EL CORAZÓN DE LAS
TINIEBLAS
Joseph Conrad
El
Nellie, un bergantín de considerable tonelaje, se inclinó hacia el
ancla sin
una sola vibración de las velas y permaneció inmóvil. El flujo de la
marea
había terminado, casi no soplaba viento y, como había que seguir río
abajo, lo
único que quedaba por hacer era detenerse y esperar el cambio de la
marea. El
estuario del Támesis se prolongaba frente a nosotros como el comienzo
de un
interminable camino de agua. A lo lejos el cielo y el mar se unían sin
ninguna
interferencia, y en el espacio luminoso las velas curtidas de los
navíos que
subían con la marea parecían racimos encendidos de lonas agudamente
triangulares, en los que resplandecían las botavaras barnizadas. La
bruma que
se extendía por las orillas del río se deslizaba hacia el mar y allí se
desvanecía suavemente. La oscuridad se cernía sobre Gravesend, y más
lejos aún,
parecía condensarse en una lúgubre capa que envolvía la ciudad más
grande y
poderosa del universo.
El
director de las compañías era a la vez nuestro capitán y nuestro
anfitrión.
Nosotros cuatro observábamos con afecto su espalda mientras, de pie en
la proa,
contemplaba el mar. En todo el río no se veía nada que tuviera la mitad
de su
aspecto marino. Parecía un piloto, que para un hombre de mar es la
personificación de todo aquello en que puede confiar. Era difícil
comprender
que su oficio no se encontrara allí, en aquel estuario luminoso, sino
atrás, en
la ciudad cubierta por la niebla. Existía
entre nosotros, como ya lo he dicho en alguna otra parte, el vínculo
del mar.
Además de mantener nuestros corazones unidos durante largos periodos de
separación,
tenía la fuerza de hacernos tolerantes ante las experiencias
personales, y aun
ante las convicciones de cada uno. El abogado, el mejor de los viejos
camaradas, tenía, debido a sus muchos años y virtudes, el único
almohadón de la
cubierta y estaba tendido sobre una manta de viaje. El contable había
sacado la
caja de dominó y construía formas arquitectónicas con las fichas.
Marlow,
sentado a babor con las piernas cruzadas, apoyaba la espalda en el palo
de
mesana. Tenía las mejillas hundidas, la tez amarillenta, la espalda
erguida, el
aspecto ascético; con los brazos caídos, vueltas las manos hacia
afuera,
parecía un ídolo. El director, satisfecho de que el ancla hubiese
agarrado
bien, se dirigió hacia nosotros y tomó asiento. Cambiamos unas cuantas
palabras
perezosamente. Luego se hizo el silencio a bordo del yate. Por una u
otra razón
no comenzábamos nuestro juego de dominó. Nos sentíamos meditabundos,
dispuestos
sólo a una plácida meditación. El día terminaba en una serenidad de
tranquilo y
exquisito fulgor. El agua brillaba pacíficamente; el cielo, despejado,
era una
inmensidad benigna de pura luz; la niebla misma, sobre los pantanos de
Essex,
era como una gasa radiante colgada de las colinas, cubiertas de
bosques, que
envolvía las orillas bajas en pliegues diáfanos. Sólo las brumas del
oeste,
extendidas sobre las regiones superiores, se volvían a cada minuto más
sombrías, como si las irritara la proximidad del sol.
Y
por fin, en un imperceptible y elíptico crepúsculo, el sol descendió, y
de un
blanco ardiente pasó a un rojo desvanecido, sin rayos y sin luz,
dispuesto a
desaparecer súbitamente, herido de muerte por el contacto con aquellas
tinieblas que cubrían a una multitud de hombres.
Inmediatamente
se produjo un cambio en las aguas; la serenidad se volvió menos
brillante pero
más profunda. El viejo río reposaba tranquilo, en toda su anchura, a la
caída
del día, después de siglos de buenos servicios prestados a la raza que
poblaba
sus márgenes, con la tranquila dignidad de quien sabe que constituye un
camino
que lleva a los más remotos lugares de la tierra. Contemplamos aquella
corriente venerable no en el vívido flujo de un breve día que llega y
parte
para siempre, sino en la augusta luz de una memoria perenne. Y en
efecto, nada
le resulta más fácil a un hombre que ha, como comúnmente se dice,
“seguido el
mar” con reverencia y afecto, que evocar el gran espíritu del pasado en
las
bajas regiones del Támesis. La marea fluye y refluye en su constante
servicio,
ahíta de recuerdos de hombres y de barcos que ha llevado hacia el
reposo del
hogar o hacia batallas marítimas. Ha conocido y ha servido a todos los
hombres
que han honrado a la patria, desde sir Francis Drake hasta sir John
Franklin,
caballeros todos, con título o sin título... grandes caballeros
andantes del
mar. Había transportado a todos los navíos cuyos nombres son como
resplandecientes gemas en la noche de los tiempos, desde el Golden
Hind, que
volvía con el vientre colmado de tesoros, para ser visitado por su
majestad, la
reina, y entrar a formar parte de un relato monumental, hasta el Erebus
y el
Terror, destinados a otras conquistas, de las que nunca volvieron.
Había
conocido a los barcos y a los hombres. Aventureros y colonos partidos
de
Deptford, Greenwich y Erith; barcos de reyes y de mercaderes;
capitanes,
almirantes, oscuros traficantes animadores del comercio con Oriente, y
“generales”
comisionados de la flota de la India. Buscadores
de oro, enamorados de la fama:
todos ellos habían navegado por aquella corriente, empuñando la espada
y a
veces la antorcha, portadores de una chispa del fuego sagrado. ¡Qué
grandezas
no habían flotado sobre la corriente de aquel río en su ruta al
misterio de
tierras desconocidas!... Los sueños de los hombres, la semilla de
organizaciones
internacionales, los gérmenes de los imperios.
El
sol se puso. La oscuridad descendió sobre las aguas y comenzaron a
aparecer
luces a lo largo de la orilla. El faro de Chapman, una construcción
erguida
sobre un trípode en una planicie fangosa, brillaba con intensidad. Las
luces de
los barcos se movían en el río, una gran vibración luminosa ascendía y
descendía. Hacia el oeste, el lugar que ocupaba la ciudad monstruosa se
marcaba
de un modo siniestro en el cielo, una tiniebla que parecía brillar bajo
el sol,
un resplandor cárdeno bajo las estrellas.
—Y
también éste —dijo de pronto Marlow— ha sido uno de los lugares oscuros
de la
tierra.
De
entre nosotros era el único que aún “seguía el mar”. Lo peor que de él
podía
decirse era que no representaba a su clase. Era un marino, pero también
un
vagabundo, mientras que la mayoría de los marinos llevan, por así
decirlo, una
vida sedentaria. Sus espíritus permanecen en casa y puede decirse que
su hogar
—el barco— va siempre con ellos; así como su país, el mar. Un barco es
muy
parecido a otro y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de
cuanto los
circunda, las costas extranjeras, los rostros extranjeros, la variable
inmensidad de vida se desliza imperceptiblemente, velada, no por un
sentimiento
de misterio, sino por una ignorancia ligeramente desdeñosa, ya que nada
resulta
misterioso para el marino a no ser la mar misma, la amante de su
existencia,
tan inescrutable como el destino. Por lo demás, después de sus horas de
trabajo, un paseo ocasional, o una borrachera ocasional en tierra
firme, bastan
para revelarle los secretos de todo un continente, y por lo general
decide que
ninguno de esos secretos vale la pena de ser conocido. Por eso mismo
los
relatos de los marinos tienen una franca sencillez: toda su
significación puede
encerrarse dentro de la cáscara de una nuez. Pero Marlow no era un
típico
hombre de mar (si se exceptúa su afición a relatar historias), y para
él la
importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino afuera,
envolviendo
la anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz, a
semejanza
de uno de esos halos neblinosos que a veces se hacen visibles por la
iluminación espectral de la claridad de la luna.
A
nadie pareció sorprender su comentario. Era típico de Marlow. Se aceptó
en
silencio; nadie se tomó ni siquiera la molestia de refunfuñar. Después
dijo,
muy lentamente:
—Estaba
pensando en épocas remotas, cuando llegaron por primera vez los romanos
a estos
lugares, hace diecinueve siglos... el otro día... La luz iluminó este
río a
partir de entonces. ¿Qué decía, caballeros? Sí, como una llama que
corre por
una llanura, como un fogonazo del relámpago en las nubes. Vivimos bajo
esa
llama temblorosa. ¡Y ojalá pueda durar mientras la vieja tierra
continúe dando
vueltas! Pero la oscuridad reinaba aquí aún ayer. Imaginad los
sentimientos del
comandante de un hermoso... ¿cómo se llamaban?... trirreme del
Mediterráneo,
destinado inesperadamente a viajar al norte. Después de atravesar a
toda prisa
las Galias, teniendo a su cargo uno de esos artefactos que los
legionarios (no
me cabe duda de que debieron haber sido un maravilloso pueblo de
artesanos)
solían construir, al parecer por centenas en sólo un par de meses, si
es que
debemos creer lo que hemos leído. Imaginadlo aquí, en el mismo fin del
mundo,
un mar color de plomo, un cielo color de humo, una especie de barco tan
fuerte
como una concertina, remontando este río con aprovisionamientos u
órdenes, o
con lo que os plazca. Bancos de arena, pantanos, bosques, salvajes. Sin
los
alimentos a los que estaba acostumbrado un hombre civilizado, sin otra
cosa
para beber que el agua del Támesis. Ni vino de Falerno ni paseos por
tierra. De
cuando en cuando un campamento militar perdido en los bosques, como una
aguja
en medio de un pajar. Frío, niebla, bruma, tempestades, enfermedades,
exilio,
muerte acechando siempre tras los matorrales, en el agua, en el aire.
¡Deben
haber muerto aquí como las moscas! Oh, sí, nuestro comandante debió
haber
pasado por todo eso, y sin duda debió haber salido muy bien librado,
sin pensar
tampoco demasiado en ello salvo después, cuando contaba con jactancia
sus
hazañas. Era lo suficientemente hombre como para enfrentarse a las
tinieblas.
Tal vez lo alentaba la esperanza de obtener un ascenso en la flota de
Ravena,
si es que contaba con buenos amigos en Roma y sobrevivía al terrible
clima.
Podríamos pensar también en un joven ciudadano elegante con su toga;
tal vez
habría jugado demasiado, y venía aquí en el séquito de un prefecto, de
un
cuestor, hasta de un comerciante, para rehacer su fortuna. Un país
cubierto de
pantanos, marchas a través de los bosques, en algún lugar del interior
la
sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea... toda
esa
vida misteriosa y primitiva que se agita en el bosque, en las selvas,
en el corazón
del hombre salvaje. No hay iniciación para tales misterios. Ha de vivir
en
medio de lo incomprensible, que también es detestable. Y hay en todo
ello una
fascinación que comienza a trabajar en él. La fascinación de lo
abominable.
Podéis imaginar el pesar creciente, el deseo de escapar, la impotente
repugnancia, el odio.
Hizo
una pausa.
—Tened
en cuenta —comenzó de nuevo, levantando un brazo desde el codo, la
palma de la
mano hacia afuera, de modo que con los pies cruzados ante sí parecía un
Buda
predicando, vestido a la europea y sin la flor de loto en la mano—,
tened en
cuenta que ninguno de nosotros podría conocer esa experiencia. Lo que a
nosotros nos salva es la eficiencia... el culto por la eficiencia. Pero
aquellos
jóvenes en realidad no tenían demasiado en qué apoyarse. No eran
colonizadores;
su administración equivalía a una pura opresión y nada más, imagino.
Eran conquistadores,
y eso lo único que requiere es fuerza bruta, nada de lo que pueda uno
vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una
casualidad
nacida de la debilidad de los otros. Se apoderaban de todo lo que
podían.
Aquello era verdadero robo con violencia, asesinato con agravantes en
gran
escala, y los hombres hacían aquello ciegamente, como es natural entre
quienes
se debaten en la oscuridad. La conquista de la tierra, que por lo
general
consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o
narices
ligeramente más chatas que las nuestras, no es nada agradable cuando se
observa
con atención. Lo único que la redime es la idea. Una idea que la
respalda: no
un pretexto sentimental sino una idea; y una creencia generosa en esa
idea, en
algo que se puede enarbolar, ante lo que uno puede postrarse y
ofrecerse en
sacrificio...
Se
interrumpió. Unas llamas se deslizaban en el río, pequeñas llamas
verdes,
rojas, blancas, persiguiéndose y alcanzándose, uniéndose y cruzándose
entre sí,
otras veces separándose lenta o rápidamente. El tráfico de la gran
ciudad
continuaba al acentuarse la noche sobre el río insomne. Observábamos el
espectáculo y esperábamos con paciencia. No se podía hacer nada más
mientras no
terminara la marea. Pero sólo después de un largo silencio, volvió a
hablar con
voz temblorosa: —Supongo que recordaréis que en una época fui marino de
agua
dulce, aunque por poco tiempo. Comprendimos que, antes de que empezara
el
reflujo, estábamos predestinados a escuchar otra de las inacabables
experiencias de Marlow.
—No
quiero aburriros demasiado con lo que me ocurrió personalmente
—comenzó,
mostrando en ese comentario la debilidad de muchos narradores de
aventuras que
a menudo parecen ignorar las preferencias de su auditorio—. Sin
embargo, para
que podáis comprender el efecto que todo aquello me produjo es
necesario que
sepáis cómo fui a dar allá, qué es lo que vi y cómo tuve que remontar
el río
hasta llegar al sitio donde encontré a aquel pobre tipo. Era en el
último punto
navegable, la meta de mi expedición. En cierto modo pareció irradiar
una
especie de luz sobre todas las cosas y sobre mis pensamientos. Fue algo
bastante
sombrío, digno de compasión... nada extraordinario sin embargo... ni
tampoco
muy claro. No, no muy claro. Y sin embargo parecía arrojar una especie
de luz.
»
Acababa yo de volver, como recordaréis, a Londres, después de una buena
dosis
de Océano Índico, de Pacífico y de Mar de China; una dosis más que
suficiente
de Oriente, seis años o algo así, y había comenzado a holgazanear,
impidiéndoos
trabajar, invadiendo vuestras casas, como si hubiera recibido la misión
celestial de civilizaros. Por un breve periodo aquello resultaba
excelente,
pero después de cierto tiempo comencé a fatigarme de tanto descanso.
Entonces
empecé a buscar un barco; hubiera aceptado hasta el trabajo más duro de
la
tierra. Pero los barcos parecían no fijarse en mí, y también ese juego
comenzó
a cansarme.
»
Debo decir que de muchacho sentía pasión por los mapas. Podía pasar
horas
enteras reclinado sobre Sudamérica, África o Australia, y perderme en
los
proyectos gloriosos de la exploración. En aquella época había en la
tierra
muchos espacios en blanco, y cuando veía uno en un mapa que me
resultaba
especialmente atractivo (aunque todos lo eran), solía poner un dedo
encima y
decir: cuando crezca iré aquí. Recuerdo que el Polo Norte era uno de
esos
espacios. Bueno, aún no he estado allí, y creo que ya no he de
intentarlo. El
hechizo se ha desvanecido. Otros lugares estaban esparcidos alrededor
del
ecuador, y en toda clase de latitudes sobre los dos hemisferios. He
estado en
algunos de ellos y... bueno, no es el momento de hablar de eso. Pero
había un
espacio, el más grande, el más vacío por así decirlo, por el que sentía
verdadera pasión.
