Libro I: Clío - Libro II: Euterpe - Libro III: Talía -
Libro IV: Melpómene - Libro V: Terpsícore - Libro VI: Erato -
Libro VII: Polimnia - Libro VIII: Urania
Libro IX: Calíope
Libro I. Rapto de Io, Europa, Medea y Helena. Expedición de
los griegos contra Troya. - El imperio de los Heráclidas pasa a manos
de Giges. - Su descendencia: Ardis, Sadiates, Aliates. - Guerra contra
los de Mileto. - Fábula de Arión. - Creso conquista algunos pueblos de
Grecia, despide a Solón de su corte y es castigado con la muerte de su
hijo. Consulta a los oráculos sobre la guerra de Persia, y envía dones
a Delfos. Deseando aliarse con el imperio más poderoso de Grecia,
vacila entre los atenienses y lacedemonios. - Estado de ambas naciones,
dominada la primera por el tirano Pisístrato, y la segunda en guerra
con los de Tegea. - Decídese Creso por los lacedemonios; hace alianza
con ellos y marcha en seguida contra los persas: pasa el río Halis,
pelea con Ciro en Pteria y se retira a Sardes, donde sitiado, y en
breve prisionero de los persas, se libera de la muerte milagrosamente.
- Respuesta del oráculo a sus increpaciones. - Costumbres, historia y
monumentos de los lidios. Origen del imperio de los medos. - Política
de Dejoces para subir al poder: su descendencia: Fraortes, Ciaxares,
Astiages. Aventuras de Ciro durante su niñez, su abandono,
reconocimiento y venganza contra Astiages, a quien destrona, haciendo
triunfar a los persas de los medos. - Religión de los persas, sus leyes
y costumbres. - Guerra de Ciro contra los jonios, historia de éstos y
preparativos para resistirle. - Sublevación de los lidios contra Ciro
instigados por Pactias. – Derrota y conquista de los jonios y otros
pueblos de Grecia por Harpago, entretanto que Ciro sujeta a Asia
superior, y en especial la Asiria. - Descripción de Babilonia, asedio y
toma aquella ciudad. Costumbres de los babilonios. - Desea Ciro
conquistar a los masagetas: rehusando Tomiris, su reina, casarse con
él, toma pretexto de esta repulsa para invadir el país, y después de
una victoria parcial es vencido y muerto.
La publicación (3) que
Herodoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige
principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria
de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes
y maravillosas hazañas, así de los griegos, como de los bárbaros (4).
Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes,
y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron
mutuamente los unos a los otros.LOS NUEVE LIBROS DE LA HISTORIA
Les recomiendo la fuente origen sobre: Herodoto y Bartolomé Pou, el Traductor.>>ebooksbrasil
Herodoto de Halicarnaso
Clío. (2)
I. La gente más culta de Persia y mejor instruida en la historia,
pretende que los fenicios fueron los autores primitivos de todas las
discordias que se suscitaron entro los griegos y las demás naciones.
Habiendo aquellos venido del mar Eritreo (5)
al nuestro, se establecieron en la misma región que hoy ocupan, y se
dieron desde luego al comercio en sus largas navegaciones. Cargadas sus
naves de géneros propios del Egipto y de la Asiria, uno de los muchos y
diferentes lugares donde aportaron traficando fue la ciudad de Argos (6), la principal y más sobresaliente de todas las que tenía entonces aquella región que ahora llamamos Helada (7).
Los negociantes fenicios, desembarcando sus mercaderías, las expusieron
con orden a pública venta. Entre las mujeres que en gran número
concurrieron a la playa, fue una la joven Io (8),
hija de Inacho, rey de Argos, a la cual dan los persas el mismo nombre
que los griegos. Al quinto o sexto día de la llegada de los
extranjeros, despachada la mayor parte de sus géneros y hallándose las
mujeres cercanas a la popa, después de haber comprado cada una lo que
más excitaba sus deseos, concibieron y ejecutaron los fenicios el
pensamiento de robarlas. En efecto, exhortándose unos a otros,
arremetieron contra todas ellas, y si bien la mayor parte se les pudo
escapar, no cupo esta suerte a la princesa, que arrebatada con otras,
fue metida en la nave y llevada después al Egipto, para donde se
hicieron luego a la vela.
II. Así dicen los persas que lo fue conducida al Egipto, no como nos lo cuentan los griegos (9),
y que este fue el principio de los atentados públicos entre asiáticos y
europeos, mas que después ciertos griegos (serían a la cuenta los
Cretenses, puesto que no saben decirnos su nombre), habiendo aportado a
Tiro en las costas de Fenicia, arrebataron a aquel príncipe una hija,
por nombre Europa (10),
pagando a los fenicios la injuria recibida con otra equivalente. Añaden
también que no satisfechos los griegos con este desafuero, cometieron
algunos años después otro semejante; porque habiendo navegado en una
nave larga (11) hasta el río
Fasis, llegaron a Ea en la Cólquide, donde después de haber conseguido
el objeto principal de su viaje, robaron al rey de Colcos una hija,
llamada Medea (12). Su
padre, por medio de un heraldo que envió a Grecia, pidió, juntamente
con la satisfacción del rapto, que le fuese restituida su hija; pero
los griegos contestaron, que ya que los asiáticos no se la dieran antes
por el robo de Io, tampoco la darían ellos por el de Medea.
III. Refieren, además, que en la segunda edad (13)
que siguió a estos agravios, fue cometido otro igual por Alejandro, uno
de los hijos de Príamo. La fama de los raptos anteriores, que habían
quedado impunes, inspiró a aquel joven el capricho de poseer también
alguna mujer ilustre robada de la Grecia, creyendo sin duda que no
tendría que dar por esta injuria la menor satisfacción. En efecto, robó
a Helena (14), y los griegos
acordaron enviar luego embajadores a pedir su restitución y que se les
pagase la pena del rapto. Los embajadores declararon la comisión que
traían, y se les dio por respuesta, echándoles en cara el robo de
Medea, que era muy extraño que no habiendo los griegos por su parte
satisfecho la injuria anterior, ni restituido la presa, se atreviesen a
pretender de nadie la debida satisfacción para sí mismos.
IV. Hasta aquí, pues, según dicen los persas, no hubo más
hostilidades que las de estos raptos mutuos, siendo los griegos los que
tuvieron la culpa de que en lo sucesivo se encendiese la discordia, por
haber empezado sus expediciones contra el Asia primero que pensasen los
persas en hacerlas contra la Europa. En su opinión, esto de robar las
mujeres es a la verdad una cosa que repugna a las reglas de la
justicia; pero también es poco conforme a la cultura y civilización el
tomar con tanto empeño la venganza por ellas, y por el contrario, el no
hacer ningún caso de las arrebatadas, es propio de gente cuerda y
política, porque bien claro está que si ellas no lo quisiesen de veras
nunca hubieran sido robadas. Por esta razón, añaden los persas, los
pueblos del Asia miraron siempre con mucha frialdad estos raptos
mujeriles, muy al revés de los griegos, quienes por una hembra
lacedemonia juntaron un ejército numerosísimo, y pasando al Asia
destruyeron el reino de Príamo (15);
época fatal del odio con que miraron ellos después por enemigo perpetuo
al nombre griego. Lo que no tiene duda es que al Asia y a las naciones
bárbaras que la pueblan, las miran los persas como cosa propia suya,
reputando a toda la Europa, y con mucha particularidad a la Grecia,
como una región separada de su dominio.
V. Así pasaron las cosas, según refieren los persas, los cuales
están persuadidos de que el origen del odio y enemistad para con los
griegos les vino de la toma de Troya. Mas, por lo que hace al robo de
Io, no van con ellos acordes los fenicios, porque éstos niegan haberla
conducido al Egipto por vía de rapto, y antes bien, pretenden que la
joven griega, de resultas de un trato nimiamente familiar con el patrón
de la nave; como se viese con el tiempo próxima a ser madre, por el
rubor que tuvo de revelará sus padres su debilidad, prefirió
voluntariamente partirse con los fenicios, a da de evitar de este modo
su pública deshonra. Sea de esto lo que se quiera, así nos lo cuentan
al menos los persas y fenicios, y no me meteré yo a decidir entre
ellos, inquiriendo si la cosa pasó de este o del otro modo. Lo que sí
haré, puesto que según noticias he indicado ya quién fue el primero que
injurió a los griegos, será llevar adelante mi historia, y discurrir
del mismo modo por los sucesos de los estados grandes y pequeños, visto
que muchos, que antiguamente fueron grandes, han venido después a ser
bien pequeños, y que, al contrario, fueron antes pequeños los que se
han elevado en nuestros días a la mayor grandeza. Persuadido, pues, de
la instabilidad del poder humano, y de que las cosas de los hombres
nunca permanecen constantes en el mismo ser, próspero ni adverso, hará,
como digo, mención igualmente de unos estados y de otros, grandes y
pequeños.
VI. Creso, de nación lydio e hijo de Aliates, fue señor o tirano (16)
de aquellas gentes que habitan de esta parte del Halis, que es un río,
el cual corriendo de Mediodía a Norte y pasando por entre los, Sirios y
Paflagonios, va a desembocar en el ponto que llaman Euxino. Este Creso
fue, a lo que yo alcanzo, el primero entre los bárbaros que conquistó
algunos pueblos de los griegos, haciéndolos sus tributarios, y el
primero también que se ganó a otros de la misma nación y los tuvo por
amigos. Conquistó a los jonios, a los eolios y a los dorios, pueblos
todos del Asia menor, y ganóse por amigos a los lacedemonios. Antes de
su reinado los griegos eran todos unos pueblos libres o independientes,
puesto que la invasión que los Cimmerios (17)
hicieron anteriormente en la Jonia fue tan solo una correría de puro
pillaje, sin que se llegasen a apoderar de los puntos fortificados, ni
a enseñorearse del país.
VII. El imperio que antes era de los Heráclidas, pasó a la familia
de Creso, descendiente de los Mérmnadas, del modo que voy a decir.
Candaules, hijo de Myrso, a quien por eso dan los griegos el nombre de
Myrsilo, fue el último soberano de la familia de los Heráclidas que
reinó en Sardes, habiendo sido el primero Argon, hijo de Nino, nieto de
Belo y biznieto de Alceo el hijo de Hércules. Los que reinaban en el
país antes de Argon, eran descendientes de Lydo, el hijo de Atis; y por
esta causa todo aquel pueblo, que primero se llamaba Meon, vino después
a llamarse lidio. El que los Heráclidas descendientes de Hércules y de
una esclava de Yardano se quedasen con el mando que hablan recibido en
depósito de mano del último sucesor de los descendientes de Lydo, no
fue sino en virtud y por orden de un oráculo. Los Heráclidas reinaron
en aquel pueblo por espacio de quinientos cinco años, con la sucesión
de veintidós generaciones, tiempo en que fue siempre pasando la corona
de padres a hijos, hasta que por último se ciñeron con ella las sienes
de Candaules.
VIII. Este monarca perdió la corona y la vida por un capricho
singular. Enamorado sobremanera de su esposa, y creyendo poseer la
mujer más hermosa del mundo, tomó una resolución a la verdad bien
impertinente. Tenía entre sus guardias un privado de toda su confianza
llamado Giges, hijo de Dáscylo, con quien solía comunicar los negocios
más serios de estado. Un día, muy de propósito se puso a encarecerle y
levantar hasta las estrellas la belleza extremada de su mujer, y no
pasó mucho tiempo sin que el apasionado Candaules (como que estaba
decretada por el cielo su fatal ruina) hablase otra vez a Giges en
estos términos (18): -«Veo,
amigo, que por más que te lo pondero, no quedas bien persuadido de cuán
hermosa es mi mujer, y conozco que entre los hombres se da menos
crédito a los oídos que a los ojos. Pues bien, yo haré de modo que ella
se presente a tu vista con todas sus gracias, tal corno Dios la hizo.»
Al oír esto Giges, exclama lleno de sorpresa: -«¿Qué discurso, señor,
es este, tan poco cuerdo y tan desacertado? ¿me mandaréis por ventura
que ponga los ojos en mi Soberana? No, señor; que la mujer que se
despoja una vez de su vestido, se despoja con él de su recato y de su
honor. Y bien sabéis que entre las leyes que introdujo el decoro
público, y por las cuales nos debemos conducir, hay una que prescribe
que, contento cada uno con lo suyo, no ponga los ojos en lo ajeno. Creo
fijamente que la reina es tan perfecta como me la pintáis, la más
hermosa del mundo; y yo os pido encarecidamente que no exijáis de mí
una cosa tan fuera de razón.»
IX. Con tales expresiones se resistía Giges, horrorizado de las
consecuencias que el asunto pudiera tener; pero Candaules replicóle
así: -«Anímate, amigo, y de nadie tengas recelo. No imagines que yo
trate de hacer prueba de tu fidelidad y buena correspondencia, ni
tampoco temas que mi mujer pueda causarte daño alguno, porque yo lo
dispondré todo de manera que ni aun sospeche haber sido vista por ti.
Yo mismo te llevaré al cuarto en que dormimos, te ocultaré detrás de la
puerta, que estará abierta. No tardará mi mujer en venir a desnudarse,
y en una gran silla, que hay inmediata a la puerta, irá poniendo uno
por uno sus vestidos, dándote entre tanto lugar para que la mires muy
despacio y a toda tu satisfacción. Luego que ella desde su asiento
volviéndote las espaldas se venga conmigo a la cama, podrás tú
escaparte silenciosamente y sin que te vea salir.»
X. Viendo, pues, Giges que ya no podía huir del precepto, se mostró
pronto a obedecer. Cuando Candaules juzga que ya es hora de irse a
dormir, lleva consigo a Giges a su mismo cuarto, y bien presto
comparece la reina. Giges, al tiempo que ella entra y cuando va dejando
después despacio sus vestidos, la contempla y la admira, hasta que
vueltas las espaldas se dirige hacia la cama. Entonces se sale fuera,
pero no tan a escondidas que ella no le eche de ver. Instruida de lo
ejecutado por su marido, reprime la voz sin mostrarse avergonzada, y
hace como que no repara en ello (19);
pero se resuelve desde el momento mismo a vengarse de Candaules, porque
no solamente entre los lidios, sino entre casi todos los bárbaros, se
tiene por grande infamia el que un hombre se deje ver desnudo, cuanto
más una mujer.
XI. Entretanto, pues, sin darse por entendida, estúvose toda la
noche quieta y sosegada; pero al amanecer del otro día, previniendo a
ciertos criados, que sabía eran los más leales y adictos a su persona,
hizo llamar a Giges, el cual vino inmediatamente sin la menor sospecha
de que la reina hubiese descubierto nada de cuanto la noche antes había
pasado, porque bien a menudo solía presentarse siendo llamado de orden
suya. Luego que llegó, le habló de esta manera: -«No hay remedio,
Giges; es preciso que escojas, en los dos partidos que voy a
proponerte, el que más quieras seguir. Una de dos: o me has de recibir
por tu mujer, y apoderarte del imperio de los lidios, dando muerte a
Candaules, o será preciso que aquí mismo mueras al momento, no sea que
en lo sucesivo le obedezcas ciegamente y vuelvas a contemplar lo que no
te es lícito ver. No hay más alternativa que esta; es forzoso que muera
quien tal ordenó, o aquel que, violando la majestad y el decoro, puso
en mí los ojos estando desnuda.» Atónito Giges, estuvo largo rato sin
responder, y luego la suplicó del modo más enérgico no quisiese
obligarle por la fuerza a escoger ninguno de los dos extremos. Pero
viendo que era imposible disuadirla, y que se hallaba realmente en el
terrible trance o de dar la muerte por su mano a su señor, o de
recibirla él mismo de mano servil, quiso más matar que morir, y la
preguntó de nuevo: -«Decidme, señora, ya que me obligáis contra toda mi
voluntad a dar la muerte a vuestro esposo, ¿cómo podremos acometerle?
-¿Cómo? le responde ella, en el mismo sitio que me prostituyó desnuda a
tus ojos; allí quiero que le sorprendas dormido.»
XII. Concertados así los dos y venida que fue la noche, Giges, a
quien durante el día no se le perdió nunca de vista, ni se le dio lugar
para salir de aquel apuro, obligado sin remedio a matar a Candaules o
morir, sigue tras de la reina, que le conduce a su aposento, le pone la
daga en la mano, y le oculta detrás de la misma puerta. Saliendo de
allí Giges, acomete y mata a Candaules dormido; con lo cual se apodera
de su mujer y del reino juntamente: suceso de que Arquíloco pario,
poeta contemporáneo, hizo mención en sus yambos trímetros (20).
