Libro I: Clío - Libro II: Euterpe - Libro III: Talía -
Libro IV: Melpómene - Libro V: Terpsícore - Libro VI: Erato -
Libro VII: Polimnia - Libro VIII: Urania
Libro IX: Calíope
Libro I. Rapto de Io, Europa, Medea y Helena. Expedición de
los griegos contra Troya. - El imperio de los Heráclidas pasa a manos
de Giges. - Su descendencia: Ardis, Sadiates, Aliates. - Guerra contra
los de Mileto. - Fábula de Arión. - Creso conquista algunos pueblos de
Grecia, despide a Solón de su corte y es castigado con la muerte de su
hijo. Consulta a los oráculos sobre la guerra de Persia, y envía dones
a Delfos. Deseando aliarse con el imperio más poderoso de Grecia,
vacila entre los atenienses y lacedemonios. - Estado de ambas naciones,
dominada la primera por el tirano Pisístrato, y la segunda en guerra
con los de Tegea. - Decídese Creso por los lacedemonios; hace alianza
con ellos y marcha en seguida contra los persas: pasa el río Halis,
pelea con Ciro en Pteria y se retira a Sardes, donde sitiado, y en
breve prisionero de los persas, se libera de la muerte milagrosamente.
- Respuesta del oráculo a sus increpaciones. - Costumbres, historia y
monumentos de los lidios. Origen del imperio de los medos. - Política
de Dejoces para subir al poder: su descendencia: Fraortes, Ciaxares,
Astiages. Aventuras de Ciro durante su niñez, su abandono,
reconocimiento y venganza contra Astiages, a quien destrona, haciendo
triunfar a los persas de los medos. - Religión de los persas, sus leyes
y costumbres. - Guerra de Ciro contra los jonios, historia de éstos y
preparativos para resistirle. - Sublevación de los lidios contra Ciro
instigados por Pactias. – Derrota y conquista de los jonios y otros
pueblos de Grecia por Harpago, entretanto que Ciro sujeta a Asia
superior, y en especial la Asiria. - Descripción de Babilonia, asedio y
toma aquella ciudad. Costumbres de los babilonios. - Desea Ciro
conquistar a los masagetas: rehusando Tomiris, su reina, casarse con
él, toma pretexto de esta repulsa para invadir el país, y después de
una victoria parcial es vencido y muerto.
La publicación (3) que
Herodoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige
principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria
de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes
y maravillosas hazañas, así de los griegos, como de los bárbaros (4).
Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes,
y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron
mutuamente los unos a los otros.LOS NUEVE LIBROS DE LA HISTORIA
Les recomiendo la fuente origen sobre: Herodoto y Bartolomé Pou, el Traductor.>>ebooksbrasil
Herodoto de Halicarnaso
Clío. (2)
I. La gente más culta de Persia y mejor instruida en la historia,
pretende que los fenicios fueron los autores primitivos de todas las
discordias que se suscitaron entro los griegos y las demás naciones.
Habiendo aquellos venido del mar Eritreo (5)
al nuestro, se establecieron en la misma región que hoy ocupan, y se
dieron desde luego al comercio en sus largas navegaciones. Cargadas sus
naves de géneros propios del Egipto y de la Asiria, uno de los muchos y
diferentes lugares donde aportaron traficando fue la ciudad de Argos (6), la principal y más sobresaliente de todas las que tenía entonces aquella región que ahora llamamos Helada (7).
Los negociantes fenicios, desembarcando sus mercaderías, las expusieron
con orden a pública venta. Entre las mujeres que en gran número
concurrieron a la playa, fue una la joven Io (8),
hija de Inacho, rey de Argos, a la cual dan los persas el mismo nombre
que los griegos. Al quinto o sexto día de la llegada de los
extranjeros, despachada la mayor parte de sus géneros y hallándose las
mujeres cercanas a la popa, después de haber comprado cada una lo que
más excitaba sus deseos, concibieron y ejecutaron los fenicios el
pensamiento de robarlas. En efecto, exhortándose unos a otros,
arremetieron contra todas ellas, y si bien la mayor parte se les pudo
escapar, no cupo esta suerte a la princesa, que arrebatada con otras,
fue metida en la nave y llevada después al Egipto, para donde se
hicieron luego a la vela.
II. Así dicen los persas que lo fue conducida al Egipto, no como nos lo cuentan los griegos (9),
y que este fue el principio de los atentados públicos entre asiáticos y
europeos, mas que después ciertos griegos (serían a la cuenta los
Cretenses, puesto que no saben decirnos su nombre), habiendo aportado a
Tiro en las costas de Fenicia, arrebataron a aquel príncipe una hija,
por nombre Europa (10),
pagando a los fenicios la injuria recibida con otra equivalente. Añaden
también que no satisfechos los griegos con este desafuero, cometieron
algunos años después otro semejante; porque habiendo navegado en una
nave larga (11) hasta el río
Fasis, llegaron a Ea en la Cólquide, donde después de haber conseguido
el objeto principal de su viaje, robaron al rey de Colcos una hija,
llamada Medea (12). Su
padre, por medio de un heraldo que envió a Grecia, pidió, juntamente
con la satisfacción del rapto, que le fuese restituida su hija; pero
los griegos contestaron, que ya que los asiáticos no se la dieran antes
por el robo de Io, tampoco la darían ellos por el de Medea.
III. Refieren, además, que en la segunda edad (13)
que siguió a estos agravios, fue cometido otro igual por Alejandro, uno
de los hijos de Príamo. La fama de los raptos anteriores, que habían
quedado impunes, inspiró a aquel joven el capricho de poseer también
alguna mujer ilustre robada de la Grecia, creyendo sin duda que no
tendría que dar por esta injuria la menor satisfacción. En efecto, robó
a Helena (14), y los griegos
acordaron enviar luego embajadores a pedir su restitución y que se les
pagase la pena del rapto. Los embajadores declararon la comisión que
traían, y se les dio por respuesta, echándoles en cara el robo de
Medea, que era muy extraño que no habiendo los griegos por su parte
satisfecho la injuria anterior, ni restituido la presa, se atreviesen a
pretender de nadie la debida satisfacción para sí mismos.
IV. Hasta aquí, pues, según dicen los persas, no hubo más
hostilidades que las de estos raptos mutuos, siendo los griegos los que
tuvieron la culpa de que en lo sucesivo se encendiese la discordia, por
haber empezado sus expediciones contra el Asia primero que pensasen los
persas en hacerlas contra la Europa. En su opinión, esto de robar las
mujeres es a la verdad una cosa que repugna a las reglas de la
justicia; pero también es poco conforme a la cultura y civilización el
tomar con tanto empeño la venganza por ellas, y por el contrario, el no
hacer ningún caso de las arrebatadas, es propio de gente cuerda y
política, porque bien claro está que si ellas no lo quisiesen de veras
nunca hubieran sido robadas. Por esta razón, añaden los persas, los
pueblos del Asia miraron siempre con mucha frialdad estos raptos
mujeriles, muy al revés de los griegos, quienes por una hembra
lacedemonia juntaron un ejército numerosísimo, y pasando al Asia
destruyeron el reino de Príamo (15);
época fatal del odio con que miraron ellos después por enemigo perpetuo
al nombre griego. Lo que no tiene duda es que al Asia y a las naciones
bárbaras que la pueblan, las miran los persas como cosa propia suya,
reputando a toda la Europa, y con mucha particularidad a la Grecia,
como una región separada de su dominio.
V. Así pasaron las cosas, según refieren los persas, los cuales
están persuadidos de que el origen del odio y enemistad para con los
griegos les vino de la toma de Troya. Mas, por lo que hace al robo de
Io, no van con ellos acordes los fenicios, porque éstos niegan haberla
conducido al Egipto por vía de rapto, y antes bien, pretenden que la
joven griega, de resultas de un trato nimiamente familiar con el patrón
de la nave; como se viese con el tiempo próxima a ser madre, por el
rubor que tuvo de revelará sus padres su debilidad, prefirió
voluntariamente partirse con los fenicios, a da de evitar de este modo
su pública deshonra. Sea de esto lo que se quiera, así nos lo cuentan
al menos los persas y fenicios, y no me meteré yo a decidir entre
ellos, inquiriendo si la cosa pasó de este o del otro modo. Lo que sí
haré, puesto que según noticias he indicado ya quién fue el primero que
injurió a los griegos, será llevar adelante mi historia, y discurrir
del mismo modo por los sucesos de los estados grandes y pequeños, visto
que muchos, que antiguamente fueron grandes, han venido después a ser
bien pequeños, y que, al contrario, fueron antes pequeños los que se
han elevado en nuestros días a la mayor grandeza. Persuadido, pues, de
la instabilidad del poder humano, y de que las cosas de los hombres
nunca permanecen constantes en el mismo ser, próspero ni adverso, hará,
como digo, mención igualmente de unos estados y de otros, grandes y
pequeños.
VI. Creso, de nación lydio e hijo de Aliates, fue señor o tirano (16)
de aquellas gentes que habitan de esta parte del Halis, que es un río,
el cual corriendo de Mediodía a Norte y pasando por entre los, Sirios y
Paflagonios, va a desembocar en el ponto que llaman Euxino. Este Creso
fue, a lo que yo alcanzo, el primero entre los bárbaros que conquistó
algunos pueblos de los griegos, haciéndolos sus tributarios, y el
primero también que se ganó a otros de la misma nación y los tuvo por
amigos. Conquistó a los jonios, a los eolios y a los dorios, pueblos
todos del Asia menor, y ganóse por amigos a los lacedemonios. Antes de
su reinado los griegos eran todos unos pueblos libres o independientes,
puesto que la invasión que los Cimmerios (17)
hicieron anteriormente en la Jonia fue tan solo una correría de puro
pillaje, sin que se llegasen a apoderar de los puntos fortificados, ni
a enseñorearse del país.
VII. El imperio que antes era de los Heráclidas, pasó a la familia
de Creso, descendiente de los Mérmnadas, del modo que voy a decir.
Candaules, hijo de Myrso, a quien por eso dan los griegos el nombre de
Myrsilo, fue el último soberano de la familia de los Heráclidas que
reinó en Sardes, habiendo sido el primero Argon, hijo de Nino, nieto de
Belo y biznieto de Alceo el hijo de Hércules. Los que reinaban en el
país antes de Argon, eran descendientes de Lydo, el hijo de Atis; y por
esta causa todo aquel pueblo, que primero se llamaba Meon, vino después
a llamarse lidio. El que los Heráclidas descendientes de Hércules y de
una esclava de Yardano se quedasen con el mando que hablan recibido en
depósito de mano del último sucesor de los descendientes de Lydo, no
fue sino en virtud y por orden de un oráculo. Los Heráclidas reinaron
en aquel pueblo por espacio de quinientos cinco años, con la sucesión
de veintidós generaciones, tiempo en que fue siempre pasando la corona
de padres a hijos, hasta que por último se ciñeron con ella las sienes
de Candaules.
VIII. Este monarca perdió la corona y la vida por un capricho
singular. Enamorado sobremanera de su esposa, y creyendo poseer la
mujer más hermosa del mundo, tomó una resolución a la verdad bien
impertinente. Tenía entre sus guardias un privado de toda su confianza
llamado Giges, hijo de Dáscylo, con quien solía comunicar los negocios
más serios de estado. Un día, muy de propósito se puso a encarecerle y
levantar hasta las estrellas la belleza extremada de su mujer, y no
pasó mucho tiempo sin que el apasionado Candaules (como que estaba
decretada por el cielo su fatal ruina) hablase otra vez a Giges en
estos términos (18): -«Veo,
amigo, que por más que te lo pondero, no quedas bien persuadido de cuán
hermosa es mi mujer, y conozco que entre los hombres se da menos
crédito a los oídos que a los ojos. Pues bien, yo haré de modo que ella
se presente a tu vista con todas sus gracias, tal corno Dios la hizo.»
Al oír esto Giges, exclama lleno de sorpresa: -«¿Qué discurso, señor,
es este, tan poco cuerdo y tan desacertado? ¿me mandaréis por ventura
que ponga los ojos en mi Soberana? No, señor; que la mujer que se
despoja una vez de su vestido, se despoja con él de su recato y de su
honor. Y bien sabéis que entre las leyes que introdujo el decoro
público, y por las cuales nos debemos conducir, hay una que prescribe
que, contento cada uno con lo suyo, no ponga los ojos en lo ajeno. Creo
fijamente que la reina es tan perfecta como me la pintáis, la más
hermosa del mundo; y yo os pido encarecidamente que no exijáis de mí
una cosa tan fuera de razón.»
IX. Con tales expresiones se resistía Giges, horrorizado de las
consecuencias que el asunto pudiera tener; pero Candaules replicóle
así: -«Anímate, amigo, y de nadie tengas recelo. No imagines que yo
trate de hacer prueba de tu fidelidad y buena correspondencia, ni
tampoco temas que mi mujer pueda causarte daño alguno, porque yo lo
dispondré todo de manera que ni aun sospeche haber sido vista por ti.
Yo mismo te llevaré al cuarto en que dormimos, te ocultaré detrás de la
puerta, que estará abierta. No tardará mi mujer en venir a desnudarse,
y en una gran silla, que hay inmediata a la puerta, irá poniendo uno
por uno sus vestidos, dándote entre tanto lugar para que la mires muy
despacio y a toda tu satisfacción. Luego que ella desde su asiento
volviéndote las espaldas se venga conmigo a la cama, podrás tú
escaparte silenciosamente y sin que te vea salir.»
X. Viendo, pues, Giges que ya no podía huir del precepto, se mostró
pronto a obedecer. Cuando Candaules juzga que ya es hora de irse a
dormir, lleva consigo a Giges a su mismo cuarto, y bien presto
comparece la reina. Giges, al tiempo que ella entra y cuando va dejando
después despacio sus vestidos, la contempla y la admira, hasta que
vueltas las espaldas se dirige hacia la cama. Entonces se sale fuera,
pero no tan a escondidas que ella no le eche de ver. Instruida de lo
ejecutado por su marido, reprime la voz sin mostrarse avergonzada, y
hace como que no repara en ello (19);
pero se resuelve desde el momento mismo a vengarse de Candaules, porque
no solamente entre los lidios, sino entre casi todos los bárbaros, se
tiene por grande infamia el que un hombre se deje ver desnudo, cuanto
más una mujer.
XI. Entretanto, pues, sin darse por entendida, estúvose toda la
noche quieta y sosegada; pero al amanecer del otro día, previniendo a
ciertos criados, que sabía eran los más leales y adictos a su persona,
hizo llamar a Giges, el cual vino inmediatamente sin la menor sospecha
de que la reina hubiese descubierto nada de cuanto la noche antes había
pasado, porque bien a menudo solía presentarse siendo llamado de orden
suya. Luego que llegó, le habló de esta manera: -«No hay remedio,
Giges; es preciso que escojas, en los dos partidos que voy a
proponerte, el que más quieras seguir. Una de dos: o me has de recibir
por tu mujer, y apoderarte del imperio de los lidios, dando muerte a
Candaules, o será preciso que aquí mismo mueras al momento, no sea que
en lo sucesivo le obedezcas ciegamente y vuelvas a contemplar lo que no
te es lícito ver. No hay más alternativa que esta; es forzoso que muera
quien tal ordenó, o aquel que, violando la majestad y el decoro, puso
en mí los ojos estando desnuda.» Atónito Giges, estuvo largo rato sin
responder, y luego la suplicó del modo más enérgico no quisiese
obligarle por la fuerza a escoger ninguno de los dos extremos. Pero
viendo que era imposible disuadirla, y que se hallaba realmente en el
terrible trance o de dar la muerte por su mano a su señor, o de
recibirla él mismo de mano servil, quiso más matar que morir, y la
preguntó de nuevo: -«Decidme, señora, ya que me obligáis contra toda mi
voluntad a dar la muerte a vuestro esposo, ¿cómo podremos acometerle?
-¿Cómo? le responde ella, en el mismo sitio que me prostituyó desnuda a
tus ojos; allí quiero que le sorprendas dormido.»
XII. Concertados así los dos y venida que fue la noche, Giges, a
quien durante el día no se le perdió nunca de vista, ni se le dio lugar
para salir de aquel apuro, obligado sin remedio a matar a Candaules o
morir, sigue tras de la reina, que le conduce a su aposento, le pone la
daga en la mano, y le oculta detrás de la misma puerta. Saliendo de
allí Giges, acomete y mata a Candaules dormido; con lo cual se apodera
de su mujer y del reino juntamente: suceso de que Arquíloco pario,
poeta contemporáneo, hizo mención en sus yambos trímetros (20).
XIII. Apoderado así Giges del reino, fue confirmado en su posesión
por el oráculo de Delfos. Porque como los lydios, haciendo grandísimo
duelo del suceso trágico de Candaules, tomasen las armas para su
venganza, juntáronse con ellos en un congreso los partidarios de Giges,
y quedó convenido que si el oráculo declaraba que Giges fuese rey de
los lidios, reinase en hora buena, pera si no, que se restituyese el
mando a los Heráclidas. El oráculo otorgó a Giges el reino, en el cual
se consolidó pacíficamente, si bien no dejó la Pitia (21)
de añadir, que se reservaba a los Heráclidas su satisfacción y
venganza, la cual alcanzaría al quinto descendiente de Giges; vaticinio
de que ni los lidios ni los mismos reyes después hicieron caso alguno,
hasta que con el tiempo se viera realizado.
XIV. De esta manera, vuelvo a decir, tuvieron los Mermnadas el cetro
que quitaron a los Heráclidas. El nuevo soberano se mostró generoso en
los regalos que envió a Delfos; pues fueron muchísimas ofrendas de
plata, que consagró en aquel templo con otras de oro, entre las cuales
merecen particular atención y memoria seis pilas o tazas grandes de oro
macizo del peso de treinta talentos (22),
que se conservan todavía en el tesoro de los corintios; bien que,
hablando con rigor, no es este tesoro de la comunidad de los corintios,
sino de Cipselo el hijo de Eetion. De todos los bárbaros, al lo menos
que yo sepa, fue Giges el primero que después de Midas, rey de la
Frigia e hijo de Gordias, dedicó sus ofrendas en el templo de Delfos,
habiendo Midas ofrecido antes allí mismo su trono real (pieza
verdaderamente bella y digna de ser vista), donde sentado juzgaba en
público las causas de sus vasallos, el cual se muestra todavía en el
mismo lugar en que las grandes tazas de Giges. Todo este oro y plata
que ofreció el rey de Lidia es conocido bajo el nombre de las ofrendas gygadas,
aludiendo al de quien las regaló. Apoderado del mando este monarca,
hizo una expedición contra Mileto, otra contra Esmirna, y otra contra
Colofon, cuya última plaza tomó a viva fuerza. Pero ya que en el largo
espacio de treinta y ocho años que duró su reinado ninguna otra hazaña
hizo de valor, contentos nosotros con lo que llevamos referido, lo
dejaremos aquí.
XV. Su hijo y sucesor Ardys rindió con las armas a Prinea, y pasó
con sus tropas contra Mileto. Durante su reinado, los Cimmerios (23),
viéndose arrojar de sus casas y asientos por los escitas nómades,
pasaron al Asia menor, y rindieron con las armas a la ciudad de Sardes,
si bien no llegaron a tomar la ciudadela.
XVI. Después de haber reinado Ardys cuarenta y nueve años, tomó el
mando su hijo Sadyates, que lo disfrutó doce, y lo dejó a Aliates. Este
hizo la guerra a Ciaxares, uno de los descendientes de Dejoces, y al
mismo tiempo a los medos: echó del Asia menor a los Cimmerios, tomó a
Esmirna, colonia que era de Colofon, y llevó sus armas contra la ciudad
de Clazómenas; expedición de que no salió como quisiera, pues tuvo que
retirarse con mucha pérdida y descalabro.
XVII. Sin embargo, nos dejó en su reinado otras hazañas bien dignas
de memoria; porque llevando adelante la guerra que su padre emprendiera
contra los de Mileto, tuvo sitiada la ciudad de un modo nuevo
particular. Esperaba que estuviesen ya adelantados los frutos en los
campos, y entonces hacía marchar su ejército al son de trompetas y
flautas que tocaban hombres y mujeres. Llegando al territorio de
Mileto, no derribaba los caseríos, ni los quemaba, ni tampoco mandaba
quitar las puertas y ventanas. Sus hostilidades únicamente consistían
en talar los árboles y las mieses, hecho lo cual se retiraba, porque
veía claramente que siendo los Milesios dueños del mar, sería tiempo
perdido el que emplease en bloquearlos por tierra con sus tropas. Su
objeto en perdonar a los caseríos no era otro sino hacer que los
Milesios, conservando en ellos donde guarecerse, no dejasen de cultivar
los campos, y con esto pudiese él talar nuevamente sus frutos.
XVIII. Once años habían durado las hostilidades contra Mileto; seis
en tiempo de Sadyates, motor de la guerra, y cinco en el reinado de
Aliates, que llevó adelante la empresa con mucho tesón y empeño. Dos
veces fueron derrotados los Milesios, una en la batalla de Limenio,
lugar de su distrito, y otra en las llanuras del Meandro. Durante la
guerra no recibieron auxilios de ninguna otra de las ciudades de la
Jonia, sino de los de Quío, que fueron los únicos que, agradecidos al
socorro que habían recibido antes de los Milesios en la guerra que
tuvieron contra los Erythréos, salieron ahora en su ayuda y defensa.
XIX. Venido el año duodécimo y ardiendo las mieses encendidas por el
enemigo, se levantó de repente un recio viento que llevó la llama al
templo de Minerva Assesia, el cual quedó en breve reducido a cenizas.
Nadie hizo caso por de pronto de este suceso; pero vueltas las tropas a
Sardes, cayó enfermo Aliates, y retardándose mucho su curación,
resolvió despachar sus diputados a Delfos, para consultar al oráculo
sobre su enfermedad, ora fuese que aluno se lo aconsejase, ora que él
mismo creyese conveniente consultar al Dios acerca de su mal. Llegados
los embajadores a Delfos, les intimó la Pitia que no tenían que esperar
respuesta del oráculo, si primero no reedificaban el templo de Minerva,
que dejaron abrasar en Asseso, comarca de Mileto.
XX. Yo sé que pasó de este modo la cosa, por haberla oído de boca de
los delfios. Añaden los de Mileto, que Periandro, hijo de Cipselo,
huésped y amigo íntimo de Trasíbulo, que a la sazón era señor de
Mileto, tuvo noticia de la respuesta que acababa de dar la sacerdotisa
de Apolo, y por medio de un enviado dio parte de ella a Trasíbulo, para
que informado, y valiéndose de la ocasión, viese de tomar algún
expediente oportuno.
XXI. Luego que Aliates tuvo noticia de lo acaecido en Delfos,
despachó un rey de armas a Mileto, convidando a Trasíbulo y a los
Milesios con un armisticio por todo el tiempo que él emplease en
levantar el templo abrasado. Entretanto, Trasíbulo, prevenido ya de
antemano y asegurado de la resolución que quería tomar Aliates, mandó
que recogido cuanto trigo había en la ciudad, así el público como el de
los particulares, se llevase todo al mercado, y al mismo tiempo ordenó
por un bando a los Milesios, que cuando él les diese la señal, al punto
todos ellos, vestidos de gala, celebrasen sus festines y convites con
mucho regocijo y algazara.
XXII. Todo esto lo hacía Trasíbulo con la mira de que el mensajero
lidio, viendo por tina parte los montones de trigo, y por otra la
alegría del pueblo en sus fiestas y banquetes, diese cuenta de todo a
Aliates cuando volviese a Sardes después de cumplida su comisión. Así
sucedió efectivamente; y Aliates, que se imaginaba en Mileto la mayor y
a los habitantes sumergidos en la última miseria, oyendo de boca de su
mensajero todo lo contrario de lo que esperaba, tuvo por acertado
concluir la paz con la sola condición de que fuesen las dos naciones
amigas y aliadas. Aliates, por un templo quemado, edificó dos en Asseso
a la diosa Minerva, y convaleció de su enfermedad. Este fue el curso y
el éxito de la guerra que Aliates hizo a Trasíbulo y a los ciudadanos
de Mileto.
XXIII. A Periandro, de quien acabo de hacer mención, por haber dado
a Trasíbulo el aviso acerca del oráculo, dicen los corintios, y en lo
mismo convienen los de Lesbos, que siendo señor de Corinto, le sucedió
la más rara y maravillosa aventura: quiero decir la de Arión, natural
de Metimna, cuando fue llevado a Ténaro sobre las espaldas de un
delfín. Este Arión era uno de los más famosos músicos citaristas de su
tiempo, y el primer poeta dityrámbico de que se tenga noticia; pues él
fue quien inventó el dityrambo (24), y dándole este nombre lo enseñó en Corinto.
XXIV. La cosa suele contarse así: Arión, habiendo vivido mucho
tiempo en la corte al servicio de Periandro, quiso hacer un viaje a
Italia y a Sicilia, como efectivamente lo ejecutó por mar; y después de
haber juntado allí grandes riquezas, determinó volverse a Corinto.
Debiendo embarcarse en Tarento, fletó un barco corintio, porque de
nadie se fiaba tanto como de los hombres de aquella nación. Pero los
marineros, estando en alta mar, formaron el designio de echarle al
agua, con el fin de apoderarse de sus tesoros. Arión entiende la trama,
y les pide que se contenten con su fortuna, la cual les cederá muy
gustosa con tal de que no le quiten la vida. Los marineros, sordos a
sus ruegos, solamente le dieron a escoger entre matarse con sus propias
manos, y así lograría ser sepultado después en tierra, o arrojarse
inmediatamente al mar. Viéndose Arión reducido a tan estrecho apuro,
pidióles por favor le permitieran ataviarse con sus mejores vestidos, y
entonar antes de morir una canción sobre la cubierta de la nave,
dándoles palabra de matarse por su misma mano luego de haberla
concluido. Convinieron en ello los corintios, deseosos de disfrutar un
buen rato oyendo cantar al músico más afamado de su tiempo; y con este
fin dejaron todos la popa y se vinieron a oirle en medio del barco.
Entonces el astuto Arión, adornado maravillosamente y puesto el pie
sobre la cubierta con la cítara en la mano, cantó una composición
melodiosa, llamada el Nomo orthio, y habiéndola concluido, se
arrojó de repente al mar. Los marineros, dueños de sus despojos
continuaron su navegación a Corinto, mientras un delfín (según nos
cuentan) tomó sobre sus espaldas al célebre cantor y lo condujo salvo a
Ténaro. Apenas puso Arión en tierra los pies, se fue en derechura a
Corinto vestido con el mismo traje, y refirió lo que acababa de
suceder. Periandro, que no daba entero crédito al cuento de Arión,
aseguró su persona y le tuvo custodiado hasta la llegada de los
marineros. Luego que ésta se verificó, los hizo comparecer delante de
sí, y les preguntó si sabrían darle alguna noticia de Arión. Ellos
respondieron que se hallaba perfectamente en Italia, y que lo habían
dejado sano y bueno en Tarento. Al decir esto, de repente comparece a
su vista Arión, con los mismos adornos con que se había precipitado en
el mar; de lo que, aturdidos ellos, no acertaron a negar el hecho y
quedó demostrada su maldad. Esto es lo que refieren los corintios y
lesbios; y en Ténaro se ve una estatua de bronce, no muy grande, en la
cual es representado Arión bajo la figura de un hombre montado en un
delfín.
XXV. Volviendo a la historia, dirá que Aliates dio fin con su muerte
a un reinado de cincuenta y siete años, y que fue el segundo de su
familia que contribuyó a enriquecer el templo de Delfos; pues en acción
de gracias por haber salido de su enfermedad, consagró un gran vaso de
plata con su basera de hierro colado, obra de Glauco, natural de Quío
(el primero que inventó la soldadura de hierro), y la ofrenda más
vistosa de cuantas hay en Delfos.
XXVI. Por muerte de Aliates entró a reinar su hijo Creso a la edad
de treinta y un años, y tornando las armas, acometió a los de Éfeso, y
sucesivamente a los demás griegos. Entonces fue criando los Efesios,
viéndose por él sitiados, consagraron su ciudad a Diana, atando desde
su templo una soga que llegase hasta la muralla, siendo la distancia no
menos que de siete estadios (25),
pues a la sazón la ciudad vieja, que fue la sitiada, distaba tanto del
templo. El monarca lydio hizo después la guerra por su turno a los
jonios y a los eolios, valiéndose de diferentes pretextos, algunos bien
frívolos, y aprovechando todas las ocasiones de engrandecerse.
XXVII. Conquistados ya los griegos del continente del Asia y
obligados a pagarle tributo, formó de nuevo el proyecto de construir
una escuadra y atacar a los isleños, sus vecinos. Tenía ya todos los
materiales a punto para dar principio a la construcción, cuando llegó a
Sardes Biante el de Priena, según dicen algunos, o según dicen otros,
Pitaco el de Mitilene. Preguntado por Creso si en la Grecia había algo
de nuevo, respondió que los isleños reclutaban hasta diez mil caballos,
resueltos a emprender una expedición contra Sardes. Creyendo Creso que
se le decía la verdad sin disfraz alguno: -«¡Ojalá, exclamó, que los
dioses inspirasen a los isleños el pensamiento de hacer una correría
contra mis Lidyos, superiores por su genio y destreza a cuantos manejan
caballos! -Bien se echa de ver, señor, replicó el sabio, el vivo deseo
que os anima de pelear a caballo contra los isleños en tierra firme, y
en eso tenéis mucha razón. Pues ¿qué otra cosa pensáis vos que desean
los isleños, oyendo que vais a construir esas naves, sino poder atrapar
a los lidios en alta mar, y vengar así los agravios que estáis haciendo
a los griegos del continente, tratándolos cuino vasallos y aun como
esclavos?» Dicen que el apólogo de aquel sabio pareció a Creso muy
ingenioso y cayéndole mucho en gracia la ficción, tomó el consejo de
suspender la fábrica de sus naves y de concluir con los jonios de las
islas un tratado de amistad.
XXVIII. Todas las naciones que moran más acá del río Halis, fueron
conquistadas por Creso y sometidas a su gobierno, a excepción de los
Cílices y de los licios. Su imperio se componía por consiguiente de los
de los lidios, frigios, misios, mariandinos, calibes, paflagonios,
tracios, tinos y bitinios; como también de los carios, jonios, eolios y
panfilios.
XXIX. Como la corte de Sardes se hallase después de tintas
conquistas en la mayor opulencia y esplendor, todos los varones sabios
que a la sazón vivían en Grecia emprendían sus viajes para visitarla en
el tiempo que más convenía a cada uno. Entre todos ellos, el más
célebre fue el ateniense Solón; el cual, después de haber compuesto un
código de leyes por orden de sus ciudadanos, so color de navegar y
recorrer diversos países, se ausentó de su patria por diez años; pero
en realidad fue por no tener que abrogar ninguna ley de las que dejaba
establecidas, puesto que los atenienses, obligados con los más solemnes
juramentos a la observancia de todas las que les había dado Solón, no
se consideraban en estado de poder revocar ninguna por sí mismos.
XXX. Estos motivos y el deseo de contemplar y ver mundo, hicieron
que Solón se partiese de su patria y fuese a visitar al rey Amasis en
Egipto, y al rey Creso en Sardes. Este último le hospedó en su palacio,
y al tercer o cuarto día de su llegada dio orden a los cortesanos para
que mostrasen al nuevo huésped todas las riquezas y preciosidades que
se encontraban en su tesoro. Luego que todas las hubo visto y observado
prolijamente por el tiempo que quiso, le dirigió Creso este discurso:
-«ateniense, a quien de veras aprecio, y cuyo nombre ilustre tengo bien
conocido por la fama de la sabiduría y ciencia política, y por lo mucho
que has visto y observado con la mayor diligencia, respóndeme, caro
Solón, a la pregunta que voy a dirigirte. Entre tantos hombres, ¿has
visto alguno hasta de ahora completamente dichoso?» Creso hacía esta
pregunta porque se creía el más afortunado del mundo. Pero Solón,
enemigo de la lisonja, y que solamente conocía el lenguaje de la
verdad, le respondió: -«Sí, señor, he visto a un hombre feliz en Tello
el ateniense.» Admirado el rey, insta de nuevo. -«¿Y por qué motivo
juzgas a Tello el más venturoso de todos? -Por dos razones, señor, le
responde Solón; la una, porque floreciendo su patria, vio prosperar a
sus hijos, todos hombres de bien, y crecer a sus nietos en medio de la
más risueña perspectiva; y la otra, porque gozando en el mundo de una
dicha envidiable, le cupo la muerte más gloriosa, cuando en la batalla
de Eleusina, que dieron los atenienses contra los fronterizos, ayudando
a los suyos y poniendo en fuga a los enemigos, murió en el lecho del
honor con las armas victoriosas en la mano, mereciendo que la patria le
distinguiese con una sepultura pública en el mismo sitio en que había
muerto.»
XXXI. Excitada la curiosidad de Creso por este discurso de Solón, le
preguntó nuevamente a quién consideraba después de Tello el segundo
entre los felices, no dudando que al menos este lugar le sería
adjudicado. Pero Solón le respondió: -«A dos argivos, llamados Cleobis
y Biton. Ambos gozaban en su patria una decente medianía, y eran además
hombres robustos y valientes, que habían obtenido coronas en los juegos
y fiestas públicas de los atletas. También se refiere de ellos, que
como en una fiesta que los argivos hacían a Juno fuese ceremonia
legítima el que su madre (26)
hubiese de ser llevada al templo en un carro tirado de bueyes, y éstos
no hubiesen llegado del campo a la hora precisa, los dos mancebos, no
pudiendo esperar más, pusieron bajo del yugo sus mismos cuellos, y
arrastraron el carro en que su madre venía sentada, por el espacio de
cuarenta y cinco estadios, hasta que llegaron al templo con
ella. »Habiendo dado al pueblo que a la fiesta concurría este
tierno espectáculo, les sobrevino el término de su carrera del modo más
apetecible y más digno de envidia; queriendo mostrar en ellos el cielo
que a los hombres a veces les conviene más morir que vivir. Porque como
los ciudadanos de Argos, rodeando a los dos jóvenes celebrasen
encarecidamente su resolución, y las ciudadanas llamasen dichosa la
madre que les había dado el ser, ella muy complacida por aquel ejemplo
de piedad filial, y muy ufana con los aplausos, pidió a la diosa Juno
delante de su estatua que se dignase conceder a sus hijos Cleobis y
Biton, en premio de haberla honrado tanto, la mayor gracia que ningún
mortal hubiese jamás recibido. Hecha esta súplica, asistieron los dos
al sacrificio y al espléndido banquete, y después se fueron a dormir en
el mismo lugar sagrado, donde les cogió un sueño tan profundo que nunca
más despertaron de él. Los argivos honraron su memoria y dedicaron sus
retratos en Delfos considerándolos como a unos varones esclarecidos.»
XXXII. A estos daba Solón el segundo lugar entre los felices; oyendo
lo cual Creso, exclamó conmovido: -«¿Conque apreciáis en tan poco,
amigo ateniense, la prosperidad que disfruto, que ni siquiera me
contáis por feliz al lado de esos hombres vulgares? -¿Y a mí, replicó
Solón, me hacéis esa pregunta, a mí, que sé muy bien cuán envidiosa es
la fortuna, y cuán amiga es de trastornar los hombres? Al cabo de largo
tiempo puede suceder fácilmente que uno vea lo que no quisiera, y sufra
lo que no temía. »Supongamos setenta años el término de la vida
humana. La suma de sus días será de veinticinco mil y doscientos, sin
entrar en ella ningún mes intercalar. Pero si uno quiere añadir un mes (27)
cada dos años, con la mira de que las estaciones vengan a su debido
tiempo, resultarán treinta y cinco meses intercalares, y por ellos mil
y cincuenta días más. Pues en todos estos días de que constan los
setenta años, y que ascienden al número de veintiséis mil doscientos y
cincuenta, no se hallará uno solo que por la identidad de sucesos sea
enteramente parecido a otro. La vida del hombre ¡oh Creso! es una serie
de calamidades. En el día sois un monarca poderoso y rico, a quien
obedecen muchos pueblos; pero no me atrevo a daros aún ese nombre que
ambicionáis, hasta que no sepa cómo habéis terminado el curso de
vuestra vida. Un hombre por ser muy rico no es más feliz que otro que
sólo cuenta con la subsistencia diaria, si la fortuna no le concede
disfrutar hasta el fin de su primera dicha. ¿Y cuántos infelices vemos
entre los hombres opulentos, al paso que muchos con un moderado
patrimonio gozan de la felicidad? »El que siendo muy rico es
infeliz, en dos cosas aventaja solamente al que es feliz, pero no rico.
Puede, en primer lugar, satisfacer todos sus antojos; y en segundo,
tiene recursos para hacer frente a los contratiempos. Pero el otro le
aventaja en muchas cosas; pues además de que su fortuna le preserva de
aquellos males, disfruta de buena salud, no sabe qué son trabajos,
tiene hijos honrados en quienes se goza, y se halla dotado de una
hermosa presencia. Si a esto se añade que termine bien su carrera, ved
aquí el hombre feliz que buscáis; pero antes que uno llegue al fin,
conviene suspender el juicio y no llamarle feliz. Désele, entretanto,
si se quiere, el nombre de afortunado. »Pero es imposible que
ningún mortal reúna todos estos bienes; porque así como ningún país
produce cuanto necesita, abundando de unas cosas y careciendo de otras,
y teniéndose por mejor aquel que da más de su cosecha, del mismo modo
no hay hombre alguno que de todo lo bueno se halla provisto; y
cualquiera que constantemente hubiese reunido mayor parte de aquellos
bienes, si después lograre una muerte plácida y agradable, éste, señor,
es para mí quien merece con justicia el nombre de dichoso. En suma, es
menester contar siempre con el fin; pues hemos visto frecuentemente
desmoronarse la fortuna da los hombres a quienes Dios había ensalzado
más.»
XXXIII. Este discurso, sin mezcla de adulación ni de cortesanos
miramientos, desagradó a Creso, el cual despidió a Solón, teniéndolo
por un ignorante que, sin hacer caso de los bienes presentes, fijaba la
felicidad en el término de las cosas.
XXXIV. Después de la partida de Solón, la venganza del cielo se dejó
sentir sobre Creso, en castigo, a lo que parece, de su orgullo por
haberse creído el más dichoso de los mortales. Durmiendo una noche le
asaltó un sueño en que se lo presentaron las desgracias que amenazaban
a su hijo. De dos que tenía, el uno era sordo y lisiado; y el otro,
llamado Atis, el más sobresaliente de los jóvenes de su edad. Este
perecería traspasado con una punta de hierro si el sueño se verificaba.
Cuando Creso despertó se puso lleno de horror a meditar sobre él, y
desde luego hizo casar a su hijo y no volvió a encargarle el mando de
sus tropas, a pesar de que antes era el que solía conducir los lidios
al combate; ordenando además que los dardos, lanzas y cuantas armas
sirven para la guerra, se retirasen de las habitaciones destinadas a
los hombres, y se llevasen a los cuartos de las mujeres, no fuese que
permaneciendo allí colgadas pudiese alguna caer sobre su hijo.
XXXV. Mientras Creso disponía las bodas, llegó a Sardes un frigio de
sangre real, que había tenido la desgracia de ensangrentar sus manos
con un homicidio involuntario. Puesto en la presencia del rey, le pidió
se dignase purificarle de aquella mancha, lo que ejecutó Creso según
los ritos del país, que en esta clase de expansiones son muy parecidos
a los de la Grecia. Concluida la ceremonia, y deseoso de sabor quién
era y de donde venía, le habló así: -«¿Quién eres, desgraciado? ¿de qué
parte de Frigia (28) vienes?
¿y a qué hombre o mujer has quitado la vida? -Soy, respondió al
extranjero, hijo de Midas, y nieto de Gordió: me llamo Adrasto; maté
sin querer a un hermano mío, y arrojado de la casi paterna, falto de
todo auxilio, vengo a refugiarme a la vuestra. -Bien venido seas, le
dijo Creso, pues eres de una familia amiga, y aquí nada te faltará.
Sufre la calamidad con buen ánimo, y te será más llevadera.» Adrasto se
quedó hospedado en el palacio de Creso.
XXXVI. Por el mismo tiempo un jabalí enorme del monte Olimpo
devastaba los campos de los Mysios; los cuales, tratando de perseguirlo
en vez de causarle daño, lo recibían de él nuevamente. Por último,
enviaron sus diputados a Creso, rogándolo que los diese al príncipe su
hijo con algunos mozos escogidos y perros de caza para matar aquella
fiera. Creso, renovando la memoria del sueño, les respondió: -«Con mi
hijo no contéis, porque es novio y no quiero distraerle de los cuidados
que ahora lo ocupan; os daré, sí, todos mis cazadores con sus perros,
encargándoles hagan con vosotros los mayores esfuerzos para ahuyentar
de vuestro país el formidable jabalí.»
XXXVII. Poco satisfechos quedaran los Mysios con esta respuesta,
cuándo llegó el hijo de Creso, e informado de todo, habló a su padre en
estos términos: -«En otro tiempo, padre mío, la guerra y la caza me
presentaban honrosas y brillantes ocasiones donde acreditar mi valor;
pero ahora me tenéis separado de ambas ejercicios, sin haber dado yo
muestras de flojedad ni de cobardía. ¿Con qué cara me dejaré ver en la
corte de aquí en adelante al ir y volver del foro y de las
concurrencias públicas? ¿En qué concepto me tendrán los ciudadanos?
¿Qué pensará de mí la esposa con quien acabo de unir mi destino?
Permitidme pues, que asista a la caza proyectada, o decidme por qué
razón no me conviene ir a ella.»
XXXVIII. -«Yo, hijo mío, respondió Creso, no he tomado estas medidas
por haber visto en ti cobardía, ni otra cosa que pudiese desagradarme.
Un sueño me anuncia que morirás en breve traspasado por una punta de
hierro. Por esto aceleré tus bodas, y no te permito ahora ir a la caza
por ver si logro, mientras viva, libertarte de aquel funesto presagio.
No tengo más hijo que tú, pues el otro, sordo y estropeado, es como si
no le tuviera.»
XXIX. -«Es justo, replicó el joven, que se os disimule vuestro temor
y la custodia en que me habéis tenido después de un sueño tan aciago;
mas, permitidme, señor, que os interprete la visión, ya que parece no
la habéis comprendido. Si me amenaza una punta de hierro, ¿qué puedo
temer de los dientes y garras de un jabalí? Y puesto que no vamos a
lidiar con hombres, no pongáis obstáculo a mi macha.»
XL. -«Veo, dijo Creso, que me aventajas en la inteligencia de los
sueños. Convencido de tus razones, mudo de dictamen y te doy permiso
para que vayas a caza.»
XLI. En seguida llamó a Adrasto, y le dijo: -«No pretendo, amigo
mío, echarte en cara tu desventura: bien sé que no eres ingrato.
Recuérdote solamente que me debes tu expiación, y que hospedado en mi
palacio te proveo de cuanto necesitas. Ahora en cambio exijo de ti que
te encargues de la custodia de mi hijo en esta cacería, no sea que en
el camino salgan ladrones a diñaros. A ti, además, te conviene una
expedición en que podrás acreditar el valor heredado de tus mayores y
la fuerza de tu brazo.»
XLII. -«Nunca, señor, respondió Adrasto, entraría de buen grado en
esta que pudiendo llamarse partida de diversión desdice del miserable
estado en que me veo, y por eso heme abstenido hasta de frecuentar la
sociedad de los jóvenes afortunados; pero agradecido a vuestros
beneficios, y debiendo corresponder a ellos, estoy pronto a ejecutar lo
que me mandáis, y quedad seguro que desempeñaré con todo esmero la
custodia de vuestro hijo, para que torne sano y salvo a vuestra casa.»
XLIII. Dichas estas palabras, parten los jóvenes, acompañados de una
tropa escogida y provistos de perros de caza. Llegados a las sierras
del Olimpo, buscan la fiera, la levantan y rodean, y disparan contra
ella una lluvia de dardos. En medio de la confusión, quiere la fortuna
ciega que el huésped purificado por Creso de su homicidio, el
desgraciado Adrasto, disparando un dardo contra el jabalí, en vez de
dar en la fiera, dé en el hijo mismo de su bienhechor, en el príncipe
infeliz que, traspasado con aquella punta, cumple muriendo la
predicción del sueño de su padre. Al momento despachan un correo para
Creso con la nueva de lo acaecido, el cual, llegado a Sardes, dale
cuenta del choque y de la infausta muerte de su hijo.
XLIV. Túrbase Creso al oír la noticia, y se lamenta particularmente
de que haya sido el matador de su hijo aquel cuyo homicidio había él
expiado. En el arrebato de su dolor invoca al dios de la expiación, al
dios de la hospitalidad, al dios que preside a las íntimas amistades,
nombrando con estos títulos a Júpiter, y poniéndole por testigo de la
paga atroz que recibe de aquel cuyas manos ensangrentadas ha
purificado, a quien ha recibido corno huésped bajo su mismo techo, y
que escogido para compañero y custodio de su hijo, se había mostrado su
mayor enemigo.
XLV. Después de estos lamentos llegan los lidios con el cadáver, y
detrás el matador, el cual, puesto delante de Creso, lo insta con las
manos extendidas para que lo sacrifique sobre el cuerpo de su hijo,
renovando la memoria de su primera desventura, y diciendo que ya no
debe vivir, después de haber dado la muerte a su mismo expiador. Pero
Creso, a pesar del sentimiento y luto doméstico que le aflige, se
compadece de Adrasto y le habla en estos términos: -«Ya tengo, amigo,
toda la venganza y desagravio que pudiera desear, en el hecho de
ofrecerte a morir tú mismo. Pero ¡ah! no es tuya la culpa, sino del
destino, y quizá de la deidad misma que me pronosticó en el sueño lo
que había de suceder.» Creso hizo los funerales de su hijo con la pompa
correspondiente; y el infeliz hijo de Midas y nieto de Gordio, el
homicida involuntario de su hermano y del hijo de su expiador, el
fugitivo Adrasto, cuando vio quieto y solitario el lugar del sepulcro,
condenándose a sí mismo por el más desdichado de los hombres, se
degolló sobre el túmulo con sus propias manos.
XLVI. Creso, privado de su hijo, cubrióse de luto por dos años, al
cabo de los cuales, reflexionando que el imperio de Astiages, hijo de
Ciaxares, había sido destruido por Ciro, hijo de Cambises, y que el
poder de los persas iba creciendo de día en día, suspendió su llanto y
se puso a meditar sobre los medios de abatir la dominación persiana,
antes que llegara a la mayor grandeza. Con esta idea quiso hacer prueba
de la verdad de los oráculos, tanto de la Grecia como de la Libia, y
despachó diferentes comisionados a Delfos, a Abas, lugar de los Focéos,
y a Dodona, como también a los oráculos de Anfiarao y de Trofonio, y al
que hay en Branchidas, en el territorio de Mileto. Estos fueron los
oráculos que consultó en la Grecia, y asimismo envió sus diputados al
templo de Ammon en la Libia. Su objeto era explorar lo que cada oráculo
respondía, y si los hallaba conformes, consultarles después si
emprendería la guerra contra los persas.
XLVII. Antes de marchar, dio a sus comisionados estas instrucciones:
que llevasen bien la cuenta de los días, empezando desde el primero que
saliesen de Sardes; que al centésimo consultasen el oráculo en estos
términos: «¿En qué cosa se está ocupando en este momento el rey de los
lidios, Creso, hijo de Aliates?» y que tomándolas por escrito, le
trajesen la respuesta de cada oráculo. Nadie refiere lo que los demás
oráculos respondieron; pero en Delfos, luego que los lidios entraron en
el templo ó hicieron la pregunta que se les había mandado, respondió la
Pitia con estos versos:
Sé del mar la medida, y de su arena
El número contar. No hay sordo alguno
A quien no entienda; y oigo al que no habla.
Percibo la fragancia que despide
La tortuga cocida en la vasija
De bronce, con la carne de cordero,
Teniendo bronce abajo, y bronce arriba.
XLVIII. Los lidios, tomando estos versos de la boca profética de la
Pitia, los pusieron por escrito, y volviéronse con ellos a Sardes.
Llegaban entretanto las respuestas de los otros oráculos, ninguna de
las cuales satisfizo a Creso. Pero cuando halló la de Delfos, la
recibió con veneración, persuadido de que allí solo residía un
verdadero numen, pues ningún otro sino él había dado con la verdad. El
caso era, que llegado el día prescrito a los comisionados para la
consulta de los dioses, discurrió Creso una ocupación que fuese difícil
de adivinar, y partiendo en varios pedazos una tortuga y un cordero, se
puso a cocerlos en una vasija de bronce, tapándola con una cobertera
del mismo metal.
XLIX. Esta ocupación era conforme a la respuesta de Delfos. La que
dio el oráculo de Anfiarao a los lidios que la consultaron sin faltar a
ninguna de las ceremonias usadas en aquel templo, no puedo decir cuál
fuera; y solo se refiere que por ella quedó persuadido Creso de que
también aquel oráculo gozaba del don de profecía.
L. Después de esto procuró Creso ganarse el favor de la deidad que
reside en Delfos, a fuerza de grandes sacrificios, pues por una parte
subieron hasta el número de tres mil las víctimas escogidas que allí
ofreció, y por otra mandó levantar una grande pira de lechos dorados y
plateados, de tazas de oro, de vestidos y túnicas de púrpura, y después
la pegó fuego; ordenando también a todos los lidios que cada uno se
esmerase en sus sacrificios cuanto les fuera posible. Hecho esto, mandó
derretir una gran cantidad de oro y fundir con ella unos como medios
ladrillos, de los cuales los más largos eran de seis palmos, y los más
cortos de tres, teniendo de grueso un palmo. Todos componían el número
de ciento diecisiete. Entre ellos habla cuatro de oro acrisolado, que
pesaba cada uno dos talentos y medio; los demás ladrillos (29)
de oro blanquecino eran del peso de dos talentos. Labró también de oro
refinado la efigie de un león, del peso de diez talentos. Este león,
que al principio se hallaba erigido sobre los medios ladrillos, cayó de
su basa cuando se quemó el templo de Delfos, y al presente se halla en
el tesoro de los corintios, poro con solo el peso de seis talentos y
medio, habiendo mermado tres y medio que el incendio consumió.
LI. Fabricados estos dones, envió Creso juntamente con ellos otros
regalos, que consistían en dos grandes tazas, la una de oro, y la otra
de plata. La de oro estaba a mano derecha, al entrar en el templo, y la
de plata a la izquierda; si bien ambas, después de abrasado el templo,
mudaron también de lugar; pues la de oro, que pesa ocho talentos y
medio y doce minas más, se guarda en el tesoro de los clazomenios; y la
de plata en un ángulo del portal al entrar del templo; la cual tiene de
cabida seiscientos cántaros, y en ella ameran los de Delfos el vino en
la fiesta de la Theofania. Dicen ser obra de Teodoro samio, y
lo creo así; pues no me parece por su mérito pieza de artífice común.
Envió asimismo cuatro tinajas de plata, depositadas actualmente en el
tesoro de los de Corinto; y consagró también dos aguamaniles, uno de
oro y otro de plata. En el último se ve grabada esta inscripción: Don de los lacedemonios;
los cuales dicen ser suya la dádiva; pero lo dicen sin razón, siendo
una de las ofrendas de Creso. La verdad es que cierto sujeto de Delfos,
cuyo nombre conozco, aunque no le manifestaré, le puso aquella
inscripción, queriéndose congraciar con los lacedemonios. El niño por
cuya mano sale el agua, sí que es don de los lacedemonios, no siéndolo
ninguno de los dos aguamaniles. Muchas otras dádivas envió Creso que
nada tenían de particular, entre ellas ciertos globos de plata fundida,
y una estatua de oro de una mujer, alta tres codos, que dicen los
Delfos ser la panadera de Creso. Ofreció también el collar de oro y los
cinturones de su mujer.
LII. Informado Creso del valor de Anfiarao y de su desastrado fin (30),
le ofreció un escudo, todo él de oro puro, y juntamente una lanza de
oro macizo, con el asta del mismo metal. Entrambas ofrendas se
conservan hoy en Tebas, guardadas en el templo de Apolo Ismenio.
LIII. Los lidios encargados de llevar a los templos estos dones,
recibieron orden de Creso para hacer a los oráculos la siguiente
pregunta: «Creso, monarca de los lidios y de otras naciones, bien
seguro de que son solos vuestros oráculos los que hay en el mundo
verídicos, os ofrece estas dádivas, debidas a vuestra divinidad y numen
profético, y os pregunta de nuevo, si será bien emprender la guerra
contra los persas, y juntar para ella algún ejército confederado.»
Ambos oráculos convinieron en una misma respuesta, que fue la de
pronosticar a Creso, que si movía sus tropas contra los persas acabarla
con un grande imperio (31);
y le aconsejaron, que informado primero de cuál pueblo entre los
griegos fuese el más poderoso, hiciese con él un tratado de alianza.
LIV. Sobremanera contento Creso con la respuesta, y envanecido con
la esperanza de arruinar el imperio de Ciro, envió nuevos diputados a
la ciudad de Delfos, y averiguado el número de sus moradores, regaló a
cada uno dos monedas o estateres de oro (32).
En retorno los delfios dieron a Creso y a los lidios la prerrogativa en
las consultas, la presidencia de las juntas, la inmunidad en las
aduanas y el derecho perpetuo de filiación a cualquier lidio que
quisiere ser su conciudadano.
LV. Tercera vez consultó Creso al oráculo, por hallarse bien
persuadido de su veracidad. La pregunta estaba reducida a saber si
sería largo su reinado, a la cual respondió la Pithia de este modo:
Cuando el rey de los medos fuere un mulo,
Huye entonces al Hernio pedregoso,
Oh lidio delicado; y no te quedes
A mostrarte cobarde y sin vergüenza.
LVI. Cuando estos versos llegaron a noticia de Creso, holgóse más
con ellos que con los otros, persuadido de que nunca por un hombre
reinaría entre los medos un mulo, y que por lo mismo ni él ni sus
descendientes dejarían jamás de mantenerse en el trono. Pasó después a
averiguar con mucho esmero quiénes de entre los griegos fuesen los mas
poderosos, a fin de hacerlos sus amigos, y por los informes halló que
sobresalían particularmente los lacedemonios y los atenienses, aquellos
entre los dorios, y estos entre los jonios. Aquí debo prevenir quo
antiguamente dos eran las naciones más distinguidas en aquella región,
la Pelásgica y la Helénica; de las cuales la una jamás salió de su
tierra, y la otra mudó de asiento muy a menudo (33).
En tiempo de su rey Deucalion habitaba en la Pthiotida, y en tiempo de
Doro el hijo de Helleno, ocupaba la región Istieotida, que está al pie
de los montes Ossa y Olimpo. Arrojados después por los Cadmeos de la
Istieotida, establecieron su morada en Pindo, y se llamó con el nombre
de Macedno. Desde allí pasó a la Dryopida, y viniendo por fin al
Peloponeso, se llamó la gente Dórica.
LVII. Cuál fuese la lengua que hablaban los pelasgos, no puedo decir
de positivo. Con todo, nos podemos regir por ciertas conjeturas tomadas
de los pelasgos, que todavía existen: primero, de los que habitan la
ciudad de Crestona (34),
situada sobre los Tyrrenos (los cuales en lo antiguo fueron vecinos de
los que ahora llamamos Dorienses, y moraban entonces en la región que
al presente se llama la Tessaliotida); segundo, de los pelasgos, que en
el Helesponto fundaron a Placia y a Seylace (los cuales fueron antes
vecinos de los atenienses); tercero, de los que se hallan en muchas
ciudades pequeñas, bien que hayan mudado su antiguo nombre de pelasgos.
Por las conjeturas que nos dan todos estos pueblos, podremos decir que
los pelasgos debían hablar algún lenguaje bárbaro, y que la gente
Ática, siendo Pelasga, al incorporarse con los Helenos, debió de
aprender la lengua de éstos, abandonando la suya propia. Lo cierto es
que ni los de Crestona, ni los de Placia (ciudades que hablan entre sí
una misma lengua), la tienen común con ninguno de aquellos pueblos que
son ahora sus vecinos, de donde se infiere que conservan el carácter
mismo de la lengua que consigo trajeron cuando se fugaron en aquellas
regiones.
LVIII. Por el contrario, la nación Helénica, a mi parecer, habla
siempre desde su origen el mismo idioma. Débil y separada de la
Pelásgica, empezó a crecer de pequeños principios, y vino a formar un
grande cuerpo, compuesto de muchas gentes, mayormente cuando se le
fueron allegando y uniendo en gran número otras bárbaras naciones (35),
y de aquí dimanó, según yo imagino, que la nación de los pelasgos, que
era una de las bárbaras, nunca pudiese hacer grandes progresos.
LIX. De estas dos naciones oía decir Creso que el Ática se hallaba
oprimida por Pisístrato, que a la sazón era señor o tirano do los
atenienses. A su padre Hipócrates, asistiendo a los juegos Olímpicos,
le sucedió un gran prodigio, y fue que las calderas que tenía ya
prevenidas para un sacrificio, llenas de agua y de carne, sin que las
tocase el fuego, se pusieron a hervir de repente hasta derramarse. El
lacedemonio Quilon, que presenció aquel portento, previno dos cosas a
Hipócrates: la primera, que nunca se casase con mujer que pudiese darle
sucesión; y la segunda, que si estaba casado, se divorciase luego y
desconociese por hijo al que ya hubiese tenido. Por no haber seguido
estos consejos le nació después Pisístrato, el cual, aspirando a la
tiranía y viendo que los atenienses litorales, capitaneados por
Megacles, hijo de Alcmeon, se habían levantado contra los habitantes de
los campos, conducidos por Licurgo, el hijo de Arisitoclaides, formó un
tercer partido, bajo el pretexto de defender a los atenienses de las
montañas, y para salir con su intento urdió la trama de este modo.
Hízose herir a sí mismo y a los mulos de su carroza, y se fue hacia la
plaza como quien huía de sus enemigos, fingiendo que le habían querido
matar en el camino de su casa de campo. Llegado a la plaza, pidió al
pueblo que pues él antes se había distinguido mucho en su defensa, ya
cuando general contra los megarenses, ya en la toma de Nicea (36),
y con otras grandes empresas y servicios, tuviesen a bien concederle
alguna guardia para la seguridad de su persona. Engañado el pueblo con
tal artificio, dióle ciertos hombres escogidos que lo escoltasen y
siguiesen, los cuales estaban armados, no de lanzas, sino de clavas.
Auxiliado por estos, se apoderó Pisístrato de la ciudadela de Atenas, y
por este medio llegó a hacerse dueño de los atenienses; pero sin
alterar el orden de los magistrados ni mudar las leyes, contribuyó
mucho y bien al adorno de la ciudad, gobernando bajo el plan antiguo.
LX. Poco tiempo después, unidos entre sí los partidarios de Megacles
y los de Licurgo, lograron quitar el mando a Pisístrato y echarlo de
Atenas. No bien los dos partidos acabaron de expelerle, cuando
volvieron de nuevo a la discordia y sedición entro sí mismos. Megacles,
que se vio sitiado por sus enemigos, despachó un mensajero a
Pisístrato, ofreciéndolo que si tomaba a su hija por mujer, le daría en
dote el mando de la república. Admitida la proposición y otorgadas las
condiciones, discurrieron para la vuelta de Pisístrato el artificio más
grosero que en mi opinión pudiera imaginarse, mayormente si se observa
que los griegos eran tenidos ya de muy antiguo por más astutos quo, los
bárbaros y menos expuestos a dejarse deslumbrar de tales necedades y
que se trataba de engañar a los atenienses, reputados por los más
sabios y perspicaces de todos los griegos. En el partido Pecinense
había una mujer hermosa llamada Phya, con la estatura de cuatro codos
menos tres dedos. Armada completamente, y vestida con un traje que la
hiciese parecer mucho más bella y majestuosa, la colocaron en una
carroza y la condujeron a la ciudad, enviando delante sus emisarios y
pregoneros, los cuales cumplieron bien con su encargo, y hablaron al
pueblo en esta forma: -«Recibid, oh atenienses, de buena voluntad a
Pisístrato, a quien la misma diosa Minerva restituye a su alcázar,
haciendo con él una demostración nunca usada con otro mortal.» Esto
iban gritando por todas partes, de suerte que muy en breve se extendió
la fama del hecho por la ciudad y la comarca; y los que se hallaban en
la ciudadela, creyendo ver en aquella mujer a la diosa misma, la
dirigieron sus votos y recibieron a Pisístrato.
LXI. Recobrada de este modo la tiranía, y cumpliendo con lo pactado,
tomó Pisístrato por mujer a la hija de Megacles. Ya entonces tenía
hijos crecidos, y no queriendo aumentar su número, con motivo de la
creencia según la cual Lodos los Alcmeónidas eran considerados como una
raza impía, nunca conoció a su nueva esposa en la forma debida y
regular. Si bien ella al principio tuvo la cosa oculta, después la
descubrió a su madre y ésta a su marido. Megacles lo llevó muy a mal,
viendo que así le deshonraba Pisístrato, y por resentimiento se
reconcilió de nuevo con los amotinados. Entretanto Pisístrato,
instruido de todo, abandonó el país y se fue a Eretria, donde,
consultando con su hijo, le pareció bien el dictamen de Hipias sobre
recuperar el mando, y al efecto trataron de recoger donativos de las
ciudades que les eran más adictas, entre las cuales sobresalió la de
los tebanos por su liberalidad. Pasado algún tiempo, quedó todo
preparado para el éxito de la empresa, así porque los argivos, gente
asalariada para la guerra, habían ya concurrido del Peloponeso, como
porque un cierto Ligdamis, natural de Naxos, habiéndoseles reunido
voluntariamente con hombres y dinero, los animaba sobremanera a la
expedición.
LXII. Partiendo por fin de Eretria, volvieron al Ática once años
después de su salida, y se apoderaron primeramente de Maratón.
Atrincherados en aquel punto, se les iban reuniendo, no solamente los
partidarios que tenían en la ciudad, sino también otros de diferentes
distritos, a quienes acomodaba más el dominio de un señor que la
libertad del pueblo. Su ejército se aumentaba con la gente que acudía;
pero los atenienses que moraban en la misma Atenas miraron la cosa con
indiferencia todo el tiempo que gastó Pisístrato en recoger dinero, y
cuando después ocupó a Maratón, hasta que sabiendo qué marchaba contra
la ciudad, salieron por fin a resistirle. Los dos ejércitos caminaban a
encontrarse, y llegando al templo de Minerva la Pallenida, hicieron
alto uno enfrente del otro. Entonces fue cuando Anfilyto, el célebre
adivino de Acarnania arrebatado de su estro, se presentó a Pisístrato y
le vaticinó de este modo:
Echado el lance está, la red tendida;
Los atunes de noche se presentan
Al resplandor de la callada luna (37).
LXIII. Pisístrato, comprendido el vaticinio, y diciendo que lo
recibía con veneración, puso en movimiento sus tropas. Muchos de los
atenienses, que habían salido de la ciudad, acababan entonces de comer;
unos se entretenían jugando a los dados, y otros reposaban, por lo
cual, cayendo de repente sobre ellos las tropas de Pisístrato, se
vieron obligados a huir. Para que se mantuviesen dispersos, discurrió
Pisístrato el ardid de enviar unos muchachos a caballo, que alcanzando
a los fugitivos, los exhortasen de su parte a que tuviesen buen ánimo y
se retirasen cada uno a su casa.
LXIV. Así lo hicieron los atenienses, y logró Pisístrato apoderarse
de Atenas por tercera vez. Dueño de la ciudad, procuró arraigarse en el
mando con mayor número de tropas auxiliares, y con el aumento de las
rentas públicas, tanto recogidas en el país mismo como venidas del río
Estrimón. Con el mismo fin tomó en rehenes a los hijos de los
atenienses que, sin entregarse luego a la fuga, le habían hecho frente,
y los depositó en la isla de Naxos, de la cual se había apoderado con
las armas, y cuyo gobierno había confiado Ligdamis. Ya, obedeciendo a
los oráculos, había purificado antes la isla de Delos, mandando
desenterrar todos los cadáveres que estaban sepultados en todo el
distrito que desde el templo se podía alcanzar con la vista,
haciéndolos enterrar en los demás lugares de la isla. Pisístrato, pues,
tenía bajo su dominación a los atenienses, de los cuales algunos habían
muerto en la guerra y otros en compañía de los Alcmeónidas se habían
ausentado de su patria.
LXV. Esto era el estado en que supo Creso que entonces se hallaban
los atenienses. De los lacedemonios averiguó que, libres ya de sus
anteriores apuros, habían recobrado la superioridad en la guerra contra
los de Tegea. Porque en el reinado de Leon y Hegesicles, a pesar de que
los lacedemonios habían salido bien en otras guerras, sin embargo, en
la que sostenían contra los de Tegea habían sufrido grandes reveses.
