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Dante
Alighieri
La
Divina Comedia
INFIERNO
CANTO I
A
mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.
¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!
Es tan amarga casi cual la muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré,
de otras cosas diré que me ocurrieron.
Yo no sé repetir cómo entré en ella
pues tan dormido me hallaba en el punto
que abandoné la senda verdadera.
Mas cuando hube llegado al pie de un monte,
allí donde aquel valle terminaba
que el corazón habíame aterrado,
hacia lo alto miré, y vi que su cima
ya vestían los rayos del planeta
que lleva recto por cualquier camino.
Entonces se calmó aquel miedo un poco,
que en el lago del alma había entrado
la noche que pasé con tanta angustia.
Y como quien con aliento anhelante,
ya salido del piélago a la orilla,
se vuelve y mira al agua peligrosa,
tal mi ánimo, huyendo todavía,
se volvió por mirar de nuevo el sitio
que a los que viven traspasar no deja.
Repuesto un poco el cuerpo fatigado,
seguí el camino por la yerma loma,
siempre afirmando el pie de más abajo.
Y vi, casi al principio de la cuesta,
una onza ligera y muy veloz,
que de una piel con pintas se cubría;
y de delante no se me apartaba,
mas de tal modo me cortaba el paso,
que muchas veces quise dar la vuelta.
Entonces comenzaba un nuevo día,
y el sol se alzaba al par que las estrellas
que junto a él el gran amor divino
sus bellezas movió por vez primera;
así es que no auguraba nada malo
de aquella fiera de la piel manchada
la hora del día y la dulce estación;
mas no tal que terror no produjese
la imagen de un león que luego vi.
Me pareció que contra mí venía,
con la cabeza erguida y hambre fiera,
y hasta temerle parecia el aire.
Y una loba que todo el apetito
parecía cargar en su flaqueza,
que ha hecho vivir a muchos en desgracia.
Tantos pesares ésta me produjo,
con el pavor que verla me causaba
que perdí la esperanza de la cumbre.
Y como aquel que alegre se hace rico
y llega luego un tiempo en que se arruina,
y en todo pensamiento sufre y llora:
tal la bestia me hacía sin dar tregua,
pues, viniendo hacia mí muy lentamente,
me empujaba hacia allí donde el sol calla.
Mientras que yo bajaba por la cuesta,
se me mostró delante de los ojos
alguien que, en su silencio, creí mudo.
Cuando vi a aquel en ese gran desierto
«Apiádate de mi -yo le grité-,
seas quien seas, sombra a hombre vivo.»
Me dijo: «Hombre no soy, mas hombre fui,
y a mis padres dio cuna Lombardía
pues Mantua fue la patria de los dos.
Nací sub julio César, aunque tarde,
y viví en Roma bajo el buen Augusto:
tiempos de falsos dioses mentirosos.
Poeta fui, y canté de aquel justo
hijo de Anquises que vino de Troya,
cuando Ilión la soberbia fue abrasada.
¿Por qué retornas a tan grande pena,
y no subes al monte deleitoso
que es principio y razón de toda dicha?»
« ¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente
de quien mana tal río de elocuencia?
-respondí yo con frente avergonzada-.
Oh luz y honor de todos los poetas,
válgame el gran amor y el gran trabajo
que me han hecho estudiar tu gran volumen.
Eres tú mi modelo y mi maestro;
el único eres tú de quien tomé
el bello estilo que me ha dado honra.
Mira la bestia por la cual me he vuelto:
sabio famoso, de ella ponme a salvo,
pues hace que me tiemblen pulso y venas.»
«Es menester que sigas otra ruta
-me repuso después que vio mi llanto-,
si quieres irte del lugar salvaje;
pues esta bestia, que gritar te hace,
no deja a nadie andar por su camino,
mas tanto se lo impide que los mata;
y es su instinto tan cruel y tan malvado,
que nunca sacia su ansia codiciosa
y después de comer más hambre aún tiene.
Con muchos animales se amanceba,
y serán muchos más hasta que venga
el Lebrel que la hará morir con duelo.
éste no comerá tierra ni peltre,
sino virtud, amor, sabiduría,
y su cuna estará entre Fieltro y Fieltro.
Ha de salvar a aquella humilde Italia
por quien murió Camila, la doncella,
Turno, Euríalo y Niso con heridas.
éste la arrojará de pueblo en pueblo,
hasta que dé con ella en el abismo,
del que la hizo salir el Envidioso.
Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
y he de llevarte por lugar eterno,
donde oirás el aullar desesperado,
verás, dolientes, las antiguas sombras,
gritando todas la segunda muerte;
y podrás ver a aquellas que contenta
el fuego, pues confían en llegar
a bienaventuras cualquier día;
y si ascender deseas junto a éstas,
más digna que la mía allí hay un alma:
te dejaré con ella cuando marche;
que aquel Emperador que arriba reina,
puesto que yo a sus leyes fui rebelde,
no quiere que por mí a su reino subas.
En toda parte impera y allí rige;
allí está su ciudad y su alto trono.
iCuán feliz es quien él allí destina!»
Yo contesté: «Poeta, te requiero
por aquel Dios que tú no conociste,
para huir de éste o de otro mal más grande,
que me lleves allí donde me has dicho,
y pueda ver la puerta de San Pedro
y aquellos infelices de que me hablas.»
Entonces se echó a andar, y yo tras él.
CANTO II
El día se marchaba, el aire oscuro
a los seres que habitan en la tierra
quitaba sus fatigas; y yo sólo
me disponía a sostener la guerra,
contra el camino y contra el sufrimiento
que sin errar evocará mi mente.
¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, sostenedme!
¡Memoria que escribiste lo que vi,
aquí se advertirá tu gran nobleza!
Yo comencé: «Poeta que me guías,
mira si mi virtud es suficiente
antes de comenzar tan ardua empresa.
Tú nos contaste que el padre de Silvio,
sin estar aún corrupto, al inmortal
reino llegó, y lo hizo en cuerpo y alma.
Pero si el adversario del pecado
le hizo el favor, pensando el gran efecto
que de aquello saldría, el qué y el cuál,
no le parece indigno al hombre sabio;
pues fue de la alma Roma y de su imperio
escogido por padre en el Empíreo.
La cual y el cual, a decir la verdad,
como el lugar sagrado fue elegida,
que habita el sucesor del mayor Pedro.
En el viaje por el cual le alabas
escuchó cosas que fueron motivo
de su triunfo y del manto de los papas.
Alli fue luego el Vaso de Elección,
para llevar conforto a aquella fe
que de la salvación es el principio.
Mas yo, ¿por qué he de ir? ¿quién me
lo otorga?
Yo no soy Pablo ni tampoco Eneas:
y ni yo ni los otros me creen digno.
Pues temo, si me entrego a ese viaje,
que ese camino sea una locura;
eres sabio; ya entiendes lo que callo.»
Y cual quien ya no quiere lo que quiso
cambiando el parecer por otro nuevo,
y deja a un lado aquello que ha empezado,
así hice yo en aquella cuesta oscura:
porque, al pensarlo, abandoné la empresa
que tan aprisa había comenzado.
«Si he comprendido bien lo que me has dicho
-respondió del magnánimo la sombra
la cobardía te ha atacado el alma;
la cual estorba al hombre muchas veces,
y de empresas honradas le desvía,
cual reses que ven cosas en la sombra.
A fin de que te libres de este miedo,
te diré por qué vine y qué entendí
desde el punto en que lástima te tuve.
Me hallaba entre las almas suspendidas
y me llamó una dama santa y bella,
de forma que a sus órdenes me puse.
Brillaban sus pupilas más que estrellas;
y a hablarme comenzó, clara y suave,
angélica voz, en este modo:
"Alma cortés de Mantua, de la cual
aún en el mundo dura la memoria,
y ha de durar a lo largo del tiempo:
mi amigo, pero no de la ventura,
tal obstáculo encuentra en su camino
por la montaña, que asustado vuelve:
y temo que se encuentre tan perdido
que tarde me haya dispuesto al socorro,
según lo que escuché de él en el cielo.
Ve pues, y con palabras elocuentes,
y cuanto en su remedio necesite,
ayúdale, y consuélame con ello.
Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar;
vengo del sitio al que volver deseo;
amor me mueve, amor me lleva a hablarte.
Cuando vuelva a presencia de mi Dueño
le hablaré bien de ti frecuentemente."
Entonces se calló y yo le repuse:
"Oh dama de virtud por quien supera
tan sólo el hombre cuanto se contiene
con bajo el cielo de esfera más pequeña,
de tal modo me agrada lo que mandas,
que obedecer, si fuera ya, es ya tarde;
no tienes más que abrirme tu deseo.
Mas dime la razón que no te impide
descender aquí abajo y a este centro,
desde el lugar al que volver ansías."
" Lo que quieres saber tan por entero,
te diré brevemente --me repuso
por qué razón no temo haber bajado.
Temer se debe sólo a aquellas cosas
que pueden causar algún tipo de daño;
mas a las otras no, pues mal no hacen.
Dios con su gracia me ha hecho de tal modo
que la miseria vuestra no me toca,
ni llama de este incendio me consume.
Una dama gentil hay en el cielo
que compadece a aquel a quien te envío,
mitigando allí arriba el duro juicio.
ésta llamó a Lucía a su presencia;
y dijo: «necesita tu devoto
ahora de ti, y yo a ti te lo encomiendo».
Lucía, que aborrece el sufrimiento,
se alzó y vino hasta el sitio en que yo estaba,
sentada al par de la antigua Raquel.
Dijo: "Beatriz, de Dios vera alabanza,
cómo no ayudas a quien te amó tanto,
y por ti se apartó de los vulgares?
¿Es que no escuchas su llanto doliente?
¿no ves la muerte que ahora le amenaza
en el torrente al que el mar no supera?"
No hubo en el mundo nadie tan ligero,
buscando el bien o huyendo del peligro,
como yo al escuchar esas palabras.
"Acá bajé desde mi dulce escaño,
confiando en tu discurso virtuoso
que te honra a ti y aquellos que lo oyeron."
Después de que dijera estas palabras
volvió llorando los lucientes ojos,
haciéndome venir aún más aprisa;
y vine a ti como ella lo quería;
te aparté de delante de la fiera,
que alcanzar te impedía el monte bello.
¿Qué pasa pues?, ¿por qué, por qué
vacilas?
¿por qué tal cobardía hay en tu pecho?
¿por qué no tienes audacia ni arrojo?
Si en la corte del cielo te apadrinan
tres mujeres tan bienaventuradas,
y mis palabras tanto bien prometen.»
Cual florecillas, que el nocturno hielo
abate y cierra, luego se levantan,
y se abren cuando el sol las ilumina,
así hice yo con mi valor cansado;
y tanto se encendió mi corazón,
que comencé como alguien valeroso:
«!Ah, cuán piadosa aquella que me ayuda!
y tú, cortés, que pronto obedeciste
a quien dijo palabras verdaderas.
El corazón me has puesto tan ansioso
de echar a andar con eso que me has dicho
que he vuelto ya al propósito primero.
Vamos, que mi deseo es como el tuyo.
Sé mi guía, mi jefe, y mi maestro.»
Asi le dije, y luego que echó a andar,
entré por el camino arduo y silvestre.
CANTO III
POR Mí SE VA HASTA LA CIUDAD DOLIENTE,
POR Mí SE VA AL ETERNO SUFRIMIENTO,
POR Mí SE VA A LA GENTE CONDENADA.
LA JUSTICIA MOVIó A MI ALTO ARQUITECTO.
HíZOME LA DIVINA POTESTAD,
EL SABER SUMO Y EL AMOR PRIMERO.
ANTES DE Mí NO FUE COSA CREADA
SINO LO ETERNO Y DURO ETERNAMENTE.
DEJAD, LOS QUE AQUí ENTRáIS, TODA ESPERANZA.
Estas palabras de color oscuro
vi escritas en lo alto de una puerta;
y yo: «Maestro, es grave su sentido.»
Y, cual persona cauta, él me repuso:
«Debes aquí dejar todo recelo;
debes dar muerte aquí a tu cobardía.
Hemos llegado al sitio que te he dicho
en que verás las gentes doloridas,
que perdieron el bien del intelecto.»
Luego tomó mi mano con la suya
con gesto alegre, que me confortó,
y en las cosas secretas me introdujo.
Allí suspiros, llantos y altos ayes
resonaban al aiire sin estrellas,
y yo me eché a llorar al escucharlo.
Diversas lenguas, hórridas blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira,
roncos gritos al son de manotazos,
un tumulto formaban, el cual gira
siempre en el aiire eternamente oscuro,
como arena al soplar el torbellino.
Con el terror ciñendo mi cabeza
dije: «Maestro, qué es lo que yo escucho,
y quién son éstos que el dolor abate?»
Y él me repuso: «Esta mísera suerte
tienen las tristes almas de esas gentes
que vivieron sin gloria y sin infamia.
Están mezcladas con el coro infame
de ángeles que no se rebelaron,
no por lealtad a Dios, sino a ellos mismos.
Los echa el cielo, porque menos bello
no sea, y el infierno los rechaza,
pues podrían dar gloria a los caídos.»
Y yo: «Maestro, ¿qué les pesa tanto
y provoca lamentos tan amargos?»
Respondió: «Brevemente he de decirlo.
No tienen éstos de muerte esperanza,
y su vida obcecada es tan rastrera,
que envidiosos están de cualquier suerte.
Ya no tiene memoria el mundo de ellos,
compasión y justicia les desdeña;
de ellos no hablemos, sino mira y pasa.»
Y entonces pude ver un estandarte,
que corría girando tan ligero,
que parecía indigno de reposo.
Y venía detrás tan larga fila
de gente, que creído nunca hubiera
que hubiese a tantos la muerte deshecho.
Y tras haber reconocido a alguno,
vi y conocí la sombra del que hizo
por cobardía aquella gran renuncia.
Al punto comprendí, y estuve cierto,
que ésta era la secta de los reos
a Dios y a sus contrarios displacientes.
Los
desgraciados, que nunca vivieron,
iban
desnudos y azuzados siempre
de
moscones y avispas que allí había.
éstos
de sangre el rostro les bañaban,
que,
mezclada con llanto, repugnantes
gusanos
a sus pies la recogían.
Y
luego que a mirar me puse a otros,
vi
gentes en la orilla de un gran río
y
yo dije: «Maestro, te suplico
que
me digas quién son, y qué designio
les
hace tan ansiosos de cruzar
como
discierno entre la luz escasa.»
Y
él repuso: «La cosa he de contarte
cuando
hayamos parado nuestros pasos
en
la triste ribera de Aqueronte.»
Con
los ojos ya bajos de vergüenza,
temiendo
molestarle con preguntas
dejé
de hablar hasta llegar al río.
Y
he aquí que viene en bote hacia nosotros
un
viejo cano de cabello antiguo,
gritando:
«¡Ay de vosotras, almas pravas!
No
esperéis nunca contemplar el cielo;
vengo
a llevaros hasta la otra orilla,
a
la eterna tiniebla, al hielo, al fuego.
Y
tú que aquí te encuentras, alma viva,
aparta
de éstos otros ya difuntos.»
Pero
viendo que yo no me marchaba,
dijo:
«Por otra via y otros puertos
a
la playa has de ir, no por aquí;
más
leve leño tendrá que llevarte».
Y
el guía a él: «Caronte, no te irrites:
así
se quiere allí donde se puede
lo
que se quiere, y más no me preguntes.»
Las
peludas mejillas del barquero
del
lívido pantano, cuyos ojos
rodeaban
las llamas, se calmaron.
