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100 - conclusión
El Decameron
Giovanni Boccaccio
Revisado por: Sergio Cortéz (1)
PROEMIO COMIENZA
EL LIBRO LLAMADO DECAMERóN, APELLIDADO PRÍNCIPE
GALEOTO(2)
EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ DíAS POR
SIETE MUJERES Y POR TRES HOMBRES JóVENES.
Humana cosa es tener compasión de
los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio
es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y
lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él
necesitado o le fue querido o ya de él recibió el
contento, me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este
tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y
noble amor (tal vez, por yo narrarlo, bastante más de lo que
parecería conveniente a mi baja condición aunque por
los discretos a cuya noticia llegó fuese alabado y reputado en
mucho(3)
no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por
crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la
mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún
razonable límite me dejaba estar contento, me hacía
muchas veces sentir más dolor del que había necesidad.
Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron las afables razones
de algún amigo y sus loables consuelos, que tengo la opinión
firmísima de que por haberme sucedido así no estoy
muerto. Pero cuando plugo a Aqué l que, siendo infinito, dio
por ley inconmovible a todas las cosas mundanas el tener fin, mi
amor, más que cualquiera otro ardiente y al cual no había
podido ni romper ni doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo
ni de vergüenza evidente ni ningún peligro que pudiera
seguirse de ello, disminuyó con el tiempo, de tal guisa que
sólo me ha dejado de sí mismo en la memoria aquel
placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a navegar en sus más
hondos piélagos, por lo que, habiendo desaparecido todos sus
afanes, siento que ha permanecido deleitoso donde en mísolía
doloroso estar. Pero, aunque haya cesado la pena, no por eso ha huido
el recuerdo de los beneficios recibidos entonces de aqué llos a
quienes, por benevolencia hacia mí, les eran graves mis
fatigas; ni nunca se irá, tal como creo, sino con la muerte. Y
porque la gratitud, según lo creo, es entre las demás
virtudes sumamente de alabar y su contraria de maldecir, por no
parecer ingrato me he propuesto prestar algún alivio, en lo
que puedo y a cambio de los que he recibido (ahora que puedo llamarme
libre), si no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen
necesidad de él por su cordura y por su buena suerte, al menos
a quienes lo hayan menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si
queremos llamarlo así , pueda ser y sea bastante poco para los
necesitados, no deja de parecerme que deba ofrecerse primero allí
donde la necesidad parezca mayor, tanto porque será más
útil como porque será recibido con mayor deseo. ¿Y
quién podrá negar que, por pequeño que sea, no
convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los
hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y
avergonzándose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán
mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado
y lo prueban); y además, obligadas por los deseos, los gustos,
los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los
maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño
circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no
queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos
que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos,
traída por algún fogoso deseo, les invade alguna
tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas
razones no la remueven, sin contar con ellas son mucho menos fuertes
que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como
podemos ver abiertamente nosotros. Ellos, si les aflige alguna
tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de
olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, oír y
ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o pescar, jugar y
mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de
recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del
doloroso pensamiento al menos por algún espacio de tiempo;
después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el
consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos
por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos
obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más
avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las
otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo
contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias,
como las queramos llamar, narradas en diez días, como
manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía
de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de
la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las
dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de
amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos
acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los
antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par
podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil
consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido
e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les
pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que
quiera Dios que así sea, den gracias a Amor que, librándome
de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres.
COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL
DECAMERÓN, EN QUE, LUEGO DE LA EXPLICACIÓN DADA POR EL
AUTOR SOBRE LA RAZóN POR QUE ACAECIó que SE REUNIESEN
LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE sí , SE RAZONA
BAJO EL GOBIERNO DE PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS AGRADA A
CADA UNO.
Cuando más graciosísimas
damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más
conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un
principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de
aquella pestífera mortandad pasada (4),
universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la
vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. Pero
no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre
suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso
comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una montaña
áspera y empinada después de la cual se halla escondida
una llanura hermosísima y deleitosa que les es más
placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Y
así como el final de la alegría suele ser el dolor, las
miserias se terminan con el gozo que las sigue. A este breve disgusto
(y digo breve porque se contiene en pocas palabras) seguirá
prontamente la dulzura y el placer que os he prometido y que tal vez
no sería esperado de tal comienzo si no lo hubiera hecho. Y en
verdad si yo hubiera podido decorosamente llevaros por otra parte a
donde deseo en lugar de por un sendero tan áspero como es
éste, lo habría hecho de buena gana; pero ya que la
razón por la que sucedieron las cosas que después se
leerán no se podía manifestar sin este recuerdo, como
empujado por la necesidad me dispongo a escribirlo. Digo, pues, que ya habían los años
de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios(5)
llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a
la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las
otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que
o por obra de los cuerpos superiores (6)
o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la
justa ira de Dios para nuestra corrección que había
comenzado algunos años antes en las partes orientales
privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose
sin descanso de un lugar en otro, se había extendido
miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún
saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas
inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición
de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados
para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes
súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez
sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al
principio de la primavera del año antes dicho empezó
horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos.
Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la
nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su
comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente
en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas
crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un
huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas
por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio
de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a
cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó
la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o
lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los
muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a
otros menudas y abundantes. Y así como la buba había
sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte
futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían.
Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni
aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna;
así , o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la
ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá
de los entendidos había proliferado grandísimamente el
número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían
tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué
era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no
solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del
tercer día de la aparición de las señales antes
dichas, quién antes, quién después, y la mayoría
sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia
tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se
abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro
modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando
se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal:
que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los
sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también
el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido
tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar
consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es
escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los
míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería
a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera
la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta
virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente
pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo
visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían
sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino
que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como
he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día
porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal
enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando
con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen
y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los
dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y
como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra
sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes más
semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e
imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a
un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus
cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía
la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban
que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía
ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía,
vivían separados de todos los demás recogiéndose
y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún
enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas
delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo
exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de
fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los
instrumentos y con los placeres que podían tener se
entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria,
afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el
beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose
y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse
y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo
ponían en obra como podían yendo de día y de
noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y
sin medida y mucho más haciendo en los demás casos
solamente las cosas que entendían que les servían de
gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente
porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había
abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más
de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el
extraño, si se le ocurría, como las habría usado
el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras,
huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran
aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda
autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda
caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los
otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado
tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno;
por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le
pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más
arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las
viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los
otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente,
según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse,
saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas
o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con
frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el
cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de
los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las
medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si
por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina
era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos
por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos,
muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias
casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las
ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a
seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste
y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de
los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía
quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos
que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos
se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de
ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo
cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos,
languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase
al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y
que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con
tanto espanto había entrado esta tribulación en el
pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al
otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas
veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble,
los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos,
evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran
una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún
otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que
había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos
salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no
se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y
mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal
servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a
los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían;
y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con
lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos,
los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se
siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer
por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba
tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle
sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra
manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la
necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue
razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió . Y
además, se siguióde ello la muerte de muchos que, por
ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los
que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no
podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la
ciudad la multitud de los que de día y de noche morían,
que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo.
Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras
costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos.
Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres
parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí,
con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte
delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus
vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del
muerto allí venía el clero, y él en hombros de
sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida
por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego
que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su
mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar.
Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían
las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la
otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los
piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes
fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más
acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía;
la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina
piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y eran
raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de
sus vecinos acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban
sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie
de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar
faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose
debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no
a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la
más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás
de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin
ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse
en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura
desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y
tal vez de la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha
mayor miseria, porque éstos, o por la esperanza o la pobreza
retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus
barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni
servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían
todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día
o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el
hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían
sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los
otros que por toda parte morían, una muchedumbre. Era sobre
todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el
temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que
por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos
o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla,
sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían
delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana,
hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese
paseado por allí) y allí hacían venir los
ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron
sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó
juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que
se habrían podido contar bastantes de los que la mujer y el
marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así
sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que,
andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o
cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de
ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar,
tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco eran éstos
con lágrimas o luces o compañía honrados, sino
que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se
cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora
de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que
aquello que el curso natural de las cosas no había podido con
sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se
debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de
los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados.
A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias,
todos los días y casi todas las horas, era conducida, no
bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y máxime
queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua
costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias,
después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas
en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en
aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en
capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se
llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los
detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con
un tiempo tan enemigo que corrióésta, no por ello se
ahorró algo al campo circundante; en el cual, dejando los
burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por
las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores
míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico
ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las
casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres
sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas
sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna
de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la
muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no
en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de
sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano.
Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos,
los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre,
sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los
campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya
recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía;
y muchos, como racionales, después que habían pastado
bien durante el día, por la noche se volvían saciados a
sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿qué más
puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que
tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los
hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por
ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el
miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas
humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que
dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal
vez antes del accidente mortífero no se habría estimado
haber dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios,
cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por
dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías
hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes,
cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas
riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos
valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos
jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates
o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus
parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con
sus antepasados en el otro mundo!
A mímismo me disgusta andar
revolviéndome tanto entre tantas miserias; por lo que,
queriendo dejar aquella parte de las que convenientemente puedo
evitar, digo que, estando en estos términos nuestra ciudad de
habitantes casi vacía, sucedió , así como yo
después oía una persona digna de fe, que en la
venerable iglesia de Santa María la Nueva, un martes de
mañana, no habiendo casi ninguna otra persona, oídos
los divinos oficios en hábitos de duelo, como pedían
semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres jóvenes,
todas entre sí unidas o por amistad o por vecindad o por
parentesco, de las cuales ninguna había pasado el vigésimo
año ni era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre
noble y hermosas de figura y adornadas con ropas y honestidad
gallarda. Sus nombres diría yo debidamente si una justa razón
no me impidiese hacerlo, que es que no quiero que por las cosas
contadas de ellas que se siguen, y por lo escuchado, ninguna pueda
avergonzarse en el tiempo por venir, estando hoy un tanto
restringidas las leyes del placer que entonces, por las razones antes
dichas, eran no ya para su edad sino para otra mucho más
madura amplísimas; ni tampoco dar materia a los envidiosos
(prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en ningún
modo la honestidad de las valerosas(7)
mujeres en conversaciones desconsideradas. Pero, sin embargo, para
que aquello que cada una dijese se pueda comprender pronto sin
confusión, con nombres convenientes a la calidad de cada una,
o en todo o en parte, entiendo llamarlas; de las cuales a la primera,
y la que era de más edad, llamaremos Pampínea y a la
segunda Fiameta, Filomena a la tercera y a la cuarta Emilia, y
después Laureta diremos a la quinta, y a la sexta Neifile, y a
la última, no sin razón, llamaremos Elisa(8)
Las cuales, no ya movidas por algún propósito sino por
el acaso, se reunieron en una de las partes de la iglesia como
dispuestas a sentarse en corro, y luego de muchos suspiros, dejando
de rezar padrenuestros, comenzaron a discurrir sobre la condición
de los tiempos muchas y variadas cosas; y luego de algún
espacio, callando las demás, así empezó a hablar
Pampínea:
Vosotras podéis, queridas
señoras, tanto como yo haber oído muchas veces que a
nadie ofende quien honestamente hace uso de su derecho. Natural
derecho es de todos los que nacen ayudar a conservar y defender su
propia vida tanto cuanto pueden, y concededme esto, puesto que alguna
vez ya ha sucedido que, por conservarla, se hayan matado hombres sin
ninguna culpa. Y si esto conceden las leyes, a cuya solicitud está
el buen vivir de todos los mortales, ¡cuán mayormente es
honesto que, sin ofender a nadie, nosotras y cualquiera otro, tomemos
los remedios que podamos para la conservación de nuestra vida!