XIII. Apoderado así Giges del reino, fue confirmado en su posesión
por el oráculo de Delfos. Porque como los lydios, haciendo grandísimo
duelo del suceso trágico de Candaules, tomasen las armas para su
venganza, juntáronse con ellos en un congreso los partidarios de Giges,
y quedó convenido que si el oráculo declaraba que Giges fuese rey de
los lidios, reinase en hora buena, pera si no, que se restituyese el
mando a los Heráclidas. El oráculo otorgó a Giges el reino, en el cual
se consolidó pacíficamente, si bien no dejó la Pitia (21)
de añadir, que se reservaba a los Heráclidas su satisfacción y
venganza, la cual alcanzaría al quinto descendiente de Giges; vaticinio
de que ni los lidios ni los mismos reyes después hicieron caso alguno,
hasta que con el tiempo se viera realizado.
XIV. De esta manera, vuelvo a decir, tuvieron los Mermnadas el cetro
que quitaron a los Heráclidas. El nuevo soberano se mostró generoso en
los regalos que envió a Delfos; pues fueron muchísimas ofrendas de
plata, que consagró en aquel templo con otras de oro, entre las cuales
merecen particular atención y memoria seis pilas o tazas grandes de oro
macizo del peso de treinta talentos (22),
que se conservan todavía en el tesoro de los corintios; bien que,
hablando con rigor, no es este tesoro de la comunidad de los corintios,
sino de Cipselo el hijo de Eetion. De todos los bárbaros, al lo menos
que yo sepa, fue Giges el primero que después de Midas, rey de la
Frigia e hijo de Gordias, dedicó sus ofrendas en el templo de Delfos,
habiendo Midas ofrecido antes allí mismo su trono real (pieza
verdaderamente bella y digna de ser vista), donde sentado juzgaba en
público las causas de sus vasallos, el cual se muestra todavía en el
mismo lugar en que las grandes tazas de Giges. Todo este oro y plata
que ofreció el rey de Lidia es conocido bajo el nombre de las ofrendas gygadas,
aludiendo al de quien las regaló. Apoderado del mando este monarca,
hizo una expedición contra Mileto, otra contra Esmirna, y otra contra
Colofon, cuya última plaza tomó a viva fuerza. Pero ya que en el largo
espacio de treinta y ocho años que duró su reinado ninguna otra hazaña
hizo de valor, contentos nosotros con lo que llevamos referido, lo
dejaremos aquí.
XV. Su hijo y sucesor Ardys rindió con las armas a Prinea, y pasó
con sus tropas contra Mileto. Durante su reinado, los Cimmerios (23),
viéndose arrojar de sus casas y asientos por los escitas nómades,
pasaron al Asia menor, y rindieron con las armas a la ciudad de Sardes,
si bien no llegaron a tomar la ciudadela.
XVI. Después de haber reinado Ardys cuarenta y nueve años, tomó el
mando su hijo Sadyates, que lo disfrutó doce, y lo dejó a Aliates. Este
hizo la guerra a Ciaxares, uno de los descendientes de Dejoces, y al
mismo tiempo a los medos: echó del Asia menor a los Cimmerios, tomó a
Esmirna, colonia que era de Colofon, y llevó sus armas contra la ciudad
de Clazómenas; expedición de que no salió como quisiera, pues tuvo que
retirarse con mucha pérdida y descalabro.
XVII. Sin embargo, nos dejó en su reinado otras hazañas bien dignas
de memoria; porque llevando adelante la guerra que su padre emprendiera
contra los de Mileto, tuvo sitiada la ciudad de un modo nuevo
particular. Esperaba que estuviesen ya adelantados los frutos en los
campos, y entonces hacía marchar su ejército al son de trompetas y
flautas que tocaban hombres y mujeres. Llegando al territorio de
Mileto, no derribaba los caseríos, ni los quemaba, ni tampoco mandaba
quitar las puertas y ventanas. Sus hostilidades únicamente consistían
en talar los árboles y las mieses, hecho lo cual se retiraba, porque
veía claramente que siendo los Milesios dueños del mar, sería tiempo
perdido el que emplease en bloquearlos por tierra con sus tropas. Su
objeto en perdonar a los caseríos no era otro sino hacer que los
Milesios, conservando en ellos donde guarecerse, no dejasen de cultivar
los campos, y con esto pudiese él talar nuevamente sus frutos.
XVIII. Once años habían durado las hostilidades contra Mileto; seis
en tiempo de Sadyates, motor de la guerra, y cinco en el reinado de
Aliates, que llevó adelante la empresa con mucho tesón y empeño. Dos
veces fueron derrotados los Milesios, una en la batalla de Limenio,
lugar de su distrito, y otra en las llanuras del Meandro. Durante la
guerra no recibieron auxilios de ninguna otra de las ciudades de la
Jonia, sino de los de Quío, que fueron los únicos que, agradecidos al
socorro que habían recibido antes de los Milesios en la guerra que
tuvieron contra los Erythréos, salieron ahora en su ayuda y defensa.
XIX. Venido el año duodécimo y ardiendo las mieses encendidas por el
enemigo, se levantó de repente un recio viento que llevó la llama al
templo de Minerva Assesia, el cual quedó en breve reducido a cenizas.
Nadie hizo caso por de pronto de este suceso; pero vueltas las tropas a
Sardes, cayó enfermo Aliates, y retardándose mucho su curación,
resolvió despachar sus diputados a Delfos, para consultar al oráculo
sobre su enfermedad, ora fuese que aluno se lo aconsejase, ora que él
mismo creyese conveniente consultar al Dios acerca de su mal. Llegados
los embajadores a Delfos, les intimó la Pitia que no tenían que esperar
respuesta del oráculo, si primero no reedificaban el templo de Minerva,
que dejaron abrasar en Asseso, comarca de Mileto.
XX. Yo sé que pasó de este modo la cosa, por haberla oído de boca de
los delfios. Añaden los de Mileto, que Periandro, hijo de Cipselo,
huésped y amigo íntimo de Trasíbulo, que a la sazón era señor de
Mileto, tuvo noticia de la respuesta que acababa de dar la sacerdotisa
de Apolo, y por medio de un enviado dio parte de ella a Trasíbulo, para
que informado, y valiéndose de la ocasión, viese de tomar algún
expediente oportuno.
XXI. Luego que Aliates tuvo noticia de lo acaecido en Delfos,
despachó un rey de armas a Mileto, convidando a Trasíbulo y a los
Milesios con un armisticio por todo el tiempo que él emplease en
levantar el templo abrasado. Entretanto, Trasíbulo, prevenido ya de
antemano y asegurado de la resolución que quería tomar Aliates, mandó
que recogido cuanto trigo había en la ciudad, así el público como el de
los particulares, se llevase todo al mercado, y al mismo tiempo ordenó
por un bando a los Milesios, que cuando él les diese la señal, al punto
todos ellos, vestidos de gala, celebrasen sus festines y convites con
mucho regocijo y algazara.
XXII. Todo esto lo hacía Trasíbulo con la mira de que el mensajero
lidio, viendo por tina parte los montones de trigo, y por otra la
alegría del pueblo en sus fiestas y banquetes, diese cuenta de todo a
Aliates cuando volviese a Sardes después de cumplida su comisión. Así
sucedió efectivamente; y Aliates, que se imaginaba en Mileto la mayor y
a los habitantes sumergidos en la última miseria, oyendo de boca de su
mensajero todo lo contrario de lo que esperaba, tuvo por acertado
concluir la paz con la sola condición de que fuesen las dos naciones
amigas y aliadas. Aliates, por un templo quemado, edificó dos en Asseso
a la diosa Minerva, y convaleció de su enfermedad. Este fue el curso y
el éxito de la guerra que Aliates hizo a Trasíbulo y a los ciudadanos
de Mileto.
XXIII. A Periandro, de quien acabo de hacer mención, por haber dado
a Trasíbulo el aviso acerca del oráculo, dicen los corintios, y en lo
mismo convienen los de Lesbos, que siendo señor de Corinto, le sucedió
la más rara y maravillosa aventura: quiero decir la de Arión, natural
de Metimna, cuando fue llevado a Ténaro sobre las espaldas de un
delfín. Este Arión era uno de los más famosos músicos citaristas de su
tiempo, y el primer poeta dityrámbico de que se tenga noticia; pues él
fue quien inventó el dityrambo (24), y dándole este nombre lo enseñó en Corinto.
XXIV. La cosa suele contarse así: Arión, habiendo vivido mucho
tiempo en la corte al servicio de Periandro, quiso hacer un viaje a
Italia y a Sicilia, como efectivamente lo ejecutó por mar; y después de
haber juntado allí grandes riquezas, determinó volverse a Corinto.
Debiendo embarcarse en Tarento, fletó un barco corintio, porque de
nadie se fiaba tanto como de los hombres de aquella nación. Pero los
marineros, estando en alta mar, formaron el designio de echarle al
agua, con el fin de apoderarse de sus tesoros. Arión entiende la trama,
y les pide que se contenten con su fortuna, la cual les cederá muy
gustosa con tal de que no le quiten la vida. Los marineros, sordos a
sus ruegos, solamente le dieron a escoger entre matarse con sus propias
manos, y así lograría ser sepultado después en tierra, o arrojarse
inmediatamente al mar. Viéndose Arión reducido a tan estrecho apuro,
pidióles por favor le permitieran ataviarse con sus mejores vestidos, y
entonar antes de morir una canción sobre la cubierta de la nave,
dándoles palabra de matarse por su misma mano luego de haberla
concluido. Convinieron en ello los corintios, deseosos de disfrutar un
buen rato oyendo cantar al músico más afamado de su tiempo; y con este
fin dejaron todos la popa y se vinieron a oirle en medio del barco.
Entonces el astuto Arión, adornado maravillosamente y puesto el pie
sobre la cubierta con la cítara en la mano, cantó una composición
melodiosa, llamada el Nomo orthio, y habiéndola concluido, se
arrojó de repente al mar. Los marineros, dueños de sus despojos
continuaron su navegación a Corinto, mientras un delfín (según nos
cuentan) tomó sobre sus espaldas al célebre cantor y lo condujo salvo a
Ténaro. Apenas puso Arión en tierra los pies, se fue en derechura a
Corinto vestido con el mismo traje, y refirió lo que acababa de
suceder. Periandro, que no daba entero crédito al cuento de Arión,
aseguró su persona y le tuvo custodiado hasta la llegada de los
marineros. Luego que ésta se verificó, los hizo comparecer delante de
sí, y les preguntó si sabrían darle alguna noticia de Arión. Ellos
respondieron que se hallaba perfectamente en Italia, y que lo habían
dejado sano y bueno en Tarento. Al decir esto, de repente comparece a
su vista Arión, con los mismos adornos con que se había precipitado en
el mar; de lo que, aturdidos ellos, no acertaron a negar el hecho y
quedó demostrada su maldad. Esto es lo que refieren los corintios y
lesbios; y en Ténaro se ve una estatua de bronce, no muy grande, en la
cual es representado Arión bajo la figura de un hombre montado en un
delfín.
XXV. Volviendo a la historia, dirá que Aliates dio fin con su muerte
a un reinado de cincuenta y siete años, y que fue el segundo de su
familia que contribuyó a enriquecer el templo de Delfos; pues en acción
de gracias por haber salido de su enfermedad, consagró un gran vaso de
plata con su basera de hierro colado, obra de Glauco, natural de Quío
(el primero que inventó la soldadura de hierro), y la ofrenda más
vistosa de cuantas hay en Delfos.
XXVI. Por muerte de Aliates entró a reinar su hijo Creso a la edad
de treinta y un años, y tornando las armas, acometió a los de Éfeso, y
sucesivamente a los demás griegos. Entonces fue criando los Efesios,
viéndose por él sitiados, consagraron su ciudad a Diana, atando desde
su templo una soga que llegase hasta la muralla, siendo la distancia no
menos que de siete estadios (25),
pues a la sazón la ciudad vieja, que fue la sitiada, distaba tanto del
templo. El monarca lydio hizo después la guerra por su turno a los
jonios y a los eolios, valiéndose de diferentes pretextos, algunos bien
frívolos, y aprovechando todas las ocasiones de engrandecerse.
XXVII. Conquistados ya los griegos del continente del Asia y
obligados a pagarle tributo, formó de nuevo el proyecto de construir
una escuadra y atacar a los isleños, sus vecinos. Tenía ya todos los
materiales a punto para dar principio a la construcción, cuando llegó a
Sardes Biante el de Priena, según dicen algunos, o según dicen otros,
Pitaco el de Mitilene. Preguntado por Creso si en la Grecia había algo
de nuevo, respondió que los isleños reclutaban hasta diez mil caballos,
resueltos a emprender una expedición contra Sardes. Creyendo Creso que
se le decía la verdad sin disfraz alguno: -«¡Ojalá, exclamó, que los
dioses inspirasen a los isleños el pensamiento de hacer una correría
contra mis Lidyos, superiores por su genio y destreza a cuantos manejan
caballos! -Bien se echa de ver, señor, replicó el sabio, el vivo deseo
que os anima de pelear a caballo contra los isleños en tierra firme, y
en eso tenéis mucha razón. Pues ¿qué otra cosa pensáis vos que desean
los isleños, oyendo que vais a construir esas naves, sino poder atrapar
a los lidios en alta mar, y vengar así los agravios que estáis haciendo
a los griegos del continente, tratándolos cuino vasallos y aun como
esclavos?» Dicen que el apólogo de aquel sabio pareció a Creso muy
ingenioso y cayéndole mucho en gracia la ficción, tomó el consejo de
suspender la fábrica de sus naves y de concluir con los jonios de las
islas un tratado de amistad.
XXVIII. Todas las naciones que moran más acá del río Halis, fueron
conquistadas por Creso y sometidas a su gobierno, a excepción de los
Cílices y de los licios. Su imperio se componía por consiguiente de los
de los lidios, frigios, misios, mariandinos, calibes, paflagonios,
tracios, tinos y bitinios; como también de los carios, jonios, eolios y
panfilios.
XXIX. Como la corte de Sardes se hallase después de tintas
conquistas en la mayor opulencia y esplendor, todos los varones sabios
que a la sazón vivían en Grecia emprendían sus viajes para visitarla en
el tiempo que más convenía a cada uno. Entre todos ellos, el más
célebre fue el ateniense Solón; el cual, después de haber compuesto un
código de leyes por orden de sus ciudadanos, so color de navegar y
recorrer diversos países, se ausentó de su patria por diez años; pero
en realidad fue por no tener que abrogar ninguna ley de las que dejaba
establecidas, puesto que los atenienses, obligados con los más solemnes
juramentos a la observancia de todas las que les había dado Solón, no
se consideraban en estado de poder revocar ninguna por sí mismos.
XXX. Estos motivos y el deseo de contemplar y ver mundo, hicieron
que Solón se partiese de su patria y fuese a visitar al rey Amasis en
Egipto, y al rey Creso en Sardes. Este último le hospedó en su palacio,
y al tercer o cuarto día de su llegada dio orden a los cortesanos para
que mostrasen al nuevo huésped todas las riquezas y preciosidades que
se encontraban en su tesoro. Luego que todas las hubo visto y observado
prolijamente por el tiempo que quiso, le dirigió Creso este discurso:
-«ateniense, a quien de veras aprecio, y cuyo nombre ilustre tengo bien
conocido por la fama de la sabiduría y ciencia política, y por lo mucho
que has visto y observado con la mayor diligencia, respóndeme, caro
Solón, a la pregunta que voy a dirigirte. Entre tantos hombres, ¿has
visto alguno hasta de ahora completamente dichoso?» Creso hacía esta
pregunta porque se creía el más afortunado del mundo. Pero Solón,
enemigo de la lisonja, y que solamente conocía el lenguaje de la
verdad, le respondió: -«Sí, señor, he visto a un hombre feliz en Tello
el ateniense.» Admirado el rey, insta de nuevo. -«¿Y por qué motivo
juzgas a Tello el más venturoso de todos? -Por dos razones, señor, le
responde Solón; la una, porque floreciendo su patria, vio prosperar a
sus hijos, todos hombres de bien, y crecer a sus nietos en medio de la
más risueña perspectiva; y la otra, porque gozando en el mundo de una
dicha envidiable, le cupo la muerte más gloriosa, cuando en la batalla
de Eleusina, que dieron los atenienses contra los fronterizos, ayudando
a los suyos y poniendo en fuga a los enemigos, murió en el lecho del
honor con las armas victoriosas en la mano, mereciendo que la patria le
distinguiese con una sepultura pública en el mismo sitio en que había
muerto.»