»
En verdad ya en aquel tiempo no era un espacio en blanco. Desde mi
niñez se
había llenado de ríos, lagos, nombres. Había dejado de ser un espacio
en blanco
con un delicioso misterio, una zona vacía en la que podía soñar
gloriosamente
un muchacho. Se había convertido en un lugar de tinieblas. Había en él
especialmente un río, un caudaloso gran río, que uno podía ver en el
mapa, como
una inmensa serpiente enroscada con la cabeza en el mar, el cuerpo
ondulante a
lo largo de una amplia región y la cola perdida en las profundidades
del
territorio. Su mapa, expuesto en el escaparate de una tienda, me
fascinaba como
una serpiente hubiera podido fascinar a un pájaro, a un pajarillo
tonto.
Entonces recordé que había sido creada una gran empresa, una compañía
para el
comercio en aquel río. ¡Maldita sea! Me dije que no podían desarrollar
el
comercio sin usar alguna clase de transporte en aquella inmensidad de
agua
fresca. ¡Barcos de vapor! ¿Por qué no intentaba yo encargarme de uno?
Seguí
caminando por Fleet Street, pero no podía sacarme aquella idea de la
cabeza. La
serpiente me había hipnotizado.
»
Como todos sabéis, aquella compañía comercial era una sociedad europea,
pero yo
tengo muchas relaciones que viven en el continente, porque es más
barato y no
tan desagradable como parece, según cuentan.
»
Me desconsuela tener que admitir que comencé a darles la lata. Aquello
era
completamente nuevo en mi. Yo no estaba acostumbrado a obtener nada de
ese
modo, ya lo sabéis. Siempre seguí mi propio camino y me dirigí por mis
propios
pasos a donde me había propuesto ir. No hubiera creído poder
comportarme de ese
modo, pero estaba decidido en esa ocasión a salirme con la mía. Así que
comencé
a darles la lata. Los hombres dijeron “mi querido amigo” y no hicieron
nada.
Entonces, ¿podéis creerlo?, me dediqué a molestar a las mujeres. Yo,
Charlie
Marlow, puse a trabajar a las mujeres... para obtener un empleo. ¡Santo
cielo!
Bueno, veis, era una idea lo que me movía. Tenía yo una tía, un alma
querida y
entusiasta. Me escribió: “Será magnífico. Estoy dispuesta a hacer
cualquier
cosa, todo lo que esté en mis manos por ti. Es una idea gloriosa.
Conozco a la
esposa de un alto funcionario de la administración, también a un hombre
que
tiene gran influencia allí”, etcétera. Estaba dispuesta a no parar
hasta
conseguir mi nombramiento como capitán de un barco fluvial, si tal era
mi
deseo.
»
Por supuesto que obtuve el nombramiento, y lo obtuve muy pronto. Al
parecer la
compañía había recibido noticias de que uno de los capitanes había
muerto en
una riña con los nativos. Aquélla era mi oportunidad y me hizo sentir
aún más
ansiedad por marcharme. Sólo muchos meses más tarde, cuando intenté
rescatar lo
que había quedado del cuerpo, me enteré de que aquella riña había
surgido a
causa de un malentendido sobre unas gallinas. Sí, dos gallinas negras.
Fresleven se llamaba aquel joven.., era un danés. Pensó que lo habían
engañado
en la compra, bajó a tierra y comenzó a pegarle con un palo al jefe de
la
tribu. Oh, no me sorprendió ni pizca enterarme de eso y oír decir al
mismo
tiempo que Fresleven era la criatura más dulce y pacífica que había
caminado
alguna vez sobre dos piernas. Sin duda lo era; pero había pasado ya un
par de
años al servicio de la noble causa, sabéis, y probablemente sintió al
fin la
necesidad de afirmar ante sí mismo su autoridad de algún modo. Por eso
golpeó
sin piedad al viejo negro, mientras una multitud lo observaba con
estupefacción,
como fulminada por un rayo, hasta que un hombre, el hijo del jefe según
me
dijeron, desesperado al oír chillar al anciano, intentó detener con una
lanza
al hombre blanco y por supuesto lo atravesó con gran facilidad por
entre los
omóplatos. Entonces la población se internó en el bosque, esperando
toda clase
de calamidades. Por su parte, el vapor que Fresleven comandaba abandonó
también
el lugar presa del pánico, gobernado, creo, por el maquinista. Después
nadie
pareció interesarse demasiado por los restos de Fresleven, hasta que yo
llegué
y busqué sus huellas. No podía dejar ahí el cadáver. Pero cuando al fin
tuve la
oportunidad de ir en busca de los huesos de mi predecesor, resultó que
la
hierba que crecía a través de sus costillas era tan alta que cubría sus
huesos.
Estaban intactos. Aquel ser sobrenatural no había sido tocado después
de la
caída. La aldea había sido abandonada, las cabañas se derrumbaban con
los
techos podridos. Era evidente que había ocurrido una catástrofe. La
población había
desaparecido. Enloquecidos por el terror, hombres, mujeres y niños se
habían
dispersado por el bosque y no habían regresado. Tampoco sé qué pasó con
las
gallinas; debo pensar que la causa del progreso las recibió de todos
modos. Sin
embargo, gracias a ese glorioso asunto obtuve mi nombramiento antes de
que
comenzara a esperarlo.
Me
di una prisa enorme para aprovisionarme, y antes de que hubieran pasado
cuarenta y ocho horas atravesaba el canal para presentarme ante mis
nuevos
patrones y firmar el contrato. En unas cuantas horas llegué a una
ciudad que
siempre me ha hecho pensar en un sepulcro blanqueado. Sin duda es un
prejuicio.
No tuve ninguna dificultad en hallar las oficinas de la compañía. Era
la más
importante de la ciudad, y todo el mundo tenía algo que ver con ella.
Iban a
crear un gran imperio en ultramar, las inversiones no conocían límite.
»
Una calle recta y estrecha profundamente sombreada, altos edificios,
innumerables ventanas con celosías venecianas, un silencio de muerte,
hierba
entre las piedras, imponentes garajes abovedados a derecha e izquierda,
inmensas puertas dobles, pesadamente entreabiertas. Me introduje por
una de
esas aberturas, subí una escalera limpia y sin ningún motivo
ornamental, tan
árida como un desierto, y abrí la primera puerta que encontré. Dos
mujeres, una
gorda y la otra raquítica, estaban sentadas sobre sillas de paja,
tejiendo unas
madejas de lana negra. La delgada se levantó, se acercó a mí, y
continuó su
tejido con los ojos bajos. Y sólo cuando pensé en apartarme de su
camino, como
cualquiera de ustedes lo habría hecho frente a un sonámbulo, se detuvo
y
levantó la mirada. Llevaba un vestido tan liso como la funda de un
paraguas. Se
volvió sin decir una palabra y me precedió hasta una sala de espera.
“Di mi
nombre y miré a mi alrededor. Una frágil mesa en el centro, sobrias
sillas a lo
largo de la pared, en un extremo un gran mapa brillante con todos los
colores
del arco iris. En aquel mapa había mucho rojo, cosa que siempre resulta
agradable de ver, porque uno sabe que en esos lugares se está
realizando un
buen trabajo, y una excesiva cantidad de azul, un poco de verde,
manchas color
naranja, y sobre la costa oriental una mancha púrpura para indicar el
sitio en
que los alegres pioneros del progreso bebían jubilosos su cerveza. De
todos
modos, yo no iba a ir a ninguno de esos colores. A mí me correspondía
el
amarillo. La muerte en el centro. Allí estaba el río, fascinante,
mortífero,
como una serpiente. ¡Ay! Se abrió una puerta, apareció una cabeza de
secretario,
de cabellos blancos y expresión compasiva; un huesudo dedo índice me
hizo una
señal de admisión en el santuario. En el centro de la habitación, bajo
una luz
difusa, había un pesado escritorio. Detrás de aquella estructura
emergía una
visión de pálida fofez enfundada en un frac. Era el gran hombre en
persona.
Tenía seis pies y medio de estatura, según pude juzgar, y su mano
empuñaba un
lapicero acostumbrado a la suma de muchos millones. Creo que me la
tendió,
murmuró algo, pareció satisfecho de mi francés. Bon voyage.
»
Cuarenta y cinco segundos después me hallaba nuevamente en la sala de
espera
acompañado del secretario de expresión compasiva, quien, lleno de
desolación y
simpatía, me hizo firmar algunos documentos. Según parece, me
comprometía entre
otras cosas a no revelar ninguno de los secretos comerciales. Bueno, no
voy a
hacerlo.
»
Empecé a sentirme ligeramente a disgusto. No estoy acostumbrado, ya lo
sabéis,
a tales ceremonias. Había algo fatídico en aquella atmósfera. Era
exactamente
como si hubiera entrado a formar parte de una conspiración, no sé, algo
que no
era del todo correcto. Me sentí dichoso de poder retirarme. En el
cuarto
exterior las dos mujeres seguían tejiendo febrilmente sus estambres de
lana
negra. Llegaba gente, y la más joven de las mujeres se paseaba de un
lado a
otro haciéndolos entrar en la sala de espera. La vieja seguía sentada
en el
asiento; sus amplias zapatillas reposaban en un calentador de pies y un
gato
dormía en su regazo. Llevaba una cofia blanca y almidonada en la
cabeza, tenía
una verruga en una mejilla y unos lentes con montura de plata en el
extremo de
la nariz. Me lanzó una mirada por encima de los cristales. La rápida e
indiferente placidez de aquella mirada me perturbó. Dos jóvenes con
rostros
cándidos y alegres eran piloteados por la otra en aquel momento; y ella
lanzó
la misma mirada rápida de indiferente sabiduría. Parecía saberlo todo
sobre
ellos y también sobre mí. Me sentí invadido por un sentimiento de
importancia.
La mujer parecía desalmada y fatídica. Con frecuencia, lejos de allí,
he
pensado en aquellas dos mujeres guardando las puertas de la Oscuridad,
tejiendo sus
lanas negras como para un paño mortuorio, la una introduciendo,
introduciendo
siempre a los recién llegados en lo desconocido, la otra escrutando las
caras
alegres e ingenuas con sus ojos viejos e impasibles. Ave, viejas
hilanderas de lana negra. Morituri te salutant. No a
muchos pudo volver a verlos una segunda
vez, ni siquiera a la mitad.
»
Yo debía visitar aún al doctor. “Se trata sólo de una formalidad”, me
aseguró
el secretario, con aire de participar en todas mis penas. Por
consiguiente un
joven, que llevaba el sombrero caído sobre la ceja izquierda, supongo
que un
empleado (debía de haber allí muchísimos empleados aunque el edificio
parecía
tan tranquilo como si fuera una casa en el reino de la muerte), salió
de alguna
parte, bajó la escalera y me condujo a otra sala. Era un joven
desaseado, con
las mangas de la chaqueta manchadas de tinta, y su corbata era grande y
ondulada debajo de un mentón que por su forma recordaba un zapato
viejo. Era
muy temprano para visitar al doctor, así que propuse ir a beber algo.
Entonces
mostró que podía desarrollar una vena de jovialidad. Mientras tomábamos
nuestros
vermuts, él glorificaba una y otra vez los negocios de la compañía, y
entonces
le expresé accidentalmente mi sorpresa de que no fuera allá. En seguida
se
enfrió su entusiasmo. “No soy tan tonto como parezco, les dijo Platón a
sus
discípulos”, recitó sentenciosamente. Vació su vaso de un solo trago y
nos levantamos.
»
El viejo doctor me tomó el pulso, pensando evidentemente en alguna otra
cosa
mientras lo hacía. “Está bien, está bien para ir allá”, musitó, y con
cierta
ansiedad me preguntó si le permitía medirme la cabeza. Bastante
sorprendido le
dije que sí. Entonces sacó un instrumento parecido a un compás
calibrado y tomó
las dimensiones por detrás y delante, de todos lados, apuntando unas
cifras con
cuidado. Era un hombre de baja estatura, sin afeitar y con una levita
raída que
más bien parecía una gabardina. Tenía los pies calzados con zapatillas
y me
pareció desde el primer momento un loco inofensivo. “Siempre pido
permiso,
velando por los intereses de la ciencia, para medir los cráneos de los
que
parten hacia allá”, me dijo. “¿Y también cuando vuelven?”, pregunté.
“Nunca los
vuelvo a ver”, comentó, “además, los cambios se producen en el
interior, sabe
usted.” Se río como si hubiera dicho alguna broma placentera. “De modo
que va
usted a ir. Debe ser interesante.” Me lanzó una nueva mirada
inquisitiva e hizo
una nueva anotación. “¿Ha habido algún caso de locura en su familia?”,
preguntó
con un tono casual. Me sentí fastidiado. “¿También esa pregunta tiene
algo que
ver con la ciencia?” “Es posible”, me respondió sin hacer caso de mi
irritación, “a la ciencia le interesa observar los cambios mentales que
se
producen en los individuos en aquel sitio, pero...” “¿Es usted
alienista?”, lo
interrumpí. “Todo médico debería serlo un poco”, respondió aquel tipo
original
con tono imperturbable. “He formado una pequeña teoría, que ustedes,
señores,
los que van allá, me deberían ayudar a demostrar. Ésta es mi
contribución a los
beneficios que mi país va a obtener de la posesión de aquella magnífica
colonia. La riqueza se la dejo a los demás. Perdone mis preguntas, pero
usted
es el primer inglés a quien examino.” Me apresuré a decirle que de
ninguna
manera era yo un típico inglés. “Si lo fuera, no estaría conversando de
esta
manera con usted.” “Lo que dice es bastante profundo, aunque
probablemente
equivocado”, dijo riéndose. “Evite usted la irritación más que los
rayos solares.
Adiós. ¿Cómo dicen ustedes, los ingleses? Good-bye.
¡Ah! Good-bye. Adieu. En el trópico
hay que mantener sobre todas las cosas la calma.” Levantó el índice e
hizo la advertencia:
“Du calme, du calme. Adieu.”
»
Me quedaba todavía algo por hacer, despedirme de mi excelente tía. La
encontré
triunfante. Me ofreció una taza de té. Fue mi última taza de té decente
en
muchos días. Y en una habitación muy confortable, exactamente como os
podéis
imaginar el salón de una dama, tuvimos una larga conversación junto a
la
chimenea. En el curso de sus confidencias, resultó del todo evidente
que yo había
sido presentado a la mujer de un alto funcionario de la compañía, y
quién sabe
ante cuántas personas más, como una criatura excepcionalmente dotada,
un
verdadero hallazgo para la compañía, un hombre de los que no se
encuentran
todos los días. ¡Cielos! ¡Yo iba a hacerme cargo de un vapor de dos
centavos!
De cualquier manera parecía que yo era considerado como uno de tantos
trabajadores,
pero con mayúsculas. Algo así como un emisario de la luz, como un
individuo
apenas ligeramente inferior a un apóstol. Una enorme cantidad de esas
tonterías
corría en los periódicos y en las conversaciones de aquella época, y la
excelente
mujer se había visto arrastrada por la corriente. Hablaba de “liberar a
millones de ignorantes de su horrible destino”, hasta que, palabra, me
hizo
sentir verdaderamente incómodo. Traté de insinuar que lo que a la
compañía le
interesaba era su propio beneficio.