Mas
las almas desnudas y contritas,
cambiaron
el color y rechinaban,
cuando
escucharon las palabras crudas.
Blasfemaban
de Dios y de sus padres,
del
hombre, el sitio, el tiempo y la simiente
que
los sembrara, y de su nacimiento.
Luego
se recogieron todas juntas,
llorando
fuerte en la orilla malvada
que
aguarda a todos los que a Dios no temen.
Carón,
demonio, con ojos de fuego,
llamándolos
a todos recogía;
da
con el remo si alguno se atrasa.
Como
en otoño se vuelan las hojas
unas
tras otras, hasta que la rama
ve
ya en la tierra todos sus despojos,
de
este modo de Adán las malas siembras
se
arrojan de la orilla de una en una,
a
la señal, cual pájaro al reclamo.
Así
se fueron por el agua oscura,
y
aún antes de que hubieran descendido
ya
un nuevo grupo se había formado.
«Hijo
mío -cortés dijo el maestro
los
que en ira de Dios hallan la muerte
llegan
aquí de todos los países:
y
están ansiosos de cruzar el río,
pues
la justicia santa les empuja,
y
así el temor se transforma en deseo.
Aquí
no cruza nunca un alma justa,
por
lo cual si Carón de ti se enoja,
comprenderás
qué cosa significa.»
Y
dicho esto, la región oscura
tembló
con fuerza tal, que del espanto
la
frente de sudor aún se me baña.
La
tierra lagrimosa lanzó un viento
que
hizo brillar un relámpago rojo
y,
venciéndome todos los sentidos,
me
caí como el hombre que se duerme.
CANTO
IV
Rompió
el profundo sueño de mi mente
un
gran trueno, de modo que cual hombre
que
a la fuerza despierta, me repuse;
la
vista recobrada volví en torno
ya
puesto en pie, mirando fijamente,
pues
quería saber en dónde estaba.
En
verdad que me hallaba justo al borde
del
valle del abismo doloroso,
que
atronaba con ayes infinitos.
Oscuro
y hondo era y nebuloso,
de
modo que, aun mirando fijo al fondo,
no
distinguía allí cosa ninguna.
«Descendamos
ahora al ciego mundo
--dijo
el poeta todo amortecido-:
yo
iré primero y tú vendrás detrás.»
Y
al darme cuenta yo de su color,
dije:
« ¿Cómo he de ir si tú te asustas,
y
tú a mis dudas sueles dar consuelo?»
Y
me dijo: «La angustia de las gentes
que
están aquí en el rostro me ha pintado
la
lástima que tú piensas que es miedo.
Vamos,
que larga ruta nos espera.»
Así
me dijo, y así me hizo entrar
al
primer cerco que el abismo ciñe.
Allí,
según lo que escuchar yo pude,
llanto
no había, mas suspiros sólo,
que
al aire eterno le hacían temblar.
Lo
causaba la pena sin tormento
que
sufría una grande muchedumbre
de
mujeres, de niños y de hombres.
El
buen Maestro a mí: «¿No me preguntas
qué
espíritus son estos que estás viendo?
Quiero
que sepas, antes de seguir,
que
no pecaron: y aunque tengan méritos,
no
basta, pues están sin el bautismo,
donde
la fe en que crees principio tiene.
Al
cristianismo fueron anteriores,
y
a Dios debidamente no adoraron:
a
éstos tales yo mismo pertenezco.
Por
tal defecto, no por otra culpa,
perdidos
somos, y es nuestra condena
vivir
sin esperanza en el deseo.»
Sentí
en el corazón una gran pena,
puesto
que gentes de mucho valor
vi
que en el limbo estaba suspendidos.
«Dime,
maestro, dime, mi señor
-yo
comencé por querer estar cierto
de
aquella fe que vence la ignorancia-:
¿salió
alguno de aquí, que por sus méritos
o
los de otro, se hiciera luego santo?»
Y
éste, que comprendió mi hablar cubierto,
respondió:
«Yo era nuevo en este estado,
cuando
vi aquí bajar a un poderoso,
coronado
con signos de victoria.
Sacó
la sombra del padre primero,
y
las de Abel, su hijo, y de Noé,
del
legista Moisés, el obediente;
del
patriarca Abraham, del rey David,
a
Israel con sus hijos y su padre,
y
con Raquel, por la que tanto hizo,
y
de otros muchos; y les hizo santos;
y
debes de saber que antes de eso,
ni
un esptritu humano se salvaba.»
No
dejamos de andar porque él hablase,
mas
aún por la selva caminábamos,
la
selva, digo, de almas apiñadas
No
estábamos aún muy alejados
del
sitio en que dormí, cuando vi un fuego,
que
al fúnebre hemisferio derrotaba.
Aún
nos encontrábamos distantes,
mas
no tanto que en parte yo no viese
cuán
digna gente estaba en aquel sitio.
«Oh
tú que honoras toda ciencia y arte,
éstos
¿quién son, que tal grandeza tienen,
que
de todos los otros les separa?»
Y
respondió: «Su honrosa nombradía,
que
allí en tu mundo sigue resonando
gracia
adquiere del cielo y recompensa.»
Entre
tanto una voz pude escuchar:
«Honremos
al altísimo poeta;
vuelve
su sombra, que marchado había.»
Cuando
estuvo la voz quieta y callada,
vi
cuatro grandes sombras que venían:
ni
triste, ni feliz era su rostro.
El
buen maestro comenzó a decirme:
«Fíjate
en ése con la espada en mano,
que
como el jefe va delante de ellos:
Es
Homero, el mayor de los poetas;
el
satírico Horacio luego viene;
tercero,
Ovidio; y último, Lucano.
Y
aunque a todos igual que a mí les cuadra
el
nombre que sonó en aquella voz,
me
hacen honor, y con esto hacen bien.»
Así
reunida vi a la escuela bella
de
aquel señor del altísimo canto,
que
sobre el resto cual águila vuela.
Después
de haber hablado un rato entre ellos,
con
gesto favorable me miraron:
y
mi maestro, en tanto, sonreía.
Y
todavía aún más honor me hicieron
porque
me condujeron en su hilera,
siendo
yo el sexto entre tan grandes sabios.
Así
anduvimos hasta aquella luz,
hablando
cosas que callar es bueno,
tal
como era el hablarlas allí mismo.
Al
pie llegamos de un castillo noble,
siete
veces cercado de altos muros,
guardado
entorno por un bello arroyo.
Lo
cruzamos igual que tierra firme;
crucé
por siete puertas con los sabios:
hasta
llegar a un prado fresco y verde.
Gente
había con ojos graves, lentos,
con
gran autoridad en su semblante:
hablaban
poco, con voces suaves.
Nos
apartamos a uno de los lados,
en
un claro lugar alto y abierto,
tal
que ver se podían todos ellos.
Erguido
allí sobre el esmalte verde,
las
magnas sombras fuéronme mostradas,
que
de placer me colma haberlas visto.
A
Electra vi con muchos compañeros,
y
entre ellos conocí a Héctor y a Eneas,
y
armado a César, con ojos grifaños.
Vi
a Pantasilea y a Camila,
y
al rey Latino vi por la otra parte,
que
se sentaba con su hija Lavinia.
Vi
a Bruto, aquel que destronó a Tarquino,
a
Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a Marcia;
y
a Saladino vi, que estaba solo;
y
al levantar un poco más la vista,
vi
al maestro de todos los que saben,
sentado
en filosófica familia.
Todos
le miran, todos le dan honra:
y
a Sócrates, que al lado de Platón,
están
más cerca de él que los restantes;
Demócrito,
que el mundo pone en duda,
Anaxágoras,
Tales y Diógenes,
Empédocles,
Heráclito y Zenón;
y
al que las plantas observó con tino,
Dioscórides,
digo; y via Orfeo,
Tulio,
Livio y al moralista Séneca;
al
geómetra Euclides, Tolomeo,
Hipócrates,
Galeno y Avicena,
y
a Averroes que hizo el «Comentario».
No
puedo detallar de todos ellos,
porque
así me encadena el largo tema,
que
dicho y hecho no se corresponden.
El
grupo de los seis se partió en dos:
por
otra senda me llevó mi guía,
de
la quietud al aire tembloroso
y
llegué a un sitio en donde nada luce.
CANTO
V
Así
bajé del círculo primero
al
segundo que menos lugar ciñe,
y
tanto más dolor, que al llanto mueve.
Allí
el horrible Minos rechinaba.
A
la entrada examina los pecados;
juzga
y ordena según se relíe.
Digo
que cuando un alma mal nacida
llega
delante, todo lo confiesa;
y
aquel conocedor de los pecados
ve
el lugar del infierno que merece:
tantas
veces se ciñe con la cola,
cuantos
grados él quiere que sea echada.
Siempre
delante de él se encuentran muchos;
van
esperando cada uno su juicio,
hablan
y escuchan, después las arrojan.
«Oh
tú que vienes al doloso albergue
-me
dijo Minos en cuanto me vio,
dejando
el acto de tan alto oficio-;
mira
cómo entras y de quién te fías:
no
te engañe la anchura de la entrada.»
Y
mi guta: «¿Por qué le gritas tanto?
No
le entorpezcas su fatal camino;
así
se quiso allí donde se puede
lo
que se quiere, y más no me preguntes.»
Ahora
comienzan las dolientes notas
a
hacérseme sentir; y llego entonces
allí
donde un gran llanto me golpea.
Llegué
a un lugar de todas luces mudo,
que
mugía cual mar en la tormenta,
si
los vientos contrarios le combaten.
La
borrasca infernal, que nunca cesa,
en
su rapiña lleva a los espíritus;
volviendo
y golpeando les acosa.
Cuando
llegan delante de la ruina,
allí
los gritos, el llanto, el lamento;
allí
blasfeman del poder divino.
Comprendí
que a tal clase de martirio
los
lujuriosos eran condenados,
que
la razón someten al deseo.
Y
cual los estorninos forman de alas
en
invierno bandada larga y prieta,
así
aquel viento a los malos espiritus:
arriba,
abajo, acá y allí les lleva;
y
ninguna esperanza les conforta,
no
de descanso, mas de menor pena.
Y
cual las grullas cantando sus lays
largas
hileras hacen en el aire,
así
las vi venir lanzando ayes,
a
las sombras llevadas por el viento.
Y
yo dije: «Maestro, quién son esas
gentes
que el aire negro así castiga?»
«La
primera de la que las noticias
quieres
saber --me dijo aquel entonces-
fue
emperatriz sobre muchos idiomas.
Se
inclinó tanto al vicio de lujuria,
que
la lascivia licitó en sus leyes,
para
ocultar el asco al que era dada:
Semíramis
es ella, de quien dicen
que
sucediera a Nino y fue su esposa:
mandó
en la tierra que el sultán gobierna.
Se
mató aquella otra, enamorada,
traicionando
el recuerdo de Siqueo;
la
que sigue es Cleopatra lujuriosa.
A
Elena ve, por la que tanta víctima
el
tiempo se llevó, y ve al gran Aquiles
que
por Amor al cabo combatiera;
ve
a Paris, a Tristán.» Y a más de mil
sombras
me señaló, y me nombró, a dedo,
que
Amor de nuestra vida les privara.
Y
después de escuchar a mi maestro
nombrar
a antiguas damas y caudillos,
les
tuve pena, y casi me desmayo.
Yo
comencé: «Poeta, muy gustoso
hablaría
a esos dos que vienen juntos
y
parecen al viento tan ligeros.»
Y
él a mí: «Los verás cuando ya estén
más
cerca de nosotros; si les ruegas
en
nombre de su amor, ellos vendrán.»
Tan
pronto como el viento allí los trajo
alcé
la voz: «Oh almas afanadas,
hablad,
si no os lo impiden, con nosotros.»
Tal
palomas llamadas del deseo,
al
dulce nido con el ala alzada,
van
por el viento del querer llevadas,
ambos
dejaron el grupo de Dido
y
en el aire malsano se acercaron,
tan
fuerte fue mi grito afectuoso:
«Oh
criatura graciosa y compasiva
que
nos visitas por el aire perso
a
nosotras que el mundo ensangrentamos;
si
el Rey del Mundo fuese nuestro amigo
rogaríamos
de él tu salvación,
ya
que te apiada nuestro mal perverso.
De
lo que oír o lo que hablar os guste,
nosotros
oiremos y hablaremos
mientras
que el viento, como ahora, calle.
La
tierra en que nací está situada
en
la Marina donde el Po desciende
y
con sus afluentes se reúne.
Amor,
que al noble corazón se agarra,
a
éste prendió de la bella persona
que
me quitaron; aún me ofende el modo.
Amor,
que a todo amado a amar le obliga,
prendió
por éste en mí pasión tan fuerte
que,
como ves, aún no me abandona.
El
Amor nos condujo a morir juntos,
y
a aquel que nos mató Caína espera.»
Estas
palabras ellos nos dijeron.
Cuando
escuché a las almas doloridas
bajé
el rostro y tan bajo lo tenía,
que
el poeta me dijo al fin: «tQué piensas?»
Al
responderle comencé: «Qué pena,
cuánto
dulce pensar, cuánto deseo,
a
éstos condujo a paso tan dañoso.»
Después
me volví a ellos y les dije,
y
comencé: «Francesca, tus pesares
llorar
me hacen triste y compasivo;
dime,
en la edad de los dulces suspiros
¿cómo
o por qué el Amor os concedió
que
conocieses tan turbios deseos?»
Y
repuso: «Ningún dolor más grande
que
el de acordarse del tiempo dichoso
en
la desgracia; y tu guía lo sabe.
Mas
si saber la primera raíz
de
nuestro amor deseas de tal modo,
hablaré
como aquel que llora y habla:
Leíamos
un día por deleite,
cómo
hería el amor a Lanzarote;
solos
los dos y sin recelo alguno.
Muchas
veces los ojos suspendieron
la
lectura, y el rostro emblanquecía,
pero
tan sólo nos venció un pasaje.
Al
leer que la risa deseada
era
besada por tan gran amante,
éste,
que de mí nunca ha de apartarse,
la
boca me besó, todo él temblando.
Galeotto
fue el libro y quien lo hizo;
no
seguimos leyendo ya ese día.»
Y
mientras un espiritu así hablaba,
lloraba
el otro, tal que de piedad
desfallecí
como si me muriese;
y
caí como un cuerpo muerto cae.
CANTO
VI
Cuando
cobré el sentido que perdí
antes
por la piedad de los cuñados,
que
todo en la tristeza me sumieron,
nuevas
condenas, nuevos condenados
veía
en cualquier sitio en que anduviera
y
me volviese y a donde mirase.
Era
el tercer recinto, el de la lluvia
eterna,
maldecida, fría y densa:
de
regla y calidad no cambia nunca.
Grueso
granizo, y agua sucia y nieve
descienden
por el aire tenebroso;
hiede
la tierra cuando esto recibe.
Cerbero,
fiera monstruosa y cruel,
caninamente
ladra con tres fauces
sobre
la gente que aquí es sumergida.
Rojos
los ojos, la barba unta y negra,
y
ancho su vientre, y uñosas sus manos:
clava
a las almas, desgarra y desuella.
Los
hace aullar la lluvia como a perros,
de
un lado hacen al otro su refugio,
los
míseros profanos se revuelven.
Al
advertirnos Cerbero, el gusano,
la
boca abrió y nos mostró los colmillos,
no
había un miembro que tuviese quieto.
Extendiendo
las palmas de las manos,
cogió
tierra mi guía y a puñadas
la
tiró dentro del bramante tubo.
