
Antígono, le preguntóreverentemente cómo y
cuándo y de dónde había venido aquí, como
fuera que en toda la tierra de Egipto se tuviese por cierto que se
había ahogado en el mar, hacía ya algunos años.
A lo que dijo la mujer:
Bien querría que hubiera sido así
más que haber tenido la vida que he tenido, y creo que mi
padre querría lo mismo, si alguna vez lo supiera.
Y dicho así , volvió a llorar
maravillosamente; por lo que Antígono le dijo:
Señora, no os desconsoléis antes que
sea necesario; si os place, contadme vuestras desventuras y qué
vida habéis tenido; por ventura vuestros asuntos podrán
encaminarse de manera que les encontremos, con ayuda de Dios, buena
solución.
Antígono dijo la hermosa mujer,
me pareció al verte ver a mi padre, y movida por el amor y la
ternura que a él le he tenido, pudiéndome ocultar me
manifestéa ti, y a pocas personas me habría podido
suceder haber visto de que tan contenta fuese cuanto estoy de
haberte, antes que a ningún otro, visto y reconocido; y por
ello, lo que en mi mala fortuna siempre he tenido escondido, a ti
como a padre te lo descubriré. Si ves, después de que
oído lo hayas, que puedas de algún modo a mi debida
condición hacerme volver, te ruego que lo pongas en obra; si
no lo ves, te ruego que jamás a nadie digas que me has visto o
que nada has oído de mí.
Y dicho esto, siempre llorando, lo que sucedido le había
desde que naufragó en Mallorca hasta aquel punto le contó;
de lo que Antígono, movido a piedad, empezó a llorar, y
luego de que por un rato hubo pensado, dijo:
Señora, puesto que oculto ha
estado en vuestros infortunios quién seáis, sin falta
os devolverémás querida que nunca a vuestro padre, y
luego como mujer al rey del Algarbe.
Y preguntado por ella que cómo, ordenadamente lo
que había de hacer le enseñó; y para que ninguna
otra fuese a sobrevenir si se demoraba, en el mismo momento volvió
Antígono a Famagusta y se fue al rey, al que dijo:
Señor mío, si os place, podéis
al mismo tiempo haceros grandísimo honor a vos, y a mí
(que soy pobre por vos) gran provecho sin que os cueste mucho.
El rey le preguntócómo. Antígono
entonces dijo:
A Pafos ha llegado la hermosa joven hija del
sultán, de la que ha corrido tanto la fama de que se había
ahogado; y, por preservar su honestidad, grandísimas
privaciones ha sufrido largamente, y al presente se encuentra en
pobre estado y desea volver a su padre. Si a vos os pluguiera
mandársela bajo mi custodia, sería un gran honor para
vos, y un gran bien para mí; y no creo que nunca tal servicio
se le olvidase al sultán.
El rey, movido por real magnanimidad, súbitamente
repuso que le placía: y honrosamente enviando a por ella, a
Fainagusta la hizo venir, donde por él y por la reina con
indecible fiesta y con magnífico honor fue recibida; a la
cual, después, por el rey y la reina siéndole
preguntadas sus desventuras, según los consejos dados por
Antígono repuso y contótodo. Y pocos días
después, pidiéndolo ella, el rey, con buena y honorable
compañía de hombres y de mujeres, bajo la custodia de
Antígono la devolvió al sultán; por el cual si
fue celebrada su vuelta nadie lo pregunte, y lo mismo la de Antígono
con toda su compañía. La que, luego de que reposó
algo, quiso el sultán saber cómo estaba viva, y dónde
se había detenido tanto tiempo sin nunca haberle hecho nada
saber sobre su condición.
La joven, que óptimamente las enseñanzas
de Antígono había aprendido, a su padre así
comenzó a hablar:
Padre mío, sería el vigésimo
día después que partíde vuestro lado cuando,
por fiera tempestad nuestra nave resquebrajada, encalló en
ciertas playas allá en Occidente, cerca de un lugar llamado
Aguasmuertas, una noche, y lo que de los hombres que en nuestra nave
iban sucediese no lo sé ni lo supe nunca; de cuanto me acuerdo
es de que, llegado el día y yo casi de la muerte a la vida
volviendo, habiendo sido ya la rota nave vista por los campesinos,
corrieron a robarla de toda la comarca, y yo con dos de mis mujeres
primero sobre la orilla puestas fuimos, e incontinenti cogidas por
los jóvenes que, quién por aquícon una y quién
por ahícon otra, empezaron a huir. qué fue de ellas no
lo supe nunca; pero habiéndome a mí, que me resistía,
cogido entre dos jóvenes y arrastrándome por los
cabellos, llorando yo fuertemente, sucedió que, pasando los
que me arrastraban un camino para entrar en un grandísimo
bosque, cuatro hombres en aquel momento pasaban por allí a
caballo, a los cuales, como vieron los que me arrastraban,
soltándome, prestamente se dieron a la fuga. Los cuatro
hombres, que por su semblante me parecían de autoridad, visto
aquello, corrieron a donde yo estaba y mucho me preguntaron, y yo
mucho dije, pero ni por ellos fui entendida ni a ellos los entendí.
Ellos, luego de larga consulta, subiéndome a uno de sus
caballos, me llevaron a un monasterio de mujeres según su ley
religiosa, y yo, por lo que les dijeran, fui allí
benignísimamente recibida y siempre honrada, y con gran
devoción junto con ellas he servido desde entonces a san
Crescencioenlacueva, a quien las mujeres de aquel
país mucho aman. Pero luego de que algún tiempo estuve
con ellas, y ya habiendo algo aprendido de su lengua, preguntándome
quién yo fuese y de dónde, y sabiendo yo dónde
estaba y temiendo, si dijese la verdad, ser perseguida como enemiga
de su ley, repuse que era hija de un gran gentilhombre de Chipre, el
cual habiéndome mandado a Creta para casarme, por azar allí
habíamos sido llevados y naufragamos. Y muchas veces en muchas
cosas, por miedo a lo peor, observésus costumbres; y
preguntándome la mayor de aquellas señoras, a la que
llamaban «abadesa», si a Chipre me gustaría
volver, contesté que nada deseaba tanto; pero ella, solícita
de mi honor, nunca me quiso confiar a nadie que hacia Chipre viniera
sino, hace unos dos meses, cuando llegados allíciertos
hombres buenos de Francia con sus mujeres, entre los cuales algún
pariente tenía la abadesa, y oyendo ella que a Jerusalén
iban a visitar el sepulcro donde aquel a quien tienen por Dios fue
enterrado después de que fue matado por los judíos, a
ellos me encomendó, y les rogó que en Chipre quisieran
entregarme a mi padre. Cuánto estos gentileshombres me
honraron y alegremente me recibieron junto con sus mujeres, larga
historia sería de contar. Subidos, pues, en una nave, luego de
muchos días llegamos a Pafos; y allíviéndome
llegar, sin conocerme nadie ni sabiendo qué debía decir
a los gentileshombres que a mi padre me querían entregar,
según les había sido impuesto por la venerable señora,
me aparejóDios, a quien tal vez daba lástima de mí,
sobre la orilla a Antígono en la misma hora que nosotros en
Pafos bajábamos; al que llaméprestamente y en nuestra
lengua, para no ser entendida por los gentileshombres ni las señoras,
le dije que como hija me recibiera. Él me entendió
enseguida; y haciéndome gran fiesta, a aquellos
gentileshombres y a aquellas señoras según sus pobres
posibilidades honró, y me llevó al rey de Chipre, el
cual con qué honor me recibió y aquía vos me ha
enviado nunca podría yo contar. Si algo por decir queda,
Antígono, que muchas veces me ha oído esta mi
peripecia, lo cuente.
Antígono, entonces, volviéndose al sultán,
dijo:
Señor mío, ordenadísimamente,
tal como me lo ha contado muchas veces y como aquellos
gentileshombres con los que vino me contaron, os lo ha contado;
solamente una parte ha dejado por deciros, que estimo que, porque
bien no le está decirlo a ella, lo haya hecho: y ello es
cuánto aquellos gentileshombres y señoras con quienes
vino hablaron de la honesta vida que con las señoras
religiosas había llevado y de su virtud y de sus loables
costumbres, y de las lágrimas y del llanto que hicieron las
señoras y los gentileshombres cuando, restituyéndola a
mí, se separaron de ella. De las cuales cosas si yo quisiera
enteramente decir lo que ellos me dijeron, no el presente día
sino la noche siguiente no nos bastaría; tanto solamente creo
que basta que, según sus palabras mostraban y aun aquello que
yo he podido ver, os podéis gloriar de tener la más
hermosa hija y la más honrada y la más valerosa que
ningún otro señor que hoy lleve corona.
Estas cosas celebró el sultán
maravillosamente y muchas veces rogó a Dios que le concediese
gracia para poder dignas recompensas conceder a cualquiera que
hubiera honrado a su hija, y máximamente al rey de Chipre por
quien honradamente le había sido devuelta; y luego de algunos
días, habiendo hecho preparar grandísimos dones para
Antígono, le dio licencia de volverse a Chipre, dándole
al rey con cartas y con embajadores especiales grandísimas
gracias por lo que había hecho a la hija. Y después de
esto, queriendo que lo que comenzado había sido tuviese lugar,
es decir, que ella fuese la mujer del rey del Algarbe, a éste
todo hizo saber enteramente, escribiéndole además de
ello que, si le pluguiera tenerla, a por ella mandase.
Mucho celebró esto el rey del Algarbe y, mandando
honorablemente a por ella, alegremente la recibió. Y ella, que
con otros ocho hombres unas diez mil veces se había acostado,
a su lado se acostócomo doncella, y le hizo creer que lo era,
y, reina, con él alegremente mucho tiempo vivió
después. Y por ello se dice: «Boca besada no pierde
fortuna, que se renueva como la luna».
NOVELA OCTAVA
El
conde de Amberes, acusado en falso, va al exilio; deja a dos hijos
suyos en diversos lugares de Inglaterra y él, al volver de
Escocia(76)
sin ser conocido, los encuentra en buen estado; entra como
palafrenero en el ejército del rey de Francia y, reconocida su
inocencia, es restablecido en su primer estado.
Mucho suspiraron las señoras por las diversas
desventuras de la hermosa mujer: pero ¿quién sabe qué
razón movía los suspiros? Tal vez las había que
no menos por anhelo de tan frecuentes nupcias que por lástima
de ella suspiraban. Pero dejando esto por el momento presente,
habiéndose alguna reído por las últimas palabras
dichas por Pánfilo, y viendo por ellas la reina que su novela
había terminado, vuelta hacia Elisa, le impuso que continuara
el orden con una de las suyas; la cual, alegremente haciéndolo,
comenzó
Amplísimo campo es este por el cual hoy nos
estamos paseando, y no hay nadie que, no una justa sino diez pudiese
contender en él asaz fácilmente pues tan abundante lo
ha hecho la fortuna en sus extraños y dolorosos casos; y por
ello, viniendo de ellos, que infinitos son, a contar alguno, digo
que:
Al ser el imperio de Roma de los franceses
a los tudescos transportado(77)
nació entre una nación y la otra grandísima
enemistad y acerba y continua guerra, por la cual, tanto para
defender su país como para atacar a los otros, el rey de
Francia y un hijo suyo, con toda la fuerza de su reino y junto con
los amigos y parientes con quienes hacer lo pudieron, organizaron un
grandísimo ejército para ir contra los enemigos; y
antes de que a ello procedieran, para no dejar el reino sin gobierno,
sabiendo que Gualterio, conde de Amberes, era un hombre noble y sabio
y muy fiel amigo y servidor suyo, y que aunque también era
conocedor del arte de la guerra les parecía a ellos más
apto para las cosas delicadas que para las fatigosas, a él en
el lugar de ellos dejaron como vicario general sobre todo el gobierno
del reino de Francia, y se fueron a sus campañas.
Comenzó, pues, Gualterio con juicio y con orden
el oficio encomendado, siempre en todas las cosas con la reina y con
su nuera consultando; y aunque bajo su custodia y jurisdicción
hubiesen sido dejadas, no menos como a sus señoras y
principales en lo que podía las honraba. Era el dicho
Gualterio hermosísimo de cuerpo y de edad de unos cuarenta
años, y tan amable y cortés cuanto más pudiese
serlo hombre noble, y además de todo esto, era el más
galante y el más delicado caballero que en aquel tiempo se
conociese, y el que más adornado iba.
Ahora, sucedió que, estando el rey de Francia y
su hijo en la guerra ya dicha, habiendo muerto la mujer de Gualterio
y habiéndole dejado con un hijo varón y una hija, niños
pequeños, y sin nadie más, frecuentando él la
corte de las dichas señoras y hablando con ellas
frecuentemente de las necesidades del reino, la mujer del hijo del
rey puso en él sus ojos y con grandísimo afecto
considerando su persona y sus costumbres, con oculto amor
fervientemente se inflamó por él; y viéndose
joven y fresca y a él sin mujer, pensó que sería
fácil realizar su deseo. Y pensando que ninguna cosa se oponía
a aquello sino la vergüenza de manifestárselo, se dispuso
del todo a desecharla de sí , y estando un día sola y
pareciéndole oportuno, como si otras cosas con él
hablar quisiese, mandó a por él. El conde, cuyo
pensamiento estaba muy lejos del de la señora, sin ninguna
dilación se fue a donde ella; y sentándose, como ella
quiso, con ella sobre una cama, en una cámara los dos solos,
habiéndola ya el conde preguntado sobre la razón por la
que le hubiese hecho venir, y ella callando, finalmente, empujada por
el amor, toda roja de vergüenza, casi llorando y temblando toda,
con palabras entrecortadas, así comenzó a decir:
Carísimo y dulce amigo y señor mío,
vos podéis, como hombre sabio, fácilmente conocer
cuánta sea la fragilidad de los hombres y de las mujeres, y
por diversas razones más en una que en otra; por lo que
debidamente, ante un justo juez, un mismo pecado en diversa cualidad
de personas no debe recibir la misma pena. ¿Y quién
sería quien dijese que no debiese ser mucho más
reprensible un pobre hombre o una pobre mujer que con su trabajo
tuviesen que ganar lo que necesitasen para vivir, si fuesen por el
amor estimulados y lo siguiesen, que una señora rica y ociosa
y a quien nada que agradase a sus deseos faltara? Creo ciertamente
que nadie. Por la razón que juzgo que grandísima parte
de excusa deban prestar las dichas cosas de aquella que las posee, si
por ventura se deja llevar a amar; y lo restante debe tenerlo el
haber elegido a un sabio y valeroso amador, si lo ha hecho así
aquella que ama. Las cuales cosas, como quiera que ambas según
mi parecer, se dan en mí, y además de ellas otras más
que a amar deben inducirme, como es mi juventud y el alejamiento de
mi marido, deben ahora venir en mi ayuda a la defensa de mi fogoso
amor ante vuestra consideración; y si pueden lo que en la
presencia de los sabios deben poder, os ruego que consejo y ayuda en
lo que os pida me prestéis. Es verdad que, por el alejamiento
de mi marido no pudiendo yo a los estímulos de la carne ni a
la fuerza del amor oponerme (los cuales son de tanto poder, que a los
fortísimos hombres, no ya a las tiernas mujeres, han vencido
muchas veces y vencen todos los días), estando yo en las
comodidades y los ocios en que me veis, a secundar los placeres de
amor y a enamorarme me he dejado llevar: y como tal cosa, si sabida
fuese, yo sepa que no es honesta, no menos, siendo y estando
escondida en nada la juzgo ser deshonesta, pues me ha sido Amor tan
complaciente que no solamente no me ha quitado el debido juicio al
elegir el amante sino que mucho me ha dado, mostrándome que
sois digno vos de ser amado por una mujer tal como yo; que, si no me
engaño, os reputo por el más hermoso, el más
amable y más galante y el más sabio caballero que en el
reino de Francia pueda encontrarse; y tal como yo puedo decir que sin
marido me veo, vos también sin mujer. Por lo que yo os ruego,
por tan grande amor como es el que os tengo, que no me neguéis
el vuestro y que se acreciente con mi juventud, la cual
verdaderamente, como el hielo al fuego, se consume por vos.
Al llegar a estas palabras le acometieron tan
abundantemente las lágrimas que ella, que todavía más
ruegos intentaba interponer, no tuvo más poder para hablar,
sino que bajado el rostro y abatida, llorando, en el seno del conde
dejó caer la cabeza. El conde, que lealísimo caballero
era, con gravísima reprimenda empezó a reprender un tan
loco amor y a rechazarla porque ya al cuello quería echársele,
y con juramentos a afirmar que primero sufriría él ser
descuartizado que tal cosa contra el honor de su señor ni en
símismo ni en otro consintiera. Lo que oyendo la señora,
súbitamente olvidado el amor y en fiero furor encendida dijo:
¿Será, pues, ruin caballero, de esta
guisa escarnecido por vos mi deseo? No plazca a Dios, puesto que
queréis hacerme morir, que yo morir arrojar del mundo no os
haga.
Y diciendo así , al punto se echó las manos
a los cabellos, enmarañándoselos y descomponiéndoselos
todos, y después de haberse desgarrado las vestiduras en el
pecho, comenzó a gritar fuerte:
¡Ayuda, ayuda, que el conde de Amberes
quiere forzarme!
El conde, viendo esto, y temiendo mucho más la
envidia de los cortesanos que a su conciencia, y temiendo que aqué lla
fuese a dar más fe a la maldad de la señora que a su
inocencia, se levantó y lo más aprisa que pudo, de la
cámara y del palacio salió y escapó a su casa,
donde, sin tomar otro consejo, puso a sus hijos a caballo y
montándose él también, lo más aprisa que
pudo se fue hacia Calais. Al ruido de la señora corrieron
muchos, los cuales, viéndola y oyendo la razón de sus
gritos, no solamente por aquello dieron fe a sus palabras, sino que
añadieron que la galanura y la adornada manera del conde había
sido por él largamente buscada para poder llegar a aquello. Se
corrió, pues, con furia a los palacios del conde para
arrestarlo; pero no encontrándole a él, primero los
saquearon todos y luego hasta los cimientos los hicieron derribar.
La noticia, tan torpe como se contaba, llegó en
las huestes al rey y al hijo, los cuales, muy airados, a perpetuo
exilio a él y a sus descendientes condenaron, grandísimos
dones prometiendo a quien vivo o muerto se lo llevase. El conde,
pesaroso de que, de inocente, al huir, se había hecho
culpable, llegado sin darse a conocer o ser conocido, con sus hijos a
Calais, prestamente pasó a Inglaterra y en pobres vestidos fue
hacia Londres, donde antes de entrar, con muchas palabras adoctrinó
a los dos pequeños hijos suyos, y máximamente en dos
cosas: primera, que pacientemente soportasen el estado pobre al que
sin culpa de ellos la fortuna, junto con él, les había
llevado, y luego que con toda prudencia se guardasen de manifestar a
nadie de dónde eran ni hijos de quién, si amaban la
vida.
Era el hijo, llamado Luigi, de unos nueve
años, y la hija, que tenía por nombre Violante(78)
tenía unos siete, los cuales, según lo que permitía
su tierna edad, muy bien comprendieron la lección del padre, y
en las obras lo mostraron después. Y para que aquello mejor
pudiese hacerse le pareciódeber cambiarles los nombres; y lo
hizo así , y llamó al varón Perotto y Giannetta a
la niña; y llegados a Londres con pobres vestidos, del modo
que vemos hacer a los pordioseros franceses, se dieron a andar
pidiendo limosna.
Y estando por acaso en tal ocupación una mañana
en una iglesia, sucedió que una gran dama, que era mujer de
uno de los mariscales del rey de Inglaterra, al salir de la iglesia,
vio al conde y a sus dos hijitos que limosna pedían, al que
preguntóde dónde era y si suyos eran aquellos dos
niños. A quien repuso que él era de Picardía y
que, por un delito de un hijo mayor, había tenido que hacerse
vagabundo con aquellos dos, que suyos eran. La dama, que era piadosa,
puso los ojos en la muchacha y le gustómucho porque hermosa y
gentil y agraciada era, y dijo:
Buen hombre, si te contentase dejar aquí
conmigo a esta hijita tuya, porque buen aspecto tiene, la enseñaré
de buena gana, y si se hace mujer virtuosa la casaré en el
tiempo que sea conveniente de manera que estará bien.
Al conde mucho le plugo esta petición, y
prestamente repuso que sí , y con lágrimas se la dio y
recomendómucho. Y habiendo así colocado a la hija y
sabiendo bien a quién, deliberóno quedarse allí,
y pidiendo limosna atravesó la isla y con Perotto llegó
a Gales no sin gran fatiga, como quien a andar a pie no está
acostumbrado. Allí había otro de los mariscales del
rey, que gran estado y muchos servidores tenía, en cuya corte
el conde alguna vez, él y el hijo, para tener de qué
comer, mucho se detenían. Y estando en ella algún hijo
del dicho mariscal y otros muchachos de gente noble, y jugando a
algunos juegos de muchachos como de correr y de saltar, Perotto
comenzó a mezclarse con ellos y a hacerlo tan diestramente, o
más, que cualquiera de los otros hiciese alguna de las pruebas
que entre ellos se hacían. Lo que viendo alguna vez el
mariscal, y gustándole mucho la manera y los modos del
muchacho, preguntó que quién fuese. Le fue dicho que
era hijo de un pobre hombre que alguna vez por limosna venia allá
adentro.
Al cual el mariscal se lo hizo pedir y el conde, como
quien a Dios otra cosa no rogaba, libremente se lo concedió ,
por mucho disgusto que le causase separarse de él. Teniendo,
pues, el conde el hijo y la hija colocados, pensó que más
no quería quedarse en Inglaterra sino que como mejor pudo se
pasó a Irlanda, y llegado a Stanford, con un caballero de un
conde campesino se colocócomo criado, todas aquellas cosas
haciendo que a un criado o a un palafrenero pueden convenir; y allí
sin ser nunca por nadie conocido, con asaz disgusto y fatiga se quedó
largo tiempo.
Violante, llamada Giannetta, con la noble señora
en Londres fue creciendo en años y en persona y en belleza, y
en tanto favor de la señora y de su marido y de cualquiera
otro de la casa y de quienquiera que la conociese, que era cosa
maravillosa de ver; y no había nadie que sus costumbres y sus
maneras mirase que no dijese que debía ser digna de todo
grandísimo bien y honor. Por la cual cosa, la noble señora
que la había recibido de su padre, sin haber podido nunca
saber quién era él de otra manera que por lo que él
decía, se había propuesto casarla honradamente según
la condición de que estimaba que era. Pero Dios, justo
protector de los méritos de los demás, sabiendo que era
mujer noble, y llevaba sin culpa la penitencia del pecado ajeno, lo
dispuso de otra manera: y para que a manos de un hombre vil no
viniese la noble joven, debe creerse que, lo que sucedió , Él
por su misericordia lo permitió. Tenía la noble señora
con la que Giannetta vivía un único hijo de su marido a
quien ella y el padre sumamente amaban, tanto porque era su hijo como
porque por virtud y méritos lo valía, como quien más
que nadie cortés y valeroso y arrogante y hermoso de cuerpo
era. El cual, teniendo unos seis años más que Giannetta
y viéndola hermosísima y graciosa, tanto se enamoró
de ella que más allá de ella nada veía.
Y porque imaginaba que debía ser de baja
condición, no solamente no osaba pedirla a su padre y a su
madre por mujer, sino que temiendo ser reprendido por haberse puesto
a amar bajamente, cuanto podía su amor tenía escondido.
Por la cual cosa, mucho más que si descubierto lo hubiera, lo
estimulaba; y ocurrió que por exceso de angustia enfermó,
y gravemente. Habiendo sido llamados varios médicos a su
cuidado, y habiendo un signo y otro observado en él y no
pudiendo su enfermedad conocer, todos juntos desesperaban de su
salvación; por lo que el padre y la madre del joven tenían
tanto dolor y melancolía que mayor no habría podido
tenerse; y muchas veces con piadosos ruegos le preguntaban la razón
de su mal, a los que o suspiros por respuesta daba o que todo se
sentía desfallecer.
Sucedió un día que, estando
sentado junto a él un médico asaz joven, pero en
ciencia muy profundo, y teniéndole cogido por el brazo en
aquella parte donde buscan el pulso, Giannetta, que, por respeto por
la madre, solícitamente le servía, por alguna razón
entró en la cámara en la que el joven estaba echado. A
la cual, cuando el joven vio, sin ninguna palabra o ademán
hacer, sintió con más fuerza en el corazón el
amoroso ardor, por lo que el pulso más fuerte comenzó a
latirle de lo acostumbrado; lo que el médico sintió
incontinenti y maravillóse, y estuvo quedo por ver cuánto
aquel latir durase(x) Plutarco, en la «Vida de Demetrio», cuenta un episodio semejante a éste, y también Valerio Máximo (V,7), a propósito del amor de Antíoco por Stratónica. El motivo, difundido bastante en la Edad Medía, no es puramente literario, pues respondía a la concepción del amor como una enfermedad cuyos sí ntomas y terapia eran estudiados en medicina. La escuela árabe de Alejandría había derivado esta lección de Galeno. -->
.
Al salir Giannetta de la cámara el latir se calmó: por
lo que le pareció al médico haber entendido algo de la
razón de la enfermedad del joven; y poco después, como
si algo quisiera preguntar a Giannetta, siempre teniendo al enfermo
por el brazo, la hizo llamar. A lo que ella vino incontinenti; no
había entrado en la cámara cuando el latir del pulso
volvió al joven, y partida ella, cesó. Con lo que,
pareciendo al médico tener plena certeza, levantóse y
llevando aparte al padre y a la madre del joven, les dijo:
La salud de vuestro hijo no en los remedios de los
médicos sino en las manos de Giannetta está, a la cual,
tal como he conocido manifiestamente por ciertos signos, el joven ama
ardientemente aunque ella no se haya dado cuenta por lo que yo veo.
Sabéis ya lo que tenéis que hacer si su vida os es
querida.
El noble señor y su mujer, oyendo esto, se
pusieron contentos en cuanto algún modo se encontraba para su
salvación, aunque mucho les pesase que lo que temían
fuera aquello, esto es, tener que dar a Giannetta a su hijo por
esposa. Ellos, pues, partido el médico, se fueron al enfermo,
y díjole la señora así :
Hijo mío, no habría yo creído
nunca que me escondieses algún deseo tuyo, y especialmente
viéndote, por no tenerlo, desfallecer, por lo que debías
estar cierto, y debes, que nada hay que por contentarte hacer
pudiese, aunque menos que honesto fuera, que como por mímisma
no lo hiciese; pero pues que lo has hecho así ha sucedido que
Nuestro Señor se ha compadecido de ti más que tú
mismo, y para que de esta enfermedad no te mueras me ha mostrado la
razón de tu mal, que no es otra cosa que un excesivo amor que
sientes por alguna joven, sea quien sea ella. Y en verdad, de
manifestar esto no deberías avergonzarte porque tu edad lo
pide, y si no estuvieras enamorado yo te tendría en bastante
poco. Por lo que, hijo mío, no te escondas de mísino
que con confianza descúbreme todo tu deseo, y la melancolía
y el pensamiento que tienes y del que esta enfermedad procede,
arrójalos fuera, y consuélate y persuádete de
que nada habrá por satisfacción tuya, que tú me
impongas, que yo no haga si está en mi poder, como quien más
te ama que a la vida mía. Desecha la vergüenza y el
temor, y dime si puedo por tu amor hacer algo; y si no encuentras que
sea solícita en ello y logre tal efecto tenme por la más
cruel madre que ha parido un hijo.
El joven, oyendo las palabras de la madre, primero se
avergonzó; luego, pensando que nadie mejor que ella podría
satisfacer su placer, desechada la vergüenza, le dijo así :
Madama, nada me ha hecho teneros escondido mi amor
sino haberme apercibido de que la mayoría de las personas,
después de que entran en años, de haber sido jóvenes
no quieren acordarse. Pero pues que en esto os veo discreta, no
solamente no negaré que es verdad aquello de que os habéis
apercibido, sino que os harémanifiesto de quién; con
tal condición de que el efecto siga a vuestra promesa en todo
cuanto estéen vuestro poder y así podréis
sanarme.
A lo que la señora, confiando demasiado en que
debía suceder en la forma en que ella misma pensaba,
libremente repuso que con confianza su pecho le abriese, que ella sin
tardanza alguna se pondría a actuar para que él su
placer tuviera.
Madama dijo entonces el joven, la alta
hermosura y las loables maneras de nuestra Giannetta y el no poder
manifestárselo ni hacerla apiadarse de mi amor y el no haber
osado jamás manifestarlo a nadie me han conducido donde me
veis: y si lo que me habéis prometido de un modo u otro no se
sigue, estaos por segura de que mi vida será breve.
La señora, a quien más parecía
momento aquel de consuelo que de reprensiones, sonriendo dijo:
¡Ay, hijo mío!, ¿así
que por esto te has dejado enfermar? Consuélate y déjame
a míhacer, pues curado serás.
El joven, lleno de esperanza, en brevísimo tiempo
mostrósignos de grandísima mejoría, por lo que
la señora, muy contenta, se dispuso a intentar el modo en que
pudiera cumplirse lo que prometido le había; y llamando un día
a Giannetta, con bromas y asaz discretamente le preguntósi
tenía algún amador. Giannetta, toda colorada, repuso:
Madama, a una doncella pobre y echada de su casa,
como soy yo, y que está al servicio ajeno, como hago yo, no se
le pide ni le está bien servir a Amor.
A lo que la señora dijo:
Pues si no lo tenéis, queremos daros uno,
con el que contenta viváis y más os deleitéis
con vuestra beldad, porque no es conveniente que tan hermosa damisela
como vos sois estésin amante.
A lo que Giannetta repuso:
Madama, vos sacándome de la pobreza de mi
padre, me habéis criado como hija, y por ello debo hacer todo
vuestro gusto; pero no os complaceré en esto, creyendo que me
hago bien. Si os place darme marido, a él entiendo amar pero
no a otro; porque si de la herencia de mis abuelos nada me ha quedado
sino la honra, entiendo guardarla y observarla cuanto mi vida dure.