»
"Olvidas, querido Charlie, que el trabajador merece también su
recompensa”, dijo ella con brío. Es extraordinario comprobar cuán lejos
de la
realidad pueden situarse las mujeres. Viven en un mundo propio, y nunca
ha
existido ni podrá existir nada semejante. Es demasiado hermoso; si
hubiera que
ponerlo en pie se derrumbaría antes del primer crepúsculo. Alguno de
esos
endemoniados hechos con que nosotros los hombres nos las hemos tenido
que ver
desde el día de la creación, surgiría para echarlo todo a rodar.
»
Después de eso fui abrazado; mi tía me recomendó que llevara ropas de
franela,
me hizo asegurarle que le escribiría con frecuencia, y al fin pude
marcharme.
Ya en la calle, y no me explico por qué, experimenté la extraña
sensación de
ser un impostor. Y lo más raro de todo fue que yo, que estaba
acostumbrado a
largarme a cualquier parte del mundo en menos de veinticuatro horas,
con menos
reflexión de la que la mayor parte de los hombres necesitan para cruzar
una
calle, tuve un momento, no diría de duda, pero sí de pausa ante aquel
vulgar
asunto. La mejor manera de explicarlo es decir que durante uno o dos
segundos
sentí como si en vez de ir al centro de un continente estuviera a punto
de
partir hacia el centro de la tierra.
»
Me embarqué en un barco francés, que se detuvo en todos los malditos
puertos
que tienen allá, con el único propósito, según pude percibir, de
desembarcar
soldados y empleados aduanales. Yo observaba la costa. Observar una
costa que
se desliza ante un barco equivale a pensar en un enigma. Está allí ante
uno,
sonriente, torva, atractiva, raquítica, insípida o salvaje, muda
siempre, con
el aire de murmurar: “Ven y me descubrirás.” Aquella costa era casi
informe,
como si estuviera en proceso de creación, sin ningún rasgo
sobresaliente. El
borde de una selva colosal, de un verde tan oscuro que llegaba casi al
negro,
orlada por el blanco de la resaca, corría recta como una línea tirada a
cordel,
lejos, cada vez más lejos, a lo largo de un mar azul, cuyo brillo se
enturbiaba
a momentos por una niebla baja. Bajo un sol feroz, la tierra parecía
resplandecer
y chorrear vapor. Aquí y allá apuntaban algunas manchas grisáceas o
blancuzcas
agrupadas en la espuma blanca, con una bandera a veces ondeando sobre
ellas.
Instalaciones coloniales que contaban ya con varios siglos de
existencia y que
no eran mayores que una cabeza de alfiler sobre la superficie intacta
que se
extendía tras ellas. Navegábamos a lo largo de la costa, nos
deteníamos,
desembarcábamos soldados, continuábamos, desembarcábamos empleados de
aduana
para recaudar impuestos en algo que parecía un páramo olvidado por
Dios, con
una casucha de lámina y un asta podrida sobre ella; desembarcábamos aún
más
soldados, para cuidar de los empleados de aduana, supongo. Algunos, por
lo que
oí decir, se ahogaban en el rompiente, pero, fuera o no cierto, nadie
parecía
preocuparse demasiado. Eran arrojados a su destino y nosotros
continuábamos
nuestra marcha. La costa parecía ser la misma cada día, como si no nos
hubiésemos
movido; sin embargo, dejamos atrás diversos lugares, centros
comerciales con
nombres como Gran Bassam, Little Popo; nombres que parecían pertenecer
a alguna
sórdida farsa representada ante un telón siniestro. Mi ociosidad de
pasajero,
mi aislamiento entre todos aquellos hombres con quienes nada tenía en
común, el
mar lánguido y aceitoso, la oscuridad uniforme de la costa, parecían
mantenerme
al margen de la verdad de las cosas, en el estupor de una penosa e
indiferente
desilusión. La voz de la resaca, oída de cuando en cuando, era un
auténtico
placer, como las palabras de un hermano. Era algo natural, que tenía
razón de
ser y un sentido. De vez en cuando un barco que venía de la costa nos
proporcionaba
un momentáneo contacto con la realidad. Los remeros eran negros. Desde
lejos
podía vislumbrarse el blanco de sus ojos. Gritaban y cantaban; sus
cuerpos
estaban bañados de sudor; sus caras eran como máscaras grotescas; pero
tenían
huesos, músculos, una vitalidad salvaje, una intensa energía en los
movimientos, que era tan natural y verdadera como el oleaje a lo largo
de la
costa. No necesitaban excusarse por estar allí. Contemplarlos servía de
consuelo. Durante algún tiempo pude sentir que pertenecía todavía a un
mundo de
hechos naturales, pero esta creencia no duraría demasiado. Algo iba a
encargarse de destruirla. En una ocasión, me acuerdo muy bien, nos
acercamos a
un barco de guerra anclado en la costa. No había siquiera una cabaña, y
sin
embargo disparaba contra los matorrales. Según parece los franceses
libraban
allí una de sus guerras. Su enseña flotaba con la flexibilidad de un
trapo
desgarrado. Las bocas de los largos cañones de seis pulgadas
sobresalían de la
parte inferior del casco. El oleaje aceitoso y espeso levantaba al
barco y lo
volvía a bajar perezosamente, balanceando sus espigados mástiles. En la
vacía
inmensidad de la tierra, el cielo y el agua, aquella nave disparaba
contra el
continente. ¡Paf!, haría uno de sus pequeños cañones de seis pulgadas;
aparecería una pequeña llama y se extinguiría; se esfumaría una ligera
humareda
blanca; un pequeño proyectil silbaría débilmente y nada habría
ocurrido. Nada
podría ocurrir. Había un aire de locura en aquella actividad; su
contemplación
producía una impresión de broma lúgubre. Y esa impresión no desapareció
cuando
alguien de a bordo me aseguró con toda seriedad que allí había un
campamento de
aborígenes (¡los llamaba enemigos!), oculto en algún lugar fuera de
nuestra
vista.
»
Le entregamos sus cartas (me enteré de que los hombres en aquel barco
solitario
morían de fiebre a razón de tres por día) y proseguimos nuestra ruta.
Hicimos
escala en algunos otros lugares de nombres grotescos, donde la alegre
danza de
la muerte y el comercio continuaba desenvolviéndose en una atmósfera
tranquila
y terrenal, como en una catacumba ardiente. A lo largo de aquella costa
informe, bordeada de un rompiente peligroso, como si la misma
naturaleza
hubiera tratado de desalentar a los intrusos, remontamos y descendimos
algunos
ríos, corrientes de muerte en vida, cuyos bordes se pudrían en el
cieno, y
cuyas aguas, espesadas por el limo, invadían los manglares
contorsionados que
parecían retorcerse hacia nosotros, en el extremo de su impotente
desesperación. En ningún lugar nos detuvimos el tiempo suficiente como
para
obtener una impresión precisa, pero un sentimiento general de estupor
vago y
opresivo se intensificó en mí. Era como un fatigoso peregrinar en medio
de
visiones de pesadilla.
»
Pasaron más de treinta días antes de que viera la boca del gran río.
Anclamos
cerca de la sede del gobierno, pero mi trabajo sólo comenzaría unas
doscientas
millas más adentro. Tan pronto como pude, llegué a un lugar situado
treinta
millas arriba.
»
Tomé pasaje en un pequeño vapor. El capitán era sueco, y cuando supo
que yo era
marino me invitó a subir al puente. Era un joven delgado, rubio y
lento, con
una cabellera y porte desaliñados. Cuando abandonamos el pequeño y
miserable
muelle, meneó la cabeza en ademanes despectivos y me preguntó: “¿Ha
estado
viviendo aquí?” Le dije que sí. “Estos muchachos del gobierno son un
grupo
excelente”, continuó hablando el inglés con gran precisión y
considerable
amargura. “Es gracioso lo que algunos de ellos pueden hacer por unos
cuantos
francos al mes. Me asombra lo que les ocurre cuando se internan río
arriba.” Le
dije que pronto esperaba verlo con mis propios ojos. “¡Vaya!”, exclamó.
Luego
me dio por un momento la espalda mirando con ojo vigilante la ruta. “No
esté
usted tan seguro. Hace poco recogí a un hombre colgado en el camino.
También
era sueco.” “¿Se colgó? ¿Por qué, en nombre de Dios?”, exclamé. Él
seguía mirando
con preocupación el río. “¿Quién puede saberlo? ¡Quizás estaba harto
del sol!
¡O del país!”
»
Al fin se abrió ante nosotros una amplia extensión de agua. Apareció
una punta
rocosa, montículos de tierra levantados en la orilla, casas sobre una
colina,
otras con techo metálico, entre las excavaciones o en un declive. Un
ruido
continuo producido por las caídas de agua dominaba esa escena de
devastación
habitada. Un grupo de hombres, en su mayoría negros desnudos, se movían
como
hormigas. El muelle se proyectaba sobre el río. Un crepúsculo cegador
hundía
todo aquello en un resplandor deslumbrante. “Ésa es la sede de su
compañía”,
dijo el sueco, señalando tres barracas de madera sobre un talud rocoso.
“Voy a
hacer que le suban el equipaje. ¿Cuatro bultos, dice usted? Bueno,
adiós.”
»
Pasé junto a un caldero que estaba tirado sobre la hierba, llegué a un
sendero
que conducía a la colina. El camino se desviaba ante las grandes
piedras y ante
unas vagonetas tiradas boca abajo con las ruedas al aire. Faltaba una
de ellas.
Parecía el caparazón de un animal extraño. Encontré piezas de
maquinaria
desmantelada, y una pila de rieles mohosos. A mi izquierda un macizo de
árboles
producía un lugar umbroso, donde algunas cosas oscuras parecían
moverse. Yo
pestañeaba; el sendero era escarpado. A la derecha oí sonar un cuerno y
vi
correr a un grupo de negros. Una pesada y sorda detonación hizo
estremecerse la
tierra, una bocanada de humo salió de la roca; eso fue todo. Ningún
cambio se
advirtió en la superficie de la roca. Estaban construyendo un
ferrocarril. Aquella
roca no estaba en su camino; sin embargo aquella voladura sin objeto
era el
único trabajo que se llevaba a cabo.
»
Un sonido metálico a mis espaldas me hizo volver la cabeza. Seis negros
avanzaban en fila, ascendiendo con esfuerzo visible el sendero.
Caminaban
lentamente, el gesto erguido, balanceando pequeñas canastas llenas de
tierra
sobre las cabezas. Aquel sonido se acompasaba con sus pasos. Llevaban
trapos
negros atados alrededor de las cabezas y las puntas se movían hacia
adelante y
hacia atrás como si fueran colas. Podía verles todas las costillas; las
uniones
de sus miembros eran como nudos de una cuerda. Cada uno llevaba atado
al cuello
un collar de hierro, y estaban atados por una cadena cuyos eslabones
colgaban
entre ellos, con un rítmico sonido. Otro estampido de la roca me hizo
pensar de
pronto en aquel barco de guerra que había visto disparar contra la
tierra
firme. Era el mismo tipo de sonido ominoso, pero aquellos hombres no
podían, ni
aunque se forzara la imaginación, ser llamados enemigos. Eran
considerados como
criminales, y la ley ultrajada, como las bombas que estallaban, les
había
llegado del mar cual otro misterio igualmente incomprensible. Sus
pechos
delgados jadeaban al unísono. Se estremecían las aletas violentamente
dilatadas
de sus narices. Los ojos contemplaban impávidamente la colina. Pasaron
a seis
pulgadas de donde yo estaba sin dirigirme siquiera una mirada, con la
más
completa y mortal indiferencia de salvajes infelices. Detrás de aquella
materia
prima, un negro amasado, el producto de las nuevas fuerzas en acción,
vagaba
con desaliento, llevando en la mano un fusil. Llevaba una chaqueta de
uniforme
a la que le faltaba un botón, y al ver a un hombre blanco en el camino,
se
llevó con toda rapidez el fusil al hombro. Era un acto de simple
prudencia; los
hombres blancos eran tan parecidos a cierta distancia que él no podía
decir
quién era yo. Se tranquilizó pronto y con una sonrisa vil, y una mirada
a sus
hombres, pareció hacerme partícipe de su confianza exaltada. Después de
todo,
también yo era una parte de la gran causa, de aquellos elevados y
justos
procedimientos.
»
En lugar de seguir subiendo, me volví y bajé a la izquierda. Me
proponía dejar
que aquella cuerda de criminales desapareciera de mi vista antes de que
llegara
yo a la cima de la colina. Ya sabéis que no me caracterizo por la
delicadeza;
he tenido que combatir y sé defenderme. He tenido que resistir y
algunas veces
atacar (lo que es otra forma de resistencia) sin tener en cuenta el
valor
exacto, en concordancia con las exigencias del modo de vida que me ha
sido
propio. He visto el demonio de la violencia, el demonio de la codicia,
el
demonio del deseo ardiente, pero, ¡por todas las estrellas!, aquéllos
eran unos
demonios fuertes y lozanos de ojos enrojecidos que cazaban y conducían
a los hombres,
sí, a los hombres, repito. Pero mientras permanecía de pie en el borde
de la
colina, presentí que a la luz deslumbrante del sol de aquel país me
llegaría a
acostumbrar al demonio blando y pretencioso de mirada apagada y locura
rapaz y
despiadada. Hasta dónde podía llegar su insidia sólo lo iba a descubrir
varios
meses después y a unas mil millas río adentro. Por un instante quedé
amedrentado, como si hubiese oído una advertencia. Al fin, descendí la
colina,
oblicuamente, hacia la arboleda que había visto.
»
Evité un gran hoyo artificial que alguien había abierto en el declive,
cuyo
objeto me resultaba imposible adivinar. No se trataba ni de una cantera
ni de
una mina de arena. Era simplemente un hoyo. Podía relacionarse con el
filantrópico
deseo de proporcionar alguna ocupación a los criminales. No lo sé.
Después
estuve casi a punto de caer por un estrecho barranco, no mucho mayor
que una
cicatriz en el costado de la colina. Descubrí que algunos tubos de
drenaje
importados para los campamentos de la compañía habían sido dejados
allí. Todos
estaban rotos. Era un destrozo lamentable. Al final llegué a la
arboleda. Me
proponía descansar un momento a su sombra, pero en cuanto llegué tuve
la
sensación de haber puesto el pie en algún tenebroso círculo del
infierno. Las
cascadas estaban cerca y el ruido de su caída, precipitándose
ininterrumpida,
llenaba la lúgubre quietud de aquel bosquecillo (donde no corría el
aire, ni
una hoja se movía) con un sonido misterioso, como si la paz rota de la
tierra
herida se hubiera vuelto de pronto audible allí.
»
Unas figuras negras gemían, inclinadas, tendidas o sentadas bajo los
árboles,
apoyadas sobre los troncos, pegadas a la tierra, parcialmente visibles,
parcialmente ocultas por la luz mortecina, en todas las actitudes de
dolor,
abandono y desesperación que es posible imaginar. Explotó otro barreno
en la
roca, y a continuación sentí un ligero temblor de tierra bajo los pies.