Estos mismos lacedemonios se gobernaban en lo antiguo por las peores
leyes de toda la Grecia, tanto en su administración interior como en
sus relaciones con los extranjeros, con quienes eran insociables; pero
tuvieron la dicha de mudar sus instituciones por medio de Licurgo (38),
el hombre más acreditado de todos los Esparciatas, a quien, cuando fue
a Delfos para consultar al oráculo, al punto mismo de entrar en el
templo le dijo la Pitia:
A mi templo tú vienes, oh Licurgo,
De Jove amado y de los otros dioses
Que habitan los palacios del Olimpo.
Dudo llamarte dios u hombre llamarte,
Y en la perplejidad en que me veo,
Como dios, oh Licurgo, te saludo.
También afirman algunos que la Pitia le enseñó los buenos
reglamentos de que ahora usan los Esparciatas, aunque los lacedemonios
dicen que siendo tutor de su sobrino (39)
Leobotas, rey de los espartanos, los trajo de Creta. En efecto, apenas
se encargó de la inicia, cuando mudó enteramente la legislación, y tomó
las precauciones necesarias para su observancia. Después ordenó la
disciplina militar, estableciendo las enotias, triécadas y sissitias y últimamente instituyó los éforos y los senadores.
LXVI. De este modo lograron los lacedemonios el mejor orden en sus
leyes y gobierno, y lo debieron a Licurgo, a quien tienen en la mayor
veneración, habiéndole consagrado un templo después de sus días.
Establecidos en un país excelente y contando con una población
numerosa, hicieron muy en breve grandes progresos, con lo cual, no
pudiendo ya gozar en paz de su misma prosperidad y teniéndose por
mejores y más valientes que los arcades, consultaron en Delfos acerca
de la conquista de toda la Arcadia, cuya consulta respondió así la
Pitia:
¿La Arcadia pides? Esto es demasiado.
Concederla no puedo, porque en ella,
De la dura bellota alimentados,
Muchos existen que vedarlo intenten.
Yo nada te la envidio: en lugar suyo
Puedes pisar el suelo de Tegea,
Y con soga medir su hermoso campo.
Después que los lacedemonios oyeron la respuesta, sin meterse con
los demás arcades, emprendieron su expedición contra los de Tegea, y
engañados con aquel oráculo doble, y ambiguo, se apercibieron de
grillos y sogas, como si en efecto hubiesen de cautivar a sus
contrarios. Pero sucedióles al revés; porque perdida la batalla, los
que de ellos quedaron cautivos, atados con las mismas prisiones de que
venían provistos, fueron destinados a labrar los campos del enemigo.
Los grillos que sirvieron entonces para los lacedemonios se conservan
aun en Tegea, colgados alrededor del templo de Minerva.
LXVII. Al principio de la guerra los lacedemonios pelearon siempre
con desgracia; pero en tiempo de Creso, y siendo reyes de Esparta
Anaxandridas y Ariston, adquirieron la superioridad del modo siguiente:
Aburridos de su mala suerte, enviaron diputados a Delfos para saber a
qué dios debían aplacar, con el fin de hacerse superiores a sus
enemigos los de Tegea. El oráculo respondió, que lo lograrían con tal
que recobrasen los huesos de Orestes, el hijo de Agamemnon. Mas como no
pudiesen encontrar la urna en que estaban depositados, acudieron de
nuevo al templo, pidiendo se les manifestase el lugar donde el héroe
yacía. La Pitia respondió a los enviados en estos términos:
En un llano de Arcadia está Tegea;
Allí dos vientos soplan impelidos
Por una fuerza poderosa, y luego
Hay golpe y contragolpe, y la dureza
De los cuerpos se hiere mutuamente.
Allí del alma tierra en las entrañas
Encontrarás de Agamemnon al hijo;
Llevarásle contigo, si a Tegea
Con la victoria dominar pretendes.
Oída esta respuesta, continuaron los lacedemonios en sus pesquisas,
sin poder hacer el descubrimiento que deseaban, hasta tanto que Liches,
uno de aquellos Esparciatas a quienes llaman beneméritos, dio
casualmente con la urna. Llámanse beneméritos aquellos cinco soldados
que, siendo los más veteranos entre los de a caballo, cumplido su
tiempo salen del servicio; si bien el primer año de su salida, para que
no se entorpezcan con la ociosidad, se les envía de un lugar a otro,
unos acá y otros allá.
LXVIII. Liches, pues, siendo uno de los beneméritos, favorecido de
la fortuna y de su buen discurso, descubrió lo que se deseaba. Como los
dos pueblos estuviesen en comunicación con motivo de las treguas, se
hallaba Liches en una fragua del territorio de Tegea, viendo lleno de
admiración la maniobra de machacar a golpe el hierro. Al mirarle tan
pasmado, suspendió el herrero su trabajo, y le dijo: -«A fe mía, Lacon
amigo, que si hubieses visto lo que yo, otra fuera tu admiración a la
que ahora muestras al vernos trabajar en el hierro; porque has de saber
que, cavando en el corral con el objeto de abrir un pozo, tropecé con
un ataúd de siete codos de largo; y como nunca había creído que los
hombres antiguamente fuesen mayores de lo que somos ahora, tuve la
curiosidad de abrirla, y encontré un cadáver tan grande como ella
misma. Medíle y le volví a cubrir.» Oyendo Liches esta relación, se
puso a pensar que tal vez podía ser aquel muerto el Orestes de quien
hablaba el oráculo, conjeturando que los dos fuelles del herrero serían
quizá los dos vientos; el yunque y el martillo el golpe y el
contragolpe; y en la maniobra de batir el hierro se figuraba descubrir
el mutuo choque de los cuerpos duros. Revolviendo estas ideas en su
mente se volvió a Esparta, y dio cuenta de todo a sus conciudadanos,
los cuales, concertada contra él una calumnia, le acusaron y condenaron
a destierro. Refugiándose a Tegea el desterrado voluntario, y dando
razón al herrero de su desventura, la quiso tornar en arriendo aquel
corral, y si bien él se le dificultaba, al cabo se lo supo persuadir, y
estableció allí su casa. Con esta ocasión descubrió cavando el
sepulcro, recogió los huesos, y fuese con ellos a Esparta. Desde aquel
tiempo, siempre que vinieron a las manos las dos ciudades, quedaron
victoriosos los lacedemonios, por quienes ya había sido conquistada una
gran parte del Peloponeso.
LXIX. Informado Creso de todas estas cosas, envió a Esparta sus
embajadores, llenos de regalos y bien instruidos de cuanto debían decir
para negociar una alianza. Llegados que fueron, se explicaron en estos
términos: -«Creso, rey de los lidios y de otras naciones, prevenido por
el Dios que habita en Delfos de cuánto le importa contraer amistad con
el pueblo griego, y bien informado de que vosotros, ¡oh lacedemonios!
sois los primeros y principales de toda la Grecia, acude a vosotros,
queriendo en conformidad del oráculo ser vuestro amigo y aliado, de
buena fe y sin dolo alguno.» Esta fue la propuesta de Creso por medio
de sus enviados. Los lacedemonios, que ya tenían noticia de la
respuesta del oráculo, muy complacidos con la venida de los lidios,
formaron con solemne juramento, el tratado de paz y alianza con Creso,
a quien ya estaban obligados por algunos beneficios que de él antes
habían recibido. Porque habiendo enviado a Sardes a comprar el oro que
necesitaban para fabricar la estatua de Apolo, que hoy está colocada en
Tornax de la Laconia, Creso no quiso tomarles dinero alguno, y les dio
el oro de regalo.
LXX. Por este motivo, y por la distinción que con ellos usaba Creso,
anteponiéndolos a los demás griegos, vinieron gustosos los lacedemonios
en la alianza propuesta; y queriendo mostrarse agradecidos, mandaron
trabajar con el objeto de regalársela a Creso, una pila de bronce que
podía contener trescientos cántaros; estaba adornada por defuera hasta
el borde con la escultura de una porción de animalitos. Esta pila no
llegó a Sardes, refiriéndose de dos maneras el extravío que padeció en
el camino. Los lacedemonios dicen que, habiendo llegado cerca de Samos,
noticiosos del presente aquellos isleños, salieron con sus naves y la
robaron. Pero los samios cuentan que navegando muy despacio los
lacedemonios encargados de conducirla, oyendo en el viaje que Sardes,
juntamente con Creso, habían caído en poder del enemigo, la vendieron
ellos mismos en Samos a unos particulares, quienes la dedicaron en el
templo de Juno; y que tal vez los lacedemonios a su vuelta dirían que
los samios se la habían quitado violentamente.
LXXI. Entretanto, Creso, deslumbrado con el oráculo y creyendo
acabar en breve con Ciro y con el imperio de los persas, preparaba una
expedición contra Capadocia. Al mismo tiempo cierto lidio llamado
Sándamis, respetado ya por su sabiduría y circunspección, y célebre
después entre los lidios por el consejo que dio a Creso, le habló de
esta manera: -«Veo, señor, que preparáis una expedición contra unos
hombres que tienen de pieles todo su vestido; que criados en una región
áspera, no comen lo que quieren, sino lo que pueden adquirir; y que no
beben vino, ni saben el gusto que tienen los higos, ni manjar alguno
delicado. Si los venciereis, ¿qué podréis quitar a los que nada poseen?
Pero si sois vencido, reflexionad lo mucho que tenéis que perder. Yo
temo que si llegan una vez a gustar de nuestras delicias, les tomarán
tal afición, que no podremos después ahuyentarlos. Por mi parte, doy
gracias a los dioses de que no hayan inspirado a los persas el
pensamiento de venir contra los lidios.» Este discurso no hizo
impresión alguna en el ánimo de Creso, a pesar de la exactitud con que
pintaba el estado de los persas, los cuales antes de la conquista de
los lidios ignoraban toda especie de comodidad y regalo.
LXXII. Los Capadocios, a quienes los griegos llaman Syrios, habían
sido súbditos de los medos antes que dominasen los persas, y en la
actualidad obedecían a Ciro. Porque los límites que dividían el imperio
de los medos del de los lidios estaban en el río Halis; el cual,
bajando del monte Armenio, corre por la Cilicia, y desde allí va
dejando a los Mantienos a la derecha y a los frigios a la izquierda.
Después se encamina hacia el viento bóreas, y pasa por entre los
Syro-capadocios y los Paflagonios, tocando a estos por la izquierda y a
aquellos por la derecha. De este modo el río Halis atraviesa y separa
casi todas las provincias del Asia inferior, desde el mar que está
enfrente de Chipre hasta el ponto Euxino pudiendo considerarse este
tramo de tierra como la cerviz de toda aquella región. Su longitud
puede regularse en cinco días de camino para un hombre sobremanera
diligente.
LXXIII. Marchó Creso contra la Capadocia deseoso de añadir a sus
dominios aquel feraz terreno, y más todavía de vengarse de Ciro,
confiado en las promesas del oráculo. Su resentimiento dimanaba de que
Ciro tenía prisionero a Astiages, pariente de Creso, después de haberlo
vencido en batalla campal. Este parentesco de Creso con Astiages fue
contraído del modo siguiente (40):
Una partida de escitas pastores, con motivo de una sedición doméstica,
se refugió al territorio de los bledos en tiempo que reinaba Ciaxares,
hijo de Fraortes y nieto de Déjoces. Este monarca los recibió al
principio benignamente y como a unos infelices que se acogían a su
protección; y en prueba del aprecio que de ellos hacía, les confió
ciertos mancebos para que aprendiesen su lengua y el manejo del arco.
Pasado algún tiempo, como ellos fuesen a menudo a cazar, y siempre
volviesen con alguna presa, un día quiso la mala suerte que no trajesen
nada. Vueltos así con las manos vacías, Ciaxares, que no sabía
reportarse en los ímpetus de la ira, los recibió ásperamente y los
llenó de insultos. Ellos, que no creían haber merecido semejante
ultraje, determinaron vengarse de él, haciendo pedazos a uno de los
jóvenes sus discípulos; al cual, guisado del mismo modo que solían
guisar la caza, se lo dieron a comer a Ciaxares y a sus convidados, y
al punto huyeron con toda diligencia a Sardes, ofreciéndose al servicio
de Aliates.
LXXIV. De este principio, no queriendo después Aliates entregar los
escitas a pesar de las reclamaciones de Ciaxares, se originó entro
lidios y bledos una guerra que duró cinco años, en cuyo tiempo la
victoria se declaró alternativamente por unos y otros. En las
diferentes batallas que se dieron, hubo una nocturna en el año sexto de
la guerra que ambas naciones proseguían con igual suceso, porque en
medio de la batalla misma se les convirtió el día repentinamente en
noche; mutación que Thales Milesio había predicho a los jonios, fijando
el término de ella en aquel año mismo en que sucedió (41).
Entonces lidios y medos, viendo el día convertido en noche, no solo
dejaron la batalla comenzada, sino que tanto los unos como los otros se
apresuraron a poner fin a sus discordias con un tratado de paz. Los
intérpretes y medianeros de esta pacificación fueron Syémnesis (42) el Cilice, y Labyneto el Babilonio (43);
los cuales, no solo les negociaron la reconciliación mutua, sino que
aseguraron la paz, uniéndolos con el vínculo del matrimonio; pues
ajustaron que Aliates diese su hija Aryénis por mujer a Astiages, hijo
de Ciaxares. Entre estas naciones las ceremonias solemnes de la
confederación vienen a ser las mismas que entre los griegos, y solo
tienen de particular que, haciéndose en los brazos una ligera incisión,
se lamen mutuamente la sangre.
LXXV. Astiages, como he dicho, fue a quien Ciro venció, y por más
que era su abuelo materno, le tuvo prisionero por los motivos que
significaré después a su tiempo y lugar. Irritado Creso contra el
proceder de Ciro, envió primero a sabor de los oráculos si sería bien
emprender la guerra contra los persas; y persuadido de que la respuesta
capciosa que le dieron era favorable a sus intentos, emprendió después
aquella expedición contra una provincia persiana. Luego que llegó Creso
al río Halis, pasó su ejército por los puentes que, según mi opinión,
allí mismo había, a pesar de que los griegos refieren que fue Thales
Milesio quien le facilitó el modo de pasarlo, porque dicen que no
sabiendo Creso cómo haría para que pasasen sus tropas a la otra parte
del río, por no existir entonces los puentes que hay ahora, Thales, que
se hallaba en el campo, le dio un expediente para que el río que corría
a la siniestra del ejército corriese también a la derecha. Dicen que
por más arriba de los reales hizo abrir un cauce profundo, que en forma
de semicírculo cogiese al ejército por las espaldas, y que así extrajo
una parte del agua, y volvió a introducirla en el río por más abajo del
campo, con lo cual, formándose dos corrientes, quedaron ambas
igualmente vadeables; y aun quieren algunos que la madre antigua
quedase del todo seca, con lo que yo no me conformo, porque entonces
¿cómo hubieran podido repasar el río cuando estuviesen de vuelta?
LXXVI. Habiendo Creso pasado el Halis con sus tropas, llegó a una
comarca de Capadocia llamada Pteria, que es la parte más fuerte y
segura de todo el país, cerca de Sinope, ciudad situada casi en la
costa del ponto Euxino. Establecido allí su ejército, taló los campos
de los Syrios, tomó la ciudad de los Pterianos, a quiénes hizo
esclavos, y asimismo otras de su contorno, quitando la libertad y los
bienes a los Syrios, que en nada le habían agraviado. Entretanto, Ciro,
habiendo reunido sus fuerzas y tomado después todas las tropas de las
provincias intermedias, venía marchando contra Creso; y antes de
emprender género alguno de ofensa, envió sus heraldos a los jonios para
ver si los podría separar de la obediencia del monarca lydio; en lo
cual no quisieron ellos consentir. Marchó entonces contra el enemigo, y
provocándose mutuamente luego que llegaron a verse, envistiéronse en
Pteria los dos ejércitos y se trabó una acción general en la que
cayeron muchos de una y otra parte, hasta que por último los separó la
noche sin declararse por ninguno la victoria. Tanto fue el valor con
que entrambos pelearon.
LXXVII. Creso, poco satisfecho del suyo, por ser el número de sus tropas inferior a las de Ciro (44)
viendo que este dejaba de acometerle al día siguiente, determinó volver
a Sardes con el designio de llamar a los egipcios, en conformidad del
tratado de alianza que había concluido con Amasis, rey de aquel país,
aun primero que lo hiciese con los lacedemonios. Se proponía también
hacer venir a los babilonios, de quienes entonces era soberano
Labyneto, y con los cuales estaba igualmente confederado, y asimismo
pensaba requerirá los lacedemonios, para que estuviesen prontos el día
que se les señalase. Reunidas todas estas tropas con las suyas, estaba
resuelto a descansar el invierno y marchar de nuevo contra el enemigo
al principio de la primavera. Con este objeto partió para Sardes y
despachó sus aliados unos mensajeros que les previniesen que de allí a
cinco meses juntasen sus tropas en aquella ciudad. El desde luego
licenció el ejército con el cual acababa de pelear contra los persas,
siendo de tropas mercenarias: bien lejos de imaginar que Ciro, dada una
batalla tan sin ventaja ninguna, se propusiere dirigir su ejército
hacia la capital de la Lidia.
LXXVIII. En tanto que Creso tomaba estas medidas, sucedió que todos
los arrabales de Sardes se llenaron de sierpes, que los caballos,
dejando su pasto, se iban comiendo según aquellas se mostraban.
Admirado Creso de este raro portento, envió inmediatamente unos
diputados a consultar con los adivinos de Telmeso (45).
En efecto, llegaron allá; pero instruidos por los Telmesenses de lo que
quería decir aquel prodigio, no tuvieron tiempo de participárselo al
rey, pues antes que pudiesen volver de su consulta, ya Creso había sido
hecho prisionero. Lo que respondieron los adivinos fue que no tardaría
mucho en venir un ejército extranjero contra la tierra de Creso, el
cual en llegando sujetaría a los naturales; dando por razón de su dicho
que la sierpe era un reptil propio del país, siendo el caballo animal
guerrero y advenedizo. Esta fue la interpretación que dieron a Creso, a
la sazón ya prisionero, si bien nada sabían ellos entonces de cuanto
pasaba en Sardes y con el mismo Creso.
LXXIX. Cuando Ciro vio, después de la batalla de Pteria, que Creso
levantaba su campo, y tuvo noticia del ánimo en que se hallaba de
despedir las tropas luego que llegase a su capital, tomó acuerdo sobre
la situación de las cosas, y halló que lo más útil y acertado sería
marchar cuanto antes con todas sus fuerzas a Sardes, primero que se
pudiesen juntar otra vez las tropas lydias. No bien adoptó este
partido, cuando lo puso en ejecución, caminando con tanta diligencia,
que él mismo fue el primer correo que dio el aviso a Creso de su
llegada. Este quedó confuso y en el mayor apuro, viendo que la cosa le
había salido enteramente al revés de lo que presumía; mas no por eso
dejó de presentarse en el campo con sus lidios. En aquel tiempo no
había en toda el Asia nación alguna más varonil ni esforzada que la
Lidia; y peleando a caballo con grandes lanzas, se distinguía en los
combates por su destreza singular.
LXXX. Hay delante de Sardes una llanura espaciosa y elevada donde
concurrieron los dos ejércitos. Por ella corren muchos ríos, entre
ellos el Hyllo, y todos van a dar en otro mayor llamado Hermo, el cual,
bajando de un monte dedicado a la madre de los dioses Dindymene, va a
desaguar en el mar cerca de la ciudad de Focea. En esta llanura, viendo
Ciro a los lidios formados en orden de batalla, y temiendo mucho a la
caballería enemiga, se valió de cierto ardid que el medo Harpago le
sugirió. Mandó reunir cuantos camellos seguían al ejército cargad los
de víveres y bagajes, y quitándoles las cargas, hizo montar en ellos
unos hombres vestidos con el mismo traje que suelen llevar los soldados
de a caballo. Dio orden para que estos camellos así prevenidos se
pusiesen en las primeras filas delante de la caballería de Creso; que
su infantería siguiese después, y que detrás de esta se formase toda su
caballería. Mandó circular por sus tropas la orden de que no diesen
cuartel a ninguno de los lidios, y que matasen a todos los que se les
pusiesen a tiro; pero que no quitasen la vida a Creso, aun cuando se
defendiese con las armas en la mano. La razón que tuvo para poner los
caballos enfrente de la caballería enemiga, fue saber que el caballo
teme tanto al camello, que no puede contenerse cuando ve su figura o
percibe su olor. Por eso se valió de aquel ardid con la mira de
inutilizar la caballería de Creso, que fundaba en ella su mayor
confianza. En efecto, lo mismo fue comenzar la pelea y oler los
caballos el tufo, y ver la figura de los camellos, que retroceder al
momento y dar en tierra con todas las esperanzas de Creso. Mas no por
esto se acobardaron los lidios, ni dejaron de continuar la acción,
porque conociendo lo que era, saltaron de sus caballos y se batieron a
pie con los persas. Duró por algún tiempo el choque, en que muchos de
una y otra parte cayeron, hasta que los lidios, vueltas las espaldas,
se vieron precisados a encerrarse dentro de los muros y sufrir el sitio
que luego los persas pusieron a la plaza.
LXXXI. Persuadido Creso de que el sitio duraría mucho, envió desde
las murallas nuevos mensajeros a sus aliados, no ya como antes para que
viniesen dentro de cinco meses, sino rogándoles se apresurasen todo lo
posible a socorrerle, por hallarse sitiado; y habiéndose dirigido a
todos ellos, lo hizo con particularidad a los lacedemonios por medio de
sus enviados.
LXXXII. En aquella sazón había sobrevenido a los mismos lacedemonios
una nueva contienda acerca del territorio llamado de Thyrea, que sin
embargo de ser una parte de la Argólida, habiéndole separado de ella le
usurpaban y retenía como cosa propia. Porque toda aquella comarca en
tierra firme que mira a poniente hasta Málea, pertenece a los argivos,
como también la isla de Cythéres y las demás vecinas. Habiendo, pues,
salido a campaña los argivos con el objeto de recobrar aquel terreno,
cuando llegaron a él tuvieron con sus contrarios un coloquio, y en él
se convino que saliesen a pelear trescientos de cada parte, con la
condición de que el país quedase por los vencedores, cualesquiera que
lo fuesen; pero que entretanto el grueso de uno y otro ejército se
retirase a sus límites respectivos, y no quedasen a la vista de los
campeones; no fuese que presentes los dos ejércitos, y testigo el uno
de ellos de la pérdida de los suyos, les quisiese socorrer. Hecho este
convenio, se retiraron los ejércitos, y los soldados escogidos de una y
otra parte trabaron la pelea, en la cual, como las fuerzas y sucesos
fuesen iguales, de seiscientos hombres quedaron solamente tres; dos
argivos, Alcenor y Chromio, y un lacedemonio, Othryades; y aun estos
quedaron vivos por haber sobrevenido la noche. Los dos argivos, como si
en efecto hubiesen ya vencido, se fueron corriendo a Argos. Pero
Othryades, el único de los lacedemonios, habiendo despojado a los
argivos muertos, y llevado los despojos y las armas al campo de los
suyos, se quedó allí mismo guardando su puesto. Al otro día, sabida la
cosa, se presentaron ambas naciones, pretendiendo cada cual haber sido
la vencedora; diciendo la una que de los suyos eran más los vivos, y la
otra que aquellos habían huido y que el único suyo había guardado su
puesto y despojado a los enemigos muertos (46).
Por último, vinieron a las manos, y después de haber perecido muchos de
una y otra parte, se declaró la victoria por los lacedemonios. Entonces
fue cuando los argivos, que antes por necesidad se dejaban crecer el
pelo, se lo cortaron, y establecieron una ley llena de imprecaciones
para que ningún hombre lo dejase crecer en lo sucesivo, y ninguna mujer
se adornase con oro hasta que hubiesen recobrado a Thyrea. Los
lacedemonios en despique publicaron otra para dejarse crecer el
cabello, que antes llevaban corto (47).
De Othryades se dice que, avergonzado de volver a Esparta quedando
muertos todos sus compañeros, se quitó la vida allí mismo en Thyrea.
LXXXIII. De este modo se hallaban las cosas de los Esparciatas,
cuando llegó el mensajero lydio, suplicándoles socorriesen a Creso, ya
sitiado. Ellos al punto resolvieron hacerlo; pero cuando se estaban
disponiendo para la partida y tenían ya las naves prontas, recibieron
la noticia de que, tomada la plaza de Sardes, había caído Creso vivo en
manos de los persas, con lo cual, llenos de consternación, suspendieron
sus preparativos.
LXXXIV. La toma de Sardes sucedió de esta manera: A los catorce días
de sitio mandó Ciro publicar en todo el ejército, por medio de unos
soldados de caballería, que el que escalase las murallas sería
largamente premiado. Saliendo inútiles las tentativas hechas por
algunos, desistieron los demás de la empresa; y solamente un Mardo de
nación, llamado Hyréades, se animó a subir por cierta parte de la
ciudadela, que se hallaba sin guardia, en atención a que, siendo muy
escarpado aquel sitio, se consideraba como inexpugnable. Por esta razón
Meles, antiguo rey de Sardes (48), no había hecho pasar por aquella parte al monstruo, hijo Leon (49),
que tuvo de una concubina, por más que los adivinos de Telmesa le
hubiesen vaticinado que con tal que Leon girase por los muros, nunca
Sardes sería tomada. Meles en erecto le condujo por toda la muralla,
menos por aquella parte que mira al monte Tmolo, y que se creía
inatacable. Pero durante el asedio, viendo Hyréades que un soldado
lydio bajaba por aquel paraje a recoger un morrión que se le había
caído y volvía a subir, reflexionó sobre esta ocurrencia, y se atrevió
el día siguiente a dar por allí el asalto, siendo el primero que subió
a la muralla. Después de él hicieron otros persas lo mismo, de manera
que habiendo subido gran número de ellos fue tomada la plaza, y
entregada la ciudad al saqueo.
LXXXV. Por lo que mira a la persona de Creso, sucedió lo siguiente:
Tenía, como he dicho ya, un hijo que era mudo, pero hábil para todo lo
restante. Con el objeto de curarle había practicado cuantas diligencias
estaban a su alcance, y habiendo enviado además a consultar el caso con
el oráculo de Delfos, respondió la Pitia:
Oh Creso, rey de Lidia y muchos pueblos,
No con ardor pretendas en tu casa,
Necio, escuchar la voz del hijo amado.
Mejor sin ella está; porque si hablare,
Comenzarán entonces tus desdichas.
Cuando fue tomada la plaza, uno de los persas iba en seguimiento de
Creso, a quien no conocía, con intención de matarle; oprimido el rey
con el peso de su desventura, no procuraba evitar su destino,
importándole poco morir al filo del alfanje. Pero su hijo, viendo al
persa en ademán de descargar el golpe, lleno de agitación hace un
esfuerzo para hablar, y exclama: -«Hombre, no mates a Creso.» Esta fue
la primera vez que el mudo habló, y después conservó la voz todo el
tiempo de su vida.
LXXXVI. Los persas, dueños de Sardes, se apoderaron también de la
persona de Creso, que habiendo reinado catorce años y sufrido catorce
días de sitio, acabó puntualmente, según el doble sentido del oráculo,
con un grande imperio, pero acabó con el suyo. Ciro, luego que se le
presentaron, hizo levantar una grande pira, y mandó que le pusiesen
encima de ella cargado de prisiones, y a su lado catorce mancebos
lydios, ya fuese con ánimo de sacrificarlo a alguno de los dioses como
primicias de su botín, ya para concluir algún voto ofrecido, o quizá
habiendo oído decir que Creso era muy religioso, quería probar si
alguna deidad le libertaba de ser quemado vivo: de Creso cuentan que,
viéndose sobre la pira, todo el horror de su situación no pudo impedir
que le viniese a la memoria el dicho de Solón, que parecía ser para él
un aviso del cielo, de que nadie de los mortales en vida era feliz. Lo
mismo fue asaltarle este pensamiento, que como si volviera de un largo
desmayo exclamó por tres veces: -«¡Oh Solón!» con un profundo
suspiro. Oyéndolo el rey de Persia, mandó a los intérpretes le
preguntasen quién era aquel a quien invocaba. Pero él no desplegó sus
labios, hasta que forzado a responder, dijo: -«Es aquel que yo deseara
tratasen todos los soberanos de la tierra, más bien que poseer inmensos
tesoros.» Y como con estas expresiones vagas no satisficiera a los
intérpretes, le volvieron a preguntar, y él, viéndose apretado por las
voces y alboroto de los circunstantes, les dijo: que un tiempo el
ateniense Solón había venido a Sardes, y después de haber contemplado
toda su opulencia, sin hacer caso de ella le manifestó cuanto le estaba
pasando, y le dijo cosas que no sólo interesaban a él sino a todo el
género humano, y muy particularmente a aquellos que se consideran
felices. Entretanto la pira, prendida la llama en sus extremidades,
comenzaba a arder; pero Ciro luego que oyó a los intérpretes el
discurso de Creso, al punto mudó de resolución, reflexionando ser
hombre mortal, y no deber por lo mismo entregar a las llamas a otro
hombre, poco antes igual suyo en grandeza y prosperidad. Temió también
la venganza divina y la facilidad con que las cosas humanas se mudan y
trastornan. Poseído de estas ideas, manda inmediatamente apagar el
fuego y bajar a Creso de la hoguera y a los que con él estaban; pero
todo en vano, pues por más que lo procuraban, no podían vencer la furia
de las llamas.
LXXXVII. Entonces Creso, según refieren los lidios, viendo mudado en
su favor el ánimo de Ciro, y a todos los presentes haciendo inútiles
esfuerzos para extinguir el incendio, invocó en alta voz al dios Apolo,
pidiéndole que si alguna de sus ofrendas le había sido agradable, le
socorriese en aquel apuro y le libertase del desastrado fin que le
amenazaba. Apenas hizo llorando esta súplica, cuando a pesar de
hallarse el cielo sereno y claro, se aglomeraron de repente nubes, y
despidieron una lluvia copiosísima que dejó apagada la hoguera.
Persuadido Ciro por este prodigio de cuán amigo de los dioses era
Creso, y cuán bueno su carácter, hizo que le bajasen de la pira, y
luego le preguntó: -«Dime, Creso, ¿quién te indujo a emprender una
expedición contra mis estados, convirtiéndote de amigo en contrario
mío? -Esto lo hice, señor, respondió Creso, impelido de la fortuna, que
se te muestra favorable y a mí adversa. De todo tiene la culpa el dios
de los griegos, que me alucinó con esperanzas halagüeñas; porque,
¿quién hay tan necio que prefiera sin motivo la guerra a las dulzuras
de la paz? En esta los hijos dan sepultura a sus padres, y en aquella
son los padres quienes la dan a sus hijos. Pero todo debe haber
sucedido porque algún numen así lo quiso.»
LXXXVIII. Libre Creso de prisiones, le mandó Ciro sentar a su lado,
y le dio muestras del aprecio que hacía de su persona, mirándole él
mismo y los de su comitiva con pasmo y admiración. En tanto Creso
meditaba dentro de sí mismo sin hablar palabra, hasta que vueltos los
ojos a la ciudad de los lidios, y viendo que la estaban saqueando los
persas, -«Señor, dijo, quisiera saber si me es permitido hablar todo lo
que siento, o si es tu voluntad que calle por ahora.» Ciro le animó
para que dijese con libertad cuanto lo ocurría, y entonces Creso le
preguntó: -«¿En qué se ocupa con tanta diligencia esa muchedumbre de
gente?» Esos, respondió Ciro, están saqueando tu ciudad y repartiéndose
tus riquezas. -¡Ah no, replicó Creso, ni la ciudad es mía, ni tampoco
los tesoros que se malbaratan en ella! Todo te pertenece ya, y a ti es
propiamente a quien se despoja con esas rapiñas.»
LXXXIX. Este discurso hizo mella en el ánimo de Ciro, el cual mandó
retirar a los presentes, y consultó después a Creso lo que le parecía
deber hacer en semejante caso. «Puesto que los dioses, dijo Creso, me
han hecho prisionero y siervo tuyo, considero justo proponerte lo que
se me alcanza. Los persas son insolentes por carácter, y pobres además.
Si los dejas enriquecer con los despojos de la ciudad saqueada, es muy
natural que alguno de ellos, viéndose demasiado rico, se rebele contra
ti. Si te parece bien, coloca guardias en todas las puertas de la
ciudad con orden de quitar la presa a los saqueadores, dándoles por
razón ser absolutamente necesario ofrecerá Júpiter el diezmo de todos
esos bienes. De este modo no incurrirás en el odio de los soldados, los
cuales, viendo que obras con rectitud, obedecerán gustosos tu
determinación.»
XC. Alegróse Ciro de oír tales razones, que le parecieron muy
oportunas, las encareció sobremanera, y mandó a sus guardias ejecutasen
puntualmente lo que Creso le había indicado. Vuelto después a Creso, le
dijo: -«Tus acciones y tus palabras se muestran dignas de un ánimo
real; pídeme, pues, la gracia que quisieres, seguro de obtenerla al
momento. -Yo, señor, respondió, te quedaré muy agradecido si me das tú
permiso para que, regalando estos grillos al dios de los griegos, le
pueda preguntar si le parece justo engañar a los que lo sirven, y
burlarse de los que dedican ofrendas en su templo.» Ciro entonces quiso
saber cuál era el motivo de sus quejas, y Creso le dio razón de sus
designios, de la respuesta de los oráculos, y especialmente de sus
magníficos regalos, y de que había hecho la guerra contra los persas
inducido por predicciones lisonjeras; y volviendo a pedirle licencia
para dar en rostro con sus desgracias al dios que las había causado, le
dijo Ciro sonriéndose: -«Haz, Creso, lo que gustes, pues yo nada pienso
negarte.» Con este permiso envió luego a Delfos algunos lidios,
encargándoles pusiesen sus grillos en el umbral mismo del templo, y
preguntasen a Apolo si no se avergonzaba de haberle inducido con sus
oráculos a la guerra contra los persas, dándole a entender que con ella
daría fin al imperio de Ciro; y que presentando después sus grillos
como primicias de la guerra, le preguntasen también si los dioses
griegos tenían por ley el ser desagradecidos.
XCI. Los lidios, luego que llegaron a Delfos, hicieron lo que se los
había mandado, y se dice que recibieron esta respuesta de la Pitia:
-«Lo dispuesto por el hado no pueden evitarlo los dioses mismos. Creso
paga el delito que cometió su quinto abuelo, el cual, siendo guardia de
los Heráclidas, y dejándose llevar de la perfidia de una mujer, quitó
la vida a su monarca y se apoderó de un imperio que no le pertenecía.
El dios de Delfos ha procurado con ahínco que la ruina fatal de Sardes
no se verificase en daño de Creso, sino de alguno de sus hijos; pero no
le ha sido posible trastornar el curso de los hados. Sin embargo, sus
esfuerzos le han permitido retardar por tres años la conquista de
Sardes; y sepa Creso que ha sido hecho prisionero tres años después del
tiempo decretado por el destino. ¿Y a quién debe también el socorro que
recibió cuando iba a perecer en medio de las llamas? Por lo que hace al
oráculo, no tiene Creso razón de quejarse. Apolo lo predijo que si
hacía la guerra a los persas, arruinaría un grande imperio; y
cualquiera en su caso hubiera vuelto a preguntar de cuál de los dos
imperios se trataba, si del suyo o del de Ciro. Si no comprendió la
respuesta, si no quiso consultar segunda vez, échese la culpa a sí
mismo. Tampoco entendió ni trató de exterminar lo que en el postrer
oráculo se le dijo acerca del mulo, pues este mulo cabalmente era Ciro;
el cual nació de unos padres diferentes en raza y condición, siendo su
madre Meda, hija del rey de los medos Astiages, y superior en linaje a
su padre, que fue un persa, vasallo del rey de Media, y un hombre que
desde la más ínfima clase tuvo la dicha de subir al tálamo de su misma
señora.» Esta respuesta llevaron los lidios a Creso; el cual, informado
de ella, confesó que toda la culpa era suya, y no del dios Apolo. Esto
fue lo que sucedió acerca del imperio de Creso y de la primera
conquista de la Jonia.
XCII. Volviendo a los donativos de Creso, no solamente fueron
ofrendas suyas las que dejo referidas, sino otras muchas que hay en
Grecia. En Thebas de Beocia consagró un trípode de oro al dios Apolo
Ismenio, y en Éfeso las vacas de oro y la mayor parte de las columnas.
En el vestíbulo del templo de Delfos se ve un grande escudo de oro.
Muchos de estos donativos se conservan en nuestros días, si bien
algunos pocos han perecido ya. Según he oído decir, los dones que
ofreció Creso en Branchidas, del territorio de Mileto, son semejantes y
del mismo peso que los que dedicó en Delfos. Sin embargo, las ofrendas
hechas en Delfos y en el templo de Anfiarao, fueron de sus propios
bienes, y como primicias de la herencia paterna; pero los otros dones
pertenecieron a los bienes confiscados a un enemigo suyo, que antes de
subir Creso al trono había formado contra él un partido con el objeto
de que la corona recayese en Pantaleon, hijo también de Aliates, pero
no hermano uterino de Creso, pues éste había nacido de una madre
natural de la Caria, y aquél de otra natural de la Jonia. Cuando Creso
se vio en posesión del imperio, hizo morir al hombre que tanto lo había
resistido, despedazándole con los peines de hierro de un cardador, y
consagró del modo dicho los bienes ofrecidos de antemano a los dioses.
XCIII. La Lidia es una tierra que no ofrece a la historia maravillas
semejantes a las que ofrecen otros países, a no ser las arenillas de
oro provenientes del monte Tmolo; pero sí nos presenta un monumento,
obra la mayor de cuantas hay, después de las maravillas del mundo,
egipcias y babilonias. En ella existe el túmulo de Aliates, padre de
Creso, el cual tiene en la base unas grandes piedras, y lo demás es un
montón de tierra. La obra se hizo a costa de los vendedores de la plaza
y de los artesanos, ayudándoles también las muchachas. En este túmulo
se ven todavía cinco términos o cuerpos, en los cuales hay
inscripciones que indican la parte hecha por cada uno de aquellos
gremios, y según las medidas aparece ser mayor que las demás la parte
ejecutada por las mozas. Lo que no es de extrañar, porque ya se sabe
que todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con
la prostitución voluntaria, hasta tanto que se casan con un determinado
marido, que cada cual por sí misma se busca. El ámbito del túmulo es de
seis estadios y dos pletros o yugadas (50),
y la anchura de trece yugadas. Cerca de este sepulcro hay un gran lago
que llaman de Giges, y dicen los lidios que es de agua perenne.
XCIV. Los lidios se gobiernan por unas leyes muy parecidas a las de
los griegos, a excepción de la costumbre que hemos referido hablando de
sus hijas. Ellos fueron, al menos que sepamos, los primeros que
acuñaron para el uso público la moneda de oro y plata, los primeros que
tuvieron tabernas de vino y comestibles, y según ellos dicen, los
inventores de los juegos que se usan también en la Grecia, cuyo
descubrimiento nos cuentan haber hecho en aquel tiempo en que enviaron
sus colonias a Tirsenia (51);
y lo refieren de este modo. En el reinado de Atis el hijo de Manes, se
experimentó en toda la Lidia una gran carestía en víveres, que
toleraron algún tiempo con mucho trabajo; pero después, viendo que no
cesaba la calamidad, buscaron remedios contra ella, y discurrieron
varios entretenimientos. Entonces se inventaron los dados, las tabas,
la pelota y todos los otros juegos menos el ajedrez, pues la invención
de este último no se lo apropian los lidios (52):
como estos juegos los inventaron para divertir el hambre, pasaban un
día entero jugando, a fin de no pensar en comer, y al día siguiente
cuidaban de alimentarse, y con esta alternativa vivieron hasta
dieciocho años. Pero no cediendo el mal, antes bien agravándose cada
vez más, determinó el rey dividir en dos partes toda la nación, y echar
suertes para saber cuál de ellas se quedaría en el país y cuál saldría
fuera. Él se puso al frente de aquellos a quienes la suerte hiciese
quedar en su patria, y nombró por jefe de los que debían emigrar, a su
mismo hijo, que llevaba el nombre de Tyrseno. Estos últimos bajaron a
Esmirna, construyeron allí sus naves, y embarcando en ellas sus alhajas
y muebles transportables, navegaron en busca de sustento y morada,
hasta que pisando por varios pueblos llegaron a los umbros (53),
donde fundaron sus ciudades, en las cuales habitaron después. Allí los
lidios dejaron su nombre antiguo y tomaron otro derivado del que tenía
el hijo del rey que los condujo, llamándose por lo mismo Tyrsenos. En
suma, los lidios fueron reducidos a servidumbre por los persas.
XCV. Ahora exige la historia que digamos quién fue aquel Ciro que
arruinó el imperio de Creso; y también de qué manera los persas
vinieron a hacerse dueños del Asia. Sobre este punto voy a referirlas
cosas, no siguiendo a los persas, que quieren hacer alarde de las
hazañas de su héroe, sino a aquellos que las cuentan como real y
verdaderamente pasaron (54);
porque sé muy bien que la historia de Ciro suele referirse de tres
maneras más. reinando ya los asirios en el Asia superior por el espacio
de quinientos y veinte años, los medos empezaron los primeros a
sublevarse contra ellos, y como peleaban por su libertad, se mostraron
valerosos, y no pararon hasta que, sacudido el yugo de la servidumbre,
se hicieron independientes, cuyo ejemplo siguieron después otras
naciones.
XCVI. Libres, pues, todas las naciones del continente del Asia, y
gobernadas por sus propias leyes, volvieron otra vez a caer bajo un
dominio extraño. Hubo entre los medos un sabio político llamado
Dejoces, hijo de Fraortes, el cual aspirando al poder absoluto, empleó
este medio para conseguir sus deseos. Habitando a la sazón los medos en
diversos pueblos, Dejoces, conocido ya en el suyo por una persona
respetable, puso el mayor esmero en ostentar sentimientos de equidad y
justicia, y esto lo hacía en un tiempo en que la sinrazón y la licencia
dominaban en toda la Media. Sus paisanos, viendo su modo de proceder,
le nombraron por juez de sus disputas, en cuya decisión se manifestó
recto y justo, siempre con la idea de apoderarse del mando. Granjeóse
de esta manera una grande opinión, y extendiéndose por los otros
pueblos la fama de que solamente Dejoces administraba bien la justicia,
acudían a él gustosos a decidir sus pleitos todos los que habían
experimentado a su costa la iniquidad de los otros jueces, hasta que
por fin a ningún otro se confiaron ya los negocios.
XCVII. Pero creciendo cada día más el número de los concurrentes,
porque todos oían decir que allí se juzgaba con rectitud, y viendo
Dejoces que ya todo pendía de su arbitrio, no quiso sentarse más en el
lugar donde daba audiencia, y se negó absolutamente a ejercer el oficio
de juez, diciendo que no le convenía desatender a sus propios negocios
por ocuparse todo el día en el arreglo de los ajenos. Volviendo a
crecer más que anteriormente los hurtos y la injusticia, se juntaron
los medos en un congreso para deliberar sobre el estado presente de las
cosas. Según a mí me parece, los amigos de Dejoces hablaron en estos
bellos términos: -«Si continuamos así, es imposible habitar en este
país. Nombremos, pues, un rey para que le administre con buenas leyes y
podamos nosotros ocuparnos en nuestros negocios sin miedo de ser
oprimidos por la injusticia.» Persuadidos por este discurso, se
sometieron los medos a un rey.
XCVIII. Al punto mismo trataron de la persona que elegirían por
monarca, y no oyéndose otro nombre que el de Dejoces, a quien todos
proponían y elogiaban, quedó nombrado rey por aclamación del congreso.
Entonces mandó se le edificase un palacio digno de la majestad del
imperio, y se le diesen guardias para la custodia de su persona. Así lo
hicieron los medos, fabricando un palacio grande y fortificado en el
sitio que él señaló, y dejando a su arbitrio la elección de los
guardias entre todos sus nuevos vasallos. Después que se vio con el
mando los precisó a que fabricasen una ciudad, y que fortificándola y
adornándola bien, se pasasen a vivir en ella, cuidando menos de los
otros pueblos: obedeciéndole también en esto, construyeron los medos
unas murallas espaciosas y fuertes, que ahora se llaman Ecbatana (55),
tiradas todas circularmente y de manera que comprenden un cerco dentro
de otro. Toda la plaza está ideada de suerte que un cerco no se levanta
más que el otro, sino lo que sobresalen las almenas. A la perfección de
esta fabrica contribuyó no solo la naturaleza del sitio, que viene a
ser una colina redonda, sino más todavía el arte con que está
dispuesta, porque siendo siete los cercos, en el recinto del último se
halla colocado el palacio y el tesoro. La muralla exterior, que por
consiguiente es la más grande, viene a tener el mismo circuito que los
muros de Atenas (56). Las
almenas del primer cerco son blancas, las del segundo negras, las del
tercero rojas, las del cuarto azules y las del quinto amarillas, de
suerte que todas ellas se ven resplandecer con estos diferentes
colores; pero los dos últimos cercos muestran sus almenas el uno
plateadas y el otro doradas.
XCIX. Luego que Dejoces hubo hecho construir estas obras y
establecido su palacio, mandó que lo restante del pueblo habitase
alrededor de la muralla. Introdujo el primero el ceremonial de la
corte, mandando que nadie pudiese entrar donde está el rey, ni éste
fuese visto de persona alguna, sino que se tratase por medio de
internuncios establecidos al efecto. Si alguno por precisión se
encontraba en su presencia, no le era permitido escupir ni reírse, como
cosas indecentes. Todo esto se hacía con el objeto de precaver que
muchos medos de su misma edad, criados con él y en nada inferiores por
su valor y demás prendas, no mirasen con envidia su grandeza, y quizá
le pusiesen asechanzas. No viéndole era más fácil considerarle como un
hombre de naturaleza privilegiada.
C. Después que ordenó el aparato exterior de la majestad y se afirmó
en el mando supremo, se mostró recto y severo en la administración de
justicia. Los que tenían algún litigio o pretensión, lo ponían por
escrito y se lo remitían adentro por medio de los internuncios, que
volvían después a sacarlo con la sentencia o decisión correspondiente.
En lo demás del gobierno lo tenía todo bien arreglado; de suerte que si
llegaba a su noticia que alguno se desmandaba con alguna injusticia o
insolencia, le hacía llamar para castigarle según lo merecía la
gravedad del delito, a cuyo fin tenía distribuidos por todo el imperio
exploradores vigilantes que la diesen cuenta de lo que viesen y
escuchasen.
CI. Así que Dejoces fue quien unió en un cuerpo la sola nación meda,
cuyo gobierno obtuvo. La Media se componía de diferentes pueblos o
tribus, que son los busas, paretacenos, estrujates, arizantos, budios y
magos.
CII. El reinado de Dejoces duró cincuenta y tres años, y después de
su muerte le sucedió su hijo Frarotes, el cual, no contentándose con la
posesión de la Media, hizo una expedición contra los persas, que fueron
los primeros a quienes agregó a su Imperio. Viéndose dueño de dos
naciones, ambas fuertes y valerosas, fue conquistando una después de
otra todas las demás del Asia, hasta que llegó en una de sus
expediciones a los asirios, que habitaban en Nino (57).
Estos, habiendo sido un tiempo los príncipes de toda la Asiria, se
veían a la sazón desamparados de sus aliados, mas no por eso dejaban de
tener un estado floreciente. Fraortes, con una gran parte de su
ejército, pereció en la guerra que les hizo, después de haber reinado
veintidós años.
CIII. A Fraortes sucedió en el imperio Ciaxares, su hijo, y nieto de
Dejoces; de quien se dice que fue un príncipe mucho más valiente que
sus progenitores. Él fue el primero que dividió a los asiáticos en
provincias, y el primero que introdujo el orden y la separación en su
milicia, disponiendo que se formasen cuerpos de caballería, de lanceros
y de los que pelean con saetas, pues antes todos ellos iban al combate
mezclados y en confusión. Él fue también el que dio contra los lidios
aquella batalla memorable en que se convirtió el día en noche durante
la acción, y el que unió a sus dominios toda la parte de Asia que está
más allá del río Halis. Queriendo vengar la muerte de su padre, y
arruinar la ciudad de Nino, reunió todas las tropas de su Imperio y
marchó contra los asirios, a quienes venció en batalla campal; pero
cuando se hallaba sitiando la ciudad vino sobre él un grande ejército
de escitas, mandados por su rey, Madyes, hijo de Protóthiso, los cuales
habiendo echado de Europa a los Cimmerios y persiguiéndolos en su fuga,
se entraron por el Asia y vinieron a dar en la región de los medos.
CIV. Desde la laguna Meótide hasta el río Fasis y el país de colcos
habrá treinta días de camino, suponiendo que se trata de un viajero
expedito; pero desde la Cólquide hasta la Media no hay mucho que andar,
porque solamente se tiene que atravesar la nación de los Sapires. Los
escitas no vinieron por este camino, sino por otro más arriba y más
largo, dejando a su derecha el monte Cáucaso (58). Luego que dieron con los medos, los derrotaron completamente y se hicieron señores de toda el Asia.
CV. Desde allí se encaminaron al Egipto, y habiendo llegado a la
Siria Palestina, les salió a recibir Psamético, rey de Egipto, el cual
con súplicas y regalos logró de ellos que no pasasen adelante. A la
vuelta, cuando llegaron a Ascalona, ciudad de Siria, si bien la mayor
parte de los escitas pasó sin hacer daño alguno, con todo no faltaron
unos pocos rezagados que saquearon el templo de Venus Urania. Este
templo, según mis noticias, es el más antiguo de cuantos tiene aquella
diosa, pues los mismos naturales de Chipre confiesan haber sido hecho a
su imitación el que ellos tienen; y por otra parte los fenicios, pueblo
originario de la Siria, fabricaron el de Citeres. La diosa se vengó de
los profanadores de su templo enviándoles a ellos y a sus descendientes
cierta enfermedad mujeril. Así lo reconocen los escitas mismos; y todos
los que van a la Escitia ven por sus ojos el mal que padecen aquellos a
quienes los naturales llaman Enareas.
CVI. Los escitas dominaron en el Asia por espacio de veintiocho
años, en cuyo tiempo se destruyó todo, parte por la violencia y parte
por el descuido; porque además de los tributos ordinarios, exigían los
impuestos que les acomodaba, y robaban en sus correrías cuanto poseían
los particulares. Pero la mayor parte de los escitas acabaron a manos
de Ciaxares y de sus medos, los cuales en un convite que les dieron,
viéndolos embriagados, los pasaron al filo de la espada. De esta manera
recobraron los medos el Imperio, y volvieron a tener bajo su dominio
las mismas naciones que antes. Tomando después la ciudad de Nino, del
modo que referiré en otra obra (59),
sujetaron también a los asirios, a excepción de la provincia de
Babilonia. Murió, por último, Ciaxares, habiendo reinado cuarenta años,
inclusos aquellos en que mandaron los escitas.
CVII. Sucedióle en el trono su hijo Astiages, que tuvo una hija
llamada Mandane. A este monarca le pareció ver en sueño que su hija
despedía tanta orina, que no solamente llenaba con ella la ciudad, sino
que inundaba toda el Asia. Dio cuenta de la visión a los magos,
intérpretes de los sueños, e instruido de lo que el suyo significaba,
concibió tales sospechas que, cuando Mandane llegó a una edad
proporcionada para el matrimonio, no quiso darla por esposa a ninguno
de los Medes dignos de emparentar con él, sino que la casó con un
cierto persa llamado Cambises, a quien consideraba hombre de buena
familia y de carácter pacífico, pero muy inferior a cualquiera medo de
mediana condición.
CVIII. Viviendo ya Mandane en compañía de Cambises, su marido,
volvió Astiages en aquel primer año a tener otra visión, en la cual le
pareció que del centro del cuerpo de su hija salía una parra que cubría
con su sombra toda el Asia. Habiendo participado este nuevo sueño a los
mismos adivinos, hizo venir de Persia a su hija, que estaba ya en los
últimos días de su embarazo, y le puso guardias con el objeto de matar
a la prole que diese a luz, por haberle manifestado los intérpretes que
aquella criatura estaba destinada a reinar en su lugar. Queriendo
Astiages impedir que la predicción se realizase, luego que nació Ciro,
llamó a Hárpago, uno de sus familiares, el más fiel de los medos, y el
ministro encargado de todos sus negocios, y cuando le tuvo en su
presencia le habló de esta manera: «Mira, no descuides, Hárpago, el
asunto que te encomiendo. Ejecútalo puntualmente, no sea que por
consideración a otros, me faltes a mí y vaya por último a descargar el
golpe sobre tu cabeza. Toma el niño que Mandane ha dado a luz, llévale
a tu casa y mátale, sepultándole después como mejor te parezca.»
«Nunca, señor, respondió Hárpago, habréis observado en vuestro siervo
nada que pueda disgustarlos; en lo sucesivo yo me guardaré bien de
faltar a lo que os debo. Si vuestra voluntad es que la cosa se haga, a
nadie conviene tanto como a mí el ejecutarla puntualmente.»
CIX. Hárpago dio esta respuesta, y cuando le entregaron el niño,
ricamente vestido, para llevarle a la muerte, se fue llorando a su casa
y comunicó a su mujer lo que con Astiages le había pasado. «Y ¿qué
piensas hacer?» le dijo ella. «¿Que pienso hacer? respondió el marido.
Aunque Astiages se ponga más furioso de lo que ya está, nunca le
obedeceré en una cosa tan horrible como dar la muerte a su nieto. Tengo
para obrar así muchos motivos. Además de ser este niño mi pariente,
Astiages es ya viejo, no tiene sucesión varonil, y la corona debe pasar
después de su muerto a Mandane, cuyo hijo me ordena sacrificar a sus
ambiciosos recelos. ¿Qué me restan sino peligros por todas partes? Mi
seguridad exige ciertamente que este niño perezca; pero conviene que
sea el matador alguno de la familia de Astiages y no de la mía.»
CX. Dicho esto, envió sin dilación un propio a uno de los pastores
del ganado vacuno de Astiages, de quien sabía que apacentaba sus
rebaños en abundantísimos pastos, dentro de unas montañas pobladas de
fieras. Este vaquero, cuyo nombre era Mitradates, cohabitaba con una
mujer, consierva suya, que en lengua de la Media se llamaba Espaco y en
la de la Grecia debería llamarse Cino (60), pues los medos a la perra la llaman espaca.
Las faldas de los montes donde aquel mayoral tenía sus praderas, vienen
a caer al Norte de Ecbatana por la parte que mira al ponto Euxino, y
confina con los Sapires. Este país es sobremanera montuoso, muy elevado
y lleno de bosques, siendo lo restante de la Media una continuada
llanura. Vino el pastor con la mayor presteza y diligencia, y Hárpago
le habló de esto modo: -«Astiages te manda tomar este niño y
abandonarlo en el paraje más desierto de tus montañas, para que perezca
lo más pronto posible. Tengo orden para decirte de su parte, que si
dejares de matarle, o por cualquiera vía escapare el niño de la muerte,
serás tú quien la sufra en el más horrible suplicio; y yo mismo estoy
encargado de ver por mis ojos la exposición del infante.»
CXI. Recibida esta comisión, tomó Mitradates el niño, y por el mismo
camino que trajo volvióse a su cabaña. Cuando partió para la ciudad, se
hallaba su mujer todo el día con dolores da parto, y quiso la buena
suerte que diese a luz un niño. Durante la ausencia estaban los dos
llenos de zozobra el uno por el otro; el marido solícito por el parto
de su mujer, y ésta recelosa porque, fuera de toda costumbre, Hárpago
había llamado a su marido. Así, pues, que le vio comparecer ya de
vuelta, y no esperándole tan pronto, le preguntó el motivo de haber
sido llamado con tanta prisa por Hárpago. -«¡Ah mujer mía! respondió el
pastor; cuando llegué a la ciudad vi y oí cosas que pluguiese al cielo
jamás hubiese visto ni oído, y que nunca ellas pudiesen suceder a
nuestros amos. La casa de Hárpago estaba sumergida en llanto; entro
asustado en ella, y me veo en medio a un niño recién nacido, que con
vestidos de oro y de varios colores palpitaba y lloraba. Luego que
Hárpago me ve, al punto me ordena que, tomando aquel niño, me vaya con
él y le exponga en aquella parte de los montes donde más abunden las
fieras; diciéndome que Astiages era quien lo mandaba, y dirigiéndome
las mayores amenazas si no lo cumplía. Tomo el niño, y me vengo con él,
imaginando sería de alguno de sus domésticos, y sin sospechar su
verdadero linaje. Sin embargo, me pasmaba de verle ataviado con oro y
preciosos vestidos, y de que por él hubiese tanto lloro en la casa.
Pero bien presto supe en el camino de boca de un criado, que
conduciéndome fuera de la ciudad puso en mis brazos el niño, que éste
era hijo de la princesa Mandane y de Cambises. Tal es, mujer, toda la
historia, y aquí tienes el niño.»
CXII. Diciendo esto, le descubre y enseña a su mujer, la cual,
viéndole tan robusto y hermoso, se echa a los pies de su marido, abraza
sus rodillas, y anegada en lágrimas, le ruega encarecidamente que por
ningún motivo piense en exponerle. Su marido responde que no puede
menos de hacerlo así, porque vendrían espías de parte de Hárpago para
verle, y él mismo perecería desastradamente si no lo ejecutaba. La
mujer, entonces, no pudiendo vencer a su marido, le dice de nuevo: -«Ya
que es indispensable que le vean expuesto, haz por lo menos lo que voy
a decirte. Sabe que yo también he parido, y que fue un niño muerto. A
éste le puedes exponer, y nosotros criaremos el de la hija de Astiages
como si fuese nuestro. Así no corres el peligro de ser castigado por
desobediente al rey, ni tendremos después que arrepentirnos de nuestra
mala resolución. El muerto además logrará de este modo una sepultura
regia, y este otro que existe conservará su vida.»
CXIII. Parecióle al pastor que, según las circunstancias presentes,
hablaba muy bien su mujer, y sin esperar más hizo lo que ella le
proponía. Le entregó, pues, el niño que tenía condenado a muerte, tomó
el suyo difunto y lo metió en la misma canasta en que acababa de venir
el otro, adornándole con todas sus galas; y después se fue con él y le
dejó expuesto en lo más solitario del monte. Al tercer día se marchó el
vaquero a la ciudad, habiendo dejado en su lugar por centinela a uno de
sus zagales, y llegando a casa de Hárpago le dijo que estaba pronto a
enseñarle el cadáver de aquella criatura. Hárpago envió al monte
algunos de sus guardias, los que entre todos tenía por más fieles, y
cerciorado del hecho dio sepultura al hijo del pastor. El otro niño, a
quien con el tiempo se dio el nombre de Ciro, luego que le hubo tomado
la pastora fue criado por ella, poniéndole un nombre cualquiera, pero
no el de Ciro.
CXIV. Cuando llegó a los diez años, una casualidad hizo que se
descubriese quién era. En aquella aldea donde estaban los rebaños,
sucedió que Ciro se pusiese a jugar en la calle con otros muchachos de
su edad. Estos en el juego escogieron por rey al hijo del pastor de
vacas. En virtud de su nueva dignidad, mandó a unos que le fabricasen
su palacio real, eligió a otros para que le sirviesen de guardias,
nombró a éste inspector, ministro (o como se decía entonces ojo del rey),
hizo al otro su gentilhombre para que le entrase los recados, y, por
fin, a cada uno distribuyó su empleo. Jugaba con los otros muchachos
uno que era hijo de Artémbares, hombre principal entre los medos, y
como este niño no obedeciese a lo que Ciro le mandaba, dio orden a los
otros para que le prendiesen, obedecieron ellos y le mandó Ciro azotar,
no de burlas, sino ásperamente. El muchacho, llevado muy a mal aquel
tratamiento, que consideraba indigno de su persona, luego que se vio
suelto se fue a la ciudad, y se quejó amargamente a su padre de lo que
con él había ejecutado Ciro, no llamándole Ciro (que no era todavía
este su nombre), sino aquel muchacho, hijo del vaquero de Astiages.
Enfurecido Artémbares, fuese a ver al rey, llevando consigo a su hijo,
y lamentándose del atroz insulto que se les había hecho. -«Mirad,
señor, decía, cómo nos ha tratado el hijo del vaquero, vuestro
esclavo;» y al decir esto, descubría las espaldas lastimadas de su hijo.
CXV. Astiages, que tal oía y veía, queriendo vengar la insolencia
usada con aquel niño y volver por el honor ultrajado de su padre, hizo
comparecer en su presencia al vaquero, juntamente con su hijo. Luego
que ambos se presentaron, vueltos los ojos a Ciro, le dice Astiages:
-«¿Cómo tú, siendo hijo de quien eres, has tenido la osadía de tratar
con tanta insolencia y crueldad a este mancebo, que sabías ser hijo de
una persona de las primeras de mi corte? -Yo, señor, le responde Ciro,
tuve razón en lo que hice; porque habéis de saber que los muchachos de
la aldea, siendo ese uno de ellos, se concertaron jugando en que yo
fuese su rey, pareciéndoles que era yo el que más merecía serlo por mis
prendas. Todos lo otros niños obedecían puntualmente mis órdenes; solo
éste era el que sin hacerme caso, no quería obedecer, hasta que por
último recibió la pena merecida. Si por ello soy yo también digno de
castigo, aquí me tenéis dispuesto a todo.»
CXVI. Mientras Ciro hablaba de esta suerte, quiso reconocerle
Astiages, pareciéndole que las facciones de su rostro eran semejantes a
las suyas, que se descubría en sus ademanes cierto aire de nobleza, y
que el tiempo en que le mandó exponer convenía perfectamente con la
edad de aquel muchacho. Embebido en estas ideas, estuvo largo rato sin
hablar palabra, hasta que, vuelto en sí, trató de despedir a
Artémbares, con la mira de coger a solas al pastor y obligarle a
confesar la verdad. Al efecto lo dijo: -Artémbares, queda a mi cuidado
hacer cuanto convenga para que tu hijo no tenga motivo de quejarse por
el insulto que se le hizo.» Y luego los despidió, y al mismo tiempo los
criados, por orden suya, se llevaron adentro a Ciro. Solo con el
vaquero, lo preguntó de dónde había recibido aquel muchacho, y quién se
lo había entregado. Contestando el otro que era hijo suyo, y que la
mujer de quien lo había tenido habitaba con él en la misma cabaña,
volvió a decirle Astiages que mirase por si y no se quisiese exponer a
los rigores del tormento; y haciendo a los guardias una seña para que
se echasen sobre él, tuvo miedo el pastor y descubrió toda la verdad
del hecho desde su principio, acogiéndose por último a las súplicas y
pidiéndole humildemente que le perdonase.
CXVII. Astiages, después de esta declaración, se mostró menos
irritado con el vaquero, dirigiendo toda su cólera contra Hárpago, a
quien hizo llamar inmediatamente por medio de sus guardias. Luego que
vino le habló así: -«Dime, Hárpago, ¿con qué género de muerte hiciste
perecer al niño de mi hija, que puse en tus manos?» Como Hárpago viese
que estaba allí el pastor, temiendo ser cogido si caminaba por la senda
de la mentira, dijo sin rodeos: «Luego, señor, que recibí el niño, me
puse a pensar cómo podría ejecutar vuestras órdenes sin incurrir en
vuestra indignación, y sin ser yo mismo el matador del hijo de la
Princesa. ¿Qué hice, pues? Llamé a este vaquero, y entregándole la
criatura, le dijo que vos mandabais que la hiciese morir; y en esto
seguramente dije la verdad. Dile orden para que la expusiese en lo más
solitario del monte, y que no la perdiese de vista en tanto que
respirase, amenazándole con los mayores suplicios si no lo ejecutaba
puntualmente. Cuando me dio noticia de la muerte del niño, envié los
eunucos de más confianza para quedar seguro del hecho y para que le
diesen sepultura. Ved aquí, señor, la verdad y el modo cómo pereció el
niño.»
CXVIII. Disimulando Astiages el enojo de que se hallaba poseído, le
refirió primeramente lo que el vaquero le había contado, y concluyó
diciendo, que puesto que el niño vivía lo daba todo por bien hecho;
«porque a la verdad, añadió, me pesaba en extremo lo que había mandado
ejecutar con aquella criatura inocente, y no podía sufrir la idea de la
ofensa cometida contra mi hija. Pero ya que la fortuna se ha convertido
de mala en buena, quiero que envíes a tu hijo para que haga compañía al
recién llegado, y que tú mismo vengas hoy a comer conmigo; porque tengo
resuelto hacer un sacrificio a los dioses, a quienes debemos honrar y
dar gracias por el beneficio de haber conservado a mi nieto.»