Estas palabras parecieron a la señora muy
contrarias a lo que quería conseguir para cumplir la promesa
hecha a su hijo, aunque, como mujer discreta, mucho estimase en su
interior a la doncella; y dijo:
Cómo, Giannetta, si monseñor el rey,
que es joven caballero, y tú eres hermosísima doncella,
buscase en tu amor algún placer, ¿se lo negarías?
Y ella súbitamente le respondió :
Forzarme podría el rey, pero nunca con mi
consentimiento, sino lo que fuera honesto, podría tener.
La dama, comprendiendo cuál fuese su ánimo,
dejóde hablar y pensóponerla a prueba; y le dijo a su
hijo que, en cuanto estuviera curado, la haría ir con él
a una cámara y que él se ingeniase en conseguir de ella
su placer, diciendo que le parecía deshonesto, a guisa de
alcahueta, hablar por el hijo y rogar a su doncella. Con lo que el
joven no estuvo contento en ninguna guisa y de súbito empeoró
gravemente; lo que viendo la señora, manifestósu
intención a Giannetta pero, encontrándola más
constante que nunca, contando a su marido lo que había hecho,
aunque duro les pareciese, de mutuo consentimiento deliberaron
dársela por esposa, queriendo mejor a su hijo vivo con mujer
que no le correspondía que muerto sin ninguna; y así ,
luego de muchas historias, lo hicieron. Con lo que Giannetta estuvo
muy contenta y con piadoso corazón agradeció a Dios que
no la había olvidado; pero, con todo, no dijo nunca que era
sino hija de un picardo. El joven curó y celebró las
nupcias más contento que ningún otro hombre, y empezó
a darse buena vida con ella.
Perotto, que se había quedado en Gales con el
mariscal del rey de Inglaterra, igualmente creciendo halló la
gracia de su señor y se hizo hermosísimo de persona y
gallardo cuanto cualquiera otro que hubiese en la isla, tanto que ni
en los torneos ni en las justas ni en cualquier otro hecho de armas
había nadie en el país que valiese lo que él;
por lo que por todos, que le llamaban Perotto el picardo, era
conocido y famoso. Y así como Dios no había olvidado a
su hermana, así demostróigualmente tenerlo a él
en el pensamiento; porque, sobrevenida en aquella comarca una
pestilente mortandad, a la mitad de la gente se llevó consigo,
sin contar que grandísima parte de los que quedaron huyeron,
por miedo, a otras comarcas, por lo que el país todo parecía
abandonado.
En la cual mortandad el mariscal su señor y su
mujer y un hijo suyo y otros muchos hermanos y sobrinos y parientes
todos murieron, y no quedósino una doncella ya en edad de
casarse, y con algunos otros servidores Perotto. Al cual, cesada un
tanto la pestilencia, la doncella, porque era hombre honrado y
valeroso, con placer y con el consejo de algunos campesinos que
habían quedado vivos, por marido lo tomó, y de todo
aquello que a ella por herencia le había correspondido, le
hizo señor; y poco tiempo pasóhasta que, enterándose
el rey de Inglaterra de que el mariscal había muerto, y
conociendo el valor de Perotto el picardo, en el lugar del que muerto
había lo puso y lo hizo mariscal suyo. Y así , en breve,
fue de los dos hijos del conde de Amberes, dejados por él como
perdidos.
Ya había pasado el año
decimoctavo desde que el conde de Amberes, huyendo, se había
ido de París cuando, habitante de Irlanda él, habiendo,
en una vida asaz mísera, sufrido muchas cosas, viéndose
ya viejo, le vino el deseo de saber, si pudiese, lo que hubiera
sucedido con sus hijos. Por lo que, por completo en el aspecto que
soler tenía viéndose cambiado, y sintiéndose por
el mucho ejercicio más fuerte de cuerpo de lo que era cuando
joven viviendo en el ocio, partió, asaz pobre y mal vestido,
de donde largamente había estado y se fue a Inglaterra y allá
donde a Perotto había dejado se fue, y encontró que
éste era mariscal y gran señor, y lo vio sano y fuerte
y hermoso en su aspecto; lo que le agradómucho, pero no quiso
darse a conocer hasta que hubiera sabido qué había
sido de Giannetta.
Por lo que, poniéndose en camino, no descansó
hasta llegar a Londres; y allípreguntando cautamente por la
señora a quien había dejado su hija por su estado,
encontró a Giannetta mujer del hijo, lo que mucho le plugo; y
todas sus adversidades pretéritas reputó por pequeñas
puesto que vivos había encontrado a sus hijos y en buen
estado. Y deseoso de poderla ver empezó, como pobre, a
acercarse junto a su casa, donde, viéndole un día
Giachetto Lamiens, que así se llamaba el marido de Giannetta,
teniendo compasión de él porque pobre y viejo lo vio,
mandó a uno de los sirvientes que a su casa lo llevase y le
hiciera dar de comer por Dios; lo que el sirviente hizo de buena
gana.
Había Giannetta tenido ya de Giachetto varios
hijos, de los que el mayor no tenía más de ocho años,
y eran los más hermosos y los más graciosos niños
del mundo; los cuales, como vieron comer al conde, todos juntos se le
pusieron en derredor y empezaron a hacerle fiestas, como si por
oculta virtud hubiesen conocido que aqué l era su abuelo. El
cual, sabiendo que eran sus nietos, empezó a demostrarles amor
y a hacerles caricias; por lo que los niños de él no
querían separarse, por mucho que quien atienda a su vigilancia
les llamase. Por lo que Giannetta, oyéndolo, salió de
una cámara y vino allídonde el conde, amenazándoles
con pegarlos si lo que su maestro quería no hiciesen. Los
niños empezaron a llorar y a decir que querían quedarse
con aquel hombre honrado, que les quería más que su
maestro; de lo que la señora y el conde se rieron. Se había
levantado el conde, no a guisa de padre sino de mendigo, para saludar
a la hija como a señora y un maravilloso placer al verla había
sentido en el alma.
Pero ella ni entonces ni después le conoció
en nada, porque sobremanera estaba cambiado de lo que ser solía,
como quien viejo y canoso y barbudo estaba, y magro y moreno vuelto,
y más otra persona parecía que el conde. Y viendo la
señora que los niños no querían separarse de él,
sino que al quererlos separar lloraban, dijo al maestro que un rato
los dejase quedarse. Estando, pues, los niños con el hombre
honrado, sucedió que el padre de Giachetto volvió , y
por el maestro se enteróde aquello; por lo que, como
despreciaba a Giannetta, dijo:
Dejadlos con la mala ventura que Dios les dé,
que son imagen de donde han nacido: por su madre descienden de
vagabundos y no hay que maravillarse si con los vagabundos les gusta
estar.
Estas palabras escuchó el conde, y mucho le
dolieron; pero encogiéndose de hombros sufrió aquella
injuria como muchas otras había sufrido. Giachetto, que oído
había las fiestas que los hijos hacían al hombre
honrado, es decir al conde, aunque le desagradó, tanto les
amaba que, antes de verlos llorar mandó que si el hombre
honrado quisiera quedarse para hacer algún servicio, que fuese
recibido. El cual respondió que se quedaba de buena gana pero
que otra cosa no sabía hacer sino cuidar caballos, a lo que
toda su vida estaba acostumbrado. Dándole, pues, un caballo,
cuando lo había atendido, se ponía a jugar con los
niños.
Mientras la fortuna de esta guisa que se ha contado
conducía al conde de Amberes y a sus hijos, sucedió que
el rey de Francia, concertadas muchas treguas con los alemanes,
murió, y en su lugar fue coronado el hijo de quien era mujer
aqué lla por quien el conde había sido perseguido. Éste,
habiendo expirado la última tregua con los tudescos, comenzó
de nuevo muy cruda guerra; en cuya ayuda, como de nuevo pariente, el
rey de Inglaterra mandómucha gente bajo las órdenes de
Perotto su mariscal y de Giachetto Lamiens, hijo del otro mariscal:
con el cual, el hombre honrado, es decir el conde, fue, y sin ser
reconocido por nadie se quedó en el ejército por largo
espacio como palafrenero, y allí, como hombre de pro, con
consejos y obras, más de lo que le correspondía prestó
ayuda.
Sucedió durante la guerra que la reina de Francia
enfermógravemente; y conociendo ella misma que iba a morir,
arrepentida de todos sus pecados se confesódevotamente con el
arzobispo de Rouen, que por todos era tenido por hombre bueno y
santísimo, y entre los demás pecados le contó el
gran daño que por su culpa había sufrido el conde de
Amberes. Y no solamente se contentó con decirlo, sino que
delante de muchos otros hombres de pro contótodo como había
sucedido, rogándoles que con el rey intercediesen para que al
conde, si estaba vivo, y si no a alguno de sus hijos se les
restituyese en su estado; y mucho después, ya finada su vida,
honrosamente fue sepultada.
Y contándole al rey su confesión, después
de algunos dolorosos suspiros por las injurias hechas sin razón
al valeroso hombre, le movió a hacer publicar por todo el
ejército, y además en otras muchas partes, el bando de
que a quien sobre el conde de Amberes o alguno de sus hijos le diese
noticias, maravillosamente por cada uno sería recompensado,
porque él lo tenía por inocente de aquello que le había
hecho expatriarse por la confesión hecha por la reina y
entendía restituirle en el estado que tenía y aún
en mayor. Las cuales cosas oyendo el conde transformado en
palafrenero y comprendiendo que eran verdad, súbitamente fue a
Giachetto y le rogó que con él y con Perotto fuese
porque quería mostrarles lo que el rey andaba buscando.
Reunidos, pues, los tres, dijo el conde a Perotto, que ya tenía
el pensamiento en descubrirse:
Perotto, Giachetto que aquíestá
tiene a tu hermana por mujer; y nunca tuvo ninguna dote; y por ello,
para que tu hermana no estésin dote, entiendo que sea él
y no otro quien obtenga el beneficio que el rey promete que es tan
grande, por ti, y te declare como hijo del conde de Amberes, y por
Violante, tu hermana y su mujer, y por mi, que el conde de Amberes y
vuestro padre soy.
Perotto, oyendo esto y mirándole fijamente,
enseguida lo reconoció, y llorando se arrojó a sus pies
y lo abrazódiciendo:
¡Padre mío, seáis muy bien
venido!
Giachetto, oyendo primero lo que había dicho el
conde y viendo luego lo que Perotto hacía, fue acometido en un
punto por tanta maravilla y tanta alegría que apenas sabía
qué se debía hacer; pero dando fe a las palabras y
avergonzándose mucho de las palabras injuriosas que había
usado con el conde palafrenero, llorando se dejó caer a sus
pies y humildemente de todas las ofensas pasadas le pidió
perdón; lo que el conde, muy benignamente, levantándolo
en pie, le concedió . Y luego de que los varios casos de cada
uno se hubieron contado los tres, y habiendo llorado y habiéndose
regocijado mucho juntos, queriendo Perotto y Giachetto vestir al
conde, de ninguna manera lo sufrió, sino que quiso que,
teniendo primero Giachetto la seguridad de obtener la recompensa
prometida, tal como estaba y en aquel hábito de palafrenero,
para hacerlo más avergonzarse, se lo llevase.
Giachetto, pues, con el conde y con Perotto se presentó
al rey y ofrecióllevarle al conde y a su hijo si, según
el bando publicado, quisiera recompensarle. El rey prestamente hizo
traer una maravillosa recompensa ante los ojos de Giachetto y mandó
que se la llevase si con verdad le mostraba, como prometía, al
conde y a sus hijos. Giachetto entonces, retrocediendo y haciendo
poner delante de él al conde su palafrenero y a Perotto dijo:
Monseñor, he aquíal padre y al
hijo; la hija, que es mi mujer y no está aquí, pronto
vendrá con la ayuda de Dios.
El rey, oyendo aquello, miró al conde, y por muy
cambiado que estuviera de lo que ser solía, sin embargo luego
de haberlo mirado un tanto lo reconoció, y con lágrimas
en los ojos a él, que arrodillado estaba, le hizo poner en pie
y lo abrazó y lo besó, y amigablemente recibió a
Perotto; y mandó que incontinenti el conde con vestidos,
servidores y caballos y arneses fuese convenientemente provisto,
según requería su nobleza; la cual cosa inmediatamente
fue hecha. Además de esto, mucho honró el rey a
Giachetto y quiso saber todo sobre sus aventuras pretéritas. Y
cuando Giachetto tomó las altas recompensas por haber mostrado
al conde y a sus hijos, le dijo el conde:
Toma estos dones de la magnificencia de monseñor
el rey, y acuérdate de decir a tu padre que tus hijos, nietos
suyos y míos, no son por su madre nacidos de vagabundo.
Giachetto tomólos dones e hizo venir a París
a su mujer y a su suegra; vino la mujer de Perotto; y allíen
grandísima fiesta estuvieron con el conde, al cual el rey
había restituido todos sus bienes y le había hecho más
de lo que antes fuese; después, cada uno con su venia se
volvió a su casa, y él hasta la muerte vivió en
París con más honor que nunca.
NOVELA NOVENA
Bernabó
de Génova, engañado por Ambruogiuolo, pierde lo suyo y
manda matar a su mujer, inocente; ésta se salva y, en hábito
de hombre, sirve al sultán; encuentra al engañador y
conduce a Bernabó a Alejandría donde, castigado el
engañador, volviendo a tomar hábito de mujer, con el
marido y ricos vuelven a Génova(79)
Habiendo Elisa con su lastímera historia cumplido
su deber, la reina Filomena, que hermosa y alta de estatura era, más
que ninguna otra amable y sonriente de rostro, recogiéndose en
símisma dijo:
El pacto hecho con Dioneo debe ser respetado y,
así , no quedando más que él y que yo por
novelar, diréyo mi historia primero y él, como lo
pidió por merced, será el último que la diga.
Y dicho esto, así comenzó:
Se suele decir frecuentemente entre la gente común
el proverbio de que el burlador es a su vez burlado; lo que no parece
que pueda demostrarse que es verdad mediante ninguna explicación
sino por los casos que suceden. Y por ello, sin abandonar el asunto
propuesto, me ha venido el deseo de demostraros al mismo tiempo que
esto es tal como se dice; y no os será desagradable haberlo
oído, para que de los engañadores os sepáis
guardar.
Había en París, en un albergue, unos
cuantos importantísimos mercaderes italianos, cuál por
un asunto cuál por otro, según lo que es su costumbre;
y habiendo cenado una noche todos alegremente, empezaron a hablar de
distintas cosas, y pasando de una conversación en otra,
llegaron a hablar de sus mujeres, a quienes en sus casas habían
dejado; y bromeando comenzó a decir uno:
Yo no sé lo que hará la mía,
pero sí sé bien que, cuando aquíse me pone por
delante alguna jovencilla que me plazca, dejo a un lado el amor que
tengo a mi mujer y gozo de ella el placer que puedo.
Otro repuso:
Y yo lo mismo hago, porque si creo que mi mujer
alguna aventura tiene, la tiene, y si no lo creo, también la
tiene; y por ello, lo que se hace que se haga: lo que el burro da
contra la pared, eso recibe.
El tercero llegó , hablando, a la mismísima
opinión: y, en breve, todos parecía que estuviesen de
acuerdo en que las mujeres por ellos dejadas no perdían el
tiempo. Uno solamente, que tenía por nombre Bernabó
Lomellin de Génova, dijo lo contrario, afirmando que él,
por especial gracia de Dios, tenía por esposa a la mujer más
cumplida en todas aquellas virtudes que mujer o aun caballero, en
gran parte, o doncella puede tener, que tal vez en Italia no hubiera
otra igual: porque era hermosa de cuerpo y todavía bastante
joven, y diestra y fuerte, y nada había que fuese propio de
mujer, como bordar labores de seda y cosas semejantes, que no hiciese
mejor que ninguna. Además de esto no había escudero, o
servidor si queremos llamarlo así , que pudiera encontrarse que
mejor o más diestramente sirviese a la mesa de un señor
de lo que ella servía, como que era muy cortés, muy
sabía y discreta. Junto a esto, alabó que sabía
montar a caballo, gobernar un halcón, leer y escribir y contar
una historia mejor que si fuese un mercader; y de esto, luego de
otras muchas alabanzas, llegó a lo que se hablaba allí,
afirmando con juramento que ninguna más honesta ni más
casta se podía encontrar que ella; por lo cual creía él
que, si diez años o siempre estuviese fuera de casa, ella no
se entendería con otro hombre en tales asuntos.
Había entre estos mercaderes que así
hablaban un joven mercader llamado Ambruogiuolo de Piacenza, el cual
a esta última alabanza que Bernabóhabía hecho
de su mujer empezó a dar las mayores risotadas del mundo, y
jactándose le preguntósi el emperador le había
concedido aquel privilegio sobre todos los demás hombres.
Bernabó, un tanto airadillo, dijo que no el emperador sino
Dios, quien tenía algo más de poder que el emperador,
le había concedido aquella gracia. Entonces dijo Ambruogiuolo:
Bernabó, yo no dudo que no creas decir
verdad, pero a lo que me parece, has mirado poco la naturaleza de las
cosas, porque si la hubieses mirado, no te creo de tan torpe ingenio
que no hubieses conocido en ella cosas que te harían hablar
más cautamente sobre este asunto. Y para que no creas que
nosotros, que muy libremente hemos hablado de nuestras mujeres,
creamos tener otra mujer o hecha de otra manera que tú , sino
que hemos hablado así movidos por una natural sagacidad,
quiero hablar un poco contigo sobre esta materia. Siempre he
entendido que el hombre es el animal más noble que fue creado
por Dios entre los mortales, y luego la mujer; pero el hombre, tal
como generalmente se cree y ve en las obras, es más perfecto y
teniendo más perfección, sin falta debe tener mayor
firmeza, y la tiene por lo que universalmente las mujeres son más
volubles, y el porqué se podría por muchas razones
naturales demostrar; que al presente entiendo dejar a un lado. Si el
hombre, que es de mayor firmeza, no puede ser que no condescienda, no
digamos a una que se lo ruegue, sino a no desear a alguna que a él
le plazca, y además de desearla a hacer todo lo que pueda para
poder estar con ella, y ello no una vez al mes sino mil al día
le sucede, ¿qué esperas que una mujer, naturalmente
voluble, pueda hacer ante los ruegos, las adulaciones y mil otras
maneras que use un hombre entendido que la ame? ¿Crees que
pueda contenerse? Ciertamente, aunque lo afirmes no creo que lo
creas; y tú mismo dices que tu esposa es mujer y que es de
carne y hueso como son las otras. Por lo que, si es así ,
aquellos mismos deseos deben ser los suyos y las mismas fuerzas que
tienen las otras para resistir a los naturales apetitos; por lo que
es posible, aunque sea honestísima, que haga lo que hacen las
demás: y no es posible negar nada tan absolutamente ni afirmar
su contrario como tú lo haces.
A lo que Bernabórepuso y dijo:
Yo soy mercader y no filósofo, y como
mercader responderé; y digo que sé que lo que dices les
puede suceder a las necias, en las que no hay ningún pudor;
pero que aquellas que sabias son tienen tanta solicitud por su honor
que se hacen más fuertes que los hombres, que no se preocupan
de él, para guardarlo, y de éstas es la mía.
Dijo entonces Ambruogiuolo:
Verdaderamente si por cada vez que cediesen en
tales asuntos les creciese un cuerno en la frente, que diese
testimonio de lo que habían hecho creo yo que pocas habría
que cediesen, pero como el cuerno no nace, no se les nota a las que
son discretas ni pisada ni huella y la vergüenza y en deshonor
no están sino en las cosas manifiestas; por lo que, cuando
pueden ocultamente las hacen, o las dejan por necedad. Y ten esto por
cierto; que sólo es casta la que no fue por nadie rogada, o si
rogó ella, la que no fue escuchada. Y aunque yo conozca por
naturales y diversas razones que las cosas son así , no
hablaría tan cumplidamente como lo hago si no hubiese muchas
veces y a muchas puesto a prueba; y te digo que si yo estuviese junto
a esa tu santísima esposa, creo que en poco espacio de tiempo
la llevaría a lo que ya he llevado a otras.
Bernabó, airado, repuso:
El contender con palabras podría extenderse
demasiado: tú dirías y yo diría, y al final no
serviría de nada. Pero puesto que dices que todas son tan
plegables y que tu ingenio es tanto, para que te asegures de la
honestidad de mi mujer estoy dispuesto a que me corten la cabeza si
jamás a algo que te plazca en tal asunto puedas conducirla; y
si no puedes no quiero sino que pierdas mil florines de oro.
Ambruogiuolo, ya calentado sobre el asunto, repuso:
Bernabó, no sé qué iba a
hacer con tu sangre si te ganase; pero si quieres tener una prueba de
lo que te he explicado, apuesta cinco mil florines de oro de los
tuyos, que deben serte menos queridos que la cabeza, contra mil de
los míos, y aunque no pongas ningún límite,
quiero obligarme a ir a Génova y antes de tres meses luego de
que me haya ido, haber hecho mi voluntad con tu mujer, y en señal
de ello traer conmigo algunas de sus cosas más queridas, y
tales y tantos indicios que tú mismo confieses que es verdad,
a condición de que me des tu palabra de no venir a Génova
antes de este límite ni escribirle nada sobre este asunto.
Bernabódijo que le placía mucho; y aunque
los otros mercaderes que allíestaban se ingeniasen en
estorbar aquel hecho, conociendo que gran mal podía nacer de
él, estaban sin embargo tan encendidos los ánimos de
los dos mercaderes que, contra la voluntad de los otros, por buenos
escritos con sus propias manos se comprometieron el uno con el otro.
Y hecho el compromiso, Bernabóse quedó y Ambruogiuolo
lo antes que pudo se vino a Génova.
Y quedándose allí algunos días y
con mucha cautela informándose del nombre del barrio y de las
costumbres de la señora, aquello y más oyó que
le había oído a Bernabó; por lo que le pareció
haber emprendido necia empresa. Pero sin embargo, habiendo conocido a
una pobre mujer que mucho iba a su casa y a la que la señora
quería mucho, no pudiéndola inducir a otra cosa, la
corrompió con dineros y por ella, dentro de un arca construida
para su propósito, se hizo llevar no solamente a la casa sino
también a la alcoba de la noble señora: y allí,
como si a alguna parte quisiese irse la buena mujer, según las
órdenes dadas por Ambruogiuolo, le pidió que la
guardase algunos días.
Quedándose, pues, el arca en la cámara y
llegada la noche, cuando Ambruogiuolo pensó que la señora
dormía, abriéndola con ciertos instrumentos que
llevaba, salió a la alcoba silenciosamente, en la que había
una luz encendida; por lo cual la situación de la cámara,
las pinturas y todas las demás cosas notables que en ella
había empezó a mirar y a guardar en su memoria. Luego,
aproximándose a la cama y viendo que la señora y una
muchachita que con ella estaba dormían profundamente, despacio
la descubriótoda y vio que era tan hermosa desnuda como
vestida, y ninguna señal para poder contarla le vio fuera de
una que tenía en la teta izquierda, que era un lunar alrededor
del cual había algunos pelillos rubios como el oro; y visto
esto, calladamente la volvió a tapar, aunque, viéndola
tan hermosa, las ganas le dieron de aventurar su vida y acostársele
al lado.
Pero como había oído que era tan rigurosa
y agreste en aquellos asuntos no se arriesgó y, quedándose
la mayor parte de la noche por la alcoba a su gusto, una bolsa y una
saya sacóde un cofre suyo, y unos anillos y un cinturón,
y poniendo todo aquello en su arca, él también se metió
en ella, y la cerrócomo estaba antes: y lo mismo hizo dos
noches sin que la señora se diera cuenta de nada. Llegado el
tercer día, según la orden dada, la buena mujer volvió
a por su arca, y se la llevó allíde donde la había
traído; saliendo de la cual Ambruogiuolo y contentando a la
mujer según le había prometido, lo antes que pudo con
aquellas cosas se volvió a París antes del término
que se había puesto.
Allí, llamando a los mercaderes que habían
estado presentes a las palabras y a las apuestas, estando presente
Bernabódijo que había ganado la apuesta que había
hecho, puesto que había logrado aquello de lo que se había
gloriado: y de que ello era verdad, primeramente dibujó la
forma de la alcoba y las pinturas que en ella había, y luego
mostró las cosas de ella que se había llevado consigo,
afirmando que se las había dado. ConfesóBernabó
que tal era la cámara como decía y que, además,
reconocía que aquellas cosas verdaderamente habían sido
de su mujer; pero dijo que había podido por algunos de los
criados de la casa saber las características de la alcoba y
del mismo modo haber conseguido las cosas; por lo que, si no decía
nada más, no le parecía que aquello bastase para darse
por ganador. Por lo que Ambruogiuolo dijo:
En verdad que esto debía bastar; pero como
quieres que diga algo más, lo diré. Te digo que la
señora Zinevra, tu mujer, tiene debajo de la teta izquierda un
lunar grandecillo, alrededor del cual hay unos pelillos rubios como
el oro.
Cuando Bernabóoyó esto, le pareció
que le habían hundido un cuchillo en el corazón, tal
dolor sintió, y con el rostro demudado, aún sin decir
palabra, dio señales asaz manifiestas de ser verdad lo que
Ambruogiuolo decía; y después de un poco dijo:
Señores, lo que dice Ambruogiuolo es
verdad, y por ello, habiendo ganado, que venga cuando le plazca y
será pagado.
Y así fue al día siguiente Ambruogiuolo
enteramente pagado: y Bernabó, saliendo de París, con
crueles designios contra su mujer, hacia Génova se vino. Y
acercándose allí, no quiso entrar en ella sino que se
quedó a unas veinte millas en una de sus posesiones; y a un
servidor suyo, de quien mucho se fiaba, con dos caballos y con sus
cartas mandó a Génova, escribiéndole a la señora
que había vuelto y que viniera a su encuentro: al cual
servidor secretamente le ordenó que, cuando estuviese con la
señora en el lugar que mejor le pareciese, sin falta la matase
y volviese a donde estaba él.
Llegado, pues, el servidor a Génova y entregadas
las cartas y hecha su embajada, fue por la señora con gran
fiesta recibido; y ella a la mañana siguiente, montando con el
servidor a caballo, hacia su posesión se puso en camino; y
caminando juntos y hablando de diversas cosas, llegaron a un valle
muy profundo y solitario y rodeado por altas rocas y árboles;
el cual, pareciéndole al servidor un lugar donde podía
con seguridad cumplir el mandato de su señor, sacando fuera el
cuchillo y cogiendo a la señora por el brazo dijo:
Señora, encomendad vuestra alma a Dios,
que, sin proseguir adelante, es necesario que muráis.
La señora, viendo el cuchillo y oyendo las
palabras, toda espantada, dijo:
¡Merced, por Dios! Antes de que me mates
dime en qué te he ofendido para que debas matarme.
Señora dijo el servidor, a mí
no me habéis ofendido en nada: pero en qué hayáis
ofendido a vuestro marido yo no lo sé , sino que él me
mandó que, sin teneros ninguna misericordia, en este camino os
matase: y si no lo hiciera me amenazó con hacerme colgar.
Sabéis bien qué obligado le estoy y que a cualquier
cosa que él me ordene no puedo decirle que no: sabe Dios que
por vos siento compasión, pero no puedo hacer otra cosa.
A lo que la señora, llorando, dijo:
¡Ay, merced por Dios!, no quieras
convertirte en homicida de quien no te ofendió por servir a
otro. Dios, que todo lo sabe, sabe que no hice nunca nada por lo cual
deba recibir tal pago de mi marido. Pero dejemos ahora esto; puedes,
si quieres, a la vez agradar a Dios, a tu señor y a mí
de esta manera: que cojas estas ropas mías, y dame solamente
tu jubón y una capa, y con ellas vuelve a tu señor y el
mío y dile que me has matado; y te juro por la salvación
que me hayas dado que me alejaréy me iréa algún
lugar donde nunca ni a ti ni a él en estas comarcas llegará
noticia de mí.
El servidor, que contra su gusto la mataba, fácilmente
se compadeció; por lo que, tomando sus paños y dándole
un juboncillo suyo y una capa con capuchó n, y dejándole
algunos dineros que ella tenía, rogándole que de
aquellas comarcas se alejase, la dejó en el valle a pie y se
fue a donde su señor, al que dijo que no solamente su orden
había sido cumplida sino que el cuerpo de ella muerto había
arrojado a algunos lobos. Bernabó, luego de algún
tiempo, se volvió a Génova y, cuando se supo lo que
había hecho, muy recriminado fue.
La señora, quedándose sola y
desconsolada, al venir la noche, disimulándose lo mejor que
pudo fue a una aldehuela vecina de allí, y allí,
comprándole a una vieja lo que necesitaba, arregló el
jubón a su medida, y lo acortó, y se hizo con su camisa
un par de calzas y cortándose los cabellos y disfrazándose
toda de marinero, hacia el mar se fue, donde por ventura encontró
a un noble catalán cuyo nombre era señer(80)
en Cararh, que de una nave suya, que estaba algo alejada de allí,
había bajado a Alba a refrescarse en una fuente; con el cual,
entrando en conversación, se contrató por servidor, y
subió con él a la nave, haciéndose llamar
Sicurán de Finale. Allí, con mejores paños
vestido con atavío de gentilhombre, lo empezó a servir
tan bien y tan capazmente que sobremanera le agradó.