Siempre que me pongo a considerar nuestras acciones de esta mañana
y de las ya pasadas y pienso cuántos y cuáles son
nuestros pensamientos, comprendo, y vosotras de igual modo lo podéis
comprender, que cada una de nosotras tema por sí misma; y no
me maravillo por ello, sino que me maravillo de que sucediéndonos
a todas tener sentimiento de mujer, no tomemos alguna compensación
de aquello que fundadamente tememos. Estamos viviendo aquí, a
mi parecer, no de otro modo que si quisiésemos y debiésemos
ser testigos de cuantos cuerpos muertos se llevan a la sepultura, o
escuchar si los frailes de aquídentro (el número de
los cuales casi ha llegado a cero) cantan sus oficios a las horas
debidas, o mostrar a cualquiera que aparezca, por nuestros hábitos,
la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y, si salimos de aquí,
o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos
aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las públicas
leyes condenó al exilio, escarneciéndolas porque oyeron
que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y con descompensado
ímpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra ciudad,
enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje
nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes, acusándonos
de nuestros males con deshonestas canciones. Y no otra cosa oímos
sino «los tales son muertos», y «los otros tales
están muriéndose»; y si hubiera quien pudiese
hacerlo, por todas partes oiríamos dolorosos llantos. Y si a
nuestras casas volvemos, no sé si a vosotras como a mí
os sucede: yo, de mucha familia, no encontrando otra persona en ella
que a mi criada, empavorezco y siento que se me erizan los cabellos,
y me parece, dondequiera que voy o me quedo, ver la sombra de los que
han fallecido, y no con aquellos rostros que solían sino con
un aspecto horrible, no sé en dónde extrañamente
adquirido, espantarme. Por todo lo cual, aquí y fuera de aquí,
y en casa, me siento mal, y tanto más ahora cuando me parece
que no hay persona que aún tenga pulso y lugar donde ir, como
tenemos nosotras, que se haya quedado aquísalvo nosotras. Y
he oído y visto muchas veces que si algunos quedan, aqué llos,
sin hacer distinción alguna entre las cosas honestas y las que
no lo son, sólo con que el apetito se lo pida, y solos y
acompañados, de día o de noche, hacen lo que mejor se
les ofrece; y no sólo las personas libres sino también
las encerradas en monasterios, persuadiéndose de que les
conviene aquello que en los otros no desdice, rotas las leyes de la
obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa pensando
salvarse, y se han hecho lascivas y disolutas. Y si así es,
como manifiestamente se ve, ¿qué hacemos aquí
nosotras?, ¿qué esperamos?, ¿qué soñamos?
¿Por qué somos más perezosas y lentas en nuestra
salvación que todos los demás ciudadanos? ¿Nos
reputamos de menor valor que todos los demás?, ¿o
creemos que nuestra vida está atada con cadenas más
fuertes a nuestro cuerpo que la de los otros, y así no debemos
pensar que nada tenga fuerza para ofenderla? Estamos equivocadas, nos
engañamos, qué brutalidad es la nuestra si lo creemos
así , cuantas veces queramos recordar cuántos y cuáles
han sido los jóvenes y las mujeres vencidos por esta cruel
pestilencia, tendremos una demostración clarísima. Y
por ello, a fin de que por repugnancia o presunción no
caigamos en aquello de lo que por ventura, queriéndolo,
podremos escapar de algún modo, no sé si os parecerá
a vosotras lo que a míme parece: yo juzgaría
óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos
han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta
tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos,
honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres
(en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella
alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en
ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos(9)
Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados
y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro
modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más
abiertamente; el cual, por muy enojado que esté, no por ello
nos niega sus bellezas eternas, que mucho más bellas son de
admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí,
a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas
que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más
abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí,
aunque también mueran los labradores como aquílos
ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son
las casas y los habitantes que en la ciudad. Y aquí, por otra
parte, si veo bien, no abandonamos a nadie, antes podemos con verdad
decir que fuimos abandonadas: porque los nuestros, o muriendo o
huyendo de la muerte, como si no fuésemos suyas nos han dejado
en tanta aflicción. Ningún reproche puede hacerse, por
consiguiente, a seguir tal consejo, mientras que el dolor y el
disgusto, y tal vez la muerte, podrían acaecernos si no lo
seguimos. Y por ello, si os parece, tomando nuestras criadas y
haciéndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en este sitio y
mañana en aqué l, la alegría y la fiesta que en
estos tiempos se pueda creo que estará bien que gocemos; y que
permanezcamos de esta guisa hasta que veamos (si primero la muerte no
nos alcanza) qué fin reserva el cielo a estas cosas. Y
recordad que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando gran
parte de los otros deshonestamente se quedan.
Habiendo escuchado a Pampínea las otras mujeres,
no solamente alabaron su razonamiento sino que, deseosas de seguirlo,
habían ya entre sí empezado a considerar el modo de
llevarlo a cabo, como si al levantarse de donde estaban sentadas
inmediatamente debieran ponerse en camino. Pero Filomena, que era
discretísima, dijo:
Señoras, por muy óptimamente
dicho que haya estado el razonamiento de Pampínea, no por ello
es cosa de correr a hacerlo así como parece que queréis.
Os recuerdo que somos todas mujeres y no hay ninguna tan moza que no
pueda conocer bien cómo se saben gobernar las mujeres juntas y
sin la providencia de algún hombre. Somos volubles,
alborotadoras, suspicaces, pusilánimes y miedosas(10)
cosas por las que mucho dudo que, si no tomamos otra guía más
que la nuestra, no se disuelva esta compañía mucho
antes y con menos honor para nosotras de lo que sería
menester: y por ello bueno es tomar providencias antes de empezar.
Dijo entonces Elisa: En verdad los hombres son cabeza de la mujer y sin
su dirección raras veces llega alguna de nuestras obras a un
fin loable: pero ¿cómo podemos encontrar esos hombres?
Todas sabemos que de los nuestros están la mayoría
muertos, y los otros que viven se han quedado uno aquíotro
allá en distinta compañía, sin que sepamos
dónde, huyéndole a aquello de que nosotras queremos
huir, y el admitir a extraños no sería conveniente; por
lo que, si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el
modo de organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos
encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y escándalo.
Mientras entre las mujeres andaban estos
razonamientos, he aquí
que entran en la iglesia tres jóvenes,
que no lo eran tanto que no fuese de menos de veinticinco años
la edad del más joven: ni la calidad y perversidad de los
tiempos, ni la pérdida de amigos y de parientes, ni el temor
por sí mismos había podido no sólo extinguir el
amor en ellos sino ni aun enfriarlos. De los cuales uno era llamado
Pánfilo y Filostrato el segundo y el último Dioneo(11)
todos afables y corteses; y andaban buscando, como su mayor consuelo
en tanta perturbación de las cosas, ver a sus damas, las
cuales estaban las tres por ventura entre las ya dichas siete, y de
las demás eran parientes de alguno de ellos. Pero primero
llegaron ellos a los ojos de éstas que éstas fueron
vistas por ellos; por lo que Pampínea, entonces, sonriéndose
comenzó:
He aquí que la fortuna es favorable a
nuestros comienzos y nos ha puesto delante a estos jóvenes
discretos y valerosos que nos harán con gusto de guías
y servidores si no dejamos de tomarles para este oficio.
Neifile, entonces, que toda se había sonrojado de
vergüenza porque era una de las amadas por los jóvenes,
dijo:
Pampínea, por Dios, mira lo que dices.
Reconozco abiertamente que nada más que cosas todas buenas
pueden decirse de cualquiera de ellos, y los creo capaces de muchas
mayores cosas de las que son necesarias para éstas, y
semejantemente creo que pueden ofrecer buena y honesta compañía
no solamente a nosotras sino a otras mucho más hermosas y
estimadas de lo que nosotras somos; pero como es cosa manifiesta que
están enamorados de algunas de las que aquíestán,
temo que se siga difamación y reproches, sin nuestra culpa o
la suya, si los llevamos con nosotras.
Dijo entonces Filomena:
Eso poca monta; allá donde yo honestamente
viva y no me remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en
contra: Dios y la verdad tomarán por mílas armas.
Pues, si estuviesen dispuestos a venir podríamos decir en
verdad, como Pampínea dijo, que la fortuna es favorable a
nuestra partida.
Las demás, oyendo a éstas hablar así ,
no solamente se callaron sino que con sentimiento concorde dijeron
todas que fuesen llamados y se les dijese su intención; y se
les rogase que quisieran tenerlas compañía en el dicho
viaje. Por lo que, sin más palabras, poniéndose en pie
Pampínea, que por consanguinidad era pariente de uno de ellos,
se dirigióhacia ellos, que estaban parados mirándolas
y, saludándolos con alegre gesto, les hizo manifiesta su
intención y les rogó en nombre de todas que con puro y
fraternal ánimo se quisiesen disponer a tenerlas compañía.
Los jóvenes creyeron primero que se burlaba, pero después
que vieron que la dama hablaba en serio declararon alegremente que
estaban prontos, y sin poner dilación al asunto, a fin de que
partiesen, dieron órdenes de lo que había que hacer
para disponer la partida. Y ordenadamente haciendo aparejar todas las
cosas oportunas y mandadas ya a donde ellos querían ir, la
mañana siguiente, esto es, el miércoles, al clarear el
día, las mujeres con algunas de sus criadas y los tres jóvenes
con tres de sus sirvientes, saliendo de la ciudad, se pusieron en
camino, y no más de dos pequeñas millas se habían
alejado de ella cuando llegaron al lugar primeramente decidido.
Estaba tal lugar sobre una pequeña montaña,
por todas partes alejado algo de nuestros caminos, con diversos
arbustos y plantas todas pobladas de verdes frondas agradable de
mirar; en su cima había una villa con un grande y hermoso
patio en medio, y con galerías y con salas y con alcobas todas
ellas bellísimas y adornadas con alegres pinturas dignas de
ser miradas, con pradecillos en torno y con jardines maravillosos y
con pozos de agua fresquísima y con bodegas llenas de
preciosos vinos: cosas más apropiadas para los bebedores
consumados que para las sobrias y honradas mujeres. La cual, bien
barrida y con las alcobas y las camas hechas, y llena de cuantas
flores se podían tener en la estación, y alfombrada con
esparcidas ramas de juncos, halló la compañía
que llegaba, con no poco placer por su parte. Y al reunirse por
primera vez, dijo Dioneo, que más que ningún otro joven
era agradable y lleno de agudeza:
Señoras, vuestra discreción más
que nuestra previsión nos ha guiado aquí; yo no sé
qué es lo que intentáis hacer de vuestros pensamientos:
los míos los dejé yo dentro de las puertas de la ciudad
cuando con vosotras hace poco me salí de ella, y por ello o
vosotras os disponéis a solazaros y a reír y a cantar
conmigo (tanto, digo, como conviene a vuestra dignidad) o me dais
licencia para que a por mis pensamientos retorne y me quede en
aquella ciudad atribulada.