CXIX. Hárpago, después de hacer al rey una profunda reverencia, se
marchó a su casa lleno de gozo por haber salido con tanta dicha de
aquel apuro y por el grande honor de ser convidado a celebrar con el
Monarca el feliz hallazgo. Lo primero que hizo fue enviar a palacio al
hijo único que tenía, de edad de trece años, encargándole hiciese todo
lo que Astiages le ordenase; y no pudiendo contener su alegría, dio
parte a su esposa de toda aquella aventura. Astiages, luego que llegó
el niño le mandó degollar, y dispuso que, hecho pedazos, se asase una
parte de su carne, y otra se hirviese, y que todo estuviese pronto y
bien condimentado. Llegada ya la hora de comer y reunidos los
convidados, se pusieron para el rey y los demás sus respectivas mesas
llenas de platos de carnero; y a Hárpago se le puso también la suya,
pero con la carne de su mismo hijo, sin faltar de ella más que la
cabeza y las extremidades de los pies y manos, que quedaban encubiertas
en un canasto. Comió Hárpago, y cuando ya daba muestras de estar
satisfecho, le preguntó Astiages si le había gustado el convite; y como
él respondiese que había comido con mucho placer, ciertos criados, de
antemano prevenidos, le presentaron cubierta la canasta donde estaba la
cabeza de su hijo con las manos y pies, y le dijeron que la descubriese
y tomase de ella lo que más le gustase. Obedeció Hárpago, descubrió la
canasta y vio los restos de su hijo, pero todo sin consternarse,
permaneciendo dueño de sí mismo y conservando serenidad. Astiages le
preguntó si conocía de qué especie de caza era la carne que había
comido: él respondió que sí, y que daba por bien hecho cuanto disponía
su Soberano; y recogiendo los despojos de su hijo, los llevó a su casa,
con el objeto, a mi parecer, de darles sepultura.
CXX. Deliberando el rey sobre el partido que le convenía adoptar
relativamente a Ciro, llamó a los magos que le interpretaron el sueño,
y pidióles otra vez su opinión. Ellos respondieron que si el nido
vivía, era indispensable que reinase. -«Pues el niño vive, replicó
Astiages, y habiéndole nombrado rey en sus juegos los otros muchachos
de la aldea, ha desempeñado las funciones de tal, eligiendo sus
guardias, porteros, mayordomos y demás empleados. ¿Qué pensáis ahora de
lo sucedido? -Señor, dijeron los magos, si el niño vive y ha reinado
ya, no habiendo esto sido hecho con estudio, podéis quedar tranquilo y
tener buen ánimo, pues ya no hay peligro de que reine segunda vez.
Además de que algunas de nuestras predicciones suelen tener resultados
de poco momento, y las cosas pertenecientes a los sueños a veces nada
significan. -A lo mismo me inclino yo, respondió Astiages, y creo que
mi visión se ha verificado ya en el juego de los niños. Sin embargo,
aunque me parece que nada debo temer de parte de mi nieto, os encargo
que lo miréis bien, y me aconsejéis lo más útil y seguro para mi casa y
para vosotros mismos. -A nosotros nos importa infinito, respondieron
los magos, que la suprema autoridad permanezca firme en vuestra
persona; porque pasando el imperio a ese niño, persa de nación,
seriamos tratados los medos come siervos, y para nada se contaría con
nosotros. Pero reinando vos, que sois nuestro compatriota, tenemos
parte en el mando y disfrutamos en vuestra corte los primeros honores.
Ved, pues, señor, cuánto nos interesa mirar por la seguridad de vuestra
persona y la continuación de vuestro reinado. Al menor peligro que
viésemos, os lo manifestaríamos con toda fidelidad; mas ya que el sueño
se ha convertido en una friolera, quedamos por nuestra parte llenos de
confianza y os exhortamos a que la tengáis también, y a que, separando
de vuestra vista a ese niño, le enviéis a Persia a casa de sus padres.»
CXXI. Alegróse mucho el rey con tales razones, y llamando a Ciro, le
dijo: -«Quiero que sepas, hijo mío, que inducido por la visión poco
sincera de un sueño, traté de hacerte una sinrazón; pero tu buena
fortuna te ha salvado. Vete, pues, a Persia, para donde te daré buenos
conductores, y allí encontrarás otros padres bien diferentes de
Mitradates y de su mujer la vaquera.»
CXXII. En seguida despachó Astiages a Ciro, el cual llegado a casa
de Cambises, fue recibido por sus padres, que no se saciaban de
abrazarle, como quienes estaban en la persuasión de que había muerto
poco después de nacer. Preguntáronle de qué modo había conservado la
vida, y él les dijo que al principio nada sabía de su infortunio, y
había vivido en el engaño; pero que en el camino lo había sabido todo
por las personas que le acompañaban, porque antes se creía hijo del
vaquero de Astiages, por cuya mujer había sido criado. Y como en todas
ocasiones, no cesando de alabar a esta buena mujer, tuviese su nombre
en los labios, oyéronle sus padres, y determinaron esparcir la voz de
que su hijo había sido criado por una perra, con el objeto de que su
aventura pareciese a los persas más prodigiosa, de donde vino sin duda
la fama que se divulgó sobre este punto.
CXXIII. Cuando Ciro hubo llegado a la mayor edad, y por sus prendas
varoniles y amable carácter descollaba entre todos sus iguales,
Hárpago, enviándole regalos, le iba solicitando contra Astiages, de
quien deseaba vengarse; porque viendo que como persona particular no le
sería fácil asestar sus tiros contra el monarca, procuraba ganarse un
compañero tan útil para sus planos, supuesto que las dos gracias de
aquél habían sido muy semejantes a las suyas. Ya de antemano iba
disponiendo las cosas y sacando partido de la conducta de Astiages, que
se mostraba duro y áspero con los medos, se insinuaba poco a poco en el
ánimo de los sujetos principales, aconsejándoles con maña que convenía
deponer a Astiages del trono y colocar en su lugar a Ciro. Dados estos
primeros pasos, y viendo el asunto en buen estado, determinó manifestar
sus intenciones a Ciro, que vivía en Persia; pero no teniendo para ello
un medio conveniente, por estar guardados los caminos, se valió de esta
traza. Tomó una liebre, y abriéndola con mucho cuidado, metió dentro de
ella una carta, en la cual iba escrito lo que le pareció, y después la
cosió de modo que no se conociese la operación hecha. Llamó en seguida
al criado de su mayor confianza, y dándole unas redes como si fuera un
cazador, lo hizo pasar a la Persia, con el encargo de entregar la
liebre a Ciro y de decirle que debía abrirla por sus propias manos, sin
permitir que nadie se hallase presente.
CXXIV. Esta traza se puso por obra sin ningún tropiezo y con
felicidad. Ciro abrió la liebre y encontró la carta escondida, en la
cual leyó estas palabras: -«Ilustre hijo de Cambises, el cielo os mira
con ojos propicios, pues os ha concedido tanta fortuna. Ya es tiempo de
que penséis tomar satisfacción de vuestro verdugo Astiages, a quien
llamo así porque hizo cuanto pudo para quitaros la vida que los dioses
os conservaron por mi medio. No dudo que hace tiempo estaréis enterado
de cuanto se hizo con vuestra persona y de cuanto he sufrido yo mismo
de mano de Astiages, sin otra causa que el no haberos dado la muerte,
cuando preferí entregaros a su vaquero. Si escucháis mis consejos,
pronto reinaréis en lugar suyo. Haced que se armen vuestros persas, y
venid con ellos contra la Media. Tanto si me nombra por general para
resistiros, como si elige otro de los principales medos, estad seguro
del buen éxito de vuestra expedición, porque todos ellos, abandonando a
Astiages y pasándose a vuestro partido, procurarán derribarlo del
trono. Todo lo tenemos dispuesto; haced lo que os digo, y hacedlo
cuanto antes.»
CXXV. Noticioso Ciro del proyecto de Hárpago, se puso a reflexionar
cuál sería el medio más acertado para inducir a los persas a la
rebelión; y después de meditado el asunto, creyó haber hallado uno muy
oportuno. Escribió una carta según sus ideas, y habiendo reunido a los
persas en una junta, la abrió en ella y leyó su contenido, por el que
le nombraba Astiages general de los persas: -«Es preciso, por
consiguiente, les dijo, que cada uno de vosotros se arme con su hoz.»
Los persas son una nación compuesta de varias castas o pueblos, parte
de los cuales juntó Ciro con el objeto de insurreccionarlos contra los
medos. Estos persas, de quienes dependían todos los demás, eran los
Arteatas, los persas propiamente dichos, los Pasagardas, los Merafios y
los Masios. De todos ellos, los Pasagardas eran los mejores y más
valientes, y entre estos se cuentan los Achemenides, que es aquella
familia de donde vienen los reyes persianos. Los otros pueblos son los
Panthialeos, los Derusieos y los Germanios (61), que se dedican a labrar los campos, y los Daros, los Mardos, los Drópicos y los Sagartios, que viven como pastores.
CXXVI. Luego que todos los persas se presentaron con sus hoces,
mandóles Ciro que desmontasen en un día toda una selva llena de espinas
y malezas, la cual en la Persia tendría el espacio de dieciocho a
veinte estadios. Acabada esta operación, les mandó segunda vez que al
día siguiente compareciesen limpios y aseados. Entretanto, hizo juntar
en un mismo paraje todos los rebaños de cabras, ovejas y bueyes que
tenía su padre, y entregándolos al cuchillo, preparó una espléndida
comida, cual convenía para dar va convite al ejército de los persas,
proporcionando además el vino necesario y los manjares más escogidos.
Concurrieron al día siguiente los persas, a quienes Ciro mandó que
reclinados en un prado comiesen a su satisfacción. Después del banquete
les preguntó en cuál de los dos días les había ido mejor, y si
preferían la fatiga del primero a las delicias del actual. Ellos le
respondieron que había mucha diferencia entre los dos días, pues en el
anterior había sido todo afán y trabajo, y por el contrario, en el
presente todo descanso y recreo. Entonces Ciro, tomando ocasión de sus
palabras, les descubrió todo el proyecto, diciéndoles. -«Tenéis razón,
valerosos persas; y si queréis obedecerme, no tardaréis en lograr estos
bienes y otros infinitos, sin ninguna fatiga de las que proporciona la
servidumbre. Pero si rehusáis mis consejos, no esperéis otra cosa sino
miseria y afanes innumerables, como los de ayer. Animo, pues, amigos
míos, y siguiendo mis órdenes, recobrad vuestra libertad. Yo pienso que
he nacido con el feliz destino de poner en vuestras manos todos estos
bienes, porque en nada os considero inferiores a los medos, y mucho
menos en los negocios de la guerra. Siendo esto así, levantaos contra
Astiages in perder momento.»
CXXVII. Los persas, que ya mucho tiempo antes sufrían con disgusto
la dominación de los medos, así que se vieron con tal jefe, se
declararon de buena voluntad por la independencia. Luego que supo
Astiages lo que Ciro iba maquinando, le envió a llamar por medio de un
mensajero, al cual mandó Ciro dijese de su parte a Astiages, que estaba
muy bien, y que le haría una visita más presto de lo que él mismo
quisiera. Apenas Astiages recibió esta respuesta, cuando armó a todos
los medos, y como hombre a quien el mismo cielo cegaba, quitándole el
acierto, les dio por general a Hárpago, olvidando las crueldades que
con él había ejecutado. Cuando los medos llegaron a las manos con los
persas, lo que sucedió fue que algunos pocos a quienes no se había dado
parte del designio, combatían de veras; los instruidos en él se pasaban
a los persas, y la mayor parte de propósito peleaban mal y se
entregaban a la fuga.
CXXVIII. Al saber Astiages la derrota vergonzosa de su ejército,
dijo con tono de amenaza: -«No pienses, Ciro, que por esto haya de
durar mucho tu gozo.» Después hizo espirar en un patíbulo a los magos,
intérpretes de los sueños, que le habían aconsejado dejase ir libre a
Ciro, y por último, mandó que todos los medos jóvenes y viejos que
habían quedado en la ciudad, tomasen las armas, con los cuales,
habiendo salido a campaña y entrado en acción con los persas, no solo
fue vencido, sino que él mismo quedó hecho prisionero juntamente con
todas las tropas que había llevado.
CXXIX. Cautivo Astiages, se le presentó Hárpago muy alegre,
insultándole con burlas y denuestos que pudieran afligirle, y
zahiriéndole particularmente con la inhumanidad de aquel convite en que
lo dio a comer las carnes de su mismo hijo. También le preguntaba qué
le parecía de su actual esclavitud comparada con el sólio de donde
acababa de caer. Astiages, fijando en él los ojos, le preguntó a su
vez, si reconocía por suya aquella acción de Ciro. -«Si, la reconozco,
dijo Hárpago, pues habiéndole yo convidado por escrito, puedo gloriarme
con razón de tener parte en la hazaña.» Entonces respondió Astiages que
le miraba como al hombre más necio y más injusto del mundo; el más
necio, porque habiendo tenido en su mano hacerse rey, sí era verdad que
él hubiese sido el autor de lo que pasaba, había procurado para otro la
autoridad suprema; y el más injusto, porque en despique de una cena
había reducido a los medos a la servidumbre, cuando si era preciso que
otras sienes y no las suyas se ciñesen con la corona, la razón pedía
que fuesen las de otro medo, y no las de un persa; pues ahora los
medos, sin tener culpa alguna, de señores pasaban a ser siervos, y los
persas, antes siervos, venían a ser sus señores.
CXXX. De este modo, pues, Astiages, habiendo reinado treinta y cinco
años, fue depuesto del trono; por cuya dureza y crueldad los medos
cayeron bajo el dominio de los persas, después de haber tenido el
imperio del Asia superior más allá del río Halis por espacio de ciento
veintiocho años (62),
exceptuado el tiempo en que mandaron los escitas. Así que los persas en
el reinado de Astiages, teniendo a su frente a Ciro, sacudieron el yugo
de los medos y empezaron a mandar en el Asia. Ciro desde entonces
mantuvo cerca de sí a Astiages todo el tiempo que le quedó de vida, sin
tomar de él ninguna otra venganza. Más adelante, según llevo ya
referido, venció a Creso, que había sido el primero en romper las
hostilidades, y habiéndose apoderado de su persona, vino por este
tiempo a ser señor de toda el Asia.
CXXXI. Las leyes y usos de los persas he averiguado que son estas.
No acostumbran erigir estatuas, ni templos, ni aras, y tienen por
insensatos a los que lo hacen; lo cual, a mi juicio, dimana de que no
piensan como los griegos que los dioses hayan nacido de los hombres.
Suelen hacer sacrificios a Júpiter, llamando así a todo el ámbito del
cielo, y para ello se suben a los montes más elevados. Sacrifican
también al sol, a la luna, a la tierra, al agua, y a los vientos;
siendo estas las únicas deidades que reconocen desde la más remota
antigüedad, si bien después aprendieron de los asirios y árabes a
sacrificar a Venus. Urania (63); porque a Venus los asirios la llaman Milita, los árabes Alita, y los persas Mitra.
CXXXII. En los sacrificios que los persas hacen a sus dioses no
levantan aras, no encienden fuego, no derraman licores, no usan de
flautas, ni de tortas ni de farro molido. Lo que hacen es presentar la
víctima en un lugar puro, y llevando la tiara ceñida las más veces con
mirto, invocar al Dios a quien sacrifican; pero en esta invocación no
debe pedirse bien alguno para sí en particular, sino para todos los
persas y para su rey, porque en el número de los persas se considera
comprendido el que sacrifica. Después se divide la víctima en pequeñas
porciones, y hervida la carne, se pone sobre un lecho de la hierba más
suave, y regularmente sobre trébol. Allí un mago de pie entona sobre la
víctima la Theogonia (64),
canción para los persas la más eficaz y maravillosa. La presencia de un
mago es indispensable en todo sacrificio. Concluido éste, se lleva el
sacrificante la carne, y hace de ella lo que le agrada.
CXXXIII. El aniversario de su nacimiento es de todos los días el que
celebran con preferencia, debiendo dar en él un convite, en el cual la
gente más rica y principal suele sacar a la mesa bueyes enteros,
caballos, camellos y asnos, asados en el horno, y los pobres se
contentan con sacar reses menores. En sus comidas usan de pocos
manjares de sustancia, pero sí de muchos postres, y no muy buenos. Por
eso suelen decir los persas, que los griegos se levantan de la mesa con
hambre, dando por razón que después del cubierto principal liada se
sirve que merezca la pena, pues si algo se presentase de gusto, no
dejarían de comer hasta que estuviesen satisfechos. Los persas son muy
aficionados al vino. Tienen por mala crianza vomitar y orinar delante
de otro. Después de bien bebidos, suelen deliberar acerca de los
negocios de mayor importancia. Lo que entonces resuelven, lo propone
otra vez el amo de la casa en que deliberaron, un día después; y si lo
acordado les parece bien en ayunas, lo ponen en ejecución, y si no, lo
revocan. También suelen volver a examinar cuando han bebido bien
aquello mismo sobre lo cual han deliberado en estado de sobriedad.
CXXXIV. Cuando se encuentran dos en la calle, se conoce luego si son
o no de una misma clase, porque si lo son, en lugar de saludarse de
palabra, se dan un beso en la boca: si el uno de ellos fuese de
condición algo inferior, se besan en la mejilla; pero si el uno fuese
mucho menos noble, postrándose, reverencia al otro. Dan el primer lugar
en su aprecio a los que habitan más cerca, el segundo a los que siguen
a éstos, y así sucesivamente tienen en bajísimo concepto a los que
viven más distantes de ellos, lisonjeándose de ser los persas con mucha
ventaja los hombres más excelentes del mundo. En tiempo de los medos,
unas naciones de aquel imperio mandaban a las otras; si bien los medos,
además de mandar a sus vecinos inmediatos, tenían el dominio supremo
sobre todas ellas; las otras mandaban cada una a la que tenían más
vecina. Este mismo orden observan los persas, de suerte que cada nación
depende de una y manda a otra.
CXXXV. Ninguna gente adopta las costumbres y modas extranjeras con
más facilidad que los persas. Persuadidos de que el traje de los medos
es más gracioso y elegante que el suyo, visten a la Meda; se
arman para la guerra con el peto de los egipcios; procuran lograr todos
los deleites que llegan a su noticia; y esto en tanto grado, que por el
mal ejemplo de los griegos, abusan de su familiaridad con los niños.
Cada particular, suele tomar muchas doncellas por esposas, y con todo
son muchas las amigas que mantienen en su casa.
CXXXVI. Después del valor y esfuerzo militar, el mayor mérito de un
persa consiste en tener muchos hijos; y todos los años el rey envía
regalos al que prueba ser padre de la familia más numerosa, porque el
mayor número es para ellos la mayor excelencia. En la educación de los
hijos, que dura desde los cinco hasta los veinte años, solamente les
enseñan tres cosas: montar a caballo, disparar el arco y decir la
verdad. Ningún hijo se presenta a la vista de su padre hasta después de
haber cumplido los cinco años, pues antes vive y se cría entre las
mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que si el niño
muriese en los primeros años de su crianza, ningún disgusto reciba por
ello su padre.
CXXXVII. Me parece bien esta costumbre, como también la siguiente:
Nunca el rey impone la pena de muerte, ni otro alguno de los persas
castiga a sus familiares con pena grave por un solo delito, sino que
primero se examina con mucha escrupulosidad si los delitos o faltas son
más y mayores que no los servicios y buenas obras, y solamente en el
caso de que lo sean, se suelta la rienda al enojo y se procede al
castigo. Dicen que nadie hubo hasta ahora que diese la muerte a sus
padres, y que cuantas veces se ha dicho haberse cometido tan horrendo
crimen, si se hiciesen las informaciones necesarias, resultaría que los
tales habían sido supuestos o nacidos de adulterio; porque no creen
verosímil que un padre verdadero muera nunca a manos de su propio hijo.
CXXXVIII. Lo que entre ellos no es lícito hacer, tampoco es lícito
decirlo. Tienen por la primera de todas las infamias el mentir, y por
la segunda contraer deudas; diciendo, entre otras muchas razones, que
necesariamente ha de ser mentiroso el que sea deudor. A cualquier
ciudadano que tuviese lepra o albarazos, no le es permitido, ni
acercarse a la ciudad, ni tener comunicación con los otros persas;
porque están en la creencia de que aquella enfermedad es castigo de
haber pecado contra el sol. A todo extranjero que la padece, los más de
ellos le echan del país, y también a las palomas blancas, alegando el
mismo motivo. Veneran en tanto grado a los ríos, que ni orinan, ni
escupen, ni se lavan las manos en ellos, como tampoco permiten que
ningún otro lo haga.
CXXXIX. Una cosa he notado en la lengua persiana, en que parece no
han reparado los naturales, y es que todos los nombres que dan a los
cuerpos y a las cosas grandes y excelentes terminan con una misma
letra, que es la que los Dorienses llaman San, y los jonios Sigma (65).
El que quiera hacer esta observación, hallará que no algunos nombres de
los persas, sino todos, acaban absolutamente de la misma manera.
CXL. Lo que he dicho hasta aquí sobre los usos de los persas es una
cosa cierta y de que estoy bien informado. Pero es más oscuro y dudoso
lo que suele decirse de que a ningún cadáver dan sepultura sin que
antes haya sido arrastrado por una ave de rapiña o por un perro. Los
magos acostumbran hacerlo así públicamente. Yo creo que los persas
cubren primero de cera el cadáver, y después le entierran. Por lo que
mira a los magos, no solamente se diferencian en sus prácticas del
común de los hombres, sino también de los sacerdotes del Egipto. Estos
ponen su perfección en no matar animal alguno, fuera de las víctimas
que sacrifican: los magos con sus propias manos los matan todos,
perdonando solamente al perro y al hombre, y se hacen un mérito de
matar no menos a las hormigas que a las sierpes, como también a los
demás vivientes, tanto los reptiles como los que vagan por el aire.
Pero basta de tales usos; volvamos a tomar el hilo de la historia.
CXLI. Al punto que los lidios fueron conquistados por los persas con
tanta velocidad, los jonios y los eolios enviaron a Sardes sus
embajadores, solicitando de Ciro que los admitiese por vasallos con las
mismas condiciones que lo eran antes de Creso. Oyó Ciro la pretensión,
y respondió con este apólogo: -«Un flautista, viendo muchos peces en el
mar, se puso a tocar su instrumento, con el objeto de que atraídos por
la melodía saltasen a tierra. No consiguiendo nada, tomó la red
barredera, y echándola al mar, cogió con ella una muchedumbre de peces,
los cuales, cuando estuvieron sobre la playa, empezaron a saltar según
su costumbre. Entonces el flautista volvióse a ellos, y les dijo:
-«Basta ya de tanto baile, supuesto que no quisisteis bailar cuando yo
tocaba la flauta.» El motivo que tuvo Ciro para responder de esta
manera a los jonios y a los eolios fue porque cuando él les pidió por
sus mensajeros que se rebelasen contra Creso, no le dieron oídos, y
ahora, viendo el pleito tan mal parado, se mostraban prontos a
obedecerle. Enojado, pues, contra ellos, los despachó con esta
respuesta; y los jonios se volvieron a sus ciudades, fortificaron sus
murallas y reunieron un congreso en Panionio, al que todos asistieron
menos los Milesios, porque con estos solos había Ciro concluido un
tratado, admitiéndolos por vasallos con las mismas condiciones que a
los lidios. Los demás jonios determinaron en el congreso enviar
embajadores a Esparta, solicitando auxilios en nombre de todos.
CXLII. Estos jonios, a quien pertenece el templo de Panionio,
han tenido la buena suerte de fundar sus ciudades bajo un cielo y en un
clima que es el mejor de cuantos habitan los hombres, a lo menos los
que nosotros conocemos. Porque ni la región superior, ni la inferior,
ni la que está situada al Occidente, ninguna logra iguales ventajas,
sufriendo unas los rigores del frío y de la humedad, y experimentando
otras el excesivo calor y la sequía. No hablan todos los jonios una
misma lengua, y puede decirse que tienen cuatro dialectos diferentes.
Mileto, la primera de sus ciudades, cae hacia el Mediodía, y después
siguen Miunte (66) y Priena.
Las tres están situadas en la Caria y usan de la misma lengua. En la
Lidia están Éfeso, Colofon, Lébedos, Teos, Clazómenas y Focéa; todas
las cuales hablan una lengua misma, diversa de la que usan las tres
ciudades arriba mencionadas. Hay todavía tres ciudades de Jonia más,
dos de ellas en las islas de Sumos y Quío, y la otra, que es Erithrea,
fundada en el continente. Los quíos y los eritreos tienen el mismo
dialecto; pero los samios usan otro particular suyo.
CXLIII. De estos pueblos jonios los Milesios se hallaban a cubierto
del peligro y del miedo por su trato con Ciro, y los Isleños nada
tenían que temer de los persas, porque todavía no eran súbditos suyos
los fenicios, y ellos mismos no eran gente a propósito para la marina.
La causa porque los Milesios se habían separado de los demás griegos,
no era otra sino la poca fuerza que tenía todo el cuerpo de los
griegos, y en especial los jonios, sobremanera desvalidos y casi de
ninguna consideración. Fuera de la ciudad de Atenas, ninguna otra había
respetable. De aquí nacía que los otros jonios, y los mismos
atenienses, se desdeñaban de su nombre, no queriendo llamarse jonios; y
aun ahora me parece que muchos de ellos se avergüenzan de semejante
dictado. Pero aquellas doce ciudades no sólo se preciaban de llevarle,
sino que habiendo levantado un templo, le quisieron llamar de su mismo
nombre Panjonio, o común a los jonios, y aun tomaron la
resolución de no admitir en él a ningún otro que los pueblos jonios, si
bien debe añadirse que nadie pretendió semejante unión a no ser los de
Esmirna.
CXLIV. Una cosa igual hacen los Dorienses de Pentápolis, estado que ahora se compone de cinco ciudades, y antes se componía de seis, llamándose Exápolis. Estos se guardan de admitir a ninguno de los otros Dorienses en su templo Triópico,
y esto lo observan con tal rigor, que excluyeron de su comunión a
algunos de sus ciudadanos que habían violado sus leyes y ceremonias. El
caso fue este: en los juegos que celebraban en honor de Apolo Triopio,
solían antiguamente adjudicar por premio a los vencedores unos trípodes
de bronce, pero con la precisa condición de no habérselos de llevar,
sino de ofrecerlos al dios en su mismo templo. Sucedió, pues, que un
tal Agasicles de Halicarnaso, declarado vencedor, no quiso observar
esta ley, y llevándose el trípode, le colgó en su misma casa. Por esta
transgresión aquellas cinco ciudades, que eran Lindo, Yalisso, Camiro,
Coo y Cnido, privaron de su comunión a Halicarnaso, que era la sexta.
Tal y tan severo fue el castigo con que la multaron.
CXLV. Yo pienso que los jonios se repartieron en doce ciudades, sin
querer admitir otras más en su confederación, porque cuando moraban en
el Peloponeso, estaban distribuidos en doce partidos; así como los
Acheos que fueron los que los echaron del país, forman también ahora
doce distritos. El primero es Pellena, inmediata a Sycion; después
siguen Egira y Egas, donde se halla el Cratis, río que siempre lleva
agua, y del cual tomó su nombre el otro río Cratis de la Italia; en
seguida vienen Bura, Helice, a donde los jonios se retiraron vencidos
en batalla por los Acheos, Egon y Rypcs; después los Patrenses, los
Farenses y Oleno, donde esta el gran río Piro; y por último, Dyma y los
Triteenses, que es entre todas estas ciudades el único pueblo de tierra
adentro.
CXLVI. Estas son ahora las doce comunidades de los Acheos, y lo eran
antes de los jonios, motivo por el cual éstos se distribuyeron en doce
ciudades. Porque suponer que los unos son más jonios que los otros, o
que tuvieron más noble origen, es ciertamente un desvarío; pues no sólo
los Abantes originarios de la Eubea, los cuales nada tienen, ni aun el
nombre de la Jonia, hacen una parte, y no la menor, de los tales
jonios, sino que además se hallan mezclados con ellos los focenses,
separados de los otros sus paisanos, los Melosos, los arcades pelasgos,
los Dorienses epidaurios y otras muchas naciones, que con los jonios se
confundieron. En cuanto a los jonios, que por haber partido del
Pritaneo de los atenienses, quieren ser tenidos por los más puros y
acendrados de todos, se sabe de ellos que, no habiendo conducido
mujeres para su colonia, se casaron con las Carianas, a cuyos padres
habían quitado la vida; por cuya razón estas mujeres, juramentadas
entre sí, se impusieron una ley, que trasmitieron a sus hijas, de no
comer jamás con sus maridos, ni llamarles con este nombre, en atención
a que, habiendo muerto a sus padres, maridos e hijos, después de tales
insultos se habían juntado con ellas, todo lo cual sucedió en Mileto.
CXLVII. Estos colonos atenienses nombraron por reyes, unos a los
licios, familia oriunda de Glauco, el hijo de Hipóloco; otros a los
Caucones Pylios, descendientes de Codro, hijo de Melantho; y algunos
los tomaban ya de una, ya de otra de aquellas dos casas. Todos ellos
ambicionan con preferencia a los demás el nombre de jonios, y
ciertamente lo son de origen verdadero; bien que de este nombre
participan cuantos, procediendo de Atenas, celebran la fiesta llamada Apaturia,
la cual es común a todos los jonios asiáticos, fuera de los Efesios y
Colofonios, los únicos que en pena de cierto homicidio no la celebran.
CLXVIII. El Panionio es un templo que hay en Micale, hacia el Norte,
dedicado en nombre común de los jonios a Neptuno el Heliconio. Micale
es un promontorio de tierra firme, que mira hacia el viento Zéfiro (67),
y pertenece a Samos. En este promontorio, los jonios de todas las
ciudades solían celebrar una fiesta, a que dieron el nombre de Panjonia.
Y es de notar que todas las fiestas, no sólo de los jonios, sino de
todos los griegos, tienen la misma propiedad que dijimos de los nombres
persas, la de acabar en una misma letra. (68)
CXLIX. He dicho cuales son las ciudades jonias; ahora referiré las
eolias. Cima, por sobrenombre Fricónida, Larisas, Muronuevo, Tenos,
Cilla, Notion, Egidoxa, Pitana, Egeas, Mirina, Grinia. Estas son las
once ciudades antiguas de los eolios, pues aunque también eran doce,
todas en el continente, Esmirna, una de aquel número, fue separada de
las otras por los jonios. Los eolios establecieron sus colonias en un
terreno mejor que el de los jonios, pero el clima no es tan bueno.
CL. Los eolios perdieron a Esmirna de este modo: ciertos Colofonios,
vencidos en una sedición doméstica y arrojados de su patria, hallaron
en Esmirna un asilo. Estos fugitivos, un día en que los de Esmirna
celebraban fuera de la ciudad una fiesta solemne a Baco, les cerraron
las puertas y se apoderaron de la plaza. Concurrieron todos los eolios
al socorro de los suyos, pero se terminó la contienda por medio de una
transacción, en la que se convino que los jonios, quedándose con la
ciudad, restituyesen los bienes muebles a los de Esmirna. Estos,
conformándose con lo pactado, fueron repartidos en las otras once
ciudades eolias, que los admitieron por ciudadanos suyos.
CLI. En el número de las ciudades eolias de la tierra firme, no se
incluyen los que habitan en el monte Ida, porque no forman un cuerpo
con ellas. Otras hay también situadas en las islas. En la de Lesbos
existen cinco, porque la sexta, que era Arisba, la redujeron bajo su
dominación los de Metimna, siendo de la misma sangre. En Ténedos hay
una, y otra en las que llaman las cien islas. Todas estas ciudades
insulares, lo mismo que los jonios de las islas, nada tenían que temer
de Ciro; pero a los demás eolios les pareció conveniente confederarse
con los otros jonios y seguirlos a donde quiera que los condujesen.
CLII. Luego que llegaron a Esparta los enviados de los jonios y
eolios, habiendo hecho el viaje con toda velocidad, escogieron para que
en nombre de todos llevase la voz a un cierto focense, llamado Pitermo;
el cual, vestido de púrpura, con la mira de que muchos espartanos
concurriesen atraídos de la novedad, se presentó en su congreso, y con
una larga arenga les pidió socorros. Los lacedemonios, bien lejos de
dejarse persuadir del orador, resolvieron no salir a la defensa de los
jonios; con lo cual se volvieron los enviados. Sin embargo, despacharon
algunos hombres en una galera de cincuenta remos, con el objeto, a mi
parecer, de explorar el estado de las cosas de Ciro y de la Jonia.
Luego que estos llegaron a Focéa, enviaron a Sardes al que entre todos
era tenido por hombre de mayor suposición, llamado Lacrines, con orden
de intimar a Ciro que se abstuviese de inquietar a ninguna ciudad de
los griegos, cuyas injurias no podrían mirar con indiferencia.
CLIII. Dícese que Ciro, después que el enviado acabó su propuesta,
preguntó a los griegos que cerca de sí tenía, qué especie de hombres
eran los lacedemonios, y cuántos, en número, para atreverse a hacerle
semejante declaración, y que informado de lo que preguntaba, respondió
al orador: -«Nunca temí a unos hombres que tienen en medio de sus
ciudades un lugar espacioso, donde se reúnen para engañar a otros con
sus juramentos; y desde ahora les aseguro que si los dioses me
conservaron la vida, yo haré que se lamenten, no de las desgracias de
los jonios, sino de las suyas propias.» Este discurso iba dirigido
contra todos los griegos, que tienen en sus ciudades una plaza
destinada para la compra y venta de sus cosas, costumbre desconocida
entre los persas, que no tienen plazas en las suyas. Después de esto,
dejando al persa Tábalo por gobernador de Sardes, y dando al lidio
Páctyas la comisión de recaudar los tesoros de Creso y de los otros
lidios, partióse con sus tropas para Ecbátana, llevando consigo a
Creso, y teniendo por negocio de poca importancia el acometer sobre la
marcha a los jonios. Bien es verdad que para esto le servían de
embarazo Babilonia y la nación Bactriana, los sacas y los egipcios,
contra los cuales él mismo en persona quería conducir su ejército,
enviando contra los jonios a cualquiera otro general. Apenas Ciro había
salido de Sardes, cuando Páctyas insurreccionó a los lidios, y habiendo
bajado a la costa del mar, como tenía a su disposición todo el oro de
Sardes, le fue fácil reclutar tropas mercenarias, y persuadir a la
gente de la marina que le siguiese en su expedición. Dirigióse, pues,
hacia Sardes, puso a la ciudad sitio y obligó al gobernador Tábalo a
encerrarse en la ciudadela.
CLV. Ciro en el camino tuvo noticia de lo que pasaba, y hablando de
ello con Creso, le dijo: -«¿Cuándo tendrán fin, oh Creso, estas cosas
que me suceden? Ya está visto que esos lidios nunca vivirán en paz, ni
me dejarán a mí tranquilo. Pienso que lo mejor fuera reducirlos a la
condición de esclavos. Ahora veo que lo que acabo de hacer con ellos es
parecido a lo que hace un hombre que, habiendo dado muerte al padre,
perdona a los hijos. Así, yo, habiéndome apoderado de tu persona, que
eras más que padre de los lidios, tuve la inadvertencia de dejar en sus
manos la ciudad; y ahora me maravillo de que se me rebelen.» De este
modo hablaba Ciro lo que sentía, y Creso, temeroso de la total ruina de
Sardes, -Tienes mucha razón, le responde; pero me atrevo, señor, a
suplicarte que no te dejes dominar del enojo, ni destruyas una ciudad
antigua que está inocente de lo pasado y de lo que ahora sucede. Antes
fui yo el autor d e la injuria, y pago la pena merecida; ahora Páctyas,
a quien confiaste la ciudad de Sardes, es el amotinador que debe
satisfacer a tu justa venganza. Pero a los lidios perdónales, y a fin
de que no se levanten otra vez, ni vuelvan a darte más cuidados,
envíales orden para que no tengan armas de las que sirven en la guerra,
y mándales también que lleven una túnica talar debajo de su vestido,
que calcen coturnos, que aprendan a tocar la cítara y a cantar, y que
enseñen a sus hijos el ejercicio de la mercancía. Con estas
providencias los verás en breve convertidos de hombres en mujeres, y
cesará todo peligro de que se rebelen otra vez.»
CLVI. Tal fue el expediente que sugirió Creso, teniéndole por más
ventajoso para los lidios que no el ser vendidos por esclavos; porque
bien sabía que a no proponer al rey un medio tan eficaz, no le haría
mudar de resolución, y por otra parte recelaba en extremo que si los
lidios escapaban del peligro actual volverían a sublevarse en otra
ocasión, y perecerían por rebeldes a manos de los persas. Ciro, muy
satisfecho con el consejo, y desistiendo de su primer enojo, dijo a
Creso que se conformaba con él; y llamando al efecto al medo Mázares,
le mandó que intimase a los lidios cuanto le había sugerido Creso; que
fuesen tratados como esclavos todos los demás que habían servido en la
expedición contra Sardes, y que de todos modos le presentasen vivo
delante de sí al mismo Páctyas.
CLVII. Dadas estas providencias, continuó Ciro su viaje a lo
interior de la Persia. Entretanto, Páctyas, informado de que estaba ya
cerca el ejército que venia contra él, se llenó de pavor, y se fue
huyendo a Cyma. Mázares, que al frente de una pequeña división del
ejército de Ciro marchaba contra Sardes, cuando vio que no encontraba
allí las tropas de Páctyas, lo primero que hizo fue obligar a los
lidios a ejecutar las órdenes de Ciro, que mudaron enteramente sus
costumbres y método de vida. Después envió, unos mensajeros a Cyma,
pidiendo le entregasen a Páctyas. Los Cymanos acordaron antes de todo
consultar el caso con el dios que se veneraba en Branchidas, donde
había un oráculo antiquísimo, que acostumbraban consultar todos los
pueblos de la Eolia y de la Jonia. Este oráculo estaba situado en el
territorio de Mileto sobre el puerto Panormo.
CLVIII. Los Cymanos, pues, enviaron sus diputados a Branchidas, con
el objeto de consultar lo que deberían hacer de Páctyas, para dar gusto
a los dioses. El oráculo respondió que fuese entregado a los persas. Ya
se disponían a ejecutarlo, por hallarse una parte del pueblo inclinada
a ello, cuando Aristódico, hijo de Heraclides, sujeto que gozaba entre
sus conciudadanos de la mayor consideración, desconfiando de la
realidad del oráculo y de la verdad de los consultantes, detuvo a los
Cymanos para que no lo ejecutasen hasta tanto que fuesen al templo
otros diputados, en cuyo número se comprendió al mismo Aristódico.
CLIX. Luego que llegaron a Branchidas, hizo Aristódico la consulta
en nombre de todos: -«¡Oh numen sagrado! Refugióse a nuestra ciudad el
lidio Páctyas, huyendo de una muerte violenta. Los persas le reclaman
ahora, y mandan a los Cymanos que se le entreguen. Nosotros, por más
que temernos el poder de los persas, no nos hemos atrevido a poner en
sus manos a un hombre que se acogió a nuestro amparo, hasta que sepamos
de vos claramente cuál es el partido que debemos seguir.» El oráculo,
del mismo modo que la primera vez, respondió que Páctyas fuese
entregado a los persas. Entonces Aristódico imaginó este ardid: Se puso
a dar vueltas por el templo, y a echar de sus nidos a todos los
gorriones y demás pájaros que encontraba. Dícese que fue interrumpido
en esta operación por una voz que, saliendo del santuario mismo, le
dijo: -«¿Cómo te atreves, hombre malvado y sacrílego, a sacar de mi
templo a los que han buscado en él un asilo? -¿Y será justo, respondió
Aristódico sin turbarse, que vos, sagrado numen, miréis con tal esmero
por vuestros refugiados, y mandéis que los Cymanos abandonemos al
nuestro y lo entreguemos a los persas? -Sí, lo mando, replicó la voz,
para que por esa impiedad perezcáis cuanto antes, y no volváis otra vez
a solicitar mis oráculos sobre la entrega de los que se han acogido a
vuestra protección.»
CLX. Los Cymanos, oída la respuesta que llevaron sus diputados, no
queriendo exponerse a perecer si le entregaban, ni a verse sitiados si
le retenían en la ciudad, le enviaron a Mytilene, a donde no tardó
Mázares en despachar nuevos mensajeros, pidiendo la entrega de Páctyas.
Los Mytileneos estaban ya a punto de entregársele por cierta suma de
dinero, pero la cosa no llegó a efectuarse, porque los Cymanos,
llegando a saber lo que se trataba, en una nave que destinaron a Lésbos
embarcaron a Páctyas y le trasladaron a Quío. Allí fue sacado
violentamente del templo de Milierva, patrona de la ciudad, y entregado
al fin por los naturales de Quío, los cuales le vendieron a cuenta de
Atárneo, que es un territorio de la Mysia, situado enfrente de Lésbos.
Los persas, apoderados así de Páctyas, le tuvieron en prisión para
presentársela vivo a Ciro. Durante mucho tiempo ninguno de Quío
enharinaba las víctimas ofrecidas a los dioses con la cebada cogida en
Atárneo, ni del grano nacido allí se hacían tortas para los
sacrificios; y, en una palabra, nada de cuanto se criaba en aquella
comarca era recibido por legítima ofrenda en ninguno de los templos.
CLXI. Mázares, después que lo fue entregado Páctyas por los de Quío,
emprendió la guerra contra las ciudades que hablan concurrido a sitiar
a Tábalo. Vencidos en ella los de Priena, los vendió por esclavos, y
haciendo sus correrías por las llanuras del Meandro, lo saqueó todo, y
dio el botín a sus tropas. Lo mismo hizo en Magnesia; pero luego
después enfermó y murió.
CLXII. En su lugar vino a tomar el mando del ejército Hárpago,
también medo de nación, el mismo a quien Astiages dio aquel impío
convite, y que tanto sirvió después a Ciro en la conquista del imperio.
Luego que llegó a la Jonia, fue tomando las plazas, valiéndose de
trincheras y terraplenes; porque obligados los enemigos a retirarse
dentro de las murallas, le fue preciso levantar obras de esta clase
para apoderarse de ellas. La primera ciudad que combatió fue la de
Focea en la Jonia.
CLXIII. Para decir algo de Focea, conviene saber que los primeros
griegos que hicieron largos viajes por mar fueron estos focenses, los
cuales descubrieron el mar Adriático, la Tirsenia, la Iberia y Tarteso,
no valiéndose de naves redondas, sino sólo de sus penteconteros
o naves de cincuenta remos. Habiendo aportado a Tarteso, supieron
ganarse toda la confianza y amistad del rey de los tartesios,
Arganthonio (69), el cual
ochenta años había que era señor de Tarteso, y vivió hasta la edad de
ciento veinte; y era tanto lo que este príncipe los amaba, que cuando
la primera vez desampararon la Jonia, les convidó con sus dominios,
instándoles para que escogiesen en ellos la morada que más les
acomodase. Pero viendo que no les podía persuadir, y sabiendo de su
boca el aumento que cada día tomaba el poder de los medos, tuvo la
generosidad de darles dinero para la fortificación de su ciudad, y lo
hizo con tal abundancia, que siendo el circuito de las murallas de no
pocos estadios, bastó para fabricarlas todas de grandes y labradas
piedras.
CLXIV. Así tenían los de Focea fortificada su ciudad, cuando
Hárpago, haciendo avanzar su ejército, les puso sitio; si bien antes
les hizo la propuesta de que se daría por tal de que los focenses,
demoliendo una sola de las obras de defensa que tenía la muralla,
reservasen para el rey una habitación. Los sitiados, que no podían
llevar con paciencia la dominación extranjera, pidieron un solo día
para deliberar, con la condición de que entretanto se retirasen las
tropas. Hárpago les respondió, que sin embargo de que conocía sus
intenciones, consentía en darles tiempo para que deliberasen. Mientras
las tropas se mantuvieron separadas de las murallas, los focenses, sin
perder momento, aprontaron sus naves y embarcaron en ellas a sus hijos
y mujeres con todos sus muebles y alhajas, como también las estatuas y
demás adornos que tenían en sus templos, menos los que eran de bronce o
de mármol, o consistían en pinturas (70).
Puesto a bordo todo lo que podían llevarse consigo, se hicieron a la
vela, y se trasladaron Quío. Los persas ocuparon después la ciudad
desierta de habitantes.
CLXV. No quisieron los naturales de Quío vender a los focenses las
islas llamadas Enusas, recelosos de que en manos de sus huéspedes
viniesen a ser un grande emporio, y quedasen ellos excluidos de las
ventajas del comercio. Viendo esto los focenses, determinaron navegar a
Córcega, por dos motivos: el uno porque veinte años antes, en virtud de
un oráculo, habían fundado allí una colonia, en una ciudad llamada
Alalia; y el otro por haber ya muerto su bienhechor Arganthonio.
Embarcados para Córcega, lo primero que hicieron fue dirigirse a Focea,
donde pasaron a cuchillo la guarnición de los persas, a la cual Hárpago
había confiado la defensa de la ciudad. Dado este golpe de mano, se
ligaron mutuamente con el solemne voto de no Abandonarse en el viaje,
pronunciando mil imprecaciones contra el que faltase a él, y echando
después al mar una gran masa de hierro, hicieron un juramento de no
volver otra vez a Focea si primero aquella misma masa no aparecía
nadando sobre el agua (71).
Sin embargo, al emprender la navegación, más de la mitad de ellos no
pudieron resistir al deseo de su ciudad y a la ternura y compasión que
les inspiraba la memoria de los sitios y costumbres de la patria, y
faltando a lo prometido y jurado, volvieron las proas hacia Vocea. Pero
los otros, fieles a su juramento, salieron de las islas Enusas y
navegaron para Córcega.
CLXVI. Después de su llegada vivieron cinco años en compañía de los
antiguos colonos, y edificaron allí sus templos. Pero como no dejasen
en paz a sus vecinos, a quienes despojaban de lo que tenían, unidos de
común acuerdo los Tyrrenos y los cartagineses, les hicieron la guerra,
armando cada una de las dos naciones sesenta naves. Los focenses,
habiendo tripulado y armado también sus bajeles hasta el número de
sesenta, les salieron al encuentro en el mar de Cerdeña. Dióse un
combate naval, y se declaró la victoria a favor de los focenses; pero
fue una victoria, como dicen, Cadmea (72),
por haber perdido cuarenta naves, y quedado inútiles las otras veinte,
cuyos espolones se torcieron con el choque. Después del combate
volvieron a Alalia, y tomando a sus hijos y mujeres, con todos los
muebles que las naves podían llevar, dejaron la Córcega, y navegaron
hacia Regio.
CLXVII. Los prisioneros focenses que los cartagineses, y más todavía
los Tyrrenos, hicieron en las naves destruidas, fueron sacados a tierra
y muertos a pedradas. De resultas, los Agyllenses (73)
sufrieron una gran calamidad; pues todos los ganados de cualquiera
clase, y hasta los hombres mismos que pasaban por el campo donde los
focenses fueron apedreados, quedaban mancos, tullidos o apopléticos.
Para expiar aquella culpa, enviaron a consultar a Delfos, y la Pitia
los mandó que celebrasen, como todavía lo practican, unas magníficas
exequias en honor de los muertos, con juegos gímnicos y carreras de
caballos. Los otros focenses que se refugiaron en Regio, saliendo
después de esta ciudad, fundaron en el territorio do Cnotria (74) una colonia que ahora llaman Hyela (75);
y esto lo hicieron por haber oído a un hombre, natural de Posidonia,
que la Pitia les había dicho en su oráculo que fundasen a Cyrno, que es el nombre de un héroe, y no debía equivocarse con el de la isla (76).
CLXVIII. Una suerte muy parecida a la de los focenses tuvieron los
Teianos, pues estrechando Hárpago su plaza con las obras que levantaba,
se embarcaron en sus naves y se fueron a Tracia, donde habitaron en
Abdera, ciudad que antes había edificado Tymesio el clazomenio, puesto
que no la había podido disfrutar por haberle arrojado de ella los
tracios; pero al presente los Teianos de Abdera le honran como a un
héroe.
CLXIX. De todos los jonios estos fueron los únicos que, no pudiendo
tolerar el yugo de los persas, abandonaron su patria; pero los otros
(dejando aparte a los de Mileto) hicieron frente al enemigo; y
mostrándose hombres de valor, combatieron en defensa de sus hogares,
hasta que vencidos al cabo y hechos prisioneros, se quedaron cada uno
en su país bajo la obediencia del vencedor. Los Milesios, según ya dije
antes, como habían hecho alianza con Ciro, se estuvieron quietos y
sosegados. En conclusión, este fue el modo como la Jonia fue avasallada
por segunda vez. Los jonios que moraban en las islas, cuando vieron que
Hárpago había sujetado ya a los del continente, temerosos de que no les
acaeciese otro tanto, se entregaron voluntariamente a Ciro.
CLXX. Oigo decir que a los jonios, celebrando en medio de sus apuros
un congreso en Panionio, les dio el sabio Biantes, natural de Priena,
un consejo provechoso que si le hubiesen seguido hubieran podido ser
los más felices de la Grecia. Los exhortó a que, formando todos una
sola escuadra, se fuesen a Cerdeña y fundaran allí un solo estado,
compuesto de todas las ciudades jonias; con lo cual, libres de la
servidumbre, vivirían dichosos, poseyendo la mayor isla de todas, y
teniendo el mando en otras; porque si querían permanecer en la Jonia,
no les quedaba, en su opinión, esperanza alguna de mantenerse libres e
independientes. También era muy acertado el consejo que antes de llegar
a su ruina les había dado el célebre Thales, natural de Mileto, pero de
una familia venida antiguamente de Fenicia. Este les proponía que se
estableciese para todos los jonios una junta suprema en Theos, por
hallarse esta ciudad situada en medio de la Jonia, sin perjuicio de que
las otras tuviesen lo mismo que antes sus leyes particulares, como si
fuese cada una un pueblo o distrito separado.
CLXXI. Hárpago, después que hubo conquistado la Jonia, volvió sus
fuerzas contra los Carianos, los Caunios y los licios, llevando ya
consigo las tropas jonias y eolias. Estos Carianos son una nación que
dejando las islas se pasó al continente; y según yo he podido
conjeturar, informándome de lo que se dice acerca de las edades más
remotas, siendo ellos antiguamente súbditos de Minos, con el nombre de Leleges,
moraban en las islas del Asia, y no pagaban ningún tributo sino cuando
lo pedía Minos, le tripulaban y armaban sus navíos; y como este
monarca, siempre feliz en sus expediciones (77),
hiciese muchas conquistas, se distinguió en ellas la nación Cariana,
mostrándose la más valerosa y apreciable de todas. A la misma nación se
debe el descubrimiento de tres cosas de que usan los griegos; pues ella
fue la que enseñó a poner crestas o penachos en los morriones, a pintar
armas y empresas en los escudos, y a pegar en los mismos unas correas a
manera de asas, siendo así que hasta entonces todos los que usaban de
escudo le llevaban sin aquellas asas, y sólo se servían para manejarla
de unas bandas de cuero que colgadas del cuello y del hombro izquierdo
se unían al mismo escudo. Los carios, después de haber habitado mucho
tiempo en las islas, fueron arrojados de ellas por los jonios y dorios,
y se pasaron al continente. Esto es lo que dicen los Cretenses; pero
los Carianos pretenden ser originarios de la tierra firme, y haber
tenido siempre el mismo nombre que ahora; y en prueba de ello muestran
en Mylassa un antiguo templo de Júpiter cario, el cual es común a los
Mysios, como hermanos que son de los Carianos, puesto que Lydo y Myso,
como ellos dicen, fueron hermanos de Car. Los pueblos que tienen otro
origen, aunque hablen la lengua de los carios, no participan de la
comunión de aquel templo.
CLXXII. Los Caunios, a mi entender, son originarios del país, por
más que digan ellos mismos que proceden de Creta. Es difícil determinar
si fueron ellos los que adoptaron la lengua Caria o los Carianos la
suya; lo cierto es que tienen unas costumbres muy diferentes de los
demás hombres y de los Carianos mismos. En sus convites parece muy bien
que se reúnan confusamente los hombres, las mujeres y los niños, según
la edad y grados de amistad que median entre ellos. Al principio
adoptaron el culto extranjero; pero arrepintiéndose después, y no
queriendo tener más dioses que los suyos propios, tomaron todos ellos
las armas, y golpeando con sus lanzas el aire, caminaron de este modo
hasta llegar a los confines Calyndicos, diciendo entretanto que con
aquella operación echaban de su país a los dioses extraños.
CLXXIII. Los licios traen su origen de la isla de Creta, que
antiguamente estuvo toda habitada de bárbaros. Cuando los hijos de
Europa, Sarpedon y Minos, disputaron en ella el Imperio, quedó Minos
vencedor en la contienda y echó fuera de Creta a Sarpedon con todos sus
partidarios. Estos se refugiaron en Myliada, comarca del Asia menor, y
la misma que al presente ocupan los licios. Sus habitadores se llamaban
entonces los Solymos. Sarpedon tenía el mando de los licios, que a la
sazón se llamaban los Térmilas, nombre que habían traído
consigo y con el que todavía son llamados de sus vecinos. Pero después
que Lyco, el hijo de Pandion, fue arrojado de Atenas por su hermano
Egeo, y refugiándose a la protección de Sarpedon, se pasó a los Térmilas (78),
estos vinieron con el tiempo a mudar de nombre, y tomando el de Lyco,
se llamaron licios. Sus leyes en parte son cretenses, y en parte
carias; pero tienen cierto uso muy particular en el que no se parecen
al resto de los hombres, y es el de tomar el apellido de las madres y
no de los padres; de suerte que si a uno se le pregunta quién es y de
qué familia procede, responde repitiendo el nombre de su madre y el sus
abuelas maternas. Por la misma razón, si una mujer libre se casa con un
esclavo, los hijos son tenidos por libres o ingenuos; y si al contrario
un hombre libre, aunque sea de los primeros ciudadanos, toma una mujer
extranjera o vive con una concubina, los hijos que nacen de semejante
unión son mirados como bastardos e infames.
CLXXIV. Los carios en aquella época, sin dar prueba alguna de valor,
se dejaron conquistar por Hárpago; y lo mismo sucedió a los griegos que
habitaban en aquella región. En ella moran los Cnidios, colonos de los
lacedemonios, cuyo país está en la costa del mar y se llama Triopio. La
Cnidia, empezando en la península Bybassia, es un terreno rodeado casi
todo por el mar, pues solo está unido con el continente por un paso de
cinco estadios de ancho. Le baña por el Norte el golfo Ceramico, y por
el Sur el mar de Syma y de Rodas. Los Cnidios, queriendo hacer que toda
la tierra fuese una isla perfecta, mientras Hárpago se ocupaba en
sujetar a la Jonia, trataron de cortar el istmo que los une con la
tierra firme. Empleando mucha gente en la excavación, notaron que los
trabajadores padecían muchísimo en sus cuerpos, y particularmente en
los ojos de resultas de las piedras que rompían, y atribuyéndolo a
prodigio o castigo divino, enviaron sus mensajeros a Delfos para
consultar cuál fuese la causa de la dificultad y resistencia que
encontraban. La Pitia, según cuentan los Cnidios, les respondió así:
Al istmo no toquéis de ningún modo.
Isla fuera, si Jove lo quisiese.
Recibida esta respuesta, suspendieron los Cnidios las excavaciones,
y sin hacer la menor resistencia, se entregaron a Hárpago, que con su
ejército venía marchando contra ellos.
CLXXV. Más arriba de Halicarnaso moraban tierra adentro los
Pedaseos. Siempre que a estos o a sus vecinos les amenaza algún
desastre, sucede que a la sacerdotisa de Minerva le crece una gran
barba, cosa que entonces le aconteció por tres veces. Los Pedaseos
fueron los únicos en toda la Caria que por algún tiempo hicieron frente
a Hárpago, y le dieron mucho en que entender, fortificando el monte que
llaman Lida; mas por último quedaron vencidos y arruinados.
CLXXVI. Cuando Hárpago conducía sus tropas al territorio de Janto,
los licios de aquella ciudad le salieron al encuentro, y peleando pocos
contra muchos, hicieron prodigios de valor; pero vencidos al cabo y
obligados a encerrarse dentro de la ciudad, reunieron en la fortaleza a
sus mujeres, hijos, dinero y esclavos, y pegándola fuego, la redujeron
a cenizas; después de lo cual, conjurados entre sí con las más
horribles imprecaciones, salieron con disimulo de la plaza, y pelearon
de modo que todos ellos murieron con las armas en la mano. Por este
motivo muchos que dicen ahora ser licios de Janto, son advenedizos,
menos ochenta familias, que hallándose a la sazón fuera de su patria,
sobrevivieron a la ruina común. De este modo se apoderó Hárpago de la
ciudad de Janto, y de un modo semejante de la de Cauno, habiendo los
Caunios imitado casi en todo a los licios.
CLXXVII. Mientras Hárpago destruía el Asia baja, Ciro en persona
sujetaba las naciones del Asia superior, sin perdonar a ninguna.
Nosotros pasaremos en silencio la mayor parte, tratando únicamente de
aquellas que con su resistencia le dieron más que hacer y que son más
dignas de memoria. Ciro, pues, cuando tuvo bajo su obediencia todo
aquel continente, pensó en hacer la guerra a los asirios.
CLXXVIII. La Asiria tiene muchas y grandes ciudades, pero de todas
ellas la más famosa y fuerte era Babilonia, donde existía la corte y
los palacios reales después que Nino fue destruida. Situada en una gran
llanura, viene a formar un cuadro, cuyos lados tienen cada uno de
frente ciento veinte estadios, de suerte que el ámbito de toda ella es
de cuatrocientos ochenta. Sus obras de fortificación y ornato son las
más perfectas de cuantas ciudades conocemos. Primeramente la rodea un
foso profundo, ancho y lleno de agua. Después la ciñen unas murallas
que tienen de ancho cincuenta codos reales, y de alto hasta doscientos,
siendo el codo real tres dedos mayor del codo común y ordinario (79).
CLXXIX. Conviene decir en qué se empleó la tierra sacada del foso, y
cómo se hizo la muralla. La tierra que sacaban del foso la empleaban en
formar ladrillos, y luego que estos tenían la consistencia necesaria
los llevaban a cocer a los hornos. Después, valiéndose en vez de
argamasa de cierto betún caliente, iban ligando la pared de treinta en
treinta filas de ladrillos con unos cestones hechos de caña, edificando
primero de este modo los labios o bordes del foso, y luego la muralla
misma. En lo alto de esta fabricaron por una y otra parte unas casillas
de un solo piso, las unas enfrente de las otras, dejando en medio el
espacio suficiente para que pudiese dar vueltas una carroza. En el
recinto de los muros hay cien puertas de bronce, con sus quicios y
umbrales del mismo metal. A ocho jornadas de Babilonia se halla una
ciudad que se llama Is, en la cual hay un río no muy grande que tiene
el mismo nombre y va a desembocar al Eufrates. El río Is lleva
mezclados con su corriente algunos grumos de asfalto o betún, de donde
fue conducido a Babilonia el que sirvió para sus murallas.
CLXXX. La ciudad esta dividida en dos partes por el río Eufrates,
que pasa por medio de ella. Este río, grande, profundo y rápido, baja
de las Armenias y va a desembocar en el mar Eritreo (80).
La muralla, por entrambas partes, haciendo un recodo llega a dar con el
río, y desde allí empieza una pared hecha de ladrillos cocidas, la cual
va siguiendo por la ciudad adentro las orillas del río. La ciudad,
llena de casas de tres y cuatro pisos, está cortada con unas calles
rectas, así las que corren a lo largo, como las trasversales que cruzan
por ellas y van a parar al río. Cada una de estas últimas tiene una
puerta de bronce en la cerca que se extiende por las márgenes del
Eufrates; de manera que son tantas las puertas que van a dar al río,
cuantos son los barrios entre calle y calle.
CLXXXI. El muro por la parte exterior es como la lóriga de la
ciudad, y en la parte interior hay otro muro que también la ciñe, el
cual es más estrecho que el otro, pero no mucho más débil. En medio de
cada uno de los dos grandes cuarteles en que la ciudad se divide, hay
levantados dos alcázares. En el uno está el palacio real, rodeado con
un muro grande y de resistencia, y en el otro un templo de Júpiter Belo
con sus puertas de bronce. Este templo, que todavía duraba en mis días,
es cuadrado y cada uno de sus lados tiene dos estadios. En medio de él
se va fabricada una torre maciza que tiene un estadio de altura y otro
de espesor. Sobre esta se levanta otra segunda, después otra tercera, y
así sucesivamente hasta llegar al número de ocho torres. Alrededor de
todas ellas hay una escalera por la parte exterior, y en la mitad de
las escaleras un rellano con asientos, donde pueden descansar los que
suben. En la última torre se encuentra una capilla, y dentro de ella
una gran cama magníficamente dispuesta, y a su lado una mesa de oro. No
se ve allí estatua ninguna, y nadie puede quedarse de noche, fuera de
una sola mujer, hija del país, a quien entre todas escoge el Dios,
según refieren los Caldeos, que son sus sacerdotes.
CLXXXII. Dicen también los Caldeos (aunque yo no les doy crédito)
que viene por la noche el Dios y la pasa durmiendo en aquella cama, del
mismo modo que sucede en Tébas del Egipto, como nos cuentan los
egipcios, en donde duerme una mujer en el templo de Júpiter tebano. En
ambas partes aseguran que aquellas mujeres no tienen allí comunicación
con hombre alguno. También sucede lo mismo en Pátara de la Licia, donde
la sacerdotisa, todo el tiempo que reside allí el oráculo, queda por la
noche encerrada en el templo.
CLXXXIII. En el mismo templo de Babilonia hay en el piso interior
otra capilla, en la cual se halla una grande estatua de Júpiter
sentado, que es de oro: junto a ella una grande mesa también de oro,
siendo del mismo metal la silla y la tarima. Estas piezas, según dicen
los Caldeos, no se hicieron can menos de ochocientos talentos de oro.
Fuera de la capilla hay un altar de oro, y además otro grande para las
reses ya crecidas, pues en el de oro sólo es permitido sacrificar
víctimas tiernas y de leche. Todos los años, el día en que los Caldeos
celebran la fiesta de su Dios, queman en la mayor de estas dos aras mil
talentos de incienso. En el mismo templo había anteriormente una
estatua de doce codos, toda ella de oro macizo, la que yo no he visto,
y solamente refiero lo que dicen los Caldeos. Darío, el hijo de
Histaspes, formó el proyecto de apropiársela cautelosamente, pero no se
atrevió a quitarla. Su hijo Jerjes la quitó por fuerza, dando muerte al
sacerdote que se oponía a que se la removiese de su sitio. Tal es el
adorno y la riqueza de este templo, sin contar otros muchos donativos
que los particulares le habían hecho.
CLXXXIV. Entre les muchos reyes de la gran Babilonia que se
esmeraron en la fábrica y adorno de las murallas y templos, de quienes
haré mención tratando de los Asirlos, hubo dos mujeres. La primera,
llamada Semíramis (81), que
reinó cinco generaciones o edades antes de la segunda, fue la que
levantó en aquellas llanuras unos diques y terraplenes dignos de
admiración, con el objeto de que el río no inundase, como
anteriormente, los campos.
CLXXXV. La segunda, que se llamó Nitocris (82),
siendo más política y sagaz que la otra, además de haber dejado muchos
monumentos que mencionaré después, procuró tomar cuantas medidas pudo
contra el imperio de los medos, el cual, ya grande y poderoso, lejos de
contenerse pacífico dentro de sus limites, había ido conquistando
muchas ciudades, y entre ellas la célebre Nino. Primeramente, viendo
que el Eufrates que corro por medio de la ciudad llevaba hasta ella un
curso recto, abrió muchas acequias en la parte superior del país, y
llevando el agua por ellas, hizo dar tantas vueltas al río, que por
tres veces viniese a tocar en una misma aldea de la Asiria llamada
Ardérica; de suerte que los que ahora, saliendo do las costas del mar (83),
quieren pasar a Babilonia, navegando por el Eufrates por tres veces y
en tres días diferentes pasan por aquella aldea. En las dos orillas del
río amontonó tanta tierra e hizo con ella tales márgenes, que asombra
la grandeza y elevación de estos diques. Además de esto, en un lugar
que cae en la parte superior, y está muy lejos de Babilonia, mandó
hacer una grande excavación con el objeto de formar una laguna
artificial, poco distante del mismo río. Se cayó la tierra hasta
encontrar con el agua viva, y el circuito de la grande hoya que se
formó tenía cuatrocientos y veinte estadios. La tierra que salió de
aquella concavidad, sirvió para construir los parapetos en las orillas
del río; y alrededor de la misma laguna se fabricó un margen con las
piedras que al efecto se habían allí conducido. Entrambas cosas, la
tortuosidad del río y la excavación para la laguna, se hicieron con la
mira de que la corriente del río, cortada con varias vueltas, fuese
menos rápida, y la navegación para Babilonia más larga; y de que además
obligase la laguna a dar un rodeo a los que caminasen por tierra. Por
esta razón mandó Nitocris hacer aquellas obras en la parte del país
donde estaba el paso desde la Media y el atajo para su reino, queriendo
que los medos no pudiesen comunicar fácilmente con sus vasallos ni
enterarse de sus cosas.