Sucedió a no mucho tiempo de
entonces que este catalán con su carga navegó a
Alejandría y llevó al sultán ciertos halcones
peregrinos, y se los regaló; y habiéndole el sultán
invitado a comer alguna vez y vistas las maneras de Sicurán
que siempre a atenderle iba, y agradándole, se lo pidió
al catalán, y éste, aunque duro le pareció, se
lo dejó. Sicurán en poco tiempo no menos la gracia y el
amor del sultán conquistó, con su esmero, que lo había
hecho los del catalán; por lo que con el paso del tiempo
sucedió que, debiéndose hacer en cierta época
del año una gran reunión de mercaderes cristianos y
sarracenos, a manera de feria, en Acre(81)
que estaba bajo la señoría del sultán, y para
que los mercaderes y las mercancías seguras estuvieran,
siempre había acostumbrado el sultán a mandar allí,
además de sus otros oficiales, algunos de sus dignatarios con
gente que atendiese a la guardia; para cuya necesidad, llegado el
tiempo, deliberó mandar a Sicurán, el cual ya sabía
la lengua óptimamente, y así lo hizo.
Venido, pues, Sicurán a Acre como señor y
capitán de la guardia de los mercaderes y las mercancías,
y desempeñando allíbien y solícitamente lo que
pertenecía a su oficio, y andando dando vueltas vigilando, y
viendo a muchos mercaderes sicilianos y pisanos y genoveses y
venecianos y otros italianos, con ellos de buen grado se entretenía,
recordando su tierra. Ahora, sucedió una vez que, habiendo él
un día descabalgado en un depósito de mercaderes
venecianos, vio entre otras joyas una bolsa y un cinturón que
enseguida reconociócomo que habían sido suyos, y se
maravilló; pero sin hacer ningún gesto, amablemente
preguntóde quién eran y si se vendían. Había
venido allí ambruogiuolo de Piacenza con muchas mercancías
en una nave de venecianos; el cual, al oír que el capitán
de la guardia preguntaba de quién eran, dio unos pasos
adelante y, riendo, dijo:
Micer, las cosas son mías, y no las vendo,
pero si os agradan os las darécon gusto.
Sicurán, viéndole reír, sospechó
que le hubiese reconocido en algún gesto; pero, poniendo serio
rostro, dijo:
Te ríes tal vez porque me ves a mí,
hombre de armas, andar preguntando sobre estas cosas femeninas.
Dijo Ambruogiuolo:
Micer, no me río de eso sino que me río
del modo en que las conseguí.
A lo que Sicurán dijo:
¡Ah, así Dios te débuena
ventura, si no te desagrada, di cómo las conseguiste!
Micer dijo Ambruogiuolo, me las dio
con alguna otra cosa una noble señora de Génova llamada
señora Zinevra, mujer de BernabóLomellin, una noche
que me acostécon ella, y me rogó que por su amor las
guardase. Ahora, me río porque me he acordado de la necedad de
Bernabó, que fue de tanta locura que apostócinco mil
florines de oro contra mil a que su mujer no se rendía a mi
voluntad; lo que hice yo y vencíla apuesta; y él, a
quien más por su brutalidad debía castigarse que a ella
por haber hecho lo que todas las mujeres hacen, volviendo de París
a Génova, según lo he oído, la hizo matar.
Sicurán, al oír esto, pronto comprendió
cuál había sido la razón de la ira de Bernabó
contra ella y claramente conoció que éste era el
causante de todo su mal; y determinó en su interior no dejarlo
seguir impune. Hizo ver, pues, Sicurán haber gustado mucho de
esta historia y arteramente trabó con él una estrecha
familiaridad, tanto que, por sus consejos, Ambruogiuolo, terminada la
feria, con él y con todas sus cosas se fue a Alejandría,
donde Sicurán le hizo hacer un depósito y le entregó
bastantes de sus dineros; por lo que él, viéndose sacar
gran provecho, se quedaba de buena gana.
Sicurán, preocupado por demostrar su inocencia a
Bernabó, no descansóhasta que, con ayuda de algunos
grandes mercaderes genoveses que en Alejandría estaban,
encontrando raras razones, le hizo venir; y estando éste en
asaz pobre estado, por algún amigo suyo le hizo recibir
ocultamente hasta el momento que le pareciese oportuno para hacer lo
que hacer entendía. Había ya Sicurán hecho
contar a Ambruogiuolo la historia delante del sultán, y hecho
que el sultán gustase de ella; pero luego que vio aquí
a Bernabó, pensando que no había que dar largas a la
tarea, buscando el momento oportuno, pidió al sultán
que llamase a Ambruogiuolo y a Bernabó, y que en presencia de
Bernabó, si no podía hacerse fácilmente, con
severidad se arrancase a Ambruogiuolo la verdad de cómo había
sido aquello de lo que él se jactaba de la mujer de Bernabó.
Por la cual cosa, Ambruogiuolo y Bernabóvenidos,
el sultán en presencia de muchos, con severo rostro, a
Ambruogiuolo mandó que dijese la verdad de cómo había
ganado a Bernabócinco mil florines de oro; y estaba presente
allíSicurán, en el que Ambruogiuolo más
confiaba, y él con rostro mucho más airado le amenazaba
con gravísimos tormentos si no la decía. Por lo que
Ambruogiuolo, espantado por una parte y otra, y obligado, en
presencia de Bernabó y de muchos otros, no esperando más
castigo que 1a devolución de los cinco mil florines de oro y
de las cosas, claramente cómo había sido el asunto todo
lo contó. Y habiéndolo contado Ambruogiuolo, Sicurán,
como delegado del sultán en aquello, volviéndose a
Bernabódijo:
¿Y tú , qué le hiciste por
esta mentira a tu mujer?
A lo que Bernabórepuso:
Yo, llevado de la ira por la pérdida de mis
dineros y de la vergüenza por el deshonor que me parecía
haber recibido de mi mujer, hice que un servidor mío la
matara, y según lo que él me contó, pronto fue
devorada por muchos lobos.
Dichas todas estas cosas en presencia del sultán
y por él oídas y entendidas todas, no sabiendo él
todavía a dónde Sicurán (que esto le había
pedido y ordenado) quisiese llegar, le dijo Sicurán:
Señor mío, asaz claramente podéis
conocer cuánto aquella buena señora pueda gloriarse del
amante y del marido; porque el amante en un punto la priva del honor
manchando con mentiras su fama y aparta de ella al marido; y el
marido, más crédulo de las falsedades ajenas que de la
verdad que él por larga experiencia podía conocer, la
hace matar y comer por los lobos y además de esto, es tanto el
cariño y el amor que el amigo y el marido 1e tienen que,
estando largo tiempo con ella, ninguno la conoce. Pero porque vos
óptimamente conocéis lo que cada uno de éstos ha
merecido, si queréis por una especial gracia, concederme que
castiguéis al engañador y perdonéis al engañado,
la haré que venga ante vuestra presencia.
El sultán, dispuesto en este asunto a complacer a
Sicurán en todo, dijo que le placía y que hiciese venir
a la mujer. Se maravillaba mucho Bernabó, que firmemente la
creía muerta; y Ambruogiuolo, ya adivino de su mal, de más
tenía miedo que de pagar dineros y no sabía si esperar
o si temer más que la señora viniese, pero con gran
maravilla su venida esperaba. Hecha, pues, la concesión por el
sultán a Sicurán, éste, llorando y arrojándose
de rodillas ante el sultán, en un punto abandonó la
masculina voz y el querer parecer varón, y dijo:
Señor mío, yo soy la mísera y
desventurada Zinevra, que seis años llevo rodando disfrazada
de hombre por el mundo, por este traidor Ambruogiuolo falsamente y
criminalmente infamada, y por este cruel e inicuo hombre entregada a
la muerte a manos de su criado y a ser comida por los lobos.
Y rasgándose los vestidos y mostrando el pecho,
que era mujer al sultán y a todos los demás hizo
evidente; volviéndose luego a Ambruogiuolo, preguntándole
con injurias cuándo, según se jactaba, se había
acostado con ella. El cual, ya reconociéndola y mudo de
vergüenza, no decía nada.
El sultán, que siempre por hombre la había
tenido, viendo y oyendo esto, tanto se maravilló que más
creía ser sueño que verdad aquello que oía y
veía. Pero después que el asombro pasó,
conociendo la verdad, con suma alabanza la vida y la constancia y las
costumbres y la virtud de Zinevra, hasta entonces llamada Sicurán,
loó. Y haciéndole traer riquísimas vestiduras
femeninas y damas que le hicieran compañía según
la petición hecha por ella, a Bernabóperdonó la
merecida muerte; el cual, reconociéndola, a los pies se le
arrojóllorando y le pidió perdón, lo que ella,
aunque mal fuese digno de él, benignamente le concedió ,
y le hizo levantarse tiernamente abrazándolo como a su marido.
El sultán después mandó
que incontinenti Ambruogiuolo en algún lugar de la ciudad
fuese atado al sol a un palo y untado de miel, y que de allí
nunca, hasta que por sí mismo cayese, fuese quitado; y así
se hizo. Después de esto, mandó que lo que había
sido de Ambruogiuolo fuese dado a la señora, que no era tan
poco que no valiera más de diez mil doblas(82)
y él, haciendo preparar una hermosísima fiesta, en ella
a Bernabócomo a marido de la señora Zinevra, y a la
señora Zinevra como valerosísima mujer honró, y
le dio, tanto en joyas como en vajilla de oro y de plata como en
dineros, tanto que valió más de otras diez mil doblas.
Y haciendo preparar un barco para ellos, luego que
terminó la fiesta que les hacía, les dio licencia para
poder volver a Génova si quisieran; adonde riquísimos y
con gran alegría volvieron, y con sumo honor fueron recibidos
y especialmente la señora Zinevra, a quien todos creían
muerta; y siempre de gran virtud y en mucho, mientras vivió ,
fue reputada. Ambruogiuolo, el mismo día que fue atado al palo
y untado de miel, con grandísima angustia suya por las moscas
y por las avispas y por los tábanos, en los que aquel país
es muy abundante, fue no solamente muerto sino devorado hasta los
huesos; los que, blancos y colgando de sus tendones, por mucho tiempo
después, sin ser movidos de allí, de su maldad fueron
testimonio a cualquiera que los veía. Y así el burlador
fue burlado.
NOVELA DÉCIMA
Paganín de Mónaco roba la mujer a
micer Ricciardo de Chínzica, el cual, sabiendo dónde
está ella, va y se hace amigo de Paganín; le pide que
se la devuelva y él, si ella quiere, se lo concede, ella no
quiere volver con él, y muerto micer Ricciardo, se casa con
Paganín.
Todos los de la honrada compañía alabaron
por buena la historia contada por su reina, y mayormente Dioneo, el
único a quien faltaba novelar por la presente jornada; el
cual, luego de hacer muchas alabanzas de ella, dijo:
Hermosas señoras, una parte de la historia de la
reina me ha hecho mudar la opinión de contar una que tenía
en el ánimo a decir otra: y es la bestialidad de Bernabó
(aunque terminase bien) y de todos los demás que se dan a
creer lo que él mostraba que creía: es decir, que
ellos, yendo por el mundo con ésta y con aqué lla ahora
una vez y ahora otra solazándose, se imaginan que las mujeres
dejadas en casa se estén de brazos cruzados, como si no
supiésemos, quienes entre ellas nacemos y crecemos y estamos,
qué es lo que les gusta. Y contándola os mostraré
cuál sea la estupidez de estos tales, y cuánto mayor
sea la de quienes, estimándose más poderosos que la
naturaleza, se persuaden (con fantásticos razonamientos) de
poder hacer lo que no pueden y se esfuerzan por traer a otro a lo que
ellos son, no sufriéndolo la naturaleza de quien es
arrastrado.
Hubo, pues, un juez en Pisa, más que
de fuerza corporal dotado de ingenio, cuyo nombre fue micer Ricciardo
de Chínzica, el cual, creyendo tal vez satisfacer a su mujer
con las mismas obras que hacía para sus estudios, siendo muy
rico, con no poca solicitud buscó a una mujer hermosa y joven
por esposa, cuando de lo uno y lo otro, si hubiese sabido aconsejarse
él mismo como hacía a los demás, debía
huir. Y lo consiguió, porque micer Lotto Gualandi(83)
le dio por mujer a una hija suya cuyo nombre era Bartolomea, una de
las más hermosas y vanidosas jóvenes de Pisa, aun
cuando allí haya pocas que no parezcan lagartijas gusaneras(84)
A la cual, el juez, llevándola con grandísima fiesta a
su casa, y celebrando unas bodas hermosas y magníficas, acertó
la primera noche a tocarla una vez para consumar el matrimonio, y
poco faltópara que hiciera tablas; el cual, luego por la
mañana, como quien era magro y seco y de poco espíritu,
tuvo que confortarse con garnacha y con dulces, y con otros remedios
volverse a la vida.
Pues este señor juez, habiendo
aprendido a estimar mejor sus fuerzas que antes, empezó a
enseñarle a ella un calendario bueno para los niños que
aprenden a leer, y quizás hecho en Rávena(85)
porque, según le enseñaba, no había día
en que no tan sólo una fiesta sino muchas se celebrasen; en
reverencia de las cuales, por diversas razones le enseñaba que
el hombre y la mujer debían abstenerse de tales ayuntamientos,
añadiendo a ellos los ayunos y las cuatro témporas y
vigilias de los apóstoles y de mil otros santos, y viernes y
sábados, y el domingo del Señor, y toda la Cuaresma, y
ciertas fases de la luna y otras muchas excepciones, pensando tal vez
que tanto convenía descansar de las mujeres en la cama como
descansos él se tomaba al pleitear sus causas. Y esta
costumbre, no sin gran melancolía de la mujer, a quien tal vez
tocaba una vez al mes, y apenas, por mucho tiempo mantuvo; siempre
guardándola mucho, para que ningún otro fuera a
enseñarle los días laborables tan bien como él
le había enseñado las fiestas.
Sucedió que, haciendo mucho calor, a micer
Ricciardo le dieron ganas de ir a recrearse a una posesión
suya muy hermosa cercana a Montenero, y allí, para tomar el
aire, quedarse algunos días. Y llevó consigo a su
hermosa mujer, y estando allí, por entretenerla un poco, mandó
un día salir de pesca; y en dos barquillas, él en una
con los pescadores y ella en otra con las otras mujeres, fueron a
mirar y, sintiéndose a gusto, se adentraron en el mar unas
cuantas millas casi sin darse cuenta. Y mientras estaban atentos
mirando, de improviso una galera de Paganín de Mónaco,
entonces muy famoso corsario, apareció, y vistas las barcas,
se enderezó a ellas; y no pudieron tan pronto huir que Paganín
no llegase a aquella en que iban las mujeres, en la cual viendo a la
hermosa señora, sin querer otra cosa, viéndolo micer
Ricciardo que estaba ya en tierra, subiéndola a ella a su
galera, se fue. Viendo lo cual micer el juez, que era tan celoso que
temía al aire mismo, no hay que preguntar si le pesó.
Sin provecho se quejó, en Pisa y en otras partes, de la maldad
de los corsarios, sin saber quién le había quitado a la
mujer o dónde la había llevado.
A Paganín, al verla tan hermosa, le pareció
que había hecho un buen negocio; y no teniendo mujer pensó
quedarse con ella siempre, y como lloraba mucho empezó a
consolarla dulcemente. Y, venida la noche, habiéndosele a él
el calendario caído de las manos y salido de la memoria
cualquier fiesta o feria, empezó a consolarla con los hechos,
pareciéndole que de poco habían servido las palabras
durante el día; y de tal modo la consoló que, antes de
que llegasen a Mónaco, el juez y sus leyes se le habían
ido de la memoria y empezó a vivir con Paganín lo más
alegremente del mundo; el cual, llevándola a Mónaco,
además de los consuelos que de día y de noche le daba,
honradamente como a su mujer la tenía.
Después de cierto tiempo, llegando a los oídos
de micer Ricciardo dónde estaba su mujer, con ardentísimo
deseo, pensando que nadie sabía verdaderamente hacer lo que se
necesitaba para aquello, se dispuso a ir él mismo, dispuesto a
gastar en el rescate cualquier cantidad de dineros; y haciéndose
a la mar, se fue a Mónaco, y allíla vio y ella a él,
la cual por la tarde se lo dijo a Paganín e informóde
sus intenciones. A la mañana siguiente, micer Ricciardo,
viendo a Paganín, se acercó a él y estableció
con él en un momento gran familiaridad y amistad, fingiendo
Paganín no reconocerlo y esperando a ver a dónde quería
llegar. Por lo que, cuando parecióoportuno a micer Ricciardo,
como mejor supo y del modo más amable, descubrió la
razón por la que había venido, rogándole que
tomase lo que pluguiera y le devolviese a la mujer. A quien Paganín,
con alegre rostro, repuso:
Micer, sois bien venido; y respondiéndoos
brevemente, os digo: es verdad que tengo en casa a una joven que no
sési es vuestra mujer o de algún otro, porque a vos no
os conozco, ni a ella tampoco sino en tanto en cuanto, conmigo ha
estado algún tiempo. Si sois vos su marido, como decís,
yo, como parecéis gentilhombre amable, os llevarédonde
ella, y estoy seguro de que os reconocerá. Si ella dice que es
como decís, y quiere irse con vos, por amor de vuestra
amabilidad, me daréis de rescate por ella lo que vos mismo
queráis; si no fuera así , haríais una villanía
en querérmela quitar porque yo soy joven y puedo tanto como
otro tener una mujer, y especialmente ella que es la más
agradable que he visto nunca.
Dijo entonces micer Ricciardo:
Por cierto que es mi mujer, y si me llevas donde
ella esté, lo verás pronto: se me echará al
cuello incontinenti; y por ello te pido que no sea de otra manera que
como tú has pensado.
Pues entonces dijo Paganín
vamos.
Fueron, pues, a la casa de Paganín y, estando
ella en una cámara suya, Paganín la hizo llamar; y
ella, vestida y dispuesta, salió de una cámara y vino a
donde micer Ricciardo con Paganín estaba, e hizo tanto caso a
micer Ricciardo como lo hubiera hecho a cualquier otro forastero que
con Paganín hubiera venido a su casa. Lo que viendo el juez,
que esperaba ser recibido por ella con grandísima fiesta, se
maravillófuertemente, y empezó a decirse:
«Tal vez la melancolía y el largo dolor que
he pasado desde que la perdíme ha desfigurado tanto que no me
reconoce».
Por lo que le dijo:
Señora, caro me cuesta haberte llevado a
pescar, porque un dolor semejante no sentínunca al que he
tenido desde que te perdí, y tú no pareces reconocerme,
pues tan hurañamente me diriges la palabra. ¿No ves que
soy tu micer Ricciardo, venido aquía pagarle lo que quiera a
este gentilhombre en cuya casa estamos, para recuperarte y llevarte
conmigo; y él, su merced, por lo que quiera darle te devuelve
a mí?
La mujer, volviéndose a él, sonriéndose
una pizquita, dijo:
Micer, ¿me lo decís a mí?
Mirad que no me hayáis tomado por otra porque yo no me acuerdo
de haberos visto nunca.
Dijo micer Ricciardo:
Mira lo que dices: mírame bien; si bien te
acuerdas bien verás que soy tu micer Ricciardo de Chínzica.
La señora dijo:
Micer, perdonadme: puede que no sea a mí
tan honesto miraros mucho como os imagináis, pero os he mirado
lo bastante para saber que nunca jamás os he visto.
Imaginóse micer Ricciardo que hacía esto
de no querer confesar en su presencia reconocerlo por temor a Paganín
por lo que, luego de algún tanto, pidió por merced a
Paganín que le dejase hablar en una cámara a solas con
ella. Paganín dijo que le placía a cambio de que no la
besase contra su voluntad, y mandó a la mujer que fuese con él
a la alcoba y escuchase lo que quisiera decirle, y le respondiera
como quisiese. Yéndose, pues, a la alcoba solos la señora
y micer Ricciardo, en cuanto se sentaron, empezómicer
Ricciardo a decir:
¡Ah!, corazón de mi cuerpo, dulce
alma mía, esperanza mía, ¿no reconoces a tu
Ricciardo que te ama más que a sí mismo? ¿Cómo
puede ser? ¿Estoy tan desfigurado? ¡Ah!, bellos ojos
míos, mírame un poco.
La mujer se echó a reír y sin dejarlo
seguir, dijo:
Bien sabéis que no soy tan desmemoriada que
no sepa que sois micer Ricciardo de Chínzica, mi marido; pero
mientras estuve con vos mostrasteis conocerme muy mal, porque si
erais sabio o lo sois, como queréis que de vos se piense,
debíais haber tenido el conocimiento de ver que yo era joven y
fresca y gallarda, y saber por consiguiente lo que las mujeres
jóvenes piden (aunque no lo digan por vergüenza) además
de vestir y comer; y lo que hacíais en eso bien lo sabéis.
Y si os gustaba más el estudio de las leyes que la mujer, no
debíais haberla tomado; aunque a míme parezca que
nunca fuisteis juez sino un pregonero de ferias y fiestas, tan bien
os las sabíais, y de ayunos y de vigilias. Y os digo que si
tantas fiestas hubierais hecho guardar a los labradores que labraban
vuestras tierras como hacíais guardar al que tenía que
labrar mi pequeño huertecillo, nunca hubieseis recogido un
grano de trigo. Me he doblegado a quien Dios ha querido, como piadoso
defensor de mi juventud, con quien me quedo en esta alcoba, donde no
se sabe lo que son las fiestas, digo aquellas que vos, más
devoto de Dios que de servir a las damas, tantas celebrabais; y nunca
por esta puerta entraron sábados ni domingos ni vigilia ni
cuatro témporas ni cuaresma, que es tan larga, sino que de día
y de noche se trabaja y se bate la lana; y desde que esta noche
tocaron maitines, bien sé cómo anduvo el asunto más
de una vez. Y, así , entiendo quedarme con él y trabajar
mientras sea joven, y las fiestas y las peregrinaciones y los ayunos
esperar a hacerlos cuando sea vieja; y vos idos con buena ventura lo
más pronto que podáis y, sin mí, guardad cuantas
fiestas gustéis.
Micer Ricciardo, oyendo estas palabras, sufría un
dolor insoportable, dijo, luego que vio que callaba:
¡Ah, dulce alma mía!, ¿qué
palabras son las que me has dicho? ¿Pues no miras el honor de
tus parientes y el tuyo? ¿Quieres de ahora en adelante
quedarte aquíde barragana con éste, y en pecado
mortal, en lugar de en Pisa ser mi mujer? Éste, cuando le
hayas hartado, con gran vituperio tuyo te echará a la calle;
yo te tendrésiempre amor y siempre, aunque yo no lo quisiera,
serías el ama de mi casa. ¿Debes por este apetito
desordenado y deshonesto abandonar tu honor y a míque te amo
más que a mi vida? ¡Ah, esperanza mía!, no digáis
eso, dignaos venir conmigo: yo de aquíen adelante, puesto que
conozco tu deseo, me esforzaré; pero, dulce bien mío,
cambia de opinión y vente conmigo, que no he tenido ningún
bien desde que me fuiste arrebatada.
Y la mujer le respondió :
Por mi honor no creo que nadie, ahora
que ya nada puede hacerse, se preocupe más que yo: ¡ojalá
se hubieran preocupado mis parientes cuando me entregaron a vos! Y si
ellos no lo hicieron por el mío, no entiendo yo hacerlo ahora
por el de ellos; y si ahora estoy en pecado mortero, alguna vez
estaré en pecado macero: no os preocupéis más
por mí. Y os digo más, que aquíme parece ser la
mujer de Paganín y en Pisa me parecía ser vuestra
barragana, pensando que según las fases de la luna y las
escuadras geométricas debíamos vos y yo ayuntar los
planetas, mientras que Paganín toda la noche me tiene en
brazos y me aprieta y me muerde, ¡y cómo me cuida dígalo
Dios por mí! Decís aún que os esforzaréis:
¿y en qué ?, ¿en empatar en tres bazas y
levantarla a palos(86)
¡Ya veo que os habéis hecho un caballero de pro desde
que no os he visto! Andad y esforzaos por vivir: que me parece que
estáis a pensión, tan flacucho y delgado me parecéis.
Y aún os digo más: que cuando éste me deje, a lo
que no me parece dispuesto, sea donde sea donde tenga que estar, no
entiendo volver nunca con vos que, exprimiéndoos todo no
podría hacerse con vos ni una escudilla de salsa, porque con
grandísimo daño mío e interés y réditos
allíestuve una vez; por lo que en otra parte buscaré
mi pitanza. Lo que os digo es que no habrá fiesta ni vigilia
donde entiendo quedarme; y por ello, lo antes que podáis,
andaos con Dios, si no, gritaré que queréis forzarme.
Micer Ricciardo, viéndose en mal trance y aun
conociendo entonces su locura al elegir mujer joven estando
desmadejado, doliente y triste, salió de la alcoba y dijo a
Paganín muchas palabras que de nada le valieron. Y por último,
sin haber conseguido nada, dejada la mujer, se volvió a Pisa,
y en tal locura dio por el dolor que, yendo por Pisa, a quien le
saludaba o le preguntaba algo, no respondía nada más
que:
¡El mal foro no quiere
fiestas(87)
Y luego de no mucho tiempo murió; de lo que
enterándose Paganín, y sabiendo el amor que la mujer le
tenía, la desposócomo su legítima esposa, y sin
nunca guardar fiestas ni vigilias o hacer ayunos, trabajaron mientras
las piernas les sostuvieron y bien se divirtieron. Por lo cual,
queridas señoras mías, me parece que el señor
Bernabódisputando con Ambruogiuolo quisiese apartar la cabra
del monte.
Esta historia hizo reír tanto a toda la compañía
que no había nadie a quien no le doliesen las mandíbulas;
y de común consentimiento todas las mujeres dijeron que Dioneo
llevaba razón y que Bernabóhabía sido un
animal. Pero luego que terminó la historia y las risas
callaron, habiendo mirado la reina que la hora era ya tardía y
que todos habían novelado, y el fin de su señorío
había llegado, según el orden comenzado, quitándose
la guirnalda de la cabeza, sobre la cabeza la puso de Neifile,
diciendo con alegre gesto:
Ya, cara compañera, sea tuyo el gobierno de
este pequeño pueblo y volvió a sentarse.
Neifile se ruborizó un poco con el recibido
honor, y su rostro parecía una fresca rosa de abril o de mayo
tal como se muestra al clarear el día, con los ojos anhelantes
y chispeantes (no de otro modo que una matutina estrella) un poco
bajos. Pero luego que el cortés murmullo de los circunstantes
(en el que su disposición favorable a la reina mostraban
alegremente) se reposó y que ella recuperó el ánimo,
sentándose un poco más alto de lo que acostumbraba,
dijo:
Puesto que así es que vuestra reina soy, no
alejándome de la costumbre seguida por aquellas que antes de
mílo han sido, cuyo gobierno habéis alabado
obedeciéndolo, os harémanifiesto en pocas palabras mi
parecer; que si por vuestra opinión es estimado, seguiremos.
Como sabéis, mañana es viernes y el día
siguiente sábado, días que, por las comidas que se
acostumbran en ellos, son un tanto enojosos a la mayoría de la
gente; sin decir que, el viernes, atendiendo a que en él Aquel
que por nuestra vida murió, sufriópasión, es
digno de reverencia; por lo que justa cosa y muy honesta reputaría
que, en honor de Dios, más con oraciones que con historias nos
entretuviésemos. Y el sábado es costumbre de las
mujeres lavarse la cabeza y quitarse todo el polvo, toda la suciedad
que por el trabajo de la semana anterior se hubiese cogido; y también
muchos acostumbran a ayunar en reverencia a la Virgen madre del Hijo
de Dios, y de ahíen adelante, en honor del domingo siguiente,
descansar de cualquier trabajo; por lo que, no pudiendo tan
plenamente en esos días seguir el orden en el vivir que hemos
adoptado, también estimo que estaría bien que esos días
depongamos las historias. Luego, como habremos estado aquí
cuatro días, si queremos evitar que llegue la gente nueva,
juzgo oportuno mudarnos de aquíe irnos a otra parte; y dónde
ya lo he pensado y provisto. Allí, cuando estemos reunidos el
domingo después de dormir, como hemos tenido hoy mucho tiempo
para razonar conversando, tanto porque tendréis más
tiempo para pensar como porque será mejor que se limite un
poco la libertad en novelar y que se hable de uno de los muchos casos
de la fortuna, he pensado que sea sobre quien alguna cosa muy deseada
haya conseguido con industria o una pérdida recuperado. Sobre
lo cual, piense cada uno en decir algo que a la compañía
pueda ser útil o al menos deleitable, siempre con la salvedad
del privilegio de Dioneo.
Todo el mundo alabólo dicho y lo imaginado por
la reina, y así establecieron que fuese. La cual, después
de esto, haciendo llamar a su senescal, dónde debía
poner la mesa por la tarde le dijo, y todo lo que luego debía
hacer en todo el tiempo de su señorío plenamente le
expuso; y hecho así , poniéndose en pie con su compañía,
les dio licencia para hacer lo que a cada uno más gustase.
Tomaron, pues, las señoras y los hombres el
camino de un jardincillo, y allí, luego de que un tanto se
hubieron entretenido, venida la hora de la cena, con fiesta y con
placer cenaron; y levantándose de allí, según
plugo a la reina, conduciendo Emilia la carola, la siguiente canción
de Pampínea, que los demás coreaban, se cantó:
¿Quién podría cantar en lugar
mío
que tengo y gozo todo cuanto ansío?
Ven,
pues, Amor, razón de mi ventura,
de la esperanza y de toda
alegría,
ven conmigo a cantar
no de suspiros, penas y
amargura,
que ahora me es dulce lo que fue agonía,
sino
de este brillar
del fuego en cuyas llamas quiero estar
adorándote
a ti como a dios mío.
Túante los ojos me trajiste, Amor,
cuando
en tu fuego ardípor vez primera,
a uno de tal talante
que
en beldad y osadía, y en valor,
otro mejor jamás se
encontraría,
ni aún otro semejante;
y tanto me
inflamó que en este instante
feliz te estoy cantando, señor
mío.