Cual
hace el perro que ladrando rabia,
y
mordiendo comida se apacigua,
que
ya sólo se afana en devorarla,
de
igual manera las bocas impuras
del
demonio Cerbero, que así atruena
las
almas, que quisieran verse sordas.
íbamos
sobre sombras que atería
la
densa lluvia, poniendo las plantas
en
sus fantasmas que parecen cuerpos.
En
el suelo yacían todas ellas,
salvo
una que se alzó a sentarse al punto
que
pudo vernos pasar por delante.
«Oh
tú que a estos infiernos te han traído
-me
dijo- reconóceme si puedes:
tú
fuiste, antes que yo deshecho, hecho.»
«La
angustia que tú sientes -yo le dije-
tal
vez te haya sacado de mi mente,
y
así creo que no te he visto nunca.
Dime
quién eres pues que en tan penoso
lugar
te han puesto, y a tan grandes males,
que
si hay más grandes no serán tan tristes.»
Y
él a mfí «Tu ciudad, que tan repleta
de
envidia está que ya rebosa el saco,
en
sí me tuvo en la vida serena.
Los
ciudadanos Ciacco me llamasteis;
por
la dañosa culpa de la gula,
como
estás viendo, en la lluvia me arrastro.
Mas
yo, alma triste, no me encuentro sola,
que
éstas se hallan en pena semejante
por
semejante culpa», y más no dijo.
Yo
le repuse: «Ciacco, tu tormento
tanto
me pesa que a llorar me invita,
pero
dime, si sabes, qué han de hacerse
de
la ciudad partida los vecinos,
si
alguno es justo; y dime la razón
por
la que tanta guerra la ha asolado.»
Y
él a mí: «Tras de largas disensiones
ha
de haber sangre, y el bando salvaje
echará
al otro con grandes ofensas;
después
será preciso que éste caiga
y
el otro ascienda, luego de tres soles,
con
la fuerza de Aquel que tanto alaban.
Alta
tendrá largo tiempo la frente,
teniendo
al otro bajo grandes pesos,
por
más que de esto se avergüence y llore.
Hay
dos justos, mas nadie les escucha;
son
avaricia, soberbia y envidia
las
tres antorchas que arden en los pechos.»
Puso
aquí fin al lagrimoso dicho.
Y
yo le dije: «Aún quiero que me informes,
y
que me hagas merced de más palabras;
Farinatta
y Tegghiaio, tan honrados,
Jacobo
Rusticucci, Arrigo y Mosca,
y
los otros que en bien obrar pensaron,
dime
en qué sitio están y hazme saber,
pues
me aprieta el deseo, si el infierno
los
amarga, o el cielo los endulza.»
Y
aquél: « Están entre las negras almas;
culpas
varias al fondo los arrojan;
los
podrás ver si sigues más abajo.
Pero
cuando hayas vuelto al dulce mundo,
te
pido que a otras mentes me recuerdes;
más
no te digo y más no te respondo.»
Entonces
desvió los ojos fijos,
me
miró un poco, y agachó la cara;
y
a la par que los otros cayó ciego.
Y
el guía dijo: «Ya no se levanta
hasta
que suene la angélica trompa,
y
venga la enemiga autoridad.
Cada
cual volverá a su triste tumba,
retomarán
su carne y su apariencia,
y
oirán aquello que atruena por siempre.»
Así
pasamos por la sucia mezcla
de
sombras y de lluvia a paso lento,
tratando
sobre la vida futura.
Y
yo dije: «Maestro, estos tormentos
crecerán
luego de la gran sentencia,
serán
menores o tan dolorosos?»
Y
él contestó: «Recurre a lo que sabes:
pues
cuanto más perfecta es una cosa
más
siente el bien, y el dolor de igual modo,
Y
por más que esta gente maldecida
la
verdadera perfección no encuentre,
entonces,
más que ahora, esperan serlo.»
En
redondo seguimos nuestra ruta,
hablando
de otras cosas que no cuento;
y
al llegar a aquel sitio en que se baja
encontramos
a Pluto: el enemigo.
CANTO
VII
«¡Papé
Satán, Papé Satán aleppe!»
dijo
Pluto con voz enronquecida;
y
aquel sabio gentil que todo sabe,
me
quiso confortar: «No te detenga
el
miedo, que por mucho que pudiese
no
impedirá que bajes esta roca.»
Luego
volvióse a aquel hocico hinchado,
y
dijo: «Cállate maldito lobo,
consúmete
tú mismo con tu rabia.
No
sin razón por el infierno vamos:
se
quiso en lo alto allá donde Miguel
tomó
venganza del soberbio estupro.»
Cual
las velas hinchadas por el viento
revueltas
caen cuando se rompe el mástil,
tal
cayó a tierra la fiera cruel.
Así
bajamos por la cuarta fosa,
entrando
más en el doliente valle
que
traga todo el mal del universo.
¡Ah
justicia de Dios!, ¿quién amontona
nuevas
penas y males cuales vi,
y
por qué nuestra culpa así nos triza?
Como
la ola que sobre Caribdis,
se
destroza con la otra que se encuentra,
así
viene a chocarse aquí la gente.
Vi
aquí más gente que en las otras partes,
y
desde un lado al otro, con chillidos,
haciendo
rodar pesos con el pecho.
Entre
ellos se golpean; y después
cada
uno volvíase hacia atrás,
gritando
«¿Por qué agarras?, ¿por qué
tiras?»
Así
giraban por el foso tétrico
de
cada lado a la parte contraria,
siempre
gritando el verso vergonzoso.
Al
llegar luego todos se volvían
para
otra justa, a la mitad del círculo,
y
yo, que estaba casi conmovido,
dije:
«Maestro, quiero que me expliques
quienes
son éstos, y si fueron clérigos
todos
los tonsurados de la izquierda.»
Y
él a mí. «Fueron todos tan escasos
de
la razón en la vida primera,
que
ningún gasto hicieron con mesura.
Bastante
claro ládranlo sus voces,
al
llegar a los dos puntos del círculo
donde
culpa contraria los separa.
Clérigos
fueron los que en la cabeza
no
tienen pelo, papas, cardenales,
que
están bajo el poder de la avaricia.»
Y
yo: «Maestro, entre tales sujetos
debiera
yo conocer bien a algunos,
que
inmundos fueron de tan grandes males.»
Y
él repuso: «Es en vano lo que piensas:
la
vida torpe que los ha ensuciado,
a
cualquier conocer los hace oscuros.
Se
han de chocar los dos eternamente;
éstos
han de surgir de sus sepulcros
con
el puño cerrado, y éstos, mondos;
mal
dar y mal tener, el bello mundo
les
ha quitado y puesto en esta lucha:
no
empleo mas palabras en contarlo.
Hijo,
ya puedes ver el corto aliento,
de
los bienes fiados a Fortuna,
por
los que así se enzarzan los humanos;
que
todo el oro que hay bajo la luna,
y
existió ya, a ninguna de estas almas
fatigadas
podría dar reposo.»
«Maestro
--dije yo-, dime ¿quién es esta
Fortuna
a la que te refieres
que
el bien del mundo tiene entre sus garras?»
Y
él me repuso: «Oh locas criaturas,
qué
grande es la ignorancia que os ofende;
quiero
que tú mis palabras incorpores.
Aquel
cuyo saber trasciendo todo,
los
cielos hizo y les dio quien los mueve
tal
que unas partes a otras se ilulninan,
distribuyendo
igualmente la luz;
de
igual modo en las glorias mundanales
dispuso
una ministra que cambiase
los
bienes vanos cada cierto tiempo
de
gente en gente y de una a la otra sangre,
aunque
el seso del hombre no Lo entienda;
por
Lo que imperan unos y otros caen,
siguiendo
los dictámenes de aquella
que
está oculta en la yerba tal serpiente.
Vuestro
saber no puede conocerla;
y
en su reino provee, juzga y dispone
cual
las otras deidades en el suyo.
No
tienen tregua nunca sus mudanzas,
necesidad
la obliga a ser ligera;
y
aún hay algunos que el triunfo consiguen.
Esta
es aquella a la que ultrajan tanto,
aquellos
que debieran alabarla,
y
sin razón la vejan y maldicen.
Mas
ella en su alegría nada escucha;
feliz
con las primeras criaturas
mueve
su esfera y alegre se goza.
Ahora
bajemos a mayor castigo;
caen
las estrellas que salían cuando
eché
a andar, y han prohibido entretenerse.»
Del
círculo pasamos a otra orilla
sobre
una fuente que hierve y rebosa
por
un canal que en ella da comienzo.
Aquel
agua era negra más que persa;
y,
siguiendo sus ondas tan oscuras,
por
extraño camino descendimos.
Hasta
un pantano va, llamado Estigia,
este
arroyuelo triste, cuando baja
al
pie de la maligna cuesta gris.
Y
yo, que por mirar estaba atento,
gente
enfangada vi en aquel pantano
toda
desnuda, con airado rostro.
No
sólo con las manos se pegaban,
mas
con los pies, el pecho y la cabeza,
trozo
a trozo arrancando con los dientes.
Y
el buen maestro: «Hijo, mira ahora
las
almas de esos que venció la cólera,
y
también quiero que por cierto tengas
que
bajo el agua hay gente que suspira,
y
al agua hacen hervir la superficie,
como
dice tu vista a donde mire.
Desde
el limo exclamaban: «Triste hicimos
el
aire dulce que del sol se alegra,
llevando
dentro acidïoso humo:
tristes
estamos en el negro cieno.»
Se
atraviesa este himno en su gaznate,
y
enteras no les salen las palabras.
Así
dimos la vuelta al sucio pozo,
entre
la escarpa seca y lo de enmedio;
mirando
a quien del fango se atraganta:
y
al fin llegamos al pie de una torre.
CANTO
VIII
Digo,
para seguir, que mucho antes
de
llegar hasta el pie de la alta torre,
se
encaminó a su cima nuestra vista,
porque
vimos allí dos lucecitas,
y
otra que tan de lejos daba señas,
que
apenas nuestros ojos la veían.
Y
yo le dije al mar de todo seso:
«Esto
¿qué significa? y ¿qué responde
el
otro foco, y quién es quien lo hace?»
Y
él respondió: «Por estas ondas sucias
ya
podrás divisar lo que se espera,
si
no lo oculta el humo del pantano.»
Cuerda
no lanzó nunca una saeta
que
tan ligera fuese por el aire,
como
yo vi una nave pequeñita
por
el agua venir hacia nosotros,
al
gobierno de un solo galeote,
gritando:
«Al fin llegaste, alma alevosa.»
«Flegias,
Flegias, en vano estás gritando
díjole
mi señor en este punto-;
tan
sólo nos tendrás cruzando el lodo.»
Cual
es aquel que gran engaño escucha
que
le hayan hecho, y luego se contiene,
así
hizo Flegias consumido en ira.
Subió
mi guía entonces a la barca,
y
luego me hizo entrar detrás de él;
y
sólo entonces pareció cargada.
Cuando
estuvimos ambos en el leño,
hendiendo
se marchó la antigua proa
el
agua más que suele con los otros.
Mientras
que el muerto cauce recorríamos
uno,
lleno de fango vino y dijo:
«¿Quién
eres tú que vienes a destiempo?»
.
Y
le dije: « Si vengo, no me quedo;
pero
¿quién eres tú que estás tan sucio?»
Dijo:
«Ya ves que soy uno que llora.»
Yo
le dije: «Con lutos y con llanto,
puedes
quedarte, espíritu maldito,
pues
aunque estés tan sucio te conozco.»
Entonces
tendió al leño las dos manos;
mas
el maestro lo evitó prudente,
diciendo:
«Vete con los otros perros.»
Al
cuello luego los brazos me echó,
besóme
el rostro y dijo: «!Oh desdeñoso,
bendita
la que estuvo de ti encinta!
Aquel
fue un orgulloso para el mundo;
y
no hay bondad que su memoria honre:
por
ello está su sombra aquí furiosa.
Cuantos
por reyes tiénense allá arriba,
aquí
estarán cual puercos en el cieno,
dejando
de ellos un desprecio horrible.»`
Y
yo: «Maestro, mucho desearía
el
verle zambullirse en este caldo,
antes
que de este lago nos marchemos.»
Y
él me repuso: «Aún antes que la orilla
de
ti se deje ver, serás saciado:
de
tal deseo conviene que goces.»
Al
poco vi la gran carnicería
que
de él hacían las fangosas gentes;
a
Dios por ello alabo y doy las gracias.
«¡A
por Felipe Argenti!», se gritaban,
y
el florentino espiritu altanero
contra
sí mismo volvía los dientes.
Lo
dejamos allí, y de él más no cuento.
Mas
el oído golpeóme un llanto,
y
miré atentamente hacia adelante.
Exclamó
el buen maestro: «Ahora, hijo,
se
acerca la ciudad llamada Dite,
de
graves habitantes y mesnadas.»
Y
yo dije: «Maestro, sus mezquitas
en
el valle distingo claramente,
rojas
cual si salido de una fragua
hubieran.»
Y él me dijo: «El fuego eterno
que
dentro arde, rojas nos las muestra,
como
estás viendo en este bajo infierno.»
Así
llegamos a los hondos fosos
que
ciñen esa tierra sin consuelo;
de
hierro aquellos muros parecían.
No
sin dar antes un rodeo grande,
llegamos
a una parte en que el barquero
«Salid
-gritó con fuerza- aquí es la entrada.»
Yo
vi a más de un millar sobre la puerta
de
llovidos del cielo, que con rabia
decían:
«¿Quién es este que sin muerte
va
por el reino de la gente muerta?»
Y
mi sabio maestro hizo una seña
de
quererles hablar secretamente.
Contuvieron
un poco el gran desprecio
y
dijeron: « Ven solo y que se marche
quien
tan osado entró por este reino;
que
vuelva solo por la loca senda;
pruebe,
si sabe, pues que tú te quedas,
que
le enseñaste tan oscura zona.»
Piensa,
lector, el miedo que me entró
al
escuchar palabras tan malditas,
que
pensé que ya nunca volvería.
«Guía
querido, tú que más de siete
veces
me has confortado y hecho libre
de
los grandes peligros que he encontrado,
no
me dejies -le dije- así perdido;
y
si seguir mas lejos nos impiden,
juntos
volvamos hacia atrás los pasos.»
Y
aquel señor que allí me condujera
«No
temas -dijo- porque nuestro paso
nadie
puede parar: tal nos lo otorga.
Mas
espérame aquí, y tu ánimo flaco
conforta
y alimenta de esperanza,
que
no te dejaré en el bajo mundo.»
Así
se fue, y allí me abandonó
el
dulce padre, y yo me quedé en duda
pues
en mi mente el no y el sí luchaban.
No
pude oír qué fue lo que les dijo:
mas
no habló mucho tiempo con aquéllos,
pues
hacia adentro todos se marcharon.
Cerráronle
las puertas los demonios
en
la cara a mi guía, y quedó afuera,
y
se vino hacia mí con pasos lentos.
Gacha
la vista y privado su rostro
de
osadía ninguna, y suspiraba:
«
¡Quién las dolientes casa me ha cerrado!»
Y
él me dijo: «Tú, porque yo me irrite,
no
te asustes, pues venceré la prueba,
por
mucho que se empeñen en prohibirlo.
No
es nada nueva esta insolencia suya,
que
ante menos secreta puerta usaron,
que
hasta el momento se halla sin cerrojos.
Sobre
ella contemplaste el triste escrito:
y
ya baja el camino desde aquélla,
pasando
por los cercos sin escolta,
quien
la ciudad al fin nos hará franca.