CLXXXVI. Estos resguardos procuró al estado con sus excavaciones, y
de ellas sacó todavía otra ventaja. Estando Babilonia dividida por el
río en dos grandes cuarteles, cuando uno en tiempo de los reyes
anteriores quería pasar de un cuartel al otro, le era forzoso hacerlo
en barca; cosa que según yo me imagino, debería de ser molesta y
enredosa. A fin de remediar este inconveniente, después de haber
abierto el grande estanque, se sirvió de él para la fábrica de otro
monumento utilísimo. Hizo cortar y labrar unas piedras de
extraordinaria magnitud, y cuando estuvieron ya dispuestas y hecha la
excavación, torció y encaminó toda la corriente del río al lugar
destinado para la laguna. Mientras éste se iba llenando, secábase la
madre antigua del río. En el tiempo que duró esta operación, mandó
hacer dos cosas: la una edificar en las orillas que corren por dentro
de la ciudad, y a las cuales se baja por las puertas que a cada calle
tienen, un margen de ladrillos cocidos, semejante a las obras de las
murallas; la otra construir un puente, en medio poco más o menos de la
ciudad, con las piedras labradas de antemano, uniéndolas entre sí con
hierro y plomo. Sobre las pilastras de esta fábrica se tendía un puente
hecho de unos maderos cuadrados, por donde se daba paso a los
babilonios durante el día; pero se retiraban los maderos por la noche,
para impedir mutuos robos, que se pudiesen cometer con la facilidad de
pasar de una parte a otra. Después que con la avenida del río se llenó
la laguna y estuvo concluido el puente, restituyó el Eufrates a su
antiguo cauce; con lo cual, además de proporcionar la conveniencia del
vecindario, logró que se creyese muy acertada la excavación del pantano.
CLXXXVII. Esta misma reina quiso urdir un artificio para engañar a
los venideros. Encima de una de las puertas más frecuentadas de la
ciudad, y en el lugar más visible de ella, hizo construir su sepulcro,
en cuyo frente mandó grabar esta inscripción: -«Si alguno de los reyes
de Babilonia que vengan después de mi escaseare de dinero, abra este
sepulcro y tome lo que quiera; pero si no escaseare de él, de ningún
modo lo abra, porque no le vendrá bien.» Este sepulcro permaneció
intacto hasta que la corona recayó en Darío, el cual, incomodado de no
usar de aquella puerta y de no aprovecharse de aquel dinero,
particularmente cuando el mismo tesoro le estaba convidando, determinó
abrir el sepulcro. Darío no usaba de la puerta, por no tener al pasar
por ella un muerto sobre su cabeza. Abierto el sepulcro, no se encontró
dinero alguno, sino solo el cadáver y un escrito con estas palabras.
-«Si no fueses insaciable de dinero, y no te valieses para adquirirle
de medios ruines, no hubieras escudriñado las arcas de tus muertos.»
CLXXXVIII. Ciro salió a campaña contra un hijo de esta reina, que se llamaba Labynet (84)
lo mismo que su padre, y que reinaba entonces en la Asiria. Cuando el
gran rey (pues este es el dictado que se da al de Babilonia) se pone al
frente de sus tropas y marcha contra el enemigo, lleva dispuestas de
antemano las provisiones necesarias, y basta el agua del río Choaspes
que pasa por Susa, porque no bebe de otra alguna. Con este objeto le
siguen siempre a donde quiera que viaja muchos carros de cuatro ruedas,
tirados por mulas; los cuales conducen unas vasijas de plata en que va
cocida el agua de Choaspes.
CLXXXIX. Cuando Ciro, caminando hacia Babilonia, estuvo cerca del
Gyndes (río que tiene sus fuentes en las montañas Matienas, y corriendo
después por las Darneas, va a entrar en el Tigris, otro río que pasando
por la ciudad de Opis desagua en el mar Eritreo), trató de pasar aquel
río, lo cual no puede hacerse sino con barcas. Entretanto, uno de los
caballos sagrados y blancos (85)
que tenía, saltando con brío al agua, quiso salir a la otra parte; pero
sumergido entre los remolinos, lo arrebató la corriente. Irritado Ciro
contra la insolencia del río, le amenazó con dejarle tan pobre y
desvalido, que hasta las mujeres pudiesen atravesarlo, sin que les
llegase el agua a las rodillas. Después de esta amenaza, difiriendo la
expedición contra Babilonia, dividió su ejército en dos partes, y en
cada una de las orillas del Gyndes señaló con unos cordeles ciento
ochenta acequias, todas ellas dirigidas de varias maneras; ordenó
después que su ejército las abriese; y como era tanta la muchedumbre de
trabajadores, llevó a cabo la empresa, pero no tan pronto que no
empleasen sus tropas en ella todo aquel verano.
CXC. Después que Ciro hubo castigado al río Gyndes desangrándole en
trescientos sesenta canales, esperó que volviese la primavera, y se
puso en camino con su ejército para Babilonia. Los babilonios, armados,
lo estaban aguardando en el campo, y luego que llegó cerca de la ciudad
le presentaron la batalla, en la cual quedando vencidos se encerraron
dentro de la plaza. Instruidos del carácter turbulento de Ciro, pues le
habían visto acometer igualmente a todas las naciones, cuidaron de
tener abastecida la ciudad de víveres para muchos años, de suerte que
por entonces ningún cuidado les daba el sitio. Al contrario, Ciro,
viendo que el tiempo corría sin adelantar cosa alguna, estaba perplejo,
y no sabia qué partido tomar.
CXCI. En medio de su apuro, ya fuese que alguno se lo aconsejase, o
que él mismo lo discurriese, tomó esta resolución. Dividiendo sus
tropas, formó las unas cerca del río en la parte por donde entra en la
ciudad, y las otras en la parte opuesta, dándoles orden de que luego
que viesen disminuirse la corriente en términos de permitir el paso,
entrasen por el río en la ciudad. Después de estas disposiciones, se
marchó con la gente menos útil de su ejército a la famosa laguna, y en
ella hizo con el río lo mismo que había hecho la reina Nitocris (86).
Abrió una acequia o introdujo por ella el agua en la laguna, que a la
sazón estaba convertida en un pantano, logrando de este modo desviar la
corriente del río y hacer vadeable la madre. Cuando los persas,
apostados a las orillas del Eufrates, le vieron menguado de manera que
el agua no les llegaba más que a la mitad del muslo, se fueron entrando
por él en Babilonia. Si en aquella ocasión los babilonios hubiesen
presentido lo que Ciro iba a practicar o no hubiesen estado nimiamente
confiados de que los persas no podrían entrar en la ciudad, hubieran
acabado malamente con ellos. Porque sólo con cerrar todas las puertas
que miran al río, y subirse sobre las cercas que corren por sus
márgenes, los hubieran podido coger como a los peces en la nasa. Pero
entonces fueron sorprendidos por los persas; y según dicen los
habitantes de aquella ciudad, estaban ya prisioneros los que moraban en
los extremos de ella, y los que vivían en el centro ignoraban
absolutamente lo que pasaba, con motivo de la gran extensión del
pueblo, y porque siendo además un día de fiesta, se hallaban bailando y
divirtiendo en sus convites y festines, en los cuales continuaron hasta
que del todo se vieron en poder del enemigo. De este modo fue tomada
Babilonia la primera vez (87).
CXCII. Para dar una idea de cuánto fuese el poder y la grandeza de
los babilonios, entre las muchas pruebas que pudieran alegarse referirá
lo siguiente: «Todas las provincias del gran rey están repartidas de
modo que, además del tributo ordinario, deben suministrar por su turno
los alimentos para el soberano y su ejército. De los doce meses del
año, cuatro están a cargo de la sola provincia de Babilonia, y en los
otros contribuye a la manutención lo restante del Asia. Por donde se ve
que en aquel país de la Asiria está reputado por la tercera parte del
Imperio, y su gobierno, que los persas llaman Satrapia, es con mucho
exceso el mejor y más principal de todos, en tanto grado, que el hijo
de Artabazo, llamado Tritantechmas, a quien dio el mando de aquella
provincia, percibía diariamente una ártaba (88) llena de plata, siendo la ártaba una medida persiana que tiene un medimno y tres chenices áticos (89).
Este mismo, sin contar los caballos destinados a la guerra, tenía para
la casta ochocientos caballos padres y dieciséis mil yeguas, cubriendo
cada caballo padre veinte de sus yeguas. Y era tanta la abundancia de
persas indianos que al mismo tiempo criaba, que para darles de comer
había destinado cuatro grandes aldeas de aquella comarca, exentas de
las demás contribuciones.
CXCIII. En la campiña de los asirios llueve poco, y únicamente lo
que basta para que el trigo nazca y se arraigue. Las tierras se riegan
con el agua del río, pero no con inundaciones periódicas como en
Egipto, sino a fuerza de brazos y de norias. Porque toda la región de
Babilonia, del mismo modo que la del Egipto, está cortada con varias
acequias, siendo navegable la mayor; la cual se dirige hacia el
Solsticio de invierno, y tomada del Eufrates, llega al río Tigris, en
cuyas orillas está Nino. Esta es la mejor tierra del mundo que nosotros
conocemos para la producción de granos; bien es verdad que no puede
disputar la preferencia en cuanto a los árboles, como la higuera, la
vid y el olivo. Pero en los frutos de Céres es tan abundante y feraz,
que da siempre doscientos por uno; y en las cosechas extraordinarias
suele llegar a trescientos. Allí las hojas de trigo y de la cebada
tienen de ancho, sin disputa alguna, hasta cuatro dedos; y aunque tengo
bien averiguado lo que pudiera decir sobre la altura del maíz y de la
alegría, que se parece a la de los árboles, me abstendré hablar de
ello, pues estoy persuadido de que parecerá increíble a los que no
hayan visitado la comarca de Babilonia cuanto dijere tocante a los
frutos de aquel país. No hacen uso alguno del aceite del olivo,
sirviéndose del que sacan de las alegrías. Están llenos los campos de
palmas, que en todas partes nacen, y con el fruto que las más de ellas
producen se proporcionan pan, vino y miel. El modo de cultivarlas (90)
es el que se usa con las higueras; porque tomando el fruto de las
palmas que los griegos llaman machos, lo atan a las hembras, que son
las que dan los dátiles, con la mira de que cierto gusanillo se meta
dentro de los dátiles, el cual les ayude a madurar y haga que no se
caiga el fruto de la palma, pues que la palma macho cría en su fruto un
gusanillo semejante al del cabrahigo.
CXCIV. Voy a referir una cosa que, prescindiendo de la ciudad misma,
es para mí la mayor de todas las maravillas de aquella tierra. Los
barcos en que navegan río abajo hacia Babilonia, son de figura redonda,
y están hechos de cuero. Los habitantes de Armenia, pueblo situado
arriba de los asirios, fabrican las costillas del barco con varas de
sauce, y por la parte exterior las cubren extendiendo sobre ellas unas
pieles, que sirven de suelo, sin distinguir la popa ni estrechar la
proa, y haciendo que el barco venga a ser redondo como un escudo.
Llenan después todo el buque de heno, y sobrecargan en él varios
géneros, y en especial ciertas tinajas llenas de vino de palma; le
echan al agua, y dejan que se vaya río abajo. Gobiernan el barco dos
hombres en pie por medio de dos remos a manera de gala, el uno boga
hacia adentro y el otro hacia afuera. De estos barcos se construyen
unos muy grandes, y otros no tanto; los mayores suelen llevar una carga
de cinco mil talentos. En cada uno va dentro por lo menos un jumento
vivo, y en los mayores van muchos. Luego que han llegado a Babilonia y
despachado la carga, pregonan para la venta las costillas y armazón del
barco, juntamente con todo el heno que vino dentro. Cargan después en
sus jumentos los cueros, y parten con ellos para la Armenia, porque es
del todo imposible volver navegando río arriba a causa de la rapidez de
su corriente. Y también es esta la razón por que no fabrican los barcos
de tablas, sino de cueros, que pueden ser vueltos con más facilidad a
su país. Concluido el viaje, tornan a construir sus embarcaciones de la
misma manera.
CXCV. Su modo de vestir es el siguiente: llevan debajo una túnica de
lino que les llega hasta los pies, y sobre esta otra de lana, y encima
de todo una especie de capotillo blanco. Usan de cierto calzado propio
de su país, que viene a ser muy parecido a los zapatos de Beocia. Se
dejan crecer el cabello, y le atan y cubren con sus mitras o turbantes,
ungiéndose todo el cuerpo con ungüentos preciosos. Cada uno lleva un
anillo con su sello, y también un bastón bien labrado, en cuyo puño se
ve formada una manzana, una rosa, un lirio, un águila, u otra cosa
semejante, pues no les permite la moda llevar el bastón sin alguna
insignia.
CXCVI. Entre sus leyes hay una a mi parecer muy sabia, de la que,
según oigo decir, usan también los Enetos, pueblos de la Iliria.
Consiste en una función muy particular que se celebra una vez al año en
todas las poblaciones. Luego que las doncellas tienen edad para
casarse, las reúnen todas y las conducen a un sitio, en torno del cual
hay una multitud de hombres en pie. Allí el pregonero las hace levantar
de una en una y las va vendiendo, empezando por la más hermosa de
todas. Después que ha despachado a la primera por un precio muy subido,
pregona a la que sigue en hermosura, y así las va vendiendo, no por
esclavas, sino para que sean esposas de los compradores. De este modo
sucedía que los babilonios más ricos y que se hallaban en estado de
casarse, tratando a porfía de superarse unos a otros en la generosidad
de las ofertas, adquirían las mujeres más lindas y agraciadas. Pero los
plebeyos que deseaban tomar mujer, no pretendiendo ninguna de aquellas
bellezas, recibían con un buen dote alguna de las doncellas más feas.
Porque así como el pregonero acababa de dar salida a las más bellas,
hacía poner en pie la más fea del concurso, o la contrahecha, si alguna
había, e iba pregonando quién quería casarse con ella recibiendo menos
dinero, hasta entregarla por último al que con menos dote la aceptaba.
El dinero para estas dotes se sacaba del precio dado por las hermosas,
y con esto las bellas dotaban a las feas y a las contrahechas. A nadie
le era permitido colocar a su hija con quien mejor le parecía, como
tampoco podía ninguno llevarse consigo a la doncella que hubiese
comprado, sin dar primero fianzas por las que se obligase a cohabitar
con ella, y cuando no quedaba la cosa arreglada en estos términos, les
mandaba la ley desembolsar la dote. También era permitido comprar mujer
a los que de otros pueblos concurrían con este objeto. Tal era la
hermosísima ley (91) que
tenían, y que ya no subsiste. Recientemente han inventado otro uso, a
fin de que no sufran perjuicio las doncellas, ni sean llevadas a otro
pueblo. Como después de la toma de la ciudad muchas familias han
experimentado menoscabos en sus intereses, los particulares faltos de
medios prostituyen a sus hijas, y con las ganancias que de aquí los
resultan, proveen a su colocación.
CXCVII. Otra ley tienen que me parece también muy discreta. Cuando
uno está enfermo, le sacan a la plaza, donde consulta sobre su
enfermedad con todos los concurrentes, porque entre ellos no hay
médicos. Si alguno de los presentes padeció la misma dolencia o sabe
que otro la haya padecido, manifiesta al enfermo los remedios que se
emplearon en la curación, y le exhorta a ponerlos en práctica. No se
permite a nadie que pase de largo sin preguntar al enfermo el mal que
lo aflige.
CXCVIII. Entierran sus cadáveres cubiertos de miel; y sus
lamentaciones fúnebres son muy parecidas a las que se usan en Egipto.
Siempre que un marido babilonio tiene comunicación con su mujer, se
purifica con un sahumerio, y lo mismo hace la mujer sentada en otro
sitio. Los dos al amanecer se lavan en el baño y se abstienen de tocar
alhaja alguna antes de lavarse. Esto mismo hacen cabalmente los árabes.
CXCIX. La costumbre más infame que hay entre los babilonios, es la
de que toda mujer natural del país se prostituya una vez en la vida con
algún forastero, estando sentada en el templo de Venus. Es verdad que
muchas mujeres principales, orgullosas por su opulencia, se desdeñan de
mezclarse en la turba con las demás, y lo que hacen es ir en un
carruaje cubierto y quedarse cerca del templo, siguiéndolas una gran
comitiva de criados. Pero las otras, conformándose con el uso, se
sientan en el templo, adornada la cabeza de cintas y cordoncillos, y al
paso que las unas vienen, las otras se van. Entre las filas de las
mujeres quedan abiertas de una parte a otra unas como calles, tiradas a
cordel, por las cuales van pasando los forasteros y escogen la que les
agrada. Después que una mujer se ha sentado allí, no vuelve a su casa
hasta tanto que alguno la eche dinero en el regazo, y sacándola del
templo satisfaga el objeto de su venida. Al echar el dinero debe
decirle: «Invoco en favor tuyo a la diosa Milita,» que este es el
nombre que dan a Venus los asirios: no es lícito rehusar el dinero, sea
mucho o poco, porque se le considera como una ofrenda sagrada. Ninguna
mujer puede desechar al que la escoge, siendo indispensable que le
siga, y después de cumplir con lo que debe a la diosa, se retira a su
casa. Desde entonces no es posible conquistarlas otra vez a fuerza de
dones. Las que sobresalen por su hermosura, bien presto quedan
desobligadas; pero las que no son bien parecidas, suelen tardar mucho
tiempo en satisfacer a la ley, y no pocas permanecen allí por el
espacio de tres y cuatro años. Una ley semejante está en uso en cierta
parte de Chipre.
CC. Hay entre los Asirlos tres castas o tribus que solo viven de
pescado, y tienen un modo particular de prepararlo. Primero lo secan al
sol, después lo machacan en un mortero, y por último, exprimiéndolo con
un lienzo, hacen de él una masa; y algunos hay que lo cuecen como si
fuera pan.
CCI. Después que Ciro hubo conquistado a los babilonios, quiso
reducir a su obediencia a los masagetas, nación que tiene fama de ser
numerosa y valiente. Está situada hacia la aurora y por donde sale el
sol, de la otra parte del río Araxes, y enfrente de los Issedones. No
falta quien pretende que los masagetas son una nación de escitas.
CCII. El Araxes dicen algunos que es mayor y otros menor que el
Danubio, y que forma muchas islas tan grandes como la de Lesbos. Los
habitantes de estas islas viven en el verano de las raíces, que de
todas especies encuentran cavando, y en el invierno se alimentan con
las frutas de los árboles que se hallaron maduras en el verano y
conservaron en depósito para su sustento. De ellos se dice que han
descubierto ciertos árboles que producen una fruta (92)
que acostumbran echar en el fuego cuando se sientan a bandadas
alrededor de sus hogueras. Percibiendo ahí el olor que despide de sí la
fruta, a medida que se va quemando, se embriagan con él del mismo modo
que los griegos con el vino, y cuanta más fruta echan al fuego, tanto
más crece la embriaguez, hasta que levantándose del suelo se ponen a
bailar y cantar. El río Araxes tiene su origen en los Metienos (93)
donde sale también el Gyndes, al cual repartió Ciro en trescientos
sesenta canales y desagua por cuarenta bocas, que todas ellas menos una
van a ciertas lagunas y pantanos, donde se dice haber unos hombres que
se alimentan de pescado crudo y se visten con pieles de focas o
becerros marinos. Pero aquella boca del Araxes que tiene limpia su
corriente, va a desaguar en el río Caspio, que es un mar aparte y no se
mezcla con ningún otro (94);
siendo así que el mar en que navegan los griegos y el que está más allá
de las columnas de Hércules y llaman Atlántico, como también el
Eritreo, vienen todos a ser un mismo mar.
CCIII. La longitud del mar Caspio es de quince días de navegación en
un barco al remo, y su latitud es de ocho días en la mayor anchura. Por
sus orillas en la parte que mira al Occidente corre el monte Cáucaso,
que en su extensión es el mayor y en su elevación el más alto de todos.
Encierra dentro de sí muchas y muy varias naciones, la mayor parte de
las cuales viven del fruto de los árboles silvestres. Entre estos
árboles hay algunos cuyas hojas son de tal naturaleza, que con ellas
machacadas y disueltas en agua, pintan en sus vestidos aquellos
habitantes ciertos animales que nunca se borran por más que se laven, y
duran tanto como la lana misma, con la cual parece fueron desde el
principio entretejidos. También se dice de estos naturales, que usan en
público de sus mujeres a manera de brutos.
CCIV. En las riberas del mar Caspio que miran al Oriente hay una
inmensa llanura cuyos límites no puede alcanzar la vista. Una parte, y
no la menor de ella, la ocupan aquellos masagetas contra quienes formó
Ciro el designio de hacer la guerra, excitado por varios motivos que le
llenaban de orgullo. El primero de todos era lo extraño de su
nacimiento, por el que se figuraba ser algo más que hombre; y el
segundo la fortuna que lo acompañaba en todas sus expediciones, pues
donde quiera que entraban sus armas, parecía imposible que ningún
pueblo dejase de ser conquistado.
CCV. En aquella sazón era reina de los masagetas una mujer llamada
Tomiris, cuyo marido había muerto ya. A esta, pues, envió Ciro una
embajada, con el pretexto de pedirla por esposa. Pero Tomiris, que
conocía muy bien no ser ella, sino su reino, lo que Ciro pretendía, le
negó la entrada en su territorio. Viendo Ciro el mal éxito de su
artificiosa tentativa, hizo marchar su ejército hacia el Araxes, y no
se recató ya en publicar su expedición contra los masagetas,
construyendo puentes en el río, y levantando torres encima de las naves
en que debía verificarse el paso de las tropas.
CCVI. Mientras Ciro se ocupaba en estas obras, le envió Tomiris un
mensajero con orden de decirle: -«Bien puedes, rey de los medos,
excusar esa fatiga que tomas con tanto calor: ¿quién sabe si tu empresa
será tan feliz corno deseas? Más vale que gobiernes tu reino
pacíficamente, y nos dejes a nosotros en la tranquila posesión de los
términos que habitamos. ¿Despreciarás por ventura mis consejos, y
querrás más exponerlo todo que vivir quieto y sosegado? Pero si tanto
deseas hacer una prueba del valor de los masagetas, pronto podrás
conseguirlo. No te tomes tanto trabajo para juntar las dos orillas del
río. Nuestras tropas se retirarán tres jornadas, y allí te esperaremos;
o si prefieres que nosotros pasemos a tu país, retírate a igual
distancia, y no tardaremos en buscarte.» Oído el mensaje, convocó Ciro
a los persas principales, y exponiéndoles el asunto, les pidió su
parecer sobre cuál de los dos partidos sería mejor admitir. Todos
unánimemente convinieron en que se debía esperar a Tomiris y a su
ejército en el territorio persiano.
CCVII. Creso, que se hallaba presente a la deliberación, desaprobó
el dictamen de los persas, y manifestó su opinión contraria en estos
términos: -«Ya te he dicho, señor, otras veces, que puesto que el cielo
me ha hecho siervo tuyo, procuraré con todas mis fuerzas estorbar
cualquier desacierto que trate de cometerse en tu casa. Mis desgracias
me proporcionan, en medio de su amargura, algunos documentos
provechosos. Si te consideras inmortal, y que también lo es tu
ejército, ninguna necesidad tengo de manifestarte mi opinión; pero si
tienes presente que eres hombre y que mandas a otros hombres, debes
advertir, antes de todo, que la fortuna es una rueda, cuyo continuo
movimiento a nadie deja gozar largo tiempo de la felicidad. En el caso
propuesto, soy de parecer contrario al que han manifestado mis
consejeros, y encuentro peligroso que esperes al enemigo en tu propio
país; pues en caso de ser vencido, te expones a perder todo el imperio,
siendo claro que, vencedores los masagetas, no volverán atrás huyendo,
sino que avanzarán a lo interior de tus dominios. Por el contrario, si
los vences, nunca cogerás tanto fruto de la victoria como si, ganando
la batalla en su mismo país, persigues a los masagetas fugitivos y
derrotados. Debe pensarse por lo mismo en vencer al enemigo, y caminar
después en derechura a sojuzgar el reino de Tomiris; además de que
sería ignominioso para el hijo de Cambises ceder el campo a una mujer,
y volver atrás un solo paso. Soy, por consiguiente, de dictamen que
pasemos el río, y avanzando lo que ellos se retiren, procuremos
conseguir la victoria. Esos masagetas, según he oído, no tienen
experiencia de las comodidades que en Persia se disfrutan, ni han
gustado jamás nuestras delicias. A tales hombres convendría
prevenirles, en nuestro mismo campo un copioso banquete, matando un
gran número de carneros, y dejándolos bien preparados, con abundancia
de vino puro y todo género de manjares. Hecho esto, confiando la
custodia de los reales a los soldados más débiles, nos retiraríamos
hacia el río. Cuando ellos viesen a su alcance tantas cosas buenas, no
dado que se abalanzarían a gozarlas y nos suministrarían la mejor
ocasión de sorprenderlos ocupados, y de hacer en ellos una matanza
horrible.»
CCVIII. Estos fueron los pareceres que se dieron a Ciro; el cual,
desechando el primero y conformándose con el de Creso, envió a decir a
Tomiris que se retirase, porque él mismo determinaba pasar el río y
marchar contra ella. Retiróse en efecto la reina, como antes lo tenía
ofrecido. Entonces fue cuando Ciro puso a Creso en manos de su hijo
Cambises, a quien declaraba por sucesor suyo, encargándolo con las
mayores veras que cuidase mucho de honrarlo y hacerle bien en todo, si
a él por casualidad no le saliese felizmente la empresa que acometía.
Después de esto, envíalos a Persia juntos; y él poniéndose al frente de
sus tropas, pasa con ellas el río.
CCIX. Estando ya de la otra parte del Araxes, venida la noche y
durmiendo en la tierra de los masagetas, tuvo Ciro una visión entre
sueños que le representaba al hijo mayor de Hystaspes con alas en los
hombros, una de las cuales cubría con su sombra el Asia y la otra la
Europa. Este Hystaspes era hijo de Arsaces, de la familia de los
Acheménidas, y su hijo mayor, Darío, joven de veinte años, se había
quedado en Persia, por no tener la edad necesaria para la milicia.
Luego que despertó Ciro, se puso a reflexionar acerca del sueño, y como
le pareciese grande y misterioso, hizo llamar a Hystaspes, y quedándose
con él a solas, le dijo: -«He descubierto, Hystaspes, que tu hijo
maquina contra mi persona y contra mi soberanía. Voy a decirte el modo
seguro como lo he sabido. Los dioses, teniendo de mí un especial
cuidado, me revelan cuanto me debe suceder; y ahora mismo he visto la
noche pasada entre sueños que el mayor de tus hijos tenía en sus
hombros dos alas, y que con la una llenaba de sombra el Asia, y con la
otra la Europa. Esta visión no puede menos de ser indicio de las
asechanzas que trama contra mí. Vete, pues, desde luego a Persia y
dispón las cosas de modo que cuando yo esté de vuelta, conquistado ya
este país, me presentes a tu hijo para hacerle los cargos
correspondientes.»
CCX. Esto dijo Ciro, imaginando que Darío le ponía asechanzas; pero
lo que el cielo le pronosticaba era la muerte que debía sobrevenirle, y
la traslación de su corona a las sienes de Darío. Entonces le respondió
Hystaspes: -«No permita Dios que ningún persa de nacimiento maquine
jamás contra vuestra persona, y perezca mil veces el traidor que lo
intentase. Vos fuisteis, oh rey, quien de esclavos hizo libres a los
persas, y de súbditos de otros, señores de todos. Contad enteramente
conmigo, porque prontísimo a entregaros a mi hijo, para que de él
hagáis lo que quisiereis, si alguna visión os le mostró amigo de
novedades en perjuicio de vuestra soberanía.» Así respondió Hystaspes;
en seguida repasó el río y se puso en camino para Persia, con objeto de
asegurar a Darío y presentarle a Ciro cuando volviese.
CCXI. Partiendo del Araxes, se adelantó Ciro una jornada, y puso por
obra el consejo que le había sugerido Creso; conforme al cual se volvió
después hacia el río con la parte más escogida y brillante de sus
tropas, dejando allí la más débil y flaca. Sobre estos últimos cargó en
seguida la tercera parte del ejército de Tomiris, y por más que se
defendieron, los pasó a todos al filo de la espada. Pero viendo los
Misagetas, después de la muerte de sus contrarios, las mesas que
estaban preparadas, sentáronse a ellas, y de tal modo se hartaron de
comida y de vino, que por último se quedaron dormidos. Entonces los
persas volvieron al campo, y acometiéndoles de firme, mataron a muchos
y cogieron vivos a muchos más, siendo de este número su general, el
hijo de la reina Tomiris, cuyo nombre era Spargapises.
CCXII. Informada Tomiris de lo sucedido en su ejército y en la
persona de su hijo, envió un mensajero a Ciro, diciéndole: -«No te
ensoberbezcas, Ciro, hombre insaciable de sangre, por la grande hazaña
que acabas de ejecutar. Bien sabes que no has vencido a mi hijo con el
valor de tu brazo, sino engañándolo con esa pérfida bebida, con el
fruto de la vid, del cual sabéis vosotros henchir vuestros cuerpos, y
perdido después el juicio, deciros todo género de insolencias. Toma el
saludable consejo que voy a darte. Vuelve a mi hijo y sal luego de mi
territorio, contento con no haber pagado la pena que debías por la
injuria que hiciste a la tercera parte de mis tropas. Y si no lo
practicas así, te juro por el sol, supremo señor de los masagetas, que
por sediento que te halles de sangre, yo te saciaré de ella.»
CCXIII. Ciro no hizo caso de este mensaje. Entretanto, Spargapises,
así que el vino le dejó libre la razón y con ella vio su desgracia,
suplicó a Ciro le quitase las prisiones; y habiéndolo conseguido, dueño
de sus manos, las volvió contra sí mismo y acabó con su vida. Este fue
el trágico fin del joven prisionero.
CCXIV. Viendo Tomiris que Ciro no daba oídos a sus palabras, reunió
todas sus fuerzas y trabó con él la batalla más reñida que en mi
concepto se ha dado jamás entre las naciones bárbaras. Según mis
noticias, los dos ejércitos empezaron a pelear con sus arcos a cierta
distancia; pero consumidas las flechas, vinieron luego a las manos y se
acometieron vigorosamente con sus lanzas y espadas. La carnicería duró
largo tiempo, sin querer ceder el puesto ni los unos ni los otros,
hasta que al cabo quedaron vencedores los Masegetas. Las tropas
persianas sufrieron una pérdida espantosa, y el mismo Ciro perdió la
vida, después de haber reinado veintinueve años. Entonces fue cuando
Tomiris, habiendo hecho llenar un odre de sangre humana, mandó buscar
entre los muertos el cadáver de Ciro; y luego que fue hallado, le cortó
la cabeza y la metió dentro del odre, insultándolo con estas palabras:
-«Perdiste a mi hijo cogiéndole con engaño a pesar de que yo vivía y de
que yo soy tu vencedora. Pero yo te saciaré de sangre cumpliendo mi
palabra.» Este fue el término que tuvo Ciro, sobre cuya muerte sé muy
bien las varias historias que se cuentan; pero yo la he referido del
modo que me parece más creíble.
CCXV. Los masagetas en su vestido y modo de vivir se parecen mucho a
los escitas, y son a un mismo tiempo soldados de a caballo y de a pie.
En sus combates usan de flechas y de lanzas, y llevan también cierta
especie de segures, que llaman ságares. Para todo se sirven del
oro y del bronce: del bronce para las lanzas, saetas y segures; y del
oro para el adorno de las cabezas, los ceñidores y las bandas que
cruzan debajo de los brazos. Ponen a los caballos un peto de bronce, y
emplean el oro para el freno, las riendas y domas jaez. No hacen uso
alguno de la plata y del hierro, porque el país no produce estos
metales, siendo en él muy abundantes el oro y el bronce.
CCXVI. Los masagetas tienen algunas costumbres particulares. Cada
uno se casa con su mujer; pero el uso de las casadas es común para
todos, pues lo que los griegos cuentan de los escitas en este punto, no
son los escitas, sino los masagetas los que lo hacen, entre los cuales
no se conoce el pudor; y cualquier hombre, colgando del carro su
aljaba, puede juntarse sin reparo con la mujer que le acomoda. No tiene
término fijo para dejar de existir; pero si uno llega a ser ya
decrépito, reuniéndose todos los parientes le matan con una porción de
reses, y cociendo su carne, celebran con ella un gran banquete. Este
modo de salir de la vida se mira entre ellos como la felicidad suprema,
y si alguno muere de enfermedad, no se hace convite con su carne, sino
que se lo entierra con grandísima pesadumbre de que no haya llegado al
punto de ser inmolado. No siembran cosa alguna, y viven solamente de la
carne de sus rebaños y de la pesca que el Araxes les suministra en
abundancia. Su bebida es la leche. No veneran otro dios que el sol, a
quien sacrifican caballos; y dan por razón de su culto, que al más
veloz de los dioses no puede ofrecerse víctima más grata que el más
ligero de los animales.
Libro II.
Euterpe.
Antes de pasar Herodoto a referir la conquista de
Egipto por Cambises, hijo de Ciro, que reserva para el libro siguiente,
traza en este segundo una descripción topográfica del Egipto. - El
Nilo, su origen, extensión y avenidas. - Costumbres civiles y
religiosas de los egipcios. - Hércules. - Animales sagrados. - Métodos
de embalsamar los cadáveres. - Reyes antiguos de Egipto: Menes,
Nitocris, Meris. Sesostris, sus conquistas, repartición del Egipto.
Proteo hospeda en Menfis a Helena, robada por Alejandro, entretanto que
los griegos destruyen a Troya. - Rampsinito. - Quéope obliga a los
egipcios a construir las pirámides. - Micerino manda abrir los templos.
- Invasión de los etíopes. - Seton, sacerdote y rey. - Cronología de
los egipcios. - División del Egipto en doce artes. - El Laberinto. -
Psamético se apodera de todo el Egipto: su descendencia: Neco, Psamis,
Apríes. - Amasis vence a Apríes y con su buena administración hace
prosperar al Egipto.
I. Después de la muerte de Ciro, tomó el mando del imperio su hijo
Cambises, habido en Casandana, hija de Farnaspes, por cuyo
fallecimiento, mucho antes acaecido, había llevado Ciro y ordenado en
todos sus dominios el luto más riguroso. Cambises, pues, heredero de su
padre, contando entre sus vasallos a los jonios y a los Eólios, llevó
estos griegos, de quienes era señor, en compañía de sus demás súbditos,
a la expedición que contra el Egipto dirigía.
II. Los egipcios vivieron en la presunción de haber sido los primeros habitantes del mundo, hasta el reinado de Psamético (1).
Desde entonces, cediendo este honor a los frigios, se quedaron ellos en
su concepto con el de segundos. Porque queriendo aquel rey averiguar
cuál de las naciones había sido realmente la más antigua, y no hallando
medio ni camino para la investigación de tal secreto, echó mano
finalmente de original invención. Tomó dos niños recién nacidos de
padres humildes y vulgares, y los entregó a un pastor para que allá
entre sus apriscos los fuese criando de un modo desusado, mandándole
que los pusiera en una solitaria cabaña, sin que nadie delante de ellos
pronunciara palabra alguna, y que a las horas convenientes les llevase
unas cabras con cuya leche se alimentaran y nutrieran, dejándolos en lo
demás a su cuidado y discreción. Estas órdenes y precauciones las
encaminaba Psamético al objeto de poder notar y observar la primera
palabra en que los dos niños al cabo prorrumpiesen, al cesar en su
llanto e inarticulados gemidos. En efecto, correspondió el éxito a lo
que se esperaba. Transcurridos ya dos años en expectación de que se
declarase la experiencia, un día, al abrir la puerta, apenas el pastor
había entrado en la choza, se dejaron caer sobre él los dos niños, y
alargándole sus manos, pronunciaron la palabra becos. Poco o
ningún caso hizo por la primera vez el pastor de aquel vocablo; mas
observando que repetidas veces, al irlos a ver y cuidar, otra voz que becos
no se les oía, resolvió dar aviso de lo que pasaba a su amo y señor,
por cuya orden, juntamente con los niños, pareció a su presencia. El
mismo Psamético, que aquella palabra les oyó, quiso indagar a qué
idioma perteneciera y cuál fuese su significado, y halló por fin que
con este vocablo se designaba el pan entre los frigios (2). En fuerza de tal experiencia cedieron los egipcios de su pretensión de anteponerse a los frigios en punto de antigüedad.
III. Que pasase en estos términos el acontecimiento, yo mismo allá
en Menfis lo oía de boca de los sacerdotes de Vulcano, si bien los
griegos, entre otras muchas fábulas y vaciedades, añaden que Psamético,
mandando cortar la lengua a ciertas mujeres, ordenó después que a
cuenta de ellas corriese la educación de las dos criaturas; mas lo que
llevo arriba referido es cuanto sobre el punto se me decía. Otras
noticias no leves ni escasas recogí en Menfis conferenciando con los
sacerdotes de Vulcano; pero no satisfecho con ellas, hice mis viajes a
Tebas y a Heliópolis con la mira de ser mejor informado y ver si iban
acordes las tradiciones de aquellos lugares con las de los sacerdotes
de Menfis, mayormente siendo tenidos los de Heliópolis, como en efecto
lo son, por los más eruditos y letrados del Egipto. Mas respecto a los
arcanos religiosos, cuales allí los oía, protesto desde ahora no ser mi
ánimo dar de ellos una historia, sino sólo publicar sus nombres, tanto
más, cuanto imagino que acerca de ellos todos nos sabemos lo mismo (3). Añado, que cuanto en este punto voy a indicar, lo haré únicamente a más no poder, forzado por el hilo mismo de la narración.
IV. Explicábanse, pues, con mucha uniformidad aquellos sacerdotes,
por lo que toca a las cosas públicas y civiles. Decían haber sido los
egipcios los primeros en la tierra que inventaron la descripción del
año, cuyas estaciones dividieron en doce partes o espacios de tiempo,
gobernándose en esta economía por las estrellas. Y en mi concepto,
ellos aciertan en esto mejor que los griegos, pues los últimos, por
razón de las estaciones, acostumbran intercalar el sobrante de los días
al principio de cada tercer año; al paso que los egipcios, ordenando
doce meses por año, y treinta días por mes, añaden a este cómputo cinco
días cada año, logrando así un perfecto círculo anual con las mismas
estaciones que vuelven siempre constantes y uniformes. Decían asimismo
que su nación introdujo la primera los nombres de los doce dioses que
de ellos tomaron los griegos (4);
la primera en repartir a las divinidades sus aras, sus estatuas y sus
templos; la primera en esculpir sobre el mármol los animales, mostrando
allí muchos monumentos en prueba de cuanto iban diciendo. Añadían que
Menes fue el primer hombre que reinó en Egipto; aunque el Egipto todo
fuera del Nomo (5) tebano,
era por aquellos tiempos un puro cenagal, de suerte que nada parecía
entonces de cuanto terreno al presente se descubre más abajo del lago
Meris, distante del mar siete días de navegación, subiendo el río.
V. En verdad que acerca de este país discurrían ellos muy bien, en
mi concepto; siendo así que salta a los ojos de cualquier atento
observador, aunque jamás lo haya oído de antemano, que el Egipto es una
especie de terreno postizo, y como un regalo del río mismo, no solo en
aquella playa a donde arriban las naves griegas, sino aun en toda
aquella región que en tres días de navegación se recorre más arriba de
la laguna Meris; aunque es verdad que acerca del último terreno nada me
dijeron los sacerdotes. Otra prueba hay de lo que voy diciendo, tomada
de la condición misma del terreno de Egipto, pues si navegando uno
hacia él echare la sonda a un día de distancia de sus riberas, la
sacará llena de lodo de un fondo de once orgias (6). Tan claro se deja ver que hasta allí llega el poso que el río va depositando.
VI. La extensión del Egipto a lo largo de sus costas, según nosotros
lo medimos, desde el golfo Plintinetes hasta la laguna Sorbónida, por
cuyas cercanías se dilata el monte Casio, no es menor de 60 schenos. Uso aquí de esta especie de medida por cuanto veo que los pueblos de corto terreno suelen medirlo por orgias; los que lo tienen más considerable, por estadíos (7), los de grande extensión, por parasangas, y los que lo poseen excesivamente dilatado, por schenos. El valor de estas medidas es el siguiente: la parasanga comprende treinta estadios, y el scheno, medida propiamente egipcia, comprende hasta sesenta. Así que lo largo del Egipto por la costa del mar es de 3.600 estadios.
VII. Desde las costas penetrando en la tierra hasta que se llega a
Heliópolis, es el Egipto un país bajo, llano y extendido, falto de
agua, y de suyo cenagoso. Para subir desde el mar hacia la dicha
Heliópolis, hay un camino que viene a ser tan largo como el que desde
Atenas, comenzando en el Ara de los doce Dioses, va a terminar
en Pisa en el templo de Júpiter Olímpico, pues si se cotejasen uno y
otro camino, se hallaría ser bien corta la diferencia entre los dos,
como solo de 45 estadios, teniendo el que va desde el mar a Heliópolis
1.500 cabales, faltando 15 para este número al que una a Pisa con
Atenas.
VIII. De Heliópolis arriba es el Egipto un angosto valle. Por un
lado tiene la sierra de los montes de Arabia, que se extiende desde
Norte al Mediodía y al viento Noto, avanzando siempre hasta el mar
Eritrheo; en ella están las canteras que se abrieron para las pirámides
de Menfis. Después de romperse en aquel mar, tuerce otra vez la
cordillera hacia la referida Heliópolis, y allí, según mis
informaciones, en su mayor longitud de Levante a Poniente viene a tener
un camino de dos meses, siendo su extremidad oriental muy feraz en
incienso. He aquí cuanto de este monte puedo decir. Al otro lado del
Egipto, confinante con la Libia, se dilata otro monte pedregoso, donde
están las pirámides, monte encubierto y envuelto en arena, tendiendo
hacia Mediodía en la misma dirección que los opuestos montes de la
Arabia. Así, pues, desde Heliópolis arriba, lejos de ensancharse la
campiña, va alargándose como un angosto valle por cuatro días (8)
enteros de navegación, en tanto grado, que la llanura encerrada entre
las dos sierras, la Líbica y la Arábica, no tendrá a mi parecer más
allá de 200 estadios en su mayor estrechura, desde la cual continúa
otra vez ensanchándose el Egipto.
IX. Esta viene a ser la situación natural de aquella región. Desde
Heliópolis hasta Tebas se cuentan nueve días de navegación, viaje que
será de 4.860 estadios, correspondientes a 81 schenos: sumando, pues,
los estadios que tiene el Egipto, son: 3.600 a lo largo de la costa,
como dejo referido; desde el mar hasta Tebas tierra adentro 6.1209 (9), y 1.800, finalmente, de Tebas a Elefantina.
X. La mayor parte de dicho país, según decían los sacerdotes, y
según también me parecía, es una tierra recogida y añadida lentamente
al antiguo Egipto. Al contemplar aquel valle estrecho entre los dos
montes que dominan la ciudad de Menfis, se me figuraba que habría sido
en algún tiempo un seno de mar (10),
como lo fue la comarca de Ilión, la de Teutrania, la de Éfeso y la
llanura del Meandro, si no desdice la comparación de tan pequeños
efectos con aquel tan admirable y gigantesco. Porque ninguno de los
ríos que con su poso llegaron a cegar los referidos contornos es tal y
tan grande, que se pueda igualar con una sola boca de las cinco (11)
por las que el Nilo se derrama. Verdad es que no faltan algunos que sin
tener la cuantía y opulencia del Nilo, han obrado, no obstante, en este
género grandiosos efectos, muchos de los cuales pudiera aquí nombrar,
sin conceder el último lugar al río Aqueloó, que corriendo por Acarnia
y desaguando en sus costas, ha llegado ya a convertir en tierra firme
la mitad de las islas Equinadas.
XI. En la región de Arabia, no lejos de Egipto, existe un golfo
larguísimo y estrecho, el cual se mete tierra adentro desde el mar del
Sud, o Eritreo (12); golfo
tan largo que, saliendo de su fondo y navegándole a remo, no se llegará
a lo dilatado del Océano hasta cuarenta días de navegación y tan
estrecho, por otra parte, que hay paraje en que se le atraviesa en
medio día de una a otra orilla; y siendo tal, no por eso falta en él
cada día su flujo y reflujo concertado. Un golfo semejante a éste
imagino debió ser el Egipto que desde el mar Mediterráneo se internara
hacia la Etiopía, como penetra desde el mar del Sud hacia la Siria
aquel golfo arábigo de que volveremos a hablar. Poco faltó, en efecto,
para que estos dos senos llegasen a abrirse paso en sus extremos,
mediando apenas entre ellos una lengua de tierra harto pequeña que los
separa. Y si el Nilo quería torcer su curso hacia el golfo Arábigo,
¿quién impidiera, pregunto, que dentro del término de veinte mil años a
lo menos, no quedase cegado el golfo con sus avenidas? Mi idea por
cierto es que en los últimos diez mil años que precedieron a mi venida
al mundo, con el poso de algún río debió quedar cubierta y cegada una
parte del mar. ¿Y dudaremos que aquel golfo, aunque fuera mucho mayor,
quedase lleno y terraplenado con la avenida de un río tan opulento y
caudaloso como el Nilo?
XII. En conclusión, yo tengo por cierta esta lenta y extraña
formación del Egipto, no sólo por el dicho de sus sacerdotes, sino
porque vi y observé que este país se avanza en el mar más que los otros
con que confina, que sobre sus montes se dejan ver conchas y mariscos (13),
que el salitre revienta de tal modo sobre la superficie de la tierra,
que hasta las pirámides va consumiendo, y que el monte que domina a
Menfis es el único en Egipto que se vea cubierto de arena. Añádase a lo
dicho que no es aquel terreno parecido ni al de la Arabia comarcana, ni
al de la Libia, ni al de los Sirios, que son los que ocupan las costas
del mar Arábigo; pues no se ve en él sino una tierra negruzca y hendida
en grietas, como que no es más que un cenagal y mero poso que, traído
de la Etiopía, ha ido el río depositando, al paso que la tierra de
Libia es algo roja y arenisca, y la de la Arabia y la de Siria es harto
gredosa y bastante petrificada.
XIII. Otra noticia me referían los sacerdotes, que es para mí gran
conjetura en favor de lo que voy diciendo. Contaban que en el reinado
de Meris, con tal que creciese el río a la altura de ocho codos,
bastaba ya para regar y cubrir aquella porción de Egipto que está más
abajo de Menfis; siendo notable que entonces no habían transcurrido
todavía novecientos años desde la muerte de Meris. Pero al presente ya
no se inunda aquella comarca cuando no sube el río a la altura de
dieciséis codos, o de quince por lo menos. Ahora bien; si va subiendo
el terreno a proporción de lo pasado y creciendo más y más de cada día,
los egipcios que viven más abajo de la laguna Meris, y los que moran en
su llamado Delta (14), si
el Nilo no inundase sus campos, en lo futuro, están a pique de
experimentar en su país para siempre los efectos a que ellos decían,
por burla, que los griegos estarían expuestos alguna vez. Sucedió,
pues, que oyendo mis buenos egipcios en cierta ocasión que el país de
los griegos se baña con agua del cielo, y que por ningún río como el
suyo es inundado, respondieron el disparate, «que si tal vez les salía
mal la cuenta, mucho apetito tendrían los griegos y poco que comer.» Y
con esta burla significaban, que si Dios no concedía lluvias a estos
pueblos en algún año de sequedad que les enviara, perecerían de hambre
sin remedio, no pudiendo obtener agua para el riego sino de la lluvia
que el cielo les dispensara.
XIV. Bien está: razón tienen los egipcios para hablar así de los
griegos; pero atiendan un instante a lo que pudiera a ellos mismos
sucederles (15). Si
llegara, pues, el caso en que el país de que hablaba, situado más
debajo de Menfis, fuese creciendo y levantándose gradualmente como
hasta aquí se levantó, ¿qué les quedará ya a los egipcios de aquella
comarca sino afinar bien los dientes sin tener dónde hincarlos? Y con
tanta mayor razón, por cuanto ni la lluvia cae en su país, ni su río
pudiera entonces salir de madre para el rico de los campos. Mas por
ahora no existe gente, no ya entre los extranjeros, sino entro los
egipcios mismos, que recoja con menor fatiga su anual cosecha que los
de aquel distrito. No tienen ellos el trabajo de abrir y surcar la
tierra con el arado, ni de escardar sus sembrados, ni de prestar
ninguna labor de las que suelen los demás labradores en el cultivo de
sus cosechas, sino que, saliendo el río de madre sin obra humana y
retirado otra vez de los campos después de regarlos, se reduce el
trabajo a arrojar cada cual su sementera, y meter en las tierras
rebaños para que cubran la semilla con sus pisadas. Concluido lo cual,
aguardan descansadamente el tiempo de la siega, y trillada su parva por
las mismas bestias, recogen y concluyen su cosecha.
XV. Si quisiera yo adoptar la opinión de los jonios acerca del
Egipto, probaría aún que ni un palmo de tierra poseían los egipcios en
la antigüedad. Reducen los jonios el Egipto propiamente dicho, al país
de Delta, es decir, al país que se extiende a lo largo del mar por el
espacio de cuarenta schenos, desde la atalaya llamada de Perseo hasta
el lugar de las Taricheas Pelusianas y que penetra tierra adentro hasta
la ciudad de Cercasoro, donde el Nilo se divide en dos brazos que
corren divergentes hacia Pelusio y hacia Canopo; el resto de aquel
reino pertenece, según ellas, parte a la Libia, parte a la Arabia. Y
siendo la Delta, en su concepto como en el mío, un terreno nuevo y
adquirido, que salió ayer de las aguas por decirlo así, ni aun lugar
tendrían los primitivos egipcios para morir y vivir. Y entonces, ¿a qué
el blasón o hidalguía que pretenden de habitantes del mundo más
antiguos? ¿A qué la experiencia verificada en sus dos niños para
observar el idioma en que por sí mismos prorrumpiesen? Mas no soy en
verdad de opinión que al brotar de las olas aquella comarca llamada
Delta por los jonios, levantasen al mismo tiempo los egipcios su
cabeza. egipcios hubo desde que hombres hay, quedándose unos en sus
antiguas mansiones, avanzando otros con el nuevo terreno para poblarlo
y poseerlo.
XVI. Al Egipto pertenecía ya desde la antigüedad la ciudad de Tebas,
cuyo ámbito es de 6.120 estadios. Yerran, pues, completamente los
jonios, si mi juicio es verdadero. Ni ellos ni los griegos, añadiré,
aprendieron a contar, si por cierta tienen su opinión. Tres son las
partes del mundo, según confiesan: la Europa, el Asia y la Libia (16);
mas a estas debieran añadir por cuarta la Delta del Egipto, pues que ni
al Asia ni a la Libia pertenece, por cuanto el Nilo, único que pudiera
deslindar estas regiones, va a romperse en dos corrientes en el ángulo
agudo de la Delta, quedando de tal suerte aislado este país entre las
dos partes del mundo con quienes confina.
XVII. Pero dejemos a los jonios con sus cavilaciones, que para mí
todo el país habitado por egipcios, Egipto es realmente, por tal debe
ser reputado, así como de los Cilicios trae su nombre la Cilicia, y la
Asiria de los asirios, ni reconozco otro límite verdadero del Asia y de
la Libia que el determinado por aquella nación. Mas si quisiéramos
seguir el uso de los griegos, diremos que el Egipto, empezando desde ha
cataratas (17) y ciudad de
Elefantina, se divide en dos partes que lleva cada una el nombre del
Asia o de la Libia que la estrecha. Empieza el Nilo desde las cataratas
a partir por medio el reino, corriendo al mar por un solo cauce hasta
la ciudad de Cercaroso; y desde allí se divide en tres corrientes o
bocas diversas (18) hacia
Levante la Pelusia, la Canobica hacia Poniente, y la tercera que
siguiendo su curso rectamente va a romperse en el ángulo de la Delta y
cortándola por medio se dirige al mar, no poco abundante en agua y no
poco célebre con el nombre de Sebenítica: otras dos corrientes se
desprenden de esta última, llamadas la Saitica y la Mendesia; las dos
restantes, Bucolica y Bolbitina, más que cauces nativos del Nilo, son
dos canales artificialmente excavados.
XVIII. La extensión del Egipto que en mi discurso voy declarando,
queda atestiguada por un oráculo del dios Amon que vino a confirmar mi
juicio anteriormente abrazado. Los vecinos de Apis y de Marea, ciudades
situadas en las fronteras confinantes con la Libia, se contaban por
Libios y no por egipcios, y mal avenidos al mismo tiempo con el ritual
supersticioso del Egipto acerca de los sacrificios, y con la
prohibición de la carne vacuna, enviaron diputados a Amon, para que,
exponiendo que nada tenían ellos con los egipcios, viviendo fuera de la
Delta y hablando diverso idioma, impetrasen la facultad de usar de toda
comida sin escrúpulo ni excepción. Mas no por eso quiso Amon
concederles el indulto que pedían, respondiéndoles el oráculo que
cuanto riega el Nilo en sus inundaciones pertenece al Egipto, y que
egipcios son todos cuantos beben de aquel río, morando más abajo de
Elefantina.
XIX. No es sólo la Delta la que en sus avenidas inunda el Nilo, pues
que de él nos toca hablar, sino también el país que reparten algunos
entre la Libia y la Arabia ora más, ora menos, por el espacio de dos
jornadas. De la naturaleza y propiedad de aquel río nada pude
averiguar, ni de los sacerdotes, ni de nacido alguno, por más que me
deshacía en preguntarles: ¿por qué (19)
el Nilo sale de madre en el solsticio del verano? ¿por qué dura cien
días en su inundación? ¿por qué menguado otra vez se retira al antiguo
cauce, y mantiene bajo su corriente por todo el invierno, hasta el
solsticio del estío venidero? En vano procuré, pues, indagar por medio
de los naturales la causa de propiedad tan admirable que tanto
distingue a su Nilo de los demás ríos. Ni menos hubiera deseado también
el descubrimiento de la razón por qué es el único aquel río que ningún
soplo o vientecillo despide.
XX. No ignoro que algunos griegos, echándola de físicos insignes,
discurrieron tres explicaciones de los fenómenos del Nilo; dos de las
cuales creo más dignas de apuntarse que de ser explanadas y discutidas.
El primero de estos sistemas atribuye la plenitud e inundaciones del
río a los vientos Etésias (20),
que cierran el paso a sus corrientes para que no desagüen en el mar.
Falso es este supuesto, pues que el Nilo cumple muchas veces con su
oficio sin aguardar a que soplen los Etésias. El mismo fenómeno debiera
además suceder con otros ríos, cuyas aguas corren en oposición con el
soplo de aquellos vientos, y en mayor grado aun, por ser más lánguidas
sus corrientes como menores que las del Nilo. Muchos hay de estos ríos
en la Siria; muchos en la Libia, y en ninguno sucede lo que en aquel.
XXI. La otra opinión, aunque más ridícula y extraña que la primera,
presenta en sí un no sé qué de grande y maravilloso, pues supone que el
Nilo procede del Océano, como razón de sus prodigios, y que el Océano
gira fluyendo alrededor de la tierra.
XXII. La tercera, finalmente, a primera vista la más probable, es de
todas las más desatinada; pues atribuir las avenidas del Nilo a la
nieve derretida, son palabras que nada dicen. El río nace en la Libia,
atraviesa el país de los etíopes, y va a difundirse por el Egipto;
¿cómo cabo, pues, que desde climas ardorosos, pasando a otros más
templados, pueda nacer jamás de la nieve deshecha y liquidada? Un
hombre hábil y capaz de observación profunda hallará motivos en
abundancia que lo presenten como improbable el origen que se supone al
río en la nieve derretida. El testimonio principal será el ardor mismo
de los vientos al soplar desde aquellas regiones; segunda, falta de
lluvias o de nevadas (21),
a las cuales siguen siempre aquellas con cinco días de intervalo; por
fin, el observar que los naturales son de color negro de puro tostados,
que no faltan de allí en todo el año los milanos y las golondrinas, y
que las grullas arrojadas de la Escitia por el rigor de la estación
acuden a aquel clima para tomar cuarteles de invierno. Nada en verdad
de todo esto sucediera, por poco que nevase en aquel país de donde sale
y se origina, el Nilo, como convence con evidencia la razón.
XXIII. El que haga proceder aquel río del Océano, no puede por otra
parte ser convencido de falsedad cubierto con la sombra de la
mitología. Protesto a lo menos que ningún río conozco con el nombre de
Océano (22). Creo, si, que
habiendo dado con esta idea el buen Homero o alguno de los poetas
anteriores, se la apropiaron para el adorno de su poesía.
XXIV. Mas si, desaprobando yo tales opiniones, se me preguntare al
fin lo que siento en materia tan oscura, sin hacerme rogar daré la
razón por la que entiendo que en verano baja lleno el Nilo hasta
rebosar. Obligado en invierno el sol a fuerza de las tempestades y
huracanes a salir de su antiguo giro y ruta, va retirándose encima de
la Libia a lo más alto del cielo. Así todo lacónicamente se ha dicho,
pues sabido es que cualquier región hacia la cual se acerque girando
este dios de fuego, deberá hallarse en breve muy sedienta, agotados y
secos los manantiales que en ella anteriormente brotaban.
XXV. Lo explicaremos más clara y difusamente. Al girar el sol sobre
la Libia, cuyo cielo se ve en todo tiempo sereno y despejado, y cuyo
clima sin soplo de viento refrigerante es siempre caluroso, obra en
ella los mismos efectos que en verano, cuando camina por en medio del
cielo. Entonces atrae el agua para sí; y atraída, la suspende en la
región del aire superior, y suspensa la toman los vientos, y luego la
disipan y esparcen; y prueba es el que de allá soplen los vientos entre
todos más lluviosos, el Noto y el Sudoeste. No pretendo por esto que el
sol, sin reservar porción de agua para sí (23)
vaya echando y despidiendo cuanta chupa del Nilo en todo el año. Mas
declinando en la primavera el rigor del invierno, y vuelto otra vez el
sol al medio del cielo, atrae entonces igualmente para sí el agua de
todos los ríos de la tierra. Crecidos en aquella estación con el agua
de las copiosas lluvias que recogen, empapada ya la tierra hecha casi
un torrente, corren entonces en todo su caudal; mas a la llegada del
verano, no alimentados ya por las lluvias, chupados en parte por el
sol, se arrastran lánguidos y menoscabados. Y como las lluvias no
alimentan al Nilo (24), y
siendo el único entre los ríos a quien el sol chupe y atraiga en
invierno, natural es que corra entonces más bajo y menguado que en
verano, en la época en que, al par de los demás, contribuye con su agua
a la fuerza del sol, mientras en invierno es el único objeto de su
atracción. El sol, en una palabra, es en mi concepto el autor de tales
fenómenos.
XXVI. Al mismo sol igualmente atribuyo el árido clima y cielo de la
Libia, abrasando en su giro a toda la atmósfera, y el que reine en toda
la Libia un perpetuo verano (25).
Pues si trastornándose el cielo se trastornara el orden anual de las
estaciones; si donde el Bóreas y el invierno moran se asentaran el Noto
y el Mediodía; o si el Bóreas arrojase al Noto de su morada con tal
trastorno, en mi sentir, echado el sol en medio del cielo por la
violencia de los aquilones subiría al cenit de la Europa, como
actualmente se pasea encima de la Libia, y girando, asiduamente por
toda ella, haría, en mi concepto, con el Istro lo que con el Nilo está
al presente sucediendo.
XXVII. Respecto a la causa de no exhalarse del Nilo viento alguno,
natural me parece que falte éste en países calurosos, observando que
procede de alguna cosa fría en general. Pero, sea como fuere, no
presumo descifrar el secreto que sobre este punto hasta el presente se
mantuvo.
XXVIII. Ninguno de cuantos hasta ahora traté, egipcio, Libio o griego, pudo darme conocimiento alguno de las fuentes del Nilo (26).
Hallándome en Egipto, en la ciudad de Sais, di con un tesorero de las
rentas de Minerva, el cual, jactándose de conocer tales fuentes, creí
querría divertirse un rato y burlarse de mi curiosidad. Decíame que
entre la ciudad de Elefantina y la de Syena, en la Tebaida, se hallan
dos montes, llamado Crophi el uno y Mophi el otro, cuyas cimas terminan
en dos picachos, y que manan en medio de ellos las fuentes del Nilo,
abismos sin fondo en su profundidad, de cuyas aguas la mitad corre al
Egipto contraria al Bóreas, y la otra, opuesta al Noto, hacia la Etiopía (27).
Y contaba, en confirmación de la profundidad de aquellas fuentes, que
reinando Psamético en Egipto, para nacer la experiencia mandó formar
una soga de millares y millares de orgias y sondear con ella, sin que
se pudiese hallar fondo en el abismo. Esto decía el depositario de
Minerva; ignoro si en lo último había verdad. Discurro en todo lance
que debe existir un hervidero de agua que con sus borbotones y
remolinos impida bajar hasta el suelo la sonda echada, impeliéndola
contra los montes.
XXIX. Nada más pude indagar sobre el asunto; pero informándome cuan
detenidamente fue posible, he aquí lo que averiguó como testigo ocular
hasta la ciudad de Elefantina, y lo que supe de oídas sobre el país que
más adentro se dilata (28).
Siguiendo, pues, desde Elefantina arriba, darás con un recuesto tan
arduo, que es preciso para superarlo atar tu barco por entrambos lados
como un buey sujeto por las astas, pues si se rompiere por desgracia la
cuerda, iríase río abajo la embarcación arrebatada por la fuerza de la
corriente. Cuatro días de navegación contarás en este viaje, durante el
cual no es el Nilo menos tortuoso que el Meandro. El tránsito que tales
precauciones requiere no es menor de doce schenos. Encuentras después
una llanura donde el río forma y circuye una isla que lleva el nombre
de Tacompso, habitada la mitad por los egipcios y la mitad por los
etíopes, que empiezan a poblar el país desde la misma Elefantina. Con
la isla confina una gran laguna, alrededor de la cual moran los etíopes
llamados nómadas. Pasada esta laguna, en la que el Nilo desemboca, se
vuelve a entrar en la madre del río: allí es preciso desembarcar y
seguir cuarenta jornadas el camino por las orillas, siendo imposible
navegar el río en aquel espacio por los escollos y agudas peñas que de
él sobresalen. Concluido por tierra este viaje y entrando en otro
barco, en doce días de navegación llegas a Méroe (29),
que este es el nombre de aquella gran ciudad capital, según dice, de
otra casta de etíopes que solo a dos dioses prestan culto, a Júpiter y
a Dioniso, bien que mucho se esmeran en honrarlos: tienen un oráculo de
Júpiter allí mismo, según cuyas divinas respuestas se deciden a la
guerra, haciéndola cómo y cuándo, y en dónde aquel su dios lo ordenare.
XXX. Siguiendo por el río desde la última ciudad, en el mismo tiempo
empleado en el viaje desde Elefantina, llegas a los Automolos, que en
idioma del país llaman Asmach (30), y que en el griego equivale a los que asisten a la izquierda del rey. Fueron en lo antiguo (31)
veinticuatro miríadas de soldados que desertaron a los etíopes con la
ocasión que referiré. En el reinado de Psamético estaban en tres puntos
repartidas las fuerzas del imperio; en Elefantina contra los etíopes,
en Dafnes de Pelusio (32)
contra los árabes y Sirios, y en Márea contra la Libia, los primeros de
los cuales conservan los persas fortificados en mis días, del mismo
modo que en aquel tiempo. Sucedió que las tropas egipcias, apostadas en
Elefantina, viendo que nadie venía a relevarlas después de tres años de
guarnición, y deliberando sobre su estado, determinaron de común
acuerdo desertar de su patria pasando a la Etiopía. Informado
Psamético, corre luego en su seguimiento, y alcanzándolos, les ruega y
suplica encarecidamente por los dioses patrios, por sus hijos, por sus
esposas, que tan queridas prendas no consientan en abandonarlas. Es
fama que uno entonces de los desertores, con un ademán obsceno le
respondió, «que ellos, según eran, donde quiera hallarían medios en sí
mismos de tener hijos y mujeres.» Llegados a Etiopía, y puestos a la
obediencia de aquel soberano, fueron por él acogidos y aun premiados,
pues les mandó en recompensa que, arrojando a ciertos etíopes
malcontentos y amotinados, ocupasen sus campos y posesiones. Resultó de
esta nueva vecindad y acogida que fueron humanizándose los etíopes con
los usos y cultura de la colonia egipcia, que aprendieron con el ejemplo (33).