Y este que es para mísumo
placer
y que me quiere cuanto yo le quiero
Amor, por tu
merced,
por lo que en este mundo mi querer
tengo y gozar de paz
en otro espero;
y pues le guardo fe
que aun a su reino Dios,
que esto lo ve,
por su bondad nos llevará confío(88)
Después de ésta, otras muchas se cantaron
y se bailaron muchas danzas y se tocaron distintas músicas;
pero juzgando la reina que era tiempo de tener que irse a descansar,
con las antorchas por delante cada uno a su cámara se fueron,
y durante los dos días siguientes atendiendo a aquellas cosa
que la reina había hablado, esperando con deseo la llegada del
domingo.
TERMINA LA SEGUNDA JORNADA
TERCERA JORNADA
COMIENZA LA TERCERA
JORNADA DEL DECAMERóN, EN LA QUE SE HABLA, BAJO EL GOBIERNO DE
NEIFILE, SOBRE ALGUIEN QUE HUBIERA CONSEGUIDO CON INDUSTRIA ALGUNA
COSA MUY DESEADA O ALGUNA PERDIDA RECUPERASE.
La aurora empezaba ya a convertirse de
bermeja en anaranjada por la aproximación del sol cuando el
domingo, levantada la reina y hecho levantar a su compañía,
y habiendo mandado ya el senescal buen espacio por delante al lugar
donde debían ir muchas de las cosas oportunas y quien allí
preparase lo que era necesario, viendo ya a la reina en camino,
prestamente haciendo cargar todas las demás cosas, como si de
allílevantasen el campo, se fue con los bagajes, dejando a
los sirvientes junto a las señoras y los señores. La
reina, pues, con lento paso, acompañada y seguida por sus
damas y los tres jóvenes, guiada por el canto de quién
sabe si veinte ruiseñores y otros tantos pájaros, por
un sendero no muy frecuentado mas lleno de verdes hierbecillas y de
flores que al sol que llegaba todas empezaban a abrirse, tomó
el camino hacia occidente, y charlando y bromeando y riendo con su
compañía, sin haber andado más de dos mil pasos,
bastante antes de que mediada la hora de tercia estuviese, a una
hermosísima y rica mansión que un tanto levantada sobre
el suelo en un cerro estaba, les hubo conducido(89)
Entrados en la cual y andando por todas partes, y
habiendo visto las grandes salas, las limpias y adornadas alcobas
debidamente abastecidas de todo lo que a una alcoba corresponde,
sumamente la alabaron y reputaron a su dueño por magnífico;
después, bajando abajo, y viendo el amplísimo y alegre
patio, las bodegas llenas de óptimos vinos y el agua
fresquísima y abundante que de allímanaba, más
aún lo alabaron. De allí, como deseosos de reposo en
una galería desde donde todo el patio se señoreaba,
estando todas las cosas llenas de las flores que el tiempo daba y de
ramas, sentándose, vino el discreto senescal y con exquisitos
dulces y óptimos vinos los recibió y confortó.
Después de lo cual, haciendo abrir un jardín contiguo
al palacio, allí, que estaba todo cercado por un muro,
entraron; y pareciéndoles a primera vista de maravillosa
belleza todo el conjunto, más atentamente empezaron a mirar
sus partes.
Tenía a su alrededor y por la mitad en bastantes
partes paseos amplísimos, rectos como caminos y cubiertos por
un emparrado que gran aspecto tenía de ir aquel año a
dar muchas uvas; y todo florido entonces esparcía tan gran
olor que, mezclado con el de muchas otras cosas que por el jardín
olían, les parecía estar entre todos los aromas nacidos
en el oriente. Los lados de los cuales paseos todos por rosales
blancos y bermejos y por jazmines estaban casi cubiertos; por las
cuales cosas, no ya de mañana sino cuando el sol estuviese más
alto, bajo olorosas y deleitables sombras, sin ser tocado por él,
se podía andar por ellos. Cuántas y cuáles y
cómo estaban ordenadas las plantas que había en aquel
lugar sería largo de contar; pero no hay ninguna estimable que
en nuestro clima se dé, que no hubiese allí
abundantemente. En mitad del cual, lo que no es menos digno de lo que
otra cosa que allí hubiera sino mucho más, había
un prado de menudísima hierba y tan verde que casi parecía
negra, pintado todo de mil variedades de flores, cercado en torno por
verdísimos y erguidos naranjos y por cedros, los cuales,
teniendo frutos, los viejos y los nuevos, flores todavía, no
solamente con sombra amable a los ojos sino también al olfato
lisonjeaban.
En medio del tal prado había una fuente de mármol
blanquísimo y con maravillosas figuras esculpidas; allí
dentro, no sé si natural o artificiosa, por una estatua que
sobre una columna en el medio de aqué lla estaba en pie,
arrojaba tanta agua y tan alta hacia el cielo (que luego no sin
deleitable sonido sobre la clarísima fuente volvía a
caer) que hubiera hecho mover al menos un molino. La que después
(aquella, digo, que sobrepasaba el borde de la fuente) por vía
oculta salía del pradecillo y por canalillos asaz bellos y
artificiosamente hechos, fuera de aquello haciéndose ya
manifiesta, todo lo rodeaba; y allípor canalillos semejantes
por todas las partes del jardín discurría, recogiéndose
últimamente en una parte por donde había salido del
hermoso jardín y de allí, descendiendo clarísima
hacia el llano antes de llegar a él, con grandísima
fuerza y con no poca utilidad para su dueño, hacía dar
vueltas a dos molinos.
Al ver este jardín, su bello orden, las plantas y
la fuente con los arroyuelos procedentes de ella, tanto agradó
a todas las mujeres y a los tres jóvenes, que todos comenzaron
a afirmar que, si se pudiera hacer un paraíso en la tierra, no
sabrían qué otra forma sino aquella del jardín
pudiera dársele, ni pensar, además de aqué llas,
qué belleza podría añadírsele. Paseando,
pues, contentísimos por allí, haciéndose
bellísimas guirnaldas de varias ramas de árboles,
oyendo siempre unos veinte modos de cantos de pájaros como si
contendiesen el uno con el otro en el cantar, se apercibieron de una
deleitosa belleza de que, sorprendidos por las demás, no se
habían todavía apercibido: vieron que el jardín
estaba lleno de cien especies de hermosos animales, y enseñándoselos
uno al otro, de una parte salir conejos, por otra correr liebres, y
dónde yacer cabritillos, y en algunas estar paciendo
cervatillos vieron; y además de éstos, otras muchas
clases de animales inofensivos, cada uno a su agrado, como
domesticados, ir recreándose; las cuales cosas, a los otros
placeres, mucho mayor placer sumaron.
Pero luego de que mucho hubieron andado,
viendo ora esta cosa ora aqué lla, habiendo hecho poner las
mesas alrededor de la hermosa fuente, y cantando allíprimero
seis cancioncillas y danzando algunos bailes, cuando agradó a
la reina se pusieron a comer, y servidos con grandísimo y
bueno y reposado orden, y con buenas y delicadas viandas, más
alegres se levantaron y a las tonadas y a los cantos y a los bailes
volvieron a darse hasta que a la reina, por el calor que había
sobrevenido, parecióhora de que a quien le agradase, se fuera
a acostar. Y algunos se fueron y algunos, vencidos por la belleza del
lugar, irse no quisieron; sino que quedándose allí,
quién a leer libros de caballerías, quién a
jugar al ajedrez y quién a las tablas(90)
mientras los otros dormían, se dedicaron.
Pero luego de que pasó la hora de nona, todos se
levantaron y, habiéndose refrescado el rostro con la fresca
agua, en el prado, como plugo a la reina, viniendo cerca de la
fuente, y en él según la manera acostumbrada
sentándose, se pusieron a esperar contar sus historias sobre
la materia propuesta por la reina. De los que el primero a quien la
reina dio el encargo fue a Filostrato, que comenzóde esta
guisa:
NOVELA PRIMERA
Masetto
de Lamporecchio se hace el mudo y entra como hortelano en un
monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él.
Hermosísimas señoras, bastantes hombres y
mujeres hay que son tan necios que creen demasiado confiadamente que
cuando a una joven se le ponen en la cabeza las tocas blancas y sobre
los hombros se le echa la cogulla negra, que deja de ser mujer y ya
no siente los femeninos apetitos, como si se la hubiese convertido en
piedra al hacerla monja; y si por acaso algo oyen contra esa creencia
suya, tanto se enojan cuanto si se hubiera cometido un grandísimo
y criminal pecado contra natura, no pensando ni teniéndose en
consideración a sí mismos, a quienes la plena libertad
de hacer lo que quieran no puede saciar, ni tampoco al gran poder del
ocio y la soledad. Y semejantemente hay todavía muchos que
creen demasiado confiadamente que la azada y la pala y las comidas
bastas y las incomodidades quitan por completo a los labradores los
apetitos concupiscentes y los hacen bastísimos de inteligencia
y astucia. Pero cuán engañados están cuantos así
creen me complace (puesto que la reina me lo ha mandado, sin salirme
de lo propuesto por ella) demostraros más claramente con una
pequeña historieta.
En esta comarca nuestra hubo y todavía hay un
monasterio de mujeres, muy famoso por su santidad, que no nombraré
por no disminuir en nada su fama; en el cual, no hace mucho tiempo,
no habiendo entonces más que ocho señoras con una
abadesa, y todas jóvenes, había un buen hombrecillo
hortelano de un hermosísimo jardín suyo que, no
contentándose con el salario, pidiendo la cuenta al mayordomo
de las monjas, a Lamporecchio, de donde era, se volvió . Allí,
entre los demás que alegremente le recibieron, había un
joven labrador fuerte y robusto, y para villano hermoso en su
persona, cuyo nombre era Masetto; y le preguntódónde
había estado tanto tiempo. El buen hombre, que se llamaba
Nuto, se lo dijo; al cual, Masetto le preguntó a qué
atendía en el monasterio. Al que Nuto repuso:
Yo trabajaba en un jardín suyo hermoso y
grande, y además de esto, iba alguna vez al bosque por leña,
traía agua y hacía otros tales servicios; pero las
señoras me daban tan poco salario que apenas podía
pagarme los zapatos. Y además de esto, son todas jóvenes
y parece que tienen el diablo en el cuerpo, que no se hace nada a su
gusto; así , cuando yo trabajaba alguna vez en el huerto, una
decía: «Pon esto aquí», y la otra: «Pon
aquíaquello» y otra me quitaba la azada de la mano y
decía: «Esto no está bien»; y me daba tanto
coraje que dejaba el laboreo y me iba del huerto, así que,
entre por una cosa y la otra, no quise estarme más y me he
venido. Y me pidió su mayordomo, cuando me vine, que si tenía
alguien a mano que entendiera en aquello, que se lo mandase, y se lo
prometí, pero así le guarde Dios los riñones que
ni buscaréni le mandaréa nadie.
A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le vino al ánimo
un deseo tan grande de estar con estas monjas que todo se derretía
comprendiendo por las palabras de Nuto que podría conseguir
algo de lo que deseaba. Y considerando que no lo conseguiría
si decía algo a Nuto, le dijo:
¡Ah, qué bien has hecho en venirte!
¿qué es un hombre entre mujeres? Mejor estaría
con diablos: de siete veces seis no saben lo que ellas mismas
quieren.
Pero luego, terminada su conversación, empezó
Masetto a pensar qué camino debía seguir para poder
estar con ellas; y conociendo que sabía hacer bien los
trabajos que Nuto hacía, no temióperderlo por aquello,
pero temióno ser admitido porque era demasiado joven y
aparente. Por lo que, dando vueltas a muchas cosas, pensó:
«El lugar es bastante alejado de aquí y
nadie me conoce allí, si sé fingir que soy mudo, por
cierto que me admitirán».
Y deteniéndose en aquel pensamiento, con una
segur al hombro, sin decir a nadie adónde fuese, a guisa de un
hombre pobre se fue al monasterio; donde, llegado, entró
dentro y por ventura encontró al mayordomo en el patio, a
quien, haciendo gestos como hacen los mudos, mostró que le
pedía de comer por amor de Dios y que él, si lo
necesitaba, le partiría la leña. El mayordomo le dio de
comer de buena gana; y luego de ello le puso delante de algunos
troncos que Nuto no había podido partir, los que éste,
que era fortísimo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo,
que necesitaba ir al bosque, lo llevó consigo y allíle
hizo cortar leña; después de lo que, poniéndole
el asno delante, por señas le dio a entender que lo llevase a
casa. Él lo hizo muy bien, por lo que el mayordomo, haciéndole
hacer ciertos trabajos que le eran necesarios, más días
quiso tenerlo; de los cuales sucedió que un día la
abadesa lo vio, y preguntó al mayordomo quién era. El
cual le dijo:
Señora, es un pobre hombre mudo y sordo,
que vino uno de estos días a por limosna, así que le he
hecho un favor y le he hecho hacer bastantes cosas de que había
necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo
estaríamos bien servidos, porque él lo necesita y es
fuerte y se podría hacer de él lo que se quisiera; y
además de esto no tendríais que preocuparos de que
gastase bromas a vuestras jóvenes.
Al que dijo la abadesa:
Por Dios que dices verdad: entérate si sabe
labrar e ingéniate en retenerlo; dale unos pares de
escarpines, algún capisayo viejo, y halágalo, hazle
mimos, dale bien de comer.
El mayordomo dijo que lo haría. Masetto no estaba
muy lejos, pero fingiendo barrer el patio oía todas estas
palabras y se decía:
«Si me metéis ahídentro, os labraré
el huerto tan bien como nunca os fue labrado.»
Ahora, habiendo el mayordomo visto que sabía
óptimamente labrar y preguntándole por señas si
quería quedarse aquí, y éste por señas
respondiéndole que quería hacer lo que él
quisiese, habiéndolo admitido, le mandó que labrase el
huerto y le enseñólo que tenía que hacer; luego
se fue a otros asuntos del monasterio y lo dejó. El cual,
labrando un día tras otro, las monjas empezaron a molestarle y
a ponerlo en canciones, como muchas veces sucede que otros hacen a
los mudos, y le decían las palabras más malvadas del
mundo no creyendo ser oídas por él; y la abadesa que
tal vez juzgaba que él tan sin cola estaba como sin habla, de
ello poco o nada se preocupaba. Pero sucedió que habiendo
trabajado un día mucho y estando descansando, dos monjas que
andaban por el jardín se acercaron a donde estaba, y empezaron
a mirarle mientras él fingía dormir. Por lo que una de
ellas, que era algo más decidida, dijo a la otra:
Si creyese que me guardabas el secreto te diría
un pensamiento que he tenido muchas veces, que tal vez a ti también
podría agradarte.
La otra repuso:
Habla con confianza, que por cierto no lo diré
nunca a nadie.
Entonces la decidida comenzó:
No sé si has pensado cuán
estrictamente vivimos y que aquínunca ha entrado un hombre
sino el mayordomo, que es viejo, y este mudo: y muchas veces he oído
decir a muchas mujeres que han venido a vernos que todas las dulzuras
del mundo son una broma con relación a aquella de unirse la
mujer al hombre. Por lo que muchas veces me ha venido al ánimo,
puesto que con otro no puedo, probar con este mudo si es así ,
y éste es lo mejor del mundo para ello porque, aunque
quisiera, no podría ni sabría contarlo; ya ves que es
un mozo tonto, más crecido que con juicio. Con gusto oiré
lo que te parece de esto.
¡Ay! dijo la otra, ¿qué
es lo que dices? ¿No sabes que hemos prometido nuestra
virginidad a Dios?
¡Oh! dijo ella, ¡cuántas
cosas se le prometen todos los días de las que no se cumple
ninguna! ¡Si se lo hemos prometido, que sea otra u otras
quienes cumplan la promesa!
A lo que la compañera dijo:
Y si nos quedásemos grávidas, ¿qué
iba a pasar?
Entonces aqué lla dijo:
Empiezas a pensar en el mal antes de que te
llegue; si sucediere, entonces pensaremos en ello: podrían
hacerse mil cosas de manera que nunca se sepa, siempre que nosotras
mismas no lo digamos.
Esta, oyendo esto, teniendo más ganas que la otra
de probar qué animal era el hombre, dijo:
Pues bien, ¿qué haremos?
A quien aqué lla repuso:
Ves que va a ser nona; creo que las sores están
todas durmiendo menos nosotras; miremos por el huerto a ver si hay
alguien, y si no hay nadie, ¿qué vamos a hacer sino
cogerlo de la mano y llevarlo a la cabaña donde se refugia
cuando llueve, y allíuna se queda dentro con él y la
otra hace guardia? Es tan tonto que se acomodará a lo que
queremos.
Masetto oía todo este razonamiento, y dispuesto a
obedecer, no esperaba sino ser tomado por una de ellas. Ellas,
mirando bien por todas partes y viendo que desde ninguna podían
ser vistas, aproximándose la que había iniciado la
conversación a Masetto, le despertó y él
incontinenti se puso en pie; por lo que ella con gestos halagadores
le cogióde la mano, y él dando sus tontas risotadas,
lo llevó a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse mucho
rogar hizo lo que ella quería. La cual, como leal compañera,
habiendo obtenido lo que quería, dejó el lugar a la
otra, y Masetto, siempre mostrándose simple, hacía lo
que ellas querían; por lo que antes de irse de allí,
más de una vez quiso cada una probar cómo cabalgaba el
mudo, y luego, hablando entre ellas muchas veces, decían que
en verdad aquello era tan dulce cosa, y más, como habían
oído; y buscando los momentos oportunos, con el mudo iban a
juguetear.
Sucedió un día que una compañera
suya, desde una ventana de su celda se apercibiódel
tejemaneje y se lo enseñó a otras dos; y primero
tomaron la decisión de acusarlas a la abadesa, pero después,
cambiando de parecer y puestas de acuerdo con aqué llas, en
participantes con ellas se convirtieron del poder de Masetto; a las
cuales, las otras tres, por diversos accidentes, hicieron compañía
en varias ocasiones. Por último, la abadesa, que todavía
no se había dado cuenta de estas cosas, paseando un día
sola por el jardín, siendo grande el calor, se encontró
a Masetto (el cual con poco trabajo se cansaba durante el día
por el demasiado cabalgar de la noche) que se había dormido
echado a la sombra de un almendro, y habiéndole el viento
levantado las ropas, todo al descubierto estaba. Lo cual mirando la
señora y viéndose sola, cayó en aquel mismo
apetito en que habían caído sus monjitas; y despertando
a Masetto, a su alcoba se lo llevó, donde varios días,
con gran quejumbre de las monjas porque el hortelano no venía
a labrar el huerto, lo tuvo, probando y volviendo a probar aquella
dulzura que antes solía censurar ante las otras.
Por último, mandándole de su alcoba a la
habitación de él y requiriéndole con mucha
frecuencia y queriendo de él más de una parte, no
pudiendo Masetto satisfacer a tantas, pensó que de su mudez si
duraba más podría venirle gran daño; y por ello
una noche, estando con la abadesa, roto el frenillo, empezó a
decir:
Señora, he oído que un gallo basta a
diez gallinas, pero que diez hombres pueden mal y con trabajo
satisfacer a una mujer, y yo que tengo que servir a nueve; en lo que
por nada del mundo podréaguantarlo, pues que he venido a tal,
por lo que hasta ahora he hecho, que no puedo hacer ni poco ni mucho;
y por ello, o me dejáis irme con Dios o le encontráis
un arreglo a esto.
La señora, oyendo hablar a este a quien tenía
por mudo, toda se pasmó, y dijo:
¿qué es esto? Creía que eras
mudo.
Señora dijo Masetto, sí
lo era pero no de nacimiento, sino por una enfermedad que me quitó
el habla, y por primera vez esta noche siento que me ha sido
restituida, por lo que alabo a Dios cuanto puedo.
La señora lo creyó y le preguntó
qué quería decir aquello de que a nueve tenía
que servir. Masetto le dijo lo que pasaba, lo que oyendo la abadesa,
se dio cuenta de que no había monja que no fuese mucho más
sabia que ella; por lo que, como discreta, sin dejar irse a Masetto,
se dispuso a llegar con sus monjas a un entendimiento en estos
asuntos, para que por Masetto no fuese vituperado el monasterio.
Y habiendo por aquellos días muerto el mayordomo,
de común acuerdo, haciéndose manifiesto en todas lo que
a espaldas de todas se había estado haciendo, con placer de
Masetto hicieron de manera que las gentes de los alrededores creyeran
que por sus oraciones y por los méritos del santo a quien
estaba dedicado el monasterio, a Masetto, que había sido mudo
largo tiempo, le había sido restituida el habla, y le hicieron
mayordomo; y de tal modo se repartieron sus trabajos que pudo
soportarlos. Y en ellos bastantes monaguillos engendrópero
con tal discreción se procedió en esto que nada llegó
a saberse hasta después de la muerte de la abadesa, estando ya
Masetto viejo y deseoso de volver rico a su casa; lo que, cuando se
supo, fácilmente lo consiguió. así , pues,
Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo de alimentar a sus
hijos ni pagar sus gastos, por su astucia habiendo sabido bien
proveer a su juventud, al lugar de donde había salido con una
segur al hombro, volvió , afirmando que así trataba
Cristo a quien le ponía los cuernos sobre la guirnalda.
NOVELA SEGUNDA
Un
palafrenero yace con la mujer del rey Agilulfo, de lo que Agilulfo
sin decir nada se apercibe, lo encuentra y le corta el pelo; el
tonsurado a todos los demás tonsura y así se salva de
lo que le amenaza.
Habiendo llegado el fin de la historia de Filostrato,
con la que algún veces se habían sonrojado un poco las
señoras y algunas otras se habían reído, plugo a
la reina que Pampínea siguiese novelando; la cual, comenzando
con sonriente gesto, dijo:
Hay algunos tan poco discretos al querer mostrar que
conocen y sienten lo que no les conviene saber, que algunas veces con
esto, al castigar las desapercibidas faltas de otros, creen que su
vergüenza menguan cuando por el contrario la acrecientan
infinitamente; y que esto es verdad, por medio de su contrario,
mostrándoos la astucia de alguien quizá tenido por de
menos valor que Masetto contra la prudencia de un valeroso rey,
lindas señoras, entiendo que será demostrado por mí.
Agilulfo, rey de los longobardos, así
como sus predecesores habían hecho, en Pavia, ciudad de la
Lombardía, estableció la sede de su reino, habiendo
tomado por mujer a Teudelinga, que había quedado viuda de
Auttari, que también había sido rey de los longobardos,
la cual era hermosísima mujer, muy sabía y honesta,
pero desventurada en amores(91)
Y estando por el valor y el juicio de este rey Agilulfo las cosas de
los longobardos prósperas y en paz, sucedió que un
palafrenero de dicha reina, hombre de vilísima condición
por su nacimiento pero por otras cosas mucho mejor de lo que
correspondía a tal vil menester, y en su persona hermoso y
alto como era el rey, se enamoródesmesuradamente de la reina;
y porque su bajo estado no le quitaba la comprensión de que
este amor suyo estaba fuera de toda conveniencia, como sabio, a nadie
lo descubría, ni aun en la mirada se atrevía a
descubrirlo.
Y aunque sin ninguna esperanza viviese de poder
agradarla nunca, se gloriaba consigo sin embargo de haber puesto sus
pensamientos en alta parte; y como quien todo ardía en amoroso
fuego, diligentemente hacía, más que cualquier otro de
sus compañeros, todas las cosas que debían agradar a la
reina. Por lo que sucedía que la reina, cuando tenía
que montar a caballo, con más gusto cabalgaba en el palafrén
cuidado por éste que por algún otro; lo que, cuando
sucedía, éste se lo tomaba como grandísimo
favor, y nunca del estribo se le apartaba, teniéndose por
feliz sólo con poder tocarle las ropas. Pero como vemos
suceder con mucha frecuencia que cuanto disminuye la esperanza, tanto
se hace mayor el amor, así sucedía con el pobre
palafrenero, mientras dolorosísimo le era poder soportar el
gran deseo tan ocultamente como lo hacía, no siendo ayudado
por ninguna esperanza; y muchas veces, no pudiendo desligarse de este
amor, deliberómorir.
Y pensando de este modo, tomó el partido de
querer recibir esta muerte por alguna cosa por la que le pareciese
que moría por el amor que a la reina había tenido y
tenía; y esta cosa se propuso que fuera tal que en ella
tentase la fortuna de poder en todo o en parte conseguir su deseo. Y
no se dio a decir palabras a la reina o a por cartas hacerle saber su
amor, que sabía que en vano diría o escribiría,
sino a querer probar si con astucia podría acostarse con la
reina; y no otra astucia ni vía había sino encontrar el
modo de que, como si fuese el rey, que sabía que no se
acostaba con ella de continuo, pudiera llegar a ella y entrar en su
cámara. Por lo que, para ver en qué manera y qué
hábito el rey, cuando iba a estar con ella, iba, muchas veces
por la noche en una gran sala del palacio del rey, que estaba en
medio entre la cámara del rey y de la reina, se escondió ;
y una noche entre otras, vio al rey salir de su cámara
envuelto en un gran manto y tener en una mano una pequeña
antorcha encendida y en la otra una varita, e ir a la cámara
de la reina y, sin decir nada, golpear una vez o dos la puerta de la
cámara con aquella varita, e incontinenti serle abierto y
quitarle de la mano la antorcha. La cual cosa vista, y semejantemente
viéndolo retornar, pensó que debía hacer él
otro tanto; y encontrando modo de tener un manto semejante a aquel
que había visto al rey y una antorcha y estaca, y lavándose
primero bien en un caldero, para que no fuese a molestar a la reina
el olor del estiércol y la hiciese darse cuenta del engaño,
con estas cosas, como acostumbraba, en la gran sala se escondió .
Y sintiendo que ya en todas partes dormían, y
pareciéndole tiempo o de dar efecto a su deseo o de hacer
camino con alta razón a la deseada muerte, haciendo con la
piedra y el eslabón que había llevado consigo un poco
de fuego, encendió su antorcha, y oculto y envuelto en el
manto se fue a la puerta de la cámara y dos veces la golpeó
con la varita. La cámara por una camarera toda somnolienta fue
abierta y la luz cogida y ocultada; donde él, sin decir cosa
alguna, pasado dentro de la cortina y dejado el manto, se metió
en 1a cama donde la reina dormía. Y tomándola
deseosamente en brazos, mostrándose airado porque sabía
que era costumbre del rey que no quería oír ninguna
cosa cuando airado estaba, muchas veces carnalmente conoció a
la reina.
Y aunque doloroso le pareciese partir, temiendo que la
demasiada demora le fuese ocasión de convertir en tristeza el
deleite tenido, se levantó y tomando su manto y la luz, sin
decir nada se fue, y lo antes que pudo se volvió a su cama. Y
apenas podía estar en ella cuando el rey, levantándose,
se fue la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló
mucho; y habiendo él entrado en el lecho y saludándola
alegremente, ella, de su alegría tomando valor, dijo:
Oh, señor mío, ¿qué
novedad hay esta noche? Os habéis partido de muy poco ha, y
más de lo acostumbrado habéis tomado placer de mí,
¿y tan pronto volvéis a empezar? Cuidaos de lo que
hacéis.
El rey, al oír estas palabras, súbitamente
presumió que la reina, por la semejanza de las costumbres y de
la persona había sido engañada, pero, como sabio,
súbitamente pensó(pues vio que la reina no se había
dado cuenta ni nadie más) que no quería hacerla caer en
la cuenta; lo que muchos necios no hubieran hecho, sino que habrían
dicho: «No he sido yo; ¿quién fue quien estuvo
aquí?, ¿cómo fue?, ¿quién ha
venido?». De lo que habrían nacido muchas cosas por las
que sin razón habrían contristado a la señora y
dado materia de desear otra vez lo que ya había sentido; y
aquello, que callándolo no podía traerle ninguna
vergüenza, diciéndolo le habría traído
vituperio Le contestó entonces el rey, más en el
pensamiento que en el rostro o las palabras airado:
Señora, ¿no os parezco hombre de
poder haber estado otra vez y volver además ésta?
A lo que la dama contestó:
Señor mío, sí , pero yo os
ruego que miréis por vuestra salud.
Entonces el rey dijo:
Y que me place seguir vuestro consejo, y esta vez
sin daros más empacho voy a volverme.
Y teniendo ya el ánimo lleno de ira
y de rencor por lo que veía que le habían hecho,
volviendo a tomar su manto se fue de la cámara y quiso
encontrar silenciosamente quién había hecho aquello,
imaginando que debía ser de la casa, y que cualquiera que
fuese no habría podido salir de ella. Cogiendo, pues, una
pequeñísima luz en una linternilla se fue a una
larguísima habitación que en su palacio había
sobre las cuadras de los caballos, en la cual casi toda su
servidumbre dormía en diversas camas; y juzgando que a
quienquiera que hubiese hecho aquello que la dama decía, no se
le habría podido todavía reposar el pulso y el latido
del corazón por el prolongado afán, empezando por uno
de los extremos de la habitación, empezó a ir
tocándoles el pecho a todos, para saber si les latía el
corazón con fuerza.
Como sucediese que todos dormían profundamente,
el que con la reina había estado no dormía todavía;
por la cual cosa, viendo venir al rey y dándose cuenta de lo
que andaba buscando, fuertemente empezó a temblar, tanto que
el golpear del pecho que tenía por el cansancio fue aumentado
por el miedo; y dándose cuenta firmemente de que, si el rey se
apercibía de aquello, sin tardanza le haría morir. Y
aunque varias cosas que podría hacer le pasaron por la cabeza,
viendo sin embargo al rey sin ninguna arma, deliberóhacerse
el dormido y esperar lo que el rey hiciese. Habiendo, pues, el rey a
muchos buscado y no encontrando a ninguno a quien juzgase haber sido
aqué l, llegó a éste, y notando que le latía
fuertemente el corazón, se dijo: «Este es aqué l».
Pero como quien nada de lo que quería hacer
entendía que se supiese, no le hizo otra cosa sino que, con un
par de tijerillas que había llevado, le cortó un poco
de uno de los lados los cabellos, que en aquel tiempo se llevaban
larguísimos, para por aquella señal reconocerlo la
mañana siguiente; y hecho esto, se volvió a su cámara.