El
trabajo continuaba. ¡El trabajo! Y aquél era el lugar adonde algunos de
los
colaboradores se habían retirado para morir.
»
Morían lentamente... eso estaba claro. No eran enemigos, no eran
criminales, no
eran nada terrenal, sólo sombras negras de enfermedad y agotamiento,
que yacían
confusamente en la tiniebla verdosa. Traídos de todos los lugares del
interior,
contratados legalmente, perdidos en aquel ambiente extraño, alimentados
con una
comida que no les resultaba familiar, enfermaban, se volvían inútiles,
y
entonces obtenían permiso para arrastrarse y descansar allí. Aquellas
formas
moribundas eran libres como el aire, tan tenues casi como él. Comencé a
distinguir el brillo de los ojos bajo los árboles. Después, bajando la
vista,
vi una cara cerca de mis manos. Los huesos negros reposaban extendidos
a lo
largo, con un hombro apoyado en el árbol, y los párpados se levantaron
lentamente, los ojos sumidos me miraron, enormes y vacuos, una especie
de llama
blanca y ciega en las profundidades de las órbitas. Aquel hombre era
joven al
parecer, casi un muchacho, aunque como sabéis con ellos es difícil
calcular la
edad. Lo único que se me ocurrió fue ofrecerle una de las galletas del
vapor
del buen sueco que llevaba en el bolsillo. Los dedos se cerraron
lentamente
sobre ella y la retuvieron; no hubo otro movimiento ni otra mirada.
Llevaba un
trozo de estambre blanco atado alrededor del cuello. ¿Por qué? ¿Dónde
lo había
podido obtener? ¿Era una insignia, un adorno, un amuleto, un acto
propiciatorio? ¿Había alguna idea relacionada con él? Aquel trozo de
hilo
blanco llegado de más allá de los mares resultaba de lo más extraño en
su
cuello.
»
Junto al mismo árbol estaban sentados otros dos haces de ángulos agudos
con las
piernas levantadas. Uno, la cabeza apoyada en las rodillas, sin fijar
la vista
en nada, miraba al vacío de un modo irresistible e intolerante; su
hermano
fantasma reposaba la frente, como si estuviera vencido por una gran
fatiga.
Alrededor de ellos estaban desparramados los demás, en todas las
posiciones posibles
de un colapso, como una imagen de una matanza o una peste. Mientras yo
permanecía paralizado por el terror, una de aquellas criaturas se elevó
sobre
sus manos y rodillas, y se dirigió hacia el río a beber. Bebió, tomando
el agua
con la mano, luego permaneció sentado bajo la luz del sol, cruzando las
piernas, y después de un rato dejó caer la cabeza lanuda sobre el
esternón.
»
No quise perder más tiempo bajo aquella sombra y me apresuré a
dirigirme al
campamento. Cerca de los edificios encontré a un hombre vestido con una
elegancia tan inesperada que en el primer momento llegué a creer que
era una
visión. Vi un cuello alto y almidonado, puños blancos, una ligera
chaqueta de
alpaca, pantalones impecables, una corbata clara y botas relucientes.
No
llevaba sombrero. Los cabellos estaban partidos, cepillados, aceitados,
bajo un
parasol a rayas verdes sostenido por una mano blanca. Era un individuo
asombroso; llevaba un portaplumas tras la oreja.
»
Estreché la mano de aquel ser milagroso, y me enteré de que era el
principal
contable de la compañía, y de que toda la contabilidad se llevaba en
ese
campamento. Dijo que había salido un momento para tomar un poco de aire
fresco.
Aquella expresión sonó de un modo extraordinariamente raro, con todo lo
que
sugería de una sedentaria vida de oficina. No tendría que mencionar
para nada
ahora a aquel individuo, a no ser que fue a sus labios a los que oí
pronunciar
por vez primera el nombre de la persona tan indisolublemente ligada a
mis
recuerdos de aquella época. Además sentí respeto por aquel individuo.
Sí, respeto
por sus cuellos, sus amplios puños, su cabello cepillado. Su aspecto
era
indudablemente el de un maniquí de peluquería, pero en la inmensa
desmoralización de aquellos territorios, conseguía mantener esa
apariencia. Eso
era firmeza. Sus camisas almidonadas y las pecheras enhiestas eran
logros de un
carácter firme. Había vivido allí cerca de tres años, y, más adelante,
no pude
dejar de preguntarle cómo lograba ostentar aquellas prendas. Se sonrojó
ligeramente y me respondió con modestia: “He logrado adiestrar a una de
las
nativas del campamento. Fue difícil. Le disgustaba hacer este trabajo.”
Así que
aquel hombre había logrado realmente algo. Vivía consagrado a sus
libros, que
llevaba con un orden perfecto.
»
Todo lo demás que había en el campamento estaba presidido por la
confusión;
personas, cosas, edificios. Cordones de negros sucios con los pies
aplastados
llegaban y volvían a marcharse; una corriente de productos
manufacturados,
algodón de desecho, cuentas de colores, alambres de latón, era enviada
a lo más
profundo de las tinieblas, y a cambio de eso volvían preciosos
cargamentos de
marfil.
»
Tuve que esperar en el campamento diez días, una eternidad. Vivía en
una choza
dentro del cercado, pero para lograr apartarme del caos iba a veces a
la
oficina del contable. Estaba construida con tablones horizontales y tan
mal
unidos que, cuando él se inclinaba sobre su alto escritorio, se veía
cruzado
desde el cuello hasta los talones por estrechas franjas de luz solar.
No era
necesario abrir la amplia celosía para ver. También allí hacía calor.
Unos
moscardones gordos zumbaban endiabladamente y no picaban sino que
mordían. Por
lo general me sentaba en el suelo, mientras él, con su aspecto
impecable (llegaba
hasta a usar un perfume ligero), encaramado en su alto asiento,
escribía,
anotaba. A veces se levantaba para hacer ejercicio. Cuando colocaron en
su
oficina un catre con un enfermo (un inválido llegado del interior), se
mostró
moderadamente irritado. “Los quejidos de este enfermo”, dijo, “distraen
mi
atención. Sin concentración es extremadamente fácil cometer errores en
este
clima.”
»
Un día comentó, sin levantar la cabeza: “En el interior se encontrará
usted con
el señor Kurtz.” Cuando le pregunté quién era el señor Kurtz, me
respondió que
era un agente de primera clase, y viendo mi desencanto ante esa
información,
añadió lentamente, dejando la pluma: “Es una persona notable.”
Preguntas
posteriores me hicieron saber que el señor Kurtz estaba por el momento
a cargo
de una estación comercial muy importante en el verdadero país del
marfil, en el
corazón mismo, y que enviaba tanto marfil como todos los demás agentes
juntos.
“Empezó a escribir de nuevo. El enfermo estaba demasiado grave para
quejarse. Las
moscas zumbaban en medio del silencio.
»
De pronto se oyó un murmullo creciente de voces y fuertes pisadas.
Había
llegado una caravana. Un rumor de sonidos extraños penetró desde el
otro lado
de los tablones. Todo el mundo hablaba a la vez, y en medio del
alboroto se
dejó oír la voz quejumbrosa del agente jefe “renunciando a todo” por
vigésima
vez en ese día... El contable se levantó lentamente. “¡Qué horroroso
estrépito!”,
dijo. Cruzó la habitación con paso lento para ver al hombre enfermo y
volviéndose
añadió: “Ya no oye” “¡Cómo! ¿Ha muerto?”, le pregunté, sobresaltado.
“No, aún
no”, me respondió con calma. Luego, aludiendo con un movimiento de
cabeza al
tumulto que se oía en el patio del campamento, añadió: “Cuando se
tienen que
hacer las cuentas correctamente, uno llega a odiar a estos salvajes, a
odiarlos
mortalmente.” Permaneció pensativo por un momento. “Cuando vea al señor
Kurtz”,
continuó, “dígale de mi parte que todo está aquí”, señaló al
escritorio,
“registrado satisfactoriamente. No me gusta escribirle... con los
mensajeros
que tenemos nunca se sabe quién va a recibir la carta... en esa
Estación
Central.” Me miró fijamente con ojos afectuosos: “Oh, él llegará muy
lejos, muy
lejos. Pronto será alguien en la administración. Allá arriba, en el
Consejo de
Europa, sabe usted... quieren que lo sea.”
»
Volvió a sumirse en su labor. Afuera el ruido había cesado, y, al
salir, me
detuve en la puerta. En medio del revoloteo de las moscas, el agente
que volvía
a casa estaba tendido ardiente e insensible; el otro, reclinado sobre
sus
libros, hacía perfectos registros de transacciones perfectamente
correctas; y
cincuenta pies más abajo de la puerta podía ver las inmóviles fronteras
del
foso de la muerte.
»
Al día siguiente abandoné por fin el campamento, con una caravana de
sesenta
hombres, para recorrer un tramo de doscientas millas. “No es necesario
que os
cuente lo que fue aquello. Veredas, veredas por todas partes. Una
amplia red de
veredas que se extendía por el jardín vacío, a lo largo de amplías
praderas,
praderas quemadas, a través de la selva, subiendo y bajando profundos
barrancos,
subiendo y bajando colinas pedregosas asoladas por el calor. Y una
soledad
absoluta. Nadie. Ni siquiera una cabaña. La población había
desaparecido mucho
tiempo atrás. Bueno, si una multitud de negros misteriosos, armados con
toda
clase de armas temibles, emprendiera de pronto el camino de Deal a
Gravesend
con cargadores a ambos lados soportando pesados fardos, imagino que
todas las
granjas y casas de los alrededores pronto quedarían vacías. Sólo que en
aquellos lugares también las habitaciones habían desaparecido. De
cualquier
modo, pasé aún por algunas aldeas abandonadas. Hay algo patéticamente
pueril en
las ruinas cubiertas de maleza. Día tras día, el continuo paso
arrastrado de sesenta
pares de pies desnudos junto a mí, cada par cargado con un bulto de
sesenta
libras. Acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, emprender
nuevamente
la marcha. De cuando en cuando un hombre muerto tirado en medio de los
altos
yerbajos a un lado del sendero, con una cantimplora vacía y un largo
palo junto
a él. A su alrededor, y encima de él, un profundo silencio. Tal vez en
una
noche tranquila, el redoble de tambores lejanos, apagándose y
aumentando, un
redoble amplio y lánguido; un sonido fantástico, conmovedor, sugestivo
y
salvaje que expresaba tal vez un sentimiento tan profundo como el
sonido de las
campanas en un país cristiano. En una ocasión un hombre blanco con un
uniforme
desabrochado, acampado junto al sendero con una escolta armada de
macilentos
zanzíbares, muy hospitalario y festivo, por no decir ebrio, se
encargaba, según
nos dijo, de la conservación del camino. No puedo decir que yo haya
visto
ningún camino, ni ninguna obra de conservación, a menos que el cuerpo
de un
negro d e mediana edad con un balazo en la frente con el que tropecé
tres
millas más adelante pudiera considerarse como tal. Yo iba también con
un
compañero blanco, no era mal sujeto, pero demasiado grueso y con la
exasperante
costumbre de fatigarse en las calurosas pendientes de las colinas, a
varias
millas del más mínimo fragmento de sombra y agua. Es un fastidio,
sabéis,
llevar la propia chaqueta sobre la cabeza de otro hombre como si fuera
un
parasol mientras recobraba el sentido. No pude contenerme y en una
ocasión le
pregunté por qué había ido a parar a aquellos lugares. Para hacer
dinero, por
supuesto. “¿Para qué otra cosa cree usted?”, me dijo desdeñosamente.
Después
tuvo fiebre y hubo que llevarlo en una hamaca colgada de un palo. Como
pesaba
ciento veinte kilos, tuve dificultades sin fin con los cargadores.
Ellos
protestaban, amenazaban con escapar, desaparecer por la noche con la
carga...
era casi motín. Una noche lancé un discurso en inglés ayudándome de
gestos, ninguno
de los cuales pasó inadvertido por los sesenta pares de ojos que tenía
frente a
mí, y a la mañana siguiente hice que la hamaca marchara delante de
nosotros.
Una hora más tarde todo el asunto fracasaba en medio de unos
matorrales... el
hombre, la hamaca, quejidos, cobertores, un horror. El pesado palo le
había
desollado la nariz. Yo estaba dispuesto a matar a alguien, pero no
había cerca
de nosotros ni la sombra de un cargador. Me acordé de las palabras del
viejo
médico: “A la ciencia le interesa observar los cambios mentales que se
producen
en los individuos en aquel sitio.” Sentí que me comenzaba a convertir
en algo
científicamente interesante. Sin embargo, todo esto no tiene
importancia. Al
decimoquinto día volví a ver nuevamente el gran río, y llegué con
dificultad a la
Estación Central.
Estaba situada en un remanso, rodeada de maleza y de bosque, con una
cerca de
barro maloliente a un lado y a los otros tres una valla absurda de
juncos. Una
brecha descuidada era la única entrada. Una primera ojeada al lugar
bastaba
para comprender que era el diablo el autor de aquel espectáculo.
Algunos
hombres blancos con palos largos en las manos surgieron desganadamente
entre
los edificios, se acercaron para echarme una ojeada y volvieron a
desaparecer
en alguna parte. Uno de ellos, un muchacho de bigote negro, robusto e
impetuoso, me informó con gran volubilidad y muchas digresiones, cuando
le dije
quién era, que mi vapor se hallaba en el fondo del río. Me quedé
estupefacto.
¿Qué, cómo, por qué? ¡Oh!, no había de qué preocuparse. El director en
persona
se encontraba allí. Todo estaba en orden. “¡Se portaron
espléndidamente!
¡Espléndidamente! Debe usted ir a ver en seguida al director general.
Lo está
esperando”, me dijo con cierta agitación.
»
No comprendí de inmediato la verdadera significación de aquel
naufragio. Me
parece que la comprendo ahora, pero tampoco estoy seguro... al menos no
del
todo. Lo cierto es que cuando pienso en ello todo el asunto me parece
demasiado
estúpido, y sin embargo natural. De todos modos... Bueno, en aquel
momento se
me presentaba como una maldición. El vapor había naufragado. Había
partido
hacía dos días con súbita premura por remontar el río, con el director
a bordo,
confiando la nave a un piloto voluntario, y antes de que hubiera
navegado tres
horas había encallado en unas rocas, y se había hundido junto a un
banco de
arena. Me pregunté qué tendría que hacer yo en ese lugar, ahora que el
barco se
había hundido. Para decirlo brevemente, mi misión consistió en rescatar
el
barco del río. Tuve que ponerme a la obra al día siguiente. Eso, y las
reparaciones, cuando logré llevar todas las piezas a la estación,
consumió
varios meses.
»
Mi primera entrevista con el director fue curiosa. No me invitó a
sentarme, a
pesar de que yo había caminado unas veinte millas aquella mañana. El
rostro,
los modales y la voz eran vulgares. Era de mediana estatura y
complexión
fuerte. Sus ojos, de un azul normal, resultaban quizá notablemente
fríos,
seguramente podía hacer caer sobre alguien una mirada tan cortante y
pesada
como un hacha. Pero incluso en aquellos instantes, el resto de su
persona
parecía desmentir tal intención. Por otra parte, la expresión de sus
labios era
indefinible, furtiva, como una sonrisa que no fuera una sonrisa.