CANTO
IX
El
color que sacó a mi cara el miedo
cuando
vi que mi guía se tornaba,
lo
quitó de la suya con presteza.
Atento
se paró como escuchando,
pues
no podía atravesar la vista
el
aire negro y la neblina densa.
«Deberemos
vencer en esta lucha
-comenzó
él- si no... Es la promesa.
¡Cuánto
tarda en llegar quien esperamos.»
Y
me di cuenta de que me ocultaba
lo
del principio con lo que siguió,
pues
palabras distintas fueron éstas;
pero
no menos miedo me causaron,
porque
pensaba que su frase trunca
tal
vez peor sentido contuviese.
«
¿En este fondo de la triste hoya
bajó
algún otro, desde el purgatorio
donde
es pena la falta de esperanza?»
Esta
pregunta le hice y: «Raramente
-él
respondió- sucede que otro alguno
haga
el camino por el que yo ando.
Verdad
es que otra vez estuve aquí,
por
la cruel Eritone conjurado,
que
a sus cuerpos las almas reclamaba.
De
mí recién desnuda era mi sombrío,
cuando
ella me hizo entrar tras de aquel muro,
a
traer un alma del pozo de Judas.
Aquel
es el más bajo, el más sombrío,
y
el lugar de los cielos más lejano;
bien
sé el camino, puedes ir sin miedo.
Este
pantano que gran peste exhala
en
torno ciñe la ciudad doliente,
donde
entrar no podemos ya sin ira.»
Dijo
algo más, pero no lo recuerdo,
porque
mi vista se había fijado
en
la alta torre de cima ardorosa,
donde
al punto de pronto aparecieron
tres
sanguinosas furias infernales
que
cuerpo y porte de mujer tenían,
se
ceñían con serpientes verdes;
su
pelo eran culebras y cerastas
con
que peinaban sus horribles sienes:
Y
él que bien conocía a las esclavas
de
la reina del llanto sempiterno
Las
Feroces Erinias -dijo- mira:
Meguera
es esa del izquierdo lado,
esa
que llora al derecho es Aleto;
Tesfone
está en medio.» Y más no dijo.
Con
las uñas el pecho se rasgaban,
y
se azotaban, gritando tan alto,
que
me estreché al poeta, temeroso.
«Ah,
que venga Medusa a hacerle piedra
-las
tres decían mientras me miraban-
malo
fue el no vengarnos de Teseo.»
«Date
la vuelta y cierra bien los ojos;
si
viniera Gorgona y la mirases
nunca
podrías regresar arriba.»
Asf
dijo el Maestro, y en persona
me
volvió, sin fiarse de mis manos,
que
con las suyas aún no me tapase.
Vosotros
que tenéis la mente sana,
observad
la doctrina que se esconde
bajo
el velo de versos enigmáticos.
Mas
ya venía por las turbias olas
el
estruendo de un son de espanto lleno,
por
lo que retemblaron ambas márgenes;
hecho
de forma semejante a un viento
que,
impetuoso a causa de contrarios
ardores,
hiere el bosque y, sin descanso,
las
ramas troncha, abate y lejos lleva;
delante
polvoroso va soberbio,
y
hace escapar a fieras y a pastores.
Me
destapó los ojos: «Lleva el nervio
de
la vista por esa espuma antigua,
hacia
allí donde el humo es más acerbo.»
Como
las ranas ante la enemiga
bicha,
en el agua se sumergen todas,
hasta
que todas se juntan en tierra,
más
de un millar de almas destruidas
vi
que huían ante uno, que a su paso
cruzaba
Estigia con los pies enjutos.
Del
rostro se apartaba el aire espeso
de
vez en cuando con la mano izquierda;
y
sólo esa molestia le cansaba.
Bien
noté que del cielo era enviado,
y
me volví al maestro que hizo un signo
de
que estuviera quieto y me inclinase.
¡Cuán
lleno de desdén me parecía!
Llegó
a la puerta, y con una varita
la
abrió sin encontrar impedimento.
«¡Oh,
arrojados del cielo, despreciados!
-gritóles
él desde el umbral horrible-.
¿Cómo
es que aún conserváis esta arrogancia?
¿Y
por que os resistis a aquel deseo
cuyo
fin nunca pueda detenerse,
y
que más veces acreció el castigo?
¿De
qué sirve al destino dar de coces?
Vuestro
Cerbero, si bien recordáis,
aún
hocico y mentón lleva pelados.»
Luego
tomó el camino cenagoso,
sin
decirnos palabra, mas con cara
de
a quien otro cuidado apremia y muerde,
y
no el de aquellos que tiene delante.
A
la ciudad los pasos dirigimos,
seguros
ya tras sus palabras santas.
Dentro,
sin guerra alguna, penetramos;
y
yo, que de mirar estaba ansioso
todas
las cosas que el castillo encierra,
al
estar dentro miro en torno mío;
y
veo en todas partes un gran campo,
lleno
de pena y reo de tormentos.
Como
en Arlés donde se estanca el Ródano,
o
como el Pola cerca del Carnaro,
que
Italia cierra y sus límites baña,
todo
el sitio ondulado hacen las tumbas,
de
igual manera allí por todas partes,
salvo
que de manera aún más amarga,
pues
llamaradas hay entre las fosas;
y
tanto ardían que en ninguna fragua,
el
hierro necesita tanto fuego.
Sus
lápidas estaban removidas,
y
salían de allí tales lamentos,
que
parecían de almas condenadas.
Y
yo: « Maestro, qué gentes son esas
que,
sepultadas dentro de esas tumbas,
se
hacen oír con dolientes suspiros?»
Y
dijo: «Están aquí los heresiarcas,
sus
secuaces, de toda secta, y llenas
están
las tumbas más de lo que piensas.
El
igual con su igual está enterrado,
y
los túmulos arden más o menos.»
Y
luego de volverse a la derecha,
cruzamos
entre fosas y altos muros.
CANTO
X
Siguió
entonces por una oculta senda
entre
aquella muralla y los martirios
mi
Maestro, y yo fui tras de sus pasos.
«Oh
virtud suma, que en los infernales
circulos
me conduces a tu gusto,
háblame
y satisface mis deseos:
a
la gente que yace en los supulcros
¿la
podré ver?, pues ya están levantadas
todas
las losas, y nadie vigila.»
Y
él repuso: «Cerrados serán todos
cuando
aquí vuelvan desde Josafat
con
los cuerpos que allá arriba dejaron.
Su
cementerio en esta parte tienen
con
Epicuro todos sus secuaces
que
el alma, dicen, con el cuerpo muere.
Pero
aquella pregunta que me hiciste
pronto
será aquí mismo satisfecha,
y
también el deseo que me callas.»
Y
yo: «Buen guía, no te oculta nada
mi
corazón, si no es por hablar poco;
y
tú me tienes a ello predispuesto.»
«Oh
toscano que en la ciudad del fuego
caminas
vivo, hablando tan humilde,
te
plazca detenerte en este sitio,
porque
tu acento demuestra que eres
natural
de la noble patria aquella
a
la que fui, tal vez, harto dañoso.»
Este
son escapó súbitamente
desde
una de las arcas; y temiendo,
me
arrimé un poco más a mi maestro.
Pero
él me dijo: « Vuélvete, ¿qué haces?
mira
allí a Farinatta que se ha alzado;
le
verás de cintura para arriba.»
Fijado
en él había ya mi vista;
y
aquél se erguía con el pecho y frente
cual
si al infierno mismo despreciase.
Y
las valientes manos de mi guía
me
empujaron a él entre las tumbas,
diciendo:
«Sé medido en tus palabras.»
Como
al pie de su tumba yo estuviese,
me
miró un poco, y como con desdén,
me
preguntó: «¿Quién fueron tus mayores?»
Yo,
que de obedecer estaba ansioso,
no
lo oculté, sino que se lo dije,
y
él levantó las cejas levemente.
«Con
fiereza me fueron adversarios
a
mí y a mi partido y mis mayores,
y
así dos veces tuve que expulsarles.»
«
Si les echaste -dije- regresaron
de
todas partes, una y otra vez;
mas
los vuestros tal arte no aprendieron.»
Surgió
entonces al borde de su foso
otra
sombra, a su lado, hasta la barba:
creo
que estaba puesta de rodillas.
Miró
a mi alrededor, cual si propósito
tuviese
de encontrar conmigo a otro,
y
cuando fue apagada su sospecha,
llorando
dijo: «Si por esta ciega
cárcel
vas tú por nobleza de ingenio,
¿y
mi hijo?, ¿por qué no está contigo?»
Y
yo dije: «No vengo por mí mismo,
el
que allá aguarda por aquí me lleva
a
quien Guido, tal vez, fue indiferente.»
Sus
palabras y el modo de su pena
su
nombre ya me habian revelado;
por
eso fue tan clara mi respuesta.
Súbitamente
alzado gritó: «¿Cómo
has
dicho?, ¿Fue?, ¿Es que entonces ya no vive?
¿La
dulce luz no hiere ya sus ojos?»
Y
al advertir que una cierta demora
antes
de responderle yo mostraba,
cayó
de espaldas sin volver a alzarse.
Mas
el otro gran hombre, a cuyo ruego
yo
me detuve, no alteró su rostro,
ni
movió el cuello, ni inclinó su cuerpo.
Y
así, continuando lo de antes,
«Que
aquel arte -me dijo- mal supieran,
eso,
más que este lecho, me tortura.
Pero
antes que cincuenta veces arda
la
faz de la señora que aquí reina,
tú
has de saber lo que tal arte pesa.
Y
así regreses a ese dulce mundo,
dime,
¿por qué ese pueblo es tan impío
contra
los míos en todas sus leyes?»
Y
yo dije: «El estrago y la matanza
que
teñirse de rojo al Arbia hizo,
obliga
a tal decreto en nuestros templos.»
Me
respondió moviendo la cabeza:
«No
estuve solo álli, ni ciertamente
sin
razón me movi con esos otros:
mas
estuve yo solo, cuando todos
en
destruir Florencia consentían,
defendiéndola
a rostro descubierto.»
«Ah,
que repose vuestra descendencia
-yo
le rogué-, este nudo desatadme
que
ha enmarañado aquí mi pensamiento.
Parece
que sabéis, por lo que escucho,
lo
que nos trae el tiempo de antemano,
mas
usáis de otro modo en lo de ahora.»
«Vemos,
como quien tiene mala luz,
las
cosas -dijo- que se encuentran lejos,
gracias
a lo que esplende el Sumo Guía.
Cuando
están cerca, o son, vano es del todo
nuestro
intelecto; y si otros no nos cuentan,
nada
sabemos del estado humano.
Y
comprender podrás que muerto quede
nuestro
conocimiento en aquel punto
que
se cierre la puerta del futuro.»
Arrepentido
entonces de mi falta,
dije:
«Diréis ahora a aquel yacente
que
su hijo aún se encuentra con los vivos;
y
si antes mudo estuve en la respuesta,
hazle
saber que fue porque pensaba
ya
en esa duda que me habéis resuelto.»
Y
ya me reclamaba mi maestro;
y
yo rogué al espíritu que rápido
me
refiriese quién con él estaba.
Díjome:
«Aquí con más de mil me encuentro;
dentro
se halla el segundo Federico,
y
el Cardenal, y de los otros callo.»
Entonces
se ocultó; y yo hacia el antiguo
poeta
volví el paso, repensando
esas
palabras que creí enemigas.
él
echó a andar y luego, caminando,
me
dijo: «¿Por qué estás tan abatido?»
Y
yo le satisfice la pregunta.
«
Conserva en la memoria lo que oíste
contrario
a ti -me aconsejó aquel sabio-
y
atiende ahora -y levantó su dedo-:
cuando
delante estés del dulce rayo
de
aquella cuyos ojos lo ven todo
de
ella sabrás de tu vida el viaje.
Luego
volvió los pies a mano izquierda:
dejando
el muro, fuimos hacia el centro
por
un sendero que conduce a un valle,
cuyo
hedor hasta allí desagradaba.
CANTO
XI
Por
el extremo de un acantilado,
que
en circulo formaban peñas rotas,
llegamos
a un gentío aún más doliente;
y
allí, por el exceso tan horrible
de
la peste que sale del abismo,
al
abrigo detrás nos colocamos
de
un gran sepulcro, donde vi un escrito
«Aquí
el papa Anastasio está encerrado
que
Fotino apartó del buen camino.»
«Conviene
que bajemos lentamente,
para
que nuestro olfato se acostumbre
al
triste aliento; y luego no moleste.»
Así
el Maestro, y yo: «Compensación
-díjele-
encuentra, pues que el tiempo en balde
no
pase.» Y él: «Ya ves que en eso pienso.
Dentro,
hijo mío, de estos pedregales
-luego
empezó a decir- tres son los círculos
que
van bajando, como los que has visto.
Todos
llenos están de condenados,
mas
porque luego baste que los mires,
oye
cómo y por qué se les encierra:
Toda
maldad, que el odio causa al cielo,
tiene
por fin la injuria, y ese fin
o
con fuerza o con fraude a otros contrista;
mas
siendo el fraude un vicio sólo humano,
más
lo odia Dios, por ello son al fondo
los
fraudulentos aún más castigados.
De
los violentos es el primer círculo;
mas
como se hace fuerza a tres personas,
en
tres recintos está dividido;
a
Dios, y a sí, y al prójimo se puede
forzar;
digo a ellos mismos y a sus cosas,
como
ya claramente he de explicarte.
Muerte
por fuerza y dolientes heridas
al
prójimo se dan, y a sus haberes
ruinas,
incendios y robos dañosos;
y
así a homicidas y a los que mal hieren,
ladrones
e incendiarios, atormenta
el
recinto primero en varios grupos.
Puede
el hombre tener violenta mano
contra
él mismo y sus cosas; y es preciso
que
en el segundo recinto lo purgue
el
que se priva a sí de vuestro mundo,
juega
y derrocha aquello que posee,
y
llora allí donde debió alegrarse.
Puede
hacer fuerza contra la deidad,
blasfemando,
negándola en su alma,
despreciando
el amor de la natura;
y
el recinto menor lleva la marca
del
signo de Cahors y de Sodoma,
y
del que habla de Dios con menosprecio.
El
fraude, que cualquier conciencia muerde,
se
puede hacer a quien de uno se fía,
o
a aquel que la confianza no ha mostrado.
Se
diría que de esta forma matan
el
vínculo de amor que hace natura;
y
en el segundo círculo se esconden
hipocresía,
adulación, quien hace
falsedad,
latrocinio y simonía,
rufianes,
barateros y otros tales.
De
la otra forma aquel amor se olvida
de
la naturaleza, y lo que crea,
de
donde se genera la confianza;
y
al Círculo menor, donde está el centro
del
universo, donde asienta Dite,
el
que traiciona por siempre es llevado.»
Y
yo: «Maestro, muy clara procede
tu
razón, y bastante bien distingue
este
lugar y el pueblo que lo ocupa:
pero
ahora dime: aquellos de la ciénaga,
que
lleva el viento, y que azota la lluvia,
y
que chocan con voces tan acerbas,
¿por
qué no dentro de la ciudad roja
son
castigados, si a Dios enojaron?
y
si no, ¿por qué están en tal suplicio?»
Y
entonces él: «¿Por qué se aleja tanto
-dijo-
tu ingenio de lo que acostumbra?,
¿o
es que tu mente mira hacia otra parte?
¿Ya
no te acuerdas de aquellas palabras
que
reflejan en tu éTICA las tres.
inclinaciones
que no quiere el cielo,
incontinencia,
malicia y la loca
bestialidad?