Éste, que todo aquello había sentido, como quien era
malicioso, claramente se dio cuenta de por qué había
sido señalado; por lo que, sin esperar un momento, se levantó,
y encontrando un par de tijerillas, de las que por ventura había
un par en la cuadra para el servicio de los caballos, cautamente
dirigiéndose a cuantos en aquella habitación dormían,
a todos de manera igual sobre las orejas les cortó el pelo; y
hecho esto, sin que le oyeran, se volvió a dormir.
El rey, levantado por la mañana, mandó
que, antes que las puertas del palacio se abriesen, toda su
servidumbre viniese ante él; y así se hizo. A todos los
cuales, estando delante de él sin nada en la cabeza, empezó
a mirar para reconocer al que él había tonsurado; y
viendo a la mayoría de ellos con los cabellos de un mismo modo
cortados, se maravilló, y se dijo:
«Aquel a quien estoy buscando, aunque de baja
condición sea, bien muestra ser hombre de alto ingenio.»
Luego, viendo que sin divulgarlo no podía
encontrar al que buscaba, dispuesto a no querer por una pequeña
venganza cubrirse de gran vergüenza, sólo con unas
palabras le plugo amonestarlo y mostrarle que se había dado
cuenta de lo ocurrido; y volviéndose a todos, dijo:
Quien lo hizo que no lo haga más, e idos
con Dios.
Otro habría querido darle suplicio, martirizarlo,
interrogarle y preguntarle y al hacerlo habría descubierto lo
que cualquiera debe tratar de ocultar; y al ponerse al descubierto,
aunque se hubiera vengado cumplidamente, no menguado sino mucho
habría aumentado su vergüenza y manchado el honor de su
mujer. Los que aquellas palabras oyeron se maravillaron y largamente
dilucidaron entre sí qué habría querido decir el
rey con aquello, pero no hubo ninguno que lo entendiese sino sólo
aquel a quien tocaba. El cual, como sabio, nunca, en vida del rey lo
descubrió, ni nunca más su vida con tal acción
fió a la fortuna.
NOVELA TERCERA
Bajo
especie de confesión y de purísima conciencia una
señora enamorada de un joven induce a un grave fraile, sin
darse él cuenta, a hallar la manera de que el placer de ella
tuviese entero cumplimiento.
Callaba ya Pampínea, y ya la osadía y la
cautela del palafrenero había sido alabada por muchos de
ellos, y semejantemente el buen juicio del rey, cuando la reina,
volviéndose hacia Filomena, le ordenó continuar; por lo
cual Filomena, graciosamente comenzó a, hablar así :
Yo entiendo contaros una burla que fue muy justamente
hecha por una hermosa señora a un grave fraile, que tanto más
a todo seglar agrada cuanto que éstos (la mayoría
estupidísimos y hombres de extrañas maneras y
costumbres) se creen que más que los otros en todas las cosas
valen y saben, cuando son de mucho menor valor, como quienes por
vileza de ánimo, no teniendo inventiva para sustentarse como
los demás hombres, se refugian donde puedan tener qué
comer, como el puerco. La que, oh amables señoras, os contaré
no sólo por obedecer la orden impuesta sino también
para advertiros de que también los religiosos (a quienes
nosotras, sobremanera crédulas, demasiada fe prestamos) pueden
ser y son algunas veces, no ya por los hombres sino por algunas de
nosotras, sagazmente burlados.
En nuestra ciudad, más llena de engaños
que de amor o lealtad, no hace todavía muchos años,
hubo una noble señora adornada de belleza y de costumbres, con
alteza de ánimo y con sutiles agudezas tan dotada como la que
más por la naturaleza, cuyo nombre (ni tampoco ninguno otro
que pertenezca a la presente historia) aunque yo lo sepa, no entiendo
descubrir porque todavía viven algunos que se llenarían
por ello de indignación cuando con risa se debe hablar de
ello. Ésta, pues, viéndose nacida de alto linaje y
casada con un artesano lanero porque era riquísimo, no
pudiendo deponer el desdén de su ánimo según el
cual estimaba que ningún hombre de baja condición, por
riquísimo que fuese, era digno de mujer noble; y viéndole
a él además, con todas sus riquezas, no ser capaz de
nada sino de saber distinguir una mezcla o hacer urdir una tela o una
hilandera disputar sobre lo hilado, se propuso no querer de ninguna
manera sus abrazos sino cuando no pudiera negárselos, sino
encontrar alguien a su gusto que le pareciese más digno de
ellos que el lanero.
Y enamoróse de un muy valeroso hombre y de
mediana edad tanto que, el día que no lo veía no podía
pasar la noche siguiente sin sentimiento; pero el hombre de pro, no
dándose cuenta de aquello, nada se preocupaba, y ella, que muy
cauta era, ni por embajada de ninguna mujer ni por carta osaba
hacérselo saber, temiendo que podrían sobrevenir
posibles peligros. Y dándose cuenta que aqué l
frecuentaba mucho a un religioso que, aunque fuera zopenco y obtuso,
no dejaba de tener fama entre todos de hombre de mucha valía
porque era de santísima vida, juzgó que aqué l
podía ser óptimo intermediario entre ella y su amante.
Y habiendo pensado qué le convenía hacer, se fue a una
hora oportuna a la iglesia donde él iba y, haciéndole
llamar, dijo que cuando le placiera, con él quería
confesarse. El fraile, viéndola y estimándola mujer de
linaje, la escuchó de buena gana, y ella después de la
confesión dijo:
Padre mío, necesito recurrir a
vos por ayuda y por consejo en lo que vais a oír. Yo sé ,
porque os lo he dicho, que conocéis a mis parientes y a mi
marido, por el cual soy amada más que su vida, y ninguna cosa
deseo que él, como hombre que es riquísimo y que puede
bien hacerlo, no lo adquiera incontinenti; por las cuales cosas más
que a mímisma le amo; y dejemos aparte que lo hiciese, pero
si siquiera pensase alguna cosa que contra su honor o gusto fuera,
ninguna mujer culpable sería más digna del fuego que
yo. Ahora, uno de quien en verdad no sé el nombre, pero que me
parece persona de bien, y si no estoy engañada os frecuenta
mucho, apuesto y alto en la persona, vestido de paños oscuros
muy honrados(92)
tal vez no percatándose de que mi intención era tal
como es, parece que me ha puesto sitio y no puedo asomarme a puerta
ni ventana ni salir de casa sin que él incontinenti no se
ponga delante; y me maravillo de que no estéaquí
ahora; de lo que mucho me duele, porque tales maneras hacen con
frecuencia a las damas honestas ser censuradas sin culpa. He tenido
en el ánimo hacérselo decir alguna vez a mis hermanos,
pero luego he pensado que los hombres hacen algunas veces las
embajadas de manera que las respuestas que se siguen son malas, de lo
que nacen palabras, y de las palabras se llega a las obras; por lo
que, para que daño y escándalo no se provocasen de
ello, me lo he callado, y deliberédecíroslo antes a
vos que a otros, tanto porque me parece que su amigo sois como
también porque a vos os está bien de tales cosas no ya
a los amigos sino a los extraños reprender. Por lo que os
ruego en nombre de Dios que le reprendáis y roguéis que
no siga con estas costumbres. Hay bastantes mujeres que por ventura
estarán dispuestas a estas cosas y les agradará ser
miradas y deseadas por él, mientras a míme es
gravísima molestia, como que de ningún modo tengo el
ánimo dispuesto a tal materia.
Y dicho esto, como si lagrimear quisiese, bajó la
cabeza. El santo fraile comprendió en seguida que hablaba de
aquel de quien verdaderamente hablaba, y alabando mucho a la señora
por esta su buena disposición firmemente creyendo ser verdad
lo que decía, le prometió actuar así y de tal
manera que por aquel tal no sería molestada, y sabiendo que
era muy rica, le alabó las obras de caridad y las limosnas,
contándole sus necesidades. A lo que la señora dijo:
Os lo ruego por Dios; y si lo negase, decidle con
firmeza que soy yo quien os ha dicho esto y a vos me he dolido.
Y luego, hecha la confesión e impuesta la
penitencia, acordándose de los encomios hechos por el fraile a
las limosnas, llenándole ocultamente la mano de dineros, le
rogó que dijese misas por el alma de sus muertos; y
levantándose de junto a sus pies, se volvió a casa.
A ver al santo fraile no después de mucho tiempo,
como acostumbraba vino el hombre de pro; al cual, luego de que de una
cosa y de otra hubieran hablado juntos durante algún tiempo,
llevándole aparte, con modos muy corteses le reprendió
la atención y las miradas que creía que dedicaba a
aquella señora, tal como ella le había explicado. El
hombre de pro se maravilló, como quien nunca la había
mirado y rarísimas veces acostumbraba a pasar por delante de
su casa, y empezó a querer excusarse; pero el fraile no le
dejóhablar, sino que le dijo:
Ahora, no finjas maravillarte ni gastes palabras
en negarlo, porque no puedes; no he sabido estas cosas por los
vecinos: ella misma, mucho quejándose de ti, me las ha dicho.
Y si a ti estas chanzas ya no te están bien, de ella te digo
esto: que, si jamás he encontrado alguna esquiva a estas
tonterías, ella es; y por ello, por tu honor y por tu
tranquilidad, te ruego que te retraigas y déjala estar en paz.
El hombre de pro, más agudo que el santo fraile,
sin demasiada tardanza la argucia de la mujer comprendió , y
mostrando avergonzarse un tanto, dijo que no se entrometería
en aquello de allíen adelante; y separándose del
fraile, de su casa fue a la de la señora, la cual siempre
estaba asomada a una pequeña ventana por verlo si pasaba. Y
viéndolo venir, tan alegre y tan graciosa se le mostró
que él asaz bien pudo comprender que había la verdad
entendido por las palabras del fraile; y de aquel día en
adelante, asaz cautamente, con placer suyo y con grandísimo
deleite y consuelo de la señora fingiendo que otro asunto
fuese el motivo, continuópasando por aquel barrio.
Pero la señora después de algún
tiempo, ya convencida de que le gustaba tanto como él a ella,
deseosa de inflamarlo más y asegurarle del amor que le tenía,
buscando el lugar y el momento, al santo fraile volvió , y
echándosele a los pies en la iglesia, empezó a llorar.
El fraile, viendo esto, le preguntócompasivamente que qué
novedad traía. La señora repuso:
Padre mío, las noticias que traigo no son
sino de aquel maldito de Dios amigo vuestro de quien me he quejado a
vos hace unos días, porque creo que haya nacido para irritarme
grandemente y para hacerme hacer algo por lo que nunca podré
ya estar contenta ni me atreveréa ponerme aquía
vuestros pies.
¡Cómo! dijo el fraile,
¿no ha dejado de molestarte?
Cierto que no dijo la señora,
pues desde que me quejéa vos de ello, como por despecho,
habiendo tomado sin duda a mal que me haya quejado a vos, por una vez
que pasaba, creo que después ha pasado siete por allí.
Y quisiera Dios que el pasar y el mirarme le hubiera bastado; pero ha
sido tan atrevido y tan descarado que hasta ayer me mandó a
una mujer a casa con noticias suyas y con sus vanidades, y como si yo
no tuviese escarcelas o cintos me mandó una escarcela y un
cinto, lo que he tomado y tomo tan a mal que creo que si no hubiera
pensado en el escándalo, y también por vuestro amor,
habría armado un zipizape; pero al fin me he serenado y no he
querido hacer ni decir nada sin hacéroslo saber antes. Y
además de esto, habiendo ya devuelto la escarcela y el cinto a
la mujercilla que los había traído, para que se los
devolviese, y habiéndola despedido de malos modos, temiendo
que se fuera a quedar con ellos y le dijera que yo los había
aceptado, como entiendo que hacen algunas veces, la volvía
llamar y llena de enojo se los quitéde la mano y os los he
traído a vos, para que se los deis y le digáis que no
tengo necesidad de sus cosas, porque, por merced de Dios, y de mi
marido, tengo tantas escarcelas y tantos cintos que podría
enterrarle con ellos. Y luego de esto, como ante su padre me excuso
ante vos de que si no se corrige, lo diréa mi marido y a mis
hermanos, y que suceda lo que sea; que más quiero que él
reciba injurias si debe recibirlas que ser difamada por su culpa; ¡y
hermano, así está ello!
Y dicho esto, siempre llorando fuertemente, se sacó
de debajo de la saya una preciosísima y rica escarcela con un
valioso y elegante cintillo y se la echó al fraile en el
regazo; el cual, totalmente creyendo lo que la señora le
decía, airado desmesuradamente lo tomó y dijo:
Hija, si de estas cosas te enojas no me maravillo
ni te reprendo por ello; sino que mucho te alabo que sigas en esto
mis consejos. Yo le reprendíel otro día, y él
mal ha cumplido lo que me prometió; por lo que, entre aquello
y esto que acaba de hacer entiendo tirarle de las orejas de tal
manera que no te moleste más; y tú , con la bendición
de Dios, no te dejes vencer tanto por la ira que vayas a decírselo
a alguno de los tuyos, que podría seguirse de ello mucho mal.
Y no pienses que de esto te va a venir ninguna calumnia, que yo seré
siempre, ante Dios y ante los hombres, firmísimo testigo de tu
honestidad.
La señora fingió consolarse un tanto, y
dejando esta conversación, como quien su avaricia y la de los
demás conocía, dijo:
Señor, estas noches se me han aparecido
mucho mis padres en sueños y me parece que están en
grandísimas penas y lo que piden es limosnas, especialmente mi
mamá, que me parece tan afligida e infeliz que es una lástima
verla; creo que estépasando grandísimos sufrimientos
al verme en esta tribulación a causa de ese enemigo de Dios, y
por ello querría que me dijeseis por sus almas las cuarenta
misas gregorianas y vuestras oraciones, a fin de que Dios los saque
de aquel fuego atormentador.
Y dicho esto, le puso en la mano un florín. El
santo fraile lo tomó alegremente, y con buenas palabras y con
muchos ejemplos alentósu devoción y dándole su
bendición la dejóirse. Y cuando se fue la señora,
no dándose cuenta que le había tomado el pelo, mandó
a por su amigo; el cual, venido y viéndole airado, se
apercibióincontinenti de que había noticias de la
mujer, y esperó a ver qué decía el fraile. El
cual, repitiéndole las palabras que le había dicho
otras veces y hablándole ahora insultantemente y enojado, le
reprendió mucho por lo que le había dicho la señora
que había hecho. El hombre de pro, que todavía no veía
adónde el fraile quería llegar, negaba con bastante
blandura que le hubiera mandado la escarcela y el cinto, para que el
padre no lo creyese, si por acaso la mujer se la hubiera dado. Pero
el padre, muy enfadado, dijo:
¿Cómo puedes negarlo, mal hombre?
Ahílo tienes, que ella misma llorando me lo ha traído:
¡mira a ver si lo conoces!
El hombre de pro, haciendo como que se avergonzaba
mucho, dijo:
Claro que lo conozco, y os confieso que he hecho
mal; y os juro que, pues que en esa disposición la veo, que
nunca más oiréis una palabra de esto.
Ahora, las palabras fueron muchas: al final, el borrego
del fraile le dio la escarcela y el cintillo a su amigo, y luego de
mucho haberle adoctrinado y rogado que no se ocupase más de
aquellas cosas, y habiéndoselo él prometido, le dio
licencia. El hombre de pro, contentísimo de la certeza que
tener le parecía del amor de la mujer y del hermoso presente,
cuando se separódel fraile se fue a un lugar de donde
cautamente hizo a su señora ver que tenía la una y la
otra cosa; de lo que la señora estuvo muy contenta, y más
aún porque le parecía que su invención iba de
bien en mejor.
Y no esperando nada más ya, sino a que su marido
se fuese a cualquier parte, para finalizar su obra, sucedió
que, por alguna razón, no mucho después de esto tuvo el
marido que ir hasta Génova. Y en cuanto se hubo montado a
caballo por la mañana y puesto en camino, se fue la señora
a donde el santo fraile, y luego de muchas quejumbres, llorando, le
dijo:
Padre mío, ahora sí os digo que no
puedo aguantar más; pero porque el otro día os prometí
que no haría nada que antes no os dijese, he venido a
excusarme con vos; y para que creáis que tengo razón en
llorar y quejarme, quiero deciros lo que vuestro amigo, o diablo del
infierno, me hizo esta mañana poco antes de maitines. No sé
qué mala suerte le hizo saber que mi marido se fue ayer por la
mañana a Génova; pero esta mañana, a la hora que
os he dicho, entró en un jardín mío y por un
árbol subióhasta la ventana de mi cámara, que
da sobre el jardín; y ya había abierto la ventana y
quería entrar en la cámara cuando yo, despertándome,
me levantéde repente y me había dispuesto a gritar, y
habría gritado a no ser que él, que todavía
dentro no estaba, me pidió merced por Dios y por vos,
diciéndome quién era; con lo que, al oírlo, por
amor vuestro me callé, y desnuda como nacícorrí
a cerrarle la ventana en la cara, y él en mala hora creo que
se fue, porque no lo sentímás. Ahora, si esto es cosa
que pueda aguantarse, decídmelo; en cuanto a mí, no
entiendo soportarle más pues por amor de vos ya le he sufrido
demasiadas.
El fraile al oír esto se sintiólo más
irritado del mundo y no sabía qué decir sino que muchas
veces le preguntósi había visto bien que fuese él
y no otro. A lo que la señora repuso:
¡Alabado sea Dios, si no voy a distinguirle
a él de cualquiera otro! Digo que vi que fue él, y
aunque lo negase él, no se lo creáis.
Dijo entonces el fraile:
Hija mía, no hay más que hablar, que
esto ha sido demasiado atrevimiento y una cosa demasiado mal hecha, e
hiciste lo que debías al echarlo de allícomo hiciste.
Pero te ruego, puesto que Dios te libródel deshonor, que, así
como has seguido mi consejo dos veces seguidas, lo hagas esta vez, es
decir, que sin quejarte de ello a ninguno de tus parientes me dejes
hacer a mí, y ver si puedo ponerle freno a ese demonio
desenfrenado que yo creía que era un santo; y si puedo llegar
a apartarle de esta bestialidad, bien; y si no pudiera, desde ahora
te doy permiso y mi bendición para que hagas lo que en tu
ánimo juzgues por bueno.
Pues bien dijo la señora, por
esta vez no quiero enfadaros ni desobedeceros, pero haced de manera
que se guarde de molestarme más, y os prometo no volver a
venir más por este asunto.
Y sin decir más, como enojada, se fue de donde el
fraile. Y apenas había salido de la iglesia la señora,
cuando el hombre de pro llegó , y fue llamado por el fraile; y
llevándole aparte, le dijo los mayores insultos que nunca se
han dicho a un hombre, desleal y perjuro y traidor llamándolo.
Éste, que ya otras dos veces había visto lo que querían
decir los reproches de este fraile, escuchándole con atención
e ingeniándose con respuestas perplejas en hacerle hablar,
primeramente le dijo:
¿A qué viene este enojo, señor
mío? ¿He crucificado a Cristo?
A lo que el fraile repuso:
¡Mirad el desvergonzado, oíd lo que
dice! Habla ni más ni menos como si hubieran pasado un año
o dos y el tiempo le hubiera hecho olvidar sus ignominias y
deshonestidad. ¿En los instantes que han pasado desde los
maitines de esta mañana se te han ido de la cabeza las
injurias que has hecho al prójimo? ¿Dónde has
estado poco antes del amanecer?
Respondió el hombre de pro:
No sé dónde he estado; muy pronto os
llega el recadero.
Es la verdad dijo el fraile que el
recadero ha venido: pienso que creíste que porque el marido no
estaba la noble señora iba a abrirte sus brazos incontinenti.
¡Ah, qué lindo, qué hombre honrado! ¡Se ha
hecho caminante nocturno, abridor de jardines y escalador de árboles!
¿Crees que con tu osadía vas a vencer la santidad de
esta mujer que de noche te le subes a las ventanas por los árboles?
Nada hay en el mundo que la desagrade tanto como tú ; y tú
no cejas. En verdad, dejemos que ella te lo ha demostrado muchas
veces, pero también con mis correcciones te has enmendado
mucho. Pero voy a decirte una cosa: hasta ahora, no por el amor que
te tenga, sino a instancias de mis ruegos ha callado lo que le has
hecho; pero no va a callarse más: le he dado permiso para que,
si la desagradas en algo más, haga lo que le parezca. ¿Y
qué harás si se lo dice a sus hermanos?
El hombre de pro, habiendo comprendido suficientemente
lo que le convenía, como mejor supo y pudo, con muchas
promesas tranquilizó al fraile; y despidiéndose de él,
al llegar maitines de la noche siguiente, entrando en el jardín
y subiendo por el árbol y hallando la ventana abierta, se
metió en la alcoba, y lo más pronto que pudo se echó
en los brazos de su hermosa señora. La cual, con grandísimo
deseo habiéndolo esperado, alegremente le recibió
diciendo:
Gracias sean dadas al señor fraile que tan
bien te enseñó el modo de venir.
Y después, tomando placer el uno del otro,
hablando y riéndose mucho de la simplicidad del bruto fraile,
injuriando los copos de lana y los peines y las cardenchas, juntos se
solazaron con deleite. Y poniendo en orden sus asuntos, de tal manera
hicieron que, sin tener que recurrir de nuevo al señor fraile,
muchas otras noches con igual contento se reunieron; al que pido a
Dios por su santa misericordia que me lleve pronto a míy a
todas las almas cristianas que lo deseen.
NOVELA CUARTA
Don Felice enseña al hermano Puccio cómo ganar la
bienaventuranza haciendo una penitencia que él conoce; la que
el hermano Puccio hace, y don Felice, mientras tanto, con la mujer
del hermano se divierte(93)
Luego de que Filomena, terminada su historia, se calló,
habiendo Dioneo con dulces palabras mucho alabado el ingenio de la
señora y también la plegaria hecha por Filomena al
terminar, la reina miróhacia Pánfilo sonriéndose
y dijo:
Pues ahora, Pánfilo, alarga con alguna
cosilla placentera nuestro entretenimiento.
Pánfilo prontamente repuso que de buen grado, y
comenzó:
Señora, bastantes personas hay que, mientras se
esfuerzan en ir al paraíso, sin darse cuenta a quien mandan
allíes a otro; lo que a una vecina nuestra, no hace todavía
mucho tiempo, tal como podréis oír, le sucedió .
Según he oído decir, vecino
de San Brancazio(94)
vivía un hombre bueno y rico que era llamado Puccio de
Rinieri, que luego, habiéndose entregado por completo a las
cosas espirituales, se hizo beato de esos de San Francisco(95)
y tomó el nombre de hermano Puccio; y siguiendo su vida
espiritual, como otra familia no tenía sino su mujer y una
criada, y no necesitaba ocuparse en ningún oficio, iba mucho a
la iglesia. Y porque era hombre simple y de ruda índole, decía
sus padrenuestros, iba a los sermones, iba a las misas y nunca
faltaba a las laúdes que cantaban los seglares; y ayunaba y se
disciplinaba, y se había corrido la voz de que era de los
flagelantes. La mujer, a quien llamaban señora Isabetta, joven
de sólo veintiocho o treinta años, fresca y hermosa y
redondita que parecía una manzana casolana(96)
por la santidad del marido y tal vez por la vejez estaba con mucha
frecuencia a dietas mucho más largas de lo que hubiera
querido; y cuando hubiera querido dormirse, o tal vez juguetear con
él, él le contaba la vida de Cristo o los sermones de
fray Anastasio o el llanto de la Magdalena u otras cosas semejantes.
Volvió en estos tiempos de París un monje
llamado don Felice, del convento de San Brancazio, el cual bastante
joven y hermoso en su persona era, y de agudo ingenio y de profunda
ciencia, con el cual fray Puccio se ligó con estrecha amistad.
Y porque él todas sus dudas se las resolvía, y además,
habiendo conocido su condición, se le mostraba santísimo,
empezó el hermano Puccio a llevárselo algunas veces a
casa y a darle de almorzar y cenar, según venía al
caso; y la mujer también, por amor de fray Puccio, se había
hecho a su compañía y de buen grado le hacía los
honores. Continuando, pues, el monje las visitas a casa de fray
Puccio y viendo a la mujer tan fresca y redondita, se dio cuenta de
cuál era la cosa de que más carecía; y pensó
si no podría, por quitarle trabajos a fray Puccio, suplírsela
él. Y echándole miradas una y otra vez, bien
astutamente, tanto hizo que encendió en su mente aquel mismo
deseo que él tenía; de lo que habiéndose
apercibido el monje, lo antes que pudo habló con ella de sus
deseos.
Pero aunque bien la encontrase dispuesta a rematar el
asunto, no se podía encontrar el modo, porque ella de ningún
lugar del mundo se fiaba para estar con el monje sino de su casa; y
en su casa no se podía porque el hermano Puccio no salía
nunca de la ciudad. Por lo que el monje tenía gran pesar; y
luego de mucho se le ocurrió un modo de poder estar con la
mujer en su casa sin sospechas, aunque el hermano Puccio allí
estuviera. Y habiendo un día ido a estar con él el
hermano Puccio, le dijo así .
Ya me he dado cuenta muchas veces, hermano Puccio,
de que tu mayor deseo es llegar a ser santo, a lo que me parece que
vas por un camino demasiado largo cuando hay uno que es muy corto,
que el papa y sus otros prelados mayores, que lo saben y lo ponen en
práctica, no quieren que se divulgue porque el orden clerical,
que la mayoría vive de limosna, incontinenti sería
deshecho, como que los seglares dejarían de atenderle con
limosnas y otras cosas. Pero como eres amigo mío y me has
honrado mucho, si yo creyera que no vas a decírselo a nadie en
el mundo, y quisieras seguirlo, te lo enseñaría.
El hermano Puccio, deseando aquella cosa, primero empezó
a rogarle con grandísimas instancias que se la enseñase
y luego a jurarle que jamás, sino cuando él quisiera, a
nadie lo diría, afirmando que si tal cosa era que pudiera
seguirla, se pondría a ello.
Puesto que así me lo prometes dijo el
monje te la explicaré. Debes saber que los santos
Doctores sostienen que quien quiere llegar a bienaventurado debe
hacer la penitencia que vas a oír; pero entiéndelo
bien: no digo que después de la penitencia no seas tan pecador
corno eres, pero sucederá que los pecados que has hecho hasta
la hora de la penitencia estarán purgados y mediante ella
perdonados y los que hagas después no se escribirán
para tu condenación sino que se irán con el agua
bendita como ahora hacen los veniales. Debe, pues, el hombre con gran
diligencia confesarse de sus pecados cuando va a comenzar la
penitencia, y luego de ello debe comenzar un ayuno y una abstinencia
grandísima, que conviene que dure cuarenta días, en los
que no ya de otra mujer sino de tocar la suya propia debe abstenerse.
Y además de esto, tienes que tener en tu propia casa algún
sitio donde por la noche puedas ver el cielo, y hacia la hora de
completas irte a este lugar; y tener allíuna tabla muy ancha
colocada de guisa que, estando en pie, puedas apoyar los riñones
en ella y, con los pies en tierra, extender los brazos a guisa de
crucifijo; y si los quieres apoyar en alguna clavija puedes hacerlo;
y de esta manera mirando el cielo, estar sin moverte un punto hasta
maitines. Y si fueses letrado te convendría en este tiempo
decir ciertas oraciones que voy a darte; pero como no lo eres debes
rezar trescientos padrenuestros con trescientas avemarías y
alabanzas a la Trinidad, y mirando al cielo tener siempre en la
memoria que Dios ha sido el creador del cielo y de la tierra, y la
pasión de Cristo estando de la misma manera en que estuvo él
en la cruz. Luego, al tocar maitines, puedes si quieres irte, y así
vestido echarte en la cama y dormir; y a la mañana siguiente
debes ir a la iglesia y oír allípor lo menos tres
misas y decir cincuenta padrenuestros con otras tantas avemarías
y, después de esto, con sencillez hacer algunos de tus
negocios si tienes alguno que hacer, y luego almorzar e ir después
de vísperas a la iglesia y decir ciertas oraciones que te daré
escritas, sin las que no se puede pasar, y luego a completas volver a
lo antes dicho. Y haciendo esto, como yo he hecho, espero que al
terminar la penitencia sentirás la maravillosa sensación
de la beatitud eterna, si la has hecho con devoción.
El hermano Puccio dijo entonces:
Esto no es cosa demasiado pesada ni demasiado
larga, y debe poderse hacer bastante bien; y por ello quiero empezar
el domingo en nombre de Dios.
Y separándose de él y yéndose a
casa, ordenadamente, con su licencia para hacerlo, a su mujer contó
todo. La mujer entendió demasiado bien, por aquello de estarse
quieto hasta la mañana sin moverse, lo que quería decir
el monje, por lo que, pareciéndole buen invento, le dijo que
de esto y de cualquiera otro bien que hiciese a su alma, estaba ella
contenta; y que, para que Dios hiciera su penitencia provechosa,
quería con él ayunar, pero hacer lo demás no.
Habiendo quedado, pues, de acuerdo, llegado
el domingo, el hermano Puccio empezósu penitencia, y el señor
fraile, habiéndose puesto de acuerdo con la mujer, a una hora
en que ser visto no podía, la mayoría de las noches
venía a cenar con ella, trayendo siempre con él buenos
manjares y bebidas; luego, se acostaba con ella hasta la hora de
maitines, a la cual, levantándose, se iba, y el hermano Puccio
volvía a la cama. Estaba el lugar que el hermano Puccio había
elegido para cumplir su penitencia junto a la alcoba donde se
acostaba la mujer, y nada más estaba separado de ella por una
pared delgadísima; por lo que, retozando el señor monje
demasiado desbocadamente con la mujer y ella con él, le
pareció al hermano Puccio sentir un temblor del suelo de la
casa; por lo que, habiendo ya dicho cien de sus padrenuestros,
haciendo una pausa, llamó a la mujer sin moverse, y le
preguntóqué hacía. La mujer, que era ingeniosa,
tal vez cabalgando entonces en la bestia de San Benito o la de San
Juan Gualberto(97)
respondió :
¡A fe, marido, que me meneo todo lo que
puedo!