A lo que Pampínea, no de otro modo que si
semejantemente hubiese arrojado de sí todos los suyos,
contestó alegre:
Dioneo, óptimamente hablas: hemos de vivir
festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir.
Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente,
yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha formado
esta buena compañía, pensando en la continuación
de nuestra alegría, estimo que es de necesidad elegir entre
nosotros a alguno como más principal a quien honremos y
obedezcamos como a mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el
cuidado de hacernos vivir alegremente. Y para que todos prueben el
peso de las preocupaciones junto con el placer de la autoridad, y por
consiguiente, llevado de una parte a la otra, no pueda quien no lo
prueba sentir envidia alguna, digo que a cada uno por un día
se atribuya el peso y con él el honor, y quien sea el primero
de nosotros se deba a la elección de todos; los que le
sucedan, al acercarse la hora del crepúsculo, sean aquel o
aquella que plazca a quien aquel día haya tenido tal señorío,
y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo de su
señorío, del lugar y el modo en el que hayamos de
vivir, ordene y disponga.
Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la
eligieron por reina del primer día, y Filomena, corriendo
prestamente hacia un laurel, porque muchas veces había oído
hablar de cuán grande honor sus frondas eran dignas y cuán
digno honor hacían a quien era con ellas meritoriamente
coronado, cogiendo algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien
arreglada que, poniéndosela en la cabeza, fue, mientras duró
aquella compañía, manifiesto signo a todos los demás
del real señorío y preeminencia.
Pampínea, hecha reina, mandó que todos
callasen, habiendo hecho ya llamar allí a los servidores de
los tres jóvenes y a sus criadas; y callando todos, dijo:
Para dar primero ejemplo a todos
vosotros para que, procediendo de bien en mejor, nuestra compañía
con orden y con placer y sin ningún deshonor viva y dure
cuanto lo deseemos, nombro primeramente a Pármeno(12)
criado de Dioneo, mi senescal, y a él encomiendo el cuidado y
la solicitud por toda nuestra familia y lo que pertenece al servicio
de la sala. Sirisco, criado de Pánfilo, quiero que sea
administrador y tesorero y que siga las órdenes de Pármeno.
Tíndaro, al servicio de Filostrato y de los otros dos, que se
ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en sus oficios, no
puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena, estarán
continuamente en la cocina y aparejarán diligentemente las
viandas que por Pármeno le sean ordenadas. Quimera, de
Laureta, y Estratilia, de Fiameta, queremos que estén
pendientes del gobierno de las alcobas de las damas y de la limpieza
de los lugares donde estemos. Y a todos en general, por cuanto
estimen nuestra gracia, queremos y les ordenamos que se guarden,
dondequiera que vayan, de dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que
sea lo que oigan o vean, de traer de fuera ninguna noticia que no sea
alegre. Y dadas sumariamente estas órdenes, que fueron
de todos encomiadas, enderezándose, alegres en pie, dijo:
aquí hay jardines, aquí hay prados, aquí hay
otros lugares muy deleitosos, por los cuales vaya cada uno a su gusto
solazándose; y al oír el toque de tercia, todos estén
aquípara comer con la fresca.
Despedida, pues, por la reciente reina, la alegre
compañía, los jóvenes junto con las bellas
mujeres, hablando de cosas agradables, con lento paso, se fueron por
un jardín haciéndose bellas guirnaldas de varias
frondas y cantando amorosamente. Y luego de haberse demorado así
cuanto espacio les había sido concedido por la reina, vueltos
a casa, encontraron que Pármeno había dado
diligentemente principio a su oficio, por lo que, al entrar en una
sala de la planta baja, allí vieron las mesas puestas con
manteles blanquísimos y con vasos que parecían de
plata, y todas las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta;
por lo que, dada el agua a las manos, como gustó a la reina,
según el juicio de Pármeno, todos fueron a sentarse.
Las viandas delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados vinos
finísimos, y sin más, en silencio los tres servidores
sirvieron las mesas. Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas
y ordenadas, con placentero ingenio y con fiesta comieron; y
levantadas las mesas, como sucedía que todas las damas sabían
bailar las danzas de carola, y también los jóvenes, y
parte de ellos tocar y cantar óptimamente, mandó la
reina que viniesen los instrumentos: y por su mandato, Dioneo tomó
un laúd y Fiameta una viola, comenzando a tocar suavemente una
danza. Por lo que la reina, con las otras damas, cogiéndose de
la mano en corro con los jóvenes, con lento paso, mandados a
comer los sirvientes, empezaron una carola: y cuando la terminaron, a
cantar canciones amables y alegres. Y de este modo estuvieron tanto
tiempo que a la reina le pareció que debían ir a
dormir; por lo que, dando a todos licencia, los tres jóvenes a
sus alcobas, separadas de las de las mujeres, se fueron; las cuales
con las camas bien hechas y tan llenas de flores como la sala
encontraron; y semejantemente las suyas las damas, por lo que,
desnudándose se fueron a reposar.
No hacía mucho que había sonado nona
cuando la reina, levantándose, hizo levantar a las demás
y de igual modo a los jóvenes, afirmando que era nocivo dormir
demasiado de día; y así se fueron a un pradecillo en
que la hierba era verde y alta y el sol no podía entrar por
ninguna parte; y allí, donde se sentía un suave
vientecillo, todos se sentaron en corro sobre la verde hierba así
como la reina quiso. Y ella les dijo:
Como veis, el sol está alto y el calor es
grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo
que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí
es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de
ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le
démás placer, encontrar deleite. Pero si en esto se
siguiera mi parecer, no jugando, en lo que el ánimo de una de
las partes ha de turbarse sin demasiado placer de la otra o de quien
está mirando, sino novelando (con lo que, hablando uno, toda
la compañía que le escucha toma deleite) pasaríamos
esta caliente parte del día. Cuando terminaseis cada uno de
contar una historia, el sol habría declinado y disminuido el
calor, y podríamos a donde más gusto nos diera ir a
entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que
estoy dispuesta a seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os
pluguiese, haga cada uno lo que más le guste hasta la hora de
vísperas.
Las mujeres por igual y todos los hombres alabaron el
novelar.
Entonces dijo la reina, si ello os
place, por esta primera jornada quiero que cada uno hable de lo que
más le guste.
Y vuelta a Pánfilo, que se sentaba a su derecha,
amablemente le dijo que con una de sus historias diese principio a
las demás; y Pánfilo, oído el mandato,
prestamente, y siendo escuchado por todos, empezó así :
NOVELA PRIMERA
El
seor Cepparello(14)
engaña a un santo fraile con una falsa confesión y
muere después, y habiendo sido un hombre malvado en vida, es,
muerto, reputado por santo y llamado San Ciapelletto.
Conviene, carísimas señoras, que a todo lo
que el hombre hace le dé principio con el nombre de Aqué l
que fue de todos hacedor; por lo que, debiendo yo el primero dar
comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar con uno de sus
maravillosos hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en
él como en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por
nosotros alabado su nombre.
Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son
todas transitorias y mortales, están en sí y por fuera
de sí llenas de dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a
infinitos peligros; a los cuales no podremos nosotros sin algún
error, los que vivimos mezclados con ellas y somos parte de ellas,
resistir ni hacerles frente, si la especial gracia de Dios no nos
presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de
creer que descienda por mérito alguno nuestro, sino por su
propia benignidad movida y por las plegarias impetradas de aquellos
que, como lo somos nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien
sus gustos mientras tuvieron vida, ahora se han transformado con él
en eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, como a
procuradores informados por experiencia de nuestra fragilidad, y tal
vez no atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias ante la
vista de tan grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos
oportunas. Y aún más en Él, lleno de piadosa
liberalidad hacia nosotros, señalemos que, no pudiendo la
agudeza de los ojos mortales traspasar en modo alguno el secreto de
la divina mente, a veces sucede que, engañados por la opinión,
hacemos procuradores ante su majestad a gentes que han sido arrojadas
por Ella al eterno exilio; y no por ello Aqué l a quien ninguna
cosa es oculta (mirando más a la pureza del orante que a su
ignorancia o al exilio de aqué l a quien le ruega) como si
fuese bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a quienes le
ruegan. Lo que podrá aparecer manifiestamente en la novela que
entiendo contar: manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino el
seguido por los hombres.
Se dice, pues, que habiéndose
Musciatto Franzesi(16)
convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en
caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra(17)
hermano del rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa
Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban, como
muchas veces lo están los de los mercaderes, muy intrincados
acá y allá, y que no se podían de ligero ni
súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a varias
personas, y para todos encontrócómo; fuera de que le
quedó la duda de a quién dejar pudiese capaz de
rescatar los créditos hechos a varios borgoñones.
Y la razón de la duda era saber que
los borgoñones son litigiosos y de mala condición y
desleales, y a él no le venía a la cabeza quién
pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza
para que pudiese oponerse a su perversidad. Y después de haber
estado pensando largamente en este asunto, le vino a la memoria un
seor Cepparello de Prato que muchas veces se hospedaba en su casa de
París, que porque era pequeño de persona y muy
acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir
Cepparello, y creyendo que vendría a decir capelo, es
decir, guirnalda, como en su romance, porque era pequeño
como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por
Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como
Cepparello le conocían. Era este Ciappelletto de esta vida:
siendo notario, sentía grandísima vergüenza si
alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso; de
los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido
gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra clase muy bien
pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le pedía
como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia
grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por
hacerlos falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas
le pidiesen que jurara decir verdad por su fe.
Tenía otra clase de placeres (y mucho se empeñaba
en ello) en suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras
personas, males y enemistades y escándalos, de los cuales
cuantos mayores males veía seguirse, tanta mayor alegría
sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a
cualquier otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y
muchas veces se encontrógustosamente hiriendo y matando
hombres con las propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los
santos, y por cualquier cosa pequeña, como que era iracundo
más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás,
y a todos sus sacramentos como a cosa vil escarnecía con
abominables palabras; y por el contrario las tabernas y los otros
lugares deshonestos visitaba de buena gana y los frecuentaba. A las
mujeres era tan aficionado como lo son los perros al bastón,
con su contrario más que ningún otro hombre flaco se
deleitaba. Habría hurtado y robado con la misma conciencia con
que oraría un santo varón. Golosísimo y gran
bebedor hasta a veces sentir repugnantes náuseas; era solemne
jugador con dados trucados.
Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras?
Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad
largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto,
por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a
quienes con frecuencia injuriaba sino también de la justicia,
a la que siempre lo hacía, fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer
Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó
el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba la
maldad de los borgoñones; por lo que, llamándole, le
dijo así :
Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme
del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme con
los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé
quién pueda dejar más apropiado que tú para
rescatar de ellos mis bienes; y por ello, como tú al presente
nada estás haciendo, si quieres ocuparte de esto entiendo
conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que
rescates que sea conveniente.