XXXI. Bien conocido es el Nilo todavía, más allá del Egipto que
baña, en el largo trecho que, ya por tierra, ya por agua se recorre en
un viaje de cuatro meses; que tal resulta si se suman los días que se
emplean en pasar desde Elefantina hasta los Automolos. En todo el
espacio referido corre el río desde Poniente, pero más allá no hay
quien diga nada cierto ni positivo, siendo el país un puro yermo
abrasado por los rayos del sol.
XXXII. No obstante, oí de boca de algunos Cireneos que yendo en
romería al oráculo de Amon, habían entrado en un largo discurso con
Etearco, rey de los Amonios, y que viniendo por fin a recaer la
conversación sobre el Nilo, y sobre lo oculto y desconocido de sus
fuentes, les contó entonces aquel rey la visita que había recibido de
los Nasanones, pueblos que ocupan un corto espacio en la Sirte y sus
contornos por la parte de Levante. Preguntados estos por Etearco acerca
de los desiertos de la Libia, le refirieron que hubo en su tierra
ciertos jóvenes audaces e insolentes, de familias las más ilustres, que
habían acordado, entre otras travesuras de sus mocedades, sortear a
cinco de entre ellos para hacer nuevos descubrimientos en aquellos
desiertos y reconocer sitios hasta entonces no penetrados. El rigor del
clima los invitaría a ello seguramente, pues aunque empezando desde el
Egipto, y siguiendo la costa del mar que mira al Norte, hasta el cabo
Soloente (34), su último
término, está la Libia poblada de varias tribus de naturales, además
del terreno que ocupan algunos griegos y fenicios; con todo, la parte
interior más allá de la costa y de los pueblos de que está sembrada, es
madre y región de fieras propiamente, a la cual sigue un arenal del
todo árido, sin agua y sin viviente que lo habite. Emprendieron, pues,
sus viajes los mancebos, de acuerdo con sus camaradas, provistos de
víveres y de agua; pasaron la tierra poblada, atravesaron después la
región de las fieras (35),
y dirigiendo su rumbo hacia Occidente por el desierto, y cruzando
muchos días unos vastos arenales, descubrieron árboles por fin en una
llanura, y aproximándose empezaron a echar mano de su fruta. Mientras
estaban gustando de ella, no sé qué hombrecillos, menores que los que
vemos entre nosotros de mediana estatura, se fueron llegando a los
Nasamones, y asiéndoles de las manos, por más que no se entendiesen en
su idioma mutuamente, los condujeron por dilatados pantanos, y al fin
de ellos a una ciudad cuyos habitantes, negros de color, eran todos del
tamaño de los conductores, y en la que vieron un gran río que la
atravesaba de Poniente a Levante, y en el cual aparecían cocodrilos.
XXXIII. Temo que parezca ya harto larga la fábula de Etearco el
Amonio; diré solo que añadía, según el testimonio de los Cireneos, que
los descubridores Nasamones, de vuelta de sus viajes, dieron por
hechiceros a los habitantes de la ciudad en que penetraron, y que
conjeturaba que el río que la atraviesa podía ser el mismo Nilo (36).
No fuera difícil, en efecto, pues que este río no solo viene de la
Libia, sino que la divide por medio; y deduciendo lo oculto por lo
conocido, conjeturo que no es el Nilo inferior al Istro (37)
en lo dilatado del espacio que recorre. Empieza el Istro en la ciudad
de Pireno desde los Celtas, los que están más allá de las columnas de
Hércules, confinantes con los Cinesios, último pueblo de la Europa,
situado hacia el Ocaso, y después de atravesar toda aquella parte del
mundo, desagua en el ponto Euxino, junto a los Istrienos, colonos de
los Milesios.
XXXIV. Mas al paso que corriendo el Istro por Tierra culta y poblada
es de muchos bien conocido, nadie ha sabido manifestarnos las fuentes
del Nilo, que camina por el país desierto y despoblado de la Libia.
Referido llevo cuanto he podido saber sobre su curso, al cual fui
siguiendo con mis investigaciones cuan lejos me fue posible. El Nilo va
a parar al Egipto, país que cae enfrente de Cilicia la montuosa, desde
donde un correo a todo aliento llegará en cinco días por camino recto a
Sinope, situada en las orillas del ponto Euxino, enfrente de la cual
desagua el Istro en el mar. De aquí opino que igual espacio que el
último recorrerá el Nilo atravesando la Libia. Mas bastante y harto se
ha tratado ya de aquel río.
XXXV. Difusamente vamos a hablar del Egipto, pues de ello es digno
aquel país, por ser entre todos maravilloso, y por presentar mayor
número de monumentos que otro alguno, superiores al más alto
encarecimiento. Tanto por razón de su clima, tan diferente de los
demás, como por su río, cuyas propiedades tanto lo distinguen de
cualquier otro, distan los egipcios enteramente de los demás pueblos en
leyes, usos y costumbres. Allí son las mujeres las que venden, compran
y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen, impeliendo
la trama hacia la parte inferior de la urdimbre; cuando los demás la
dirigen comúnmente a la superior (38).
Allí los hombres llevan la carga sobre la cabeza, y las mujeres sobre
los hombros. Las mujeres orinan en pie; los hombres se sientan para
ello. Para sus necesidades se retiran a sus casas, y salen de ellas
comiendo por las calles, dando por razón que lo indecoroso, por
necesario que sea, debe hacerse a escondidas, y que puede hacerse a las
claras cualquier cosa indiferente. Ninguna mujer se consagra allí por
sacerdotisa a dios o diosa alguna: los hombres son allí los únicos
sacerdotes. Los varones no pueden ser obligados a alimentar a sus
padres contra su voluntad; tan solo las hijas están forzosamente
sujetas a esta obligación (39).
XXXVI. En otras naciones dejan crecer su cabello los sacerdotes de
los dioses; los de Egipto lo rapan a navaja. Señal de luto es entre los
pueblos cortarse el cabello los más allegados al difunto, y entre los
egipcios, ordinariamente rapados, y lo es el cabello y barba crecida en
el fallecimiento de los suyos. Los demás hombres no acostumbran comer
con los brutos, los egipcios tienen con ellos plato y mesa común. Los
demás se alimentan de pan de trigo y de cebada; los egipcios tuvieran
el comer de él por la mayor afrenta, no usando ellos de otro pan que
del de escancia o candeal. Cogen el lodo y aun el estiércol con sus
manos, y amasan la harina con los pies. Los demás hombres dejan sus
partes naturales en su propia disposición, excepto los que aprendieron
de los egipcios a circuncidarse (40).
En Egipto usan los hombres vestidura doble, y sencilla las mujeres. Los
egipcios en las velas de sus naves cosen los anillos y cuerdas por la
parte interior, en contraposición con la práctica de los demás, que los
cosen por fuera. Los griegos escriben y mueven los cálculos (41)
en sus cuentas de la siniestra a la derecha, los egipcios, al
contrario, de la derecha a la siniestra, diciendo por esto que los
griegos hacen a zurdas lo que ellos derechamente.
XXXVII. Dos géneros de letras están allí en uso, unas sacras y las otras populares (42).
Supersticiosos por exceso, mucho más que otros hombres cualesquiera,
usan de toda especie de ceremonias, beben en vasos de bronce y los
limpian y friegan cada día, costumbre a todos ellos común y de ninguno
particular. Sus vestidos son de lino y siempre recién lavados, pues que
la limpieza les merece un cuidado particular, siendo también ella la
que les impulsa a circuncidarse, prefiriendo ser más bien aseados que
gallardos y cabales. Los sacerdotes, con la mira de que ningún piojo u
otra sabandija repugnante se encuentre sobre ellos al tiempo de sus
ejercicios o de sus funciones religiosas, se rapan a navaja cada tres
días de pies a cabeza. También visten de lino, y calzan zapatos de
biblo, pues que otra ropa ni calzado no les es permitido; se lavan con
agua fría diariamente, dos veces por el día y otras dos por la noche, y
usan, en una palabra, ceremonias a miles en su culto religioso.
Disfrutan en cambio aquellos sacerdotes de no pocas conveniencias, pues
nada ponen de su casa ni consumen de su hacienda; comen de la carne ya
cocida en los sacrificios, tocándoles diariamente a cada uno una
crecida ración de la de ganso y de buey, no menos que su buen vino de
uvas; mas el pescado es vedado para ellos. Ignoro qué prevención tienen
los egipcios contra las habas (43),
pues ni las siembran en sus campos en gran castidad, ni las comen
crudas, ni menos cocidas, y ni aun verlas pueden sus sacerdotes, como
reputándolas por impura legumbre. Ni se contentan consagrando
sacerdotes a los dioses, sino que consagran muchos a cada dios,
nombrando a uno de ellos sumo sacerdote y perpetuando sus empleos en
los hijos a su fallecimiento.
XXXVIII. Viven los egipcios en la opinión de que los bueyes son la única víctima propia de su Epafo (44),
para lo cual hacen ellos la prueba, pues encontrándose en el animal un
solo pelo negro, ya no pasa por puro y legítimo. Uno de los sacerdotes
es el encargado y nombrado particularmente para este registro, el cual
hace revista del animal, ya en pie, ya tendido boca arriba; observa en
su lengua sacándola hacia fuera las señas que se recibieren en una
víctima pura, de las que hablaré más adelante; mira y vuelve a mirar
los pelos de su cola, para notar si están o no en su estado natural. En
caso de asistir al buey todas las cualidades que de puro y bueno le
califican, márcanlo por tal enroscándole en las astas el biblo,
y pegándole cierta greda a manera de lacre, en la que imprimen en su
sello. Así marcado, lo conducen al sacrificio, y ¡ay del que
sacrificara una víctima no marcada! otra cosa que la vida no la
costaría. Estas son, en suma, las pruebas y los reconocimientos de
aquellos animales.
XXXIX. Síguese la ceremonia del sacrificio (45).
Conducen la bestia ya marcada al altar destinado al holocausto; pegan
fuego a la pira, derraman vino sobre la víctima al pie mismo del ara, e
invocan su dios al tiempo de degollarla, cortándole luego la cabeza y
desollándole el cuerpo. Cargan de maldiciones a la cabeza ya dividida,
y la sacan a la plaza, vendiéndola a los negociantes griegos, si los
hay allí domiciliados y si hay mercado en la ciudad; de otro modo, la
echan al río como maldita. La fórmula de aquellas maldiciones expresa
sólo que si algún mal amenaza al Egipto en común, o a los
sacrificadores en particular, descargue todo sobre aquella cabeza. Esta
ceremonia usan los egipcios igualmente sobre las cabezas de las
víctimas y en la libación del vino, y se valen de ella generalmente en
sus sacrificios, naciendo de aquí que nunca un egipcio coma de la
cabeza de ningún viviente.
XL. No es una misma la manera de escoger y consumir las víctimas en
los sacrificios, sino muy varia en cada una de ellos. Hablaré del de la
diosa de su mayor veneración y a la cual se consagra la fiesta más
solemne, de la diosa Isis. En su reverencia hacen un ayuno, le
presentan después sus oraciones y súplicas, y, por último, le
sacrifican un buey. Desollada la víctima, le limpian las tripas,
dejando las entrañas pegadas al cuerpo con toda su gordura; separan
luego las piernas, y cortan la extremidad del lomo con el cuello y las
espaldas. Entonces embuten y atestan lo restante del cuerpo de panales
purísimos de miel, de uvas o higos pasos, de incienso, mirra y otros
aromas, y derramando después sobre él aceite en gran abundancia,
entregando a las llamas. Al sacrificio precede el ayuno, y mientras
está abrasándose la víctima, se hieren el pecho los asistentes, se
maltratan y lloran y plañen, desquitándose después en espléndido
convite con las partes que de la víctima separaron.
XLI. A cualquiera es permitido allí el sacrificio de bueyes y
terneros puros y legales, mas a ninguno es lícito el de vacas o
terneras, por ser dedicadas a Isis, cuyo ídolo representa una mujer con
astas de buey, del modo con que los griegos pintan a Io; por lo cual es
la vaca, con notable preferencia sobre los demás brutos, mirada por los
egipcios con veneración particular. Así que no se hallará en el país
hombre ni mujer alguna que quiera besar a un griego, ni servirse de
cuchillo, asador o caldero de alguno de esta nación, ni aun comer carne
de buey, aunque puro por otra parte, mientras sea trinchada por un
cuchillo griego. Para los bueyes difuntos tienen aparte sepultura; las
hembras son arrojadas al río, pero los machos enterrados en el arrabal
da cada pueblo, dejándose por señas una o entrambas de sus astas
salidas sobre la tierra. Podrida ya la carne y llegado el tiempo
designado, va recorriendo las ciudades una barca que sale de la isla
Prosopitis, situada dentro de la Delta, de nueve eschenos de
circunferencia. En esta isla hay una ciudad, entre otras muchas,
llamada Atarbechia donde hay un templo dedicado a Venus, y de la que
acostumbran salir las barcas destinadas a recorrer los huesos de los
bueyes. Muchas salen de allí para diferentes ciudades; desentierran
aquellos huesos, y reunidos en un lugar, les dan a todos sepultura;
práctica que observan igualmente con las demás bestias, enterrándolas
cuando mueren, pues a ello les obligan las leyes y a respetar sus vidas
en cualquier ocasión (46).
XLII. Los pueblos del distrito de Júpiter Tebeo, o mas bien el Nomo
Tebeo, matan sin escrúpulo las cabras, sin tocar a las ovejas, lo que
no es de extrañar, por no adorar los egipcios a unos mismos dioses,
excepto dos universalmente venerados, Isis y Osiris, el cual pretenden
sea el mismo que Dioniso. Los pueblos, al contrario, del distrito de
Mendes o del Nomo Mendesio, respetando las cabras, matan libremente las
ovejas. Los primeros, y los que como ellos no se atreven a las ovejas,
dan la siguiente razón de la ley que se impusieron: Hércules quería ver
a Júpiter de todos modos, y Júpiter no quería absolutamente ser visto
de Hércules. Grande era el empeño de aquél, hasta que, después de larga
porfía, torna Júpiter un efugio: mata un carnero, la quita la piel,
córtale la cabeza y se presenta a Hércules disfrazado con todos estos
despojos. Y en atención a este disfraz formaron los egipcios el ídolo
de Júpiter Caricarnero (47),
figura que tomaron de ellos los Amonios, colonos en parte egipcios y en
parte etíopes, que hablan un dialecto mezcla de entrambos idiomas
etiópico y egipcio. Y estos colonos, a mi entender, no se llaman
Amonios por otra razón que por ser Amon el nombre de Júpiter en
lengua egipcia. He aquí, pues, la razón por qué no matan los Tebeos a
los carneros, mirándolos como bestia sagrada. Verdad es que en cada año
hay un día señalado, o de la fiesta de Júpiter, en que matan a golpes
un carnero, y con la piel que le quitan visten el ídolo del dios con el
traje mismo que arriba mencioné, presentándole luego otro ídolo de
Hércules. Durante la representación de tal acto lamentan los presentes
y plañen con muestras de sentimiento la muerte del carnero, al cual
entierran después en lugar sagrado.
XLIII. Este Hércules oía yo a los egipcios contarlo por uno de sus
doce dioses, pero no pude adquirir noticia alguna en el país de aquel
otro Hércules que conocen los griegos. Entre varias pruebas que me
conducen a creer que no deben los egipcios a los griegos el nombre de
aquel dios, sino que los griegos lo tomaron de los egipcios, en
especial los que designan con él al hijo de Anfitrión, no es la menor,
el que Anfitrión y Alcmena, padres del Hércules griego, traían su
origen del Egipto (48), y el que confiesen los egipcios que ni aun oyeron los nombres de Posideon o de Dioscuros (49);
tan lejos están de colocarlos en el catálogo de sus dioses. Y si algún
Dios hubieran tomado los egipcios de los griegos, fueran ciertamente
los que he nombrado, de quienes con mayor razón se conservara la
memoria; porque en aquella época traficaban ya los griegos por el mar,
y algunos habría, según creo sin duda, patrones y dueños de sus navíos;
y muy natural parece que de su boca oyeran antes los egipcios el nombre
de sus dioses náuticos que el de Hércules, campeón protector de la
tierra. Declárese, pues, la verdad, y sea Hércules tenido, como lo es,
por dios antiquísimo del Egipto; pues si hemos de oír a aquellos
naturales, desde la época en que los ocho dioses engendraron a los
otros doce, entre los cuales cuentan a Hércules, hasta el reinado de
Amasis, han transcurrido no menos de 17.000 años.
XLIV. Queriendo yo cerciorarme de esta materia donde quiera me fuese
dable, y habiendo oído que en Tiro de Fenicia había un templo a
Hércules dedicado, emprendí viaje para aquel punto. Lo vi, pues,
ricamente adornado de copiosos donativos, y entre ellos dos vistosas
columnas, una de oro acendrado en copela, otra de esmeralda, que de
noche en gran manera resplandecía. Entré en plática con los sacerdotes
de aquel dios, y preguntándoles desde cuando fue su templo erigido,
hallé que tampoco iban acordes con los griegos acerca de Hércules, pues
decían que aquel templo había sido fundado al mismo tiempo que la
ciudad, y no contaban menos de 2.300 años desde la fundación primera de
Tiro. Allí mismo vi adorar a Hércules en otro edificio con el
sobrenombre de Tasio, lo que me incitó a pasar a Taso, donde igualmente
encontré un templo de aquel dios, fundado por los fenicios, que
navegando en busca de Europa edificaron la ciudad de Taso, suceso
anterior en cinco (50)
generaciones al nacimiento en Grecia de Hércules, hijo de Anfitrión.
Todas estas averiguaciones prueban con evidencia que es Hércules uno de
los dioses antiguos, y que aciertan aquellos griegos que conservan dos
especies de heraclios o templos de Hércules, en uno de los cuales
sacrifican a Hércules el Olímpico como dios inmortal, y en el otro
celebran sus honores aniversarios como los del héroe o semidios.
XLV. Entre las historias que nos refieren los griegos a modo de
conseja, puedo contar aquella fábula simple y, desatinada que en estos
términos nos encajan: que los egipcios, apoderados de Hércules que por
allí transitaba, le coronaron cual víctima sagrada, y le llevaban con
grande pompa y solemnidad para que fuese a Júpiter inmolado, mientras
él permanecía quieto y sosegado como un cordero, hasta que al ir a
recibir el último golpe junto al altar, usando el valiente de todo su
brío y denuedo, pasó a cuchillo toda aquella cohorte de extranjeros.
Los que así se expresan, a mi entender, ignoran en verdad de todo punto
lo que son los egipcios, y desconocen sus leyes y sus costumbres.
Díganme, pues: ¿cómo los egipcios intentarían sacrificar una víctima
humana cuando ni matar a los brutos mismos les permite su religión,
exceptuando a los cerdos, gansos, bueyes o novillos, y aun éstos con
prueba que debe preceder y seguridad de su pureza? ¿Y cabe además que
Hércules solo, Hércules todavía mortal, que por mortal lo dan los
griegos en aquella ocasión, pudiera con la fuerza de su brazo acabar
con tanta muchedumbre de egipcios? Pero silencio ya: y lo dicho, según
deseo, sea dicho con perdón y benevolencia así de los dioses como de
los héroes.
XLVI. Ahora dará la causa por qué otros egipcios, como ya dije, no
matan cabras o machos de cabrío. Los Mendesios cuentan al dios Pan por
uno de los ochos dioses que existieron, a su creencia, antes de
aquellos doce de segunda clase: y los pintores, y estatuarios egipcios
esculpen y pintan a Pan con el mismo traje que los griegos, rostro de
cabra y pies de cabrón, sin que crean por esto que sean tal como lo
figuran, sino como cualquiera de sus dioses de primer orden, bien sé el
motivo de presentarlo en aquella forma, pero guardaréme de expresarlo (51).
Por esto los Medesios honran con particularidad a los cabreros, y
adoran sus ganados, siendo aun menos devotos de las cabras que de los
machos de cabrío. Uno es, sin embargo, entre todos el privilegiado y de
tanta veneración, que su muerte se honra en todo el Nomo Mendesio con
el luto más riguroso. En Egipto se da el nombre de Mendes así al dios
Pan como al cabrón. En aquel Nomo sucedió en mis días la monstruosidad
de juntarse en público un cabrón con una mujer: bestialidad sabida de
todos y aplaudida.
XLVII. Los egipcios miran al puerco como animal abominable, dando
origen esta superstición a que el que roce al pasar por desgracia con
algún puerco, se arroje al río con sus vestidos para purificarse, y a
que los porquerizos, por más que sean naturales del país, sean
excluidos de la entrada y de la comunicación en los templos, entredicho
que se usa con ellos solamente, excediéndose tanto en esta prevención,
que a ninguno de ellos dieran en matrimonio ninguna hija, ni tomaran
alguna de ellas por mujer, viéndose obligada aquella clase a casarse
entre sí mutuamente. Mas aunque no sea lícito generalmente a los
egipcios inmolar un puerco a sus dioses, lo sacrifican, sin embargo, a
la luna y a Dioniso, y a estos únicamente en un tiempo mismo, a saber,
el de plenilunio, día en que comen aquella especie de carne. La razón
que dan para sacrificar en la fiesta del plenilunio al puerco que
abominan en los demás días, no seré yo quien la refiera, porque no lo
considero conveniente; diré tan sólo el rito del sacrificio con que se
ofrece a la luna aquel animal. Muerta la víctima, juntan la punta de la
cola, el bazo y el redaño, y cubriéndolo todo con la gordura que viste
los intestinos, lo arrojan a las llamas envuelto de este modo. Lo
restante del tocino se come en el día del plenilunio destinado al
sacrificio, único día en que se atreven a gustar de la carne referida.
En aquella fiesta, los pobres que faltos de medios no alcanzan a
presentar su tocino, remedan otro de pasta, y lo sacrifican, después de
cocido, con las mismas ceremonias.
XLVIII. En la solemne cena que se hace en la fiesta de Dioniso
acostumbra cada cual matar su cerdo en la puerta misma de su casa, y
entregarlo después al mismo porquerizo a quien lo compró para que lo
quite de allí y se lo lleve. Exceptuada esta particularidad, celebran
los egipcios lo restante de la fiesta con el mismo aparato que los
griegos. En vez de los Phalos usados entre los últimos, han
inventado aquellos unos muñecos de un codo de altura, y movibles por
medio de resortes, que llevan por las calles las mujeres moviendo y
agitando obscenamente un miembro casi tan grande como lo restante del
cuerpo. La flauta guía la comitiva, y sigue el coro mujeril cantando
himnos en loor de Baco o Dioniso. El movimiento obsceno del ídolo y la
desproporción de aquel miembro no dejan de ser para los egipcios un
misterio que cuentan entre los demás de su religión (52).
XLIX. Paréceme averiguado que Melampo, el hijo de Amiteon, no
ignoraría, sino que conocería muy bien, esta especie de sacrificio,
pues no sólo fue el propagador del nombre de Dioniso entre los griegos,
sino quien introdujo entre ellos asimismo el rito y la pompa del Phalo,
aunque no dio entera explicación de este misterio, que declararon, más
cumplidamente los sabios que lo sucedieron. Melampo fue, en una
palabra, quien dio a los griegos razón del Phalo que se lleva en la procesión de Dioniso, y el que les enseñó el uso que de él hacen (53);
y aunque como sabio supo apropiarse el arte de la adivinación, de
discípulo de los egipcios pasó a maestro de los griegos, enseñándoles
entre otras cosas los misterios y culto de Dioniso, haciendo en él una
pequeña mutación. Porque de otro modo no puedo persuadirme que las
ceremonias de este dios se instituyesen por acaso al mismo tiempo entre
griegos y egipcios, pues entonces no hubiera razón para que no fueran
puntualmente las mismas en entrambas partes, ni para que se hubieran
introducido en la Grecia nuevamente, siendo improbable, por otro lado,
que los egipcios tomaran de los griegos esta o cualquier otra
costumbre. Verosímil es, en mi concepto, que aprendiese Melampo todo lo
que a Dioniso pertenece, de aquellos fenicios que en compañía de Cadmo
el Tirio emigraron de su patria al país de Beocia.
L. Del Egipto nos vinieron además a la Grecia los nombres de la
mayor parte de los dioses; pues resultando por mis informaciones que
nos vinieron de los bárbaros, discurro que bajo este nombre se entiende
aquí principalmente a los egipcios. Si exceptuamos en efecto, como
dije, los nombres de Posideon y el de los Dioscuros, y además los de
Hera de Hista, de Temis, de las Chárites y de las Nereidas (54),
todos los demás desde tiempo inmemorial los conociera los egipcios en
su país, según dicen los mismos; que de ello yo no salgo fiador. En
cuanto a los nombres de aquellos dioses de que no consta tuviesen
noticia, se deberían, según creo, a los pelasgos, sin comprender con
todo al de Posideon, dios que adoptarían éstos de los Libios,
juntamente con su nombre, pues que ningún pueblo sino los Libios se
valieron antiguamente de este nombre, ni fueron celosos adoradores de
aquel dios. No es costumbre, además, entre los egipcios el tributar a
sus héroes ningún género de culto.
LI. Estas y otras cosas de que hablaré introdujéronse en la Grecia tomadas de los egipcios; pero a los pelasgos (55)
se debe el rito de construir las estatuas de Hermes con obscenidad,
rito que aprendieron los atenienses de los pelasgos primeramente, y que
comunicaron después a los griegos: lo que no es extraño, si se atiende
a que los atenienses, aunque contándose ya entre los griegos, habitaban
en un mismo país con los pelasgos, que con este motivo empezaron a ser
mirados como griegos. No podrá negar lo que afirmo nadie que haya sido
iniciado en las orgías o misterios de los Cabiros, cuyas
ceremonias, aprendidas de los pelasgos, celebran los Samotracios
todavía, como que los pelasgos habitaron en Samotracia antes de vivir
entre los atenienses, y que enseñaron a sus habitantes aquellas orgías.
Los atenienses, pues, para no apartarme de mi propósito, fueron
discípulos de los pelasgos y maestros de los demás griegos en la
construcción de las estatuas de Mercurio tan obscenamente
representadas. Los pelasgos apoyaban esta costumbre en una razón
simbólica y misteriosa, que se explica y declara en los misterios que
se celebran en Samotracia.
LII. De los pelasgos oí decir igualmente en Dodona que antiguamente
invocaban en común a los dioses en todos sus sacrificios, sin dar a
ninguno de ellos nombre o dictado peculiar, pues ignoraban todavía cómo
se llamasen. A todos designaban con el nombre de Theoi (dioses), derivado de la palabra Thentes (en latín ponentes),
significando que todo lo ponían los dioses en el mundo, y todo lo
colocaban en buen orden y distribución. Pero habiendo oído con el
tiempo los nombres de los dioses venidos del Egipto, y más tarde el de
Dioniso, acordaron consultar al oráculo de Dodona (56)
sobre el uso de nombres peregrinos. Era entonces este oráculo, reputado
ahora por el más antiguo entre los griegos, el único conocido en el
país; y preguntado si sería bien adoptar los nombres tomados de los
bárbaros, respondió afirmativamente; y desde aquella época los pelasgos
empezaron a usar en sus sacrificios de los nombres propios de los
dioses, uso que posteriormente comunicaron a los griegos.
LIII. En cuanto a las opiniones de los griegos sobre la procedencia
de cada uno de sus dioses, sobre su forma y condición, y el principio
de su existencia, datan de ayer, por decirlo así, o de pocos años
atrás. Cuatrocientos y no más de antigüedad pueden llevarme de ventaja
Hesiodo y Homero, los cuales escribieron la Teogonía entre los
griegos, dieron nombres a sus dioses, mostraron sus figuras y
semblantes, les atribuyeron y repartieron honores, artes y habilidades,
siendo a mi ver muy posteriores a estos poetas los que se cree les
antecedieron. Esta última observación es mía enteramente; lo demás es
lo que decían sacerdotes de Dodona.
LIV. El origen de este oráculo y de otro que existe en Libia lo
refieren del siguiente modo los egipcios: Decíanme los sacerdotes de
Júpiter Tebéo que desaparecieron de Tebas dos mujeres religiosas
robadas por los fenicios, y que según posteriormente se divulgó,
vendidas la una en Libia y en Grecia la otra, introdujeron entre estas
naciones y establecieron los oráculos referidos. Todo esto que añadían
respondiendo a mis dudas y preguntas, no se supo sino mucho después,
porque al principio fueron vanas todas las pesquisas que en busca de
aquellas mujeres se emplearon.
LV. Esto fue lo que oí en Tebas de boca de los sacerdotes; he aquí lo que dicen sobre el mismo caso las Promántidas (57)
Dodoneas. Escapáronse por los aires desde Tebas de Egipto dos palomas
negras, de las cuales la una llegó a la Libia y la otra a Dodoria, y
posada esta última en una haya, les dijo, en voz humana, ser cosa
precisa y prevenida por los hados que existiese un oráculo de Júpiter
en aquel sitio; y persuadidos los Dodoneos de que por el mismo cielo se
les intimaba aquella orden, se resolvieron desde el instante a
cumplirla. De la otra paloma que aportó a Libia, cuentan que ordenó
establecer allí el oráculo de Amon, erigiendo por esto los Libios a
Júpiter un oráculo semejante al de Dodona. Tal era la opinión que, en
conformidad con los misterios de aquel templo, profesaban las tres
sacerdotisas Dodoneas, la más anciana de las cuales se llamaba
Promenia, la segunda Timareta y Nicandra la menor.
LVI. Y si me es lícito en este punto expresar mi opinión, y siendo
verdad que los fenicios vendieran, de las dos mujeres consagradas a
Júpiter que consigo traían, la una en Libia, y en Hélada la otra, no
disto de creer que llevada la segunda a los Tesprotos de la Hélada,
región antes conocida con el nombre de Pelasgia, levantara a Júpiter
algún santuario, acordándose la esclava, como era natural, del templo
del dios a quien en Tebas había servido y de donde procedía; y que ella
contaría a los Tesprotos, después de aprendido el lenguaje de estos
pueblos, cómo los fenicios habían vendido en la Libia otra compañera
suya.
LVII. El ser bárbaras de nación las dos mujeres y la semejanza que
se figuraban los Dodoneos entre su idioma y el arrullo o graznido de
las aves, prestó motivo, a mi entender, a que se les diese el nombre de
palomas (58), diciendo que
hablaba la paloma en voz humana cuando con el transcurso del tiempo
pudo aquella mujer ser de ellos entendida, cesando en el bárbaro e
ignorado lenguaje que les había parecido hasta entonces la lengua de
las aves. De otro modo, ¿cómo pudieron creer los Dodoneos que les
hablase una paloma en voz humana? El negro color que atribuían al ave
significaba sin duda que era Egipcia la mujer.
LVIII. Parecidos son en verdad entrambos oráculos, el de Dodona y el
de Tebas en Egipto, siendo notorio, además, que el arte de adivinar en
los templos nos ha venido de este reino. Indudable es asimismo que
entre los egipcios, maestros en este punto de los griegos, empezaron
las procesiones, los concursos festivos, las ofrendas religiosas,
siendo de ello para mí evidente testimonio que tales fiestas, recientes
entre los griegos, no parecen sino muy antiguas en Egipto.
LIX. No contentos los egipcios con una de estas solemnidades al año,
las celebran muy frecuentes. La principal de todas, en la que se
esmeran en empeño y devoción, es la que van a celebrar en la ciudad de
Bubastis en honor de Artemide o Diana. Frecuéntase la segunda en
Busiris, ciudad edificada en medio de la Delta, para honrar a Isis,
diosa que se llama Demeter en lengua griega, y que tiene en la
ciudad un magnífico templo. Reúnese en Sais el tercer concurso festivo
en honra de Atenea o Minerva, el cuarto en Heliópolis para celebrar al
sol; en Butona el quinto para dar culto a Latona, y para honrar a Ares
o Marte celébrase el sexto en Papremis (59).
LX. El viaje que con este objeto emprenden a Bubastis merece
atención. Hombres y mujeres van allá navegando, en buena compañía, y es
espectáculo singular ver la muchedumbre de ambos sexos que encierra
cada nave. Algunas de las mujeres, armadas con sonajas, no cesan de
repicarlas; algunos de los hombros tañen sus flautas sin descanso, y la
turba de estos y de aquellas, entretanto, no paran un instante de
cantar y palmotear. Apenas llegan de paso a alguna de las ciudades que
se ven en el camino, cuando aproximando la nave a la orilla, continúan
en la zambra algunas de las mujeres; otras motejan e insultan a las
vecinas de la ciudad con terrible gritería; unas danzan; otras, puestas
en pie, levantan sus vestiduras. Y esto se repite en cada pueblo que a
orillas del río van encontrando. Llegados por fin a Bubastis celebran
su fiesta ofreciendo en sacrificio muchas y muy pingües víctimas que
conducen. Y tanto es el vino que durante la fiesta se consume, que
excede al que se bebe en lo restante del año, y tan numeroso el gentío
que allá concurre, que sin contar los niños, entre hombres y mujeres
asciende el número a 700.000 personas, según dicen los del país. He
aquí lo que pasa en Bubastis.
LXI. En la fiesta que, según antes indiqué, celebran los egipcios en
Busiris para honrar a Isis, acabado el sacrificio, millares y millares
de hombres y mujeres que a él asisten prorrumpen en gran llanto y se
maltratan excesivamente, cuya costumbre procede de una causa que no me
es lícito expresar. En esta maceración excédense los carios entre
cuantos moran en Egipto, llegando al punto de lastimarse la frente con
sus sables y cuchillo, de suerte que basta para distinguir a estos
extranjeros de los egipcios el rigor con que se atormentan.
LXII. En cierta noche solemne, durante los sacrificios a que
concurren en la ciudad de Sais, encienden todos sus luminarias al cielo
descubierto, dejándolas arder alrededor de sus casas. Sirven de luces
unas lámparas llenas de aceite y sal, dentro de las cuales nada una
torcida que arde la noche entera sobre aquel licor. Esta fiesta es
conocida con el nombre peculiar de Licnocria o iluminación de
las lámparas. Los demás egipcios que no concurren a la fiesta y
solemnidad de Sais, notando la noche de aquel sacrificio, encienden
igualmente lámparas en su casa, de modo que, no solo en Sais, sino en
todo Egipto, se forma semejante iluminación. Entre sus misterios y
arcanos religiosos, sin duda les será conocido el motivo que ha
merecido a esta noche la suerte y el honor de tales luminarias.
LXIII. Dos son las ciudades, la de Heliópolis y la de Butona, en
cuyas fiestas los concurrentes se limitan a sus sacrificios. No así en
la de Papremis, donde además de las víctimas que como en aquellas se
ofrecen, se celebra una función muy singular. Porque al ponerse el sol,
algunos de los sacerdotes se afanan en adornar el ídolo que allí
tienen; mientras otros, en número mucho mayor, apercibidos con sendas
trancas, se colocan de fijo en la entrada misma del templo, y otros
hombres, hasta el número de mil, cada cual así mismo con su palo,
juntos en otra parte del templo, están haciendo sus deprecaciones. De
notar es que desde el día anterior de la función colocan su ídolo sobre
una peana de madera dorada, hecha a modo de nicho, y lo transportan a
otra pieza sagrada. Entonces, pues, los pocos sacerdotes que quedaron
alrededor del ídolo vienen arrastrando un carro de cuatro ruedas,
dentro del cual va un nicho, y dentro del nicho la estatua de su dios.
Desde luego los sacerdotes, apostados en la entrada del templo impiden
el paso a su mismo dios; pero se presenta la otra partida de devotos al
socorro de su dios injuriado, y cierran a golpes con los sitiadores de
la entrada. Armase, pues, uña brava paliza, en la que muchos,
abriéndose las cabezas, mueren después de las heridas, a lo que creo,
por más que pretendan los egipcios que nadie muere de las resultas.
LXIV. El suceso que dio origen a la fiesta y al combate lo refieren
de este modo los del país: Vivía en aquel templo la madre de Marte, el
cual, educado en sitio lejano y llegado ya a la edad varonil, quiso un
día visitarla; pero los criados de su madre no le conocían y le
cerraron las puertas sin darle entrada. Entonces Marte va a la ciudad,
y volviendo con numerosa comitiva, apalea y maltrata a los criados, y
entra luego a ver a su madre y conocerla. Y en memoria de tal hecho, en
las fiestas de Marte suele renovarse la pendencia. De observar es que
los egipcios fueron los autores de la continencia religiosa, que no
permite el uso de conocer a las mujeres en los lugares sacros, y no
admite en los templos al que tal acto acaba de cometer, sino purificado
con el agua de antemano, al paso que entre todas las naciones, si se
exceptúa la egipcia y la griega, se junta cualquiera con las mujeres en
aquellos lugares, y entra en los templos después de dejarlas, sin
curarse de baño alguno, persuadidos de que en este punto no debe
existir diferencia entre los hombres y los brutos, los que, según
cualquiera puede ver, en especial todo género de pájaros, se unen y
mezclan a la luz del día en los templos de los dioses, cosa que éstos
no permitieran en su misma casa si les fuera menos grata y acepta. De
este modo defienden su profanación; aunque en verdad ni me place el
abuso, ni me satisface el pretexto.
LXV. Son los egipcios sumamente ceremoniosos en sagrado, y en lo
demás supersticiosos por extremo. Su país, aunque confinante con la
Libia, madre de fieras, no abunda mucho en animales; pero los que hay,
sean o no domésticos y familiares, gozan de las prerrogativas de cosas
sagradas. No diré yo la razón de ello, por no verme en el extremo, que
evito como un escollo, de descender a los arcanos divinos, pues
protesto que si algo de ellos indiqué, fue llevado a más no poder por
el hilo de mi narración. Según la ley o costumbre que rige en Egipto
acerca de las bestias, cada especie tiene aparte sus guardas y
conservadores, ya sean hombres, ya mujeres, cuyo honroso empleo
trasmiten a sus hijos. Los particulares en las ciudades hacen a los
brutos sus votos y ofrendas del modo siguiente: Ofrécese el voto al
dios a quien la bestia se juzga consagrada, y al llegar la ocasión de
cumplirlo, rapa cada cual a navaja la cabeza de sus hijos, o la mitad
de ella, o bien la tercera parte; coloca en una balanza el pelo
cortado, y en la otra tanta plata cuanta pesa el cabello, y en
cumplimiento de su voto, la entrega a la que cuida de aquellas bestias,
la que les compra con aquel dinero el pescado, que es su legítimo
alimento, cuidando de partírselo y cortarlo. ¡Triste del egipcio que
mate a propósito alguna de estas bestias! No paga la pena de otro modo
que con la cabeza; mas si lo hiciere por descuido, satisface la multa
en que le condenen los sacerdotes. Y ¡ay del que matare alguna ibis o
algún gavilán! Sea de acuerdo, sea por casualidad, es preciso que muera
por ello.
LXVI. Grande es la abundancia de animales domésticos que allí se
crían; y fuera mucho mayor sin lo que sucede con los gatos, pues
notando los egipcios que las gatas después de parir no se llegan ya a
los gatos y repugnan juntarse con ellos por más que las busquen y
requiebren, acuden al consuelo de los machos, quitando a las hembras
sus hijuelos y matándolos, si bien están muy lejos de comerlos. Con
esto, aquellas bestias, muy amantes de sus crías y viéndose sin ellas,
se llegan de nuevo a los gatos, deseosas de tener nuevos hijuelos. ¡Ay
de los gatos igualmente si sucede algún incendio, desgracia para ellos
fatal y suprema cuita! Porque los egipcios, que les son
supersticiosamente afectos, sin ocuparse en extinguir el fuego, se
colocan de trecho en trecho como centinelas, con el fin de preservar a
los gatos del incendio; pero estos, por el contrario, asustados de ver
tanta gente por allí, cruzan por entre los hombres, y a veces para huir
de ellos van a precipitarse en el fuego; desgracia que a los
espectadores llena de pesar y desconsuelo. Cuando fallece algún gato de
muerte natural, la gente de la casa se rapa las cejas a navaja; pero al
morir un perro, se rapan la cabeza entera, y además lo restante del
cuerpo.
LXVII. Los gatos después de muertos son llevados a sus casillas
sagradas; y adobados en ellas con sal, van a recibir sepultura en la
ciudad de Bubastis. Las perras son enterradas en sagrado en su
respectiva ciudad, y del mismo modo se sepulta a los icneumones. Las
mígalas (60) y gavilanes
son llevados a enterrar en la ciudad de Butona, las ibis a la de
Hermópolis; pero a los osos, raros en Egipto, y a los lobos, no mucho
mayores que las zorras en aquel país, se los entierra allí mismo donde
se les encuentra muertos y tendidos.
LXVIII. Hablemos ya de la naturaleza del cocodrilo, animal que pasa
cuatro meses sin comer en el rigor del invierno, que pone sus huevos en
tierra y saca de ellos sus crías, y que, siendo cuadrúpedo, es anfibio
sin embargo. Pasa fuera del agua la mayor parte del día y en el río la
noche entera, por ser el agua más caliente de noche que la tierra al
cielo raso con su rocío. No se conoce animal alguno que de tanta
pequeñez llegue a tal magnitud, pues los huevos que pone no exceden en
tamaño a los de un ganso, saliendo a proporción de ellos en su pequeñez
el joven cocodrilo, el cual crece después de modo que llega a ser de 17
codos, y a veces mayor. Tiene los ojos como el cerdo, y los dientes
grandes, salidos hacia fuera y proporcionados al volumen de su cuerpo,
y es la única fiera que carezca de lengua. No mueve ni pone en juego la
quijada inferior, distinguiéndose entre todos los animales por la
singularidad de aplicar la quijada de arriba a la de abajo. Sus uñas
son fuertes, y su piel cubierta de escamas, que hacen su dorso
impenetrable. Ciego dentro del agua, goza a cielo descubierto de una
agudísima vista. Teniendo en el agua su guarida ordinaria, el interior
de su boca se le llena y atesta de sanguijuelas. Así que, mientras huye
de él todo pájaro y animal cualquiera, solo el reyezuelo es su amigo y
ave de paz, por lo común, de quien se sirve para su alivio y provecho,
pues al momento de salir del agua el cocodrilo y de abrir su boca en la
arena, cosa que hace ordinariamente para respirar el céfiro, se le mete
en ella el reyezuelo y le va comiendo las sanguijuelas, mientras que la
bestia no se atreve a dañarle por el gusto y solaz que en ello percibe.
LXIX. Los cocodrilos son para algunos egipcios sagrados y divinos;
para otros, al contrario, objeto de persecución y enemistad. Las gentes
que moran en el país de Tebas o alrededor de la laguna Meris, se
obstinan en mirar en ellos una raza de animales sacros, y en ambos
países escogen uno comúnmente, al cual van criando y amasando de modo
que se deje manosear, y al cual adornan con pendientes en las orejas,
parte de oro y parte de piedras preciosas y artificiales, y con ajorcas
en las piernas delanteras. Se le señala su ración de carne de los
sacrificios. Regalado portentosamente cuando vivo, a su muerte se lo
entierra bien adobado en sepultura sagrada. No así los habitantes de la
comarca de Elefantina, que lejos de respetarlos como divinos, se
sustentan con ellos a menudo. Campsas es el nombre egipcio de estos animales, a los que llaman los jonios cocodrilos, nombre que les dan, por la semejanza que les suponen con los cocodrilos o lagartos que se crían en su tierra.
LXX. Muchas y varias son las artes que allí se emplean para pescar o
coger el cocodrilo, de las cuales referiré una sola que creo la más
digna de ser referida. Atase al anzuelo un cebo, que no es menos que un
lomo de tocino; arrójase en seguida al río, y se está el pescador en la
orilla con un lechoncito vivo, al cual obliga a gruñir mortificándolo.
Al oír la voz del cerdo, el cocodrilo se dirige hacia ella, y topando
con el cebo lo engulle. Al instante tiran de él los de la orilla, y
sacado apenas a la playa, se le emplastan los ojos con lodo, prevención
con la que es fácil y hacedero el domarlo, y sin la cual harta fatiga
costara la empresa (61).
LXXI. Solo en la comarca de Papremis los hipopótamos o caballos de
río son reputados como divinos, no así en lo demás del Egipto. El
hipopótamo, ya que es menester describirle en su figura y talle
natural, tiene las uñas hendidas como el buey, las narices romas, las
crines, la cola y la voz de caballo, los colmillos salidos, y el tamaño
de un toro más que regular. Su cuero es tan duro, que después de seco
se forman con él dardos bien lisos y labrados.
LXXII. Los egipcios veneran como sagradas a las nutrias que se crían
en sus ríos, y con particularidad entre los peces al que llaman
lepidoto o escamoso, y a la anguila, pretendiendo que estas dos
especies están consagradas al Nilo, como lo está entre las aves el vulpanser o ganso bravo.
LXXIII. Otra ave sagrada hay allí que sólo he visto en pintura, cuyo
nombre es el de fénix. Raras son, en efecto, las veces que se deja ver,
y tan de tarde en tarde, que según los de Heliópolis sólo viene al
Egipto cada quinientos años a saber cuándo fallece su padre. Si en su
tamaño y conformación es tal como la describen, su mote y figura son
muy parecidas a las del águila, y sus plumas en parte doradas, en parte
de color de carmesí. Tales son los prodigios que de ella nos cuentan,
que aunque para mi poco dignos de fe, no omitiré el referirlos. Para
trasladar el cadáver de su padre desde la Arabia al templo del Sol, se
vale de la siguiente maniobra: forma ante todo un huevo sólido de
mirra, tan grande cuanto sus fuerzas alcancen para llevarlo, probando
su peso después de formado para experimentar si es con ellas
compatible; va después vaciándolo hasta abrir un hueco donde pueda
encerrar el cadáver de su padre; el cual ajusta con otra porción de
mirra y atesta de ella la concavidad, hasta que el peso del huevo
preñado con el cadáver iguale al que cuando sólido tenía; cierra
después la abertura, carga con su huevo, y lo lleva al templo del Sol
en Egipto. He aquí, sea lo que fuere, lo que de aquel pájaro refieren.
LXXIV. En el distrito de Tebas se ven ciertas serpientes divinas, nada dañosas a los hombres (62),
pequeñas en el tamaño, que llevan dos cuernecillos en la parte de la
cabeza. Al morir se las entierra en el templo mismo de Júpiter, a cuyo
numen y tutela se las cree dedicadas.
LXXV. Otra casta hay de sierpes aladas, sobre las cuales queriéndome
informar hice mi viaje a un punto de la Arabia situado no lejos de
Butona. Llegado allí (no se crea exageración), vi tal copia de huesos y
de espinas de serpientes cual no alcanzo a ponderar. Veíanse allí
vastos montones de osamentas, aquí otros no tan grandes, más allá otros
menores, pero muchos y numerosos. Este sitio, osario de tantos
esqueletos, es una especie de quebrada estrecha de los montes, y como
un puerto que domina una gran llanura confinante con las campiñas del
Egipto. Aquella carnicería se explica diciendo que al abrirse la
primavera acuden las serpientes aladas desde la Arabia al Egipto (63),
y que las aves que llaman ibis les salen al encuentro desde luego a la
entrada del país, negándoles el paso, y acaban con todas ellas. A este
servicio que las ibis prestan a los egipcios, atribuyen los árabes la
estima y veneración en que los tienen aquellos naturales, y esta es la
razón que dan los egipcios mismos del honor que le tributan.
LXXVI. El ibis es una ave negra por extremo en su color, en las
piernas semejante a la grulla, con el pico sumamente encorvado, del
tamaño del cres o ayron. Esta es la figura de las ibis negras
que pelean con las sierpes; pero otra es la de las ibis domésticas que
se dejan ver a cada paso, que tienen la cabeza y cuello pelado, y
blanco el color de sus alas, bien que las extremidades de ellas, su
cabeza, su cuello y las partes posteriores son de un color negro muy
subido; en las piernas y en el pico se asemeja a la otra especie. La
serpiente voladora se parece a la hidra; sus alas no están formadas de
plumas, sino de unas pieles o membranas semejantes a las del murciélago.
LXXVII. Dejando ya a un lado las bestias sacras y divinas, hablemos
por fin de los mismos egipcios. Debo confesar que los habitantes de
aquella comarca que se siembra, como que cultivan y ejercitan la
memoria sobre los demás hombres, son asimismo la gente más hábil y
erudita que hasta el presente he podido encontrar. En su manera de
vivir guardan la regla de purgarse todos los meses del año por tres
días consecutivos, procurando vivir sanos a fuerza de vomitivos y
lavativas, persuadidos de que de la comida nacen al hombre todos los
achaques y enfermedades. Los que así piensan son por otra parte los
hombres más sanos que he visto, si se exceptúa a los Libios. Este
beneficio lo deben en mi concepto a la constancia de sus anuas
estaciones, porque sabido es que toda mutación, y la de las estaciones
en particular, es la causa generalmente de que enfermen los hombres.
Por lo común, no comen otro pan que el que hacen de la escandia, al
cual dan el nombre de cytestis. Careciendo de viñas el país (64),
no beben otro vino que la cerveza que sacan de la cebada. De los
pescados, comen crudos algunos después de bien secos al sol, otros
adobados en salmuera. Conservan también en sal a las codornices, ánades
y otras aves pequeñas para comerlas después sin cocer. Las demás aves,
como también los peces, los sirven hervidos o asados, a excepción de
los animales que reputan por divinos.
LXXVIII. En los convites que se dan entre la gente rica y regalada
se guarda la costumbre de que acabada la comida pase uno alrededor de
los convidados, presentándoles en un pequeño ataúd una estatua de
madera de un codo o de dos a lo más (65),
tan perfecta, que en el aire y color remeda al vivo un cadáver, y
diciendo de paso a cada uno de ellos al presentársela y enseñarla: «¿No
le ves? mírale bien: come y bebe y huelga ahora, que muerto no has de
ser otra cosa que lo que ves.» Costumbre es esta, como he dicho, en los
espléndidos banquetes.
LXXIX. Contentos los egipcios con su música y canciones patrias, no
admiten ni adoptan ninguna de las extranjeras. Entre muchos himnos y
canciones nacionales, a cual más lindas lo es con preferencia cierta
cantinela, usada también en Fenicia, en Chipre y en varios países, y
aunque en cada uno de ellos lleva su nombre particular, es no sólo
parecida, sino igual exactamente a la que cantan los griegos con el
nombre de Lino. Y entre tantas cosas que no acabo de admirar
entre los egipcios, no es lo que menos ha excitado mi curiosidad el
saber de dónde les procedía aquel cántico, al cual son tan aficionados
que siempre se oye en sus labios, y al que en vez de Lino llaman Maneros
en egipcio. Así dicen se llamaba el hijo único del primer rey de
Egipto, muerto el cual en la flor de su edad, quisieron los egipcios
conservar la memoria del infeliz príncipe, y honrar al difunto con
aquellas fúnebres endechas que fueron la primera y única canción del
país.
LXXX. Otra costumbre guardan los egipcios en la que se parecen, no a
los griegos en general, sino a los lacedemonios, pues que los jóvenes
al encontrarse con los ancianos se apartan del camino cediéndoles el
paso, y se ponen en pie al entrar en la pieza los de mayor edad,
ofreciéndoles luego su asiento.
LXXXI. Pero en lo que a ninguno de los griegos se parecen aquellos
pueblos, es que en vez de saludarse con corteses palabras, se inclinan
profundamente al hallarse en la calle, bajando su mano hasta la
rodilla. Visten túnicas de lino largas hasta las piernas, alrededor de
las cuales corren algunas franjas, y a las que llaman Calasiris.
Encima de ellas llevan su manto de lana, con cuyos tejidos se guardan
sin embargo de presentarse en el templo o de enterrarse, amortajados en
ellos, lo que fuera a sus ojos una profanación. Relación tiene esta
costumbre egipcia con las ceremonias órficas (66)
y pitagóricas, como se llaman, no siendo lícito tampoco a ninguno de
los iniciados en sus orgías y misterios ir a la sepultura con mortaja
de lana, a cuyos usos no falta su razón arcana y religiosa.
LXXXII. Los egipcios, además de otras invenciones enseñaron varios
puntos de astrología; qué mes y qué día, por ejemplo, sea apropiado a
cada uno de los dioses (67)
cuál sea el hado de cada particular, qué conducta seguirá, qué suerte y
qué fin espera al que hubiese nacido en tal día o con tal ascendiente;
doctrinas de que los poetas griegos se han valido en sus versos. En
punto a prodigios, fueron los egipcios los mayores agoreros del
universo, como que tanto se esmeran en su observación, pues apenas
sucede algún portento lo notan desde luego y observan su éxito;
coligiendo de este modo el que ha de tener otro portento igual que
acontezca.
LXXXIII. Del arte de vaticinar, tal es el concepto que tienen, que
no lo miran como propio de hombres, sino apenas de algunos de sus
dioses. Varios son los oráculos, en efecto, que encierra su país: el de
Hércules, el de Apolo, el de Minerva, el de Diana, el de Marte, el de
Júpiter, y el de Latona, por fin, situado en la ciudad de Butona, al
que dan la primacía, y honran con preferencia a los demás.
LXXXIV. Reparten en tantos ramos la medicina, que cada enfermedad
tiene su médico aparte, y nunca basta uno solo para diversas dolencias.
Hierve en médicos el Egipto: médicos hay para los ojos, médicos para la
cabeza, para las muelas, para el vientre; médicos, en fin, para los
achaques ocultos.
LXXXV. Por lo que hace al luto y sepultura, es costumbre que al
morir algún sujeto de importancia las mujeres de la familia se
emplasten de lodo el rostro y la cabeza. Así desfiguradas y desceñidas,
y con los pechos descubiertos, dejando en casa al difunto, van girando
por la ciudad con gran llanto y golpes de pecho, acompañándolas en
comitiva toda la parentela. Los hombres de la misma familia, quitándose
el cíngulo, forman también su coro plañendo y llorando al difunto.
Concluidos los clamores, llevan el cadáver al taller del embalsamador.
LXXXVI. Allí tienen oficiales especialmente destinados a ejercer el
arte de embalsamar, los cuales, apenas es llevado a su casa algún
cadáver, presentan desde luego a los conductores unas figuras de
madera, modelos de su arte, las cuales con sus colores remedan al vivo
un cadáver embalsamado. La más primorosa de estas figuras, dicen ellos
mismos, es la de un sujeto cuyo nombre no me atrevo ni juzgo lícito
publicar. Enseñan después otra figura inferior en mérito y menos
costosa, y por fin otra tercera más barata y ordinaria, preguntando de
qué modo y conforme a qué modelo desean se les adobe el muerto; y
después de entrar en ajuste y cerrado el contrato, se retiran los
conductores. Entonces, quedando a solas los artesanos en su oficina,
ejecutan en esta forma el adobo de primera clase. Empiezan metiendo por
las narices del difunto unos hierros encorvados, y después de sacarle
con ellos los sesos, introducen allá sus drogas e ingredientes.
Abiertos después los ijares con piedra de Etiopía aguda y cortante,
sacan por ellos los intestinos, y purgado el vientre, lo lavan con vino
de palma y después con aromas molidos, llenándolo luego de finísima
mirra, de casia, y de variedad de aromas, de los cuales exceptúan el
incienso, y cosen últimamente la abertura (68).
Después de estos preparativos adoban secretamente el cadáver con nitro
durante setenta días, único plazo que se concede para guardarle oculto,
luego se le faja, bien lavado, con ciertas vendas cortadas de una pieza
de finísimo lino, untándole al mismo tiempo con aquella goma de que se
sirven comúnmente los egipcios en vez de cola (69).
Vuelven entonces los parientes por el muerto, toman su momia, y la
encierran en un nicho o caja de madera, cuya parte exterior tiene la
forma y apariencia de un cuerpo humano, y así guardada la depositan en
un aposentillo, colocándola en pie y arrimada a la pared. He aquí el
modo más exquisito de embalsamar los muertos.
LXXXVII. Otra es la forma con que preparan el cadáver los que,
contentos con la medianía, no gustan de tanto lujo y primor en este
punto. Sin abrirle las entrañas ni extraerle los intestinos, por medio
de unos clísteres llenos de aceite de cedro, se lo introducen por el
orificio, hasta llenar el vientre con este licor, cuidando que no se
derrame después y que no vuelva a salir. Adóbanle durante los días
acostumbrados, y en el último sacan del vientre el aceite antes
introducido, cuya fuerza es tanta, que arrastra consigo en su salida
tripas, intestinos y entrañas ya líquidas y derretidas. Consumida al
mismo tiempo la carne por el nitro de afuera, sólo resta del cadáver la
piel y los huesos; y sin cuidarse de más, se restituye la momia a los
parientes.
LXXXVIII. El tercer método de adobo, de que suelen echar mano los
que tienen menos recursos, se deduce a limpiar las tripas del muerto a
fuerza de lavativas, y adobar el cadáver durante los setenta días
prefijados, restituyéndole después al que lo trajo para que lo vuelva a
su casa.
LXXXIX. En cuanto a las matronas de los nobles del país y a las
mujeres bien parecidas, se toma la precaución de no entregarlas luego
de muertas para embalsamar, sino que se difiere hasta el tercero o
cuarto día después de su fallecimiento. El motivo do esta dilación no
es otro que el de impedir que los embalsamadores abusen criminalmente
de la belleza de las difuntas, como se experimentó, a lo que dicen, en
uno de esos inhumanos, que se llegó a una de las recién muertas, según
se supo por la delación de un compañero de oficio.
XC. Siempre que aparece el cadáver de algún egipcio o de cualquier
extranjero presa de un cocodrilo o arrebatado por el río, es deber de
la ciudad en cuyo territorio haya sido arrojado enterrarle en lugar
sacro, después de embalsamarle y amortajarle del mejor modo posible.
Hay más todavía, pues no se permite tocar al difunto a pariente o amigo
alguno, por ser este un privilegio de los sacerdotes del Nilo, los que
con sus mismas manos lo componen y sepultan como si en el cadáver
hubiera algo de sobrehumano.
XCI. Huyen los egipcios de los usos y costumbres de los griegos, y
en una palabra, de cuantas naciones viven sobre la faz de la tierra;
pero este principio, común en todos ellos, padece alguna excepción en
la gran ciudad de Quemis del distrito de Tebas, vecina a la de Neápolis (70). Perseo, el hijo de Dano, tiene en ella un templo cuadrado, circuido en torno de una arboleda de palmas. El propileo (71)
del templo está formado de grandes piedras de mármol, y en él se ven en
pié dos grandes estatuas, de mármol asimismo: dentro del sagrado
recinto hay una capilla, y en ella la estatua de Perseo. Los buenos
quemitas cuentan que muchas veces se les aparece en la comarca, otras
no pocas en su templo; y aun a veces se encuentra una sandalia de las
que calza el semidios, no como quiera, sino tamaña de dos codos, cuya
aparición, a lo que dicen es siempre agüero de bienes, y promesa de un
año de abundancia para todo Egipto. En honor de Perséo celebran juegos
gímnicos según la costumbre griega, en los que entra todo género de
certamen, y se proponen por premio animales, pieles y mantos de abrigo.
Quise investigar de ellos la razón por qué Perséo los distinguía entre
los demás egipcios con sus apariciones, y por qué se singularizaban en
honrarle con sus juegos gímnicos; a lo que me respondieron que el
semidios era hijo de la ciudad, y me contaban que dos de sus
compatriotas, llamado el uno Danao, y Linceo el otro, habían pasado por
mar a la Hélada, y de la descendencia de entrambos que me deslindaron,
nació Perséo, el cual, pasando por Egipto en el viaje que hizo a la
Libia con el mismo objeto que refieren los griegos de traer la cabeza
de Gorgona, visitó la ciudad de Chemmis, cuyo nombre sabía por su
madre, y que allí reconoció a todos sus parientes, y que por su mandato
se celebraban los juegos gímnicos desde entonces.
XCII. Los usos hasta aquí referidos pertenecen a los egipcios que
moran más arriba de los pantanos; los que viven en medio de ellos se
asemejan enteramente a los primeros en costumbres y en tener una sola
esposa (72), como también
sucede entre los griegos; pero exceden a los demás en ingenio y
habilidad para alcanzar el sustento. Cuando la campiña queda convertida
en mar durante la avenida del río, suelen criarse dentro del agua misma
muchos lirios, que llaman loto (73)
los naturales, de los que, después de segados y secos al sol, extraen
la semilla, parecida en medio de la planta a la de la adormidera,
amasando con ella sus panes y cociéndolos al horno. Sírveles también de
alimento la raíz del mismo loto, de figura algo redonda y del tamaño de
una manzana. Otros lirios nacen allí en el agua estancada del río muy
parecidos a las rosas, de cuyas raíces sale una vaina semejante en
forma al panal de las avispas, dentro de la cual se encierra un fruto
formado de ciertos granos apiñados a manera de confites y del tamaño
del hueso de aceituna, que se pueden comer así tiernos como secos.
Tienen otra planta llamada biblo (74),
de anual cosecha, cuya parte inferior, después de arrancada y sacada
del pantano, se come y se vende, siendo de un codo de largo, y
cortándose la superior para otros usos. Los que buscan en el biblo
más delicado gusto antes de comerlo suelen meterlo a tostar en un horno
bien caldeado. No falta gente en el país cuyo único alimento es la
pesca, y que comen los peces, después de limpiados de las tripas y de
secarlos al sol.
XCIII. Aunque los ríos no suelen criar pesca gregal o de comitiva,
la producen las lagunas del Egipto, en las que sienten los peces el
instinto de formar nuevas crías, nadan en tropas hacia el mar; los
machos al frente conducen aquel rebaño, despidiendo al mismo tiempo la
semilla que, sorbida por las hembras que los persiguen, las hace
preñadas. Después de llenas en el mar, dan todos la vuelta y nadan
hacia su primitiva guarida; pero entonces no son ya los machos los
pilotos, por decirlo así, del rumbo, sino que se alzan las hembras con
la dirección del rebaño, a imitación de lo que han visto hacer a los
otros en la ida, y van despidiendo sus huevos, tan pequeños como un
granito de mijo, que son engullidos por los machos que les van en
seguimiento. Cada uno de aquellos granos es un pescadillo, y de los que
quedan en el agua escapando de la voracidad de los machos nacen después
los pescados. Se observa que los que se cogen en su salida al mar,
tienen la cabeza algo raída a la parte izquierda, pero en los cogidos a
la vuelta se les ve como rozada y desflorada la derecha, porque van
hacia el mar siguiendo la orilla izquierda, y toman a la vuelta el
mismo rumbo, acercándose cuanto pueden a la ribera, y nadando junto a
tierra, para evitar que la corriente del río no los desvíe y aleje de
su camino (75). Apenas
crece el Nilo se empiezan al mismo tiempo a llenarse las hoyas que
forma la tierra, y los pantanos vecinos al río, con el agua que del
mismo se comunica y transfunde, y en aquellas balsas acabadas de llenar
hierve de repente un hormiguero de pescadillos. Creo, pues, y difícil
será que me engañe, que el año anterior, al menguar el Nilo, los peces
se fueron retirando con las últimas aguas hacia la madre del río,
dejando en el lodo sus huevos, de los cuales salen de repente los
nuevos peces al volver al año siguiente la avenida de las aguas (76). He aquí cuanto de ellos puede decirse.
XCIV. Los mismos egipcios de las lagunas exprimen para su uso cierto ungüento, que llaman kiki, de la fruta de los siliciprios (77),
plantas que en Grecia se crían naturalmente en los campos, y que
sembradas en Egipto a orillas del río o de las lagunas dan muy copioso
fruto, aunque de un olor ingrato. Apenas escogido éste, hay quien lo
machaca para exprimir su jugo, y suelen también freírlo en la sartén
para recoger el licor que de él va manando, el cual viene a ser cierto
humor craso, que para la luz del candil no sirviera menos que el
aceite, si no despidiera un olor pesado y molesto.
XCV. Varios remedios han discurrido los naturales para defenderse y
librarse de los mosquitos, plaga en Egipto infinita. Los que viven más
allá de los pantanos se suben y guarecen en sus altas torres, donde no
pueden los mosquitos remontar su tenue vuelo vencidos de la fuerza de
los vientos; los que moran vecinos a las lagunas, en vez del asilo de
las torres, acuden al amparo de una red, con que se previene cada uno,
cogiendo en ella de día los insectos como pesca, y tomando de noche
para defenderse en su aposento dormitorio aquella misma red, con que
rodea su cama y dentro de la cual se echa a dormir. Es singular que si
allí duerme uno cubierto con sus vestidos o envuelto en sus sábanas,
penetran por ellas los mosquitos y le pican, al paso que huyen tanto de
la red, que ni aun se atreven a tentar el paso por sus aberturas.