Dijo entonces el hermano Puccio:
¿Cómo que te meneas? ¿qué
quiere decir eso de menearte?
La mujer, riéndose, porque aguda y valerosa era,
y porque tal vez tenía motivo de reírse, respondió :
¿Cómo no sabéis lo que quiero
decir? Pues yo lo he oído decir mil veces: «Quien por la
noche no cena, toda la noche se menea».
Se creyó el hermano Puccio que el ayuno, que con
él fingía hacer, fuese la razón de no poder
dormir, y que por ello se meneaba en la cama; por lo que, de buena
fe, dijo:
Mujer, ya te lo he dicho: «No ayunes»;
pero puesto que lo has querido hacer no pienses en ello; piensa en
descansar; que das tales vueltas en la cama que haces moverse todo.
Dijo entonces la mujer:
No os preocupéis, no; bien sé lo que
me hago; haced bien lo vuestro que yo harébien lo mío
si puedo.
Se calló entonces, pues, el hermano Puccio y
volvió a sus padrenuestros, y la mujer y el señor monje
desde aquella noche en adelante, haciendo colocar una cama en otra
parte de la casa, allímientras duraba el tiempo de la
penitencia del hermano Puccio con grandísima fiesta se
estaban; y a un tiempo se iba el monje y la mujer volvía a su
cama, y a los pocos instantes de su penitencia venía a ella el
hermano Puccio. Continuando, pues, en tal manera el hermano la
penitencia y la mujer con el monje su deleite, muchas veces bromeando
le dijo:
Túhaces hacer una penitencia al hermano
Puccio que nos ha ganado a nosotros el paraíso.
Y pareciéndole a la mujer que le iba bien, tanto
se aficionó a las comidas del monje, que habiendo sido por el
marido largamente tenida a dieta, aunque se terminase la penitencia
del hermano Puccio, encontró el modo de alimentarse con él
en otra parte, y con discreción mucho tiempo en él tomó
su placer. Por lo que, para que las últimas palabras no sean
discordantes de las primeras, sucedió que, con lo que el
hermano Puccio creyó que ganaba el paraíso haciendo
penitencia, mandó allí al monje (que antes le había
enseñado el camino de ir) y a la mujer que vivía con él
en gran penuria de lo que el señor monje, como misericordioso,
le dio abundantemente.
NOVELA QUINTA
El
Acicalado regala a micer Francesco Vergellesi un palafrén
suyo, y por ello habla a su mujer con su permiso; y como ella calla,
él se contesta como si fuera ella, y a su respuesta le sigue
el efecto consiguiente.
Había Pánfilo terminado la historia del
hermano Puccio, no sin risas de las señoras, cuando
señorialmente la reina mandó a Elisa que continuase; la
cual, un sí es no es desdeñosa no por malicia sino por
hábito antiguo, así empezó a hablar:
Muchos que mucho saben, se creen que otros no saben
nada, y ellos, muchas veces, mientras creen engañar a otros,
después conocen que han sido los engañados; por la cual
cosa reputo gran locura la de quien se pone sin necesidad de probar
las fuerzas del ingenio ajeno. Pero porque tal vez todos no serían
de mi opinión, lo que sucedió a un caballero pistoyés,
siguiendo el orden de los razonamientos, me place contaros:
Hubo en Pistoya en la familia de los
Vergellesi un caballero llamado micer Francesco(98)
hombre muy rico y sabio y precavido además, pero avarísimo
sin mesura; el cual, debiendo ir a Milán como podestá,
de todas las cosas oportunas para ir honradamente se había
provisto, salvo de un palafrén que fuese adecuadamente bueno
para su rango; y no encontrando ninguno que le agradase, estaba
preocupado por ello. Había entonces un joven en Pistoya cuyo
nombre era Ricciardo, de bajo nacimiento pero muy rico, que tan
adornado y pulido iba en su persona, que era generalmente llamado el
Acicalado; y durante mucho tiempo había amado y cortejado en
vano a la mujer de micer Francesco, la cual era hermosísima y
muy honesta.
Pues éste tenía uno de los más
bellos palafrenes de Toscana, y lo tenía en mucho aprecio por
su belleza; y siendo público a todo el mundo que cortejaba a
la mujer de micer Francesco, hubo quien le dijo que si él se
lo pidiese lo obtendría por el amor que el tal Acicalado tenía
a su mujer. Micer Francesco, llevado por la avaricia, haciendo llamar
al Acicalado le pidió que vendiese su palafrén, para
que el Acicalado se lo ofreciese como presente. El Acicalado, al oír
aquello, se puso contento, y respondió al caballero:
Micer, si me dieseis todo lo que tenéis en
el mundo no podríais comprarme mi palafrén; pero como
don podríais tenerlo cuando gustaseis con esta condición:
que yo, antes de que lo toméis, pueda, con vuestra venia y en
vuestra presencia, decir algunas palabras a vuestra mujer tan
apartado de toda persona que no sea oído más que por
ella.
El caballero, llevado por la avaricia y esperando poder
burlarle, repuso que le placía, y que cuanto él
quisiese; y dejándolo en la sala de su palacio, se fue a la
cámara de la señora, y cuando le hubo dicho qué
fácilmente podía ganar el palafrén, le ordenó
que viniera a oír al Acicalado, pero que se guardase de
contestarle poco ni mucho a nada que él le dijera. La señora
reprobómucho aquello, pero como le convenía dar gusto
al marido, dijo que lo haría, y detrás del marido se
fue a la sala a oír lo que el Acicalado quisiera decirle. El
cual habiendo confirmado su pacto con el caballero, en una parte de
la sala bastante alejada de cualquier persona se sentójunto a
la señora y comenzó a hablar así :
Honrada señora, me parece ser cierto que
sois tan sabía, que muy bien, hace mucho tiempo, habréis
podido comprender a cuán grande amor me ha llevado a teneros
vuestra hermosura, que sin falta sobrepasa cualquiera otra que me
haya parecido ver. Dejo a un lado las costumbres loables y las
singulares virtudes que en vos hay, las cuales tendrían fuerza
para apresar cualquier alto ánimo de cualquier hombre; y por
ello no es necesario que os muestre con palabras que aqué l ha
sido el mayor y más ferviente que jamás hombre alguno
sintióhacia alguna mujer, y así será sin falta
mientras mi mísera vida sostenga estos miembros, y más
aún, que, si allícomo aquíse ama,
perpetuamente os amaré. Y por ello podéis estar segura
que nada tenéis, sea precioso o de poco valor, que más
vuestro podáis tener y en todo momento disponer de ello como
de mí, por lo que yo valga, y semejantemente de mis cosas. Y
para que tengáis certísima prueba de esto, os digo que
reputarécomo la mayor gracia que cualquiera cosa que yo
pudiera hacer y que os pluguiese me mandaseis, que nada habrá
que, mandándolo yo, todos prestísimamente no me
obedecieran. Por lo cual, si soy tan vuestro como oís que lo
soy, no osaréinmerecidamente elevar mis ruegos a vuestra
alteza, de la cual tan sólo toda mi paz, todo mi bien y mi
salud puede venirme, y no de otra parte: y así como
humildísimo servidor os ruego, caro bien mío y única
esperanza de mi alma, que esperando que el amoroso fuego en vos se
alimente, que vuestra benignidad sea tanta, y así ablande
vuestra pasada dureza mostrada hacia mí(que vuestro soy) que
yo, reconfortado con vuestra piedad, pueda decir que como de vuestra
hermosura me he enamorado, por ella he de tener la vida; la cual, si
a mis ruegos el altanero ánimo vuestro no se inclina, sin
falta desfallecerá, y me moriré, y podréis ser
llamada homicida mía. Y dejemos que mi muerte no os hiciese
honor, no dejo de creer que, remordiéndoos alguna vez la
conciencia no os dolería haberlo hecho, y tal vez, mejor
dispuesta, con vos misma diríais: «¡Ah!, ¡qué
mal hice al no tener misericordia de mi Acicalado!». Y no
sirviendo de nada este arrepentiros os sería ocasión de
mayor sufrimiento; por lo que, para que no suceda, ahora que
socorrerme podéis, tenedme lástima, y antes de que
muera moveos a tener misericordia de mí, porque en vos sola
está el hacerme el más feliz y el más doliente
hombre que vive. Espero que sea tanta vuestra cortesía que no
sufráis que por tanto y tal amor reciba la muerte por
galardón, sino con alegre respuesta y llena de gracia
reconfortéis mis espíritus que todos espantados
tiemblan ante vuestra presencia.
Y callándose aquí, algunas lágrimas,
después de profundísimos suspiros, vertidas, se puso a
esperar lo que la noble señora le respondiera. La señora,
a la cual el largo cortejar, el justar, las serenatas y las demás
cosas semejantes a éstas hechas por amor suyo por el Acicalado
no habían podido conmover, conmovieron las afectuosas palabras
dichas por el ferventísimo amante, y comenzó a sentir
lo que antes nunca había sentido, esto es, qué era
amor. Y aunque, por obedecer la orden dada por el marido, callase, no
pudo por ello dejar de esconder con algún suspirillo lo que de
buena gana, respondiendo al Acicalado, hubiera puesto de manifiesto.
El Acicalado, habiendo esperado un tanto y viendo que
ninguna respuesta le seguía, se maravilló, y enseguida
empezó a darse cuenta del arte usada por el caballero; pero
sin embargo, mirándola a la cara y viendo algún
fulgurar de sus ojos hacia él algunas veces vueltos, y además
de ello sintiendo los suspiros que con toda la fuerza de su pecho
dejaba salir, cobró alguna esperanza y, ayudado por ella, tuvo
una rara idea; y comenzócomo si fuera la señora,
oyéndolo ella, a responderse a sí mismo de tal guisa:
Acicalado mío, sin duda ha gran tiempo que
me he apercibido de que tu amor hacia míes grandísimo
y perfecto, y ahora por tus palabras mayormente lo conozco, y estoy
contenta, como debo. Empero, si dura y cruel te he parecido, no
quiero que creas que en mi ánimo he sido como he mostrado en
el gesto; pues siempre te he amado y querido más que a
cualquier hombre, pero me ha convenido hacerlo así por miedo
de los demás y por preservar mi fama de honestidad. Pero ahora
viene el tiempo en que podréclaramente mostrarte si te amo y
concederte el galardón del amor que me has tenido y me tienes;
y por ello consuélate y ten esperanza porque micer Francesco
está por irse dentro de pocos días a Milán como
podestá, como sabes tú , que por amor mío le has
donado tu hermoso palafrén; y cuando se haya ido, sin falta te
doy palabra, por el buen amor que te tengo, que no pasarán
muchos días sin que te reúnas conmigo y a nuestro amor
demos placentero y entero cumplimiento. Y para que no te tenga otra
vez que hablar de esta materia, desde ahora te digo que el día
en que veas dos paños de manos tendidos en la ventana de mi
alcoba, que da sobre nuestro jardín, aquella noche, cuidando
bien de no ser visto, ven a mípor la puerta del jardín:
me encontrarás allíesperándote y juntos
tendremos toda la noche fiesta y placer el uno con el otro tanto como
deseemos.
Apenas había el Acicalado hablado así como
si fuera él la señora, cuando empezó a hablar
por sí mismo, y respondió así :
Carísima señora, está por la
superabundante alegría de vuestra favorable respuesta tan
colmada toda mi virtud que apenas puedo formular la respuesta para
rendiros las debidas gracias, pero si pudiese hablar como deseo,
ningún término es tan largo que me bastase a poder
agradeceros plenamente como querría y como me convendría
hacer; y por ello a vuestra discreta consideración atañe
conocer lo que yo, aunque lo desee, no puedo explicar con palabras.
Sólo os digo que lo que me habéis ordenado pensaré
en hacer sin falta, y tal vez entonces, más tranquilizado con
tan gran don como me habéis concedido, me imaginaré
cuanto pueda en daros las gracias mayores que pueda. Y pues aquí
no queda, al presente, nada que decir, carísima señora
mía, Dios os déaquella alegría y bien que
deseéis mayor, y a Dios os encomiendo.
A todo esto no dijo la señora una sola palabra;
con lo que el Acicalado se puso en pie y empezó a andar hacia
el caballero, el cual, viéndolo en pie, le salió al
encuentro, y riendo le dijo:
¿qué te parece? ¿He cumplido
bien mi promesa?
Micer, no repuso el Acicalado, que me
prometisteis dejarme hablar con vuestra mujer y me habéis
dejado hablar con una estatua de mármol. Estas palabras
agradaron mucho al caballero, el cual, aunque ya tenía buena
opinión de su mujer, todavía la tuvo mejor por ellas; y
dijo:
Ahora es bien mío el palafrén que
fue tuyo.
A lo que el Acicalado respondió :
Micer, sí , pero si yo hubiera creído
sacar de esta gracia recibida de vos tal fruto como he sacado, sin
pedírosla os lo habría dado; y quisiera Dios que lo
hubiera hecho, porque vos habéis comprado el palafrén y
yo no lo he vendido.
El caballero se rióde esto, y ya provisto de
palafrén, de allí a pocos días se puso en camino
y hacia Milán se fue como podestá. La mujer, quedándose
libre en su casa, dándole vueltas a las palabras del Acicalado
y al amor que le tenía y al palafrén que por su amor
había regalado, y viéndolo desde su casa pasar con
mucha frecuencia, se dijo:
«¿qué es lo que hago?, ¿por
qué pierdo mi juventud? Éste se ha ido a Milán y
no volverá hasta dentro de seis meses; ¿y cuándo
me los devolverá?, ¿cuando sea vieja? Y además
de esto, ¿cuándo volveréa encontrar un amante
como el Acicalado? Estoy sola, de nadie tengo que temer; no sé
porque no cojo el goce mientras puedo; no siempre tendréla
ocasión como la tengo ahora: esto no lo sabrá nunca
nadie, y si tuviera que saberse, mejor es hacer algo y arrepentirse
que no hacerlo y arrepentirse.»
Y así aconsejándose a sí misma, un
día puso dos paños de manos en la ventana del jardín,
como le había dicho el Acicalado; los cuales siendo vistos por
el Acicalado, contentísimo, al venir la noche, secretamente y
solo se fue a la puerta del jardín de la señora y lo
encontró abierto; y de aquíse fue a otra puerta que
daba a la entrada de la casa, donde encontró a la noble señora
que lo esperaba. La cual, viéndole venir, levantándose
a su encuentro, con grandísima fiesta le recibió, y él,
abrazándola y besándola cien mil veces, por la escalera
arriba la siguió; y sin ninguna tardanza acostándose,
los últimos términos del amor conocieron. Y no fue esta
vez la última, aunque fuese la primera: porque mientras el
caballero estuvo en Milán, y también después de
su vuelta, volvió allí, con grandísimo placer de
cada una de las partes, el Acicalado muchas otras veces.
NOVELA SEXTA
Ricciardo
Minútolo ama a la mujer de Filippello Sighinolfo, a la que
advirtiendo celosa y diciéndole que Filippello al día
siguiente va a reunirse con su mujer en unos baños, la hace ir
allíy, creyendo que ha estado con el marido se encuentra con
que con Ricciardo ha estado.
Nada más quedaba por decir a Elisa cuando,
alabada la sagacidad de Acicalado, la reina impuso a Fiameta que
procediese con una, y ella, toda sonriente, repuso:
Señora, de buen grado.
Y comenzó:
Algo conviene salir de nuestra ciudad, que
tanto como es copiosa en otras cosas lo es en ejemplos de toda clase,
y como Elisa ha hecho, algo de las cosas que por el mundo han
sucedido contar, y por ello, pasando a Nápoles, cómo
una de estas beatas que se muestran tan esquivas al amor fue por el
ingenio de su amante llevada a sentir los frutos del amor antes de
que hubiese conocido las flores(99)
lo que a un tiempo os recomendará cautela en las cosas que
puedan sobreveniros y os deleitará con las sucedidas.
En Nápoles, ciudad antiquísima
y tal vez tan deleitable, o más, que alguna otra en Italia,
hubo un joven preclaro por la nobleza de su sangre y espléndido
por sus muchas riquezas, cuyo nombre fue Ricciardo Minútolo(100)
el cual, a pesar de que por mujer tenía a una hermosísima
y graciosa joven, se enamoróde una que, según la
opinión de todos, en mucho sobrepasaba en hermosura a todas
las demás damas napolitanas, y era llamada Catella(101)
mujer de un joven igualmente noble llamado Filippello Sighinolfo(102)
al Cual ella, honestísima, más que a nada amaba y tenía
en aprecio. Amando, pues, Ricciardo Minútolo a esta Catella y
poniendo en obra todas aquellas cosas por las cuales la gracia y el
amor de una mujer deben poder conquistarse, y con todo ello no
pudiendo llegar a nada de lo que deseaba, se desesperaba, y del amor
no sabiendo o no pudiendo desenlazarse, ni sabía morir ni le
aprovechaba vivir.
Y en tal disposición estando, sucedió que
por las mujeres que eran sus parientes fue un día bastante
alentado para que se deshiciese de tal amor, por el que en vano se
cansaba, como fuera que Catella no tenía otro bien que
Filippello, del que era tan celosa que los pájaros que por el
aire volaban temía que se lo quitasen. Ricciardo, oídos
los celos de Catella, súbitamente imaginó una manera de
satisfacer sus deseos y comenzó a mostrarse desesperado del
amor de Catella y a haberlo puesto en otra noble señora, y por
amor suyo comenzó a mostrarse justando y contendiendo y a
hacer todas aquellas cosas que por Catella solía hacer. Y no
lo había hecho mucho tiempo cuando en el ánimo de todos
los napolitanos, y también de Catella, estaba que ya no a
Catella sino a esta segunda señora amaba sumamente, y tanto en
esto perseveró que tan por cierto por todos era tenido ello
que hasta Catella abandonó la esquivez que con él usaba
por el amor que tenerla solía, y familiarmente, como vecino,
al ir y al venir le saludaba como hacía a los otros.
Ahora, sucedió que, estando caluroso el tiempo,
muchas compañías de damas y caballeros, según la
costumbre de los napolitanos, fueron a recrearse a la orilla del mar
y a almorzar allíy a cenar allí; sabiendo Ricciardo
que Catella con su compañía había ido, también
él con sus amigos fue, y en la compañía de las
damas de Catella fue recibido, haciéndose primero rogar mucho,
como si no estuviese muy deseoso de quedarse allí. Allí
las señoras, y Catella con ellas, empezaron a gastarle bromas
sobre su nuevo amor, en el que mostrándose muy inflamado, más
les daba materia para hablar.
Al cabo, habiéndose ido una de las señoras
acá y la otra allá, como se hace en aquellos lugares,
habiéndose quedado Catella con pocas allídonde
Ricciardo estaba, dejó caer Ricciardo mirándola a ella
una alusión a cierto amor de Filippello su marido, por lo que
ella sintiósúbitos celos y por dentro comenzó
toda a arder en deseos de saber lo que Ricciardo quería decir.
Y luego de contenerse un poco, no pudiendo más contenerse,
rogó a Ricciardo que, por el amor de la señora a quien
él más amaba, le pluguiese aclararle lo que dicho había
de Filippello. El cual le dijo:
Me habéis conjurado por alguien por quien
no os oso negar nada que me pidáis, y por ello estoy pronto a
decíroslo, con que me prometáis que ni una palabra
diréis a él ni a otro, sino cuando veáis por los
hechos que es verdad lo que voy a contaros, que si lo queréis
os enseñarécómo podéis verlo.
A la señora le agradólo que le pedía,
y más creyó que era verdad, y le juróno decirlo
nunca. Retirados, pues, aparte, para no ser oídos por los
demás, Ricciardo comenzó a decirle así :
Señora, si yo os amase como os amé,
no osaría deciros nada que creyese que iba a doleros, pero
porque aquel amor ha pasado me cuidarémenos de deciros la
verdad de todo. No sé si Filippello alguna vez tomó a
ultraje el amor que yo os tenía, o si ha tenido el pensamiento
de que alguna vez fui amado por vos, pero haya sido esto o no, a mí
nunca me demostrónada. Pero tal vez esperando el momento
oportuno en que ha creído que yo menos sospechaba, muestra
querer hacerme a mílo que me temo que piensa que le haya
hecho yo, es decir, querer tener a mi mujer para placer suyo, y a lo
que me parece la ha solicitado desde hace no mucho tiempo hasta ahora
con muchas embajadas, que todas he sabido por ella, y ella le ha dado
respuesta según yo lo he ordenado. Pero esta mañana,
antes de venir aquí, encontrécon mi mujer en casa a
una mujer en secreto conciliábulo, que enseguida me pareció
que fuese lo que era; por lo que llaméa mi mujer y le
preguntéqué quería aqué lla. Me dijo: «Es
ese aguijón de Filippello, al que con ese darle respuestas y
esperanzas tú me has echado encima, y dice que del todo quiere
saber lo que entiendo hacer, y que, si yo quisiera, haría que
yo pudiera ir secretamente a una casa de baños de esta ciudad
y con esto me ruega y me cansa, y si no fuese porque me has hecho, no
sépor qué , tener estos tratos, me lo habría
quitado de encima de tal manera que jamás habría puesto
los ojos donde yo hubiera estado». Ahora me parece que ha ido
demasiado lejos y que ya no se le puede sufrir más, y
decíroslo para que conozcáis qué recompensa
recibe vuestra fiel lealtad por la que yo estuve a punto de morir. Y
para que no creáis que son cuentos y fábulas, sino que
podáis, si os dan ganas de ello, abiertamente verlo y tocarlo,
hice que mi mujer diese a aquella que esperaba esta respuesta: que
estaba pronta a estar mañana hacia nona, cuando la gente
duerme, en esa casa de baños, con lo que la mujer se fue
contentísima. Ahora, no creo que creáis que iba a
mandarla allí, pero si yo estuviese en vuestro lugar haría
que él me encontrase allíen lugar de aquella con quien
piensa encontrarse, y cuando hubiera estado un tanto con él,
le haría ver con quién había estado, y el honor
que le conviene se lo haría; y haciendo esto creo que se le
pondría en tanta vergüenza que en el mismo punto la
injuria que a vos y a míquiere hacer sería vengada.
Catella, al oír esto, sin tener en consideración
quién era quien se lo decía ni sus engaños,
según la costumbre de los celosos, dio súbitamente fe a
aquellas palabras, y ciertas cosas pasadas antes comenzó a
encajar con este hecho; y encendiéndose con súbita ira,
repuso que ciertamente ella haría aquello, que no era tan gran
trabajo hacerlo y que ciertamente si él iba allíle
haría pasar tal vergüenza que siempre que viera a alguna
mujer después se le vendría a la memoria. Ricciardo,
contento con esto y pareciéndole que su invento había
sido bueno y daba resultado, con otras muchas palabras la confirmó
en ello y acrecentósu credulidad, rogándole, no
obstante, que no dijese jamás que se lo había dicho él;
lo que ella le prometió por su honor.
A la mañana siguiente, Ricciardo se fue a una
buena mujer que dirigía aquellos baños que le había
dicho a Catella, y le dijo lo que entendía hacer, y le rogó
que en aquello le ayudase cuanto pudiera. La buena mujer, que muy
obligada le estaba, le dijo que lo haría de grado, y con él
concertólo que había de hacer o decir. Tenía
ésta, en la casa donde estaban los baños, una alcoba
muy oscura, como que en ella ninguna ventana por la que entrase la
luz había. Aqué lla, según las indicaciones de
Ricciardo, preparó la buena mujer e hizo dentro una cama lo
mejor que pudo, en la que Ricciardo, como lo había planeado,
se metió y se puso a esperar a Catella.
La señora, oídas las palabras de Ricciardo
y habiéndoles dado más fe de lo que merecían,
llena de indignación, volvió por la noche a casa,
adonde por acaso Filippello embebido en otro pensamiento también
volvió y no le hizo tal vez la acogida que acostumbraba a
hacerle. Lo que, viéndolo ella, tuvo mayores sospechas de las
que tenía, diciéndose a sí misma:
«En verdad, éste tiene el ánimo
puesto en la mujer con quien mañana cree que va a darse placer
y gusto, pero ciertamente esto no sucederá.»
Y con tal pensamiento, e imaginando qué debía
decirle cuando hubiera estado con él, pasótoda la
noche. Pero ¿a qué más? Venida nona, Catella
tomósu compañía y sin mudar de propósito
se fue a aquellos baños que Ricciardo le había
enseñado; y encontrando allí a la buena mujer le
preguntósi Filippello había estado allí aquel
día. A lo que la buena mujer, adoctrinada por Ricciardo, dijo:
¿Sois la señora que debe venir a
hablar con él?
Respondió Catella:
Sísoy.
Pues dijo la buena mujer, andad con
él.
Catella, que andaba buscando lo que no habría
querido encontrar, haciéndose llevar a la alcoba donde estaba
Ricciardo, con la cabeza cubierta entró en ella y cerró
por dentro. Ricciardo, viéndola venir, alegre se puso en pie y
recibiéndola en sus brazos dijo quedamente:
¡Bien venida sea el alma mía!
Catella, para mostrar que era otra de la que era, lo
abrazó y lo besóle hizo grandes fiestas sin decir una
palabra, temiendo que si hablaba fuese por él reconocida. La
alcoba era oscurísima, con lo que cada una de las partes
estaba contenta; y no por estar allímucho tiempo cobraban los
ojos mayor poder. Ricciardo la condujo a la cama y allí, sin
hablar para que no pudiese distinguirse la voz, por grandísimo
espacio con mayor placer y deleite de una de las partes que de la
otra estuvieron; pero luego de que a Catella le pareciótiempo
de dejar salir la concebida indignación, encendida por
ardiente ira, comenzó a hablar así .
¡Ay!, ¡qué mísera es la
fortuna de las mujeres y que mal se emplea el amor de muchas en sus
maridos! Yo, mísera de mí, hace ocho años ya que
te amo más que a mi vida, y tú , corno lo he sentido,
ardes todo y te consumes en el amor de una mujer extraña,
hombre culpable y malvado. ¿Pues con quién te crees que
has estado? Has estado con aquella que se ha acostado a tu lado
durante ocho años; has estado con aquella a quien con falsas
lisonjas has, tiempo ha, engañado mostrándole amor y
estando enamorado de otra. Soy Catella, no soy la mujer de Ricciardo,
traidor desleal: escucha a ver si reconoces mi voz, que soy ella; y
se me hacen mil años hasta que a la luz estemos para
avergonzarte como lo mereces, perro asqueroso y deshonrado. ¡Ah,
mísera de mí!, ¿a quién le he dedicado
tanto amor tantos años? A este perro desleal que, creyéndose
tener en brazos a una mujer extraña, me ha hecho más
caricias y ternuras en este poco tiempo que he estado aquícon
él que en todo el restante que he sido suya. ¡Hoy has
estado gallardo, perro renegado, cuando en casa sueles mostrarte tan
débil y cansado y sin fuerza! Pero alabado sea Dios que tu
huerto has labrado, no el de otro, como te creías. No me
maravilla que esta noche no te me acercases; esperabas descargar la
carga en otra parte y querías llegar muy fresco caballero a la
batalla: ¡pero gracias a Dios y mi artimaña, el agua por
fin ha bajado por donde debía! ¿Por qué no
contestas, hombre culpable? ¡Por Dios que no sé por qué
no te meto los dedos en los ojos y te los saco! Te creíste que
muy ocultamente podías hacer esta traición. ¡Por
Dios, tanto sabe uno como otro; no has podido: mejores sabuesos te he
tenido detrás de lo que creías!
Ricciardo gozaba para sí mismo con estas palabras
y, sin responder nada la abrazaba y la besaba y más que nunca
le hacía grandes caricias. Por lo que ella, que seguía
hablando, decía:
Sí, te crees que ahora me halagas con tus
caricias fingidas, perro fastidioso, y me quieres tranquilizar y
consolar; estás equivocado: nunca me consolaréde esto
hasta que no te haya puesto en vergüenza en presencia de cuantos
parientes y amigos y vecinos tenemos. ¿Pues no soy yo,
malvado, tan hermosa como lo sea la mujer de Ricciardo Minútolo?,
¿no soy igual en nobleza a ella? ¿No dices nada, perro
sarnoso? ¿qué tiene ella más que yo? Apártate,
no me toques, que por hoy ya bastante has combatido. Bien sé
que ya, puesto que sabes quién soy, lo que hicieses lo harías
a la fuerza: pero así Dios me désu gracia como te haré
pasar carencia, y no sé por qué no mando a por
Ricciardo, que me ha amado más que a sí mismo y nunca
pudo gloriarse de que lo mirase una vez; y no sé qué
mal hubiera habido en hacerlo. tú has creído tener aquí
a su mujer y es como si la hubieras tenido, porque por ti no ha
quedado; pues si yo lo tuviera a él no me lo podrías
reprochar con razón.
así , las palabras fueron muchas y la amargura de
la señora grande; pero al final Ricciardo, pensando que si la
dejaba irse con esta creencia a mucho mal podría dar lugar,
deliberódescubrirse y sacarla del engaño en que
estaba; y cogiéndola en brazos y apretándola bien, de
modo que no pudiera irse, dijo:
Alma mía dulce, no os enojéis; lo
que con tan sólo amar no podía tener, Amor me ha
enseñado a conseguir con engaño, y soy vuestro
Ricciardo.