XXXI. Excitada la curiosidad de Creso por este discurso de Solón, le
preguntó nuevamente a quién consideraba después de Tello el segundo
entre los felices, no dudando que al menos este lugar le sería
adjudicado. Pero Solón le respondió: -«A dos argivos, llamados Cleobis
y Biton. Ambos gozaban en su patria una decente medianía, y eran además
hombres robustos y valientes, que habían obtenido coronas en los juegos
y fiestas públicas de los atletas. También se refiere de ellos, que
como en una fiesta que los argivos hacían a Juno fuese ceremonia
legítima el que su madre (26)
hubiese de ser llevada al templo en un carro tirado de bueyes, y éstos
no hubiesen llegado del campo a la hora precisa, los dos mancebos, no
pudiendo esperar más, pusieron bajo del yugo sus mismos cuellos, y
arrastraron el carro en que su madre venía sentada, por el espacio de
cuarenta y cinco estadios, hasta que llegaron al templo con
ella. »Habiendo dado al pueblo que a la fiesta concurría este
tierno espectáculo, les sobrevino el término de su carrera del modo más
apetecible y más digno de envidia; queriendo mostrar en ellos el cielo
que a los hombres a veces les conviene más morir que vivir. Porque como
los ciudadanos de Argos, rodeando a los dos jóvenes celebrasen
encarecidamente su resolución, y las ciudadanas llamasen dichosa la
madre que les había dado el ser, ella muy complacida por aquel ejemplo
de piedad filial, y muy ufana con los aplausos, pidió a la diosa Juno
delante de su estatua que se dignase conceder a sus hijos Cleobis y
Biton, en premio de haberla honrado tanto, la mayor gracia que ningún
mortal hubiese jamás recibido. Hecha esta súplica, asistieron los dos
al sacrificio y al espléndido banquete, y después se fueron a dormir en
el mismo lugar sagrado, donde les cogió un sueño tan profundo que nunca
más despertaron de él. Los argivos honraron su memoria y dedicaron sus
retratos en Delfos considerándolos como a unos varones esclarecidos.»
XXXII. A estos daba Solón el segundo lugar entre los felices; oyendo
lo cual Creso, exclamó conmovido: -«¿Conque apreciáis en tan poco,
amigo ateniense, la prosperidad que disfruto, que ni siquiera me
contáis por feliz al lado de esos hombres vulgares? -¿Y a mí, replicó
Solón, me hacéis esa pregunta, a mí, que sé muy bien cuán envidiosa es
la fortuna, y cuán amiga es de trastornar los hombres? Al cabo de largo
tiempo puede suceder fácilmente que uno vea lo que no quisiera, y sufra
lo que no temía. »Supongamos setenta años el término de la vida
humana. La suma de sus días será de veinticinco mil y doscientos, sin
entrar en ella ningún mes intercalar. Pero si uno quiere añadir un mes (27)
cada dos años, con la mira de que las estaciones vengan a su debido
tiempo, resultarán treinta y cinco meses intercalares, y por ellos mil
y cincuenta días más. Pues en todos estos días de que constan los
setenta años, y que ascienden al número de veintiséis mil doscientos y
cincuenta, no se hallará uno solo que por la identidad de sucesos sea
enteramente parecido a otro. La vida del hombre ¡oh Creso! es una serie
de calamidades. En el día sois un monarca poderoso y rico, a quien
obedecen muchos pueblos; pero no me atrevo a daros aún ese nombre que
ambicionáis, hasta que no sepa cómo habéis terminado el curso de
vuestra vida. Un hombre por ser muy rico no es más feliz que otro que
sólo cuenta con la subsistencia diaria, si la fortuna no le concede
disfrutar hasta el fin de su primera dicha. ¿Y cuántos infelices vemos
entre los hombres opulentos, al paso que muchos con un moderado
patrimonio gozan de la felicidad? »El que siendo muy rico es
infeliz, en dos cosas aventaja solamente al que es feliz, pero no rico.
Puede, en primer lugar, satisfacer todos sus antojos; y en segundo,
tiene recursos para hacer frente a los contratiempos. Pero el otro le
aventaja en muchas cosas; pues además de que su fortuna le preserva de
aquellos males, disfruta de buena salud, no sabe qué son trabajos,
tiene hijos honrados en quienes se goza, y se halla dotado de una
hermosa presencia. Si a esto se añade que termine bien su carrera, ved
aquí el hombre feliz que buscáis; pero antes que uno llegue al fin,
conviene suspender el juicio y no llamarle feliz. Désele, entretanto,
si se quiere, el nombre de afortunado. »Pero es imposible que
ningún mortal reúna todos estos bienes; porque así como ningún país
produce cuanto necesita, abundando de unas cosas y careciendo de otras,
y teniéndose por mejor aquel que da más de su cosecha, del mismo modo
no hay hombre alguno que de todo lo bueno se halla provisto; y
cualquiera que constantemente hubiese reunido mayor parte de aquellos
bienes, si después lograre una muerte plácida y agradable, éste, señor,
es para mí quien merece con justicia el nombre de dichoso. En suma, es
menester contar siempre con el fin; pues hemos visto frecuentemente
desmoronarse la fortuna da los hombres a quienes Dios había ensalzado
más.»
XXXIII. Este discurso, sin mezcla de adulación ni de cortesanos
miramientos, desagradó a Creso, el cual despidió a Solón, teniéndolo
por un ignorante que, sin hacer caso de los bienes presentes, fijaba la
felicidad en el término de las cosas.
XXXIV. Después de la partida de Solón, la venganza del cielo se dejó
sentir sobre Creso, en castigo, a lo que parece, de su orgullo por
haberse creído el más dichoso de los mortales. Durmiendo una noche le
asaltó un sueño en que se lo presentaron las desgracias que amenazaban
a su hijo. De dos que tenía, el uno era sordo y lisiado; y el otro,
llamado Atis, el más sobresaliente de los jóvenes de su edad. Este
perecería traspasado con una punta de hierro si el sueño se verificaba.
Cuando Creso despertó se puso lleno de horror a meditar sobre él, y
desde luego hizo casar a su hijo y no volvió a encargarle el mando de
sus tropas, a pesar de que antes era el que solía conducir los lidios
al combate; ordenando además que los dardos, lanzas y cuantas armas
sirven para la guerra, se retirasen de las habitaciones destinadas a
los hombres, y se llevasen a los cuartos de las mujeres, no fuese que
permaneciendo allí colgadas pudiese alguna caer sobre su hijo.
XXXV. Mientras Creso disponía las bodas, llegó a Sardes un frigio de
sangre real, que había tenido la desgracia de ensangrentar sus manos
con un homicidio involuntario. Puesto en la presencia del rey, le pidió
se dignase purificarle de aquella mancha, lo que ejecutó Creso según
los ritos del país, que en esta clase de expansiones son muy parecidos
a los de la Grecia. Concluida la ceremonia, y deseoso de sabor quién
era y de donde venía, le habló así: -«¿Quién eres, desgraciado? ¿de qué
parte de Frigia (28) vienes?
¿y a qué hombre o mujer has quitado la vida? -Soy, respondió al
extranjero, hijo de Midas, y nieto de Gordió: me llamo Adrasto; maté
sin querer a un hermano mío, y arrojado de la casi paterna, falto de
todo auxilio, vengo a refugiarme a la vuestra. -Bien venido seas, le
dijo Creso, pues eres de una familia amiga, y aquí nada te faltará.
Sufre la calamidad con buen ánimo, y te será más llevadera.» Adrasto se
quedó hospedado en el palacio de Creso.
XXXVI. Por el mismo tiempo un jabalí enorme del monte Olimpo
devastaba los campos de los Mysios; los cuales, tratando de perseguirlo
en vez de causarle daño, lo recibían de él nuevamente. Por último,
enviaron sus diputados a Creso, rogándolo que los diese al príncipe su
hijo con algunos mozos escogidos y perros de caza para matar aquella
fiera. Creso, renovando la memoria del sueño, les respondió: -«Con mi
hijo no contéis, porque es novio y no quiero distraerle de los cuidados
que ahora lo ocupan; os daré, sí, todos mis cazadores con sus perros,
encargándoles hagan con vosotros los mayores esfuerzos para ahuyentar
de vuestro país el formidable jabalí.»
XXXVII. Poco satisfechos quedaran los Mysios con esta respuesta,
cuándo llegó el hijo de Creso, e informado de todo, habló a su padre en
estos términos: -«En otro tiempo, padre mío, la guerra y la caza me
presentaban honrosas y brillantes ocasiones donde acreditar mi valor;
pero ahora me tenéis separado de ambas ejercicios, sin haber dado yo
muestras de flojedad ni de cobardía. ¿Con qué cara me dejaré ver en la
corte de aquí en adelante al ir y volver del foro y de las
concurrencias públicas? ¿En qué concepto me tendrán los ciudadanos?
¿Qué pensará de mí la esposa con quien acabo de unir mi destino?
Permitidme pues, que asista a la caza proyectada, o decidme por qué
razón no me conviene ir a ella.»
XXXVIII. -«Yo, hijo mío, respondió Creso, no he tomado estas medidas
por haber visto en ti cobardía, ni otra cosa que pudiese desagradarme.
Un sueño me anuncia que morirás en breve traspasado por una punta de
hierro. Por esto aceleré tus bodas, y no te permito ahora ir a la caza
por ver si logro, mientras viva, libertarte de aquel funesto presagio.
No tengo más hijo que tú, pues el otro, sordo y estropeado, es como si
no le tuviera.»
XXIX. -«Es justo, replicó el joven, que se os disimule vuestro temor
y la custodia en que me habéis tenido después de un sueño tan aciago;
mas, permitidme, señor, que os interprete la visión, ya que parece no
la habéis comprendido. Si me amenaza una punta de hierro, ¿qué puedo
temer de los dientes y garras de un jabalí? Y puesto que no vamos a
lidiar con hombres, no pongáis obstáculo a mi macha.»
XL. -«Veo, dijo Creso, que me aventajas en la inteligencia de los
sueños. Convencido de tus razones, mudo de dictamen y te doy permiso
para que vayas a caza.»
XLI. En seguida llamó a Adrasto, y le dijo: -«No pretendo, amigo
mío, echarte en cara tu desventura: bien sé que no eres ingrato.
Recuérdote solamente que me debes tu expiación, y que hospedado en mi
palacio te proveo de cuanto necesitas. Ahora en cambio exijo de ti que
te encargues de la custodia de mi hijo en esta cacería, no sea que en
el camino salgan ladrones a diñaros. A ti, además, te conviene una
expedición en que podrás acreditar el valor heredado de tus mayores y
la fuerza de tu brazo.»
XLII. -«Nunca, señor, respondió Adrasto, entraría de buen grado en
esta que pudiendo llamarse partida de diversión desdice del miserable
estado en que me veo, y por eso heme abstenido hasta de frecuentar la
sociedad de los jóvenes afortunados; pero agradecido a vuestros
beneficios, y debiendo corresponder a ellos, estoy pronto a ejecutar lo
que me mandáis, y quedad seguro que desempeñaré con todo esmero la
custodia de vuestro hijo, para que torne sano y salvo a vuestra casa.»
XLIII. Dichas estas palabras, parten los jóvenes, acompañados de una
tropa escogida y provistos de perros de caza. Llegados a las sierras
del Olimpo, buscan la fiera, la levantan y rodean, y disparan contra
ella una lluvia de dardos. En medio de la confusión, quiere la fortuna
ciega que el huésped purificado por Creso de su homicidio, el
desgraciado Adrasto, disparando un dardo contra el jabalí, en vez de
dar en la fiera, dé en el hijo mismo de su bienhechor, en el príncipe
infeliz que, traspasado con aquella punta, cumple muriendo la
predicción del sueño de su padre. Al momento despachan un correo para
Creso con la nueva de lo acaecido, el cual, llegado a Sardes, dale
cuenta del choque y de la infausta muerte de su hijo.
XLIV. Túrbase Creso al oír la noticia, y se lamenta particularmente
de que haya sido el matador de su hijo aquel cuyo homicidio había él
expiado. En el arrebato de su dolor invoca al dios de la expiación, al
dios de la hospitalidad, al dios que preside a las íntimas amistades,
nombrando con estos títulos a Júpiter, y poniéndole por testigo de la
paga atroz que recibe de aquel cuyas manos ensangrentadas ha
purificado, a quien ha recibido corno huésped bajo su mismo techo, y
que escogido para compañero y custodio de su hijo, se había mostrado su
mayor enemigo.
XLV. Después de estos lamentos llegan los lidios con el cadáver, y
detrás el matador, el cual, puesto delante de Creso, lo insta con las
manos extendidas para que lo sacrifique sobre el cuerpo de su hijo,
renovando la memoria de su primera desventura, y diciendo que ya no
debe vivir, después de haber dado la muerte a su mismo expiador. Pero
Creso, a pesar del sentimiento y luto doméstico que le aflige, se
compadece de Adrasto y le habla en estos términos: -«Ya tengo, amigo,
toda la venganza y desagravio que pudiera desear, en el hecho de
ofrecerte a morir tú mismo. Pero ¡ah! no es tuya la culpa, sino del
destino, y quizá de la deidad misma que me pronosticó en el sueño lo
que había de suceder.» Creso hizo los funerales de su hijo con la pompa
correspondiente; y el infeliz hijo de Midas y nieto de Gordio, el
homicida involuntario de su hermano y del hijo de su expiador, el
fugitivo Adrasto, cuando vio quieto y solitario el lugar del sepulcro,
condenándose a sí mismo por el más desdichado de los hombres, se
degolló sobre el túmulo con sus propias manos.
XLVI. Creso, privado de su hijo, cubrióse de luto por dos años, al
cabo de los cuales, reflexionando que el imperio de Astiages, hijo de
Ciaxares, había sido destruido por Ciro, hijo de Cambises, y que el
poder de los persas iba creciendo de día en día, suspendió su llanto y
se puso a meditar sobre los medios de abatir la dominación persiana,
antes que llegara a la mayor grandeza. Con esta idea quiso hacer prueba
de la verdad de los oráculos, tanto de la Grecia como de la Libia, y
despachó diferentes comisionados a Delfos, a Abas, lugar de los Focéos,
y a Dodona, como también a los oráculos de Anfiarao y de Trofonio, y al
que hay en Branchidas, en el territorio de Mileto. Estos fueron los
oráculos que consultó en la Grecia, y asimismo envió sus diputados al
templo de Ammon en la Libia. Su objeto era explorar lo que cada oráculo
respondía, y si los hallaba conformes, consultarles después si
emprendería la guerra contra los persas.
XLVII. Antes de marchar, dio a sus comisionados estas instrucciones:
que llevasen bien la cuenta de los días, empezando desde el primero que
saliesen de Sardes; que al centésimo consultasen el oráculo en estos
términos: «¿En qué cosa se está ocupando en este momento el rey de los
lidios, Creso, hijo de Aliates?» y que tomándolas por escrito, le
trajesen la respuesta de cada oráculo. Nadie refiere lo que los demás
oráculos respondieron; pero en Delfos, luego que los lidios entraron en
el templo ó hicieron la pregunta que se les había mandado, respondió la
Pitia con estos versos:
Sé del mar la medida, y de su arena
El número contar. No hay sordo alguno
A quien no entienda; y oigo al que no habla.
Percibo la fragancia que despide
La tortuga cocida en la vasija
De bronce, con la carne de cordero,
Teniendo bronce abajo, y bronce arriba.
XLVIII. Los lidios, tomando estos versos de la boca profética de la
Pitia, los pusieron por escrito, y volviéronse con ellos a Sardes.
Llegaban entretanto las respuestas de los otros oráculos, ninguna de
las cuales satisfizo a Creso. Pero cuando halló la de Delfos, la
recibió con veneración, persuadido de que allí solo residía un
verdadero numen, pues ningún otro sino él había dado con la verdad. El
caso era, que llegado el día prescrito a los comisionados para la
consulta de los dioses, discurrió Creso una ocupación que fuese difícil
de adivinar, y partiendo en varios pedazos una tortuga y un cordero, se
puso a cocerlos en una vasija de bronce, tapándola con una cobertera
del mismo metal.