Recuerdo muy
bien el gesto, pero no logro explicarlo. Era una sonrisa inconsciente,
aunque
después dijo algo que la intensificó por un instante. Asomaba al final
de sus
frases, como un sello aplicado a las palabras más anodinas para darles
una
significación especial, un sentido completamente inescrutable. Era un
comerciante
común empleado en aquellos lugares desde su juventud, eso es todo. Era
obedecido, a pesar de que no inspiraba amor ni odio, ni siquiera
respeto.
Producía una sensación de inquietud. ¡Eso era! Inquietud. No una
desconfianza
definida, sólo inquietud, nada más. Y no podéis figuraros cuán efectiva
puede
ser tal... tal... facultad. Carecía de talento organizador, de
iniciativa,
hasta de sentido del orden. Eso era evidente por el deplorable estado
que
presentaba la estación. No tenía cultura, ni inteligencia. ¿Cómo había
logrado
ocupar tal puesto? Tal vez por la única razón de que nunca enfermaba.
Había
servido allí tres periodos de tres años... Una salud triunfante en
medio de la
derrota general de los organismos constituye por sí misma una especie
de poder.
Cuando iba a su país con licencia se entregaba a un desenfreno en gran
escala,
pomposamente. Marinero en tierra, aunque con la diferencia de que lo
era sólo
en lo exterior. Eso se podía deducir por la conversación general. No
era capaz
de crear nada, mantenía sólo la rutina, eso era todo. Pero era genial.
Era
genial por aquella pequeña cosa que era imposible deducir en él. Nunca
le
descubrió a nadie ese secreto. Es posible que en su interior no hubiera
nada.
Esta sospecha lo hacía a uno reflexionar, porque en el exterior no
había ningún
signo. En una ocasión en que varias enfermedades tropicales hablan
reducido al
lecho a casi todos los “agentes” de la estación, se le oyó decir: “Los
hombres
que vienen aquí deberían carecer de entrañas.” Selló la frase con
aquella
sonrisa que lo caracterizaba, como si fuera la puerta que se abría a la
oscuridad que él mantenía oculta. Uno creía ver algo... pero el sello
estaba
encima. Cuando en las comidas se hastió de las frecuentes querellas
entre los
blancos por la prioridad en los puestos, mandó hacer una inmensa mesa
redonda
para la que hubo que construir una casa especial. Era el comedor de la
estación. El lugar donde él se sentaba era el primer puesto, los demás
no
tenían importancia. Uno sentía que aquélla era su convicción
inalterable. No
era cortés ni descortés. Permanecía tranquilo. Permitía que su
“muchacho”, un
joven negro de la costa, sobrealimentado, tratara a los blancos, bajo
sus
propios ojos, con una insolencia provocativa.
»
En cuanto me vio comenzó a hablar. Yo había estado demasiado tiempo en
camino.
Él no podía esperar. Había tenido que partir sin mí. Había que revisar
las
estaciones del interior. Habían sido tantas las dilaciones en los
últimos
tiempos que ya no sabía quién había muerto y quién seguía con vida,
cómo
andaban las cosas, etcétera. No prestó ninguna atención a mis
explicaciones, y,
mientras jugaba con una barra de lacre, repitió varias veces que la
situación
era muy grave, muy grave. Corrían rumores de que una estación
importante tenía
dificultades y de que su jefe, el señor Kurtz, se encontraba enfermo.
Esperaba
que no fuera verdad. El señor Kurtz era... Yo me sentía cansado e
irritado. ¡A
la horca con el tal Kurtz!, pensaba. Lo interrumpí diciéndole que ya en
la
costa había oído hablar del señor Kurtz. “¡Ah! ¡De modo que se habla de
él allá
abajo!”, murmuró. Luego continuó su discurso, asegurándome que el señor
Kurtz
era el mejor agente con que contaba, un hombre excepcional, de la mayor
importancia para la compañía; por consiguiente yo debía tratar de
comprender su
ansiedad. Se hallaba, según decía, “muy, muy intranquilo”. Lo cierto
era que se
agitaba sobre la silla y exclamaba: “¡Ah, el señor Kurtz!” En ese
momento rompió
la barra de lacre y pareció confundirse ante el accidente. Después
quiso saber
cuánto tiempo me llevaría rehacer el barco. Volví a interrumpirlo.
Estaba
hambriento, sabéis, y seguía de pie, por lo que comencé a sentirme como
un
salvaje. “¿Cómo puedo afirmar nada?”, le dije. “No he visto aún el
barco.
Seguramente se necesitarán varios meses.” La conversación me parecía de
lo más
fútil. “¿Varios meses?”, dijo. “Bueno, pongamos tres meses antes de que
podamos
salir. Habrá que hacerlo en ese tiempo.” Salí de su cabaña (vivía solo
en una
cabaña de barro con una especie de terraza) murmurando para mis
adentros la
opinión que me había merecido. Era un idiota charlatán. Más tarde tuve
que
modificar esta opinión, cuando comprobé para mi asombro la
extraordinaria exactitud
con que había señalado el tiempo necesario para la obra.
»
Me puse a trabajar al día siguiente, dando, por decirlo así, la espalda
a la
estación. Sólo de ese modo me parecía que podía mantener el control
sobre los
hechos redentores de la vida. Sin embargo, algunas veces había que
mirar
alrededor; veía entonces la estación y aquellos hombres que caminaban
sin
objeto por el patio bajo los rayos del sol. En algunas ocasiones me
pregunté
qué podía significar aquello. Caminaban de un lado a otro con sus
absurdos
palos en la mano, como una multitud de peregrinos embrujados en el
interior de
una cerca podrida. La palabra marfil permanecía en el aire, en los
murmullos,
en los suspiros. Me imagino que hasta en sus oraciones. Un tinte de
imbécil
rapacidad coloreaba todo aquello, como si fuera la emanación de un
cadáver. ¡Por
Júpiter! Nunca en mi vida he visto nada tan irreal. Y en el exterior,
la
silenciosa soledad que rodeaba ese claro en la tierra me impresionaba
como algo
grande e invencible, como el mal o la verdad, que esperaban
pacientemente la
desaparición de aquella fantástica invasión.
»
¡Oh, qué meses aquellos! Bueno, no importa. Ocurrieron varias cosas.
Una noche
una choza llena de percal, algodón estampado, abalorios y no sé qué
más, se
inflamó en una llamarada tan repentina que se podía creer que la tierra
se había
abierto para permitir que un fuego vengador consumiera toda aquella
basura. Yo
estaba fumando mi pipa tranquilamente al lado de mi vapor desmantelado,
y vi
correr a todo el mundo con los brazos en alto ante el resplandor,
cuando el
robusto hombre de los bigotes llegó al río con un cubo en la mano y me
aseguró
que todos “se portaban espléndidamente, espléndidamente”. Llenó el cubo
de agua
y se largó de nuevo a toda prisa. Pude ver que había un agujero en el
fondo del
cubo.
»
Caminé río arriba. Sin prisa. Mirad, aquello había ardido como si fuera
una
caja de cerillas. Desde el primer momento no había tenido remedio. La
llama
había saltado a lo alto, haciendo retroceder a todo el mundo, y después
de
consumirlo todo se había apagado. La cabaña no era más que un montón de
ascuas
y cenizas candentes. Un negro era azotado cerca del lugar. Se decía que
de
alguna manera había provocado el incendio; fuera cierto o no, gritaba
horriblemente. Volví a verlo días después, sentado a la sombra de un
árbol;
parecía muy enfermo, trataba de recuperarse; más tarde se levantó y se
marchó,
y la selva muda volvió a recibirlo en su seno. Mientras me acercaba al
calor
vivo desde la oscuridad, me encontré a la espalda de dos hombres que
hablaban
entre sí. Oí que pronunciaban el nombre de Kurtz y que uno le decía al
otro:
“Deberías aprovechar este incidente desgraciado.” Uno de los hombres
era el
director. Le deseé buenas noches. “¿Ha visto usted algo parecido? Es
increíble”, dijo y se marchó. El otro hombre permaneció en el lugar.
Era un
agente de primera categoría, joven, de aspecto distinguido, un poco
reservado,
con una pequeña barba bifurcada y nariz aguileña. Se mantenía al margen
de los
demás agentes, y éstos a su vez decían que era un espía al servicio del
director. En lo que a mí respecta, no había cambiado nunca una palabra
con él.
Comenzamos a conversar y sin darnos cuenta nos fuimos alejando de las
ruinas
humeantes. Después me invitó a acompañarlo a su cuarto, que estaba en
el
edificio principal de la estación. Encendió una cerilla, y pude
advertir que
aquel joven aristócrata no sólo tenía un tocador montado en plata sino
una vela
entera, toda suya. Se suponía que el director era el único hombre que
tenía
derecho a las velas. Las paredes de barro estaban cubiertas con tapices
indígenas; una colección de lanzas, azagayas, escudos, cuchillos,
colgaba de
ellas como trofeos. Según me habían informado, el trabajo confiado a
aquel
individuo era la fabricación de ladrillos, pero en toda la estación no
había un
solo pedazo de ladrillo, y había tenido que permanecer allí desde hacía
más de
un año, esperando. Al parecer no podía construir ladrillos sin un
material, no
sé qué era, tal vez paja. Fuera lo que fuese, allí no se conseguía, y
como no
era probable que lo enviaran de Europa, no resultaba nada claro
comprender qué
esperaba. Un acto de creación especial, tal vez. De un modo u otro
todos
esperaban, todos (bueno, los dieciséis o veinte peregrinos) esperaban
que algo
ocurriera; y les doy mi palabra de que aquella espera no parecía nada
desagradable, dada la manera en que la aceptaban, aunque lo único que
parecían
recibir eran enfermedades, de eso podía darme cuenta. Pasaban el tiempo
murmurando e intrigando unos contra otros de un modo completamente
absurdo. En
aquella estación se respiraba un aire de conspiración, que, por
supuesto, no se
resolvía en nada. Era tan irreal como todo lo demás, como las
pretensiones
filantrópicas de la empresa, como sus conversaciones, como su gobierno,
como
las muestras de su trabajo. El único sentimiento real era el deseo de
ser
destinado a un puesto comercial donde poder recoger el marfil y obtener
el
porcentaje estipulado. Intrigaban, calumniaban y se detestaban sólo por
eso,
pero en cuanto a mover aunque fuese el dedo meñique, oh, no. ¡Cielos
santos!,
hay algo después de todo en el mundo que permite que un hombre robe un
caballo
mientras que otro ni siquiera puede mirar un ronzal. Robar un caballo
directamente,
pase. Quien lo hace tal vez pueda montarlo. Pero hay una manera de
mirar un
ronzal que incitaría al piadoso de los santos a dar un puntapié.
»
Yo no tenía idea de por qué aquel hombre deseaba mostrarse sociable
conmigo,
pero mientras conversábamos me pareció de pronto que aquel individuo
trataba de
llegar a algo, a un hecho real, y que me interrogaba. Aludía
constantemente a
Europa, a las personas que suponía que yo conocía allí, dirigiéndome
preguntas
insinuantes sobre mis relaciones en la ciudad sepulcral. Sus ojos
pequeños
brillaban como discos de mica, llenos de curiosidad, aunque procuraba
conservar
algo de su altivez. Al principio su actitud me sorprendió, pero muy
pronto comencé
a sentir una intensa curiosidad por saber qué se proponía obtener de
mí. Me era
imposible imaginar qué podía despertar su interés. Era gracioso ver
cómo
luchaba en el vacío, porque lo cierto es que mi cuerpo estaba lleno
sólo de
escalofríos y en mi cabeza no había otra cosa fuera de aquel condenado
asunto
del vapor hundido. Era evidente que me consideraba como un
desvergonzado
prevaricador. Al final se enfadó y, para disimular un movimiento de
furia y
disgusto, bostezó. Me levanté. Entonces pude ver un pequeño cuadro al
óleo en
un marco, representando a una mujer envuelta en telas y con los ojos
vendados,
que llevaba en la mano una antorcha encendida. El fondo era sombrío,
casi
negro. La mujer permanecía inmóvil y el efecto de la luz de la antorcha
en su
rostro era siniestro.
»
Eso me retuvo, y él permaneció de pie por educación, sosteniendo una
botella
vacía de champaña (para usos medicinales) con la vela colocada encima.
A mi pregunta,
respondió que el señor Kurtz lo había pintado, en esa misma estación,
hacía
poco más de un año, mientras esperaba un medio de trasladarse a su
estación
comercial. “Dígame, por favor”, le pedí, “¿quién es ese señor Kurtz?”
»
El jefe de la estación interior”, respondió con sequedad, mirando hacia
otro
lado. “Muchas gracias”, le dije riendo, “y usted es el fabricante de
ladrillos
de la
Estación Central. Eso todo el mundo lo sabe.” Por un
momento
permaneció callado. “Es un prodigio”, dijo al fin. “Es un emisario de
la
piedad, la ciencia y el progreso, y sólo el diablo sabe de qué más.
Nosotros
necesitamos”, comenzó de pronto a declamar, “para realizar la causa que
Europa
nos ha confiado, por así decirlo, inteligencias superiores, gran
simpatía,
unidad de propósitos.” “¿Quién ha dicho eso?”, pregunté. “Muchos de
ellos”,
respondió. “Algunos hasta lo escriben; y de pronto llegó aquí él, un ser especial, como debe usted
saber.” “¿Por qué debo saberlo?”, lo interrumpí, realmente sorprendido.
Él no
me prestó ninguna atención. “Sí, hoy día es el jefe de la mejor
estación, el
año próximo será asistente en la dirección, dos años más y... pero me
atrevería
a decir que usted sabe en qué va a convertirse dentro de un par de
años. Usted
forma parte del nuevo equipo... el equipo de la virtud. La misma
persona que lo
envió a él lo ha recomendado muy especialmente a usted. Oh, no diga que
no. Yo
tengo mis propios ojos, sólo en ellos confío.” La luz se hizo en mí.
Las poderosas
amistades de mi tía estaban produciendo un efecto inesperado en aquel
joven.
Estuve a punto de soltar una carcajada. “¿Lee usted la correspondencia
confidencial
de la compañía?”, le pregunté. No pudo decir una palabra. Me resultó
muy
divertido. “Cuando el señor Kurtz”, continué severamente, “sea director
general, no va usted a tener oportunidad de hacerlo.”
»
Apagó la vela de pronto
y salimos. La luna se había levantado. Algunas figuras negras vagaban
alrededor, echando agua sobre los escombros de los que salía un sonido
silbante. El vapor ascendía a la luz de la luna, el negro golpeado
gemía en
alguna parte. “¡Qué escándalo hace ese animal!”, dijo el hombre
infatigable de
los bigotes, quien de pronto apareció a nuestro lado. “De algo le
servirá.
Transgresión... castigo... ¡plaf! Sin piedad, sin piedad. Es la única
manera.
Eso prevendrá cualquier otro incendio en el futuro. Le acabo de decir
al
director... “Se fijó en mi acompañante e inmediatamente pareció perder
la
energía: “¿Todavía levantado?”, dijo con una especie de afecto servil.
“Bueno,
es natural. Peligro... agitación”, y se desvaneció. Llegué hasta la
orilla del
río y el otro me acompañó. Oí un chirriante murmullo: “¡Montón de
inútiles,
seguid!” Podía ver a los peregrinos en grupitos, gesticulando,
discutiendo.