XCVI. Las barcas de carga se fabrican allí de madera de espino,
árbol muy semejante en lo exterior al loto de Cirene, y cuya lágrima es
la goma. Su construcción, muy singular por cierto, se forma de tablones
de espino de dos codos, compuestos a manera de tejas y unidos entre sí
con largos y muy espesos clavos. Construido así el buque, en la parte
de arriba se tienden los bancos del batel en vez de cubierta, sin
valerse absolutamente de los maderos que llamamos costillas; y lo
calafatean luego con biblo por la parte interior. El timón está metido
de modo que llega y aun pasa por la quilla. El mástil es de espino, y
las jarcias y yolas de biblo. Estas barcas, que no son capaces de
navegar río arriba, a no tener buen viento, suben tiradas desde la
orilla; pero río abajo navegan con la sola ayuda de un rejado que
llevan hecho de vacas de tamariz, entretejido a manera de cañizo y
parecido a una puerta, y de una piedra agujereada que pesará como dos,
talentos o quintales. Al partir, arrojan al agua de proa su rejado
atado al barco con una soga, y de popa la piedra también atada; el
rejado, impelido por la corriente, vase largando y tirando a remolque
la baris, que así se llaman estas barcas, mientras dirige su
curso la piedra arrastrada desde la popa surcando el fondo del río. Hay
un sinnúmero de estas naves, y algunas de tanto buque que cargan con
muchos miles de talentos.
XCVII. En el tiempo que el Nilo inunda el país, aparecen únicamente
las ciudades a flor del agua con una perspectiva muy parecida a la que
presentan las islas en el mar Egeo pues entonces es un mar todo el
Egipto, y solo las poblaciones asoman su cabeza sobre el agua. Durante
la inundación, en vez de seguir la corriente del río, se navega por lo
llano de la campiña, según manifiestamente aparece, pues la navegación
trillada y ordinaria de Naucratis a Menfis es por cerca de las
pirámides, rumbo que se deja durante la inundación por otro que pasa
por la punta de la Delta y la ciudad de Cercasoro. Del mismo modo, el
que desde la costa, saliendo de Canobo, quisiera navegar sobre la
campiña hacia Naucratis, hará su viaje por la ciudad de Antila y por
otra que se llama Arcandro.
XCVIII. No quiero omitir, ya que hice mención de estas dos ciudades,
que Antila, quo lo es bien considerable, está señalada para el chapín y
el calzado de la esposa del actual monarca del Egipto, tributo
introducido desde que el persa se hizo señor del reino. Acerca de la
otra, llamada Arcandro, creo debió tomar su nombre de aquel Arcandro
que fue yerno de Danao, hijo de Ptio y nieto de aqueo. Bien cabe que
haya existido otro Arcandro, pero lo que no admite duda es que este
nombre no es egipcio.
XCIX. Cuanto llevo dicho hasta el presente es lo que yo mismo vi, lo
que supe por experiencia, lo que averigüé con mis pesquisas; lo que en
adelante iré refiriendo lo oí de boca de los egipcios, aunque entre
ello mezclaré algo aun de lo que vi por mis ojos. De Menes, el primero
que reinó en Egipto, decíanme los sacerdotes que desvió con un dique el
río para secar el terreno de Menfis, pues observando que el río se
echaba con toda su corriente hacia las raíces del monte arenoso de la
Libia, discurrió para desviarle levantar un terraplén en un recodo que
forma el río por la parte de Mediodía a unos cien estadios más arriba
de Menfis, y logró con aquella obra que, encanalada el agua por un
nuevo cauce, no sólo dejase enjuta la antigua madre del río, sino que
aprendiese a dirigir su curso a igual distancia de los dos montes. Es
cierto que aun al presente mantienen los persas en aquel recodo en que
se obliga al Nilo a torcer su curso, mucha gente apostada para reforzar
cada año el mencionado dique; y con razón, pues si rompiendo por allí
el río se precipitase por el otro lado, iría sin duda a pique Menfis y
quedara sumergida. Apenas hubo Menes, el primer rey, desviado el Nilo y
enjugado el terreno, fundó primeramente en él la ciudad que ahora se
llama Menfis (78),
realmente edificada en aquella especie de garganta del Egipto y rodeada
con una laguna artificial que él mismo mandó excavar por el Norte y
Mediodía, empezando desde el río, que la cerraba al Oriente. Al mismo
tiempo erigió en su nueva ciudad un templo a Vulcano, monumento en
verdad magnífico y memorable.
C. Los mismos sacerdotes me iban leyendo en un libro el catálogo de nombres de 330 reyes posteriores a Menes (80).
En tan larga serie de tantas generaciones se contaban 18 reyes etíopes,
una reina egipcia y los demás reyes egipcios también. El nombre de
aquella reina única era Nitocris, el mismo que tenía la otra reina de
Babilonia, y de ella contaban que recibida la corona de mano de los
egipcios, que habían quitado la vida a su hermano, supo vengarse de los
regicidas por medio de un ardid. Mandó fabricar una larga habitación
subterránea, con el pretexto de dejar un monumento de nueva invención;
y bajo este color, con una mira bien diversa, convidó a un nuevo
banquete a muchos de los egipcios que sabía haber sido motores y
principales cómplices en la alevosa muerte de su hermano. Sentados ya a
la mesa, en medio del convite dio orden que se introdujese el río en la
fábrica subterránea por un conducto grande que estaba oculto. A este
acto de la reina añadían el de haberse precipitado en seguida por sí
misma dentro de una estancia llena de ceniza a fin de no ser castigada
por los egipcios.
CI. De los demás reyes del catálogo decían que, no habiendo dejado
monumento alguno, ninguna gloria ni esplendor quedaba de ellos en la
posteridad, si se exceptúa el último, llamado Meris, pues éste hizo
muchas obras públicas, edificando en el templo de Vulcano los propileos
o pórticos que miran al viento Bóreas, mandando excavar una grandísima
laguna cuyos estadios de circunferencia, referiré más abajo, y
levantando en ella unas pirámides, de cuya magnitud daré razón al
hablar de la laguna. Tantos fueron los monumentos que a Meris se deben,
cuando ni uno solo dejaron los demás.
CII. Bien podré por lo mismo pasar a estos en silencio, para hacer
desde luego mención del otro gran monarca que con el nombre de
Sesostris les sucedió en la corona. Decíanme de Sesostris los
sacerdotes, que saliendo del golfo Arábigo con una armada de naves
largas, sujetó a su dominio a los que habitaban en las costas del mar
Eritreo, alargando su viaje hasta llegar a no sé qué bajíos que hacían
el mar innavegable; que desde el mar Eritreo, dada la vuelta a Egipto,
penetró por tierra firme con un ejército numeroso que juntó,
conquistando tantas naciones cuantas delante se le ponían, y si hallaba
con alguna valiente de veras y amante de sostener su libertad, erigía
en su distrito, después de haberla vencido, unas columnas en que
grababa una inscripción que declarase su nombre propio, el de su patria
y la victoria con su ejército obtenida sobra aquel pueblo; si le
acontecía, empero, no encontrar resistencia en algún otro, y rendir sus
plazas con facilidad, fijaba asimismo en la comarca sus columnas con la
misma inscripción grabada en las otras, pero mandaba esculpir en ellas
además la figura de una mujer, queriendo sirviese de nota de la
cobardía de los vencidos, menos hombres que mujeres.
CIII. Lleno de gloria Sesostris con tantos trofeos, iba corriendo
las provincias del continente del Asia, de donde pasando a Europa domó
en ella a los escitas y tracios, hasta cuyos pueblos llegó, a lo que
creo, el ejército egipcio, sin pasar más allí, pues que en su país y no
más lejos se encuentran las columnas. Desde este término, dando la
vuelta hacia atrás por cerca del río Fasis, no tengo bastantes luces
para asegurar si el mismo rey, separando alguna gente de su ejército,
la dejaría allí en una colonia que fundó, o si algunos de sus soldados,
molidos y fastidiados de tanto viaje, se quedarían por su voluntad en
las cercanías de aquel río.
CIV. Así me expreso, porque siempre he tenido la creencia de que los
coleos no son más que egipcios, pensamiento que concebí antes que a
ninguno lo oyera. Para salir de dudas y satisfacer mi curiosidad, tomé
informes de entrambas naciones, y vine a descubrir que los coleos
conservaban más viva la memoria de los egipcios que no éstos de
aquellos, si bien los egipcios no negaban que los coleos fuesen un
cuerpo separado antiguamente de la armada de Sesostris. Dio motivo a
mis sospechas acerca del origen de los coleos, el verlos negros de
color y crespos de cabellos; pero no fiándome mucho en esta conjetura,
puesto que otros pueblos hay además de los egipcios negros y crespos,
me fundaba mucho más en la observación de que las únicas naciones del
globo que desde su origen se circuncidan son los coleos, egipcios y
etíopes, pues que los fenicios y Sirios (81)
de la Palestina confiesan haber aprendido del Egipto el uso de la
circuncisión. Respecto de los otros Sirios situados en las orillas de
los ríos Termodonte y Partenio, y a los Macrones sus vecinos y
comarcanos, únicos pueblos que se circuncidan, afirman haberlo
aprendido modernamente de los coleos. No sabría, empero, definir, entre
los egipcios y etíopes, cuál de los dos pueblos haya tomado esta
costumbre del otro, viéndola en ambos muy antigua y de tiempo
inmemorial. Descubro, no obstante, un indicio para mí muy notable, que
me inclina a pensar que los etíopes la tomaron de los egipcios, con
quienes se mezclaron, y es haber observado que los fenicios que tratan
y viven entre los griegos no se cuidan de circuncidar como los egipcios
a los hijos que les van naciendo (82).
CV. Y una vez que hablo de los coleos, no quiero omitir otra prueba
de su mucha semejanza con los egipcios, con quienes frisa no poco su
tenor de vida y su modo de hablar, y es el idéntico modo con que
trabajan el lino. Verdad es que el de coleos se llama entro los griegos
lino sardónico, y el otro egipcio, del nombre de su país.
CVI. Volviendo a las columnas que el rey Sesostris iba levantando en
diversas regiones, si bien muchas ya no parecen al presente, algunas vi
yo mismo existentes todavía en la Siria Palestina, en las cuales leí la
referida inscripción y noté grabados los miembros de una mujer. En la
Jonia se dejan ver también dos figuras de aquel héroe esculpidas en
mármoles; una en el camino que va a Focea desde el dominio Éfeso; otra
en el que va desde Sardes hacia Esmirna. En ambas partes vese grabado
un varón alto de cinco palmos, armado con su lanza en la mano derecha,
y con su ballesta en la izquierda, con la demás armadura
correspondiente, toda etiópica y egipcia. Desde un hombro a otro corren
esculpidas por el pecho unas letras egipcias con caracteres sagrados
que dicen: Esta región la gané con mis hombres. Es verdad no se
dice allí quién sea el conquistador representado, ni de dónde vino;
pero en otras partes lo dejó expreso. Sé que algunos que vieron tales
figuras conjeturan, sin dar en el blanco, sí sería la imagen de Memnon (83).
CVII. Añadían los sacerdotes que, vuelto Sesostris de sus conquistas
con gran comitiva de prisioneros traídos de las provincias subyugadas,
fue hospedado en Dafnes de Pelusio por un hermano encargado en su
ausencia del gobierno del Egipto, quien durante el convite que daba
como huéspedes a Sesostris y a sus hijos, mandó rodear de leña el
exterior de la casa, y luego de amontonada se le diese fuego.
Entendiendo Sesostris lo que se hacía, y consultando con su mujer, a
quien llevaba siempre en su compañía, lo que en lance tan apretado
debía hacerse, recibió de ella el consejo de arrojar a la hoguera dos
de los seis hijos que allí tenía y formar con ellos un puente por el
cual saliesen los demás salvos de aquel incendio; consejo que resolvió
poner por obra, logrando salvarse con la pérdida de dos hijos, con los
demás de la compañía (84).
CVIII. Restituido Sesostris al Egipto y vengada desde luego la
alevosía de su hermano, sirvióse de la tropa de prisioneros que consigo
llevaba en bien público del estado, pues ellos fueron los que en aquel
reinado arrastraron al templo de Vulcano los mármoles que en él hay de
una grandeza descomunal; ellos los empleados por fuerza en abrir los
fosos y canales que al presente cruzan el Egipto, haciendo a su pesar
que aquel país, antes llano, abierto como un coso a la caballería y a
las ruedas de los carros, dejase de serlo en adelante; pues, en efecto,
desde aquella sazón, aunque sea el Egipto una gran llanura, con los
canales que en él se abrieron, muchos en número vueltos y revueltos
hacia todas partes, se hizo impracticable a la caballería e
intransitable a las ruedas. El objeto que tuvo aquel monarca cortando
con tantos canales el terreno, fue proveer de agua saludable a sus
vasallos, pues veía que cuantos egipcios habitaban tierra adentro
apartados de las orillas del río, hallándose faltos de agua corriente
al retirar el Nilo su avenida, acudían por necesidad a la de los pozos,
bebida harto gruesa y pesada.
CIX. Cortado así el Egipto por los motivos expresados, el mismo
Sesostris, a lo que decían hizo la repartición de los campos, dando a
cada egipcio su suerte cuadrada y medida igual de terreno (85);
providencia sabia por cuyo medio, imponiendo en los campos cierta
contribución, logró fijar y arreglar las rentas anuas de la corona. Con
este orden de cosas, si sucedía que el río destruyese parte de alguna
de dichas suertes, debía su dueño dar cuenta de lo sucedido al rey, el
cual, informado del caso, reconocía de nuevo por medio de sus peritos y
medía la propiedad, para que, en vista de lo que había desmerecido,
contribuyese menos al Erario en adelante, a proporción del terreno que
le restaba. Nacida de tales principios en Egipto la geometría, creo
pasaría después a Grecia, conjetura que no es extraña, pues que los
griegos aprendieron de los babilonios el reloj, el gnomon y el
repartimiento civil de las doce horas del día.
CX. Sesostris fue el único que tuvo dominio sobre la Etiopía.
Delante del templo de Vulcano dejó memoria de su reinado en unas
estatuas de mármol que levantó, dos de las cuales, la suya y la de su
esposa, tienen la altura de 30 codos, y de 20 las cuatro restantes, que
son de sus hijos. Sucedió después que intentando el persa Darío colocar
su estatua delante de la de Sesostris, se le opuso el sacerdote de
Vulcano, diciéndole que no había llegado a las proezas de Sesostris,
pues que éste, no habiendo conquistado menos naciones que Darío,
subyugó entre ellas a los escitas, a quienes el persa no pudo vencer, y
que no siéndole superior en hazañas, no quisiera serlo tampoco en el
honor y preeminencia de las estatuas. Y es singular que Darío, no
llevando a mal la resistencia, disimulase la libertad y franqueza del
sacerdote.
CXI. Muerto Sesostris, continuaban, tomó el mando del reino su hijo Feron (86),
el cual, sin haber emprendido ninguna militar expedición, tuvo la
desgracia de cegar. Bajaba el Nilo con una de las mayores avenidas que
por entonces acostumbraba, llegando su creciente a 18 codos, y arrojado
además sobre los campos, por desgracia, a impulsos de un viento
impetuoso, se encrespaba como el mar, y levantaba sus olas. Viéndolo el
rey, dicen que enfurecido tomó su lanza con ímpetu temerario e impío y
la arrojó en medio de las ondas remolinadas del río. Allí mismo, sin
dilatársele el castigo, enfermó de los ojos y perdió la vista. Diez
años hacía que vivía ciego el monarca, cuando de la ciudad de Butona le
llegó un oráculo en que se le anunciaba el término de su pena y
castigo, y que iba a recobrar la vista sólo con lavarse los ojos con la
orina de una mujer tan continente, que sin comercio con ningún hombre
extraño, sólo fuese conocida de su marido. Quiso empezar su tentativa
con la de su propia mujer; pero no surtiendo efecto, siguió haciendo
prueba en la de muchas otras, hasta que por fin recobró la vista. Mandó
que todas las mujeres en cuya orina había probado remedio, excepto
aquella que se lo había dado, fuesen conducidas a cierta ciudad que se
llama al presente Eritrebelos, y allí todas quemadas de una vez; y no
menos agradecido que severo, quiso tomar por esposa aquella a quien
debía el recobro de la vista. Entre otras muchas dádivas que, libre de
su ceguera, consagró en los templos de más fama y consideración,
merecen atención particular los monumentos, dignos en verdad de verse,
que erigió en el templo del Sol, y son dos obeliscos de mármol, cada
uno de una sola pieza y de cien codos de alto y ocho de grueso.
CXII. A esto monarca dan por sucesor en el trono a un ciudadano de Menfis, cuyo nombre griego es Proteo (87),
que tiene actualmente en aquella ciudad un templo y bosque religioso
muy bello y adornado, alrededor del cual tienen su casa los fenicios de
Tiro, circunstancia por que se llama aquel lugar el campo de los
fenicios. Dentro de este recinto sagrado hállase también un templo que
tiene el nombre de Venus la huéspeda, y que creo, a no engañarme, será
Helena, hija de Tíndaro, pues según he oído decir estuvo Helena en el
palacio de Proteo, y no hay además otro templo de los delicados a Venus
que llevo el renombre de huéspeda o de peregrina.
CXIII. He aquí en verdad lo que me referían los sacerdotes acerca de
Helena cuando yo les pedía informes. Al volver a su patria Alejandro en
compañía de Helena, a quien había robado en Esparta, unos vientos
contrarios lo arrojaron desde el mar Egeo al Egipto, en cuyas costas,
no mitigándose la tempestad, se vio obligado a tomar tierra y aportar a
las Taríqueas, situadas en la boca del Nilo que llaman Canóbica. Había
a la sazón en dicha playa, y lo hay todavía, un templo, dedicado a
Hércules, asilo tan privilegiado al mismo tiempo que el esclavo que en
él se refugiaba, de cualquier dueño fuese, no podía ser por nadie
sacado de allí, siempre que dándose por siervo de aquel dios se dejase
marcar con sus armas o sello sagrado, ley que desde el principio hasta
el día se ha mantenido siempre en todo su vigor. Informados, pues, los
criados de Alejandro del asilo y privilegios del templo, se acogieron a
aquel sagrado con ánimo de dañar a su señor, y le acusaron refiriendo
circunstanciadamente cuanto había pasado en el rapto de Helena y en el
atentado contra Menelao; deposición criminal que hicieron no sólo en
presencia de los sacerdotes de aquel templo, sino también de Tonis,
gobernador de aquel puerto y desembocadura.
CXIV. Apenas acabó este de oír la declaración de los esclavos,
cuando despacha a Menfis un expreso para Proteo con orden de decirle:
«Acaba de llegar un extranjero, príncipe de la familia real de Teucro,
que ha cometido en Grecia una impía y temeraria violencia, viniendo de
allí con la esposa de su mismo huésped furtivamente seducida; y
trayendo con ella inmensos tesoros, arribó a tierra arrojado por la
tempestad. ¿Qué haremos, pues, con él? ¿le dejaremos salir impunemente
del puerto con sus naves, o le despojaremos de cuanto consigo lleva?»
Proteo, avisado, envió luego un correo con la siguiente respuesta: «A
ese hombre, sea quien fuere, que tal maldad y perfidia contra su mismo
huésped ha cometido, prendédmelo sin falta y llevadle a mi presencia
para oír qué razón da de sí y de su crimen.»
CXV. El gobernador Tonis, recibida apenas esta orden, se apodera de
la persona de Alejandro, embargándole juntamente las naves, y
haciéndole conducir sin dilación a Menfis con su Helena, sus esclavos y
tesoros. Llevados todos a la presencia de Proteo, preguntó éste a
Alejandro quién era, de dónde venía y con qué ley navegaba; a lo cual
el interrogado declaró su nombre, el de su familia, y el de su patria,
dándole razón de su viaje y del puerto donde procedía. Insta Proteo de
dónde hubo a Helena: Alejandro buscaba efugios cautelosamente para no
descubrir la verdad; pero los nuevos acogidos a Hércules, esclavos
suyos antiguos, dando cuenta puntual de su atentado, fueron
desmintiéndole, sin dejarle lugar a la réplica. Proteo entonces, por
abreviar razones, hablóle en estos términos: «A no tener formada
anteriormente mi resolución de no ensangrentar mis manos en ninguno de
los pasajeros que arrojados por los vientos aporten a mis dominios, os
aseguro que vengara al griego en vuestra cabeza, y que, hiciera en vos
un ejemplar, ¡hombre el más vil y malvado de cuantos viven! pues
recibido y regalado como huésped, con el más enorme agravio, convertido
en adúltero de la esposa de vuestro amigo, que en su casa os acogía y
no contento con el horror del tálamo violado, huís con la adúltera
furtivamente robada a su marido: aun más; como si agravio, adulterio,
rapto, todo fuera poco para vos, cargasteis con los tesoros de vuestro
huésped, que saqueasteis. Con todo, no mudo de resolución, lo repito,
ni me contaminaré con sangre extranjera; pero tampoco sufriré que os
llevéis impunemente esa mujer con los tesoros robados, sino que de una
y otros quiero ser depositario en favor de vuestro huésped griego,
hasta que él, informado, quiera recobrarlos. A vos os mando que dentro
del término fijo de tres días salgáis con vuestra comitiva de mis
dominios, poniendo mar en medio, so pena en otro caso do ser tratado
como enemigo.»
CXVI. Así me referían los sacerdotes la llegada de Helena a la corte
de Proteo, de la cual no pienso que dejase de tener noticia el poeta
Homero; pero como la verdad de esta narración no sea tan apta y
grandiosa para la belleza y majestad de su epopeya como la fábula de
que se sirvió, omitióla a mi entender con tal motivo, contentándose con
manifestar que bien conocida la tenía, como no cabe en ello la menor
duda. El poeta presenta en la Ilíada (88)
a Alejandro, perdido el rumbo, llevando de un país a otro su Helena, y
aportando después de varios rodeos a Sidon, ciudad de Fenicia, lo que
no contradijo en ninguno de sustos. De lo dicho hace mención Homero en
la Aristía de Diomedes con los siguientes versos: -«Había allí
mantos bordados, dignos de maravilla, obra mujeril de sidonia mano, los
que con su noble Helena trajo de Sidon por el ancho ponto Páris el de
rostro divino.» Y de esto mismo con otros versos habla Homero en la Odisea:
-«Tales, tan útiles y tan salubres medicinas poseyó la hija de Júpiter,
las que le fueron dadas por la reina egipcia Potidamna, esposa de Ton,
de allí donde el suelo feraz las brota en gran copia: al beberlas, unas
dan la salud, y otras la muerte.» Hablando con Telémaco, Menelao
profiere asimismo, estos versos: -«Allá en Egipto, con ansia grande de
mi vuelta, me detenían Dios y mi mezquina Hecatombe.» En estos pasajes
Homero da muy bien a entender que sabía las navegaciones de Alejandro y
su arribo al Egipto, con el cual confina la Siria, país de los
fenicios, a quienes pertenece la ciudad de Sidon.
CXVII. La respectiva situación de estos países, no menos que los
versos citados, declaran y evidencian más y más que no son de Homero
los versos ciprios, si no de otro poeta ignorado, pues en ellos se hace
llegar a Alejandro con su Helena desde Esparta a Ilión en una
navegación de tres días únicamente, viento en popa y por un mar de
leche, cuando Homero nos dice en su Ilíada que su ruta fue muy larga y contrastada.
CXVIII. Pero dejemos cantar a Homero, y mentir a los versos ciprios;
que no es poeta quien no sabe fingir. Preguntados por mí los sacerdotes
sobre si era fábula lo que cuentan los griegos de la guerra de Troya,
me contestaron con la siguiente narración, que decían haber salido de
boca del mismo Menelao, de quien se tomaron en el país noticias del
suceso: Después del rapto de Helena, una armada griega poderosa había
pasado a la Teucrida para auxiliar a Menelao y hacer valer sus
pretensiones. Los griegos, saltando en tierra y atrincherados en sus
reales, ante todo enviaron a Ilión sus embajadores en compañía del
mismo Melenao, quienes, introducidos dentro de la plaza, pidieron se
les restituyera Helena y los tesoros que en su rapto les había hurtado
Alejandro, y que se les diera al mismo tiempo cabal satisfacción de la
injuria por él cometida; pero los Troyanos, entonces y después, siempre
que fueron requeridos, de palabra y con juramentos respondían que no
tenían en su ciudad a Helena, ni en su poder los tesoros mencionados;
que aquella y éstos se hallaban detenidos en Egipto (89),
y que no parecía justo ni razonable salir responsables y garantes de
las prendas que el rey egipcio tenía interceptadas. Los griegos,
tomando la respuesta por un nuevo engaño con que se les quería
insultar, no levantaron el sitio puesto a la ciudad hasta tomarla a a
fuerza; mas después de tomada la plaza, no pareciendo Helena, y oyendo
siempre la misma relación de los Troyanos, se convencieron al cabo de
lo que decían y de la verdad del suceso, y enviaron a Menelao para que
se presentase a Proteo.
CXIX. Llega Menelao al Egipto, sube río arriba hasta Menfis, y hace
una sincera narración de todo lo sucedido. Proteo no solo lo hospeda en
casa y regala magníficamente, sino que le restituye su Helena sin
desdoro en su honor, y sus tesoros sin pérdida ni menoscabo. Mas a
pesar de tantas honras y favores como allí recibió Menelao, no dejó de
ser ingrato y aun malvado con los egipcios, pues no pudiendo salir del
puerto, como deseaba, por serle contrario los vientos, y viendo que
duraba mucho la tempestad, se valió para aplacarla de un modo cruel y
abominable, que fue tomar dos niños hijos de unos naturales del Egipto,
partirlos en trozos y sacrificarlos a los vientos (90).
Sabido el impío sacrificio y la inhumanidad de Menelao, huyó éste con
sus naves hacia Libia, abominado y perseguido por los egipcios. Qué
rumbo desde allí siguiese, no pudieron decírmelo; pero añadían que lo
referido, parte lo sabían de oídas, parte lo vieron por sus ojos, y que
de todo podían ser fieles testigos; y he aquí lo que en suma me
refirieron los sacerdotes egipcios.
CXX. A la verdad, por lo que respecta a Helena, doy entero crédito a
su narración, tanto más, cuanto creo que si a la sazón se hubiera
hallado en Troya, fuera restituida a los griegos, aun a pesar de
Alejandro, pues ni Príamo hubiera sido tan necio, ni sus hijos y demás
deudos tan insensatos, que sólo porque aquél gozara de su Helena
pusiesen a riesgo de balde sus vidas y las de sus hijos, y la salud y
existencia del estado. Pero concedamos que al principio de la contienda
tomaran el partido de no restituirla; no dudo que al ver caer tanto
Troyano combatiendo con los griegos; al ver Príamo muertos en las
refriegas no uno u otro, sino los más de sus hijos, pues morir los veía
si se ha de dar crédito a los poetas, a vista de tales destrozos y
tamañas pérdidas como les iban sucediendo, no dudo, repito, aun cuando
el mismo Príamo fuera el amante de Helena, que a trueque de librarse de
tantos desastres como entonces le oprimían, la volviera por fin
enhoramala a los aqueos. Ni se diga que los negocios públicos dependían
del capricho de un príncipe enamorado, por tocar a Alejandro la corona
en la vejez de Príamo; pues no es así: el grande Héctor, primogénito
del rey, y héroe de otras prendas y valor que Alejandro, era el
príncipe heredero del cetro, y no parece y verosímil que permitiera
impunemente a su hermano menor una resistencia y obstinación tan inicua
y perniciosa, y más tocando con las manos las calamidades que de ellas
resultaban contra sí mismo y contra el resto de los Troyanos. Así que,
no teniendo éstos a Helena, mal podían restituirla, y aunque decían la
verdad, no les daban crédito los griegos, ordenándolo así la Providencia (91),
a decir lo que siento, con la mira de hacer patente a los mortales en
la ruina total de Troya, que por fin al llegar al plazo hace Dios un
castigo horroroso y ejemplar de atroces y enormes atentados; y así
juzgo de este suceso.
CXXI. A Protéo, según los sacerdotes, sucedió Rampsinito (92),
quien dejó como monumentos de su reinado los propileos que se ven en el
templo de Vulcano a la parte de Poniente, y dos estatuas delante de
ellos erigidas, de 25 codos de altura, de las cuales la que mira al
Mediodía la llaman los egipcios el Invierno, y la que mira al Norte el
Verano, adorando y venerando a ésta con mucho respecto, al contrario de
lo que hacen con la primera. Cuéntase de este rey un caso singular (93).
Poseyendo tantos tesoros en plata, cuales ninguno de los reyes que le
sucedieron llegó a reunirlos, no digo mayores, pero ni aun iguales, y
queriendo poner en seguro tanta riqueza, mandó fabricar de piedra un
erario, de cuyas paredes exteriores una daba afuera de palacio. En esta
el artífice de la fábrica, con dañada intención, dispuso una oculta
trampa, colocando una de las piedras en tal disposición, que quedase
fácilmente levadiza con la fuerza de dos hombres o con la de uno solo.
Acabada la fábrica, atesoró en ella el rey sus inmensas riquezas.
Corriendo el tiempo, y viéndose ya el arquitecto al fin de sus días,
llamó a sus hijos, que eran dos, y les declaró que, deseoso de su
felicidad, tenía concertadas de antemano sus medidas para que les
sobrara el dinero y pudieran vivir en grande opulencia, pues, con esta
mira había preparado un artificio en la casa del tesoro que para el rey
edificó: dioles en seguida razón puntual del modo como se podría
remover la piedra levadiza, con la medida de la misma, añadiendo que si
se aprovechaban del aviso serían ellos los tesoreros del erario y los
dueños de las riquezas del rey. Muerto el arquitecto, no vieron sus
hijos la hora de empezar: venida la noche, van a palacio, hallan en el
edificio aquella piedra filosofal, la retiran de su lugar como
con un juego de manos, y entrando en el erario, vuelven a su casa bien
provistos de dinero. Quiso la negra suerte que por entonces al rey le
viniese el deseo de visitar su erario, abierto el cual, al ver sus
arcas menguadas, quedó pasmado y confuso sin saber contra quién volver
sus sospechas, pues al entrar, había hallado enteros los sellos en la
puerta y ésta bien cerrada. Segunda y tercera vez tornó a abrir y
registrar su erario, y otras tantas veces fue echando menos su dinero;
pues a fe no eran los ladrones tan desinteresados que supieran irse a
la mano en repetir sus tientos al tesoro. Entonces el rey urdió, dicen,
una trampa, mandando hacer unos lazos y armárselos allí mismo junto a
las arcas donde estaba el dinero. Vuelven a la presa los ladrones como
las moscas a la miel, y apenas entra uno y se acerca a las arcas,
cuando queda cogido en la trampa. No bien se sintió caído en el lazo,
conociendo el trance en que se había metido, llama luego a su hermano,
dícele su estado, y pídele que entre al momento y que de un golpe le
corte la cabeza; no sea, añadía, que pierdas la tuya si quedando aquí
la mía, soy por ella descubierto y conocido. Al otro parecióle bien el
aviso; y así entró e hizo puntualmente lo que se le decía, y vuelta la
piedra movediza a su lugar, fuese a casa con la cabeza de su hermano.
Apenas amanece entra de nuevo el rey en su erario, ve en su lazo al
ladrón con la cabeza cortada, el edificio entero y en todo él rastro
ninguno de entrada ni de salida, y quédase mucho más confuso y como
fuera de sí. Para salir de suspensión, añaden que tomó el expediente de
mandar colgar del muro el cuerpo decapitado del ladrón, y poner
centinelas con orden de prender y presentarle cualquier persona que
vieran llorar o mostrar compasión a vista del cadáver. En tanto que
éste pendía, la madre del ladrón, que moría de pena y dolor, hablando
al hijo que le quedaba, le mandó que procurase por todos medios hallar
modo como descolgar el cuerpo de su hermano y llevárselo a su casa; y
que cuidara bien del éxito, y entendiera que en otro caso ella misma se
presentaría al rey y sabría revelarle que él era y no otro el que metía
mano en sus tesoros. El hijo, en vista de las importunaciones de su
madre, quien no le dejara respirar con sus instancias ni se persuadía
de las razones que aquél alegaba, arbitró, según dicen, un medio
ingenioso: busca luego y adereza unos juramentos, llena de vino sus
odres, y cargando con ellos la recua, sale tras de ella de su casa. Al
llegar cerca de los que guardaban el cadáver colgado, él mismo quita
las ataduras de dos o tres pezoncillos que tenían los odres, y al punto
empieza el vino a correr y él a levantar las manos, a golpearse la
frente, a gritar como desesperado y aturdido sin saber a qué pellejo
acudir primero. A la vista de tanto vino, los guardas del muerto corren
luego al camino armados con sus vasijas, aplicándose a porfía a recoger
el caldo que se iba derramando, y no queriendo perder el buen lance que
les ofrecía la suerte. Al principio fingióse irritado el arriero,
llenando de improperios a los guardas; pero poco a poco pareció
calmarse con sus razones y volver en sí de su cólera y enojo,
terminando, en fin, por sacar los jumentos del camino y ponerse a
componer y ajustar sus pellejos. En esto íbase alargando entre ellos la
plática; y uno de los guardas, no sé con qué donaire, hizo que el
arriero riera de tan buena gana que recibió por regalo uno de sus
pellejos. Al verse ellos con un odre delante, tendidos a la redonda,
piensan luego en darse un buen rato, y convidan a su bienhechor para
que se quede con ellos y les haga compañía. No se hizo mucho de rogar
el arriero, el cual, habiéndose llevado los brindis y los aplausos de
todos en la borrachera, dióles poco después con generosidad un segundo
pellejo. Con esto, los guardas, empinando a discreción, convertidos en
toneles y vencidos luego del sueño, quedaron tendidas a la larga donde
la borrachera les cogió. Bien entrada ya la noche, no contento el
ladrón con descolgar el cuerpo de su hermano, púsose muy despacio a
rasurar por mofa y escarnio a los guardas, rapándoles la mejilla
derecha, y cargando después el cadáver en uno de sus jumentos, y
cumplidas las órdenes de su madre, se retiró. Muchos fueron los
extremos de sentimiento que el rey hizo al dársele parte do que había
sido robado el cadáver del ladrón; pero empeñado más que nunca en
averiguar quién hubiese sido el que así se burlaba de él, tomó a lo que
cuentan una resolución que en verdad no se me hace creíble, cual es la
de mandar a una hija suya que se prostituyera en el lupanar público,
presta a cuantos la brindasen, pero que antes obligara a cada galán a
darle parte de la mayor astucia y del atentado, mayor que en sus días
hubiese cometido; con orden de que si alguno le refiriese el del ladrón
decapitado y descolgado, lo detuvieran al instante sin dejarla escapar
ni salir afuera. Empezó la hija a poner por obra el mandato de su
padre, y entendiendo el ladrón el misterio y la mira con que todo se
hacía, y queriendo dar una nueva muestra de cuánto excedía al rey en
astuto y taimado, imaginé una traza bien singular, pues cortando el
brazo entero a un hombre recién muerto, fuese con él bien cubierto bajo
sus vestidos, y de este modo entró a visitar a la princesa cortesana,
hácelo ésta la misma pregunta que solía a los denlas, y él contesta
abiertamente la verdad: que la más atroz de sus maldades había sido la
de cortar la cabeza a su mismo hermano, cogido en el lazo real dentro
del erario, y el más astuto de los ardides haber embriagado a los
guardias con el vino, logrando así descolgar el cadáver de su hermano.
Al oír esto, agarra luego la princesa al ladrón; mas éste,
aprovechándose de la oscuridad, le alargaba el brazo amputado que traía
oculto, el cual ella aprieta fuertemente creyendo tener cogido al
ladrón por la mano, mientras éste, dejando el brazo muerto sale por la
puerta volando. Informado del caso y de la nunca vista sagacidad y
audacia de aquel hombre, queda de nuevo el rey confuso y pasmado.
Finalmente, envía un bando a todas las ciudades de sus dominios
mandando que en ellas se publicase, por el cual no sólo perdonaba al
ladrón ofreciéndole impunidad, sino que le prometía grandes premios,
con tal que se le presentara y descubriese. Con este salvo conducto,
llevado de la esperanza del galardón, presentóse el ladrón al rey
Rampsinito, quien dice quedó tan maravillado y aun prendado de su
astucia, que como al hombre más despierto y entendido del universo le
dio su misma hija por esposa, viendo que entre los egipcios, los más
ladinos de los hombres, era el más astuto de todos.
CXXII. -Referían todavía de este mismo rey que, habiendo bajado vivo
al lugar donde creen los griegos que vivo Plutón, rey del infierno,
jugó a los dados con la diosa Céres, ganándole unas manos y perdiendo
otras (94), y volvió a
salir de allí con una servilleta de oro que la diosa le regaló. De aquí
procede, según decían, que los egipcios solemnicen como festivo todo el
tiempo que trascurrió desde la bajada hasta la subida de Rampsinito. No
ignoro que aun al presente celebran una fiesta semejante; mas no puedo
afirmar si por este o por otro motivo la celebraban. En ella los
sacerdotes visten a uno de los suyos con un vestido tejido aquel mismo
día por sus manos mismas, véndanle y cúbrenle los ojos con una mitra, y
después de colocarlo así en el camino que van al templo de Céres,
déjanle solo y se vuelven atrás. Cuentan después que aparecen allí dos
lobos que, saliendo a recibir al de los ojos vendados, le conducen al
templo de Céres, distante 20 estadios de la ciudad, y le restituyen
luego al puesto en que antes le hallaron.
CXXIII. Si alguno hubiere a quien se hagan creíbles esas fábulas
egipcias, sea enhorabuena, pues no salgo fiador de lo que cuento, y
sólo me propongo por lo general escribir lo que otros me referían.
Vuelvo a los egipcios (95),
quienes creen que Céres y Dioniso son los árbitros y dueños del
infierno; y ellos asimismo dijeron los primeros que era inmortal el
alma de los hombres, la cual, al morir el cuerpo humano, va entrando y
pasando de uno en otro cuerpo de animal que entonces vaya formándose,
hasta que recorrida la serie de toda especie de vivientes terrestres,
marinos y volátiles, que recorre en un período de 3.000 años, torna a
entrar por fin en un cuerpo humano que esté ya para nacer. Y es
singular que no falten ciertos griegos, cuál más pronto, cuál más
tarde, que adoptando esta invención se la hayan apropiado, cual si
fueran ellos los autores de tal sistema, y aunque sé quiénes son,
quiero hacerles el honor de no nombrarlos (96).
CXXIV. Hasta el reinado de Rampsinito, según los sacerdotes, vióse
florecer en Egipto la justicia, permaneciendo las leyes en su vigor y
viviendo la nación en el seno de la abundancia y prosperidad (97);
pero Quéope, que le sucedió en el trono, echó a perder un estado tan
floreciente. Primeramente, cerrando los templos, prohibió a los
egipcios sus acostumbrados sacrificios; ordenó después que todos
trabajasen por cuenta del público, llevando unos hasta el Nilo la
piedra cortada en el monte de Arabia, y encargándose otros de pasarla
en sus barcas por el río y de traspasarla al otro monte que llaman de
Libia. En esta fatiga ocupaba de continuo hasta 3.000 hombres, a los
cuales de tres en tres meses iba relevando, y solo en construir el
camino para conducir dicha piedra de sillería, hizo penar y afanar a su
pueblo durante diez años enteros; lo que no debe extrañarse, pues este
camino, si no me engaño, es obra poco o nada inferior a la pirámide
misma que preparaba de cinco estadios de largo, diez orgias de ancho y
ocho de alto en su mayor elevación, y construido de piedra, no sólo
labrada, sino esculpida además con figuras de varios animales. Y en los
diez años de fatiga empleados en la construcción del camino, no se
incluye el tiempo invertido en preparar el terreno del collado donde
las pirámides debían levantarse, y en fabricar un edificio subterráneo
que sirviese para sepulcro real, situado en una isla formada por una
acequia que del Nilo se deriva. En cuanto a la pirámide, se gastaron en
su construcción 20 años: es una fábrica cuadrada de ocho pletros de
largo en cada uno de sus lados, y otros tantos de altura, de piedra
labrada y ajustada perfectamente, y construida de piezas tan grandes,
que ninguna baja de 30 pies.
CXXV. La pirámide (98) fue edificándose de modo que en ella quedasen unas gradas o poyos que algunos llaman escalas y otros altares.
Hecha así desde el principio la parte inferior, iban levantándose y
subiendo las piedras, ya labradas, con cierta máquina formada de
maderos cortos que, alzándolas desde el suelo, las ponía en el primer
orden de gradas, desde el cual con otra máquina que en él tenían
prevenida las subían al segundo orden, donde las cargaban sobre otra
máquina semejante, prosiguiendo así en subirlas, pues parece que
cuantos eran los órdenes de gradas, tantas eran en número las máquinas,
o quizá no siendo más que una fácilmente transportable, la irían
mudando de grada en grada, cada vez que la descargasen de la piedra;
que bueno es dar de todo diversas explicaciones. Así es que la fachada
empezó a pulirse por arriba, bajando después consecutivamente, de modo
que la parte inferior, que estribaba en el mismo suelo, fue la postrera
en recibir la última mano. En la pirámide está notado con letras
egipcias cuánto se gastó en rábanos, en cebollas y en ajos para el
consumo de peones y oficiales; y me acuerdo muy bien que al leérmelo el
intérprete me dijo que la cuenta ascendía a 4.600 talentos de plata. Y
si esto es así, ¿a cuánto diremos que subiría el gasto de herramientas
para trabajar, y de víveres y vestidos para los obreros, y más teniendo
en cuenta, no sólo el tiempo mencionado que gastaron en la fábrica de
tales obras, sino también aquel, y a mi entender debió ser muy largo,
que emplearían así en cortar la piedra como en abrir la excavación
subterránea?
CXXVI. Viéndose ya falto de dinero, llegó Quéope a tal extremo de
avaricia y bajeza, que en público lupanar prostituyó a una hija, con
orden de exigir en recompensa de su torpe y vil entrega cierta suma que
no me expresaron fijamente los sacerdotes. Aun más; cumplió la hija tan
bien con lo que su padre tan mal le mandó, que a costa de su honor
quiso dejar un monumento de su propia infamia, pidiendo a cada uno de
sus amantes que le costeara una piedra para su edificio; y en efecto,
decían que con las piedras regaladas se había construido una de las
tres pirámides, la que está en el centro delante de la pirámide mayor,
y que tiene pletro y medio en cada uno de sus lados.
CXXVII. Muerto Quéope después de un reinado de cincuenta años, según
referían, dejó por sucesor de la corona a su hermano Quefren, semejante
a él en su conducta y gobierno. Una de las cosas en que pretendió
imitar al difunto, fue en querer levantar una pirámide, como en efecto
la levantó, pero no tal que llegase en su magnitud a la de su hermano,
de lo que yo mismo me cercioré habiéndolas medido entrambas. Carece
aquella de edificios subterráneos, ni llega a ella el canal derivado
del Nilo que alcanza a la de Quéope, y corriendo por un acueducto allí
construido, forma y baña una isla, dentro de la cual dicen que yace
este rey. Quefren fabricó la parte inferior de su columna de mármol
etiópico vareteado, si bien la dejó cuarenta pies más baja que la
pirámide mayor de su hermano, vecina a la cual quiso que la suya se
erigiera, hallándose ambas en un mismo cerro, que tendrá unos cien pies
de elevación. Quefren reinó cincuenta y seis años.
CXXVIII. Estos dos reinados completan los 106 años en que dicen los
egipcios haber vivido en total miseria y opresión, sin que los templos
por tanto tiempo cerrados se les abrieran una sola vez. Tanto es el
odio que conservan todavía contra los dos reyes, que ni acordarse
quieren de su nombre por lo general (99);
de suerte que llaman a estas fábricas las pirámides del pastor Filitis,
quien por aquellos tiempos apacentaba sus rebaños por los campos en que
después se edificaron.
CXXIX. A Quefren refieren que sucedió en el trono un hijo de Quéope,
por nombre Micerino, quien, desaprobando la conducta de su padre, mandó
abrir los templos, y que el pueblo, en extremo trabajado, dejadas las
obras públicas, se retirara a cuidar de las de su casa, y tomara
descanso y refección en las fiestas y sacrificios. Entre todos los
reyes, dicen que Micerino fue el que con mayor equidad sentenció las
causas de sus vasallos, elogio por el cual es el monarca más celebrado
de cuantos vio el Egipto. Llevó a tal punto la justicia, que no solo
juzgaba los pleitos todos con entereza, sino que era tan cumplido, que
a la parte que no se diera por satisfecha de su sentencia, solía
contentarla con algo de su propia casa y hacienda; mas a pesar de su
clemencia y bondad para con sus vasallos, y del estudio tan escrupuloso
en cumplir con sus deberes, empezó a sentir los reveses de la fortuna
en la temprana muerte de su hija, única prole que tenía. La pena y luto
del padre en su doméstica desventura fue sin límites, y queriendo hacer
a la princesa difunta honores extraordinarios, hizo fabricar en vez de
urna sepulcral, una vaca de madera hueca y muy bien dorada en la cual
dio sepultura a su querida hija.
CXXX. Está vaca, que no fue sepultada en la tierra, se dejaba ver
aun en mis días patente en la ciudad de Sais, colocada en el palacio en
un aposento muy adornado. Ante ella se quema todos los días y se ofrece
todo género de perfumes, y todas las noches se le enciende su lámpara
perenne. En otro aposento vecino están unas figuras que representan a
las concubinas de Micerino, según decían los sacerdotes de la ciudad de
Sais; no cabe duda que se ven en él ciertas estatuas colosales de
madera, de cuerpo desnudo, que serán veinte a lo más; no diré quiénes
sean, sino la tradición que corre acerca de ellas.
CXXXI. Sobre esta vaca y estos colosos hay, pues, quien cuenta que
Micerino, prendado de su hija, logró cumplir, a despecho de ella, sus
incestuosos deseos, y que habiendo dado fin a su vida la princesa
colgada de un lazo, llena de dolor por la violencia paterna, fue por su
mismo padre sepultada en aquella vaca. Viendo la madre que algunas
doncellas de palacio eran las que habían entregado el honor de su hija
a la pasión del padre, les mandó cortar las manos, y aun pagan ahora
sus estatuas la misma pena que ellas vivas sufrieron. Los que así
hablan, a mi entender, no hacen más que contarnos una fábula
desatinada, así en la sustancia del hecho como en las circunstancias de
las manos cortadas, pues solo el tiempo ha privado a los colosos de las
suyas, que aun en mis días se veían caídas a los pies de las estatuas.
CXXXII. La vaca, a la cual volveremos, trae cubierto el cuerpo con
un manto de púrpura, sacando la cabeza y cuello dorados con una gruesa
capa de oro, y lleva en medio de sus astas un círculo de oro que imita
al del sol. Su tamaño viene a ser como el mayor del animal que
representa, y no está en pie, sino arrodillada. Todos los años la sacan
fuera de su encierro, y en el tiempo en que los egipcios plañen y
lamentan la aventura de un dios a quien con cuidado evitaré el nombrar,
entonces es cabalmente cuando sale al público la vaca de Micerino. Y
dan por razón de tal salida, que la hija al morir pidió a su padre que
una vez al año le hiciera ver la luz del sol.
CXXXIII. Después de la desventura de su hija tuvo el rey otro
disgusto, por haberle venido de la ciudad de Butona un oráculo en que
se le decía no le restaban más que seis años de vida, y que al sétimo
debía acabar su carrera. Lleno de amargura y sentimiento, Micerino
envió sus quejas al oráculo, mandando se le manifestase lo importuno de
su predicción, pues habiéndose concedido muy larga vida a su padre y a
su tío, que cerraron los templos, y que despreciaron a los dioses como
si no existieran, y que se complacieron en oprimir al linaje humano,
intimábale a él, a pesar de su piedad y religión, que dentro de tan
corto tiempo había de morir. Entonces, dicen, vínole del oráculo por
respuesta que por la misma conducta que alegaba se le acortaban en
tanto grado los plazos de la vida, por no haber hecho lo que debía,
pues la opresión fatal del Egipto, que sus dos antecesores en el trono
habían cumplido muy bien, y él no, estaba dispuesto que durase 150
años. Oído este oráculo, y conociendo Micerino que estaba ya dado el
fallo contra su vida, mandó fabricar una multitud de candeleros, a fin
de que su luz convirtiese la noche en día (100),
y desde entonces empezó a entregarse sin reserva a todo género de
diversión y regalo, comiendo y bebiendo sin parar día y noche, y no
dejando ni lago, ni prado, bosque o vega al que no fuera donde quier
supiese haber algún paraje ameno y delicioso, apto para su recreo y
solaz. Todo lo cual discurrió y practicó con el intento de desmentir al
oráculo, declarándole falso y engañoso con hacer que sus seis años
fatales valieran por doce convertidas las noches en otros tantos días.
CXXXIV. No dejó, sin embargo, Micerino de levantar su pirámide,
menor que la de su padre, de más de 20 pies. La fábrica es cuadrada, de
mármol etiópico hasta su mitad y de tres pletros (101)
en cada uno de sus lados. Pretenden algunos griegos equivocadamente que
esta pirámide es de la cortesana Ródope, con lo que demuestran, en mi
humilde juicio, cuán pocas noticias tienen de esa ramera, pues a
tenerlas, no le dieran la gloria de haber erigido una pirámide en cuya
fábrica se hubieron de expender los talentos a millares, por decirlo
así. Además, Ródope no floreció en el reinado de Micerino, sino en el
de Amasis, muchos años después de muertos aquellos reyes que dejaron
las pirámides. Esta mujer fue natural de Tracia, sierva de Jadmon de
Samos, hijo de Efestopolis, y compañera de esclavitud del fabulista
Esopo, quien fue sin duda esclavo de Jadmon, como lo convence el que
habiendo los naturales de Delfos, prevenidos por su mismo oráculo,
publicado repetidas veces el pregón de que si alguno hubiese que
quisiera exigir de ellos la debida satisfacción por la muerte allí dada
a Esopo, estaban prontos a pagar la pena; nadie se presentó con tal
demanda, sino un cierto Jadmon, nieto de otro del mismo nombre, a cuyo
joven se satisfizo en efecto aquel agravio. Lo que declara que Esopo
había sido esclavo de Jadmon.
CXXXV. En cuanto a la bella Ródope, pasó al Egipto en compañía de
Xantes, natural de Samos; y aunque su destino en aquel viaje había sido
enriquecer a su amo con la ganancia que le granjease su belleza, fue
puesta en libertad mediante una gran suma de dinero por un hombre de
Mitilene, llamado Caraxes, hijo de Escamandrónimo y hermano de la
poetisa Safo. Quedóse Ródope libre y suelta en Egipto, donde juntó
muchos caudales como linda y graciosa cortesana, grandes, sí, para una
mujer de su profesión, pero no tantos que pretendiera con ellos
levantar una pirámide. Y si alguno tuviere curiosidad, podrá aun ver
por sí mismo la décima parte do las riquezas de Ródope, y por esto
concluir que no deben atribuírsele tantas, pues queriendo dejar ella un
monumento suyo a la Grecia, dio una ofrenda que nadie jamás había hecho
ni aun pensado, y la dedicó en Delfos como memoria particular. Al
efecto mandó que la décima parte de sus haberes se empleara en unos
asadores de hierro, tantos en número para cuantos sufragase dicha
cantidad, destinados a servir en los sacrificios de los bueyes; y en el
día se ven aun amontonados detrás del ara que dedicaron los de Quío,
frontera al templo de Delfos. Es ya antigua costumbre que sienten en
Naucratis su tienda las cortesanas más insignes por su donaire y
belleza. Allí moraba de asiento la mujer de quien hablamos, tan
hermosa, que ningún griego había que por el nombre siquiera no
conociese a la hermosa Ródope; y allí mismo residió después otra
llamada Arquídice, decantada por toda la Grecia, mas no tanto que jamás
hubiese podido llegar a la fama de la primera. Volviendo a Mitilene
Caraxes, libertador de Ródope, como llevo dicho, fue con este motivo
amargamente zaherido por Saro en muchas de sus canciones. Pero bastante
hemos hablado de Ródope.
CXXXVI. Muerto, en fin, Micerino (102),
sucedióle en el reino, según los sacerdotes, Asiquis, que mandó hacer
los propíleos del templo de Vulcano que dan al Levante, y que son en
realidad de cuantos hay en el edificio los más bellos y los más grandes
con notable exceso, pues aunque los demás propíleos son todos obras
llenas de figuras bien esculpidas y presentan infinita variedad de
fábricas, en esto sobresalen con gran ventaja los de Asiquis que
mencionamos. En este reinado hubo, por escasez de dinero, gran falta de
fe pública en el trato y comercio. Para obviar este abuso dicen que
entre los egipcios se publicó una ley por la cual se ordenaba que
cualquiera que quisiese tomar dinero prestado, hubiera de dar en prenda
el cadáver de su mismo padre; y se añadió más todavía: que el que diera
un préstamo fuera árbitro absoluto del sepulcro del que lo tomaba; y
además, el que empeñase la dicha prenda y no quisiese satisfacer a su
acreedor, se impuso la pena de no poder ser enterrado al morir en la
tumba de sus mayores u otra alguna, ni dar sepultura a ninguno de los
suyos que durante aquel tiempo muriera (103).
Cuentan del mismo rey, que codicioso de superar las glorias de cuantos
habían antes reinado en Egipto, dejó su monumento público en una
pirámide hecha de ladrillo. Hay en ella una inscripción grabada en
mármol que hace hablar a la misma pirámide en estos términos: «No me
humilles comparándome a las pirámides de mármol, a las que excedo
tanto, como Júpiter a los demás dioses; pues dando en el suelo de la
laguna con un chuzo, y recogido el barro a él pegado, con este barro
formaban mis ladrillos, y así fue como me construyeron.» Esto es en suma cuanto hizo aquel rey.
CXXXVII. Un ciego de la ciudad de Anisis (104),
llamado también Anisis con el nombre de su patria, sucedió a Asiquis en
la corona. En tiempo de este rey, los etíopes, apoderándose del Egipto
con un numeroso ejército, a cuyo frente venía su monarca Sabacon,
obligaron al rey ciego a refugiarse fugitivo en los pantanos (105).
Cincuenta fueron los años que reinó en Egipto el etíope Sabacon,
durante los cuales siguió la conducta de no castigar con pena de muerte
a los egipcios reos de algún delito capital; siendo su práctica la de
graduar la sentencia por la gravedad del delito, y condenar a los reos
a las obras públicas y a levantar el terraplén de la ciudad de donde
eran naturales. Lográbase con estos castigos el común beneficio de que
las ciudades cuyos terraplenes habían sido construidos la primera vez
en tiempo de Sesostris por los prisioneros que abrieron los canales del
Egipto, a la segunda entonces en el reinado del etíope se hiciesen más
elevados. El suelo de las ciudades de aquel país se levanta mucho
generalmente sobre la superficie de la campiña; pero en Bubastis, con
singularidad, mejor que en las demás se observa la elevación del
terraplén. Hay en esta ciudad un templo dedicado a la diosa Bubastis
que merece particular memoria y atención.
CXXXVIII. Templos se hallarán más grandes, más suntuosos que el de
Bubastis, pero ninguno de una perspectiva más grata y halagüeña a la
vista. La diosa a quien pertenece es la misma Artemis de los griegos.
El templo está en un terreno que parece una isla por todos lados menos
por su entrada, pues que desde el Nilo corren dos acequias de cien pies
de anchura cada una, con su arboleda que les da sombra, las que
entrambas por diferente lado van sin juntarse hacia la entrada del
templo. Sus pórticos, adornados con figuras de seis codos, obra de
mucho primor, tienen diez orgias de elevación. Es de notar que
hallándose construido el templo en el centro de la ciudad, se deja ver
con todo por cualquier parte se vaya girando; lo que sucede por haberse
alzado con el tiempo el piso de la ciudad con un nuevo terraplén, y
mantenido el templo en el plano inferior en que desde el principio se
edificó, quedando así patente y visible de todas partes. Una cerca
esculpida con figuras en toda su extensión, rodea y ciñe el lugar
sagrado, y dentro de ella hay un bosque de árboles altísimos, que
rodean a su vez el gran templo, de un estadio así de longitud como de
anchura, dentro del cual está la estatua de la diosa. Delante de la
entrada del templo corre un camino empedrado, de tres estadios de largo
y unos cuatro pletros de ancho, con una arboleda alta hasta las nubes
que a uno y otro lado se ve plantada. Este camino lleva al templo de
Mercurio, y con esto concluimos la digresión.
CXXXIX. Por fin, según cuentan, pudieron verse libres del etíope,
gracias a una visión que tuvo en sueños, que le obligó a escaparse a
toda prisa: parecíale durmiendo ver un hombre a su lado que le sugería
la idea de destrozar y partir por medio a todos los sacerdotes, después
de mandarlos juntar en un mismo sitio. Pensó consigo mismo que aquella
visión no podía menos de ser una prueba y tentación de los dioses, que
con ella le inducían a cometer la mayor impiedad, para que llevase por
ello su castigo de parte del cielo o de parte de los hombres, que él se
abstendría de cometerla; y puesto que había cumplido el plazo de su
imperio en Egipto, que los mismos dioses le habían revelado, se
resolvió con gusto a retirarse. En efecto, hallándose aun en Etiopía,
los oráculos del país la habían prevenido ser voluntad divina que por
espacio de 50 años reinase en Egipto. Con este motivo lo dejó Sabacon
de su propia voluntad, viendo cumplido el período destinado, y
perturbado con su misma visión.
CXL. Ausentado apenas el etíope, tomó de nuevo el mando el rey
ciego, saliendo de sus pantanos, donde vivió cincuenta años refugiado
en una isla que había ido levantando y terraplenando con tierra y
ceniza, pues que en el largo tiempo de su oculto retiro, al traerle los
egipcios a hurto del etíope los víveres necesarios, según lo tenía
ordenado a ciertos vasallos fieles, les pedía por favor le llevasen
juntamente ceniza para formar sus diques. Esta isla, que tiene el
nombre de Elbo, y diez estadios no más por todos lados, no pudo ser
hallada por nadie antes de Amintes, ni fue dable a los reyes
encontrarla en el largo espacio de 700 años (106).
CXLI. Después de la muerte del ciego decían que reinó un sacerdote
de Vulcano, por nombre Seton. Este rey sacrificador, contra toda sabia
política, en nada contaba con la gente de armas de su reino, como si
nunca hubiera de necesitarlos; y no contento todavía con los desaires
que los hacía de continuo, añadió la injuria de privarlos del goce de
ciertas yugadas de tierra que les habían reservado los reyes
anteriores, dando doce de ellas a cada soldado. De ahí resultó que,
habiendo invadido el Egipto Sanacaribo, rey de los árabes (107)
y de los asirios, con un grueso ejército, los guerreros del país no
quisieron tomar las armas en defensa de Seton. Viéndose el sacerdote
rey en tan apurado trance, entró en el templo de Vulcano, y allí a los
pies de su ídolo plañía y lamentaba la desventura que iba ya a
descargar sobre su cabeza. En medio de sollozos y suspiros sorprendióle
el sueño, según dicen, y mientras dormía se le apareció su dios, quien
le animó, asegurándole que si salía a recibir el ejército de los
árabes, con sus tropas voluntarias, ningún mal le sucedería; que el
mismo dios se encargaba de la defensa, y cuidaría de enviarle socorro.
Confiado en su sueño, anímase el sacerdote a juntar un ejército con los
egipcios que de buen grado quisieran seguirle, y se atrinchera con
ellos en Pelusio, que es la puerta del Egipto. Ni un solo guerrero de
profesión se contaba en las tropas que se le juntaron, siendo sus
soldados todos mercaderes, artesanos y regatones vendedores. ¡Cosa
singular! después que llegaron a Pelusio, sucedió que los ratones
agrestes, derramados por el vecino campo de los enemigos, comieron de
noche las aljabas, comieron los nervios de los arcos, y finalmente, las
mismas correas que servían de asas en los escudos. Venido el día,
hállanse desarmados los invasores, entréganse a la fuga y perecen en
gran número (108). Al
presente se ve todavía en el templo de Vulcano la estatua de mármol de
este rey con un ratón en la mano, y en ella se lee la inscripción
siguiente: «Mírame, hombre, y aprende de mí a ser religioso.»
CXLII. A propósito de lo referido, decíanme los egipcios a una con
sus sacerdotes, y lo comprobaban con sus monumentos, que contando desde
el primer rey hasta el sacerdote de Vulcano, el último que allí reinó,
habían pasado en aquel período 341 generaciones de hombres, en cuyo
transcurso se habían ido sucediendo en Egipto, otros tantos sumos
sacerdotes e igual número de reyes. Contando, pues, 100 años por cada 3
generaciones, las 300 referidas dan la suma de 10.000 años, y las 41
que restan además, componen 11.340. En el espacio de estos 11.340 años
decían que ningún Dios hubo en forma humana, añadiendo que ni antes ni
después, en cuantos reyes había tenido Egipto, se vio cosa semejante.
Contaban, empero, que en el tiempo mencionado, el sol había invertido
por cuatro veces su carrera natural (109),
saliendo dos veces desde el punto donde regularmente se pone, y
ocultándose otras dos en el lugar de donde nace por lo común, sin que
por este desorden del cielo se hubiese alterado cosa alguna en Egipto,
así de las que nacen de la tierra, como de las que proceden del río, ni
en las enfermedades, ni en las muertes de los habitantes.
CXLIII. Contaré un suceso curioso. Hallándose en Tebas, antes que yo
pensara en pasar allá, el historiador Hecateo, empezó a declarar su
ascendencia, haciendo derivar su casa de un dios, que era el
decimosexto de sus abuelos. Con esta ocasión hicieron con él los
sacerdotes de Júpiter Tebeo lo mismo que practicaron después conmigo,
aunque no deslindase mi genealogía, pues me entraron en un gran templo
y me fueron enseñando tantos colosos de madera cuantos son los sumos
sacerdotes que, como expresé, han existido, pues sabido es que cada
cual coloca allí su imagen mientras vive. Iban, pues, mis conductores
contando y mostrándome por orden las estatuas, diciendo: -«Este ese el
hijo del que acabamos de mirar, como puedes verlo, por lo que se parece
a su inmediato predecesor;» y de este modo me hicieron reconocer las
efigies y recorrerlas de una en una. Algo más hicieron con Hecateo,
pues como él se envaneciera de su ascendencia, haciéndose proceder de
un dios, su antepasado, le dieron en ojos con la serie y generación de
sus sacerdotes, no queriendo sufrirle la suposición de que un hombre
pudiera haber nacido de un dios, y dándole cuenta, al deslindarle la
sucesión de sus 345 colosos, que cada uno había sido no más un piromis, hijo de otro piromis (esto es, un hombre bueno hijo de otro, pues piromis
equivale en griego a bueno y honrado), sin que ninguno de ellos
descendiese de padre dios ni de héroe alguno. En fin, concluían que los
representados por las estatuas que enseñaban habían sido todos grandes
hombres, como decían, pero ninguno que de muy lejos fuera dios.
CXLIV. Verdad es, añadían, que antes de estos hombres, los dioses
eran quienes reinaban en Egipto, morando y conversando entre los
mortales, y teniendo siempre uno de ellos imperio soberano. El último
dios que reinó allí fue Oro, hijo de Osiris, llamado por los griegos
Apolo, quien terminó su reino después de haber acabado con el de Tifon.
A Osiris le llamamos en griego Dioniso, esto es, el Libre.
CXLV. Entre los griegos noto que son tenidos por los dioses más
modernos Hércules, Dioniso y Pan; mientras al contrario entre los
egipcios es Pan un dios antiquísimo, reputado por uno de los dioses
primeros, como los llaman; Hércules por uno de los doce dioses que
llaman de segunda clase, y Dioniso por uno de los dioses terceros, que
fueron hijos de los doce segundos. Tengo arriba declarados los muchos
años que corrieron desde Hércules hasta el rey Amasis, según los
egipcios, quienes pretenden fueron más los que transcurrieron desde
Pan, pero menos los que pasaron después de Dioniso, aunque entre este y
el rey Amasis no mediaron menos de 15.000 años a lo que dicen: y de
este cómputo de años, cuya cuenta llevan siempre y notan por escrito,
pretenden estar muy ciertos y seguros. Pero en cuanto al Dioniso o Baco
griego, que dicen nacido de Sémele hija de Cadmo, desde su nacimiento
hasta la presente era median 1.600 años (110)
a más largar, y desde Hércules, el hijo de Alcmena, habrá unos 900, y
desde Pan al de Penélope, de la cual y de Mercurio creen los griegos
nacido este dios, han corrido hasta mi edad 800 años a lo más, menos
sin duda de los que se cuentan posteriores a la guerra de Troya.