Lo que oyendo Catella, y conociéndolo en la voz,
súbitamente quiso arrojarse de la cama, pero no pudo; entonces
quiso gritar, pero Ricciardo le tapó la boca con una de las
manos, y dijo:
Señora, ya no puede ser que lo que ha sido
no haya sido; aunque gritaseis durante todo el tiempo de vuestra
vida, y si gritáis o de alguna manera hacéis que esto
sea sabido alguna vez por alguien, sucederán dos cosas. La una
será (que no poco debe importaros) que vuestro honor y vuestra
fama se empañarán, porque aunque digáis que yo
os he hecho venir aquícon engaños yo diré que
no es verdad, sino que os he hecho venir aquícon dinero y
presentes que os he prometido y que como no os los he dado tan
cumplidamente como esperabais os habéis enojado, y por eso
habláis y gritáis, y sabéis que la gente está
más dispuesta a creer lo malo que lo bueno y me creerá
antes a míque a vos. Además de esto, se seguirá
entre vuestro marido y yo una mortal enemistad y podrían
ponerse las cosas de modo que o yo le matase a él antes o él
a mí, por lo que nunca podríais estar después
alegre ni contenta. Y por ello, corazón mío, no queráis
en un mismo punto infamaros y poner en peligro y buscar pelea entre
vuestro marido y yo. No sois la primera ni seréis la última
que es engañada, y yo no os he engañado por quitaros
nada vuestro sino por el excesivo amor que os tengo y estoy dispuesto
siempre a teneros, y a ser vuestro humildísimo servidor. Y si
hace mucho tiempo que yo y mis cosas y lo que puedo y valgo han sido
vuestras y están a vuestro servicio, entiendo que lo sean más
que nunca de aquíen adelante. Ahora, vos sois prudente en las
otras cosas, y estoy cierto que también lo seréis en
ésta.
Catella, mientras Ricciardo decía estas palabras,
lloraba mucho, y aunque muy enojada estuviera y mucho se lamentase,
no dejóde oír la razón en las verdaderas
palabras de Ricciardo, que no conociese que era posible que sucediera
lo que Ricciardo decía; por lo que dijo:
Ricciardo, yo no sé cómo Dios me
permitirá soportar la ofensa y el engaño que me has
hecho. No quiero gritar aquí, donde mi simpleza y excesivos
celos me han conducido, pero estate seguro de esto, de que no estaré
nunca contenta si de un modo o de otro no me veo vengada de lo que me
has hecho; por ello déjame, no me toques más; has
tenido lo que has deseado y me has vejado cuanto te ha placido;
tiempo es de que me dejes: déjame, te lo ruego.
Ricciardo, que se daba cuenta de que su ánimo
estaba aún demasiado airado, se había propuesto no
dejarla hasta conseguir que se calmara; por lo que, comenzando con
dulcísimas palabras a ablandarla, tanto dijo, y tanto rogó
y tanto juró que ella, vencida, hizo las paces con él,
y con igual deseo de cada uno de ellos por gran espacio, después,
con grandísimo deleite, se quedaron juntos. Y conociendo
entonces la señora cuánto más sabrosos eran los
besos del amante que los del marido, transformada su dureza en dulce
amor a Ricciardo, desde aquel día en adelante tiernísimamente
lo amó y, prudentísimamente obrando, muchas veces
gozaron de su amor. Que Dios nos haga gozar del nuestro.
NOVELA SÉPTIMA
Tedaldo,
enojado con una amante suya, se va de Florencia; vuelve allí
después de algún tiempo disfrazado de peregrino; habla
con la dama y le hace reconocer su error y libra de la muerte a su
marido, a quien se le había acusado de haberle dado muerte a
él, y lo reconcilia con los hermanos; y luego, discretamente,
con su amante goza.
Ya alabada por todos se calla Fiameta, cuando la reina,
para no perder tiempo, prestamente a Emilia encomendó la
narración; y ella empezó:
A míme place volver a nuestra ciudad, de donde a
las dos anteriores les plugo apartarse, y contaros cómo un
ciudadano nuestro reconquistó a su perdida señora.
Hubo, pues, en Florencia, un noble joven
cuyo nombre era Tedaldo de los Elisei(103)
que enamorado sobremanera de una señora, llamada doña
Ermelina y mujer de un Aldobrandino Palermini, por sus loables
costumbres mereciódisfrutar de su deseo; placer al cual la
Fortuna, enemiga de los dichosos, se opuso; por lo cual, fuera cual
fuese la razón, la señora, habiendo complacido a
Tedaldo durante un tiempo, por completo se apartóde querer
complacerlo y de querer no ya escuchar ninguna embajada suya, sino
tampoco verle de manera ninguna. Por lo que él se dejó
ir a una tristeza fiera y aborrecible, mas tenía de tal manera
celado su amor que nadie creía que éste era la razón
de su melancolía; y luego de que de diversas maneras se hubo
ingeniado mucho en reconquistar el amor que sin culpa suya le parecía
haber perdido, y encontrando vana toda fatiga, a alejarse del mundo
(para no alegrar al verlo consumirse a aquella que de su mal era
ocasión) se dispuso.
Y cogiendo los dineros que pudo conseguir, secretamente,
sin decir palabra a amigo ni a pariente fuera de un compañero
suyo que todo sabía, se fue y llegó hasta Ancona,
haciéndose llamar Filippo de San Lodeccio, y trabando allí
conocimiento con un rico mercader, entró a su servicio y en un
barco junto con él se fue a Chipre. Sus costumbres y sus
maneras agradaron tanto al mercader que no solamente le asignó
un buen salario, sino que le hizo su socio en parte y además
gran parte de sus negocios le puso entre las manos, los cuales llevó
tan bien y con tanta solicitud que en pocos años se hizo bueno
y rico mercader y famoso. En los cuales negocios, aunque muchas veces
se acordase de la cruel señora y fieramente fuese de amor
traspasado y mucho desease volver a verla, fue de tanta constancia
que durante siete años venció aquella batalla. Pero
sucedió que, oyendo un día en Chipre cantar una canción
que hacía tiempo él había compuesto, en la que
el amor que tenía a su señora y ella a él y el
placer que de ella gozaba se contaba, pensando que no podía
ser que ella le hubiera olvidado, en tanto deseo de volver a verla se
inflamó que, no pudiendo sufrirlo más, se dispuso a
volver a Florencia.
Y puestos en orden todos sus asuntos, se vino tan sólo
con un sirviente suyo a Ancona, adonde habiendo llegado sus cosas,
las mandó a Florencia a un amigo del anconés socio
suyo, y él ocultamente, como un peregrino que viniera del
Santo Sepulcro, con su criado se vino detrás; y llegados a
Florencia, se fue a una posadita que dos hermanos tenían cerca
de la casa de su señora. Y donde primero fue no fue a otra
parte sino a la puerta de su casa por verla si podía; pero vio
las ventanas y las puertas y todo cerrado, por lo que mucho temió
que hubiera muerto o que se hubiese mudado de allí. Por lo
que, muy pensativo, se fue a la casa de sus hermanos, a quienes vio
todos vestidos de negro, de lo que se maravillómucho, y
sabiéndose tan cambiado en el vestido y la persona de lo que
ser solía cuando se fue de allí, que no podría
ser reconocido fácilmente, confiadamente se acercó a un
zapatero y le preguntó por qué aqué llos iban
vestidos de negro. A lo que el zapatero respondió :
Van vestidos de negro porque no hace quince días
que un hermano suyo que hacía mucho tiempo que no estaba aquí,
que tenía por nombre Tedaldo, fue muerto; y me parece entender
que han probado a la justicia que uno que tiene por nombre
Aldobrandino Palermini, que está preso, lo mató porque
estaba enamorado de la mujer y había vuelto disfrazado para
estar con ella.
Maravillóse mucho Tedaldo de que tanto se le
asemejase alguno que fuese tomado por él y le dolió la
desgracia de Aldobrandin, y habiendo oído que la señora
estaba sana y salva, siendo ya de noche, lleno de diversos
pensamientos, se volvió a la posada, y luego de que cenado
hubo con su criado, en lo más alto de la casa fue puesto a
dormir. Allí, tanto por los muchos pensamientos que le
asaltaban como por la dureza de la cama y tal vez por la cena, que
había sido escasa, ya era medianoche y todavía Tedaldo
no había podido dormirse, por lo que, estando despierto, le
parecióhacia la medianoche sentir que desde el tejado de la
casa bajaba gente a la casa, y luego por las rendijas de la puerta de
la cámara vio hacia allívenir una luz.
Por lo que, calladamente acercándose a las
rendijas, empezó a mirar qué significaba aquello y vio
a una joven muy hermosa tener en mano esta luz y venir hacia ella
tres hombres, que habían bajado del tejado, y luego de hacerse
algunas fiestas unos a otros, dijo uno de ellos a la joven:
Ya podemos, Dios sea loado, estar seguros, porque
sabemos ciertamente que la muerte de Tedaldo Elisei ha sido achacada
por sus hermanos a Aldobrandín Palermini, y él ha
confesado y ya está escrita la sentencia, pero debemos seguir
callando porque si alguna vez se sabe que hemos sido nosotros
estaremos en el mismo peligro que está Aldobrandino.
Y dicho esto, con la mujer, que muy contenta se mostró
con esto, bajaron y se fueron a dormir.
Tedaldo, oído esto, empezó a considerar
cuántos y cuáles eran los errores en que podía
caer la mente de los hombres, pensando primero en sus hermanos, que a
un extraño habían llorado y sepultado en su lugar, y
luego acusado a un inocente por falsas sospechas, y con testigos no
verdaderos haberlo llevado a la muerte, y además de ello en la
severidad ciega de las leyes y de sus rectores, los cuales muchas
veces, como solícitos investigadores de la verdad, con
crueldades hacen probar lo falso y se llaman ministros de la justicia
y de Dios cuando son ejecutores de la iniquidad y del diablo. Después
de esto, a la salvación de Aldobrandino dirigiósus
pensamientos y consideró consigo mismo lo que debía
hacer. Y en cuanto se levantó por la mañana, dejando al
criado, cuando le parecióoportuno se fue él solo a la
casa de su señora y, encontrando por acaso abierta la puerta,
entródentro y vio a su señora sentada por tierra en
una salita que allíen la planta baja había; y estaba
llena de llanto y de amargura; y casi se puso a llorar de compasión;
y acercándose le dijo:
Señora, no os atribuléis; vuestra
paz está cerca.
La señora, al oírle, levantó el
rostro y, llorando, dijo:
Buen hombre, me pareces un peregrino forastero;
¿qué sabes tú de la paz ni de mi aflicción?
Repuso entonces el peregrino:
Señora, soy de Constantinopla y poco ha he
llegado aquímandado por Dios a convertir vuestras lágrimas
en risa y a librar de la muerte a vuestro marido.
¿Cómo dijo la señora
si eres de Constantinopla y recién llegado aquísabes
quiénes mi marido y yo somos?
El peregrino, empezando desde el principio, toda la
historia de la angustia de Aldobrandino le contó y le dijo
quién era ella, cuánto tiempo hacía que estaba
casada y otras muchas cosas que él muy bien sabía de
sus asuntos, por lo que la señora se maravillómucho y
teniéndolo por un profeta se arrodilló a sus pies,
rogándole por Dios que, si había venido a salvar a
Aldobrandino que se apresurase porque el tiempo era poco. El
peregrino, mostrándose como un muy santo varón, dijo:
Señora, levantaos y no lloréis, y
escuchad bien lo que voy a deciros, y guardaos de decirlo nunca a
nadie. Por lo que Dios me ha revelado que la tribulación en la
que estáis os ha sobrevenido por un gran pecado que
cometisteis hace tiempo, que Dios ha querido que purguéis en
parte con esta angustia y del que quiere que os enmendéis: si
no, por ello recaeréis en una aflicción mucho mayor.
Dijo entonces la señora:
Señor, he pecado mucho y no sé de
qué dios querrá que me enmiende entre todos, y por
ello, si lo sabéis, decídmelo y harétodo cuanto
pueda por enmendarlo.
Señora dijo entonces el peregrino,
bien sé cuál es y no voy a preguntároslo para
saberlo mejor, sino para que diciéndolo vos misma tengáis
más remordimiento. Pero vengamos al asunto. Decidme, ¿os
acordáis de haber tenido algún amante?
La señora, al oír esto, dio un gran
suspiro y se maravillómucho, no creyendo que nadie nunca lo
hubiera sabido, a no ser que desde que había sido muerto aquel
que fue enterrado como Tedaldo se hubiese propalado algo por algunas
palabras indiscretamente dichas por un amigo de Tedaldo, que sabía
de ello; y respondió :
Bien veo que Dios os muestra todos los secretos de
los hombres, y por ello estoy dispuesta a no ocultaros los míos.
Es verdad que en mi juventud amésumamente al desventurado
joven de cuya muerte se culpa a mi marido, cuya muerte tanto he
llorado cuanto me duele, por lo que, por muy rígida y agreste
que me mostrase con él antes de su partida, ni su partida ni
su larga ausencia ni aun su desventurada muerte han podido nunca
arrancármelo del corazón.
A lo que dijo el peregrino:
Al desventurado joven que ha sido muerto no
amasteis vos, sino a Tedaldo Elisei. Pero decidme, ¿cuál
fue la razón por la que os enojasteis con él? ¿Os
ofendió en algo?
Y la señora le respondió :
Ciertamente que no, nunca me ofendió , pero
la razón del enfado fueron las palabras de un maldito fraile
con el que me confeséuna vez, porque cuando le hablé
del amor que a aqué l tenía y de la intimidad que tenía
con él, me levantótal quebradero de cabeza que todavía
me espanta, diciéndome que si no me abstenía de ello
iría a dar a la boca del diablo en lo profundo de los
infiernos y sería condenada al fuego eterno. De lo que me
entrótal pavor que por completo me dispuse a no querer ya su
intimidad; y para quitar la ocasión, ni su carta ni su
embajada quise recibir; aunque creo que si hubiese perseverado más
(porque por lo que presumo se fue desesperado y lo vi consumirse como
hace la nieve al sol), mi dura decisión se hubiese doblegado
porque un deseo mayor no tenía en el mundo.
Dijo entonces el peregrino:
Señora, éste es el único
pecado que ahora os atribula. sé firmemente que Tedaldo no os
forzó en nada; cuando os enamorasteis de él por vuestra
propia voluntad lo hicisteis, agradándoos él, y cuando
vos misma quisisteis vino a vos y gozó de vuestra intimidad,
en la cual con palabras y con obras tanto agrado le mostrasteis que,
si primero os amaba, más de mil veces hicisteis redoblar su
amor. Y si así fue, como sé que fue, ¿qué
razón podía moveros a apartarlo tan rígidamente?
Esas cosas debían pensarse antes de hacerse y si creyeseis que
debíais arrepentiros como de algo mal hecho, no hacerlas. Tal
como él se hizo vuestro, vos os hicisteis suya. Si él
no hubiera sido vuestro, podríais haber hecho en todo lo que
quisieseis, como dueña, pero querer arrebatarle a vos que
erais suya era un robo y cosa reprobable si aqué lla no era la
voluntad de él. Pues debéis saber que yo soy fraile y
por ello conozco todas sus costumbres; y si hablo de ellas un tanto
libremente para vuestro provecho no estará mal en mí
como estaría en otros; y me place hablar de ellas para que de
ahora en adelante mejor los conozcáis de lo que parece que
habéis hecho hasta ahora. Hubo antes frailes santísimos
y hombres de valor, pero los que hoy se llaman frailes, y por ello
quieren ser tenidos, nada tienen de fraile, sino la capa, y ni
siquiera ésta es de fraile porque si por los fundadores de los
frailes fueron elegidas delgadas y míseras y de telas groseras
y manifestadoras del espíritu que había despreciado las
cosas temporales cuando se envolvía el cuerpo en tan vil
vestido, hoy se las hacen anchas y forradas y satinadas y de telas
finísimas y les han dado forma cortesana y pontifical para no
avergonzarse de pavonearse con ellos en las iglesias y en las plazas
como con sus vestidos hacen los seglares; y como con el esparavel el
pescador se ingenia en coger en los ríos muchos peces de una
vez, así éstos, con las amplísimas fimbrias
envolviéndose, a muchas santurronas, muchas viudas, a muchas
otras mujeres necias y hombres se ingenian en coger debajo, y de ello
se ocupan con mayor solicitud que de otro ejercicio. Y por ello, para
decirlo con más verdad, no las capas de los frailes llevan
éstos sino solamente el color de las capas. Y mientras los
antiguos deseaban la salvación de los hombres, éstos
desean las mujeres y las riquezas, y todo su empeño han puesto
y ponen en asustar con palabrería y con pinturas las mentes de
los necios y en enseñarles que con las limosnas se purgan los
pecados y con misas, para que a aquellos que por cobardía (no
por devoción) se han acogido a hacerse frailes, y para no
pasar trabajos, éste les mande el pan, aqué l les mande
el vino, aquel otro les déla pitanza por el alma de sus
muertos. Y ciertamente es verdad que las limosnas y las oraciones
purgan los pecados, pero si quienes las hacen viesen a quién
las hacen o les conocieran, antes las guardarían para sí
o mejor a otros tantos puercos las arrojarían. Y porque saben
que cuanto menor es el número de los poseedores de una gran
riqueza, a tanto más tocan, todos con charlas y con espantos
se ingenian en quitarles a los demás aquello que desean para
ellos solos. Reprueban a los hombres la lujuria para que, apartándose
de ella los reprobados, para los reprobadores se queden las mujeres;
condenan la usura y las ganancias injustas para que, siéndoles
restituidas a ellos, puedan hacerse las capas más amplias,
comprar obispados y las otras prelaturas mayores con aquello que han
enseñado que llevaría a la condenación a quien
lo tuviera. Y cuando de estas cosas y de otras muchas que causan
escándalo se les reprende, con responder «Haced lo que
decimos y no lo que hacemos» creen que tienen digna descarga de
tanto peso grave, como si fuese más posible a las ovejas ser
constantes y de hierro que a los pastores. Y cuántos son
aquellos a quienes dan tal respuesta que no la entienden en el modo
que la dicen, muchos lo saben. Quieren los frailes de hoy que hagáis
lo que dicen, esto es que llenéis sus bolsas de dineros, les
confiéis vuestros secretos, observéis castidad,
perdonéis las injurias, os guardéis de hablar mal de
nadie: cosas todas buenas, todas honestas, todas santas; ¿pero
para qué ? Para poder hacer ellos lo que, si los seglares lo
hacen, no podrán hacer. ¿Quién no sabe que sin
dineros la vagancia no puede durar? Si en tus gustos te gastas el
dinero, el fraile no podrá haraganear en la orden; si te vas
con las mujeres de alrededor les quitarás el sitio a los
frailes; si no eres paciente y perdonas las injurias, el fraile no se
atreverá a venir a tu casa y contaminar a tu familia. ¿Por
qué sigo? Se acusan ellos mismos tantas veces como antes los
oyentes se excusan de aquella manera. ¿Por qué no se
quedan en casa si no creen poder ser abstinentes y santos? O si
quieren dedicarse a esto, ¿por qué no siguen aquellas
santas palabras del Evangelio: «EmpezóCristo a hacer y
a enseñar»? Hagan esto primero y enseñen luego a
los demás. He visto en mi vida galanteadores, amadores,
visitantes no sólo de las mujeres seglares sino de las monjas
y de aquellos que más escándalo arman desde sus
púlpitos. ¿Y a los tales vamos a seguir? Quien así
hace, hace lo que quiere pero Dios sabe si lo hace prudentemente.
Pero aun si hubiéramos de conceder lo que el fraile que os
reprendió dijo, esto es, que gravísimo pecado sea
romper la fe matrimonial, ¿no lo es mucho mayor robar a un
hombre?, ¿no lo es mucho mayor matarlo o enviarlo al exilio
rodando por el mundo? Esto lo concederá cualquiera. El tener
intimidad un hombre con una mujer es un pecado natural; robarlo o
matarlo o expulsarlo procede de maldad del espíritu. Que
robasteis a Tedaldo ya antes os lo he demostrado, arrebatándoos
a él cuando os habíais hecho suya por vuestra
espontánea voluntad. Además, os digo que, por lo que a
vos respecta, lo matasteis por haber hecho todo lo necesario
(mostrándoos cada vez más cruel) para que se matase con
sus propias manos; y quiere la ley que quien es ocasión del
mal tenga la misma culpa que quien lo hace. Y que vos de su exilio y
de que haya andado rodando por el mundo siete años sois la
ocasión, no se puede negar. así que mucho mayor pecado
habéis cometido con cualquiera de estas tres cosas dichas que
cometíais con concederle vuestra intimidad. Pero veamos, ¿es
que Tedaldo mereció estas cosas? Ciertamente que no: vos misma
lo habéis confesado; sin contar con que sé que más
que a sí mismo os ama. Nada fue tan honrado, tan exaltado, tan
magnificado como erais vos sobre cualquiera otra mujer por él,
si se encontraba en parte donde honestamente y sin engendrar
sospechas sobre vos podía de vos hablar. Todo su bien, todo su
honor, toda su libertad en vuestras manos era puesta por él.
¿No era un noble joven?, ¿no era más apuesto que
todos sus conciudadanos?, ¿no era valeroso en las cosas que
son propias de los jóvenes?, ¿no era amado, tenido en
aprecio, visto con agrado por todos? A nada de esto diréis que
no. Entonces ¿cómo, por lo que dijese un frailecillo
maniático, brutal y envidioso, pudisteis tomar contra él
una resolución cruel? No sé qué error debe de
ser el de las mujeres que a los hombres desprecian y estiman en poco
que, pensando en lo que ellas son y en cuánta y cuál
sea la nobleza dada por Dios al hombre sobre todos los demás
animales, deberían gloriarse cuando son amadas por alguno y
tenerle sumamente en aprecio y con toda solicitud ingeniarse en
complacerlo para que de amarla nunca se apartase. Y que lo hicisteis
vos, movida por las palabras de un fraile, que con certeza debía
de ser algún tragasopas manducador de tortas, ya lo sabéis,
y tal vez lo que él deseaba era ocupar el lugar de donde se
esforzaba en echar a otro. Este pecado es aquel que la divina
justicia que con justa balanza lleva a efecto todas sus operaciones,
no ha querido dejar sin castigo; y así como vos sin ninguna
razón os ingeniasteis en quitaros vos misma a Tedaldo, así
vuestro marido sin razón ha estado y todavía está
en peligro, y vos en tribulación. De la cual si deseáis
ser librada, lo que os conviene prometer y, sobre todo hacer, es
esto: si sucede alguna vez que Tedaldo de su largo destierro vuelva,
vuestra gracia, vuestro amor y vuestra benevolencia e intimidad le
devolveréis y le responderéis en aquel estado en que
estaba antes de que vos tontamente creyeseis al loco fraile.
Había el peregrino terminado sus palabras cuando
la señora, que atentísimamente le escuchaba porque
veracísimas le parecían sus razones, y se es timaba con
seguridad castigada por aquel pecado, al oírselo a él
decir, dijo:
Amigo de Dios, bastante conozco que son ciertas
las cosas que decís y en gran parte conozco por vuestra
enseñanza quiénes son los frailes, que hasta ahora han
sido tenidos por mícomo santos; y sin duda conozco que mi
culpa ha sido grande en lo que hice contra Tedaldo, y si pudiera con
gusto la enmendaría de la manera que me habéis dicho:
pero ¿cómo puede ser? Tedaldo no podrá nunca
volver: está muerto, y por ello lo que no puede hacerse no sé
para qué voy a prometéroslo.
El peregrino le dijo:
Señora, Tedaldo no está muerto,
según Dios me revela, sino que está vivo y sano y en
buen estado si tuviese vuestra gracia.
Dijo entonces la señora.
Mirad lo que decís; que yo lo he visto
muerto delante de mi casa de muchas cuchilladas, y lo tuve en estos
brazos y con muchas lágrimas bañésu muerto
rostro, las cuales dieron ocasión de hacer que se dijese lo
que deshonestamente se ha dicho.
Entonces dijo el peregrino:
Señora, digáis lo que digáis
os aseguro que Tedaldo está vivo; y si queréis prometer
aquello con la intención de cumplirlo, espero que lo veáis
pronto.
La señora dijo entonces:
Lo hago y lo haréde buen grado; y nada
podría suceder que me diese tanta alegría sino ver a mi
marido libre y sin daño y a Tedaldo vivo.
Pareció entonces a Tedaldo tiempo de descubrirse
y de consolar a la señora con más cierta esperanza de
su marido, y dijo:
Señora, para que pueda consolaros con
relación a vuestro marido, un gran secreto necesito deciros,
que cuidaréis de que nunca mientras viváis manifestéis
a nadie.
Estaban en un lugar asaz alejado, y solos, habiendo
tomado gran confianza la señora en la santidad que le parecía
tener el peregrino; por lo que Tedaldo, sacando un anillo guardado
por él con sumo cuidado, que la señora le había
dado la última noche que había estado con ella, y
mostrándoselo dijo:
Señora, ¿conocéis esto?
En cuanto la señora lo vio lo reconoció y
dijo:
Señor, sí , yo se lo di a Tedaldo ha
tiempo.
El peregrino, entonces, poniéndose en pie y
prestamente quitándose de encima la esclavina y de la cabeza
el capelo, y hablando en florentino, dijo:
¿Y a mí, me conocéis?
Cuando lo vio la señora, conociendo que era
Tedaldo, toda se pasmó, temiéndole como a los cuerpos
muertos, si se les ve andar como vivos, se teme: y no como a Tedaldo
que regresaba de Chipre fue a su encuentro a recibirlo, sino como de
Tedaldo que volvía desde la tumba quiso huir temerosa. Y
Tedaldo le dijo:
Señora, no temáis, soy vuestro
Tedaldo vivo y sano y nunca me he muerto ni me mataron, creáis
lo que creáis mis hermanos y vos.
La señora, tranquilizada un tanto, y bajando la
voz, y mirándolo más y asegurándose de que aqué l
era Tedaldo, llorando se le echó al cuello y lo besó,
diciendo:
Dulce Tedaldo mío, ¡seas bien venido!
Tedaldo, besándola y abrazándola, dijo:
Señora, no es ahora tiempo de hacernos más
estrechos saludos; quiero ir a hacer que Aldobrandino os sea devuelto
sano y salvo, sobre lo cual espero que antes de mañana por la
noche tengáis nuevas que os agraden; que, si tengo suerte como
espero, sobre su salvación quiero poder venir esta noche a
dároslas con más espacio que puedo hacerlo al presente.
Y volviéndose a poner la esclavina y el sombrero,
besando otra vez a la señora y confortándola con buena
esperanza, se separóde ella y allá se fue donde
Aldobrandino estaba en prisión, más embebido en
pensamientos de temor de la inminente muerte que de esperanza de
futura salud; y a guisa de consolador, con la venia de los
carceleros, entródonde él estaba y sentándose
junto a él, le dijo:
Aldobrandino, soy un amigo tuyo que Dios te manda
para salvarte, quien por tu inocencia ha sentido piedad de ti; y por
ello, si en honor suyo quieres concederme un pequeño don que
voy a pedirte, sin falta antes de que mañana sea de noche, en
lugar de la sentencia de muerte que esperas, oirás absolución.
Al que Aldobrandin repuso:
Buen hombre, puesto que de mi salvación te
preocupas, aunque no te conozco ni me acuerde de haberte visto nunca,
debes ser amigo, como dices. Y en verdad el pecado por el cual se
dice que debo ser condenado a muerte, nunca lo he cometido; muchos
otros he hecho, que tal vez a esto me hayan conducido. Pero te digo
por el temor de Dios esto: si él ahora tiene misericordia de
mí, grandes cosas, no una pequeña, haría de
buena gana, aunque no lo prometiese; así que lo que te plazca
pide, que sin falta, si llego a escapar de ésta, lo cumpliré
ciertamente.
El peregrino entonces dijo:
Lo que quiero no es otra cosa sino que perdones a
los cuatro hermanos de Tedaldo el haberte conducido a este punto,
creyéndote culpable de la muerte de su hermano, y que los
tengas por hermanos y por amigos si te piden perdón.
Al que Aldobrandín repuso:
No sabes cuán dulce cosa es la venganza ni
con cuánto ardor se desea sino quien recibe las ofensas; pero
aun así , para que Dios de mi salvación se ocupe, de
buen grado les perdonaréy ahora les perdono, y si de aquí
salgo vivo y me salvo, para hacerlo seguiré el modo que te sea
grato.
Esto le plugo al peregrino, y sin querer decirle más,
encarecidamente le rogó que tuviese buen ánimo, que con
seguridad antes de que terminase el siguiente día tendría
noticia certísima de su salud. Y separándose de él
se fue a la señoría y en secreto a un caballero que la
gobernaba dijo así .
Señor mío, todos sabemos de buen
grado empeñarnos en hacer que la verdad de las cosas se
conozca, y máximamente aquellos que tienen el puesto que vos
tenéis, para que no sufran los castigos los que no han
cometido el pecado y sean castigados los pecadores. Y para que ello
suceda en honor vuestro y para mal de quien lo ha merecido, he venido
a vos. Como sabéis, habéis procedido severamente contra
Aldobrandín Palermini y parece que habéis tenido por
cierto que él ha sido quien mató a Tedaldo Elisei, y
vais a condenarlo, lo que segurísimamente es falso, como creo
que antes de la medianoche, trayendo a vuestras manos al matador de
aquel joven, os habrédemostrado.
El valeroso hombre, que tenía lástima de
Aldobrandino, prestógustosamente oídos a las palabras
del peregrino, y explicándole muchas cosas sobre esto, siendo
su guía, cuando estaban en el primer sueño, a los dos
hermanos posaderos y a su criado apresó a mansalva, y
queriéndoles dar tortura para descubrir cómo había
sido la cosa, no lo sufrieron sino que cada uno separadamente y luego
todos juntos abiertamente confesaron haber sido quienes mataron a
Tedaldo Elisei, sin reconocerlo. Preguntados por la razón,
dijeron que porque éste a la mujer de uno de ellos, no estando
ellos en la posada, había molestado mucho y querido forzar a
que hiciese su voluntad.