Algunos tenían todavía los palos en la mano. Yo creo que llegaban a
acostarse
con aquellos palos. Del otro lado de la empalizada la selva se erguía
espectral
a la luz de la luna, y a través del incierto movimiento, a través de
los
débiles ruidos de aquel lamentable patio, el silencio de la tierra se
introducía en el corazón de todos... su misterio, su grandeza, la
asombrosa
realidad de su vida oculta. El negro castigado se lamentaba débilmente
en algún
lugar cercano, y luego emitió un doloroso suspiro que hizo que mis
pasos tomaran
otra dirección. Sentí que una mano se introducía bajo mi brazo. “Mi
querido
amigo”, dijo el tipo, “no quiero que me malinterprete, especialmente
usted, que
verá al señor Kurtz mucho antes de que yo pueda tener ese placer. No
quisiera
que se fuera a formar una idea falsa de mi disposición...”
»
Dejé continuar a aquel
Mefistófeles de pacotilla; me pareció que de haber querido hubiera
podido
traspasarlo con mi índice y no habría encontrado sino un poco de
suciedad
blanduzca en su interior. Se había propuesto, sabéis, ser ayudante del
director, y la llegada posible de aquel Kurtz lo había sobresaltado
tanto como
al mismo director general. Hablaba precipitadamente y yo no traté de
detenerlo.
Apoyé la espalda sobre los restos del vapor, colocado en la orilla,
como el
esqueleto de algún gran animal fluvial. El olor del cieno, del cieno
primigenio, ¡por Júpiter!, estaba en mis narices, la inmovilidad de
aquella
selva estaba ante mis ojos; había manchas brillantes en la negra
ensenada. La
luna extendía sobre todas las cosas una fina capa de plata, sobre la
fresca
hierba, sobre el muro de vegetación que se elevaba a una altura mayor
que el
muro de un templo, sobre el gran río, que resplandecía mientras corría
anchurosamente sin un murmullo. Todo aquello era grandioso,
esperanzador, mudo,
mientras aquel hombre charlaba banalmente sobre sí mismo. Me pregunté
si la
quietud del rostro de aquella inmensidad que nos contemplaba a ambos
significaba un buen presagio o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros,
extraviados
en aquel lugar? ¿Podíamos dominar aquella cosa muda, o sería ella la
que nos
manejaría a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era
aquella
cosa que no podía hablar, y que tal vez también fuera sorda. ¿Qué había
allí?
Sabía que parte del marfil llegaba de allí y había oído decir que el
señor
Kurtz estaba allí. Había oído ya bastante. ¡Dios es testigo! Pero sin
embargo
aquello no producía en mí ninguna imagen; igual que si me hubiesen
dicho que un
ángel o un demonio vivían allí. Creía en aquello de la misma manera en
que
cualquiera de vosotros podría creer que existen habitantes en el
planeta Marte.
Conocí una vez a un fabricante de velas escocés que estaba convencido,
firmemente convencido, de que había habitantes en Marte. Si se le
interrogaba
sobre la idea que tenía sobre su aspecto y su comportamiento, adoptaba
una
expresión tímida y murmuraba algo sobre que “andaban a cuatro patas”.
Si
alguien sonreía, aquel hombre, aunque pasaba de los sesenta, era capaz
de
desafiar al burlón a duelo. Yo no hubiera llegado tan lejos como a
batirme por
Kurtz, pero por causa suya estuve casi a punto de mentir. Vosotros
sabéis que
odio, detesto, me resulta intolerable la mentira, no porque sea más
recto que
los demás, sino porque sencillamente me espanta. Hay un tinte de
muerte, un
sabor de mortalidad en la mentira que es exactamente lo que más odio y
detesto
en el mundo, lo que quiero olvidar. Me hace sentir desgraciado y
enfermo, como
la mordedura de algo corrupto. Es cuestión de temperamento, me imagino.
Pues
bien, estuve cerca de eso al dejar que aquel joven estúpido creyera lo
que le
viniera en gana sobre mi influencia en Europa. Por un momento me sentí
tan
lleno de pretensiones como el resto de aquellos embrujados peregrinos.
Sólo
porque tenía la idea de que eso de algún modo iba a resultarle útil a
aquel
señor Kurtz a quien hasta el momento no había visto... ya entendéis.
Para mí
era apenas un nombre. Y en el nombre me era tan imposible ver a la
persona como
lo debe ser para vosotros. ¿Lo veis? ¿Veis la historia? ¿Veis algo? Me
parece
que estoy tratando de contar un sueño... que estoy haciendo un vano
esfuerzo,
porque el relato de un sueño no puede transmitir la sensación que
produce esa
mezcla de absurdo, de sorpresa y aturdimiento en un rumor de revuelta y
rechazo,
esa noción de ser capturados por lo increíble que es la misma esencia
de los
sueños.
»
Marlow permaneció un
rato en silencio.
—...
No, es imposible; es
imposible comunicar la sensación de vida de una época determinada de la
propia
existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y
penetrante
esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos... solos.
Volvió
a hacer otra pausa
como reflexionando. Después añadió:
—Por
supuesto, en esto
vosotros podréis ver más de lo que yo podía ver entonces. Me veis a mí,
a quien
conocéis...
La
oscuridad era tan
profunda que nosotros, sus oyentes, apenas podíamos vernos unos a
otros. Hacía
ya largo rato que él, sentado aparte, no era para nosotros más que una
voz.
Nadie decía una palabra. Los otros podían haberse dormido, pero yo
estaba
despierto. Escuchaba, escuchaba aguardando la sentencia, la palabra que
pudiera
servirme de pista en la débil angustia que me inspiraba aquel relato
que
parecía formularse por sí mismo, sin necesidad de labios humanos, en el
aire
pesado y nocturno de aquel río.
—Sí,
lo dejé continuar
—volvió a decir de nuevo Marlow— y que pensara lo que le diera la gana
sobre
los poderes que existían detrás de mí. ¡Lo hice! ¡Y detrás de mí no
había nada!
No había nada salvo aquel condenado, viejo y maltrecho vapor sobre el
que me
apoyaba, mientras él hablaba fluidamente de la necesidad que tenía cada
hombre
de progresar. “Cuando alguien llega aquí, usted lo sabe, no es para
contemplar
la luna”, me dijo. El señor Kurtz era un “genio universal”, pero hasta
un genio
encontraría más fácil trabajar con “instrumentos adecuados y hombres
inteligentes”. Él no fabricaba ladrillos. ¿Por qué? Bueno, había una
imposibilidad material que lo impedía, como yo muy bien sabía, y si
trabajaba
como secretario del director era porque ningún hombre inteligente puede
rechazar absurdamente la confianza que en él depositan sus superiores.
¿Me daba
yo cuenta? Sí, me daba cuenta. ¿Qué más quería yo? Lo que realmente
quería eran
remaches, ¡cielo santo!, ¡remaches!, para poder continuar el trabajo y
tapar
aquel agujero. Remaches. En la costa había cajas llenas de ellos, cajas
amontonadas,
rajadas, herrumbrosas. En aquella estación de la colina uno tropezaba
con un
remache desprendido a cada paso que daba. Algunos habían rodado hasta
el bosque
de la muerte. Uno podía llenarse los bolsillos de remaches sólo con
molestarse
en recogerlos; y en cambio donde eran necesarios no se encontraba uno
solo.
Teníamos chapas que nos podían servir, pero nada con qué poder
ajustarlas. Cada
semana el mensajero, un negro solo, con un saco de cartas al hombro,
dejaba la
estación para dirigirse a la costa. Y varias veces a la semana una
caravana
llegaba de la costa con productos comerciales, percal horriblemente
teñido que
daba escalofríos de sólo mirar, cuentas de cristal de las que podía
comprarse
un cuarto de galón por un penique, pañuelos de algodón
estrafalariamente estampados.
Y nunca remaches. Tres negros hubieran podido transportar todo lo
necesario
para poner a flote aquel vapor.
»
Se estaba poniendo
confidencial, pero me imagino que al no encontrar ninguna respuesta de
mi parte
debió haberse exasperado, ya que consideró necesario informarme que no
temía a
Dios ni al diablo, y mucho menos a los hombres. Le dije que podía darme
perfecta cuenta, pero que lo que yo necesitaba era una determinada
cantidad de
remaches... y que en realidad lo que el señor Kurtz hubiera pedido, si
estuviese informado de esa situación, habrían sido los remaches. Y él
enviaba
cartas a la costa cada semana... “Mi querido señor” gritó, “yo escribo
lo que
me dictan.” Seguí pidiendo remaches. Un hombre inteligente tiene medios
para
obtenerlos. Cambió de modales. De pronto adoptó un tono frío y comenzó
a hablar
de un hipopótamo. Me preguntó si cuando dormía a bordo (permanecía allí
noche y
día), no tenía yo molestias. Un viejo hipopótamo tenía la mala
costumbre de
salir de noche a la orilla y errar por los terrenos de la estación. Los
peregrinos solían salir en pelotón y descargar sus rifles sobre él.
Algunos
velaban toda la noche esperándole. Sin embargo había sido una energía
desperdiciada. “Ese animal tiene una vida encantada, y eso sólo se
puede decir
de las bestias de este país. Ningún hombre, ¿me entiende usted?, ningún
hombre
tiene aquí el mismo privilegio”, dijo. Permaneció un momento a la luz
de la
luna con su delicada nariz aguileña un poco ladeada, y los ojos de mica
brillantes, sin pestañear. Después se despidió secamente y se retiró a
grandes
zancadas. Me di cuenta de que estaba turbado y enormemente confuso, lo
que me
hizo alentar mayores esperanzas de las que había abrigado en los días
anteriores. Me servía de consuelo apartar a aquel tipo para volver a mi
influyente amigo, el roto, torcido, arruinado, desfondado barco de
vapor. Subí
a bordo. Crujió bajo mis pies como una lata de bizcochos Hunley &
Palmer
vacía que hubiera recibido un puntapié en un escalón. No era sólido,
mucho
menos bonito, pero había invertido en él demasiado trabajo como para no
quererlo. Ningún amigo influyente me hubiera servido mejor. Me había
dado la
oportunidad de moverme un poco y descubrir lo que podía hacer. No, no
me gusta
el trabajo. Prefiero ser perezoso y pensar en las bellas cosas que
pueden
hacerse. No me gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me
gusta lo que
hay en el trabajo, la ocasión de encontrarse a sí mismo. La propia
realidad,
eso que sólo uno conoce y no los demás, que ningún otro hombre puede
conocer.
Ellos sólo pueden ver el espectáculo, y nunca pueden decir lo que
realmente
significa.
»
No me sorprendió ver a
una
persona sentada en la cubierta, con las piernas colgantes sobre el
barro.
Mirad, mis relaciones eran buenas con los pocos mecánicos que había en
la
estación, y a los que los otros peregrinos naturalmente despreciaban;
me
imagino que por la rudeza de sus modales. Era el capataz, un fabricante
de
marmitas, buen trabajador, un individuo seco, huesudo, de rostro
macilento, con
ojos grandes y mirada intensa. Tenía un aspecto preocupado. Su cabeza
era tan
calva como la palma de mi mano; parecía que los cabellos, al caer, se
le habían
pegado a la barbilla y que habían prosperado en aquella nueva
localidad, pues
la barba le llegaba a la cintura. Era un viudo con seis hijos (los
había dejado
a cargo de una hermana suya al emprender el viaje) y la pasión de su
vida eran
las palomas mensajeras. Era un entusiasta y un conocedor. Deliraba por
las
palomas. Después del horario de trabajo acostumbraba ir a veces al
barco a
conversar sobre sus hijos, y sobre las palomas. En el trabajo, cuando
se debía
arrastrar por el barro bajo la quilla del vapor, recogía su barba en
una
especie de servilleta blanca que llevaba para ese propósito, con unas
cintas
que ataba tras las orejas. Por las noches se le podía ver inclinado
sobre el
río, lavando con sumo cuidado esa envoltura en la corriente, y
tendiéndola
después solemnemente sobre una mata para que se secara.
»
Le di una palmada en la
espalda y exclamé: “Vamos a tener remaches.” Se puso de pie y exclamó:
“¿No? ¡Remaches!”,
como si no pudiera creer a sus oídos. Luego, añadió en voz baja:
“Usted...
¿Eh?” No sé por qué nos comportábamos como lunáticos. Me lleve un dedo
a la
nariz inclinando la cabeza misteriosamente. “¡Bravo por usted!”,
exclamó,
chasqueando sus dedos sobre la cabeza y levantando un pie. Comencé a
bailotear.
Saltábamos sobre la cubierta de hierro. Un ruido horroroso salió de
aquel casco
arrumbado y el bosque virgen desde la otra margen del río lo envió de
vuelta en
un eco atronador a la estación dormida. Aquello debió hacer levantar a
algunos
peregrinos en sus cabañas. Una figura oscura apareció en el portal de
la cabaña
del director, desapareció, y luego, un segundo o dos después, también
la puerta
desapareció. Nos detuvimos y el silencio interrumpido por nuestro
zapateo
volvió de nuevo a nosotros desde los lugares más remotos de la tierra.
El gran
muro de vegetación, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas,
hojas,
guirnaldas, inmóviles a la luz de la luna, era como una tumultuosa
invasión de
vida muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos,
dispuestas a
derrumbarse sobre el río, a barrer la pequeña existencia de todos los
pequeños
hombres que, como nosotros, estábamos en su seno. Y no se movía. Una
explosión
sorda de grandiosas salpicaduras y bufidos nos llegó de lejos, como si
un ictiosaurio
se estuviera bañando en el resplandor del gran río. “Después de todo”,
dijo el
fabricante de marmitas, en tono razonable, “¿por qué no iban a darnos
los
remaches?” ¡En efecto, por qué no! No conocía ninguna razón para que no
los
tuviésemos. “Llegarán dentro de unas tres semanas”, le dije en tono
confidencial.
»
Pero no fue así. En
lugar de remaches tuvimos una invasión, un castigo, una visita. Llegó
en
secciones durante las tres semanas siguientes; cada sección encabezada
por un
burro en el que iba montado un blanco con traje nuevo y zapatos
relucientes, un
blanco que saludaba desde aquella altura a derecha e izquierda a los
impresionados
peregrinos. Una banda pendenciera de negros descalzos y desarrapados
marchaba
tras el burro; un equipaje de tiendas, sillas de campaña, cajas de
lata,
cajones blancos y fardos grises eran depositados en el patio, y el aire
de
misterio parecía espesarse sobre el desorden de la estación. Llegaron
cinco
expediciones semejantes, con el aire absurdo de una huida desordenada,
con el
botín de innumerables almacenes y abundante acopio de provisiones que
uno
podría pensar habían sido arrancadas de la selva para ser repartidas
equitativamente. Era una mezcla indecible de cosas, útiles en sí, pero
a las
cuales la locura humana hacía parecer como el botín de un robo.
»
Aquella devota banda se
daba a sí misma el nombre de Expedición de Exploradores Eldorado.