¿y cómo incontinencia
menos
ofende y menos se castiga?
Y
si miras atento esta sentencia,
y
a la mente preguntas quién son esos
que
allí fuera reciben su castigo,
comprenderás
por qué de estos felones
están
aparte, y a menos crudeza
la
divina venganza les somete.»
«Oh
sol que curas la vista turbada,
tú
me contentas tanto resolviendo,
que
no sólo el saber, dudar me gusta.
Un
poco más atrás vuélvete ahora
-díjele--,
allí donde que usura ofende
a
Dios dijiste, y quítame el enredo.»
«A
quien la entiende, la Filosofía
hace
notar, no sólo en un pasaje
cómo
natura su carrera toma
del
divino intelecto y de su arte;
y
si tu FíSICA miras despacio,
encontrarás,
sin mucho que lo busques,
que
el arte vuestro a aquélla, cuanto pueda,
sigue
como al maestro su discípulo,
tal
que vuestro arte es como de Dios nieto.
Con
estas dos premisas, si recuerdas
el
principio del Génesis, debemos
ganarnos
el sustento con trabajo.
Y
al seguir el avaro otro camino,
por
éste, a la natura y a sus frutos,
desprecia,
y pone en lo otro su esperanza.
Mas
sígueme, porque avanzar me place;
que
Piscis ya remonta el horizonte
y
todo el Carro yace sobre el Coro,
y
el barranco a otro sitio se despeña.
CANTO
XII
Era
el lugar por el que descendimos
alpestre
y, por aquel que lo habitaba,
cualquier
mirada hubiéralo esquivado.
Como
son esas ruinas que al costado
de
acá de Trento azota el río Adigio,
por
terremoto o sin tener cimientos,
que
de lo alto del monte, del que bajan
al
llano, tan hendida está la roca
que
ningún paso ofrece a quien la sube;
de
aquel barranco igual era el descenso;
y
allí en el borde de la abierta sima,
el
oprobio de Creta estaba echado
que
concebido fue en la falsa vaca;
cuando
nos vio, a sí mismo se mordía,
tal
como aquel que en ira se consume.
Mi
sabio entonces le gritó: «Por suerte
piensas
que viene aquí el duque de Atenas,
que
allí en el mundo la muerte te trajo?
Aparta,
bestia, porque éste no viene
siguiendo
los consejos de tu hermana,
sino
por contemplar vuestros pesares.»
Y
como el toro se deslaza cuando
ha
recibido ya el golpe de muerte,
y
huir no puede, mas de aquí a allí salta,
así
yo vi que hacía el Minotauro;
y
aquel prudente gritó: «Corre al paso;
bueno
es que bajes mientras se enfurece.»
Descendimos
así por el derrumbe
de
las piedras, que a veces se movían
bajo
mis pies con esta nueva carga.
Iba
pensando y díjome: «Tú piensas
tal
vez en esta ruina, que vigila
la
ira bestial que ahora he derrotado.
Has
de saber que en la otra ocasión
que
descendí a lo hondo del infierno,
esta
roca no estaba aún desgarrada;
pero
sí un poco antes, si bien juzgo,
de
que viniese Aquel que la gran presa
quitó
a Dite del círculo primero,
tembló
el infecto valle de tal modo
que
pensé que sintiese el universo
amor,
por el que alguno cree que el mundo
muchas
veces en caos vuelve a trocarse;
y
fue entonces cuando esta vieja roca
se
partió por aquí y por otros lados.
Mas
mira el valle, pues que se aproxima
aquel
río sangriento, en el cual hierve
aquel
que con violencia al otro daña.»
¡Oh
tú, ciega codicia, oh loca furia,
que
así nos mueves en la corta vida,
y
tan mal en la eterna nos sumerges!
Vi
una amplia fosa que torcía en arco,
y
que abrazaba toda la llanura,
según
lo que mi guía había dicho.
Y
por su pie corrían los centauros,
en
hilera y armados de saetas,
como
cazar solían en el mundo.
Viéndonos
descender, se detuvieron,
y
de la fila tres se separaron
con
los arcos y flechas preparadas.
Y
uno gritó de lejos: «¿A qué pena
venís
vosotros bajando la cuesta?
Decidlo
desde allí, o si no disparo.»
«La
respuesta -le dijo mi maestro-
daremos
a Quirón cuando esté cerca:
tu
voluntad fue siempre impetuosa.»
Después
me tocó, y dijo: «Aquel es Neso,
que
murió por la bella Deyanira,
contra
sí mismo tomó la venganza.
Y
aquel del medio que al pecho se mira,
el
gran Quirón, que fue el ayo de Aquiles;
y
el otro es Folo, el que habló tan airado.
Van
a millares rodeando el foso,
flechando
a aquellas almas que abandonan
la
sangre, más que su culpa permite.»
Nos
acercamos a las raudas fieras:
Quirón
cogió una flecha, y con la punta,
de
la mejilla retiró la barba.
Cuando
hubo descubierto la gran boca,
dijo
a sus compañeros; «¿No os dais cuenta
que
el de detrás remueve lo que pisa?
No
lo suelen hacer los pies que han muerto.»
Y
mi buen guía, llegándole al pecho,
donde
sus dos naturas se entremezclan,
respondió:
«Está bien vivo, y a él tan sólo
debo
enseñarle el tenebroso valle:
necesidad
le trae, no complacencia.
Alguien
cesó de cantar Aleluya,
y
ésta nueva tarea me ha encargado:
él
no es ladrón ni yo alma condenada.
Mas
por esta virtud por la cual muevo
los
pasos por camino tan salvaje,
danos
alguno que nos acompañe,
que
nos muestre por dónde se vadea,
y
que a éste lleve encima de su grupa,
pues
no es alma que viaje por el aire.»
Quirón
se volvió atrás a la derecha,
y
dijo a Neso: «Vuelve y dales guía,
y
hazles pasar si otro grupo se encuentran.»
Y
nos marchamos con tan fiel escolta
por
la ribera del bullir rojizo,
donde
mucho gritaban los que hervían.
Gente
vi sumergida hasta las cejas,
y
el gran centauro dijo: « Son tiranos
que
vivieron de sangre y de rapiña:
lloran
aquí sus daños despiadados;
está
Alejandro, y el feroz Dionisio
que
a Sicilia causó tiempos penosos.
Y
aquella frente de tan negro pelo,
es
Azolino; y aquel otro rubio,
es
Opizzo de Este, que de veras
fue
muerto por su hijastro allá en el mundo.»
Me
volví hacia el poeta y él me dijo:
«Ahora
éste es el primero, y yo el segundo.»
Al
poco rato se fijó el Centauro
en
unas gentes, que hasta la garganta
parecían,
salir del hervidero.
Díjonos
de una sombra ya apartada:
«En
la casa de Dios aquél hirió -
el
corazón que al Támesis chorrea.»
Luego
vi gentes que sacaban fuera
del
río la cabeza, y hasta el pecho;
y
yo reconocí a bastantes de ellos.
Asi
iba descendiendo poco a poco
aquella
sangre que los pies cocía,
y
por allí pasamos aquel foso.
«Así
como tú ves que de esta parte
el
hervidero siempre va bajando,
-dijo
el centauro- quiero que conozcas
que
por la otra más y más aumenta
su
fondo, hasta que al fin llega hasta el sitio
en
donde están gimiendo los tiranos.
La
diving justicia aquí castiga
a
aquel Atila azote de la tierra
y
a Pirro y Sexto; y para siempre ordeña
las
lágrimas, que arrancan los hervores,
a
Rinier de Corneto, a Rinier Pazzo
qué
en los caminos tanta guerra hicieron.»
Volvióse
luego y franqueó aquel vado.
CANTO
XIII
Neso
no había aún vuelto al otro lado,
cuando
entramos nosotros por un bosque
al
que ningún sendero señalaba.
No
era verde su fronda, sino oscura;
ni
sus ramas derechas, mas torcidas;
sin
frutas, mas con púas venenosas.
Tan
tupidos, tan ásperos matojos
no
conocen las fieras que aborrecen
entre
Corneto y Cécina los campos.
Hacen
allí su nido las arpías,
que
de Estrófane echaron al Troyano
con
triste anuncio de futuras cuitas.
Alas
muy grandes, cuello y rostro humanos
y
garras tienen, y el vientre con plumas;
en
árboles tan raros se lamentan.
Y
el buen Maestro: «Antes de adentrarte,
sabrás
que este recinto es el segundo
-me
comenzó a decir- y estarás hasta
que
puedas ver el horrible arenal;
mas
mira atentamente; así verás
cosas
que si te digo no creerías.»
Yo
escuchaba por todas partes ayes,
y
no vela a nadie que los diese,
por
lo que me detuve muy asustado.
Yo
creí que él creyó que yo creía
que
tanta voz salía del follaje,
de
gente que a nosotros se ocultaba.
Y
por ello me dijo: «Si tronchases
cualquier
manojo de una de estas plantas,
tus
pensamientos también romperias.»
Entonces
extendí un poco la mano,
y
corté una ramita a un gran endrino;
y
su tronco gritó: «¿Por qué me hieres?
Y
haciéndose después de sangre oscuro
volvió
a decir: «Por qué así me desgarras?
¿es
que no tienes compasión alguna?
Hombres
fuimos, y ahora matorrales;
más
piadosa debiera ser tu mano,
aunque
fuéramos almas de serpientes.»
Como.
una astilla verde que encendida
por
un lado, gotea por el otro,
y
chirría el vapor que sale de ella,
así
del roto esqueje salen juntas
sangre
y palabras: y dejé la rama
caer
y me quedé como quien teme.
«Si
él hubiese creído de antemano
-le
respondió mi sabio-, ánima herida,
aquello
que en mis rimas ha leído,
no
hubiera puesto sobre ti la mano:
mas
me ha llevado la increible cosa
a
inducirle a hacer algo que me pesa:
mas
dile quién has sido, y de este modo
algún
aumento renueve tu fama
alli
en el mundo, al que volver él puede.»
Y
el tronco: «Son tan dulces tus lisonjas
que
no puedo callar; y no os moleste
si
en hablaros un poco me entretengo:
Yo
soy aquel que tuvo las dos llaves
que
el corazón de Federico abrían
y
cerraban, de forma tan suave,
que
a casi todos les negó el secreto;
tanta
fidelidad puse en servirle
que
mis noches y días perdí en ello.
La
meretriz que jamás del palacio
del
César quita la mirada impúdica,
muerte
común y vicio de las cortes,
encendió
a todos en mi contra; y tanto
encendieron
a Augusto esos incendios
que
el gozo y el honor trocóse en lutos;
mi
ánimo, al sentirse despreciado,
creyendo
con morir huir del desprecio,
culpable
me hizo contra mí inocente.
Por
las raras raíces de este leño,
os
juro que jamás rompí la fe
a
mi señor, que fue de honor tan digno.
Y
si uno de los dos regresa al mundo,
rehabilite
el recuerdo que se duele
aún
de ese golpe que asesta la envidia.»
Paró
un poco, y después: «Ya que se calla,
no
pierdas tiempo -dijome el poeta-
habla
y pregúntale si más deseas.»
Yo
respondí: «Pregúntale tú entonces
lo
que tú pienses que pueda gustarme;
pues,
con tanta aflicción, yo no podría.»
Y
así volvió a empezar: «Para que te haga
de
buena gana aquello que pediste,
encarcelado
espíritu, aún te plazca
decirnos
cómo el alma se encadena
en
estos troncos; dinos, si es que puedes,
si
alguna se despega de estos miembros.»
Sopló
entonces el tronco fuememente
trocándose
aquel viento en estas voces:
«Brevemente
yo quiero responderos;
cuando
un alma feroz ha abandonado
el
cuerpo que ella misma ha desunido
Minos
la manda a la séptima fosa.
Cae
a la selva en parte no elegida;
mas
donde la fortuna la dispara,
como
un grano de espelta allí germina;
surge
en retoño y en planta silvestre:
y
al converse sus hojas las Arpías,
dolor
le causan y al dolor ventana.
Como
las otras, por nuestros despojos,
vendremos,
sin que vistan a ninguna;
pues
no es justo tener lo que se tira.
A
rastras los traeremos, y en la triste
selva
serán los cuerpos suspendidos,
del
endrino en que sufre cada sombra.»
Aún
pendientes estábamos del tronco
creyendo
que quisiera más contarnos,
cuando
de un ruido fuimos sorprendidos,
Igual
que aquel que venir desde el puesto
escucha
al jabalí y a la jauría
y
oye a las bestias y un ruido de frondas;
Y
miro a dos que vienen por la izquierda,
desnudos
y arañados, que en la huida,
de
la selva rompían toda mata.
Y
el de delante: «¡Acude, acude, muerte!»
Y
el otro, que más lento parecía,
gritaba:
«Lano, no fueron tan raudas
en
la batalla de Toppo tus piernas.»
Y
cuando ya el aliento le faltaba,
de
él mismo y de un arbusto formó un nudo.
La
selva estaba llena detrás de ellos
de
negros canes, corriendo y ladrando
cual
lebreles soltados de traílla.
El
diente echaron al que estaba oculto
y
lo despedazaron trozo a trozo;
luego
llevaron los miembros dolientes.
Cogióme
entonces de la mano el guía,
y
me llevó al arbusto que lloraba,
por
los sangrantes rotos, vanamente.
Decía:
«Oh Giácomo de Sant' Andrea,
¿qué
te ha valido de mí hacer refugio?
¿qué
culpa tengo de tu mala vida?»
Cuando
el maestro se paró a su lado,
dijo:
«¿Quién fuiste, que por tantas puntas
con
sangre exhalas tu habla dolorosa?»
Y
él a nosotros: «Oh almas que llegadas
sois
a mirar el vergonzoso estrago,
que
mis frondas así me ha desunido,
recogedlas
al pie del triste arbusto.
Yo
fui de la ciudad que en el Bautista
cambió
el primer patrón: el cual, por esto
con
sus artes por siempre la hará triste;
y
de no ser porque en el puente de Arno
aún
permanece de él algún vestigio,
esas
gentes que la reedificaron
sobre
las ruinas que Atila dejó,
habrían
trabajado vanamente.
Yo
de mi casa hice mi cadalso.»
CANTO
XIV
Y
como el gran amor del lugar patrio
me
conmovió, reuní la rota fronda,
y
se la devolví a quien ya callaba.
Al
límite llegamos que divide
el
segundo recinto del tercero,
y
vi de la justicia horrible modo.
Por
bien manifestar las nuevas cosas,
he
de decir que a un páramo llegamos,
que
de su seno cualquier planta ahuyenta.
La
dolorosa selva es su guirnalda,
como
para ésta lo es el triste foso;
justo
al borde los pasos detuvimos.
Era
el sitio una arena espesa y seca,
hecha
de igual manera que esa otra
que
oprimiera Catón con su pisada.
¡Oh
venganza divina, cuánto debes
ser
temida de todo aquel que lea
cuanto
a mis ojos fuera manifiesto!
De
almas desnudas vi muchos rebaños,
todas
llorando llenas de miseria,
y
en diversas posturas colocadas:
unas
gentes yacían boca arriba;
encogidas
algunas se sentaban,
y
otras andaban incesantemente.
Eran
las más las que iban dando vueltas,
menos
las que yacían en tormento,
pero
más se quejaban de sus males.
Por
todo el arenal, muy lentamente,
llueven
copos de fuego dilatados,
como
nieve en los Alpes si no hay viento.