XLIX. Esta ocupación era conforme a la respuesta de Delfos. La que
dio el oráculo de Anfiarao a los lidios que la consultaron sin faltar a
ninguna de las ceremonias usadas en aquel templo, no puedo decir cuál
fuera; y solo se refiere que por ella quedó persuadido Creso de que
también aquel oráculo gozaba del don de profecía.
L. Después de esto procuró Creso ganarse el favor de la deidad que
reside en Delfos, a fuerza de grandes sacrificios, pues por una parte
subieron hasta el número de tres mil las víctimas escogidas que allí
ofreció, y por otra mandó levantar una grande pira de lechos dorados y
plateados, de tazas de oro, de vestidos y túnicas de púrpura, y después
la pegó fuego; ordenando también a todos los lidios que cada uno se
esmerase en sus sacrificios cuanto les fuera posible. Hecho esto, mandó
derretir una gran cantidad de oro y fundir con ella unos como medios
ladrillos, de los cuales los más largos eran de seis palmos, y los más
cortos de tres, teniendo de grueso un palmo. Todos componían el número
de ciento diecisiete. Entre ellos habla cuatro de oro acrisolado, que
pesaba cada uno dos talentos y medio; los demás ladrillos (29)
de oro blanquecino eran del peso de dos talentos. Labró también de oro
refinado la efigie de un león, del peso de diez talentos. Este león,
que al principio se hallaba erigido sobre los medios ladrillos, cayó de
su basa cuando se quemó el templo de Delfos, y al presente se halla en
el tesoro de los corintios, poro con solo el peso de seis talentos y
medio, habiendo mermado tres y medio que el incendio consumió.
LI. Fabricados estos dones, envió Creso juntamente con ellos otros
regalos, que consistían en dos grandes tazas, la una de oro, y la otra
de plata. La de oro estaba a mano derecha, al entrar en el templo, y la
de plata a la izquierda; si bien ambas, después de abrasado el templo,
mudaron también de lugar; pues la de oro, que pesa ocho talentos y
medio y doce minas más, se guarda en el tesoro de los clazomenios; y la
de plata en un ángulo del portal al entrar del templo; la cual tiene de
cabida seiscientos cántaros, y en ella ameran los de Delfos el vino en
la fiesta de la Theofania. Dicen ser obra de Teodoro samio, y
lo creo así; pues no me parece por su mérito pieza de artífice común.
Envió asimismo cuatro tinajas de plata, depositadas actualmente en el
tesoro de los de Corinto; y consagró también dos aguamaniles, uno de
oro y otro de plata. En el último se ve grabada esta inscripción: Don de los lacedemonios;
los cuales dicen ser suya la dádiva; pero lo dicen sin razón, siendo
una de las ofrendas de Creso. La verdad es que cierto sujeto de Delfos,
cuyo nombre conozco, aunque no le manifestaré, le puso aquella
inscripción, queriéndose congraciar con los lacedemonios. El niño por
cuya mano sale el agua, sí que es don de los lacedemonios, no siéndolo
ninguno de los dos aguamaniles. Muchas otras dádivas envió Creso que
nada tenían de particular, entre ellas ciertos globos de plata fundida,
y una estatua de oro de una mujer, alta tres codos, que dicen los
Delfos ser la panadera de Creso. Ofreció también el collar de oro y los
cinturones de su mujer.
LII. Informado Creso del valor de Anfiarao y de su desastrado fin (30),
le ofreció un escudo, todo él de oro puro, y juntamente una lanza de
oro macizo, con el asta del mismo metal. Entrambas ofrendas se
conservan hoy en Tebas, guardadas en el templo de Apolo Ismenio.
LIII. Los lidios encargados de llevar a los templos estos dones,
recibieron orden de Creso para hacer a los oráculos la siguiente
pregunta: «Creso, monarca de los lidios y de otras naciones, bien
seguro de que son solos vuestros oráculos los que hay en el mundo
verídicos, os ofrece estas dádivas, debidas a vuestra divinidad y numen
profético, y os pregunta de nuevo, si será bien emprender la guerra
contra los persas, y juntar para ella algún ejército confederado.»
Ambos oráculos convinieron en una misma respuesta, que fue la de
pronosticar a Creso, que si movía sus tropas contra los persas acabarla
con un grande imperio (31);
y le aconsejaron, que informado primero de cuál pueblo entre los
griegos fuese el más poderoso, hiciese con él un tratado de alianza.
LIV. Sobremanera contento Creso con la respuesta, y envanecido con
la esperanza de arruinar el imperio de Ciro, envió nuevos diputados a
la ciudad de Delfos, y averiguado el número de sus moradores, regaló a
cada uno dos monedas o estateres de oro (32).
En retorno los delfios dieron a Creso y a los lidios la prerrogativa en
las consultas, la presidencia de las juntas, la inmunidad en las
aduanas y el derecho perpetuo de filiación a cualquier lidio que
quisiere ser su conciudadano.
LV. Tercera vez consultó Creso al oráculo, por hallarse bien
persuadido de su veracidad. La pregunta estaba reducida a saber si
sería largo su reinado, a la cual respondió la Pithia de este modo:
Cuando el rey de los medos fuere un mulo,
Huye entonces al Hernio pedregoso,
Oh lidio delicado; y no te quedes
A mostrarte cobarde y sin vergüenza.
LVI. Cuando estos versos llegaron a noticia de Creso, holgóse más
con ellos que con los otros, persuadido de que nunca por un hombre
reinaría entre los medos un mulo, y que por lo mismo ni él ni sus
descendientes dejarían jamás de mantenerse en el trono. Pasó después a
averiguar con mucho esmero quiénes de entre los griegos fuesen los mas
poderosos, a fin de hacerlos sus amigos, y por los informes halló que
sobresalían particularmente los lacedemonios y los atenienses, aquellos
entre los dorios, y estos entre los jonios. Aquí debo prevenir quo
antiguamente dos eran las naciones más distinguidas en aquella región,
la Pelásgica y la Helénica; de las cuales la una jamás salió de su
tierra, y la otra mudó de asiento muy a menudo (33).
En tiempo de su rey Deucalion habitaba en la Pthiotida, y en tiempo de
Doro el hijo de Helleno, ocupaba la región Istieotida, que está al pie
de los montes Ossa y Olimpo. Arrojados después por los Cadmeos de la
Istieotida, establecieron su morada en Pindo, y se llamó con el nombre
de Macedno. Desde allí pasó a la Dryopida, y viniendo por fin al
Peloponeso, se llamó la gente Dórica.
LVII. Cuál fuese la lengua que hablaban los pelasgos, no puedo decir
de positivo. Con todo, nos podemos regir por ciertas conjeturas tomadas
de los pelasgos, que todavía existen: primero, de los que habitan la
ciudad de Crestona (34),
situada sobre los Tyrrenos (los cuales en lo antiguo fueron vecinos de
los que ahora llamamos Dorienses, y moraban entonces en la región que
al presente se llama la Tessaliotida); segundo, de los pelasgos, que en
el Helesponto fundaron a Placia y a Seylace (los cuales fueron antes
vecinos de los atenienses); tercero, de los que se hallan en muchas
ciudades pequeñas, bien que hayan mudado su antiguo nombre de pelasgos.
Por las conjeturas que nos dan todos estos pueblos, podremos decir que
los pelasgos debían hablar algún lenguaje bárbaro, y que la gente
Ática, siendo Pelasga, al incorporarse con los Helenos, debió de
aprender la lengua de éstos, abandonando la suya propia. Lo cierto es
que ni los de Crestona, ni los de Placia (ciudades que hablan entre sí
una misma lengua), la tienen común con ninguno de aquellos pueblos que
son ahora sus vecinos, de donde se infiere que conservan el carácter
mismo de la lengua que consigo trajeron cuando se fugaron en aquellas
regiones.
LVIII. Por el contrario, la nación Helénica, a mi parecer, habla
siempre desde su origen el mismo idioma. Débil y separada de la
Pelásgica, empezó a crecer de pequeños principios, y vino a formar un
grande cuerpo, compuesto de muchas gentes, mayormente cuando se le
fueron allegando y uniendo en gran número otras bárbaras naciones (35),
y de aquí dimanó, según yo imagino, que la nación de los pelasgos, que
era una de las bárbaras, nunca pudiese hacer grandes progresos.
LIX. De estas dos naciones oía decir Creso que el Ática se hallaba
oprimida por Pisístrato, que a la sazón era señor o tirano do los
atenienses. A su padre Hipócrates, asistiendo a los juegos Olímpicos,
le sucedió un gran prodigio, y fue que las calderas que tenía ya
prevenidas para un sacrificio, llenas de agua y de carne, sin que las
tocase el fuego, se pusieron a hervir de repente hasta derramarse. El
lacedemonio Quilon, que presenció aquel portento, previno dos cosas a
Hipócrates: la primera, que nunca se casase con mujer que pudiese darle
sucesión; y la segunda, que si estaba casado, se divorciase luego y
desconociese por hijo al que ya hubiese tenido. Por no haber seguido
estos consejos le nació después Pisístrato, el cual, aspirando a la
tiranía y viendo que los atenienses litorales, capitaneados por
Megacles, hijo de Alcmeon, se habían levantado contra los habitantes de
los campos, conducidos por Licurgo, el hijo de Arisitoclaides, formó un
tercer partido, bajo el pretexto de defender a los atenienses de las
montañas, y para salir con su intento urdió la trama de este modo.
Hízose herir a sí mismo y a los mulos de su carroza, y se fue hacia la
plaza como quien huía de sus enemigos, fingiendo que le habían querido
matar en el camino de su casa de campo. Llegado a la plaza, pidió al
pueblo que pues él antes se había distinguido mucho en su defensa, ya
cuando general contra los megarenses, ya en la toma de Nicea (36),
y con otras grandes empresas y servicios, tuviesen a bien concederle
alguna guardia para la seguridad de su persona. Engañado el pueblo con
tal artificio, dióle ciertos hombres escogidos que lo escoltasen y
siguiesen, los cuales estaban armados, no de lanzas, sino de clavas.
Auxiliado por estos, se apoderó Pisístrato de la ciudadela de Atenas, y
por este medio llegó a hacerse dueño de los atenienses; pero sin
alterar el orden de los magistrados ni mudar las leyes, contribuyó
mucho y bien al adorno de la ciudad, gobernando bajo el plan antiguo.
LX. Poco tiempo después, unidos entre sí los partidarios de Megacles
y los de Licurgo, lograron quitar el mando a Pisístrato y echarlo de
Atenas. No bien los dos partidos acabaron de expelerle, cuando
volvieron de nuevo a la discordia y sedición entro sí mismos. Megacles,
que se vio sitiado por sus enemigos, despachó un mensajero a
Pisístrato, ofreciéndolo que si tomaba a su hija por mujer, le daría en
dote el mando de la república. Admitida la proposición y otorgadas las
condiciones, discurrieron para la vuelta de Pisístrato el artificio más
grosero que en mi opinión pudiera imaginarse, mayormente si se observa
que los griegos eran tenidos ya de muy antiguo por más astutos quo, los
bárbaros y menos expuestos a dejarse deslumbrar de tales necedades y
que se trataba de engañar a los atenienses, reputados por los más
sabios y perspicaces de todos los griegos. En el partido Pecinense
había una mujer hermosa llamada Phya, con la estatura de cuatro codos
menos tres dedos. Armada completamente, y vestida con un traje que la
hiciese parecer mucho más bella y majestuosa, la colocaron en una
carroza y la condujeron a la ciudad, enviando delante sus emisarios y
pregoneros, los cuales cumplieron bien con su encargo, y hablaron al
pueblo en esta forma: -«Recibid, oh atenienses, de buena voluntad a
Pisístrato, a quien la misma diosa Minerva restituye a su alcázar,
haciendo con él una demostración nunca usada con otro mortal.» Esto
iban gritando por todas partes, de suerte que muy en breve se extendió
la fama del hecho por la ciudad y la comarca; y los que se hallaban en
la ciudadela, creyendo ver en aquella mujer a la diosa misma, la
dirigieron sus votos y recibieron a Pisístrato.
LXI. Recobrada de este modo la tiranía, y cumpliendo con lo pactado,
tomó Pisístrato por mujer a la hija de Megacles. Ya entonces tenía
hijos crecidos, y no queriendo aumentar su número, con motivo de la
creencia según la cual Lodos los Alcmeónidas eran considerados como una
raza impía, nunca conoció a su nueva esposa en la forma debida y
regular. Si bien ella al principio tuvo la cosa oculta, después la
descubrió a su madre y ésta a su marido. Megacles lo llevó muy a mal,
viendo que así le deshonraba Pisístrato, y por resentimiento se
reconcilió de nuevo con los amotinados. Entretanto Pisístrato,
instruido de todo, abandonó el país y se fue a Eretria, donde,
consultando con su hijo, le pareció bien el dictamen de Hipias sobre
recuperar el mando, y al efecto trataron de recoger donativos de las
ciudades que les eran más adictas, entre las cuales sobresalió la de
los tebanos por su liberalidad. Pasado algún tiempo, quedó todo
preparado para el éxito de la empresa, así porque los argivos, gente
asalariada para la guerra, habían ya concurrido del Peloponeso, como
porque un cierto Ligdamis, natural de Naxos, habiéndoseles reunido
voluntariamente con hombres y dinero, los animaba sobremanera a la
expedición.
LXII. Partiendo por fin de Eretria, volvieron al Ática once años
después de su salida, y se apoderaron primeramente de Maratón.
Atrincherados en aquel punto, se les iban reuniendo, no solamente los
partidarios que tenían en la ciudad, sino también otros de diferentes
distritos, a quienes acomodaba más el dominio de un señor que la
libertad del pueblo. Su ejército se aumentaba con la gente que acudía;
pero los atenienses que moraban en la misma Atenas miraron la cosa con
indiferencia todo el tiempo que gastó Pisístrato en recoger dinero, y
cuando después ocupó a Maratón, hasta que sabiendo qué marchaba contra
la ciudad, salieron por fin a resistirle. Los dos ejércitos caminaban a
encontrarse, y llegando al templo de Minerva la Pallenida, hicieron
alto uno enfrente del otro. Entonces fue cuando Anfilyto, el célebre
adivino de Acarnania arrebatado de su estro, se presentó a Pisístrato y
le vaticinó de este modo:
Echado el lance está, la red tendida;
Los atunes de noche se presentan
Al resplandor de la callada luna (37).
LXIII. Pisístrato, comprendido el vaticinio, y diciendo que lo
recibía con veneración, puso en movimiento sus tropas. Muchos de los
atenienses, que habían salido de la ciudad, acababan entonces de comer;
unos se entretenían jugando a los dados, y otros reposaban, por lo
cual, cayendo de repente sobre ellos las tropas de Pisístrato, se
vieron obligados a huir. Para que se mantuviesen dispersos, discurrió
Pisístrato el ardid de enviar unos muchachos a caballo, que alcanzando
a los fugitivos, los exhortasen de su parte a que tuviesen buen ánimo y
se retirasen cada uno a su casa.
LXIV. Así lo hicieron los atenienses, y logró Pisístrato apoderarse
de Atenas por tercera vez. Dueño de la ciudad, procuró arraigarse en el
mando con mayor número de tropas auxiliares, y con el aumento de las
rentas públicas, tanto recogidas en el país mismo como venidas del río
Estrimón. Con el mismo fin tomó en rehenes a los hijos de los
atenienses que, sin entregarse luego a la fuga, le habían hecho frente,
y los depositó en la isla de Naxos, de la cual se había apoderado con
las armas, y cuyo gobierno había confiado Ligdamis. Ya, obedeciendo a
los oráculos, había purificado antes la isla de Delos, mandando
desenterrar todos los cadáveres que estaban sepultados en todo el
distrito que desde el templo se podía alcanzar con la vista,
haciéndolos enterrar en los demás lugares de la isla. Pisístrato, pues,
tenía bajo su dominación a los atenienses, de los cuales algunos habían
muerto en la guerra y otros en compañía de los Alcmeónidas se habían
ausentado de su patria.
LXV. Esto era el estado en que supo Creso que entonces se hallaban
los atenienses. De los lacedemonios averiguó que, libres ya de sus
anteriores apuros, habían recobrado la superioridad en la guerra contra
los de Tegea. Porque en el reinado de Leon y Hegesicles, a pesar de que
los lacedemonios habían salido bien en otras guerras, sin embargo, en
la que sostenían contra los de Tegea habían sufrido grandes reveses.