CXLVI. Siga, empero, cada cual la que más le acomodare de estas dos
cronologías pues yo me contento con haber declarado lo que por ambos
pueblos se piensa acerca de dichos dioses. Sólo añadiré, que si se da
por cosa tan constante y recibida el que los dos dioses cuya edad se
controvierte, Dioniso, el hijo de Semele, y Pan el de Penélope,
nacieron y vivieron en Grecia hasta la vejez, como lo es esto respecto
de Hércules, el hijo de Anfitrión, pudiera decirse con razón en esto
caso que Dioniso y Pan, dos hombres como los demás, se alzaron con el
nombre de aquellos dos dioses, y así las dificultades quedarían
allanadas. Pero se opone el inconveniente de que los griegos pretenden
que su Dioniso, apenas malamente nacido, pues Júpiter lo encerró dentro
de uno de sus muslos, fue llevado a Nisa, que está en Etiopía, más allá
de Egipto: tanto distan de creer que se criara y viviera en Grecia como
hombre natural. Mayor es la confusión y enredo respecto de Pan, del
cual ni aun los griegos saben decir dónde paró después de nacido. De
aquí, en una palabra, se deduce que los griegos no oyeron el nombre de
los dos dioses citados sino mucho después de oído el de los demás
dioses, y que desde la época en que empezaron a nombrarlos, les
forjaron la genealogía. Hasta aquí he hecho hablar a los egipcios.
CXLVII. Voy a referir lo que sucedió en aquel país, según dicen
otros pueblos y los naturales asimismo confirman, sin dejar de mezclar
en la narración algo de lo que por mí mismo he observado. Viéndose
libres e independientes los egipcios después del reinado del mencionado
sacerdote de Vulcano, y hallándose sin rey, como si fueran hombres
nacidos para servir siempre a algún soberano, dividieron el Egipto en
doce partes, nombrando doce reyes a la vez (111).
Enlazados mutuamente desde luego con el vínculo de los casamientos,
reinaban éstos, atenidos a ciertos pactos de que no se quitarían el
mando unos a otros, que ninguno de ellos pretendería lograr más
autoridad y poder que los demás, y que todos conservarían entre sí la
mejor amistad y más perfecta armonía. Movióles a convenir en esta mutua
igualdad y alianza común, y a procurarla consolidar con toda seguridad
y firmeza, un oráculo que les anunció, apenas apoderados del mando, que
vendría a ser señor de todo el Egipto aquel de entre ellos que en el
templo de Vulcano libase a los dioses en una taza de bronce; aludiendo
el oráculo a la costumbre que observaban de sacrificar juntos en todos
los templos.
CXLVIII. reinando, pues, con tal unión, acordaron dejar un monumento
en nombre común de todos, y con este objeto construyeron el laberinto,
algo más allá de la laguna Meris, hacia la ciudad llamada de los
Cocodrilos (112). Quise
verlo por mí mismo, y me pareció mayor aun de lo que suele decirse y
encarecerse. Me atreveré a decir que cualquiera que recorriese las
fortalezas, muros y otras fábricas de los griegos, que hacen alarde de
su grandeza, ninguna hallará entre todas que no sea menor e inferior en
costa y en trabajo a dicho laberinto. No ignoro cuán magníficos son los
templos, el de Éfeso y el de Samos, pero es menester confesar que las
pirámides les hacen tanta ventaja que cada una de estas puede
compararse con muchas obras juntas de los griegos, aunque sean de las
mayores; y con todo, es el laberinto monumento tan grandioso, que
excede por sí sólo a las pirámides mismas. Compónese de doce palacios
cubiertos, contiguos unos a otros y cercados todos por una pared
exterior, con las puertas fronteras entre sí; seis de ellos miran al
Norte y seis al Mediodía. Cada uno tiene duplicadas sus piezas, unas
subterráneas, otras en el primer piso, levantadas sobre los sótanos, y
hay 1.500 de cada especie, que forman entre todas 3.000. De las del
primer piso, que anduve recorriendo, hablaré como testigo de vista; a
las subterráneas sólo las conozco de oídas, pues que los egipcios a
cuyo cargo están, se negaron siempre a enseñármelas, dándome por razón
el hallarse abajo los sepulcros de los doce reyes fundadores y dueños
del laberinto, y las sepulturas de los cocodrilos sagrados; y de tales
estancias por lo mismo sólo hablaré por lo que me refirieron. En las
piezas superiores, que cual obra más que humana por mis ojos estuve
contemplando, admiraba atónito y confuso sus pasos y salidas entre sí,
y las vueltas y rodeos tan varios de aquellas salas, pasando de los
salones a las cámaras, de las cámaras a los retretes, de éstos a otras
galerías, y después a otras cámaras y salones. El techo de estas piezas
y sus paredes cubiertas de relieves y figuras son todas de mármol. Cada
uno de los palacios está rodeado de un pórtico sostenido con columnas
de mármol blanco perfectamente labrado y unido. Al extremo del
laberinto se ve pegada a uno de sus ángulos una pirámide de cuarenta
orgias, esculpida de grandes animales, a la cual se va por un camino
fabricado bajo de tierra.
CXLIX. Mas aunque sea el laberinto obra tan rica y grandiosa, causa
todavía mayor admiración la laguna que llaman Meris, cerca de la cual
aquel se edificó. Cuenta la laguna de circunferencia 3.000 estadios,
medida que corresponde a 60 schenos, los mismos cabalmente que tienen,
de longitud las costas marítimas de Egipto; corre a lo largo de Norte a
Mediodía, y tiene 50 orgias de fondo en su mayor profundidad (113).
Por sí misma declara que es obra de manos y artificial. En el centro de
ella, a corta diferencia, vense dos pirámides que se elevan sobre la
flor del agua 50 orgias, y abajo tienen otras tantas de cimiento, y
encima de cada una se ve un coloso de mármol sentado en su trono:
aunque ambas pirámides vienen a tener 100 orgias, que forman cabalmente
un estadio hexapletro o de 600 pies, contando la orgia a razón
de 6 pies o de 4 codos, midiendo el pie por 4 palmos y el codo por 6.
Siendo el terreno en toda la comarca tan árido y falto de agua, no
puede ésta nacer en la misma laguna, sino que a ella ha sido conducida
por un canal derivado del Nilo; y en efecto, pasa desde el río a la
laguna durante seis meses, en los cuales la pesca reditúa al fisco 20
minas diarias, y sale de la laguna en los otros seis meses, que
producen al mismo fisco un talento de plata cada día (114).
CL. Más notable es lo que me decían los naturales, que el agua de su
laguna, corriendo por un conducto subterráneo tierra adentro hacia
Poniente, y pasando cerca del monte que domina a Menfis, iba a
desembocar en la sirte de la Libia (115).
No viendo yo en parte alguna amontonada la tierra que debió sacarse al
abrir tan gran laguna, movido de curiosidad, y deseoso de saber qué se
había hecho de tanto material excavado, pregunté a la gente de los
alrededores dónde estaba la infinita arena extraída de aquella hoya.
Diéronme a esto satisfacción y respuesta, y de ella quedé persuadido
apenas me la indicaron, sabiendo que en Nino, ciudad de los asirios,
había sucedido un caso muy semejante al que referían. Allí unos
ladrones concibieron el designio de robar los muchos tesoros que
Sardanápalo, hijo de Nino (116),
en un erario subterráneo tenía cuidadosamente guardados. Con este
objeto, medida la distancia, empiezan desde su casa a cavar una mina
hacia el palacio del rey: iban por la noche echando al Tigris, río que
atraviesa la ciudad de Nino, la tierra que excavaban de la mina, y de
este modo prosiguieron hasta salir al cabo con su intento. Lo mismo oí
haber sucedido en la excavaciones de la citada laguna, con la
diferencia que se ejecutaba de día la maniobra, sin tener que aguardar
a la oscuridad de la noche, y la tierra que iban extrayendo la llevaban
al Nilo, el cual, recibiéndola en su corriente, no podía menos de
arrastrarla en ella e irla disipando.
CLI. Referido el modo con que se abrió la laguna Meris, volvamos a
los doce reyes, quienes, gobernando con suma equidad y entereza, en el
tiempo legítimo hacían un sacrificio en el templo de Vulcano. Venido el
último día de la solemnidad, y preparándose a hacer las libaciones
religiosas, al irles a presentar las copas con que solían hacerlas, el
sumo sacerdote, por equivocación, sacó once no más para los doce reyes.
Entonces Psamético, el último de la fila real, viendo que le faltaba su
copa, echó mano de su casco, lo alargó e hizo con él su libación, medio
realmente obvio para salir del lance, pues que todos los reyes solían
ir con casco, y los doce, en efecto, lo llevaban en aquel instante.
Aparecía claramente que Psamético había alargado su casco sin sombra de
engaño o mala fe; pero, sin embargo, los once reyes, atendiendo por una
parte a su acción, recordando por otra el oráculo, que les tenía
predicho que vendría a ser soberano de todo Egipto aquel de entre ellos
que libase con copa de bronce, tomaron seria resolución sobre lo
acaecido, y aunque no creyeron justo quitar la vida a Psamético,
conociendo por sus palabras que no había obrado en aquello con
deliberación o fin particular, acordaron con todo que, casi enteramente
privado de su poder, fuese desterrado y confinado en los pantanos, con
orden de no salir de ellos ni entrometerse en el gobierno de lo
restante del Egipto (117).
CLII. El desgraciado Psamético, cuyo padre, Neco, había sido muerto por orden del etíope Sabacon (118),
se había ya visto anteriormente precisado a refugiarse en Siria,
huyendo de las manos del etíope, hasta que, habiéndose retirado éste
amedrentado por su sueño, fue llamado otra vez a Egipto por sus
paisanos del distrito de Sais. Y ahora, siendo ya rey, por la
inadvertencia de haber convertido en copa su casco, sucedióle la
segunda desventura de que sus once colegas en el reino le confinasen en
los pantanos del Egipto. Viéndose, pues, inocente, calumniado y
oprimido por la violencia de sus compañeros, pensó seriamente en
vengarse de sus perseguidores; y para lograr su intento envió a
consultar el oráculo de Latona en la ciudad de Butona, al que miran los
egipcios como el más verídico. Diósele por contestación que el socorro
y venganza deseada le vendrían por el mar, cuando a las costas llegasen
unos hombres de bronce; respuesta que le llenó de desconfianza y abatió
las alas de su corazón por lo ridículo e imposible de los auxiliares
que se le prometían. No pasó mucho tiempo, sin embargo, que ciertos
jonios y carios que iban en corso (119)
aportasen al Egipto, obligados de la necesidad. Saltaron a tierra
armados con su arnés de bronce, y un egipcio que jamás había visto
tales armaduras, corre hacia los pantanos, y avisando a Psamético de lo
que pasaba, dícele que acababan de venir por mar unos hombres de
bronce, que saltando en tierra la robaban y saqueaban. Conociendo
Psamético desde luego que iba cumpliéndose la predicción del oráculo,
recibió con grandes muestras de amistad a los piratas de Jonia y de
caria, y no paró hasta que a fuerza de promesas y del ventajoso partido
que les proponía, logró de ellos que se quedasen a su servicio, con
cuyo socorro y con el de los egipcios de su bando, salió al cabo
vencedor de los once reyes (120), acabando con todo su poder.
CLIII. Apoderado Psamético de todo el Egipto, levantó en Menfis,
dedicándolos a Vulcano, los portales o propíleos que miran al Mediodía,
y en frente de ellos fabricó en honor de Apis un palacio rodeado de
columnas y lleno de figuras esculpidas, en el cual el dios Apis, cuyo
nombre griego es Epafos (121), se cría y mora, siempre que aparece a los egipcios: las columnas del palacio son otros tantos colosos de doce codos cada uno.
CLIV. En cuanto a los jonios y carios que sirvieron como tropas
mercenarias en la conquista, recibieron de Psamético en recompensa de
su servicio ciertas propiedades, unas en frente de otras, por medio de
las cuales corre el Nilo, y a las que puso el nombre de reales, sin
dejar de darles el monarca, no contento con esta recompensa, lo demás
que le tenía prometido (122).
Entrególes asimismo ciertos niños egipcios para que cuidasen de
instruirlos en la lengua griega, y los que al presente son intérpretes
de ella en Egipto descienden de los que entonces la aprendieron. Los
campos que los jonios y carios poseyeron largo tiempo, no distan mucho
de la costa, y caen un poco más debajo de la ciudad de Bubastis, cerca
de la boca Pelusia del Nilo, como la llaman. Andando el tiempo, éstos
mismos extranjeros, transplantados de sus campos fueron colocados en
Menfis por el rey Amasis, quien en ellos quiso tener un cuerpo de
guardias contra los egipcios. Desde el tiempo en que dichas tropas se
domiciliaron en Egipto, por medio de su trato y comunicación, nosotros
los griegos sabemos con exactitud y puntualidad la historia del país,
contando desde Psamético y siguiendo los sucesos posteriores a su
reinado. Los jonios o carios fueron los primeros colonos de extranjero
idioma que en Egipto se establecieron; y aun en mis días veíase en los
lugares desde los cuales fueron trasladados a Menfis las atarazanas de
sus naves y las ruinas de sus habitaciones. Ved aquí el modo como
Psamético llegó a apoderarse del Egipto.
CLV. Bien me acuerdo de lo mucho que llevo dicho acerca del oráculo
egipcio arriba mencionado, pero quiero añadir algo más en su alabanza,
pues digno es de ella. Este oráculo egipcio, dedicado a Latona, se
halla situado en una gran ciudad vecina a la boca del Nilo que llaman
Sebenítica, al navegar río arriba desde el mar, cuya ciudad, según
antes expresé, es Butona, y en ella hay así mismo un templo de Apolo y
de Diana. El de Latona, asiento del oráculo, además de ser una obra en
sí grandiosa, tiene también su propíleo de diez orgias de elevación.
Pero de cuanto allí se veía, lo que mayor maravilla me causó fue la
capilla o nicho de Latona que hay en dicho templo, formado de una sola
piedra, así en su longitud como en su anchura (123).
Sus paredes son todas de una medida y de cuarenta codos cada una; la
cubierta de la capilla, que le sirve de techo, la forma otra piedra,
cuyo alero sólo tiene cuatro codos. Esta capilla de una pieza, lo
repito, es en mi concepto lo más admirable de aquel templo.
CLVI. El segundo lugar merece se le dé por su singularidad la isla
llamada de Chemmis, situada en una profunda y espaciosa laguna que está
cerca de un templo de la mencionada ciudad de Butona. Los egipcios
pretendían que era una isla flotante; mas puedo afirmar que no la vi
nadar ni moverse, y quedé atónito al oír que una isla pueda nadar en
realidad (124). Hay en
ella un templo magnífico de Apolo, en que se ven tres aras levantadas,
y está poblada de muchas palmas y de otros árboles, unos estériles,
otros de la clase de los frutales. No dejan los naturales de dar la
razón en que se apoyan para creer en esta isla flotante: dicen que
Latona, una de las ocho deidades primeras que hubo en Egipto, tenía su
morada en Butona, donde al presente reside su oráculo, y en aquella
isla no flotante todavía recibió a Apolo, que en depósito se lo entregó
la diosa Isis, y allí pudo salvarle escondido, cuando vino a aquel
lugar Tifón, que no dejaba guarida sin registrar, para apoderarse de
aquel hijo de Osiris. Apolo y Artemis, según los egipcios, fueron hijos
de Dioniso y de Isis (125);
y Latona fue el ama que los crió y puso en salvo. En egipcio Apolo se
llama Oros. Demeter se dice Isis, y Artemis lleva el nombre de
Bubastis; y en esta creencia egipcia y no en otra alguna se fundó
Esquilo, hijo de Euforion, para hacer en sus versos a Artemis hija de
Demeter, aunque en esto se diferencia de los demás poetas que han
existido. Tal es la razón por que los egipcios creen a su isla movediza.
CLVII. De los 59 años que reinó Psamético en Egipto (126)
tuvo bloqueada por espacio de 29 a Azoto, gran ciudad de la Siria, que
al fin rindió; habiendo sido aquella plaza, entre todas cuantas
conozco, la que por más tiempo ha sufrido y resistido al asedio.
CLVIII. Neco sucedió en el reinado a su padre Psamético, y fue el primero en la empresa de abrir el canal (127),
continuado después por el persa Darío, que va desde el Nilo hacia el
mar Eritreo, y cuya longitud es de cuatro días de navegación, y tanta
su latitud que por él pueden ir a remo dos galeras a la par. El agua
del canal se tomó del Nilo, algo más arriba de la ciudad de Bubastis,
desde donde va siguiendo por el canal, hasta que desemboca en el mar
Eritreo, cerca de Patumo, ciudad de Arabia. Empezóse la excavación en
la llanura del Egipto limítrofe de la Arabia, con cuya llanura confina
por su parte superior el monte que se extiende cerca de Menfis, en el
cual se hallan las canteras ya citadas. Pasando la acequia por el pie
de este monte, se dilata a lo largo de Poniente hacia Levante, y al
llegar a la quebrada de la cordillera, tuerce hacia el Noto o Mediodía
y va a dar en el golfo Arábigo. Para ir del mar boreal o Mediterráneo
al Meridional, que es el mismo que llamamos Eritreo, el más breve atajo
es el que se toma desde le monte Casio, que divide el Egipto de la
Siria y dista del golfo Arábigo 1.000 estadios; ésta es, repito, la
senda más corta, pues la del canal es tanto más larga, cuantas son las
sinuosidades que este forma. Ciento veinte mil hombres perecieron en el
reinado de Neco en la excavación del canal, aunque este rey lo dejó a
medio abrir, por haberle detenido un oráculo, diciéndole que se daba
prisa para ahorrar fatiga al bárbaro, es decir, extranjero, pues con
aquel nombre llaman los egipcios a cuantos no hablan su mismo idioma.
CLIX. Dejando, pues, sin concluir el canal, Neco volvió su atención
a las expediciones militares. Mandó construir galeras, de las cuales
unas se fabricaron en el Mediterráneo, otras en el golfo Arábigo o
Eritreo, cuyos arsenales se ven todavía, sirviéndose de estas armadas
según pedía la oportunidad. Con el ejército de tierra venció a los
Sirios en la Batalla que les dio en Magdolo (128),
a la cual siguió la toma de Caditis, gran ciudad de Siria; y con motivo
de estas victorias consagró al dios Apolo el mismo vestido que llevaba
al hacer aquellas proezas, enviándolo por ofrenda a Bránquidas,
santuario célebre en el dominio de Mileto. Cumplidos 16 años de
reinado, dejó Neco en su muerte el mando a su hijo Psammis.
CLX. El tiempo del rey Psammis, presentáronse en Egipto unos
embajadores de los Eleos con la mira de hacer ostentación en aquella
corte, y dar noticia de un certamen que decían haber instituido en
Olimpia con la mayor equidad y discreción posible, persuadidos de que
los egipcios mismos, nación la más hábil y discreta del orbe, no
hubieran acertado a discurrir unos juegos mejor arreglados. El rey,
después de haberle dado cuenta a los Eleos del motivo que los traía,
formó una asamblea de las personas tenidas en el país por las más
sabias e inteligentes, quienes oyeron de la boca de los Eleos el orden
y prevenciones que debían observarse en su público certamen, y
escucharon la propuesta que les hicieron, declarando que el fin de su
embajada era conocer si los egipcios serían capaces de inventar y
discurrir algo que para el objeto fuera mejor y más adecuado. La
asamblea, después de tomar acuerdo, preguntó a los Eleos si admitían en
los juegos a sus paisanos a la competencia y pretensión; y
habiéndoseles respondido que todo griego así Eleo como forastero, podía
salir a la palestra, replicó luego que esto sólo echaba a tierra toda
equidad, pues no era absolutamente posible que los jueces Eleos
hicieran justicia al forastero en competencia con un paisano; y que si
querían unos juegos públicos imparciales y con este fin venían a
consultar a los egipcios, les daban el consejo de excluir a todo Eleo
de la contienda, y admitir tan solo al forastero (129). Tal fue el aviso que aquellos sabios dieron a los Eleos.
CLXI. Seis años reinó Psammis solamente, en cuyo tiempo hizo una
expedición contra la Etiopía, y después de su pronta muerte le sucedió
en el trono su hijo Apries (130),
el cual en su reinado de 25 años pudo con razón ser tenido por el
monarca más feliz de cuantos vio el Egipto, si se exceptúa a Psamético,
su bisabuelo. Durante la prosperidad llevó las armas contra Sidonia, y
dio a los Tirios una batalla naval; pero su destino era que toda su
dicha se trocara por fin en desventura, que le acometió con la ocasión
siguiente, que me contentaré con apuntar por ahora, reservándome el
referirla circunstanciadamente al tratar de la Libia. Habiendo enviado
Apríes un ejército contra los de Cirene, quedó gran parte de él perdido
y exterminado. Los egipcios echaron al rey la culpa de su desventura, y
se levantaron contra él, sospechando que los había expuesto a propósito
a tan grave peligro, y enviado sus tropas a la matanza con la dañada
política de poder mandar al resto de sus vasallos más despótica y
seguramente, una vez destruida la mayor parte de la milicia (131).
Con tales sospechas y resentimiento, se le rebelaron abiertamente, así
los que habían vuelto a Egipto de aquella infeliz expedición, como los
amigos y deudos de los que habían perecido en la jornada.
CLXII. Avisado Apríes de estos movimientos sediciosos, determinó
enviar a Amasis adonde estaban los malcontentos para que, aplacándolos
con buenas palabras y razones, les hiciera desistir de la sublevación.
Llegado Amasis al campo de los soldados rebeldes, al tiempo que les
estaba amonestando que desistieran de lo empezado, uno de ellos,
acercándosele por las espaldas, coloca un casco sobre su cabeza,
diciendo al mismo tiempo que con él le corona y le proclama por rey de
Egipto. No sentó mal a Amasis, al parecer, según se vio por el
resultado, aquel casco que le sirvió de corona, pues apenas nombrado
rey de Egipto por los sublevados, se preparó luego para marchar contra
Apríes. Informado el rey de lo sucedido, envió a uno de los egipcios
que a su lado tenía, por nombre Patabermis, hombre de gran autoridad y
reputación, con orden expresa de que le trajera vivo a Amasis. Llegó el
enviado a vista del rebelde, y declaróle el mandato que traía; pero
Amasis hizo de él tal desprecio que hallándose entonces a caballo,
levantó un poco el muslo y le saludó grosera e indecorosamente,
diciéndole al mismo tiempo que tal era el acatamiento que hacía a
Apríes, a quien debía referirlo. Instando, no obstante, Patabermis para
que fuese a verse con el soberano, que le llamaba, respondióle que
iría, y que en efecto hacía tiempo que disponía su viaje, y que a buen
seguro no tendría por qué quejarse Apríes, a quien pensaba visitar en
persona y con mucha gente de comitiva. Penetró bien Patabermis el
sentido de la respuesta, y viendo al mismo tiempo los preparativos de
Amasis para la guerra (132),
regresó con diligencia, queriendo informar cuanto antes al rey del lo
que sucedía. Apenas Apríes le ve volver a su presencia sin traer
consigo a Amasis montando en cólera y ciego de furor, sin darle lugar a
hablar palabra y sin hablar ninguna, manda al instante que se le
mutile, cortándole allí mismo orejas y narices. Al ver los demás
egipcios que todavía reconocían por rey a Apríes la viva carnicería tan
atroz y horriblemente hecha en un personaje del más alto carácter y de
la mayor autoridad en el reino, pasaron sin aguardar más partido de los
otros y se entregaron al gobierno y obediencia de Amasis.
CLXIII. Con la noticia de esta nueva sublevación, Apríes, que tenía
alrededor de su persona hasta 30.000 soldados mercenarios, parte carios
y parte jonios, manda tomar las armas a sus cuerpos de guardias, y al
frente de ellos marcha contra los egipcios, saliendo del ciudad de
Sais, donde tenía su palacio, dignísimo de verse por su magnificencia.
Al tiempo que los guardias de Apríes iban contra los egipcios, las
tropas de Amasis marchaban contra los guardias extranjeros; y ambos
ejércitos, resueltos a probar de cerca sus coraza, hicieron alto en la
ciudad de Momenfis (133);
en este lugar nos parece prevenir que la nación egipcia está
distribuida en siete clases de personas; la de los sacerdotes, la de
guerreros, la de boyeros, la de porqueros, la de mercaderes, la de
intérpretes, y la de marineros.
CLXIV. Estos son los gremios de los egipcios, que toman su nombre del oficio que ejercen (134). De los guerreros parte son llamados Calasiries, parte Hermotibies, y como el Egipto está dividido en nomos o distritos, los guerreros están repartidos por ellos del modo siguiente:
CLXV. A los Hermotibies pertenecen los distritos de Busiris, de
Sais, de Chemmis, de Prapremis, la isla que llaman Prosopitis y la
mitad de Nato. De estos distritos son naturales los Hermotibies,
quienes, cuando su numero es mayor, componen 16 miríadas o 160.000
hombres, todos guerreros de profesión, sin que uno solo aprenda o
ejercite arte alguna mecánica.
CLXVI. Los distritos de los Calasiries son el Bubastista, el Tebeo,
el Aftita, el Tanita, el Mendesio, el Sebenita, el Atribita, el
Farbetita, el Tmuita, el Onofita, el Anisio, y el Miecforita, que está
en una isla frontera a la ciudad de Bubastis. Estos distritos de los
Calasiries al llegar a lo sumo su población, forman 25 miríadas o
250.000 hombres, a ninguno de los cuales es permitido ejercitar otra
profesión que la de la armas, en la que los hijos suceden a los padres.
CLXVII. No me atrevo en verdad a decir si los egipcios adoptaron de
los griegos el juicio que forman ente las artes y la milicia, pues veo
que tracios, escitas, persas, lidios y, en una palabra, casi todos lo
bárbaros, tienen en menor estima a los que profesan algún arte mecánico
y a sus hijos, que a los demás ciudadanos, y al contrario reputan por
nobles a los que no se ocupan en obras de mano, y mayormente a los que
se destinan a la milicia. Este mismo juicio han adoptado todos los
griegos, y muy particularmente los lacedemonios, si bien los corintios
son los que menos desestiman y desdeñan a los artesanos.
CLXVIII. Los guerreros únicamente, si se exceptúan los sacerdotes (135), tenían entre los egipcios sus privilegios y gajes particulares, por los cuales disfrutaba cada uno de doce aruras o yugadas de tierra inmunes de todo pecho. La arura
es una suerte de campo que tiene por todos lados cien codos egipcios,
equivalentes puntualmente a los codos samios. Dichas propiedades,
reservadas al cuerpo de los guerreros, pasan de unos a otros, sin que
jamás disfrute uno las mismas. Relevábanse cada año mil de los
Calaciries y mil de los Hermotibies, para servir de guardias de corps
cerca del rey, en cuyo tiempo de servicio, además de sus yugadas, se le
daba su ración diaria, consistente en cinco minas de pan cocido, que se
daba por peso a cada uno, en dos minas de carne de buey, y en cuatro
sextarios de vino (136). Esta era siempre la ración dada al guardia; pero volvamos al hilo de la narración.
CLXIX. Después que se encontraron en Momenfis, Apríes al frente de
los soldados mercenarios, y Amasis al de los guerreros egipcios, dióse
allí la batalla en la cual, a pesar de los esfuerzos de valor que hizo
la tropa extranjera, su número mucho menor fue superado y oprimido por
la multitud de sus enemigos. Vivía Apríes según dicen, completamente
persuadido de que ningún hombre y nadie, aun de los mismos dioses, era
bastante a derribarle de su trono (137);
tan afianzado y seguro se miraba en le imperio; pero el engañado
príncipe vencido allí y hecho prisionero, fue conducido luego a Sais,
al palacio antes suyo, y entonces ya del rey Amasis. El vencedor trató
por algún tiempo al rey prisionero con tanta humanidad, que le
suministraba los alimentos en palacio con toda magnificencia; pero
viendo que los egipcios murmuraban por ello, diciendo que no era justo
mantener al mayor enemigo, así de ellos como del mismo Amasis,
consintió este, por fin, en entregar la persona del depuesto soberano a
merced de los vasallos, quiénes le estrangularon y enterraron su cuerpo
en la sepultura de sus antepasados, que se ve aun en el templo de
Minerva, al entrar a mano izquierda, muy cerca de la misma nave del
santuario. Dentro del mismo templo los vecinos de Sais dieron sepultura
a todos los reyes que fueron naturales de su distrito; y allí mismo en
el atrio del templo está el monumento de Amasis, algo más apartado de
la nave que el de Apríes y de sus progenitores, y que consiste en un
vasto aposento de mármol, adornado de columnas a modo de troncos de
palmas, con otros suntuosos primores: en ella hay dos grande armarios
con sus puertas, dentro de los cuales se encierra la urna.
CLXX. En Sais, en el mismo templo de Minerva, a espaldas de su
capilla y pegado a su misma pared, se halla el sepulcro de cierto
personaje, cuyo nombre no me es permitido pronunciar en esta historia.
Dentro de aquel sagrado recinto hay también dos obeliscos de mármol, y
junto a ellos una laguna hermoseada alrededor con un pretil de piedra
bien labrada, cuya extensión, a mi parecer, es igual a la que tiene la
laguna de Delos, que llaman redonda.
CLXXI. En aquella laguna hacen de noche los egipcios ciertas
representaciones, a las que llaman misterios de las tristes aventuras
de una persona que no quiero nombrar (138),
aunque estoy a fondo enterado de cuanto esto concierne; pero en punto
de religión, silencio. Lo mismo digo respecto a la iniciación de Céres
o Tesmoforia, según la llaman los griegos, pues en ella deben
estar los ojos abiertos y la boca cerrada, menos en lo que no exige
secreto religioso: tal es que las hijas de Danao trajesen estos
misterios del Egipto (139),
y que de ellas los aprendieron las mujeres pelasgas; que le uso de esta
ceremonia se aboliese en el Peloponeso después de arrojados sus
antiguos moradores por los dorios, siendo los arcades los únicos que
quedaron de la primera raza, los únicos también que conservaron aquella
costumbre.
CLXXII. Amasis, de quien es preciso volver a hablar, reino en Egipto
después de la muerte violenta de Apríes: era del distrito de Sais y
natural de una ciudad llamada Siuf. Los egipcios al principio no hacían
caso de su nuevo rey, vilipendiándole abiertamente como hombre antes
plebeyo y de familia humilde y oscura; mas él poco a poco, sin usar de
violencia con sus vasallos, supo ganarlos por fin con arte y
discreción. Entre muchas alhajas preciosas, tenía Amasis una bacía de
oro, en la que así él como todos sus convidados solían lavarse los
pies: mandóla, pues, hacer pedazos y formar con ellos una estatua de no
sé qué dios, la que luego de consagrada coloco en el sitio de la ciudad
que le pareció más oportuno a su intento. A vista de una nueva estatua,
concurren los egipcios a adorarla con gran fervor, hasta que Amasis,
enterado de lo que hacían con ella sus vasallos, los manda llamar y les
declara que el nuevo dios había salido de aquel vaso vil de oro en que
ellos mismos solían antes vomitar, orinar y lavarse los pies, y era
grande sin embargo el respeto y veneración que al presente les merecía
una vez consagrado. -«Pues bien, añade, los mismos que con este vaso ha
pasado conmigo, antes fui un mero particular y un plebeyo, ahora soy
vuestro soberano, y como tal me debéis respeto y honor.» Con tal
amonestación y expediente logró de los egipcios que estimasen su
persona y considerasen como deber el servirle.
CLXXIII. La conducta particular de este rey y su tenor de vida
ordinario era ocuparse con tesón desde muy temprano en el despacho de
los negocios de la corona hasta cerca del mediodía (140);
pero desde aquella hora pasaba con su copa lo restante del día
bebiendo, zumbando a sus convidados, y holgándose tanto con ellos, que
tocaba a veces en bufón con algo de chocarrero. Mal habidos sus amigos
con la real truhanería, se resolvieron por fin a dirigirle una
reconvención en buenos términos: -«Señor, le dicen, esa llaneza con que
os mostráis sobrado humilde y rastrero, no es la que pide el decoro de
la majestad, pues lo que corresponde a un real personaje es ir
despachando lo que ocurra, sentando magníficamente en un trono
majestuoso. Si así lo hicierais, se reconocieran gobernados los
egipcios con estima de su soberano, por un hombre grande; y vos
lograréis tener con ellos mayor crédito y aplauso, pues lo que hacéis
ahora desdice de la suprema majestad.» Pero el rey por su parte les
replicó: -«Observo que solo al ir a disparar el arco lo tiran y
aprietan los ballesteros, y luego de disparado lo aflojan y sueltan,
pues a tenerlo siempre parado y tirante, a la mejor ocasión y en lo más
apurado del lance se le rompiera y haría inservible. Semejante es lo
que sucede en el hombre que entregado de continuo a más y más afanes,
sin respirar ni holgar un rato, en el día menos pensado se halla con la
cabeza trastornada, o paralítico por un ataque de apoplejía. Por estos
principios, pues, me gobierno, tomando con discreción la fatiga y el
descanso.» Así respondió y satisfizo a sus amigos.
CLXXIV. Es fama también que Amasis, siendo particular todavía, como
joven amigo de diversiones y convites, y enemigo de toda ocupación
seria y provechosa, cuando por entre agotársele el oro no tenía con que
entregarse a la crápula entre sus copas y camaradas, solía rondando de
noche acudir a la rapacidad y ligereza de sus manos (141).
Sucedía que negando firmemente los robos de que algunos le acusaban,
era citado y traído delante de sus oráculos, muchos de los cuales le
condenaron como ladrón, al paso que otros le dieron por inocente. Y es
notable la conducta que cuando rey observó con dichos oráculos: ninguno
de los dioses que le habían absuelto mereció jamás que cuidase de sus
templos, que los adornara con ofrenda alguna, ni que en ellos una sola
vez sacrificase, pues por tener oráculos tan falsos y mentirosos no se
le debía respeto y atención; y por el contrario se esmeró mucho con los
oráculos que le habían declarado por ladrón, mirándolos como santuarios
de verdaderos dioses, pues tan veraces eran en sus respuestas y
declaraciones.
CLXXV. En honor de Minerva edificó Amasis en Sais unos propíleos tan
admirables, que así en lo vasto y elevado de la fábrica como en el
tamaño de las piedras y calidad de los mármoles, sobrepujó a los demás
reyes: además levantó allí mismo unas estatuas agigantadas y unas
descomunales androsfinges (142).
Para reparar los demás edificios mandó traer otras piedras de
extraordinaria magnitud, acarreadas unas desde la cantera vecina a
Menfis y otras de enorme mole traídas desde Elefantina, ciudad distante
de Sais veinte días de navegación. Otra cosa hizo también que no me
causa menos admiración, o por mejor decir, la aumenta
considerablemente. Desde Elefantina hizo trasladar una casa entera de
una sola pieza: Tres años se necesitaron para traerla y dos mil
conductores encargados de la maniobra, todos pilotos de profesión. Esta
casa monolita, es decir, de una piedra, tiene 21 codos de
largo, 14 de ancho y ocho de alto por la parte exterior, y por la
interior su longitud es de 18 codos y 20 dedos, su anchura de 12 codos
y de cinco su altura. Hállase esta pieza en la entrada misma del
templo, pues, según dicen, no acabaron de arrastrarla allá dentro,
porque el arquitecto, oprimido de tanta fatiga y quebrantado con el
largo tiempo empleado en la maniobra prorrumpió allí en gran gemido,
como de quien desfallece, lo cual advirtiendo Amasis no consintió la
arrastraran más allá del sitio en que se hallaba; aunque no falta
quienes pretenden que el motivo de no haber sido llevada hasta dentro
del templo fue por haber quedado oprimido bajo la piedra uno de los que
la movían con palancas.
CLXXVI. En todos los demás templos de consideración dedicó también
Amasis otros grandiosos monumentos dignos de ser vistos. Entre ellos
colocó en Menfis, delante del templo de Vulcano, un coloso recostado de
75 pies de largo, y en su misma base hizo erigir a cada lado otros dos
colosos de mármol etiópico (143)
de 20 pies de altura. Otro de mármol hay en Sais, igualmente grande y
tendido boca arriba del mismo modo que el coloso de Menfis mencionado.
Amasis fue también el que hizo en Menfis construir un templo a Isis,
monumento realmente magnífico y hermoso.
CLXXVII. Es fama que en el reinado de Amasis fue cuando el Egipto,
así por el beneficio que sus campos deben al río, como por la
abundancia que deben los hombres a sus campos, se vio en el estado más
opulento y floreciente en que jamás se hubiese hallado, llegando sus
ciudades al número de 20.000 (144),
todas habitadas. Amasis es mirado entre los egipcios como el autor de
la ley que obligaba a cada uno en particular a que en presencia de su
respectivo Nomarca, o prefecto de provincia, declarase cada año
su modo de vivir y oficio, so pena de muerte al que no lo declaraba o
no lo mostraba justo y legítimo; ley que, adoptándola de los egipcios,
impuso Solón ateniense a sus ciudadanos, y que siendo en sí muy loable
y justificada es mantenida por aquel pueblo en todo su vigor.
CLXXVIII. Como sincero amigo de los griegos no se contentó Amasis
con hacer muchas mercedes a algunos individuos de esta nación, sino que
concedió a todos los que quisieran pasar al Egipto la ciudad de
Naucratis para que fijasen el ella si su establecimiento, y a los que
rehusaran asentar allí su morada les señaló el lugar donde levantaran a
sus dioses aras y templos, de los cuales el que llaman el Helénico es
sin disputa el más famoso, grande y frecuentado. Las ciudades que, cada
cual por su parte, concurrieron a la fábrica de este monumento fueron:
entre las jonias, las de Quío, la de Teo, la de Focea y las de
Clazomene; entre las dóricas, las de Rodas, Cnido, Halicarnaso y
Faselida, y entre las Eolias únicamente la de Mitilene. Estas ciudades,
a las cuales pertenece el helénico, son las que nombran los presidentes
de aquel emporio, o directores de su comercio (145),
pues las demás que pretenden tener parte en el templo solicitan un
derecho que de ningún modo les compete. Otras ciudades erigieron allí
mismo templos particulares, uno a Júpiter los eginetas, otro a Juno los
samios, y los Milesios uno a Apolo.
CLXXIX. La ciudad de Naucratis era la única antiguamente que gozaba del privilegio de emporio (146),
careciendo todas las demás de Egipto de tal derecho; y esto en tal
grado, que al que aportase a cualquiera de las embocaduras del Nilo que
no fuera la Canóbica, se le exigía el juramento de que no había sido su
ánimo arribar allá, y se le precisaba luego a pasar en su misma nave la
boca Canóbica; y si los vientos contrarios le impedían navegar hacia
ella, érale absolutamente forzoso rodear la Delta con las barcas del
río, trasladando en ellas la carga hasta llegar a Naucratis: Tan
privilegiado era el emporio de esta ciudad.
CLXXX. Habiendo abrasado un incendio casual el antiguo templo en que
Delfos existía, alquilaron los anfictiones por 300 talentos a algunos
asentistas la fábrica del que allí se ve en la actualidad. Los vecinos
de Delfos, obligados a contribuir con la cuarta parte de la suma fijada (147),
iban girando por varias ciudades a fin de recoger limosna para la nueva
fábrica; y no fue ciertamente del Egipto de donde menos alcanzaron,
habiéndoles dado Amasis 1.000 talentos de lumbre y 20 minas los griegos
allí establecidos.
CLXXXI. Formó Amasis su tratado de amistad y alianza mutua con los
de Cirene, de entre los cuales no se desdeñó de tomar una esposa, ya
fuera por antojo o pasión de tener por mujer a una Griega, ya por dar a
estos una nueva prueba de su afecto y unión. La mujer con quien casó se
llamaba Ladice, y era, según unos, hija de Cato; según otros, de
Arcesilao, y según algunos, en fin, lo era de Cristóbulo, hombre de
gran autoridad y reputación en Cirene. Cuéntase que Amasis, durmiendo
con su Griega jamás podía llegar a conocerla, siendo por otra parte muy
capaz de conocer a las otras mujeres. Y viendo que siempre sucedía la
mismo, habló a su esposa de esta suerte: -Mujer: ¿qué has hecho
conmigo? ¿qué hechizos me has dado? Perezca yo, si ninguno de tus
artificios te libra del mayor castigo que jamás se dio a una mujer
alguna.» Negaba Ladice; mas por eso no se aplacaba Amasis. Entonces
ella va al templo de Venus, y hace allí un voto prometiendo enviar a
Cirene una estatua de la diosa, con tal que Amasis la pudiera conocer
aquella misma noche, único remedio de su desventura. Hecho este voto,
pudo conocerla el rey, y continuó lo mismo en adelante, amándola desde
entonces con particular cariño. Agradecida Ladice, envió a Cirene, en
cumplimiento de su voto, la estatua prometida, que se conserva allá
todavía vuelta la cara hacia afuera de la ciudad. Cuando Cambises se
apoderó después del Egipto, al oír del misma Ladice quien era, la
remitió a Cirene sin permitir se la hiciere el menor agravio en su
honor.
CLXXXII. En la Grecia ofreció Amasis algunos donativos religiosos;
tal es la estatua dorada de Minerva que dedicó en Cirene con un retrato
suyo que al vivo le representa; tales son dos estatuas de mármol de
Minerva, ofrecidas en Lindo (148),
juntamente con una coraza de lino, obra digna de verse; y tales son, en
fin, dos estatuas de madera de Juno que hasta mis días estaban en el
gran templo de Samos colocadas detrás de sus puertas. En cuanto a las
ofrendas de Samos, hízolas Amasis por la amistad y vínculo de hospedaje
que tenía con Polícrates, hijo de Eases y señor de Samos. Por lo que
toca a los donativos de lindo, no le indujo a hacerlos ningún motivo de
amistad, sino la fama solamente de que llegadas allí las hijas de
Danao, al huir de los hijos de Egipto, fueron las fundadoras de aquel
templo. Estos dones consagró, en suma, en Grecia Amasis, quien fue el
primero que, conquistada la isla de Chipre, la obligó a pagarle tributo(149).
Libro III.
Talía.
Expedición de Cambises al Egipto: derrota de los
egipcios. Intenta Cambises conquistar Etiopía; relación de los
descubridores enviados a este país y desgracias de los expedicionarios.
-Búrlase Cambises de los Dioses egipcios: sus locuras y muerte de su
hermano y esposa. - Fortuna de Polícrates, el tirano de Samos, a quien
atacan los lacedemonios y corintios. - Álzase contra Cambises el mago
Esmerdis y se apodera del trono de Persia: muerte de Cambises. -
Descúbrese la impostura del mago y muere a manos de los siete
conjurados. - Artificio de Darío para subir al Trono. - Contribuciones
del Imperio persa. - Descripción de la India, Arabia y sus
producciones. - Orestes, gobernador de Sardes, mata a Polícrates,
castigo de Orestes. - Artificio del Médico Democedes para regresar a
Grecia. - Darío ayuda a Silosonte para recobrar a Samos. - Rebelión de
Babilonia, su asedio y conquista.
I. Contra el rey Amasis, pues, dirigió Cambises, hijo y sucesor de
Ciro, una expedición en la cual llevaba consigo, entre otros vasallos
suyos, a los griegos de la Jonia y Eolia; el motivo de ella fue el
siguiente: Cambises, por medio de un embajador enviado al rey Amasis,
le pidió una hija por esposa, a cuya demanda le había inducido el
consejo y solicitación de cierto egipcio que, al lado del persa, urdía
en esto una trama, altamente resentido contra Amasis, porque tiempos
atrás, cuando Ciro le pidió por medio de mensajeros que le enviara el
mejor oculista de Egipto, le había escogido entre todos los médicos del
país y enviado allá arrancándole del seno de su mujer y de la compañía
de sus hijos muy amados. Este egipcio, enojado contra Amasis, no cesaba
de exhortar a Cambises a que pidiera una hija al rey de Egipto con la
intención doble y maligna de dar a éste que sentir si la concedía, o de
enemistarle cruelmente con Cambises si la negaba. El gran poder del
persa, a quien Amasis no odiaba menos que temía, no le permitía
rehusarlo su hija, ni podía dársela por otra parte, comprendiendo que
no la quería Cambises por esposa de primer orden, sino por amiga y
concubina: en tal apuro acudió a un expediente. Vivía entonces en
Egipto una princesa llamada Nietetis, de gentil talle y de belleza y
donaire singular, hija del último rey Apríes, que había quedado sola y
huérfana en su palacio. Ataviada de galas, y adornada con joyas de oro,
y haciéndola pasar por hija suya, envióla Amasis a Persia por mujer de
Cambises, el cual, saludándola algún tiempo después con el nombre de
hija de Amasis, la joven princesa le respondió: -«Señor, vos sin duda,
burlado por Amasis, ignoráis quién sea yo. Disfrazada con este aparato
real me envió como si en mi persona os diera una hija, dándoos la que
lo es del infeliz Apries, a quien dio muerte Amasis, hecho jefe de los
egipcios rebeldes, ensangrentando sus manos en su propio monarca.»
II. Con esta confesión de Nictetis y esta ocasión de disgusto,
Cambises, hijo de Ciro, vino muy irritado sobre el Egipto. Así es como
lo refieren los persas (1);
aunque los egipcios, con la ambición de apropiarse a Cambises, dicen
que fue hijo de la princesa Nictetis, hija de su rey Apríes, a quien
antes la pidió Ciro, según ellos, negando la embajada de Cambises a
Amasis en demanda de una hija. Pero yerran en esto, pues primeramente
no pueden olvidar que en Persia, cuyas leyes y costumbres no hay quien
las sepa quizá mejor que los egipcios, no puede suceder a la corona un
hijo natural existiendo otro legítimo; y en segundo lugar, siendo sin
duda Cambises hijo de Casandana y nieto de Farnaspes, uno de los
Aquemenidas, no podía ser hijo de una egipcia (2).
Sin duda los egipcios, para hacerse parientes de la casa real de Ciro,
pervierten y trastornan la narración; mas pasemos adelante.
III. Otra fábula, pues por tal la tengo, corre aun sobre esta
materia. Entró, dicen, no sé qué mujer persiana a visitar las esposas
de Ciro, y viendo alrededor de Casandana unos lindos niños de gentil
talle y gallardo continente, pasmada y llena de admiración empezó a
deshacerse en alabanza de los infantes. -«Sí, señora mía, respondióle
entonces Casandana, la esposa de Ciro, sí, estos son mis hijos; mas
poco, sin embargo, cuenta Ciro con la madre que tan agraciados
príncipes le dio: no soy yo su querida esposa, lo es la extranjera que
hizo venir del Egipto.» Así se explicaba, poseída de pasión y de celos
contra Nictetis: óyela Cambises, el mayor de sus hijos, y volviéndose
hacia ella: «Pues yo, madre mía, le dice, os empeño mi palabra de que
cuando mayor he de vengaros del Egipto, trastornándolo enteramente y
revolviéndolo todo de arriba abajo.» Tales son las palabras que
pretenden dijo Cambises, niño a la sazón de unos diez años, de las
cuales se admiraron las mujeres; y que llegado después a la edad
varonil, y tomada posesión del imperio, acordándose de su promesa,
quiso cumplirla, emprendiendo dicha jornada contra el Egipto.
IV. Más empero contribuiría a formarla el caso siguiente: servía en
la tropa extranjera de Amasis un ciudadano de Halicarnaso llamado
Fanes, hombro de talento, soldado bravo y capaz en el arte de la
guerra. Enojado y resentido contra Amasis, ignoro por qué motivo,
escapóse del Egipto en una nave con ánimo de pasarse a los persas y de
verse con Cambises. Siendo Fanes por una parte oficial de crédito no
pequeño entre los guerreros asalariados, y estando por otra muy
impuesto en las cosas del Egipto, Amasis, con gran ansia de cogerle,
mandó desde luego que se le persiguiera. Envía en su seguimiento una
galera y en ella el eunuco de su mayor confianza (3);
pero éste, aunque logró alcanzarle y cogerle en Licia, no tuvo la
habilidad de volverle a Egipto, pues Fanes supo burlarle con la astucia
de embriagar a sus guardias, y escapado de sus prisiones logró
presentarse a los persas. Llegado a la presencia de Cambises en la
coyuntura más oportuna, en que resuelta ya la expedición contra el
Egipto no veía el monarca medio de transitar con su tropa por un país
tan falto de agua, Fanes no sólo le dio cuenta del estado actual de los
negocios de Amasis, sino que lo descubrió al mismo tiempo un modo fácil
de hacer el viaje, exhortándole a que por medio de embajadores pidiera
al rey de los árabes paso libre y seguro por los desiertos de su país.
V. Y, en efecto, sólo por aquel paraje que Fanes indicaba se halla
entrada abierta para el Egipto. La región de los Sirios que llamamos
Palestinos se extiende desde la Fenicia hasta los confines de Caditis:
desde esta ciudad, mucho menor que la de Sardes, a mi entender,
siguiendo las costas del mar, empiezan los emporios y llegan hasta
Jeniso, ciudad del árabe, cuyos son asimismo dichos emporios (4).
La tierra que sigue después de Jeniso es otra vez del dominio de los
Sirios hasta llegar a la laguna de Serbónida, por cuyas cercanías se
dilata hasta el mar el monte Casio, y, finalmente, desde esta laguna,
donde dicen que Tifón se ocultó, empieza propiamente el territorio de
Egipto. Ahora bien; todo el distrito que media entre la ciudad de
Jeniso y el monte Casio y la laguna Serbónida, distrito no tan corto
que no sea de tres días de camino, es un puro arenal sin una gota de
agua.
VI. Quiero ahora indicar aquí de paso una noticia que pocos sabrán,
aun de aquellos que trafican por mar en Egipto. Aunque llegan al país
dos veces al año, parte de todos los puntos de la Grecia, parte también
de la Fenicia, un sinnúmero de tinajas llenas de vino, ni una sola de
ellas se deja ver, por decirlo así, en parte alguna del Egipto. ¿Qué se
hace, pues, preguntará alguno, de tanta tinaja transportada? Voy a
decirlo: es obligación precisa de todo Demarco o alcalde, que
recoja estas tinajas en su respectiva ciudad y las mande pisar a
Menfis, a cargo de cuyos habitantes corre después conducirlas llenas de
agua a los desiertos áridos de la Siria (5);
de suerte que las tinajas que van siempre llegando de nuevo, sacadas
luego del Egipto, son transportadas a la Siria, y allí juntadas a las
viejas.
VII. Tal es la providencia que dieron los persas apoderados apenas
del Egipto, para facilitar el paso y entrada a su nueva provincia
acarreando el agua al desierto del modo referido. Mas como Cambises, al
emprender su conquista, no tuviese aun ese arbitrio de aprontar el
agua, enviados al árabe (6)
sus mensajeros conforme al aviso de su huésped halicarnasio, obtuvo el
paso libre y seguro, mediante un tratado concluido bajo la fe pública
de entrambos.
VIII. Entre los árabes, los más fieles y escrupulosos en guardar la
fe prometida en los pactos solemnes que contratan, úsase la siguiente
ceremonia. Entre las dos personas que quieren hacer un legítimo
convenio, sea de amistad o sea de alianza, preséntase un medianero que
con una piedra aguda y cortante hace una incisión en la palma de la
mano de los contrayentes, en la parte más vecina al dedo pulgar; toma
luego unos pedacitos del vestido de entrambos, con ellos mojados en la
sangre de las manos va untando siete piedras allí prevenidas, invocando
al mismo tiempo a Dioniso y a Urania, o sea a Baco y a Venus. Concluida
por el medianero esta ceremonia, entonces el que contrae el pacto de
alianza o amistad presenta y recomienda a sus amigos el extranjero, o
el ciudadano, si con un ciudadano lo contrae; y los amigos por su parte
miran como un deber solemne guardar religiosamente el pacto convenido.
Los árabes, que no conocen más Dios que a Dioniso y a Urania (7),
pretenden que su modo de cortarse el pelo, que es a la redonda,
rapándose a navaja las guedejas de sus sienes, es el mismo puntualmente
con que solía cortárselo Dioniso. A este dan el nombre de Urotalt, y a Urania el de Alilat.
IX. Volviendo al asunto, el árabe, concluido ya su tratado público
con los embajadores de Cambises, para servir a su aliado, toma el medio
de llenar de agua unos odres hechos de pieles de camellos, y cargando
con ellos a cuantas bestias pudo encontrar, adelantóse con sus recuas y
esperó a Cambises en lo mas árido de los desiertos. De todas las
relaciones es esta la más verosímil, pero como corre otra, aunque lo
sea menos, preciso es referirla. En la Arabia hay un río llamado Corys
que desemboca en el mar conocido por Eritreo. Refiérese, pues, que el
rey de los árabes, formando un acueducto hecho de pieles crudas de
bueyes y de otros animales, tan largo y tendido, que desde el Corys
llegase al arenal mencionado, por este canal trajo el agua hasta unos
grandes aljibes que para conservarla había mandado abrir en aquellos
páramos del desierto. Dicen que a pesar de la distancia de doce
jornadas que hay desde el río hasta el erial, el árabe condujo el agua
a tres parajes distintos por tres canales separados.
X. En tanto que se hacían los preparativos, atrincheróse Psaménito,
hijo de Amasis, cerca de la boca del Nilo que llaman Pelusia, esperando
allí a Cambises, pues éste, al tiempo de invadir con sus tropas el
Egipto, no encontró ya vivo a Amasis, el cual acababa de morir después
de un reinado feliz de 44 años, en que jamás le sucedió desventura
alguna de gran monta. Su cadáver embalsamado se depositó en la
sepultura que él mismo se había hecho fabricar en un templo durante su
vida. reinando ya su hijo Psaménito en Egipto, sucedió un portento muy
grande y extraordinario para los egipcios, pues llovió en su ciudad de
Tebas; donde antes jamás había llovido, ni volvió a llover después
hasta nuestros días, según los mismos tebanos aseguran (8).
Es cierto que no suele verse caer una gota de agua en el alto Egipto, y
sin embargo, caso extraño, vióse entonces en Tebas caer el agua hilo a
hilo de los cielos.
XI. Salidos los persas de los criales del desierto, plantaron su
campo vecino al de los egipcios para venir con ellos a las manos (9).
Allí fue donde las tropas extranjeras al servicio del Egipto, en parte
griegas y en parte carias, llevadas de ira y encono contra Fanes por
haberse hecho adalid de un ejército enemigo de otra lengua y nación,
maquinaron contra él una venganza bárbara e inhumana. Tenía Fanes unos
hijos que había dejado en Egipto, y haciéndolos venir al campo los
soldados mercenarios, los presentan en medio de entrambos reales a la
vista de su padre, colocan después junto a ellos una gran taza, y sobre
ella los van degollando uno a uno, presenciando su mismo padre el
sacrificio. Acabada de ejecutar tal carnicería en aquellas víctimas
inocentes, mezclan vino y agua con la sangre humana y habiendo de ella
bebido todas las guardias extranjeras, cierran con el enemigo. Empeñada
y reñida fue la refriega, cayendo de una y otra parte muchos
combatientes, hasta que al fin cedieron el campo los egipcios.
XII. Hallándome en el sitio donde se dio la batalla, me hicieron los
egipcios observar una cosa que me causó mucha novedad. Vi por el suelo
unos montones de huesos, separados unos de otros, que eran los restos
de los combatientes caídos en la acción; y dije separados, porque según
el sitio que en sus filas habían ocupado las huestes enemigas, estaban
allí tendidos de una parte los huesos de los persas, y de otra los de
los egipcios. Noté, pues, que los cráneos de los persas eran tan
frágiles y endebles que con la menor chinita que se los tire se los
pasará de parte a parte; y al contrario, tan sólidas y duras las
calaveras egipcias que con un guijarro que se les arroje apenas se
podrá romperlas. Dábanme de esto los egipcios una razón a la que yo
llanamente asentía, diciéndome que desde muy niño suelen raer a navaja
sus cabezas, con lo cual se curten sus cráneos y se endurecen al calor
del sol. Y esto mismo es sin duda el motivo por qué no encalvecen,
siendo averiguado que en ningún país se ven menos calvos que en Egipto,
y esta es la causa también de tener aquella gente tan dura la cabeza. Y
al revés, la tienen los persas tan débil y quebradiza, por que desde
muy tiernos la defienden del sol, cubriéndosela con sus tiaras hechas
de fieltro a manera de turbantes (10).
Esta es la particularidad que noté en dicho campo, e idéntica es la que
noté en los otros persas, que conducidos por Aquemenes, hijo de Darío,
quedaron juntamente con su jefe vencidos y muertos por Inaro el Libio,
no lejos de Papremis.
XIII. Volvamos a los egipcios derrotados, que vueltas una vez la
espaldas al enemigo en la batalla, se entregaron a la fuga sin orden
alguno. Encerráronse después en la plaza de Menfis, adonde Cambises les
envió río arriba una nave de Mitilene, en que iba un heraldo persa
encargado de convidarlos a una capitulación. Apenas la ven entrar en
Menfis, cuando saliendo en tropel de la fortaleza y arrojándose sobre
ella, no sólo la echan a pique, sino que despedazan a los hombres de la
tripulación, y cargando con sus miembros destrozados, como si vinieran
de la carnicería, entran con ellos en la plaza. Sitiados después en
ella, se entregaron al persa a discreción al cabo de algún tiempo. Pero
los Libios que confinan con el Egipto, temerosos con lo que en él
sucedía, sin pensar en resistir se entregaron a los persas,
imponiéndose por sí mismo cierto tributo y enviando regalos a Cambises.
Los colones griegos de Barca y de Cirene, no menos amedrentados que los
Libios, les imitaron en rendirse al vencedor. Diose Cambises por
contento y satisfecho con los dones que recibió de los Libios; pero se
mostró quejoso y aun irritado por los presentes venidos de Cirone, por
ser a lo que imaginaba cortos y mezquinos. Y, en efecto, anduvieron con
él escasos los Cireneos enviándole solamente 500 minas de plata, las
que fue cogiendo a puñados y derramando entre las tropas por su misma
mano.
XIV. Al décimo día después de rendida la plaza de Menfis, ordenó
Cambises que Psaménito, rey de Egipto, que sólo seis meses había
reinado, en compañía de otros egipcios, fuera expuesto en público y
sentado en los arrabales de la ciudad, para probar del siguiente modo
el ánimo y carácter real de su prisionero. Una hija que Psaménito
tenía, mandóla luego vestir de esclava enviándola con su cántaro por
agua; y en compañía de ella, por mayor escarnio, otras doncellas
escogidas entre las hijas de los señores principales vestidas con el
mismo traje que la hija del rey. Fueron pasando los jóvenes y damas con
grandes gritos y lloros por delante de sus padres, quienes no pudieron
menos de corresponderlas gritando y llorando también al verlas tan
maltratadas, abatidas y vilipendiadas; pero el rey Psaménito, al ver y
conocer a la princesa su hija, no hizo más ademán de dolor que bajar
sus ojos y clavarlos en tierra. Apenas habían pasado las damas con sus
cántaros, cuando Cambises tenía ya prevenida otra prueba mayor,
haciendo que allí mismo, a vista de su infeliz padre, pareciese también
el príncipe su hijo con otros 2.000 egipcios, todos mancebos
principales, todos de la misma edad, todos con dogal al cuello y con
mordazas en la boca. Iban estas tiernas víctimas al suplicio para
vengar en ellas la muerte de los que en Menfis habían perecido en la
nave, de Mitilene, pues tal había sido la sentencia de los jueces
regios, que murieran diez de los egipcios principales por cada uno de
los que, embarcados en dicha nave, habían cruelmente fenecida.
Psaménito, mirando los ilustres reos que pasaban, por más que entre
ellos divisó al Príncipe, su hijo, llevado al cadalso, y a pesar de los
sollozos y alaridos que daban los egipcios sentados en torno de él, no
hizo más extremo que el que acababa de hacer al ver a su hija. Pasada
ya aquella cadena de condenados al suplicio, casualmente uno de los
amigos de Psaménito, antes su frecuente convidado, hombre de avanzada
edad, despojado al presente de todos sus bienes y reducido al estado de
pordiosero, venía por entre las tropas pidiendo a todos suplicante una
limosna a vista de Psaménito, el hijo de Amasis, y de los egipcios,
partícipes de su infamia y exposición en los arrabales. No bien lo ve
Psaménito, cuando prorrumpe en gran llanto, y llamando por su propio
nombre al amigo mendicante, empieza a desgreñarse dándose con los puños
en la frente y en la cabeza. De cuanto hacia el prisionero en cada una
de aquellas salidas o espectáculos, las guardias persianas que estaban
por allí apostadas iban dando cuentas a Cambises. Admirado éste de lo
que se le relataba por medio de un mensajero, manda hacerle una
pregunta: -«Cambises, vuestro soberano, dícele el enviado, exige de
vos, Psaménito, que le digáis la causa por qué al ver a vuestra hija
tan maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni
llorasteis, y acabando de ver al mendigo, quien según se le ha
informado en nada os atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y
gemís.» A esta pregunta que se le hacía respondió Psaménito en éstos
términos: «Buen hijo de Ciro, tales son y tan extremados mis males
domésticos que no hay lágrimas bastantes con qué llorarlos; pero la
miseria de este mi antiguo valido y compañero es un espectáculo para mí
bien lastimoso, viéndole ahora al cabo de sus días y en el linde del
sepulcro, pobre pordiosero, de rico y feliz que poco antes le veía.»
Esta respuesta, llevada por el mensajero, pareció sabia y acertada a
Cambises; y al oírla, dicen los egipcios que lloró Creso, que había
seguido a Cambises en aquella jornada, y lloraron asimismo los persas
que se hallaban presentes en la corte de su soberano; y este mismo
enternecióse por fin, de modo que dio orden en aquel mismo punto para
que sacasen al hijo del rey de la cadena de los condenados a muerte,
perdonándole la vida, y desde los arrabales condujesen al padre a su
presencia.
XV. Los que fueron al cadalso con el perdón no hallaron ya vivo al
príncipe, que entonces mismo, por primera víctima, acababa de ser
decapitado. A Psaménito se le alzó en efecto del vergonzoso poste y fue
en derechura presentado ante Cambises, en cuya corte, lejos de hacerle
violencia alguna, se le trató desde allí en adelante con esplendor,
corriendo sus alimentos a cuenta del soberano; y aun se la hubiera dado
en feudo la administración del Egipto, si no se le hubiera probado que
en él iba maquinando sediciones, siendo costumbre y política de los
persas el tener gran cuenta con los hijos de los reyes, soliendo
reponerlos en la posesión de la corona aun cuando sus padres hayan sido
traidores a la Persia. Entre otras muchas pruebas de esta costumbre, no
es la menor haberlo practicado así con diferentes príncipes, con
Taniras, por ejemplo, hijo de Inaro el Libio (11),
el cual recobró de ellos el dominio que había tenido su padre; y
también con Pausiris, que recibió de manos de los mismos el estado de
su padre Amirteo, y esto cuando quizá no ha habido hasta ahora quien
mayores males hayan causado a los persas que Inaro y Amirteo. Pero el
daño es tuvo en que no dejando Psaménito de conspirar contra su
soberano, le fue forzoso llevar por ello su castigo; pues habiendo
llegado a noticia de Cambises que había sido convencido de intentar la
sublevación de los egipcios, Psaménito se dio a sí mismo una muerte
repentina, bebiendo la sangre de un toro: tal fue el fin de este rey.
XVI. De Merilfis partió Cambises para Sais con ánimo resuelto de
hacer lo siguiente: Apenas entró en el palacio del difunto Amasis,
cuando sin más dilación mandó sacar su cadáver de la sepultura, y
obedecido con toda prontitud ordena allí mismo que azoten al muerto,
que le arranquen las barbas y cabellos, que le puncen con púas de
hierro, y que no le ahorren ningún género de suplicio. Cansados ya los
ejecutores de tanta y tan bárbara inhumanidad, a la que resistía y daba
lugar el cadáver embalsamado, sin que por esto se disolviera la momia,
y no satisfecho todavía Cambises, dio la orden impía y sacrílega de que
el muerto fuera entregado al fuego, elemento que veneran los persas por
dios. En efecto, ninguna de las dos naciones persa y egipcia tienen la
costumbre de quemar a sus difuntos; la primera por la razón indicada,
diciendo ellos que no es conforme a razón cebar a un dios con la carne
cadavérica de un hombre; la segunda por tener creído que el fuego es un
viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y
sofocado de tanto comer muere de hartura, juntamente con lo que acaba
de devorar (12). Por lo
mismo guárdanse bien los egipcios de echar cadáver alguno a las fieras
o a cualesquiera otros animales, antes bien los adoban y embalsaman al
fin de impedir que, enterrados, los coman los gusanos. Se ve, pues, que
lo que obró Cambises con Amasis era contra el uso de entrambas
naciones. Verdad es que si hemos de creer a los egipcios, no fue Amasis
quien tal padeció, sino cierto egipcio de su misma edad, a quien
atormentaron los persas creyendo atormentar a aquél; lo que, según
cuentan, sucedió en estos términos: Viviendo aun Amasis, supo por aviso
de un oráculo lo que le esperaba después de su muerte; prevenido, pues,
quiso abrigarse antes de la tempestad, y para evitar la calamidad
venidera, mandó que aquel hombre muerto que después fue azotado por
Cambises fuese depositado en la misma entrada de su sepulcro, dando
juntamente orden a su hijo de que su propio cuerpo fuese retirado en un
rincón el más oculto del monumento. Pero a decir verdad, estos encargos
de Amasis y su oculta sepultura, y el otro cadáver puesto a la entrada,
no me parecen sino temerarias invenciones con que los vanos egipcios se
pavonean.