Como
Alejandro en la caliente zona
de
la India vio llamas que caían
hasta
la tierra sobre sus ejércitos;
por
lo cual ordenó pisar el suelo
a
sus soldados, puesto que ese fuego
se
apagaba mejor si estaba aislado,
así
bajaba aquel ardor eterno;
y
encendía la arena, tal la yesca
bajo
eslabón, y el tormento doblaba.
Nunca
reposo hallaba el movimiento
de
las míseras manos, repeliendo
aquí
o allá de sí las nuevas llamas.
br>
Yo
comencé: «Maestro, tú que vences
todas
las cosas, salvo a los demonios
que
al entrar por la puerta nos salieron,
¿Quién
es el grande que no se preocupa
del
fuego y yace despectivo y fiero,
cual
si la lluvia no le madurase?»
Y
él mismo, que se había dado cuenta
que
preguntaba por él a mi guía,
gritó:
« Como fui vivo, tal soy muerto.
Aunque
Jove cansara a su artesano
de
quien, fiero, tomó el fulgor agudo
con
que me golpeó el último día,
o
a los demás cansase uno tras otro,
de
Mongibelo en esa negra fragua,
clamando:
"Buen Vulcano, ayuda, ayuda"
tal
como él hizo en la lucha de Flegra,
y
me asaeteara con sus fuerzas,
no
podría vengarse alegremente.»
Mi
guía entonces contestó con fuerza
tanta,
que nunca le hube así escuchado:
«Oh
Capaneo, mientras no se calme
tu
soberbia, serás más afligido:
ningún
martirio, aparte de tu rabia,
a
tu furor dolor será adecuado.»
Después
se volvió a mí con mejor tono,
«éste
fue de los siete que asediaron
a
Tebas; tuvo a Dios, y me parece
que
aún le tenga, desdén, y no le implora;
mas
como yo le dije, sus despechos
son
en su pecho galardón bastante.
Sígueme
ahora y cuida que tus pies
no
pisen esta arena tan ardiente,
mas
camina pegado siempre al bosque.»
En
silencio llegamos donde corre
fuera
ya de la selva un arroyuelo,
cuyo
rojo color aún me horripila:
como
del Bulicán sale el arroyo
que
reparten después las pecadoras, t
al
corrta a través de aquella arena.
El
fondo de éste y ambas dos paredes
eran
de piedra, igual que las orillas;
y
por ello pensé que ése era el paso.
«Entre
todo lo que yo te he enseñado,
desde
que atravesamos esa puerta
cuyos
umbrales a nadie se niegan,
ninguna
cosa has visto más notable
como
el presente río que las llamas
apaga
antes que lleguen a tocarle.»
Esto
dijo mi guía, por lo cual
yo
le rogué que acrecentase el pasto,
del
que acrecido me había el deseo.
«Hay
en medio del mar un devastado
país
-me dijo- que se llama Creta;
bajo
su rey fue el mundo virtuoso.
Hubo
allí una montaña que alegraban
aguas
y frondas, se llamaba Ida:
cual
cosa vieja se halla ahora desierta.
La
excelsa Rea la escogió por cuna
para
su hijo y, por mejor guardarlo,
cuando
lloraba, mandaba dar gritos.
Se
alza un gran viejo dentro de aquel monte,
que
hacia Damiata vuelve las espaldas
y
al igual que a un espejo a Roma mira.
Está
hecha su cabeza de oro fino,
y
plata pura son brazos y pecho,
se
hace luego de cobre hasta las ingles;
y
del hierro mejor de aquí hasta abajo,
salvo
el pie diestro que es barro cocido:
y
más en éste que en el otro apoya.
Sus
partes, salvo el oro, se hallan rotas
por
una raja que gotea lágrimas,
que
horadan, al juntarse, aquella gruta;
su
curso en este valle se derrama:
forma
Aqueronte, Estigia y Flagetonte;
corre
después por esta estrecha espita
al
fondo donde más no se desciende:
forma
Cocito; y cuál sea ese pantano
ya
lo verás; y no te lo describo.»
Yo
contesté: «Si el presente riachuelo
tiene
así en nuestro mundo su principio,
¿como
puede encontrarse en este margen?»
Respondió:
«Sabes que es redondo el sitio,
y
aunque hayas caminado un largo trecho
hacia
la izquierda descendiendo al fondo,
aún
la vuelta completa no hemos dado;
por
lo que si aparecen cosas nuevas,
no
debes contemplarlas con asombro.»
Y
yo insistí «Maestro, ¿dónde se hallan
Flegetonte
y Leteo?; a uno no nombras,
y
el otro dices que lo hace esta lluvia.»
«Me
agradan ciertamente tus preguntas
-dijo-,
mas el bullir del agua roja
debía
resolverte la primera.
Fuera
de aquí podrás ver el Leteo,
allí
donde a lavarse van las almas,
cuando
la culpa purgada se borra.»
Dijo
después: «Ya es tiempo de apartarse
del
bosque; ven caminando detrás:
dan
paso las orillas, pues no queman,
y
sobre ellas se extingue cualquier fuego.»
CANTO
XV
Caminamos
por uno de los bordes,
y
tan denso es el humo del arroyo,
que
del fuego protege agua y orillas.
Tal
los flamencos entre Gante y Brujas,
temiendo
el viento que en invierno sopla,
a
fin de que huya el mar hacen sus diques;
y
como junto al Brenta los paduanos
por
defender sus villas y castillos,
antes
que Chiarentana el calor sienta;
de
igual manera estaban hechos éstos,
sólo
que ni tan altos ni tan gruesos,
fuese
el que fuese quien los construyera.
Ya
estábamos tan lejos de la selva
que
no podría ver dónde me hallaba,
aunque
hacia atrás yo me diera la vuelta,
cuando
encontramos un tropel de almas
que
andaban junto al dique, y todas ellas
nos
miraban cual suele por la noche
mirarse
el uno al otro en luna nueva;
y
para vernos fruncían las cejas
como
hace el sastre viejo con la aguja.
Examinado
así por tal familia,
de
uno fui conocido, que agarró
mi
túnica y gritó: «¡Qué maravilla!»
y
yo, al verme cogido por su mano
fijé
la vista en su quemado rostro,
para
que, aun abrasado, no impidiera,
su
reconocimiento a mi memoria;
e
inclinando la mía hacia su cara
respondí:
«¿Estáis aquí, señor Brunetto?»
«Hijo,
no te disguste -me repuso-
si
Brunetto Latino deja un rato
a
su grupo y contigo se detiene.»
Y
yo le dije: «Os lo pido gustoso;
y
si queréis que yo, con vos me pare,
lo
haré si place a aquel con el que ando.»
«Hijo
-repuso-, aquel de este rebaño
que
se para, después cien años yace,
sin
defenderse cuando el fuego quema.
Camina
pues: yo marcharé a tu lado;
y
alcanzaré más tarde a mi mesnada,
que
va llorando sus eternos males.»
Yo
no osaba bajarme del camino
y
andar con él; mas gacha la cabeza
tenía
como el hombre reverente.
él
comenzó: «¿Qué fortuna o destino
antes
de postrer día aquí te trae?
¿y
quién es éste que muestra el camino?»
Y
yo: «Allá arriba, en la vida serena
-le
respondí- me perdí por un valle,
antes
de que mi edad fuese perfecta.
Lo
dejé atrás ayer por la mañana;
éste
se apareció cuando a él volvía,
y
me lleva al hogar por esta ruta.»
Y
él me repuso: «Si sigues tu estrella
glorioso
puerto alcanzarás sin falta,
si
de la vida hermosa bien me acuerdo;
y
si no hubiese muerto tan temprano,
viendo
que el cielo te es tan favorable,
dado
te habría ayuda en la tarea.
Mas
aquel pueblo ingrato y malicioso
que
desciende de Fiesole de antiguo,
y
aún tiene en él del monte y del peñasco,
si
obras bien ha de hacerse tu contrario:
y
es con razón, que entre ásperos serbales
no
debe madurar el dulce higo.
Vieja
fama en el mundo llama ciegos,
gente
es avara, envidiosa y soberbia:
líbrate
siempre tú de sus costumbres.
Tanto
honor tu fortuna te reserva,
que
la una parte y la otra tendrán hambre
de
ti; mas lejos pon del chivo el pasto.
Las
bestias fiesolanas se apacienten
de
ellas mismas, y no toquen la planta,
si
alguna surge aún entre su estiércol,
en
que reviva la simiente santa
de
los romanos que quedaron, cuando
hecho
fue el nido de tan gran malicia.»
«Si
pudiera cumplirse mi deseo
aún
no estaríais vos -le repliqué-
de
la humana natura separado;
que
en mi mente está fija y aún me apena,
querida
y buena, la paterna imagen
vuestra,
cuando en el mundo hora tras hora
me
enseñabais que el hombre se hace eterno;
y
cuánto os lo agradezco, mientras viva,
conviene
que en mi lengua se proclame.
Lo
que narráis de mi carrera escribo,
para
hacerlo glosar, junto a otro texto,
si
hasta ella llego, a la mujer que sabe.
Sólo
quiero que os sea manifiesto
que,
con estar tranquila mi conciencia,
me
doy, sea cual sea, a la Fortuna.
No
es nuevo a mis oídos tal augurio:
mas
la Fortuna hace girar su rueda
como
gusta, y el labrador su azada.»
Entonces
mi maestro la mejilla
derecha
volvió atrás, y me miró;
dijo
después: «Bien oye el precavido.»
Pero
yo no dejé de hablar por eso
con
ser Brunetto, y pregunto quién son
sus
compañeros de más alta fama.
Y
él me dijo: «Saber de alguno es bueno;
de
los demás será mejor que calle,
que
a tantos como son el tiempo es corto.
Sabe,
en suma, que todos fueron clérigos
y
literatos grandes y famosos,
al
mundo sucios de un igual pecado.
Prisciano
va con esa turba mísera,
y
Francesco D'Accorso; y ver con éste,
si
de tal tiña tuvieses deseo,
podrás
a quien el Siervo de los Siervos
hizo
mudar del Arno al Bachiglión,
donde
dejó los nervios mal usados.
De
otros diría, mas charla y camino
no
pueden alargarse, pues ya veo
surgir
del arenal un nuevo humo.
Gente
viene con la que estar no debo:
mi
"Tesoro" te dejo encomendado,
en
el que vivo aún, y más no digo.»
Luego
se fue, y parecía de aquellos
que
el verde lienzo corren en Verona
por
el campo; y entre éstos parecía
de
los que ganan, no de los que pierden.
CANTO
XVI
Ya
estaba donde el resonar se oía
del
agua que caía al otro círculo,
como
el que hace la abeja en la colmena;
cuando
tres sombras juntas se salieron,
corriendo,
de una turba que pasaba
bajo
la lluvia de la áspera pena.
Hacia
nosotros gritando venían:
«Detente
quien parece por el traje
ser
uno de la patria depravada.»
¡Ah,
cuántas llagas vi en aquellos miembros,
viejas
y nuevas, de la llama ardidas!
me
siento aún dolorido al recordarlo.
A
sus gritos mi guía se detuvo;
volvió
el rostro hacia mí, y me dijo: « Espera,
pues
hay que ser cortés con esta gente.
Y
si no fuese por el crudo fuego
que
este sitio asaetea, te diría
que
te apresures tú mejor que ellos.»
Ellos,
al detenernos, reemprendieron
su
antiguo verso; y cuando ya llegaron,
hacen
un corro de sí aquellos tres,
cual
desnudos y untados campeones,
acechando
a su presa y su ventaja,
antes
de que se enzarcen entre ellos;
y
con la cara vuelta, cada uno
me
miraba de modo que al contrario
iba
el cuello del pie continuamente.
«Si
el horror de este suelo movedizo
vuelve
nuestras plegarias despreciables
-uno
empezó- y la faz negra y quemada,
nuestra
fama a tu ánimo suplique
que
nos digas quién eres, que los vivos
pies
tan seguro en el infierno arrastras.
éste,
de quien me ves pisar las huellas,
aunque
desnudo y sin pellejo vaya,
fue
de un grado mayor de lo que piensas,
pues
nieto fue de la bella Gualdrada;
se
llamó Guido Guerra, y en su vida
mucho
obró con su espada y con su juicio.
El
otro, que tras mí la arena pisa,
es
Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz
en
el mundo debiera agradecerse;
y
yo, que en el suplicio voy con ellos,
Jacopo
Rusticucci; y fiera esposa
más
que otra cosa alguna me condena.»
Si
hubiera estado a cubierto del fuego,
me
hubiera ido detrás de ellos al punto,
y
no creo que al guía le importase;
mas
me hubiera abrasado, y de ese modo
venció
el miedo al deseo que tenía,
pues
de abrazarles yo me hallaba ansioso.
Luego
empecé: «No desprecio, mas pena
en
mi interior me causa vuestro estado,
y
es tanta que no puedo desprenderla,
desde
el momento en que mi guía dijo
palabras,
por las cuales yo pensaba
que,
como sois, se acercaba tal gente.
De
vuestra tierra soy, y desde siempre
vuestras
obras y nombres tan honrados,
con
afecto he escuchado y retenido.
Dejo
la hiel y voy al dulce fruto
que
mi guía veraz me ha prometido,
pero
antes tengo que llegar al centro.»
«Muy
largamente el alma te conduzcan
todavía
-me dijo aquél- tus miembros,
y
resplandezca luego tu memoria,
di
si el valor y cortesía aún se hallan
en
nuestra patria tal como solían,
o
si del todo han sido ya expulsados;
que
Giuglielmo Borsiere, el cual se duele
desde
hace poco en nuestro mismo grupo,
con
sus palabras mucho nos aflige.»
«Las
nuevas gentes, las ganancias súbitas,
orgullo
y desmesura han generado,
en
ti, Florencia, y de ello te lamentas.»
Así
grité levantando la cara;
y
los tres, que esto oyeron por respuesta,
se
miraron como ante las verdades.
«Si
en otras ocasiones no te cuesta
satisfacer
a otros -me dijeron-,
dichoso
tú que dices lo que quieres.
Pero
si sales de este mundo ciego
y
vuelves a mirar los bellos astros,
cuando
decir "estuve allí" te plazca,
háblale
de nosotros a la gente.»
Rompieron
luego el círculo y, huyendo,
alas
sus raudas piernas parecían.
Un
amén no podría haberse dicho
antes
de que ellos se hubiesen perdido;
por
lo que el guía quiso que partiésemos.
Yo
iba detrás, y no avanzamos mucho
cuando
el agua sonaba tan de cerca,
que
apenas se escuchaban las palabras.
Como
aquel río sigue su carrera
primero
desde el Veso hacia el levante,
a
la vertiente izquierda de Apenino,
que
Acquaqueta se llama abajo, antes
de
que en un hondo lecho se desplome,
y
en Forlí ya ese nombre no conserva,
resuena
allí sobre San Benedetto,
de
la roca cayendo en la cascada
en
donde mil debieran recibirle;
así
en lo hondo de un despeñadero,
oímos
resonar el agua roja,
que
el oído ofendía al poco tiempo.
Yo
llevaba una cuerda a la cintura
con
la que alguna vez hube pensado
cazar
la onza de la piel pintada.
Luego
de haberme toda desceñido,
como
mi guía lo había mandado,
se
la entregué recogida en un rollo.
Entonces
se volvió hacia la derecha
y,
alejándose un trecho de la orilla,
la
arrojó al fondo de la escarpadura.
«Alguna
novedad ha de venirnos
-pensaba
para mí- del nuevo signo,
que
el maestro así busca con los ojos.»
iCuán
cautos deberían ser los hombres
junto
a aquellos que no sólo las obras,
mas
por dentro el pensar también conocen!