Estos mismos lacedemonios se gobernaban en lo antiguo por las peores
leyes de toda la Grecia, tanto en su administración interior como en
sus relaciones con los extranjeros, con quienes eran insociables; pero
tuvieron la dicha de mudar sus instituciones por medio de Licurgo (38),
el hombre más acreditado de todos los Esparciatas, a quien, cuando fue
a Delfos para consultar al oráculo, al punto mismo de entrar en el
templo le dijo la Pitia:
A mi templo tú vienes, oh Licurgo,
De Jove amado y de los otros dioses
Que habitan los palacios del Olimpo.
Dudo llamarte dios u hombre llamarte,
Y en la perplejidad en que me veo,
Como dios, oh Licurgo, te saludo.
También afirman algunos que la Pitia le enseñó los buenos
reglamentos de que ahora usan los Esparciatas, aunque los lacedemonios
dicen que siendo tutor de su sobrino (39)
Leobotas, rey de los espartanos, los trajo de Creta. En efecto, apenas
se encargó de la inicia, cuando mudó enteramente la legislación, y tomó
las precauciones necesarias para su observancia. Después ordenó la
disciplina militar, estableciendo las enotias, triécadas y sissitias y últimamente instituyó los éforos y los senadores.
LXVI. De este modo lograron los lacedemonios el mejor orden en sus
leyes y gobierno, y lo debieron a Licurgo, a quien tienen en la mayor
veneración, habiéndole consagrado un templo después de sus días.
Establecidos en un país excelente y contando con una población
numerosa, hicieron muy en breve grandes progresos, con lo cual, no
pudiendo ya gozar en paz de su misma prosperidad y teniéndose por
mejores y más valientes que los arcades, consultaron en Delfos acerca
de la conquista de toda la Arcadia, cuya consulta respondió así la
Pitia:
¿La Arcadia pides? Esto es demasiado.
Concederla no puedo, porque en ella,
De la dura bellota alimentados,
Muchos existen que vedarlo intenten.
Yo nada te la envidio: en lugar suyo
Puedes pisar el suelo de Tegea,
Y con soga medir su hermoso campo.
Después que los lacedemonios oyeron la respuesta, sin meterse con
los demás arcades, emprendieron su expedición contra los de Tegea, y
engañados con aquel oráculo doble, y ambiguo, se apercibieron de
grillos y sogas, como si en efecto hubiesen de cautivar a sus
contrarios. Pero sucedióles al revés; porque perdida la batalla, los
que de ellos quedaron cautivos, atados con las mismas prisiones de que
venían provistos, fueron destinados a labrar los campos del enemigo.
Los grillos que sirvieron entonces para los lacedemonios se conservan
aun en Tegea, colgados alrededor del templo de Minerva.
LXVII. Al principio de la guerra los lacedemonios pelearon siempre
con desgracia; pero en tiempo de Creso, y siendo reyes de Esparta
Anaxandridas y Ariston, adquirieron la superioridad del modo siguiente:
Aburridos de su mala suerte, enviaron diputados a Delfos para saber a
qué dios debían aplacar, con el fin de hacerse superiores a sus
enemigos los de Tegea. El oráculo respondió, que lo lograrían con tal
que recobrasen los huesos de Orestes, el hijo de Agamemnon. Mas como no
pudiesen encontrar la urna en que estaban depositados, acudieron de
nuevo al templo, pidiendo se les manifestase el lugar donde el héroe
yacía. La Pitia respondió a los enviados en estos términos:
En un llano de Arcadia está Tegea;
Allí dos vientos soplan impelidos
Por una fuerza poderosa, y luego
Hay golpe y contragolpe, y la dureza
De los cuerpos se hiere mutuamente.
Allí del alma tierra en las entrañas
Encontrarás de Agamemnon al hijo;
Llevarásle contigo, si a Tegea
Con la victoria dominar pretendes.
Oída esta respuesta, continuaron los lacedemonios en sus pesquisas,
sin poder hacer el descubrimiento que deseaban, hasta tanto que Liches,
uno de aquellos Esparciatas a quienes llaman beneméritos, dio
casualmente con la urna. Llámanse beneméritos aquellos cinco soldados
que, siendo los más veteranos entre los de a caballo, cumplido su
tiempo salen del servicio; si bien el primer año de su salida, para que
no se entorpezcan con la ociosidad, se les envía de un lugar a otro,
unos acá y otros allá.
LXVIII. Liches, pues, siendo uno de los beneméritos, favorecido de
la fortuna y de su buen discurso, descubrió lo que se deseaba. Como los
dos pueblos estuviesen en comunicación con motivo de las treguas, se
hallaba Liches en una fragua del territorio de Tegea, viendo lleno de
admiración la maniobra de machacar a golpe el hierro. Al mirarle tan
pasmado, suspendió el herrero su trabajo, y le dijo: -«A fe mía, Lacon
amigo, que si hubieses visto lo que yo, otra fuera tu admiración a la
que ahora muestras al vernos trabajar en el hierro; porque has de saber
que, cavando en el corral con el objeto de abrir un pozo, tropecé con
un ataúd de siete codos de largo; y como nunca había creído que los
hombres antiguamente fuesen mayores de lo que somos ahora, tuve la
curiosidad de abrirla, y encontré un cadáver tan grande como ella
misma. Medíle y le volví a cubrir.» Oyendo Liches esta relación, se
puso a pensar que tal vez podía ser aquel muerto el Orestes de quien
hablaba el oráculo, conjeturando que los dos fuelles del herrero serían
quizá los dos vientos; el yunque y el martillo el golpe y el
contragolpe; y en la maniobra de batir el hierro se figuraba descubrir
el mutuo choque de los cuerpos duros. Revolviendo estas ideas en su
mente se volvió a Esparta, y dio cuenta de todo a sus conciudadanos,
los cuales, concertada contra él una calumnia, le acusaron y condenaron
a destierro. Refugiándose a Tegea el desterrado voluntario, y dando
razón al herrero de su desventura, la quiso tornar en arriendo aquel
corral, y si bien él se le dificultaba, al cabo se lo supo persuadir, y
estableció allí su casa. Con esta ocasión descubrió cavando el
sepulcro, recogió los huesos, y fuese con ellos a Esparta. Desde aquel
tiempo, siempre que vinieron a las manos las dos ciudades, quedaron
victoriosos los lacedemonios, por quienes ya había sido conquistada una
gran parte del Peloponeso.
LXIX. Informado Creso de todas estas cosas, envió a Esparta sus
embajadores, llenos de regalos y bien instruidos de cuanto debían decir
para negociar una alianza. Llegados que fueron, se explicaron en estos
términos: -«Creso, rey de los lidios y de otras naciones, prevenido por
el Dios que habita en Delfos de cuánto le importa contraer amistad con
el pueblo griego, y bien informado de que vosotros, ¡oh lacedemonios!
sois los primeros y principales de toda la Grecia, acude a vosotros,
queriendo en conformidad del oráculo ser vuestro amigo y aliado, de
buena fe y sin dolo alguno.» Esta fue la propuesta de Creso por medio
de sus enviados. Los lacedemonios, que ya tenían noticia de la
respuesta del oráculo, muy complacidos con la venida de los lidios,
formaron con solemne juramento, el tratado de paz y alianza con Creso,
a quien ya estaban obligados por algunos beneficios que de él antes
habían recibido. Porque habiendo enviado a Sardes a comprar el oro que
necesitaban para fabricar la estatua de Apolo, que hoy está colocada en
Tornax de la Laconia, Creso no quiso tomarles dinero alguno, y les dio
el oro de regalo.
LXX. Por este motivo, y por la distinción que con ellos usaba Creso,
anteponiéndolos a los demás griegos, vinieron gustosos los lacedemonios
en la alianza propuesta; y queriendo mostrarse agradecidos, mandaron
trabajar con el objeto de regalársela a Creso, una pila de bronce que
podía contener trescientos cántaros; estaba adornada por defuera hasta
el borde con la escultura de una porción de animalitos. Esta pila no
llegó a Sardes, refiriéndose de dos maneras el extravío que padeció en
el camino. Los lacedemonios dicen que, habiendo llegado cerca de Samos,
noticiosos del presente aquellos isleños, salieron con sus naves y la
robaron. Pero los samios cuentan que navegando muy despacio los
lacedemonios encargados de conducirla, oyendo en el viaje que Sardes,
juntamente con Creso, habían caído en poder del enemigo, la vendieron
ellos mismos en Samos a unos particulares, quienes la dedicaron en el
templo de Juno; y que tal vez los lacedemonios a su vuelta dirían que
los samios se la habían quitado violentamente.
LXXI. Entretanto, Creso, deslumbrado con el oráculo y creyendo
acabar en breve con Ciro y con el imperio de los persas, preparaba una
expedición contra Capadocia. Al mismo tiempo cierto lidio llamado
Sándamis, respetado ya por su sabiduría y circunspección, y célebre
después entre los lidios por el consejo que dio a Creso, le habló de
esta manera: -«Veo, señor, que preparáis una expedición contra unos
hombres que tienen de pieles todo su vestido; que criados en una región
áspera, no comen lo que quieren, sino lo que pueden adquirir; y que no
beben vino, ni saben el gusto que tienen los higos, ni manjar alguno
delicado. Si los venciereis, ¿qué podréis quitar a los que nada poseen?
Pero si sois vencido, reflexionad lo mucho que tenéis que perder. Yo
temo que si llegan una vez a gustar de nuestras delicias, les tomarán
tal afición, que no podremos después ahuyentarlos. Por mi parte, doy
gracias a los dioses de que no hayan inspirado a los persas el
pensamiento de venir contra los lidios.» Este discurso no hizo
impresión alguna en el ánimo de Creso, a pesar de la exactitud con que
pintaba el estado de los persas, los cuales antes de la conquista de
los lidios ignoraban toda especie de comodidad y regalo.
LXXII. Los Capadocios, a quienes los griegos llaman Syrios, habían
sido súbditos de los medos antes que dominasen los persas, y en la
actualidad obedecían a Ciro. Porque los límites que dividían el imperio
de los medos del de los lidios estaban en el río Halis; el cual,
bajando del monte Armenio, corre por la Cilicia, y desde allí va
dejando a los Mantienos a la derecha y a los frigios a la izquierda.
Después se encamina hacia el viento bóreas, y pasa por entre los
Syro-capadocios y los Paflagonios, tocando a estos por la izquierda y a
aquellos por la derecha. De este modo el río Halis atraviesa y separa
casi todas las provincias del Asia inferior, desde el mar que está
enfrente de Chipre hasta el ponto Euxino pudiendo considerarse este
tramo de tierra como la cerviz de toda aquella región. Su longitud
puede regularse en cinco días de camino para un hombre sobremanera
diligente.
LXXIII. Marchó Creso contra la Capadocia deseoso de añadir a sus
dominios aquel feraz terreno, y más todavía de vengarse de Ciro,
confiado en las promesas del oráculo. Su resentimiento dimanaba de que
Ciro tenía prisionero a Astiages, pariente de Creso, después de haberlo
vencido en batalla campal. Este parentesco de Creso con Astiages fue
contraído del modo siguiente (40):
Una partida de escitas pastores, con motivo de una sedición doméstica,
se refugió al territorio de los bledos en tiempo que reinaba Ciaxares,
hijo de Fraortes y nieto de Déjoces. Este monarca los recibió al
principio benignamente y como a unos infelices que se acogían a su
protección; y en prueba del aprecio que de ellos hacía, les confió
ciertos mancebos para que aprendiesen su lengua y el manejo del arco.
Pasado algún tiempo, como ellos fuesen a menudo a cazar, y siempre
volviesen con alguna presa, un día quiso la mala suerte que no trajesen
nada. Vueltos así con las manos vacías, Ciaxares, que no sabía
reportarse en los ímpetus de la ira, los recibió ásperamente y los
llenó de insultos. Ellos, que no creían haber merecido semejante
ultraje, determinaron vengarse de él, haciendo pedazos a uno de los
jóvenes sus discípulos; al cual, guisado del mismo modo que solían
guisar la caza, se lo dieron a comer a Ciaxares y a sus convidados, y
al punto huyeron con toda diligencia a Sardes, ofreciéndose al servicio
de Aliates.
LXXIV. De este principio, no queriendo después Aliates entregar los
escitas a pesar de las reclamaciones de Ciaxares, se originó entro
lidios y bledos una guerra que duró cinco años, en cuyo tiempo la
victoria se declaró alternativamente por unos y otros. En las
diferentes batallas que se dieron, hubo una nocturna en el año sexto de
la guerra que ambas naciones proseguían con igual suceso, porque en
medio de la batalla misma se les convirtió el día repentinamente en
noche; mutación que Thales Milesio había predicho a los jonios, fijando
el término de ella en aquel año mismo en que sucedió (41).
Entonces lidios y medos, viendo el día convertido en noche, no solo
dejaron la batalla comenzada, sino que tanto los unos como los otros se
apresuraron a poner fin a sus discordias con un tratado de paz. Los
intérpretes y medianeros de esta pacificación fueron Syémnesis (42) el Cilice, y Labyneto el Babilonio (43);
los cuales, no solo les negociaron la reconciliación mutua, sino que
aseguraron la paz, uniéndolos con el vínculo del matrimonio; pues
ajustaron que Aliates diese su hija Aryénis por mujer a Astiages, hijo
de Ciaxares. Entre estas naciones las ceremonias solemnes de la
confederación vienen a ser las mismas que entre los griegos, y solo
tienen de particular que, haciéndose en los brazos una ligera incisión,
se lamen mutuamente la sangre.
LXXV. Astiages, como he dicho, fue a quien Ciro venció, y por más
que era su abuelo materno, le tuvo prisionero por los motivos que
significaré después a su tiempo y lugar. Irritado Creso contra el
proceder de Ciro, envió primero a sabor de los oráculos si sería bien
emprender la guerra contra los persas; y persuadido de que la respuesta
capciosa que le dieron era favorable a sus intentos, emprendió después
aquella expedición contra una provincia persiana. Luego que llegó Creso
al río Halis, pasó su ejército por los puentes que, según mi opinión,
allí mismo había, a pesar de que los griegos refieren que fue Thales
Milesio quien le facilitó el modo de pasarlo, porque dicen que no
sabiendo Creso cómo haría para que pasasen sus tropas a la otra parte
del río, por no existir entonces los puentes que hay ahora, Thales, que
se hallaba en el campo, le dio un expediente para que el río que corría
a la siniestra del ejército corriese también a la derecha. Dicen que
por más arriba de los reales hizo abrir un cauce profundo, que en forma
de semicírculo cogiese al ejército por las espaldas, y que así extrajo
una parte del agua, y volvió a introducirla en el río por más abajo del
campo, con lo cual, formándose dos corrientes, quedaron ambas
igualmente vadeables; y aun quieren algunos que la madre antigua
quedase del todo seca, con lo que yo no me conformo, porque entonces
¿cómo hubieran podido repasar el río cuando estuviesen de vuelta?
LXXVI. Habiendo Creso pasado el Halis con sus tropas, llegó a una
comarca de Capadocia llamada Pteria, que es la parte más fuerte y
segura de todo el país, cerca de Sinope, ciudad situada casi en la
costa del ponto Euxino. Establecido allí su ejército, taló los campos
de los Syrios, tomó la ciudad de los Pterianos, a quiénes hizo
esclavos, y asimismo otras de su contorno, quitando la libertad y los
bienes a los Syrios, que en nada le habían agraviado. Entretanto, Ciro,
habiendo reunido sus fuerzas y tomado después todas las tropas de las
provincias intermedias, venía marchando contra Creso; y antes de
emprender género alguno de ofensa, envió sus heraldos a los jonios para
ver si los podría separar de la obediencia del monarca lydio; en lo
cual no quisieron ellos consentir. Marchó entonces contra el enemigo, y
provocándose mutuamente luego que llegaron a verse, envistiéronse en
Pteria los dos ejércitos y se trabó una acción general en la que
cayeron muchos de una y otra parte, hasta que por último los separó la
noche sin declararse por ninguno la victoria. Tanto fue el valor con
que entrambos pelearon.