Seor Cepparello, que se veía desocupado y mal
provisto de bienes mundanos y veía que se iba quien su sostén
y auxilio había sido durante mucho tiempo, sin ningún
titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin
dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que
quería hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo,
recibidos por seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales
del rey, partido micer Musciatto, se fue a Borgoña donde casi
nadie le conocía: y allí de modo extraño a su
naturaleza, benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer
aquello a lo que había ido, como si reservase la ira para el
final. Y haciéndolo así , hospedándose en la casa
de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de
micer Musciatto le honraban mucho, sucedió que enfermó,
con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir médicos
y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria para
recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era
ya viejo y había vivido desordenadamente, según decían
los médicos iba de día en día de mal en peor
como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho
se dolían y un día, muy cerca de la alcoba en que seor
Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.
¿qué haremos de éste? decía
el uno al otro. Estamos por su causa en una situación
pésima porque echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos
traería gran tacha y sería signo manifiesto de poco
juicio al ver la gente que primero lo habíamos recibido y
después hecho servir y medicar tan solícitamente para
ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos, echarlo
fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte.
Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá
confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y,
muriendo sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir
su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y si por
el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que
no los habrá semejantes y ningún fraile o cura querrá
ni podrá absolverle; por lo que, no absuelto, será
también arrojado a los fosos como un perro. Y si esto sucede,
el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece
inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo
que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y
gritará: «Estos perros lombardos a los que la iglesia no
quiere recibir no pueden sufrirse más», y correrán
en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los
haberes sino que pueden quitarnos también la vida; por lo que
de cualquiera guisa estamos mal si éste se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí
cerca de donde éstos estaban hablando, teniendo el oído
fino, como la mayoría de las veces pasa a los enfermos, oyó
lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:
No quiero que temáis por mí ni
tengáis miedo de recibir por mi causa algún daño;
he oído lo que habéis estado hablando de mí y
estoy certísimo de que sucedería como decís si
así como pensáis anduvieran las cosas; pero andarán
de otra manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor
Dios que por hacerle una más a la hora de la muerte poco se
dará. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y
valioso lo más que podáis, si hay alguno que lo sea, y
dejadme hacer, que yo concertaréfirmemente vuestros asuntos y
los míos de tal manera que resulten bien y estéis
contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha
esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que
algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un
lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile
anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y
hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en
grandísima y especial devoción, y lo llevaron con
ellos. El cual, llegado a la cámara donde el seor Ciappelletto
yacía, y sentándose a su lado empezóprimero a
confortarle benignamente y le preguntóluego que cuánto
tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el
seor Ciappelletto, que nunca se había confesado, respondió :
Padre mío, mi costumbre es de confesarme
todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que
me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado,
que son casi ocho días, no me he confesado, tanto es el
malestar que con la enfermedad he tenido.
Dijo entonces el fraile:
Hijo mío, bien has hecho, y así
debes hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te
confiesas, poco trabajo tendré en escucharte y preguntarte.
Dijo seor Ciappelletto:
Señor fraile, no digáis eso; yo no
me he confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no
quisiera hacer siempre confesión general de todos los pecados
que pudiera recordar desde el día en que nací hasta el
que me haya confesado; y por ello os ruego, mi buen padre, que me
preguntéis tan menudamente de todas las cosas como si nunca me
hubiera confesado, y no tengáis compasión porque esté
enfermo, que más quiero disgustar a estas carnes mías
que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en
perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su
preciosa sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le
parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que al
seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta práctica, empezó
a preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con
alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió suspirando:
Padre, en esto me avergüenzo de decir la
verdad temiendo pecar de vanagloria.
A lo que el santo fraile dijo:
Dila con tranquilidad, que por decir la verdad ni
en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
Ya que lo queréis así , os lo diré:
soy tan virgen como salídel cuerpo de mi madre.
¡Oh, bendito seas de Dios! dijo el
fraile, ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has
tenido tanto más mérito cuando, si hubieras querido,
tenías más libertad de hacer lo contrario que tenemos
nosotros y todos los otros que están constreñidos por
alguna regla.
Y luego de esto, le preguntósi había
desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando
mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas
veces; porque, como fuese que él, además de los ayunos
de la cuaresma que las personas devotas hacen durante el año,
todas las semanas tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al
menos tres días, se había bebido el agua con tanto
deleite y tanto gusto y especialmente cuando había sufrido
alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los
grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había
deseado comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres
cuando van al campo, y algunas veces le había parecido mejor
comer que le parecía que debiese parecerle a quien ayuna por
devoción como él ayunaba. A lo que el fraile dijo:
Hijo mío, estos pecados son naturales y son
asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia
más de lo necesario. A todos los hombres sucede que les
parezca bueno comer después de largo ayuno, y, después
del cansancio, beber.
¡Oh! dijo seor Ciappelletto,
padre mío, no me digáis esto por confortarme; bien
sabéis que yo sé que las cosas que se hacen en servicio
de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el ánimo:
y quien lo hace de otra manera, peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
Y yo estoy contento de que así lo entiendas
en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero
dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo
conveniente y teniendo lo que no debieras tener?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
Padre mío, no querría que
sospechaseis de míporque estoy en casa de estos usureros: yo
no tengo parte aquísino que había venido con la
intención de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este
abominable oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios no
me hubiese visitado de esta manera. Pero debéis de saber que
mi padre me dejórico, y de sus haberes, cuando murió,
di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi vida y poder
ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños mercadeos
y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los pobres de
Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a
mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello me
ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido
mis negocios.
Has hecho bien dijo el fraile, pero
¿con cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?
¡Oh! dijo seor Ciappelletto, eso
os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría
contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas
sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios?
Han sido muchas veces al día las que he querido estar mejor
muerto que vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y
oyéndolos jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las
iglesias y seguir más las vías del mundo que las de
Dios.
Dijo entonces el fraile:
Hijo mío, ésta es una ira buena y yo
en cuanto a míno sabría imponerte por ella penitencia.
Pero ¿por acaso no te habrá podido inducir la ira a
cometer algún homicidio o a decir villanías de alguien
o a hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió :
¡Ay de mí, señor!, vos que me
parecéis hombre de Dios, ¿cómo decís
estas palabras? Si yo hubiera podido tener aún un pequeño
pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que
crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los
asesinos y los criminales, de los que, siempre que alguno he visto,
he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».
Entonces dijo el fraile:
Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de
Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio
contra alguien, o dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin
consentimiento de su dueño?
Ya, señor, sí repuso seor
Ciappelletto que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino
que con la mayor sinrazón del mundo no hacía más
que golpear a su mujer tanto que una vez hablémal de él
a los parientes de la mujer, tan gran piedad sentípor aquella
pobrecilla que él, cada vez que había bebido de más,
zurraba como Dios os diga.
Dijo entonces el fraile:
Ahora bien, tú me has dicho que has sido
mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen
los mercaderes?
Por mi fe dijo seor Ciappelletto,
señor, sí , pero no sé quiénes eran: sino
que habiéndome dado uno dineros que me debía por un
paño que le había vendido, y yo puéstolos en un
cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran
cuatro reales más de lo que debía ser por lo que, no
habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un año
para devolvérselos, los di por amor de Dios.
Dijo el fraile:
Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo que
hiciste.
Y después de esto preguntóle el santo
fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la
misma manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución,
dijo seor Ciappelletto:
Señor mío, tengo todavía
algún pecado que aún no os he dicho. –El fraile
le preguntó cuál, y dijo: Me acuerdo que hice a
mi criado, un sábado después de nona, barrer la casa y
no tuve al santo día del domingo la reverencia que debía.
¡Oh! dijo el fraile, hijo mío,
ésa es cosa leve.
No dijo seor Ciappelletto, no he dicho
nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un día
así resucitóde la muerte a la vida Nuestro Señor.
Dijo entonces el fraile:
¿Alguna cosa más has hecho?
Señor mío, sí respondió
seor Ciappelletto, que yo, no dándome cuenta, escupí
una vez en la iglesia de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:
Hijo mío, ésa no es cosa de
preocupación: nosotros, que somos religiosos, todo el día
escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
Y hacéis gran villanía, porque nada
conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde
sacrificio a Dios.
Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por último
empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía
hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:
Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
¡Ay de mí, señor! Que me ha
quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza
me da decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me
parece muy cierto que Dios nunca tendrá misericordia de mí
por este pecado.
Entonces el santo fraile dijo:
¡Bah, hijo! ¿qué estás
diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del
mundo, y que deban hacer todos los hombres mientras el mundo dure,
fuesen todos en un hombre solo, y éste estuviese arrepentido y
contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de
Dios que, confesándose éste, se los perdonaría
liberalmente; así , dilo con confianza.
Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía llorando
mucho:
¡Ay de mí, padre mío! El mío
es demasiado grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras
plegarias no me ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.
A lo que le dijo el fraile:
Dilo con confianza, que yo te prometo pedir a Dios
por ti.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el
fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto
llorando un buen rato hubo tenido así suspenso al fraile,
lanzó un gran suspiro y dijo:
Padre mío, pues que me prometéis
rogar a Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era
pequeñito, maldije una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezóde nuevo a llorar
fuertemente. Dijo el fraile:
¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te
parece tan gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo
el día y si Él perdona de buen grado a quien se
arrepiente de haber blasfemado, ¿no crees que vaya a
perdonarte esto? No llores, consuélate, que por seguro si
hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz, teniendo la
contrición que te veo, te perdonaría Él.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
¡Ay de mí, padre mío! ¿qué
decís? La dulce madre mía que me llevó en su
cuerpo nueve meses día y noche, y me llevó en brazos
más de cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y
pecado muy grande es; y si no rogáis a Dios por mí, no
me será perdonado!
Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor
Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición
teniéndolo por hombre santísimo, como quien totalmente
creía ser cierto lo que seor Ciappelletto había dicho:
¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre
en peligro de muerte confesándose decir tales cosas? Y
después, luego de todo esto, le dijo:
Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios
estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra
bendita y bien dispuesta alma llamase a sí , ¿os
placería que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro
convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
Señor, sí , que no querría
estar en otro sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar
a Dios por mí, además de que yo he tenido siempre una
especial devoción por vuestra orden; y por ello os ruego que,
en cuanto estéis en vuestro convento, haced que venga a mí
aquel veracísimo cuerpo de Cristo que vos por la mañana
consagráis en el altar, porque aunque no sea digno, entiendo
comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa y última
unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera
como cristiano.
El santo hombre dijo que mucho le agradaba y él
decía bien, y que haría que de inmediato le fuese
llevado; y así fue.
Los dos hermanos, que temían mucho que seor
Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un
tabique que dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía
de otra y, escuchando, fácilmente oían y entendían
lo que seor Ciappelletto al fraile decía; y sentían
algunas veces tales ganas de reír, al oír las cosas que
le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se decían uno
al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni
enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún
de Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aquía
poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de
morir como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí ,
que recibiría la sepultura en la iglesia, de nada de lo otro
se preocuparon. Seor Ciappelletto comulgó poco después
y, empeorando sin remedio, recibió la última unción;
y poco después del crepúsculo, el mismo día que
había hecho su buena confesión, murió.
Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era
de él para que fuese honradamente sepultado y mandándolo
decir al convento, y que viniesen por la noche a velarle según
era costumbre y por la mañana a por el cuerpo, dispusieron
todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que lo había
confesado, al oír que había finado, fue a buscar al
prior del convento, y habiendo hecho tocar a capítulo, a los
frailes reunidos mostró que seor Ciappelletto había
sido un hombre santo según él lo había podido
entender de su confesión; y esperando que por él el
Señor Dios mostrase muchos milagros, les persuadió a
que con grandísima reverencia y devoción recibiesen
aquel cuerpo. Con las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos,
estuvieron de acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde
yacía el cuerpo de seor Ciappelletto, le hicieron una grande y
solemne vigilia, y por la mañana, vestidos todos con albas y
capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante,
cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y
solemnidad se lo llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo
todo de la ciudad, hombres y mujeres; y, habiéndolo puesto en
la iglesia, subiendo al púlpito, el santo fraile que lo había
confesado empezósobre él y su vida, sobre sus ayunos,
su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar
maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor Ciappelletto
como su mayor pecado, llorando, le había confesado, y cómo
él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios
quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a
reprender al pueblo que le escuchaba, diciendo:
Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna
de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su
Madre y de toda la corte celestial.
Y además de éstas, muchas otras cosas dijo
sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las
que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo metió
en la cabeza y en la devoción de todos los que allí
estaban que, después de terminado el oficio, entre los mayores
apretujones del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y
le desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose
por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y
convino que todo el día fuese conservado así , para que
por todos pudiese ser visto y visitado.
Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol
fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al día
siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas
y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de
cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de
su santidad y la devoción en que se le tenía que no
había nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese
promesas a otro santo que a él, y lo llamaron y lo llaman San
Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por él
y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora.
así pues, vivió y murió el seor
Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis
oído; y no quiero negar que sea posible que sea un
bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue
criminal y malvada, pudo en su último extremo haber hecho un
acto de contrición de manera que Dios tuviera misericordia de
él y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta,
razono sobre lo que es aparente y digo que más debe
encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el paraíso.
Y si así es, grandísima hemos de reconocer que es la
benignidad de Dios para con nosotros, que no mira nuestro error sino
la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un enemigo
suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien
verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su
gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente
y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos
y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole
reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades,
segurísimos de ser escuchados.
Y aquí, calló.
NOVELA SEGUNDA
El judío Abraham, animado por Giannotto de Civigní(18)
va a la corte de Roma y, vista la maldad de los clérigos,
vuelve a París y se hace cristiano.
La novela de Pánfilo fue en parte reída y
en todo celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente
escuchada y llegado a su fin, como estaba sentada junto a él
Neifile, le mandó la reina que, contando una, siguiese el
orden del comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no menos de
corteses maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso
que de buena gana, y comenzóde esta guisa:
Mostrado nos ha Pánfilo con su novelar la
benignidad de Dios que no mira nuestros errores cuando proceden de
algo que no nos es posible ver; y yo, con el mío, entiendo
mostraros cuánto esta misma benignidad, soportando
pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero
testimonio con obras y palabras y hacen lo contrario, es por ello
mismo argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos
con más firmeza de ánimo.
Tal como yo, graciosas señoras, he oído
decir, hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue
llamado Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran
negociante en el rango de la pañería; y tenía
íntima amistad con un riquísimo hombre judío
llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto
y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a
tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y
sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello
amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la
fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y
buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la
suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía
y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna
creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella
había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni
habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto
no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle
semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la
mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué
razones nuestra religión era mejor que la judaica.
Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran
maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con
Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu
Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al
judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto;
pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él
seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo,
hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias,
dijo:
Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga
cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero
primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el
vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus
costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me
parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos
comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has
ingeniado en demostrarme, haréaquello que te he dicho: y si
no fuese así , me quedaré siendo judío como soy.
Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior
desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido
he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente,
creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la
corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos,
no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se
hubiese hecho cristiano, sin falta volvería judío».
Y volviéndose a Abraham dijo:
Ah, amigo mío, ¿por qué
quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir
de aquía Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por
tierra, para un hombre rico como eres tú todo está
lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí
quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe
que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más
sabios allí que aquípara poderte esclarecer todo lo
que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea
tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los
prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto
mejores cuanto que aqué llos están más cerca del
pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te
servirá en otra ocasión para obtener algún
perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía.
A lo que respondió el judío:
Yo creo, Giannotto, que será como me
cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo
dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y
de otro modo no harénada nunca.
Giannotto, viendo su voluntad, dijo:
¡Vete con buena ventura! y pensó
para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese
visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.
El judío montó a caballo y lo antes que
pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos
honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno
por qué hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las
maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de
todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó,
como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le
informaron, encontró que todos, del mayor al menor,
generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo
en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún
freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las
meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era
poder pequeño. Además de esto, universalmente golosos,
bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de
animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció
abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan
avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también
la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios
o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con
ellas más comercio y empleando a más corredores de
mercancías que había en París en la pañería
o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía
manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la
gula el de «manutención», corno si Dios, no ya el
significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos
ánimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar
por el nombre de las cosas.
Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse,
desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio
y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso
retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber
Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que
se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes
fiestas; y después que hubo reposado algunos días,
Giannotto le preguntólo que pensaba del santo padre y de los
cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío
respondió prestamente:
Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te
digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna
devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna
otra cosa me parecióver en ningún clérigo, sino
lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas
semejantes y peores, si peores puede haberlas; me parecióver
en tanto favor de todos, que tengo aqué lla por fragua más
de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo
estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me
parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se
esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión
cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y
sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se
esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más
luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el
Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más
verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido
y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme
cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré
de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según
las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar.
Giannotto, que esperaba una conclusión
exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue
el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra
Señora de París yendo con él, pidió a los
clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el
bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron
prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó
Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en
nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre
bueno y valioso y de santa vida.
NOVELA TERCERA
El judío Melquisidech con una historia sobre tres anillos se
salva de una peligrosa trampa que le había tendido Saladino(19)
Después de que, alabada por todos la historia de
Neifile, callóésta, como gustó a la reina,
Filomena empezó a hablar así :
La historia contada por Neifile me trae a la memoria un
peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha hablado
tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los
sucesos y los actos de los hombres no se deberá hallar mal, y
vendréa narrárosla para que, oída, tal vez más
cautas os volváis en las respuestas a las preguntas que puedan
haceros.
Debéis saber, amorosas compañeras, que así
como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo
pone en grandísima miseria, así aparta la prudencia al
sabio de peligros gravísimos y lo pone en grande y seguro
reposo. Y cuán verdad sea que la necedad conduce del buen
estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no está
ahora en nuestro ánimo contar, considerando que todo el día
aparecen mil ejemplos manifiestos; pero que la prudencia sea ocasión
de consuelo, como he dicho, os mostrarébrevemente con un
cuentecillo.
Saladino, cuyo valer fue tanto que no
solamente le hizo llegar de hombre humilde a sultán de
Babilonia18
sino también lograr muchas victorias sobre los reyes
sarracenos y cristianos, habiendo en diversas guerras y en
grandísimas magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y
necesitando, por algún accidente que le sobrevino, una buena
cantidad de dineros, no viendo cómo tan prestamente como los
necesitaba pudiese tenerlos, le vino a la memoria un rico judío
cuyo nombre era Melquisidech, que prestaba con usura en Alejandría;
y pensó que éste tenía con qué poderlo
servir, si quería, pero era tan avaro que por voluntad propia
no lo hubiera hecho nunca, y no quería obligarlo por la
fuerza; por lo que, apretándole la necesidad se dedicó
por completo a encontrar el modo como el judío le sirviese, y
se le ocurrióobligarle con algún argumento verosímil.
Y haciéndolo llamar y recibiéndole familiarmente, le
hizo sentar con él y después le dijo:
Hombre honrado, he oído a muchas personas
que eras sapientísimo y muy avezado en las cosas de Dios; y
por ello querría saber cuál de las tres leyes reputas
por verdadera: la judaica, la sarracena o la cristiana.
El judío, que verdaderamente era un hombre sabio,
advirtiódemasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus
palabras para moverle alguna cuestión, y pensó que no
podía alabar a una de las tres más que a las otras sin
que Saladino saliese con su empeño; por lo que, como a quien
le parecía tener necesidad de una respuesta por la que no
pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio, le vino pronto a la
mente lo que debía decir; y dijo:
Señor mío, la cuestión que me
proponéis es fina, y para poder deciros lo que pienso de ella
querría contaros el cuentecillo que vais a oír. Si no
me equivoco, me acuerdo de haber oído decir muchas veces que
hubo una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas más
caras que tenía en su tesoro, tenía un anillo bellísimo
y precioso al que, queriendo hace honor por su valor y su belleza y
dejarlo perpetuamente a sus descendientes ordenó que aquel de
sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le fuese
encontrado aquel anillo, que se entendiese que él era su
heredero y debiese ser por todos los demás honrado y
reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por éste
guardó el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como
había hecho su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo
de mano en mano de muchos sucesores y últimamente llegó
a las mano de uno que tenía tres hijos hermosos y virtuosos y
muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y los
jóvenes, que conocían la costumbre del anillo, deseoso
cada uno de ser el más honrado entre los suyos, cada uno por
sí, como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya
viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase el
anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía
él mismo elegir a cuál debiese dejárselo y
pensó, habiéndoselo prometido a todos, en satisfacer a
los tres: y secretamente a un buen orfebre le encargó otros
dos, los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los
había hecho hacer apenas distinguía cuál fuese
el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente dio el suyo
a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la muerte del
padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y
negándoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo con
todo derecho, cada uno mostrósu anillo; y encontrados los
anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero
no sabía distinguirse, se quedópendiente la cuestión
de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue
pendiente todavía. Y lo mismo os digo, señor mío,
de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios padre sobre las
que me propusisteis una cuestión: cada uno su herencia, su
verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir,
pero de quién la tenga, como de los anillos, todavía
está pendiente la cuestión.
Conoció Saladino que éste había
sabido salir óptimamente del lazo que le había tendido
y por ello se dispuso a manifestarle sus necesidades y ver si quería
servirle; y así lo hizo, manifestándole lo que había
tenido en el ánimo hacerle si él tan discretamente como
lo había hecho no le hubiera respondido. El judío le
sirvió libremente con toda la cantidad que Saladino le pidió
y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además
de ello le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo
tuvo y en grande y honrado estado lo conservójunto a él.