«Pronto
-dijo- verás sobradamente
lo
que espero, y en lo que estás pensando:
pronto
conviene que tú lo descubras.»
La
verdad que parece una mentira
debe
el hombre callarse mientras pueda,
porque
sin tener culpa se avergüence:
pero
callar no puedo; y por las notas,
lector,
de esta Comedia, yo te juro,
así
no estén de larga gracia llenas,
que
vi por aquel oire oscuro y denso
venir
nadando arriba una figura,
que
asustaría el alma más valiente,
tal
como vuelve aquel que va al fondo
a
desprender el ancla que se agarra
a
escollos y otras cosas que el mar cela,
que
el cuerpo extiende y los pies se recoge.
CANTO
XVII
«Mira
la bestia con la cola aguda,
que
pasa montes, rompe muros y armas;
mira
aquella que apesta todo el mundo.»
Así
mi guía comenzó a decirme;
y
le ordenó que se acercase al borde
donde
acababa el camino de piedra.
Y
aquella sucia imagen del engaño
se
acercó, y sacó el busto y la cabeza,
mas
a la orilla no trajo la cola.
Su
cara era la cara de un buen hombre,
tan
benigno tenía lo de afuera,
y
de serpiente todo lo restante.
Garras
peludas tiene en las axilas;
y
en la espalda y el pecho y ambos flancos
pintados
tiene ruedas y lazadas.
Con
más color debajo y superpuesto
no
hacen tapices tártaros ni turcos,
ni
fue tal tela hilada por Aracne.
Como
a veces hay lanchas en la orilla,
que
parte están en agua y parte en seco;
o
allá entre los glotones alemanes
el
castor se dispone a hacer su caza,
se
hallaba así la fiera detestable
al
horde pétreo, que la arena ciñe.
Al
aire toda su cola movía,
cerrando
arriba la horca venenosa,
que
a guisa de escorpión la punta armaba.
El
guía dijo: «Es preciso torcer
nuestro
camino un poco, junto a aquella
malvada
bestia que está allí tendida.»
Y
descendimos al lado derecho,
caminando
diez pasos por su borde,
para
evitar las llamas y la arena.
Y
cuando ya estuvimos a su lado,
sobre
la arena vi, un poco más lejos,
gente
sentada al borde del abismo.
Aquí
el maestro: «Porque toda entera
de
este recinto la experiencia lleves
-me
dijo-, ve y contempla su castigo.
Allí
sé breve en tus razonamientos:
mientras
que vuelvas hablaré con ésta,
que
sus fuertes espaldas nos otorgue.»
Así
pues por el borde de la cima
de
aquel séptimo circulo yo solo
anduve,
hasta llegar a los penados.
Ojos
afuera estallaba su pena,
de
aquí y de allí con la mano evitaban
tan
pronto el fuego como el suelo ardiente:
como
los perros hacen en verano,
con
el hocico, con el pie, mordidos
de
pulgas o de moscas o de tábanos.
Y
después de mirar el rostro a algunos,
a
los que el fuego doloroso azota,
a
nadie conocí; pero me acuerdo
que
en el cuello tenía una bolsa
con
un cierto color y ciertos signos,
que
parecían complacer su vista.
Y
como yo anduviéralos mirando,
algo
azulado vi en una amarilla,
que
de un león tenía cara y porte.
Luego,
siguiendo de mi vista el curso,
otra
advertí como la roja sangre,
y
una oca blanca más que la manteca.
Y
uno que de una cerda azul preñada
señalado
tenía el blanco saco,
dijo:
«¿Qué andas haciendo en esta fosa?
Vete
de aquí; y puesto que estás vivo,
sabe
que mi vecino Vitaliano
aquí
se sentará a mi lado izquierdo;
de
Padua soy entre estos florentinos:
y
las orejas me atruenan sin tasa
gritando:
"¡Venga el noble caballero
que
llenará la bolsa con tres chivos!"»
Aquí
torció la boca y se sacaba
la
lengua, como el buey que el belfo lame.
Y
yo, temiendo importunar tardando
a
quien de no tardar me había advertido,
atrás
dejé las almas lastimadas.
A
mi guía encontré, que ya subido
sobre
la grupa de la fiera estaba,
y
me dijo: «Sé fuerte y arrojado.
Ahora
bajamos por tal escalera:
sube
delante, quiero estar en medio,
porque
su cola no vaya a dañarte.»
Como
está aquel que tiene los temblores
de
la cuartana, con las uñas pálidas,
y
tiembla entero viendo ya el relente,
me
puse yo escuchando sus palabras;
pero
me avergoncé con su advertencia,
que
ante el buen amo el siervo se hace fuerte.
Encima
me senté de la espaldaza:
quise
decir, mas la voz no me vino
como
creí: «No dejes de abrazarme.»
Mas
aquel que otras veces me ayudara
en
otras dudas, luego que monté,
me
sujetó y sostuvo con sus brazos.
Y
le dijo: «Gerión, muévete ahora:
las
vueltas largas, y el bajar sea lento:
piensa
en qué nueva carga estás llevando.»
Como
la navecilla deja el puerto
detrás,
detrás, así ésta se alejaba;
y
luego que ya a gusto se sentía,
en
donde el pecho, ponía la cola,
y
tiesa, como anguila, la agitaba,
y
con los brazos recogía el aíire.
No
creo que más grande fuese el miedo
cuando
Faetón abandonó las riendas,
por
lo que el cielo ardió, como aún parece;
ni
cuando la cintura el pobre ícaro
sin
alas se notó, ya derretidas,
gritando
el padre: «¡Mal camino llevas!»;
que
el mío fue, cuando noté que estaba
rodeado
de aire, y apagada
cualquier
visión que no fuese la fiera;
ella
nadando va lenta, muy lenta;
gira
y desciende, pero yo no noto
sino
el viento en el rostro y por debajo.
Oía
a mi derecha la cascada
que
hacía por encima un ruido horrible,
y
abajo miro y la cabeza asomo.
Entonces
temí aún más el precipicio,
pues
fuego pude ver y escuchar llantos;
por
lo que me encogí temblando entero.
Y
vi después, que aún no lo había visto,
al
bajar y girar los grandes males,
que
se acercaban de diversos lados.
Como
el halcón que asaz tiempo ha volado,
y
que sin ver ni señuelo ni pájaro
hace
decir al halconero: «¡Ah, baja!»,
lento
desciende tras su grácil vuelo,
en
cien vueltas, y a lo lejos se pone
de
su maestro, airado y desdeñoso,
de
tal modo Gerión se posó al fondo,
al
mismo pie de la cortada roca,
y
descargadas nuestras dos personas,
se
disparó como de cuerda tensa.
CANTO
XVIII
Hay
un lugar llamado Malasbolsas
en
el infierno, pétreo y ferrugiento,
igual
que el muro que le ciñe entorno.
Justo
en el medio del campo maligno
se
abre un pozo bastante largo y hondo,
del
cual a tiempo contaré las partes.
Es
redondo el espacio que se forma
entre
el pozo y el pie del duro abismo,
y
en diez valles su fondo se divide.
Como
donde, por guarda de los muros,
más
y más fosos ciñen los castillos,
el
sitio en donde estoy tiene el aspecto;
tal
imagen los valles aquí tienen.
Y
como del umbral de tales fuertes
a
la orilla contraria hay puentecillos,
así
del borde de la roca, escollos
conducen,
dividiendo foso y márgenes,
hasta
el pozo que les corta y les une.
En
este sitio, ya de las espaldas
de
Gerión nos bajamos; y el poeta
tomó
a la izquierda, y yo me fui tras él.
A
la derecha vi nuevos pesares,
nuevos
castigos y verdugos nuevos,
que
la bolsa primera abarrotaban.
Allí
estaban desnudos los malvados;
una
mitad iba dando la espalda,
otra
de frente, con pasos más grandes;
tal
como en Roma la gran muchedumbre,
del
año jubilar, alli en el puente
precisa
de cruzar en doble vía,
que
por un lado todos van de cara
hacia
el castillo y a San Pedro marchan;
y
de otro lado marchan hacia el monte.
De
aquí, de allí, sobre la oscura roca,
vi
demonios cornudos con flagelos,
que
azotaban cruelmente sus espaldas.
¡Ay,
cómo hacían levantar las piernas
a
los primeros golpes!, pues ninguno
el
segundo esperaba ni el tercero.
Mientras
andaba, en uno mi mirada
vino
a caer; y al punto yo me dije:
«De
haberle visto ya no estoy ayuno.»
Y
así paré mi paso para verlo:
y
mi guía conmigo se detuvo,
y
consintió en que atrás retrocediera.
Y
el condenado creía ocultarse
bajando
el rostro; mas sirvió de poco,
pues
yo le dije: «Oh tú que el rostro agachas,
si
los rasgos que llevas no son falsos,
Venedico
eres tú Caccianemico;
mas
¿qué te trae a salsas tan picantes?»
Y
repuso: «Lo digo de mal grado;
pero
me fuerzan tus claras palabras,
que
me hacen recordar el mundo antiguo.
Fui
yo mismo quien a Ghisolabella
indujo
a hacer el gusto del marqués,
como
relaten la sucia noticia.
Y
boloñés no lloró aquí tan sólo,
mas
tan repleto está este sitio de ellos,
que
ahora tantas lenguas no se escuchan
que
digan "Sipa" entre Savena y Reno;
y
si fe o testimonio de esto quieres,
trae
a tu mente nuestro seno avaro.»
Hablando
así le golpeó un demonio
con
su zurriago, y dijo: « Lárgate
rufián,
que aquí no hay hembras que se vendan.»
Yo
me reuní al momento con mi escolta;
luego,
con pocos pasos, alcanzamos
un
escollo saliente de la escarpa.
Con
mucha ligereza lo subimos
y,
vueltos a derecha por su dorso,
de
aquel círculo eterno nos marchamos.
Cuando
estuvimos ya donde se ahueca
debajo,
por dar paso a los penados,
el
guía dijo: « Espera, y haz que pongan
la
vista en ti esos otros malnacidos,
a
los que aún no les viste el semblante,
porque
en nuestro sentido caminaban.»
Desde
el puente mirábamos el grupo
que
al otro lado hacia nosotros iba,
y
que de igual manera azota el látigo.
Y
sin yo preguntarle el buen Maestro
«Mira
aquel que tan grande se aproxima,
que
no le causa lágrimas el daño.
¡Qué
soberano aspecto aún conserva!
Es
Jasón, que por ánimo y astucia
dejó
privada del carnero a Cólquida.
éste
pasó por la isla de Lemmos,
luego
que osadas hembras despiadadas
muerte
dieran a todos sus varones:
con
tretas y palabras halagüeñas
a
Isifile engañó, la muchachita
que
antes había a todas engañado.
Allí
la dejó encinta, abandonada;
tal
culpa le condena a tal martirio;
también
se hace venganza de Medea.
Con
él están los que en tal modo engañan:
y
del valle primero esto te baste
conocer,
y de los que en él castiga.»
Nos
hallábamos ya donde el sendero
con
el margen segundo se entrecruza,
que
a otro arco le sirve como apoyo.
Aquí
escuchamos gentes que ocupaban
la
otra bolsa y soplaban por el morro,
pegándose
a sí mismas con las manos.
Las
orillas estaban engrumadas
por
el vapor que abajo se hace espeso,
y
ofendía a la vista y al olfato.
Tan
oscuro es el fondo, que no deja
ver
nada si no subes hasta el dorso
del
arco, en que la roca es más saliente.
Allí
subimos; y de allá, en el foso
vi
gente zambullida en el estiércol,
cual
de humanas letrinas recogido.
Y
mientras yo miraba hacia allá abajo,
vi
una cabeza tan de mierda llena,
que
no sabía si era laico o fraile.
él
me gritó: « ¿Por qué te satisface
mirarme
más a mí que a otros tan sucios?»
Le
dije yo: « Porque, si bien recuerdo,
con
los cabellos secos ya te he visto,
y
eres Alesio Interminei de Lucca:
por
eso más que a todos te miraba.»
Y
él dijo, golpeándose la chola:
«Aquí
me han sumergido las lisonjas,
de
las que nunca se cansó mi lengua.»
Luego
de esto, mi guía: «Haz que penetre
-dijo-
tu vista un poco más delante,
tal
que tus ojos vean bien el rostro
de
aquella sucia y desgreñada esclava,
que
allí se rasca con uñas mierdosas,
y
ahora se tumba y ahora en pie se pone:
es
Thais, la prostituta, que repuso
a
su amante, al decirle "¿Tengo prendas
bastantes
para ti?": "aún más, excelsas".
Y
sea aquí saciada nuestra vista.»
CANTO
XIX
¡Oh
Simón Mago! Oh mfseros secuaces
que
las cosas de Dios, que de los buenos
esposas
deben ser, como rapaces
por
el oro y la plata adulteráis!
sonar
debe la trompa por vosotros,
puesto
que estáis en la tercera bolsa.
Ya
estábamos en la siguiente tumba,
subidos
en la parte del escollo
que
cae justo en el medio de aquel foso.
¡Suma
sabiduría! ¡Qué arte muestras
en
el cielo, en la tierra y el mal mundo,
cuán
justamente tu virtud repartes!
Yo
vi, por las orillas y en el fondo,
llena
la piedra livida de hoyos,
todos
redondos y de igual tamaño.
No
los vi menos amplios ni mayores
que
esos que hay en mi bello San Juan,
y
son el sitio para los bautismos;
uno
de los que no hace aún mucho tiempo
yo
rompí porque en él uno se ahogaba:
sea
esto seña que a todos convenza.
A
todos les salían por la boca
de
un pecador los pies, y de las piernas
hasta
el muslo, y el resto estaba dentro.
Ambas
plantas a todos les ardían;
y
tan fuerte agitaban las coyundas,
que
habrían destrozado soga y cuerdas.
Cual
suele el llamear en cosas grasas
moverse
por la extrema superficie,
así
era allí del talón a la punta.
«Quién
es, maestro, aquel que se enfurece
pataleando
más que sus consortes
-dije-
y a quien más roja llama quema?»
Y
él me dijo: «Si quieres que te lleve
allí
por la pendiente que desciende,
él
te hablará de sí y de sus pecados.»
Y
yo: «Lo que tú quieras será bueno,
eres
tú mi señor y no me aparto
de
tu querer: y lo que callo sabes.»
Caminábamos
pues el cuarto margen:
volvimos
y bajamos a la izquierda
al
fondo estrecho y agujereado.
Entonces
el maestro de su lado
no
me apartó, hasta vernos junto al hoyo
de
aquel que se dolía con las zancas.
«Oh
tú que tienes lo de arriba abajo,
alma
triste clavada cual madero,
-le
dije yo-, contéstame si puedes.»
Yo
estaba como el fraile que confiesa
al
pérfido asesino, que, ya hincado,
por
retrasar su muerte le reclama.
Y
él me gritó: «¿Ya estás aquí
plantado?,
¿ya
estás aquí plantado, Bonifacio?
En
pocos años me mintió lo escrito.
¿Ya
te cansaste de aquellas riquezas
por
las que hacer engaño no temiste,
y
atormentar después a tu Señora?»
Me
quedé como aquellos que se encuentran,
por
no entender lo que alguien les responde,
confundidos,
y contestar no saben.
Dijo
entonces Virgilio: «Dile pronto:
"No
soy aquel, no soy aquel que piensas."»
Yo
respondí como me fue indicado.