LXXVII. Creso, poco satisfecho del suyo, por ser el número de sus tropas inferior a las de Ciro (44)
viendo que este dejaba de acometerle al día siguiente, determinó volver
a Sardes con el designio de llamar a los egipcios, en conformidad del
tratado de alianza que había concluido con Amasis, rey de aquel país,
aun primero que lo hiciese con los lacedemonios. Se proponía también
hacer venir a los babilonios, de quienes entonces era soberano
Labyneto, y con los cuales estaba igualmente confederado, y asimismo
pensaba requerirá los lacedemonios, para que estuviesen prontos el día
que se les señalase. Reunidas todas estas tropas con las suyas, estaba
resuelto a descansar el invierno y marchar de nuevo contra el enemigo
al principio de la primavera. Con este objeto partió para Sardes y
despachó sus aliados unos mensajeros que les previniesen que de allí a
cinco meses juntasen sus tropas en aquella ciudad. El desde luego
licenció el ejército con el cual acababa de pelear contra los persas,
siendo de tropas mercenarias: bien lejos de imaginar que Ciro, dada una
batalla tan sin ventaja ninguna, se propusiere dirigir su ejército
hacia la capital de la Lidia.
LXXVIII. En tanto que Creso tomaba estas medidas, sucedió que todos
los arrabales de Sardes se llenaron de sierpes, que los caballos,
dejando su pasto, se iban comiendo según aquellas se mostraban.
Admirado Creso de este raro portento, envió inmediatamente unos
diputados a consultar con los adivinos de Telmeso (45).
En efecto, llegaron allá; pero instruidos por los Telmesenses de lo que
quería decir aquel prodigio, no tuvieron tiempo de participárselo al
rey, pues antes que pudiesen volver de su consulta, ya Creso había sido
hecho prisionero. Lo que respondieron los adivinos fue que no tardaría
mucho en venir un ejército extranjero contra la tierra de Creso, el
cual en llegando sujetaría a los naturales; dando por razón de su dicho
que la sierpe era un reptil propio del país, siendo el caballo animal
guerrero y advenedizo. Esta fue la interpretación que dieron a Creso, a
la sazón ya prisionero, si bien nada sabían ellos entonces de cuanto
pasaba en Sardes y con el mismo Creso.
LXXIX. Cuando Ciro vio, después de la batalla de Pteria, que Creso
levantaba su campo, y tuvo noticia del ánimo en que se hallaba de
despedir las tropas luego que llegase a su capital, tomó acuerdo sobre
la situación de las cosas, y halló que lo más útil y acertado sería
marchar cuanto antes con todas sus fuerzas a Sardes, primero que se
pudiesen juntar otra vez las tropas lydias. No bien adoptó este
partido, cuando lo puso en ejecución, caminando con tanta diligencia,
que él mismo fue el primer correo que dio el aviso a Creso de su
llegada. Este quedó confuso y en el mayor apuro, viendo que la cosa le
había salido enteramente al revés de lo que presumía; mas no por eso
dejó de presentarse en el campo con sus lidios. En aquel tiempo no
había en toda el Asia nación alguna más varonil ni esforzada que la
Lidia; y peleando a caballo con grandes lanzas, se distinguía en los
combates por su destreza singular.
LXXX. Hay delante de Sardes una llanura espaciosa y elevada donde
concurrieron los dos ejércitos. Por ella corren muchos ríos, entre
ellos el Hyllo, y todos van a dar en otro mayor llamado Hermo, el cual,
bajando de un monte dedicado a la madre de los dioses Dindymene, va a
desaguar en el mar cerca de la ciudad de Focea. En esta llanura, viendo
Ciro a los lidios formados en orden de batalla, y temiendo mucho a la
caballería enemiga, se valió de cierto ardid que el medo Harpago le
sugirió. Mandó reunir cuantos camellos seguían al ejército cargad los
de víveres y bagajes, y quitándoles las cargas, hizo montar en ellos
unos hombres vestidos con el mismo traje que suelen llevar los soldados
de a caballo. Dio orden para que estos camellos así prevenidos se
pusiesen en las primeras filas delante de la caballería de Creso; que
su infantería siguiese después, y que detrás de esta se formase toda su
caballería. Mandó circular por sus tropas la orden de que no diesen
cuartel a ninguno de los lidios, y que matasen a todos los que se les
pusiesen a tiro; pero que no quitasen la vida a Creso, aun cuando se
defendiese con las armas en la mano. La razón que tuvo para poner los
caballos enfrente de la caballería enemiga, fue saber que el caballo
teme tanto al camello, que no puede contenerse cuando ve su figura o
percibe su olor. Por eso se valió de aquel ardid con la mira de
inutilizar la caballería de Creso, que fundaba en ella su mayor
confianza. En efecto, lo mismo fue comenzar la pelea y oler los
caballos el tufo, y ver la figura de los camellos, que retroceder al
momento y dar en tierra con todas las esperanzas de Creso. Mas no por
esto se acobardaron los lidios, ni dejaron de continuar la acción,
porque conociendo lo que era, saltaron de sus caballos y se batieron a
pie con los persas. Duró por algún tiempo el choque, en que muchos de
una y otra parte cayeron, hasta que los lidios, vueltas las espaldas,
se vieron precisados a encerrarse dentro de los muros y sufrir el sitio
que luego los persas pusieron a la plaza.
LXXXI. Persuadido Creso de que el sitio duraría mucho, envió desde
las murallas nuevos mensajeros a sus aliados, no ya como antes para que
viniesen dentro de cinco meses, sino rogándoles se apresurasen todo lo
posible a socorrerle, por hallarse sitiado; y habiéndose dirigido a
todos ellos, lo hizo con particularidad a los lacedemonios por medio de
sus enviados.
LXXXII. En aquella sazón había sobrevenido a los mismos lacedemonios
una nueva contienda acerca del territorio llamado de Thyrea, que sin
embargo de ser una parte de la Argólida, habiéndole separado de ella le
usurpaban y retenía como cosa propia. Porque toda aquella comarca en
tierra firme que mira a poniente hasta Málea, pertenece a los argivos,
como también la isla de Cythéres y las demás vecinas. Habiendo, pues,
salido a campaña los argivos con el objeto de recobrar aquel terreno,
cuando llegaron a él tuvieron con sus contrarios un coloquio, y en él
se convino que saliesen a pelear trescientos de cada parte, con la
condición de que el país quedase por los vencedores, cualesquiera que
lo fuesen; pero que entretanto el grueso de uno y otro ejército se
retirase a sus límites respectivos, y no quedasen a la vista de los
campeones; no fuese que presentes los dos ejércitos, y testigo el uno
de ellos de la pérdida de los suyos, les quisiese socorrer. Hecho este
convenio, se retiraron los ejércitos, y los soldados escogidos de una y
otra parte trabaron la pelea, en la cual, como las fuerzas y sucesos
fuesen iguales, de seiscientos hombres quedaron solamente tres; dos
argivos, Alcenor y Chromio, y un lacedemonio, Othryades; y aun estos
quedaron vivos por haber sobrevenido la noche. Los dos argivos, como si
en efecto hubiesen ya vencido, se fueron corriendo a Argos. Pero
Othryades, el único de los lacedemonios, habiendo despojado a los
argivos muertos, y llevado los despojos y las armas al campo de los
suyos, se quedó allí mismo guardando su puesto. Al otro día, sabida la
cosa, se presentaron ambas naciones, pretendiendo cada cual haber sido
la vencedora; diciendo la una que de los suyos eran más los vivos, y la
otra que aquellos habían huido y que el único suyo había guardado su
puesto y despojado a los enemigos muertos (46).
Por último, vinieron a las manos, y después de haber perecido muchos de
una y otra parte, se declaró la victoria por los lacedemonios. Entonces
fue cuando los argivos, que antes por necesidad se dejaban crecer el
pelo, se lo cortaron, y establecieron una ley llena de imprecaciones
para que ningún hombre lo dejase crecer en lo sucesivo, y ninguna mujer
se adornase con oro hasta que hubiesen recobrado a Thyrea. Los
lacedemonios en despique publicaron otra para dejarse crecer el
cabello, que antes llevaban corto (47).
De Othryades se dice que, avergonzado de volver a Esparta quedando
muertos todos sus compañeros, se quitó la vida allí mismo en Thyrea.
LXXXIII. De este modo se hallaban las cosas de los Esparciatas,
cuando llegó el mensajero lydio, suplicándoles socorriesen a Creso, ya
sitiado. Ellos al punto resolvieron hacerlo; pero cuando se estaban
disponiendo para la partida y tenían ya las naves prontas, recibieron
la noticia de que, tomada la plaza de Sardes, había caído Creso vivo en
manos de los persas, con lo cual, llenos de consternación, suspendieron
sus preparativos.
LXXXIV. La toma de Sardes sucedió de esta manera: A los catorce días
de sitio mandó Ciro publicar en todo el ejército, por medio de unos
soldados de caballería, que el que escalase las murallas sería
largamente premiado. Saliendo inútiles las tentativas hechas por
algunos, desistieron los demás de la empresa; y solamente un Mardo de
nación, llamado Hyréades, se animó a subir por cierta parte de la
ciudadela, que se hallaba sin guardia, en atención a que, siendo muy
escarpado aquel sitio, se consideraba como inexpugnable. Por esta razón
Meles, antiguo rey de Sardes (48), no había hecho pasar por aquella parte al monstruo, hijo Leon (49),
que tuvo de una concubina, por más que los adivinos de Telmesa le
hubiesen vaticinado que con tal que Leon girase por los muros, nunca
Sardes sería tomada. Meles en erecto le condujo por toda la muralla,
menos por aquella parte que mira al monte Tmolo, y que se creía
inatacable. Pero durante el asedio, viendo Hyréades que un soldado
lydio bajaba por aquel paraje a recoger un morrión que se le había
caído y volvía a subir, reflexionó sobre esta ocurrencia, y se atrevió
el día siguiente a dar por allí el asalto, siendo el primero que subió
a la muralla. Después de él hicieron otros persas lo mismo, de manera
que habiendo subido gran número de ellos fue tomada la plaza, y
entregada la ciudad al saqueo.
LXXXV. Por lo que mira a la persona de Creso, sucedió lo siguiente:
Tenía, como he dicho ya, un hijo que era mudo, pero hábil para todo lo
restante. Con el objeto de curarle había practicado cuantas diligencias
estaban a su alcance, y habiendo enviado además a consultar el caso con
el oráculo de Delfos, respondió la Pitia:
Oh Creso, rey de Lidia y muchos pueblos,
No con ardor pretendas en tu casa,
Necio, escuchar la voz del hijo amado.
Mejor sin ella está; porque si hablare,
Comenzarán entonces tus desdichas.
Cuando fue tomada la plaza, uno de los persas iba en seguimiento de
Creso, a quien no conocía, con intención de matarle; oprimido el rey
con el peso de su desventura, no procuraba evitar su destino,
importándole poco morir al filo del alfanje. Pero su hijo, viendo al
persa en ademán de descargar el golpe, lleno de agitación hace un
esfuerzo para hablar, y exclama: -«Hombre, no mates a Creso.» Esta fue
la primera vez que el mudo habló, y después conservó la voz todo el
tiempo de su vida.
LXXXVI. Los persas, dueños de Sardes, se apoderaron también de la
persona de Creso, que habiendo reinado catorce años y sufrido catorce
días de sitio, acabó puntualmente, según el doble sentido del oráculo,
con un grande imperio, pero acabó con el suyo. Ciro, luego que se le
presentaron, hizo levantar una grande pira, y mandó que le pusiesen
encima de ella cargado de prisiones, y a su lado catorce mancebos
lydios, ya fuese con ánimo de sacrificarlo a alguno de los dioses como
primicias de su botín, ya para concluir algún voto ofrecido, o quizá
habiendo oído decir que Creso era muy religioso, quería probar si
alguna deidad le libertaba de ser quemado vivo: de Creso cuentan que,
viéndose sobre la pira, todo el horror de su situación no pudo impedir
que le viniese a la memoria el dicho de Solón, que parecía ser para él
un aviso del cielo, de que nadie de los mortales en vida era feliz. Lo
mismo fue asaltarle este pensamiento, que como si volviera de un largo
desmayo exclamó por tres veces: -«¡Oh Solón!» con un profundo
suspiro. Oyéndolo el rey de Persia, mandó a los intérpretes le
preguntasen quién era aquel a quien invocaba. Pero él no desplegó sus
labios, hasta que forzado a responder, dijo: -«Es aquel que yo deseara
tratasen todos los soberanos de la tierra, más bien que poseer inmensos
tesoros.» Y como con estas expresiones vagas no satisficiera a los
intérpretes, le volvieron a preguntar, y él, viéndose apretado por las
voces y alboroto de los circunstantes, les dijo: que un tiempo el
ateniense Solón había venido a Sardes, y después de haber contemplado
toda su opulencia, sin hacer caso de ella le manifestó cuanto le estaba
pasando, y le dijo cosas que no sólo interesaban a él sino a todo el
género humano, y muy particularmente a aquellos que se consideran
felices. Entretanto la pira, prendida la llama en sus extremidades,
comenzaba a arder; pero Ciro luego que oyó a los intérpretes el
discurso de Creso, al punto mudó de resolución, reflexionando ser
hombre mortal, y no deber por lo mismo entregar a las llamas a otro
hombre, poco antes igual suyo en grandeza y prosperidad. Temió también
la venganza divina y la facilidad con que las cosas humanas se mudan y
trastornan. Poseído de estas ideas, manda inmediatamente apagar el
fuego y bajar a Creso de la hoguera y a los que con él estaban; pero
todo en vano, pues por más que lo procuraban, no podían vencer la furia
de las llamas.
LXXXVII. Entonces Creso, según refieren los lidios, viendo mudado en
su favor el ánimo de Ciro, y a todos los presentes haciendo inútiles
esfuerzos para extinguir el incendio, invocó en alta voz al dios Apolo,
pidiéndole que si alguna de sus ofrendas le había sido agradable, le
socorriese en aquel apuro y le libertase del desastrado fin que le
amenazaba. Apenas hizo llorando esta súplica, cuando a pesar de
hallarse el cielo sereno y claro, se aglomeraron de repente nubes, y
despidieron una lluvia copiosísima que dejó apagada la hoguera.
Persuadido Ciro por este prodigio de cuán amigo de los dioses era
Creso, y cuán bueno su carácter, hizo que le bajasen de la pira, y
luego le preguntó: -«Dime, Creso, ¿quién te indujo a emprender una
expedición contra mis estados, convirtiéndote de amigo en contrario
mío? -Esto lo hice, señor, respondió Creso, impelido de la fortuna, que
se te muestra favorable y a mí adversa. De todo tiene la culpa el dios
de los griegos, que me alucinó con esperanzas halagüeñas; porque,
¿quién hay tan necio que prefiera sin motivo la guerra a las dulzuras
de la paz? En esta los hijos dan sepultura a sus padres, y en aquella
son los padres quienes la dan a sus hijos. Pero todo debe haber
sucedido porque algún numen así lo quiso.»
LXXXVIII. Libre Creso de prisiones, le mandó Ciro sentar a su lado,
y le dio muestras del aprecio que hacía de su persona, mirándole él
mismo y los de su comitiva con pasmo y admiración. En tanto Creso
meditaba dentro de sí mismo sin hablar palabra, hasta que vueltos los
ojos a la ciudad de los lidios, y viendo que la estaban saqueando los
persas, -«Señor, dijo, quisiera saber si me es permitido hablar todo lo
que siento, o si es tu voluntad que calle por ahora.» Ciro le animó
para que dijese con libertad cuanto lo ocurría, y entonces Creso le
preguntó: -«¿En qué se ocupa con tanta diligencia esa muchedumbre de
gente?» Esos, respondió Ciro, están saqueando tu ciudad y repartiéndose
tus riquezas. -¡Ah no, replicó Creso, ni la ciudad es mía, ni tampoco
los tesoros que se malbaratan en ella! Todo te pertenece ya, y a ti es
propiamente a quien se despoja con esas rapiñas.»
LXXXIX. Este discurso hizo mella en el ánimo de Ciro, el cual mandó
retirar a los presentes, y consultó después a Creso lo que le parecía
deber hacer en semejante caso. «Puesto que los dioses, dijo Creso, me
han hecho prisionero y siervo tuyo, considero justo proponerte lo que
se me alcanza. Los persas son insolentes por carácter, y pobres además.