El peregrino, enterado de esto, con licencia del
gentilhombre se fue y secretamente se vino a casa de la señora
Ermelina, y a ella sola (habiéndose ido a dormir todos los
demás de la casa) la encontró esperándole,
igualmente deseosa de tener buenas noticias del marido y de
reconciliarse plenamente con su Tedaldo; a la cual acercándose,
con alegre gesto, dijo:
Carísima señora mía,
alégrate, que por cierto recuperarás mañana aquí
sano y salvo a tu Aldobrandino.
Y para asegurarle de esto más, lo que había
hecho le contóplenamente. La señora, de los dos
accidentes tales y tan súbitos, esto es, de recuperar a
Tedaldo vivo, al cual firmemente creía haber llorado muerto, y
de ver libre de peligro a Aldobrandino, a quien se creía tener
que llorar por muerto unos pocos días después, tan
alegre como nunca lo estuvo nadie, afectuosamente abrazó y
besó a su Tedaldo; y yéndose juntos a la cama de buena
gana firmaron graciosas y alegres paces, tomando el uno del otro
deleitable gozo. Y al acercarse el día, Tedaldo, levantándose,
habiendo ya explicado a la señora lo que hacer entendía
y rogándole que ocultísimo lo tuviese, de nuevo en
hábito de peregrino salió de casa de la señora
para poder, cuando fuese el momento, ocuparse de los asuntos de
Aldobrandino. La señoría, llegado el día y
pareciéndole tener completa información del asunto,
prestamente liberó a Aldobrandino y pocos días después
a los malhechores hizo cortar la cabeza donde habían cometido
el homicidio.
Estando, pues, libre Aldobrandino, con gran regocijo
suyo y de su mujer y de todos sus amigos y parientes, y conociendo
manifiestamente que aquello había sido obra del peregrino, le
condujeron a su casa por tanto tiempo cuanto le pluguiera estar en la
ciudad; y allí, de hacerle honores y fiestas que no se
saciaban, y especialmente la mujer, que sabía a quién
se los hacía Pero pareciéndole, luego de algunos días,
tiempo de reconciliar a sus hermanos con Aldobrandino, a quienes
sabía no sólo desacreditados por su absolución,
sino también armados por miedo, pidió a Aldobrandino
que cumpliese su promesa. Aldobrandino espontáneamente
contestó que estaba dispuesto.
El peregrino le hizo preparar un hermoso convite para el
día siguiente, al que dijo que quería que él con
sus parientes y con sus mujeres invitase a los cuatro hermanos y a
sus mujeres, añadiendo que él mismo iría
incontinenti a invitarles a su perdón y a su convite de su
parte. Y estando Aldobrandino contento con cuanto placía al
peregrino, el peregrino enseguida se fue a casa de los cuatro
hermanos, y dirigiéndoles las palabras que para tal asunto se
requerían, al final, con razones irrebatibles fácilmente
les condujo a querer reconquistar, solicitando el perdón, la
amistad de Aldobrandino, y hecho esto, a ellos y a sus mujeres a
almorzar con Aldobrandino la mañana siguiente les invitó,
y ellos, de buen grado, creyendo su palabra, aceptaron el convite.
así , pues, la mañana siguiente, a la hora
de comer, primeramente los cuatro hermanos de Tedaldo, tan vestidos
de negro como iban, con algunos amigos suyos vinieron a casa de
Aldobrandino, que les esperaba; y allí, delante de todos
aquellos que para acompañarles habían sido invitados
por Aldobrandino, arrojadas las armas en tierra, se pusieron en manos
de Aldobrandino, pidiéndole perdón de lo que contra él
habían hecho. Aldobrandino, llorando compasivamente, los
recibió y besando a todos en la boca, gastando pocas palabras,
todas las injurias recibidas perdonó. Después de ellos,
sus hermanas y sus mujeres todas vestidas de luto vinieron, y por la
señora Ermelina y las otras grandes señoras
graciosamente recibidas fueron.
Y habiendo sido magníficamente servidos en el
convite tanto los hombres como las mujeres, no había habido en
él nada más que cosas dignas de encomio, a no ser la
taciturnidad por el reciente dolor que estaba representado en los
vestidos oscuros de los parientes de Tedaldo (por lo cual la
invención y la invitación del peregrino había
sido censurada por muchos, y él se había apercibido de
ello); pero como lo había decidido, venido el tiempo de
disiparla, se puso en pie, todavía comiendo los demás
la fruta, y dijo:
Nada ha faltado a este convite para que fuese
alegre sino Tedaldo, a quien, pues habiéndole tenido
continuamente con vosotros no lo habéis conocido, quiero
mostrároslo.
Y quitándose de encima la esclavina y toda la
ropa de peregrino se quedó en jubón de tafetán
verde, y no sin grandísima maravilla fue por todos mirado y
examinado largamente antes de que alguien se atreviese a creer que
era él. Lo que viendo Tedaldo, mucho les hablóde sus
parientes, de las cosas sucedidas entre ellos, de sus accidentes; por
lo que sus hermanos y los demás hombres, todos llenos de
lágrimas de alegría, a abrazarle corrieron, y lo mismo
después hicieron las mujeres, tanto las parientes como las no
parientes, salvo doña Ermelina. Lo que viendo Aldobrandin,
dijo:
¿qué es esto, Ermelina? ¿Cómo
no celebras tú como las otras mujeres a Tedaldo?
Y, oyéndola todos, la señora le respondió :
Ninguna hay que con más agrado le haya
hecho fiestas o se las haga que se las haréyo, como quien más
que ninguna otra le está obligada, considerando que por su
medio te he recuperado; pero las deshonestas habladurías de
los días en que llorábamos a quien creíamos
Tedaldo, hacen que me retenga.
Aldobrandino le dijo:
¡Vamos, vamos!, ¿crees que yo creo a
los que ladran? Procurando mi salvación bastante ha demostrado
que aquello eran falsedades, sin contar con que nunca lo creí:
levántate enseguida, ve a abrazarlo.
La señora, que otra cosa no deseaba, no fue lenta
en obedecer en ello al marido; por lo que, levantándose como
habían hecho los demás, abrazándolo ella, le
hizo alegres fiestas. Esta liberalidad de Aldobrandino mucho plugo a
los hermanos de Tedaldo y a todos los hombres y mujeres que allí
estaban, y cualquier barrunto que hubiera nacido en algunos por las
habladurías que había habido, con esto desapareció.
Habiendo, pues, celebrado todos a Tedaldo, él mismo rasgó
las vestiduras negras que llevaban sus hermanos y las oscuras de
las hermanas y las cuñadas, y quiso que otras ropas se
trajesen y después de que vestidas fueron, muchos cantos y
bailes se hicieron y otros pasatiempos; por las cuales cosas, el
convite, que había tenido silencioso principio, tuvo un fin
sonoro.
Y con grandísima alegría, así como
estaban, se fueron a casa de Tedaldo y allícenaron por la
noche, y muchos días después, siguiendo del mismo modo,
continuaron la fiesta. Los florentinos durante muchos días
como a hombre resucitado y asombrosa cosa miraron a Tedaldo; y
muchos, y aun los hermanos, tenían cierta ligera duda en el
ánimo sobre si era él o no, y no lo creían
todavía firmemente ni tal vez lo hubieran creído en
mucho tiempo si un caso que sucedió no hubiera llegado a
aclararles quién había sido el muerto; que fue esto.
Pasaban un día unos soldados de Lunigiana delante de su casa
y, viendo a Tedaldo, fueron a su encuentro, diciéndole:
¡Buenos los tenga Faziuolo!
A quienes Tedaldo, en presencia de sus hermanos,
respondió :
Me habéis tomado por otro.
Ellos, al oírle hablar, se avergonzaron y le
pidieron perdón, diciendo
En verdad que os parecéis, más que
nunca hemos visto parecerse nadie a otro, a un camarada nuestro que
se llama Faziuolo de Pontriémoli, que vino aquí hace
unos quince días o poco más y nunca hemos podido saber
qué fue de él. Bien es verdad que nos maravillábamos
del vestido porque él era, como lo somos nosotros, mesnadero.
El hermano mayor de Tedaldo, al oír esto, fue
hacia ellos y les preguntóqué vestido llevaba aquel
Faziuolo. Ellos se lo dijeron y se encontró que precisamente
así iba como decían ellos; por lo que, entre esto y
otras señales, conocido fue que el que había sido
muerto había sido Faziuolo y no Tedaldo, por lo que se
desvanecieron las sospechas de sus hermanos y de cualquier otro.
Tedaldo, pues, que había vuelto riquísimo, perseveró
en su amor y sin que la señora se enojase más con él,
discretamente obrando, largamente gozaron de su amor. Dios nos haga
gozar del nuestro.
NOVELA OCTAVA
Ferondo,
tomados ciertos polvos, es enterrado como muerto y por el abad, que
su mujer se disfruta, hecho sacar de la tumba y puesto en prisión
y persuadido de que está en el purgatorio, y luego,
resucitado, como suyo cría a un hijo engendrado por el abad en
su mujer.
Llegado el fin de la larga historia de Emilia, que a
nadie había desagradado por su extensión, sino
considerada por todos como narrada brevemente teniendo en cuenta la
cantidad y la variedad de los casos contados en ella; la reina, a
Laureta mostrando con un solo gesto su deseo, le dio ocasión
de comenzar así :
Carísimas señoras, se me pone delante como
digna de ser contada una verdad que tiene, mucho más de lo que
fue, aspecto de mentira, y me ha venido a la cabeza al oír
contar que uno por otro fue llorado y sepultado. Contaré,
pues, cómo un vivo fue sepultado por muerto y cómo
después, resucitado y no vivo, él mismo y otros muchos
creyeron que había salido de la tumba, siendo por ello
venerado como santo quien más bien como culpable debía
ser condenado.
Hubo, pues, en Toscana, una abadía (y todavía
hay) situada, como vemos muchas, en un lugar no demasiado frecuentado
por las gentes, de la que fue abad un monje que en todas las cosas
era santísimo, salvo en los asuntos de mujeres, y éstos
los sabía hacer tan cautamente que casi nadie no sólo
no los conocía, sino que ni los sospechaba; por lo que
santísimo y justo se pensaba que era en todo. Ahora, sucedió
que, habiendo hecho gran amistad con el abad un riquísimo
villano que tenía por nombre Ferondo, hombre ignorante y
obtuso fuera de toda ponderación (y no por otra cosa gustaba
el abad de su trato sino por la diversión que a veces le
causaba su simpleza), en esta amistad se apercibió el abad de
que Ferondo tenía por esposa a una mujer hermosísima,
de la que se enamorótan ardientemente que en otra cosa no
pensaba ni de día ni de noche; pero oyendo que, por muy simple
y necio que fuese en todas las demás cosas, era sapientísimo
en amar y proteger a esta su mujer, casi desesperaba.
Pero, como muy astuto, domesticótanto a Ferondo
que éste con su mujer venían alguna vez a pasearse por
el jardín de su abadía; y allí, con él,
sobre la felicidad de la vida eterna y sobre las santísimas
acciones de muchos hombres y mujeres ya muertos les hablaba con gran
modestia, tanto que a la señora le dieron deseos de confesarse
con él y le pidió licencia a Ferondo y la obtuvo.
Venida, pues, a confesarse con el abad con grandísimo placer
de éste y poniéndose a sus pies como si otra cosa
viniese a decir, comenzó:
Señor, si Dios me hubiese dado marido o no
me lo hubiese dado, tal vez me sería más fácil
con vuestra enseñanza entrar en el camino de que me habéis
hablado, que lleva a otros a la vida eterna, pero yo, considerando
quién sea Ferondo y su estulticia, me puedo considerar viuda
y, sin embargo, soy casada en tanto que, viviendo él, otro
marido no puedo tomar, y él, aun necio como es, es tan fuera
de toda medida y sin ninguna razón tan celoso que por ello no
puedo vivir con él más que en tribulación y en
desgracia. Por la cual cosa, antes de venir a otra confesión,
lo más humildemente que puedo os ruego que sobre esto queráis
darme algún consejo, porque si desde ahora no empiezo a
procurar ocasión de mi bien, confesarme o hacer alguna otra
buena obra de poco me servirá.
Este discurso proporcionógran placer al alma del
abad, y le pareció que la fortuna hubiera abierto el camino a
su mayor deseo; y dijo:
Hija mía, creo que gran fastidio debe ser
para una hermosa y delicada mujer como sois vos, tener por marido a
un mentecato, pero mucho mayor creo que sea tener a un celoso; por lo
que, teniendo vos uno y otro, fácilmente os creo lo que de
vuestra tribulación me decís. Pero en ello, por decirlo
en pocas palabras, no veo consejo ni remedio fuera de uno, que es que
Ferondo se cure de estos celos. La medicina para curarlo sé yo
muy bien cómo hacerla, siempre que vos tengáis la
voluntad de guardar en secreto lo que voy a deciros.
La mujer dijo:
Padre mío, no dudéis de ello, porque
me dejaréantes morir que decir a nadie algo que vos me
dijerais que no dijese, ¿pero cómo se podrá
hacer?
Repuso el abad:
Es necesario que muera, y así sucederá,
y cuando haya sufrido tantos castigos que estécastigado de
estos celos suyos, nosotros, con ciertas oraciones, rogaremos a Dios
que lo devuelva a esta vida, y así lo hará.
Pues dijo la mujer, ¿he de
quedarme viuda?
Sírepuso el abad, durante
algún tiempo, que mucho debéis guardaros de que nadie
se case con vos, porque a Dios le parecería mal, y al volver
Ferondo tendríais que volver con él y sería más
celoso que nunca.
La mujer dijo:
Siempre que se cure de esta desgracia, que no
tenga que estar yo siempre en prisión, estoy contenta; haced
como gustéis.
Dijo entonces el abad:
así lo haré: pero ¿qué
galardón tendréde vos por tal servicio?
Padre mío dijo la señora,
lo que deseéis si puedo hacerlo, pero ¿qué puede
alguien como yo que sea apropiado a tal hombre como vos sois?
El abad le dijo:
Señora, vos podéis hacer por mí
no menos que lo que yo me empeño en hacer por vos porque así
como me dispongo a hacer aquello que debe ser bien y consuelo
vuestro, así podéis hacer vos lo que será salud
y salvación de mi vida.
Dijo entonces la señora:
Síes así , estoy dispuesta.
Pues dijo el abad, me daréis
vuestro amor y me daréis el placer de teneros, porque por vos
ardo y me consumo.
La mujer, al oír esto, toda pasmada, repuso:
¡Ay, padre mío!, ¿qué
es lo que me pedís? Yo creía que erais un santo: ¿y
les cuadra a los santos requerir a las mujeres que les piden consejo
a tales asuntos?
El abad le dijo:
Alma mía bella, no os maravilléis,
que por esto la santidad no disminuye, porque está en el alma
y lo que yo os pido es un pecado del cuerpo. Pero sea como sea, tanta
fuerza ha tenido vuestra atrayente belleza que Amor me obliga a hacer
esto, y os digo que de vuestra hermosura más que otras mujeres
podéis gloriaros al pensar que agrada a los santos, que están
tan acostumbrados a las del cielo; y además de esto, aunque
sea yo abad sigo siendo un hombre como los demás y, como veis,
todavía no soy viejo. Y esto no debe seros penoso de hacer,
sino que debéis desearlo porque mientras Ferondo esté
en el purgatorio, yo os daré, haciéndoos compañía
por la noche, el consuelo que debería daros él, y nadie
se dará cuenta de ello, creyendo todos de míaquello, y
más, que vos creíais hace poco. No rehuséis la
gracia que Dios os manda, que muchas son las que desean lo que vos
podéis tener y tendréis, si como prudente seguís
mi consejo. Además, tengo hermosas joyas valiosas, que
entiendo no sean de otra persona sino vuestras. Haced, pues, dulce
esperanza mía, lo que yo hago por vos de buen grado.
La mujer tenía el rostro inclinado, y no sabía
cómo negárselo, y concedérselo no le parecía
bien, por lo que el abad, viendo que le había escuchado y daba
largas a la respuesta, pareciéndole haberla convencido a
medias, con muchas otras palabras continuando las primeras, antes de
que callase le había metido en la cabeza que aquello estaba
bien hecho; por lo que dijo vergonzosamente que estaba dispuesta a lo
que mandase, pero que antes de que Ferondo hubiese ido al purgatorio
no podía ser. El abad contentísimo le dijo:
Y haremos que allívaya incontinenti; haced
de manera que mañana o al día siguiente venga a estar
aquíconmigo.
Y dicho esto, habiéndole puesto ocultamente en la
mano un bellísimo anillo, la despidió . La mujer, alegre
con el regalo y esperando tener otros, volviendo con sus compañeras,
maravillosas cosas empezó a decir sobre la santidad del abad.
De allí a pocos días se fue Ferondo a la abadía,
y en cuanto lo vio el abad pensó en mandarlo al purgatorio; y
encontrados unos polvos de maravillosa virtud que en tierras de
Levante había obtenido de un gran príncipe que afirmaba
que solía usarlos el Viejo de la Montaña cuando quería
mandar a alguien (haciéndole dormir) a su paraíso o
traerlo de allí, y que, en mayor o menor cantidad dados, sin
ninguna lesión hacían de tal manera dormir más o
menos a quien los tomaba que, mientras duraba su poder no se habría
dicho que tenía vida, y habiendo tomado de ellos cuantos
fuesen suficientes para hacer dormir tres días, en un vaso de
vino todavía un poco turbio, en su celda, sin que Ferondo se
diese cuenta, se los dio a beber; y con él lo llevó al
claustro y con otros de sus monjes empezaron a reírse de él
y de sus tonterías.
Lo que no durómucho porque, obrando los polvos,
se le subió a éste un sueño tan súbito y
fiero a la cabeza que estando todavía en pie se durmió,
y cayódormido. El abad, mostrándose perturbado por el
accidente, haciéndolo desceñir y haciendo traer agua
fría y echándosela en la cara, y haciéndole
aplicar muchos otros remedios cómo si de alguna flatulencia de
estómago o de otra cosa que tomado le hubiera quisiera
recuperarle la desmayada vida y el sentido, viendo el abad y los
monjes que con todo aquello no recobraba el sentido, tomándole
el pulso y no encontrándolo, todos tuvieron por cierto que
estuviese muerto; por lo que, mandándolo a decir a la mujer y
a sus parientes, todos los cuales aquívinieron prontamente, y
habiéndolo la mujer con sus parientes llorado un tanto,
vestido como estaba lo hizo el abad poner en una sepultura.
La mujer volvió a su casa, y de un pequeño
muchachito que tenía de él dijo que no entendía
separarse nunca; y así quedándose en casa, el hijo la
riqueza que había sido de Ferondo empezó a administrar.
El abad, con un monje boloñés de quien mucho se fiaba y
que aquel día había venido aquídesde Bolonia,
levantándose por la noche calladamente, a Ferondo sacaron de
la sepultura y a un subterráneo, en el que ninguna luz entraba
y que para prisión de los monjes que cometiesen faltas había
sido hecho, lo llevaron y, quitándole sus vestidos,
vistiéndole a guisa de monje, sobre un haz de paja lo
pusieron, y lo dejaron hasta que recobrase el sentido. Entretanto, el
monje boloñés, por el abad informado de lo que tenía
que hacer, sin saber de ello nadie más, se puso a esperar que
Ferondo volviese en sí .
El abad, al día siguiente, con algunos de sus
monjes a modo de hacer una visita, se fue a casa de la mujer, a la
cual de negro vestida y atribulada encontró, y consolándola
algún tanto, en voz baja le pidió que cumpliera su
promesa. La mujer, viéndose libre y sin el empacho de Ferondo
ni de nadie, habiéndole visto en el dedo otro hermoso anillo,
dijo que estaba pronta y acordó con él que la noche
siguiente fuese. Por lo que, llegada la noche, el abad, disfrazado
con las ropas de Ferondo y acompañado por su monje, fue, y con
ella hasta la mañana, con grandísimo deleite y placer,
se acostó, y luego se volvió a la abadía,
haciendo aquel camino asaz frecuentemente para dicho servicio; y
siendo encontrado por algunos al ir o al venir, se creyó que
era Ferondo que andaba por aquel barrio haciendo penitencia, y sobre
ello muchas historias entre la gente vulgar de la villa nacieron, y
hasta a la mujer, que bien sabía lo que pasaba, se las
contaron muchas veces.
El monje boloñés, vuelto en sí
Ferondo y hallándose allísin saber dónde
estaba, entrando dentro, dando una voz horrible, con algunas varas en
la mano, cogiéndolo, le dio una gran paliza. Ferondo, llorando
y gritando, no hacía otra cosa que preguntar:
¿Dónde estoy?
El monje le repuso:
Estás en el purgatorio.
¿Cómo? dijo Ferondo. ¿Es
que me he muerto?
Dijo el monje:
Ciertamente.
Por lo que Ferondo por sí mismo y por su mujer y
por su hijo empezó a llorar, diciendo las más extrañas
cosas del mundo. El monje le llevó algo de comer y de beber,
lo que viendo Ferondo dijo:
¿así que los muertos comen?
Dijo el monje:
Si, y esto que te traigo es lo que la mujer que
fue tuya mandó esta mañana a la iglesia para hacer
decir misas por tu alma, lo que Dios quiere que te sea ofrecido.
Dijo entonces Ferondo:
¡Dómine, bendícela! Yo mucho
la quería antes que muriese, tanto que la tenía toda la
noche en brazos y no hacía más que besarla, y también
otra cosa hacía cuando me daba la gana.
Y luego, teniendo mucha hambre, comenzó a comer y
a beber, y no pareciéndole el vino muy bueno, dijo:
¡Dómine, házselo pagar, que no
le dio al cura del vino de la cuba de junto al muro!
Pero luego que hubo comido, el monje le cogióde
nuevo y con las mismas varas le dio una gran paliza. Ferondo,
habiendo gritado mucho, dijo:
¡Ah!, ¿por qué me haces esto?
Dijo el monje:
Porque así ha mandado Dios Nuestro Señor
que cada día te sea hecho dos veces.
¿Y por qué razón? dijo
Ferondo.
Dijo el monje:
Porque fuiste celoso teniendo por esposa a la
mejor mujer que hubiera en tu ciudad.
¡Ay! dijo Ferondo, dices verdad,
y la más dulce; era más melosa que el caramelo, pero no
sabía yo que Dios Nuestro Señor tuviera a mal que el
hombre fuese celoso, porque no lo habría sido.
Dijo el monje:
De eso debías haberte dado cuenta mientras
estabas allí, y enmendarte, y si sucede que alguna vez allí
vuelvas, haz que tengas tan presente lo que ahora te hago que nunca
seas celoso.
Dijo Ferondo:
¿Pues vuelve alguna vez quien se muere?
Dijo el monje:
Sí, quien Dios quiere.
¡Oh! dijo Ferondo, si alguna vez
vuelvo, seré el mejor marido del mundo; no le pegaré
nunca, nunca le diréinjurias sino por causa del vino que ha
mandado esta mañana: y tampoco ha mandado vela ninguna, y he
tenido que comer a oscuras.
Dijo el monje:
Sílo hizo, pero se consumieron en las
misas.
¡Oh! dijo Ferondo, será
verdad, y ten por seguro que si allívuelvo la dejaré
hacer lo que quiera. Pero dime: ¿quién eres tú
que me haces esto?
Dijo el monje:
También estoy muerto, y fui de Cerdeña,
y porque alabémucho a un señor mío el ser
celoso me ha condenado Dios a esta pena, a que tenga que darte de
comer y de beber y estas palizas hasta que Dios disponga otra cosa de
ti y de mí.
Dijo Ferondo:
¿No hay aquínadie más que
nosotros dos?
Dijo el monje:
Sí, millones, pero tú no los puedes
ver ni oír, ni ellos a ti.
Dijo entonces Ferondo:
¿Pues a qué distancia estamos de
nuestra tierra?
¡Ojojú! dijo el
monje, estamos a millas de más bienlacagueremos(104)
¡Recontra, eso es mucho! dijo
Ferondo, y a lo que me parece debemos estar fuera del mundo, de
tan lejos.
Ahora, en tales conversaciones y otras semejantes, con
comida y con palizas, fue tenido Ferondo cerca de diez meses, en los
cuales con mucha frecuencia el abad muy felizmente visitó a su
hermosa mujer y con ella se dio la mejor vida del mundo. Pero como
suceden las desgracias, la mujer quedópreñada, y
dándose cuenta enseguida lo dijo al abad; por lo que a los dos
les pareció que sin demora Ferondo tenía que ser traído
del purgatorio a la vida y volver con ella, y decir ella que estaba
grávida de él.
El abad, pues, la noche siguiente hizo con una voz
fingida llamar a Ferondo en su prisión y decirle:
Ferondo, consuélate, que place a Dios que
vuelvas al mundo; adonde, vuelto, tendrás un hijo de tu mujer,
al que llamarás Benedetto porque por las oraciones de tu santo
abad y de tu mujer y por amor de San Benito te concede esta gracia.
Ferondo, al oír esto, se puso muy alegre, y dijo:
Mucho me place: Dios bendiga a Nuestro Señor
y al abad y a San Benito y a mi mujer quesosa melosa sabrosa.
El abad, habiéndole hecho dar en el vino que le
mandaba tantos polvos de aquellos que le hicieran dormir unas cuatro
horas, volviéndole a poner sus vestidos, junto con su monje
silenciosamente lo volvieron a la sepultura donde había sido
enterrado. Por la mañana al hacerse de día, Ferondo
volvió en sí y vio por alguna rendija de la sepultura
luz, lo que no veía hacía diez meses, por lo que
pareciéndole estar vivo, empezó a gritar:
¡Abridme, abridme! y a golpear él
mismo con la cabeza contra la tapa del sepulcro, tan fuerte que
removiéndola, porque con poco se removía, empezaba a
abrirse cuando los monjes, que habían rezado maitines,
corrieron allíy conocieron la voz de Ferondo y lo vieron ya
salir del sepulcro, por lo que, espantados todos ante la extrañeza
del hecho, comenzaron a huir y se fueron al abad. El cual, haciendo
semblante de levantarse de la oración, dijo:
Hijos, no temáis; tomad la cruz y el agua
bendita y venid detrás de mi, y veamos lo que el poder de Dios
nos quiere mostrar y así lo hizo.
Estaba Ferondo tan pálido como quien ha estado
tanto tiempo sin ver el cielo, fuera del ataúd; el cual, al
ver al abad, corrió a sus pies y le dijo:
Padre mío, vuestras oraciones,
según me ha sido revelado, y las de San Benito y las de mi
mujer me han sacado de las penas del purgatorio y traído a la
vida de nuevo; por lo que os ruego a Dios que tengáis buenos
días y buenas calendas(105)
hoy y siempre.
El abad dijo:
Alabado sea el poder de Dios. Ve, pues, hijo, pues
que Dios aquíte ha devuelto, y consuela a tu mujer, que
siempre, desde que te fuiste, ha estado llorando, y sé de aquí
en adelante amigo y servidor de Dios.
Dijo Ferondo:
Señor, así ha sido dicho; dejadme
hacer a mí, que en cuanto la encuentre, tanto la besaré
cuanto la quiero.
El abad, quedándose con sus monjes,
mostrósentir por esta cosa una gran admiración e hizo
cantar devotamente el miserere. Ferondo tornó a su villa,
donde, quien lo veía huía de él como suele
hacerse de las cosas horribles, pero él, llamándole,
afirmaba que había resucitado. La mujer también tenía
miedo de él, pero después de que la gente fue tomando
confianza con él, y, viendo que estaba vivo, le preguntaban
sobre muchas cosas; convertido en sabio, a todos respondía y
daba noticias de las almas de sus parientes, y hacía por sí
mismo las más bellas fábulas del mundo sobre los hechos
del purgatorio, y delante de todo el pueblo contó la
revelación que había sido hecha por boca de Arañuelo
Grabiel(106)
antes de que resucitase.
Por la cual cosa, volviéndose a casa con la mujer
y entrado en posesión de sus bienes, la preñó a
su parecer, y sucedió por ventura que llegado el tiempo
oportuno en opinión de los tontos, que creen que la mujer
lleva a los hijos precisamente nueve meses, la mujer parió un
hijo varón, que fue llamado Benedetto Ferondo. La vuelta de
Ferondo y sus palabras, al creer casi todo el mundo que había
resucitado, acrecentaron sin límites la fama de la santidad
del abad; y Ferondo, que por sus celos había recibido muchas
palizas, según la promesa que el abad había hecho a la
mujer, dejóde ser celoso de allíen adelante, con lo
que, contenta la mujer, honestamente como solía con él
vivió aunque, cuando convenientemente podía, de buen
grado se encontraba con el santo abad que bien y diligentemente en
sus mayores necesidades la había servido.
NOVELA NOVENA
Giletta
de Narbona cura al rey de Francia de una fístula; le pide por
marido a Beltramo de Rosellón, el cual, desposándose
con ella contra su voluntad, a Florencia se va enojado; donde,
cortejando a una joven, en lugar de ella, Giletta se acuesta con él
y tiene de él dos hijos, por lo que él, después,
sintiendo amor por ella, la tuvo como mujer(107)
Quedaba, al no querer negar su privilegio a Dioneo,
solamente la reina por contar su historia (como fuera que ya había
terminado la novela de Laureta); por lo cual, ésta, sin
esperar a ser solicitada por los suyos, así , toda amorosa,
comenzó a hablar:
¿Quién contará ahora ya una
historia que parezca buena, habiendo escuchado la de Laureta? Alguna
ventaja ha sido que ella no fuese la primera, que luego pocas de las
otras nos hubieran gustado, y así espero que suceda con las
que esta jornada quedan por contar. Pero sea como sea, aquella que
sobre el presente asunto se me ocurre os contaré.
En el reino de Francia hubo un gentilhombre que era
llamado Isnardo, conde del Rosellón, el cual, porque poca
salud tenía, siempre tenía a su lado a un médico
llamado maestro Gerardo de Narbona. Tenía el dicho conde un
solo hijo pequeño, llamado Beltramo, el cual era