NOVELA CUARTA
Un monje, caído en pecado digno de castigo gravísimo, se
libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad de aquella
misma culpa(20)
Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando
Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro
mandato, conociendo ya por el orden comenzado que a él le
tocaba tener que hablar, de tal guisa comenzó a decir:
Amorosas señoras, si he entendido bien la
intención de todas, estamos aquípara complacernos a
nosotros mismos novelando, y por ello, tan sólo porque contra
esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle lícito (y
así dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella
historia que más crea que pueda divertir; por lo que, habiendo
escuchado cómo por los buenos consejos de Giannotto de Civigní
salvósu alma el judío Abraham y cómo por su
prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las asechanzas
de Saladino, sin esperar que me reprendáis, entiendo contar
brevemente con qué destreza librósu cuerpo un monje de
gravísimo castigo.
Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de éste,
un monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo
es hoy, en el que, entre otros, había un monje joven cuyo
vigor y vivacidad ni los ayunos ni las vigilias podían
macerar. El cual, por acaso, un día hacia el mediodía,
cuando los otros monjes dormían todos, habiendo salido solo
por los alrededores de su iglesia, que estaba en un lugar asaz
solitario, alcanzó a ver a una jovencita harto hermosa, hija
tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que andaba por los
campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la había visto cuando
fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.
Por lo que, avecinándose, con ella trabó
conversación y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso
de acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se
apercibiese. Y mientras él, transportado por el excesivo
deseo, menos cautamente jugueteaba con ella, sucedió que el
abad, levantándose de dormir y pasando silenciosamente por
delante de su celda, oyó el alboroto que hacían los dos
juntos; y para conocer mejor las voces se acercó quedamente a
la puerta de la celda a escuchar y claramente conoció que
dentro había una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir;
luego pensó que convendría tratar aquello de otra
manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje saliera
fuera.
El monje, aunque con grandísimo
placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin
embargo de estar temeroso y, pareciéndole haber oído
algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el
ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad
escuchándole y comprendió muy bien que el abad había
podido oír que la joven estaba en su celda. De lo que,
sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió
desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de
su desazón, rápidamente imaginómuchas cosas
buscando hallar alguna que le fuera salutífera. Y se le
ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él
consiguiócerteramente) y fingiendo que le parecía
haber estado bastante con aquella joven le dijo:
Voy a salir a buscar la manera en que salgas de
aquídentro sin ser vista, y para ello qué date en
silencio hasta que vuelva.
Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue
directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal
como todos los monjes hacían cuando salían, le dijo con
rostro tranquilo:
Señor, yo no pude esta mañana traer
toda la leña que había cortado, y por ello, con vuestra
licencia, quiero ir al bosque y traerla.
El abad, para poder informarse más plenamente de
la falta cometida por él, pensando que no se había dado
cuenta de que había sido visto, se alegró con tal
ocasión y de buena gana tomó la llave y semejantemente
le dio licencia. Y después de verlo irse empezó a
pensar qué era mejor hacer: o en presencia de todos los monjes
abrir la celda de aqué l y hacerles ver su falta para que no
hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando
castigase al monje, o primero oír de él cómo
había sido aquel asunto. Y pensando para sí que aqué lla
podría ser tal mujer o hija de tal hombre a quien él no
quisiera hacer pasar la vergüenza de mostrarla a todos los
monjes, pensó que primero vería quién era y
tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda,
la abrió, entródentro, y volvió a cerrar la
puerta.
La joven, viendo venir al abad, palideciótoda, y
temblando empezó a llorar de vergüenza. El señor
abad, que le había echado la vista encima y la veía
hermosa y fresca, aunque él fuese viejo, sintió
súbitamente no menos abrasadores los estímulos de la
carne que los había sentido su joven monje, y para sí
empezó a decir:
«Bah, ¿por qué no tomar yo del
placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera,
me están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está
aquídonde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a
hacer mi gusto no sé por qué no habría de
hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá
nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así
no me sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de
sabios tomar el bien que Dios nos manda».
Y así diciendo, y habiendo del todo cambiado el
propósito que allí le había llevado, acercándose
más a la joven, suavemente comenzó a consolarla y a
rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó
a manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de
diamante, con bastante facilidad se plegó a los gustos del
abad: el cual, después de abrazarla y besarla muchas veces,
subiéndose a la cama del monje, y en consideración tal
vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven,
temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre
el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo
espacio se solazó con ella.
El monje, que había fingido irse al bosque,
habiéndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo
entrar en su celda, casi por completo tranquilizado, juzgó que
su estratagema debía surtir efecto; y, viéndole
encerrarse dentro, lo tuvo por certísimo. Y saliendo de donde
estaba, calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad
hizo o dijo lo oyó y lo vio.
Pareciéndole al abad que se había demorado
bastante con la jovencita, encerrándola en la celda, se volvió
a su alcoba; y luego de algún tiempo, oyendo al monje y
creyendo que volvía del bosque, pensó en reprenderlo
duramente y hacerlo encarcelar para poseer él solo la ganada
presa; y haciéndolo llamar, duramente y con mala cara le
reprendió , y mandó que lo llevaran a la cárcel.
El monje prestísimamente respondió :
Señor, yo no he estado todavía tanto
en la orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas;
y vos aún no me habíais mostrado que los monjes deben
acordar tanta preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las
vigilias; pero ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si
me perdonáis esta vez, no pecar más por esto y hacer
siempre como os he visto a vos.
El abad, que era hombre avisado, entendió
prestamente que aqué l no sólo sabía su hecho
sino que lo había visto, por lo que, sintiendo remordimientos
de su misma culpa, se avergonzóde hacerle al monje lo que él
también había merecido; y perdonándole e
imponiéndole silencio sobre lo que había visto, con
toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún
debe creerse que más veces la hicieron volver.
NOVELA QUINTA
La
marquesa de Monferrato con una invitación a comer gallinas y
con unas discretas palabras reprime el loco amor del rey de Francia.
La historia contada por Dioneo hirióprimero de
alguna vergüenza el corazón de las damas que la
escuchaban y dio de ello señal el honesto rubor que apareció
en sus rostros; mas luego, mirándose unas a otras, pudiendo
apenas contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final,
después de haberle reprendido con algunas dulces palabras,
queriendo mostrar que historias semejantes no debían contarse
delante de mujeres, la reina, vuelta hacia Fiameta (que junto a él
estaba sentada en la hierba), le mandó que continuase el orden
establecido, y ella galanamente y con alegre rostro, mirándola,
comenzó:
Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar
con las historias cuánta es la fuerza de las respuestas agudas
y prontas, como porque tan gran cordura es en el hombre amar siempre
a mujeres de linaje más alto que el suyo como es en las
mujeres grandísima precaución saber guardarse de caer
en el amor de un hombre de mayor posición que la suya, me ha
venido al ánimo, hermosas señoras, mostraros, en la
historia que me toca contar, cómo una noble dueña supo
con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.
Había el marqué s de
Monferrato, hombre de alto valor, gonfalonero de la Iglesia, pasado a
ultramar en una expedición general hecha por los cristianos a
mano armada(21)
y hablándose de su valor en la corte de Felipe el Tuerto(22)
que se preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedición,
fue dicho por un caballero que no había bajo las estrellas
otra pareja semejante a la del marqué s y su mujer: porque
cuanto destacaba en todas las virtudes el marqué s entre los
caballeros, tanto era la mujer entre las demás mujeres
hermosísima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal
modo en el ánimo del rey de Francia que, sin haberla visto
nunca, comenzó a amarla ardientemente, y se propuso no hacerse
a la mar, en la expedición en que iba, sino en Génova
para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo razonable para ir
a ver a la marquesa, pensando que, no estando el marqué s,
podría suceder que viniese a tener efecto su deseo. Y según
lo había pensado mandó que fuese puesto en ejecución;
por lo que, enviando delante a todos los hombres, él con poca
compañía y de hombres nobles, se puso en camino, y
acercándose a la tierra del marqué s, mandódecir
a la señora con anticipación de un día que a la
mañana siguiente le esperase a almorzar. La señora,
sabia y precavida, repuso alegremente que aqué l era un favor
superior a cualquier otro y que fuese bien venido.
Y enseguida se puso a pensar qué querría
decir que un tal rey, no estando su marido, viniese a visitarla; y no
la engañó en esto la sospecha de que la fama de su
hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer de pro se dispuso a
honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que allí
habían quedado, dio con su consejo las órdenes
oportunas para todos los preparativos: pero la comida y los manjares
quiso prepararlos ella misma. Y sin demora hizo reunir cuantas
gallinas había en la comarca, y tan sólo con ellas
indicó a sus cocineros que preparasen varios platos para el
convite real.
Vino, pues, el rey el día dicho y fue recibido
por la señora con gran fiesta y honor; y a él, más
de lo que había imaginado por las palabras del caballero, al
mirarla le parecióhermosa y valerosa y cortés, y se
maravillógrandemente y mucho la estimó, encendiéndose
tanto más en su deseo cuanto más sobrepasaba la señora
la estima que él había tenido de ella. Y luego de algún
reposo tomado en cámaras adornadísimas con todo lo que
es necesario para recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el
rey y la marquesa se sentaron a una mesa, y los demás según
su condición fueron en otras mesas honrados.
Aquí, siendo el rey servido sucesivamente con
muchos platos y vinos óptimos y preciosos, y además de
ello mirando de vez en cuando con deleite a la hermosísima
marquesa, gran placer tenía. Pero llegando un plato tras el
otro, comenzó el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que,
por muy diversos que fueran los guisos, no lo eran tanto que no
fuesen todos hechos de gallina. Y como supiese el rey que el lugar
donde estaba era tal que debía haber abundancia de variados
animales salvajes, y que con haberle avisado de su venida había
dado a la señora espacio suficiente para poder mandar a
cazarlos, como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasión
de hacerla hablar de otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre
rostro se volvió hacia ella y le dijo:
Dama, ¿nacen en este país solamente
gallinas sin ningún gallo?
La marquesa, que entendió óptimamente la
pregunta, pareciéndole que según su deseo Nuestro Señor
la había mandado momento oportuno para poder mostrar su
intención, hacia el rey que le preguntaba resueltamente
vuelta, repuso:
No, monseñor; pero las mujeres, aunque en
vestidos y en honores algo varíen de las otras, todas sin
embargo son igual aquíque en cualquier parte.
El rey, oídas estas palabras, bien entendió
la razón de la invitación a gallinas y la virtud que
escondían aquellas palabras y comprendió que en vano se
gastarían las palabras con tal mujer y que no era el caso de
usar la fuerza; por lo que, así como imprudentemente se había
encendido en su amor, así era sabio apagar por su honor el mal
concebido fuego. Y sin bromear más, temeroso de sus
respuestas, almorzófuera de toda esperanza, y terminado el
almuerzo, le pareció que con el pronto partir disimularía
su deshonesta venida, y agradeciéndole por haberle honrado,
encomendándolo ella a Dios, se fue a Génova.
NOVELA SEXTA
Confunde
un buen hombre con un dicho ingenioso la malvada hipocresía de
los religiosos.
Emilia, que estaba sentada junto a Fiameta, habiendo
sido ya alabado por todas el valor y la cortés reprensión
hecha por la marquesa al rey de Francia, como agradó a su
reina, comenzó a decir con animosa franqueza:
Yo tampoco callaréuna lección que dio un
buen hombre laico a un religioso avaro con una agudeza no menos
divertida que digna de loa.