Si los dejas enriquecer con los despojos de la ciudad saqueada, es muy
natural que alguno de ellos, viéndose demasiado rico, se rebele contra
ti. Si te parece bien, coloca guardias en todas las puertas de la
ciudad con orden de quitar la presa a los saqueadores, dándoles por
razón ser absolutamente necesario ofrecerá Júpiter el diezmo de todos
esos bienes. De este modo no incurrirás en el odio de los soldados, los
cuales, viendo que obras con rectitud, obedecerán gustosos tu
determinación.»
XC. Alegróse Ciro de oír tales razones, que le parecieron muy
oportunas, las encareció sobremanera, y mandó a sus guardias ejecutasen
puntualmente lo que Creso le había indicado. Vuelto después a Creso, le
dijo: -«Tus acciones y tus palabras se muestran dignas de un ánimo
real; pídeme, pues, la gracia que quisieres, seguro de obtenerla al
momento. -Yo, señor, respondió, te quedaré muy agradecido si me das tú
permiso para que, regalando estos grillos al dios de los griegos, le
pueda preguntar si le parece justo engañar a los que lo sirven, y
burlarse de los que dedican ofrendas en su templo.» Ciro entonces quiso
saber cuál era el motivo de sus quejas, y Creso le dio razón de sus
designios, de la respuesta de los oráculos, y especialmente de sus
magníficos regalos, y de que había hecho la guerra contra los persas
inducido por predicciones lisonjeras; y volviendo a pedirle licencia
para dar en rostro con sus desgracias al dios que las había causado, le
dijo Ciro sonriéndose: -«Haz, Creso, lo que gustes, pues yo nada pienso
negarte.» Con este permiso envió luego a Delfos algunos lidios,
encargándoles pusiesen sus grillos en el umbral mismo del templo, y
preguntasen a Apolo si no se avergonzaba de haberle inducido con sus
oráculos a la guerra contra los persas, dándole a entender que con ella
daría fin al imperio de Ciro; y que presentando después sus grillos
como primicias de la guerra, le preguntasen también si los dioses
griegos tenían por ley el ser desagradecidos.
XCI. Los lidios, luego que llegaron a Delfos, hicieron lo que se los
había mandado, y se dice que recibieron esta respuesta de la Pitia:
-«Lo dispuesto por el hado no pueden evitarlo los dioses mismos. Creso
paga el delito que cometió su quinto abuelo, el cual, siendo guardia de
los Heráclidas, y dejándose llevar de la perfidia de una mujer, quitó
la vida a su monarca y se apoderó de un imperio que no le pertenecía.
El dios de Delfos ha procurado con ahínco que la ruina fatal de Sardes
no se verificase en daño de Creso, sino de alguno de sus hijos; pero no
le ha sido posible trastornar el curso de los hados. Sin embargo, sus
esfuerzos le han permitido retardar por tres años la conquista de
Sardes; y sepa Creso que ha sido hecho prisionero tres años después del
tiempo decretado por el destino. ¿Y a quién debe también el socorro que
recibió cuando iba a perecer en medio de las llamas? Por lo que hace al
oráculo, no tiene Creso razón de quejarse. Apolo lo predijo que si
hacía la guerra a los persas, arruinaría un grande imperio; y
cualquiera en su caso hubiera vuelto a preguntar de cuál de los dos
imperios se trataba, si del suyo o del de Ciro. Si no comprendió la
respuesta, si no quiso consultar segunda vez, échese la culpa a sí
mismo. Tampoco entendió ni trató de exterminar lo que en el postrer
oráculo se le dijo acerca del mulo, pues este mulo cabalmente era Ciro;
el cual nació de unos padres diferentes en raza y condición, siendo su
madre Meda, hija del rey de los medos Astiages, y superior en linaje a
su padre, que fue un persa, vasallo del rey de Media, y un hombre que
desde la más ínfima clase tuvo la dicha de subir al tálamo de su misma
señora.» Esta respuesta llevaron los lidios a Creso; el cual, informado
de ella, confesó que toda la culpa era suya, y no del dios Apolo. Esto
fue lo que sucedió acerca del imperio de Creso y de la primera
conquista de la Jonia.
XCII. Volviendo a los donativos de Creso, no solamente fueron
ofrendas suyas las que dejo referidas, sino otras muchas que hay en
Grecia. En Thebas de Beocia consagró un trípode de oro al dios Apolo
Ismenio, y en Éfeso las vacas de oro y la mayor parte de las columnas.
En el vestíbulo del templo de Delfos se ve un grande escudo de oro.
Muchos de estos donativos se conservan en nuestros días, si bien
algunos pocos han perecido ya. Según he oído decir, los dones que
ofreció Creso en Branchidas, del territorio de Mileto, son semejantes y
del mismo peso que los que dedicó en Delfos. Sin embargo, las ofrendas
hechas en Delfos y en el templo de Anfiarao, fueron de sus propios
bienes, y como primicias de la herencia paterna; pero los otros dones
pertenecieron a los bienes confiscados a un enemigo suyo, que antes de
subir Creso al trono había formado contra él un partido con el objeto
de que la corona recayese en Pantaleon, hijo también de Aliates, pero
no hermano uterino de Creso, pues éste había nacido de una madre
natural de la Caria, y aquél de otra natural de la Jonia. Cuando Creso
se vio en posesión del imperio, hizo morir al hombre que tanto lo había
resistido, despedazándole con los peines de hierro de un cardador, y
consagró del modo dicho los bienes ofrecidos de antemano a los dioses.
XCIII. La Lidia es una tierra que no ofrece a la historia maravillas
semejantes a las que ofrecen otros países, a no ser las arenillas de
oro provenientes del monte Tmolo; pero sí nos presenta un monumento,
obra la mayor de cuantas hay, después de las maravillas del mundo,
egipcias y babilonias. En ella existe el túmulo de Aliates, padre de
Creso, el cual tiene en la base unas grandes piedras, y lo demás es un
montón de tierra. La obra se hizo a costa de los vendedores de la plaza
y de los artesanos, ayudándoles también las muchachas. En este túmulo
se ven todavía cinco términos o cuerpos, en los cuales hay
inscripciones que indican la parte hecha por cada uno de aquellos
gremios, y según las medidas aparece ser mayor que las demás la parte
ejecutada por las mozas. Lo que no es de extrañar, porque ya se sabe
que todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con
la prostitución voluntaria, hasta tanto que se casan con un determinado
marido, que cada cual por sí misma se busca. El ámbito del túmulo es de
seis estadios y dos pletros o yugadas (50),
y la anchura de trece yugadas. Cerca de este sepulcro hay un gran lago
que llaman de Giges, y dicen los lidios que es de agua perenne.
XCIV. Los lidios se gobiernan por unas leyes muy parecidas a las de
los griegos, a excepción de la costumbre que hemos referido hablando de
sus hijas. Ellos fueron, al menos que sepamos, los primeros que
acuñaron para el uso público la moneda de oro y plata, los primeros que
tuvieron tabernas de vino y comestibles, y según ellos dicen, los
inventores de los juegos que se usan también en la Grecia, cuyo
descubrimiento nos cuentan haber hecho en aquel tiempo en que enviaron
sus colonias a Tirsenia (51);
y lo refieren de este modo. En el reinado de Atis el hijo de Manes, se
experimentó en toda la Lidia una gran carestía en víveres, que
toleraron algún tiempo con mucho trabajo; pero después, viendo que no
cesaba la calamidad, buscaron remedios contra ella, y discurrieron
varios entretenimientos. Entonces se inventaron los dados, las tabas,
la pelota y todos los otros juegos menos el ajedrez, pues la invención
de este último no se lo apropian los lidios (52):
como estos juegos los inventaron para divertir el hambre, pasaban un
día entero jugando, a fin de no pensar en comer, y al día siguiente
cuidaban de alimentarse, y con esta alternativa vivieron hasta
dieciocho años. Pero no cediendo el mal, antes bien agravándose cada
vez más, determinó el rey dividir en dos partes toda la nación, y echar
suertes para saber cuál de ellas se quedaría en el país y cuál saldría
fuera. Él se puso al frente de aquellos a quienes la suerte hiciese
quedar en su patria, y nombró por jefe de los que debían emigrar, a su
mismo hijo, que llevaba el nombre de Tyrseno. Estos últimos bajaron a
Esmirna, construyeron allí sus naves, y embarcando en ellas sus alhajas
y muebles transportables, navegaron en busca de sustento y morada,
hasta que pisando por varios pueblos llegaron a los umbros (53),
donde fundaron sus ciudades, en las cuales habitaron después. Allí los
lidios dejaron su nombre antiguo y tomaron otro derivado del que tenía
el hijo del rey que los condujo, llamándose por lo mismo Tyrsenos. En
suma, los lidios fueron reducidos a servidumbre por los persas.
XCV. Ahora exige la historia que digamos quién fue aquel Ciro que
arruinó el imperio de Creso; y también de qué manera los persas
vinieron a hacerse dueños del Asia. Sobre este punto voy a referirlas
cosas, no siguiendo a los persas, que quieren hacer alarde de las
hazañas de su héroe, sino a aquellos que las cuentan como real y
verdaderamente pasaron (54);
porque sé muy bien que la historia de Ciro suele referirse de tres
maneras más. reinando ya los asirios en el Asia superior por el espacio
de quinientos y veinte años, los medos empezaron los primeros a
sublevarse contra ellos, y como peleaban por su libertad, se mostraron
valerosos, y no pararon hasta que, sacudido el yugo de la servidumbre,
se hicieron independientes, cuyo ejemplo siguieron después otras
naciones.
XCVI. Libres, pues, todas las naciones del continente del Asia, y
gobernadas por sus propias leyes, volvieron otra vez a caer bajo un
dominio extraño. Hubo entre los medos un sabio político llamado
Dejoces, hijo de Fraortes, el cual aspirando al poder absoluto, empleó
este medio para conseguir sus deseos. Habitando a la sazón los medos en
diversos pueblos, Dejoces, conocido ya en el suyo por una persona
respetable, puso el mayor esmero en ostentar sentimientos de equidad y
justicia, y esto lo hacía en un tiempo en que la sinrazón y la licencia
dominaban en toda la Media. Sus paisanos, viendo su modo de proceder,
le nombraron por juez de sus disputas, en cuya decisión se manifestó
recto y justo, siempre con la idea de apoderarse del mando. Granjeóse
de esta manera una grande opinión, y extendiéndose por los otros
pueblos la fama de que solamente Dejoces administraba bien la justicia,
acudían a él gustosos a decidir sus pleitos todos los que habían
experimentado a su costa la iniquidad de los otros jueces, hasta que
por fin a ningún otro se confiaron ya los negocios.
XCVII. Pero creciendo cada día más el número de los concurrentes,
porque todos oían decir que allí se juzgaba con rectitud, y viendo
Dejoces que ya todo pendía de su arbitrio, no quiso sentarse más en el
lugar donde daba audiencia, y se negó absolutamente a ejercer el oficio
de juez, diciendo que no le convenía desatender a sus propios negocios
por ocuparse todo el día en el arreglo de los ajenos. Volviendo a
crecer más que anteriormente los hurtos y la injusticia, se juntaron
los medos en un congreso para deliberar sobre el estado presente de las
cosas. Según a mí me parece, los amigos de Dejoces hablaron en estos
bellos términos: -«Si continuamos así, es imposible habitar en este
país. Nombremos, pues, un rey para que le administre con buenas leyes y
podamos nosotros ocuparnos en nuestros negocios sin miedo de ser
oprimidos por la injusticia.» Persuadidos por este discurso, se
sometieron los medos a un rey.
XCVIII. Al punto mismo trataron de la persona que elegirían por
monarca, y no oyéndose otro nombre que el de Dejoces, a quien todos
proponían y elogiaban, quedó nombrado rey por aclamación del congreso.
Entonces mandó se le edificase un palacio digno de la majestad del
imperio, y se le diesen guardias para la custodia de su persona. Así lo
hicieron los medos, fabricando un palacio grande y fortificado en el
sitio que él señaló, y dejando a su arbitrio la elección de los
guardias entre todos sus nuevos vasallos. Después que se vio con el
mando los precisó a que fabricasen una ciudad, y que fortificándola y
adornándola bien, se pasasen a vivir en ella, cuidando menos de los
otros pueblos: obedeciéndole también en esto, construyeron los medos
unas murallas espaciosas y fuertes, que ahora se llaman Ecbatana (55),
tiradas todas circularmente y de manera que comprenden un cerco dentro
de otro. Toda la plaza está ideada de suerte que un cerco no se levanta
más que el otro, sino lo que sobresalen las almenas. A la perfección de
esta fabrica contribuyó no solo la naturaleza del sitio, que viene a
ser una colina redonda, sino más todavía el arte con que está
dispuesta, porque siendo siete los cercos, en el recinto del último se
halla colocado el palacio y el tesoro. La muralla exterior, que por
consiguiente es la más grande, viene a tener el mismo circuito que los
muros de Atenas (56). Las
almenas del primer cerco son blancas, las del segundo negras, las del
tercero rojas, las del cuarto azules y las del quinto amarillas, de
suerte que todas ellas se ven resplandecer con estos diferentes
colores; pero los dos últimos cercos muestran sus almenas el uno
plateadas y el otro doradas.
XCIX. Luego que Dejoces hubo hecho construir estas obras y
establecido su palacio, mandó que lo restante del pueblo habitase
alrededor de la muralla. Introdujo el primero el ceremonial de la
corte, mandando que nadie pudiese entrar donde está el rey, ni éste
fuese visto de persona alguna, sino que se tratase por medio de
internuncios establecidos al efecto. Si alguno por precisión se
encontraba en su presencia, no le era permitido escupir ni reírse, como
cosas indecentes. Todo esto se hacía con el objeto de precaver que
muchos medos de su misma edad, criados con él y en nada inferiores por
su valor y demás prendas, no mirasen con envidia su grandeza, y quizá
le pusiesen asechanzas. No viéndole era más fácil considerarle como un
hombre de naturaleza privilegiada.
C. Después que ordenó el aparato exterior de la majestad y se afirmó
en el mando supremo, se mostró recto y severo en la administración de
justicia. Los que tenían algún litigio o pretensión, lo ponían por
escrito y se lo remitían adentro por medio de los internuncios, que
volvían después a sacarlo con la sentencia o decisión correspondiente.
En lo demás del gobierno lo tenía todo bien arreglado; de suerte que si
llegaba a su noticia que alguno se desmandaba con alguna injusticia o
insolencia, le hacía llamar para castigarle según lo merecía la
gravedad del delito, a cuyo fin tenía distribuidos por todo el imperio
exploradores vigilantes que la diesen cuenta de lo que viesen y
escuchasen.
CI. Así que Dejoces fue quien unió en un cuerpo la sola nación meda,
cuyo gobierno obtuvo. La Media se componía de diferentes pueblos o
tribus, que son los busas, paretacenos, estrujates, arizantos, budios y
magos.
CII. El reinado de Dejoces duró cincuenta y tres años, y después de
su muerte le sucedió su hijo Frarotes, el cual, no contentándose con la
posesión de la Media, hizo una expedición contra los persas, que fueron
los primeros a quienes agregó a su Imperio. Viéndose dueño de dos
naciones, ambas fuertes y valerosas, fue conquistando una después de
otra todas las demás del Asia, hasta que llegó en una de sus
expediciones a los asirios, que habitaban en Nino (57).
Estos, habiendo sido un tiempo los príncipes de toda la Asiria, se
veían a la sazón desamparados de sus aliados, mas no por eso dejaban de
tener un estado floreciente. Fraortes, con una gran parte de su
ejército, pereció en la guerra que les hizo, después de haber reinado
veintidós años.
CIII. A Fraortes sucedió en el imperio Ciaxares, su hijo, y nieto de
Dejoces; de quien se dice que fue un príncipe mucho más valiente que
sus progenitores. Él fue el primero que dividió a los asiáticos en
provincias, y el primero que introdujo el orden y la separación en su
milicia, disponiendo que se formasen cuerpos de caballería, de lanceros
y de los que pelean con saetas, pues antes todos ellos iban al combate
mezclados y en confusión. Él fue también el que dio contra los lidios
aquella batalla memorable en que se convirtió el día en noche durante
la acción, y el que unió a sus dominios toda la parte de Asia que está
más allá del río Halis. Queriendo vengar la muerte de su padre, y
arruinar la ciudad de Nino, reunió todas las tropas de su Imperio y
marchó contra los asirios, a quienes venció en batalla campal; pero
cuando se hallaba sitiando la ciudad vino sobre él un grande ejército
de escitas, mandados por su rey, Madyes, hijo de Protóthiso, los cuales
habiendo echado de Europa a los Cimmerios y persiguiéndolos en su fuga,
se entraron por el Asia y vinieron a dar en la región de los medos.