Parece ser
que todos sus miembros habían jurado guardar secreto. Su conversación,
de
cualquier manera, era una conversación de sórdidos filibusteros. Era un
grupo
temerario pero sin valor, voraz sin audacia, cruel sin osadía. No había
en
aquella gente un átomo de previsión ni de intención seria, y ni
siquiera
parecían saber que esas cosas son requeridas para el trabajo en el
mundo. Arrancar
tesoros a las entrañas de la tierra era su deseo, pero aquel deseo no
tenía
detrás otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que
fuerzan
una caja fuerte. No sé quién costearía los gastos de aquella noble
empresa,
pero un tío de nuestro director era el jefe del grupo.
»
Por su exterior parecía
el carnicero de un barrio pobre, y sus ojos tenían una mirada de
astucia
somnolienta. Ostentaba un enorme vientre sobre las cortas piernas, y
durante el
tiempo que aquella banda infestó la estación sólo habló con su sobrino.
Podía
uno verlos vagando durante el día por todas partes, las cabezas unidas
en una
interminable confabulación.
»
Renuncié a molestarme
más por el asunto de los remaches. La capacidad humana para esa especie
de locura
es más limitada de lo que vosotros podéis suponer. Me dije: “A la horca
con
todos.” Y dejé de preocuparme. Tenía tiempo en abundancia para la
meditación, y
de vez en cuando dedicaba algún pensamiento a Kurtz. No me interesaba
mucho.
No. Sin embargo, sentía curiosidad por saber si aquel hombre que había
llegado
equipado con ideas morales de alguna especie lograría subir a la cima
después
de todo, y cómo realizaría el trabajo una vez que lo hubiese
conseguido.”
II
—Una
noche, mientras estaba tendido en la cubierta de mi vapor, oí voces que
se
acercaban. Eran el tío y el sobrino que caminaban por la orilla del
río. Volví
a apoyar la cabeza sobre el brazo, y estaba a punto de volverme a
dormir,
cuando alguien dijo casi en mi oído: “Soy tan inofensivo como un niño,
pero no
me gusta que me manden. ¿Soy el director o no lo soy? Me ordenaron
enviarlo
allí. Es increíble...” Me di cuenta de que ambos se hallaban en la
orilla, al
lado de popa, precisamente debajo de mi cabeza. No me moví; no se me
ocurrió
moverme. Estaba amodorrado. “Es muy desagradable”, gruñó el tío. “Él
había pedido
a la administración que le enviaran allí”, dijo el otro, “con la idea
de demostrar
lo que era capaz de hacer. Yo recibí instrucciones al respecto. Debe
tener una
influencia tremenda. ¿No te parece terrible?” Ambos convinieron en que
aquello
era terrible; después hicieron observaciones extrañas: la lluvia... el
buen
tiempo... un hombre... el Consejo... por la nariz... Fragmentos de
frases
absurdas que me hicieron salir de mi estado de somnolencia. De modo que
estaba
en pleno uso de mis facultades mentales cuando el tío dijo: “El clima
puede
eliminar esa dificultad. ¿Está solo allá?” “Sí”, respondió el director.
“Me
envió a su asistente, con una nota redactada más o menos en estos
términos:
“Saque usted a este pobre diablo del país, y no se moleste en enviarme
a otras
personas de esta especie. Prefiero estar solo a tener a mi lado la
clase de
hombres de que ustedes pueden disponer.” Eso fue hace ya más de un año.
¿Puedes
imaginarte desfachatez semejante?” “¿Y nada a partir de entonces?”,
preguntó el
otro con voz ronca. “Marfil”, masculló el sobrino, “a montones... y de
primera
clase. Grandes cargamentos; todo para fastidiar, me parece.” “¿De qué
manera?”
preguntó un rugido sordo. “Facturas”, fue la respuesta. Se podía decir
que
aquella palabra había sido disparada. Luego se hizo el silencio. Habían
estado
hablando de Kurtz.
»
Para entonces yo estaba del todo despierto. Permanecía acostado tal
como
estaba, sin cambiar de postura. “¿Cómo ha logrado abrirse paso todo ese
marfil?”, explotó de pronto el más anciano de los dos, que parecía muy
contrariado. El otro explicó que había llegado en una flotilla de
canoas, a las
órdenes de un mestizo inglés que Kurtz tenía a su servicio. El mismo
Kurtz, al
parecer, había tratado de hacer el viaje, por encontrarse en ese tiempo
la
estación desprovista de víveres y pertrechos, pero después de recorrer
unas
trescientas millas había decidido de pronto regresar, y lo hizo solo,
en una
pequeña canoa con cuatro remeros, dejando que el mestizo continuara río
abajo
con el marfil. Los dos hombres estaban sorprendidos ante semejante
proceder.
Trataban de encontrar un motivo que explicara esa actitud. En cuanto a
mí, me pareció
ver por primera vez a Kurtz. Fue un vislumbre preciso: la canoa, cuatro
remeros
salvajes; el blanco solitario que de pronto le daba la espalda a las
oficinas
principales, al descanso, tal vez a la idea del hogar, y volvía en
cambio el
rostro hacia lo más profundo de la selva, hacia su campamento vacío y
desolado.
Yo no conocía el motivo. Era posible que sólo se tratara de un buen
sujeto que
se había entusiasmado con su trabajo. Su nombre, sabéis, no había sido
pronunciado ni una sola vez durante la conversación. Se referían a
“aquel
hombre”. El mestizo que, según podía yo entender, había realizado con
gran
prudencia y valor aquel difícil viaje era invariablemente llamado “ese
canalla”.
El “canalla” había informado que “aquel hombre” había estado muy
enfermo; aún
no se había restablecido del todo... Los dos hombres debajo de mí se
alejaron
unos pasos; paseaban de un lado a otro a cierta distancia. Escuché:
“puesto
militar... médico... doscientas millas... ahora completamente solo...
plazos
inevitables... nueve meses... ninguna noticia... extraños rumores”.
Volvieron a
acercarse. Precisamente en esos momentos decía el director: “Nadie, que
yo
sepa, a menos que sea una especie de mercader ambulante, un tipo
malvado que
les arrebata el marfil a los nativos. “¿De quién hablaban ahora? Pude
deducir
que se trataba de algún hombre que estaba en el distrito de Kurtz y
cuya
presencia era desaprobada por el director. “No nos veremos libres de
esos
competidores de mala fe hasta que colguemos a uno para escarmiento de
los
demás”, dijo. “Por supuesto”, gruñó el otro. “¡Deberías colgarlo! ¿Por
qué no?
En este país se puede hacer todo, todo. Eso es lo que yo sostengo; aquí
nadie
puede poner en peligro tu posición. ¿Por qué? Porque resistes el clima.
Sobrevives
a todos los demás. El peligro está en Europa. Pero antes de salir tuve
la
precaución de...” “Se alejaron y sus voces se convirtieron en un
murmullo.
Después volvieron a elevarse. “Esta extraordinaria serie de retrasos no
es
culpa mía. He hecho todo lo que he podido.” “Es una lástima”, suspiró
el viejo.
“Y esa peste absurda que es su conversación” rugió el otro. “Me molestó
mucho
cuando estaba aquí: «Cada estación debería ser como un faro en medio
del
camino, que iluminara la senda hacia cosas mejores; un centro
comercial, por supuesto,
pero también de humanidad, de mejoras, de instrucción.» ¡Habráse visto
semejante asno! ¡Y quiere ser director! ¡No, es como...!” “El exceso de
indignación
lo hizo sofocarse. Yo levanté un poco la cabeza. Me sorprendió ver lo
cerca que
estaban, justo debajo de mí. Habría podido escupir sobre sus sombreros.
Miraban
el suelo, absortos en sus pensamientos. El director se fustigaba la
pierna con
una fina varita. Su sagaz pariente levantó de pronto la cabeza. “¿Y te
has
encontrado bien todo el tiempo, desde que llegaste?”, preguntó. El otro
pareció
sobresaltarse. “¿Quién? ¿Yo? ¡Oh, perfectamente, perfectamente! Pero el
resto... ¡santo cielo!, todos enfermos. Se mueren tan rápidamente que
no tengo
casi tiempo de mandarlos fuera de la región... ¡Es increíble!” “Hum.
Así es
precisamente”, gruñó el tío. “Ah, muchacho, confía en eso... te lo
digo, confía
en eso.” Le vi extender un brazo que más bien parecía una aleta y
señalar hacia
la selva, la ensenada, el barco, el río; parecía sellar con un gesto
vil ante
la iluminada faz de la tierra un pacto traidor con la muerte en acecho,
el mal
escondido, las profundas tinieblas del corazón humano. Fue tan
espantoso que me
puse en pie de un salto y miré hacia atrás, al lindero de la selva,
como esperando
encontrar una respuesta a ese negro intercambio de confidencias. Ya
sabéis que
a veces uno llega a abrigar las más locas ideas. Una profunda calma
rodeaba a
aquellas dos figuras con su ominosa paciencia, esperando el paso de una
invasión fantástica.
»
Los dos hombres maldijeron a la vez, de puro miedo creo yo... Después
pretendieron no saber nada de mi existencia y volvieron a la estación.
El sol
estaba bajo; e inclinados hacia adelante, uno al lado del otro,
parecían tirar
a duras penas, colina arriba, de sus dos sombras grotescas, de longitud
irregular, que se arrastraban lentamente tras ellos sobre la hierba
espesa, sin
inclinar una sola brizna.
»
Unos días más tarde la Expedición Eldorado se internó en la
paciente
selva, que se cerró sobre ellos como el mar sobre un buzo. Algún tiempo
después
nos llegaron noticias de que todos los burros habían muerto. No sé nada
sobre
la suerte que corrieron los otros animales, los menos valiosos. No me
cabe duda
de que, como el resto de nosotros, encontraron su merecido. No hice
averiguaciones.
Me excitaba enormemente la perspectiva de conocer muy pronto a Kurtz.
Cuando
digo muy pronto, hablo en términos relativos. Dos meses pasaron desde
el
momento en que dejamos la ensenada hasta nuestra llegada a la orilla de
la
estación de Kurtz.
»
Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando
la
vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se
convirtieron en
reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable.
El aire
era caliente, denso, pesado, embriagador. No había ninguna alegría en
el
resplandor del sol. Aquel camino de agua corría desierto, en la
penumbra de las
grandes extensiones. En playas de arena plateada, los hipopótamos y los
cocodrilos tomaban el sol lado a lado. Las aguas, al ensancharse,
fluían a
través de archipiélagos boscosos; era tan fácil perderse en aquel río
como en
un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo
contra
bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar
embrujado,
lejos de todas las cosas una vez conocidas... en alguna parte... lejos
de
todo... tal vez en otra existencia. Había momentos en que el pasado
volvía a
aparecer, como sucede cuando uno no tiene ni un momento libre, pero
aparecía en
forma de un sueño intranquilo y estruendoso, recordado con asombro en
medio de
la realidad abrumadora de aquel mundo extraño de plantas, y agua, y
silencio. Y
aquella inmovilidad de vida no se parecía de ninguna manera a la
tranquilidad.
Era la inmovilidad de una fuerza implacable que envolvía una intención
inescrutable. Y lo miraba a uno con aire vengativo. Después llegué a
acostumbrarme.
Y al acostumbrarme dejé de verla; no tenía tiempo. Debía estar todo el
tiempo
tratando de adivinar el cauce del canal; tenía que adivinar, más por
inspiración que por otra cosa, las señales de los bancales ocultos,
descubrir
las rocas sumergidas. Aprendí a rechinar los dientes sonoramente antes
de que
el corazón me estallara cuando rozábamos algún viejo tronco infernal
que
hubiera podido terminar con la vida de aquel vapor de hojalata y ahogar
a todos
los peregrinos. Necesitaba encontrar todos los días señales de madera
seca que
pudiéramos cortar todas las noches para alimentar las calderas al día
siguiente. Cuando uno tiene que estar pendiente de ese tipo de cosas,
los meros
incidentes de la superficie, la realidad, sí, la realidad digo, se
desvanece.
La verdad íntima se oculta, por suerte, por suerte. Pero yo la sentía
durante
todo el tiempo. Sentía con frecuencia aquella inmovilidad misteriosa
que me
contemplaba, que observaba mis artimañas de mono, tal como os observa a
vosotros, camaradas, cuando trabajáis en vuestros respectivos cables
por...
cuánto es... media corona la vuelta.”
—Intenta
ser más cortés, Marlow —gruñó una voz, y supe que por lo menos había
otro
auditor tan despierto como yo.
—Perdón.
¿En realidad, qué importa el precio si la cosa está bien hecha?
Vosotros
desempeñáis muy bien vuestros oficios. Yo tampoco he hecho mal el mío
desde que
logré que no naufragara aquel vapor en mi primer viaje. Todavía me
asombro de
ello. Imaginad a un hombre con los ojos vendados obligado a conducir un
vehículo por un mal camino. Lo que puedo deciros es que sudé y temblé
de verdad
durante aquel viaje. Después de todo, para un marino, que se rompa el
fondo de
la cosa que se supone flota todo el tiempo bajo su vigilancia es el
pecado más
imperdonable. Puede que nadie se entere, pero él no olvida el porrazo,
¿no es
cierto? Es un golpe en el mismo corazón. Uno lo recuerda, lo sueña,
despierta a
media noche para pensar en él, años después, y vuelve a sentir
escalofríos. No
pretendo decir que aquel vapor flotara todo el tiempo. Más de una vez
tuvo que
vadear un poco, con veinte caníbales chapoteando alrededor de él y
empujando.
Durante el viaje habíamos enganchado una tripulación con algunos de
esos muchachos.
¡Excelentes tipos aquellos caníbales! Eran hombres con los que se podía
trabajar,
y aún hoy les estoy agradecido. Y, después de todo, no se devoraban los
unos a
los otros en mi presencia; llevaban consigo una provisión de carne de
hipopótamo, que una vez podrida hizo llegar a mis narices todo el
misterio de
la selva. ¡Puuuf! Aún puedo olerla. Llevaba a bordo al director y a
tres o
cuatro peregrinos con sus palos. Eso era todo. Algunas veces nos
acercábamos a
una estación próxima a la orilla, pegada a las faldas de lo
desconocido; los
blancos salían de sus cabañas con grandes expresiones de alegría, de
sorpresa,
de bienvenida. Me parecían muy extraños. Tenían todo el aspecto de
haber sido
víctimas de un hechizo. La palabra marfil flotaba un buen rato en el
aire, y
luego seguíamos de nuevo en medio del silencio, a lo largo de inmensas
extensiones desiertas, alrededor de mansos recodos, entre los altos
muros de
nuestro camino sinuoso, que resonaba en profundos ruidos al pesado
golpe de
nuestra rueda de popa. Árboles, árboles, millones de árboles, masas
inmensas de
ellos, elevándose hacia las alturas; y a sus pies, navegando junto a la
orilla,
contra la corriente, se deslizaba aquel vapor lisiado, como se arrastra
un
escarabajo perezoso sobre el suelo de un elevado pórtico. Uno tenía por
fuerza
que sentirse muy pequeño, totalmente perdido, y sin embargo aquel
sentimiento
no era deprimente. Después de todo, por muy pequeño que fuera, aquel
sucio
animalillo seguía arrastrándose, y eso era lo que se le pedía. A dónde
imaginaban arrastrarse los peregrinos, eso sí que no lo sé. Hacia algún
lugar
del que esperaban obtener algo, creo. En cuanto a mí, el escarabajo se
arrastraba exclusivamente hacia Kurtz. Pero cuando el casco comenzó a
hacer
agua nos arrastramos muy lentamente. Aquellas grandes extensiones se
abrían
ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva hubiera puesto
poco a poco
un pie en el agua para cortarnos la retirada en el momento del regreso.
Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas. Allí
había
verdadera calma. A veces, por la noche, un redoble de tambores, detrás
de la
cortina vegetal, corría por el río, se sostenía débilmente, se
prolongaba, como
si revoloteara en el aire por encima de nuestras cabezas, hasta la
primera luz
del día. Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no
podría
decir. La aurora se anunciaba por el descenso de una desapacible calma;
los
leñadores dormían, sus hogueras se extinguían; el chasquido de una rama
lo
podía llenar a uno de sobresalto. Éramos vagabundos en medio de una
tierra
prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta
desconocido. Nos
podíamos ver a nosotros mismos como los primeros hombres tomando
posesión de
una herencia maldita, sobreviviendo a costa de una angustia profunda de
un
trabajo excesivo. Pero, de pronto, cuando luchábamos para cruzar un
recodo,
podíamos vislumbrar unos muros de juncos técnicos de hierba
puntiagudos, un
estallido de gritos, un revuelo de músculos negros, una multitud de
manos que
palmoteaban, de pies que pateaban, de cuerpos en movimiento, de ojos
furtivos,
bajo la sombra de pesados e inmóviles follajes. El vapor se movía lenta
y
dificultosamente al borde de un negro e incomprensible frenesí. ¿Nos
maldecía,
nos imprecaba, nos daba la bienvenida el hombre prehistórico? ¿Quién
podría
decirlo? Estábamos incapacitados para comprender todo lo que nos
rodeaba; nos
deslizábamos como fantasmas, asombrados y con un pavor secreto, como
pueden
hacerlo los hombres cuerdos ante un estallido de entusiasmo en una casa
de
orates. No podíamos entender porque nos hallábamos muy lejos, y no
podíamos
recordar porque viajábamos en la noche de los primeros tiempos, de esas
épocas
ya desaparecidas, que dejan con dificultades alguna huella... pero
ningún
recuerdo.
»
La tierra no parecía la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la
imagen
encadenada de un monstruo conquistado, pero allí... allí podía vérsela
como
algo monstruoso y libre. Era algo no terrenal y los hombres eran... No,
no se
podía decir inhumanos. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no
fueran
inhumanos. La idea surgía lentamente en uno. Aullaban, saltaban, se
colgaban de
las lianas, hacían muecas horribles, pero lo que en verdad producía
estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de uno, la
idea del
remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados y
tumultuosos. Feo,
¿no? Sí, era algo bastante feo. Pero si uno era lo suficientemente
hombre debía
admitir precisamente en su interior una débil traza de respuesta a la
terrible
franqueza de aquel estruendo, una tibia sospecha de que aquello tenía
un
sentido en el que uno (uno, tan distante de la noche de los primeros
tiempos)
podía participar. ¿Por qué no? La mente del hombre es capaz de todo,
porque
todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí,
después de
todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera... ¿Quién podía
saberlo?... Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del
tiempo.
Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan... El que es hombre
sabe y
puede mirar aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan
hombre
como los que había en la orilla. Debe confrontar esa verdad con su
propia y verdadera
esencia... con su propia fuerza innata. Los principios no bastan.
Adquisiciones, vestidos, bonitos harapos... harapos que velarían a la
primera
sacudida. No, lo que se requiere es una creencia deliberada. ¿Hay allí
algo que
me llama, en esa multitud demoníaca? Muy bien. La oigo, lo admito, pero
también
tengo una voz y para bien o para mal no puedo silenciarla. Por
supuesto, un
necio con puro miedo y finos sentimientos está siempre a salvo. ¿Quién
protesta? ¿Os preguntáis si también bajé a la orilla para aullar y
danzar? Pues
no, no lo hice. ¿Nobles sentimientos, diréis? ¡Al diablo con los nobles
sentimientos! No tenía tiempo para ellos. Tenía que mezclar albayalde
con tiras
de mantas de lana para tapar los agujeros por donde entraba el agua.
Tenía que
estar al tanto del gobierno del barco, evitar troncos, y hacer que
marchara
aquella caja de hojalata por las buenas o por las malas. Esas cosas
poseen la
suficiente verdad superficial como para salvar a un hombre sabio. A
ratos
tenía, además, que vigilar al salvaje que llevaba yo como fogonero. Era
un
espécimen perfeccionado; podía encender una caldera vertical. Allí
estaba,
debajo de mí y, palabra de honor, mirarlo resultaba tan edificante como
ver a
un perro en una parodia con pantalones y sombrero de plumas, paseando
sobre sus
patas traseras. Unos meses de entrenamiento habían hecho de él un
muchacho
realmente eficaz. Observaba el regulador de vapor y el carburador de
agua con
un evidente esfuerzo por comprender, tenía los dientes afilados
también, pobre
diablo, y el cabello lanudo afeitado con arreglo a un modelo muy
extraño, y
tres cicatrices ornamentales en cada mejilla. Hubiera debido palmotear
y
golpear el suelo con la planta de los pies, y en vez de ello se
esforzaba por
realizar un trabajo, iniciarse en una extraña brujería, en la que iba
adquiriendo nuevos conocimientos. Era útil porque había recibido alguna
instrucción;
lo que sabía era que si el agua desaparecía de aquella cosa
transparente, el
mal espíritu encerrado en la caldera mostraría su cólera por la
enormidad de su
sed y tomaría una venganza terrible. Y así sudaba, calentaba y
observaba el
cristal con temor (con un talismán improvisado, hecho de trapos, atado
a un
brazo, y un pedazo de hueso del tamaño de un reloj, colocado entre la
encía y
el labio inferior), mientras las orillas cubiertas de selva se
deslizaban
lentamente ante nosotros, el pequeño ruido quedaba atrás y se sucedían
millas
interminables de silencio... Y nosotros nos arrastrábamos hacia Kurtz.
Pero los
troncos eran grandes, el agua traidora y poco profunda, la caldera
parecía tener
en efecto un demonio hostil en su seno, y de esa manera ni el fogonero
ni yo
teníamos tiempo para internarnos en nuestros melancólicos pensamientos.
»
A
unas cincuenta millas de la estación interior encontramos una choza
hecha de
cañas y, sobre ella, un mástil inclinado y melancólico, con los restos
irreconocibles de lo que había sido una bandera ondeando sobre él, y al
lado un
montón de leña, cuidadosamente apilado. Aquello constituía algo
inesperado.
Bajamos a la orilla, y sobre la leña encontramos una tablilla con
algunas
palabras borrosas. Cuando logramos descifrarlas, leímos: “Leña para
ustedes.
Apresúrense. Deben acercarse con precauciones. “Había una firma, pero
era
ilegible. No era la de Kurtz. Era una palabra mucho más larga.
Apresúrense.
¿Adónde? ¿Remontando el río? ¿Acercarse con precauciones? No lo
habíamos hecho
así. Pero la advertencia no podía ser para llegar a aquel lugar, ya que
nadie
tendría conocimiento de su existencia. Algo anormal encontraríamos más
arriba.
¿Pero qué, y en qué cantidad? Ése era el problema. Comentamos
despectivamente
la imbecilidad de aquel estilo telegráfico. Los arbustos cercanos no
nos
dijeron nada, y tampoco nos permitieron ver muy lejos. Una cortina
destrozada
de sarga roja colgaba a la entrada de la cabaña, y rozaba tristemente
nuestras
caras. El interior estaba desmantelado, pero era posible deducir que
allí había
vivido no hacía mucho tiempo un blanco. Quedaba aún una tosca mesa, una
tabla
sobre dos postes un montón de escombros en un rincón oscuro y, cerca de
la
puerta, un libro que recogí inmediatamente. Había perdido la cubierta y
las
páginas estaban muy sucias y blandas, pero el lomo había sido
recientemente
cosido con cuidado, con hilo de algodón blanco que aún conservaba un
aspecto
limpio. El título era Una investigación
sobre algunos aspectos de náutica, y el autor un tal Towsen o
Towson,
capitán al servicio de su majestad. El contenido era bastante monótono,
con
diagramas aclaratorios y múltiples láminas con figuras. El ejemplar
tenía una
antigüedad de unos sesenta años. Acaricié aquella impresionante
antigualla con
la mayor ternura posible, temeroso de que fuera a disolverse en mis
manos. En
su interior, Towson o Towsen investigaba seriamente la resistencia de
tensión
de los cables y cadenas empleados en los aparejos de los barcos, y
otras
materias semejantes. No era un libro apasionante, pero a primera vista
se podía
ver una unidad de intención, una honrada preocupación por realizar
seriamente
el trabajo, que hacía que aquellas páginas, concebidas tantos años
atrás,
resplandecieran con una luminosidad no provocada sólo por el interés
profesional. El sencillo y viejo marino, con su disquisición sobre
cadenas y
tuercas, me hizo olvidar la selva y los peregrinos, en una deliciosa
sensación
de haber encontrado algo inconfundiblemente real. El que un libro
semejante se
encontrara allí era ya bastante asombroso, pero aún lo eran más las
notas
marginales, escritas a lápiz, con referencia al texto. ¡No podía creer
en mis
propios ojos! Estaban escritas en lenguaje cifrado. Sí, aquello parecía
una
clave. Imaginad a un hombre que llevara consigo un libro de esa especie
a aquel
lugar perdido del mundo, lo estudiara e hiciera comentarios en lenguaje
cifrado. Era un misterio de lo más extravagante.
»
Desde hacía un rato era vagamente consciente de cierto ruido molesto, y
al
alzar los ojos vi que la pila de leña había desaparecido, y que el
director,
junto con todos los peregrinos, me llamaba a voces desde la orilla del
río. Me
metí el libro en un bolsillo. Puedo aseguraros que arrancarse de su
lectura era
como separarse del abrigo de una vieja y sólida amistad.
»
Volví a poner en marcha la inválida máquina. “Debe de ser ese miserable
comerciante, ese intruso”, exclamó el director, mirando con
malevolencia hacia
el sitio que habíamos dejado atrás. “Debe ser inglés”, dije yo. “Eso no
lo
librará de meterse en dificultades si no es prudente”, murmuró
sombríamente el
director. Y yo comenté con fingida inocencia que en este mundo nadie
está libre
de dificultades.
»
La corriente era ahora más rápida. El vapor parecía estar a punto de
emitir su
último suspiro; las aspas de las ruedas batían lánguidamente el agua.
Yo
esperaba que aquél fuera el último esfuerzo, porque a decir verdad
temía a cada
momento que aquella desvencijada embarcación no pudiera ya más. Me
parecía
estar contemplando las últimas llamadas de una vida. Sin embargo,
seguíamos
avanzando. A veces tomaba como punto de referencia un árbol, situado un
poco
más arriba, para medir nuestro avance hacia Kurtz, pero lo perdía
invariablemente
antes de llegar a él. Mantener la vista fija durante tanto tiempo era
una labor
demasiado pesada para la paciencia humana. El director mostraba una
magnífica
resignación. Yo me impacientaba, me encolerizaba y discutía conmigo
mismo sobre
la posibilidad de hablar abiertamente con Kurtz. Pero antes de poder
llegar a
una conclusión, se me ocurrió que tanto mi silencio como mis
declaraciones eran
igualmente fútiles. ¿Qué importancia podía tener que él supiera o
ignorara la
situación? ¿Qué importaba quién fuera el director? A veces tenemos esos
destellos de perspicacia. Lo esencial de aquel asunto yacía muy por
debajo de
la superficie, más allá de mi alcance y de mi poder de meditación.
»
Hacia la tarde del segundo día creíamos estar a unas ocho millas de la
estación
de Kurtz. Yo quería continuar, pero el director me dijo con aire grave
que la
navegación a partir de aquel punto era tan peligrosa que le parecía
prudente,
ya que el sol estaba a punto de ocultarse, esperar allí hasta la mañana
siguiente. Es más, insistió en la advertencia de que nos acercáramos
con
prudencia. Sería mejor hacerlo a la luz del día y no en la penumbra del
crepúsculo o en plena oscuridad. Aquello era bastante sensato. Ocho
millas
significaban cerca de tres horas de navegación, y yo había visto
ciertos rizos
sospechosos en el curso superior del río. No obstante, aquel retraso me
produjo
una indecible contrariedad, y sin razón, ya que una noche poco podía
importar
después de tantos meses. Como teníamos leña en abundancia y la palabra
precaución
no nos abandonaba, detuve el barco en el centro del río. El cauce era
allí
angosto, recto, con altos bordes, como una trinchera de ferrocarril. La
oscuridad comenzó a cubrirnos antes de que el sol se pusiera. La
corriente
fluía rápida y tersa, pero una silenciosa inmovilidad cubría las
márgenes. Los
árboles vivientes, unidos entre sí por plantas trepadoras, así como
todo arbusto
vivo en la maleza, parecían haberse convertido en piedra, hasta la rama
más
delgada, hasta la hoja más insignificante. No era un sueño, era algo
sobrenatural, como un estado de trance. Uno miraba aquello con asombro
y
llegaba a sospechar si se habría vuelto sordo. De pronto se hizo la
noche,
súbitamente, y también nos dejó ciegos. A eso de las tres de la mañana
saltó un
gran pez, y su fuerte chapoteo me sobresaltó como si hubiera sido
disparado por
un cañón. Una bruma blanca, caliente, viscosa, más cegadora que la
noche,
empañó la salida del sol. Ni se disolvía, ni se movía. Estaba
precisamente
allí, rodeándonos como algo sólido. A eso de las ocho o nueve de la
mañana comenzó
a elevarse como se eleva una cortina. Pudimos contemplar la multitud de
altísimos árboles, sobre la inmensa y abigarrada selva, con el pequeño
sol
resplandeciente colgado sobre la maleza. Todo estaba en una calma
absoluta, y
después la blanca cortina descendió otra vez, suavemente, como si se
deslizara
por ranuras engrasadas. Ordené que se arrojara de nuevo la cadena que
habíamos
comenzado a halar. Y antes de que hubiera acabado de descender,
rechinando
sordamente, un aullido, un aullido terrible como de infinita
desolación, se
elevó lentamente en el aire opaco. Cesó poco después. Un clamor
lastimero,
modulado con una discordancia salvaje, llenó nuestros oídos. Lo
inesperado de
aquel grito hizo que el cabello se me erizara debajo de la gorra. No sé
qué impresión
les causó a los demás: a mí me pareció como si la bruma misma hubiera
gritado;
tan repentinamente y al parecer desde todas partes se había elevado a
la vez
aquel grito tumultuoso y luctuoso. Culminó con el estallido acelerado
de un
chillido exorbitante, casi intolerable, que al cesar nos dejó helados
en una
variedad de actitudes estúpidas, tratando obstinadamente de escuchar el
silencio
excesivo, casi espantoso, que siguió. “¡Dios mío! ¿Qué es esto?”,
murmuró junto
a mí uno de los peregrinos, un hombrecillo grueso, de cabellos arenosos
y rojas
patillas, que llevaba botas con suelas de goma y un pijama color de
rosa recogido
en los tobillos. Otros dos se quedaron boquiabiertos por un minuto,
luego se
precipitaron a la pequeña cabina, para salir al siguiente instan