Hubo, pues, queridos jóvenes, no
hace mucho tiempo, en nuestra ciudad, un fraile menor, inquisidor de
la depravación herética que, por mucho que se ingeniase
en parecer santo y tierno amante de la fe cristiana (como todos
hacen), no era menos buen investigador de quien tenía la bolsa
llena que de quien sintiera tibieza en la fe. Y llevado por su
solicitud encontró por acaso un buen hombre, bastante más
rico en dineros que en juicio, el cual no ya por falta de fe sino
hablando simplemente, tal vez con el vino o por la alegría de
la abundancia calentado, había llegado a decir un día a
la compañía con quien estaba que tenía un vino
tan bueno que de él bebería Cristo. Lo que, siéndole
contado al inquisidor y entendiendo éste que sus haberes eran
grandes y que tenía bien abultada la bolsa, cum gladiis et
fustibus(23)
corrió impetuosísimamente a echarle encima una
gravísima acusación, entendiendo no que de ella debiese
resultar un alivio a la incredulidad del procesado sino una afluencia
de florines a su mano, como sucedió . Y, haciéndolo
llamar, le preguntósi era verdad lo que le había dicho
contra él. El buen hombre contestó que sí , y le
dijo el modo. A lo que el inquisidor santísimo y devoto de San
Juán Barba de Oro(24)
dijo:
¿De modo que has hecho a
Cristo bebedor y aficionado a los buenos vinos, como si fuese
Cinciglione(25)
o algún otro de vosotros, bebedores borrachos y tabernarios, y
ahora, hablando humildemente, ¿quieres hacer ver que es una
cosa sin importancia? No es como te parece; has merecido el fuego por
ello, si es que queremos comportarnos contigo como debemos.
Y con éstas y con otras bastantes palabras, con
rostro amenazador, como si aqué l hubiese sido un epicúreo
negando la eternidad del alma, le hablaba; y, en resumen, tanto lo
asustó, que el buen hombre, por algunos intermediarios, le
hizo con una buena cantidad de la grasa de San Juan Barba de Oro
ungir las manos (lo que mucho mejora la enfermedad de la pestilente
avaricia de los clérigos, y especialmente de los frailes
menores que no osan tocar el dinero) para que se condujese con él
misericordiosamente. La cual unción, aunque Galeno no habla de
ella como muy eficaz en ninguna parte de sus libros, tanto le
aprovechó , que el fuego que le amenazaba se permutó en
una cruz: y como si hubiera de ir a la expedición de ultramar,
para hacer una bella bandera, se la puso amarilla sobre lo negro. Y
además de esto, recibidos ya los dineros, le retuvo junto a sí
unos días más, poniéndole por penitencia que
todas las mañanas oyese una misa en Santa Cruz y que a la hora
de comer se presentase delante de él, y que lo restante del
día podía hacer lo que más le gustase.
Y, haciendo el dicho hombre estas cosas diligentemente,
sucedió que una de las mañanas oyó en misa un
evangelio en el que se cantaban estas palabras: «Recibiréis
ciento por uno y recibiréis la vida eterna», que retuvo
firmemente en la memoria; y según la obligación
impuesta, viniendo a la hora de comer ante el inquisidor, lo encontró
almorzando. El inquisidor le preguntósi había oído
misa aquella mañana y él, prontamente, le respondió :
Sí, señor mío.
A lo que el inquisidor dijo:
¿Has oído, en ella, alguna cosa de
la que dudes o quieras preguntarme?
En verdad repuso el buen hombre de
nada de lo que he oído dudo, y todo firmemente lo creo
verdadero; y algo he oído que me ha hecho y me hace tener de
vos y de los otros frailes grandísima compasión,
pensando en el mal estado en que vais a estar allá en la otra
vida.
Dijo entonces el inquisidor:
¿Y qué es lo que te ha movido a
tener esta compasión de nosotros?
El buen hombre respondió :
Señor mío, fueron aquellas palabrasdel Evangelio que dicen: «Recibiréis el ciento por uno».
A lo que el inquisidor dijo:
así es; pero ¿por qué te han
conmovido estas palabras?
Señor mío dijo el buen
hombre, yo os lo diré. Desde que vengo aquí, he
visto todos los días dar aquíafuera a muchos pobres a
veces uno y otras dos calderos de sopa, que se os quita a vos y a los
frailes de vuestro convento como superflua; por lo que si por cada
uno os van a dar ciento en el más allá tanta tendréis
que allí dentro todos vais a ahogaros.
Y como todos los que estaban sentados a la mesa del
inquisidor se echaran a reír, el inquisidor, sintiendo que se
transparentaba la hipocresía de sus sopicaldos, se enojó
todo, y si no fuese porque ya se le reprochaba lo que le había
hecho, otra acusación le habría echado encima por lo
que con aquel chiste había reprobado a él y a sus
holgazanes invitados; y, con ira, le ordenó que hiciese lo que
más le gustara sin ponérsele más delante.
NOVELA SÉPTIMA
Bergamino,
con una historia sobre Primasso y el abad de Cligny, reprende
donosamente la rara avaricia en que cayó el señor Cane
della Scala(26)
Movió la donosura de Emilia y su novela a la
reina y a todos los demás a reír y encomiar la insólita
amonestación hecha al cruzado, pero después de que las
risas se apaciguaron y se tranquilizaron todos, Filostrato, a quien
tocaba novelar, empezó a hablar de esta guisa:
Buena cosa es, valerosas señoras, acertar en un
blanco que nunca se mueve; pero raya en lo maravilloso cuando un
arquero da súbitamente en alguna cosa no usada que aparece de
pronto. La viciosa y sucia vida de los clérigos, en muchas
cosas firme blanco de maldad, sin demasiada dificultad da que hablar,
que amonestar y que reprender a quienquiera que desee hacerlo: y por
ello, aunque bien hizo el hombre valiente que la hipócrita
caridad de los frailes que dan a los pobres lo que convendría
dar a los puercos o tirarlo, echó en cara al inquisidor,
bastante más estimo que ha de alabarse aquel del cual debo
hablar (llevándome a ello la precedente historia), quien al
señor Cane della Scala, magnífico señor, de una
súbita y desusada avaricia aparecida en él, reprendió
con una ingeniosa historia, representando en otros lo que sobre él
y sobre sí mismo quería decir; la cual es ésta:
así como lo extiende su fama por
todo el mundo, el señor Cane della Scala, a quien en hartas
cosas fue favorable la fortuna, fue uno de los más notables y
magníficos señores del emperador Federico II(27)
de los que se tuviese noticia en Italia. El cual, habiendo dispuesto
hacer una notable y maravillosa fiesta en Verona, a la que muchas
gentes y de diversas partes habían venido, y sobre todo
hombres de corte de toda clase, de súbito, fuese cual fuese la
razón, se retrajo de ello y recompensó con algo a los
que habían venido y les dio licencia. Sólo uno llamado
Bergamino(28)
hablador agudo y florido más de lo que puede creer quien no lo
ha oído, como no se le había dado nada ni se le había
despedido, se quedó, esperando que no sin alguna utilidad
futura para él se había hecho aquello. Pero se le había
puesto en el pensamiento al señor Cane que cualquier cosa que
diese a éste era peor que perderla o que arrojarla al fuego: y
no por ello le decía o hacía decir cosa alguna.
Bergamino, después de algunos días, viendo que no le
llamaban ni le solicitaban para nada que fuese propio de su oficio, y
además de ello que se estaba arruinando en el albergue con sus
caballos y sus criados, empezó a desazonarse; pero sin embargo
esperaba, no pareciéndole bien irse.
Y habiendo llevado consigo tres trajes
buenos y ricos que le habían sido dados por otros señores,
para comparecer honradamente en la fiesta, queriendo pagar a su
huésped, primeramente le dio uno y luego, demorándose
todavía mucho más, se vio en necesidad, si quería
estar más con su huésped, de darle el segundo; y empezó
a comer del tercero, dispuesto a quedarse a ver qué pasaba
cuanto le durase aqué l, e irse luego. Ahora, mientras comía
del tercer traje sucedió que, estando almorzando el señor
Cane(29)
llegó un día ante él con aspecto muy
entristecido; lo que al ver el señor Cane, más por
escarnecerlo que por tomar deleite de algún dicho suyo, dijo:
Bergamino, ¿qué te pasa? ¡Estás
tan triste! Cuéntanos alguna cosa.
Bergamino, entonces, sin pararse un punto a pensar, como
si mucho tiempo pensado lo hubiera, súbitamente acomodándola
a su caso, contó esta historia:
Señor mío, debéis
saber que Primasso(30)
fue un gran entendido en gramática, y fue, más que
cualquier otro, grande e improvisado versificador; las cuales cosas
le hicieron tan notable y tan famoso que, aunque en persona no fuese
conocido en todas partes, por nombre y por fama no había casi
nadie que no supiese quién era Primasso. Ahora bien, sucedió
que encontrándose él una vez en París en pobre
estado, como lo estaba la mayor parte del tiempo, porque su mérito
poco era estimado por los que son poderosos, oyóhablar de un
abad de Cligny, que se cree que sea el prelado más rico en
riquezas propias que tenga la Iglesia de Dios, del papa para abajo; y
oyódecir de él maravillosas y magníficas cosas
de que siempre tenía reunida su corte y nunca había
negado, a cualquiera que anduviese allá donde él estaba
ni de comer ni de beber, si llegaba a pedirlo cuando el abad estaba
comiendo. Lo que, oyendo Primasso, como hombre que se complacía
en ver a los hombres y señores valiosos, deliberóir a
ver la magnificencia de este abad y preguntócuán cerca
de París vivía. A lo que le fue contestado que a unas
seis millas en una de sus posesiones; adonde Primasso pensó
poder llegar, poniéndose en camino de mañana a buena
hora, a la hora de comer.
Haciéndose, pues, enseñar el camino, no
encontrando a nadie que fuese allí, temió que por
desgracia pudiera extraviarse e ir a parar en parte donde no
encontraría de comer tan pronto; por lo que, por si ello
ocurriera, para no padecer penuria de comida, pensó en llevar
tres panes, considerando que agua, que le gustaba poco, encontraría
de beber en cualquier parte. Y metiéndoselos en el seno, tomó
el camino y tuvo tanta suerte que antes de la hora de comer llegó
a donde estaba el abad. Y, entrado dentro, estuvo mirando por todas
partes y vista la gran multitud de las mesas puestas y el gran
aparato de la cocina y las demás cosas preparadas para
almorzar, se dijo a sí mismo: «Verdaderamente éste
es tan magnífico como se dice».
Y estando a todas estas cosas atento, el senescal del
abad, porque era hora de comer mandó que se diese agua a las
manos; Y, dada el agua, sentó a todos a la mesa. Y sucedió
por ventura que Primasso fue puesto precisamente enfrente de la
puerta de la cámara por donde el abad debía salir para
venir al comedor. Era costumbre en aquella corte que sobre las mesas
ni vino, ni pan, ni nada de comer o de beber se ponía nunca si
primero no había venido el abad a sentarse a la mesa.