CIV. Desde la laguna Meótide hasta el río Fasis y el país de colcos
habrá treinta días de camino, suponiendo que se trata de un viajero
expedito; pero desde la Cólquide hasta la Media no hay mucho que andar,
porque solamente se tiene que atravesar la nación de los Sapires. Los
escitas no vinieron por este camino, sino por otro más arriba y más
largo, dejando a su derecha el monte Cáucaso (58). Luego que dieron con los medos, los derrotaron completamente y se hicieron señores de toda el Asia.
CV. Desde allí se encaminaron al Egipto, y habiendo llegado a la
Siria Palestina, les salió a recibir Psamético, rey de Egipto, el cual
con súplicas y regalos logró de ellos que no pasasen adelante. A la
vuelta, cuando llegaron a Ascalona, ciudad de Siria, si bien la mayor
parte de los escitas pasó sin hacer daño alguno, con todo no faltaron
unos pocos rezagados que saquearon el templo de Venus Urania. Este
templo, según mis noticias, es el más antiguo de cuantos tiene aquella
diosa, pues los mismos naturales de Chipre confiesan haber sido hecho a
su imitación el que ellos tienen; y por otra parte los fenicios, pueblo
originario de la Siria, fabricaron el de Citeres. La diosa se vengó de
los profanadores de su templo enviándoles a ellos y a sus descendientes
cierta enfermedad mujeril. Así lo reconocen los escitas mismos; y todos
los que van a la Escitia ven por sus ojos el mal que padecen aquellos a
quienes los naturales llaman Enareas.
CVI. Los escitas dominaron en el Asia por espacio de veintiocho
años, en cuyo tiempo se destruyó todo, parte por la violencia y parte
por el descuido; porque además de los tributos ordinarios, exigían los
impuestos que les acomodaba, y robaban en sus correrías cuanto poseían
los particulares. Pero la mayor parte de los escitas acabaron a manos
de Ciaxares y de sus medos, los cuales en un convite que les dieron,
viéndolos embriagados, los pasaron al filo de la espada. De esta manera
recobraron los medos el Imperio, y volvieron a tener bajo su dominio
las mismas naciones que antes. Tomando después la ciudad de Nino, del
modo que referiré en otra obra (59),
sujetaron también a los asirios, a excepción de la provincia de
Babilonia. Murió, por último, Ciaxares, habiendo reinado cuarenta años,
inclusos aquellos en que mandaron los escitas.
CVII. Sucedióle en el trono su hijo Astiages, que tuvo una hija
llamada Mandane. A este monarca le pareció ver en sueño que su hija
despedía tanta orina, que no solamente llenaba con ella la ciudad, sino
que inundaba toda el Asia. Dio cuenta de la visión a los magos,
intérpretes de los sueños, e instruido de lo que el suyo significaba,
concibió tales sospechas que, cuando Mandane llegó a una edad
proporcionada para el matrimonio, no quiso darla por esposa a ninguno
de los Medes dignos de emparentar con él, sino que la casó con un
cierto persa llamado Cambises, a quien consideraba hombre de buena
familia y de carácter pacífico, pero muy inferior a cualquiera medo de
mediana condición.
CVIII. Viviendo ya Mandane en compañía de Cambises, su marido,
volvió Astiages en aquel primer año a tener otra visión, en la cual le
pareció que del centro del cuerpo de su hija salía una parra que cubría
con su sombra toda el Asia. Habiendo participado este nuevo sueño a los
mismos adivinos, hizo venir de Persia a su hija, que estaba ya en los
últimos días de su embarazo, y le puso guardias con el objeto de matar
a la prole que diese a luz, por haberle manifestado los intérpretes que
aquella criatura estaba destinada a reinar en su lugar. Queriendo
Astiages impedir que la predicción se realizase, luego que nació Ciro,
llamó a Hárpago, uno de sus familiares, el más fiel de los medos, y el
ministro encargado de todos sus negocios, y cuando le tuvo en su
presencia le habló de esta manera: «Mira, no descuides, Hárpago, el
asunto que te encomiendo. Ejecútalo puntualmente, no sea que por
consideración a otros, me faltes a mí y vaya por último a descargar el
golpe sobre tu cabeza. Toma el niño que Mandane ha dado a luz, llévale
a tu casa y mátale, sepultándole después como mejor te parezca.»
«Nunca, señor, respondió Hárpago, habréis observado en vuestro siervo
nada que pueda disgustarlos; en lo sucesivo yo me guardaré bien de
faltar a lo que os debo. Si vuestra voluntad es que la cosa se haga, a
nadie conviene tanto como a mí el ejecutarla puntualmente.»
CIX. Hárpago dio esta respuesta, y cuando le entregaron el niño,
ricamente vestido, para llevarle a la muerte, se fue llorando a su casa
y comunicó a su mujer lo que con Astiages le había pasado. «Y ¿qué
piensas hacer?» le dijo ella. «¿Que pienso hacer? respondió el marido.
Aunque Astiages se ponga más furioso de lo que ya está, nunca le
obedeceré en una cosa tan horrible como dar la muerte a su nieto. Tengo
para obrar así muchos motivos. Además de ser este niño mi pariente,
Astiages es ya viejo, no tiene sucesión varonil, y la corona debe pasar
después de su muerto a Mandane, cuyo hijo me ordena sacrificar a sus
ambiciosos recelos. ¿Qué me restan sino peligros por todas partes? Mi
seguridad exige ciertamente que este niño perezca; pero conviene que
sea el matador alguno de la familia de Astiages y no de la mía.»
CX. Dicho esto, envió sin dilación un propio a uno de los pastores
del ganado vacuno de Astiages, de quien sabía que apacentaba sus
rebaños en abundantísimos pastos, dentro de unas montañas pobladas de
fieras. Este vaquero, cuyo nombre era Mitradates, cohabitaba con una
mujer, consierva suya, que en lengua de la Media se llamaba Espaco y en
la de la Grecia debería llamarse Cino (60), pues los medos a la perra la llaman espaca.
Las faldas de los montes donde aquel mayoral tenía sus praderas, vienen
a caer al Norte de Ecbatana por la parte que mira al ponto Euxino, y
confina con los Sapires. Este país es sobremanera montuoso, muy elevado
y lleno de bosques, siendo lo restante de la Media una continuada
llanura. Vino el pastor con la mayor presteza y diligencia, y Hárpago
le habló de esto modo: -«Astiages te manda tomar este niño y
abandonarlo en el paraje más desierto de tus montañas, para que perezca
lo más pronto posible. Tengo orden para decirte de su parte, que si
dejares de matarle, o por cualquiera vía escapare el niño de la muerte,
serás tú quien la sufra en el más horrible suplicio; y yo mismo estoy
encargado de ver por mis ojos la exposición del infante.»
CXI. Recibida esta comisión, tomó Mitradates el niño, y por el mismo
camino que trajo volvióse a su cabaña. Cuando partió para la ciudad, se
hallaba su mujer todo el día con dolores da parto, y quiso la buena
suerte que diese a luz un niño. Durante la ausencia estaban los dos
llenos de zozobra el uno por el otro; el marido solícito por el parto
de su mujer, y ésta recelosa porque, fuera de toda costumbre, Hárpago
había llamado a su marido. Así, pues, que le vio comparecer ya de
vuelta, y no esperándole tan pronto, le preguntó el motivo de haber
sido llamado con tanta prisa por Hárpago. -«¡Ah mujer mía! respondió el
pastor; cuando llegué a la ciudad vi y oí cosas que pluguiese al cielo
jamás hubiese visto ni oído, y que nunca ellas pudiesen suceder a
nuestros amos. La casa de Hárpago estaba sumergida en llanto; entro
asustado en ella, y me veo en medio a un niño recién nacido, que con
vestidos de oro y de varios colores palpitaba y lloraba. Luego que
Hárpago me ve, al punto me ordena que, tomando aquel niño, me vaya con
él y le exponga en aquella parte de los montes donde más abunden las
fieras; diciéndome que Astiages era quien lo mandaba, y dirigiéndome
las mayores amenazas si no lo cumplía. Tomo el niño, y me vengo con él,
imaginando sería de alguno de sus domésticos, y sin sospechar su
verdadero linaje. Sin embargo, me pasmaba de verle ataviado con oro y
preciosos vestidos, y de que por él hubiese tanto lloro en la casa.
Pero bien presto supe en el camino de boca de un criado, que
conduciéndome fuera de la ciudad puso en mis brazos el niño, que éste
era hijo de la princesa Mandane y de Cambises. Tal es, mujer, toda la
historia, y aquí tienes el niño.»
CXII. Diciendo esto, le descubre y enseña a su mujer, la cual,
viéndole tan robusto y hermoso, se echa a los pies de su marido, abraza
sus rodillas, y anegada en lágrimas, le ruega encarecidamente que por
ningún motivo piense en exponerle. Su marido responde que no puede
menos de hacerlo así, porque vendrían espías de parte de Hárpago para
verle, y él mismo perecería desastradamente si no lo ejecutaba. La
mujer, entonces, no pudiendo vencer a su marido, le dice de nuevo: -«Ya
que es indispensable que le vean expuesto, haz por lo menos lo que voy
a decirte. Sabe que yo también he parido, y que fue un niño muerto. A
éste le puedes exponer, y nosotros criaremos el de la hija de Astiages
como si fuese nuestro. Así no corres el peligro de ser castigado por
desobediente al rey, ni tendremos después que arrepentirnos de nuestra
mala resolución. El muerto además logrará de este modo una sepultura
regia, y este otro que existe conservará su vida.»
CXIII. Parecióle al pastor que, según las circunstancias presentes,
hablaba muy bien su mujer, y sin esperar más hizo lo que ella le
proponía. Le entregó, pues, el niño que tenía condenado a muerte, tomó
el suyo difunto y lo metió en la misma canasta en que acababa de venir
el otro, adornándole con todas sus galas; y después se fue con él y le
dejó expuesto en lo más solitario del monte. Al tercer día se marchó el
vaquero a la ciudad, habiendo dejado en su lugar por centinela a uno de
sus zagales, y llegando a casa de Hárpago le dijo que estaba pronto a
enseñarle el cadáver de aquella criatura. Hárpago envió al monte
algunos de sus guardias, los que entre todos tenía por más fieles, y
cerciorado del hecho dio sepultura al hijo del pastor. El otro niño, a
quien con el tiempo se dio el nombre de Ciro, luego que le hubo tomado
la pastora fue criado por ella, poniéndole un nombre cualquiera, pero
no el de Ciro.
CXIV. Cuando llegó a los diez años, una casualidad hizo que se
descubriese quién era. En aquella aldea donde estaban los rebaños,
sucedió que Ciro se pusiese a jugar en la calle con otros muchachos de
su edad. Estos en el juego escogieron por rey al hijo del pastor de
vacas. En virtud de su nueva dignidad, mandó a unos que le fabricasen
su palacio real, eligió a otros para que le sirviesen de guardias,
nombró a éste inspector, ministro (o como se decía entonces ojo del rey),
hizo al otro su gentilhombre para que le entrase los recados, y, por
fin, a cada uno distribuyó su empleo. Jugaba con los otros muchachos
uno que era hijo de Artémbares, hombre principal entre los medos, y
como este niño no obedeciese a lo que Ciro le mandaba, dio orden a los
otros para que le prendiesen, obedecieron ellos y le mandó Ciro azotar,
no de burlas, sino ásperamente. El muchacho, llevado muy a mal aquel
tratamiento, que consideraba indigno de su persona, luego que se vio
suelto se fue a la ciudad, y se quejó amargamente a su padre de lo que
con él había ejecutado Ciro, no llamándole Ciro (que no era todavía
este su nombre), sino aquel muchacho, hijo del vaquero de Astiages.
Enfurecido Artémbares, fuese a ver al rey, llevando consigo a su hijo,
y lamentándose del atroz insulto que se les había hecho. -«Mirad,
señor, decía, cómo nos ha tratado el hijo del vaquero, vuestro
esclavo;» y al decir esto, descubría las espaldas lastimadas de su hijo.
CXV. Astiages, que tal oía y veía, queriendo vengar la insolencia
usada con aquel niño y volver por el honor ultrajado de su padre, hizo
comparecer en su presencia al vaquero, juntamente con su hijo. Luego
que ambos se presentaron, vueltos los ojos a Ciro, le dice Astiages:
-«¿Cómo tú, siendo hijo de quien eres, has tenido la osadía de tratar
con tanta insolencia y crueldad a este mancebo, que sabías ser hijo de
una persona de las primeras de mi corte? -Yo, señor, le responde Ciro,
tuve razón en lo que hice; porque habéis de saber que los muchachos de
la aldea, siendo ese uno de ellos, se concertaron jugando en que yo
fuese su rey, pareciéndoles que era yo el que más merecía serlo por mis
prendas. Todos lo otros niños obedecían puntualmente mis órdenes; solo
éste era el que sin hacerme caso, no quería obedecer, hasta que por
último recibió la pena merecida. Si por ello soy yo también digno de
castigo, aquí me tenéis dispuesto a todo.»
CXVI. Mientras Ciro hablaba de esta suerte, quiso reconocerle
Astiages, pareciéndole que las facciones de su rostro eran semejantes a
las suyas, que se descubría en sus ademanes cierto aire de nobleza, y
que el tiempo en que le mandó exponer convenía perfectamente con la
edad de aquel muchacho. Embebido en estas ideas, estuvo largo rato sin
hablar palabra, hasta que, vuelto en sí, trató de despedir a
Artémbares, con la mira de coger a solas al pastor y obligarle a
confesar la verdad. Al efecto lo dijo: -Artémbares, queda a mi cuidado
hacer cuanto convenga para que tu hijo no tenga motivo de quejarse por
el insulto que se le hizo.» Y luego los despidió, y al mismo tiempo los
criados, por orden suya, se llevaron adentro a Ciro. Solo con el
vaquero, lo preguntó de dónde había recibido aquel muchacho, y quién se
lo había entregado. Contestando el otro que era hijo suyo, y que la
mujer de quien lo había tenido habitaba con él en la misma cabaña,
volvió a decirle Astiages que mirase por si y no se quisiese exponer a
los rigores del tormento; y haciendo a los guardias una seña para que
se echasen sobre él, tuvo miedo el pastor y descubrió toda la verdad
del hecho desde su principio, acogiéndose por último a las súplicas y
pidiéndole humildemente que le perdonase.
CXVII. Astiages, después de esta declaración, se mostró menos
irritado con el vaquero, dirigiendo toda su cólera contra Hárpago, a
quien hizo llamar inmediatamente por medio de sus guardias. Luego que
vino le habló así: -«Dime, Hárpago, ¿con qué género de muerte hiciste
perecer al niño de mi hija, que puse en tus manos?» Como Hárpago viese
que estaba allí el pastor, temiendo ser cogido si caminaba por la senda
de la mentira, dijo sin rodeos: «Luego, señor, que recibí el niño, me
puse a pensar cómo podría ejecutar vuestras órdenes sin incurrir en
vuestra indignación, y sin ser yo mismo el matador del hijo de la
Princesa. ¿Qué hice, pues? Llamé a este vaquero, y entregándole la
criatura, le dijo que vos mandabais que la hiciese morir; y en esto
seguramente dije la verdad. Dile orden para que la expusiese en lo más
solitario del monte, y que no la perdiese de vista en tanto que
respirase, amenazándole con los mayores suplicios si no lo ejecutaba
puntualmente. Cuando me dio noticia de la muerte del niño, envié los
eunucos de más confianza para quedar seguro del hecho y para que le
diesen sepultura. Ved aquí, señor, la verdad y el modo cómo pereció el
niño.»
CXVIII. Disimulando Astiages el enojo de que se hallaba poseído, le
refirió primeramente lo que el vaquero le había contado, y concluyó
diciendo, que puesto que el niño vivía lo daba todo por bien hecho;
«porque a la verdad, añadió, me pesaba en extremo lo que había mandado
ejecutar con aquella criatura inocente, y no podía sufrir la idea de la
ofensa cometida contra mi hija. Pero ya que la fortuna se ha convertido
de mala en buena, quiero que envíes a tu hijo para que haga com