XVII. Vengado ya Cambises de su difunto enemigo, formó el designio
de emprender a un tiempo mismo tres expediciones militares, una contra
los Carchedonios o cartagineses, otra contra los Amonios, y la tercera
contra los etíopes Macrobios, pueblos que habitan en la Libia sobre las
costas del mar Meridional (13).
Tomado acuerda, le pareció enviar contra los Carchedonios sus armadas
navales, contra los Amonios parte de su tropa escogida, y contra los
etíopes unos exploradores que de antemano se informasen del estado de
la Etiopía, y procurasen averiguar particularmente si era verdad que
existiese allí la mesa del sol, de que se hablaba; y para que mejor
pudiesen hacerlo quiso que de su parte presentasen sus regalos al rey
de los etíopes.
XVIII. Lo que se dice de la mesa del sol es, que en los arrabales de
cierta ciudad de Etiopía hay un prado que se ve siempre lleno de carne
cocida de toda suerte de cuadrúpedos; y esto no es algún portento, pues
todos los que se hallan en algún empleo público se esmeran cada cual
por su parte en colocar allí de noche aquellos manjares. Venido el día,
va el que quiere de los vecinos de la ciudad a aprovecharse de la mesa
pública del prado, divulgando aquella buena gente que la tierra misma
es la que produce de suyo tal opulencia. Esta es, en suma, la tan
celebrada mesa del sol.
XIX. Volviendo a Cambises, no bien tomó la resolución de enviar sus
espías a la Etiopía, cuando hizo venir de la ciudad de Elefantina a
ciertos hombres de los Ictiófagos (14),
bien versados en el idioma etiópico; y en tanto que llegaban, dio orden
a su armada naval que se hiciera a la vela para ir contra Carchedon o
Cartago. Representáronle los fenicios que nunca harían tal, así por no
permitírselo la fe de los tratados públicos, como por ser una impiedad
que la madre patria hiciera guerra a los colonos sus hijos. No
queriendo concurrir, pues, los fenicios a la expedición, lo restante de
las fuerzas no era armamento ni recurso bastante para la empresa; y
esta fue la fortuna de los Carchedonios, que por este medio se libraron
de caer bajo el dominio persiano; pues entonces consideró Cambises por
una parte que no sería razón forzar a la empresa a los fenicios, que de
buen grado se habían entregado a la obediencia de los persas, y por
otro vio claramente que la fuerza de su marina dependía de la armada
fenicia, no obstante de seguirle en la expedición contra el Egipto los
naturales de Chipre, vasallos asimismo voluntarios de la Persia.
XX. Apenas llegaron de Elefantina los Ictiófagos, los hizo partir
Cambises para Etiopía, bien informados de la embajada que debían de
dar, y encargados de los presentes que debían hacer, que consistían en
un vestido de púrpura, en un collar de oro, unos brazaletes, un bote de
alabastro lleno de ungüento, y una pipa de vino fenicio. En cuanto a
los etíopes a quienes Cambises enviaba dicha embajada, la fama que de
ellos corre nos los pinta como los hombres más altos y gallardos del
orbe, cuyos usos y leyes son muy distintos de los de las demás
naciones, en especial la que mira propiamente a la corona, conforme a
la cual juzgan que el más alto de talla entre todos y el que reúna el
valor a su estatura debe ser el elegido por rey.
XXI. Llegados a esta nación los Ictiófagos de Cambises al presentar los regalos al soberano (15)
le arengaron en esta forma: «Cambises, rey de los persas, deseoso de
ser en adelante vuestro buen huésped y amigo, nos mandó venir para que
en su nombre os saludemos, y al mismo tiempo os presentemos de su parte
los dones que aquí veis, que son aquellos géneros de que con particular
gusto suele usar el mismo soberano para el regalo de su real persona.»
El etíope, conociendo desde luego que los embajadores no eran más que
espías, les dijo: -«Ni ese rey de los persas os envía con esos
presentes para honrarse de ser mi amigo y huésped, ni vosotros decís
verdad en lo que habláis; pues vosotros, bien lo entiendo, venís por
espías de mi estado y él nada tiene por cierto de príncipe justo y
hombre recto, pues a serlo, no deseara más imperio que el suyo, ni
metiera en sujeción a los pueblos que en nada le han ofendido. Por
abreviar, entregarle de mi parte este arco que aquí veis, y le daréis
juntamente esta mi formal respuesta: El rey de los etíopes, aconseja
por bien de paz al rey de las persas, que haga la guerra a los
Macrobios, fiado en el número de vasallos en que es superior a aquél;
entonces cuando vea que sus persas encorvan arcos de este tamaño con
tanta facilidad como yo ahora doblo este a vuestros ojos; y mientras no
vea hacer esto a los suyos, de muchas gracias a los dioses, porque no
inspiran a los etíopes el deseo de nuevas conquistas para dilatar más
su dominio.»
XXII. Dijo el etíope, y al mismo punto aflojando su arco lo entrega
a los enviados. Toma después en sus manos la púrpura regalada, y
pregunta qué venía a ser aquello y cómo se hacía: dícenle los
Ictiófagos la verdad acerca de la púrpura y su tinte; y él entonces les
replica: -«Bien va de engaño; tan engañosos son ellos como sus vestidos
y regalos.» Pregunta después qué significa lo del collar y brazaletes;
y como se lo declarasen los Ictiófagos diciendo que eran galas para
mayor adorno de la persona, rióse el rey, y luego: -«No hay tal, les
replica; no me parecen galas sino grillos, y a fe mía que mejores y más
fuertes son los que acá tenemos.» Tercera vez preguntó sobre el
ungüento; e informado del modo de hacerlo y del uso que tenía, repitió
lo mismo que acerca del vestido de púrpura había dicho. Pero cuando
llegó a la prueba del vino, informado antes cómo se preparaba aquella
bebida, y relamiéndose con ella los labios, continuó preguntando cuál
era la comida ordinaria del rey de Persia y cuánto solía vivir el persa
que más vivía. Respondiéronle a lo primero que el sustento común era el
pan, explicándole juntamente qué cosa era el trigo de que se hacía; y a
lo segundo, que el término más largo de la vida de un persa era de
ordinario 80 años. A lo cual repuso el etíope que nada extrañaba que
hombres alimentados con el estiércol que llamaban pan vivieran tan
poco, y que ni aun duraran el corto tiempo que vivían, a no mezclar
aquel barro con su tan preciosa bebida, con lo cual indicaba a los
Ictiófagos el vino, confesando que en ello les hacían ventaja los
persas.
XXIII. Tomando de aquí ocasión los Ictiófagos de preguntarle también
cuál era la comida y cuán larga la vida de los etíopes, respondióles el
rey, que acerca de la vida, muchos entre ellos había que llegaban a los
120 años, no faltando algunos que alcanzaban a más; en cuanto al
alimento, la carne cocida era su comida y la leche fresca su bebida
ordinaria. Viendo entonces el rey cuanto admiraban los exploradores una
vida de tan largos años, los condujo él mismo a ver una fuente muy
singular, cuya agua pondrá al que se bañe en ella más empapado y
reluciente que si se untara con el aceite más exquisito, y hará
despedir de su húmedo cuerpo un olor de viola finísimo y delicado.
Acerca de esta rara fuente referían después los enviados ser de agua
tan ligera que nada sufría que sobrenadase en ella, ni madera de
especie alguna, ni otra cosa más leve que la madera, pues lo mismo era
echar algo en ella, fuese lo que fuese, que irse a fondo al momento. Y
en verdad, si tal es el agua cual dicen, ¿no se pudiera conjeturar que
el uso que de ella hacen para todo los etíopes, hará que gocen los
Macrobios de tan larga vida? Desde esta fuente, contaban los
exploradores que el rey en persona los llevó en derechura hasta la
cárcel pública, donde vieron a todos los presos aherrojados con grillos
de oro, lo que no es extraño siendo el bronce entre los etíopes el
metal más raro y más apreciado. Vista la cárcel, fueron a ver asimismo
la famosa mesa del sol, según la llaman.
XXIV. Desde ella partieron hacia las sepulturas de aquella gente,
que son, según decían los que las vieron, una especie de urnas de
vidrio, preparadas en la siguiente forma: Adelgazado el cadáver y
reducido al estado de momia, sea por el medio con que lo hacen los
egipcios, sea de algún otro modo, le dan luego una mano de barniz a
manera de una capa de yeso, y pintan sobre ella con colores la figura
del muerto tan parecida como pueden alcanzar, y así le meten dentro de
un tubo hecho de vidrio en forma de columna hueca, siendo entre ellos
el vidrio que se saca de sus minas muy abundante y muy fácil de labrar (16).
De este modo, sin echar de sí mal olor, ni ofrecer a los ojos un
aspecto desagradable, se divisa al muerto cerrado en su columna
transparente, que lo presenta en la apariencia como si estuviera vivo
allí dentro. Es costumbre que los deudos más cercanos tengan en su casa
por un año estas urnas o columnas, ofreciéndoles entre tanto las
primicias de todo, y haciéndoles sacrificios, y que pasado aquel
término legítimo las saquen de casa y las coloquen alrededor de la
ciudad.
XXV. Vistas y contempladas estas cosas extraordinarias, salieron por
fin los exploradores de vuelta hacia Cambises, el cual, apenas acabaron
de darle cuenta de su embajada, lleno de enojo y furor emprende de
repente la jornada contra Etiopía (17).
Príncipe de menguado juicio y de ira desenfrenada, no manda antes hacer
provisión alguna de víveres, ni se detiene siquiera en pensar que lleva
sus armas al extremo de la tierra; oye a los Ictiófagos, y sin más
espera, emprende desde luego tan larga expedición, da orden a las
tropas griegas de su ejército que allí le aguardan, y manda tocar a
marcha a lo restante de su infantería. Cuando estuvo ya de camino,
dispuso que un cuerpo de 50.000 hombres, destacado del ejército,
partiera hacia los Amonios, que al llegar allí los trataran como a
esclavos, y pusiesen fuego al oráculo de Júpiter Amon; y él mismo en
persona, al frente del grueso de sus tropas, continuó su marcha hacia
los etíopes. No habían andado todavía una quinta parte del camino que
debían hacer, cuando al ejército se lo acababan ya los pocos víveres
que traía consigo, los que consumidos, se le iban después acabando los
bagajes, de que echaban mano para su necesario sustento. Si al ver lo
que pasaba desistiera entonces, ya que antes no, de su porfía y
contumacia el insano Cambises, dando la vuelta con su ejército,
hubiérase portado como hombre cuerdo que si bien puede errar, sabe
enmendar el yerro antes cometido; pero no dando lugar aun a ninguna
reflexión sabia, llevando adelante su intento, iba prosiguiendo su
camino. Mientras que la tropa halló hierbas por los campos, mantúvose
de ellas. Mas llegando en breve a los arenales, algunos de los
soldados, obligados de hambre extrema, tuvieron que echar suertes sobre
sus cabezas, a fin de que uno de cada diez alimentase con su carne a
nueve de sus compañeros. Informado Cambises de lo que sucedía, empezó a
temer que iba a quedarse sin ejército si aquel diezmo de vidas
continuaba; y al cabo, dejando la jornada contra los etíopes, y
volviendo a deshacer su camino, llegó a Tebas con mucha pérdida de su
gente. De Tebas bajó a Menfis y licenció a los griegos, para que
embarcándose se restituyesen a su patria. Tal fue el éxito de la
expedición de Etiopía.
XXVI. De las tropas que fueron destacadas contra los Amonios, lo que
de cierto se sabe es, que partieron de Tebas y fueron conducidas por
sus guías hasta la ciudad de Oasis, colonia habitada, según se dice,
por los samios de la Fila Escrionia, distante de Tebas siete jornadas,
siempre por arenales, y situada en una región a la cual llaman los
griegos en su idioma Isla de los Bienaventurados (18).
Hasta este paraje es fama general que llegó aquel cuerpo de ejército;
pero lo que después le sucedió, ninguno lo sabe, excepto los Amonios o
los que de ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa ni llegó a los
Amonios, ni dio atrás la vuelta desde Oasis. Cuentan los Amonios que,
salidos de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los
arenales: llegando ya a la mitad del camino que hay entre su ciudad y
la referida Oasis, prepararon allí su comida, la cual tomada, se
levantó luego un viento Noto tan vehemente e impetuoso, que levantando
la arena y remolinándola en varios montones, los sepultó vivos a todos
aquella tempestad, con que el ejército desapareció: así es al menos
como nos lo refieren los Amonios.
XXVII. Después que Cambises se hubo restituido a Menfis, se apareció
a los egipcios su dios Apis, al cual los griegos suelen llamar Epafo, y
apenas se dejó ver, cuando todos se vistieron de gala y festejáronle
públicamente con grandes regocijos. Al ver Cambises tan singulares
muestras de contento y alegría, sospechando en su interior que nacían
de la complacencia que tenían los egipcios por el mal éxito de su
empresa, mandó comparecer ante sí a los magistrados de Menfis, y
teniéndolos a su presencia, les pregunta por qué antes, cuando estuvo
en Menfis, no dieron los egipcios muestra alguna de contento, y ahora
vuelto de su expedición, en que había perdido parte de su ejército,
todo eran fiestas y regocijos. Respondiéronle llanamente los
magistrados que entonces puntualmente acababa de aparecérseles su buen
dios Apis, quien no se dejaba ver de los egipcios sino alguna vez muy
de tarde en tarde, y que siempre que se dignaba visitarles su dios
solían festejarle muy alegres y ufanos por la merced que les hacía.
Pero Cambises, no bien oída la respuesta, les echó en rostro que
mentían, y aun más, los condenó a muerte por embusteros.
XXVIII. Ejecutada en los magistrados la sentencia capital, llama
Cambises otra vez a los sacerdotes, quienes te dieron cabalmente la
misma respuesta y razón acerca de su dios. Replicóles Cambises que si
alguno de los dioses visible y tratable se apareciera a los egipcios,
no debía escondérsele a él, ni había de ser el último en saberlo; y
diciendo esto, manda a los sacerdotes que le traigan al punto al dios
Apis, que al momento le llevaron. Debo decir aquí que este dios, sea
Apis o Epafo, no es más que un novillo cumplido, hijo de una ternera,
que no está todavía en la edad proporcionada de concebir otro feto
alguno ni de retenerlo en el útero: así lo dicen los egipcios, que a
este fin quieren que baje del cielo sobre la ternera una ráfaga de luz
con la cual conciba y para a su tiempo al dios novillo. Tiene este Apis
sus señales características, cuales son el color negro con un cuadro
blanco en la frente, una como águila pintada en sus espaldas, los pelos
de la cola duplicados y un escarabajo remedado en su lengua.
XXIX. Volvamos a los sacerdotes, que apenas acabaron de presentar a
Cambises su dios Apis, cuando aquel monarca, según era de alocado y
furioso, saca su daga, y queriendo dar al Apis en medio del vientre,
hiérele con ella en uno de los muslos (19),
y soltando la carcajada, vuelto a los sacerdotes: -«Bravos embusteros
sois todos, les dice: reniego de vosotros y de vuestros dioses
igualmente. ¿Son por ventura de carne y hueso los dioses y expuestos a
los filos del hierro? Bravo dios es ese, digno de serlo de los egipcios
y de nadie más. Os juro que no os congratularéis de esa mofa que hacéis
de mí, vuestro soberano.» Dicho esto, mandó inmediatamente a los
ministros ejecutores de sentencias, que dieran luego a los sacerdotes
doscientos azotes sin piedad; y ordenó también que al egipcio, fuese el
que fuese, que sorprendieran festejando al dios Apis se le diera muerte
sin demora. Así se les turbó la fiesta a los egipcios, quedaron los
sacerdotes bien azotados, y el dios Apis, mal herido en un muslo,
tendido en su mismo templo, no tardó en espirar, si bien no le faltó el
último honor de lograr a hurto de Cambises sepultura sagrada que le
procuraron los sacerdotes viéndole muerto de la herida.
XXX. En pena de este impío atentado, según nos cuentan los egipcios,
Cambises, antes ya algo demente, se volvió al punto loco furioso. Dio
principio a su violenta manía persiguiendo al príncipe Esmerdis (20),
hermano suyo de padre y madre, al cual desterró de su corte de Egipto
haciéndole volver a Persia, movido de envidia por haber sido aquél el
único que llegó a encorvar cerca de dos dedos el arco etíope traído por
los Ictiófagos, lo que nadie de los persas había podido lograr.
Retirado a Persia el príncipe Esmerdis, tuyo Cambises entre sueños una
visión en que le parecía ver un mensajero venido de la Persia con la
nueva de que Esmerdis, sentado sobre un regio trono, tocaba al cielo
con la cabeza. No necesitó más Cambises para ponerse a cubierto de su
sueño con un temerario fratricidio, receloso de que su hermano no
quisiese asesinarle con deseos de apoderarse del imperio. Envía lucero
a Persia, con orden secreta de matar a su hermano, al privado que tenía
de su mayor satisfacción, llamado Prejaspes, y en efecto, habiendo éste
subido a Susa, dio muerte a Esmerdis, bien sacándolo a caza, según
unos, o bien, según otros, llevándole al mar Eritreo y arrojándole allí
al profundo de las aguas.
XXXI. Este fratricidio quieren que sea la primera de las locuras y
atrocidades de Cambises. La segunda la ejecutó bien pronto en una
princesa que le había acompañado al Egipto, siendo su esposa, y al
mismo tiempo su hermana de padre y madre (21).
He aquí cómo sucedió este incestuoso casamiento. Entre los persas no
había ejemplar todavía de que un hermano hubiese casado jamás con su
misma hermana; pero Cambises, criminalmente preso del amor de una de
sus hermanas, a quien quería tomar por esposa, viendo que iba a hacer
en esto una cosa nueva y repugnante a la nación, después de convocar a
los jueces regios les pregunta si alguna de las leyes patrias ordenaba
que un hermano casara con su hermana queriéndola tomar por esposa:
estos jueces regios o consejeros áulicos son entre los persas ciertos
letrados escogidos de la nación, cuyo empleo suele de suyo ser
perpetuo, sino en caso de ser removidos en pena de algún delito personal (22).
Su oficio es ser intérpretes de las leyes patrias y árbitros en sus
decisiones de todas las controversias nacionales. Pero más cortesanos
que jueces en la respuesta dada a Cambises, no protestando menos celo
de la justicia que atendiendo a su propia conveniencia, dijeron que
ninguna ley hallaban que ordenase el matrimonio de hermano con hermana,
pero si hallaban una que autorizaba al rey de los persas para hacer
cuanto quisiese. Dos ventajas lograban de este modo la de no abrogar la
costumbre recibida, temiendo que Cambises no los perdiera por
prevaricadores, y la de lisonjear la pasión del soberano en aquel
casamiento, citando una ley a favor de su despotismo. Casóse entonces
Cambises con su hermana, de quien se había dejado prendar, y sin que
pasara mucho tiempo, tomó también por esposa a otra hermana, que era la
más joven de las dos, a quien quitó la vida habiéndola llevado consigo
en la jornada de Egipto.
XXXII. La muerte de esta princesa, no menos que la de Esmerdis, se
cuenta de dos maneras. He aquí cómo la cuentan los griegos: Cambises se
entretenía en hacer reñir entre sí dos cachorritos, uno de león y otro
de perro, y tenía allí mismo a su mujer que los estaba mirando. Llevaba
el perrillo la peor parte en la pelea; pero viéndolo otro perrillo su
hermano, que estaba allí cerca atado, rota la prisión, corrió al
socorro del primero, y ambos unidos pudieron fácilmente vencer al
leoncillo. Dio mucho gusto el espectáculo a Cambises, pero hizo saltar
las lágrimas a su esposa, que estaba sentada a su lado. Cambises, que
lo nota, pregúntale por qué llora, a lo que ella responde que al ver
salir el cachorro a la defensa de su hermano, se le vino a la memoria
el desgraciado Esmerdis, y que esta triste idea, junto con la reflexión
de que no había tenido el infeliz quien por él volviese, le había
arrancado lágrimas. Esta vehemente réplica, según los griegos, fue el
motivo por qué Cambises la hizo morir. Pero los egipcios lo refieren de
otro modo: sentados a la mesa Cambises y su mujer, iba ésta quitando
una a una las hojas a una lechuga: preguntándole después a su marido
cómo le parecía mejor la lechuga, desnuda como estaba, o vestida de
hojas como antes, y respondiéndole Cambises que mejor le parecía
vestida: -«Pues tú, le replica su hermana, has hecho con la casa de
Ciro lo que a tu vista acabo de hacer con esta lechuga, dejándola
desnuda y despojada.» Enfurecido Cambises, dióle allí de coces, y
subiéndosele sobre el vientre, hizo que abortara y que de resultas del
aborto muriera.
XXXIII. A tales excesos de inhumano furor e impía locura contra los
suyos se dejó arrebatar Cambises, ora fuese efecto de la venganza de
Apis, ora de algún otro principio, pues que entre los hombres suelen
ser muchas las desventuras y varias las causas de donde dimanan. No
tiene duda que se dice de Cambises haber padecido desde el vientre de
su madre la grande enfermedad de gota coral, a quien llaman algunos
morbo sagrado: ¿qué mucho fuera, pues, que de resultas de tan grande
enfermedad corporal hubiera padecido su fantasía y trastornádose su
razón?
XXXIV. Además de sus deudos, enfurecióse también contra los demás
persas el insano Cambises, según harto lo manifiesta lo que, como
dicen, sucedió con Prejaspes, su íntimo privado, introductor de los
recados, mayordomo de sala, cuyo hijo era su copero mayor, empleo de no
poca estima en palacio. Hablóle, pues, Cambises en esta forma: -«Dime,
Prejaspes: ¿qué concepto tienen formado de mí los persas? ¿con qué ojos
me miran? ¿qué dicen de mí? -Grandes son, señor, respondió Prejaspes,
los elogios que de vos hacen los persas; solo una cosa no alaban,
diciendo que gustáis algo del vino.» Apenas hubo dicho esto acerca de
la opinión de los persas, cuando fuera de sí de cólera, replicóle
Cambises: -«¿Y eso es lo que ahora me objetan? ¿eso dicen de mí los
persas, que tomado del vino pierdo la razón? Mentían, pues, en lo que
antes decían.» Con estas palabras aludía Cambises a otro caso antes
acaecido: hallándose una vez con sus ministros y consejeros, y estando
también Creso en la asamblea de los persas, preguntóles el rey cómo
pensaban de su persona y si le miraban los vasallos por igual a su
padre Ciro. Respondiéronle sus consejeros que hacía ventajas aun a
Ciro, cuyos dominios no solo conservaba en su obediencia, sino que les
había añadido las conquistas del Egipto y de las costas del mar. Creso,
presente a la junta y poco satisfecho de la respuesta que oía de boca
de los persas, vuelto hacia Cambises le dijo: -«Pues a mí no me
parecéis, hijo del gran Ciro, ni igual ni semejante a vuestro padre,
cuando todavía no nos habéis sabido dar un hijo tal y tan grande como
Ciro nos lo supo dejar en vos.» Cayó en gracia a Cambises la fina
lisonja de Creso, y celebróla por discreta.
XXXV. Haciendo, pues, memoria de este suceso anterior, Cambises,
lleno entonces de enojo, continuó su diálogo con Prejaspes. -«Aquí
mismo, pues, quiero que veas con tus ojos si los persas aciertan o
desatinan en decir que pierdo la razón. He aquí la prueba que he de
hacer: voy a disparar una flecha contra tu hijo, contra ese mismo que
está ahí en mi antesala: si le diere con ella en medio del corazón,
será señal de que los persas desatinan; pero si no la clavare en medio
de él, yo mismo me daré por convencido de que aciertan en lo que de mí
dicen, y que yo soy el que no atino.» Dice, apunta su arco, y tira
contra el mancebo: cae éste, y mándale abrir Cambises para registrar la
herida. Apenas halló la flecha bien clavada en medio del corazón, dio
una gran carcajada, y habló así con el padre del mancebo, presente allí
a la anatomía del hijo: -«¿No ves claramente, Prejaspes, que no soy yo
quien, perdido el juicio, no atina, sino los persas los que van fuera
de tino y razón? Y si no, dime ahora: ¿viste jamás otro que así sepa
dar en el blanco, como yo he sabido darle en medio del corazón?» Bien
conoció Prejaspes que estaba el rey totalmente fuera de sí, y temeroso
de que no convirtiera contra él mismo su furor: «Señor, le dice, os
juro que la mano misma de Dios no pudo ser más certera.» No hubo más
por entonces; pero después, en otro sitio y ocasión, hizo el furioso
Cambises otra barbarie semejante con doce persas principales,
mandándolos enterrar vivos y cabeza abajo, sin haber ellos dado motivo
en cosa de importancia.
XXXVI. Viendo, pues, Creso el lidio los atroces desafueros que iba
cometiendo Cambises, parecióle sería bien darle un aviso, y así
abocándose con él: -«Señor, le dice, no conviene soltar la rienda a la
dulce ira de la juventud, antes es mejor tirarla, reprimiéndoos a vos
mismo. Bueno es prever lo que pueda llegar, y mejor aun prevenirlo,
vos, señor, dais la muerte a muchos hombres, la dais también a algunos
mozos vuestros, sin haber sido antes hallados reos, ni convencidos de
culpa alguna notable: los persas quizá, si continuáis en esa conducta,
se os podrán sublevar. Me perdonaréis esta libertad que tomo en
atención a que Ciro, vuestro padre, con las mayores veras, me encargó
que cuando lo juzgase necesario os asistiese con mis prevenciones y
avisos.» Aconsejábale Creso con mucho amor y cortesía; pero Cambises le
contestó con esta insolencia: -«Y tú, Creso, ¿tienes osadía de avisar y
aconsejar a Cambises? ¿tú que tan bien supiste mirar por tu casa y
corona; tú que tan buen expediente diste a mi padre, aconsejándole que
pasara el Arixes contra los masagetas cuando querían pasar a nuestros
dominios? Dígote que con tu mala política te perdiste a ti, juntamente
con tu patria, y con tu elocuencia engañaste a Ciro y acabaste con la
vida de mi padre. Pero ya es tiempo que no te felicites más por ello,
pues mucho hace ya que con un pretexto cualquiera debiera yo haberme
librado de ti.» No bien acaba de hablar en este tono, cuando va por su
arco para dispararlo contra Creso; pero éste, anticipándosele, sale
corriendo hacia fuera. Cambises, viendo que no puede alcanzarle ya con
sus flechas, ordena a gritos a sus criados que cojan y maten a aquel
hombre; pero ellos, que tenían bien conocido a su amo, y profundamente
sondeado su variable humor, tomaron el partido de ocultar entretanto a
Creso. Su mira era cauta y doble, o bien para volver a presentar a
Creso vivo y salvo, en caso de que Cambises arrepentido lo echara
menos, esperanzados de ganar entonces albricias por haberle salvado, o
bien de darle muerte después, caso de que el rey, sin mostrar pesar por
su hecho, no deseara que Creso viviese. No pasó, en efecto, mucho
tiempo sin que Cambises deseara de nuevo la compañía y gracia de Creso;
sábenlo los familiares, y le dan alegres la nueva de que tenían vivo a
Creso todavía. «Mucho me alegro, dijo Cambises al oirlo, de la vida y
salud de mi buen Creso; pero vosotros que me lo habéis conservado vivo
no os alegrareis por ello, pues pagareis con la muerte la vida que le
habéis dado.» Y como lo dijo lo ejecutó.
XXXVII. De esta especie de atentados, no menos locos que atroces,
hizo otros muchos Cambises, así con sus persas, como con los aliados de
la corona en el tiempo que se detuvo en Menfis, donde con nota de impío
iba abriendo los antiguos monumentos y diciendo mil gracias insolentes
y donosas contra las momias egipcias. Entonces fue también cuando entró
en el templo de Vulcano, y se divirtió en él, haciendo burla y mofa de
su ídolo, tomando ocasión de su figurilla, muy parecida en verdad a los
dioses Pataicos fenicios que en las proas de sus naves suelen
llevar los de Fenicia. Estos dioses, por si acaso alguno jamás los vio,
voy a dibujarlos aquí en un rasgo sólo, con decir que son unos muñecos
u hombres pigmeos. Quiso asimismo Cambises entrar en el templo de los
Cabiros (23), donde nadie
más que a su sacerdote es lícita la entrada; con cuyas estatuas tuvo
mucho que reír y mofar, haciendo después del escarnio que las quemaran.
Estas estatuas vienen a ser como la de Vulcano, de quien se dice son
hijos los Cabiros.
XXXVIII. Por fin, para hablar con franqueza, Cambises me parece a
todas luces un loco insensato; de otro modo, ¿cómo hubiera dado en la
ridícula manía de escarnecer y burlarse de las cosas sagradas y de los
usos religiosos? Es bien notorio lo siguiente: que si se diera elección
a cualquier hombre del mundo para que de todas las leyes y usanzas
escogiera para sí las que más le complacieran, nadie habría que al
cabo, después de examinarlas y registrarlas todas, no eligiera las de
su patria y nación. Tanta es la fuerza de la preocupación nacional, y
tan creídos están los hombres que no hay educación, ni disciplina, ni
ley, ni moda como la de su patria. Por lo que parece que nadie sino un
loco pudiera burlarse de los usos recibidos de que se burlaba Cambises.
Dejando aparte mil pruebas de que tal es el sentimiento común de los
hombres, mayormente en mira a las leyes y ceremonias patrias, el
siguiente caso puede confirmarlo muy señaladamente. En cierta ocasión
hizo llamar Darío a unos griegos, sus vasallos, que cerca de sí tenía,
y habiendo comparecido luego, les hace esta pregunta: -cuánto dinero
querían por comerse a sus padres al acabar de morir. -Respondiéronle
luego que por todo el oro del mundo no lo harían. Llama inmediatamente
después a unos indios titulados Calatias, entre los cuales es uso común
comer el cadáver de sus propios padres: estaban allí presentes los
griegos, a quienes un intérprete declaraba lo que se decía: venidos los
indios, pregunta Darío cuánto querían por permitir que se quemaran los
cadáveres de sus padres; y ellos luego le suplican a gritos que no
dijera por los dioses tal blasfemia. ¡Tanta es la prevención a favor
del uso y de la costumbre! De suerte, que cuando Píndaro hizo a la
costumbre árbitra y déspota de la vida, habló a mi juicio como filósofo
más que como poeta.
XXXIX. Pero dejando reposar un poco al furioso Cambises, al mismo
tiempo que hacía su expedición contra el Egipto, emprendían otra los
lacedemonios hacia Samos (24)
contra Polícrates, hijo de Eaces, que en aquella isla se había
levantado. Al principio de su tiranía, dividido en tres partes el
estado, repartió una a cada uno de sus dos hermanos; pero poco después
reasumió el mando de la isla entera, dando muerte a Pantagnoto, uno de
ellos, y desterrando al otro, Silosonte, el más joven de los tres.
Dueño ya único y absoluto del estado, concluyó un tratado público de
amistad y confederación con Amasis, rey de Egipto, a quien hizo
presentes y de quien asimismo los recibió. En muy poco tiempo subieron
los asuntos de Polícrates a tal punto de fortuna y celebridad, que así
en Jonia como en lo restante de Grecia, se oía sólo en boca de todos el
nombre de Polícrates, observando que no emprendía expedición alguna en
que no le acompañase la misma felicidad. Tenía, en efecto, una armada
naval de 100 penteconteros, y un cuerpo de mil alabarderos a su
servicio; atropellábalo todo sin respetar a hombre nacido; siendo su
máxima favorita que sus amigos le agradecerían más lo restituido que lo
nunca robado. Apoderóse a viva fuerza de muchas de las islas vecinas, y
de no pocas plazas del continente. En una de sus expediciones, ganada
una victoria naval a los lesbios, los cuales habían salido con todas
sus tropas a la defensa de los de Mileto, los hizo prisioneros, y
cargados de cadenas les obligó a abrir en Samos el foso que ciñe los
muros de la plaza.
XL. Entretanto, Amasis no miraba con indiferencia la gran
prosperidad de Polícrates su amigo, antes se informaba con gran
curiosidad del estado de sus negocios; y cuando vio que iba subiendo de
punto la fortuna de su amigo, escribió en un papel esta carta y se la
envió en estos términos (25):
-«Amasis a Polícrates. -Por más que suelan ser de gran consuelo para el
hombre las felices nuevas que oye de los asuntos de un huésped y amigo
suyo, con todo, no me satisface lo mucho que os lisonjea y halaga la
fortuna, por cuanto sé bien que los dioses tienen su poco de celos o de
envidia. En verdad prefiriera yo para mí, no menos que para las
personas que de veras estimo, salir a veces con mis intentos, y a veces
que me saliesen frustrados, pasando así la vida en una alternativa de
ventura y desventura, que verlo todo llegar prósperamente. Dígote esto,
porque te aseguro que de nadie hasta ahora oí decir que después de
haber sido siempre y en todo feliz, a la postre no viniera al suelo
estrepitosamente con toda su dicha primera. Sí, amigo, créeme ahora, y
toma de mí el remedio que voy a darte contra los engañosos halagos de
la fortuna. Ponte sólo a pensar cuál es la cosa que más estima te
merece, y por cuya pérdida más te dolieras en tu corazón: una vez
hallada, apártala lejos de ti, de modo que nunca jamás vuelva a parecer
entre los hombres. Aun más te diré: que si practicada una vez esta
diligencia no dejara de perseguirte con viento siempre en popa la buena
suerte, no dejes de valerte a menudo de este remedio que aquí te
receto.»
XLI. Leyó Polícrates la carta, y se hizo cargo de la prudencia del
aviso que le daba Amasis; y poniéndose luego a discurrir consigo mismo
cuál de sus alhajas sintiera más perder, halló que sería sin duda un
sello que solía siempre llevar, engastado en oro y grabado en una
esmeralda, pieza trabajada por Teodoro el samio, hijo de Telecles. Al
punto mismo, resuelto ya a desprenderse de su sello querido, escoge un
medio para perderlo adrede, y mandando equipar uno de sus penteconteros,
se embarca en él, dando orden de engolfarse en alta mar, y lejos ya de
la isla, quitase el sello de su mano a vista de toda la tripulación, y
arrojándolo al agua, manda dar la vuelta hacia el puerto, volviendo a
casa triste y melancólico sin su querido anillo.
XLII. Pero al quinto o sexto día de su pérdida voluntaria le sucedió
una rara aventura. Habiendo cogido uno de los pescadores de Samos un
pescado tan grande y exquisito que le parecía digno de presentarse a
Polícrates, va con él a las puertas de palacio, diciendo querer entrar
a ver y hablar a Polícrates su señor. Salido el recado de que entrase,
entra alegre el pescador, y al presentar su regalo: -«Señor, le dice,
quiso la buena suerte que cogiera ese pescado que ahí veis, y mirándolo
desde luego por un plato digno de vuestra mesa, aunque vivo de este
oficio y trabajo de mis manos, no quise sacar a la plaza este pez tan
regalado; tened, pues, a bien recibir de mí este regalo.» Contento
Polícrates con la bella y simple oferta del buen pescador, le respondió
así «Has hecho muy bien, amigo; dos placeres me haces en uno,
hablándome como me hablas, y regalándome como me regalas con ese
pescado tan raro y precioso: quiero que seas hoy mi convidado (26).»
Piénsese cuán ufano se volvería el pescador con la merced y honra que
se le hacía. Entretanto, los criados de Polícrates al aderezar y partir
el pescado, hallan en su vientre el mismo sello de su amo poco antes
perdido. No bien lo ven y reconocen, cuando muy alegres por el
hallazgo, van con él y lo presentan a Polícrates, diciéndole dónde y
cómo lo habían hallado. A Polícrates pareció aquella aventura más
divina que casual, y después de haber notado circunstanciadamente en
una carta cuanto había practicado en el asunto y cuanto casualmente le
había acontecido, la envió a Egipto.
XLIII. Leyó Amasis la carta que acababa de llegarle de parte de
Polícrates, y por su contenido conoció luego y vio estar totalmente
negado a un hombre librar a otro del hado fatal que amenaza su cabeza,
acabándose entonces de persuadir que Polícrates, en todo tan afortunado
que ni aun lo que abandonaba perdía, vendría por fin al suelo consigo y
con toda su dicha. Por efecto de la carta hizo Amasis entender a
Polícrates, por medio de un embajador enviado a Samos, que anulando los
tratados renunciaba a la amistad y hospedaje público que con él tenía
ajustado; en lo cual no era otra su mira sino la de conjurar de
antemano la pesadumbre que sin duda sintiera mucho mayor en su corazón
si viniera a descargar contra Polícrates el último y fatal golpe que la
fortuna le tenía guardado, siendo todavía su huésped y público amigo.
XLIV. Contra este hombre en todo tan afortunado hacían una
expedición los lacedemonios, como antes decía, llamados al socorro por
ciertos samios mal contentos de su tirano, quienes algún tiempo después
fundaron en Creta la ciudad de Cidonia. El origen de esta guerra fue el
siguiente: noticioso Polícrates de la armada que contra el Egipto iba
juntando Cambises, hijo de Ciro, pidióle por favor, enviándole a este
fin un mensajero, que tuviera a bien despachar a Samos una embajada que
lo convidase a concurrir también con sus tropas a la jornada. Recibido
este aviso, Cambises destinó gustoso un enviado a Samos pidiendo a
Polícrates quisiera juntar sus naves con la armada real que se
aprestaba contra el Egipto. Polícrates, que llevaba muy estudiada la
respuesta, entresacando de entre sus paisanos aquellos de quienes
sospechaba estar dispuestos para alguna sublevación, los envió en 40
galeras a Cambises, suplicándole no volviera a remitírselos a su casa.
XLV. Dicen algunos sobre el particular, que no llegaron a Egipto los
samios enviados y vendidos por Polícrates, sino que estando ya de viaje
en las aguas del mar Caspio acordaron no pasar adelante en una reunión
que entre sí tuvieron, recelosos de la mala fe del tirano. Cuentan
otros que llegados ya al Egipto, observando que allí se les ponían
guardias, huyeron secretamente, y que de vuelta a Samos, Polícrates,
saliéndoles a recibir con sus naves, les presentó la batalla, en la
cual, quedando victoriosos los que volvían del Egipto, llegaron a
desembarcar en su isla, de donde se vieron obligados a navegar hacia
Lacedemonia; vencidos por tierra en una segunda batalla. Verdad es que
no falta quien diga que también por tierra salieron vencedores de
Polícrates en el segundo combate los samios recién vueltos del Egipto;
pero no me parece probable, cualquiera que sea quien lo afirme. Pues si
así hubiera sucedido, ¿que necesidad tuvieran los restituidos a Samos
de llamar en su ayuda a los lacedemonios, siendo por sí bastantes para
hacer frente y derrotar a Polícrates? Y por otra parte, ¿qué razón
persuade que por un puñado de gente recién vuelta de su viaje pudiera
ser vencido en campo de batalla un tirano que además de la mucha tropa
asalariada para su defensa tenía gran número de flecheros por guardias
de su casa y persona? tanto más, cuanto al tiempo de darse la batalla,
sábese que Polícrates tenia encerrados en el arsenal a los hijos y
mujeres de los demás samios fieles, estando todo a punto para pegar
fuego al arsenal y abrasar vivas todas aquellas víctimas en él
encerradas, caso de que sus samios se pasaran a las filas y al partido
de los que volvían de la expedición de Egipto.
XCVI. Llegados a Esparta los samios echados de la isla por el tirano
Polícrates, y presentados ante los magistrados como hombres reducidos
al extremo de miseria y necesidad, hicieron un largo discurso pidiendo
se les quisiera socorrer. Respondieron los magistrados en aquella
primera audiencia, más a lo burlesco que a lo lacónico, que no
recordaban ya el principio, ni habían entendido el fin de la arenga. En
otra segunda audiencia que lograron los samios, sin cuidarse de
retórica ni discursos, presentando a vista de todos sus alforjas, sólo
dijeron que estaban vacías y pedían algo por caridad. A lo cual se les
respondió, que harto había con presentar vacías las alforjas, sin ser
menester que pidiesen por caridad; y se resolvió darles socorro.
XLVII. Hechos en efecto los preparativos, emprendieron su expedición
contra Samos, con la mira, según dicen los samios, de pagarles el
beneficio que de ellos habían antes recibido los lacedemonios, cuando
con sus naves les socorrieron contra los Mesenios; aunque si estamos a
lo que los mismos lacedemonios aseguran, no tanto pretendían en aquella
jornada vengar a los que les pedían socorro, como vengarse de dos
presas que se les habían hecho, una de cierta copa grandiosa que
enviaban a Creso (27), otra
de un precioso coselete que les enviaba por regalo Amasis, rey de
Egipto, el cual los samios habían interceptado en sus piraterías un año
antes de robarles la copa regalada a Creso. Era aquel peto una especie
de tapiz de lino entretejido con muchas figuras de animales y bordado
con hilos de oro y de cierta lana de árbol, pieza en verdad digna de
verse y admirarse, así por lo dicho como particularmente por contener
el urdimbre de cada lizo, no obstante de ser muy sutil, 360 hilos,
todos bien visibles y notables (28). Igual a este es el peto que el mismo Arriasis consagró en Lindo a Minerva.
XLVIII. Con mucho empeño concurrieron los corintios a que se
efectuase dicha expedición a Samos, resentidos contra los samios, de
quienes una era antes de esta expedición, y al tiempo mismo en que fue
robada la mencionada copa a los lacedemonios, habían recibido una
injuria con el siguiente motivo. Periandro, hijo de Cipselo, enviaba a
Sardes al rey Aliates 300 niños tomados de las primeras familias de
Corcira, con el destino de ser reducidos a la condición de eunucos.
Habiendo de camino tocado en Samos los corintios que conducían a los
desgraciados niños, informados los samios del motivo y destino con que
se los llevaba a Sardes, lo primero que con ellos hicieron fue
prevenirles que se refugiasen al templo de Diana. Refugiados allí los
niños, no permitiendo, por una parte los samios a los corintios que se
les sacase del asilo con violencia, ni consintiendo, por otra, los
corintios a aquellos que llevasen de comer a los refugiados,
discurrieron los samios para socorrer a los niños instituir cierta
fiesta que se celebra todavía del mismo modo. Consistía en que venida
la noche, todo el tiempo que los niños se mantuvieron allí refugiados,
las doncellas y mancebos de Samos armaban sus coros y danzas,
introduciendo en ellas la costumbre de llevar cada cual su torta hecha
con miel, de forma que pudieran tomarla los niños, que en efecto la
tomaban para su sustento. Dilatóse tanto la fiesta, que al cabo,
cansadas de aguardar en vano las guardias corintias, se retiraron de la
isla, y los samios restituyeron a Corcira aquella tropa de niños sin
castrar (29).
XLIX. Bien veo que si muerto Periandro hubieran corrido los
corintios en buena armonía con los naturales de Corcira, no hubiera
sido bastante la pasada injuria para que tanto favorecieran aquellos la
jornada de Samos. Mas, por desgracia, los dos pueblos desde que la isla
se pobló (30) nunca han
podido tener un día de paz y sosiego: y así es que los corintios
deseaban tomar venganza de los de Samos por la injuria referida. Por lo
que toca a Periandro, el motivo que le movió a enviar a Sardes los
niños escogidos y sacados de entre los principales vecinos de Corcira
para que fuesen hechos eunucos, fue el deseo de vengarse de un atentado
mayor que contra él habían cometido aquellos naturales.
L. Para declarar el hecho, debe saberse que después que Periandro
quitó la vida a su misma esposa Melisa, quiso el destino que tras
aquella calamidad le sucediese también otra doméstica. Tenía en casa
dos hijos habidos en Melisa, los dos aun mancebos, uno de 16 y otro de
18 años de edad. Habiéndolos llamado a su corte su abuelo materno,
Procles, señor de Epidauro (31),
los recibió con mucho cariño y los agasajó como convenía y como suelen
los abuelos a sus nietos. Al tiempo de volverse los jóvenes a Corinto,
habiendo salido Procles acompañándolos por largo trecho, les dijo estas
palabras al despedirse: -«¡Ah, hijos míos, si sabéis acaso quién mató a
vuestra madre!» El mayor no hizo alto en aquella expresión de
despedida; pero al menor, llamado Licofrón, le impresionó de tal modo,
que vuelto a Corinto, ni saludar quiso a su padre, que había sido el
matador, ni responder a ninguna pregunta que le hiciera; llegando a tal
punto, que Periandro, lleno de enojo, echó al hijo fuera de su casa.
LI. Echado su hijo menor, procuró Periandro saber del mayor lo que
les había dicho y prevenido su abuelo materno. El mozo, sin acordarse
de la despedida de Procles, a que no había particularmente atendido,
dio cuenta a su padre de las demostraciones de cariño con que habían
sido recibidos y tratados por el abuelo; pero replicándole Periandro
que no podía menos de haberles aquel sugerido algo más, y porfiando
mucho al mismo tiempo en querer saberlo todo puntualmente, hizo por fin
memoria el hijo de las palabras que usó con ellos el abuelo al
despedirse y las refirió a su padre. Bien comprendió Periandro lo que
significaba aquella despedida; mas con todo nada quiso aflojar del
rigor que usaba con su hijo, sino que, enviando orden al dueño de la
casa donde se había refugiado, le prohibió darle acogida en ella.
Echado el joven de su posada, se acogió de nuevo a otra, de donde por
las amenazas de Periandro y por la orden expresa para que de allí se le
sacara, fue otra vez arrojado. Despedido segunda vez de su albergue,
fuese a guarecer a casa de unos amigos y compañeros suyos, quienes no
sin mucho miedo y recelo, al cabo por ser hijo de Periandro,
resolvieron darle acogida.
LII. Por abreviar la narración, mandó Periandro publicar un bando
para que nadie admitiera en su casa a su hijo ni le hablara palabra, so
pena de cierta multa pecuniaria que en él se imponía, pagadera al
templo de Apolo. En efecto, publicado ya este pregón, nadie hubo que le
quisiera saludar ni menos recibir en su casa, mayormente cuando el
mismo joven por su parte no tenía por bien solicitar a nadie para que
contraviniera al edicto de su padre, sino que sufriendo con paciencia
la persecución paterna, vivía bajo los portales de la ciudad, andando
de unos a otros. Cuatro días habían ya pasado, y viéndole el mismo
Periandro transido de hambre, desfigurado y sucio, no le sufrió más el
corazón tratarle con tanta aspereza; y así, aflojando su rigor, se le
acercó, y le habló de esta manera: -«¡Por vida de los dioses, hijo mío!
¿cuándo acabarás de entender lo que mejor te está, si el verte en la
miseria en que te hallas, o tener parte en las comodidades del
principado que poseo, solo con mostrarte dócil y obediente a tu padre?
¿Es posible que siendo tú hijo mío y señor de Corinto, la rica y feliz,
te afirmes en tu obstinación, y ciego de enojo contra tu mismo padre, a
quien ni la menor seña de disgusto debieras dar en tu semblante,
quieras a pesar mío vivir cual pordiosero? ¿No consideras, niño, que si
alguna desgracia hubo en nuestra casa, de resultas de la cual me miras
sin duda con tan malos ojos, yo soy el que llevé la peor parte de aquel
mal, y que pago ahora con usura la culpa que en ello cometí? Al
presente bien has podido experimentar cuánto más vale envidia que
compasión, tocando a un tiempo con las manos los inconvenientes de
enemistarte con los tuyos y con tus mayores y de resistirles
tenazmente. Ea, vamos de aquí, y al palacio en derechura.» Así se
explicaba Periandro con el obstinado mancebo; pero el hijo no dio a su
padre más respuesta, que decirle pagase luego a Apolo la multa en que
acababa de incurrir por haberle hablado. Con esto vio claramente
Periandro que había llegado al extremo el mal de su hijo, ni admitía ya
cura ni remedio, y determinado desde aquel punto a apartarlo de sus
ojos, embarcándole en una nave le envió a Corcira, de donde era
también, soberano. Pero queriendo vengar la contumacia del hijo en la
cabeza del que reputaba por autor de tanta desventura, hizo la guerra a
su suegro Procles, a quien cautivó después de tomar por fuerza a
Epidauro.
LIII. No obstante lo referido, como Periandro, corriendo el tiempo y
avanzando ya en edad, no se hallase con fuerzas para atender al
gobierno y despacho de los negocios del estado, envió a Corcira un
diputado que de su parte le dijera a Licofrón que viniese a encargarse
del mando; pues en el hijo mayor (32),
a quien tenía por hombre débil y algo menguado, no reconocía talento
suficiente para el gobierno. Pero, caso extraño, el contumaz Licofrón
no se dignó responder una sola palabra al enviado de su padre: y con
todo, el viejo Periandro, más enamorado que nunca del mancebo, hizo que
una hija suya partiese a Corcira, esperando vencer al obstinado
príncipe por medio de su hermana, y conseguir el objeto de sus ansias y
deseos. Llegada allá, hablóle así la hermana: -«Dime, niño, por los
dioses: ¿has de querer que el mando pase a otra familia, y que la casa
de tu padre se pierda, antes que volver a ella para tomar las riendas
del gobierno? Vente a casa conmigo, y no más tenacidad contra tu mismo
bien. No saber ceder es de insensatos; no dejes curarte la uña, y
vendrás a quedar cojo. Más vale comúnmente un ajuste moderado cediendo
cada cual algo de su derecho, que andar siempre en litigios. ¿Ignoras
que muchas veces el ahínco en defender a la madre, hace que se pierda
la herencia del padre? La corona es movediza, y tiene muchos
pretendientes que no la dejarán caer en tierra. Nuestro padre está ya
viejo y decaído; ven y no permitas que se alce un extraño con lo tuyo.»
Tales eran las razones que la hija, bien prevenida y enseñada por su
padre, proponía a Licofrón, y eran, en efecto, las más eficaces y
poderosas; y con todo la respuesta del hijo se ciñó a manifestar que
mientras supiera que vivía en Corinto su padre, jamás seguramente
volvería allá. Después que la hija dio cuenta de su embajada,
Periandro, por medio de un diputado que tercera vez envió a su hijo,
hízole decir de su parte que viniera él a Corinto, donde le sucedería
en el mando, que renunciaba a su favor, queriendo él mismo pasar a
Corcira. Admitido con esta condición el partido, disponíanse entrambos
para el viaje, el padre para pasar a Corcira, el hijo para restituirse
a Corinto. Noticiosos entretanto los Corcirenses de lo concertado,
dieron muerte al joven Licofrón para impedir que viniese a su isla el
viejo Periandro (33). Tal era, pues, el atentado de que este tomaba satisfacción en los Corcirenses.
LIV. Pero volviendo a tomar el hilo de la narración, después que los
lacedemonios desembarcaron en Samos sus numerosas tropas, desde luego
pusieron sitio a la ciudad. Avanzando después hacia los muros y pasando
más allá del frente que está junto al mar en los arrabales de la plaza,
saltó Polícrates contra ellos con mucha gente armada y logró arrojarlos
de aquel puerto. Pero habiendo las tropas, mercenarias y muchas de las
milicias de Samos salido de otro fuerte situado en la pendiente de un
monte vecino, sucedió que sostenido por algún tiempo el ataque de los
lacedemonios, fueron los samios al cabo deshechos y derrotados, y no
pocos quedaros muertos allí mismo en el alcance que seguían los
enemigos.
LV. Y si todos los lacedemonios allí presentes hubieran obrado con
el ardor con que en lo fuerte del alcance obraron dos de ellos, Arquías
y Licopes, Samos hubiera sido tomada sin falta en aquella refriega. Mas
por desgracia no fueron sino los dos los que en la retirada de los
samios tuvieron valor y osadía para seguirles hasta dentro de la misma
plaza; de donde, cerrado después el paso, no pudiendo salir, murieron
con las armas en la mano. No dejaré de notar de paso que hablé yo mismo
con cierto Arquías, nieto de aquel valiente de que arriba hablaba, e
hijo de samio, habiéndole visto en Pitana, su propio pueblo. Con
ningunos huéspedes se esmeraba tanto este Arquías como con los
naturales de Samos, diciendo que por haber muerto en Samos su abuelo
como buen guerrero en el lecho del honor, pusieron a su padre el nombre
de samio; y añadía que estimaba tanto y honraba a los de Samos, porque
honraron a su buen abuelo con pública sepultura.
LVI. Pasado ya 40 días de sitio, viendo los lacedemonios que nada
adelantaban en el cerco, dieron la vuelta al Peloponeso; acerca de lo
cual corre una fábula por cierto vana, ni aun bien tramada, según la
que, habiendo Polícrates acuñado gran cantidad de moneda de plomo con
una capa de oro, la dio a los lacedemonios quienes aceptándola por
legítima y corriente, levantando el sitio se volvieron. Lo cierto es
que esta expedición fue la primera que los lacedemonios, pueblo de
origen dórico, hicieron contra el Asia.
LVII. Cuando los samios sublevados contra Polícrates vieron que iban
a quedar solos y desamparados de los lacedemonios, hiciéronse también a
la vela hacia Sifno (34).
Movíales a este viaje la falta de dinero, y la noticia de que los
vecinos de aquella isla, que se hallaba en el mayor auge a la sazón,
eran sin duda los más ricos de todos los isleños, a causa de las minas
de oro y plata abiertas en su isla, tan abundantes, que del diezmo del
producto que de ellas les resultaba, se ve en Delfos todavía un tesoro
por ellos ofrecido, que no cede a ninguno de los más ricos y preciosos
que en aquel templo se depositaron. Los vecinos de Sifno repartían
entre sí el dinero que las minas iban redituando. Al tiempo, pues, de
amontonar en Delfos las ofrendas de su tesoro, tuvieron la curiosidad
de saber del oráculo si les sería dado disfrutar sus minas por mucho
tiempo, a cuya pregunta respondió así la Pitia:
Cuando sea cándido el pritáneo
¡Oh Sifno! y cándido tu foro,
Llama entonces intérprete que explique
El rojo nuncio y ejército de leño.
Y quiso la suerte que al acabar puntualmente los Sifnios de adornar
su plaza y pritáneo con el blanco mármol de Paros, llegasen allá los
samios en sus naves.
LVIII. Mas los buenos Sifnios nunca supieron atinar el sentido del
oráculo, ni luego de recibido, ni después devenidos los samios, aunque
estos, apenas llegados a la isla, destacaron hacia la ciudad una nave
de su escuadra, que, según se acostumbraba antiguamente en toda
embarcación, venía colorada y teñida de almagre. Esto era cabalmente lo
que la Pitia en su oráculo les prevenía, que se guardasen, recelosos
del rojo nuncio y del ejército de madera. Llegados a la ciudad los
diputados de la armada samia, no pudiendo alcanzar de los Sifnios un
préstamo de diez talentos que les pedían, sin más razones ni altercados
empezaron a saquear la tierra. Corrió luego la voz por toda la isla, y
saliendo armados los isleños a la defensa de sus propiedades, quedaron
en campo de batalla tan deshechos que a muchos se les cerró la retirada
hacia la plaza; y los samios, de resultas de esta victoria, por no
habérseles prestado diez talentos, exigieron ciento de multa y
contribución.
LIX. Con esta suma compraron poco después de los Hermioneos la isla Hidrea (35),
situada en las costas de Peloneso, la cuál entregaron luego en depósito
a los vecinos de Tricena, partiéndose de allí para Creta, en la cual,
aunque solo navegaban hacia esta isla con el designio de arrojar de
ella a los Zacintios, fundaron con todo la ciudad de Cidonia, donde por
el espacio de cinco años que moraron allí de asiento tuvieron tan
próspera la fortuna, que pudieron edificar los templos que al presente
quedan en Cidonia, entre los cuales se cuenta el de Dictina. Llegado el
sexto año de su colonia, sobrevínoles una desgracia, pues habiéndoles
vencido los eginetas en una batalla naval, los hicieron, no menos que a
los de Creta, prisioneros y esclavos; y entonces fue cuando los
vencedores cortados los espolones de las galeras apresadas, hechos en
forma de jabalí, los consagraron a Minerva en su templo de Egina. Tales
hostilidades ejecutaron los eginetas movidos de encono y enemistad
jurada que tenían contra los samios, quienes, en tiempo que Anfícrates
reinaba en Samos, habían hecho y sufrido también iguales hostilidades
en la guerra contra Egina, de donde se originaron tantas otras.
LX. Algo más de lo regular me voy dilatando al hablar de los samios,
por parecerme que son a ello acreedores, atendida la magnificencia de
tres monumentos, a los cuales no iguala ningún otro de los griegos. Por
las entrañas de un monte que tiene 150 orgias de altura abrieron una
mina o camino subterráneo, al cual hicieron dos bocas o entradas.
Empezaron la obra por la parte inferior del monte, y el camino cubierto
que allí abrieron tiene de largo siete estadios, ocho pies de alto, y
otros tantos de ancho. A lo largo de la mina, excavaron después un
conducto de 28 codos de profundidad y de tres pies de anchura, por
dentro de la cual corre acanalada en sus arcaduces el agua, que tomada
desde una gran fuerte, llega hasta la misma ciudad. El arquitecto de
este foso subterráneo, que sirviera de acueducto, fue Eupalino el
megarense, hijo de Naustrafo. Este es uno de los tres monumentos de
Samos. El otro es su muelle, terraplén levantado dentro del mar, que
tendrá 20 orgias de alto y más de dos estadios de largo. El tercero es
un magnífico templo, el mayor realmente de cuantos he alcanzado a ver
hasta ahora, cuyo primer arquitecto fue Reco, natural de Samos e hijo
de Files (36). En atención a estos monumentos me he extendido en referir los hechos de los samios.
LXI. Pero será ya tiempo que volvamos a Cambises, hijo de Ciro,
contra quien, mientras holgaba despacio en Egipto haciendo alentados y
locuras, se levantaron con el mando del imperio dos hermanos magos, a
uno de los cuales, llamado Patizites, había dejado el rey en su
ausencia por mayordomo o gobernador de su palacio. Movió al mago a
sublevarse la cierta noticia que tenía de la muerte del príncipe
Esmerdis, la que se procuraba mantener tan oculta y secreta que, siendo
pocos los sabedores de ella, creían los persas generalmente que el
príncipe vivía y gozaba de salud: valióse, pues, el mago del secreto
tomando las siguientes medidas para alzarse con la corona. Tenía otro
hermano mago con quien se unió para urdir la traición y levantamiento,
y brindábale para la empresa el ver que su hermano era del todo
parecido, no sólo en el semblante, sino aun en el mismo nombre, al hijo
de Ciro, Esmerdis, muerto secretamente por orden de su hermano
Cambises. Soborna, pues, un mago a otro, Patizites a Esmerdi; ofrécele
allanar las dificultades todas, llévalo consigo de la mano y le coloca
en el trono real de Persia. Toma luego la providencia de despachar
correos no sólo a las demás provincias del imperio, sino también
destina uno al Egipto, encargado de intimar públicamente a todo el
ejército que de allí en adelante nadie obedezca ni reconozca por
soberano a Cambises, sino solamente a Esmerdis, hijo de Ciro (37).
LXII. Fueron, en efecto, los otros correos publicando su pregón por
todos los puntos adonde habían sido destinados. El que corría al
Egipto, hallando de camino en Ecbatana, lugar de la Siria (38),
a Cambises, de vuelta ya con toda la gente de armas, y colocándose allí
en medio del campo a vista de todas las tropas, pregonó las órdenes que
de parte del mago traía. Oyó Cambises el pregón de boca del mismo
correo, y persuadido de que sucedía realmente lo que pregonaba, creyó
que Prejaspes, enviado antes a Persia con el encargo de dar muerte a
Esmerdis, su hermano, no cumpliendo sus órdenes, le había hecho
traición. Volviéndose, pues, a Prejaspes, a quien tenía cerca de su
persona: -«¿Así, le dijo, cumpliste, oh Prejaspes, con las órdenes que
te di? -Señor, responde aquél, os juro que es falso y que miente ese
pregonero diciendo que Esmerdis se os ha sublevado. A fe de buen
vasallo, os repito que nada, ni poco ni mucho, tendréis que temer de
él: bien sabe el cielo que yo con mis propias manos le di sepultura,
después de ejecutado lo que me mandasteis. Si es verdad que los muertos
resucitan así, aun del medo Astiages podéis recelar no se os alce con
el imperio, antes suyo; pero si las cosas de los muertos continúan en
ir como han ido hasta ahora, estad bien seguro que no se levantará del
sepulcro para subir al trono vuestro Esmerdis. Lo que debemos hacer
ahora en mi concepto es apoderarnos luego de ese correo, y averiguar de
parte de quién viene a intimarnos que reconozcamos a Esmerdis por
soberano.»
LXIII. Pareció bien a Cambises lo que Prejaspes decía, y apenas
acabó de oirle, llama ante sí al correo, y venido éste, pregúntale
Prejaspes: -«Oh tú, que nos dices venir acá enviado por Esmerdis, hijo
de Ciro, di por los dioses la verdad en una sola cosa y vuélvete en
hora buena. Dinos, pues: ¿fue acaso el mismo Esmerdis quien te dio esas
órdenes cara a cara, o fue alguno de sus criados? -En verdad, señor,
respondióle el correo, que después de la partida del rey Cambises para
Egipto nunca más he visto por mis ojos al príncipe Esmerdis, hijo Ciro.
El que me dio la orden fue aquel mago a quien dejó Cambises por
mayordomo de palacio, diciéndome que Esmerdis, hijo de Ciro, mandaba
que os pregonase las órdenes que traigo.» Así les habló el enviado sin
faltar un punto a la verdad, y vuelto entonces Cambises a su privado:
-«Bien veo, Prejaspes, le dijo, que a fuer de buen vasallo cumpliste
con lo que te mandó tu soberano, y nada tengo de qué acusar de tu
conducta. ¿Pero quién podrá ser ese persa rebelde que alzándose con el
nombre de Esmerdis se atreve a mi reino? -Señor, dijo Prejaspes,
difícil será que no adivine la trama. Los rebeldes, os digo, son dos
magos; uno el mago Patizites, el gobernador que dejasteis en palacio, y
el otro el mago Esmerdis, su hermano, tan traidor como él.»
LXIV. Apenas oyó, Cambises el nombre de Esmerdis, dióle un gran
salto el corazón, herido de repente, así con la sinceridad de la
narración, como con la verdad de aquel antiguo sueño en que durmiendo
le pareció ver a un mensajero que le decía, que sentado Esmerdis sobre
un trono real llegaba al cielo con su cabeza. Entonces fue el ponerse a
llorar muy de veras y lamentar al desgraciado Esmerdis, viendo cuán en
balde y con cuánta sin razón había hecho morir al príncipe su hermano.
Entonces fue también cuando al cesar de plañir y lamentar en tono el
más triste la desventura que con todo su peso le oprimía, montó de un
salto sobre su caballo, como quien no veía la hora de partir a Susa con
su gente para destronar al mago. Pero quiso su hado adverso que al ir a
montar con ímpetu y sin algún miramiento, tirando hacia abajo con su
mismo peso el puño del alfanje, sacase la hoja fuera de la vaina, y que
el alfanje desenvainado por sí mismo hiriese a Cambises en el muslo.
Luego que se vio herido en la parte misma del cuerpo en que antes había
herido al dios de los egipcios, Apis, pareciéndole mortal la herida,
preguntó por el nombre de la ciudad en que se hallaba, y se le dijo
llamarse Ecbatana. No carecía de misterio la pregunta, pues un oráculo
venido de la ciudad de Butona había antes anunciado a Cambises que
vendría a morir en Ecbatana, la cual tomaba este por su Ecbatana de
Media, donde tenía todos sus entretenimientos y delicias, y, en la
cual, se lisonjeaba echando largas cuentas que vendría a morir en una
edad avanzada; pero el oráculo no hablaba sino de otra Ecbatana, ciudad
de la Siria (39). Al
resonar, pues, en sus oídos el nombre fatal de la ciudad, vuelto en sí
Cambises de su locura, aturdido en parte por la desgracia de verse
destronado por un mago, y en parte desesperado por sentirse herido de
muerte, comprendió por fin el sentido del oráculo aciago, y dijo estas
palabras: «¡Aquí quieren los dioses, aquí los hados, que acabe
Cambises, hijo de Ciro!»
LXV. Nada más aconteció por entonces; pero unos veinte días después,
convocados los grandes señores de la Persia que cerca de sí tenía,
hízoles Cambises este discurso: «persas míos, vedme al cabo en el lance
apretado de confesaros en público lo que más que cosa alguna deseaba
encubriros. Habéis de saber que allá en Egipto tuve entre sueños una
fatal visión, que ojalá nunca hubiera soñado, la cual me figuraba que
un mensajero enviado de mi casa me traía el aviso de que Esme