Habiendo, pues, el senescal puesto las mesas, hizo decir
al abad que, cuando le pluguiese, la comida estaba presta. El abad
hizo abrir la cámara para venir a la sala, y al venir miró
hacia adelante, y por ventura el primer hombre en quien puso los ojos
fue Primasso, que bastante pobre estaba de arreos y a quien él
no conocía en persona; y al verlo, incontinenti le vino al
ánimo un pensamiento mezquino y que nunca había tenido,
y se dijo: «¡Mira a quién doy a comer lo mío!».
Y, volviéndose dentro, mandó que cerrasen
la cámara y preguntó a los que estaban con él si
alguno de ellos conocía a aquel bellaco que frente a la puerta
de su cámara se sentaba a la mesa. Todos contestaron que no.
Primasso, que tenía ganas de comer como quien había
caminado y no estaba acostumbrado a ayunar, habiendo ya esperado un
rato y viendo que el abad no venía, se sacódel seno
uno de los tres panes que había llevado y empezó a
comérselo. El abad, después que pasó algún
tanto, mandó a uno de sus familiares que mirase si se había
ido este Primasso. El familiar respondió :
No, mi señor, sino que come pan, lo que
muestra que lo ha traído consigo.
Dijo entonces el abad:
Pues que coma de lo suyo, si tiene, que del
nuestro no comerá hoy.
Habría querido el abad que Primasso se hubiese
ido por sí mismo, porque despedirlo no le parecía bien.
Primasso, como se había comido un pan y el abad no venía,
empezó a comer el segundo, lo que igualmente fue dicho al
abad, que había mandado mirar si se había ido. Por
último, no viniendo el abad, Primasso, comido el segundo,
empezó a comer el tercero, lo que también dijeron al
abad. El cual empezó a pensar y a decirse:
«Ah, ¿qué novedad es esta que me ha
venido hoy al ánimo?, ¿qué avaricia?, ¿qué
encono?, ¿y por causa de quién? Yo he dado de comer de
lo mío, desde hace muchos años, a quien lo ha querido
comer, sin mirar si gentilhombre o villano, pobre o rico, mercader o
tendero, haya sido; y con mis ojos lo he visto despedazar a infinitos
bellacos y nunca al ánimo me vino este pensamiento que por
éste me ha venido hoy; no me debe de haber atacado tan
firmemente la avaricia por un hombre de poco: algún gran
personaje debe ser este que me parece bellaco, pues que así se
me ha embotado el ánimo para honrarlo».
Y, dicho así , quiso saber quién era: y
vino a saber que era Primasso, que había venido aquía
ver lo que había oído de su magnificencia. Y como el
abad le conocía por su fama hacía mucho tiempo como
hombre sabio, se avergonzó y, deseoso de enmienda, de muchas
maneras se ingenió en honrarlo. Y después de comer,
como convenía al valor de Primasso, le hizo vestir noblemente,
y dándole dineros y un palafrén, dejó a su
arbitrio irse o quedarse; de lo que, contento Primasso, habiéndole
dado las gracias mayores que pudo, a París, de donde había
salido a pie, volvió a caballo.
El señor Cane, que era buen entendedor, sin
ninguna otra explicación entendió óptimamente lo
que quería decir Bergamino, y sonriendo le dijo:
Bergamino, asaz finamente has mostrado tus
agravios, tu virtud y mi avaricia y lo que de mídeseas; y en
verdad nunca sino ahora contigo he sido asaltado por la avaricia,
pero la arrojaréde mícon aquel bastón que tú
mismo has inventado.
Y haciendo pagar al huésped de Bergamino, le hizo
restituir los tres trajes, y a él, vestido nobilísimamente
con un rico traje suyo, dándole dineros y un palafrén,
dejó por aquella vez en libertad de quedarse o de irse.
NOVELA OCTAVA
Guiglielmo
Borsiere, con discretas palabras, reprende la avaricia del señor
Herminio de los Grimaldi.
Se sentaba junto a Filostrato Laureta, la cual, después
de que hubo oído alabar el ingenio de Bergamino y advirtiendo
que le correspondía a ella contar alguna cosa, sin esperar
ningún mandato, placenteramente empezó a hablar así .
La novela precedente, queridas compañeras, me
induce a contar cómo un hombre bueno, también cortesano
y no sin fruto, reprendió la codicia de un mercader riquísimo;
y ésta, aunque se asemeje al argumento de la pasada, no deberá
por eso seros menos gustosa, pensando que va a acabar bien.
Hubo, pues, en Génova, ya hace mucho
tiempo, un gentilhombre llamado señor Herminio de los
Grimaldi(13)
que, según era estimado por todos, por sus grandísimas
posesiones y dineros superaba con mucho la riqueza de cualquier otro
ciudadano riquísimo de quien entonces se supiera en Italia; y
tanto como superaba en riqueza a cualquier itálico que fuese,
tanto en avaricia y miseria sobresalía sobre cualquier
miserable y avaro que hubiese en el mundo(47)
por lo que no solamente para honrar a otros tenía la bolsa
cerrada, sino en las cosas necesarias a su propia persona, contra la
costumbre general de los genoveses que acostumbran a vestir
noblemente, mantenía él, por no gastar, privaciones
grandísimas, y del mismo modo en el comer y el beber. Por lo
que merecidamente su apellido de Grimaldi le había sido
quitado y nadie le llamaba otra cosa que Herminio Avaricia.
Sucedió que en este tiempo en que
él, no gastando, multiplicaba lo suyo, llegó a Génova
un valeroso hombre de corte(31)
cortés y buen decidor, llamado Guiglielmo Borsiere(32)
en nada semejante a los de hoy que, no sin gran vergüenza de las
corruptas y vituperables costumbres de quienes quieren hoy ser
llamados y reputados por nobles y por señores, parecen más
bien asnos educados en la torpeza de toda la maldad de los hombres
más viles que en las cortes. Y mientras en otros tiempos solía
ser su ocupación y consagrarse su cuidado a concertar paces
donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres nobles, o
a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas
y discretas recrear los ánimos de los fatigados y solazar las
cortes, y con agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir
los defectos de los malos, y todo esto por premios asaz ligeros; hoy
en contar mal de unos a otros, en sembrar cizaña, en decir
maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas en presencia de
los hombres, en echarse en cara los males, las vergüenzas y las
tristezas, verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos
halagos hacer volver los ánimos nobles a las cosas viles y
malvadas, se ingenian en consumir su tiempo.
Y más es tenido en amor y más honrado y
exaltado con premios altísimos por los señores
miserables y descorteses aquel que más abominables palabras
dice o acciones comete: gran vergüenza y digna de reprobación
del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes, volando
de aquíabajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los
míseros vivientes.
Pero, volviendo a lo que comenzado había, de lo
que el justo enojo me ha apartado más de lo que pensaba, digo
que el ya dicho Guiglielmo fue honrado y de buena gana recibido por
todos los hombres nobles de Génova y que, habiéndose
quedado algunos días en la ciudad y habiendo oído
muchas cosas sobre la miseria y la avaricia del señor
Herminio, lo quiso ver. El señor Herminio había ya oído
que este Guiglielmo Borsiere era hombre honrado y habiendo aún
en él, por avaro que fuese, alguna chispita de cortesía,
con palabras asaz amistosas y con alegre gesto le recibió y
entró con él en muchos y variados razonamientos, y
conversando le llevó consigo, junto con otros genoveses que
con él estaban, a una casa nueva suya que había mandado
hacer muy hermosa; y después de habérsela mostrado
toda, dijo:
Ah, señor Guiglielmo, vos que habéis
visto y oído tantas cosas, ¿me sabríais mostrar
alguna cosa que nunca haya sido vista, que yo pudiese mandar pintar
en la sala de esta casa mía?
A lo que Guiglielmo, oyendo su modo de hablar poco
discreto, repuso:
Señor, algo que nunca se haya visto no
creeréis que yo pueda mostraros, si no son estornudos y otras
cosas semejantes; pero si os place, bien os enseñaré
una cosa que vos no creo que hayáis visto nunca.
El señor Herminio dijo:
Ah, os lo ruego, decidme cuál es no
esperando que él iba a contestarle lo que le contestó.
A lo que Guiglielmo entonces contestó
prestamente:
Mandad pintar la Cortesía.
Al oír el señor Herminio estas palabras se
sintióinvadido por una vergüenza tan grande que tuvo
fuerza para hacerle cambiar el ánimo a todo lo contrario de lo
que hasta aquel momento había sido, y dijo:
Señor Guiglielmo, la haré pintar de
manera que nunca ni vos ni otro con razón podáis
decirme que no la haya visto y conocido.
Y de entonces en adelante (con tal virtud
fueron dichas las palabras de Guiglielmo) fue el más liberal y
más generoso gentilhombre(33)
y el que honró a los forasteros y a los ciudadanos más
que ningún otro que hubiera en Génova en su tiempo.
NOVELA NOVENA
El
rey de Chipre(34)
reprendido por una dama de Gascuña, de cobarde se transforma
en valeroso.
Para Elisa quedaba el último mandato de la reina;
y ella, sin esperarlo, festivamente comenzó:
Jóvenes señoras, ha sucedido
muchas veces que aquello que varias reprensiones y muchos castigos
impuestos a alguno no han podido enseñarle, unas palabras
(muchas veces dichas por acaso), no ex propósito,lo
han logrado. Lo que bien aparece en la novela contada por
Laureta, y yo, además, con otra muy breve entiendo demostraros
porque, como sea que las cosas buenas siempre pueden servir de algo,
deben seguirse con ánimo atento, sea quien sea quien las dice.
Digo, pues, que en tiempos del primer rey
de Chipre, después de la conquista de los Santos Lugares hecha
por Godofredo de Bouillón(35)
sucedió que una noble señora de Gascuña fue en
peregrinación al Sepulcro, y volviendo de allí, llegada
a Chipre, por algunos hombres criminales fue villanamente ultrajada;
de lo que ella, doliéndose sin hallar consuelo, pensó
ir a reclamar al rey; pero alguien le dijo que se cansaría en
balde porque él era de una vida tan abúlica y tan
apocada que, no es que no vengase con su justicia los ultrajes de
otros, sino que soportaba infinitos a él hechos con
vituperable vileza, mientras que quien sufría algún
agravio lo desahogaba haciéndole alguna afrenta o vergüenza.
Oyendo lo cual la dama, desesperando de la venganza, para tener algún
consuelo en su dolor, se propuso reprender la miseria del dicho rey;
y yéndose llorando ante él, dijo:
Señor, no vengo a tu presencia porque
espere venganza de la injuria que me ha sido hecha; sino que en
satisfacción de ella te ruego que me enseñes cómo
sufres las que entiendo te son hechas, para que, aprendiendo de ti,
pueda soportar la mía pacientemente, la cual, sábelo
Dios de buena gana te daría puesto que eres tan buen portador
de ellas.
El rey, que hasta entonces había sido lento y
perezoso, como si se despertase de un sueño, empezando por la
injuria hecha a aquella señora, que vengó duramente, se
hizo severísimo de allí en adelante persecutor de
cualquiera que cometiese alguna cosa contra el honor de su corona.
NOVELA DÉCIMA
El maestro Alberto de Bolonia hace discretamente avergonzar a una señora
que quería