Torció
los pies entonces el espíritu,
luego
gimiendo y con voces llorosas,
me
dijo: «¿Entonces, para qué me buscas?
si
te interesa tanto el conocerme,
que
has recorrido así toda la roca,
sabe
que fui investido del gran manto,
y
en verdad fui retoño de la Osa,
y
tan ansioso de engordar oseznos,
que
allí el caudal, aquí yo, me he embolsado.
Y
bajo mi cabeza están los otros
que
a mí, por simonía, precedieron,
y
que lo estrecho de la piedra aplasta.
Allí
habré yo de hundirme también cuando
venga
aquel que creía que tú fueses,
al
hacerte la súbita pregunta.
Pero
mis pies se abrasan ya más tiempo
y
más estoy yo puesto boca abajo,
del
que estarán plantados sus pies rojos,
pues
vendrá luego de él, aún más manchado,
desde
el poniente, un pastor sin entrañas,
tal
que conviene que a los dos recubra.
Nuevo
Jasón será, como nos muestra
MACABEOS,
y como a aquel fue blando
su
rey, así ha de hacer quien Francia rige.»
No
sé si fui yo loco en demasía,
pues
que le respondí con tales versos:
«Ah,
dime ahora, qué tesoros quiso
Nuestro
Señor antes de que a San Pedro
le
pusiese las llaves a su cargo?
únicamente
dijo: "Ven conmigo";
ni
Pedro ni los otros de Matías
oro
ni plata, cuando sortearon
el
puesto que perdió el alma traidora.
Quédate
ahí, que estás bien castigado,
y
guarda las riquezas mal cogidas,
que
atrevido te hicieron contra Carlos.
Y
si no fuera porque me lo veda
el
respeto a las llaves soberanas
que
fueron tuyas en la alegre vida,
usaría
palabras aún más duras;
porque
vuestra avaricia daña al mundo,
hundiendo
al bueno y ensalzando al malo.
Pastores,
os citó el evangelista,
cuando
aquella que asienta sobre el agua
él
vio prostituida con los reyes:
aquella
que nació con siete testas,
y
tuvo autoridad con sus diez cuernos,
mientras
que su virtud plació al marido.
Os
habéis hecho un Dios de oro y de plata:
y
qué os separa ya de los idólatras,
sino
que a ciento honráis y ellos a uno?
Constantino,
¡de cuánto mal fue madre,
no
que te convirtieses, mas la dote
que
por ti enriqueció al primer patriarca!»
Y
mientras yo cantaba tales notas,
mordido
por la ira o la conciencia,
con
fuerza las dos piernas sacudía.
Yo
creo que a mi guía le gustaba,
pues
con rostro contento había escuchado
mis
palabras sinceramente dichas.
Entonces
me cogió con los dos brazos;
y
luego de subirme hasta su pecho,
volvió
a ascender la senda que bajamos.
No
se cansó llevándome agarrado,
hasta
ponerme en la cima del puente
que
del cuarto hasta el quinto margen cruza.
Con
suavidad aquí dejó la carga,
suave,
en el escollo áspero y pino
que
a las cabras sería mala trocha.
Desde
ese sitio descubrí otro valle.
CANTO
XX
De
nueva pena he de escribir los versos
y
dar materia al vigésimo canto
de
la primer canción, que es de los reos.
Estaba
yo dispuesto totalmente
a
mirar en el fondo descubierto,
que
me bañaba de angustioso llanto;
por
el redondo valle vi a unas gentes
venir,
calladas y llorando, al paso
con
que en el mundo van las procesiones.
Cuando
bajé mi vista aún más a ellas,
vi
que estaban torcidas por completo
desde
el mentón al principio del pecho;
porque
vuelto a la espalda estaba el rostro,
y
tenían que andar hacia detrás,
pues
no podían ver hacia delante.
Por
la fuerza tal vez de perlesía
alguno
habrá en tal forma retorcido,
mas
no lo vi, ni creo esto que pase.
Si
Dios te deja, lector, coger fruto
de
tu lectura, piensa por ti mismo
si
podría tener el rostro seco,
cuando
vi ya de cerca nuestra imagen
tan
torcida, que el llanto de los ojos
les
bañaba las nalgas por la raja.
Lloraba
yo, apoyado en una roca
del
duro escollo, tal que dijo el guía:
«¿Es
que eres tú de aquellos insensatos?,
vive
aquí la piedad cuando está muerta:
¿Quién
es más criminal de lo que es ése
que
al designio divino se adelanta?
Alza
tu rostro y mira a quien la tierra
a
la vista de Tebas se tragó;
y
de allí le gritaban: "Dónde caes
Anfiareo?,
¿por qué la guerra dejas?"
Y
no dejó de rodar por el valle
hasta
Minos, que a todos los agarra.
Mira
cómo hizo pecho de su espalda:
pues
mucho quiso ver hacia adelante,
mira
hacia atrás y marcha reculando.
Mira
a Tiresias, que mudó de aspecto
al
hacerse mujer siendo varón
cambiándose
los miembros uno a uno;
y
después, golpear debía antes
las
unidas serpientes, con la vara,
que
sus viriles plumas recobrase.
Aronte
es quien al vientre se le acerca,
que
en los montes de Luni, que cultiva
el
carrarés que vive allí debajo,
tuvo
entre blancos mármoles la cueva
como
mansión; donde al mirar los astros
y
el mar, nada la vista le impedía.
Y
aquella que las tetas se recubre,
que
tú no ves, con trenzas desatadas,
y
todo el cuerpo cubre con su pelo,
fue
Manto, que corrió por muchas tierras;
y
luego se afincó donde naci,
por
lo que un poco quiero que me escuches:
Después
de que su padre hubiera muerto,
y
la ciudad de Baco esclavizada,
ella
gran tiempo anduvo por el mundo.
En
el norte de Italia se halla un lago,
al
pie del Alpe que ciñe Alemania
sobre
el Tirol, que Benago se llama.
Por
mil fuentes, y aún más, el Apenino
ente
Garda y Camónica se baña,
por
el agua estancada en dicho lago.
En
su medio hay un sitio, en que el trentino
pastor
y el de Verona, y el de Brescia,
si
ese camino hiciese, bendijera.
Se
halla Pesquiera, arnés hermoso y fuerte,
frontera
a bergamescos y brescianos,
en
la ribera que en el sur le cerca.
En
ese sitio se desborda todo
lo
que el Benago contener no puede,
y
entre verdes praderas se hace un río.
Tan
pronto como el agua aprisa corre,
no
ya Benago, mas Mencio se llama
hasta
Governo, donde cae al Po.
Tras
no mucho correr, encuentra un valle,
en
el cual se dilata y empantana;
y
en el estio se vuelve insalubre.
Pasando
por allí la virgen fiera,
vio
tierra en la mitad de aquel pantano,
sin
cultivo y desnuda de habitantes.
Allí,
para escapar de los humanos,
con
sus siervas quedóse a hacer sus artes,
y
vivió, y dejó allí su vano cuerpo.
Los
hombres luego que vivían cerca,
se
acogieron al sitio, que era fuerte,
pues
el pantano aquel lo rodeaba.
Fundaron
la ciudad sobre sus huesos;
y
por quien escogió primero el sitio,
Mantua,
sin otro augurio, la llamaron.
Sus
moradores fueron abundantes,
antes
que la torpeza de Casoldi,
de
Pinamonte engaño recibiese.
Esto
te advierto por si acaso oyeras
que
se fundó de otro modo mi patria,
que
a la verdad mentira alguna oculte.»
Y
yo: «Maestro, tus razonamientos
me
son tan ciertos y tan bien los creo,
que
apagados carbones son los otros.
Mas
dime, de la gente que camina,
si
ves alguna digna de noticia,
pues
sólo en eso mi mente se ocupa.»
Entonces
dijo: «Aquel que desde el rostro
la
barba ofrece por la espalda oscura,
fue,
cuando Grecia falta de varones
tanto,
que había apenas en las cunas
augur,
y con Calcante dio la orden
de
cortar en Aulide las amarras.
Se
llamaba Euripilo, y así canta
algún
pasaje de mi gran tragedia:
tú
bien lo sabes pues la sabes toda.
Aquel
otro en los flancos tan escaso,
Miguel
Escoto fue, quien en verdad
de
los mágicos fraudes supo el juego.
Mira
a Guido Bonatti, mira a Asdente,
que
haber tomado el cuero y el bramante
ahora
querría, mas tarde se acuerda;
Y
a las tristes que el huso abandonaron,
las
agujas y ruecas, por ser magas
y
hechiceras con hierbas y figuras.
Mas
ahora ven, que llega ya al confín
de
los dos hemisferios, y a las ondas
bajo
Sevilla, Caín con las zarzas,
y
la luna ayer noche estaba llena:
bien
lo recordarás, que no fue estorbo
alguna
vez en esa selva oscura.»
Así
me hablaba, y mientras caminábamos.
CANTO
XXI
Así
de puente en puente, conversando
de
lo que mi Comedia no se ocupa,
subimos,
y al llegar hasta la cima
nos
paramos a ver la otra hondonada
de
Malasbolsas y otros llantos vanos;
y
la vi tenebrosamente oscura.
Como
en los arsenales de Venecia
bulle
pez pegajosa en el invierno
al
reparar sus leños averiados,
que
navegar no pueden; y a la vez
quién
hace un nuevo leño, y quién embrea
los
costados a aquel que hizo más rutas;
quién
remacha la popa y quién la proa;
hacen
otros los remos y otros cuerdas;
quién
repara mesanas y trinquetas;
asi,
sin fuego, por divinas artes,
bullía
abajo una espesa resina,
que
la orilla impregnaba en todos lados.
La
veía, mas no veía en ella
más
que burbujas que el hervor alzaba,
todas
hincharse y explotarse luego.
Mientras
allá miraba fijamente,
el
poeta, diciendo: «¡Atento, atento!»
a
él me atrajo del sitio en que yo estaba.
Me
volvi entonces como aquel que tarda
en
ver aquello de que huir conviene,
y
a quien de pronto le acobarda el miedo,
y,
por mirar, no demora la marcha;
y
un diablo negro vi tras de nosotros,
que
por la roca corriendo venía.
¡Ah,
qué fiera tenía su apariencia,
y
parecían cuán amenazantes
sus
pies ligeros, sus abiertas alas!
En
su hombro, que era anguloso y soberbio,
cargaba
un pecador por ambas ancas,
agarrando
los pies por los tendones.
«¡Oh
Malasgarras --dijo desde el puente-,
os
mando a un regidor de Santa Zita!
Ponedlo
abajo, que voy a por otro
a
esa tierra que tiene un buen surtido:
salvo
Bonturo todos son venales;
del
"ita" allí hacen "no" por el dinero.»
Abajo
lo tiró, y por el escollo
se
volvió, y nunca fue un mastín soltado
persiguiendo
a un ladrón con tanta prisa.
Aquél
se hundió, y se salía de nuevo;
mas
los demonios que albergaba el puente
gritaron:
«¡No está aquí la Santa Faz,
y
no se nada aquí como en el Serquio!
así
que, si no quieres nuestros garfios,
no
te aparezcas sobre la resina.»
Con
más de cien arpones le pinchaban,
dicen:
«Cubierto bailar aquí debes,
tal
que, si puedes, a escondidas hurtes.»
No
de otro modo al pinche el cocinero
hace
meter la carne en la caldera,
con
los tridentes, para que no flote.
Y
el buen Maestro: «Para que no sepan
que
estás agua -me dijo- ve a esconderte
tras
una roca que sirva de abrigo;
y
por ninguna ofensa que me hagan,
debes
temer, que bien conozco esto,
y
otras veces me he visto en tales líos.»
Después
pasó del puente a la otra parte;
y
cuando ya alcanzó la sexta fosa;
le
fue preciso un ánimo templado.
Con
la ferocidad y con la saña
que
los perros atacan al mendigo,
que
de pronto se para y limosnea,
del
puentecillo aquéllos se arrojaron,
y
en contra de él volvieron los arpones;
mas
él gritó: «¡Que ninguno se atreva!
Antes
de que me pinchen los tridentes,
que
se adelante alguno para oírme,
pensad
bien si debéis arponearme.»
«¡Que
vaya Malacola!» -se gritaron;
y
uno salió de entre los otros quietos,
y
vino hasta él diciendo: «¿De qué sirve?»
«Es
que crees, Malacola, que me habrías
visto
venir -le dijo mi maestro-
seguro
ya de todas vuestras armas,
sin
el querer divino y diestro hado?
Déjame
andar, que en el cielo se quiere
que
el camino salvaje enseñe a otros.»
Su
orgullo entonces fue tan abatido
que
el tridente dejó caer al suelo,
y
a los otros les dijo: «No tocarlo.»
Y
el guía a mí: «Oh tú que allí te
encuentras
tras
las rocas del puente agazapado,
puedes
venir conmigo ya seguro.»
Por
lo que yo avancé hasta él deprisa;
y
los diablos se echaron adelante,
tal
que temí que el pacto no guardaran;
así
yo vi temer a los infantes
yéndose,
tras rendirse, de Caprona,
al
verse ya entre tantos enemigos.
Yo
me arrimé con toda mi persona
a
mi guía, y los ojos no apartaba
de
sus caras que no eran nada buenas.
Inclinaban
los garfios: «¿Que le pinche
-decíanse-
queréis, en el trasero?»
Y
respondían: «Sí, pínchale fuerte.»
Pero
el demonio aquel que había hablado
con
mi guía, volvióse raudamente,
y
dijo: «Para, para, Arrancapelos.»
Luego
nos dijo: « Más andar por este
escollo
no se puede, pues que yace
todo
despedazado el arco sexto;
y
si queréis seguir más adelante
podéis
andar aquí, por esta escarpa:
hay
otro escollo cerca, que es la ruta.
Ayer,
cinco horas más que en esta hora,
mil
y doscientos y sesenta y seis
años
hizo, que aquí se hundió el camino.
Hacia
allá mando a alguno de los míos
para
ver si se escapa alguno de esos;
id
con ellos, que no han de molestaros.
¡Adelante
Aligacho, Patasfrías,
-él
comenzó a decir- y tú, Malchucho;
y
Barbatiesa guíe la decena.
Vayan
detrás Salido y Ponzoñoso,
jabalí
Colmilludo, Arañaperros,
el
Tartaja y el loco del Berrugas.
Mirad
en torno de la pez hirviente;
éstos
a salvo lleguen al escollo
que
todo entero va sobre la fosa.»
«¡Ay
maestro, qué es esto que estoy viendo!
-dije-
vayamos solos sin escolta,
si
sabes ir, pues no la necesito.
Si
eres tan avisado como sueles,
¿no
ves cómo sus dientes les rechinan,
y
su entrecejo males amenaza?»
Y
él me dijo: «No quiero que te asustes;
déjalos
que rechinen a su gusto,
pues
hacen eso por los condenados.»
Dieron
la vuelta por la orilla izquierda,
mas
primero la lengua se mordieron
hacia
su jefe, a manera de seña,
y
él hizo una trompeta de su culo.
CANTO
XXII
Caballeros
he visto alzar el campo,
comenzar
el combate, o la revista,
y
alguna vez huir para salvarse;
en
vuestra tierra he visto exploradores,
¡Oh
aretinos! y he visto las mesnadas,
hacer
torneos y correr las justas,
ora
con trompas, y ora con campanas,
con
tambores, y hogueras en castillos,
con
cosas propias y también ajenas;
mas
nunca con tan rara cornamusa,
moverse
caballeros ni pendones,
ni
nave al ver una estrella o la tierra.
Caminábamos
con los diez demonios,
¡fiera
compaña!, mas en la taberna
con
borrachos, con santos en l